UNA ISLA PARA DOS

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UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jun 20, 2015 11:44 pm

El bar estaba oscuro, muy oscuro.

...
Cuando entré no se veía nada. Luego descubrí una mesa de billar a la izquierda y un poco más allá una barra hecha de madera oscura. En la parte de atrás de la barra había gran cantidad de botellas colocadas en estanterías, que casi llegaban hasta el techo; estaban a la espera de los clientes, como en cualquier otro local. Sin embargo, el punto fuerte estaba a la derecha, en la ventana: unas cristaleras decoradas con mujeres desnudas.

 Algunas solas, otras de dos en dos, o en tríos o en grandes grupos, y todas en posiciones inequívocas. Yo era una estudiante de diecinueve años y era la primera vez que acudía a un bar de mujeres en Moscú. 

Había algunas chicas de pie en la barra y otras en la mesa de billar, como pude comprobar cuando mis ojos se acostumbraron a la escasa luz. Detrás del mostrador y mientras sacaba brillo a los vasos, una mujer miró hacia mí. Acababa de traspasar la puerta de entrada y no me atrevía a seguir. El camino hasta la barra me pareció muy largo. No me gusta mucho el alcohol, pero aquí era muy habitual su consumo, de modo que me animé y me acerqué a la barra sin mirar a derecha o izquierda. 

Debía de parecer que me había tragado un sable. Llegué ante la chica de la barra, que me observaba con mirada severa, me quedé parada y no me salió ni una palabra. 

—¿Una cerveza? —preguntó, sonriente, y aquel gesto la hizo cambiar de una forma radical. De repente me pareció maternal, incluso un poco preocupada. 


Asentí. Mientras me servía la cerveza eché un nuevo vistazo sin llamar mucho la atención, como si estuviera en la parada del autobús y no tuviera otra cosa que hacer sino mirar al vacío.

—Tu cerveza.





La mujer hizo deslizar el estrecho y elegante vaso de Kolsch  por encima de la barra. 
 
Lo cogí y bebí un pequeño trago, luego lo dejé de nuevo sobre la barra. Miré a mi alrededor. Las pocas mujeres presentes parecían examinarme de una forma casual. 

Totalmente turbada, tal y como yo estaba, me permití dar otro sorbo a la cerveza, esta vez más largo. ¿Qué debía hacer? Era muy tímida para acercarme a cualquiera y lo que hubiera deseado de verdad es que alguien se dirigiera a mí. Pero no parecía que nadie tuviera previsto hacerlo. 
Bueno, me bebería mi cerveza y me marcharía. Le di otro gran trago y dejé el vaso vacío sobre la barra. Me llevé la mano al bolsillo de mis vaqueros y palpé en busca de un billete que llevaba escondido por allí. Era complicado, pues los pantalones eran muy estrechos, de modo que necesité un poco de tiempo. 

—¿Otra más? —preguntó una voz detrás de mí. 

Me volví, asustada. En realidad no quería otra cerveza, pero mi gran debilidad es que no puedo decir que no. 

Como no decía nada, ella lo tomó como una confirmación y pidió a la chica de la barra una cerveza para ella y otra para mí. De nuevo fluyó el líquido dorado desde la espita hasta el vaso, en esta ocasión dos vasos, y mientras tanto comprobé que al entrar no había visto a aquella mujer. Debió llegar en silencio y se situó justo detrás de mí cuando yo ya estaba en la barra. 

En caso de haberla visto antes, estoy segura de que me hubiera llamado la atención. Era muy distinta a las otras mujeres que había por allí. Llevaba una larga melena, que caía en ligeras ondas sobre sus hombros. Vestía un buen traje de chaqueta, un look de empresaria que parecía poco apropiado para salir por la noche. Pero aún era pronto y seguro que acababa de salir de la oficina. Al menos de eso tenía pinta. 

¿Quizás era una secretaria? Traté de atrapar al vuelo, sin parecer impertinente, una mirada de sus ojos. No me suelo atrever a levantar la vista, pero, una vez que me decidí a hacerlo, comprobé que no, no era una secretaria. Ésas miran de otra forma. Ésta tenía un aspecto tan... influyente. 

En la barra ya estaban servidas las dos cervezas. Ella cogió la suya y me acercó la otra. 

Levantó el vaso y lo hizo chocar con el mío. 

—Elena—dijo. -Pero me puedes decir Lena.

Tuve que carraspear antes de poder pronunciar mi propio nombre. 

—Yul....Yulia. —Luego di un sorbo para tranquilizarme. 

Ella me miró. 

—¿Cuántos años tienes? —preguntó. 
—Diecinueve —contesté de un modo automático. 
—Muy joven —comentó y se llevó de nuevo el vaso a los labios. 

Al seguir el vaso con la mirada, comprobé que tenía una boca muy bonita.
 
—¿Cuántos años tiene... tienes tú? —pregunté, después de bajar de nuevo la vista cuando su mirada se cruzó con la mía. 

Era de la misma edad que muchas de mis profesoras, estaba seguro por encima de los treinta, y por eso se me hacía difícil tutearla. 
Inclinó un poco la cabeza hacia atrás, lo que hizo que su pelo se agitara, y se echó a reír. 

—¡Eso no se le pregunta a una mujer de mi edad! ¿No lo sabías? 
—Pero si no eres tan mayor... —respondí con ingenuidad. 

Ella sonrió. 

—Es muy amable por tu parte —dijo y luego me miró durante unos segundos—. No te había visto nunca por aquí —continuó. 

Noté un sofoco embarazoso, y un hormigueo, también bastante embarazoso, me recorrió el cuerpo. De alguna forma me estaba poniendo en un aprieto, pero no era capaz de saber ni cómo ni por qué. 

—Nunca había estado aquí —dije y volví a hacerme con el vaso, que aún estaba sobre el mostrador. 

Mientras bebía, ella me miró y se mantuvo callada durante unos instantes. 

—Ya —dijo después, fuera lo que fuera lo que quisiera decir con eso. 

Tuve la sensación de que las mujeres de alrededor nos miraban y luego pareció que todas las conversaciones habían cesado. De repente todo el ruido de fondo se amortiguó. Eso me pareció mucho más molesto que las incisivas preguntas de Lena y hubiera preferido marcharme, pero había algo que me retenía allí. 

—Y, ¿qué haces? —siguió con su interrogatorio—. Me refiero al trabajo. 


—Yo... yo no tengo trabajo. Aún estoy estudiando. El año que viene me presentaré a la selectividad —respondí con desasosiego. 

—Oh —dijo. Luego sonrió de nuevo y su sonrisa pareció ser más amistosa y compasiva que antes—. ¿Y qué quieres estudiar cuando apruebes la selectividad? —Se sentó en uno de los taburetes de la barra y señaló el otro a modo de invitación. 

Me subí a él y nuestras rodillas casi se rozaron. Hubiera preferido echarlo un poco para atrás pero no pude, porque aquellos chismes eran muy pesados y poco manejables. Luego la miré. 

—Aún no lo sé —contesté—. Puede que periodismo. 
—Entonces estaríamos en el mismo gremio —dijo en voz baja, en un tono algo burlón—. Yo tengo una agencia de publicidad. 
—¿Tú crees? —dije yo sin entenderlo—. ¿No son dos cosas muy distintas? 
Se rió de nuevo. 
—Eso lo piensas ahora porque eres muy joven y seguro que muy idealista. —Me miró y, por un instante, me di cuenta de que estaba convencida de eso—. Si te apetece puedes hacer prácticas en la agencia y enseguida llegarás a comprender por qué te lo digo. 

¡Era una oferta que no hubiera esperado aquella noche! 

—Sí, encantada —respondí con alegría—, estoy segura de que será muy interesante para mí. 

Se echó la mano al bolsillo de la chaqueta y sacó una tarjeta de visita. 

—Pásate a verme cuando quieras. Seguro que pronto te darán las vacaciones. 
—Sí —afirmé—, dentro de una semana. 
—Bien —dijo. Se bajó del taburete—. Ahora tengo que irme, pero quizá nos veamos en otra ocasión. —Sonrió de una forma vaga, puso un billete sobre la barra y se marchó. 

Después de que se hubiera marchado me pareció que el resto de las mujeres presentes me resultaba aún menos interesante que antes. 

—¿Qué valen las dos cervezas? —pregunté a la mujer del bar y rebusqué de nuevo mi billete de veinte en el bolsillo de los pantalones. 
Me sonrió de una manera extraña. 

—Ella ha pagado lo tuyo —dijo, haciendo un gesto en dirección a la puerta por la que acababa de desaparecer Elena. 

En fin, mi dinero para gastos personales y mis ingresos eran muy limitados, así que agradecí la invitación. Sonreí a la mujer de la barra y me marché.


Última edición por VIVALENZ28 el Sáb Jun 27, 2015 11:22 pm, editado 1 vez
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jun 20, 2015 11:46 pm

Al día siguiente no me podía quitar a Lena de la cabeza, sobre todo por su oferta de un empleo en prácticas. Era mucho más de lo que había soñado. En realidad yo no tenía muy claras las ideas sobre lo que quería ser, pero supe de inmediato que la actividad de una agencia de publicidad me iba a resultar muy interesante. 


Me sentí inquieta cuando se me pasó por la cabeza la idea de que la oferta no hubiera ido en serio. ¿Y si no se acordaba de mí cuando fuera a verla? Quizá debía llamar para asegurarme. 

Lo hice después de comer, pero no estaba. Su secretaria me dijo que ya no podría hablar con ella hasta el día siguiente. 

—Pásese sin más —dijo, en un tono neutro pero amistoso—. Siempre necesitamos gente de prácticas. 

No me sentía muy segura pero, a pesar de todo, la tarde del día siguiente, el último de clase antes de las vacaciones de verano, me planté en la dirección que figuraba en la tarjeta. 

Era un edificio bajo, parecía tener un solo piso, amplio y cuadrado, de techo plano. Una nave industrial totalmente funcional, con un acogedor y alegre tono gris—hormigón. No era lo que uno podría imaginarse como un agradable centro de trabajo. 

Sin embargo, dentro resultaba distinto. Había una gran variedad de colores. Abundaban los carteles publicitarios, algunos los conocía, otros no, y sobre todo me llamaron la atención aquellos hombres y mujeres, jóvenes y joviales, que intentaban venderme un producto. 

¿Qué había dicho ella? ¿Qué era lo mismo que el periodismo? A mí no me lo parecía. 
Tuve que preguntar a algunas personas que andaban por allí ocupadas y que me mandaron a diferentes direcciones antes de que, por fin, encontrara a la secretaria con la que había hablado por teléfono. También parecía estar muy ocupada y sólo me miró un instante. 

—Lena está en su despacho —dijo, mientras intentaba poner los papeles de su mesa en un orden incomprensible para mí—. Entra por ahí. —Señaló hacia atrás de forma imprecisa con un montón de papeles que llevaba en la mano. 
Lo más probable es que aquél fuera el despacho de Lena. Al parecer, allí no había apellidos. 
Pasé por delante de la secretaria y me quedé en el umbral de la puerta que había detrás de ella. Estaba abierta del todo, por lo que pensé que no estaría. Busqué entre el desorden que veía, pero me pareció que allí no había nadie. 
Intenté golpear con los nudillos en el marco de la puerta, pero sólo se oyó un tenue ruido. No era de madera. 
Mi timidez me retuvo por un momento en el sitio, pero luego me atreví y entré. 
—¿Hola? —pregunté, apocada. 
De repente, entre la montaña de papeles apareció una cabeza. 
—¿Sí? —preguntó Lena, al parecer sin reconocerme. 
—Yo... yo vengo por lo de las prácticas —balbuceé. 
Lena no parecía muy afable. Frunció el entrecejo. 
—¿Prácticas? 

Ya lo sabía yo: lo de la oferta no había ido en serio. Se había olvidado de lo que me había dicho. 

—De acuerdo —dije y me volví hacia la puerta—. Ya me voy. Sólo quería preguntar... 
—No, espera. —Salió de detrás de los papeles y entonces me di cuenta de que aquello debía de ser su escritorio. Me miró con más atención—. Nos encontramos en Chariot la otra noche, ¿no es cierto? 
—Sí —asentí. 

Miró hacia atrás y encontró un trozo de escritorio sobre el que se pudo apoyar sin tirar al suelo todos los papeles. 

—¿De verdad quieres hacer las prácticas? —preguntó de nuevo, ahora con una sonrisa un tanto indiferente, igual que la semana anterior. 

—Sí me gustaría, sí —contesté—. Ahora estoy de vacaciones y..., bueno... —Me paré antes de decir que en realidad no me podía permitir dejar de ganar algún dinero en ese período, pero ahora no hablábamos de eso. Además, no me atreví a preguntar. 
—Seis semanas, ¿no? —dijo ella con toda precisión. La pérdida de tiempo no encajaba en su estilo. Me maravilló el hecho de que pudiera estar sentada detrás de un escritorio tan desordenado. Me sentí algo confundida. 
—Sí —asentí de nuevo—. Puedo empezar mañana mismo. 
—De acuerdo. —Se levantó y regresó a su atestada mesa—. Pregúntale a Tanja. Ella te dará un contrato. Y mañana te vienes a eso de las diez. 

«¿Y quién es Tanja?», dije para mí misma, pero Lena había desaparecido detrás de su escritorio y renuncié a molestarla de nuevo con esa pregunta. 
Abandoné su despacho y me sentí un tanto despistada cuando, de repente, una secretaria pasó por delante de mí. 

—Esto... ¿Tanja? —dije tan rápido como pude, para ver si ella me podía indicar a quién dirigirme. 
—¿Sí? —respondió algo impaciente. Parecía que era Tanja. Señalé hacia la puerta por la que yo acababa de salir—. Ella me ha dicho que debo dirigirme a usted por lo del contrato de prácticas —dije, haciendo un esfuerzo. 
—Está bien —respondió, y se deslizó detrás de su escritorio, que también parecía estar oculto bajo una montaña de papeles, aunque, comparado con el de su jefa, estaba limpio como los chorros del oro. 

Tanja sacó una hoja de un cajón. 

—Lee esto y, si estás de acuerdo, lo firmas —me explicó sin ningún interés y, cuando vio que no me movía porque todo parecía ir demasiado rápido para mí, continuó hablando—. Aquí nos tuteamos todos. Si quieres, te lo puedes llevar a casa y mañana, o cuando vayas a venir, lo traes. 

Me resultó algo violento, tanto que me puse colorada. Cogí un bolígrafo y firmé deprisa y corriendo sobre la línea de puntos que pude descubrir. No sabía lo que firmaba, pero esperé que no me causara ningún perjuicio. En cierto modo me daba igual. Tan sólo quería salir de allí para tratar de asimilar todo aquello, que me parecía una locura. 

¿Cómo le iba a explicar a mi madre que me habían contratado para hacer unas prácticas durante las vacaciones, pero que no me iban a pagar? Y si era así... Los pensamientos me sacudían la cabeza mientras iba en el autobús de vuelta a casa. Todo había ocurrido muy rápido y aquella mujer, Lena, me desconcertaba. 

Mi madre confiaba en que durante las vacaciones yo aportara algo a la economía familiar. Teníamos muy poco dinero y, dado que yo iba al instituto, no disponía de muchas oportunidades para reducir esa escasez. El dinero de mis estudios salía casi en su totalidad de la comida y nunca supe cómo se las apañaba mi madre con su menguado sueldo. Por ello, yo estaba obligada a conseguir una actividad remunerada durante las vacaciones. ¿La había logrado ahora o no? 

Fue la misma pregunta que me formuló mi madre durante la cena y yo me justifiqué diciéndole que trabajaría tres días en la agencia, pues era toda una oportunidad el hecho de haber conseguido hacer prácticas allí. 

Mañana, cuando viera a Tanja, leería otra vez el contrato y entonces se lo podría decir. 

Pero, ¿qué pasaría si en la casilla del salario para estudiantes aparecía escrito un cero? 

Tendría que buscarme otra cosa y dejaría claro que no era lo que yo quería. Aunque no hubiera sabido explicar muy bien el motivo. 

A la mañana siguiente llegué con toda puntualidad a la entrada. Me pareció que era la primera. Luego, diez minutos más tarde, llegó Tanja y abrió. 

Era un buen horario de trabajo. Mi madre se iba de casa todos los días a las seis de la mañana para llegar a tiempo. 

Antes de que Tanja pudiera escapar, le pregunté por mi contrato. Lo puso delante de mí y comprobé que no debía preocuparme. El sueldo era más elevado de lo que pensaba. Mi madre se pondría muy contenta. 

Sin embargo, quise asegurarme. 

—¿Está bien esta cifra? —le pregunté, mientras señalaba la línea de honorarios. 
Ella asintió y en aquel momento entró Lena. 
Tanja se dio la vuelta, disgustada. 
—¿Otra vez te has pasado toda la noche trabajando, Lena? —le recriminó a su jefa. 
«Vaya camaradería que hay por aquí...», pensé. 

Se veía que Elena tenía un aspecto algo ajado, lo que confirmaba la sospecha de Tanja, pero no dijo nada. 

—¿Existe algún problema con tu contrato? —dijo, al ver que yo lo tenía aún en la mano. 

Yo quise contestar y darle las gracias, pero Tanja añadió: 

—Creo que no está muy de acuerdo con el sueldo. 
—Cogió unos papeles y desapareció en las profundidades de la habitación. 

Lena me quitó el contrato de las manos y lo miró. 

—Esto es muy poco —dijo con energía, tomó un bolígrafo y dobló la cifra. Firmó la corrección que había hecho y me devolvió el papel—. ¿Satisfecha? —dijo, con una sonrisa de cansancio. 

—Mi madre y yo tenemos muy poco dinero —comencé a decir, para explicarle que la primera cifra me había parecido suficiente y que ahora me sentía más contenta y agradecida, pero ella no me dejó continuar. 

Negó con un gesto y quiso irse. 

—Eso me lo cuentas en otro momento. —Parecía agotada. 
—Gracias —dije deprisa, antes de que pudiera pasar alguna otra cosa—. Es más de lo que esperaba. 

Se volvió de nuevo. 

—¿Ah, sí? —preguntó, incrédula, y luego desapareció en su oficina. 

Ese día no la volví a ver más. Se fue con algunas de sus colaboradoras a una presentación en una gran empresa, una clienta importante, como me dijo Tanja. 

Tanja me enseñó un par de cosas y enseguida me puse a hacer las tareas más habituales que ya conocía de otros trabajos: copiar, clasificar, guardar unas cosas y eliminar otras. 

Todo eso era algo que hacía falta en aquella agencia. Había un caos que podría definirse como creativo, pero que se propagaba por todas partes. 

—Y cuando tengas que hacer algo en el despacho de Lena —me advirtió Tanja—, no toques nada. No le gusta. Puede llegar a ponerse muy desagradable. 
—¿Ni siquiera ordenar? —pregunté. Era algo que le hacía mucha falta a aquella mesa del despacho. 
—¡En absoluto! —gritó Tanja, que ya estaba dedicada a otras actividades—. ¡Te podría asesinar!
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Aleinads el Dom Jun 21, 2015 12:38 am

Esta bueno!! Wink Wink
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Grd el Dom Jun 21, 2015 2:48 am

Se lee buena la trama! Siguela bounce
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Lun Jun 22, 2015 12:10 am

Los días siguientes me resultaron muy agradables. Cuando que me hube acostumbrado al ajetreo y al estrés, ya lo tuve todo bajo control. 
Al cabo de una semana me llamó Lena. 

—Tú quieres estudiar periodismo, según me dijiste —comenzó a decir, mientras daba vueltas por el despacho y cambiaba papeles de una montaña que parecía que iba a caerse a otra un poco más estable. 
Sí se acordaba... 
—Sí —respondí. 
—Bien —replicó Lena—. Entonces escribe un texto para mí. Aquí. —Me puso algo en la mano. 

Yo lo miré y no pude sacar nada en claro. 

—¿Qué tipo de texto? —pregunté. 
—¿No está claro? —se volvió, enojada, aunque luego se tranquilizó—. Sí, seguro que nunca lo has hecho. Coge una silla y te lo aclararé. 

Se sentó a mi lado y me explicó con más exactitud lo que significaban las palabras clave que había escritas en el papel que me había dado. Sólo tardó cinco minutos. Era muy eficiente. 
Pero yo me quedé muy sorprendida. La forma tan estructurada con la que se explicaba no se correspondía en absoluto con el aspecto de su despacho. 
Yo asentí y formulé una pregunta, pues me había venido a la cabeza una idea sobre el texto publicitario que quería que preparase. 
Me miró, sorprendida. 

—Eres muy inteligente, de verdad —dijo, como si no se lo esperara de mí. 
¿Debía sentirme ofendida? Hasta la fecha nadie había dudado de mi inteligencia de una forma tan descarada. Me contuve. 
—¿Podrías tenerlo para pasado mañana o te hace falta tiempo? 
—No sé el tiempo que voy a necesitar, pero intentaré tenerlo para pasado mañana —le prometí. 
Ella pareció satisfecha. 
—Bien —dijo y desapareció de nuevo tras la montaña de papel blanco y de color que cubría su mesa. 

Trabajé casi día y noche para conseguir tener listo el texto. No era sencillo. Yo no tenía ninguna experiencia y lo que Danielle me había explicado era pura teoría, pero, cuando, en el plazo previsto, le puse delante el resultado de mi trabajo, asintió apreciativa. 

—Esto no está nada mal para ser la primera vez —dijo, pensativa. Me miró como distraída—. Recibirás una gratificación —decidió—. Dile a Tanja lo siguiente: F2. 

Yo ya había advertido que era dada a usar abreviaturas y Tanja ya sabría lo que eso significaba, pero seguro que no me iba a decir nada. 

—Gracias —respondí, pues lo que yo sí tenía claro era que Lena era muy espléndida en cuanto a sueldos, primas y resultados financieros especiales.

 Para ella, cualquier logro se valoraba con un elogio en forma de dinero contante y sonante. A veces hubiera deseado que junto con la recompensa dijera algo más personal. Me hubiera gustado conocerla más de cerca, saber más de ella, pero no dejaba que nadie entrara en su yo íntimo. Así que tuve que contentarme con el exterior, que tampoco estaba mal, pues tenía un magnífico aspecto, aunque a veces, cuando la miraba un momento a los ojos mientras me explicaba algo, me hubiera gustado que fuera algo más que sólo una cara bonita. 

Puesto que ella nunca revelaba nada personal, me quedé sorprendida cuando, una semana más tarde, me llamó a su despacho para invitarme por la noche al Chariot. No es que me invitara de una forma directa, sino que casi me lo ordenó. 

—Has trabajado muy bien desde que estás aquí —explicó, para justificar la invitación—. Creo que debemos celebrarlo. 

Como ya la conocía, aquello era más bien una reunión de trabajo. Pero, entonces, ¿por qué en Chariot? ¿En el sitio donde nos conocimos y donde el ambiente no era el más adecuado para trabajar? Estaba segura de que ella sabía todo eso mejor que yo, pero nunca había puesto en tela de juicio sus órdenes y tampoco lo iba a hacer ahora.
 
Era tarde cuando salimos de la agencia y llegamos al Chariot a eso de las diez. Esta vez era más tarde que cuando estuve en mi última visita y el local estaba muy lleno, porque, además, se acercaba el fin de semana. 

Lena pidió cerveza para las dos y nos sentamos a una mesa. 

—Por los buenos textos que escribes —dijo Lena y elevó su vaso con una sonrisa. 
—Gracias —dije—. Me alegra que te hayan gustado. —Sonreí con algo de inseguridad. 
Brindamos. 
—Seguro que te preguntas el motivo por el que te he invitado —dijo Lena, de acuerdo con su costumbre de no andarse con rodeos. Era su estilo y no perdía el tiempo. 

Lo admití y esperaba que me hiciera algún otro encargo. 

—¿Has estado alguna vez en el mar Egeo? —continuó. 
Yo la miré, sorprendida. 
—No tengo dinero para viajes caros —le contesté, algo desconcertada, porque ella ya lo sabía—. Mi madre gana muy poco y nunca vamos de vacaciones. 
—Pero seguro que te gustaría ir, ¿no es cierto? —dijo ella en un tono algo enigmático. 

Yo me encogí de hombros. 

—Por supuesto, pero ese no es el tema de la discusión. Nosotras no tenemos dinero y, dado que tengo que trabajar durante las vacaciones, tampoco tengo tiempo para hacer viajes —dije, sonriendo algo avergonzada—. Tengo que esperar hasta que encuentre un trabajo en condiciones, que me aporte unos ingresos fijos, y entonces podré viajar. 
Ella me miró. 
—Si tuvieras las dos cosas, dinero y tiempo, ¿lo harías? 

Solté una carcajada. 

—¡Eso sería un sueño! Pero lo mío es provisional. ¿Cómo podría hacerlo? 
—Conmigo —dijo ella. 

Yo la miré. 

«¿Qué quiere decir con eso? ¿Ir conmigo de vacaciones?», pensé. No podía ser así. Pero yo ya sabía que Lena tardaba muy poco en enfurecerse si alguien no entendía de inmediato lo que quería, por lo que no me atreví a preguntárselo. 

¿Era algo que yo no había captado? ¿Algo que no hubiera oído bien? Si ella quería darme otro incentivo, lo aceptaría con mucho gusto, pero no lo iba a gastar en unas vacaciones en el Egeo. Seguro que mi madre tendría otras prioridades y yo le daría el dinero para ellas. 

—Tengo un barco en el Egeo —continuó Lena—Y aún dispongo de tres semanas de vacaciones. Podríamos ir allí, si te apetece. 

Yo me quedé muda, total y temporalmente muda. No fui capaz de emitir ni el más mínimo sonido. ¿Quería llevarme de viaje por el Egeo? ¿De qué tamaño sería el barco? Seguro que no era un bote de remos. 

—Gracias —acabé por decir cuando me lo permitió la voz—. Sería maravilloso, pero... 

—No me des las gracias tan pronto —me interrumpió—. No tienes que pagar nada..., incluso recibirías dinero por ello. Ya sabes que, en ese sentido, soy muy espléndida. Pero yo también exijo algo a cambio. —Terminó de hablar, mientras me miraba con tal intensidad que me hizo estremecer. 
—Oh, no te preocupes —le aseguré. Yo me sentía muy entusiasmada. ¡Tres semanas en el Egeo! ¡Y gratis! Aun cuando tuviera que trabajar, como acababa de dejarme claro, no iba a rechazar esa oferta, porque me hacía mucha ilusión. 
—Nos podemos llevar el trabajo que tuviéramos que hacer aquí, incluso más. Por eso que no quede —continué, entusiasmada como no lo había estado hasta la fecha. ¡Era algo que había deseado desde hacía años! Incluso me liberé de mi timidez. 
—No es eso lo que exijo de ti —respondió ella en un tono serio—. Quiero otra cosa. 

La miré, radiante, pero al fijarme en sus ojos encontré en ellos algo más. No había visto en muchas ocasiones aquella mirada, pero la conocía, aunque nunca había provenido de una mujer sino de algunos chicos que deseaban algo muy especial de mí. Ahora sabía por fin lo que quería. Me sobresalté. Se acababa de desmoronar mi bonito castillo de naipes. Eso era lo que deseaba. ¡Y pagando! 

Ella se dio cuenta de que yo lo había entendido y continuó: 

—Me gustaste desde el primer momento. Desde la primera vez que te vi aquí. Pero yo no soy una mujer de... grandes amores ni de relaciones. No tengo ganas ni tiempo para eso. Me parece que todo es una ilusión. Pero tengo la sensación de que las dos nos gustamos desde el principio, es algo mutuo. Y durante estas tres semanas de prácticas me he dado cuenta de que tienes una inteligencia por encima de lo normal. Te aprecio mucho y, además, tienes muy buen aspecto. Tu tipo es justo lo que me gusta. Y podría concederte algunas ventajas para compensarte por lo que me ofrezcas. Si quieres. —¡Iba directa al grano! Durante las últimas tres semanas me había impresionado mucho, pero en este caso hubiera deseado algo más de romanticismo, un poco más de compromiso. Por lo menos una leve insinuación de que sentía algo por mí y no sólo el reconocimiento de mi inteligencia y el afán por mi cuerpo. Porque, en esencia, eso era lo que acababa de esbozar. 

Debería de haberme sentido muy ofendida, pensé para mí misma, pero me di cuenta de que no era así. Lo que acababa de decir hizo que de nuevo surgiera en mí lo que yo ya había sentido en nuestro primer encuentro: no sólo era ella la que me deseaba a mí, sino que la atracción era mutua. De todas formas, si lo había entendido bien, en mi interior yo lo sentía de una forma distinta a la suya. Porque lo que yo deseaba era... amarla. 

Al parecer, yo me había enamorado desde el primer momento y sentí una sensación extraña y difícil de identificar, que había ido creciendo durante las últimas tres semanas. Mi madre se extrañaba de que yo siempre anduviera con cara radiante y le había tenido que explicar que el trabajo me gustaba mucho, pero su mirada reflexiva me tenía escamada. Sabía que me ocurría algo. 

Y en caso de que no me hubiera ocurrido, me podía haber limitado, ofendida, a negarme, aunque me resultara muy complicado y fuera en perjuicio mío, pues ella tenía la posibilidad de echar por tierra mis prácticas. Y puesto que era la empresaria que me había importunado, hubiera tenido que pagarme el resto de la suma acordada.
 
Estoy segura de que no habría dudado en hacerlo. Era lo que hacía siempre, pagar, y eso era, al fin y al cabo, lo que quería hacer ahora. 

—¿Necesitas tiempo para pensártelo? —dijo, al ver que ni me movía ni contestaba. 
¡Tiempo para pensármelo! ¡Oh, sí, claro que lo necesitaba, después de haberme arrollado de aquella forma! Pero no me lo tomé, sino que comencé a hablar en contra de mis propias convicciones. 

—Te has forjado un concepto equivocado de mí —dije en voz baja—. Yo soy... No tengo mucha experiencia en cuanto a eso. De hecho, no tengo ninguna. 

A lo mejor ahora se retiraba. ¿O tendría muchísimo gusto en poder enseñarle todo a una virgen? Quizás se pensaba otra vez su propuesta y la anulaba. 

—Oh —dijo ella, como si se sintiera sorprendida—. Es verdad, sólo tienes diecinueve años —añadió después. 
—Y además soy tímida —dije con pudor. Si hubiera sentido algún interés por los chicos estaba segura de que hubiera dejado de ser virgen hacía años, pero abordar a una mujer, como Lena acababa de hacer conmigo, era algo para lo que no estaba preparada. 

No resultaba tan sencillo. Hacía cuatro semanas, en el Chariot, hice mi primer intento, vacilante y tímido, aunque, si se miraba con cuidado, ahora parecía haber sido coronado por el éxito. En todo caso, era muy distinto a lo que yo tenía pensado. 
Lena sonrió. 

—Sí, me gustaste tanto como yo a ti —observó, casi amable—. No me gustan esas chicas jóvenes y enérgicas que andan por ahí. Tú eres una excepción. 

Sí, como ella era enérgica, buscaba todo lo contrario, eso me lo podía figurar sin ningún problema. 

—No tienes que decidirlo de inmediato —dijo en voz baja, mientras me acariciaba la cara—. Mi oferta sigue en pie. Piénsatelo. 

¿Entonces no le molestaba que no tuviera ninguna experiencia? Bien..., yo había llegado hasta aquí hacía cuatro semanas e iba a acabar por perder mi virginidad, ¿por qué no con ella? 

Separé un poco mi cara de la mano que me acariciaba. Era tan maravilloso que alguien te rozara así... Sentí un ardor en las mejillas que, poco a poco, se extendió por todo mi cuerpo. ¿Querría que sucediera hoy mismo? 

No sabía lo que diría mi madre si no volvía a casa por la noche. No estaba acostumbrada a que ocurriera más que por motivo de alguna fiesta de la que le hubiera hablado con anterioridad. También podía llamarla por teléfono para que no se preocupara. Ese problema lo podría solucionar. 

—En realidad, ya me he decidido —contesté en voz baja—. Me gustaría mucho. 

Lo dije con ambigüedad, para que ella pudiera decidir si me refería a lo del mar Egeo o a lo otro. 
Se inclinó sobre la mesa y me besó con suavidad en los labios. 

—Vámonos —dijo. 

Vaya, entonces era ahora mismo. Me estremecí levemente. La cosa iba rápida. Pensaba tener más tiempo para prepararme. Pero, ¿cuánto tiempo más iba a necesitar? ¿No era suficiente con diecinueve años? 

Durante todo el trayecto en su confortable coche automático fuimos en silencio y Lena mantuvo plantada la mano sobre mi rodilla. Yo sentía calor, mientras ella avanzaba hacia arriba, hasta otros sitios. Eran zonas que yo ya había explorado por mí misma, pero que nunca las había compartido con extrañas. Conocía aquella sensación, pero también noté que ahora era muy distinta al proporcionármela Lena. Parecía más intensa, la tensión era mayor y, por supuesto, iba a ser más prolongada. 

Cuando acabó el viaje y nos paramos justo delante de su casa, me estremecí nuevamente. Ya no quedaba mucho. 
Aparcó el Jaguar y se inclinó hacia mí. Su cara estaba muy cerca de la mía y comenzó a besarme. Su mano se movió por el costado y me acarició el pecho. 
Me sobresalté. ¡Menuda sensación! Todo en mí era un hormigueo a causa de la excitación. Pero deseaba mucho más. Deseaba que me acariciara, allí y en todos los sitios, igual que me había acariciado la cara en Chariot. De una forma tan suave y cariñosa. Tan afectiva. 

Su lengua me hacía cosquillas en los labios, que yo no había separado. Por el contrario, los mantenía cerrados por la sorpresa que sentí cuando se acercaron a mí. Era algo muy poco habitual, pero me dejó claro lo que deseaba. Introdujo un poco más la lengua, de un modo delicadamente violento, y automáticamente cedí a la presión para dejarla entrar. 

Al separar los labios, su lengua buscó la mía con suavidad y noté la tremenda sensación que se desencadenó en mí al tocarse y juguetear. Mis pechos seguían sintiendo aquel hormigueo y entre mis piernas ascendió un ramalazo de placer. 
Yo la quería, eso lo notaba, y no menos que ella a mí, pero aun así me pregunté adónde nos iba a llevar todo aquello. En realidad me había imaginado de otra forma mi primer encuentro sexual con una mujer. Precedido de más juramentos de amor y quizás a la romántica luz de unas velas... 
En aquel momento dejó de besarme. 

—Vamos dentro —dijo en voz baja. Se bajó del coche y se dirigió a la puerta. 

