EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

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EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Lun Jul 06, 2015 10:48 pm

Era sábado. Mi madre y yo nos habíamos ido de compras a la ciudad. Al llegar a la calle principal, mi madre se dedicó a mirar los escaparates y yo, a aburrirme un poco, cuando, de repente, observé que Lena venía hacia nosotras por la otra acera. Pero no nos había visto.







¡Humm…!, miré a mi madre, que, justo en ese momento, estaba ensimismada con un vestido. Intenté fijarme en el modelo para comprárselo por Navidades y, al mismo tiempo, miré por el rabillo del ojo a Lena.







Hasta la fecha mi madre y ella todavía no se habían encontrado.







No se había dado el caso. Y, al recordar la forma en que, al principio, lo había evitado Lena, pensé que quizás a ella no le interesara en absoluto.







A mi madre sí le habría interesado, yo estaba segura de eso, porque ya hacía tiempo que sentía mucha curiosidad por ella, pero se dominaba y esperaba que yo misma, en cualquier momento,acudiera a casa con Lena.







Volví a mirar hacia el otro lado de la calle. Estaba ante un gran escaparate y miraba los artículos expuestos. En cualquier momento se daría la vuelta y yo sólo tenía que dirigir a mi madre en otra dirección, a la calle lateral que, sin embargo, estaba detrás de Lena. ¿Es posible que no nos viera y se limitara a pasar de largo?







En aquel momento Lena se dio la vuelta y me miró. Sonreía.







Mi madre también se volvió y quiso enseñarme algo que había en el escaparate.Yo estaba de pie entre ambas y no tenía ni la más mínima idea de lo que debía hacer.







Al darse cuenta de que no estaba sola, por un momento pareció que Lena se iba a limitar a seguir su marcha como si no me hubiera visto. Dio un par de pasos en dirección contraria a la nuestra, pero luego cambió de idea. Cruzó el paso de peatones con pasos enérgicos y se dirigió a mí. Entre tanto mi madre se había dado cuenta de que yo no estaba siguiendo sus indicaciones y de que mi vista iba en otra dirección. Siguió mi mirada y se tropezó con Lena.







—Hola —dijo Lena, amable y sonriente.







Mi madre me miró y yo tuve que cumplir con aquel requerimiento que no se había pronunciado de palabra.







—Ésta es… Lena. —Hice la presentación, un tanto angustiada y luego miré en la otra dirección—. Mi madre.







Las dos mujeres se miraron de forma inquisitiva. Luego mi madre extendió la mano.







—He oído hablar mucho de usted —dijo.







Lena estrechó su mano y la miró profundamente a los ojos.







—Ahora ya sé de dónde ha sacado su hija el magnífico aspecto que tiene —dijo con un curioso timbre en la voz







Mi madre suspiró.







—Oh, gracias —contestó, algo turbada, como nunca la había visto antes.







Miré a Lena y no me lo podía creer. ¡Estaba flirteando con mi madre!







Sin embargo, aquello no duró mucho tiempo.







—Tengo que seguir —dijo—. Que se diviertan con las compras







—Se volvió y siguió su marcha por donde habíamos venido mi madre y yo.







Yo miré a mi madre y ella me miró a mí.







—Es muy… encantadora —dijo mi madre, turbadísima.







—Sí. También lo pienso yo —respondí lentamente. Luego le hice un ruego a mi madre—. Quédate aquí. Vuelvo enseguida. —Y corrí detrás de Lena.







Cuando llegué hasta ella aferré su brazo con fuerza.







—Lena. Ella se dio la vuelta.







—¿Qué significa esto? Has estado flirteando con mi madre. Ella sonrió, con expresión indulgente y divertida.







—Sí, ¿por qué no? Está claro que es una mujer muy atractiva.







—Se inclinó hacia delante y me besó en la mejilla—. Igual que tú.Os parecéis mucho. Además, es muy joven, sólo un poco mayor que yo. —Rió al ver mi cara—. No tengas miedo. No voy a intentar seducirla. —Parecía divertirse mucho, como si no se lo pudiera tomar en serio. Yo la miré, boquiabierta.







—¡Es heterosexual! Y además es mi madre —protesté,enfadada. Lena arrugó el entrecejo.







—Aunque no te lo creas, yo también tengo una madre. —Sonrió de nuevo—. Anda, ve con ella, te estará esperando. Ya nos veremos luego.







Dejé que se marchara porque me sentía demasiado perpleja como para retenerla. Además, habíamos quedado para esa misma tarde. Yo debía tener un poco de paciencia. Regresé junto a mi madre.







—¿Has hablado con Lena? —preguntó, frunciendo el entrecejo.







—Sí —respondí, aún algo angustiada—, era ella.







—Es muy guapa —dijo mi madre—. Una mujer muy guapa. Impresionante, y elegante de pies a cabeza.







—Es porque va vestida de calle —repliqué—. No siempre tiene ese aspecto.







—Pero pienso que sí lo tendrá la mayoría de las veces —dijo mi madre—. Cuando actúe en representación de su empresa. —Me miró y torció con fuerza la comisura de la boca—. No me extraña que te hayas enamorado de ella. Es muy… —titubeó con intención— …atractiva.







Aquello resultaba bochornoso para mí.







—Mamá —dije con esfuerzo—, ¿podemos hablar de otra cosa?







Ahora no puedo tocar ese tema.







—Está bien. Pero me alegro de haberla conocido por fin. Hasta ahora siempre la habías mantenido oculta.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Lun Jul 06, 2015 10:51 pm

Cuando vi a Lena aquella noche me sentía muy dispuesta a pedirle explicaciones, pero cuando empezó a besarme me di cuenta de que todo lo demás carecía de importancia.







—Mi madre estaría encantada si vinieras a casa por Navidad —dije después—. Si no tienes familia...



Lena me miró por un momento, con aspecto pensativo.



—No, creo que no —dijo más tarde—. Suelo ir a esquiar algunos días durante las Navidades y este año voy a hacer lo mismo.



—Es una pena —repuse. Todo se desmoronó a mi alrededor al pensar que pasaría unos días sin verla—. No sé esquiar y, además,quiero pasar la Nochebuena con mi madre. Seguro que tú te irás antes.



—Sí —empezó a decir, pero luego se interrumpió un momento



—. Pero también me podría ir más tarde.



—¿Más tarde? —repetí con una mirada esperanzada.



—Sí, y así podrías venirte.



¡Me echaba de menos! Podría haber flotado hasta el techo a causa de la emoción. No quería renunciar a estar dos días sin mí: era lo mismo que sentía yo.



—Eso... eso sería fantástico —tartamudeé, sin poder respirar.



—Quizá puedas aprender a esquiar. —Sonrió y luego se inclinó hacia mí—. En Colorado.



—¿En Colorado? —Yo valoraba mucho sus besos, pero aquello no fui capaz de asimilarlo con suficiente rapidez.



—Vuelo a Aspen... la mayoría de las veces. Los americanos son muy divertidos en Navidad. Totalmente distintos a nosotros.



—Esquiar en Aspen. —Yo estaba boquiabierta. ¿Quería ir conmigo?



—¿Te vendría bien el día veintiséis? —preguntó—. ¿O mejor el veintisiete?



En esta ocasión no iba a cometer el mismo fallo de nuestra primera vez.



—El veintiséis está bien —repuse.



—De acuerdo —dijo ella—. Le diré a Tanja que haga una reserva para las dos.



—Hummm... ¿Tanja? —pregunté—. ¿Es necesario?



Ella me miró.



—Puede que tengas razón. Resulta demasiado evidente, ¿no crees?



—Sí —dije, roja de vergüenza—. Ella ya reservó la mesa y me llamó para comunicármelo. Seguro que sospecharía algo.



—En realidad me da igual —contestó Lena—, pero si te molesta yo misma haré la reserva de los vuelos. —Se mostró satisfecha—. De esa forma tendrás mayor paz interior.



—Es que esto es demasiado para mí —me disculpé—. Hoy te has encontrado con mi madre y luego lo de Tanja y Aspen.



Ella me interrumpió con un beso.



—Está bien —dijo en voz baja—. Lo haremos así, si eso es lo que deseas. Y ahora... vamos a hacer otras cosas. —Se deslizó hacia abajo y me besó los pechos.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por Aleinads el Mar Jul 07, 2015 6:48 pm

Gracias por continuar!! me encanta *-*
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por flakita volkatina el Mar Jul 07, 2015 6:54 pm

Cada vez me quedo nc tonta supongo esto va mas GENIAL jajajaja
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Mar Jul 07, 2015 10:53 pm

Yo estaba muy nerviosa cuando, el segundo día de Navidad,nos dirigimos al aeropuerto. Esta vez no era como en el verano. Yo ya había volado antes y, además, conocía a Lena mucho mejor. Pero América era algo nuevo para mí. Sólo sabía de allí lo que había visto en televisión.

Para poder conocer el país y a su gente, me hubiera gustado,después, mucho después, volar hasta allí y conducir por la Route 66 con una caravana alquilada o un auténtico camión americano. Como otras muchas de las cosas que iban asociadas a Lena, no me podía ni creer la forma en la que iba a conocerlo por primera vez. Como había hielo y nieve en la carretera, esta vez fuimos al aeropuerto con el Volvo y no con el Jaguar. Resultaba fantástico tener muchos coches y poder elegir cuál se utilizaba según el tiempo que hiciera.

—¿Por qué no vamos a un hotel? —pregunté por enésima vez, mientras esperábamos la salida. Lena apartó la vista con aspecto nervioso.

—Porque he alquilado una casa. —Luego me hizo cosquillas—.Y ahora cállate de una vez. No te comportes como una niña.

—Soy una niña —dije, mientras intentaba sujetarle las manos—.Es la primera vez que viajo a América. Es una experiencia infantil para mí.

—Entonces sé una niña, pero no una cría —contestó.

—Pero en un hotel nos atenderían mucho mejor —añadí.

—No mejor que donde vamos —dijo ella—. Todos los días vendrá una chica a limpiar y arreglar la casa. Además, hay un servicio que te hace la compra si quieres cocinar, cosa que sí deseo hacer. Y para eso necesito una cocina y en un hotel no la tengo.

—¿Y cómo es? —pregunté. Ella se mostró satisfecha.

—Déjate sorprender, porque no te lo voy a contar ahora.

—Por favor, Lena…, ¿cómo es? —supliqué.

—Eres terrible —dijo ella—. Es una casa como todas. ¿Cómo si no?

—Pues tú eres una ordinaria —repuse, molesta.

—Ya lo sé. —Lena se mostró aún más satisfecha—. Pero no quiero estropearte la sorpresa. Lo único que te puedo decir es que es muy hermosa.

Sobre todo, lo que sí era seguro es que habría resultado muy cara, pero ahora yo no quería pensar en eso. Claro que nunca me lo hubiera podido permitir sin Lena, pero ella había llegado a la conclusión de que yo me tomaba todos aquellos lujos como algo muy natural. Resulta muy fácil acostumbrarse a esas cosas.

—El único problema que hay con Aspen es lo que se tarda en el vuelo y el cambio de horario —dijo Lena, cuando ya estábamos sentadas en el avión, en primera clase por supuesto. Seguro que ella nunca había ido en clase turista—. Siempre me lo pienso dos veces antes de volar allí, pero, cuando me acuerdo de la nieve en polvo y de sus maravillosos paisajes, repito de nuevo. —Se rió—. ¿Cómo puede resistirse alguien a un lugar cuyo lema publicitario es: Fresh air served daily? Me hubiera gustado haberlo podido inventar yo.

—Ahí se ve lo que hace la publicidad —dije, con una sonrisa, y la miré—. Seguro que te ha agradado por eso.

—Sí, si perteneces a mi gremio —contestó— nunca sabes relamente lo que puedes provocar. Existen miles de estadísticas que han estudiado la influencia que ejerce la publicidad en el comportamiento de los clientes, pero, aun así, nunca se sabe nada de un modo preciso, porque no hay forma de mirar dentro de la cabeza de las personas. ¿Por qué se compra un producto? ¿Por la publicidad o porque te lo ha dicho la vecina? Es imposible saberlo de verdad.

—Pero lo cierto es que los que te encargan el trabajo piensan que la publicidad ejerce una influencia —afirmé.

—Eso es cierto —agregó—. Y mientras siga teniendo tantos contratos como los que hay ahora, es algo en lo que no voy a pensar mucho. A pesar de que, por supuesto, con cada nueva campaña hay que pensar en la forma de llegar a los clientes potenciales. En todo caso, siempre esperamos que nuestro trabajo tenga un significado. —Lanzó un suspiro.

—Por eso prefiero ser periodista —dije yo—. Uno sabe que su trabajo tiene un significado, y no hay que echar mano de las estadísticas para confirmarlo.

—¿Estás segura? —preguntó, alzando las cejas—. ¿Qué es lo que es tan importante en el periodismo? De hecho, hay veces que tengo mis dudas cuando leo ciertos artículos.

—Bueno —respondí—, existen muchos tipos de periodismo. Mi modelo es Alexandra Ruslana. Es maravillosa. Y sus artículos siempre están bien fundados y documentados, y son interesantes e independientes. No acepta órdenes de nadie. A mí me gustaría llegar a hacer lo mismo alguna vez. Lena me miró con una expresión extraña en el rotro.

—Alexandra Ruslana es reportera de guerra —dijo—. Podía haber recibido algún disparo o ser alcanzada por una bomba. Cuando me acuerdo de sus crónicas desde Bagdad, bajo una lluvia de bombas… —Se estremeció.

—Sí, claro. Es algo muy atractivo. No resulta ser un trabajo tedioso en la oficina. —La miré—. Oh, perdona, con eso no quería decir que tu trabajo sea aburrido sólo porque tú trabajes en una oficina.

—Bueno, muchas gracias —contestó, burlona. Luego se puso otra vez seria—¿Desde cuándo sientes tanta ansia por las aventuras? Yo pensaba que eras algo tímida.

—Sí, soy tímida —repuse—, pero desde hace un tiempo —dije, mientras mantenía mi mirada en ella— siento el deseo de vivir aventuras.

Lena debía de saber a lo que me refería, pero no dijo nada.

—¿Cuándo llegamos? —pregunté.

—Estaremos en Denver a las tres de la tarde —dijo—. Luego haremos escala para ir a Aspen. El vuelo hasta allí dura poco más de una hora.

—¿A las tres? —Miré mi reloj—. Faltan dos horas. ¿Se tarda tan poco en llegar?

—Bueno, eso sólo si vas en la nave Enterprise de Star Trek —dijo, con una sonrisa—. Debes restar la diferencia horaria. Me refiero a las tres de la tarde, hora local. Según nuestro horario estaremos en Aspen sobre la medianoche, pero allí serán las cuatro

de la tarde.

—¡Cielos! —contesté.

—Sí. —Sonrió—. Y luego tienes que permanecer despierta hasta que sea la hora de irse a dormir. Hay que luchar contra el jetlag.

—Señaló mi muñeca—. Lo mejor es que cambies ya la hora y así te resultará más fácil acostumbrarte al nuevo horario.

Atrasé ocho horas mi reloj. En aquel momento eran las cinco de la madrugada, lo cual, era imposible, porque a esa hora yo estaba acostada en mi cama y dormía de forma plácida y profunda.

—¿Cuánto tiempo hace falta para adaptarse al nuevo horario?—pregunté—. Porque allí no vamos a estar muchos días.

—Sí, es un problema —contestó Lena—. Pero ayuda cuando se pasa mucho tiempo fuera, al aire libre y al sol. Eso es lo que te ocurre cuando estás esquiando, y lo llevas muy bien. Cuanta más claridad haya, más despierto está uno.

—Bueno, la verdad es que ya siento curiosidad —dije yo.

—Ya lo verás —respondió—. La cosa funciona muy bien. Claro está que lo mejor sería una estancia más larga, pues al cabo de una semana ya estás adaptada al horario. Por desgracia, no tenemos tiempo para eso. —Me miró—. Pero tú puedes quedarte más días si lo deseas.

—¿Sin ti? —La miré, atónita—. ¿Qué haría yo? Lena me contempló como si yo hubiera dicho algo sorprendente, luego se volvió y miró al pasillo para llamar a la azafata.

Yo hubiera jurado que la había visto tragar saliva. ¿Qué ocurría? ¿Qué había dicho? Estaba muy claro que yo nunca querría quedarme en Aspen si ella no estaba allí. Nada podía resultarme atractivo puesto que, para mí, lo maravilloso era ella. ¿Acaso no lo sabía? Con ella yo sería feliz en cualquier sitio. Sin ella no lo sería, estuviera donde estuviera. Llegó la azafata y Lena le pidió un café.

—¿Café? —pregunté—. ¿No te tomas un whisky? Me miró de nuevo con una expresión extraña. Al parecer, hoy lo decía todo mal.

—Hoy no —dijo—. Tú también deberías tomarte un café para mantenerte despierta.

El vuelo, en comparación con el primero que había hecho a Grecia, era largo de verdad, pero por fin llegamos a Denver. La escala en el aeropuerto fue incluso más rápida que hacer transbordo en una estación de ferrocarril y pronto estuvimos sentadas en un avión con destino a Aspen. Poco a poco se iba acercando la medianoche, según nuestro horario europeo, pero no tuve ni la más mínima oportunidad de sentirme cansada, porque todo era muy excitante. Además, siguiendo los consejos de Lena, había tomado mucho café. Y fuera el sol brillaba en el cielo azul. Yo me preguntaba cómo iría todo. Ahora no se podía dormir en Aspen y cuando en nuestras casas fuera el momento de ir a la cama allí sería otra vez de día. Cuando llegamos a Aspen me asusté. El aeropuerto estaba en medio de las montañas, lo mismo que la ciudad. Y todo me parecía muy pequeño. En cambio, el avión, comparado con el salta-islas del Egeo, era mucho más grande.

—¿De verdad pretende aterrizar ahí? —le pregunté a Lena, algo temerosa. Lena se rió.

—No tengas miedo, las Montañas Rocosas no se tragan a las personas. O sólo lo hacen en raras ocasiones. Pero hay una leyenda que dice que existen montañas que son una excepción. Yo la miré.

—Me estás tomando el pelo —dije.

—Sí. —Sonrió para tranquilizarme—. El piloto conoce su oficio, no es la primera vez que lo hace.

—¿Cómo lo sabes? ¿Lo conoces? —pregunté, escéptica, mientras echaba un vistazo hacia abajo. Las montañas se nos acercaban, amenazadoras. Ella se rió.

—Pronto llegaremos. Todo irá bien.

Al instante se escuchó un aviso de la azafata para que nos ajustáramos los cinturones de seguridad. Durante el aterrizaje cerré los ojos pero, tal y como había dicho

Lena, todo fue bien. Cuando llegamos a la terminal, de nuevo quedé muy

sorprendida.

—¡Esto es como el salvaje Oeste! —exclamé—. ¿Es, de verdad, un aeropuerto?

—A las pruebas me remito —afirmó Lena, sonriente—. Todo Aspen parece una ciudad del Oeste. Esto no es nada —dijo ella—.Ése es el atractivo principal de la ciudad.

—Ah —dije yo. Me di la vuelta sobre mi propio eje—. No pensaba que fuera tan pequeña. Se oye hablar tanto de Aspen. Yo creí que habría montones de personas y que sería más grande.

—Eso es lo más agradable —dijo ella—. La ciudad en sí no tiene más de seis mil habitantes. Un pueblo, podría decirse. Los turistas son muchos más, pero ha conservado intacto su carácter de pequeña ciudad americana. A pesar de la gran cantidad de visitantes, nunca he visto una cola delante de un remonte. Aquí lo tienen todo muy previsto.

—Yo había oído decir que Aspen era el Saint Moritz americano. Por eso pensé que sería más… glamuroso.

—Bueno, Saint Moritz tampoco es demasiado grande —afirmó ella—, pero en Aspen hay otra actitud frente a la vida. Por eso vengo aquí.

—¿Has estado en Saint Moritz? —pregunté.

—Sí —respondió, mirando a su alrededor—. Por supuesto.

La verdad es que me podía haber ahorrado la pregunta. Ella alzó la mano como si quisiera saludar a un conocido, pero el que se nos acercó y nos saludó, vestido con una camisa a cuadros propia de un leñador, fue el hijo del dueño de la casa.

—Las llevo para allá —nos informó. Por lo menos yo entendía el idioma. No era como aquella vez en Grecia, donde el inglés que se hablaba precisaba de bastante práctica para poder entenderlo—.¿Han recogido el equipaje?

—No, pero ya llega —dijo Lena, mientras señalaba a las maletas que salían en ese momento. Nos acercamos a la cinta. El vaquero de las Montañas Rocosas preguntó cuáles eran nuestras cosas y las sacó fuera. Nosotras lo seguimos. Delante de la puerta había aparcado un gran camión.

—Por favor, ladies, suban —dijo el joven con mucha amabilidad. Le sujetó la puerta a Lena—. Ma´am

Yo me preguntaba qué diferencia existiría en el idioma norteamericano entre «ma´am», que me sonó como «madame», y «lady». Tenía que preguntárselo a Lena, porque quizás ella lo sabía.

El trayecto no fue largo. La casa estaba situada dentro de la ciudad, a sólo unos bloques del centro, y sin embargo su aislamiento era total.

Y tenía unas maravillosas vistas sobre las montañas. De nuevo me quedé sin palabras. Todo estaba blanco y en el punto más hermoso estaba la cabaña de leñador, es decir, que la choza estaba en medio de la nada. Era una gran casa de madera de varios pisos, al estilo del salvaje Oeste, aunque seguro que sus lujos no los habían conocido antes en el Oeste americano.

El joven metió las maletas en la casa, le entregó las llaves a Lena y se despidió.

—El SUV lo tiene usted detrás de la casa, tal como nos encargó —dijo—. Ya lo conoce. Si necesita algo llámeme y estaré aquí en cinco minutos. Si le falta algo también se lo puede decir a la chica de la limpieza.

—Nunca ha faltado nada —aseguró Lena con una sonrisa—.Gracias.

Él se dio un toque en su sombrero de vaquero.

—Entonces le deseo una buena estancia, Ma´am. —Se marchó.

—¡Madre mía! —Yo estaba en el centro de la habitación, que parecía ser la única que había en el piso de abajo—. ¿Qué es esto?

—Una casa, como ya te dije —afirmó, sonriente.

—Yo pensaba que sería una casita con un par de habitaciones o algo por el estilo. Nunca me podría haber imaginado una casa así —dije. Lena sonrió.

—Arriba tiene cuatro dormitorios.

—Pero nosotras sólo somos dos —apunté, algo irritada. Ella rió y se dirigió a la chimenea.

—Por desgracia no he podido obligarles a que quiten las que sobran —contestó.

Lena estaba acostumbrada a tener muchas habitaciones. En su propia casa pasaba algo parecido. Pero para mí resultaba exagerado. ¿Iría aquello en consonancia con su forma de ser?

—La chimenea es enorme —dije.

—No es nada especial para América —contestó—. Adoran las chimeneas.

Yo la miré. Seguro que sería muy romántico por las noches, cuando el fuego crepitara en la chimenea y por los grandes ventanales se viera nevar en el exterior. Aunque el romanticismo…,humm…, no era precisamente la especialidad de Lena. Pero, quizás… aquí… Yo esperaba que ella pudiera ser un poco más romántica.

—Vamos arriba —dijo— y desharemos las maletas. —Se puso la mano ante la boca para esconder un bostezo—. Se podrá tomar todo el café que se quiera pero, aun así, para nosotras seguirá siendo la una de la madrugada.

Una vez arriba, se dirigió a una de las habitaciones y colocó allí su maleta.

—Ésta es la que yo elijo siempre —dijo, con una sonrisa de cansancio—. Tú puedes elegir la que quieras entre las otras tres. Búscate una.

Escogí la que pillaba más cerca de ella. Quería estar tan a su lado como me fuera posible. Luego volví a su dormitorio.

—Aquí la vista es aún más hermosa —dije—. Menuda casa.

—Arriba del todo es… —Se interrumpió—. Los paisajes de aquí son irrepetibles —continuó—. Incluso hay desiertos delante de las montañas cubiertas de nieve.

—¿De verdad? ¿Las dos cosas a la vez? ¡No me lo puedo creer!

—Ya veremos si nos da tiempo —dijo— y te lo puedo enseñar. Me eché a reír.

—Hay una canción country, Rocky Mountain Mama, que me recuerda mucho a esto.

—Pon la radio —indicó—. Seguro que escucharás algo parecido. Aquí la ponen todo el rato y en todos los sitios.

—¿Te gusta la música country? —pregunté.

—Cuando estoy aquí, sí —dijo—. En casa me gusta menos.

—Es lo mismo que ocurre con el café griego cuando se toma en casa —afirmé yo.

—Sí, claro —respondió—. Nunca había pensado en eso. — Bostezó de nuevo y se puso la mano delante de la boca. Creo que me voy a tomar unas pastillas de cafeína o no podré aguantar. — Abrió el bolso y sacó algo de él.

—Y luego iremos fuera, a la nieve —dijo, mientras se dirigía al lavabo—. Voy a enseñarte los alrededores.


Última edición por VIVALENZ28 el Mar Jul 07, 2015 11:20 pm, editado 1 vez
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Mar Jul 07, 2015 11:04 pm

Aspen era tal como Lena había decrito. Estaba allí, un pueblo del salvaje Oeste americano entre montañas cubiertas de nieve, una pequeña ciudad con muchos turistas, que durante las Navidades poblaban sus calles y su estación de esquí.

A pesar de eso, los vendedores de los comercios eran igual de amables y atentos que la gente que caminaba por las calles. Daba la impresión de que nosotras éramos las únicas visitantes y de que ellos estaban encantados por nuestra visita.

—Ocurre lo mismo en casi toda América —dijo Lena—, a excepción de las metrópolis gigantescas, como Nueva York. Esto es muy distinto a Rusia.

—Eso sí que lo puedes decir —contesté, sorprendida—. Ahora entiendo por qué prefieres venir aquí antes que quedarte en casa. Enseguida te sientes bienvenida, a pesar de estar tan lejos de casa y aunque la gente hable otro idioma.

—A veces pienso que ellos hablan más con el corazón que con el cerebro —dijo Lena algo pensativa—. Justo al contrario que nosotros.

—Es una pena —añadí yo y la miré—. ¿Qué te dice tu corazón? Me gustaría saberlo.

Caminamos por la calle principal, disfrutando de la atmósfera invernal que, a pesar de las muchas personas, irradiaba cierto sosiego. La nieve amortiguaba mucho los ruidos y transmitía una sensación de lentitud.

