EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 24, 2015 1:42 am



 

- Después, cuando le entregué la casa, ya ambientada y todo, como diez vidas después… vengo un día a la casa y, en búsqueda de mi rompecabezas, me encuentro con ese piano- apuntó al Steinway A que tenía a su lado derecho. – Natasha tenía llave de mi apartamento, todavía tiene, y fue así como pudieron meter el piano. No me preguntes cómo lo metieron porque no sé

- Pero, ¿por qué te regaló un piano?- resopló.

- Ya me habían pagado, que no era poco, y, encima de eso, me dan un piano. Sinceramente, creí que era una broma… porque ese piano no es barato, y es algo que ni yo en mis más destellos de locura y delirio me compraría, mucho menos a alguien más. Le llamé a Margaret para agradecerle los noventa mil detallitos que había colocado en esta habitación, pero le dije que no podía aceptarlo

- ¿Qué te dijo? ¿Se enojó?

- Me dijo que, así como a ella le habían regalado un Henry Z. Steinway, que así tenía que aprender yo a aceptar lo que viniera de buena fe- se encogió entre sus hombros y se volvió un poco con su cuerpo hacia Lena. – Dijo que había visto la "pasión" con la que había tocado esa pieza, una pieza que ella todavía no sabe que no me gusta, y que, una pasión así, merecía tener un instrumento para vivirla. Que reconstruyera mi relación averiada con el piano, que era de aprovecharla así como había aprovechado yo el espacio con su oficina/biblioteca- resopló. – Y, así, es como ese piano está aquí. Esporádicamente lo tocaba sólo para asegurarme que, por no usarlo, las cuerdas no estuvieran averiadas… pero nunca logré el cariño completo

- ¿Y ahora?- ahuecó su mejilla derecha. - ¿Son amigos o no?

- Encontré otra función para él- sonrió, volviéndose totalmente hacia Lena con su cuerpo, que se colocó de rodillas entre sus piernas y se detuvo del brazo en el que Lena posaba su espalda. – Ayuda, no sé si ayuda a que me desahogue, a que me calme, a que me contente, a que me acuerde quién soy y por qué soy así… no sé a qué ayuda, pero ayuda

- ¿Ayudo?- preguntó suavemente, cerrando sus ojos al sentir la frente de Yulia contra la suya.

- El piano todavía no me hace reír, ya sea por chiste o porque me está haciendo cosquillas. El piano todavía no me abraza en la noche y tampoco puedo abrazarlo. El piano no me hace el amor, no le puedo hacer el amor al piano. El piano ahí está, y ahí estará, al piano lo doy por sentado a menos de que le salgan piernas y decida arrojarse por la ventana, pero tú… a ti te tengo que cuidar porque no quiero conocer el día en el que te dé por sentada o ni siquiera pueda tenerte

- Mi amor…- la calló amablemente, ahuecando ambas mejillas con sus manos.

- Lena…- abrió sus ojos y retiró un poco su rostro del de ella para poder verla a los ojos. – Yo sé que no soy precisamente la persona más sencilla y simple que vas a conocer en tu vida, yo sé que hasta mis simplezas son complejas, yo sé que no soy fácil de entender, de entretener y de soportar… yo sé que tengo muchísimas cosas que llevarían a cualquiera a pensar que soy medio sociópata, hasta psicópata…

- Shhh…- colocó la punta de sus dedos de la mano derecha sobre sus labios, callándola nuevamente.

- Sólo…- susurró.

- No lo digas- susurró de regreso.

- Soy demasiado feliz- sonrió con el claro nudo en la garganta. – Y soy feliz contigo, y estoy feliz contigo… y me hace feliz verte feliz; que si tengo que hacer que me guste Tchaikovsky y volver al Tenis porque eso te hace feliz, créeme que lo voy a hacer

- La condescendencia tampoco es tu estilo- sonrió mínimamente. – Y no sé por qué me estás diciendo esas cosas… yo no quiero que cambies, porque la Yulia que conocí es la que me hace reír, la que me hace aprender, la que me hace estar bien, la que me hace feliz… Yulia con su Ego, Yulia con comentarios como "Puh-lease, si esto parece que lo diseñé desmayada por alcohol y con la mano izquierda" cuando Selvidge te lleva algo que no te gusta, Yulia con su clóset más grande que su habitación, Yulia con sus manías y sus rituales, Yulia con su té de vainilla y durazno y las dos mentas, Yulia que mide uno ochenta y siete o uno setenta y cuatro, la Yulia que me despierta todos los días, la Yulia que me deja verla ducharse, vestirse y desvestirse, la Yulia que me acuerda que soy impuntual, la Yulia que levanta la ceja derecha y a la pobre Estatua de la Libertad se le cae la toga y se le paga la llama, la Yulia que adora las canciones intensas en ritmo y que le importa un pepino y un melón si hablan de penes y vaginas, la Yulia que suele repudiar a Bruno Mars con excepción de "Treasure" porque es demasiado sexy, la Yulia que odia comer con las manos porque se muere si tiene olor a comida en ellas, la Yulia que se murió cuando "Blurred Lines" resultó ser un hit adolescente y gritó que eso era invención de Marvin Gaye, la Yulia que me canta para hacerme reír o para seducirme, la Yulia a la que no le importa si al resto no nos gusta su modo de ser, su carácter o su personalidad, pues "para los gustos están los colores"- sonrió, y Yulia que estaba probablemente del mismo color de la suela del setenta por ciento de sus Stilettos. – La Yulia que pelea con los términos de la moda, la Yulia que me besó con curiosidad disfrazada de miedo en el balcón de la casa de Margaret, la misma Yulia a la que se le ocurrió redefinir todos mis términos sexuales, la Yulia que me ha complacido sin dejar de respetarse, la Yulia que me ha dicho "no" cuando no quiere o no le gusta, la Yulia que me ha enseñado que no tiene que decirme que me ama para yo saberlo- sonrió. - Esta Yulia que me deja estar enojada, que me deja ser dominante, que me deja restringirla y atarla- guiñó su ojo y rio nasalmente, que Yulia ya no pudo más y sólo rio al no poder colorearse más de rojo.

- Yo solo… - bajó la mirada, y luego resignó su cabeza.

- Tu solo…?- levantó su rostro con su mano por su quijada.

- No sé- cerró sus ojos. – Sólo quiero saber que no te estoy ahuyentando con todo lo que te estoy diciendo

- Lo que me estás diciendo no es nada malo- sonrió, trayéndola a su pecho para volverse a recostar.

- No sé, supongo que en mi cabeza suena un poco loco… demasiado loco- resopló, abrazándola y dejando que su peso cayera suavemente sobre el suyo.

- Está más loco el que se cree cuerdo que el que cree que está loco- sonrió, que terminó por acomodarse sobre su costado izquierdo para que Yulia cayera entre ella y el respaldo del sofá pero todavía sobre su brazo. – Y créetelo como que fuera la palabra de Dios porque esa es la verdad absoluta de mi tesis de doctorado en Psiquiatría- frunció sus labios ridículamente para contenerse la risa. – Y es dato empírico

- Psiquiatría… empirismo… palabra de Dios- resopló. – Suena convincente- y se dejó atacar por el beso que le esperaba desde hace un rato, ese beso que normalmente sucedía en la cama y que, usualmente, era de buenas noches, de buenos días, de cierre al momento sexual, o, también, cuando simplemente la cursilería y el romance las tomaba por sorpresa.

*

- Bueno, como dijo el Presidente más controversial, pero el más efectivo de este país, "All great change in America begins at the dinner table"- levantó Thomas su escocés al ver que Yulia llegaba a la mesa en donde ya la esperaba un platillo; mitad con hielo contenido en una caja metálica y cinco ostras pequeñas, una con una pizca de roe, otra con crocante trozos pequeños de tocino, y, las tres restantes, cada una con un cítrico finamente picado, pomelo, toronja y naranja, y, la otra mitad, se resumía a un carpaccio de salmón que se había colocado de tal manera que cada meticuloso doblez tuviera, por base, un gajo de algún cítrico y una microscópica varita de eneldo que se cruzaba. – Porque yo digo que todas las cosas buenas de su vida empiecen en esta mesa y sobre esta cena- sonrió, refiriéndose a Lena y a Yulia, y elevó un poco más su vaso para concluir el primer gesto de buen deseo verbalizado para con alguien más que no fuera él o una conquista. – Cin Cin!- concluyó.

- Cin Cin, Tommy- sonrió Yulia, elevando su Grey Goose para chocar imaginariamente su vaso contra el suyo, y luego se volvió a Lena para hacerlo verdaderamente con un guiño de ojo. – Hola- susurró para Lena, tomándola de la mano mientras se sentaba a su lado para comer; tenía hambre. - Me extrañaste?- sonrió suavemente.

- Tú sabes que sí- resopló, dejando que Yulia recuperara su mano para que pudiera comer.

- Oh my God…- balbuceó James ante la primera ostra que se le deslizaba por la garganta. – ¿Nos podemos repetir?- sonrió para Yulia.

- Lo que sea que se te antoje, pídelo- sonrió, pasando su brazo tras la espalda de Lena, pues ya se sentía con el completo derecho legal de declarar, con su lenguaje corporal, que Lena era suya, ¡y de nadie más!

- Aunque quizás quieras esperar porque viene el Beef Tenderloin con Portobello y más sorpresas- dijo Natasha, que veía a Luca con ganas de matarlo por saber exactamente lo que pensaba pero, si Yulia no decía nada, ella tampoco.

- ¡Me espero!- dijo con la boca llena de la segunda ostra.

- Van a disculpar mi ignorancia en esto de las bodas y esas cosas cursis y de adultos mayores y responsables- dijo Thomas, que le pasaba sus ostras a James para que James le diera el salmón, porque si el pudiera comer una tan sola cosa, por el resto de su vida, no titubearía en nombrar al salmón. – Pero… ¿soy yo o no hay torta?

- Buen ojo, marica- lo molestó James.

- Ay, es que Nate y Phillip si tienen la fotografía cursi de cuando están cortando la maldita torta- le gruñó.

- Pues no, nosotros no tenemos la maldita torta- rio Lena. – Al menos no para cortarla con el público presente

- Yo sólo realmente espero que los huéspedes vecinos no se quejen más tarde- se carcajeó Thomas, que cualquiera habría esperado un latigazo por impertinente, pero, en vez de eso, todos se carcajearon, y se carcajearon tan fuerte que llamaron la atención de la mesa de al lado por sobre la suave música de fondo, por sobre el piano de las Nocturnes de Chopin.

- No creo que puedan tirar la casa por la ventana porque sus mamás están en el hotel- las defendió Marie, como si eso fuera motivo de represión de ganas.

- Sí, como nuestras mamás están en completa omisión de lo que hacemos- resopló Yulia con una mirada de ridiculización a terceros.

- Por cierto, Yul- dijo James. - ¿Quién es el Señor que está sentado al lado de tu mamá?

- ¿Tu futuro padrastro?- rio Marie.

- Quién sabe- se encogió entre sus hombros y llevó su Grey Goose a sus labios. – Di Benedetto es el novio oficial de mi mamá, pero no creo que deba considerarlo como padrastro todavía

- ¿Cuánto tiempo tienen de ser novios?- le preguntó Luca.

- Un año, un poco más… no estoy segura- sonrió, volviéndose hacia todos lados para buscar un diligente y gentil mesero que le llevara un Martini y una copa de champán.

- ¿Un poco más de un año y vino a tu boda?- se ahogó Marie. Yulia sólo se encogió de brazos con una sonrisa, pues ya veía al ángel que le llevaría lo que le pidiera.

- Debe ser serio como para que lo hayas invitado- opinó Thomas.

- Tú no eres serio y estás invitado- rio Phillip, que para eso, para molestar a Thomas, se pintaba de todos los colores habidos y por haber en la base de datos de Pantone. – Sólo digo- se defendió ante las risas con sus manos a la altura de su cabeza, así como si lo hubiese detenido la policía con las manos en la masa.

- Es mi mamá, puede traer a quien quiera y será bienvenido, así como tú podías traer a una de tus conquistas- sonrió suavemente luego de haberle acordado al mesero, por segunda vez, que no quería ver ni aceitunas ni la más mínima cáscara de limón.

- Entonces, ¿ya lo conocías?- le preguntó Luca.

- No- sacudió la cabeza. – Sólo de lo que mi mamá me contaba

- ¿Y se está quedando aquí con tu mamá?- rio Thomas.

- Supongo, no sé- rio Yulia un tanto incómoda. – Acaba de venir del aeropuerto, eso sí sé

- Cuidado y les hacen competencia más tarde- se carcajeó, creyendo que era gracioso, pero nadie más rio.

- Mierda no es divertido- lo regañó Natasha.

- Sorry- se escondió él entre sus hombros.

- Como sea- diluyó Lena el momento incómodo. – Mi suegra espera que la saques a bailar de nuevo

- Tu suegra tiene alguien con quién bailar- sonrió. – Pensaba más en tu hermana

- Te prohíbo terminantemente que te metas con Katya- le advirtió Yulia.

- Puedes bailar y hablar con ella si quieres- le dijo Lena, no sabiendo de dónde le salía tal agresividad a su esposa.

- Pero no puedes meterte con Katya.- repitió Yulia.

- Está claro que Yulia no quiere tener parentesco contigo- sonrió Phillip, que, en su plan de siempre molestar, dijo exactamente lo que Yulia quería decirle. – Ni siquiera de índole política- resopló, que recibió una telepática palmada en el hombro por parte de Yulia, pues, por parte de Lena, recibió un beso y un abrazo por la misma razón.

*

"Red" sonaba en el fondo, y, pretendiendo guardar el tarro de Ben & Jerry’s en el congelador, decidió darle cuatro cucharadas más al Peach Cobbler mientras disfrutaba de la canción que no sabía si le pertenecía o no, pues podía ser tan suya como de Yulia, o podía ser de ambas; quizás una la había adoptado. Guardó el tarro en el congelador y, agachándose para sacar una pastilla de jabón del gabinete bajo el lavabo, dejó ir la cuchara en la lavadora de platos junto con la pastilla. Apagó las luces que estaban a su paso mientras se empinaba la botella de agua y dejaba la cena, y la escena de la cena, tras ella con una sonrisa interna por estarse acordando de las interminables risas que las historias de Yulia le habían provocado, esas historias oscuras y vergonzosas que sólo el alcohol podía ocasionar en la adolescencia de una persona. No debía ser tan tarde, pues la noción del tiempo la había perdido a partir de tanto dormir, y las ganas de meterse nuevamente a la cama eran demasiado golosas hasta para su gusto, pero ahí había una expresión que la cubría y la protegía de todo: "No se vale juzgar", expresión verbalizada por la misma Yulia después de la última ebriedad de la que sufrió en su cumpleaños. Llegó a la habitación y, cerrando la puerta tras ella, vio hacia el interior del baño al estar la puerta abierta y la luz encendida.

Yulia estaba frente al espejo y masajeaba su rostro con la espuma jabonosa con sus dedos. Marcaba el ritmo que "Tanguera" le provocaba, y, con sus cuerdas vocales y su boca cerrada, tarareaba el ritmo mismo, pues el ritmo sensual y apasionado la hacía perder el control y la consumía. Creo que a Yulia, muy en el fondo, le gustaba todo lo que partía individualmente de la esencia del tango, algo que implicara pasión, erotismo, tensión sexual y seducción. Lena sonrió al verla tan perdida entre la vanidad y la música, le parecía algo muy Vogue. No vestía como si Tom Ford le hubiera dado la vuelta, simplemente estaba en lo que nadie sabía si era ropa sencilla o pijama elegante, pues no era nada más que la típica tanga negra, una Chantal Thomass que no tenía nada en especial más que una franja gruesa de seda elástica que abrazaba su cadera para luego lanzarse a la fama con una fina capa de encaje negro sobre seda gris, y ni hablar del toque femenino y cursi de la laza, algo que a Yulia, en lo personal, no le gustaba, pues ella no era regalo, y, como si le costara trabajo, abultaba su trasero de una extraña pero exitosa manera al no tener soporte inferior que lo recogiera. Su torso no tenía nada más que el sostén negro que no se veía, pues encima tenía la camisa desmangada negra.

La vio recoger agua entre sus manos para quitarse la espuma, y volvió a sonreír al ver cómo, meticulosamente, quitaba la espuma más cercana a la línea de su cabello, pues no le gustaba humedecerlo porque luego tenía que secarlo y nunca quedaba completamente seco de inmediato; incomodidades personales. Entró al baño en silencio para no interrumpir la conexión que tenía con la música, y, en el mismo silencio, salió de ahí para cepillarse los dientes mientras se paseaba por ahí y por allá, pues pretendía decidir hacer algo que podía ser bueno o mejor, dependiendo de cómo se veía la situación y de si resultaba así de difícil como lo había previsto, que, de resultar ser así, sería un éxito total, al menos para ella. Mantuvo la espuma en su boca, con la manía de morder el cepillo sólo porque sí, y abrió la gaveta inferior de su mesa de noche para sacar aquel cubo que había tenido por más de cuatro días y que no había podido traerlo al oxígeno. Sólo lo colocó sobre la mesa de noche de Yulia, entre la lámpara y el teléfono, no sin antes mover un poco ese rectángulo de madera de nogal que contenía tres tipos de cactus pequeños. Sí, a Yulia le gustaba dormir con espinas al lado. Pero no era más que la costumbre, pues desde que era pequeña siempre tuvo cactus.

Y se detuvo para sonreírle al marco que contenía las siete fotografías en la pared. Estaba la reglamentaria, esa que era con Larissa y que era, probablemente, de cuando Yulia tenía dos años, pues Larissa la cargaba contra su pecho, con sus brazos bajo sus muslos, y ambas daban la espalda a la cámara por estar viendo hacia arriba, que Larissa le señalaba "La Creación de Adán" dentro de la Capilla Sixtina. Estaba la segunda reglamentaria, esa que era también con Larissa y que se comprendía a un abrazo asfixiante de Yulia por la espalda, ambas sonriéndole a la cámara aunque con los ojos cerrados, así como si hubiera sido algo fortuito, porque así había sido, y esa era más reciente, de hacía dos o tres años. La tercera era de alturas; pies descalzos pequeños sobre los típicos Oxford Gucci negros, que Yulia veía hacia arriba, Oleg se encorvaba hasta casi cuarenta y cinco grados, y se notaba que le sonreía mientras le tenía tomadas ambas manos; estaban bailando. La cuarta era con Natasha, ambas riéndose mutuamente, tomadas de la mano libre al tener una copa de champán en la otra, y vestían como para uno de esos Brunch que Margaret solía hacer y que Natasha no podía ir sola desde que había conocido a Yulia. La quinta era de ellas dos en Mýkonos; Yulia sentada a la orilla de la piscina, Lena entre sus piernas pero en el agua, tomadas de las manos, Yulia apoyando su mejilla en la sien de Lena, ambas sonriendo. La sexta era de ella, aquella fotografía en la que parecía haber tenido un día entretenido pero no miserable ni ajetreado a pesar de las mangas recogidas y las gafas, esa en la que estaba con sus brazos estirados y tensos sobre la mesa para apoyarse, que sus hombros se saltaban por debajo de la camisa blanca, y su sonrisa embriagaba mientras que sus camanances provocaban ese "aw". La séptima era la más reciente; eran ellas dos de nuevo, y había sido la fotografía más in fraganti que a Yulia alguna vez le habían podido tomar: con resolución del iPhone de Natasha, Yulia abrazándola por los hombros con su brazo izquierdo, ambas compartiendo un beso de ojos cerrados porque habrían podido jurar que nadie las estaba viendo, ni siquiera Natasha que tenía ojos en la espalda, y ella ahuecaba la mejilla de Yulia con su mano izquierda, que el anillo era lo que a Yulia más le gustaba.

Se volvió al cubo y sonrió sólo porque sí, y, sintiendo que ya la boca se le quemaba por la espuma que había mantenido por tanto tiempo, se dirigió al baño para terminar su limpieza dental y su rápido enjuague facial. Yulia seguía con su rostro, culpa del maquillaje. Roció dos veces su rostro con el Omorovicza y se dio aire hasta que su piel lo absorbió al compás de "Tolling Bells" de Chopin. Para el momento en el que terminó, Lena ya la esperaba en la cama, apenas recostada sobre la pila de almohadas que casi siempre terminaban en el suelo porque estorbaban. Aplaudió para que la música se callara, pues no estaba precisamente del mejor humor para que Depeche Mode le robara la buena vibra de su comodidad musical. Pasó de largo hacia el clóset, en donde, como por la mañana, le dio un espectáculo de sensualidad a la pelirroja que la esperaba entre las sábanas azul marino. Arrojó la camisa al cesto de la ropa sucia, que se encargaba en dividirla entre el cesto blanco era para la ropa blanca, el cesto rojo para la ropa de colores, el cesto negro para la ropa negra y el cesto gris para las ropas menores que, a veces, eran más caras que algo que cubría todo el torso o que un wetsuit para bucear, quizás cobraban por ausencia de tela. Llevó sus manos hacia su espalda y, sabiendo que Lena la veía, desabrochó su típico sostén negro pero no lo sacó de inmediato, sino que se colocó de perfil y lo sacó como si estuviera en completa omisión del acoso visual, que, al sacarlo, su busto se transformó a la escala real de lo que realmente era, pues aquel sacrilegio era no sólo reductor sino aburrido al no tener ni encaje, ni nada sensual. Al liberar aquel par de Cs, sólo supo acariciarlas hacia abajo para luego recogerlas suave y rápidamente hasta que, al soltarlas, hicieran ese minúsculo rebote sensual que a Lena tanto la mataba. Se volvió a la gaveta de las pijamas, sacó un Babydoll Fieldwalker negro y lo arrojó, temporalmente, al brazo del diván. Con una sabia sonrisa, tomó la banda elástica de su Chantal Thomass y, sólo agachándose con su espalda mientras la deslizaba hacia afuera por sus muslos, asesinó a Lena con las más traviesas intenciones, que Lena hasta apuñó las sábanas de la provocación.

- Ay…- suspiró Yulia, pues no logró los tres puntos al no haber encestado aquel retazo de tela negra. - ¿Entretenida, Licenciada Katina?- resopló al ver que Lena ni siquiera podía pestañear, pues no quería perderse de nada.

- Demasiado- sacudió su cabeza en ese sentido de que era algo increíble.

- ¿Ah, sí?- levantó su ceja derecha con una sonrisa que gritaba lascivia.

- No te puedes imaginar cómo me mantengo en un momento como este ... ya sabes, como un pen drive - Yulia sólo rio nasalmente y se coloreó de un rojo que no era tan rojo. – Sí, así lo reviviría cuando quisiera; en una reunión, mientras me cortan el cabello, mientras estoy sola…

- ¿De verdad?- sonrió, apoyándose del marco de la puerta del clóset.

- Y me acabo de dar cuenta que eso suena demasiado pervertido- se tapó el rostro con ambas manos, como si pudiera hacer que con eso la vergüenza se esfumara.

- Mmm…- se saboreó con una sonrisa, que apagó la luz del clóset y dejó en el olvido su intento de ponerse pijama. Ya qué. – ¿De verdad te gustaría tener una especie de Flash Drive para verme una y otra vez?- resopló, pues la idea era tan rebuscada y tan remota que era demasiado normal. Se hizo camino hacia ella y se sentó sobre la cama; su pierna derecha sobre la cama y descansando flexionadamente sobre su costado, la pierna izquierda caía de la cama hasta que su pie se detenía del suelo, mientras Lena no respondía con palabras sino con la mirada. – Tienes razón… suena un poco pervertido- guiñó su ojo con una risa interna, pues no pensaba que lo era, simplemente era una broma con pokerface.

- Lo siento- murmuró muy bajo y con el rojo que la invadía ante la nerviosa vergüenza.

- No lo tengas- se acercó a ella y le dio un beso en la frente. – Que sea pervertido no quiere decir que no me…- hizo una pausa para pensar bien la palabra. – Que no sea divertido- sonrió con esa sonrisa que era un poco más tirada hacia la derecha.

- ¿Qué es divertido; la idea o yo?- Yulia sólo levantó su mano derecha, pero sólo su dedo del medio y el anular estaban erguidos y tensos. Oh, Yulia. – Y tú que vives para provocarme- entrecerró sus ojos con una verdadera sensación de buen gusto por ese "dos" que no era normal si no estaban en la cama y las intenciones de eyacular no estaban en el plan de lo fortuito.

- Oh, bueno, la señora.-que-pronto-será-mi-esposa – frunció su ceño y se puso de pie, que haló las sábanas hacia el final de la cama. – Digamos que es recíproco- la tomó de los tobillos y la haló hacia ella, que ella ya caminaba alrededor de la cama para llegar a su lado. Lena que se había desecho en una risa de goce infantil. – Yo provoco para que me provoquen de regreso- la tomó de las muñecas y la haló hacia ella hasta que quedara sentada sobre la cama, y la mantuvo tomada de sus muñecas con fuerza, como si no quisiera que se le escapara. – La diferencia está en si utilizas el término "provocativo"- susurró a su oído izquierdo y besó su cuello para luego remitirse a su otro oído. – O si utilizas el término "provocador"- mordisqueó su lóbulo.

- ¿Pijama?- dijo nada más.

- Exacto- sonrió. - ¿Por qué la sigues teniendo puesta?- resopló, tomándola por la cintura para empujarla un poco más al centro, o quizás hasta que ella pudiera poner cómodamente las rodillas sobre la cama y no sobre la orilla.

- ¿Por qué no me la quitas tú?- mordió su lengua como para reprimirse la sonrisa y aseverar la provocación, esa cuyo término apropiado era "provocativo" y no "provocador".

- Yo no voy a hacer nada que tú no quieras que te haga- sonrió, que a Lena la expresión facial se le transformó en una especie de potencial manipulación verde. - ¿Quieres dormir?- le preguntó a su oído, que no esperó ninguna respuesta y se dedicó a besar su cuello.

- No tengo sueño

- ¿Quieres ver una película?- resopló contra su cuello, haciéndole cosquillas internas a Lena, pero no de esas cosquillas que daban risa.

- No, no quiero

- ¿Quieres hablar mierda?

- Eso más tarde- resopló ante la naturalidad del tono de la pregunta, y, ante la incomodidad de sentirse aprisionada por las piernas de Yulia, las sacó hasta poder abrirlas y hacer que fueran las piernas de Yulia las que estuvieran entre las suyas.

- Mmm…- paseó su lengua desde su tráquea hasta su mentón, en donde la guardó y le clavó la mirada en la suya. - ¿Qué quieres hacer, entonces?

- ¿No lo sabes?- recogió sus piernas hasta elevar sus rodillas y, ante la negación de Yulia, la tomó por la cadera con sus piernas hasta hacer que cayera completamente sobre ella. - ¿De verdad no lo sabes?

- No- susurró contra sus labios y, tomándola por sorpresa, embistió su entrepierna con su pelvis. - ¿Qué quieres hacer?- le preguntó, rozándole sus labios con sabor a Burt’s Bees Wax de menta, y arremetió de nuevo. Lena sólo suspiró y cerró sus ojos. – Dime- y de nuevo. Lena llevó sus manos al shorty y, con prisa y ayuda de Yulia, aquella seda negra desapareció de la cama para caer sobre el suelo. Yulia sólo sonreía en el proceso, y sonreía porque había sido más fácil de lo que había creído. – Todavía no me dices- arremetió de nuevo, que ahora si chocó su piel contra la de Lena, y se sintió tan celestial que parecía ser la primera vez que hacía eso; lo que tres semanas sin roce podían hacer.

- Sigue haciendo lo que estás haciendo- susurró, colocando sus manos en el trasero de Yulia con una nalgada que hizo a Yulia sonreír y luego gruñir al sentirse ricamente apretujada mientras la obligaba a embestirla de nuevo.

- ¿Te gusta?- la embistió de nuevo, y fue más fuerte que las veces anteriores, tanto que Lena sintió como si realmente la estuviera penetrando con la sola intención de no hacerlo. – Traviesa, traviesa, traviesa…- canturreó a su oído y la embistió una vez más, que ahogó a Lena en sabrá Dios qué palabra sexual en griego o ruso, esa palabra que se tradujo a nivel físico al apretujarle su trasero más fuerte para traerla de nuevo contra ella.

Yulia la embistió una, y otra, y otra, y otra vez, que nunca deseó ni pretendió tener un falo para potencializar los ahogos de la pelirroja de quien abusaba, simplemente necesitaba roce, o golpe, algo intenso, algo quizás un poco agresivo, algo como esos apretujones de trasero, algo como esas embestidas, algo que le comprara tiempo para incrementar la paciencia y no ceder a algo que ella consideraba una verdadera violación. Tres semanas sin nada era demasiado, y, en ese momento, era como querer hacerle de todo y muchas veces en un segundo por echarlo de menos. Tres semanas para ese par de ninfómanas, aunque ninfómanas diferentes según Natasha, pues Lena era del tipo de ninfómana coloquial, usual y común, del tipo que le gustaba el placer a cualquier hora y en cualquier lugar y numerosas veces al día de ser posible, pero era ninfómana de "poder" y no de "necesitar": "si se puede se hace, si no se pude no se hace… que no es el fin del mundo". Contrario a Lena, Yulia era del tipo incomprendido, sufría de ese tipo de ninfomanía que se reducía a una simple expresión: "no es lo mismo coger con alguien que cogerse a alguien". Sí, Yulia no necesitaba tanto ella su placer sexual, ese de gemidos, gruñidos y demás tanto como Lena, ella necesitaba esa sensación y esa satisfacción de saber que estaba dándole placer sexual a Lena, ella necesitaba su premio: los gemidos y el descontrol de Lena. Aunque quizás tampoco podía negar que la teoría de la neo-ninfomanía se le caía en cuanto tenía antojo severo de Lena en ambos sentidos, o como cuando se dejaba hacer "A", "B", "C" y todas las letras del alfabeto porque le gustaba que fuera Lena, o quizás era porque a Lena le gustaba también. Llámenle condescendiente, complaciente, consentidora, etc., como quieran, pero Phillip estaba del lado de Yulia; que no había mejor premio que ver a su víctima en descontrol total.

Yulia, a pesar de que Lena no era capaz de mantener sus ojos abiertos, le clavaba la mirada en la suya porque eso era lo que le gustaba, eso y no sólo escuchar los ahogos o los potenciales y futuros gemidos, sino que le gustaba sentirlos chocar en forma de exhalación golpeada contra sus labios.

- No…- musitó la pelirroja, abriendo sus ojos al no recibir otro empujón de aquellos. Yulia le sonreía con esa sonrisa de ojos entrecerrados a nivel sensual conmovedor y sólo pudo sonrojarse sin poder contenerse. – Esa sonrisa…

Se acercó con lentitud a sus labios para atacarlos con la suavidad que compensaba la rudeza con la que la había atacado en un principio. Poco a poco, Lena fue aflojando sus manos hasta que liberó su trasero, como si el beso la relajara y la tranquilizara para no quedarse sin amortiguador para las horas que debía estar sentada. Llevó sus manos a la espalda de Yulia y se dedicó a acariciarla, a repasar cada vértebra con sus dedos índice y medio de la mano izquierda mientras que, con la mano derecha, hacía un imposible e inconsciente recuento de cada peca. Aquello no le incomodaba a ninguna de las dos, simplemente a Yulia le daba cosquillas que la hacían sacudirse en un escalofrío de hombros. Le tomó las manos a Lena y las colocó sobre su cabeza, contra la cama, y ahí las mantuvo mientras dejaba de pensar cuántos besos serían suficientes, pues nunca eran suficientes, nunca sobrarían. Se moría por ser la autora de su descontrol orgásmico, pero sabía que, después de tanto tiempo de no tener acción, considerando que no había habido ni acción individual y solitaria, si iba a por el orgasmo agresivo, que se construía en poco tiempo por la velocidad y la intensidad de su boca en la región sur, sólo haría que Lena se irritara antes de tiempo, lo cual significaba un único orgasmo. Por eso prefería tomar las cosas con calma a pesar de tener más que sólo la cabeza caliente, pues, en caso de que fuera sólo uno, que fuera así de grande y apoteósico como la final de la UEFA Champions League del dos mil cinco.

Eran besos como para censurar si se daban en público, y eran para censurar porque nadie tenía que verlos ni que presenciarlos sino ellas, pues nadie más entendería exactamente qué era lo que estaba pasando entre ellas en ese momento; quizás podían imaginárselo, podían creer, asumir, pero no podían saberlo con exactitud. Quizás serían censurados por la profundidad sin lengua, quizás por cómo se retorcían los labios contrariamente, quizás por los tirones, quizás por las sonrisas, quizás por los ruidos que eran imposibles evitar y que tampoco querían evitar, quizás era por cómo Yulia le succionaba la lengua a Lena con suavidad, que su punto de detenimiento era hasta donde los labios abiertos de Lena la dejaban llegar, quizás eran los juegos de narices, quizás era la declaración de que sí sabían para lo que servía la boca. Y era en ocasiones como esas a las que Lena misma llamaba "algunas relaciones sexuales bipolar", pues cambiaba de intenso-agresivo a intenso-romántico, y era como si la intensidad fuera la variable independiente para que lo romántico fuera negativo y lo agresivo positivo, por así decirlo, pues podía ser al revés y no sólo "positivo" o "negativo" de valores numéricos representativos. Bastó con el tirón de labio inferior que Yulia hizo como para que Lena sacara fuerzas de donde era imposible sacar y la tumbó sobre la cama, piernas entrelazadas, o quizás sólo intercaladas, Yulia que había perdido el poder para mantenerle las manos fuera de alcance, y Lena que aprovechaba tener sus manos de regreso; no para violarla con el paseo de sus manos sino para aferrarse a ella a pesar de no necesitarlo. Detuvo el beso eterno y abrió sus ojos, dibujó una sonrisa para Yulia, sonrisa que Yulia supo adoptar porque sentía exactamente lo mismo. Empujó su nariz con la punta de la suya, hacia un lado y hacia el otro, intentando mordisquearle arrancadamente los labios pero no pudiendo por la distancia que provocaba el choque de sus narices, y eso lo sabía, pero le daba risa, y Yulia que aprovechaba el momento para regresarle la caricia en la espalda al deslizar sus manos por debajo de su camisa.

Lena se irguió, pues creyó que la intención de Yulia era únicamente arrancarle la camisa, y no iba a dejar que la estirara o la rompiera, o atentara mortalmente contra ella, porque era de las camisas que tenían sabor a una Roma post-desempleo milanés, se la quitó, y Yulia que fue directamente a sus senos como si fuera atracción magnética, porque quizás eso era. Tomó su seno izquierdo en su mano mientras atacaba suavemente al pezón derecho, que sólo quería comérselo, pero la paciencia le dio una bofetada doble y la hizo entrar en razón; terminó atrapándolo entre sus labios, luego de haber rodeado su areola con su lengua, lo tiró suavemente hasta que se le escapara, lo lamió de arriba abajo, lo volvió a atrapar, le dio un besito, en diminutivo, y entonces sí lo mordisqueó. Luego le calmaría el suave hormigueo con otra suave succión y otro besito. Su otro pezón fue víctima del mismo proceso. El agradecimiento era recíproco; Yulia por dejarla hacerlo, Lena por recibirlo. Se volvieron a reunir en un beso, que Yulia le pagó con la misma moneda pero más al norte y al frente; con sus manos en sus senos, y Lena que no se quejaba en lo absoluto y aprovechaba para detenerla por el cuello y las mejillas mientras empezaba un vaivén más vertical que horizontal que duraría poco.
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 24, 2015 1:45 am

- Todavía no me has dicho qué quieres…- le dijo Yulia contra sus labios.

- Lo que tú quieras- sonrió, trayéndola consigo hasta recostarse sobre las almohadas.

- Mmm… no me digas eso- sacudió su cabeza.

- ¿Qué quisieras hacer?- le preguntó, repasando su labio inferior con su pulgar, pues estaba enrojecido ante las succiones que recién cesaban, enrojecimiento del que ella declaraba mea culpa.

- Es secreto- susurró, que no era secreto, sólo quería provocarla.

- Peíte mou- hizo un puchero gracioso, y Yulia sólo la trajo con ella hasta erguirla, que luego, cuidando mucho el tono del empujón, Lena cayó sobre sus rodillas y sus manos sobre la cama. – ¡En cuatro!- siseó falsamente escandalizada, eso ya se ponía interesante.

- A la mitad- resopló, trayéndola a ella por la cintura para que su espalda quedara contra su pecho y su trasero en perfecto encaje con su pelvis muy al ras de la cama.

- ¡En dos!- se corrigió con una risa nasal mientras se dedicaba a sentir cómo los brazos de Yulia la envolvía por entre sus brazos; su mano izquierda se dirigió hacia su seno derecho y su mano izquierda hacia ahí, hacia donde probablemente podían ahogar cualquier reactor nuclear.

- Dirty Dancing: Havana Nights- susurró a su oído al mismo tiempo que empezaba el contoneo de su cadera, por consiguiente, obligando a la de Lena a imitarla. – "Represent Cuba"- mordisqueó su hombro derecho. – Sólo para que sepas la canción y el nivel de perversión con la que te voy a…- pero Lena la interrumpió al suspirar.

- ¿A qué?- cerró sus ojos y se dejó ir, que, inconscientemente, la canción tocaba en el fondo mental de cada una. Steamy. – vas a follarme?- sonrió con travesura retadora.

- No sé, no me has dicho qué es lo que quieres- su dedo viajó precisamente entre su vagina y su clítoris, pues dependía mucho de lo que Lena quisiera si su dedo terminaría en su vagina o en su clítoris.

- Me estás torturando

- ¿Yo?- resopló a su oído, volviendo a recorrer esa zona lisa y empapada que aparentemente tenía efecto en la rubia víctima. – No… tú te torturas solita al no decirme

- No me importa si me viola o yo humpi ... siempre y cuando lo hagas con cuidado

 

- Entonces sí- le dio un beso en su cuello. – En cuatro- y Lena cayó con sus manos nuevamente sobre la cama, que Yulia sólo le dejó ir una nalgada picante para que se recostara.

- ¡Mi amor!- rio totalmente divertida y excitada.

Yulia se recostó parcialmente sobre ella, a su lado izquierdo, y, llevando su mano a su trasero, abrió sus piernas para poder tener acceso desde atrás mientras besaba sus hombros y, al mismo tiempo, hacía aquella acción que Lena había pretendido italianizar. "Humpi", del inglés "hump me", del castellano no-tengo-traducción-exacta-o-coherente. Introdujo sus dedos superficialmente, únicamente entre sus labios mayores para revivir su conocimiento topográfico de aquella ranura rosado pálido que estaba lo más encandecida que podía estar ante el ir y venir frotado que los dedos de Yulia le hacían. Expulsó ese callado y agudo "’¡Ah!" ante la mezcla de los mordiscos que Yulia le daba a su hombro y el roce vertical que la recorría desde su clítoris hasta el último de sus agujeros del punto sur. Ahora, con Yulia un poco más sobre ella, manteniendo el humpi activo, se veía obligada a resignar su frente contra la cama, pues Yulia había pasado su brazo por su cintura hasta envolverla y alcanzar su clítoris para ejercer la tortuosa caricia política: engañosa, lenta, complicada, y fácilmente corrupta, que en este caso era sinónimo de "interrumpible". Clavándole sus erectos pezones en su espalda, Yulia aprovechó para crear la base perfecta de una estrategia que dictaba éxito con más de un orgasmo. Dejó su clítoris a un lado para inspeccionar el nivel de hinchazón en sus labios mayores, y, a su juicio, estaban listos para la segunda etapa; empapados y a dos tercios de lo que su máxima capacidad de hinchazón natural implicaba. Sacó su mano de ahí, dejando a Lena en completo extravío por no saber qué pasaba si lo estaba haciendo tan bien, y, dibujándole besos en la espalda, fue bajando hasta que pudo mordisquear y besar lo que normalmente se escondía bajo una talla Small y bajo el dos de pantalón.

Recogiendo una pierna para flexionarla y levantando un poco su trasero, Yulia se clavó sin asco y sin restricciones entre sus piernas para, con su lengua, probar al fin lo único que realmente tenía aroma a Lena y no a una invención de Nina Ricci. De abajo hacia arriba, desde su clítoris hasta su vagina, para luego clavarse todavía más y succionar su labio mayor derecho, o izquierdo, depende del punto de vista, soltarlo y luego succionar el otro. Seguir lamiendo, succionado, lamiendo, succionando. Se concentró en su clítoris, pues la dirección del lengüetazo no era el usual, algo que era arma de doble filo porque podía provocar incomodidad o provocar una curiosidad nerviosa por descubrir, o redescubrir, la sensación. En el caso de Lena era goce seguro. Alcanzó a succionarlo una tan sola vez, pues su posición no era la mejor para succionar algo que estaba, en ese momento, tan abajo y tan escondido, por lo cual decidió dejarlo en eso, en una provocación de segunda etapa al regresar a lo que quedaba con mejor acceso para sus labios y para su lengua. Además, Yulia sabía muy bien que Lena era como ella en ese sentido; más clitoriana que vaginal y, de concentrarse demasiado en su clítoris, sólo estropearía su propia estrategia.

Separó sus labios mayores para ver sus adentros, los penetró con la mirada a manera de gloriosa y glorificadora inspección al ver sus tensos labios menores que, por la posición, se habían logrado esconder bajo los mayores. Mantuvo los mayores separados y se dedicó a saludar a los menores con un generoso beso francés que hizo que Lena gimiera abiertamente por primera vez. La pelirroja llevó su mano a su glúteo izquierdo para separarlo un poco del derecho, y Yulia, conociendo muy bien su lenguaje corporal sexual, supo lo que quería con tanta urgencia. Empujó su lengua contra ella hasta introducirla delicadamente en el rosado y ajustado agujero que cuidaban sus labios menores. La penetró así por lo que pareció ser suficiente tiempo como para que Lena reconociera los componentes de su excitación genital; con cada penetración interlabial, el labio superior de Yulia chocaba contra su perineo y su nariz, extrañamente fría de la punta, contra su otro agujerito y, ocasionalmente, su mentón rozaba apenas su clítoris. Yulia se detuvo un momento para respirar apropiadamente pero Lena, al no sentir la continuidad, llevó su mano a la cabeza de Yulia para traerla hacia ella, pues necesitaba más, y fue entonces que la condescendencia de Yulia entró a la escena y la obligó a hacerle caso a Lena, aunque, quizás, "obligar" suena muy fuerte, pues lo hizo con la sonrisa más gustosa que tenía en su repertorio. Sedujo a su vagina con las cosquillas que prefirió no adentrar para poder darle un descanso y, así, poder saltar a la tercera etapa.

- ¡No!- rio con cierta angustia al sentir que Yulia se le escapaba de su mano.

- ¡Licenciada!- siseó con una sonrisa, tomándola por la cadera para tumbarla sobre su espalda, que cayó casi sobre las almohadas, pero eso no importaba.

- ¡Arquitecta!- la imitó, que Yulia ya le abría más las piernas y colocaba su pierna izquierda sobre su almohada, pero eso no importaba tampoco, y Lena que se acomodaba con una almohada bajo su cabeza, pues eso de ver cómo Yulia haría lo que estaba a punto de hacerle era para sentarse y disfrutar de manera literal.

- Ya te humpeé- dijo, hispanizando el "humping". – Supongo que sólo queda violarte con delicadeza- sonrió, que era una media burla por lo que le había dicho, aunque no era burla del qué sino del cómo, y se acercó a su entrepierna y abrazó sus muslos para acomodarse en espacio.

- Entonces cállate la boca y hazlo- rio, tomando a Yulia de la cabeza para hundirla entre sus piernas.

- Yes, Ma’am- dijo en ese tono de acatar órdenes militares.

Empezó por besar sus labios mayores sin presión alguna de su parte, uno que otro lengüetazo para no desperdiciar nada del sabor de Lena. Paseó su nariz a lo largo de cada labio mayor, lo que implicaba cosquillas para Lena, pero era una provocación tan perfecta que simplemente se dejaba de ella para disfrutarla mejor. Con lentitud y paciencia, colocó su lengua sobre su clítoris y sus labios alrededor de él; labio superior cubriendo desde un poco más arriba del yacimiento de sus labios mayores, labio inferior hasta un poco antes de su vagina. Trazó uno que otro círculo con lo plano de su lengua, pues sino, de usar la punta, sería irritación segura. Cerró sus labios en un beso para luego volver a la posición labial anterior y esta vez, en vez de hacer círculos o trazos rectos, se dedicó a jugar un poco con el alfabeto. Sí, se dispuso a dibujar cada letra del alfabeto sólo por diversión propia, pues sabía que era una cruel tortura, pero no quería ir directamente a lo que sabía que hacía que Lena perdiera el control ante un orgasmo, sino que, en vez de eso, quería ir más por las ramas para jugar un estratégico Jenga sin ningún riesgo. Justo cuando llegó a la "M", llevó su mano izquierda al vientre de Lena para tirar un poco de sus labios mayores con el tirar de su monte de Venus y, con su mano izquierda, dejó libre el muslo de Lena, pues llevó su dedo índice a la entrada de su vagina para empezar a coquetearle; quería que Lena estuviera en la posición en la que le tuviera que rogar que lo introdujera, quería que se lo pidiera así como le pedía todo en esos momentos de sonidos húmedos y gemidos mudos que eran sólo respiraciones agudas: con su cuerpo.

Le clavó la mirada en el momento justo, pues Lena la veía trabajar sensualmente, y logró colocarla al borde del colapso orgásmico mental por la lascivia egocéntrica, ególatra y arrogante que gritaban los ojos de Yulia, esa mirada de orgullo al ser dueña del placer de Lena, pues ella lo manipulaba a su gusto. Para la "P", Lena se contrajo internamente con toda la intención de querer succionar el dedo de Yulia hacia el interior de su vagina, pero eso se lo dejaba a su imaginación y a la ciencia ficción, y fue suficiente plegaria y señal vaginal para Yulia. Lentamente introdujo su dedo hasta la mitad, ocasionándole un gemido en volumen normal, y, sabiendo muy bien cómo funcionaban las penetraciones con Lena, simplemente dejó que su dedo presionara aquel canal hacia abajo. Había ocasiones en las que Lena pedía penetración vertical, esa que era básicamente la que la hacía eyacular, a veces pedía la horizontal, esa de entrar y salir, a veces era la que Yulia muy elocuentemente llamaba "Cosine-Fuck", pues simulaba las curvas periódicas del coseno; con sus nudillos golpeaba suavemente el GSpot y con la yema de sus dedos presionaba el fondo bajo. Ahora sólo presionaba por la duración de una blanca, dos tiempos, y luego sólo dejaba que el músculo se relajara y volviera a su elasticidad normal, esto en un silencio de cuatro tiempos. Hermosa, hermosa movida que obligó a Lena a detenerse de algo, que de haber habido sábanas bajo ella habría sido perfecto pero, como estaban hasta al final de la cama, sólo logró apuñar la esquina de una de las almohadas y su seno derecho con fuerzas.

Yulia volvió a cerrar sus ojos y, cuando terminó el alfabeto, introdujo un segundo dedo y succionó todo el área que sus labios encerraban para crear cierto vacío entre su boca, sus dedos y el conducto que invadía con ellos. Soltó la succión de sus labios y, con el gemido de luz verde, sacó sus dedos, los giró, y los volvió a meter para volver a succionar todo el aire que quedaba en el área. Su lengua se paseaba ligeramente de un lado a otro, que ya podía sentir la rigidez de su clítoris, y, dentro de ella, tiraba sus dedos hacia abajo al ritmo de "Taper Jean Girl" para, con ayuda del vacío, hinchar el rojo GSpot. Lena ya no pudo mantener sus caderas bajo control y empezó a contonearse, a rozarse contra la cama, a mecerse contra Yulia y a sentir sus dedos todavía más adentro a pesar de que estaban hasta el fondo. Yulia, al presenciar la divinidad de aquello, se compadeció de Lena, más por cómo apretujaba ya ambos senos. Anuló el vacío, llevó sus dedos a su GSpot y, con la gentileza que le había pedido, lo frotó circularmente al mismo tiempo que mantenía su boca abierta para recibir lo que ese entrecortado gemido se traslapaba con un gruñido que hacía que se sacudiera alocadamente dentro de los límites que el brazo de Yulia le marcaba. Yulia supo que eso sería intenso porque quiso detenerla, o eso le dijeron las manos de Lena, pero no le hizo caso y succionó su clítoris para obligarla a terminar lo que ambas habían empezado. Se contrajo, creó el vacío que apretujó los dedos de Yulia, que no tuvieron más remedio que luchar contra la contracción, y, exhalando tan fuerte que fue en volumen nulo, se dejó ir.

- Stop! Stop! Stop!- gimió, que Yulia dejó sus dedos en modo muerto y se despegó de Lena mientras tragaba los frutos de su travesura y de su placer.

Su tiempo se volvió lento, como si todo sucediera en cámara lenta alrededor suyo y el European Jazz le tocara "Clair De Lune" en vivo. Observó todo: la luz, que era poca porque sólo estaba encendida la lámpara de la mesa de noche de Lena, la tranquilidad de todo lo que no involucraba la cama, la cama que era evidencia de la escena del crimen; Yulia había asesinado a la Abstinencia-obligada-por-trabajo-alias-castigo-de-la-vida. Lena estaba ahí, sobre la cama, sin aliento. Su abdomen se hundía y se inflaba, tensaba la mandíbula con cada espasmo post-orgásmico que tenía, algo que no sucedía con frecuencia. Sus ojos estaban cerrados, su labio inferior estaba tenso y tirado hacia abajo, pues no podía respirar por la nariz sino sólo por la boca y, al tener su mandíbula tensada, respiraba entre dientes. Jadeante. Así estaba. Así como si hubiera corrido como histérica por todo Central Park, aunque se había corrido menos de una onza, pero una onza de tres semanas de concentración y mucha glucosa de por medio. Sus piernas seguían flexionadas sobre la cama, apenas y podían sostenerse con los pies, pues estaban rendidas, y se notaban así al estar cansadamente unidas por el choque de sus rodillas. El olor, era una mezcla que ya extrañaba. Podía oler lo que acababa de hacer, podía oler a Lena de dos formas; de ella misma y de sus dedos o de su nariz y su boca.

Había manera de arreglar las cosas, y su familia se caracterizaba por eso. Su abuela materna todo lo arreglaba con una coca cola, su abuelo paterno con decir "pero la Roma es el mejor equipo de Italia y siempre lo será", su mamá con la comida, ergo la cocina. Oleg había adoptado esa manía también, y todo lo arreglaba con un Gelato. Alina, su hermana, todo lo arreglaba con sol, playa, arena y sus gafas oscuras Bvlgari, pues no importaba si era playa nudista o no. Aleksei, su hermano, lo solucionaba todo con culpar a Berlusconi. Así que ella, ante aquello, podía escoger desde una coca cola hasta a Berlusconi. Pero no. Ella solucionaba las cosas con audífonos Bose que le llegaran hasta al cerebro, o con Grey Goose, o con dinero, o con una sesión terapéutica en BBS (Bergdorf’s, Barney’s, Saks). Pero, para con Lena, todo, o la mayoría de cosas, sucesos y demás, lo solucionaba con besos. Y eso hizo. Abrió sus piernas con un beso en cada rodilla, que pretendió reposarlas sobre la cama pero se desplomaron hacia los lados. Dio un beso al yacimiento de sus labios mayores, a su monte de Venus, a su vientre, a su inquieto abdomen mientras tomaba las manos de Lena en las suyas y les brindaba confort con sólo su tacto. Las colocó en su nuca para poder seguir subiendo con besos por su abdomen, siguiendo el valle de Bs, sus clavículas, su tráquea, ambos lados de su cuello, el centro de su cuello, su mentón y, por fin, sus labios, los cuales estaban resecos de tanto jadear. Humedeció sus labios con los suyos y, justo al final de lo que sonaba en su cabeza, se dejó caer lentamente sobre Lena hasta proyectarle su tranquila respiración al tener su pecho sobre el suyo. Y la abrazó. Se quedó en silencio, inhalando el perfume de las ondas rojas mientras Lena terminaba de bajarse de la nube en la que estaba, y sólo esperó, sabiamente esperó a que reaccionara con la señal más mínima.

- Eres tan hermosa…- susurró aireadamente a su oído en cuanto la escuchó tragar saliva. – y sabe tan maravillosamente…

- Mmm…- rio nasalmente, intentando no reír con el abdomen por tenerle miedo a contraer demasiado la zona.

- ¿Rico?- ella asintió, y Yulia sólo se dedicó a darle besos en su cuello mientras la tomaba por debajo de sus hombros hasta aferrarse a ella.

- Mi clitorís sigue latiendo- susurró, que ya recuperaba un poco el aliento.

- ¿Eso es bueno?- mordisqueó su hombro con una sonrisa.

- Se siente rico

- ¿Pero?

- No hay ningún "pero"- la tomó de la cabeza para elevarla y poder verla a los ojos. – Gracias

- Literalmente, fue un placer- guiñó su ojo con una sonrisa. - ¿Fui lo suficientemente gentil?

- Frustrante por ratos, pero el resultado fue excelente- sonrió, notándose ya más recuperada, pues recogió sus piernas y no le temblaron ni se desplomaron hacia los lados. – Por favor, dime que tus días no están a la vuelta de la esquina

- Ante el estrés de Lady der Bosse, no- sacudió su cabeza. – No sé cómo hizo, ni qué me hizo, que me la adelantó como diez días y acabo de terminarlos hace dos días

- ¿Eso es normal?

- Eso mismo le pregunté al gyno- sonrió. – Pero estoy bien, por eso no dije nada

- ¿Y qué te dijo él?

- Me diagnosticó que sufría del fenómeno de McClintock

- Cuando un doctor, de la especialidad que sea, incluye términos como "síndrome", "fenómeno", "complejo"… y esas cosas… no puede ser nada bueno- frunció su ceño.

- Mi período solía ser de veintiocho días. Me preguntó si desde hace algunos meses venía cambiando, que un día más, un día menos, o más días

- ¿Y?

- Bueno, para tu cumpleaños del año pasado, la hemorragia me duró como diez días; cosa que no pasa conmigo. Luego se me redujo a veintisiete días, a veintiséis, a veinticinco, pero en proporción a los veintiocho que tenía; o sea, se me adelantó tres días. Me preguntó si vivía con otras mujeres

- No, sólo conmigo- la interrumpió.

- Exacto- sonrió, y le dio un beso corto en sus labios. – Seguramente a ti se te ha atrasado un par de días y, a la larga, las dos estamos al mismo tiempo

- ¿O sea… estamos sincronizadas?- rio.

- Algo así

- Mierda!- siseó ridículamente. - ¿En serio?

- Me explicó, pero creo que, cuando me dijo que no era nada malo, dejé de ponerle atención- sonrió inocentemente para librarse de toda culpa.

- Pero el mes pasado todavía teníamos días de diferencia

- Hace un mes no tenía a fucking-Victoria-der-Bosse como cliente- sonrió. – El estrés me la adelanta

- Y a mí me la atrasa

- ¿Ves?- sonrió, trayéndola consigo para quedar ella sobre la cama y Lena encima suyo. – Todo está bien y tenemos básicamente tres semanas al mes para no preocuparnos por tener reserva de regulares y super

- Entonces no hablemos de eso- sonrió. – Y empieza a prepararte mentalmente para el fuck fest que vamos a tener tú y yo

- F-fuck fest?- tartamudeó asombrada ante tal término. Lena sólo sonrió y guiñó su ojo, estirándose sobre Yulia, pretendiendo ahogarla con sus Bs. – A veces eres tan plana

- ¿Plana?- resopló, logrando abrir la gaveta del medio. – Son copa B, eso no es ser plana- sacudió su torso suavemente para provocar a Yulia, quien tomó la provocación como una invitación, pues elevó su cabeza hasta atrapar su pezón izquierdo con sus labios.

- Me refería a que dices las cosas como si no fueran nada- dijo con la boca llena, que le costaba mantener el pezón aprisionado por cómo Lena se movía al estar moviendo su brazo y su espalda por estar buscando sabía Dios qué.

- Yo sólo te estoy avisando que, después de Tiffany’s, no vamos a salir de la cama hasta el lunes por la mañana

- ¿Ni para ir al baño?

- Excepciones aplican- rio, al fin devolviéndose con su espalda, que se irguió sobre Yulia y, con la sonrisa picante, levantó su mano para mostrarle a Yulia lo que tenía. – Comida y baño nada más- agitó el falo inofensivo y siempre erecto, así como Yulia haría su seña para establecer el "solamente" y sus sinónimos.

- Veo- asintió una Emma incapaz de cerrar su boca por estar a la expectativa de qué haría Lena con la invención de Lelo; ¿sería para ella misma o sería para ella? Lena movió el falo de lado a lado y rio ante lo que parecía ser una idiotización suprema, pues Yulia lo seguía con la mirada a donde fuera que estuviera, y le gustaba saber que nada era seguro ni nada era predecible. – Me estás matando de la curiosidad- gruñó, tomándola por la cadera hasta tumbarla sobre la cama y quedar ella encima, a horcajadas sobre ella, su entrepierna sobre la suya. - ¿Es para mí o para ti?

- Sí te das cuenta de que no hay respuesta para tu pregunta, ¿verdad?

- ¿Ah?- sacudió su cabeza con incredulidad y confusión.

- Si es para mí; puede ser que lo haga sola frente a ti o que te diga que me lo hagas. Si es para ti, lo mismo. De cualquier modo, es para las dos… porque nos gusta ver- sonrió, colocando la punta del falo sobre sus labios, así como cuando lo hacía con un bolígrafo al estar esperando que la información fuera procesada correctamente en el cerebro de Yulia. – Al menos yo soy súper voyerista si se trata de ti- dijo, como si en la conversación no hubiera un elefante rosado y enorme, no, perdón, un dildo negro que tenía la capacidad de demoler el edificio con su vibración. Tampoco, sólo bromeo. Yulia frunció su ceño, así como si todavía no entendía completamente, pues el dildo la distraía demasiado. – Está bien, está bien- resopló. – Supongo que podemos compartirlo un momento- lo introdujo lentamente entre ambas entrepiernas, que dio gracias a los inventores por crear esa curva que era apta para el momento, pues lo había deslizado entre ambos pares de labios mayores, haciendo, con esto, que el desliz del silicón empujara ambos clítoris hacia arriba.

Ni en sus más alocados sueños y desvaríos se imaginó Yulia que un vibrador podía compartirse de esa manera. Más humping pero con un vibrador de por medio, el vibrador que cualquiera, después de probarlo, lo describiría como el Aston Martin de los vibradores. Ah, eso debía ser interesante, y la sonrisa era imposible esconderla. Pero, ¿qué era de un vibrador si no vibraba? Yulia llevó su mano a su trasero para buscar el control, pues Lena había decidido simplemente tomarla por la cadera al imaginarse lo que se vendría. Empezó con la vibración más suave de las diez y, progresivamente, mientras se mantenían estáticas una sobre la otra, hizo que la vibración llegara a seis, nivel en el que ya se empezaba a sentir algo que tenía potencial. El nivel siete le sacó una risa a Lena, el ocho provocó un ahogo que ambas sincronizaron sin la intención de hacerlo. El noveno nivel provocó un respingo en Yulis y un gemido más agudo y mudo que existente en Lena. El décimo, el máximo, ah, con eso sí que se podía trabajar siempre. Yulia regresó sus manos hacia el frente, que colocó su pulgar derecho sobre la punta para mantenerlo en su lugar, pegado al monte de Venus de Lena, y su mano izquierda buscó la mano de Lena en su cadera para entrelazar sus dedos con los suyos.

No supieron en qué momento sucedió, pero Yulia empezó un vaivén corto y despacio sobre la longitud que se alargaba entre sus labios mayores, que seducía a sus labios menores para que no se resintieran de la atención que le daba a su clítoris. El vaivén era con presión, pues empujaba el dildo hacia abajo, que sólo hacía que a Lena le taladrara paradisíacamente, a modo de masaje, la más sensible de sus zonas erógenas. Era mejor que Disney, mejor que cualquier Louboutin, mejor que cualquier copa de champán. Yulia mordía su labio inferior como si quisiera guardarse los gemidos que se le escapaban en forma de exhalaciones pesadas, su ceño estaba invertidamente fruncido, sus ojos cerrados, sus caderas iban de adelante hacia atrás con mayor presión, con mayor longitud, con mayor velocidad, y sus dedos permanecían entre los de Lena y manteniendo el dildo en su lugar. Lena era la esencia de la misma historia; ella tensaba sus pantorrillas al no poder moverse con el mismo vaivén, encogía los dedos de sus pies por el simple hecho de tener las piernas cerradas, lo que provocaba un placer corto punzante al no ser como siempre con sus piernas abiertas, sus manos permanecían a la cadera de Yulia y sus ojos clavados en Yulia a pesar de querer cerrarlos para disfrutarlo completamente, pero no había nada mejor que ver ese placer en combinación con lo que sus manos sentían alrededor de su cadera, que a veces parecía que era ella quien traía y empujaba a Yulia sobre aquel silicón que nunca había conocido tanta humedad como para no poder evaporarla. Veía sus senos moverse con y en consecuencia del movimiento de caderas, que sólo quería poder tomarlos en sus manos, apretujarlos, llevar sus pezones a su boca, más cuando sabía que Yulia era particularmente hipersensible de ambas circulares áreas a la humedad de sus labios, y a lo que ellos comprendían.

- Me vengo!- jadeó Lena bastante de la nada, pues, de un momento a otro, sintió ese cambio fisiológico en su interior nervioso.

- ¡No!- gimió Yulia, pues no podía ser posible que ella, con vaivén, no estuviera tan próxima al clímax como Lena. - ¡Todavía no!- gruñó.

Lena le clavó las uñas en la cadera y desaceleró el vaivén mientras se disponía a recitar la tabla periódica para comprarle a Yulia un poco de tiempo, que quizás sólo le compraría un minuto, quizás menos, pero, en ese tiempo, Yulia tenía que arreglárselas para correrse al mismo tiempo que Lena; ésa era su meta. Contrajo todo lo que pudo, relajó todo lo que contrajo, y repitió el proceso mil veces en veinte segundos que, cuando se contraía, sentía cómo su clítoris se escondía entre el capuchón y, cuando se relajaba, volvía a salir para recibir el vaivén en dirección hacia la vagina, que se le debilitaban los colores cuando sentía el sabor de la vibración. Lena iba por Prometio, al principio de los lantánidos, cuando se dio cuenta de que, quizás, no alcanzaría a llegar a Lawrencio, al final de los actínidos, al final de la tabla.

- Holy shit!- gruñó, ya no pudiendo aguantar más, que alcanzó a llegar a Lutencio.

Pero Yulia todavía no podía hacer milagros.

Lena se sacudió bajo Yulia, que nuevamente le limitaba el espacio para hacerlo y eso lo hacía más intenso. Sus piernas se abrían y se cerraban mientras se frotaban fuertemente contra la cama, sus dedos se incrustaban en Yulia, y su gruñido salió como salió; fuerte, intenso, entrecortado, entre dientes, todo mientras su cabeza se levantaba si su torso estaba sobre la cama y se recostaba si su torso estaba arqueándose por el aire. Yulia sonrió con frustración, pues cómo le habría gustado correrse al mismo tiempo; no podía negar que tenía algo de magia el descontrol mutuo.

- ¿Rico?- le preguntó con una sonrisa sincera mientras retiraba el vibrador de entre ellas, pues su idea seguía siendo no irritarla, más después de que Lena tenía planeado un fuck fest.

- No he terminado- gruñó. Tumbó a Yulia sobre la cama, tomando el dildo en el movimiento y, con la agresividad que a veces la poseía y que a Yulia la enloquecía si no tenía enojo por antecedente, frotó nuevamente el vibrador contra su clítoris.

- ¡Lena!- jadeó, abriendo sus piernas lo más que pudo para sentir aquella vibración en su plenitud y sin limitaciones de espacio por encierro de sus labios mayores, los cuales estaban demasiado hinchados y perfectos para el gusto de Lena.

Sus entrañas todavía palpitaban al no haber tenido tiempo para estar en completa consciencia de su orgasmo, el cual, tras la definición del mismo, no terminaba. Ah, quizás a eso se refería con "no he terminado", o quizás a que no había terminado con Yulia. Pudo haber ido directamente a sus labios para saborear sus gemidos, esos que sabía que en cualquier momento empezarían a salir, más agudos y más fuertes en cuanto el orgasmo se acercara y fuera una inminente eminencia al haber sido cortado, pero, de haber ido a sus labios, la habría asfixiado sin intenciones de hacerlo y no pretendía enviudar antes de tiempo, mucho menos ser ella la autora del crimen. Fue a su areola derecha, que la succionó y, manteniéndola así, tuvo una sesión de juegos húmedos e íntimos con el pezón que ya no conocía una mayor rigidez ni una mayor erección. Yulia la tomó por los puntos de abuso, una mano a su cabeza, en donde enterró sus dedos entre su cabello, y la otra fue a la mano que deslizaba la vibratoria lujuria por su clítoris sólo porque necesitaba marcarle el ritmo adecuado. Lena adecuó el ritmo de ambas cosas y, moderando la vibración, pues si la mantenía continua no lograría nada en Yulia, la colocó en una vibración que nadie entendía y que no necesitaban entender, pues simple y sencillamente era tan al azar que era placentera; vibración corta, larga, creciente y decreciente en intensidad, alternando ambos motores, que el de la punta era más preciso que el del cuerpo fálico, pero ambas se sentían bien.

Era como revivir dos momentos en uno; la primera vez de todas, pues se había acordado del ahogo sincero y puro de Yulia al ella mordisquear su pezón izquierdo, así como en ese momento que hacía lo mismo y tenía la misma reacción, esa vez y la primera vez que habían tenido un vibrador con el cual jugaron de manera improvisada.

- Don’t stop, don’t stop…- jadeó, así como la primera vez, y Lena sonrió, clavándole la mirada en la suya mientras mantenía su pezón izquierdo entre sus labios. – Me voy a correr…- susurró, atrapando aire en su diafragma, echando su cabeza hacia atrás y retirando su mano del cabello de Lena para poder apuñar lo que fuera menos su cabello porque la lastimaría.

 

Lena liberó su pezón de entre sus labios y, arrojando a ciegas el vibrador, tomó ambas piernas de Yulia en sus manos para abrirlas y elevarlas un poco. Cuatro segundos después, dándole tiempo a Yulia para tener la idea de la frustración de un orgasmo que no había podido alcanzar, se hundió entre sus labios mayores con la única intención de jugar al borde del colapso sexual. Yulia apoyó sus pies en sus hombros para mantenerse en la misma posición mientras Lena la devoraba suave y lentamente en una leve y agradable succión que, internamente, traía pinceladas circulares de su lengua. Lena estiró sus brazos para tomarla de sus senos, lugar del que Yulia ya se tomaba a sí misma y jugaba con sus pezones al pellizcarlos delicadamente con sus pulgares y sus dedos índice y medio. Con esto sólo logró compactar la posición y sentirse todavía más cerca de Yulia, y Yulia de ella. Yulia volvió a respirar de la misma cortada manera, atrapando suficiente aire como para ya no necesitar más oxígeno nunca en su vida, y, en cuanto Lena succionó fuertemente de sus labios menores y su clítoris, y los tiró sin liberarlos, sus caderas se levantaron de la cama para volver a caer de golpe, y para repetir esa convulsión que tenía, de fondo, una respiración profunda y densa que no permitía la salida de ningún gemido, ni gruñido, ni jadeo, ni risa. Así de intenso y desubicante era hasta para la inconsciencia.

- ¿Rico?- imitó su tono de voz, y Yulia sólo asintió con una sonrisa que estaba sonrojada por encima de lo enrojecido que el sexo le provocaba a sus mejillas, su cuello y su pecho. – Así se vio- resopló, dándole besos a su ingle, a sus hinchados labios menores, y uno a su clítoris sólo para saber si estaba o no irritada, pues también formaba parte de sus miedos. - ¿Puedo?- preguntó con una pizca de vergüenza.

- ¿Quieres?- rio nasalmente, apoyándose con sus codos de la cama para elevar su vista, pues aquello sí que quería verlo.

- Necesito- dijo en ese tono de adicción.

- Sé mi invitada- sonrió, dándole el permiso que no necesitaba para volver a hundirse entre sus piernas con el objetivo de catar aquello que evidenciaba un orgasmo de verdad. – Ah…- gimió agudamente ante el reflejo de contracción que le provocaba la lengua de Lena al introducirse superficialmente en su agujerito inferior para recoger aquel minúsculo y transparente líquido blancuzco que era más denso que su lubricación y que, por lo mismo, se había logrado detener en ese agujerito que no había sido ni siquiera visto por el día de hoy. – Lenis…- suspiró al sentir el recorrido que hacía su lengua al ir recogiendo su orgasmo; su ano, su perineo, su vagina y el interior de su vagina.

- ¿Más?- sonrió, deteniendo la punta de su lengua antes de rozar su clítoris.

- ¿Para mí o para ti?- rio nasalmente, teniendo un improvisado espasmo que contrajo cada agujero superficial, cosa que trajo a Lena a una risa.

- Estás un poco sensible- sonrió.

- "Poco" es halago- dijo en ese tono de indignación ante la infravaloración de su estado. Otra risa para Lena.

- Está bien, me corrijo y digo dos puntos: "estás hipersensible"

- Eso sería exageración- corearon las dos al mismo tiempo con una risa nasal al final.

- ¡Hey!- refunfuñó Yulia sin la más mínima señal de molestia sino de regocijo al ser un tanto predecible.

- ¿Qué?- levantó su ceja derecha con esa mirada de estar conteniendo una demasiado buena. - ¿Le vas a decir a mi mamá que te estoy molestando?- rio, no pudiendo guardarse absolutamente nada, y rio tanto que cayó sobre su espalda.

- ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!- se arrojó sobre ella con una risa. – No me retes que llevas las de perder- rio, tomándola de las muñecas, así como al principio, y las llevó sobre su cabeza mientras reanudaba el humping.

- ¿Y qué perdería yo?- resopló contra el rostro de Yulia, pues Yulia ya había colocado su nariz contra la suya.

- Cuando tu mamá me pregunte qué me dijiste, y por qué me lo dijiste, no creo que quieras que sepa que estabas comiéndote mi corrida, ¿o sí?- Lena gruñó ante lo sucio y travieso, pero lindo, que ese "comiéndote mi corrida" se le había escuchado a Yulia, o tal vez gruñó por la embestida que Yulia le daba.

- Así ya no me gusta jugar- bromeó.

- ¿Te gusta jugar con tu clítoris?

- ¡Yulia!- gruñó ante la sensualidad con la que había rematado esa pregunta.

- Dime, te gustan?

- Demasiado- susurró, buscando sus labios con los suyos, pero sólo alcanzaba a rozarlos con sus dientes, pues ya, ante lo inalcanzable, sólo quería halarlos hacia ella con sus dientes.

- ¿Quieres jugar?- la embistió otra vez, que, a su paso, rozó su torso, sus erectos pezones contra los de Lena. Ella sólo suspiró ante la otra embestida. ¿Qué tenía aquello que le gustaba tanto? Erotismo, eso era todo. - ¿No?

- ¡Sí!- movió sus caderas para que la embistiera más. – Hoy… mañana… y pasado mañana… y todo el mes… y todo el año… y toda mi vida- gruñó, pues, entre tiempo mencionado y tiempo mencionado, Yulia la había embestido.

- ¿Y me vas a dejar jugar con él?- cesó las embestidas.

- El hecho de que yo lo tenga pegado al cuerpo no significa que no sea tuyo- sonrió cariñosamente, así como si estuviera ahuecándole la mejilla con la mirada.

- Te amo- susurró, tan bajo que parecía como si no quisiera que nadie más que Lena le escuchara, pues algo así sólo era para ella, era algo especial y demasiado íntimo como para que lo escuchara su cama. – Te amo…- soltó sus muñecas y llevó su mano derecha a la mejilla de Lena para traerla a un beso tranquilo y cálido. Lena la tomó por ambas mejillas y la trajo todavía más hacia ella, más en ella, más entre sus labios. – Solo di si…- le susurró, abrazándola para sentirla cerca. Cómo la había extrañado.

- Siempre te voy a decir que sí- susurró con una sonrisa, sabiendo exactamente a qué se refería Yulia con esas tres palabras; tanto a la canción de "Snow Patrol" como a la pregunta que le venía haciendo desde octubre, pregunta que daba a conocer la remota inseguridad en sí misma al no creerse suficientemente buena para merecerse a Lena, pero eso era algo que nunca diría en voz alta, que ni siquiera lo pensaría así de concreto, pero Lena lo sabía, y, aunque no lo entendiera completamente, no necesitaba preguntar ni cuestionarlo, simplemente no dejaba de ser ella misma en toda respuesta. Pero esa pregunta era motivo de nervios para Lena, aunque por otra razón. – Sin arrepentimientos, mi amor

- Tú sabes que, si me porto mal, puedes amarrarme- guiñó su ojo.

- Y no sólo cuando te portas mal- resopló. - ¿O es que me estás insinuando que quieres que lo haga?

- No, hoy no- sonrió suavemente con cierta incomodidad ante la idea de que podía pasar y que sabía que no protestaría aunque no quería que lo hiciera. – Pero, volviendo al tema, ¡a jugar con tu clítoris!

- Juguemos- resopló.

- ¿"Juguemos"?- levantó la ceja derecha, la cual acompañó con esa sonrisa ladeada que provocaba pequeños orgasmos visuales. – Eso suena a Orquesta, Principessa- le dio un beso a sus sorprendidos y confundidos labios y se dedicó a bajar, por su cuello y su pecho hasta llegar a su entrepierna, sólo con el roce de la punta de su nariz.

- Que? – Yulia sólo rio contra su vientre, que no se contuvo las ganas y le hizo cosquillas a su ombligo con su lengua. - ¡Ah!- rio al creer haber entendido, y también por la cosquilla. – Yulia Voyerista quiere ver cómo me masturbo, ¿verdad?- atrapó su cabeza entre sus muslos, pues ya estaba frente a sus labios mayores.

- Pensaba más en que te masturbaras y yo te ayudo- sonrió, volviéndose a su muslo izquierdo para darle un beso junto con una caricia con su mano por la parte exterior. Lena se sonrojó, y sonrió, trayendo la almohada de Yulia bajo su cabeza y librando a Yulia de entre sus muslos. - ¿Qué quieres?

- Tú sabes lo que quiero- sonrió.

Yulia rio nasalmente, pues sabía lo que quería y lo sabía demasiado bien. Besó sus labios mayores y su ingle mientras disfrutaba del aroma que también había extrañado, de ese que, por si las dudas, inhalaría cual cocaína para que le durara hasta el día siguiente. Lena abrió sus labios mayores para que Yulia hundiera sus labios y su lengua entre ellos, que, al soltarlos, sus labios besaron y envolvieron los de Yulia. Besó su clítoris así como si se tratara de una adoración, porque eso era. Tiraba suavemente de sus labios menores con leves succiones pero no se salía de los límites de los labios mayores, así como si no se saliera de las líneas cuando coloreaba, y, con su dedo índice de la mano derecha, empezó a relajar su vagina con penetraciones que sólo comprendían el recorrido interno hasta cubrir su uña y nada más; algo muy superficial y muy suave, sólo para relajar y para empezar a construir de nuevo. Succionó su clítoris y sus labios mayores, y tiró de ellos hasta dejar sus labios mayores, los masajeó con su lengua y con el movimiento sensual de sus labios, así como cuando, de pequeña, le decían que imitara a un pez, los soltó en cuanto Lena se ahogó. Continuó penetrándola, ahora hasta medio dedo y presionando hacia arriba, girándolo, y presionando hacia arriba para estimular su GSpot, mientras tanto le daba besos a la parte interior de sus muslos.

- Tócate- dijo suavemente, apoyando su mejilla y su oreja izquierda contra su muslo, pues quería asientos de primera fila y no dejaría de penetrarla.

- ¿Cómo quieres que me toque?- le preguntó, pensando que Yulia tenía algo concreto en mente, así como la última vez que Yulia se había masturbado para ella, pero no, Yulia no tenía nada; ella improvisaría.

- De la manera en la que te disfrutes más, mi amor- le dio un beso a su muslo y se volvió a recostar sobre él.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 24, 2015 1:47 am

Lena llevó su mano derecha a su entrepierna sólo para darse cuenta de lo exageradamente mojada e hinchada que estaba. Acarició sus labios mayores sin estrategia alguna, sólo le gustaba sentir la hinchazón, y le gustaba saber que Yulia veía sus dedos ir de arriba hacia abajo sin la intención de presionarlos, simplemente de burlarse de ellos. Yulia veía sus dedos ya más recuperados, pues había tenido sabía-Dios-y-ella-qué-percance que había parecido, por casi diez días, como si Lena había decidido meter ambas manos en una licuadora; los tenía destrozados, con las cutículas levantadas y laceradas, sin laca, uno que otro corte fino o raspadura en sus nudillos o en sus dedos. Presionó sus labios menores, según Yulia para abrirlos y dejarla ver nuevamente su clítoris, pero no, los masajeó para su propia tortura, los abría y los cerraba a su gusto, estirando y relajando sus labios menores, escondiéndolos y enseñándolos. Pasó de sus labios mayores a su USpot, olvidándose de su clítoris, por un momento, para poder disfrutarse al máximo; lo acariciaba de arriba abajo con su dedo índice mientras le aplicaba suavidad y parsimonia. Yulia seguía con su dedo dentro de ella, alternaba las caricias en su GSpot y en su ASpot para estimularla completamente, y, en cuanto esto llegó a la atención de Lena, sabía que, el orgasmo que le esperaba, sería de nivel atómico hacia arriba y hacia más intenso. Introdujo dos dedos en ella para hacerla sentir repleta, algo que a las dos les gustaba sentir. Había dejado de penetrarla, sólo masajeaba ambos puntos y observaba y apreciaba las reacciones ante tal delicado masaje.

- Mi amor…- jadeó Lena un tanto agitada, que retiró su mano del área y se aferró a sus senos.

- Dime- sonrió, despegándose de su muslo para volver a darle besos en sus labios mayores.

- ¿Podrías…?- y calló, sonrojándose por sobre la abundante circulación acelerada de sangre que fluía por su cuerpo y que se evidenciaba en su pecho y en sus mejillas.

- Quiero- sonrió de nuevo, tomando ambos muslos en sus manos para recogerlos y llevarlos un poco hacia arriba, pero Lena los cerró y dejó que Yulia salivara ante la imagen de esa entrepierna al ser comprimida por ambos muslos. – Dios…- suspiró al ver aquello tan majestuoso.

- ¿Me quedo así?- le preguntó al aire al no poder verla.