Mientras abría, yo permanecía a su lado y pensaba que aún podía irme, incluso que ella me podría llevar a casa o pedir un taxi. Podía darle final a todo aquello, olvidar su oferta y volver al trabajo el lunes como si nada hubiera pasado. De ese modo se hubiera evitado cualquier situación embarazosa para ambas. 

Pero, ¿qué hubiera conseguido con eso? Seguro que algo: tener la conciencia moralmente limpia. Porque de lo que aquí se trataba, eso me lo tuve que confesar a mí misma, era del comienzo de algo que en nuestra sociedad era tachado de inmoral, el intercambio de sexo por dinero. El aquí formaba parte de nuestra «transacción». 

Seguí a Lena por el vestíbulo, que me pareció más grande que el piso en que vivíamos mi madre y yo. Miré a mi alrededor mientras ella subía por una gran escalera que salía del hall e iba hacia el primer piso. Se volvió y me miró. No hizo falta que pronunciara ninguna palabra y esperó en silencio a que yo la siguiera. 

Siguió su camino hacia arriba y yo me detuve antes de llegar a ella, mientras mi corazón latía como si se me fuera a escapar por la boca. Cuanto más ascendía, más intensos eran sus latidos. ¿Qué me esperaba arriba? Aquélla era la gran pregunta a la que yo ansiaba poder responder. ¿Por qué no me acaricia, ni siquiera de una forma superficial? ¿Por qué todo sucede así, tan... organizado? ¿No resultaba todo, en cierto modo, absurdo? 

Una vez arriba, Lena me precedió hasta una habitación. Parecía ser su dormitorio, pues en el centro había una gran cama. Se dio la vuelta. 

—Ya estamos aquí —dijo. 
—Sí —respondí con voz temblorosa y ella se me acercó. 

Sus manos tomaron mi cara con suavidad y la atrajeron hacia ella. Me besó de nuevo y, cuando me acarició, esta vez mis labios se separaron en el momento oportuno. 
Ella rió en voz baja. 

—No tanto —dijo. 

Yo estaba desconcertada y, para evitar dar un paso en falso, no hice nada más. 
Su beso fue de una dulzura increíble. Se tomó mucho tiempo para explorar mi boca y la reacción de mi cuerpo resultaba más intensa cada vez. Noté cómo se endurecían mis pezones y me pareció embarazoso que ella se pudiera dar cuenta, aunque enseguida me llamé a mí misma al orden. ¿No habíamos venido a eso? 

Sus labios avanzaron desde la boca hasta el cuello y luego siguieron hacia abajo. Tuve que respirar profundamente, pues la sensación de cosquillas en el pliegue de mi cuello fue superior a mis fuerzas. Al mismo tiempo, sus manos buscaron los botones de mi camisa y comenzaron a desabrocharlos. 

Va a ver mis pechos, me di cuenta, asustada. ¿Le gustarán? No sabía lo que ella se esperaba. Había hablado de mi tipo como si ya lo conociera, pero estaba claro que hasta el momento no había visto de verdad cómo era por allí, pues yo suelo llevar la ropa bastante holgada por arriba. 

Quería gustarle a ella y quería que ella... me gustara a mí. Renuncié a pensar en otras cosas. ¿Qué pasaría si se sentía decepcionada por esperar más de lo que yo le podía ofrecer? Todavía puede volverse atrás en su oferta, pensé con sarcasmo. No la obligaría a que me pagase, aunque ella lo haría con sumo gusto. De todas formas, no me hubiera hecho falta eso para irme con ella. Y confiaba en que ella lo supiera. 

Ya me había desabotonado toda la blusa y estaba deslizando sus manos por debajo. Me estremecí y vibré cuando rozó mi piel; ya no pude moverme ni siquiera un poquito. 
Ella aspiró, sorprendida, cuando durante su recorrido acabó por llegar a mis pechos y comprobó que estaban desnudos. Era verano y me gusta ir sin sujetador. Sólo lo llevo en caso de urgencia, si es inevitable. 

—Hummm —murmuró con fruición. 

Al menos era evidente que a sus manos les había gustado lo que encontraron. Se mantuvo un rato allí, en el lugar en que la sorpresa la había retenido, y sus pulgares se movieron con lentitud desde el centro a izquierda y derecha, donde percibía que su actividad no me dejaba indiferente. 

Yo apreté los labios y me los mordí un poco para no lanzar un fuerte suspiro en el momento en que ella intensificó la presión. Luego pasó las uñas de sus dedos por los desiguales vértices que se habían formado y ya no pude más. 

Expulsé todo el aire que había acumulado en los pulmones y gemí. Sentí un cosquilleo y una excitación, y pude percibir un calambre directo que iba desde ahí arriba hasta abajo, entre las piernas. También hacía algo por ahí abajo. 
Se rió de nuevo en voz baja, como al principio. 

—Esto te gusta, ¿eh? —preguntó, sin esperar una respuesta. 

Yo no sabía si me resultaba más embarazoso que ella se diera cuenta de que me gustaba o que yo sintiera vergüenza por ello. Ambas posibilidades resultaban igual de inconvenientes, pues, de hecho, habíamos ido allí para hacer eso, lo que nos gustaba a ambas, no era nada por lo que tuviéramos que avergonzarnos. 

Es probable que fuera mi timidez lo que me inspiró. Nunca antes había estado así delante de nadie, no me había desnudado ante ningún extraño y lo primero que tenía que hacer era acostumbrarme, incluso aunque eso fuera lo que ella esperaba de mí y no hubiera otra cosa que más deseara hacer yo. 

Lena me deslizó la blusa por los hombros con mucha suavidad y, aunque en la habitación no hacía frío, me estremecí como si soplara un viento polar. 
Me miró mientras dejaba caer la blusa al suelo y se inclinó hacia mis pechos. 
No pude hacer otra cosa: me sentí obligada a gemir. Los suspiros ya no servían de nada. 

De una forma casi espontánea mi cabeza se echó hacia atrás, pues la excitación que provocó su lengua sobre mis pezones apenas me permitía sujetarla. Tenía la sensación de que ella había inflado aquellos dos guijarros, de tan hinchados como los sentía. Casi parecían ser mayores que el resto del pecho. 

Mi vientre también reaccionó con violencia ante las caricias. Se tensaba, me picaba y se calentaba cada vez más. También quería ser acariciado. 
Como si hubiera podido leer mis pensamientos, sus manos se deslizaron hacia la pretina de mis pantalones y soltaron el botón. Quiso meter la mano por allí, pero los vaqueros eran demasiado ajustados. 

—¡Eres una virgen de hierro! —dijo en plan de broma y yo me puse colorada. 
¿Cómo podía tomarme el pelo de esa manera? Buscó la cremallera y suspiró con algo de impaciencia. 
—Vaya, ¡llevas botones! 

Yo bajé la mano y desabroché los botones con un solo gesto, mientras me bajaba los pantalones por los costados. Los botones de los vaqueros no eran nada débiles y aguantaban en su sitio. 

—Aquí lo tienes —dije en plan respondón, una vez que hube terminado. 
Ella rió de nuevo. 
—Eres muy dulce —repuso. 

Se inclinó hacia delante y me besó otra vez. Dejó que mi lengua sintiera su excitación y que su ardiente respiración me quemara la cara. Penetró profundamente en mi boca, como la última vez, y mientras lo hacía noté cómo se aceleraba su respiración y su mano avanzaba de nuevo hacia mis pantalones, con una ligera parada intermedia en mis pechos, aunque esta vez no se entretuvo tanto tiempo en ellos. 

Cuando se apoyó en mí me molestó el contacto de su ropa sobre mi piel desnuda. Los fríos botones se apretaron contra mi pecho, que estaba muy caliente. Aquellos pequeños objetos redondos me dieron la impresión de ser como cubitos de hielo y hubiera preferido que ella no los tuviera allí. ¿Cómo serían sus pechos? 

Deslizó su mano por el interior de mi pantalón y yo jadeé en busca de aire. Era excitante hasta la exageración. Mis ingles se estremecieron con sus caricias y se me aflojaron las rodillas. Me tambaleé un poco. 

Me sujetó y no continuó su avance. 

—¿Puedes mantenerte de pie? —preguntó, y su voz sonó como si estuviera un poco preocupada. Un tono que nunca le había oído antes en la oficina. 
—Justo ahora, no —sonreí con turbación. ¿Querría que continuáramos de pie? Porque entonces lo más probable es que nos desplomáramos al suelo. 
Sacó la mano de dentro del pantalón para luego colocarme las dos sobre las caderas. Apretó contra la tela y luego la bajó por el trasero hasta los muslos. Los pantalones eran tan estrechos que la cosa no resultó muy sencilla. 
—Lo mejor es que hagas tú el resto —dijo entre risas.
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Lun Jun 22, 2015 12:12 am

Tal como estaba yo allí delante de ella, medio vestida y medio desnuda, no me apetecía nada que mirara hacia abajo. Me resultaba tan embarazoso que decidí contemplarla a ella mientras yo me desnudaba del todo. 

Ella hizo lo mismo. Se quitó los zapatos y me observó. Se desabrochó los puños y casi con el mismo movimiento se despojó de la blusa y el sujetador. Los pantalones se los quitó a la misma velocidad. Había tardado menos que yo en estar frente a mí, desnuda. 

—Vamos —dijo, y se volvió para dirigirse hacia la cama. 

Yo la seguí con la mirada, pero en aquel momento mi cuerpo fue incapaz de hacer ningún movimiento. Era... hermosa de verdad. Quizá no fuera esa la expresión adecuada. Todo su cuerpo era de una perfección armónica. Estaba proporcionada, sin ningún fallo, como si hubiera sido modelada por una escultora. ¿Por qué debía pagar para conseguir sexo? En mi opinión, lo hubiera podido obtener de cualquier mujer, así de fácil. 
Lena ya se había echado sobre la cama y me miraba, con el entrecejo algo fruncido. 

—¿No vienes? —preguntó con cierta irritación. 
—Sí. —Me forcé a ponerme en movimiento—. No estoy... muy acostumbrada —me disculpé, roja de vergüenza. 
Ella sonrió, no dijo nada al respecto y esperó a que me tumbara a su lado. 

Me fui deslizando con lentitud por la inmensa cama, mientras temblaba como un flan. Ahora ocurriría... 

No sabía cómo debía moverme. Por primera vez me encontraba en la cama con una mujer extraña. ¿No sería que se había aprovechado de mí? Para ella todo aquello no era tan nuevo y, en cambio, a mí me resultaba complicado de verdad echarme a su lado. Cuando lo hice, me quedé muy separada de ella. 

—¿Me tienes miedo? —preguntó, satisfecha. 
Ella no lo entendería, pero... 
—Sí, un poco —respondí. 
Con aquella respuesta se sintió incluso un poco más satisfecha. 
—No tienes por qué tenerlo —dijo con delicadeza. Se acercó un poco más y se inclinó hacia mí. Buscó mis ojos con los suyos y me sonrió. 
—No va a ocurrir nada malo. Sólo cosas bellas. Te lo prometo. 

Como es lógico, confié en ella. Aunque también era eso lo que esperaba, pero todas aquellas cosas bellas me producían miedo ante lo desconocido. Al menos, desconocido hasta el punto en que estábamos ahora. Hacerlo una por sí sola era algo muy distinto, pero estar tumbada a su lado, desnuda, soportar su mirada..., y ella también desnuda del todo... Casi no me atrevía ni a mirarla, porque, al fin y al cabo, era mi jefa. 

Asentí con algo de crispación. 

Ella buscó mi boca y comenzó a besarme. Sus manos se apoyaron en mi pecho y lo acariciaron con suavidad. Buscó los pezones, los estimuló a la espera de mi reacción y luego lo hizo con más fuerza. 
Yo intentaba respirar con dificultad, mientras ella empleaba su lengua en mi boca, pero fracasé lastimosamente. 
Lena se dio cuenta y, riendo, me dejó libre la boca. 

—Despacio —dijo—. Muy despacio. 

¡Ya estaba bien! Yo me sentía desbordada por miles de sensaciones simultáneas, no sabía cómo debía actuar, tenía miedo de hacer algo mal y esperaba sentir más, llegar hasta el final, experimentar lo que había que experimentar. ¿Debía, además, prestarle atención a la velocidad? ¡Al menos esa tarea debía de estar a cargo de ella! Porque yo no me sentía capacitada para hacerlo. Ella tenía experiencia; seguro que ya se había acostado con docenas de mujeres. Ella podía hacerlo, pero yo no. 

Quizá para darme la oportunidad de respirar, Lena empleó sus labios para hacer una incursión por todo mi cuerpo, lo que hizo que me excitara por todas partes. Allí donde rozaba ardía toda mi piel y aquello iba a peor a medida que bajaba. De nuevo se detuvo por un instante en mis pechos y se elevó el tono de su respiración, mientras yo casi no podía soportar la comezón. 

A mi cabeza subió un calor igual de insoportable; cerré los ojos y me concentré en las sensaciones que ella me proporcionaba, que me excitaban más y más, y que exigían toda mi fuerza de voluntad para no gemir en voz alta de una forma constante. Eso hubiera resultado muy embarazoso delante de ella. 

Sin embargo, poco a poco me fue consumiendo la excitación y empezó a desmoronarse mi resistencia. Comencé a suspirar en voz baja, luego a gemir, a moverme, a retorcerme bajo sus manos y sus labios: ya no aguantaba más. 

Se detuvo un instante y noté que sus manos continuaban con sus suaves caricias. Era como si me observara. Y lo más probable es que fuera eso lo que hacía. 

—Hermosa —dijo en voz baja, más bien para sí misma, y su boca descendió de nuevo hacia mí, primero a mi pecho, luego continuó hacia abajo, igual que su mano, que ahora casi había llegado hasta mis piernas. 

Yo ya no sabía lo que tenía que hacer. Si hubiera estado sola, en aquel momento ya haría tiempo que habrían comenzado los acordes finales. Nunca había aguantado tanto tiempo como el que ella llevaba atormentándome. De todas formas, mis sensaciones anteriores siempre habían sido más... débiles, o al menos distintas. 

Me acarició las ingles y yo me sentí a punto de explotar. Aquel punto, aquella pequeña zona entre la tripa y los muslos, me pareció muy sensible, como nunca lo había sido, como si todos mis nervios afluyeran allí. 
Gemí de nuevo y la oí reír en voz baja. 

—Sí —murmuró, satisfecha—, todo va bien, ¿no es verdad? 

No esperaba ninguna respuesta a aquella pregunta retórica y yo no se la di. Estaba muy ocupada para eso. 

Sus labios avanzaron aún más por las ingles, pero sus manos fueron al centro, entre las piernas. Durante unos segundos se deslizaron por el interior de mis muslos. Luego me agarró con ambas manos y me apretó las piernas sin articular palabra. Ella partía del hecho de que yo debía obedecer sin ofrecer resistencia. 

Yo lo hice y la tensión alcanzó de nuevo el punto culminante que había tenido antes. No sabía cómo se podía haber elevado, pero estaba segura de que aquello no era el final. Al menos aquella experiencia sí que la tenía. 

Avanzó con los dedos entre mis mulos separados. ¡Cielos! Qué distinto era a lo que yo conocía. Mucho más hermoso, una sensación indescriptible. Quería entregarme a ella, enroscarme en ella; mis piernas, por voluntad propia, se abrieron aún más. 

Volví a gemir cuando me acarició de nuevo y mi espalda se arqueó un poco, buscándola. No podía resistir más. Tuve que levantarme, aunque me hubiera gustaría imponerme a ella. 

«¿Por qué no hace algo de una vez?» 

Pasó de nuevo, otra vez, por la turgencia que sentía entre mis piernas. ¡Cómo estaba de hinchado todo lo de allí abajo! Y entonces sacó los dedos. Se mantuvo inmóvil. ¿Lo estaba observando? 

—Ya estás húmeda —dijo de repente. 

Mi cabeza estaba sumergida en acero fundido, en un alto horno, en el sol. Dios mío, ¡aquello resultaba tan violento! ¿Por qué lo había dicho? ¿No le bastaba con haberse dado cuenta? Lo más probable es que no se imaginara lo que suponía aquello para mí ya que las personas tímidas, como yo, no solemos sentirnos cómodas al ser el centro de atención. ¡Y menos en un caso como aquél! 

Lena deslizó de nuevo sus manos entre mis piernas y luego se tumbó a mi lado, de modo que pude notar junto a mi cuerpo todo el suyo, cálido, suave, su pecho casi sobre el mío. Aquello era maravilloso. 

Me invadió una sensación de seguridad, que en parte era también de tranquilidad. 
Comenzó a acariciarme entre las piernas con lentitud: primero por la parte de fuera, luego de nuevo por el interior. Seguro que era una excursión de reconocimiento con carácter de investigación. Evitó tocar el punto que me hubiera proporcionado el alivio total. 

—Abre los ojos —dijo, muy cerca de mí, en voz baja pero categórica. 
Acaté su exigencia y la miré directamente. Su rostro estaba tan cerca de él que casi no pude distinguir su contorno. 
—Quiero verte cuando te corras —dijo sin la menor sonrisa, sin la más ligera insinuación—. Así que, por favor, abre los ojos. 
Mi primera reacción ante aquella petición, que era más bien una orden, fue hacer lo contrario: la turbación que sentí me obligó a cerrar los ojos, pero luego hice lo que ella deseaba y los abrí de nuevo. 
—Sí —susurré con docilidad. 

Me sorprendió que pudiera salir un solo sonido de mi boca. En realidad lo que ella quería de mí no era nada malo, pero la vergüenza que aún me embargaba no me permitía liberar lo más íntimo de mi ser. Ni siquiera podía ocultarme en la oscuridad. Aunque hubiera estado bien. 

Me miró muy seria mientras sus manos se movían entre mis piernas, ahora ya con un objetivo. Ahora encontró el punto, y lo acarició... 
Cerré los ojos, pero al acordarme de su enérgico requerimiento los abrí a toda velocidad. 

Iba cada vez más deprisa y, al mismo tiempo, me miraba. 
Yo quería volver la cabeza y escapar de su mirada, pero, como estaba segura de que eso le desagradaría, aguanté. 

Sus ojos no se apartaban de los míos, me miraban con fijeza, y cuando empecé a respirar con más intensidad, a gemir y a retorcerme entre sus manos, Lena comenzó a sonreír. Si no se hubiera tratado de ella, lo más probable es que yo hubiera pensado que aquello era una expresión de afecto. Pero seguro que sólo se trataba de una muestra de su propia excitación, que aumentaba al mismo tiempo que la mía, pues ella también respiraba a toda velocidad. 

Empleó sus manos de una forma extraordinaria, a veces con toda la palma sobre mi sexo, luego de nuevo uno o dos dedos en un punto muy específico. Controlaba mi orgasmo como si fuera un piloto de Fórmula 1. Yo estaba a su merced. 

—Córrete —dijo de repente, e hizo danzar a toda velocidad sus dedos entre mis piernas por todas partes al mismo tiempo. Al menos eso fue lo que me pareció. 

Las ondas de calor que crecían en mí, mi pecho hinchado que aún me dolía, todo pareció alcanzar los objetivos previstos y convertirse en espasmos y explosiones que rae arrollaban y hacían que sintiera como si me faltara el suelo bajo los pies. 

Gemí en voz alta y un «¡Sí!... ¡Sí!... ¡Sí!» salió de mi garganta sin que pudiera contenerlo. Arqueé la espalda hasta que se despegó de la cama y sentí que la tensión crecía en mi interior, luego el hormigueo de sus dedos entre mis piernas y, por fin, la liberación. Aspiré con esfuerzo, me dejé caer otra vez hacia atrás y jadeé, agotada del todo. Tenía la sensación de que cuando respiraba no era capaz de absorber el oxígeno suficiente. 
En aquel preciso instante Lena sonrió de verdad y, cuando pude verla a través del velo que empañaba mis ojos, casi me pareció cariñosa. 

—Lo siento —dije, avergonzada—. No he podido contenerme más tiempo. Perdona. 
—No pasa nada —respondió y se inclinó hacia mí para besarme los labios con mucha suavidad—. Ha sido fenomenal. 

Yo esperaba que ella se sintiera satisfecha de verdad conmigo y que no lo dijera sólo por hablar. Pero no podía ocuparme demasiado de ese tema, ya que de momento tenía que seguir mi pelea contra la tensión que, aunque rebajada, todavía persistía en mi cuerpo y no parecía haber desaparecido del todo, pues lanzaba pequeñas olas sobre mi playa íntima y me hacía sentir cosas que nunca antes había experimentado. 

Ella pareció darse cuenta. Me cogió entre sus brazos y me meció durante unos segundos. Yo no imaginaba que fuera capaz de eso. Como jefa era siempre tan... decidida, tan dominante y, sobre todo, tan poco afectiva. Pero ahora sentí algo más, algo que ella me transmitió. Le importaba que yo me sintiera bien y parecía hacerlo de una forma muy desinteresada. 

Cuando me recuperé de nuevo, la miré y sonreí un tanto insegura. Me hubiera gustado agradecerle aquella experiencia maravillosa, pero algo dentro de mí me gritó que no lo hiciera. 

—El resto me lo guardo para el Egeo —dijo, sonriente, mientras me miraba de arriba abajo. 

«¿El resto? ¿Qué resto? ¿No había sido suficiente con eso? ¿Aquello no era todo?» Pero yo sabía cuál era el resto al que ella se refería. El escalofrío que recorrió mi cuerpo se formó por una expectativa llena de temor que me puso la carne de gallina. Yo lo quería. Quería que ella... entrara en mí, pero ¿cómo lo iba a hacer? ¿Me haría daño? En cierta forma ya no era virgen, pero por otro lado sí lo era. ¿No había podido hacerlo todo de una vez? ¿Por qué estaba ahora tumbada detrás de mí? 
Pero Lena tenía ahora otros deseos. Se puso de espaldas y me miró con un gesto de requerimiento. 

—Échate sobre mí —dijo. 

Coloqué mi mano sobre su estómago. El contacto con su piel, suave como la seda, me transmitió una maravillosa sensación. Su respiración ascendía y descendía como un mecanismo de relojería. Parecía muy tranquila, pero de todas formas debía darme prisa en satisfacer sus deseos, o al menos ésa fue la impresión que tuve. 

Me tumbé despacio sobre ella y abrió las piernas para que me colocara entre ellas. Miré su cara, sus ojos. Estaba tumbada sobre ella, sobre mi jefa, sobre una mujer que, de hecho, era algo mayor que yo, aun cuando tenía un aspecto muy juvenil; la tenía debajo de mí y podía decidir sobre ella, sobre su excitación y sobre cómo satisfacerla. 

Era una sensación muy extraña. Hasta el presente era ella la que había llevado las riendas y el control, y la que había dado las órdenes, tanto en la oficina como en la cama, pero ahora, de repente, ocurría todo lo contrario. 

Me incliné hacia ella para besarla, pero fue ella la que me besó a mí antes de que yo pudiera evitarlo y comenzara con mi tarea. Pero, de todos modos, fue bonito. Me sujetó por la nuca, acercó mi cabeza a la suya y me oprimió con su estómago. Pensé que no debía hacerla esperar tanto como ella había hecho conmigo. A lo mejor no le gustaba el aspecto que cobraba todo ni cómo se sentía. 

Suspiró y gimió en mi boca, y casi me ahoga con su lengua, a pesar de que era ella la que estaba tumbada y se retorcía cada vez con mayor intensidad debajo de mí. Dejé que mi mano avanzara hacia su pecho y le acaricié el pezón con los dedos. Ella gimió con mayor intensidad. Agarré todo el pecho y saboreé una maravillosa sensación de redondez en mi mano; luego seguí con caricias y masajes, para acabar volviendo a excitar su pezón. Hice lo mismo con el otro pecho, hasta que, por fin, Lena acabó por separarse de mi boca en busca de aire. 

—Rápido —jadeó—, vete abajo. 

Yo no tenía muy claro lo que podía significar aquello. 
Copié lo que había hecho antes conmigo, busqué con mi mano la abertura que había entre sus muslos y me deslicé entre ellos. Lena abrió las piernas aún más. ¡Dios mío! ¿Había estado yo igual de húmeda? Allí casi se podía nadar. Había tenido que controlarse mucho mientras me masturbaba. ¿Podría hacerlo también yo? No estaba muy segura, porque, al fin y al cabo, no lo había hecho nunca. No sabía lo que le podía gustar y lo que no, y tampoco tenía la experiencia de ella para podérmelo pensar. Por tanto, tuve que ceñirme a sus reacciones y sus indicaciones. 

Noté las convulsiones que experimentó cuando, entre sus piernas, toqué su sexo hinchado. Sin duda aquél era el lugar adecuado. Busqué la pequeña elevación sobre la prominencia y la estimulé un poco con el dedo. Lanzó un suspiro tan fuerte que casi me asusté. 

—¡Sí! ¡Ahora! 

Yo ya no podía hacer mucho más. Lena alzó el trasero, de modo que el roce se hizo más firme, la acaricié un par de veces más y luego ella gritó, se corrió y se retorció contra mí, antes de dejarse caer sobre la almohada. Todo fue muy rápido. 
Quise retirar mi mano, pero ella protestó. 

—No, no —dijo—. Quédate ahí, no te vayas, ahora mismo seguimos. 

Hice lo que me dijo y no tardó mucho en volver a moverse y acercarse a mí. La acaricié lo mejor que pude, hasta que ella se corrió una vez más, pero esta vez gimió en lugar de gritar; luego, un poco después, hubo una tercera vez, acompañada de un suspiro. Al acabar me miró y sonrió, casi feliz. Nunca la había visto así, tan relajada. En la oficina parecía que siempre estaba peleando, siempre en tensión. 

—Lo haces muy bien —dijo, con palabras de reconocimiento. 

Sí, pensé yo de repente. 

«Y siempre, cuando quieres expresar tu reconocimiento, lo haces con dinero, pagas por ello. ¿Cuál de esos tres orgasmos es el de mayor valor? ¿También vas a pagar por el mío? Porque has trabajado más que yo», medité. 

Ella se irguió. 

—¿Te apetece otra vez? —dijo, solícita. 

Negué con la cabeza. Se me habían pasado las ganas al pensar en el dinero y en las vacaciones en el Egeo. Todavía podía decir que no. Pero yo... estaba enamorada de ella. No podía negarme. 

¿Por qué yo no podía pagarle con mi amor y ella si podía pagarme a mí? ¿Por qué tenía que ser precisamente con dinero? Eso lo hace todo tan... primitivo. Incluso la experiencia que acababa de tener con ella y que había resultado maravillosa. 

Pensé en el roce de su piel, en la suavidad y en el calor que emitía, que eran como seda y terciopelo reunidos en uno solo. Una sensación indescriptible. Me hubiera encantado acurrucarme a su lado, intercambiar caricias, quedarme dormida junto a ella y luego despertarme. Puede que ella tuviera algo en contra de eso, pero a mí no me pasaba lo mismo. 
Me levanté y fui hacia mis cosas, que estaban esparcidas por el suelo. Comencé a vestirme. 

—Mi madre —reí en plan de disculpa. ¡Menos mal que la tenía a ella!—. Se preocupará. Me tengo que ir a casa. —Estaba claro que hubiera podido llamar por teléfono y con eso hubiera bastado, pero no se lo quería decir a Lena. 
—Mañana mismo podemos volar a Grecia, si quieres. ¿O mejor pasado mañana? —preguntó, casi en un tono de negocios. 

¿No le gustaba que me fuera o no le importaba nada? ¿Ahora que ya había conseguido lo que deseaba? 

—Mejor pasado mañana —respondí, mientras intentaba dominarme—. Necesito un poco de tiempo para hacer la maleta..., y está mi madre. 

«¡Mi pobre madre! ¿Por qué la tengo que usar para todo?» 

—No hace falta que lleves muchas cosas —explicó, mostrándose agradable—. Sólo lo personal. En el barco no necesitaremos muchas cosas y lo que precisemos lo podemos comprar en tierra. 

Yo quería decirle otra vez que no tenía dinero, pero volví a mantener la boca cerrada. No necesitaba ningún dinero. Ella lo pagaría todo. Todo. 
Yo ya me había vestido y estaba preparada para irme. 

—¿Puedo llamar a un taxi? —pregunté. 
—Claro que sí —me respondió, mientras señalaba el teléfono, al tiempo que se levantaba de la cama. 

Se dirigió a un pequeño escritorio, una minúscula antigüedad que había junto a la ventana, y sacó una cosa del cajón. Cuando colgué el teléfono se acercó a mí, aún desnuda, y me puso algo en la mano. 
—Esto te servirá para pagar el taxi —dijo, como de paso. 

Luego se dirigió al armario y se puso por encima algo parecido a un poncho, de tela brillante y suelta: parecía una mezcla de camisón y bata. Tenía un aspecto muy seductor. 

—Te acompaño —dijo. 

La seguí y, al llegar abajo, vi los faros de un coche que se acercaba a la casa. Debía de ser mi taxi. 

—Entonces, hasta pasado mañana. —Se mostraba tan indiferente como si estuviera ante una cita de negocios—. Te recojo a las diez. Así llegaremos a tiempo al aeropuerto. 

Me estrechó la mano a modo de despedida y ni siquiera me dio un beso. Ni una mínima caricia. 

Después de mi primera vez me lo había imaginado todo de otra forma, pero tuve que aceptarlo tal y como ocurrió. Abrí la puerta de la casa y salí a la oscuridad, que estaba iluminada por los faros del coche, mientras ella dejaba que la puerta se cerrara de golpe detrás de mí. 

Al sentarme en el taxi, abrí la mano y miré los billetes. Eran de bastante valor y había seis. Demasiado dinero para una virgen inexperta, pensé.
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Grd el Lun Jun 22, 2015 3:16 am

No m gusto la actitud d lena al final con julia Sad ojala q el viaje le sirva para enamorarse de ella, porque julia ya parece q lo esta. Conti bounce
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Raque el Mar Jun 23, 2015 6:14 pm

Oh..!
Que intenso..!

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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Mar Jun 23, 2015 11:44 pm

Hubiera tenido que decir «mañana» en lugar de «pasado mañana», pensé al día siguiente. Cuando llegué a casa la noche anterior, vi que en la habitación de mi madre aún había luz. La apagó al oírme entrar. Me había estado esperando.

Sentí que mi cargo de conciencia era casi una sanción justa. ¿Por qué no la había llamado antes de ir a casa de Lena? Seguro que se había preocupado mucho.

Se lo explicaría y yo estaba segura de que no se enfadaría cuando supiera que no me había ocurrido nada. Pero yo me sentía molesta conmigo misma. ¿Qué había hecho? Había ansiado algo desde hacía mucho tiempo y había recibido parte de ello. Eso había estado bien. Pero, ¿qué pasaba con el resto, con la parte que faltaba? ¿Qué ocurría con el amor?

Yo estaba enamorada de una forma indudable. No me podía quitar de la cabeza a Lena. La veía debajo de mí, veía sus ojos, que por un momento habían perdido su expresión habitual y, aunque siempre mantenían la mirada, por un mínimo instante habían sido sinceros y vulnerables, se habían nublado cuanto más se excitaba, cuando se corrió.

 

Había sentido tanto amor hacia ella en ese momento, la había deseado y hubiera querido protegerla, todo eso de una forma y en un contexto de sentimientos que eran nuevos para mí. ¿Cómo podía sentir eso por ella? Pues lo había sentido y no lo podía evitar.

Lo que ella sentía por mí era harina de otro costal. No me atreví a imaginar lo que pensó de mí cuando me fui. Después de que me hubiera puesto en la mano tanto dinero y yo lo aceptara.

Si nuestro «negocio» no hubiera estado ya sellado y yo pudiera dar marcha atrás..., pero ahora ya no podía hacerlo. Había firmado el contrato y había dado mi conformidad con un apretón de manos.

Estuve sin dormir más de la mitad de la noche. Me hubiera gustado que me acariciara de nuevo, ver su sonrisa en aquel pequeño instante de felicidad.

Ella estaba embriagada, turbada, me satisfacía totalmente. Había dado al traste con toda mi vida sentimental. Yo sólo pensaba en ella, la veía delante de mí, me acordaba de sus manos sobre mi cuerpo. ¡Uff! Era mejor dejar de pensar en eso.

Acabé por quedarme dormida sólo porque el cansancio me pasó factura, pero, cuando me desperté a la mañana siguiente, Lena volvía a estar ahí. Dominaba todos mis pensamientos. ¿Por qué tenía que esperar un día más? ¿No hubiera sido más sencillo subir ese mismo día en un avión, de golpe y porrazo, para ir a Grecia? Por lo visto no.

Mi madre me miró con mucha atención durante el desayuno y yo me sentía cada vez más intranquila, pero no preguntó nada. Hasta que por fin hice de tripas corazón.

—Yo... me voy mañana a Grecia, tres semanas —dije en voz baja y con la vista fija en mi taza de café.

—Ya —dijo ella, y untó un poco de mantequilla en el pan.

¿No le había sorprendido?

Me negué a mirarla.

—¿No estás de acuerdo? —pregunté.

Era mi última esperanza. Si tenía algo en contra, aún podría decirle a Lena que no iba.

—Eres mayor de edad —dijo—. No puedo prohibirte nada. Ya eres adulta.

¡Mierda! ¿Por qué era tan terriblemente tolerante?

—¿Pero no quieres saber por qué me voy así, tan deprisa? —pregunté, algo consternada.

—¡Oh, sí! —replicó ella, me miró y sonrió levemente—. Pero, como te conozco, sé que me lo vas a contar en breve.

¡Ella sí que me conocía bien! No era de extrañar: me conocía desde que nací.

—Yo... me voy con Lena —dije en voz baja.

—Hummm. —Mi madre me miró, pensativa, durante unos instantes, para continuar después—: Lo había imaginado.

La miré con los ojos como platos.

—¿Ya te lo habías imaginado?

¿Cómo lo podía saber? De hecho, yo misma no supe nada hasta el día anterior, cuando Lena me hizo la propuesta.

—Sí —asintió—. Es por tu forma de comportarte durante las últimas semanas. Desde que haces las prácticas con ella. Estás enamorada.

—¿Y, de verdad, no tienes nada en contra de eso? —agregué, un tanto incrédula.

Mi madre sonrió y me miró con cariño.

—¿En contra de qué? ¿De que estés enamorada? ¿Cómo voy a tener algo en contra? Es el mejor sentimiento que existe. Sobre todo a tu edad.

Hablamos durante un buen rato sobre mi idea de que las chicas eran más atractivas que los chicos y de que eso no había constituido una sorpresa para ella. Lo supo antes que yo. Tenía una madre muy inteligente.