—Tú lo dijiste, te gusta el country —dijo de repente Lena—. Entonces es imprescindible que compremos algo adecuado para ti.

Quise protestar, pero me empujó hacia el interior de una tienda. Cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que allí uno podía disponer de todo lo necesario para adquirir el aspecto de un vaquero, auténtico o falso. Lena se dirigió a una estantería y cogió un sombrero.

—Seguro que esto te hace falta —dijo entre risas y me lo colocó.

Lo siguiente fue ir a una estantería repleta de camisas.

—Con cuadros o sin cuadros, ésa es la cuestión —declamó a lo Shakespeare, pero de una forma muy personal. Lena miró a nuestro alrededor.

—¿Qué número de zapato calzas?

—¿Para qué? —pregunté, turbada.

—Botas —respondió—. Necesitas botas: unas de esas de puntas tan afiladas con las que puedes ensartar a alguien.

—¿Se pueden usar para andar? —pregunté.

—Durante un rato sí es posible, pero sólo por poco tiempo.

Para mí constituye todo un misterio que la gente de aquí puedan

llevarlas puestas todo el tiempo.

—Lo más probable es que, desde muy pequeños, los pies ya les crezcan adoptando esa forma —bromeé.

—Puede ser —admitió. Levantó un par de botas tan puntiagudas que casi no me lo podía creer. Tenían la puntera recubierta de plata

—. ¿Qué tal te irían éstas? —preguntó.

—Creo que en realidad no… —dije, insegura.

Me puso en los brazos una camisa y las botas.

—Pruébatelo. Tenemos que empezar por algún sitio.

Perpleja, me dirigí a los probadores y me cambié. La camisa era bonita, sin cuadros, pero tenía unos pespuntes en los hombros y bordados superpuestos. Las botas eran… Había que acostumbrarse a ellas. Me tambaleé un poco cuando salí del

probador con ellas puestas.

—Tienes buen aspecto —comentó Lena con mirada experta

—. ¿Te gusta?

—No estoy acostumbrada —repliqué—. Por lo general no me pongo estas cosas.

—Ya lo sé, pero te van bien. —Sonrió.

—No voy a poder andar mucho con estas botas. Me aprietan los dedos.

—Coge un número mayor —contestó—. Así irás mejor. —Me miró de nuevo de arriba abajo—. La camisa te queda muy bien — dijo—. ¿O prefieres otra?

—No, ésta me gusta. —Me quité las botas y me probé otras de un número más. Me iban mucho mejor—. ¿Tengo que llevarlas puestas siempre que camine por Aspen? —pregunté.

—No. —Sonrió—. Tan sólo hoy por la noche, cuando salgamos a bailar.

—¿Vamos a ir a bailar? —pregunté, perpleja.

—Bueno, si es que se puede llamar bailar a lo que practican en esos garitos para vaqueros —dijo Lena—. Pensé que podría resultarte interesante. Hoy ya no podemos ir a esquiar.

—No sé bailar —dije, con turbación.

—No se van a dar ni cuenta —replicó Lena—. Es una simple diversión. Y también tienen un toro mecánico.

—¿Un toro mecánico? —Me sentía realmente perpleja.

—Sí, si quieres puedes montarte para ver cuánto tiempo aguantas arriba.

—Gracias, pero renuncio —contesté.

—Míralo primero —insistió Lena—, es muy entretenido.

—Quizá para los espectadores —contesté.

—Eso seguro —dijo Lena, con una sonrisa—. Vamos a casa. Tengo que cambiarme de ropa. Y luego iremos a Sally´s Saddle Ranch.

Una vez que se hubo cambiado, pensé si yo no hubiera debido invertir un poco más de tiempo en la elección de mi ropa. Lena tenía un aspecto fantástico. En raras ocasiones llevaba vaqueros, y la verdad es que le sentaban muy bien. Lo mismo que yo, ella también llevaba camisa, botas y sombrero, todo ello de estilo vaquero, pero, bueno, aun así no tenía pinta de ser una chica del lugar.

—¡Guau, Len! —exclamé, al verla salir de la habitación—.Pienso que estás sencillamente… —titubeé, sin saber si iba a aceptar mi cumplido. Hasta ahora nunca lo había hecho— …maravillosa —concluí.

Ella sonrió.

—Gracias —dijo—. Vámonos antes de que me quede dormida.

—Descendió por la escalera.

Al menos no había replicado nada ni se lo había tomado como una exageración, y eso ya era algo. La seguí y no tardamos mucho en llegar al Sally´s Saddle Ranch.

Al entrar al local sentimos como si nos hubiéramos desplazado a una serie de televisión. Un largo mostrador, cerveza, personas con sombreros vaqueros armando jaleo, música country y el toro mecánico, que pude ver desde la puerta. De repente, en una parte del local se hizo el silencio.

—¿Aquí hay que saludar ahora con un «Howdie Partner»? — le pregunté a Lena, medio en broma medio en serio. No estaba muy segura.

—No creo que sea necesario —contestó Lena, con una sonrisa de satisfacción.

—Me siento un poco intranquila —dije yo.

—¿Una cerveza o bailamos? —preguntó Lena—. ¿Qué prefieres primero?

—No lo sé. —Me sentía abrumada—. Todavía estoy distraída mirándolo todo.

—Puedes subirte al toro mientras lo piensas —comentó.

La miré con una expresión de espanto.

—¿De verdad quieres que monte ahí?

—Sólo si tú lo deseas —dijo ella.

En aquel momento un hombre se subió al toro y el aparato comenzó a moverse. Al principio iba muy despacio. El toro se movía hacia delante y hacia detrás; luego alzó los cuartos traseros y más tarde los delanteros. Era muy parecido al columpio del parque de juegos infantiles que había en la esquina de mi casa.

El hombre reía, se mantenía firme y no hacía mucho esfuerzo para seguir los movimientos de aquel lomo artificial. Algunos amigos suyos, apostados alrededor del toro, comenzaron a jalear y a animarlo. Casi sin previo aviso, la velocidad fue en aumento y eso sí se pudo apreciar en la expresión de su rostro. Ahora ya tenía que sujetarse con firmeza.

Durante unos segundos todo fue bien, pero luego el artefacto comenzó a encabritarse. La parte trasera empujó con fuerza hacia delante y luego lo hizo la delantera. Al mismo tiempo el tronco artificial se movió con brusquedad a izquierda y derecha. El jinete no aguantó mucho. Voló a lo alto y se cayó del encabritado aparato. Alrededor había unas colchonetas sobre las que aterrizó. Cuando se levantó, sus colegas, entre risas, le pusieron una cerveza en la mano y festejaron su «victoria» con vítores.

—No, gracias —me dirigí a Lena—. No voy a montar de ninguna de las maneras.

—Pero es divertido —dijo ella—. Y él no ha hecho otra cosa que pasárselo bien.

—Si te parece tan fantástico, ¿por qué no lo haces tú? —contesté.

—Yo… —Dejó de hablar y sonrió—. Vamos a bailar. Fuimos a la pista de baile y Lena señaló a la gente que había allí.

—Haz lo mismo que ellos —dijo.

Existen dos formas de bailar. Unos bailaban juntos y otros separados, como una especie de Square Dance, es decir, cada uno bailaba como le daba la gana, sin seguir pautas ni pasos. Yo intenté imitarlos, pero no era tan sencillo como parecía.

—Ven —dijo Lena, riendo, y me cogió entre sus brazos—.¿Sabes bailar el vals? La mayoría de las canciones tiene un compás de tres por cuatro.

Yo estaba tan sorprendida que me quedé petrificada. Ella comenzó a bailar y me hizo seguirla. Era muy bonito eso de estar entre sus brazos y sentirse guiada por ella.

—En realidad no sé bailar el vals —dije, después de unos segundos.

—Pues lo haces muy bien —contestó, sonriéndome.

¡Oh, cuánto la quería! Cuando ahora miraba sus risueños ojos, notaba sus brazos en mi espalda, sus caderas que me dirigían con suavidad en la dirección correcta: ya no me podía imaginar que la cosa pudiera ser de otra forma.

Al terminar la canción country, ella se quedó de pie.

—¡Ahora sí que necesito una cerveza! —exclamó, algo acalorada.

Yo me sentía también muy acalorada, pero no tenía muy claro si era a causa del baile.

Fuimos hacia el bar y pedimos unas cervezas. Colocaron unas enormes jarras ante nosotras. Bebí un sorbo y casi lo escupí.

—¿Esto es cerveza? —pregunté, horrorizada. Lena se rió y bebió un gran trago.

—Debes guiarte por tu gusto particular: si no te gusta, no tienes más que dejarla ahí.

Yo no era una entusiasta de la cerveza, pero aquel brebaje me impediría, con mucho, convertirme en una verdadera adicta.

Lena me sonrió de nuevo.

—Espera a probar el café americano mañana por la mañana —dijo, con una mueca.

—¡Oh, Dios! ¿Es tan malo? Ella volvió a hacer otra mueca.

—Es peor.

Yo la miré, allí de pie, con el sombrero vaquero echado hacia atrás, casi en el cuello, y con un pie sobre la barra del suelo, y pensé que, de haber existido en aquella época, seguro que hubiera vivido en el salvaje Oeste.

Una mujer con un aspecto propio de aquel lugar entró en el bar y pidió una cerveza.

Nos miró mientras esperaba y luego dijo:

Hey, Lenis, ¿ya has vuelto?

Necesité unos segundos para darme cuenta de que se dirigía a Lena. Nunca había oído que alguien la llamara «Lenis». Miré a Lena.

A ella no le pareció bien que la mujer le dirigiera la palabra. Titubeó un buen rato antes de reaccionar.

—Hola, Ray —dijo, con cara impasible.

Ray hizo una mueca, tomó su cerveza, me miró de arriba abajo, luego se dirigió de nuevo a Lena y le dijo, con suficiencia:

—Bueno, pues que te lo pases bien. —Luego se dirigió al toro mecánico.

Lena bebió y no dijo nada. Yo la miré de nuevo. «Por lo que parece, a Aspen no ha venido sólo a esquiar»,pensé.

Miré a Ray mientras desaparecía entre la multitud. Tenía el mismo aspecto que un auténtico vaquero. ¿No me había asegurado Lena que no le gustaban de ese tipo?

No era la primera vez que yo sentía celos con Lena. Era lo mismo que me había pasado en el Egeo con el tal Spyros, pero ahora me ocurría con una mujer. Intenté reorganizar mis sentimientos. Ella no había mostrado ningún interés por Ray, pero

estaba claro que había habido algo entre ellas. Y yo no sabía cómo llevaba esas cosas Lena. No me atreví a preguntarle, pues no sabía cómo iba a

reaccionar. Todo era muy hermoso y no deseaba que se enfadara

conmigo.

Lena bebió otro trago más de su enorme cerveza y luego la dejó en el mostrador.

—Creo que hoy vas a tener que renunciar a montar en el toro —dijo—. La cafeína tampoco me ha ayudado mucho. Para nosotras ahora es como si fueran las cuatro de la madrugada. Toda aquella excitación me había hecho olvidar el cansancio,

pero ahora que lo comentaba, pude sentirlo muy bien.

—Voy a echar de menos el toro —dije, burlona. Ella también intentó sonreír, pero tenía un aspecto cansado.

—Espero que no llores en sueños por eso —dijo, en plan de burla.

Abandonamos el local y regresamos a nuestra lujosa mansión. Lena se fue de inmediato hacia arriba y yo la seguí. Me metí en mi habitación y me dispuse a dormir.

De repente la noté detrás de mí y me abrazó. Me eché hacia atrás para sentir mi cuerpo contra el suyo.

—Lena… —suspiré. Sus manos se adelantaron para desabrocharme la camisa; luego

me acariciaron los pechos: me di cuenta de cómo se excitaban.

—Desnúdate —me susurró al oído.

Lo hice con rapidez y me metí en la cama. Cuando ella se echó a mi lado me di cuenta de que ya estaba desnuda.Se tumbó sobre mí, me besó, me acarició y se deslizó hacia abajo en dirección a los muslos; metió sus manos entre mis piernas.

Por un momento se quedó tumbada, callada, y sólo pude escuchar su reposada respiración en mi oreja.

Tuve que sonreír. Se había quedado dormida sobre mí. Sentí su cuerpo que, en el sueño, era pesado y blando. Era maravilloso. La rodeé con mis brazos con todo cuidado para no despertarla.

—¡Lena, te quiero tanto! —susurré, aprovechando que no me podía oír. Por fin me había decidido a decírselo.

La abracé con fuerza y me quedé dormida, mientras Lena seguía echada sobre mí.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por flakita volkatina el Mar Jul 07, 2015 11:43 pm

Jajajajajaja buen momneto para dormir.. pobre Jul ojala Lena n vuelva cn intensiones d ser una Perr....
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por Aleinads el Miér Jul 08, 2015 11:37 am

Sencillamente enamorada de este fic .I love you Very Happy
Jajaja esa Lena Laughing Laughing Laughing
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jul 09, 2015 12:17 am

A la mañana siguiente, cuando me desperté, estaba sola. Lena se había ido. Una lástima, porque ahora las dos hubiéramos estado bastante espabiladas para… Salté de la cama y fui a mirar por la ventana. Me deslumbró la blancura más blanca que había visto en toda mi vida. Justo delante de la casa había nieve-polvo sobre una pendiente y un prado, porque seguro que en verano aquello era un prado, y parecía

esperarnos. Busqué el baño y lo encontré. Entonces me di cuenta de dónde había sacado Lena algunas de sus ideas para el lujoso baño que tenía en su casa. Me duché y bajé.

Ella estaba en la cocina. ¿Dónde iba a estar? Delante de ella, en el fuego, chisporroteaban unos huevos en la sartén y sobre la mesa había una bandeja con bollos, además de dos platos para el desayuno y un vaso lleno de zumo de naranja.

Al entrar me comentó:

—También hay cereales, si te apetecen. Me dirigí a ella y le di un beso en la mejilla.

—Lo primero de todo es dar los buenos días —dije, sonriente. Ella también sonrió.

—¿Quieres bacon con los huevos? ¿Revueltos o fritos?

Me volvió a sorprender su faceta de ama de casa. Parecía muy absorbida en su papel, aunque aquello encajaba muy poco con su forma de actuar en el resto de sus actividades.

—¿Al final me subí ayer en el dichoso toro? —pregunté, en plan de broma—. Este desayuno me hace pensar que sí.

—Los yanquis piensan que es lo normal —dijo—, y yo creo que, al menos la primera mañana, debemos seguir sus costumbres.

—Se dirigió a la mesa y repartió la tortilla en los dos platos—. Siéntate, no se vaya a enfriar.

—Nunca me he puesto unos esquís —dije, algo turbada—. No sé si voy a poder disfrutarlo.

—Seguro que sí —replicó—. En cuanto desayunemos, iremos a la Buttermilk Mountain, donde nos espera tu profesor de esquí.

—¿Buttermilk Mountain? —pregunté—. ¿De veras se llama así?

—Sí —contestó, mientras se terminaba su desayuno—. Y es una pista muy indicada para los principiantes.

«¿Cómo sería esquiar sobre una ‘montaña de suero’?», me pregunté.

—Pero eso no va a ser nada para ti —dije.

—Hay algunas bajadas agradables —contestó—. No son demasiado complicadas, pero primero es necesario acostumbrarse a la nieve. En el gimnasio de casa he estado haciendo prácticas de esquí estas últimas semanas, pero, de todas formas, la primera vez que se baja no hay que excederse. —Me miró durante unos segundos. Luego dudó y habló entre carraspeos—. Humm…,además…, con respecto a lo de anoche… Lo siento…, no quería.

Tuve que sonreír.

—Estabas cansada —dije—. Y yo también. No tiene importancia. —La miré y luego bajé la cabeza—. Al contrario, ha sido muy bonito dormir debajo de ti.

Ella carraspeó de nuevo y se levantó.

—Voy arriba y me cambio de ropa. Acaba con toda tranquilidad. —Salió de la cocina.

Yo la seguí con la mirada y sonreí. Para ella resultaba muy embarazoso eso de haberse quedado dormida. Era tan tierna… Me dediqué a los bollos unos instantes más y luego subí al piso de arriba.

—¿No me habías amenazado con el café americano? —grité, para que me oyera desde su habitación.

—No quise hacerte pasar por eso —respondió, también a gritos

—. Me he traído café del nuestro. El de aquí no se puede tomar.

—Salió vestida con ropa de esquiar—. Claro que, si te apetece, en la pista puedes tomarte uno. Seguro que vas a tardar meses en olvidar su sabor. Ése fue el error que cometí la primera vez que vine aquí —exclamó, con aire divertido.

—En tal caso, prefiero renunciar —dije entre escalofríos. Luego la miré—. Magnífico traje —aseguré. Es verdad que el traje me parecía estupendo, pero me lo parecía mucho más lo que iba dentro de él.

—Tenemos que ir a comprar algo para ti —repuso, sin darle la menor importancia a mi comentario—. De lo contrario te vas a congelar. —Pasó por delante de mí y bajó la escalera.

Yo la seguí mientras me ponía la chaqueta.

—Vamos con el SUV —dijo.

—¿Qué significa eso? —pregunté—. Nunca había oído esa abreviatura.

Sports Utility Vehicle —tradujo—. Jeep, camión, combi, furgoneta, todoterreno, limusina de lujo…, todo en uno. Mi Land Rover a su lado es un coche pequeño.

—Ah.

—Usarlo en la ciudad me parece un poco bobo —dijo—, a pesar de que, si se pueden permitir ese lujo, son muchos los americanos que tienen uno. Pero aquí, en las montañas, es muy práctico, fuerte y cómodo.

Abandonamos la casa y fuimos hacia abajo, donde estaba el SUV.

—Ford Explorer —dijo Danielle—. Me lo había imaginado. Es bueno de verdad.

Lena debía de conocer aquel modelo. Nos subimos en él. Era un coche increíble. Por fuera tenía el aspecto de un camión, muy grande y potente, pero lo que más me sorprendió es que, cuando estuve dentro de él, tuve casi la misma sensación que tenía al sentarme en el Jaguar de Lena, sólo que el SUV era mucho más

alto. Lena condujo y el crujido de la nieve bajo las ruedas me produjo una sensación de irrealidad. Aquello no podía ser verdad.

Ya me había ocurrido muchas veces mientras estaba con ella, pero

no me podía acostumbrar. Primero nos dirigimos a una tienda de Aspen para comprar todo mi equipo de esquí. Luego fuimos a la Buttermilk Mountain. Estaba a unos pocos kilómetros. Lena estacionó el Explorer en un gran aparcamiento y luego se acercó a una cabaña de madera. Entró y preguntó por el profesor de esquí, y poco después se nos acercó una mujer joven y sonriente.

—Soy Alexa—dijo— y os ruego que no me llaméis Alexandra, aunque alguien os lo sople al oído. —Sonrió con simpatía y nos miró, primero a Lena y luego a mí—. ¿Cuál de las dos va a hacer el curso? Lena me señaló.

—Ella. Alexa se dirigió a mí.

—Entonces vamos arriba con el remonte.

—Que te diviertas mucho —dijo Lena, tras lanzar una breve mirada sobre Alexa y luego sobre mí—. Luego nos veremos en la zona de après-ski. Voy a hacer un par de descensos.

Yo no podía hacer otra cosa que seguir a Alexa y dejar que Lena se fuera.

Después de subir con el remonte, Alexa me enseñó lo básico del esquí, lo primero caer y volver a levantarse, además de esa complicada forma de subir por una pendiente nevada con el paso en forma de V. Cuando fui capaz de mantenerme en pie, ya pude deslizarme por una pequeña colina de varios metros. Me resultó demasiado complicada la coordinación entre los esquís, los palos y todos los músculos del cuerpo que tuve que utilizar.

Cuando, con muchas penas y esfuerzos, conseguí subir de nuevo la colina, escuché un ruido y enseguida vi a Lena, que con un solo impulso se colocó a mi lado entre una nube de nieve.

—Bueno, ¿cómo va? —preguntó entre risas.

—Pues, ya que me lo preguntas, te responderé que esto es muy penoso —dije.

La había echado mucho de menos. Y, cuando apareció de repente, mi corazón se desbocó, y no precisamente a causa del esfuerzo que me suponía esquiar. Parecía tan saludable y vivaz, tan risueña y relajada, con las mejillas rojas por el aire frío: era la

personificación de la belleza de la vida. Se apoyó en sus bastones.

—Es maravilloso —dijo—. De una vez a la otra casi olvido lo fantástica que es la nieve de esta zona.

Alexa se acercó a nosotras.

—Se las arregla muy bien —le dijo a Lena—. Es una buena alumna. Lena sonrió, divertida.

—Siempre lo es —afirmó. Casi me puse colorada. ¿Hacía falta decir eso?

—Voy a bajar otra vez —dije, mientras me volvía.

Cuando hube descendido y escalado de nuevo la colina, vi que Lena y Alexa seguían con su charla. ¿Acaso Alexa era otraconocida, igual que Ray? Lena no había dejado entrever si se conocían de antes, pero eso no tenía por qué significar nada.

—Yo voy a seguir un rato —dijo Lena cuando llegué arriba.

Nos hizo un gesto de despedida a Alexa y a mí, y luego, con un airoso impulso, se lanzó colina abajo. Un poco más allá la colina tenía más pendiente y sus vuelos eran más amplios y elegantes. Yo suspiré.

—Nunca lo conseguiré —le dije a Alexa. Alexa se rió y miró a Lena, y luego a mí.

—Es buena —contestó. Yo suspiré de nuevo.

—Lo es en todo. En casi todo. —«Sólo hay una pequeña cosa en la que no es tan competente: en el tema de los sentimientos», pensé.

—Entonces tendrás que practicar un poco más —dijo Alexa—.Todavía ha de pasar algún tiempo hasta que puedas ser tan buena como ella. Respiré profundamente.

—Yo también lo creo así —repuse y me aparté para volver a reconquistar la colina de los novatos.

Cuando Alexa y yo finalizamos las clases, me dirigí a la zona de après-ski, donde había quedado con Lena. Era un refugio dotado de bar, situado más arriba de las pistas. Allí me dejé caer en un sofá. Casi me sentía desfallecer. Se acercó una camarera, a la que pedí un té caliente con limón, esperando que, a diferencia del café americano, aquello pudiera resultar potable.

No había ni rastro de Lena. Lo más probable es que quisiera aprovechar la luz solar hasta el último segundo. No se lo podía tener en cuenta. Tan sólo esperaba no quedarme dormida antes de que ella llegara, para evitar que se hiciera muy evidente de nuevo el retraso horario.

Me bebí el té mientras echaba un vistazo a las pistas. Sobre el blanco de la nieve se destacaban los coloridos trajes de esquí, pero cada vez había menos deportistas. La zona de après-ski se fue llenando poco a poco de gente.

—Anda, ¿todavía estás viva?

Miré hacia arriba. Alexa estaba ante mí, sonriente. Sin la ropa de esquí tenía un aspecto muy delicado.

—Sólo un poco —contesté, y lancé un suspiro. Se sentó a mi lado en un sillón y también miró a las pistas.

—Siempre pasa eso después del primer día. Mañana tendremos que luchar contra tus agujetas, pero pasado mañana ya todo irá muy bien.

—Eres muy optimista —dije. Miré hacia fuera y me pareció ver a Lena. Bajaba de nuevo con airosos impulsos. Esperaba que ella también sintiera algunas agujetas por la noche, más que nada por eso de no sentirme tan sola.

—Es verdad que esquía muy bien —dijo Alexa, que había advertido mi mirada y la seguía—. ¿También practica en vuestro país? —Ha estado entrenándose antes de venir —dijo.

—Es muy sensato por su parte —dijo Alexa. Luego se reclinó en el sillón—. ¿Estáis juntas desde hace mucho tiempo? Mi taza tintineó cuando la solté de repente sobre el plato.

—¿Cómo? —La miré, atónita—. ¿Por… por qué lo preguntas? Alexa sonrió.

—Por cómo la miras —respondió—. La amas.

—Yo… Yo no sé si… —dudé, pues la verdad es que no sabía si a Lena le parecería bien que hablara de ese tema.

Alexa se inclinó hacia mí.

—No se lo diré a nadie —dijo en voz baja, en un tono de broma —. Tenemos que ser solidarias.

La miré con más atención. Puede que fuera la primera lesbiana

americana con la que me tropezaba. La verdad es que en Rusia tampoco conocía a muchas.

—¿Ella… ella ha estado más veces aquí? —pregunté.

Alexa sacudió la cabeza.

—No, no ha estado aquí porque no es una novata… Para avanzadas como ella la Buttermilk Mountain no resulta demasiado atractiva.

Me quitó un peso de encima. Eso quería decir que no se conocían.

—Pero la he visto más veces en Aspen —continuó Alexa—. El

año pasado, creo, y me gustó mucho.

La miré y no supe qué responder.

Alexa sonrió un poco.

—Si te pudieras ver la cara ahora… —dijo, al tiempo que me colocaba la mano sobre mi brazo—. No tengas miedo. Ahora sé que está contigo y eso para mí es tabú.

Me sentí algo superada y no pude ni moverme.

—¿Os lo pasáis bien?

Era la voz de Lena. Miré hacia arriba. ¿Cómo había llegado tan deprisa? Estaba de pie detrás de nosotras y se fijó en la mano de Alexa, que aún seguía sobre mi brazo. Al parecer Alexa no tenía intención de quitarla, así que me aparté de ella.

—Los ascensores de gran velocidad son fantásticos, ¿verdad? —dijo Alexa y sonrió a Lena.

—Sí —replicó Lena—. Uno llega arriba cuando apenas acaba de subirse en ellos.

«Ah, había sido por eso…», pensé.

—Acabamos de ver cómo bajabas por la colina y nos hemos quedado impresionadas con tus golpes de cadera —siguió Alexa con su charla.

«¿Eso es lo que tú llamas ‘tabú’?», pensé, fascinada.

—¿Ah, sí? —dijo Lena—. Por desgracia ya ha oscurecido. Me hubiera gustado esquiar un rato más, aunque aún no he superado del todo el jet-lag. —Bostezó con disimulo y, aunque era una buena explicación, lo cierto es que no parecía muy convincente.

¿Estaba celosa? Hasta el momento nunca le había dado ocasión. En todo caso, era más probable que fuera yo la que me sintiera celosa de ella…, pero, ¿ella de mí? Con eso no había contado.

—¿Nos vamos? —preguntó, casi sin mirar a Alexa.