Yulia sólo detuvo sus muslos con mayor firmeza, dándole el "sí" que no decía, y Lena colocó sus manos sobre las de Yulia para sentirse acompañada y parte de lo que estaba a punto de suceder. Empujó sus muslos hasta hacerlos tocar su abdomen y, así, cedió a la tentación de no sólo besar y darle uno que otro lengüetazo, sino que mordisqueó ambos labios juntos al ladear su rostro, los succionó, y se preguntaron ambas cómo no se les había ocurrido hacer eso antes, más cuando succionaba sus labios mayores y se le escapaba uno primero y el otro después. Quizás era el sonido que se creaba entre esa acción y la siguiente, quizás era la novedad, lo innovador que podía estar tachado de básico y anticuado en cualquier libro de kamasutra, o de lo que fuera. Acarició la compresión con sus tres dedos; su dedo índice sobre el labio mayor izquierdo, el dedo anular sobre el derecho y, el de en medio, sobre la ranura que ambos creaban entre su hinchazón. De arriba hacia abajo, de arriba hacia abajo, disfrutando de cuando su dedo de en medio rozaba la parte, de sus labios menores, que apenas se salía por entre los mayores. Lena estaba tan mojada que no había necesidad de un anilingus al haber derramado lubricante hasta en la cama y por cuestiones de canales y gravedad, pero la no-necesidad no opacaba al deseo. Yulia se acercó a su perineo y le dio dos besos suaves que hicieron que Lena se contrajera, y, con el mayor de los respetos, le dio un beso a su otro agujerito mientras Lena trituraba sus dedos en sus muslos como si gimiera con ellos. Paseó su lengua por el agujerito, de manera uniforme y lenta. Paseaba su lengua sin involucrar la punta de ésta, alternaba las caricias con besos y con succiones o mordiscos a las tangentes que su cabeza trazaba en el yacimiento de sus glúteos, y luego continuaba con su lengua. Círculos lentos, presiones intencionales, rectitudes linguales, y sus exhalaciones que, gloriosamente, aterrizaban en su perineo.

Lena soltó las manos de Yulia y las llevó hacia la perdición del espacio al no saber dónde colocarlas para no violarse a sí misma, pues sabía que, de hacerlo, no se disfrutaría tanto como lo estaba haciendo en ese momento. Yulia concluyó sus cariñitos con un beso que marcó un claro final lingual, dejó que Lena abriera lenta y sensualmente sus piernas, que las mantuvo sin su ayuda en el aire, aunque simplemente las posaría con lentitud sobre la cama. Yulia se volvió a recostar contra su muslo derecho y, adorando en cámara lenta cómo Lena llevaba su dedo de en medio a su clítoris, por fin, sonrió de satisfacción, pues sabía que el placer que compartían no se limitaba a meter-sacar-lamer, o lamer-meter-sacar, y correrse, sino que era más que sólo el hecho del placer; era la diversión, el momento en pareja, en complicidad, en equipo, y, por la manera en la que lo hacían, ninguna de las dos necesitaba escuchar eso que no se decían; ese "te amo" que gemían, respiraban y transpiraban y que las hacía sacudirse para luego gritárselo entre besos y caricias, y el eventual abrazo en el que caerían bajo las sábanas.

- ¿Rico?- sonrió con su labio inferior entre sus dientes al ver ese contoneo anónimo y subliminal que invadía y poseía a Lena, ese que tenía sabor a "Do You Only Wanna Dance".

La pelirroja excitación emitió un sensual y mimado "mjm", acompañado con esa mirada de resignación, de rodillas ante el placer y la consciencia de sí misma al sentirse y saberse sensualmente erótica. Resignación y Rendición. Yulia se derritió. Y, ¿por qué no? El dildo seguía vibrando en el olvido, que a la cama no le daba ningún placer y sólo ganaba gastar la batería. Lo tomó en su mano derecha, pues le quedaba al alcance de una contorsión y media, y, yendo de menos a más, porque así se disfrutaba más y se lastimaba menos, lo colocó sobre la vagina de Lena, quien ahogó un grito al sentir que la vibración le llegaba más allá de la superficialidad que apenas rozaba. Empezó a empujar contra su vagina, pues no era lo mismo dos dedos que una circunferencia de ese calibre, y Lena, pidiendo sentirlo adentro, relajó su vagina para, al sacudir su cadera, la punta se le alcanzara a deslizar hacia adentro con la remota ayuda de un empujoncito de Yulia. La empezó a penetrar sólo con esos tres-cuatro centímetros, pues quería estimular la entrada de lo que, en un futuro, se contraería y apretujaría sus dedos o el dildo, pero algo trituraría. Fue haciendo de la penetración algo más profundo pero mantuvo la lentitud, dejando así espacio y tiempo para que disfrutara de la presencia y la ausencia de la mezcla del grosor y la vibración.

- Por favor- gimió Lena, estando ya al máximo de sus posibles niveles de excitación y lujuria, que Yulia sacó el vibrador de su vagina. – No…- dijo en ese tono avergonzado.

- Eres tan hermosa- susurró Yulia, introduciendo su dedo en ella sólo para lubricarlo, que esa era su intención desde el principio. – Y te ves tan condenadamente hermosa en este momento…- le dio un beso a su muslo y, lentamente, empujó su dedo en aquel agujerito que se había llevado la vergüenza y el "por favor" para ser complacido. Lena gimió, y se contrajo intencionalmente al sentirse repleta de aquellos lugares de los que disfrutaba en secreto y en complicidad con Yulia, pues era como disfrutar a Yulia de otro modo.

No se dejó de frotar su clítoris, que alternaba el frote de suave y circular concéntrica presión con el frote vertical que hacían sus dedos anular y medio al atraparlo entre ellos. Y, sabiendo que podía dejarse ir en ese momento, decidió no hacerlo al ver la última oportunidad de poderse disfrutar más en cuanto Yulia giró su dedo dentro de ella, pues se acomodaba para volverle a colocar la vibración sobre su vagina. No se leían las mentes, al menos no de manera oficial, pero el deseo de una lo intuía la otra, y así fue como Yulia intuyó que debía introducir la vibración hasta donde las proporciones de Lena la dejaran, e intuyó que debía dejarla dentro, sin hacer ningún tipo de rotación ni penetración, sólo debía dejarlo dentro, porque lo que sí debía activar, en modo penetración, era su dedo. Mínima, ajustada y ligera, así era la manera en cómo la penetraba, así como si acariciara cada milímetro de lo que corrompía. Lena no avisó, simplemente no pudo al ceder a ese momento crítico de aceptar o no el orgasmo, decisión positiva que apagó el resto de sus funciones: el habla, la respiración, el control de su cuerpo, la vista, la rectitud mental. Sólo pujó, o gruñó sin gruñir, y dejó que su mano frotara horizontalmente su clítoris a la velocidad que más se le acercaba al valor de 299 792 458 m/s, y soltó un quejido que sonó a un "¡Ya!" con aguda potencia que repitió con cada contracción interna que la obligaba a elevar sus caderas. Yulia sólo supo contemplarla maravillada mientras intentaba mantener su ritmo de descontrol al mantener su dedo y el vibrador dentro de ella, pues, si soltaba el vibrador, probablemente Lena lo expulsaría con tanta fuerza que la golpearía en la cabeza y quedaría desmayada.

- Fuck…- rio un poco, todavía extasiada y perdida entre ese orgasmo. Yulia sólo apagó el vibrador y esperó a que Lena lo sacara, ya fuera con su mano o con sus músculos vaginales, pues, al ya no tenerlo adentro, ella sacaría su dedo con la mayor de las lentitudes.

- Tú eres, sin duda, la criatura más hermosa que he visto- susurró, notando que, al sacarse el dildo con su mano, dejó que su premio saliera de sus adentros, el cual recogió con su dedo para saborearlo. – Y lo más sabroso, también- sonrió, sacando su dedo de su agujerito para saborearlo también. – Sip, demasiado sabroso

- Dios…- suspiró nada más, cerrando sus piernas y recostándose sobre su costado.

- ¿Sí? ¿Qué se te ofrece, Lenis?- bromeó Yulia, que la broma le quedó bien, pues hizo reír a Lena.

- Tú eres Dios, deberías saber lo que quiero- sonrió, y Yulia que, no sabiendo, sólo siguió su instinto.

- Ven- le alcanzó ambas manos, que Lena se las tomó sin preguntarle a dónde iban o a qué iban a ese dónde.

Ella simplemente se dejó ir, y la otra la guio.

 

- Y, no me lo tomes a mal, es sólo que es algo que me preocupa- sonrió falsamente, que le quedaba mejor no sonreír; era horrible cuando sonreía.

- No, no se preocupe- sonrió con la misma falsedad, sólo que, a Natasha, la sonrisa la había ensayado demasiado bien a lo largo de los años y era por eso que se le notaba natural y sin esfuerzo. – No lo tomo a mal- volvió a ver su iPhone y todavía, para ese momento, después de tantas llamadas directo al buzón de voz, no había señales de vida de Phillip, la potencial víctima de asesinato.

- Sólo es para que no existan malos entendidos entre nosotros- dijo, que Natasha se carcajeó en sus adentros pero, como si tuviera algún tipo de propulsión en su trasero, se puso de pie al escuchar el timbre del ascensor.

- ¡Nate!- la llamó, así como todos los días, y, esperando que, como todos los días, Natasha se tomara un par de segundos en emerger, se asombró al ver que ya lo esperaba frente al ascensor; de brazos cruzados y con mirada de realmente querer asesinarlo. – Mi amor- sonrió, abriendo sus brazos con la intención de abrazarla, pero Natasha sólo se hizo a un lado para revelar a la sorpresa que tenía hundido su culo en su sofá, sofá que probablemente retapizaría sólo por el hecho de haber albergado su no-bienvenido-culo. - ¿Mamá?- el arcoíris tuvo la decencia de abstenerse a colorear su rostro por etapas, o quizás sólo le tuvo miedo a la reacción.

- Ah, ya veo que no tienes Alzheimer, Phillip Charles- se puso de pie, aplanando el regazo de su falda roja que no necesitaba ser aplanada por ser de un grueso tweed. – Creí que se te olvidaba responderme el teléfono

- Ah, ¡mal de familia!- siseó Natasha para Phillip, quien, sólo con eso, supo que su noche sería tan fea como la vez en la que Natasha le había dicho, cuando la estaba acosando, que se comprara un Atlas y que hiciera una lista de todos los lugares a los que quería ir, y que, aparte de esa lista, hiciera una de los lugares a los que no iba a ir nunca y, que en esa lista, la incluyera a ella.

- Exactamente, ¿qué está pasando aquí?- balbuceó Phillip, dejando caer su portafolio contra la esquina mientras se aflojaba la corbata.

- Esperaba más un beso y un abrazo- dijo Katherine, acercándose a él con la misma mirada asesina de Natasha. Clusterfuck y en su casa. Phillip sólo sonrió, así como si se estuviera ahogando, porque eso estaba pasando, y, en su intento de rezar en lenguaje primitivo, se dejó abrazar por su mamá, que, por darle la mejilla, simplemente recibió un beso mal colocado en la comisura de sus labios. – Así me gusta- pareció ladrar, y Natasha no supo qué le enojó más; a) el hecho de que Phillip no le diera un beso y un abrazo a ella primero, sino a su mamá, b) que había llegado demasiado tarde y había decidido no contestarle ningún método de comunicación, o, c), la marca del lápiz labial rojo de "cheap skank" que le había dejado en la comisura de sus labios. Definitivamente era la última opción, eso y que Phillip, al ver su descontento, intentó darle un beso, pero ella no besaría ningún Tarte Amazonian de felaciones por $20.

- Entonces… mamá- sonrió nerviosamente ante el rechazo de Natasha y los primeros indicios de su frío sudor. – Supongo que estabas por aquí…- resopló con el toque de sarcasmo que sabía que suavizaría, poco a poco, el mal humor de su esposa.

- Bueno, tomando en cuenta de que mi hijo no se ha dignado en contestarme el teléfono en más de cuatro meses, supuse que estaba en orden si le daba una sorpresa a ti y a tu esposa- sonrió, que Natasha de verdad casi vomita de lo asquerosa que era la sonrisa falsa de su suegra, pero era más fuerte su poder Hollywoodense de meter pokerface cuando tenía que meterla en juego. - ¡Sorpresa!- murmuró con cierta fallida gracia mientras le arreglaba la corbata. Y ese era el momento para que Phillip brillara.

- Ah…- sonrió, casi asfixiándose por cómo había quedado de apretada su corbata. - ¿Hace cuánto viniste?- respiró hondo, aflojándose de nuevo la corbata en cuanto vio que su mamá se dio la vuelta para buscar asiento. Así como Pedro por su casa.

- Recién vengo del aeropuerto- respondió, y Natasha le apuntó a la esquina, pues ahí estaba su equipaje. No. No. No. Natasha no tenía invitados nunca, no que se quedaran a dormir en su casa, y, bajo ninguna circunstancia, permitiría que fuera la mujer que la acusó de "tener algo malo como para que un embrión no pudiera pegársele bien al útero"; y tecnicidades y términos apropiados ni quería discutirlos por ser totalmente… en fin, ella no permitiría que fuera ella la que estrenara la cama de la habitación de huéspedes. – Hace dos horas, en realidad- se volvió a él. – Phillip, ¿qué tienes ahí?- le tomó la mano izquierda, esa que se aferraba con miedo a la bolsa de Tiffany’s. Él sólo se volvió hacia Natasha, quien fruncía sus labios y levantaba su ceja derecha. – Eres todo un caballero, muy romántico también. Feliz día de San Valentín para los dos- sonrió, provocándole otro gag reflex a Natasha, mientras sacaba la caja de la bolsa para abrirla. - ¡Natasha!- suspiró. - ¿Y tú qué le compraste a Phillip?- le mostró el par de aretes, que no eran por el hecho de ser San Valentín sino porque iba a sufrir por el fortuito evento de las no-vacaciones.

- Mamá… uhm…- cerró Phillip la caja de golpe y se la arrebató sin el tono de lo que implicaba. - ¿Por qué no te sientas un momento?

- Nonsense!- tiró su mano hacia atrás. – He estado sentada por demasiado tiempo

- Está bien…- suspiró, sintiendo el latigazo de Natasha en su mejilla; bofetada visual. – En ese caso, no sé… acabo de salir de una reunión…

- ¿Ya cenaste, Phillip?- lo interrumpió Katherine.

- No, todavía no- se aplanó el abdomen por sobre la camisa, como si repasara su abdomen para revisar su nivel de hambre. - ¿Qué hay de comer, Nate?- se volvió a Natasha, y, sólo con verla se acordó que tenían reservaciones en Gramercy Tavern, y reservaciones para DOS. Tragó grueso, sabía que de haber un premio a las peores cagadas, él tendría el primer lugar por los próximos diez años y sólo por esa cagada.

- Creo que quedamos en que íbamos a salir a cenar, Phillip- entrecerró sus ojos con una sonrisa de "estás más que muerto" y empezó a sacudir lentamente su cabeza en desaprobación.

- Ah, ¡perfecto!- suspiró Katherine. – Vamos los tres, entonces- ahondó la tumba de Phillip, que Phillip sólo pudo estirar el cuello de su camisa para poder tragar bien.

- Podemos ir los tres- sonrió Natasha. – Espero que le guste Gramercy Tavern- suspiró con esa sonrisa de estar exhalando un ahorque de esposa neurótica a través de él.

- Nunca he ido- colocó su mano sobre el hombro derecho de Natasha.

- Ahora irá… y, supongo yo que, después de la cena, la llevamos a su hotel- se volvió hacia Phillip con toda la intención de ponerlo entre la espada y la pared, o entre ella y la pared. Que espadas tenía, no sólo tenía floretes, sino también espadas y sables.

- ¿Hotel?- resopló Katherine.

- Sí, mamá… yo creo que estarías más cómoda en un hotel- y yo también estaré más cómodo.

- Nonsense, Phillip!- dijo con esa risa de diva fallida mientras agitaba su cabello hacia un lado. - ¿Qué más comodidad que estar invitada a la casa de mi hijo?- el silencio atacó luego de la risita de "fuck my life" de Phillip. – Bueno, supongo que no tienes tanta hambre que no veo movimiento

- Yo estoy listo para irnos- se encogió de hombros.

- Bueno, entonces esperaremos a que Natasha se arregle- sonrió para Natasha, que Natasha frunció su ceño al no entender, si ya estaba lista ella también. – Ve- la despidió con ese gesto de mano que tanto asesinaba las entrañas de Natasha.

- No me demoraré mucho- entrecerró sus ojos para Phillip y, así como el gesto de Katherine, así se retiró a su clóset, en donde empezó a fantasear sobre los argumentos que defenderían su posición en la discusión de más tarde, pues no pensaba darle el placer, a Katherine, de presenciar una pelea, no cuando no quería que tuviera armas contra ella o contra su matrimonio.

- Phillip- sonrió Katherine, tomándolo por la nuca, una caricia maternal que nunca había tenido con él desde nunca y para siempre, por eso quizás se le veía tan mal el sobreesfuerzo. - ¿Cómo has estado?

- Ocupado en el trabajo- suspiró, apartando la bolsa de Tiffany’s, que ya sabía que mejor ni intentaría regalárselo a Natasha y que era mejor devolverlo, quizás ni le convenía cambiarlo.

- ¿Todo bien en el trabajo?- intentó buscar su evasiva mirada, y Phillip sólo se acordó de cuando su Nana lo hacía con él.

- Todo bien- sonrió, introduciendo sus manos a los bolsillos de su pantalón.

- Estás muy guapo, Phillip Charles… pero ese corte de cabello te sienta demasiado mal- pues apenas y le estaba tomando forma, apenas y empezaban a notársele los rizos anchos y flojos pero lo tenía todo de un mismo largo por efectos de uniformidad.

- Mamá- rio pesadamente. - ¿Qué te trae por aquí? Como que Corpus Cristi no queda a la vuelta de la esquina…

- Vamos, Phillip Charles, ya te lo dije; no contestabas mis llamadas, ¿qué otra opción me quedaba?- se cruzó de brazos. – Si la montaña no viene a mí, yo voy a la montaña

- Supongo- se encogió de brazos y agradeció que lo llamaran por teléfono, pues no tenía nada que hablar con su mamá, todo lo que quería era una disculpa, y no para él sino para Natasha.

Ella no entendía cómo no podía haber estado lista, ¿qué tenía de no-listo su pantalón de cuero y su camisa azul marino? Es más, si sólo hubiera caminado en sus Valentino rojos, y sin ropa, habría tenido mejor estilo que su propia suegra, que quizás era ella quien debía arreglarse más y no parecer personaje sacado de algún diario de la realeza inglesa. ¿Quería guerra? Guerra fría le daría y, se la daría de la mejor forma que sabía al tener, de alguna forma y en sólo tres grados de separación, la sangre de Ronald Reagan. Sí, Señor: Carrera Nuclear 2.0. Y la iba a outgrow, de eso estaba segura, pues le exigiría tanto, a nivel del inconsciente y del subconsciente, que terminaría dándose por vencida sin siquiera atentar con fármacos en una copa de vino blanco. ¿Quería guerra? Podía darle guerra a nivel del complejo de Edipo al que Phillip le había huido con tanto éxito, podía meterse en el vestido ese, en ese Oscar de la Renta de seda rosado-más-aburrido a líneas verticales de encaje negro; algo que probablemente sería de la aprobación de su suegra, pero que era un vestido que estaba diseñado y que había sido utilizado para los desayunos aburridos de Margaret. Sí, "aburrido" era lo que la describía. Pero como la guerra se peleaba con provocaciones, porque pelearía sucio, se metió en el Dolce negro morboso que, por ser traslapado del pecho, dejaba un tentador escote que no era apto para la aprobación de ninguna vieja ridícula-conservadora. Nada que unos Pigalle Spikes rojos no lograran arrebatar una cordura o una aprobación. Recogió su cabello en un moño ordenado pero flojo, de esos que eran precisamente para recoger la atención y depositarla, aparte de en su escote, aunque sólo sería de su perturbada suegra, en sus gruesas argollas Piaget.

- Phillip- emergió Natasha en la sala de estar, con el abrigo Armani gris carbón en su brazo, que su mano sostenía su borsetta Lanvin roja. Phillip sólo colgó sin previo aviso e intentó no dejar caer su mandíbula hasta el Lobby. – Necesito que me ayudes…- sonrió, dándose la vuelta para mostrarle su espalda completamente desnuda para que le subiera la cremallera.

- Te ves tan impresionante y hermosa- susurró a su oído mientras se aprovechaba de la desnudez de su espalda para acariciar su cintura con sus manos.

- Gracias, mi amor- sonrió, notando que su suegra estaba en plan de acosadora al estarle viendo la espalda, que quizás juzgaba la falta de sostén, o quizás que la espalda del vestido no llegaba ni a media espalda, o quizás la mezcla de ambas, o quizás, también, que se alcanzaba a ver, por la profundidad de la cremallera, el elástico superior de su Kiki de Montparnasse que era básicamente encaje, encaje, y más encaje, pero era transparente y con un agujero juguetón que dejaba ver el principio de separación trasera. Efecto: escandalizada. – Gracias- repitió, agradeciéndole su ayuda, que Phillip, inmediatamente, tomó el abrigo de su brazo y lo sostuvo en el aire para que Natasha sólo enfundara sus brazos.

- Es un placer- sonrió antes de que le agradeciera de nuevo, y le tendió la mano para tomársela. Bueno, tal vez se libraba de la intensidad de la discusión de más tarde, quizás y había quitado ya los elevados tonos de voz. - ¿Nos vamos?- preguntó con una sonrisa, que Natasha había rechazado su mano sólo para abrazarlo por la espalda, a la altura de su cintura, e inhalaba el Aqua Di Gio de las solapas de su Cucinelli negro, o quizás era que se desprendía del cuello de su camisa celeste, o quizás era todo él. – Entonces, mamá, ¿en qué hotel te gustaría quedarte?- sonrió, tomando su equipaje en la mano que le quedaba libre mientras ella se colocaba su abrigo sin ayuda de nadie.

- No sé, ¿cuál me recomiendan ustedes?- dijo entre la dificultad que estaba teniendo al no poder doblar las solapas por el cuello.

- Mi amor- sonrió Natasha, sacando el lápiz labial rojo que le haría la competencia al cheap skank de Katherine, un Rouge G de Guerlain de un rojo que no implicaba promiscuidad, o quizás de una muy cara y refinada, con gusto. – Yo creo que tu mamá se puede quedar con nosotros- sonrió ampliamente para Katherine, quien se notó asombrada ante la bienvenida.

- ¿Mamá?- preguntó Phillip, también asombrado. Ah, pero Phillip no entendería la guerra. - ¿Te gustaría quedarte con nosotros?

- ¿Están seguros de que no hay problema?- dijo con la mirada extraviada, como si los ojos no hubieran seguido el curso de la bofetada triunfal primeriza de Natasha.

- Yo, por mí, no hay ningún problema- dijo Phillip, pues Natasha estaba ocupada en delinear sus labios con su segunda bofetada triunfal.

- El tiempo que necesite- se encogió Natasha entre sus hombros, que, al hacerlo, su escote se tensó y se abultó.

- Igual, sólo vengo un par de días- rio, intentando no ceder al llamativo-y-especialmente-provocador-para-ella-escote-de-su-nuera, pues ni Phillip lo encontraba tan provocativo; él estaba acostumbrado y había crecido de una manera más… actual. – Tengo unas cuantas reuniones, y luego me voy- así que, dentro de todo, no era ni visita voluntaria.

- Quédate el tiempo que necesites, entonces- sonrió Phillip, presionando el botón del ascensor mientras Natasha se le enrollaba más entre su brazo.

Phillip cenaría cordero, Katherine se haría de estómago pequeño con un pescado, Natasha cenaría suegra al carbón.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 24, 2015 1:49 am

- Mmm…- se saboreó con una sonrisa al despegar sus labios de los de Lena, y mordisqueó su propio labio inferior, como si quisiera frenarse a sí misma para no arrancarle otro beso. – La vita è bella… especialmente cuando estoy contigo- y entonces sí le robó un beso que pasaba por "besito".

- Eso lo debería estar diciendo yo- resopló, dejándose envolver por los brazos de Yulia y sintiendo la sonrisa de ojos cerrados que se posaba sobre su hombro derecho.

- ¿Te ha gustado la manera en cómo hemos pasado nuestro Valentine’s?

- Ni tan en omisión, ni tan convencional- sonrió, cerrando sus ojos ante el roce de la esponja sobre su pecho. – Es muy… nosotros- rio nasalmente, sintiendo la risa nasal de Yulia aterrizarle en su cuello.

- "Nosotros"- susurró, apretujando la esponja para escabullirla por debajo de los senos de Lena. - Suena demasiado bien, ¿no crees?

- Lo sé- sonrió en ese tono de ceremonia de matrimonio, y Yulia sólo se sonrojó ante esas dos insignificante palabras que tanto la emocionaban.

- Quieres casarte conmigo?- colocó la esponja sobre uno de los estantes.

- Mmm…- sonrió, dándose la vuelta para encarar a Yulia, que dejo que sus brazos quedaran entre ambos pechos, así como si estuviera resguardándose entre Yulia y sus brazos. – Si- le arrancó el beso que le había arrancado Yulia hacía unos pocos segundos. – Si- le arrancó otro beso corto. -Si - y otro. – Si- y otro. – Si- y el último, que Yulia ya la tenía abrazada y ella sólo recostó su cabeza sobre el hombro de Yulia.

- Te amo- susurró, y le dio un beso en la cabeza mientras abrazaba el momento, que el agua caía frente a ella y sólo se escuchaba eso, pero le gustaba sentir a Lena tan cerca, que no era sólo por cercanía sino porque estaba así, recostada en ella.

- Yo más- resopló, sabiendo exactamente lo que se le venía encima.

- ¡Ah!- inhaló hacia adentro en falsa indignación, pues no podía negar que le gustaba que la quisiera tanto también. – No es cierto

- Sí lo es- se irguió y la vio a los ojos.

- No, yo te amo más a ti

- No creo- sonrió, tomándola por la cintura.

- Créelo- levantó Yulia su ceja derecha.

- ¡Uy!- ronroneó ante la convincente ceja.

- Me basta con saber que me quieres- sonrió.

- ¿Te rebalsa con saber que quiero casarme contigo?- subió sus manos a su cuello y la abrazó con sus muñecas mientras Yulia la tomaba por la cintura hasta acercarla completamente a ella.

- Ese es el comienzo del clímax de mi vida- le dijo con una mirada ruborizada. – De entonces, en adelante, es un clímax de índole tántrica

- ¿Qué?- rio.

- Sí, los orgasmos más largos de tu vida…

- Espero que sea algo bueno

- ¿Te imaginas un orgasmo de, qué se yo, nueve horas?- rio, haciendo, quizás, una exageración, pues de sexo tántrico sabía absolutamente nada. Lena sólo se sonrojó. – Estíralo al resto de mi vida, y así será

- ¿Cómo puedes estar segura?

- No lo estoy, pero tengo fe- sonrió. – Sé que si algo no funciona, lo vamos a solucionar y, que si te cansas, te dejaré respirar

- Lo peor que puede pasar es que tu Ego tenga que dormir en el sofá

- Supongo que será en las noches en las que me amarres a la cama- levantó su ceja y sonrió con picardía.

- Es correcto, Arquitecta- resopló, dando un paso hacia atrás para dejar que el agua le cayera sobre los hombros.

- ¿Te molesta mi Ego?

- Me divierte- dijo, llevando sus manos a su pecho para quitarse los restos de jabón. – No deja que el aburrimiento inunde las cuatro paredes en las que estés

- Me alegra entretenerte, ya lo he dicho- sonrió, observando cómo, con rapidez, Lena se quitaba los restos de jabón que ella podría haberle quitado en el mismo tiempo, pero a la octava potencia.

- Yo sé que yo también te entretengo- rio.

- Resulta ser bastante interesante- guiñó su ojo, que hizo que Lena se sonrojara. – Pero también entretienes

- Espero que sea para entretenimiento propio y privado- sacó su lengua y apagó el agua.

- No comparto mis excitaciones laborales con el mundo, Signorina- abrió la puerta y la dejó pasar, que Lena sólo sonrió ante su amabilidad, pero se vio en la situación de víctima al recibir una nalgada que le ocasionó un respingo para caer en la alfombra.

- A-auch- resopló, volviéndola a ver, que sólo se encontró con una sonrisa desafiante de saber que no le había dolido por muy fuerte que se hubiera escuchado. – No olvides a tu amigo- le señaló el estante.

- Yes, ma’am- rio Yulia, tomando el vibrador en su mano, pues, si había que lavarlo y tenían que ducharse ellas, ¿por qué no matar dos pájaros de un tiro? - ¡Lena!- rio, que Lena le había arrojado la toalla a la cabeza. Pero no sabía por qué eso le sacaba las carcajadas.

- ¡Yulia!- la remedó mientras se secaba la espalda.

- ¿Sabes?- se acercó a ella, colocando la toalla y el vibrador en el mueble de los lavamanos. – Yo creo que no es necesario- colocó su mano sobre las suyas y detuvo la toalla, que la tomó con la otra mano para luego tomar a Lena de la cintura.

- ¿No es necesario?- susurró con una sonrisa, viendo a Yulia arrojar la toalla contra la pared para que, si tenía suerte, aterrizara sobre los ganchos. Tenía suerte pero no puntería. – Mmm…- entrecerró sus ojos y la volvió a abrazar por el cuello con sus muñecas. - ¿En qué piensas?

- No lo sé- la tomó por los muslos hasta cargarla, que Lena abrazó su cadera con sus piernas mientras Yulia se abría camino hacia la cama.

- Me arriesgaría a decir que definitivamente no estás pensando en ponerme alguna película de mal gusto- rio nasalmente, alcanzando a apagar la luz del baño con su pie.

- Yo jamás te he puesto una película de mal gusto- frunció su ceño con ridiculización.

- No, nunca- rio. – Sólo vas desde "Van Helsing" hasta "Batman & Robin", desde "The Happening" hasta "Catwoman"

- Vamos, Lenis- sonrió, recostándola sobre la cama y dejándose ir sobre ella. – Hollywood también se equivoca- guiñó su ojo. – Y yo sólo me rio de sus… misfortunes

- Con gouda panini que puedes sumergir en salsa marinara

- Yo no fui hecha para esas películas raras y elevadas de "Life of Pi", o para llorar a moco tendido con alguna película como "Marley & Me"

- Ah, pero sí te he visto llorar- rio Lena. – Y como a nadie había visto llorar antes

- El "Lorax" y "Wall-E" son la excepción- dijo con su mirada de potencial pero imposible resentimiento.

- Y "Toy Story", y "Schindler’s List", y "The Help"… y la última escena de "The Curious Case of Benjamin Button"- rio.

- ¿Y sabes qué es lo mejor de todo?

- Tú dirás- se irguió, haciendo que Yulia se irguiera con ella también, pues sólo quería acostarla sobre las almohadas, quería enrollarse entre su brazo y su costado para acostarse sobre su pecho.

- Tú lloras conmigo y terminamos ahogando las penas en Ben & Jerry’s- rio.

- Muy cierto- sonrió, observando a Yulia quitarse sus perlas de sus lóbulos.

- ¿Y esto?- sonrió, tomando aquel paquete que Lena había colocado antes de los gemidos y de la ducha.

- No sé- suspiró Lena, enterrándose entre sus hombros al mismo tiempo que decidía colocarse entre sus piernas para recostar su cabeza sobre su abdomen. Una almohada así a quién no le gustaba. – Lee la tarjeta

- Porque ultimamente he estado anhelando más- leyó en voz alta la que Yulia creía que era la caligrafía más ordenada y legible de todo el Estudio, pues no era la natural al ser esa la rusa. – L.

- Y me acabo de dar cuenta de que es Valentine’s- frunció su ceño, como si no fuera su intención, porque no lo era.

- ¿Es para mí?- sostuvo el paquete sobre la punta de sus dedos.

- Y supongo que se me olvidó escribirle que era para ti- rio.

- Entonces sí es para mí- levantó su ceja derecha con una sonrisa curiosa.

- Es correcto- le dio un beso en su abdomen y, colocando sus manos sobre él, reposó su mentón sobre ellas.

- ¿Puedo abrirlo?

- Es tuyo, puedes abrirlo cuando quieras- se extrañó ante la pregunta.

- ¿Estás segura que es mío?- frunció su ceño.

- Como que me llamo "Lena"

- Mmm…- frunció su ceño todavía más.

- ¿Qué pasa?

- Aparte de que no esperaba un regalo…- entrecerró sus ojos mientras recorría el listón azul marino con sus dedos y sentía las angostas canaletas por la longitud de una pulgada. – Se ve extremadamente elaborado- desvió su mirada hacia la de Lena.

- Claro que lo es, significó mis dedos hacértelo, así que disfrútalo- rio.

- Ah, ¿esta es la licuadora de dedos?- preguntó sin mucho interés aparente, pues estaba más concentrada en la forma en la que el listón se convertía en una laza de perfectas proporciones en los aros. Lena asintió. – Déjame preguntarte una cosa- agitó el paquete para saber si era una especie de piezas o lo que sea que hubiera dentro, pero nada se movió y nada ocasionó ningún ruido. – En escala del uno al diez, ¿qué tanta mano tuya hay envuelta en este papel?

- ¿Del uno al diez?- resopló, y Yulia asintió mientras sacaba el listón del camino para poder apreciar el papel, que no era un simple papel que se le había ocurrido comprar en Papyrus, o que había decidido sacar de alguna papelería extraviada en Brooklyn, o en Jersey que sólo ella conocía. – Armadura medieval, de herrero, a la medida

- ¿Tanta?- se sorprendió. Ella sólo asintió. - ¿El papel?

- El noventa por ciento lo hice yo; yo lo diseñé, lo corté, lo moldeé, lo pulí, lo armé, lo volví a pulir, lo desarmé y armé para cerciorarme que funcionara, lo guardé, hice el papel, y lo envolví- sonrió. – Lo único que no hice fue el listón, ni algunas de las cosas que hay adentro- Yulia sólo frunció su ceño y buscó el borde del papel; blanco con pequeños pétalos azules, probablemente hydrangea, y era artesanal a un nivel de grosor fino que ni Yulia en su mejor intento de hacer papel artesanal pudo lograr, los bordes eran perfectos y la superficie era como un anticonceptivo: noventa y nueve punto nueve-nueve por ciento seguro, pero, en este caso, era uniforme y sin grumos, sin imperfecciones. Y, por si fuera poco, no tenía ese olor que tanto caracterizaba al papel reciclado, o artesanal, pues tenía ese olor a vainilla y durazno, como si Lena había logrado capturar la esencia del té matutino de Yulia y de manera transparente. Ah, viva la química. – Realmente espero que lo disfrutes…

- Estoy segura de que lo disfrutaré- sonrió.

- Y, bueno… espero que no te frustres- resopló, y decidió dejar de verla para evitarse el contacto visual por su comentario.

- ¿Por qué me frustraría?- resopló, pudiendo ya sentir algo como un maldito cubo rubik, que no era que le estresaran o que no pudiera resolverlos, aunque quizás no podía resolverlos si no era por que sabía los algoritmos de memoria.

- Sólo digo- rio nasalmente contra su abdomen y se dedicó a darle besos que, quizás, podían implicar uno "rápido" que no era por corta duración sino por rápida planeación.

- ¿Es venganza por algo?- resopló, sintiendo cosquillas por los besos y los mordiscos que Lena le daba.

- La venganza es una palabra fuerte- rio. – Tal vez...para vengarse- sonrió para ella y guiñó su ojo, sólo para ver que Yulia ya depositaba la caja de madera en su mano al haber quitado el papel con el cuidado de no romperlo.

- Es un… - dijo como si estuviera decepcionada, como si esperara algo más. – Es un cubo- frunció su ceño, que le daba vueltas para apreciar las seis caras de la figura. - ¿Qué se supone que voy a hacer con un cubo de madera?

- Detener un plano cuando lo desenrollas- murmuró con una sonrisa extraña, pero Yulia le lanzó la mirada de "¿en serio?", y no le quedó más remedio que quemarse un poco. – Esa caja la hice yo, para ti

- Ah, no es un cubo, es una caja- sonrió un poco más complacida.

- Bueno, es un cubo que es una caja- rio.

- ¿Y cómo abres esta caja?- frunció su ceño, que tuvo que encender la luz de su lámpara para notar que no había forma aparente de abrirla como una caja convencional. Lena permaneció en silencio, sólo quería saber si había hecho un buen trabajo… o uno excelente. – No se puede abrir- levantó sus cejas y frunció sus labios, que le buscaba bordes que pudiera levantar.

- Sí se puede abrir, yo la abrí y la cerré diecisiete veces para cerciorarme de que se podía abrir y cerrar- resopló, irguiéndose para recoger las sábanas, pues el frío ya le estaba empezando a penetrar la piel, y no habían sido diecisiete veces sino siete, aunque diecisiete era sólo una pista subliminal que implicaba el número de pasos que se requerían para abrir la caja. – Es de nogal

- Puedo ver eso- murmuró, todavía intentando descifrar cómo abrir la caja.

- Y abrirla con un martillo… te juro que me enojo de por vida, Yulia- le advirtió al ver esa mirada de solución inmediata. – Yo no licué mis dedos para que los aplastaras con un martillo luego

- ¿Y cómo se supone que voy a abrirla si no tiene tapadera?- preguntó con esa mirada que imploraba un rescate.

- Sí tiene

- ¿En dónde?- le mostró el cubo, quizás le ayudaría. Pero no.

- Vamos, Yul… si te digo por dónde comenzar… mejor te la abro de una vez- sonrió, halando las sábanas y enrollándose contra el costado derecho de Yulia.

- Dame una pista, al menos- la abrazó con su brazo para que Lena pudiera recostar su cabeza sobre su pecho y la pudiera abrazar a ella. – Sólo una

- No es un cubo rubik- sonrió, sabiendo que no era esa la pista que Yulia quería, es más, ni sabía que esa podía ser pista.

- ¡Ajá!- rio, asustando a Lena, pues ella habría esperado que le tomara más tiempo descifrar el mecanismo de la caja.

- Holy shit…- gruñó Lena. – No me digas que ya sabes cómo abrirla

- No- rio, y Lena respiró de alivio. – ¡Veo unas líneas!- susurró emocionada, como si hubiera redescubierto América.

- Sí, mi amor, las líneas son importantes- resopló, deshaciéndose el moño para poder estar más cómoda.

- ¿Hay algo adentro?- la volvió a agitar, que Lena se ahogó, pues no sabía si lo que había adentro se saldría de donde estaba.

- No lo sé- sonrió, volviendo a abrazarla, aunque el abrazo le duró poco, pues su mano iba de aquí hacia allá con suavidad, repasando las gotas restantes que quedaban de la negligencia de secarse. - ¿Tú qué crees?

- No lo sé- levantó su ceja derecha y desvió su mirada de la caja hacia la mano de Lena que tomaba su seno izquierdo. Estrategia distractora. – Por eso pregunto

- ¿Te gustaría que hubiera algo adentro?- lo apretujó un poco, y la estrategia era porque ya temía por el tiempo que sabía que le tomaría a Yulia descifrarlo todo; no llegaría ni al domingo por la noche cuando esa caja ya estaría abierta. – Cambiemos la pregunta, mejor. ¿Qué te gustaría que hubiera adentro?

- Unas de tus tangas ya gastadas- sonrió pícaramente.

- Uno sólo puede esperar que, que lo que hay dentro, es mucho mejor que un-tanga ya desgastado- guiñó su ojo con una sonrisa y soltó su seno para simplemente abrazarla.

Y fue como darle un juguete nuevo a un niño, un juguete que no conocía pero que quería conocer. Exactamente el objetivo de Lena, quien se durmió y dejó a Yulia analizando la caja. Si no se podía abrir con martillo, ni tenía tapadera evidente, si no era un cubo rubik y tenía líneas de finas incisiones o separaciones, ¿cómo carajos se abría la caja?
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 24, 2015 1:51 am

- Phillip, ¿por qué no le ayudas a tu mamá con el equipaje?- sonrió, acariciándole la mejilla mientras esperaban que las puertas del ascensor se abrieran.

- ¿De verdad no hay ningún problema con que me quede?- preguntó Katherine, pues no se tragaba la amabilidad de Natasha. Y no debía.

- Mi casa, su casa- sonrió Natasha, saliendo del ascensor.

- Gracias- dijo secamente, viendo a Phillip tomar su equipaje mientras Natasha se alejaba un par de pasos más para adquirir distancia entre ellas dos. – Gracias por la cena, estuvo muy rico

- ¿Ya te duermes?- murmuró Phillip.

- Sí, tuve un día ajetreado- acarició su brazo.

- Buenas noches, Katherine- sonrió Natasha, manteniendo la distancia, que relevó el abrazo, o el beso, con una cabeza baja que implicaba reverencia pero distante. Katherine respondió su reverencia y observó cómo Natasha desaparecía por el pasillo.

- ¿Todo bien entre Natasha y tú?- le preguntó mientras se acercaban a la habitación de huéspedes.

- Sí, todo bien- sonrió, abriendo la puerta y encendiendo la luz para que viera otra de las creaciones de Yulia. Quizás Katherine tenía que considerar remodelar, o reambientar su casa, aunque era raro el diseñador de interiores que se encargara de esculpir todo en hielo. - ¿Por qué?

- Estuvo muy callada durante la cena

- A veces es de pocas palabras- dijo nada más. – Aquí hay toallas y, lo que sea que necesites, pídeselo a Natasha o a Agnieszka, ¿de acuerdo?

- Tú también estás de pocas palabras, ése no eres tú

- Mamá, no tuve un buen día. Lo único que quiero hacer es ir a dormirme… hablaremos mañana- y entonces lo invadió la pesadez de la sensación de tener que despertarse a una hora mortal, o al menos que tenía que levantarse, y no podía quedarse en la cama con Natasha. A eso tenía que agregarle la noticia de las vacaciones, y la ausencia de Yulia en su vida por el fin de semana; pues Yulia ya había avisado con demasiada anticipación que ese fin de semana lo pasaría sólo con Lena, y por eso ni desayuno, ni brunch, ni nada. - ¿Tienes todo lo que necesitas?

- Hablaremos mañana, ¿cierto?

- Sí- se acercó a ella y, sin la fuerza para negárselo, la abrazó y le dio un beso en su cabeza. Después de todo era su mamá. – Buenas noches- dijo un poco incómodo, pues no sabía si era correcto ir a la guerra sin saber a qué se estaba metiendo, si era correcto perdonar una ofensa de la mujer que le dio la vida, una ofensa que no tenía una disculpa de por medio.

- Buenas noches, Phillip- murmuró, encontrándose sola en la habitación en la que ahora Phillip la encerraba porque tenía mejores cosas que hacer que soportarla, y sólo supo caer de golpe sobre la cama.

- ¿Nate?- preguntó al aire oscuro de su habitación. Ni una luz encendida, al menos no del interior de esta, y sólo se le ocurrió ver hacia la terraza, en donde la vio sentada, que sólo se acordó de cuando solía dormir en el apartamento de Kips Bay y salía a fumar un cigarrillo. – Aquí estás…- sonrió al abrir la puerta. Natasha sólo lo volvió a ver con una minúscula sonrisa y asintió. – Está haciendo frío, vamos adentro, ¿sí?- le tendió la mano, que Natasha se la tomó y, en cuanto estuvo dentro de la habitación, Phillip la cargó entre sus brazos con buenas intenciones.

- Bájame, por favor- murmuró en tono más molesto que neutral, y Phillip obedeció. - ¿Tú de verdad no sabías que tu mamá iba a venir?

- Tú sabes que no contesto llamadas de teléfono que no conozco- sonrió, acariciándole la mejilla mientras ella se quitaba su abrigo.

- ¿Y las mías?- ladeó su cabeza con esa mirada de "entonces soy desconocida".

- Lo siento, mi amor. Tenía el teléfono en silencio desde una reunión y no me di cuenta

- Esta bien- sonrió, que le ahuecó rápidamente la mejilla y se retiró de su vista hacia el clóset. Phillip frunció su ceño, ¿en dónde estaba la pelea que tanto había anticipado?

- De verdad lo siento- repitió, no sabiendo exactamente qué esperar.

- Lo sé, y no te preocupes… ya pasó- repuso de espaldas a él mientras se quitaba los aretes y los colocaba sobre su mesa de noche.

- Hey…- susurró preocupado y le tocó el hombro, que sintió un minúsculo y fugaz rechazo porque Natasha apartó su hombro pero se dejó tocar. - ¿Qué te dijo?

- Nada en especial- dijo en el mismo tono de voz.

- Nate, ¿qué te dijo?

- Nada, Phillip. No me dijo nada- se volvió a él con una sonrisa.

- Natasha- ladró suavemente. – El hecho de que no hable mujer no significa que no tenga una vida entera de conocerte

- ¿Y eso qué tiene que ver?- resopló como si de verdad le diera risa, pero era sólo para evadir lo inevitable.

- Que sé cuándo tienes cara de arsénico- y Natasha sólo cayó sentada sobre la cama, que Phillip se agachó frente a ella y esperó a que le dijera algo; un gesto, una palabra, lo que fuera. Pero, en vez de eso, obtuvo dos manos al rostro y un suspiro de dolor emocional. – No puedo ayudarte si no me dices qué te dijo, no puedo defenderte si no me dices qué hizo

- Cuando vine de cortarme el cabello tu mamá ya estaba aquí, y no estaba como toda persona normal, no estaba en la sala de estar… - Phillip ahogó un gruñido, pues ya sabía en dónde había estado.

- ¿Por qué no te dijo nada Agnieszka que aquí estaba?

- Porque le dijo que la estábamos esperando, que no nos molestara ni nada- dejó caer sus brazos cruzados sobre su regazo al sentir que Phillip le quitaba los Stilettos. – Y ese no es el punto, a la larga eso no me importa, supongo que así como mi mamá invade tu casa, así puede tu mamá invadir la mía

- ¿Qué fue lo que realmente te molestó?

- Me comenzó a decir que había leído en no-me-acuerdo-dónde que un aborto natural era normal, que una de seis mujeres lo tenían. Luego me comenzó a bombardear con preguntas de si estaba yendo regularmente al ginecólogo, que si estábamos intentando lo suficiente, que si estábamos intentando al menos… que si habíamos pensado en otras opciones; adopción, sustituta, in vitro- Phillip frunció su ceño, pero eso no era lo peor. – Y ella siguió hablando y hablando, y hablando… y, de la nada, me está diciendo que, con el perdón que le debo y que necesita, ella no cree que, dentro de todo, traer a su nieto entre mis amistades sea lo más adecuado, que si era por eso que no habíamos intentado de nuevo, que si era porque mis amistades serían una mala influencia en su nieto. Ah, porque quiere nieto y no nieta; dice que las mujeres, en la sociedad de hoy, están condenadas al fracaso

- ¿Qué?- dijo con mirada de confusión total.

- Su problema, aparte de que soy incapaz de compartirme con un cigoto, es que mi mejor amiga es lesbiana…- sólo señaló a la mesa de noche de Phillip y había un archivo. – Y que sigue estancada en los cincuentas y sesentas

- ¿Es eso lo que creo que es?- Natasha sólo asintió. – Tú sí sabes que no voy a firmar esos papeles, ¿verdad?

- No importa si los firmas o no, yo no los voy a firmar; eso desde ya te lo digo- Phillip tomó el archivo en sus manos, lo abrió, hojeó el documento y lo volvió a cerrar con una risa nasal de indignación. – Prefiero firmarte el divorcio y vivir en unión libre para siempre… porque, digo, todo el problema es que me casé con su bebé

- Yo no soy su bebé- rio, y partió el archivo en dos partes desiguales que arrojó por sobre su hombro con cierto regocijo. – Si lo fuera…- sacudió su cabeza y se volvió a sentar a su lado. – Apuesto a que no me gustaría- sonrió, acariciándole el cabello con suavidad.

- Sólo estoy un poco indignada, seguramente en dos semanas me va a dar risa… y, cuando le cuente a Yulia, seguramente me voy a partir en mil de las carcajadas que me van a dar. Solo duele…

- Lo siento, ¿qué puedo hacer para hacerte sentir mejor?- ella sólo se subió a su regazo y se enrolló sobre él mientras él le acariciaba la espalda y el cabello. – Debo decir que te ves… sin palabras- la halagó por cuarta vez en la noche.

- Creí que habíamos acordado que nada de regalos- murmuró Natasha, que le aflojaba el nudo de la corbata y le desabotonaba la camisa.

- Y lo cumplí, ¿o no?- resopló, rozando su nariz contra su mejilla.

- Entonces, ¿los Tiffany eran para tu mamá?- rio nasalmente.

- Ah- suspiró. – Quise que fueran Winston pero no encontré unos que me gustaran tanto como esos

- ¿Qué quieres comprarme?

- Tengo malas noticias- cerró sus ojos, así como Yulia, que esperaba una bofetada de alguna índole.

- ¿Más?- rio. – Imposible- Phillip permaneció en silencio. - ¿Qué pasó?

- Springbreak- murmuró.

- Fuck…- rio. – Asumo que es algo bueno que no habíamos pagado todo

- Te lo voy a compensar, lo prometo

- Hermoso, no lo digo por mí- rio. – Yo vivo en vacación eterna, el que necesita vacaciones eres tú

- ¿De verdad me veo tan tenso?

- No tanto, pues, al menos no antes de que vieras a tu mamá- rio nasalmente.

- Mmm…- frunció su ceño. - ¿Qué te parece si te invito a un Martini?

- Tendría que ver cuándo tengo tiempo en mi ajetreada agenda- sonrió. – Tal vez mañana- le dio un beso en su mejilla.

- Qué rico- sonrió ante el beso.

- ¿Otro?- él asintió y recibió otro. - ¿Otro?

- ¿Tú no quieres uno?

- Estoy siempre para los abrazos y besos, guapo- guiñó su ojo. Ya, ya era una Natasha más normal. - ¿Me das uno?

- ¿Sólo uno?- entristeció su rostro.

- Oh, hermoso- susurró y le dio un beso en sus labios, un beso que probablemente estaba destinado a ser inocente y sonriente pero que se volvió sinónimo de la palabra "perdición".

Y después de tanto tiempo, de meses que parecieron vidas que parecieron eternidades, una tras la otra, con la presencia de Katherine a sólo dos habitaciones de por medio y a puertas abiertas porque, después de todo, era su casa y su hogar, sí, después de tanto tiempo, Natasha cayó sobre Phillip y no como todas las noches, que recostaba su cabeza sobre su pecho y lo abrazaba por el cuello mientras escabullía sus piernas entre las suyas. No, hoy le cayó encima, literalmente, pecho sobre pecho, piernas entrelazadas, que literalmente lo detenía contra la cama. Y Phillip que no protestaba, no, él era un Santo de su propia devoción en ese momento, pues pensaba y esperaba que, ojalá sucediera algo. ¿Necesitaría Natasha enojarse tanto como para "aflojarse" un poco? Él no sabía, y yo tampoco, pero él no haría nada, absolutamente nada, para detener el momento o para influenciarlo ni en lo más mínimo. Bueno, había cosas que no podía evitar, pero sólo podía esperar que no fuera sólo un beso de "buenas noches" que había sido dado antes de tiempo y por el doble, triple, cuádruple de tiempo y con algo que él llamó alguna vez "hambre". Y quizás le gustó esperar que no lo fueran a dejar, otra vez, con algo inconcluso; algo que no reprochaba pero que tampoco le hacía precisamente cosquillas para que riera.

Natasha dejó de besarlo, frenó la continuidad del beso al suspirar con su labio inferior entre sus dientes y mantuvo cerrados sus ojos. Quiso decirle algo, algo como "tengo demasiadas ganas", pero eso sonaba demasiado desesperado, o quizás algo como "let us fuck", pero eso sonaba demasiado crudo e impersonal y con déficit de suavidad romántica, o quizás le quiso decir la verdad; algo que implicaba sus ganas hérmeticamente comprimidas por tantos meses de abstinencia y pánico por paranoia, algo que implicaba el pánico mismo, la vergüenza por sus repentinas inseguridades sexuales porque corporales no tenía, y la impotencia. Tampoco sabía cómo pedirle que le tuviera paciencia, más en ese momento porque se estaba rebalsando de ganas y de miedo de manera simultánea, tampoco sabía cómo sabía que tenía ganas, tampoco sabía por qué, y todo lo resumió en que una mujer también tiene necesidades, a veces extremas necesidades. Ah, y, por si fuera poco, como que, de tanto tiempo sin estar al tanto de su propia sexualidad, se había "oxidado", por así decirlo; no se acordaba qué seguía; si el control le pertenecía a él o a ella. Pero no era que no se acordaba, era un simple ataque de ansiedad, en términos coloquiales y malinterpretados. Él se quedó estático, o parcialmente estático, pues no le arrebató ningún beso, sólo observó lo que probablemente pasaba por su cabeza mientras acariciaba su espalda y peinaba uno que otro cabello rebelde, que se había salido del moño, tras su oreja. ¿Qué vio? Nunca estuvo más en lo correcto que esa vez, pues no pudo descifrar qué era esa nube difusa de contaminación mental, algo que ni la dueña de dicha contaminación podía lograr categorizar.

- Mmm…- suspiró con pesadez, que se irguió y Phillip, en su atracción magnética, la siguió hasta erguirse con ella. - ¿Me ayudas con la cremallera?- susurró, manteniendo sus ojos cerrados y su respiración continua y profunda para relajarse.

Phillip llevó sus manos a su cadera, ella sintió el calor que la recorría suave y a paso milimétrico hacia la cintura para luego desviarse hacia su espalda. En cuanto tomó la cremallera entre su dedo índice y su pulgar izquierdo, Natasha apuñó el poco cabello negro que tenía él en su cabeza después de que lo había dejado con dos milímetros el primer día del mes del presente año. Phillip no gruñó aunque debía aceptar que dolía, pero nunca lo había tratado de esa manera, y no era del tipo de tirarlo del cabello para provocarlo, era de nervios, de simple y pura reacción nerviosa. La bajó lentamente y notó cómo recuperaba su cabello al no abusar de la piel que había abusado cuando la había subido hacía unas horas. De repente, Phillip se volvió a sentir en aquel momento en el que una mujer se había desvestido frente a él por primera vez, con ese pudor, con esa vergüenza, que se retiraba una manga para luego retirarse la otra mientras sus ojos permanecían cerrados y se cubría sus senos con sus manos como si se hubiera arrepentido de la intimidad del momento. Y se sintió igual que la primera vez que él había visto a una mujer desnudarse frente a él, como en un parque de diversiones, como en una confitería, como fucking Charlie at the Chocolate Factory.

- Hey…- susurró Phillip, ahuecándole la mejilla derecha y sonriéndole conmovedoramente. – Don’t beat yourself up- susurró de nuevo, haciendo que Natasha abriera los ojos.

- ¿No quieres?- preguntó en esa pequeñísima voz.

No respondió, pues no era decisión suya si iba a suceder o no, era decisión de ella y de nadie más. Él sólo la abrazó, dejando que su sien reposara sobre su hombro, y no le importó nada porque no lograba ponerse en sus zapatos, por eso no podía enojarse, porque su ignorancia, que no era falta de empatía, no lo dejaba.

- Vamos- sonrió, poniéndose de pie con Natasha alrededor de su cintura.

- ¿A dónde?

- A… no sé, ¿a dónde quieres ir?

- ¿Es en serio?

- Cien por ciento… ¿a dónde quieres ir?

- No quiero ir a ningún lugar- frunció su ceño. – Sólo quiero meterme en la cama, supongo- suspiró con un poco de frustración

- Entonces nos vamos a meter en la cama- sonrió, recostándola sobre la cama para luego alejarse e ir al clóset.

- No estoy entendiendo- murmuró, irguiéndose y volviéndose a Phillip, que sacaba algo de las gavetas de las pijamas de Natasha y luego se metía al baño para luego regresar con algodones y una botella en su mano. – De verdad que no te estoy entendiendo- lo siguió con la mirada, todavía con sus brazos cruzados sobre su pecho para cubrirse las evidencias de su feminidad.

- No hay mucho que entender- sonrió, arrojando la botella y los algodones sobre la cama para luego enrollar la seda y deslizársela a Natasha sobre la cabeza. – De pie- murmuró, y, dejando que la seda la cubriera hasta medio muslo, sacó el vestido por debajo de ella. – Step- y Natasha se salió de él al verlo en el suelo. – Sit- sonrió, agitando la botella, que ya los líquidos celestes se mezclaban de manera uniforme. – Cierra los ojos- y obedeció. Nunca había desmaquillado a una mujer, nunca había desmaquillado a nadie, pero sabía la teoría por ver, noche tras noche, cómo su esposa desmaquillaba sus ojos frente al espejo, y la fuerza aplicada era calculable; primero el párpado inferior, luego el superior, siempre en la misma dirección, luego las pestañas hacia abajo y hacia afuera. – Ya…- susurró al terminar su ojo izquierdo. – Hola- sonrió al ver sus ojos, y Natasha sólo se sonrojó.

- Sabes… de verdad no estoy enojada por lo de las vacaciones- susurró, observando a Phillip colocar la botella en una repisa y los algodones sucios en el basurero.

- Lo sé- sonrió, quitándose su abrigo y su saco al mismo tiempo. - ¿Cuántas horas te he visto esta semana?- murmuró, sentándose a su lado para quitarse los zapatos luego de haber arrojado su saco y su abrigo sobre el respaldo de una de las sillas. – No, ¿cuántas horas he podido estar contigo esta semana? Y, con "estar", me refiero a una conversación que no sea sobre cómo me fue en el trabajo, o sobre qué se yo- se hundió entre sus hombros mientras colocaba sus zapatos, uno junto al otro, al lado de la esquina de la cama. – Me has faltado- Natasha ensanchó la mirada, pues tenía demasiado tiempo de no escuchar aquello. – Supongo que te he estado dando por sentada… y lo siento- suspiró, tomándole la mano.

- No entiendo- dijo con tono escéptico.

- Creo que no he estado muy al pendiente de ti- ladeó su cabeza. – Creo que, en las últimas semanas, todo ha sido trabajo, trabajo, y más trabajo y no te he dejado hablar… al menos, de lo que hablamos cuando nos vemos, es de mi trabajo, y de que te cuente qué estoy haciendo, y de que me desahogue de Whittaker y Bowen- suspiró, perdiendo su mano ante la de Natasha, pues ella ya le desanudaba la corbata y le desabotonaba el resto de su camisa, y él se dejaba.

- Mi vida, últimamente, no es tan interesante como la tuya, Phillip. Mi vida se ha resumido a mis sesiones de gimnasio con Thomas, a desayunar con mi mamá para ver su columna impresa, a mi mamá y a sus amigas; con esos desayunos o almuerzos que siento que dejo años gloriosos de mi vida entre las mimosas y las risas de gente opulenta, a planear la boda de Yulia de principio a fin, y luego estás tú: te veo despertar cuando todavía está oscuro, te veo entrar y salir a la habitación, te veo entrar al baño y salir ya listo para trabajar, recibo mi beso en la frente, una sonrisa, una caricia en la cabeza o en la mejilla, y veo que te vas, luego no vuelvo a verte hasta que vienes a la hora de la cena. No contestas mis llamadas, que ya sé que estuviste en una reunión y se te olvidó quitarle el silencio, estoy aquí con tu mamá, que me da una cátedra de alternativas para darle un nieto, porque nietas no quiere, y luego que no quiere que ni su nieta sea tocada por las manos de Yulia. ¿Sabes lo increíblemente difícil que es no ahorcar a alguien que te dice que tu mejor amiga es como una enfermedad? Digo, peor aún luego de que me dijo que tenía un claro desperfecto por mis años de locura y promiscuidad en la universidad, porque eso es lo que se hace en una Sorority en Brown, ¿sabes? No sólo soy puta, porque una vez prostituta,siempre prostituta, sino que también estoy contaminada, por tantos hombres, que ningún cigoto va a querer convertirse en embrión adentro de mí, y, por si fuera poco, mi mejor amiga es el Anticristo. ¿Cómo estoy?- resopló ya histérica, y Phillip que sonreía como imbécil porque eso quería que sucediera, que se desahogara. – Te lo diré así como me lo dijo tu mamá- sonrió. – Sin ofender, me importa solo una mierda sobre tu mamá y lo que piense ella de mí, de mis amigas, o de nosotros- y suspiró en completo desahogo.

- ¿Más tranquila?- sonrió, tomándola nuevamente de la mano.

- Bastante- se sonrojó.

- Gracias por decirme lo que te dijo con exactitud- se acercó a su sien y le dio un beso.

- Es sólo que no quiero que mañana vayas y le reclames por lo que me dijo, quedaré como la gran pelele que se quejó contigo y que necesita que la defiendan

- No te defiendo porque creo que seas débil, te defiendo porque te mereces respeto- frunció su ceño. – Y lo hago por mí también, porque detesto ver que alguien puede llegar a lastimarte tanto con dos o tres palabras, algo que no hace casi nadie y que mi mamá es de las excepciones; eso me molesta, y me molesta por ella, porque no puede entender que no hay nada que pueda hacer para que yo me ponga de su lado y te trate como ella quiere que te trate, como que se le olvida que tus amigos son mis amigos y que, ante todo y sobre todo, vas primero… porque mi mamá no va a ser quién me consuele si me toca firmar el divorcio, porque mi mamá no va a ser lo primero y lo último que vea en el día, Dios me libre si es ella lo primero y lo último que veo en el día- sacudió su cabeza. – Mi mamá es mi mamá, y cualquiera puede criticarme por no darle el lugar de Santidad que se merece, porque ni es Santa ni parió a un Santo. Nunca va a dejar de ser mi mamá, pero mamá de parto, porque mamá de lazo maternal…- volvió a sacudir la cabeza. - ¿Qué mamá no intenta convencer a su hijo de catorce años de irse con ella a otra ciudad? ¿Qué mamá deja a su hijo de catorce años con un chofer, una cocinera y una Nana? Ella no estuvo ahí para muchas cosas, cosas hasta para las que tu mamá sí ha estado, ¿cómo va a ser eso posible? Si ella no estuvo ahí para cuando me gradué del colegio, de la universidad, si ni siquiera me llamó para felicitarme por conseguir un trabajo de asistente en Watch, ni para cuando me convertí en associate, ni cuando me convertí en partner, ni cuando me convertí en senior partner… si nunca me ha felicitado para mi cumpleaños pero se ha encargado de celebrarme a lo grande como si fuera una fiesta de cumpleaños de Preschool, si no me felicitó cuando me comprometí contigo, ni cuando me casé contigo, ni cuando…- sólo suspiró y suprimió el tema. – Ella no ha estado como mi mamá, el poder que quiere tener no lo tiene, y no se lo voy a dar, mucho menos si anda por mi vida, y por la tuya, ofendiéndote o poniéndote condiciones, mucho menos poniéndole condiciones a alguien que está más presente que ella en mi familia

- No… no sé qué decir- balbuceó.

- Sólo dime que estás más tranquila y que no le vas a hacer caso a mi mamá

- Lo prometo- sonrió.

- Así me gusta- se puso de pie y se quitó la camisa y el pantalón sólo para arrojarlos al respaldo de la silla.

- ¿A dónde vas?- lo detuvo antes de que fuera hacia el baño.

- A lavarme los dientes- resopló.

- No, no. Ven aquí- lo haló de la mano. – Creí que íbamos a ir a la cama… íbamos, plural de tú y yo

- Toda la razón- la haló de la mano y la trajo hacia él para él poder retirar las sábanas. - ¿De verdad te sientes mejor?- le hizo un espacio entre su costado y su brazo, que Natasha, muy complacida y muy sonriente, se acostó a su lado, apoyando su cabeza de su mano que tenía soporte del codo sobre la cama. Ella asintió. – Sabes… hoy, entre que estaba viendo cómo sobrevivía la noticia de las vacaciones fallidas… no sé, me puse a pensar en qué podríamos hacer después de que termine de hacer lo que tengo que hacer, o en los fines de semana que tengo el otro mes, o después, no sé

- ¿Y a qué conclusión llegaste?

- Bueno, sé que no puedo traer el mediterráneo al atlántico y que no puedo llevarte a Brasil- frunció su ceño, pero relajó su rostro al ver que Natasha apoyaba su mejilla sobre su pecho y se acomodaba en posición fetal, para verlo a los ojos, por falta de espacio entre Phillip y la orilla de la cama. – Y me puse a pensar en que no tenía exactamente a dónde llevarte impromptu

- ¿Entonces…?

- Hamptons, ¿no te parece?

- ¿Y convivir con mi familia?- rio. – Yo sé que yo no quiero

- Pensaba más en… no sé, tu tío fue un hombre muy generoso- sonrió.

- Ah…- resopló. - ¿Qué pasa con ese terreno?

- De nada nos sirve tenerlo si sólo hay césped, ¿o sí?

- ¿De qué estás hablando?

- ¿No crees que una casa se vería bien en un terreno como ese?- levantó sus cejas y acarició la mejilla de Natasha con su mano. – No necesitamos un castillo, así como parecen ser todas las casas allí, simplemente digo que podemos tener, por lo menos, un baño, una cocina, y una cama… y una piscina

- ¿Y esto sólo se te ocurrió?

- ¡Pop!- rio. – Sólo se me ocurrió

- Creo que es una inversión bastante grande- suspiró. – Pero también creo que, si es algo que tú quieres hacer, no veo por qué no… aunque la casa de mis papás siempre está a nuestra disposición, eso lo sabes- se volvió a su pecho y le dio un beso. – Lo mejor de ser nosotros es que no necesitamos de una casa en la playa, mucho menos en los Hamptons- sonrió, y volvió a besar su pecho. – Podemos decidir si queremos amanecer bajo cero en Siberia, si queremos amanecer en desnudos, en una hamaca y con una caipirinha en la mano en Trancoso, o si queremos tomarnos una fotografía en el Partenón al atardecer, o si queremos dormir en altamar… eso hacemos- sonrió y le volvió a dar otro beso. – Eso es porque podemos, porque queremos, y porque no tenemos la obligación de explotar lo que tenemos aquí para vacacionar

- Está bien- sonrió con sinceridad. – Y… otra cosa que se me ocurrió

- Tú dirás

- ¿Qué te parece si, de mis cincuenta horas a la semana, empiezo a trabajar sólo cuarenta?

- ¿Cómo piensas hacer eso?

- Ningún Senior Partner trabaja cuarenta horas, trabajan veinticinco o treinta y sólo para uno o dos clientes, y Whittaker y Bowen los dos trabajan para Bank of America y para el Deutsche Bank, Webb tiene sólo a NBC, y Schmidt a Apple. Yo tengo BNP, Citi, JPMorgan Chase y Wells Fargo… BNP se terminó, se lo voy a dar a tres Juniors, Citi y JP son míos, Wells Fargo se lo van a dar al sobrino de I-don’t-give-a-fuck-who que acaba de salir de la universidad.

- ¿Y te dejan hacer eso?

- Como el Estudio está bajo Trump, ese es mi comodín

- Pero el Estudio es personal

- Pero Trump no- sonrió. – Y Whittaker y Bowen dijeron que no había ningún problema siempre y cuando mantuviera las dos cuentas seguras

- Cuarenta horas…- murmuró.

- Treinta y cinco, en realidad- sonrió. – Puedo llegar a la misma hora e irme antes, pero puedo llegar después e irme a la misma hora, o puedo trabajar como imbécil tres días y no ir a trabajar el resto así como hace Whittaker. Amanecer contigo, desayunar contigo, ir a Central Park por la tarde a darle de comer a los patos, o poder ir yo a comprar ropa contigo y no pedirte que me compres algo, o poder acompañarte a reírme de lo que hablan las amigas de tu mamá- sonrió de nuevo. – O simplemente para ver una película contigo, o ir a Broadway a encontrar una obra que podamos ver veinte, treinta, cuarenta veces…

- ¿Y si regreso a trabajar?

- Regulo mi horario al tuyo, no es ningún problema. ¿Piensas volver a trabajar en cualquier momento?

- Lo pienso, sí- le dio otro beso en su pecho y subió a su rostro, que se colocó sobre él con todo su cuerpo y los abrazó por los costados. – Aunt Donna me ha preguntado si quiero hacer un par de cosas con ella

- ¿Y?

- No es en los próximos meses, sería después de Fashion Week

- Pero acaba de ser Fashion Week- frunció su ceño.

- La siguiente- resopló. – Pero no es nada seguro

- Bueno, lo veremos cuando venga- sonrió, levantando sus brazos para quitarse su reloj, pues sino se lo tenía que quitar tras la espalda de Natasha y no sabía por qué eso no le agradaba, quizás porque le causaría escalofríos.

- Mi amor…- murmuró sonrojada al moverse un poco sobre él y notar la resaca de una media erección no resuelta.

- No te preocupes- sonrió, colocando su reloj sobre la mesa de noche. Vio a Natasha a los ojos y notó una convicción extraña que la hizo erguirse con su torso sobre él, quedando a horcajadas a la altura de su cadera. - ¿Qué haces?- frunció su ceño al ver cómo jugaba indecisamente con sus dedos en lso bordes de la seda de su babydoll.

- Haciendo…- susurró, y cruzó sus brazos para tomar los bordes contrarios y, así, retirar la seda hacia afuera. – Dejando de intentar- suspiró, y llevó sus manos a su moño para deshacerlo y dejar caer su cabello por sus hombros. – Supongo- concluyó con esa pizca de duda que nunca se esfumaba por completo.

- No es necesario…- balbuceó entre un susurro, pero había partes de su cuerpo que gritaban la necesidad rezagada.

- Shhh…- cerró sus ojos, como si quisiera ser invisible en ese momento de falta de confianza y convicción en sí misma, y llevó su mano hacia el interior de la Kiki de Montparnasse.

Phillip observó la escena sin la más mínima cantidad de éxtasis, sólo observaba como si le maravillara su falta de entendimiento de qué estaba sucediendo en realidad. Sus manos se posaron, sin su control directo, sobre sus muslos y los acarició lentamente de arriba hacia abajo mientras examinaba su rostro; limpio y puro, sin maquillaje que pudiera ocultar el miedo de la mirada cerrada, su mandíbula estaba tensa. Sus clavículas estaban saltadas, su pecho no estaba coloreado de ningún rojo aparente pero si invisible, sus senos eran motivo de saber que los había extrañado de esa manera, pues no era lo mismo en la ducha, que Natasha procuraba salirse en cuando él se metía, y que las veces que la había visto desnuda, desde aquel entonces, había sido únicamente de espaldas o uno que otro nip slip del que no tenía control por las ropas nocturnas. Estaban dilatados, tanto la areola como el pezón, ambos muy suaves a simple vista. Su abdomen respiraba hacia arriba y hacia abajo con lentitud, como si cada círculo que ella trazaba sobre su clítoris era una exhalación o una inhalación. Sus antebrazos estaban adheridos a sus costados, su mano izquierda se posaba abierta sobre su abdomen, como si abrazara su cintura, y su mano derecha se movía dentro de las capas de encaje que ofrecían cierta transparencia.

- ¿Está todo bien?- preguntó con un poco de miedo al ver que sacaba su mano y abría sus ojos pero no se los regalaba a él.

Ella asintió y sólo introdujo su mano derecha en sus bóxers para sacudirse en un escalofrío de hombros y estiramiento de cuello al sentir la calidez y le rigidez de lo que apenas tocaba. Agradeció silenciosamente, en el fondo de su psique, a Hugo Boss por hacerlos elásticos de todo milímetro, pues dejó que aquella longitud saltara entre sus piernas pero no para rozarla contra ella, pues simplemente pareció adherirse al vientre de Phillip con ese sonido de golpe suave. Llevó su mano a su entrepierna, que Phillip creyó que lo tocaría a él, pero no, simplemente deslizó el encaje hacia un lado, lo detuvo con su mano izquierda y, tomando a Phillip con la derecha, simplemente lo lubricó con lo que recién producía en su exhaustivo intento de querer sentirse capaz, poderosa, mujer, de sentirse nuevamente lo que apenas hacía algunos meses había sido. Phillip no se atrevió a tocarla, sólo podía apretar los dedos de sus pies y tensar su quijada con cada frote que sentía tan extraño pero tan perfecto. No se atrevió a permitirse un gemido, o un gruñido, ni un ahogo, ni un suspiro, simplemente se proclamó en volumen mudo para no asustarla o distraerla, para no cohibirla, para no interrumpirla, pues claramente eso estaba siendo de ella y no de él, aunque él no se quejaba en lo absoluto.

No era un vaivén sensual y lujurioso, no, más bien era temeroso y tímido, como si se estuviera redescubriendo, como si intentara activar aquellos puntos en los que sabía que le gustaba y que ahora desconocía. Se irguió un poco más, más bien estiró sus muslos para obtener una mayor distancia entre ella y Phillip, y, con un suspiro que dejó que un gemido agudo y de medio dolor se le uniera, intentó introducirse la punta de Phillip. No pudo. Respiró hondo y lo volvió a intentar, pero no quería ceder, y Phillip no quería estropearlo todo con pasar sus manos más allá de sus muslos para sugerir que utilizara su dedo primero.

- Lo siento- suspiró con su voz entrecortada al darse por vencida, que dejó que su cabeza cayera en resignación hasta que su mentón se fusionó con su pecho.

- Hey…- susurró Phillip, levantando su rostro con su mano por su mejilla. Y momento de la verdad para Phillip, o se arriesgaba y se ganaba un llanto que le incomodaría por el resto de sus días, o no se arriesgaba y se ganaba un llanto que le incomodaría por el resto de sus días. La ganancia era la misma, ¿por qué no? Suspiró. – No uses eso- sonrió. – Puedes usar esto si quieres- dijo, esperando una bofetada del destino con tan sólo enseñarle su dedo índice. – Puedes hacerlo tú o puedo hacerlo yo, como quieras- dijo, por si lo anterior no hubiera sido suficiente tumba.

Natasha tomó su dedo en sus manos y, guiándolo a su entrepierna, lo sumergió con cierto pánico entre sus labios mayores y menores, haciendo que Phillip tosiera sólo para ahogar el gruñido por la inundación que había ahí. Frotó su dedo desde su vagina hasta su clítoris, lo frotó una, dos, cuatro, diez veces contra su clítoris, y luego, cuando le tuvo confianza a su dedo, lo guio a su vagina, en donde empezó a empujar con un gemido de repletitud que le acordó que le gustaba sentirse así. Lo dejó ahí adentro unos segundos y luego lo introdujo por completo, hasta donde pudiera el dedo alcanzar. Liberó la mano de Phillip, dejando su dedo estático dentro de ella y, volviendo a apoyarse con su mano izquierda de él, se recorrió lentamente con su mano derecha. Siempre con sus ojos cerrados.

- Ayúdame- abrió sus ojos para Phillip, que a él le enterneció que le pidiera ayuda, algo que nunca sucedía, mucho menos en ese ámbito.

- A lo que sea- sonrió. - ¿Qué hago?

- No sé, por eso te pido ayuda- se sonrojó.

- Lo voy a sacar, ¿de acuerdo?- le avisó, pues no quería sacarlo intempestivamente y causar algún tipo de herida o lo que sea, pues nada era imposible para él. Ella asintió y, lentamente, se fue sintiendo vacía conforme el dedo de Phillip la dejaba. - ¿Te puedo acostar?- ella volvió a asentir. Phillip se irguió, y, con delicadeza, la recostó sobre las almohadas y la acomodó hasta que se notara que estaba cómoda. - ¿Puedo?- señaló desde lo lejos su Kiki de Montparnasse mientras subía su bóxer a su cadera para no ponerle más presión de la que ya creía él que tenía ella. Con un suspiro, volvió a asentir y se sintió completamente desnuda hasta el punto de sonrojarse de sobrehumana manera, que se cubrió los ojos con su brazo para no ver, para no saber si Phillip se concentraba visualmente en su entrepierna, pues no había cerrado sus piernas, eso sería demasiado. - ¿Me vas a decir si cambias de opinión?- asintió. – Por favor, dime que me vas a decir

- Lo prometo- dijo en su pequeñita vocecita.

Se colocó parcialmente sobre ella pero sin dejar caer su peso, simplemente se apoyó de sus brazos para dejar el mínimo roce de su pecho contra el suyo, sólo para que sintiera por dónde estaba y por dónde iban sus intenciones. Le dio un beso en la frente, el beso más respetuoso que conocía, y bajó a sus labios para besarla muy, muy, muy despacio. Sin lengua, sin tirones, simplemente labios que se entrelazaban sin por qué ni para qué a pesar de que las razones y los objetivos eran tremendamente aparentes. Natasha lo tomó por la espalda alta, por los omóplatos que se le marcaban al estar apoyado de esa manera, y, en cuanto se movió hacia su cuello, reaccionó de la misma manera en la que había reaccionado con su cabello y la cremallera, sólo que ahora le clavó las uñas. A él no le importó a pesar de que aceptaba que ardía un poco. Supo que iba por buen camino porque ella estiraba su cuello para que la siguiera besando, y le estiraba el lado contrario para que lo besara. Regresó a sus labios para no presionarla, para no acorralarla ante la idea que iría directamente a sus senos, y, para ese entonces, las uñas se habían escapado un poco de su piel y se habían vuelto en caricias de palmas de manos que recorrían sus hombros y su nuca hasta terminar en su cabello pero sin apuñarlo.

Besó sus clavículas, del exterior al interior hasta llegar a su esternón, y luego bajó verticalmente, pasó por en medio de sus senos, que no fue que los omitiera o los ignorara, simplemente no quiso abusar de la confianza que le estaba regalando Natasha en ese momento, pues cuántas veces su confianza no se había derrumbado en segundos, que no era confianza en él, sino la confianza en sí misma y que le proyectaba a él. Besó su abdomen, que se salió de la línea recta que llevaba y simplemente la llenó de besos por aquí y por allá con la lentitud que llevaba para darle tiempo de aceptar, procesar, asimilar, prepararse y aceptar de nuevo. Llegó a la zona peligrosa, esa que siempre se marcaba por el elástico superior de cualquier tipo de ropa interior inferior, y le dieron el visto bueno al no sólo abrir más sus piernas para él, sino también al recogerlas para apoyarlas con sus pies sobre la cama. Besó el "infinito" que apenas se le veía, ese que él mismo le había dibujado ante el ocio y las risas postcoitales de celebración de compromiso privado. Intentó no sonreír ante la corta franja de vellos, pero no pudo y sonrió, y la llenó de besos porque había extrañado tenerla tan cerca. Se dejó caer sobre su abdomen sobre la cama y abrazó sus caderas por sus muslos, que, en el proceso, le tomó las manos a Natasha y entrelazó sus dedos, pues no había nada que sus manos no le dijeran; eran lo que la delataban siempre.

No fue directo a ceder a sus ganas de acordarse a qué sabía su esposa, sino que se desvió por el interior de sus muslos, iba y venía como quería pero se aguantaba los mordiscos, que en otro momento le habrían sacado una risa por cosquillas, o quizás un gruñido que no era capaz de sacar en ese momento. Y, justo cuando estuvo frente a frente con lo que estaba evidentemente coloreado de un rosado brillante y tenso, detuvo todas sus intenciones porque Natasha casi le fracturó los dedos.

- ¿Sigo?- le preguntó, viéndola directamente a los ojos.

- ¿Qué me vas a hacer?- preguntó sonrojada, que voy a dejar de decir que estaba sonrojada porque le duró toda la noche y parte del día siguiente.

- ¿Qué quieres que te haga?- sonrió, que cabe mencionar el hecho de que se sonrojó más. - ¿Quieres que me detenga?

- Tengo una vejiga llena- entrecerró su ojo derecho con una expresión de "mala suerte".