—Sí —dije yo, algo turbada. Si sólo hubiera sido eso...

Me observó de nuevo. Sabía que había algo más, pero nunca me obligaría a contarlo.

—Esta noche has llegado muy tarde a casa —repuso, casi de pasada, mientras mordía un pedazo pan.

Me sobresalté y me sentí turbada.

—Sí, lo sé. Me esperaste y no llamé —me disculpé, algo cortada.

—No pasa nada —dijo ella con expresión bondadosa.

De nuevo me miró durante un instante y yo, de pura vergüenza, sólo pude fijar la vista en el suelo. ¡Resultaba todo tan embarazoso!

—¿Tú... estabas en su casa? —me preguntó, con una sonrisa.

—Sí —murmuré.

Esperaba que no me fuera a preguntar lo que estuve haciendo, a pesar de que, por la forma en que sonreía, lo sabía o por lo menos lo imaginaba.

¿Por qué las madres siempre tienen que saberlo todo? Si ahora me hubiera preguntado si me gustó, hubiera dado un salto y hubiera salido corriendo.

Pero no lo hizo.

—Está bien —dijo, con expresión considerada, y dio un sorbo a su café.

—Yo... yo no puedo hablar de eso —me disculpé, ruborizada.

Mi madre se mostró satisfecha.

—No es necesario que lo hagas —dijo—, porque nadie te lo está pidiendo. Y yo aún menos. También he tenido tu edad y sé cómo van estas cosas.

—A mi edad ya casi estabas a punto de quedarte embarazada. —Suspiré al pensar que, al menos, ése no era mi caso.

—Sí —dijo, riendo—. Mi madre no tuvo tanta suerte conmigo como yo contigo. —Me cogió de la mano y la apretó con fuerza—. Me alegro por ti —dijo en voz baja. Se levantó y se sirvió otro café—. ¿Cómo es ella, Elena? —preguntó, como si no le interesara demasiado—. Debe de ser muy agradable.

¿Agradable? Aquella no era la primera característica que me venía a la cabeza al pensar en Lena. En absoluto. ¿No debía ocurrir así cuando una se siente enamorada?

—Sí... —respondí con un titubeo.

Mi madre alzó las cejas. No era la respuesta adecuada. Se sentó de nuevo en la mesa, a mi lado.

—¿Hay algún problema? —preguntó.

¿Qué iba a decirle? ¿Debía hablar del dinero y del «negocio» que había cerrado con Lena? No podía hacerlo, porque seguro que me hubiera prohibido volar a Grecia. Pero, ¿no hubiera sido lo mejor? ¿No era casi lo que yo deseaba?

—No —respondí—. No hay ningún problema. Sólo que estoy un poco nerviosa. Mañana vuelo a Grecia y voy a estar con ella durante tres semanas. No estoy acostumbrada.

—¡Te creo! —rió mi madre. Parecía tranquila.

—Ella es..., ella es... No te puedo describir cómo es —intenté decir, para contestar a la pregunta que me había formulado antes, pero no pude hacerlo—. Yo estoy...

—Estás enamorada de ella —dijo mi madre, satisfecha—. Es la mujer más hermosa, más excitante y más encantadora que existe. Es incomparable. Me lo puedo imaginar muy bien.

Miré a mi madre con toda seriedad.

—Sí, ella es así —dije, sincera.

Me tomó de nuevo la mano y me miró, sonriente.

—Entonces disfrútala —dijo.

Si pudiera... Ahora tenía que volver a la otra cuestión. Era sencillo, mi madre confiaba en mí...

—No debes preocuparte —comencé a decir con timidez—. En la agencia me han dado una gratificación. Y allí también voy a... —tragué saliva— trabajar. Puedo darte el dinero con el que habíamos contado. Nada va a cambiar.

Mi madre había hecho planes para gastar aquel dinero y yo quería que se sintiera tranquila en ese aspecto.

Me miró durante unos segundos.

—Eso está muy bien —dijo. Luego sonrió con amabilidad—. Pero no hacía falta, al menos no en este caso. —Se inclinó hacia delante y me acarició la cara—. Yo sólo quiero que mi niña sea feliz. —Rió—. Las madres somos así, ¿sabes? —Me miró una vez más—. Tengo una hija maravillosa. —De repente se puso seria—. Soy una madre digna de envidia. —Se puso de pie y me besó en la frente—. ¿Recoges tú la mesa? —preguntó, mientras se alejaba; yo asentí.

Me quedé un rato más sentada mientras oía cómo abría la tabla de planchar. Era fin de semana y tenía que acabar con todas las tareas domésticas que no había podido hacer el resto de los días. Normalmente nos repartíamos el trabajo, pero hoy yo no me encontraba en condiciones.

Pensaba en Lena, pensaba en lo que había ocurrido la noche anterior y en lo que pasaría en el Egeo, y pensaba en que, por primera vez en mi vida, en cierto modo había mentido a mi madre. Le había dicho lo del dinero, pero no era toda la verdad. Me había callado la parte más importante, la que hubiera hecho que se sintiera un tanto espantada.

Ahora por fin había perdido la virginidad. Más aún, la había perdido por lo que hice la noche anterior o por lo que iba a hacer en el Egeo. Pero no era una sensación agradable. ¿Por qué todo tenía que resultar tan complicado?

—¿No vas a hacer la maleta? —me gritó mi madre desde la sala de estar.

Me levanté.

—Claro —respondí con un grito, guardé las cosas en el armario deprisa y corriendo, y subí al desván a coger mi maleta.
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VIVALENZ28

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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Mar Jun 23, 2015 11:45 pm

A la mañana siguiente llamé a Lena y le pedí que me recogiera un par de calles más allá y no justo delante de mi casa. No quería que mi madre y ella se encontraran.

Me había quedado claro que Lena sólo era unos pocos años más joven que mi madre. Ellas dos hubieran hecho mejor pareja que Lena y yo. Y aunque mi madre lo sabía, porque yo sabía con toda seguridad, aquello resultaba muy embarazoso para mí. No quería que ella lo pudiera confirmar al ver a Lena.

Eso no impedía, por supuesto, que mi madre estuviera muy intrigada. Le hubiera gustado ver cara a cara a la persona con la que su hija se iba de vacaciones, pero respetó mis reservas y no dijo nada cuando le informé de que ya nos íbamos al sitio que habíamos acordado.

Me abrazó en la puerta, apretándome fuerte contra ella. Nos habíamos separado en muy raras ocasiones, en realidad casi nunca.

—Te deseo unas vacaciones maravillosas —dijo con una sonrisa, y no creí equivocarme cuando me pareció ver alguna pequeña lágrima en sus ojos—. Llámame alguna vez, ¿de acuerdo? Por favor. Ya sé que las madres somos terribles, pero vas a estar tan lejos durante estas tres semanas —me miró, como disculpándose.

Yo la abracé.

—Claro que lo haré —prometí—. Todos los días.

Ella se rió.

—No es necesario —dijo—. Seguro que vas a tener cosas mejores que hacer. —Guiñó un poco los ojos, pero seguro que era por las lágrimas y no por otra cosa.

Ya sentía su falta. La iba a echar de menos, pero, a la vez, deseaba estar con Lena. Calmé mi mala conciencia con una promesa más.

—Te escribiré un par de bonitas postales con un sol resplandeciente —reí con una ingenuidad calculada.

¡Si hubiera dicho toda la verdad en lugar de engañarla...! Claro que entonces no me hubiera dejado hacer el viaje. De eso estaba totalmente convencida.

Y yo quería viajar. Yo quería a Lena. Yo quería estar con ella...

Me estremecí levemente y cogí la maleta con firmeza.

—En tres semanas estaré de vuelta —dije, a modo de consuelo—. Ya sabes lo rápido que pasa el tiempo.

—¡Para ti seguro! —exclamó, riendo—. Cuando uno hace algo hermoso, el tiempo pasa más rápido de lo que se quisiera. Para mí pasará más lento. Venga, márchate de una vez que te estará esperando. —Casi me empujó hasta la puerta.

Me volví una vez para mirarla. Sonrió para animarme y agitó ligeramente la mano. Hubiera preferido darme la vuelta, contarle toda la verdad y esperar sus consejos, porque siempre había sido mi mejor consejera durante todos estos años. Siempre sabía lo que había que hacer.

Pero ahora era yo la que tenía que saberlo por mí misma. Era una mujer adulta, como ya me había dicho. No le podía dejar siempre la responsabilidad a mi madre. Tenía que aceptarla yo misma.

Enderecé los hombros y caminé calle abajo, sin darme la vuelta para mirarla.

Al poco de llegar a nuestro punto de encuentro, Lena llegó con su Jaguar, casi en completo silencio. Me abrió desde dentro el maletero para que pudiera guardar mi equipaje.

¿No había dicho que sólo lleváramos las cosas personales? El maletero estaba lleno hasta los topes y sólo pude encontrar un pequeño hueco en una esquina.

Después de subir al coche, me habría inclinado hacia ella con sumo gusto para darle un beso de saludo. Tenía muchas ganas de hacerlo y, una vez más, mi corazón parecía estar a punto de salirme por la boca. Pero ella se mantuvo tan fría y esquiva que pronto me olvidé de aquel deseo.

 

—Ha sido una buena idea por tu parte —dijo, utilizando aquel tono de negocios que yo ya conocía y que siempre utilizaba en la oficina para dirigirse a mí—. No estoy acostumbrada a que las madres de mis... —Se detuvo un momento y luego continuó, mientras miraba por el espejo retrovisor y arrancaba—. Me encuentro extraña entre las madres.

—Mi madre es muy agradable. —Me puse a la defensiva. Yo había tenido la misma idea porque no quería que mi madre viera a Lena y, en este caso, era Lena la que no deseaba verla. Eso me molestó hasta cierto punto.

Lena me miró.

—Seguro que lo es —dijo y luego se mantuvo callada. En la radio del coche sonaba de fondo un CD de música clásica.

—¿Puedo ponerlo más alto? —pregunté.

Decidí no intentar hablar con ella, ya que parecía imposible en aquel momento. A lo mejor hubiera debido bajarme del coche.

—Claro —dijo y, antes de que yo pudiera hacer nada, activó un pequeño botón en el volante—. ¿Mejor así? —preguntó, mientras la música fluía en el interior del coche como si fuera una sala de conciertos.

—Sí, gracias —repuse, y permanecimos calladas durante todo el viaje hasta el aeropuerto. Ninguna de las dos dijo nada, como si lo hubiéramos convenido.

Nunca había volado y el aeropuerto me fascinó en cuanto llegamos a él. Me pareció enorme, inmenso, y en cierto modo me infundió angustia. Lena se sentía muy bien allí. Dejó su coche en un sitio muy determinado, que ya parecía conocer de antes, y nada más hacerlo apareció un hombre con un carro para recoger nuestras maletas. Seguro que lo había organizado todo, igual que en la oficina. El caos que al principio me había irritado tanto era, si se miraba con atención, un orden predeterminado, su orden. Y aquí ocurría lo mismo.

Lena no habló. Parecía esperar que yo la siguiera, cosa que hice, por supuesto. Sin ella me hubiera sentido perdida. Se dirigió hacia el mostrador adecuado, nos hicimos con nuestros billetes y luego fuimos a la Gate 11, donde nos dieron nuestras tarjetas de embarque y facturamos.

Ya sin equipaje nos pudimos mover mejor y fue la primera vez que se dirigió a mí.

—¿Tomamos algo? Todavía nos queda un poco hasta la hora de embarcar.

Asentí, sobrecogida, pues todo aquel escenario me resultaba algo inquietante. Y ella también me inquietaba. Era muy práctica, carecía de sentimientos, como si fuéramos a hacer un viaje de negocios. Me estremecí. ¿No había ocurrido siempre así? ¿No había actuado siempre de la misma manera? ¿Siempre quizás a excepción de un instante la noche anterior?

Fuimos a una pequeña sala y, excepcionalmente, en lugar de pedir cerveza tomamos cava, o puede que fuera champán, porque yo no sabía distinguirlos muy bien.

La primera vez que me sonrió en todo el día fue en el momento de brindar conmigo.

—Por nuestras vacaciones —dijo.

—Sí. —No pude sonreír de la forma adecuada, pues me sentía nerviosa e incluso algo intimidada por sus frías formas y por todo lo que ocurría a mi alrededor.

—¿Te da miedo volar? —preguntó, en plan distraído y como por decir algo. No parecía interesarle lo más mínimo.

—Yo... no lo sé. Nunca he volado —respondí con algo de timidez.

Ella sonrió. Parecía que yo le gustaba cuando me sentía tímida y desamparada.

—¿Nunca has ido en avión? —preguntó—. Bueno, pues ya era hora. Te va a gustar. Al despegar el avión experimentas una sensación maravillosa. Es como tener mariposas en el estómago. —Me miró de una forma un tanto extraña—. Como ocurre en la cama —añadió más tarde, en un tono neutro y, una vez más, con una sonrisa mecánica.

Ya habíamos llegado al tema, al objetivo de nuestro viaje. Recuerdo que en una ocasión leí un libro que se titulaba Miedo a volar. Era un libro muy curioso, puesto que no tenía nada que ver con el vuelo. De hecho la figura protagonista se encontraba en un aeropuerto, aunque en realidad no trataba de volar.

Cuando leí aquel libro tuve la sensación de no entenderlo muy bien. Puede que yo fuera muy joven e inexperta para ciertas cosas, pero de repente lo entendí todo a la perfección: el libro, el título, todo... El miedo a volar significaba en ese contexto miedo ante el sexo, miedo a la libertad, a la propia responsabilidad. De hecho, no era un libro de amor entre lesbianas, pero ahora podía comprenderlo.

Sin embargo, no pensé que Lena me lo preguntara de esa forma, porque seguro que no había caído en eso. No podía dejar de pensar que aquel tema había quedado liquidado, resuelto después de lo ocurrido hacía dos noches.

No pude contestar nada a su comentario, pues no tenía ninguna base para comparar, y tampoco sabía si ella esperaba que yo reaccionara. Agarré la copa y me sentí desplazada. En realidad, ¿qué hacía yo allí? Con una mujer como ella, a mi edad y sin haber tenido siquiera la experiencia de volar.

—¿Te gusta el Mediterráneo? —preguntó ella de repente. Cuando alcé la vista, me observaba con una expresión seria. Su sonrisa había desaparecido.

—Sí, sí, claro. —Era cierto. Me gustaba. Pero no era sólo del Mediterráneo de lo que aquí se trataba. Me sentía violenta—. Lo siento. Te prometo que allí abajo seré... más agradable. Lo que pasa es que todo esto es nuevo para mí. No sé nada en absoluto... —me disculpé.

Ella me interrumpió.

—Está bien. —Luego se mostró satisfecha—. ¿Puedes ser más «más agradable»? ¿Qué entiendes tú por «allí abajo»? —Ahora parecía más relajada que nunca. Parecía que le gustaba mi planteamiento, o quizá sólo fuera que disfrutaba por el mero hecho de verme turbada por la vergüenza.

—Sí. Yo... me refiero a que tenemos un acuerdo y lo voy a cumplir —balbuceé y me esforcé para que mi cara se mantuviera fresca e impasible, para impedir el rubor que intentaba teñirla. Mi tono de voz me traicionaba.

—Ya contaba con eso —contestó, impasible, y bebió de su copa de champán.

¿Por qué era así? ¿Y por qué, a pesar de todo, yo la quería? Porque la amaba, eso lo sabía bien. Me sentía atraída por ella, era como un imán para mí.

Me hubiera encantado acariciarla, tocar su rostro, disfrutar de nuevo de la sensación suave y cálida de su piel. Pero me convencí de que allí, en aquel momento y en aquel lugar, debía renunciar a eso. Ella era ahora la mujer que yo conocía en la oficina: fría y eficiente, distante hasta no poder más. Y yo también debía comportarme así, pues de lo contrario se cansaría enseguida de mí.

Aquello me recordó que en realidad no habíamos hablado de lo que ocurriría cuando hubieran transcurrido las tres semanas. Las vacaciones se acabarían y con ellas mis prácticas. Yo empezaría a estudiar otra vez para preparar la selectividad y ella se limitaría a seguir con la dirección de su agencia como antes, sin mí. ¿Eso significaría que iba a ser del todo sin mí? ¿En el campo laboral y en el aspecto personal?

—¿Lena? —pregunté en voz baja.

Debía haberme dominado para no hacerlo. Ella me miró interrogante, alzó las cejas y esperó a que continuara.

—¿Has... has pensado... algo para después? —Formulé la pregunta que me corroía el espíritu y que ya me hacía sentir una presión en el estómago—. Para dentro de tres semanas —completé la frase—. Cuando regresemos.

—No —contestó ella sin ningún interés—. No lo he hecho. ¿Debería hacerlo?

En aquel momento anunciaron nuestro vuelo. Ella bebió el último trago de su copa y se puso en pie.

—Vamos —dijo—. Debemos irnos.

Me levanté y la seguí con cierto estremecimiento. Ahora ya me quedaba claro lo que significaban aquellas tres semanas para ella y para mí: eran dos cosas totalmente distintas.

Después de que el avión se elevara, me recliné en mi asiento. Disimulé un suspiro. Ella tenía razón: la sensación del despegue tenía mucho que ver con el sexo.

Hasta ese momento tenía unas cuantas cosas que asimilar. Lena, con toda amabilidad, me había cedido el lado de la ventanilla para que yo, como nunca había volado, pudiera contemplar de cerca las nubes durante el ascenso. Ahora tuve, de nuevo, la oportunidad de mirarla. Hojeaba unos papeles de la agencia de publicidad. Tal y como parecía, las vacaciones aún no habían comenzado. ¿O a ella le bastaba con sentarse en un avión rumbo a Grecia?

Apenas despegamos nos sirvieron la comida. Todo venía envuelto en plástico y listo para comer. El vuelo no iba a durar mucho tiempo y todo debía hacerse muy rápido. Comprobé que la comida era muy buena, pero no pude decírselo a Lena porque ella seguía con sus papeles, como si yo no estuviera allí. Había visto eso en las películas de matrimonios. Los hombres solían comportarse así. Pero ella no era un hombre.

Tras la comida, las azafatas lo recogieron todo y sólo nos quedamos con las bebidas que pidió Lena. Todavía no habían terminado de retirar las bandejas cuando la azafata regresó de nuevo y se inclinó hacia nosotras dos.

—¿Quiere usted ir a la cabina del piloto? —me invitó, solícita—. Creo haber escuchado que usted nunca ha volado antes.

Lena me miró y sonrió. Creo que se lo había dicho ella.

Yo me sentí perpleja.

—Sí —respondí, sorprendida—, con mucho gusto.

Miré a Lena y su sonrisa borró todo lo que había ocurrido antes. Lo había arreglado todo en mi honor, sólo para mí, y eso que yo la había tomado por una persona de sentimientos fríos por el mero hecho de que siempre los mantenía bajo control, porque no los exhibía continuamente y no importunaba a nadie con ellos, casi como había ocurrido hoy. ¡Yo la amaba, la amaba, la amaba!

Lena sacudió la cabeza con una sonrisa.

—Yo no, gracias —dijo—. Ya he estado.

La azafata asintió, esperó a que yo me levantara de mi asiento y se situó delante de mí. En la cabina todo era acristalado, de modo que se podía mirar hacia fuera por todas partes. ¡Menos mal que el suelo no era transparente, porque me hubiera mareado!

Después de que me saludaran el comandante y el segundo, procedieron a explicarme el funcionamiento de algunos de los instrumentos y me señalaron en el mapa el lugar exacto sobre el que volábamos. El piloto automático trabajaba por sí solo y ellos, de vez en cuando, tenían que comprobar los instrumentos para ver si todo iba bien. Parecía que volar sólo era una diversión para ellos, pues se los veía muy relajados en su asiento y sin hacer nada.

Cuando uno va sentado atrás, entre los pasajeros, piensa, o al menos es lo que yo imaginaba, que los pilotos están siempre atentos a los mandos del avión, pero no es así. Hablaron y se rieron conmigo, giraron sus asientos hacia atrás, tomaron café y, de vez en cuando y como sin ningún interés, echaban un vistazo a los instrumentos. Sin embargo, yo estaba convencida en mi interior de que no perdían la concentración en ningún momento. Todo aquello me parecía demasiado informal.

Volábamos tan alto que al mirar desde la cabina casi fui incapaz de reconocer nada allí abajo, en la tierra. Sólo un par de minúsculas manchas en el paisaje, que debían de ser ciudades. Después de saborear por completo mi visita al centro de mando del avión, regresé a mi asiento. Todavía me sentía aturdida por las impresiones que estaba recibiendo.

Lena ya no estaba allí. Su revista estaba sobre el asiento, pero ella había desaparecido. Quería contarle mis experiencias en la cabina y miré alrededor. No podía estar muy lejos. Seguí hacia atrás para buscarla. Estaba casi a la altura de la puerta de salida, con un vaso de whisky en la mano. Seguro que se lo había hecho servir por la azafata, aunque ésta se lo habría llevado a su asiento... Fruncí el entrecejo.

Lena sonrió al verme llegar.

—¿Quieres uno? —preguntó.

Sacudí la cabeza en señal de negación.

—¿Whisky? ¡Puaj, no!

Ella se rió.

—Tal vez fuera mejor —dijo.

La miré sin entender nada. ¿Qué le pasaba ahora?

Lena miró a su alrededor y me empujó por detrás. Se abrió una puerta y dio un paso hacia atrás, mientras me cogía por la muñeca y me metía con ella en los lavabos. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba justo delante de ellos. Soltó su vaso de whisky, me abrazó y echó el pestillo a la puerta.

Si el baño del avión ya era muy estrecho para una sola persona, para dos era..., bueno, pues estrechísimo... Lena y yo estábamos de pie, muy juntas y apretadas una contra la otra.

—¿Entiendes ahora lo que te quiero decir? —me preguntó, sonriente, y con un fulgor de malicia en los ojos.

Podía imaginármelo, pero no lo entendía del todo. El lavabo era muy estrecho para lo que ella parecía desear.

Pero Lena no pensaba igual. ¿Lo tendría planeado? Durante todo el tiempo yo me había preguntado, cuando tenía un momento para pensar, el motivo por el que hoy llevaba falda. Ella solía ir siempre con pantalones. Desde que la conocía sólo la había visto con falda en dos ocasiones, en presentaciones comerciales para alguna empresa.

Las faldas suelen formar parte, por lo general, de un traje y, en fin, acostumbran a ser bastante cortas y estrechas. Elementos de ayuda para pescar contratos, así es como las denominaba Tanja. La mayoría de las decisiones empresariales eran tomadas por hombres y, al parecer, ninguno podía resistirse ante una mujer hermosa, con piernas largas y semidesnudas, y un buen trasero que destacara bajo una falda estrecha.

Cuando Tanja me lo explicó, me pareció algo ridículo por parte de los hombres, pero al observarlo ahora en Lena, que se echaba hacia atrás apoyándose en el lavabo y separaba ligeramente las piernas, podía llegar a entender a esos tipos. Hoy la falda de Lena no era demasiado estrecha. Más bien era ancha y cómoda para ir de viaje y para el clima cálido que nos esperaba, había pensado yo. Era ropa de vacaciones, pero a lo mejor me había equivocado en mi pensamiento.

Lena se agarró a mí y me atrajo entre sus muslos. Sus besos sabían a whisky y también a ella, y olía tan bien... De eso ya me había dado cuenta al principio, en el coche, justo cuando me recogió. Todos los días usaba un perfume, pero no era exagerado y siempre parecía exhalar una especie de aroma comercial. Hoy olía de una forma más femenina y seductora. Y parecía que se había puesto más, porque el olor era más intenso que al principio.

Perdí el juicio en el momento en que su lengua se apoderó de mi boca. Serpenteaba de un lado a otro y entraba y volvía a entrar en lugares inesperados. Ella sabía besar tan bien como yo había imaginado en mis sueños, o puede que nunca hubiera sido capaz de imaginar lo bien que lo hacía.

Escuché su respiración, cada vez más agitada, aunque también podía ser la mía, bastante dificultosa. Lena se apretaba contra mí, cada vez más excitada, hasta que por fin gimió.

Luego dio por terminado el beso.

—¿Estuvo bien lo de la cabina del comandante? —me preguntó de forma inesperada, mientras respiraba con dificultad; sonreía como una niña pequeña, a pesar de que no se parecía mucho a una niña.

—Sí —dije, un tanto irritada—. Muy interesante. Te lo quería contar antes de...

Ella siguió sonriendo.

—¿Antes de llegar aquí? —terminó la frase, porque yo me había interrumpido, avergonzada.

No contesté. Me había puesto en un nuevo aprieto y yo estaba segura de que lo había hecho con toda la intención.

Se rió para sus adentros. Yo no la conocía ni poco ni mucho. De repente parecía estar mucho más relajada. ¿Sería el whisky?

—Eso sólo lo suelen hacer con los niños que vuelan por primera vez —dijo—. Incluso les llegan a dar un sombrerito y un juguete. ¿Te lo han dado a ti también?

Me atrajo hacia ella y sus picaros ojos la delató. Aunque me sentaba mal que hiciera aquellas constantes alusiones a mi edad, me caía muy bien. Ahora era una... una mujer normal. Una mujer con la que se podía bromear y reír, que no estaba siempre seria ni pendiente de una meta. Bueno, ahora sí tenía una meta. Al fin y al cabo, quería algo muy determinado de mí.

Y yo también lo había entendido con toda claridad. Decidí no sentirme ofendida y disfrutar de su desenvoltura. Sonreí con ironía.

—No tenían ninguno de mi tamaño —dije—. Soy un poco grande para mi edad.

Echó la cabeza hacia atrás y se rió. En aquel mismo instante alguien llamó a la puerta.

—Hay un lavabo al otro lado —murmuró—. No tenemos por qué darnos prisa.

Al escuchar aquel ruido a mi espalda, por un instante me recorrió el cuerpo una sensación de miedo. Sentí frío y calor. No iba conmigo eso de ser desconsiderada con los demás, sobre todo cuando era consciente de que estábamos utilizando el lavabo para algo muy distinto de aquello para lo que estaba previsto.

Pero eso no parecía molestar en absoluto a Lena. Me volvió a mirar con ojos brillantes.

—Esta mañana ya hubiera podido acostarme contigo —murmuró, excitada—. Estabas tan dulce, tan tímida e insegura, irresistible del todo. Incluso lo habría hecho alguna vez en la oficina —dejó de hablar porque comenzó a besarme.

Esta vez fue a lo suyo con más vigor. Sus manos buscaron mis pechos y comenzaron a darles un masaje, a estimular los pezones y a excitarme a mí. El hormigueo que sentía me hacía enloquecer. Por supuesto, no nos podíamos desnudar en aquella estrechez y me preguntaba qué iba a pasar. Pero enseguida hubo cosas que me dejaron de interesar. Lena me estimulaba y excitaba con tal intensidad que llegó un momento en que todo me daba igual. Sólo la quería a ella y me embriagaba la idea de que ella me quería a mí.

El calor de mi cuerpo se extendió por todos los rincones, mi cabeza iba a toda velocidad y casi no me di cuenta de que bajaba las manos y me desabrochaba los pantalones. Cuando ella se deslizó en mi interior y me rozó, gemí, sorprendida, y me separé de su boca.

—Lena —susurré en voz baja e inundada por una ternura hacia ella que parecía englobar cada fibra de mi cuerpo—. Oh, Lena —suspiré de nuevo, llena de ansia. Resultó casi como una descarga eléctrica y mi piel ardió. Noté la humedad que me había provocado Lena. Sus dedos me acariciaban muy profundamente y hacían que me estremeciera con violencia. Yo estaba ardiendo y ella me apretaba contra su cuerpo, con la mano entre mis piernas.

Se deslizó un poco hacia delante y separó sus muslos, mientras apoyaba un pie en el pestillo de la puerta. Busqué con las manos el dobladillo de su falda y la levanté. Sus diminutas braguitas no me supusieron ningún impedimento y, mientras ella no paraba ni un instante conmigo, excitándome y acariciándome entre las piernas, me deslicé en su interior. Al tomar y apretar su entumecido botón central entre mis dedos, percibí que trataba de coger aire e intentaba sofocar un fuerte gemido.

—¡Oh, Dios! —murmuró, respirando entrecortadamente. Cuando quise seguir excitándola, me deslicé un poco más hacia dentro y penetré en ella sin haber pensado en hacerlo. Mi dedo pasó por la entrada como si estuviera sobre una pista de hielo plana como un cristal, en la que ya nada me podía detener; una pista de un hielo muy caliente. La sentía lisa, húmeda y resbaladiza, y muy, muy abierta. Era muy distinta a mí.

—¡Sí! ¡Oh, sí! —gimió en voz baja y se me acercó más.

Hice que mi dedo se desplazara hacia dentro y hacia fuera, porque suponía que eso era lo que quería. Tenía un tacto fantástico. Entre sus piernas parecía haber terciopelo y por dentro la cosa resultaba maravillosa. Indescriptiblemente hermosa. Me hubiera gustado saber lo que ella sentía y cómo lo sentía. Aquel pensamiento me hizo estremecer nuevamente, como si ella lo hubiera provocado en mí. Supuse que, muy pronto, se encargaría de enseñármelo.

Enseguida sentí que las oleadas se acercaban a mí. Lena no me había dejado de tocar ni un momento cuando yo penetré en ella y pronto me invadirían nuevas sensaciones.

Mi estómago se contrajo y ella también respiraba con más fuerza, al tiempo que yo me deslizaba en su interior.

Nuestras respiraciones estaban sincronizadas. Nos acercamos la una a la otra, tanto que tuve la sensación de que nunca habíamos estado tan próximas y, una después de la otra, reprimimos un gemido.

Nos mantuvimos abrazadas. Las dos temblábamos. ¿O sólo era yo la que temblaba? No lo podría haber dicho con seguridad. Las rodillas casi no me sostenían. Suerte a que el lavabo era muy estrecho y me apoyé en Lena, si no hubiera rodado por los suelos.

Ella se recuperó primero, seguro que porque tenía más práctica que yo.

—¡Guau! —exclamó—. ¡Me siento obligada a decirte que tienes mucho talento! —Sus ojos brillaban, alegres, y, aun cuando mi propio placer no fue tan indescriptible, me alegré de su mirada. Era probable que ya estuviera ahora con humor de vacaciones. Ya estaba de vacaciones. Nunca la había visto así. Parecía una mujer muy distinta, exactamente la mujer de mis sueños, a la que yo quería amar y a la que desde el primer instante había amado.

Me incliné hacia delante y besé su boca con mucha suavidad. Te quiero, eso es lo que deseaba decirle, pero me contuve. En mi interior se encendió un pequeño piloto rojo y me avisó de lo que yo no podía entender de una forma directa.

—Tú sales primero y luego ya iré yo —dijo ella, en un tono ya más frío. Se inclinó otra vez hacia mí y me besó con delicadeza—. Ha sido muy bonito —dijo, y sonrió.



Me miró y yo noté en mí unos lazos con ella, una cercanía, un cariñoso afecto; amor, eso es lo que pensé yo. Así era como siempre me había imaginado aquel sentimiento, aun cuando no conocía a ningún ser humano con el que pudiera relacionarlo. ¿Habría sentido ella lo mismo? De todos modos, no me lo iba a decir.

Dio un paso atrás y, cuando quise volverme, me di cuenta de que tenía la falda subida y ahora podía ver muy bien sus piernas abiertas delante de mí. Miré entre ellas sin poder llegar a percibirlo de verdad. Resultaba... fascinante.

Se bajó la falda al darse cuenta de mi reacción. ¿Se sentía también como turbada? Hasta el momento no me lo había parecido.

—Vete —dijo, e hizo un movimiento brusco con la comisura de los labios—. No tardará en llamar la atención el tiempo que hemos estado aquí dentro.

Cerré la puerta, regresé a mi asiento y, un par de minutos más tarde, ella se dejó caer en el suyo. Ya no leía, sino que me miraba, pensativa. A lo mejor luchaba contra las consecuencias de la actividad común que acabábamos de concluir; a mí me ocurría lo mismo.

Tras un instante, volvió su cabeza hacia mí y miró por la ventana. En aquel momento el paisaje tan sólo estaba constituido por unas nubes blancas abajo y un cielo azul arriba; luego me miró de nuevo y sonrió.

—Eres buena de verdad —dijo en voz baja, a modo de reconocimiento, mientras me miraba a la cara, y yo me sentí como..., bueno, como si lo fuera. Me sorprendió que en aquel momento no me pusiera un par de billetes en la mano, como había hecho la última vez, pues aquella era la forma que tenía de conseguir que su reconocimiento resultara un poco más expresivo.

Aquello hubiera sido demasiado llamativo y su sonrisa fue una especie de sucedáneo. No era un gesto de cariño, sino más bien algo interesante desde un punto de vista comercial. Como si hubiera tenido que calificarme y se alegrara porque yo había superado la nota media que ella esperaba. Y como si pensara en el premio que me iba a entregar por aquello.

«¡Dios mío! ¿Por qué la querré así?» Si no hubiera sido por eso, aquella mirada no habría desatado tantas cosas dentro de mí. Tuve que mirar por la ventana para ocultar unas lágrimas que casi no podía contener, por mucho que me esforzara. Estaban agarradas a mi garganta, tanto que casi no podía respirar.

Lena se reclinó de nuevo en su asiento cuando me volví.

—No te gusta, ¿verdad? —me preguntó con voz fría, como la que había utilizado en una reunión en la oficina.

Tragué saliva e intenté contener las lágrimas para poder mirarla de nuevo. Seguro que era lo que esperaba de mí.

—Sí —dije, mientras miraba por la ventana para que no esperara mucho tiempo mi respuesta, y me fijé en las nubes, que, como si fueran monumentos de algodón inmóviles, parecían estar quietas debajo de nosotros. Lo conseguí: mis ojos se tragaron las lágrimas y pude darme la vuelta—. Sí, claro que me gusta —corroboré, obligando a mi voz a que adoptara un tono indiferente—. Todo está bien.

Movió ligeramente los labios con algo de escepticismo.

—A mí me parece que no —suspiró algo nerviosa—. Atiéndeme —continuó—. Yo nunca he obligado a nadie, ni a ti. Yo odio eso. Odio los problemas. Si al llegar a Atenas quieres coger un vuelo de vuelta, lo puedes hacer. Tienes el billete y basta con que te cambien la fecha.

La miré y reaccioné un tanto sorprendida. Aquello no me lo esperaba. Me pensé su propuesta muy en serio, pero no era eso lo que yo quería. No quería regresar y volver a quedarme sola, sin ella. Quería estar junto a ella, amarla y que me amara.