—Hasta mañana —le dije a Alexa y me levanté.

—Hasta mañana —contestó ella con una ligera sonrisa.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jul 09, 2015 12:20 am

Lena caminó muy deprisa por el aparcamiento en dirección a nuestro lujoso jeep. No podía seguirla… Cuando nos subimos y arrancó, le pregunté:

—¿Estás enfadada? No he hecho nada. Alexa y yo sólo estábamos charlando. Ella también es…
—Ya lo sé —repuso Lena—. Lo adiviné al verla hoy por primera vez.
—¿Eso lo ves en las mujeres? —pregunté. Yo no llegaba tan lejos, porque, aun cuando hacía alguna que otra especulación al respecto, la verdad es que siempre era con poco acierto.
—No en todas —dijo Lena—, pero sí en muchas.
—Lo cierto es que vosotras dos sois bastante mejores para eso que yo —suspiré.
—¿Vosotras dos? —preguntó Lena.
—Bueno, Alexa lo supo de inmediato —contesté.
—Lo sabía —replicó Lena en un tono seco. No estaba entusiasmada. Ella podía, pero, claro está, las demás no. A ella le hubiera gustado mucho decidir quién lo era y quien no. Era muy típico de su obstinada postura.
—Pero, al fin y al cabo, no es tan grave, ¿no es cierto, Lena? —pregunté, con una cierta inseguridad—. Quiero decir que nosotras no hemos hablado sobre… sobre el tema.
—¿Sobre qué, entonces? ¿Sobre mí? —Lena me miró.
—No, no hablamos de ti para nada —le aseguré enseguida.
Tenía la impresión de que iba a explotar en cualquier momento—.Sólo sobre ella y sobre mí.
—¿Sobre ella y sobre ti? —Me volvió a mirar—. ¿Tenéis una cita esta noche o algo parecido?

No tuve más remedio que sentir cierta satisfacción.

—No hace falta que te pongas celosa —dije.
—¿Celosa, yo? —Lena estalló en una carcajada, mientras torcía por una calle—. ¡Yo nunca estoy celosa!
—¿Nunca? —pregunté, estupefacta.
—No —dijo ella, al parecer tan sorprendida como yo—. Esas pretensiones posesivas me parecen dignas de risa.

«Ah, ¿lo son para ti? ¿Estás totalmente segura?», pensé para mi interior. Entonces la cosa adquiría un matiz muy distinto, que ella, por supuesto, no iba a admitir. La mirada que le dirigió a la mano de Alexa daba a entender que le hubiera gustado hacerla cachitos con un hacha.

No dijo nada más hasta que llegamos a casa. Una vez allí, subió rápidamente las escaleras para cambiarse de ropa. Yo también fui a mi habitación, ya que, tan pronto como se estaba bajo techado en un sitio que no estuviera cerca de la temperatura de congelación, el dichoso traje te hacía sudar en un instante.

Según nuestro horario, volvía a ser medianoche y, dado que la noche anterior había sido tan corta, noté que mi cansancio se había reforzado con el poco habitual esfuerzo del día. Me hubiera apetecido mucho irme a la cama de inmediato.Lena apareció de repente en la puerta de mi habitación,cambiada y con un aspecto mucho más lozano que el mío.

—He encargado unos bistecs al servicio de compras —dijo—. Están abajo en la nevera. ¿O prefieres comer otra cosa?

Ella no renunciaba a cocinar durante las vacaciones, aun cuando fuera tarde, aunque, de hecho, allí no era tan tarde.

—No sé si voy a aguantar mucho tiempo despierta —dije—.Casi me estoy quedando dormida. Me aterroriza pensar en las agujetas que tendré mañana. ¿Tú no notas nada? —La miré.
—Sí, claro —contestó—. Pero también tengo algo para combatirlas —dijo, con una sonrisa—. Ven, te lo voy a enseñar.

Me picaba la curiosidad. Fui tras ella escaleras arriba. Hasta entonces nunca había ido más arriba del piso en el que dormíamos y por allí no parecía que hubiese nada. Al llegar a lo alto de la escalera, Lena abrió una puerta y salió al tejado. De un nicho
lateral sacó un pequeño aparato en el que oprimió un botón. Un poco más allá de nosotras se abrió una cubierta y debajo apareció un hueco circular.
—¿Qué es eso? —pregunté. No tenía ni idea de lo que era.
—Un jacuzzi hot tub, lo llaman ellos aquí. Pero soy más profana y prefiero llamarlo whirpool —explicó Lena.
—¿Aquí fuera? —pregunté, sin dejar de tiritar, ya que no llevaba puesta la ropa de esquiar.
—Te sorprenderá —contestó—. Es el mejor remedio contra las agujetas. —Apretó un botón—. Ahora se calentará mientras bajamos a la cocina a preparar la comida. Cuando subamos, estará caliente y nos podremos meter en él.
—¿Desnudas? —pregunté—. Yo quiero un traje de neopreno para el camino.
Lena se echó a reír.
—Puedes desnudarte en el borde y meterte enseguida. No es tan malo. El agua está muy caliente. —Me hizo una seña—. Vamos abajo para poder volver cuanto antes y despreocuparnos de nuestras agujetas.
—Bueno, lo dejo en tus manos —dije, escéptica—. Espero que ya lo hayas probado.
—Sí, lo he hecho en varias ocasiones —dijo y, sin más, desapareció hacia abajo.

Me dejó, como siempre, con la palabra en la boca, pues me hubiera gustado preguntarle si lo había hecho sola o con alguien. Incluso aunque ella asegurara que no estaba celosa, por más que lo que había ocurrido hoy daba la impresión de todo lo contrario, yo sí lo estaba. No quería tener pretensiones posesivas con respecto a
ella, entre otras cosas porque yo sabía que Lena las hubiera rechazado de inmediato, y no sólo por sus afirmaciones de hoy, pero tampoco la quería compartir con nadie. Y con ella en el whirpool, eso yo no se lo iba a permitir a otra mujer.

Suspiré. No resultaba sencillo. Yo no sabía nada de su pasado y, si alguna vez le había puesto la vista encima a Ray, eso era algo que yo tampoco sabía. ¿Podría preguntarle sobre ese tema sin que se echara a reír? Aunque eso no era lo peor que me podía revelar su risa. Lo peor es que quizá se enfadara y se mantuviera reservada, que yo no pudiera acercarme a ella y que fuera conmigo tan fría como una estatua de hielo. Eso era algo que yo no quería vivir.

Quizá no era tan mala idea lo del whirpool. Yo sabía que con el agua caliente no habría hielo que aguantara mucho tiempo sin fundirse. Cuando llegué a la cocina los bistecs ya estaban en la sartén y Lena se dedicaba a tostar un poco de pan.

—Hoy estoy cansada para hacer grandes cosas en la cocina — dijo—. Pensé que lo más sencillo serían unos filetes.

Sacó una rebanada de pan de la tostadora, la puso en una cesta y luego me la pasó. Luego repartió la carne en dos platos, se hizo con un par de frascos de salsas y nos fuimos hacia arriba. Llegamos al tejado y ya humeaba el whirpool.

—¿Qué, no te parece muy prometedor? —preguntó, sonriente—. ¿Piensas todavía en quedarte congelada? —Hizo un movimiento en dirección a la piscina—. Entra y luego te daré tu plato.

Me acerqué, me deshice a toda velocidad de los zapatos, los calcetines y los pantalones, y me metí en la piscina. La ropa de la parte de arriba me la quité ya dentro del agua. Mis cosas quedaron algo mojadas, pero mereció la pena.

Ella se acercó y me dio los platos. Luego se desvistió con rapidez y se metió a mi lado en la piscina. Miró hacia arriba, al cielo, que con los vapores del agua había adquirido el aspecto de un paisaje algodonoso.

—Esto siempre me resulta fantástico —dijo en voz baja—. Es como estar sentada en el centro de la Vía Láctea.

Tenía razón, a mí también me lo pareció. Le pasé su plato y comimos dentro de la piscina.

—¡Ah…! —suspiró, mientras dejaba a un lado el plato y extendía los brazos para apoyarlos en el borde de la piscina. Luego me miró—. Mañana no habrán desaparecido del todo las agujetas pero, gracias a esto, serán más leves —dijo, sonriente.
—Incluso aunque no desaparezcan, ha merecido la pena —contesté. Me deslicé hacia ella y me acurruqué entre sus brazos.

Lena me miró y me besó con dulzura en los labios. Luego se recostó de nuevo y las dos miramos el cielo nocturno.

Sentí su cercanía. Sentí que estaba sentada a mi lado, que estaba conmigo, con mi cabeza en su hombro y, aparentemente, sin querer otra cosa más que a mí. Como si nos bastara a la una con la otra,juntas bajo las estrellas, envueltas en los vapores de la Vía Láctea.

Y sentí que el resto del mundo no era más que un lejano recuerdo. Era todo muy romántico. Incluso hubiera llorado de alegría. Estuvimos sentadas durante un buen rato y luego Lena se inclinó hacia mí y comenzó a besarme. Su mano acariciaba mi pecho, mis costados, el trasero, y luego avanzó por mi muslo. No hizo nada más. Sólo me acarició dentro del agua caliente y burbujeante, bajo el estrellado cielo invernal, me besó con ternura y luego volvió a reclinarse hacia atrás.

—Ah, Lena… —murmuré, feliz, y me acurruqué entre sus brazos—. Se está tan bien aquí…Ella rió en voz baja.
—Y tú que tenías miedo de congelarte…
—No, la verdad es que una no se puede congelar. —Me vi obligada a sonreír. Una vez más miré a la inmensidad del cielo—.¿Te puedo preguntar algo, Lena?
—¿Dime? —Su voz sonaba algo cansada. Tenía los ojos cerrados.
—¿Ha estado aquí… Ray?
—¿Ray? —Volvió su cara hacia mí y arrugó la frente—. ¿Por qué Ray?
—Bueno…, yo pensaba… Cuando se dirigió a ti en Sally´s. —Me interrumpí. Hubiera sido mejor callarme.

Ella me miró durante unos segundos.

—No, sólo estuvimos abajo —dijo después. Luego titubeó—.Ésa no fue mi mejor noche —remató su frase.
—¿Qué quieres decir con eso?

«¿Por qué preguntas?», pensé. En realidad no quería saber nada
al respecto. Me pude imaginar el punto culminante, pero preferí no
hacerlo.

—Pues que yo había bebido más de la cuenta —dijo Lena—.Y ella… lo aprovechó. Yo no había previsto que ocurriera…
Ésta sí que era una nueva variante. En mi rostro apareció una mueca.
—¿Quieres decir que te forzó contra tu voluntad? —Me eché a reír—. ¡No me lo puedo ni imaginar! —Eso de que Lena hiciera algo que no deseara me parecía impensable.
—Yo tampoco —replicó ella, enfadada—, pero eso fue lo que pasó.
—Pequeña y dulce ratita Lenis —dije con una mueca.
—No soy pequeña —repuso Lena, molesta.
—Pero sí al lado de Ray —dije yo—. Ella está muy… crecidita. —Musculosa, eso es lo que quieres decir —corrigió de mala gana—. Fue Miss Bodybuilding de Colorado.
—Ése es el aspecto que tiene todavía —dije, con una especie de cacareo—. Casi no me puedo imaginar cómo debe de ser hacerlo con ella… —Me callé, porque no quería imaginarme a Lena en la cama con otra mujer. Eso me hacía sentirme intranquila.
—Como con Arnold Schwarzenegger si fuera mujer —dijo Lena. Sus labios hicieron un movimiento brusco y no pude saber si se sentía divertida o violenta. Al cabo de unos segundos se rió—.No, eso sería injusto para Ray —continuó—. Me llevó
literalmente… en sus brazos —dijo, riéndose más aún—. Escaleras arriba.
Yo la miré, estupefacta.—¿Te llevó a la cama?
—Sí —dijo Lena—. Aquella noche yo casi no podía ni andar.
De nuevo se calló, como si, de repente, se hubiera dado cuenta de que era mejor olvidarlo todo.
Yo nunca la había visto bebida y casi no lo podía ni imaginar. Siempre se dominaba y controlaba. Sólo bebía whisky porque le gustaba, quizá también porque la relajaba un poco, pero seguro que no lo hacía para emborracharse. Al menos nunca lo había hecho en mi presencia. Aquella noche tuvo que ocurrir algo que la obligara a tirar por la borda todo su dominio. Parecía no querer hablar del tema.

De todas formas, Ray había tenido suerte. Y eso que no era, ni por asomo, el tipo de Lena. En cualquier otra ocasión no se hubiera dejado acompañar a su casa por alguien así.

—Mira. Mira hacia arriba —susurró de repente en voz baja—.¿No es maravilloso?

Yo seguí con los ojos el movimiento de su brazo apuntando hacia el cielo y lo vi. Eran fuegos artificiales. Abundantes luces de colores que estallaban en el cielo nocturno y relegaban a un segundo plano el brillo de las estrellas.

—Pero si aún no es Nochevieja —repliqué sorprendida.
—Aquí lo hacen mucho durante todo el invierno, no sólo a finales de año —dijo Lena—. Ya ni me acordaba.

El whirpool estaba muy caliente. Las dos estábamos más juntas de lo que nunca antes habíamos estado y nos limitamos a mirar las estrellas hasta cansarnos. Para no separarnos, nos fuimos juntas a su habitación, nos acariciamos en su cama sin desear otra cosa que aquellos dulces mimos, nos acurrucamos una junto a la otra y nos quedamos dormidas.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por flakita volkatina el Jue Jul 09, 2015 4:33 pm

ojala todo marche asi... si desanimos
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 10, 2015 1:48 am

—Hoy vamos en taxi —dijo Lena entre dos bocados, mientras desayunábamos.

—¿En taxi? —pregunté, sorprendida—. ¿Qué pasa con el SUV?

—Se queda aquí aparcado —respondió, e hizo una mueca tan extraña que no tuve más remedio que preguntarme si habría planeado algo.

Poco después del desayuno sonó una bocina delante de la puerta. Nos dirigimos fuera y allí esperaba un taxi. El Ultimate Taxi estaba a un lado, pero, como es sabido que los norteamericanos tienden a la exageración, parecía muy posible que aquí, para estimular un poco el negocio, a cualquier cosa le llamaran Ultimate Taxi.

El coche ya resultaba un tanto raro a causa de su aspecto exterior, pero la mayor sorpresa me esperaba al entrar en él. Aquello no tenía mucho que ver con un taxi.

—Jon es una celebridad aquí —dijo Lena, mientras nos sentábamos—. El taxi es de 1978 y desde entonces han subido a él todos los personajes famosos que han venido a Aspen, desde Clint Eastwood a Pierce Brosnan. Jon tiene una página de Internet y fotos con casi todos los que han montado en su coche.

Era impresionante lo que me estaba comentando, pero yo no podía concentrarme del todo en sus palabras. Aquel taxi era una verdadera sorpresa. Por dentro era como una discoteca, con rayos láser que se reflejaban en una minibola de discoteca, que colgaba del techo del coche. Todo era de colores y muy estridente. El conductor tenía a su lado un teclado, una batería electrónica y algunas cosas más.

Lena sonrió al ver mi expresión.

—Toca mientras conduce —me dijo.

—¿Qué?

—Aquí en Aspen todo el mundo conoce su taxi —dijo Danielle —. No tiene accidentes.

—Me lo creeré cuando regresemos —repliqué, escéptica.

El conductor se dirigió a Lena.

—¿Quiere transmitir este viaje a su casa, para la familia o los amigos? —preguntó.

—No, gracias. —Lena me miró—. ¿O quieres hacerlo tú? Es lo último que ha instalado. El viaje se transmite en directo por Internet y así otras personas pueden participar en él.

—¿Papá, mamá y los niños están en Aspen y abuelito y abuelita, desde casa, pueden ver cómo viajan en taxi? —pregunté, perpleja.

—Sí, así es como ocurre realmente —dijo Lena.

—¿Y dónde vamos, entonces? —pregunté.

—A ningún sitio. Si coges este taxi vas sin rumbo fijo, sólo a dar una vuelta.

El conductor nos entregó dos extrañas gafas de sol. Lena se colocó las suyas y yo, no sin titubear, seguí su ejemplo. No eran unas gafas de sol normales. Modificaban la percepción, más incluso que un caleidoscopio psicodélico; en realidad, eso es lo que era aquel taxi. Yo sólo veía los colores del arco iris.

—OK —dijo Jon Barnes; su nombre completo lo encontré escrito por todas partes en el taxi—. Let´s drive, vámonos. — Arrancó y, al mismo tiempo, una de sus manos hizo sonar algo de jazz en el teclado.

Yo lo miré y Lena se rió.

—Esto no es nada. Espera un poco.

Al regresar a casa me daba vueltas la cabeza.

—¡Es increíble! —exclamé—. ¡Conduce con los codos y, simultáneamente, toca la flauta para acompañar a Pink Floyd, que sale atronando por los altavoces, y dirige un espectáculo en 3D de láser!

—Sí, es único —dijo Lena, risueña—. Cuando lo escuché por primera vez casi no me lo podía creer. Pero ya tienes la foto y así siempre sabrás que no fue un viaje provocado por el LSD. —Volvió a echarse a reír.

Yo miré la foto que tenía en la mano. Nos mostraba a las dos en la parte de atrás del taxi, con aquellas extrañas gafas apoyadas sobre la nariz y rodeadas por una decoración chillona. En aquel viaje en taxi lo normal era que consiguieras una foto tuya.

Estaba dispuesta a conservarla, porque era la única foto que tenía en la que estábamos las dos juntas. Tampoco tenía ninguna de ella sola, aunque me hubiera encantado. A Lena no le gustaban las fotografías.

—Ha sido un viaje fantástico —dije, impresionada—. Todavía me hacen chiribitas los ojos.

—Eso te va a volver a ocurrir —dijo Lena, mientras se me acercaba. Sus ojos brillaban un poco, pero no era por el viaje en taxi. Me cogió entre sus brazos y me besó. Luego me llevó hasta la piel de oso que había delante de la chimenea.

Tardamos un poco más de lo normal en irnos a esquiar…
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 10, 2015 1:54 am

El tiempo pasó muy rápido y de nuevo nos vimos sentadas en el avión de regreso a casa.

—Voy a echar de menos esa enorme chimenea —comenté—.Es muy acogedora. ¡Y el whirpool del tejado! —Me eché a reír y luego me puse un poco colorada, porque lo habíamos utilizado en varias ocasiones y no sólo para aliviarnos las agujetas.

—Cada vez que voy a Aspen, al volver me planteo la posibilidad de construirme en casa una chimenea como ésa —dijo Lena—,pero luego la encuentro muy exagerada. La que tengo está muy bien, aunque no sea tan grande.
—Ya es bastante grande —contesté yo—. Pero el jacuzzi en el tejado estaría muy bien.
—Sí, a lo mejor tengo que encargar uno —dijo Lena.
—Eso siempre lo puedes hacer. Me miró.
—Sí —dijo luego, en un tono de voz sorprendentemente bajo—,eso siempre lo puedo hacer.

«¿He dicho algo malo?», pensé. Al menos es lo que me pareció. Lena miró hacia delante en silencio.

—¿Lena? —pregunté—. ¿Pasa algo? Ella volvió de nuevo la cabeza hacia mí.
—No —dijo—, nada de nada. Sólo que estoy un poco cansada de esquiar y de tanto aire fresco.
—Fresh air served daily —repetí el lema publicitario de Aspen
—. Eso es una gran verdad. Y la nieve es el doble de fría. Nunca había experimentado un aire tan fresco.
—Ayer esquiaste muy bien —dijo con una sonrisa—. Y eso que sólo has dado unos pocos días de clase.
—Alexa ha sido una buena profesora —contesté—. Has sido muy amable al venir conmigo, a pesar de ser tan aburrido para ti.
—No fue aburrido —dijo ella—. De lo contrario no lo hubiera hecho.

Me acordé de mis torpes movimientos, mientras Lena se deslizaba por la montaña de una forma tranquila y elegante. De no ser por mi presencia, ella hubiera podido hacer otro tipo de descensos.

—Practicaré —afirmé—. Por si volvemos en las próximas Navidades.

Ella me miró.

—¿Las próximas Navidades?

¡Se me había escapado! Por lo que yo la conocía, no le gustaba preparar las cosas con tanta anticipación. Yo no me podía imaginar mi vida sin ella, pero ella… Yo no sabía lo que podía pensar.

Nunca se me habría ocurrido preguntarle cómo imaginaba que sería nuestro futuro juntas, porque hubiera sido demasiado peligroso para mí. Prefería soñar con que esto continuaría hasta la eternidad.Por el momento parecía que sí.

—Yo… quiero decir… —tartamudeé—, como dijiste que tú acostumbrabas a venir en Navidades…Pero si tienes pensado algo distinto para las próximas… —balbuceé.

«Dios mío…», me dije.

—Las próximas Navidades —dijo ella, pensativa. Luego sonrió —. Sí, ¿por qué no? Las próximas Navidades.

Bueno, gracias a Dios, no había sido tan malo. Nunca sabría a qué atenerme con exactitud y no podía prever de antemano cómo reaccionaría, pero en los últimos tiempos se mostraba muy afable, eso sí tenía que admitirlo. A veces, por la noche, si se hallaba entre mis brazos, tenía la sensación de sujetar a un gatito que no deseaba
más que acurrucarse contra mí.

En ocasiones, cuando yo no podía dormir, la observaba mientras ella lo hacía: era una sensación maravillosa. Su sueño era intranquilo pero, con sólo acariciarla, se tranquilizaba, suspiraba y se volvía hacia mí sin despertarse.

—Lena… —le susurré al oído y le di un leve y casi imperceptible beso en los labios—. Lo eres todo para mí. —Ella no quería oír ese tipo de cosas mientras estaba despierta, pero, cuando dormía, me pertenecía totalmente y yo podía darle todo mi amor y hacerle las caricias que quisiera.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por Aleinads el Vie Jul 10, 2015 11:06 am

Cada vez quedo mas picada... Me encanta Smile I love you I love you
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 10, 2015 6:19 pm

—Nadie diría que estamos en invierno —dijo mi madre cuando regresé a casa—.Estás morena como en verano. Y los demás aquí tan blancos que parecemos enfermos.—Le preguntaré a Lena si te puedes venir la próxima vez —contesté. Tenía muy mala conciencia. Yo llevaba una vida maravillosa y ella, a la que yo debía agradecer que me trajera al mundo, no tenía nada.

—No hace falta —dijo mi madre—. Sólo molestaría. Cuéntame: ¿qué tal por Aspen?

—No sé por dónde empezar —repuse—. Allí no sólo están las bajadas de esquí más pronunciadas que yo haya visto jamás: también tienen Ultimate Taxis, bares de country y unos fantásticos fuegos artificiales. Aquello es maravilloso. Y los americanos son

muy agradables.

—¿Y ya sabes esquiar? —preguntó.

—Saber es mucho decir. —Suspiré—. He recibido algunas clases pero, comparada con Lena, soy una nulidad. Esquía como si hubiera formado parte del equipo olímpico.

—¿Y qué no sabe hacer ella? —preguntó, con una sonrisa.

—La verdad es que no hay muchas cosas que no sepa hacer — respondí, sonriendo a mi vez.

«Excepto mostrar sus sentimientos», pensé para mí. No era necesario que mi madre lo supiera. Claro está que ahora mostraba más sus sentimientos que al principio. Era muy hermoso cuando estábamos juntas, y no sólo en la cama. A veces se reía, como si sintiera algo más. Pero nunca decía nada ni quería escuchar nada, y eso constituía un problema cada vez mayor para mí. No obstante,yo esperaba que ella, con el tiempo, levantara aquella prohibición y expresara por fin sus sentimientos, y me permitiera también hacerlo a mí. Ella sentía algo por mí: eso podía leerlo en sus ojos cuando me miraba. No era el témpano que aparentaba ser. Pero yo evitaba reaccionar ante lo que me decían sus ojos. Por el momento ya era suficiente para mí, porque era más de lo que yo podía pedir en un principio. Ella precisaba tiempo y yo se lo iba a dar. Quería ofrecerle todo el tiempo del mundo y pasar con ella el resto de mis

días.

Ella era mi mundo.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 10, 2015 6:20 pm

—¡Esa tía bruja me odia!

Miré hacia arriba. Mi condiscípula Katya murmuraba mientras avanzaba por el pasillo de la clase, para sentarse en el banco que compartíamos.

—Ya sabes que en cada clase pregunta a uno de nosotros —dije en voz baja. Katya había hecho su comentario en un tono un tanto alto y yo no estaba segura de que la profesora de Geografía,que estaba al principio de la clase delante del mapa geológico, lo hubiera podido escuchar, a pesar de que estábamos sentadas muy al final.

—¿Y qué? ¿Acaso debo aprendérmelo cada vez? ¡Me cago en la Geografía! ¿A quién le interesa? ¡A mí me interesa una mierda!

—Ella sólo sigue su programa —contesté—. En cuanto te toque,podrás quedarte tranquila para el resto del curso. —Era verdaderamente ridículo el ritual que practicaba aquella profesora en todas sus clases. Entraba, colocaba su bolso sobre la mesa, sacaba la lista de los alumnos y comenzaba a buscar un nombre en ella. Tan pronto como encontraba uno, lo decía en voz alta y el alumno tenía que acercarse al mapa para contestar las preguntas de la profesora, hasta que ésta se sentía satisfecha y le ponía una nota.

En las primeras clases, todos nos sentíamos un tanto nerviosos, porque le podía tocar a cualquiera, pero en cuanto te plantaba la nota ya podías ahorrarte el trabajo de estudiar. Nunca te volvía a llamar. Hasta el curso siguiente.

—Tú tienes facilidad para hablar —dijo Katya, mientras seguía echando pestes—, y siempre te lo sabes todo.

—Eso no es cierto —contesté—. La última vez sólo me puso un notable.

—¡Sólo un notable, sólo un notable…! —Katya se burló—. Te hizo dos o tres preguntas, te puso tu buena nota y te pudiste volver a sentar. A mí siempre me atosiga con preguntas durante horas y ¡luego me pone un insuficiente!

—Pero la Geografía no es importante para la selectividad —dije yo—. Por lo menos no lo es durante este curso. Y, en todo caso, tú no quieres seguir los estudios.

—Me quiere destrozar, eso es todo —siseó Katya—. ¡Me odia porque su ligue piensa que soy fantástica!

