EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

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EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jul 18, 2015 12:40 am

Esta historia es la secuela de El Lado Sexy de La Arquitectura llamada aquí Antecedentes y Sucesiones  esta historia realizada por ELLAJ



CAPITULO 1 Y pensar que el día, en el que todo le importaba un carajo, sería lo que uniría tantas cosas.


Me acuerdo que entró al apartamento a eso de las once y diecisiete de la mañana del nueve de julio de aquel año, dos mil siete, justo dos meses después de haberse graduado de su Máster en Relaciones Públicas y Comunicación Corporativa, dos meses de intensa búsqueda de trabajo, pues no quería ser la típica niña, porque eso se consideraba todavía, que viviera de la cuenta bancaria de sus papás, quienes ya habían hecho suficiente al regalarle los estudios que quería y donde quería, no sólo Bachelor sino Master también, y el apartamento 8A en el 985 de la Quinta Avenida a su nombre, como regalo de graduación del Bachelor in Science. Regresaba de una entrevista totalmente fallida en "Sequined", la casa de RRPP en la que todos querían trabajar, pues tenían no sólo a Playboy y a Ivanka Trump Collection, sino también a Verizon y a una que otra marca de LVMH, y la paga, hasta para el que pasaba leyendo PageSix todo el día, era más de lo que se ganaba en Bank of America en un puesto Corporativo. Iba escuchando música en el primer iPhone que alguna vez existió, tenía apenas dos semanas de tenerlo y lo estaba disfrutando, pues pocas personas lo tenían, y por culpa de "Smooth", aquella canción que todos conocían y que era considerada ya vieja por ser del noventa y nueve, no escuchó la infidelidad de Enzo, su novio, quien se estaba mudando con ella esa semana. Abrió la puerta de su habitación y ahí lo vio, en su cama, a Enzo ¡y a Ava!, su mejor amiga, en un doggy-style en el que practicaban más que la infidelidad: sexo anal, un tanto violento y destructivo, algo que ella no consideraba ni saludable ni sano y que era algo que siempre se lo había negado a Enzo.



Ava, su mejor amiga, era la hija del socio de su papá, bueno, del que próximamente iba a ser el ex–socio, pues esa infidelidad era imperdonable, a nivel moral y social, pues en el reglamento de la hermandad de mujeres, a la que ambas habían asistido en sus años universitarios, decía específicamente, en el artículo romano diecinueve, apartado segundo, que ninguna de las miembros podían involucrarse con la pareja de alguien del mismo conjunto, nunca. Luego de haberlos descubierto y haberlos sacado casi a patadas del apartamento, hizo que se llevaran las cajas de mudanza de Enzo de regreso pero, él al no tener dónde vivir, las habían ido a dejar a la oficina de Pierce Williamson, el futuro ex-socio de su papá, con una nota que decía "Ava can explain.", que no necesitaba firma, pues la caligrafía era bastante clara de quién venía. Habiendo sacado a la escoria de su apartamento e ido a comprar una nueva cama y nuevos accesorios para ella en Bloomingdale’s, pues no podía dormir en una cama en la que habían fornicado aquellos dos infieles, llamó a su número de emergencias; una convocatoria de sus otras dos amigas de la hermandad: Josefina y Vanessa.













*











Y pensar que eso había sido básicamente el comienzo de todo, porque de no ser por ese día ni por esa fallida entrevista, no hubiera llegado nunca a "Sparks PR" y nunca hubiera conocido a las personas más importantes de su vida. Y el día de ahora, la fecha histórica, pues la vida de muchas personas cambiaría, para bien o para más que bien, o para excelente, treinta de mayo del dos mil catorce, siete años después del génesis, supervisaba flores, alumbrado, olores, texturas, etc. e intentaba, con todo su ser, no derramar ni una tan sola lágrima, ni de tristeza ni de emoción, pues no era un día para estar triste, pero sí emocional, aunque la emoción se la debía dejar a las personas más importantes del día. Aunque quizás ese era el momento para llorar como una bebé, pues todavía no había ido a donde su estilista y asesor de imagen personal a que le ayudara a estilizarle el cabello, y a que la maquillara para irradiar su belleza o tapar su fluctuante bienestar emocional extrapolado a físico, pero ya no le ayudaría a vestirse, porque ahora tenía a alguien en casa, no como en aquel momento, que le ayudara a subirse la cremallera de su vestido shocking pink Donna Karan muy tallado a sus curvas superiores e inferiores, que se sostenía de ambos hombros, todavía asimétrico, que terminaba exactamente sobre sus rodillas. ¿Lo mejor de todo? Se elevaba doce centímetros sobre el nivel del suelo en un par de Very Riche Strass Christian Louboutin, o en el único par que había sido manufacturado en cerúleo. Se sentía extraña aquel día, no estaba segura por qué, pero tenía ganas de llorar, y de llorar con sentimiento, hasta sentía, a ratos, que el aire le faltaba, pero no podía darse el lujo de recaer en lo de hacía un par de meses, no señor.













*











Pero, volviendo al dos mil siete, llegaron sus amigas, Josefina y Vanessa, como siempre, al rescate. Josefina era de su misma edad, pero apenas había terminado el Bachelor, pues se había atrasado un año y medio "por motivos de fuerza mayor", lo que se le conocía en el idioma y lenguaje oficial y real como "rehabilitación" o "divorcio multimillonario", y era una pelirroja de ojos más celestes que el agua de las costas malasias y de piel blanca, muy blanca, con una explosión de pecas, y Vanessa era todo lo contrario, una mujer de veintiséis años, la mayor de las tres, y era morena, de cabello negro y muy corto, de ojos café oscuro, y era la futura Psiquiatra de las tres. Llegaron como en cada emergencia; con una botella de 1800 reposado, una red de cinco limas, dos six-packs de Heineken, lo suave, y una botella de Grey Goose, todo para que hubiera desahogo y ebriedad, y, ojalá, un olvido.



Les contó todo, aunque ya lo sabían porque Ava había tenido un intento fallido de excusarse antes de tiempo, y le hicieron todo tipo de preguntas catárticas, el típico: cómo, cuándo, por qué, qué hiciste, qué piensas hacer, qué harás ahora. Y entre McDonald’s y la decepción amorosa, se sumergieron en el alcohol hasta que ella quedó más muerta que John F. Kennedy sobre la cama que recién instalaban los de Bloomingdale’s. No revivió hasta el día siguiente, justo a las siete de la mañana, entre que la habitación giraba alrededor suyo y ella se tambaleaba, y la cegadora luz que penetraba las ventanas de su habitación, logró arrastrarse, literalmente, hasta el baño para ducharse rápidamente, pues ya era diez de julio y era la última entrevista del mes, ahora en "Sparks PR", en donde sabía que no tenía oportunidad alguna, pero, sólo porque sí, iría y se desquitaría, pues no quería el trabajo, estaba en una faceta a la que yo llamo, banalmente, "despecho universal". En aquel entonces era una mujer raquítica, con un ligero bronceado permanente natural, de cabello café oscuro y liso, aunque a veces, cuando había mucha humedad, se le formaban unas ligeras ondas, y, en aquella época, era más bien una "sun-kissed blonde", pues no le iba mal con el bronceado ni con sus ojos; era una mirada honesta y muy legible, incapaz de mentir, a veces del color de la miel, a veces verdes. Y en aquel estado zombificado, después de revivir a base de maquillaje y la ropa justa y necesaria, aunque juvenil, pues tenía veintidós, casi veintitrés, se aventuró a la última entrevista del mes.



Su sentido de la moda era como el de todos; muy dependiente y pasajero, pero era femenina, aunque ese día no se sentía particularmente bien, ni físicamente ni femeninamente bien. Bajó recostada en el ascensor de la torre hasta el vestíbulo, en donde ya la esperaba su chofer de toda la vida, que a veces era mayordomo de sus papás, todo para llevarla a "30 West and 21st. Street" para subir al décimo piso y pasar por lo mismo de siempre: el interrogatorio profesional y el "¿Por qué crees que X te necesita en su equipo?". Gafas Ray Ban oscuras, aviator, prorque la resaca era canalla. Aquel hombre, como todo buen chofer/niñera/guardaespaldas, ya le tenía lista una inmaculada impresión de su hoja de vida, que no era su trabajo, pero seguramente se desvivía en atenciones por aquella mujer, no porque estuviera enamorado, o quizás sí, pero se acostumbró a consentirla desde el día en el que, a sus veintitrés años, lo contrataron para servirle a ella, y sólo a ella sobre todas las cosas. Caminó en sus Blahnik que siempre se ponía, porque le encantaba caminar sobre Stilettos, pues le parecía que daba sensualidad y que le daban cierta elegancia que pocas veces podía lograr, además, le ayudaban a tener una postura erguida, lo que mantenía contenta a su mamá, y esperó en la oficina en la que la recepcionista la metió. La resaca etílica no era lo único que estaba mal ahí, sino que se había acordado del dolor emocional que Ava y Enzo le habían causado con tanta violencia, ¡sobre su propia cama!, tal vez era eso lo que más le molestaba, y no era lo único, pues la hicieron esperar una hora y nueve minutos por que llegara Dios a entrevistarla, pues, ella le llamó Dios, porque eso se creía hasta antes de salir de la oficina.













*











Verificaba todo, la temperatura del Champán, del vino blanco y tinto, y la posición de las etiquetas de todas las bebidas alcohólicas, verificaba doblemente la temperatura del salón para asegurarse que la flora perduraría hasta la noche y estuviera en su más hermoso momento para brillar junto a las personas más importantes de la noche. Pensaba en lo temprano que era todavía, en que probablemente no se habían despertado, o quizás no habían podido dormir por los nervios, pero decidió guardar su iPhone, pues la tentación era demasiada, era tanta que estuvo a punto de llamarles, pero se dedicó a inspeccionar la alfombra, que no tuviera ni una mancha, porque había tiempo de sobra para limpiarla, porque todo tenía que ser perfecto, así como lo fue en su día, que ahora se habían invertido los papeles y era ella quien velaba por la perfección. Supervisaba el doblado de las servilletas de tela y la posición geográfica de ellas sobre los platos blancos de cerámica, hasta se escabulló en la cocina para supervisar que los vegetales y las frutas fueran la frescura más fresca de la historia, todavía supervisó al Sous Chef, que se encargaba de quitarle la cáscara a las naranjas, a las toronjas y a los pomelos para que el Chef se encargara de cortarlos en gajos sin septas, todo mientras otro esclavo de la cocina sacaba semilla por semilla de las granadinas, escogiendo las más sanas y más rojas. Así era ella, que tenía al Sous Chef y al Chef haciendo lo que deberían estar haciendo otras personas.













*











- Quiero la lista entera de la Boda de los Morgan y quiero saber por qué la mayoría de los invitados del lanzamiento de la colección de Armani∣Exchange no están bajo ningún dato en el RSVP- irrumpió aquella menuda mujer en la oficina, con exceso de maquillaje y volumen de cabello, y bronceado, y joyas, y de todo, hablándole como al aire, despertándola del susto, pues ya estaba soñando con los ojos abiertos, y fue cuando notó que, detrás de la puerta, estaba una chica muy delgada en un mal intento por verse chic y que tomaba nota con rapidez. – Consígueme una Diet Coke- exhortó, sin ningún "por favor" y sin ningún "gracias". – Soy Jacqueline Hall, Senior Planner de "Sparks PR"- dijo, dejándose caer en la silla de cuero negro al otro lado del escritorio y hundiéndose en un hostigamiento prematuro por hacer otra entrevista a otra aspirante a conocer a todos los famosos.



- Buenos días, yo soy…- dijo, pero Jacqueline levantó la mano, interrumpiéndola y evitando escuchar su voz, porque le pareció muy aguda, aunque era que la suya era muy grave, hasta parecía no tener voz, como si tuviera atrofiadas las cuerdas vocales, no, tenía voz de fumadora empedernida.



- Tu hoja de vida- sonrió, pensando en lo rutinario que aquello se estaba volviendo, ¿a caso era tan difícil encontrar a alguien que fuera diligente, chic, inteligente y que tuviera algo que aportar? Le alcanzó la hoja de vida, la que su adorado chofer se había encargado de tenerle lista. –Cum Laude en ambos estudios…cinco idiomas…pasantías en Wilhemina Models y en Mercer LLC…investigación de inducción, fusiones y adquisiciones…marketing estratégico… ¿y qué quieres hacer?- preguntó, volviéndola a ver con mirada hastiada, preguntándose con qué maravilla saldría esta farsante.



- Pues, me acabo de graduar de NYU como dice ahí, y creo que entiendo mucho de las Relaciones Públicas- sonrió, manteniendo la cordura, pues a ella tampoco le gustaba que la trataran como había tratado a quien ella suponía que era su asistente.



- Con "creer" no se hace nada en este negocio, ni en la vida- y eso fue lo que le cayó como Chili con carne con dos días de ayuno y de desayuno: pesadísimo.



- Digo, no conozco el negocio en sí, pero puedo aportar mucho



- Te diré algo- dijo, recibiendo la lata de Diet Coke de la mano de su asistente, que no le dijo "gracias" de nuevo, y eso le molestó. – He visto a por lo menos a cien personas que quieren este puesto, que es un mal puesto y con mala paga, y todos vienen aquí porque quieren llegar a ser como lo que Samantha Jones les vendió en "Sex & The City", eso es idealización de las Relaciones Públicas, pues no es sólo eso. – hasta ese punto, ella no entendía por dónde iba el argumento, si es que era uno en realidad. – No se trata sólo de organizar un evento, eso es una parte, pero cuidar la imagen es primordial, tanto la de la marca, como la de la empresa, como la personal…y, sin ofenderte, tú no tienes imagen, eres como todos los demás que han venido, queriendo ser alguien sin ser alguien



- Piensas que soy una pretensión nada más y que no tengo absolutamente nada que aportar, que soy como todos los demás- sonrió mientras murmuraba para sí misma, cruzó la pierna.



- No me lo tomes a mal, es sólo un consejo, no pretendas ser de alta sociedad cuando no lo eres- dijo, vertiendo luego el líquido en su garganta, dejando la marca de su brillo labial en el borde de la lata, era asqueroso, sin clase, como ella, como lo que le decía a ella que no fuera.













*











Verificó que las ostras fueran frescas también, pues había costado dos vueltas al mundo conseguir un proveedor de ostras recién sacadas del océano, y verificó que las abrieran y las limpiaran correctamente para volverlas a cerrar y guardarlas en un enorme recipiente con hielo. Luego se dio un vistazo por la estación de las entradas, que las estaban preparando en ese momento; salmón por aquí, caviar por aquí más, eneldo cruzado, baguette recién horneado. Y, por último, habló con los tres bartenders que estarían de turno; pues, por lo menos uno, debería estar pendiente de que las bebidas en la mesa principal no faltaran, fuera agua o fuera champán. ¡El Champán! Y corrió al auto, en donde su chofer de toda la vida, hasta que la muerte los separara, la esperaba pacientemente, como siempre, y buscó y sacó la caja de diez botellas de Dom Pérignon Rosé Vintage Brut, que las llevó rápidamente al congelador de Champán para tenerlos listos para el brindis. Y luego de eso, supervisó la estación de postres, en donde probó, por última vez, el mejor Cheesecake de la historia y le dio el "ok" más sincero, saboreando la felicidad que tendrían las personas más importantes del día al probar aquel inmaculado y perfecto postre; la conclusión para un menú acertadamente compuesto, pues claro, lo habían compuesto entre dos grandes; un teórico y un técnico culinario.













*











- ¿No soy de la alta sociedad?- preguntó, consiguiendo una negación de cabeza. – Explícame, no quiero equivocarme, parece que sabes mucho al respecto- sonrió, con ese toque personal de resentimiento y ego y orgullo herido.



-Primero, te hice esperar más de una hora, una Socialité se hubiera marchado, pues no necesita el trabajo, yo tengo que soportarlos, no ellos a mí. Segundo, tus universidades.



- ¿Qué pasa con ellas?



- Te graduaste con honores en las dos, eso significa que eres inteligente, muy inteligente, y ambas universidades son un tanto fuera del alcance del bolsillo de cualquiera



- ¿Ser de clase alta es ser estúpido?- rió.



- No siempre, hay excepciones, y tú lo sabes muy bien, por lo que creo que tuviste muy buenas ofertas de becas para pagarte tus estudios y quizás una vivienda, o todavía vives con tus papás en Queens…porque el acento neoyorquino lo tienes…lo que me hace pensar que ese bolso Balenciaga que llevas es una copia cara pero muy buena, muy parecido a lo real, y que tus zapatos son otra buena copia, dime… ¿son asiáticos o afroamericanos?



- ¿Por qué? ¿Quieres comprar unos también?-rió de nuevo ante la elucubración más insensata e incoherente de la historia.



- Lo que me confunde es que me tratas de "tú" y no de "usted", lo que nos hace iguales



- Las confusiones son relativas, bueno…es que uno se confunde solo- sonrió, poniéndose de pie.



- La entrevista no ha terminado- dijo Jacqueline, elevando el tono de voz. Qué carácter.



- Esto no es una entrevista, es una "deducción" de lo que crees que soy…y, si es una entrevista como tú dices, yo la doy por terminada- dijo, alcanzándole la mano para despedirse. – Mamá tenía mucha razón…- dijo, sólo por aventar una granada y esconder la mano, pues Jacqueline siempre iba a querer saber más, más por cómo se le había "igualado".



- ¿Qué con tu mamá?- se burló, liberando un enojo poco común.



- Nada, después de todo, vive en Queens…



- A mí nadie me ve la cara de estúpida- balbuceó iracundamente ante el ninguneo de alguien de clase media que se creía de clase alta.



- Yo no te la he visto, tú te la has puesto, yo no juzgo, tú sí- sonrió. – Un placer, Licenciada Hall



- Yo tampoco juzgo- gruñó, sintiéndose retada como nunca antes.



- Te daré un consejo- sonrió, volviéndose hacia Jacqueline, pues ya estaba con un pie fuera de la oficina. – Cuando quieras encontrar a alguien digno de una plaza tan "sobrevalorada", entrevístalo, no le digas que es de clase baja que se ha esforzado por pretender ser de clase alta…uno sabe lo que es y no necesita que alguien se lo diga, alguien como tú mucho menos…dale la oportunidad de presentarse tal cual, porque tú has asumido muchísimas cosas y no sabes si son ciertas…la estupidez no tiene que ver con clases sociales, sino con la capacidad de aprovechar las habilidades mentales y fisiológicas que uno posee…y, por cierto, me encantó tanto tener las dos becas que las puse en mi hoja de vida. Un placer. –guiñó su ojo y salió de aquella oficina con más aire que nunca, con resaca nula y con una sonrisa de orgullo curado.













*











Revisó que todo estuviera en su lugar y dio las últimas instrucciones a la encargada del evento, como si fuera ella quien estaba encargada, pues podía estarlo pero para algo le estaban pagando a la encargada, ella sólo era la "Double-Checker". Subió a la habitación y se encargó, personalmente de arreglar la cama, con sábanas Vera Wang y almohadas más cómodas que la comodidad misma, difusores de olor de granadilla con un toque de pimienta roja y pino, toallas Frette blancas, batas de baño Matouk Cairo, y todo lo necesario para no salir de ahí hasta que se les diera la gana, pues hasta una Duffel Bag con ropa les había instalado.













*











Salió de aquel edificio con la mejor de las sonrisas y buscó en su bolso la cajetilla de Marlboro Gold, que nunca se acostumbraba a llamarlos Gold porque seguían siendo los mismos Light, para ponerse uno en los labios y encenderlo para relajarse, o al menos para empezar a relajarse. Inhaló la primera vez y declaró una nueva vida, sin Enzo y sin Ava, dos amores que debía olvidar y que no podía reemplazar porque eran únicos, habían sido únicos. Sacó su iPhone y empezó a marcar para que su chofer le hiciera el favor de detener el auto frente el edificio y así ella poder irse a casa de sus papás a almorzar comida caliente y deliciosa y, como era martes, seguramente habría Cheese Lasagna y Pomerol, y luego una siesta en la habitación de cine, enrollada en una cobija con el aire acondicionado a menos mil grados centígrados mientras alguna película aburrida y dramática como "Pearl Harbor" en TNT la hiciera dormir.



- ¿En dónde conseguiste un iPhone?- preguntó Jacqueline a sus espaldas, viéndola con asombro.



- Ah, por ahí en Queens- rió, colgando con su chofer de una buena vez.



- Me equivoqué contigo- dijo, acercándose y encarándola.



- No me juzgues



- Pues dime quién eres



- Si hubieras leído bien la hoja de vida, lo sabrías- sonrió, exhalando el humo del cigarrillo, que ya no era tan placentero.



- Tú no me vas a dar clases de cómo leer una hoja de vida



- No, porque ese es tu trabajo, saber cómo hacerlo, yo sólo te digo que, así como a ti te dieron la oportunidad de ser alguien, se la des a alguien más- el auto se detuvo frente a ella y el chofer se bajó del auto para abrir la puerta trasera para ella. – Como dije antes, un placer- sonrió, pateando la colilla de su cigarrillo con su Manolo Blahnik y recogiéndolo del suelo, pues no le gustaba ensuciar las calles de su ciudad.



- Miss Roberts…- susurró, bajando la cabeza para saludarla y darle paso al interior del auto.



- Hugh, llévame donde mamá, por favor- murmuró, aunque Jacqueline alcanzó a escuchar.



- ¿A la oficina o a casa?- preguntó, viendo cómo su empleadora se metía en el auto.



- A la Quinta Avenida, por favor- dijo, nombrando la Avenida para remarcar la clase social y el "por favor" para darle una lección de vida a Jacqueline.



Hugh cerró la puerta al cerciorarse que Miss Roberts estaba completamente dentro del Mercedes Benz negro y de vidrios ahumados, no polarizados, pues a ella no le gustaba sentirse incógnita. Jacqueline se quedó boquiabierta, parada en su soledad y estupidez en aquella acera, no sabiendo exactamente quién era "Miss Roberts", pero lo averiguaría y le daría el puesto, en caso de que lo aceptara después de la escena de inmadurez que había presenciado.



Exactamente a esa hora, en ese momento, a las once y treinta y tres, en el Financial District, un joven de veinticinco años, alto y un tanto flacucho aunque con una meta física muy fornida que todavía no había alcanzado, estrechaba la mano de Timothy Whittaker después de haber firmado la sociedad en la Consultora Financiera tras haber tenido demasiado éxito en la consultoría con el CitiBank, tanto que habían firmado contrato por cinco años gracias a él. Era un joven de buen parecido, de ojos grises con una pizca de turquesa, de barbilla ligeramente marcada por el medio, muy masculino; cejas pobladas pero siempre divididas, cabello negro un tanto largo en rizos anchos que los peinaba hacia atrás y hacia el lado izquierdo por costumbre, exento de barba, aretes y tatuajes. Vestido siempre en traje formal negro, gris oscuro o azul marino, siempre de Ralph Lauren, pues en eran los patrocinadores del equipo de Polo, obviamente, al que él pertenecía. Esa vez vestía de negro, camisa blanca y corbata azul a diminutos círculos celestes que se detenía por una Tie-Bar que era notable, todo un consultor financiero.



Salió de aquella oficina y se dirigió a la suya, pues era nueva, y respiró, por primera vez, el aire de la privacidad de un espacio de treinta metros cuadrados sólo para él y la horrible decoración, pues era inexistente. Se acercó al ventanal que comprendía la altura completa de su oficina, de suelo a techo, y contempló la hermosa vista de Governor’s Island. Sacó su recién adquirido iPhone, aparato que le había molestado cambiar por su funcional Blackberry, y tomó una fotografía con aquella inmunda resolución. Deshizo el botón de su saco e indicó a los trabajadores dónde colocar el escritorio, el archivero y dónde quería conexiones para tener mejor acceso a todo. Salió del edificio y se dirigió a Dean & Deluca de Broadway para almorzar con Patrick, su mejor amigo, quien acababa de terminar su especialidad de Cirugía y ya tenía trabajo en Lennox Hill.













*











Ahora, el treinta de mayo del dos mil catorce, apenas se despertaba. No encontró a su esposa en la cama, pues no había dormido en casa, ah, primera noche que no dormía con ella, no desde aquello, cómo la había extrañado, en quince días, tendría un año de ser su esposo, y sonrió ante el recuerdo del día de su boda, acordándose de lo nervioso que había estado pero de lo feliz que había sido desde ese día, el recuerdo de Natasha, caminando hacia el altar del brazo de su ahora suegro, que su esposa vestía un hermoso vestido blanco que no era pomposo ni engordante, sino que tallaba disimuladamente sus curvas entre el encaje, pues era una explosión estilizada y elegante de encaje blanco, tanto en el vestido como en la ligera chaqueta que le cubría los hombros, sólo para guardar el debido respeto ante la Entidad Suprema en St. Patrick’s Cathedral y que estuvo a punto de llorar al verla más bella que nunca, pero se sintió un poco incómodo ante la sensación y lo reprimió, porque era macho, y volvió a ver a Yulia, quien esperaba a Natasha frente a él, y le sonrió reconfortantemente, acordándole lo afortunado que era.



Se levantó, no sin antes lavarse los dientes y la cara, y salió en su típica ropa deportiva: pantalón ajustado a sus piernas y en una camiseta negra, sólo para verla sentada a la mesa del comedor, jugando en su iPhone mientras tomaba una taza en su mano izquierda y la llevaba a sus labios, no sin antes soplar el líquido, que sabía que no era café. La vio unos momentos y sonrió ante la imagen que viviría ese día, que más bien reviviría, y se acercó a ella al compás de la mordida de una tostada de pan integral con mantequilla y jamón de pavo.



- ¿Nerviosa?- preguntó, sonriéndole mientras se inclinaba para darle un beso en su cabeza.



- Buenos días- rió en cuanto tragó. - ¿Qué tal dormiste?



- Bien, siempre duermo bien- sonrió de nuevo, sentándose a la mesa y sirviéndose jugo de naranja recién exprimido. –Buenos días, Agnieszka- murmuró, saludando al ama de llaves al verla cruzar por la puerta de la cocina, quien llevaba un plato con el típico desayuno que comía Phillip: cuatro trozos de tocino, dos huevos revueltos, tres salchichas, dos tostadas de pan integral y dos tostadas a la francesa, polveadas de azúcar pulverizada. – Se ve muy rico, como siempre, muchísimas gracias- agradeció, por educación, por costumbre y por verdadero agradecimiento. - ¿Qué tal dormiste?- repitió, volviéndola a ver, notando una pequeña frustración en su mirada.



- Bien, pues…nerviosa, un poco, pero dormí bien después de que Agnieszka me hiciera un té. – sonrió para Agnieszka, quien le servía café a Phillip. – Pero bien, por lo demás, todo bien



- ¿Tienes todo? ¿Necesitas algo?



- Just her



- Isn’t that romantic?- rió.



- Deja las bromas- llevó la taza nuevamente a sus labios y bebió cálidamente tres tragos de ella, para que Agnieszka se la llenara de nuevo. - ¿Has sabido algo?



- Oye, tranquila, todo está bien- interrumpió de nuevo. – Mi esposa lo tiene todo bajo control, confía en ella, sabe lo que hace, siempre lo ha sabido



- Lo sé, lo sé, es sólo que no hemos hablado, no la he visto, no sé si está bien- murmuró entre su mordida doble de tostada.



- Si no estuviera bien, ya lo sabrías, ¿no crees?- susurró Phillip, tomándola de la mano y haciendo que lo viera a los ojos. – Relájate



Y pudo respirar tranquila, pues Phillip tenía razón, si algo no estuviera bien, ya lo sabría, por cualquier vía de comunicación, además, no era como que vivieran lejos; si el apartamento se hubiera incendiado o algo parecido, algo así de catastrófico, se hubieran dado cuenta, pues vivían literalmente en la misma calle, sólo que en una avenida más a la derecha.


Última edición por VIVALENZ28 el Lun Abr 24, 2017 8:07 pm, editado 2 veces
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jul 18, 2015 12:43 am

*

Pues, en aquel entonces, justo cuando Miss Roberts llegaba a casa de sus papás, en realidad al Penthouse de la Quinta Avenida, una rubia y estresada Diseñadora de Interiores se esforzaba por explicar las cuatro fases de la fabricación de muebles: Developing, Testing, Evaluation and Presentation, todo dentro de un análisis complejo de qué tipo de herramientas utilizar sobre el grupo designado, fibra de vidrio en su caso, cómo tratarlo, cómo prevenir daños y cómo explicar su desarrollo, en fin, sudando de nervios y de emoción anticipada, pues era el último examen del semestre y, con eso, que estaba segura que aprobaría con excelente calificación, estaría a un año de terminar su Maestría, que se había tomado el tiempo del Mundo para hacerlo despacio y con buenas calificaciones, pues no quería regresar a casa, no era algo que le llamaba mucho la atención.

- Dijiste que la funcionalidad no era igual a la calidad, ¿qué quisiste decir con eso?- preguntó uno de sus ocho compañeros de curso.

- La calidad puede referirse a la calidad del material, o a la calidad de la mano de obra, la calidad del acabado o, también, la calidad de la funcionalidad… la funcionalidad, por aparte, se refiere a qué tan bien funciona el material para la estructura del mueble, qué tan bien funciona el diseño para el cliente; desde la accesibilidad hasta el mantenimiento…

Y con esa respuesta, un tanto a la ligera, Professor Greene, dio por terminada la presentación y los dejó libres en una digna vacación de verano, pues habían tenido que posponer las presentaciones un mes debido a problemas de organización académica de la administración. Salió al calor y al sol de Savannah, subiéndose el jeans hasta por debajo de las rodillas, quitándose sus tacones de cuero café Nine West de ocho diminutos centímetros para deslizarse en unas sandalias de goma que habían diseñado los de diseño de modas de ahí mismo y, quitándose su cárdigan azul, quedó en un look de verano en su camiseta blanca desmangada, por la que, a los lados de las mangas, dejaba ver los elásticos de su blanco sostén. Arrojó sus tacones y su bolso en la canastilla, tomó el manubrio y, caminando sobre la acera, dio un salto y empezó a pedalear su bicicleta hasta Pizza Hut, la más cercana, en donde se encontraría con Mia, su compañera de vivienda, y su novio, Lucas, y con su novio, Andrew, con quien nunca había compartido nada más que besos tímidos y restringidos en el sofá de la sala de estar de su apartamento.

*

- Hannah, necesito que averigües quién es Natasha Roberts, la que estuvo aquí hace unos momentos- dictó Jacqueline a su asistente, a la chica que había estado antes ahí. – Quién es, quiénes son sus papás, qué hace, dónde vive, ¡todo! Si ha torturado patos en Central Park, ¡quiero saberlo! - gruñó, levantando los brazos al aire. – Y tráeme una Diet Coke- exhortó en su voz aguda, hundiéndose en su silla de cuero negra y encendiendo el monitor de su ordenador mientras le hacía el gesto de "retírate" a Hannah, quien se retiraba como sin saber para dónde ir.

Jacqueline Hall era más falsa que el bronceado de Donald Trump, y pues, es que tenían el mismo problema, un exceso de bronceado que dejaba de verse natural, era casi de tono naranja, a lo John F. Kennedy, pero se veía mal, más por su cabello voluminoso al exceso, con una notable rinoplastia, sonrisa de mentira, ojos por igual; de aquella moda que alguna vez hubo de los lentes de contacto de colores. Y todavía usaba aretes gigantes, como si la primera regla de la moda fuera no usar aretes más grandes que sus orejas, collares asfixiantemente enormes, en largo y en ancho, y en peso también, pues se veían mal en aquel raquítico cuerpo, como si fuera Eva Longoria en su época más delgada, y en una blusa flamenca y falda de vuelos, no había nada agradable, pues era simplemente demasiado.

- No tenemos nada sobre ella- dijo Hannah, alcanzándole la página impresa de datos inexistentes sobre su víctima, ¿o había sido Jacqueline su víctima? Le arrebató la página y la lata de Diet Coke de las manos con enojo, y le hizo el mismo gesto de siempre para que se retirara, sin ningún "gracias", ni nada.

Entonces, ¿cómo saber quién es alguien de la alta sociedad si no existe un récord? Sencillo: llamar al contacto de la hoja de vida y citarlo a una segunda entrevista. Jacqueline estaba más que interesada en Miss Roberts, al menos porque era la excepción de la alta sociedad, ¿qué hacía mendigando un trabajo? Buscó la hoja de vida y no la encontró, hizo que Hannah la buscara hasta que la oficina quedara hecha un caos, todo para darse cuenta que había metido aquella inmaculada impresión en su bolso. Corroboró el número y decidió llamar después de almuerzo, pues ya su diminuto y flacucho estómago le rogaba por comida.

Phillip Charles Noltenius II estuvo siempre agradecido porque sus papás, Katherine Parker, heredera de tres petroleras tejanas, y Phillip Charles Noltenius I, Veterano por la guerra de Vietnam, de 1970 a 1975, quien se había dedicado, tras la guerra, a construir botes por motivo de terapia psicológica posguerra, a tal grado que se convirtieron en demanda consumista de la elite mundial, no lo habían llamado "Junior", pues era todo menos eso. Tenía, en ese entonces, toda su vida de vivir en Manhattan aunque, desde que cumplió los quince, sus papás se mudaron a Corpus Cristi, Texas, para que Katherine pudiera tomar control sobre el patrimonio de la familia tras la muerte de su hermano mayor, en un típico y trágico accidente en una de las perforadoras, y Phillip I pudiera seguir construyendo sus yates, lo habían dejado viviendo solo en Manhattan. Le habían contratado dos guardaespaldas y le habían comprado un apartamento sencillo y pequeño en el Financial District, el Penthouse, para que atendiera su vida escolar prematura a Léman Manhattan, en donde era de los pocos que no eran internos. No quiso irse a Texas porque sabía que quería quedarse viviendo en esa hermosa ciudad y que ahí trabajaría, en alguno de los enormes edificios de Wall Street, y lo había logrado después de estudiar Economics y Finance en Princeton, Bachelor y Master.

Tenía una hermana, Adrienne, que era cinco años menor que él, que lo admiraba a pesar de casi no compartir con él, lo admiraba tanto, pero tanto, que lo odiaba, pues era el orgullo de sus papás, y siempre que lo veía peleaba con él por A o por B motivo, pero era una admiración y una envidia profunda que no era sana, ni a nivel filial, ni civil, ni social, un sentimiento que no había podido superar hasta el día en el que su abuela materna, Elizabeth, había fallecido por un cáncer de páncreas que había alcanzado a hacer metástasis y se había dejado ir sin el menor de los avisos previos, pues lo había visto como un verdadero ser humano, llorando como un niño, con aliento a Whisky, ojos rojos, su traje de ya dos días sin cambiar; lo veía humano, pero el encanto le había durado poco, pues le parecía simplemente imposible demostrarle su amor, aunque si lo amaba, él a ella era distinto, pues él se desvivía por su hermanita menor, intentaba ser su protector. Las dos veces que había ido a Texas, había tenido que intervenir entre Adrienne y su novio de turno, bueno, su beso de turno, pues le importaba demasiado, porque era muy bonita, era como una versión joven de Brooke Shields pero mejorada.

Pues bien, Phillip, entre su buen parecido, era asediado por las mujeres, era su debilidad, más bien Phillip era la debilidad de muchas, pues decía que no tenía que probarlas a todas para saber cuál era la correcta, no había conocido a una mujer que lo dejara pensando en nada y que le pusiera la mente en blanco, que lo dejara sin palabras y lo hiciera hacer cosas estúpidas sin que ella se lo pidiera, pues, no estaba muy lejos de conocerla. No era precisamente lo que se conocía como un "Playboy", pues no se acostaba con cualquiera, en realidad sólo se había acostado con dos mujeres en sus veinticinco años: Denise, su primera vez y su novia de tres años en el colegio, y Valerie, su novia de dos años en Princeton; ambas relaciones terminaron porque Phillip no podía ofrecerles, a largo plazo, esa cosa, sí, esa cosa del matrimonio, pues eso era algo que a él no le interesaba, hasta le daba terror pensar en que debía atarse a alguien y de por vida. Pero, fiesta a la que iba, lograba enamorar a cualquier señorita que se le acercara, con sus habilidades políticas de hablar volúmenes vacíos sobre lo que fuera y, junto con su habilidad para bailar bien, le conseguían uno que otro: "¿Continuamos esto en tu casa pero sin ropa?", a lo que el noventa por ciento del tiempo se negaba porque sabía que estaba mal, el otro diez por ciento accedía porque no podía dejar que señoritas así de guapas intentaran llegar a casa, se perderían antes, y era de los que se las llevaba a casa y las bañaba si se vomitaban, las ponía a dormir cuando ya se habían desmayado, y lavaba, secaba y planchaba sus ropas para que, cuando se despertaran, tuvieran ropa limpia.

- Ella, ¿cómo te fue en la entrevista de ahora?- murmuró Margaret, su mamá, inhalando el aroma del Pomerol con el que acompañaba la Lasagna.

- Madre, por favor, no me llames así- dijo, llamándola "madre" por su enojo pasajero, pues solía llamarla "mamá", pero nunca "mami", mucho menos "mamita"; oscilaba entre "Margarita" y "Maggie" también.

- ¿Por qué no? Dame una buena razón y te llamaré por tu segundo nombre, como a ti te gusta

- Bueno, aparte de que es porque me gusta más mi segundo nombre…intento hacerme mi propio nombre, no quiero que me den un trabajo por ser la hija de Romeo Roberts y Margaret Robinson, todos saben que "Ella Roberts" es su hija, pero "Natasha Roberts" es…una más- sonrió, ensartándole elegantemente el tenedor a un par de hojas de arúgula.

- Me corrijo; Natasha, ¿cómo te fue en la entrevista de ahora?- rió, sacudiendo su cabeza de lado a lado, dándole la razón a su hija pero sin decírselo.

- Jacqueline Hall me entrevistó, tal y como me lo advertiste

- No es muy amable, ¿cierto?- sonrió con ternura para su única hija.

- No, no lo es…le faltó tener una madre como tú- rió Natasha, tomándola de la mano. – Pero bueno, basta de romanticismos- se recompuso, pues la relación entre ellas era un tanto de amor-odio. – Seguramente me llamará para una segunda entrevista, para una entrevista de verdad, pues lo de ahora no fue eso

- ¿Y qué fue?

- La muy perra…

- Señorita, watch that language…así no es como habla mi hija- interrumpió Margaret, regañándola con la mirada y con su dedo índice.

- Pues, está bien…se dedicó a elucubrar sobre mí…pero cosas que ni te imaginas

- Cuéntame, porque puedo hacer algo al respecto al cubrir el servicio de comida en su evento de Armani- sonrió con preocupación, pues siempre tuvo la imagen de una Natasha baja en autoestima, aunque se equivocaba.

- Pues, se reduce a que mis papás habían tenido que vender sus riñones y que tuve que conseguir un par de becas para poder ir a Brown y a NYU, que dejara de intentar parecer una Socialité, dijo que mi Balenciaga era una copia muy buena, todavía me preguntó si era asiática o afroamericana- rió, llevando el último bocado de Lasagna a su boca. – Dice que un rico no puede ser inteligente, que eso no va en los genes- Margaret estalló en una risa.

- No seré tan ruda con ella, ¿está bien?- Natasha asintió. – Bien, ¿cuáles son tus planes para el resto del día?

- Pues pensaba ver alguna película aquí, una siesta…superar a Enzo

- Cariño, Enzo no vale la pena, tú eres mucho más que ese ridículo francés- dijo, en tono reconfortante, algo no muy común en ella. – Sal, distráete, ve de compras, yo invito- sonrió, sabiendo que esa era la terapia femenina más efectiva para olvidar desde un mal de amores hasta una frustración de mayor magnitud.

Después dos pizzas de Pepperoni y dos jarras de Pepsi, todavía después cinnamon sticks, todo un consumismo en Pizza Hut, aquellas cuatro personas, todas estudiantes, se dirigieron al cómodo y pequeño apartamento que quedaba casi a un lado de la universidad. Era de tres habitaciones, la suya y la de Mia, más una sala de estar, una cocina y un baño, todo por el módico precio de seiscientos dólares mensuales; con teléfono, cable básico, internet inalámbrico, lavadora y secadora, lavadora de platos, agua caliente y aire acondicionado/calefacción incluidos.

- Ven aquí, déjame besarte- murmuró Andrew, cerrando la puerta de la habitación y halándola de la mano, trayéndola hacia él y clavándole un beso un tanto salivoso que siguió, porque ella se lo permitió, por su cuello, detrás de sus orejas y de nuevo a sus labios mientras sus manos la tomaban por la cadera, la rodeaban alocadamente, metiéndose por debajo de esa camiseta blanca hasta su cintura y luego bajaban lentamente hasta escabullirse entre sus panties blancos y la tela de su jeans para acariciar su trasero.

El beso bajó por su pecho desnudo, besando sus huesudas clavículas y tomó la camisa entre sus manos y la retiró, dejándola en su sostén blanco. Ella estaba jadeante, nerviosa, dubitativa, él, por el otro lado, estaba emocionado que por fin iba a suceder, por fin, por fin, por fin, después de una larga espera de cuatro meses iba a suceder, más con esa diosa, con esa perfecta mujer que podía ganarse la vida con su belleza física, modelo pues, pero que era, sobre eso, inteligente y visionaria, más con ese ligero acento tosco pero que le daba sensualidad, pero sólo era para algunas palabras, por lo demás, pasaría por norteamericana, más con su cali-look; blanca con curvas generosas pero no exageradas, esa cabellera roja y ondulada, un tanto alocada, ojos verdegrises que penetraban el alma de cualquier hombre y mujer, era de las que volteaban cabezas.

La acostó sobre su cama y él se colocó sobre ella, besándola simplemente mal, desesperado, provocándole asco a su novia, tentándola a detener aquella potencial escena de sexo que no quería que sucediera, pero sentir que la tocaban la hacía sentir mujer, era una lucha mitológica en su cabeza. Le quitó el jeans y la besó desde sus piernas hasta su entrepierna, liberando un callado gemido de excitación al sentir su cálida exhalación en ese lugar que nadie había tocado hacía más de cinco años, nadie más que ella y sólo ocasionalmente. Subió por su vientre, besándola, mordiendo su abdomen, haciendo aquel momento doloroso y eterno, un arrepentimiento total para ella. Se quitó su camisa, que de haberla dejado puesta lograba llevarla a la cama al cien por ciento, pero no, pues cuando se recostó sobre ella y la dejó sentir sus pectorales ligeramente cargados de vellos viriles y masculinos, ella se estremeció y lo detuvo.

- No, no…- murmuró, tapándose los ojos con un brazo y tumbándolo a su lado.

- ¿No qué, Lena?- jadeó frustradamente Andrew mientras caía sobre su espalda al lado de una parcialmente desnuda Lena.

- No puedo, lo siento

- ¿Por qué no puedes? ¿Tienes miedo de que te lastime al sentirme dentro?- dijo, como si eso fuera lo más obvio.

- No, no me vas a lastimar, simplemente no puedo

- ¿Vas a poder alguna vez?- preguntó, volviéndose hacia ella, viendo su verdegris mirada encarar el blanco techo. Lena se quedó en silencio un momento, pensando lo que no debía pensar, pues no había nada que pensar. – Pues, si nunca vas a poder…por la razón infantil que sea, porque debe ser infantil para que no me la puedas decir, te da vergüenza…creo que esto tampoco no va a poder ser- susurró, sentándose y dándole la espalda a Lena, dejándole ver su tatuaje sobre su omóplato izquierdo, el que Lena nunca le había visto con tanto detenimiento, que no fue hasta entonces que supo que estaba mal escrito: "Life’s to short to worry and to long to wait". "Too!" gritó en su mente.

- ¿Me estás terminando?- murmuró, escondiendo su sonrisa.

- Así es, hermosa pelirroja- sonrió, viéndola en ropas menores de reojo, qué cuerpo que el que tenía. - ¿Estás bien?- susurró, dándose la vuelta e inclinándose sobre Lena para darle un beso en la frente. Ella asintió. – Nos vemos por ahí- murmuró a ras de su frente y le dio otro beso. Se puso de pie, recogió su camisa del suelo y salió de la habitación mientras se la volvía a poner, liberando a Lena de una culpa sexual.

*

Regresó al auto, en donde Hugh la esperaba, como siempre, como desde que tenía once años y atendía St. Bernadette’s Academy, él le abrió la puerta, tal y como mucho tiempo atrás frente a Jacqueline Hall, y la cerró, bordeando el Mercedes Benz, negro y ahumado de las ventanas, como el de hacía siete años pero seis años más nuevo que aquel, y condujo únicamente dos calles hacia arriba y media avenida hacia la izquierda, dejándola frente al 680, que gloriosamente quedaba frente a Barneys, a la vuelta Hermès, a un par de calles Bergdorf’s, mejor locación no existía. Saludó a Józef, el portero del edificio, y estalló en lágrimas emocionales. Quizás era la mezcla de las emociones encontradas: revivir aquel día de hace casi un año, tomando en cuenta el hecho de que todavía no creía verdadero lo que estaba a punto de pasar, pues, no tan "a punto" pero ese día cambiaría todo, o quizás no, pero estaba feliz, muy feliz, y muy conmovida. Se sentó en el sofá del Lobby y esperó dos minutos a que lo enrojecido de sus ojos se desvaneciera. Hundió su cara en sus delgadas manos, ahora sin manicurar, restregó sus ojos, su cara entera y terminó por peinar su cabello con sus dedos, teniendo cuidado de no enredar su anillo de compromiso entre su cabello. Se puso de pie, paseando sus manos húmedas por su camiseta negra para secarlas y caminó a ras de la alfombra con sus zapatillas deportivas Nike magenta y amarillo y esperó el ascensor.

- Buenos días, Guapísima, ¿qué tal amaneciste?- sonrió al contestar su iPhone y escuchar el timbre de llegada del ascensor.

- Bien, bien, ¿y tú?- preguntó, con cierta preocupación en su voz.

- Bien, también, voy llegando al apartamento ahorita…estaba en el Plaza

- Tú, como siempre, paranoicamente precavida- rió, acordándole que el día de su boda, antes de meterse en el vestido, salió corriendo, ya maquillada y peinada, al Plaza sólo para asegurarse de que todo estuviera bien.

- Pues, es un día muy lindo, todo tiene que ser perfecto- dijo, presionando el número once en el tablero. - ¿Cómo te sientes?

- No tengo idea…es como cuando tienes hambre pero no sabes de qué, que tienes ganas de ir al baño y vas, pero no haces nada, que estás aburrida pero no hay nada que te entretenga porque no estás aburrida en realidad, ¿me entiendes?

- Sí, se llama "nerviosismo"- rió. - ¿Has dormido bien? ¿O debo enviar a mi masajista de nuevo para un masaje relajante que te deje dormida cuatro horas? Todavía tienes tiempo

- No, estoy bien, de verdad... creo que necesitaba escucharte para que la calma me entrara en el sistema- rió nasalmente, llevando la segunda taza de té a sus labios. - ¿Durmió bien?- escuchó el timbre de llegada del ascensor y escuchó respirar pesadamente un par de veces a Natasha. - ¿Durmió bien?- repitió, escuchando el sonido de las llaves en su mano.

- Bebimos un par de Martinis, no muchos, dos o tres, vimos la Saga completa de "Twilight" mientras comíamos algo de "Cilantro", tú sabes, para aliviar los nervios…- sonrió para el teléfono, insertando la llave en el cerrojo y abriendo la puerta al girar la perilla. – Después de eso, se quedó dormida, like a baby- continuó diciendo, caminando hacia la habitación. – Está muy bien, muy relajada, tranquila, ¿sí?- murmuró, viendo que en la cama no había nada. Se escuchó un sonido gutural de esfuerzo sobrenatural.

- ¿Qué fue eso?

- No es nada, sigue dormida- mintió. – Te llamo luego, ¿sí?- murmuró, en un tono muy relajado que logró venderle la mentira.

- Está bien, gracias, de verdad- murmuró. – Te veo más tarde, pero llámame o escríbeme antes para relajarme, ¿sí?

- Will do, promise. Gotta go, ciao- colgó, arrojando su bolso y su iPhone sobre la cama y caminando hacia el baño.
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jul 18, 2015 12:45 am

*

Andrew salió del apartamento y Lena se vistió de nuevo, yendo antes al baño para darse cuenta que su excitación no era más que una ilusión psicológica, pues la excitación que había sentido al sentir a Andrew en su entrepierna, no había tenido efecto físico notable alguno, ¡ni húmeda! Y no fue que se frustrara, pero al menos siguió corroborando, como siempre, que los hombres, en y con ella, no tenían efecto alguno, más que uno que otro de repulsión, no, "repulsión" no era la palabra correcta, pues no le daban asco, simplemente le incomodaba estar con uno en términos de intimidad. Salió del apartamento en el look veraniego del sol abrazador, se montó en su bicicleta y se dirigió hacia el taller de carpintería de la universidad, pues no tenía nada que hacer y no quería pasársela haraganeando en su cama, menos con ese infernal calor que traspasaba las paredes y superaba al aire acondicionado.

Recorrió la bodega, la parte de desechos y recogió un par de paneles de plywood que no servían para funcionalidad, pero sí para estética. No había nadie en carpintería, era la única que no quería disfrutar del verano, o tal vez no sabía cómo, pues era primer verano que pasaba en Savannah. Los veranos anteriores, por los últimos tres años, los había pasado en Atenas o en Roma. Atenas era la ciudad en donde había nacido y vivido siempre, vivía con sus papás; Sergey Sergeevich, quien tenía años de ser congresista del Movimiento Socialista Panhelénico, o PASOK, y buscaba ser Ministro de Relaciones Exteriores, y Inessa Katina, ama de casa porque a Sergey no le gustaba que trabajara, pero había estudiado Arquitectura en la Sapienza, aunque nunca la terminó porque se casó con Sergey estando ya embarazada con Lena, por lo que se mudaron a Atenas, pues Sergey era, en ese entonces, embajador de Grecia en Roma a sus treinta años, todo porque Andrey, el papá de Sergey, estaba ahogado en el gobierno y había conseguido que le dieran a Sergey la plaza con sólo haber estudiado Ciencias Políticas y Diplomacia, por lo que ahora, veintitrés años después, buscaba todavía el puesto de Ministro de Relaciones Exteriores, vaya frustración, para él por no conseguirlo, para Lena porque seguía intentando, pues a ella no le gustaba la política, menos verse involucrada en ella. Tampoco podía negar que le encantaba ir a Roma a pasar el verano con sus abuelos maternos, a que la consintieran al máximo; desde lo material hasta lo emocional, no se quejaba en ninguna ciudad, a veces quisiera poder tener a sus abuelos, a Olivia y a Alexander en Atenas, pero eso era imposible, pues ninguno de los dos soportaban a Sergey. Le gustaba Atenas pero no para estar en su casa.

No sabía qué haría, simplemente hizo lo que mejor sabía hacer: improvisar. Y empezó a cortar la madera, a pegarla a presión según los métodos que había aprendido en clase, y así lo hizo, Dios sabe cómo, pero Lena pasaría el resto del día, hasta parte de la noche y madrugada, construyendo una mesa de noche, con cajones sin rieles, que era posible sacar y meter debido a que el diseño era realmente sensato y había considerado todo, aunque claro, no podría pintarse, pues la laca, fuera de la densidad que fuera, arruinaría el arduo y perfecto lijado de aquella madera ficticia.

- Hola- saludó Natasha al teléfono, no reconociendo el número del que la llamaban.

- Habla Jacqueline Hall, Natasha- dijo al otro lado del teléfono, ansiosa por saber algo sobre ella, no sabía por qué o cómo, pero necesitaba saber.

- Ah, Jacqueline… ¿en qué puedo ayudarte?- rió nasal pero calladamente mientras repasaba con la mirada el maniquí que tenía el vestido que ella quería. – Quiero ese, por favor- susurró para la asistente de compras que le habían designado.

- Pues, quería saber si estás dispuesta a tener una verdadera entrevista de[url=#11929477] trabajo[/url]

- ¿Qué te hizo cambiar de opinión? ¿Qué tengo chofer y un iPhone? ¿O que sabes que puedo aportar intelectualmente?- sonrió, caminando por entre los percheros de ropa, viendo qué más podía comprar, sabía que Jacqueline no la creía intelectualmente capaz de[url=#89705355] trabajar[/url], pero que los bienes colaterales que ella podía traerle a "Sparks PR" eran grandes debido a sus amistades, ¿pues cómo negarse a alguien que podía llevar a Jay-Z a un evento para cantar quince minutos? Y eso que sólo había sido para cinco mil personas cuando estudiaba en Brown, pues Romeo había sido parte de su equipo de asesoría legal por muchos años.

- Sólo quiero entrevistarte, ¿cuándo tienes tiempo?- obvió el comentario, pues las tres preguntas iban amarradas una con la otra.

- Si pongo una hora, ni un minuto más, ni un minuto menos- exhortó, poniendo las reglas del juego, advirtiéndole a Jacqueline que se había dado cuenta de lo pisoteable que era.

- Escoge el lugar

- Bueno, de hecho, estoy en Bergdorf Goodman, si pudieras venir hace cinco minutos sería de mucho provecho, tengo la tarde ajetreada- sonrió, mintiendo, sólo para torturarla.

- Llego en cuanto antes

- Pregunta por mí a cualquiera y te dirán dónde encontrarme- colgó, arrojando su teléfono en el bolso.

Al otro extremo, Phillip Noltenius, ahora Junior Partner de "Watch Group", hacía sus compras viriles, esperando por un par de zapatos nuevos mientras merodeaba con la vista el extremo femenino, en donde alcanzaba a ver a una mujer, no muy alta, definitivamente más baja que él, al menos unos quince o veinte centímetros, pero tenía un cuerpo llamativo, aparte de un trasero demasiado exquisito en ese jeans Roberto Cavalli. New York no es como la gente cree, al menos no Manhattan, mujeres hermosas, todas hermosas, no se pasean todos los días por las calles, con suerte y se ve una al mes, con ropas de diseñador que no parecen ser una explosión de esfuerzo fallido por verse bien, y ese día era ese día del mes para Phillip, viendo a la mujer de cabello liso sonreírle a un abrigo negro y estirarlo del perchero, reflejando en el vidrio de su Rolex las luces blancas de Bergdorf Goodman, segundo piso. Fue la primera vez que Phillip quiso caminar hacia alguien y hablarle, porque siempre era al revés, pero se acobardó en cuanto llegó la asistente a mostrarle el vestido del maniquí, el que había pedido, aunque no le quitó la mirada de encima, pues nunca la volvería a ver, las probabilidades de volver a verla era de 1:1,600,000 si, y sólo si ,residía en Manhattan.

*

- ¿Qué pasa?- murmuró, poniéndose de rodillas a su lado y acariciando su cabeza mientras terminaba de jadear con el rostro literalmente metido en el inodoro. - ¿Estás bien? ¿Es la resaca?- y la vio sacudir la cabeza. - ¿Entonces? Háblame, por favor…

- No sé, me desperté bien, me quedé acostada un momento y me mareé, no creo que sea lo que cenamos

- ¿Estás segura?

- Si, Nate, estoy muy segura- dijo, saliendo del inodoro y poniéndose de pie para lavarse los dientes. – Gracias por quedarte, pues, no es como que tenías otra opción- sonrió.

- Darling, es un enorme placer- la miró a través del espejo y la abrazó, bordeando sus antebrazos. - ¿Nerviosa?

- Un poquito- se sonrojó. – ¿Sabes si…

- Shhh…tranquila, está bien, muy, muy bien- la interrumpió, como si tampoco quisiera que dijera su nombre. - ¿Necesitas un masaje? ¿Otras horas de sueño? Todavía tenemos tiempo- murmuró, dándole un beso en su cabeza, reconfortándola.

- No, no, desayuno me vendría bien- sonrió, paseando sus dedos por su cabello mientras Natasha se despegaba de ella y le alcanzaba una toalla.

- Bueno, bueno, yo te preparo el desayuno mientras tú te metes ahí- señaló la Neptune Kara que habían instalado hacía un par de meses.

- Está bien, sólo iré a darle de comer a Darth Vader- rió, caminando en la tanga negra de encaje y una camiseta desmangada roja, dejando su trasero y sus piernas a la vista de una indiferente Natasha.

No muy lejos de ahí, y cuando digo "no muy lejos" es porque es realmente no muy lejos, o sea a quinientos metros de ahí, Phillip terminaba su desayuno de campeón mientras la veía tomar de la taza de té y acabarse su segunda tostada, ésta con Nutella mientras jugaba en su iPhone, frustrada por no poder pasar de nivel, aunque no era lo que más le frustraba. Phillip se levantó de la mesa, ese día sin tocar el periódico y sin revisar sus e-mails, pues se había tomado dos días libres, casi igual que su esposa, igual que sus otros dos amores, aunque ellas se habían tomado desde el miércoles al medio día y no regresarían hasta el miércoles entrante. Se dirigió hasta la habitación que habían designado para que fuera el gimnasio privado, todo para que Phillip hiciera su rutina diaria: media hora para correr, media hora de pesas, quince minutos de abdominales y quince minutos de barra.

*

- Estoy lista para mi entrevista- le dijo a Jacqueline en cuanto la vio acercarse escoltada por su asistente.

- ¿Quién eres?- preguntó, yendo al grano, viéndola husmear un tanto con asco entre la colección de Tory Burch.

- Natasha Roberts- respondió, volviéndose a ella y haciéndole una expresión irónica, pues eso ya lo sabía. – La persona que puede aportar más intelecto que los que organizaron la fiesta fallida de mi mamá- dijo, en un tono de asco.

- ¿Quién es tu mamá?- se sentó en uno de los sillones, viendo a Natasha pasar de prenda en prenda, sacando una que otra prenda de vez en cuando y alcanzándosela a su asistente.

- Depende de quién pregunta, ¿mi futura jefa o Jacqueline Hall?

- ¿No es lo mismo?- murmuró confundida, eso hasta yo lo entendí.

- Pues, si pregunta mi futura jefa, es Margaret Anne Robinson, si pregunta Jacqueline Hall, es "The Food-Culture", "Martha’s Slaughter", "The Chef Stresser", "The Food Butcherer"…"Spicy Devil"- y, con cada sobrenombre, Jacqueline abría cada vez más la boca, tanto por el suspenso que Natasha le agregaba al hacer una breve pausa tosca entre cada uno, como de la vergüenza que sentía al verse involucrada con alguien de la alta sociedad.

- Tú eres "Ella"- suspiró, hundiendo su cara en sus manos, todavía no creyendo lo estúpida que había sido ante tal eminencia, pues Margaret era de las críticas que evaluarían el evento de Armani por la parte gastronómica, estaba frita.

- Prefiero "Natasha"…

- ¿Por qué? Tu vida fuera más fácil si usaras tu nombre real

- Es mi nombre real, no me lo invento, es mi segundo nombre, y me gusta más…además, no me gustan las cosas fáciles

- Porque no has tenido que luchar por algo, nunca- suspiró frustradamente, tragando gruesamente y clavándole la mirada a Natasha.

- Tú acabas de darte la respuesta…además, pienso que tengo mis propios méritos, que me gustaría tener más por mi cuenta, lejos del nombre que todos conocen

- Discúlpame por haberte ofendido

- No me ofendiste, simplemente me juzgaste sin conocerme, no cualquiera puede juzgar…o, bueno, la palabra "juzgar" es muy fuerte, llamémosle "proceso de perfilación"…y creo que tú no puedes hacerlo sólo porque crees que has visto todo ya

- ¿Y tú sí?- la provocó, estaba enojada, una niña le estaba diciendo qué hacer y qué no hacer, estaba demostrando más madurez que ella.

- Si hubieras leído mi hoja de vida lo supieras- sonrió, caminando hacia ella con una blusa Armani en sus manos. – Mi trabajo final fue sobre perfilación criminal, y me han dicho que soy muy buena- rió, alcanzándole la blusa. – Creo que es de tu talla, yo invito- guiñó su ojo, mostrándole un poco de gratitud sólo porque sí.

- Perfílame entonces, si lo haces bien, tienes el trabajo

- Ah, pero yo no quiero cualquier trabajo, y eso lo sabes- dijo Natasha, retirándose y volviendo a repasar el perchero.

- Tú vas por lo grande, tú quieres mi puesto, eso lo sé, tú has puesto las reglas

- Sí, yo las puse y ni cuenta te diste, en fin, si me das el trabajo, no te quitaré de tu puesto, haré que te den otro mejor, en el que estés más a gusto, eso lo prometo

- ¿Y tú cómo sabes eso?- rió Jacqueline, sacudiendo la cabeza y viendo el precio de la blusa; definitivamente no era cualquier niña rica.

- Porque te perfilé en el momento en el que entraste a tu oficina esta mañana, desde antes incluso- caminó más lejos, hasta la sección de Emilio Pucci y Lanvin.

- Trato hecho, si me perfilas bien y te doy el trabajo

- Estás tan segura que fallaré que no sabes en qué te estás metiendo, pero, bueno…acepto- se acercó, alcanzándole la mano para que se la estrechara, cerrar el trato como algo más que palabra, ya involucrando la dignidad física.

Phillip observaba cada gesto de su amor, desde ese día, platónico, pues, como dije antes, nunca la volvería a ver, nunca más, de eso estaba seguro y, si la volvía a ver, se acercaría y haría todo lo posible por sacarle una sonrisa, pero no la buscaría, pues no sólo la veía inalcanzable, sino también muy joven, le calculaba veinte años como máximo, pues su piel era muy jovial y tenía una expresión angelicalmente traviesa de "yo te juro que yo no fui".

- Eres más joven de lo que aparentas, porque crees que la edad es sinónimo de poder, de autoridad, de que te respeten, no tienes más de treinta y cinco y aparentas tener más de cuarenta, porque también crees que la edad es sinónimo de cantidad de experiencia, no eres de Nueva York, eres de Los Ángeles, no eres de clase baja, tampoco eres de clase alta, eres clase media que ha tenido tragos amargos pero también mucho tiempo tranquilo…por cómo hablas y que eres de California, diría que estudiaste en San Francisco y viniste a Nueva York a probar suerte, pero da la casualidad que no estudiaste Relaciones Públicas en lo absoluto, es algo que has aprendido y que lo sabes muy bien, a veces se te pasan los detalles más pequeños y básicos, pero antes no, por eso tienes el puesto que tienes, porque antes lo hacías tú sola y no tenías a alguien que lo hiciera por ti…vives en Chelsea, en un apartamento de una sola habitación, y vives en una dieta eterna de Diet Coke, cigarrillos y goma de mascar Extra porque antes no eras tan delgada, y el estrés te da mucha hambre, y eso engaña a tu estómago…¿sigo?- volvió a verla y estaba estupefacta, alcanzó a ver que se negaba con la cabeza.

- ¿Cuándo puedes empezar?- murmuró, tratando de ocultar lo quebradizo de su voz.

- Al minuto que tengas mi contrato

- ¿Quieres discutir la paga?

- Aunque me pagues diez dólares, tendré un trabajo, ¿cuándo lo tendrás?- preguntó, alcanzándole otra blusa a la asistente y marcándole la etiqueta, alcanzándosela luego a Jacqueline. Es que no soportaba verla en esa blusa con vuelos exagerados, por eso le estaba regalando cosas.

- Mañana a primera hora- dijo, aclarándose la garganta. – Gracias…nos vemos mañana a las ocho en punto.

Natasha bajó la cabeza en aprobación y siguió en lo suyo. Volvió a ver hacia la izquierda, pues sentía, desde hacía rato, que la observaban, pero no vio nada ni a nadie. Cuatro bolsas no fueron suficientes para llenar el vacío que había dejado Enzo, fue por eso que se trasladó a Barneys y luego a Saks, sólo para otra ronda y triplicar el número de bolsas.

Ya era octubre, el frío apenas empezaba, nada brusco, simplemente daba el aviso del otoño, y Natasha trabajaba como jefe de equipo para el lanzamiento de la nueva línea de Levi’s: "Justin Timberlake for Levi’s". Desde que había firmado aquel contrato con una "N", una línea que partía del medio y garabatos que subían y bajaban como si fueran un electrocardiograma, había estado en la planeación de catorce eventos exitosos, era talento innato, sabía exactamente cómo cubrir los detalles, los errores, cómo detener los rumores, sabía todo y llevaba mucho a la compañía, desde sus amistades en los eventos, hasta amistades para ideas conceptuales. Su relación con Jacqueline había mejorado, y no sabía si era porque era muy buena o si era por proteger la fachada que Jacqueline intentaba mantener frente a sus esclavos. El trabajo era pesado, Jacqueline dictaba y ellos labraban, tenía semanas de setenta horas, de trabajar doce horas al día, a veces los sábados, a veces pasar dos días sin dormir. Había dejado de frecuentar a sus papás, y eso que vivían en el mismo edificio, cosa que le molestaba últimamente, pues cuando podía dormir, Margaret bajaba del Penthouse para hablar con ella, y ella sólo quería dormir. Fue por la misma razón que Natasha se volvió cafetera, que digo, adicta al café.

- Buenas noches, papá, ¿puedo pasar?- murmuró, habiendo tocado antes la puerta del estudio.

- Buenas noches, Cariño, pasa adelante- se puso de pie para recibirla, y le sonreía con el amor más grande del mundo. – Siéntate, por favor- dijo en su dulce voz. - ¿En qué puedo ayudarte?- su sonrisa era imborrable cuando veía a Natasha.

- No quiero que te enojes, estoy muy agradecida con el apartamento, de verdad lo estoy…- dijo Natasha, sentándose al otro lado del escritorio, en el sofá turquesa.

- ¿Quieres venderlo? ¿Rentarlo? ¿Planeas mudarte?- las preguntas eran en tono dulce, muy suave, con la misma sonrisa. Romeo Roberts era un hombre de mediana edad en aquel entonces, pues, cincuenta y cinco años, alto, muy alto, alrededor del metro noventa, de facciones muy varoniles, de cabello corto que ya pintaba algunas canas interesantes, ojos café y tez blanca, cero barba.

- No es que no me guste el apartamento, es muy lindo, de verdad que sí…

- ¿Pero?- murmuró, quitándose sus lentes e irguiéndose sobre su silla. – Vamos, Cariño, dímelo sin vergüenza, soy tu papá, puedes confiar en mí- su acento británico, porque había crecido en Liverpool hasta el momento en el que su papá había obtenido una plaza en Wall Street, era amable y cariñoso con Natasha y con Margaret, pero, cuando era de defender a un cliente, era tosco y autoritario, todo lo contrario.

- Sí, bueno…es que quería saber si todavía tienes el apartamento del Archstone- murmuró, sonrojándose ante la petición, pues no era un "apartamento" sino el Penthouse.

- ¿El de Chelsea o el de Kips Bay?- Romeo era un hombre que no era difícil descifrarlo: Johnnie Walker Blue Label en las rocas, habanos "Reserva" que se manufacturaban en Nicaragua y sólo de vez en cuando, camisas blancas y zapatos Hugo Boss. Y siempre había querido tener un hijo, pero no pudieron tenerlo por cuestiones físicas por mucho que intentaran, y Natasha había sido su abrir de ojos, pues había resultado todo lo que habría esperado de su hijo varón que nunca tuvo, y todavía más, era simplemente una hija excepcional, que nunca decepcionaba y, por lo mismo, le concedía todo lo que le pedía, más que todo porque raras veces acudía a él con alguna petición estrafalaria.

- El que quieras darme- sonrió, abrazándose a sí misma y acariciando sus antebrazos.

- El de Kips Bay estará libre el próximo mes, puedes mudarte cuando lo desees, Cariño- así de fácil era, Romeo no podía negarle cosa como tal, más porque sabía que el apartamento de Natasha era precisamente codiciado en el mercado de las rentas, le pagarían más por él que por el de Kips Bay, muchísimo más.

- ¿Estás seguro?- Romeo asintió, viendo la sonrisa crecer en su única hija, la sonrisa que había aprendido de Margaret. - ¿Estás ocupado?- preguntó, por motivos de curiosidad.

- No, Cariño, para ti nunca lo estoy

- ¿Quieres ver el juego de los Giants conmigo?

- Claro que sí, Cariño, en un momento llego- sonrió de nuevo.

Natasha se levantó con una sonrisa de tranquilidad y de buena relación con su papá. Salió del estudio, cerrando calladamente la puerta tras ella y se dirigió a la cocina, en donde Vika y Margaret cocinaban la cena, el menú: patatas al horno con mantequilla, sal y paprika, filete a la plancha y ensalada capresse y, de postre, rollos de canela, un menú que, para que se cocinara en la casa de "Food-Culture", sonaba demasiado alocado e incoherente, porque lo era. Margaret no juzgaba la composición holística, sino la composición individual de cada platillo. Sacó un vaso bajo y, odiando como desde siempre lo hielos que hacía el congelador, abrió la bolsa de hielo y sacó cuatro cubos, vertiéndolos en el vaso. Inhaló el delicioso olor de la mantequilla derritiéndose sobre las patatas en el horno y salió de la cocina con una sonrisa, directo al bar, a vaciarle la botella de Whisky a su papá, pero no era suficiente, tuvo que abrir otra botella y, desde ahí, le gritó a Margaret, en el buen sentido, que sólo quedaba una botella de Whisky sin abrir, lo que significaba que debían comprar otra docena.

- Ay, perdón, no sabía que había alguien aquí- dijo Lena, tratando de no mostrar su agitación por el susto de ver a alguien más en el taller.

- ¿No puedes dormir o te convertiste en una postergadora más?- sonrió la mujer que la había asustado.

- No tenía mucho que hacer en casa, vine a avanzar en mi proyecto

- Eres de las que viene por las noches porque casi no hay gente, ¿cierto?- rió, trazando una línea blanca a ras de la regla sobre una tela roja y muy gruesa.

- Si, es que mucha gente me desespera, no se puede ni caminar aquí, además, a esta hora no tienes que respetar tanto los horarios reservados… bueno, es que no hay

- Tienes toda la razón. Soy Alexandra, diseño de interiores- sonrió, alcanzándole la mano para saludarla correctamente.

- Lena, diseño de muebles- le estrechó la mano y Alexandra sintió una corriente que recorrió su mano hasta su cabeza y hasta sus pies. - ¿Te importa si utilizo el soplete?

- No, para nada, yo estaré usando la máquina de coser de igual forma, ¿te molesta si pongo música?

- Adelante, igual no creo que se escuche tanto- rió, abriendo el casillero para sacar la estructura de metal, era una lámpara o, bueno, debía ser una lámpara. Lo difícil era moldear la estructura, pues la conexión eléctrica era pan comido para Lena, sabía que no había sido malo que aprendiera un poco con Pan, su ex-novio griego, quien, en aquel momento, no sabía si estudiar Veterinaria o Ingeniería Eléctrica, aunque Lena, de Pan, tenía desde que terminaron de no saber de él.

Alexandra no es alguien tan importante en la historia, pues, no para después pero sí para este momento. Tenía quizás veinte años como máximo, estudiaba el Bachelor que Lena ya había absuelto y, en ese momento, trabajaba en el tapizado de un sofá que alguien de diseño de muebles había diseñado, Lena para ser exacta. En el dos mil siete, la homosexualidad era todavía menos aceptada que hoy en día, eran más los que callaban y vivían con ese peso en los hombros por el resto de su vida: casándose, teniendo hijos, no siendo felices, o creyendo que sí, confundiendo la tranquilidad y la compañía con la felicidad. Y lo que vio Alexandra en Lena fue puramente un chispazo sexual, que su jovialmente voló por los cielos, más cuando Lena se colocó toda la protección y empezó a trabajar con el soplete sobre la mesa de asbesto, calentando el tubo de hierro hasta moldearlo a su gusto. Le gustaba ver cómo era incógnita tras la máscara protectora y polarizada, pero le gustaba más cuando apagaba el soplete y levantaba la máscara, limpiándose el sudor con el brazo y tomando el tubo con ambas manos para enfriarlo en el estanque de agua fría.

Lena vestía pantalón gris de algodón deportivo y una camiseta desmangada negra, por la que, por las mangas, dejaba ver los elásticos de su típico sostén blanco. Sus antebrazos se definían cada vez que se apoyaba tensamente sobre la mesa o levantaba con esfuerzo el pesado tubo de hierro, se definían más cuando tomaba una de las barras del techo para estirarse, y no era tosco, era hasta femenino. Alexandra terminó de morir cuando Lena se agachó para amarrarse las agujetas de sus zapatillas, pues, al agacharse, su pantalón se bajó un poco, le quedaba flojo y colgaba apenas de sus caderas, y la dejó ver una tanga roja muy sensual que la descontroló a tal grado que se martilló el dedo en vez de martillar la tachuela que iba a tensar la tela en aquel sofá.

- No, amore no, Io non ci sto, o ritorni o resti lì, non vivo più, non sogno più, ho paura aiutami, amore non ti credo più, ogni volta che vai via, mi giuri che è l’ultima preferisco dirti addio- cantó Lena al ritmo de la canción que sonaba al fondo, la que Alexandra había puesto.

- ¿Hablas italiano?- preguntó, revisando que el tapizado del brazo izquierdo del sofá estuviera bien.

- Pues, así dice la canción- rió, sacando el tubo del agua.

- No, la canción no está en italiano

- ¿Ah, no?- rió a carcajadas. –Pues, sí, hablo italiano

- Por eso el acento- murmuró, viendo cómo carajos tapizar el interior del brazo.

- ¿Se me nota mucho?- pujó, levantando el tubo para ponerlo entre los soportes y, así, lijarlo.

- No, apenas…- balbuceó, frustrándose por no saber cómo tapizar el sofá. - ¿Y cómo se supone que deba tapizar aquí si no se puede?- susurró para sí misma, pegándole al brazo del sofá.

- ¿Te puedo ayudar en algo? – Lena caminó hacia el sofá, dándose cuenta que era su sofá. - ¿No puedes tapizar el interior?- rió, agachándose y volcando el sofá sobre el respaldo.

- No, no puedo, no sé qué hacer- hundió su cara en sus manos pero, con el ruido del vuelco del sofá, levantó la mirada.

- Cada mueble tiene su "truco", por así decirlo– dijo, dándole un golpe con el puño ladeado al asiento. – En especial los sofás y los sillones, pues, todo lo que puedes tapizar y que te sientas sobre él- dio tres golpes más y el asiento se desprendió de la base.

- ¿Cómo sabes eso? ¿Cómo sabes qué método usar?- preguntó Alexandra un tanto anonadada, después de todo la pelirroja no era sólo cuerpo sensual y sexual, sino también era quizás inteligente.

- Éste bebé- dijo, volviendo a colocar el sofá sobre sus patas. – Lo diseñé y lo construí yo- se puso de pie y caminó nuevamente a su mesa para lijar el tubo. – Yo también tuve problemas para descifrar cómo tapizar ciertas cosas, simplemente tienes que pensar con funcionalidad y, si así no resulta, el diseñador tiene el cincuenta por ciento de la culpa, pues el resto de la culpa es tuya por no descifrarlo o no solucionarlo, no puedes llegar donde el cliente a decirle "no supe cómo tapizarlo"- rió, limpiando el sudor de su frente con el dorso de su guante izquierdo.- Bueno, a tu profesor, porque cuando trabajes, seguramente no lo harás tú, sino que subcontratarás a alguien

Alexandra se rió ante el comentario, pues tenía razón. Definitivamente bruta no era la pelirroja. Además, hablaba italiano, cosa que le llamaba mucho la atención, si no es por decir que le excitaba, pues se imaginaba entre sus piernas y ella gimiendo en italiano, vaya mente. En cuanto el juego de los Giants terminó, que ganaron por once puntos a los Jets, Natasha dio las gracias a sus papás por la hospitalidad, a su papá por consentirla tanto y a su mamá por la exquisita comida, y bajó a dormir a su apartamento, pues le esperaba una semana demasiado fea y, justo cuando Natasha se metía al ascensor directo del Penthouse, Lena salía por la puerta del taller, que ya le dolían los brazos de estar lijando y levantando el tubo, y Phillip se levantaba a botar los recipientes desechables en los que su orden de Hooters había llegado, pues él también era fanático de los Giants y, ante la decepción de la pérdida de su apuesta, pues había apostado a que los Jets perdían por tres puntos y no por once, se tiró en la cama sólo para hacer lo de todas las noches desde el diez de julio: acordarse de la chica que había visto en Bergdorf’s, que, por no saber su nombre, le había llamado "Robin", por "Robin Charles Scherbatsky Jr.", simple y sencillamente porque físicamente eran muy parecidas, y le parecía que podían tener hasta la misma personalidad, aunque con un toque "literalmente" de Cobie, quizás y podía ser canadiense, quizás y le podía gustar el Scotch como a él, quizás.

Lena entró al apartamento, no sin antes recibir un mensaje de texto de Alexandra, su nuevo contacto, que había olvidado las lijas en la mesa; a Lena no le pareció importante, pues las lijas eran baratas y no era que las necesitara urgentemente, pues ya se habían gastado pero, para Alexandra, era en verdad una excusa para escribirle, para mantener el contacto. Se detuvo en la cocina rápidamente para prepararse un sándwich de jamón y queso y la poca lechuga que pudo encontrar y se lo devoró en el camino hacia su habitación, en donde cayó de golpe en su cama y encendió el televisor, quitándole todo el volumen, pues Mia ya dormía. No encontró algo interesante para ver, pero, al llegar al último canal, se quedó interesada en las imágenes adúlteras que se presentaban en él, más porque eran dos mujeres dándose el mayor de los placeres sexuales, o al menos así parecía, después de todo, la pornografía no es más que eso: una actuación más.

Se detuvo un momento por curiosidad, pues nunca antes, realmente nunca antes, había visto pornografía, mucho menos de mujeres. Lena ya sabía que las mujeres tendían a gustarle muchísimo más que los hombres, en el aspecto físico, mental y hasta sexual a pesar de nunca haber estado con una en ese sentido. Y sucedió lo que nunca creyó posible: se excitó, no de nervios estáticos, sino de sexualidad, algo que le costaba lograr en sí misma y, las pocas veces que lo había logrado, que habían sido quizás seis o siete en toda su vida, sólo dos habían tenido resultados de tipo "orgasmo", o al menos eso creía Lena; ¿había tenido un orgasmo alguna vez? Llevó su mano hacia el interior de su pantalón y de sus panties y corroboró lo que su respiración cortada le había advertido: estaba excitada, muy excitada. Se recostó contra la pared, quedando con su espalda tanto en la cama como contra la pared, se quitó su pantalón junto con sus panties, recogió sus piernas y llevó su mano a su entrepierna que, en aquel entonces, estaba toda ya depilada con láser, se mantenía muy limpia, muy coqueta, recortada. No gustaba mucho de su complexión reproductora, pues, no se veía como en la escena que estaba viendo, era delgada en todo sentido, pues, los labios mayores un tanto carnosos, lo usual, pero su clítoris y sus labios menores se salían muy disimuladamente por entre sus labios mayores.