Eso último me parecía poco menos que inalcanzable, pero debía intentarlo. Tenía que respetar nuestro acuerdo y no tomarlo como amor, sino sólo como sexo por dinero. Eso era lo que ella esperaba de mí y así debía actuar yo.

Sonreí de la forma más superficial que pude.

—¿Piensas que voy a renunciar a alojarme en tu barco? —pregunté, como si de verdad fuera eso lo que me importara—. Me lo prometiste y lo quiero. Y a cambio te daré lo pactado. Sin problemas. Vamos a dejar de hablar del tema. Todo está en regla y me gusta mucho tal y como está, créeme.

Seguro que había encontrado el tono de voz adecuado. Aquél con el que ella podía empezar a hacer algo. Me miró de arriba abajo como si fuera mercancía y sonrió de un modo que me pareció pícaro.

—Conforme —dijo al poco rato—. Así lo veo yo también. Las dos nos lo hemos ganado. De esa forma cada una obtiene lo que desea. —Se reclinó, con apariencia satisfecha, y cerró los ojos.

Yo la miré un instante más y luego volví la vista hacia la ventana. Las lágrimas aún persistían y la visión de su bello rostro hizo que el amor creciera de nuevo en mí. Pero ella no lo quería así. Eso es lo que mostraba su reacción. Ella se sentiría satisfecha si yo me comportaba como una mujerzuela joven, ávida de dinero. Eso era lo que se ajustaba a sus expectativas. Ella no exigía más ni quería otra cosa. En ella no contaban los sentimientos y, por tanto, yo también debía desterrar los míos. Entonces podría sentirme satisfecha con aquel arreglo. Incluso feliz.

Detrás de aquellos pensamientos puse un punto final, negro y grueso. No quería pensar más en eso y, ocurriera lo que ocurriera, no iba a plantearle preguntas a mi entendimiento. Nunca más. En aquel momento noté que mis lágrimas ya no intentaban brotar. Se habían limitado a desaparecer.





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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por flakita volkatina el Miér Jun 24, 2015 1:39 am

Genial sigueleeeeee
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Aleinads el Miér Jun 24, 2015 12:15 pm

No se porque presiento que en algún punto odiare a Lena si llega a lastimar a mi Julia, jum!
PS: Esta buenísimo bounce Laughing
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Grd el Miér Jun 24, 2015 12:30 pm

Crying or Very sad Pobre julia mentir x amor y lena sigue sin darle  importancia Sad
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Miér Jun 24, 2015 11:07 pm

A nuestra llegada a Atenas, los rayos solares de Grecia quemaban como si alguien les hubiera pagado para que lo hicieran. Quizás había sido Lena quien lo había hecho, porque pagaba por todo.



Intenté mantener mi sarcasmo bajo control, porque aquí no resultaba oportuno. Al fin y al cabo, yo permitía que ella me pagara. En estos tratos siempre están implicadas dos personas y yo era tan poco inocente como pudiera serlo ella. No podía cargarle el mochuelo sólo a ella: yo misma debía aguantar lo mío.



—Desde aquí debemos volar de nuevo hasta Astipalaia —explicó Lena, mientras atravesábamos el aeropuerto—. Allí es donde está mi barco.

Yo la miré con una cara de estar tan en la inopia que ella se rió.

—Es una isla del Egeo bastante pequeña. Me parece que no prestaste mucha atención en el colegio. ¿Y tú quieres hacer la selectividad el año que viene? —Se mostró muy satisfecha con su broma, aunque a mí no me pareció nada divertida. Sin embargo, me contuve, pues no quería enfadarme otra vez.

—Sólo me fijo en las cosas que me aportan algún provecho —dije. Después de todo, era ella la que pensaba que todo se reducía a una cuestión de dinero, así que yo iba a hacer lo mismo o, por lo menos, iba a intentar dar esa sensación. De esa forma nos entenderíamos bien.

Me miró con una expresión no definida.

—Ésa es una postura adecuada —dijo—. Parece que ya estás aprendiendo algo.

¡Oh, sí! Eso lo podía confirmar. Ella me había obligado a hacerlo. Y yo había sido una buena estudiante.

Desde el primer día de colegio, en mis notas siempre aparecía la coletilla: Rápida capacidad de comprensión. De todas formas, nunca hubiera dicho que eso pudiera aplicarse a una situación como aquélla.

—Aún tenemos tiempo —dijo, mientras pasábamos por delante de algunos comercios del edificio del aeropuerto. Se rió—. ¡Los duty-free ya no son lo que eran!

A pesar de eso, entró en una tienda y yo la seguí como un perrito bueno y tonto, que ni siquiera necesitaba correa. Parecía querer una determinada marca de whisky y compró algunas botellas. Luego toqueteó algunas cosas de los escaparates, como si pensara decidirse a comprar algo más. Se volvió hacia mí.

—Busca algo para ti —dijo—. No importa lo que cueste.

Luego se volvió otra vez para ver el resto de las ofertas y pasé de ser un perrito tonto para convertirme en un meón perro de lanas. En el avión no me había dado dinero, pero aquí sí.

Estaba claro. Yo misma podía buscar algo como pago por el «servicio» llevado a cabo en los lavabos del avión. Y, una vez más, no ponía ningún límite. ¡Qué desprendida! Si estaba dispuesta a pagar tanto, era señal de que debía haberle gustado mucho. Me embargó una sensación de malestar por todo el cuerpo.

Cerré los ojos para olvidar la ofensa que me había infligido. No podía hacer otra cosa, porque ella era así. Y desde que salimos del avión yo debía esperar algo de ese tipo.

Toqué el billete que estaba en mi bolsillo. Me vino a la cabeza su oferta de coger un vuelo de vuelta. ¿Lo que acababa de hacerme no era motivo suficiente para que yo regresara? Al parecer no, pues seguí allí y no me moví hasta que acabó con sus compras.

—¿No traes nada? —dijo, arqueando las cejas—. ¿No te ha gustado ninguna de estas cosas? —Me miró un momento como si no se lo pudiera creer. Su oferta había sido bastante generosa.

—No —dije en un tono frío—. No hay nada de mi estilo. —Lo único que yo no quería era que ella me pagara. Por mucho que me esforzara no podía resignarme a eso. Ya era suficiente con que me financiara toda mi estancia. ¿No pensaba que eso ya era bastante?

Para mi sorpresa, no insistió. Pagó su compra y nos fuimos de la tienda. Yo respiré. ¡Por una vez lo había conseguido!

Una hora después estábamos sentadas en un avión con destino a Astipalaia, aunque debería decir que el nombre de avión era demasiado exagerado para ese caso. Era un aparato mucho más pequeño que el que nos había traído a Atenas. Tenía unos doce asientos. Cuando cargaron las maletas de Lena pensé que no habría espacio para todas ellas. Sin embargo, no todas las plazas estaban ocupadas y teníamos toda una fila para nosotras solas.

El avión despegó y esta vez las «mariposas en el estómago» resultaron más desagradables. Primero dimos unas sacudidas por la pista y luego, a base de mucho esfuerzo, conseguimos superar las copas de los árboles.

Me asusté al pensar que la mayor parte del vuelo iba a transcurrir sobre el agua. Pero el Mediterráneo era cálido y, por tanto, no se daría el efecto Titanic, es decir que, aunque nos estrelláramos, podríamos permanecer durante horas en las aguas del templado mar. No había que temer congelaciones.

Lena rió al ver mi expresión pensativa, que yo no me había esforzado en ocultar.

—¡Hasta ahora siempre he llegado! —afirmó—. No te preocupes. Parece peor de lo que es en realidad. Te acostumbrarás.

Parecía más afable y se esforzaba en mantenerme de buen humor. Sonrió y se inclinó hacia mí. Como a nuestro lado no había nadie que nos pudiera ver, me dio un suave beso en la mejilla. Al mismo tiempo sentí un ligero contacto en la muñeca.

—Te lo quería dar ahora —murmuró—. Como no has elegido ningún regalo, lo he hecho yo por ti. —Se reclinó hacia atrás y me miró, expectante—. Espero que te guste.

Miré hacia abajo y vi un pequeño reloj de oro con diamantes donde antes no había nada. Intenté no cambiar la expresión de mi cara. No quería mostrar ninguna reacción, aunque hubiera podido echarme a llorar.

—Muy bonito —dije, como si el regalo hubiera sido menos de lo que esperaba.

Me esforcé en recordar dónde tenía los músculos que activaban la sonrisa, para poder ponerlos en marcha.

Lo conseguí y le sonreí.

—Gracias —dije.

Lena sonrió, más amable que antes.

—Te lo has ganado con toda honradez —respondió, y me miró un instante antes de estirar las piernas en su asiento y adoptar una posición cómoda.

¿Podría una dirigirse, sin más, a la puerta de salida de aquel pequeño avión, luego abrirla y, por último, saltar desde ella? Entonces todo se habría acabado. Me hubiera gustado llevarlo a la práctica o, tanta era mi vergüenza, que me tragara la tierra, cosa que aquí era imposible de verdad, o hacer lo que fuera y que pudiera expresar mis sentimientos de una forma adecuada.

¿Pegar a alguien? Miré a Lena, que parecía dormitar en su asiento. ¿A ella? ¿Podría utilizarla para quitarme de encima aquellas ideas tan atroces? Mi madre no me reconocería, pensé. ¿Qué le había pasado a su tímida hijita en tan corto espacio de tiempo?

Me incliné hacia Lena y la besé sin previo aviso. Separé sus labios con mi lengua y entré en ella antes de que pudiera defenderse. Abrió los ojos de golpe e intentó apartarme, pero yo la sujeté con fuerza y no se lo permití. La besé hasta que gimió. Luego la solté.

—Esto corre a cuenta de la casa —dije, mientras la miraba a los ojos con toda frialdad.

Ella me miró con una frialdad análoga.

—Aquí no —susurró—. No puedo consentirlo. ¡No lo vuelvas a hacer! —Luego me dirigió una mirada de desdén y, tensa, volvió a reclinarse en su asiento. No cerró los ojos.
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Miér Jun 24, 2015 11:08 pm

Al parecer, en la isla sólo había un taxi viejo y destartalado, que parecía haber sido fabricado incluso antes de la Segunda Guerra Mundial. Nos recogió donde habíamos aterrizado.

Lena saludó al conductor como si fuera un viejo amigo. Rió y bromeó con él en griego, por lo que no pude entender lo que decían. Él parecía muy, pero que muy impresionado con ella. Seguro que nunca habían tenido ningún rollo, pues, de lo contrario, tal vez él hubiera reaccionado de otra forma.

Se sentó delante, a su lado —¿lo tendría planeado desde un principio o sólo cabía atribuirlo a la casualidad?— y yo tomé asiento en la parte de atrás, desde donde podía observarlos muy bien a los dos, en especial a Lena. Me fijé en la forma que tenía de volverse hacia el chófer para charlar con él. Sólo me miró un instante y enseguida, y durante todo el resto del viaje, se concentró en aquel hombre.

Seguro que la distancia en kilómetros no era muy grande, pero la carretera era tan mala que necesitamos bastante tiempo para llegar hasta allí. No me atreví a mirar el reloj nuevo que llevaba en la muñeca, pues me volvería a recordar la ofensa que me había supuesto, así que no pude calcular con exactitud el tiempo que tardamos, pero fue mucho.

Pero ni Lena ni el chófer parecían darse cuenta de los baches, que él conocía con toda seguridad, aunque no intentaba esquivarlos, ni del aire caliente y seco, ni del polvillo arenoso que hacían que el tiempo se hiciera más largo.

Si no me hubiera agarrado con fuerza hubiera dado tumbos en el asiento de atrás, aunque, cuando me sujetaba, me cortaba los dedos con los delgados agarraderos. Ansiaba llegar al final del trayecto.

Sin embargo, a pesar de la mirada inquisitiva que me lanzó al principio, Lena parecía estar muy relajada. Su sonrisa parecía tan auténtica como nunca antes había visto. Y todo para aquel encantador griego, que, con su barba gris y su pelo desmelenado, no se correspondía con ningún modelo de ideal de belleza, aunque eso no parecía molestarle en absoluto. Estaba convencido al cien por cien del carisma que tenía para las mujeres. Estaba claro que intentaba fascinar a Lena, y ella actuó como si se sintiera rendida ante sus encantos. Era como un juego entre dos, con el que ambos disfrutaban.

Mi diversión se mantenía dentro de ciertos límites, pues el estómago me daba vueltas a causa del ajetreo, pero a Lena también me caía muy bien. Casi olvidé el incidente que nos acababa de ocurrir en el avión. Ella era tan hermosa, tan deseable, tan... encantadora. ¿Por qué no podía ser siempre así?

La amabilidad que mostraba en su trato al conductor parecía auténtica y se originaba, como todo lo que hacía, en su carácter. No daba la sensación de estar jugando. En verdad se alegraba y saboreaba el mero hecho de estar allí, por fin.

Parecía haberlo deseado mucho, florecía a ojos vista. Todo a su alrededor era sencillo, resplandeciente; no parecían existir las preocupaciones.

«¿Se va a portar así en el yate o esto es sólo un show en honor al conductor? ¿Puede dominarse tanto para que no se trasluzca que todo es una simulación?», pensé. Ella era así, también así...

El chófer se despidió de nosotras de muy mala gana, es decir, se despidió de Lena de muy mala gana, y llevó las maletas desde su coche hasta el barco. En el aeropuerto había cargado con dos o tres maletas cada vez y ahora casi no podía con una sola e iba muy lento.

Lena parecía conocerlo ya, por lo que le dedicó una sonrisa de paciencia. El trabajo siempre se veía interrumpido por la conversación y de repente las maletas se volvieron tan pesadas que el buen hombre tuvo que hacer varias paradas de descanso antes de dar el paso siguiente. Todo parecía muy tranquilo. El tiempo carecía de todo significado. Fluía muy despacio, como una tabla en un cauce casi seco.

A mí me daba igual el tiempo que tardara, pues estaba sobrecogida ante el bote, tal y como lo había llamado Lena. En mi opinión, llamarlo así era subvalorarlo, pues se trataba de un yate.

Aquel barco, brillante y blanco sobre el mar azul, también resplandeciente, constituía una visión arrebatadoramente bella. Me quedé de piedra junto al muelle, incluso después de que el chófer se despidiera y se alejara con su coche, que dejó tras de sí una nube de polvo.

Lena se rió. Parecía haber olvidado todo lo ocurrido en el avión.

—Por dentro también es muy bonito —dijo. Avanzó por la escalerilla hasta el barco.

Se detuvo por un momento, yo sólo veía su espalda, y echó la cabeza hacia atrás. Hubiera jurado que tenía los ojos cerrados y que saboreaba aquel primer minuto en su barco como un regalo deseado desde hacía mucho tiempo.

—¿Vienes con frecuencia? —dije, tras ella, mientras me balanceaba, insegura, sobre la escalerilla.

—En raras ocasiones —respondió en voz baja, casi para sí misma, antes de volverse hacia mí. Me cogió de la mano, al ver mis poco seguros movimientos y se rió de nuevo—. ¡Bueno, tenemos que bautizarte, marinero de agua dulce! —Caminaba muy segura por la balanceante cubierta del barco y me ayudó.

—Mientras no me pases por la quilla—dije yo con una sonrisa insegura.

Ella sonrió.

—Ya veremos —replicó, en un tono vago e impreciso.

Al cabo de un rato de estar sobre el barco me acostumbré a su ligero balanceo.

—Deberías doblar un poco las rodillas —recomendó Lena—. Para equilibrar las oscilaciones. Aún estamos en puerto y aquí casi no se nota. En mar abierto puede ser más fuerte.

«¿Aún más fuerte? Pero si ya lo encuentro bastante violento», pensé.

—Te acostumbrarás —prometió Lena—. Vámonos. —Se volvió y descendió por una escalerilla.

Yo la miré un tanto perpleja.

—Hummm, ¿estamos solas? —pregunté.

—Sí —gritó desde abajo, entre risas. Parecía caminar muy segura, cosa que no se podía decir de mí.

—Éste es el barco más grande que puede pilotar una sola persona.

—¿Y lo haces tú? —pregunté, más desconcertada que nunca.

—Sí —confirmó, aún entre risas—. ¿No confías en mí?

Pues claro. ¡Claro que sí! ¡Confiaba en ella! Pero aquello había sido una sorpresa para mí. La seguí e intenté no mirar hacia abajo, hacia el agua oscilante.

Ella movió un par de palancas y apretó un botón de la consola situada junto al volante. El motor arrancó con un rugido.

—¡Fantástico! —exclamó, y me miró a los ojos con una expresión tan radiante que casi no pude reconocerla—. ¡Agárrate! —gritó, mientras apretaba una de mis manos sobre el timón y saltaba de nuevo por la escalerilla.

Me asusté. Estaba sola. ¿Qué iba a hacer si ahora pasaba algo? No tenía ni idea. Noté que me sobrecogía el pánico. ¿Y si el barco se ponía en marcha, sin más? El motor ya estaba arrancado.

Vi que Lena retiraba la pasarela que estaba adosada a la parte delantera del casco. Era muy hábil, como si lo hiciera todos los días. Luego corrió hacia la parte de atrás y también desamarró el barco por allí.

Al cabo de un momento estaba de nuevo a mi lado.

—¿Ha sido horrible? —preguntó, riendo.

Yo negué con una leve sacudida de cabeza.

—Entonces, ya podemos izar el ancla —anunció, mientras presionaba un botón. El barco se vio inmerso en un estrépito de ruidos metálicos.

Yo miré alrededor, pero no fui capaz de definir el origen de aquellos ruidos.

—El ancla está delante —explicó de buen humor—. Desde aquí no se puede ver.

Después de que hubiera cesado el último golpe metálico, adelantó levemente una palanca y movió un poco el timón. El motor sonó con mayor fuerza. Maniobró con lentitud y, con todo cuidado, sacó el barco del puerto.

Yo la miraba con admiración. Pasó muy concentrada por la estrecha salida, que no era mucho más ancha que el propio barco. Luego adelantó un poco más la palanca y el barco se movió más rápido.

Lena me sonrió.

—¿No es hermoso? —preguntó, entusiasmada.

«Tú sí que eres hermosa», pensé para mis adentros.

Era una vista magnífica: ella allí al mando del barco, con el pelo al viento y una sonrisa en el rostro. Podría formar parte de un folleto de vacaciones. Y ya estábamos de vacaciones. El mar azul, el cielo azul, las olas que rompían, envueltas en espuma blanca, contra la proa del barco: ¡era todo tan embriagador!

Y ella también lo era. Tenía el aspecto de una diosa griega del mar, con una mano en el timón, patroneando el barco con toda suavidad, como si lo hiciera desde que nació. Me hubiera gustado decirle lo maravillosa que era, lo mucho que yo la amaba, y también que había olvidado todo lo demás... Lo del avión eran tonterías y yo ya no pensaba en lo que había ocurrido allí. Ahora estábamos en el barco y todo era distinto.

Ella también sería distinta, ya lo era ahora, y de esa forma se esfumarían todos mis problemas. No tendría ni uno más en esas tres semanas. Nos limitaríamos a disfrutar de estar juntas y no pensaríamos en nada que fuera distinto a nosotras dos. ¿Qué podría pasar ahora?

Fui hacia ella y pasé un brazo a su alrededor. Ella me miró, sonrió y dirigió de nuevo la vista hacia delante, para controlar el rumbo sobre el agua. Así debe de ser el cielo, pensé yo, feliz. Verano, sol, viento, mar y una mujer amada entre los brazos.

—¿Quieres probar? —preguntó, echándose a un lado.

Perdí el contacto con ella, cosa que me hubiera gustado mantener.

«¿No puedes permanecer ni cinco minutos en la misma postura? ¿Debes estar siempre en movimiento?», pensé, mientras sacudía la cabeza para declinar su invitación.

—No, no sé hacerlo.

—Claro que sí —insistió—. Es muy sencillo. Yo te enseño. —Colocó mis manos sobre el timón y se puso detrás de mí—. ¿Lo ves? —explicó—. Sólo tienes que mirar al frente, igual que cuando conduces un coche.

Lo único es que, al conducirlo, el coche siempre tiene debajo un suelo firme y aquí sólo había agua. Si hacía algo mal...

Me abrazó por detrás y se estrechó contra mí.

—Me alegro de que estés aquí —me susurró al oído, mientras me daba un beso.

No hizo nada más y así estuvimos durante un rato. Yo llegué a acostumbrarme a llevar el timón sin tambalearme. ¿Por qué, de repente, se había vuelto tan maravillosa, dulce y cariñosa? En el avión había actuado de otra forma, pero hasta aquel momento nunca la había visto comportarse de aquel modo.

Noté su cuerpo contra mi espalda y me excité, pero de una manera nueva, de una forma no tan encaminada a un objetivo como antes, algo que nos hubiera permitido estar allí durante horas, sin movernos y sin querer nada más.

Tragué saliva. Estaba prohibido decirle lo que yo sentía, porque ella lo notaba de un modo instintivo, pero lo hubiera hecho con mucho gusto. Así pues, permanecí callada y esperé que ante nosotras se abriera un largo camino que no pudiera perturbar aquella tranquilidad y que nos permitiera disfrutarla durante un tiempo.

El camino fue largo. Por la tarde, ya lejos, echamos el ancla. A nuestro alrededor sólo había agua; no se veía nada de tierra por ningún sitio. Era una experiencia totalmente nueva para mí y me sentí insegura.

Lena había estado en la pequeña cocina, preparando algo de comer. Luego lo subió a cubierta. Cuando quise ayudar, me espantó entre risas y me indicó que pusiera la mesa. Sólo sirvió dos platos y me pidió que abriera el vino que había traído.

—Calamares y vino Retsina. Espero que te gusten —murmuró, en un tono interrogativo.

—Pues no estoy muy segura —respondí con precaución. No me gusta mucho la comida griega ni tampoco el vino Retsina, pero no quería ofenderla. A decir verdad, no había probado muchos platos griegos, pues para salir a comer hace falta dinero y eso era algo que siempre nos faltaba a mi madre y a mí.

—Los calamares son muy frescos —dijo Lena para tentarme—. Spyros los ha pescado esta misma mañana y los has traído directos a la nevera.

Lo que hubiera hecho ese Spyros, fuera quien fuera, me parecía muy bien, pero, incluso así, me senté en la mesa con cierta dosis de escepticismo. Lena sirvió el vino y luego me miró. Su mirada era... algo extraña. Yo no sabía cómo tomármela.

Cogió uno de los anillos de calamar, mordió un trozo y me puso el resto bajo la nariz. Luego comenzó a rozarme los labios con el borde del calamar.

—¿No quieres probarlo? —preguntó en voz baja.

El roce con los labios me provocó unas terribles cosquillas y tuve que abrirlos. Entonces, con toda calma, Lena depositó el trozo de calamar en mi boca y sonrió. Parecía ser el comienzo de una seducción, pero ¿me quería incitar hacia ella o hacia los calamares? Cerré los labios de nuevo y el fuerte picor casi me impidió notar el sabor del trozo que tenía en la boca. Cuando finalmente lo percibí, la sorpresa me obligó a abrir los ojos.

—¡Cielos, esto está buenísimo! —exclamé de forma espontánea.

Ella se rió un poco ante mi ignorancia.

—Donde vivimos nunca son frescos. No hay punto de comparación —repuso, y empezó a comer de forma normal, con cuchillo y tenedor.

Poco después probé el vino y también me gustó. Parecía estar impregnado de sol. Le ocurría lo mismo que a todo lo de aquí: el mar, el aire..., ella.

Después de la comida nos sentamos en la cubierta, en una especie de balancín. Todavía teníamos los vasos en la mano y disfrutamos del aire cálido y de la tarde que, sin nada de viento y con una calma inigualable, se extendía sobre nosotras.

Hasta ahora la luz del día iluminaba parte de la cubierta, pero luego Lena me señaló con un brazo hacia el oeste. Tenía que ser el oeste, porque era allí donde se ponía el sol.

Era una vista increíble. Romanticismo puro. El barco casi no se movía sobre el agua y los rayos rojos del sol en el horizonte se aproximaban al mar, sumergiéndolo todo en una luz intensísima. Parecía como si el sol ardiera, como si hubiera abandonado su camino y se hubiera desplomado. No me hubiera sorprendido nada oírlo chisporrotear cuando tocara el horizonte y se hundiera en el mar.

Yo estaba fascinada hasta el límite por aquel espectáculo increíble y miraba con atención los últimos rayos rojos, aunque, en realidad, ya habían desaparecido.

—Es maravilloso, ¿verdad? —me dijo Lena.

Casi no pude contestar, pero me dominé y respondí con un sencillo:

—Sí.

Noté que el balancín se movía y Lena se inclinaba hacia mí. Me quitó el vaso de la mano y lo colocó en una mesita que había delante de nosotras. Sonrió al inclinarse otra vez sobre mí y poner sus labios sobre mi cuello. Sentí la lengua que asomaba entre sus labios y que me acariciaba levemente; colocó la mano sobre mi pecho y comenzó a darle un suave masaje. Yo no debía decir nada, estaba claro que era lo que ella quería y yo también lo deseaba. Pero aquél era el fondo, el propósito y la meta: era nuestro acuerdo.

Yo debía olvidarlo. En mi fuero interno sabía que no lo hacía por nuestro acuerdo, pero, si ella sí lo creía, no lograría hacer que cambiara de opinión. Yo tenía bastante con entregarme a ella y disfrutarlo. Y quizá pudiera conseguir que ella se entregara a mí sin que tuviera la sensación de ver en mis ojos el signo del dólar y sin que cada sacudida mía le sonara como el ruido de una máquina registradora.

Se separó un poco y, sin más ceremonias, me quitó la camiseta.

—Los diecinueve años son una edad maravillosa —dijo, mientras mantenía la mirada fija en mis pechos—. Todo está tan firme y erguido... No hay señales de caída por ningún sitio. —Sonriente, me miró a la cara. No lo decía enfadada, tan sólo se trataba de un cumplido.

Intenté mostrar una expresión que ya había tenido éxito en otras ocasiones y dominar la repugnancia que me producía el sentirme como un trozo de carne joven y firme que ella había comprado para su disfrute.

—Adelante, utilízalo —dije, sonriendo—. Puede que esto no se mantenga así durante mucho más tiempo.

Ella rió. Sus dedos se acercaron con timidez a uno de mis pezones, como si le diera miedo tocarlo, y cuando por fin lo rozó tuve que morderme la lengua para no suspirar en voz alta. Yo podía hacer lo que quisiera y ella podía tratarme como le diera la gana, pero en cuanto me acarició me dejé llevar de inmediato por la pasión y el deseo. Quizás era debido a que se trataba de la primera mujer que había provocado eso en mí, pero yo no lo creía, porque ella era la mujer que yo había anhelado, a la que había esperado y a la que deseaba amar.

Lena colocó sus dedos entre los labios y la lengua, y aquello le provocó una sensación casi inaguantable a mi hinchado pezón. Era algo que me subía por todos los lados, por la cabeza y entre las piernas; como siempre, intenté reprimir un gemido. Pero tenía muy claro que no podría aguantar durante mucho más tiempo. ¿Qué ocurriría ahora si ella continuaba? Y eso que estaba en un pecho, sólo en uno. No sabía si podría contenerme.

El vino Retsina, el aire cálido, la puesta de sol, la soledad en el mar, el ligero balanceo del barco: todo contribuyó a que mis sentidos se agudizaran como nunca lo habían hecho. Percibí el olor de Lena, el calor de sus labios, el cosquilleo de su lengua y el roce de su mano en mi muslo. Era maravilloso y, al mismo tiempo, inquietante, pues yo no sabía hasta donde querría llegar ahora. ¿Exigiría hoy el resto?

Tenía derecho a eso y había pagado por ello, pero yo sentía miedo del dolor que me pudiera causar. Yo quería disfrutar de aquella primera tarde con ella allí fuera, y mejor sin angustiosas restricciones. Pero era ella, y no yo, quien debía decidirlo. Había comprado mi juventud y yo se la debía entregar cuando le apeteciera.

Ella se irguió y me miró. Sus ojos brillaban a causa del deseo y la excitación.

—Desnúdame —ordenó.

Vaya. Al parecer tenía un plazo de gracia. Ella quería primero. Contuve mis propios deseos tanto como pude y me concentré en ella.

Se había cambiado para la cena y ahora llevaba un traje marinero blanco. Una variante femenina. La parte de arriba era ancha y bajaba recta desde los hombros hasta el talle, y al parecer no llevaba nada debajo. Una impresión que confirmé cuando le quité la camisa. Me pregunté por qué le habrían causado tanta admiración mis pechos, pues consideraba que los suyos eran más bonitos. Seguro, eran algo más llenos que los míos y la hacían muy atractiva.

Me hubiera gustado besarla de inmediato, pero deduje por su mirada que lo primero que quería era estar desnuda y por lo visto no le apetecía realizar ese trabajo. «¿Por qué va a hacerlo?», pensé con sarcasmo. Había pagado para que lo llevara a cabo otra persona: yo.

Los pantalones de su traje eran muy estrechos por arriba y se ensanchaban por las piernas. Solté los botones laterales —era como un auténtico traje marinero— y bajé la parte delantera. Contuve la respiración. Tampoco llevaba nada debajo. No se había molestado más que en ponerse algo por encima. Claro que no. Ya lo tenía pensado y ella siempre era muy eficiente.

Pasé mi mano por su estómago y noté el fino vello cuando bajé un poco más. Se echó hacia atrás en el balancín y gimió por lo bajo.

La miré durante unos segundos, tumbada allí y con los ojos cerrados, como si no hubiera roto un plato en su vida. Tenía el aspecto de una niña, una muchachita pequeña, dulce y desamparada. Alguna vez debió de serlo, hacía ya mucho, mucho tiempo.

Seguí acariciándola y luego llevé mis manos por debajo de su trasero. Ella lo alzó un poco y al instante siguiente los pantalones cayeron, casi por sí mismos, sobre cubierta. ¡Los botones laterales resultaban muy prácticos!

Le acaricié el estómago y los muslos, y, como si fuera una revelación, me sentí sobrecogida de nuevo por la suavidad de su piel. Yo no quería hacer nada más que lo que debía. Bueno, quizás un poco más... Miré entre sus piernas, que estaban algo separadas, y en aquel momento me acordé de su reacción en el avión, cuando ella se había tapado al notar que yo la observaba. ¿Qué significaba aquello? ¿Tocar pero no mirar? ¿No había sido siempre al contrario?

De todas formas ahora ya conocía el aspecto de lo que me había fascinado en aquel momento, exceptuando el hecho de que, sin más, siempre era fascinante, y quería ir al centro, entre sus muslos. Quería contemplarla con todo detalle, deseaba investigar lo que veía, o tocarlo, observar el aspecto preciso de lo que había allí abajo. Sin poder evitarlo, mi lengua salió disparada de entre mis labios. De nuevo quería algo distinto.

Nunca lo había hecho, porque, como es lógico, hubiera necesitado una mujer. ¡Deseaba tanto notar con mi lengua y en mi boca el tacto de lo que había entre sus piernas! Debía de ser un plato muy dulce el que estaba servido allí, tanto que se me hizo la boca agua.

No había dejado de tocarla mientras la miraba y ella había comenzado a retorcerse, a gemir y a arrimarse a mí. Luego me deslicé entre sus rodillas y le separé un poco más las piernas.

Ella abrió los ojos.

 

—¿Qué haces ahí? —preguntó, desconfiada.

—Algo que deseo poner en práctica desde hace mucho tiempo —contesté. A lo mejor no se lo esperaba de mí. Sí, yo era una joven virgen sin mucha experiencia, pero están los libros y... el talento. Acaricié con los dedos el interior de sus muslos y ella volvió a cerrar los ojos.

—Humm —dijo con fruición y su respiración me hizo saber que aquello iba bien.

Continué mi subida por el interior, y la toqué entre las piernas, allí donde yo ya había estado en otras ocasiones, aunque nunca había podido observar con tanta precisión.

Ella se movía, inquieta, y su culo se deslizó un poco hacia delante, luego hacia un lado y de nuevo hacia atrás, según donde yo palpara. Mi dedo era como un magnífico instrumento para mí. Me moví alrededor de su maravilloso punto central y ella se alzó un poco contra mí: era probable que quisiera ser acariciada en otro sitio, pero no lo hice.

A continuación desplacé mis dedos desde la parte externa de su sexo hacia el interior y observé su reacción. Me había deslizado allí como sin querer y ahora pude ver el motivo. Sus labios exteriores se abrieron como las hojas de una rosa, cada vez más, se hincharon a medida que tocaba su superficie y enrojecieron con un tono que hubiera hecho palidecer de envidia a la puesta de sol. Cada vez estaban más y más húmedos, y finalmente acabaron de abrirse, amplios y apetitosos.

Era como la grabación a cámara rápida de una yema que se desarrolla hasta alcanzar el estadio pleno de la floración. Algo maravilloso se abría ante mí y me presentaba un mundo nuevo y fascinante en su conjunto.

Toqué con cuidado la piel brillante y húmeda de la parte interna y noté que latía con suavidad, mientras Lena exhalaba un fuerte suspiro.

—Por favor... —oí que decía.

Estaba suplicando. ¿Había olvidado cómo exigir, reclamar, ordenar? Me gustaba tenerla entre mis manos. La deseaba y quería alcanzar las sensaciones más hermosas que ella pudiera anhelar; y era porque la amaba y no porque me pagara por eso.

Yo había vivido aquel momento dos veces, pero en ninguna de ellas había dispuesto de tanto poder como el que parecía tener ahora. Aquellas dos situaciones se habían producido sin que yo influyera sobre ellas: la primera porque, de hecho, había sido mi primera vez y yo casi desconocía lo que tenía que hacer; y en la segunda ocasión, la del avión, Lena me había cogido desprevenida con su avidez y me había llevado donde ella quería.

Ella, por supuesto, también lo hacía ahora, pero parecía ser de otra forma. Se encontraba a la espera de lo que yo hiciera. No me daba instrucciones. Me pedía que la satisficiera y la liberara, y eso, por supuesto, era algo que yo ya tenía previsto y lo hacía con sumo gusto.

Deslicé mi dedo en su interior y de inmediato ella se alzó y gimió una vez más.

—Sí... —Era la misma sensación, suave y aterciopelada, que había experimentado en el avión y de nuevo Lena comenzó a removerse, a levantarse y a gemir, inquieta.

Su respiración iba a golpes, parecía entrecortada y, una vez más, se abandonó.