- ¿De verdad?- le dio un beso a ese punto en el que sus labios mayores se partían en dos. Ella se negó con la cabeza. - ¿Quieres que me detenga?- repitió.

Tuvo que aceptar que el pudor nunca le había sentado mejor, bueno, eso creía Phillip, porque a ella le avergonzaba demasiado. Antes, antes de lo que ella se había diagnosticado con múltiples nombres, entre los cuales estaba "impotencia sexual", antes, ante esa pregunta, habría levantado su ceja derecha, habría sonreído con su labio inferior entre sus dientes, habría reído nasalmente y lo habría tomado de la cabeza para que se lanzara de clavado hasta que la boca le doliera. Pero hoy no, hoy no pudo emitir respuesta convincente, era afirmativa pero negativa, era negativa pero positiva, sólo suspiró y cerró los ojos. Así de difícilmente fácil.

Quizás era por eso que Phillip y Yulia no tenían ningún problema con el otro, con la invasión o intromisión del otro, o con los comentarios, opiniones, o lo que sea, pues eran tan parecidos que hasta les daba vergüenza aceptarlo. Quizás era el orgullo, o el Ego, quien les hacía sombra y no dejaban que esa semejanza se viera en la vida diaria o en el ojo público, pero, en cuestiones íntimas y en las que una cama, o la implicación de esta, tenía algo que ver, y que implicaba a la mujer, Natasha o Lena fuera el caso correspondiente a cada uno, los dos se resumían a la adoración misma. Quizás y tenían el potencial para hacer el amor de la misma manera, con la diferencia de que Yulia no tenía ningún problema con no tener problemas de erección que no fuera disimulada por un buen sostén y que Phillip estaba muy orgulloso de sus papás por haberle dado una buena educación y alimentación, y una buena dotación fálica.

En fin. Así como Yulia hacía un momento, o en ese momento, pues las cosas corrían de manera paralela, él la besó con tal delicadeza que el término "violación gentil" nunca se le cruzó por la cabeza, que simplemente buscaba aceptación o aprobación para que siguiera adelante con sus besos, quería sentirse bienvenido de manera segura, sin titubeos físicos, psicológicos, emocionales, y todo lo que podía significar. Besó la superficie por lo mismo, y los besó una, y otra, y otra, y otra vez, y otra vez hasta que consiguió que lo dejaran pasar a un nivel más profundo y que no era precisamente su lengua. No utilizó ningún recurso más que sus labios para besar su clítoris, difícil por ser muy pequeño, pero nada era imposible para él. Con sólo un beso logró uno de esos gemidos que raras veces le había escuchado, pues era de esos pequeñitos de rebalse de excitación y necesidad, pues nunca antes había tenido tanta necesidad, sólo ganas. Se sacudió suave y rápidamente, como un escalofrío, y fue suficiente luz verde.

No eran precisamente besos, eran mordiscos labiales que terminaban en besos, succiones lentas y sin la intención de tirar de él o de sus labios menores, o de sus labios mayores, simplemente estaba tratándola, de allá abajo, como la trataría allá arriba. No sé cuántos tomaron, pues como pudieron haber sido cinco también pudieron haber sido seis, o siete, o diez, pero fueron los suficientes como para acordarle a Natasha lo que se sentía tener una primera vez a pesar de que no lo fuera, y había tenido varias primeras-veces-después-de-cierto-tiempo en su vida, y le gustaba porque no necesitaba de nada y necesitaba todo, en dosis intensas pero cariñosas, para ahogarse la primera vez, para emitir un gruñido junto con la exhalación, para experimentar la independencia de sus caderas. Y el miedo lo superó en un cincuenta por ciento ante la emoción de saberse para nada impotente.

- ¿Estás bien?- tuvo que preguntar ante el silencio extraño, que si no hubiera sido por el ahogo no se hubiera dado cuenta que había alcanzado el clímax de su sexualidad, aunque, por su expresión facial, ya no sabía si era clímax o una molestia por incomodidad.

- Me corrí- susurró entrecortadamente, y estaba sorprendida por ello.

- ¿En serio?- resopló con una sonrisa, dándose cuenta, inmediatamente, que la risa quizás no era buena por prestarse a parecer una burla inocente y sin malas intenciones. Ella asintió así como si le diera vergüenza la sensación. - ¿Suficiente… o… sigo?- preguntó sonrientemente.

- Sácate los boxers- sonrió, con una clara convicción en sí misma. – y se gentil
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por flakita volkatina el Miér Oct 28, 2015 11:22 am

Buena contii
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:13 am

CAPITULO 16 - El cubo de nuevo.



—Hemos trabajado… ¿qué? ¿Cinco? ¿Seis? ¿Siete años? —le preguntó Volterra ante el silencio incómodo de lo que debía ser una conversación bastante sencilla y fugaz porque sólo debían discutir una tan sola cosa: el tercer socio, pero ante la ineptitud de ambos, debían, como siempre, ir en circulos, más bien en espiral, hasta llegar al punto de relevancia real.



—Sí —murmuró Yulia poniéndole un signo de interrogación cerebral a Volterra al no saber si era "sí" a los cinco años, o a los seis, o a los siete—. Más o menos siete... —dijo indiferente al no estarle prestando atención.



—Pues,en esos más-o-menos-siete-años, jamás te he visto tan consumida en algo por tanto tiempo —bromeó—. Mucho menos en algo que no sea un plano. Estás como ausente…



—Yo sé lo que es el cubo, sé el mecanismo para abrirlo… pero, por alguna frustrante razón —murmuró sin otorgarle el honor de que lo viera a los ojos por estar rotando el cubo entre sus dedos así como lo había hecho ya por once días sin tener éxito aparente—, no consigo que se deslicen los malditos paneles. Sé dónde están, veo las malditas líneas de separación pero, por alguna razón… —suspiró y levantó su mirada—. Como sea, ¿qué me decías? —sacudió su cabeza y colocó el cubo sobre su escritorio.



—El tercer socio, es imperativo —suspiró con un poco de aburrimiento—. ¿A quién le vas a vender el veinticinco por ciento?



—¿Veinticinco? —resopló Yulia un tanto indignada, y su indignación se incrementó ante el asentimiento de Volterra—. Yo no estoy vendiendo una mierda —se encogió entre sus hombros y volvió a tomar el cubo.



—Es imperativo. Está en el contrato. Es obligación.



 —Y así como está en el contrato, que es imperativo, lo cual es sinónimo de "obligación", yo te estoy diciendo que no estoy vendiendo una mierda… a nadie.



—¿Sí sabes que tenemos que entregar todo eso con la auditoría, verdad?



 —Sí, lo sé.



 —¡¿Entonces por qué demonios no te lo tomas en serio?! —elevó el tono de su voz haciendo que Yulia cerrara sus ojos, frunciera sus labios y respirara profunda y pesadament



—Para la edad que tienes, para la experiencia y la reputación que te precede… —abrió sus ojos y la clavó su azul y molesta mirada en la suya igual muy azul—, y para los años que tienes de conocerme: eres un hombre de poca fe, o que me tiene poca fe.



—Tú sabes que tenemos que cumplir con el contrato.



—Sí, lo sé. Yo discutí el contrato… y te lo puedo recitar si quieres. —Volterra solo inhaló paciencia y exhaló impaciencia—. Yo no tengo que vender el veinticinco por ciento obligatoriamente, puedo vender el uno por ciento si así lo quisiera.



—¿Y quién, en su sano juicio, quisiera comprar solamente el uno por ciento? —rio burlonamente, y Yulia, ante eso, simplemente presionó el ocho en su teléfono.



 —Belinda, ¿podrías venir un momento a mi oficina, por favor? —le preguntó por teléfono sin quitarle la mirada a Volterra de la suya y, en silencio, colgó el teléfono ante el "I’ll be right there"—. No entiendo cómo jura que voy a abrir este cubo si un martillo —susurró para sí misma mientras seguía dándole vueltas y vueltas.



 —¿Por qué no sólo preguntas? —le dijo Volterra no dándose cuenta de que Yulia solamente pensaba en voz alta y que no hablaba con él.



—Me tiene fe —sonrió cínicamente para él—,sabe que la voy a abrir sin su ayuda.



—Llevas toda la semana pasada y lo que va de ésta intentando abrirlo… y no has podido.



—Y eso sólo prueba la poca fe que me tienes —rio—. Aunque puede ser que tengas razón, quizás necesito tragarme el orgullo y pedirle que me ayude.



—¿Qué pasó? —se asomó Belinda por entre la puerta.



—Pasa adelante, por favor —la invitó Yulia con tan solo señalarle el asiento vacío que estaba al lado de Volterra.



Belinda Hayek era una mujer de los treinta tardíos; de treinta y siete interesantes años que habían rebotado una y otra vez entre el Upper West Side y el Upper East Side. Era quizás, sin tacones de cualquier tipo, un poco más alta que Yulia, pero, al rehusarse a "caminar en zancos" todo el día y no querer pasar de los ocho centímetros, Yulia terminaba por parecer más alta. Su cabello era negro, o castaño, o marrón, o café oscuro, o todos los anteriores junto con algunos destellos color ámbar que eran pinceladas estratégicas entre una melena que parecía que cada mañana salía de un salón de belleza, de pistola y cepillo, y que, junto con las ondas y un ligero y voluminoso camino al medio, hacían de su rostro una estructura relativamente interesante: pómulos evidentes y mejillas flacas, ojos café muy oscuros y decorados siempre con un negro relativamente pesado pero que impactaba, cejas arqueadas, nariz corta y genérica, sonrisa sana y blanca que se coronaba de un carismático lunar un poco más arriba de la comisura derecha de sus rosados labios. No era blanca, tampoco era morena, era como un abuso de sol que se había absorbido en dos semanas de sombra, no tenía curvas exuberantes y tampoco pasaba hambre. Tenía suerte.



—Díganme, ¿para qué soy buena? —suspiró Belinda con una sonrisa mientras tomaba asiento y su mano derecha, como siempre, peinaba su cabello hacia atrás para que volviera a tomar la misma forma.



—¡Uf!-frunció Yulia su ceño con una risa nasal—. Para muchas cosas, Belinda.



—Gracias -murmuró un tanto incómoda ante el comentario-. ¿Para qué me llamaste?



-Tengo una serie de preguntas para ti -dijo Yulia sin despegarse de su cubo.



 -Las que quieras -elevó sus cejas y, sabiendo que no sería algo de un minuto, sino de dos o tres, cruzó su pierna izquierda sobre la derecha y se echó contra el cómodo respaldo de la butaca.



-Hipotéticamente hablando -le advirtió-. Si yo te dijera que el uno por ciento del Estudio está a la venta, ¿lo comprarías? -le preguntó Yulia sintiendo la penetrante mirada de Volterra taladrarle sus párpados.



-Depende del precio —se encogió entre hombros.



-Tú dirás —sonrió Yulia ante la respuesta.



-No sé, dame un precio y te digo si lo compraría —repuso Belinda.



-Digamos… cien mil.



-Já! —rio Volterra—. No le hagas caso, Belinda. Digamos que máximo trece mil.



-Tendría beneficios por el uno por ciento? —preguntó curiosamente.



-Sociedad en papel, aumento del diez por ciento en tu salario fijo, aumento del diez por ciento en tu bono de fin de año, descuento en lo que al Estudio le corresponde por cada proyecto que tomes… —suspiró Yulia mientras intentaba acordarse de otro tipo de beneficios—. Hacer uso de la tercera columna de la tabla de Vensabene, más vacaciones… y, no sé, tendría que revisar qué otras cosas más.



-Todo eso por el uno por ciento?



-Claro, es la famosa tabla de Vensabene y su quinta columna —intervino Volterra—; del uno al diez por ciento son los mismos beneficios.



-Y me preguntas, hipotéticamente hablando, si compraría el uno por ciento? —se volvió a Yulia con una risa interna tan grande que no pudo quedarse siendo interna—. Sólo espérame que voy a traer mi chequera —bromeó un tanto en serio.



-Mi uno por ciento cuesta cien mil —elevó sus cejas—, el de Alec es el que cuesta trece mil —resopló, y Volterra dejó que su boca se abriera en asombro—. Claro, era sólo hipotéticamente hablando y para probarle a Alec que el uno por ciento sí despierta intereses —sonrió.



-Oh… —suspiró Belinda.



-Belinda, ¿de verdad comprarías el uno por ciento? —frunció Volterra su ceño.



-No veo por qué no. El hecho de que mi nombre no esté en la puerta no me afecta… las cosas se complican una vez se está en la impresión de las facturas.



Yulia levantó su mirada y, como si se estuviera excusando por tener la razón, se encogió entre hombros con una sonrisa para ambos.



—Belinda, yo creo que, de vender el uno por ciento, serás a la primera a la que acudiremos —sonrió Yulia.



- Bien. ¿Eso es todo? —preguntó poniéndose de pie con sus manos en sus bolsillos.



- Eso es todo —ladeó Yulia su cabeza con una sonrisa—. Gracias.



- Cuando quieran —resopló volviéndose sobre su derecha para salir de esa oficina con una risa interna de "¿qué acaba de pasar?".



- Cien mil? —rio Volterra al cerrarse la puerta con Belinda del otro lado—. ¿Es en serio?



- Bueno, es que nadie es tan imbécil de comprar el uno por ciento por cien mil dólares… como Estudio particular no construimos ni el cinco por ciento de las construcciones de Nueva York, ni hablar de la Tri-State-Area. Ahora, por trece mil… —asintió lentamente.



- Comprarlo por trece mil es ser imbécil? —rio.



- No me entendiste —sacudió su cabeza con la pesadez de que su chiste no se había entendido tan bien—. Le dije "cien mil" para que supieras que yo no voy a vender ni el uno por ciento. Belinda tiene demasiado cerebro como para decirme que no a ese precio. En cambio tú… tú ya le pusiste precio a tu uno por ciento —sonrió—. Tu falta de fe en mí te puede costar un uno por ciento de lo que todavía eres dueño… y venderlo por trece mil…



- Tú sabes que el uno por ciento vale trece mil y no cien mil —gruñó pacíficamente.



- Eso era antes de TO —rio—. Después de eso, querido futuro-suegro, vale alrededor de cuarenta mil… —suspiró y se volvió a su cubo—. Yo sí he hecho mi tarea —sonrió para sí misma—. Tienes que saber que yo no voy a vender ni un uno por ciento del uno por ciento de lo que tengo —«porque planeo regalarlo»—, pero, si no me tienes fe y no confías en mí, adelante y vende tú el uno por ciento por veintisiete mil dólares menos —sonrió.



- No es que no te tenga fe —sacudió su cabeza y se quitó las gafas con un suspiro—, es sólo que no sé qué estás planeando hacer. Digo, no puedes quedarte con el setenta y cinco por ciento para siempre. Eso se llama "gula corporativa".



- Hombre de poca fe y de poca imaginación —bromeó.



- Qué piensas hacer con el tercer socio sino?



- Verás… —colocó el cubo sobre el escritorio y tomó la botella de Pellegrino en sus manos para abrirla—. Este país tiene leyes… algunas muy buenas, algunas coherentes, algunas inteligentes, y tiene otras que realmente son tontas —rio tomando el vaso vacío—, como esa en la que se supone que es ilegal caminar con un helado en el bolsillo los días domingo —rio entre su propio goce mientras llenaba el vaso con lo que le quedaba a la botella—. Pero, por ejemplo… —se dejó ir contra el respaldo de su comodísima silla y dio un sorbo corto a su fría agua gasificada—. Si yo le dejo una herencia a alguien, ese alguien, al recibir mi herencia, debe pagar un porcentaje proporcional al valor de lo que le he heredado… ¡y se lo tiene que pagar al Estado! —siseó con cierto ultraje escondido pero que era gracioso; un escándalo—. Yo compré el veinticinco por ciento a trescientos veinticinco mil, ahora eso aumentó a un uno y seis ceros. El porcentaje de impuestos, por ese traspaso, o herencia, es del treinta y siete por ciento… o sea trescientos setenta mil. Claro, todo sería más fácil si yo se lo traspasara a alguien que no es ciudadano porque entonces sólo pagaría sesenta mil.



- Entonces, ¿qué? ¿Se lo vas a dar a Lena? —rio, considerando lo imposible que eso sonaba, pues si él no estaba tan loco como para ofrecerle parte de la sociedad a su propia hija, ¿cómo iba Yulis a considerarlo con su "novia"?



- Es una posibilidad —elevó sus cejas y llevó el vaso a sus labios.



-Yo no sé si Lena tiene sesenta mil dólares —se carcajeó, y Yulia, ante esa carcajada, sólo dejó que la película mental siguiera la escena con sus manos al cuello de Volterra.



- No es algo que yo tenga derecho a discutir —dijo diplomáticamente.



- Entonces, si no es Lena, ¿a quién?



- Como dije, hay leyes de leyes —dijo evadiendo su pregunta—. Y no es lo mismo un traspaso entre dos personas naturales, o una herencia, a que si yo pongo el veinticinco por ciento correspondiente a nombre de Lena una vez me case con ella —sonrió ampliamente con toda la victoria de su idea—. Eso me va a costar no más de mil dólares; entre licencia matrimonial y el abogado que efectúe el traspaso legal… es como que fuera gratis.



- Y has contemplado la idea de que a Lena eso no le interese?



- Sí, y, en ese caso, como sé que no te has dado cuenta de que estoy diez pasos adelante desde que nací, tengo dos compradores seguros.



- ¿Quiénes?      



- La curiosidad mató al gato, Alec —rio.



- No es que no te tenga fe, es que no sé qué estás haciendo… se supone que somos socios.



- Belinda, ¿quién más? ¿No estabas aquí hace dos minutos?



- Creí que te referías a alguien más —entrecerró sus ojos—. Pero, bueno…



- No te preocupes, al final de la auditoría sólo tenemos que entregar potenciales compradores junto con el porcentaje a vender y, para antes de que el año fiscal se termine, Lena y yo nos habremos casado y ya tendré una respuesta de si eso le interesa a Lena o no.



- No lo has hablado ni en broma?



- Ah, cómo te gustaría saber las cosas que hablo con Lena —bromeó—. No son aptas para todo público.



- Yulia, estoy hablando en serio.



- Ay… —resopló—. Poca fe, poca confianza y poco sentido del humor y de la preservación de la salud mental —ensanchó la mirada al decir eso último.



- Estás un poco imposible —suspiró.



- Estoy? —levantó su ceja derecha—. Soy imposible.



- Hoy un poco más que de costumbre.



- Las costumbres son un poco aburridas —guiñó su ojo y se volvió a su cubo—. Dime algo…



- Algo.



- Corregiré mi declaración: no eres un hombre con poco sentido del humor sino con mal sentido del humor —sacudió su cabeza.



- Qué quieres que te diga?



- Cuando me contrataste, ¿por qué me diste una oficina?



- Porque sabía que, si no te ofrecía un espacio privado y con una puerta, no aceptarías.



- Y cuando se te ocurrió cambiar el manejo administrativo, ¿por qué acudiste a mí?



- Porque necesitaba a alguien con quien compartir la inversión —se encogió entre hombros. 



- Y por qué yo y no Belinda?



- Dólares —resopló—. Belinda tiene que pensar en su familia y no se viste de Dolce hacia arriba y sus contemporáneos. Además, sé reconocer ambición y una clase social cuando la veo.



- Mientras el mundo pelea por abolir la separación de clases sociales, el Arquitecto Volterra lo sigue empleando —lo molestó.



- Yo conocí Checoslovaquia y Yugoslavia, no República Checa y Eslovaquia, y Macedonia, Eslovenia, Serbia y Croacia. Yo conocí el "día de la Raza" y no "el día de la Humanidad", conocí el Muro de Berlín junto a Reagan y a Gorbachev, todavía vi las Torres Gemelas…



- Y tú qué crees, que nací ayer? —rio realmente divertida—. El factor de la edad no te queda tan bien porque tú y yo caímos, en bruto, en el mismo tiempo y en el mismo espacio… mi primer pasaporte fue checoslovaco —sonrió—. En fin… a lo que iba era a que me conoces bastante bien a pesar de que no conoces mucho de mi vida privada, pero, para lo que me conoces, me extraña que creas que no tengo múltiples planes de respaldo. Si a Lena no le interesa, a Belinda claramente sí, y, si a ti Belinda no te satisface, Natasha estaría más que interesada en invertir realmente en nosotros. Y relájate un poco que todavía falta para que cerremos año fiscal.



- Cuánto le darías a Lena ?



- Cuánto crees?



- Uno por ciento? —Yulia lo volvió a ver con una mirada asesina y no en el mejor sentido —. ¿Todo? —se asombró, y Yulia reforzó su mirada—. ¿Cuánto?



- Veinticuatro por ciento para que su nombre no esté ni en la factura ni en la puerta… o al menos el apellido de Inessa —sonrió—. Y no te preocupes, que si Lena no lo quiere tomar no la voy a obligar, pero le voy a vender a Belinda el uno por ciento a precio de regalo… quizás mil sería un precio cómodo, de esa manera no pierdes nada y no tienes nada de qué preocuparte.



- Te preguntaba porque una vez le pregunté y me dio a entender que no estaba interesada… supongo que el amor la hizo cambiar de parecer —suspiró.



-Amor? —rio Yulia- . No, tampoco es milagroso, ni montañas mueve… mucho menos a estas alturas de la relación; ese estado de estupefacción ya se evaporó hace bastante —resopló como si bromeara consigo misma, aunque ella estaba muy consciente de que, a pesar de saber una que otra imperfección de Lena, que "imperfección" nunca fue sinónimo de "desperfecto", ella seguía estando maravillada hasta el punto de extasiarse con su existencia—. Pasa que hay una diferencia semántica entre "comprar" y "recibir"… o sea, Lena nunca compraría un porcentaje del Estudio porque no considera que el Estudio, o el mercado en realidad, toma muy en serio lo que a ella de verdad le gusta, entonces, si eso no es así, ¿por qué comprar algo en lo que no cree?



- Un momento —levantó su palma derecha—. ¿Cómo que no hace lo que le gusta?



- Tú alguna vez has visto a Lena trabajar?



- En realidad no.



- Cómo soy yo cuando estoy empezando un proyecto?



- Depende de si es arquitectura o ambientación.



- Hablemos de ambientación porque es lo que tengo en común con Lena.



- Tienes mil muestrarios abiertos, pantone por aquí, lápices y prismacolor por allá, revistas, internet… no sé qué quieres que te diga —se encogió entre sus hombros.



- No es porque quiera a Lena de la manera en la que la quiero —se excusó, más que todo por el verbo "querer", pues no consideraba que era necesario decir lo que era evidente y que tanto parecía perturbarle a Volterra—, pero deberías ver lo increíble que es verla trabajar: la manera en la que cierra los ojos cuando desliza sus dedos por las telas del muestrario, o la manera en la que se mordisquea la parte interna de las comisuras de sus labios cuando está intentando darle forma a un concepto en la pantalla… pero, sobre todo, lo más impresionante es ver la sonrisa que tiene cuando está en el taller; es como verla en Disney World. Se recoge el cabello, se recoge las mangas, los Stilettos se convierten en Converse… y con los mismos componentes, con los que diseña, construye los muebles que pocos clientes le piden.



- Muebles sobre ambientación? —preguntó un tanto sorprendido.



- Sí, y es bastante meticulosa —levantó el cubo entre sus dedos como si fuera una invención—. Puede hacer desde una cama hasta esto —se lo alcanzó, pues le notaba en la mirada las ganas que tenía de jugar con él.



- Ella hizo este cubo? —murmuró recibiéndolo entre sus manos.



- Sí —asintió tomando el vaso con agua en su mano para llevarlo a sus labios.



- Es una caja china, ¿no?



- Japonesa.



- Eso —sonrió al ver la perfección de los encajes de cada rectangular panel dentro de cada controlado y suavizado borde y cómo apenas se notaban las ranuras entre cada panel—. Es bastante… —murmuró entre la lluvia de adjetivos mentales que intentaban describir la pulcritud del acabado y del ensamblaje.



- Impecable? —Volterra asintió—. ¿Pulcro? —Volvió a asentir—. ¿Inmaculado, perfecto, estratégico, meticuloso?



- Y todos los epítetos de tu diccionario —rio.



- Y muchos otros —repuso con una sonrisa que no implicaba nada más que algo que Volterra realmente no quería ni debía saber.



- Cómo es que no puedes abrirla?



- A raíz de ese cubo fue que hice que Gaby me comprara siete cajas japonesas para aprender el mecanismo; creí que no había entendido del todo… pero, aparentemente, es algo más cruel que una caja japonesa de cuarenta y dos movimientos —se encogió entre hombros—. Y sí es caja japonesa, no es cubo rubik —resopló al ver que pretendía manejar las caras del cubo como si fuera uno de los mencionados.



- Pero debe poderse…



- He intentado levantar una de las caras como si fuera tapadera, he intentado desenroscar, he intentado rotar, he intentado empujar, he intentado deslizar… sólo no he usado un martillo porque sé que dejó las manos y los ojos haciéndolo.



- Por qué no le preguntas cómo se empieza? Digo, tendrá que ser la primera movida la que es la que te está obstaculizando todo, ¿no crees?



- Eso creo, pero no quisiera preguntarle porque no es posible que no pueda abrirla sin su ayuda… aunque, como te dije hace un rato...



- Orgullosa —susurró con una sonrisa.



- Exacto, aunque estoy que me como las manos del estrés de no poder abrirla —asintió—. Pero, ¿en dónde estaría el reto si fuera a la página de soluciones? Reto es igual a diversión; mientras más difícil y frustrante sea el reto, la diversión es amargamente demasiada.



- Cierto. ¿Hay algo adentro?



- Quizás, no me dio seguridad de nada.



- Mmm… —resopló—. Lo que no entiendo es por qué te está retando



- Tiene algo de malo? —frunció su ceño y sus labios.



- No, no… no me malinterpretes —sacudió su cabeza y, con cuidado, agitó el cubo por curiosidad—. Nunca me han retado de esa manera… es algo nuevo para mí.



- Bueno, no le llames "reto"… llámale "juego".



- Tampoco.



- Inessa nunca jugó contigo? —sonrió con falsa inocencia, y Volterra le lanzó una mirada aburrida y que le advertía lo que no estaba en discusión—. ¿Puedo preguntarte algo muy personal?



- Si debes… —sonrió con cierto enmascarado cariño porque Yulia no solía entrometerse en ese ámbito tan "algo muy personal".



- Por qué no funcionaron las cosas con Inessa? —Volterra dejó el cubo estático entre sus manos e irguió la mirada con una combinación condimentada de confusión, incomodidad, estupefacción e incertidumbre—. No, no, lo siento… no debí preguntar eso —se disculpó Yulia antes de que Volterra pudiera desatar la bestia que sabía que tenía dentro porque ya la había vivido una que otra vez.



- Sabes… nadie nunca me preguntó eso —frunció su ceño.



- Quizás porque it’s nobody’s business —sonrió. 



- Por qué quieres saber tú? ¿Por curiosidad?



- No logro entender la relación que tienen ustedes dos —se encogió entre hombros.



- Por qué no?



- Juntos pero separados, juntos pero no revueltos.



- Ah… —levantó ambas cejas—. ¿Qué es lo que sabes exactamente sobre nosotros?



- No mucho.



- Vamos, yo sé que algo sabes… y está bien que me lo digas.



- Yo sé que no funcionó —dijo evasivamente.



- Y sabes por qué no funcionó.



- Todo tiene dos lados —sonrió suavemente—. Además, ni siquiera sé cómo se conocieron ustedes dos.



- Yo la conocí en el último año de colegio. Ella era de nuevo ingreso en invierno, yo estaba por graduarme… yo estaba protestándole al profesor de física que mi examen estaba perfecto y que me merecía el diez que él no quería darme porque no le escribí las unidades en el último ejercicio —resopló como si se estuviera acordando de ese momento de necedad injustificada—. Inessa entró al salón de clases en medio de mi temperamento, ella no me vio, no me hizo caso, no se dio cuenta de mi existencia… pero yo sí me di cuenta de la de ella.



- Ves? Yo siempre creí que se habían conocido en la universidad —rio.



- La terminología cambia —sonrió—. Nuestro colegio era de hombres y de mujeres, no de hombres y mujeres, compartíamos instalaciones pero no nos mezclábamos más que en los pasillos… y, después de que vi a Inessa, que hasta me dejó de importar el nueve punto siete que me había puesto el desgraciado, simplemente me encargué de ser el primero en salir de la clase de física para no volver a encontrármela.



- ... the fuck? —rio.



- Joven, estúpido y nervioso —se excusó al encogerse entre sus hombros—. La quería ver pero no quería que me viera, supongo. Mucho menos después de que tenía mejores calificaciones que yo —frunció sus labios.



- Mujer intimidante?



- ¿Bromeas? —rio—. Era física avanzada para no llevar química, pero ella llevaba física y química avanzada porque odiaba biología. Claro que es intimidante.



- Entonces, ¿qué? ¿La acosaste en la universidad por todo lo que no la acosaste en el colegio? —rio.



- No exactamente, yo no soy un acosador… vivía nervioso de sólo verla —se encogió nuevamente entre sus hombros y colocó el cubo sobre el escritorio—. Y, hasta la fecha, me sigue pasando. Pero ese no es el punto… después del colegio yo me tomé un año para trabajar, para decidirme entre arquitectura e ingeniería civil, y, por eso fue que Inessa me alcanzó. Y, claro, cuando entré a la primera clase el primer día, ahí sólo había hombres.



- Sólo hombres e Inessa.



- E Inessa —asintió—. Por eso es que nos "conocimos" en la universidad, porque fue cuando de verdad empezamos a hablar… aunque a Inessa le gustaba decir que fuimos novios desde el colegio.



- Por qué?



- Por Inessa fue que conocí a Vensabene —rio—. No sé cómo fue que coincidimos en una fiesta y, cuando Flavio hizo su movida con Inessa, ella sólo me haló y le dijo que éramos novios, Flavio no le creyó, Inessa le dijo que éramos novios desde el colegio y… bueno… —se sonrojó.



- Y te violó la boca… entiendo.



- No diría que me la "violó" —rio.



- Arquitecto Volterra… es usted un romántico.



- Arquitecta Volkova… —rio de nuevo.



- Ah-ah-ah —lo detuvo con la palma de su mano en el aire—, no te conviene entrar en detalles de mi vida sexual… o la falta de —le advirtió, aunque lo último lo dijo sólo para compensar la verdad de su exhaustiva y sabrosa, y pintoresca, y vívida vida sexual.



- Como sea… —sacudió la cabeza para sacudirse el recuerdo de aquel video que ya no existía más que en su cabeza—. En el momento en el que todo pasó, soy sincero, no sabía qué había hecho mal o qué me faltaba para ser de su gusto… pero, hoy que lo puedo ver a distancia de brazo, no sé, creo que en aquel entonces era demasiado… insípido.



- "Insípido"?



- Sí —frunció su ceño y se quitó las gafas—. Toda mi vida giraba alrededor de la arquitectura: estudiar, estudiar, memorizar, aprender, criticar, ser criticado, maquetas, modelos, seminarios, talleres, pasantías y trabajos que me propulsionaran de alguna manera hacia algo que sólo existía en mi cabeza. Cuando estaba con Inessa, mis temas favoritos eran la universidad, la arquitectura, que tenía que estudiar para los exámenes, que no entendía algo que ella sí… no sé, era tonto, y nuestras citas involucraban a Alessio y a Flavio, y a materiales para las maquetas o para estudiar algo, o para lo que fuera. Hasta hace pocos años entendí que quizás y fue que la asfixié con tanto de lo mismo; que yo hablaba, y hablaba, y hablaba, y nunca la dejé hablar de algo que no fuera de lo que a mí me gustara. Fui muy egoísta, y quizás eso no es excusa para lo que hizo, pero sé que tiene mucho que ver. Supongo que Sergey simplemente le ofreció algo diferente. Y a él lo odié, lo detesté por muchos años porque creí que era su culpa; boca de político, de demagogo, carismático, y, de paso, no era feo; ya tenía algunas canas cuando se conocieron, tenía el bronceado que Kennedy habría deseado, siempre en saco y corbata… y con él podía hablar francés, inglés…



- Creí que hablabas francés —frunció su ceño.



- A raíz de eso —rio, y Yulia elevó sus cejas y abrió su boca para expulsar un suave "oh"—. Resentido con Inessa, odiando al desgraciado que me robó a la única mujer que de verdad me gustaba y que todo lo que yo quería, todo eso de ser el mejor, era porque sabía que con un trabajo mediocre no podía darle a Inessa lo que conocía como costumbre.



- No me imagino a Inessa siendo tan materialista…



- Nunca se quejó de beber vino de un vaso o de una taza, tampoco se quejaba de caminar desde la universidad a mi apartamento, tampoco se quejaba de mi ropa… nunca se quejó de nada, pero yo sabía que no era lo suyo.



Yulia rio nasalmente y se tomó un segundo de su tiempo, o de su vida, para darse cuenta de que había dos posibilidades: o todos somos iguales o somos parte de alguna coincidencia. Mientras Inessa nunca se quejó de beber vino de un vaso o de una taza, Lena todavía tenía un mini paro cardíaco cuando veía el precio de una copa de vino aunque no lo decía, mientras Inessa nunca se quejó de caminar quién-sabía-cuántas-cuadras, Lena todavía seguía extrañándose de cuando ella pagaba algo y no quería el cambio porque detestaba las monedas y los billetes de un dólar; en especial cuando se trataba de un taxi, que mientras Inessa nunca se quejó de la ropa de "Alessandro", Yulia tenía que esconder viñetas y cubrir precios para susurrar una única enunciación: "si te gusta, cómpralo". Y quizás no era que todos éramos iguales de la manera inmediata y literal, sino que éramos iguales pero en el sentido más ridículamente opuesto, y eso nos hacía coincidencias; coincidencias que la hacían sonreír en ese momento. Quizás todavía alcanzó a tener tiempo para darse cuenta de que podía encontrar, hasta cierto punto, equivalencias que se proyectaban, de la relación Volterra-Inessa, hacia la suya: ella era Inessa y Lena era Volterra; ella no se quejaba de lo que a Lena le gustaba porque no había quejas que pudieran juzgar los gustos tan tiernos y sencillos de Lena, o de Volterra, que eran quienes intentaban igualar algo que no era pedido, algo que no era necesario porque, lo que ofrecían, era precisamente lo que a ellas, Yulia o Inessa, les faltaba.



—¿Inessa y tú dejaron de hablar?



- Por muchos años —asintió casi en silencio—. La primera vez que volvimos a hablar, pese a los esfuerzos de Alessio y Flavio, fue en el dos mil cinco… para lo de Patricia. Sólo llamó para las condolencias, para saber si estaba bien.



- Esperabas verla?



- Es complicado.



- Y tengo tiempo.



- Sí, sí esperaba verla —asintió.



- Pero no vino.



- No —disintió—. Al principio creí que era porque Sergey no la había dejado venir, pero sólo fue que no consideró apropiado aparecerse después de cómo habían terminado las cosas… y habría sido incómodo. Sólo llamó y se encargó de inundar de peonías —sonrió ante el recuerdo del olor, del color y del gesto.



- Peonías? —frunció su ceño como si no entendiera.



- Me gustan las peonías —sonrió—, me relajan.



- Curioso…es bueno saberlo —sonrió de regreso—. So… ¿desde entonces volvieron a hablar?



- Pero no mucho, lo suficiente como para que me contara que tenía dos hijas, y que Lena estaba estudiando en Savannah. Nos vimos un par de veces en Roma y por casualidad en casa de Alessio… pero nada muy cerca. Ya cuando se separó de Sergey fue que empezamos a hablar.



- Realmente hace poco…



- Pues, sí. Lo que pasa es que después de que Inessa se fue, yo no tenía mayores aspiraciones más que académicas pero no podía hacer mi especialización porque me faltaba financiamiento, ella me pagó los dos años y medio de universidad y me ayudó con la vivienda… no sé cómo. La cosa es que, cuando se separó de Sergey, el dinero que te di fue para pagárselo.



- Supongo que hiciste el cálculo porque, hasta donde yo sé, la universidad no era tan cara… nunca lo ha sido.



- Y quizás, de no ser por lo que me pagó, yo no estaría aquí. Por eso se lo devolví como se lo devolví. Y no era que quería intentar algo con ella —aclaró.



- Pero se han acercado.



- Evidentemente —rio—. Tengo una hija con ella, ¿no te parece razón suficiente?



- Razón sí, excusa no.



- Qué es lo que quieres saber en realidad?



- Vas a regresar con Inessa o no? —sonrió.



- No.



- Vas a regresar con Inessa o no? —repitió.



- No lo sé, a veces creo que me confundo entre las dos versiones de Inessa que conozco; la que me hace feliz y la que me lastima. Pero la sigo queriendo de la misma manera.  



- Ésa es una respuesta más aceptable que un "no" —rio girándose sobre la silla para alcanzar su bolso—. Pero me gustaría saber por qué respondiste que "no".



- No lo sé, sería un poco raro.



- Raro que concluyan lo que quedó inconcluso? —resopló sacando un rectángulo de papel azul marino impecable.



- No lo sé —se encogió entre sus hombros.



- No me estás preguntando, pero esa zona gris en la que están; en la que no son nada pero no son algo concreto, es realmente incómodo. Hasta Katya lo nota.



- Entre la distancia tampoco se pueden hacer maravillas, sólo lo que se logra por teléfono.



- Y nadie te detiene para que vayas a Roma en tiempo de… cuando se te dé la gana —rio.



- Estás jugando a ser Cupido conmigo?



- No, esa profesión te la dejo a ti —sonrió—, sólo digo que "ir a lo grande o volver a casa" —Le alcanzó el sobre y tomó el cubo entre sus manos.



- Qué es esto?



- Bueno, ábrelo si quieres saber.



Del sobre azul marino sacó un rectángulo azul marino y que era unos milímetros más pequeño que el sobre, dicha pieza se encargaba simplemente de reunir una serie de rectángulos color crema que, en ciertos momentos de desvarío, podía parecer champán pero mate. La parte azul marina se traslapaba sólo de un extremo vertical y, en el punto exacto del triangular traslape, se encontraba un fortune knot de platino con esmalte azul marino y cristales transparentes; algo que sólo Swarovski podía dar.



—Ah, ya tienen fecha —murmuró con tan solo leer el primer nombre, lo cual le había asombrado porque era el de Lena y no el de Yulia.



- Estás cordialmente invitado —sonrió Yulia—. Te preguntaba lo de Inessa por el "plus one".



- Inessa trae un "plus one"? —se ahogó con el poco aire que le quedaba.



- No que yo sepa. Pueden ser el "plus one" del otro —guiñó su ojo.



- Sabes… —suspiró, y Yulia irguió la mirada por la simpleza del tono de su voz—. Me esperaba que fuera un derroche de nombres… digo, con los nombres de los papás también.



- Bueno, mi papá no está vivo… y, de estarlo, seguramente no lo aprobaría —sonrió—. Y, hasta donde tengo entendido, Lena tiene un conflicto en cuanto a sus papás, y digo "papás" para referirme al género masculino.



- Sergey viene?



- Ya Lena lo invitó, si viene o no es problema de él. ¿Habrá algún problema?



- No, en lo absoluto.



- Seguro?



- No es como que lo odie todavía —rio sacando el rectángulo pequeño que decía "RSVP" para rellenar las casillas—. No comparto su manera de tratar a Inessa, pero Inessa ya estaba grande como para saber cómo defenderse… pero le agradezco que haya criado a Lena y que le haya dado lo mejor —sonrió.



- Cuándo piensas decirle a Lena que eres su papá? —susurró—. Te lo pregunto porque es una bomba de tiempo.



- Lo he estado hablando con Inessa y, no sé, si por ella fuera ya lo sabría —rio y le alcanzó la tarjeta del "RSVP"—. Por cierto, ¿en dónde está Lena?



- No tengo idea —se encogió entre hombros, aunque sí sabía dónde estaba.



- Tú tienes algo que hacer?



- Aparte de producir dióxido de carbono mientras der Bosse me llama para decirme que vendrá "x" día? No.



- Te está sacando canas? —rio.



- En mi familia empiezan a salir a eso de los treinta y cinco, y la alopecia tampoco es dominante —resopló—. Pero no niego que es de esos clientes que dan ganas de decirles que se metan ciertas cosas por el cu… —y tosió, no por censurarse sino porque realmente necesitaba toser.



 - ¿Y Providence y Newport?



- Para Newport falta mes y medio. Providence estará listo en diez días, y sólo tengo que ir a terminarlo; creo que tres días será suficiente.



- Ah, ¿te quedas allá?



- No lo sé...aunque creo no voy a gastar seis horas al día por ir y venir por mucho que eso me gustaría —«aunque eso signifique dormir sola».



- Lena tiene algo que hacer?



- No que yo sepa, ¿por qué?



- Por qué no te vas con Lena?



.- Es en serio



—No veo por qué no —rio—. Pero eso lo deciden entre ustedes y si no tiene otra cosa que hacer.



—Como el jefe diga —resopló—. Gracias.



 —No me lo agradezcas. Cambiando un poco el tema… —dijo abruptamente—, ¿qué quisieras que te regalara aparte del número?



  —No lo sé, ¿qué nos quisieras regalar?



        —¿Qué te va a regalar tu mamá?



        —Un set de ocho botellas de vino; del primer al quinto aniversario, el de los diez, el de los quince y el de los veinte.



        —¿Ustedes beben seguido?



        —El ocasional Martini, la ocasional copa de vino, el ocasional vodka… la ocasional botella de champán… diría que tres días a la semana hay un poco de alcohol involucrado pero no en cantidades exuberantes.



        —No me lo habría imaginado —frunció su ceño.



        —¿De mí o de Lena?



        —No, a ti ya te he visto deseando que alguien te mate para no sufrir más por la resaca —rio—, hablaba de Lena.



        —Conoce sus límites —sonrió—. En fin…



        —No planeo contribuir a la causa —sacudió su cabeza, pero Yulia ladeó su cabeza con su ceño fruncido porque no entendió el comentario—. No quiero que terminen en AA.



        —¡Já! —lanzó la monosílaba carcajada ridiculizadora—. A veces se me olvida lo gracioso que es usted, Arquitecto Volterra —entrecerró sus ojos.



        —Yo sé —sonrió burlonamente para defenderse—. ¿Qué te parece si les regalo "n" cantidad de marcos para que no tengan las fotografías volando por el espacio?



        —¿"n"?



          —Sí, tú dime el número que quieren y yo se los regalo.



        —No suena nada mal, Arquitecto.



        —Algo se aprende entre tantas mujeres —sonrió—. ¿Cuántos marcos necesitarían?



        —Uno —se encogió entre hombros—, pero que sea uno bonito.



        —¿Lo quieres vertical u horizontal? ¿De cinco por siete o de ocho por diez? ¿Individual, doble, o de varios marcos pequeños? ¿De qué color? ¿De qué marca?



        —Vertical, de ocho por diez, individual y que, cuando lo veas, lo primero que digas sea: "sí, éste es". Y, de ser posible, evita a Weingeroff y a Thorson Hosier. 



        —Entendido —asintió tomando nota mental—, y de regalo de cumpleaños para Lena, ¿qué podría regalarle?



        —No tengo idea —rio.



        —¿Qué le vas a regalar tú?



        —Una cámara —«y una cogida histórica».



        —¿Una cámara? —frunció su ceño.



        —Sí, creo que hay momentos que vale la pena inmortalizar para poder verlos una, y otra, y otra vez —guiñó su ojo derecho—. Pero, ¿qué le quisieras regalar?



        —No sé, algo que le sirva… esperaría yo.



        —Mmm… —frunció su ceño y, cerrando los ojos, echó su cabeza contra el respaldo de su silla—. Deja a un lado el hecho de que Lena es Lena y piensa en qué le podrías regalar a tu hija…



        —A mi hija… —suspiró y se recostó sobre el respaldo de la butaca mientras posaba su tobillo derecho sobre su rodilla izquierda—. No sé, creo que le regalaría aretes…



        —¿Y a la hija de tu exnovia que es tu empleada?



        —Quizás algo un poco más impersonal… quizás unas flores, no sé.



        —Flores a un extremo, aretes al otro. ¿Qué hay en el medio?



        —¿Qué hay en el medio?



        —No sé, pero, lo que sea que se te ocurra, procura que no sea para el trabajo —sonrió y se volvió a su cubo.



        —¿Qué tipo de flores le gustan a Lena?



        —Peonías —resopló, pues por eso le había asombrado lo del comentario de hacía rato—. "Pillow Talk" o "Coral Supreme".



        —¿Es en serio?



        —Sí —asintió sin verlo a los ojos—, y si le pones un poco de "Baby Breath" por ahí creo que quedarías más que sólo "bien".



        —¿Le gustan las perlas, los diamantes, los rubíes, los zafiros?



        —Los diamantes son los mejores amigos de las mujeres —sonrió—, pero Lena no es cualquier mujer.



        —¿Eso qué significa?



        —Que tienen que ser la mezcla justa entre elegancia, pulcritud y seriedad, pero no pueden ser muy grandes; studs o hoops. Si son hoops tienen que ser completos.



        —¿Qué hay de un libro? —preguntó abrumado de tantos factores que debía considerar.



        —Tiene gustos muy dispersos —sacudió su cabeza—; le gustan serios, ligeros, de comedia, distopias… lo que sea que la entretenga, y sólo suele leer cuando realmente tiene antojo de leer. Ni yo he podido descifrar su gusto literario.



        —¿Películas?



        —Comedias que no incluyan nada parecido a "American Pie", comedias románticas, suspenso, balas, explosiones, sangre, Jason Statham… básicamente vemos todas las películas que no son las parecidas a "American Pie", hasta la ocasional de "miedo".



        —¿Ropa?



        —¿Sabes sus tallas?



        —No, pero Inessa puede que sí, o tú —sonrió.



        —Si quieres regalarle ropa no es que vas y se la escoges.



        —¿Entonces?



        —Le compras una "gift card" para que ella se lo compre a su gusto, talla y color que le vengan en gracia. Y sí, sí sé que las mujeres somos complicadas: difusas y dispersas pero específicas y concentradas.



        —Mejor no lo has podido plantear —rio—. ¿Qué le regalan tus amigos a Lena?



        —El año pasado… —frunció sus labios para potencializar su esfuerzo mental para acordarse—. Phillip y Natasha le regalaron una gift card.



        —¿Y este año?



        —Curioso —rio—. Eso ni yo lo sé. ¿Qué le regalaste tú el año pasado?



        —Un cheque.



        —Fino, es lo mismo que una gift card. ¿Cuál  es tu preocupación, entonces? —rio.



        —¿Nunca te ha pasado que no te acuerdas de quién te regaló algo?



        —¿Tú te acuerdas de qué te regalé para tu cumpleaños? —levantó su ceja derecha.



        —¡Ves! —siseó.



        —¡Eres un caso, Alessandro! —rio Yulia—, ¿de verdad no te acuerdas de qué te regalé?



        —¿Sabes cuándo cumplo años? —preguntó boquiabierto.



        —Pá… —rio—. El doce de julio, y naciste en el sesenta y uno en Lanciano. Y te regalé el bolígrafo con el que acabas de decirme que sí irás a mi boda —sonrió.



        —¿En serio? —frunció su ceño.



          —No —se carcajeó—. No te regalé nada porque sé que no te gustan los regalos. Pero ya veo a qué te refieres…



        —Caí… —gruñó con una sonrisa divertida.



        —Pregúntale tú a ella qué quiere que le regales, es más fácil, ¿no crees?



        —Puede ser —murmuró, viendo que su reloj ya dictaba las cuatro de la tarde en punto—. Por cierto, ¿en dónde está Lena?



        —Debe estar en el taller trabajando en la adición que me prometió hace unos meses para mi clóset —sonrió.



        —No sé quién consiente más a quién; si tú a ella o ella a ti.



        —Reciprocidad, Alessandro —sonrió, viéndolo ponerse de pie—. ¿Te vas?



        —Todavía no, debo ir en busca del regalo perfecto; de ese que diga "soy tu jefe pero también soy tu papá" y empezaré por Google —asintió—. ¿Tú no te vas? Son las cuatro.



        —Mmm… —musitó y estiró su brazo para retirar la manga de su muñeca y, así, descubrir su reloj—. Sí.



        —Penique por tus pensamientos? —preguntó, pues le pareció raro en cómo Yulia había decidido irse cuando parecía no tener intenciones de hacerlo.



        —Voy a matar un poco de tiempo —sonrió, poniéndose de pie y arrojando el cubo dentro de su bolso mientras apagaba su iMac—. Y, a juzgar por tu escepticismo, si quieres puedes venir conmigo a trotar una hora, o hasta que te den ganas de no seguir trotando más.



        —No, gracias —rio—. Yulia, ¿te puedo dar un consejo?



        —Por supuesto —murmuró un tanto indiferente.



          —Inercia —susurró, y, cuando Yulia levantó la mirada, Volterra ya no estaba dentro de su oficina, ya iba por el final del pasillo.



«¿Inercia?», pensó. Si tan sólo Alessandro Volterra hablara claramente y le dijera la inercia de qué, o de quién, si es que hablaba metafóricamente.



—Arquitecta —sonrió por saludo al contestar el teléfono.



        —Lenis… —sonrió Yulia mientras luchaba por encontrar el balance entre su teléfono y su Cinzia Rocca gris.



        —Hola, mi amor —resolvió saludarla como se debía.



        —¿Qué tal estás?



        —Muy bien, ¿y tú? —pujó y jadeó casi al mismo tiempo.



        —Bien, estoy saliendo del Estudio. ¿Estás en el taller?



        —Sí, ¿por qué? —preguntó sin aliento—. ¿Te urge mi presencia? —bromeó con segundas intenciones.



        —¡Lena! —rio divertida.



        —Digo, si te urge… en este momento me voy —sonrió, y Yulia pudo sentir esa sonrisa a pesar de no poder verla.



        —Te estas diviertiendo?



        —Depende de lo que está a punto de sugerir



        —¿Con qué estás trabajando?



        —Con una pistola de clavos.



        —¡Uh, sexy! —siseó seductoramente—. Y… ¿qué tienes puesto? —preguntó por primera vez en su vida sexual y no sexual, con y sin curiosidad y sólo para añadirle ese no-sé-qué a su juego.



        —Facetime —dijo nada más y cortó la llamada, que le dio el tiempo suficiente a Yulia para buscar sus audífonos en su bolso y colocárselos en sus oídos—. Hola —dijo al conectarse audiovisualmente vía Facetime.



Su sonrisa estaba enmarcada por sus característicos camanances y brillaba en un mate Labello de funda azul, o celeste, no me acuerdo. Sus mejillas estaban un tanto enrojecidas y un leve brillo se esparcía por todo su rostro hasta que quitaba el exceso con su brazo o con su muñeca, que, al hacerlo, delataba el uso de un guante para-nada-sexy pero que, de alguna manera, lograba ser sexy.



Su cabello estaba recogido en una coleta desordenada y alta, su cuello se veía largo y esbelto, un tanto rojo por alguna razón de la vida, y sus hombros se delineaban, como siempre, con suavidad y perfección.



                              Vestía una camiseta desmangada blanca bajo la camisa, a cuadros rojos y negros, de botones y mangas largas pero que se había recogido en dobleces hasta por debajo de sus codos.



—Hola… —suspiró Yulia con una sonrisa al verla, que le bajó el ritmo a su alocado intento de colocarse su abrigo para poder concentrarse en verla. Ah, esa paz.



        —Hola, Arquitecta —sonrió de tal manera que su dentadura superior apenas se dejó descubrir por entre sus labios.



        —¿A qué hora vienes a casa? —balbuceó estúpidamente ante la sonriente pelirroja que disimuladamente mascaba lo que Yulia presumía que era un Extra Polar Ice.



        —¿A qué hora me quieres en casa? —ladeó su cabeza así como, por roce, se le había transferido de Yulia. Yulia sólo se sonrojó—. ¿Me quieres ya en casa?



        —¿A qué hora vienes a casa? —repitió por la simple vergüenza de poder verbalizar ese "sí" mental que tanto quería gritar.



        —Sólo termino aquí y pido un taxi —sonrió.



        —¿Tienes hambre?



        —Ahora que lo mencionas… sí —asintió—, no me había dado cuenta de que se me había pasado el almuerzo. —Yulia frunció su ceño y sus labios con cierto disgusto porque sabía que Lena no desayunaba y que ese trozo de goma de mascar no era precisamente ni un tentempié—. Pero estaría más que agradecida si me invitas a comer algo —dijo con cierta inocencia para librarse de cualquier regaño mental y para suavizar la expresión facial de su Yulia.



        —¿Qué te gustaría comer? —preguntó amablemente.



        —Algo con papas fritas —respondió, pues no había mayor gusto para Yulia, del que ella supiera, que cuando le decía que "sí" a invitarla y a qué quería que la invitara—, algo como pollo frito.



        —¿Te veo en cuarenta minutos o en más?



        —En cuarenta estaría perfecto, mi amor —asintió con una sonrisa.



        —¿Quieres postre?



        —Sólo si compartimos.



        —Te ves encantadora hoy —sonrió, y vio cómo Lena, por encima del rubor de esfuerzo, se coloreó de un tono más candente—. Te veo luego —guiñó su ojo y, con una sonrisa y un beso silencioso, recibió una sonrisa visual para terminar la llamada.



Apretó el micrófono sólo para dejar que cualquier canción inundara su oído derecho mientras terminaba de tomar su bolso y se disponía a salir de su lugar de trabajo.



                              Se despidió de Gaby con las mismas palabras de siempre: "si no hay nada más por hacer puedes irte. Que tengas buen día, y hasta mañana", a lo cual Gaby respondía: "que tenga buen día, Arquitecta", agitó su mano frente a la oficina de Belinda para despedirse de ella, quien, aparentemente, siempre que ella se iba estaba pegada al teléfono por alguna razón, agachó la cabeza para despedirse de Selvidge, quien pintaba una mandala, y salió por la entrada principal, no sin antes murmurar un "hasta mañana" para Caroline, la del escritorio principal.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:21 am

Introdujo el audífono izquierdo en su oído para que Empire State Of Mind le inundara la audición y la privara de maquinar pensamientos inconclusos e incoherentes.

No supo de quiénes estaban en el ascensor cuando se unió a ellos, sólo sabía que todos eran hombres en trajes negros y camisas blancas, entre corbatas rojas y amarillas, y luego le importó poco ver que una de las puntas de sus Corneille Louboutin se veía relativamente más rara que de costumbre, y no fue hasta que dio el siguiente paso que se dio cuenta de una ligera laceración que perturbaba el cuero negro. Debió haber sido de su inquietud matutina al estar rozando su pie contra el filo del escritorio de Phillip mientras hablaban de los posibles escenarios, y, si no era por eso… tampoco le importó por qué, para eso los tenía en seda negra, en piel de algún reptil rojo, en tweed gris carbón y en seda turquesa oscura.

                              Y, de repente, se encontró sentada en la barra de T.G.I. Friday’s entre la cuarenta y ocho y la cuarenta y nueve y quinta, con un audífono abajo mientras procuraba tener paciencia suficiente para esperar las dos órdenes de Crispy Chicken Fingers, aderezo de mostaza de lado, y una generosa porción de aquel Salted Caramel Cake; exactamente lo mismo que había almorzado aquel día con Lena, aquel primer día de almuerzos juntas, aquel día de sostén de PINK de Victoria’s Secret que tanto le había perturbado hasta que había logrado apagar su combustión.

En esa ocasión, en esa remota y temporal impaciente soledad, no abusaba de su edad, o de su inaceptable desesperación por ver a Lena, pues no ahogaba esa incapacidad de decirle que "le urgía verla" en ningún tipo de alcohol sino en algo a lo que Natasha, y ella misma, llamaban "chapstick en vaso y con hielo", o sea una Straberry Lemonade Crush; una perfecta combinación de fresas machacadas por negocio, jugo de lima, jugo de limón, azúcar, una odiosa cantidad de sprite y un gajo de amarillo limón que pretendía ser más decoración que algo más útil.

                              El cubo estaba nuevamente presente y sacaba lo más jovial de Yulia que se podía, pues, por pereza de interrumpir su implosión cúbica-mental, había colocado el vaso alto de ese ácido chapstick en vaso entre sus brazos para no despegarse de la pajilla y beber por aburrimiento y por ganas de tener algo en la boca. Algo como la ansiedad. Pero ella y yo sabíamos que un cilindro plástico, o sea la pajilla, no era lo que le quitaría la ansiedad, aun así la mordisqueara y, con eso, evidenciara la inmadurez de la etiqueta y el protocolo en la gastronomía.

                              Yulia estaba consumida en lo que se resumía a la pura desconcentración por tener demasiadas cosas en la cabeza: el tercer socio, Volterra, Lena, el cumpleaños de Lena, el maldito cubo que era imposible que le estuviera ganando, ¿acaso era la maldita caja de pandora? Ojalá y estuviera aquel Voyeur Back Panty de Kiki de Montparnasse dentro de la caja. Y Natasha, a quien no había visto en lo que le parecía una eternidad, o sea dos días, y que no lograba concebir que Thomas pasara más tiempo con ella que ella, pero, al menos, sabía que le ayudaba a mantenerse ocupada y distraída de las cosas que realmente le perturbaban; que la comida, que la bebida, que "Nate, confío en tu gusto para todo; yo comeré lo que sea y beberé lo que sea… así sea pan y agua. Pero, al menos, pon un poco de mantequilla y sal, y hielo".

                              Apartó el cubo porque estaba al borde, nuevamente, de querer abrirla por las malas y simplemente se taladró los audífonos en ambos oídos para gozar de "Talk Dirty" en repetición, una y otra, y otra vez mientras, con sus dedos, tomaba la pajilla y revolvía circularmente su bebida.

Eran dos minutos y cincuenta y ocho segundos de recuerdos divertidos que no tenían precio a pesar de que le habían costado menos de dos dólares en iTunes.

Sí, era culpa de la canción y de dos botellas de Gin y una de Vermouth, y quizás también de aceitunas rellenas de blue cheese, de champiñones salteados a las hierbas y al vino blanco, y de una enorme cesta de perfectos crostini para comerlos con el guacamole, o con las rebanadas de mozzarella, o con el pesto, o con las cebollas caramelizadas, o con los tomates y albahaca para hacer la perfecta bruschetta, o era culpa de las dos docenas de ostras. Y era culpa del sofá, y de las risas, y del momento, y de la graciosa ebriedad que las había colmado; que se daban de comer mutuamente, que bromeaban y que simplemente estaban ahí, en ese momento y ellas dos.

En ese momento Yulia se sintió muy bien, y se sintió bien porque no había nada mejor que hacer después de conocer los anillos que estarían en sus dedos anulares de la mano izquierda, no había nada mejor que dejar las bolsas de Bergdorf’s y Saks a la entrada para sentarse a comer en cualquier lugar que no fuera la mesa.

Claro, después de Martinis cada tanto, Jason Derulo hizo su aparición y Lena comentó lo sexual que era la canción, y Yulia, sólo por llevarle la contraria, pues de "Talk Dirty" todo sonaba sexual, le dijo que era imposible. Lena, ante el evidente y juguetón reto, se puso de pie y simplemente se dejó ir en un striptease un tanto torpe pero gracioso para probarle a Yulia que sí podía ser sexual. Claro, terminó en lo que cualquiera podría llamar "steamy sex". Muchos jadeos callados, frentes juntas, un poco de malévolo sudor. Pasó "Shot You Down" de Nancy Sinatra con distorsiones de Audio Bullys, "Four To The Floor" de Starsailor, "Drop It Like It’s Hot" de cuando Snoop Lion era Snoop Dogg, "Bom Bom" de Sam & The Womp y una invasión muy graciosa de Pointer Sisters con "I’m So Excited", y Lena terminó a horcajadas sobre el regazo de Yulia, con Yulia contra su pecho mientras se abrazaban entre la falta de aliento por haber imitado a los conejos.

Luego las había atacado una risa bastante estúpida, pero orgásmicamente estúpida, y habían reanudado la acción de comer.

                              Interrumpieron su pervertida película en su cabeza al creer que era su pedido, hasta materializó su cartera para pagar, pero no, no era su pedido.

Bueno, ni modo, se encogió entre sus hombros, respiró profundamente con impaciencia, no porque se estaban tardando lo normal sino porque no se aguantaba por decirle a Lena que le urgía verla. ¿Por qué no lo sólo lo hacía por teléfono? Bueno, hay cosas que es mejor decirlas frente a frente. O quizás era mejor frente a frente porque quizás se lo diría contra su cuello, o quizás se lo diría como algo muy normal y en tono indiferente para no sonar tan sensible y vulnerable, o quizás se lo susurraría al oído cuando estuvieran a punto de dormir, o quizás y, de tantas ganas que tenía de decírselo, no se lo diría.

El recuerdo de Lena, ese de que le susurraba concupiscentemente la letra de "Talk Dirty" a su oído, la atacó de nuevo, y sólo supo sacudir la cabeza y adentrarse en el mundo de Angry Birds para seguir en su intento de conquistar cada nivel con tres estrellas, aunque ella sabía que el juego ya había pasado de moda.

                              Entre "Wearing Out My Shoes" se puso a pensar en las cosas que más le quitaban la paz mental, y no era precisamente el tercer socio porque para eso tenía plan A, plan B, y hasta plan Z.

Era el cumpleaños de Lena, ¿qué iba a hacer para su cumpleaños? El regalo lo tenía, y era, quizás, el regalo más indecoroso pero, de alguna forma, era lo que Lena quería aunque no se le ocurría que podía hacerse. Sí, sí, una cámara, todo porque aquellas palabras le sonaban en su memoria una y otra vez: "No te puedes imaginar cómo mantengo momentos como estos ... Ya sabes, como un pen drive". Todavía le daba risa, pero, bueno. En fin. Ajá. El problema no era el regalo, el problema era que no sabía cómo celebrárselo.

Su cumpleaños era un martes, o un lunes en caso de que se encaprichara de celebrárselo nuevamente a la hora Katina o a la hora de Roma, o de Atenas. Martes. ¿Qué se hacía un martes aparte de no casarse, no embarcarse y, desgraciadamente, sí apartarse de su casa? "Llévame a cenar, unas copas, y una buena cogida", ése era el deseo de Lena, pero más vaga no podía ser. ¿A dónde quería ir a cenar? ¿Quería ir a cenar a Butter, a Masa, a Smith & Wollensky, a Jean-Georges, al balcón del apartamento? ¿Y qué quería comer? ¿Copas de qué quería; de vino tinto, del inusual vino blanco, de Martini, de Bollinger? ¡Y la "buena cogida"!

Eso último, en el diccionario de Yulia, significaba nada más y nada menos que "algo especial"… y, en mis palabras, "algo fuera de la caja", así que asumo que sí, era lo mismo. Ya lo había sacado de la cama porque ni en la cama había empezado, ya habían compartido los attachments, o sea los juguetes, aunque esos eran de las dos desde un principio, ¿qué podía hacer? Ah, tenía el cerebro quemado, pero, al final del túnel, vio la luz. Ya la había vendado pero no para algo tan sexual, ya habían tenido un tímido Bondage pero ella había sido la víctima. Y, listo, la iba a asesinar pero ya tenía respuesta, o quizás sería Lena quien la asesinaría a ella, y no era en un sentido metafórico sino real. Las copas de Bollinger, y que ella escogiera dónde cenar.

Y, a poco menos de un mes, se le ocurrió recurrir a la magia de TripAdvisor para tener una especie de escape de fin de semana largo en compensación por la falta de Springbreak y para abonar sonrisa a su cumpleaños, pues nunca se le olvidaba que no había mejor forma, para quedar bien con la Licenciada Katina, que dejarla despertarse hasta que su cerebro se aburriera de dormir.

¿Poconos? Sí, Poconos. Y, cuando menos lo supo, desechó la idea de que Inessa o Katya pudieran venir, pues hasta eso se le había ocurrido, pero nada mejor que un escape de Spa; de masajes suecos y poco sol, y un poco de frío, para que no quisiera ni salir de la cama… cosa que a ella la seducía porque, en cuestión de segundos, ya lo tenía todo fríamente calculado y reservado en "The Lodge at Woodloch".

                              Le entregaron su pedido y, ni lenta ni perezosa, de manera literal y no metafórica, llegó antes al 680 cuando ni había salido de la puerta del restaurante.

—¡¿Mi amor?! —llamó Yulia al abrir la puerta, pues cómo esperaba escuchar un "¡En la cocina!" o un "¡En el baño!".

        —Aventé la pistola de clavos y me vine —rio Lena, emergiendo de la cocina con una copa de Martini en su mano derecha.

        —Hola —murmuró ruborizada y sorprendida mientras que, con la aguja de su Louboutin derecho, cerraba la puerta.

        —Hola —sonrió Lena, alcanzándole la copa y tomándole la bolsa de papel; un perfecto trueque—. Primera vez que llego antes que tú —resopló, tomando a Yulia por la cintura con su brazo y, con la incomodidad de una remota diferencia de trece centímetros de Louboutin, perdón: de altura, se elevó en puntillas para robarle un beso de "hola, bienvenida a casa, qué bueno verte".

        —Me urgía tanto verte… —suspiró en cuanto Lena liberó sus labios de entre los suyos.

        —¿Sí? —se ruborizó, pero, al mismo tiempo, se enterneció de ver el rubor en las mejillas de Yulia también.

        —Eso de que no estés ni un segundo en la oficina… no es de Dios —dijo, y hasta a mí me impresionó lo fácil y cursi que le había salido aquello.

        —¿No? —balbuceó casi con sus entrañas derretidas, y Yulia sacudió suavemente su cabeza mientras bebía su Martini hasta el fondo para obligarse a borrar el rubor de sus mejillas, pero sólo logró que se esparciera hasta por el minúsculo triángulo de pecho que se escabullía entre los botones libres de su camisa de patrón de leopardo; "de leopardo en drogas" según Natasha porque era en negro y azul marino—. Yo también te extrañé —susurró.

        —¿Sí? —imitó su tono de voz.

        —Uy, sí —resopló, y la soltó para ir en busca de la cocina, pues el olor de la comida le había despertado demasiado el hambre.

        —No tu eres la más hermosa de todos ellos… —murmuró Yulia con una sonrisa y, quitándose el abrigo para arrojarlo sobre el respaldo de una de las sillas del comedor que quedaba a su paso hacia la cocina.

        —Lo soy —rio, y se volvió para guiñar su ojo—. ¿Cómo te fue hoy?

        —No me quejo de nada laboral, sólo de mi soledad —dijo en ese tono dramático que le daba risa a Lena, o quizás era más que nada por su puño en su pecho, buen toque—. ¿Y tú?

        —Día aburrido al cien por ciento, cero licitaciones, cero todo —resopló, y sacó las tres cajas de cartón en las que estaban esa comida que no era ni almuerzo ni cena—, definitivamente tampoco es de Dios no verte…

        —De verás? —rio, y la abrazó por la cintura para recibir una papa frita entre sus dientes.

        —Totalmente —murmuró, y arrojó tres papas fritas a su boca.

        —¿Por qué no fuiste a la oficina, entonces?

        —¿Por qué no fuiste al taller, entonces? —la remedó, y su punto tenía validez—. No es como que no seas bienvenida… al final, tu eres la jefe—sonrió, y le dio más papas fritas a Yulia—. Eres la dueña…

        —Resulta que lo soy —susurró a su oído al estar desnudo por llevar su cabello en una coleta alta y desordenada, y la apretujó un poco más entre sus brazos—. Pero creo que es bueno que tengas tu Disney World de vez en cuando —susurró nuevamente a su oído y le plantó un beso suave y sin segundas aparentes intenciones tras su oreja.

        —Eres tan considerada —bromeó sarcásticamente.

        —Lo sé —susurró su Ego, quien era incapaz de notar el sarcasmo.

        —Te hice algo mientras estuve en el taller —le dijo luego de un momento de silencio incómodo, pero no era que no tuvieran nada que decirse sino que les urgía más masticar las jugosas piezas de pollo frito.

        —¿Otro cubo? —tosió ante el miedo que la sola idea le provocaba, y Lena lanzó la carcajada—. ¿Qué le parece tan gracioso, Licenciada?

        —No voy a hacer un cubo de esos nunca más —sacudió su cabeza—. Son demasiado complicados de hacer…

        —¡Y de abrir!

        —Y puedes decir lo que sea de mi cubo, pero no me digas que no te entretiene la idea de no saber cómo abrirlo.

        —A mi Ego le duele, pero sí… me divierte. Y, entre la poca humildad que conozco, estoy pensando pedirte ayuda.

        —Bien, bien —sonrió y le dio un beso en su mejilla—. Pero, volviendo a tu pregunta inicial: no, no es otro cubo.

        —¿Qué es?

        —Tampoco es otro artificio de Satanás —dijo Lena, pues sabía demasiado bien lo que Yulia pensaba del cubo, cosa que no le importaba.

        —Ah, eso ya es decir bastante —resopló.

        —Yo sé que te va a gustar.

        —¿Dónde está?

        —Ah, lo vas a tener que encontrar —rio.

        —Ni siquiera sé lo que parece —entrecerró sus ojos con cierta indignación que era más graciosa que verdadera.

        —Es un cilindro de nogal, como de veinticinco centímetros de altura, muy lindo, muy brillante, muy suave… —sonrió, y supo muy bien cómo se escuchaba eso en la GCP de Yulia, Glándula Cerebral Pervertida.

        —Un dildo de madera… —murmuró para sí misma—. Porque el látex y el plástico son simplemente convencional

        —Tiene algo adentro.

        —Joder… —suspiró—. Definitivamente es otro artificio de Satanás si tengo que abrirlo.

        —Es "abre fácil".

        —Podría jurar que me dijiste lo mismo del cubo —sonrió, y mordió la pieza de pollo que estaba a la espera entre sus dedos.




        —Si lo encuentras antes de que me dé sueño… puedes hacerme lo que quieras sobre la superficie en la que está escondido—susurró con lascivia a su oído.




        —Ninfómana… —susurró de regreso.




        —Y así te gusto… —repuso, y dio una mordida sonora al aire muy cerca de su oído.




        —Como sea… —canturreó, pues la temperatura ya estaba subiendo sin control—. Hay algo de lo que quiero hablarte.




        —Yo también tengo que hablar contigo—murmuró.




        —Oh… bueno, tú primero, entonces —sonrió, aunque, por dentro, estaba que se cortaba las venas del estrés que le provocaba el hecho de que Lena tenía algo que decirle y que le había dicho que "tenía que" hablar con ella.




        —Hay varios musicales nuevos en Broadway, tres o cuatro si no me equivoco —dijo, y Yulia pudo respirar de alivio.




        —¿Sí…?




        —Y, bueno, considerando que te gustan los musicales en Broadway y no en el cine, ¿qué te parece si vemos algunos?




        —Me parece perfecto —sonrió—. ¿Cuáles quieres ver y cuándo las quieres ver?




        —Pensaba en que podíamos escoger equitativamente…




        —"Chicago", siempre "Chicago".




        —¿Dos más?




        —"Anything Goes" ya no está… supongo que "Jersey Boys" y "Mamma Mia" —se encogió entre sus hombros—. ¿Y tú?




        —¿Qué tal te suena "Matilda" y "Kinky Boots"?




        —Como que no las he visto —sonrió—. ¿Cuál otra?




        —Me gustaría volver a ver "Sister Act".




        —Ya no está en Broadway, están en gira creo…




        —El otro mes van a estar en la ciudad por una semana, ya revisé —sonrió—. Además, "Amaluna" abre el veinte de marzo en el Citi Field, pensé que te gustaría verlo en la primera función abierta al público.




        —¿El veinte? —frunció sus labios, pues eso significaría que no podrían irse ese día por la tarde a Pennsylvania.




        —Veintiocho. Ya compré las entradas.




        —¿Y dónde están esas entradas? —rio.




        —En el cilindro —sonrió—, junto con otras cosas que he metido también.




        —Qué conveniente —rio de nuevo—. Pero me gustaría ir, y me gustaría saber dónde está el famoso cilindro.




        —Busca donde nunca buscarías algo —sonrió—. Ahora, ¿de qué querías hablarme?




        —De tu vagina —murmuró indiferentemente, pero Lena sólo se coloreó de rojo y ensanchó la mirada.




        —¿Qué tiene de malo mi vagina? —tartamudeó, pero Yulia sólo le regresó la carcajada—. ¿Qué tiene de gracioso mi vagina?




        —Absolutamente nada, es perfecta, mi amor.




        —¿Entonces?




        —En realidad quería hablarte de Providence y de tu cumpleaños —dijo, ahuecándole la mejilla—. ¿Te gustaría venir a Providence conmigo en semana y media, por dos o tres días?




        —¿Es una propuesta indecente?




        —Podemos hacer cosas indecentes mientras estemos allá, eso no será ningún problema —guiñó su ojo derecho y se volvió al gabinete contrario a ella para sacar dos vasos—. Claro, a menos que no quieras… —se encogió entre sus hombros y colocó los dos vasos en la encimera.




        —"Cosas indecentes"… —suspiró—, ¿qué entiendes tú por eso?




        —Cosas como… —sonrió, levantando su dedo índice de la mano derecha para sólo agitarlo lentamente mientras su ceja se elevaba cada vez más—, como ciertos tipos de torturas, de hermosas torturas que rompen cualquier tipo de protocolo y etiqueta, quizás y le toquen las teclas a la ética del sexo convencional… quizás te bañe en champán, o quizás te agarre contra una puerta de vidrio, quizás y sea sobre un suelo que todavía esté empacado, o quizás sea mientras me ayudes a meter los asientos de las sillas en los marcos de las sillas… o, si no lo quieres tan extremo, quizás para rebalsar la bañera de la habitación del hotel —sonrió—. Eso último me acuerda que, a principios de abril, vienen a instalar la Neptune Kara que alguna vez me dijiste que querías —ensanchó su sonrisa y Lena, de su rojo evidente, pasó a tres tonos más rojo—. Podremos rebalsar nuestra propia bañera en nuestra propia casa —dijo como si fuera algo totalmente irrelevante, y se volvió al congelador para sacar una botella de Pellegrino.




        —Pero a ti no te gustan las bañeras… —murmuró, siendo eso lo único que resolvió decir por ser verdad.




        —Que no me gusten a mí no significa que no te gusten a ti… además… —desenroscó la tapadera de la botella y el gas se escapó como siempre—, tampoco me gustaba la idea de compartir mi oficina con alguien más, mucho menos por motivos de aglomeración, pero como es contigo… no puedo ni pensar en una mejor manera de hacer que algo me guste.




        —¿Si te doy espárragos te gustarían?




        —Cosas como mi paladar no se ajustan tan fácil como mi actitud en cuanto a numerosas cosas.




        —Dejarías de ser tú… —rio, tomando el vaso con agua que Yulia le había servido para bajar un poco la comida y hacer que cayera en su estómago de una buena vez.




        —Exacto, y, por la misma razón por la que mi paladar nunca se va a acostumbrar a los espárragos, o a las aceitunas sumergidas en mi Martini, es que te digo que vengas conmigo a Providence —ladeó su cabeza hacia el lado derecho.




        —Pasamos de preguntar a decir —resopló Lena.




        —Alguien una vez me dijo "no me gusta que me pregunten tanto" —sonrió y ladeó su cabeza hacia el lado izquierdo.




        —Touché, touché —asintió dándole la razón—. Pero esa vez me diste una buena razón.




        —¿Necesitas más razón que yo? —atrapó su sonrisa entre sus labios y rio inaudiblemente a través de su nariz, ella sabía muy bien que su Ego se había inflado tres veces su tamaño pero, aun así, lograba verle lo gracioso.




        —Me corrijo: no necesito razón, necesito motivos.




        —¿Volterra me planteó la idea? —se encogió entre sus hombros y arrojó papas fritas a su boca.




        —Sabes que no me refería a eso —murmuró.




        —No sé exactamente a qué te referías —dijo con sinceridad.




        —¿Por qué quieres que vaya contigo?




        —Bueno, me tomé el atrevimiento de revisar tu calendario y no tienes ningún proyecto.




        —Podría tomar un proyecto cualquiera en estos días sólo por las ganas de tener algo que hacer —refutó su idea.




        —También pensé que te vendría bien un cambio de aire por eso de que no vamos de vacaciones en Springbreak —dijo Yulia, y, al ver cómo Lena reía suavemente y sacudía su cabeza con cierta decepción, se frustró y empezó a sentir como si sudara más frío que durante los peores de sus resfriados vueltos bronquitis. Lena no quería saber algo "oficial", quería saber lo real y un simple "¿por qué quieres tú que yo vaya?", pues no le servía de mucho si Yulia necesitaba el espacio que nunca quería—. Y porque, no sé, no sé qué voy a hacer yo sola en Providence —suspiró
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:24 am

—Ahora, no tienes colorido?- sonrió y ahuecó su mejilla con su mano izquierda.

        —Me acuerdo de cuando tuve que ir a no-me-acuerdo-dónde después de tu cumpleaños el año pasado, y sólo me acuerdo de lo aburrido que fue, de que no me gustó dormir sola a pesar de que el Facetime duró toda la noche… no es de Dios —susurró.

        —Con un "porque quiero que me acompañes" era suficiente, pero me gusta saber por qué no te gusta que no te acompañe —sonrió de nuevo y se acercó a sus labios para darle un beso con un tono de ternura.

        —¿Me harías el favor y el honor de acompañarme a Providence? —preguntó en su tono ceremonioso.

        —Y hasta a Alaska si quieres.

        —Gracias.

        —Gracias a ti por la invitación.

        —Las invitaciones son sólo una formalidad contigo.

        —Sólo por curiosidad… —dijo, y vio a Yulia dar una triple mordida a su pieza de pollo; ya le había aburrido estar comiendo—. ¿Por qué no me dijiste que fuera contigo desde antes?

        —Me gusta mantener contento a Volterra porque eso significa que no se va a meter ni contigo ni conmigo, no quiero que volver a tener un clusterfuck de escalas superiores a lo que a cualquiera le toca, no quiero que te vuelva a ver o a gritar de esa forma y, egoístamente, no quiero sentirme culpable por eso. Yo no te voy a arrastrar a algo que sé que te duele —empezó diciendo—. Al principio pensaba ir y venir todos los días para verte, pero toma demasiado tiempo; casi tres horas en ir y tres en regresar, y vales la pena… pero luego me puse a pensar en que, haciendo eso, no serían sólo dos o tres días sino tres, o cuatro, o cinco, y tengo ciertas obligaciones que superan a mis caprichos —se sonrojó—, pero, cuando Volterra lo sugerió… bueno, ¿cómo decirle que no? —preguntó retóricamente en ese tono ridículo que tanto le gustaba—. Llámame "conservadora", "clásica", o "tight bitch", pero permiso del jefe todavía cuenta.

        —¿Permiso del "jefe" o del "suegro"? —ladeó su cabeza.

        —Del jefe que resultó ser mi suegro —sonrió ampliamente y de esa manera en la que intentaba sacudirse el tema de encima.

        —Buena salida —resopló—. Pero, sí, sí voy…

        —¿Alguna condición o requisito?

        —¿Cómo nos vamos a ir?

        —En auto, ¿quieres conducir tú?

        —¡No! —siseó con una risa de por medio.

        —¿Por qué no?