Miré su cara enojada. Siempre había pensado que aquellas cat fights entre mujeres heterosexuales eran algo banal, pero eso podía ser debido a que yo no era capaz de entenderlas. Se insinuaban tan claramente ante los hombres que se veían obligadas a considerar a las demás mujeres como sus rivales. Incluso las que se llamaban amigas dejaban en la estacada a sus supuestas amistades cuando se ponía por medio un hombre que les interesaba. Bonita amistad.

—¿Lo conoces? —pregunté.

—Fue en la fiesta escolar. Él creyó que yo era mejor que ella. — Hizo una mueca—. Me lo demostró con creces.

—No deberías darle más vueltas —repuse—. No vas a ganar nada. Ella te pondrá una mala nota y serás tú, y no ella, la que pague el pato.

—Ésa no es la cuestión —dijo, mientras sonreía de forma perversa—. Si descubre alguna vez lo que realmente pasa…

—¿Qué es lo que ocurre? —pregunté, con cierto interés. Katya siempre tenía unas historias muy interesantes que contar, aunque luego estallaran como pompas de jabón. Baste decir que era una persona algo aburrida, dedicada sólo a ella y muy poco inteligente.

—¡Me lo cepillo cuando ella no está! —murmuró en tono triunfante.

—¿Estás loca? —susurré también, aunque ahora era la dueña de toda mi atención. Yo no sabía si decía la verdad, pues le gustaba mentir con mucha frecuencia, pero la expresión de su rostro era muy convincente.

—Es profesor de gimnasia —prosiguió, en voz baja,entusiasmada por su propia perversidad—. Está bueno de verdad,para su edad. Y ella… Mírala: todo le cuelga, las tetas, el culo…No es un milagro que él prefiera acostarse conmigo.

Yo miré hacia delante. La profesora de Geografía nunca había sido de mi estilo, pero pensaba que, para ser hetero, era una mujer muy atractiva… Era pequeña y delicada, un auténtico haz de energía, al final de la treintena y separada. Al parecer andaba en

busca de un nuevo marido, pero, si lo que decía Katya era cierto, había tenido la desgracia de toparse con uno equivocado.

—Pues yo creo que tiene un buen aspecto —dije, sólo para molestar a Katya. En realidad me daba lo mismo el aspecto que tuviera.

—¿Bueno? —Katya explotó, a pesar de que intentó amortiguar su voz—. ¿Que ésa tiene algo bueno? —Me miró, con ojos resplandecientes por la furia.

Katya me sacaba de mis casillas y me hubiera gustado dejar de ser su compañera de banco, pero, por desgracia, las posibilidades de conseguirlo eran escasas. No se entendía bien con nadie de la clase y había aterrizado a mi lado porque yo, por lo menos, la toleraba. Solía escucharla cuando contaba algo, pero no me dejaba entusiasmar por sus estúpidas explicaciones. Me trataba casi como a una amiga, pues yo nunca había hecho ni el más mínimo intento de estropear sus planes con algún chico.

—Es una mujer con un cierto encanto —dije, para molestarla un poco más.

Katya no se dignó a mirarme. Cruzó los brazos delante del pecho y dirigió su mirada al frente. Sus mandíbulas rechinaron y la expresión de su rostro señalaba la proximidad de un estallido, aunque, por suerte, sonó el timbre antes de que se produjera.

Katya se levantó de un salto y echó su silla hacia atrás, tanto que la dejó caer al suelo, sin preocuparse ni lo más mínimo. Acto seguido, salió disparada de la clase.

—¿Qué le has hecho a Katya? —Un fuerte brazo levantó la silla del suelo y la colocó de nuevo a mi lado.

—Ah, odia a la profesora… Y, para molestar, le he dicho que a mí me parecía… hice una mueca— …una mujer elegante.

—¿Que le has dicho qué? —Anita lanzó una carcajada—.¡Entonces no es raro que haya salido como un cohete! —Se sentó a mi lado en el sitio de Katya—. ¿Tienes libre este fin de semana? Unos amigos y yo queremos ir a la casa de campo de mis padres.

Es necesario llevar saco de dormir.

—¿El fin de semana? —torcí el gesto. Yo ya había ido varias veces a la casa de campo de los padres de Anita, porque solía invitar a la gente allí. No estaba muy lejos y, dado que sus padres eran muy tolerantes, podíamos ir solos y hacer lo que quisiéramos.

Salíamos a dar paseos, jugábamos al bádminton, escuchábamos música y charlábamos, también bebíamos y fumábamos un poco de hachís. Todo muy inofensivo, pero resultaba emocionante y yo siempre solía aceptar las invitaciones de Anita.

—¿Tenías pensado hacer otra cosa? —preguntó Anita.

—Sí…, no…, no precisamente… —No sabía qué decir. Anita hizo una mueca.

—Lo entiendo. Por el momento, más de dos es multitud. —Torció la cabeza—. Desde hace una temporada te noto muy callada. Nunca tienes tiempo para nada, desapareces de inmediato cuando acaban las clases y nunca se te puede encontrar. Eso sólo puede significar que… —Me miró con aspecto inquisitivo. Tenía

que contarle lo que me pasaba.

—Yo… La selectividad cada vez está más cerca… Tengo que estudiar. —Me volví.

—¡Oh, sí, estoy muy convencida de eso! —Anita se rió—.Seguro que estudias mucho!, en especial porque tienes mucho que recuperar. —Agitó la cabeza—. Pero a ti todo te da igual. ¿Desde cuándo tienes que estudiar? —Me miró, interrogante—. Seguro que no es nada que tenga que ver con el colegio. —Levantó las manos—. Sí, ya sé que es tu vida privada, pero, si uno actúa de una forma tan misteriosa, no debe sorprenderse de que los demás piensen cosas.

—No es nada… —dije yo.

—Quien te crea… —respondió Anita, con una mirada curiosa—. ¿Has cometido el mismo error que Katya y te ves con algún profesor, aquí en el colegio? —Lanzó la pregunta y su voz sonó un tanto preocupada.

—¿Sabes lo de Katya? —Fruncí el entrecejo.

—Todo el mundo sabe lo de Kat —dijo Anita, entre risas—.Es la facilona del colegio. Se tira a cualquiera que no sea bastante rápido para huir.

—Bueno…, seguro que no es tan mala —dije, turbada.

—Tú tienes buen corazón. Sólo captas lo mejor de cada uno. Pero las personas no son así y, desde luego, Katya no lo es.Deberían ponerle por aquí alguna habitación con un colchón. Yo creo que ha encontrado su verdadero oficio. —Hizo una mueca—. Aunque el profesor de deportes tiene bastantes colchonetas en el gimnasio.

—¿Eso también lo sabes? —A decir verdad, aquella historia era nueva para mí, pues me la acababan de contar hacía dos minutos.

—Todos lo saben menos la profe —dijo Anita—. Aún piensa que el tipo está por ella. Y lo está, sólo que se limita a coger lo que tiene al alcance de la mano. Pero ella cree que es la única. —Se rió

—. ¡Tú, en tu torre de marfil, no te enteras de nada! En ocasiones pienso que aquí no te interesa nada más que el colegio. A pesar de que…, por el momento… —Torció de nuevo la cabeza, como un pájaro curioso—. Pero parece ser otra cosa.

—Me pensaré lo del fin de semana —dije, para reducir sus sospechas.

—No tienes por qué hacerlo —replicó—. A no ser, claro… —se inclinó hacia delante— que también tenga que venir alguien más de esta clase.

—No. —Sacudí la cabeza, riendo—. Eso seguro que no.

—Entonces… —Anita se levantó—. Te borro del plan. Es una pena. Pero una cosa te digo: cuando nos veamos de nuevo aquí el lunes, quiero un informe de todo lo que hayas hecho durante el fin de semana.

El timbre del final de la pausa impidió que me pudiera decir algo más. Anita regresó a su sitio y yo tuve que conformarme con la airada expresión de Katya, que se había vuelto a sentar a mi lado.

Anita me había engañado. En realidad, yo quería eliminar todas sus sospechas, pero al final había conseguido que me delatara. El lunes sería duro para mí. Me gustaba, aunque no éramos verdaderas amigas, y eso que, en algunas ocasiones, yo había pensado que quizá… Era una chica alta y fuerte, de pelo oscuro,muy querida entre los compañeros, y siempre estaba de buen humor. Nunca se la había visto con el mismo chico más de unos días y eso me tenía sorprendida. Era atractiva, pero seguro que no para los chicos.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por Aleinads el Vie Jul 10, 2015 6:48 pm

Esto es bullying, massss quiero maaaasssssss!!!!!!!!! Laughing Laughing
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por flakita volkatina el Vie Jul 10, 2015 6:51 pm

Quiero masssssss
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jul 11, 2015 2:15 am

—¿En qué piensas, Lena? —Me incliné hacia ella. Estaba sentada en el sillón que había delante de la chimenea de su salón, la sala de la chimenea, como yo solía llamarla, y desde detrás le puse las manos sobre los hombros. Lena levantó una mano y la puso sobre la mía.

—Bah, en nada —dijo—, en nada en especial.

Noté el calor de su mano sobre la mía y volvía a sentirme bien.Los últimos tiempos con ella habían sido muy hermosos.Me incliné más y le di un beso en el pelo.

—¿Qué te pasa, cariño? —pregunté—. Te veo triste con mucha frecuencia. Lo vengo observando desde hace algún tiempo y me siento preocupada por ti.

Ella volvió la cabeza y miró hacia arriba.

—Nada —repitió—. No es nada —dijo, sonriente—. Eres muy dulce, ¿lo sabías?

Yo le devolví la sonrisa.

—Sí, me lo dices en muchas ocasiones.

—Nunca —dijo ella—, nunca es suficiente. Me volví a inclinar y esta vez la besé ligeramente en los labios.

—¿Quieres…?

—No. —Sacudió un poco la cabeza—. Deja que me quede sentada durante un momento. —Miró las llamas, como hacía desde que entré en la habitación.

Me erguí y la miré con aprensión. Le ocurría algo, pero no lo quería decir. Respiré hondo.

—¿Prefieres estar sola? —pregunté—. Anita me ha invitado a pasar el fin de semana en la casa de campo de sus padres. No me quedaría aquí.

—¿Anita? —preguntó Lena sin ningún interés. Sus pensamientos estaban en otro sitio.

—Una compañera de clase —dije—. ¿Acepto su invitación? Volvió a dar la sensación de que no me había oído.

—Sí, claro —contestó—. Hazlo.

—¿Quieres, de verdad, que lo haga? —pregunté—. No nos veríamos en todo el fin de semana. ¿No te importa?

—Tienes que tener tu propia vida, no puedes estar todo el tiempo conmigo respondió—. Hemos pasado mucho tiempo juntas y no te quiero apartar de tus amigos.

—Muy considerado por tu parte —dije, con algo de suspicacia. Yo intentaba pasar con ella cada minuto libre de que disponía, pero para ella parecía no ser tan importante—. ¿Entonces no te preocupa que no nos veamos en todo el fin de semana?

—Tengo cosas que hacer —dijo Lena—. Tengo que trabajar. Es una nueva campaña, así que, de todas formas, no nos íbamos a poder ver.

—No me habías dicho nada —comenté, irritada.

—Quería hacerlo, pero se me pasó.

En los últimos tiempos estaba tan distraída que yo había empezado a preocuparme. Antes siempre lo tenía todo en la cabeza, nunca tenía que consultar nada, ni nada se le olvidaba. Me arrodillé a su lado en el sillón.

—Lena, te pasa algo. No estás bien. Dime lo que es. —Le acaricié el pelo.

—¡No es nada, ya te lo he dicho! —Lena se enfadó y retiró mi mano.

No quería hablar, como casi siempre.

—Lo siento —dije—. Sólo me preocupo por ti. ¿No puedes entenderlo?

—Pues no —respondió. Se había vuelto a tranquilizar—. Por favor, no me pongas de los nervios con esas preguntas. No me gustan nada.

—Ya lo sé. —Suspiré—. ¿Eso quiere decir que no me vas a echar de menos si me voy con Anita y los otros durante el fin de semana?

Primero no contestó y luego comenzó a hacer un movimiento con los labios.

—A veces no eres tan inocente como finges ser —dijo—.Siempre se me olvida.

—¿Por qué?

—Me obligas a decir unas cosas que yo nunca diría por mí misma. —Respiró con profundidad—. Claro está que te voy a echar de menos. Pero tú también tienes que salir con gente de tu edad. —Me miró—. ¿Quién es esa Anita? ¿Una amiga tuya?

«¿Estás celosa?» Pensé en Alexa. Lena nunca lo había admitido, pero yo hubiera jurado que aquella vez en Aspen sí había sentido celos.

—Es una compañera —dije yo—. Aunque tampoco puedo decir que sea una gran amiga.

—¿Pero te gusta? —Lena hizo una breve pausa—. De lo contrario, no irías a pasar todo el fin de semana con ella.

—Con ella y con una docena más de personas —dije, corrigiéndola—. Vamos a estar algo apretados en una casa tan pequeña.

—¡Como los scouts! —Lena se rió brevemente—. ¿También hacéis todo lo demás, como cantar alrededor del fuego del campamento y esas cosas?

—No creo. No es la típica excursión a una casa de colonias.

—¿Una casa de colonias? —Lena arrugó el entrecejo—¿Qué es eso?

—¿No estuviste en ninguna cuando ibas al colegio? —pregunté.

Las excursiones anuales a esos refugios eran algo habitual.

—No —dijo Lena.

—Es una especie de albergue para colegios o cursos completos—expliqué—. La mayoría de las veces están situadas en un bosque o fuera de la ciudad, en el campo. Allí los niños de ciudad entran en contacto con la belleza de la naturaleza, gozan de un poco de libertad y viven aventuras. Así, por lo menos una vez al año, respirábamos aire fresco en lugar del humo de la gran ciudad.

—Puede que no lo hiciéramos por eso —repuso Lena—. Mi internado ya estaba en el campo.

Un internado caro que no tenía nada que ver con un instituto público, eso estaba claro para mí.

—O sea, que podíais hacer fuego justo en el patio del colegio —respondí.

Lena alzó las cejas.

—No hubiera estado bien visto —dijo.

—¿Tan estrictas eran las reglas?

—Sí, unas reglas muy estrictas —contestó—. No puede ser de otra forma en un internado. Allí había muchos niños que habían sido expulsados de otros colegios y para ellos era la última oportunidad que tenía de poder hacer la selectividad. Si hubiera dependido de ellos, nunca lo hubieran logrado, pero estaban obligados por las reglas.

—¿Te sentías muy sola en el internado? —pregunté.

Seguro que yo me hubiera sentido muy sola, tan lejos de mi casa y de mi madre. Pero por aquel entonces los padres de Lena habían muerto. No tenía a nadie.

—La soledad es un sentimiento muy subjetivo —dijo Lena—.Yo siempre estaba muy sola, incluso antes de que mis padres…,antes de ir al internado. Una se acostumbra a todo. No era nada nuevo para mí. En el internado podía concentrarme en el estudio y

en el colegio, y pensaba que eso era muy agradable.

—Pero estudiar y el colegio no lo es todo —afirmé.

—¿Y lo dices tú? —Lena sonrió levemente—. Tengo la sensación de que tú también estás muy comprometida con eso.

—Bien —dije yo—. Me divierte conocer cosas nuevas. Me resulta muy emocionante aprender todos los días algo en el colegio. O casi todos los días —suspiré—, porque existen compañeras,como Katya, que obligan a los profesores a repetirlo todo en

muchas ocasiones y, como ya lo sé, me aburro. A Katya no le sirve de nada hasta la segunda o tercera vez, por lo que no basta con una sola repetición. Claro que los profesores siempre se ocupan de que todo el mundo se entere, incluso los peores alumnos.

—¿En qué piensas? —preguntó Lena.

—En mi compañera, Katya—dije, con un nuevo suspiro.

—Anita, Katya… Parece que no te faltan amigas —dijo Lena.

Ahí estaba otra vez aquella pizca de celos que tanto me gustaba.

—¿Que Katya es una amiga? ¡Oh, Dios mío! —exclamé—. No lo es. Ella ahora sólo… por desgracia se sienta a mi lado.

—¿Qué pasa con ella? —preguntó Lena.

—Es…, bueno…, bastante enervante. —Suspiré—. A veces desearía poder desconectarla.

Lena rió por lo bajo.

—Es la primera vez que oigo decir algo así. Hasta ahora siempre has sido muy comprensiva con todo el mundo —afirmó.

—Me esfuerzo —dije—, pero con Katya no resulta tan fácil. Es difícil aguantar tanta estupidez.

—¡Oh, oh! —Lena hizo una mueca—. Estupidez. ¿Es de verdad una estúpida?

—Tiene un lío con un monitor, que, a su vez, está liado con nuestra profesora de Geografía —contesté—. Yo pienso que eso no es muy inteligente por su parte.

—Seguro que no lo es. —Lena me dió la razón—. ¿Te gusta tu profesora de Geografía?

—¿Qué te pasa, Lena? —pregunté. Me sentí un tanto irritada—. ¿Por qué, de repente, te preocupas tanto de si me gusta o no me gusta alguien? Hasta el momento nunca lo habías hecho.

—Quizás haya sido ése mi error —dijo Lena—. No sé casi nada de tu vida ni de tus amigos. Y eso que te pasas la mayor parte del día con ellos.

Me incliné hacia ella y le sonreí.

—Mientras que yo sólo pienso en ti y me alegro cuando sé que por la noche voy a volver a verte.

—Pero eso es bastante injusto para tus amigos. Está bien que el fin de semana te ocupes un poco más de ellos.

—Si me marcho, voy a pensar en ti cada minuto —respondí—.Eso no va a cambiar mucho.

—Por favor… —Lena se levantó—. Por favor, concéntrate en otras cosas y no sólo en mí. Sería mucho mejor para ti.

—¿Qué va a ser mejor para mí? ¿Por qué iba a serlo? —No sabía de qué hablaba—. Es que… —Tragué saliva—. ¿Es demasiado para ti? ¿No quieres verme tan a menudo?

—No…, no se trata de eso —titubeó.

—¿Entonces de qué se trata? —Lena tenía un aspecto inseguro y eso le ocurría en pocas ocasiones. Yo la miré, inquisitiva y con el corazón palpitante. No sabía qué pasaba por su cabeza.

La situación me recordaba a algo que ocurrió en el mar Egeo, en su yate, cuando ella tenía un aspecto tan ausente que me pareció estar de más. Quizás ahora también. ¿Era eso lo que quería decirme?

—En realidad no se trata de nada. —Lena hizo un gesto de negación—. Todo está bien así. No pienses en ello.

Pero si ella se comportaba de esa manera, yo qué debía de pensar. Estaba claro que no me lo decía todo.

—Sólo quiero que pases más tiempo con tus amigos, eso es todo —dijo Lena—. El fin de semana voy a tener que trabajar y tú harás algo con ellos, así estaremos ocupadas las dos.

Aquello pareció calmar su conciencia. Yo intenté descifrar la expresión de su rostro. Ella había dicho que era lo mejor para mí,pero yo tenía la impresión de que, en primera instancia, era mejor para ella que yo me fuera.

—Si piensas eso —dije—, llamaré a Anita para decirle que voy.

—Hazlo. —Lena pareció aliviada, como si le hubiera quitado un fuerte peso de encima. Sonrió levemente—. ¿Sigue en pie tu oferta?

—¿Cuál…? ¡Oh! —La miré con ternura—. Por supuesto.

—Entonces me gustaría volver sobre ella —dijo Lena.

Me dirigí a ella y la cogí en brazos. Luego insinué un beso sobre sus labios.

—Ahora de mil amores —dije en voz baja.

Lena se dejó caer en mis brazos como si sus huesos fueran de goma. Era tierna y cariñosa. Avancé con mis labios hacia su cuello y acaricié toda su piel, que

pulsaba ligera a cada latido de su corazón.

Lena suspiró y echó la cabeza hacia atrás.

—Es tan hermoso… —susurró.

Mis labios buscaron su barbilla, sus mejillas, su boca. Entré en ella y, de repente, Lena se puso en tensión, su lengua avanzó y empujó a la mía. Era como si, súbitamente, se hubiera despertado en ella la pasión, esa pasión que antes estaba dormida. Actuó sin ningún tipo de miramientos y casi me quedé sin aire. Me recordó los primeros días en el barco. Si quería, Lena podía ser muy tierna, pero a veces…, a veces yo tenía la sensación, de que se aprovechaba de su propiedad de algo…, algo que no toleraba

ternura. Una impaciencia que parecía no tener tiempo para dejarse llevar por la lentitud del amor…, que sólo quería un resultado rápido y satisfactorio. Eficiencia. Como en la oficina.

—Ven conmigo arriba —gimió, mientras se apartaba con dificultad de mi boca.

«¿Eh?» Yo ya me había imaginado delante de la chimenea con ella. Lena se volvió y subió por la escalera. Yo la seguí, despacio, un poco turbada e insegura ante lo que me esperaba arriba.

Siempre que me sentía un poco más cerca de ella, Lena me empujaba para situarme de nuevo al principio del camino. El hecho de que yo estuviera más cerca le resultaba horroroso, e intentaba desligarse de eso lo antes posible.

Cuando llegué arriba ya estaba en la cama, desnuda. Me miró y yo me desvestí rápidamente para saltar a su lado. Me abrazó en cuanto me tumbé a su lado y se acurrucó junto a mí.

—Me da la sensación de que ha transcurrido una eternidad desde la ultima vez que lo hicimos —dijo en voz baja.

Yo me reí.

—Fue ayer —dije—, ayer lo hicimos.

—Ya lo sé . Pero para mí es como si hubiera ocurrido hace mucho tiempo.

—A veces me pasa lo mismo —dije. La miré. Parecía tranquila y relajada—. Y lo puedo pensar tan sólo un segundo después de que nos hayamos separado.

—Eso parece un poco precipitado —dijo Lena. Parecía satisfecha.

—Estoy dispuesta a concederte que todo tu día sea más largo y que pueda constituir una eternidad para ti —contesté.

—Cuando nos tenemos que separar…, cuando yo me voy a la agencia y tú a clase…, ¿qué sentimiento te invade? —preguntó.

Alcé la cabeza para verla un poco mejor. ¿Por qué me preguntaba eso? Aquél era el tipo de conversación del que trataba de evadirse a toda velocidad. Y la palabra sentimiento sonaba un tanto rara en su boca. Casi no la utilizaba.

—Un sentimiento terrible —respondí—. Y lo único que hace que no lo sea tanto es la alegría que me produce saber que luego voy a volver a verte.

Lena se calló. Parecía estar dándole vueltas a la cabeza.

—Estudiar es importante —afirmó, de una forma algo incoherente—. El final del colegio, la carrera, el trabajo…: ése es tu futuro. No lo olvides.

—Seguro que no lo olvido —contesté, irritada—. Eso siempre lo tengo muy claro.

—Está bien —dijo ella.

—Lena—insistí—, voy a aprobar la selectividad. De eso no hay duda. ¿Te preocupas por ello?

—Te he alejado de los estudios en más de una ocasión —dijo, sonriente.

—Pero, en cambio, he aprendido otras cosas —murmuré por lo bajo. Luego la besé en los labios—. Algo que, por lo menos, es igual de importante. —Yo notaba su calor, y el roce de su cuerpo desnudo en mi piel me hizo estremecer—. Lena… —susurré.

Ella se separó de mí y me dio la espalda.

—Bésame —siseó—. Échate sobre mí y bésame. Yo seguí sus órdenes, me coloqué sobre ella y busqué sus labios.

—Lena… —susurré de nuevo—. Lena, yo…

¡Maldita sea! Aquello no debía decirlo porque me lo había prohibido.

—Lena… —repetí con dulzura.

Su piel vibraba bajo la mía, todo su cuerpo se tensó. Sus muslos se abrieron y dejaron que me deslizara entre ellos.

—Hoy quiero que me tomes como nunca antes lo hayas hecho—susurró de un modo casi ininteligible—. No quiero dormir…,sólo quiero… —gimió, al notar que yo presionaba la pierna contra su punto central—. Sí…, eso es…, sí.

Mis pezones, que ya habían aumentado de tamaño, lo hicieron aún más y se aguzaron dolorosamente. Miré a Lena, debajo de mí. A ella le ocurría lo mismo. Sus maravillosos pechos estaban coronados por unos brotes erguidos, que atraían mis labios como si fueran un imán. Me incliné hacia delante y los lamí un poco, lo que le provocó un violento estremecimiento. Volvió a gemir.

Mi excitación fue en aumento en cuanto ella emitió su gemido.Noté que los fluidos emanaban en mi interior y pretendían salir para allanarle el camino a Lena para que pudiera tomarme como yo a ella.

—Oh, Lena… —susurré otra vez—. Lena… —Alcé sus brazos y lamí sus pezones, uno después del otro, dejando una huella húmeda, que iba de un pecho al otro.

—Yulia… —susurró Lena—. Venga… —Se movió con fuerza debajo de mí.

—Si esto tiene que durar toda la noche, quizá deberías conservar tus fuerzas —dije, satisfecha, mientras le mordisqueaba el pecho.

Ella gimió, suspiró y gimió de nuevo, se volvió y empujó sus caderas contra mí.

—Yo… no… Yo quiero sentirlo… sentirlo… —Su voz se extinguió con lentitud debido a su pesada respiración.

—Lo vas a notar todo —susurré, al tiempo que me deslizaba por su cuerpo, hacia abajo—. Todo. —Exploré con mis labios cada centímetro de su aterciopelada piel, manteniéndome así hasta que ella, impaciente, me empujó y me oprimió los hombros, en un intento de desplazarme hacia abajo.

—Por favor… —susurró—. No tardes tanto… —Sus caderas se agitaron. Hoy era una mujer muy ardiente.

—¿Me lo ordenas? —pregunté. Hacía mucho tiempo que no me daba órdenes.

—No… yo… por favor… —suplicó con voz tenue.

—Entonces debes esperar —afirmé—. Por favor, ten un poco de paciencia —dije, mientras le hacía cosquillas en el ombligo.

—¡¡Oooh!! —gritó, alzándose como encabritada. Luego jadeó —: Esto clama venganza.

—Muy bien. —Hice una mueca—. Pero más tarde.

Ella intentó tranquilizarse, controlar su respiración y ser menos vulnerable, pero no aguantó mucho tiempo. En cuanto la tocaba y acariciaba sus muslos con mis manos, su respiración se convertía en un intenso gemido, su excitación crecía e intentaba buscar salida.

—No voy a aguantar mucho más tiempo —dijo, mientras se volvía—. ¡Luego te vas a enterar!