Pues el hombre que estaba, por destino, encargado de hacer que cosas importantes sucedieran, y no sólo en el sentido arquitectónico, se alegraba al escuchar que, por los altavoces del JFK, anunciaban el próximo aterrizaje, el del vuelo "LH6590", procedente de Roma. Pues, en el avión, venía una hermosa mujer de veintidós años, casi veintitrés, que venía con cara de iguales amigos, expresión indiferente, muy cansada por el viaje pues, de las siete horas de vuelo, sólo pudo dormir veinte minutos, y no le parecía precisamente raro, simplemente era que tenía problemas para conciliar el sueño, pues sueño siempre tenía, por lo mismo, como un círculo vicioso. Se reacomodó en el asiento, sacudiendo su jeans Armani, verificando que sus Stilettos Ferragamo de gamuza negra estuvieran igual de impecables que su chaqueta de cuero. Sacudió su cabellera para perder la estática, se cruzó de brazos y cruzó la pierna, esperando a que al piloto se le ocurriera aterrizar de una buena vez. Sólo esperaba que el Arquitecto Alessio Perlotta no se equivocara en cuanto al tal Arquitecto Volterra.

A Lena por primera vez no le importó la complexión física de su entrepierna y se dejó llevar por el momento, por aquella voz sobrenatural que le decía que lo hiciera, y lo hizo. Introdujo su dedo entre sus labios menores, acariciando a su paso su clítoris, provocándose una respiración que nunca antes había sentido. Repitió el movimiento y le gustó aquella rara pero sabrosa sensación. Dejó de prestarle atención a la escena de las dos mujeres y cerró los ojos mientras repetía aquel primer movimiento, que era un tanto golpeado, pero le gustaba, y la hacía respirar cortadamente contra su voluntad, como cuando golpeaba el Birdie cuando jugaba Bádminton, ese era el secreto de sus brazos, eso y que solía hacer una parada de manos para relajarse, para que la sangre bajara a su cabeza y se le oxigenara. Empezó a respirar todavía más rápido, sus movimientos eran igual de rápidos pero inconscientes. Sintió un inmenso calor invadirle el cuerpo, pero no podía detenerse para darse aire, simplemente algo la había poseído. El calor incrementaba con cada roce que hacía sobre su clítoris; que su dedo bajaba verticalmente por su entrepierna, en dirección hacia la cama, rozando su clítoris y la entrada de su vagina con la punta de su dedo.

El tren de aterrizaje al fin se escuchaba salir, y las luces de la ciudad ya eran más cercanas que la cercanía. Ella simplemente echó la cabeza hacia atrás sin deshacer su confiada postura y cerró los ojos, apreciando cada sonido del avión al aterrizar, pues le gustaba lo que la gente aborrecía: el despegue y el aterrizaje. Escuchó como si el avión acelerara y fue cuando escuchó el roce violento de las llantas sobre el asfalto junto con la agitación de la cabina y, justo en ese momento, Lena Katina jadeaba el primer orgasmo verdadero de toda su vida, sacudiendo sus caderas al compás del movimiento de la cabina de aquel avión de Lufthansa, balanceándose hacia adelante con su torso al mismo tiempo que el avión seguía avanzando con enorme velocidad sobre la pista de aterrizaje, volviendo a recostarse sobre la pared en el momento en el que la velocidad del avión disminuía.

- Todavía no entiendo por qué estamos aquí, un sábado por la noche, Arquitecto- murmuró Belinda Hayek, la Arquitecta más veterana en el estudio de Ingenieros y Arquitectos "Volterra-Vensabene", calificado en el número dos del área de Virginia-Pennsylvania-Nueva York-Maine.

- Me pareció correcto que conociera a quien le dará dónde vivir, Arquitecta- repuso, moviendo la manga de su chaqueta para ver la hora: diez y cincuenta en punto.

- ¿No le parece extraño que con veintidós años tenga un Máster?- su incredulidad había nacido desde que Alec Volterra, el jefe y dueño totalitario del estudio, había anunciado que tendría una nueva Asistente que sería desvalorizada por la plaza que le ofrecería, así que esperaba que la trataran como lo que era: una Arquitecta y una Diseñadora y Ambientadora.

- Tengo buenas referencias, Arquitecta, quizás sólo terminó muy rápido el colegio y sacó un par de materias en los veranos

- Tiene razón, Arquitecto…- murmuró, arrepintiéndose de haberse ofrecido a darle morada a la tal Arquitecta Alfa-y-Omega. - ¿Volvoka o Volkova?- preguntó, pues la pregunta era válida. El Arquitecto se encogió de hombros, pues Alessio Perlotta siempre se había referido a ella por su nombre.

Lena se recompuso, quedándose un momento estática y pensando, procesando, lo que acababa de suceder. Volvió a ver al televisor y ahora era una escena totalmente distinta y de mal gusto, no, bueno, era de dos mujeres, pero ya le parecía tedioso, sin llamarle la atención y cambió el canal para luego apagar el televisor y arrojar, a ciegas, el control remoto a través de la habitación, escuchándolo caer en el cesto de ropa sucia. Se quedó un momento así, procesando todavía, pues debía definir si eso había sido un orgasmo y, al no saber, abrió su MacBook Pro, hizo click sobre Firefox, pues se rehusaba a usar Internet Explorer, y escribió, avergonzada, "¿Cómo sé si he tenido un orgasmo?" y eligió el primer enlace que Google le ofreció.

Aquella mujer salió antes que cualquier mortal del avión, pues por eso le gustaba viajar en Primera Clase, para no pasar las desesperaciones populares. De su hombro colgaba un enorme y hermoso bolso Chanel negro que no delataba su pedigree, de su mano izquierda llevaba un delicado Duffel Louis Vuitton negro y, con la mano derecha, tiraba de un carry-on de cuero negro de la misma marca. Caminó en sus hermosos Ferragamo por los suelos del JFK, se presentó al agente de migración, que era muy amable, pues claro, era tan hermosa que hasta intento ligar con ella, haciéndole cero preguntas sobre el motivo de su viaje o dónde se quedaría por el tiempo de la visita, simplemente se dedicó a preguntarle si era estrella de cine, si el vuelo había estado bien, hasta le pidió el código de su equipaje pesado para que un agente de la policía se lo tuviera listo y no tuviera que buscarlo ella. No era que le gustaba coquetear con un agente de migración, que nunca eran pesados con ella como la leyenda urbana decía, pero agradecía inmensamente sus atenciones. Recogió su equipaje de un agente de la policía, tal y como lo había prometido el agente de migración, y, dándole las gracias, salió de aquel aeropuerto para encontrarse con el que sería su jefe por cinco meses.

- ¿Architetto Volterra?- preguntó en su voz suave y dulce, con una sonrisa. Él asintió y se deslumbró ante la belleza jovial de su ahora, en efecto inmediato, Asistente. – Yulia Volkova- y se estrecharon la mano con una sonrisa de tener buena química. – Piacere- fue sincera, realmente le dio placer social conocer a un hombre que sabía que era comprensivo y entendible, que era amable y muy inteligente, como el Arquitecto Perlotta, a quien le había no sólo remodelado su casa en Roma, sino también la había rediseñado ambientalmente en el mes de junio, justo cuando regresó de Milán al haberse graduado de Diseñadora de Interiores. Quién diría que, por buscar un trabajo para el verano, o sea ser niñera, terminaría en Nueva York para conocer, de primera mano, cómo funcionaba el exuberantemente caro mundo de la Arquitectura y la Ingeniería en una ciudad que no conocía muchos límites.

Lunes a las siete y media de la mañana, el estudio "Volterra-Vensabene" empieza temprano y termina temprano, usualmente entre siete y ocho para terminar a las cuatro o cinco, con una hora para almorzar, pues, los tiempos son flexibles, no siempre se respeta el horario del trabajador, pero todo se compensa en el estudio. Situado en el "I Rockefeller Plaza", compartían piso con la parte de "Marketing" de DirecTV, que comprendía casi tres cuartas partes del piso entero, constaba de la recepcionista principal, tres secretarias/asistentes: una para el equipo de ingenieros, otra para el equipo de arquitectas y una para Volterra, el jefe, y ahora Yulia Volkova, tres ingenieros: Robert Pennington, Anatoly Segrate, Mario Bellano, dos Arquitectas: Belinda Hayek y Nicole Ross, y el Jefe: Alec Volterra, en total: un estudio de diez integrantes, ahora once.

- Anatoly Segrate- se presentó el jefe de los Ingenieros, arrodillándose sobre una rodilla, siendo el típico bufón. – Jefe de Ingenieros y tu futuro esposo- sonrió, besando la mano derecha de Yulia, que ella reaccionó con un retiro brusco de ella y una mirada de desesperación. – Soy el que trae la diversión a ese cementerio…y si necesitas divertirte, de forma personal, ya sabes dónde encontrarme

Desde entonces, Yulia Volkova supo que Anatoly Segrate nunca sería su esposo ni nada que la involucrara con él de manera sentimental, pues no le parecía su tipo. ¿Tenía tipo? Prefirió dejarlo en que no estaba lista para volver a intentar una relación amorosa. Hacía tres años que le habían roto el corazón en mil pedazos, no sólo se había entregado ciegamente en el sentido emocional, que era algo que ella valoraba mucho, pero también en el sentido sexual, su virginidad para ser exacta. Marco, así se llamaba el desgraciado, que era el mejor amigo del hermano de Yulia, que se llamaba Aleksei, ambos unos indeseables. Aleksei, el hermano, cometió fraude a principios del verano del presente año, Oleg, su papá, no tenía el dinero suficiente para sacarlo bajo libertad condicional, por lo que acudió a Larissa, su ex esposa, quien le negó el acceso a la herencia de su abuela para Aleksei, porque no había una como tal, la herencia se la había dejado prácticamente toda a Yulia, fue por eso que Aleksei detestó, desde ese momento, a su propia madre y a su hermana. Fue, por lo mismo, que Yulia salió huyendo de Roma, porque quería y porque podía evitárselo todo.

¿Qué hizo Marco? Pues, dos años de relación, un tipo ya con un trabajo estable, guapo, de esos que hablaban en mandarín cuando Yulia lo escuchaba hablar de negocios, un mono vestido de Armani de pies a cabeza, era el novio de una Yulia que era recién estudiante universitaria, desde sus diecisiete hasta sus diecinueve: flores, desayunos, almuerzos, cenas, viajes del fin de semana, siestas juntos, noches juntos, muchas cosas nuevas para Yulia, que en su inmensa ingenuidad e inocencia, no le parecían malas, porque no lo eran, ni cuando dejó, en una exquisita y atómica borrachera, que Yulia, su novio, le sacara una que otra fotografía comprometedora junto a él, con él, y él en ella. Y no sólo se veía en juego su dignidad, sino su integridad física y moral pero esas fotografías habían quedado en el olvido hasta ese año, que Marco, su ex-novio, sabía que Yulia haría lo que fuera por desaparecer esas fotografías: la amenazó con enviarle las fotografías a Oleg, o publicarlas para que el trabajo de Oleg, y el futuro de ella, se viera un tanto afectado, pero no lo haría por una generosa cantidad de dinero pues, al estar asociado con Aleksei, su hermano, debía reponer el dinero del fraude antes de que se dieran cuenta de la segunda parte de la burrada. Y, si no fuera por Yulia, que acudió, como siempre, a su mamá y le explicó, omitiendo ciertos detalles, el por qué de su reclamo de la herencia, pues era algo que no le interesaba tener, no era que menospreciara el dinero bien habido de sus abuelos maternos, la consultora fraudulenta de ellos dos, en plural, pues eran socios, no se hubiera librado del juicio. A cambio, Yulia obtuvo las fotografías originales y sus respectivas copias, incinerándolas en la chimenea de su casa en Roma, y libró a su hermano y a su ex de cinco años de prisión.


Última edición por VIVALENZ28 el Lun Ago 24, 2015 4:48 pm, editado 2 veces
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jul 18, 2015 12:46 am

*

- Mi amor- saludó Natasha, con una sonrisa al teléfono mientras sacaba una bolsa de frutas congeladas, un tazón y limoncello.

- Buenos días, mi amor- dijo Phillip, dejando de correr en la máquina y poniéndole pausa al cronómetro. - ¿Qué tal amaneciste?- Natasha rió nasalmente. – Oye, está bien…es justo que te sientas así- su tono era como el de Romeo, el de un caballero muy comprensivo y muy empático. – Estás reviviendo lo de hace un año y sientes que estás perdiendo a tu mejor amiga, es entendible, mi amor…pero, tranquila, sólo es una sensación, verás que nada cambia

- Odio cuando juegas al psicólogo conmigo- rió, abriendo la bolsa y pescando, en sentido literalmente figurado, las frutas rojas: fresas, cerezas, arándanos, frambuesas y bayas rojas.

- Sólo quiero que sepas que no está bien ser egoísta

- Sí, sí…bueno, te llamo, no para hablar de mis problemas emocionales y sentimientos encontrados, sino para pedirte que le des a Hugh mi frasco de Zoloft

- No creo que los necesites- dijo, preocupado, acordándose de hacía un par de meses, justo después del cumpleaños de Natasha, que su adorada esposa había tenido un colapso nervioso a causa de un problema que iba más allá de su propia estabilidad emocional.

- No son para mí

- Ah, ¿se siente mal? ¿Debería decir algo?

- ¡No!- siseó, viendo hacia los lados para ver si la tenía cerca. – Sólo dale el frasco a Hugh, supongo que estará subiendo en unos minutos. Que no se dé cuenta por favor, lo tengo bajo control

- ¿Estás segura? ¿Por qué no llamas a Berkowitz para que la revise? O puedo llamar a Patrick si quieres…sólo por si acaso- susurró, tratando de no alarmarse, pues las paredes de ese apartamento eran particularmente extrañas: escuchaban.

- No, está bien, mi amor…le daré la mitad de la mitad, sólo para que se relaje…sólo, por favor, que no se dé cuenta, no vale la pena tener a dos estresadas, bueno, a tres

- Dejaría de ser usted si no se estresara, querida Señora Noltenius- rió, caminando hacia su habitación para abrir uno de los built-in-closets que Yulia misma había construido para que tuvieran una caja fuerte un tanto disimulada, pues ahí se encontraba el famoso frasco.

- No me aguanto por verte…te pones muy guapo, por favor

- Yo nací guapo- bromeó, digitando la clave de la caja fuerte, clave que Natasha desconocía por ingenuidad, pues era muy fácil, "6282742", o sea, "Natasha". - ¿Debo entregarle a Hugh tus cosas también para que te vistas ahí o vendrás a vestirte aquí?

- No me perdería por nada que mi esposo suba mi cremallera

- Ni yo de que mi esposa me haga el nudo correcto para el cuello correcto - rió, abriendo la caja fuerte y sacando el frasco. – Te espero a eso de las cinco y media, así estamos temprano

- Perfecto, ten cuidado, por favor- dijo, vertiendo yogurt simple en el tazón con las frutas y vertiéndole ligeramente un poco de miel de abejas.

- I always am, Nate- y colgó, llevando el frasco en su mano, en una misión especial, se sintió como Tom Cruise en "Misión Imposible", pues no podía dejar que ni Agnieszka lo viera, mucho menos la novia, y abrió la puerta principal, justo cuando Hugh tocaría el timbre y le entregó el frasco. – Llévalo a salvo- rió. – Gracias

*

Natasha ya se había mudado de edificio, ahora vivía en el Archstone de Kips Bay, de cuatro habitaciones, tres punto cinco baños, un walk-in-closet que valía la pena, cocina de buen tamaño, espacio para mesa y sillas de comedor del tamaño de su habitación en su vivienda anterior, enorme sala de estar y una enorme terraza con vista al East River pero, al vivir sola y en ese mundo en el que enfiestarse era parte de su trabajo, suena a trabajo perfecto para muchos, no había descubierto que tenía más habitaciones más allá de la suya, que tenía más baños, un espacio de comedor, con suerte y había encontrado la sala de estar. Vivía encerrada en su mundo, y, como no hacía la limpieza, sino que llegaba la hermana de Vika, la ama de llaves de sus papás, Agnieszka, a hacerlo por ella pero, por lo mismo, nunca se dio cuenta en la clase de soledad en la que vivía, ni un adorno en las paredes, ni un mueble que no fuera lo esencial en su habitación, pues hasta solía comer en su habitación, si es que el sueño le daba tiempo para comer, nunca se dio cuenta de lo lúgubre de su apartamento, es que no tenía tiempo, y si tan sólo Margaret hubiera llegado un día cualquiera, pero Natasha prefería ir a donde sus papás, más que todo por la comida.

Se había apartado un poco de sus amigos de verdad, de Vanessa y de Josefina, que, de pronto, Vanessa había transferido sus estudios a Seattle y Josefina tenía novio, por fin tenía novio, se llamaba James, James Doherty, ah sí, Natasha había ido al colegio con él, toda la vida, pues, James no había ido a St. Bernadette’s Academy, pero sí al ala masculina que quedaba conjuntamente, St. George’s School, pero nunca se habían hablado; primero porque James era el capitán del equipo de Lacrosse y segundo porque Natasha era la capitana del equipo de Lacrosse, y los capitanes no tenían fama de llevarse bien entre sí, pues se peleaban el derecho del engramado los Martes de tres y media a cinco y media. Se había vuelto más amiga de sus compañeros de trabajo, pues entre fiesta y fiesta, ¿quién no se vuelve amigo? Y ahora sus amigos eran típicos norteamericanos: Mandy, Jason, Brittany y Preston, con quienes trabajaba literalmente 24/7. "Sparks PR" se había vuelto una de las compañías de Relaciones Públicas más solicitadas por las buenas críticas de manejo que tenían con todos los aspectos de cada evento, desde el equipo, que cuidaba su imagen personal, el de la compañía y el del cliente, a veces, desde que Natasha trabajaba ahí y jugaba con sus contactos, lograban salir en primera plana de PageSix, logrando buena y mala fama, pero fama era fama, y la mala fama se debía a algún error técnico por alguno de los invitados. Además, acababan de abrir "Sparks PR: Los Angeles", pero el comienzo estaba siendo demasiado rocoso, por lo que Natasha sabía que transferirían a alguien de Nueva York para los Ángeles, y lo más probable era que fuera Jacqueline, pues sería con una paga menor por ser comienzo, pero de regreso en casa y Natasha esperaba que la nombraran Junior, como mínimo, a pesar de tener sólo tres meses de estar trabajando allí. Tenía aspiraciones. Pero el que muy rápido sube, rápido lo bajan.

Pues aquella mañana del lunes, Phillip tenía el primer disgusto con los demás socios, pues lo habían excluido de una de las decisiones más importantes del año fiscal, bueno, es que, según ellos, Phillip era muy joven para saber tanto de la crisis que se avecinaba, aunque Phillip estaba muchísimo más consciente de la magnitud de la crisis que atacaría al año siguiente y, por no escucharlo en el momento que debían, tendrían problemas muy serios a partir del primer día del año entrante. Salió del edificio a eso de las once de la mañana y encendió un cigarrillo, caminó hasta el monumento a los veteranos de Vietnam, siempre lo relajaba, quizás porque el hecho de que el nombre de su papá no estaba ahí, lo tranquilizaba. Y se acordó de su otro mejor amigo, al que le dio vivienda los últimos tres años de colegio porque no le gustaba vivir tan solo, y él no quería estar internado, Christopher, quien, al salir del colegio, había entrado a Harvard para estudiar Leyes, que sólo hizo un año y se retiró para unirse al Ejército, era como su pasión escondida, Phillip se hizo pasar por su primo, pues compartían un lejano apellido: "Parker", y se había hecho responsable por firmar los papeles de consentimiento familiar, al él ser mayor de veintiuno cuando Christopher todavía no lo era, pues a pesar de ir al mismo curso, Phillip le llevaba dos años de diferencia. Ir a esa Plaza era arma de doble filo, alivio de que el nombre de su papá no estuviera en el monumento, pero se acordaba de Christopher que acababa de irse a Afganistán y una extraña aflicción le invadía el sistema, pues, ¿en qué momento se hizo cargo él de algo así? Si le llegaba a pasar algo, parte de la culpa la tendría él.

Pero ese día fue especial, fue como ver la luz al final del túnel, pues vio a Jacqueline Hall, que no sabía su nombre en ese momento, en la misma plaza, un tanto descompuesta al estar agachada y acariciando un nombre. Pues, su interés no era ella en sí, sino que ella era a la que había visto con "Robin", tal vez ella le podía decir al menos el nombre verdadero, o dónde trabajaba, quién era, preguntas básicas que podían resolverse con respuestas sencillas. Phillip apagó el cigarrillo con la suela de su Narvell Monk café, tocó los bolsillos internos de su chaqueta por la parte externa y se acordó que estaba en el bolsillo trasero de su pantalón. Sacó el pañuelo blanco, que tenía bordadas sus iniciales en azul marino, y caminó cautelosamente hasta Jacqueline, se agachó junto a ella y le ofreció el pañuelo con una sonrisa comprensiva.

- ¿Está bien? ¿Puedo ayudarle?- preguntó, de manera interesada en realidad, pero odiaba ver a una mujer llorando, sobre cualquier cosa.

- Gracias- susurró cortadamente, tomando el pañuelo de los perfectos dedos de aquel hombre de voz grave. – Estoy bien

- Déjeme al menos invitarla a un poco de agua- murmuró, tomándola suavemente por el antebrazo y ayudándola a levantarse, relajándole sus piernas acalambradas por los tacones, que no llegaban a ser Stilettos.

Ella asintió y caminó a su lado hasta el típico carro de perros calientes neoyorquinos, en donde una simple botella de agua costaba más que una cerveza en el Irish Pub de la treinta y seis. La invitó a una botella de agua fría, para que se tranquilizara y, cuando ella quiso devolverle el pañuelo, él le dijo que se lo quedara, pues, ¿qué haría con un pañuelo blanco ya manchado de arcoíris por el maquillaje de aquella mujer? Jugó la carta del caballero educado y desinteresado y preocupado, alcanzándole una tarjeta de negocios que no decía nada más que "Phillip Charles Noltenius II – Finance Consultant Junior Partner at Watch Group: Economic Development and Security and Competitive Economic Strategy – noltenius.phillip@watchgroup.com" y eso era una simple ecuación: dinero+intelecto+buen parecido y atento=homosexual, o eso era para Jacqueline. Ella, en gesto recíproco, le entregó su tarjeta, que no era tan pomposa como la de él: "Jacqueline Hall – Senior Strategical Planner at Sparks PR: jacqueline.hall@sparkspr.com". Y eso ya era un comienzo para Phillip, pues tenía conexión, desconocida, con su "Robin", pero se acordó de que se había prometido no buscarla, sino dejar que las cosas sucedieran sólo porque sí, pero tal vez una curiosidad de buena fe no le venía mal.

- Aquí están todos los proyectos que tengo ahora- dijo el Arquitecto Volterra, poniéndole a Yulia siete carpetas sobre el escritorio. – Familiarízate con ellos, ahora en la tarde me acompañarás a supervisar el mantenimiento de la fachada de Prada en Soho…porque sí sabes qué es "Prada", ¿verdad?- sonrió entre su espesa barba.

Yulia asintió, tomando las carpetas y se dirigió a un escritorio que le habían improvisado a un lado del espacio de trabajo de "La Trifecta", o sea el equipo de Ingenieros, que eran tan perdedores que ellos mismos se habían llamado así, y la explicación era que eran un trío de Ingenieros, "Tri-", cuya combinación era perfecta, "-fecta", o sea: "Trifecta". Abrió todas las carpetas y buscó la de Prada, pues era el más importante en ese momento; no llegaría al proyecto sin conocerlo. Yulia no sabía mucho de la Arquitectura en práctica, bueno, tenía dos grandes experiencias, las mismas que con el Diseño de Interiores, pues había diseñado y construido su casa en Roma, en el área de Castel Gandolfo, así como la remodelación para el Arquitecto Perlotta, pero era astuta, muy astuta, y comía información más rápido de lo que se comía la comida comestible, tenía buena memoria, pero selectiva, y tenía un impresionante buen sentido común. Tal habrá sido aquella enorme capacidad que, para el momento en el que fueron a Soho, Yulia ya sabía qué hacían, cómo, por qué, etc. y para cuándo tenían que entregarlo, pero sabía que había algo malo con el "cómo", pues estaban usando un material que, con el frío y la lluvia, era demasiado propenso al deterioro, y se lo hizo saber al Arquitecto Volterra de buena y respetuosa manera, en forma de un humilde aporte, que él casi le aplaude al iluminarlo, pues tenían dos meses trabajando en ello y, cuando llovía, era como empezar de nuevo.

Alexandra Smith: Hola, Lena… ¿qué harás el viernes por la noche?

Elena Katina: Nada, ¿por qué?

Alexandra Smith: ¿Cena y unas copas?

Elena Katina: Lugar y hora

Alexandra Smith: Tony’s, a las siete

Elena Katina: Ok, te veo entonces

- ¿En qué te puedo ayudar?- acudió Natasha al llamado de Jacqueline, eran las cinco y dieciocho.

- Siéntate, por favor…pues, te he mandado a llamar para hablar, tú sabes…- Natasha sacudió su cabeza, quitándose al mismo tiempo sus gafas Tag Heuer. – Como ya sabrás, Sparks PR en Los Ángeles está literalmente en la quiebra…por la inexperiencia del conceptualismo…y, pues, los accionistas están perdiendo mucho dinero, tú sabes…

- No entiendo, ¿qué quieres que haga al respecto?

- Quieren transferir a alguien de la oficina de aquí, y soy la primera en la lista

- Felicidades, Jacqueline- sonrió, dando unos silenciosos aplausos mentales, pues, casualmente, uno de los accionistas, Peter Colt, había coincidido con ella en la cena que el New York Times le había dado a los ganadores de Pulitzers, Margaret con su quinto, y Natasha se había dislocado la lengua hablándole maravillas de Jacqueline, y su trabajo dio frutos. Se aplaudió de nuevo.

- Gracias…pero te he llamado para informarte que harán un pequeño recorte de personal- dijo, haciendo que Natasha se asustara y tragara con la mayor de las dificultades. – El evento de Levi’s del viernes…es tu trabajo decisivo, y el de tu equipo, si sale bien, mejor dicho "excelente", te quedas, si hay un tan sólo error, te vas, como todo tu equipo…

- Espera, ¿me estás amenazando?- murmuró, clavándole la mirada en la suya. Jacqueline asintió.

- Los accionistas necesitan gente capaz, que sea segura…pues, ahora es sí o no, te quedas o te vas y, si te quedas, te promueven

- ¿Me promueven a qué?- sólo quería escuchar lo de "Junior Planner", porque eso significaba que sus semanas serían de no más de sesenta horas, pues el contrato lo estipulaba, no como el contrato actual, que era "de horario flexible".

- Todos aquí están diseñados para seguir órdenes, no pueden pensar por sí mismos a la hora de la iniciativa, tú sí, por eso te he propuesto para mi plaza, gánatela- dijo, sonriéndole. – Ni una palabra a tu equipo, que lo menos que quieres es crear un estrés colectivo, ¿verdad?- Natasha sacudió la cabeza. – Pues, los accionistas están preocupados por ti, porque eres nueva en esto, no sólo en la compañía, por eso tienes que ganártelo…hazlo grande, haz-lo

- Gracias, Jacqueline, de verdad, muchísimas gracias- dijo, poniéndose de pie.

- No me des las gracias…todavía…ahora, retírate, ve a trabajar, que no sospechen

¿Quién habría pensado que así de rápido sería? Pues, el secreto de "hacerlo grande" era tan sencillo como hacer un par de llamadas para darle al evento una pincelada histórica: ¿qué pensaría el público si el diseñador y su amigo cantaran juntos mientras las y los modelos caminaban por la pasarela y ellos también usaran los jeans? Pues, eso. Levantó el teléfono y llamó a los representantes de ambos, con la excusa de que sería diez veces mejor que Justin Timberlake y Timbaland se lucieran como la imagen real de los jeans mientras cantaban "Sexy Back" mientras desfilaban por la pasarela: y les pareció genial. Natasha simplemente se tuvo que preocupar de organizar e idearse la logística de la entrada de ambos a la pasarela, cómo y por dónde entrarían, cómo hacer que la gente notara que eran sus mismos jeans, y eso era pan comido y digerido. El problema de la historia es que no todo sale como se quiere, pues Jacqueline había quedado encantada con Phillip y, a pesar de creerlo homosexual, se arriesgó.

- ¿Si?- respondió aquel teléfono, que su secretaria le había pasado la llamada sin mucha explicación.

- Mr. Noltenius, le habla Jacqueline Hall, de Sparks…nos encontramos ahora en la Plaza, ¿se acuerda de mí?

- Ah, claro, Jacqueline. Espero que no sea por mi pañuelo el motivo de su llamada- bromeó, girando en su silla para encarar la vista ya naranja y púrpura por la puesta de sol.

- En efecto, no puedo quedarme con un pañuelo Armani, Mr. Noltenius…por lo que me gustaría regresárselo, lavado y planchado, ¿gusta el almidonado?- Jacqueline y su forma de coquetear, pero era una asaltante de menores, pues ella tenía treinta y dos y estaba yendo tras un niño de veinticinco como máximo, que veinticinco tenía.

- Lavado y planchado nada más. Dígame, ¿dónde puedo recogerlo?

- Tengo la semana un poco ajetreada…tengo un evento el viernes por la noche y me gustaría que nos acompañara para devolverle su pañuelo

- Dígame el lugar y la hora y ahí estaré, Dios no quiera que mi pañuelo sufra sin su dueño- rió, enamorando a Jacqueline, pues el ego inflado no era tan común en los homosexuales, según su experiencia.

- Le haré llegar la invitación mañana por la mañana, la necesitará para entrar…y no se preocupe por su pañuelo, lo verá con vida de nuevo. Un placer, Mr. Noltenius- y colgó, sonriendo inmediatamente y llevándose el pañuelo a la nariz, oliendo una mezcla de su maquillaje y un adorable perfume planchado. – Hannah- dijo por el intercomunicador y esperó a que aquella flacucha jovencita emergiera en su oficina. – Lavado y planchado- ordenó, arrojándole el pañuelo al borde del escritorio. – Guárdalo con tu vida y me lo das el viernes antes de ir al evento- Hannah agachó la cabeza.

Viernes. Aquella relación entre Alexandra y Lena crecía con paciencia, pues, sólo eran amigas, Lena en realidad no se fijaba en Alexandra como mujer, aún estando más que segura que eran las mujeres las que le atraían, más en el sentido sexual, pero a Alexandra no sabía por qué no la podía ver así, quizás por ser menor que ella, pues apenas tenía diecinueve, hacía segundo año de Diseño de Interiores. Lena, por estar muy joven, decidió tomarse su tiempo para terminar su Master, haciendo de un año, dos, así lograr mejores calificaciones y tardarse más, pues no sólo era por la edad y lo difícil que era conseguir un trabajo a tan corta edad, pues en eso no había pensado cuando había sacado créditos extra, llevando ocho materias al semestre durante su Bachelor, aunque tal vez era más pesado el hecho de no querer regresar a casa, al menos no todavía. No sabía por qué el sólo hecho de vivir en Atenas, de nuevo con sus papás, le daba no miedo, sino una asquerosa frustración.

Alexandra, por el otro lado, si veía a Lena como una mujer, obviando el tema emocional, pues no quería nada serio, sólo quería probar a Lena que, por ser precisamente mayor que ella, la veía mil veces más atractiva, más porque había comprobado que no era estúpida, en lo absoluto, que eso de que las pelirrojas son tontas no era más que una leyenda urbana, pues Lena era la esencia de la inteligencia. Lo único que no le agradaba mucho de Lena era que fumaba mucho, la cajetilla de Marlboro Ice Fresh de veinte cigarrillos le duraba diez días, pues fumaba dos diarios, la de Marlboro Gold de veinte cigarrillos le duraba siete, fumándola paralelamente con la otra, el olor a cigarrillo le gustaba, no le molestaba, y Lena no se caracterizaba por tener dentadura amarillenta ni dedos o uñas amarillentas, se cuidaba mucho de no ser por los cigarrillos, pues se le veía trotando, a veces, por ahí, y el aliento tampoco le olía típicamente a cigarrillo, pues mascaba muchos Extra de hierba buena, la única goma de mascar que lograba ahuyentar ese olor.

Esa noche, la esperaba en Tony’s ella sola, pues, la cita no involucraba a nadie más, y a Lena tampoco había parecido importarle. Y, cuando la vio entrar por la puerta, la saludó con la mano en alto, viéndola acercarse a la barra, en donde ella estaba sentada, y su deseo sexual, en cuanto a Lena, creció demasiado, tanto que se dijo a sí misma que haría que Lena cayera ante sus pies en un sentido figurado. Era el cuerpo que tenía, no era realmente delgada, tenía curvas disimuladas y hasta un tanto pequeñas, pero era proporcionada, y se veía igualmente bien en zapatillas deportivas o ropa deportiva y holgada, como en un vestidito corto y desmangado y en tacones, pues la había visto hacía unas semanas en un club cercano, que ella estaba en la fila y la había visto salir del club para fumar dos cigarrillos y luego entrar. Pues esa noche vestía un suéter un tanto grueso, tejido a rayas blancas y azules, que le quedaba un tanto grande, pantalón beige hasta los tobillos, ajustado a sus piernas, y mocasines de gamuza roja, con su cabello suelto, con sus ondas alocadas y sus ojos verdegrises; simplemente hermosa, tanto que recibió uno que otro halago al entrar.

Pues, Alexandra no era precisamente una Diosa griega, como da la casualidad que lo era Lena en todo el sentido de la expresión y su peso, pero era linda, de cara linda, de niña buena y tranquila, porque lo era, simplemente tenía un lado sexual que Lena había despertado por primera vez. Casi de su misma estatura pero de cabello café oscuro y liso, ya no bronceada, sino unos tonos morenos muy ligeros, ojos café, delgada, nariz un poco redonda pero pequeña, dentadura blanca y meticulosa, un cuerpo simplemente delgado sin ser atlético, pues era más perezosa que los perezosos mismos. Su mamá era de Chile, casada con un norteamericano, por eso era que Alexandra dominaba la bilingualidad de la vida. Ella ya esperaba a Lena con una cerveza fría. Se saludaron de beso y abrazo, pues realmente se caían bien, listas para comerse el menú número cinco: "All you can eat: Pasta".

Justo cuando Lena se sentó, Phillip entraba al evento de Levi’s: cámaras, alfombra roja, rótulos enormes de "JT for Levi’s", y posó, obligado por uno de los del equipo de Natasha, no recuerdo si Mandy o Brittany, y fue entonces cuando tuvo su momento en el que se volvería significativamente famoso en la sociedad femenina neoyorquina. Pues él, en su momento, brilló, y brillaría luego todavía más, recién salido del trabajo: traje negro, camisa de cuello blanco y torso rosado pálido y corbata azul marino a cuadros diminutos rosado pálido, y en Richelieu Lanvin, fue catalogado como no sólo "El mejor vestido", sino también como "Nuevo miembro de los solteros codiciados". Luego de posar tres minutos, entró al club más intenso del momento "Bungalow 8", en donde no habían dejado entrar más que a los invitados y había seguridad por doquier, pues en ese club había tanto dinero en personas, como la deuda externa de Haití. Accedió a tomarse una foto con un wrap-up Jeans, que se lo colocaron entre dos hermosas y diligentes Señoritas, le ofrecieron Champán o Whisky, preguntó las marcas y prefirió el Whisky, pues un Johnnie Walker Black Label, uno de los patrocinadores principales, no era mala idea. Un chico, vestido todo de negro formal, lo ubicó en su asiento y se quedó ahí, sentado, sin conocer a nadie, pues, sabía quiénes eran, pero no era amigo de ninguno.

- Team Alpha- dijo aquella voz tras él pues, al ser invitado de última hora, le había tocado sentarse en la última fila. – El video empieza en minuto y medio, tenemos dos minutos y treinta segundos para estar en posición, ¿listos? Bien- dijo, tocándose el oído y hablando por la manga de su vestido; negro y de lentejuelas, de manga larga y ajustado, hasta por encima de sus rodillas, elevada quince centímetros en unos hermosos Versace negros. – Yo me encargo de las luces, a sus puestos- ordenó, y taconeó hacia un costado, que fue cuando Phillip, disimuladamente, logró verla de reojo, era ella. – Come on, people! It’s our job! – dijo molesta, aunque con una sonrisa falsa, pues no podía darse el lujo de verse con mala cara.

Phillip escuchó atentamente la discusión que pasaba detrás de él, a veces le costaba escuchar, pues el ruido crecía con cada segundo que pasaba. La voz le encantaba, era el punto medio y perfecto entre una voz dulce y mimada, era un tanto aguda, quizás dos de cinco puntos, pero era, al mismo tiempo, rasposa, era simplemente embobante. Pues, salió del rincón en el que estaba y se paró justamente al lado de Phillip, él distrajo la mirada para no verse tan obvio, y sólo veía cómo su mano derecha reposaba ligeramente sobre su cadera, y sus manos eran pequeñas, muy femeninas, dedos delgados, uñas cortas y con laca negra a la perfección, tenía un anillo de diamantes, muy delgado, con los diamantes incrustados en el oro blanco, sólo un regalo de graduación del colegio, uno de tantos. Sus piernas ligeramente bronceadas no eran muy largas, pero eran delgadas y tonificadas, quizás por el arte de caminar todo el día en un mínimo de diez centímetros. Sus pies eran hermosos también. Phillip le calculó ser un treinta y nueve. Un par de venas se le saltaban en el empeine, las falanges se le marcaban un poco y, por entre la abertura de sus Stilettos, pues eran Peep Toe, pudo ver sus perfectos dedos, también de negro, pero perfectamente cuidados.

- Mandy…a mi señal- dijo, revisando rápidamente con la mirada que todo estuviera en su ubicación. – Three…Two…One…Hit it- y Natasha se perdió entre la oscuridad y el aparecer del video de tal manera que Phillip se quedó buscándola y no la encontró, no le quedó más remedio que enfocarse en la presentación.

El tema, en la misma semana, había cambiado por completo, había cambiado de "Comfortably Chic" a "Bringing Sexy Back", de un lado al otro, tomando en cuenta que el sexo vende, y muy bien, pues después de un video por el que Natasha había movido cielo, mar y tierra, para poder grabarlo, la música empezó a sonar y dos paneles de la pasarela se levantaron, mejor dicho, se irguieron, de donde se materializaron no sólo el diseñador mismo, Justin Timberlake, sino también su amigo y productor, Timbaland, cantando "Sexy Back" sin censura, para despegarse de los paneles, que volvieran a su posición original y que las y los modelos empezaran a desfilar, mostrando cada uno de los diseños, y sí, no eran cualquier modelos, pues, entre las novatas, había experimentadas como Eugenia Kuzmina, Jessica Stam, Kate Upton y Sabina Berner, y, de los masculinos, Jordan y Zac Stenmark y Misha. En lo que el desfile se llevaba a cabo, maniquíes con los diseños eran colocados en el pasillo principal y las bolsas de agradecimiento eran colocadas en la estación de salida, justo al lado del Coat-check. "El Marketing Líquido", como le decía Natasha, o la bolsa de agradecimiento, contenía un jeans de la talla exacta de cada invitado, cosa que Natasha se aplaudía sola, una botella de Johnnie Walker Black Label, una pulsera Pandora y un charm especial que decía "Levi’s" y una cena para dos personas en "Masa".

Yulia no era de las que solía salir a beber, mucho menos sola, pero sentía ese vacío en ella, y sólo llevaba una semana en Nueva York. Tomó un Taxi para que la llevara al Plaza y, con ella, llevó la carpeta número ocho que Volterra le había dado al final del día. Se trataba de un proyecto para Edward Weston, más bien para su esposa, que se casarían en la primavera del año entrante y querían remodelar su Penthouse en el Archstone "The Westmont" antes de poder siquiera pensar en ambientarlo. Y, con unas copas de Petrus Pomerol del noventa y ocho y seis cigarrillos Marlboro rojos, Yulia tragó toda la información sobre el proyecto que empezaría a supervisar, tras Volterra, a partir del lunes.

- Oye, ¿qué harás después de aquí?- preguntó Lena, ya pasada de cervezas, quizás se estaba tomando la sexta, Alexandra era de menor tolerancia, desde la segunda cerveza se había sentido ya diferente, además, Alexandra era menor de edad.

- Nada, irme a casa- respondió, viendo a Lena tragar media jarra de cerveza sin el mayor de los esfuerzos.

- ¿Has visto "Pirates of the Caribbean", la nueva?- dio el último bocado a su plato de Penne Alfredo con parmesano falso.

- No, dicen que está muy buena

- La tengo en casa, ¿la quieres venir a ver?- y esa pregunta alegró demasiado a Alexandra, era como si el universo se pusiera a su favor, o tal vez sólo era la borrachera.

- Claro, de igual forma vivimos relativamente cerca- sonrió, pidiendo la cuenta con el típico gesto.

Lena simplemente sonrió y terminó su cerveza, sacó cuarenta dólares y los arrojó sobre la mesa, dejándole ver a Alexandra que tenía un arsenal de tarjetas de crédito y, del compartimiento del que había sacado cuarenta inofensivos dólares, había, por lo menos, unos diez billetes más, quién sabe de qué denominación. Hermosa, inteligente y adinerada. Pagaron la cuenta, dejando los setenta y tres centavos de cambio como propina extra, pues habían molestado demasiado al mesero, y caminaron, tambaleándose, hasta la casa de Lena, que en realidad era un Duplex, ella vivía en la parte de arriba junto con Mia, quien, para mantener la rutina, estaba en modo "mudo" pero sólo dejaba escuchar los resortes de su cama ser violentamente aplastados por una fuerza bruta llamada "sexo". Lena puso la película y, en lo que comenzaba, se desvistió frente a Alexandra, pues no lo consideraba malo, eran mujeres y tenían lo mismo, y su sexto sentido, o sea el "gaydar", no lo tenía para nada desarrollado. Pues, dándole la espalda, se quitó hasta su típico sostén blanco para deslizar una camisa desmangada por su torso, marcándosele sus grandes pezones a través de ella y, al bajar su pantalón, le mostró su tonificado y buen trasero a Alexandra, quien no la dejaba de ver con el mayor de los descaros. A Lena se le cayó el pantalón de las manos y se agachó únicamente con su espalda, dejándole ver, fugazmente, los bordes de su intimidad, que se terminó cuando se metió en un pantalón deportivo.

Phillip no había visto a Jacqueline, pues, ahora el pañuelo ya no importaba, había valido más ver a su "Olivia" que los sesenta y siete dólares que costaba el pañuelo, y merodeaba por el baño, pues los clubes no eran particularmente lo suyo, sólo hacía tiempo para que una de las "Levi’s Sexy Girls" no lo siguiera acosando, y lo había logrado hasta que la vio acercarse, y fue cuando se metió al baño por cinco minutos. Salió y vio que no había ninguna acosadora, supuso que alguno de los Planners ya la había mandado a trabajar y, saliendo del baño, se tropezó, en sentido figurado, con Jacqueline.

- Aquí tienes, guapo- gritó, pues la música era fuerte, más por la gente.

- Gracias, de verdad, me hacía falta- dijo sarcásticamente. – Muy bonita fiesta

- No es mi obra, es obra de mi sucesora- sonrió, dándole a Natasha el crédito que se merecía.

- Pues, sigue siendo una muy bonita fiesta que se ve asociada con "Sparks PR"- sonrió, guardando el pañuelo dentro de su chaqueta. – Gracias por la invitación

- No pensarás que era de gratis, ¿o sí?

- Pues, era mi pañuelo- rió, encogiéndose de hombros.

- No eres muy "playboy", ¿verdad?- coqueteó, acercándose a él y hablándole muy cerca de sus labios.

- No, no lo soy, soy un caballero- la apartó delicadamente de él.

- ¿Caballero o gay? Porque hay una diferencia, guapo- y lo tomó de su entrepierna, algo que no hizo sentir bien a Phillip, pues él no era de hacer escenas en público, y no le gustaba que una extraña le tomara su arma reproductora tampoco.

- Caballero, que gusta de damas- sonrió, quitándole la mano con una sonrisa.

- ¿Damas? Tú no tienes novia, guapo, entonces sólo queda la otra opción

- Si tengo novia, se llama Robin, y la voy a hacer mi esposa algún día- dijo, viendo, al final del pasillo, a Natasha, que caminaba hacia el Coat-check. – Me tengo que ir, mi novia me está esperando- sonrió, estrechándole la mano a Jacqueline y dejándola de brazos cruzados mientras veía únicamente la espalda de un futuro y ya millonario guapo soltero codiciado que sería la decepción de muchas mujeres. Caminó hasta el punto de salida, en donde vio que su chica misteriosa entregaba personalmente las bolsas de agradecimiento.

- Me permite su número, ¿por favor?- sonrió Natasha. Fue la primera vez que la vio de cerca y no era que fuera hermosa a nivel mundial, era hermosa, muy hermosa, por no decir "hermosísima", a su manera, pues, al menos a Phillip le gustaba. Le entregó el número, a lo que Natasha buscó su bolsa con una sonrisa, apartándose el cabello para buscar. – Mr. Noltenius, en el nombre de Levi’s y Mr. Timberlake, le agradecemos su presencia, esperamos que haya disfrutado del evento- sonrió anchamente aunque era una falsa sonrisa por el cansancio, era algo que hacía ya automáticamente, algo ensayado y aprendido. – Nuestros cooperadores esperan su apoyo- dijo, refiriéndose a un eufemístico "los patrocinadores de esta orgía esperan que sea muy tonto y consuma lo que ellos le intentan imponer".

- Natasha, ¿puedo hablar contigo un momento?- dijo un hombre alto y grande, el bouncer.

- Claro- sonrió, volviéndolo a ver. – De nuevo, muchísimas gracias por su presencia Mr. Noltenius- dijo con una sonrisa, excusándose y haciéndole de señas a Brittany que se hiciera cargo del punto de salida.

"Natasha", así se llamaba. Salió de aquel club con una sonrisa que pocas veces había tenido, en realidad sólo había tenido cinco sonrisas así en toda su vida: 1. Cuando nació Adrienne, 2. Cuando se graduó del colegio, 3. Cuando se graduó de su Bachelor, 4. Cuando se graduó de su Master y 5. Cuando firmó la Junior Partnership vitalicia en Watch Group. El nombre "Natasha" no sabía si le daba un miedo sensual, si era simplemente sensual, o si era dulce como ella. Caminó un poco, hasta la esquina, para alejarse de la gente y poder pedir un Taxi cómodamente, en donde vio a Natasha con un tipo. Discutían tranquilamente, ella sacudía su cabeza en desaprobación, el tipo intentaba explicarle algo pero ella parecía no entender. Sacudió su cabeza lentamente, vio su reloj, peinó su cabello y tomó de la mejilla al tipo, le habló dulcemente, o al menos eso parecía, y le dio un beso en la mejilla para retirarse y caminar de nuevo hacia el club. Pero él la haló de la mano y le plantó un beso en los labios que a Phillip le robó la vida entera en ese momento, no era una señorita para molestar, ella tenía novio y él no era de los que rompían relaciones ajenas, era un caballero, como su papá le había enseñado. Y fue cuando Phillip se confundió de la manera más terrible, no sólo porque Enzo y Natasha no eran novios y, por apresurado, no vio cuando Natasha le dio una iracunda bofetada, sino porque el dolor que sintió al ver eso, lo tomó como si Natasha fuera sólo un apelativo sexual, cuando en realidad le dolió porque se había enamorado literalmente a primera vista y, como el no conocía eso, lo tomó por el lado de "objeto sexual" que no estaba bien, no era de un caballero y decidió no buscarla más.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por flakita volkatina el Vie Jul 24, 2015 12:02 am

Esto andab buscando jajaja al principio n entendia ya luego si y va genial vivi
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 24, 2015 11:19 pm

CAPITULO 2.-Gracias a Mr. F.

 

Yulia se abrazaba a sí misma, contemplando un reluciente Central Park a través de la ventana. Era un día extraño, pues, sólo era viernes por la mañana, como todos los demás, ruidos neoyorquinos: entre naturaleza y urbanismo, bocinas, taladros, pajaritos, un día cualquiera, pero extrañamente no era cualquiera. Siempre pensó que un día así no tenía nada de especial, nada de diferente, que era un día como los demás, que simplemente no se iba a trabajar y que, a la hora, a la que usualmente salía del estudio, estaría en el Plaza, en la Monroe Suite, en un Monique Lhuillier negro de un hombro, único, hecho a la medida, que era como una cascada de chiffon drapeado y que terminaba siendo de plumas hasta por arriba de su rodilla. Podía haber sido demasiado voluminoso como para hacerla ver seis tallas más grande, pero estaba confeccionado de tal manera que se seguía viendo una inmaculada y esbelta figura rusa. Y, como el plus, unos Lipsinka Louboutin de doce centímetros, de cuero negro, suela roja y aguja de metal. Lena estaría en un Oscar de la Renta que a Yulia no le gustaba mucho, pero era lo que Lena quería usar ese día, y cada quien era dueña de sus decisiones, en especial en ese día.

Respiró hondo, cerró sus ojos, hundiéndose entre sus hombros y, al exhalar, abrió los ojos conforme regresaba sus hombros a la posición original, y vio el día con un poco más de positivismo, más relajada, pues, es que no era un día malo, era simple y sencillamente particularmente extraño. Paseó sus dedos por entre su cabello negro y las mezcló con sus mechas rubias, sonriéndole ante el panorama de Central Park, porque realmente le gustaba ver que, entre tanta urbanización, se podía conservar un espacio de tres avenidas de ancho por sesenta y un calles de largo de naturaleza que era arduamente mantenida. No estaba preocupada, por primera vez, por la comida, la música, ni siquiera por la abogado, ni por los invitados, eso no le preocupaba, le preocupaba en realidad que, por seguir una tradición, a pesar de haberse prometido nunca caer en un convencionalismo, no supiera cómo estaba Lena pues, entre Natasha y Phillip, habían logrado que no se llamaran ni algo parecido, ni una señal de humo, hasta las habían convencido de pasar la noche previa separadas; una escoltada, o más bien acompañada, por Phillip, y la otra por Natasha. Eso era lo más extraño, pasar una noche sin Lena, estar tan cerca y a la vez tan lejos. Pero si su iPhone era de su completo dominio y, ¿por qué no sólo la llamaba? Nadie iba a saber. Tomó su iPhone, presionó el ícono del teléfono y marcó 2-1-2-1-7-7-1-6-5-0, sólo porque le parecía más rápido que irse a "favoritos" y presionar "A. Lena", que tenía la "A" para que fuera el primer contacto en su lista, y presionó "call" pero, antes de llevárselo al oído, colgó, sin saber por qué pero colgó.

*

Enero de dos mil ocho. Lena se despertó con frío, todavía era temprano, demasiado temprano, pues apenas eran las tres de la mañana, últimamente no podía dormir. Se quedó en su cama, viendo un blanco techo inmóvil, escuchándose respirar, pensando en que ya sólo le quedaban pocos meses para regresar a casa, aunque intentaría buscar trabajo en el área, que dudaba sabiamente que no lo conseguiría, y fue cuando se le ocurrió buscar trabajo en Italia, todo con el motivo de no regresar a casa, no a Atenas, no sabía por qué, pero no quería. Pues, el ambiente en su casa nunca fue insano, pero tampoco era el más sano, simplemente no había afecto alguno entre sus papás. Por lo único que consideraba regresar era por su hermana, Katya, a quien le llevaba siete años. Se acordó cuando su mamá la había llevado a comer al McDonald’s de Lampraki después del colegio, pues era el punto medio entre el colegio de Lena, que quedaba en Tampouria, y la casa, en Kallipoli, en las afueras de Atenas, o sea Piraeus, y, muy dulcemente, le preguntó si le gustaría un hermano o una hermana menor, y Lena, quien había sido hija única por siete largos y consentidores años, dijo "¿Por qué no? Sería bonito tener alguien con quien jugar", claro, en su mente eso era lo que pasaría, no que la atención de sus papás sería repartida entre ambas, al principio setenta y cinco por ciento Katya y veinticinco Lena, así quedó siempre, pues cuando se había ido a la universidad, tenía diecisiete, Katya sólo tenía diez, y se quedó como la Princesa de la casa, pero, cada verano y vacación de navidad, se volvían a conocer y pasaba que Katya admiraba mucho a su hermana mayor por el simple hecho de verla ya una mujer, y le encantaba escuchar cómo decoraba las casas y todas esas cosas que realmente no hacía más que en su cabeza.

Cuando Lena llegaba, la atención la seguía teniendo Katya pues hasta ella enfocaba toda su atención en ella, en conocerla, en llevarse bien con ella, en hacer casi lo imposible por entablar una relación estable y contundente con ella, pues verse dos veces al año, si era con suerte, era todavía muy poco, por lo que Lena había tomado la decisión de escribirle una postal mensual, y se preguntarán: "¿por qué no un e-mail?", pues es simple; porque a Katya le gustaban las postales, y Lena que se lo complacía con una postal diferente cada vez, que consiguió un paquete de las postales más representativas de cada Estado. Sonrió ante los recuerdos con su terrible hermana menor, que no la dejaba en paz ni un segundo, todo lo tenían que hacer juntas: comer, dormir, hasta casi bañarse, cosa que Lena no permitía, no porque le diera vergüenza, sino porque podía ser el único momento en el que tuviera privacidad total. Lena trabajaba a su hermana al estilo del chantaje: "si tú no eres así/si tú no haces las cosas así/si tú no haces esto…las postales se tardarán más en venir" y así había logrado que su hermana comiera a la mesa tranquila, comiera de casi todo, pues milagros no podía hacer, dijera "por favor" y "gracias", hiciera sus tareas y que se involucrara en un deporte, en el tennis. Más allá de eso, Lena se revolcaba en su cama sin poder dormirse, sólo pensando, sin poder dejar de pensar, y, en su desesperante aburrimiento, tomó su teléfono y le escribió un inocente y frustrado "¿Estás despierta?" a Alexandra, conversación que se extendió hasta las seis y media, que Alexandra se quedó dormida y Lena se fue a clase.

- Buenos días, Señores- saludó como todas las mañanas que llegaba; con una sonrisa y café y, esa mañana, con una bolsa de rollos de canela y otra de daneses de queso. – Feliz Navidad y Año nuevo, espero que todos estén bien y sus familias también…quiero avisarles que, a partir de ahora, fumar está prohibido, pero pueden hacerlo afuera- y sacó tres cajetillas de Pall Mall rojos, colocándolas al lado del termo de diez litros de café caliente. - ¿Alguna novedad?- sonrió ante los catorce trabajadores. Estaba feliz, pues había pasado Navidad y Año nuevo en Roma, pues no había nada como los Cannoli que Oleg le mandaba a Larissa, tradición navideña desde siempre, quizás lo único que Yulia disfrutaba de él.

- Necesitamos que nos dé luz verde del acabado del techo para poder sellarlo- dijo uno, era calvo pero joven, fuerte, muy fuerte, y alto, era el jefe de los trabajadores.

- Muy bien, a tiempo, me alegro- dijo, viendo hacia arriba y viendo que el techo de toda la sala de estar estaba hecho, con cada putito detallito que Volterra le había dejado hacer, contra la coherencia mental, arquitectónica y ambiental, a la futura dueña de la casa, sí, a la que llevaba, por pendientes, las pelotas del millonario marido: "Yulia, el cliente siempre tiene la razón aunque no la tenga, y se le da lo que quiere por muy feo que sea", porque sí, a Yulia casi le da algo, y algo feo, bien feo, cuando vio que la viga iba en degradación para que, en la madera, hicieran aquel micro-putito-detallito con los moldes.

- ¿De cuánto quiere el andamio, Arquitecta?- preguntó. Siempre estaba nervioso, Yulia no se lo explicaba.

- Aaron, por favor, llámeme Yulia- sonrió. – De dos y medio estaría bien, pero tome antes algo de café si quiere, no tengo prisa

- No, Arquitecta…perdón, Yulia, enseguida se lo construyo

- Aaron, primero el café, se le nota que tiene ganas- rió. – Iré a darme una vuelta por los baños…- dijo, dándose la vuelta y encarando a todos los trabajadores. – Jaime- llamó, y un señor ya de edad media dio un paso adelante. – Oiga, esto no es el ejército- rió, bromeando por lo de dar un paso adelante y haciendo reír a sus trabajadores. - ¿La conexión del agua?

- Está lista

- ¿Seguro?- sonrió, pues ya le había dicho tres veces que estaba lista y siempre que la probaba se inundaba algo.

- Un cigarrillo a que lo está

- Que sean dos- levantó su pulgar y su dedo índice para contar dos, que así era cómo contaba ella, levantaba del pulgar hacia el meñique, y se retiró, escuchando a los trabajadores un tanto extasiados por el café mientras sumergían la mano en la bolsa con comida.

Phillip estaba en plena reunión de Socios y Asesores cuando un mensaje de texto de Jacqueline Hall hizo que su iPhone vibrara sobre la mesa. "Es mi última semana en Manhattan, voy a L.A., guapo. ¿Cambiaste de parecer?- Jackie". Y no, no había cambiado de parecer, todavía luchaba con aquella imagen de una Natasha, sin apellido todavía, besando a un tipo al que no podía ponerle cara, seguramente era feo, tan feo que por eso su cerebro había bloqueado la imagen, aunque Enzo no era así de feo, simplemente tenía cuatro cosas: cabello hermoso, acento francés, un piercing en la lengua que no dejaba nada sin resolver a la hora del sexo oral, y un miembro de ocho pulgadas y media, por lo demás…era simplemente un tío más. ¿Qué era eso de no poder olvidar a una mujer? No, pero él no estaba enamorado, eso jamás. "Si sabes que sales cada tanto en PageSix, ¿verdad? Nunca te he visto con una novia, guapo. No me ignores. – Jackie", y no la ignoraba, simplemente lo desesperaba. Detestaba el "guapo". Después de su injustificado despecho, porque no era despecho, había decidido aceptar las invitaciones de sus compañeros de colegio para salir a un club una que otra vez al mes, por eso de las apariciones en PageSix. "Estoy muy ocupado. Ten cuidado con tus finanzas si las tienes en un banco, esto sólo va para peor. Cuídate, suerte en L.A." y así la calló para siempre, o tal vez no para siempre, al menos por un par de meses.

Natasha firmaba su nuevo contrato; duración: período de prueba, o sea dos meses, tipo: renovable a un año renovable, paga: aceptable, lo que costaban tres pares de Louboutin y una blusa Cavalli, horario: cincuenta y cinco horas a la semana, tipo de horario: flexible, cubículo: no, oficina: sí, cargo: Senior Strategical Planner. Era cinco de enero, todo Nueva York había vuelto a trabajar, y nunca se sintió mejor después de unas merecidas vacaciones, pues había tenido, gloriosamente, una semana de vacaciones, una semana entera, del veintiocho de diciembre al tres de enero, que había dormido, sin exagerar, doce horas al día y donde sus papás para que Vika la consintiera las otras doce horas, aunque Agnieszka no había dejado de llegar a hacer limpieza en el Penthouse de Kips Bay, eso le había dado tranquilidad hasta más tarde ese día, pues Margaret empezaría a decirle a Natasha que tenía que arreglar ese Penthouse, que con razón no tenía novio. Entró a su nueva oficina, ya vacía, sólo con las libreras, los archiveros, el escritorio, las sillas y una puerta de vidrio que no le daría privacidad alguna, bueno, no es como que antes la tuviera en su cubículo, ah, no, es que ni cubículo tenía porque trabajaba en una mesa enorme que compartía con su equipo. Y se le ocurrió hacer algo nuevo, algo diferente, algo que Recursos Humanos podría hacer pero, como sabía que no lo haría, llamó a una reunión general de equipos.

- ¿No es peligroso estar ahí arriba?- dijo una voz desconocida, al menos una que Yulia no conocía. – Digo, está muy alto- dijo, viéndola desde abajo con las manos en los bolsillos.

- Se aprende a vencer el miedo- sonrió mientras paseaba sus dedos a lo largo del puto detallado del techo. – He estado más arriba- dijo, presionando un poco para corroborar que estuviera sólido a punto de cemento, y lo estaba. – Ya me acostumbre- se dio la vuelta y vio una cara nueva, una que no conocía.

- ¿Necesita ayuda?- gritó, pues habían empezado a trabajar con el martillo no muy lejos de ahí.

- No, estoy bien- y se bajó del andamio con facilidad, se notaba que tenía práctica. – Creo que no nos conocemos- dijo fuertemente, tratando de hacerse escuchar sobre el martillado. – Yulia Volkova- le extendió la mano luego de habérsela sacudido.

- Ted Wyatt- estrechó la mano de la Arquitecta con una sonrisa. – No sé qué me impresiona más, si que esté vestida así- dijo, señalando sus Stilettos y su ropa- Y revise el techo y la facilidad con la que se ha bajado de ahí arriba o la rapidez con la que trabaja. ¿Ingeniera?

- No, Arquitecta- le informó. - ¿Buscaba al Arquitecto Volterra? Se ha retrasado un poco, ya debería estar llegando

- El día de ahora no me molesta la espera… ¿me podría informar cómo va mi casa, Arquitecta?- sonrió, abriéndole paso para que le diera un tour.

- Por supuesto, ¿alguna pregunta en especial?- el dueño de la casa sacudió la cabeza. – Sígame y le muestro- y todo lo hacía con una sonrisa, que era en parte ensayada, pues, la costumbre.

No era una casa particularmente pequeña, era en realidad enorme, monstruosamente gigante; tenía ocho habitaciones, diez baños, cocina inmensa porque a Mrs. Wyatt le encantaba cocinar, espacio para diez autos en garaje, piscina, sótano, ático, en fin, una casa que tenía de todo. Yulia se tardó cuarenta y cinco minutos en darle un tour relativamente completo por el interior de la casa, explicándole por qué no habían puesto ningún piso todavía, pues era cuestión de proceso: primero el techo y luego el piso, para no dañarlo. También le explicó por qué las tuberías no se reunían bajo la casa en un punto central, como solía hacerse antes, sino que todas iban hacia fuera, para que, por si algún daño, la casa no se dañara, cuestión de precaución e inversión.

- ¿Alguna pregunta?- sonrió, juntando sus manos con alegría y efervescencia, llegando al punto en el que habían partido.

- Me lo ha aclarado todo, Arquitecta. Confío en usted que mi casa quedará como planeado, sin ningún error.

- Está diseñado para que no haya falla alguna, en efectos de construcción y ensamblaje, en un mínimo de quince años…pero, claro, en caso de haber algún defecto o imperfección, el estudio cuenta con cinco años de control de calidad, si usted así lo decide

- ¡Ah! Yulia, aquí estás…veo que has conocido al Señor Wyatt- sonrió Volterra, estrechando la mano de un ahora cohibido cliente. – El auto te espera para llevarte al Archstone…cuando regreses al estudio, me gustaría hablar contigo

- Como usted diga, Arquitecto- sonrió, tomando su abrigo y su bolso de un perchero que los trabajadores le habían improvisado. – Un placer, Señor Wyatt- y él le sonrió mientras estrechaba su mano, pero no dijo una tan sola palabra.

*

Lena, por el otro lado, también veía Central Park desde la ventana, se preguntaba qué hacía Yulia, si ya se había despertado, si había dormido bien, si se sentía bien. A Lena le resultaba especialmente difícil no dejar de pensar en Yulia, era como si, en vez de sangre, fuera Yuia la que le corriera por las venas, la misma Yulia que respiraba, que pensaba, que sentía y que saboreaba; podía sonar a obsesión, pero realmente se llamaba "enamoramiento" que no era ciego aunque muchas de las definiciones de tal palabra era precisamente eso: "enamoramiento: dícese de un amor parcial o plenamente ciego", y no lo era, porque conocía a Yulia en su efecto y en su defecto. Que había tenido que aprender a vivir con el perfeccionismo y la puntualidad era pan comido, que había tenido que aprender a amar a Yulia y a su Ego, que a veces se refería a él como si fuera una persona más en el apartamento, eso era toda una aventura, pero le gustaba, pues Yulia se lo hacía más fácil, se lo endulzaba y le mostraba cómo poder reírse, a carcajadas incluso, de y con su Ego. Hasta había aprendido que ella también podía ser egocéntrica y egoísta, pues era parte de todo ser humano, aunque no le gustaba mucho, pero, ¿quién se niega a sentirse alfa y omega? Y, ante esos pensamientos, Lena reía calladamente frente a un Central Park un tanto lejano.

*

- Bueno, ésta reunión no es para hablar sobre rendimiento, no es para regañarlos ni para despedirlos de dos en dos- dijo Natasha, hablándole a sus veintisiete compañeros de trabajo. – Pueden respirar tranquilos y estar tranquilos- continuó diciendo, notando que, por lo menos, el setenta por ciento se relajaba y sonreía. – Quiero que sepan que soy la nueva encargada, me han nombrado Senior Strategical Planner…y quiero que sepan que yo no estoy por encima de ustedes por ser la jefa, por eso, por raro que les parezca, no se van a llamar "subordinados" o "empleados", como antes, sino "cooperadores", porque eso es lo que son…ustedes aportan algo a esta empresa, un subordinado o un empleado simplemente recibe órdenes…también quiero que sepan que pueden acudir a mí con la mayor de las confianzas, aunque, sepan desde ya que milagros no hago porque todavía no he aprendido- rió, caminando de lado a lado por el lugar de trabajo. – ¿Qué más?...Ah, sí…quisiera decirles que, por haber trabajado en el "Team Alpha" no significa que "Team Beta" y "Team Gamma" van a ser tratados diferente, todos somos la imagen de "Sparks PR"…y, por eso, tenemos que crear una imagen aquí dentro, esto no es una fábrica

- No entiendo qué quieres decir- murmuró Brittany.

- Pues, es sencillo…somos una compañía que planea eventos, ¿qué hay en un evento? Ambiente…y, como ya dije, esto no es una fábrica, tenemos que experimentar, ¿alguien sabe el lema de Pixar?- preguntó, viendo a sus veintisiete cooperadores. - ¿No? Bueno, su lema es "Funny work: work your fun", lo que significa que éste lugar tiene que ser cómodo para trabajar, porque yo sé la cantidad de horas que se pasan aquí, pongan un poco de música, siéntense mezclados…tengo tres peticiones: la primera es que las que no son Planners y están aquí- dijo, refiriéndose a las asistentes- Pasen de una en una a mi oficina al terminar esto, que ya casi termina…La segunda, es que todos, al final del día, me entreguen un perfil cubriendo los siguientes aspectos: quiénes son, cómo les gusta trabajar, con quiénes, en qué tipo de eventos les gusta trabajar, sus habilidades, sus inhabilidades, qué del evento les gusta cubrir, cómo les gustaría cubrir un evento, cinco cosas que crean que cada evento debe tener, cómo mejorar las estrategias…y, qué les gustaría cambiar, ya sea del ambiente de trabajo, de las agendas, etc. , pero quedémonos en la Tierra, ¿sí?- y los volvió a ver a todos, tomando nota atrasada de lo que acababa de decir. – La tercera es que, de ahora en adelante, todos sean educados, espero por lo menos, las palabras mágicas universales: "por favor" y "gracias", ¿entendido?- todos asentían, todavía tomando nota. - Ah, una cosa más, necesito un voluntario, por favor, ¿alguien?

- Si nadie lo hace, yo lo haré- se levantó Stephanie, una de las asistentes.

- Gracias, Stephanie…necesito que compres veintisiete grabadoras portátiles, por favor, es más rápido que tomar nota, y yo invito, no hay necesidad de consultar a la parte administrativa- sonrió. - ¿Alguna pregunta, comentario, sugerencia, queja, confesión, chiste, anécdota, momento vergonzoso del pasado que quieran compartir con todos?

- Perdón- dijo Yulia. – No sabía que había alguien en el apartamento

- Pasa adelante, no muerdo- rió aquel hombre, era mayor que ella sin duda alguna, quizás veintiocho ya. – Soy Mischa- sonrió, acercándose a Yulia y extendiéndole la mano.

- Soy la Arquitecta Volkova, vine a ver el progreso de la ambientación

- Pasa adelante…mi hermano no está, mi cuñada tampoco, están en Washington- dijo, caminando por el piso de madera con sus pies descalzos, tenía cuerpo de adulto; que había envejecido rápido, pues sus pies eran joviales, hasta parecían de niño. - ¿Quieres algo de beber? ¿Agua, café, té? ¿Quizás algo más fuerte como un Whisky? Se nota que has tenido un día difícil

- Un poco de agua estaría bien, por favor- sonrió, poniendo los planos sobre un andamio pequeño que tenía un par de tablas encima. Caminó por la sala de estar y, sólo con eso, supo que parte del piso estaba mal instalado, pues la aguja de su Stiletto, aquel que eran parte de la primera manufacturación de veinticinco pares de Jimmy Choo Cosmic que engañaban la vista al ser una perfecta impresión de piel de pitón, y no una verdadera, sonó hueco, y frunció el ceño mientras refunfuñaba en su cabeza, y se arrojó al suelo, sobre sus rodillas y acercó su rostro a nivel de la planicie, en efecto, madera inflada. Su idea era inspeccionar el acabado del techo, el acabado de las columnas, la uniformidad de la pintura, las adjunciones a los arcos y a las puertas, el acabado de la chimenea, pero el suelo era la segunda pasada de Segrate. Y se hace llamar Ingeniero, como que si ebrio lo hubiera instalado…Ingeniebrio, jaja.

- Sólo hay fría ¿Con gas, sin gas?- gritó Mischa desde la cocina.

- Con gas está bien- murmuró, asomándose por el arco del comedor a la cocina, viendo que ya habían llevado el enorme congelador cuádruple para el que habían tenido que quitar un gabinete superior e inferior.

- Aquí tienes- le alcanzó una botella de Perrier. – Disculpa el déficit de vasos, le diré a mi cuñada que tiene que pensar en eso- guiñó su ojo. Realmente era amable.

- No se preocupe, así está bien- abrió la botella y se la empinó, controlando sus tragos con elegancia.

- Ten, otra, se nota que estás no sólo cansada, sino también sedienta- rió, alcanzándole una segunda botella mientras se rascaba el pecho sobre su camisa.

- Gracias- murmuró sonrojada, todavía con la voz afectada por las burbujas del agua.

- Si necesitas algo, estaré en la habitación al final del pasillo- sonrió. – Estás en tu casa…si quieres más agua, no dudes en agarrar, que es lo único que tiene éste congelador- abrió la compuerta y era cierto, estaba lleno, sin exagerar, de botellas verdes y azules.

- Gracias, prometeré trabajar en silencio para no molestarte- murmuró, con cierta vergüenza ante la amabilidad de Mischa.

- Con tu permiso- dijo, agachando la cabeza y retirándose por la otra salida de la cocina.

Yulia lo vio marcharse, era un hombre alto y fuerte, grande pero no gordo, como si había estado en alguna academia militar o naval y luego se había descuidado un poco, de voz áspera y grave, pero no gritaba, simplemente así era el tono de su voz, y su respiración era pesada, como la de un toro. Vestía un jeans gastado que estaba roto de los bordes de las piernas y uno que otro agujero accidental en las rodillas o en los muslos, una camisa que era roja y cuello en "V", por donde salían un par de varoniles vellos, y un suéter azul de cuello alto y de cremallera hasta la mitad. Tenía el cabello un poco largo, sin ningún o poco producto para el manejo del cabello, unas minúsculas entradas prematuras, cejas pobladas, dos lunares pequeños en su mejilla izquierda, ojos café muy transparentes, dentadura recta pero no precisamente brillante de blancura como la de Yulia, pero seguía siendo blanca, era de facciones varoniles, hasta un tanto toscas, pero le daban cierto misterio, hasta pasaba por guapo.

*

Se metió a la bañera, tal y como Natasha le había indicado. El agua estaba tibia, un poco caliente, le gustaba, así le gustaba, era perfecta. Natasha sirvió un vaso con Pellegrino y, justo cuando terminó, Hugh le mandó un WhatsApp de "ya estoy aquí" y Natasha abrió la puerta en silencio, recibió el frasco y le susurró un "gracias" que Hugh siempre agradecía con un "estoy para servirle", que a Natasha eso le caía como patada en el hígado, pues ya le había dicho sinfín de veces que ella lo veía como un amigo, como algo más que no fuera un sirviente, pues le había hecho compañía y hasta la había consolado en numerosas ocasiones. Tomó el tazón y el vaso y se dirigió al baño, en donde ya estaba aquella delgada espalda sumergida en el agua hasta la mitad.

- Ten, a comer- dijo, alcanzándole el tazón y la cuchara que había puesto dentro.

- ¿Estás bien?- preguntó, viendo el frasco salir del bolsillo de su pantalón.

- Sí, ¿por qué lo preguntas?

- Porque… ¿estás segura que todo está bien?- preguntó de nuevo, apuntándole con la mirada y con el dedo índice izquierdo al bolsillo del pantalón.

- Sí, en realidad son para ti…claro, no te tomes una entera, tómate un cuarto de una pastilla nada más y te relajarás- sonrió, viéndola comer con apetito. Se sentó sobre la madera y puso sus manos sobre sus hombros. – Sabes, estoy muy feliz por ustedes

- ¿Por qué lo dices?- preguntó entre las cucharadas de frutas con yogurt que se llevaba a la boca.

- Sé que piensas que porque te lo digo no lo estoy, pero quería decírtelo nada más… lo digo porque sé quién eres y con quién te estás involucrando de esta manera y estoy segura que mejor no podría ser, no podría haber resultado mejor, eres lo mejor que puede pasarle y ella a ti- masajeaba sus hombros con sus pulgares, subiendo por el borde de sus omóplatos y bajando por su columna.

- Ella está como Dios manda y como ella quiere- rió, casi ahogándose con la comida en su boca. Era una de las habilidades que había aprendido de su en ocho-horas-esposa.

- ¡Oye! Controla a tu hombre interior- rió Natasha a carcajadas, topando su frente a la cabellera de la hermosa fémina. – Pero te doy la razón, los años le sientan mejor, aunque es tragona de años

- We’re almost Twenty-Ten…- murmuró, un tanto impresionada por el rápido paso del tiempo. – Dame esa pastilla mejor- rió, y Natasha despegó sus manos de sus hombros y alcanzó el frasco, lo abrió y sacó una pastilla, la partió por la mitad y luego otra vez por la mitad, pues la pastilla estaba ya dividida en cuatro, por efecto de fábrica. Le alcanzó la diminuta porción de la pastilla y el vaso con agua.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 24, 2015 11:21 pm

Yulia llegó al estudio, luego de haber inspeccionado cada habitación del apartamento, y se sentó a esperar a Volterra mientras veía sus maltratadas cutículas, que le ardían los dedos, ninguna mujer debía sufrir por algo así. Agradeció que Segrate no estaba, ah, es que había algo de él que no le gustaba, pues, lo bufón, lo idiota, eso era tema aparte, pero había otra cosa que no le gustaba, quizás porque tenía la vaga demencial idea de que, fácilmente, era de los que maltratarían físicamente a su pareja. Sólo estaba Pennington, el único Ingeniero al que Yulia tragaba, quizás por tímido, pero hasta tartamudeaba cuando tenía que hablar con ella. Volterra decidió aparecer alrededor de las seis y media de la tarde. Pasó de largo, arrojó unos planos sobre su escritorio y salió de su oficina para dirigirse a la sala de reuniones, abriendo la puerta, encendiendo la luz y abriéndole paso a Yulia para que pasara adelante.

- ¿Cómo lo quieres?

- Al grano, como siempre, Arquitecto- sonrió Yulia, sentándose en una silla, apoyándose con sus codos de los brazos de ésta.

- Te ofrezco trabajo, una plaza de Arquitecta y Diseñadora de Interiores, y te ofrezco no sólo eso, sino también tramitar tu visa de trabajo…y me gustaría pagarte en retroactiva por éstos tres meses que has trabajado aquí, dos mil quinientos por mes por ser mi "Asistente", aunque eso será en secreto, y la paga mensual, sería de siete mil netos, más la comisión del trece por ciento por cada proyecto en el que estés tú sola, sino se reparte entre los que hayan trabajado en él…- vio a Yulia un tanto pensativa, podía escuchar su cerebro maquinar cada pensamiento. – Tienes el fin de semana para pensarlo

- Acepto la oferta con una condición- dijo a secas. – No soporto estar con los Ingenieros, quiero mi propia oficina- y lo dijo porque creyó que eso detendría la oferta, muy en el fondo no quería todo aquello, no había sido lo que esperaba.

- La sala de proyecciones nunca la usamos… es tuya- sonrió, porque sabía por dónde iba Yulia, pero, alguien así, tenía que ser un inmenso idiota para no contratarla. – Y la decoras a tu modo, a tu gusto… hazle lo que quieras

- Está bien- sonrió. – Sólo quiero que me diga por qué

- Porque Alessio tenía razón, eres de otro planeta, no sólo sabes muy bien lo que haces, pero tienes una conexión con el cliente y con la obra que cuesta encontrar, Wyatt se desvivió en halagos sobre ti durante dos horas…la fachada de Prada no hubiera quedado tan bien si no hubiera sido por tu intervención, la verdad es que mis proyectos han sido un éxito al cien por ciento porque tú los has supervisado, y no quisiera desaprovechar la oportunidad de quedarme contigo para el estudio, serías una enorme ganancia para el intelecto y nosotros te ofreceríamos una amplia gama de clientes

- Muy bien, acepto, Arquitecto- sonrió, extendiéndole la mano.

- Llámame Volterra nada más, y creo que puedes empezar tutearme- y estrecharon manos, dándole inicio a lo que sería un paso más cerca de llegar a otro principio.

Después de una tarde de charlas individuales que entraban y salían y se relevaban unas con otras, Natasha Roberts, ahora Senior Strategical Planner at Sparks PR, tenía treinta y un perfiles por leer, cada uno de no menos de cuatro páginas. Había cambiado totalmente el modo de trabajar de Sparks PR en su primer día como "jefa", pues ahora ella era eso sólo de título y era la que aprobaba los proyectos pero, por lo demás, era una colaboradora más con el pequeño privilegio de trabajar menos horas a la semana. Además, a las asistentes, les había ofrecido una plaza, con una minúscula mejor paga que de asistentes pero estaba bien, nadie sería asistente de nadie.

- Ciao!- contestó Larissa. Estaba en la cocina, llenándole a Piccolo, el perro de Yulia, un recipiente con agua y otro con comida.

- Habla Yulia…- su tono era confuso, entre triste pero emocionado, totalmente extraño y ajeno a lo que Larissa conocía en su hija.

- ¡Tesoro! Qué gusto escucharte… ¿estás bien?- Piccolo ladró al escuchar la voz de su dueña, pues, más que su dueña, era su amiga, o algo así creía él.

- Sí, todo bien…necesito hablar contigo, ¿tienes tiempo? ¿Te desperté?- preguntó, pensando en que ya debía ser pasado media noche.