        —Porque eso significa que tú estarás a cargo de la música, y no planeo volver a sufrir bajo Dead Or Alive, Diana Ross o Celine Dion.

        —Ah, pero está bien que yo sufra tres horas de un popurrí de Beyoncé, Justin Timberlake y Florence & the Machine, ¿no? —bromeó.

        —Hmmm… —entrecerró sus ojos y frunció sus labios—. Ya veo a lo que te refieres…

        —Soluciones hay —dijo con la boca llena mientras que, con sus manos, se impulsaba de la encimera para poder sentarse sobre ella—. Podemos dividir el viaje: la ida será tu música y el regreso la mía, o viceversa.

        —Eso sería sufrir tres horas cada una, no es sano… ¿o no te acuerdas de cómo tuvimos que parar a medio camino porque hiciste combustión?

        —Tenía ganas de ir al baño —se excusó.

        —Sí, y por lo mismo ahogaste tus penas en un Long Chicken with Cheese, no mayo, large french fries and large coke de Burger King.

        —Y me dio hambre —rio.

        —Podríamos hacer una playlist de siete u ocho horas y, una vez le damos "play", nada de darle "next", ¿qué te parece?

          —Supongo que es una buena forma de diluir los malos gustos de cada una —sonrió Yulia.

        —No son "malos", porque no creo que el hecho de que me guste Queen sea algo de mal gusto, o que a ti te guste Duran Duran sea de mal gusto, simplemente no compartimos los mismos gustos porque tú naciste antes de tiempo y yo soy una puta corriente —guiñó su ojo.

        —The Pussycat Dolls, Will.I.Am y The Naked And The Famous quedan prohibidos en esa playlist.

        —Prince, Diana Ross, y con eso me refiero a ella como solista y a The Supremes, y Celine Dion también.

        —Es un placer hacer negocios con usted, Licenciada Katina —dijo Yulia, y le extendió la mano para cerrar el trato.

        —El placer viene más tarde —guiñó su ojo y le estrechó la mano con una firmeza digna de ser correcta.

        —Licenciada —suspiró Yulia con estúpido enamoramiento.

        —¿Sí? —se acercó y se colocó frente a ella, con su abdomen contra sus rodillas.

        —I love you —sonrió.

        —I love you, too —repuso y le alcanzó más papas a Yulia—. So, dime de qué se trata Providence, ¿quieres?

        —Invasión total, estadía en el Renaissance Providence… toallas extras y almohadas de extra plumas —sonrió—. Vista al Capitolio, a una altura considerable por si nos dan ganas de suicidarnos, y con early check-in. El día empieza a las nueve de la mañana y termina a las seis de la tarde, desayuno obligatorio en la cama, cena en cama o en restaurante, múltiples rondas de café, o sea "agua sucia", y suculentos almuerzos en forma de treinta centímetros de Subway porque es lo que más cerca de la casa queda, claro que serán con galleta, bebida de tu elección y una bolsa chips. Pronostico que los Muliere son personas bondadosas y darán comida extra si así se les ocurre.

        —¿Clientes presentes durante el proceso de ambientación?

        —El primer día no, los otros dos sí… aunque sólo será Mrs. Muliere y dos personas más; cero niños, cero esposo, sólo Aaron y sus secuaces, y nosotras. Siete habitaciones, nueve baños, dos salas de estar, un jardín, una pérgola, cocina, comedor, sótano, ático, oficina y sala de juegos. Paredes pintadas, suelos protegidos, jardines por hacer, cuadros y demás por colgar de las paredes, muebles por ensamblar, mover y meter, clósets por arreglar y, quizás, crash courses de cómo doblar ropa para qué parte del clóset, cómo tender camas, cuidado de superficies… en fin, lo de siempre —sonrió.

        —Suena más interesante que no hacer nada aquí —sonrió de regreso.

        —Good. Now, lo otro que quería decirte era de tu cumpleaños.

        —¿Qué con eso?

        —¿Qué piensas de un fin de semana largo con un poco de frío, poco sol, cama cómoda y masajes y champán, y relajación, y demás?

        —¿Sólo tú y yo?

        —Sólo tú y yo… —sonrió—. Y celebramos tu cumpleaños entre la mayor de las comodidades y de los sacrilegios del sedentarismo: champán en la cama, sábanas, sexo, sueño y sin espasmos musculares en tus hombros… lejos del trabajo, de toda civilización o, por lo menos, de la Gran Manzana, mini Springbreak… ¿qué te parece?

        —No suena nada mal… ¿en dónde está ese paraíso terrenal?

        —Pennsylvania.

        —Ah —resopló–. ¿Poconos?

        —No estaba al tanto de tus conocimientos geográficos —sonrió—, pero sí: Poconos.

        —¿Cuándo nos vamos?

        —Jueves por la tarde o viernes por la mañana antes de tu cumpleaños, y regresaríamos el día que quieras; lunes o martes —dijo, a pesar de que las reservaciones las tenía desde jueves por la noche hasta el martes por la mañana, pero nada que una modificación de reservación no pudiera arreglar.

        —¿Cómo cambiarían nuestros planes?

        —No lo sé —se encogió entre sus hombros—, lo único que es seguro es: una cena, unas copas, y una buena cogida —sonrió—. Lo demás es flexible y queda a la disposición de tu gusto y de tus ganas.

        —¿Te puedo ser muy sincera? —murmuró un tanto sonrojada.

        —Por favor.

        —Suena muy bien, muy bonito, y tengo ganas de ir, de verdad que sí tengo ganas de ir…

        —¿Pero? —ladeó su cabeza con una suave sonrisa tirada hacia el lado derecho.

        —Hay dos cosas que debes considerar…

        —¿Cuáles?

        —Favoritismo y dinero. 

        —Es tu cumpleaños, ¿cómo voy a cobrarte tu "fiesta" de cumpleaños? —rio un tanto indignada.

        —No me refería a ese dinero… —suspiró—. Sé que es algo en lo que probablemente no piensas mucho porque lo tienes solucionado con todos tus proyectos, pero no sé qué tan bueno sea que me pase la mitad del mes de marzo sin trabajar, a eso añádele la-semana-o-diez-días que rondan nuestra boda, añádele el tiempo que nos fuguemos al lugar más recóndito del mundo para nuestras vacaciones, entiéndase "Honeymoon", y, asumiendo, la semana de diciembre que pasaré en Roma… no sé cómo voy a llegar a mi meta anual al paso que voy y con la cara que tiran las licitaciones o con la frecuencia que me llueven clientes del cielo…

        —Ganaste más de ciento setenta con lo de Carter —frunció su ceño.

        —Ciento cincuenta, en realidad…

        —¿Por qué?

        —Por el veinticinco que me toca poner de lo de Aaron…

        —Independientemente de eso —dijo Yulia, y le dio un sorbo a su agua para luego volver a llenar el vaso—, con ciento cincuenta de lo que te queda al final ya cubres el porcentaje anual básico del Estudio… además, el año fiscal no comienza en enero sino en julio, y, hasta donde mis cálculos no me fallan, estás más que bien…

        —Como puedes estar tan segura?

        —Como no puedo? —ladeó nuevamente su cabeza—. Tengo doce meses para poner mi once punto once-once-once por ciento del capital del Estudio… entre nueve personas se logra muy fácil recaudar más de un millón para cubrir gastos básicos y esenciales, en cuenta el café y la leche del Latte que te bebes por las mañanas y el mantenimiento de tus parques de diversiones en el taller… todo eso más un salario fijo que te ayuda todos los meses por si fue un mes seco —guiñó su ojo—. Al final del día sólo son ciento diez mil dólares base, en un año de trabajo, que tienes que darle al Estudio para tu propio beneficio.

        —Ése es un número que está por encima del salario promedio —rio irónicamente—. No son "sólo ciento diez mil dólares en un año"…

        —Eso no se escuchó bien, ¿verdad? —cerró sus ojos con avergonzado dolor mental y verbal.

        —No.

        —Bueno, considérate afortunada de tener ciento diez mil dólares para que te quite el Estudio anualmente… significa que tienes trabajo seguro y ganancia segura a pesar de que no te caiga ningún cliente del cielo, o que las licitaciones no sean las que se adecúan a tu campo… considérate realmente afortunada —sonrió.

        —Todavía me parece increíble la manera en la que funciona ese Estudio —resopló mientras sacudía su cabeza.

        —¿Por qué?

        —Lo que importa es que, en doce meses, des, por lo menos, ciento diez mil dólares para el fondo básico de manutención y mantenimiento, y estás bien —rio—. Puedes tomar un proyecto de un millón de dólares que te tome seis meses, pagas tus ciento diez mil, y puedes hacer de tu culo un florero por el resto del año fiscal si así se te da la gana… al final, tomas otro proyecto o no, es entrada segura y el Estudio sólo te quita el cinco por ciento.

        —Puedes hacer eso, nadie está en contra de eso en el Estudio… con tal de que cumplas con la meta anual, nadie te dirá nada… pero no sé si ves que Belinda hace de su culo un florero sólo porque tiene proyectos de seis cifras —se encogió entre hombros—. Como te dije alguna vez; una vez pones un pie en ese Estudio, eres prácticamente tu propio jefe: tú te pones tu horario, tu carga laboral, tu método de trabajo, todo… eres libre de hacer lo que quieras y como quieras hacerlo, así sea pasearse en calcetines por toda la oficina como Clark, o escuchar "x" mantras al día como Selvidge, o ver "Game of Thrones" como Jason cuando no está con sus cosas de contabilidad, o tener tiempo para beber dos dedos de Whisky como Belinda, o darte el tiempo, todas las mañanas, de empezar el día con una taza de té de durazno y vainilla frente a la ventana mientras piensas en nada. Todos podríamos hacer un proyecto grande y ya, pero nos gusta lo que hacemos… y ésa es la explicación que buscas. ¿A ti te gusta lo que haces? —le preguntó en esa voz que sonreía en el fondo, y Lena no supo cómo responderle—. Yo sé que lo de diseñar y ambientar tiende a aburrirte y a desesperarte un poco si no tienes tiempo para perderte en un mueble o varios… si quieres hacer un proyecto del tamaño del Titanic para luego tener tiempo de sólo hacer muebles el resto del año, hazlo que nadie te dirá nada. Tómate las vacaciones que quieras, por el tiempo que quieras y cuando quieras, pero asegúrate de que tus ciento diez mil dólares estén en el lugar que corresponden, de lo contrario recibirás menos el año siguiente —sonrió—. Vensabene quiso que así fuera el ambiente laboral y, por lo visto, le funcionó.

        —Entonces… ¿nos vamos el jueves por la tarde y regresamos el martes por la tarde? —sonrió ampliamente.

        —Ésa es una actitud que me gusta más —sonrió de regreso y ahuecó su mejilla izquierda.

        —Es sólo que no puedo evitar no pensar en eso…

        —Me acuerdo de tu primer año con nosotros; no te fue nada mal. Ahora que ya te conocen nuestros clientes fijos y que sabes muchísimas cosas más de las que sabías al principio, trucos, atajos y que conoces a alguien que conoce a alguien, créeme que todo se hace más fácil. Creo que eres la única, en el Estudio, que todavía se preocupa por revisar las licitaciones —dijo como si eso le causara ternura—. Piensa en cuántos proyectos te han llovido y cuántos has buscado, y piensa en si realmente las licitaciones valen la pena en tiempo, energía y dinero en comparación a los que te han llovido….

        —Ahora que lo dices… —frunció su ceño—, tienes razón.

        —Lo sé —sonrió el Ego de Yulia—. Ahora, por la parte de lo que tú llamas "favoritismo", es lo mismo —y le explicó—: Podrás ser la hija del dueño y la novia de la socia mayoritaria, pero eso no te da ningún privilegio por sobre los demás. Digo, no es por eso que tienes trato especial. Belinda llega al Estudio luego de dejar a sus hijos en la escuela, se toma dos horas para almorzar con ellos y ni que viviera tan lejos, se va todos los días antes de las cinco de la tarde a menos de que esté en medio de un destello de lucidez, los fines de semana no toma llamadas ni de clientes ni de nosotros, se toma una semana en Springbreak, dos semanas para Navidad, dos o tres semanas en verano, y numerosos fines de semana largos. Rebecca es la primera en llegar siempre, pero los viernes ya no llega porque ya está con Don, quizás en Miami o quizás aquí, se toma tres semanas para Navidad, una semana para Thanksgiving porque su mamá vive en Pasadena, después de que termina un proyecto se desaparece por tres días. Nicole sube todos los días al taller para almorzar con Marcel, los días que su hermana no puede cuidar a Alex, ella no llega a trabajar. A lo que voy es a que nadie tiene un trato especial, no importa si tienes un año o veinte de trabajar en el Estudio, no importa si eres Ingeniero, Arquitecto o Diseñador, o Paisajista para esa materia; todos hacen lo que quieren y cuando quieren… sólo respeta a los clientes y a los proyectos, sino el infierno se desatará de parte mía, Volterra y Belinda.

        —Lo haces sonar tan fácil —murmuró, pasando sus manos por el cuello de Yulia para abrazarla por su nuca.

        —Es que es fácil… —sonrió—. No puedes matarte trabajando porque, al final, pierdes más de lo que ganas; te pierdes cumpleaños, fiestas, y pides muchas disculpas y haces muchas llamadas por teléfono… esa vida no es vida. "Déjate llevar, no lo pienses tanto" —dijo, y a Lena eso le sonó tan familiar que la sonrojó.

        —Tienes razón —asintió, y dio un mordisco a la penúltima pieza de pollo que le correspondía a ella—. Vamos a Poconos.

        —Serán dos horas de ida y dos horas de regreso en auto también —rio Yulia.

        —¿Otra playlist?

        —Es tu cumpleaños, haremos lo que quieras —sonrió, y dejó ir su frente contra la de Lena—, y escucharemos lo que quieras. Condescendencia al máximo —rio nasalmente y, de un mordisco, le robó la mitad de la pieza de pollo que sostenía entre sus dedos.

        —Mmm… —se acercó a sus labios—. ¿Y cómo piensas cogerme?

        —Todavía no lo sé, tendré que improvisar —sonrió.

        —Ni tú te lo crees —rio, y le robó un beso corto para volverse a las papas fritas.

        —Acepto sugerencias.

        —Lo tomaré en consideración —rio y se despegó de Yulia—. ¿Ya no vas a comer?

        —Hay postre —dijo, dándose unas palmadas sobre su abdomen.

        —De T.G.I Friday’s y de Lena's Bakery —guiñó su ojo, y sacó la caja que quedaba en la bolsa de papel, esa que contenía la sagrada porción de gratificante caramelo picante de textura flaky pero, al mismo tiempo, fluffy—. Digo, por si más tarde tienes un craving de algo más… "indecente".

        —Toda la vida —rio, no pudiendo frenar sus ganas ante la última pieza de gula frita.

        —¿No que no?

        —"Y.O.L.O" —se excusó con la boca llena, que casi se ahoga entre tragar y la risa que le salía, y Lena que se deshizo en una carcajada que provenía desde la puerta del congelador, pues nada mejor que un postre "a la mode", y mejor si era Vanilla Blue Bell, el cual era exclusivo para los postres y, por eso, la pinta duraba tanto—. ¿Qué no se cura con comida?

        —¿Qué te duele?

        —¿El aburrimiento en la oficina no te parece suficiente?

        —¡Uf! ¿Cómo fue que dijo tu mamá aquella vez? —rio provocativamente mientras sacaba dos cucharas para lanzarse de clavado en el postre—. "Sólo las personas aburridas se aburren".

        —Muy cierto —asintió Yulia sin la menor señal de indignación.

        —Era una broma —murmuró un tanto arrepentida—. No te considero una persona aburrida.

        —Ah, pero sí lo soy —rio.

        —¿Cómo es que puedes ser aburrida pero me entretienes al mismo tiempo? —levantó su ceja y frunció sus labios, así como Yulia solía hacerlo.

        —Ah, esa es una reacción que me provocas tú con exclusividad: sacas lo mejor de mí.

        —Hey, si quieres besarme el culo… —dijo, y rio por cómo sonaba eso—, solo tienes que decirlo.

        — ¿Cuándo te volviste tan sexual? —rio ante el doble sentido que había sido demasiado bien aplicado.

        —Cuando aprendí que las referencias sexuales te divierten —sacó su lengua y, como si nada, cuchareó el postre de ambos componentes para, luego, soltar un gutural "mmm" de genuino gusto.

        —¿Rico?

        —Como la primera vez —dijo con la boca llena.

        —Bien. Por cierto, ¿ya viste el top diez que tenemos que determinar para Decor?

        —Otomanes… ¿o es "otomen"? Siempre tuve esa pregunta, más con "Doberman", ¿cómo es el plural, "Dobermen" o "Dobermans" o "Dobermanes"?

        —Y tienes que considerar "Dobermänner" —rio en el acento tirolés que había aprendido en algún momento de alguna de sus compañeras en la universidad.

        —¿Por qué presiento que esta conversación ya la tuviste con alguien que no es conmigo?

        —Porque ya la tuve —sonrió.

        —¿Con quién?

        —Con Luca —dijo.

En esa milésima de segundo se acordó de aquella mañana, debían ser las diez o las once, y no era que había "amanecido" con Luca Perlotta en una cama, sino que realmente había "amanecido"; habían decidido prestarse a una fiesta universitaria, de esas que no había invitación formal, o sea en papel o en facebook, sino que era tan secreta que sólo era susurrada al oído por ser tan tóxica.

Si el cielo tenía ríos de leche y miel, o como sea que deba ser en alguna parábola bíblica, esa fiesta debía ser parecida al cielo con sus ríos de vodka, ron y cerveza. Había diez cosas de hielo para deslizar el shot y beberlo frío, había shots con fuego, había juegos que no tenían ganador ni perdedor porque el alcohol era lo único que salía perdiendo al ir disminuyendo en minúsculas cantidades. Música electrónica, de esas canciones a las que Yulia llamaba "para detener el techo", una piscina a la que daba asco meterse de tanta gente y tanta bebida de colores que se había ahogado. Desde entonces Yulia no soportaba el Absolut Vodka ni el Bacardi, se puede decir que sufrió de empacho.

Y pasó que, como cosa realmente rara, se había prendido demasiado y había tenido una dosis extraña de adrenalina que la había hecho ver el amanecer junto a Luca, otro ebrio igual que ella, y junto a múltiples víctimas que habían caído a causa del alcohol (cadáveres). Vieron el amanecer y, ante el hecho de que ya era de mañana, ¿por qué no desayunar? Y así, caminando en zigzag, que, si se acordaran bien de la situación, no eran tambaleos sino casi un ejercicio militar de arrastre; rebotando entre las esquinas de las paredes, gateando, arrastrándose, caminando, y como fuera que pudieran salir de ahí, decidieron comer algo. Pero estaban tan lúcidos, y eran tan brillantes, que no pudieron desayunar en Roma, no pudieron desayunar la comida que Larissa, con lástima y amor, les podría haber hecho para bajarles la estupidez, aunque quizás no fueron con Larissa porque sabían, tanto Yulia como Luca, que, luego del amoroso desayuno, vendría la sonrisa en silencio y la amena y tenebrosa plática de "no estoy enojada, pero estoy un tanto decepcionada".

Así de imbéciles estaban, que Yulia, en el camino, recogió una botella de Absolut, casi llena, de la mano de uno de los caídos de la barra del bar para beberla a trago seco y puro, para compartirla con Luca mientras, entre su inhabilidad y su ebriedad, lograba conducir hasta las afueras de Roma.

Esa escena era de la que Yulia se acordaba con minucioso detalle: el sol les ardía en las futuras resacas, resacas que posponían por los tragos de Vodka, iban al aire libre en el descapotable de Luca porque, de lo contrario, rebajarían diez libras vía oral, el aire alborotaba el cabello de Yulia, pero no le importaba porque no le importaba nada en ese momento, y fue quizás, por lo mismo, por lo que, con el mar a su izquierda, las gafas de sol que le pertenecían a la profesora de inglés con la que Luca lograba pasar los exámenes, se aburrió de escuchar el viento y a su propia consciencia, y decidió poner un poco de música. Un CD, en aquel entonces, un CD que definiría ese momento con demasiada simpleza y con demasiada precisión. "Not That Kind" de Anastacia. ¿Por qué tenía Luca algo así en su Ferrari 360? No le importaba. Pero sabía de memoria, de tipo karaoke, "Not That Kind", "I’m Outta Love", "Who’s Gonna Stop The Rain", "Love Is Alive" y "Made For Lovin’ You".

                              Cómo había pasado el tiempo. Que en aquel entonces se vestía puramente de jeans porque no había aprendido a estar orgullosa de sus piernas en vista de que las consideraba flacas, eran camisas Benetton de botones o camisetas de impresiones desgastadas; no era de bandas de rock porque, dado a que no gustaba particularmente del rock, no se le veía bien en ningún nivel y eso lo sabía ella, aunque siempre tuvo su camiseta de los Rollings Stones y de Pink Floyd, luego tenía las camisas sarcásticas que siempre le gustaron; como esa de "Support our Troops" y era un clon de Star Wars, o aquella de "Viva la Evolución" que estaba inspirada en el Ché Guevara pero que, ahora, tenía un primate, o esa que decía simplemente "Star Trek" pero en la tipografía de "Star Wars", luego se había acostumbrado al blazer, y variaba entre Converse y Stilettos.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:30 am

—Hey… —susurró Lena al verla ida en su memoria, y ahuecó su mejilla—. ¿Estás bien?

        —Sí, ¿por qué?

        —No sé, te quedaste callada —se encogió entre hombros. Por lo visto no había sido una milésima de segundo sino un minuto entero.

        —Sorry —resopló, y sacudió su cabeza como si quisiera sacudir el recuerdo por alguna razón.

        —¿En qué pensabas?

        —En Luca —respondió.

        —¿Algo que quieras compartir?

        —No sé si invitarlo a nuestra boda —frunció sus labios.

        —¿Por qué no quieres invitarlo?

        —No es que no quiera, porque sí quiero, es sólo que… no sé, no sé nada de él desde hace años.

        —Pensé que sí porque te he visto escribirle y enviarle postales…

        —Que sé que recibe porque Alessio las recibe, pero nunca he recibido nada de regreso… y, en esta ocasión, creo que, al menos, me merezco un "no" por RSVP.

        —Invítalo, si viene qué bueno, sino… bueno… no sería nada nuevo, ¿no?

        —Si no viene, o si no responde, será lo último que le envíe —dijo con aire de determinación.

        —Que así sea, entonces, mi amor —susurró con una sonrisa suave y reconfortante.

        —Sí, bueno… —suspiró y se bajó de la encimera.

        —¿Quieres? —le ofreció del postre, pero Yulia sacudió su cabeza y sólo se empinó el vaso hasta dejarlo casi seco para luego ponerlo en el lavavajillas.

        —Más tarde, quizás —sonrió, y se llevó el resto de papas fritas a la boca sólo porque le estorbaba el hecho de tener que botar algo tan sagrado como ese alimento tan tóxico pero tan sabroso—. Voy al baño —dijo, y le dio un beso en la frente.

Lena se quedó en silencio, y supo que no era un "voy al baño, ya regreso" porque pasó el baño de visitas de largo. Guardó el resto del postre, lavó su cuchara y su vaso, y, habiendo ordenado todo, se dirigió a la habitación porque le picaba eso de que Yulia la evadiera siempre que hablaban de Luca, que quizás era por eso que no hablaban de él casi nunca. Tomó el bolso de Yulia y, viendo de reojo hacia el interior de su habitación, no vio a Yulia y pasó de largo hacia el cuarto de lavandería sólo para recoger el cilindro. Tantos juegos no eran tan divertidos, quizás y lograba levantarle los ánimos con el cilindro, pues, con lo que había adentro.

Entró a la habitación de nuevo, cerrando la puerta tras ella por una simple manía que Yulia le había proyectado y contagiado, y no vio a Yulia ni en el baño ni en la habitación en sí. Colocó el bolso sobre el final de la cama, al igual que el cilindro y, en silencio, se acercó al clóset sólo para verla sentada en el diván.

—Quieres venir a la cama conmigo? —le preguntó entre un susurro mientras le acariciaba el hombro.

        —Seguro —respondió, y se puso de pie realmente sobre sus pies y no sobre las agujas de los Stilettos que se habían echado a perder y ni cuenta se había dado de cómo, cuándo o por qué.

        —¿Quieres ver alguna película?

        —Sí, ¿por qué no? —sonrió, quitándose su Patek y su pulsera para colocarlas sobre la mesa de noche.

        —Te toca escoger…

        —No, a ti te toca escoger… yo escogí la vez pasada.

        —Vimos "The Notebook", y te pareció tan mala que quedamos en que perdería turno —le dijo, que no habían quedado en nada, pero era mejor que Yulia la escogiera para que se sintiera más a gusto que estar mirando y no viendo, que estar sabiendo que perdía su tiempo de la peor manera en una película que ya le conocía el final sin haberle visto el principio, algo peor que estar y no estar.

        —Te cedo el turno —dijo Yulia, que no tenía ganas de ver una película; en realidad no tenía ganas de nada sino sólo de estar.

        —¿Qué tal si empezamos un maratón de "Breaking Bad"? —preguntó, pues, entre las opciones que le daba Netflix, no era tan mala idea, no cuando la comparaba con más películas del estilo de literatura de Nicholas Sparks… si es que así se llamaba.

        —Seguro —suspiró, acariciándose el dedo anular de su mano derecha al sentirse un tanto incompleta sin el anillo de siempre por haberlo dejado en Tiffany’s para que lo limpiaran y lo pulieran.

        —Pero ven conmigo, por favor —susurró a su oído, tomándola suavemente por los hombros para traerla consigo a una cómoda posición que, para Yulia, era un tanto incómoda.

Terminó entre las piernas de Lena, siendo rodeada por sus brazos y por múltiples almohadas mientras descansaba sobre su pecho, así estaba mejor y se sentía mejor.

Tanto Yulia como Lena, sabían que no le prestarían ni un cinco por ciento de atención a lo que fuera que sucediera en la pantalla del televisor, por lo que el volumen era muy bajo, pero podían estar en silencio, podían estar hablando sin realmente hablar, y Lena estaba más que contenta y satisfecha con que Yulia se dejara envolver de esa manera.

        —Lenis… —murmuró de repente, que Lena acariciaba su cabeza al enterrar suavemente sus dedos entre su cabello.

        —¿Sí? —sonrió, casi derretida ante la caricia que le había hecho a su nombre, a la cariñosa variación del mismo.

        —¿Te casarías conmigo? —levantó su mirada, sólo para encontrar la sonriente mirada verdegris de la pelirroja que había detenido las caricias en su cabello.

        —Me casaría el viernes contigo —sonrió con mayor amplitud, y le plantó un beso sincero en su frente.

        —¿Por qué hasta el viernes?

        —Tomando en cuenta que tenemos que sacar la licencia, no lo podemos hacer en este momento sino hasta mañana… además tenemos que esperar veinticuatro horas para que entre en vigencia. Por lo tanto, hasta el viernes podríamos… pero, si no hubiera ninguna ley, lo haría hoy mismo.

          —Oh, fudge —suspiró, transformando el típico "fuck" que ya no le daba tanta resaca moral decir pero que decía demasiado desde hacía algún tiempo—. Hasta para querer ponerte un anillo en el dedo necesito permiso del Estado —sacudió su cabeza, y se volvió a Lena, acomodándose entre su brazo y su pecho.

        —De alguna parte deben sacar dinero extra, ¿no crees?

        —Literalmente hicieron un negocio del amor…

        —Si tan sólo todos los matrimonios fueran por amor a primera vista y no por amor a primera visa —bromeó, y Yulia rio guturalmente con su sonrisa amplia pero cerrada—. Supongo que hay cosas para las que se aplican las mismas leyes: las heterosexuales y las homosexuales…

        —Para eso sí somos iguales —rio.

        —Nadie dijo que la igualdad era gratis —guiñó su ojo, y se bajó un poco para quedar más cerca del rostro de Yulia—, quizás sólo deberías pensar en que es algo bueno que nos cueste lo mismo a nosotras y a Natasha y a Phillip… treinta y cinco dólares no es nada.

        —Pagaría más que eso por ser tu esposa —murmuró con sus ojos cerrados, como si quisiera dormir una siesta, pero no era eso sino que no podía ver a Lena a los ojos cuando le decía esas cosas.

        —No eres un amor—sonrió, y acercó sus labios a los de Yulia.

        —Lo soy —susurró, rozando los labios de Lena con los suyos al gesticular, y no pudo resistirse a regalarle un beso que tenía el mismo sabor a cuando recién despertaba; un beso amodorrado y suave, un poco perezoso pero tierno y cariñoso—. Cásate conmigo… —susurró casi inaudiblemente en ese segundo en el que sus labios se separaron fugazmente de los de Lena.

Pero Lena no le dio una respuesta, no le dio el "sí" que siempre sería "sí" y que nunca sería una rara transformación al "no" o al arrepentimiento, y tampoco reanudó el beso, lo cual provocó que el corazón de Yulia subiera por su esófago. Lena simplemente se despegó de Yulia y enterró su mano en el bolso que recién llevaba a la habitación para sacar el cubo, y Yulia la veía penetrantemente, con miedo que tendía al pánico, al pavor, pero, por alguna razón, no podía sacar la fácil pregunta de "¿dije algo malo?" o algo más doloroso, por las opciones de respuesta, "¿ya no quieres casarte conmigo?". Fatalismo.

—No importa si estás lejos o estás cerca —murmuró entre los golpes suaves que le daba con sus nudillos a las caras del cubo como si buscara una cara en especial—. Ni por qué —sonrió al escuchar que la cara que hacía sonar era la única que no sonaba hueca—. No importa si es espacialmente o emocionalmente que estás lejos o cerca, no importa si tienes un mal día o un día de esos que quisieras sólo borrar de tu calendario cerebral, no importa si estás de mal humor; cortante, enojada, sofocada, o simplemente distante —murmuró, colocando el cubo, sobre la cara que le había dibujado una sonrisa, sobre su mesa de noche y se volvió a Yulia—. No importa si quieres dormir en el sofá, o si no quieres abrazarme por la noche, no importa si no quieres hacerme el amor, no importa si no quieres ni verme… —dijo, y giró el cubo en el sentido de las agujas del reloj, y Yulia escuchó un sonido que no podía describir—. Así como no importa si quieres estar encima de mí, o si me quieres ahogar en condescendencia y cariño, o si me quieres llenar de besos y hacerme cosquillas hasta que llore de la risa, o si quieres contarme la misma historia todos los días, o si tuviste el mejor día de toda tu vida y no sabes ni cómo es que cabes en tu cuerpo de tanta felicidad, y sonrisas y ganas de saltar y lo que sea, así como no importa si quieres que te abrace toda la noche, o que quieres pasar tu vida entera haciéndome el amor y cosas indecentes, así como no importa si quieres velarme el sueño toda la vida… —tomó el cubo entre sus manos y, volviéndose completamente a Yulia hasta recostarla sobre las almohadas y ella colocarse a horcajadas sobre ella, tomó la cara inferior entre sus dedos y la giró, que creó un pequeño espacio para que, una de las caras laterales, se pudiera deslizar hacia abajo—. No importa lo que hagas o lo que digas, o lo que no hagas o lo que no digas, no importa cuántas veces lo hagas o lo digas, realmente no importa —sonrió para Yulia mientras que, a ciegas, deslizaba las caras del cubo, o sólo secciones de él; hacia arriba, hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha, nuevamente hacia arriba, hacia adelante, hacia la izquierda, hacia atrás, etc. —. No importa cuántas veces me preguntes si quiero casarme contigo, no importa en qué idioma me lo preguntes, no importa si me lo preguntas, si me lo pides, o si me lo exhortas, sólo no me lo ruegues —susurró, y, por fin, diecisiete movimientos después, la cara superior del cubo se deslizó completamente hacia adelante hasta que quedó en la mano derecha de Lena—. Yo te quiero a ti, independientemente de cómo estemos, yo te quiero a ti y sólo a ti, y mi respuesta va a ser siempre "sí", y te voy a decir que "sí" cada vez que me lo preguntes…

        —E-entonces, ¿te casarías conmigo? —tartamudeó, y Lena sólo sonrió con cierta ternura mientras se acercaba a ella, a su oído.

        —No es un "me casaría contigo", es un "me casaré contigo" —susurró a su oído y, dándole besos en su mejilla hasta llegar a sus labios, la besó de una extraña manera, de una nerviosa y extraña manera.

        —¿Pero? —suspiró Yulia por el sabor de ese nerviosismo que era imposible esconder.

        —Me casaré contigo pero…   —sonrió, levantando el cubo y volcándolo entre su mano para que Yulia viera el interior—. Te casarías conmigo?

Yulia quedó en estado de petrificación, casi como si la hubieran disecado de la impresión, y sólo podía mover sus ojos, aunque no era que los quisiera mover, se le movían como si tuvieran una exagerada y longitudinalmente corta autonomía. Lena rio nasalmente ante su reacción, ¡ajá! De esas gloriosas y gratificantes veces que la dejaba sin habla por haberla tomado completamente desprevenida. Y, con gentileza, introdujo su mano derecha en el cubo para sacar aquel anillo que era tan ella y tan Yulia al mismo tiempo; lo único que no había hecho era el bisel de oro blanco, eso lo había hecho aquel joyero de humor podrido que Phillip le había recomendado, pero, lo demás, era todo ella: el nogal que iba por el exterior del bisel lo había cortado y moldeado hasta que quedara perfecto, y, a pesar de no poder parir un diamante, movió todo lo que no sabía que podía moverse para conseguir un diamante del color del cognac más suave que existía. Media pulgada de ancho, muy cómodo para el modelo que tenía de la mano de Yulia, con el diamante que sólo dejaba ver su circular contorno un poco por arriba del nivel del suavizado nogal.

                              Y la cara de Yulia, que no era ni un "WTF" ni una novia sorprendida en el buen sentido de la reacción, era plana, era pálida, era muda. Sólo pudo asentir, y Lena, con esa sonrisa que encerraban sus camanances, se inclinó sobre ella para, mientras la besaba, deslizarle el anillo en el dedo que le correspondía.

Te amé una vez, te amo todavía, siempre tengo y siempre será —susurró Lena entre sus labios, y, sin saber realmente cómo o por qué, provocó en Yulia uno de esos colapsos que tenían más un aspecto de rebalse emocional.

Si Natasha tuviera que describir ese momento, lo habría descrito como "se le salió lo maricamente femenino", si Phillip era quien lo describiría, lo habría descrito como "reacción hollywoodense en tonos bajos y pasivos", pero, como soy yo quien lo describe… no sé, supongo que sólo tuvo un episodio de una idílica e idealizada feminidad coloquial; no gritó porque no encontró sus cuerdas vocales, no saltó de la emoción porque tenía a Lena encima, no llamó a todo el directorio telefónico para contar la noticia porque no conoció momento más íntimo y privado que ese, y, como si por arte del mismísimo arte emocional, se rebalsó en gotas de agua que conocían sus pómulos al compás de cada suave beso que recibía en sus labios, besos que la hacían sentir, junto a la sensación extraña que le daba el anillo, setenta y cinco por ciento completa y complementada.

                              Lena no cesó el beso, ¿por qué lo haría? Quizás no había sido la propuesta más romántica de la historia, quizás no había sido la propuesta más romántica que podía haber pensado, pues no la preparó en lo absoluto; era algo que iba a pasar cuando debía pasar y con las palabras que debía pasar, un "déjate llevar" inconsciente, y no cesó el beso porque, por primera vez, en el año y medio que tenía de conocer a Yulia; año y medio que parecía una vida y que, al mismo tiempo, parecían ser horas nada más, conoció a una Yulia emocionalmente feliz entre el sentimentalismo y la naturaleza aprendida y heredada.

Para Yulia, algo tan sencillo como un gesto de reciprocidad, algo tan sencillo como tiempo bien invertido en diseñar algo que sólo existiría para ella, algo tan sencillo en palabras y en improvisación, algo tan sencillo que parecía imposible que fuera tan sencillo, que parecía imposible que algo tan sencillo y, hasta cierto punto juguetón y rebelde, provocara tal felicidad que podía ser proyectada con potencia, y que eran esos momentos tan sencillos y tan puros, esas cosas tan secretas y pequeñas que sucedían entre ella y Lena, que, lo único que podía decir, era que eran esas cosas que la hacían tan suya y tan de nadie más.

Sí, eso que todos buscaban, y que costaba encontrar, y que a veces se iban del mundo terrenal sin haberlo encontrado, era lo que Yulia había encontrado en el lugar y en la persona que menos se esperaba, y era quizás eso, lo inesperado, lo que más la llenaba con regocijo, lo que en realidad la llenaba, y que el veinticinco por ciento que todavía no tenía era un simple papeleo y un simple ritual legal y oficial, pero, realmente, estaba completa.

Los componentes de aquello eran sencillos: despertarse entre la noche sólo para escuchar una respiración casi muda por estar colmada de tanta tranquilidad y relajación, despertarse entre la noche sólo para saberse acompañada, despertarse por la mañana con la misma melena roja con la que se había dormido, escuchar su pegajosa voz cuando recién se despertaba, el gruñido felino de cuando se estiraba y pedía cinco minutos más, ese "Buenos días, Arquitecta", sus verdegrises ojos que penetraban su alma al mismo tiempo que le daban la tranquilidad que la cristalina playa de Seychelles le daba y que resaltaban entre párpados finamente delineados de negro y pestañas que milagrosamente se alargaban con mascara, su voz un tanto mimada y que no era ni aguda ni grave, que no era ni suave ni áspera, la juguetonería, la travesura, la picardía, las noches de Carolina Herrera bajo un delantal y con una espátula en la mano, las carcajadas, las gafas y las mangas recogidas, sus manos, su tacto, su popular gusto musical, su pereza, sus ganas de dormir, y la vocecita de cuando se estaba quedando dormida, sus labios, su piel, sus preocupaciones y sus despreocupaciones, su sabiduría y su omisión, su habilidad para hacerla sentir en casa así estuvieran en la oficina, su habilidad para tranquilizarla y para agitarla, su habilidad para frustrarla por ser impuntual y su habilidad de enorgullecerla por ser de las pocas personas que la sorprendían cada día con algo nuevo o con algo viejo, sus mil caras y sus mil sonidos, sus monólogos en griego que debían ser mentales pero que recitaba en voz alta, el ruso sin gestos, la capacidad para seducir, para ser agresiva y para ser muy tierna. Y SU SANTA PACIENCIA, pues nadie toleraba un Ego tan grande, ni una personalidad tan condimentada, personalidad a la que Lena había descrito como un-tanto-thai por ser picante pero fresca al mismo tiempo, por atrapar e interesar al punto de no querer dejar de conocer/comer, por no poder empacharse.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:36 am

Si supiera cómo levitar, lo habría hecho, o quizás estaba levitando y era Lena quien la anclaba a la cama, además, ¿para qué levitar si eso significaba que no podría seguir entre las manos y los labios de Lena, que la había tomado de las manos y, con cada gota que salía, estrujaba sus dedos, pero a Lena no le importaba porque estaba con ambos pies en el apogeo de su autorrealización emocional.

—Te amo —susurró Lena, jugando, con su nariz, con la nariz de Yulia; empujaba la punta de su nariz hacia arriba con la suya, la hacía hacia la izquierda y hacia la derecha, y, esporádicamente, besaba su labio superior.

        —S ‘agapó —alcanzó a decir antes de ser víctima de más besos suaves y dedos que limpiaban sus mejillas y sus sienes.

        —¿Sí? —resopló contra sus labios, y Yulia asintió rápidamente—. Entonces, ¿sí te casas conmigo?

        —Sí, mi amor.

        —Bien —susurró, y dejó reposar su frente sobre el hombro de Yulia mientras se dejaba abrazar por las manos y los brazos que la sostenían aun sin tocarla—. Y casadas nos pondremos —dijo en ese tono de Yoda.

        —Le pese a quien le pese, voy a poder alardear que eres mi esposa.

        —Ah, ¿de eso se trata todo? —bromeó, cayendo a su lado sobre su espalda mientras era Yulia quien se volcaba sobre su costado para verla a los ojos y acariciar su mejilla y jugar con su flequillo.

        —Sí, de eso se trata… de eso y de negocios, claro —sonrió cariñosamente mientras inhalaba su casi inexistente congestión nasal.

        —¿Ves cómo nuestra vida está completa entre esos dos componentes?

        —Mmm… —emitió un suspiro que se transformó en risa nasal—. No lo sé, yo sólo sé que te amo —sonrió suavemente.

        —Dime si no soy súper romántica: improvisación suprema, con "Breaking Bad" en el fondo, y encima de ti… —resopló.

        —Eso es precisamente lo que lo hace especial —sonrió—. Eso y el maldito cubo de mierda —sonrió con mayor amplitud, como si eso la libraría de una mirada asesina, pero divertida, de "yo sé que igual te gustó aunque no lo pudiste abrir".

        —Siento mucho que no era una tanga la que había adentro —bromeó.

        —Me gusta más lo que sí era —se sonrojó, y vio su mano para asimilar el hecho de que tenía un anillo en su dedo anular—. Y sí me parece romántico —se sonrojó todavía más—; no cualquiera diseña y hace el anillo, mucho menos se quiebra la cabeza y se licúa los dedos para hacer la caja… al menos yo no lo hice.

        —Mmm… —frunció su ceño y colocó su mano izquierda sobre la de Yulia—. A mí me gusta mi anillo.

        —Y a mí el mío, Señora Katina-Volkova.

        —Ese tiene un bonito anillo… —suspiró, evocando la imagen gráfica de aquellas letras de imprenta sobre las que había firmado el famoso "prenup", y Yulia sólo sonrió en silencio mientras no conseguía quitarle la mirada de encima—. ¿Qué?

        —Eres tan hermosa… —susurró, y se acercó nuevamente a sus labios mientras que, con su mano, la tomaba por la nuca para traerla hacia ella—. Tan, tan, tan hermosa… —y le dio un beso que podía haber pasado por tímido, pero era simplemente una mezcla de agradecimiento, admiración y mucho, mucho, mucho cariño—. ¿Qué quieres hacer hoy? ¿Quieres ir a cenar? ¿Quieres ir al cine? Dime, ¿qué quieres hacer?

        —Quiero estar contigo.

        —Yo no voy a ninguna parte si no es contigo, llámale "parasitismo" —sonrió, y la volvió a besar de la misma manera.

        —Y, de repente, querer estar contigo es ser parásito —entrecerró sus ojos con cierta broma que cubría aquel "así es como se mata el romance: con un término".

        —¿Quién dijo que tú eres el parásito? —susurró, ahuecándole la mejilla mientras sonreía ante la mano que sentía acariciar suavemente su espalda; "Mmmm…", eso le gustaba, y doble "Mmmm…", pues a Lena también le gustaba, y no sólo era la parte de la espalda sino también la parte de la mejilla—. "Tú quieres estar conmigo, yo necesito estar contigo", ¿quién es el parásito en esa oración?

        —Nadie —resopló—. "Parásito", o "parasitismo" en realidad, suena demasiado… extremo, y feo… y tú, quizás eres un poco extrema en algunas cosas, pero de fea… —sacudió su cabeza—, de fea tienes lo que tienes de activista.

        —¿"Parasitismo" no es como decir "Simbiosis"?

        —Es un tipo de simbiosis, pero no son sinónimos.

        —¿Hay algún tipo de simbiosis que pueda describir lo que tenemos?

        —"Mutualismo": ambos organismos, en este caso nosotros, o sea homo sapiens, se benefician mutuamente de la interacción de manera "equitativa"… el "parasitismo" es que básicamente una de las partes se aprovecha totalmente, o explota, a la contraparte; no es que exclusivamente vive en él pero vive de él —le explicó—. Ejemplo de "mutualismo": Nemo y su anémona. Ejemplo de "parasitismo": una sanguijuela en tu cuerpo —dijo sólo por aclarar la diferencia.

        —Mmm… —frunció su ceño y, dándose un momento para pensar, llevó su mano al seno de Lena para posar su mentón sobre ella, pues eso de clavarle un hueso en esas adoradas partes no era ni uno de sus pasatiempos intencionales, ni uno de los placeres pecaminosos de Lena—. Sigo pensando que soy más un parásito.

        —¿Por qué?

        —Porque la sola idea de no tenerte me ahoga —susurró sonrojada—, siento que no puedo respirar.

        —Pero si no me voy a ninguna parte… —sonrió reconfortantemente—. ¿Es por eso que me preguntas si me voy a casar contigo? —Yulia sólo asintió en silencio, con un rubor todavía más fuerte.— Eres mi garrapata favorita, ¿sabes?

Sí, quizás ése era el término que mejor describía a Yulia desde hacía un tiempo, pues no había momento en el que no se aferrara a Lena a pesar de que no se estaba yendo en cualquier momento; se aferraba a ella por las noches cuando parecía un simple abrazo, se aferraba a ella con la mirada que parecía de acoso cuando ella se alejaba por más de una puerta de por medio, se aferraba a ella sin tocarla, se aferraba a ella sin decírselo, se aferraba a ella legal y emocionalmente, y se aferraba porque era lo único a lo que valía la pena aferrarse en este mundo tan loco y fluctuante, y quizás no se lo decía porque era mostrar demasiada vulnerabilidad, pero tampoco se lo decía porque Lena lo sabía; quizás no lo sabía con tanto detalle, pero la noción la tenía.

                              También quizás era por eso, por los "ahogos de amor", que Yulia se sentía, de cierto modo, en deuda con Lena; no porque le agradecía que la quisiera, que eso iba implícito porque sabía que no era fácil quererla por ser muy compleja, pero le agradecía que le provocara las ganas de quererla inundar, hasta ahogarla, de amor, le agradecía que sacara lo mejor de sí misma y no sólo para con ella sino con el mundo también… aunque quizás había excepciones, como con ciertas simpatías políticas, o como con cierto equipo de futbol y sus fanáticos (la Lazio), pero, bueno, ¿qué era del mundo sino meras discriminaciones?

Edad mínima para votar: dieciocho. Edad mínima para fumar: dieciocho. Edad mínima para beber: en Italia dieciocho, en Eslovaquia dieciocho, en "América" veintiuno, ¡veintiuno! Se tiene que ser ciudadano para votar, no es suficiente con ser parte del motor de la economía, no es suficiente con ser afectado, por la política interna, de la misma manera que un ciudadano. Se tiene que tener cierta altura para subirse a una montaña rusa. Sus discriminaciones, al final del día, no eran ni relevantes ni ilegales, ni meramente inmorales.

                              Y, sí, se vio en ese momento y, como cosa nada rara, sonrió internamente al verse aferrada, física, metalúrgica, emocional y visualmente a Lena. Estaba aferrada de su ropa y de su piel.

—No las garrapatas chupan sangre? —preguntó Yulia, pues eso de la biología/zoología/o-lo-que-sea no era su fuerte a pesar de que sabía dos o tres cosas.

        —Ciertamente.

        —¿Es esa una referencia a tu sangre, por casualidad?

        —¿Perdón? —resopló, pues no entendió a lo que Yulia se refería.

        —Si las garrapatas chupan sangre, y yo soy una garrapata, ¿no se supone que, por teoría del silogismo, yo debería chupar sangre también?

        —Si la memoria no me falla, eso ya lo has hecho —sonrió.

        —Lo sé, y mi pregunta es si es que estás insinuando que quieres que sea garrapata.

        —Yo estoy para lo que quieras, cuando lo quieras y como lo quieras.  

        —¿Ah, sí? —levantó su ceja, y, así como a la Estatua de la Libertad se le apagaba la llama con esa ceja hacia arriba, a Lena se le desintegraba cualquier tipo de ropa interior que tuviera—. Kinky —la acusó acertadamente.

        —Y voyerista —agregó.

        —¿Y nudista?

        —Exclusivamente para tu recreación —sonrió—, para ti y para mí pero no para el público.

        —Es recíproco —susurró y, reacomodándose sobre Lena, entre sus piernas, llevó sus dedos a los botones de la camisa de Lena para empezar a deshacerlos, uno a uno, con lentitud—. Hay quienes dicen que "Disney World", o "Disneyland" en realidad, es el lugar más feliz del mundo, hay otros que dicen que es Dinamarca, otros dicen que es un libro —sonrió como si hablara consigo misma, como si pensara en voz alta—. Para mí, el lugar más feliz del mundo, o, en realidad, el que me hace más feliz a mí, es ese pedacito de tu piel que puedo tocar, que puedo besar, que puedo acariciar, que puedo succionar, que puedo rascar, que puedo disfrutar descaradamente… imagínate si estás completamente desnuda, puedo trazar mi propio camino de la felicidad con mis dedos… —susurró, abriendo su camisa y acariciando la vertical desnudez de su pecho hasta encontrarse con el cuello de la camiseta blanca—, con mi mano… —bajó su mano y la introdujo en el interior de aquella camiseta, envolviendo su cintura y su abdomen en una caricia mientras, intencionalmente, subía su camisa para descubrir su abdomen—, con mis labios… —besó su cuello y se desvió por su pecho hasta que la camiseta no la dejó seguir, pero, mientras tanto, no dejó de acariciar esa minúscula curva que cualquiera llamaría cintura—, con mis uñas… —susurró, y, sin vergüenza, subió su mano hasta tomar su seno derecho por debajo de la camiseta, que lo apretujó suavemente, clavándole sus uñas hasta llegar a la copa de su sostén para retirarla y dejar que su seno saliera parcialmente libre de tul y encaje blanco—, con mi lengua… —rodeó su dilatado pezón con la punta de su lengua y sin quitarle la mirada de la suya, lamió lenta y suavemente hacia arriba para empujarlo temporalmente hacia arriba, luego hacia la izquierda, hacia la derecha, nuevamente hacia arriba, y lo envolvió entre su lengua para atraparlo entre sus dientes y tirar delicadamente de él—, con mis dientes… —susurró, y volvió a mordisquearlo, cosa que hizo que Lena sufriera de un corto y rápido ahogo, quizás por la estimulación, quizás por la penetrante mirada, o quizás por la combinación de ambas cosas—. Sí, eso significa que voy por buen camino —sonrió, y se acercó a sus labios para besarla.

Yulia la trajo hacia ella, para que quedaran arrodilladas y, así, poder quitarle las camisas y sin dejarla de besar. Lena le sacó la camisa del interior de su falda y se la desabotonó mientras recibía besos en su cuello y en sus hombros, que las manos de Yulia viajaban por su espalda para llegar al broche de su sostén.

Si no era Kiki de Montparnasse, y no era tan inocente como La Perla, debía ser Odile de Changy; un negro meticuloso reductor y afianzador de senos que no tenía ni encaje, ni tul, ni nada que no fuera seda negra que compactara, redondeara y, al mismo tiempo, levantara un poco. Era de los "wonderbras" de Yulia, pues la maravilla, para ella, no era que le aumentaran, sino que le redujeran una o dos tallas. No debía ser un sostén conservador, porque no lo era, pero tampoco era travieso, y sólo era conservador porque cubría aquella minúscula peca que adornaba el seno izquierdo de Yulia, ese que a Lena le encantaba ver cuando llevaba camisas relativamente flojas y se inclinaba intencionalmente para enseñarle su escote.

                              Para Yulia no había nada más emocionante que ese momento en el que Lena la dejaba quitarle todo, todo, todo, ese momento en el que Lena dejaba, a su criterio, el orden y el tempo de la desaparición de su ropa al no tocarla pero ni para deshacerse el botón del pantalón, y, para Lena, era lo mismo pero al contrario, era eso de que Yulia le quitara la ropa porque sabía que era algo que disfrutaba profundamente; lo notaba en la delicadeza de sus dedos, de sus manos, en la sonrisa interna que se iba ensanchando con cada prenda que quitaba, en cómo la envolvía entre besos y caricias que no eran de desesperación, aunque, claro, eso era por la ocasión, pues, de no aguantarse las ganas, de no haber anticipación y sólo desesperadas ganas, se iba al grano. Pero esa cultura de revelar el núcleo desnudo de ojos verdegrises, ese ritual, era para disfrutarlo, y era por lo mismo por lo que, en esas ocasiones, Lena no interrumpía el proceso con quitarle a ella la ropa, simplemente dejaba desnudarse completamente primero, que eso era algo de lo que se había dado cuenta hacía tan sólo pocos meses, pues luego, entre el proceso, sería decisión de Yulia si compartía su propia desnudez con ella; si se desnudaría con su ayuda, sin su ayuda, o si dejaría su desnudez en manos de ella. Todo era porque a Lena ese momento no le emocionaba tanto, pero le satisfacía saber que a Yulia sí, pues lo único que le interesaba era el resultado de medio camino; la desnudez, y no le importaba si era rápida, lenta, compartida o no, aunque sí le gustaba cuando Yulia la compartía con ella. Ella también podía ser muy condescendiente.

Yulia tomó a Lena por la cintura, la abrazó, la envolvió completamente entre sus brazos hasta casi fusionarla con ella misma, y la cargó momentáneamente hasta recostarla sobre su espalda para bajar, de sus labios, a su abdomen; trazando un camino de un beso por segundo por pulgada.

Le gustaba que ya no eran aquellos jeans de denim que parecía ser crudo aunque no lo era, que ya no eran aquellos Levi’s que, a pesar de tener un bonito color y una bonita textura, de alguna forma no lograban hacerle justicia a sus piernas, que ya no eran aquellos True Religion que la cegaban con lo casi fluorescente de las costuras; ahora eran del perfecto color y desgaste, con el número útil y perfecto de bolsillos, de la más suave textura que podía existir, tan suaves que podían llegar a ser primos de la cachemira, que le abrazaban la cadera con precisión, ni muy flojo ni muy apretado, que le delineaban las piernas, que tenía cremallera y no una hilera de botones que sólo provocaban suicidio en Yulia.

Deshizo el botón, bajó la corta cremallera y, dándole un beso entre la abertura de la cremallera, deslizó el jeans hacia afuera sólo para darse cuenta de que Lena carecía de aquella prenda que la habría separado visualmente de sus labios mayores. Quizás era porque aquella ceja hacia arriba los había desintegrado, pero no, no era por eso, y Lena sí había salido, por la mañana, con dicha prenda bajo el jeans y sobre su piel.

—Me encanta cuando me sorprendes de esa manera —susurró, volviendo a tomarla por la cintura con ambos brazos para traerla consigo, para traerla sobre su regazo y que abrazara su cadera con sus piernas.

        —Sorpresa! —siseó aireadamente en aquel acento italiano mientras la tomaba por el cuello y Yuliala acercaba todavía más, hasta el límite en donde lo imposible se volvía posible.

        —Así es mi "lugar feliz" —dijo, dándole besos en su cuello.

        —¿Y el "happiest"? —se ahogó.

        —Desnudame...y lo sabrás—sonrió contra su cuello.

De haber sido dinero, cualquiera habría escuchado "ka-ching!", y fue básicamente lo que Lena escuchó en ese momento, o pudo haber sido "¡Gol!", o el equivalente para la ocasión, pues sólo sonrió y, con la ligereza que la caracterizaba, deslizó sus manos hacia los hombros de Yulia para retirar la volátil camisa de Yulia y, así, poder saludar, de beso y abrazo, a todas aquellas pequitas que se esparcían por sus hombros mientras Yulia la mantenía lo más cerca que podía.

                              Así como su camisa, su sostén terminó en alguna coordenada ciega que la cama, o del suelo, y, sutilmente, la tumbó sobre la cama para retirarle la falda. Las faldas… sí, por eso no le gustaba mucho el invierno, además del resto de razones climáticas, pero adoraba a Yulia en falda, o en vestido, que no era que se quejara cuando vestía pantalón, pero había algo que le gustaba de lo corto, de la media desnudez de sus piernas en Stilettos, quizás era la accesibilidad, quizás la extrema femineidad y feminidad que exudaba, o quizás era que le encantaba ver la redefinición de la silueta que una pencil skirt podía proveer. Y, junto con su Givenchy, su Andres Sarda negra se escabulló en la perdición para dejarla casi tal y como Larissa la había traído al mundo.

—Ya casi estoy en mi "lugar más feliz" —susurró, recibiéndola a la altura de sus labios y envolviéndola nuevamente entre sus brazos—. Pero me conformaría toda mi vida así, con este casi-lugar-feliz, a estar sólo una vez en mi lugar feliz.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:40 am

— ¿"Así" cómo?

        —Tu y yo desnudas… sosteniendome, sosteniendote —ladeó su cabeza con esa pequeña sonrisa de absoluta sinceridad.

        —Si por mí fuera te llevaría muchas veces al día, todos los días, a tu lugar más feliz…

        —No quiero forzarte a hacer algo que no quieres hacer —le dijo, ahuecándole nuevamente la mejilla—. Nunca me lo perdonaría.

        —Nunca me has forzado a nada —frunció su ceño, pero no en ese tono de enojo o confusión, sino más en un tono de enternecida preocupación.

        —Pero si llega el día en el que no quieres hacer algo, me lo vas a decir, ¿verdad?

        —Hay muchas cosas que no sé, cosas que no conozco, actitudes que nunca tuve y que nunca he visto, experiencias que me dan curiosidad, y no te puedo decir que no me gusta "Moonlight Sonata" si no la he escuchado… no me conozco con tal profundidad todavía, o quizás sí y soy una perra imprudente… todavía no sé qué es lo que no sé.

        —Wo-ow… eso último sí que es un pensamiento cazzamente profondo —suspiró asombrada, pues eso tenía sentido a pesar de sonar, quizás, muy aristotélico; tampoco era una sabelotodo de la filosofía—. Pero sólo quiero que me digas que "no" cuando sientes que es un "no", porque no quieres, porque no te gusta, porque no tienes ganas, porque no-sé, y no me voy a enojar por escuchar un "no"…

        —Yulia, pasé diez años de mi vida en el limbo… diez años es bastante tiempo para darte cuenta de quién eres, de qué quieres, cómo lo quieres y con quién lo quieres… y pasas diez años complaciendo a otros pero viviendo sola hasta cierto punto, diez años en los que podía ir para acá y para allá porque no tenía ataduras de nada, diez años que fueron como cuando te zumban los oídos; incómodos, molestos, y abrumadores hasta el punto de querer huir hasta de quien eres. Lo mejor que me pudo pasar fue que me despidieran de Armani Casa porque, muy en el fondo, no me gustaba ni vivir en Milán ni trabajar en un lugar en el que nos hacíamos tropezar unos a los otros sólo para tener un diseño en manufacturación. Y me sirvió mucho irme a vivir un tiempo con mi mamá porque me llevó, sin saberlo, a lo que realmente soy; no soy una loca desatada que colecciona botellas de Smirnoff, o que deja de dormir una semana entera por estar o ebria o con resaca, o que apaga ciertas emociones porque así es más fácil, porque hubo un momento en el que creí que me iba a conformar con lo más mínimo, con algo como lo que tenían mis papás, y sólo por tener una vida. Pero tú… —rio, sacudiendo su cabeza con aire de "no lo creo"—. Eres tan suave, tan delicada conmigo…

        —¿Es malo?

        —No —sacudió su cabeza—. Es sólo que jamás me imaginé encontrar a alguien que le gustara consentirme —se sonrojó.

        —Al principio no te gustaba.

        —No es que mis papás no me consintieran, pero no veía cómo o por qué me iba a consentir alguien más.

        —Lenis… la vida no es fácil, pero, si puedo hacerte el viaje más ameno, eso haré; sea comida, sean viajes, sea ropa, sea lo que sea… porque no hay nada que me asfixie más que verte preocupada, incómoda, o dolida por algo. Quizás mi forma de quererte no es la más convencional, ni la más romántica…

        —No hay día que pase sin que me digas que me amas, no hay día que pase sin que me digas "eres tan hermosa", no existe el día en el que no me besas, en el que no me abrazas… si me enfermo me cuidas, si estoy cansada me dejas descansar, eres capaz de cambiarme el tampón si tengo pereza de levantarme a cambiármelo —rio—. Y no importa si es sexo o si me estás haciendo el amor, nunca es sólo sexo, nunca es algo sólo físico. Mierda, si se supone que no debías saber nada sobre sexo con mujeres y resulta que casi que sólo tienes que levantar tu ceja para que me corra, y me he conocido más contigo, en todo sentido, que estando sola o quizás con alguien más. Y me gusta quien soy… y me gusta ser una calenturienta sin remedio.

        —Eres una de las pocas personas a las que comprendo y a las que quiero comprender, y que quiero cuidar, y que no quiero que pase un día sin que sepas lo hermosa que eres, o lo mucho que te amo, no quiero que no sepas lo mucho que me importas. Y también me gusta quién eres y quien soy yo desde que estoy contigo, y también me gusta que seas una calenturienta sin remedio —sonrió.

        —¿Pero?

        —Sólo quiero que me prometas que, el día que no tengas ni potencial chispa, me lo digas… por favor.

        —Te lo prometo —se acercó a sus labios y le dio un beso corto.

        —Perfecto. Ahora, ¿qué quieres hacer? ¿Quieres quedarte así un rato, una ducha, un masaje, que traiga Ben & Jerry’s y vemos una película al azar?

        —Quiero llevarte a tu lugar más feliz, eso es lo que quiero —susurró, y Yulia, sin decirle nada, la trajo a sus labios para intentarlo una tercera vez—. Te amo, pronto-serás-mi-esposa —sonrió entre el beso, que Yulia sólo la abrazó y la trajo completamente sobre ella para sentir ese liviano peso que tanto le gustaba.

Lena se desvió por su cuello, Yulia posó sus manos en su nuca para guiarla, sin fuerza y sin necesidad, por dónde tenía que ir; sus hombros, nuevamente su cuello, sus labios, un breve juego de narices, nuevamente sus labios, su cuello, su pecho y, al fin, llegó a aquel diminuto lunar que no sólo besó sino que también, sin mucho éxito, intentó mordisquear.

                              Le pagó con la misma tortuosa moneda. Se encargó de, clavándole su verdegris mirada en la suya muy azulada, acariciar su areola derecha con la punta de su lengua, y, esto sí con éxito, logró evitar a su pezón, el cual se erguía y se endurecía con justa rapidez. Primero lo besó superficialmente, luego lo atrapó entre sus labios para jugar con su lengua hasta volverlo un suave mordisco que le provocó un suspiro corto y agudo a Yulia. Y las succiones que le siguieron a ese mordisco fueron la muerte más tortuosa y placentera existente. No le salían gemidos, ni gruñidos, pero jadeaba y se ahogaba con esa típica nota aguda al final de cada succión, y los mordiscos a sus areolas, mordiscos que se cerraban y atrapaban su erecto pezón para tirar de él.

Y, como Lena no tenía planes de moverse de ahí, porque ese día sabían demasiado bien, llevó su mano a la entrepierna de Yulia sólo para hacer un sondeo de la zona.

Aparentemente estaba en estado natural, húmeda eso era, y sus labios mayores no padecían de ningún tipo de sensual hinchazón que evidenciara su notable pero pacífica excitación. Volvió a acariciar sus labios mayores hasta llegar a su fin sur, en donde eso no se llamaba "humedad" sino "inundación", y eso le gustaba a Lena, más, que por lo que significaba, porque no entendía nunca de dónde sacaba Yulia que le costaba "mojarse", aunque quizás ése era el problema: Yulia no se "mojaba" sino se "rebalsaba", no había punto medio.

                              Decidió no mojar sus dedos, pues la idea era hacerlo exactamente como a Yulia le gustaba.

Y, así, con sus dedos secos, se adentró en el húmedo mundo interlabial de Yulia para acariciar su clítoris, que dio gracias a Dios porque el rebalse no era suficiente y demasiadamente exagerado como para inundar hasta su clítoris sin importar la gravedad.

Su clítoris no estaba perfecto; húmedo, suave y muy blando, pero era perfecto para aplicar las fases que Lena sabía que no podían fallar en ese caso; primero era básicamente una lenta caricia con sus dedos, una caricia superficial que no se enfocara en ninguno de los dos puntos débiles que la podían hacer hasta gritar, caricias circulares que no tenían un rumbo determinado, en el sentido de las agujas del reloj, luego lo empujaba suavemente hacia arriba, y continuaba la caricia circular, ahora en contra de las agujas del reloj. Separó sus dedos para tomarlo por los costados, sólo para acariciarlo, sin presión y sin intención de hacerlo rápido, sino desafiaría a la gravedad y haría que sus inundación subiera hasta donde no quería más lubricante que el que tenía al principio.

Eso de empujar su clítoris suavemente hacia arriba, eso de la ligera caricia, eso de Lena succionando sus pezones como si nunca los hubiera probado antes; eso le encantaba a Yulia, la volvía loca, pues era una suave escalación de excitación que podía disfrutar al no proveerle un orgasmo tan rápido.

                              Luego vino la segunda fase: el masaje. Era como el masaje que solía darle Inessa en sus hombros, pero ella lo aplicaba, a escala, en el clítoris de Yulia; no era un recorrido con presión sino presiones aisladas y pausadas que caían en la categoría de "punzadas cariñosas", cosa que a Yulia lograba arrancarle jadeos de boca ya un poco abierta y que todavía lograba cerrarse por largos períodos de tiempo para inhalar entre dientes y exhalar por la nariz, y, al final, siempre aquella nota aguda. Las manos de Yulia eran dos máquinas que trituraban el cubrecama azul marino porque tenía que aferrarse a algo que no fuera a Lena, sino, probablemente, la lastimaría.

                              La tercera fase era tirar del prepucio clitoral con su dedo índice para aplicar el primer frote, este muy despacio, a media presión continua, sobre el glande clitoral desnudo. Ya no estaba tan blando como al principio, era de esperarse, estaba rígido en realidad, pero tampoco estaba en el punto máximo, en ese punto que era en el que Yulia ya no podría evitar un gemido. Justo cuando empezó a frotar su glande, dejó descansar a sus pezones para ir a sus labios y dejar que Yulia se desquitara con besos. Cuando le provocó el primer espasmo muscular, ese que era automático en la cadera, dejó de frotar su clítoris para encontrarse con sus labios mayores empapados e hinchados, probablemente estarían coloreados de un suave tono rosado candente, igual que su pecho y su cuello, y, bastándole con saber que era imposible malinterpretar esa excitación, volvió a su clítoris para concluir con la fase número cuatro. El frote era continuo pero prácticamente en el mismo lugar, el tempo ya no era lento pero tampoco era rápido, era un sabroso ritmo que la tenía jadeando y tratando de contener la reacción de sus caderas. Y, sólo por si Lena quería asesinarla en placer, trasladó el frote a uno de los puntos débiles de Yulia; la punta de su clítoris, y la frotó un poco más rápido.

Yulia se sentía demasiado bien, demasiado, demasiado bien, ese frote era la mezcla perfecta entre un placentero y picante ardor que desencadenaba corrientes esporádicas que la recorrían y que terminaban por salir en un gemido que Lena atrapaba entre sus labios para que lo tomara con el siguiente beso, pero eran gemidos que se acumulaban con rapidez.

                              En cuanto Yulia soltó el cubrecama de su mano izquierda y la llevó a la mejilla de Lena para fusionarla entre sus labios, para no soltarla, Lena comprendió que era momento de hacer erupción. Se volvió a concentrar en todo su clítoris, en esa rigidez de la que la inundación ya se apoderaba con picardía sonriente y divertida, así como ese segundo lleno de un tan sólo grito de cuando empezaba "Hulk" en Island of Adventure, en ese maldito tirabuzón que terminaba siendo divertido y catártico por los gritos y por la liberación de estrés ante la eminente anticipación de minuto y medio exactos.

Frente contra frente, tabique contra tabique, Yulia jadeaba ya sólo aire, ya no le quedaban más notas agudas, y se detenía con ambas manos de la nuca de Lena, la etapa de asesinar ya había pasado y, ahora, sólo quería que la hiciera explotar, quería sentirse víctima del dominio que Lena tenía sobre ella y del que nunca abusaba, quería sentirse suya; a sus pies, bajo ella, por ella.

Sabía que venía, las dos lo sabían, pero, a falta de gemidos, Lena no pudo prever el momento exacto de la exponencial escalación de saturación de estimulación, y Yulia, ante la perfección del frote, no supo en qué momento sacó aquellas dos exhalaciones continuas que la obligaban a apretar su mandíbula y sus ojos, y, con una sensual sacudida al compás de un gruñido sensual, Lena simplemente supo que tenía que frotar rápido, muy, muy, muy rápido aquella rígida cúspide que estaba haciendo combustión entrañal. El abdomen de Yulia se contrajo igual que siempre, y sólo quería huir de ese maléfico y despiadado, pero satisfactorio, frote.

                              Todavía no se había ni empezado a calmar cuando ya Lena le daba la suavidad que necesitaba con sus labios en los suyos, esa tranquilidad que exhalaba contra su mejilla, un modelo de relajación temporal para que Yulia lo imitara y recuperara su respiración junto con su ritmo cardíaco promedio. Los espasmos eran inevitables, así como los microgemidos agudos que no salían de su boca, pues Lena acariciaba sus tensos labios menores y sus hinchados labios mayores para no ser simplemente alguien que abusaba y no recompensaba ni mimaba con las caricias que se traducían a algo más que sólo cariño y que trascendían al "gracias por dejarme tocarte". El respingo placentero de cuando Lena recorrió lentamente su USpot hasta terminar en la-todavía-rígida-cúspide de su clítoris...sin palabras.

—Esa fue la afirmación de la vida —suspiró Yulia por fin.

        —¿Lo hice bien? —preguntó con una sonrisa que pretendía ser inocente.

        —"Bien" se queda corto, mi amor —sonrió—. Te amo…

        —Mmm… esos "te amo" orgásmicos son especiales, aunque algunos dirían que no cuentan —se sonrojó—. Pero yo te amo más.

        —No cuentan si hay alcohol de por medio, un arranque más fortuito que "al azar", y que sea la primera, o de las primeras veces, que te acuestas con ese alguien —frunció su ceño, pero no pudo mantenerlo fruncido por tanto tiempo, pues la sonrisa la atacó—. Además...yo te amo más.

        —No, yo más.

        —Y, de repente, tenemos quince años —entrecerró sus ojos—. Yo te amo más, y fin de la discusión, y punto final y se acabó el papel.

        —Uy —suspiró con esa sexual expresión facial de goce extremo—. Yo soy la mujer más bella del mundo pero sólo si yo te amo más.

        —Qué bajo —sacudió su cabeza con una risa nasal.

        —Para casos extremos hay medidas extremas —se encogió entre sus hombros.

        —Puedes amarme más mañana, hoy yo te amo más… pero el título de "Mujer más bella del mundo" te lo puedes quedar para siempre, mi amor.

        —Hay veces en las que me dan ganas de comerte a besos…

        —Esos me dan cosquillas —susurró, pues ya había ocurrido una vez, y casi se accidenta de la risa—. Pero, si incluyes succiones y lengua, puedo decirte qué es lo que quiero que me comas a besos —levantó su ceja derecha.

        —¿Ah, sí? —sonrió divertida.

        —Oh, sí —susurró con sus ojos cerrados y un movimiento de cabeza que decía lo mismo: un sabroso e inequívoco "oh, sí" que abusaba de ser hipérbole y pleonasmo al mismo tiempo.

        —Arquitecta Volkova —resopló en ese tono que pretendía ser ceremonioso y muy recto y respetuoso—, ¿qué quiere que le coma a besos?

        —Licenciada Katina, quiero que me coma a besos aquí —señaló sus labios con su dedo índice—, a mordiscos y besos aquí —deslizó su dedo por su cuello y por su pecho—, quiero que se vuelva loca con estos —dijo, paseando su dedo índice por su dilatada-relajada-y-postcoital-areola para luego pellizcar suavemente de su pezón y tirar suavemente de él, luego tomó la mano de Lena en la suya y, sacando su dedo índice, le dijo—: y quiero que me bese aquí —susurró lasciva y seductoramente mientras trazaba una línea vertical sobre su abdomen hasta llegar a su vientre—, y puede mordisquear aquí, y besar también, y si hay lengua no me enojo —dijo, extendiendo la mano de Lena y colocándola sobre su vientre—. Pero, aquí… —la deslizó hacia su vulva—, aquí quiero que me coma sin piedad, que me haga querer break free; con besos, con mordiscos, con su lengua, con esas succiones que sólo usted sabe cómo y dónde me gustan… y es libre de tocar lo que quiera —guiñó su ojo y, automáticamente, su ceja derecha se elevó con tal egocéntrico, picante y seductor erotismo, que Lena tuvo un miniorgasmo mental con repercusiones físicas.

        —Arquitecta, me excita cuando me dice exactamente qué es lo que quiere —suspiró Lena, sacando su mano de la entrepierna de Yulia para llevarla a su rostro.

        —¿Sí?

        —Oh, sí —imitó su expresión, tanto verbal como facial.

        —Entonces, complázcame —volvió a levantar su ceja, y Lena sólo gruñó por lo sensual que eso se había escuchado.

Colocó su dedo índice sobre sus labios y, con la delicadeza que la caracterizaba, lo escabulló entre ellos. Yulia lo succionó con la misma seducción que "Windmills Of Your Mind" tenía para aquel que creyera en seducir y ser seducido; recorrió la longitud, succionándolo mientras lo cubría y lo descubría, y, para dejarlo libre, lo fue sacando poco a poco, que, con cada milímetro menos, que había entre sus labios y la liberación, aumentaba la lentitud. Terminó con un beso que hizo a Lena gruñir internamente, sí, Yulia conocía las debilidades visuales de Lena, y las conocía desde mucho antes de que ella las descubriera.

Lena paseó su dedo por sus labios, dándole inicio al camino que Yulia le había marcado anteriormente y besó sus labios con ese momento decisivo de "Invece No" en Milán, ese momento bombástico que le daba inicio al coro; intenso y profundo, catártico y desencadenado. Con demasiadas ganas. Su dedo se deslizó por su mentón, y, tras su dedo, iban sus labios, pasando por su cuello, en donde aparecían los mordiscos esporádicos. Llegó a enterrar su nariz entre sus senos y, no pudiendo contenerse las ganas, tomó ambos senos y los apretujó contra ella como si quisiera ahogarse entre ellos, pero eso sólo le provocó una risita a Yulia que más bien parecía un juguetón ronroneo.

Volvió a ofrecerle su dedo índice para que lo succionara mientras ella hacía lo que le habían exhortado de tal sensual manera; volverse loca con esos pezones cuyas areolas ya empezaban a encogerse de nuevo y se coloreaban de una capa de placentero rosado por la misma locura. Así era como sabía ella que Yulia era imposible de apagar, que no importaba si le recitaba la tabla periódica o le daba una lección sobre orbitales, ella siempre iba a querer placer, no existía un matapasión de ese tipo, y Yulia, por el otro lado, sintió como si encabezaba la lista de las cien mujeres más sensuales del mundo, aunque la que encabezaba desde siempre era la de Lena.

Recuperó su dedo y continuó trazando aquella misma línea que Yulia había trazado por su abdomen, la llenó de besos lentos y un tanto sonoros hasta que llegó a su vientre, en donde, entre la desesperación por llegar ahí, sólo dio un lengüetazo lento que finalizó con un beso, un beso que se repitió pero un milímetro más abajo, y otro beso un milímetro más abajo que el anterior, y así sucesivamente hasta llegar a la encrucijada de no saber si seguir verticalmente, o si desviarse por su labio mayor izquierdo o derecho.

—Licenciada, ¿me va a comer? —preguntó, llevando su mano a sus labios mayores para invitarla a sus labios menores al separarlos un poco más de lo que sus piernas abiertas los habían obligado a abrirse.

        —Todo a su tiempo, Arquitecta —susurró—. Es sólo que, como a usted, me encanta ver… —suspiró, y su tibia exhalación aterrizó ligeramente sobre el clítoris y los labios menores de Yulia, provocándole un ahogo de ojos cerrados y una contracción vaginal demasiado evidente como para intentar disfrazarla de reflejo voluntario.

        —Otra vez —murmuró en su voz de modo excitado encendido.

        —¿Otra vez? —resopló Lena, y Yulia asintió.

Inhaló aire tibio con aroma a Yulia-más-un-orgasmo, y, lentamente, sacó el aire por entre sus labios con demasiada lentitud, lentitud que era demasiado rica y fría, y que hacía que Yulia sonriera como si aquello le diera cosquillas.

                              Sacó su lengua y lamió desde su perineo hasta su clítoris, volvió a soplar de la misma manera, y volvió a lamer aquel interior para, luego, volver a soplar.

Sabía dulce, un poco más dulce que de costumbre, quizás era por la sobredosis de piña que había tenido los últimos días. Ah, bendito el antojo y las cinco piñas que lo saciaron.

                              Abrazó a Yulia por sus muslos mientras se dejaba ir entre lo que conocía con tanta profundidad, ambos tipos de profundidad, que podía propiciarle un orgasmo en cualquier estado, hasta en coma etílico. Ah, no, eso ya lo había hecho. Le gustaba succionar su clítoris y, mientras lo mantenía entre sus labios, jugaba con su lengua sin prisa alguna, le gustaba succionarlo y dejar que se le escapara para volver a atraparlo, le gustaba succionarlo y bajar a su vagina para pasear su lengua por su USpot, y, entre técnica y estrategia, se detenía para soplar suavemente sobre aquel rosado y encendido clítoris.

                              Lena no conoció el momento en el que su mano derecha se retiró de la piel de Yulia para ir a la suya, para ir a su entrepierna e imitar, con sus dedos, lo que le hacía a Yulia con su lengua.

Yulia gemía y Lena le contestaba con un gemido de su creación, y eso sólo iba en escalación sensual, el siguiente era más caliente que el anterior; a Yulia la privaba de racionalidad con los gemidos que ella misma se provocaba, que le habría gustado ver cómo se tocaba porque no había algo más sensual y erótico, pero estaba más que contenta con esos gemidos que siempre le parecieron más hermosos y poéticos que "Vocalise" de Rachmaninoff, y a Lena que le encantaba que Yulia enterrara sus dedos entre su cabello mientras estaba entre sus piernas, pues era la manera más honesta de hacerle saber hasta lo que no debía saber.

Le encantaba que la halara más para hundirla entre sus labios mayores o para sentirla más adentro cuando la penetraba con su lengua, le fascinaba cuando le indicaba que quería succiones y con qué frecuencia y con cuánta fuerza, pero no podía negar que se derretía cuando simplemente peinaba su cabello; pasando su flequillo tras su oreja, y que encontraba, entre los incontenibles gemidos, el tiempo y el control para verla de esa manera que le calentaba el pecho, y no era nada más que una mezcla saturada de "Dios,eres tan hermosa" y "Dios, te amo mucho". Además, quizás Yulia nunca lo había dicho, pero, cuando Lena estaba entre sus piernas y la veía a los ojos sin dejar de comérsela, no sólo le parecía hermoso sino también terminaba por excitarla todavía más.  

                              Dejó de tocarse porque ya no podía dividir su concentración en ambas cosas, eso sólo la hacía divagar, y, antes de que otra cosa sucediera, Yulia reclamó esos lubricados y ajenos dedos para su degustación personal.

Los limpió hasta que no encontró otra gota de su sabor, hasta que todo estaba en su boca, y, devolviéndole la mano a Lena para volver a enterrar sus dedos en su cabello, sólo se encontró con una sonrisa que se transmitía celestemente; una sonrisa pícara y juguetona que le advertía lo que estaba a punto de suceder, y ¡Mh!, Yulia gimió al sentirse físicamente invadida, pero "invadida" en el mejor de los sentidos y con el mejor de los resultados.