—¡Oh, por favor! —Me tumbé a su lado boca arriba y extendí los brazos, al tiempo que me reía—. ¡Muéstramelo!

—¡Uf… uf…! —jadeaba como una locomotora de vapor,mientras intentaba tranquilizarse—. Ignoraba que pudieras ser tan perversa —dijo, con mucho trabajo.

—Nunca me habías dado la oportunidad —dije, con una mueca

—. La mayoría de las veces tú eres la potencia dominante.

—¿Y eso… no te gusta? —preguntó. Otra vez aquella inseguridad que yo no conocía.

Alcé los hombros.

—Así ha ocurrido desde el principio. Tú eras la mayor, la más experimentada: me parecía natural.

—¿De veras? —Lena se apoyó sobre los codos y me miró.

Algo no cuadraba allí. Hacía preguntas que nunca se le habrían pasado por la imaginación; para ella siempre había sido muy natural llevar la voz cantante. Y para mí también. No me molestaba, con tal de estar con ella.

—¿Por qué preguntas eso de repente? —inquirí.

—No lo sé. —Se dio la vuelta sobre la espalda y miró al vacío —. Quizá porque, a lo largo de mi vida he considerado naturales muchas cosas que a lo mejor no lo eran.

—¿Por ejemplo? —Arrugué el entrecejo.

«¿Dónde está Lena? ¿Es la mujer que tengo a mi lado?»,musité para mis adentros.

—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez cómo sería todo si no nos hubiéramos conocido? —preguntó. No quería respuestas; tan sólo deseaba formular algunas preguntas.

—¡Lena! Por favor… —Me erguí e intenté interpretar la expresión de su rostro. Parecía pensativa—. Por favor… —Tragué saliva—. Por favor, no me digas que desearías no haberme conocido nunca. —Mi estómago se contrajo a causa de la angustia.

—No. —Lena volvió la cabeza y me miró, igual que yo la miraba a ella—. No es que me hubiera gustado que ocurriera así. Sólo he preguntado si a ti te habría gustado.

—Tú… —Tuve que tragar saliva de nuevo—. Ya conoces la respuesta —dije, con acaloramiento. Mi voz no me obedecía.

Lena me daba miedo. ¿Quería separarse de mí? ¿Se había terminado todo?

—¿Has sido siempre feliz a mi lado? —preguntó.

Me parecía tener un nudo en la garganta.

—Lena… —susurré—, tú sabes…

—Ya sé que no ha sido así —dijo, y su voz sonó fría de nuevo—. En realidad no debería habértelo preguntado.

—Sí… Lena… —Me sentía totalmente turbada—. He sido feliz en muchas ocasiones, en todas las que he podido estar contigo.

—¿Siempre? —insistió.

—Por favor…, Lena…, no pongas en duda todas mis palabras. —Sentí que brotaba el sudor por todos los poros de mi piel—. Tú sabes, lo mismo que yo, cómo… cómo fueron las cosas al principio.

—Yo sé lo que te hice entonces —dijo Lena, en un tono frío —. Pero yo no sé si ésa fue la única vez.

—Sí, fue la única. De eso hace ya mucho tiempo y desde entonces hemos pasado muy buenos momentos juntas: en Aspen, aquí…, en todos los sitios.

«¿Cómo puedo convencerte y quitarte esos pensamientos de la cabeza?», pensé.

—¿Lo pasaste bien en Aspen? —preguntó.

—Ya te lo he dicho y es cierto —contesté—. Aspen fue maravilloso.

—Sí. —Enlazó las manos detrás de la cabeza y miró al techo—. Lo de Aspen fue muy hermoso.

—Y no sólo lo de Aspen —dije yo—. Cada segundo aquí…, en tu casa…, o en otro sitio… siempre ha sido bonito.

—Yo también me acuerdo de otras cosas —replicó con sequedad.

—Pero eso son pequeñeces, nimiedades —respondí—. Pero la mayor parte del tiempo todo ha ido muy bien.

Me miró con curiosidad.

—¿Qué es lo que ha ido bien la mayor parte del tiempo?

—Eso… eso es… —tartamudeé—. Bueno, todo. Sencillamente todo. Tú, yo, el mundo, la vida…

—La vida —dijo con una sonrisa—. La vida es lo más importante, ¿no es verdad? La queremos disfrutar.

—Claro, seguro. —Su sonrisa no me tranquilizaba en absoluto.

Parecía poco oportuna.

—Eso es lo que queremos disfrutar —repitió—. Todo lo que dure. —Se inclinó hacia mí. —Y ahora, ¡o tengo un orgasmo en los próximos tres minutos o te mato! —Se mostró tan risueña que yo, aliviada, me desplomé a su lado.

—Pues lo vas a tener —dije yo, en tono de broma—. Sólo depende de ti. Si eres tan rápida…

—Lo soy más todavía —repuso—. Sólo que tú me frenas. —Se irguió, se desplazó hacia abajo y se colocó sobre mi cara—.Ahora… —murmuró. Su voz temblaba a causa de la excitación—.Por favor…

Separé sus labios vaginales con mi lengua, dejé que su aroma penetrara en mis pulmones y agarré su trasero para poder sujetarla. Me sentí casi mareada ante la idea de que ella estuviera allí,sentada sobre mí. Sus muslos separados me rodeaban la cara y sus pechos oscilaban sobre mí.

Llevé mi lengua hasta su hendidura. Mucho, más aún, todo lo posible. Mi lengua pareció estirarse para fundirse con sus pliegues,mi humedad, su humedad, todo iba de un lado a otro. Noté su excitación en mis labios.

Penetré en ella y Lena gimió sobre mí de una forma profunda y vibrante. Su cuerpo acompañó a aquel gemido. Mi lengua percutía como un pajarito que aleteara hacia dentro y hacia fuera, como si la cabeza del ave entrara y luego saliera de nuevo para

tomar aire.

—¡Oh…, oh…, oh…! —Los suspiros de Lena sonaban rítmicos y cada vez más rápidos por encima de mí. Movió las caderas hacia delante y hacia atrás, y se agarró a los barrotes de la cama para no caer—. ¡Oh, Dios mío! Yulia…, lo haces tan bien… Esto es tan bueno… —murmuró, en un tono agitado.

Introduje mi lengua profundamente en su interior y con el pulgar acaricié su perla, que me hacía cosquillas en la nariz. Gritó, se levantó de mi cara y volvió a bajar. Una vez más tomé su perla entre mis dedos y la acaricié. Sus gritos fueron aún más intensos, tembló y sobre mí cayó un diluvio fluido. Lena casi no podía mantenerse sobre mi cara y mi lengua, pero no quiso darse por vencida.

Cambié de método y metí dos dedos en su interior. Lamí su perla con ardor, mi lengua la recorrió por encima, como si quisiera adueñarse de toda su humedad, mordí con ternura el pequeño brote, lo lamí de nuevo y lo desplacé hacia delante y hacia detrás.

Mi lengua describió una danza derviche sobre su minúsculo centro de placer, que cada vez se hinchaba más, hasta alcanzar un tamaño muy significativo.

—¡Venga…, venga…! ¡Oh…, ah…, sí…, sí! —Lena gemía y se revolvía convulsa sobre mi cara, como si quisiera participar en la danza derviche—. ¡Sí…, sí…, sí…! —Penetré en su interior y sujeté su perla con mis labios; luego los apreté, al tiempo que movía la punta de la lengua a toda velocidad—. ¡Síííííí! —Se quedó como petrificada.

Entonces se levantó, se sujetó con mayor fuerza a los barrotes de la cama y sus muslos temblaron en mis mejillas.Yo esperé hasta que se echó a un lado, se tranquilizó un poco y se tumbó en la cama junto a mí. Su pecho se elevaba y descendía con fuerza.

—Yo creo que no han sido ni tres minutos —dije, sonriente.

—Eso…. —jadeó— eso… creo… yo… también. —Su respiración fue calmándose poco a poco—. Y ahora voy yo. —Cerró los ojos—. Lo siento.

—No tienes que sentir nada. —La besé con los labios entreabiertos—. Tienes toda la noche ante ti.

—Humm… —Lamió de mis labios sus propios jugos—. Me has humedecido tanto.

—No creo que yo tenga mucho que ver en eso —dije, entre risas—. Eres tú misma la que te has excitado.

Ella se irguió de repente y se echó sobre mí.

eres la que me ha excitado —repuso—. Tú me pones muy cachonda. Y quiero que sea así toda la noche.

—¡Espero poder lograrlo! —dije, aún riendo—. Pero no te lo puedo garantizar.

Se deslizó sobre mí, pasó por mi pecho, que estaba sediento de sus caricias y abandonado a su suerte, y desapareció entre mis piernas. Noté cómo entraba en mí y me tomaba. Al cabo de muy poco tiempo llegué al orgasmo, porque mi excitación ya estaba disparada desde que ella se había colocado sobre mi cara.

Me crispé, me encabrité, me apreté contra los dedos de Lena, manteniéndolos con firmeza en mí, hasta que, por fin, pude relajarme y la bola de fuego que había en mi interior se deshizo,provocando una sensación cálida y agradable en mi vientre.

—¡Oh, Lena…! —jadeé—. Lena…, ha sido tan hermoso.

Se deslizó a mi lado y colocó su cabeza sobre mi pecho.

—Esta noche nunca acabará —murmuró—. Nunca, ¿me has oído? Su voz sonaba tan extraña que me vi obligada a asentir.

—Sí, nunca acabará. Nunca. —Yo también lo deseaba, pero no sabía si podría ser, porque junto a ella yo no me sentía segura.

Aquella noche experimenté una pasión por Lena que superaba todo lo que yo había vivido. Ella quería que yo la tomara,luego me tomaba a mí, y así hasta que caí rendida. Pero la energía que nos abandonaba durante un corto espacio de tiempo volvía otra vez y nos permitía comenzar como al principio.

Lena llegó hasta el límite del dolor, de su dolor, no del mío.

—Sigue…, sigue…, sigue —decía, exigente, cada vez que yo intentaba parar.

—Esto te tiene que doler —dije, con temor—. Ya estás casi llagada.

—No pasa nada —contestó—. Quiero sentir…, sentir…, sentir.

—Y de nuevo volvía a gemir, llena de placer, cuando yo entraba en ella. Movía las caderas y me succionaba hacia su interior.

Nunca se había mostrado tan incansable, ni siquiera aquella vez en el yate. Me preguntaba qué se proponía, pero no podía mantener mi pregunta durante mucho tiempo, pues su boca volvía a tapar la mía y sus sabias manos actuaban sobre el punto cúspide de mi éxtasis.

Cuando me fui a la mañana siguiente, no recordaba haber dormido ni un solo segundo.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jul 11, 2015 2:18 am

—Está muy bien que hayas venido —dijo Anita. Luego me dirigió una mirada de curiosidad, con la cabeza inclinada como si fuera un pájaro—. ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión? —La pregunta parecía inocente, pero estaba muy lejos de serlo. Quería saber toda la historia.

—Es que, de repente, he encontrado tiempo —contesté, para tratar de evadirme de la situación—. Además, me gusta mucho venir aquí.

—De repente has encontrado tiempo —repitió.

Nos sentamos en el jardín. Yo acababa de llegar y Anita me saludó junto con los otros dos compañeros que me habían llevado en su coche. Luego nos mostró cómo podíamos pasar la noche, lo que sólo significaba que teníamos que poner nuestros sacos de dormir sobre el santo suelo. Había tantos alineados que dudé si habría sitio para todos. El asunto sería más grave por la noche.Miré a mi alrededor, en el jardín.

—¿Has planeado hacer una barbacoa?

—Sí, siempre que la gente haya traído suficientes cosas para hacerla —dijo Anita, sonriente.

—Oh, lo siento, no lo sabía. —Aquello me resultó embarazoso

—. Pero he traído bebida, como de costumbre.

—No pasa nada —dijo Anita—. Creo que habrá suficiente. Y, a decir verdad, la bebida siempre es más importante que la comida.

—Me miró de nuevo con curiosidad, pero luego se levantó—. Voy a ocuparme de los demás. La última vez uno casi incendió media cocina porque no sabía cómo encender el gas. Les he prometido a mis padres que esta vez no quemaría la choza. —Rió y se dirigió a la casa.

Yo me quedé allí, mirando absorta hacia el bosque, que ocupaba todo el terreno alrededor de la finca. La región de Novgorod era tan rural que uno se sentía como en otro mundo, sobre todo después de dejar atrás la palpitante metrópoli de Moscú. Era un enorme contraste.

En mi cabeza reinaba un tremendo desconcierto. Pensaba en Lena y me preguntaba el motivo de su comportamiento, aunque eso ya lo venía haciendo desde los primeros días de nuestra relación. Pero, por aquel entonces, sabía tan poco sobre ella que todo lo que hacía me asustaba y me sorprendía.

Por supuesto, seguía sorprendiéndome, pues su comportamiento era muy poco previsible, pero algo había cambiado. Habíamos pasado una temporada maravillosa, casi como si fuéramos una pareja normal que hubiera decidido estar juntas para siempre. Pero ahora ella había creado entre nosotras una cierta distancia, me alejaba. Era de esperar.

Y, otra cosa más. No parecía convencida de su propia decisión;o más bien se mostraba insegura. ¡Lena insegura! Aquello resultaba algo impensable. Ella siempre sabía con total exactitud lo que hacía y lo que debía hacer a continuación, tenía en cuenta todas las posibilidades, sopesaba y valoraba las consecuencias. Daba

igual que fuera en el ámbito privado o en el laboral: todo lo tenía siempre bajo control.

Frente a ella yo me sentía pequeña, joven e inexperta, y a veces me superaban sus exigencias. De hecho, ella no pedía más de lo que esperaba y lo que esperaba era que no le exigieran emociones,compasión ni compromiso. Ella daba lo que había dispuesto para ese momento, nada más.

Pero en los últimos tiempos había dado mucho. Se mostraba dulce y comprensiva, y toleraba cosas que, en realidad, no deseaba. Había llegado a ser muy dulce si se la comparaba con la Lena de nuestros comienzos. A veces incluso me parecía demasiado blanda, demasiado dócil. Al principio, no iba con ella eso de dejar pasar las cosas o hacer la vista gorda. La perfección era una divinidad a la que siempre había adorado y ahora, de repente, ya no le parecía tan importante. Resultaba más sencillo

entenderse con ella, pero sus aristas, que antes me llegaban a molestar, ahora me gustaban. Es más, me gustaban en especial.

Una Lena sin esquinas ni aristas ya no era Lena.Pero tampoco era así. Una y otra vez tuve que acostumbrarme a sus repentinos cambios de humor. Sólo que ahora ese humor era más meditado, menos agresivo. Seguro que eso constituía una

ventaja, pero…Suspiré. El enigma Lena no se había descifrado: eso tenía que admitirlo. Hacía tiempo que la conocía, pero ¿la conocía mejor ahora? Seguro que no.

—Pareces algo ausente. —La voz de Anita me trajo otra vez al mundo real. Me pasé las manos por la cara.

—Ayer no dormí mucho. No sé cuánto tiempo voy a aguantar esta noche.

—Oh, no dormiste mucho ayer. —Noté cómo se elevaba un poco el tono de curiosidad en la voz de Anita—. ¿Puedo especular acerca del motivo?

—El motivo es… —Suspiré—. El motivo es que ayer no dormí mucho, eso es todo.

—Humm… —Anita me miró el cuello.

Yo me puse colorada como un tomate e intenté taparme con la mano el punto de mi cuello que despertaba su interés. Entonces me acordé… Aquella mañana me había echado un ligero vistazo en el espejo, y me vi el cuello… Sí, Lena no había pasado nada por alto, ni siquiera el cuello. Tenía un buen chupetón. Me había abotonado la camisa hasta arriba para taparlo, pero se me habían desabrochado algunos botones, lo que sirvió para alimentar aún más la curiosidad de Anita.

—Pues eso no te lo has podido hacer tú sola —dijo, con una mueca.

—Eso… eso… No sé lo que es eso —tartamudeé.

—Sólo conozco dos cosas que puedan provocar algo así —dijo Anita—. Una sanguijuela o un ser de naturaleza masculina. ¿Tienes una sanguijuela como mascota?

—No, claro que no. —La miré, irritada.

—Entonces sólo nos queda la segunda posibilidad —repuso.

No contesté y miré al suelo un tanto turbada, ante la disyuntiva de hablar sobre Lena con otra persona que no fuera mi madre y el deseo de proteger mi vida privada. Eso lo había conseguido hacer muy bien en el colegio. De todas formas, antes de conocer a

Lena nunca había tenido nada que ocultar.

—No es nada —dije yo—. Me habré golpeado con algo.

—O alguien te ha golpeado. —Era toda una indirecta.

Yo la miré. ¿Aquello era realmente tan ambiguo como parecía? Así me lo pareció y así lo indicaba la expresión de su rostro.

—No quiero hablar de eso —dije.

—Humm…, si lo quieres así. —Anita se sentó a mi lado en el banco y miró hacia el bosque, el prado y las flores.

Permaneció muda y su presencia me enervaba cada vez más. Moví un pie, las manos, mis nervios estaban sometidos a una tensión cada vez más creciente y acabaron por hacer que todo mi cuerpo temblara. Ya no pude aguantar más y salté:

—¡Sí, tienes razón! ¿Estás contenta? —Luego respiré aliviada.

—Sabía que tenía razón —dijo Anita.

—Si lo sabías, ¿por qué lo has preguntado? —La miré de soslayo.

—Porque siento curiosidad —dijo—. Estamos juntas desde el primer curso en el instituto, ya hace bastante tiempo, y a pesar de eso no nos conocemos en absoluto.

—No tenemos el mismo círculo de amigos —repliqué.

Anita asintió.

—Tu círculo de amistades está compuesto por personas que se interesan por el colegio, lo mismo que tú. Y yo no pertenezco a ese grupo.

La miré turbada.

—Oh…, bueno…, perdona. No sabía que te hubiera gustado sentirte integrada en ese círculo —balbuceé.

—No me hubiera gustado —dijo Anita—. Con vosotros, los aventajados, me sentiría pequeña y estúpida. Pero tú…, bueno,siempre he pensado que eras interesante. Por eso te he invitado en varias ocasiones. Por desgracia, nunca nos hemos tratado más a fondo.

—Aquí siempre hemos sido tantos… —Intenté buscar una disculpa. Nunca me habría imaginado que Anita hubiera sentido el más mínimo interés por mí. Debía de haberme dado cuenta. Nunca la había tomado muy en serio; siempre pensé que era muy

agradable, pero nada más. Era muy apreciada y parecía llevarse muy bien con todo el mundo. ¿Por qué, entonces, ese especial interés por mí? Nunca lo hubiera pensado.

—Creo que no es eso —dijo—. Eres muy reservada en lo que se refiere a las amistades.

—Soy tímida —dije ruborizándome.

—Ya lo sé. Cuando se habla contigo sueles desaparecer tan rápido que de ti sólo se ve una nube de polvo.

—Yo… —Tragué saliva—. Algunas personas me ponen nerviosa —respondí.

—¿Como yo ahora? —Anita hizo una mueca y yo la miré con una cara tan expresiva que no tuvo más remedio que reírse—.¡Seguro que sí! —Me miró de nuevo, ahora muy seria—. ¿Sientes miedo ante las personas? —preguntó.

—A veces —respondí—. Hay algunas que no son muy…agradables.

—¡En especial las chicas! —asintió—. Pueden maquinar gran cantidad de cosas. Los chicos, en cambio, son más inocentes.

Yo también asentí.

—Por eso, en muchas ocasiones prefiero mantenerme lejos. Si no te comunicas con la gente suelen dejarte en paz.

—Pero hay una persona —dijo, mientras señalaba mi cuello con el dedo— con la que sí te comunicas. Incluso de un modo intenso.

Vi a Lena ante mí. La noche anterior me pasó por los ojos como una película a cámara rápida, y también otros momentos en los que yo me había comunicado con ella de forma muy intensa,tal y como le gustaba decir a Anita. Me puse como un tomate.

—El color lo dice todo —apuntó Anita, satisfecha—. Pero no quiero atormentarte más con eso. Si no quieres hablar del tema…

—Se levantó.

—¡Sí quiero! —Apoyé la cabeza sobre las manos y la sacudí—.Me gustaría mucho hablar del tema. —La miré—. Pero no resulta tan fácil.

Anita se sentó de nuevo a mi lado.

—No es un chico de clase —dijo—, eso ya lo has dejado claro.

—Esperaba una explicación por mi parte.

¡No es un chico! ¿Por dónde debía empezar?

—Sí —suspiré—. No es nadie de nuestra clase.

—Alguien mayor. —Anita me observó con una mirada penetrante—. Seguro que es alguien mayor. Tú eres demasiado avispada para alguien de nuestra edad. Seguro que te sacaría de tus casillas. Y los chicos no pueden soportar que una sea más

inteligente que ellos.

—No soy inteligente —dije y apoyé de nuevo la cabeza en las manos—. Por desgracia no lo soy.

—Bueno, bastante sí que lo eres —dijo Anita, en un tono un tanto seco—. Créeme, yo puedo juzgarlo, porque yo sí que no lo soy. —Yo creo que tú eres más inteligente que yo —repliqué—. Tú no te buscas tantos problemas.

—¡Si supieras los problemas que tengo yo! —exclamó Anita—.Pero no vamos a hablar de ellos. ¿Tienes problemas con tu novio?¿No eres feliz con él?

—Soy… feliz. La mayoría de las veces —contesté.

—Entonces, ¿lo sois cuando estáis en la cama? —Anita miró con guasa el moratón de mi cuello.

Me subí el cuello de la camisa todo lo que pude.

—Sí —respondí.

—Una vida sexual satisfactoria es muy importante —dijo Anita

—. Eso ya es más de lo que tiene la mayoría.

Suspiré.

—Pero tampoco lo es todo. —Anita se mostró de acuerdo conmigo a raíz de mi suspiro—. Claro que no. ¿Son de otro tipo esos problemas?

—¿Cuánto tiempo se necesita para conocer de verdad a una persona? —La pregunta iba dirigida más a mí misma que a ella.

—Humm… —Anita se reclinó en el banco y estiró las piernas—. Ésa es una buena pregunta. Yo creo que una persona jamás llega a conocer a otra. Siempre hay algo que el otro se reserva. Y uno también lo hace de sí mismo.

—¿De veras? ¿Nunca? —pregunté, con aire infeliz.

—Bueno, pues sí. Las mujeres y los hombres somos muy distintos —dijo Anita—. Eso es una perogrullada y seguro que es lo que ocurre entre tu novio y tú. Él ve las cosas desde una óptica masculina y tú las ves desde una óptica femenina. Y son muchas las

veces que esas perspectivas no concuerdan.

«¡Si la cosa fuera tan sencilla como eso!», pensé y suspiré de nuevo.

—¿No crees que reside ahí el problema? —preguntó Anita.

Yo respiré hondo.

—No, ahí no reside el problema —dije—. Seguro que no.

—Si quieres conocerlo mejor, tienes que mostrar interés por sus aficiones. Ya sabes, el fútbol, los coches, las mujeres…

Tuve que mostrarme satisfecha.

—Los coches seguro que sí —dije. Claro que eso no significaba que Lena estuviera siempre montando y desmontando coches,como hacían muchos hombres. Ella se limitaba a comprarlos.

—Ése sería un buen punto de partida —afirmó Anita.

—Sí —contesté.

Anita me miró durante unos segundos.

—No es eso —dijo—. No tiene nada que ver con eso.

—No —contesté.

Anita se quedó callada otra vez. Luego noté cómo se colocaba a mi lado. Cuando la miré, estaba muy seria.

—¿Estás embarazada? —preguntó. Por un momento me quedé perpleja; luego solté una carcajada.

—No —dije, mientras negaba con la cabeza—. No, de eso nada. En ese sentido no debes preocuparte.

Anita respiró hondo. Al parecer estaba preocupada.

—¿Tomáis las precauciones adecuadas? —preguntó de nuevo.

—Claro. —Tuve que esconder una mueca—. Muy adecuadas,creo yo.

—Eso es algo que no se puede tomar a la ligera —dijo Anita—.La hija de unos vecinos nuestros…, la que decía que eso de tener cuidado no era algo que fuera con ella… Su novio se retiraba siempre antes de correrse. Pero se quedó embarazada y tuvo que abandonar el colegio.

—¿Abandonar el colegio? ¿Sólo por estar embarazada? —Me sentí perpleja; no veía la relación entre ambas cosas.

—Sus padres lo quisieron así. Ella quería abortar, pero se lo impidieron. Son un tanto…, bueno, religiosos. Y piensan que ella tenía que recibir su castigo por haber practicado el sexo a los dieciséis años. La sacaron del colegio y tuvo que ocuparse todo el tiempo del niño. Se acabó su juventud. Ahora es madre de la mañana a la noche. No sale, ni va a la discoteca ni al cine. Siempre está sentada en casa y, al parecer, los próximos años van a ser iguales.

—Terrible —comenté. Por un momento me alegré de no tener que preocuparme de esos temas. Si cada vez que me acostaba con Lena tuviera que ocuparme de tomar precauciones… No me lo podía ni imaginar. Así era mucho más sencillo.

—Sí, es verdaderamente terrible —dijo Anita—. Antes de enterarme no pensaba mucho en esas cosas, pero ahora sí lo hago.

—Por lo que a mí respecta, no debes preocuparte —afirmé—.No tengo ese problema.

—Entonces todo va bien. —Anita se dio un golpecito en el muslo con gesto decidido y se levantó—. Creo que debo ocuparme un poco de los demás invitados. Tampoco quiero marearte mucho más. —¡No me mareas! —Alcé la vista hacia ella.

—Pues pienso que sí —dijo, sonriente—. Si me quieres contar algo, acude a mí. Y, si no, pues nada. —Se dio la vuelta y se marchó.

La tarde transcurrió de un modo muy relajado. Estuvimos sentados en el jardín, algunos jugaron a la pelota, un poco como si estuviéramos en el jardín de infancia, aunque allí no había cerveza.

Cuando empezó a oscurecer, Anita encendió la barbacoa y un olor embriagador se difundió por el aire. El atardecer cayó sobre los prados y todo resultó muy romántico.

Pensé en Lena y en lo que me hubiera gustado que estuviera allí conmigo. ¿Qué estaría haciendo ahora? Tenía que diseñar una campaña, así que seguramente habría ido a la agencia, aunque a veces también trabajaba en casa. Estaría sentada en la mesa de su despacho, o en su habitación, ensimismada en la preparación de bocetos y enfurecida por tener que tirar sus ideas a la papelera.