Estaba toda ella a mi merced. Pero me resultó curioso el hecho de no sentir ninguna satisfacción porque, por fin, se sometiera a mí. Por el contrario, aquello hizo que creciera el amor que sentía por ella. Sólo deseaba que fuera feliz.

Estaba tan abierta que un solo dedo casi se perdía en su interior, así que decidí utilizar dos. Obtuve un largo y gimiente «¡Ahhh!» a modo de recompensa. Bien, eso era lo que ella quería. Dudé si resultaría igual conmigo, pues yo ya tenía dificultades con los tampones del tamaño más pequeño, pero enseguida dejé a un lado aquellos pensamientos. Ahora le tocaba a Lena. Cuando introduje en ella un tercer dedo, el gemido se transformó en un sonido animal. Sonó profundo y ronco, casi inhumano.

Bajé mi boca hacia su perla, tan rígida y sobresaliente que casi parecía un órgano independiente, muy alejado del resto del centro. La lamí con mis labios y mi lengua, y por un momento cerré los ojos. Era tan embriagador y grandioso notar cómo se movía en mi boca aquel duro y suave brote.

Al parecer también Lena lo sintió así, pues tan pronto como mi lengua la rozó comenzó a empujar contra mí, a apretarme con todas sus fuerzas, y noté que sus dedos, enredados en mi pelo, me presionaban e indicaban a las claras que no debía dejarlo.

Gimió cada vez con más fuerza.

—¡Oh, sí, sí, por favor...!

Ya no podía resistirme por más tiempo a sus deseos. Lamí deprisa su prominente perla mientras deslizaba mi dedo hacia dentro y hacia fuera; Lena se retorció de tal forma que pensé en sujetarla para que no se cayera, pero no me quedaban manos libres para hacerlo. La agarré e intenté apretarla contra la colchoneta, pero aquello no tenía ningún sentido. Bramaba.

A medida que se iba excitando, se alzaba y luego se recostaba de nuevo. Parecía como si no quisiera entregarse a mí, como si se resistiera, pero no tenía otra elección. De repente mis dedos se comprimieron e hicieron un movimiento brusco alrededor de ella. Sentí una intensa palpitación y me quedé paralizada, porque pensé que podía haberle causado una herida y que ahora iba a sangrar, pero desde luego no fue así. El terrible grito que emitió no tenía ninguna relación con el dolor.

Después de que la tensión la hubiera hecho alzarse sobre la colchoneta, Lena se volvió a tumbar y, cuando apoyó de nuevo su espalda, yo empecé otra vez a lamer su vagina. Era una sensación muy hermosa.

—¡No, no, por favor! —rogó sin respiración, mientras sus dedos en mi pelo intentaban detenerme—. Ya no puedo más.

Yo no quise atormentarla y respeté sus deseos. Seguro que tendría más oportunidades de profundizar en mis conocimientos de aquella zona íntima. De hecho había venido aquí justo para eso. Coloqué mi mejilla en su muslo y ella me acarició el pelo con suavidad y cariño, tanto que me estremecí. Era tan hermoso sentirme así con ella. ¿Qué más necesitaba?

Segundos después, ella se rió.

—Ahora tengo que recuperarme. —Escuché su voz sobre mí, mucho más suave de la que yo conocía—. Ha estado bien. —Se irguió un poco y me miró—. Veo que ahí abajo te sientes cómoda —dijo, en tono de broma—, pero ¿serías tan amable de traerme ahora un whisky?

Yo sonreí y me levanté.

—Por supuesto —dije—. Tus deseos son órdenes para mí.

Cuando me volví, sonriente, tuve que reconocer que eso era muy cierto. Yo atendía sus instrucciones. Primero en el campo sexual y luego traía la bebida que le apetecía.

«¡Oh Dios! Esto no resulta nada sencillo», pensé. «Todo lo que pueda parecer tan evidente, lo que se hace con gusto por otra persona, sobre todo por la mujer amada, se convierte de repente en la prestación de un servicio, de un servicio pagado, por el que no hay que esperar ni que te den las gracias.»

Mi sonrisa se esfumó mientras me dirigía a la cocina para servirle el whisky. Cuando regresé, ella ya estaba vestida y se hallaba de pie, en la borda; tenía la mirada pensativa, como si tuviera que resolver un problema importante. Quizá tenía que hacerlo. Yo no sabía qué podía preocuparla, ni cómo era su vida ni en qué podía pensar. Hasta el momento no me lo había revelado y yo temía que nunca fuera a hacerlo. La observé durante unos instantes antes de dirigirme a ella.

—¿Estás bien? —pregunté, acercándole el vaso de whisky, mientras intentaba no sentirme como si fuera una criada.

Ella me miró y me acarició el rostro, sólo un poco, mientras se volvía.

—Sí, estoy bien —confirmó—. Muy bien —dijo, con una sonrisa inescrutable.

Yo esperaba que, al menos, renunciara a confirmarme otra vez lo bien que me había salido mi «prestación de servicios», o algo por el estilo. Por el momento parecía que no iba a hacerlo. Daba la impresión de tener otras cosas en la cabeza. A lo mejor eran temas que no tenían nada que ver conmigo.

—¿Quieres que te deje sola? —pregunté. Parecía improbable que allí y en aquel momento fueran a tener lugar más actividades sexuales. No parecía que fuera a ocurrir. Y me sentí verdaderamente contenta por eso, aunque me hubiera gustado llegar a percibir una cierta sensación, una que ella ya había experimentado.

Pero quizás era algo más que eso, algo más desagradable, y yo me hubiera sentido muy satisfecha si ella no se veía obligada conmigo. Me hubiera gustado que, si se sentía presionada por sus propias exigencias, las compartiera conmigo, igual que yo hacía con ella.

A lo mejor lo normal era que Lena, después de aquello, quisiera estar sola. Yo conocía muy poco sus costumbres para poder juzgarlas. De todas formas, no quería que ella me considerara cargante ni que me pidiera que me retirara como si yo fuera un lacayo. Eso habría sido demasiado.

—No, no —contestó, aún mantenía su aire ausente—. Quédate aquí tranquila. Haz lo que quieras. —Me miró con calma—. Si no te gusta el whisky..., también hay Campari y otras cosas. Tómate algo.

Sí, eso iba incluido en el precio, pensé con un suspiro. No se daba cuenta de lo que decía.

Me serví un Campari con naranja y regresé a cubierta para saborear el ambiente.

«¿Ha escogido este lugar tan apartado para poder gritar a su gusto?», me pregunté, pero acabé por despreocuparme del tema.

Finalmente, me dediqué tan sólo a mirar. Al faltar la luz, el mar estaba negro y no se podía ver a más de dos metros.

Allí reinaba una tranquilidad inconcebible para una persona que, como yo, venía de una ciudad plagada de ruidos. Unas leves olas rompían contra el casco del barco, un sonido monótono y tranquilizador que acabó por adormilarme.

—Es hora de irse a la cama.

Escuché una suave voz. Lena estaba de pie a mi lado y sonreía. Seguramente me había quitado el vaso de la mano, pues mi recuerdo del último momento era que yo lo tenía sujeto y ahora lo veía sobre la mesa. ¿Qué significaba aquel último momento?

—¿Quieres quedarte a dormir aquí? —continuó Lena, en un tono apacible—. Parece que te gusta.

—¿Me he quedado dormida? —pregunté, turbada.

—Sí —dijo con una ligera sonrisa—. Hace ya más de una hora y por eso te he despertado. La cama es más cómoda.

Yo la miré.

«¿Quieres decir para dormir de verdad o pretendes otra cosa?»

—Te digo dónde es —propuso—. Luego puedes decidir si te quedas aquí o si prefieres ir bajo cubierta. —Sonrió, comprensiva—. Al principio yo también dormía aquí en muchas ocasiones. Me parecía fantástico.

—Sí, sí. Esto es maravilloso —respondí, aún turbada.

¿Quería que fuera yo quien eligiera? Su voz volvía a tener un tono distinto.

Me hizo una seña para que la siguiera y yo, tambaleante, me levanté y fui tras ella. Me mostró un camarote vacío, mejor dicho, no estaba vacío del todo, porque yo tenía allí mi maleta.

—He aquí tu reino —dijo, complaciente—. El mío está justo enfrente. No es muy grande, pero tiene de todo.

¡Hummm! Yo me sentí muy sorprendida y no pude articular ni una sola palabra. Aquello no era, desde luego, lo que me esperaba. Disponer de mi propio camarote...

Yo suponía que tendríamos sólo una cama, a fin de que ella, si lo deseaba, pudiera tener acceso a mí en cualquier momento. Bien, de todos modos era un barco pequeño y yo no podía escaparme. Sin embargo, aquí todo se veía como un ambiente privado.

«¿También sería privado esa noche?», me pregunté.

Ella se volvió.

—Ahora me voy a dormir —dijo—. Tú puedes elegir lo que prefieras hacer, dormir arriba o aquí.

Abrió la puerta de su camarote.

Me aventuré a decir una cosa, pues todo aquello me parecía raro, muy raro:

—¿O contigo? —pregunté con curiosidad y manteniéndome en tensión por lo que ella pudiera contestar.

Ni siquiera se volvió. Tenía rígida la espalda.

—No, conmigo no —dijo. Se encaminó hacia la puerta y desapareció sin mirarme.

Todo estaba muy claro. Hoy ya no quería nada más de mí. Por un lado me parecía bien, pero por el otro... Yo la había satisfecho y había permanecido durante un rato apoyada en su muslo, pero eso era todo a lo que iba a llegar en el conjunto de sus caricias. ¿Qué es lo que entendía ella por estar acurrucadas y hacerse arrumacos? ¿Sólo eso? Hasta el momento no habíamos tenido ninguna oportunidad y yo lo deseaba de verdad.

Seguro que la próxima vez me tocaba a mí. Yo no sabía si ella lo había pensado así, pero estábamos en una situación especial. Y lo ocurrido en el avión no se podía considerar ni «estar acurrucadas ni hacerse arrumacos». Por lo tanto, era aquí, en el barco, donde tendríamos nuestra primera oportunidad. Y ella no la había aprovechado. ¿No era eso lo que quería? ¿Sólo deseaba sexo, puro y duro? ¿Se pasaría el resto del tiempo prácticamente sin mí, excepto en los momentos en que yo tuviera que satisfacer sus deseos?

Eso lo descubriría en las próximas tres semanas.
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VIVALENZ28

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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jun 25, 2015 11:35 pm

El despertar de la mañana siguiente resultó espléndido. Aunque finalmente decidí dormir en el camarote, dejé abierto el ojo de buey y las olas me arrullaron con su suave murmullo.

Permanecí tumbada durante unos minutos, mirando fijamente al cielo, al pequeño y redondo fragmento que podía ver de él. Me sentía bien.

Después de levantarme, probé la minúscula ducha y luego fui a cubierta, en la que ya estaba sentada Lena tomándose un café.

Me saludó sonriente.

—¿Has dormido bien?

Asentí, mientras le preguntaba:

—Pero, ¿qué hora es?

Ella señaló al sol.

—Nos regimos sólo por él. Aquí el tiempo no tiene mucho significado. —Luego se rió—. ¡De todas formas, ya casi es mediodía!

—¿He dormido durante tanto tiempo? —pregunté, maravillada.

—Sí. —Sonrió una vez más. Seguía mostrándose muy amable—. Debías de estar muy cansada. También me suele ocurrir a mí. Es algo relacionado con el cambio de aires.

Alcé las cejas. ¿El cambio de clima? De hecho ayer también había estado trabajando... Pero no debía referirse a eso.

—¿Tú también acabas de levantarte?

—No —contestó—. Yo ya llevo mucho tiempo aquí.

Aquel comentario sobre el cambio de clima. Ella, lo mismo que yo, llevaba a sus espaldas el pesado viaje, el vuelo, el viaje en taxi... y, bueno, además de las consecuencias de mi trabajo. En ese sentido a ella le debía de ir igual que a mí. Me maravillé.

—¿Quieres? —preguntó, mientras señalaba la cafetera—. Es griego —explicó—, y no sé si te gustará.

—Yo tampoco lo sé —dije, jovial al sentir que el sol me animaba—. No lo he probado nunca.

Miré a mi alrededor. No me cansaba de mirar el mar azul que nos rodeaba, los rayos del sol que se reflejaban y el espléndido cielo azul, que irradiaba más calidez de lo que yo hubiera podido imaginar allá lejos, en mi casa.

Lena me pasó su café.

—Pruébalo —me ofreció— y sabrás si merece la pena ir a buscar más.



Me puso la taza de forma tal que el lado por el que ella había bebido quedó alejado de mí. Yo la miré, giré el recipiente y bebí exactamente por el mismo sitio que ella había utilizado. Me observó con gesto impasible.

—Está bueno —dije—. Voy a tomar uno. —Le devolví su café y fui abajo para hacerme con uno para mí. No pude interpretar el gesto de su cara. Parecía algo turbada.

Cuando regresé, ella siguió sin decir nada. Estuvimos sentadas un rato en cubierta, balanceándonos ligeramente mientras tomábamos el café. Yo pensaba que aquello no podía ser verdad: estar sentada junto a ella en un barco, mecidas por la ligera brisa del Egeo en un hermoso día de verano y libre de todas las preocupaciones del día a día. Seguro que luego llegarían algunas de aquellas preocupaciones, pero ése era un tema que no me afectaba para nada en aquel momento.

De repente caí en algo.

—¡Tengo que llamar a mi madre! —grité—. ¡Ella no sabe si he llegado bien! ¿Hay un teléfono aquí? —pregunté, mientras miraba a mi alrededor.

—¿Aquí en el barco? —Lena hizo un gesto de satisfacción y luego lo borró de su cara—. Puedes coger mi móvil. A lo mejor aquí todavía funciona.

La miré para ver dónde podía tenerlo guardado, pero la verdad es que no llevaba mucha ropa donde meterlo, sólo un bikini y una holgada camiseta.

Rió.

—Está en mi camarote —dijo—. Entra y utilízalo sin problemas. Está en mi bolso.

Di un salto y salí a la carrera.

—¡Ten cuidado no vayas a tropezar! —exclamó entre risas.

Estuve a punto de caerme, porque todavía no me había acostumbrado al balanceo del barco, pero conseguí llegar indemne hasta el camarote de Lena. Abrí la puerta y, de repente, me quedé parada. Creía que su camarote tendría el mismo aspecto que el mío, pero no era así. Era igual de grande, pero muy distinto.

Por lo que parecía, iba allí con mucha frecuencia y lo hacía con mucho gusto. Casi como si viviera allí. En las paredes tenía colgados cuadros y había muchos objetos personales, que lo más seguro era que estuvieran siempre allí. Al menos así parecía: estaban adaptados a aquel barco. No encajarían en absoluto en la inmensa casa de Lena.

En una pequeña estantería sobre la cama había algunos libros, pero resistí la tentación de curiosearlos. En realidad, lo único que quería era llamar a mi madre.

Miré en busca del bolso de Lena. Estaba encima de una silla y sobre él había una camiseta grande, que ella debía de utilizar como camisón. Sólo tenía que retirarla y ponerla sobre la cama para poder coger el bolso, pero, cuando la tuve en mis manos, me llegó a la nariz un olor penetrante.

Alcé la camiseta para olerla. Cerré los ojos. Era ella.

La deseaba. Me había sentado frente a ella, pero aquello era algo que aún no había podido hacer: olerla y decirle lo mucho que la deseaba. Seguro que no permitiría que yo lo hiciera.

Disfruté durante un momento de la sensación de tenerla toda para mí, no sólo su olor, pero aquello sólo era una fantasía que me había forjado. Luego, con un suspiro, dejé la camiseta sobre la cama y abrí el bolso.

Arriba había dos billeteros repletos de dinero.

¿Lo había hecho con intención o ni siquiera lo había pensado? Yo no sabía qué tenía que hacer. ¿Esperaba algo de mí? ¿Era aquello una prueba?

Cogí el móvil y cerré de nuevo el bolso. Primero llamaría a mi madre, porque, al menos, a ella sí sabía lo que le quería decir.

Mi madre se puso muy contenta al escuchar mi voz y, al cabo de unos minutos, me deseó unas buenas vacaciones. Incluso le envió saludos a su desconocida Lena.

Colgué y, pensativa, me senté sobre la cama de Lena. ¿Qué pasaba con el dinero? ¿Por qué me había permitido tener un acceso tan directo a él?

La noche anterior tuve la sensación de que nunca me permitiría entrar en su camarote. Ahora se limitaba a decirme que entrara en él y yo tenía que enfrentarme a todo aquello. No entendía nada de nada. Volví a meter el móvil en el bolso y regresé despacio a cubierta.

—Mi madre envía sus saludos a la desconocida —aquello fue de lo primero que informé a Lena, porque me pareció lo más inocente.

—¿Ah, sí? Pues gracias —contestó, sorprendida.

Apoyé los brazos sobre la mesa y la miré.

—¿Has contado tu dinero? —pregunté—. ¿Sabes cuánto tienes en las dos carteras?

Ella me miró con una expresión vaga.

—Sí —replicó—, con toda exactitud.

—Pues eso está bien —dije con frialdad—. Entonces podrás darte cuenta de que no falta nada. —Yo me sentía aliviada, aunque no se lo demostré. Era un problema menos y sólo quedaba una cosa que yo aún ignoraba: ¿Lo había hecho para ponerme a prueba?

Ella me miró un instante y luego se levantó.

—Ven —dijo. Fue por delante de mí hasta su camarote y me hizo entrar. Luego abrió su billetera, sacó un billete grande y lo tiró sobre la cama.

—Bien —dijo—. Y ahora quiero tener algo a cambio de mi dinero.

Yo no sabía si debía quedarme allí de pie, tan tranquila, sin mostrar ninguna emoción, pero estaba claro que tenía que haber un modo de acabar con aquello.

—¿Qué? —musité, casi sin voz.

—Eso que me he reservado para más tarde —respondió, sin poner ninguna emoción en la voz. Como si hablara de un trozo de tarta. Puede que, para ella, yo no fuera más que eso.

La miré sin expresión y no dije nada. ¿Qué podía decir? Era parte de nuestro acuerdo. Pero, ¿no me lo podía poner un poco más fácil, que la iniciación fuera un poco más tierna? En cualquier caso, ella sabía lo que aquello significaba para mí. Alguna vez ella misma, de joven, debió encontrarse en la misma situación. ¿Trató entonces el tema con la misma falta de emoción?

De nuevo me miró de arriba abajo.

—Desnúdate —dijo— y luego túmbate.

«¡Lena, por favor, bésame! Prepárame, tómame en tus brazos, sé cariñosa conmigo. No me trates como si fuera un trozo de carne, como a una puta. Por favor...» Algo gritó dentro de mí aquellas palabras, pero no dije nada, aunque esperé que ella lo leyera en mis ojos. No quería que lo supiera. Era un negocio y nada más, y ella no debía pensar en otra cosa. Hice lo que me pidió, me quité la ropa y, desnuda, me tumbé en la cama.

Me miró un momento desde arriba y luego también se desnudó y se tumbó a mi lado. ¿Dónde está el «no tengas miedo», o algo parecido, de la primera vez? No parecía que lo considerara oportuno. Me propuse no gritar aun cuando me hiciera daño. Lo aguantaría, lo soportaría todo y haría como si eso no me supusiera nada. No debía llorar a cambio de su dinero, sino dar gritos de deseo, aunque fueran falsos.

Comenzó a acariciarme e intentó relajar la rigidez que había invadido mi cuerpo. Sentí miedo. Ella había llegado tan lejos, era tan poco humana, se notaba tan falta de sentimientos. ¿Quién sabe lo que esperaría de mí? Quizás aún tenía escondidas algunas sorpresas, sorpresas que me dolerían. ¿Quién podía saberlo?

En realidad yo no la conocía, al menos en su aspecto más privado. Y ella parecía siempre tan hermética e inaccesible como una fortaleza. No dejaba traslucir nada, ni siquiera el más mínimo sentimiento. Yo no era tan presuntuosa como para pensar que eso era lo que había hecho la noche anterior, cuando se retorcía debajo de mí acosada por mi lengua. Sólo había sido sexo, pero no había sido nada personal.

Al acariciarme con sus manos propició que, al poco rato, me sintiera más tranquila. Era muy agradable, a pesar de que una y otra vez un escalofrío intentaba salir a la superficie desde lo más profundo de mi interior y en aquellos momentos me echaba a temblar. Pero Lena podía interpretarlo como un efecto del deseo, como una tensión y excitación plenas de impaciencia.

Ella no era insensible, como no lo había sido tampoco la primera vez. Se daba cuenta y percibía muchas cosas que funcionaban bien conmigo. Pero no habló ni me tranquilizó, ni me explicó nada. Me acarició sin articular palabra y comenzó a besarme.

«¡Al menos esto!», pensé con alivio. Noté su cuerpo contra el mío y el calor fue ascendiendo por mí, expulsando despacio el angustioso frío que sentía. Me apreté un poco contra ella para sentir algo más su maravilloso cuerpo, la suavidad de su piel y a ella misma... A ella, a la que yo deseaba y que en ese momento se hallaba tan alejada.

—Lena —murmuré, porque me sentía tan atraída por ella que quería olvidar cómo habíamos llegado hasta allí.

No contestó. Se apretó contra mí y me hizo alzar los brazos sujetándome por las muñecas. Luego las soltó y enlazó mis dedos con los suyos por encima de mi cabeza, sin dejar de besarme, cada vez más apasionadamente. Su lengua entró y salió de mi boca a un ritmo regular, como si quisiera prepararme para algo. Quizá también ella quería prepararse, aunque yo no supiera para qué.

Su peso me oprimía contra el áspero colchón y disfruté cuando se tumbó encima de mí. Era una sensación maravillosa. Me hubiera encantado entregarme a ella de esa forma. Mientras yo permanecía allí tumbada, casi sin poder respirar, sujetó mi cuerpo con el suyo, de modo que no tenía ninguna posibilidad de moverme.

Estar tan sometida a ella tenía un componente voluptuoso que, en un principio, no sospeché. Su beso me inflamaba cuanto más se prolongaba e intenté alzar mi cuerpo por debajo del suyo para pegarme más a ella, para poder sentirla mejor, para demostrarle mi excitación.

Y ella lo notó.

—Sí, venga —murmuró, muy pegada a mi boca—, venga.

¡Estaba hablándome! Hubiera podido gritar a causa del alivio que sentí al percibir que ella por fin estaba allí conmigo, que ya no existía la distancia que se había abierto entre nosotras y que no me dejaba sola con mis sentimientos.

Me moví con fuerza debajo de ella, tanto como podía, y ella soltó mis manos, acabó de besarme y se deslizó hacia abajo con todo su cuerpo. A continuación besó mis pechos hasta que yo gemí, suspiré y me abandoné.

Lena me lamió los pezones hasta que se pusieron erectos, provocándome unas sensaciones maravillosas, que hacían arder todo mi cuerpo, que lo recorrían como si fueran columnas de hormigas y lo agitaban hasta en lo más profundo de su ser.

¿Por qué no me lo había dicho enseguida? Era muy cariñosa y considerada, pero al principio me había dado la sensación de que eso no iba nada con ella. ¿Por qué? Me pregunté si quizá la avergonzaría oírme decir que era amable y atenta. ¿Sería ofensivo para ella? Pero es que ella era así. En aquel momento no existía ninguna mujer que hubiera podido ser más cariñosa conmigo.

Sus labios se mostraban implacables sobre mis pechos, lo mismo que sus manos, cuando avanzaban hacia abajo sobre mi cuerpo. Su respiración se hizo más fuerte, agitada e impaciente. Algo tenía previsto. Sus pezones penetraban en mi piel mientras se mantenía tumbada sobre mí. Yo disfrutaba mucho con lo que hacía, fuera lo que fuera.

Me pegué más contra ella. Deseaba que me poseyera, quería que extinguiera la ardiente sensación que sentía en el pecho, en la piel y entre las piernas, que casi me hacía morir de deseo. Pensé que no podría soportarlo ni un segundo más.

Pero los segundos transcurrieron y luego también los minutos, y Lena ahora se movía despacio hacia abajo, haciéndome esperar, dejándome abrasar, haciendo que ardiera trozo a trozo. De nuevo gemí y pronuncié su nombre, rogué, supliqué en silencio que me liberara de una vez.

Ahora sus labios se dirigieron a mi estómago. Sus dedos acariciaron mis ingles y luego los muslos de arriba abajo, mientras ella se deslizaba hasta colocarse entre mis piernas. Yo temblaba, porque no sabía lo que iba a hacer. De repente grité cuando me hizo justo lo mismo que yo le había hecho a ella la noche anterior: metió la lengua entre mis piernas, tiró de mis labios vaginales, los acarició, buscó mi perla.

Fue una sensación maravillosa, tan tierna y delicada que casi no se podía soportar. Ahora pude mover aquellas partes de mi cuerpo donde ella no se apretaba contra mí y pude escurrirme como una serpiente, mientras intentaba escapar de su lengua para arrimarme de nuevo a ella.

—Lena, Lena —gemí. No podía hacer otra cosa.

Ella agarró mis muslos y los sujetó con fuerza, presionó su boca contra mi clítoris, que la aceptó lleno de anhelo, y me obligó a tranquilizarme.

¡No era nada extraño que Lena se hubiera alborotado de la forma en que lo hizo el día anterior! Si sintió lo mismo que yo estaba notando ahora mismo... no había nada comparable al ya conocido roce de su mano. Era... era sencillamente maravilloso.

Acarició con toda su lengua el sensible valle situado entre mis piernas; ahora parecía estar constituido tan sólo por terminaciones nerviosas que transmitían unas sensaciones maravillosas. Era como un avión a punto de despegar, como si aún estuviera en tierra pero dispusiera de toda la potencia y el empuje necesarios para elevarse y desaparecer por las nubes. Así era como yo me sentía realmente. Quería elevarme, volar...

—Córrete —oí que murmuraba Lena—, córrete. —Su lengua entró un poco entre mis hinchados pliegues, aunque no mucho; luego la retiró y la deslizó por encima, hacia arriba; cuando llegó sobre mi perla tuve que volver a gritar.

Intenté buscar un apoyo en el camarote, algo que estuviera alrededor de la cama, pero no lo encontré y me sujeté en el pelo de Lena, pues necesitaba algo que me mantuviera en tierra al notar que estaba a punto de abandonarla.

—Córrete —dijo de nuevo, y esta vez su lengua describió círculos alrededor del clítoris, mientras dirigía rápidos toques hacia mi centro: yo ya no podía soportarlo más.

Mi cuerpo se tensó y alzó de tal forma que Lena ya no pudo sujetarlo. Soltó mis muslos y permitió que me corriera.

Yo gemí.

—¡Sí...! ¡Sí...! ¡Sí...! —exclamé con cada oleada ardiente que me arrastraba y me satisfacía en toda su plenitud; luego ya no tuve fuerzas para añadir nada más y me dejé caer de nuevo. Mi cuerpo estaba dominado por una sensación única, como de un hormigueo total. Jadeé, intentando coger algo de aire. Hacía calor en el camarote y pensé que me iba a asfixiar.

Había sido tan impresionante, tan nuevo... ¡Y yo que pensaba que ya había vivido una gran cantidad de momentos culminantes! Me pareció que aquel había sido el primero auténtico de verdad. El primero que me había arrastrado y no había dejado sin afectar a una sola fibra de mi cuerpo. Todo mi ser se había concentrado en mi punto más central y había explotado allí. Cogí aire despacio y cerré los ojos.

Lena aún seguía sentada entre mis piernas y me miraba. Me sonrió con dulzura.

—Ha sido maravilloso, Lena —susurré.

—Lo sé —respondió, seria—, pero esto sólo ha sido el principio. Ahora viene la parte importante.

Me tensé un poco al oír sus palabras. Yo ya sabía que ella quería más, pero casi lo había olvidado.

—Date la vuelta —me requirió.

Yo cerré los ojos. ¿No podía hacerlo mientras me tenía entre sus brazos? ¿Tenía que ser así? Pues así tenía que ser. Ella lo decidía. Me volví despacio y me quedé tumbada boca abajo. Mi respiración era muy superficial y casi no podía forzarla para que absorbiera más oxígeno. ¿Podría perder el conocimiento y no enterarme de nada?

Noté a Lena detrás de mí. Se desplazó de nuevo entre mis piernas y apretó una contra la otra. Me hubiera gustado poder ver, poder mirarla a los ojos esta primera vez. Pero ella no quería. Me cogió por las caderas y me obligó a alzarme un poco.

—¡Quédate así! —dijo.

«¡Dios mío! ¡Aún más!», me dije. Yo no podía verlo, pero ella se colocó detrás de mi trasero. Poco a poco me fui dando cuenta de lo que quería de mí. Por lo menos esta vez podía cerrar los ojos. A lo mejor merecía la pena.

Lena pasó un dedo por mi hendidura y, a pesar de lo incómodo de la postura, comencé a sentir un cosquilleo de inmediato. Hubiera preferido empezar a moverme desde un principio, pero me contuve. Sólo haría lo que ella dijera. Si ella lo quería así, así sería como iba a comportarme. Sólo obtendría lo que pidiera.

Luego acarició la zona con su lengua, allí donde había estado su dedo. Lo hizo un par de veces y luego intentó penetrar. La punta de su lengua se abrió camino, pero no llegó mucho más allá. Noté una leve tensión. Su dedo se deslizó hacia delante y acarició mi perla.

—¡Ohm! —gemí y me mordí un poco los labios. ¡Ella no tenía que oír nada!

Anduvo con su dedo hacia delante y hacia atrás, y quitó la lengua de donde la tenía. Me separó los labios de la vagina y la tensión se hizo mayor. Su dedo se deslizó hacia mi centro de sensaciones y penetró, como había hecho al principio con la lengua, pero esta vez no se detuvo. Lo que había sido una ligera tensión procedió a intensificarse. Era lo que yo siempre había notado cuando luchaba con mis tampones mini. Pero me estremecí al darme cuenta de que sus dedos eran bastante más largos que los tampones.

Llevó su dedo por un lateral, sin insistir en la penetración.

—Tranquila —murmuró de repente, en un tono de voz que hubiera podido calificarse como cariñoso si..., bueno, si su forma anterior de actuar no hubiera sido tan curiosa. Su dedo se colocó de nuevo en mi centro álgido y apretó contra mí.

Hice una mueca de dolor. Ella no podía verla y no se detuvo. Siguió presionando, lo que hizo que la tensión resultara cada vez más intensa. Me mordí los labios. ¡No, no podía gritar, tenía que ser valiente! Noté su mano en mi espalda. Me acariciaba de una forma tranquilizadora.

—Piensa en algo bonito —murmuró en el mismo instante en que intensificó tanto la presión que tuve que gritar.

—¡No, no, por favor, Lena!

El dolor me desgarraba, pero aún no había pasado todo. Empujó con toda su fuerza y tuve la sensación de que me iba a partir en pedazos. Me vi obligada a gemir. ¿Cómo podía hacerme eso? Dolía. Apretó de nuevo dentro de mí y algo se rasgó, lo que me causó un dolor penetrante e insoportable. Grité de nuevo.

—¡Lena, por favor, acaba! Por favor..., por favor, acaba ya... Déjame... —supliqué entre susurros.

Salió de mí y eso también me dolió e hizo que me estremeciera.

—Ya ha pasado —dijo con calma—. Ahora ya todo está bien.

¿Yo sentía entre mis piernas unas palpitaciones que me atormentaban y a ella le parecía que todo estaba bien? ¡No iba a dejar que me tocara nunca más! ¡Nunca más!

Se tumbó sobre mí y me calentó con su cuerpo, pero el mío continuó frío. ¡Ahora al menos no podría quejarse de que yo no respetaba nuestro acuerdo! Le iba a tirar nuestro acuerdo a la cara. Sólo tenía ventajas para ella, porque para mí había sido un martirio.

—Mañana irá mejor —me cuchicheó al oído—. Casi lo habrás olvidado.

Yo lo dudaba. El dolor continuaba, casi como si siguiera en mi interior. Necesitaría mucho tiempo para curarme.

—¿Me puedo levantar? —pregunté en un tono frío—. Me gustaría lavarme.

—Claro.

Ella se deslizó hacia abajo y luego se echó a un lado para que yo pudiera salir del camarote. Yo no la miré, pero ella me detuvo y alzó mi barbilla, de modo que no tuve más remedio que mirarla a la cara. Lena buscó mis ojos.

—¿Ha sido tan malo? —preguntó en voz baja.

La miré con ganas de asesinarla.

—No, claro que no —respondí, en un tono mesurado y frío. De mí no iba a obtener ni el menor pestañeo—. ¿Me puedo ir ya?

—Sí —dijo, me dejó el camino libre y pude salir de su camarote para entrar en el mío.

Cuando me duché, por segunda vez aquel día, pude darme cuenta de la sangre que corría por mis piernas. No me pude lavar bien, porque lo hubiera tenido que hacer justo donde más me dolía.

Sentí que las lágrimas querían correr por mi rostro, pero las contuve. Si las hubiera dejado brotar, puede que nunca hubiera podido pararlas.

Lena me había decepcionado. Yo le había hecho ver mi sufrimiento y le había rogado que se detuviera, pero no lo había hecho. Había seguido entrando en mí y me había desgarrado, como si yo no le hubiera dicho nada o como si ella no hubiera escuchado mis súplicas. ¿Me había hecho daño con toda la intención? ¿Se lo había pasado bien? ¿Le gustaban estas cosas? En tal caso, yo tenía que estar preparada.

Fuera como fuese, ya no confiaría más en ella, lo mismo que Lena no confiaba en mí. Ahora estaba convencida de que la historia del dinero en su bolso no había sido más que una prueba.

Ella había supuesto que yo cogería parte del dinero pensando que no se daría cuenta, por eso lo había contado antes. Y luego lo habría contado otra vez con la esperanza de que faltara algo.

¿Qué tipo de persona era? ¿Tenía algo de humano o sólo se trataba de una máquina de hacer dinero, que todo lo podía comprar porque todo tenía un precio? Para ella, no había nada que no pudiera pagar y que, por tanto, no fuera posible comprarlo. Ésa era la razón por la que no daba valor a los sentimientos: era algo que no se podía comprar.

¿Por qué pensaba yo en eso? Ya había pasado todo, tal y como ella había dicho. Hablaba de mi virginidad, que ella me había arrebatado, pero para mí significaba que todos mis sentimientos hacia ella se habían acabado, estaban extinguidos, perdidos. Ella los había destrozado.

