PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

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PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Admin el Lun Ago 31, 2015 12:08 am

Pasando por acá les dejo lo que será la última adaptación de momento, aclarando, por la falta de tiempo y constancia así que no habrá días en específico para las contis por lo que serán espontáneas, sin más les dejo esta adaptación de la autora Lia Belikov...

Para la más egocéntrica, estúpida, cretina, bastarda, charlatana, deliciosa, hermosa e IDIOTA chica que he conocido: Julia Volkova.


Sinopsis
Cuando pienso en Julia Volkova, pienso en estas tres cosas: caliente, estúpida y peligrosa.
Caliente porque, digo, no se puede negar lo totalmente atractiva que es: cabello negro, ojos azules, un cuerpo torneado, tatuajes discretos cerca de la base de su espalda, y deliciosos dedos largos que parecen papas fritas listas para comer.
Peligrosa porque la chica, aparte de manejar una motocicleta, tiene un oscuro secreto que no se atreve a contarle ni a su sombra.
Y estúpida (en serio, ESTÚPIDA) porque, bueno, eligió estar con mi prima Marie.
¿Quién en su sano juicio se fijaría en una persona como ella? Es la personificación de Miss Piggy en toda regla: de personalidad voluptuosa, con voz chillona y siempre queriendo ser el centro del universo.
Definitivamente no tengo razones para enamorarme de ella. Julia es todo lo que NO quiero en alguien; y sin embargo, sabiendo lo tonta que puede llegar a ser, o lo mucho que está embobada de mi prima, se me hace imposible no probar de la fruta prohibida y caer enamorada de ella.
Estoy tan jodida, y pronto vas a saber el por qué…


Parte I
Imposible NO enamorarse del idiota.
¿Acaso no sabía que entre más me prohibiera tener sentimientos por ella, mayor se volvía mi atracción?