Aquélla era su especialidad. Cuando trabajaba para una campaña,toda la habitación se convertía en una papelera. Por todas partes había papeles arrugados. A veces recuperaba algunos y concedía una segunda oportunidad al proyecto que contenían.

Su forma de trabajar me parecía un verdadero caos, pero los resultados sorprendían a sus clientes y, por lo tanto, eran los adecuados. Yo no podía actuar de ese modo, pero tampoco era una persona tan creativa como Lena. A ella las ideas le llegaban del aire y yo sólo podía pensar en sueños que me ocurriera algo así.

Soñar. Lena. Reí. Era bonito pensar en ella, aunque la echaba de menos.

—¿Salchichas?

Me asusté.Anita se sentó a mi lado y me entregó un plato de papel.

—¿Por qué me da la sensación de que no estás aquí sino en otro sitio? —preguntó.

—Sí, sí. Claro que estoy aquí. —Cogí el plato de forma precipitada y las salchichas estuvieron a punto de irse al suelo. Tuve que atraparlas al vuelo con la mano.

—¿Tan nerviosa te pongo? —preguntó Anita—. Entonces me voy.

—No, yo… —Me chupé los dedos, que se habían pringado con la salsa de las salchichas—. Sólo estoy algo cansada.

—Puedes echarte —dijo Anita—. Y ya nos veremos más tarde.

Negué con la cabeza.

—Creo que no merece la pena. Si me echo ahora no me levantaré hasta mañana.

—Entonces debió de ser una noche muy ardiente —dijo Anita con una mueca. Por supuesto, seguía sintiendo mucha curiosidad.

Y el moratón me impedía quitarle razón. Pero me limité a callarme.

—Sigo sin dejarte tranquila, ¿verdad? Ya sé que soy imposible.

—No lo eres. —Me quedé callada durante unos segundos y reflexioné—. Más bien pienso que soy yo la imposible —afirmé después.

Anita dio un mordisco a su salchicha, la masticó y luego miró al cielo.

—La primera vez que me enamoré —dijo— era como vivir en el paraíso y no me sentía capaz de pensar en nada. —Dio otro bocado y se quedó pensativa—. Pero creo que, cuando te vuelves a enamorar, ya no ocurre todo como al principio. Es una sensación

fantástica.

Una sonrisa de afecto se adueñó de mi rostro.

—Sí —dije en voz baja—. Una sensación maravillosa.

—Estás muy enamorada, ¿no es cierto? —preguntó Anita.

—Sí —afirmé de nuevo.

—¿Os conocéis desde hace mucho?

—Desde el verano pasado —dije yo.

—¡Guau! —Anita me miró—. ¿Desde hace tanto?

—Sí, ya hace bastante —confirmé, desperezándome.

No me había dado cuenta de que las relaciones entre mis condiscípulos duraban semanas y no meses. De hecho, Lena y yo éramos como una pareja que se conociera mucho. Pero a mí no me lo parecía: era como si nos hubiéramos conocido ayer.

—Nunca me lo hubiera imaginado —repuso—. Debe de ser algo muy especial.

Contraje la cara con una expresión de dolor. No me apetecía que Anita siguiera pensando que Lena era un hombre. No era correcto. Pero tampoco quería que corrieran por el colegio historias estúpidas acerca de mí. Hay algunas chicas que no tienen nada mejor que hacer que tejer intrigas en torno a tales informaciones y esas intrigas podían llegar a ser muy desagradables para los afectados. Con la selectividad tan cerca, yo no quería lidiar con unos problemas que había dejado de lado durante tantos años.

—Sí, es… —La miré—. Tú no tienes novio, ¿verdad?

Anita reaccionó de una forma curiosa. Su rostro, hasta ahora franco y amable, cambió de expresión. Anita se cerró en banda.

—No —dijo—. Ahora no.

Yo la miré más de cerca. ¿Sería cierta la idea que me había hecho de ella? ¿Tendríamos en común algo más de lo que yo pensaba?

—Hace poco he leído un libro —dije con cautela—. Se titula Un lugar para nosotras. ¿Lo conoces?

Anita se estremeció.

—¿Por qué debería conocerlo? —preguntó.

Las comisuras de mis labios se curvaron hacia arriba. Si no conocía el libro se hubiera limitado a decirlo y, si lo conocía pero no quería confesarlo, hubiera afirmado que no le había agradado.

—Entonces lo conoces —dije. Y eso tenía un significado para ella. Respiró hondo.

—Lo tengo en la librería de mi casa —afirmó.

—Yo también. —Hice una mueca. Ya estaba todo claro y ahora podía hablar sin rodeos con ella.

—Así que… —dijo—. Nunca lo hubiera pensado.

—Yo sí lo he pensado algunas veces… —Carraspeé—.Pensaba que eras muy agradable. Más que las demás.

Se dirigió hacia mí.

—¿Y por qué no me lo has dicho?

—Yo… yo… —El calor se adueñó de mis mejillas—. Soy muy tímida —susurré.

Anita suspiró.

—Y yo que creía… Bueno, tú siempre te has mostrado tan interesada por el colegio que era difícil valorar lo que te gustaba.

—Tú me gustas —dije—. Pero ya lo sabías, ¿no es cierto?

—No tan cierto —replicó—. Siempre has sido muy reprimida. Pensaba que no le dabas valor a los amigos.

—Bueno, sí, amigos… —Reflexioné—. En general no se puede decir. Pienso que mi tiempo es demasiado valioso para pasarlo en bares o discotecas, bebiendo y fumando, y sin hacer nada más. Nada importante. Eso es perder el tiempo. Y, además —reí—, no soporto el humo del tabaco.

—La mayoría van a los bares para encontrarse con gente, y lo entiendo —dijo Anita.

—Sí —asentí—. Lo he intentado un par de veces, pero es muy aburrido. Es mucho más emocionante quedarse en casa leyendo un libro. Por lo menos ahí sí ocurre algo.

Anita arqueó las cejas.

—Eres algo fuera de lo normal —dijo—. Tenemos un par de empollones en clase y al principio pensé… Bueno, pensé que tú, al sacar siempre tan buenas notas, estabas entre ellos. Pero ahora…ahora creo que no eres así.

—No —respondí—. Las notas no significan nada para mí y tampoco estudio demasiado. Me limito a leer mucho, todo lo que cae en mis manos. Se empieza por Goethe y se pasa por los libros de historia hasta llegar a los cómics. —Hice una mueca—. Adoro Astérix.

—Y así aprendes sin tener que esforzarte —dijo Anita—. ¡Sí que te envidio! Yo tengo que empollar como una burra para enterarme de algo.

—Si quieres podemos estudiar juntas. No veo nada en contra.

Anita se quedó significativamente callada durante unos segundos.

—¿Pero tú estás comprometida? —preguntó.

—Sí, lo estoy. —Era una pena que Anita y yo, antes, no hubiéramos… Pero las cosas habían salido así.

—Es… —Tragó saliva—. ¿Es cariñosa? —Rechazó su propia pregunta antes de que yo pudiera contestarla—. ¡Claro que lo es! De lo contrario, no llevarías tanto tiempo con ella.

Yo no estaba tan segura de eso.

—Ella es… —Tuve que pensármelo—. Es fascinante —respondí. Era una sensación muy rara eso de hablar con Anita sobre Lena.

—¿Cómo se llama?

—Lena —respondí—. Se llama Lena. —Y mi rostro reflejó una expresión soñadora.

—Y es mayor. —Anita sonrió con ironía, pues estaba segura de que su suposición era muy acertada.

—Sí —corroboré—, es mayor que yo.

—Hubiera podido apostarlo —repuso—. ¿A qué se dedica?

—Tiene una agencia de publicidad. —Me interrogaba como si tuviera todo un repertorio de preguntas en la cabeza.

—Una agencia de publicidad —asintió, con aprobación—. ¿Es suya?

—Sí. —Yo ya había perdido las ganas de jugar más a preguntas y respuestas. Pero las preguntas venían de un lado y las respuestas salían del otro—. ¿Qué pasa contigo? ¿Tienes novia?

—Ahora no —respondió y de nuevo apareció en su rostro aquella expresión cerrada que había visto en ella la primera vez,cuando le formulé la misma pregunta, pero referida entonces a un chico. Era mejor no ahondar más en aquel tema.

—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunté—. Quiero decir…, que te gustan las chicas.

—Oh. —Anita se rió—. En realidad lo sé desde que tengo ocho años. Entonces me enamoré por primera vez de mi profesora.

—Y lo supiste de inmediato, ¿verdad? —Tuve que admitir que, en mi caso, la cosa había tardado más tiempo.

—Bueno, no lo supe. De muy pequeña una no piensa en esas cosas. Las cosas se limitan a ocurrir así. —Anita se mostró satisfecha—. Seguía a la profesora, nunca la perdía de vista y estaba siempre tras ella, pisándole los talones. Yo creo que se sintió

un tanto acobardada.

—¡Por una niña de ocho años! —No tuve más remedio que reírme.

—Sí, una niña pequeña puede llegar a ser muy cargante. —Anita hizo una mueca—.Si yo fuera profesora no me gustaría que me ocurriera algo así.

—¿Quieres ser profesora? —pregunté, con interés.

—Me lo estoy pensando —respondió—. Pero aún no estoy totalmente decidida. —Me miró—. ¿Tú también?

—No —negué con la cabeza—. Quiero ser periodista.

—¿De veras? —Anita frunció el entrecejo—. Yo creo que no sería capaz. Eso de tener que irme al extranjero, por ejemplo.

—¡Ése sería el mejor trabajo que podría conseguir! —Reí yo—.Aunque lo más probable es que aterrice primero en la redacción local de algún periodicucho de provincias y tenga que escribir artículos sobre los criadores de conejos.

—Seguro que resulta emocionante —bromeó Anita.

—Sí, a lo mejor hasta aparece una criadora… —dije con cierta guasa. ¿Por qué no había hablado antes así con Anita? Era tan bonito poder charlar con alguien con toda franqueza—. En el colegio te he visto con algún que otro chico —continué.

—Ah…, eso… —Anita hizo un gesto—. Eso es siempre un problema. Me gustan los chicos, claro que no como las chicas, sino como colegas. Los chicos no son tan caprichosos, con ellos se pueden hacer muchas cosas y algunas bastante interesantes. Pero cuando pasas mucho tiempo con ellos, piensan…, bueno, piensan

que de alguna forma les interesas. Y entonces la cosa se vuelve…abrumadora.

—¿Tan malo es? —inquirí—. Yo siempre me he mantenido alejada de esas experiencias.

—¿Alguna vez te ha besado un chico? —preguntó Anita—.¡Brrrr! —Sacudió la cabeza—. ¡Es asqueroso!

—Nunca lo he probado —afirmé.

—Pues puedes alegrarte —dijo Anita—. Olvídalo, porque no merece la pena. Y, además, a ellos siempre les pasa lo mismo en los pantalones y quieren que les metas mano. Es repugnante. Y si no deseas hacerlo se termina la amistad. Dejan de tener ningún interés en ser tus colegas.

—Es una pena —dije, compasiva. Comprobé que a Anita le molestaba todo aquello.

—Sí —replicó—. Con los hombres no se puede empezar nada, pero con las mujeres tampoco. —Miró al vacio.

¡Vaya!, ahora tenía un nuevo tono de voz. Hasta ahora había sonado divertido, pero empezaba a parecer triste.

—Yo… lo siento —tartamudeé, confusa—. Pero Lena…

Anita volvió la cabeza hacia mí.

—No me refería a ti —dijo, con una leve sonrisa—. No pensaba en eso.

«¡Uff!» Me sentí aliviada. Por un momento había creído que…

—¿Has tenido malas experiencias con hombres? —pregunté.Ella sacudió la cabeza.

—Con los hombres no he tenido malas experiencias —respondió, y luego hizo una pequeña pausa—. El problema son las mujeres.

Yo no podía hablar mucho sobre ese tema, pues Lena era la primera mujer en mi vida. Además de mi madre, que era muy cariñosa.

—¿En qué sentido? —pregunté.

Anita me miró, pensativa.

—Tú misma lo has dicho, no siempre has sido feliz con…—Danielle —completé, al apreciar que había olvidado el nombre y titubeaba.

Anita asintió.

—Entonces debes de saber de qué problemas hablo.

—Yo creo que no soy la persona más indicada. —Me ruboricé, pues pensaba que mis problemas con Lena eran de índole distinta a los que se refería Anita.

—En realidad siempre es lo mismo —murmuró, para sí misma—. Primero hacen una promesa, luego todo es muy bonito y,cuando parece que se va a llegar a algo, te dejan en la estacada.

Eso yo no lo podía decir de Lena. Ella nunca me había dejado en la estacada. A veces era algo desconsiderada y yo no entendía sus reacciones.

—¿Te ha dejado tu novia en la estacada? —pregunté—. ¿Cómo lo ha hecho?

—¿Que cómo lo ha hecho? —dijo Anita—. Se dio cuenta, de repente, de que prefería a un hombre.

«Ah, esa forma de dejar en la estacada», pensé.

—Aún somos muy jóvenes —dije yo—. Algunas aún no saben en qué parte están.

—¿Acaso la defiendes? —Anita me miró.

—No, no, claro que no. —Alcé las manos—. Debió de ser terrible para ti. Yo no sabría qué hacer si… —Si Lena, de repente, decidiera irse con un hombre. Ya había tenido problemas con ese Spyros, que en realidad no constituía ningún peligro…

—No te lo deseo —dijo Anita—. Lena… es…, quiero decir,¿le gustan sólo las mujeres?

—Sí —contesté y me dio la sensación de que Anita era mi consejera.

—¿Estás totalmente segura? Bueno, dicen muchas cosas cuando…, cuando quieren algo de ti. O cuando estás en la cama con ellas. —Su risa sonó un tanto hueca.

—Lena es… Bueno, sí, ella nunca miente —respondí—. Y así me lo ha dicho. —Era cierto que no mentía, y una se podía fiar de eso, pero por desgracia se le daba muy bien callarse gran parte de la verdad. De todos modos…, en el Egeo afirmó algo y yo

podía estar segura de que lo que se callaba no tenía nada que ver con esto.

—Todas mienten —dijo Anita y su voz sonó muy amarga.

—Anita… —Coloqué mi mano sobre su brazo—. Lo siento mucho, ella debió de hacerte mucho daño.

—¡Oh, sí, sí que lo hizo! —Anita expulsó el aire de sus pulmones—. Pero no tiene sentido pensar en eso. Intento olvidarlo,aunque no lo consigo del todo.

—Si quieres hablar… —dije yo.

Anita me miró.

—Pues en realidad no. —Escondió la cabeza entre las manos—.Por otra parte… -continuó—, hubiera sido bonito haberlo podido hablar.

—Entonces hazlo —repuse—. Te escucho.

—Ella… La conocí en una fiesta en casa de mis padres —dijo en voz baja—. Son empresarios y una vez al año celebran una gran recepción para sus clientes, proveedores, colegas y gente así. Yo lo odio pero, desde que me sienta bien el traje de noche, mis padres me condenan a asistir a sus recepciones.

—¿Tú? ¿Con traje de noche? —La miré fijamente.

—Tengo un aspecto terrible —dijo Anita—. Pero mis padres piensan que es lo que debo llevar. Este año espero convencerlos para poder ir con pantalones. Si voy… Su voz se quebró y miró al suelo.

—¿Ella también irá? —pregunté.

—Sí. —Se irguió—. Seguro que va. Ahora está comprometida con el hijo de uno de los colegas de trabajo de mi padre.

Observé con compasión la cara de Anita, muy pálida a causa de la tensión.

—¡Me lo podía haber dicho! —explotó—. ¡Sólo con que me lo hubiera dicho! —Se frotó la cara—. Pero no hubiera servido de nada. Me enamoré de ella desde el primer momento. Era maravillosa. —Su voz adquirió un tono de entusiasmo—. Tan bella,

tan suave, tan cariñosa. —Se irguió—. Hasta que dejó de ser tan cariñosa. Al final ya no quedaba ni rastro de ese cariño —dijo, en tono áspero.

—¿Quieres decir que lo tenía planeado desde el principio? —pregunté.

—Creo que sí —respondió—. Después me enteré de que yo había sido la primera mujer para ella. Y puede que no fuera la última, incluso aunque se case, porque, pura y llanamente, lo necesita. Le da igual lo que precisen los demás. Lo único que cuenta para ella son sus necesidades.

—Suena horrible —dije.

—Y lo es —replicó Anita—. Lo era —se corrigió—, porque ya es agua pasada.

—¿Hace mucho? —pregunté.

—Dos semanas —respondió—. Pero parece que hubiera sido ayer.

—¿Y cuánto tiempo duró la historia?

—Medio año —dijo Anita—. En total. No siempre nos podíamos ver.

«Medio año. Eso no es mucho menos de lo que nos conocemos Lena y yo. Si me pasara eso… Por favor, no. Por favor, por favor, no», pensé y sentí un escalofrío.

No obstante, en los últimos tiempos el comportamiento de Lena era muy extraño.

—No quiero asustarte —exclamó Anita. Había observado el cambio de expresión de mi rostro—. Hubiera sido mejor no contarte nada.

—Sí, sí, está bien —dije yo—. Es que… ¿cómo se sabe?Quiero decir, ¿notaste algo antes… antes de que ocurriera?

—¡Yo llevaba puestas unas gafas de color rosa! —Su risa era amarga—. Quizá lo hubiera podido ver, pero no quería.

—Pero…, ¿qué…? —En realidad yo no estaba segura de querer saberlo.

—¿Que cómo se reconoce? —Anita alzó los hombros—.Bueno, pues… citas acordadas previamente y para las que, de repente, ella ya no tenía tiempo y debía irse de inmediato, justo después de haber llegado. Miraba todo el tiempo el reloj. Tenía

ganas de sexo, pero no de mucho más. Nada de hacer planes juntas. Me hacía sentir que pensaba en miles de personas antes que en mí. Siempre que llegaba había otra persona allí o me decía que había quedado con alguien y que yo no podía ir. Y en algún momento…, en un momento determinado, también se acabó el sexo, de un segundo a otro. Se levantó de la cama y me dijo: esto es todo. Finito.

Aquello sonaba espantoso, a pesar de que ella intentaba imprimirle un tono risueño.

—¿Lo ves? Yo tenía que haberme dado cuenta, debía haberme dado cuenta exclamó.

Sacudí la cabeza.

—Así, como ahora lo cuentas, seguro que no lo sentiste en ese momento —afirmé.

Anita suspiró.

—Son pequeñeces. Una da paso a la otra. Al principio no te llama demasiado la atención, luego sí, pero ya has conseguido acostumbrarte a ciertas cosas. No se trata de esto o de aquello,sino de: «¿Lo entiendes, cariño?, ahora no tengo tiempo». Claro,

por supuesto que lo entiendes. ¡Eres tan comprensiva!

—Anita. —Le acaricié la espalda. Se había echado hacia delante y apoyaba la cara en sus manos. Ella no reaccionó y yo seguí con mis caricias. Por fin levantó la cara. Estaba húmeda por las lágrimas.

—No puedo más —susurró—. La vida sigue y una no debe mostrar lo que siente.¡Esto es una mierda!

—Sí, sí que lo es —dije. Conocía muy bien aquella sensación,porque no se lo había contado todo a mi madre…

Anita se levantó y entró en la casa. Ya se había hecho de noche. Los demás no estaban interesados en nuestra conversación y ella,para no tener que contestar ciertas preguntas, no quería que vieran que había llorado.

Aguardé un momento y la seguí. No sabía si era lo correcto,pero esperaba que me dijera si quería estar sola o no.Oí que estaba en el baño y me senté en el suelo, en un rincón de aquella habitación tan grande. Todo estaba cubierto de sacos de dormir.

Algunos ya estaban preparados. Era bastante confortable.Me rodeé las rodillas con los brazos y esperé a Anita.Salió del baño y fue a la cocina a coger algo de beber de la nevera. Cuando regresó con una botella, me vio allí sentada. Se quedó perpleja. Luego levantó la botella con signo interrogante.

—¿Quieres beber algo?

—No, gracias —negué con la cabeza y la miré—. ¿Te molesta si me quedo aquí? Luego saldré otro rato.

—No me molestas. —Anita se acercó y se sentó a mi lado, en el rincón—. Me parece muy bien estar a solas contigo.

Me reí.

—No tengo la impresión de que estés sola mucho tiempo.

—Sí, es cierto —Anita asintió—. Pero una siempre está sola con sus pensamiento¿no te parece? ¡Sobre todo con estos pensamientos! —Bebió un trago de la botella—. Esto, hasta ahora, no se lo había podido contar a nadie.

—¿Tampoco a tus padres? —pregunté yo.

—¿A mis padres? —Anita me miró, atónita—. ¿Estás loca? ¡A mi madre le daría un ataque al corazón!

—¿Y tu padre? —pregunté.

—Bueno, mi padre es un buen tipo, pero sólo le interesan los negocios. Y mi hermano es el que va a heredar; a mí no me tienen en cuenta. —Me miró—. ¿Tú se lo has contado a tus padres?

—A mi madre —dije—. Mi padre no vive con nosotras.

—¡Ah! —exclamó—. ¿Y cómo reaccionó tu madre?

—Bien —respondí—. Creo que lo sabía antes que yo. —Me eché a reír.

—Tú sí que tienes suerte —dijo Anita.

—Sí, sí la tengo.

—¿Tu madre conoce a Lena? —preguntó.

—De vista —contesté—. Nos encontramos una vez por la calle, por casualidad.

—¿Y sabe que Lena y tú…? —Hizo un movimiento muy significativo con la mano.

—Sí, lo sabe —dije.

—Pero no quiere que Lena vaya a vuestra casa, ¿verdad? —Anita parecía un tanto sorprendida.

—No, no —repliqué—. Pero Lena es… Bueno, con ella no resulta tan fácil.

—Tessy no tenía nada en contra —dijo Anita con desprecio—.Mientras yo no le contara a mis padres lo que había entre nosotras.

—¿Entonces ante tus padres siempre hicisteis como si…?

—Como si fuéramos sólo amigas, unas amigas normales —respondió—. Tessy finge muy bien. Lo más probable es que siempre haya actuado así. —Su voz volvió a tener un tono de amargura—. Tenía que haber desconfiado. Ella estaba muy acostumbrada a eso.

—No te lo reproches —dije yo. Coloqué mi mano sobre su hombro.

Parecía haberse quedado petrificada, pero se dejó caer sobre mi hombro.

—Todo es muy complicado —prosiguió—. Mis padres no preguntaron ni una vez por qué no venía. Para ellos estaba claro. Y ahora ella se ha… ¡comprometido! —Escupió la palabra—. Para una mujer como mi madre es natural que eso sea lo más importante

para otra mujer. Cuando llega un hombre, las amigas se dejan a un lado. Se quedó muy sorprendida de que yo me quejara. ¡Eso sin mencionar el hecho de que si hubiera sabido el tipo de amiga que era Tessy…!

—Una situación complicada —dije—. Yo nunca le he mentido a mi madre —me interrumpí. Casi acababa de decir una mentira—.Ocultarle algo a una madre es muy duro —continué. Eso lo había podido sentir yo en mis propias carnes.

—Yo estoy acostumbrada —replicó Anita—. Lo he tenido que hacer siempre. Mi madre no lo hubiera entendido si se lo hubiera contado. No sólo este asunto con las mujeres. Mi madre piensa que la vida transcurre de acuerdo con un plan que está

predeterminado desde un principio. Tanto para los hombres como para las mujeres. No puede haber desviaciones. Yo me di cuenta enseguida de que no encajaba con sus esquemas de mujer. Lo mismo ocurría con las falditas rosas, las camisas y los vestiditos con los que me vestía cuando era niña. Yo lo odiaba. Eran muy poco

prácticos y además se ensuciaban muy rápido. ¡Y el color era horrible! Pero eso se solucionó por sí mismo, ya que yo no podía llevar puesto un vestido más de diez minutos seguidos sin que se rompiera. —Se echó a reír—. La cosa se puso mal para mi madre y por eso me compró pantalones de cuero. Unos pantalones de

cuero de chica con un corazón rojo en el peto, pero eso ya fue un gran paso.

Desde que conocía a Anita sólo la había visto con pantalones. No me la podía imaginar con falda.

—¿Eras así de salvaje? —pregunté, muerta de risa.

—Aún más salvaje —respondió—. Trepaba por las vallas y los árboles, escalaba los tejados de los garajes y les tiraba a los niños bolas de arena mojada, que preparaba en el arenero. Así era como transcurría mi día.

—Nunca me lo habría imaginado —exclamé—. No te conozco en absoluto.

—Bueno —Anita se mostró satisfecha—, desde que llegué al colegio cambiaron muchas cosas. Tuve que estudiar mucho para poder continuar. Tuve profesores particulares en casi todas las asignaturas. Mis padres preferían pagar antes que arriesgarse a que suspendiera. Eso hubiera sido una vergüenza para el negocio¿Cómo se lo iban a contar a los clientes? Si algo tan inofensivo como suspender podía suponer una vergüenza, me podía imaginar cómo reaccionarían esos padres si se enteraban de que tenían una hija lesbiana. La tenían, pero no lo sabían.

—No has tenido una vida muy sencilla —dije.

—Bueno, por lo general se soportaba —afirmó Anita—. Y algunos de mis profesores particulares eran muy majos.

—El colegio debió de ser un horror para ti. ¿Y quieres ser profesora?

—Puede que sea por eso —dijo—. Para que los niños tengan un futuro mejor.

—¡Eres una persona extraordinaria! —Exclamé con admiración

—. Piensas más en los demás que en ti misma.

—No lo sé —dijo Anita—. Yo creo que lo único que no quiero es ser tan autónoma como mis padres. Es muy agobiante. Un trabajo de funcionaria me parece menos abrumador.

—Puede ser. —Aquél era el motivo por el que yo nunca querría ser funcionaria. Sólo con pensarlo ya me aburría.

La mano de Anita se paseó, como perdida, por mi pierna,mientras aún estaba apoyada en mi hombro.

—Tessy siempre decía que un alto funcionario con mucho dinero era un auténtico sueño. Todo lo paga el Estado, no hay problemas de desempleo y, al final, consigues una buena pensión… Quizás es por eso que me seduce tanto la función pública dijo, y luego se calló.