- No, Tesoro, estoy dándole de comer a Piccolino- sonrió, acariciando al Weimaraner de su hija por detrás de las orejas mientras bebía agua, que venía de cansarlo al tirarle la bola de tennis mientras ella bebía una copa de vino tinto en la terraza al borde de la piscina y redactaba su Testamento, no porque se estuviera muriendo, sino porque había decidido cambiarlo. - ¿Estás bien?- preguntó de nuevo, pues Yulia había suspirado de una inusual manera, así como había suspirado la noche en la que le dijo que necesitaba la herencia de la abuela, y que no le había dicho exactamente qué era lo que tenían en contra de ella, pero Larissa, bajo la Capilla Sixtina, no se hacía ni lenta ni Santa, y supo que debía ser algo puramente sexual, sólo que el tipo de material había permanecido en duda.

- Mami…yo…no sé cómo decírtelo- suspiró, cerrando los ojos, imaginándose la reacción de su mamá, que lo iba a tomar bien aunque en el fondo se sentiría un poco mal.

- Yulia, ¿estás embarazada?- murmuró.

- ¡Ay, mami! Claro que no- rió. Larissa podía ser un poco catastrófica, como toda mamá, aunque Larissa no sabía de las discapacidades de su hija, discapacidad que para Yulia no era un martirio, sino un alivio que había descubierto a los dieciocho años en una visita al ginecólogo tras creer lo mismo que Larissa creía. ¿Alivio? Pues, sí. Yulia tenía dos razones muy grandes, y una era que los niños le gustaban, pero de lejos o sólo una dosis de tiempo cada cierto tiempo, la otra razón era muy clara.

- Entonces lo que tengas que decirme no será tan malo- y Yulia pudo sentir cómo sonreía, que caminaba por el pasillo de aquella casa, de su primera casa, apagando las luces a su paso, con Piccolo tras ella, cuidándola de la soledad y de la tristeza que Larissa intentaba negar u ocultar entre la minuciosa restauración del "Pecado Original y Expulsión del Paraíso".

- No puedo regresar en marzo

- ¿Por qué? ¿Pasó algo? ¿Estás bien?

- Mami…es que acabo de recibir una propuesta de trabajo aquí en el estudio…- su voz se fue haciendo cada vez más suave, más baja, más pequeña.

- ¡Tesoro! ¡Qué buena noticia! Cuéntame todos los detalles, por favor- sonrió, queriendo abrazarla por su éxito, pero sufrió de aquel dolor de desprendimiento umbilical total que le congeló las entrañas.

Lo que diré a continuación puede perturbarles la mente, o simplemente no lo hará, pero es para que entiendan un poco a Larissa, si no quieren, estos dos párrafos pueden simplemente obviarlos y leer el siguiente, o seguir con ellos. A Yulia la concibieron, entre aburrimiento y obligación, a finales de febrero, en la posición más muerta y rígida que pudo existir. Yulia nació el ocho de noviembre, dos semanas antes de la fecha pronosticada, el jueves que a Aleksei le tomarían una placa de Rayos-X para ver el progreso de la clavícula dislocada, que fue suerte de Larissa estar en el hospital en ese momento, pues ahí mismo empezó todo, que en cuestión de dos horas, lo justo para que llegaran los abuelos pero no Oleg, Yulia Olegovna Volkova salió del vientre de su madre, llorando hasta casi desgarrarse las cuerdas vocales. Pesó cinco libras y seis onzas, midió cuarenta y seis centímetros, tenía apenas cabello y era de color rubio, le contaron cinco dedos en cada extremidad, marcaron sus pies en la carta de nacimiento y la envolvieron en la manta blanca para entregársela a Larissa. Oleg llegó mucho después, enojado porque la Lira estaba perdiendo valor. Al mes de que Yulia nació, a Larissa le tuvieron que quitar la vesícula, y, por alguna razón que no recuerdo, no pudo seguirle dando aquel alimento materno. Yulia fue de las afortunadas que usaba pañales desechables, al principio, por los primeros dos meses, de bebés prematuros; así de pequeña era. Eso sí, Oleg se encargó de que a Yulia no le faltara nada, ni leche, ni pañales, ni juguetes, ni cobijas, ni nada; hasta se despertaba para darle el biberón, al principio por los cuarenta días de incapacidad de Larissa por la operación, luego por hobby, porque le gustaba sostener a algo tan pequeño y frágil en sus manos, hasta era quien la bañaba, siempre dos veces al día. Le gustaba cuando bostezaba, o cuando se le quedaba viendo y movía los bracitos sin dimensión espacial alguna, pero si había algo que le partía el corazón y lo hacía sentir el peor papá del mundo era cuando empezaba a llorar.

Yulia gateó a los seis meses, se puso de pie a los siete meses y medio, dio sus primeros pasos a los once meses. Le gustaba el puré de manzana verde, que fruncía el rostro por lo ácido pero siempre pedía más con la mirada y con la boca, le gustaba que Oleg la lanzara por el aire, porque a él le gustaba su risa, y a ella la emoción. Ah, pero los problemas empezaron cuando Yulia no daba señal alguna de querer hablar, hasta creyeron que sería muda, o tal vez sorda, pero no, simplemente no se le dio la gana hablar hasta que Alina nació, una semana antes de entrar al Pre-School, o sea a los tres años, un mes y tres días: desastre para Oleg. La Consultora en la que Oleg trabajaba, gracias a las consecuencias tardías de Mussolini, o así decían muchos, había quebrado, y se convirtió en el equivalente a "Ama de Casa" mientras Larissa conseguía las primeras migajas del Vaticano, que eran trabajitos por ahí y por allá en toda Europa, fue hasta mucho tiempo después que terminó siendo lo que es hoy en día. Pues Yulia creció, el divorcio no le sentó mal y por obvias razones, era de las detestables en el colegio, pues nunca abrió un cuaderno para apuntar algo y siempre salía con A o A+, no fue hasta los últimos dos años de colegio que tomó algunas notas de las clases y sus notas bajaron a B, pero eso fue lo peor, y porque entregó tarde un trabajo por estar aplicando a la Sapienza. Lo único que Yulia le pidió a Larissa, antes de la herencia, fue que le pagara lo que quería estudiar y donde lo quisiera estudiar, y fue un alivio para Larissa cuando la aceptaron en la Sapienza, pues no se iría a ningún lado, pues, de alguna manera, Yulia no era su hija nada más, eran como amigas pero con ciertas condiciones madre-hija. Fue cuando Yulia decidió estudiar su Master en Milán que Larissa comprendió lo que era perder a un hijo, pues la pérdida de Alina, en el fondo, no le había afectado tanto por el simple hecho de que no eran tan cercanas y, con Aleksei, tampoco. Nueva York había sido algo peor, pero Larissa sabía que era temporal, pero ese día que Yulia le dijo que se quedaría en Nueva York, Larissa dejó de escuchar lo que Yulia le decía, y sólo se concentró en respirar para contener aquel frío y despiadado y miserable dolor, felicitó a Yulia, se sintió orgullosa, sintió todo lo que una madre debía sentir, pero, cuando colgó, estalló en las lágrimas más amargas, porque no era lo mismo la soledad temporal que la soledad física hasta que Yulia decidiera regresar, ¿y si no regresaba?

Dos semanas después, mientras que el país entero colapsaba, en un sentido general: socioeconómico y político, Phillip Charles Noltenius II veía una lluvia de dólares que aterrizaban en su cuenta bancaria por idear planes de seguridad personalizada ante tal catástrofe de la humanidad. Al mismo tiempo, estaba en el ranking de los "Diez solteros más guapos" de la ciudad, de octubre a enero, en tan sólo tres meses, había subido del puesto número diez al número seis, que muchos dirían que no era mucho, pero le llovían tantas mujeres como dólares. Pero, pero, pero, había un factor muy importante, que él no podía arrancarse a Natasha de la cabeza, al punto que había intentado estar con una mujer en Navidad, en Texas, y no había podido porque sentía la necesidad de sólo estar con Natasha, fue por eso que lo catalogó como una frustrante "obsesión", peor aún, sexual.

Natasha, por el otro lado, estaba en una encrucijada: aceptar o no aceptar un evento, más bien un cumpleaños. No era que menospreciara un cumpleaños sobre una Premier, o un lanzamiento importante, pero era simplemente que "Mr. F", que significaba, egocéntricamente, "Mr. Fucking-Awesome", quería celebrar su cumpleaños en Bungalow 8 porque no todos los días se cumplía treinta años, y en eso tenía razón; como ven, era muy inteligente. Era recién llegado a Nueva York, bueno, era neoyorquino, pero había desaparecido durante unos años, luego de un escándalo de drogas en NYU, universidad a la que solía ir antes de desaparecer. Nadie sabía mucho de él, casi ni cómo era actualmente en su forma de ser, pues en aquel entonces era cuatro cosas: despilfarrador, playboy, millonario y partyboy, que fue en la época en la que su pseudónimo se hizo famoso.

- ¿Qué tenía en mente?- murmuró Natasha un tanto pensativa, tratando de no ver al troglodita, que era guapo en el nivel de "fornicable" pero no de besarlo, nada romántico, puramente sexual, troglodita.

- Quiero una fiesta tóxica- dijo, así nada más.

- Tenemos una política de "no drogas" en nuestros eventos, somos una compañía responsable y sana, promovemos un ambiente seguro

- Sólo pido que pongan el ambiente, no habrá drogas, eso se lo puedo asegurar

- Muy bien, entonces no le importará firmar el contrato de abstención de drogas y sustancias ilícitas, ¿verdad?- dijo Natasha, alcanzándole el contrato. – Puede llevárselo a casa, que lo revise su abogado…para empezar a trabajar, necesito el contrato firmado y el cincuenta por ciento- sonrió, viéndolo a los ojos con autoridad.

- Está bien- tarareó, tomando un bolígrafo que ubicó en el escritorio de Natasha y dibujó un garabato infantil, perdón, firmó el contrato. – Y…- murmuró, sacando su chequera del interior de la solapa de su chaqueta. – Setenta y cinco mil dólares, ¿a nombre de quién?

- "Sparks PR & Co."- dictó, recibiendo el contrato y luego el cheque. – Muy bien, tengo una idea, si usted quiere una fiesta "tóxica", ¿qué le parece una versión de "Tomorrowland" dentro de Bungalow 8?

- Me gusta cómo piensa, dígame más- sonrió, juntando sus manos y echándose sobre el respaldo del sillón.

- Luces estroboscópicas, láser, luz negra…música electrónica de su elección, a menos que la deje en nuestro poder de elección, bebidas puras, largas y cortas, frías y calientes, ¿comida?

- Comida chatarra, bailarines que se mezclen con los invitados, profesionales en tectonic…- Natasha asentía hipócritamente ante la desaprobación aprobada que le daba a su cliente.

- Muy bien, Señor Weston, su fiesta la tendrá en diez días y las invitaciones las tendrá mañana si aprueba el diseño ahora antes de las tres de la tarde, ¿quiere que nos encarguemos de entregar las invitaciones también?

- Haré que mi asistente le entregue la lista con las direcciones de cada invitado

- Muy bien, Señor Weston, le estaré llamando cuando terminemos con el diseño- sonrió, poniéndose de pie.

- Por favor, llámeme Mischa- dijo, extendiéndole la mano para despedirse.

- Un placer, Señor Weston- y fue que él creyó que era profesionalismo, pero Natasha sabía que, si lo llamaba por su nombre, sería una relación más personal que profesional, y ella no quería eso.

Yulia entró a su nueva oficina, vacía y desalmada, escuchando a la Arquitecta Ross quejarse en silencio por el dramático salto que Yulia había tenido; a lo mejor y estaba teniendo algo con el jefe. Se apartó para que los del alfombrado pudieran instalar la protección café oscuro en cada milímetro del piso, para luego aspirarla y ver que los mensajeros cargaban con las piezas de sus libreras y de sus archiveros de roble, que cargaban con el escritorio de nogal, con una mesa de dibujo, una CraftMasterII en negro, con un panel de madera que se deslizaba hasta erguirse ortogonalmente para convertirse en un pizarrón, entraban con todo lo que Yulia podía necesitar, que había salido de su bolsillo, cosa que los del estudio no sabían y habían creado un escándalo alrededor de ello, pues ellos no trabajaban para pagar los antojos de alguien que escaló demasiado rápido, pero no sabían que Yulia, de por sí, ya era pudiente y que el trabajo en el estudio sería una simple autorrealización aparte que sumaría cantidades de dinero, más del que ya tenía y no necesariamente mostraba.

- Ah, Arquitecta, un gusto en verla- la saludó, abriendo el congelador y sacando una botella de Perrier para él.

- Mischa- sonrió, martillando los últimos remaches que tensarían la tela de los asientos de las sillas del comedor. - ¿Cómo ha estado?- la diplomacia era parte de sí, pues, no le negaba conversación a muchas personas, simplemente no tenía corazón para negarse a una plática, a menos que fuera Anatoly Segrate.

- Muy bien, ¿y tú?

- Bien, también, trabajando, como siempre- sonrió, dándole el último golpe al último remache y poniéndose de pie.

- No sé cómo haces para andar todo el día en esos zapatos- la halagó, pues era algo digno de admirar, más cuando la veía lijar algo ligeramente en su elegante ropa de trabajo, y siempre en sus zapatos muy altos.

- Es la costumbre- sonrió de nuevo, tomando otro asiento para tapizarlo.

- Oye, disculpa el atrevimiento, no quiero que me tomes a mal…- dijo, acercándose a ella con la botella en la mano. Yulia emitió un gutural "mjm" que le dio luz verde. – Pues, mi cumpleaños es la otra semana…y quería saber si querías y podías venir- sonrió. – No es una cita ni nada, sólo es un cumpleaños…no quisiera ofenderte ni faltar a tu ética de trabajo, es sólo que pues, hemos platicado mucho últimamente

- ¿Qué quisiera de regalo?- sonrió, aceptando su invitación sin decírselo.

- Sólo tu presencia, mi fiesta es distinta a las que has ido antes

- Está bien, ¿hora y lugar?

- No te preocupes, haré que te lleven del estudio al club, pues no creo que me quieras dar tu dirección- rió. Yulia se quedó callada, pues tenía razón, y no era porque no quería dársela, sino porque, momentáneamente, estaba viviendo en el Plaza mientras encontraba un apartamento que le gustara y, precisamente esa tarde, tenía una cita con un agente inmobiliario que tenía una propuesta de ensueño, según él.

Fiesta de cumpleaños de Mischa James Weston-Ford. Lugar: Bungalow 8. Hora: 7 p.m., algo demasiado temprano para la vida neoyorquina, pero tenía su razón de ser: la toxicidad. Ambulancia: lista. Número de invitados: doscientos setenta y tres. Número de invitados que eran realmente amigos del cumpleañero: doce. Invitados que valía la pena mencionar para la historia: dos. ¿Quiénes? Eso lo veremos a continuación. Era una fiesta dividida, unos que pensaban que era todo un éxito, otros que pensaban que era todo un desastre y, los que pensaban que era un éxito, se la estaban pasando de maravilla, que era la mayoría. Los que pensaban que era un fiasco, se iban retirando paulatinamente de aquel infierno electrónico, que drogaba de sólo escuchar el mismo ritmo. Dos de los que pensaban que la fiesta era un fiasco eran dos personas muy importantes, nada más y nada menos que Yulia Volkova, extranjera, y Phillip Noltenius, aborrecedor del caos.

- Mi número- le dijo Phillip, alcanzándole la muñeca para que lo viera.

- Aquí tiene Mr. Noltenius, ha sido un placer haberlo atendido, Mr. Weston está muy agradecido con su presencia y espera que haya disfrutado- sonrió Natasha en su vestido de encaje negro de manga corta. – Mr. Weston espera poder compartir su próximo cumpleaños con usted- volvió a sonreír, alcanzándole a Phillip su abrigo y una bolsa de agradecimiento.

- ¿No te acuerdas de mí?- preguntó, elevando su voz, pues la música, cuando abrían la puerta, era muy fuerte. Natasha lo vio por un segundo, y le dio la más remota esperanza a Phillip de que lo hubiera recordado y todavía vio sus manos para ver si localizaba algún anillo de compromiso y no.

- Sparks PR siempre se acuerda de su familia- sonrió. – Me permite su número, ¿por favor?- siguió Natasha con el hombre que estaba atrás de Phillip.

Phillip salió de aquel club en estado depresivo: "¿Sparks PR se acuerda de su familia? What the fuck is that supposed to mean?" No era más que una respuesta muy diplomática para un "No, Mr. Noltenius, sé quién es por PageSix, pero usted y yo nunca nos hemos conocido en persona, no juegue de playboy conmigo". El ninguneo había creado, en parte, una frustración depresiva pero, por otra parte, un deseo sinfín de Phillip por conocer a Natasha, por conocerla realmente, pero fue cuando su auto-diagnóstico de "obsesión sexual" salió a flote y decidió desechar la idea de una buena vez.

Lena estaba en otro tipo de fiesta, que no sabía cómo había dejado que Alexandra la arrastrara a ese Kindergarten, a lo que se conocía nacionalmente como una "White-Trash-Party". Era en una residencia estudiantil, organizada por los de Publicidad; niñas y niños borrachos, bailando Sean Paul, por primera se sintió mayor, con esa sensación de adultez altanera, pero no le quedó de otra más que quitarse su abrigo y relacionarse con la gente, perdón, con los niños. Fue víctima de un par de embudos universitarios, de aquel juego que apenas empezaba a hacerse famoso, el tal "Beer-Pong", y también fue víctima de un cigarrillo torcido que olía particularmente extraño, y, entre la inanición que sintió después de tres o cuatro degustaciones inhaladas y la cerveza de mala calidad que corría por su sistema, se encontró escabulléndose a la cocina de aquella casa, lugar que estaba prohibido, sólo para asaltar, entre risas, al congelador. Se sentía extrañamente bien, con hambre pero bien, como si el mundo hubiera disminuido su velocidad normal, o que ella iba más rápido que todos, y se reía, se reía y no sabía de qué o por qué, y sacó unos recipientes herméticos del congelador, devorando en frío los asfixiantes espaguetis y bebiendo un batido de papaya con leche que había por ahí: toda una bomba estomacal, pero era a causa de la inanición.

- Lena- siseó Alexandra, sorprendiéndola en la cocina, que Lena se asustó y levantó las manos como si fuera la policía.

- Yo no fui- y se reía con sus ojos un tanto cerrados, sonreía estúpidamente al vacío.

- Lena, estás borrachísima- rió Alexandra, regresando los recipientes al congelador y arrancándole de los labios el termo de batido.

- Oye, no había terminado- rió, siguiendo con el rostro el batido, que a cualquiera le habría sabido espantoso, menos a Lena en aquel estado en el que era capaz de comerse hasta a Alexandra en un sentido más de canibalismo.

- Tenemos que irnos- murmuró.

- Shhh…alguien está susurrando- era la simple mezcla del alcohol con la marihuana.

- Es tu consciencia, y dice que nos tenemos que ir- Lena asintió, saliendo de la cocina y creyéndose una versión femenina de Ethan Hunt.

Salieron de aquella fiesta, Lena caminando como podía, riéndose todo el camino de lo que sea, porque Alexandra pujaba al intentar cargar con Lena. Según Alexandra, Lena era hermosa pero, ebria y drogada, que no sabía que estaba drogada, era diez veces más hermosa, era juguetona, alegre, muy alegre, le encantaba su risa, más cuando la detenía en la garganta y soltaba algún tipo de onomatopeya mutada y luego reía a carcajadas, Dios, sí que estaba mal. Lena sacó un cigarrillo y se lo puso a Alexandra en los labios, diciéndole con la mano que no lo quitara de ahí mientras buscaba, en la profundidad de su bolso, un encendedor. Sacó el encendedor y se lo quitó de los labios.

- Sabe como a frutishas- rió, acordándose de un argentino que había conocido alguna vez, que exageraba su modo de hablar para conseguir más mujeres.

- Un cigarrillo no sabe a eso- murmuró Alexandra, abrazándose por el frío, que no era mucho, pero estar paradas, en la calle, con mallas y Converse, no era exactamente lo que tenía en mente.

- No, tu lipstick- rió, pues el encendedor se le cayó de las manos por muchos malabares que hizo.

- ¿Quieres probar las frutishas?- susurró, aprovechándose del momento y de una borrachísima Lena, drogada también, pero eso no lo sabía nadie, sólo yo porque lo vi.

Y, muy al norte en el mapa, Phillip entraba en medio de su furia a su Penthouse, abriendo violentamente las puertas, cerrándolas con odio, encendiendo desesperadamente su portátil. Estaba decidido a ir por "Natasha" por simple capricho, no teniendo cuidado de sus acciones, de que su virilidad y masculinidad se verían totalmente comprometidas y no por lo que probablemente se imaginan. Y, justo cuando empezó a digitar "Natasha Sparkle PR Manhattan" en Google, Natasha decidía tomarse quince minutos de descanso, pues la fiesta iba muy bien, como lo tenía planeado desde el principio, además, sólo faltaban un poco más de cien bolsas por entregar y ya era hora de comer algo, y un cigarrillo, sino, no sobreviviría hasta las ocho de la mañana, hora a la que había pronosticado que aquella drogada fiesta terminaría. Natasha sabía, desde un principio, que las drogas estarían presentes, si Mischa era de la familia que mantenía el monopolio farmacéutico en East Coast, con eso no sólo traficaban sustancias no-medicinales, sino también limpiaban cada billete con un imperio farmacéutico por fachada; y Mischa era, en su mundo, el encargado de proveer sustancias de prueba o "lo de siempre" pero, en el mundo exterior, era Vocal de "Weston Medical Research & Tech. Labs". ¿Cómo sabía Natasha todo eso? No era por experiencia de consumista, sino porque, cuando Mischa estuvo en problemas, muchos años atrás, contactaron a su papá, a Romeo, para que evitara cárcel o cargos que ligaran su "actitud" con la familia y la compañía, Romeo simplemente se negó, y se lo había contado en tremendo secreto, sólo para que no se fuera a involucrar con él, de ningún tipo de relación, y para que ya no comprara más medicamentos fabricados por dicha fábrica.

Natasha devoraba, en secreto, un Cordon Bleu, ya frío, con una mano, mientras lo acompañaba con patatas fritas, ya frías también. Era tanta el hambre que tenía, que no masticaba, simplemente sentía el sabor y tragaba, y tragaba más de lo que fuera. Habían instalado una barra en el pasillo hacia el baño de la entrada, para que el ruido de la música no fuera tanto y se pudiera platicar pero, sólo una persona había sabido aprovecharla. Estaba sentada en uno de los ocho banquillos, vestía muy fuera de lugar, como si hubiera llegado de trabajar, aunque le pareció interesante, pues, ¿qué clase de trabajo tendría para vestir así? ¿Vogue? ¿Harper’s Bazaar? Era una hermosa combinación de una falda gris oscuro, que sabía que era Burberry, una blusa de mangas bombachas pero angostas hasta tres cuartos del brazo, se notaba que la blusa pesaba un poco, lo que la hacía muchísimo más cómoda al ser un tanto transparente y, por ser color crema, se notaba apenas, bajo ella, un sostén del mismo tono de su piel, eso, un Rolex, que lo sabía Natasha porque tenía el mismo, y sus infinitas piernas, que estaban cubiertas por medias negras, adornaban a unos y puntiagudos Christian Louboutin. Bebía un cocktail corto, y no estaba segura de qué era, pero lo bebía despacio y con gusto, acariciándose el cuello como si estuviera desesperada o aburrida, bueno, aburrida sí se veía.

- I’ll take another ten (voy a tomarme otros diez)- dijo por su muñeca, avisándoles al resto de supervisores que estaría fuera de auxilio por diez minutos más y, limpiándose con una servilleta, los labios y las manos, caminó hacía aquella mujer justo para encontrar a su alma gemela.

- Otro, por favor- dijo al bartender, sin prestarle atención a Natasha.

- Que sean dos, por favor, Max- sonrió Natasha, pidiéndole un "Mint" al bartender, que significaba "Mint Lemonade", un cocktail bastante suave y femenino, si así debo describirlo. - ¿Está libre?- preguntó, señalando el banquillo a la par suya. Ella simplemente asintió. – Natasha- elevó su voz, pues "Tomorrowland" hacía su trabajo en el fondo.

- Yulia- repuso, volviéndola a ver y alcanzándole la mano, Natasha se la estrechó y, ambas, de cierta forma, y a su manera, comprendieron que algo raro había entre ellas.

– No eres de por aquí, ¿cierto?- sonrió, viendo el perfil de Yulia, un perfil perfecto, pero todavía no lograba ver su rostro del todo.

- ¿Tanto se me nota?- rió, agachando la cabeza, cubriendo un poco sus mejillas con su flequillos que caían por ahí.

- Sólo un poquito- rió Natasha, recibiendo los cocktails de Max.

- Gracias- gritó Yulia para Max, alcanzándole un billete de veinte dólares.

- Si sabes que es una fiesta y que el alcohol es gratis porque el cumpleañero ya lo pagó, ¿verdad?- bromeó Natasha, viendo que Yulia ingería aquella bebida hasta el fondo. "Wow, sí se quiere emborrachar".

- Lo sé, es un gesto de agradecimiento, o "propina" como ustedes le llaman…un Martini, sin aceitunas, por favor- gritó, con una sonrisa ya un poco afectada por los cinco cocktails, las dos copas de champán y el futuro Martini. – Disculpa la pregunta…pero…- dijo, acercándose al oído de Natasha. - ¿De casualidad tienes un cigarrillo?- preguntó, volviéndose a Natasha con una sonrisa.

- Max, lánzate al estrellado, mete la mano en mi bolso y saca la cajetilla comunal, por favor- gritó al bartender, que no quería gritarle, pero es que joder con la música, para luego beber su congelado cocktail hasta sentir que el cerebro se le congelaba. Max le alcanzó una cajetilla de Marlboro Rojo, le dio dos a Max, que se los colocó tras las orejas, sacó uno para ella y le alcanzó la cajetilla a Yulia. – Pero afuera- gritó, sonriéndole, a lo que ya parecía ser un matrimonio de cansancio y ligera ebriedad, con un hijo que se llamaba "qué fiesta más fea". Se pusieron de pie y salieron del club, viendo una extensa fila de personas que pretendían entrar y que no podrían. Hacía frío, pero no les importaba. - ¿Periodista?

- ¿Yo?- rió Yulia, intentando encender su cigarrillo. Natasha asintió. – No

- ¿De la competencia?- preguntó, manteniendo el humo en sus pulmones.

- No conozco ni a quién le estaría haciendo competencia, ni con qué- rió, exhalando el relajante y caliente humo de aquel sabroso cigarrillo, el primero en el día, que era lo único que le afectaba mientras estaba en sus días femeninos: le tomaba más tiempo salir del edificio, ya fuera a la azotea o a la Plaza, que fumar un cigarrillo, que en sus días necesitaba, por lo menos, tres o cuatro para no ceder a la proyección de su mal humor.

- Equipo de Editores de Vogue o de Harper’s Bazaar

- Editora de Vogue USA es Anna Wintour, UK es Alexandra Shulman, España es Yolanda Sacristán, Italia, de donde yo vengo, Franca Sozzani…y Harper’s USA está en gestión, UK es Picardie, España Melania Pan y, de Italia, no hay, porque tenemos una versión traducida de la de UK- sonrió, haciendo del estómago de Natasha una alegría total.

- Está bien, Yulia Fashionista- rió, exhalando el humo. – Eres asesora de imagen- Yulia tambaleó la cabeza, entre un sí y un no, inhalando profundamente de su cigarrillo.

- No asesoro imágenes, las creo- era algo para reírse, pero a Natasha le pareció sumamente egocéntrico, que le gustó.

- Diseñadora no eres

- ¿Por qué lo dices?- rió, exhalando lentamente el humo mientras veía su reloj.

- Tuvieras el Ego tan grande que confeccionaras tu propia ropa y no lo haces, falda Burberry, blusa DVF…pues, quizás lo único que pasaría, si lo fueras, fueran los Louboutins…

- Fashionista yourself- canturreó, elevando la mirada y ambas se vieron, por primera vez a los ojos, que una pensaba que la otra era despampanantemente hermosa y viceversa.

- Tu mano derecha- dijo, tomando su cigarrillo entre su dedo índice y medio para tomarle su mano derecha. – Cierto, cómo no pensé en eso…eres Arquitecta- rió, dejando a Yulia un tanto sorprendida por la deducción. – Pero tienes que tener un plus, escondido, como diseño urbanista- Yulia sacudió la cabeza. – Diseño de interiores entonces- rió.

- ¿Cómo sabes? Digo, viste mi mano y dedujiste la Arquitectura, el "plus"…dime- rió, retirando su mano de las de Natasha.

- Soy médium- rió, trayendo a Yulia a una carcajada, la primera del día, no, la primera de la semana. – No, dijiste que creas una imagen, no la asesoras, pues, eso hace un Arquitecto, ¿no?

- Podría haber sido Ingeniera

- Tienes cortaduras de diferentes materiales y grosores y escribes con pluma estilográfica, además, el Ingeniero construye lo que el Arquitecto diseña- rió, sabiendo esto porque su tío, Neil, el hermano de su papá, eso había dicho una vez, hace muchos años, pero supuso que eran agravaciones sin tiempo. – Y no pareces ser del tipo que le gusta recibir órdenes- Yulia se sonrojó un poco, dejándole saber a Natasha, sólo con eso, que ella era su propia jefa, a pesar de tener a Volterra en el fondo. – El Arquitecto se preocupa del diseño, el Ingeniero de que sea seguro

- Algo así, ¿y el Diseño de Interiores?- preguntó, viendo que el cigarrillo estaba a un turno de acabar.

- Te vistes demasiado bien para ser sólo Arquitecta, no sé, supongo que tienes que proyectar una imagen chic y elegante, como tus diseños- sonrió. – Tú eres tu propio Marketing- guiñó su ojo, haciendo que Yulia se riera. – Por cierto…- balbuceó entre su inhalación, acordándose de lo que Agnieszka le había dicho a Margaret, que Natasha vivía en un lugar inhabitable, que quizás por eso no tenía éxito con los hombres, que necesitaba muebles, por lo menos, que ese Penthouse no tenía vida, solo mugre. – Tengo un apartamento, no es la gran cosa, pero no he tenido tiempo de ambientarlo, y creo que me has caído del cielo, ¿te gustaría ambientarlo? Pago bien- sonrió, como si con la sonrisa manipuladora lograría que lo hiciera.

- Muy amable, pero creo que deberías ver mi portafolio primero- exhaló a través de la nariz. Y eso le gustó a Natasha, que era profesional, pues cualquier novato habría tomado el trabajo de inmediato. O quizás era que no le había preguntado por la paga, bueno, es que ella no tenía idea de cuánto podía costar algo así. Y, justo cuando Yulia inhalaba por última vez y empezaba a sentir que el humo se calentaba mucho más, Mischa salió del club.

- Yulia, aquí estás- rió, un tanto ladeado. – Jennifer Lopez- dijo, dirigiéndose a Natasha. – Espero que no te moleste si me robo a la Arquitecta un momento- rió, tomándola delicadamente del brazo mientras Yulia le sonreía con motivo de "lo siento por irme así".

Lena no sabía a qué se refería Alexandra con "¿Quieres probar las frutishas?" y, culpando a la borrachera y a la drogada incoherencia con la que su cerebro no pensaba, asintió. Alexandra respiró hondo y saboreó el momento de su victoria. Lena protegió la llama con su mano y encendió el cigarrillo, sintiéndose relajada, lo que necesitaba para poder llegar hasta una cama y quedar como roca. Alexandra le quitó el cigarrillo de los labios y se acercó lentamente a ella, con el olor en el fondo al Lena exhalar y sacar todo el humo de sus enormes pulmones. Lena se reía al tener su frente apoyada a la de Alexandra, no entendía por qué. Y Alexandra topó su nariz a la de Lena y, en menos tiempo del que yo pude notar, le plantó un beso tierno que sólo ella disfrutó, pues Lena se asustó y se apartó.

- ¿No te gusto?- le preguntó Alexandra, un tanto enfadada, hasta ofendida.

- Tengo hambre- dijo lentamente, obviando el episodio, pues no, no le había gustado, no así.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 24, 2015 11:22 pm

Frente a la vista de Central Park, se desnudó con el único motivo de entrar a la ducha, pues la bañera, ese día en particular, no le llamaba la atención. Encendió la ducha lo más caliente que se podía y, poco a poco, la fue poniendo, no tibia, sino menos caliente, y se arrojó en aquella cabina de vidrio, con el agua mojándole el cabello mientras se detenía con su espalda de la pared, pues había direccionado la cascada hacia ella. Lentamente se deslizó por la pared, cayendo hasta sentarse sobre el suelo, y echó su cabeza hacia atrás, dejando que el agua le corriera por el rostro. Se estiró para alcanzar el jabón que Agnieszka había abierto especialmente para ella, levantó su brazo para mojarlo y lo dirigió a sus hombros, a enjabonarse toda, sólo sentir el olor del jabón inundar sus pulmones, impregnando un olor a almendra muy suave sobre su piel. Sabía que tenía cuatro horas, por lo menos, para que llegara la "Estampida de la Belleza" al apartamento de Phillip, en donde le harían todo y ella no movería ni un tan sólo dedo, sólo los labios para decir si le gustaba o no. Masaje de pies a cabeza, manicure, pedicure, retoque de corte de cabello, peinado hasta la mitad, maquillaje, terminar el peinado, deslizarse en el vestido, en los zapatos, respirar hondo y, el resto, sería historia.

*

Febrero de dos mil ocho. Natasha no había aprobado el período de prueba en "Sparks PR" a pesar de los veintidós exitosos eventos que había llevado a cabo. A la junta de accionistas no le pareció el modo en el que trabajaba, que parecía que la fiesta se la había llevado a la oficina y, siendo ese el motivo oficial, se le dijo: "Es fácil, si accedes a volver a la forma original de trabajo, te quedas, pues no queremos perderte, pero, si mantienes tu posición, tememos que debemos dejarte ir". Natasha era demasiado fiel a sus ideales, no le quedó más remedio que renunciar, que fue en el momento en el que Phillip ya estaba más que decidido a perseguirla, sólo por apetito sexual, por muy feo que eso se escuchara, pues él así le llamaba, pero yo le llamo un simple "estaba enamorado, más de lo que se puedan imaginar". Y ese episodio de Phillip, es muy gracioso, por eso creo importante contarlo. Él ya sabía que Natasha trabajaba en "Sparks PR", que era la jefa, o eso creyó, pues su información no estaba correcta.

"Men for Hunger" era una organización de hombres filántropos que se encargaban de recaudar enormes cantidades de dinero para ayudar a una buena causa: combatir el hambre en África. Y, por la buena reputación de "Sparks PR", habían acudido a ellos para llevar a cabo su evento. En realidad Phillip no tenía culpa de no saber, pues, cuando "Men for Hunger" contactó a "Sparks PR", Natasha había accedido a hacerlo pero, en el transcurso, se había ido de la compañía, dejando a cargo a Brittany, temporalmente, mientras contrataban a alguien capaz. El proyecto consistía en que, en vista que el sexo se vendía mejor que panes calientes, habían tenido la "fabulosa" idea de pedirle a los "Diez solteros más guapos", que eran los mismos "Diez solteros más codiciados", que se quitaran la camisa para que las neoyorquinas donaran sin cesar, y Phillip Charles Noltenius II, en el puesto número cuatro en belleza y en el puesto número seis en codicia, había accedido a quitarse hasta los pantalones con tal de llegar a Natasha, mas no sabía que no lo haría de esa manera.

Fue el mes que Yulia tuvo sus documentos legales en orden, que el trámite empezó, y que pudo empezar a ganar según el contrato, eso más un proyecto que la catapultó a cierta fama, que fue que Glenn Close recién compraba un Penthouse en la Quinta Avenida y necesitaba que lo remodelaran completamente, pues acudió a su viejo amigo, el Arquitecto Richard Moynahan, y tuvo que rechazar la oferta, pues era eso o "The Freedom Tower", que luego perdió, y llegaron al estudio "Volterra-Vensabene", sólo para que Yulia tomara el gran pequeño reto. Todo en la vida de Yulia estaba significativamente mejorando, y, aunque siguiera viviendo en el Plaza, que no era mayor gasto, pues su papá se encargaba de pagárselo aún cuando ella creía que lo cargaban a su American Express, sabía que todo iba a mejorar algún día o en algún momento.

- Natasha, ¿verdad?- dijo al entrar a la sala de reuniones.

- Es correcto- sonrió, poniéndose de pie para recibirla. - ¿Cómo estás?

- Bien, muy bien… ¿y tú?- murmuró. Natasha sólo asintió, que no tenía mucho sentido, pero significaba "bien". – Adivino, vienes por lo del apartamento- sonrió, mientras Natasha asentía. – Bueno, pasa a mi oficina en ese caso, por favor- y se puso de pie, caminando en unos imperdibles Manolo Blahnik recién sacados al mercado.

Natasha se admiró al entrar a su oficina, típica de película pero con un estilo distinto. Era grande y espaciosa, de alguna manera, no tenía muchas cosas, pero, en aquel enorme espacio, no se veía vacía. Tenía un perchero del que colgaba un hermoso abrigo Burberry, lo notó por un ligero vistazo fugaz al logo, bordado en negro, en la solapa de aquel estilizado abrigo, tenía una inmensa mesa de dibujo, en donde tenía, en ese momento, el plano del apartamento de Glenn Close, pues le habían informado que también debía dar una propuesta para ambientarlo, el escritorio principal le daba la espalda al enorme ventanal que iba desde el suelo hasta el techo, pero, lo más impresionante, era que, en el escritorio, que era largo y un tanto grueso, se veía pesado, descansaba una tecnológica e inmaculada iMac.

- Ponte cómoda- dijo, abriendo una gaveta de uno de los archiveros que Natasha no había visto. Se sentó mientras curioseaba con la mirada las altas paredes de la oficina de aquella Arquitecta, repletas de carpetas, que no eran de ella, de libros sobre Arquitectura y otras cosas en italiano que Natasha no entendía del todo por verlos muy deprisa. – Aquí tienes- dijo, alcanzándole una carpeta de cuero rojo. "Prada", muy fina, y lo supo por el olor.

Natasha había acudido a Yulia de la siguiente manera: El día después de haber renunciado a "Sparks PR", luego de haber desatado su furia en el Fencing Center contra un pobre novato, durmió hasta tarde, tratando de recuperarse del último éxito que había tenido el martes por la noche, la fiesta anual de "Absolut Vodka", que había retumbado por toda la nación y habían empezado a llover demasiados proyectos tanto para largo como para corto plazo, mas no contaban con que, con la partida de Natasha, por asombroso que sonara, los días de "Sparks PR" estaban más que contados. Pues, el día después, que se despertó incrédulamente tarde, a eso de las cuatro de la tarde, se dio un tour por el apartamento y se dio cuenta que era demasiado grande para ella sola pero, si había de vivir sola, al menos debería estar bien decorado. Y tuvo que llamar a "Mr. F" para pedirle el teléfono de Yulia, que no supo dárselo, sólo la dirección de su trabajo.

- Son increíbles, de verdad me gustaría que pudieras hacerlo- sonrió, todavía hojeando el portfolio más sencillo pero más estilizado que existió jamás, claro, sin contar a todos los enormes íconos de la moda. – Yo, de esto, no sé nada- rió, viendo una fotografía que había quedado exactamente igual al bosquejo.

- ¿De cuánto es tu presupuesto?- preguntó, abriendo su agenda y su pluma fuente, pasando el tapón hacia la pluma, mostrándole el "Bentley". Ah, Tibaldi.

- No más de un millón- dijo, diciendo el primer número que se le ocurrió. Yulia levantó la mirada, era como de sorpresa, pero soltó una risa nasal y sacudió la cabeza.

- ¿Hablamos de un apartamento o una mansión?- rió, todavía escribiendo algo que Natasha no alcanzaba a ver, además, escribía muy a la ligera, parecían garabatos que sólo pocas personas entendían, y, por si los jeroglíficos fueran poco, escribía en una mezcla de inglés, italiano y español.

- Es un Penthouse- le dijo. – Pero es sencillo, supongo…unas cuantas habitaciones, unos cuantos baños, cocina, sala de estar, comedor, terraza…

- ¿Qué estilo te gusta y para cuándo lo quieres?

- No lo sé, estoy viviendo ahí por ahora…pues, en una habitación nada más, no me molestaría tener a gente trabajando ahí, puedo huir de ahí por el tiempo que necesites para hacer tu trabajo- sonrió, cruzando su pierna izquierda sobre la derecha y mostrándole a Yulia unos tacones Chanel clásicos. Definitivamente ahí había algo más que una relación profesional, y no amorosa, o tal vez sí, pues las conversaciones y las demostraciones de afecto serían un tanto pasadas en un futuro, pero era una potencial bonita amistad. – Y, pues, te soy sincera…me gusta sentirme cómoda, poder caminar por donde voy sin tener que tropezarme, pero tampoco me gusta algo muy vacío…- Yulia seguía escribiendo, quizás hacía ya una tormenta de ideas o simplemente apuntaba relevancias. - ¿Cuánto tiempo te tardarías?- Yulia rió suavemente.

- Depende de tu presupuesto, de cómo sea y de qué quieras hacer… ¿has consultado otros decoradores?- preguntó, pasando su flequillo tras su oreja izquierda.

- No, no conozco a otros, apenas y te conozco a ti- dijo Natasha, poniéndole a Yulia una sonrisa. – El trabajo, de verdad, es tuyo, si es que te interesa

- Bueno, te diré lo que pienso…- dijo, cerrando su agenda con la pluma en medio y sin taparla. – Por el hecho de no haber competencia, te diría que son cinco mil de entrada pero, como sé que eres tú, déjalo a la mitad, por el cigarrillo que me convidaste- sonrió.

- Pues, el cigarrillo no costaba ni cincuenta centavos- rió Natasha a carcajadas, recostándose sobre el respaldo.

- Es un gesto que no cualquiera hace- sonrió, paseando su mano por su cabello y dejando que Natasha viera sus aretes Harry Winston. Wow.

- Pero, ¿dos mil quinientos? Eso es mil veces más barato de lo que creí- dijo, cerrando sus ojos y sacudiendo su cabeza. – No me hagas sentir mal, déjalo en cinco mil, en precio de cliente normal y luego me invitas a un cigarrillo, pero Gold- Yulia asintió. - ¿Cuál es el proceso?

- Bueno, es bastante sencillo, primero, necesito ver el Penthouse en cuestión, medirlo, curiosear por ahí…luego, ver qué quieres hacer con él, también sería bueno saber si me quieres sólo a mí en el equipo o a alguien más del estudio, y necesitaría los planos…y mucha disposición tuya, porque tendríamos que ir de compras muchas veces y muy seguido, a menos que confíes en mi gusto ciegamente a partir de lo que decidas hacer…

- Pues, ¿cuándo puedes ver el "Penthouse en cuestión"?- bromeó, con la mirada sonriente. Eran quizás los veintitrés años ya.

- Podría ser mañana, a cualquier hora del día, aunque me tomaría quizás una o dos horas, así que tú dirás- dijo, juntando sus manos en un ligero aplauso y recostándose sobre su espalda. – Se te nota la desesperación- rió, aunque ella también estaba desesperada por tener una amiga.

- A la una de la tarde- dijo, pensando en que le daría la especialidad de la casa de sus papás. – Pero tienes que llegar sin almorzar, mamá cocina los sábados y no me parece tan justo que te haga trabajar un sábado

- Como tú digas- rió. – ¿Crees que puedes tener los planos para mañana mismo?- se levantó y camino hacia su escritorio, contoneándose suavemente en su pantalón negro que le ajustaba su trasero de una divina manera. Natasha lo aceptaba, tenía un buen cuerpo, envidiable en realidad, aunque estaba más que perfectamente contenta con el suyo.

- Tú dime lo que necesitas y yo haré que suceda

- Muy bien- murmuró, alcanzándome una tarjeta. "Yulia O Volkova – Arquitecto y Diseñadora de Interiores. Estudio de Arquitectos e Ingenieros Volterra-Vensabene. volkova.yulia@v-v.com". Volkova Apellido ruso. Volkova. Le gustó a Natasha. – Cualquier cosa que se te ocurra en el transcurso del día, puedes llamarme a cualquiera de los dos teléfonos o enviarme un e-mail, los reviso rápido- sonrió, enseñándole su Blackberry. – La dirección es…

- Trescientos setenta y siete East y treinta y tres…o simplemente Kips Bay’s Archstone

Lena no se había enfadado con Alexandra, simplemente habían decidido no seguirse viendo porque eso no iba a ningún lado, pues Lena no podía verla como mujer, a pesar de no haberle dicho nunca que era lesbiana, y Alexandra no podía verla como sólo una amiga, y, desde ese entonces, Lena se aburría más, construía más muebles, estudiaba más, fumaba compulsivamente a causa del aburrimiento, y dormía mucho, aunque no tanto, pues había encontrado la forma de encontrar la felicidad a domicilio: Fish n’ Chips, una Dr. Pepper, un chunky brownie, todo, para luego, terminar en su cama, masturbándose, pues, desde aquella vez que supo que de verdad había tenido un orgasmo, se empeñó en aprender a llegar al orgasmo sólo con sus manos y su imaginación, lo que se le hizo rutina; no había despertar sin un orgasmo, ni dormir sin otro.

Justo cuando Natasha salió de aquel enorme y altísimo edificio, Phillip Noltenius se encontraba en la Lego Store de Rockefeller Plaza, comprando el último Ferrari que Lego había creado para que la multitud lo armara y, justo cuando estaba haciendo fila para pagar y le faltaban once personas por que fuera su turno, vio a Natasha sentarse, sola, en una de las mesas del café que estaba al lado. Se acercó a un estante cualquiera, sin perderla de vista, y colocó la caja allí, pues no la compraría, tenía mejores cosas en las cuales invertir su tiempo. Salió de la tienda, actuó con naturalidad casual, y se convenció de aventurarse una vez más, la última vez, pues la tercera era la vencida.

- Sabes, lo más normal es que te obliguen a ponerte algo que no te gusta, pero eso de quitarle la ropa a la gente es un tanto retorcido- rió, llamando su atención.

- I beg your pardon?- frunció su ceño, subiendo sus gafas oscuras hasta su cabeza y mostrándole sus ojos a aquel guapo consultor de veintiséis años.

- ¿Me puedo sentar contigo? Es que ya no hay mesa- rió Phillip, usando la hora pico a su favor.

- No puedo negarle comida al hambriento- sonrió. – Gracias- murmuró para el mesero que llevaba su té.

- Bebes té…te creí más de café

- Tómelo despacio, ¿sí?- dijo Natasha, en un tono de desesperación, aunque todavía mantuvo la calma y vertió un poco de azúcar en la taza.

- Lo siento, soy Phillip Noltenius- le alcanzó la mano.

- Natasha- dijo, estrechándole la mano y llevando la taza de té a sus labios. – Pues, ahora sí, Mr. Noltenius, ahora que no somos completos extraños, ¿a qué se refiere con quitarle la ropa a la gente? ¿Es que no ve el frío que hace para andar desnudo?- rió Natasha, sacudiendo su cabeza de lado a lado y sonriendo con sarcasmo, con ganas de darle una bofetada, por ser un atrevido un tanto idiota, sí, le pareció que era idiota.

- Entonces cuéntame por qué me la estás quitando a mí y a los otros nueve- Natasha se sorprendió, casi le escupe el té en la cara de la impresión. Pues, una impresión que venía de dos lados: ¿qué tenía ella que ver en eso? Y, eso de "…por qué a mí", sonó un tanto extraño, causando en Natasha un leve revoloteo en el estómago, seguramente por asco, pero se maravilló de lo que su mente pudo hacer al desnudar a ese Don Guapo-pero-más-idiota-que-hace-cinco-segundos con la mirada. Y sí, fue entonces cuando Natasha lo consideró muy guapo. – ¿No sabes de qué te hablo?- balbuceó, asustándose él también.

- Pues, claramente no…

- Mañana, en el evento de "Men for Hunger", me van a quitar la camisa y los pantalones para recaudar dinero, a mí y a los otro nueve "Solteros guapos y codiciados" de la ciudad…

- ¿Y qué tengo yo que ver en eso?- rió, pensando en la buena idea que eso era, aunque no sería apto para menores, menos para Daytime, como habían acordado en el momento de aceptar el proyecto. Y se lo imaginó en calidad de Magic Mike, no pudo evitar sonreír sonrojadamente frente a la imagen imaginada.

- Es tu cosa de Relaciones Públicas, tú dime- rió, haciéndole de señas al mesero que le llevara un café.

- ¿Mi cosa?- se preguntó en voz alta, bebiendo otro poco de su té.

- Sí, Sparks…

- Mr. Noltenius, yo tengo dos semanas de no ser parte de Sparks- y ese pedacito de información era lo que Phillip había omitido en su inmensa sabiduría, en el maquiavélico plan para desnudarla, porque eso quería, desnudarla y verla, no, no quería violarla porque eso no sería de un caballero, él sólo quería verla sin ropa, toda la noche y todo el día.

- No puede ser- rió, rascándose el pecho, de la parte izquierda con la mano derecha.

- No debería dejar que lo traten así- rió Natasha. – Aunque no dudo que alguien como usted ha pasado décadas entrenando para algo así

- ¿Y por qué crees eso?- preguntó, viendo el menú. - ¿Quieres algo de comer?

- No, estoy bien así, gracias…

- Un café grande, la taza más grande que tenga, si quiere me trae una jarra - dijo, dirigiéndose al mesero, quien asintió y se retiró.

- ¿Y el "por favor" no se lo enseñaron en su casa Mr. Noltenius?- bromeó Natasha un tanto molesta por ver cómo no era educado con el mesero.

- Tomaré nota mental, gracias- sonrió, haciéndole énfasis al "gracias". - Entonces tú ya no estás en Sparks…

- No, ¿qué tiene eso de asombroso?

- Pues, nada, creí que te vería mañana en el evento

- Pues, no, pero me está viendo ahora- sonrió, terminándose su té. – ¿Le molesta si fumo?- le preguntó, enseñándole la cajetilla de Marlboro Gold.

- No si los compartes- Natasha le alcanzó la cajetilla tras haber sacado uno. – Pues, Natasha…- dijo entre su cigarrillo mientras intentaba encenderlo y hablar al mismo tiempo. Le daba asco el hecho de tener un Gold a punto de entrarle a los pulmones, pero todo por quitarse la frustración que lo inundaba. – Pasa que ha habido una confusión

- No me diga- rió, en un tono sarcástico, rascándose la cabeza con la misma mano con la que detenía su cigarrillo y sacando el humo por la nariz.

- Pues, si te digo, acepté hacer eso sólo porque creí que te volvería a ver, pero, como ya no estás, no lo haré- Natasha se quedó petrificada, hasta tuvo que inhalar dos veces seguidas de su cigarrillo.

- Le diré algo, Mr. Noltenius…- murmuró entre su sonrisa más hiriente, la más falsa que implicaba asco. - Eso no es algo que me haya halagado, en lo absoluto y al contrario, me asustó…probablemente hay miles de mujeres que van a querer verlo sin camisa mañana y quizás no deba fallarle a la causa- su tono era serio, hasta como si le estuviera dando una lección de vida. – Aunque, creo que no pensó en la buena causa, sino sólo que quería verme, que, como ya le dije, me asusta y no me halaga, pues no conozco su modo de cortejo, por así decirlo…- apagó prematuramente el cigarrillo en el cenicero y exhaló el humo lentamente para volver a inhalarlo con su nariz, para luego ponerse de pie. – No necesito que haga ese tipo de cosas para cortejarme, no estoy interesada, eso se lo digo desde ya…así que todavía está a tiempo de retirar su presencia del evento de mañana, pues no me verá- se puso de pie y pescó un billete de cinco dólares en su bolsillo del pantalón. – Espero que sea la causa la que lo convenza y no yo- sonrió, colocando el cenicero encima del billete. – Ha sido una hermosa y afable plática con usted- sonrió de nuevo, ahora ya más sarcástica. – Que tenga un buen día

En fin, era sábado, día de amanecer tarde para perderse en la televisión aburrida, pues no había mucho por hacer para Lena: ropa lavada la noche anterior, ya había estudiado, hasta había terminado de leer "Memoria de mis Putas tristes" por segunda vez, también "Pride & Prejudice". Encendió el televisor sólo para tener un poco de ruido, pues Mia había ido a casa de los papás de su casi-esposo en Atlanta. Se metió a la ducha, teniendo toda la libertad para salir desnuda de ella y caminar hacia su habitación, de regreso al baño, luego a la cocina a abrir un paquete de Croissants instantáneos para ponerlos al horno, y de regreso a buscar algo que ver en la televisión. Tarde, para Lena, era el medio día, a la hora que Natasha recogía los recipientes herméticos en casa de sus papás para llevarlos de regreso a su Penthouse, así poderle dar algo de comer a Yulia, quien se había voluntariado a trabajar un sábado, de paso llevaba los planos. A la una de la tarde en punto, Yulia entraba al Penthouse, pues el ascensor abría directamente dentro del apartamento, y Natasha encendía el televisor para saber cómo quedarían las donaciones de "Men for Hunger".

El concepto de la donación era sencillo: eran diez minutos en total: cinco sin camisa y cinco sin pantalón, intentando alcanzar una ilusa meta de cien mil dólares al minuto al decirle al público que, por cada diez mil dólares que se donaran, sería un minuto sin camisa, por cinco minutos, luego lo mismo pero con el pantalón, y había diez guapísimos hombres que pretendían recaudar un millón de dólares para combatir el hambre en África, que un millón era poco, pero algo se podía aportar, pues era un tipo de prostitución, y fue por ese evento que "Sparks PR" sería multado y hasta clausurado, por haber desnudez parcial en pleno día. Yulia se paseó con Natasha por el apartamento, maravillándose de lo enorme que aquel Penthouse era, y que no tenía ningún mueble que no fuera en su habitación y uno que otro utensilio de cocina y baño. Se sentaron a comer en la habitación de Natasha, como dos amigas de hacía años, Yulia pensando en lo poco profesional que estaba siendo al entablar una relación de amistad con un cliente, pero eso ya había pasado con Mischa, quien había desaparecido por el momento quién sabe por qué motivo.

- ¿Tu novio saldrá ahí?- preguntó Yulia al lograr familiarizarse un poco con el concepto del programa.

- No, no tengo novio…pues, eso es de los diez solteros más guapos y codiciados de Manhattan…

- Ah, y ahí está el que te gusta- rió Yulia, cortando con el tenedor un pedazo de patata al horno. Natasha sólo rió nasalmente ante el comentario. - ¿A qué hora saldrá?

- Eso es lo que no sé, si al final saldrá…y, si sale o no, ambos tienen sus pros para mí, pero al mismo tiempo sus contras, no lo conozco, sólo una vez he hablado con él- de repente la conversación se tornó como si se conocieran mucho, lo que les pareció raro, pero no dijeron nada, después de todo, tenían el poder para obviar algunas cosas.

- Ése está guapo- murmuró Yulia, refiriéndose al que sacaban del escenario casi desnudo, pues él era muy inteligente y se había puesto un calzoncillo clásico, pero de impresión de cebra.

- Fue conmigo al colegio, es abogado…pero, si no mal recuerdo, no le gustan las mujeres

- Ése también está guapo…demasiado guapo- rió Yulia, haciendo que Natasha levantara la mirada, pues estaba muy concentrada en cortar un pedazo de Filet Mignon.

- No…puede…ser- se carcajeó. – Dame un segundo- dijo, todavía con la risa atascada en su garganta.

Phillip salió por el escenario en pleno frío en Times Square, en donde, por micrófono, dijeron su nombre, su edad, su profesión, y sus medidas. Saludó a las cámaras aéreas y, sin pensarlo dos veces, se quitó su camiseta negra, de cuello en "V", provocando en Natasha un suspiro al publicar sus pectorales, muy tonificados ya, un leve six-pack que lo hacía un el aperitivo de una composición de tres tiempos, sus brazos con venas saltadas y apenas vellos. De su pecho se notaban apenas unos cuantos varoniles vellos, nada denso, simplemente ligeros y no tan poblado, sólo de sus pectorales y de la parte baja de su abdomen. Se paseó rápidamente por el escenario, en donde el público, todas mujeres, gritaban al verlo tan expuesto, que su jeans le colgaba de las caderas bajas y dejaba ver aquellas hendiduras que a toda mujer aniquilaban, más cuando el borde del jeans estaba más bajo que el elástico amarillo, con las letras en blanco "Hugo Boss", y se alcanzaba a ver el color gris del resto de aquella barrera textil entre lo que asesinaba y lo que dejaba a la imaginación de Natasha. A Lena le pareció un hombre guapo, pues, no le negaría un beso, pero seguramente era una de dos: o secretamente gay, como ella, o tenía una novia en secreto, pues ahí sólo había solteros, y, al ver eso, Lena se carcajeó, pensando en cómo había gente que hacía cosas así, desde el que tuvo la idea hasta el ejecutor, y apagó el televisor. Natasha vio que faltaban dos minutos para que la primera ronda concluyera y conocía el tipo de "juego" que era. Tomó su teléfono y llamó a un tal "Mr. Travis", Yulia no entendía nada.

- Quiero que cierre la donación en este momento, que complete los cien mil desde mi cuenta, tiene un minuto para hacerlo…y quiero una constancia de donación, impresa, en mi apartamento cuanto antes- y, en efecto, faltando cuatro segundos para los primeros cinco minutos, Phillip fue escoltado, por unas hermosas señoritas, fuera del escenario.

- ¿Por qué hiciste eso?- rió Yulia ante la mirada de alegría de Natasha al ver que salía del escenario.

- No iba a dejar que vieran a mi futuro pretendiente en sólo calzoncillos, menos con éste frío- susurró, como si un inmenso pudor la invadiera.

Abril de dos mil ocho. Yulia se encontraba en el onceavo piso del edificio 680 de Madison y sesenta y uno, firmando la compra a plazo mensual por cinco años y medio, pues sino tendría que declarar impuestos sobre sus bienes italianos, que saldría más caro que pagarlo a plazos, pero era suyo, para lo único que había utilizado la herencia de su abuela, para eso y para salvar, literalmente, su trasero por el chantaje de Aleksei hacía no más de un año. ¿Su relación con Natasha? Pues, fue raro, pero se concretó ante el más raro de los eventos, supongo. Cuando Yulia le volvió a preguntar a Natasha sobre el presupuesto para ambientar su Penthouse, ella le respondió como la primera vez: "No más de un millón", y Yulia, en su plan profesional, usó menos de la mitad de la mitad, de la mitad, de la mitad del inflado presupuesto de su futura mejor amiga, y no sólo le entregó un apartamento habitable, sino también unas nuevas ganas de aprender a cocinar, aunque quedaron en eso, en "ganas", pues sólo aprendió a cocinar lo básico: una variedad de pasta con alguna salsa y algún queso cualquiera, pues Natasha no se caracterizaba por ser tan exigente con la comida, podía vivir de un carrito de Hot Dogs y nunca superar la talla cuatro de pantalón, cosa que alcanzó, en su mayor momento al comer sólo eso por un mes entero y nunca pudo quitárselo hasta muchos años después, hasta que no fue talla dos porque no le cerraban, y talla cuatro le quedaban flojos. Pues, cuando Yulia le entregó el apartamento, Natasha se ofendió porque Yulia sólo le había cobrado cinco mil dólares por hacer el trabajo, que fue cuando se armó de valor, primero para despertarse temprano, y llevó a cabo la operación más importante de su vida, hasta ese momento, "operación que Yulia me cobre bien".

- Natasha, qué sorpresa- la saludó, poniéndose de pie y caminando hacia ella. Se saludaron con dos besos, uno en cada mejilla.- ¿Todo bien con el apartamento?- preguntó, pues Natasha siempre le llamaba para hacer algo, no llegaba a su lugar de trabajo, pues tenía bien claro que en el estudio sólo trabajo se trataba, fuera de él cualquier cosa.

- Todo bien con el apartamento- respondió.

- Dime, ¿en qué puedo ayudarte?- Yulia estaba confundida, por la misma razón que ya mencioné, fruncía su ceño con ternura, al menos a Natasha eso le provocaba.

- Me parece una aberración lo que me cobraste- le contestó, indignada, pues, con una falsa indignación.

- ¿Fue mucho?

- Fue muy poco- repuso, sacando un sobre de su bolso y alcanzándoselo. – Ten, esto es lo que yo creo que deberías haberme cobrado

- Cinco mil era lo que el contrato estipulaba, el resto fue para ambientar la Capilla Sixtina- dijo, que se refería al Penthouse de Natasha como la Capilla Sixtina, pues había llevado tanto trabajado, que había parecido Alquimia, o magia, pues había sido como traerlo desde la muerte, y Natasha la había llamado "Michelangelo", que a Yulia sólo le sacó una carcajada y le dijo: "Entonces tengo que advertirle al Vaticano que me robé la Capilla Sixtina y la traje a Nueva York".

- Me parece muy poco después del cambio tan drástico que tuvo mi apartamento, tómalo como un bono

- Está bien, muchas gracias- dijo Yulia, tomando el sobre con inmensa incomodidad.

- ¿Copas hoy por la noche?

- No puedo, tengo mucho trabajo para mañana…pero mañana por la tarde, entrada la noche, ¿puedes?- murmuró Yulia, tomando su Blackberry con una sonrisa un tanto extraña. Natasha se imaginó que era algún pretendiente, pues, todavía no había tanta confianza como para hablar de cosas tan íntimas, pero era su mamá.

- Iba a ir al Fencing Center a eso de las siete, ¿te importaría esperarme a que salga o debería cancelar?

- ¿Fencing?- suspiró.

- Sí, tú sabes, el deporte ese del traje blanco y las espaditas… si quieres puedes acompañarme para que lo veas

- Claro, no estaría mal- rió, pensando en su época de colegio, que solía practicarlo. – Care for some serious competition?

- ¿Juegas esgrima?

- No juego si de esgrima se trata- sonrió, guiñando su ojo.

Su relación con Natasha crecía cada día más, ninguna de las dos entendía cómo o por qué se llevaban tan bien, aunque para Natasha había sido simple, pues del cheque en blanco que le había dado a Yulia, Yulia se había cobrado un dólar, eso le encantó a Natasha, aunque luego hizo que Hugh le llevara un cheque a Yulia por veinte mil dólares, pues eso debía haberle cobrado desde un principio, pero, pues, después de todo, Natasha no sabía nada de cómo funcionaba ese mundo, además, Yulia nunca cobró el dinero. Se entendían y se comprendían, a tal grado que Natasha, cuando la llamaron para ofrecerle un trabajo bastante especial, no llamó a su mamá sino a Yulia primero, que Yulia se alegró demasiado por ella, realmente demasiado. Yulia ya había entregado el apartamento de Glenn Close, que, gracias a ese éxito, Jack Nicholson y Eike Batista la solicitaron para sus respectivos Penthouse en Manhattan, que meses luego caería Meryl Streep por primera vez, para que ambientara su apartamento más a su estilo, que lo hiciera más cómodo, pues no pasaría mucho tiempo ahí pero, el tiempo que lo hiciera, quería sentirse como en casa. También le había entregado el Penthouse de su ahora mejor amiga Natasha Roberts, aprobando el gusto de Margaret Robinson, a tal grado que le aterrizó el primer proyecto grande: demoler, diseñar, construir y ambientar la casa de Westport de Romeo Roberts, pues ya la vida en la ciudad los estaba asfixiando un poco, y Margaret se tomaría un tiempo libre del New York Times, dejaría las críticas a un lado, y Romeo trabajaría desde casa y viajaría a la ciudad solamente cuando fuera necesario, pues era Socio.

Uno de los productores de "Project Runway" había escuchado de lo que había pasado con el personal de "Sparks PR", que le echaban más la culpa a eso que a la estupidez de idea de "Men for Hunger", la manera en cómo Recursos Humanos había cambiado el modo de operar, pero su sorpresa fue que había sido Natasha, la jefe más fugaz que la compañía tuvo, tanto en Nueva York como en Los Angeles, por supuesto antes de que clausuraran la oficina de Nueva York. Le ofrecieron la plaza de Junior Chief de Recursos Humanos, pues tenían una vacante y necesitaban optimizar el personal, y debía ser ella porque la Senior Chief tenía otras especificaciones, y aceptó, pero, para hacer una reforma interna, debía mezclarse antes con la gente, así como lo había hecho en "Sparks PR", conocer a la gente, saber cómo funcionan para trabajar. Y fue así como consiguió ese magnífico trabajo, por el que firmó contrato anual, con una excelente paga, excelente horario, aunque un poco estresante en la pre-temporada, antes y durante la filmación del programa. Pues Natasha y Phillip no se habían hablado desde aquel encuentro al azar en Rockefeller Plaza en febrero, pero Natasha le había enviado una copia de la constancia de donación junto con una nota que decía: "La prostitución no es para usted, Mr. Noltenius. Gracias por hacerme contribuir a tan buena causa." Y, al final, un garabato, o sea la firma de Natasha, la corta, pues le daba pereza escribir "Natasha Roberts". Pero fue ese día, en el que los productores de "Project Runway" habían decidido buscar ayuda profesional para tener un plan de seguridad económica y una asesoría de bienes, para lo que contrataron a "Watch Group", no precisamente porque tenían mucha experiencia con clientes "pequeños" y privados, sino porque era barato. Phillip estaba entre los tres consultores y asesores que habían salido ganadores, pues, la leyenda urbana decía, que ahí sólo mujeres muy guapas trabajaban, y no era uno más, era el jefe del equipo.

En aquella reunión estaban los tres creadores, los tres representantes de las casas productoras, entre ellos Heidi Klum, y los tres consultores de "Watch Group". Discutían precisamente sobre el plan de seguridad financiera que podían crear a partir del ingreso que, sorpresivamente, era muy alto, lo que significaba que estaban demasiado bien a pesar de la crisis pero, por lo mismo, corrían peligro de caer repentinamente en un agujero negro. Pues, Phillip pensó que Heidi Klum, a quien debían referirse como "Mrs. Klum", era muy guapa en persona, muchísimo más guapa que como se veía en la televisión, pero alguien logró quitarle ese pensamiento pues, de repente, la puerta de la sala de reuniones se abrió y entró Natasha, simplemente a dejarle una hoja de papel con una impresión a Heidi, y Phillip, sólo con verla, sintió como si le pegaran en el estómago, como si no pudo respirar, sintió un hormigueo que le causó sed, que no se le quitó hasta que Natasha salió de ahí. El tiempo se detuvo. Y fue cuando lo supo aceptar, lo que sentía por Natasha no era una obsesión sexual, que sólo buscaba satisfacer una necesidad, sino que estaba enamorado de aquella mujer que lo había ninguneado, que le había hablado con tanta propiedad y, que ahora, lo había ignorado por completo; pues nada de eso le había dolido de una mujer más que proviniendo de Natasha, bueno, es que ninguna mujer lo había tratado así.

-Adelante- dijo Natasha, habían tocado a la puerta.

- Natasha…- dijo Phillip, entrando. - ¿Cómo estás?- sonrió, quedándose de pie, pues ella no lo había invitado a sentarse, sólo a pasar adelante.

- Mr. Noltenius, muy bien, ¿y usted? Por favor, pase adelante y tome asiento- Natasha trabajaba con sus gafas puestas, revisando los perfiles que les había pedido a los ciento dieciséis trabajadores que estaban a cargo de hacer que la magia sucediera, y apenas había leído cincuenta y nueve. - ¿En qué le puedo ayudar? ¿Recibió mi nota?- sonrió, bajando el perfil y levantando sus gafas.

- Si, y no sé cómo sentirme al respecto; si comprado o salvado

- Comprado no puede sentirse, porque, a pesar de que era una prostitución lo que estaba pasando ahí, yo no le pagué a usted para que se quitara su ropa, le pagué para que no se la siguiera quitando- sonrió, tomando la taza en sus manos y soplándola suavemente.

- ¿Tan feo soy que pagaste casi sesenta mil dólares por que me quitaran del escenario?- rió, aflojándose el nudo de su corbata Gucci.

- Lo hice por su bien, no creo que a sus papás les agrade que usted ande por ahí, desvistiéndose ante la sociedad neoyorquina, además, piense en lo que hubiera pasado en términos de la Consultora tan importante en la que trabaja- guiñó su ojo y Phillip sintió que se moría ante tanta sensualidad concentrada en esa joven mujer.

- Tienes toda la razón, en eso no pensé, sería bueno que alguien pensara esas cosas por mí, o que alguien me enseñara a pensarlas- murmuró, frunciendo su ceño y paseando sus dedos a lo largo de su quijada. – Supongo que te debo ese dinero- dijo, abriendo su chaqueta y sacando una chequera. – O un café, que ya veo que sí tomas café y que no estaba tan equivocado

- En lo absoluto, eso fue una donación, de buena fe y para una buena causa…pues, creo que la mejor causa, para muchas neoyorquinas, hubiera sido que llegara a quitarse los pantalones así como le tocó a Murray- rió, refiriéndose al Soltero más guapo y más codiciado, el que estaba en el número uno en ambas listas.

- Entonces una invitación a almorzar

- Mr. Noltenius, ya le dije que me da miedo la manera en como usted corteja a las mujeres, pues, a no ser que no me esté intentando cortejar- sonrió tras beber de su café.

- No te da miedo, te da risa mi inexperiencia

- Ah, ¿inexperiencia? Yo le llamaría "desesperación"- Natasha, a pesar de ser muy joven, sabía, por lo general, sobre lo que hablaba, y hablaba con propiedad, con seguridad.

- Tú me desesperas, Natasha

- Pues, verá, Mr. Noltenius, por eso le digo que me da miedo su forma de cortejarme, usualmente no me dicen que los "desespero"- rió, soltando su cabello y dejándolo caer sobre sus hombros.

- Admite que te gusto- sonrió, con una sonrisa matadora y sensual, apenas mostrando lo blanco de su recta dentadura, ensanchando sus mejillas mientras levantaba, por defecto, su ceja derecha.

- ¿Y cómo ha llegado a tal fantástica conclusión?

- Pagaste sesenta mil dólares para que no me quitara el pantalón, no pensaste en mi trabajo ni en mi imagen, pues algo así, por una buena causa, no es tan malo, aunque es prostitución, como bien lo has dicho, pero lo hiciste porque no querías exponerme ante millones de personas a nivel nacional, porque piensas que sólo debería exponerme a ti

- Pues, si tanto me gustaría que se expusiera ante mí, hubiera dejado que sus pantalones cayeran al suelo, pues, por puro placer visual y de índole sexual, si es que me explico- guiñó su ojo, tratando de copiarle la sonrisa.

- No soy bueno cortejando, eso ya lo sabes…pero por ahí dicen que "el que persevera, alcanza"

- ¿Eso significa que no descansará?- sonrió Natasha, acercándose a él con su torso por encima del escritorio. – Cuidado y lo confunde con acoso, que mi papá es uno de los mejores abogados de Nueva York

- Recuerda mis palabras…serás tú la que me robe el primer beso- guiñó su ojo, confundiendo a Natasha. – Me retiro, Natasha, como siempre, un placer- le tomó la mano derecha, Natasha se dejó, pues creyó que era para estrechársela de despedida pero no, Phillip la besó suavemente y, con una sonrisa confusa, se retiró de aquella oficina.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 24, 2015 11:23 pm

Salió de la bañera, sintiendo las piernas un tanto débiles, sintiendo ganas de dormir una pequeña siesta y no fue quién para llegar a la cama vestida, sino sólo con una toalla al cuerpo, y, arrojándose, como pudo, quedó dormida en la cama, todo por la pastilla que Natasha le había dado. Natasha la arropó entre las sábanas, sabiendo que el efecto de esa porción de la pastilla duraba un poco menos de tres horas, lo suficiente como para que descansara un poco, aunque obligada, y no sintiera que los minutos eran demasiado eternos. Natasha se metió a la ducha y estalló, nuevamente, en lágrimas emocionales, pues el recuerdo del día de su boda la atacaba con ternura, y extrañó a Phillip, más que en toda la noche, pues ya se había acostumbrado a dormir abrazada a él, él con el pecho desnudo y ella, por lo menos, con sus brazos desnudos, siempre en un babydoll negro, normalmente comprado en La Perla si no es que lo pedía por internet a la central de lencería más exquisita, la que Yulia le había enseñado hacía muchos años, pero en ese momento extrañó que la abrazara bajo el agua, como lo hacía todos los días desde aquel percance hacía un par de meses, y estaba sumamente agradecida con Phillip, porque, desde ese momento, no hubo día que no la consintiera, que no se preocupara el doble por ella, que la mimara cariñosamente. Al principio le daba un poco de vergüenza aceptar el hecho de ser débil, pero Phillip se había encargado, con sus atenciones y sus palabras, que no eran vacías, de reconstruir, poco a poco, la confianza en su esposa, era lo menos que podía hacer.

Siempre creyó, junto con Phillip, que a la palabra "matrimonio" era para tenerle miedo, pues conocían a muchas personas que habían tenido noviazgos de muchos años y, cuando se volvían un matrimonio, todo se desmoronaba y se acababa diez veces más rápido de lo que había durado. Pero, en su caso, quizás era la suerte de no haber tenido una relación de siete u ocho años antes de decidir contraer matrimonio, o quizás era porque, por alguna extraña razón, sabían que lo que tenían era una relación sana, pues sólo se habían peleado una vez en lo que llevaban de relación, una tan sola noche de dormirse enojados, bueno, Natasha nada más, y todo por una apuesta infantil de Phillip con Yulia. Por lo demás, Natasha era realmente muy feliz con Phillip, le gustaba cuando la sorprendía en la oficina sólo para verla porque la extrañaba, o cuando almorzaban juntos en su angosta hora de almuerzo, las risas interminables por los comentarios de Phillip, o las risas que Phillip le provocaba a Natasha al hacerle cosquillas bajo las sábanas los sábados por la mañana, el sexo era un plus, muy importante, pues era muy bueno, el mejor que ambos conocían, pues no conocían mucha variedad tampoco, y no querían conocerla. Y, después del desvarío de Natasha, cayó en otro aspecto, pues, en el que debía acordarse de verdad, en el día de su boda. Pues, ambas bodas fueron muy especiales y en sentidos distintos.

*

- Pase adelante, Señorita Volkova- sonrió Phillip, esperándola de pie en su oficina y ofreciéndole asiento en uno de los dos sillones que tenía frente a su silla de escritorio.

- Buenas tardes, Licenciado Noltenius- murmuró, taconeando en sus Stuart Weitzman por el piso de madera. – Bonita oficina la que tiene- sonrió, sentándose donde Phillip le mostraba.

- Muchas gracias…dígame, ¿en qué puedo ayudarle? ¿Qué tipo de consultoría necesita?- se dio la vuelta y se abrió paso a su silla, cayendo de golpe sobre ella y sonriéndole a Yulia.

- No es exactamente una consultoría la que necesito- dijo, odiando la estética de aquella oficina, pues era vacía, sin mucha ciencia, que si no era por un par de plantas, no tenía nada más que puros negocios.

- Ah, ¿no?- se asfixió, notando que Yulia era muy guapa, en otro momento de su vida quizás la hubiera enamorado con sus habladurías, o quizás no, pero ahora Natasha era lo único que tenía en mente. Y se asfixió porque creyó que era una de esas lunáticas neoyorquinas que a veces cruzaban los límites al querer verlo, todo porque seguía estando "soltero".

- No, en realidad necesito que alguien cuide de mis finanzas y que me asesore en una inversión que sé que es riesgosa

- Cuénteme primero de la asesoría, por favor

- Trabajo en un estudio, solía ser una sociedad, pero uno de los socios ya no está para rendir con su cargo, y al estudio le falta seguridad económica, que en esta crisis creo que es muy necesario

- ¿Cómo funciona el estudio? ¿Con acciones, con utilidades, con qué?

- Pues, no hay accionistas, simplemente hay un dueño, inmueble, propiedad intelectual, el valor neto del estudio

- ¿Quiere comprar el estudio?- sonrió, jugando con su bolígrafo.

- No exactamente, pues hablé con el dueño, que es mi jefe, obviamente, y aceptó darme el veinticinco por ciento si yo financiaba, anualmente, la seguridad financiera, pues, desde completar el déficit y reducir los impuestos

- Pero está muy consciente que no sería dueña del inmueble, sino dueña de una posible deuda, ¿verdad?- Yulia asintió, pues eso ya lo sabía.

- En realidad quiero patrocinar, por así decirlo, sus servicios para el estudio, cambiar la forma en la que se manejan los ingresos, usted sabe, si eso no se controla de cierta manera, la seguridad no puede llevarse a cabo- dijo Yulia, dejando a Phillip un tanto sorprendido porque, aparentemente, tenía mucho conocimiento sobre el asunto. – Una intervención es más bien lo que necesito, porque la asesoría sería para que usted me diga si es seguro o no hacerlo, pero sé que lo quiero hacer- rió nasalmente Yulia, revisando las cutículas de sus uñas, lo accidentadas que estaban al haber preparado una mezcla de cemento ella misma el día anterior en el Penthouse de Meryl.

- No es lo que hago usualmente…- murmuró Phillip, frunciendo su ceño y mordiendo su labio inferior, entrando en estado pensativo, pues la propuesta le llamaba la atención.

- Lo sé, usted es un consultor, no un asesor, pero sé que puede hacerlo también- sonrió Yulia, con aquella sonrisa ladeada hacia la derecha y levantando sus cejas. – Si es por el precio de sus servicios, le aseguro que puedo pagarlo

- No es tan caro, no se preocupe, pero tampoco es barato lo que me pide… con los documentos necesarios, en un mes podría tenerle una que otra propuesta, que sería de revisarla, con el otro dueño también

- ¿Qué documentos necesita?

- Registros de contabilidad, proyecciones, reportes o actas protocolarias de cómo se manejan los ingresos, todo lo que tenga que ver con dinero, Licenciada Volkova- dijo, pensando que Yulia, al decir "estudio", se refería a algo con Abogados y Notarios, pues tenía el parecido de una buena abogada, con esa seriedad y esa autoridad.

- Prefiero "Arquitecta", Licenciado- sonrió Yulia.

- Disculpe, Arquitecta, creí que estaba en el mundo de las leyes

- También- guiñó su ojo, pues tenía que tomar en cuenta las leyes, no sólo nacionales y estatales, sino las políticas de cada construcción porque eran distintas. – En fin, creo que usted es el hombre adecuado para darme no sólo parte de una nueva sociedad, sino también mi tranquilidad- y con "tranquilidad" no sólo se refería a una tranquilidad económica, sino a que necesitaba saber si Phillip era un hombre de ética, al menos, pues Natasha solía hablar, a veces, de él, y Yulia sabía que Natasha estaba más que enamorada de Phillip, por lo que Natasha le había dicho lo que Phillip hacía; Yulia ganaba doble: saber qué clase de hombre era Phillip y cuidar de sus finanzas.