Prólogo
Cariño

No podía apartar mis ojos verdigrises de los suyos. Julia me miraba como a una rara atracción de circo, como el acto de esa mujer barbuda a la que no sabías si estar maravillado o asqueado pensando en la cantidad de pelaje que crecía por sus mejillas y axilas gracias a la ayuda de esteroides.
Toqué con mis dedos mi rostro.
No. Ningún rastro de barba que yo sepa.
Entonces, ¿por qué me miraba tanto?
A mi lado, mi prima Marie se estaba riendo y señalándome con el dedo.
Busqué a mi alrededor, preguntándome por qué había un circulo de gente rodeándome.
No fue sino hasta que la atractiva chica de ojos azules me tendiera una mano, que me di cuenta que estaba tirada en el suelo.
Al ponerme de pie, perdí ligeramente el equilibrio y por un momento pensé que me vendría abajo. Pero entonces, de nuevo la chica guapa, me agarró a tiempo de la cintura, evitando que mi trasero golpeara el asfalto.
Me sujeté a uno de sus brazos envueltos en su chaqueta de cuero, y me perdí en lo bien que olía.
—¿Qué pasó? —pregunté algo aturdida.
Recordaba estar caminando detrás de Marie, cargando la bolsa de papel en donde venían sus condones recién comprados de la farmacia. Recuerdo quejarme de lo absurdo que era el que yo los tuviera que comprar y no ella quien los iba a utilizar.
De ahí solo me quedaba la vaga sensación de que mi cabeza había chocado contra algo duro... pero no recordaba el qué.
—Te golpeaste con ese letrero —habló la chica cerca de mi oído. Mi piel se puso como de gallina.
Su voz era algo profunda y ronca.
Alcé la vista hacia el letrero metálico que colgaba de una pared, anunciando la nueva y mejorada imagen de un Shampoo anti caspa.
Parpadeé dos veces antes de bajar la cabeza y notar que la porción de suelo en la que había aterrizado, estaba cubierta con las tres cajas de condones recién comprados; una de ellas se había abierto.
Mi rostro se puso pálido y caliente al mismo tiempo.
Marie, con su rizado cabello naranja, continuaba riéndose de mí.
—La próxima vez ten más cuidado, cariño —la chica me soltó rápidamente—, sé que llevabas prisa —miró disimuladamente hacia el suelo— pero tienes que mantener la cabeza en alto y los ojos fijos en el camino.
Me ruboricé aún más.
¿Cariño?
Para mi vergüenza, la chica se agachó y recogió los tres paquetes de condones que se habían regado por el suelo. Luego me los tendió en la mano, llevaba siempre esa sonrisa arrogante de "me encanta avergonzar a la gente".
—No son míos —dije débilmente. Inmediatamente le lancé una mirada dolorida a Marie quien aún continuaba divertida con toda la situación.
—No estoy juzgando a nadie —me respondió chico guapo—, lo único que te diría es que lo dejes.
Le miré confundida.
—¿Cómo? —pregunté tratando de comprender lo que decía.
Ella resopló, desviando la vista hacia las pocas personas que ahora permanecían atentos a la situación, seguramente curiosos esperando ver sangre manchando el suelo.
Chica guapa de pelo negro y dientes de oh-yo-me-los-cepillo-después-de-cada-comida, se acercó demasiado a mí; su mano tomó mi muñeca y habló en mi oído para que sólo yo lo escuchara:
—Que dejes a ese idiota perezoso que no es capaz ni de comprar su propia protección por sí mismo.
Quise repetirle una vez más que esos condones no eran míos. Eran de mi prima Marie.
Ella era una clase de ninfómana (lo sé, hace unos pocos meses atrás ni siquiera hubiera sabido qué significaba esa palabra. Pero gracias a ella ahora lo sabía: una adicta al sexo).
Antes de poder siquiera abrir mi boca y contar hasta uno... Marie ya estaba sonriéndole a la chica, arqueando su espalda y levantando sus pechos para exhibirse.
—Gracias por tu ayuda —le dijo, enseñando su sonrisa coqueta patentada—, llevo años diciéndole a mi primita que debe usar lentes. Pero qué se le va a hacer, llevaba prisa por poner a prueba éstos. —Me arrebató los preservativos de la mano y los agitó en el aire.
Escuché algunas risitas a mis espaldas.
Agaché la cabeza y apreté los dientes.
Esto era humillación pura.
—¿Y tú eres? —preguntó la chica guapa, dirigiéndose a mi prima. Recorrió con la vista el cuerpo de Marie y luego sonrió descaradamente en aprobación.
—Marie Katina —respondió ella, enrollando un poco de su pelo naranja en uno de sus dedos.
—Yo soy Julia. Julia Volkova.
Lo siguiente que supe era que yo había pasado a un segundo plano, y Marie... Marie como siempre se llevaba toda la atención.
Era obvio que siendo ella tan guapa entraría en el radar de futuros ligues de mi prima.
Suspiré y me alejé unos tres pasos de ambas. Mi cabeza dolía y palpitaba a la vez, necesitaba sentarme antes de que me desmayara de nuevo.
—Creo que será mejor llevarte a un doctor para que te examine —dijo una ronca y suave voz en mi oído.
Ni siquiera llegué a responder ya que mi cabeza comenzó a dar vueltas y lo último que supe es que de alguna manera terminé en los brazos de Julia Volkova, con mi cara metida en su cuello, y con ambas manos presionando su espalda.
Esto no me iba a llevar a nada bueno... peor viendo la mirada asesina que me lanzó Marie.
Sí, desde ya le reclamaba como suya.
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por xxavaa el Lun Ago 31, 2015 11:50 pm

jaja los condones se le cayeron? que roche xD

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Corsca45 el Dom Sep 27, 2015 7:47 pm

Cuando la continuas
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Admin el Dom Oct 04, 2015 10:36 pm

Capítulo 1
Culpable

5 meses después...