Un segundo dedo la invadió. Ahora los dos dedos entraban y salían de ella sin ninguna dificultad, casi sin fricción, que en ese caso era muy bueno, y Lena no podía no salivar ante lo perversos que eran esos empapados sonidos de sus dedos entrando y saliendo de Yulia.

                              Esta vez sí notó lo que no había notado en el orgasmo anterior, o más bien "para el orgasmo anterior"; ese "click" repentino que era como dar comienzo a la construcción de una torre de cartas: se debía hacer con precisión, con puntería, con delicadeza, y se debía tener una base estable, sino se caía en cualquier momento y por cualquier travesura de la vida.

Lena sintió cómo Yulia se contraía y se relajaba, todo era intencional para ayudarle a construir esa torre de cartas que cada vez iba más alta y más alta, Lena que sólo le ayudaba con leves presiones en su GSpot y esas succiones de las que Yulia le había pedido, esas succiones que sólo ella sabía hacerle.

                              Yulia soltó la melena roja y se aferró al cubrecama mientras un gemido entrecortado salía de sus cuerdas vocales y sus caderas iban en dirección contraria a su abdomen, pero Lena lograba mantenerla bajo control y en su lugar con su brazo, y sólo soplaba suavemente sobre aquel clítoris que explotaba nuevamente en esa catarsis nerviosa que resultaba ser tan gratificante para ella y tan placentera para Yulia.

Dejó de sacudirse al cabo de los intensos segundos que reían nerviosamente por segunda vez en su clítoris, una sonrisa se le dibujó en sus labios, y esa sonrisa de ojos cerrados fue la que Lena subió a besar.

—¿Satisfecha… o me faltó algo por comer? —susurró a su oído.

        —Me fascina cuando me comes, Lenis —y ahí estaba, Lena se sonrojó nuevamente ante la caricia que le hacía a su nombre con ese diminutivo—. Me fascina…

        —¿Quieres que haga algo más?

        —Eso te lo debería estar preguntando yo a ti; se supone que íbamos a hacer lo que tú querías.

        —Mmm… —rio nasalmente, como si tuviera un plan divertido pero perverso en mente.

        —Dime —sonrió en ese tono agudo que era propio de la expresión.

        —Todo depende de si estás dispuesta a hacer algo.

        —¡Licenciada Katina! —siseó, y la risa la atacó—. ¿Qué tiene en mente?

        —¿Qué dice de un reto, Arquitecta? —dijo, haciendo que la mirada de Yulia se ensanchara junto con una sonrisa.

        —Usted dirá, Licenciada Katina.

        —Quiero que me hagas acabar sin tocarme—susurró, y Yulia lanzó una carcajada que había nacido desde lo más profundo de sus entrañas.

        —¿Cómo se supone que voy a hacer que te corras sin tocarte? —levantó su ceja derecha.

        —Ingéniatelas —sonrió, guiñando su ojo y encogiéndose entre sus hombros.

        —No te puedo tocar… —murmuró para sí misma para desarrollar algún plan, si es que existía uno para superar ese reto—, ¿con qué no te puedo tocar?

        —Me puedes besar —dijo, dándole un beso corto en sus labios—, no me puedes morder, no me puedes lamer, no me puedes succionar… es más, digamos que tu boca sólo puede ir en la mía, y no puedes tocar ninguna zona erógena. No puedes usar tus manos, sólo para detenerte o para detenerme.

        —Madre de Dios, ¿qué te poseyó? —se carcajeó.

        —Algo que veo que te gusta demasiado.

        —Ciertamente —suspiró, tumbando a Lena sobre su espalda para porque-sí.

        —¿Aceptas el reto?

        —Suena un poco imposible…

        —Puedo darte un premio si lo logras —dijo, sabiendo que, con eso, Yulia se vería en la incómoda posición de tener que aceptar.

        —¿Y si no lo logro?

        —Pues, no sé, supongo que vas a tener que vivir con la frustración de la derrota —sonrió ampliamente, que eso último a Yulia le sonó tan mal que le parecía inaudito e inaceptable tener que enfrentarse a eso.

        —Eso nunca —sacudió su cabeza, y gruñó porque su teléfono empezaba a sonar con "Mambo Italiano", lo cual significaba que era Volterra quien le llamaba—. Alessandro Volterra tendrá que esperar a que mi Ego esté orgulloso de mí —dijo, tomando su teléfono y colocándolo en silencio, pues, cuando no le contestaba, solía llamar más de una vez; una vez había llamado treinta y siete veces en dos horas y no era ni tan urgente—. Repasando las reglas: no manos a menos que sea básicamente la cadera, los hombros, las rodillas y las pantorrillas, boca sólo en la tuya y sólo labios, y no tocar zonas erógenas directa y descaradamente, ¿cierto?

        —Sí.

        —Vale. ¿Qué tan mojada estás? —le preguntó, poniéndose de pie para acudir a la gaveta inferior de la mesa de noche de Lena.

        —Tengo hasta para regalarte en tus días menos mojados —dijo luego de tocarse—. ¿Me vas a decir lo que me vas a hacer?

        —Todavía estoy pensando, mi amor —balbuceó con poca atención, pues aquella precaria selección de juguetes no la obligaba a pensar inteligentemente—. ¿Puedo hacer y usar lo que quiera?

        —Siempre y cuando se apegue a las reglas, sí.

        —Fuck —suspiró, dejando caer su cabeza en resignación, pues sólo había uno que no utilizaría precisamente con las manos, pero se acordó de que era un método efectivo, pues así lo había logrado la vez pasada, la única diferencia, entre aquella vez y esta, era que ahora había presión e intención, y Lena estaba en un punto gris en el que había estado cerebralmente excitada pero que, físicamente, era sólo una reacción y no un estímulo directo— No sé de dónde sacaste esta idea, pero está macabramente difícil —suspiró Yulia, viendo que la luz de su teléfono se encendía, que era otra llamada de Volterra, y decidió arrojar el teléfono al suelo para que no distrajera a nadie de los implicados.

        —Sólo tienes que pensarlo bien, hay múltiples formas de hacerlo —sonrió, viendo a Yulia con el feeldo rojo en su mano, que se le notaba insegura en cuanto a la forma, pues no sabía si lo usaría en Lena o con Lena—. Son tres, si no me equivoco.

        —Dime que la que tengo en la mano es una, por favor.

        —Sí, sí es.

        —Good. Y, si no funciona, ¿puedo cambiar de método?

        —Claro, el punto es que me corra.

        —Good —repitió, tomando ya el feeldoe con seguridad en su mano y, de rodillas frente a Lena, introdujo en ella la parte corta, la parte que hacía, de aquello, para usarlo "con" Lena.

        —Fuck… —suspiró así como si le hubieran cortado el oxígeno temporalmente.

        —¿Rico?

        —Tú sabes que sí —sonrió, viendo a Yulia recoger un poco de su lubricación entre sus dedos para lubricar un poco el falo que entraría en ella.

        —¿Alguna última request antes de empezar? —preguntó, colocándose en una posición relativamente cómoda para introducir esos diecisiete centímetros en ella.

        —Sorpréndeme —guiñó su ojo.

Yulia cerró sus ojos y gimió en tres tantos, en esos tres tiempos en los que logró hacer que la longitud desapareciera dentro de ella. Y, sí, fue tan sensual y hermoso, que Lena simplemente supo enamorarse todavía más de ella y de sus gemidos.

Pudo haber ido a por el orgasmo seguro, más bien eyaculación, pero sabía que le tomaría algún tiempo para excitarla, ¿y qué mejor que un estímulo visual completo acompañado por un estímulo vaginal?
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:43 am

Flexionó sus piernas y se echó hacia atrás, deteniéndose, con sus manos, por entre las piernas de Lena. Eso le dio una vista frontal y completa, y no pudo negar que le gustaba; le daba una nueva perspectiva corporal de Yulia al nunca antes haberla visto en esa posición que obligaba a su anatomía a tomar tensiones e intensidades que eran prácticamente males necesarios: su abdomen se marcaba de cierta manera a pesar de que no era precisamente sólido como una roca ni definido como en las primeras etapas de un fisicoculturista, simplemente era plana y ahora se le marcaba algo en todo su abdomen, sus acromiones se saltaban, sus senos caían de tal manera que Lena sólo quería erguirse para comerlos de nuevo a pesar de saber que podía irritar y/o lastimar, y ni hablar de su entrepierna. ¡Dios mío! La hacía mordisquear su labio inferior con la peor y la más peligrosa de las antojadas lascivias que conocía en sí misma; podía verlo todo hinchado y tensamente estirado, su clítoris se marcaba con mayor perfección y mayor nitidez que cuando estaba recostada, acostada o de pie, y sus labios menores se veían comprometidos al estar abrazando aquel falo rojo, el cual ya había empezado a desaparecer en su interior junto con una baja de caderas y trasero que hacían que Yulia sólo pudiera echar su cabeza hacia atrás como si se rindiera ante el uniforme placer que la inundaba, que controlaba y que chocaba suavemente, a la entrada, contra su GSpot.

Subía y bajaba, no era rápido, no era lento, tenía el ritmo perfecto como para disfrutarlo, y sí que lo disfrutaba, pues, cuando lo hacía desaparecer, se contraía intencionalmente, y se contraía, y se contraía de nuevo, y de nuevo, y de nuevo, y más fuerte. Con cada contracción era un pujido que ahogaba, y que su abdomen se endurecía y se marcaba, y sus senos, ¡sus senos! Ellos rebotan con tanta gracia, tanto que hacían a Lena suspirar y no sólo del placer que empezaba a ser físico sino también del enamoramiento visual, de literalmente tomando el aliento

Lena no pudo resistirse a recorrerla, pues ella sí podía tocarla, o, al menos, eso no había sido tema de discusión en lo absoluto. Comenzó por sus tobillos, subió por sus pantorrillas, que estaban demasiado tensas y, a pesar de ello, lograban tensarse más, acarició sus rodillas y siguió por el interior de sus muslos hasta llegar a ese punto en el que no sabía si quedarse a residir ahí por el resto de su vida o si seguir hacia arriba por sus caderas.

                              Yulia descansó unos momentos con aquella longitud en su interior, aunque, en realidad, no era que descansaba sino que se mecía de adelante hacia atrás para su propia diversión, pues no sólo era su placer sino también el de Lena, quien ya había empezado a gemir por la reacción en cadena de los componentes que ella le proveía. Y, de repente, sintió a Lena dividirse para ella con su mano izquierda en su cadera, para aprender sus movimientos, y su mano derecha que se convertía en un simple dedo pulgar que iba directo a abusar de lo que más le llamaba la atención en ese momento, de lo que más pensamientos pervertidos y lujuriosos le alocaba.

—¿Estás bien? —murmuró Lena al darse cuenta de que Yulia no había ni respirado por una considerable cantidad de tiempo; ni respirado, ni gemido, ni nada, sólo se había empezado a mover de nuevo. Ella asintió—. Respira… —y, como si eso fuera lo que Yulia necesitara, como si necesitara que le acordaran que era una función vital y que debía ser autónoma, respiró profundamente, sintiendo la misma torre de cartas construirse hacia arriba, pero no se dio cuenta en qué momento se había empezado armar, pues, según ella, ya iban por uno de los últimos pisos.

        —Vas a hacer que me corra —sollozó en ese claro acento británico, no deteniéndose ni deteniéndola, dejando a Lena en un enorme dilema: ¿quiere o no quiere? ¿Seguir o no seguir?

        —Quedate quieta —le dijo, con la longitud a medio camino, y la tomó por la cintura con ambas manos para, apoyándose con sus pies, hacer el trabajo sucio por ella, yendo ella hacia arriba mientras la traía hacia abajo, pues Yulia, regresaría al punto inicial como si tuviera un resorte automático en sus caderas y en sus piernas.

No lo hacía rápido pero lo hacía profundo, justo en donde el límite estaba; ese milímetro en el que era justamente picante: ni muy-muy ni tan-tan, preciso y justo antes de convertirse en un intento de perforación. No tuvo que decirle nada, sólo tuvo que pensarlo para que Yulia entendiera que quería que se tocara.

                              Fue ese gemido progresivo, que fue de menos a más en todo sentido; en volumen, en agresividad, en intensidad, en contracción, que hizo que Yulia se quedara en la cúspide del látex rojo mientras se sacudía mentalmente, pues, en esa posición, jamás había experimentado un orgasmo y, francamente, temió por su vida.

Frotó y frotó, y frotó de nuevo su clítoris, lado a lado, tan rápido como si se tratara de ganarle a la intensidad que no podía abrazar como normalmente lo hacía, era como lo que empezaba y terminaba su catarsis nerviosa-corporal.

En el momento en el que calmó su intensidad, Lena se irguió, tomándola por la cintura, más bien abrazándola para acercarla a ella, para traerla entre sus brazos como un cierto tipo de consolación por no poder disfrutar al cien por ciento esa montaña rusa de sensaciones, y, sin querer queriendo, la deslizó alrededor del falo. 

—¿Estás bien? —le preguntó casi en secreto, escuchando cómo Yulia tragaba entre sus jadeos de cansancio en cuclillas.

        —Dame un segundo —jadeó, abrazándola con su brazo izquierdo por sus hombros, tomándola suavemente por el cuello con su mano derecha y reposando su frente en la suya—. Me corrí… —resopló en ese estado estupefacto digno de una monumental e intensa corrida.

        —Sí, lo vi —sonrió—. Si goteo…

        —¿De verdad? —se sonrojó, pues todavía había cosas que no podía evitar que le avergonzaran un poquito, como "gotear" un orgasmo que no era precisamente lubricante; lo prefería cuando salía suavemente y apenas se notaba o apenas se deslizaba por entre sus piernas y aterrizaba en su agujerito, pues entonces eso significaba que Lena lo recogería con su lengua o con su dedo.

        —Sí, y me gustó.

        —¿Sí? —susurró aireada y flojamente, que ya empezaba a cabalgar de nuevo, pero era lento, muy lento, y muy sensual.

        —Sí… —y fue atacada por un beso de esos que eran permitidos según las condiciones del reto—. Y debo decir que me fascinó la vista…

        —Licenciada, ¿hay alguna otra vista que quisiera ver?

        —Se da la circunstancia que hago —Yulia se despegó de sus labios y ensanchó la mirada—. Quiero ver tu espalda.

        —¿Sí? —sonrió, despegándose totalmente de Lena, quien se recostaba mínimamente, apoyándose sobre sus codos, mientras Yulia se colocaba sobre sus rodillas y buscaba al rojo, a ciegas, por entre sus piernas—. ¿Así?

        —Espera… —soltó un quejido, pues eso de estar hincada y recostada no era precisamente cómodo, por lo que se irguió para hacerlo así como sabía, de antemano y por motivo de una conversación hacía unos meses, que a Yulia le gustaría recibir un poco de delicado y suave placer.

        —Oh, eso es profundo…

Yulia gimió al caer sobre sus rodillas, pues, sin querer, Lena había martillado, sin intención alguna, con una fuerza que parecía estar en la categoría de "perforación", pero no fue tan incómodamente doloroso como habría pensado, fue incómodo, sí, pero, extrañamente, le dio una risible y ridícula cantidad de placer, rudo y agresivo placer, pero que, en el fondo, sabía que todo era porque era Lena quien estaba tras ella, y era su pelvis la que rozaba su piel, y eran sus manos las que la tomaban por la cadera, y eran sus ojos los que recorrían su espalda; la hendidura que se formaba a lo largo de su columna por la posición de sus brazos, al igual que sus omóplatos un tanto saltados, y era Lena quien la hacía resignar su cabeza en dirección al cubrecama que sus manos apuñaban.

                              Lena era la personificación del más perfecto y preciso de los deleites; táctiles con sus dedos incrustados en su cadera, con su pelvis que chocaba suavemente contra el trasero de Yulia, lo cual llevaba a parte de lo auditivo, el choque de pieles, los gemidos crónicos de Yulia, y el sonido que delataba la celestial y generosa excitación con la que coqueteaba el rojo, lo visual era tan sencillo como admirar las curvas de Yulia, cada curva, cada peca, cada rebote de cabello, cada vena de sus manos que era capaz de reventarse de tanta fuerza con la que apuñaba el cubrecama, su trasero que reaccionaba con cierta firmeza con cada choque, y nada como saber que no era ella quien traía a Yulia para penetrarla, sino que era ella que iba y Yulia que venía a encontrarla.

                              No pudo resistirse y le dejó ir una nalgada que se escuchó más fuerte de lo que en realidad había sido, y Yulia gruñó placenteramente como si le diera luz verde para otra nalgada, y otra, y otra, y otra, y que la siguiera penetrando para luego sorprenderla con otra nalgada. Las nalgadas cesaron porque Lena así lo decidió, pues, por Yulia, podría haber seguido haciéndolo por motivos de placeres pecaminosos, pero Lena decidió terminar con broche de oro; una nalgada doble, cada mano a cada glúteo para luego apretujarlo y, por cuestiones del pervertido subconsciente, separó sus glúteos para obtener esa vista que no se le habría ocurrido ni en sus más lujuriosos momentos de racionalidad.

                              Vio cómo lo rojo entraba y salía de Yulia, pero eso no era lo que le había robado la atención.

Ese agujerito, ese agujerito era lo que la colocaba en ese modo de estupefacción extrema. Todavía estaba empapado, no sabía si desde el principio, si era una acumulación de los tres anteriores, o si era del último, pero brillaba, y, por segundos, se contraía, lo cual sólo la enloquecía cada vez más.

Llevó su pulgar al aparentemente-inocente-agujerito, el mismo pulgar que había utilizado en su clítoris, y no lo penetró porque eso era ilegal en esa cama y en cualquier superficie sobre la que explotaran sus sexualidades en pareja, y era ilegal y penalizado por la ley de las incomodidades porque debía hacerse bien, es decir con "estímulo" previo y mucho cariño, por lo cual sólo lo masajeó, pues no había nada mejor que ser bienvenida que ser dolorosa e incómodamente recibida.

Lo hacía en círculos o de arriba hacia abajo, superficialmente o con un poco de presión, haciéndole creer que era momento de satisfacerlo, porque lo gritaba sin tener voz, pero no lo penetraba.

                              Detuvo la penetración, notando a una Yulia jadeante y cansada, pero ninguna de las dos quería detenerse en ese momento, no hasta que Lena tuviera lo suyo, no hasta que Yulia tuviera otro. Y, justo cuando iba a penetrar su agujerito, Yulia se irguió para recuperar un poco su aliento, que se vio envuelta en los brazos de Lena para, al ladear su rostro, poder encontrarse con sus labios.

Lena acarició su torso; sus senos, su abdomen, y una de sus manos se dirigió a su clítoris sólo para darse cuenta de que Yulia estaba al borde de la inminente irritación clitoriana, lo que significaba que "sólo en caso de emergencia", o sea en caso de inevitable orgasmo, podía frotarse.

                              Yulia se volvió a Lena y, con la mirada, le indicó que se recostara, y a Lena le dio risa saber exactamente lo que Yulia pensaba, ese "obediente, así me gusta". Claro, era parte de la disputa del poder y el control, y, aunque podía parecer que Yulia tenía el control, sólo era eso, una apariencia, pues quien tenía el control era Lena; el hecho de que Lena no estuviera haciendo mucho, más que admirando el paisaje, no significaba que no se jugaba bajo sus reglas. Distintos tipos de poder y control para distintos tipos de antojos.

Yulia, todavía de espaldas a Lena, se colocó a horcajadas para, nuevamente a ciegas, introducir al rojo en ella. Se quedó unos segundos sin moverse, rehusándose a cabalgar, pues en ese momento se dio cuenta de que realmente no estaba hecha para tal acción fálica, que prefería mil veces a Lena como mujer, y dio gracias a Dios, y a todos los Santos que conocía, por hacer del uso del rojo lo menos posible: una vez en cinco meses era suficiente para disfrutarlo y aborrecerlo hasta ojalá-mucho-tiempo-después, aunque eran potenciales tres meses nada mas.

                              Antes de que Lena le preguntara si se sentía bien, Yulia se empezó a mover, o a mecer, de adelante hacia atrás, pues eso se sentía bien, y se sentía bien en Lena también. Compartieron el ritmo porque Lena empezaba a perderse entre las sensaciones de las que recientemente estaba consciente. Con sus manos nuevamente en la cadera de Yulia, marcándole la longitud y el ritmo de cómo tenía que mecerse para hacerla gemir, pero la pelea del control era divertida, pues Yulia, sabiendo lo que había quedado inconcluso, llevó su mano a su entrepierna para lubricar sus dedos, los cuales luego llevó a su agujerito para cerciorarse de que no le faltara lubricación alguna. Lena, al ver esto, se le olvidó que tenía otro objetivo y se acordó de su prioridad. Yulia se echó hacia adelante, tomándola por las piernas para un soporte que no era necesario pero que era agradable por estar aferrada a ella de alguna manera, y Lena, olvidándose también de su pulgar, llevó su dedo índice derecho a ejercer una que otra caricia que debía estimular. Lo introdujo lentamente, haciendo a Yulia gemir de tal sensual manera que era imposible no reconocer que le gustaba más que sólo gustarle, pero le gustó más al sentirlo de manera no superficial, hasta se detuvo para saborearlo; para estrujarlo, para sentir cómo entraba y salía de ella, para sentirse total y completamente complacida, o, como Lena lo conocía, "bien cogida".

                              Tabú, incorrecto, inmoral, antihigiénico y no saludable, pero, joder, doble joder, se sentía bien si se hacía bien, y Lena sabía cómo disfrutar de eso tan estrecho, más caliente que tibio, suave, y que estrujaba fuertemente si era su autónoma voluntad, todo para hacer a Yulia disfrutar como disfrutaba en ese momento.

Yulia gruñó ante lo intenso y continuo del estímulo doble, y sus gruñidos se intensificaron al compás del ritmo de su vaivén, que cada vez era más rápido, y más rápido, y sólo bastó con que Lena no pudiera mantener su dedo adentro para que Yulia se irguiera, al punto de que el rojo se saliera de ella mientras frotaba rápidamente su clítoris y una minúscula y tímida eyaculación saliera de ella.

                              Si hubiera podido fotografiar a Lena en ese momento, perpleja y extasiada al mismo tiempo, lo habría hecho sólo para enmarcarlo y archivarlo. ¿Qué le pasaba a Yulia que se estaba corriendo con tanta facilidad? ¿Qué le pasaba a Yulia que se estaba dejando hacer tanto?

                              Lena se irguió y la tomó por la cadera para que se irguiera y, así, poder tumbarla sobre la cama para que recobrara el aliento que le faltaba. La vio como aquel día que habían decidido censurar por no ser apto ni para ellas de recordar; cansada, agotada, y demasiado relajada, por lo que decidió sólo volcarse hacia ella y empezar a darle besos suaves en su hombro y en su mano.

—¿Te sientes bien? —preguntó, no pudiendo evitar verbalizar su disfrazada preocupación.

        —"Bien cogida" —resopló, pero sacó fuerzas para volcarse y colocarse nuevamente a horcajadas sobre Lena—. "Turbo-bien-cogida" —rio, pero su risa cesó en cuanto se deslizó nuevamente alrededor del rojo.

Lena rio, lanzó una carcajada que no pudo continuar porque Yulia se lanzó sobre ella con delicadeza para tomarla por debajo de sus hombros, aferrándose para impulsarse y para detenerse, y, acomodando sus piernas, empezó a cabalgarla así como en noviembre; sólo con su trasero y asegurándose de que fuera lo suficientemente rudo y gentil como para seducir a su GSpot hasta que pasara lo inevitable.

        —¡Me voy a casar con un semental! —rio entre sus gemidos prematuros.

        —Jinete profesional —la corrigió entre jadeos, y dejó caer su rostro al lado del de Lena.

Lena abrazó a Yulia por la espalda para asegurarse de que no iría a ninguna parte, no sé por qué, pero así lo hizo y por esa razón, y Yulia que había empezado a gemirle suavemente, y con la maléfica intención, a su oído, cosa que actuaba, de su oído, en conexión directa con su GSpot, el cual, sorpresivamente, estaba cediendo mucho más rápido de lo esperado.

                              De repente, como si hubiera sido una decisión que nadie pudo prever, Yulia llevó su rostro contra el de Lena con la única intención de besarla, que era exactamente lo que Lena estaba a punto de pedirle en vista de que no la estaba tocando en el menor de los sexuales sentidos. Fue un beso agitado e inestable, apenas podían entrelazar sus labios, apenas podían saborearse, pero hacía lo único que debía hacer: calentar hasta explotar.

No fue que gritara, pero su gemido fue prácticamente eso, y, junto con un temblor y que casi perforó la espalda de Yulia con sus dedos mientras eyaculaba, y Yulia que no se detenía, se sintió en la gloria de los hormigueos nerviosos femeninos, Yulia ganó.  

—Dios mío… —jadeó Lena en cuanto terminó de sacudirse.

        —Te amo —susurró a su oído, para luego darle besos en su cuello, para besar el aire que fluía por su tráquea.

        —Yo también te amo, mi amor —sonrió, sintiendo un tirón vaginal al Yulia salirse del rojo para, lenta y suavemente, sacárselo a ella para desaparecerlo de la escena, y ojalá de sus vidas por un par de meses también—. ¿Me abrazas? —dijo en esa pequeñísima voz, pero ni había terminado de preguntarlo cuando Yulia ya la tenía entre sus brazos y le daba besos en su cabeza, pues Lena se recostaba sobre su pecho y se aferraba por su abdomen.

        —¿Te sientes bien? —susurró con cierto miedo a escuchar que la respuesta fuera un "no", el cual tenía el noventa por ciento de probabilidades de serlo.

Lena sólo asintió contra su piel entre un suspiro que decía más un "sí" que un "no" pero que no dejaba de ser un "no" muy pequeño, debía ser algún tipo de bajón hormonal, de esos que se disfrazaban de algo bajo y malo,  a veces triste, pero que era en realidad bueno y que, por la falta de capacidad para poder aceptarlo, era que sabía a confusión.

—Lenis… —susurró al cabo de unos minutos que le parecieron eternos por el silencio que había dominado la habitación.

        —¿Sí? —repuso con sus ojos cerrados.

        —Tengo que ir al baño.

        —Oh, claro —resopló, volcándose sobre su espalda para dejar que Yulia se levantara.

Acosó a Yulia con la mirada, la manera en la cual se sentaba sobre la cama para luego ponerse de pie y, con piernas relativamente adoloridas por la falta de ejercicio y por la reconfirmación de no estar diseñada para el sexo heterosexual, a pesar de que preferia cabalgar a ser cabalgada por cuestiones de comodidad-control-y-placer, acosó el contoneo flojo y perezoso. La vio estirarse completamente, así como todas las mañanas que se despertaba, estirando sus brazos y colocándose en puntillas hasta tocar la parte superior del marco de la puerta del baño, que era cuando se le marcaba levemente la espalda y los brazos y que sus pantorrillas sí se marcaban, ah, el arte del Stiletto.

La vio desaparecer en aquella habitación de enorme eco, y se volvió al televisor para verlo encendido, que sólo resolvió apagarlo porque era un desperdicio de tiempo y de todo lo demás. Tomó el cubo en sus manos, las dos partes, y, volviendo a ensamblarlo para cerrarlo, lo colocó sobre la mesa de noche de Yulia así como la primera vez. Se volvió al cubrecama para ver el típico desastre, ese que implicaba un cambio de cubrecama porque todavía no concebían usar una toalla, y, al menos, no eran las sábanas sino sólo el cubrecama. Sacudió su cabeza y, poniéndose de pie para retirar el cubrecama, escuchó a Yulia tararear esa canción que ella también conocía pero que no sabía de dónde, y tampoco se acordaba de su nombre.

                              De repente, dejó de escuchar a Yulia tararear y, ante un gemido extraño, escuchó el motivo de la visita de Yulia al baño.

—¿Estás bien? —se asomó Lena al baño con el rojo en la mano.

        —Sí, ¿por qué? —murmuró sin darle la mirada, pues la tenía escondida bajo su mano en una especie de tergiversación del Pensandor de Rodin.

        —No sé, se escuchó como si te hubiera dolido.

        —Aparentemente estoy un poco demasiado sensible —dijo, reanudando el proceso líquido con un gemido que casi logró callar—. Siento como si la vejiga me está presionando todo lo que no me debería estar presionando…

        —¿Necesitas Replens o Advil? —Yulia sólo sacudió la cabeza y terminó, por fin, de hacer lo que tenía que hacer—. ¿De verdad estás bien?

        —Sí, mi amor —dijo, dejando ir la cadena para acercarse a la ducha—. ¿Te unes?

        —I do —sonrió, y lo dijo en ese tono ceremonioso que logró sonrojar y emocionar a Yulia.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:45 am

*

—Hola —se acercó Katya por la espalda de Lena, deslizando sus brazos por su cuello para abrazarla y darle un beso en la mejilla.

        —Hola, Kat —sonrió Lena, desviando su tenedor hacia la boca de Katya, pues era lo más normal entre ellas; robarse la comida de esa manera.

        —Katya —sonrió Natasha—, ¿por qué no te sientas con nosotros? —preguntó con la esperanza de que el tal Luca le diera su silla.

        —Sí, sí —dijo Phillip, poniéndose de pie para traer una silla extra, silla que colocaría entre Yulia y Luca para la comodidad de todos.

        —No dejes que te roben la juventud en esa mesa —rio Yulia, haciéndose a un lado para que la silla cupiera.

        —Gracias —le sonrió a Phillip, al guapo de Phillip, al guapo y caballero de Phillip—. Perdón por interrumpir —se disculpó con Yulia.

        —Nada que ver —rio—. ¿Qué bebes?

        —Nada, por el momento —murmuró.

        —Ah, ¿te da vergüenza beber frente a tu mamá? —la codeó suavemente, provocándole una amena risa sonrojada.

        —Aquí estás en la mesa de la condescendencia —guiñó Natasha su ojo, y se empinó su copa de champán al mismo tiempo que levantaba su mano para llamar a un mesero, pero no pudo evitar mantener su enojo al ver que Luca chasqueaba sus dedos, grotesca y groseramente, para que le llevaran un plato de comida a Katya, pues recién servían el plato fuerte: un medallón de carne a la parrilla, con una porción de layered baked potatoes con provolone, romero y cebolla, salsa de vino tinto, champiñones y pimienta y cuatro espárragos unidos y envueltos en una tira de prosciutto, que, en el caso de Yulia, no había espárragos sino judías verdes—. Que no se te olvide que te conocimos en Venecia… —la molestó Natasha.

        —Mi mamá nunca me ha visto así, ni en diciembre —se sonrojó—, además, duermo en la misma habitación que ella.

        —¿Tienes un año de no saber qué es alcohol en exceso? —rio Yulia, que le hablaba suavemente a Katya, pues, paralelamente, había otra conversación.

        —Y no sólo de alcohol —sonrió amplia e inocentemente—. Los excesos no son buenos, pero el déficit tampoco…

        —Voy a hacer de cuenta y caso que no sé nada de eso —rio—, pero, ¿qué quieres beber?

        —No, de verdad, todavía no he logrado hacerme a la idea de que mi mamá me vea así como ustedes me vieron en Venecia.

        —Bueno, no creo que una copa de champán te haga daño… sé que no eres de sólo una copa, por eso digo.

        —Ya bebí como cuatro, más el trago de Ouzo… —suspiró.

        —Bueno, tú bebe sin miedo… si es necesario, Natasha tiene las llaves de mi apartamento para que duermas allá, ¿te parece? —sonrió Yulia, y no había ni terminado de hablar cuando Katya ya había sonreído con su copa de champán en una mano, que le apuntaba al interior para que el mesero se la llenara—. Además, no es como que tu mamá no sepa —guiñó su ojo y se volvió a la conversación paralela.

        —Oye, Yulia, ¿y no vas a bailar con Lena? —le preguntó James—. Digo, así como en la boda de Natasha, que tuvieron su "first dance".

        —Quizás quebremos la pista, pero no hay "primer baile" —intervino Lena, pues, para que Yulia bailara en público, tenía que tener una botella de Grey Goose y veinticinco Martinis más como mínimo.

        —Bueno, ¿y qué canción bailarían en caso de que hubiera? —preguntó Marie.

        —"At Last" de Etta James —dijo Thomas.

        —¡No! —rio James—. No es su estilo.

        —"Time After Time" —dijo Thomas nuevamente.

        —Nací en el ochenta y cuatro, pero eso no significa que sea fanática de la canción —rio Yulia.

        —"And I Am Telling You" de cualquiera de las dos; Jennifer Hudson o Jennifer Holliday —opinó James.

        —¿Te parece que son "Dream Girls"? —bromeó Natasha, sacudiendo su cabeza.

        —"Tu Vuò Fa l’americano"! —interrumpió Luca, que sólo hizo reír a Yulia como si fuera un chiste entre ellos, porque así era, y, en el rostro de todos, se dibujó un enorme WHAT THE FUCK?.

        —¿Por qué bailarían algo de Renato Carosone? —preguntó Natasha con esa mirada asesina de "mejor cállate".

        —¡Ah! —aplaudió Luca—. Primera persona no-italiana, o americana, que sabe que no es de Sophia Loren.

        —Exactamente: Americana, pero no "persona non grata" —sonrió Natasha con ganas de matarlo, cosa que él no entendió, pero Lena sólo supo ahogar su risa en otro bocado de jugosa carne, igual que Phillip con su Whisky.

        —La novia personificó a Sophia Loren para un Halloween —rio Luca, volviéndose a Yulia, quien se sonrojaba peor que la peor vez, y todos le clavaron la mirada a Yulia, pues no se la imaginaban haciendo eso, fuera lo que fuera que hubiera hecho.

        —¿Yulia se disfrazaba? —tosió Marie totalmente sorprendida.

        —Culpable —murmuró Yulia, y bebió el resto de su Grey Goose de golpe, como si eso le ayudara a pasar más rápido por ese trago más amargo que el de la bebida misma—. Pero ha sido el único Halloween para el que me he disfrazado en toda mi vida —dijo en su defensa—; perdí una apuesta.

        —Por favor dime que el disfraz era del vestido azul-tedioso con verde-peor —rio Thomas, que todos se volvieron a él, ¿cómo sabía él de esa película y de ese vestido? Y sólo se escuchó un "marica" que salió de las cuerdas vocales de James.

        —No logré encontrar un vestido así —se encogió entre sus hombros.

        —¡No! —suspiró Katya—. ¿La escena de "Tu Vuò Fa l’americano"? —rio.

        —Pero el traje de baño era Versace, y los Stilettos eran Ferragamo —dijo en su defensa.

        —¡Ah! —se escuchó en un coro, como si eso lo arreglara todo, porque lo arreglaba.

        —Mi amor —resopló Lena, acercándose a su mejilla para darle un beso—. Dime que hay, al menos, una fotografía de eso —susurró a su oído.

        —¿No quieres ver un video, mejor? —susurró Yulia de regreso, y Lena, ante su sorpresa, dibujó un "oh" con sus labios para darle seguimiento con su cabeza.

        —Como sea, no —reaccionó Lena para el resto—. No bailaríamos "Tu Vuò Fa l’americano".

        —Yo creo que depende mucho de cuál es el mood, o el propósito —dijo Yulia.

        —Tienen que tener canciones que sean suyas, ¿no? —preguntó Katya—. Digo, que les acuerde a algo que hicieron juntas.

        —Claro que hacemos —asintió Yulia, sonriéndole al mesero que le alcanzaba, para variar de su Grey Goose, un Martini.

        —¡Por favor, entreténgannos! —rio Luca, muy curioso por saber qué tipo de canciones eran las que contaban la historia de ambas como pareja.

        —"Your Song" —dijo Lena por dar un ejemplo—, fue la canción con la que nos conocimos.

        —¡Aw! —se burló James—. No es dulce…

        —Bueno, ¿qué te parece "Fuck Your Body" de Christina Aguilera? —contraatacó Yulia, que Thomas, Luca, Katya y Phillip soltaron una carcajada descarada—. Confía en mi, ni quieres saber lo que significa esa canción para nosotras —levantó su ceja derecha—. Necesitarías terapia psicológica por el resto de tu vida.

        —Y, en una nota más suave, ¿cuál otra? —preguntó Marie.

        —"Flight Attendant" o "Bittersweet Faith" —repuso Yulia con rapidez.

        —O "You’ll Never Find (Another Love Like Mine)" —añadió Lena—. De Bublé y Laura Pausini.

        —Me las imaginaba más de "Secret Smile" de Semisonic —dijo James.

        —Esa se me la ha tocado en piano —dijo Lena.

        —Mmm… yo habría dicho que "Run To You" era más apropiada —rio Thomas.

        —Se la he tocado en piano —sonrió Yulia—. Pero no es una canción que bailaría…

        —"No Ordinary Love" —dijo Marie.

        —Ésa es más una make-love-to-me-song y medio pornográfica —rio Natasha, aunque debía aceptar que era una canción con la que sabía que podían trabajar, y podían porque ya lo habían hecho, pero eso nada.

        —Me gusta más la versión en piano —sonrió Lena, volviendo a ver a Yulia, pues tenía mucho que ver la canción.

        —Algo más gay-club-de-principio-de-Siglo —suspiró Thomas—. Algo como "Waiting For Tonight" de Jennifer Lopez.

        —¡Hey! —frunció Yulia su ceño—. Es una de mis canciones favoritas de los noventas, no te metas con esa.

        —Ay, al menos no la has tocado en piano —rio Luca, recibiendo otro latigazo mental de parte de Natasha, y una vapuleada de parte de Phillip. Ah, cómo quería reventarle la boca para cosérsela sin anestesia, para luego arrancarle cada punto. Demasiado "The Punisher" y demasiada violencia por aparte.

        —Eso se puede tocar, si es que se puede, en uno de esos pianitos eléctricos que puedes ponerle cuerdas, vientos y percusiones… de esos que tienen como veinte teclas nada más —dijo, y añadió—: además, hay que respetar al piano y a la canción.

        —¡Tanguera! —interrumpió Phillip, causándole una risa a Thomas, una risa infantil e inmadura porque aquello sonaba a "tanga".

        —Oh, crezcan! —suspiró Yulia para Thomas—. Ésa fue la canción que bailaron mis papás —dijo.

        —¿En qué año se casaron? —curioseó James.

        —Finales de los setentas, ¿por qué?

        —Es un poco avant-garde bailar tango en tu boda, ¿no crees? Digo, para la época.

        —No sé, supongo que sí —se encogió entre hombros—. ¿Qué bailaron tus papás?

        —"LOVE" —respondió, volviendo a ver a Marie.

        —Los míos se casaron en Gales, así que no me miren que fue con gaitas y mi papá en falda —dijo Marie, encogiéndose entre sus hombros.

        —"Can’t Help Falling In Love With You" —dijo Thomas, que se llevó un "¡agh!" que era más por molestarlo que por lo cliché de la canción.

        —Mis papás bailaron "My Funny Valentine" —dijo Natasha.

        —Los míos "Fly Me To The Moon" —dijo Phillip.

        —No-ioso! —rio Luca—. Demasiado cliché.

        —¿Qué bailaron los tuyos? —entrecerró Natasha su mirada, sabiendo exactamente qué significaba "noioso".

        —Esa de taaaa-ra-ra-ra-ra, taaaa-ra-ra-ra-ra, taaaa-ra-ra-ra-ra…tarán-tararán-tararán-tararaaaaa-tarararaaaaa-tarán —tarareó, pero los Noltenius estaban ya ahogados en risa, Katya por contagio también, y Yulia, sabiendo cuál era, sólo se quedó en silencio para que siguiera tarareando—. Tarán-tatararantarán-tarán-tatararantarán-tan-tan-tan-tin-tin-tin-tin-tin-tín! Tarán-tarán-tarán!

        —"Treasure Waltz" de Strauss —dijo Yulia, teniendo piedad de él al notar que hasta ella estaba riéndose descaradamente.

        —Ah, italianos y con un Vals Vienés —suspiró Phillip.

          —Tradizionalissimo —sonrió Natasha en el mismo tono en el que alguna vez gritó un "touché" cuando le ganaba un punto a Yulia en esgrima, sólo que ahora tenía aire a espada y no a florete—. De todos modos… ¿qué bailaron sus papás, Señoritas Katins?

        —"L’Hymne à l’amour" —dijo Katya.

        —"Nel Blu Dipinto Di Blu" —dijo Lena al mismo tiempo que Katya, y, claro, cada una hablaba de sus papás—. Ah, no, cierto —sacudió su cabeza—. Bailaron Édith Piaf.

        —¿Ves, Yulia? —rio James—. Tus papás fueron un poco avant-garde al bailar tango.

        —Supongo que sí —sonrió, y llevó su Martini a sus labios para, de un sediento trago, terminárselo.

        —Entonces, Señoras-recién-casadas —resopló Natasha—, ¿qué bailarían?

        —Es fácil —dijo Lena, viendo a Yulia a los ojos—. "Vocalise" —murmuró, haciendo a Yulia sonreír, que, a pesar de que no sabía cómo se bailaba esa pieza, o si en realidad podía bailarse, era precisamente lo que las envolvía en todo momento: confort, hogar, refugio, amor,  ternura, apoyo en tristeza, nostalgia, inspiración y liberación.

A Natasha se le iluminaron los ojos, Phillip sólo pudo sonreír ante la idea. Katya, quien había escuchado aquella melodía cuando había llegado en diciembre del año anterior, no comprendió muchas cosas, pero seguramente tenía más significado que "Fuck Your Body".

—¿Y esa cuál es? —preguntó Luca, haciendo que Natasha y Phillip lo declararan como una pérdida de tiempo para siempre, que ellos, a pesar de que no supieran exactamente el por qué o el significado de la pieza, así como Katya, habían visto el efecto que tenía en ambas cuando Yulia la tocaba en el piano.

Y lo declararon como pérdida de tiempo porque sabían que no se quedaría para vivir, para descubrir y para conocer a la Yulia que quizás nunca debió dejar ir, porque, aunque Yulia le diera espacio para que estuviera en su vida, porque era su amigo, un amigo que valía la pena tener, estaría siempre más lejos que cerca. Nunca llegaría a compartir cama con Yulia, así como Phillip a pesar de que hubiera sido excepción de una vez, nunca llegaría a ser una mano tendida para ayudar a Yulia a levantarse, así como los Noltenius y hasta Marie, James y Thomas, nunca sería un hombro para llorar, algo que hasta Phillip era, nunca sería dueño de los secretos más secretos de Yulia; él estaría ahí, rondaría, curiosearía, creería que entendía, pero era corto de vista y flojo para nadar en filosofías más profundas y maduras que la suya, y, por mucho que intentara y que Yulia lo dejara, sería la amistad de altibajos y no de continuidad.

—Es de Sergej Vasil’evic Rachmaninov —dijo Thomas en ese acento medio ruso y medio italiano que ni yo pude imitar, pero Lena no resistió su risa, pues, si Thomas sabía, era porque debía ser más pop que "Jenny From The Block". 

 

*

 

—¿Puedo? —susurró Yulia a su oído, que estaba tras ella y se veían a través del espejo.

        —Por favor —sonrió, desenroscándole la tapa al tarro de suero humectante para darle tres pushes en la palma de su mano.

        —¿Cómo te sientes? —murmuró, frotando el suero cremoso entre sus manos para esparcirlo por sus hombros con un suave masaje.

        —Muy relajada, ¿y tú?

        —También. ¿Qué quieres hacer? ¿Quieres seguir viendo Breaking Bad?

        —Realmente no me llama la atención —suspiró, sintiendo los dedos de Yulia recorrerla con suavidad pero con firmeza, haciendo la presión justa y necesaria—. ¿Tú quieres verla?

        —Alguno al azar neurotica dama cocinando metanfetamina? —frunció sus labios—. No, gracias… prefiero ver Devious Maids.

        —Entonces… ¿qué quieres hacer?

        —No lo sé —sonrió, pasando sus manos a su pecho para pedirle más suero—. ¿Qué tan cansada estás?

        —Eso te lo debería estar preguntando yo a ti. —Volvió un poco su rostro hacia el de Yulia y posó su frente contra su sien mientras intentaba no sentir tanto las manos que masajeaban su abdomen y sus senos.

        —Yo estoy bien, mi amor. ¿Qué quieres hacer?

        —No sé, dame opciones.

        —Te diría de ir a Coney Island…

        —Pero queda en la novena mierda y está cerrado —rio.

        —Exacto. Podríamos ir al cine…

        —¿Alguna buena?

        —Creo que ya arrasamos con las que vale la pena ver en el cine…

        —¿Qué te parece si sólo salimos a caminar, Times Square o Little Italy quizás? —preguntó, poniendo sus manos sobre las de Yulia, las cuales se habían detenido sobre sus senos—. Pero más tarde, por la noche, así quizás, si nos da hambre, podemos cenar… o unas copas. No Stilettos, no ropa de lujo, solo tú yo actuando como turistas.

        —Prefiero Times Square en ese caso —sonrió.

        —Vale, mi amor —susurró en completa aceptación del consenso, y, no tomándola por sorpresa, Yulia la besó hasta hacer que se volviera completamente, pues, esos besos del lado, si se podían dar de frente, ¿por qué complicarse tanto? —Por cierto… ¿qué canción tarareabas hace rato?

        —¿En la ducha?

        —No, antes.

        —Mmm… ¿cómo iba? —preguntó, abrazándola de tal manera que la obligó a dejar que la cargara para llevarla al clóset mientras Lena le tarareaba la canción—. Ah, "Last Tango In Paris", ¿por qué? ¿Te gusta?

        —No sé dónde la he escuchado antes, pero sí… me gusta mucho.

        —Creo que en mi iPod la has escuchado.

        —Puede ser —sonrió, bajándose de Yulia para ponerse un poco de ropa—. ¿Sabes tocarla en piano?

        —Sí, creo que sí, pero la versión en piano es muy distinta a la versión original…

        —¿Puedo escucharla?

        —Claro que sí, mi amor —sonrió, alcanzándole unos pantaloncillos, muy cortos, de seda negra—. ¿Me alcanzas una camisa, por favor?

        —"Camisa": con o sin mangas, de qué color, de qué tela…

        —"Una camisa" —resopló, subiéndose un divertido culotte de patrón de leopardo con las costuras en cian.

"Una camisa"; dos palabras tan sencillas pero que habían logrado atormentar a Lena con facilidad. ¿Cómo podía pedir sólo "una camisa"? Tenía camisas sin mangas, con mangas, de manga corta, larga, tres cuartos, camisas de spándex, de algodón, de cachemira, de encaje y de jersey, camisas con las que dormía, camisas con las que hacía ejercicio, camisas que eran camisas, camisas que no había usado nunca, camisas sólidas o a rayas. Tantas variables, tantas variaciones, mierda.

—¿Qué camisa quieres verme puesta? —susurró a su oído, sacándola de su debate mental, que veía aquellos rectángulos que estaban ordenados por colores y por largo de manga; en donde comenzaba el blanco de nuevo, era un largo más de manga.

        —Ninguna —dijo, y todo porque no sabía qué camisa podía querer ella.

        —Ninguna será —susurró lascivamente, y se alejó de Lena para cubrirse el torso con la bata Arlotta de cachemira negra—. ¿Vamos al piano?

        —Sí —susurró, logrando ponerse una camiseta desmangada azul marino, pues fue la primera que agarró, y, antes de salir del clóset, tomó su bata Burberry, que le gustaba porque era demasiado suave para ser verdad, demasiado suave y ligera como para darle cierto óptimo calor.

        —Ven, siéntate conmigo —murmuró Yulia, dándole unas palmadas al banquillo, a su lado derecho, para que la acompañara.

        —Me gusta cuando me invitas a sentarme contigo —murmuró, recostando su cabeza sobre su hombro mientras Yulia apretaba un par de teclas porque no se acordaba exactamente de dónde era que empezaba aquella melodía.

        —Eres bienvenida a sentarte conmigo cuando quieras, no necesitas invitación —sonrió.

        —Lo sé, es sólo que me gusta cuando me dices que me siente contigo.

        —¿Por qué?

        —Porque así siento que no invado —guiñó su ojo.

        —No invades —sonrió, dándole un beso en su cabeza antes de empezar—. Además, cuando invades me gusta…

        —Eso no es cierto.

        —¿No invadiste mi oficina?

        —Touché.

        —¿Ves? De verdad me gusta, mi amor —le dio otro beso en la cabeza—. ¿Lista?

        —Sorpréndeme.

Era muy distinto a como se escuchaba en la versión, o versiones, que tenía Yulia en su iPod; la de Gotan Project y la de Gato Barbieri. Esta era lenta, menos seductora, con una pizca de melancolía triste por la misma lentitud, a Lena sólo le evocaba una imagen de una noche realmente fría en París, una como aquellas que sufrió de pequeña porque a Sergey le encantaba París, y ella cómo lo aborrecía. ¿Por qué huir de Atenas para ir al frío parisino? Ah, pero sólo era el principio el que era relativamente distinto, pues la melodía central ahí estaba, eso que seducía ahí estaba; no era juguetón, ni alegre, ni sonriente, pero seguía teniendo ese no se que. No había ni boinas ni acordeones, ni violines ni saxofones, pero seguía siendo, todavía era.

                              Y Yulia, Yulia era otro cuento. Tenía sus ojos cerrados, cosa que sólo hacía cuando la melodía significaba algo más que sólo el nombre y la melodía misma, que significaba un recuerdo, y, normalmente, esos recuerdos le gustaban porque la reconfortaban en aquellos espacios de tiempo en los que quiso tener ese confort, que, ahora, podía sanar y limpiar en retrospectiva.

        —Lo siento, lo siento, lo siento —dijo rápidamente, abriendo sus ojos y retirando las manos del piano como con miedo—. Perdón.

        —Mi amor… —susurró suavemente Lena, tomándole la mano derecha entre las suyas—. No pasa nada. —Le besó la mano y la colocó en su mejilla mientras le tomaba la otra mano para hacerle lo mismo.

        —Lo siento, metí la pata—dijo, cerrando nuevamente sus ojos.

        —Nada, mi amor —tomó sus manos y les empezó a dar besos—. Vamos, toca otra cosa…

        —Me voy a equivocar.

        —Toca conmigo, entonces, ¿sí? —Yulia se quedó en silencio, no le respondió ni con su mirada—. ¿Por favor?

Tampoco respondió, estaba en esa faceta de inseguridad extrema por algo que no existía más, pero que, de alguna manera, le dejaba ese amargo sabor en la consciencia, un ardor en las manos, y un dolor en la memoria. Lena deslizó sus manos debajo de las de Yulia, se acordaba de dónde tenía que colocar sus manos porque lo había visto demasiadas veces, pero ella no era pianista, ni sabía cómo tocar en realidad, pero el principio de ese híbrido lo conocía.

                              Las primeras notas eran perfectas, con las pausas justas y los silencios perfectos, la fuerza perfecta, y los espacios, y la velocidad de las manos, pero llegó un momento en el que ya no sabía qué hacer, ni cómo seguir porque todo implicaba más dedos al mismo tiempo.

                              Yulia, al Lena no saber cómo seguir, deslizó sus manos bajo las suyas para seguir la melodía, y Lena sólo sonrió ante su pequeño logro, porque lo consideraba logro, y sonrió porque le gustaba la melodía.

—Algún día la voy a aprender a tocar toda.

        —Quizás quieras empezar por "Twinkle Twinkle Little Star" —sonrió Yulia, agradeciéndole mudamente a Lena por sacarla de su propio recuerdo.

        —Bésame… —susurró, y Yulia, ante el doble sentido que le vio a dicha frase, le dio un beso corto y agradecido en sus labios para luego volver al teclado y tocar esa canción de Sixpence None The Richer—. Se me había olvidado la existencia de esa canción —resopló al Yulia concluirla.

        —¿Es bueno que te la haya acordado?

        —Me acuerda a una de mis primas —se encogió entre sus hombros.

        —¿A Melania o a Helena?

        —A Helena.

        —Por cierto, ¿no las vas a invitar?

        —La familia de mi papá no es precisamente la más mentalmente abierta que existe en el mundo —sacudió su cabeza—. Y no quiero invitarlas a algo que me lleve a mi propia tumba.

        —¿Por qué lo dices?

        —Son el equivalente a la prima Consuelo de Natasha, pero en físicamente bonito, de esos que me bajan el autoestima. Prefiero celebrarlo con personas que me quieren y que me respetan...y que no me hacen sentir insegura.

        —Y estás en todo tu derecho.

        —¿Y tus hermanos? ¿No te han dicho nada?

        —Alina no puede venir para la boda, pero me dijo que venía después, así aprovecharía para ver a mamá también.

        —¿Y Aleksei?

        —No espero que venga —resopló—. No después de lo de papá. Además, no es como que lo quiero en mi boda, lo invité porque es mi hermano, pero más allá de la diplomacia y la cortesía no hay nada. Si viene, qué bueno, lo voy a recibir y no en mi casa, pero ojalá y no venga.

        —¿Lo dices por ti o por tu mamá?

        —Por las dos, y por ti. Sé que si viene, lo primero que va a hacer es rebalsarse en comentarios hirientes, sean contra mí o contra ti, luego que mi mamá tiene demasiados años de no verlo, y no creo que sea sano que a mi mamá le llueva sobre mojado sólo porque mi hermano, para lo único que sirve, es para aferrarse a un resentimiento.

        —Por mí no tienes que preocuparte, ya estoy grande y puedo lidiar con los comentarios de tu hermano…

        —Pero yo no —dijo secamente—. Como sea… mi hermano no es tema de discusión.

        —¿A qué te acuerda "Last Tango In Paris"? —le preguntó, siendo ese su plan de apoyo automático para cambiar de tema.

        —¿A qué te refieres? —sonrió.

        —No sé, creo que te acuerda a algo que te gusta.

        —Me acuerda a mis papás —ladeó su sonrisa.

        —¿Es una historia que te gustaría contarme?

        —¿Te gustaría algo de beber? Digo, para pasar el rato.

        —Seguro —sonrió, sabiendo que era una historia buena y una buena historia, entretenida y profunda, de esas profundidades que costaba sacarle a la superficie.

        —¿Quieres una copa de vino tinto? —Yulia le extendió la mano mientras se ponía de pie para que la acompañara a la cocina—. ¿O estás con ganas de algo más fuerte?

        —¿Qué beberás tú? —le preguntó, tomándole la mano e imitándola—. ¿Un Martini?

        —Lo más probable, pero creo que hay una botella de Pomerol por si te interesa terminártela.

        —En ese caso, sí; me encantaría una copa de Pomerol.

        —O puedes abrir una también, todavía tengo como quince botellas.

        —Nunca te pregunté, pero, desde que te conocí, no has comprado otra botella de vino tinto. ¿Por qué compraste tantas botellas si casi no bebes vino tinto?

        —Es buena pregunta —rio—. Pero no las compré, me las regaló Margaret.

        —¿El Pomerol no es como que un poco caro?

        —Depende del año, como todo vino, pero sí, en general es caro.

        —Entonces…

        —¿Has escuchado de cuando subastan bodegas? —Lena asintió—. Hace como dos años, quizás un poco más o un poco menos, una amiga de Margaret la invitó a una de esas subastas, y resultó que la bodega estaba llena de cajas de madera, y se supone que te dan cinco minutos para medio ver, desde afuera, si vale la pena comprarla, y dice Margaret que las cajas tenían el logo de Petrus Pomerol; la "P" blanca en el sello de cera roja, que no es el sello nuevo —dijo, alcanzándole una copa de vino tinto junto con la botella, que alcanzaba para tres copas todavía—. Según cuenta ella, la oferta empezó con cien dólares, hasta que llegó a tres mil y sólo quedaban ella y otro, que dice ella que era por simple curiosidad porque no había forma que supiera qué significaba el logo. Al final, Margaret compró por seis mil dólares lo que había en la bodega: ochenta y un cajas de diferentes cosechas, la mayoría entre el setenta y el ochenta y cinco. Cada caja trae seis botellas.

        —Más de cuatrocientas botellas —susurró Lena.

        —Cuatrocientas ochenta y seis para ser exacta —sonrió, colocando hielo en el mixer—. Demasiadas botellas, no te las bebes en toda tu vida creo yo, más cuando Margaret y Romeo beben poco vino tinto porque prefieren el vino blanco, si es que de vinos se trata. Por eso me regaló cinco cajas, y Natasha me dio dos más, porque a ella le dio doce.

        —Entonces, nuestras noches de vino tinto, chimenea, y pláticas a bajo volumen, ¿se las debemos a Margaret?

        —Pomerol o no pomerol, siempre sucederían —sonrió, vaciando las medidas necesarias en el mixer.

        —Tienes razón… —rio nasalmente, y esperó a que Yulia mezclara su Martini—. Salud —sonrió—, porque Margaret me tiene adicta al Pomerol.

        —Salud —guiñó su ojo y bebió de esa fría bebida que tanto le gustaba—. So, ¿todavía quieres saber de "Last Tango In Paris"?

        —Por supuesto —rio, notando cómo Yulia iba al congelador a sacar el postre que no se había comido hacía un poco más de una hora.

        —Es básicamente de esas cosas que no tienes que estar viendo —rio—. Vivíamos cerca de la Piazza Navona, en la Via Arco della Pace; casa independiente, cocina grande, sala de estar grande, jardín, lo cual es rarísimo en Roma, y, bueno, todos los espacios que necesitáramos y hasta más, y era por eso que casi todas las fiestas las celebraban en nuestra casa; pues, las más importantes. No me acuerdo si era navidad o año nuevo, pero sé que era una de esas dos fechas porque mis primos habían llegado, mis tíos también, mi abuela Anna, unos amigos de mis papás; era casa llena. Tienes que tener en cuenta que mis primos son mayores que yo, al menos los tres del tio Salvatore, que esos eran y siguen siendo de la misma raza de mi hermano, luego estaba yo, luego iba la hija menor del tio Salvatore, mi hermana, y el hijo llorón de la tia Teresa. Te digo esto porque, bueno, tenía siete u ocho, quizás y ya tenía nueve, no me acuerdo bien, pero yo me había quedado dormida un poco después de las doce en la habitación de mi hermana que estaba en el tercer piso porque estaba más cerca de mis papás, pero yo dormía en el segundo piso, entonces, cuando me desperté, no sé qué hora era, pero me llamó la atención que ya no había ruido de gente sino sólo de música… que tú sabes cómo son las reuniones herméticas de italianos y rusos —sacudió su cabeza ante el recuerdo de la contaminación ambiental que eran—. Como sea, me llamó la atención que la música seguía encendida, pero no escuchaba a nadie, entonces bajé, según yo, a apagar las luces y la música.

        —No me digas que viste a tus papás… tu sabes —rio.

        —No, no —se carcajeó—. Sí eran mis papás, pero no estaban intentando procrearse —dijo con la resaca de su risa.

        —Menos mal…

        —Me acuerdo que estaba mi papá a medio estudio, que habían sacado todas las sillas y los sillones a la sala de estar para que todos tuvieran donde sentarse. Tenía la copa de vino tinto en la mano derecha, y, en la izquierda, tenía un libro que creo que no se acordaba de dónde lo había sacado porque veía a una de las libreras. El libro era "Moby Dick", era una versión bastante buena, de portada verde con blanco, y me acuerdo que lo había sacado para citarle, a la tía Elisabetta, la esposa del tío Salvatore, "mejor dormír con un sobrio caníbal que un cristiano borracho", porque, para las nueve de la noche, el tío Salvatore ya estaba que ni podía amarrarse las agujetas de los zapatos. La canción que sonaba en el fondo era "Cry Me A River" pero cantada por Julie London. Dentro de todo, no sé, me gustaba ver a mi papá… —frunció su ceño.

        —¿Puedo saber por qué?

        —No sé —se encogió entre sus hombros—. Siempre pensé que era una persona que, si no lo conocías y lo veías entrar a un lugar, el cuello se te torcía; tenía presencia, supongo... —suspiró.

Era alto, medía casi los dos metros, era grande, de espalda ancha y torso largo, no era ni delgado ni gordo, ni llegaba a "relleno". Su brazo derecho era más fuerte y ancho que el izquierdo, por el tennis y por otras actividades extracurriculares que Yulia no iba a mencionar, en realidad era atlético. Desde que Yulia se acordaba, su papá había tenido cabello rubio, ni corto ni largo, pero con destellos grises y blancos. Su rostro era largo y un tanto rectangular, tenía la quijada ancha, la nariz larga y un tanto torcida, y sus labios siempre parecían expresar su disgusto en general. Sus ojos eran azules, como los de Yulia, y su sonrisa era pícara, maquiavélica, y era un hombre al que le cambiaba la aparente personalidad si se dejaba crecer la barba; mientras más larga la barba, más malo era. "Complejo físico de terrorista", decía tía Carmen. Tenía leves arrugas en su frente y alrededor de sus ojos.

                              Siempre vestía formal, de traje negro, azul oscuro o gris, camisas de cuello correcto, a veces vestía chaleco también, su corbata siempre estaba anudada en un perfecto Windsor, y sus zapatos siempre Gucci, igual que su cinturón.

—Antes de que los invitados llegaran, mi papá había llegado a mi habitación para que le diera mi opinión en cuanto a la corbata; podía elegir entre una amarilla y una celeste, y era contra camisa blanca, pero ninguna de las dos me gustaba, entonces me dijo que le buscara una. Tenían un armario empotrado en la habitación, y, cuando abrías las puertas donde mi papá guardaba sus camisas del trabajo, había millones de recuadros en los que metía las corbatas enrolladas. La puerta del lado derecho tenía, además, recuadros más pequeños, y sólo había telas negras, blancas y rojas; eran corbatines. Me preguntó si quería que se pusiera uno, le dije que sí… y me acuerdo que, cuando terminó de anudárselo, le dije que parecía regalo —sonrió ante el recuerdo, era un grato recuerdo.

        —¿Se enojó?

        —No —rio—. Se puso a reír, y me preguntó si estaba igual de guapo que mi mamá.

        —¿Qué le dijiste? —preguntó Lena, un tanto aterrada de saber que una inocente respuesta podía haberle costado un dolor físico.

        —Que le faltaba una cosa; el pañuelo en el bolsillo del saco —sonrió—, y me dijo que era cierto, que eso era precisamente lo que le faltaba.

        —¿Qué niña de siete años piensa en el pañuelo?

        —Mi papá me enseñó a anudar corbatas, a saber qué tipo de camisa se tenía que usar, a saber cómo medir a un hombre para su ropa, porque su ropa era a la medida; ningún pantalón ni ninguna camisa le quedaba bien, entonces aprendí. Con mi mamá aprendía cosas de niñas, con mi papá aprendía cosas de niños "por si mi esposo algún día terminaba siendo un inútil en esas cosas" —rio, y Lena comprendió el porqué de sus manías con la ropa de los hombres, por qué siempre peleaba con las elecciones y con los errores de principiante—. El punto es que ahí estaba mi papá, en el estudio. Y me acuerdo que mi mamá se acercó por detrás para abrazarlo y para robarle el último trago de vino.

        —Adivino, la canción que sonaba en el fondo, de ese abrazo, era "Last Tango In Paris"…

        —No, era el final de "La Vie En Rose" —sonrió—. Mi mamá, en aquel entonces, tenía el cabello muy corto, hasta aquí —dijo, señalando la línea de su quijada con ambas manos—. Era delgada, la mitad de lo que es ahora, quizás, porque las perspectivas engañan, pero yo la veía muy delgada, y esa noche se había puesto el vestido que le había regalado mi papá; un Valentino negro de sólo un hombro y que tenía una abertura al costado a que, por pasos, se le viera una pierna, y usaba medias y tacones negros;Creo que mi mamá era una captura real… te juro que todo lo empecé a ver en blanco y negro, como si fuera una película. Mi mamá apartó la copa y el libro cuando el acordeón empezó a sonar, y me acuerdo que mi papá se dio la vuelta y la tomó como nunca lo había visto. No sé, empezaron a bailar, muy juntos, muy arrastrado pero seco y tenso, parecía que se querían… y las piernas las movían como nunca había visto; las movían rectas, sin mover las caderas, mi papá le daba vueltas a mi mamá, entrelazaban las piernas y parecía que se daban patadas, pero que, de alguna manera no se pegaban, y mi mamá sonreía, y mi papá también. Mi mamá lo tomaba por el brazo con delicadeza, o quizás era la mezcla del brazalete de perlas y sus anillos de compromiso y matrimonio… me pareció una escena tan pulcra, tan elegante, tan entretenida, que, no sé, se me quedó en la memoria…

        —No sabía que tu mamá bailara tango —sonrió Lena con cierta ternura que le provocaba la expresión facial de Yulia.

        —Ella lo hace… o, al menos, lo bailaba cuando estaba con mi papá —se encogió entre hombros.

        —¿Y por qué tarareabas la canción en el baño? Digo, no es el lugar más normal como para acordarte de algo así.

        —Me acordé del ritmo nada más —se volvió a encoger entre hombros.

        —Sabes… pienso que es un recuerdo muy bonito el que tienes —sonrió.

        —¿Por qué?

        —A mis papás nunca los vi darse afecto... pues, sólo el beso en cada mejilla y un abrazo lejano de cuando en cuando, pero nada muy serio ni muy cercano.

        —Bueno, eso sí, dentro de todo, hubo un tiempo en el que sí se medio daban afecto...es que, aunque mi papá nunca lo dijo en voz alta, mi papá sí quería a mi mamá. Lo que pasa es que mi papá tenía una forma de querer un poco rara, y creo que nunca la dejó de querer…

        —Pero si ni en pintura se podían ver —rio Lena.

        —Mi mamá, y todo lo que tiene que ver con mi mamá, es en lo único en lo que mi papá "falló", por así decirlo. Fue lo que se le escapó de las manos, lo que se le salió de control y lo que le ganó justo y limpio. A la larga no te sabría decir si estaba enojado con mi mamá por saber cómo manejarlo, por saber cómo detenerlo y atacarlo, o si estaba enojado consigo mismo por haber dejado que mi mamá se le saliera de las manos. Y, no sé, mi papá nunca volvió a tener novia y/o esposa, nunca la engañó con otra, le enviaba regalos para el día de la madre, el día del padre, su cumpleaños, navidad… a veces creo que sólo buscaba excusas… y, no sé, prefiero creer que tenía buenas intenciones.

        —¿Por qué se divorció entonces? Digo, pudo haber jugado la carta de nunca querer firmar los papeles y, por lo que me has contado, duró menos de un mes.

        —Creo que no se quería divorciar, y creo que lo del dinero fue su manera de decirle que no quería, porque dinero no necesitaba, pero no sé —se encogió entre sus hombros—. Mi mamá le esquivó cada bala…

        —Me gusta cuando me cuentas cosas así —sonrió un tanto sonrojada.

        —No son la gran cosa, no son parte relevante de la historia universal…

        —Son relevantes para ti, y sí son la gran cosa… son las cositas que te definen, que son parte de ti, y me gusta ser parte de eso —se sonrojó por completo.

        —A veces cuesta contar ciertas cosas, pero sabes que sólo tienes que preguntar para empezar a darme el empujón —sonrió.

        —Pero si no sé qué es lo que ha pasado en tu vida… no es como que puedo preguntar puntualmente, ¿no crees?

        —Pregunta y verás…

        —No sé —rio—, no tengo preguntas.

        —No preguntas "puntuales" como tú les dices, preguntas sobre lo que sea… sabes que te las responderé en el momento, o en la brevedad de lo posible.

        —¿Respuestas sin censura?

        —Totalmente.

        —¿Cuál era tu juguete favorito?

        —Play-Doh; me gustaba dejarlo en el frasco y sólo enterrar mis dedos… me relajaba, y me gustaba el olor —rio, encogiéndose entre sus hombros—. ¿Van con rebote las preguntas?

        —Si tú quieres —sonrió, y Yulia asintió—. Una cubeta, una pala y un rastrillo para la arena.

        —Interesante —rio—, ¿cómo te quedaban los castillos?

        —Tomando en cuenta que dejé de hacer castillos de arena cuando tenía diecisiete… diría que nada mal —rio—. Buscaré una fotografía y te enseñaré. Programa de televisión de cuando eras pequeña…

        —I Pronipoti! —exhaló.

        —Gli Antenati —rio, notando lo totalmente opuesto que eso era—. ¿Te dan miedo las cucarachas?

        —No sé si es miedo en realidad, pero me cagan las que vuelan —rio, sacudiendo su cabeza ante la sola idea de imaginarse una—. ¿A ti?

        —No sé, tengo sentimientos encontrados —rio—, pueden resistir una bomba nuclear pero no un zapato.

        —Buen punto, pero siguen siendo asquerosas.

        —Sin duda alguna. ¿Bicicletas o patines?

        —Bicicleta, mil veces —Lena asintió, más bien su dedo índice asintió por ella, pues bebía vino tinto—. ¿A qué edad perdiste tu inocencia?

        —Diecisiete, ¿y tú?

        —En el límite entre los diecisiete y los dieciocho.

        —¿Primer orgasmo?

        —Dieciséis, creo —se sonrojó Yulia.

        —Veintitrés. ¿Cómo es que te corriste si no habías experimentado nada de eso?

        —Estaba aburrida, mi mamá estaba trabajando, mi hermana estaba de vacaciones en Bordeaux… me atacó la curiosidad, agarré un espejo, me vi, me exploré… y toqué donde "no tenía que tocar", y me terminé corriendo… aunque, si soy sincera, la primera vez que me toqué no me corrí, me tomó como tres o cuatro intentos porque, justo cuando llegaba a ese punto crítico en el que o te dejas ir o te dejas de tocar para frenarlo, lo frenaba.

        —¿Por qué?

        —Era demasiado intenso, quería saber qué se sentía pero, al mismo me daba pánico la sensación de estar al borde de tener ganas de ir al baño… o así se sentía —se sonrojó.

        —¿Cómo te sentiste la primera vez que te corriste?

        —Me quedé como paralizada por un rato, supongo que trataba de entender qué era lo que estaba sintiendo en realidad… pero, en el intento de saberlo, me quedé dormida. Y, Dios yo dormía como un angel… ¿y tú?

        —Estaba en mi habitación, sola, de noche… creo que venía de cenar con una amiga, y estaba aburrida y pasando los canales cuando llegué a ese canal, y, pues, eran dos mujeres… fue realmente vergonzoso.

        —¿Por qué?

        —Fue extraño, rápido, sentí como que me estaba quemando… y se me pasó. Lo primero que hice, al regresar a la Tierra, fue buscar en Google, literalmente, cómo se sentía tener un orgasmo para saber si eso era lo que me había pasado —Yulia rio conmovida, pero le gustaba saber esas cosas que nunca se había atrevido a preguntar porque, de alguna forma, quería que Lena, y su sexualidad, fuera suya en todo sentido, quizás por eso no le interesaba saber el pasado, porque le interesaba saber más del presente—. Y, a decir verdad, aparte de que me gustó… cuando estaba en Milán lo agarré como escape, entre terapia, hobby y para matar el tiempo, que me sirvió para conocer cómo me funciona. Cuando vine aquí todavía tenía la resaca de esa adicción… pero se me quitó cuando me tocaste tú; no es lo mismo que me toque yo a que me toques tú… it’s hot.

        —Bueno, tú eras dueña de uno que otro sueño pornográfico —sonrió, llevando su Martini a su garganta para hacerse otro.

        —Oh, really? —rio nasalmente en ese tono gracioso que implicaba cierto interés burlón.

        —Una vez tuve que quitarme las ganas —se sonrojó—, y todo porque tuve un vislumbre de su sujetador…

        —Oh, vamos! El día que estábamos en Louis Vuitton, que tú te apoyaste de una mesa y llevabas una camisa relativamente floja… —gruñó—. Eso no fue de Dios…

        —¿Por qué?

        —No hubo momento en el que no te quitara la ropa con la mirada…

        —¿Me imaginaste así o distinta?

        —Distinta —rio, y la mirada de Yulia le pidió una explicación sin censura—. A nivel físico habría apostado a que no eras completamente depilada, y a que tus pezones eran un poco más grandes, y a que quizás tenías un piercing en el ombligo.

        —¿Qué te hizo pensar eso?

        —Te veía muy recta como para estar completamente depilada, asociaciones supongo. Grandes tetas,pezonaes grandes, tal vez? Y, lo del ombligo, no sé, acto de rebeldía juvenil, supongo.

        —Interesante, debo decir —asintió, mezclando nuevamente su Martini.

        —¿Y tú?

        —No pude imaginarte, tuve que verte —se sonrojó—. Y por eso me encanta verte. Tú barres de mis pies —sonrió, vertiendo la fría mezcla en su copa.

        —Y tú de los míos —dijo, sirviéndose un poco más en su copa.

        —¿Tienes alguna otra pregunta?

        —Top tres de celebridades con las que te acostarías.

        —Monica Bellucci.

        —¿Y las otras dos?

        —Monica Bellucci —dijo nada más—. Ha sido mi amor platónico desde antes de "Malèna". Además, tiene una campaña con Dolce & Gabbana que saca del estadio hasta a Scarlett Johansson. ¿Y tú?

        —Natalie Portman, aunque realmente tiene pequeñas tetas...me gustan las tetas grandes, como las tuyas, de lo contrario, me quedo con Monica Bellucci también.

        —Monica Bellucci es como Kate Winslet: no hay película en la que no le quiten la ropa…

        —Cierto, coerto —rio—. Con la diferencia que con Monica Bellucci da gusto que se la quiten, con Kate Winslet… bueno, ya pasó de moda.

        —En eso estamos muy de acuerdo, Principessa —guiñó su ojo, golpeando suavemente el borde de su copa contra la de Lena—. ¿Quieres helado? —le ofreció de su cuchara, cosa que no solía suceder.

        —Dime tú en qué mundo me voy a negar a eso… —sonrió, abriendo sus labios para que Yulia le diera de lo más cremoso que existía en el mundo de la vainilla sintética y congelada—. Ven aquí, ¿sí? —sonrió, dándole unas palmadas al banquillo que estaba a su lado para que se sentara a su lado y que la barra no las separara.

          —¿Tienes alguna otra pregunta?

        —Al igual que el Tiramisú? —murmuró, recogiendo un poco de aquel olvidado postre con la cuchara para ofrecérsela a Yulia en sus labios.

        —Solo el de chocolate.

        —¿Sí?

        —En realidad, sólo he comido el que hace mi mamá, y lo como una vez al año —rio—. Sabes que mi debilidad no son las cosas dulces…

        —¿Y cuál es tu debilidad? —sonrió.

        —Tú sabes —dijo, tomándole por las mejillas para traerla a un beso—. Pero nos acabamos de duchar… —susurró contra sus labios.

        —Y, mientras el agua no se acabe… —sonrió, con su labio inferior entre sus dientes para privarla, juguetonamente, de un beso.

        —Y aunque se acabe —rio nasalmente.

        —¿Qué quieres hacerme? ¿Quieres tocarme, quieres comerme, quieres…?

        —Quiero verte —sonrió, poniéndose de pie, girando a Lena sobre el banquillo para tener mejor luz.

        —¿Aquí? —preguntó un tanto extrañada.

        —¿Por qué no? —levantó su ceja derecha, lo cual hizo que los pantaloncillos de Lena cayeran de golpe al suelo—. Siéntate y abre tus piernas, por favor…
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Oct 31, 2015 12:47 am

El banquillo era de cuero negro, parecía un sillón fino, delgado y miniatura pero elevado en el típico tubo cromado. Tenía brazos bajos y cómodos para la posición en la que debían utilizarse: para estar sentados, quizás una pierna cruzada mientras la otra se apoyaba del dowel cromado, o quizás ambos pies sobre el dowel, o quizás no, pero, ante la inhabilidad de poder abrir las piernas, por lo mismo de los brazos, Lena sólo supo colocar sus piernas sobre ellos. ¿Resultado? Totalmente abierta.

Y no sólo eso, pues no estaba recostada con rectitud, sino básicamente al borde del banquillo, sino Yulia no podría ni ver, ni comer, ni nada.

Grandes mentes piensan igual.

—¿Estás cómoda? —murmuró, arrodillándose frente a ella y acariciando el interior de sus muslos.

        —Sí, mi amor —sonrió, y realmente estaba cómoda, hasta tomó la copa de vino en su mano para tenerla al alcance—. ¿Te gusta lo que ves? —dijo en el eco que hacía su copa por estar a punto de beber un sorbo de ella.

        —Se ve tan… relajada —susurró, paseando suavemente sus dedos por sus labios mayores.

        —Lo está… ¿quién no lo estaría después de haberse corrido?

        —Muy cierto —asintió, sintiendo la suavidad del estado post-coital de sus labios mayores, que les costaba regresar a su suavidad y a su estado normal de relajación; todavía les quedaba una pizca de rosada hinchazón—. ¿Estás relajada?

        —¿Me estás hablando a mí o estás hablando con ella? —rio, refiriéndose a su entrepierna.

        —A ti.

        —Orgasmo, ducha, vino tinto y cachemira… ¿tú qué crees?

        —Buen punto —murmuró, abriendo sus labios mayores para ver sus adentros—. Esta todavía rosa...rosa brillante.

        —Tú acabas de hacerme chorrear, no esperes que lo asimile tan rápido —rio, sintiendo las caricias en sus ya-menos-tensos labios menores.

        —Me acuerdo de la primera vez que te hice eyacular…

        —Sí, fue en esa mesa —dijo, apuntando con su dedo a la mesa de café de la sala de estar—. Fue muy, muy sexy… y placentero, y muy, muy excitante —suspiró, pues Yulia había bajado sus dedos y ahora acariciaba el agujerito que escondían sus glúteos presionados contra el cuero del banquillo.

        —Fue muy gratificante hacerte eyacular…

        —Tendrías que haber visto tu cara —rio—, fue como si quisieras estar exactamente frente a esa explosión.

        —Pero también pensabas que era pis… —sacó su lengua, que Lena solo desvarió y quiso sentirla exactamente ahí, donde la tocaba.

        —Hey, hay gustos de gustos —se encogió entre sus hombros y bebió un poco más de su copa—. A mí me gusta que me muerdas cuando te estás corriendo, a ti podía ser que te gustara la urofilia.

        —¿Me veo como una persona a la que le gusta que la bañen en agua de riñón? —rio.

        —No, en realidad no —y Yulia asintió—. "Agua de riñón"… ¿por qué no puedes decir "pipí", "pis", "orina"?

        —Suena feo —frunció su ceño, devolviendo sus dedos a sus labios mayores para volverlos a abrir.

        —¿Y "agua de riñón" no?

        —Suena más gracioso que feo… ¿cuál es la palabra más fea para ti?

        —En griego: papari.

        —Cosa significa "papari"?

        —Testículo… pero más en un sentido de "bola" o "pelota"… que en inglés no me suena nada mal, pero en griego es simplemente asqueroso. Pero también me da asco la palabra "moist"… ¿la tuya?

        —Le Tette… —suspiró, sacudiendo su cabeza entre asco y dolor verbal—. No logro concebir cómo es que hay una palabra más fea que esa y en el idioma que sea, sea que se refieran a una o a dos, o a muchas.

        —Yo te la he dicho —se carcajeó.