- Hay un precio fijo por eso, que llega hasta la propuesta, si la implementa, el precio aumenta

- Eso lo tengo muy claro, no esperaría menos, pues, es propiedad intelectual personalizada, Licenciado Noltenius- sonrió Yulia, sabiendo exactamente a qué se refería Phillip con los precios.

- Muy bien, entonces, sólo necesito los documentos para poder empezar a trabajar en lo que usted me está pidiendo, Arquitecta y, mientras más rápido tenga los documentos, más rápido tendrá su tranquilidad…ahora, al siguiente tema- dijo, poniéndose de pie. - ¿Agua?

- Por favor- sonrió.

- ¿Con gas, sin gas, con hielo, sin hielo?

- Con gas, sin hielo, si es tan amable- Phillip sirvió dos vasos de Perrier, uno con hielo para él y el otro sin hielo para Yulia.

- Ahora sí, cuénteme de cómo quiere que cuide sus finanzas- sonrió, llevándose el vaso a los labios.

- Tengo cierta cantidad de dinero que no pienso utilizar, y quisiera saber qué opciones tengo para no tenerlo en el colchón de mi cama- rió, haciendo que Phillip se riera, pues en la crisis, era lo mejor que alguien podía hacer.

- Ahora soy como un médico, o un abogado, con juramento hipocrático. ¿De cuánto estamos hablando?

- Si mis matemáticas funcionan, alrededor de once punto cinco, quizás un poquito más- sonrió, quitando la mirada de la de Phillip, pues le sonrojaba decir la cantidad de dinero que tenía en el banco.

- Millones, supongo

- Sí, de euros- murmuró. Phillip soltó una leve carcajada nerviosa, tenía mucho dinero. - ¿Le parece gracioso?- sonrió, levantando su ceja derecha y frunciendo sus labios.

- En lo absoluto, es mucho dinero- "está cagada en plata". - Pues, primera pregunta, ¿en qué banco?

- Citi, no pregunte por qué, simplemente ahí están

- Muy bien, excelente en realidad, Arquitecta- sonrió, alcanzando un post-it. – CitiBank es un banco que no ha sufrido tanto con la crisis, pero el dólar, en este momento, va hacia abajo, lo que trae al euro y a la libra esterlina hacia arriba, y, por ser un banco de gerenciamiento internacional, el mejor en eso debo decir, dejando fuera Suiza y las Islas Caimán, puede trasladar la administración de su dinero y sin "traducir", por así decirlo- dijo, haciendo las comillas aéreas con sus dedos. – En dólares…que podrá pensar o no que es lo mismo tener dólares que euros, pues, en el momento que compre y venda al precio de ahora, tendrá muchísimo más dólares de lo que pudo haber tenido hace un año, pero definitivamente no le hará nada de bien, por lo que le recomiendo dejarlo en euros, es una moneda más estable y más cara que el dólar… ¿qué tanto le gusta el dinero, Arquitecta?

- Pues, Licenciado, ¿a quién no le gusta?- rió Yulia, asintiendo con su cabeza.

- ¿Tiene más cuentas además de esa?

- Si, pues, otra en el Citi, pero esa es local

- Asumo que usted no es de aquí, por lo que le recomiendo no transferir sus bienes a esa cuenta, sino tendrá que declarar impuestos, demasiados, y la dejaría, no paupérrima, pero sí con menos dinero del que cree…le propongo algo- Yulia emitió un "mjm" gutural mientras tomaba el agua de su vaso. – Me encargo de manejar sus cuentas, de hacer más dinero para usted y sin que mueva un dedo, de forma segura, claro

- ¿Y usted qué ganaría, Licenciado?- rió Yulia, pensando en lo raro de la propuesta.

- Aparte de lo que eso le costaría, pago único por servicio inicial o logística, pues, la comisión, el servicio, como quiera llamarle…nada

- Está bien, pero dígame, ¿qué piensa hacer con tanto dinero?

- La enorme suma de dinero, un plazo fijo anual al cuatro por ciento, que es lo que ofrece CitiBank para ese tipo de sumas…que sería una ganancia, en el primer año, de…- dijo, presionando su bolígrafo y escribiendo en el post-it. – cuatrocientos cincuenta mil más o menos, el segundo año de cuatrocientos setenta, y así sucesivamente… eventualmente podemos considerar áreas seguras de inversión, dependiendo de cómo vaya evolucionando el mercado junto con la crisis

- La ganancia, ¿sería en euros o dólares?

- Supongo que lo quiere en euros- Yulia asintió con una sonrisa. – Con el debido trámite legal, que de eso me encargo yo, todo estará en euros

- Está bien… ¿y usted?

- Veinte mil de pago inicial, que incluye los trámites y mis servicios, y, luego, el cuatro por ciento de la ganancia del plazo fijo, al año

- Muy bien- dijo Yulia, sonriendo, sabiendo que Phillip, con el dinero, era muy inteligente, lo cual a Natasha no le vendría mal y, si era bueno con el dinero, era, probablemente, bueno con todo lo demás, pues a la larga, muchas cosas tienen que ver con el manejo del dinero. Y no era tan ladrón, pues de eso sabía Yulia por Oleg. – Mándeme todo lo que necesita a mi correo electrónico- le alcanzó una tarjeta. – Una reunión muy provechosa, debo decir, pero debo retirarme a mi práctica de Esgrima con mi mejor amiga- sonrió, poniéndose de pie, diciéndole lo de la Esgrima sólo para probar su inteligencia, más bien su curiosidad.

- Lo mismo digo, Arquitecta, un placer hacer negocios con usted- se puso de pie, sonriéndole mientras le alcanzaba la mano.

- Lo mismo digo, Licenciado- le estrechó la mano. – Que tenga un buen día

*

Natasha salió de la ducha, ya un poco más repuesta y, habiéndose secado con una de las toallas Frette que le había regalado a Yulia hacía más de un año ya, se escabulló silenciosamente, para no atentar contra el sueño de la drogada Afrodita que dormía placenteramente sobre la cama, al walk-in-closet de Yulia y Lena, que antes se habría notado en qué parte empezaba la parte de Lena, ahora ya no más, pues el gusto de Lena había evolucionado, diferente al de Yulia pero dentro del mismo círculo de Haute Couture. Sabía que la parte de Lena empezaba, exactamente, del centro hacia la derecha, la de Yulia hacia la izquierda, fue por eso que merodeó por el lado izquierdo y le robó ropa a Yulia, que sabía que no le importaría, de todas maneras no estaba viendo. Salió del clóset, pues Hugh llamaba a la puerta, y vio a Lena tan tranquila que ella se sintió tranquila, caminó de largo, con Darth Vader enredándosele en los pies de la emoción, pues era un cachorrito todavía. Darth Vader, de ahora apenas diez semanas, había sido idea de Lena, pues, un día caminando, en vista de que no conseguía un Taxi a las cuatro y media que fuera hacia Times Square a comprar entradas para "Sister Act", vio a un hombre, pidiendo dinero en la entrada de Starbuck’s de la cuarenta y siete y Broadway, con un diminuto French Bulldog negro, con una diminuta mancha blanca en el pecho. Lena entró a Starbuck’s para comprar una GiftCard de veinticinco dólares, luego salió.

- No sabía qué tipo de café le podía gustar- sonrió al hombre, agachándose sobre sus Bipunta Blahnik de gramuza verde y gris. – Pero, para que le alcance unos seis días- dijo, alcanzándole la GiftCard. – Y sé que no se va a alimentar de café, por eso, tenga- dijo, alcanzándole un billete de veinte dólares con una sonrisa.

- Gracias, muchas gracias- murmuró aquel hombre, ya era un poco mayor, de edad indefinible por la suciedad y el descuido en general.

- ¿Cómo se llama?- preguntó Lena, refiriéndose al cachorrito, que en un principio lo creyó conejo, pero sólo era porque era prácticamente un recién nacido.

- Michael, mucho gusto- dijo, confundiendo su pregunta, pero le extendió la mano.

- Mucho gusto, Michael, soy Nina- dijo, no diciéndole su nombre verdadero y estrechándole la mugrienta mano con una sonrisa. - ¿Cómo se llama el chiquitín?- dijo, volviéndose al cachorrito.

- No tiene nombre, lo encontré esta mañana en los basureros de allá- dijo, señalando hacia el otro lado de la calle.

- Me gustaría comprárselo- sonrió, acariciando la diminuta cabeza huesuda del cachorrito.

- Se lo regalo, yo no puedo cuidarlo- al hombre le faltaban uno o dos dientes, no olía muy agradable, pues era entendible, pero Lena no se descompuso por eso.

- Regalado no- sonrió, sacudiendo su hombro para que su bolso cayera entre su brazo y su costado. Metió la mano en su Belstaff gris, sacando una Zagliani ocre y abriéndola, tratando de ocultar el interior de su cartera, pues sólo tenía sus tarjetas de débito y crédito, no podía confiarse al cien por ciento. – Tengo cien dólares nada más, ¿cree que eso basta?- la sonrisa del hombre no tenía descripción, le faltaban tres dientes o cuatro. El hombre asintió mientras Lena metía su cartera de vuelta a su bolso. – Úselos sabiamente, Michael- murmuró, tomando con ambas manos al cachorrito y el hombre le mostraba la falta del quinto o sexto diente.

Lena fue rápidamente, con el cachorrito en sus manos, protegiéndolo hasta del sol, pues se notaba muy débil, en busca de una tienda de mascotas, pues no tenía idea alguna de dónde encontrar a un veterinario, la única tienda de mascotas que conocía era cerca de Rockefeller Plaza. Compró un par de biberones, leche deshidratada que supuestamente era especial para perros, un collar y una correa, por cualquier cosa, que pensaba quedárselo. Regresó a casa a revisarle el interior de las patas, pues podía tener un tatuaje, pero no, por lo que decidió, sin consultárselo a Yulia, quedárselo. Y no fue hasta que Yulia llegó del estudio, que fue directo a la cocina a servirse un poco de agua, que ubicó, cual halcón, un biberón sucio.

- ¡Le-na!- gritó, un tanto asustada.

- Mi amor, viniste- la saludó, en voz baja, saliendo del cuarto de lavandería. – ¿Tienes hambre?- preguntó, y luego le dio un beso en sus labios.

- Lena, ¿qué es esto? – preguntó, volviéndose más pálida conforme los segundos pasaban, levantando el biberón sucio.

- Por favor no te enojes- murmuró, bajando la mirada.

- ¿Qué hiciste?- susurró, levantándole el rostro con las manos. Lena la tomó de la mano y, en silencio, Yulia taconeó hasta la habitación, en donde Lena respiró hondo antes de abrir la puerta y encendió la luz. – You’re hiding a baby in our Laundry Room?(Escondes a un bebé en nuestro lavadero?)- rió Yulia.

- A baby? What the fuck are you talking about?(Un bebé? ¿Qué coño estás hablando?)- rió Lena, viendo cómo Yulia se relajaba y el color le volvía al rostro.

- ¡Por el alma de Darth Vader! ¿Qué es eso? – murmuró, escandalizada, viendo a la cosita negra moverse a lo largo del suelo, se movía con lentitud.

- No es una rata- rió, carcajeándose en su cara mientras caminaba al interior de la habitación y lo tomaba entre sus manos. – It’s a puppy( Es un cachorro)- sonrió, alcanzándoselo.

- French Bulldog it seems( parece French Bulldog)- murmuró para sí misma, tomándolo con una mano. - ¿Lo compraste?

- No exactamente, se lo compré a un Homeless Guy en Times Square, can we keep it?(podemos mantenerlo?)

- Pues, no se hacen muy grandes, supongo que sí…- sonrió, viendo que el cachorrito apenas abría los ojos. – Sólo hay que bañarlo y llevarlo al veterinario, está muy pequeño, tendrá cinco días de nacido como mucho… ¿cómo piensas ponerle?

- Ya le pusiste nombre- rió. Yulia la volvió a ver, bajando al cachorrito y viéndolo caminar temblorosamente hacia Lena. – Darth Vader

Natasha recibió de Hugh lo que le había pedido, un vestido Elie Saab, en realidad, EL vestido Elie Saab. Con un "gracias" se despidió de Hugh, no sin antes haberle acordado de estar ahí a las cinco en punto para que la llevara a la vuelta de la esquina, pues a su apartamento a sólo vestirse. Si bien era cierto, Lena había decidido llevar un de la Renta rojo poppy, que no era la mejor de las creaciones de aquel diseñador y no era que era un mal diseño, o que estaba mal confeccionado, o tal vez sí, pero a Lena no terminaba de vérsele bien porque era muy angosta de las caderas y estaba diseñado para disimular caderas anchas, pero era mil veces más lleno de vida que el Elie Saab, que era azul marino, aunque, esta vez, Elie Saab le ganaba por años luz al gran Oscar de la Renta. Natasha había comprado el vestido en secreto, pues todavía estaba a tiempo de hacer que Lena cambiara de opinión: no era lo mismo un vestido agarrado al cuello, como en un collar, que un hermoso Elie Saab de escote medio y espalda descubierta pero aún con mangas, desmangado más bien, y que marcaba la silueta de Lena en toda su expresión. Tal vez lograba hacerla cambiar de opinión, por cuestiones estéticas de la novia, quien algún día se arrepentiría y desearía que alguien se lo hubiera dicho, o al menos eso creía Natasha, pues la demás gente no vería nada malo con el Oscar de la Renta, tendían a fijarse en otras cosas y no tanto en eso, aunque el vestido de Yulia se robaría el show, y el Elie Saab estaba a la altura del Monique Lhuillier de Yulia, el Oscar de la Renta en lo absoluto. Eso y los Jimmy Choo Victoria de quince centímetros, más las respectivas joyas, impecable.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Jul 24, 2015 11:24 pm

- ¿Qué hace aquí?- siseó Natasha a la espalda de Phillip.

- Natasha, qué gusto verte- rió, tomando el Florete en su mano.

- ¿Qué hace aquí?- repitió. – Esto es catalogado como acoso y es ilegal, Mr. Noltenius- Natasha estaba enojada y no sabía por qué.

- Tengo práctica de Esgrima, pues, creo que es un poco obvio debido a que estamos en un centro de Esgrima, ¿no te parece?- rió, poniéndose la careta. – Con tu permiso, tengo práctica

Phillip no había sido tan estúpido. Al principio le costó atar cabos, pues, no todos los días llegaba un civil, sin referencia, a donde él a pedirle que le manejara los millones. Pues, Yulia no le pareció tan sospechosa, pero luego, cuando la vio en el fondo de una fotografía en PageSix, al lado de Natasha y Margaret, comiendo en Masa, comprendió que quizás Natasha la había enviado, o ella había ido por su cuenta, pero, lo que era obvio, era que Yulia le había dicho lo de la Esgrima para que buscara a Natasha, o al menos así lo creyó él, que estaba en lo correcto. Al tercer intento fue que las ubicó, iban los martes y los jueves al "Fencing Center", que se preguntó por qué no había intentado ahí primero, que fue cuando gastó mil dólares al mes por que le enseñaran el deporte a las horas a las que Natasha y Yulia llegaban, sólo para verla.

- No puedo creer que esté aquí- gruñó Natasha, poniéndose el guante en la mano derecha para luego tomar el Florete.

- ¿Quién?- murmuró Yulia, viendo a su alrededor, pero era inútil, pues todos vestidos de blanco, para qué.

- Phillip- dijo, a secas, colocándose la careta al mismo tiempo que Yulia y, con eso, Yulia sonrió, cosa que Natasha no pudo ver.

Junio de dos mil ocho. Lena terminaba de empacar su ropa, pues sólo su ropa se llevaría, se acababa de graduar de su Maestría en Diseño de Muebles y había conseguido trabajo, extrañamente, en Milán. De todos los lugares a los que había aplicado, que habían sido catorce, no esperó que "Armani Casa" la contratara, ofreciéndole un apartamento compartido con otra empleada de la compañía, lo que le pareció muy bien. La paga era decente para ser recién graduada, le daban casa y servicios básicos, lejos y cerca de Atenas, haciendo lo que le gustaba. Respiró hondo al cerrar la última pieza de equipaje aquel martes a las siete y media de la noche. Se dejó caer sobre la cama, viendo el vacío de su habitación, lo blanco de las paredes, los muebles que había diseñado y construido ella misma, que alguien más llegaría, quizás un freshman que maltrataría la funcionalidad de sus creaciones, que no los cuidaría. Se fue de espaldas, cayendo sobre la cama ya desnuda también, pues todo lo había donado, y repasó los seis años que estuvo en Savannah, las cosas buenas y las no tan buenas, y se acordó de Alexandra, de lo fugaz que eso había sido y de lo bien que se habían llevado hasta aquel beso.

Lena Katina: ¿Todavía tienes este número?

Alexandra Smith: Todavía lo tengo…

Lena Katina: ¿Cómo estás?

Alexandra Smith: Bien, ¿y tú?

Lena Katina: Bien, también…

Alexandra Smith: Ha sido una eternidad desde la última vez que hablamos

Lena Katina: Si, lo sé…

Lena Katina: Y lo siento

Alexandra Smith: No lo sientas, ¿copas más tarde?

Lena Katina: No puedo

Alexandra Smith: ¿Mañana o el jueves?

Lena Katina: Me voy en tres horas

Alexandra Smith: ¿A dónde?

Lena Katina: A Milán

Alexandra Smith: ¿Cuándo regresas?

Lena Katina: Conseguí un trabajo allá

Alexandra Smith: Oh…felicidades

Lena Katina: Sólo quería despedirme y desearte mucha suerte en tu último año de Diseño de Interiores Wink

Alexandra Smith: Gracias, buena suerte en tu nuevo trabajo, espero ver algún diseño tuyo algún día Smile

Lena Katina: Los verás Razz Un abrazo

El Taxi sonó la bocina y Lena se irguió con pesadez. Tomó su bolso y, con ayuda de Lucas, el novio de Mia, bajó el equipaje hasta el Taxi, se despidió de un abrazo y se subió a lo que la llevaría muy lejos de lo que en uno años tendría nuevamente. Pues ese día, en medio del verano, cuando los turistas se hacen una masa enorme, los días que cualquier local detesta porque no se puede caminar tranquilo, pues no es que sea posible otro día, pero esos días, caminar en contra de la masa, es simplemente imposible; los Taxis no van a cualquier lado, el calor es insoportable, las horas de sol son eternas, el trabajo es el mismo, y suena a queja, pero no lo es, pues es ventaja al mismo tiempo, menos ese día. Yulia y Natasha habían acordado ir a las siete al Fencing Center por una partida, la revancha, pues Natasha le había ganado la última vez a Yulia cuatro puntos a uno, un duelo difícil pero claramente tenía ganadora, que siempre, o casi siempre, era Yulia en realidad, pero, ese día, Yulia había ido a Brooklyn a comprar el mármol para las encimeras de la cocina de la casa de Westport de Margaret Robinson y se había atrasado por la incompetencia del vendedor, por otro lado, Hugh, el chofer de Natasha, había tenido que ir a donde Natasha lo había mandado, y por eso no podía regresar por ella al saber que Yulia no llegaría a tiempo, quizás ni llegaría, pues había un tráfico espantoso, típico de época de oleadas de turistas.

- ¿Qué pasó? ¿No viene Yulia?- rió Phillip mientras se metía en el chaleco protector.

- Es de mala educación escuchar las llamadas telefónicas ajenas- dijo Natasha, deshaciendo las agujetas de sus zapatillas.

- No estés de mal humor, al menos me conoces a mí aquí- sonrió seductoramente.

- Al menos- rió, tratando de ahogar una carcajada.

- ¿De verdad no me vas a dar una oportunidad de cortejarte bien?- preguntó, arrodillándose sobre una rodilla y deshaciéndole las agujetas de la otra zapatilla.

- Es que me asusta su manera de conseguir que acepte

- Sabes, es el Siglo Veintiuno ya, no debería tener tu permiso para cortejarte, simplemente lo debería hacer y ya

- ¿Y cómo piensa hacer eso si yo me niego a todo, grandísimo Genio?- murmuró con sarcasmo, quitándole las manos de su zapatilla.

- Pues, te invito a comer algo, lo que tú quieras y donde quieras, dame la oportunidad, por favor, me he esmerado en que al menos intercambies palabras conmigo…

- Eso es cierto, ha pagado mucho porque te enseñen el deporte…y es malísimo- rió.

- Oye, estoy aquí todavía- sonrió, intentando crear una falsa indignación ante su comentario. – No soy tan malo

- Si lo es, Mr. Noltenius

- Bueno, te propongo un trato- Natasha asintió. – Tú y yo, una partida de cinco minutos, si tú ganas, te dejo en paz

- ¿Y si usted gana?- preguntó, encontrando su mirada, enamorándose de la proximidad de sus ojos.

- Acepta ir a cenar conmigo ahora

-¿Si se da cuenta que es un tanto desproporcionado eso?

- ¿A qué te refieres?- frunció su ceño, viendo que Natasha volvía a amarrar sus agujetas.

- Usted me dejaría en paz, pero yo sólo aceptaría algo que puede pasar una tan sola vez…

- Tienes razón, entonces, las condiciones son: Cena ahora, almuerzo mañana y que me llames Phillip y me trates de "tú"

- Fuera el almuerzo- sonrió. – Tengo un trabajo, eso lo sabe

- Muy bien, me conformo con la cena de ahora y que me tutees

- Prepárese para perderme, Mr. Noltenius- sonrió Natasha, poniéndose de pie.

Phillip aseguró su chaleco protector mientras veía a Natasha ponerse el suyo y caminar hacia un extremo de la pista. Habló con el referee de turno y colocó cinco minutos en el cronómetro. Aflojó su cuello mientras daba leves saltos y su cabellera se aflojaba del moño. Phillip la encaró al otro lado de la pista, caminando hacia el centro mientras encendía su careta y Natasha hacía lo mismo. Se colocaron los guantes. Tomaron el Florete, Natasha en su mano derecha, Phillip en la izquierda, pues era zurdo, Tocaron sus chalecos para ver que funcionaban los Floretes al toque del chaleco y caminaron hacia el borde del comienzo. Se colocaron sus caretas y tomaron posición. Primer asalto: de un paso, Phillip le incrustó el Florete en el pecho, punto para él. Segundo asalto: saltos, engaños, adelantos y retrasos, el sonido de las suelas de las zapatillas al rozar el suelo, Phillip esquivó a Natasha, más engaños, Natasha le incrustó el Florete. Tercer asalto: Natasha, igual que en el primer asalto, de un paso, y punto. Cuarto asalto: Phillip esquivó a Natasha, la engañó, la volvió a esquivar y punto para él. Quinto asalto y quedando un minuto en el reloj: saltos, esquivos, ataques y defensas.

- Touché!- gritó Phillip, quitándose la careta y arrojando el Florete al suelo. – Ve pensando a dónde quieres ir a comer- dijo, muy orgulloso, pues sabía que Natasha se había dejado ganar, no por lástima, sino porque quería salir con él.

Ocho de octubre de dos mil ocho. Lena diseñaba una mesa de café en forma de cilindro que era más engañosa de lo que parecía. Tres meses de trabajar en Armani Casa y había evolucionado totalmente, se tomaba en serio su trabajo y a sí misma, pues no podía no hacerlo, sus compañeros de trabajo eran lo que había llamado "Bullys de la moda". La mayoría eran hombres, sólo estaba ella y con quien compartía el apartamento, Vivienne. Era un apartamento normal, a diez cuadras del estudio, muy céntrico, muy pequeño, no era que no le gustara vivir ahí, o trabajar ahí, simplemente el día a día era un reto, siempre, pues debía pasar por la aprobación visual de Gio y Francesco, dos italianos o italianas, Lena no sabía hacer la distinción, siempre vestidos muy extravagantes, a veces "normal" pero nunca convencional. Se rumoraba que eran pareja, pero en realidad se detestaban, aunque todo se tranquilizó cuando Lena llegó, pues no era nada complicada y no era de las que sembraba la envidia en los demás a propósito, o empezaba algún rumor o hacía cosas malas, simplemente se limitaba a hacer su trabajo y a socializar muy de vez en cuando con sus tres compañeros de trabajo. Era simple, ellos no construían nada, ellos simplemente diseñaban la estructura y podían hacer una que otra observación o propuesta en cuanto a material o textura o color pero no siempre era tomado en cuenta. Primero iban ellos, los "Struttura", luego los "Wood-men" porque todos eran hombres y todo lo querían hacer de madera a pesar de que su nombre era "Materiale", luego iban las "Stoffa", quienes decidían la tela en caso que hubiera que decidir el tipo de la tela, luego estaba "Il Santissimo Gradimento", quienes aprobaban la idea en general, "santísimo" porque costaba lograr una aprobación, y, por último, los de la "costruzione", que se dividía en tres: taglialegna, sarta, montaggio. Lena y yo conocemos eso como simple burocrazia.

- Adelante- dijo Natasha, respondiendo al llamado de la puerta. La puerta se abrió un poco y una mano varonil, que tomaba una cámara digital entró a la oficina, soltándola, tomándola todavía por la correa. – Pasa adelante- rió Natasha, poniéndose de pie con sus manos a la cadera.

- Feliz cumpleaños- entró Phillip, con una sonrisa millonaria, bordeó el escritorio de Natasha y le dio un beso en su mejilla. – La olvidaste la otra vez en el café- le susurró al oído, poniendo la cámara en sus manos. – Feliz cumpleaños- repitió.

- Gracias- sonrió, sonrojándose ante el susurro.

- Estás muy guapa- murmuró, tomándola de las manos. - ¿Qué planes tienes para ahora?

- Ha venido un amigo de Texas…y pues, vamos a salir a cenar con él, Yulia y otros dos amigos… ¿por qué?

- No, curiosidad, Natasha- le gustaba llamarla por su nombre, era un nombre que le sabía a travesura. - ¿Puedo llevarte a cenar mañana?

- Tengo Esgrima con Yulia- murmuró. No pensaba cancelar sus planes con su mejor amiga por él, después de todo, no eran nada…todavía.

- Si, lo sé…

- ¿No esperas que cancele mis planes con Yulia, o sí?- susurró, viendo los dedos de Phillip acariciar los suyos.

- En lo absoluto…respeto tus planes…quizás después de Esgrima, ¿o irás a cenar con ella también?

- Lo más probable- dijo, sonrojada ante sus caricias y ante la proximidad de él a su cuerpo. - ¿Cena el viernes?

- Escoge el lugar y la hora, me tendrás ahí muy puntual- susurró, acercándose a ella y dándole un beso en la frente. – Feliz cumpleaños- murmuro a ras de su frente, conteniéndose un "mi amor" y todos sus equivalentes.

- Harry Cipriani a las ocho…- murmuró, viendo la espalda de esa magnitud caminar hacia la puerta. – Y Phillip…- dijo, hablando más rápido de lo que había pensado. – Gracias por la cámara- sonrió, conteniéndose la invitación para esa noche.

A Natasha le encantaba estar con sus amigos, pues, pocas veces tenían tiempo para reunirse, todos con sus vidas aparte, cada quien con su horario y sus obligaciones, el único que tenía tiempo siempre era Thomas, el amigo de Natasha de toda la infancia y que sus papás se mudaron a Texas por haber heredado una pequeña petrolera. Pero era muy amigo de James, el novio de Maria, que de un tiempo acá le habían empezado a llamar Marie, y James era el capitán de Lacrosse en la época de colegio, todos se conocían, y Julie y James ya conocían a Yulia, y no les caía mal, les gustaba su forma de pensar, además, parecía hermana de Natasha, pues las dos se vestían casi igual, sólo que Yulia era muy seria, y a veces se veía un poco mayor para su edad, pero siempre se veía bien, y Natasha era más relajada, pero tapizada de marcas y de diseñadores emergentes, igual que Yulia, el trabajo de Natasha era serio, pero no tanto como el de Yulia. Lo que compartían Yulia y Natasha era una habilidad importante: la verborrea, y, por muy gracioso u ofensivo que eso suene, a ellas les servía, pues podían darle dolor de cabeza a una roca y hablar de lo que fuera por horas y horas, poniendo cara de interés o de saber de qué hablaban, ellas simplemente podían seguir una conversación cualquiera: hablaban demasiado, coherente, pero demasiado. Pues, en esa ocasión, cenaban en el lugar favorito de Yulia y Natasha, en un lugar asiático en el que se habían propuesto probarlo todo en el menú, y era extenso, apenas iban por el número cincuenta y tres. Y después de un par de copos de sake, frío y caliente, cada quien se fue a su casa, a empezar lo que Lena terminaba: dormir.

- Natasha- llamó Phillip, viéndola pasar de largo por el lobby hacia los ascensores.

- Phillip- sonrió, deteniéndose y reconociendo su voz aún sin verlo. - ¿Qué haces aquí? – todavía estaba en el traje negro de la mañana, con un el botón del cuello de la camisa blanca deshecho y la corbata negra a líneas blancas ya floja.

- Se me olvidó darte tu regalo de cumpleaños- sonrió, metiendo su mano izquierda en su manga derecha.

- No te hubieras molestado- se sonrojó, deteniéndose, con su mano izquierda por su cadera derecha y su mano derecha acariciando su antebrazo izquierdo.

- No es la gran cosa- susurró, sacando su mano y extendiendo un trozo de lana roja muy largo que estaba amarrado a su muñeca. – Tu mano derecha, por favor- Natasha se la alcanzó y Phillip la atrapó con la lana roja, dándole una vuelta, moviendo su mano izquierda junto con la derecha para no enredarse.

- ¿De qué se trata esto, Mr. Noltenius?- murmuró Natasha, viendo cómo Phillip hacía un nudo extraño pero imposible de deshacer.

- Es para que te acuerdes de mí cada vez que la veas, así como yo a ti…y para que sepas que, a pesar de que físicamente no estoy ahí, te estoy acompañando, así como tú a mí- susurró. – Y esto- dijo, tensando la lana. - Es porque de alguna manera estamos unidos siempre- dijo, sacando una Swiss Army Excelsior color plata y abriendo la navaja para cortar aquella lana restante que estaba entre ellos. – Y, esta unión es tuya, haz con ella lo que quieras y como quieras- susurró, depositando suavemente el trozo de lana en la palma de su mano.

Natasha apretó con fuerza aquel trozo de lana roja y encontró la mirada de Phillip en la suya y simplemente no pudo resistirse. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia física entre ellos y, entre su dedo índice y medio de ambas manos, atrapó las solapas de su chaqueta y, con el resto de sus dedos y las palmas de sus manos, recorrió el pecho de Phillip hacia abajo, acariciándolo mientras lo tomaba por su chaqueta. Phillip, era en ese momento de su misma estatura, la veía hacia sus desviados ojos, veía su cabellera suelta sobre sus hombros, sus delicadas manos recorrer su chaqueta y su pecho, subiendo y bajando con lentitud, Natasha viendo hacia abajo, recorriendo su pecho con la mirada también. Y, bajó sus manos para subirlas de nuevo, recorriendo las solapas, como antes, recorriéndolo hasta su cuello, por detrás de su cuello, y su rostro se elevó, viendo a Phillip desde su barbilla, que era muy sexy, con una leve masculina hendidura a la mitad, repasando sus labios, que sonreían levemente, su nariz larga, recta y delgada, sus ojos turquesa grisáceo, sus cejas más rectas que levemente arqueadas, su frente, la forma en la que empezaba su cabello, y su cabello negro ya después de un día entero de trabajo, ya suave y sin mayor orden, pero todavía en su puesto, y lo recorrió de nuevo hasta sus labios, entrelazando sus dedos detrás de su cuello, abrazándolo delicadamente. La distancia entre sus rostros se acortó, cada uno sintió la respiración del otro muy cerca, Natasha cerró lentamente los ojos mientras ladeaba su cabeza y se acercó cada vez más a Phillip hasta que sus labios rozaron los de él. Phillip tomó a Natasha por un poco más arriba de su cintura, acercándola totalmente a él, rozando su pecho contra el suyo sin ser abusivo, y saboreó los labios de aquella mujer que alguna vez fue desconocida, que alguna vez le negó las palabras, o que le negó cualquier cosa. Sus labios encajaban con los de ella, se succionaban suavemente, se acariciaban con las ganas de tantos meses, lento y amoroso, pues nada más que eso había crecido en ellos.

Fue un beso tímido, muy lento, memorable, el más rico que Natasha había dado en su vida, el más rico que le habían dado, Phillip se sintió demasiado bien, cayendo en el romanticismo no romántico de un beso, sintiendo a Natasha tan cerca que no se lo creía, pues ambos habían cedido ante sus respectivos orgullos, aunque las palabras de Phillip habían sido ciertas: Natasha le había dado el primer beso. Phillip tomó a Natasha por sus muñecas y las retiró suavemente de su cuello, juntándolas a ras de su pecho mientras Natasha y él terminaban aquel cariñoso beso de ojos cerrados con el típico ruido de un beso. Phillip apoyando su frente contra la de Natasha pero sin cargarle peso alguno, sólo saboreando y abrazando el momento, todavía con sus ojos cerrados, igual que Natasha, que le encantaba sentir el calor de las manos de Phillip rodear las suyas. Le dio un beso en su frente y la abrazó suavemente, ella reposando su cabeza contra el perfil del hombre que acababa de besar y, poco a poco, se fueron apartando y abriendo los ojos hasta encontrarse nuevamente con sus miradas. Natasha sonrió, bajando su mirada sonrojada.

- Por favor, por favor…- susurró Phillip, tomando nuevamente sus manos, dejando un vacío en la espalda de Natasha. – Por favor…ya no más, ya me cansé de perseguirte…déjame llevarte a comer a la hora que sea, déjame visitarte en tu apartamento, porque no sé en qué apartamento vives, déjame visitarte en tu oficina cuando no sea tu cumpleaños o no tenga reunión, déjame tomar tu mano por la calle, déjame besarte cuando te dé ganas o cuando me dé ganas, cuando nos dé ganas, abrazarte …y llevarte de compras- sus pulgares acariciaban los nudillos de Natasha. – Pues, pero si el cortejo era de la Edad Media…- murmuró, topando sus labios en su frente. - ¿Puedo ser tu novio?- y a eso le llamé yo "rendido a sus pies".
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jul 30, 2015 10:32 pm

CAPITULO 3 Y yo grité "¡Lesbianismo!", hasta levanté los brazos por la victoria. Pero resultó ser más que simple "lesbianismo".




Navidad dos mil ocho. Lena regresaba a Atenas para reunirse con su familia, a reencontrarse con su hermana Katya, pues tenía casi un año de no verla, desde las vacaciones navideñas pasadas, pues en verano no había podido ir por haber llegado de una vez a Milán a trabajar. Se habían mudado al centro de la ciudad, cerca de la embajada de los Estados Unidos de América, de tres pisos, unas cuantas habitaciones grandes, una enorme cocina en la que su mamá y la ama de llaves cocinaban todos los días, una oficina eternamente provisional de su papá, una piscina y un trampolín, más que eso no necesitaba, pues, sólo los autos, que no eran tan lujosos, dos BMW que el gobierno proveía sin impuestos y que los cambiaban cada cuatro o cinco años, no al mismo tiempo, y la Vespa de Lena, que la había empezado a utilizar Katya tras Lena haberle dado permiso y haberle pagado la licencia para ello. La tensión entre sus papás era bastante notable, no había ni violencia verbal ni física, pero había empeorado en el último año, pues apenas y se saludaban, era como si la presencia del otro les molestara, Sergey trataba de restringirle la vida a Inessa, e Inessa no estando contenta con eso, lo retaba, aunque, para ahorrarse escenas intensas frente a sus hijas, no lo hacía y todo parecía estar que-sí-que-no-que-digamos-que-bien. Lena jamás había visto tan mal el matrimonio de sus papás, pues, era cierto, nunca habían sido tan amorosos, sólo al principio, más o menos hasta la época en que Katya había nacido, y Lena creía que era porque Inessa se había adueñado de unas cuantas libras por el embarazo, cosa que no se le veía mal, pero ya no era la raquítica y guapa mujer que utilizaba bikinis cuando iban a la playa; ya no.

- Mamá…perdón, no sabía que estaba aquí- murmuró Lena. Acababa de entrar a casa, eran casi las cuatro de la mañana, había salido con sus primas; Melania y Helena con H, que Melania era modelo de lencería y Helena era presentadora de las noticias de las seis de la mañana en el canal "ERT".

- ¿Cómo te fue?- se preparaba un té, dándole la espalda a Lena todo el tiempo, quien se había apoyado de una de las encimeras, pues esperaba a que se terminara de diluir el té en el agua.

- Bien, la pasamos muy bien, la película estaba entretenida…pero traducida al griego no mucho- rió. – Y fuimos a donde los tíos, les mandaron saludos, llegaron unos amigos de Helena y pues, eran graciosos, más después de un poco de Ouzo- rió por la nariz, acercándose a la espalda de su mamá. Era una mujer guapa, de la misma estatura de Lena, pero de tez suavemente dorada, pelirroja como Lena, tonos claros y oscuros en una mezcla natural, cejas finas y arqueadas, ojos verdes, cabello largo aunque siempre recogido en un moño un tanto flojo, como en un torniquete francés, nariz pequeña y recta, labios rosados, era casi igual a Lena, sólo que las medidas variaban tras dos embarazos y veintidós años de diferencia, delgada todavía menos para Sergey, según Lena. .

- Me alegro mucho, ¿quieres té?- preguntó, sonriéndole a Lena por encima del hombro izquierdo, pues por ahí se asomaba.

- No, gracias…pero la acompañaré con un vaso con agua- sonrió, dándole unas palmadas cariñosas en sus hombros. - ¿Qué hace despierta a esta hora? Es un poco tarde…

- No podía dormir

- ¿Está todo bien?- murmuró.

- Hablé con Alec- sonrió, como si sólo el nombre tuviera ese efecto en ella.

- ¿Qué Alec?

- El que vive en Nueva York

- Ah- rió nasalmente. - ¿Qué pasó con él?

- Dice que va a dar un Seminario sobre material reciclado, por si te interesa, que con gusto te guarda una plaza

- Tendría que consultarlo con la oficina, y lo más seguro es que no me manden a mí sino a cualquiera de los otros, tienen más tiempo de estar ahí- se encogió de hombros, viendo que Inessa sacaba la bolsa de té y la escurría sobre la taza con ayuda de la cuchara.

- También me dijo que si algún día quieres ir a Nueva York y no tienes dónde quedarte, que su casa tiene las puertas abiertas para ti

- Bueno saberlo… ¿Y papá?- preguntó, abriendo el gabinete superior hacia la derecha sobre la cocina para sacar un vaso.

- En Nueva York

- ¿Qué? ¿Desde cuándo?

- Quiero decir… en la oficina, supongo… disculpa, es que no he dormido bien, seguramente ando volando bajo- sonrió. – Supongo que me quedé en el tema anterior- resopló, haciendo el gesto de "qué olvidadiza yo" o "qué tonta yo", o una mezcla de ambos.

- Casi no lo he visto desde que vine- dijo, volviéndose con el vaso en la mano hacia el congelador mientras intentaba hacer de caso que no había escuchado nada. – Me imagino que pasa muy ocupado viendo cómo tapar el sol con un dedo mientras intenta destapar el sol de la oposición…

- No hables así de él, por favor

- Lo siento, lo siento- refunfuñó amablemente mientras vertía agua en el vaso.

- Sé que sabes la verdad de las cosas, pero sólo eso tienes que hacer, saberlas…- dijo, haciendo que Lena pensara en lo adiestrada que tenía su papá a su mamá. – Pero hablemos de otra cosa mejor…

- ¿Como de qué?- dijo, casi ahogándose entre los tragos de agua, pues venía con casi una botella de Ouzo en el sistema, que Inessa ya lo había notado pero decidió no decir nada, y el agua era lo único que le ayudaba a evitarse la inevitable resaca.

- Pues, no sé…cuéntame de tu trabajo, ¿algún candidato?

- Ay, mamá- rió, empañando el vidrio del vaso. – Ahí todos son…no heterosexuales, por así decirlo- dijo, evadiendo la respuesta, evadiéndose a sí misma.

- En el mundo en el que te mueves, seguro encuentras a alguien- sonrió, llevando la taza de té a sus labios.

- Pues, el hombre que se meta al diseño…digamos que es de dudosa heterosexualidad, hay pocos

- No me refería a los hombres…sino a las mujeres, entre diseñadoras y modelos

- ¿Ah?- se extrañó Lena, casi escupiéndole el agua, y la minúscula ebriedad que tenía en su sistema se disipó en un tan sólo segundo.

- Debes ver muchas mujeres muy bonitas

- Diseño muebles, digamos que no es exactamente en donde hay mujeres, menos bonitas, supongo- sonrió, aliviándose en vano.

- Sabes que no me refiero a eso…hablemos de lo que estoy intentando decirte…sin que Sergey se entere, lo prometo

- ¿De qué?- siseó, acercándose con su rostro a su mamá.

- ¿Ha habido alguna mujer que te guste para ti?

- No ha habido alguien- confesó, encogiéndose de hombros.

- Espero que la encuentres, sólo ten cuidado, ¿sí?

- Siempre tengo cuidado, mamá… ¿no le enoja?- preguntó por desgraciada curiosidad.

- Te mereces algo bueno, sea con la persona del género que sea, si eres feliz siendo soltera y teniendo un perro, pues eso quiero para ti, no quiero que no seas feliz por agradarme o agradar a otros, los otros te juzgan pero no te hacen feliz, piénsalo- sonrió. – Sergey no se enterará por mí

- Siempre la imaginé queriendo nietos, por montones- rió Lena, dándose cuenta que había dado entrada gratis a un tema que le incomodaba.

- Yo no puedo decidir por ustedes, son dueñas de sus vidas- suspiró, vertiéndole un poco de miel a su té y mezclándolo lentamente con una cuchara, que el suspiro de Inessa le dijo a Lena cómo ella no era dueña de su vida y por eso buscaba que las de sus hijas sí. - ¿Tú quieres tener hijos?

- No sé cómo decirlo para que suene coherente

- Intenta- sonrió maternalmente, dibujando los mismos camanances que tenía Lena.

- Creo que tener un hijo debe ser con la persona que amas, que sabes que el amor y la genética harán el milagro de darte un hijo que puedas criar, el hijo que quieres criar…

- ¿Pero?

- Un hijo es parte de esas dos personas, así como yo soy mitad suya y mitad de papá

Inessa rió un tanto sonrojada, que era que admitía que Lena era fruto de un inmenso amor, el que se había estado acumulando en una olla de presión, y que explotó aquella noche, que venían de una película aburrida y de una cena incómoda, la noche en que aquel joven y futuro Arquitecto la llevó a su apartamento sin intención alguna de propasarse, todo porque le tenía demasiado respeto y estaba preparándose para el día en el que fuera un Arquitecto oficial, que sería el mismo día en el que le pediría que se casara con él, no era un día lejano, faltaban tres meses nada más. Pues aquel apuesto joven, que desde entonces era calvo, no por decisión sino por genética, la llevó a su pequeño apartamento en Via Carlo Emanuele I, el cual compartía con un estudiante de Medicina, y le daba vergüenza, no sólo porque Inessa era la única mujer en Arquitectura, sino porque, entre todos los ahí presentes, casi descendientes de Da Vinci y que habían sido bendecidos por Le Corbusier, sino porque se fijó en él, en el menos atractivo, en el menos adinerado. Era la primera vez que ella iba a su apartamento, porque a él le daba vergüenza que viera la pocilga en la que él vivía mientras ella vivía en Via Aurora en una casa de tres pisos, le daba vergüenza sentarla en el sofá en el que alguna vez fue blanco y ahora era del color del descuido con derramos de café y otras sustancias, le daba vergüenza ofrecerle algo de beber, pues él sólo tenía vino del más feo y más barato, que ni era suyo sino que de su compañero de vivienda. Siempre iba él hacia Inessa porque le daba vergüenza, pero ese día Inessa le insistió que la llevara a donde él vivía, pues tenían demasiado tiempo de conocerse, desde que habían empezado el curso para entrar a Arquitectura, desde el colegio, aunque nunca fue tan serio hasta que empezaron la universidad y él se fue de la casa de sus papás.

Inspeccionó la habitación de aquel hombre que tanto le fascinaba mientras él le servía aquel vino en un vaso por falta de copas; eran menos de dieciséis metros cuadrados en los que había una mesa de dibujo y la respectiva silla, la cama y una mesa de noche, con suerte y había un clóset, pero había uno. Y una cosa llevó a la otra, entre el sudor del verano nocturno, la oscuridad de éste, los alientos que se volvían uno sólo por tener aroma a vino tinto, las respiraciones pesadas mientras se escuchaba le rechinar de aquella cama con cada movimiento, su primera vez, la de ella y la de él. Fue la vez que Inessa tuvo su primer y único orgasmo, pues fue rara la vez que volvió a hacer eso, con el amor de su vida no lo hizo de nuevo, ni con su futuro esposo; sólo se estaba seguro de que había tenido que hacerlo, pues Katya no podía ser la segunda versión de la Divina Concepción. Ah, qué tiempos, qué día, pues fue la noche en la que durmió con él, piel con piel luego de aquella sesión, en aquella cama diminuta, y que tuvo que salir a primera hora de la mañana para que su mamá no sospechara nada.

- Y yo no quiero estar con un hombre, no puedo, no sé por qué- dijo Lena al ver que Inessa se había quedado viendo fijamente a un punto ciego.

- No te estoy preguntando por qué no puedes, porque la respuesta es simplemente que te atraen más las mujeres, Lena, no le des tantas vueltas, quiero la respuesta- sonrió un tanto divertida al ver que Lena se ponía cada vez más nerviosa.

- No puedo embarazar a una mujer, una mujer no puede embarazarme- suspiró con aire pesado de "eso es obvio."

- Pero puedes conseguir un donador, o adoptar- pero Inessa ya sabía la respuesta.

- No es mi esperma ni la suya, sería hijo mío y de él, o de ella y de él, pero no de las dos así como papá y usted conmigo, lo podemos criar juntas, pero no es de las dos…lo mismo con adoptar, que en el caso de consciencia social adoptaría, pero no me veo con un hijo realmente

- Eso es psicológico, el bebé sería de las dos, pase lo que pase, lo criaron juntas, ¿no?

- Sí, pero yo creo que si dos mujeres pudieran procrearse, habría una forma…- dijo, viendo la expresión de Inessa que gritaba "por eso hay métodos clínicos". – Una forma física- la corrigió antes de tiempo. – Además… los niños no son ni mi debilidad, ni mi pasión, ni mi vocación…soporté a mi Kat porque era mi hermana, no porque me dan ganas de…-y nada, mejor calló, pues Inessa le cuadriculó una mirada de advertencia.

Debido a que los documentos legales de Yulia estaban en proceso de ser legalmente estabilizados, Yulia tuvo que permanecer en el interior del país, que fue la navidad que Larissa fue a Nueva York por unos cuantos días, días en los que Natasha se había marchado a los Hamptons con sus papás, fue por eso que no conoció a Larissa esa vez. Yulia se dedicó a mostrarle a Larissa en donde trabajaba, qué tipo de cosas hacía, dónde vivía, cómo vivía, en fin, le mostró lo bien que estaba en Manhattan. A Larissa le alegró ver lo bien que se sentía Yulia, se veía como en su ambiente, muy cómoda, pues, le alegraba que al menos uno de sus hijos fuera exitoso y no "a su manera", como Alina, su hija menor, que vivía en su mundo porque Oleg la consentía con todo lo que le pedía, o Aleksei, quien estaba intentando regresar al negocio, pero le iba mal por la reputación que él mismo se había hecho. Yulia le contaba de Natasha, y Larissa se alegraba que tuviera, al menos, una amiga en quien aparentemente podía confiarle casi su vida. También le contó un poco de Phillip, que no tenía una relación con él más que de negocios, pero que era novio de Natasha, y no le parecía mal partido, sólo para aclarar los celos de amiga con los que Larissa bromeaba. Y Larissa, por muy orgullosa que estuviera, no podía negar que le gustaría tener a Yulia con ella, porque sus expresiones las echaba en falta, así como cuando hablaba de la diferencia entre una "ragazza", y hacía el bulto en el pecho, y un "ragazzo", y hacía el bulto en la entrepierna. Cosas así, cosas que sólo Yulia hacía y por ocurrencia nuclear y alocada, que a veces era como si no quisiera crecer.

Natasha, por el otro lado, tenía dos meses de ser novia de Phillip Charles Noltenius II, cosa que no le había dicho a nadie, más que a Yulia. No era que le diera vergüenza, pero tampoco pretendía presentárselo a sus papás a los dos meses de noviazgo, aunque tuvieran realmente un poco más de seis meses de estar saliendo. De un tiempo acá, se veían muy seguido, a veces hasta cuatro o cinco veces por semana, salían a comer, por unas copas para conocerse todavía mejor, simplemente a caminar por ahí, a veces Phillip llegaba a la oficina de Natasha y almorzaban juntos, o Natasha llegaba a su oficina y cenaban juntos cuando Phillip tenía mucho trabajo, las cosas iban muy bien. Para Phillip no era tanto problema esperar a que Natasha decidiera estar completamente con él, la entendía muy bien, pues dos meses de relación oficial no era mucho tiempo y, si él había podido esperarla unos cuantos meses sólo para que fueran pareja oficial, ¿por qué no esperar un poco más? Phillip, para la navidad, solía irse a Corpus Cristi a pasarlo con sus papás y su familia lejana, con quienes no se llevaba mucho, pues no era que se considerara mejor, pero la convivencia con sus primos no le gustaba tanto, era educado, le gustaba más estar con Adrienne, aunque a ella le desesperara eso.

- ¿Natasha?- contestó en su voz adormitada.

- Perdón, perdón, creí que estarías despierto, perdón- murmuró Natasha.

- ¿Estás bien?- encendió la lámpara de su mesa de noche.

- Si, estoy bien…perdón, en serio, no creí que estuvieras dormido- repitió, como si la vergüenza pudiera atravesar tantas millas de distancia.

- ¿Qué haces despierta a las cinco de la mañana?- Phillip tenía dos horas de haberse acostado, pues, después de mucho Whisky con su papá y ayudarle a su mamá en la cocina, había terminado un tanto cansado y ebrio.

- No me podía dormir…y salí a la piscina, pero, mierda, que está haciendo frío- rió, provocándole una risa a Phillip.

- ¿Dormirías si te canto una canción de cuna o si te cuento un cuento?- Natasha se sonrojó y ahogó una risa. - ¿No?- sonrió, abriendo los ojos para ver a su alrededor, para asegurarse que estuviera solo.

- No, no soy mucho de eso- rió entre su mandíbula que temblaba por el frío.

- Tienes frío, ve adentro…te acompaño a la cama, vamos- dijo, al fin aclarándosele la garganta.

- Está bien…pero tienes que quedarte callado porque todos están dormidos- susurró, entrando a la casa, tropezándose con uno que otro mueble de la cocina, aguantándose los gritos por los golpes en los pies descalzos, luego, casi se va al suelo a causa de uno de sus primos, Eric, quien estaba tan ebrio que se había desmayado atrás de uno de los sillones de la sala de estar principal. – Ya, ya estoy en mi habitación- susurró, escuchando una risa nasal de Phillip. - ¿De qué te ríes?

- I hadn’t heard you curse before

- Pues, ya me escuchaste- rió, metiéndose en la cama.

- ¿Ya estás en tu cama?

- Sip- era un momento un poco incómodo, en el que sólo se escuchaban respirar. – So…

- So…?- suspiró, volviéndose a acostar. – ¿De qué quieres hablar?

- ¿A qué hora regresas mañana?

- A eso de las siete de la noche, ¿por qué?

- ¿Necesitas que te vaya a traer?- bostezó, contagiando a Phillip.

- No, no, tomaré un Taxi, no te preocupes

- Necesito verte- confesó, cerrando sus ojos, entrando en esa etapa previa a quedar dormido, en la que la información es más fácil sacarla, en la que uno confiesa hasta los pecados más oscuros.

- ¿Ah, sí? ¿Por qué?- rió, quedándose dormido también.

- Porque extraño tus besos…- suspiró, poniéndole a Phillip una sonrisa.

- Ve a traerme entonces, así te doy besos- balbuceó.

- ¿En dónde quieres dármelos?

- Pues, en tus labios, en tus manos, en tus mejillas, en tu frente…como siempre… ¿en dónde más?- rió, estando a diez segundos de dormirse.

- Pues…- murmuró, ya dormida. – En mi cuello…detrás de mis orejas…mis hombros…mi pecho…- Phillip abrió los ojos de la impresión, hasta el sueño se le quitó. – Aunque…pues…para resumirlo…- suspiró. – Quiero besos en…- y ahí quedó la información, a medias, a punto de matar a Phillip.

- ¿En dónde?- susurró, con antojo curioso de saber en dónde los quería, pero todo lo que escuchó fue una respiración pesada, que le gustó escucharla, y fue por eso que no colgó. – Buenas noches, mi amor- susurró todavía más bajo, poniendo su iPhone a un lado y alistándose para dormir.

Yulia se despertó el veinticinco de diciembre sólo para alistarse e ir a dejar a su mamá al JFK, pues debía estar cuanto antes en Roma para una reunión de trabajo que se llevaría a cabo el veintinueve, cosa que no le terminaba de parecer a Yulia, pero el Vaticano a veces tenía las más extrañas ocurrencias. Yulia, en vista que no tenía mucho que hacer, se dedicó a trabajar en afinar detalles, aquellos detalles mínimos que no podían dejarse pasar, en los planos de su más reciente proyecto; ambientarle la residencia brasileña a Eike Batista.

- Feliz navidad- balbuceó Natasha, levantando dos bolsas con cuatro cajas de vino barato cada una.

- Feliz navidad- repuso Yulia, dejándola pasar. - ¿Todo bien?

- Emborráchame para que te cuente- sonrió, sacando vasos de la encimera superior.

Pues, dos cajas después, los vasos ya no eran necesarios, pues sí, habían usado vasos, pues no valía la pena ensuciar copas con esa baratija, y fue cuando empezaron a empinarse cada una el tetra pak correspondiente hasta el punto de que pusieron música y, con las cajas de vino en la mano, bailaron "Spice Girls", estaban, después de dos cajas de vino cada una, más alcoholizadas que nunca en su vida, quizás era la calidad del vino, o que no habían comido en lo absoluto. Lo más gracioso, aparte de los gritos y las carcajadas, era que bailaban entre Britney Spears y Spice Girls, al rato salía un poco de Black Eyed Peas, pues, al principio eran un poco rígidas pero, al no acordarse ni cómo o por qué habían empezado a bailar, eran capaces de explotar en algún movimiento que realmente estaba bien hecho y se veía bien, gracioso era cómo bebían sin la mayor de las educaciones del empaque, ese vino que sabía demasiado feo, y que Margaret hubiera tenido un infarto al corazón de haber visto aquella escena, qué pérdida de estilo, qué falta de caché.

- No sé qué hacer conmigo- rió Natasha, de una hora hacía acá, todo le daba risa.

- ¿De qué hablas?

- Llevo año y medio sin sexo…ya necesito- se carcajeó, empinándose el tercer empaque de vino.

- Tengo cuatro años de no saber qué es un orgasmo- se quejó Yulia, imitando a Natasha pero empezando con el tercero. – La vida, sin orgasmos, no es vida

- Amen to that, sister (Amen a eso, hermana)- chocó el tetra pak fuertemente contra el de Yulia, derramando un poco de vino sobre el piso de madera. – ¡Oops! No se puede desperdiciar hoy en día con esta crisis- rió, tirándose al piso y lamiendo la madera para limpiarla.

- Mi piso está limpio…lo limpian todas las mañanas

- Alcohol es alcohol… ¿tienes cuatro años sin sexo? Hermana, estás jodida- rió, abrazándola por el cuello.

- Y tú dos y medio

- Dije uno y medio, exagerada- no sabría decir quién era más graciosa, pues ya las dos tenían las lenguas inservibles, hablando lento, no hablando de cerebro sino que de alcohol. – Dios…tú estás cagada- estalló en una risa ebria, hablándole muy cerca a Yulia, hasta rozaba su nariz con su mejilla, todavía manteniéndola abrazada por el cuello con el reverso de su codo.

- Cagada…pues no te quejes tú- dijo, clavándole el dedo índice en el hombro.

- ¿Cuál es tu secreto? ¿Te masturbas seguido?

- No se me había ocurrido, eres una genia…

- Dios…a mí tampoco se me había ocurrido- rió, caminando a lo largo de la sala de estar, con Yulia bajo el brazo.

- Ya no eres tan genia- se carcajeó Yulia, empinándose el empaque y bebiéndolo hasta la mitad, hasta que sintió que, de seguir bebiendo, vomitaría.

- Tú…eres muy bonita…que digo bonita… ¡hermosa!- gritó, bebiendo luego más del empaque. – Puedes conseguirte un pene hermoso…que tenga un dueño hermoso…pero en esta ciudad sólo conozco tres tipos de hombre: el que es amable que lo tiene chiquito, que me temo que ese sea Phillip, el que es un motherfucker y lo tiene hermoso, que no es Phillip, y el que no te interesa porque le interesan los hombres…

- Tú sí que hablas mierda- rió, arrastrando a Natasha por el pasillo y deteniéndose frente a la puerta de su habitación, intentando abrirla.

- Me diagnosticaron diarrea verbal…o algo así- sonrió, bebiendo más del empaque, llevándolo hasta casi la cuarta parte.

- Verborrea- la corrigió.

- Vergorrea

- Verborrea, Natasha

- Eso dije- rió, abriendo la puerta por Yulia. – Ya no me aguanto como mujer…alguien más tiene que sufrir conmigo y ya vi que no puede ser contigo porque tienes el mismo problema…

- ¿Quieres a Phillip?- dijo, viendo a Natasha acabarse el vino ya con expresión de vomito seguro.

- Lo adoro…y lo quisiera en todas partes pero no se puede

- ¿Por qué no?

- Porque no sé…quiero que me respete y si me acuesto con él ahorita, que ganas no me faltan, Arquitecta, no me va a respetar tanto

- Él ha sido Harnatty y tú Frank Abagnale Junior…yo creo que si te respeta, y mucho

- Que pase cuando tenga que pasar- balbuceó, viendo cómo el espacio empezaba a darle vueltas mientras intentaba quitarse el pantalón.

- En mi bolso hay dinero…yo invito a los condones- rió Yulia, quitándose la camisa.

- No sé si un condón normal le queda- se cayó al suelo al no poder sacar la pierna izquierda del pantalón, ahogándose en una risa que al día siguiente le dolería.

- Yo invito, dije- rió, caminando hacia Natasha, más bien tambaleándose, y ayudándola a levantarse, acostándola en la cama y quitándole el pantalón.

- Gracias, hermana, eres una Santa

- Cuatro años sin sexo no significa que sea Santa

- Amén…- balbuceó, quitándose la camisa. – Qué bueno que esta plática no la voy a recordar mañana- rió, metiéndose bajo las cobijas, siendo la primera noche que dormía donde Yulia.

- Amén por eso- y eso fue lo último que supe de ese episodio, pues Yulia se tiró a la cama, al lado de Natasha y ambas quedaron muertas, tan así fue, que tuve que hacer silencio para escuchar si respiraban. Y sí respiraban.
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jul 30, 2015 10:35 pm

Phillip, por el otro lado, no muy diferente a Natasha, la extrañaba, más que todo porque habían sido un matrimonio desde mucho antes de serlo de manera oficial; era rara la decisión que no tomaban juntos, que no consideraran al otro, aunque tenía mucha libertad, pues habían desarrollado una confianza en la que ni se preguntaban con quién estaban, ni en dónde, o qué hacían, los celos no eran parte de esa relación, pues Natasha estaba muy segura de Phillip, digo, si la había perseguido por tanto tiempo, no la iba a dejar ir así de fácil, pero tampoco lo iba a retar, y, por el otro lado, Phillip tenía a Natasha como un trofeo, sabía que mujer como ella había muy pocas y no las iba a buscar, pues, para él, Natasha era más que suficientemente perfecta: no era complicada, era muy directa, graciosa, no le costaba adivinar lo que quería y pensaba porque se lo decía, muy relajada en cuanto a la mayoría de cosas, y raras veces estaba de mal humor, nada que un Martini y un masaje de hombros o Yulia no solucionara. Terminó su sesión de ejercicios, que solía hacerlos de noche cuando regresaba del trabajo, justo antes de que Natasha y Agnieszka tuvieran la cena lista porque, desde que él y Natasha se casaron, Margaret había peleado y vuelto a pelear por que tuvieran servicio doméstico, por motivos de orden y limpieza y comida, pues, si comían todos los días fuera, llegaría el día en el que empezarían a "crecer para los lados".

Y pensó en Yulia, en lo extraño que su relación había empezado con ella, siempre de negocios, y no supo hacer el punto de partida de una amistad, pues, desde que Natasha y él empezaron su relación oficial, cada vez fueron acercándose más a Yulia, tanto individualmente como en pareja, más porque les preocupaba que tuviera algo que ver con Mischa, es más, Phillip procuraba siempre estar al tanto de la relación entre ellos dos, hubiera una o no, sólo por precaución. ¿El cariño que le tomó a Yulia? Pues, era como la hermana de Natasha, y era una relación como de mutualismo, si Yulia estaba feliz, Natasha estaba feliz, o en el mal plan, sí, en parte era una relación de interés, pero vivía agradecido con Yulia, porque era omnipresente con su esposa y de verdad se preocupaba, por ella y por él, y eso era nuevo para Phillip, porque sus amigos se preocupaban por él, pero no a ese nivel. Hizo lo que Natasha le había pedido: fue a la otra habitación vacía, en donde Yulia se vestiría en un par de horas, y revisó que estuviera todo lo que necesitaba: sus Stilettos, double-tape, el paquete de Kiki de Montparnasse, que contenía los panties, su Guerlain Insolence y, lo más importante, su vestido, aunque claro, el Patek Phillippe de oro blanco y sus aretes, que eran unas rosas de diamantes de Piaget, que eran importantes, pues completaban un look no tan convencional, pero elegante y serio.

*

- ¿Por qué paramos aquí?- preguntó Phillip, viendo que se detenían frente al Plaza.

- Tranquilo…sólo pensé que tendrías hambre, pedí que tuvieran comida lista, Hugh la irá a traer- sonrió, tomándolo de la mano y volviéndolo a ver. – Te extrañé- sonrió, sintiendo esos malditos escalofríos al sentir el roce del pulgar de Phillip en sus nudillos.

- Te noto cansada, ¿saliste anoche?- preguntó, apartando el flequillo de su rostro, revelando unos ojos casi muertos.

- Estuve con Yulia- sonrió. – Ella se ve peor- rió, respirando hondo, tratando de no devolver el flequillo a su lugar para cubrir su mirada. – No se ha podido levantar

- ¿Qué hicieron? Aparte de beber…

- Pues, es que no bebimos…no sé cómo llamarle a eso…tu novia también tiene su lado no-tan-elegante…nos empinamos un par de tetra paks de vino…

- Classy- bromeó. – ¿Te sientes bien del estómago y de la cabeza?- Natasha asintió, bajando la mirada, estaba nerviosa, aunque todavía con las secuelas de esa resaca que juró que nunca volvería a provocarse, al menos no con vino de caja. - ¿Qué pasa?

- Nada- susurró, acercándose a él y dándole un beso que fue gloriosamente correspondido. Siempre eran besos tiernos, a veces duraderos, más que todo cuando veían el juego de los Giants juntos, que utilizaban los comerciales para besarse o Natasha para ensuciar a Phillip con la salsa de las chicken wings, o darle de comer en la boca, siempre bromeando y riéndose, ya no se enojaban si los Giants perdían, al menos habían estado juntos.

Hugh tocó la puerta del auto, pues vio que se estaban besando, y se metió al auto junto con la bolsa de comida. Hugh era del tipo de empleado que veía muchas cosas, escuchaba muchas otras y, aún así, no decía nada, no reportaba nada a Margaret aún cuando ella le pagaba extra por pasarle un reporte semanal sobre Natasha, cosa de la que Natasha estaba muy al tanto, y no podía aceptar eso, por lo que había hablado con él de decirle lo que pasaba, con el detalle de omitir a Phillip en la mayoría de los casos, así como de cuando se quedaba a Phillip le daban las doce de la noche y no había salido del apartamento de Natasha, pues era la hora en la que sus servicios diarios terminaban, comenzando a las siete en punto, cinco días a la semana, a veces seis, pero Natasha casi siempre le daba el fin de semana libre y las festividades nacionales, más dos semanas al año de vacaciones, hasta hizo que Margaret le diera quince salarios por su lealtad y los años de trabajo. Esa noche, Hugh, que se llamaba Gregor en realidad, dejó a Natasha y a Phillip con la bolsa de comida en la entrada del Archstone de Kips Bay y se retiró por órdenes de Natasha, que se las dio en el camino hacia el JFK.

- Creí que comeríamos en mi apartamento- murmuró Phillip, siendo arrastro por Natasha a lo largo del Lobby del Archstone Kips Bay.

- La comida sabe igual en mi apartamento que en el tuyo- sonrió, pidiendo el ascensor.

- Hugh va a regresar, ¿verdad? Se quedó con mi equipaje

- No te preocupes por eso, ¿sí? Hugh es una persona muy honrada

- No lo digo por eso…- entró al ascensor y Natasha introdujo la llave del Penthouse en la ranura, apretando al mismo tiempo el botón de cerrar las puertas. - ¿Por qué haces eso?

- Es la técnica que usa la policía, mantienen el botón apretado para que no se detenga en ningún nivel…no es secreto de Estado

- A veces me sorprenden las cosas que sabes, ¿sabes?- rió, volviéndola a ver con admiración.

- No soy tan estúpida como la gente cree- guiñó su ojo izquierdo, soltando una leve risa nasal que fue interrumpida por el timbre del ascensor al llegar al Penthouse.

- No creo que eres estúpida…no me gustan las niñas estúpidas

- Pues, ahí está el error entonces, yo no soy una niña- sonrió, encendiendo la luz de la cocina. – Ponte cómodo, por favor- murmuró, tomando la bolsa de las manos de Phillip. – No, ahí no…la puerta del final del pasillo- dijo, deteniendo a Phillip de ir a la sala de estar y enviándolo a su habitación. – Pon una película si quieres…siéntete como en tu casa

Phillip se extrañó ante las palabras de Natasha, pero siguió sus órdenes y se dio la vuelta para caminar por el pasillo hasta la puerta blanca que se abría de par en par por ser doble. Era una habitación espaciosa, de cincuenta y cinco metros cuadrados de alfombrado beige, que combinaba perfectamente con las estructuras de madera blanca, como la base de la enorme cama y las repisas, con las mesas laterales color granate, así como una sala de estar miniatura en sillones bajos azul marino, inspiraba algo muy playero a lo South Hamptons, pero con elegancia, con estilo, la habitación podría haber sido muy masculina, pero era muy unisex hasta cierto punto, perfectamente ordenada y limpia, con fotografías enmarcadas de varias épocas de la vida de Natasha, una repisa muy alta, más cerca del techo que del alcance humano, con premios que Phillip no conocía o reconocía, trofeos de Lacrosse y Esgrima, medallas varias de quizás otros deportes que alguna vez practicó de pequeña, como la natación, el tennis, lo que todo niño podía intentar hacer. Había unas puertas de vidrio, totalmente de vidrio, sin una división o estructura de fibra de vidrio o madera, corredizas, que daban salida a una terraza miniatura, de cuya baranda colgaban plantas perfectamente cuidadas para el invierno; que el secreto de Natasha estaba en regarlas con una mezcla de agua tibia y pastillas anticonceptivas diluidas en el agua, algo que habría aprendido en Brown por casualidad. A la derecha de la habitación se extendían estantes repletos de libros, más fotografías, todo el material de la universidad, una colección de Vogue USA muy completa, desde mil novecientos noventa y cinco, pues desde los once años se había interesado por la moda, ciento cincuenta y seis ediciones de dicha revista, ordenadas por mes y por año, igual que las Marie Claire, Elle, Harper’s Bazaar, Allure, InStyle y W, que dichos estantes enmarcaban un arco que daba entrada a un walk-in-closet de veinticinco metros cuadrados, repleto de ropa en la parte superior, de zapatos en la parte inferior, más uno que otro gabinete desplegable de joyas y ropa que no se podía colgar, todo en madera blanca, que tenía, en la misma línea del arco, otro arco, que daba entrada al baño y sólo alcanzaba a ver una pared. Se dirigió a la cama, fue cuando notó que la pared, que parecía beige con cierta extraña textura por la pintura blanca, era en realidad blanca con textura beige, que era nada más y nada menos que un patrón del logo de Versace, la medusa, colocado de tal manera que no parecía mosaico, el logo en diferentes tamaños, pero muy, muy detallado.

- ¿Todo bien?- murmuró Natasha, asustando a Phillip, pues no la había escuchado entrar a la habitación y él estaba concentrado en el patrón de la pared.

- Sí, ¿por qué?- dijo, aclarándose la garganta.

- No sé, sólo estás parado ahí- sonrió.

- Estaba viendo el detalle de la pared…es muy engañoso, sutil… interesante

- Pues, para que te quede claro, muy claro, la moda me gusta mucho…quizás porque mamá es amiga de Donatella y Santo desde hace muchos años

- ¿Santo?

- Sí, Santo Versace…pues, era amiga de los tres…mi mamá empezó en Vogue, luego al New York Times…y cambió de gremio al dejar de ser talla dos, que ahora ya es talla ocho, pero no le digas a nadie- rió, con una risa bastante irónica.

- El secreto de "Food-Culture" está a salvo conmigo- sonrió. – Ahora, ¿qué tienes ahí?- dijo, señalando el recipiente que Natasha tenía entre sus manos.

- El mejor platillo que preparan en el Plaza, que no está en el menú, que lo preparan sólo para mamá

- ¿Qué cosa extravagante le preparan?

- See for yourself (velo tu mismo)- rió, alcanzándole el recipiente.

- No es cierto- rió al abrir el recipiente. - ¿Es en serio?

- Te va a gustar, cómetelo- sonrió, caminando hacia su walk-in-closet. – Ven, acompáñame para que no comas solito- Phillip la siguió, tomando aquel burrito en su mano izquierda mientras detenía, bajo su barbilla, el recipiente, para no derramar cualquier cosa sobre la alfombra. Natasha se quitó el abrigo, revelándole a Phillip su vestimenta casual y vacacional; jeans ajustados a sus piernas, muy tallados, que se interrumpían en sus piernas por unas botas de gamuza negra, altas, hasta media pantorrilla, que la hacían elevarse catorce centímetros, volviéndola casi de la estatura de Phillip, llevaba una DKNY de seda blanca que tenía una cremallera en la espalda.

- ¿Me ayudas?- murmuró, tomando su cabello con sus manos y colocándolo sobre su hombro derecho para que cayera sobre su pecho, librando de cabello la espalda.

- Claro- dijo, colocando el burrito en el recipiente hermético, sacudiéndose las manos y tomando la cremallera con sus dedos izquierdos.

- Hasta abajo, si eres tan amable- susurró, dejándoselo claro porque la blusa no era precisamente floja, sino que se ajustaba a su abdomen, por lo que no podía sacarla por sus piernas.

- Como tú digas- y bajó la cremallera, primero rápido, pero, al ver que no había señal alguna de sostén, se distrajo y se tomó su tiempo, a por lo que iba Natasha, y, cuando lo bajó del todo, dividiendo la blusa en dos, vio que el jeans de Natasha le colgaba, de manera literal, de la parte inferior de sus caderas, dejándole ver el yacimiento de su trasero que intentaba ser disimulado por una tanga negra de tul.

- Gracias- suspiró despegándose de Phillip y quitándose la camisa, perdiendo de vista el cesto de la ropa sucia, por lo que dio una vuelta a propósito, mostrándole a Phillip la cantidad de centímetros cúbicos que yacían de su pecho, de forma perfecta, pero no estaban desnudos sino que, a ellos, se pegaban dos copas de látex que se unían por el centro.

- ¿Qué tienes puesto?- preguntó, casi asustado, bueno, más bien atorado con su propia saliva y su propio oxígeno.

- Ah, ¿esto?- dijo, apuntando con su dedo índice al látex. Phillip asintió. – Es la magia del látex

- Se ve alienígena- rió honestamente, tomando de nuevo el recipiente y el burrito en sus manos.

- ¿Te parece?- volvió a ver a sus senos, frunció su ceño y lo volvió a ver con una sonrisa de picardía.

- ¿Qué?- rió, con la boca llena de burrito. – Se ve raro, pues, yo lo veo raro

- Quítalo entonces- dijo, cruzándose de brazos, colocándolos bajo sus senos.

- ¿Yo?- rió, tratando de tragar.

- Pues, a ti es al que no le gusta- se acercó todavía más, tomando el recipiente y poniéndolo aparte. – Quítalo, no quiero verme alienígena- sonrió, tomándolo de las manos y escuchando que tragaba con la mayor dificultad del mundo. Llevó sus manos en las suyas y las colocó sobre el látex, Phillip respiraba pesado, estaba nervioso.

- ¿Y si te duele? O sea, está pegado a tu piel

- Te ayudo, entonces- y tomó los dedos de Phillip, hundiendo, en su seno izquierdo, el índice entre el borde del látex y su piel, colocando su pulgar sobre el látex, apretó sus dedos y, lentamente, retiró, desde el costado hacia el centro, el látex, liberando su seno, mostrándole su pequeño pezón, de color café muy pálido, notándose apenas su existencia entre su caucásica piel. - ¿Ves? No me dolió…- Phillip asintió. – Intenta con el otro tú solo

Phillip repitió el proceso, desde el costado hacia el centro, lentamente, como si realmente pudiera lastimar a Natasha, pero era látex, no lo haría, y liberó su otro pezón, igualmente pequeño y circular de la areola, corto y bien definido del pezón. La respiración de Phillip era larga y profunda, seguramente caliente al salir de su nariz pero, al llegar a la piel de Natasha, era fría, tan fría que le erizó la piel, logrando encoger aquel par de pequeños pezones y ponerlos muy rígidos. Logró apartarles la vista pero, en el intento, encontró la mirada de Natasha, que pedía a gritos que la besara, que la besara toda, así como le había intentado decir dos días antes. Se acercó a Phillip y le plantó un beso rápido, de unir y separar los labios, haciendo un ruido muy propio de ese tipo de besos, pero Phillip reaccionó de buena manera y buscó otro beso, más largo, mejor colocado, con un sabor distinto, rodeándola con sus brazos cubiertos por la cachemira de su suéter rojo, era el principio de las mejores sensaciones según Natasha. Bajó con besos al cuello de su novia, besos suaves que le daban cosquillas, que, cuando besó detrás de su oreja derecha, Natasha sólo supo suspirar, no era virgen, eso no, pero después de más de un año sin sexo, era como sentirlo todo por primera vez. Phillip se detuvo y encaró a Natasha, pidiéndole permiso con la mirada, el permiso ya lo tenía, sólo tenía que aprovecharlo.

La juntó a él con sus brazos y la obligó a que lo dejara cargarla y, dándose la vuelta, la recostó sobre la cama, quitándose el suéter pero quedándose con la camisa todavía. Se puso de rodillas y desenfundó las piernas de Natasha, primero la izquierda y luego la derecha, arrancándole unos cómicos calcetines al tobillo de Little Miss Matched, que parecía que se había equivocado de par, pero no, así eran. Natasha se irguió completamente, quedando sentada sobre la cama, haciendo que Phillip se pusiera de pie y, apuñando la camisa, la sacó del jeans, subiendo sus manos por su torso, acariciándolo a través de la camisa blanca, llegando al tercer botón para empezar a desabotonar hacia abajo, para luego meter sus manos en la camisa y acariciar el tonificado torso con sus manos, retirando su camisa por sus hombros, dejándolo desnudo, sólo con su Rolex y las placas militares. Lo abrazó por su trasero y lo acercó a ella, besándole su abdomen, la leve hendidura entre su six-pack, llegando, hacia abajo, a rozar su barbilla con la hebilla de su cinturón. Phillip paseaba sus manos entre el cabello de Natasha, a ella le gustaba que la peinara, la relajaba, y a él le gustaba sentir lo sedoso de él, pero, cuando Natasha acarició su miembro por encima del pantalón, Phillip retiró su pelvis de la mano de su novia.

- No tengo protección- dijo, enojándose consigo mismo, aunque, ¿por qué debería llevar?

- Shhh…- susurró, atrayéndolo de nuevo por sus bolsillos, absteniéndose de la información: "Yulia invita". – Confía en mí…

Deshizo la hebilla del cinturón y desabotonó la columna de botones del jeans, dejándolos caer al suelo, que fue que Phillip se salió rápidamente de él, quitándose sabe-Dios-cómo sus Onitsuka y sus calcetines, quedando en bóxers Hugo Boss muy ajustados. Natasha lo acarició con la palma de su mano, envolviéndolo cóncavamente en ella, sintiendo la dureza de aquella parte de Phillip que, al tacto, no parecía ser tan pequeña como se la imaginaba. Metió su mano por la disimulada abertura y sonrió.

- Aclaremos algo antes- dijo Natasha, tomando su pene y masturbándolo suavemente por dentro del bóxer. - ¿Qué tipo te gusta?- sonrió, sintiendo su pene responder ante sus caricias.

- Sano, placentero…- jadeó, pues la mano de Natasha había llegado a su glande.

- ¿Circuncidado?- resopló, paseando sus dedos nuevamente por su glande para volver a sentirlo, Phillip asintió. – Estás lleno de sorpresas- sonrió. – Pero dije "tipo"…y como eres un poco tímido, por lo visto, te lo diré yo- sacó su mano y llevó ambas manos a los elásticos, enterrando sus dedos entre su piel. – Oral y vaginal…

- ¿Oral y vaginal?- repitió Phillip, no entendiendo exactamente, excitándose ante una Natasha que era, hasta cierto punto, mandona, o quizás sólo le gustaba jugar con las reglas claras, pues no quería comprometer partes de su cuerpo, o sensaciones, con las que no se sentía cómoda, después de todo, "más vale prevenir que lamentar".

- Me gusta recibirlo…- dijo, viendo la erección de su novio frente a sus ojos. – Y darlo también…- que era obvio que Phillip no tenía vagina, pero era la aclaración de lo que se podía hacer en la cama, lo que creo que todos deberíamos hacer en algún momento, o quizás no, todos tenemos opiniones.