A partir de ahora sólo seríamos «socias en el negocio» y ella me podría tener cuantas veces deseara, pero siempre que pagara por ello. ¡Y yo dejaría que me pagara! Me lo prometí a mí misma. Pagaría a cambio de mi cuerpo, pero no obtendría nada más.
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jun 25, 2015 11:36 pm

Me quedé un rato más en mi camarote. No quería verla ni hablar con ella. ¡Dios mío, y estábamos en un barco encadenadas la una a la otra! No podíamos permanecer separadas durante mucho tiempo. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Saltar al agua?

Mientras yo seguía allí, sentada en la cama y sumida en mis cavilaciones, oí de repente que el motor arrancaba. Lo había puesto en marcha. ¿Dónde iríamos? Miré por el ojo de buey. Sólo vi agua, pero estaba claro que apenas nos habíamos movido.

Transcurrió más de media hora hasta que por el ojo de buey divisé, muy a lo lejos, algo de tierra. Para que no dispusiera de facilidades para hacerme lo que ya había puesto en práctica aquella mañana, antes de subir a cubierta me vestí los vaqueros más estrechos y ajustados que tenía. ¿Por qué iba a renunciar al sol y quedarme allí abajo? Ya había hecho lo suficiente para ganarme aquella recompensa.

Lena estaba frente al timón y miraba hacia delante, a la isla a la que nos dirigíamos. Cuando me vio llegar, me miró de arriba abajo, con expresión seria, pero no dijo nada. Yo fui a la cubierta de proa e intenté averiguar dónde estábamos, cosa que, por supuesto, no pude hacer. Como no quería preguntarle a Lena, tuve que renunciar a aquella información, que, por otro lado, me resultaba indiferente. Allí había muchas islas y cada una de ellas sería muy parecida a las demás.

Nos acercamos bastante a una de las islas, pero me di cuenta de que no tenía puerto, por lo que Lena lanzó el ancla un poco apartada de la costa. Apagó el motor y se dirigió a mí.

—Iremos en el bote pequeño —dijo, sin emplear ningún tono especial—. Tenemos que hacer la compra. —Me miró—. ¿O prefieres quedarte aquí?

Yo le lancé una mirada igual de inexpresiva.

—Como quieras —contesté—. Haré lo que tú me digas. —Aquél era nuestro acuerdo y a partir de ahora yo iba a cumplirlo al pie de la letra.

—Bien —repuso—, pues entonces vamos.

No parecía preocuparle cómo me encontraba yo, a pesar de ser ella la responsable. Me miró por un momento.

—¿No quieres ponerte algo más ligero? —preguntó—. Hace calor. —Ella misma llevaba un vestido amplio y vaporoso con motivos griegos, muy adecuado para aquel clima.

—Si quieres, me cambio —dije—. ¿Qué debo ponerme? —Puede que quisiera algo más fácil de quitar que los pantalones que yo llevaba.

Yo ya sudaba y sabía que ella tenía razón. La ropa que me había puesto iba a matarme con ese calor, pero me daba igual.

—Si no quieres no lo hagas —dijo, en un tono reticente—. Sólo era una sugerencia.

«Mira, de repente la dama se muestra así de considerada. ¿Acaso ya no me va a dar órdenes?», pensé.

—Entonces me quedo así —repliqué, con una obstinación que, por otra parte, yo sabía que iba a ir en perjuicio mío, pero no quería hacer ninguna concesión. Sólo lo acordado.

Ella asintió y fue hacia abajo, puede que a recoger su billetero. Al regresar la seguí hasta el extremo del barco donde estaba amarrado el bote auxiliar. Nos subimos en él y lo manejó con la misma seguridad con la que había sacado el yate del puerto.

Nos dirigimos a tierra hasta rozar la orilla y bajamos allí. Lena tiró de la barca para vararla un poco más en la tierra e impedir que la arrastrara el agua. La isla parecía más pequeña que Astipalaia; no se veía a nadie.

—Tenemos que ver lo que queda todavía —dijo—. El mercado se celebra por las mañanas, a la llegada de los pescadores. Ahora ya es un poco tarde. —Fue delante y yo la seguí como si fuera un perrito obediente.

Se dirigió a una mujer y preguntó algo en griego. No lo pude entender, ni tampoco la respuesta. La única palabra que me resultó conocida era Spyros.

La mujer señaló con el brazo en una determinada dirección y Lena le dio las gracias antes de darse la vuelta e informarme:

—Parece que a Spyros aún le queda algo de pescado. Vamos para allá.

—¿Spyros? —pregunté—. ¿Vive aquí?

Ella arrugó la frente, sin entender, y luego, al darse cuenta de lo que yo había querido decir, se rió.

—¡No, no ese Spyros! Aquí son muchos los que se llaman así. El Spyros al que tú te refieres es el primo del conductor del taxi que nos llevó al barco. Toda la familia trabaja para mí.

Sí, estaba claro, y seguro que también les pagaba bien. No me iba a impresionar con eso. Por lo menos hoy no.

Pero, a pesar de que intenté alejarme de todo tipo de sentimientos, aquella isla griega comenzó a hechizarme. Lena buscó a Spyros y le compró el pescado. Rió y bromeó igual que había hecho con el conductor del taxi, y este Spyros estaba tan fascinado por ella como el otro: se pasaba la mano por la barba y comenzó a hacer alarde de su masculinidad.

Lena podía ofrecer un aspecto muy femenino cuando lo deseaba, y lo tenía de verdad, excepto cuando jugaba a ser la jefa. Y eso no ocurría aquí. Aquel hombre estaba seguro de que era la mujer ideal. Y ella parecía haber olvidado todo lo que había ocurrido aquella mañana. Para ella no había pasado nada. ¿Por qué iba a tener que acordarse de aquel momento?

La miré durante unos segundos y traté de observarla de una manera fría, como si fuera un insecto, pero no lo conseguí. No podía sustraerme a la fascinación que ejercía sobre mí: era lo mismo que le pasaba al pescador. ¡Pero es que, además, yo no quería!

Me di la vuelta y miré al mar, a la blanca playa que no parecía estar empañada por la presencia de ningún turista. Aquella isla estaba casi desierta.

Nunca había estado en aquel lugar, todo el viaje resultaba una experiencia maravillosa para mí y me alegraba mucho de haberlo hecho. Intenté olvidar lo que había ocurrido hacía unas horas y saboreé el aire cálido y el magnífico sol.

Tenía calor. Cada vez sudaba más. ¿Por qué habría sido tan cabezota? ¿Para hacerme daño a mí misma? Debería haberle pedido prestado a Lena uno de esos vestidos vaporosos, aunque no me hubiera sentado tan bien como a ella, a fin de poder rendirle tributo al verano griego.

Me dirigí a la playa y metí los pies en el agua, que, por desgracia, tenía la misma temperatura que la de una bañera. No resultaba demasiado refrescante.

De repente, desde detrás cayó una sombra sobre mi cabeza: no era una sombra sino un sombrero.

—¡Vas a coger una insolación si te sientas ahí! —rió Lena. Ella se había traído del barco un sombrero de paja, ligero y veraniego, con alas muy amplias.

Y ahora había comprado uno similar para mí. ¿Hoy no me iba a regalar un reloj de oro? Claro, seguro que no los había en la isla. ¿Acaso no me lo había ganado? La última vez, por un trabajito menor me hizo mejor obsequio. ¿Dónde se había quedado la proporcionalidad?

De inmediato floreció en mí el pudor que yo creía tener dominado y pude sentir en mi rostro un rubor increíblemente ardiente, que allí, al sol, no se notaba tanto. ¡El billete que echó sobre la cama en el camarote! ¡Casi se me había olvidado que no me lo dio después! ¿Acaso mi sacrificio había sido tan poco valioso que no me merecía mi «salario»?

Me estremecí, a pesar del calor que hacía. Un par de días antes no hubiera podido imaginar ni por un momento que fuera a pensar en cosas así.

—Puedes quedarte aquí si quieres, pero yo debo llevar el pescado a bordo —dijo Lena, sin mucha alegría en el tono de su voz—. Luego, si te apetece, te puedo recoger con la barca.

Hubiera aceptado con gusto su propuesta, pero tenía un calor tan atroz que temí que pudiera desmayarme.

—Si me dices cómo se hace yo podría regresar sola con la barca, más tarde —propuse a cambio.

Entonces podría cambiarme de ropa y luego alejarme un poco de ella. La idea me pareció muy atractiva. ¿Por qué no podría irme ahora mismo a mi casa a bordo de aquella barca?

—Sí —dijo ella con indiferencia—. No es complicado, seguro que puedes hacerlo.

Regresamos a la barca y ella se sentó en la proa, mientras me cedía el timón. Metí la barca en el agua y puse mi brazo sobre la barra de control.

—Ahora debes encender el motor —dijo, sonriente.

Apenas se puso a mi lado se alborotó todo mi cuerpo. Me levanté y tiré del mando que ponía en marcha el motor. No estaba acostumbrada a hacerlo y perdí el equilibrio. ¡Plas! Me caí al agua.

Lena se reía sin parar. Yo me sentía rabiosa y hubiera querido gritarle que se callara y que dejara de burlarse así, entre otras cosas por todo lo que me había hecho hoy. Me contuve en el último momento e intenté ver lo positivo de aquella circunstancia. Por lo menos ahora ya no tenía tanto calor.

Lena se levantó y arrancó el motor. Luego me dio la mano para que pudiera subirme otra vez a la barca, pero yo la rechacé y subí como pude. Ella se dio la vuelta y me hizo un sitio junto al timón. Luego me explicó en breves palabras lo que tenía que hacer. Regresó a la proa del bote y me dejó pilotar a mí.

Primero lo hice en la dirección equivocada, hasta que ella me corrigió. Luego le di demasiado gas. La barca saltó de una forma repentina y estuvo a punto de hacer caer a Lena al agua; me asusté tanto que casi se caló el motor. Pero no tardé en acostumbrarme a las exigencias del timón y a la potencia que debía darle. Conseguí mantener la barca bajo control hasta llegar al yate.

Salté con rapidez y la amarré, luego subí a bordo y me fui al camarote a cambiarme de ropa. Quería alejarme de Lena lo antes posible. Escuché sus pasos mientras se dirigía a la cocina para guardar el pescado. Esperé a que estuviera de nuevo en cubierta y entonces salí de mi camarote y me dirigí a la barca. Seguro que se había sentado en la proa. Me subí, arranqué el motor, esta vez sin problemas, me puse en marcha y me dirigí a la isla.

Rodeé un poco más el islote, hasta llegar a una zona en la que no se veía a nadie. Luego me bajé para sentarme en la playa. Desde allí todavía podía distinguir muy bien el yate. Al cabo de un rato noté un movimiento sobre cubierta. Lena apareció, se acercó a la borda y se sumergió en el agua con un elegante salto. Estaba claro que había venido para disfrutar.

Noté el dolor entre mis piernas. Ahora era más fuerte y parecía llegarme hasta el corazón. Todavía la amaba. Quería borrar eso de mí, pero no lo conseguía. ¿Por qué? Ella me había hecho daño: primero por la forma de tratarme y hoy físicamente. Me había desgarrado hasta Conseguir que sangrara. ¿Cómo podía haber hecho eso si tuviera sentimientos?

Estaba claro que no los tenía. Me había comprado y hoy, por fin, había hecho uso de sus derechos como propietaria. Había tomado lo que le pertenecía. Le resultaba indiferente cómo me encontrara yo, si lo soportaba o si me dolía. Seguro que para ella había supuesto una diversión. Y vendría una y otra vez a mí durante todo el tiempo que permaneciéramos aquí para hacer uso de esa distracción.

Supuse que ya no sangraría más después de aquella primera vez, aunque seguiría sufriendo algún dolor, por lo menos interno. ¿Por qué no podía odiarla? ¿Por qué no distanciarme de ella y mirarla como la clienta que, al fin y al cabo, era?

Pero no podía hacerlo. No podía. Quería amarla, de hecho ya lo hacía sin poder evitarlo, y quería ser amada por ella. Si sólo hubiera dependido de lo físico podía llegar a resignarme. Y esperaba que en algún momento ella entendiera que yo no lo hacía por dinero sino por ella, porque la quería. Si es que me llegaba a dar la oportunidad.

Me acordé de su reacción cuando le pregunté por sus planes después de nuestras vacaciones. Había confesado que no tenía ningún plan, aunque yo imaginé que sí tenía algunos, justo los que yo me temía: aquéllos en los que yo no estaba incluida. Ella pasaría tres semanas conmigo y luego se habría terminado todo. Quizá ya no nos volveríamos a ver, puesto que ya habría recibido todo por lo que había pagado.

Me tumbé sobre la cálida y suave arena, y noté su agradable sensación en mi espalda. Se estaba muy bien allí. Durante toda mi vida había deseado con vehemencia poder disfrutar de unas vacaciones bajo el cálido sol meridional, con el leve murmullo del mar a mis pies y con un aire tan cálido que casi no podía resistir su roce en mi cara.

Miré al cielo y vi una nube, blanca y diminuta, que pasaba sobre mí. Me quedaría dormida si seguía allí más tiempo, entre aquella paz y aquel sosiego. Pero eso me hubiera acarreado quemaduras solares y no quería correr riesgos.

Me retiré a la sombra de un árbol y esperé a la caída del sol. El estómago me rugía. Seguro que Lena, con sus buenas manos para la cocina, habría preparado pescado, pero hoy yo me sentía dispuesta a renunciar a eso. No deseaba volver. No quería verla de nuevo.

Me adormilé un poco y no pude ver la puesta de sol sobre el mar. Cuando volví a darme cuenta de dónde estaba, ya era de noche.

Miré en dirección al barco. Estaba allí, con una ligera iluminación. ¿Estaría Lena sentada en cubierta? No creía que pudiera llegar hasta el yate en medio de la oscuridad. Me quedaría a dormir allí, en la playa.

Además, eso sería más seguro. Suponía que Lena me dejaría en paz, pero, ¿y si no fuera así? Si tenía algún deseo, yo estaba obligada a satisfacerlo, aunque, desde luego, no tenía ni las más mínimas ganas de hacerlo. Que me lo suprimiera del sueldo. Un orgasmo menos. Estuve a punto de echarme a reír.

A pesar de ser casi de noche, la arena seguía caliente. No se enfriaba. Era la mejor cama que una podía imaginarse.

Miré al claro cielo estrellado e intenté contar los pequeños y refulgentes diamantes; claro está que me resultó imposible. El firmamento estaba sobre mí y me protegía como si fuera un techo de terciopelo. Me sentía cálidamente envuelta por él. Estaba tan lejos y a la vez tan cerca que incluso podía llegar a coger alguna estrella.

Despacio, mientras yo miraba hacia las estrellas, el cansancio se apoderó de mí y pronto desapareció la dorada mancha del sol y ya sólo quedó la oscuridad.

En mis sueños, Lena se inclinaba sobre mí y murmuraba: No voy a hacerte nada. Nunca te haré daño. Te quiero. Por un momento me sentí desconcertada, pero en sueños aquello no tenía nada de especial.

Luego vi su cara cuando me caí al agua y, de repente, yo también me eché a reír. ¡Qué tonta me sentí! Tendría que haberme reído, porque había resultado muy cómico.

Las piezas del puzzle se desplazaron poco a poco de su sitio y se ordenaron en favor de Lena. Era tan hermosa cuando se reía... Y, de pronto, supe de nuevo el motivo por el que la amaba. Era una mujer maravillosa, la mujer de mis sueños, pero en un sueño.

De nuevo sentí un dolor, pero se pasó rápido. Me recuperaría. No había sido tan grave. ¿Por qué me comportaba así? Todas las mujeres pasan por eso, yo no era la única. Y era preferible que hubiera ocurrido con Lena que con cualquier otro fulano insensible.

Mi vivencia se modificó en mi sueño. El dolor seguía allí, pero Lena me acunaba con suavidad entre sus brazos y me consolaba. Decía: Calla, calla..., no llores y besaba mis lágrimas. Cuanto más lo hacía menos sentía yo el tormento y la quemazón entre mis piernas y mis gritos atormentados se extinguían poco a poco. ¿Había ocurrido de verdad?

Tenía mucho calor, pero esta vez no era entre las piernas sino sobre los hombros. Me levanté despacio. El sol ya estaba alto en el cielo y sus primeros rayos me habían alcanzado a través de las sombras de los árboles.

Me erguí. El barco aún seguía allí, donde yo lo recordaba, y ahora brillaba con toda su blancura a plena luz del día. Me levanté, me desperecé y sonreí. Comencé a correr y, tal como iba, me zambullí en el agua. Hoy no podía renunciar a una buena ducha.

De repente, me pareció que la vida era increíblemente hermosa. ¡Dios mío! Levantarse y poder bañarse sin cumplidos en el Mediterráneo, con el resplandor del sol que me daba los buenos días: ¿Iba a perderme aquella maravilla?

Durante un rato chapoteé y di gritos de alegría como si fuera una niña. El agua me salpicaba a mí y a la barca, buceé y busqué posibles tesoros escondidos en el fondo del mar. Luego me tumbé de espaldas, flotando sobre el mar, para poder descansar un poco.

El sol calentaba cada vez más. En el barco estaba dispuesto un toldo sobre la cubierta delantera. Allí era donde yo debía regresar. ¿Qué le diría a Lena? ¿Sencillamente que no había vuelto la noche anterior? Sentí un poco de miedo.
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Aleinads el Vie Jun 26, 2015 11:06 am

Pobre Yulia cada día mas enamorada y Lenita cada vez mas fría u.u
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Grd el Sáb Jun 27, 2015 11:12 pm

Odio la actitud d lena! Evil or Very Mad Fue horrible lo q le hizo a julia y esto m recuerda algo 50 sombras d Grey XD
por mas enamorada q este una mujer no puede rebajarse a ser lastimada como lo es aqui julia q se comporta como una total mazoquista y tonta. Mad
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jun 27, 2015 11:23 pm

Regresé, subí al barco y encontré a Lena igual que el día anterior, es decir, en cubierta, sentada y tomando café.

—¿Te has duchado en el mar? —me preguntó, con una sonrisa de satisfacción.

«¿Me habrá visto desde el barco?», pensé.

—Sí, yo... yo he dormido en la playa —contesté, algo turbada. ¿Acaso tenía que disculparme? Lo habría hecho con gusto, pero ¿por qué?

Ella colocó los brazos detrás de la cabeza y se estiró un poco.

—Es hermoso, ¿no es cierto? A mí siempre me ha gustado.

Miré sus pechos. Se destacaban debajo de su camiseta, que hoy no era tan holgada como otros días. Se le marcaban los pezones. ¿Estaría excitada y me esperaba para...? Me volví a toda velocidad.

—De todas formas tengo que quitarme la arena. —Me reí de una forma un tanto artificial y me dirigí a mi camarote.

—Espera —dijo y oí que se levantaba de la silla para seguirme. Me detuve y se acercó—. Buenos días —añadió con dulzura, y acto seguido me dio un suave beso en la boca. Luego se rió—. Y ahora vete a la ducha —dijo, quitándose de la boca un par de granos de arena—. ¡Esto es tremendo! —Me dio un ligero cachete en el culo y proseguí mi camino, esta vez con una auténtica sonrisa.

Cuando regresé, me trajo algo de la cocina. Era un poco de pescado de la noche anterior.

—Tengo un hambre terrible —dije a modo de disculpa, mientras me servía—. ¿Me lo puedo comer todo?

Ella rió.

—Claro. Hoy llegarán las provisiones que encargué ayer.

El pescado nadaba sobre una salsa de aspecto rojizo y probé las dos cosas mezcladas.

—¡Cielos! —exclamé—. ¡Cocinas como una diosa! —Me salió así de espontáneo. No hubiera querido decirlo tan alto, pero es que verdaderamente estaba exquisito.

Las comisuras de sus labios se contrajeron en un gesto divertido.

—Gracias —dijo—. Ya tengo más posibilidades de casarme.

Yo la miré.

—Si tú lo deseas —comenté con irritación. Hasta el momento sólo sabía de ella que era lesbiana, pero ¿conocía algo más? Quizás iba en serio eso que acababa de decir.

Puede que también supiera comportarse como heterosexual.

—Nunca se sabe —replicó y se estiró una vez más.

Esta vez yo estaba más cerca y me fijé directamente en sus pechos, en sus erguidos pezones, que parecieron endurecerse aún más. ¿Lo hacía adrede? No necesitaba seducirme; le bastaba con ordenarlo.

—¿Pero no tenías tanta hambre? —dijo de repente y en su voz sonó claro el regocijo.

Yo había dejado de comer para mirarle los pechos. Desvié la vista a toda velocidad.

—Sí —contesté con timidez. No la miré. Estaba segura de que me observaba,

divertida, al darse cuenta de mi reacción.

—¿Tienes ganas? —preguntó en voz baja.

—No... Sí, sí. Claro.

En realidad yo sí tenía ganas. Me pagaba por eso y a ella también le apetecía. Su voz sonaba ronca. Mi espontánea negativa inicial se había referido a la tensión que existía entre mis piernas. Noté que me seguía doliendo e intenté reprimir cualquier señal de deseo. Pero a ella eso no le interesaba y, de hecho, no sería tan malo como el día anterior. Ella me lo había prometido y era una mujer de palabra. Debía de saberlo.

—Entonces, vamos —dijo. Se dirigió al otro lado de la cubierta, el que estaba más alejado de la isla y que daba a mar abierto. Allí se volvió—. Debería haber ido contigo a la playa —dijo con indiferencia—. Ahí fuera es mucho más hermoso, pero aquí también está bien. —Se quitó las braguitas del bikini, pero se dejó puesta la camiseta—. Quiero que sea rápido, violento y profundo. Sin rodeos. ¿Crees que lo lograrás? —Era como preguntarle a un camarero si le recomendaba el solomillo: su tono de voz era idéntico.

Sin rodeos, eso quería decir sin caricias, sin juegos previos, sin roces, sólo un puro dentro-fuera. Y que ella se hubiera dejado puesta la camiseta debía de significar que no se dejaría tocar los pechos. No le interesaba. Parecía que hoy no estaba muy exigente.

No esperó ninguna respuesta por mi parte y se limitó a tumbarse en cubierta. ¿Qué debería haber contestado yo? Estaba obligada a hacer todo lo que me pidiera.

Ahora estaba allí boca arriba y estiró las piernas para colocarlas en la posición más adecuada a fin de que yo pudiera acceder.

—Empieza ya —dijo, impaciente. Casi no podía esperar.

Me arrodillé ante ella y coloqué mis dedos en su entrada. Estaba húmeda, muy húmeda. Había estado muy bien que yo me hubiera quedado en la playa, porque seguro que aquello no venía sólo de los últimos cinco minutos. Si me hubiera quedado allí, en el barco, ella habría exigido sus derechos.

Hizo un gesto de impaciencia, pero no dijo nada. Entrar en ella, húmeda como estaba, no supuso ningún problema. Cerré los ojos por un momento, como siempre lo hacía, y noté una presión en mi centro, señalándome que el dolor seguía allí. Yo no sabía si podría hacerlo. Lo cierto es que yo a ella no le hacía daño: lo que quería exactamente era lo que a mí me había causado tanto dolor. Titubeé y retrocedí un poco.

Lena se alzó y se arrimó a mí para acabar con mi indecisión. Suspiraba. Yo empujé de nuevo, como nunca lo había hecho, y noté por un momento mi propio dolor interno.

—¡Más violento! —gimió—. ¡Más profundo! —Me esforcé en cumplir sus deseos.

Introduje todos mis dedos y empujé tanto como pude, hasta que me dolió el brazo.

Ella gemía cada vez más alto y, para poder elevar mejor las caderas, se agarró a la borda que tenía tras ella y sólo tardó unos pocos minutos en estallar. Sofocó el grito que parecía subir de su garganta y lo transformó en un hondo gemido, lleno de placer. La isla estaba demasiado cerca.

Se mantuvo tumbada durante un minuto más, hasta que yo saqué los dedos, y luego se levantó como si no hubiera pasado nada, y puso rumbo a su camarote. Ya en la escalera, se volvió y, como si hubiera olvidado comentarlo, dijo:

—Ha estado bien. —Luego bajó y me dejó allí.

¿Cómo iba a soportar eso durante tres semanas? Ella siempre tan fría. Cuando me daba por pensar que su carácter había cambiado, que parecía más delicada o que mostraba un poco más sus sentimientos, volvía otra vez a sacudirme en la cabeza. Estaba claro que no quería que yo la amara. Eso se notaba con toda claridad. Quería limitar nuestra relación a lo que había ocurrido allí: a nuestro acuerdo.

Yo también bajé a mi camarote y me tumbé en la cama. Al poner los brazos detrás de la cabeza, noté que algo hacía ruido debajo de la almohada. Me levanté y miré. Era otro billete grande. No, lo miré mejor: eran dos billetes. Había subido el precio por mi virginidad. ¿O era un anticipo por lo que acababa de suceder y que ella ya tenía pensado desde el día anterior? ¿Sería para calmar el dolor?

Hubiera tirado el dinero por el ojo de buey, pero me contuve. Mi madre trabajaba muy duro para lo poco que ganaba. Le compraría un regalo, algo que deseara desde hacía tiempo, y aquel dinero ya no olería más a... puta. Y mi madre nunca se enteraría.
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jun 27, 2015 11:24 pm

Un rato después atracó una barca junto al yate. Probablemente era Spyros. Sentí que Lena volvía a sonreír de una forma tan seductora como el día anterior, cuando estaba en tierra. Quizá lo del matrimonio no era una broma y encontraba a los hombres atractivos. El sexo que acababa de reclamarme también le interesaba. Si era eso lo que quería, ¿por qué no se acostaba con un hombre? ¿Por qué me atormentaba a mí?

Los hombres revoloteaban a su alrededor, eso estaba claro, y no tendría ninguna dificultad en escoger a uno. Sólo necesitaba ir a tierra para hacer sus compras. Spyros le traía todo a bordo sólo por ver sus lindos ojos, o todo lo demás.

Subí para observar el juego. No quería perdérmelo. ¿Cuándo había reído y flirteado conmigo de un modo tan seductor? No lo hacía porque no lo necesitaba. A fin de cuentas, me pagaba por eso.

Me apoyé en la pared y crucé los brazos. Ella desplegó todos sus encantos para Spyros, que ni siquiera sabía lo que ocurría. Mejor que llevara puestos aquellos pantalones tan anchos, porque estaba claro que aquello no le dejaba indiferente.

De hecho, a mí tampoco. Su atractivo era tan poderoso que incluso yo me sentí afectada. Podía ser tan hechicera como le diera la gana. Yo deseaba a aquella mujer.

Era la mujer de mis sueños, la que me hablaba en ellos y no me hacía daño. Pero, si yo lo veía así ahora, ¿por qué me daba siempre la espalda? Podía hacerlo mejor de otra forma: con risas y bromas, de una manera cariñosa y agradable. ¿Por qué no lo hacía más a menudo? ¿Por qué no conmigo?

Spyros se despidió y se fue, un poco decepcionado por no haber conseguido con su pedido algo más de lo que ella había solicitado y por no haber podido flirtear con Lena.

Lena se acercó a mí con cosas comestibles en la mano. Se reía y se mostraba satisfecha por la charla que había mantenido.

—¿Te gustan los hombres? —le pregunté cuando se acercó.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿Tienes algo en contra? —preguntó, fríamente.

—No. —Como continuó su marcha, aún apoyada en la pared, me volví para poder seguirla con la mirada. Luego se detuvo y dejó la comida sobre la mesa.

—Sólo quería saberlo —dije muy tranquila.

No me afectó. No debía sentirme afectada. Gracias a Dios, en los últimos días había aprendido a controlarme un poco. Antes del viaje, lo más probable es que en una situación como aquélla yo hubiera estallado en lágrimas.

—¿Por qué? —me preguntó, mientras clasificaba la compra. No me miraba—. ¿Acaso te importa? —Se dio la vuelta y me contempló con mala cara.

Yo me encogí de hombros.

—Sólo me preguntaba el motivo por el que estás aquí conmigo en lugar de con un hombre. Parece que te llevas muy bien con ellos. Tú eres tan... encantadora cuando estás con ellos. Apenas te reconozco.

—Creo que no ha sido buena idea traerte aquí conmigo —dijo, casi en un susurro, como para sí misma.

Agarré su brazo con fuerza cuando quiso pasar por delante de mí.

—¿Por qué, Lena? —dije en voz baja—. ¿Qué esperabas de mí?

Me acordé del primer día, cuando me tomó entre sus brazos y me aseguró lo maravilloso que sería cuando yo estuviera aquí. Pero de eso ya hacía mucho tiempo. ¿Qué había cambiado? Por otro lado, ¿no había recibido todo lo que quería, todo lo que habíamos acordado? Le había dado mucha importancia a eso.

Intentó soltarse.

—En todo caso, no me esperaba preguntas de ese tipo —contestó de mala gana.

La sujeté con más fuerza para impedir que se marchara.

—Entonces, ¿qué es lo que ocurre, Lena? Por favor, dímelo. Me vas a volver loca con tu... —me interrumpí. Quería decir tu frialdad, pero ella no habría sabido de qué le hablaba.

Ahora me miraba, cosa que había tratado de evitar durante todo el tiempo.

—¿Con mi... qué? —preguntó, en un tono ácido.

—Nada, déjalo. —La solté y me senté.

Me sentía tan agotada como lo había estado después de nuestra relación física anterior. No tenía ningún sentido. Ella no me entendía. Y ahora, además, estaba también el tema de los hombres. ¿Qué hacía yo allí? Le devolvería su dinero y el reloj de oro, y trabajaría hasta poder pagar el resto. Lo haría en cualquier sitio, pero no con ella.

—¿Aún sigue en pie tu oferta? ¿Puedo volverme? —pregunté, harta; si no era así, tendría que aguantar las tres semanas. No podía permitirme el lujo de pagarme un billete de vuelta.

—¿Ahora? —preguntó ella en voz baja. Por un momento me pareció que su voz perdía el tono de enojo.

Me eché a reír.

—¡Sin mí estarás mucho mejor! Sólo doy motivos para que te enfades, me largo a la playa... ¿Acaso no supone eso la ruptura del contrato? —La miré con expresión interrogante, pero ella se mantuvo en silencio—. Decídete por Spyros —exclamé—. Seguro que con él todo te resulta mucho más sencillo.

Lena regresó y se sentó en el sofá de enfrente.

—A mí no me gustan los hombres —dijo y luego se echó a reír, algo sorprendida—. ¡Ahora ya has conseguido que conteste a tu pregunta! —determinó.

La miré con un movimiento de cabeza.

—¿Qué hay de malo en contestar preguntas? —repuse yo—. En otro caso, ¿cómo se podría llegar a...?

—¿Conocerse? —acabó la frase al notar mi titubeo—. ¿Es eso lo que quieres de verdad? ¿Conocerme?

¡Por supuesto! ¿Qué se había pensado? La miré sin entender nada.

—Sí. Claro.

—¿De verdad? —dijo, alzando las cejas.

—Sí, de verdad —confirmé una vez más—. ¿Por qué crees que he venido aquí?

—Eso está muy claro —respondió en un tono frío.

—Pues lo he hecho por ti —dije y me levanté. Fui hacia la borda y me incliné hacia delante. Ya no soportaba mirarla más. Me había roto el corazón y ni siquiera se había dado cuenta.

—¿Pero no lo has hecho por ti? —preguntó.

«Sí, claro, por mí también. Estoy aquí porque te quiero», eso es lo que me hubiera gustado responder, pero era una respuesta falsa. No podía contar con ella.

—No, no del todo —respondí y me volví hacia ella.

Lena se quedó mirándome. Era una mirada que yo no había visto antes y no sabía lo que significaba.

—No quiero hacerte daño —dijo, en un tono que pretendía ser inexpresivo.

—¡Oh, gracias! —exclamé, sarcástica—. ¡Pues lo has hecho muy bien!

Vino hacia mí y me acarició el rostro.

—Lo siento —dijo en voz baja—, pero ahora ya no puedo dar marcha atrás. Por favor, no te vayas. Quédate. —Se inclinó un poco hacia mí y me besó. Muy dulce.

La observé cuando se apartó de mí, miré sus ojos y supe de inmediato que ya no quería huir. Aunque me sentía muy insegura.

—¿Lo dices en serio? —pregunté yo.

—Sí —murmuró y me besó de nuevo con igual delicadeza y cariño—. Estoy muy contenta de que estés aquí y me gustaría que te quedaras. —Se mantuvo a la espera de mi respuesta.

—Bien —dije, sin saber todavía si había tomado la decisión correcta.

—Bien. —Sonrió a su vez y cargó de nuevo con la comida—. Ayúdame a llevar todo esto a la cocina. —Cuando cogí el melón bajo el brazo, ella sonrió de nuevo y me miró, complaciente—. No tienes coche, ¿verdad? —dijo—. ¿Cuál te gustaría?

Casi se me cae el melón al suelo. Lo sabía hacer muy bien. La miré sin decir nada.

—¡Dios mío! —De nuevo pareció disgustada—. ¡No me mires así! Ya sabes que el dinero no es ningún problema para mí. Tengo de sobra. Y a ti también te gusta disfrutar de lo que se puede comprar con él. —Hizo un movimiento y señaló hacia el mar—. ¿O no es cierto?

Eso no lo podía negar. Sin embargo..., si ahora volvía a hablar de nuestro acuerdo o, para resarcirme del dolor y de sus maneras frías y desconsideradas, quería regalarme un coche, entonces me vería obligada a regresar.

Me recordó el principio de nuestra relación, cuando decía que pensaba en el amor como en una ilusión y hacía mucho hincapié en la palabra, así que yo no podía echarle en cara que fuera fiel a sus propias ideas. No me había mentido en cuanto a sus intenciones, no me había ocultado lo que me esperaba.

Al mismo tiempo yo sabía que la amaba, pero me guardaba mucho de decirlo por temor a su reacción. Yo deseaba de ella una cosa concreta: amor. ¿Tenía algún sentido todo aquello?

Me sentí mal al recordar el entusiasmo que me embargó al recibir su oferta de volar a Grecia en su compañía, cuando aún no sabía el precio que debía pagar a cambio. E incluso después de saberlo. Ella tenía razón: yo no era tan inocente, pues había estado de acuerdo en que ella me pagara.

Lena recogió el melón y me apartó a un lado.

—Ven aquí —me dijo en voz baja. Se acercó a mí y me besó de nuevo, más dulce que en las ocasiones anteriores.

—Yo... Lo cierto es que me gustas de verdad —dijo—. Me gustas mucho. —Se rió—. ¡Y eso no lo puedo decir de mucha gente!