Me desperté debido al calor que sentía mi cuerpo.
Mi frente estaba empapada y la sábana de mi cama se encontraba humedecida por mi propio sudor.
Sentí una mano apoyándose en mi cintura, y en mi hombro se incrustaba algo parecido al botón de una camisa.
Parpadeé varias veces antes de enfocar bien la vista y girar sobre mi espalda... solo para ver a la chica de cabello negro y piel ligeramente pálida que ahora dormía tan tranquilamente en la misma cama que yo.
Le moví con un dedo, para así despertarle, pero no daba señales de vida.
Comencé a sacudirla.
—Despierta —susurré con voz ronca—, te quedaste dormida. Es hora de irse.
Traté de incorporarme pero una mano sujetó firmemente mi cintura, y se desplazó hasta llegar a mis caderas.
—¡Julia! —grité, enojada.
Ella me sujetó más fuerte y me jaló a su lado de la cama.
Mi frente pegaba con la suya, podía sentir su propio sudor recorriendo mi cuerpo.
Tragué saliva.
Esta es la última vez que le dejo dormir en mi cama, me prometí silenciosamente.
Su mano apretó ligeramente mi trasero y ronroneó algo en mi oído. Luego comenzó a subir sus manos hasta meterlas dentro de mi camiseta y se detuvo justo cuando sintió mi sujetador de encaje.
Traté de apartarle una vez más, entonces repentinamente se acostó a horcajadas sobre mí y llevó mis manos por encima de mi cabeza, hacia la cabecera de la cama. Respiré pesadamente.
—Julia —tartamudeé, ¿quién tartamudeaba un nombre que solo tenía cinco letras?— quítate de encima.
Abrió sus ojos lentamente, parpadeó varias veces como queriendo reconocer en dónde se encontraba, y al ver que, a la que sujetaba era a mí, amplió bastante los ojos.
Pensé que se quitaría de encima rápidamente, pero ni siquiera hizo el intento de moverse un milímetro.
—Siempre supe que querías profundizar las cosas conmigo —habló de manera presumida. Sopló aire en mi cuello mientras bostezaba, e inmediatamente mi piel se erizó.
—¡Idiota! —chillé—, hubiera dejado que durmieras en la calle...
Su vista se trasladó de mi rostro, mis labios, hasta quedarse prendada en mi pecho por un largo tiempo.
Resoplé. Todos los hombres eran iguales.
—De encaje negro —suspiró— ya sabes lo que dicen de chicas que usan ropa interior negra.
Bajé la vista hacia mi pecho y noté que mi camiseta se había subido lo suficiente como para dejar ver mi sostén.
—No. ¿Qué dicen de las chicas que usan ropa interior negra? —sabía que iba a arrepentirme por seguirle la corriente.
—Dicen que van a un entierro.
—Eso no tiene sentido.
Vi la odiosa sonrisita de yo-lo-sé-todo puesta en su rostro; ¡Se estaba burlando de mí!
—Van.a.un.entierro —repitió.
Le miré, confundida.
—Aiish, olvídalo. Tienes una mente demasiado inocente como para entenderlo.
—Ahora sí, ¿quieres quitarte de encima? —pregunté impacientemente.
Todavía tenía mis manos sujetas un poco más arriba de mi cabeza, y ya me estaba comenzando a dar escalofríos por la camiseta levantada.
Además de que tener a Julia así de cerca no me dejaba respirar, pensar, ver o sentir con claridad.
—Debería pagarte de alguna forma lo que hiciste por mí anoche... Conozco una buena manera de hacerlo —levantó sus cejas de manera sugestiva.
—Solo acepto efectivo, ahora quítate. —Comencé a retorcerme bajo su cuerpo, intentando deslizarme de su agarre.
Arriba, abajo, arriba...
—Yo que tu no haría eso... peor a esta hora de la mañana cuando mi pequeño cazador tiene hambre.
Me detuve rápidamente, no queriendo despertar esas partes que seguían dormidas.
—Eres una cretina... —Aproveché para lanzarla al suelo, impulsando mis piernas y flexionando mis rodillas para que cayera fuera de mi cama.
Golpeó el piso alfombrado y le escuché soltar una letanía de palabrotas.
—Deberías estar besando mis pies —hablé mientras arreglaba mi camisa—. Si el novio de mi prima te hubiera visto anoche, ahora serías alimento para aves. Y no me refiero a las aves lindas y amistosas que encuentras en un parque infantil. Hablo de esas carroñeras que desmenuzan la carne con sus picos hasta que no queda nada más que los huesos.
Ella gimió, hizo una mueca de asco y sujetó firmemente su estómago. Después de un rato intentó levantarse del suelo, haciendo otra mueca y masajeando su cabeza a medida que se incorporaba.
—Creo que voy a vomitar. ¡Mierda! —gritó— me duele la cabeza.
—A eso se le llama RESACA. Anoche no podías recordar ni cuál era tu nombre. Me pediste que te llamara Lady Agustina.
—¿Lady Agustina? ¿En serio? Porque como nombre artístico prefiero Sexy Cat... Miauu.
Le lancé una de mis almohadas y cayó justo en su cara.
—¿Qué hay de malo contigo? te dije hace un momento que me duele la cabeza y lo primero que haces es lanzarme un cojín que, extrañamente, huele a... —acercó el objeto a su rostro para olisquearlo— meados de zorrillo, probablemente con tres semanas de embarazo.
Lanzó el cojín nuevamente a mi cama, ignorando la mirada de odio que le lanzaba.
—Para tu información, ese cojín permaneció enterrado bajo tu axila toda la noche —vocalicé por unos segundos de más la O en "toda"—, seguro y de ahí adquirió el olor.
Luego me detuve, pensando en una palabra que había mencionado: enterrado.
Enterrar... Oh, ahora entendía el chiste.
Hmm. Sucia animal.
—Vete de mi habitación —chillé—. Marie duerme con Eder hasta tarde. Aprovecha ahora que puedes escapar libremente.
Hizo una última mueca pero no dijo nada y salió silenciosamente por la puerta.
No pasaron ni tres segundos cuando Julia ya estaba de regreso, a mi lado.
—Lena, de verdad gracias por no decirle nada a Eder; gracias por ayudarme a esquivar al novio de Marie... Y por soportarme en mi estado de borracha; te juro que es la última vez que dejo que tu prima me convenza de beber toda una botella de Vodka. —Plantó un beso en mi mejilla y me frotó el cabello antes de irse.
Cerró con cuidado la puerta, dejándome sola.
Era una estúpida. Una egoísta, tonta y mentirosa estúpida.
Me sentía culpable con Eder, el novio de Marie, por ocultarle que su novia tenía un romance con Julia desde hace cinco meses y yo era la idiota que le ocultaba en mi habitación por algunas noches, para evitar que él se diera cuenta de la relación.
¿Sería malo que admitiera lo mucho que esperaba con ansias el reconocimiento que me daba Julia?
Cualquier consecuencia parecía valer la pena siempre y cuando viera la mirada de adoración en sus ojos.
Ya sé, ya sé: era una semejante idiota.
Me recosté en la cama, golpeé mis puños contra el colchón, y apreté mi rostro en la almohada más cercana... Me aparté inmediatamente, uffff, Julia sí que tenía razón en algo: el cojín apestaba condenadamente a zorrillo.