        —Una vez, o dos —se encogió entre sus hombros—. Casi me matas…

        —Matapasión total, entiendo. Me lo hubieras dicho antes.

        —Me la dijiste en un período de tiempo de como un mes, no me la has vuelto a decir.

        —¿Qué otra palabra no te gusta?

        —Próstata. Mucosa. El verbo "chupar" en un sentido sexual... "Chúpame el clítoris" suena totalmente asqueroso y de mal gusto.  

        —¿Y las palabras que sí te gustan?

        —Epiglottide, Abbastanza, Attraversiamo. Epíteto, Asequible. Dystopia, Epiphany, Espionage. Prêt-à-porter, Avant-garde, Faux-pas, Touché, Cliché. República, Serendipity… y, en otra nota: clítoris y Lena—dijo, logrando sonrojar a la dueña de "en otra nota"—. ¿Las tuyas?

        —Erotic, Lascivious, Salacious, Nuance. Tuxedo. Troglodite. Juxtaposition. Godspeed. Solitudine.

        —"Erotic"… —murmuró, clavándole la vista a aquello que había invadido con el rojo hacía unos momentos—. Es una palabra bastante sexy, igual que "nuance".

        —La palabra "chorro" realmente me hace cosquillas…

        —No me gusta ,pero no me importa —se encogió entre hombros, presionando la entrada de su vagina con su dedo.

        —¿Cómo descubriste tú ese fenómeno?

        —No lo descubrí en la década pasada —dijo, deslizando su dedo hacia su pequeño y-no-tan-escondido clítoris—. Es de las cosas más gratificantes, que conozco en el ámbito sexual, que me hacen sentir mujer… aunque tengo entendido que no todas las mujeres están cómodas con la sensación —sonrió.

        —Really? —resopló, terminándose su copa de vino para dejarse ir ante las caricias que Yulia le hacía en su clítoris.

        —Supongo que se ve violento, asqueroso, y no sé qué otras cosas más…

        —¿Por qué te gusta a ti?

        —Es un colapso total —se encogió nuevamente entre sus hombros—. Colapso mental, físico, emocional… y te ves en la posición de negarte esa liberación o de sentirte libre. Es como si me consintiera a mí misma a raíz de que deje que me toques, de que deje que me excites, y, en parte, es porque es lo que me provocas tú… yo sola no puedo provocármelo.

        —Sí, sí puedes —susurró, con su cabeza hacia atrás, sus codos apoyados de la barra del desayunador y sus ojos cerrados—. Te he visto tocarte y hacerte eyacular… aun sin penetrarte.

        —Pero tú me excitaste y tú me estás viendo —sonrió, y sonrió porque notó cómo Lena empezaba a liberar jugos, brillantes jugos—. Y todo está en la respiración: inhalas hasta que ya no te cabe un milímetro cúbico de aire, y lo sueltas en tantos de diez segundos…puede ser que te maree al principio, pero es intenso.

        —Suenas a "tips para un buen orgasmo" de una Cosmopolitan…

        —No, eso fue algo que aprendí en yoga.

        —No sabía que hacías yoga…

        —I don’t. Tuve mi episodio cuando empezaba la universidad. ¿A ti te gusta eyacular?

        —Por supuesto.

        —¿Por qué?

        —Me hace sentir una verdadera sex-bomb —rio, que ahogó su risa en un gemido al sentir que el dedo de Yulia se infiltraba en su vagina—. Me gusta tu mirada, y tu actitud, antes, durante y después de que eyaculo. Es como nuestra versión de sexo anal...

        —¿Por qué?

        —Porque son tuyos… son cosas mías que las he descubierto por ti y contigo, no puedo evitar pensar que son cosas que son tuyas y que me hacen tuya. Plus, me hace sentir sexy… —gruñó de placer ante el segundo dedo de Yulia en su interior—. Oh my God… eso se siente bien… —suspiró, pues Yulia no la penetraba, solo presionaba suavemente su GSpot.

        —¿Tienes alguna idea de lo que me gusta ver cómo te hinchas? —susurró—. ¿Tienes alguna idea de lo mucho que me gusta cuando haces eso? —sonrió ante una contracción vaginal de Lena.

        —Sigue hablando…

        —Te despierta?

        —Algo así.... Es provocativa

        —Mmm… —rio nasalmente—. Hablemos las dos… ¿de qué tienes ganas?

        —De que no te detengas.

        —No me voy a detener hasta que me digas que me detenga —sonrió—. Pero, ¿de qué tienes ganas?

        —De que no te detengas —repitió, volviendo a contraerse internamente.

        —¿Quieres que te toque?

        —Por favor…

        —Pero yo quiero verte —sonrió, y Lena, halando el cuello de su camisa, descubrió sus senos para acariciarlos—. Me encanta… —le dijo, llevando su pulgar a su clítoris a manera de recompensa para ambas.

        —No te detengas —suspiró, abriendo sus ojos al escuchar el teléfono de la casa y estirándose para alcanzarlo.

        —Tus deseos son órdenes —sonrió.

        —Hello? —suspiró, que cualquiera habría apostado a que recién se despertaba de una siesta—. ¡Alec! —siseó, y Yulia, sacudiendo su cabeza, no se detuvo—. Yo muy bien, ¿y tú? —su rubor se expandió por su rostro y su pecho con sorprendente velocidad, quizás era la retención de suspiros y gemidos—. Dame un segundo… —dijo, y presionó el botón de "mute" para hablar sin que él se diera cuenta—. Es Alec…

        —Así parece —sonrió, girando sus dedos en su interior para empezar a penetrarla suavemente. Cruel.

        —Quiere hablar contigo —le alcanzó el teléfono.

        —Altavoz —dijo nada más, y Sophia, entre la falta de motricidad fina, lo colocó en altavoz—. Arquitecto Volterra, buenas tardes —sonrió, viendo a Lena morder sus gemidos para que no se escucharan.

        —Buenas tardes —repuso, sabiendo que Yulia, de no recibirlo, lo molestaría por una semana entera—. ¿Estás ocupada? —Yulia volvió a ver a Lena para encontrar respuesta.

        —¿Qué se te ofrece? —preguntó al no obtener respuesta más que una contracción vaginal.

        —¡Te he estado llamando desde hace horas!

        —Debo tener el teléfono en silencio —resopló—. ¿Qué pasó?

        —¿Estás en tu casa?

        —No, estoy en Central Park —rio sarcásticamente.

        —Digo, ¿vas a salir de tu casa?

        —Eventualmente, ¿por qué? —Lena gimió, pero lo supo disimular con una tos que sólo tenía efectos secundarios y dobles en su vagina.

        —Tengo que enseñarte algo urgentemente.

        —¿No puede esperar a mañana?

        —¡No!

        —Está bien —suspiró—. ¿Voy yo o vienes tú?

        —Estoy a una cuadra de ti —Yulia levantó la mirada para encontrar la de Lena; ah, la divina presión de tiempo—. Llego en nada —y colgó.

        —No te detengas —gimió Lena—. Todavía tenemos tiempo; dijo "cuadra" y no "avenida".

        —Baja tus piernas —le dijo, sin sacar sus dedos de ella.

Lena se apoyó con sus pies del suelo, apoyó su trasero en el borde del banquillo y, con sus piernas abiertas y extendidas, recibió los labios de Yulia en su clítoris.

Se aferraba al borde del asiento del banquillo con fuerzas, pues no sabía por qué pero el hecho de estar de pie y con sus piernas tensas y rectas le daba otra tonalidad de intensidad y sabor a las sensaciones que Yulia le provocaba con sus succiones y su lengua mientras la penetraba hacia arriba.

                              No tenían más de cinco minutos, según ellas, y no era justo que tuvieran que hacerlo con esa presión encima, pero era menos justo interrumpirlo cuando ya iban más allá de la mitad.

—Córrete —exhortó Yulia, y Lena no supo por qué le había gustado tanto que se lo dijera así de seco, así de plano, pero, al compás del evidente sonido de cuando las puertas del ascensor se abrían de par en par, y sabían que era Volterra,  Lena simplemente inhaló tanto oxígeno como pudo y, sacándolo en diez segundos, tal y como Yulia recién le comentaba, llevó sus manos a la cabeza de la rusa/italiana que devoraba su clítoris sin piedad.

Gimió, y gimió porque no hubo forma de contener ese gemido, pues, el no gemir era como negarse el placer del orgasmo que todavía estaba teniendo.

                              Y Volterra, que no era sordo, se detuvo frente a la puerta con su dedo casi sobre el botón del timbre. Los colores lo invadieron; pasó de blanco a rojo múltiples ocasiones y en diversas intensidades y tonalidades, y no supo por qué no había interrumpido. Quizás porque era algo que él no tenía por qué interrumpir, quizás porque no creyó que fuera exactamente eso, quizás porque no supo si era un gemido asociado o un gemido de su descendencia, quizás porque se cohibió ante la vergüenza de ser prácticamente el público, quizás y sí quiso interrumpir.

                              Escuchó un "Oh my God" que era una mezcla entre un gruñido y un suspiro, que tampoco reconoció la voz, pero sí ese gruñido suspirado, pues ya lo había escuchado, aunque en otro idioma, hacía casi treinta años.

Ah, el orgasmo que provocaba gemidos religiosos.

                              Su inteligencia le dio para un poco más, pues, calladamente, regresó al ascensor para recrear el sonido sólo por si acaso se había escuchado, pues no quería quedar como un entrometido, y, dándole tiempo suficiente a Yulia para enjuagarse la boca, y a Lena para recuperarse y subirse sus pantaloncillos, decidió llamar a la puerta y no al timbre.

—¡Alec! —sonrió Yulia al abrir la puerta, como si nada había pasado, aunque sus labios estaban un tanto rosados, igual que sus rodillas.

        —Yulia —sonrió, acercándose para darle un beso en cada mejilla, que Yulia se aplaudió por haberse enjuagado, aunque los rastros de orgasmo no se limpiaban tan fácil en el aire que invadía el espacio.

        —Por favor, pasa adelante —le dijo, invitándolo al interior con la puerta abierta de par en par—. ¿Te ofrezco una copa de vino, una cerveza, un whisky? —murmuró, cerrando la puerta tras él.

        —Lo que sea —sonrió, viendo a Lena que lo veía con una sonrisa desde el banquillo en el que había sido víctima de Yulia, pero ahora estaba con las piernas cruzadas, y él creyó que le alegraba verlo, pero era la sonrisa post-coital más normal en ella, aunque también le agradaba verlo—. Lena… —se acercó a ella, y fue recibido con un abrazo muy cálido que lo hizo sentir bienvenido en una vida que todavía no sabía cómo enfrentar.

        —Arquitecto —susurró Lena a su oído, y bastó para darle una patada a la alegría de Volterra, aunque él se lo buscaba—. Por favor… —sonrió, ofreciéndole el banquillo a su lado.

        —Gracias.

        —So… ¿qué es tan importante, Arquitecto? —sonrió Yulia, alcanzándole una copa de vino tinto mientras se encargaba de abrir otra botella de Pomerol para colocarle un aireador.

        —Primero que nada, justo después de que te fuiste, la secretaria de "Patinker & Dawson" llamó para decir que se van a mover de espacio y que les gustaría que ustedes dos ambientaran las nuevas oficinas —dijo, señalándolas a las dos por igual—. Mañana va a llegar alguien para hablar con ustedes, así que, Lena, por favor llega al Estudio —dijo, y Lena asintió—. Y, segundo… —dijo, alcanzándole una caja rectangular y delgada de cuero blanco y que tenía una "O" azul marino y en mayúscula que se interrumpía, a media altura y por el lado izquierdo, por unas ondas en celeste.

        —¿Es algo malo?

        —Qué voy a saber yo —rio—. Está a tu nombre… es ilegal que abra correspondencia ajena.

        —¿Y cómo sabes que es urgente?

        —Porque llegó un hombre en saco y corbata a dejártelo personalmente, no un simple mensajero. Por eso te estaba llamando… dijo que vieras los papeles que estaban dentro y que esperaban tu llamada lo antes posible.

        —Mierda —rio, pues aquello no le sonaba tan bien, y la caja pesaba un poco—. No, dime —rio—, ¿qué es?

        —¿Cómo voy a saberlo? —dijo, apuntándole al sello de seguridad que no había sido roto todavía.

        —Anoíxte to, agápi mou —susurró Lena con una sonrisa, que el punto era que Volterra no supiera lo que le decía, pero él sabía qué significa lo último: "mi amor".

Le quitó el sello de seguridad y, deslizando la tapa hacia afuera, se encontró con una carpeta, igualmente de cuero blanco, y que, al sacarla, había otra carpeta bajo esta. Volvió a ver a Lena como si buscara apoyo, como si buscara que le diera ese suave empujón para que recogiera el valor deseado. Abrió la carpeta y se encontró con una página que simplemente decía "Redesign Luxury" y, bajo esto, un modesto "Oceania Cruises – Your World Your Way".

—What the… fuck? —rio Yulia.

        —¿Qué es? —le preguntó Volterra, muy curioso, pues veía que Yulia sólo pasaba las páginas y su sonrisa sólo crecía.

        —No estoy segura —se encogió entre sus hombros—. No sé si me están dando un viaje en un crucero, o si me están pidiendo que lo rediseñe, que, en ese caso, no sé qué me están pidiendo que rediseñe… porque no sé nada de arquitectura naval, mucho menos de ingeniería naval —dijo, alcanzándole la primera carpeta a Volterra para que la hojeara junto con Lena mientras ella hojeaba la segunda.

        —Esos son algunos barcos bonitos... —murmuró Lena, y Volterra asintió.

        —La pregunta es… ¿qué tienen en común tú y los cruceros?

        —"Fragata" —murmuró Yulia.

        —¿Qué?

        —Quieren que ambiente la "Fragata" —Lena y Volterra levantaron sus miradas al mismo tiempo para clavarse en una Yulia que leía lo que había en la otra carpeta.

        —¿Tú directamente o es una especie de competencia? —balbuceó Volterra.

        —No lo sé, pero me han dado especificaciones, desglose de pago, metodología de trabajo… y… —murmuró, tomando la última carpeta de la caja—. Un modelo de contrato… —dijo, sacando la tarjeta del contacto inmediato.

        —Mi amor, ¿qué esperas para saber? —sonrió Lena, alcanzándole el teléfono para que saliera de sus dudas.

        —Ya regreso… —frunció su ceño, tomando el teléfono de la mano de Lena.

        —¿Cómo te va? —le preguntó Lena ante el silencio incómodo.

        —No me quejo —sonrió—, ¿y a ti?

        —Tampoco me quejo —dijo, poniéndose de pie para caminar hacia el otro lado de la barra.

        —¿Qué tal está tu mamá? —El nerviosismo se le notaba, ¿por qué era que no podía hablar con ella con tranquilidad? ¿Por qué tenía que hundirse tanto?

        —¿No has hablado con ella? —rio nasalmente y un tanto incrédula.

        —No, últimamente no.

        —¿Puedo saber por qué? Digo, hasta donde yo sabía, hablan cada dos o tres días si no es porque todos los días.

        —He estado un poco ocupado —dijo, internamente sonrojado.

        —Bueno… —tarareó, vertiendo más vino en su copa—. Tú sabes, encontrándose más canas con el paso de los días, lidiando con mi hermana… lo normal —se encogió entre hombros, pues no le diría más de lo que podía ser usado en su contra.

        —Y tu hermana, ¿qué tal está?

        —Alec, tú realmente necesitas un curso intensivo de "small-talk" —resopló—. ¿Por qué te pones tan nervioso cuando estás a solas conmigo? ¿Acaso me parezco demasiado a mi mamá? —bromeó, aunque eso era cierto. 

        —Sabes, sí te pareces mucho a tu mamá… sólo que tu mamá, a tu edad, creo que ya tenía que llevarte a Dimotiko, si no me equivoco.

        —No, a los cinco estaba en la parte de guardería Montessori del colegio —sonrió, no sabiendo exactamente cómo tomar ese comentario, pero, si a eso iban a jugar, ella también jugaría—. Pero tienes razón, mi mamá sí me llevaba… mi papá nunca me llevó.

        —No me refería a eso —dijo sonrojado—. Me refería a que tú no tienes hijos…

        —¿Es tu intento de preguntarme si voy a tener hijos? —rio, caminando hacia el interruptor para encender la luz de la cocina.

        —Supongo que sí —frunció su ceño, aunque no sabía que esa era su intención.

        —¿Qué tanto puedo confiar en ti? —le preguntó, tomando la cuchara que Yulia había abandonado para seguir comiendo de aquel helado que ya no estaba tan sólido.

        —Me gustaría si confiaras en mí totalmente… aunque sé que no es lo que yo quiera.

        —¿Por qué quieres saber si voy a tener hijos?

        —Simple curiosidad —dijo, acordándose en ese momento que Inessa le había dicho, en numerosas ocasiones, que Lena no era quien le daría "nietos", pero, quizás, muy en el fondo, él quería escucharlo.

        —Suena sincero. Bueno… no voy a tener hijos porque creo que es muy difícil que Yulia y yo podamos concebir uno, ¿no crees? —rio, incomodándolo un poco pero él no se dejaría vencer—. Y, a decir verdad… no es algo que me entusiasme, tampoco es algo que me haya llamado la atención antes. No me veo con un hijo…

        —Nadie se ve con un hijo creo yo.

        —¿Tú te ves con un hijo? —sonrió Lena ante la prueba de fuego.

        —Yo… yo… yo creo que estoy un poco viejo para dedicarme a eso —rio—. Además, me mataría que me preguntaran cómo se llama mi nieto cuando es mi hijo.

        —Creo que hay personas que sí se ven con hijos, pero el factor decisivo es si quieren o no tenerlos, y si pueden o no tenerlos. Y yo no me veo con hijos, me veo con sobrinos en el caso extremo de que mi hermana quiera compartir su útero con otro ser humano, que es algo que dudo mucho. Pero, ¿qué hay de ti?

        —¿Qué hay de mí?

        —¿No querías hijos o simplemente no se dio?

        —Nunca me vi con hijos, igual que tú… pero, cuando Patricia se embarazó, me cambió todo…

        —Lo siento —susurró.

        —No, simplemente no debía ser. Aunque sí me habría gustado saber cómo es eso de cambiar pañales, y de desvelarme, y de darle de comer, y de hacerlo reír… —sonrió nostálgicamente, no por Patricia sino por lo que se había perdido de Lena, eso que Inessa le había robado.

        —No logro imaginarte cambiando pañales…

        —Aprendí con mis sobrinos —sonrió ladeadamente mientras se aflojaba el cuello con su mano—. En fin… ¿no crees que tu mamá quiera un nieto algún día?

        —El hecho de que quiera un nieto no significa que haga algo que no quiero sólo por complacerla —dijo un tanto incómoda—, pero respeta mi decisión y no me insiste. Como te dije, tal vez mi hermana es quien se los da…

        —¿Y qué hay de Yulia?

        —¿Por qué no se lo preguntas a ella? —resopló.

        —Bueno, ella no está aquí ahora —se encogió entre hombros—, pero tienes razón —dijo, pues notó que se estaba pasando de la frontera imaginaria.

        —Cambiando de tema… Yulia me dijo que le habías sugerido que me fuera con ella a Providence.

        —Sí, no me parece mala idea.

        —¿Puedo saber por qué se lo sugeriste?

        —Supongo que es una buena oportunidad para que salgas de Nueva York y que veas otro ambiente laboral; lo he hecho con todos en algún momento —se excusó antes de tiempo—. Además, supe que Yulia estaba intentando decidir si ir todos los días o si quedarse allá… antes se quedaba, ni siquiera había dudas sobre eso, supuse que tú eras un factor. Yulia no me sirve si está exhausta, tampoco me sirve si está de mal humor, y todo se trata de hacer al cliente feliz. Y creo que te mereces días libres después de lo de Carter.

        —Te lo agradezco —sonrió, ofreciéndole más vino, el cual aceptó.

        —Cuando quieras: empleado feliz es cliente feliz —dijo, que Lena sólo rio ante la ineptitud conversacional de su papá—. Por cierto, quería hablar de dos cosas contigo.

        —Por favor… que la small-talk se te da muy mal.

        —¿Qué quisieras de regalo de cumpleaños?

        —No tienes que regalarme nada, no es obligación —sonrió.

        —Quiero regalarte algo… algo que quieras, algo que necesites, lo que sea…

        —De verdad, no tienes que reglarme nada… pero, si quieres regalarme algo, regálame lo que quieras… después de todo, ¿no sé supone que ése es el objetivo; regalar algo que creas que la otra persona quiere o necesite?

        —¿Qué me regalarías tú a mí?

        —Te regalaría un reloj, porque me estorba el hecho de que no usas uno y, aun así, logras ser demasiado puntual —sonrió—. O un rubik 360.

        —Soy un inútil para regalar cosas… ¿ya tienes un rubik 360?

        —Sí, fue una pesadilla al principio…

        —Dame algo con qué trabajar, al menos —dijo desesperado—. Ni Yulia me supo decir qué te podía regalar…. dime, ¿por qué no te puedo regalar yo lo que Yulia te va a regalar y, así, que Yulia te conoce mejor que yo, te da otra cosa? —Lena se deshizo en una carcajada, pues Volterra no sabía lo que Yulia realmente le regalaría—. ¿Qué tiene de gracioso?

        —No creo que sea apropiado.

        —¿Qué tiene de inapropiado una cámara? —frunció su ceño, y Lena sólo sacudió su cabeza—. Oh… oh-oh… —se sonrojó.

        —No necesito una cámara —dijo para finalizar ese subtema—. Regálame un keychain.

        —¿Un keychain?

        —Sí, uno funcional y que no sea un USB —dijo, viendo que, por el pasillo, se asomaba Yulia con el teléfono en la oreja, y sólo tuvo que alcanzarle las carpetas que había dejado para verla desaparecer nuevamente—. ¿De qué otra cosa me querías hablar?

        —No, no, de nada —sonrió un tanto incómodo, pues no supo cómo abordar el tema de que le gustara más diseñar muebles que ambientar espacios.

        —Vale… me dijo Yulia que sí vienes a nuestra boda —sonrió ella.

        —Sí, ¿cómo me la perdería? —resopló, y Lena que, siendo como su papá, no supo cómo seguir la conversación—. Supongo que ya tienen todo listo, ¿no?

        —Creo que sí.

        —¿Crees?

        —Sí, "no estoy segura".

        —No te creo…

        —¿Por qué no?

        —¿Nunca planeaste tu boda desde pequeña? —resopló—. Tu mamá sí la tenía planeada…

        —Bueno, no soy mi mamá —rio—. Lo que significa que no, nunca planeé mi boda… a mí me interesa casarme, haya champán o agua, haya banquete o hamburguesas de noventa y nueve centavos de McDonald’s, esté la sinfónica o sea la música de mi iPod…

        —No sé por qué no te creo…

        —Pregúntale a Yulia —sonrió—. Cuando me lo propuso, prácticamente le dije que, si por mí fuera, podríamos "elope"… son las ganas de casarme, lo que eso implica, a nivel de ceremonia, es eso: una implicación, pero yo podría casarme el viernes en el City Hall.

        —¿Por qué no lo hacen así, entonces? No me imagino a Yulia de cabeza en la boda… no le he visto ni una revista.

        —No. Yulia considera que es bueno hacerlo entre amigos y familiares, sólo por el arte de "compartir". Además, hay varias razones por las cuales ya esa no es una opción.

        —¿Puedo saber cuáles razones?

        —Ya están las tarjetas impresas y ya enviamos varias —rio.

        —Ah, creí que Yulia te había hecho firmar un Prenup.

        —Lo dices como si fuera algo malo —frunció su ceño.

        —¿Te hizo firmar un Prenup? —siseó indignado.

        —Yulia no me obliga a hacer nada —le dijo en ese tono que sólo gritaba "cuidado, Alessandro, te estás pasando"—. Pero, si tu curiosidad debe saberlo, sí, sí firmamos un Prenup… y son bienes compartidos, así que no creas que Yulia, "dentro de todo", se está "protegiendo". —Y fue sólo entonces que Alessandro Volterra comprendió lo que Yulia le había dicho por la tarde, eso de los traspasos legales y materiales—. Sabes, creo que deberías intentar conocer a Yulia un poco más… no sé por qué me acabas de dar la impresión de que aparentas esperar lo mejor aunque, en realidad, esperas lo peor.

        —Es que la Yulia que conocí no dejaba entrar a nadie ni por esa puerta —dijo, señalando la puerta principal.

        —¿Ni a ti?

        —Dos o tres veces como máximo y cuando las paredes todavía eran blancas —rio—. Y fue porque teníamos demasiado trabajo y me estaba mudando de apartamento.

        —Sabes, a veces no sé si me pusiste en su oficina porque Yulia, según tú, no se caracteriza por ser muy amable, o porque realmente pretendías protegerme de la Trifecta.

        —No, pudo haber sido cualquier excusa menos la de hacerte pasar un trago difícil.

        —Relájate, Alessandro —rio, y Volterra se quedó perplejo de ver cómo Lena era tan Inessa—. Sólo bromeaba.

        —En fin… ¿ya tienes vestido?

        —Sí —sonrió, bebiendo su copa de vino hasta dejarla seca—. Eso sí ya lo tengo.

        —¿Qué color es?

        —Es rojo, 032 C en idioma Pantone si así lo prefieres.

        —No sé de memoria las muestras Pantone —rio, pero sabía que el rojo que Lena le mencionaba era un rojo vibrante, el rojo que todos definían como rojo—. ¿Te ves guapa?

        —En realidad, no lo sé, no me termina de convencer —sonrió—, pero me cansé de buscar un vestido que me gustara. Supongo que compré el primero que era "apropiado".

        —¿Apropiado para quién?

        —Para la ocasión —dijo, sirviéndose más vino por el simple hecho de estar aburrida.

        —No lo sabría yo, nunca me he casado —rio.

        —Cuando te cases con mi mamá hablaremos —guiñó su ojo, y Volterra se ahogó con el vino que bebía.

        —¿Cómo me dices eso?

        —No es como que no quisieras —elevó ambas cejas.

        —Ni siquiera tenemos una relación como para sugerir algo así…

        —No, eso no era una sugerencia, era un simple comentario… aunque, si quieres una sugerencia, aquí te va: dejen de perder el tiempo —dijo, y lo dijo porque había visto que Yulia se asomaba ya por el pasillo, pues, en su presencia, Volterra sería incapaz de descomponerse como estaba a punto de hacerlo—. ¿Qué te dijeron?

        —Todavía lo estoy procesando… —frunció su ceño, aunque ya lo había procesado; mordido, masticado, degustado, tragado, digerido… y estaba en el dilema de si asimilarlo, a nivel biológico, o de si desecharlo cual celulosa—. ¿De qué hablaban?

        —De nada en especial —dijo Volterra rápidamente, pues si Lena le decía, Yulia participaría de la misma manera, y todo porque si él había tenido derecho de meterse en una que otra cosa, ellas también tenían derecho y sólo por incomodarlo—. Bueno, yo me tengo que ir —dijo ante la incomodidad del momento.

        —Gracias por venir a dejarme los papeles —dijo Yulia.

        —Cuando quieras —suspiró Volterra, poniéndose de pie luego de terminar su copa de vino—. Las veo mañana, ¿verdad?

        —¿A qué horas programaron la reunión? —le preguntó Yulia.

        —Si no me equivoco… a las diez —dijo, caminando junto a Yulia hacia la puerta.

        —Vale —suspiró, abriendo la puerta mientras Volterra se daba la vuelta para despedirse de besos y abrazos de Lena.

        —Las veo mañana —murmuró, le dio dos besos a Yulia; uno en cada mejilla, y salió por la puerta principal con las manos vacías: sin idea de regalos de cumpleaños, sin el más mínimo ánimo de decirle a Lena la verdad, abrumado por lo que Lena le había dicho, sin futuros nietos, sin papeles.

        —¿Quiénes son "Patinker & Dawson"? —preguntó Lena en cuanto vieron a Volterra desaparecer en el interior del ascensor.

        —Law Firm —dijo, cerrando la puerta suavemente y no dejando que Lena se le escapara de las manos—. Son los "Roberts, Bockius & McCutchen" de Mergers & Acquisitions; son con los que trabajamos para cuando lo de TO.

        —Creí que Romeo también era de Mergers & Acquisitions —sonrió al sentir cómo Yulia la tomaba por la cintura para abrazarla.

        —Romeo también es de Mergers & Acquisitions, él trabaja con todo lo que tiene que ver con Philip Morris/Altria Group, y fue de los que negoció el Merger de Exxon con Mobil en el noventa y nueve, y de los que negoció la Acquisition de Chevron a Texaco —murmuró, acercándola a ella mientras caminaban torpemente, por estar abrazadas, hacia la cocina—. Y, de paso, sabe una que otra cosa de migración…

        —Con razón trabaja sólo una vez al año —rio.

        —La vida de los ricos y famosos —guiñó su ojo, dándole un cabezazo suave a Lena, y se despegó de ella para ordenar—. Películas que te parecen vergonzosas pero que te gustan —le dijo antes de que ella pudiera decir "habla la que sabe".

        —¡Uf! Esa está difícil —rio—. Empieza tú.

        —"Legally Blonde", "Miss Congeniality", "Election"… y "Ferris Bueller’s Day Off", ¿y tú?

        —"Monster-In-Law", "Napoleon Dynamite", "Home Alone"… y las malditas películas de "The Hunger Games".

        —¡Napoleon Dynamite! —rio—. Es tan rara que me gusta.

        —Yo ni siquiera sé en qué época se supone que es la película —rio.

        —¿Quieres verla?

        —Ya no te dieron ganas de salir, ¿verdad? —resopló.

        —Me entró la pereza… y, por el momento, sólo quiero quitarte la ropa, meterte a la cama conmigo, pedir cena si nos da hambre, y simplemente abrazarte y besarte hasta que te duermas.               

 
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Nov 06, 2015 11:47 pm

CAPITULO 17 - Confesiones y consejos, Caruso y hormonas.


・E —No, no, no, no, no —la detuvo justo a tiempo—. No vas a firmar con un bolígrafo, mucho menos con un Cross—sacudió su cabeza y agitó su dedo índice de lado a lado—. Mucho menos con tinta negra cuando está impreso en negro —dijo, alcanzándole la pluma fuente Omas Arte Italiana Milord de tinta azul, esa que era especial para firmar contratos, cheques y demás asuntos oficiales.





—Como tú digas, y cuantas veces digas —sonrió, tomando la pluma en su mano para firmar trece veces en las trece páginas que tenía cada una de las cuatro carpetas que tenía frente a ella.



 —Cincuenta y dos firmas que te harán famosa.



—¿Cómo me hace esto famosa? —rio, trazando la primera letra de su firma—. Estoy perdiendo el veinticuatro por ciento, más uno, de un excelente Estudio de Arquitectos e Ingenieros…



  —Sí sabes que ese veinticuatro, más uno, nunca fue tuyo, ¿verdad?



  —Oh, si… pero una chica puede soñar, Arquitecta Volkova—susurró.



        —Oh, si, una chica puede —murmuró, tomando su taza de té para llevarla a sus labios—. Pero una mujer tiene metas.



  —¿Así o más profundo? —rio, refiriéndose al sentido filosófico del comentario.



  —Eso te preguntó Phillip ayer por la noche, ¿verdad? —bromeó Yulia, ahogando la risa traviesa en el eco de su taza.



—Phillip es sinónimo de profundidad… él no pregunta si está bien "así", él sabe que "así" está bien.



—A veces eres tan explícita en lo que a tu vida sexual se refiere… —sacudió su cabeza.



—Una mujer que está orgullosa de su sexualidad no se avergüenza de su vida sexual… o de la falta de —rio—. Aunque, normalmente, tiende a ser una percepción polar; a un lado tienes la lástima, al otro tienes a un híbrido de arrogancia con orgullo.



—No, sólo te burlas de ti misma cuando te das lástima y elogias todo lo que esté a tu paso cuando tienes una vida sexual más viva y placentera que la de Baco —sonrió.



—Cierto —asintió una tan sola vez—. Pero, ¿a quién le importa sino a uno mismo?



—A mí me importa si tienes vida sexual o no —sonrió ampliamente.



—Y eso es porque… —levantó su mirada—. ¡Porque eres una pervertida!



—Sólo por las noches —susurró, y guiñó su ojo derecho—. Pero no, no es por eso… es porque estás más manejable y más soportable cuando decides imitar a los conejos.



—Hieres mis sentimientos, Yulia Maria —rio—. Pero es muy cierto… debo haber sido peor que una apendicitis antes de perder mi inocencia.



—Nate, llámale como quieras menos "inocencia" —rio—. Nunca fuiste "inocente"; eso se te nota.



—El término "virginidad" me afecta… es tan…



—¿Religioso?



—¡Exacto! —suspiró, cerrando la primera carpeta para alcanzársela a Yulia—. Y tú y yo sabemos que no soy particularmente religiosa.



—Ah, pero estabas más que contenta en el altar, siendo bendecida por Dios a través de la boca del Obispo, ¿no?



—Eso fue diferente —levantó su dedo índice—. Tú sabes que sólo me interesaba que me dieran permiso legal, social, religioso, parental, y demás, para poder sudar cada superficie de mi apartamento con Phillip, ¿no?



—Lo que tú digas —se encogió entre hombros y bebió su taza hasta dejarla sin té; ya estaba más frío que tibio y el sabor había mutado en amargura de expresiones faciales de asco en la rusa/italiana.  



—¿Tú no lo harías?



—¿Haría… qué?



—Casarte por la iglesia… digo, tú eres más creyente que yo.



—No necesito permiso de nadie para hacer que Lena sude sobre la mesa del comedor… o que me haga sudar ella a mí—rio.



—Aún, te estás casando…



—Pero no lo hago porque necesito que me den permiso, o porque no quiero que hayan Trojans involucrados, o las consecuencias de cuando no los hay… sino porque, cuando descubran que cometí el crimen perfecto, Lena no tenga que testificar en mi contra —sonrió burlonamente.



—El único crimen, cuyo cadáver tienes literalmente en tu clóset, es ese kaftan Michael Kors rojo.



—¿Ese que me regalaste tú? —rio.



—Yo no te lo pude haber regalado —sacudió su cabeza—. Yo no tengo tan mal gusto.



—Te lo regaló una de tus primas, no me acuerdo cuál de todas porque todas tienen el gusto por el suelo, y te lo estabas probando cuando ni siquiera te entró —sonrió—. No te quedaba por esas —dijo, señalándole el escote que escondía bajo su suéter de cachemira violeta—. Y yo te dije que me lo dieras, por eso es que crees que está en mi clóset, pero, en realidad, se lo di a alguien a quien realmente le quedaría y que lo apreciaría.



—No me digas que le regalaste un regalo a Lena; eso es bajo y barato.



—¿Cómo se te ocurre? —frunció su ceño—. Además, Lena no es tan fanática del rojo. Se lo di a Gaby.



—Sí sabes que eres un poco nepotista con tu secretaria, ¿verdad?



—Gaby no es mi secretaria, Gaby es Gaby: es como un título —levantó su ceja—. Y el término que buscas, en dado caso, es "favoritismo" porque Gaby no es realmente parte de mi familia —sonrió—. Que, en el caso de que sea ése el término al que te refieres, entonces es un "sí": Gaby es mi favorita.



—Cuidado y te meten a la cárcel por violación al menor.



—Tiene veinticuatro —entrecerró sus ojos—. Y todavía no entro en la categoría pornográfica de "maduras", y nunca entraré a la de MILFs,si sabes a lo que me refiero.



—Siempre creí que la secretaria de mi papá tenía privilegios, pero, entre ella y Gaby, está difícil decidir: extra innings.



—¿Innings? —preguntó un tanto extrañada por la referencia.



—Sí, cariño: "innings".



—¿Desde cuándo utilizas referencias del deporte del verano?



—Desde que Phillip ganó la cuenta de los Yankees y, como regalo de bienvenida, le dieron season tickets —sonrió—. Baseball, Derek Jeter, una cerveza y un Hot Dog en el Yankee Stadium, cantando "Here Come The Yankees"… quizás es momento para volverme una aficionada.



—Quizás pasen muchos años antes de que logres llegar a la Serie Mundial, pero, mientras tanto, engordarás un poquito —guiñó su ojo.



—Sí sabes que a veces no me caes bien, ¿verdad? —rio burlonamente.



—No te caigo bien cuando tengo razón.



—Exacto —dijo, cerrando la segunda carpeta para alcanzársela a Yulia—. En fin… ¿a qué hora te vas?



—A las tres y media. ¿Se te ofrece algo antes de que me vaya a mi fin de semana largo?



—¿Qué tal si me quitas a mi suegra de encima? —sonrió—. ¿No quisieras llevártela a Poconos?



—Creo que es una oportunidad que voy a dejar pasar —rio—. Se me muere en el camino con lo homofóbica que es.



—¡Ése es el punto, Yulia! —ensanchó la mirada—. El crimen perfecto: un infarto cardíaco y cerebral provocado de manera pasiva.



—Acuérdame qué es lo que está haciendo tu suegra en la ciudad de nuevo, por favor…



—Está intentando comprar dos oil rigs… —se encogió entre hombros, pero, en crescendo, dibujó una sonrisa maquiavélica.



—Y tu papá es el intermediario, ¿no?



—Quería comprarlos por quince —rio nasalmente, sacudiendo su cabeza—. El valor estimado es de ochenta por uno y ciento tres por el otro.



—Debe haber vaciado su cuenta bancaria para acercarse con una propuesta tan generosa —rio sarcásticamente.



—Tiene casi un mes de estarme peleando que mi papá, sólo por joderle la existencia, no le quiere vender las plataformas —dijo—. Y no es mi papá, yo le dije a mi papá que no se las vendiera —sonrió inocentemente—. Creí que así saldría más rápido de mi casa… y resulta que me ha salido el tiro por la culata porque se han tardado una eternidad en negociar.



—¿Y tus teorías son…?



—Digo dos puntos: opción "A"; es una guerra constante sólo para joderme la vida, opción "B"; es una guerra constante porque le arde la cuenta bancaria, opción "C"; no le interesa comprar nada y sólo quiere recuperar lo-que-sea con Phillip, opción "D"… realmente no tengo opción "D", pero creo que es una mezcla de todo. Si pudiera llevar a Phillip al parque, de la mano, y mecerlo en cualquier columpio, balancín, o-lo-que-sea, lo haría… pero creo que ciento-ochenta-y-tantas-libras no son fáciles de maniobrar para una Doña de ciento sesenta y cinco centímetros que se viste como la prima perdida de la Reina de Inglaterra, que tiene mal gusto o que tiene buen gusto pero que no tiene dinero para tener buen gusto, y que usa tacón bajo y grueso, que usa cheap-skank-red-lipstick, ese de felaciones en rebaja, y que se rocía de un Elizabeth Arden que hace que el perfume de Britney Spears sea un Guerlain Shalimar… el único buen gusto que tiene es el Cartier que le regalamos para su cumpleaños, y los Van Cleef & Arpels que significan su sagrado voto de cierre vaginal ante Dios —sonrió maléficamente.



—Acuérdame de nunca caerte mal —rio.



—Baby, jamás te descuartizaría así por muy mal que me cayeras… tienes muchas cosas rescatables; como el buen gusto. Eso no se compra.



—El gusto es adquirido, eso es muy cierto.



—Quisiera poder regalarle un poco de buen gusto para navidad… pero, ¡bueno! —suspiró—. Como no existe, un trozo de carbón es lo que le voy a regalar en lugar —sonrió ampliamente—. Quizás y le regale un cargamento de carbón… ¡uh! ¡Sería una excelente broma navideña!



—Cálmate, Santa Claus… apenas estamos en marzo —rio.



—Hablando de que… —dijo, alcanzándole la tercera carpeta de la misma manera—. No me has dicho qué le vas a regalar a tu Lenis —dijo en ese tono suave y risueño, casi infantil.



—Sí te dije —frunció su ceño.



—¿Y esperas que te crea que le vas a regalar una cámara?



—¿Por qué nadie me cree que eso le voy a regalar? —rio extrañada.



—Es una cámara… una vil cámara…



—Dime una cosa: ¿cómo le dices a Phillip lo que quieres que te regale de cumpleaños?



—Él solo lo hace posible.



—Sí, sí, yo sé cómo funciona esa parte… pero me refiero más a la parte en la que tú le dices qué quieres y por qué quieres eso que quieres.



—Mmm… —se detuvo a media firma—. Es una buena pregunta —frunció sus labios y asintió lentamente mientras mordisqueaba el interior de su labio superior por el lado izquierdo—. La primera vez me regaló un mini refrigerador para mi oficina porque siempre me quejaba de que mis bebidas desaparecían en el refrigerador comunal… creo que se aburrió de mis quejas, tú sabes, de que no tenía jugo de tomate para bajarme la resaca —se encogió entre hombros, pues Yulia sabía exactamente a qué veces se refería porque ella también había tenido la misma resaca los mismos días y sin jugo de tomate, no porque desapareciera sino porque en ese Estudio no existía de eso hasta ese entonces—. No sé, supongo que sólo escucha mis quejas y me las resuelve…



—Ahora pregunto: ¿qué tiene de raro que le regale una cámara a Lena?



—Tiene un iPhone, ¿para qué necesita una cámara?



—¿Mejor resolución? —se encogió entre hombros.



—Lena no es de tomar tantas fotografías como para que le des una cámara con una memoria de sabe-tu-mamá-cuántos-gigas…



—Prefiero dejar a mi mamá fuera del tema —ensanchó la mirada y sacudió lentamente su cabeza de lado a lado hasta que sacudió sus hombros en un escalofrío que era generado por asco y perturbación por partes iguales.



Kinky —levantó ambas cejas y lanzó la monumental carcajada que no significaba nada sino una burla descarada.



—¿Qué? —murmuró confundida.



—Tú me escuchaste… kinky.



—¿El hecho de que quiera dejar a mi mamá fuera del tema es algo "kinky"?



—No, kinky es el hecho de que le vas a regalar una cámara, porque no creo que tantos gigas le sirvan para tomarle fotografías al amanecer o al atardecer, o a los rascacielos, o a las aves…



—Ella dijo que le gustaría guardar ciertos momentos, guardarlos en algo como un Flashdrive…



—Y tú diste el salto a la cámara…



—Que guarde lo que quiera y cuando quiera —se encogió entre hombros—. Sean amaneceres y atardeceres, sean plagas avícolas, o sean fotografías turísticas…



—O desnudos de mi mejor amiga —rio.



—O desnudos de tu mejor amiga —asintió.



—Si me preguntas a mí, cosa que no estás haciendo…



—Pero que de igual forma me lo dirás… —la interrumpió Yulia.



—Yo creo que la mayor expresión de confianza no es compartir tu clóset, o tu cama… sino dejarte vulnerable en algo que te inmortalice en tiempo y espacio, sea del tipo de congelamiento que sea: fotografía, pintura, escultura, etc.



—Lo tendré muy en cuenta cada vez que pase por la escultura de la mujer desnuda en mi apartamento —sonrió—. Me acordaré de ti.



—Es raro que no te acuerdes de mí porque soy yo —guiñó su ojo.



—Eres tú, sí, pero a escala y sin curvas —rio—. Digo, sin ofender a tu full C-cup, por no decir 36D —guiñó su ojo con una pizca de venganza.



—Yo sé que gustaría tenerlas así de grandes como las mías…



—¡Na-ah! —exclamó en ese tono que Phillip solía imitar, en ese tono afroamericano—. Ya tengo suficiente peso con mis Cs normales… con Cs llenas o Ds, cuidado y me voy de frente.



—¡Como sea! —siseó, reanudando su firma—. El tema no son mis rebalsadas Cs sino el hecho de que le vas a regalar una cámara a Lena, y que creo que eso muestra mucha confianza.



—Confío en ella… —asintió—. Eso no es tema de discusión ni de refutación.



—Está bien, no dije que no confiabas en ella… y, además de la cámara, ¿qué le vas a regalar?



—¿Aparte de un fin de semana extremadamente-largo en Poconos y la cámara? —Natasha asintió—. No lo sé, lo que sea que me pida. ¿Ustedes qué le van a regalar?



—Vas a tener que esperar para saberlo, igual que ella —sonrió—. Por cierto, ¿en dónde está?



—Salió a almorzar con Volterra.



—Ah, esa es nueva.



—Inessa le llamó ayer para decirle que fuera, así que supongo que cuenta como obligación. Están celebrando su cumpleaños.



—Supongo que sí es el secreto peor guardado de la historia —rio Natasha.



—Yo creo que sólo Volterra no sabe que todos sabemos. Me gusta llamarlo "negación"… o "pánico".



—¿Qué hay del otro papá? ¿Viene a la boda?



—No creo, todavía no le ha dicho nada a Lena… pero, por lo que ella dice, asume, y cree cual religión de su devoción, es más un "NO" que un "no".



—Bien. Siguiente tema: te alegrará saber que ya decidí el menú, y las bebidas, y la música, y la decoración, y todo. Sólo falta que se arreglen de nuevo con la protegida de mi papá…



—Con la hija adoptiva —bromeó.



—Ha-ha, muy graciosa —entrecerró sus ojos—. Mi papá sólo tiene ojos para mí.



—Eres hija única, ¿qué esperabas? —rio.



—Touché. En fin… ¿ya decidieron regalos de bodas?



—No queremos regalos —sacudió su cabeza—. ¿Te acuerdas que te dije lo de la vajilla? —Natasha asintió—. Ya la están haciendo.



—Bien… pero realmente esperaba quebrar un plato y gritar "Opa!"… es fantasía social, creo yo.



—Para tus cinco años de casada podemos hacer lo eso.



—Pero con la vajilla de porcelana de mi suegra —sonrió.



—Dios… sí que la odias.



—No la odio… sólo no me cae bien —la corrigió, pues había una diferencia muy grande que era realmente muy pequeña.



—¿Por qué no sólo le dices a tu papá que te la quite de encima?



—Porque no voy a dejar que, por mi incomodidad, los clientes de mi papá pierdan tanto dinero. Además, puedo soportar un par de días más con ella… puedo soportar que, cuando me despierte, lo primero que vea es a mi suegra apoyada en el marco de la puerta que nos ha estado viendo dormir.



—Creepy…



—En otra vida, en otra dimensión, podría apostar a que mi suegra es una cougar adúltera… deberías ver cómo ve a Phillip cuando está dormido —sacudió la cabeza.




—Dentro de esa capa de hielo tiene que correrle un poco de sangre tibia o de maternidad, cualquiera que sea el caso, podría ser.







—Pues que le corra en la privacidad de su cuerpo y de su tiempo… que no veo por qué tiene que vernos dormir todos los días, debería dormir más ella.



—¿Y Phillip no le ha dicho nada?



—La vez pasada irrumpió en la habitación con desayuno en la cama, nos despertó de golpe, que casi me cago porque esa no es manera civilizada de despertar a alguien, y no entendió todas las indirectas de "estamos sin ropa" hasta que me hizo sentarme y vio que me estaba cubriendo las niñas con las sábanas. Phillip le dijo que no era momento para hacer esas cosas, mucho menos a las seis de la mañana en un sábado, la sacó de la habitación, me cogió hasta que casi me quema los sesos, y luego desayunamos todos juntos a la mesa como una familia perfectamente disfuncional.



—¿Quedaste contenta?



—"Compensada" diría yo… aunque, sí, contenta también… me dijo que gritara si quería, que exagerara todo si quería… encontramos a mi suegra casi con infarto después de que grité pornográficamente un "harder, harder, harder!" y un "oh my God, it’s so deep!"… cosa que nos dio risa en el momento porque ni me estaba cogiendo, pero, hey… si quiere ser público, hay que darle espectáculo, ¿no?



—¿Por qué esa anécdota no la sabía yo?



  —Porque estuviste en Providence la semana pasada y porque fue en los Hamptons…



—Que no me invitaste, cierto —bromeó.



—Te quiero demasiado como para hacerte soportar a mi suegra; ese karma me lo trago yo, y sólo yo.



—¿Quieres que te santifiquemos? —rio—. Seguramente mi mamá conoce a alguien en el Vaticano; tú dilo y hacemos que suceda.



—¿Para eso no necesito milagros, y no sé qué más?



—La información la podemos buscar en Wikipedia —sonrió.



—Olvídalo, calidad de Santa no tengo… aunque es milagro que no la haya matado todavía, eso debe contar, ¿no?



—Estoy segura de que sí, amor —rio.



—Como sea… ¿cómo vas con tu regalo de bodas?



—Bien, Lena aceptó que me hiciera cargo de Katya e Inessa… eso es más que suficiente para mí.



—¿Eso cuenta como filantropía?



—Muy divertida—entrecerró sus ojos mientras presionaba el número uno en su teléfono para llamar a Gaby, pues sabía que no estaba en su escritorio al haberla enviado en una misión especial que trataba sobre socialización con las secretarias que gozaban del título de "secretaria".  



—¿Y Lena qué quiere que le regales?



—Esta conversación ya la tuvimos, ¿verdad?



—No que yo sepa —sacudió su cabeza.



—Me pidió algo imposible.



—"Imposible" no existe en tu diccionario, Yulia.



—Gaby —sonrió al abrirse la puerta—. ¿Té frío? —sonrió, relevando al "por favor" que la sonrisa significaba.



—Claro que sí, Arquitecta. ¿Algo para usted, Señora Noltenius?



—Lo mismo, por favor —murmuró, notando que Gaby sólo asentía y se retiraba, cerrando la puerta tras ella—. ¿Qué fue lo que te pidió?



—¿Te he dicho algo de la nueva adquisición al arsenal de juguetes que tenemos? —ladeó su cabeza con su ceño fruncido.



—¿Nueva adquisición? ¿"Arsenal"? ¿Cuántos tienes?



—Tres… si no me equivoco.



—¿Y a eso llamas "arsenal"? —rio.



—Plural ya lo hace arsenal —se encogió entre hombros—. Pero, volviendo a lo que es realmente importante, supongo que no te he contado, entonces.



—Acuérdate que suprimimos el tema de conversación lo más que pudimos.



—Cierto… bueno, tenemos un vibrador, el dildo que tú conoces, y un… un… un… —frunció su ceño todavía más mientras hacía gestos con sus manos, gestos que intentaban describir la forma del objeto pero que, por alguna razón, no tenían sentido.



—¿Strap-on? —intentó adivinar.





Ese es el problema ... no tiene correas.







—¿Dildo doble?



—De alguna forma, sí. Pero es como… no sé… no es recto.



—¡Oh! Thomas me habló de eso hace un tiempo…



—Ni voy a preguntar qué carajos hace Thomas viendo pornografía lésbica.



—Fantasía de todo hombre que conozco —dijo un tanto indiferente—. Pero, ¿qué pasó con eso?



—Bueno, lo hemos utilizado dos veces: para mi cumpleaños y hace dos semanas, pero es más bien que Lena lo usa conmigo.



—Hablemos de roles.



—Sí, supongo que sería el hombre.



—Ajá, y Lena te pidió que lo usaras con ella… —Yulia sólo asintió—. ¿No puedes o no quieres?



—Ayer lo medí y me sentí muy rara, incómoda… y, hablando las cosas como son, la idea me estorba, me perturba, me incomoda. No quiero ni puedo hacerlo; me vi al espejo y casi me muero al ver que, de un momento a otro, tenía una cosa de esas que tienen los hombres…



—Díselo —rio nasalmente.



—Dijo que tenía hasta el día de la boda para hacerlo, pero que no le dijera…



—Y tenías pensado hacerlo este fin de semana, ¿no?



—¿Cómo sabes?
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Nov 06, 2015 11:50 pm

—Dentro de todo, amor, tú quieres que tu boda sea especial… quieres que sea algo que, cuando te acuerdes, te haga sonreír con cariño y no con picardía nostálgica. Tú eres toda sobre adoración, sobre apreciación, sobre amor en lo que a Lena se refiere, y con "Lena" me refiero a cuerpo, mente y, aunque no te guste el término, corazón, alma o como quieras llamarle. Tú tratas a Lena como si se te fuera a quebrar entre las manos, tú adoras a Lena así como alguna cultura precolombina adoraba al sol, y a la lluvia, y a las estrellas, y no logras verte teniendo sexo ese día, no ese día; de todos los días de tu vida, no logras verte teniendo sexo crudo, rudo, divertido y seco… te ves llenándola de besos y caricias, y de algo que te haga sentir posesión y pertenencia pero sin llegar a darla por sentado y sin llegar a cosificarla. Tú te ves haciéndole el amor hasta que la idea, de que es tuya, te dé una bofetada y te haga sólo sentir más ganas, y más ganas, de seguir haciéndole el amor; y quieres que te toque más de lo que normalmente te toca, que te toque porque, aunque lo niegues, un papel le dio permiso a ella de tocarte y a ti de dejarte tocar, y tienes ganas de ceder lo último que te queda por ceder… y eso es algo que no se logra a través de sexo pornográfico, ni con un strap-on a la cadera… porque, por si eso fuera poco, eres mujer y te casaste con una mujer, y quieres ser mujer, y quieres que sean mujeres entre ustedes. —Yulia se quedó muda, con la mirada ancha y perpleja—. ¿Tú sabes por qué Lena te reta? ¿Por qué le gusta jugar contigo? ¿Tú sabes por qué te dio un cubo y no una caja normal? ¿Tú sabes por qué?



—Ilumíname, por favor.



—Muy en el fondo, enterrado en su consciencia e inconsciencia, ella cree que es simple, insípida, que no es como tú; que tienes capas y capas de colores y sabores. Ella cree que es plana, que es un poco aburrida, y sabe lo rápido que tú te aburres de las cosas, que tienes que estar entretenida para no mandarlo todo al carajo… así como yo sé que mandaste al carajo el primer intento de pedirle que se casara contigo, porque te aburrió esperar, porque te aburrió que Lena estuviera ausente, porque simplemente te desesperaste… de la misma manera en la que mandaste al carajo a Mischa: porque te aburriste de soportarlo, porque te aburriste de la rutina.



—No sé si te estoy entendiendo.



—Lena no quiere que caigan en una rutina, claro, eso ni tú lo quieres… aunque las rutinas no te disgustan porque sabes que, al menos, hay cosas que son seguras a pesar de que juegas con el límite de lo seguro y de lo aburrido; de lo que das por sentado, pero Lena cree que tiene que hacer más, más, y más, y simplemente más para mantenerte entretenida; así como lo hizo con el cubo. Te reta porque sabe que te gustan los retos, le gusta jugar contigo porque sabe que eso te entretiene; seduce a tu Ego y a tu interés. El problema es que ya no se da cuenta de que lo hace inconscientemente, no se da cuenta de que te entretiene verla, o de que te entretiene preocuparte hasta porque el papel higiénico sea de algodón del Olimpo con extracto de manzanilla, o que te preocupas porque tenga el shampoo para cabello rojo porque sabes que piensa que su cabello es rebelde, o que te preocupas porque tenga ropa que le guste sin importar su precio… ese memorándum no lo recibió; ese en el que le haces saber de que ella es tu mayor entretenimiento sólo porque existe. Así que, por si no me has entendido, Lena te reta porque cree que eso es lo que quieres y necesitas… aunque creo que es lo que ella cree que necesita para sí misma, en el caso de que no se haya dado cuenta de que estás, sin ofender, casi de rodillas ante ella.



—¿Cuánto tiempo tienes de estar aguantándote todo esto? —elevó su ceja derecha.



—Me acaba de salir —se encogió entre hombros—. Pero me dejó con esa idea desde que empezó a hacerte ese anillo —dijo, señalándole su dedo anular izquierdo.



—Su trabajo no es entretenerme así, aunque no niego que sí infla mi Ego… pero no necesito que me rete a que cuente cuántas estrellas hay en el cielo para mantenerme entretenida —frunció su ceño.



—Eso yo lo sé, pero ella quizás no lo sabe…



—Me acabas de decir que se lo diga.



—En cierta forma, sí.



—¿Lena te ha dicho algo?



—Nada fuera de lo normal, sólo tenemos conversaciones convencionales —sonrió—. Lo que te acabo de decir es mi opinión, la cual sabes que siempre es la correcta —rio egocéntricamente.  



—Es que tiene lógica lo que dices…



—Mírale el lado bueno, si Lena lo hace es porque no te da por sentada. —Yulia suspiró y hundió su mirada en su mano—. Explícale que no te sientes cómoda haciendo lo que te pide, pregúntale si es algo que quiere o si es sólo un juego curioso… quizás ahí esté el factor determinante, pero explícale que el día de tu boda no la vas a follar hasta sacarle los ojos.



—La vez pasada le dejé muy claro que ella puede decirme que "no" cuando sienta que es un "no" o un "no sé".



—Creo que hay muy pocas cosas que tú no le vas a hacer o que no vas a hacer por ella, y forzarla a hacer algo es una de esas cosas. Eso es bueno —sonrió.



—Ahorita tengo algo trabado —suspiró de nuevo, señalándose su garganta.



—¿Desde hace cuánto?



—El lunes… tuve una reunión con los de "Oceania Cruises".



—Sí, me dijiste que habías tenido una reunión, y que te había ido bien… pero no hablamos detalles ni nada.



—Me ofrecieron el trabajo, directamente a mí... quieren que ambiente el crucero nuevo.



—Eso es bueno, ¿no?



—Bastante —sonrió minúsculamente.



—¿Por qué no te noto tan contenta?



—Son veintitrés espacios distintos los que tengo que ambientar; desde habitaciones de tripulación hasta habitaciones de huéspedes, desde el bar a la orilla de la piscina hasta el restaurante formal, el Lobby, los baños, todo. Me pagarían seis cifras por mi trabajo, empezando en septiembre cuando me entreguen los planos y las especificaciones, para entregarlo en el verano del dos mil quince para su primer viaje.



—Dijiste "me pagarían"… asumo que estás pensando en no tomarlo.



—Tengo hasta el miércoles de la otra semana para aceptarlo o rechazarlo —se encogió entre hombros.



—¿Pros?



—Buena paga, bueno en el portafolio, buen jefe y buen cliente, buenos beneficios posteriores a mi trabajo con la empresa en general… experiencia, blah, blah, blah… lo mismo de siempre.



—¿Y el Downside?



—Es en Miami —murmuró, y, estando a punto de continuar, la puerta se abrió, que era Gaby con los dos vasos de té frío en sus manos, por lo cual Yulia simplemente decidió no continuar hasta que Gaby volviera a salir.



—Miami… —dijo Natasha para recoger nuevamente el tema ante la salida de Gaby—. Todavía no le veo el downside real, estás con un proyecto en Malibú y no te escuché hablar de un downside.



—En enero del otro año tendría que estar de planta en Miami.



—Oh… —musitó, frunciendo su ceño.



—El primer viaje lo tienen programado para el diecisiete de julio, eso significaría siete meses de planta en Miami… viviría siete meses allá.



—Iría a visitarte, eso es seguro —sonrió.



—Y sabes que serías más que bienvenida…



—¿Pero?



—Me ofrecen todo; vivienda, transporte, comida… pero sólo para mí.



—Ah… —suspiró—. Ya entiendo…



—La mitad es un "sí" muy grande… la otra mitad es un "no" igualmente grande.



—Analicemos el "no".



—No voy a moverme siete meses a Miami, no voy a dejar a Lena aquí… si no pude soportar la idea de estar tres días sin ella, y fue por eso que fue conmigo a Providence, ¿cómo no me voy a ahogar en siete meses? Esa desesperación no la calman ni seis cifras. Y, por el otro lado, no puedo pedirle que venga conmigo, que deje de trabajar aquí para que me acompañe a vivir allá sólo porque…



—¿Por qué no sólo lo hablas con ella? —la interrumpió.




—Porque sé que me va a decir que lo tome, que vamos a hacer que funcione… pero, sinceramente, no puedo dejarla, no puedo sólo irme.





—Si Lena estuviera en tu lugar, ¿qué le dijeras?



—Trabajaría a distancia, pero eso es porque siendo Arquitecto eso puede hacerse hasta cierto punto… pero Lena no es Arquitecto.



—Suprime la arquitectura.



  —Tengo licencia nacional, quizás podría hacer freelancing allá por ese tiempo, o no sé… —se encogió entre hombros—. Pero sí aventaría todo por irme tras ella. No puedo dormir de pensarlo, a veces me encuentro con dificultad para respirar, a veces me entra esa desesperación que me lleva a los pocos berrinches que hice cuando no se me veían tan mal; de esos de patalear, de sacar el Satanás que llevo dentro hasta terminar llorando por impotencia… me estresa el hecho de saber que no sabría si está comiendo bien, si está durmiendo bien, si está bien.



—Darling, háblalo con ella —rio nasalmente—. Quizás no tenga la respuesta que buscas pero puede ser que te diga algo que te haga decidir con mayor facilidad.



—Es sólo que… —dijo, y gruñó ante la impotencia de poder decidir.



—Soluciones hay, y muchas —le dijo—. Al final del día yo sé que terminarás con una sonrisa.



—Al menos al final del día de hoy sí —sonrió—. ¿Qué vas a hacer este fin de semana? —le preguntó, pues asumió que, con cambiar el tema, parte de su aflicción se esfumaría.



—Mis papás se van a los Hamptons, creo que me voy a ir con ellos… no me voy a quedar aquí soportando a mi suegra de gratis. Por cierto, mis papás quieren cenar con ustedes algún día, pues, nosotros iríamos también… quieren desearle feliz cumpleaños a Lena.



—Sólo digan el día, la hora y el lugar, y llegamos. ¿Qué tal está tu mamá?



—Va a estar toda una semana con Martha en mayo.



—Las amiguitas se vuelven a juntar —rio.



—Lo mismo le dije yo. Sólo falta tia Donna para revivir las tardes de arresto domiciliario —se carcajeó.



—Hablando de tu tia Donna… no te entendí nada de lo que me dijiste hace un par de días y se me había olvidado preguntarte.



—Me ofreció ser Head de Relaciones Públicas de DKNY —se encogió entre hombros—. Pero roba demasiado tiempo; desde conferencias de prensa hasta lanzamientos de colecciones, y, en realidad, no tengo ganas de trabajar en algo que me consuma tanto, no cuando Phillip está regresando tan temprano del trabajo y que en verdad puedo pasar tiempo con él.



—Esa parte sí te la entendí, pero me hablaste de otra cosa también.



—Quiere que sea un apéndice de planta para Recursos Humanos y para Relaciones Públicas; que supervise, que intervenga y que encuentre los puntos débiles de cada área; "Damage Control".



—No suena nada mal, Nate.



—No, eso me llama más la atención… y quiere que observe periféricamente desde los preparativos para la siguiente Fashion Week.



—Ya entendí, ya entendí —asintió—. ¿Estás contenta?



—Si no estuviera mi suegra, lo estaría mucho más —sonrió—. Por cierto… hay algo que te quiero pedir.



—Lo que quieras.



—Quiero limpiar esa habitación —dijo, y Yulia supo de cuál habitación hablaba—. Quiero que hagas lo que sea para que esa habitación no sea lo que es ahorita.



—¿Por qué quieres hacer eso? —murmuró un tanto sorprendida, quizás más triste que sorprendida porque asumió algo que no era.



—Estoy cansada de que mi suegra lo utilice para atacarme silenciosamente; cada cierta cantidad de días la encuentro en esa habitación, curioseando las cajas para ver qué encuentra. La vez pasada la encontré con la lámpara de la jirafa en las manos y que había sacado los Tartin et Chocolat de una de las gavetas… —suspiró, sacudiendo su cabeza con infinita desaprobación—. Te pagaré lo que me pidas, sólo deshazte de eso, por favor…



—Más despacio, más despacio —sonrió reconfortante y empáticamente—. ¿Quieres que me deshaga de todo eso o quieres que lo quite de tu vida temporalmente?



—Solo mandalo lejos—susurró.



—Está bien —asintió una tan sola vez—. ¿Qué te gustaría que hiciera en esa habitación?



—No sé, ¿qué se te ocurre?



—¿Qué tal algo como lo que tienen tus papás en el Penthouse? —ladeó su cabeza con una sonrisa.



—¿Mi escape de la depresión?



—Sí —asintió—. Digo, pensando en algo fácil y que puede o no ser temporal… nada que sea una instalación muy complicada para que se pueda quitar cuando el momento llegue, ¿no crees?



—Continua…



—Algo ordenado pero simple, oscurezco las paredes pero no lo suficiente como para complicarme en un futuro, anular o reducir la luz natural con una persiana especial, te instalo una pantalla junto con todos los dispositivos que se te ocurran para tener buen sonido y buena imagen… te puedo poner un mini bar con un refrigerador y congelador pequeño, para poner una que otra botella y vasos. ¿Prefieres un sofá muy grande o butacas?



—Sofá muy grande, y muy cómodo… en el que me pueda acostar de frente de ser posible.



—Un sofá muy grande será. Además, te pondría algo en lo que puedas guardar un par de cobijas, tu colección de DVDs obsoletos y demás… ¿qué te parece?



—¿Alfombrado?



—¿Qué tanto le quieres complicar el trabajo a Agnieszka?



—Lo menos posible.



—Entonces no —rio—. Lo dejamos así como está.



—Sabes que confío en tu gusto, haz lo que quieras… pero hazlo cuanto antes, por favor.



—¿Vas a estar mañana por la mañana en tu casa?



—Depende de lo que me vas a decir a continuación —rio.



—Puedo hacer que lleguen mañana a desarmar muebles y a despintar paredes —sonrió—. Ellos empacarían los muebles y se los llevarían mañana mismo; los meterían a mi bodega, si estás de acuerdo.



—Suena perfecto —sonrió agradecida, y ni había terminado de expresarse verbalmente cuando Yulia ya presionaba el botón del intercomunicador.



—Gaby, ¿puedes venir un momento, por favor? —sonrió para el teléfono y se volvió a Natasha mientras soltaba el botón—. Sólo tienes que hacer algo; o pones a Agniezska a guardar toda la ropa y los utensilios, y todo-lo-que-sea, o lo haces tú.



—¿También te la llevarías? —preguntó un tanto extrañada.



—Cariño, me pidio que lo hiciera desaparecer —dijo con una sonrisa, volviéndose a la puerta porque Gaby recién entraba.



—Dígame, Arquitecta, ¿qué puedo hacer por usted? —dijo Gaby, materializando su típica libreta, ahora con un bolígrafo Tibaldi que Yulia le había regalado porque no lograba concebir que las cosas se escribieran con un Pilot negro, así como lo hacían el resto de secretarias.



—Necesito que veas si Jack está libre mañana. Si está libre, dile que necesito que se lleve a dos para desarmar y empacar unos muebles en el apartamento de la Señora Noltenius —sonrió, pues cómo le gustaba ver cuando Natasha se sacudía ante el título de "Señora"—. Quiero que se lleven esos muebles, junto con otras cajas que les den, a mi bodega… y que empiecen a despintar las paredes. —Gaby asentía mientras escribía rápidamente en ese idioma que sólo ella se entendía—. No, mejor que sólo las pinten de blanco. Si no terminan mañana, que regresen el… —se volvió a Natasha para que ella completara la frase.



—El lunes estaría bien.



—El lunes —confirmó Yulia.



—¿De qué hora a qué hora pueden estar en su apartamento, Señora Noltenius? —le preguntó Gaby directamente a Natasha.



—De siete y media a cinco —se encogió entre hombros, pues no sabía cómo funcionaba eso, pero se sintió cómoda con la idea del tiempo por la mirada de aprobación que le daba Yulia—. Y que no se preocupen por el desayuno o el almuerzo, o la comida en general —dijo, dibujándole a Yulia una sonrisa.



—¿Algo más? —murmuró Gaby, levantando su mirada para encontrarse la de Yulia y la de Natasha.



—Si no está Jack, que lo haga Marcel, por favor —sonrió—. Y que tengan cuidado con esos muebles, por favor —dijo con esa mirada que significaba que Gaby tenía que advertirles que debían tratar a los muebles como tratarían a sus propios hijos—. ¿Tienes hambre? —le preguntó a Natasha.



—Más o menos —sonrió, volviéndose a las carpetas para seguir firmando.



—Puedo pedirles algo de almorzar —dijo Gaby, y Yulia volvió a ver a Natasha para buscar un "sí" o un "no", pero todo lo que obtuvo fue un "no sé" que era sinónimo de "como tú quieras".



—Sushi estaría bien —dijo Yulia—. Dos de los míos, por favor —añadió antes de que Gaby le preguntara qué quería Natasha, y eso se resumía a una orden de Rainbow Roll, dos Ebi, dos Hirame, dos Ika, dos Kani, dos Maguro, dos Sake, dos Tai, dos Tako y dos Katsuo, con un suculento y exagerado montículo de Gari rosado, no amarillo, y una generosa flor de wasabi para cuatro paquetes de salsa soya.



—Enseguida —murmuró.



  —Y, Gaby —la detuvo Yulia antes de que se retirara—. Necesito que le digas a Moses que me compre unas cosas…



—Dígame —sonrió, volviendo a materializar su libreta y su bolígrafo.



—Space bags, de trece por veinte… con una docena bastarían. Seis cajas de plástico de quince por veintiuno por doce. Bubble wrap de veinticuatro pulgadas de ancho, que la longitud sea de más de treinta y cinco pies. Un dispensador de Packing Tape, de la transparente, y adhesive pouches. Ah, y un Sharpie negro… y que lo lleve hoy a la casa de la Señora Noltenius, por favor.



—¿Algo más?



—Por favor almuerza algo, yo invito —guiñó su ojo, haciendo que Gaby se sonrojara, así como siempre sucedía, siempre que la trataba demasiado bien.



—Gracias, Arquitecta —murmuró—. Con su permiso —dijo, y se retiró de aquella oficina.



—¿Qué era de tu vida antes de Gaby? —rio Natasha.



  —Era más complicada… pero, ¿quién no se acostumbra a tener ayuda? —resopló—. No me quejo.



—No la vi en la lista de invitados de tu boda.



—No, tiene un viaje programado.



    —¿Tiene o le programaste un viaje?



—Pobre… —rio—. Le tendrías que haber visto la cara, siempre que le digo que se siente cree la voy a despedir…



 









*









 



Adelante —elevó Yulia su voz ante el llamado de la puerta.



Su agua —sonrió Gaby al entrar a la oficina.



Gracias, Gaby. Muy amable —sonrió de regreso.



Licenciada, ¿se le ofrece algo? —se volvió hacia Lena, quien trabajaba en lo de "Patinker & Dawson" con "MoneyGrabber" de fondo.



No, Gaby, gracias. Todavía tengo café —murmuró sin quitarle la vista a la pantalla de su iMac.



Gaby asintió y, así, en ese silencio que tanto la caracterizaba siempre que estaba frente a Lena, pues la mezcla de Yulia y ella le daba más pánico que cuando sólo estaba Yulia, pretendió darse la vuelta para volver a su escritorio a jugar cualquier cosa ante la falta de movimiento laboral.



Gaby… —la llamó Yulia con tono serio y aireado.



¿Sí? —se detuvo y, con una respiración profunda, reunió coraje para darse la vuelta y verla de frente.



Siéntate un momento, por favor —dijo, apuntándole con la mirada a una de las butacas frente a su escritorio mientras cerraba la última edición de ElleDecor, no sin antes haber arrojado su iPhone entre el tour escrito y fotográfico que proveía el artículo sobre la residencia de Tommy Hilfiger en el Plaza—. ¿Qué tal está Jay? —le preguntó en cuanto ya estaba sentada.



Bien, muy bien. Creciendo… —respondió un tanto extrañada por la pregunta, pues Yulia no era de las personas que precisamente se preocupaban por su hijo; ella sólo pagaba Guardería y Niñera, próximamente pagaría Preschool tras la promesa que le había hecho a Gaby en su debido momento.



El trece de mayo cumple años, ¿verdad? —Gaby asintió—. ¿Dos?



Sí, dos.



¿Y tú?



Veinticinco —resopló un tanto sonrojada, aunque, en cuanto emitió su respuesta, dudó de la pertinencia de la misma, pues podía haberle estado preguntando cuándo era que ella cumplía años, además no sabía por qué le estaba preguntando eso—. El treinta de mayo —añadió.  



Perfecto, no me equivoqué —sonrió Yulia.



No le estoy entendiendo, Arquitecta.



Sabes, para mi vigésimo quinto cumpleaños me sumergí en tanto alcohol que se me olvidó hasta mi nombre; pero la pasé demasiado bien con mis amigos. Veinticinco shots de Vodka, fotografías que hasta la fecha me dan vergüenza y que me sirven para tener un vago recuerdo de la noche; bebí, fumé porque en esa época fumaba bastante, comí, bailé, y se me olvidó que tenía cierta reputación que cuidar —rio—. Licenciada Katina ¿usted cómo celebró su vigésimo quinto cumpleaños?



Lo celebré con un resfriado, y un par de pinzas para sacarme las astillas de madera de los dedos —respondió Lena, estando realmente muy avergonzada de lo deprimente que eso había sonado, aunque habría sido más deprimente si hubiese mencionado el hecho de que había ingerido una botella de Smirnoff en soledad, sobre un colchón inflable con "Baby One More Time" de fondo, y ni hablar de lo que habría sucedido si hubiese mencionado que la había cantado a todo pulmón entre ebriedad de gafas y mala puntería de pinzas contra la paupérrima luz de una lámpara de mesa de noche.



¿Cómo planeas celebrar tu cumpleaños, Gaby? —rio Yulia pues ella sí sabía cómo había sido ése cumpleaños de Lena, hasta sabía que "As Long As You Love Me", cuando pertenecía a los originales, había sido la canción que había sonado al compás de los quejidos que se le escapaban en cuanto sus lastimados dedos se enterraban en el algodón empapado con alcohol, o quizás había sido vodka; Lena no se acordaba.



Todavía no lo sé, quizás como todos los años: con mis papás, y con Jay.



Ya veo… ¿y le vas a celebrar el cumpleaños a Jay?



Sí, algo pequeño, con algunos de los niños de la guardería… todavía no sé.



Gaby… —dijo, estirando su brazo para sumergir su mano en su Bottega Veneta negra—. Yo sé que todavía estamos en marzo, pero no quiero que se eche a perder —sonrió, sacando, de su bolso, un sobre rectangular negro que, en la esquina superior derecha, tenía la distintiva "T" en blanco que sólo podía significar "Trump"—. Mi boda es el treinta de mayo, y, por mucho que me gustaría que nos acompañaras, me parece que es más justo que celebres tu cumpleaños por tu lado —dijo, y, con la misma sonrisa, le alcanzó el sobre—. Y me parece más justo que te tomes un par de días libres también; que te relajes, que descanses, que cambies de ambiente… sol, playa, uno que otro masaje, que alguien haga la cama por ti… tú sabes: que te consientan —suspiró, notando las ganas que Gaby tenía de abrir el sobre pero que, por lo que sus papás le habían enseñado, no lo haría frente a ella y sólo le agradecería—. Ábrelo, y dime si tienes tiempo para eso —rio, atentando contra los principios de aquella mujer con la que tenía una relación más cercana y más sana que con su propia hermana.



Gaby le dio la vuelta al sobre y, con delicadeza, despegó la solapa para abrirlo. Adentro había una serie de papeles doblados en tres secciones, papeles que sacó para ver qué eran.



Arquitecta… —suspiró anonadada, y a Yulia cómo le satisfacía saber que estaba haciendo algo bueno.



Alec sólo está esperando una respuesta de mi parte para firmar tu permiso y entregárselo a Jason. Tú dirás si tenemos algo que firmar o no —sonrió.



Arquitecta, no sé qué decirle… —se sonrojó.



Seis noches en Waikiki… no puedes decirme muchas cosas.



Yo creo que sí —intervino Lena con una risa nasal, y Yulia sólo sonrió ante la mirada confundida de Gaby—. Digo, Waikiki no queda a la vuelta de la esquina, ¿no?



Ah, Licenciada Katina —rio Yulia—. Gracias por acordarme —dijo, aunque no era que se le había olvidado, simplemente le gustaba superarse porque su Ego se lo agradecía si era gradual y no de una vez—. Yo y mi cabeza… —se sacudió, abriendo la primera gaveta de su escritorio para sacar uno de los sobres del Estudio—. No planeo que nades hasta allá —dijo, alcanzándole el segundo sobre—. Antes de que digas "sí" o "no", tienes que saber que hablé con tu mamá. —Gaby levantó la mirada, fue como si le hubieran mencionado a la muerte—. No te preocupes por niñera, por nada; todo está cubierto. Tu mamá va a cuidar a Jay por esos días.



Además, sólo una vez se cumple veinticinco —dijo Lena.



Gracias, Arquitecta. Gracias, Licenciada —sonrió.



No, no —sacudió Lena su cabeza—. Yo no tuve nada que ver con eso, Gaby… eso fue Yulia.



Gracias, Arquitecta —se sonrojó.



No hay de qué, Gaby. Supuse que unas vacaciones bien merecidas estaban en orden.



Aunque… Yulia —murmuró Lena, tratando de contenerse la risa y la sonrisa—. ¿No crees que falta algo?



Yo creo que sí —rio, y le dio risa porque Gaby ya no sabía ni cómo sentarse de la incómoda emoción.



Sí, yo también creo eso —dijo Lena, alcanzándole un sobre que era demasiado pequeño como para ser otro papel, tamaño carta, doblado en tres secciones—. Creo que también es justo que compres un bikini nuevo, y que le regales a Jay lo que se le antoje.



 









*









 



—Nada que una gift card de Macy’s no pudiera hacer.



—Me retracto, tu secretaria es más consentida que la de mi papá —rio Natasha, alcanzándole la última carpeta—. "Asistente" —se corrigió antes de que Yulia la pudiera corregir.



—Hace un par de semanas, Anatoly quería un favor de Gaby… creo que era que le prestara su código de impresiones porque él no tiene, y Gaby le dijo que no. Anatoly le preguntó qué le había hecho como para que le negara algo tan vital para su trabajo, y Gaby le dijo: "Ingeniero Segrate, usted se mete con la Arquitecta y se mete conmigo". Boo-yah!



—Con razón la quieres tanto; hasta te defiende.



—Ese es el punto: ella es leal. Además, gana más que la secretaria de Volterra; su lealtad está implícita en su descripción laboral.



—No veo por qué no debería, de igual forma Volterra no es el que tiene más poder aquí: él tiene un voto y tú tienes tres, próximamente sólo dos en el caso de que Lena te firme los papeles, o quizás sigas teniendo tres en caso de que Lena no quiera el veinticuatro por ciento, o el veinticuatro más uno.



—Volterra es el Managing Partner, lo que lo hace, básicamente, el que tiene más poder en papel.



—En papel —resaltó—. ¿Quién de ustedes dos gana más; tú o él?



—Si hablamos de salario fijo yo gano más que él pero por las distribuciones de porcentajes, pero, en lo que a proyectos se refiere… —suspiró, frunciendo su ceño y llevando el vaso de té frío a sus labios—. Creo que este año él hará más que yo. Yo he tenido cinco proyectos de arquitectura particulares, él ha tenido dos de patrimonio cultural y tres particulares entre Philadelphia y Washington, que es donde mejor pagan, pagan tan bien como en Boston y en Providence.



—Espera, ¿está cagado en plata?



—Este año creo que lo va a cerrar con cinco… uno de sus mejores años.



—No parece…



—No, no parece. Se acaba de comprar un Condo en el veintidós, sobre la Cincuenta y Nueve y Quinta.