Metió el glande de Phillip a su boca, dándose gusto con el primer pene que de verdad se le antojaba visualmente, no por el simple hecho de dar placer, sino porque consideraba que tenía un "pene lindo"; largo y de un solo grosor, glande marcado, ninguna vena saltada, todo del mismo tono, excluyendo el glande que era un tanto más rosado, pero era por el momento y eso le gustaba, pero había algo que le gustaba muchísimo más que todo eso, cosa que no le había gustado de Enzo, ni de Garreth, su novio del colegio, que tenían un escroto relativamente largo, cosa que no le daba asco, pero por lo mismo de que "se come por los ojos primero", en palabras de su mamá aunque no se refería a un pene, no se le apetecían tanto, pero Phillip lo tenía justo para envolver sus partes más sensibles, que se notaban dos pero muy disimulados. Y subía y bajaba por la longitud, presionando con sus labios a su paso, escondiendo sus dientes, acariciando su glande con la lengua, topando la longitud a su vientre para recorrerlo con su lengua y luego volver a introducirlo. Y succionó el glande, ocasionando en Phillip un respingo de inestabilidad.

- ¿Oral y vaginal? Pues, somos iguales en eso- rió, despegando a Natasha de sí y recostándola sobre la cama, desabotonando su pantalón y retirándolo de sus piernas.

- Pareces un niño- murmuró jadeantemente Natasha al sentir el peso de Phillip sobre ella.

- Me das mucho con qué jugar…- sonrió, a ras de su cuello. - ¿Callada o gimes?

- Callada- suspiró, sintiendo los labios de Phillip en ese punto que es desgraciadamente sensible. - ¿Tú?

- Callado- dijo entre sus besos que bajaban por el pecho de Natasha, bajando por entre sus senos. - ¿Posiciones?- Y se desvió hacia la izquierda, sintiendo sus besos hundirse en el seno de su novia.

- Abajo… ¡uf!, otra vez ahí- dijo, ante la lengua de Phillip marcar el contorno de su areola. – Costado izquierdo…- tenía que hacer una pausa para tomar aire, pues, aparentemente, Phillip sabía exactamente lo que hacía. – Arriba…

- ¿De frente o de espalda?- dijo, tomando el pezón de su novia entre sus labios, haciéndola tragar su respuesta y tomarlo por la cabeza.

- Las dos…otra vez- y repitió, pero esta vez con una succión muy suave que causó un gemido agudo pero suave en Natasha.

- ¿Tú o yo?- y mordió suavemente su areola, desde el borde superior hasta el inferior, cerrando su mordida lenta y tortuosamente.

- Cualquiera… ¡ah!- jadeó, haciendo que Phillip repitiera el proceso.- Doggy y sus variaciones- gimió, apuñando el cabello de Phillip, haciéndolo gemir entre la mordida, haciéndolo morder un poco más fuerte su corto y pequeño pezón. – Oh my God…

- And what about…( Y que sobre...)- suspiró, yéndose al seno derecho para darle la misma atención que al izquierdo. – Your pussy? What does she like? (Su coño? ¿Qué le gusta?)– dijo, juguetonamente tratándola como a una persona, haciendo que Natasha se riera, aunque dejó de reír por un ahogo repentino.

- Two fingers …licking, sucking, biting…blowing, fucking…(Dos dedos ... lamer, chupar, morder ... soplar, joder)- y Phillip bajó con besos por el abdomen de la mujer que alguna vez llamó "Robin", llegando a su poderosa tanga negra, tomándola por la cadera y retirándola lentamente hacia afuera con la ayuda del elevar de piernas de Natasha. Y, bueno, quizás les parezca raro por qué hablaban tanto en vez de sólo hacerlo, pero ya lo dije, un sexo ordenado y coherente es, la mayor parte del tiempo, un buen sexo, y con "orden" no me refiero a "rutina", sino a no arruinarlo todo, que comprende a la "coherencia" también. Además, sólo ellos se entendían.

- Mierda…- suspiró en cuanto Natasha abrió sus piernas para él.

- ¿No te gusta?- dijo con una sonrisa, pues sabía que si le había gustado lo que veía y llevó su mano a su entrepierna.

- She’s stunning(Ella es impresionante)- sonrió, cayendo de clavado en la entrepierna de Natasha, saboreando sus ajustados labios mayores, su pequeño clítoris y sus limitados labios menores, que daban espacio para succionarlos a pesar de ser muy justos y, para coronar aquella belleza, una franja de vellos angosta, de no más de un centímetro de ancho, y corta, de no más de cuatro centímetros de largo.

Phillip, a pesar de no tener mucha experiencia, en lo que a la variedad se refería, sabía cómo hacerlo, quizás había aprendido sólo con verlo de una que otra película pornográfica que había visto en sus años de curiosidad y auto-aprendizaje, cuando era novio de Denise. Mientras muchas mujeres pensaban que un año sin sexo no tenía nada de bueno, Natasha pensaba que sí, pues no se demoró ni en mojarse, cual caridad de Júpiter, ni en correrse la primera vez; bastaron unos cuantos segundos para perder el control ante la ávida lengua de su novio, lo que significaba que un año sin sexo era realmente sinónimo de más orgasmos, al menos para ella. Pero Phillip no se detuvo, y le mantuvo la sonrisa muda a Natasha mientras siguió prolongando el primer orgasmo en año y medio, que entendió por qué no se había masturbado antes. Phillip introdujo un dedo en ella y logró un gemido pornográfico, que lo hizo sonreír, y otro gemido salió de Natasha en cuanto jugó con su GSpot, y los gemidos femeninos no dejaron de invadir aquella habitación mientras Phillip la penetraba con su dedo y besaba y lamía su clítoris al mismo tiempo, y un orgasmo corto pero intenso envolvió el dedo de Phillip, quien luego levantó la mirada y encontró a una sonriente Natasha, quien le dijo con la mirada que "sí", para luego moverse y estirarse hasta abrir la gaveta de su mesa de noche y sacar un Trojan, el que Yulia había pagado, pues realmente había sacado cinco dólares de la cartera de Yulia, ella dijo que invitaba.

- Be gentle( Se gentil)- susurró, refiriéndose a cuando la penetrara, mientras veía cómo, delicadamente, se ponía lo que es, supuestamente, seguro para no tener el milagro de la vida nueve meses después.

Empujó despacio, ambos gimieron de placer, la estrechez de Natasha les sentaba bien a ambos, y, entre besos y suspiros, a veces hasta gemidos, Natasha le clavó las uñas en la espalda y él la penetraba, jadeante, uniforme, profundamente, pues Natasha lo abrazaba con sus piernas también. Ambos gemían, sintiendo sus alientos mezclarse y agitarse cada vez más, Phillip que no desaprovechaba ni un segundo los labios de su novia, gruñendo y jadeando, rozando su enrojecido pecho con los rígidos pezones de Natasha, embistiéndola cariñosamente, que, de repente, se aferró más a él y se corrió, dándole a Phillip el último pequeño empujón de ego y placer para gemir, junto a ella, y eyacular alocadamente dentro de los límites del Trojan, cayendo sobre Natasha para luego traerla encima suyo al rodar sobre la cama.

- We ain’t that quiet, ain’t we?bromeó Phillip, besando a Natasha.- Se vale soñar- sonrió, sintiendo los espasmos postcoitales de Phillip en su vagina. – Te amo, Guapo- susurró, hundiéndose en un beso que le terminó por robar el aliento y haciendo que a Phillip, por primera vez, le gustara que le dijeran "Guapo". Natasha no lloró, pero pronto lloraría, sólo sería una carta que jugaría para sacar a su mejor amiga del borde del colapso emocional.

- Yo también te amo, mi amor- susurró en respuesta, haciendo que Natasha se riera nasalmente y dejara caer su cabeza sobre su hombro, sonriente y complacida, con su corazón latiendo rápido, no sólo por el orgasmo, sino por amor también. -¿Puedo quedarme a dormir?- murmuró, hundiendo sus dedos entre el cabello de Natasha, que esa era la idea original, que se quedara con ella.

- ¿Roncas?

- No tengo idea...pero, si lo hago, me despiertas- dijo, abrazándola fuertemente, sintiéndola muy cerca, muy tibia para ser el cruel invierno.

Junio dos mil nueve. Vamos por partes, primero: Phillip. Con la crisis, que no cesará nunca, Phillip Noltenius se convirtió en el primer Junior Partner de "Watch Group" en tener tres bancos internacionales en su quehacer diario, lo que lo convirtió en Senior Partner, que no sólo significaba tener una paga del doble, sino también un horario más relajado, menos carga laboral que se resumía en la guía estratégica de qué hacer con cada banco cuando acudieran a ellos, pero trabajaba de lleno, no como los otros seis Senior Partners, que, con justa razón, ya se habían desfasado, pues tenían más de sesenta, casi llegando a los ochenta y cinco. El trabajo más divertido que tenía era el de velar por la prosperidad y la seguridad financiera de Yulia, que, cuando la conoció ya como persona, no como cliente y amiga lejana de Natasha, le cayó muy bien, prácticamente un clon de Natasha. El noviazgo con Natasha ya se había hecho público, a tal grado que, un día, recibió un mensaje de texto de Jacqueline Hall: "Guapo, no sé si creer lo que estoy viendo en PageSix, ¿algo que tengas que aclararme?", a lo que Phillip contestó un sencillo: "No me llames así, me revienta las pelotas, y, por respeto, a los tres, no tengo nada que aclararte, ni tú nada que saber". Margaret y Romeo ya lo conocían, que Margaret lo había recibido con los brazos abiertos porque se vestía bien y, de alguna manera, conocía a Katherine aunque no eran amigas, pero sabía que era de buena familia, digno de su hija, de su joya, y Romeo había jugado la carta de papá violento; lo interrogó de arriba abajo y de izquierda a derecha, lo amenazó con perseguirlo por el mundo entero si llegaba a romperle el corazón a su hija, así como el imbécil de Enzo, con la Cosmi Autoloader en la mano, cargada para dispararle cuando lo atrapara. Y, cada vez que lo viera de nuevo, Natasha tenía que "presentárselo" a su papá, por órdenes de él, que cada vez que se veían tenía que pasar por interrogatorio.

Yulia. Había trabajado únicamente en dos proyectos en los primeros seis meses, por falta de trabajo, que no le afectaba mucho, pero porque necesitó de dos proyectos así de suculentos para no necesitar de más, contando con un viaje a Brasil, importando toda una mercancía, y a sí misma, para ambientarle la nueva residencia playera a Eike Batista, y el proyecto más grande que había tenido hasta el momento: realmente construir la casa de los Roberts en Westport, que había sido demoler la casa anterior para levantarla de nuevo. La política que Phillip había propuesto para la seguridad financiera del estudio había sido un tanto polémica, pero efectiva, pues el estudio quedaba exento de riesgos: el estudio en sí tenía a sus empleados bajo contrato, lo normal, pero ahora no se pagaba mensual un salario más la parte de la comisión del trece por ciento de la que se era acreedor, sino que el estudio era ahora una empresa para la que trabajadores independientes ejercían su profesión, es decir que, si uno de los empleados no tenía un proyecto, el estudio pagaba del ingreso constante o previo por "prestar" el nombre por "asociación de imagen" al trabajador. Al principio no les parecía justo pero cuando se dieron cuenta que ganaban más, simplemente callaron y olvidaron el episodio. Entonces, no sólo había ganado un poco más de un millón por esa casa que había costado construirla un carajo tan grande que parecían dos, por lo que Yulia, además de su ganancia, había obtenido un regalo melancólico por parte de Margaret: un Steinway A, que simplemente lo fueron a dejar a su apartamento, que Natasha los había dejado entrar, pues tenía llaves del apartamento de Yulia por alguna emergencia, cosa que a Yulia le molestó, pues era un regalo muy caro y ya le habían pagado por sus servicios, y porque era un piano.

¿El problema con el piano? No sólo le acordó de una época muy mala en su vida, sino también desató los malos recuerdos que había logrado de alguna manera contener, o quizás no contener, sino omitir o hasta negar, porque se sentía mejor así. Y del piano, pues, una situación de golpes castigantes de parte de su papá cuando era sólo una niña. Hablando de Oleg Volkov, cuando se enteró que Yulia se había quedado en Nueva York, porque Yulia no le hablaba ni de chiste, se encargaba de depositarle lo mismo que le depositaba a Alina y a Aleksei, con la única diferencia que Yulia, al principio no se dio cuenta y usó el dinero, pues cuatro cifras en su estado de cuenta no eran tan significativas, pero luego, cuando Phillip le mencionó el comportamiento raro de sus cuentas y le preguntó si había sido ella, Yulia comprendió que su papá lo hacía para enmendar las cosas que habían sucedido años atrás, que había intentado muchas veces y siempre caía en lo mismo, que sólo había funcionado cuando Yulia se había alejado y nunca había regresado. Por lo que decidió que, ese dinero, lo depositaría, automáticamente después del depósito, en otra cuenta y, una vez llegara a cinco cifras, lo donaría a alguna organización, pues Oleg no sabía que Yulia ya tenía acceso a la herencia de Anna, su abuela, mucho menos sabía que Yulia tenía un trabajo con el que podía alimentarse bien, beber fino, más fino que en casa por no tener control de nadie más que el suyo, y hasta despilfarraba en ropa y zapatos, su debilidad, y todavía lograba pagar el apartamento, y ahorrar tres cifras cada mes, mejor dicho tres ceros, y podía pagarse sus gustitos lujosos, como el viaje que estaba a punto de emprender con Phillip y Natasha; dos semanas a Tailandia. Pero antes del viaje, había tomado un nuevo proyecto; la casa de los Mayfair, en donde querían una casa de huéspedes hecha de materiales reciclados y un jardín que pareciera muestrario de flora, todo por recomendación de los Roberts.

Natasha. Su relación con su mamá se había vuelto un poco rocosa a partir de la mudanza a Westport, pues se había vuelto entre un poco controladora y paranoica: la soledad de Westport, más bien la lejanía de la "civilización real" como le decía Natasha, refiriéndose a la Quinta Avenida, no le sentaba bien para escribir, por lo que había decidido, por fin, tomarse un descanso del New York Times bajo la frustración de no poder ganar un sexto Pulitzer y que la vida, sin aquello que Natasha decía, era decadente. Lo peor de todo era que, ante su control obsesivo y su desvarío rural, Natasha ya no le contaba mucho y todo se lo terminaba contando PageSix en una forma amarillista y, a veces, ni cierta, como todo chismógrafo, y casi nunca le creía a Natasha la verdad. Pero todavía se querían, a su modo, pero se querían, y se querían de lejos más que de cerca, por lo mismo del ataque interrogativo. Con su papá, todo seguía igual, Natasha llamaba a su papá todos los días a eso de las diez de la mañana, que sabía que Margaret andaba en el club de tennis, y aprovechaba para platicar con él. Su trabajo iba bien, todavía en el mismo puesto, y disfrutaba lo que hacía, disfrutaba hacer su investigación semestral de perfiles de cada trabajador, y realmente el ambiente de trabajo había mejorado mucho, en efectividad y en bienestar, que venían de la mano. Su relación con sus compañeros de trabajo era muy buena, a pesar de que era de las más jóvenes, y con los productores se llevaba de maravilla, su trabajo le encantaba, así de simple. La relación con Phillip iba muy bien, no habían tenido ninguna pelea, se ponían de acuerdo en muchas cosas, entre ceder y tolerar, todo era posible, pues, a Natasha al final le terminaba dando igual mucho de lo que "decidían" en conjunto, a Phillip también, a veces hasta dejaban que el otro decidiera por simple comodidad, confiando en el sano juicio, por supuesto.

El sexo era bueno, muy bueno, lo único que a Natasha no le gustaba era el maldito condón, le daba asco verlo, antes y después de que Phillip se lo quitara, aun sin verlo, le daba asco, por lo que había decidido recurrir a otro tipo de método anticonceptivo, que la había hecho ganar dos libritas sobre su peso constante. Dormía noches donde Phillip, a veces Phillip dormía donde ella, dependiendo de las prioridades laborales, aunque había cuatro o cinco días al mes que Natasha tenía mucho trabajo, que salía muy tarde de la oficina y entraba muy temprano, que era un tanto cierto, pues programaba la mayoría de la carga de trabajo alrededor de esos días, justo para que en esos días tuviera que atender a eventos o quedarse en la oficina, todo por evitar a Phillip, pues sino conocería a una malhumorada Natasha, que era graciosa, según Yulia, pero no estaba dispuesta a correr el riesgo. Y su relación con Yulia, mejor que nunca, que sólo iba para mejorar y sólo seguir mejorando, pues se reunían todos los sábados por la mañana, sin excepción, a desayunar en el Plaza y luego ir de compras, a evaluar el gusto de Anna Wintour, que era acertado, menos con aquel par de Manolos que decidió acribillar. Cada vez iban menos al centro de Esgrima, pero Yulia seguía pateándole el trasero a Natasha, a veces, una en mil, era al contrario, pues Yulia, al ser un poco más alta y más delgada, era más ágil, o eso era lo que Natasha quería creer. Por lo demás, Natasha dormía esos cuatro o cinco días con Yulia, viendo películas malas, digo, de mala calidad, teniendo una relación con dos tipos a la vez, con Ben y con Jerry, Natasha con cualquier sabor y con cualquiera, Yulia sólo Peach Cobbler y Cinnamon Buns, en panties y camiseta desmangada, riéndose de los malos actores, durmiendo alocadamente, a veces amaneciendo abrazadas, era como una "sleepover" que duraba cinco días, una vez al mes. Además, no era como que tuvieran mucho que hacer, aparte de comer y acompañar a Margaret a uno que otro restaurante a comer, sí y sólo sí, si Yulia iba.

Lena. Tenía un año de trabajar para Armani Casa, y sólo había logrado que trece de sus diseños fueran aprobados, y había emitido más de cien, para que luego Francesco o Gio los reciclaran, es decir, esperaran un par de semanas, y los emitieran como suyos con uno que otro minúsculo cambio y lograran la aprobación que Lena no. A Lena, a la larga, no le importaba, pues al menos tenía trabajo en lo que había estudiado y en una compañía importante, viviendo en Milán, lejos de Atenas, que todavía no se explicaba bien por qué no le gustaba, sin amigos reales, sólo conocidos, pues en el trabajo todos velaban por su supervivencia, cosa que Lena no lograba aprender. Ese verano no iría a Atenas, pues Katya estaba en un campamento en Suiza e Inessa, su mamá, tomaría un crucero por el mediterráneo, entonces regresaría a donde se hablaba inglés todos los días a toda hora como idioma local y universal, pero iría donde un amigo de su mamá, donde un Arquitecto, que Lena sabía que había sido novio de su mamá en algún momento de su juventud, antes de Sergey, mucho antes quizás, pero era algo que no le interesaba saber, sólo le interesaba que tendría dónde quedarse y que conocería Nueva York, que, a partir de trabajar en Milán, le había interesado conocer aquella ciudad que por cien dólares en avión hubiera podido ir cuando estudiaba en Savannah.

Las vacaciones en Tailandia fueron una mezcla de gracioso y sedentario, pues había sido un literal escape de Manhattan. Se habían ido a la ciudad de Phuket, al Sri Panwa, en donde habían compartido una habitación entre los tres; que pasaban de la cama, a la piscina, al restaurante, a la playa, de regreso a una cama en la playa, más comida, más piscina, mucha bebida por las noches, platicando, ahondando la relación que cualquiera podría confundir con un triángulo amoroso, pues Phillip se había encariñado más con Yulia al convivir con ella, Natasha le había comenzado a decir "Amor", o "Mi Amor", que a veces Phillip y Yulia no sabían a quién de los dos se refería. Mischa era tema perdido, ni Yulia le daba importancia, pues no había pasado nada entre ellos, y Natasha prefería no gastar su saliva y sus energías en eso, perdón, en hablar de él. Yulia tuvo los diez días más relajantes del año, pasó en una sesión de siete días de masajes rejuvenecedores, que lo de rejuvenecer nadie sabe, pero sin duda alguna los disfrutaba porque no la tocaban mucho directamente con las manos, cosa que le molestaba, pero, lo que más odiaba, era que un desconocido, al conocerla, la tomara del brazo, no sabía por qué, pero le enojaba.

Bueno, Yulia no era tan Santa, Phillip y Natasha tampoco, por lo que, después de tomar vino tinto mientras se remojaban en el agua tibia de la piscina de la Suite, se iban a dormir a eso de las dos o tres de la mañana, o al menos eso se decían unos a los otros, pues Natasha y Phillip hacían lo suyo, todos los días por diez días. El problema era que ellos creían que la Suite era lo suficientemente grande para no escucharse, pues eran un tanto ruidosos, y Yulia, que no era de plástico, se calentaba con aquellos femeninos gemidos de Natasha, con Phillip jadeando, era enfermo, eso lo sabía ella, pero era como tener pornografía al lado, porque lo era, quizás, y siempre que los escuchaba, terminaba consintiéndose, pero ella sí era callada, muy silenciosa, era más ruidoso el roce de su mano entre el spandex de su bikini que sus inexistentes gemidos, quizás respiraba más pesado en el momento en el que "llegaba al clímax", pues Yulia no podía decir "correrse" o "venirse", simplemente le parecía vulgar y de mal gusto. Justo después de la primera noche que esto sucedió, Yulia supo que era tiempo de abrirse al mundo y dejar que una relación le cayera del cielo, pues tampoco estaba tan desesperada como para buscarla, tenía a su amiga la mano, quien era muy diestra desde muy temprana edad, más o menos desde los dieciséis que descubrió muchas partes de su cuerpo que le daban felicidad express.

Utilizaba su mano derecha, los primeros años usaba sólo su dedo del medio, intentando descubrirse, intentando saber qué tocar, cómo tocar ese qué y cuándo tocar el qué y de qué manera, pero luego, cuando se había hecho novia de Marco, el amigo de su hermano, y él no estaba para complacerla, porque a Yulia sí que le gustaba sentirse complacida y satisfecha como mujer capaz de tener uno que otro orgasmo, había descubierto que si juntaba sus dedos del medio, el de en medio y el anular, abría sus piernas y las apoyaba con sus pies sobre la cama, y frotaba únicamente su clítoris, era un orgasmo en potencia. Ahora, luego de muchos años, de pasar de tener sexo una que otra vez a la semana con Marco, a tener nada por estar enfocada en otras cosas, pues entre Arquitectura, Diseño de Interiores y Diseño de Modas, ¿quién tendría tiempo?, claro, que fue por el tiempo mismo que no absolvió Diseño de Modas, volvía a tener un orgasmo. El primer orgasmo fue el más poderoso de toda su vida, era como una sensación olvidada que explotaba dentro de ella, tres veces más intensa que la primera vez que había tenido uno, ahora, con casi veinticinco años, sabía saborearlo en sus entrañas, sabía que no le gustaba que su clítoris se mojara, sino que sólo estuviera húmedo para poder frotarlo con sus dedos, en contra de las agujas del reloj, sobre el mismo punto, que su mano izquierda tomaba el borde exterior de su muslo izquierdo, que le daba una sensación de estabilidad mientras ella sola se provocaba el descontrol fisiológico al frotar su hinchado clítoris hasta explotar en un ahogo de respiración. Y había otra cosa que a Yulia le molestaba, y era dormir mojada, después de su orgasmo tenía que ir al baño y bañarse rápidamente, para luego meterse a dormir completamente relajada.

Lena había llegado a Manhattan a visitar a Volterra por dos semanas, las dos semanas que Yulia no estuvo, pues se tomaban vacaciones conjuntas. Lena ya había conocido a Volterra, una vez en Roma, un verano al azar, que Inessa llegó y Sergey no, y se juntaron él, Inessa y otro Arquitecto, de apellido Perlotta, le había parecido que eran buenos amigos, aunque Inessa le confesó que ella y Volterra habían sido novios por un par de años, desde el colegio hasta la universidad, pero que ella, se había fijado en Sergey y lo había mandado todo al carajo, dándole seguimiento a una serie de errores de los que ahora se arrepentía, y mucho, aunque eso último, al principio, lo omitió. Pues, estando donde Volterra, un señor que había enviudado hacía cuatro años ya, sólo le servía, al principio, para platicar por las noches, cuando llegaba de recorrer los distintos distritos o haber recorrido un museo entero sin perderse una tan sola sala. Pues, Lena, al ser muy diplomática y muy educada, le preguntaba a Volterra de su trabajo, ella le contaba del suyo, y Volterra siempre le hablaba grandezas de las rarezas de la gente, más que todo de la última rareza que había conocido, una tal "Yulia Volkova", y hablaba grandeza y proeza de ella, de lo inteligente que era, de lo excelente que hacía su trabajo, de su ética profesional, le hablaba tanto de Yulia, que llegó un momento en el que Lena se idiotizó con una idealización de la tal Yulia, no en el sentido emocional, sino en el sentido de una admiración anónima, pues la había imaginado enorme e inalcanzable, aunque se la imaginaba de casi cuarenta años, quizás una mamá de dos y un esposo abogado, pues le parecía muy seria para ser joven, fue toda una sorpresa cuando se desmintió un día, que Volterra la llevó al estudio antes de ir a una obra de Broadway, y le mostró la oficina de Yulia.

- Tiene algo, ¿no?- preguntó, viendo a Lena inspeccionar distanciadamente cada detalle de aquella oficina. Lena asintió. – Pasa adelante, mírala bien si quieres- sonrió, dándole un empujoncito a Lena para que entrara a la oficina de Yulia.

- Tiene buen gusto, la Señora- sonrió.

- ¿Señora?

- Pues, no sé, "Yulia Volkova" me suena a cuarentona con hijos- se encogió de hombros, arqueando sus cejas en gracia.

- No, Lena- rió Volterra, entrando a la oficina y tomando la única foto de aquella oficina. – Yulia tiene tu edad- le alcanzó el marco de aquella fotografía.

- ¿Quién es?- preguntó, notando sólo a dos mujeres hermosas ahí.

- Ella- dijo, señalándole a Yulia. – La otra es hija de una columnista del New York Times.

Y sí. No puedo escribir exactamente lo que sintió Lena al saber que aquella idealizada mujer era todavía mejor de lo que pensaba. Estaban Yulia y Natasha, de pie, Natasha dándole de comer a los patos de Central Park, su hobby favorito; "volverlos perros" como Yulia le decía, Yulia la derecha, Natasha sosteniendo una bolsa de plástico, en el que seguramente iban las sobras del almuerzo, ambas en ropa de trabajo, o así parecía, pues no podían vestirse así un sábado, ¿o sí? Yulia con su cabello negro y sus destellos un poco rubio, un camino al lado que creaba un pequeño y disimulado copete que le sentaba muy bien, maquillada a la perfección, su rostro no lo podía ver muy bien, pues la fotografía había sido tomada desde un poco lejos, pero alcanzaba a notar su sensualidad en sus labios y en su sonrisa ladeada que revelaba un poco de su blanca dentadura, en una blusa azul marino ajustada a su torso, una falda gris pálido hasta por arriba de sus rodillas que se ajustaba bien a sus muslos y a sus caderas, piernas desnudas que terminaban en unos Stilettos puntiagudos de piel de algo en negro. Se apoyaba sólo con su pierna izquierda, tensándola, pasando hacia atrás su pie derecho, apoyándolo sólo sobre sus dedos, su mano derecha se iba a su cintura izquierda y su mano izquierda posaba sobre la derecha, sonriendo, mientras que la otra, que no estaba nada mal tampoco, la abraza con su brazo izquierdo por su hombro, juntando su cabeza, sosteniéndose sólo en su pie izquierdo, que estaba sostenida por unos Stilettos más altos que Yulia, pero en rojo, en pantalón blanco que parecía mutilar sus piernas de lo ajustado que era y una simple camisa negra desmangada que se ajustaba a su torso. Ambas con la inmaculada sonrisa, como si hubieran crecido juntas y se llamaran "Mandy & Ashley", sin ofender.

Julio dos mil nueve. Project Runway tenía ya seis temporadas exitosas en el record, llegando a superar el rating que tenía "So You Think You Can Dance", desplazando a "Dancing With The Stars", aplastando a "America’s Got Talent" y llegando a estar a un punto de "American Idol" y llegando a igualar, de manera literal, a "The Amazing Race" y "America’s Next Top Model", lo que significaba que iban por buen camino y tenían tanto futuro como los demás programas, haciendo de la séptima temporada un tanto polémica para el público por los personajes que se encontraban entre los concursantes. Lo bueno de esto era que le daba un plus a BravoTV, los que lanzaban el programa al aire, que no era uno de los más fuertes, de no ser por Project y por "Top Chef", "The Real Housewives" nunca hubiera tenido tanto rating como después, además, Lifetime había comprado los derechos del programa, lo que significaba que perderían a su mayor entrada de dinero. Pues, trabajaba para el programa, no para el canal de televisión, y no se encargaba de hacer nada creativo más que su trabajo, que era literalmente convencer a los jueces invitados, que algunos no eran fáciles, bueno, ninguno era fácil, pero ninguno era imposible, pues ya se estaba encargando de los jueces invitados de la octava temporada, pues corrían en tiempo televisivo con la séptima temporada. Phillip y Natasha seguían, como antes, viento en popa a pesar de ser tan incompatibles que eran compatibles, si es que eso tiene sentido.

Yulia trabajaba de lleno en la casa de los Mayfair en las afueras York, Pennsylvania, estaban por terminar la construcción de la casa de huéspedes, lo que la hizo mudarse, por un mes a la ciudad, pues terminaría de ambientar la casa principal y haría los jardines, otra cosa que le resultaba difícil, pues no era paisajista. No era una obra difícil en sí, simplemente no era fácil y era diferente a lo que Yulia estaba acostumbrada a hacer, y por eso había decidido supervisarlo todo personalmente más que lo que acostumbraba. Lo interesante de ese mes, fue que Mr. Mayfair le preguntó a Yulia si un amigo de su hijo, Vincent, podía acompañarla en la supervisión, pues acababa de graduarse de Arquitecto y era como un hijo para él y, Yulia, con lo que le estaban pagando, un estorbo no era mayor cosa, quizás ni llegaría, pero si llegó. Era un joven de veintidós años, recién graduado, de buen parecido, pues, normal, algo que Yulia obviaría, pero el joven era muy coqueto, ¿quién no lo sería con Yulia? A Vincent lo que le pasaba no era nada fuera de lo normal, le gustaba ver a Yulia en sus ropas ajustadas, muy femenina, hasta le gustaba que tuviera ese aire de autoridad, se la imaginaba una fiera en la cama, él lo único que quería era eso, meterla a la cama, y Yulia lo sabía, no era la gran ciencia descifrar cómo Vincent veía su escote, o intentaba tocarla, hasta el punto que dijo: "Screw this, a darle una oportunidad para que deje de molestar y deje de venir para estorbar" y aceptó una salida con él, que se dio cuenta que era un niño todavía; pues la llevó a un bar de estudiantes, a tomas cerveza y a jugar pool.

- ¿La pasaste bien?- preguntó Vincent aparcándose en el "Hampton Inn", hotel donde Yulia se estaba quedando.

- Si, claro…tus amigos son muy amables- sonrió, pensando en lo inmaduros que eran, y no era que ella fuera la madurez con piernas, pero al menos no era así, era otra mentalidad quizás. – Gracias por las cervezas- murmuró, quitándose el cinturón de seguridad.

- Oye… ¿puedo preguntarte algo?- dijo, apagando el auto mientras Yulia asentía. - ¿Puedo acompañarte arriba? Es que mis papás no están y no me gusta estar solo en la casa- murmuró, viendo sus manos.

- Sí, claro, pero sólo momento, ¿está bien?- Yulia sabía que no era por eso, o quizás sí, pero el objetivo principal era acostarse con ella.

Subieron a la habitación de Yulia, Vincent deshaciéndose en preguntas de qué pensaba de la distribución de su habitación, a lo que Yulia respondía que ella no era fanática de las jaulas, tampoco podía criticar la distribución porque era simple aprovechamiento del espacio reducido de cada habitación. Se sentaron a ver televisión, Vincent puso ESPN, habiéndole preguntado antes a Yulia si podían ver eso, a lo que Yulia hizo caso omiso. Era realmente un niño todavía, inquieto mientras veía la televisión, enojándose porque algún equipo perdía, alegrándose porque otro equipo ganaba, refunfuñando por algún tema polémico, como si el presentador o alguien pudieran escucharlo, o les importara su opinión.

- Gracias por dejar que me quedara- sonrió, con aquel peso a cerveza que Yulia no solía soportar.

- Gracias por invitarme hace rato- sonrió Yulia de regreso, y fue cuando pasó lo menos esperado, Vincent le plantó un beso a Yulia justo cuando le iba a decir "drive safe" y la tomó por las mejillas. Yulia al principio no reaccionó y le siguió el beso, porque carajo que se sentía bien, aunque, cuando logró enajenarse y escuchó los ruidos de aquel par de labios, lo detuvo. – Que no se repita- murmuró, limpiándole los labios. Y no se repitió, pues Vincent nunca llegó de nuevo y Yulia no lo buscó, yendo en contra de lo que se había dicho en Tailandia; que se abriría a una nueva relación, pero no con alguien menor que ella, no tan menor, menos cuando dos o tres años se veían tan grandes.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jul 30, 2015 10:37 pm

Natasha preparó un poco de comida de verdad para ella, sacando dos paquetes de comida congelada del congelador de Yulia, que Natasha nunca se explicaba por qué Yulia mantenía cosas de "T.G.I Friday’s" en su congelador, pero, en esa ocasión, le dio gracias a los gustos insípidos de Yulia, pues no quería comer granola o yogurt. Sacó un paquete de Cheese Sticks y uno de Potato Skins, metiéndolos todos al horno, con Darth Vader jugueteando entre sus pies, ella con miedo de no aplastarlo. Le parecía sumamente adorable, que se movía muy rápido y, que por su complexión craneal, por lo tanto nasal, no respiraba bien y hacía ruiditos gracioso, era un perrito simpático. Y era negro, para que Phillip dejara de molestar a Lena con que era racista. Natasha abrió el gabinete que Yulia había acondicionado para guardar la comida de Darth Vader, pues lo había acondicionado de tal forma, con no sé qué material, para que el olor a la comida no inundara la casa, pues Yulia no era muy partidaria de ese olor en particular. Vació un poco de comida en el recipiente de aquel pequeñín, para luego, con un vaso que había sacado para ella, verter agua en el recipiente de al lado.

- ¡Yulia!- gritó Natasha desde la cocina. - ¡Yulia! - gritó de nuevo, sentada sobre una de las encimeras.

- ¿Qué pasó?- jadeó, pues había corrido desde su baño hasta la cocina, tras ella venía Lena.

- There’s an animal in your Livin-Room( Hay un animal en tu Livin-room)- siseó, apuntando por los sofás.

- ¿Cómo era?- sonrió Lena, volviéndose hacia la sala de estar.

- Negro y peludo…I fucking swear it was a rat!( joder era una rata!)

- Oye, más respeto- rió Lena, levantando al cachorrito en sus manos y mostrándoselo a Natasha.

- ¿Y ese quién es?- preguntó, bajándose de la encimera y acercándose a Lena, con una sonrisa, viendo que era un cachorrito.

- Darth Vader- dijo, poniéndoselo en las manos.

- No se te olvide el "Volkova"- rió Yulia. Lena la volvió a ver. – Darth Vader Volkova- repitió, haciendo que Lena se derritiera de amor por ella.

- ¿El carajito tiene apellido?- rió Natasha acariciándole la cabeza mientras lo escuchaba respirar.

- Pues, claro…cuando lo llevé a la veterinaria, que Lena no me acompañó- rió, volviendo a ver a Lena y sacándole la lengua. – Porque se quedó dormida…le hicieron un chequeo y tuve que sacarle un certificado de nacimiento, eso todo el mundo lo sabe- rió en una callada carcajada.

- Sí, y no le pudo poner Katin…- dijo Lena, abrazando a Yulia por la cintura.

- No estabas presente, podríamos haber negociado el orden de los apellidos…pero como ni tu identificación me diste- dijo, cosa que ya sabía Lena, pero sólo estaban bromeando. - ¿Está bonito el carajito, verdad?- le dijo a Natasha.

- Oiga, no le diga "Carajito"…le puso Darth Vader, ahora, úselo, Arquitecta Volkova…

- ¡Hola, Familia!- saludó Phillip, abriendo la puerta del apartamento de Yulia. - ¡Ah! ¿Qué es eso?- gimió como con asco, creyendo que era una rata.

- Te presento a tu sobrino- le dijo Natasha.

- Dos cosas, dos puntos- dijo, tomándolo en sus manos y levantándolo. – Macho, bien armado, como su tío- rió, hablando de lo que tenía entre las piernas, o patas. – Dos: claramente aquí hay algo malo en la genética…- dijo, envolviéndolo en sus manos. – Julia, se nota que no eres el papá- rió. – Confiesa, Lena

Regresó a la habitación de Yulia con el plato de humeante comida chatarra y vio a Lena en la misma posición, de verdad que estaba muerta y le quedaba una hora y media todavía para descansar, pues tenía que vestirse, al menos arrojarse algo encima para que la arreglaran. "Sorry, I can’t take you with me"(Lo siento, no puedo llevarte conmigo) le susurró a Darth Vader, que la había seguido hasta la habitación. Yulia le tenía prohibido subirse a la cama, bueno, él solo no podía, pero había prohibido que lo subieran y que entrara al walk-in-closet. Era un cachorrito necio, difícil de adiestrar así como a Piccolo, pero ya había logrado, con periódico en mano, que hiciera sus necesidades en el cuarto de lavandería, en donde le habían colocado un metro cuadrado de césped, que cambiaban todas las semanas, con un hidrante, además de un enorme cojín muy cómodo, tan cómodo que Lena podía dormir en él. La ventaja que tenían era que Ania, la del servicio de limpieza, llegaba todos los días un poco después del medio día, y limpiaba lo que el diminuto can hacía, aunque, en presencia de Yulia, el can iba muy cómodamente al pedazo de césped. Yulia tenía la teoría, por lo que Lena le había contado, que tenía un trauma sin resolver de su infancia, cosa que Natasha apoyaba con su vocación de Psicóloga, que ahora jugaba a ser Dr. Doolittle, a lo que Lena respondía: "¿Infancia? Vamos, si sólo tiene tres semanas" y se morían de la risa. Los primeros días le daban de comer a las horas que el veterinario les había dicho, Lena se levantaba más temprano, no para desayunar ella, sino para darle de comer al cuadrúpedo, y antes de irse a la oficina, Yulia le curaba las orejas, pues estaba lastimado.

A veces a Yulia le daba demasiada ternura y quería llevarlo a la cama con ella y con Lena, más cuando se ponía a llamar la atención, queriendo ladrar, que por alguna razón no podía y le salía un chillido agudo y gracioso, que al principio a Yulia le daba ternura, luego lo hacía a propósito porque le daba risa, hasta Phillip les dijo una vez: "El Carajito es medio marica", y se reía, pero lo quería mucho, se había encariñado con él, más ahora que vivía muy cerca de Yulia; que al principio había sido por si Natasha necesitaba a Yulia, pero ahora hasta él se veía en la necesidad de Yulia y de Lena, comían juntos casi todas las noches, y Phillip se arrojaba al piso a jugar con el Carajito, que sólo él le decía así, y Yulia y Lena ya habían desistido de corregirlo, pues al principio le dijeron "Lo vas a confundir y luego ya no nos hará caso cuando lo llamemos por su nombre", pero a Phillip le importo diez carajos y continuó llamándolo "Carajito". Le había pedido las llaves del apartamento a Yulia, pues, una copia, para sacarlo a caminar por si Yulia o Lena no llegaban temprano, en fin, se había encariñado, tanto, que había pensado en comprar uno para él y para Natasha, más o menos de la misma edad de Darth Vader para que no le diera de golpes justicieros el primo mayor, pero lo quería en blanco o en beige para no confundirlo con el Carajito, ya tenía el nombre perfecto.

Darth Vader empezó a querer ladrar, haciendo el cómico sonido agudo que a Natasha también le daba risa, y Lena se empezó a despertar, por lo que lo tomó con su mano y lo sacó de la habitación, saliendo ella con él para tirarse en el sofá, no sin antes verificar que Lena no se hubiera despertado, sólo se había movido un poco y había quedado, a partes, desnuda, que tampoco era primera mujer que Natasha veía desnuda, mucho menos la primera vez que veía a Lena desnuda. Se tiraron juntos, bueno, Darth Vader no tenía mucha opción, además, le gustaba que lo cargaran, le gustaba dormir tibio, así como durmió por esa hora y media hora con Natasha, recostado entre su abdomen y en cuero del sofá.

*

Diciembre dos mil nueve. No hay mucho que decir, o quizás sí. "Per Se" tenía casi nueve años de estar en el mercado gastronómico y culinario, pero, desde el cambio de Chef, y luego de Sous-Chef, se había visto comprometido en el ranking como el número tres de los diez mejores, estando "Harry Cipriani" en el primer lugar y "Masa" en el segundo. Margaret Robinson, quien no se había querido poner el apellido de Romeo porque ella no era propiedad de nadie más que de ella misma, se había enfermado de soledad y desesperación en el no tan retirado Westport, en donde podía gozar de una mansión pero no de la Quinta Avenida como cuando vivía en el Penthouse del Archstone, y en Manhattan no podía gozar de una mansión ni de la paz y tranquilidad del océano que veía todas las mañanas al despertarse. Fue a principios de diciembre que Yulia y Natasha habían ido a comer en la ausencia de Phillip, pues estaba de viaje en Zurich, nunca pregunté por qué, y les había parecido muy rico. Yulia, en su buen corazón, invitó a Margaret a Per Se, sólo por el amor a su mejor amiga, con quien las cosas iban cada vez mejor, con más confianza, pues sabía que las cosas no iban bien entre ellas, Margaret se negaba, estaba muy distante, pero luego intervino Natasha y, entre las dos, lograron que Margaret las acompañara, que fue cuando le encontró nuevamente el placer a la comida neoyorquina, escribiendo una crítica que levantaría la economía remota en Per Se, retomando su trabajo en el New York Times y haciéndola una verdadera acreedora a los cinco Pulitzer que había ganado de manera consecutiva desde el dos mil dos.

Luego, para Navidad, Phillip fue a Texas, Natasha a Westport y Yulia a Roma, en donde se encontraría, por primera navidad, con su hermana menor, Alina y su novio de turno, Diego, un español de Valladolid que a Yulia no le iba ni le venía, pues Yulia sólo se concentraba en dos cosas: recuperar tiempo perdido con Piccolo y pasar tiempo con su mamá. El problema con Alina no sabía cuál era en realidad, simplemente habían crecido juntas pero por aparte, a pesar de llevarse sólo tres años, Yulia no había desarrollado ese sentido de protección y devoción por su hermana menor, pues a Alina parecía no importarle su mamá, sino que prefería vivir la vida al tope, al máximo. Además, Yulia no estaba muy orgullosa del hecho de que se había tomado dos años sabáticos, patrocinados por papá, y luego, al entrar a la universidad en septiembre, había decidido retirarse de los estudios a mediados de noviembre, pues eso no era para ella y, como su mejor amiga, Marietta, se iría a vivir a Creta por no-sé-qué-motivo, Alina decidió irse a vivir con ella. Realmente era un milagro que estuviera en Roma para Navidad, pues, ella y su bronceado dorado y Diego. Lo que no le gustaba a Yulia era que, por estar Alina allí, Oleg llegaba todos los días, y era demasiado ver a Oleg por una semana entera, en días seguidos, justo de desayuno.

Marzo dos mil diez.

- Oh my God…harder…harder…- jadeaba Natasha entre aquellos sonidos graciosos de explosiones diminutas bajo su cuerpo. – Faster…- gemía, escuchando a Phillip despegar las rodillas del plástico para penetrarla más rápido, más fuerte. – Oh my God…you’re gonna make me cum (vas hacer que me corra)…- era como el diálogo improvisado de una película pornográfica vuelta realidad, siendo practicado todo sobre plástico de burbujas protectoras, el que protegía, de manera exagerada, la nueva adquisición decorativa de Natasha; una medusa Versace gigante de fibra de vidrio.

- Come on, cum( Vamos, correte)…- le respondía Phillip entre jadeos, arrastrando a ambos por el alfombrado, pues, por el plástico, se deslizaban.

- Faster, faster….- y Natasha se aferraba a él, apuñando su cabello fuertemente mientras lo besaba. – Oh my God, oh my God, oh my God- gimió rápida y agudamente, dejándose ir en el primer orgasmo después de sus histéricos días femeninos, que había tenido la oportunidad de haber huido del país con Yulia, sólo por ver un concierto en Londres; locuras de adultos jóvenes. - ¿Te vas a correr?- jadeó, clavándole la mirada excitada a Phillip, quien no dejaba de penetrarla, que disminuía la intensidad de su orgasmo pero lo alargaba.

- Ya casi…- gruñó, aumentando el ritmo de su pelvis, tomando a Natasha por sus hombros, con ambas manos, cargándola tiernamente, ayudándose para impulsarse y penetrarla dieciocho centímetros dentro de su vagina.

- Quiero sentirte- jadeó, irguiendo su cabeza, ayudándose del cuello de Phillip, viéndolo a los ojos. "¿Dieciocho centímetros entrando y saliendo de su vagina y no lo siente?", con esa mirada confundida la veía mientras sólo trabajaba rápidamente con su pelvis, desplazando ambos cuerpos. – Hazlo adentro- le pidió, sintiendo la tensión en su espalda, en su enrojecida espalda, sintió más pesada su respiración de negligencia.

- No, adentro no- gimió, sintiendo los primeros espasmos de una eyaculación concentrada de semana y media.

- Por favor- suplicó, clavándole las uñas por el placer que sentía al estar siendo penetrada, por la excitación de la anticipación de aquella eyaculación, sintiendo las embestidas profundas y marcadas de Phillip, tan excitada estaría que no se había terminado de correr cuando ya sentía que se corría de nuevo.

¿Cómo negarle a Natasha algo que coronaba con un "por favor"? Phillip se aferró a ella todavía más, ambos apretando sus mandíbulas fuertemente, Natasha gimiendo a través de ella mientras fruncía su ceño, sintiendo a Phillip deslizarse contra su pecho por el sudor que la fricción entre ambos creaba. Phillip gruñó, acelerando el ritmo de sus penetraciones, Natasha sollozó ante su rápidamente provocado orgasmo, más en un sentido psicológico que físico, y sintió a Phillip relajarse poco a poco mientras el calor en su vagina incrementaba, que no sintió nada ajeno a ella más que el simple calor que la inundó. Abrazó fuertemente a Phillip, no sabiendo ni dónde estaba en ese momento, más que en los brazos del hombre que, veintitrés minutos atrás, se había arrodillado ante ella y, con un Tiffany de dos bandas de diamantes blancos encerrando una de diamantes rosados, le pidió que se casara con él, a lo que Natasha se había arrodillado con él y se le había lanzado encima de la emoción. Phillip cayó lentamente sobre Natasha, sobre su pecho, escuchando su corazón latir muy rápido, escuchando cómo sus pulmones se llenaban de un oxígeno que entraba por pocos por los jadeos.

- ¿Eso fue un sí?- murmuró, recorriendo los hombros de Natasha hasta sus manos, tomándoselas entre las suyas, entrelazando sus dedos.

- ¿Cuánto pesas?- rió Natasha, dándose cuenta que su falta de aire era más por aquella bestia de hombre encima suyo que por el reciente orgasmo.

- Ciento ochenta y cinco, ¿y tú?- sonrió, volviéndola a ver, retirando su peso y apoyándose con sus brazos de aquel plástico de burbujas, reventando algunas por la fuerza.

- Ciento veintitrés- se sonrojó. – Mi amor…hay algo de lo que tenemos que hablar- esas palabras, el "tenemos que hablar" hieren a cualquiera, y Phillip sintió como si un vacío se le materializara en el estómago. – Mírame, por favor- susurró, tomándolo por las mejillas. - Si yo, en este momento, acepto, no me puedo casar contigo…mis papás enloquecerían, pues, es que mi mamá se casó a los veintiocho y una vez me dijo que ni se me ocurriera andarme casando tan joven, mi papá tenía treinta…

- ¿Eso es un "sí" pero que lo debo tomar en serio hasta que tengas veintiocho?- murmuró.

- Es correcto, Phillip- sonrió, acariciando su rostro.

- ¿Es por dinero? ¿Te desheredarían? ¿O qué?

- El dinero no me importa, no tienen manejo sobre eso, pues, de mis cuentas personales al menos no…me importan mucho, me gustaría que estén no sólo el día de mi boda, sino toda mi vida…- Phillip respiró profundo. - ¿Te molesta esperar?

- Acabas de aceptar a largo plazo, pueden pasar muchas cosas mientras tanto que, quizás, a la larga, no nos dejen casarnos

- Have a little more faith in us(Tener un poco más de fe en nosotros)- sonrió, irguiéndose con sus codos y acercándose a Phillip. – If you don’t, I’ll have faith for both of us…and I’ll work damn hard to keep you from slipping through my fingers…( Si no lo hace, voy a tener la fe para los dos ... y voy a trabajar muy duro para evitar que se deslice a través de mis dedos ...)

- Entonces, para mientras…- dijo, alcanzando la cajita cian. – Te lo pondré en la mano derecha, para que no se te olvide lo que me prometiste- besó el anillo y se lo deslizó por el dedo anular derecho.

Lena vivía un tanto estresada, preocupada, asfixiada por algo que ni ella sabía qué era, pues, que en el fondo sabía muy bien, quizás sólo no quería aceptarlo. Había tres cosas que podía hacer para distraerse de esos pensamientos, pues no quería siquiera otorgarles tiempo de consideración, y eran: caminar por el Parque Sempione y fumar dos o tres cigarrillos mientras se paseaba por los caminos angostos del parque, o sentada en una banca, para luego regresar a casa, a tres calles de ahí, o ir a su clase de cocina, pues ya había aprendido a trabajar las cincuenta horas, ni un minuto más, en la oficina, y su clase de cocina siempre le enseñaba algo nuevo, así fuese quebrar un huevo con una mano, o cortar cebolla sin llorar, o, su favorito, a hacer un croissant, o, ir a su salón de carpintería, que era en realidad una bodega con baño, lo que le permitía quedarse a dormir en un colchón inflable por si se quedaba hasta tarde trabajando, entre el olor a madera de pino, que era su favorita. Lena ganaba alrededor de dos mil quinientos euros netos al mes, pues, por impuestos, y vivía con quinientos, pues le daban servicios básicos y vivienda, el resto lo utilizaba para comprar ropa, invertir en materiales para construir y confeccionar sus muebles y para pagar sus clases de cocina, aunque Sergey siempre le daba una mensualidad, que era mayor a su sueldo, y había decidido guardarlo todo en una cuenta aparte por cualquier cosa. Había dejado de trotar por las mañanas, por pereza y porque siempre se dormía tarde, había días en los que no dormía por estar trabajando en alguna creación, que luego vendía a un precio muy bajo para todo el amor, el tiempo y la dedicación que le ponía; diseño que le denegaban en Armani Casa, diseño que salvaba de las garras de sus compañeros de trabajo y los ejecutaba ella por aparte cuando ya habían cumplido el mes reglamentario de haber sido rechazados.

*

- ¡Papi! ¡Papi!- murmuraba, intentando encontrarlo para no encontrarlo. - ¡Papi! – volvió a llamar.

- ¿A quién buscas?- le preguntó Yulia, con una sonrisa tierna, pues, por estar jugando en su iPhone, no había escuchado que buscaba a Papi.

- A Papi- la volvió a ver, como diciendo "¿No es obvio?"

- Quizás se está bañando- dijo, bloqueando su iPhone. – Te ayudaré a buscarlo

- ¡Agnieszka!- llamó, que inmediatamente salió aquella mujer del cuarto de lavandería. - ¿Ha visto a Papi?- preguntó, con cara de preocupación.

- Estaba en su habitación la última vez que lo vi- respondió, hundiéndose entre sus hombros.

- ¡Papi!- volvió a llamar y no escuchó nada, para ese entonces ya habría aparecido.

- Darth Vader podrá ser un marica, pero Papi tiene complejo de tortuga- rió Yulia, viendo a Papi, el French Bulldog Beige, Papi Noltenius, que estaba sobre su dorso, intentando volver a las cuatro patas, pero no podía. – Ya está- sonrió, tomándolo en sus manos y colocándolo sobre sus cuatro patas.

- Tía Yulia es Bully- rió, acariciándolo por detrás de sus orejas.

- Oye, respétame, Felipe- sonrió, Yulia, desbloqueando su iPhone para reanudar su desestresante juego, que no le ayudaba con el estrés en realidad, pues no podía pasar de nivel, pero le ayudaba a matar el tiempo. – Dice Natasha que en un momento deberían estar tocando la puerta los de Harry Winston

- ¿Qué compró ahora?- rió, sacudiendo su cabeza. Yulia abrió el WhatsApp y le preguntó.

- Dice que mandó a pulir sus aretes y tus mancuernillas
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jul 30, 2015 10:38 pm

Verano dos mil diez. Vacaciones en Punta Cana. Era segundo verano que pasaban juntos, ya se empezaban a sentir como familia, siempre compartiendo la misma habitación, que había una sola cama, enorme, en la que podrían haber dormido los tres, pero no, eso no se podía; ni Phillip ni Yulia podían concebir la idea de compartir la cama con el otro, así fuera que Natasha los uniera. Hay algo que tengo que explicar: Yulia, en aquel entonces, no tenía secretaria, que pronto la tendría, que no sólo sería secretaria sino asistente personal, y era ella quien se encargaba de hacer las reservaciones. Pues, habían decidido quedarse en una Junior Suite que tuviera vista a la playa y, literalmente, acceso directo a ella, pero pasaba que la habitación estaba programada sólo para dos personas, por lo que Yulia reservó dos, una para ella y otra para Natasha y Phillip, pues ella entendía la necesidad de privacidad pero, no fue hasta que Natasha se dio cuenta, que la obligó a cancelar su habitación y sólo decir que utilizarían el sofá cama, que no era posible aquello que ella pensaba hacer, pues, en esa semana, la madre naturaleza tenía programado sus cinco días y, sabiendo que Phillip era demasiado caballero, Yulia no tendría que dormir en el sofá y Natasha sería feliz, sin sexo esos días, pobre Phillip, y durmiendo con su mejor amiga. Que eso fue exactamente lo que sucedió.

El error, de aquella locación, eran las cantidades inimaginables de todos los tipos de ron que había, y el error era la fusión de ron, playa, calor y vacaciones, un sinónimo para sedentarismo alcoholizado, que utilizaban para contrarrestar aquellos interminables días de estrés laboral. Se estarían quedando nueve días en Punta Cana, en aquel paraíso, y se bebían, entre los tres, de cuatro a cinco botellas en el transcurso del día, hagan los cálculos y resulta una membresía segura en Alcohólicos Anónimos. Pues el día funcionaba así: amanecer alrededor del medio día, empezando con la primera botella de ron, que Phillip se lo bebía en calidad de Cuba Libre y, las Señoritas, en calidad de Piña Colada o Cuba Libre, pero bebían desde que se despertaban, almorzaban y desayunaban en el almuerzo, siempre mariscos, decididos a probarlo todo en el menú, unas horas de sol, en la piscina o fuera de la piscina, tirados en la playa, sobre la arena o sobre un chaise lounge, en el mar o simplemente por quedarse dormidos en una hamaca en la terraza de la habitación, luego más alcohol entre siesta y siesta o entre las pláticas, cena y más alcohol, en la habitación más alcohol hasta quedarse dormidos. Fue el miércoles de la primera semana que sucedió lo que muchos podrían haber confundido con un ataque lésbico, pero no, o quizás sí y decidieron tomarlo a la ligera, esto fue lo que pasó:

- Al carajo con el calor- se quejó Yulia, empinándose su vaso de Cuba Libre.

- No te quejes, mira que el invierno ya se acerca y te estarás quejando de frío- rió Natasha, acomodándose más cerca con Yulia. Sólo había una hamaca, Yulia la había ganado, pero Natasha se había metido con ella, más que le gustaba el olor al bronceador de Yulia, acostándose ambas al sol.

- En realidad tú me das calor, snuggling aquí conmigo…

- ¿No te gusta estar cuddling conmigo?- rió, abrazándola más. Estaba entre el brazo de Yulia y su pecho, viendo el enredado de la hamaca, pues estaban como hundidas en ella, era quizás por el peso de ambas.

- Pues, creí que Phillip era el que tenía ese trabajo

- Phillip no está, se fue a bucear…y tú eres mi mejor amiga, eso me da derecho a abrazarte y a muchas otras cosas más…

- Entonces es culpa de Phillip que tenga calor- rió a carcajadas sarcásticas, abrazándola fuertemente, así como un tiempo después abrazaría a Lena.

- Ay, no te quejes, tampoco es como que él te diera frío

- Al menos no te tuviera aquí, echándome la pierna….no me hagas caso, creo que ya estoy borracha

- Yo amanecí borracha…

- Carajo, qué calor

- Ay, ya, déjame hacer algo en cuanto a eso

- ¿Te vas a bajar de mi hamaca?

- Ya quisieras- rió, llevando sus manos a las caderas de Yulia, halando los cordones de spandex de sus panties para deshacerlos y, seguidamente, haló sus panties hasta quitárseos.

- Pensamiento en voz alta, dos puntos: no sé qué es más raro, que tú me estés quitando el bikini o que yo me esté dejando

- Para que deje de ser raro, también me lo quito yo- rió, quitándole la parte de arriba, sabiendo que eso sonaba aún peor.

- Allow me, busy hands(Permíteme, manos ocupadas)- Yulia tenía razón, la situación era rara, pero estaban entre bromeando y entre ebriedad, no pasaba nada.

- ¿Ves?- susurró Natasha, cerrando sus ojos entre el brazo de Yulia y su pecho.

- ¿Qué veo? Tengo los ojos cerrados- sonrió, llevando su mano a su entrepierna para taparse, por cualquier cosa.

- Que así está mejor, se te quita el calor

- Lo único que veo es que parecemos lesbianas

- No me importa- rió Natasha. – Aquí nadie me conoce, que piensen lo que quieran…tú sabes que no lo soy, y de ti, pues, no lo comprobaré hasta que te vea con un macho- sonrió, abrazándola por su cintura, aprisionando sus senos contra el costado de Yulia, quien reía ante las ocurrencias de Natasha. – Oye, ¿puedo preguntarte algo?

- You just did( solo hazlo)- sonrió, quitándose las gafas de sol, pues sentía que se quedaría dormida y no quería la marca de sus gafas en su rostro.

- They’re not real, aren’t they?( No son reales, verdad?)- preguntó, rozando con su dedo índice su seno izquierdo.

- ¿No parecen?

- No, se ven muy bien formadas, hasta diría que son simétricas

- Y me lo dices tú que juro que son más grandes las tuyas que las mías…

- Las mías son naturales, dispuestas a una reducción, aunque a Phillip eso no le llama la atención…el punto es, no son reales, ¿verdad?

- No tengo implantes

- No te creo

- Siéntete en plena libertad de tocarlas para que se te quite la incredulidad…- suspiró, pasando sus brazos tras su cabeza para broncearse la parte interna de sus antebrazos y sus costados mientras sentía a Natasha tocarla con plena libertad, que dejó de saber qué pasó, pues se quedó dormida bajo el sol.

Para Lena ese verano no fue el mejor, en realidad fue el peor, pues una madrugada de viernes, mientras bebía una cerveza y curaba la madera del escritorio que acababa de ensamblar, recibió la triste noticia que Alexander, su abuelo materno, había fallecido de un infarto cerebral. Quizás Lena no reaccionó de la mejor manera, quizás la reacción que tuvo fue no reaccionar de ninguna manera. Si bien era cierto, Lena lo adoraba pero, al estar en otro lugar, no haberlo visto en un año, la manera en cómo le avisaron de su muerte, era como si no hubiera sucedido, quizás era la negación, quizás la insensibilidad, quizás lo lacónico de su recién adquirido carácter darwinista. Fue tanta la confusión de su reacción, que prefirió no ir a Roma, prefirió no escuchar más del tema a pesar de que Inessa le llamaba una o dos veces al día, a veces al trabajo, preocupada por saber si estaba bien, y si lo estaba. A partir de la muerte de Alexander, hicieron que Olivia, su abuela materna, se hiciera una revisión general para evitarse más sorpresas, que no les salió como pensaban, pues Olivia estaba con el cáncer ya muy avanzado; pulmones, estómago, páncreas y el hígado iba en camino; no duró ni dos semanas. Lena actuó de la misma manera, indiferente, y se sentía culpable por eso, a veces, por las noches, tras una botella de Smirnoff, se echaba a llorar en su improvisada habitación. Lloraba porque sentía culpa al no sentir nada por la muerte de sus abuelos, aunque quizás era lo que pensaba cuando en realidad lloraba de dolor, un misterio que nunca vamos a saber, ni ella ni yo. Se enrollaba en una cobija, con la botella del cuello y se la empinaba, entre sus lágrimas, sin gracia alguna, drogándose con el barnizado de la madera.

Noviembre dos mil diez. Natasha apenas acababa de cumplir veintiséis, eso de esperarse a los veintiocho se le hacía demasiado lejos, como si faltara una vida entera, pues, es que dos años era demasiado, eso se lo acepto. El día de Natasha era así: el despertador sonaba a las seis y media, se despertaba y le daba "snooze", volvía a sonar a las seis y treinta y cinco, era cuando se levantaba. A veces se levantaba en su apartamento y Phillip simplemente ya no estaba, a veces se despertaba donde Phillip, pero, siempre que se despertaba, Phillip ya se había levantado y ya tenía media hora de estar haciendo ejercicio; la media hora que corría para luego levantar pesas. Se duchaba por quince minutos si no se lavaba el cabello, por veinticinco si lo lavaba; pues se lo lavaba cada dos días, se lo secaba rápidamente con un secador de cabello T3 y un cepillo redondo para alisar su cabello ya liso y dirigir las puntas levemente hacia afuera, un poco de gel de aceite para que no se viera plano y muy liso, sino con forma y volumen, un vistazo a su walk-in-closet, arrojándose la ropa, y las siete y cinco, poniéndose los Stilettos, se maquillaba y, rociándose un poco con su Chloe by Chloé, las siete y media , sacando su abrigo del closet de la entrada, si es que era invierno, bajando para encontrarse con Hugh, quien ya la esperaba frente al Lobby con un Bagel relleno de queso Philadelphia y un Vanilla Spice Latte para que desayunara en el camino hacia Garment District mientras admiraba su anillo de compromiso y cerraba los ojos para intentar que el tiempo pasara más rápido.

- Buenos días, papá- saludó Natasha con una sonrisa, masticando su Bagel mientras faltaban todavía veinte minutos para que entrara a trabajar y se encontraba, como cosa rara en Manhattan, parada ante un semáforo en rojo en plena hora pico.

- Buenos días, cariño, ¿estás en el trabajo ya?

- No, voy en camino todavía. ¿Qué tal estás? ¿Todo bien en Westport?- preguntó, haciéndolo sonar como si Westport estuviera tan lejos.

- Cariño, ¿estás libre esta noche?- repuso, obviando sus preguntas, cosa que no era una buena señal.

- Sí, claro que sí- tragó, sintiendo la necesidad de un cigarrillo de manera inmediata, por lo que bajó la ventana y, con el Latte entre las piernas, el Bagel en una mano, encendió un cigarrillo temblorosamente. Vaya desayuno.

- ¿En dónde te gustaría comer?

- ¿Viene mamá también?- inhaló sobre su café a través de su nariz mientras bebía un sorbo.

- Sí, también viene tu mamá

- ¿Jean Georges a las seis?

- Como tú digas, cariño. ¿Cómo estás?- su tono había cambiado de negocios a papá cariñoso y preocupado.

- Bien, bien, ¿y tú?

- Bien, también, ¿cómo está Phillip?- preguntó. Ah, ya era demasiado raro, él nunca preguntaba por Phillip, era como si no le cayera bien, ese era su trabajo como suegro, pero, ¿por qué preguntar por su peor enemigo?

- Muy bien, siempre con mucho trabajo

- ¿Y Yulia? ¿Cómo está?- eso era todavía más raro, algo definitivamente no estaba bien.

- Muy bien, también con mucho trabajo

- ¿Será que puede acompañarnos a cenar?

- ¿Yulia o Phillip?- dijo, emocionada, pensando más en Phillip que en Yulia.

- Por supuesto que Yulia, cariño- rió Romeo.

- Le preguntaré, pero milagros no hago, papá

- Me gustaría mucho que nos acompañara, si no está disponible, no habrá ningún problema

- Está bien, la persuadiré en caso de que se niegue

Phillip empezaba el día en el monumento a los héroes de Vietnam, ahora con dos placas en el pecho, la de su papá y la de Christopher, quien, desafortunadamente, no había logrado llegar a la clínica luego de una intervención en Afganistán y sus cosas le habían llegado por correo postal, que debía enviárselas a su familia, pero se quedó con la placa, para acordarse cada día de él, para no olvidarse de la suerte que tenía de tener seguridad, tanto física como emocional. Al otro lado del mundo, Lena Katina tomaba su descanso diario, de una hora exacta, la que utilizaba para comer en el Passagio Duomo 2, así es, en McDonald’s, ingiriendo cantidades industriales de comida: Big Mac sin pepinillos y con doble queso, nueve Chicken Nuggets con salsa barbacoa, Patatine grande y Coca Cola grande; dispuesta a engordar una talla, para llegar a una más sana talla cuatro, cosa que estaba logrando, pues sus pantalones talla dos habían dejado de cerrarle cómodamente, pero un talla cuatro le quedaba demasiado flojo. Yulia, por el otro lado, tenía su primera reunión con los del mantenimiento anual de la fachada de Prada en Soho, a plenas ocho de la mañana.

*

- Lena,, despierta- susurró Natasha, apartándole suavemente el cabello del rostro. – Lena…amor, Lena, despierta- dándole besos en la cabeza, tratándola con cariño, así como le gustaría a ella que la despertaran, que en realidad Phillip así la solía despertar los fines de semana. – Hora de levantarse…

- Cinco minutos más…- balbuceó entre quejidos soñolientos, dándose la vuelta y revelando su desnudo cuerpo al salirse completamente de la toalla.

- No, vamos, Lena…el séquito de dolor ya está aquí- dijo desde lo lejos, sacando ropa adecuada para que Lena se vistiera.

- He dormido tan rico- suspiró, abriendo sus ojos poco a poco, pues la luz obviamente le molestaba.

- No lo dudo, amor… ¿te sientes bien?- se acercó a ella y le empezó a poner, así como estaba, acostada, un pantalón de yoga gris.

- Un poco mareada…- se sentó lentamente sobre la cama, ayudándole a Natasha a ponerle una camisa de botones color salmón, la primera que había visto de botones, para que, cuando tuviera que quitarse la camisa, no se arruinara el peinado.

- Con un poco de agua te vas a ir despertando poco a poco, ahora, repasemos, ¿qué dirás si te preguntan por qué vives con Yulia?

- Soy su compañera de vivienda, pagamos la renta juntas

- ¿Qué evento tienes?

- Una boda

- ¿De quién?

- De la hermana de Yulia

- ¿Y por qué no está Yulia aquí?- terminó de abotonarle la camisa.

- Porque tenía que hablar de negocios con Phillip, urgentes negocios

- ¿Dónde es la boda?

- En Westport

- Excelente, Lena, no estás tan drogada como creí que estarías… ¿quieres algo de comer?- Lena se negó con la cabeza, estregándose los ojos con sus manos. – Ve donde Oskar, amor- le dio un beso en la frente y salió de la habitación.

Cada segundo que pasaba, Lena se sentía más cerca de una firma, más nerviosa, con más ganas de vomitar, no con ganas de salir corriendo, porque no quería eso, simplemente esa sensación tenía. Era lo que más quería, pero le asustaba al mismo tiempo, ¿qué tal si la firma no le salía bien? ¿Qué tal si Yulia se retractaba? ¿Qué tal si la comida era espantosa? ¿Qué tal si lo-que-sea?, y sacudía su cabeza para ahuyentar sus pensamientos catastróficos, si todo estaría bien, todo resultaría bien, Yulia, la familia, los amigos, Natasha que se había encargado de tenerlo todo bajo control en cuanto a todo, porque eso era lo que hacía demasiado bien, no dejar pasar ningún detalle. Se puso de pie y vio a Darth sentado, esperándola y, con su cabeza ladeada, viéndola con preocupación. Lena chasqueó sus dedos y Darth Vader se movió hacia ella, lamiendo sus pies, dándole cosquillas.

- ¿Cómo estás?- susurró, tomándolo delicadamente con sus manos y subiéndolo a su regazo, haciéndole cosquillas por las pequeñas cebolletas en sus muslos. – Ven, vamos a que hagan un milagro con esta cara- rió, haciéndose burla a sí misma, volviéndolo a poner sobre el suelo, poniéndose de pie, un tanto mareada, pero sonriente, algo en Darth Vader, o en el cosmos, la relajaba, o quizás era la pizca de aquella droga que todavía corría por su torrente sanguíneo.

- ¡Lena, Darling!- gritó Oskar, así de exasperante como siempre, levantando sus manos de una particular manera, con su sonrisa blanca y su exagerado expresionismo facial.

- Hola a todos- balbuceó Lena, viendo a seis mujeres instalar dos sillas de cuero en la sala de estar, que habían movido los sofás, y luego instalarían una especie de mueble con espejo, todo muy provisional y portátil. - ¿Algo de tomar?

- Ay, no, Lena, ven…siéntate-le dijo, dándole unas palmadas a una de las sillas de cuero. – Te ves muerta, ahora sí me llamarán Dios, pues haré milagros contigo- rió, saltando frenéticamente por la emoción. - ¿Quién es el chiquitín?- preguntó, refiriéndose a Darth Vader, quien se había sentado bajo uno de los banquillos del desayunador y veía a Lena fijamente.

- Se llama Darth Vader- murmuró, sintiendo a Oskar tomar su cabello.

- ¿Te lavaste el cabello, ahora, Darling?- sus manos halaban esos cabellos individuales que dolían. Lena asintió, y pudo sentir la exhalación olor a menta de Oskar.

- Oskar, trátala bien, por favor, ha tenido una semana de infierno- dijo Natasha, sentándose en la otra silla.

- Oskar siempre trata bien a las Princesas- rió, colocándose frente a Lena para ver su rostro. – Déjame verte bien, tú sabes, Darling, las arrugas…

- No creo que tenga arrugas, Oskar- resopló Natasha, sintiéndose aburrida ya de aquel tipo en pantalón azul oscuro muy ajustado a sus delgadas piernas, camisa de un patrón floreado muy meticuloso, que daba la sensación de ser magenta, corbata amarilla, más bien laser lemon, y en sus zapatos de cuero brilloso, casi de charol.

- Oskar, hoy no estoy de muy buen humor- murmuró Lena, que una de las ayudantes le quitaban las manos de la cara para manicurárselas. – Cut the crap

- Ay, Darling, te tienen mal cogida- bromeó, no sabiendo realmente de lo que hablaba. Natasha volvió a ver a Lena con la mirada de "cálmate". – Anyway, ¿de qué color las quieres?

- El veinticinco, como desde hace un año, por favor- dijo entre dientes, hablando de YSL. – Sólo limado

- ¿Y tú, Señora Noltenius?- se volvió a Natasha.

- Noir Primitif

- Lena, ¿siempre el Middleton Updo?- preguntó, hablando del moño, el cual Lena había probado a principios de la semana anterior. Ella asintió. – Sin mucho spray, ¿verdad?- volvió a asentir.

*

Natasha veía las horas pasar con la peor de las lentitudes, no podía concentrarse en nada, no podía siquiera leer los perfiles de los trabajadores de Project, y, ese día, luego de la llamada de Romeo, se le hacía difícil, ¿qué podría tener que decirle? ¿Yulia presente? ¿Ella escogiendo el lugar para cenar? Y le daba vueltas, y más vueltas, y no lograba imaginarse nada, ni bueno ni malo, pero no podía ser bueno.

- Estudio Volterra-Vensabene, oficina de Yulia Volkova, buenos días- contestó una voz nueva, aguda, confusa.

- Buenos días, me puede comunicar con la Arquitecta Yulia Volkova, ¿por favor?- murmuró Natasha.

- La Arquitecta Volkova no está disponible, ¿quisiera dejarle algún mensaje?- ah, eso era, tenía voz de Hot Line.

- ¿Está en alguna reunión?

- No puedo darle esa clase de información

- Oiga, no es secreto de Estado, sólo necesito saber si está en alguna reunión- gruñó, arrancándose las gafas.

- La Arquitecta Volkova no está disponible en este momento- repitió, como si Natasha fuera estúpida, tanto para que se lo repitiera. - ¿Quisiera dejarle algún mensaje?

- Mire, si no está en una reunión, póngala al teléfono que me urge hablar con ella

- Lo siento, sólo puedo tomar mensajes- reafirmó, poniéndose nerviosa por el maltrato a través del teléfono.

- ¿Cómo te llamas?

- Gabrielle- respondió, tragando con dificultades.

- Gabrielle, mucho gusto, soy Constance Noring- dijo, aguantándose la risa, pues su nombre era más bien una broma para "constant snoring". - Llamo del CitiBank, que tenemos un problema con su cuenta de ahorros

- Permítame un momento, se la comunico- y la colocó en espera, Natasha aguantándose una enorme risa, la primera del día.

- Volkova- respondió Yulia al teléfono.

- Soy yo- rió Natasha.

- Coño…- suspiró. – Oye, no me juegues esas bromas- rió, tomándose el pecho, jugando con su nudo argelino.

- ¿Estás en una reunión?

- No, sólo me estoy masturbando en la oficina- rió Yulia. – No, es broma, antes de que me digas algo…estaba estresándome con la habitación del bebé de Marion

- ¿Marion?

- Sí, tú sabes…Édith Piaf- suspiró, como si un famoso fuera un cualquiera, porque lo era.

- Non, Rien de rien- tarareó Natasha. - ¿Cotillard?

- Es correcto, Nate…

- Oye, ¿qué coño con la tal Gabrielle?- preguntó, acordándose del disgusto.

- Ah, es mi asistente y mi secretaria

- Ah…- murmuró, en el mismo tono de Yulia. – Oye, ¿tienes planes para ahora en la noche?

- Tenía una cita con el Steinway, pero si me das algo más interesante, la tendré que cancelar

- So, esto fue lo que pasó, para que tengas una idea…

- Soy toda oídos- sonrió, tomando una de sus guías Pantone y buscando el verde para considerar tonos, sólo para introducirlos al programa y colorear las paredes, pues se había pasado la mañana en diseñar la habitación en SketchUp.

- Me llamó mi papá, que quiere que vaya a cenar con él y mamá

- Es una buena noticia, ¿no?- preguntó, colocando el teléfono entre su hombro y su oreja para digitar el código en SketchUp.

- Pues, quieren que vayas tú

- ¿Yo?- rió. - ¿Y qué tengo yo que hacer en una reunión familiar?- "Ugh, qué feo este color".

- Pues, no sé, y papá todavía me preguntó por Phillip

- Carajo, amiga, estás cagada

- Oye, no me cagues más, acompáñame, ¿sí?

- Claro que sí, sabes que por ti, lo que sea, menos patrocinarte o asolaparte un aborto

- Tú y tus ocurrencias- rió, sintiendo cómo se relajaba con sólo saber que Yulia la acompañaría. - ¿Te recojo en la oficina a las cinco y cuarenta?

- Siempre, amor

- Gracias…y discúlpame por lo de tu asistente

- Un besito, o dos… ay, que te como a besos mejor- sonrió, poniendo abajo el teléfono y sacudiendo su cabeza mientras soltaba una risa nasal. Digitó el código correcto: 3375 y le gustó su invención; cosa que escribió en su bitácora, pues ella sólo debía entregar el diseño con especificaciones, no ambientaría la habitación, pues era en París y no en Nueva York, y debía considerar que todo fuera un tanto universal para que, quien fuera que ambientara la habitación, pudiera encontrar algo igual o noventa por ciento parecido. – Gaby, ¿puedes venir a mi oficina un segundo, por favor?- dijo por el intercomunicador.

- Arquitecta- sonrió, entrando a los diez segundos.

- Gaby, ya te dije que me llames "Yulia", por favor

- No puedo, Arquitecta- agachó la cabeza.

- Algún día…-suspiró Yulia. – No te voy a regañar, tranquila- rió, viendo cómo aquella mujercita se relajaba. – Para futuras…no sé cómo se dicen…mmm…futuras "referencias"- dijo, sintiendo su iPhone vibrar en el bolsillo de su pantalón. – Cuando te diga que no me pases llamadas, no me las pases a menos de que sea interna, alguno de mis clientes, Natasha Roberts o del banco, por favor

*

Phillip se revolcaba en el suelo, peleando con aquel chiquitín, gruñéndose mutuamente por pasar el rato, según Phillip haciéndolo macho, molestando a Yulia que eso era lo que le faltaba a Darth Vader, una figura viril, a lo que Yulia respondía con algún comentario al azar que cuestionaba su extraordinario nivel de virilidad, pues machista no era; odiaba cuando Patrick, su mejor amigo, decía que la novia no debería trabajar en un banco, sino en la cocina, que por eso estaba tan mal la economía. Phillip le había preguntado a todas sus amistades si sabían de alguien que tuviera French Bulldogs a la venta, y nadie tenía a pesar de ser la segunda raza más común en Manhattan, según estudios, por lo que, en su inmensa desesperación, quizás arriesgándose a que Natasha no estuviera de acuerdo, o de arruinar la sorpresa, había tomado su iPhone y había llamado a Yulia, quien le acordó que debería buscar en un refugio de animales, que quizás no sería de Pedigree, pero que resultaban ser buenos perros, así como Piccolo. Y así se dirigió al control de animales de Manhattan, y no sólo se enterneció con las diferentes especies que había ahí, sino que hizo una donación de cinco cifras y encontró a dos posibles candidatos para ser adoptados; un French Bulldog blanco de cinco semanas, y uno beige de cuatro semanas, la misma edad de Darth Vader. Y consideró la edad para que su Carajito tuviera con quién jugar, pero que ni uno ni el otro peligraran la vida del semejante, llenó el formulario y, al día siguiente, se lo entregaron. Un perro no era un hijo, y quizás Natasha lo vería como insulto después de lo que pasó, pero no.

Yulia ya se encontraba igual que Lena, pero en un sillón de la sala de estar del Penthouse de los Noltenius, todo mientras gozaba del animalismo entre Phillip y Papi e intentaba platicar con el supuestamente adulto; con sus pies en agua tibia, preparándolos para un pedicure, mientras escuchaba su lista de canciones para relajarse; las veinticinco más escuchadas: Fix You de Coldplay, porque, ¿a quién no le gustaba esa canción? My Kind Of Love de Emeli Sandé y People Help The People de Birdy, porque le removían hasta la fibra más dura, Tolerância de Ana Carolina, la que representaba al portugués y que era sexy, La Cose Che Vivi y La Solitudine pero en concierto, porque eran las dos canciones que cantaba con emoción, Stop Stop Stop de Via Gra, porque era en ruso, y era sexy, Rattle de Bingo Players, Mama Lover de Serebro y Mr. Saxobeat porque sabía que con esas canciones podía trabajar el caño, Vogue porque era como un himno, Época de Gotan Project, por ser el tango más sensual que existía, Flawless de George Michael porque la hacía sentir en un Lounge neoyorquino de buen gusto, Bittersweet Symphony por "Cruel Intentions", M’en Aller para representar al francés, The World We Live In, This Is Your Life, When You Were Young y Mr. Brightside de The Killers porque juntas hacían la mezcla perfecta para describir el diez por ciento de su vida, Sorry Seems To Be The Hardest Word de Elton John a dueto con Blue y Cry Me A River de Diana Krall para honrar al despecho sin sentido, You’ve Got The Love porque le encantaba la voz, Murder Weapon de Tricky porque le encantaba el ritmo, White Knuckle Ride de Jamiroquai porque era la máxima expresión de lo que pasaba cuando el jazz funk y el acid jazz decidían concebir, y, por último, Set The Fire To The Third Bar de Snow Patrol, porque era la canción que había escuchado hasta el cansancio, la que había escuchado más de quinientas veces porque era su favorita. Lo suficiente para relajarse totalmente.