Lo creí de inmediato. Me sentí sorprendida por haber escuchado de sus labios un cumplido de tal calibre. Seguro que era el mayor que se pudiera escuchar de ella, algo así como un «te quiero» dicho por otra persona, pero me había gustado oírlo y sabía que ella jamás lo habría dicho, y menos aún en la forma que lo había hecho. Ya era un milagro que se hubiera esforzado en utilizar aquel tono tan dulce.

Me miró durante unos segundos. Luego se inclinó hacia mí de nuevo y su beso fue un poco más exigente. Todavía resultaba más dulce que excitante. Su mano acarició mí pecho y luego avanzó hacia mi entrepierna. Yo me encogí y ella se detuvo de inmediato.

—¿Aún te duele? —preguntó y su voz sonó preocupada de verdad, incluso solícita. Yo no esperaba eso de ella.

—Sí —contesté, torciendo un poco el gesto—, pero puedes seguir sin ningún problema...

Lo aguantaría porque no podía ser mucho peor que el día anterior. Y mientras estuviera en aquel barco y disfrutara de su hospitalidad, opción por la que me había decidido una vez más, algo le daría a cambio. Y no tenía otra cosa para darle.

Ella echó la mano hacia atrás y, sonriente, me acarició la cara.

—No —dijo—. Entonces no. —Se echó hacia atrás—. ¿Sabes cocinar? —preguntó de repente.

Yo me quedé algo confusa por el repentino cambio de tema.

—No... No, no mucho —respondí.

«¿Ahora voy a complacerte con mis artes culinarias en lugar de hacerlo con sexo? Pues has hecho un mal negocio conmigo.»

—Entonces te traeré un par de cosas para hoy por la noche —me anunció con todo dinamismo. Me puso algunos paquetes más en los brazos, ella recogió otros y caminó delante de mí en dirección a la cocina—. A mí me gusta cocinar, pero no tengo tiempo, excepto en vacaciones. —Me sonrió de una forma que casi parecía maternal—. Y puesto que te has sentido tan encantada con mis esfuerzos culinarios, seguro que podrás aprender algo —reflexionó, en plan ama de casa orgullosa.

Yo la miré y sonreí.

—¡Eres increíble! —exclamé.

Se dio la vuelta.

—¿Por qué? ¿Por qué sé cocinar? —Luego se dedicó a guardar las cosas en los armarios.

Yo miré su espalda flexionada cuando se agachó ante la nevera y la acaricié. No podía hacer otra cosa. Sentía tanta ternura en aquel momento...

—No, sólo porque eres —dije en voz baja.

Pareció que se quedaba petrificada; luego se irguió de nuevo.

—¡Y ahora fuera de aquí! —Se dio la vuelta en plan de broma—. ¡El sol nos sonríe! ¡Ya tendremos tiempo esta noche para encerrarnos aquí!

Yo ya sabía que aquello no tenía nada que ver con una declaración de amor, porque ella no las hacía ni permitía que se las hicieran. Ni siquiera una mínima alusión, como la que acababa de hacer yo; ella las declinaba y se negaba a comentar nada, o reaccionaba cambiando de conversación. No quería enfrentarse a eso, porque parecía resultarle muy desagradable.

Estaba convencida de que ella sólo había tolerado mis palabras porque yo no había utilizado la palabra «amor». Y yo no deseaba saber cómo podía reaccionar si lo hacía. Seguro que de cualquier forma menos tomándoselo en broma. Parecía que no podía resistirlo.
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Aleinads el Dom Jun 28, 2015 10:59 am

Me huele a sentimientos <Lena> O serán ideas mías? :/

Very Happy Contiii, esta buenísimo. cheers bounce Smile Smile
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Lun Jun 29, 2015 12:24 am

Aquella tarde, por primera vez, nos sentamos en cubierta sin que yo tuviera la sensación de que debía protegerme constantemente de su mirada o de que me estaba observando como si yo fuera una pieza de caza que ella quisiera matar.

Lena estaba tranquila y relajada, y alguna vez, y casi por casualidad, me rozaba con suavidad el brazo o la cara, como si quisiera comprobar que aún estaba allí, pero nada más. Ella parecía mantener su promesa, por lo que no debía temer ningún ataque sexual.

Cuando el sol bajó algo más ella se despojó de la camiseta y se dirigió hacia la borda.

—¿Qué tal si nadamos un poco? —me preguntó, con ojos relampagueantes.

Realmente eran unos ojos muy bellos. Si los pudiera contemplar más a menudo desde aquella distancia sin sentirme acosada...

Instantes después Lena se volvió y se zambulló en el mar con un elegante salto, que parecía dominar muy bien.

Yo miraba sus chapoteos allá abajo.

—¡Vamos! —gritó, haciéndome señas—. ¡El agua está fenomenal! —Se hizo a un lado para que yo pudiera saltar.

Pero yo no pensaba hacerlo. Primero, porque no sabía qué parte del cuerpo entraría primero en contacto con el agua. Y segundo, porque, además, no quería que se riera de mí al verme caer en el agua como una bomba. Un salto tan elegante como el suyo no lo podría repetir ni por asomo. Me fui al otro extremo del barco y subí al bote auxiliar para entrar luego en el agua.

Lena se deslizó hasta mí con suavidad. Parecía nadar muy bien. Tenía aspecto de sentirse muy cómoda en aquel elemento, como pez en el agua.

—¿No te gusta saltar? —preguntó entre risas. Hizo un remolino hacia atrás y nadó estilo crol durante un rato.

Yo nadé un poco por los alrededores, pero no me alejé mucho del barco. No podía seguirla, porque era más rápida que yo. El agua se pegaba a mi piel con una espléndida calidez y me deslicé boca arriba, con la mirada puesta en el cielo. Siempre me había gustado aquella sensación de estar de espaldas en el mar, mirando hacia arriba, sin nada que pudiera estorbar a la vista, ni siquiera el gorro de baño, obligatorio en las piscinas. Aquí, por supuesto, resultaba más bello. Era como estar sola en la inmensidad del universo.

De repente, algo saltó junto a mí. ¿Un delfín? No. Era Lena. Al parecer se había acercado a toda velocidad, en eso sí parecía un delfín, antes de saltar a mi lado y salir fuera del agua.

—¿No nadas? —preguntó de nuevo con ojos divertidos. Era la primera vez que le veía aquella expresión. Parecía muy joven y hermosa.

—Me temo que no soy una criatura acuática como tú —dije, lamentándome—. No sé nadar muy bien.

—¿Ah, no? —Nadaba a mi alrededor una y otra vez, y yo miraba su cara sonriente.

Luego, de repente, se sumergió y desde abajo me hizo cosquillas en el trasero.

Perdí el equilibrio y me fui para abajo. Ella se colocó a mi lado y me ofreció el brazo, para que pudiera agarrarme.

—Perdona —dijo, riéndose como una niña—, pero resultaba muy tentador.

—¡Lo haces porque sabes que no puedo alcanzarte! —repuse con algo de rencor. Se me había metido agua en la nariz, lo que resultaba muy desagradable.

—No tienes por qué hacerlo —dijo ella, ahora algo más seria, y nadó hacia mí. Se mantuvo a flote a mi lado y me sujetó por la nuca. Luego me besó y, gracias a sus diestros movimientos, nos mantuvimos quietas sobre el agua. De repente, me abrazó con fuerza y nos hundimos mientras nos besábamos.

Era como en la novela 20.000 leguas de viaje submarino. Por un momento me sentí en un mundo totalmente distinto. Pero me faltó el aire y tuve que subir. Volví a respirar mientras ella chapoteaba de nuevo a mi alrededor.

—¿Ha sido tan malo? —preguntó, sonriente. No suponía en serio que pudiera haberlo sido.

—No, resulta fantástico. —Sacudí la cabeza para quitarme el agua de las orejas y la miré—. Fantástico de verdad —añadí, en otro tono de voz.

Ella lo ignoró, como siempre.

—¡Entonces ya podemos ir a bucear! —gritó, mientras salía de nuevo del agua.

La impresión que me causó el primer día, cuando la comparé con una diosa griega del mar, resultaba apropiada. ¿Podría provenir del mar? Algo así como una sirena o una ninfa...

Lena había desaparecido en la lejanía y de repente surgió otra vez a mi lado. Había nadado mucho tiempo por debajo del agua.

«Me gustaría poder hacerlo yo también», pensé, lanzando un suspiro.

—¿Te divierte esto? —me preguntó.

—¿Qué? —dije, turbada, porque mis pensamientos se habían ido muy lejos—. Ah, bucear. Claro, pero no sé si podré hacerlo.

De nuevo era algo que ella pagaría. No obstante, debía desprenderme de aquel tipo de pensamientos si quería disfrutar de mi estancia allí. Y eso es lo que quería: disfrutar con ella.

—No te preocupes, seguro que puedes —dijo para tranquilizarme—. Para hacerlo no hay por qué saber nadar muy bien.

De nuevo se sumergió, se alejó de mí y, sin tocarme, me pasó entre las piernas. Luego lo volvió a hacer y me sumergió en el agua.

Yo chapoteé un poco y regresé a la superficie. Estaba claro que ella armaba jaleo como si fuera una niña.

—No, Lena —dije—. Yo, de verdad, no nado muy bien. Me da miedo.

—De acuerdo —dijo ella, de morros, también como una niña. Luego hizo una mueca—. ¿Esto también te da miedo? —Y comenzó a salpicarme con el agua hasta que tuve que taparme la cara con las manos. Parecía ansiosa por jugar.

—¡Muy bien! ¡Espera! —gruñí, la salpiqué y traté de perseguirla nadando crol. Como no pude alcanzarla, volvió a ponerse detrás de mí para seguir salpicándome. Me volví—. ¡Espera y verás! —dije en plan de aviso e hice ademán de alcanzarla, aunque estaba convencida de que ya se habría marchado.

Pero esta vez se quedó quieta en el agua.

Cuando llegué hasta ella busqué sus ojos y miré en lo más profundo de ellos. Bueno, si no era ternura lo que vi allí... Incluso habría dicho que había un cierto atisbo de amor, pero prefería callarme.

Esta vez fui yo quien la besó. Nos sumergimos de nuevo y luego regresamos a la superficie, en esta ocasión en menos tiempo, por lo que no tuve que intentar atrapar algo de aire. Había sido un buen entrenamiento.

Lena se desprendió de mí, al menos eso me pareció, se alejó algo, se escapó de mis manos y luego se rió, dio voluptuosos gritos de júbilo y comenzó de nuevo su ataque a base de salpicaduras. Pero esta vez no me dejé sorprender y se lo devolví todo.

Cualquiera hubiera podido pensar, por nuestra forma de jugar, gritar y reír mientras intentábamos atraparnos, que éramos dos niñas de diez años.

Era magnífico.

Me pregunté qué dirían sus colegas de la agencia si pudieran verla así. Parecía que, de repente, se había esfumado toda la severidad que, a veces, flotaba agobiante a su alrededor. Cada vez la quería más. Era una mujer maravillosa y me hubiera gustado verla con más frecuencia juguetona y relajada, tal y como estaba ahora.

Al cabo de un rato jadeábamos a causa del cansancio, sobre todo yo, que no estoy muy acostumbrada al agua. Me agarré a la escalerilla del barco.

—Ya no puedo más —declaré, agotada, pero sin dejar de reír—. Me voy a ahogar.

—Sería una pena —dijo ella, mientras mostraba una sonrisa de satisfacción—. Ahora tengo un poco de hambre —añadió—. Sube tú y ahora iré yo.

Se dio la vuelta y con un poderoso impulso, se sumergió de nuevo en el agua. Después empezó a nadar estilo mariposa, o algo parecido. ¿Tendría aletas en lugar de abdomen? Entraba y salía del agua de una forma elegante y en muy poco tiempo ya estaba muy lejos.

Yo trepé hasta el barco y la observé mientras ella regresó. Me parecía estar enamorada de una verdadera diosa del mar.

Los intentos de Lena para enseñarme los secretos de la cocina del mar no tuvieron demasiado éxito, pero fue muy divertido. Parecía que su ánimo mejoraba al cocinar, y eso que ya en el agua se la notaba con muy buena predisposición. Para mí era algo inusual el hecho de que pudiera estar tanto tiempo de buen humor. No permitía que nada le afectara.

Yo podía hacer lo que quisiera: ella se reía por todo, me explicaba con paciencia algún que otro proceso de la preparación de la comida y si, un minuto más tarde y debido a que yo no tenía las cosas muy claras en el aspecto culinario, volvía a hacer la misma pregunta, ella me lo repetía con mucho gusto.

Cuando la comida estuvo lista, cosa que hubiera ocurrido antes si yo no hubiera ayudado, la llevamos a cubierta y nos la comimos allí. Aquel pescado sabía muy distinto al primero que ella había preparado, pero era igual de maravilloso.

—Tendrías que abrir un restaurante —le propuse en plan de broma.

—Gracias, pero tengo bastante con la agencia —dijo con una mueca—, aunque ya he pensado en eso en alguna ocasión.

—¿Y por qué no lo has hecho? —Me metí en la boca un trozo de aquel exquisito pescado y luego cerré los ojos para saborearlo—. ¡Hummm!

—Horarios de trabajo muy prolongados, no hay vacaciones, siempre hay que estar de pie —respondió. Cogió una cuchara y probó la salsa.

—Suena muy parecido a lo que haces ahora —dije.

—¿De veras? —Me miró—. Nunca lo había pensado. Pero creo que tienes toda la razón. —Se echó hacia atrás—. Pero la gran diferencia es que lo de ahora está mejor pagado.

Sí, si se trataba de dinero estaba claro el motivo por el que se había decidido por la agencia en lugar del restaurante. La miré y me mantuve callada. Eso me recordaba mucho a nuestro propio «acuerdo a cambio de dinero». Cambié de tema.

—Tú siempre... —Tuve que detenerme para tragar algo de saliva. No me resultaba fácil de decir—. ¿Siempre te traes a alguien aquí? ¿Siempre que vienes?

Ella volvió la cabeza y me miró de nuevo. Enseguida me arrepentí de haberle hecho aquella pregunta. Parecía que su buen humor se había esfumado. Su mirada era indefinible; parecía penetrarme aunque no era agresiva, sino vulnerable y susceptible. Una susceptibilidad que intentó esconder con un frío distanciamiento.

—No —dijo con toda tranquilidad—, la mayoría de las veces vengo sola.

¿La mayoría de las veces? ¿Qué significaba eso? ¿Ya habían venido otras antes de que yo llegara? ¿Otras a las que había pagado? ¿Otras que habían tenido que aguantar lo mismo que yo?

No me podía figurar nada distinto. ¿Habría venido aquí con alguien a quien no hubiera pagado? Era tan improbable que rechacé aquel pensamiento y... me negué a creerlo. Tenía que haber otras cosas en la vida de Lena. Algo que no tuviera nada que ver con el dinero, ni con la riqueza o el lujo. Ella habría sido joven alguna vez, joven e idealista, y con la cabeza repleta de sueños y de romanticismo, como todas las chicas jóvenes.

¿Romanticismo? La miré e intenté imaginármela romántica, con flores en el pelo y una sonrisa angelical en los labios, sin saber nada de dinero ni de negocios, nada de apremiantes decisiones ni de contratos que podían valer millones. No lo conseguí. Sólo hubo un instante en el que relampagueó algo que, de lejos, podía parecerse un poco a aquella posibilidad. Pero ese instante fue muy breve.

Sólo en aquel barco, en la cama, en sus saltos de ninfa marina o en la cocina parecía existir una oportunidad para Lena. Por un lado, yo me sentía satisfecha de haber hecho ese viaje con ella, ya que de lo contrario no hubiera descubierto esas otras facetas suyas... Pero, por otro lado, hubiera preferido no haber venido. Me hubiera ahorrado varias cosas. Aunque, a decir verdad, aquella tarde todo iba muy bien, todo estaba muy relajado. Una situación muy nueva, casi como... Quizá podía arriesgarme.

—¿Lena? —pregunté—. ¿Has soñado hoy? ¿Sueñas de vez en cuando? Y, si lo haces, ¿se han cumplido tus sueños?

Ella se rió.

—¿Cómo se te ocurren esas preguntas? —Se puso algo más seria y me miró—. Por supuesto —dijo—. Todas las personas tienen sueños. Sobre todo cuando son jóvenes. Yo también los tuve. —Ya resultaba asombroso que lo admitiera—. Pero, ¿para qué sirven los sueños? —añadió—. En realidad nunca se cumplen. Y, si lo hacen, es de forma muy distinta a lo que uno esperaba.

—Yo creo que los sueños existen sencillamente para soñarlos —dije. Aquel razonamiento me llegó de forma espontánea. No había pensado en él—. Así se tiene algo que nos puede hacer avanzar durante toda la vida. Algo a lo que cada uno aspira.

—¿Y qué pasa si alguien alcanza lo que sueña? —preguntó Lena, extrañamente interesada en el tema—. ¿Entonces uno se muere luego?

—Pues tú ya no deberías vivir mucho tiempo. Seguro que ya has conseguido todo lo que has soñado —dije sin pensarlo dos veces. Me parecía evidente.

—¿Yo? —Lena me miró con una expresión burlona y alzó las cejas—. Mis sueños no se han cumplido. Ni uno solo de ellos. ¿Cómo se te ocurre pensar lo contrario?

—Tú... eres rica —dije, turbada—. Puedes permitirte todo lo que desees.

—Sí, puedo permitírmelo todo, es cierto —contestó, mientras bebía de su copa—. Pero todo lo que se puede comprar con dinero. —Me observó con la mirada de una mujer sabia y anciana, que enseña a un niño que no sabe nada de la vida—. Para ti puede ser envidiable, puesto que no tienes dinero. Pero tener dinero no es un sueño.

Es más, puede ser todo lo contrario a un sueño. Las cosas valiosas de verdad son las que no se pueden comprar, al menos no con dinero. Quizá lo descubras algún día —dijo.

¿Yo? ¿Por quién me tomaba? Seguía con la idea de que yo estaba allí por dinero, por su dinero. Desde que era niña yo ya sabía que el dinero no lo es todo. Al contrario que ella. Lo que yo pensaba, en realidad era que ella podía concentrarse en sus sueños porque no le hacía falta ocuparse del día a día y de su sustento, como sí teníamos que hacer mi madre y yo.

—Yo sé que hay cosas que no se pueden comprar con dinero —dije.

—No muchas —replicó Lena, torciendo un poco la boca—, pero sí algunas.

—Eso no me lo digas a mí. —De repente me di cuenta de que lo que hacía allí no se ajustaba a mi papel. ¿No quería jugar a la dama de compañía, ávida de dinero y curada de espantos? Me dominé y sonreí—. Pero el dinero puede facilitar mucho la vida. ¿No estás de acuerdo?

—No, no lo estoy —dijo Lena—, pero si tú lo crees no seré yo quien te quite esas ideas.

Ya habíamos llegado de nuevo donde ella me quería tener. Yo sólo estaba allí por el dinero que ella me daba, no había ningún otro motivo. Y eso tras aquella maravillosa tarde en la que no parecía que yo la hubiera convencido. ¿Acaso pensaba que me reía junto a ella sólo por dinero? ¿Pensaba que le tocaba suavemente el pelo sólo por dinero? Sí, eso era lo que pensaba..., al parecer.

Nos sentamos en el balancín, ya que desde allí se tenía la mejor vista del mar.

Se inclinó hacia mí y yo retrocedí antes de que pudiera darme cuenta.

—Perdona —dije de inmediato—. No lo he hecho aposta. Si tú quieres...

Ella sonrió.

—No tengas miedo —murmuró—. No te voy a tocar.

Me dio un ligero beso y luego se echó de nuevo hacia atrás.

Nos quedamos sentadas, cogidas del brazo, hasta que se puso el sol y luego permanecimos allí durante mucho más tiempo.
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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por VIVALENZ28 el Lun Jun 29, 2015 12:26 am

Comenzó una temporada maravillosa. Al día siguiente fuimos a una isla mayor, donde daban cursos de buceo. Lena no los necesitaba, por supuesto, pero esperó durante dos días hasta que yo hube avanzado lo suficiente como para poder salir con ella.

Durante el curso apenas nos podíamos ver y, por las noches, cuando nos íbamos a nuestros camarotes, nunca hizo ninguna alusión a su posible descontento. Dormíamos separadas sin haberlo convenido.

Al tercer día de nuestra salida de buceo, yo dije riendo, al llegar al barco:

—¡Nunca me hubiera imaginado lo maravilloso que es!

Había pensado que aquel beso en el mar que me había dado hacía unos días me había trasladado al ambiente de 20.000 leguas de viaje submarino, pero hoy lo había experimentado tal y como era de verdad, cuando una se sumergía en el silencio de aquel mundo tan particular. Lena ya había bajado a más profundidad, pero para mí fue suficiente con aquella primera impresión.

Los colores bajo el agua eran increíbles. Los peces, las plantas, todo fluía y se mecía de aquí para allá, como si hubiera una única corriente que los agitara. La ingravidez con la que nos movíamos en el agua fue, para mí, una experiencia asombrosa. Era algo indescriptible, sobre todo para una persona que, como yo, siempre había tenido los pies sujetos al efecto de la tierra firme y de la gravedad, que te fija al suelo y que consideras normal.

Lena se rió ante mi entusiasmo y se alegró por mí.

—Eres una colegiala con mucho talento —alabó—. El profesor de buceo está muy sorprendido de todo lo que has aprendido en tan poco tiempo. —Se inclinó hacia mí y me besó dulcemente en los labios; luego se echó de nuevo hacia atrás y se quiso volver.

Yo la cogí y la besé con pasión.

Cuando la solté, me miró con una expresión de sorpresa. Luego se inclinó una vez más y me ofreció sus labios; yo puse los míos encima y ella suspiró en voz baja—Cerró los ojos y abrió la boca.

—¿Te sigue doliendo? —preguntó.

Yo negué con la cabeza.

—No.

Y aunque siguiera el dolor, yo lo ignoraría. Me apetecía mucho tocarla y no quería renunciar a eso por más tiempo.

Lena se apoyó contra la pared y me besó con fuerza.

¡Oh, aquellos dos días se le habían hecho muy largos y, sin embargo, se había dominado! Lo tuve muy en cuenta.

Sus manos levantaron mi camiseta y tocaron mis pechos.

Las dos gemimos a la vez.

—Tendríamos que ir abajo —dijo, jadeante—. Estamos muy cerca de la orilla.

Se dio la vuelta, me cogió de la mano y tiró de mí por las escaleras rumbo al camarote. Allí me besó de nuevo con pasión y vehemencia; casi no se podía reprimir. Bajó rápidamente y me esperó en el pasillo.

Pero en mí había todavía un pequeño y último atisbo de juicio. Cuando la miré, antes de bajar tras ella y quedarme casi paralizada por el ansia que irradiaban sus ojos, por mi cabeza cruzaron un par de pensamientos que tenía que expresarle en primer lugar.

Me imaginaba que ella se enfurecería de nuevo. Incluso en la oficina sentía miedo porque podía desquiciarse en un instante..., aunque la mayoría de las veces se recuperaba con rapidez, porque la profesionalidad la ayudaba en los temas de negocios; en la vida privada no tenía ningún motivo para contenerse. A pesar de todo, en el último momento acababa por tranquilizarse y yo esperaba que siguiera teniendo aquella capacidad.

Al llegar, me puse a su lado, ella me oprimió contra la pared y me besó con violencia. Entró en mi boca como si la quisiera perforar y casi no tuve la oportunidad de devolverle el beso. Una especie de temor creció en mí. ¿Aquélla era su actitud habitual y lo que yo ya había vivido con ella no era una excepción?

Sin embargo, me tranquilicé un poco cuando...

—¿Lena? —aproveché la oportunidad de hablar cuando sus labios se desplazaron a mi cuello y, por fin, me liberó la boca.

—¿Humm? —Reaccionó, distraída. Estaba claro que ahora no quería hablar.

—¿Puedo... puedo pedirte algo?

«¡Y, por favor, por favor, no te enfades!», pensé como en una súplica. Hubiera preferido no decir nada, dejarlo todo tal y como ella deseaba. Hubiera sido lo más sencillo. No surgirían problemas y ella se sentiría satisfecha, pero lo cierto es que yo lo tenía que hacer. No podía soportarlo una vez más.

—Claro —dijo, aún ausente. Ya casi me había bajado los pantalones cortos y seguía acariciándome el cuello con los labios. Pensaba en otra cosa.

—Yo... yo no quiero... —continué, turbada. Casi era incapaz de decirlo.

Ella levantó la cabeza y me miró a los ojos, excitada aunque mantenía, como siempre, el dominio de sus sentimientos.

—No voy a hacerte daño —prometió en voz baja—, no tengas miedo. Ya ha pasado todo.

Sonrió y me pasó la mano por la cara con toda delicadeza. Luego quiso continuar con lo que hacía, pero yo la interrumpí. Bajó de nuevo la cabeza.

Su promesa me tranquilizó en parte, pero yo no me refería a eso y tuve que empezar de nuevo.

—Lena, yo... yo no quiero... ¡Por favor, no me des dinero! —dije, poniéndome colorada como un tomate, en parte por su actividad sobre mi cuerpo y en parte por la vergüenza que me causaba aquella idea y por el esfuerzo que me había costado decirlo a pesar de mi timidez. ¿Cómo reaccionaría? Aquél siempre sería un tema embarazoso para las dos.

Me di cuenta de inmediato, porque enseguida dejó de acariciarme. Una verdadera lástima, porque cesó el hormigueo que había empezado a apoderarse de mí. Ella levantó la cabeza y me miró de nuevo.

«¡Por favor, por favor, no te enfades!», dije para mí, vacilante. No había nada que pudiera resultar más frío que su ira. Yo casi no podía soportarla. Pero ella era así y yo no podía...

—Me pagas la estancia, el curso de buceo, los regalos —intenté decir, de un modo razonable, a pesar de que en mi interior temblaba de miedo por lo que ella pudiera responder—. ¿No basta con eso? —Me reí e intenté parecer relajada, como si no me supusiera ningún esfuerzo hablar del tema—. ¡No estoy acostumbrada a los lujos! —exclamé, con una sonrisa en los labios—. No hace falta que me des nada más.

«¡Por favor, por favor, no me des dinero!», pensé. Si no le hubiera dicho nada, ella lo habría hecho, de eso yo estaba muy convencida.

Lena alzó las cejas.

«¡Oh, Dios mío, no!» Si no hubiéramos estado bajo cubierta, habría pensado que el cielo se había encapotado.

—No me gusta tener deudas —dijo, en un tono frío, muy apropiado para los negocios, sin dejar traslucir ningún tipo de sentimiento en su voz.

Pretendía controlar su ira y lo mejor que yo podía hacer era dejar de irritarla.

—No debes nada —contesté, intentando imitar su tono de voz, cosa que sólo conseguí en parte. No era tan buena como ella. Yo no tenía la sensación de estar manteniendo una conversación de negocios, pero ella parecía que sí—. Piénsalo, ya lo has pagado todo, incluso demasiado... —Tragué saliva—. No me merezco tanto. Soy yo la que tiene una deuda contigo.

Intenté reír de nuevo de una forma relajada; esperaba que aquello sonara bien y la convenciera. ¡Me tenía que salir bien! Ya era malo tener que hablar del tema como si las dos estuviéramos haciendo tratos comerciales...

—¿Está bien lo de los regalos? —preguntó, en el mismo tono frío—. ¿Lo que no quieres es dinero?

Pensé en el reloj. No, no estaba bien, en absoluto. Había despertado en mí la misma sensación que si me hubiera puesto en la mano unos billetes. Pero había que hacer concesiones y puede que así fuera más fácil soportarlo.

—Sí —asentí—, los regalos están bien.

Si se sentía comprometida de alguna manera y pensaba que ella había contraído alguna deuda conmigo, su humor hubiera ido a peor día a día. Seguro que yo no lo hubiera podido soportar durante mucho tiempo. Por lo tanto, debía darle la oportunidad de compensar sus «deudas».

¡Bastaba con que no lo hiciera en dinero contante y sonante! Sólo con eso ya se habría conseguido un avance. Sentirse obligada con alguien era una situación que, como parecía evidente, ella no podía soportar e intentaba evitarla desde un principio. Resultaba terrible para ella.

—Bien —dijo, siempre con un tono muy mercantil—. Estoy de acuerdo con eso.

Yo suspiré aliviada. Al menos no se había subido a cubierta.

Se acercó de nuevo a mí y me miró a la cara con una expresión extraña. ¿Qué vendría ahora? ¿Qué querría de mí? Agarró mi camiseta y me la sacó por la cabeza. Luego me bajó los pantalones hasta los pies y me quedé desnuda. Era la primera vez que tenía que pagar mis deudas con ella. Así era como yo lo había descrito.

Retrocedió un paso para poder verme entera, para observar todo mi cuerpo, de arriba abajo. A lo que no llegaba era a verme la cara con claridad.

Tuve que contenerme para no echar a correr, para quedarme allí de pie y permitir otra vez que su mirada se posara sobre mi cuerpo. Mis pezones se endurecieron en contra de mi voluntad, pero me superaba la tensión de mi cuerpo.

Dijera yo lo que dijera, ella lo iba a reducir a un negocio y me daba la sensación de ser un objeto comprado por ella. Pensé con cinismo que Lena podía haber sido una tratante de esclavos del siglo XVIII. Mi cinismo creció segundo a segundo, a medida que ella me miraba y remiraba. Me trataba como a una puta y yo me sentía como si lo fuera. ¿Cómo podía soportarlo sin un poco de cinismo?

Se acercó de nuevo a mí y se colocó delante. Se inclinó con lentitud y cogió un pezón con su boca.

Yo cerré los ojos. ¿No dicen que las putas no sienten nada? Pues yo no lo podía aguantar: yo sí sentía algo. Aquellos últimos días la había añorado mucho y esperaba que ella sintiera lo mismo por mí.

Pero la añoranza no es lo mismo que el deseo. De eso ya me daba cuenta.

En ella se había acumulado el anhelo y el deseo por mi cuerpo, debido a que se había reprimido durante mucho tiempo y continuaba haciéndolo. Yo no me lo podía explicar, pero ella ahora quería satisfacerse. No era añoranza ni anhelo por mí, por la mujer que vivía en mí, por mi espíritu. Al parecer, eso le daba igual.

Yo, por el contrario, sí sentía una gran nostalgia por ella, por la auténtica Lena, por la mujer que había en su interior y a la que no dejaba mostrarse, aunque yo estaba convencida de que se hallaba allí. Lo había visto durante un instante en sus ojos cuando no prestaba atención, cuando estaba demasiado excitada y no podía controlarse. O, sencillamente, cuando hacía algo agradable para mí. ¿Cómo se podría sacar al exterior a aquella Lena, a aquella maravillosa persona que estaba retenida dentro de ella y sólo asomaba en ocasiones?

Suspiré. Ella me había lamido y acariciado los pezones, los había mimado con su lengua, y ahora, sin poder evitarlo, estaban erectos. En aquel momento se despertaron en mí unas magníficas sensaciones que llegaban de allí y me excitaban. Me apoyé con más fuerza contra la pared. Si ella quería que siguiéramos de pie, yo necesitaría un apoyo.

Noté su cuerpo al enderezarse y apoyarse contra mí.

—Venga —murmuró—, mírame.

Pero sonaba como una orden y aquello no podía ser. Podía haber sido mi imaginación, porque yo lo hubiera hecho con sumo gusto..., si me lo hubiera pedido con amabilidad.

Abrí los ojos y miré su cara, muy cercana a la mía. El pasillo estaba muy oscuro y era difícil verle los ojos, aun cuando estuviera muy cerca. Me hubiera gustado averiguar si ella sentía algo que fuera más allá del puro deseo sexual, pero no pude descubrirlo.

Su mano se deslizó por mi cuerpo, lo acariciaba y me excitaba. Llegó hasta mi trasero, pasó sobre él con suavidad y luego llegó a los muslos. Suspiré de nuevo. Intenté llevar mi mano a sus pantalones para acariciarla.

—No —rechazó—, primero tú. Quiero verte.

Bajé la mano. ¡Y ahora esto! De pie, con los ojos abiertos y sin poder distraerla. Pedía mucho de mí. Pero estaba claro que no sabía lo complicado que resultaba para mí, tan cercano el momento de la pérdida de mi virginidad, sin tener mucha experiencia sexual en la que apoyarme y con la gran timidez que me caracterizaba.

—Sí —dije, simplemente, pues no tenía otra opción que obedecer sus órdenes.

Yo estaba allí de pie y esperaba, ella me observaba muy de cerca y yo no podía desviar su mirada. La poca luz que había allí abajo daba directa contra mis ojos y no en los suyos. Sus ojos estaban en la oscuridad, pero en los míos se podía reconocer lo que me sucedía, aunque yo esperaba que sólo se pudiera apreciar un poco, por lo menos no todo.

Me acarició el trasero, los muslos. Noté su respiración en mi piel y en mi rostro. Se excitaba al tocarme. Y yo también me excitaba, y me hubiera gustado cerrar los ojos, pero no debía hacerlo. Me pasó las manos por los pechos y los apretó, luego usó los pulgares para acariciarme los pezones hasta conseguir que estuvieran totalmente erectos. Yo me sentía como si estuviera atada a un aparato de medidas y fuera a ser sometida a un test de laboratorio.

Retiró sus manos como si el resultado de la medida hubiera sido el adecuado y ahora quisiera comenzar con el siguiente experimento. Su mano se dirigió a la cara interna de mis muslos.

—Sepáralos —pidió en voz baja—. Piensa en lo que te he dicho.

Intenté pensar en que me había prometido no hacerme daño y separé un poco las piernas. Ya había sido bastante difícil. Comencé a temblar cuando sus dedos avanzaron hacia el centro. No obstante, la forma en que me acariciaba me proporcionaba una sensación maravillosa. Suspiré de nuevo.

—Bien —dijo ella—. Así está bien.

Sus dedos ascendieron hacia mi ingle, luego bajaron de nuevo y, siguiendo la línea del vello, llegaron hasta el centro.

Me retorcí ante sus caricias y separé un poco el trasero de la pared. Era tan suave y dulce... Quería olvidarme de la forma en que había terminado la última vez. Yo ya no era virgen y no me haría daño. Seguro que no.

Se movió de nuevo hacia el centro. Yo noté que mi humedad impregnaba sus dedos y que ella la recogía para extenderla. La frotaba con mucha suavidad sobre mis labios vaginales y yo comencé a respirar con más fuerza. Ahora quería hacer que mi respiración cayera sobre su rostro, como ella había hecho antes, mientras seguía estimulándome. Yo cada vez me sentía más excitada.