—Eso es al lado del Plaza —dijo estupefacta.



—Sí, exactamente al lado del Oak Bar. Por fuera no es muy vogue, pero tiene su encanto por dentro. Son los últimos dos pisos más una parte del rooftop. La terraza del último piso da exactamente frente al Pond… tiene una vista impresionante. Después de esa compra no está tan cagado en plata, pero sigue teniendo sus lujos…



—Siempre me lo imaginé siendo una persona muy sencilla.



—Lo es, todavía no logra entender muchas cosas que encierran la comodidad doméstica, pero creo que ya se dio cuenta de que, si no disfruta lo que ha ganado, no vale la pena. Ahora quiere que alguien le haga la limpieza, que le cocine, todo…



—¿Qué le dijiste para corromperlo?



—Cuando fuimos a ver el apartamento, porque quiere que se lo ambiente, le pregunté qué iba a hacer con una cocina tan grande… y su respuesta fue: "yo nada… que alguien más me cocine, y que ese alguien se encargue de regar las plantas y de aspirar las alfombras que sé que me vas a poner".



—¿Y ese "alguien" no será Inessa Katina?



—Mi mamá cocina más rico —susurró traviesamente—. Pero no sé, yo le dije que buscara en Pavillion a una housekeeper/cook que no tuviera miedo de vivir con un hombre soltero, o que fuera live-out. Digo, de Pavillion viene Agniezska, Vika y Hugh… y creería que Anya también es de Pavillion.



—Pavillion debe odiar a mi familia —rio—. Hemos privatizado a tres.



—Y cómo no —se carcajeó—. Pero, volviendo a lo de Inessa… no tengo idea de qué hay ahí. La vez pasada estaba en la oficina de Pennington y Clark, estábamos viendo unos planos que nos habían enviado de TO, y sólo se escuchaban las carcajadas de Volterra.



        —¿Estaba hablando con Inessa?



—Lena le habló en ese momento a Katya, y, en efecto, estaban carcajeándose los dos… que Alec, aparentemente y según Katya, se aburrió de no tener acceso rápido y directo a Inessa y por eso le regaló un iPhone, para que pudieran Facetime cuando se les diera la gana… o qué sé yo. El punto es que Inessa estaba intentando descifrar cómo funcionaba el teléfono, y Alec la estaba molestando.



—¿Qué dijo Lena?



—Estaba un poco indignada —rio—. En diciembre fuimos a la Apple Store porque Lena le iba a regalar un iPhone nuevo a Katya, que escogiera el que quisiera; color y memoria, y, estando allí, Lena le preguntó a Inessa cuándo se le vencía el contrato de su Blackberry, así veían de aprovechar que ya estaban allí para comprarle un iPhone también. Inessa le dijo que ella no entendía de esos teléfonos, que eran muy complicados, que ella se quedaba con Blackberry porque eso había tenido desde que Sergey le había dado el primero: a lo seguro. Y no, no, no, y no. Ya te imaginarás a Lena cuando supo que de Volterra sí había aceptado uno… o quizás le enojó el hecho de que Volterra se tomó la molestia de imponérselo —rio de nuevo.



—Esa relación es más rara que la de Mariah Carey y Nick Cannon…



—Muchísimo más rara —asintió—. Ella es caliente para él, él es caliente para ella.



—Sí te das cuenta de que acabas de utilizar una referencia sexual para referirte a tus suegros, ¿verdad?



—No puedo explicar esa tensión de otra forma —se encogió entre hombros—. Alessandro no es guapo; si tuvieras que poner una cadena evolutiva de físicos, a un extremo tendrías a Jason Statham y, al otro extremo, tendrías a Stanley Tucci… eso que hay en medio es él. Guapo no es.



—Feo tampoco… digo, si es el último hombre en la tierra, más de alguna de le tira encima.



—¡Ah! No hablemos de mi jefe en ese sentido, por favor.



—Tú empezaste.



—No, yo dije que no era guapo.



—Tu definición de "guapo" se reduce a Ryan Reynolds y al Príncipe Harry —entrecerró sus ojos.



—Touché.



—Como sea… el punto es que es una relación extraña.



—Es que no tienen nada resuelto; lo dejaron en stand by hace tres décadas y ahora ya no saben ni cómo referirse al otro… a veces parecen adolescentes, pero creo que es porque no vivieron eso.



—¿Quién es el que no se deja?



—¿Que no se deja qué?



—O sea, siempre hay una parte que da el primer paso, la otra siempre se contiene.



—Los dos intentan demasiado eso de contenerse, son como una olla de presión sin agua. Ninguno da el primer paso, pero, en caso de que alguien lo diera… apostaría a que es Inessa quien lo da; Volterra es el que tiene la vagina estrecha… digo, metafóricamente hablando.



—Tendría que ver cómo se comporta él alrededor de ella.



—Eso nunca lo he visto, pero sí he visto cómo se comporta cuando habla de ella, o habla con ella… es un niño nervioso, y eso hasta él lo sabe.



—Tiene, ¿qué? ¿Cincuenta?



—Cincuenta y dos.



—Esa cosa todavía le funciona, y todavía tiene la capacidad de rebelarse —rio, haciendo que Yulia sólo hundiera su rostro entre sus manos ante el comentario—. Ya está bastante grande como para dejarse de tanta mierda.



—A veces lo entiendo, o al menos trato de entenderlo.



—¿Qué hay que entender? Sólo se está haciendo de rogar.



—No creo que sea que se hace de rogar, creo que es que a veces se acuerda de lo que le hizo Inessa… aunque, según lo que me dijo la vez pasada, sabe que fue culpa suya y no sólo de ella. Y no es que no le perdone que literalmente lo dejó por Sergey, porque eso lo superó, lo que no le logra perdonar es que le robó a Lena, que le robó ese tiempo con Lena; le robó ser papá.



—Bueno, si lo pones así es entendible —asintió—. Pero tampoco puede ponerle todo el peso a Inessa porque, a estas alturas, si tanto le urgiera recuperar tiempo con Lena, si es que esa es su intención, ya le habría dicho que él es su papá.



—True, pero ni él se entiende… dice que se confunde entre las dos versiones que conoce de Inessa.



—Tu suegra no me deja ese sabor de cometer el mismo error dos veces porque le pesan bastante, creo que es de esas personas que pueden perdonar a cualquiera menos a sí mismas.



—También es muy cierto; no es algo que me haya dicho, pero no tiene que decírmelo para darme cuenta de que, para perdonarse, tiene que completar el proceso…



—Y el proceso es decirle a los dos involucrados, ¿no?



—Sí. E Inessa le va a sacar la delantera a Volterra… quiere decirle a Lena, le pica la boca por decírselo, pero Volterra siempre se retracta. Iban a decirle en diciembre, que era parte del porqué habían venido, pero Volterra salió huyendo a Napoli.



—Bueno, entiendo que la situación involucre a los tres, y que la opinión de Volterra, en ese caso, también pesa bastante, pero llegará un momento en el que a Inessa no le importe en lo absoluto si él está de acuerdo o no, si está presente en el momento en el que se lo diga a Lena o no. Después de todo, no es él quien tiene que come clean, es ella.
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Nov 06, 2015 11:52 pm

—Eso lo sé yo, lo sabes tú, lo sabe Katya, lo sabemos todos menos Volterra. Y, así como Lena me dice, ella entiende que su mamá hizo algo que no necesariamente fue "malo", pero que estuvo mal hecho, y que entiende que su mamá siga sintiéndose mal por eso, porque Sergey no fue un papá amoroso, pero fue un buen papá en el sentido de que nunca le faltó nada y, todo lo que pedía, se lo daba, que quizás y Volterra le habría dado lo que Sergey no, y no le habría dado lo que Sergey sí. Ella dice que no puede culpar a su mamá por algo así, no por la decisión, porque ella también tuvo que tragarse a Sergey, y, dentro de todo, Lena adora a Katya aunque, el noventa por ciento del tiempo, tenga ganas de matarla. Ella no culpa a Inessa por eso, los resultados fueron compartidos, pero sí le pesa que no tenga el valor para decírselo, aunque hasta eso le respeta. Lo que no logra tragarse es el hecho de que Volterra la trate en esa zona gris, que sea un papá en el trabajo y un jefe en la vida civil, que se confunda de roles; después de todo, Volterra es su papá, que resulta ser su jefe, y es el jefe que resulta ser su papá: no puede separar las dos cosas.



—Y ahí está el error, no tiene por qué separarlo…



—Le emociona saber que tiene una hija, está orgulloso de quién es Lena, pero le queda la astilla de que no fue producto suyo sino de Sergey, que creo que es entonces cuando abusa de su ineptitud parental. Siempre que Lena hace algo mal, o algo malo para esa materia, Volterra anula la parte parental y abusa de su autoridad como jefe.



—¿Y Lena qué piensa al respecto?



—Dice que cuando hace algo mal, que es como si se lo atribuyera a Sergey automáticamente… y, sinceramente, comparto su teoría.



—¿En qué tipo de cosas pierde él el control?



—No es que pierda el control, porque eso se acabó en cuanto Lena le renunció el año pasado… pero, por ejemplo: el martes tuvimos reunión general, y Volterra, como todos los años, nos avisa de seminarios, talleres, que tenemos que renovar tales permisos o licencias para el comienzo del año fiscal. Resulta que, en junio, hay un taller de una semana en NYU sobre el minimalismo, y Volterra me preguntó si estaba interesada en hacerlo, que el Estudio lo iba a cubrir, lo mismo con Selvidge.



—Asumo que, por cómo me lo dices, no se lo ofreció a Lena.



—No —disintió—. Esperamos al final de la reunión para saber qué era eso de no ser equitativo… a que no sabes de qué se agarró.



—No puede ser falta de fondos… —Yulia sacudió la cabeza—. ¿Tiempo en el Estudio?



—No, no importa cuánto tiempo tengas de estar trabajando aquí, si hay un seminario, taller, o lo que sea, se lo ofreces a todos por igual; tengas diez años o una semana de estar aquí.



  —¿Lena tiene programado un proyecto para esas fechas?



—Tenemos que entregar "Patinker & Dawson" a finales de noviembre, no es algo que urge. Por lo demás, cero proyectos por el momento.



—Me rindo —levantó las manos.



—¿Te acuerdas de que te dije que le había dicho a Volterra que a Lena le gustaban más los muebles que la ambientación?



—Oh —rio—. ¿Lo tomó muy literal?



—Demasiado. Le dijo que, cuando hubiera algo sobre diseño o manufacturación de muebles, le avisaría… pero que, dadas las circunstancias de que no le gusta el diseño de interiores, que no vale la pena invertir en ella en esa area de especializacion.



—Me confundí —frunció su ceño—. ¿No le gusta el diseño de interiores o le gusta más lo que tenga que ver con muebles?







—No es que no le guste el diseño de interiores, porque sí le gusta; por algo lo estudió… pero, no logró entender que le gustaba más trabajar en muebles que en ambientación, que en ningún momento se empleó la palabra "odio" o alguno de sus sinónimos.







—¿Qué le dijo Lena? —le preguntó, pero Yulia sólo sacudió la cabeza ante la inhabilidad de poder hablar mientras bebía de su té frío—. ¿Qué le dijiste tú?







—Que una de las políticas del Estudio es el reparto equitativo de formación laboral; tú no sólo traes un brownie y lo arrojas al cielo para jugar a los Hunger Games de manera literal, traes suficientes brownies, mejor si hay para repetirse. En el caso de que el taller fuera de cupo limitado por Estudio, que entonces se iba a hacer como se ha hecho siempre con lo de arquitectura o ingeniería: se rifa el puesto. Me dijo que no iba a gastar en algo que a Lena no le interesaba, que eso era lo que yo le había dicho.







—O es porque es hombre o es porque es un poco tonto.







—Combinación mortal de las dos —rio—. Al final sólo le dije que su obligación, como jefe, era hacerlo equitativo, que si Lena se lo rechazaba era otra cosa.







—¿Se lo ofreció?







—Sí, pero Lena ya estaba un poco irritada… va a ir al taller conmigo, y con Selvidge.







—¿Qué clase de término es "irritada"? —resopló.







—No estaba enojada, estaba entre molesta, incómoda e indignada… me dijo que no entendía cómo podía él decidir por ella qué era lo que le gustaba y lo que no; después de todo, Volterra la contrató por ser diseñadora de interiores, no por ser diseñadora de muebles.







—Ése era el plus, y que es su hija.



—Sí, pero hablo de área de experiencia.



—El realmente carece de habilidades de crianza…



—No lo culpo. A veces trata a Lena como si tuviera tres años, a veces como si tuviera quince, a veces como si fueran contemporáneos… y, por supuesto, aunque diga que no es cierto, me considera la cuna de sus problemas.







—¿Por qué?







—Piensa que arruiné la humildad de Lena —se encogió entre hombros—. ¿Te parece que hice eso?



—¿Sinceramente?



—Por favor.







—Creo que Lena, cuando te conoció, lo único que llevaba en su equipaje eran inseguridades: físicas, emocionales, económicas, mentales, creativas, etc., etc., etc. Sí ha cambiado, pero no necesariamente para mal. Si hablamos del aspecto creativo, creo que se ha permitido salirse de su comfort zone, que ha aprendido de ti tanto como tú de ella; sean pequeñeces o ideas grandes. Si hablamos del aspecto emocional, creo que no hay mayor seguridad emocional que sentirte parte de un hogar… digo, sé lo suficiente como para saber que tiene una vida sexual bastante activa, que recibe mucho cariño de tu parte, y que se siente incluida y no como que está en la periferia. Si hablamos del aspecto físico… bueno, no ha acudido a ningún procedimiento estético, no porque le falte o le sobre algo, o porque no le guste algo, sino porque no la haces sentir insegura; tiene el mismo corte de cabello, con las mismas ondas que se enrollan en las puntas, no ha engordado ni adelgazado, simplemente ha dejado que el factor económico haga de las suyas. Cuando vino no tenía mucho, era nueva, no conocía la ciudad y me atrevería a decir que no se conocía ni a ella misma, quizás y estaba en una etapa en la que se estaba reinventando. Te conoce a ti, que cagas Benjamin Franklin y Barroco y Rococó, y su reacción es compararse, y eso es algo que no se hace porque entonces sí crees que eres menos o que vales menos cuando en realidad es algo que se reduce a una cuestión monetaria, pero eso es algo que adquiere el ser humano como si fuera deporte. Tú no llevas una vida como la de mis papás, o como la mía, dentro de todo eres más de bajo perfil, no tienes chofer porque crees en el transporte amarillo, y sabes que, de necesitar que te lleven, Hugh lo hace encantado de la vida o porque yo le diga. Contigo Lena conoce algo que se llama "calidad de vida", quizás en el sentido estético: mani y pedi, un buen corte de cabello, productos adecuados para la piel y el cabello, etc. No es que tú hayas cambiado su forma de expresarse, porque no lo has hecho; Lena habla de la misma manera, se mueve de la misma manera, quizás a puerta cerrada se suelte más, y es normal, pero sigue siendo la misma. Lo que sí cambiaste es algo que nota cualquier mujer o cualquier hombre interesado en dicha mujer: la ropa. No es que cambiaste su forma de vestir, aunque quizás, con hacerle saber lo hermosa que es para ti, le subiste l’estime de soi y conseguiste que, de vez en cuando, mostrara piernas bajo vestido para venir a trabajar, pero todavía no usa faldas o vestidos sólo porque sí; tiene que tener una buena razón, tan buena como una reunión importante. El estilo lo sigue conservando, básicamente lo único que hiciste fue cambiar Nine West por Christian Louboutin, Banana Republic por Dolce & Gabbana, Victoria’s Secret por La Perla o Kiki de Montparnasse, un reloj Armani por un Rolex, aretes Tiffany para el día a día… y, claro, quizás tú le compres muchas cosas, pero porque está en tu naturaleza de compradora compulsiva y porque te fascina gastar en Lena, más cuando sabes que la misma camisa desmangada, que pudo haber comprado en Gap, la viste ahora de Ralph Lauren y que le hace justicia a las curvas que tiene o que necesitan ser resaltadas para tu propio deleite, o que el algodón fue cambiado por la celestial cachemira, y que las sábanas de algodón ahora son de ciento catorce hebras de algodón egipcio. La vida es mucho más fácil cuando tú consigues ser mimada y atendida.



—Claro, ¿a quién no le gusta la comodidad de la ropa que está diseñada para ser incómoda? Volterra lo ve como algo superficial, algo muy materialista y no en el sentido filosófico de la palabra…



—El hombre no tiene gusto en la moda en lo absoluto —rio—. Viste igual todo el tiempo; su paleta de colores es sólo en el torso: camisas celestes, blancas, azules o rojas… todas sólidas. Y luego la chaqueta casual que se arroja: gris, azul oscuro o algún tono de café/beige.



—Todavía, no sé cómo puede criticarme si sus jeans son Armani y sus zapatos Ferragamo… —dijo, indignada y como si fuera su excusa o su pieza central de defensa.







—En dado caso no es que arruinaste a Lena… sólo la hiciste feliz —sonrió—. Y viceversa. Nunca te vi querer tanto a alguien, y no sólo en el sentido físico que pasa por "deseo sexual", sino también en el sentido emocional.



 



—Me hace feliz, y si me hace feliz sólo puedo corresponderle con cariño, con mucho cariño.



—Tú la adoras…



—En todo sentido… literalmente caigo de rodillas, así como tú dijiste.



—Eso es amor, Darling.



—Y me gusta —sonrió.



—Hablando de que te gusta… hablemos de lo que te gustaría, ¿sí?



—No entendí, pero sí.



—¿Quieres votos, quieres ir al grano, qué quieres?



—Me gustaría decir algo significativo… sean votos, o lo que sea.



—¿Quieres hacer que tu mamá y tu suegra lloren?



—Mi mamá está difícil que llore, pero supongo que sí; algo conmovedor pero no ridículo.



—Bien. ¿Quieres primer baile?



—Siempre he creído que el primer baile es algo demasiado "cheesy"… sin ofender —rio—. De igual forma no sería el primer baile que tengo con Lena.



—Pero sí sería el primer baile que tendrías con tu esposa —rio.



—Oh, cállate —sacudió su cabeza—. Un papel sólo la hace mi esposa ante la ley… además, tendrías que emborracharme al extremo como para quitarme la vergüenza. Prefiero hacer mi versión de Dirty Dancing literal en la privacidad que me corresponde —guiñó su ojo.



—Oh, vamos! —le lanzó esa mirada que era potencial latigazo—. Vas a compartir uno de los momentos más importantes de tu vida con nosotros, que también podría compartir un primer baile.







—Quiero algo convencional sólo para hacerla sentir normal, pero no quiero que se sienta igual que el resto.



—O me tienes demasiada fe… o me tomas por medio-idiota.



—Disculpa? —ensanchó la mirada.







—¿Cómo esperas que crea que Lena no se siente "normal" o que no es feliz siendo quien es, con los gustos y preferencias que le nacen por naturaleza?







—Yo no dije que no era feliz; sólo hice la distinción entre ser "uno del montón" o ser parte de la diferenciación, así como sucede con las células: tienes una célula madre y le pones "A", "C", "D", "Q" y "R" características, las cuales resultan siendo glóbulos rojos, pero, si le pones "A", "B", "C", "D" y "Q", eso resulta siendo una neurona... o algo así, no terminé de leer el artículo —se encogió entre hombros.







—¿Puedes dejar de hablar mierda y hablar en algún idioma que yo entienda? Digo, tú sabes que soy un poco idiota por naturaleza.







—Bueno, mi querida medio-idiota-y-mejor-amiga —sonrió burlonamente—. El hecho de que aceptes tus preferencias no necesariamente significa que te sientes cómoda con ellas en el ojo público.



—Como soy medio-idiota, tengo que saber si hablamos de Lena o si hablamos de ti.



—Ella merece tener una vida—entrecerró sus ojos—. Es una combinación óptima, corregida y aumentada, de "ethos", "moralidad" y "ética".



  —Un poco Socrática.







—Más Aristotélica que Socrática, en realidad… aunque la parte Aristotélica viene más en la retórica y en la oratoria si no me equivoco.



—La filosofía y yo nos llevamos tan bien como Segrate contigo… logré sacudirme las dos filosofías en la universidad.



—O sea…



—Nada. Explícame —rio—. Pero explícame de una manera en la que entienda.







—"Ethos" es un estilo de vida que es subjetivo porque fue invención de un grupo, una sociedad, una cultura, etc. Básicamente es un… "lo que es". "Moralidad", ah, es un término que me encanta —sonrió—. No hay tal cosa como la inmoralidad; lo que es inmoral para ti es moral para otra persona —le explicó antes de que le preguntara el por qué—. Es lo que es aceptado, lo que es aplicable porque es una convicción básica para el funcionamiento de una sociedad. Son normas que ahora, en su mayoría, son leyes… y no necesariamente "inmoral" y "no moral" son sinónimos. Y luego tienes a la "ética", lo que, en otras palabras, debería pronunciarse como "lo que debería ser" para que todos vivamos felices con unicornios y arcoíris, y gocemos de justicia total.







—Dime algo, ¿esto tiene algo que ver con tu boda o sólo es para sacarme una tangente? —ladeó su cabeza.







—Tengo dos teorías, y digo dos puntos: tu suegra nubla tu coeficiente intelectual, o la falta de sexo ha hecho que tu cerebro no respire inteligencia.



  —Como dije: estoy medio-idiota.



—Está bien… –suspiró—. Yo evolucioné.



—¿Qué evolucionaste?



—Yo quiero tener lo que toda la gente tiene.



  —Eso se llama "permiso" —rio—. Permiso social, legal, parental, sexual, todo lo que crees que no necesitas.







—No —sacudió su cabeza—. Yo no necesito tener permiso, pero no está mal si lo tengo.  



—Por favor, ilumíname.







—Empecé avergonzándome hasta de las pestañas por lo que estaba pasando con Lena; Dios no quisiera que alguien se enterara de que me estaba acostando con una mujer, mucho menos que me tenía totalmente imbécil. El término "noviazgo" me daba escalofríos, y me refiero a lo "moral" —dijo, haciendo las comillas aéreas para resaltar la subjetividad del último—. Lena me dio la seguridad y la comodidad de hacerme saber y entender que eso era entre ella y yo, que no tenía que ser público y que eso ella me lo respetaba hasta el punto de que no le importaba si era o no público. Está muy claro que yo quiero poder referirme a Lena como "mi esposa", pero es parte por sentido egoísta y de cruda posesión, sana posesión debo decir, y parte porque se merece el lugar real que tiene en mi vida; no me basta con que la gente sepa que es mi compañera de vivienda, o que es mi compañera de trabajo, o la mujer que invadió mi oficina, no me basta en lo absoluto: ella se merece algo mejor. Lo mejor que me pudo pasar fue el episodio del taller, ese por el que Volterra personificó a Satanás… desde entonces, realmente no me importa un carajo más: quiero poder entrar y salir de este Estudio con ella de la mano, no sólo caminando lado a lado, quiero que, cuando me llame a que vea un diseño en su monitor, yo pueda acercarme por un costado y darle un beso, o poder abrazarla por la cintura cuando esté trabajando en la caja de luz. Con esto no quiero decir que no lo hago, o que me rechace o que me detenga esos gestos, pero siempre existe ese "estamos en la oficina" que siento que le quita las ganas de todo.



—¿Y pretendes que, con casarte, esa frase se le quite?







—No, pretendo que, estando frente al público que me interesa, Lena pueda anular la parte de la "moralidad"… eso es todo el punto de que ; de a quiénes hemos invitado.



—Sigo procesando…







—Yo quiero casarme con ella, eso es lo que yo quiero, con eso me basta… pero es más gratificante saber que puede "break-free"… así sea que estemos aquí y con la puerta abierta o cerrada, o que estemos en el pasillo o en la sala de impresiones, nada que incomode o que le falte el respeto a los demás… o que las hormonas no sepan liberar con una mano en la boca para callar. Así sea que estemos con Marie, James y Thomas, o que estemos con Inessa y Katya, o con mi mamá y Bruno, o con tus papás, aun con Volterra. Ella se merece su comodidad de actuar con la misma libertad que los demás…



—Contenerse, no frenarse —murmuró.



—¡Exacto!







—Interesante abordaje de la situación; lógico y bien pensado debo decir.



—¿Pero?



  —No es el tema con el que empezamos —rio.



—No, todo empezó por el primer baile…



—Quieres algo convencional para hacerla sentir normal y cómoda entre un selecto grupo de personas, pero no quieres que sea ordinaria.



—Oficialmente te anulo el "medio" del "medio-idiota".







—Qué linda —rio nasalmente—. Pero, como sea… estás medio-convencional.







—¿Sabes qué fue lo primero que me dijo cuando se lo propuse?







—Asumo que te refieres a algo sumamente irrelevante como para que sea relevante. —Yulia asintió—. Entonces no, no sé… o quizás sí sé y no me acuerdo.







—"Nada de vestidos blancos, ni velos, ni marchas nupciales, ni nada de eso".







—Pero estás teniendo votos.







—Tú no tuviste votos en tu boda civil porque te los leyó el abogado —rio.







—Cierto.







—Además, no pretendo sólo pararme en frente de todos a ser víctima de las leyes, y de un abogado que hable mierda por quince minutos.







—Abogada, mujer —la corrigió—. Y no hablará mierda, de eso me encargo yo… y te daré el "dinamismo" que quieres.







—Gracias.



—¿Brindis?







—¿No habíamos tenido ya esta conversación? —frunció Yulia su ceño.







—Rompiste mi esquema —sacó su lengua—. No quieres primer baile, no quieres cortar el pastel, quieres votos…



—Brindis… que lo haga quien quiera.







—¿Qué tal si lo haces tú?



—¡No! —sacudió su cabeza entre una risa—. Que lo haga alguien más, no me interesa quién, pero que sea corto.







—Bien. Entonces, si no quieres primer baile, no quieres cortar el pastel… ¿qué quieres en su lugar?







—No lo sé, nunca me he casado —sonrió—. Y tampoco me han invitado a tantas bodas.







—Piensa en el concepto de tu boda, en el principio.







—Como dije, si por Lena fuera… nos fugaramos. Sólo quiero que se sienta cómoda.







—¿Qué la hace sentir cómoda? ¿Qué la relaja? —Yulia sólo lanzó una carcajada que atrapó entre sus dedos, una carcajada más abdominal de exhalación nasal continua que era de ojos cerrados y cejas elevadas—. Y "comer clítoris" no es a lo que me refiero —dijo en cuanto se dio cuenta de lo que recién implicaba con sus preguntas.







—Yo no dije nada —levantó ambas manos para sacudirse el inequívoco mea culpa mental.







—No, yo lo dije.







—Eso es porque tú sabes lo que la relaja… porque es lo mismo que me relaja a mí, y que te relaja a ti, y que relaja a cualquier mujer que no tenga tendencias conservadoras.







—Creería que las conversadoras son más salvajes en la cama…







—"Conversadoras" no. Con-ser-va-doras —rio, claramente ante la burla de la dislexia verbal de la que sufría su mejor amiga desde siempre.







—Ése no es el punto —rio, burlándose de sí misma de una muy sana manera—. Sólo dime qué podríamos hacer para que Lena se sienta cómoda —dijo, dejando fuera cualquier término que implicara "relajación".







—Es una buena pregunta, lo admito. ¿Qué te hace sentir cómoda a ti?







—¿Cómoda o bien?







—Relajada —sonrió, atrapando su labio inferior entre sus dientes para frenar su risa.



—Una cobija Matouk, una copa de vino tinto, Ben & Jerry’s Peach Cobbler o Blueberry Vanilla Graham, "Pearl Harbor" o "Bossa Nova", tentativamente en un abrazo de Phillip.







—¿"Bossa Nova"?



—Sí, la de Pedro Paulo.



—Ah —resopló—. Bueno, me parece muy bonita tu idea de "relajación", pero no creo que eso se pueda hacer a media boda.



—¿Qué te relaja a ti? Y tiene que ser algo que no sea Lena, o que no tenga que ver con Lena.







—Lo que sea que tenga que ver con mi casa…







—¿Tu mamá? —sonrió un tanto conmovida.



—Seguro… —se sonrojó.



—¿Algún ritual?







—Puede decirse que sí —asintió, aunque tambaleó su cabeza de lado a lado en un "más o menos" al mismo tiempo—. Mi mamá, aparte de beber un capuccino por la mañana y uno por la tarde, no es quien compra bolsas de té… creo que, para ella, ir a una tea store es como cuando yo voy a una papelería: podría irme a la quiebra; todo me gusta, todo es perfecto. Mantiene las cajas de aluminio de "n" cantidad de olores y sabores. A veces, cuando no podía dormir, nos quedábamos en la cocina hablando sobre cualquier cosa y fue así como se me hizo costumbre tomar té… que la mezcla de vainilla y durazno fue simplemente porque me gustaban los dos olores, y resultó ser algo que me gustó.







—Té es agua amarga.







—Y el café también —sonrió—. Y así te lo sigues tragando.



—Touché.



—El punto es que eso me relajaba; me podía hacer dormir, me podía despejar la mente para seguir estudiando, o simplemente una distracción por tener algo en la boca. Junto al té, en mi casa siempre había Cannoli; los que tenían chocolate y que eran de mi hermana y de mi mamá, y los que no tenían, y que tampoco tenían azúcar glas, esos eran los míos.



—Así… andabas con tu madre?



—Sí… pero, a veces, eso no me era suficiente y me iba a su habitación, me metía en su cama y… bueno, cuando ella ya se dormía, yo me levantaba y me iba a la mía. Pero era relajante.







—Hazla sentir como en casa… pero como una casa-hogar.



—¿Grecia?



—Inessa y Katya vienen, todos los que vienen son de Roma; es como que traigas Roma a tu boda. Trae lo que no viene.







—¿Grecia? —repitió.







—No estoy segura qué costumbres tienen en Grecia, o qué cosas son las que a Lena la hacen sentir en casa… digo, en esa época nostálgica que todos tenemos.







—Lena dice que no hay nada que la haga sentir tan en casa como el Ouzo.







—¿Qué hay de tradiciones?







—Creo que se quiebra un plato a la entrada de la casa para empezar de nuevo, con vajilla nueva, y, el número de pedazos rotos, es el número de años que se supone que dura tu matrimonio.







—Algo judío.



—No tengo idea de cómo funcionan ellos, vengo de una extensa ascendencia de católicos, algunos ortodoxos o dos veces cristianos…







—¿Por qué no quiebras platos? Digo, estarías convirtiendo mis fantasías en realidad —rio.







—Se te olvida que no voy a ir a mi casa ese día.



—Sí, sí… ese día no vas a caminar ni quinientos metros para poder hacerle el amor a tu esposa.







—Y es por eso que no puedo quebrar el plato a la entrada de mi casa.







—No lo quiebres en tu casa, quiébralo como para consumarlo todo… Opa! —resopló—. Quebrar un plato tiene que relajar a cualquiera; no todos los días te regalan esa oportunidad.







—Muy cierto, pero eso no es algo que Lena ha vivido.



—El Ouzo lo ponemos como trigger de "Opa!".



  —No suena mal…



—¿Pero?



—No, ningún "pero".



—Vamos, Yul… yo conozco ese tono. Si es por Volterra… que se lo meta por el…



—No, no, no es eso… es sólo que siento que falta algo.







—¿Algo como el primer baile? —rio.



—Sorpresivamente: sí.



—Voy a ver "Mi Gran Boda Griega" y veré qué se me ocurre— se carcajeó, y, entre su risa contagiosa, comenzó a tararear aquella distinguida y distintiva canción que era más himno que el himno.



—Eres una puta genio! —exclamó.







—Eso lo sé… pero, ¿por qué soy un genio? —resopló, todavía con la resaca de la carcajada.



—Mýkonos, ¿no te acuerdas?



—Hubo comida, playa, Santorini, "la mentira", tus celos y Dima de mierda… un enojo fugaz…



—¿No te acuerdas que Lena le intentó enseñar a Phillip cómo-se-llamaba-esa-canción?



—¿Estaba ebria?



—¿Tú o Lena?



—Las dos —se encogió entre hombros.



—Fue precisamente después de las dos botellas de Ouzo, que nosotras dos estábamos en la piscina y Lena pretendió enseñarle.



—Riiiight… —rio, no acordándose—. Debo haber estado martillada.



—Tomando en cuenta la resaca que soportamos… sí.  



—Fuck… esta sería una tarde de sol, playa y caipirinhas de no ser por tus jefes…



—Ni me lo acuerdes —sacudió su cabeza—. Pero tenemos vacaciones pendientes juntos.



—Totalmente. Pero, volviendo al tema del baile… ¿por qué no bailas eso con Lena?



 



—Ya te dije que yo sola no, necesito que la vergüenza se reparta entre más personas o que me emborraches muy rápido.







—¿Sabes cómo se baila?



—Le puedo preguntar a Lena.







—Si le dices no tiene gracia… ridiculiza el momento para aflojarlo un poco —sonrió—. Hazla reír, haz que se le olvide que es una ceremonia que pretende ser seria.







—Eso nos deja a YouTube, entonces.



—Para eso mejor le preguntas a Lena.



—O a Katya —sonrió—. Le podría preguntar hasta a Inessa. Ellas deben saber.







—Déjame marinar bien la idea, ¿te parece?



—Sólo prométeme que no voy a ser yo sola bailándole a Lena; para eso mejor le hago un striptease… que es de la única manera en la que le bailo en frente.







—Déjamelo a mí, yo lo arreglaré todo para que no seas tú sola, ¿de acuerdo?
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Nov 06, 2015 11:56 pm

*











 



—Lena… —se acercó Volterra con aquella misma pesadez e inquietud que le provocaba su ineptitud parental de la que Yulia tanto se quejaba de manera mental, o verbal si era con Natasha.



—Alessandro… —sonrió diplomáticamente, haciendo que la incomodidad de la mesa se esparciera a velocidad exponencial.



—¿Me prestas a tu esposa un momento? —preguntó, tragando gruesamente ante el término "esposa" pero logrando sonreír.  



—Ella goza de libre albedrío —sonrió, ahora con cinismo.



—Perfecto —repuso, volviéndose hacia Yulia con una sonrisa que implicaba una obligación—. Cinco minutos, nada más —dijo, tendiéndole la mano a la de vestido negro.



—Alessandro… —resopló casi inaudiblemente, imitando a Lena, más por una ridiculización que por una sonrisa de agradable compañía—. ¿Qué puede ser tan urgente que me has sacado de mi octavo Martini, o de mi sexto vaso de Grey Goose, o de mi cuarta copa de champán? —sonrió, estando demasiado sobria como para lo que alegaba haber bebido.



—Cualquiera diría que tu objetivo es embriagarte —resopló, tomándola por el brazo con el suyo—. O que realmente estás contando lo que bebes.



—En realidad, Arquitecto… —frunció su ceño, y no por el comentario sino porque se dirigían a donde a Yulia no le gustaba estar ni "prácticamente" a solas—. Ya perdí la cuenta… yo sólo bebo sin parar.



—Como dije, cualquiera diría que estás intentando embriagarte… y de forma exhaustiva —sonrió, volviéndose a ella y tomándola sutilmente con su mano por la cintura hasta envolverla por la espalda con su mano y su brazo.



—Cualquiera diría eso, sí… supongo —suspiró.



—¿Arrepentida de firmar un papel? —bromeó.



—Eres cualquiera —sacudió su cabeza—. ¿Hoy qué te picó? —entrecerró sus ojos, dándole su mano en la suya—. ¿Qué hice para que te hayas amargado?



—Tú le dijiste a Lena, ¿verdad?



—Sabes, detesto bailar sola…



—Por eso bailas conmigo —sonrió.



—Lo que sea… —suspiró.



—¿Tú le dijiste a Lena?



—Te di mi palabra de que no le diría.



—La palabra valía algo en la Edad Media, y creo que ya no estamos en la Edad Media desde hace demasiado tiempo…



—Oh, me odias —rio—. Te la robé.



—Todo lo que quiero saber es si le dijiste o no.



    —Como no estamos en la Edad Media, no importa lo que te diga…



—No importa si le dijiste o no, sólo quiero saber si le dijiste o no.



—Verás, Alessandro… eso de que era "la única" que sabía no es cierto. Katya sabía, los Noltenius sabían, Belinda sabía, Nicole y Rebecca sabían, Gaby sabía… y, sobre todo, Lena sabía.



—¿Cómo podía saberlo si no es porque se lo dijiste?



—Es el secreto peor guardado de la historia, aparte de la existencia de los extraterrestres —rio—. En realidad, creo que tú le dijiste… pero no me acuerdo —sonrió—. Tu hija… mmm… me gusta más como suena "mi esposa" —levantó su ceja derecha—. Mi esposa no es nada tonta, deberías estar orgulloso. Se fue por la línea de la genética, empezando por la alergía al maní. No tiene ni un pelo de Sergeevich, ni siquiera el apellido. ¿Por qué te molesta tanto que sepa que es tu hija? Digo, ¿no deberías estar orgulloso de haber contribuido a la concepción de la octava maravilla? —resopló un tanto confundida, aunque quizás sí era el alcohol el que empezaba a hablar, pero, por muy sorprendente que su suelta lengua fuera, tenía sentido.



—Debido a que, en efecto, soy quien concibió a tu "octava maravilla", soy su papá y tenía derecho a decirle.



—El antónimo de "derecho" es "deber", ¿sabes? —sonrió—. Si no cumples tus deberes, no puedes reclamar tus derechos.



—¿Alguna vez has considerado un lugar en la política? Porque suenas exactamente como de alguna comisión del Senado, algo pro Familia o pro Educación.



—Mmm... me gusta más ladrar órdenes—sonrió—. Prefiero estar en la cúspide administrativa de una fuerza que se llama "partido político", quizás la Secretaría estaría bien. Irónico, ¿no crees? —guiñó su ojo.



—Parece ser que la ironía se me perdió en el camino —frunció su ceño.



—Primera etapa de la ironía: Política. Segunda etapa de la ironía: Secretaría de algún partido político. Tercera etapa de la ironía: tu némesis es el Secretario del Panellínio Sosialistikó Kínima, mejor conocido como "PASOK" o "Movimiento Socialista Panhelénico". Cuarta etapa de la ironía: Sófocles y su Edipo —guiñó su ojo, y lo hizo de la manera más hiriente que conocía por el simple hecho de estar cansada del tema de la paternidad, de lo correcto o lo incorrecto, de la verdad o de la mentira, y se cansó de que dudara de ella, y de que la criticara silenciosamente—. Totalmente irónico.



—¿Desde hace cuánto querías decirme eso? —rio, intentando no mostrar la herida que sabía que se merecía.



  —Uh… —frunció sus labios, siendo alejada y a halada en un giro sutil—. Desde que supe que eras su papá,  aunque, en realidad, me pica la boca desde que te tardaste muy poco en intimidarme a mi o a ella.



Intimidar? —rio nasalmente, totalmente indignado y asombrado.



—No me digas que Lena renunció porque tenías una cara bonita —le devolvió la risa.



—Eso no fue bullying, eso fue procedimiento estandar para cuando mis empleados deciden hacer una película pornográfica en el trabajo.



—Cierto… —asintió escéptica pero graciosamente—. Pero, lo que sí es cierto, y muy neutral en lo que a las ironías y sarcasmos se refiere, es que Lena ya sabía… y, el hecho de que, a pesar de que te lo dijo hace unos momentos y no has podido reaccionar… es una lástima; no está enojada, simplemente decidió ser la persona más adulta y madura e incluir a su papá en una fotografía que inmortalizaría uno de los días más especiales de su vida, ¿o pretendías estar ausente el día de su boda?



—Mi actitud… eso es solo desinteresado.



—Creo que en realidad sería "egoísta"



—Tomato-Tomatoe…



—Tú no le dijiste nada porque tenías miedo, sino pánico, de que reaccionara mal y que "la perdieras antes de tenerla"… eso es ser egoísta, no desinteresado, ni altruista, ni autosacrificio, mucho menos caridad. No pensaste en lo que a Lena realmente le importa. Pero de nuevo… eso es porque, dentro de todo, no la conoces más allá de sólo lo que quieres ver.



—¿Te provoca algún placer este tipo de bullying que me estás haciendo? —frunció su ceño.



Tal para cual, porque, hasta donde sé, sigues siendo mi jefe y no mi suegro.



—Con la diferencia de que yo te respeto.



—Dudas de mi palabra, me acusas de haber faltado a mi palabra, me señalas con el dedo por cualquier cosa que salga mal entre tú y Lena, pero de lo bueno nada, lo bueno es tu éxito, y, por si fuera poco, te robas a mi esposa, que es tu hija, que su boda no es nada sino pretenciosa, pomposa, opulenta, "over the top".



—¿Ella te lo dijo? —exhaló, quedando boquiabierto.



—No tuvo que decírmelo. Sé leer labios… maña de sobreprotección que desarrollé desde que conocí a Lena… siempre la estoy cuidando, así sea que tenga "n" cantidad de metros entre ella y yo; yo siempre estoy ahí, yo siempre me entero.



—No era mi intención ofenderla, u ofenderte, simplemente no sabía qué decir.



—¿Qué tal una confirmación de paternidad? —preguntó, encogiéndose entre hombros en esa incómoda posición que hacía que su brazo se aburriera—. Lena ya lo sabe, no está enojada… ¿qué tan difícil es aceptarlo?



—No sé cómo ser un papá.







—Nadie tiene un manual… pero pierdes más jugando a ser papá que cuando no sabes cómo ser uno. Sólo dale un abrazo, y empieza de ese punto. Un papá no sabe todo, no necesita ni quiere saber todo, y tú sabes demasiado.







—Sé demasiado sólo porque ustedes se encargaron de hacerlo público.



  —Sabes demasiado porque la curiosidad es tu peor enemiga, quizás tu castigo también —rio—. En el momento en el que la ropa empieza a desaparecer es el momento en el que dejas de ver, y eso es por salud mental; está mal ver a tu hija en esas "actividades recreacionales".







—Realmente te da placer restregarme esas cosas en la cara, ¿no?



  —¿Esto…placer? —rio—. No —sacudió la cabeza y se acercó más a él para acercar su mejilla derecha a la suya—. Pero, como eres curioso y quieres y necesitas saberlo todo, el placer viene luego, e involucra a tu hija y a la superficie, ritmo y cantidad de su elección—sonrió amplia y cruelmente entre el susurro que envolvía su oído, y regresó a la posición recta y erguida que había aprendido por cuestiones del destino—. Ups… ¿demasiado cruda la imagen? —se burló ante el hundimiento anímico de su postura.



—Sé que lo disfrutas, y probablemente me lo merezco.



—Probablemente —entrecerró sus ojos, dándose cuenta de que, en realidad, bailaban algo totalmente inapropiado y sólo porque era una canción que debería estar bailando con Lena; "You Go To My Head".



—Cambiando el tema, porque se nos ha salido de las manos y ya se volvió un poco ofensivo —murmuró con una sonrisa de "aquí no ha pasado nada", pues era lo más inteligente por hacer—. ¿Ya te dije que te ves muy guapa?







—Nunca está mal repetirlo —guiñó su ojo.



—Te ves muy, muy guapa —repitió, sólo para alimentar su Ego y su feminidad.



—¿Digna de tu hija?



—No lo sabría —rio—. Tendría que verte recién despierta y sin maquillaje, con el cabello en calidad de melena… hay a mujeres a quienes una ducha y el maquillaje las transforma demasiado.



—No quiero saber con qué gárgolas te has despertado al lado —rio, devolviéndole la suave patada visual y mental.



—Con Inessa y con Patricia —sonrió.



—Sin comentarios —sacudió su cabeza, pues a Patricia nunca la conoció y siempre le había parecido una mujer promedio, y, en lo que a Inessa se refería, prefería no imaginarse nada por su propia salud mental al ser demasiado-casi-igual a su ahora esposa—. ¿Sabes quién se ve muy guapa, también?



—Lena.



  —No —susurró—. Ella se superó.



—Sí, su vestido rojo le sienta muy bien —rio sarcásticamente.



—Aparentemente ese vestido tuvo un altercado con un par de tijeras, y una mancha de mostaza de McDonald’s —entrecerró sus ojos—. No tuve nada que ver con eso.



Dashing.



—No. "Mesmerizing" —lo corrigió—. Pero no me refería a ella, sino a Inessa.



—Ah, sí… guapísima —asintió, pues estaba demasiado de acuerdo.



—Habiendo aclarado eso, quiero decirte que sé que es un hecho que estuviste con ella el miércoles por la tarde, y por la noche, y que llegó muchísimo después que Katya a la habitación… en la madrugada —sonrió.



—¿Quieres saber por qué llegó tan tarde?



  —"Temprano" —lo corrigió—. Y no voy a aceptar una excusa como "le quería enseñar la vista del atardecer que tengo".







—¿Por qué no si eso fue?



—¿De verdad quieres saber? —levantó su ceja derecha.



—No es una excusa, es una inocente verdad. Así que, sí, sí quiero saber.



—¿Estás seguro?



—Tengo oídos de acero; me declaro inmortal e invulnerable a tus comentarios.



—Mmm… "la vista" fue la excusa que usé, y que no necesitaba, para que Lena subiera a mi apartamento la primera vez que nos acostamos —sonrió, y sonrió más amplio en cuanto Volterra sí se vio afectado por el comentario—. Uy, ¿demasiado crudo otra vez?



—Yo no utilicé mi vista para meterme en los pantalones de una Katina —rio.



—¿Tu vista? —resopló—. La de tu Condo quizás.



—Sólo la invité a cenar, unas copas de vino blanco, y mucha plática directa sobre muchas banalidades y vanidades, y se nos pasó el tiempo… además, no es como que vivo tan lejos de este hotel; la dejé exactamente en la puerta de su habitación. Y, por si esa no fuera explicación suficiente, pedimos comida de Nino’s y nada más; acuérdate que no tengo ni muebles ni nada allí —sonrió.







—Y es bueno saberlo… se me olvida que ya no estás en edad de hacer deporte sobre el suelo —rio—. Y, para una futura referencia: los pantalones se quitan, no te metes en ellos —guiñó su ojo.



Boca inteligente.



—Eso lo soy —repuso.



—Len —la llamó Phillip con un susurro a su oído—. ¿Bailas conmigo? —le tendió la mano por un costado, y Lena se la tomó mientras veía la aprobación de Natasha, aprobación que era parte de un plan que estaba diseñado para ser satisfactorio para ella, y para el resto—. Tu esposa debe estar sufriendo de la vergüenza —rio.



—Tiene que estar acribillando a Alec en compensación —sonrió, viendo de reojo a Larissa que le tomaba la mano a Bruno mientras él simplemente observaba la escena cual antropólogo social ejerciendo el etic, y que Inessa y Larissa reían infaliblemente con Romeo y Margaret entre las copas de champán que predominaban en la mesa, pues el Dirty Martini, con dos aceitunas, que Larissa bebía era la excepción.



—¿Qué dices si empezamos la fiesta? —la miró con esos ojos coquetos mientras la tomaba de esa amable y fraternal manera para bailar, para bailar medio-en-pareja; juntos pero con cierta distancia que se acortaría por la confianza y el respeto que se tenían.



—Oh, what the fuck —rio, dándose por vencida con la rectitud de su aparente actitud, y se sumergió en esas notas que sólo implicaban el acid jazz que Phillip le había contagiado



—No hace falta decir que me alegro por ustedes dos —sonrió Phillip, que su rostro se iluminaba con una sonrisa ante el comienzo de la canción, canción que le acordaba a sus comienzos con Natasha en Bungalow 8 cuando todavía existía como tal. Era su género musical favorito, si es que podía contar como género.



—No hace falta decir que yo también —rio Lena, tomándolo de las manos para improvisar así como sólo ellos dos sabían hacerlo para la envidia de sus respectivos cónyuges—. Dime que tuviste algo que ver con la música, porque, hasta el momento, he escuchado varias canciones de nuestra playlist compartida sólo que en vivo —rio de nuevo.



—ES nuestra playlist compartida, pero en vivo —guiñó su ojo, empujándola y tirándola de sus manos para luego darle una suave vuelta—. Se de gente que conoce a gente



—Buena gente util,tengo que decir —resopló, notando que, ante el contagio aparente, James y Marie se unían a ellos, pero todavía alejados de Yulia y Volterra, quienes, para ellos, seguían hablando de algo importante y personal, pero era justo en el momento en el que Yulia cedía a la guerra de quién tenía la capacidad de hacer más feliz a sus respectivas Katinas—. ¿Qué piensas de Luca? —le preguntó a su oído por la casualidad misericordiosa de la posición en la que estaban.



  —No me cae bien —dijo indiferente, no porque le fuera indiferente, porque no lo era; sólo quería golpearlo por imprudente e irrespetuoso, y por ser la verdadera definición de "persona non grata"—. ¿Y tú?



—A mí tampoco, se le notan las ganas que tiene de propasarse.



—¿Ganas? Pero si eso ha hecho todo el rato —ensanchó la mirada.



—No me gusta que asocie cualquier cosa sexual con Yulia —agachó sus verdegrises ojos para medir la distancia que había entre ambos pares de pies—. No tenía que verlo a los ojos para saber que lo disfrutaba.



—¿Estás bien?



—Sólo estoy enojada… mi esposa no es un juguete para obtenerse… en dado caso es mi dildo personal, no su muñeca inflable ni su playmate del año —sacudió su cabeza, intentando sacudirse la ofensa y la indignación también.



—El no va a durar una mierda en su vida; si no estuvo por tantos años, ¿cómo pretendes que se quede?



—Yo no pretendo que se quede, si Yulia quiere que se quede, se va a quedar… la conocí sin él, y no le hacía falta.



—Si no le hacía falta…



—No significa que le va a sobrar, pero sí significa que a mí sí —se encogió entre hombros, y en eso le di la razón.



—Agresiva, me gusta —estuvo él de acuerdo conmigo.



—¿Alguna vez te has enamorado de esa manera tan estúpida que no se te olvida que estás enamorado de esa persona?



—Sí. Y me casé con ella —sonrió.



—Es lo mismo, sólo que él no se casó con ella… y es algo que nunca se te quita, es algo que te pica toda tu vida. Ejemplo: mi mamá. Corroboración: el pervertido ese. Él no es mi amigo, y no va a ser mi amigo.



—¿Por qué no?



—No puedo ser amiga de alguien que desvista a mi esposa con la mirada cada vez que la vea. Se merece integridad y respeto. Y yo también.



—Len, tú que conoces a Yulia… ¿tú crees que lo va a dejar entrar?



—Quizás sí, no lo sé —se encogió entre hombros—, parece que así de pesado "bromeaban" todo el tiempo.



—Al principio van a ser muy unidos, luego se van a separar porque así es la naturaleza de esa relación… eso más el factor de perversión.



—Sólo espero que no diga más estupideces… o que Yulia le dé la bitch slap que se merece.



—Si se mete contigo se la dará, si se mete con ella no; buena fe y beneficio de la duda. Mírale el lado bueno, nos enteramos de que se disfrazó de Sophia Loren.



—Buen punto —sonrió, notando que Thomas llegaba con Katya, lo que significaba que Natasha estaba con el indeseable en la mesa, que sólo tuvo que ver hacia la mesa para darse cuenta de cómo él veía a Yulia, quien le agradecía a Volterra por el baile, parte guerra y parte guerra pasiva, y se ponía de pie para robársela en cuanto se acercara.



 









*









 



Estaba sentada en el sillón de la habitación; espalda recta, pierna izquierda sobre la derecha, pie izquierdo inquieto de arriba hacia abajo con efecto de rebote corto, manos deteniendo ligeramente la última edición de Vogue.



Odiaba que Rihanna estuviera en la portada de marzo, quizás por eso no había tenido el valor de siquiera abrirla; no era nada personal a pesar de que sólo le gustaba "Diamonds" y porque era tocable en piano, lo cual sonaba demasiado bien. Simplemente no consideraba que una portada de primavera era apropiada para ella. En realidad, ella no consideraba que Rihanna fuese una celebridad Vogue, mucho menos una persona con dichas características que el término implicaba. Para marzo era alguien más como Kate Hudson, o, aunque lo aborreciera, alguien como Scarlett Johansson; marzo era, para Yulia, el equivalente al "September Issue" del primer semestre impreso.



Su moño era alto, desordenado y relativamente flojo, su ceja derecha se levantaba esporádicamente en cuanto leía o veía alguna aberración. Fruncía sus labios y su ceño, al mismo tiempo, cuando encontraba algo interesante.



Frente a ella, además del ottoman que no utilizaba, estaba, sobre la silla del escritorio, su duffel bag negra Louis Vuitton, la de siempre, y, sobre esta, estaba su ropa perfectamente doblada, y la cama estaba intacta.



Todavía tenía su reloj, sus aretes y sus anillos puestos, simplemente se había quedado en la pijama de aquella misma vez, de aquella vez que le acordaría a Lena en cuanto viera la escena.



—Esto es tan familiar… —dijo en cuanto salió del baño, apagando la luz y cerrando la puerta tras ella.



—Con la diferencia de que estoy sentada, y no de pie —sonrió, cerrando su Vogue y colocándola sobre el ottoman—. Y hoy no voy a preguntar qué lado de la cama prefieres —dijo, poniéndose de pie y caminando hacia ella.



—¿No? —ladeó su cabeza con una minúscula sonrisa que apenas ahondaba sus camanances.



—No —susurró, tomándola por la cintura—. ¿Te gustó la cena?



—¿Qué no me puede gustar de un herb crusted sea bass? —sonrió, pasando sus manos por su nuca para adoptar esa posición que tanto le gustaba porque era muy íntima y, de cierto modo, seducía a Yulia a que la besara en sus labios—. Y una copa de vino blanco… y tu compañía… y de cómo planeas conquistar el mundo, Cerebro.



—Mi Ego sonríe, Pinky —susurró con una sonrisa, cediendo luego a la seducción de sus labios para besarlos lenta y delicadamente.



—Me gusta más cuando tú sonríes —susurró en cuanto su labio inferior regresó de entre los de Yulia—. Eso me gusta más —sonrió ante su sonrisa—. ¿Cama?



—Hasta que ya no quieras estar ahí —guiñó su ojo—. Escoge el lado que quieras.



—¿Qué tal si escogemos el lugar luego?



—También puedo hacerte cosas indecentes en el suelo, no hay problema —resopló.



—Puede chupar mi co*o más tarde —sonrió—. Y mejor chuparlo duro.



—Y, mientras tanto, ¿qué haremos?



—Vamos a hablar sobre el elefante rosado —dijo, tomándola de la mano y sentándose sobre la cama.



—No estaba al tanto de que había un elefante rosado —murmuró confundida.



—Lo que sea que no puedes decirme, que no me has dicho y que te está comiendo, dímelo.



—No sé de qué estás hablando —se encogió entre hombros.



—No quiero irme a la cama sabiendo que hay algo que no me estás diciendo y que es más importante y relevante, por no decir trascendental, que algo tan simple como una queja de algún cliente o que der Bosse te está amenazando sin fundamentos porque sé que eso termina en lo que ambas sabemos: en que se las meta por el culo —sonrió—. Eso que no me estás diciendo, y que sé que te viene molestando con mayor peso con el paso de los días… es casi lo mismo a que si estuviéramos enojadas; no quiero irme enojada a la cama.







—¿Qué quieres primero; lo liviano o lo pesado?



—¿Tiene algo que ver con salud? —ladeó su cabeza.



—Absolutamente nada —sonrió—. No es grave, sólo liviano o pesado.



—Dame lo pesado primero, así lo liviano es prácticamente nada.



—Oceania Cruises…



—¿Lo aceptaste?



—Todavía no.



—¿Por qué no?



—Quería consultarlo contigo.



—Esa discusión de L.A —susurró—, no tienes que consultarme nada, tómalo si quieres, tengo la espalda.



—No, esto sí es algo que debo consultarte… es en Miami.



—Si es por la comida cubana… —empezó diciendo, pues a Yulia no le fascinaba aquella comida.



—Es por siete meses.



—Siete meses equivalen a buena paga, ¿no? —ladeó su cabeza al mismo tiempo que se volvía con su torso hacia ella para verla de frente y no torcer su cuello de esa tan incómoda manera al estarla viendo hacia la derecha, lo cual era una simple falta de costumbre.



—Siete meses en Miami —susurró.



—Oh… —suspiró casi inaudiblemente.



—Exactamente… —la imitó.



—Bueno, como te dije… yo te apoyo en la decisión que tomes.



—Si yo estoy siendo honesta, me gustaría que tú también lo fueras, por favor.



—Estoy siendo muy honesta; yo te apoyo.



—¿Te es indiferente mi decisión?



—No.



—¿Entonces?



—Es tu proyecto; es tu decisión —se encogió entre hombros, pues para ella era demasiado evidente lo que eso significaba.



—Pero necesito saber qué hacer —frunció su ceño.



—Pesa las ventajas y las desventajas… vas a tomar la decisión correcta.



—Lena, te estoy diciendo porque necesito saber qué piensas… porque tu opinión cuenta —dijo, llamándola por su nombre con cierta seriedad.



—No, mi opinión no cuenta… es la única que vale —dijo, con su mirada al vacío—. Tú no sabes qué decidir. Quieres que decida por ti.



—¡Sí! —elevó un poco su voz, lo suficiente como para que su desesperación se notara—. Quiero que me digas qué hacer porque yo no sé. Ayúdame.



—¿Te gusta el proyecto?



—Es muy bueno.



—¿Te gusta porque pagan demasiado bien o porque el proyecto en sí es bueno?



—Me están pagando por hacer algo que me gusta; me están pagando por divertirme lujosamente.



—¿Qué piensas de vivir en Miami siete meses?



—Que es coherente, que tiene sentido y lógica, pero es demasiado tiempo lejos del Estudio; concentrándome en un tan solo proyecto, es demasiado tiempo de la ciudad y que no me gusta Miami… y que sé que eres capaz de decirme que lo tome, o que no, pero puedes acompañarme o no. De cualquier manera, me sentiría culpable por irme y porque vinieras.







—¿Cuándo te irías?



—En enero.



—Tómalo —sonrió.



—¿Qué? —siseó boquiabierta.



—Tómalo —repitió, llevando su mano a sus labios para besarla.



—¿Vendrías conmigo?



—¿Quieres que vaya contigo?



—Es lo que hace la diferencia.



—¿O quieres quedarte conmigo? —sonrió.



—Urgentemente —susurró.







—Yo no te voy a obligar a que rechaces un proyecto que suena bueno, te voy a obligar a que lo tomes, y voy a buscar un proyecto y algún seminario o taller interesante. Yo no tengo proyectos para ese tiempo, estoy a tiempo de controlar qué proyectos tomo y cómo los tomo; al menos los suficientes como para que mi cuota en el Estudio se pague.







—Si no lo logras, yo te ayudo —dijo rápidamente.



—No, eso no.



—Ayuda recíproca; tú vienes conmigo para mi paz mental, yo te completo la cuota para tu paz mental.



—Yo te apoyo —repitió con la misma sonrisa.



—No me digas eso, por favor… —susurró cabizbaja.



—¿Por qué no si es verdad?



—Suena a un "haremos que funcione", y no sé por qué eso me suena a que te estoy obligando… y no me gusta esa sensación, ni por mí ni por ti.



     



—Es que no es un "haremos que funcione", es un "lo resolveremos", que es muy distinto —frunció su ceño, no por lo que Yulia decía sino por la caída de ánimo de Yulia—. No tengo una bola de cristal y tampoco tengo vocación de vidente como para prometerte que los siete meses serán tan suaves como el algodón egipcio de no-me-importa-cuántas-hebras… una cosa es el trabajo y otra es la vida, y sé que el trabajo te va a gustar, pero puede ser que la vida no, y si yo puedo hacer algo para hacerte el trago menos amargo, o dulce en el mejor de los casos, ¿por qué no? —dijo, elevando el rostro de Yulia con una suave caricia en su mejilla—. No me estás obligando, y sé que quizás me costará adaptarme, pero hay más mundo que sólo la Quinta Avenida, mi amor —sonrió, pero notó que no era razón suficiente—. Puedo ayudarte a disipar un poco la tensión que sé que vas a tener, puedo ayudarte a agilizar el trabajo que lleves a casa, puedo ser tu asistente, tu esposa, tu amiga, tu confidente, tu almohada y tu versión personalizada de una Stepford Wife.







—No te digas así —susurró, que hasta su Ego se quejó—. Si vienes conmigo quiero que seas tú misma y no una versión servil, sumisa y dócil…



—Está bien —sonrió, ahuecando su mejilla—. ¿Qué otras ganancias están en el contrato?



—Pagan costos de vivienda, transporte y comida; yo escojo dónde y cómo pero no cuándo. Probablemente pisos más allá del décimo para tener buena vista, vista de playa, por supuesto —dijo, omitiendo la parte en la que ella completaría los costos adicionales.



—¿Prometes ollas y sartenes para mantenerme entretenida en la cocina?



—La comida es vital, por supuesto.



—¿Buen sexo?



—¿Te refieres a cosas indecentes? —rio.



—No he logrado entender la definición real de "cosas indecentes".



—Todo lo que tenga que ver con kinky, naughty, voyerista y exhibicionista en privado, y todo lo que pueda ser un poco desordenado.



—Espero que con "desordenado" no te refieras a algo realmente sucio.



—Te dejo lamer Nutella y helado fuera de mis pezones —entrecerró sus ojos.



—Necesitaba una excusa para chupar tus pezones —sonrió.



—Si te dan ganas, sólo desabotonas mi camisa, analizas mi sostén; si tiene broche frontal sólo lo desabrochas, si tiene broche trasero sólo bajas la copa, si es de látex sólo lo despegas, y te dedicas a hacerme una de las cosas que más me gustan.



—Si te lo hago, te vas a desconcentrar y no me vas a decir lo otro que me quieres decir; lo liviano.



       



—Quiero que pienses en otro regalo de bodas.



—¿Otro? —rio—. Ya te dije lo que quiero.



—¿Y es lo que de verdad quieres?



—Seguro, porque no?



—¿Es porque eso quieres o porque quieres hacer algo interesante?



—Buena pregunta, ¿por qué la haces?



—Curiosidad.



—No quieres hacerlo, ¿verdad?



—Yo pregunté primero.



—Y yo después. Eso no hace la diferencia.



—Del uno al diez, siendo diez un "demasiado bueno", ¿qué tanto te gusta la cosa roja esa?



—No lo puedo calificar con un número —frunció su ceño.



—¿Por qué no? —suavizó su voz, entrando en un estado de confusión total.



—Porque era tan divertido como el Humor



—¿Qué? —frunció su ceño.



—Depende de lo que busques, depende de la ocasión. Si te quieres quitar la curiosidad, es emocionante. Si tu novia hace que te corras con él, pero sin tocarte, es intenso. Provoca dolor de cadera, nada grave, y es detachable: un regalo de Dios. No es vital, tampoco necesario… es solo un juguete desechable.



—Entonces te es indiferente.



—Relativamente —asintió—. No me molesta su presencia tanto como a ti, pero la vista que provoca es demasiado buena.



—¿Te gusta la vista?



—Sí, fue nueva: lo nuevo atrae.



—Entonces es la vista y no la acción.



—No me importa si montas en mis dedos, me gusta un poco verlas rebotar—dijo calladamente, señalando sus senos con su dedo índice—. Tú gimes, cabalgas, gimes y cabalgas al mismo tiempo: hago combustión.



—Entonces, ¿por qué quieres que lo use contigo?



—No sé, supongo que ojo por ojo. Te lo dejé muy claro cuando te lo dije: no me voy a morir si no lo haces.



—¿Quieres que lo haga o no? Literalmente, mi amor, estoy para complacerte. Sólo necesito que me digas lo que necesitas para complacerte.



—No me complace verte incómoda —sonrió con demasiada sinceridad.



—No quiero hacerlo, no puedo.



—No lo hagas, entonces —rio nasalmente, chocando su frente contra su sien.



       



—Si quieres que lo haga, sólo dímelo.



—No, no quiero que lo hagas —sacudió suavemente su cabeza.



—Te lo compensaré, lo prometo —susurró Yulia.



  —No tienes nada que compensarme; no estaba ni diseñado para que sucediera —rio—. Te lo dije por decirte cualquier cosa, algo travieso captaría tu atención, y tu reacción fue demasiado buena, demasiado entretenida; te reíste histéricamente y te caíste de la cama, ¿cómo no va a ser eso gracioso?



—¿No esperabas que lo hiciera?



—Hablando lo que es, ¿realmente piensas que mi vida sexual-heterosexual es lo que me seduce cuando estoy contigo? Me gusta ver una mujer siendo mujer, me gusta verte siendo mujer, ni siquiera sé cómo me sentiría estando en esa posición… mi vida sexual se reduce a ti.



—Y a Dima —dijo con pesadez, y, sin saber cómo, logró anular el "de mierda" que acompañaba al abreviado nombre.



    —Yo creo que terminó antes de meterlo —rio—, y fue tan bueno que ni me acuerdo.



—No te acuerdas porque estabas ebria.



—He estado muy ebria en numerosas ocasiones contigo, y no se me ha olvidado nada de eso. De lo que sí me acuerdo es que no sabía cómo cabalgarlo —se sonrojó.



—¿No será por eso que me lo pediste? Digo, ¿por curiosidad?



  —Me gusta cuando usas tus dedos, tienen más magia que la cosa negra aunque vibre. Y, visualmente, porque sí sabes que uno come primero por los ojos, ¿verdad? —Yulia asintió—. Tu…



—¿Mi…? —levantó la ceja derecha, provocándole una risa abdominal y silenciosa a Lena—. No digas "aparato reproductor" porque no reproduce —rio.



Co*o—lanzó esa mirada coqueta, ridícula y juguetona.



  —¿Ajá…?



—Tu… "co*o", es muchísimo más atractiva que una cosa masculina; se ve mejor, reacciona mejor, huele mejor, sabe mejor, y, definitivamente, se siente mejor. Se siente correcta, se siente correcto.



  —Hermosas palabras… las tomaré como halagos.



  —Son verdades.



  —Lo sé —sonrió, o no sé si era su Ego quien sonreía.



—¿Eso era lo que me querías decir? —Yulia asintió—. Mrs. three-o’-five, y la cosa roja a la basura.



  —¿Qué quisieras de regalo de bodas, entonces?



—Quiero divertirme.



—¿Qué clase de diversión?



—La que me hace reír, y divertirme —rio.



—¿Cuánto quieres que dure?



—Hasta el último segundo de vida que tenga —guiñó su ojo.



—Acuéstate, sobre tu abdomen… —sonrió, dándole un beso en su sien.



—¿Qué me vas a hacer? —rio nasalmente, gateando hacia las almohadas para ponerse lo más cómoda posible.



—No te gustaría saber? —dijo con una sonrisa burlona mientras se colocaba a horcajadas a la altura de su trasero.



—Tienes razón… —rio, con su mejilla sobre la almohada mientras la abrazaba y Yulia apartaba su cabello de su espalda—. Eso se siente bien… —murmuró al sentir sus manos masajearle suavemente sus hombros por sobre la camisa.  



—Estoy segura de que el masaje que te van a dar mañana va a ser mejor.



—¿Cuál masaje? —preguntó.



—No digo que sea mañana, puede ser cualquier día, o todos los días; lo que sea que quieras. Se llama "libre albedrío".



—Me acuerdo que una vez me dijiste que no te agradaba saber que manos ajenas me tocaran —suspiró ante las suaves y circulares caricias que sus pulgares hacían en su nuca—. Si quería un masaje… tú me lo darías.



—Muy cierto —sonrió—. Pero yo no soy profesional en masajes relajantes, creo que te mereces uno de vez en cuando… siempre y cuando yo esté presente para tener paz mental de que no te están tocando más allá de aquí —dijo, bajando sus manos para delinear la piel de su espalda que ya no cubría el elástico de su tanga negra—. Y, antes de que digas algo, no son celos… porque eso implicaría que no confío en ti, sino que, aunque sea trillado, no confío en los demás.



—Sí, eso sí es trillado —rio—. Pero así eres con todo; nadie toca lo que es tuyo.



  —Y tú… ¿tú eres mía? —susurró a su oído.



—La pregunta me ofende, Arquitecta.



—Tú sabes que eres mía —resopló, dándole un high-five a su Ego.



—Así como tú sabes que eres toda mía y nada tuya —resopló de regreso, dejando al Ego de Yulia totalmente boquiabierto.



—Uy, uy, uy —rio muy complacida y emocionada—. Cuidado y no es mi Ego quien me bota de la cama hoy.



—Podemos dejar que nuestros Egos se queden con la cama, no sería la primera vez que duermo en el suelo —bromeó.



—Puedo conseguir otra habitación para nuestros Egos, yo me quedo en esta; ya saqué mis cosas en el baño y me da pereza moverlas. Además, yo puedo dormir en el suelo… usted, Licenciada Katina, no va a dormir en el suelo. Eso sobre mi cadáver.



—¡Ajá! —se carcajeó—. Yo no voy a dormir en el suelo, voy a dormir encima de ti.



—Suena más factible y más satisfactorio para mí.



—¿Eso significa que quieres dormir en el suelo?



—Acabo de darle un "tiempo fuera" a mi Ego, el tuyo cabe en la cama con nosotras —sonrió—. Hemos dormido con Phillip y Natasha en la misma cama, los dos Egos caben.



—Se te olvida que me despertaste para salir huyendo de ese horno.



—Cierto —rio Yulia, no sabiendo exactamente a qué le regalaba ese "cierto" porque estaba distraída en la textura que sus manos sentían al envolver lentamente su desnuda cintura en ellas—. Tienes una piel tan suave… —murmuró.



—Quizás es porque, después de cada ducha, tú me la humectas…



—Es una excusa para tocarte antes de irme —rio.



—¿Desde cuándo necesitas excusas para tocarme?



—Es por eso que te estoy tocando ahorita —dijo, que Lena pudo sentir en el ambiente cómo Yulia guiñaba su ojo—. Porque puedo y porque quiero.



—Y se siente muy bien —dijo aireadamente, pues Yulia presionaba los costados de su columna de manera vertical—. Esta era mi idea de "masaje" cuando lo mencionaste en tu intento publicitario de este fin de semana largo.







  —¿Lo dices porque es algo que quiero escuchar o porque es algo que realmente piensas?



  —Si es lo que quieres escuchar o no, igual lo pensé —rio suavemente—. ¿Tú crees que con la cantidad de endorfinas que produzco y stress que libero a través de la abundante cantidad de sexo… crees que necesito un masaje?



—Perdón —susurró, quitándole las manos de encima.



—¿Por qué? —frunció su ceño y abrió los ojos, como si con abrirlos terminara de darse cuenta de que algo había incomodado a Yulia, quien ahora se erguía para tumbarse a su lado.



—No tiene importancia —sonrió minúsculamente, aunque era la sonrisa más falsa y atropellada que Lena le había visto; una parecida a cuando recién se conocían.



—Hey, hey… ¿qué pasa? —preguntó, volcándose sobre su costado para encararla.



    —No es nada —dijo en el mismo tono falso, poniéndose de pie para recoger su botella de agua del refrigerador; algo que no era más que una técnica de relajación: concentrarse en el agua para desconcentrarse de lo que le había incomodado.



    —¿Estás enojada? —le preguntó, sentándose de golpe para poder analizar el lenguaje corporal que tanto le costaba analizar porque lo único que podía delatarla eran sus ojos, y era básicamente lo único que no veía porque le daba la espalda.



    —No —sacudió la cabeza una tan sola vez y llevó la botella a sus labios.



—Molesta?



—No —repitió entre los tragos de agua.



—¿Hice algo mal? —Yulia sólo sacudió su cabeza y continuó bebiendo agua—. Mírame —dijo en ese tono seco; una mezcla de preocupación, supuesta culpa, y frustración. Yulia respiró profundamente y, con la más pesada pesadez, se volvió a Lena sólo con su cuello, lográndola ver de reojo mientras seguía intentando "desincomodarse"—. Mírame bien —repitió, ahora con un grado de enojo muy bajo, pero ahí estaba el enojo.



—Yo no miro, yo veo —repuso, volviéndose a ella completamente y reposando su trasero contra el mueble—. Y siempre te estoy viendo —le dijo, dándose unos suaves golpes en su sien derecha con su dedo índice para luego señalarla.



—¿Qué hice?



—No hiciste nada —sonrió de nuevo de esa manera que ya no era tan falsa, pues había logrado deshacerse de la falsedad ante el apoyo que había encontrado, inconscientemente, en la semántica.



—Entonces, ¿qué se supone que hiciste como para que me pidieras perdón? —frunció su ceño.



—Pretendí darte un masaje que no querías.



—… the fuck? —siseó, viendo hacia un lado con su ceño todavía más fruncido, y llevó su dedo índice y pulgar a tomar su tabique—. ¿Cuándo dije eso? —suspiró pesadamente, no entendiendo exactamente qué había pasado o cuándo, quizás y se había empezado a quedar dormida y había dicho alguna estupidez.



—Tú no quieres un masaje —sonrió—. Y eso esta bien.



—No —dijo, retirando sus dedos de su tabique mientras abría sus ojos—. Yo no necesito un masaje —suspiró, poniéndose de pie para ir hacia Yulia—. Así como no necesito un Rolex, o unas vacaciones fuera de Manhattan, o irme a Miami contigo por trabajo… —Yulia se quedó en silencio, y empezó a rozar su pulgar derecho contra las cutículas del resto de sus uñas de dicha mano, lo cual era una clara señal del enojo que intentaba contener, comprimir y anular—. El hecho de que no lo necesite no significa que no lo quiera.



Semantica… —murmuró.



—Sí, y porque sé cómo funcionas es que te hago la aclaración —dijo, bajando gradualmente su voz mientras se acercaba más a ella—. Necesito saber la hora pero quiero un buen reloj y que sea bonito, necesito vacaciones del trabajo porque quiero despertarme más tarde, necesito trabajo… pero no voy a dejar de vivir lo que quiero vivir por estar trabajando —susurró, acorralando a Yulia entre sus manos al colocarlas sobre los bordes del mueble—. No necesito que me den masaje: quiero que me toques al punto de necesitar que no dejes de hacerlo —susurró casi inaudiblemente, elevando lentamente su rostro para terminar su exhalación a ras de los labios de su injustificadamente-molesta-novia, y le clavó su mirada en la suya; era suave y tierna contra confundida y culpable, y una pizca de enojo azul—. Creo que no me escuchaste: quiero que me toques.



—Dame un momento —murmuró, llevando nuevamente la botella a sus labios, y esta vez la bebió hasta que sus oídos empezaron a ceder ante la falta de oxígeno.



—No estás molesta conmigo —frunció su ceño, que era algo sólo para contener una sonrisa que podía parecer burlona, pero que era más de graciosa incredulidad que la tomaba por sorpresa.



—No, contigo no —suspiró, apretujando la botella plástica en su mano para luego, al tenerla comprimida, taparla—. Conmigo.



—¿Por qué?



—Soy ciega; a veces no puedo ver lo que te molesta, o lo que te hace daño… y la sola idea de incomodarte, molestarte, o lastimarte… me enferma al punto de enojarme.



—Lo sé —susurró—. Pero, ¿cuándo te he dicho que no quiero de manera tan explícita?



—Mmm… —frunció su ceño—. Cuando me dijiste que no querías ir al cine, y que no querías ir a almorzar con Phillip y Natasha, y con la mamá de Phillip, y cuando no querías comer rigatoni sino fettucini, o cuando me dijiste que no querías ver "Scandal" porque Kerry Washington te cae mal, lo cual no significa que seas racista… sólo que te cae mal porque es mala actriz.



—¿Te he dicho alguna vez que no quiero que me toques, o que no me beses, o que no me veas, o que no me abraces?



—Nunca —susurró.



—Perdón —dijo suavemente, abrazándola y trayéndola contra su pecho, acción que Yulia no entendió ni por significante, ni por significado, ni por referencia—. Este es un abrazo innecesario e inneceseario—le dijo, pasando sus manos por debajo de los suyos para disipar la razón principal por la que le había pedido perdón—. Pero eso no quiere decir que sea un abrazo no deseado —dijo, reposando su sien izquierda sobre su hombro derecho para quedar casi sobre su pecho y respirando de su cuello, y Yulia que recién reaccionaba con sus manos y la envolvía suavemente entre ellas.
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Nov 06, 2015 11:58 pm

—¿Por qué me pediste perdón? —frunció su ceño.



—Abrázame bien—murmuró, y Yulia, ante eso, dejó caer la botella, o lo que quedaba de ella, al suelo—. Sé que no te gustan los abrazos, mucho menos por encima de los brazos —sonrió, apretujándola todavía un poco más.



—No, no me gustan —dijo, apoyando su mejilla contra su cabeza mientras la envolvía entre las palmas de sus manos y acariciaba su espalda—. Pero así sí me gustan.



—No, tampoco te gustan así. Y no los quieres ni los necesitas.



—Un abrazo bien dado es siempre bienvenido.



—Bienvenido, pero no pedido —rio Lena—. Cuando tú quieres un abrazo, lo pides.



—No pedí este abrazo pero me gusta estarlo teniendo.



—¿Por la estrategia o porque no te estoy sofocando?



—Por la estrategia, porque no me estás sofocando, y porque eres tú.



—¿De quién más te dejas abrazar? —elevó su rostro con una sonrisa.



—De mi mamá, de Natasha y Phillip… y de ti; en dado caso de tu familia, pero tu hermana me tiene miedo y casi que ni me ve a los ojos.



—Era una pregunta inocente nada más —sonrió—. Me gusta que me abraces, y que me toques… aun cuando no te lo estoy pidiendo. Me gusta saber que te gusta tocarme, besarme, abrazarme, o lo que sea… que nazca de ti…



—Eso es porque eres demasiado atractiva, tanto que no puedo quitarte las manos de encima —se sonrojó—. Eres tan hermosa…



—Tócame todo lo que quieras y cuando quieras, en lugar de lastimarme… me haces sentir bien.



—Lo siento —susurró.



—¿Te disculpas por disculparte? —frunció su ceño, pero en esa forma graciosa.



—Y por enojarme —se sonrojó un poco más.



—Bien, ahora: olvídalo y compénsamelo.



—¿Cómo quieres que te lo compense?



—Hazme lo que quieras —sonrió, deshaciendo el abrazo para llevarla a la cama—. Explícitamente: te necesito —murmuró, jugueteando con sus labios contra los de Yulia, queriendo besarlos pero no haciéndolo sólo para provocarla—. Te ne-ce-sito.



—Lo siento mucho —susurró, abrazándola de nuevo, ahora en un abrazo que no titubeaba, que estaba diseñado para aferrarse a ella.



—No pasa nada, mi amor —susurró con una sonrisa, envolviéndola de la misma manera pero con mayor delicadeza; tibia y cariñosamente, de manera condescendiente y no por soltar el tema, sino porque realmente, para ella, no pasaba nada y no había pasado nada; «eso es lo que ella es y me gusta»—. Quiero que me regales algo de lo que tú también puedas sacar provecho… algo que me divierta pero que no implique sexo, algo "sano" —dijo, haciendo que Yulia levantara la mirada lo suficiente como para encontrar su mejilla y besar, desde su pómulo, hasta sus labios—. Pero eso significa que me tienes que decir qué quieres también —le dijo entre los besos que Yulia no tenía planeado dejar de darle.