- Arquitecta, ¿Rose Abstrait y Blunt Updo?- preguntó la asesora de imagen, que era de Margaret.

- Inna, tú sí sabes lo que debes hacer- sonrió Yulia con sus ojos cerrados, sintiendo un masaje en sus pies como ningún otro.

- Sin pestañas y sin drama, ¿verdad?- Yulia asintió e Inna introdujo nuevamente el audífono de Yulia en su oído.

Yulia no soportaba a Oskar, había dejado de soportarlo para la boda civil de Natasha, cuando él insistió en hacerle el moño a su gusto y no cómo ella decía; para que, al final, Yulia terminara deshaciéndoselo para dejarlo suelto, tal y como un J. Mendel de ese calibre no debería ser opacado por un horrible cabello, que no se le veía nada mal, simplemente eran los típicos complejos de mujeres.
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Jul 30, 2015 10:41 pm

- Ay, mamá, no me digas que ya dejaste el alcohol- bromeó Natasha en cuanto el mesero se fue, pues Margaret había negado una copa de Château Margaux ’68 y había pedido, en vez de eso, un Bloody Mary virgen, o sea que ningún tipo de alcohol.

- Habríamos querido esperar hasta después de la cena, al menos…pero creo que es hora de hablar- dijo Margaret, cerrando el menú y quitándose sus gafas Lanvin, que eran el repuesto de sus desde-siempre-gafas-Versace hasta que la graduación había tenido que aumentar, Romeo le tomó la mano, Natasha volvió a ver a Yulia y Yulia hizo lo mismo que Romeo pero por debajo de la mesa.

- Dame un segundo, por favor- murmuró Natasha, levantando su índice, tanto para pedir tiempo, como para llamar a un mesero. - ¿Tequilas?

- Gran Patrón, Don Julio y 1800- sugirió el mesero.

- ¿Por botella?

- Sólo Don Julio- sonrió.

- Tráigala, y hágalo seco, por favor- ordenó Natasha. – Dos shots, si se quiere lanzar al estrellato, por favor- el mesero agachó la cabeza y se retiró, Natasha respiró hondo y entrelazó sus dedos con los de Yulia, Yulia simplemente había encerrado la mano de su mejor amiga entre sus dedos y su otra mano, para reafirmarle un "aquí estoy, y no me voy". – Cero comentarios al respecto, por favor- pidió a sus papás, empezando a perder el color que le daba el flujo de sangre. – Bien, adelante con la noticia- Natasha se esperaba algo malo, pero superable y algo con lo que se podía lidiar en el día a día, pero fue peor, que se podía lidiar con ello, sí, pero era más difícil de digerir.

- Bueno, cariño, como tú sabrás, tu mamá y yo nos hacemos una revisión médica anual- Natasha asentía, anticipante por la mala noticia, estrujando los dedos de Yulia.

- Ella…- murmuró Margaret.

- ¿Mamá?- repuso Natasha, entendiendo que se trataba sobre Margaret y no sobre Romeo.

- Natasha, perdón…todo va a estar bien- la consoló.

- ¿Qué va a estar bien? ¿Qué es todo?- le tembló la voz, dejó de pestañear, y Yulia vio cómo sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas, algo que le supo romper el corazón en mil pedazos.

- Yo estoy bien, la presión un poco alta nada más- sonrió Romeo, volviendo a ver a Margaret con aquella mirada enamorada, como en la fotografía de su boda; que Margaret había vestido Versace, muy avant-garde para la época, cuando Versace apenas empezaba, que quizás ahora se vendería, por supuesto que como "vintage", por miles de veces más de lo que costó en aquella época, aunque en realidad era "retro". – Pero no es nada de qué preocuparse

- Y tú, ¿mamá?- tartamudeó, no desviando su mirada ni cuando el mesero le llevó la botella de Don Julio.

- Pues…todo va a estar bien- sonrió. Yulia sintió como si el tiempo se detuviera y sólo Natasha se moviera, en silencio, en angustia, sirviendo los dos shots de Don Julio con su mano izquierda, sin soltar su mano, que Yulia ya empezaba a sentir un inmenso calor que provocaba sudor.

- Dilo- puso la botella sobre la mesa y llevó sus dedos a uno de los shots que estaban frente a ella.

- I’ve got cancer…(tengo cáncer)- murmuró, intentando tomarle la mano a Natasha, pero simplemente no pudo, pues Natasha se llevó el shot a la garganta, luego el otro. – Todo va a estar bien- repitió, consolándola.

- ¿De qué?- logró expulsar, sirviéndose temblorosamente otros dos shots.

- No te preocupes, gracias a Dios se puede reconstruir- sonrió, indicándole que era de su seno izquierdo.

- I’m sorry- espetó. – You have fucking cancer and the only fucking thing you can think of is that it’s reconstructable?(Usted tiene puto cáncer y la única maldita cosa que usted puede pensar es que es reconstruible?)- siseó incrédulamente, estaba sorprendida y enojada.

- Señorita, watch that language (Señorita,que es ese lenguaje)- espetó Margaret también, amenazándola con el dedo índice de la mano derecha.

- I’d be fucking freaking out if I had cancer, I wouldn’t even be thinking about the "relief" of being reconstructable…you’re sick (Estaría follando enloqueciendo si tuviera cáncer, yo ni siquiera estaría pensando en el "alivio" de ser reconstruible ... usted está enferma)- y bebió dos onzas de tequila de nuevo.

- Cariño, respeta a tu mamá

- Que se respete ella primero, papá…- y el segundo shot de tequila para servirse más.

- Ella Natasha Simonette Roberts Robinson- siseó enojadamente Margaret, confundiendo a Yulia con el "Simonette".

- No, ¿sabes qué?- se llevó uno de los shots de tequila a la garganta. – Yo ya terminé aquí- y el segundo. – Margaret, llámame cuando quieras que tu hija se preocupe por tu salud y no por cómo te ves físicamente- dijo, soltando la mano de Yulia sólo para ponerse de pie y tomar su bolso. – Papá, gracias por la invitación, siento mucho no poder quedarme, te llamo un día de éstos- sonrió, con sus ojos aguanosos, se dio la vuelta y se retiró. Sí, era enojo, enojo por impotencia, por miedo, porque Margaret le ponía más peso a la estética que a su salud, como si a ella le importara todo aquello, pero también era el mismo miedo que le enojaba, el miedo a que, a pesar de que sabía que era algo tratable, cáncer era cáncer, y punto. Y ella no estaba lista para que su mamá tuviera cáncer.

- Lo siento mucho, Margaret- se disculpó Yulia, tanto por disculpa como por un "siento mucho lo del cáncer".

- Gracias, Yulia- sonrió ella, suspirando, intentando controlar la furia que le corría por la sangre.

- ¡Yulia!- gritó Natasha desde la puerta, que le daba la espalda a la mesa.

- Cuídala, por favor- le pidió Romeo, Yulia sólo agachó la cabeza.

- Ha sido un gusto verlos de nuevo, y, una vez más, lo siento mucho Margaret- se puso de pie y salió tras una histérica Natasha, que había colapsado en la acera, contra la pared, arrastrando su chaqueta Helmut Lang negra por la sucia pared de cal blanca neoyorquina y cayendo sobre su pantalón blanco virginal YSL. Yulia se agachó sobre sus primeros y únicos botines Tabitha Simmons y la trajo hacia ella, abrazándola, consolándola en pleno silencio, que el ruido era el de la congestión nasal de Natasha y el de los autos y taxis que sonaban las bocinas, que fue la vez que Natasha le arruinó su chaqueta IRO, pues su maquillaje se corrió sobre el hombro, mancha que nunca se quitó y que Yulia nunca le cobró, pues le parecía ridículo. – Wanna get drunk?( quieres emborracharte?)- sugirió, viendo a Hugh aparcarse frente a Jean Georges.

- ¿Tu casa?

- Mi casa- reafirmó, tomándola por los antebrazos y ayudándola a levantarse. – Mr. Grey Goose nos espera

Llegaron al apartamento de Yulia, simplemente a que Natasha se intoxicara con una botella de Grey Goose, ya con un poco de tequila de antecedente, comiendo sándwiches de queso Gouda que Yulia tan cariñosamente le había hecho, intentando animarla, escuchando, minuto tras minuto, sobre el estrés que le daban los finales de temporada de Project Runway, sobre cómo no le gustaba despertarse sin Phillip, sobre cómo detestaba que el tiempo fuera tan lento, que se moría por casarse con aquel potencial magnate, pero el tiempo no podía acelerarse. Yulia no escuchaba más que una indeleble negación y omisión del tema. Fue entonces cuando Yulia descubrió la paradoja más grande de su vida; mientras que tocar el piano le evocaba malos recuerdos, hacía sentir bien a otras personas, pues llevó a Natasha a donde había instalado el piano y, para saber si las cuerdas estaban en perfecto estado, mientras Natasha se empezaba a empinar la segunda botella de Grey Goose, le tocó "Funny Valentine", acompañado por un canto de emocional, un tanto melancólico, porque era la canción que le acordaba a sus abuelos maternos, y luego le tocó "Set The Fire To The Third Bar" de Snow Patrol, canción que le gustaba mucho y no tenía idea alguna de la partitura, por lo que se equivocó un par de veces, pero la pudo tocar completa, que luego Natasha le pidió "My Heart Will Go On" y esa era más fácil. Luego, por último, le pidió que le tocara su canción favorita, que era algo que quizás no muchos conocen por ahí, "The Flood" de Take That, y, en su inmensa ebriedad y negación, cantó, a todo pulmón, hasta el último suspiro de Jason Orange. Y fue que sucedió aquel salto astral entre la relación de Phillip y Yulia, por la indiscreción de Yulia, por su desesperación.

- Aló- contestó Phillip, se escuchaba agitado, era la segunda ronda diaria de ejercicio, con algo se debía cansar, pues Natasha no estaba con él y tampoco había sabido de ella desde hacía un par de horas.

- Soy yo- dijo Yulia, suspirando en la cocina, sabiendo que ya había acostado a Natasha.

- ¿Quién yo?- bromeó, sabiendo ya que era Yulia.

- Ay, Felipe, no es tiempo para juegos- lo regañó, dirigiéndose al cuarto de lavandería para sacar líquido para limpiar el piso, más bien eliminar el vómito de Natasha.

- Ay, Julia, no te enojes- sonrió, dejando las pesas a un lado. - ¿Qué pasó?

- Oye…Natasha ya se durmió, está conmigo…no sé si lo que voy a hacer es cometer un error o qué pero, ojalá y no me quemes

- Me estás asustando, Yulia… ¿Qué le pasó a Natasha?

- Ven a mi apartamento, es en la sesenta y uno y Madison, o sesenta y dos por si quieres entrar por atrás… onceavo piso hacia el frente

Febrero dos mil once. Habían pasado Año Nuevo con Margaret, en el Penthouse de la Quinta Avenida, pocas personas habían sido invitadas porque estaba recién operada, pues, hacía un mes que la habían operado y apenas se estaba recuperando entre la edad, el orgullo estético y el enojo, también los efectos de la mastectomía, los comienzos de la quimioterapia y la resignación temporal al New York Times, hacían de Margaret Robinson, por primera vez, Margaret Roberts, con cuidados profesionales las veinticuatro horas del día por los siete días de la semana, que, a pesar de que no era un cáncer específicamente tan mortal como uno de páncreas o hígado, era igualmente molesto a pesar de que se recuperaría y podría tener una vida normal dentro de lo que las disposiciones físicas se lo permitían. Natasha había tenido la oportunidad de estar junto a su mamá, quizás recuperar un poco de la rocosa relación que tenían, endulzarla un poco, darle un toque de madre-hija como cuando era más joven, cuando ambas eran más jóvenes y no se dejaban llevar tanto por sus ambiciones individuales, además, Natasha había sido promovida a Senior Chief de Recursos Humanos en Project Runway, con nuevas prestaciones, tales como un mes de vacaciones más ocho días personales, aunque su semana laboral se extendería a una base de cincuenta y cinco horas a la semana y no cuarenta como últimamente, además, ahora rendía más a producción que a administración. Su relación con Phillip no había cambiado mucho, los dos trabajaban de sol a sol, a veces hasta más, pero lograban mantener una relación sana que tenía futuro de matrimonio, que ambos esperaban pacientemente por las noches que pasaban juntos y por las noches que querían estar juntos y no podían porque Phillip tenía reuniones muy temprano o porque Natasha necesitaba dormir bien, aunque de los viernes y los sábados juntos, por obligación, no se los perdían por nada en la vida, a menos de que Natasha estuviera en sus días, cosa que Phillip ya sabía y por eso no le decía nada.

Yulia, por el otro lado, seguía siendo buena en su trabajo, a veces con muy poco trabajo, lo que la impulsaba a seguir frecuentando el Fencing Center o una que otra clase sobre preparación de comida japonesa, todo cuando estaba de baja de trabajo y, como no tenía problemas económicos porque, a pesar de sólo tener un proyecto, le alcanzaba para dejar intacto su fondo hasta que cayera otro proyecto; todo era porque Bergman Studio había tenido un salto astral que nadie se terminaba de explicar, quizás eran cuestiones de calidad y no de procesos ilícitos, como por los que habían clausurado "Holt & Crugh Studio". Todo se remontaba básicamente a diciembre, que, de la nada, había tenido un reencuentro con una vieja amistad, si es que así se le podía llamar, con Mischa James Weston, quien había acudido a ella para que ambientara su apartamento en uno de los edificios Archstone. Estaba un tanto cambiado, era el típico atractivo bad boy que se arrastraba cual niño desinhibido luego de cada fiesta, pero, ese mes, luego de haber estado viendo a Yulia, quien aclaraba una y otra vez a sus amigos que eso no era nada serio, que sólo era por salir a cenar, Mischa hizo un voto de sentar cabeza con tal de que Yulia aceptara ser su novia. Feo no era, guapísimo quizás sí, pero eso de las fiestas no era mucho con Yulia, pues no tenía ganas de enfiestarse, esa época la había vivido en el colegio, ella ya había crecido. Y, aún, así, aquella vez enfrente de un carrito de Hot Dogs de Rockefeller Plaza, en plena hora de almuerzo que se había encontrado con Mischa, Yulia recordó aquella sensación de sentir los labios de alguien más en los suyos; de romántico no tenía absolutamente nada, pues eso de sostener un Hot Dog con la mano, corriendo peligro de que el Chili con Carne le manchara su blanca camisa no era exactamente lo que se imaginaba para un beso neoyorquino, pero así pasó, hasta le hizo cosquillas el hecho de que tuviera barba, en aquel entonces era sólo candado. Y fue cuando empezó aquella relación extraña, en la que Yulia trabajaba mientras Mischa dormía y Mischa la recogía todos los días para llevarla a su apartamento, en donde a veces se hacía útil y le ayudaba a revolver la salsa bolognesa mientras Yulia drenaba la pasta y la servía en los respectivos platos, o se encargaba de ordenar comida china o sushi de Masa, o a veces aparecía con un ramo de flores o un cheesecake, o con chicken wings para que juntos vieran algún partido de Baseball.

Mayo dos mil once.

- Hola- sonrió Mischa a Yulia al abrirle la puerta.

- ¿Hola?- suspiró, rascándose la cara con ambas manos para despertarse un poco más. Era sábado por la mañana, ni tan por la mañana, alrededor de las once de la mañana.

- ¿Te desperté?- murmuró Mischa, poniendo sobre el suelo una bolsa de papel, viendo la mirada de Yulia de "no, sólo después de la señora borrachera de ayer se me ocurre madrugar madrugo".

- Pasa adelante- dijo, cerrando su bata negra sólo con las manos, pues se había quedado dormida, luego de haber logrado llegar viva a su apartamento desde Kips Bay, de donde Natasha, sólo en camisa desmangada negra y tanga negra.

- Nena, no quería despertarte, lo juro- sonrió aquel gran hombre que era, quizás, veinte centímetros más alto que Yulia, y quizás tres veces Yulia a lo ancho.

- Tranquilo- susurró, intentando encontrar las cintas de su bata, soltando los bordes, abriéndola sin querer.

- ¿Tomaste mucho?- sonrió, sacando de la bolsa un jugo de naranja y un Egg McMuffin. Yulia asintió, y se aburrió de pelear contra su motricidad fina para tomar las cintas, por lo que cerró la puerta y se dirigió a la cocina, en donde Mischa la esperaba con la comida. – Para ti, supuse que tendrías hambre

- Gracias- murmuró, sentándose en un banquillo y, de una desesperada manera, abrió su desayuno, devorándoselo de seis mordidas. – Gracias, baby, no sabía que tuviera tanta hambre- sonrió, abriendo el segundo Egg McMuffin que Mischa le alcanzaba.

- ¿Qué vas a hacer ahora?

- Nada, dormir la resaca, supongo, ¿por qué?

- Podríamos ir a almorzar, al restaurante ese de Brooklyn que tanto te gusta, o podríamos pedir que nos traigan sushi de Masa por si no quieres salir…

- ¿Qué es lo que no me estás diciendo?- murmuró entre sus bocados de Hashbrown.

- Te estuve llamando ayer todo el día, pero me acordé que estabas ocupada con lo de Batista…y…bueno, quería contarte que conseguí trabajo

- ¿En serio? ¿En dónde?

- Voy a abrir un bar- sonrió, al mismo tiempo que Yulia dejaba que su ceja se levantara en escepticismo.

- Misch…

- Yo sé que nuestra relación tiene reglas, y una de ellas es que las drogas se queden lejos de mí y de ti… y por eso sólo seré inversionista y a veces iré, sólo a revisar que todo esté bien y ya

- ¿Me lo prometes?- murmuró Yulia, dándole los últimos bocados a su segundo Egg McMuffin

- Claro que sí…- sonrió, tomándole la mano izquierda. - ¿Vamos o pedimos?

- No tengo ganas de salir, pero si tú quieres salir, dame un momento y me baño y salimos

- Si nos quedamos, te costará un beso- y eso fue lo que le costó a Yulia, un beso, un simple e inofensivo beso que llevó a otra cosa. Fue porque Mischa se acercó a ella y, mientras Yulia lo tomaba por sus mejillas y lo dejaba colocarse entre sus piernas, él la recogió del banquillo, y la llevó, cargada, hasta su cama mientras la bata caía en algún lugar del pasillo.

- Espera- suspiró, con sus labios enrojecidos por los besos que se arrebataban, todo mientras Mischa subía poco a poco su camiseta y revelaba aquel abdomen plano, con la leve hendidura vertical que se formaba por arriba de su ombligo y otras leves hendiduras a los bordes de su abdomen, un en-aquel-entonces-tonificadísimo-abdomen.

- Relájate- dijo entre besos en su abdomen, que subían conforme retiraba la camiseta y la quitaba totalmente del panorama y liberaba aquel busto que enloqueció a Mischa, en besos y mordiscos, en lengüetazos que hacían que Yulia le clavara las uñas en su espalda sobre su camisa, la barba que le hacía cosquillas, la lengua que excitaba no sólo sus pezones, sino también todo lo que había estado en fuera de uso, erizándole la piel, quitándole el control de su respiración, pero no gemía, sólo jadeaba y respiraba muy pesado, así como Mischa, más cuando empezó a bajar por su abdomen hasta llegar a su vientre.

- No me he bañado todavía- murmuró, intentando detenerlo, por vergüenza, pues tenía años sin estar con alguien, y por higiene, pues tenía la idea de que algo así tenía que estar perfectamente dispuesto, aunque no le cupo la posibilidad de que Mischa realmente la besara ahí, nadie nunca lo había hecho, quizás porque no había estado con muchas personas, pero Marco jamás.

- Mejor- sonrió Mischa, tomando los elásticos de su tanga y quitándosela. – Relájate- le repitió, abriendo de nuevo sus piernas y salivando por lo que se encontraba en medio de ellas, algo tan suave, tan delicado, tan rosado, hasta se podía decir que estaba empapada.

- ¿Qué estás haciendo?- suspiró Yulia al sentir la barba de Mischa rozarle sus labios mayores.

- Nena, déjaselo todo a Mr. F- rió, atacando el clítoris de Yulia con su lengua; una nueva pero hermosa sensación, ¿en dónde había estado aquella sensación? ¿En dónde se había ocultado?

Yulia sintió por primera vez qué era que la suavidad de una lengua rozara la suavidad de su clítoris, la forma en cómo la lengua de aquel hombre envolvía su clítoris, que había unos ruiditos húmedos que se generaban con cada exhalación tosca de aquel romano. Y cuando su clítoris, por alguna conspiración del cosmos, terminaba entre los labios de Mischa, y éste lo provocaba con la punta de su lengua, peor o mejor aún, cuando lo succionaba, Yulia no sabía dónde colocar sus manos, si apuñar las sábanas revueltas, o apuñar los rizos flojos de su novio, o, mejor aún, tomar sus senos en sus manos, apretarlos con fuerza, con la misma creciente fuerza con la que el calor en su cuerpo aumentaba, respirar tan rápido como la lengua de Mischa se paseaba de lado a lado y de arriba abajo sin piedad, saboreando aquel concentrado sabor que a cualquiera le encantaría probar, y no pudo más, se quedó sin aire, o lo atrapó en su diafragma adrede, no sabría decir, pero contrajo su abdomen, apretó la mandíbula, frunció su ceño hacia arriba y tomó a Mischa por su cabeza, presionándolo contra ella mientras él, sin piedad alguna, mordisqueaba ligeramente aquel empapado clítoris. Pero para Mischa eso no había sido suficiente, no a pesar de que su pantalón estaba por reventar, él mismo estaba demasiado sensible como para admitir el origen de su erección y su sensibilidad, que, al contrario de cualquier hombre, no se originaba en Yulia como tal, sino más bien en uno de los productos que se desarrollaban constantemente en la fábrica de su familia; la famosa pastillita azul, y, como no era suficiente un orgasmo, que sólo lo hacía sentir demasiado hombre, demasiado viril y poderoso, introdujo en Yulia un dedo, que eran dedos largos y gruesos, muy masculinos, un dedo que entraba y salía de Yulia, que sin haberse recuperado totalmente de su primer orgasmo, ya sentía el otro en camino, que justo cuando Mischa introdujo el segundo dedo y, quizás con intención o con perdición, movió ambos dedos de arriba abajo dentro de ella, Yulia no supo qué pasaba en su vida y elevó sus caderas mientras todo se volvía borroso y su cabeza estaba a punto de explotar entre sus jadeos o gruñidos y presenciaba la incómoda pero placentera sensación de una eyaculación femenina.

- Así me gusta…- murmuró Mischa, limpiando aquellos restos de lubricante que corrían por sus labios mayores y terminaban por gotear en los bordes del yacimiento de su trasero.

- Don’t…- murmuró Yulia en cuanto sintió que Mischa ya iba a cruzar la frontera de su mismo pudor y de su misma moral.

- Lo que tú digas, Nena- sonrió, quitándose la camisa y poniéndose de pie para quitarse el pantalón, no sin antes haber materializado un condón de su bolsillo. Ah, sí, lo tenía todo planeado.

- ¿Tienes alguna infección venérea?- murmuró Yulia, viendo su pantalón caer sobre el suelo y encontrarse con un bóxer realmente ajustado, que trataba de esconder algo realmente rígido que apuntaba hacia la izquierda, que llegaba casi hasta la cadera de aquel hombre. Mischa sacudió la cabeza. – No te preocupes por tu plastiquito…no lo necesitas- susurró, tomando los elásticos de aquel bóxer mientras Mischa se salía de sus zapatos y sus calcetines.

- No me lo tomes a mal, pero acabamos de empezar a salir, ¿tú piensas que esto va para matrimonio?- murmuró un tanto asustado mientras su miembro saltaba con libertad ante los ojos de Yulia.

- Soy estéril- rió, pensando en lo estúpido que Mischa era, pero no le importó, menos con el hermoso y suculento tamaño, en longitud y grosor, de aquel hombre, aquello que Yulia repasaba con la mano, de arriba abajo.

- Oh, perdón…- rió, tomando un paso hacia atrás en cuanto vio que Yulia estaba a punto de introducir su longitud a sus labios. – Don’t…- murmuró, evitando una felación, quizás era la hipersensibilidad extrema que le daba aquel milagro medicinal.

- Lo que tú digas, Nene- rió Yulia, remedándolo y echándose hacia atrás, tumbándose sobre su espalda a la espera de una deliciosa penetración. Mischa se colocó entre sus piernas y las abrió, tomó su candente longitud en su mano derecha y la frotó dos, tres, veces contra el clítoris de Yulia, sensación que a Yulia le encantaba desde Marco. Mischa colocó su glande en la entrada de su vagina y lo introdujo, logrando un leve gemido en Yulia, aquel inevitable pero irrepetible gemido y, tomando sus piernas por el reverso de sus rodillas, empujándolas al mismo tiempo que su longitud dentro de Yulia, logró estar dentro de Yulia. Cinco minutos y contando. – Oh my God…it’s so big- cliché.

- Lo sé, Nena- sonrió. - ¿Cómo te gusta?

Yulia se encogió de hombros y sintió a Mischa salirse, o al menos eso sintió, pues no se salió del todo, y la penetró, fuerte y rápido, deteniéndola por su cadera, incrustándole sus pulgares en su vientre, embistiéndola ferozmente mientras ambos jadeaban de placer, quizás Yulia no tanto, pero no podía negar que se sentía rico, al menos más rico que al estar sola. Las esbeltas piernas de Yulia eran débiles y flojas, como la gelatina, sus pies también, iban y venían al ritmo de cada embestida. Mischa se tumbó sobre la cama, llevándose a Yulia para que quedara a horcajadas sobre él, encarándolo, y Yulia hizo lo que mejor sabía hacer; se echó un poco hacia adelante con su torso y, sólo con su trasero, empezó a penetrarse, a subir y a abajar, a mecerse sensualmente sobre aquel añorado pene, que luego sería una terrible decepción, y Mischa la tomaba por sus senos, apretujándolos sin piedad, pero a Yulia no le importaba, no en ese momento, y sintió a Mischa gruñir, que fue cuando la tumbó de nuevo sobre su espalda y la penetró sin piedad, que Yulia sintió que aquella longitud la partiría verticalmente, que le removía el enfoque visual, las neuronas, que le removía la inteligencia con cada rápida embestida, y era impresionante la velocidad de aquella penetración, aquella ambición por eyacular, como si el orgasmo de aquel hombre estaba a punto de explotar y luego se iba, y así un par de veces, como si trabajaba muy duro por ello, como si se esforzara hasta el último cabello, que su pecho se tornara totalmente rojo y se llenara de sudor, para que, al fin, sacara su miembro y lo masturbara una tan sola vez para que saliera aquel líquido, un tanto gelatinoso y blancuzco, con aquella propulsión, que llenó a Yulia desde su abdomen hasta sus labios mayores, una literal y alocada explosión que parecía causarle más dolor que placer a Mischa, a Yulia ni le iba ni le venía. Mischa se tumbó al lado de Yulia, entre tratando de recuperar el aliento y evitando que su miembro tuviera esas contracciones postorgásmicas, pues le daba vergüenza.

- Eso estuvo…increíble- suspiró Mischa, viendo la lámpara de techo de la habitación de Yulia.

- Si…- susurró Yulia, sabiendo que la parte previa a la penetración había estado perfecta, pero que, luego, todo se había venido abajo con su brutal penetración, que no negaba que le había gustado en un veinte por ciento, pero, por lo demás, le había ardido, tanto en su femenino orgullo, como en su delicada vagina. "El tamaño definitivamente no lo es todo". – Voy a ducharme- murmuró después de batallar contra el silencio incómodo y la imagen inerte del techo.

- Buena idea, te acompaño

- No me gusta que invadan mi privacidad en el baño

Fue el primer límite que le marcó a Mischa, el primero de tantos, pues, a quién engañaba, ¿hacia dónde iba esa relación? Natasha sabía exactamente hacia dónde iba, a lo que ella llamaba, de muy educada manera, "hacia el carajo", pues Yulia y Mischa no tenían absolutamente nada en común, sólo una repentina y desgraciada soledad y necesidad de estar con alguien, más que romanticismo era compañerismo. De ese momento en adelante, la relación se basaría en un extraño tipo de mutación de necesidad sexual, sí, se reirían juntos, comerían juntos, no harían el amor porque no era algo que venía en la codificación genética de Mischa, pero tendrían sexo, sexo placentero para Yulia cuando sólo era oral, que era nunca, pues siempre había penetración, que nunca había durado más de cinco minutos, pues era brutal, rápido, sin besos, sin caricias, en realidad a Mischa le gustaba hablar sucio, pues, hablaba solo, porque Yulia se rehusaba a seguirle la plática, pues le desencantaba la vida, le robaba sonrisas, cuando Mischa le decía "quiero violar tu concha", ugh, asco, demasiado. Yulia, quien se creía incapaz de amar, por lo de Marco, no era incapaz de amar, era simplemente una creencia, una autoconvicción, y no fue por eso que con Mischa se sentiría vacía todo el tiempo, pues le faltaba lo que él no podía darle; cariño sincero que sobrepasara los mismos límites que ella se había impuesto, esa falta de intriga, esa curiosidad que no le inspiraba, la carencia de delicadeza, pues era demasiado robusto y macho para dar lo que le faltaba.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por flakita volkatina el Mar Ago 04, 2015 12:25 am

Hay mi yuli q caso y q fuert
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Ago 08, 2015 12:41 am

CAPITULO 4 Todo sobre "Eso" y sobre la naturaleza de la relación entre Yulia y Mr. F. También una que otra escena de "Oh".
 
Lena había salido a fumar los últimos cuatro cigarrillos de la cajetilla, ahogada no en humo, pues eso sería una bendición, sino más bien en una aflicción que la invadía ocasionalmente, la que no entendía por qué se materializaba. Caminó, como siempre, por el Parque Sempione, se sentó en la misma banca de siempre, con un poco de frío al sólo vestir su típico cárdigan negro, pues ya había establecido que, con ropa negra, era casi imposible equivocarse, y así era como iba a trabajar todos los días, intercalando Banana Republic, a veces Gap, que eran marcas que obtenía porque Sergey hacía pedidos a Estados Unidos muy seguido, otras veces, sino casi siempre, Benetton, y algunas lujosas como Loro Piana, Prada, Versace o Marni, pero siempre iba de negro menos los Stilettos, que había sido en Milán en donde había encontrado la fascinación por la mágica altura de un buen tacón, que la mayoría los obtenía, por órdenes de cinco en cinco como máximo, en Armani por ser empleada, pero tampoco podía resistirse a los Nine West Peep Toe, o a los Stuart Weitzman, y su conocimiento de la moda llegaba a extenderse un poco más allá del conocimiento público, pues era parte de su trabajo , pero aun así gozaba de las coderas en sus chaquetas y en sus cárdigans, de sus jeans Guess y de sólo variar su conservador pero elegante estilo con Stilettos de colores fuera de lo común; rojo, cian, magenta, amarillo, algunos negros, pero todos de gamuza. Su dependencia cigarrera, que decidió que lo empezaría a dejar poco a poco, que quizás le tomaría años, quizás no, pero valía la pena intentarlo, lo decidió en una noche, junto con mucha cerveza en la sangre, pues se se dio por vencida y empezó a querer dejarlo, todo aquello no podía doler tanto como las resacas que se estaba auspiciando cuatro días a la semana.

Su grupo de amigos, no eran sus amigos en realidad, pues sentía las barreras impedirlo, tanto la suya como la de ellos, y podían charlar, emborracharse, así como en los últimos seis meses, podían ir de club en club, a cual más chic, y podían amanecer todavía ebrios en algún sofá de alguna de las residencias que daba el trabajo, podían hasta besarse en la imaginaria confianza que se tenían, pero ninguno bajaría la guardia, ninguno se dejaría del otro, todo porque la competencia en el trabajo era demasiado alta y cualquier error podía costar la plaza. Tenían diversión como extraños, y nada más. Lena ya no se sentía tan ajena a aquel mundo; iba de lunes a jueves al taller, martes y jueves a clase de cocina, y viernes y sábado olvidaba hasta su nombre entre tanta cerveza y tanto vino tinto, entre los bailes eróticos que Gio le daba, el más gracioso pero el más desgraciado de los dos, y entre las clases de baile que Francesco intentaba impartirle, a veces intentaba enseñarle un poco de Samba cuando iban a un club brasileño en un callejón no muy frecuentado, y se encargaba de aflojarle las caderas a la pelirroja, a veces le enseñaba un poco de un supuesto merengue, y todo era porque Francesco, de pequeño, soñaba con ser bailarín profesional de ritmos latinoamericanos, pero a sus papás les pareció que eso no era de un hombre viril y por eso lo dejaron estudiar diseño de muebles, creyendo que sería carpintero por automaticidad, y eso era algo que se aprendía en un seminario o taller aparte, que, en ese caso, Lena era más "viril" que Francesco porque sí sabía de carpintería y de muchas otras técnicas de construcción práctica mientras que Francesco lloraba cuando se limaba mal las uñas; arte de ser mujer era ser cocinera y carpintera de secreta profesión y pasión y todavía tener manos pulcramente presentables, siempre manicuradas de Rouge Pop Art o de Violet Baroque para esconder uno que otro hematoma por un martillazo que se podría haber debido a tres opciones: a) remota ebriedad, b) visión borrosa por llanto, c) distracción por alguna llamada a su teléfono. Lena se sentía como que necesitaba crecer, madurar, y que no podía, que en vez de hacerlo se cerraba al mundo y a ella misma, que Milán definitivamente no era lo que ella quería para toda su vida, pues le gustaba más Roma, pero, ahora que sus abuelos ya no estaban, ¿qué gracia tenía? Y, por Atenas, había adquirido más bien un sabor a disgusto que de ser acogedor, tal vez porque cada día que pasaba, sabía en la cárcel en la que vivía su mamá.

*

- Yul…- suspiró Phillip, apoyándose del marco de la puerta mientras Yulia se veía en el espejo. – Estás guapísima- sonrió, recién duchado y rasurado, sin camisa y sólo en pantaloncillos blancos a cuadros azules.

- Gracias- sonrió sonrojada, abrazándose a sí misma por los nervios, sintiendo los brazos de Phillip envolverla y escuchando a Papi correr, en lo que su tamaño le permitía, hasta enrollársele entre los pies.

- ¿Estás bien?- Yulia asintió. - ¿Segura?

- Sí… ¿de verdad me veo bien?- y la pregunta era un poco tonta, pues, entre Camel Croisière en sus labios, Blush No. 6, Eyeshadow No. 2, Waterproof Eyeliner No. 1 y Mascara negra que alargaba sus pestañas, todo sacado de YSL, se veía más que bien, más en su moño flojamente fijado.

- Mejor que nunca- sonrió con ella a través del espejo. – Natasha llamó, que a Lena le falta un poco pero ella ya viene en camino- Yulia asintió, viendo a Papi frotarse contra sus tobillos. – Yo también estaba nervioso- murmuró, obteniendo la mirada de Yulia a través del espejo. – Siempre pensé que sólo era una formalidad, pero no sabes de lo que hablas hasta que lo vives…y podrá ser sólo una formalidad, pero te logra emocionar, hay momentos en los que te preguntas si la palabra "matrimonio" va a complicar las cosas como por arte de magia, pero no, life itself is complicated- guiñó su ojo. – Lena y tú tienen un nivel de comprensión bastante alto, algo que yo quizás no tengo con Natasha, porque hay cosas que no entiendo sobre las mujeres, para eso estás tú- rió. – Y piensa que esa unión será válida en Nueva York, pero no en Nebraska, y pueden ser novias en otro lado, quitarse el peso por si no lo aguantan…pero créeme, creo que el secreto de que un matrimonio funcione es dejar que funcione por su cuenta, porque si ustedes pueden soportar una unión de trabajo, una unión económica, una unión de hogar, una unión sentimental, que son las uniones que ya soportan y disfrutan, es porque aquí- dijo, apuntando el pecho de Yulia. – Ya están más que casadas- rió. – Disfruta tu día, preocúpate por tomarte tu tiempo para arreglarte y déjale todo lo demás a mi esposa y a la "encargada" del "evento" en el hotel

- Gracias- sonrió, volviéndose a él y abrazándolo, que fue cuando Papi empezó a ladrar porque Yulia no era Natasha, qué cosas no habría visto Papi.

- Eres mi cuñada, mi mejor amiga, de la familia, Julia- y le dio un beso en la cabeza, viendo su reloj, que marcaba las cinco en punto.

- Y tú mi hombre favorito, Felipe- dijo en tono de telenovela, escuchando el ascensor abrirse con el típico timbre y viendo a Papi salir corriendo, en lo que su tamaño le permitía, hacia el recibimiento efusivo de Natasha.

- Life’s too short to worry, life’s too long to wait- guiñó su ojo, dándole una palmada cariñosa en su hombro izquierdo. Aparentemente aquel "novio" de Lena tenía una vaga idea, pero tenía una mala ortografía.

- ¿En dónde está mi Papi?- llamó desde la entrada Natasha en su voz aguda y consentidora, causándoles una risa a los tres humanos restantes en el Penthouse. Se escuchaban los gruñidos juguetones de Papi y los típicos "lindo" que Natasha le regalaba mientras lo acariciaba con cariño.

- Mi amor- llamó Phillip, asomándose con Yulia por el pasillo. – Dios mío- se paralizó, viendo a su perfecta esposa darle sentido y perfección a un Alba Updo y al maquillaje YSL. – Te ves hermosa- balbuceó.

- Guapo, espera a que me ponga mi vestido y mis Stilettos- sonrió, guiñando su ojo, trayéndole una risa a Agnieszka, quien se encargaba de recoger las cosas de Natasha para llevarlas a la habitación. – Yulia, sal de la sombra de Capitán América- demandó, refiriéndose, con ese título, a Phillip. - ¡Ahhh!- gimió casi tirándosele encima a Yulia de la emoción. – Por el coño de Atenea…- suspiró, dándole una vuelta a Yulia con su mano. – Per.Fec.Ta- sonrió, ahorcándola en un abrazo fraternal lleno de emoción.

- Tú también te ves muy bien, amor- sonrió, respondiéndole el abrazo, tomando el cuidado de no estropear ni peinado ni maquillaje.

*

Cinco de junio de dos mil once. El episodio de "ESO".

- Por favor, si es de "Bank of America" ya le dije que no estoy interesada - balbuceó Yulia al teléfono, pues estaba dormida.

- Yul, Yul, soy yo- sonaba agitada, asustada.

- ¿Nate?- abrió los ojos, viendo su iPhone, no explicándose cómo Natasha le había llamado al apartamento y no al móvil.

- Yulia, tengo una emergencia- tartamudeó, hasta parecía que estaba a punto de hiperventilar.

- Cálmate, Cariño- se despertó, sentándose de golpe en la cama. - ¿Qué pasa?

- ¿Puedes venir a la cuarenta y dos y séptima?

- ¿A Times Square? ¿Qué haces en Times Square, Nate?

- Por favor, trae dinero- dijo, desesperada, con su voz quebrada, definitivamente estaba al borde del colapso.

- Está bien, está bien, llego en quince minutos- colgó. – Mischa- balbuceó, dándose cuenta que aquel robusto hombre se había quedado a dormir. – Mischa- gruñó, moviéndolo por el hombro.

- Nena…- respiró hondo. - ¿Qué pasa?

- ¿Qué haces tú aquí?- se enojó, poniéndose de pie y dirigiéndose a su clóset.

- No quería ir a casa, pensé que podía hacerte compañía- sonrió, siendo cegado por la luz del clóset. – Nena, me encanta verte dormida

- Mischa, no me acoses, por favor- dijo apresurada, deslizándose en el primer jeans que había visto.

- Nena, ¿qué haces?

- Tengo que salir- se quitó la camisa y sacó el primer sostén que su mano agarró; un amarillo, realmente al azar.

- Es casi la una, ¿a dónde vas?

- A Times Square- murmuró, metiéndose en una camisa desmangada que había sacado casi al mismo tiempo de estarse poniendo el sostén.

- ¿Hay Flashmob?- Yulia sacudió la cabeza. – Nena, a esta hora, en Times Square, sólo hay turistas, locales abiertos y vendedores de cocaína

- No voy a preguntar cómo sabes lo de los vendedores de cocaína- gruñó, sacando sus zapatillas Converse blancas, aunque ya maltratadas, y apagó la luz. – No sé a qué hora regrese- tomó su bolso.

- Nena, te acompaño

- No, no, quédate si quieres, pero voy sola- tomó su iPhone y su reloj.

- ¿Me puedes traer algo de comer? Estoy que me muero…

- Hay comida en el congelador- dijo, desapareciendo por el pasillo. – ¡Que no vengan los bomberos!

Y cerró, la puerta, respirando profundo, exhalando en libertad, y no se explicaba exactamente por qué pero no le había agradado encontrarse a Mischa dormido a su lado cuando habían acordado que los domingos no dormiría ahí, nunca, pues le gustaba la compañía pero tampoco tanta compañía porque sentía que su espacio personal era invadido. Estando en el ascensor, pidió un Taxi por teléfono, que, por la excelente ubicación, cualquier Taxi llegaba en treinta segundos o menos, para que, cuando saliera al Lobby, sólo tuviera que hacer el cruce de brazos reglamentario y se materializara el sedán amarillo. Se dirigió a la dirección que le había dado Natasha, tardándose exactamente cinco minutos y seis dólares, el tiempo insuficiente para saber qué le pasaba a Natasha, pues ahí, en Times Square, Mischa tenía razón, sólo había tiendas, uno que otro restaurante y básicamente eso, dejando fuera a los turistas y artistas callejeros, pero si Natasha le había pedido que llevara dinero era porque quizás le habían robado el bolso y, por tener la mala, o buena, costumbre de guardárselo en el bolsillo del pantalón, había logrado salvar su iPhone recién adquirido. Y quizás estaba en un restaurante, comiendo sola por ser domingo, pero, ¿por qué no llamó a Phillip? Quizás no le contestó.

- Yul- gimió, lanzándose en un abrazo necesitado.

- Nate, ¿qué pasa?- preguntó, retirándola de sus brazos, notando que tenía su bolso colgando del hombro.

- Mierda…- suspiró, enterrando su mano en su bolso, buscando algo en aquella profundidad. – Caminemos a Walgreens mientras lo encuentro

- ¿A Walgreens? ¿Mientras encuentras qué?- pero ya habían empezado a caminar.

- Necesito que seas mi amiga y mi hermana, no mi mamá, por favor- suspiró, intentando atravesar una corriente de turistas.

- ¿Qué hiciste?- la volvió a ver, pero no conseguía encontrar la mirada de Natasha. - ¿Qué no hiciste?- se detuvieron frente a la puerta de Walgreens, pero Natasha no respondió, sólo le dio a entender que entraran con un giro de cabeza.

- No me regañes, por favor

- ¿Por qué te voy a regañar?

- No te enojes- dijo, intentando no sonar como un potencial colapso nervioso mientras tomaba una canastilla y se dirigían al segundo piso por las escaleras eléctricas.

- Nate, no quiero enojarme, pero no me dices qué está pasando, ¿qué hacemos en Walgreens a esta hora? ¿Se te acabaron los tampones y no sabes qué marca ni qué tamaño comprar?

- Es que no hice algo y ahora pasa algo

- ¿Qué no hiciste?- repitió, ya desesperada por no tener una respuesta concreta. Doblaban hacia el fondo, entrando al pasillo de tampones. - ¿Se te rompió el cordón del tampón y no te lo puedes sacar?- rió, pensando en lo poco probable que eso era pero que era lo único que podía tener sentido.

- Yo…- suspiró, sacando una barra blanca, larga y delgada, de su bolso. – Es positivo- se lo alcanzó y Yulia, sin verlo, comprendió.

- Holy…shit- le arrebató la canastilla a Natasha y buscó las pruebas de embarazo. - ¿Cuánto tienes de retraso?

- Dos semanas y tres días

- Mierda, Natasha…- espetó, tomando una prueba de cada marca, habiendo quince en total. - ¿Y la protección?

- Se suponía que no estaba ovulando- trató de excusarse, pero no era una excusa válida, no para Yulia, no para el Siglo XXI.

- Toma dos botellas de agua y te las tomas para hace cinco minutos, ¿entendiste?- se dirigió a la caja, en donde la vieron raro, obviamente por las quince pruebas de embarazo y los dos litros de agua embotellada. – Asumo que estoy pagando yo porque tu mamá ve en detalle tu estado de cuenta mensual- Natasha asintió entre su ahogo de medio litro. – A mi apartamento no podemos ir, Mischa me dio la sorpresa de quedarse a dormir

- I can’t be pregnant ( No puedo estar embarazada)- dijo entre su agitación nerviosa por intentar tomarse el agua de la primera botella. – Me lo saca a golpes mi mamá

- ¿Tu mamá es tu preocupación?- Natasha asintió. – No voy a dejar que tu mamá te lo saque a golpes, ni que consideres abortarlo, que en tu inmensa preocupación creo que ya lo consideraste, hasta consideraste que yo te lo pagara, así nadie se da cuenta…y no, no, no, y otra vez no, prefiero sacarte de aquí, evitarte una paliza de tu mamá, llevarte a Roma, evitar que lo abortes, me voy contigo todo el tiempo y digo que es mío y ya, fin a tus problemas

- ¿Harías eso?

- Sí, pero sólo por ti…porque todos cometemos errores, hasta en las mejores familias se cometen de esos- guiñó su ojo, tomando la bolsa con las pruebas. – Pero antes de saltar a conclusiones, espero que ya te estén dando ganas de ir al baño…porque tienes quince pruebas que marcar- sonrió.

Lena llegaba a la oficina, lista para explotar su imaginación, como todos los días, y ese día, en vez de hacerlo, se pasó la mañana entera pensando en lo aburrida que estaba, en cómo, mientras Natasha, de quien no tenía la más remota idea de su existencia, pues aquella fotografía había caído en el olvido, descartaba once de las quince pruebas y Yulia decidía, por ella, llevarla a un examen médico, uno de verdad y que dijera la verdad, en cómo todos en el mundo tenían quizás una vida más interesante, más intensa que la suya, que fue más o menos a la hora del almuerzo que su jefe la llamó a su oficina, no para regañarla, no para despedirla, ni para felicitarla, sino para decirle que tenía que tomarse dos semanas de vacaciones, pues, en el que caso que no lo hiciera, sus días de vacaciones se perderían, y él pensaba que a Lena le importaban las vacaciones, que más en lo incorrecto no podía estar. Y así, al salir de la oficina de aquel italiano y consternado jefe, mientras a Natasha le tomaban una muestra de sangre y le trituraba la mano a Yulia y Phillip sufría de una intoxicación por comida, Lena había accedido a tomarse catorce días hábiles de vacación, lo que las políticas de la empresa "sugerían", y, en el camino a su apartamento, decidió pasar las obligadas vacaciones con su mamá, con Katya, le vendría bien un poco de calor familiar. Empacó lo necesario y se dirigió al aeropuerto, a comprar el siguiente vuelo a Atenas, llegando así de sorpresa, por la noche a su casa, para no encontrar a nadie en ella y tuvo que ir a la oficina de Sergey.

- Buenas noches- frunció el ceño Lena, asombrándose de que todavía, a las ocho de la noche, la secretaria de Sergey siguiera trabajando.

- Las horas de atención son de nueve de la mañana a cuatro de la tarde y con cita previa- sonrió la secretaria, que era menor que Lena, quizás, a lo máximo, tenía veintidós.

- Podría decirle al Congresista Sergeevich que lo busca Lena, ¿por favor?- dijo, omitiendo la evasiva grosera.

- Como le he dicho, las horas de atención ya están estipuladas y, hasta donde yo sé, porque sí puedo leer la hora, no son esas horas- sonrió, enrollándole los ojos, cosa que le enojó a Lena.

- Usted no entiende, sólo quiero que le diga que me de la llave de la casa o del apartamento, por favor- trató de mantener la paciencia y la pasividad.

- ¿Su nombre?- sonrió de nuevo, pero emitiendo las palabras con enojo, como si lo último que Lena había dicho la hubiera sacado de sus casillas.

- Sólo dígale que Lena está aquí y que necesita la llave de la casa o del apartamento, por favor- repitió, repitiendo, al mismo tiempo, el mantra de marca personal: "paciencia, Len, serenidad, Lena, tranquilidad, Lenis". La secretaria se puso de pie con el mayor de los disgustos, viendo a Lena de pies a cabeza, una y otra vez, como si le diera asco, como si su sola presencia le enojara y le incomodara. Qué lástima el genio que tenía, porque no estaba mal. Lena se distrajo en lo que la secretaria esperaba a que Sergey la atendiera, se dispuso a contemplar el nuevo mural del PASOK, y, justo cuando a Natasha le daban la buena noticia, o sea que no estaba embarazada y que las pruebas de quince dólares no eran las más confiables, Lena escuchó la discusión que se tenía la secretaria con su papá.

- Creí que sólo era yo- le siseó la secretaria.

- Maia, no sé de qué hablas- se reía aquella voz masculina, que podía confundirse con cualquier otra voz menos para Lena, más por la rapidez con la que hablaba.

- Afuera está tu mujer, que quiere las llaves de tu casa o de tu apartamento- "Y lo tutea".

- ¿Inessa?- se escuchó sorprendido, hasta asustado.

- No, la otra- casi se lo gritaba. "¿La otra mujer?"

- No tengo otra, sólo tú- y a Lena casi le da una especie de ataque fisiológico; se sentía indignada, engañada, enojada, simplemente desubicada.

- Y la tal Lena, ¿quién es?- le gruñó.

- Mi hija mayor- pero Lena ya se había quitado el título de "hija", pues le parecía absurdo que tuviera el descaro de llamarla así, que tuviera el descaro de encarcelar a Inessa y de engañarla de esa ridícula manera cuando él ni siquiera era un papá o un esposo.

- Oh- suspiró. -¿La hago pasar?

- No, yo saldré- y Lena escuchó el sonido de cuando se levantó de la silla, sintiendo ansiedad por no saber qué decirle, si enfrentarlo o no, y se dio una bofetada mental para reaccionar. – Lena, ¿qué haces aquí?- sonrió Sergey, ni le abrió los brazos para un abrazo, que tampoco lo quería Lena, pero era así de frío y distante con ella, desde siempre.

- Estoy en vacaciones- murmuró, tratando de evadir el enojo que la dominaba al saber que engañaba a Inessa con la secretaria, que ser secretaria no tiene nada malo, pero qué cliché. – No había nadie en casa

- Greta tiene que estar ahí, ahora mismo le llamo para que te abra- dijo, buscando un billete de veinte euros entre un fardo de billetes de cincuenta, quizás era por eso que a la secretaria le había gustado Sergey, pues guapo no era; era alto, con la edad ya había dejado de ser tan plano y recto y había echado panza, cabello gris con algunos destellos rojos todavía, cejas rectas y cortas, nariz larga, con el tabique marcado y un poco desviado a la izquierda, ojos verdes que se agrandaban por el aumento exagerado de las gafas y que se contrastaban con el pomposo bronceado a lo JFK, de quijada ancha y barbilla partida, cubierta por una barba de ancla que Lena detestaba. – Ten, toma un Taxi…- dijo, alcanzándole el billete. – Estoy muy ocupado, tengo mucho trabajo, dile a Inessa que dormiré aquí- Lena sabía cuando Sergey estaba nervioso, pues empezaba a jugar con las mangas de su camisa, si no estaban enrolladas las enrollaba, y si estaban enrolladas, las desenrollaba y las volvía a enrollar.

- Está bien, yo le digo- sonrió. "¿Por favor y Gracias murieron en alguna manifestación?"

- Hablaremos luego, Lena, ve a casa, a Inessa le gustará mucho verte- sonrió, haciendo que Lena se preguntara por qué carajos a Katya si la llamaba "hija" o "cariño", y con Katya no llamaba a Inessa por su nombre, sino que se refería a ella como "mamá".

- Sí…buenas noches, papá- murmuró, viendo cómo aquella altura se escondía en su oficina de nuevo. Y, al llamarlo "papá" se dio cuenta de lo inevitable: papá era papá y se merecía amor incondicional. – Una pregunta- dijo Lena, acercándose al escritorio de la secretaria. - ¿Usted cree que con veinte euros puede comprarse mejor carácter?- le dejó los veinte euros que Sergey recién le daba y no le dio espacio para indignarse en voz alta, sino que sólo le dio la espalda y se retiró por la puerta principal del edificio. "¿Debería decirle a mamá?".

*

Larissa se encontraba en el Plaza, en el séptimo piso, con vista a Central Park. Veía el sol brillar como si fuera el medio día, ardiendo, iluminando, como si fuera el día perfecto. Ya estaba maquillada y peinada, que con su cabello rubio no habían hecho mucho, nada más secarlo de manera recta y plancharlo para fijarlo bien, y el maquillaje, nada pesado, pues Larissa no solía utilizar más que mascara y delineador, tal vez un poco de Lipstick. Respiró profundo y sonrió, sacudiendo su cabeza, pues veía su vestido Dolce & Gabbana, cuello alto pero ovalado, manga tres cuartos, en amarillo pálido de satín, exactamente hasta la rodilla de largo, con un leve detalle de encaje en el borde de las mangas y que originalmente, a la cintura, llevaba un cinturón del mismo tono, pero, por la ocasión, Larissa lo había cambiado por un listón de satín, del mismo tono, de dos pulgadas y medias de ancho, que iba fijado a una base sólida alrededor de la cintura pero caía con fluidez al amarrarse por la espalda, y, bajo su vestido, descansaban sus Valentino de gamuza negra, de diez centímetros de tacón y de punta fina; el estilo y el buen gusto era tanto heredado como aprendido.

Se sentó a la cama, viendo sus pies, hacía un buen rato perfeccionados, en sus mocasines Prada azul marino, viendo la alfombra de aquella habitación, pensando en lo que se venía, en si era lo que Yulia realmente quería, en lo que Lena realmente quería. El origen de su batalla mental tenía nombre y apellido: Oleg Volkov, "que en paz descanse". Y se lo había hecho saber a Yulia, pues no quería que su hija cometiera el mismo error que ella, o que el error le durara tanto tiempo, así como a Larissa su matrimonio; su sacrificio y su infierno, que le había durado trece años, no quería que a Yulia le pasara lo mismo, pero fue Yulia quien la reconfortó al decirle lo que pensaba, el día anterior, desde su cerebro y no desde su corazón: "Mami, yo te quiero muchísimo, eso lo sabes, y no quiero irrespetarte, pero quiero que te des cuenta de ciertas cosas, como de que mi relación con Lena no fue sacada de la cuna del romanticismo literario, mi relación con Lena es un poco más moderna, la hemos construido las dos, nos hemos conocido a tiempo completo, a Lena le importa lo que yo pienso, a mí lo que ella piensa…yo no me estoy casando porque me estás obligando, yo se lo propuse, ella aceptó…y sé que tu miedo es que yo no sea feliz con Lena…pues, Mamá, yo no tengo hijos que me detengan para pedirle el divorcio. Sé y no sé lo que estoy haciendo, y hay cosas que no puedo controlar, sé que estoy a tiempo de arrepentirme pero no tengo nada de qué arrepentirme, por algo pasan así las cosas."

Yulia tenía razón, no sabía lo que hacía, ¿pues quién sabía en ese momento? Pero sabía que todo tenía una solución inmediata, y sabía cómo manejarlo, no como ella. Larissa no esperaba nada de Yulia, sólo que fuera feliz, pues ya había pasado por demasiadas cosas, cosas que ella todavía no se explicaba cómo había dejado pasar, quizás por miedo, quizás por ser mala madre, pero siempre se había culpado, y siempre se iba a culpar, del dolor físico de Yulia, en especial de esa cicatriz que tenía en su espalda, que era el recuerdo eterno de un maltrato a sangre fría, pero nunca olvidaría todas esas cicatrices emocionales y psicológicas. Larissa siempre supo lo que Oleg hacía, lo supo cuando Yulia tenía cinco años, y era su primer día de colegio; la había bajado del auto luego de haber dejado a Aleksei y a Alina en el Britannia, que Yulia no atendía ese colegio porque no había sido admitida, y bajó su backpack y su Lunch box Kipling rojos, la tomó de la mano izquierda y comenzó a caminar hacia la entrada del ala del Kindergarten. Yulia, en aquel entonces, era alta para su edad, siempre lo fue, estaba en esa graciosa época en la que descubría palabras nuevas y nuevas maneras de emplearlas, que fue por la misma época por la que aprendió a decir una que otra palabra soez, y que su cabello liso, tan liso y sedoso, era siempre detenido por un listón. Vestía como siempre; leggings, que en aquel entonces terminaban de salir del mapa, y suéter un tanto grande de torso pero no de mangas. Se detuvo a la entrada, le colocó en silencio su backpack y le alcanzó su Lunch Box, que Yulia tomó con la mano izquierda a pesar de ser diestra.

- Tesoro, ¿te quieres ir o te quieres quedar?- le preguntó, agachándose para igualarla en altura. Le daba un no-sé-qué que no había estado gran parte de las vacaciones de sus hijos, por cosas de trabajo, y quizás Yulia quería estar un tiempo con ella, aunque era más al revés; ella con Yulia.

- Me gusta venir a la escuela- sonrió aquella niña que ahora, veinticuatro años después se estaría casando.

- ¿Estás segura?- su voz era la misma con la que cualquier madre consolaba a sus hijos.

- No me gustaba estar en casa- eso a cualquiera le dolía, pues estar en casa se suponía que era lo más cómodo y reconfortante para un niño, y, a esa edad, era raro que a un niño le gustara tanto ir a la escuela.

- ¿Es porque trabajo, Tesoro?- le preguntó, pues le había dolido mucho el hecho que a Yulia no le gustara estar en casa cuando a Alina y a Aleksei había que ofrecerles todos los dulces del mundo para sacarlos de la casa y llevarlos al colegio.

- No sé…papá es muy enojado, y la gente enojada no me gusta- sonrió, como si fuera de pan caliente del que hablaba. Y escucharon la campana sonar, lo que le impidió a Larissa saber más, pero eso ya era un indicio. – Te veo más tarde, Mami- dijo en su voz de niña pequeña, abrazándola con ambos brazos y dándole un beso en la frente. – Tómate tu tiempo para venir- sonrió, diciéndole adiós con la mano mientras caminaba hacia atrás, luego se dio la vuelta y se alejó en dirección a una de las maestras que esperaban a todos los niños para colocarlos en el aula correspondiente.

Luego, más tarde, cuando ALeksei salía de su práctica de futbol e iba en camino a por Yulia, que aquellas palabras le habían dado guerra todo el día, Aleksei gritaba tiranamente que quería una cajita feliz y Larissa se negaba, comprendió lo que pasaba; Oleg la regañaba demasiado, pero Yulia, en sus ojos, era la más tranquila de las tres, ¿por qué razón la regañaría? Y, cuando tomó las cosas de Yulia y la ayudó a subir al auto, notó que se impulsaba, para subirse al auto, con su mano izquierda, que, cuando se hubo sentado y abrochado el cinturón de seguridad, Larissa le tomó la muñeca derecha y la presionó un poco, y Yulia emitió un quejido. Larissa tenía que viajar mucho, por cosas del Vaticano, a cursos y seminarios, tanto de preparación como de repartición, yendo por toda Europa, y era cuando Oleg aprovechaba para aleccionar a su hija, que su argumento era que Yulia no era como los demás, que no era normal que fuera tan callada, tan tranquila, que así sólo iba a dejar que el mundo le pasara en estampida por encima y la aplastara, que tenía que aprender a defenderse, a ser perfecta en todo, hasta para amarrarse las agujetas de sus zapatillas deportivas, que era por eso que Yulia, todavía hoy en día, no deshacía las agujetas de sus zapatillas, nunca. La mejor aliada de Yulia era su abuela, que se había dado cuenta del maltrato de Oleg hacia Yulia, a tal grado que era ella quien curaba a Yulia, quien le daba masajes en sus hematomas y le aplicaba cicatrizantes en las heridas que tenía a veces, casi siempre en la espalda, pero nunca dijo nada porque no concebía la idea del divorcio, y su hija no iba a divorciarse del padre de sus nietos, así no era como debía ser.

Y pasó que coincidió que Larissa regresó antes de tiempo a Roma de un seminario, pues Anna, su mamá acababa de fallecer de un paro respiratorio, y, cuando llegó a su casa, vio, sin intención de espiar, a una Yulia de diez años ducharse con la puerta entreabierta, y ubicó marcas violetas, rodeadas de un verde con señas rojas, que tenían forma de la palma de una mano, una sobre la otra, como una huella que hubiera ido rotando; y era una mano demasiado grande como para ser la de Aleksei, su hijo mayor, y, lo que delató a Oleg fue que dejaba la marca de su anillo de matrimonio. Esa misma noche, camino a recoger las cenizas, Larissa le pidió el divorcio a Oleg, que él estalló y le dijo que la iba a dejar sin un centavo, pues Larissa en realidad no tenía nada, y que la iba a dejar sin hijos también. Pero Oleg nunca contó con que Larissa le pagaría por cada uno de sus hijos desde la herencia de su mamá, a Alina se la vendió por medio millón de Liras, a Aleksei por un millón, y a Yulia por cinco, todo porque creyó que no tenía dicha cantidad, y si la tenía, hasta le sobraba para comprar a cinco Yulias más, y todavía no le importó pagarle el millón por Alaeksei a pesar de que se lo quitara a través de la Corte. Yulia costaba más por el mismo placer que tenía de pegarle, más bien de "educarla" como él decía.

Y, desde entonces, se encargó de dedicarle más tiempo a sus hijas, tanto como el que necesitaran, desde llevarlas de viaje por el mundo, Aleksei enojado de por vida con su mamá porque no lo llevaba de viaje pero, al ser menor de edad, era Oleg el que no firmaba los permisos legales para poder sacarlo del país, pues Oleg podía tener a Aleksei pero no tenía la custodia completa como Larissa con Yulia y Alina. Larissa era de las que consentía, a su modo, a sus tres hijos por igual, pero a Aleksei nunca le parecía su modo de consentir, pues Oleg se encargaba de que no sucediera, era de las que no daba las cosas sólo porque se las pedían, ella quería que se ganaran lo que pedían, pero Yulia nunca le pidió mayor cosa, Alina sí, y Larissa se negaba, por lo que Alina acudía a Oleg. Lo más que Yulia llegó a pedirle a Larissa fue que le pagara su educación, como ella la quería y donde la quería, eso y la esgrima que, al entrar a la universidad, ya no la pagaba, pues era gratis. Para Larissa, sus tres hijos eran igual de valiosos, pero no podía negar que por Yulia tenía un cariño más especial, y quizás no era porque era la víctima, sino porque, a pesar de estar en la distancia tantos años, seguía preocupándose por ella, seguía queriéndola, aún cuando, a veces, no aprobaba lo que hacía, no era una relación de interés económico, como Aleksei, que la única vez que se suavizó en cuanto a su mamá fue cuando estuvo en aprietos legales y quiso cobrar su parte de la herencia, que no había una como tal para Aleksei, ni para Alina, pues, antes de morir, como si Larissa, la dueña del dinero, supiera que fallecería prontamente, cambió su testamento tras ver la espalda de Yulia, y de ver cómo Aleksei era un niño tirano que no apreciaba nada y que a Alina todo le daba igual, era su forma de darles una lección de vida, que nunca aprendieron, pues Aleksei, en su desesperación por salir del aprieto, odió no sólo a su propia madre, sino también a Yulia, porque la herencia era sólo de ella, Alina nunca entendió y nunca entenderá el por qué no hay herencia para ella, pues nunca se dio ni se dará cuenta; su papá siempre la mantendría a flote, pasara lo que pasara, aun después de fallecer.

Inessa había llegado la semana anterior, dos días antes que Larissa, con quien, en Roma, se habían visto un par de veces en el transcurso del año, que hacía un par de días más de un año que se habían conocido como consuegras. Inessa sabía que la relación con Yulia era seria, sabía que iba en serio para más serio, pues Lena nunca había hablado de sus parejas con ella, ni siquiera de Dima, su novio del colegio, ni de Andrew, pues nunca supo de él, y sabía reconocer la mirada enamorada con la que Lena veía a Yulia, y viceversa, porque esa era la mirada con la que Inessa alguna vez había visto al amor de toda su vida, al amor al que nunca debió dejar por aquella eminencia política, quien le había prometido el cielo, el mar, la tierra, la luna y las estrellas si dejaba al tal Alec Volterra, que hasta nombre de perdedor tenía. Sergey Sergeevich se fijó en Inessa en aquel evento de "Historia de la Arquitectura Griega", y le importó poco que aquella hermosa mujer tuviera novio, pues aquel novio no podía ofrecerle un futuro, no un futuro como el que él le ofrecía; lleno de lujos, joyas y comodidades como las que nunca soñó, pues, a pesar de ser la nieta de Leopoldo Rialto, parte del grupo de Ingenieros que intentaban implementar el sistema de trenes rápidos en Italia tras el modelo Alemán, el mismo modelo que los Norteamericanos les habían dado tras la Segunda Guerra Mundial, y, a pesar de que tenía mucho dinero, sabía que sus papás se habían acabado el dinero que aquel hombre se había esforzado en generar; que tenían lo justo para vivir con cierta cantidad de lujos hasta el día de su muerte, pero nada de lo que Inessa podía beneficiarse. Y la cegó, con sus habladurías de político, haciendo que cometiera el error de dejar a Alec Volterra, con el corazón roto, y la llevó a Atenas, pues su período como Embajador ya había terminado al cambiar de gobierno. En contra de la voluntad de sus papás, Inessa se largó de Roma, a un semestre de terminar su carrera de Arquitectura Urbana, pues sólo una materia le faltaba, hasta trabajo final había entregado ya, con dos meses de embarazo ya, embarazada de Lena a sus veintiún años, sólo para que Sergey se enterara de que Inessa ya iba embarazada cuando se la había llevado a Atenas. Y le prometió hacerla su esposa, darle los lujos que le había prometido, darle todo al hijo que llevaba dentro, pero no le prometía felicidad, ni fidelidad, ni afecto, ni nada, se limitaría a ser la figura proveedora, pero no le prometía siquiera ser cariñoso con el hijo que llevaba dentro, pues ni le constaba que fuera suyo y no de "aquel", ni siquiera Inessa sabía; esos eran los errores de los que Inessa siempre se arrepintió. Pero claro, llegó un momento en el que Inessa si supo la verdad, si Lena era o no hija de Sergey Sergeevich; y la respuesta no había sido sorpresa alguna.

- ¿Qué pasa, mamá?- se acercó Katya por su espalda, dándole un pequeño susto, pues veía callada y tranquilamente el estanque de Central Park desde el piso catorce. - ¿Estás nerviosa?- bromeó, abrazándola por encima de sus brazos, haciendo que el contraste entre los tonos de piel fueran más obvios.

- Un poquito, sí- sonrió, tomando los brazos de su hija menor, de ya veintidós años, con sus manos.

- ¿Por mi hermana o por el tal Alec?- rió, Katya, sabiendo muy bien que, desde que se vieron a los ojos, algo pasó, algo como que se abrazaron con un amor nostálgico, como cuando un soldado regresa salvo de Iraq y se reúne con su familia.

- ¿Qué tiene que ver Alec en esto?

- He visto cómo lo ves, no te hagas

- No me hago, no estoy nerviosa por él, sino por tu hermana- dijo, sacudiendo su cabeza, sin desajustar su cabello, rojo y brillante en aquel torniquete francés.

- ¿Por qué?

- Así me sentiré cuando tú te cases también, Katya…si es que algún día te casas- sonrió, sabiendo lo rebelde que era su hija menor. - ¿Está todo listo?- preguntó, quitando sus manos de los cálidos brazos de Katya.

- Sí, me imagino que vendrán en cualquier momento

- Vamos a vestirnos, entonces- murmuró, volviéndose al perfecto perchero del que colgaban un vestido, un pantalón y una blusa, dos atuendos que Lena había comprado de su dinero, que Yulia no había tenido nada que ver a pesar de que Yulia seguía auspiciándole la vida a Katya en Roma.

Era un vestido Oscar de la Renta, pues Katya siempre soñó con vestirse de él, que no era nada más que un poncho egipcio blanco de algodón y spandex, con un cinturón rojo que caía, amarrado a la cadera, por el centro, en medio de las piernas, hasta el borde del vestido, que bajaba hasta por arriba de la rodilla, y aquello, en los Stilettos perfectos, rojo sangre, en piel de serpiente de agua, Christian Louboutin, harían de la testigo número uno, por el lado de Lena, una belleza exótica de ahora cabello corto, muy corto, a lo Anne Hathaway post-Les-Misérables. Y colgaba, de aquel perchero, el atuendo de la madre de la novia: Manolo Blahnik puntiagudo, de tacón medio, de cuero azul marino, Carolina Herrera de tela, una camisa formal blanca de encaje, de cuello redondo, desmangada, una chaqueta de seda azul marino, estilo bolero, y un pantalón de pierna ancha azul marino, para amar a Carolina Herrera.


Última edición por VIVALENZ28 el Lun Ago 24, 2015 5:03 pm, editado 1 vez
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Ago 08, 2015 12:46 am

Julio dos mil once.

- La mier…da…- se quejó Lena al golpearse con el borde de una de las patas de la mesa de madera en la que trabajaba, llena de astillas. Caminaba en la oscuridad de su taller, era jueves, se había quedado dormida después de una botella de Captain Morgan y Coca Cola Vaniglia, una bebida demasiado dulce pero embriagante, lo que Lena necesitaba era sacudir aquello que ella sabía y que no sabía cómo decírselo a Inessa. - ¿Aló?- alcanzó su teléfono, apenas alcanzando a contestar.

- ¿Lena?- escuchó la voz de su mamá un tanto quebrada y baja, muy baja, no sólo de tono y volumen, sino también de ánimo.

- ¿Mamá?- balbuceó, deteniéndose de la pared para caminar en territorio despejado. - ¿Está todo bien?- murmuró, viendo su muñeca, para que el reloj Emporio Armani, por precio de empleada, le gritara la hora, pues no la podía leer. Ah, sí, las dos y veintiocho.

- Me voy a vivir a Roma- suspiró y, por alguna razón, eso no hizo feliz a Lena.

- ¿Cuándo se vienen?

- Necesitamos que vengas cuanto antes

- Mamá, ¿qué está pasando?

- Tu papá y yo nos vamos a divorciar- y Lena vio la luz al final del túnel, y, egoístamente, sonrió.

- Mamá…- suspiró, no encontrando las palabras adecuadas pues, ¿qué se dice en un momento así?

- Tranquila, sólo necesito que vengas…tenemos que arreglar unas cosas, ¿cuándo puedes venir?

- Puedo pedir mañana libre y el lunes también, así salgo ahora por la tarde, al salir del trabajo, ¿está bien?- susurró, sentándose sobre su colchón inflable y acariciando su pie desnudo, notando que tenía una que otra astilla satánica ahí dentro.

- Gracias, Len- alcanzó a escuchar una sonrisa de su mamá.

- Mamma…tutto bene?- murmuró, encendiendo la luz de la lámpara lateral para ver su pie.

- Tutto bene, Principessa- sonrió. – Katya sta bene, un po ‘triste, ma sta bene

- Bene…- suspiró, alcanzando su pinza para sacarse les tres jodidas astillas de su pie. – Riposare un po’, bene?

- Sì…anche tu- y colgó.

Lena se terminó de sacar las astillas, que le costó un carajo y medio sacarse la última, que era la que más le dolía, pues estaba muy profunda, pero, sólo la sacó, se dejó caer sobre su espalda, a reanudar su sueño, aquel sueño cargado y ahora liviano por el hecho de que sus papás se estaban divorciando. Quizás no era bueno alegrarse por algo así, pero Lena quizás sólo sabía la punta del Iceberg, y no se divorciaban precisamente porque Sergey le era infiel a Inessa, pues no era la primera vez, Inessa lo sabía y se había dado cuenta de, por lo menos, cuatro, con ésta cinco. Se divorciaban porque Inessa había decidido tirar la toalla, pues Lena era lo suficientemente madura como para comprender y aceptar un divorcio, y a Katya, si se le dificultaba, lo terminaría comprendiendo, pues ya no era una niña. Lena se despertó a eso de las seis de la mañana y corrió, con su pie un poco lastimado todavía, hasta su apartamento, sólo para bañarse, arreglar equipaje rápido y ligero y salir a la oficina a tramitar, cuanto antes, el boleto de vuelo y el permiso de días personales, por lo que, a las cinco y media de la tarde, estaba abordando el avión para aterrizar en Atenas, dos horas después y dos horas en el futuro. Tomó el Taxi, el que le cobraba cuarenta y cinco euros por llevarla hasta la puerta de su casa y, estando ahí, respiró hondo y tocó el timbre. Greta, el ama de llaves de toda su vida, la dejó pasar al interior de la casa, en donde se encontró a Inessa y le dio el abrazo más fuerte que le podía dar.

- ¿Cómo estuvo tu vuelo?- sonrió Inessa, ayudándole con su bolso.

- Bien, lo de siempre… ¿y mi hermana?

- Está en su habitación, sube- murmuró, desapareciendo por el pasillo de la oficina provisional de Sergey mientras Lena subía las escaleras.

- ¡Lenita!- la saludó Katya con una sonrisa triste.

- Kat- sonrió un tanto divertida, abrazando a su hermana menor. - ¿Cómo estás?

-Bien, ¿y tú?

- Bien también… ¿cómo te sientes?

- Lenita…tengo diecisiete, no necesito que me endulcen las cosas- murmuró, volviendo a su portátil.

- Está bien, Señorita Adulta- rió Lena, quitándose los zapatos y acostándose en la cama de su hermana. - ¿Y papá?

- No viene mucho por aquí desde antes de que te fuiste hace tres semanas…es raro ver que se quede a dormir, y yo sé por qué es…porque se están divorciando- dijo, antes de que Lena pudiera explicarle.

- No sé exactamente cómo se maneja un divorcio…pero tienes que estar lista para lo que sea que se venga, porque tienes edad suficiente para decidir, pero sigues siendo menor de edad, por un año todavía, tendrás que vivir con quien te toque vivir…

- Lo sé, pero te estaban esperando para hablar de eso…

- ¿A mí? ¿Por qué?- preguntó Lena, viendo que Katya se encogía de hombros. – Pues, pase lo que pase, Kat…ni mamá ni papá te pueden obligar a que te vayas con ellos, y, hagas lo que hagas, yo siempre voy a estar al pendiente de ti, te quedes con mamá o con papá

- ¿Por qué me suena a que te estás despidiendo, Len?- se volvió sobre su silla giratoria hacia su hermana.

- No me estoy despidiendo, sólo te estoy diciendo que soy tu hermana y que yo no te voy a abandonar, ni mamá, ni papá, así como ellos no me van a abandonar a mí sólo porque se están divorciando

- Lena, Katya, ya llegó su papá- interrumpió Inessa en aquella habitación, haciendo que ambas se levantaran de sus traseros y se dirigieran a su oficina provisional.

- Papá- susurró Lena al verlo ahí sentado, mientras más de lejos, mejor.

- Lena- sonrió al verla, pero no se puso de pie para saludarla, mucho menos a Katya.

- ¿Para qué nos querías ver?- preguntó Lena, quedándose de pie, recostada del marco de la puerta con su hombro y su antebrazo derecho mientras se cruzaba de brazos.

- Como saben, su mamá y yo nos vamos a divorciar, y no vamos a regresar…antes de que nos casáramos, su mamá y yo firmamos un acuerdo prenupcial, en el que los bienes de la familia serían míos, pues su mamá nunca trabajó

- Mamá nunca ha trabajado porque tú nunca la has dejado- rió Lena, con esa risa de "descarado".

- Ese no es el punto, Lena, lo que yo vengo a hablarles es de negocios- Lena se extrañó, pero no dejó de sonreír sarcásticamente. – Yo tengo la capacidad económica para sacarlas adelante, a las dos, a ti, hija- dijo, señalando a Katya. – Puedo pagarte los estudios, universitarios, así como se los pagué a tu hermana también, cosa que con mamá no tendrás con seguridad, pues a mamá no le quedará ni un centavo- era como si le tuviera lástima a Inessa, eso de de que se refiriera a ella como "mamá", a Lena le sabía a lástima. – Tú puedes escoger con quién quieres vivir, con mamá o conmigo, pero tienes que saber que si te vas con mamá, yo no te pagaré los estudios ni nada, pero si te vienes conmigo, tu vida seguirá igual, y aquí en Atenas, pues mamá se va a vivir a Roma- era como una mala campaña política. – Puedes pensarlo por el fin de semana si quieres- sonrió. – En cuanto a ti, Lena…lo mismo, sólo que con mi herencia, es de si quieres gozar de ella o no

- Eso es un chantaje, eso lo sabes-dijo Lena un tanto dolida de orgullo.

- Entonces, ¿te desconozco?

- Hazlo - concluyó.

- Nunca fui tu papá, entonces- sonrió, como si eso le quitara un peso de encima.

- Si nunca lo fuiste… me quitaré tu apellido, ¿te parece bien?- dijo, como si aquello fuera fácil y tuviera implicaciones ligeras.

- Vas a perecer, Lena- rió Sergey, como si gozara de sus palabras.

- Prefiero morirme de hambre a que el hombre a que mi papá me niegue la comida

- Yo me quedo contigo, papi- dijo Katya tras escuchar aquellas palabras que salían de la boca de Lena.