Suspiré. Mis pezones reaccionaron a las insinuaciones que llegaban desde abajo y se pusieron firmes, como soldaditos de plomo; hormigueaban y me proporcionaban una sensación muy placentera, que luego se centraba entre mis piernas.

Los dedos de Lena me acariciaron en busca de algo más interior, hasta tocar en la puerta de mi intimidad. Me estremecí.

—Piensa en lo que te he dicho —repitió ella.

¿Estaría enfadada por mi reacción? Tenía un tono muy indiferente. Usó dos dedos para desplazarse por los labios y luego los separó un poco. Volví a notar un tirón. ¿Podría haber crecido todo de nuevo en los últimos dos días? Una vez más, sentí miedo.

Sus dedos avanzaron un poco más y noté cómo se abría mi entrada, aunque eso ya lo había hecho antes. Siempre había estado muy abierta. Uno de sus dedos profundizó un poco más, muy poco, no podía ser más allá de la longitud de una uña. Siguió hacia dentro: todo parecía ser demasiado estrecho, porque yo continuaba sintiendo la presión. De repente se detuvo y empezó a mover el dedo una y otra vez, con mucha lentitud, hacia delante y hacia atrás. Su dedo oprimía la parte superior de la entrada, en la pared de la vagina.

Yo respiré con dificultad. ¿Qué sensación era aquella? La miré, sorprendida.

—¡Esto es fantástico! —exclamé, con un balbuceo. No dolía y me proporcionaba una sensación maravillosa.

—Ya lo sé —respondió.



No podía verla con claridad, pero me pareció que sonreía. Cuando ella se dio cuenta de que yo no tenía ningún problema, aceleró su movimiento y lo hizo un poco más intenso.

Me apoyé en la pared con los hombros. Lo demás no se podía quedar tranquilo. Me pegué contra ella e intenté seguir su ritmo, acompañarla. No tardé mucho en empezar a gemir. Su presión se hizo más fuerte y luego desplazó su pulgar hasta el vértice de mi sensibilidad; no lo pude aguantar más y grité. Por dentro y por fuera todo resultó ya excesivo. Me mordí la lengua, los labios, todo lo que pude encontrar.

Luego se contrajo todo mi cuerpo y mi estómago se endureció como una tabla. No pude más y emití un sonoro y prolongado gemido.

Me sujetó con fuerza al notar que mis rodillas estaban a punto de fallarme y yo me apoyé en ella. No cesaba la tensión en mi estómago; por el contrario, se mantenía gracias a la colaboración de su dedo, que seguía acariciándome por dentro.

«No puedo más..., no puedo..., casi no lo puedo soportar... ¿Qué hace? ¿Qué hace conmigo?»

Noté una nueva oleada, esta vez mucho más intensa. Mis rodillas no me mantenían en pie. Me agarré a sus hombros, gemí y mordí: ella jadeó. Le había hecho daño. Ahora ya sabía lo que era eso del dolor. Pero no pude alegrarme de mi venganza durante mucho tiempo, porque ella no paraba. El siguiente orgasmo fue aún más violento, mis gemidos fueron más ruidosos y mis rodillas se transformaron en un flan, en gelatina, en agua...

No le iba a pedir que se detuviera, eso no había servido de nada la última vez y ahora resultaba magnífico, pero ¿durante cuánto tiempo más iba a seguir torturándome?

Sus dedos parecían incansables. Lena debía de tener mucha fortaleza, porque me sujetaba con fuerza a pesar de que mis propias piernas hacía tiempo que habían dejado de sostenerme. Y ahora ya no tenía un capricho especial por mirarme a los ojos mientras me corría. Entonces, ¿por qué no paraba?

Su pulgar tocó otra vez mi perla como si quisiera prolongar la excitación que aún sentía, y luego la acarició de nuevo, dentro y fuera; yo exploté con más fuerza aún que la vez anterior.

Respiré con mucha dificultad, jadeé y con un gran esfuerzo me agarré a ella. Los calambres eran tan potentes que alcanzaban todo mi interior, todo mi cuerpo, todo parecía obedecer a mis ganas, o más bien a las suyas, a las de Lena. Gemí una vez más y me colgué de ella como si fuera un trapo mojado, pero todavía tuve que entregarme un par de veces más hasta que se dio por satisfecha.

Y se sintió muy satisfecha cuando, por fin, me dejó en paz.

—Es fantástico eso de ser tan joven... —dijo, y esta vez no tuve que mirarla: no podía disimular la satisfacción de su voz.

—Has estado a punto de matarme —protesté débilmente, antes de poder pensar que no era oportuno contradecirla.

Pero ella parecía tan contenta que la protesta no le afectó.

—Yo no —dijo—, sino tú misma.

Sonaba muy divertida y muy, muy satisfecha. Una vez más había superado todas las pruebas laborales y todas sus expectativas.

Era mejor que yo hubiera aclarado antes el tema del dinero. ¿Quién podía saber la forma en que valoraba lo que acababa de pasar allí? ¿Un billete? ¿Dos? Yo prefería que no surgiera aquella cuestión. Y me sentí sorprendida por lo que ella había hecho. Apenas había profundizado en mí, sólo por la entrada y yo casi no me había enterado.

Yo me había esperado que, una vez que ya había abierto el camino, quisiera disfrutarlo usándolo tantas veces y tan profundo como pudiera. Pero lo de ahora había sido algo muy distinto. Parecía como si hubiera querido hacer algo para reparar los daños.

Yo también había percibido su excitación. No era yo sola la que había disfrutado. A lo mejor lo había hecho por su propio placer.

Me recuperé poco a poco y me enderecé.

—Perdona que te haya mordido —dije con timidez—. No quería. Lo siento. Pero es que era tan... fuerte.

—¡Hummm! —respondió ella, siempre con aspecto satisfecho. Ahora también me podía dar cuenta—. Me va a salir un moratón. Hacía mucho tiempo que no tenía un chupetón. —Estaba contenta—. En comparación contigo, ya soy muy mayor para hacerlo de pie. —Sonrió con picardía—. Vamos. —Se volvió hacia el dormitorio, pero dejó que yo fuera delante.

Cuando llegué, dudé entre ir a mi camarote o al suyo. No quería entrar en el de ella, porque me traía malos recuerdos, pero los superaría.

Su mano pasó por delante de mí y agarró el picaporte de mi camarote.

—Entremos aquí —dijo.

¿Qué significaba aquello? ¿Una súbita sensibilidad? Me di la vuelta hacia ella, pero su cara se mostraba inexpresiva e inmóvil. Quizás hubiera sido tan sólo una casualidad el que hubiera preferido aquel camarote en lugar del otro. De todos modos, todo el barco, y ahí iba yo incluida, era suyo.

Al entrar, esperé a que pasara delante de mí para tumbarse en mi cama. Me miró. Yo no sabía lo que esperaba. ¿Me lo iba a decir? Al parecer tenía un concepto muy concreto de lo que deseaba exactamente.

Me acerqué y me puse de rodillas al borde de la cama. Intenté dar una apariencia de tranquilidad.

—¿Cómo... cómo te apetece? —pregunté, mientras trataba de mantener durante otro instante su intensa e indefinida mirada.

—Ya se te ocurrirá algo —respondió ella.

¿Qué expresión era aquella que tenía en los labios? ¿Ironía? ¿Impaciencia? No fui capaz de identificarla.

Alcé las cejas en plan dubitativo.

—¿Estás segura? Ya sabes...

Las comisuras de sus labios se dispararon claramente hacia arriba.

—No soy tan exigente —dijo, divertida.

¿Ah, no? ¿Significaba eso que lo quería otra vez rápido, violento y profundo, como cuando estábamos en cubierta? ¿O volvía a ser una prueba? Parecía que aquí iba a tener lugar de nuevo un examen. Hubiera preferido tener que hacer ese mismo día la prueba de selectividad. Hubiera sido más sencillo. Sin embargo, se me ocurrió algo.

—¿Tienes... tiempo? —pregunté con prudencia.

Ella sonrió, sorprendida.

—¿Tiempo? ¿A qué te refieres? Tenemos todo el tiempo del mundo, por lo menos dos semanas.

—No, quería decir si tú...

«¿Por qué tengo que decir estas cosas con palabras?», pensé.

—Ah, te refieres... —Rió de nuevo, aunque se sentía un tanto perpleja, como si también tuviera un atisbo de curiosidad—. Te refieres a si estoy demasiado cachonda para poder esperar.

Yo nunca hubiera llegado a decirlo de una forma tan directa. Aquella era su especialidad. Yo ya me había acostumbrado a ponerme colorada en su presencia, pero, por algún milagro, parecía que el color rojo se había agotado en mí. No dije nada acerca de que sí había captado la parte principal de mi pregunta y que ahora yo esperaba tan sólo una respuesta.

—¡Hummm! —exclamó, en un tono afirmativo—. Podré dominarme, no faltaría más.

¡Oh, ya lo creo que podría! De eso yo estaba totalmente convencida.

Ahora ella me miró con curiosidad. Era una mirada que casi nunca había percibido en Lena.

—¿Qué va a ser? —preguntó ella.

Yo me encogí de hombros.

—Ya veremos —respondí, imprecisa. No podía decirlo con seguridad. ¿Acaso era una experta en sexo? Ella me había metido en aquel mundo casi sin aprendizaje, porque eso es lo que yo hacía: aprender. Lo que yo siempre había echado de menos en ella intentaría dárselo ahora: caricias.

¿Las deseaba de verdad? Lo que pretendía durante todo el tiempo era llegar lo antes posible al orgasmo y cuantas más veces mejor. Ella me había apremiado para que lo hiciera con ella y así lo había hecho también conmigo. Pero ahora lo que yo quería era justo lo contrario. Quizá se negara, al darse cuenta de lo que yo quería hacer, y me exigiera una satisfacción rápida.

Me miró a la cara durante unos instantes.

—De acuerdo —dijo después.

Yo respiré aliviada en mi interior.

—¿Podrías... podrías darte la vuelta, por favor, tenderte sobre el estómago? —pregunté con inseguridad. Como nunca le había pedido nada, era algo poco habitual.

En su mirada apareció algo así como la desconfianza y el recelo. Seguro que aquella no era su postura preferida, porque dejaba de tenerlo todo bajo control.

—No tienes que... —dije yo rápida—. Si no quieres.

—Bueno, bueno, está bien —respondió ella, tumbándose.

Sin embargo, su mirada seguía expresando desconfianza. Muy despacio, se dio la vuelta. Me miró a los ojos tanto como pudo antes de acabar de tumbarse boca abajo.

Al recordar lo que ella me había hecho cuando yo me tumbé, me pareció normal que sintiera algo de desconfianza. Era lógico que estuviera preocupada. ¿Pero podría devolvérselo? Al contrario de lo que me ocurrió a mí, ya hacía mucho tiempo que ella no era virgen.

Lena estaba allí, tumbada y tensa. Se podía ver con claridad que aquello no le gustaba nada. Nada de nada. Entonces, ¿por qué había aceptado? Hubiera podido negarse, ya que era yo la que tenía que seguir sus órdenes y no ella las mías. En todo caso, aquellos pensamientos no eran necesarios. Yo no iba a hacerle ningún mal. Sólo deseaba acariciarla. Tan suave y durante tanto tiempo como pudiera y ella permitiera.

Comencé a rozar su espalda con lentitud, de un lado a otro, de arriba abajo. Y pude reconocer mi éxito: de inmediato se le puso la carne de gallina.

—Tienes un cuerpo maravilloso, verdaderamente perfecto —susurré, admirada, al cabo de un tiempo.

Ella se rió casi con desdén.

—¡Me cuesta lo mío! Tengo un gimnasio en el sótano de mi casa y lo uso a diario.

¿Para qué lo hacía? Me pregunté. O, mejor dicho, ¿para quién? ¿Para ella misma? ¿O para las mujeres a las que quería seducir y ante las que deseaba presentar un aspecto impresionante?

—Pronto dejaré de utilizarlo —murmuró para sí misma, como si no me lo dijera a mí.

«¿Qué quiere decir con eso? ¿Tiene miedo de la edad?», pensé para mis adentros.

Era aún bastante joven. Mayor que yo, pero no tanto como para tener que preocuparse.

Yo no la entendía. ¿Había conseguido entenderla alguna vez? Era un enigma repleto de preguntas por mi parte, pero las respuestas podía contarlas con los dedos de una mano y sobraban dedos.

Mis manos buscaron por sí mismas el camino a través de los maravillosos rastros de una piel que se estremecía y formaba finos relieves. Se relajó y su respiración se tranquilizó, hasta hacerse más regular. A veces suspiraba.

Me incliné hacia delante y soplé un poco de aire sobre su espalda. La besé con calma en los omoplatos, pasé mis labios por su piel y luego avancé por todo su cuerpo. Mis manos acariciaron sus costados para pasar después a sus pechos y poco a poco, al cabo de un período de tiempo muy superior al que nunca hubiera pasado con ella, comenzó a agitarse, intranquila.

La acaricié tanto tiempo como nunca hubiera podido imaginar. Las puntas de los dedos me cosquilleaban y buscaban algo más. Puede que a ella le ocurriera lo mismo. Me desplacé con cuidado sobre su espalda, con timidez, porque no sabía cómo iba a reaccionar. Pero no intentó librarse de mí, así que me armé de valor y continué.

Me tumbé sobre ella y coloqué mi mano entre sus piernas para poder acariciarla mientras seguía allí, tumbada, de espaldas. Sus movimientos se hicieron cada vez más inequívocos. Respiraba con fuerza, aunque parecía dominarse, tal y como había prometido. Pero no podría aguantarlo durante mucho más tiempo.

Era maravilloso. Era la primera vez que todo mi cuerpo estaba tumbado sobre el suyo mientras se corría, mientras se movía, se retorcía e intentaba empujar hacia arriba con su trasero, aunque no lo conseguía, porque yo estaba tumbada encima y la aprisionaba contra el colchón.

Ella jadeaba y gemía. Intentaba conseguir más sitio y tomar más aire, pero todo era en vano. Yo la agarraba con fuerza y lo único que ella podía hacer era o bien abandonarse en aquella posición y permitir que yo la controlara o bien dejarlo.

Estaba claro que no le gustaba ninguna de las dos alternativas.

Bien, existía una tercera: podía haberme ordenado que yo hiciera otra cosa. Pero no parecía querer hacerlo y, de hecho, no lo hizo.

En un momento determinado noté cómo se debatía y se arrimaba a mí, engarfiaba los dedos en mi almohada y gemía muy hondo. Su trasero se alzó una vez más; luego se detuvo.

Era maravilloso estar tumbada encima de ella, notarla, percibir su excitación, ahora decreciente, su respiración dificultosa y el sudor en su piel. La besé en los lóbulos de las orejas.

—¿Te ha gustado? —pregunté, con un susurro—. ¿Quieres que lo haga otra vez?

—No —respondió—. Así no.

Su voz sonaba casi indiferente. De nuevo se mostraba tranquila y fría, como siempre. ¿Acaso no le había gustado? No lo parecía.

—¿Entonces cómo? —pregunté, con una voz a la que procuré dar un tono de negocios.

Me sentí decepcionada. ¿Ni siquiera un mínimo reconocimiento? Por fin ella había dejado que se me ocurriera algo y yo pensaba que, teniendo en cuenta mi falta de experiencia, lo había hecho muy bien. Estaba claro que ella esperaba mucho más. Quizá no hubiera sido nada especial, un aprobado justito. Tragué saliva.



—Quítate de encima de mí —dijo en un tono brusco.

Aquello no había sonado bien. Puede que no le apeteciera nada si no era ella la que estaba encima o si no había ordenado expresamente lo contrario. Además, yo casi la había obligado a que no me comprara con dinero y su reconocimiento siempre tenía algo que ver con el pago. Por tanto, ¿qué es lo que yo esperaba? Nada de dinero suponía que no iba a obtener ningún reconocimiento. Eso era todo. Me separé de ella y me puse en pie.

Lena estaba furiosa y yo no quería que lo estuviera. Despacio y con todo cuidado pasé la mano por sus cejas, que estaban un tanto alzadas. Ella asió mi muñeca con fuerza.

—No —dijo, aunque no sonó muy airado.

—Yo sólo quería acariciarte —dije en voz baja—. No te he hecho nada.

Pero la expresión de su rostro decía todo lo contrario. Yo sí le había hecho algo que ella no quería. Algo que yo no sabía con certeza lo que era.

Bajó de nuevo su mano y dejó de sujetar la mía, pero me mantuvo alejada para que no pudiera rozarla.

—¿No ha sido bonito mientras te he acariciado? —le pregunté, en voz muy baja.

Respondió con un largo silencio.

—Sí —contestó luego, como de mala gana.

—Me gustaría hacerlo más veces —me atreví a decir. Ojalá no le pareciera demasiado osada—. ¿Estás... estás de acuerdo?

¿Formaría parte aquello del apartado «sexo» y estaría incluido, por tanto, en nuestro acuerdo, o para ella era una cosa distinta, algo con lo que podría quedar en «deuda» conmigo y eso no lo quería? Seguro que en tal caso se negaría.

Tampoco contestó.

Aquello no tenía muy buen aspecto...

Pero, de repente y para mi sorpresa, sonrió.

—Si no te limitas sólo a eso... —contestó con sosiego.

Yo reí, aliviada y feliz al ver que parecíamos estar de acuerdo en algo.

—No —respondí con una sonrisa—, no tenía previsto sólo eso.

Yo seguí acariciándole las cejas; luego bajé la mano y rocé su cara.

Ella cerró los ojos y se mantuvo inmóvil.

«Te quiero, Lena», dije en mi interior; claro está que no lo hice en voz alta.

En aquel momento parecía muy feliz, pero podía cambiar de humor en el instante siguiente.

Me incliné hacia ella y la besé con ternura.

—Lena... —susurré.

Ella se separó de mis labios con la misma suavidad con que yo la había besado.

—Creo que ha sido suficiente por hoy —dijo.

Sonó bajo y no muy imperativo, pero la solté y dejé el paso libre para que pudiera salir de mi camarote.

La miré. Lamenté no poder tenerla mucho tiempo a mi lado, porque estaba segura de que ella no querría. Me tumbé en la cama y aspiré el olor que ella había dejado impregnado allí. Su aroma, su risa y su presencia, todo me hacía feliz. ¿Por qué no podía ser siempre así?

Aunque, en realidad, no quería dormirme, al cabo de un rato me venció el sueño.

No supe cuanto tiempo estuve dormida, pero, cuando me desperté, Lena entró por la puerta de mi camarote y me miró. ¿No había dicho eso de «ha sido suficiente por hoy»? Parecía habérselo pensado dos veces. Me volví sin articular palabra y le hice sitio en la cama.

Ella permaneció sin decir nada durante unos segundos y me miró con una expresión extraña. Luego se animó y dijo:

—No. Quiero otra cosa. Me gustaría invitarte a dar un paseo.

¿Un paseo? ¿Por encima del agua? La miré un tanto desconcertada.

Ella sonrió.

—Has dormido como un bebé —dijo—. No te has dado cuenta de que llevamos un rato navegando.

Me levanté y miré por el ojo de buey. Era cierto.

—No, ni me había dado cuenta —dije, sorprendida—. He debido dormir profundamente.

—Es el curso de buceo —repuso ella—. Cansa mucho.

¡Estaba como una cabra! ¡El curso de buceo! Bueno, si así lo creía, no era yo quién para contradecirla.

—Sí, es el curso de buceo —confirmé.

Nos dirigíamos a una isla más apartada, más pequeña que las otras que conocíamos. Ya de lejos parecía que allí no había nadie y, al acercarnos con la barca, aquella impresión se consolidó aún más. Parecía estar totalmente desierta. Llegamos a una pequeña pasarela, muy vieja.

Lena se adentró en la isla y me miró. Todo tenía un aspecto salvaje y como encantado. La isla estaba cubierta de vegetación, como el castillo del cuento de la Bella Durmiente. Y, sin embargo, o quizá por eso, tenía un encanto propio, un atractivo mágico, como el de una mujer bellísima a la que no se pudiera poner el menor reparo.

Nos abrimos paso hacia el interior de la isla a través de una senda cubierta de maleza, pero todavía reconocible.

De súbito, oculta entre arbustos y árboles, apareció una casa, cuya fachada, que ahora tenía una tonalidad gris, había sido blanca en su momento. Delante había un jardín, que en su época debió de estar bien cuidado: tenía estatuas blancas que representaban a personas desnudas colocadas sobre pedestales; eran figuras masculinas y femeninas, pero sobre todo masculinas. Además, había una fuente muy bella.

Tuve que sonreír. ¡Aquellos griegos de la Antigüedad...! Había oído hablar de eso en el colegio. Entre ellos no predominaba el amor heterosexual, que sólo era visto como un mal necesario. Sin embargo, el verdadero amor, el que merecía ese nombre, se asociaba a los sentimientos homosexuales, entre hombres.

Las mujeres no significaban mucho. El mayor ideal estético era el bello cuerpo de un joven, que, tal y como lo apreciaban los hombres, debía estar totalmente desnudo. Eso se podía observar muy bien en el jardín, hoy cubierto de maleza, pero que un día debió de ser una obra maestra. Había estatuas de desnudos masculinos una al lado de la otra, aunque a veces, casi como si al principio se hubieran olvidado de ellas y luego no se encontraran motivos para hacerlo, se agregaban un par de figuras de mujeres, que debían de ser representaciones de diosas; sus cuerpos estaban parcialmente cubiertos con telas y vestiduras ondulantes hechas de piedra. De hecho, no había mucha tela, porque allí siempre hacía calor.

Reconocí, o pensé que reconocería, a Afrodita. Era la más hermosa. Luego estaba Artemisa, a la que los romanos llamaron Diana, con su arco de diosa cazadora, y más allá se situaba una Atenea algo espiritualizada. Pero sólo eran unos añadidos complementarios a los bellos jóvenes de nombre y origen desconocido. También había hermosas figuras de dioses, como Apolo, uno de los muchos hijos de Zeus, y el hermano gemelo de Artemisa, con una lira en el brazo para distinguirse del arco de su hermana. También estaba Adonis, que no fue un dios, pero que se convirtió en el amante de Afrodita, y Hermes, el pícaro mensajero de los dioses.

Aquí parecía estar reunido todo: todo lo que era joven, bello y excitante. El mármol blanco no había perdido nada de su esplendor.

—¿Te gusta?

Cuando Lena me habló, yo casi desperté de un sueño, como si me hubiera sumergido en el tiempo igual que lo había hecho en el mar, como si la Antigua Grecia aún existiera y yo estuviera de visita.

Me volví y miré a Lena, que sonreía, como si fuera ahora una de aquellas figuras, una diosa de mármol, como si un escultor hubiera conseguido plasmar en ella la imagen perfecta de una mujer. Ella lo era por su propia naturaleza.

—Si, es impresionante —dije—. ¿Qué es esto?

—Es... es una isla —titubeó Lena.

—Mira, si no me lo llegas a decir... —bromeé—. No me hubiera dado ni cuenta.

Ella también sonrió.

—La cultura de nuestro país se ha echado a perder —dijo—. ¿Qué hay que esperar de ella?

—Es fascinante —repuse—. ¿Quién lo ha hecho?

—Un loco egocéntrico —respondió—. Quería volver a crear la Antigua Grecia, pero no duró mucho. Pronto perdió las ganas y comenzó con otro proyecto. Ahora todo está hecho polvo.

—¿Y se puede recorrer la isla sin problemas? —pregunté—. ¿No hay visitas guiadas o algo así?

—No, no hay nadie —respondió—. Los turistas no llegan hasta aquí. Pueden llegar a pasar meses o años sin que se vea a una sola persona. Una vez me quedé tres días aquí, pero la casa está muy mal y no se puede vivir en ella.

—Bueno, con este tiempo no hace falta casa —dije.

—No, porque se puede dormir fuera. O también en el barco.

Miré una vez más a mi alrededor.

—Esto es para personas amantes de la soledad —dije—. ¿Cómo lo encontraste?

—Así, sin más. Navegaba con el barco por esta zona sin seguir un rumbo determinado y me encontré con la isla delante. Fue como una sorpresa. Es tan pequeña que no viene señalizada en la mayoría de los mapas; tampoco en los míos. Yo pensaba que aquí sólo habría agua.

—Maravilloso —repuse—. Se podría pensar en una propiedad privada. —Me reí.

Lena dio un par de pasos hacia la edificación y luego se volvió.

—Lo es —dijo, mientras continuaba su marcha.

Yo la seguí, algo turbada. Cuando la alcancé, casi estábamos en la casa.

—¿Qué quieres decir? —pregunté—. ¿Que esta isla es de alguien? ¿De quién?

Ella continuó su marcha.

—Mía —dijo sin mirarme.

¡Oh, cielos! ¿Y ella que decía que no había cumplido sus sueños? ¿Mi casa, mi barco, mi isla? Era peor que en un anuncio publicitario que ella misma hubiera escrito basado en su propia experiencia.

Me detuve un momento. No me lo podía creer. Al volver a mirarla, Lena había desaparecido en el interior de la casa.

Yo la seguí y entré en el vestíbulo. Era muy grande y casi estaba reducido a escombros. Recordaba un templo griego. Las piedras estaban allí, pero no en su emplazamiento correcto. A izquierda y derecha había figuras como las del jardín.

—¿Lena? —grité, al no poder verla.

—Aquí —dijo ella desde lo alto.

Alcé los ojos y vi que estaba en la barandilla de arriba, en lo que aún quedaba de ella.

—¡Lena! —grité, asustada—. ¡Ten cuidado!

Ella rió.

—Ya la conozco. Sube sin miedo.

Yo miré con algo de escepticismo a la torcida escalera de piedra que llevaba hacia arriba.

—Tienes que ir por la izquierda —recomendó Lena— y no te pasará nada.

Seguí su consejo y subí por la escalera hasta llegar a su lado. Pero aquello no me ofrecía mucha seguridad.

—No ha quedado mucho —dijo Lena—. Sólo una habitación en condiciones para poder quedarse en ella.

Me llevó allí, a pesar de que el cristal de la ventana había desaparecido hacía mucho tiempo. La habitación tenía unas grandiosas vistas sobre el mar.

—¿No es maravilloso? —preguntó en voz baja.

Desde el mar nos llegaba una ligera brisa, que hacía algo más soportable el sofocante calor exterior.

—Sí, maravilloso —dije—. Es lo mismo que en un cuento de hadas. —Me volví hacia ella—. ¿Para qué te has comprado la isla? ¿Quieres construir un hotel aquí? —Si había invertido su dinero es que allí había negocio. No me pude imaginar otra cosa.

—No. —Se dirigió a la ventana y miró hacia fuera—. Pensé que podría vivir aquí, pero, como no tengo mucho tiempo, si vengo duermo en el barco y no necesito la casa.

¡Menuda elección! ¡O duermo en mi yate privado o en mi isla privada! No era un milagro si pensaba que podía comprarlo todo. No sabía que hubiera otra forma de vivir.

—Me alegro por ti —dije, algo disgustada.

Yo no conseguiría jamás lo que ella tenía. Pero, aun cuando me atraía el dinero, nunca llegaría a ser como ella: carente de sentimientos y centrada en una sola cosa.

¿Para qué me había traído aquí? Miré a mi alrededor. No vi ninguna cama, aunque eso no era un obstáculo. A lo mejor le gustaba el sexo en lugares extraños y bajo condiciones difíciles. Seguro que no me había enseñado la isla sin un motivo...

Lena seguía asomada a la ventana y yo no veía su cara. ¿Estaría pensando en la mejor forma de tumbarme? Aquella sería mi cruz. Me había llevado tan lejos que a mí sólo se me ocurría pensar, con seguridad, en una cosa. Su presencia significaba que yo estaba «de servicio» y que debía mantenerme siempre dispuesta a cumplir sus deseos. Incluso en un sitio tan maravilloso e idílico como aquél. Justo en aquel sitio, que hubiera resultado el más adecuado para un poco de romanticismo. Pero yo ya me había dado cuenta de que ella no era del tipo romántico. Sólo quedaba una cosa...

Mis sentimientos fueron en contra de la idea de considerar todo aquello como un negocio, tal y como yo había imaginado en un principio. Cuanto más tiempo se quedara en la ventana sin moverse, más se despertaría en mí el amor hacia ella, amor que Lena no deseaba. Me hubiera gustado tomarla entre mis brazos, mantenernos así y sólo mirar al mar.

Quizá me dejara hacerlo. Hoy mismo me había permitido hacer cosas que hubiera prohibido en otras circunstancias. Me acerqué a ella y le besé la oreja.

Se sobresaltó, pero no se movió. Me atreví a pasar el brazo a su alrededor y la atraje un poco hacia mí. No me rechazó; se mantuvo allí. Transcurrido un cierto tiempo, pude percibir que cedía la tensión de su cuerpo y que se relajaba en mis brazos; se recostó contra mí.

Era como el primer día, cuando estábamos de pie en la escalerilla del yate y nos íbamos.

Me incliné hacia delante y la besé en el cuello. Noté el temblor de la piel bajo mis labios. Con toda calma, procedí a recorrer su cuerpo con mis manos, desde el estómago hasta los muslos y vuelta atrás; luego sus pechos. Sentía ganas de ella, tan sólo ganas, como me había ocurrido aquella mañana. Si aquello no se agotaba, sería como si no existiera el «acuerdo»: sencillamente, seríamos como una pareja, una pareja en una isla romántica del mar Egeo, acariciadas por el cálido aire del Mediterráneo.

Al llegar a sus pechos, ella se estremeció de nuevo, pero luego se puso tensa.

—No —dijo—. Aquí no.

Yo me sentí un poco decepcionada. Me lo había demostrado una vez más. No podía tenerla ni cuando, ni donde ni como yo quisiera. Era ella quien lo estipulaba, porque era la que pagaba. Si ella me deseaba, yo debía obedecer, pero no había oportunidad de que ocurriera a la inversa.

—Pensaba que estábamos en la única habitación en condiciones —dije, cuando pude volver a hablar—. ¿Quieres que vayamos a otro sitio?

—No —repitió—. No en esta isla. —Se soltó de mí y se alejó.

¿No en esta isla? ¿No quería que tuviéramos sexo allí, a pesar de lo importante que solía ser para Lena? ¿Qué era tan terrible? Era una isla maravillosa, estaba situada en un enclave idílico, solitaria, con las mejores condiciones para sus ruidosos desahogos amorosos. Allí podía gritar tan alto como quisiera, porque nadie la oiría.

¿Pero qué iba a hacer yo? Todo lo que quisiera, mientras lo pagara. Y si ella no quería, yo estaba obligada a aceptarlo.

—Entonces nada —dije, lanzando un suspiro—. Es una pena.

—¿Pena? —Me miró—. ¿Piensas que es una pena?

—Sí —dije—. Me gustaba aquí. Es muy... agradable. —Hubiera querido decir romántico, pero eso podía desencadenar un ataque de ira por su parte.

Quizás sí hubiera tenido que decir «romántico», porque la palabra «agradable» no parecía de su gusto.

—Seguro que toda esa gente a la que traes aquí piensa que esto es muy agradable —dije, defendiéndome. Yo pensaba que aquella isla le hubiera gustado a cualquiera y estaba segura de no ser la primera persona que lo decía.

Se volvió y se dirigió a la puerta, más bien a lo que quedaba de ella.

—Nunca he traído aquí a nadie —dijo y se marchó.

Por un momento me quedé consternada, pero luego se me ocurrió que podía ser dueña de la isla desde hacía poco tiempo. Quizá yo era la primera persona que había llevado en su yate después de comprarla. Eso lo explicaría todo.

Fui detrás de ella. Podía estar dispuesta a dejarme sola en la isla, sin barca. Todo porque yo parecía haberla hecho enfadar, aunque ignoraba cómo.

Regresamos al yate en silencio y ella puso en marcha el motor. Fuimos a una isla muy grande. No pude retener su nombre porque ya eran demasiadas islas.

Comimos en un restaurante de la playa. Era como si quisiera enseñarme que el romanticismo y la soledad no significaban nada para ella. Pensaba que aquella enseñanza era importante.

—Podemos ir de compras —dijo, después de una comida que fue buena, aunque no tanto como la suya—. Me gustaría comprar algo para ti. Un regalo.

¡Ah, sí, un regalo! ¡No me había «remunerado» por lo de aquella tarde! Como yo no parecía aceptar dinero, pero sí regalos...

—¿Te parece que podría comprar algo para mi madre? —pregunté.

Me miró, perpleja.

—¿Para tu madre?

—Sí. Hace tiempo que quiere una lámpara nueva, pero no tenemos bastante dinero.

—¿No tenéis dinero para una lámpara? —Aquello era una cosa muy extraña para ella.

—Paga mis estudios y no gana mucho —dije yo. Me quedaba muy claro que Lena no podía imaginar el rendimiento que sacaba mi madre a cada moneda.

—No lo sabía —me interrumpió, irritada—. Claro que sí —continuó—. Por supuesto que puedes comprar algo para tu madre.

Aquello me tranquilizó un poco y, mientras hacíamos las compras, intenté olvidar la forma en que había ganado aquella lámpara para mi madre. Durante un rato resultó muy bonito eso de ir de tiendas junto a Lena, en busca de una lámpara que fuera adecuada. Encontramos una de muy buen gusto. Seguro que a mi madre le encantaría. Lena acordó con el propietario que, para no tener que cargar con ella, nos la entregara al día siguiente en el barco. Era grande y pesada.

Al regresar al yate Lena se sirvió un whisky y se lo tomó apoyada en la borda. Miraba al mar y parecía no querer darse cuenta de que yo estaba allí.

«Tendríamos que haber acordado un horario de trabajo», pensé con sarcasmo. No sabía si podía retirarme o si querría algo más de mí.

Tuve que preguntárselo.

—¿Lena? —dije, con un carraspeo.

Ella se volvió un instante y me miró, casi sorprendida.

—¿Me necesitas para algo?

La expresión de su rostro no cambió y pareció sorprenderse ante mi pregunta.

—No —dijo después—. Puedes irte a la cama con toda tranquilidad. —Luego se volvió otra vez hacia el mar, bebió de su vaso y pareció olvidarse de mi presencia.

¿Por qué tenían que ser tan complicadas las mujeres? Antes de conocerla, me la había imaginado de una forma muy distinta.

Suspiré y me fui a mi camarote.







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Re: UNA ISLA PARA DOS

Mensaje por Aleinads el Lun Jun 29, 2015 12:36 pm

Pareciera que existiera el mar completo distanciándolas y a veces están tan cerca, sentimientos, sentimientos *suspira*
Me encanta como escribes Laughing Very Happy Very Happy I love you cheers
Contii!
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Re: UNA ISLA PARA DOS

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