—Ya te dije lo que quiero —murmuró húmedamente contra sus labios, y sus manos viajaron hacia sus piernas, recogiéndolas para cargarla hasta recostarla sobre la cama—. Y creo que cuenta como regalo extraordinario eso de que vengas conmigo a Miami.



—¿Qué quieres que te regale? —preguntó, siendo empujada sobre la cama hasta que su cabeza encontrara las almohadas.



—El martillo de Thor y el escudo del Capitán América —sonrió, y no pudo contenerse la risa que su improvisación le provocaba.



—Te voy a dar algo, y, cuando el momento llegue, espero que no te enojes.



—Gracias por la advertencia —susurró, irguiéndose con una sonrisa jovial en su rostro y posando sus manos sobre las rodillas elevadas de Lena.



—Tócame —sonrió, llevando sus brazos sobre su cabeza para posarlos sobre las almohadas y, así, invitarla abierta y libremente para que la tocara—. Por favor.



Yulia sonrió ladeadamente, con esa sonrisa que se tiraba más de la izquierda para contrarrestar su ceja derecha, y, sin quitarle la mirada de la suya, deslizó sus manos desde sus rodillas hasta sus caderas. Pero el mundo habría estado bajo control si hubieran sido sólo sus manos con torpeza o con normalidad mortal; había decidido recorrerla con sus uñas y con las palmas, omitiendo el pulgar por motivos de control de calidad, pues, cuando llegó a sus caderas, sus pulgares masajearon lenta y profundamente aquellas líneas que se conocían, coloquialmente, como "bikini".



—¿Duele? —preguntó Yulia, todavía sin quitarle la mirada de la suya.



—Como después de una jornada de esfuerzo físico, que te arden los muslos pero que, cuando empiezas a correr de nuevo, sientes que se te queman rico —murmuró, que le hacía saber que dolía pero que no dolía lo suficiente como para que la lastimara, y Yulia conocía esa sensación demasiado bien—. Ya te diré si duele demasiado —suspiró, sintiendo que los dedos de Yulia bajaban hasta presionarle su hueso púbico, ese que no tenía tanto recubrimiento de grasa o de piel.







—Me gusta —sonrió, refiriéndose a la Paladini negra que pretendía cubrir su entrepierna con una mezcla de tul y encaje.



—Lo sé —asintió una tan sola vez—. Si es negra, tiende a gustarte. Si es negra y seethrough tiende a gustarte más. Pero, si lo seethrough se termina exactamente donde mis labios empiezan… —sonrió provocativamente—. Tiende a gustarte todavía más porque tienes la excusa perfecta para quitármela.



—Me conoces muy bien, mi amor.



—Tú me das excusas para que vaya al taller, yo te doy excusas para que me quites la ropa—ahogó un gruñido en cuanto Yulia presionó a los costados exteriores de sus labios mayores—. Es otro nivel de condescendencia.



—En el departamento de lencería y de carpintería, sí… y funciona en ambas direcciones.



—Claro —se volvió a ahogar—. Aunque las proporciones de condescendencia son desproporcionadas.



—Proporciones desproporcionadas… —susurró—. Funny.







—Yo corto madera y estoy feliz, tiendo a sudar cuando lo hago, cuando llego a casa lo primero que haces es quitarme la ropa; el marcador es uno a uno —se ahogó de nuevo, pues, mientras Yulia más presionara y más abajo lo hiciera, más le molestaba, pero, cuando dejaba de presionar, sentía alivio muscular y un ligero hormigueo que disfrutaba—. Caso "A", y digo dos puntos: me quitas la ropa y me convences de tomar una ducha en la que tú me lavas. Caso "B", y digo dos puntos: me quitas la ropa y no alcanzas a llegar a la ducha porque nos detuvimos en la cama, o en el diván, y juegas con mi clítoris. El marcador es, en cualquier caso: dos a uno, llevas la ventaja —dijo, ahogando ahora un gemido que ya tenía sabor a placer sexual porque había subido rozando suavemente sus labios mayores por debajo de la parte sólida de su Paladini—. Siguiendo con el caso "A": o me haces esto o lo otro en la ducha, o me lo haces cuando salimos. Caso "B", después de hacerme esto o lo otro me metes a la ducha y me lavas. Marcador: tres a uno, sigues llevando la ventaja.



—Caso "C" —dijo, sacando sus pulgares del interior de su Paladini—: pasa en la ducha y en la cama, o en la cama y en la ducha. Caso "D": pasa en la cama, en la ducha y nuevamente en la cama.



—Marcador: cuatro a uno —se sacudió, pues Yulia paseaba su dedo índice por la línea de piel que interrumpía el elástico de su Paladini en su vientre, y eso le hacía cosquillas—. De la condescendencia: el ochenta por ciento eres tú, y el veinte por ciento soy yo.



—Tu teoría, si es que así puede llamársele… —murmuró, tirando la parte frontal hacia abajo para ver el color real de su piel con la intención de ver sus labios mayores, cosa que no vio en ese momento—. Está completamente errónea —dijo, tirando todavía más para descubrir ese centímetro de evidente división labial, la cual acariciaba con presión, con su dedo y con su mirada, de arriba hacia abajo.



  —Oh, esto se pone interesante —resopló Lena, tensando su mandíbula ante esa coqueta caricia de Yulia.



—Por una parte, creo que las proporciones las tienes donde no corresponden; tú tienes el ochenta por ciento y yo el veinte —sonrió, presionando ese punto que cubrían, o que pretendían cubrir, sus labios mayores, ese punto en el que yacía el cuerpo externo de su clítoris—. Es cierto: yo te lavo y te hago cosas decentes, cariñosas, e indecentes, pero tú te dejas. Eso, para mí, cuenta como "condescendencia" también —sonrió—. Tú sabes lo que a mí me gusta, y sabes que eso implica que me gusta que no muevas ni un dedo para que tengas lo que quieres.



—No tan fuerte —suspiró, para luego sentir cómo Yulia dejaba de presionar para sólo acariciar.



—¿Así o menos? —sonrió.



—Perfecto —cerró sus ojos de esa sonriente forma para volverlos a abrir—. Me gusta que me cuides, que me consientas… que me exfolies la espalda y que me abraces bajo la ducha, y que me humectes, y que me sostengas la bata para que yo sólo meta los brazos. Si tengo ganas de sushi, eso comemos. Si tengo ganas de ir a ver "Jersey Boys", eso hacemos. Si tengo ganas de una copa de vino, abres una botella. Por el otro lado… me gusta el sexo, ya te he dicho que me considero ninfómana leve, si es que el diagnóstico existe… es la fusión de ambas cosas —sonrió, encogiéndose entre hombros y volviéndose a sacudir por las cosquillas que esa caricia le daba.



—¿Qué es lo que te gusta en realidad?



—Todo.



—¿Qué es "todo"?



—Ya te lo he dicho: me gusta perder el control —sonrió, siendo totalmente lo opuesto a Yulia, quien se regía bajo el "voy a tener un orgasmo cuando yo diga" pero que siempre lograba acomodarse a un "ya no aguanto y ya quiero tenerlo"—. Me gusta el despilfarro de hormonas —rio.



Hormone-junkie —rio—. No tan convencional, me gusta. Pero, ¿qué es lo que en realidad te gusta? —repitió.



  —Las sensaciones, no te puedes quejar que de que no te gusta que te roben los pulmones y el corazón —guiñó su ojo—. De que te roben todo menos tu integridad, supongo.



—"Integridad"… —suspiró, como si la palabra no tuviera sentido.



—¡Está bien! —siseó, frunciendo su ceño, tanto por darse por vencida y porque Yulia dejaba de acariciarla—. Me gusta correrme, y lo que me haces para que me corra, ¿contenta?



—Un poco —sonrió, reacomodándole la tela sobre su piel.



—Me gusta cuando me la chupas —se sonrojó.



—Chupar que? —preguntó, y Lena solo le entrecerró la mirada—. ¿Cuando te succiono qué? —repitió.



—Todo —rio, pues no había mejor respuesta para ella—. No soy tan sensible como tú de estos… —dijo, llevando sus manos a sus senos—. Pero me gusta.



—Si no eres tan sensible, ¿por qué te gusta? —sonrió, tomando las piernas de Lena por debajo de sus rodillas para abrirlas y elevarlas un poco.



—Me gusta cuando me estás haciendo algo y me ves a los ojos —se volvió a sonrojar.



—¿Algo como esto? —sonrió, llevando su mano a su monte de Venus para colocarla de tal manera que su pulgar pudiera alcanzar su clítoris, sobre la Paladini, y hacer círculos de media presión sobre él, mientras le clavaba sus azules ojos en los suyos muy verdegrises.



—Exactamente eso. Así —sonrió, sintiéndose hundir entre la cama por el minúsculo placer que se le empezaba a generar en aquella zona—. Así como cuando veo que muerdes y tiras de él —dijo, dibujando un círculo, con su dedo del medio de la mano derecha, sobre su areola con su camisa de por medio.



—Por otro lado —dijo, deteniendo sus caricias sobre su clítoris—. Creo que tú eres más condescendiente que yo.



—Creí que ya habíamos superado el tema —rio abdominalmente.



—Siempre empezamos un tema y nunca lo terminamos —resopló—. Y falta mi "teoría", que es más fuerte y más consistente que la tuya.  



—Dime.



—Tú eres más condescendiente que yo; sé que la ropa te es relativamente indiferente, por eso no cambias tu estilo, pero, en el departamento de lencería, sé que siempre te vistes para mí. Así que: te vistes para mí, me dejas desvestirte, me dejas bañarte, me dejas hacer cosas decentes, indecentes y cariñosas, cuantas veces quieras, como quiera y en donde quiera. Yo sólo te dejo cortar madera —sonrió.



—"Teoría" nueva: esa es quien tú eres, esa es quien yo soy. Tómalo como "complemento" en el sentido de "completar" y "complementar".



—Quizás también quiero la capa de la Mujer Maravilla —dijo de la nada.



—¿Algo de Iron Man quizás?



—No, de él ya tengo el Ego —sonrió.



—No me extraña que sea tan sexy —rio, dejando que sus piernas reposaran sobre la cama. 



—Acuérdame de decirle a tu hermana que el Ego sí es sexy, entonces —guiñó su ojo—. Estas mojada? —sonrió.



—¿Por qué no lo averiguas tú? —Yulia levantó su ceja derecha y dejó ver una sonrisa de ligera y fina dentadura reluciente—. Si no estaba mojada, ya lo estoy —rio, pues esa ceja era omnipotente.



—Interesante —murmuró aireadamente, bajando su ceja.



—Hay algo que quiero decirte —dijo un tanto intempestivamente.



—Dime.



—Prometo nunca volver a decirte que no puedes tocarme.



—¿Por qué siento que no hablamos sobre lo de hace un rato?



—Porque hablamos sobre lo que pasó hace días.



—Oh… —frunció su ceño—. Bueno, no es como que no te podía tocar…



—Pero yo sé cuánto odias no poder hacerlo.



—Cierto, pero no era porque no querías… era una simple regla temporal. Además, yo sé que había alternativas para hacer lo que querías, y estaba la alternativa de decirte que "no" y ya, simplemente seguir.



—Bien. Sigue tocándome —sonrió, pero Yulia se puso de pie y caminó hacia el mueble del televisor para tomar la típica hielera de hotel—. Prefiero que me toques con las manos —frunció su ceño—, no con plástico —dijo, refiriéndose a la hielera.



—No te voy a tocar con esto —entrecerró sus ojos.



—Lo sé. Era un chiste —la imitó.



—Lo sé —rio.



        —Arruinaste mi chiste —inhaló falsa indignación.



—Y un Hamster en Tuvalu se murió por mi atrocidad humorística —rio cínicamente—. ¿Vas tú o voy yo? —dijo, agitando la hielera en su mano.



—¿Para qué quieres hielo? —frunció su ceño.



—La pregunta real es si quieres estirar tu cumpleaños por seis días o si quieres celebrarlo sólo el día que supuestamente cumples años.



—Esa no fue una pregunta, fue una afirmación que presenta alternativas —rio, sentándose sobre la cama—. ¿Para qué quieres hielo?



—Gracias —sonrió, alcanzándole la hielera.



—Dame una buena razón para ir por hielo —suspiró, arrebatándole la hielera con pesadez.



—¿Sólo una? —rio.



—Las que quieras.



—Uno: no tengo ganas de vestirme. Dos: no tengo número dos. Tres: te conviene. Cuatro: ya te entró la curiosidad —sonrió, alcanzándole su jeans, porque madre de Dios que no saldría en nada más corto al pasillo.



—Estás jugando conmigo —entrecerró los ojos, arrojando la hielera a la cama para ponerse el jeans, el cual le quedaría un tanto flojo por ser de Yulia.



—No, lo siento, no traje ningún juguete —sonrió burlonamente.







Lena sólo rio nasalmente, subiéndose el jeans sin desabotonarlo, y, con una mirada desafiante pero juguetona, salió de la habitación sólo para llegar al final del pasillo y llenar la hielera hasta que no pudiera taparla; si quería hielo, hielo le daría.



Mientras tanto, Yulia simplemente se volvió a apoyar del mueble y, lentamente, así como todas las noches, se quitó su reloj y su anillo de la mano derecha; el de nogal, así como Lena el suyo, no se lo quitaba más que para ducharse.



—Espero que sea suficiente hielo —dijo al entrar a la habitación.



—Un cubo más y habría sido demasiado —sonrió, tomando la hielera entre sus manos para dirigirse al baño.



—¿Me hiciste ir a traer hielo para deshacerte de la mitad? —elevó su voz en cuanto escuchó aquel ruido que hacían los cubos al golpear el lavamanos.



—Dependía de qué tanto trajeras —dijo, dejándola llena de hielo hasta la mitad y abriendo la llave del agua fría para llenarla hasta dos tercios.



—¿Para qué querías hielo? —se asomó a la puerta del baño, viendo a Yulia secarse las manos con una de las toallas extras, la cual se echó al hombro.



—¿Para qué crees?



—Tengo varias teorías.



—Te escucho —sonrió, tomando la hielera entre sus manos para volver a salir a la habitación.



—Creí que tenías una botella de Grey Goose, pero le pusiste agua al hielo y ya no me pareció tan factible.



—Puede ser que ponga la botella en la hielera para enfriarla así como suelo enfriar champán en tiempos imposibles.



  —Puede ser, pero no te vi empacar una botella de Grey Goose.



—Entonces no es una botella de Grey Goose —rio, pasando de largo para colocar la hielera nuevamente en el mueble y, disimuladamente, metió su mano en su duffel para pescar un frasco plástico—. ¿Puedo tener mi jeans de regreso? —sonrió, que Lena asintió en silencio y, agachando la mirada para bajárselo, Yulia enterró el frasco en el agua con hielo—. Es mi único par de Balmain.  



—¿Tienes dolor de cabeza?



—No, el hielo no es para un dolor de cabeza —sonrió, tapando la hielera para llevarla a su mesa de noche.



—¿Fiebre? —preguntó, y Yulia sacudió la cabeza—. ¿Ganas de enfriar agua? —dijo, doblando el jeans de Yulia por el eje vertical para luego doblarlo por el eje horizontal.



—Hay preguntas más interesantes que esas.



—Para meterse conmigo?



—La construcción de esa frase no es precisamente la correcta; le falta un verbo y un determinante indefinido. —Lena frunció su ceño—. Creo —rio, dudando de los nombres de esa parte sintagmática de cualquier idioma.



—Me estás volviendo loca —rio, queriendo patalear con desesperación al no estarle entendiendo nada.



—Lo sé —sonrió—. Acuéstate —le dijo, señalándole la cama mientras pasaba de largo hacia la puerta.



—¿Cómo me acuesto? —preguntó, pues asumió que habría instrucciones más específicas en cuanto al "cómo".



—No te acuestes —rio, abriendo la puerta sólo para colgar el letrero de "Do Not Disturb" de la manija.



—Quién te entiende.



—Tú, y, a veces, yo. Enciende las lámparas, por favor —dijo, apagando la luz principal.



—No son ni las once, ¿pretendes que me duerma ya? —rio Lena.



—No… —susurró, acercándose a su lámpara, ganándole a Lena en encenderla, y le sonrió desde arriba al estar ella de pie y Lena recostada—. Hazte a un lado, por favor —sonrió, colocando la toalla al centro de la cama para luego recostarse sobre ella y sobre un par de almohadas.



—¿Me vas a decir para qué querías hielo?



—Hop —dijo, dándose unas suaves palmadas sobre su vientre, indicándole que se colocara a horcajadas sobre ella—. Toda pregunta tiene respuesta, mi amor —añadió, irguiéndose para atrapar la cintura de Lena entre sus brazos mientras la veía hacia arriba.



—¿Me vas a tocar?



—¿Quieres que te siga tocando? —susurró, introduciendo sus manos por debajo de su camiseta desmangada para acariciar su espalda. Lena sólo asintió—. Estás muy tibia… —sonrió.



—Quizás sólo tienes las manos un poco frías —repuso, dejando caer un poco su trasero entre las piernas abiertas de Yulia para quedar a una altura más accesible.



—Quizás… —murmuró, levantando la camisa de Lena hasta lograr sacarla con su ayuda—. tienes tan hermosos pechos —dijo suavemente, irguiéndose y paseando la punta de su nariz sobre la piel de lo que ponía en referencia, haciendo que Lena se sonrojara—. y esos pezones hermosos… —dijo de nuevo, dándole un beso muy superficial en la punta de ambos pezones, los cuales reaccionaron sensiblemente al tacto húmedo y suave de sus labios—. ¿No dijiste que no eran sensibles? —sonrió ante la reacción.



—Dije que no era tan sensible, eso no significa que no lo sea… claramente lo soy —respondió, colocando sus manos sobre la nuca de Yulia, así como siempre—. ¿Para eso es el hielo?



—¿Para qué? —sonrió, viéndola a los ojos con sinceridad.



  —No, ya me respondiste —sonrió—. El hielo no es para torturarme.



—No de manera directa —dijo—. Claramente te tortura no saber para qué sí lo quería.



—¿No me vas a decir? —frunció su ceño, haciendo un puchero muy simpático.



—Te voy a enseñar, pero todavía no…



—¿Cuándo?



—Cuando esté listo —sonrió, volcándose sobre su costado, llevándose a Lena por efecto secundario a las almohadas—. Sabes… de verdad me gustan —volvió a sonreírle a sus ojos, que claramente se refería a lo que su mano derecha acariciaba.



—Asumiendo que no has visto tantos… —entrecerró sus ojos—, ¿"gracias"?



—¿"De nada"? —resopló—. Y depende de cuántos sean "tantos".



—¿Diez?



    —¿Diez pares o cinco pares? —rio.



—Diez mujeres.



—Mmm… —entrecerró sus ojos—. Hollywood hace maravillas —rio.



—Me refería a que si las habías visto de cerca.



—No, no llego a diez —sonrió—. Hay varias que no cuentan.



—¿Por qué no? —frunció su ceño.



  —¡Ay, porque ahí estoy incluyendo a mi mamá! —siseó, ahogándose en un rojo que a Lena le dio demasiada risa.



—Pero eso es normal —dijo con la resaca de su risa—. ¿Quién no lo ha hecho?



—Te voy a preguntar algo realmente incómodo.



—¡Por favor! —siseó, sabiendo que era de las preguntas que más la divertían.



—¿Qué tan igual eres a tu mamá? —preguntó Yulia, ahogándose en un rojo más intenso que el del fondo de la bandera de Albania.



—Asumiendo que no quieres detalles… —murmuró, viendo a Yulia sacudir su cabeza rápidamente y con la mirada muy ancha—. Puedes estar muy tranquila —sonrió, y Yulia respiró aliviada.



—Perfecto. ¿Podemos dejar el tema de nuestras progenitoras fuera de la cama, digamos… "para siempre"?



—Yo no traje el tema, fuiste tú —rio—. Pero lo prometo.



—Gracias —suspiró, dejando caer su cabeza en aliviada resignación—. Ahora, ¿en qué estábamos?
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Nov 07, 2015 12:00 am

—En que te gustan mis full-Bs.



—Cierto… quién diría que esa niña pecosa, demasiado pelirroja y demasiado exhibicionista, que tienes en una fotografía en uno de tus álbumes, crecería para tener esto… —susurró, llevando sus labios a su pezón derecho para, con su mirada clavada en la suya, succionarlo y tirarlo; tal y como a Lena le gustaba.



—¿Exhibicionista? —jadeó—. Tenía tres años.



Topless es topless a la edad que sea —dijo, volviendo a atrapar su pezón entre sus labios, pero esta vez no lo succionó, simplemente jugó con él con su lengua.



—Muérdelo —suspiró, y Yulia, que también se regía bajo "sus deseos son órdenes", atrapó su areola entre sus dientes y tiró suave y lentamente de ella, mostrándole un poco sus dientes para que viera que la mordía y que no la succionaba, pues la parte visual podía entrar en conflicto con el tacto—. Tal vez sí soy un poco sensible —sonrió.



—Sí lo eres —dijo, llevando su dedo a la areola recientemente abusada para trazar suaves círculos cariñosos.



—Pero no tanto como tú…



—¿Qué significa eso? —resopló, atrapando su erecto y pequeño pezón entre su índice y su pulgar para pellizcarlo y retorcerlo con gentileza.



—Te estornudo encima de un pezón y ya te mojaste —rio por su propia exageración.



  —Dios bendiga al que inventó los sostenes de copa dura —sonrió, sabiendo que era muy cierto; era hipersensible, ¿y qué?



—Si tan sólo utilizaras sólo de copa dura… —suspiró, pues Yulia había pellizcado su pezón con mayor fuerza.



—Para sostenes hay camisas, y para camisas hay sostenes —guiñó su ojo—. Pero hablamos de tus pezones, no de los míos.



—Duro… —susurró, para luego gruñir de placer al Yulia pellizcarla como le había pedido—. Ahora chupalo.



  —Yes ma’am —sonrió, llevando sus labios al pezoncito para reconfortarlo ante la brutalidad social de su abuso; masajeándolo entre labios y lengua, dándole besos superficiales que sólo contribuían al sonriente hormigueo que sentía Lena en esos momentos—. ¿El otro también?



—¿Compras sólo el Louboutin derecho? —sonrió.



—Buen punto —resopló, dirigiéndose a su pezón izquierdo para darle la misma atención.



—No es un punto, es un pezón —pretendió corregirla, pero Yulia ensanchó la mirada de tal manera que Lena se congeló en tiempo y espacio para que el pánico la sofocara lentamente, pero, gradualmente, una sonrisa fue empujando la ceja de Yulia hacia arriba, la misma sonrisa que terminó entre los labios de Lena mientras era atacada a cosquillas en su cintura, que no se podía mover porque tenía el peso de Yulia encima y la risa nasal contra su cuello; doble cosquillas—. ¡No! ¡No! —se quejaba entre una carcajada que hasta a mí me hacía sonreír, sacudiendo sus piernas, intentando que Yulia le dejara de hacer cosquillas, pero era imposible entre tanta risa que empezaba a tener repercusiones abdominales en la pelirroja—. ¡Yulia! —reía como en aquella fotografía que recién mencionaban—. Manzanas, Manzanas! —jadeó, y Yulia se detuvo, irguiendo su mirada para encontrar la de Lena, la cual lloraba literalmente de la risa.



        —Eres tan hermosa —susurró Yulia, peinando su flequillo tras su oreja mientras la veía brillantemente a sus ojos, con ese amor incontenible—. Tan, tan hermosa… —sonrió, limpiando las risibles lágrimas que se habían escapado de Lena, esas lágrimas que sí le gustaba provocarle.







Lena sonrió sonrojadamente entre sus jadeos de abdomen cansado y temporalmente adolorido, pero no podía dejar de verla a los ojos, quizás porque decían más de lo que decían sus cuerdas vocales en conexión con su cerebro; era más puro y sin menos filtro, más vulnerable y más sensible, más emocional y sentimental.



Yulia se acercó a sus labios pero no la besó, simplemente la vio de cerca, muy de cerca para construir una transfusión de indirectas y tibias exhalaciones.



Y tuvieron ese momento en el que las sonrisas se fueron desvaneciendo en la lentitud más larga de un segundo, así como cuando se vieron a los ojos la primera vez que se despertaron una al lado de la otra, así como cuando se vieron a los ojos después de que Yulia pudo verbalizar esas dos simples y sencillas palabras, "te amo", así como cuando se daban cuenta de que todo estaba bien, de que todo estaba perfecto, esa manera en la que implicaba más que un enamoramiento adolescente, desencadenado, hormonal e idiotizante, esa manera en la que el corazón, o sea el músculo, lograba acelerarse divinamente.



Un segundo fue lo que le tomó a Yulia rozar sus labios con los de Lena, dejándolos estáticos mientras la punta de su nariz rozaba el costado de la suya, que sentía cómo el tórax de Lena intentaba relajarse para respirar con mayor ligereza.



—Te amo —susurró Lena casi inaudiblemente, apenas rozando los labios de Yulia cuando pronunció aquella fugaz "m".



    —¿Te casarías conmigo? —preguntó de la misma manera.



—Mañana mismo. ¿Y tú conmigo?



—Siempre… —dibujó una milimétrica sonrisa mientras ahuecaba su mejilla sin alejarse de sus labios—. Y te amo tanto… tanto… tanto…



—¿Por qué no me besas? —se sonrojó.



  —Estoy tomando todo—se sonrojó también, que ambas se contuvieron el "eso es lo que ella dijo" para no arruinar el momento.







Lena rio a través de su nariz mientras sacudía su cabeza ligeramente y, con un impulso de pocos milímetros, logró alcanzar los labios de Yulia para sentirse completa, para sentirse suya con la pausada delicadeza con la que Yulia acariciaba sus labios con los suyos, y que su respiración era más tranquila que nunca; tranquila, liviana y suave, que no forzaba nada ni con sus manos ni con su cuerpo, simplemente la estaba besando.



Su lengua apenas rozaba sus labios antes de esconderse, sus labios no se despegaban ni cuando concluían el período; besos a un solo labio, a los dos, suaves tirones, apenas caricias, nada de un beso hambriento y alocado, nada sexual sino sensual y seductor: cariñoso.



—Yo también te amo —susurró Lena, todavía con sus ojos cerrados por el beso que había concluido porque se había detenido a pesar de no haber un retiro real—. Y… gracias.



—¿Por qué?



—Porque te importa —sonrió, pero Yulia no logró entender, y yo tampoco—. Te estresa más saber cómo quieres que celebre mi cumpleaños, o qué quiero de regalo de bodas, o que no tuvimos Springbreak y que me faltarán mis vacaciones… te estresa más todo eso que el hecho de que estén evaluando el Estudio, y que tengas que ver cómo solucionas al tercer socio.



—¿Tercer socio? —preguntó, ensanchando su mirada.



  —Alec me dijo —se encogió entre hombros, y Yulia sólo suspiró por no gruñir, aunque, mentalmente y en un abrir y cerrar de ojos, lo asesinó y lo revivió mil veces sólo para volver a asesinarlo y siempre de una forma más creativa.



—Mis prioridades están en orden, y el tercer socio está en el puesto número no-está-en-mi-lista… pero, ¿podemos no hablar de trabajo?



—Sólo quería resaltar que te agradezco que te importe.



—Eres importante —sonrió, no sabiendo exactamente cómo responder a un agradecimiento de ese tipo—. Eso no se agradece, se gana.



—De todos modos y de todas formas: gracias.



—De nada —sonrió de nuevo, y, para matar el tema, le dio otro beso corto en sus labios.



—¿Para qué es el hielo?



  —Creí que ya se te había olvidado —resopló, y Lena sacudió su cabeza—. ¿Quieres uno?



  —Supongo —se encogió entre hombros mientras Yulia estiraba su brazo para sacar un cubo ya un poco derretido—. ¿Me hiciste ir a traer hielo para jugar con él conmigo? —rio, empezando a pensar ya un poco acorde a las intenciones de Yulia.



—¿Quieres que juegue con él? —preguntó, colocándose el cubo derretido entre sus labios para quitarle el exceso de agua.



—Lo que tú quieras —sonrió.



—Es tu cumpleaños, dije que habría condescendencia al máximo.



—Y es mi decisión que me hagas lo que quieras —dijo, abriendo sus labios para recibir el cubo de una manera que no esperaba: con los dedos, nada sexy.



—Tengo que repetirlo —dijo, y Lena le enrolló los ojos con desesperación—. Tengo que repetir que tienes un par de Bs perfectos.



—Ah, eso —se sonrojó—. ¿De verdad te gustan?



—¿A ti no?



—No es eso, es sólo que a veces creo que son pequeñas —frunció su ceño.



—¿Pequeñas? —resopló—. Treinta y cuatro B es básicamente lo mismo que treinta y dos C; son una copa B llena, lo que significa que estás básicamente a una pulgada de mi talla y a pocos centímetros cúbicos de mi copa, lo cual no considero que sea pequeña…



—Tómalo con calma, no estoy pensando en recurrir al cirujano plástico de Margaret —rio, haciendo que Yulia pudiera respirar tranquilamente, pues, de alguna forma, la plática con Natasha, esa que había tenido hacía unas cuantas horas, le había empezado a perforar la seguridad en sí misma.



—Ni se te ocurra —concluyó con una indignación real ante la idea—. Así me gustan, así me fascinan… así las quiero.



—Ahora que hemos cubierto el tema de mis senos —sonrió, sabiendo que la rectitud de palabras iban con Yulia—. ¿Puedes tocarlos como se debe?



—Gracias —sonrió.



—Y besarlos… y morderlos…



—Ahora estamos hablando.







Cayó con sus labios entre los implicados para llenarla de besos suaves y sin estrategia, besos que se convertían en mordiscos y en sonrisas que rozaba contra su piel mientras apretujaba lo que tenía que apretujar como si fueran del material más frágil que podía existir.



Bajó por entre ellos para aplicar los mismos requisitos en su abdomen, mordiscos que ahora daban cosquillas y besos que relajaban las previamente mencionadas. No había nada que apretujar, pero eso no impedía que le gustara jugar con su ombligo sólo porque sí, y porque le daba cosquillas.



—Sería pecado no repetirlo —susurró, acariciando suavemente la línea de piel que marcaba el límite de la tanga, y, así como la vez anterior, Lena se contrajo superficial y muscularmente por las cosquillas que el roce le provocaba—: me fascina cómo te queda —dijo, refiriéndose a la tela que se interponía entre ella y la entrepierna desnuda de Lena.



—¿Sí? —resopló, irguiéndose un poco con la ayuda de otra almohada que colocaba bajo su cabeza.



—Mjm… —asintió deslizando su dedo por el centro vertical de su entrepierna hasta llegar a ese punto en el que ya no había nada por acariciar por culpa de la toalla y la cama—. Además, es perfecta.



—¿Porque es negra?



—Aparte —sonrió, acercándose con su rostro a su entrepierna pero sin quitarle la mirada a Lena de la suya.



—¿Entonces? —cerró sus ojos ante el roce de la punta de la nariz de Yulia contra la línea derecha de su bikini.



—Sólo lo es —sonrió de nuevo, ahora recorriendo la línea izquierda, de abajo hacia arriba.



—¿Por qué? —resopló nerviosamente, intentando contenerse el reflejo de cerrar sus piernas ante las cosquillas que esa caricia le provocaba.



—Porque no es densa —dijo y, sin tanta sorpresa, clavó su nariz contra aquella sólida parte que era una ligera mezcla de seda, tul y encaje—. Y puedo hacer esto sin ahogarme. 



Gee…! —gruñó Lena al sentir cómo la nariz de Yulia se enterraba entre sus labios mayores, por encima de la composición de la tela, e inhalaba profundamente de la fragancia que la definía sin filtros y sin alcoholes, y Lena intentó huir por reacción natural de inconsciente y subconsciente vergüenza, pero Yulia la detuvo al aferrarse a su cadera mientras mantenía sus muslos abrazados.



—No huyas de mi —murmuró al terminar de inhalar uno de sus placeres que no eran tan pecaminosos a pesar de que así los catalogaba por la naturaleza pornográfica que lo definía, y se expresó con un conmovedor, pero gracioso puchero.



—No estoy—rio—, sólo no me lo esperaba… además, da cosquillas.



—Lo siento, no me pude contener —se sonrojó—. Hueles extremadamente bien…



Gee… —resopló sonrojada.



—Sí sabes que "Gee" es "co*o" en irlandés, ¿verdad? —rio, y Lena sacudió su cabeza con una risa que intentaba contenerse.



  —"Dios mío" —se corrigió—. "Oh, my God!"



—Me gusta cuando te acuerdas de mi tercer nombre —guiñó su ojo, haciendo que Lena ya no pudiera contenerse la risa, la cual exteriorizó en forma de carcajada, carcajada que hizo sonreír a Yulia hasta casi hacerla reír por igual, y tenía ganas de reír, pero no se comparaban con las ganas que tenía de hacer cosas que se encontraran en el punto de medio de la decencia y la indecencia.



  —O-oh! —suspiró, viéndose entre el inminente corte de su carcajada ante el ataque de la lengua de Yulia, la cual coqueteaba con su zona más erógena por encima de su tanga—. Eres tan bromista… —sonrió, llevando sus manos a la cabeza de Yulia para enterrar sus dedos entre el moño flojo—. ¿Qué verbo y que determinante faltaba en aquella frase? —suspiró, siendo la más sonriente de las víctimas del abuso.



—¿Cuál frase? —dijo, hablando claramente con la boca llena.



—"Para meterse conmigo".



—Yo sé que ya sabes —rio, y, como si estuviera haciendo nada en especial, como si estuviera relajándose entre una conversación por entretenimiento, llevó sus piernas a esa típica ortogonal posición en la que sus pies jugueteaban entre sí y se entrelazaban mientras amenazaban con dejarse caer nuevamente sobre la cama—. Y, si no lo sabes, averígualo… después de todo, estás acostada sobre una toalla.



—Eso es porque intuyo que me vas a hacer eyacular —resopló, pero cerró sus ojos de esa manera que enloquecía a Yulia como pocas cosas en el mundo, cosas que sólo Lena lograba.



—¿Eso quieres?



—Lo que quiero es que dejes de darle sexo oral a una tanga y que me lo des a mí —rio, viendo la mirada ancha de Yulia, esa mirada que mezclaba la sorpresa con la diversión; ese término que yo conozco como diversión despertada.



—A veces dices unas cosas… —resopló con esa sonrisa que relevaba al estado boquiabierto en el que se encontraba.







Lena, con una sonrisa que crecía de oreja a oreja, le dibujó un "I know" mudo con sus labios, por lo que Yulia, actuando veloz y audazmente, tomó la parte frontal de la tela negra, ese triángulo, y lo apuñó de manera vertical para luego halarlo hacia arriba con fuerza, haciendo que la tela se escabullera, por obligación, entre los labios mayores de Lena y aprisionara su clítoris y sus labios menores, así como la tensión que se había creado en cierto área de su trasero; un wedgie frontal que tenía repercusiones naturales traseras también. La sonrisa cambió de dueña, pues se le dibujó a Yulia en cuanto la satisfacción de la expresión facial de Lena la había invadido: se había desplomado en una descripción de entrecejo hacia arriba, ojos cerrados, reacción labial lasciva entre dientes y un gruñido, y su cabeza cayó rendida contra las almohadas.



—Yulia… —logró suspirar, pues, claro, su placer tenía nombre, apellido, y múltiples intenciones que conocía y que desconocía pero que se moría por conocer.



—"Para hacer un desorden contigo" —sonrió, y llevó sus labios a sus labios mayores para empezar a besarlos.



—¿Me vas a hacer eyacular? —dijo entre aires de entrecortada consciencia.



—Estoy para complacerte —respondió—, quiero complacerte.



  —¿Me vas a meter un hielo? —levantó la mirada, creyendo haber tenido una de las epifanías que más temía.



—Disculpa? —rio, dejando de darle besos a sus labios mayores.



—¿Me vas a meter un hielo? —repitió.



—¿Por qué haría eso? —continuó riendo.



—"Cosas indecentes".



—No, eso ya cae en la categoría de la crueldad —sacudió su cabeza—, jamás te "metería" un cubo, algo que tiene esquinas, en algo tan lindo, y circular…



—¿En mi clítoris?



—Creo que es imposible meter un hielo en un clítoris —sonrió graciosamente.



—Frotarlo —entrecerró sus ojos.



—No.



—¿Para qué es el hielo?



—Olvídate del hielo, ¿sí? —sonrió, devolviéndose a sus labios mayores para mordisquearlos.







Lena sólo asintió y se volvió a recostar sobre las almohadas para disfrutar de las divinas crueldades de Yulia, quizás eso de ir a traer hielo no había sido nada relevante para la noche, quizás y sólo era para jugar con su grado de estrés, «sí, eso debe ser». Pero era para todo; para estresarla, para tener hielo a la mano, para enfriar algo que se conocía, en toda cultura, a toda hora y en equivalencias en las respectivas lenguas mundiales, como "lubricante", algo que había descubierto con la misma emoción con la que presumió que Cristobal Colón había descubierto América en su momento, y que, en realidad, no era más que un redescubrimiento.
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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Nov 07, 2015 12:02 am

x/x









 



"Salmón a la parrilla con salsa de aguacate", o algo así. Era una porción generosa de saludable y rosado salmón al que James le había robado el sabor al haberlo arrojado a la parrilla para dibujarle las exquisitas marcas que delataban el proceso; había sido marinado en una mezcla de aceite de oliva, sal, paprika, cilantro, comino, polvo de cebolla y ajo y pimienta negra. Rebanadas de aguacate, cebolla morada, pimientos rojos, amarillos y verdes finamente picados, hojas de cilantro, jugo de limón y aceite de oliva, habían sido enfriados con anticipación. Tres o cuatro patacones, y una porción de arroz blanco. Justo como a Yulia le gustaba; sin espárragos en el plato, choque de lo caliente del salmón con lo frío de la salsa de aguacate, arroz nítidamente blanco y sin intentos de arrojar cualquier ***** (mierda decorativa) para subirlo de nivel, «porque sólo es arroz», y los patacones para añadir el crunch necesario. Sí, James conocía las kryptonitas de Yulia. Además, de postre, se había tomado la molestia de hacer una galette de fresas y ruibarbo con un helado de vainilla con un dash de bourbon. Todo para seducir el estómago de Yulia porque iban a hablar de negocios.



Oh… —musitó Yulia en cuanto James terminó de explicarle cómo quería la cocina del nuevo Dean & DeLuca que querían abrir en el Financial District, algo que Phillip apreciaría con demasiados agradecimientos y dólares que ya no tendría Starbuck’s—. Es un proyecto muy bonito, James —asintió, con esa pose compuesta de su brazo izquierdo abrazando su cintura, siendo el soporte de su codo derecho mientras su mano simulaba una "L" con sus dedos pulgar e índice y presionaban sus labios de manera pensativa.



        —¿Pero?



        —Realmente… —comenzó a decir sin quitarle la vista al plano y a los dibujos cavernícolas de James.



        —Es por el presupuesto, ¿verdad? —la interrumpió.



        —No es mi área de expertise —le dijo—, o sea, yo te puedo ayudar con la ambientación sin ningún problema, pero en la parte de los muebles que quieres… no lo sé, creo que no soy la persona más adecuada.



        —Pero si no es primera cocina que harías, hiciste la de Margaret.



  —Es una cocina doméstica, una cocina que ella escogió de entre una pila de catálogos que ofrecían flexibilidad por manufacturación en terceras manos —le explicó—. Tú quieres una cocina personalizada, y, con el presupuesto que tienes… no creo que puedas cubrir a dos personas. —Yulia y James levantaron la mirada para ver a una Lena que conversaba tranquilamente con Marie, quien había soltado la lengua tras una que otra copa de vino blanco que venía siendo llenada desde las dos de la tarde sin parar—. Lena —la llamó con una sonrisa—, ¿puedes venir un momento, por favor?



    —¿Para qué soy buena? —sonrió, poniéndose de pie y caminando hacia ellos, hacia la mesa del comedor.



James quiere consultarte algo —entrecerró los ojos, y Lena rio porque sabía exactamente qué tipo de respuesta pudo haber salido de su boca.



Dime —rio guturalmente, y Yulia le cedió su asiento, pues huiría de ahí para anular presiones y comentarios al respecto, de igual modo se había desentendido de un potencial proyecto y no necesariamente porque quería darle un proyecto a Lena; ya tenían bastante con lo de Patinker.



Dejemos a los de la cocina hablar de cocinas —sonrió Yulia, dejándose caer al lado de una Marie que tenía tanto glamour y tanta felicidad como un recién atropellado—. What’s up?



No mucho —bostezó contra su puño.



¿Día rudo?



Tengo un paciente que… —suspiró, sacudiendo su cabeza y llevando la copa a sus labios—. Un paciente que desde siempre he dicho que no necesita terapia de nada, lo único que necesita es que sus papás le expliquen dos o tres cositas… pero como que se les congelaron las pelotas y los ovarios con lo del Polar Vortex porque me pagan para que busque y arregle un problema que no existiría si no fuera porque… —ahogó su voz y gruñó—. Los papás son los que necesitan terapia urgente. 



Nunca te había escuchado hablar de tus pacientes —le dijo Yulia.



Esto trasciende la ética y el privilegio paciente-terapeuta —rio—, así de estúpido es el caso.



¿Me cuentas?



Un niño de cuatro años les abrió la puerta a los papás cuando estaban en lo mejor de… tú-sabes —rio.



Hermosa imagen —murmuró, tornándose un poco verde ante el pensamiento empático.



Mierda golpeo el techo no porque el niño vio cómo es que los adultos se divierten… sino porque vio que el papá estaba ahorcando a la mamá mientras tú-sabes.



The fuck… ¿ahorcando?



No "ahorcando", pues, le tenía la mano en el cuello… y la señora por supuesto que se estaba ahogando pero no porque la estuviera matando, sino porque se la estaban cogiendo —rio.



The fuck… —sacudió su cabeza con esa mirada de confusión—. ¿Por qué "ahorcarías" a alguien? Digo, si ya te cuesta respirar en ese momento, ¿cómo se te ocurre hacer eso?



Tan linda —rio, y Yulia se confundió todavía más—. El punto es que ahí jugaron dos cosas: papá intentó matar a mamá, y papá se estaba cogiendo a mamá hasta casi sacarle los sesos por las orejas… el niño vio eso, los papás se dieron cuenta de que tenían público, el niño salió corriendo.



Tuve cuatro años hace veinticinco años, creo que la reacción que hubiese tenido no la conozco.



    —Cuando me lo llevaron, a principios de febrero, fue porque el niño no hablaba y creían que era por ese episodio; creían que lo habían traumatizado al punto de quitarle el habla, pero el enano conmigo habla de lo más normal, y con ellos también… el problema es que los papás creen que el enano debería estar hablando hasta por los pelos, y el enano es simplemente tranquilo, cosa que ya les dije no sé cuántas veces. El enano come bien, no tiene daño cerebral, así como lo sugirieron los papás que tienen un amplio conocimiento de internet sobre neurología y psicología, habla de lo que un niño de su edad normalmente habla, simplemente no habla tanto como el hijo de la vecina, que habla hasta que vomita el desayuno.



Ciento veinte dólares por la hora… no te quejes —rio.



No, no me quejo de eso, sólo pienso que los papás necesitan ayuda urgente… o que dejen de imaginarse cosas, o que le expliquen algo con más sustancia que sólo "estábamos jugando".



Jugando "tute" —rio.



Mírate, y yo que te creía más inocente —sacó su lengua.



Eso se llama "imaginación", Marie, así como los papás de tu enano.



Me mataste —sacudió su cabeza con una sonrisa.



—¿Puedo preguntarte algo? —le preguntó intempestiva e improvisadamente.



Seguro.



¿Por qué la estaba ahorcando?



¿Es en serio? —ensanchó la mirada, y vio a Yulia sonrojarse por primera vez desde la conocía—. ¿Nunca te han ahorcado? —Yulia sacudió la cabeza—. Bueno, voy a corregir el término, no es "ahorcar" es "asfixiar", y, habiendo aclarado que es asfixia, se llama "asfixia erótica", o "hipoxifilia" si prefieres el término más erudito —rio.



  —¿Control de respiración? —susurró.



  —Eso es cuando lo haces tú sola, y que, porque sabes de qué hablo, probablemente ya lo has hecho, pero, cuando se lo haces a otra persona, simplemente alteras la circulación de sangre, no le cortas el aire… es una mierda cerebral que tiene que ver con oxígeno y endorfinas y otras mierdas.



¿Pero ahorcar a alguien? —preguntó con cierto tono retórico mientras veía sus manos.



  —No lo veas como algo tan malo —sonrió, tal y como Natasha solía sonreír cuando notaban que algo no lograba ser asimilado, esa sonrisa de Psicóloga, esa sonrisa de comprensión y paciencia—. Sólo lo haces por unos segundos, tres o cuatro, mientras te dejas ir… tampoco se trata de desmayar… aunque suele suceder.



  —¿James te asfixia?



A veces, no siempre… ¿no sabes cómo nos conocimos? —rio.



En Bungalow 8.



  —¿Pero sabes cómo fue que realmente nos conocimos? —Yulia sacudió la cabeza—. Su pick-up line fue: "Pareces ser del tipo de mujer a la que le gusta que la asfixien". —Yulia ensanchó la mirada y dejó que su quijada sufriera de la caída libre—. Una hora después me estaba licuando los sesos en el piso de su apartamento.



Increíble… —suspiró, empuñando sus manos.



Asumo que tu "sexo duro" no es realmente tan rudo, ¿no?



No sé siquiera si tengo "sexo duro". —Marie dejó que su quijada imitara la de Yulia—. No creo saber lo que eso significa en realidad.



Un poco de tirones de pelo, bofetadas, nalgadas muy duro, contra la pared, sujetar contra la cama y un sprint de veinte minutos de meter y sacar —se encogió entre hombros—. En tu caso debe ser más un tirones de pelos, bofetadas, nalgadas muy duro, un poco de bondage, un strap-on y no sé qué más; nunca me he acostado con una mujer.



Oh… —rio un tanto incómoda.



Si no lo tienes, quizás es suerte… —le dijo—. Es difícil cuando James quiere y estoy tan cansada que soy prácticamente una cuna de falta de excitación…



  —Bueno, también te mereces un día de descanso, ¿no crees?



El hecho de que no me excite en un principio no significa que no me excito en lo absoluto, siempre lo dejo que me empiece a coger —rio.



Me duele sólo de imaginármelo —se retorció.



¿Por qué crees que duele?



Porque si me molesta un dedo, es de asumir que algo más grande duele. —Marie rio, y, tomándose unos segundos para quién-sabía-qué, terminó su última copa de vino blanco—. ¿Qué?



Ven conmigo —dijo, poniéndose de pie y apuntándole con la cabeza que irían al dormitorio—. Sabrá Dios cómo has llegado a los veintinueve sin conocer el mejor descubrimiento desde la penicilina —rio, abriendo la gaveta de su mesa de noche para sacar un frasco que era tan chic que pasaba por perfume—. Se llama "lubricante", ¿lo conoces?



Claro que lo conozco, es sólo que no lo uso —rio, tomándolo en su mano.



¿Por qué no?



No soy fanática —sonrió.



¿Fanática de la idea o fanática de usarlo?



Del lubricante en general, no me gusta —dijo, y Marie frunció su ceño—. ¿Qué?



¿Cómo no te va a gustar mojarte?



Eso me da igual, pero si se trata de tocarme… no lo necesito.



Espera, espera —sacudió su cabeza y le clavó su mirada llena de escepticismo y confusión—. ¿Quieres que crea que no te disgusta la sequedad?



No soy una minusválida sexual —entrecerró sus ojos—, tengo el potencial para alcanzar cualquier estrellita; con o sin lubricante. Se llama "control de respiración" —guiñó su ojo—. Además, la idea de un lubricante, la idea de que sea viscoso y pegajoso… me da asco en realidad —dijo, dándose cuenta, en ese momento, que era prácticamente lo único que podía darle asco, y era bueno porque era sintético.



No es pegajoso ni viscoso —frunció su ceño, y, con buenas intenciones de reformar un pensamiento escéptico, presionó la bomba de aquel frasco de cien mililitros para que una gota cayera sobre el dedo índice de Yulia—. Frótalo entre tus dedos —le dijo, y Yulia, muy incómoda, lo hizo hasta que, en cuestión de dieciocho segundos, aquella sustancia básicamente se había evaporado—. Base de agua, lo mejor que existe —sonrió, notando que Yulia todavía inspeccionaba sus dedos de toda forma posible: visión, olfato y tacto.



Seguramente —balbuceó—, pero es la falta de fricción la que me molesta… es demasiado resbaladizo.



Haz una cosa —sonrió, metiendo la mano nuevamente en la gaveta para guardar el frasco, y sacó la versión miniatura de quince mililitros—. Llévatelo.



¿Para qué? —rio.



Para que te lo comas con cereal —dijo con esa mirada sarcástica, y Yulia rio—. Pruébalo, verás que la fricción no es la misma… además, si no te gusta, es más fácil limpiarlo que limpiar el natural, si es que sabes a lo que me refiero —dijo juguetonamente—. Y yo sé que no me estás pidiendo ningún consejo, porque Yulia Volkova no pide consejos, y asumo que especialmente si se trata de placer sexual —rio—, pero… si lo enfrías… —sólo asintió.



Ya tuve un hielo en esas coordenadas, y no fue tan placentero como cualquiera creería —sacudió su cabeza.



Ése es el punto, no es un hielo… dos o tres gotitas, porque ya me dijiste que no te gusta tan poca fricción, y lo vas a calentar… sólo se trata de jugar con la temperatura, no de que te quemes con hielo —sonrió—. Cuando termines vas a pensar en llamarme para agradecérmelo, porque un iMessage o un Whatsapp no será suficiente —guiñó su ojo, y cerró la gaveta.  



 







x/x







 



Yulia tiraba periódicamente de la parte que apuñaba, y tiraba de cierto modo que no sólo rozaba sino que presionaba también; era una masturbación ajena que se complementaba con succiones y mordiscos que, en un final, estaban ya tal y como a Yulia y a Lena les gustaban; a Yulia por la simple estética, a Lena porque la sensibilidad era fuente de placer, de genuino e innegable placer.



Soltó, liberó lo que tenía aprisionado entre el tul y el encaje, provocándole un suspiro de placentero alivio a la pelirroja que había empezado a respirar con mayor pesadez, y, con una mirada traviesa de concupiscente sonrisa entre dientes, apartó el obstáculo textil para darle un vistazo a la maravilla estética, eso que debían haber diseñado con acuarelas y pinceles.



—Eres tan hermosa—suspiró ante la imagen, y Lena, ante la exhalación que se había enfriado en el trayecto, se contrajo e intentó huir por el reflejo que la caricia de la respiración de Yulia le había hecho en esas tan sensibles partecitas.



—Yulia… —rio suavemente con un ligero rubor en sus mejillas.



—Es que… —suspiró de nuevo—. Es tan linda…



—Ah, hablabas con ella —bromeó.



—Y contigo también —levantó la mirada.



—¿De verdad te parece "linda"?



—Claro que si, se ve inocente… es un hermoso co*o—sonrió.



—¿Inocente? —rio—. Definitivamente no ha experimentado cosas inocentes.



—¿Rudas?



—No que yo me acuerde.



—¿Feas?



—Tampoco.



—¿Hirientes?



—Sí —rio, y Yulia ensanchó la mirada, la cual estaba que rebalsaba de miedo, frustración y culpa—, como ahorita… la estás torturando.



—Ah… —sonrió aliviada—. Es que no me ha dicho qué quiere que le haga.



    —De aquí a que una vagina hable… —resopló, y Yulia entrecerró sus ojos—. Quiere que le des un besito.



—¿"Un besito"? —ladeó su cabeza, así como si no entendiera.



—Uno chiquitito chiquitito —dijo, simulando una pizca con sus dedos—. Pero que sea rico.



—¿Y en dónde lo quiere?



—Aquí —sonrió, llevando su dedo índice a su clítoris sólo para señalarlo.



—¿Aquí? —murmuró, llevando sus labios a él para darle el besito chiquitito chiquitito pero rico, y Lena asintió con una sonrisa—. ¿Otro?



—Por favor —suspiró.



Yulia le dio otro, y le preguntó con la mirada si quería otro, a lo cual Lena respondió que sí, y se lo dio, y volvió a preguntarle si quería otro, y otro, y otro, y otro, y cada vez se transformaban en algo más; pasaron de ser chiquititos chiquititos a ser chiquititos, a ser chiquitos, a ser besos, a ser "be…sos", que, de no ser por la humedad que delataba los besos que se transformaban en succiones y en cosquillas labiales, habrían sido mudos.



Las succiones eran suaves alrededor de su clítoris y de sus labios menores, pero eran intensas, y la hacían jadear así como había jadeado la noche anterior también. Ah, mis ninfómanas favoritas. Veía a Yulia hundirse entre sus piernas con los ojos cerrados, y la veía tirar de sus labios menores, y eso sólo lograba excitarla más. La veía detenerse, abrir los ojos y llevar sus dedos a su clítoris para frotarlo con una textura distinta a la de su lengua, con diferente presión y precisión, y luego volvía a adherirse a su clítoris con sus labios, para luego bajar con su lengua y acariciar su USpot y comprobar la rigidez de sus labios menores en cuanto su lengua los rozaba, mordiscos y succiones a sus labios mayores, y dientes que sólo coqueteaban y pretendían mordisquear su clítoris, pero ella no estaba concretando nada porque Sophia no le decía que quería que cambiara, que, de no hacerlo en unos cuantos segundos, ella tomaría la decisión de dejarla riendo entre jadeos.



—Quítamela —jadeó de repente, y a Yulia no le tomó ni tres segundos en llevar sus manos a su cadera para empezar a deslizar la Paladini hacia afuera—. ¿Sabe bien?



—Como no tienes idea —sonrió, y sonrió doble porque Lena levantaba sus piernas una junto a la otra para compactar su entrepierna de esa forma que sabía que a Yulia le gustaba también, aunque, después de todo, a Yulia le gustaba de todas formas y en todas las posiciones y compresiones que existían—. Jesus Christ… —rio, sacudiendo su cabeza mientras arrojaba la Paladini a ciegas.



—Así me quiero quedar por unos momentos —le dijo, abrazando sus piernas, por el interior de sus rodillas, para mantenerlas en tal íntima y reveladora posición.



—Sabia decisión —sonrió, recostándose de nuevo sobre su abdomen para quedar a la altura perfecta—. Eres perfecta, Lenis… —susurró, trazando líneas de roces aduladores con su dedo índice por la línea vertical que con tanta gracia separaba esa entrepierna—. Simplemente perfecta, mi amor —sonrió, y le dio un beso en lo que ya se consideraba su trasero.



—¿Te gusta esto? —le preguntó, llevando su dedo índice a su vagina para introducirlo en ella sin dificultad alguna por la bastedad de excitación líquida que la había colmado y que la seguía colmando.



—Es her-mo-sa —sonrió, dándole un beso a su nudillo índice.



—¿Y esto? —dijo, acariciando su perineo con el mismo dedo.



—Creo que es increible —respondió, dándole un beso al área señalada por sobre el dedo que se interponía entre ella y la corta longitud que se estiraba por la posición en la que Lena estaba.



—¿Y esto? —suspiró, pues su mismo roce se lo provocó.



—Me fascina —dijo con sinceridad, y se ahorró el "Freud habría tenido un buen sujeto de estudio conmigo"—. Puedo besarlo?



—Yo no sé si puedes besarlo, Yulia Marie… —sonrió, retirando su dedo de aquel agujerito que implicaba toda fijación y tema tabú que no salía de entre ellas dos, y quizás de Natasha y Phillip, pero ellos no cuentan—. Pero quiero que lo beses.



—¿Besitos chiquititos chiquititos pero ricos? —le preguntó, hincándose sobre la cama y no perdiendo de vista aquel agujerito que se contraía por la voluntad provocativa de su dueña.



—Y otras cosas también —sonrió, abriendo sus piernas sólo para verla, pero mantuvo la altura de ellas con ayuda de sus manos y de las de Yulia.



—Te amo —vomitó, queriendo darse una bofetada por ello, pues no le parecía un momento tan correcto para declararle su amor, más porque no quería que las razones de su amor yacieran en un "puedes hacerme lo que quieras"; esos "te amo", esos que se escapaban por esa razón, no contaban y no valían.



—Yo también de amo —sonrió, y, ante eso, Yulia sólo supo estirarse para darle un beso en sus labios, para redimirse por su mal tiempo—. Antes de jugar ocultar y buscar con mi culo… —susurró contra sus labios—. Dímelo de nuevo, ¿sí?



—Te amo —susurró—. Te amo, te amo… te amo en "Rococco Red".







Y de ese tono se tornó Lena, de ese rojo que no era tan rojo, pero que tampoco llegaba a ser rosado; era el rojo por el que se habían peleado, a nivel laboral, para pintar ciertas paredes de "Patinker & Dawson".







Ya era tarde, al menos lo suficiente como para estar en la oficina, y estaban avanzando con lo del proyecto mencionado para poder salir del estancamiento mental y creativo en el que se encontraban por las especificaciones alocadas de sus clientes; paredes blancas, muebles oscuros pero no negros, pisos blancos, y querían algo rojo. Ni dijeron qué querían rojo ni qué tan rojo.



Las dos habían acordado en pintar ciertas paredes de rojo, pero eso iba a depender del tipo y tono de rojo, y el problema era que Yulia quería un "Chinese Red" y Lena un "Poppy Red", y Yulia lo quería en TCX y Lena en TPX.



Luego de argumentar y defender su color ante la soledad de un jurado inexistente, porque ni Gaby estaba para brindar sus a-veces-sorprendentes-conocimientos, no lograron llegar a una decisión en concreto y el enojo escaló entre nuevos argumentos que ya habían caído en la línea infantil de "porque el mío es menos jodido para el ojo humano" (Lena) y "porque yo digo" (Yulia). Se habían enojado a nivel profesional y creativo, y, en un arranque de furia, Lena gruñó algo en griego y arrojó la guía sobre la mesa que habían instalado en el centro de la oficina para tener mayor espacio visual y no tener que estar paseando de escritorio a escritorio, y Yulia, en un arranque similar, tomó a Lena por la cintura hasta que la había acorralado entre ella y la pared, y entre los besos que ambas se arrancaban, Yulia la cargaba e intentaba embestirla, y no sabía ni por qué, pero esa era su reacción, y Lena que sólo la tomaba por las mejillas para mantenerla quieta y poder ella controlar el arrebate de sus labios.



Rebotaron por donde quisieron los Louboutin Pigalle de Pitón de Yulia, arrojaron todo lo de la mesa hacia el suelo para que Yulia pudiera desabotonarle la camisa a Lena y para que Lena pudiera subir el vestido de Yulia, que fue cuando se dio cuenta que, bajo ese Oscar de la Renta, se encontraba un garter que sujetaba sus medias, por lo tanto su Kiki de Montparnasse no sería tan fácil de quitar. Lena cortó la Kiki negra con una tijera, la mutiló tal y como en dos meses y medio mutilaría su Oscar de la Renta rojo, y Yulia logró deshacerse del pantalón de la pelirroja y de la furia inmediata. Sexo oral para Lena después, una baja de furia por la serotonina de ambas, frente contra frente, Yulia fue víctima de los dedos de Lena, y, por último, una jornada de tribadismo clásico sobre múltiples bosquejos, ambas cayeron sobre sus espaldas, lado a lado, entre risas jadeantes y fijaciones al techo; Yulia con su vestido a la cadera y todavía con sus Louboutin y su sensual garter puesto, Lena con la camisa abierta y sus senos apenas obligados hacia afuera y sin nada que cubriera sus piernas, Lena se quejó de lo incómodo que se sentía aquel objeto que se le incrustaba en la espalda.



Lo sacó y sólo suspiró para luego reír, pues era una de las guías de rojos, y la extendió en forma de abanico para darse aire y a Yulia también.



Las dos cedieron para que el color de la otra quedara plasmado en la propuesta inicial, pero, ante dicho momento de frustración, Lena empezó a repasar tarjeta por tarjeta a ciegas, y Yulia, a ciegas también, le dijo cuándo parar, y luego, de la misma forma, repasó los colores de tal tarjeta para que Yulia la detuviera. Al final, el color que había sido decidido había sido el "Rococco Red" en TPX.



—Oh my… —evitó retorcerse Lena ante esas cosquillas que le hacían la punta de la nariz de Yulia, quien veía de cerca el agujerito estaba por clasificar su razón de locura.



—¿Vergüenza? —sonrió, dándole un besito chiquitito chiquitito pero rico ante la contracción.



—En posiciones más vergonzosas me has puesto —bromeó—, y has visto partes de mí que son más vergonzosas que eso.



—Quizás —rio, volviendo a juntar sus labios con aquella textura—. Vale la pena repetirlo… tienes un pequeño ano que hipnotiza.



—¡Mi amor! —se ahogó entre un gemido de vergüenza y pudoroso rubor.



—Bellissimo… pequeño, e increiblemente apetitoso —sonrió, y volvió a darle un beso, este ya más pausado y profundo.



—Entonces… cometelo —dijo entre una risita que daban ganas de atacar a besos y a cosquillas.



Y fue comido, aunque primero dio dos mordiscos; uno a cada lado que encerraba el agujerito, y, como consecuencia, un par de ahogos no lograron ser ahogados con éxito. Los besos se fueron haciendo cada vez más pausados y con mayor presión, se hicieron esporádicos y no continuos, pues su lengua acariciaba la circunferencia de arriba hacia abajo o de manera circular, alternando un sentido natural y un sentido en contra de las agujas del reloj. Cuando su lengua iba de abajo hacia arriba, Lena esperaba que presionara un poco más para que la penetrara superficialmente, pero ella pasaba de largo y sólo podía responderle la omisión con una contracción voluntaria que le hacía más daño a ella que a Yulia, aunque "daño" era relativo sino metafórico.



Unos mordiscos más por aquí y por allá, una estimulación perianal bastante cariñosa, y Lena soltó sus piernas, igual que Yulia, para colocarlas sobre la cama y obligarla a que subiera a su clítoris de nuevo.



—¿Quieres saber para qué es el hielo? —le preguntó antes de succionar su clítoris, empezando a frotarlo con sus dedos.



—Así que sí tiene un propósito —sonrió.



—No te haría ir a traer hielo sólo porque sí —murmuró, irguiéndose para alcanzar la hielera.



—Dime, ¿para qué es?



—Sólo un experimento —sonrió, arrojando la tapa sobre la cama para meter la mano entre el agua fría—. ¿Quieres intentarlo?



—No sé a qué estaría accediendo —se encogió entre hombros—. Pero sí, estoy dentro.



—¿Cómo lo quieres; rico y cómodo o intenso y rico?



—¿No puede ser intenso, cómodo y rico? —sonrió golosamente.



—Eventualmente se vuelve cómodo, sí.



—¿Qué tengo que hacer?



—Abrir un poco más las piernas, mantenerlas abiertas, cerrar los ojos y dejarte ir.



—Bien —suspiró, y cerró los ojos para, literalmente, dejarse llevar por lo que fuera que Yulia pretendía hacerle.



—Hermosa —la halagó, colocando la hielera sobre el suelo y arrojando aquel frasco a la cama para ganar un poco de tiempo.
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VIVALENZ28

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Re: EL LADO SEXY DE LA ARQUITECTURA PARTE 2

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Nov 07, 2015 12:04 am

Se recostó nuevamente sobre su abdomen y, como antes de interrumpirlo todo, llevó sus labios a su clítoris, que hizo que Lena gimiera tanto por anticipación como por curiosidad, por sorpresa y por placer acostumbrado. Su dedo presionaba suavemente la empapada bienvenida de su vagina, se introducía sólo para coquetearle y para dejarla esperando una mayor longitud; era una vil pero interesante y emocionante provocación.



Su dedo bajó por su perineo, acariciándolo y presionándolo gentilmente para empezar a ganar puntos receptivos con la zona, y, en cuanto llegó al agujerito, Lena supo que empezaría la estimulación previa y obligatoria, por no decir que era por efectos de ley, de aquello que penetraría salazmente con un dedo. Quizás y el hielo sólo era para adormecer el área que daría la bienvenida a dos dedos, quizás y era ése momento del año, quizás y el hielo era para Yulia, para cuando diera un respiro de su clítoris poder enfriar su cavidad bucal y regresar a su labor oral con una punzada que tenía características imaginadas y supuestas de ser completamente satisfactorias.



Fue uno de esos momentos en los que apagaba las funciones que tenía que apagar para agudizar aquellas de las que su potente y satisfactorio placer necesitaba para estallar en lo que Yulia solía sexualizar con un gentil tacto y una sonrisa de picardía que provocaba nervios. Apagó el control de sus manos y dejó que cobraran vida para que jugaran con sus senos o para que se enterraran entre el moño de Yulia, apagó la concentración de mantenerse lo más callada posible para no sentirse parte de una película pornográfica, apagó el trabajo, apagó a Volterra, apagó a todos menos a quien tenía entre las piernas, pues lo único que no apagó fue la imagen mental de una Yulia que reclamaba lo que era suyo por méritos, por condescendencia, por gusto  y porque sí, apagó el control de sus caderas y de la resistencia de pudiera tener como consecuencia de un estrés que había empezado a sacudir en las dos horas, casi tres, en las que Yulia la había llevado hasta el hotel mientras cantaban un popurrí de "Señorita", "Like I Love You", "Tunnel Vision", "TKO", "Sexy Back" y "Suit & Tie" como unas adolescentes que se daban vergüenza propia y ajena. Relajación total.



Entre labios enrojecidos que habían pedido un receso, Yulia simplemente se despegó de su clítoris para poder ver cómo su dedo desaparecía lentamente en aquellas dimensiones que eran demasiado cálidas y estrechas, y Lena, ante la falta de atención que su clítoris recibía, y que su control corporal estaba al mínimo, sus dedos se encargaron de acompañar la inserción con un frote un tanto incoherente y torpe, pero la mezcla de las sensaciones fueron suficientes para hacerla gemir dos o tres veces, esos gemidos que eran mimados y agudos y que salían más por exhalaciones que por una manifestación de cuerdas vocales.



El dedo de Yulia llegó hasta donde su propia anatomía se lo permitía, y el frote de Lena había cambiado de rápido a una caricia realmente concupiscente.



—Lenis… —suspiró, viendo cómo había reclamado su clítoris para estimularlo ella misma, y le dio besos y mordiscos en el interior de sus muslos—. Eres tan hermosa… —susurró, totalmente estupefacta ante la autoestimulación de Lena, la cual no se resumía sólo a su clítoris sino a un coqueteo por sus senos también; su mano los apretujaba, los ahuecaba, pellizcaba y halaba suavemente sus pezones.



—Fóllame —exhaló, y Yulia, ahorrándose el "será un placer", empezó a hacerlo; a penetrar aquel agujerito que sufría gustosamente de la inundación de su vagina—. No, no ahí —gimió—. Aquí —suspiró, llevando su dedo a su vagina para introducirlo de la manera más lasciva que no conocía en completa consciencia.



A Yulia casi le da un paro cardíaco de ver aquella excitación que la obligaba a penetrarse, algo que no solía pasar, quizás una en veinte veces, y, aguantándose la combustión, relevó el dedo de Lena con el suyo, dejando su dedo índice izquierdo en su otro agujerito, dejándolo estático, y penetró aquella cavidad que tenía color, olor, sabor, y textura y música perfecta. Así era como a Yulia le gustaba, con Lena diciéndole qué hacer y cuándo hacerlo, trabajando en equipo con ella, pues sus dedos habían regresado a acariciar su clítoris para sacarle cada gemido que se había aguantado en las últimas veinticuatro horas.



Un segundo dedo invadió a Lena, que fue cuando todo se volvió extremadamente erótico y sensual por el tono de sus gemidos y de sus ahogos, tanto que se proyectaban en Yulia, quien intentaba no gemir porque era demasiado pornográfico, pero no lo podía evitar; era tan intenso que tenía demasiados efectos audiovisuales, mentales y físicos en ella, hasta había empezado a sentir aquellas palpitaciones en su clítoris y en su vagina que sólo gritaban su exigencia de atención y satisfacción.



Besos y mordiscos seguían aterrizando en el interior de los muslos de Lena, pero los ojos de Yulia nunca dejaron de estar concentrados en su clítoris, en cómo respondía al frote con una hinchazón que la hacía gruñir por querer succionarla, o en cómo mordía su labio inferior entre los gemidos de los que podía hacer una canción de ocho mil setecientas sesenta horas.



Sus dedos entraban y salían de su vagina con impresionante facilidad, y su agujerito estrujaba periódicamente su estático dedo, algo que era tan anhelado y voluntario que se había vuelto involuntario. A veces sus dedos presionaban su GSpot, a veces la pared trasera de su vagina, esa que, al presionarla y levantar un poco su dedo entre su otro agujerito, podía sentirlos muy cerca, a veces presionaba su ASpot, acción que solamente liberaba más y más jugos, y, a veces, simplemente, con sus dedos en la mayor profundidad que podía alcanzar, empujaba todavía más para que la profundidad se ampliara y se agudizara, y a Lena le gustaba; eso era lo importante.



Era una estimulación potente, intensa, sobresaliente y prepotente, así como cuando había un titánico choque de Martini con aceitunas y una dosis de Moonlight Sonata; era simplemente demasiado, demasiadas cosas malas, tristes y erróneas juntas, pero ahora era en el buen sentido, era como una parodia exagerada, en calma y silencio, idealizaciones y fantasías, de levitaciones y sonrisas, de la Op. 15 en F Mayor de las Nocturnas de Chopin. Una parodia, o un nuevo significado para un nuevo sentimiento por un nuevo escenario de explicaciones y asociaciones, algo sexual y sexualizado, eso que había poseído a Lena de una encantadora e idotizante manera, idiotizante e hipnotizante, de esas sensaciones de altibajos que sólo le provocaban ganas de atacarla a besos y abrazos por simple meritocracia; era como si hacerle cosas indecentes, porque eso era parte de algo indecente según su definición, le provocara hacerle cosas perfectamente decentes al punto de ser inocentes y de pureza digamos-que-virginal.



Gemidos para grabar, ahogos para sonreír, jadeos para darles aliento con caricias, expresiones faciales para olvidarse de todas las desgracias de Berlusconi y del antojo crónico de Nesquik que nunca satisfacía,   y, de alguna manera, un todo para arrullar y mimar entre caricias y susurros.  



Llegó ese momento crítico en el que el dilema se agrandaba y se profundizaba sí o sí, ese momento que algunas personas describen con un "click", o con una ola de mayor calor, o como un choque eléctrico, o así como Lena lo exteriorizaba: "Gamó!"; agudo, arrancado y más sollozo que gemido que contraía sus entrañas cual espasmo muscular temporal, y Yulia sacó sus dedos para dejar que esa contracción pudiera asegurarse con mayor tensión.



Lena gimió entre la falta de su completa estimulación, entre la añoranza de las perfectas sensaciones, pero no era algo mortal o terminal, o permanente, pues Yulia sólo tomó uno que otro segundo para dejar que un push de aquel diminuto frasco cayera sobre su pulgar. Estaba frío, tal y como ella lo había probado en sí misma en un intento de redescubrir y conocer la lubricación sintética que, a pesar de no darle asco, tampoco le entusiasmaba tanto, pero que debía saber qué tan intenso e insoportable, o soportable, serían las sensaciones para ni siquiera tener el mínimo de probabilidades de lastimar o incomodar a Lena en un momento tan crítico y caliente.



La profunda respiración de la pelirroja le dio el permiso que necesitaba para introducir sus dedos nuevamente en su vagina, y, ante la sonrisa que era imposible dibujar entre tantos gemidos y reanudados placeres, encontró la luz verde para introducir su pulgar.



Se había imaginado un educado y elocuente "shit!", o un "fuck!" o un "cazzo!" en forma de gruñido, pues el lubricante estaba tan frío como si realmente le hubiese introducido un maléfico hielo, y congelaba el espacio virtual, lo adormecía con absoluta perfección, lo cual era más que útil para penetrarla en ambos agujeros, y, así, ir calentando poco a polco el congelado lubricante que sólo le había provocado un entrecortado sollozo con una contracción aún mayor.



Yulia se concentró en hacer algo rítmico y cómodo de las penetraciones que hacían que Lena llevara su mano a su cabello para intentar contenerse en el doblez de su codo mientras continuaba frotando su clítoris, el cual ya estaba por estallar en un hinchado orgasmo que todavía no se sabía si tenía cara de eyaculación o no. La mirada de Yulia se levantó y recorrió la verticalidad de Lena con lentitud, de su clítoris examinó su intranquilo abdomen, el cual parecía endurecerse como una roca con cada contracción que le ayudaba a provocarse, subió a sus senos y sólo obtuvo una de las mejores vistas de ese par de full Bs que gozaban de un par de erectos pezones, y su enrojecido cuello junto a sus enrojecidas mejillas. Se encontró con la mirada de Lena, una mirada que imploraba más placer; así de rendida estaba, y, manteniendo el contacto visual, el cual costaba mantener por la versión de Lena que sólo quería ceder a hacerse estallar de ojos cerrados para realmente implosionar a gusto, incrementaron la intensidad del momento para que, de un momento a otro, Lena entrara en esa faceta de tensar la mandíbula para gruñir entre dientes mientras aceleraba el frote hasta quedarse en completo silencio temporal.



Yulia, en cuanto supo que estaba sucediendo, reclamó sus dedos para dejar que se corriera a gusto, aunque creo que, en realidad, fue una excusa, pues, entre las sacudidas salvajes de las caderas de Lena, logró controlarla al abrazarla por sus muslos hasta alcanzar sus senos, y, apretujándolos, se las ideó para arrebatarle su clítoris con sus labios para hacer eso que Lena le había dicho hacía rato: "puedes chupar mi co*o más tarde. Y que mejor chuparlo con fuerza". Y lo hizo tan fuerte, tan intenso, con tantas malas pero buenas intenciones, que le arrancó un grito de ojos abiertos que progresivamente se enrollaron hasta cerrarse, algo que vio Yulia y su Ego la felicitó con unas palmadas en la cabeza.



El grito la dejó jadeando y sollozando en silencio, desplomada, hundida entre la cama que intentaba sostenerla. Sus piernas eran más débiles que la gelatina, apenas y podían no desprenderse de su cadera, su cerebro se había adormecido de manera temporal; tenía ese leve hormigueo que la poseía como pocas veces lograba poseerla al cien por ciento.



Yulia se despegó de aquel enrojecido botoncito sólo para ver, por curiosidad, cómo sufría de espasmos que todavía contaban como orgásmicos y no como postorgásmicos.



Subió con los típicos besos por su abdomen hasta llegar a sus labios, en donde intentó besarla, pero fue un fracaso total entre la agitada respiración y lo inerte que no respondía ni correspondía. Se tumbó a su lado y, por cosas de la automaticidad, la envolvió entre sus brazos.



—Todo bien? —susurró al cabo de unos segundos de preocupante silencio, pero Lena no respondió, sólo suspiró, y eso, en el diccionario que contenía toda la terminología de la única Licenciada que toleraba porque adoraba, no era nada bueno—. ¿Mi amor? —susurró de nuevo, y Lena, privándola de respuesta, se aferró a ella; apuñó su camisa y se enrolló completamente entre su brazo y su pecho, que fue como si le dieran una patada al estómago—. ¿Estás llorando?



La pregunta era justa, y rara al mismo tiempo, pero también era curiosa, y era del tipo de preguntas que Yulia sabía que podía tener una respuesta que era menos mala que la otra, porque, de estar llorando, sentiría ese vacío interno que pocas veces había sentido en los últimos años de su vida, ese vacío por sentirse realmente miserable, por sentirse culpable y la provocación absoluta de su llanto.



Lena no respondió, sólo suspiró de nuevo, y eso fue respuesta suficiente.



—¿Te lastimé? —La pelirroja simplemente sacudió su cabeza en silencio, y Yulia se sintió aliviada, pues, probablemente, era un simple despilfarro hormonal ido al sur—. ¿Puedes verme? —le preguntó, y obtuvo otra negación silenciosa, por lo que sólo estiró su brazo y trajo las sábanas para cubrirla.



Se conformó con saber que "no" era "no", y no intentó hacer un "está bien" forzado de ese "no", estaba en todo su derecho de estar tan hormonal como quisiera; como podía estar ovulando, podía simplemente haber tenido de esas reacciones que su hombre interior no lograba comprender con tanta profundidad. Se quedó ahí, abrazándola en silencio, abrazándola en estado vegetal y sólo respirando en seco mientras Lena inhalaba humedad a través de su atascada y enrojecida nariz. La había tomado de la mano y había posado sus labios sobre su melena de reciente diversión sexual, le daba besos esporádicos, o quizás le daba un beso por cada gota que se encargaba de mojar su camisa.



—Perdón —murmuró en esa quebradiza y pequeñita vocecita que partía corazones y anudaba gargantas.



—¿Por qué? —se reacomodó para poder ver a Lena a los ojos, quien sólo se encogió entre hombros por respuesta—. ¿Te lastimé?



—No, ya te dije que no —susurró.



—¿Estás bien?



—Sí —asintió, y dejó que Yulia le limpiara las mejillas con los dedos que todavía podía pasar por limpios.



—Me encanta assaje —susurró mientras secaba su tabique—, pero mucho, mucho ya sabes.



—Entonces,hablemos de Nápoles? —resopló entre la humedad de su nariz.



—Solo "Caruso", cara mia —guiñó su ojo—. Habla romano moderno; la derecha italiana y el real.



—¿Me perdonas?



—No hay nada que perdonar, ni a ti ni a tus hormonas —sonrió, trayéndola sobre ella para poder mimarla como se debía.



—Yo sé que eres de la misma raza de Phillip.



—¿Y eso qué significa? —rio.



—Que entran en crisis cuando alguien llora…



—Entro en crisis cuando me lloran —la corrigió—. Puedo ver a alguien llorando en la calle y no me importa… pero si tú te pones a llorar frente a mí —sacudió la cabeza.



—Hence, lo siento.



—Me voy a enojar si vuelves a disculparte, o a pedir perdón, o a decir "lo siento" —le advirtió—, y hablo en serio.



—Para mi salud mental, sólo dime que sí —ensanchó la mirada.



—Está bien: "estás perdonada" —entrecerró sus ojos.



—Gracias —suspiró, ya más aliviada.



—Ahora… Principessa —sonrió amablemente—, ¿quieres una ducha antes de dormir?



—¿Me estás metiendo ya a la cama? —dejó caer su quijada para mostrar su asombro.



—En teoría ya estás en la cama.



—Digo, ¿quieres que me duerma ya?



—No, no… usted, Licenciada Katina, goza de algo que se llama "libre albedrío", por lo tanto quisiera que se diera cuenta de que le ofrecía una ducha y que no la estoy obligando, además… "antes de dormir" puede ser en este momento, en veinte minutos, o en una hora; no sé qué tan cansada esté.



—¿Tú crees que voy a dejar que te vayas a dormir sin pagarte mi orgasmo?



—¿Quién te lo está cobrando? —rio—. Esas cosas se hacen con