Lena ayudó a su mamá a mudarse a Roma, que no necesitaba mucha ayuda, pues conocía la ciudad como la palma de su mano, y a veces Lena se subía a un tren de viernes por la tarde a domingo por la tarde con destino a Roma, sólo para pasar con su mamá, para apoyarla, pues había empezado desde cero, sólo con los veinte mil euros que Sergey le había dado por orden del Juez. Lo difícil de aquello era lo que todo papá temía para sus hijos hoy en día, que Inessa no había terminado su carrera, no había trabajado nunca porque Sergey le decía que eso era para el Proletariado, y que ellos eran de la Élite, ahora, ¿en dónde podía trabajar Inessa? Después de todo, no sabía hacer nada, sabía de aquella Arquitectura que había conocido hacía veintiséis años, pero no sabía de su evolución, tal vez de vista sí, pero en la práctica no, ¿qué podía ejercer? Era el típico "no sabía hacer nada", nada más que cocinar, que fue el primer trabajo que consiguió, de ayudante en una panadería, de levantarse todos los días a las cuatro de la mañana para tener abierto el local a las seis de la mañana. Lena había ahorrado mucho, había retirado sus clases de cocina, había dejado de salir con sus compañeros de trabajo y había dejado el taller, había vendido las máquinas, todo, y ese dinero lo usó para ayudar a su mamá, y, mes con mes, Lena le ayudaba con quinientos euros, que no le sobraban a Lena, pero que tampoco le hacían falta.

Vacaciones de tipo playero, de nuevo, pero en las Bahamas, en el Atlantis, en una habitación doble, como siempre, con vista a la playa, en donde pasarían semana y media en estado vegetativo total, entre dormidos y despiertos, en el sol, en la sombra, en la arena, en un chaise lounge o en la cama, nadando con delfines, con mantarrayas, Yulia y Natasha alimentándose de Ben & Jerry’s como dieta básica, por el calor y el sol para mantener la excusa de la evaporación humana, semana y media de comer, como siempre, todo lo del menú del restaurante que quedaba más cerca de la habitación, pues tampoco se moverían tanto sólo por comida, y pedían el alcohol a la habitación para ahorrarse la gente acumulada en un reducido espacio, simplemente les daba demasiada pereza. Eran unas vacaciones soleadamente aburridas, de esas de "fueron unas vacaciones…irrelevantes…un poco."

- Hey…- susurró Natasha al salir a la terraza. – Son las tres y media… ¿qué haces despierta?- se cubrió con su bata, más bien se arropó, pues la brisa era hermosamente fresca y ligera a pesar de ser constante.

- Lo mismo que tú- murmuró sin quitarle la vista al horizonte oscuro, que no se distinguía por la iluminación del hotel, que, aún en el piso dieciocho, influía. No había luna, ni estrellas, era simplemente una línea infinita empapada de negro. No era bonito, no, pero el sonido del mar y de la brisa la arrullaban en su estrés y en su frustración por no poder dormir.

- I couldn’t sleep (No podía dormir)…- dijo, sentándose al lado de Yulia, en el sofá del balcón.

- Me neither…(Yo tampoco)

- Wanna talk? (Quieres hablar?)

- ¿Sobre?

- No sé, de lo que te moleste…creo que, desde que te conozco, no hay noche en la que duermas bien…

- Problemas para dormir…el cuarenta y tres por ciento de la población mundial los tiene- sonrió, colocando un cigarrillo en sus labios y abriendo su Colibri Beam Sensor negro, en el que colocaba el pulgar en la hendidura para crear la llama.

- Você não é qualquer pessoa (Tú no eres cualquier persona)

- Não, não sou qualquer pessoa…(No, no soy cualquier persona)

- Soy psicóloga- sonrió. – Confía en mí

- Te confío mi vida, Nate- le alcanzó la cajetilla y el encendedor. – Si hablo de esto contigo…aceptarás lo que te diga, te mantendrás al margen…y no le puedes contar a nadie

- ¿Por qué?- suspiró, sacando un cigarrillo mientras encendía el encendedor.

- Porque no me gusta la vida pública

- Prometo no contarle a nadie

- Bien- exhaló humo, levantando una botella grande de Pellegrino para desenroscarla y beber de ella. – I keep having these nightmares, you know? ( Sigo teniendo estas pesadillas, ya sabes?)

- ¿De qué tratan?

- Es básicamente lo mismo, siempre, es como que yo estoy doblemente presente, viendo lo que pasa desde fuera pero haciéndolo al mismo tiempo…es como una película de miedo de los ochentas, como de una trama intensa pero de mala calidad, te podría decir que alguien me está persiguiendo, pero sólo es la sensación

- ¿En qué lugar estás?

- Tú sabes que un sueño es como un plano incoherente…es un edificio, de no sé cuántos pisos, pero es enorme, y está como en medio de la jungla, pero turbo high-technology, de ventanales y lo demás de metal galvanizado, y no sé de qué carajos estoy huyendo…pero sé que es malo…

- Mmm… ¿alguna vez sales del edificio?

- Funny that you ask…( Es curioso que lo preguntes) sólo a veces, y sonará gracioso, pero, cuando salgo, está la CIA o algo así, que ha plagado la fachada del edificio, y, cuando salgo por la puerta, están todos apuntándome con una glock diecisiete, y hay tanques apuntándome también

- ¿Ahí termina?- Yulia emitió el "mjm" que tanto la caracterizaba. - ¿Y las veces que no sales del edificio?

- Puede ser que pasan dos cosas, dos puntos: la primera es que llego como a la parte trasera, en donde hay como un evento de la high society, y pasa de ser todo metálico y tecnológico, a muy clásico, todo de madera y cortinas rojas, un chandelier sobre las escaleras…y, no sé cómo, pero llego a una como biblioteca

- Adivino, te despiertas cuando alguien te habla a tu espalda, ¿no?- Yulia asintió, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo. – ¿Es la voz de un hombre o de una mujer?

- De un hombre

- ¿Qué te dice?

- No sé, no le entiendo

- ¿En qué idioma te habla?

- No sé, es muy tosco, entre ruso y húngaro, no sé…

- Mmm… ¿y la segunda opción?

- Voy de piso en piso, siempre bajando y revisando el piso, pero es como que no avanzo, hasta que llego a un pasillo que huele a azúcar quemada, a ratos a pan…y me acerco cada vez más a una habitación, que no sé si es habitación, pero escucho a una mujer y a un hombre pelearse, pero están siseando, no les entiendo nada, y el hombre le dice que se calle, sale de la habitación y cierra la puerta de metal…y se va caminando como si estuviera enojado

- ¿El hombre te ve?

- No sé, me asusto cuando veo que la sombra se acerca al borde de la puerta, me dejo de mover y cierro los ojos, como si eso me volviera invisible…

- Es un sueño, con sus derivaciones, bastante…especial- sonrió Natasha, alcanzándole a Yulia la cajetilla de cigarrillos para que tomara otro.

- ¿Por qué?

- Mira, interpretar un sueño es algo muy subjetivo, cada quien lo interpreta a su gusto y en su profundidad…esa clase de sueños, los repetitivos, son más comunes en niños, hasta quizás por los quince años, cuando han tenido un trauma de muy pequeños…los adultos que tienen este tipo de sueños es básicamente lo mismo, un trauma de la infancia sin resolver…acuérdate que todo está conectado, pues puede ser que no hayas tenido un trauma siquiera parecido a lo que sueñes, pero, si de la nada te empieza esta serie de sueños, es porque algo te lo ha activado…¿desde cuándo tienes este tipo de sueños?

- Van y vienen…todo el tiempo…- apagó su cigarrillo en el cenicero y, sin haber sacado el humo, empezó a sacar el siguiente de la cajetilla. – Huelo muchas preguntas, cariño…te contestaré las que pueda y las que quiera contestarte

- Me las vas a contestar todas porque tienes curiosidad, quizás no curiosidad, sino que sólo quieres que te diga, o te haga entender qué te aturde…para detener los sueños

- Muito bem…pergunta…

- Háblame de la relación entre tus papás, lo que quieras y lo que puedas decirme, pero desde el punto de vista de una niña, de cuando todavía estaban casados, como si Yulia de diez o doce años me estuviera contando sobre la relación que había entre sus papás…

- Mmm…- suspiró, encendiendo su cigarrillo. – Era bastante inexistente…pues, yo era muy pequeña cuando todavía estaban casados…me acuerdo que todos nos sentábamos a comer a la mesa, por las noches nada más…mis papás cruzaban un par de palabras entre ellos, luego casi sólo mi mamá hablaba, pero con nosotros…mmm…siempre durmieron en la misma habitación… mi papá no era muy cariñoso, mi mamá tampoco, pero se daban risas…nos íbamos todos de viaje, siempre a donde mi abuelo, en Bratislava, mi abuelo murió cuando tenía ocho años, se llamaba Vladimir, todo un personaje- rió ante el recuerdo.

- ¿Y desde el punto de vista de una Yulia del presente?

- Era una relación que puedo catalogar bajo el término "mierda", sólo dormían en la misma habitación por el bien mental de nosotros, pero no sé con qué desprecio se dormían en la misma cama, menos mal allá las camas matrimoniales son la unión de dos colchones individuales- rió. – Seguramente mi mamá en algún momento le dejó ir una patada… pues, no se odiaban, pero no tenían nada en común, mi papá era muy violento, mi mamá no sé, no sé si le tenía miedo a mi papá o si no sabía cómo lidiar con él

- ¿Y tu relación con tu papá?

- ¿Desde un punto de vista de pequeña o de adulta?

- De las dos…

- Mmm…- inhaló profundamente, sintiendo cómo el humo le calentaba el pecho en aquella madrugada de brisa. – De adulta…pues, mi papá no es una persona a la que yo admiro, no lo considero una figura paterna en lo absoluto, no le tengo respeto, no soy capaz siquiera de abrazarlo, me cuesta verlo…lo miro, pero nunca lo veo, no lo puedo ver a los ojos

- ¿Te da vergüenza…o te da miedo?- murmuró, irguiéndose y volviéndose a Yulia con una intriga como nunca antes, con interés total. Yulia suspiró, se aclaró la garganta y se volvió a Natasha. - Mi amor…- susurró, tomándole la mano en las suyas. – Déjame adivinar…tus sueños los empezaste a notar en cuanto tus papás se divorciaron- Yulia asintió, inhalando de su cigarrillo, sus manos temblaban un poco. – Y no es primera vez que tratas el tema, no con un psicólogo, te ayudó mucho la primera vez, por eso no los tienes todo el tiempo, como antes… y eres capaz de apartar tus recuerdos, de apagarlos, pero de manera inconsciente

- I don’t wanna be a sad story, you know?( Yo no quiero ser una historia triste, ¿sabes?)

- You’re not a sad story, Yul… those are just stories, back then, they were moments, they were your reality (Tú no eres una historia triste, Yul... esas son sólo historias, en ese entonces, eran momentos, eran su realidad)- la abrazó, y Yulia se dejó abrazar, algo no muy normal en ella. – Tus sueños… ¿quieres saber la conexión?

- Sólo ilumíname, que la razón ya la tengo… ¿cómo llegas a eso?

- Estás huyendo de algo, no sabes de qué, de algo intangible, que a veces te atrapa, como cuando sales del edificio, y a veces no, porque te despiertas…dijiste que la voz era de un hombre, que no reconocías el idioma… pero luego hablaste de Bratislava, mi suposición es que era eslovaco, y que el olor de la cocina eran esos panes que enrollan en una barra de madera y los ruedan en azúcar y canela, que eran tus papás discutiendo, manteniendo la fachada para tus hermanos y para ti, pues eras una niña nada más, y lo sé porque cerraste los ojos, como si te estuvieras escondiendo del monstruo bajo las sábanas, es un mecanismo de defensa, y tu papá no te toca porque ya no puede tocarte… seguramente tienes algo que te acuerda a tu papá, y mucho, en tu apartamento, que no lo ves todos los días, pero, cuando lo ves, empiezas a tener esos sueños…

- La glock…- suspiró, como si fuera la revelación más grande del mundo.

- ¿Tienes una pistola en tu apartamento?- murmuró escandalizada Natasha, viendo a Yulia a los ojos.

- En la caja fuerte… no sé, así crecí en la familia…

- Deshazte de ella y verás cómo te sucede menos, cada vez menos…si no sabes cómo deshacerte de ella, seguramente mi papá te la compra- Yulia sólo sonrió. – Gracias

- ¿Por qué?

- Por compartir algo tan personal conmigo

- There’s more to me than meets the eye (Hay más para mí de lo que parece)

- Sabes… yo toda la vida quise ser perfecta, perfecta para mi papá, para mi mamá, y eso es como ser dos personas distintas, porque ambos esperan cosas distintas…quise ser perfecta para mí, que eso es más complicado porque nunca estás satisfecha… y había cosas que yo no entendía, por cosas de la inmadurez, de la falta de realidad, no entendía por qué mis parejas me engañaban, por qué los tres novios que tuve antes de Phillip me habían engañado, por qué no terminarme, por qué no darme la cara, y por qué engañarme…y son cosas que hasta ahora entiendo, dos puntos: Ben fue mi novio, el primero de toda mi vida, al que le di mi primer beso, estábamos en octavo quizás, o noveno, y me engañó con una de una clase abajo, que con ella si se fue a la cama, luego fue Garreth, mi novio oficial, el primero, porque fue con el que me consagré…pero me engañó una navidad, porque no me quise ir con él a Las Vegas, y luego Enzo, que no le quise dar el culo y me engañó con quien creí que era mi mejor amiga, con Ava…

- Claramente no eran para ti, pues a Phillip mira cómo lo tuviste toda una eternidad y ahí sigue, porque él si te ama- sonrió Yulia, apagando su cigarrillo.

- Sí, pero te imaginas a mis diecinueve años, en primer año en la universidad, frustrada amorosamente, no entendiendo que mi "maldición" era en realidad mi "bendición"… estaba feliz pero a la vez triste, y me tardé hasta ahora para saber cómo eso puede ser posible, estar así, en ese contraste tan grande… y llegué al punto en el que toqué fondo, nada de que me iba a suicidar ni cosas así…pero estaba en una fiesta con Marie y Ava, fue la fiesta en la que conocí a Enzo, tenían una mesa repleta de líneas de cocaína…una línea bastante larga y gruesa, y estaba dispuesta a probarlo, por masoquismo, pero Enzo me vio, vio que estuve viendo aquella línea por diez minutos, como si dudaba…y se me acercó y me dijo que no lo hiciera, que no era sano y que blah, blah, blah…terminé en la cama con él esa noche, y nos quedamos así, a tal grado que Enzo y yo nunca tuvimos un punto de partida de noviazgo, simplemente creamos una relación amorosa alrededor del acostón y de los siguientes acostones y ya…y no sé a quién le tengo que agradecer que siempre quise ser perfecta, porque de no haber querido serlo, no fuera tan complicada con los hombres, fuera más floja para ceder, y no estaría con Phillip…

- So…you’re saying that everything happens for a reason?(Así que ... ¿estás diciendo que todo sucede por una razón?)- rió Yulia, Natasha asintió. – Tal vez nunca averigüe el por qué de lo mío…de muchas cosas…

- Tal vez sí lo sabes y no lo quieres aceptar…

- You know…I had this boyfriend…(Sabes ... Tuve un novio ...)

- "The" Boyfriend?

- Ese mismo… fue como la reafirmación de que no puedo confiar en un hombre… confío en Phillip, en tu papá, en Volterra…en cualquier hombre que no se meta conmigo sentimentalmente…me cuesta confiar

- ¿Y Mischa?

- We’re just having fun…/ (Sólo nos estamos divirtiendo..).no somos nada serio…no tiene la capacidad para romperme el corazón porque no lo he dejado entrar…es más físico…

- Supongo que está bien tener un poco de diversión, siempre y cuando sea con protección, ¿Verdad?- rió, acordándose del episodio de "Eso".

- "Eso" no me va a pasar a mí

- Oye, tú sí que tienes Síndrome de Peter Pan, en el sentido de que crees que esas cosas no te van a pasar, pues eso creí yo…y vaya susto…

- No me va a pasar porque no me puede pasar, Nate… defecto de fábrica- guiñó su ojo.

- Oh, sorry, sorry, sorry…- balbuceó.

- It’s ok… lo sé desde hace años ya…

- Supongo que sí ya has considerado otras opciones- sonrió, tratando el tema como todos los demás.

- No, me apego a mi naturaleza…no estoy diseñada para ser mamá, no tengo el gen, no tengo la habilidad, ni la vocación

- Creo que la explicación más válida es la que no dices, pues, al menos yo la aceptaría mucho más que una explicación débil sobre "no me gustan los niños"…- sonrió, echando su cabeza hacia atrás. – Y puedes escoger ser como tu mamá o como tu papá, pero el miedo es un mecanismo de defensa natural, que justifica tus razones débiles

Agosto dos mil once. Era lunes ocho a las dos y treinta y nueve de la tarde en el Estudio de Ingenieros y Arquitectos "Volterra-Vensabene", Yulia acababa de entrar a un tipo de concurso bastante peculiar, pues podían concursar básicamente todos los del gremio del diseño; fueran diseñadores de moda, gráficos, artesanales, de interiores, Arquitectos, Ingenieros, etc. ¿El premio? No era exactamente una suculenta paga, eso también, pero, lo que más pesaba, era que, el diseño ganador, con sus respectivos ajustes, sería materializado en la vitrina de Louis Vuitton de la Quinta Avenida, que significaban dos diseños distintos, pues había un local en Rockefeller Center y otro sobre la Cincuenta y Siete, con el motivo de Halloween, pero no del presente año, sino del siguiente, o sea dos mil doce. El "concurso", porque no cualquiera podía entrar, sino más bien Louis Vuitton Marketing Image los contactaba, y tenían que impresionar, tenían que darle el Mojo adecuado a "Dress to impress your memories", y Yulia, pensando totalmente fuera de la caja con Halloween porque no era una fiesta que ella celebraba, pues no la entendía y le daba igual, hacía, en ese momento, a esa hora, de espaldas a la puerta, sentada sobre un banquillo a su mesa de dibujo, el modelo físico de la vitrina del local de Rockefeller Center, y no era un modelo como los que siempre hacía en un octavo de plywood, sino que este era en papel, que era lo que la Arquitectura le permitía hacer con naturaleza, pero era lo que más se tardaba, alrededor de dos días por modelos, pues eran dos y ya estaba contra el reloj.

- Adelante- respondió al llamado a la puerta, sin volverse, pues, juzgando por cómo habían llamado a la puerta, dedujo que era Volterra.

- Si supieras lo hermosa que te ves haciendo manualidades- dijo Anatoly, viendo la espalda de Yulia, ya con la camisa por fuera y, al estar sentada de esa manera, su pantalón se bajaba un poco y dejaba ver, por entre el borde de la camisa y el borde del pantalón, los indicios de una sensual tanga negra.

- Anatoly, ¿en qué te puedo ayudar?- suspiró con pesadez, pues Anatoly no era su persona favorita.

- Siempre al grano, ¿no?

- El tiempo perdido hasta los Santos lo lloran- dijo a secas.

- Bueno, bueno…sólo te quería preguntar algo, desde un punto de vista femenino

- Aja…

- Quiero invitar a una mujer a un juego de los Knicks

- Pero la temporada no empieza hasta en octubre, Anatoly, y apenas estamos en agosto

- Si, lo sé, por eso te quería invitar, porque queda tiempo, así puedes organizarte con tu tiempo y podemos salir, tengo asientos al borde del juego, detrás del banquillo, ¿qué dices?

- Anatoly, de verdad, no me invites a salir, que nunca voy a aceptar, tengo novio

- ¿Cómo se llama el afortunado?- preguntó a su oído, deteniéndose con sus brazos de la mesa de dibujo, encerrando a Yulia entre ellos.

- Se llama Mischa

- Mischa

- Como sea, Anatoly, no quiero salir contigo, nunca…

Yulia entró a su apartamento ese lunes por la noche, estaba demasiado cansada, se empezaba a sentir débil, mal de salud, hasta le dolía el alma al caminar en sus Stilettos. Se bebió cinco tragos de Gin sin parar, sin explicarse por qué o para qué, pero le calentó el cuerpo, y alcanzó a meterse en la cama en medio de su terrible fiebre, en la que alucinaría, sí, algo sobre gaviotas picoteándola. Y se enrolló en la cama, en posición fetal, creyendo, como todo adolescente, que se iba a morir y que era su despedida al mundo tal y como lo conocía, se acobijó en el transcurso de la noche, sólo para que, al despertar, se encontrara con Mischa, que la veía fijamente desde la puerta.

- Buenos días, Nena- dijo en su voz grave. – Son las doce de la noche

– Leave me alone (déjame sola)- le ordenó, pero él no entendió, ella se dio la vuelta y se escondió bajo una almohada.

- Es que tengo un problema

- Mmm…- se quejó, quedándose dormida de nuevo, o empezando a quedarse dormida, pues escuchó que Mischa bordeaba la cama y se colocaba frente a ella. – No me gusta que me veas dormir, vete- le dijo, levantando su mano para hacer la típica señal de "vete".

- Nena, abre los ojos, por favor- Yulia los abrió un poco y vio, por entre sus dedos, a Mischa, con los pantalones abajo, deteniendo su bulto entre sus manos.

- No tengo ganas de coger, Misch- se quejó de nuevo, viéndolo a los ojos con expresión de "o te vas, o te mato".

- Nena, por favor…estoy que ardo- dijo, quitando sus manos para que Yulia viera su enorme erección.

- What the fuck are you wearing?( Que coño estas vistiendo?)- gimió, irguiendo su cuello mientras intentaba enfocar aquella imagen. - ¿Estás usando mi Kiki de Montparnasse?- murmuró, tratando de enfocar todavía.

- Es muy cómoda, Nena

- Mastúrbate en otro lado, Mischa…y deja de robarme mis tangas que son caras

- Nena, ya me masturbé, tres veces, y no se me baja- gruñó, quitándose la tanga de Yulia.

- Como quien dice que estás mal- rió, cerrando sus ojos y enrollándose de nuevo en las sábanas.

- Se me olvidó que me había tomado una dosis ya, y me tomé doble sin querer

- ¿Dosis de qué?- balbuceó, ya entrando en etapa de sueño.

- De viagra, Nena…la he usado toda mi vida, pero ahora se me ha pasado la mano

- Pues ve a pasarte la mano a otro lado que no sea en mi casa- espetó, todavía con sus ojos cerrados. – Me siento demasiado mal, porque no puedo ni parártelo, y porque estoy enferma…now, take it home (ahora, fuera de mi casa)- dijo, refiriéndose a su erección.

- Nena, por favor, haré lo que sea- sollozó, como si estuviera en un verdadero problema. - ¿Qué quieres que haga?- Yulia abrió los ojos y retiró sus sábanas.

- Quiero que me entregues mis llaves y que, de ahora en adelante, nos veamos en tu apartamento, sin viagra, y que dejes de robarte mis tangas, por Dios…- Mischa se agachó, buscó las llaves en el bolsillo de su pantalón y colocó las llaves en la mesa de noche. – Y me dejarás a mí hacerlo, porque no me imagino lo que me dolería si me follas como siempre…

- Está bien, Nena, ¿algo más?

- Llévate tu Play Station- murmuró, quitándose su tanga roja, porque ya no tenía negras, para que Mischa se hundiera en su entrepierna.

Y, lo único que Yulia podía pensar era en lo mal que eso estaba, pero al menos ya no entraría a su apartamento cuando se le diera la gana, Yulia sabía que era el primer paso para el fin de una relación, pero no tenían una relación, era básicamente sexo, pues cuando no había sexo Yulia no podía ni verlo, se desesperaba demasiado. Abrió sus piernas para él y Mischa se encargó de lubricarla, con sus dedos y con su lengua, eso sí lo sabía hacer demasiado bien, tan bien que, cuando ella se corrió, le dolieron hasta los huesos. Tenía que aceptarlo, había algo bueno de Mischa, no sólo su torpeza natural que hacía reír a Yulia pero que al mismo tiempo le enojaba, y nada más, bueno, sólo el sexo oral, Dios, sí que era bueno el señor de treinta y un años, era lo único que a Yulia le gustaba con él, le gustaba más cuando Mischa le decía que sentara en su cara, y, aunque a ella no le gustaba mucho cabalgar la cara de nadie, Mischa la obligaba, y ella, pues, no era tan difícil cuando ya estaba excitada, y lo cabalgaba suavemente, más bien se mecía corta y suavemente sobre él, tomándolo del cabello y de la cabeza mientras él pellizcaba sus pezones o apretujaba sus senos.

- Gime, por favor- le gruñó Mischa en cuanto Yulia introdujo aquel miembro en su vagina, que iba a cabalgarlo ella a su ritmo, a su adolorido ritmo. Yulia no gemía porque no se sentía cómoda gimiendo, sino confundía su vida con la pornografía. – Gime, por favor- le repitió, y Yulia se rindió. ¿Por qué no? De igual forma, eso ya era pornográfico, no había mucho sentimiento de por medio, al menos no de su parte, pues Mischa podía llegar al punto en el que lo despreciaba porque la desesperaba.

- Ni se te ocurra cogerme- le advirtió. – Sino, dejo de gemir y te dejo de coger- porque eso era lo que hacían, "cogían", ahí no había tales de "hacer el amor", aunque eso era lo que Yulia iba a intentar esa vez.

Yulia pasó sus piernas a los costados del torso de Mischa y se echó hacia atrás, dejándolo ver todo su lado frontal, con su miembro en ella, y Yulia empezó a cabalgarlo, de arriba abajo, suave y lentamente, que así debería ser el sexo, suave, para el goce de la mujer, qué egoísmo. Y gemía, fingía los gemidos, pues no terminaba de sentirse capaz de gemir, pero la sensación suave le gustaba, pero, por estar fingiendo, no podía gozarla, pues tenía que dividir su concentración entre gozar y gemir, y, en su fiebre de treinta y ocho grados centígrados, no le era posible ser policrónica. Se dejó caer sobre su pecho, cabalgándolo sólo con su trasero, de arriba abajo, cada vez más rápido, ambos gemían.

- Córrete para mí- gruñó Mischa creyendo que Yulia era capaz de llegar al orgasmo con la penetración, pues no sabía distinguir exactamente entre cuándo se corría y cuándo no.

Yulia lamió sus dedos derechos y los llevó a su clítoris, que sabía que no tendría un orgasmo, pero era parte de la actuación, hizo como si se tocaba, pero ni siquiera frotaba su clítoris, simplemente dejaba que el dorso de sus dedos rozaran el vientre de aquel hombre, para que sintiera como si se estaba tocando, y gimió lo más falso que pudo, fingió su primer orgasmo, que quizás yo no se lo hubiera creído, pero Mischa si se lo creyó, y, sólo con ver esa terrible actuación, se corrió dentro de Yulia por tercera vez en su sobredosis de viagra, algo que a Yulia no le gustaba, pues no le gustaba sentir que algo andaba dentro de ella.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Ago 08, 2015 12:47 am

Lena le puso el collar a Darth Vader, el Bottega Veneta negro y le sirvió un poco de leche, que había descubierto que le gustaba, pero no se la tomaba toda, por lo que sólo le servía dos onzas, lo suficiente para mantenerlo ocupado mientras se vestía. Desenfundó el Oscar de la Renta rojo, y notó, por el espejo, que el Elie Saab colgaba ahí también, y dudó si debía darle gusto a Yulia o no, sólo era un vestido. Sacudió su cabeza. Sonrió. Sacó la correa y la encajó a la cremallera del vestido, método para subirse sola la cremallera. Se quitó la ropa, colocándola en el cesto de la ropa sucia y salió, desnuda, hacia el baño, a rociarse un par de veces su nuevo descubrimiento, el Hermés’ 24 Faubourg. Tomó el double-tape, dos tiras y se dirigió al clóset nuevamente para pegarlas del lado del busto del vestido, siempre sobre el vestido y no sobre la piel. Abrió el envoltorio de su tanga, una Argentovivo negra que no dejaba ninguna marca, ni sobre la piel ni se ceñía bajo el vestido, se deslizó en ella y descolgó el vestido rojo, bajó la cremallera se metió en el, tomó la correa y la tiró hacia arriba, subiendo así su cremallera; acto seguido, aseguró el busto de su vestido a su piel con la cinta adhesiva doble y retiró la correa. Tomó su bolso compacto, un Belstaff de metal, las barbaridades de la moda, arrojó su teléfono, un paquete de goma de mascar, su cartera Valextra de cuero negro, en donde sólo había espacio para dinero y cinco tarjetas, que una era su identificación, tanto la italiana como la norteamericana, una que Yulia no tenía, y su Visa Infinite, su Debit Card y su American Express, y cerró su bolso. Abrió el panel y sacó el tramo de las joyas; buscando los aretes que Natasha le había regalado para la ocasión; de base de cuatro perlas grandes, en el centro, una quinta y sobre las de la base. Abrió la cadena Tiffany que Yulia le había regalado y se quitó su anillo del dedo izquierdo, acordándose de cómo Yulia se lo había propuesto, que fue romántico, o quizás inesperado, ¿pero qué mujer no quiere algo así? Había que aceptarlo, todas esperaban algo romántico, todas están a la expectativa de cómo, cuándo y con qué. Lo deslizó en la cadena y se la puso al cuello, cayendo aquel anillo que le daba una idea muy concreta de lo que Yulia gastaría por ella, pues, sobre su corazón, descansaban seiscientos setenta y cinco mil dólares que podía haber utilizado para otra cosa. ¿Cómo una cosita podía costar tanto? Si ni pulverizando billetes de cien dólares se comprimían en algo tan pequeño y brilloso. Se subió a sus Jimmy Choo, un vistazo al espejo, y no se sintió guapa, no se sintió de acuerdo, pero quizás eran los nervios. Tomó el vehículo de transporte de Darth Vader, marca Lena Katina, y le daba risa siempre que pensaba eso, pues no era marca, era simplemente amor al perro por que estuviera cómodo, y sólo era para transportarlo al edificio de Natasha, pues pasaría el fin de semana con su primo, Papi.

*

Segunda semana de septiembre, dos mil once. Concierto de los Rolling Stones en Times Square, cuestión de dos horas atrás. Yulia estaba borracha, como nunca antes, de esas veces que ni caminaba recto, ni siquiera en sus Converse que había bañado en cerveza. Estaba en el apartamento de Mischa, bueno, apenas llegaban, y Yulia y Mischa se besaban arrancadamente, arrebatado, salvaje, Mischa cargando a Yulia en el ascensor, apretujando su trasero sobre el jeans, su respiración era pesada, y tenía aquel olor a pan agrio, a humo que no era de cigarrillo, con sus ojos rojos, que a Yulia, en su ebriedad, no le importaba, pues estaba caliente, el alcohol la había puesto así, o quizás algo que Mischa le había puesto a las cervezas, no importaba. Entraron al apartamento, rebotando en las paredes, quitándose la ropa, Mischa con una media erección.

- No puedo trabajar con eso, Nene- rió, señalando aquel miembro sin circuncidar un tanto cabizbajo. – Tómate una azul- le ordenó. – Que ahora vamos a reventar la cama- gruñó en su inmensa ebriedad, y Mischa materializó aquella pastillita y la bebió figuradamente, pues no tenía agua, sólo saliva. - ¿Cuánto se tarda?

- Cinco minutos…- balbuceó, viendo a Yulia en varios planos, moverse lento, entre su marihuana. La pastillita era psicológica.

- Oh, you’ve been a bad boy (Oh, has sido un chico malo)- dijo Emma, hablándole sexy, acostándolo de golpe sobre la cama. – How bad have you been? (¿Qué tan malo has estado? )- se subió sobre él, desnuda, tomando su pene para colocarlo sobre su vientre y mecerse sobre él, atrapándolo entre sus labios mayores.

- Very bad…the baddest of them all…(Muy mal ... el más malo de todos ellos ...)

- Tell me…bad boy ( Dime...chico malo)- susurró a su oído, clavándole sus pezones, que le hizo cosquillas por los varoniles vellos que cubrían el pecho de aquel ahora en potencial engorde adulto. - ¿Por qué te gusta cogerme?

- Porque eres sexy…estás más buena que el pan…

- ¿Y qué más?- siseó suavemente, bajando con su pecho por el suyo hasta llegar a atrapar su miembro entre sus senos.

- Porque eres una fiera en la cama…

- ¿Por qué yo y por qué no otra?

- Porque me gustas tú- gruñó, sintiendo la lengua de Yulia rozarle su glande, que Yulia lo había descubierto, sintiendo aquel miembro ya más erecto, que no era que Mischa era impotente, era algo psicológico. Y volvió a subir, con algo así ya se podía trabajar, y lo introdujo con dificultad en su vagina, era como un dildo flojo, pero daba placer igual.

- ¿Y por qué te gusto, Nene?- dijo agitada, empezando a cabalgarlo, que fue cuando él la tomó fuertemente de su trasero, tanto que fue una nalgada fuerte, y la empezó a penetrar sin piedad, haciéndola gritar, y no de placer, sino de dolor, y de rabia.

- Don’t know, you look a lot like my mother (No lo sé, te pareces mucho a mi madre)- gimió, viendo los senos de Yulia subir y bajar con una impresionante velocidad.

- Stop, stop, stop…- gritó. – What the fuck is your problem? (¿Qué carajo es tu problema?)- siseó, sacándose su miembro de ella y empezando a buscar su ropa con la mirada.

- ¿Qué dije?- sollozó.

- Dude, you need fucking therapy ( Sin duda, necesitas terapia)- se deslizó en su jeans.

- ¿De qué hablas, Yulia?

- Ve a rehabilitación, carajo, ve a un psicólogo a que te trate el complejo de Edipo…haz lo que quieras, a mí no me tomes en cuenta, yo me voy, esto se acabó

- Oh, come on, Yulia!- gritó, viendo a Yulia salir con su camisa a medias poner, con los zapatos en la mano y el bolso en la otra, dejando su sostén y su tanga ahí tirados.

*

Yulia, al igual que Lena, se desnudaba para meterse en su Kiki de Montparnasse, una tanga, negra como siempre, que, como su nombre lo decía, era como andar sin nada, totalmente seamless, igual que la de Lena. Descolgó la funda del vestido y lo arrojó sobre la cama, desabotonó aquellos botones recubiertos de seda blanca, descubriendo su perfecto y apropiado vestido, que no era quizás hecho a la medida, pero era estilo único por las plumas, y había sido ajustado especialmente para Yulia. Tomó, antes de deslizarse y estropear su perfecto vestido negro, su barra y sus polvos antifricción, se sentó a la cama y frotó la brocha de los polvos sobre la unión de la falange y el metatarsiano pulgar e índice, para luego frotar aquel ungüento sólido sobre el área y volver a polvearse. Técnica aprendida de Natasha, quien era como la cajita de Pandora en cuanto a los secretos de la comodidad para evitar el lema de "La Belleza Duele", era por la altura de sus Stilettos y porque eran nuevos, sólo para que no se lastimara y pudiera caminar cómodamente sobre ellos. Se subió a sus Stilettos y, así, se deslizó en su vestido negro, que según yo le quedaba perfecto, según Natasha era la octava Maravilla construida por el hombre. Subió la cremallera lateral, invisible, tal y como Yulia lo había pedido, y, para esconderla aún más, botones planos y cómodos, que terminaban por cerrar la complexión del vestido; una obra maestra.

Caminó hacia la mesa de noche, tomó sus aretes Piaget y los fijó a sus orejas, tomó su Patek Twenty-4, dándole un poco más de elegancia al asunto, pues su reloj de todos los días, el otro Patek, tenía muñeca de cuero marrón quemado y era de oro rosado, y sabía que un reloj no se usaba con un vestido, pero sin reloj se sentía extraña. Roció, a distancia de medio brazo, el Guerlain Insolence a cada lado de su cuello, sobre su pecho vestido, sobre la parte interior de sus brazos y, habiendo colocado el frasco sobre la mesa, vio su mano izquierda, y sonrió. Tomó el anillo entre sus dedos índice, medio y pulgar de la mano derecha y lo sacó lentamente, y lo admiró, sonriendo, no había un anillo más chic, al menos eso pensaba Yulia, había sido lo que probaba la seguridad de Lena, y se lo cambió de mano, enfundando su dedo anular derecho con aquel anillo, sintiéndolo extraño, pero parte de sí, lo que la hizo sentir segura en aquel momento de nervios. Respiró hondo, tres veces, y, tomó su bolso compacto, Fendi ocre, llevándole un poco de descaro al asunto, pues no estaba en contra de aquello, más porque no vería su bolso muchas veces por la noche; pues sólo llevaba su cartera, goma de mascar, y su teléfono, una cajita, ah, y un Lipgloss.

*

Noviembre dos mil once.

- Gaby, ¿puedes venir un momento, por favor?- dijo Yulia por el intercomunicador, reanudando su tercera propuesta para los Hatcher.

- Dígame, Arquitecta- emergió, con su libreta ya en una página en blanco, lista para tomar nota, pero su voz era quebradiza, y sus ojos estaban agachados.

- Siéntate, por favor- sonrió, apartando el teclado y el mouse, apoyándose con sus codos, recubiertos en un suéter Donna Karan de lana, en una mezcla de tonos celestes y turquesas, con un poco de blanco. - ¿Qué pasa?

- Nada, Arquitecta- intentó sonreír, pero fue demasiado falso.

- Gaby, no te voy a regañar, yo no soy tu mamá- murmuró, intentando buscar la mirada de Gaby, pero seguía sin verla. - ¿Qué pasa?

- Tengo problemas personales, Arquitecta, nada de qué preocuparse. Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?- inhaló su congestión nasal para evitar que saliera huyendo de su nariz.

- Gaby, ¿cuánto tiempo tienes de trabajar para mí?

- Un poco más de un año

- ¿No confías en mí?- murmuró, no por curiosidad, sino porque detestaba ver a una mujer llorar, pues siempre lo asociaba con violencia, y porque Phillip se lo había dicho muchas veces, más cuando Natasha tenía sus colapsos de cinco minutos por el estrés en el trabajo, además, si Gaby estaba mal, no era tan efectiva como el resto del tiempo. – Pretendamos que no soy tu jefa, sino que tu amiga, ¿está bien?- dijo al sentir que Gaby estaría a punto de evadirla de nuevo, y no iba a descansar mientras no viera que se recomponía. Necesitaba que hiciera cosas por ella.

- Vivo en Brooklyn con mis papás, y mi hermano, con su esposa y su hijo…- Yulia emitió un "mjm". – Hace dos meses llegó el hermano de mi cuñada…- y empezó a quebrarse en lágrimas.

- Gaby, háblame con confianza…yo no diré nada a nadie, esto se queda entre nosotras, ¿está bien?- ella asintió, no sabiendo por qué el tono de Yulia le parecía tan reconfortante.

- Es mayor que yo, tiene veintiocho…y se quedaba a dormir en la casa…

- ¿Te hizo algo?- pero Gaby no respondió. – Gaby, ¿te hizo algo?- repitió, poniéndose de pie y bordeando el escritorio.

- Arquitecta, yo le juro…- sollozó, tapándose el rostro con ambas manos.

- Gaby…Gaby…- murmuró Yulia, sentándose en el sillón de al lado. – Tranquilízate…háblame- murmuró con aire a consuelo, alcanzándole un Kleenex de la caja que tenía arrojada, por cosa del destino, sobre el escritorio.

- Es que tengo miedo de que me cueste el trabajo, Arquitecta- dijo entre sus sollozos y su congestión nasal.

- Gaby, ¿has vendido propiedad intelectual de la oficina?- ella se negó con la cabeza. – Entonces no tengo por qué quitarte el trabajo…háblame, por favor

- Tengo ocho semanas de embarazo- dijo, tan callada que Yulia apenas le escuchó.

- Gaby, ¿fue sin tu consentimiento?- se negó con la cabeza.

- Sólo pasó, Arquitecta…se lo juro

- Gaby, no tienes por qué darme tantas explicaciones…pero, dime, ¿por qué lloras exactamente? Seguramente podemos encontrar una solución- sonrió, poniéndose de pie para dirigirse a la micro-estación de vasos y botellas de Pellegrino que tenía, que, por cuestiones del destino, tenía una botella de agua sin gas, la que abrió y vertió en un vaso. – Gaby… ¿qué tan malo puede ser?

- Mis papás me van a echar a patadas de la casa, él no se va a hacer cargo… ¿qué voy a hacer?- rezongó, y con justa razón.

- Vamos por partes… ¿por qué te van a echar de la casa?

- Es la reacción que espero, Arquitecta

- ¿Cuándo les vas a decir?

- Ahora que llegue a casa

- Hagamos una cosa, si es que te parece…- suspiró, no estando segura de lo que estaba haciendo, pero si en sus manos estaba tranquilizar a una mujer desesperada, lo haría, más cuando era tan buena en su trabajo. – Yo estoy dispuesta a ayudarte siempre y cuando no decidas abortarlo, ¿entiendes?- Gaby asintió. – Si las cosas en tu casa salen mal, yo te daré un lugar para vivir mientras encuentras algo tú, pero, pase lo que pase…te subiré el sueldo…y me encargaré de que a tu hijo no le falte una buena niñera, ni a ti los tratamientos prenatales necesarios- y todo era porque Yulia no podía pasar por lo que Gaby estaba pasando, pero era algo raro, no podía pero tampoco quería, aunque siempre fue de apoyar a los niños; casi siempre, sus donaciones, iban a hogares de niños huérfanos.

- Arquitecta…yo no podría aceptar eso…

- No es una pregunta, es una orden…si tus papás te dan la espalda, ten por seguro que yo no…porque no sé qué es tener veintiún años y estar sola…pero sé que una mano amiga no te caería mal, todos necesitamos ayuda de vez en cuando… ¿de acuerdo?

- Está bien, muchísimas gracias, Arquitecta…- suspiró, tomando el vaso con agua que Yulia le alcanzaba. – Sólo tengo miedo…

- A mal paso…

- Darle prisa- lo completó, secándose las lágrimas y soplándose la nariz.

- Exacto- sonrió Yulia. – Pero ya no llores, ¿sí? Soluciones hay, y muchas- dijo en aquel tono comprensivo mientras se devolvía al otro lado del escritorio, volviendo a levantar la barrera entre jefe y empleado.

- Gracias, Arquitecta…- se recompuso. - ¿Qué puedo hacer por usted?

- Necesito que me compres un boleto de avión, para el diez de diciembre, saliendo de JFK por la mañana, para llegar al Fiumicino, el aeropuerto de Roma…

- ¿Qué tan en la mañana? ¿Alguna aerolínea en especial? ¿Qué clase?

- Saliendo a eso de las ocho de la mañana, la aerolínea no importa, que sea directo o, si tiene escalas, que no tenga que bajarme del avión, por favor…cómpralo en Primera Clase, por favor…entre menos dure el vuelo, mejor- suspiró, trayendo de nuevo el teclado del ordenador hacia ella.

- ¿Qué más?

- Necesito que llames al Señor este de Little Wolf…se me ha olvidado el apellido, se llamaba Manuel o Manolo, no me acuerdo, pero necesito que le preguntes si ya están las encimeras de mármol negro, si están, dile que las venga a dejar, contra pago, y si no están, quiero que le llames tres veces al día para presionarlo, acordándole que tiene "x" días de atraso, amenázalo con nunca trabajar con él de nuevo- Gaby emitió un "mjm". – Llámale a Jaime Gonzalez, el plomero de Aaron, y dile que se me sale el agua de la ducha, que necesito que vaya a verla, que cotice y que me diga qué carajos hay que cambiarle de una buena vez, que es tercera vez que pasa eso…

- ¿Algo más?

- Avísame cuando Volterra esté libre, por favor- sonrió, dando por terminada la sesión de labores en su oficina, en lo que a Gaby se refería, pues eran apenas las diez de la mañana. Tomó el teléfono y presionó el acceso directo número dos, pues el primero era el de Volterra.

- Centro de Recursos Humanos, Project Runway para Lifetime, buenos días- dijo aquella mujer que parecía tener voz de pregrabación.

- Buenos días, con Natasha Roberts, por favor

- ¿Quién desea hablar con ella?

- Yulia Volkova- sonrió, intentando aguantarse una risa por querer decirle "El Coño de Atenea", que era una simple burla a un comentario reciente de Natasha, pues había catalogado la vagina de Atenea como mágica, como su vagina, pues una vez atrapaba un pene, no lo dejaba ir. Un comentario al azar, estúpido pero al azar.

- Please tell me that you need me (Por favor, dime que me necesitas)- gimió Natasha al contestar la llamada.

- I always need you, ma Chérie ( Siempre te necesito, ma Chérie)

- Tan linda que eres- rió.

- Lo sé, soy la más hermosa y la mejor amiga del mundo

- ¿Y ese salto de confianza?

- ¿Qué vas a hacer ahora por la noche?

- Mi vagina necesita descanso…he tenido demasiada acción desde el lunes

- Hoy es martes- rió Yulia a carcajadas.

- Pues imagínate el abuso del uso…- rió, y qué bien se sentía reír así de fuerte. – En fin, estoy en incapacidad autorecetada, ¿qué tenías en mente, oh, gran Yulia?

- Oh, gran Nathaniel- bromeó. – ¿Qué dices si vamos al cine a ver cómo Cullen revienta la cama con Bella?

- Tienes mi atención- sonrió. – Si yo no puedo tener sexo, que lo tengan ellos…aunque seguramente me dará risa… vomita tu plan

- Tickets centrales para "Breaking Dawn"…y luego una Lady Gluttony en Olive Garden…Ravioli di Portobello, con ensalada y Breadsticks…luego de una Smoked Mozzarella Fonduta…

- Unos cuantos Venetian Sunsets…

- Y, de postre, Zeppoli

- ¡Ah!- gimió suavemente al teléfono, cuidando que nadie la escuchara. – Me acabo de correr- rió Natasha, levantando sus lentes por encima de su cabeza.

- Phillip puede venir también

- ¿Qué parte de "Incapacidad" no entendiste?

- Ay, ni que te haya abusado de la puerta trasera- rió Yulia, viendo que Gaby se acercaba a su oficina.

- Ay…no, nada que ver…es sólo que necesito un descanso…

- Como tú digas…

- ¿A qué hora es el chiste?- Natasha se negaba rotundamente a aceptar que la Saga le gustaba, que le encantaba, a Yulia le daba igual, pero había visto las películas anteriores con Natasha, había que mantener la tradición.

- A las siete y media en el de siempre

- ¿Nos vemos a las seis frente a las escaleras?

- Me parece perfecto, mi amor- sonrió Yulia, ruborizándose por haberla llamado así frente a Gaby, pero, a fin de cuentas, ¿Gaby qué sabía? Nada.

- Go, Team Edward!- gritó, y luego colgó.

- ¿Ya está libre Volterra?- Gaby asintió. - ¿Alguna novedad?- preguntó, sacando su tarjeta de crédito, pues su vuelo no se iba a comprar con imaginación o suspiros.

- Hay un problema…- Yulia le alcanzó la tarjeta.

- ¿Qué pasó?- se puso de pie y empezó a caminar hacia el exterior de su oficina, para atravesar longitudinalmente el Estudio para llegar a la oficina del Jefe.

- Hay sólo dos aerolíneas que vuelan directo, Alitalia y Delta, pero ambos vuelan de noche, y no hay de Primera Clase, sólo de Clase Ejecutiva…

- ¿Cuál dura menos?- pasó de largo por los cubículos de la Trifecta, en donde Anatoly siempre hacía la jugada del Exorcista al darle una vuelta de 360° a su cuello para seguir el trasero de Yulia desde el punto en el que estuviera, Dios, era al único al que le gustaba que las oficinas fueran con paredes internas de vidrio.

- Alitalia, saliendo a las once de la noche de JFK…dura ocho horas y quince minutos, sin escalas, en Clase Ejecutiva

- ¿Expedia?- Gaby y su "mjm", el que había aprendido de Yulia. – Alitalia opera con Delta, llama a las oficinas de Delta y, si no consigues para el diez, que sea el once, pero en Primera Clase…no importa salir de noche de aquí- se detuvo ante la puerta. – Los de Clase Ejecutiva… ¿superan los ocho mil?

- No, no pasan de seis mil

- Entonces sí, compra uno de Primera Clase, por favor- y llamó a la puerta de su jefe, justo para que, cuando diera aviso de aprobación de paso, Gaby se retirara. - ¿Querías hablar conmigo?- entró a la oficina.

- ¿Ferrero?- le ofreció de su recipiente de dulces y chocolates.

- Toda la vida, Arquitecto- rió Yulia, sentándose en el sillón rojo del lado izquierdo y metiendo su mano en el recipiente. - ¿Qué clase de trabajo sucio quieres que haga?- pues era la única razón que le encontraba a su ofrecimiento de Ferrero.

- No es un trabajo sucio, es un favor- dijo, entrelazando sus dedos y echándose hacia atrás sobre su silla de cuero. – Y sí, puedes considerar tus opciones

- Tú dirás…

- ¿Cuándo te vas a Roma?

- No te sabría decir si el diez o el once, Gaby está haciendo el milagro, ¿por qué?

- ¿Puedo mandar un paquete contigo?

- ¿Un paquete?

- Sí, no es nada ilícito, son papeles que necesito que lleguen a su destinatario lo más pronto posible, y no quisiera mandarlo por Courier

- ¿Quieres que se lo entregue personalmente?

- Sí…vive cerca del centro

- Está bien, sólo dame el paquete y yo se lo entrego, con muchísimo gusto- sonrió Yulia, pero Volterra le acercó el recipiente de Ferrero de nuevo. - ¿Qué más?- rió.

- Necesito que hagas un depósito en una cuenta del Banco di Brescia

- Está… ¿bien?- dijo lentamente, no entendiendo del todo, pues no debía entender.

- ¿Cómo prefieres?- pero Yulia lo vio con incógnita. – ¿Quieres que te dé el dinero líquido, que te lo deposite en una cuenta, o qué?

- ¿De cuánto estamos hablando? Digo, para saber qué tan seguro es llevarlo a bordo. Volterra abrió sus manos, las cerró, las volvió a abrir, cerró su mano izquierda y la volvió a abrir, sí, veinticinco.

- Euros

- Mmm…- pensó Yulia, desenvolviendo el tercer Ferrero.

- No preguntes- levantó las manos en evasión rotunda.

- No iba a preguntar…mmm…- introdujo el Ferrero en su boca. – Es mucho dinero…estoy pensando en cómo llevarlo al otro lado, ¿por qué no sólo lo transfieres?- pero Volterra levantó una ceja, diciéndole "esa no es una opción", y Yulia supo que no era ilícito, pero Volterra estaba haciendo algo sin el consentimiento del dueño de dicha cuenta.

- Lo que no quieres es que se den cuenta de que has sido tú, ¿no?

- Por eso te contraté, por inteligente- rió. – Sí, es por eso

- Deposito el dinero a la antigua; saco el dinero de mi cuenta en Roma, tú me lo repones aquí contra la entrega de la copia del registro del depósito, ¿te parece?

- Como dije, por eso te contraté, por inteligente- sacó una página impresa de entre su carpeta. – Es para hacerlo transparente, sin trampas

- No planeo robarte tu dinero- rió Yulia, tomando la página y empezando a leerla.

- No creo que lo vas a robar, pero es para que quede una constancia legal, por cualquier cosa- Yulia terminó de leer aquel contrato, que no tenía nada de extraño, y, con el bolígrafo de Volterra, dibujó aquella "Y" que era torcida, unas montañas a la ligera, un círculo sin completarse, una "V" más alta que el resto de letras, haciendo énfasis en que era mayúscula, y luego aquella composición de garabatos que pretendían ser el resto de su apellido, que terminaba con un punto.

- Sí sabes que voy a necesitar los datos de esa persona, ¿verdad?- Volterra asintió y le alcanzó un pedazo de papel de tamaño promedio.

- Cuídalo con tu vida, por favor- Yulia asintió, se puso de pie y abrió el dichoso papel:

Katina, Inessa

88 Via dei Foraggi, Roma

Banco Di Brescia 050536

No. 940-8162-8482

Víspera navideña del dos mil once. Era la primera navidad que Lena no celebraría en Atenas. El divorcio de sus papás había sido demasiado rápido y fácil, como si Sergey quisiera deshacerse de Inessa y como si Inessa quería que Segey se deshiciera de ella, era como una desesperación tan grande que, a pesar de haberla dejado, literalmente, sin nada, pues le dio dinero, sí, pero Inessa no tuvo la oportunidad siquiera de sacar su ropa de aquella casa, lo que significaba que había salido de ahí cual prófugo de la justicia; sólo con lo que tenía puesto, su bolso, y fotografías sin marcos. No sabría decir si Sergey era o no un mal hombre, porque mal papá no era, o quizás sí, pues esa navidad, se había llevado a Katya y a Maia, juntando hija menor con amante, por un crucero, desde antes de navidad hasta después de año nuevo, por lo que Katya no había podido ir a Roma, aunque Inessa sabía que Sergey no quería que Katya pasara tiempo con ella, mucho menos con Lena, pues la creía mala influencia; decía que tenía una actitud bastante frondosa en una irrelevancia en cuanto a todo, que no era digno de un ganador, pero era simplemente que Lena había tomado la sabia decisión de no tomarse las cosas muy en serio, que las raíces no le crecieran hacia el suelo, pues todo era pasajero, pero estaba muy consciente que llegaría el momento de dejar que esas raíces crecieran, simplemente esperaba. Dentro de todo, del estrés del trabajo, que se rumoraba que habría recorte de personal muy pronto, estaba muy contenta al estar con Inessa, pues su relación no era nada mala, Inessa era muy cariñosa con Lena, era de las que la abrazaba por las noches cuando veían la televisión, la mimaba, y Lena estaba doblemente contenta porque Inessa había conseguido trabajo en la Sapienza tras haberse encontrado con un viejo amigo de la universidad, Alessio Perlotta, que daba la casualidad que su esposa era la jefe de Recursos Humanos y necesitaban a un jefe de Organización de Seminarios, para lo que contrataron a Inessa. Y fue entonces, tras una breve plática, que Alessio Perlotta se enteró que Inessa estaba divorciada tras veintisiete años de matrimonio, y, siendo amigo, muy buen amigo de Alec Volterra, no encontró más remedio que hacerle saber que Inessa estaba soltera y trabajando en la Sapienza.

Yulia, al mismo tiempo, pasaba el cumpleaños de Larissa con ella, como siempre, sólo eran ella, Larissa y Piccolo, el fiel amigo, que nunca decepcionaba. A veces llegaba Oleg, pero Yulia le huía, subía corriendo a su habitación cuando escuchaba el auto de su papá aparcarse, y se tiraba a la cama, haciéndose la dormida, pues a veces Oleg subía, y Yulia lo podía sentir de pie a su lado, observándola, que su tono cambiaba, entre sonrisa y enojo, cambios muy rápidos y muy violentos, pero se iba, siempre se iba. Pero aquel día lo pasaba con su mamá, comiendo salmón ahumado y risotto con langosta, unas buenas copas de vino blanco muy frío, entre risas, carcajadas más bien, Yulia contándole a Larissa de las aventuras con Natasha, los problemas existenciales que surgían entre ellas, los desvaríos que tenían, cosas del trabajo, de Mischa le contaba las cosas que debía saber, pues Mischa, en cierto momento, tomó el teléfono de Yulia y, según él, por hacer las cosas bien, llamó a Larissa y se presentó, cosa que a Yulia le había enojado hasta el fin del mundo. Larissa le contaba lo de siempre, novedades sobre Alina, pues Yulia no lograba compaginar del todo con ella a pesar de que se llevara mejor con ella que con Aleksei, que de él no tenía muchas noticias; lo último que supo fue que se había ido a vivir con su novia a Livorno, en donde aparentemente trabajaba con su futuro suegro, aunque nada era cierto para Larissa, no desde que Aleksei le había dicho y vuelto a decir que no quería saber de ella nunca más, que hiciera de cuenta y caso que él estaba muerto para ella pues, para él, ella ya lo estaba. Yulia no odiaba a Aleksei, simplemente no lo comprendía, y tampoco quería comprenderlo, no quería acercamientos con él, pues siempre tuvo muy presente que, por su culpa, ella terminó pagando los platos, literalmente, rotos; cosas de la niñez y rencores ya sanados, pero las actitudes presentes pesaban más.

Lena caminaba hacia su casa, entre el frío suave romano, en su ya pasado de moda abrigo negro, para fríos medios, de no menos de cero grados, lo suficiente para sobrevivir en Milán y en Roma en aquella época. Caminaba con sus manos en sus bolsillos, viendo hacia el suelo, caminando sobre el adoquín de las callecitas laterales y escondidas de Roma, venía de la Piazza della Rotonda, así había venido caminando, cabizbaja, viendo sus converse de cuero café aplanar sus futuros pasos, con su mala postura, echando sus hombros hacia adelante y formando una concavidad con su pecho, escuchaba música con ambos audífonos en sus oídos. Eran sólo veinticinco minutos caminando, a paso en tempo promedio, pero, al ritmo que llevaba se había tardado más de lo normal que, si se hubiera tardado menos no habría visto aquello. "Più Bella Cosa" empezaba a sonar, a retumbarle en los oídos, y caminaba por la acera, todavía viendo hacia abajo, arrastrando y pateando su jeans, con la leve brisa que se escabullía por las calles que le soplaba la melena roja que llevaba abajo para cubrir sus orejas, iba de mal humor, tal vez pensativa, pues había salido huyendo de aquella taza de café con su mamá y una de sus amigas de aquella época perdida, de la misma que era Perlotta y Volterra, y, cruzando hacia la derecha para entrar al callejón de la vivienda de su mamá, vio un auto, sedán, de color suave, color champán, un Jaguar, aparcado frente a la puerta de la casa, pues no era edificio, sino dos apartamentos por piso. Y había una mujer, un tanto alta, que tocaba el timbre, tenía un paquete en la mano, pero era un paquete que fácilmente cabía por la escotilla del correo. Se cruzaba de brazos, y Lena no se explicaba por qué se había quedado ahí, viéndola, tal vez le daba risa la desesperación de aquella mujer, por cómo temblaba intencionalmente su pierna izquierda, que estaba enfundada en un jeans ajustado, que parecía triturarle las piernas. "Piú Che Puoi" sonaba cuando Lena vio que aquella mujer, en aquel abrigo gris, abierto, como si no tuviera frío en lo absoluto, fumaba un cigarrillo mientras intentaba introducir el paquete en la escotilla del correo, en la escotilla del correo del apartamento de su mamá pero, justo cuando Lena reanudó la marcha, la mujer terminó por empujar el paquete, sin dañarlo y se agachó, estrujando la colilla de su cigarrillo contra el adoquinado, pero no dejó la colilla tirada, sino que se la llevó a la mano y abrió la puerta del auto para sacar una lata de Aranciata, dejar ir la colilla allí dentro y botar la lata en el basurero más cercano, que fue cuando Lena le alcanzó a ver el rostro, que se le hizo conocido, pero no le hizo caso, pues aquella mujer se subió al auto y se marchó.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Ago 08, 2015 12:49 am

- ¿Lista?- se asomó Phillip por la puerta, viendo a Yulia contemplar su anillo, que ahora residía en su dedo anular derecho; un anillo de base de oro blanco, con un montaje de madera de nogal que, en medio, guardaba un diamante color cognac; un anillo bastante extraño, pero que le habían halagado varias personas ya y en distintas ocasiones.

- Como nunca- sonrió, volviéndose hacia él. – Qué guapo, Felipe- rió, viéndolo ahí, de pie, bajo el marco de la puerta, adornando perfectamente un traje negro Fioravanti de solapa redonda, como a él tanto le gustaba, que se ajustaba a su pecho y a sus piernas, sin dejar de ser masculino, tallado, de camisa negra que la decoraban unas mancuernillas negras y plateadas Paul Longmire, corbata Lanvin negra y Ferragamo negros.

- Lo mismo quisiera decir, Julia…pero "guapa" no es la palabra que encaja- sonrió, sacando sus manos de sus bolsillos.

- Mi amor…- llegó Natasha, con su vestido simplemente puesto, pues no podía subirse la cremallera ella sola, se ponía sus aretes Sidney Garber, que eran unas perlas que estaban parcialmente envueltas en una disimulada serpiente de diamantes, cuyos ojos eran rubíes. - ¿Me ayudas?- y Phillip, con todo el placer del mundo, subió la cremallera de su esposa, acordándose de la primera vez que estuvo con ella, pues, en vez de subírsela, se la había bajado, por órdenes de ella. Natasha levantó la mirada y vio a Yulia de pie, aferrándose a su bolso amarillo, y sonrió ampliamente; no pudo decirle un halago, no le salían las palabras, sólo la sonrisa era suficiente para hacerle saber a Yulia que estaba perfecta.

- Phillip.- contestó aquel hombre su teléfono, viendo que era Lena, por lo que no le dijo su nombre, para no alarmar a Yulia, por cualquier cosa.

- Pipe… ¿dónde están?

- En el apartamento todavía, ya en un momento salimos, Natasha se está poniendo las chanclas nada más- y Natasha le soltó una palmada de "no sea grosero, no son chanclas, son Christian Louboutin".

- ¿Me pones a Yulia, por favor?

- Te habla Lena, Yul- sonrió, alcanzándole el su iPhone.

- Mi amor- murmuró Yulia, con una sonrisa demasiado grande.

- ¿Cómo estás?

- Bien, ¿y tú?

- I’m fine… te quería decir algo- resopló.

- Dime

- I was wondering if you had any plans for later?(Me preguntaba si tenía planes para más tarde? )- rió Lena, alistando las cosas de Darth Vader en un bolso adicional.

- Tengo una boda en el Plaza… ¿y tú?- bromeó, sabiendo que era lo que Lena buscaba.

- ¡Yo también!- siseó ridículamente. – Quizás puedes ausentarte unos minutos para tomarte una copa conmigo

- Suena bien, ¿a qué hora?

- ¿Te parece si nos vemos en el Champagne Bar en quince minutos? I’ll be the one in red (Estaré en uno de rojo)- le acordó, preparándola mentalmente para que la viera en el Oscar de la Renta y no en el Elie Saab, aunque Yulia ni sabía que Natasha había comprado el otro vestido. - ¿Me esperas con un Whisky?

- Está bien, te veo ahí, mi amor

- Te amo- murmuró Lena, un tanto sonrojada.

- Yo también- y colgó.

- ¿Qué pasó?- preguntó Natasha un tanto asustada.

- We’ll have a drink before the wedding (Vamos a tener una bebida antes de la boda)- sonrió.

*

Enero dos mil doce. Era un día común y corriente en el estudio Volterra-Vensabene, Yulia tenía su desacuerdo semanal con Anatoly Segrate, que lo había reprendido por haberle mandado una docena de tangas negras, pero Segrate se defendió, diciéndole que sólo era un detallito pequeñito para con ella, que tal vez, estando cómoda de esos lados, aceptaría a ver cómo ganaba la carrera de veleros en Central Park en marzo, y no, no, no, y por enésima vez, no, Yulia no quería, no sabía por qué de Segrate, lo único que le gustaba, era su ausencia, tal vez porque le acordaba a Oleg, con esa actitud de gallito de pecho ancho, pretensioso, eso es, como si supiera exactamente cómo manejar todo a su gusto, manipulador y arrogante, ¿había acaso algún hombre que a Yulia le gustara? Pues Mischa no le gustaba, en lo absoluto, le tenía cariño, un cariño raro, pero se lo tenía, sin duda alguna, pero eso era cosa del pasado. Phillip, Romeo y Volterra, eran a los únicos tres hombres que Yulia podía decir que les tenía un inmenso respeto, que podía decir que los apreciaba mucho, quizás a Phillip más que a los otros dos, porque la barrera de socios entre ella y Volterra no era tan flexible, aunque Volterra sabía que Yulia necesitaba, entre Segrate y Bellano, que Segrate era más intenso, un poco de protección paternal, y que se notaba que la figura paterna le había faltado, aunque nunca quiso ahondar en el tema. Y luego, sólo Pennington le agradaba, porque mantenía su distancia personal, estando soltero no se le acercaba, era estrictamente una relación profesional, lo que lo hacía la adoración ingeniera de Yulia.

- Volterra- contestó el teléfono de la oficina, que sabía que era una llamada directa, quizás de Yulia, pero no.

- Hola, Alec- dijo aquella melodiosa pero ronca voz, menos la efusividad de hacía veintitantos años, todavía menos desde la última vez que habían hablado, antes de que Sophia lo visitara aquel verano.

- ¿Inessa?

- Si

- ¿Cómo estás? Tanto tiempo sin saber de ti- sonreía, dándole la espalda a la puerta de su oficina, de las pocas veces que le gustaba hablar por teléfono.

- Pues, estoy muy bien, ¿y tú?

- Muy bien, también, ¿cómo va todo en Atenas?- disimuló, según él para hacerse el desentendido.

- ¿En Atenas? Vamos, Alec, yo sé que ya sabes que no estoy en Atenas…

- Lo siento, es que no soy muy bueno para tratar temas delicados

- Lo sé, siempre has sido así- rió. - ¿Estás ocupado?

- En lo absoluto, Inessa, ¿cómo estás, cómo están tus hijas?

- Yo estoy bien, todas estamos bien, Katya se quedó en Atenas, con Sergey

- ¿Lena está bien? Me encariñé con ella cuando vino, muy simpática, seguramente con Katya también, si la conociera, claro

- Tenemos que hablar de tantas cosas, Alec… ¿tienes planes de venir pronto?

- No, pero podría arreglar un viaje de unos pocos días, ¿por qué?

- Necesito hablar contigo, en persona si se pudiera…sino, por teléfono será

- ¿Estás bien? ¿Estás segura que tus hijas están bien?

- Sí, Alec, tenemos que hablar de muchas cosas, nada más- repitió, intentando evitar caer en el tema a tratar.

- ¿Qué tan urgente es?

- Entre más pronto, mejor

- Puedo llegar a finales de febrero, ¿está bien?

- Tú dime cuándo vienes, te mandaré un correo electrónico para que tengas mi dirección

- Gracias, yo te aviso al tener la fecha definida… siempre es un gusto escucharte, Inessa

- El gusto siempre es mío, Alec

- Cuídate mucho, ¿sí?

- Tú también- sonrió, acordándose de cómo solían despedirse en aquella época. – Alec…no tenías que hacer lo del dinero

- Tú hiciste lo mismo por mí, úsalo para lo que necesites

- Sabes que te lo pagaré, ¿verdad?

- Inessa, yo nunca te lo pagué, eso no es más que lo que te debía- sonrió, sabiendo que era una excusa de la que se valdría en caso que Inessa le reclamara algo.

- En aquel entonces eran tres mil liras, Alessandro- rió, intentando no hablar muy fuerte, pues todavía estaba en la oficina, pero le hablaba de su móvil.

- Y eso me hizo lo que soy, úsalo nada más…

- Está bien…gracias por el pago y por las fotografías y por acordarme de hace tantos años

- Con todo mi cariño, Ine

- Te mando un beso…y un abrazo

- Cuídate mucho, por favor…y, cualquier cosa, no dudes en llamarme, por favor

Diez de Febrero dos mil doce. Era el cumpleaños de Phillip, aunque había cumplido realmente el ocho, una celebración en grande, como siempre, pero a Phillip simplemente no le gustaba, no era ni que le diera igual, es que no le gustaba, punto. Le daba igual cumplir años, en realidad le gustaba, pues un año más pasaba, lo que significaba, para él, que estaba cada vez más cerca de casarse con Natasha, que ese era, por fin, el año en que Natasha cumpliría los veintiocho, pero sabía que, de proponérselo el día de su cumpleaños, caería en eterna desgracia con sus suegros, que, por el momento, los tenía en el bolsillo, pues vieron que no era simplemente un playboy que andaba detrás de su hija, ya tantos años de relación era de respetar, y no se engañaban, había algo más que sólo tomarse de la mano, más cuando había sido bastante presente y comprensivo con Natasha en la época en la que Margaret había tenido aquel episodio, del que al principio sólo era de un lado, luego de ambos. Pero, de que le proponía matrimonio, quizás no sobre una rodilla, se lo proponía, y lo haría especial, no como la primera vez, pero llevaría trabajo, no quería forzarlo, y quería el anillo perfecto, no un anillo cualquiera, uno que gritara "Natasha", el que llevaría con orgullo en su dedo anular izquierdo.

La fiesta era aburridamente entretenida, pues, era aburrida para Phillip y para Natasha, pero, para el resto de los invitados, era entretenida: alcohol, música, hombres y mujeres que se encargaban de animar el ambiente, mientras Phillip intentaba poner su mejor cara para sus invitados, para sus amigos de las distintas etapas de su vida, presentando a Natasha como su novia mientras recibía comentarios como: "Noltenius, y yo que siempre te creí marica" o "Noltenius, excelente gol". Phillip tenía un grupo muy cerrado de amigos, a Natasha le cabían en ambas manos, y, por hacer la fiesta grande, tal y como a Katherine le gustaba, utilizaba el recurso de "plus one" por cada invitado, y así se hacía la cadena y la masa popular; esta vez era en el sótano del Archstone de Kips Bay, edificio donde vivía Natasha. Eso del "plus one" terminó siendo lo que para Yulia sería la cobardía total, pues estaba platicando con James y Marie, estaban viendo a Thomas, quien ya residía en Nueva York, bailar con su nueva novia, una diva de piernas flacas, de cabello voluminoso, muy bonita, pero simplemente no se veía muy enamorada de Thomas, y pasó aquello.

- Nena, qué sorpresa- gritó Mischa a su oído, abrazándola, botándole su Hot Latina Cocktail sobre el hombro de James.

- ¡Ten cuidado, imbécil!- gritó Marie.

- Perdón, perdón- dijo, sacando una servilleta que, al sacudirla, salió un polco blanco al aire, que Yulia se decepcionó porque sabía lo que era. – Ten, límpiate- se lo alcanzó a James.

- Vamos afuera- gruñó Yulia, tomándolo del brazo, de un brazo flácido y regordete ya, o quizás sólo flácido.

- Nena…no sabes la alegría que me da verte- balbuceó, saliendo a la luz del Lobby, que Yulia lo llevaba hacia afuera.

- Mischa, ¿qué te metiste?

- Polvos mágicos, ¿quieres?- le ofreció, pero no, Yulia sólo tenía ganas de pegarle. – Ah, no, se me escaparon en el pañuelo que le di al que te botó el trago… ¡Libertad!- gritó sin sentido. Yulia no logró encontrar un adjetivo que se le ajustara a aquel estado de… pues, es que no sabía ni describir el estado, pues "drogado" era muy poco.

- Vamos, tienes que comer algo- salieron en aquel frío de febrero, sin abrigo, sin nada, pero caminaron a lo largo de la trigésima tercera calle, sólo dos avenidas arriba para llegar a McDonald’s. - ¿Por qué lo haces?

- Nena… ¿por qué hago qué?

- La cocaína, la marihuana… estás fuera de forma, ¿qué pasa?

- Nena, no es tu culpa…pero no todos los días me rompen el corazón- suspiró, todavía siendo arrastrado por Yulia.

- ¿Te rompí el corazón?- se sorprendió, pues no era posible. Pues, es que ella estaba bien, ella no estaba sufriendo, sólo enojada por su complejo de Edipo, o porque le robaba sus tangas, o porque simplemente estaba enojada con él, por lo que fuera, pero le sorprendió el hecho de que podía romperle el corazón a alguien sin ella darse cuenta. Sí, era la genial señal de que no lo había dejado entrar más allá que a su vagina, pues, ni a su cerebro, pues nunca tuvo una escena de sexo imaginada.

- Fuiste mi primera relación seria

- Mischa, lo de nosotros no era serio… we just…fucked, alright? (acabamos ... jodido, ¿de acuerdo? )- murmuró, pasando la calle.

- We didn’t just fuck(No se acaba de joder)- gimió. Aquel toro era sensible. – I made love to you (te hice el amor)

- Nene…mi definición de hacer el amor es distinta, es parecido a lo que hicimos cuando me sentía mal

- ¿Y no te hacía yo el amor al tratarte con cariño tu conchita?- Yulia no sabía si reírse o asquearse por la referencia, pero no le gustaba.

- No le digas así, por favor- suspiró Yulia un tanto frustrada.

- ¿Qué? Si parece concha…

- Como sea, el punto es que no era mi intención romperte el corazón

- Nena, tú puedes arreglarlo

- Nene, hay cosas que no vas a cambiar por mí…como tus polvos mágicos, o tus nebulizaciones de marihuana… yo no quiero eso ni para ti, ni para mi, para nadie… está mal

- Nadie me quiere, Nena- rezongó, oh, aquel hombre se sentía miserable, eso era todo: solo, ebrio, drogado y con un pasado del cual se arrepentía cada vez que su papá se lo echaba en cara, que era cada vez que lo veía frente a frente, y eso era todos los lunes: la dosis de la semana, para empezarla con pie izquierdo y con esguince.

- ¿Por qué lo dices?- Yulia taconeaba ya la última avenida, veía el McDonald’s al fin.

- Creen que soy malo…una mala persona, les doy miedo, asco…peor, lástima…las mujeres no quieren nada conmigo si no es por mi dinero, no me respetan…la primera que me ha respetado, hasta demasiado, has sido tú…y te he ahuyentado

- Mischa…- suspiró. – Para que algo no funcione, es porque las dos partes no funcionaron en algo, y yo también tengo culpa...en distintas etapas de lo que pasó entre nosotros

- Yulia, por favor…no me dejes, sólo déjame estar alrededor tuyo…

- Pero no puedo tratarte como novio…sería engañarte si accediera… no es que no te quiera, es sólo que no funcionamos porque somos demasiado diferentes; pensamos diferente, queremos cosas diferentes, esperamos cosas diferentes… lo único que tenemos en común es que nos gusta el Sushi, y eso no creo que tenga peso suficiente como para que lo de nosotros siga. Yo no te satisfago, tú no me satisfaces… en sentidos más allá del sexual- dijo antes de que Mischa pudiera lanzar un comentario de aquellos.

- ¿Entonces? ¿Qué tengo que hacer?

- Primero come algo- sonrió, abriendo la puerta del McDonald’s y dirigiéndose a la caja, mandando a Mischa a sentarse por ahí. – Supersized Big Mac Combo, extra pickles, coke, no ice…and a Cheeseburger Kid’s Meal, no Ketchup, no pickles, and sparkling water- sacó un billete de diez dólares y esperó a por la orden, que, al tenerla, la llevó hacia Mischa, quien la veía, no sabía si por efecto y defecto de la cocaína, con una enorme sonrisa.

- Te ves hermosa, Nena

- Gracias…pero concéntrate, come, por favor- quitó la cajita feliz y el agua con gas para ella.

- No me saques de tu vida, por favor…cerca pero lejos, sólo dame el placer de poder decir que eres mi novia aunque no lo seas…

- Lo que te puedo ofrecer es una amistad, Mischa…eso no te lo podría negar

- Por favor, no te besaría, no te tocaría de nuevo, iría a consejería psicológica si aceptas- y era un chantaje, pero Yulia, ante tal oportunidad de ayudarle, asintió.

- Está bien…

- ¿Cine y comidas?- sonrió.

- Pero no muy seguido…dame mi espacio también

- Sabes…tengo que pedirte perdón por lo que te dije la última vez

- No te preocupes, eso ya es cosa del pasado- sonrió Yulia, mordiendo luego su quesoburguesa.

- No, es que tengo que explicártelo…- Yulia se encogió de hombros, diciéndole "adelante". – Mi madrastra es de las que le gusta calentarme las pelotas y, con mi disfunción, me ha denigrado muchas veces… mi madrastra es un poco mayor que tú, y te pareces a ella, con la diferencia que eres más humana, más cariñosa, no me insultas…
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por flakita volkatina el Vie Ago 14, 2015 9:39 pm

Ese Mischa si q la partio x completo... pobre Yul
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Ago 14, 2015 11:44 pm

CAPITULO 5

"Lena Katina" en Nueva York, la Inception que Phillip le hizo a Yulia, Dr. Seuss y un Oscar de la Renta descuartizado

Veintiuno de Febrero, dos mil doce. Alec Volterra, quien en realidad se llamaba "Alessandro", y "Alec" no era más que su apodo de toda la vida, tanto lo habían llamado así que hasta se le olvidaba, a veces, que se llamaba Alessandro y no Alec, pues nadie lo llamaba por su nombre verdadero, quizás porque creían que se llamaba Alec en realidad, sólo Yulia, que sabía por la sociedad, pero que creyó que su nombre era Alec, aunque lo siguió llamando así, por comodidad, ese Arquitecto, que era una mezcla de joven y adulto joven, pues apenas tenía cuarenta y nueve años, recién cumplidos, siete de haber enviudado, y no sólo enviudado, sino que perdió la oportunidad de ser papá por primera vez, pues Patricia, a sus treinta y un años, había tenido una complicación en su embarazo, tan grande, que había significado su fallecimiento junto al del feto de veintitrés semanas, salió del Fiumicino, justo para encontrarse a Inessa Katina, saludándose con un abrazo que pareció eterno, pero era la emoción de verse después de tanto tiempo a pesar de haber mantenido la comunicación esporádica.

- ¿Qué?- sonrió sonrojadamente Inessa.

- Estás guapísima- dijo, viendo a Inessa querer perderse entre las letras del menú.

- Tú no cambias, Alec

- Tú tampoco- sonrió, con aquella sonrisa torcida que, con los años, sólo había logrado mantenerse entre una barba corta. – Fettuccine Alfredo e Pollo all’Arrabbiata- ordenó al mesero, con la sonrisa que no olvidaba que Inessa comía Fettucine Alfredo.

- E Fontodi Chianti, per favore- cerró el menú, alcanzándoselo al mesero. – Te ves muy bien

- Tú también, llegando al medio siglo con gracia, ¿no?- rió, apoyándose nerviosamente de sus codos sobre la mesa. - ¿Cómo estás? ¿Estás bien aquí?

- Sí, Alessio me metió a trabajar en "Il futuro è passato qui Seminari"… me queda mucho por aprender, pero está interesante

- Tú sabes que puedo ayudarte, puedo llevarte a trabajar conmigo, ganando bien, te daría todo

- Alec, no puedo irme, no puedo dejar a mis hijas…que aunque estén lejos, Lena en Milán y Katya en Atenas, tengo que estar cerca, soy su mamá…

- Sabes que la opción está ahí para el futuro, por si te animas, ¿verdad?- Inessa asintió.

- Se te olvida el pequeño detalle de que yo no soy Arquitecta- dijo cabizbaja, arrepintiéndose de aquello, aunque no tenía por qué arrepentirse tanto.

- En mi Estudio, yo digo quién es Arquitecto y quién no… además, nunca es tarde para terminar lo que se empezó

- ¿Y volver a la Sapienza después de veinti-Santos años?- resopló.

- ¿Por qué no? Siempre tenías buenas calificaciones, buenos diseños, hasta me acuerdo que tenías los mejores modelos

- Los tiempos cambian, yo no tengo experiencia… seguramente, si me meto a estudiar ahora, arrasan conmigo. Ya estoy un poco mayor para estar queriendo terminar mi grado

- Sólo tienes que llevar la última materia- susurró.

- Materia que ya no existe- dijo a secas, tratando de evitar el tema. – Además, mi registro está más que obsoleto, ya lo revisé… está "clausurado" porque, estúpidamente, nunca me exmatriculé

- Está bien, está bien- sonrió. – Quizás, si fueras Arquitecta, serías mi competencia

- Pero no lo soy- se encogió de brazos. – En fin…- suspiró.

- ¿Estás bien con lo del divorcio?