Aquella tal Tessy le había sacudido unos cuantos golpes, eso se notaba. Y también noté que la mano de Anita acariciaba más mi pierna e iba para arriba. Ella pensaba en Tessy, se sentía sola y yo estaba allí. Era una reacción comprensible. Pero no…, no podía ser…

—Anita —susurré—. No.

—¿Por qué no? —susurró ella, a su vez.

Al mirarla, comprobé que sus ojos volvían a estar llenos de lágrimas. Me daba tanta pena. A pesar de todo, no podía.

—Anita, por favor —murmuré—. Sabes que no está bien. —Frené su mano con la mía.

Ella se apoyó con la otra mano, la subió y me besó. Su beso fue dubitativo, suplicante, agridulce, como yo nunca había probado antes, y estaba salado a causa de las lágrimas. No tenía nada que oponer. Llena de turbación, dejé que me besara. Ahora no podía detenerla y hacerle aún mas daño. Ella misma era la que tenía que darse cuenta de que aquella no era la solución. Su beso se hizo más violento y apasionado. Se arrimó a mí,introdujo una de sus piernas entre las mías y me acarició el pecho…

—Anita… —Intenté separarme de ella con delicadeza—. No puede ser. Por favor, entiéndelo. No puedo.

—Lo siento. —Anita se echó hacia atrás, arrimándose a la pared—. Perdóname, por favor. No era… Yo no quería. Es como si…—Tragó saliva—. Siento no haberme podido dominar. No volverá a ocurrir. —Se levantó de un salto y salió a la carrera.

¿Qué podía hacer yo? ¿Acababa de conocer un poco mejor a Anita, me alegraba de tener tantas cosas en común con ella y ahora me encontraba de nuevo enterrada bajo un montón de ruinas? La vida, a veces, es como una montaña rusa, en eso la gente tiene razón. Esperé un momento para rehacerme. ¿Debía ir detrás de Anita o no?

Bostecé. Sí, no había dormido casi nada la noche anterior y lo notaba.

Me levanté y busqué en el suelo hasta encontrar mi saco de dormir. Me pareció que era lo más adecuado. Anita debía tranquilizarse y yo estaba demasiado cansada como para poder permanecer despierta durante mucho tiempo más. Me quité los pantalones y me metí en el saco.

Pude comprobar que había sido una buena idea, pues nada más subir la cremallera del saco ya me había quedado dormida.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Dom Jul 12, 2015 9:22 pm

Soñé con sardinas en lata y al despertar me di cuenta del motivo: estaba acorralada por los cuatro costados. A izquierda y derecha se agolpaban sacos de dormir con contenido humano. Había muy poco sitio en el suelo.

Debía de ser muy temprano y todos parecían dormir. O habían estado bebiendo hasta horas muy tardías y les resultaba difícil despertar. Yo no me había enterado de nada. Podían haberse tumbado a mi lado uno después de otro o haber entrado en tropel, pero yo ya dormía como un lirón.

Ahora ya me sentía descansada y fresca. No quería dormir. El misterio era averiguar cómo salir de aquella lata de sardinas sin romper los huesos de ninguno de mis compañeros de dormitorio. Intenté volverme a la derecha. No pude. Los cuerpos estaban tan pegados que ni siquiera podía darme la vuelta. Sólo había una posible escapatoria: hacia arriba. Abrí la cremallera de mi saco, lo que provocó que también se abriera la del vecino, pues se había quedado enganchada a la mía. El chico murmuró algo e intentó volver a taparse pero no pudo, porque yo sujetaba mi cremallera para intentar levantarme. Luché con la cremallera y tensé mis músculos, todo al mismo tiempo, para tratar de ponerme vertical.

Quien lo haya intentado alguna vez sabrá de lo que hablo. Sin embargo, de alguna forma conseguí ponerme de pie y traté de abrirme camino entre las montañas de sacos. Fue totalmente inútil.

Adelanté un pie, lo que me sirvió para cosechar algún que otro gruñido malhumorado, y luego hice avanzar el segundo pie. El resultado fue el mismo. De esa forma conseguí llegar hasta el borde del campamento de sacos de dormir. Una vez allí, me apoyé en la pared y miré el camino que había recorrido. Ya no había ningún hueco en el lugar en el que yo había estado tumbada hacía poco; los otros se habían movido hasta invadirlo. No me quedaba muy claro cómo había podido dormir en un espacio tan reducido.

Pero ahora tenía ganas de tomarme un café y dirigí mis pasos hacia la cocina. Era pequeña, pero disponía de cafetera, y me sorprendió que ya humeara allí el café caliente. Alguien debía de haberse levantado antes que yo. Cogí una taza, vertí café en ella y luego añadí leche en polvo. No había leche fresca. Con la taza en la mano, salí pegada a la pared para intentar no pisar a nadie, lo que conseguí sólo en parte.

Anita estaba sentada en el banco que había delante de la casa y agarraba su taza con las dos manos.

—Buenos días —dije, sonriente.

Ella miró hacia arriba con aspecto turbado. Me senté a su lado.

—Me encanta esta niebla matutina —dije, mientras miraba por encima de los árboles, en los que la niebla, suave como el algodón, colgaba en forma de telas de araña.

—A mí también —dijo ella en voz baja. Me pareció que sus manos agarraban la taza con más fuerza.

—¿Siempre te levantas tan pronto? —pregunté, y bebí un trago del ardiente café.

—No siempre —respondió—, pero hoy… —Se volvió hacia mí con un movimiento brusco—. Tengo que disculparme otra vez contigo. —Su voz sonaba angustiada, como haciendo de tripas corazón—. Por favor, olvida lo que pasó ayer.

—No lo voy a hacer. Y no quiero hacerlo —dije, mirándola—.Por favor, no te hagas reproches —continué—. No ha pasado nada. Además, me alegro de que por fin hayamos podido hablar de todo y de que nos conozcamos un poco más.

—Seguro que no te ha gustado nada lo que has conocido de mí—replicó.

—Sí —dije—. Me ha gustado. —Miré su cara, que había desviado de mi vista porque sentía una vergüenza terrible—. Me has gustado mucho como persona. Y aún me gustas. Siento mucho que yo no…

—Está bien. —Levantó la mano, sin mirarme—. Por favor, no lo menciones. Te lo agradecería mucho.

—De acuerdo. —Me mantuve callada a su lado y ella contempló el paisaje, también sin hablar.

—Lena es… ¿es tu primera novia? —preguntó, al cabo de un rato. Quizás en aquellos momentos aquella pregunta podía resultar un tanto embarazosa para mí, pero…

—Sí —respondí.

—¿No ha habido nadie en clase que te haya interesado?

—Aparte de ti, nadie —contesté y sonreí levemente.

—Podemos…, quiero decir, en clase…, ¿podemos seguir igual que hasta ahora?

—¡Cómo no…! —exclamé perpleja—. Si tú lo quieres.

—Pensé que a lo mejor preferirías… —contestó ella.

—¿Yo? No. —Sacudí la cabeza—. Me alegraría de que a partir de ahora fuéramos mejores amigas que antes.

—¿Te alegraría? —Me miró, sorprendida.

—¿Y por qué no? —contesté—. Nos entendemos y nos gustamos. Somos… —titubeé.

—De la misma acera. —Anita terminó la frase y, poco a poco,se dibujó una sonrisa en su rostro—. Eso está muy bien.

—Sí, yo también lo pienso —dije—. Y no veo ningún motivo por el que no podamos ser amigas. Platónicas.

—Platónicas. —La sonrisa de Anita se hizo más abierta—.Tienes miedo de que pueda volver a molestarte, ¿no?

—No —negué con la cabeza—. De verdad que no. Y tampoco fue una molestia. Te entendí bien. Si yo estuviera en tu situación…

—No hubieras sido tan idiota como para irte con alguien como Tessy —dijo.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté—. Podría haber sido justo lo contrario. Todos ansiamos ternura y amor.

—Amor, sí. —Anita respiró hondo—. ¿Pero alguien sabe de verdad lo que es eso?

La miré.

—Yo creo que tú lo sabes —dije, con dulzura—. Y yo también me puedo hacer una idea de lo que es. Es un sentimiento tan profundo que nadie lo puede explicar, pero que se reconoce en cuanto uno lo siente.

—¿Crees que hay personas que no pueden amar? —preguntó Anita.

«Bueno, no me gustaría encontrarme con un témpano así»,pensé. Anita se refería, por supuesto, a Tessy, pero si pensaba en Lena…

—No lo sé —respondí—. No me lo puedo imaginar.

—Pero ella… —Anita tragó saliva— … ella me dijo que me quería y poco tiempo después…

—No la conozco —encogí los hombros—, pero quizá para ella no significa nada decir algo así. Se limita a decirlo. A cualquiera.Anita se derrumbó.

—Sí —susurró—, puede ser.

—Lo siento —dije y le puse una mano sobre el hombro—. No debería haber dicho eso.

—Pienso que es cierto —contestó Anita en voz baja—. No debe significar nada para ella. Ni lo que dice ni lo que hace tienen ningún significado para ella. Todo fue solo…

—No te atormentes —repuse—. Las cosas no van a mejorar.

—¿Por qué habré sido tan tonta? —Anita me miró, interrogante,y con los ojos húmedos.

—Sólo por estar enamorada no se tiene por qué ser tonta —protesté, en defensa de mis propios intereses—. A veces hay que buscar mucho hasta encontrar lo adecuado.

—¿Crees que tú has tenido que buscar mucho? —preguntó.Me había atrapado donde ella quería. Titubeé.

—No —dije—. No lo creo.

—¿Piensas que Lena es la persona adecuada para ti? —Arqueó las cejas.

Pensé en la forma en que Lena perdía los estribos, en su falta de sentimientos y en todo lo que había vivido con ella y que no había sido muy agradable. Pensé en su rostro, en su sonrisa, en los pequeños gestos con los que me demostraba que sentía algo por mí y que no quería perderme, y sentí calor en el corazón.

—Sí —dije—, eso es lo que pienso.

—Deseo que tengas razón —dijo Anita—. Tessy era…, bueno,no era mi primera mujer, pero por sentimientos sí que podía haberlo sido. Fue la primera mujer que me interesó de verdad.

—¿Antes habías tenido otras novias que no te habían interesado? —Estaba perpleja. Aquello era algo que no me podía imaginar.

Anita encogió los hombros en plan defensivo.

—Quizás es que me he expresado mal —dijo—. Antes había tenido otras novias, pero… se trataba más bien de amistades entre chicas. Sí, nos acostábamos juntas, pero en realidad la cosa era…—Dejó de hablar y se mordió los labios—. Tessy era una auténtica mujer —afirmó—; no tenía nada que ver con una amistad entre chicas.

—Entonces es que durante ese tiempo tú aún te movías entre chicas y ella ya era una mujer adulta —repuse.

—O no. —Suspiró—. Quizás fue ése el fallo y yo debería haberme quedado con las chicas.

Reflexioné. Yo me había saltado ese paso, ya que Lena era una mujer de verdad, y de eso no había ninguna duda. Yo había comenzado desde un principio con ella y no con las chicas. ¿Cuáles eran las ventajas y los inconvenientes?

—Eso no lo puedo juzgar —dije—, porque nunca lo he experimentado.

Anita me miró.

—¿Te gustan las mujeres mayores? —preguntó.

¿Mujeres mayores? ¡Dios mío! ¡Mujeres mayores! ¡Pensaba en Lena! Por un momento me quedé sorprendida.

—Pues… no lo sé —dije después.

—¿Quieres decir que no elegiste a Lena por eso?

—Es que… fue que… más bien Lena me eligió a mí. —Me resultaba embarazoso seguir con aquella charla.

Me acordé de nuestro primer encuentro en el bar de mujeres. Era muy probable que Lena ya supiera que quería tener algo conmigo antes de que hubiera llegado a la barra, antes de que yo la hubiera visto. Eso hubiera sido lo que más se adecuaba a su eficiencia, que por aquel entonces era desconocida para mí.

—Eso quiere decir que a ella le gustan las chicas jóvenes —dictaminó Anita.

Yo no tenía ni idea. No conocía a ninguna de sus anteriores novias y seguro que habían sido muchas.

—Eso… no lo sé —respondí—. Nunca hemos hablado del tema.

—Pero lleváis mucho tiempo juntas —dijo Anita, extrañada—.De esas cosas se suele hablar.

«¿Sí? ¿Se habla?», pensé. Era posible, pero Lena y yo nunca habíamos hablado de esos temas.

—Nosotras no —dije—. Lena no cuenta muchas cosas de su vida.

—¿Y a pesar de eso os entendéis muy bien? —preguntó Anita.

—Sí —contesté—. La verdad es que sí. —A pesar de que yo no lo tenía demasiado claro en aquellos momentos.

—Si no llevarais juntas tanto, diría que eso suena más a una historia de sexo dijo—. Claro que entonces se habría acabado hace ya mucho tiempo.

«¡Oh, Anita! ¿Qué me cuentas?»

—No es una… historia de sexo —rechacé la idea. Me asaltaron malos recuerdos que prefería olvidar. Aquel comentario contribuía a alimentar mis dudas, que aún no habían desaparecido del todo, a pesar de que Lena se comportaba ahora de una forma muy distinta.

—No, seguro que no —dijo Anita—. Te envidio.

—¿Me envidias? —No me lo esperaba, después de todos sus razonamientos.

—Sí —dijo Anita con sencillez—. Tú lo has hecho muy bien. Has esperado hasta que apareciera la mujer adecuada en la que puedes confiar. No te has dejado llevar por jueguecitos innecesarios. Eso debe de ser divino. Por eso te envidio.

Nunca lo había visto desde esa perspectiva. Eso sólo se puede ver así cuando se tiene mucha experiencia con mujeres que se dedican a esos jueguecitos. Mujeres como Tessy. En cierto modo, estaba contenta de haberme ahorrado todo eso. Lena era…,bueno, era de otra forma.

—Sí…, eso…, gracias —dije, a pesar de que no sabía si era la respuesta adecuada.

Anita lanzó un largo y profundo suspiro.

—Los demás ya deben de estar levantándose. Creo que voy a preparar un par de litros de café para contrarrestar las cajas de cerveza de ayer. —Se levantó.

—Yo voy a quedarme un rato más aquí —repuse—. Ahí dentro te puedes romper una pierna si no vas con cuidado.

—De acuerdo —dijo y se marchó.

Yo me quedé y pensé en todo lo que había ocurrido y en todo lo que habíamos hablado. Nunca me había imaginado un fin de semana así. Hasta la fecha, los días en Kazan habían sido más bien inocentes. A lo mejor ya habían pasado esos tiempos.

Me imaginé que había empezado la etapa seria de la vida.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por Aleinads el Dom Jul 12, 2015 9:55 pm

Gracias por la conti, no se como explicarte el amor que siento con cada capitulo de este fic . Me encanta *-* I love you Smile
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por flakita volkatina el Lun Jul 13, 2015 8:37 pm

excelent la conti
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Lun Jul 13, 2015 11:24 pm

El domingo por la tarde regresamos todos a la ciudad. Esta vez Anita se vino con nosotros y, como no íbamos solas en el coche, la conversación versó sobre otros temas, como las clases, la próxima fiesta y cosas así. Me dejaron en casa de mi madre.

—Entonces nos vemos mañana en el colegio —dijo Anita, sonriente, cuando me bajé del coche.

—Sí, mañana —contesté. Me alegraba poder verla de nuevo el lunes en clase y a ella parecía ocurrirle lo mismo.

Una vez que se marcharon, entré en casa. Mi madre estaba sentada en el sofá y leía el periódico. Me miró al entrar.

—¿Qué? ¿Has tenido un buen fin de semana? —preguntó, con una sonrisa en los labios.

—Sí —respondí y me acerqué a ella para darle un beso—. ¿Y tú? ¿Has descansado bien sin mí?

—Ha sido magnífico —dijo—. Sólo he tenido la mitad de trabajo, así que he podido descansar mucho.

Yo la miré, sobresaltada.

—¿Tanto trabajo doy si me quedo en casa?

—Pero si casi no estás en casa —contestó, mientras se levantaba—. ¿Te apetece comer algo? Podemos seguir la charla en la cocina.

—Yo… lo siento. —La seguí—. ¿Hubieras preferido que me hubiera quedado contigo?

—Si no te hubieras ido a Kazan habrías estado con Lena —dijo mi madre—. No hay mucha diferencia. —Luego encendió el fuego.

Se veía que ya había preparado antes la comida y sólo tenía que calentarla.

—¿Quieres decir que… me ocupo poco de ti? —pregunté,turbada.

—¡Claro que no! —Mi madre miró en el horno, donde guardaba un crujiente pedazo de carne asada—. Es lo normal. Antes estabas demasiado tiempo en casa y a tu edad eso no es bueno.

—Pero si tú… —Tuve que tragar saliva—. Lo que quiero es que me digas si te sientes poco atendida y entonces me quedaré más tiempo aquí.

Ella se volvió.

—¿Quieres dejarlo de una vez? —Se rió—. Yo me encuentro muy bien aquí sola. Desde que conociste a Lena han cambiado algunas cosas, y eso es natural. No quiero tener una hija muy casera y que se pase toda la vida con su madre. Me gusta más así.

—Es… ¿De verdad no te parece mal? —Me sentía culpable.

—Pues claro que no. —Negó con un gesto—. Vamos, siéntate.Cuéntame un poco cómo te ha ido el fin de semana. ¿O no habéis hecho nada?

—Algunos paseos —respondí—. Y ayer por la noche hicimos una barbacoa. —Me senté en la mesa.

—Bien —dijo ella—. ¿Y qué más? —Sacó el asado del horno y lo puso delante de mí.

—Anita es muy agradable —contesté—. Nos hemos conocido un poco mejor.

—¿Qué os habéis conocido un poco mejor? —Mi madre arqueó las cejas con aire interesado.

—¡Tampoco tanto! —exclamé y me eché a reír—. Pero tienes razón. Hasta ahora no lo sabía, pero Anita también es… Ha tenido novias.

—¿Tenido? —dijo mi madre y se sentó.

—Bueno, sí, estaba un poco triste —afirmé—. Su novia la dejó hace un par de semanas, porque ahora está comprometida con un hombre. —Cogí un trozo de asado.

—Lo siento —dijo mi madre—. Por Anita, quiero decir.

—Sí, yo también. —Suspiré—. Algunas mujeres son muy raras. Y Anita es buena persona. No entiendo a esa Tessy.

—¿Tessy? —repitió mi madre.

—La ex de Anita —dije yo.

—¡Ah! —Mi madre comenzó a comer—. ¿No resulta un poco lioso?

—Sí —contesté—. Todo lo que Anita me ha contado durante el fin de semana me ha desconcertado un poco. Antes nunca habíamos hablado de una forma tan franca.

—Es curioso —repuso mi madre—. ¿Por qué no?

—Sí, es extraño —dije y dejé los cubiertos sobre la mesa. Sin ellos podía pensar mucho mejor—. Aunque ella no es tan tímida como yo, no sé por qué pero hasta ahora no nos habíamos atrevido a hablar la una con la otra.

—Entonces tendría otros motivos —dijo mi madre.

—Sí —afirmé con un gesto de cabeza—. Sus padres no estarían dispuestos a aceptar que ella… —Miré a mi madre—. ¡Mamá, me alegro tanto de tenerte!

—¡Oh! —Mi madre mostró su satisfacción—. ¿Y por qué me he ganado ese reconocimiento?

—Por todo —respondí yo—. Siempre. Porque eres una madre fantástica, porque siempre me has entendido, porque… —Salté, le di un achuchón, le planté un beso enorme y volví a sentarme otra vez—. Porque eres la mejor.

—Tantos cumplidos de una vez. Y de mi propia hija… —Mi madre sacudió la cabeza con un gesto de duda—. Aquí hay gato encerrado.

—Nada, no hay ningún gato encerrado —dije—. Es sólo…Hasta este fin de semana no he sabido que hay padres que reniegan de sus propios hijos por la única razón de que son… distintos.Siempre he pensado que todos los padres eran como tú. —Hice una mueca—. Aunque siempre supe que tú eras la mejor entre todos los demás.

—Bueno, bueno. Tampoco se puede decir eso. —Se mostró satisfecha—. Aunque, por supuesto, me alegro de que lo veas así.

—¿Sabes…? —dije—. Los padres de Anita tienen mucho dinero. Anita se podría ir al extranjero a aprender idiomas, podría pasar las vacaciones en hoteles fenomenales, tiene todo un parque móvil en la puerta de su casa. ¿Qué le falta? Pues que no tiene una madre como tú

—Qué bueno es tener una hija inteligente, a la que no es necesario enviar al extranjero para que estudie —replicó mi madre

—. Porque no me lo podría permitir.

—Yo creo que se puede pasar sin eso —contesté—. Los padres de Anita se gastan mucho dinero en profesores particulares,pero creo que nunca se han molestado en darle un abrazo a su hija.Y lo harían aún menos si supieran… —Dejé de hablar. Era algo que no me podía creer.

Mi madre asintió, pensativa.

—A mí no me gustaría ser así —dijo—. Mi madre lo fue y yo,desde muy pronto, supe que no quería seguir sus pasos. Yo querría a mis hijos.

—¿La abuela? —pregunté, extrañada.

—Sí. —Mi madre se levantó y recogió los platos—. Murió cuando tú todavía eras una niña pequeña y, si te soy franca, me alegré de que ocurriera.

—¿La abuela te trató así? —pregunté—. ¿Como los padres de Anita?

—No sé cómo tratan a Anita sus padres —dijo—, pero sí sé que no es bueno que nunca se abrace a un niño. No puede ser bueno.

—¿Por qué no me has hablado nunca de la abuela? —inquirí.

—Quería que mantuvieras el recuerdo de cuando la conociste.Contigo siempre fue amable. Tú eras aún muy pequeña. ¿Te acuerdas de ella?

—Poco —dije con el entrecejo fruncido—. Siempre me regalaba chocolate.

Mi madre se rió.

—¡Porque yo le había dicho que era malo para los dientes! Así era ella. Le pedía que te trajera otras cosas, pero sólo te daba dulces. A lo mejor habría tenido que decirle que te regalara chucherías para conseguir todo lo contrario. O quizá no, porque

con ella nunca se sabía. Siempre hacía su santa voluntad, sin mostrar ninguna consideración hacia los demás.

Aquel comentario tenía un tono de amargura. Sin yo saberlo, mi madre y Anita tenían algo en común. Puede que ésa fuera la causa por la que Anita me había parecido tan simpática desde un principio.

—Mamá, lo siento —dije, conmovida.

—De eso hace ya mucho tiempo —respondió—. Ya no cuenta para nada. Sólo espero haberlo hecho mejor contigo y no haber repetido los errores de mi madre.

—No los has repetido. —Me levanté y le di un abrazo—.Seguro que no. Al revés, has actuado de una forma maravillosa.

—¡Eso tampoco! —exclamó, mientras se echaba a reír—. Yo era muy joven, me quedé embarazada y tuve que casarme con tu padre. Eso también fue consecuencia de la educación que me dio mi madre. Nunca me explicó nada y yo no tenía ni idea de lo que significaba tomar precauciones. Al quedarme embarazada…,bueno, una es tan idiota de joven. Yo pensaba que sería mi oportunidad para poder formar mi propia familia y separarme por fin de mi madre. Pero, por desgracia, tu padre se cargó todos mis proyectos. Así que tú eres mi pequeña familia. —Me sonrió—. Y eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Ay, mamá… —dije, con los ojos húmedos.

—Sí —prosiguió, mientras volvía a sonreír—. De lo que estoy orgullosa de verdad es de haberte podido sacar adelante.

—Ya lo sé, mamá… —Me froté los ojos. Mi mano se quedó

algo húmeda.

—De lo que sí soy consciente —continuó— es de que, si no te hubiera tenido, mi vida habría sido bien distinta.

—Quizá mejor —le rebatí—. No hubieras estado obligada a ocuparte de mí ni a compartirlo todo conmigo.

—La alegría —comentó—. La felicidad de ocuparse de un hijo es algo indescriptible. Por ella se puede renunciar con gusto a muchas cosas.

—Pero si tú has renunciado a casi todo —dije.

—A nada importante —repuso mi madre con una sonrisa—. Es más, tú me has protegido de algunas cosas. Había hombres…Hubiera podido volver a casarme. Pero al ver que yo ya tenía una hija desaparecían a toda velocidad. ¿Y qué hubiera obtenido yo de hombres así? Sólo eran una copia de tu padre, y con uno ya tuve

suficiente.

—¿Tan mal se portó? —Hasta aquel momento nunca me había atrevido a hacerle aquella pregunta.

—Era encantador. —Mi madre sonrió con amargura—. Y ese encanto a veces también puede resultar una maldición. Ya no le reprocho nada. Las mujeres iban detrás de él como… ¡Ay! —Hizo un gesto—. Ellas eran tan culpables como él. Yo también caí en sus garras.

—Pero tú eras joven e inexperta —dije yo.

—¡Oh, mi niña sabia! —rió mi madre—. ¿Ves por lo que me siento tan satisfecha de que no seas tan tonta como lo fui yo? Tú has empezado de una forma más juiciosa.

—Pues no lo he buscado —dije.

—Es eso lo que más me satisface —contestó—. Y por eso he insistido en que tengas la mejor educación que puedas conseguir.Para que seas independiente y, si hace falta, puedas ganar más dinero del que tenemos nosotras ahora.

—¿Si hace falta? —pregunté.

—Bueno, nunca se sabe —respondió—. De todas formas la educación nunca está de más.

—Eso es cierto —dije. Miré al reloj que teníamos en la pared de la cocina—. Voy a fregar y luego…

—Y luego habrá terminado la visita —continuó, con un tono de satisfacción—. Lo entiendo. No has visto a Lena en todo el fin de semana. De todas formas, ha sido muy amable por tu parte que primero hayas venido a verme a mí.

—¡Por supuesto! —exclamé.

—No lo esperaba. Pensé que, como muy pronto, te vería mañana. —Se mostró aún más satisfecha—. Vamos, corre —dijo—. Me basto yo sola para fregar estos dos platos.

—¿De verdad? —pregunté, ya con un pie en la puerta.

—De verdad —insistió—. Ahora vete.

Yo había salido antes de que ella pudiera decir ni pío. Una vez en la calle, caminé un trecho hasta llegar al garaje en el que había aparcado mi bólido. Nunca le había contado a mi madre nada del coche. Quizás era por el énfasis que hoy había puesto en su charla sobre la independencia. Yo sabía que ella la valoraba mucho. No

deseaba que yo dependiera de ningún hombre, y seguro que eso servía también para las mujeres, incluida Lena.