- Estoy mejor que antes, mejor que hace unos meses, mejor que antes de divorciarme…me ha sentado bien… - un silencio un poco incómodo invadió el ambiente entre ellos dos, dejándolos sin nada que decir, con mucho que pensar, que, de no haber sido por el mesero que llevaba la botella de Chianti, no habrían reaccionado. – Alec…no sé, no sé cuántas veces voy a tener que pedirte perdón para dejar de sentirme tan mal conmigo misma

- ¿Por qué me tienes que pedir perdón? Ine, aquello fue hace mucho tiempo, no te guardo ningún rencor… no tendría caso que te castigara con mis cosas del pasado, ya lo pagaste creo yo…y de no haber sido por aquello, no tendrías a tus hijas

- ¿Quieres ver a Katya?

- Claro que sí- sonrió, notando lo nerviosa que estaba Inessa, pero logró sacar su cartera de su bolso, una cartera que Lena le había regalado. – Bueno, aquí reconoces a las tres- era una fotografía de Inessa y Lena abrazadas, sentadas al lado de la otra, juntando sus sienes, siendo abrazadas, por arriba, resaltando el rostro, por Katya.

- Está enorme- sonrió. – Muy guapa también, seguro tuviste problemas de corazones rotos

- No me mandaron a llamar nunca del cementerio- rió. – Es diferente a Lena…

- Me imagino que, aunque no las hayas criado diferente, cada una creció por el lado que mejor le pareció

- Hay cosas que se aprenden, otras que se heredan, Alec

- ¿Sergey tiene algún gen bipolar?- bromeó, tomando la copa de vino en su mano. Ay, cómo detestaba al Congresista.

- No te sabría decir… Katya es muy graciosa, se ríe mucho, bromea mucho, a veces se le pasa la mano, pero es inteligente, le gusta mucho jugar tennis…es más mimada que Lena

- Lena no es seria tampoco, Inessa…y tampoco mimada

- No, pero es más como su papá…

- Tú sabes lo que pienso de Sergey- dijo, tratando de evitar el tema. – Y Lena me cae muchísimo mejor que él, hasta me sorprende que me caiga tan bien- rió, pues es que no podía ocultar su desagrado.

- Lena es una persona demasiado adulta para la edad que tiene… no sé qué ha vivido y qué no, tampoco soy tan acaparadora, pero ha vivido tanto que no ha vivido nada, se encierra en el mundo que más le gusta cuando siente que se ahoga, no habla mucho de las cosas que le pasan, no habla nada en realidad, su cabeza es una máquina de pensamientos que no descansan, puedes escuchar que no deja de pensar, siempre está pensando en algo…se tira de clavado en lo que hace, le es fiel a sus ideas, a sus principios…

- Sin ofender, es como si todavía quisieras al respetable padre de la criatura- dijo, levantando las manos para terminar el tema, pues le incomodaba.

- Escúchame…por favor…

- Está bien- suspiró, intentando que, con ese oxígeno, lo llenara de fuerzas y tolerancia, y paciencia.

- Lena es diferente a las de su edad, yo lo veía cuando estaba en el colegio…estudiaba mucho porque le gustaba, no era tan fiestera como sus amigas, tenía amigas pero le gustaba mantenerlas al margen de su vida porque no le gusta que invadan su privacidad, tiene muchos secretos; secretos que ni sabe que tiene, cosas que no entiende de su vida… y tiene algo muy especial, bastante único, algo que sólo he visto en otra persona y que Lena nunca tuvo contacto con esa persona…y es que le gusta hacer las cosas bien, le gusta hacer el bien, hacer lo correcto, pero cuando sabe que, al querer hacerlo lastimaría a alguien, no lo hace…

- No te estoy entendiendo, Inessa… Sergey es un político… tengo mis reservas en cuanto a su profesión- Volterra era todo bromas, pues no entendía en realidad, y yo tampoco habría entendido.

- Mira este video- le dijo, alcanzándole su móvil. – Y dime a quién te acuerda- lo tomó en sus manos y miró fijamente la pantalla.

Era Lena, sentada en un sofá, con sus pies al suelo, pies descalzos, con sus piernas abiertas, con sus codos sobre sus muslos para colocar, aéreamente, el cubo enmedio de sus piernas mientras lo sostenía entre sus manos. Se inclinaba hacia adelante y veía fijamente el cubo, lo analizaba, le daba un par de vueltas, hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo. Levantó la mirada para ver a la cámara, sonrió y la volvió a bajar, empezando a resolver el cubo de cuatro por cuatro, moviendo sus dedos y sus manos rápidamente, deteniéndose para analizar el cubo nuevamente, tocando una que otra pieza que sólo ella podía comprender su importancia, y seguía rotando las caras y las columnas, sonriendo cada vez más ancho, empezando a gritar y a reírse histéricamente, pues la meta era hacerlo en menos de un minuto, que no lo logró, pues lo resolvió en un minuto y dos segundos.

- Se parece a su papá, ¿verdad?- murmuró, tomando su vino hasta dejar la copa sin nada.

- A su…papá…- susurró para sí mismo, como si estuviera intentando descifrar aquella frase, que comprendía y no comprendía al mismo tiempo.

- ¿Te acuerdas de aquella tarde, después de la prueba de Architettura del paessagio?

- Cómo olvidar que me llevaste a ver "Flashdance"- rió, sacudiendo la cabeza.

- Terrible, lo sé, la película estuvo terrible… pero… lo que pasó después…

- ¿El fiasco de cena donde Alessio?

- Después de eso- quiso gruñir, pero se contuvo, pues Volterra sólo le daba vueltas al asunto.

- Oh…sí, sí me acuerdo- se sonrojó, lo cual era raro.

- Bueno, esa fue la vez que tú y yo…bueno, que pasó eso

- ¿A dónde quieres llegar, Inessa?

- A que, cuando me fui de Roma…

- ¿Si?

- Ya tenía dos meses de embarazo…

- ¿Te casaste estando ya embarazada?- siseó, intentando no alterarse, aunque no había comprendido lo que yo sí.

- Alessandro, no me estás entendiendo…no me estás queriendo entender…Lena es como su papá…porque su papá no es Sergey- sintió aquel peso enorme levantarse de sus hombros, pero sabía que la reacción no sería buena.

- No, no, no… ¿qué?- la reacción que todos esperábamos, incredulidad, negación, tartamudeo, nerviosismo. – No, no, no… Lena no puede ser mi hija- dijo, deshaciéndose el segundo botón de su camisa polo, Inessa suspiró y le alcanzó un papel doblado en tres partes, que Volterra tomó en sus manos, lo leyó, pero no lograba entender.

- Es negativo entre Lena y Sergey…eso es lo que dice ahí- la mente de Volterra era un nido de pensamientos, de ganas de querer gritar, de salir corriendo, huyendo, corriendo y gritando como un loco. – Y sólo tuve algo contigo… Katya fue algo menos físico y más científico

- ¿Desde cuándo sabes con certeza?- balbuceó, intentando no verla a los ojos.

- Desde que Lena tenía dieciséis…

- ¿Por qué nunca me dijiste?

- Por miedo, por cobarde- hundió su rostro en sus manos.

- ¿Por miedo a que Sergey te dejara como te ha dejado ahora?

- Sergey lo sabe, él le hizo esa prueba a Lena

- ¿Qué? ¿Debería darle las gracias por criar a mi hija?- estaba enojado, realmente enojado, pues, lo esperado obviamente.

- Te lo estoy diciendo ahora, ahora que ya no estoy con él, que Lena no depende de él…no pensé con claridad, no pensé, lo siento

- ¿Lena lo sabe?- Inessa sacudió la cabeza. - ¿Cómo me trago todo esto? No conozco a mi hija… ¡Tiene casi treinta años, Inessa!…la he visto una vez, recibí a mi hija en mi casa, creyendo que era hija tuya y no mía, y se ha quedado llamándome "tío Alec"…

- ¿Quieres que le diga?

- No- murmuró, pasando sus manos por su calvicie. – Lena ha creído toda su vida que su papá es el Congresista…no puedes decirle, de la nada, que yo soy su papá, un hombre al que ha visto una vez…eso es volverla en tu contra, en mi contra…y tendrías que darle muchísimas explicaciones que creo que no quieres darle, que no sabes cómo darle…y yo no podría ayudarte porque soy nuevo en esto…no sé cómo tratar a un hijo, a una hija…y quiero acercarme pero, ¿cómo? Dime, ¿cómo justifico mi acercamiento?

- No lo sé…no lo sé…

- ¿Por qué decidiste decírmelo?

- Vi las fotografías que se habían tomado juntos, y me pareció justo que supieras, terminé por armarme de valor

- Me habría gustado saberlo muchísimo antes, el día que lo supiste

- Ya estabas con otras cosas en la cabeza, Alec…creí que era lo mejor para todos…perdóname

- Mi perdón lo tienes…el que te va a costar conseguir es el de Lena, si es que te armas de valor para decirle

- Pero tú no quieres que le diga, te contradices

- Tengo miedo, es justo que lo tenga, ¿no?

- Tienes toda la razón, discúlpame…

- Como sea, háblame de Lena, por favor…que yo sólo la he conocido un poco, muy por encima

- Es como tú, se concentra en las cosas que le gustan, es muy apasionada en lo que hace, le encanta lo que hace… aunque le cuesta relacionarse con los demás, siempre encuentra un "pero", o muchos…

- Dímelo todo, por favor, no retengas nada, es mi hija y tengo derecho a saber- dijo Volterra, sirviendo un poco más de vino en sus copas.

- Lena es diferente, no es rara, pero es diferente…

- Noté que le gusta saber las cosas, curiosa, pero que vive como en su mundo, no habla mucho, pero, cuando habla, es otra persona- sonrió, acordándose de las veces que Lena lo había hecho reír.

- Sí… Lena es especial… pero guarda muchas cosas para ella porque creo que siente que no puede ser honesta con el mundo

- ¿Por qué? ¿Qué tiene Lena?

- ¿Realmente quieres saber?

- Si lo sabes tú, tengo derecho a saberlo yo

- Lena no te va a dar un nieto- suspiró lentamente.

- Ni siquiera sabe que me daría un nieto a mí…

- Alec, ensériate, por favor- suspiró Inessa, sabiendo que era la manera de evadir los temas incómodos para él.

- Perdón… ¿Lena está bien de salud?

- Lena es muy sana, raras veces se enferma… come relativamente sano, está muy bien físicamente si no fuera por el cigarrillo…

- ¿Entonces? ¿No encuentra con quién quisiera…tú sabes?

- Y aunque lo encuentre, no se podría… Lena no es muy afín con los hombres

- ¿Me estás diciendo que Lena es lesbiana?- susurró, como si todo el restaurante lo escuchara en realidad. Inessa asintió lentamente. – Está bien- sonrió, pensando en cómo no lo sería, si la figura masculina que tuvo en casa era una completa basura.

- ¿No la rechazas?

- Es mi hija, ¿cómo podría rechazarla?- Inessa se encogió de hombros. – Lena no está arruinada, por lo tanto no tengo nada que arreglar… al menos no tendré que preocuparme de que algún hombre se quiera aprovechar de ella

- Las mujeres no somos tampoco tan sencillas, Alec, eso lo sabes

- Eso lo sé, trabajo con muchas… mi Socia, Dios mío, qué mujer más complicada… habría querido que Lena la conociera cuando llegó

- Suena como si estuvieras enamorado, Alec- rió Inessa, tapándose los ojos mientras sacudía la cabeza. Sintió un poco de celos.

- ¿Enamorado? Al menos no de mi Socia, es mi protegida, es la frescura que el Estudio necesitaba… y vaya que le funciona distinto el cerebro, tiene unas ocurrencias que sólo a ella le salen bien…

- ¿Al menos?

- Ine, tú sabes que hay cosas que no se pueden sólo apagar, ni con el pasar de dos décadas, casi tres… y estoy segura que te pasa lo mismo

Marzo dos mil doce. Otro día normal en el estudio Volterra-Vensabene, Yulia, como siempre, discutiendo con Anatoly, esta vez no sólo porque las tangas no dejaban de llegar, sino porque insistía en que la casa de los Hatcher, quienes ya habían aprobado el diseño estructural y ambiental, podía empezarse a construir después, pues él estaba ahogado en trabajo, pero la fecha estaba fija, ya habían emparejado el terreno, ya habían colocado las primeras tuberías, Anatoly sólo tenía que revisarlo, casi, todo. Yulia iría a Boston, a supervisar la tierra que habían utilizado y a verificar la ubicación de las tuberías que, como siempre, Yulia las reunía fuera de la base de la casa, ésta en especial porque tenía sótano, y no podía tomar el riesgo de arruinar las estructuras, además, Yulia necesitaba un escape de Nueva York, y Boston siempre le había gustado, más porque la dejaban quedarse en la suite ejecutiva del "Hotel Commonwealth", el Estudio pagaba el precio de una habitación individual y Yulia simplemente completaba la diferencia, pues, al estar fuera de su casa, fuera de su comodísima cama, le gustaba estar cómoda, tener todas las comodidades posibles. Y quizás Yulia necesitaba un descanso extra, pues Gaby, su asistente personal, estaba de baja por maternidad, que seguía viviendo con sus papás aunque le habían negado la ayuda económica, pero Yulia había cumplido con su palabra.

En vista de aquello, Yulia decidió contratar a Moses, para cubrir el puesto de Gaby, no para que desesperara a proveedores o los trabajos sucios que Gaby tenía que hacer, sino para que se encargara tanto de ella, como del Estudio entero, que el Estudio le pagaba el cincuenta por ciento, y Yulia el resto de su bolsillo, y era buena inversión, pues Moses, el Handyman que había contratado de la misma agencia de Vika y Agnieszka, había resultado muy inteligente, tan inteligente que Yulia, al llegar a la oficina, ya tenía su taza de té de vainilla y durazno y dos mentas al lado, cada sonido gutural o aireado de desesperación o estrés, era solucionado con un vaso con hielo hasta la mitad del vaso, esencia de menta, una rodaja de lima fresca, y Pellegrino hasta tres cuartas partes del vaso, al medio día, cuando Yulia se quedaba trabajando en vez de salir, Moses ya sabía que Yulia, dependiendo de su humor, comía Steak y puré de patatas cuando estaba estresada, cuando estaba relajada era Mac & Cheese con langosta, y, cuando estaba ambivalente, Tartaletas de cangrejo y langosta, o, cuando Yulia tenía reunión de todo el equipo, usualmente el miércoles de cada semana, eran Vieiras a la paprika y al limón.

Phillip, por el otro lado, se reunía con Natasha para almorzar, o quizás no precisamente almorzar, pues Natasha, trabajando más cerca de Yulia, cruzaba rápidamente una cantidad considerable de calles y avenidas, sólo para satisfacer sus antojos sexuales, en esa ocasión era un cunnilingus, pues era de los pocos días que Natasha se ponía falda para trabajar, casi siempre era pantalón formal o semi-formal, o jeans en sus distintos colores, a veces abusaba del código de vestimenta, que era muy flexible y chic, y se ponía sus pantalones de cuero. Hugh recogía a Natasha a las doce en punto, ya con la comida de su elección, ese día era Wendy’s: una Baconator para Phillip y un Spicy Chicken Wrap para Natasha, y se escabullía hasta el Financial District, en donde la esperaba a cuenta de parquímetro, a que acabara con su antojo y comiera ya frío, que no les importaba, pues, por ser la hora de almuerzo, todos huían de ahí y quedaba sólo Phillip, se despedían con un beso y una mordida, Natasha acariciaba la nueva barba de Phillip, que se la había dejado crecer, era una barba ordenada y bien cuidada de tres días, Natasha le sonreía, Phillip besaba su frente y la iba a dejar hasta la puerta del Mercedes Benz negro, que había sido recientemente renovado. Phillip, con sus manos en sus bolsillos, veía el auto tomar marcha y cruzar hacia la derecha para hacerse camino a Garment District, sacaba las manos de sus bolsillos y se devolvía a su oficina, arreglándose el nudo de su corbata en el ascensor, pues no era por Natasha que lo aflojaba, sino porque a veces, más que todo después de comer, sentía que lo ahogaba.

- En Milán no encontré nada- suspiró Lena, poniendo las tortas de carne al sartén para cocinarlas. – He aplicado a ocho lugares hasta el momento, lo que encuentre

- Extrañas Milán, ¿verdad?- murmuró Inessa, viendo a su hija cocinar la cena, algo por lo que no se tenía que preocupar con ella, pues, en ese sentido, era muy independiente.

- Se acostumbra a vivir allí, es como que usted no me diga que, al principio, no extrañó Atenas…que aunque supiera cómo funcionaba Roma, no se lograba sentir completamente feliz

- Sí, supongo que tienes razón

- Hablé con Katya…está encantada con su iPad, enloquecida- sonrió, pero se le escapó una leve risa nasal. – Está muy bien…la aceptaron en Penn State, está muy contenta… aunque cree que papá no la va a dejar irse, dice que no está lista

- Tu hermana sabe lo que hace, sabe cómo manejar sus cosas y cómo lidiar con Sergey…

- Sí…y hablé con papá también- Inessa trago con dificultad ante aquel sentido de pertenencia que no era verdadero. – Sólo me deseó un feliz cumpleaños atrasado- rió, sacudiendo su cabeza. – Primera vez que no se le olvida mi cumpleaños…- le dio la vuelta a las tortas de carne, tomando el provolone en sus manos y colocando las rodajas sobre el lado ya cocido de las tortas.

- Bueno, lo importante es que Katya está bien, está contenta, y que Sergey se acordó de tu cumpleaños…

- Más vale tarde que nunca, ¿no?- sacó los panes para las hamburguesas y los abrió. - ¿Cómo le fue ahora?

- Bien, esa gente con la que estamos trabajando, son bastante conocedoras del tema de restauración y curación…- Lena colocó una hoja de lechuga sobre cada base y, sobre cada tapa, una rodaja de tomate y un aro de cebolla morada. – Lena… ¿puedo pedirte un favor?

- Sí, claro

- ¿Puedes tutearme?

- ¿Tutearla? ¿A usted, mamá?- resopló, guardando los vegetales en el congelador. Inessa asintió, cosa que Lena no vio pero pudo sentir. – Está bien, te voy a tutear de ahora en adelante

- Gracias… es que me hace sentir un poco vieja

- De nada… aunque, vieja, no estás… estás interesante- sonrió. Era la sonrisa más pura, más inocente, blanca a pesar de los cigarrillos que fumaba a diario, que eran menos cada vez pero, al darle vergüenza fumar frente a su mamá, había dejado los cigarrillos a un lado y sólo fumaba uno que otro esporádicamente y no frente a Inessa, ni siquiera en el apartamento, que ahora vivían más cerca del Centro Histórico, en un apartamento grande, en el que se iba la mitad del salario de Inessa, pero Lena no preguntaba, quizás Sergey le daba algo mensual.

- ¿Qué piensas hacer mientras consigues trabajo? ¿Descansar? ¿Leer? ¿Sedentarismo?

- Pues, pensaba conseguir un trabajo de bajo perfil por mientras, en la panadería de la otra calle hay una vacante, hablé con el hombre que estaba de turno, me dio la tarjeta del jefe y me dijo que le llamara mañana por la mañana…y, con el dinero que gane, parte es para ayudarte y parte quizás para comprar materiales para construir algún mueble, no lo sé…- retiró las tortas de carne y las colocó sobre las hojas de lechuga. – No quiero estar de sedentaria

- ¿Qué pasa si no consigues trabajo aquí? ¿Regresarías a Milán?

- No, a Milán no voy a regresar, prefiero estar en Roma, contigo…porque no me gusta que estés sola…no me siento tranquila-sacó las patatas del horno y las sirvió en ambos platos. – Voy a buscar trabajo aquí en Roma, tiene que haber algo para mí… ¿no crees?- le alcanzó el plato y se aseguró que las hornillas de la cocina estuvieran apagadas.

- Sí, creo que sí…

- ¿Por qué tanto interés en saber qué quiero hacer o qué voy a hacer?- murmuró, sentándose a la mesa y poniéndole un poco de Dijon a su hamburguesa.

- No, sólo curiosidad…porque…no sé…quizás…podría hablar con Alessio o con Alec

- ¿Qué podría ofrecerme Alessio? Yo no soy Arquitecta, ni Ingeniera

- No lo sé, puede ser que sepa de alguien

- Y, ¿para qué hablarías con el tío Alec?- rió, tomando la hamburguesa entre sus manos, no viendo la expresión de Inessa, la expresión de dolor ante el título errado que Alec tenía.

- Tal vez sabe de algún trabajo de aquel lado, o quizás él sí puede darte un trabajo- sonrió, imitando a Lena pero sin la mostaza.

- Necesitaría visa de trabajo para eso…no creo que alguien esté dispuesto a pagarla

- Pues, yo no sé, sólo opinaba

- Encontraré algo aquí, no te preocupes, no tendrás que molestar al tío…además, estoy segura que está más que completo con su equipo- rió ante el recuerdo de cómo Volterra hablaba de sus trabajadores. – Ya veremos, no te preocupes, ¿está bien?- aunque Lena sí estaba preocupada, pues el hecho de que hubiera un recorte de personal en una empresa tan estable como lo era Armani, Armani en general, pues no sólo Armani Casa había sufrido, significaba que el resto de negocios más pequeños, tampoco estarían en disposiciones de contratar más personal, sólo en caso que estuvieran reponiéndolo. Lena quizás le había mentido a Inessa, bueno, es que sí le mintió, pues, según Inessa, Lena había sido despedida directamente, y no le dio una razón, simplemente ahí mató el tema, todo para que Inessa no se preocupara tanto como ella.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Ago 14, 2015 11:47 pm

Aquellas tres eminencias, salieron a la calle, Natasha y Phillip tomados de la mano, Yulia simplemente repasando la laca de sus uñas con su dedo pulgar, sólo de la mano derecha, pues, en la mano izquierda, llevaba su bolso compacto. Se quedaron de pie, como si esperaran a algo o a alguien, pero el Señor y la Señora Noltenius simplemente esperaban a Yulia, a que Yulia se decidiera a empezar a caminar, pues ella marcaría el paso, sólo eran dos avenidas, o sea doscientos metros, y bordear la Pulitzer Fountain para entrar al Plaza. Yulia respiró hondo, sintiendo su olfato muy agudo, pues era capaz de oler, desde lejos, la grasa en la que cocinaban los hot dogs del otro lado de la calle, arena mezclada con ceniza de cigarrillo en el basurero a la entrada del Lobby del edificio 800, su audición también se había agudizado; escuchaba los motores de los autos como si corrieran calientemente en su cabeza, las bocinas la aturdían, el sonido de un mudo subterráneo que pasaba bajo sus pies, la respiración preocupada de Phillip y Natasha, que sentía también sus penetrantes ojos en la espalda. Abrió los ojos, respiró una vez más, sonrió y dio inicio a una marcha, sobre sus Lipsinka Louboutin, que estaban muy cómodos, pero no había por qué fiarse de un Stiletto que utilizaba por primera vez, por lo que había usado la milenaria técnica del antideslizante en el zapato, que consistía en, sencillamente, con una tijera, trazar diagonales, incrustando la hoja, en la suela del zapato, diagonales cruzadas, por supuesto, y todos sus Stilettos habían pasado por el mismo proceso desde siempre, pues, a tal altura, nadie quería caer del cielo a la tierra, y de golpe.

*

Todavía marzo, dos mil doce.

- Yulia, ¿tienes un momento?- emergió Volterra la cabeza en su oficina.

- Claro, pasa adelante, por favor- sonrió, apenas llegando aquel martes por la mañana, que recién llegaba de Boston la noche anterior.

- ¿Cómo va todo en Boston?- cerró la puerta calladamente y se dirigió a uno de los sillones frente al escritorio de Yulia.

- Muy bien, ahora ya empiezan a levantar la casa como debe ser, todo va muy bien, pero tendré que ir en un mes de nuevo, pues, dicen que en un mes ya la tendrán lista, de estructura, claro

- Excelente- sonrió, entrelazando sus dedos, pensativo en otra cosa. – Vengo por dos cosas, por tres en realidad…

- Dime

- La primera es que Meryl quiere que remodelemos el apartamento y que lo volvamos a ambientar, ¿quieres hacerte cargo de tu actriz favorita por segunda vez?

- No te cae muy bien, ¿verdad?- rió Yulia.

- No, es de los clientes más flexibles que tenemos… es sólo que tengo al Radio City y a una casa en Pittsburg, y he hablado con Meryl, bueno, con su asistente, y dijo que si tú lo hacías, no había problema

- Está bien, dame la carpeta del proyecto y yo lo hago, ¿quieres algo de tomar?- sonrió, sabiendo que a Volterra algo le atormentaba.

- No, no, ya casi me tengo que ir…mmm… bueno, las otras dos cosas, mmm… felicidades por lo de Louis Vuitton

- Gracias, Alec… ojalá y quede tal y como lo planteé- sonrió de nuevo.

- Ya verás que sí…

- Alec, sólo dímelo- rió, sabiendo que le daba vergüenza decir lo siguiente.

- No acudiría a ti si no fuera importante, eso lo sabes... y confío en que, una vez hablemos de esto, se te olvidará- Yulia asintió. – ¿Qué puedo regalarle a una mujer de tu edad?

- Oh… bueno, ¿qué le gusta a ella?- Volterra frunció sus labios y su ceño, como si intentara pensar. - ¿Qué le gusta hacer?

- Le gustan los museos, le gusta armar cosas…

- De entrada te diría que le regalaras el Guggenheim de Lego Architecture… para que arme un museo- rió. – Pero, Alec, a una mujer nunca le caen mal unas joyas, algo que sirva para comprar ropa, no le regales ropa porque es el peor error…

- Tu idea suena a locura, pero suena coherente- murmuró. – Gracias- se puso de pie y se hizo camino hacia afuera.

- Buena suerte- le deseó Yulia, no sabiendo que Volterra simplemente bajaría a la Lego Store de Rockefeller Center y compraría lo que Yulia, en una broma, le había sugerido, todo para mandárselo a Lena, por Courier, para que le llegara a tiempo para su cumpleaños. - ¿Si?- dijo al teléfono, sabiendo que era llamada del escritorio de Moses.

- Arquitecta, Natasha la está esperando

- Gracias, Moses.- colgó, y se puso de pie, empujando su silla para meter el asiento bajo el escritorio, tomó su bolso devolviéndose a su escritorio por su iPhone. Caminó de regreso hacia afuera, poniéndose su cárdigan color crema en el camino. – Perdón, Volterra me atrapó en la oficina- sonrió al ver a Natasha, quien la esperaba fuera del auto, fumando un cigarrillo.

- Tranquila, Yul- arrojó el cigarrillo al suelo y lo pateó para apagarlo, lo recogió y lo metió en la lata de Coca Cola vacía que sostenía en la mano. – Sólo vamos a consentirnos, ¿sí?- ambas se subieron al auto, para que las llevara donde Oskar, el asesor de imagen de Natasha, trabajaba para Bergdorf Goodman, para una de las tantas adjunciones estratégicas, claro. - ¿Tienes la fotografía del Brooklyn Bridge del sábado?

- ¿En la que estás con Phillip?- Natasha asintió. – Claro, mándatela- le alcanzó su iPhone para que fuera autoservicio.

Natasha tomó el iPhone de su mejor amiga mientras se incorporaban a la Quinta Avenida, digitó la clave: seis-dos-ocho-tres, que era una representación numérica para "Nate", se salió de "Angry Birds", deslizó los paneles hacia la derecha para llegar a la primera pantalla, tocó el ícono de la flor, y a buscar, fotografía tras fotografía, hasta que la encontró y se la mandó via WhatsApp, pero se quedó viendo las demás fotografías, muchas de ella y Natasha, la mayoría en Bergdorf’s, cuando jugaban a probarse cosas, o en La Petite Coquette, pero esas fotografías se borraban inmediatamente, sólo era para verse desde lejos y con un par de libras más, por el lente de la cámara, y había fotografías de la construcción en Boston, una enorme casa, otras de algunas telas de "Mood", te la ducha de Yulia, y Año Nuevo, fotografías con Margaret, con Romeo, hasta algunas con Matthew, el primo de Natasha que tanto detestaba Yulia, pues no había Navidad que no quisiera llevarla a la cama, unas fotografías con Phillip, muy graciosas, de los dos bailando ya un tanto ebrios, y, deslizando las fotos hacia atrás, encontró unas de Roma, que asumió que era Roma porque era imposible que fueran de Manhattan; campos verdes, un tanto soleado, la vista de un lago, que creyó que era el Lago Como, pues sus conocimientos geográficos de Italia se reducían a Milán, Roma, Venecia, la pasta, la moda, y el Lago Como, y luego, la gran duda: era Yulia, abrazada de una señora, menor que Margaret, muchísimo menor si debía adivinar, con la misma sonrisa de Yulia, con un lunar bastante pálido sobre la parte baja de su mejilla derecha, arrugas de felicidad alrededor de la sonrisa y los ojos, que eran oscuros, según la fotografía, rubia, más rubia que Yulia, rubia de verdad. Pasó a la siguiente fotografía y estaba la misma mujer, ahora de ojos azules, como los de Yulia, y la siguiente fotografía, Yulia dándole un beso en la cabeza, mientras la mujer no dejaba de sonreír con inmenso carisma, y tomaba a Yulia de las manos, mostrando un Rolex plateado, un DateJust Lady 31, de fondo azul marino, con diamantes, o algo que brillaba, en vez de números, la corona obviamente en el doce.

- ¿Quién es ella?- le preguntó Natasha mientras Hugh se aparcaba frente a las puertas de Bergdorf’s.

- Mi señora madre…

- Es muy guapa, te felicito

- Gracias- rió.

Junio dos mil doce. Yulia sí que quería huir de Manhattan, pues se fue a meter, junto con Phillip y Natasha, en plena época Eurocopa a Playa Mujeres, estaba estresada con lo de los Hatcher, que William decía una cosa, Lilly decía otra, y todo era "pregúntele a William" para que, cuando le preguntara a William, todo fuera "pregúntele a Lilly", Yulia simplemente quería arrancarse del cabello del estrés, de la desesperación, más porque la casa, la estructura, ya estaba terminada, pero no estaba ni curada, que era el característico baño que Yulia le daba a todas las paredes antes de siquiera considerar hacer otra cosa, y era un baño de seis capas, que prevenía el deterioro paulatino, tanto de adentro hacia afuera, como de afuera hacia adentro, eso le daría tiempo a Yulia, tiempo para relajarse y hacerle cambios a cosas que podían cambiarse, correos de William, correos de Lilly contradiciéndolo, simplemente Yulia quería que la tierra le hiciera el favor de tragársela, ojalá y no se les ocurriera hacer algo con materiales reciclados como a los Mayfair, que entonces, Yulia, terminaría en prisión por asesinar a más de alguno a su paso. Y se despertó aquella mañana de junio, que el sol le daba en la cara, intentó darse la vuelta sólo para cubrirse del sol pero el sol le quemaba la piel, oh, divino sol latinoamericano, sol playero, sol que rostiza. Se sentó y notó que no era su cama, sino una hamaca, y se bajó de aquella hamaca, todavía con sus ojos cerrados, y se despertó al caer, hasta a media pantorrilla, en agua fría; la hamaca estaba sobre una piscina.

Entre quejidos por el violento despertar del agua fría en sus pies, localizó la botella de Grey Goose y la botella de Ginger Ale que estaban, sin elegancia alguna, tiradas sobre el suelo, y fue cuando la cabeza la empezó a doler, vaya resaca. Repasó su cuerpo con sus manos, y sintió el spandex de su traje de baño, que era de una pieza, y, localizando agua, no acordándose que estaba parada en ella, se arrojó a una de las duchas que estaban diseñadas, ahí afuera, para quitarse la arena al entrar de la playa a la Suite, pero Yulia simplemente se sentó y dejó que el agua fría la bañara, la bañara hasta que se le olvidara que tenía resaca. Quizás pasó una hora entera bajo el agua, simplemente sentada, viendo sus muslos y sus rodillas, viendo sus pies, las dos venas que se le saltaban en cada pie, que se le marcaban las falanges proximales y los metatarsianos, que esos se desvanecían en cuanto subían por el empeine, sus dedos, demasiado bien cuidados para acostumbrar andar en Stilettos, pero con sus uñas de corte cuadrado, del largo perfecto, con el mismo color de sus uñas de las manos.

- Lenis, ¿cómo te fue?- preguntó Inessa, viéndola entrar al apartamento, acababa de tener una entrevista de trabajo.

- Ya dieron la plaza- murmuró, sentándose de golpe sobre el sofá de la sala de estar y yéndose de golpe hacia el lado, tomando su cubo Rubik de siete por siete, que había dejado en pausa, de la mesa de enfrente. – No entiendo qué estoy haciendo mal…

- No estás haciendo nada mal… tú haces lo que puedes; buscas entrevistas, vas, y haces lo que tienes que hacer, más no puedes hacer- se acercó, secándose las manos con una toalla blanca.

- Voy a seguir buscando, no te preocupes

- No te preocupes tú si no encuentras algo rápido, cuesta encontrar, eso lo sé yo…- se sentó al lado de Lena, que Lena se movió para apoyar su cabeza sobre su regazo.

- Es como la frustración profesional más grande- suspiró, moviendo las caras del cubo. – Es como que un cardiólogo sea taxista, como que un abogado sea plomero…

- No veas así las cosas, por favor

- Lo siento…sólo estoy frustrada…

- Déjalo ir…déjalo fluir- sonrió, tomando la cabellera roja de su hija entre sus dedos, la empezó a peinar suavemente. – No lo pienses tanto…deja que las cosas pasen, deja de querer tener el control y vas a ver cómo todo se va solucionando poco a poco…

- Me da rabia pensar que me he quemado las pestañas estudiando tanto tiempo, teniendo buenas calificaciones, trabajé casi cuatro años en el mismo lugar… que se supone que es un honor trabajar ahí, y las referencias son irrelevantes, todo para terminar trabajando en una panadería, haciendo croissants y focaccias todo el día, cobrando seiscientos euros al mes…eso no es aportar, me siento como un parásito aquí- ah, pero seiscientos euros era más de lo que un trabajito cualquiera daba, pero Lena estaba acostumbrada a mejores cosas, cosas que no sabía que le faltaban pero que influían en su buen, o mal humor.

- Lena, escúchame- el tono de Inessa cambió un poco, de ser muy maternal y comprensivo a ser muy maternal y regañón. – Si fueras un parásito, como tú dices, créeme que te presionaría muchísimo para que consiguieras un trabajo, sé que no estás contenta al no tener un trabajo que te guste, porque trabajo tienes…a mi no me importa si eres niñera o panadera, no me importa si eres la dueña del mundo entero o no, no me importa con tal de que estés tranquila

- Y tu remedio para la intranquilidad es que simplemente… ¿me deje llevar?

- Deja que las cosas pasen, que sigan su curso, todo cae en su lugar en el momento adecuado…no te desesperes, ¿de acuerdo?- sonrió, viendo la emoción con la que su hija giraba rápidamente las caras del cubo. – No pienses tanto las cosas…

- No las pensaré, Inessa- rió, acomodándose sobre el regazo de su mamá. – Tengo una pregunta, no sé si es correcto o no…pero… cuando te casaste con papá, ¿estabas pensando?

- Estaba pensando, sí, pero estaba pensando mal

- ¿Sabías en ese momento que estabas pensando mal?

- En ese momento pensé que era lo mejor para mí, y fui muy egoísta, pero sabía que estaba mal

- ¿Por qué? Digo, no sé… ¿egoísta?

- Tu mamá no ha sido la mujer más brillante, ni por cerca, y ha cometido muchos errores…pero llega un momento en el que los errores se acumulan, se hacen una cadena de errores que no puedes enmendar…pero, lo gracioso es que, dentro de toda mala acción, resulta algo bueno

- ¿A qué te refieres?- frunció su ceño, irguiéndose para sentarse y verla a los ojos, apartando el cubo.

- Siempre pensé que había sido un error casarme con Sergey- dijo, evitando decir "tu papá". – Pero, de no haberlo hecho, no tendría a mis hijas como lo son ahora, Katya no existiera

- Viví siete años sin mi Kat, seguramente habría podido seguir sin ella y no hubieras tenido que casarte con papá…

- Supongo que sólo quería hacer bien las cosas- mintió.

- No sé, quizás en aquel entonces no pensaban con la cabeza de pensar…

- ¡Lena!- rió Inessa un tanto sonrojada.

- Ay, mamá, no me diga que el pudor ataca en cuanto uno más se acerca al medio siglo- rió. – Además, no es como que usted sea una Santa- la volvió a tratar de usted para poder bromear con respeto. – Si hubiera sido un error, mi hermana no existiera, lo que significa que, por lo menos, usted se acostó dos veces con papá- y rió a carcajadas. – Yo y mi hermana, por raro que el orden suene… pero, por lo menos dos veces, porque no creo que anotara a la primera

- Ya, ya, ya basta- ah, Lena le había sacado todos los tonos de rojo que existían, encandecidos en sus mejillas, en su frente, en todo su rostro, en su cuello y en su pecho. – Yo también puedo irme a la guerra contigo

- No creo, no tienes material- rió Lena, volviéndose a acostar sobre el regazo de Inessa pero quedándose en la conversación.

- ¿No me crees capaz de contraatacar?- Lena se negó con la cabeza. – Bueno, pues para que veas que, a los cuarenta y nueve años, no te acercas al pudor… ¿cómo fue tu primera vez?

- ¿Cuál primera vez?

- Ay, Lena, yo no nací ayer- rió Inessa. – Sé que no eres virgen

- Pues, físicamente no lo soy, pero no creo que eso defina la virginidad…creo que el entregarse totalmente, en todas las capas del ser humano, eso es perder la virginidad…

- Un poco esotérica, pero está bien…

- ¿Ves? No puedes incomodarme

- ¿Has pensado en cómo sería si estuvieras con una mujer?

- Retiro lo dicho… ¿sabías que sí puedes incomodarme?

- Vamos, contéstame… ¿lo has pensado?- Lena sacudió la cabeza. – No sé si esté en la naturaleza de una mujer hacer un voto de castidad de por vida, ¿no hay mujer que te guste? ¿O ya probaste…tú sabes?- rió, cerrando sus manos en puños y golpeándolos suavemente, que Lena sabía, por entendimiento universal, que eso era "vagina-con-vagina".

- Me incomoda hablar de esto contigo, de verdad…

- ¿Por qué? Soy tu mamá…

- Por eso, porque eres mi mamá…y hablando de sexo contigo, de que lo haría con una mujer… no sé, ¿no es demasiado para ti?

- Yo traje el tema de conversación…- sonrió. - ¿Lo has pensado?

- Supongo que sí, en algún momento lo he pensado, pero no sé cómo se hace eso… - imitó el "vagina-con-vagina" de Inessa.

- Sabes que no puedes ser célibe por el resto de tu vida, ¿verdad?

- ¿Y me lo dices tú?- rió Lena, llevando sus manos a su rostro. – Están las monjas- sonrió, tratando de escaparse del tema incómodo.

- Eres joven, Lena, disfruta todo lo de la vida, no lo pienses mucho

- No ha llegado la que me guste nada más, esa que me quite la capacidad de razonar, así como a ti te pasaba con el tío Alec, o con papá- y Inessa le quiso decir que sólo con Sergey, porque no había razonado, pero que todavía le pasaba con Alec, y que la edad sólo era un número y que ella daría lo que fuera por tener a Volterra, aunque no podía, no podía ni pensarlo. – Y fin de la discusión… de verdad me incomoda hablar del tema contigo, sólo porque eres mi mamá, no porque no confíe en ti, simplemente… no sé, no puedo

- ¿Tú me presentarías a tu pareja?

- Si la tuviera…supongo que sí, pues, sólo si es muy serio, supongo… y fin del tema, por favor

Era algún día por la noche de aquella vacación de una semana, y digo "algún día" porque hasta yo había perdido la noción del tiempo, así como Yulia, quien había aprendido a tomar tequila el primer día que llegó, y le gustó, pues no se explicaba cómo en Roma servían un shot de aquella bebida con naranja, y tequila blanco con naranja, el sólo recuerdo le daba náuseas, pero aquella mezcla de sal, tequila dorado y lima, era como acercarse cada vez más a la eternidad, y uno tras otro, tras el siguiente. Y esa noche, en su inmensa ebriedad, en ausencia de una ya desmayada Natasha, fue que pasó lo siguiente, de lo que no se acordaría nunca, pero que, en su inconsciente, aquella semillita de iluminación mental y preferencial, brotaría sin que se diera cuenta, eso era lo que Phillip llamaba una verdadera "Inception":

- Felipe… tú me caes muy bien, es más, te quiero mucho

- Wow, gracias, Julia, yo también te quiero mucho

- No, es que eres al único hombre al que quiero, no me lo tomes a mal, pero eres el único hombre que vale la pena querer…

- ¿Y Mischa?

- Mischa es una persona conflictuada que necesita cariño, un cariño que yo no le puedo dar, que no creo que le pueda dar a algún hombre, no a cualquiera

- ¿Y qué tengo yo de especial que no tengan los demás hombres que conoces?

- Eres caballeroso, cariñoso, considerado, eres un buen hombre y una buena persona, respetas a Natasha… que no hace falta que te diga que si la lastimas, te mato, ¿verdad?

- Tranquila, sé que mi suegro te compró la pistola, duda, de que sabes disparar, no me queda- sonrió, salpicándole un poco de agua en aquella noche de brisa marina y estrellas. – ¿Alguna vez te has enamorado?

- No lo sé, hubo una época en la que creí que sí, que estaba enamorada…pero, ahora que lo pienso, era la necesidad de sentirme querida, y, con Misch, no estoy enamorada, a veces me llevo bien con él, a veces simplemente no, que es el cien por ciento del tiempo…

- Oye…Yul…¿puedo preguntarte algo?

- Claro

- ¿Tú qué piensas de la homosexualidad?

- Me da igual, para serte sincera… en un mundo paralelo, ¿cómo se sentirían los heterosexuales?

- No, no… mi pregunta va por el camino de…

- ¿De que si me gustan las mujeres?- Phillip asintió. – No te puedo negar que hay mujeres guapísimas, estando yo en el primer lugar- rió. – Es broma…pero sí pienso que hay mujeres muy atractivas, aunque con ninguna he tenido ese impulso que tendría, por ejemplo, si el Príncipe Harry me dice que me quiere llevar a la cama, o Ryan Reynolds…

- ¿Estás segura que lo harías?- levantó su ceja y la vio fijamente a los ojos.

- Con un poco de alcohol…supongo que sí

- ¿Y con un poco de alcohol te acostarías con…digamos con una mujer?

- Depende de la mujer, supongo

- Kate Winslet

- Un poco mayor… pero supongo que sí- rió Yulia. – Aunque ya la he visto en pelotas varias veces y eso deja poco a la imaginación

- Rosie Huntington-Whiteley

- No me parece atractiva, ni con todo el alcohol del mundo

- Cobie Smulders

- ¿La de How I Met Your Mother?- Phillip asintió. – Se parece a tu mujer- rió. – Cómo no voy a acostarme con tu mujer, con ella creo que sí puedo

- Kristen Stewart

- Nunca

- Emma Watson

- Sin alcohol- rió Yulia. – Definitivamente sin alcohol

- Natalie Portman

- Sin alcohol

- Isla Fisher

- ¿La esposa de Borat?- Phillip asintió. – Con alcohol

- Kate Middleton

- Never… con la realeza no me meto… sólo con el Príncipe Harry

- La mujer de las visiones en Twilight

- Con alcohol

- Jennifer Lawrence

- Oye, Felipe, te sabes a varias- rió a carcajadas, pero callándose para no despertar a Natasha, que era indespertable por tanto alcohol. – Pero sí, con un poco de alcohol

- La mujer de Underworld, la que anda vestida de cuero todo el tiempo

- Ni con todo el alcohol del mundo, se parece a mi hermana

- Anne Hathaway

- Sin alcohol…pero que no me hable mucho porque…es más, que se quede callada y que sólo se ría, y todos los sonidos sexuales

- Nicole Kidman

- Nunca, jamás, never… un dildo es más natural que ella- rió.

- Penélope Cruz

- Mayorcita… pero, como con Winslet, con alcohol

- Sofía Vergara

- Sofía Vergara…- repitió pensativa. – Sin alcohol, definitivamente, pero que me grite groserías

- ¿Por qué?

- No sé, o que me hable en inglés- rió.

- Mila Kunis

- You kidding, right?- rió. – Never, soy como tres metros más alta que ella…y no me gusta

- Katy Perry

- Con poco alcohol, pero sin esos corsets raros que se pone…- dijo, colocando sus manos en sus senos y girando sus índices.

- ¿Y de la vida diaria?

- Ninguna… pues, no te ofendas, tu mujer está guapa, pero es tu mujer y es mi amiga, es mi hermana: incesto

- No me ofendo- rió. - ¿De hombres a quiénes?

- Aparte del Príncipe y de Ryan Reynolds… a nadie, ni de la vida diaria y mortal

- ¿Ves? Yo que tú, empiezo a considerar a las mujeres para una relación amorosa

- ¿Y qué? ¿Volverme lesbiana?- siseó, se había ofendido un poco.

- Ser lesbiana no es una decisión, tener una vida amorosa miserable, o no tenerla en lo absoluto, si lo es… mereces ser feliz, sea con un hombre o con una mujer… siempre y cuando seas feliz, nadie tiene derecho a juzgarte, que lo van a hacer, pero a quién le importa… mírame a mí, catalogado toda la vida como un homosexual y niño de papi y mami… y más equivocados no pueden estar, creo yo- sonrió, acercándose a ella para abrazarla, pues la confianza era tanta como para poder hacer eso.

- Phillip… a veces dices unas cosas tan tontas que no sé cómo le haces para que suenen tan coherentes…

- Algo le aprendo a Natasha

- Sí, sí… ¿me llevas a la cama?- murmuró, notando que ya todo le daba vueltas alrededor suyo.

- Toda la vida, Julia- sonrió, dejando que se subiera a su espalda para salir con ella por las gradas de la piscina.

Julio dos mil doce.

- Hola- contestó Lena el teléfono de la casa, preguntándose quién llamaría a las once de la mañana a casa, pues Inessa trabajaba a esa hora, y los bancos no solían llamar.

- Lena, te habla Alec

- Hola, tío Alec!- sonrió Lena, dejándose caer en el sofá, y tomando su cubo Rubik. - ¿Cómo está?

- Muy bien, ¿y tú?

- Bien, bien, también… un poco cansada- resopló, no sabiendo por qué había dicho eso.

- ¿Y eso?

- Del trabajo

- Ah, ¿ya tienes trabajo?

- Bueno, trabajo en una panadería por ahora

- No me digas que sabes hornear pan- rió Volterra, viendo por la ventana de su apartamento.

- Bueno, ¿subestima mis habilidades de panadera?- rió. – Sería de que probara el pan que hago, le demostraría que sí sé hornear pan, croissants y focaccias

- Estoy muy seguro de que sí

- Algún día, tío, algún día

- Espero que muy pronto- sonrió, intentando decirle lo que quería decirle, pero no sabía cómo.

- Sí…uhm… ¿quería hablar con mi mamá? Porque ahora no está, está en el trabajo

- No, Lena, en realidad quería hablar contigo…

- ¿De qué?- balbuceó, enojándose por haber girado a mal tiempo una cara del cubo, haciendo que una de las piezas se desprendiera.

- Resulta que el Estudio se tiene que expandir, y pasa que necesito una Diseñadora de Interiores

- ¿Despidió a su Estrella?- rió, acordándose de su cara, y que era la misma mujer que había visto en diciembre a la puerta de su casa. No, no era la misma. ¿O sí? Fuck it, la memoria no era lo suyo.

- No, no, sólo necesitamos más personal…y me gustaría saber si te interesaría venir a trabajar conmigo- Volterra no había considerado todas las respuestas, ni las implicaciones.

- Me gustaría, sí, pero creo que necesito visa de trabajo para eso, ¿no?

- No te preocupes por eso, no sería la primera que tramito- Lena puso el cubo incompleto sobre la mesa y se sentó de golpe.

- ¿La propuesta es en serio?- murmuró, un tanto incrédula.

- Necesito gente en la que pueda confiar, ¿te interesa el trabajo?- Lena se quedó callada. – Lena, es en serio… necesito a una Diseñadora de Interiores, y el plus es que tú diseñas muebles también

- Tendría que hablarlo con mi mamá, supongo…

- Está bien, habla con ella… y, cuando tengas una respuesta, llámame, porque tendríamos que hacer muchas cosas antes de que te contrate…

- No hay mucho que pensar, sólo quisiera hablarlo con mi mamá- y al diablo con dejar sola a Inessa, ella se podía cuidar sola.

- No hay problema, Lena, sólo una pregunta, ¿cuánto ganabas en Armani Casa y qué prestaciones tenías?

- Tenía apartamento con servicios básicos, seguro médico y dos mil quinientos euros netos al mes- se sintió enferma, como aturdida, abrumada.

- Déjame igualar el apartamento y duplicar la paga, sólo para que sepas lo que te ofrezco, y claro, el Estudio paga el trámite de tu visa y el seguro médico, por eso no te preocupes

- Está bien, ¿le puedo llamar más tarde?

- A la hora que quieras, Lena

- Tío Alec…- murmuró antes de que Volterra se despidiera de ella.

- Dime

- Gracias

- ¿Gracias? ¿Por qué?

- Por tomarme en cuenta

- Me ahorrarías el trabajo de intentar buscar a alguien competente- dijo, preguntándose por qué carajo había dicho semejante cosa, pues sonaba como si Lena fuera incompetente, o al menos así sonaba en la cabeza de Volterra. Lena rió nasalmente, no sabiendo exactamente qué decir. – Bueno, Lena, espero saber de ti muy pronto…y ojalá sea con una respuesta positiva

- A esperar por mi mamá- sonrió, y Volterra pudo sentir su sonrisa, la misma sonrisa de Inessa, la misma sonrisa cálida y tierna, inocente. – Un abrazo, tío Alec

- Un abrazo, Lena- y colgaron. Pero a Volterra eso no le bastaba, por lo que marcó el número de Inessa, el de la extensión siete-cero-nueve y esperó a que contestaran.

- Ufficio Centrale di Seminari di Belle Arti di Sapienza, Università di Roma, questa è Inessa Katina, come posso aiutarvi? (Oficina Central de Seminarios de Bellas Artes de la Universidad Sapienza de Roma, este es Inessa Katina, ¿cómo puedo ayudarle?)

- Hola,Señora Katina, Puedo robarle un minuto de su tiempo?- sonrió Volterra, esperando una risa nasal de Inessa.

- Hola, Architetto Volterra- y ahí estaba, la sonrisa y risa nasal de Inessa. – Si Puede robar mi tiempo- rió, quitándose las gafas y colocándolas sobre el escritorio.

- Llamé a tu casa

- Y te acordaste que a esta hora, a las once y veintiuno, estoy en la oficina, ¿verdad?

- Eso ya lo sabía- rió. – Quería hablar con mi hija

- ¿Qué?- siseó, sintiendo que la vista se le nublaba, que la presión arterial era distinta, o mucha o muy poca.

- Considéralo mi venganza por no decirme que Lena es mi hija- rió. – Le ofrecí trabajo

- Explícame, ¿quieres?

- Ine, se me ocurrió que el Estudio está en la disposición de alimentar otra boca, y mi hija, con el potencial que tiene, ¿de panadera? No, simplemente no logro concebirla haciendo pan todo el día cuando podría estar en mi Estudio, tratando con clientes grandes, haciendo lo que le gusta, ejerciendo su profesión, pues no creo que le haga gracia haber estudiado, ¿qué? ¿Cuatro o cinco años para terminar en una panadería? Mi hija tiene que tener ambiciones, supongo

- Y supones bien, Alec…pero, ¿no es muy complicado que la contrates?

- Sería complicado aún si ya tuviera la visa de trabajo…como le dije a Lena, no sería la primera visa que tramito, y en ese problema no me volvería a meter a menos de que valiera la pena, y creo que mi hija vale la pena… aunque, claro, si la reconociera como mi hija, y yo siendo ciudadano norteamericano, las cosas fueran muchísimo más fáciles

- ¿A qué estás jugando, Alessandro?- siseó, paseando su mano por sus verdes ojos cerrados, intentando buscar la claridad en la oscuridad de los pestañeos alargados.

- Tú no vas a aceptar mi dinero, no vas a aceptar que te ayude… económicamente, déjame ayudarle a mi hija al menos…

- Eso no lo puedo evitar, y tampoco quiero

- No le voy a decir que soy su papá, Ine- rió. – Busco acercarme a ella, seguramente si le digo que soy su papá, sus veintitantos años se le vienen abajo en una mentira y entonces no sólo llevo yo las de perder, sino tú también, y realmente te valoro muchísimo, a mi hija también, sólo por el hecho de ser mi hija- y esas palabras, "mi hija", a Inessa le revolvían el estómago, tan ciertas pero tan ajenas. – Ine, yo no he sido un papá para ella, y, más que un jefe, pretendo ser una persona de confianza

- Si sabes que le podríamos decir, ¿verdad?

- Es como si no me estuvieras escuchando, Inessa, ¿de qué nos serviría decirle a estas alturas del juego? Lo más probable es lo que ya dije, que los tres perdamos

- ¿Y qué pasaría si, en vez de perder, como tú le dices, ganas? ¿Qué pasaría si Lena, en vez de llamarte "Arquitecto Volterra" por ser su jefe, te llamara "papá"? ¿No te gustaría que todo fuera como tiene que ser?

- Nunca se sabe qué puede pasar, Ine, y creo que, por ahora, lo mejor es dejar que fluya como si yo no supiera nada… supongo que no es engaño si nunca se entera

- Y para que no se entere, Alessandro Volterra, tienes que ser muy distante, porque serías su jefe, no su papá

- Corrección, Inessa, sería la conexión entre ella y tú… además, si no supiera que puedo manejarlo, que puedo controlarlo, no se lo hubiera propuesto, ¿no crees?

- Lena, a pesar de que vivió mucho tiempo en Georgia, no es como que sepa mucho de la cultura, su personalidad es distinta, Alec… ella es especial

- Y no te preocupes por eso, que yo sé lo que tengo en mi Estudio, te prometo que, en el ambiente de trabajo, yo la protegeré de todo idiota… porque debo admitirlo, mujer que entra aquí, los tres ingenieros la ven como presa fácil, pero tengo el plan perfecto para que sea intocable

- Comparte tu plan, entonces

- Simplemente planeo esconderla tras mi mejor carta, tras mi Socia, meterla en su oficina para que no se mezcle con los ingenieros, que Yulia le muestre cómo se hacen las cosas en el Estudio… confío en Yulia, más porque ella también viene de afuera y ha tenido que adaptarse, creo que podría ser la oportunidad para que Lena no se sienta sola, mucho menos aislada o diferente, pero, eso sí, la trataría como una más de mis empleadas, con ciertos privilegios por ser "mi sobrina", pero sólo para que no se les ocurra tocarla

- No puedes evitar que las cosas le pasen, Alec, no puedes moverla en una burbuja… además, estoy segura de que Lena se sabe defender de cualquier arrogante… acuérdate de quién es Lena, de lo que te dije- murmuró, como si al decir esas palabras todos sabrían de qué hablaba, todos los presentes en la oficina; nadie, nada y ninguno.

- Lena se podrá defender de cualquier imbécil, y confío en ella, pero no confío en los imbéciles… confío más en la protección que Yulia podría darle, aún sin saberlo, aunque definitivamente le pediría ayuda

- ¿Planeas decirle a tu socia que tu hija va a trabajar con ustedes?

- A Yulia no le interesan las contrataciones, ella sólo afloja dinero cuando hay que aflojarlo, y siempre y cuando la deje en su oficina, todo está bien… además, Yulia es de suma confianza, ella te depositó el dinero y te dejó el paquete

- Y tú de verdad esperas que confíe en una mujer mayor para defender o proteger a nuestra hija…

- ¿Mujer mayor?- rió. – No cabe duda que Lena y tú son iguales… Yulia tiene la edad de Lena, por eso estoy seguro que puede darle una mano amiga…

- Creo que es momento de que confíe yo en ti…ciegamente- suspiró. - ¿Cuáles son los pasos a seguir?- sintió a Volterra sonreír, pues sabía que, con eso, Lena era contrato seguro.

- Necesito traerla a más tardar a el otro mes, porque los trámites son más rápidos si ella está presente… además, le vendría bien adaptarse a la ciudad antes de empezar a trabajar

- Supongo que también necesitará tiempo para buscar donde vivir… porque ojalá y no estés pensando en que vivirá contigo, porque apenas y vive conmigo…

- En lo absoluto, ¿te imaginas? ¿Viviendo con el jefe? Van a decir que es mi amante y no mi sobrina…- rió nasalmente. Cálmate, Ine… voy a tenerle un apartamento listo, que le he dicho que el Estudio lo paga, pero yo soy el Estudio…

- Confío en ti, Alec, confío en que Lena caerá en buenas manos…

- Déjame a ser papá encubierto, por favor, al menos eso déjame hacer…

- No sería justo si no te dejara- sonrió. – Y no te preocupes, no le diré nada a Lena sobre tu plan de protección paranoica con tus ingenieros…

- No es paranoia, es precaución

- Como tú digas, Alec…- suspiró, volviendo a pasar su mano por sus ojos cerrados, rascándoselos a través de los párpados.

- No le pongas "peros", ¿sí? Déjame gozar a mi hija unos años, los años que ella quiera quedarse, el tiempo que decida quedarse, por favor

- ¿Por qué habría de ponerle algún pero?

- Me dijo que lo consultaría contigo

- Pues no le diré que no, le diré lo que realmente está pasando, que prefieres ayudarme con mis hijas a volver a ser lo que éramos hace veintisiete años

- ¡Inessa!- siseó sonrientemente. – Intenciones tengo, pero hay que darle tiempo al tiempo… más ahora con la noticia de Lena

- A ritmo lento y seguro, ¿está bien?- murmuró, viendo que la representante de curación del Vaticano se asomaba por la puerta con un toque de nudillos. – Me tengo que ir, seguramente estaré sabiendo algo de ti muy pronto

- Eso espero, Ine…

- Cuídese, Arquitecto- sonrió.

- Un abrazo, Ine- colgó, con una sonrisa que creyó que nunca se le iba a borrar.

- Doctora Volkova, pase adelante, por favor- sonrió, poniéndose de pie ante aquella relajada mujer, que parecía muy casual para ser la jefe de curación del Vaticano, y le extendió la mano.

- Gracias, Licenciada Katina- sonrió de regreso, estrechándole la mano.

- Señora Katina nada más

- Entonces, Señora Volkova, nada más- sonrió, sentándose sobre la incómoda silla de la oficina de Inessa. – Sólo vengo a firmar el currículum del Seminario, que me dijeron que había cambiado tres aspectos, un objetivo y dos resultados
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Ago 14, 2015 11:48 pm

Agosto dos mil doce. Yulia no terminaba de querer matarse cada vez que escuchaba del proyecto de los Hatcher, aquella casa la acosaba en sus sueños, todos los cambios minúsculos que tenía que hacerle, cambios sobre cosas que ya habían sido cambiadas, menos mal William Hatcher le había cedido todo el poder a su esposa porque decía que, de cuestionarle las cosas, su matrimonio, de ya diez años, terminaría y terminaría mal; y era un lujo que no podía darse, ni por él, ni por Lilly, ni por sus cinco hijos; los gemelos y las tres princesas. El proyecto de Meryl se había tenido que posponer, pues a Meryl le gustaba involucrarse directamente en las alteraciones de su vivienda, y no podía hacerlo por el simple hecho de que filmaba una película en esos meses, y el proyecto no se reanudaría hasta el mes entrante, lo que le daba tiempo a Yulia para avanzar con el desorden de los Hatcher y con las ocurrencias con Louis Vuitton. Aunque claro, lo más difícil siempre era lidiar con los Hatcher, en conjunto o por separado, porque se les tenía que explicar lo que se había decidido la reunión anterior, que gracias a Dios todavía vivían en Nueva York, pues Yulia no se podía imaginar vivir en Boston, pues se reunía de dos a tres veces por semana con Lilly o con William, como si no trabajaran, ah, no, es que no trabajaban, pues, William sí, pero era cirujano plástico; dueño de muchas obras, como de la nariz de Lilly Hatcher, o de muchas rinoplastias de infinidad de celebridades, pues era su especialidad, aunque también era el creador de muchos bustos y de uno que otro facelift, browlift, botox, colágeno, etc. Y Yulia no podía pedir más dicha y más gozo que cuando Lilly decidía llevar consigo a su hija menor, Penelope, una niña de cinco años, de piel sumamente morena, un chocolate brilloso y uniforme, ojos café, cabello rizado y esponjado, erizado, con una sonrisa infantil muy blanca, que contrastaba el color de su piel, como el de su mamá. Digo que Yulia no podía pedir más porque, en esas reuniones, se decidían los destinos de las decoraciones de cada habitación, y era lo que Yulia más temía: cuando el niño en cuestión tenía más voz y voto del que ella esperaba, pues aquella habitación sería, en contra de todo lo que Yulia quería, una explosión de rosado, rosado Mattel, y estructuras de madera blanca, toda una pesadilla; desde la alfombra hasta las paredes, hasta las perillas de las puertas las quería en rosado, y su mamá que se lo concedería al decirle a Yulia que comprara perillas de oro rosado, sólo para que las perillas de la habitación de Penelope fueran rosadas.

Y luego estaba Neré, la de seis años, que era todo lo contrario a su hermana Penelope, que estaba obsesionada con La Sirenita, por lo que quería su habitación en el fondo del mar, con Ariel, con Flounder, con Sebastián, y eso no le molestaba tanto a Yulia, no era su favorito, pero era trabajable, no tenía que romperse tanto la cabeza para armar un buen diseño, no tenía que materializarlo desde cero como el de Penelope. También estaban los gemelos, que Yulia les había diseñado una habitación dividida, partiendo del diseño de su habitación en Roma, en forma de "U" cuadrada, sólo que la parte baja de la "U" era el pasillo, con puerta, que daba a una sala de juegos; en donde habría, tras petición educativa de los progenitores, un Play Station y una pantalla plana, que era en realidad una mini-sala de cine, con butacas especiales que costaban un carajo y medio encontrar, que tenían que importarlas internamente desde Seattle. Y las habitaciones de Joshua y Leo eran tan iguales como diferentes; pues ambos querían camuflajes, con la diferencia de que Joshua quería camuflaje desértico y Leo camuflaje acuático: mismo diseño, distintos colores, similar distribución. Por último, o de primero, pues era la mayor, estaba Amanda, la imagen original de Penelope, con quince años, que era la habitación favorita de Yulia, pues Amanda sólo lo quería elegante, sin alfombrado, con el piso de madera, hasta se podía decir que lo quería minimalista. Y todo eso, más la habitación de los jefes de familia, los baños de cada integrante de la familia, las tres salas de estar familiares, la sala de cine familiar, la enorme cocina, la pérgola que albergaba el jacuzzi, las tres habitaciones del servicio, la fachada, no sé cómo Yulia no cedió a la locura.

- ¿Te gusta?- murmuró Volterra a espaldas de Lena, quien veía, desde el marco de la puerta, la que sería su habitación.

- Tío, está bien… digo, nadie nunca me preguntó si el apartamento en Milán me gustaba- rió, abrazándose con sus manos sus antebrazos.

- Me gusta tener a mis empleados contentos- dijo, colocándose al lado de Lena. – Más si son como familia… ¿te gusta?

- Claro que sí… yo me acomodo a lo que sea- sonrió con sus ojos verdigrises un tanto melancólicos.

- Muy bien, ahora sólo necesitamos amueblarlo- colocó su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Lena, porque la más mínima caricia paternal lo hacía feliz.

- Con un colchón inflable estaré bien… lo importante es tener dónde dormir, ¿no?

- Si así quieres… aunque, bueno, todavía no puedo contratarte oficialmente, pero me gustaría que diseñaras al menos tu habitación, como un ejercicio, si quieres todo el apartamento

- Bueno… supongo que puedo hacer eso- sonrió, paseando su mano por su cuello y ladeando continuamente su cabeza de lado a lado para aflojar la tensión.

- Tu mamá me dijo que te gusta hacer las cosas tú misma… ¿cierto?- Lena asintió. – Y, como no puedo contratarte oficialmente todavía, pensé que podías, en lo que te acomodas y conoces la ciudad, ir al taller que tenemos en el Bronx… creo que encontrarás toda la maquinaria que necesites…- murmuró, sacando su cartera para buscar una tarjeta de débito. – Aquí hay cinco mil dólares- dijo, alcanzándole la tarjeta. – Como ves, es prepago…y, bueno, es para los materiales que puedas necesitar por si no encuentras materiales para reciclar- sonrió mientras Lena tomaba la tarjeta en sus manos. – Al regresar a mi apartamento te daré la lista de lugares que tienes que conocer, desde proveedores hasta subcontrataciones… con teléfono, dirección y cómo llegar a cada uno…

- Gracias- murmuró cabizbaja, todo le parecía irreal, como si no estuviera pasando.

- No me lo agradezcas… sólo espero que los papeles salgan pronto para que puedas empezar a trabajar en el Estudio…

- Creo que me servirá el tiempo libre para conocer bien la ciudad…que no es muy grande, pero seguramente es intricado para alcanzar cada esquina

- Te acostumbrarás…además, sabes dónde vivo yo, dónde está el Estudio…punto de referencia central: Central Park- sonrió, pero vio que Lena mantenía apagada la mirada. – Sé que es un gran cambio, Lena, y espero que valga la pena para ti

- Sólo quiero trabajar, ¿sabe?- Volterra asintió. – Digamos que soy nueva en la administración de mi propio dinero… porque antes tenía el respaldo de mi papá, entonces no importaba si ganaba diez o mil euros, porque siempre podía contar con su apoyo económico… ahora tengo un presupuesto, y quiero ayudarle a mi mamá también… más con eso de que quiere sacar el certificado de "coach"

- Tu sentido de supervivencia es admirable, no te preocupes, aquí vas a sobrevivir, vas a vivir bien, y vas a poder darle la ayuda a tu mamá- Lena sonrió, pero no sonreía en realidad, sólo era un reflejo, pues era esa única sonrisa que no dibujaba camanances, y se dio la vuelta para empezar a caminar hacia afuera. – Sabes que si necesitas hablar, estoy dispuesto a escucharte

- Gracias, tío… pero soy de las personas que simplemente prefieren no hablar

- Sufrir en silencio no es bueno, Lena, menos cuando estás en un lugar nuevo

- No sufro en silencio, simplemente no soy de hablar mucho, supongo…- se encogió de hombros, dándole un último vistazo a la diminuta cocina, que casi que cabía sólo una persona entre los gabinetes.

- Así no era la Lena que conocí hace un par de años

- Era la misma Lena, pero sin mayores preocupaciones- sonrió, esta vez un poco sarcásticamente, pero dibujó sus camanances.

- Cuando empieces a trabajar se te terminarán las preocupaciones que tanto te atormentan, ya verás… te llevarás muy bien con los del Estudio

- Esa es la menor de mis preocupaciones… no hay especímenes más raros que los de Armani Casa, y si tienes especímenes… les diré que sus compatriotas les mandaron saludos- rió, haciendo la seña de Vulcana de Star Trek con sus manos.

- Especímenes Vulcanos no tengo, sólo un trío de testosterona desatada, dos Arquitectas que se estresan por todo, y se dedican a restauración más que nada…

- ¿Todavía está aquella Arquitecta, la que creí que tenía cuarenta?- preguntó, acordándose de aquella fotografía, que se acordaba y al mismo tiempo no se acordaba, pues probablemente, por mala memoria, había modificado su rostro, y había distorsionado el recuerdo; lo que a todos nos sucede, pero la manera en cómo lo preguntó, Volterra tuvo la impresión como si Lena se interesaba por Yulia.

- Todavía está Yulia en el Estudio… te caerán todos muy bien, unos más que otros- sonrió, viendo que Lena, por fin, desde hacía tres días que llegaba, se le notaba cierta intriga a través de sus ojos.

*

Yulia entró al Champagne Bar a las cinco y veintidós de la tarde de aquel día tan especial que la ponía nerviosa, más nerviosa que cuando tuvo que dar su Valedictorian Speech el día de su graduación del colegio, y, Dios mío, ese día sí que estaba graciosamente nerviosa, vestida en una toga roja con blanco, con birrete blanco, que abajo de aquella manta amorfa llevaba, como todos sus compañeros, pantuflas de Bob Esponja, y fue por ese chiste que casi no los dejan graduarse, a ninguno de los ciento treinta y tres, pues era una falta disciplinaria muy grave, pero, a la larga, les convenía graduarlos, ¿para qué retenerlos más tiempo si eran unos niños inquietos bajo el efecto de mil toneladas de azúcar? Se sentó en uno de los sillones a la ventana, Phillip y Natasha habían ido a la Monroe Suite, salón en el que dicho evento se llevaría a cabo, sólo para que Natasha se emocionara con el simple hecho de ver la decoración; en el centro de cada mesa, que eran solamente cuatro y no era sinónimo de cuarenta invitados, pues era algo pequeño y privado, había cilindros anchos, de quince centímetros de diámetro y la altura variaba, había tres por mesa, que tenían, sumergidas en agua, orquídeas naranjas, con tonos en rojo y rosado, con pringas violetas, y, sobre el agua, flotaba una candela blanca. Sólo el arreglo de la mesa de la abogado era distinto, era bajo, bombacho en lo que al cilindro se refería, con las mismas orquídeas apuñadas en un ramo elegante pero juguetón. La Arquitecta Volkova pidió una copa de Dom Pérignon Rosé del noventa y cinco y un Whisky y se dispuso a esperar a Lena, quien, en ese momento, le entregaba a Darth Vader a Agnieszka, sin bajarse del auto, sabiendo que Yulia la esperaba, pero no fue suficiente.

- Hugh… ¿podría pasarme a un McDonald’s antes, por favor?- y aquel hombre, de buena fe y respetable cariño, no preguntó ni le acordó que ya iban un poco tarde, simplemente reanudó la marcha de aquel Mercedes Benz negro y se devolvió hacia Lexington y cincuenta y ocho, cinco minutos por el flujo de tráfico y los semáforos y estaban ahí. Hugh se aparcó frente a Sleepy’s, dos locales hacia la izquierda de aquel McDonald’s.

- ¿Qué quisiera de comer?- preguntó en su dulce voz.

- No se preocupe, Hugh, yo iré a comprarlo- sonrió Lena, abriendo la puerta que daba hacia la acera.

- Lo siento, Miss Katina, no puedo dejar que haga eso, ¿qué quisiera comer?- repitió con una sonrisa, deteniéndola antes de que se terminara de bajar del auto.

- ¿Órdenes de Natasha o de Yulia?

- De las dos- sonrió.

- Sólo quiero una McChicken sin mayonesa…con mostaza, por favor- sonrió ruborizada ante la sonrisa que aquel hombre le ponía a su tedioso trabajo, que no dejó de sonreírle, ni cuando se subió al auto de nuevo para dejarla con el aire acondicionado encendido, el motor corriendo, y con los seguros abajo, mientras él iba a por la hamburguesa de Lena, que se había negado a tomar dinero, pues Natasha le había dado dinero por cualquier cosa. – Gracias, muchas gracias, Hugh- susurró, tomando la bolsa de sus manos y metiendo su mano derecha en aquella bolsa de papel, sacando aquella miniatura hamburguesa para sacarla del envoltorio. – Mmm…- gimió sexualmente ante el dañino sabor del TransFat. Y le dio otra mordida, y otra, y otra, todo mientras Hugh intentaba incorporarse a la calle, pero, no, no, no. – Fuck…

- ¿Está todo bien, Miss Katina?- preguntó Hugh, viéndola por el espejo retrovisor.

- No estoy segura- murmuró, alcanzando una servilleta para limpiar el poco de mostaza que había derramado sobre su Oscar de la Renta, que, al limpiarlo, la mancha se hizo obvia, y grande, no podía arreglarlo. – Necesito regresar al apartamento

- ¿Al 680 o al 800?

- Al 680

- Con gusto- sonrió.

Pero Lena sólo pudo estresarse, ¿a qué maldita hora se le había ocurrido dicha estupidez? No tenía hambre, simplemente estaba nerviosa y, ahora, su vestido estaba totalmente estropeado. "Dios salve a Natasha por el Elie Saab". Y, en cinco minutos, nuevamente, estaba de regreso en el Lobby del 680, saliendo de golpe del auto, corriendo en sus Stilettos hacia los ascensores, que se tardaban una eternidad en llegar.

- ¿Tesoro?- sonrió Larissa al ver a Yulia sentada, a solas, en el bar.

- Mami- sonrió Yulia, poniéndose de pie y dándole un abrazo a Larissa, un abrazo fuerte y cálido.

- Te ves… sin palabras, Tesoro- murmuró, no despegándose de los brazos de su hija. – Guapísima

- Gracias- balbuceó ruborizada, apretando una última vez a su mamá contra su pecho. – Tú te ves muy bien también, sin duda alguna serás la suegra más guapa- rió, despegándose de los brazos de Larissa.

- Gracias- repuso con aquella típica sonrisa. - ¿Está todo bien?

- Si, ¿por qué?

- Te veo sola, pensativa

- No, no, estoy esperando a Lena nada más…que quiere que hablemos antes de hacerlo- sonrió, pero se encogió de hombros. - ¿Cómo supiste que estaba aquí?

- Me pareció raro que no hubieras llegado ya, bajé al salón y ahí están Phillip y Natasha, junto con tus otros amigos y algunas personas que no conozco, y me dijeron que aquí estabas- Yulia sonrió, volviéndose a sentar pero no soltó la mano de su mamá. – Quería decirte algo antes de todo esto…

- Dime- suspiró, pensando en lo malo que eso sonaba.

- "You have brains in your head. You have feet in your shoes. You can steer yourself in any direction you choose. You’re on your own, and you know that you know. And you are the girl who’ll decide where to go"- sonrió.(Tú tiene el cerebro en la cabeza. Tienes pies en tus zapatos. Tú puede dirigirte a ti mismo en cualquier dirección que tú elijas. Estás por tu cuenta, y sabes que tú sabe. Y tú eres la chica que va a decidir a dónde ir)

- Un gran filósofo…

- He meant what he said, and he said what he meant (Él quiso decir lo que dijo, y me dijo lo que quería decir)- susurró, viendo a Yulia tomar de su larga copa de champán.

- Larga vida al recuerdo de Dr. Seuss- sonrió, levantando su copa a manera de decir "salud" y se le empinó hasta beberla toda.

- ¿Te veo en el salón?- sonrió, con sus ojos llenos de ternura, acariciando los nudillos de la mano izquierda de Yulia, acariciando su dedo anular, en donde pronto habría un anillo que no sería precisamente disimulado. Yulia asintió, ubicando al mesero para que le llenara la copa.

Lena subió al apartamento, en profundos nervios que tenían raíces en la culpabilidad de el momento en el que se le había ocurrido comer, y comer McDonald’s, ¡para lo que le gustaba! No lo odiaba, simplemente había comido suficiente en sus años en Milán, en su intensa dieta de engorde, que no había logrado nada más que piel reseca y el desarrollo de una atracción fatal por las McChickens con mostaza, que, al morder, se sentía cómo la grasa y lo jugoso de la torta de pollo triturado, con cartílago, hueso y quién sabe qué más, se fundían con la mostaza y se unían a lo crocante de la supuestamente fresca lechuga. Se le cayeron las llaves al intentar abrir la puerta, y pensó en decirle a Yulia que cambiaran el sistema de perilla, pues meter la llave en el cerrojo era tan jodidamente difícil cuando se tenía prisa, que hasta repasó en su cerebro, mientras intentaba tener la suficiente motricidad fina, que Samsung tenía las perillas digitales más cómodas que podían existir, con huella digital o código de entrada, y estarían en menos de un santiamén en el interior del apartamento, después de todo, Yulia ya tenía algo parecido pero en su habitación, la pantalla con la que controlaba la música, pero sólo la tenía porque se podía aplaudir desde lejos para que la música empezara. Entró por fin al apartamento, intentando bajarse la cremallera de la espalda ella sola, que no podía, por más que intentara, no podía, y tuvo un ataque de pánico severo, o quizás no pero, ante la desesperación, se salió de sus Stilettos y se desplazó, intentando todavía, bajar la cremallera, la que fue insultada por veintiún pasos hasta la habitación del piano, todavía por los nueve segundos que Lena se tardó en ubicar una tijera.

Introdujo la tijera entre su cuello y el collar del vestido, que se dio cuenta entonces por qué era mala idea, era asfixiante, y cerró la tijera, liberando su cuello de aquel collar, que pensó en no ponerle collar nunca más a Darth Vader. Luego, metió la dijera bajo su brazo izquierdo mientras lo mantenía en lo alto, y cortó, literal y lateralmente, su vestido Oscar de la Renta, para que cuando se sacudiera, aquella tela roja, pesada y maligna, no cayera sobre el suelo, y Lena se estresó aún más pero decidió respirar hondo, diez veces, así como Yulia hacía en los tiempos de Segrate, y pensó con un poco de claridad: despegar la cinta adhesiva de su piel y entonces, sólo entonces, caerá, y cayó al suelo, Lena sonriendo, no sin antes darle una patada histérica. Se dirigió al walk-in-closet, de donde rápidamente tomó la funda negra que colgaba del perchero central, y lo llevó a la cama. Bajó la cremallera con una sonrisa y sacó su Elie Saab, azul marino, impecable en confección, y entendió las razones del destino; ese era el vestido que tenía que usar, no el Oscar de la Renta, ni ningún otro, sólo ese. Tomó dos tiras de cinta adhesiva y las pegó en donde el corset empezaba. Bajó la cremallera lateral, que subía en una curva para evitar que el encaje se estropeara, y se metió en él, afianzándolo a sus senos con la cinta adhesiva y subió la cremallera. Eran dos franjas de algodón y spandex azul marino que caían en "V", que se unían a la altura de sus pezones, pero aquel algodón era ajustado, y seda georgette lo recubría ajustadamente pero con los pliegues que acentuaban el busto de la novia, haciéndolo ver elegante y no simplemente un escote, pues caía el anillo de compromiso exactamente enmedio de ambas franjas de tela, que se unían a la parte baja del vestido en una transición de un built-in-leather-belt del mismo tono, que iba fijado exactamente a la cintura real de Lena, fusionado con la estructura del vestido. El vestido caía, hasta la rodilla, ajustado por el spandex recubierto de la seda. Se vio en el espejo y supo que así debía ser, se subió a sus Stilettos nuevamente, ya más tranquila, realmente tranquila, tomó su bolso y salió de aquel apartamento como si nada hubiera sucedido.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por D´VolKat el Jue Ago 20, 2015 2:54 pm

Me gustó mucho la primera parte, que bueno que estés subiendo la segunda!
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

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