Lena no veía el problema, pero yo sí. El lujo con el que ella vivía y el pequeño piso del que yo provenía no se ajustaban muy bien, y yo no estaba preparada para sufrir quebraderos de cabeza.

Lena daba muchas cosas por supuestas; se limitaba a permitírselas sin pensar en más. Mi madre y yo tampoco pensábamos demasiado, pero por motivos muy distintos: nosotras no nos podíamos permitir nada que se saliera de nuestras necesidades diarias, que, por supuesto, estaban ubicadas en un nivel muy distinto al de Lena. Por ejemplo, ella consideraba como una necesidad básica poder disponer de un coche para cada ocasión. No pensaba que eso supusiera un lujo especial. Yo sí.

Llegué al garaje y lo abrí. Allí me esperaba el pequeño descapotable rojo. Nunca me había dejado tirada y ya me había acostumbrado a conducirlo, pero seguía con la idea de que era una propiedad más de Lena, y no mía. Un préstamo, por llamarlo de alguna forma. ¿Por qué no había podido decírselo a mi madre? Seguro que le habría gustado montar en él. Pero no se lo podía decir. Era mucho lo que dependía de eso.

Arranqué, salí del garaje y luego lo cerré. Al sentarme por segunda vez en el coche, noté un cosquilleo en el estómago.Lena… Me sentía muy ilusionada. Hacía días que no la veía.Posiblemente seguía aún sentada delante de sus bocetos y yo no quería molestarla. Pero deseaba que ya hubiera terminado y que entonces nosotras…

«¡No te pongas colorada ahora, que el coche ya es rojo!», me dije. Dejé que las ruedas derraparan y el coche salió a toda pastilla.Yo ya controlaba todos los caballos que había alojados bajo el capó. Claro está que tenía que moderar la velocidad, pero yo iba silbando para mi interior mientras el coche se deslizaba apaciblemente por la calle. Lena, Lena, Lena. Incluso su nombre me sonaba muy musical.

Me toqué el cuello en el lugar del chupetón, que ya había adquirido un tono algo amarillento. Seguro que Lena lo volvería a reavivar. Me estremecí al pensar en lo poco que faltaba para que me volviera a tocar de nuevo. Era como si ya pudiera sentir sus dedos en mi piel. Una historia de sexo, había dicho Anita. Sí que lo era, pero no sólo eso. Había una gran diferencia. El sexo no era algo poco importante en nuestra relación, claro que no, pero me negaba a aceptar que fuera lo más importante. Para mí, desde luego que no. Y tampoco para Lena… En ocasiones se acercaba a mí sólo para darme un achuchón o hacerme un arrumaco. Bueno,quizá no había ocurrido en muchas ocasiones, pero de todos modos…

Torcí en el acceso a la casa de Lena y entré. Aparqué delante de la puerta. Allí había otro coche que no era de Lena, a no ser que lo hubiera comprado aquel fin de semana. Era un BMW oscuro, bastante grande, y me pareció que se ajustaba mucho a los gustos de Lena. Quizá se había decidido por él de una forma impulsiva y su distribuidor favorito se lo había dejado en la puerta.

Entré en la casa y vi que la luz de su despacho estaba encendida Claro que seguía con el trabajo. ¿La molestaría? A veces no le gustaba que la interrumpieran. Yo estaba segura de que, como no nos habíamos visto en todo el fin de semana, haría una excepción. Me dirigí hacia la puerta del despacho, desde donde salía una leve

luz que caía sobre el pasillo. Llamé a la puerta y entré.

—Lena, ¿estás trabajando?

Me quedé perpleja, Lena no estaba sentada ante el escritorio,sino en el sofá, que se encontraba un poco más allá; allí era donde se acomodaba si quería descansar un poco. Pero en ese momento no descansaba, pues no estaba sola. A su lado se hallaba sentada una mujer.

Lena miró hacia arriba.

—Yulia, ¿ya has vuelto?

«¿Que si ya he vuelto? ¿Cuánto tiempo he estado fuera? ¿Cinco minutos?», pensé, concentrada en mí misma.

—Sí —contesté—. Ya se terminó el fin de semana y estoy otra vez aquí.

Miré con desconfianza a la mujer que se hallaba sentada al lado de Lena. Tenía más o menos su misma edad y era muy atractiva,francamente atractiva. Estaban muy cerca la una de la otra y, a pesar de estar vestidas, tuve la sensación de que algo chisporroteaba entre las dos y que muy bien hubieran podido estar desnudas.

—Todavía necesitamos un par de minutos —dijo Lena—.Puedes ir arriba que ahora subo yo.

«¿Qué? ¿Cómo? ¿Arriba?», me dije.

Ella se refería al dormitorio. Ni una copa de vino en el salón a modo de bienvenida, ni un beso, ni una palabra amable.

Desnúdate, eso había sido todo. Lancé de nuevo una mirada irritada a la mujer que aún seguía sentada al lado de Lena y que ni siquiera me había presentado. Tuve la sensación de que Lena intentaría que aquella mujer también subiera y formáramos un trío.Me sentí confundida y decepcionada, y me limité a quedarme allí.

—Creo que ya lo hemos hablado todo —dijo la mujer con una sonrisa—. Mañana te lo dejaré terminado en la oficina; sólo tienes que firmar. —Parecía que Lena no estaba muy conforme, pero la otra se levantó y guardó algunos papeles en su portafolios—. No te entretengo más —añadió—. Ahora todo está claro y las pequeñas modificaciones que surjan las podemos hacer en la oficina.

Lena se quedó callada de una forma rara y sumisa; luego asintió.

—Si lo crees así —contestó—. Entonces hasta mañana.

—Hasta mañana —dijo la otra y sonrió—. No hace falta que me acompañes a la puerta. Ya conozco el camino. —Pasó delante de mí con una sonrisa indefinida y poco después oí que su coche arrancaba. Era el BMW que había aparcado delante de la puerta. El sonido del motor del coche se alejó.

—Yo… yo no quería molestar —dije. La situación me había alcanzado como una nube de mosquitos contra la que no podía defenderme y ahora notaba las picaduras. Escocían de un modo terrible.

—Pero lo has hecho —afirmó ella. Se levantó, cogió un par de papeles escritos con su letra y los guardó dentro de un cajón; luego lo cerró.

—Lo siento —contesté—. No sabía que tenías visita. Pensé que seguías con el trabajo.

—Y eso es lo que hacía —dijo Lena—. Hasta que tú llegaste.

«¿Con ella?», iba a preguntárselo, pero no me atreví. ¿Quién era aquella mujer? Parecía que se conocían muy bien. Se tuteaban y entre ellas se percibía mucha confianza. La mujer había dejado bien claro que no era la primera vez que estaba en la casa. Pero, ¿quién demonios era?

—Quién… —Tragué saliva—. ¿Quién era tu visitante? Lena buscaba algo en el escritorio y me miró.

—Mi abogada —dijo—. Tenía que hablar unas cosas con ella.

«¿Sólo tu abogada?», eso es lo que hubiera querido inquirir,pero renuncié de nuevo.

—Yo… Lena… Debería haber llamado —dije—. Pero quería verte lo antes posible después del fin de semana…

—Ah, sí, tu fin de semana en el campo —Lena sonrió—.¿Cómo ha ido? —De repente parecía estar mucho más relajada.

—Bien —dije—. Muy bien. Pero no habíamos quedado en vernos hoy por la tarde y tú no esperabas que yo viniera. Lo siento.

—Sí, en realidad te esperaba.

«¿Y entonces invitas a otra mujer?» Es cierto que los celos son horribles. No son sencillos de dominar. Aunque Lena me había dicho que aquella mujer era su abogada, yo no me lo acababa de creer. Al entrar en la habitación, las dos me miraron y pusieron una cara como si las hubiera pillado revolcándose en un pajar. Seguro que aquello era algo más que una relación entre abogado y cliente.

—De todas formas, tenía que haber llamado —dije yo.

—Hubiera sido lo mejor. Pero ahora ya estás aquí y no hace falta continuar con ese tema. —Se me acercó—. Me he quedado un poco sorprendida al verte entrar —dijo— y no he reaccionado de una forma muy amable. Lo siento. Ya sabes cuál es mi forma de ser cuando estoy ocupada con cosas del trabajo. —Se acercó y me estampó un leve beso en la boca—. Pero ahora ya he cerrado el chiringuito de la oficina y puedo saludarte como te mereces. —Me besó de nuevo, pero esta vez de una forma apasionada.

Aquel beso hizo que yo olvidara todo lo que había pensado hasta el momento.

—Lena… —murmuré—. Te he echado mucho de menos.

—Pues, para mí, dormir sola esta noche no ha sido ninguna maravilla —susurró, mientras colocaba su mano en mi trasero—.Tenemos que recuperar. —Sus dedos avanzaron hacia delante, me desabrocharon el botón del pantalón y bajaron la cremallera—.Todo…

—Lena —susurré—. ¿Puedo darme una ducha rápida? He dormido en el suelo, en un saco de dormir, y hasta ahora no he tenido la oportunidad…

Lena suspiró.

—Te diría que no —añadió—, pero no sería justo. —Me cogió de la mano y subió las escaleras conmigo. Me empujó a su habitación y de repente me puso debajo de la ducha—. Esto es suficientemente grande para las dos —afirmó.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo al ver su mirada, que expresaba un deseo como en pocas ocasiones yo había visto.

—Rápido —susurró y comenzó a desvestirse.

Me arrancó la ropa como si ya no la fuera a necesitar más y nos metimos juntas en la ducha, que se abrió tras presionar un botón y nos ofreció un chubasco de lluvia de bosque, cálido como la primavera. Orienté la cara hacia el chaparrón, cerré los ojos y me imaginé que estábamos en la cuenca del Amazonas, solas y apartadas del mundo, y que nunca tendríamos que regresar ni volver a ver a otras personas. Yo sólo necesitaba a Lena. Me bastaba con ella.

Lena estaba detrás y se apretaba a mi cuerpo. Sus manos acariciaron mi pecho, luego se dirigieron a los muslos y se deslizaron entre mis piernas. Me lavó con un jabón de un aroma intenso. Gemí, pues sus manos no se limitaban a lavarme, sino que,a la vez, acariciaban ciertas cosas que hacían que se calentaran los motores de mi vientre.

—Lena… —susurré—, es tan bonito sentirte.

—Sí. —Su boca avanzó hacia un lado del cuello, lamió las gotas de agua de mi hombro y me hizo cosquillas.

Me revolví bajo sus caricias, de las que no me podía evadir,pues parecían venir de todos los sitios a la vez. Sus dedos se movieron despacio desde la parte trasera de mis nalgas, luego avanzaron entre mis piernas, se cerraron alrededor de mi mata de pelo, que estaba algo espumosa por el jabón, y la mimaron.

—Eres tan dulce —me susurró al oído—. Tu vello es suave como el de una niña —dijo, con una sonrisa—. Claro, es que eres una niña.

—¡Lena! —protesté con energía.

Escuché su risa en mi cuello, en mi oreja.

—No, ya no eres una niña. —Su voz sonaba ardiente y excitada—. Por suerte ya no lo eres. —Me abrazó con fuerza—. Date la vuelta y mírame —dijo, en un susurro.

Me volví y miré sus ojos. El agua caía por su cara igual que por la mía, pero parecía que se había almacenado en sus ojos y los cubría.

—Lámeme —susurró—. Por favor, lámeme. Lo necesito tanto.—Se agarró a la barra en la que estaba sujeta la alcachofa de la ducha y arqueó el cuerpo hacia delante.

Me puse a su lado. Había separado las piernas y temblaba, a la espera de mis caricias. Coloqué mis manos en sus muslos y pasé los pulgares por sus ingles. Gimió, hizo avanzar más sus caderas y se agarró con mayor firmeza a la fijación de la ducha.

Yo confié en que estuviera bien atornillada a la pared.Me arrodillé delante de ella y observé su piel mojada. Quería sumergirme en aquel bosque y degustar su sabor. Mi boca se colocó allí, casi sin yo quererlo; lamí las gotas que caían de la ducha y mi lengua se deslizó y acarició también sus pliegues.

—¡Sí, sí! —Sus gemidos aumentaron, mientras sus caderas se

agitaban.

Los hinchados labios de su vagina eran dulces y estaban sobre mi lengua como la pulpa de una fruta madura que quisiera ser comida. Les asesté un suave mordisco y luego metí la lengua en su interior.

Lena exhaló un agudo grito.

—Oh, por favor… —murmuró—. ¡No me hagas esperar tanto!

Busqué su perla y la rodeé con la punta de la lengua. Entonces percibí que se estremecía, se retorcía y casi perdía el contacto con el suelo. Por un segundo pensé si aquella mujer, la abogada, podía haberla excitado tanto que Lena no hubiera podido esperar más.

En realidad no había podido.Sujeté su perla entre mis labios y luego la presioné con la lengua.Lena estalló en un grito.

—¡Oh, Dios, sí…!

Desplacé deprisa la punta de la lengua sobre aquel botoncito,hinchado y, a pesar de eso, minúsculo. Los movimientos de mi lengua se aceleraron. Lena apretó sus caderas contra mí y me vi obligada a sujetarlas.

—¡Sí…, sí…, sí! —Con cada impulso de sus caderas repetía la misma palabra. Cada vez más ardiente y casi sin poder respirar.

Yo me agarré a ella para no perder su contacto. Lena gimió,suspiró y se estremeció con un grito que parecía no tener fin.Mientras se agitaba, mi lengua no paró de moverse y ella se corrió varias veces, una tras otra, de forma ininterrumpida. Debía de estar muy excitada y yo pensé de nuevo en la atractiva abogada de largo pelo negro.

¿Era ella el motivo de tanta excitación?

Por fin pareció que Lena había tenido suficiente. Jadeó y se colgó de la soga, mejor dicho, del enganche de la ducha. Yo la sujeté con fuerza y me deslicé hacia arriba. Besé sus pechos, que sobresalían más de lo normal, ya que su cuerpo estaba muy rígido al tener los brazos estirados hacia arriba. Se estremeció en el momento en que toqué sus pezones.

—Oh, Dios, mejor no… —susurró.

—¿Mejor no? —Hice una mueca y seguí. Cogí un pezón con la boca y empecé a jugar con él. Lena suspiró y, de nuevo,comenzó a agitarse con violencia.

Deslicé una mano entre sus piernas y entré en ella, mientras seguía con el pezón en la boca. Lena jadeó, suspiró, gimió y gritó; luego suplicó.

—Por favor, déjame…

Acaricié su perla con el pulgar, mientras los otros dedos jugueteaban alrededor de la zona y mi lengua lamía su pezón. Ella gritó, gritó y gritó; no podía detenerse y, por fin, se desplomó. Sus dedos se habían agarrado tan fuerte al soporte de la ducha que ahora no podía soltarlos. Sus nudillos estaban lívidos. A pesar de que casi no se podía mantener de pie, era incapaz de soltarse de su asidero. Quise ayudarla, pero yo tampoco pude mover sus dedos.

—Aguarda… un… momento… —jadeó, con esfuerzo—.Espera.

Después de lo que me pareció una eternidad, bajó los brazos y pude recogerla.

—Eres un demonio —susurró—. Tú no eres de este mundo;

vienes del infierno.

—O tú —dije yo con una mueca—. Por eso resultas tan abrasadora.

Se agarró a mis hombros y yo la sujeté con firmeza. El agua caía aún sobre nosotras.

—Cierra la ducha —suspiró Lena— y rescátame.

Yo presioné el botón y el agua dejó de caer.

—¿Mejor? —pregunté.

—Sí. —Respiraba con dificultad—. Mucho mejor. —Se irguió,tambaleante, a causa del cansancio. Sus ojos brillaban—. Ahora te toca a ti, te lo prometo.

—Primero recupérate —repuse—. Estás agotada.

—O puede que no —dijo y, sin más preámbulo, se deslizó hacia abajo, separó con firmeza mis piernas, avanzó por mis muslos y entró en mi interior. Luego salió otra vez, me lamió, entró de nuevo y comenzó a tomarme con un ritmo acompasado.

Yo no podía reaccionar así de rápido. Mis gemidos llegaban con retraso. Luego me erguí, tal y como había hecho Lena, y me sujeté a la ducha. Mis rodillas temblaban, pues ella había conseguido disparar mi excitación. Sus dedos en mi interior y su

lengua sobre mi perla me hicieron llegar al orgasmo en diez segundos, al menos eso fue lo que me pareció. Aquel fue el último punto culminante que pude contar. Los siguientes llegaron con la misma rapidez en su secuencia, pero yo sólo pude darme cuenta de que fueron muchos, muchos. Mi vientre palpitaba, se encogía, se tensaba; las olas se precipitaban sobre mí y yo no tenía posibilidad de bucear en ninguna, a fin de prepararme para la siguiente. Me oí a mí misma gemir y gritar fuera de control. El calor fue en aumento a lo largo de mi cuerpo; la zona que había entre mis piernas hervía a borbotones y a una erupción volcánica le sucedía otra. Por más que le suplicaba que me dejara tranquila, Lena sólo me soltó cuando vio que no yo era más que un saco mojado y agotado, que yacía, extenuado, en un rincón de la ducha.

Lena se colocó a mi lado.

—Esto es así —dijo—. Te lo digo para que lo sepas.

Como si no lo hubiéramos hecho en bastantes ocasiones…Abrí los ojos, haciendo un gran esfuerzo.

—Creo que hemos recuperado el fin de semana.

Lena sonrió.

—Quizá deberíamos continuar en un lugar más seco.

—¿Continuar? —Me froté los ojos—. Lena, por favor, ¿no podríamos dormir?

—¿Dormir? —Me miró como si hubiera propuesto algo absurdo

—. ¿Qué tiene de bueno eso? Está bien, está bien. —Lena se levantó y me dio la mano—. Si quieres puedes dormir diez minutos.

—¡Cuánta clemencia! —dije y me levanté con ella—. Pero si mañana quiero estar preparada para ir a clase, debo dormir algo más que diez minutos.

—¡Ah! Tú y tus clases. Espero que se acaben pronto —replicó Lena, disgustada- ¡Son horribles!

—En eso coincides con muchos estudiantes —respondí, mientras me encaminaba al dormitorio—. Pero tú ya has hecho la selectividad y yo no.

—Perdona. —Lena se volvió y me miró—. Estoy disgustada contigo sin que te lo merezcas.

—Me lo mereceré o no —contesté—, pero si me paso una segunda noche en blanco mañana lo voy a acusar. Y la clase no es un sitio muy cómodo para dormir. Los bancos no están preparados para eso.

Lena se echó a reír.

—Entonces debemos ver si están hechos para otra cosa. —Se dejó caer en la cama—. Ven —dijo y estiró los brazos.

A pesar de toda nuestra actividad en la ducha, mi vientre entró en una repentina y exigente ebullición al verla allí tumbada, con los brazos extendidos hacia mí, esperándome.

—Ah, Lena… —murmuré. Me dejé caer entre sus brazos y noté su suave cuerpo debajo del mío. Yo no quería dormir, pero mi cabeza sí lo deseaba, lo mismo que mi sentido común y mi razón.Mi cuerpo tenía unas ideas bien distintas.

—Voy a ser muy formal para dejarte dormir —dijo, al tiempo que me acariciaba la espalda. Se dio la vuelta rápidamente, me puso de espaldas y me miró, mientras se tumbaba encima de mi cuerpo—. Pero después. Ahora te toca a ti.

—Eres terrible, Lena —dije, con una sonrisa. Me sentía muy cómoda debajo de ella, percibiendo cada fibra de su cuerpo sobre el mío. Me hizo sentir como si estuviéramos unidas en lo más íntimo.

—¿Tan terrible como esto? —Se inclinó y me besó. Su lengua exploró mi boca con una suave caricia.

Eso era todo lo contrario de terrible. Sentí que mis sentidos se despertaban, uno tras otro. Primero el tacto: los juegos de nuestras lenguas en mi boca me provocaban un hormigueo en los labios.

Luego el gusto, con el que yo disfrutaba del profundo contacto de Lena en mi garganta. En cuanto a su olor… ¡Oh, el aroma de Lena era único! Olía como todas las flores de Oriente y Occidente, y me embriagaba. Con el sentido del oído podía captar

su respiración, su rápida inspiración y espiración entre cada beso.

Y, al abrir los ojos, pude percibir la sensación que ofrecía al último de los sentidos, el de la vista. Vi la expresión excitada de su rostro,la tensión, la espera. Era hermoso, sencillamente hermoso. Yo la amaba.

Sus dedos aletearon por mi cuerpo como pájaros nerviosos que no encontraban sitio en el que posarse. Me hacía cosquillas, me excitaba, me besaba; luego me volvió a pellizcar, me mordió, se tornó salvaje y apasionada. Yo estaba entregada por completo a ella. Se deslizó sobre mí, repasó mi piel con sus labios, me besó entre las piernas durante tanto tiempo como antes había besado mi boca. Y yo sentí algo más: deseo, ansia, ardor, resolución. Me deshice en mis más pequeños componentes. Era inevitable. Mi cuerpo jamás volvería a ser un todo.

Me quedé tumbada y jadeante cuando, por fin, me dejó.Después nos separamos. Y como durante ese tiempo yo no me había podido resistir a seguir amándola y a conducirla a los ámbitos más exaltados de la pasión, nos habíamos corrido tanto que yo tuve la sensación de que ya sólo existían los orgasmos simultáneos y no separados.

Ella y yo…, juntas…, justo en el mismo momento…Era indescriptible.Lena estaba tumbada entre mis piernas, con las suyas entrelazada en las mías, su piel en mi piel, nuestros cabellos revueltos, nuestra pesada respiración llenando todo el dormitorio.

—Ahora… —jadeó— ya puedes dormir.

—Ven aquí, Lena —murmuré—. Quiero quedarme dormida contigo entre mis brazos.

Ella se movió, intentó arreglar el nudo que se había formado con nuestras piernas y, cuando lo consiguió, se acercó a mí. Me acarició el pecho y me miró, pero no hizo nada por excitarme.

—Tienes unos pechos maravillosos —dijo con entusiasmo—.Podría estar mirándolos durante una eternidad.

—Mientras sólo los mires todo irá bien —contesté, sonriente.Sentía que mis pezones se erguían por el mero hecho de que ella los mirara—. Pero a mí también me gustaría verte. Acércate, por favor…

Por fin se colocó a mi altura y me miró a la cara.

—No volveré a dejar que te vayas —afirmó—. Todo un fin de semana no se puede recuperar. Es imposible.

—No me voy a ir —dije, en un tono tranquilizador—. Nunca más. Siempre voy a quedarme contigo.

Volvió la cabeza y la apoyó en la almohada.

—No me dejes sola —dijo, con voz ahogada.

Nunca la había visto así. Nunca se había mostrado tan vulnerable. Por regla general, lo ocultaba.

—Claro que no, Lena —dije, algo asustada ante el tono infantil de su voz—. Nunca te voy a dejar sola. No debes tener miedo.

Se acurrucó sobre mi hombro. Le eché una colcha por encima mientras la miraba, pensativa. Sentí una extraña sensación.
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Re: EL CONTRATO: UNA ISLA PARA DOS PART II

Mensaje por VIVALENZ28 el Lun Jul 13, 2015 11:25 pm

—¡Eh! ¡Parece haber sido un fin de semana genial! —me saludaron cuando llegué el lunes a clase—. ¡Algunos todavía están trompas!—dijo un compañero, mientras me daba un golpecito en el hombro.

—Sí… sí, fue fantástico —dije, algo sorprendida. Para ser sincera, el recuerdo de la noche anterior había borrado por completo todo el fin de semana. Menos una cosa.

—Hola, Anita —la saludé con una sonrisa y me senté a su lado.

Katya ya estaba en nuestro banco, pero de momento renuncié a él.

—Hola, Yul. —Anita parecía algo huraña. Estaba claro que no se había acabado de recuperar de las confesiones del fin de semana.

—Me gustaría sentarme aquí. —Le dirigí una mirada muy significativa a Katya.

—Susanne preferiría ser descuartizada antes que sentarse junto a Katya. —Anita hizo una mueca; Susanne era la chica que se sentaba a su lado—. Un día la sacó tanto de quicio que estuvo a punto de pegarle.

—Ya lo sé. —Suspiré. Luego miré a Anita—. ¿Cómo te va?

—Oh, bien…, muy bien. —Anita tragó saliva y miró al suelo—.Me has ayudado mucho.

—Me alegro —dije—. ¿Vamos a dar una vuelta por la ciudad después de clase? ¿Te apetece?

—¿No has quedado con Lena? —Anita parpadeó y me miró con asombro.

—Lena trabaja. Trabaja casi todo el tiempo. Nunca llega a casa antes de las nueve de la noche. —De nuevo tuve una sensación extraña, motivada por el comentario que había hecho Lena el día anterior. Esta mañana estaba como cambiada. No había hecho referencia a lo ocurrido durante la noche y yo tampoco había dicho nada. Ella me… Bueno, sí, casi me había despertado con un orgasmo y luego desayunamos juntas. Para lo que era habitual en ella, hoy estaba de muy buen humor. Hizo alguna

broma, cosa que nunca hacía.

—Tiene una profesión liberal. —Suspiró—. Lo sé por mis padres. No hay vacaciones, ni fines de semana: sólo trabajo.

—Sí —dije yo—. Eso es.

—¿Y a ti qué te parece eso? —preguntó—. Casi no la podrás ver y, cuando lo hagas, estará muy cansada.

—La veo a diario —dije—, al menos todas las noches. Sí, tiene poco tiempo y, en cuanto a lo de cansada…, sí, a veces también está cansada. En los últimos tiempos incluso me parece que demasiado. —Los momentos en que se sentía agotada y aquéllos en los que se abalanzaba sobre mí de forma apasionada se sucedían

con brusquedad. Las dos posiciones eran siempre muy extremas. A veces me daba miedo, pero luego volvía a mostrarse tan… tan cariñosa y desvalida. Se lo hubiera dicho, pero, aunque fuera verdad, lo más probable es que hubiera estallado en un ataque de ira. En algunos momentos me transmitía una sensación de desamparo, y eso era nuevo, porque nunca antes había percibido aquellos sentimientos en ella.

—Pero tú la ves todos los días —dijo Anita con nostalgia—.Eso es… muy hermoso.

El timbre de la clase interrumpió nuestra conversación y Susanne se acercó a mí con las cejas arqueadas.

—Ya me voy —dije, mientras me levantaba. Me senté al lado de Katya, que me observó con mirada de disgusto.

Comenzó la clase.
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