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Aleinads el Mar Oct 06, 2015 11:36 am

Que bueno por fin la conti! Esta muy bueno no dejes de subir porfi Smile Smile Smile
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por montsejade0847@gmail.com el Mar Oct 06, 2015 2:15 pm

Ya lo esperaba gracias por subirlo no dejes subir la conti por fi

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Admin el Sáb Nov 28, 2015 11:57 pm

Capítulo 2
Uniformes
—Parece que alguien no durmió muy bien anoche —me dijo Nastya en cuanto me vio entrar por la puerta de empleados en el restaurante.
El padre de Marie, mi tío, me había conseguido trabajo en una de las muchas cadenas de restaurantes de comida rápida que administraba por la ciudad. Había tenido muchísima suerte de encontrarme con Nastya, una chica de mi edad, para acoplarme al lugar.
Ella se había convertido en una buena amiga; también conocía mi situación como tapadera de Marie y no estaba de acuerdo con lo que hacía (me lo pasaba recordando siempre que podía).
—Sí, el novio de Marie apareció justo cuando ella estaba besuqueándose con Julia en el sillón de la sala. —Bostecé—, me tocó esconder a Volkova en mi habitación. Créeme cuando te digo que fue la hazaña más grande que he hecho en mi vida: movilizar a una borracha hasta mi dormitorio. Después de eso no pude dormir mucho, estuve intentando callar a Julia cuando comenzó a cantar todo el repertorio musical de Selena Gómez.
Nastya hizo el intento de no reírse, pero fracasó miserablemente cuando la escuché lanzar una fuerte y nasal carcajada.
La acompañé, riéndome también. Alguien como Julia (toda una chica ruda) no daba la impresión de escuchar esa clase de música.
—No tengo ni idea de cómo es que se las sabe —dije, ahogándome entre risas.
Estuvimos bromeando a costas de Julia por un rato más, hasta que Cliff, el puerco que mi tío había puesto como gerente, apareció detrás de nosotras.
Usaba un enorme traje gris con una corbata roja a rayas que no le llegaba ni al ombligo. El tipo era más grueso que un tanque militar.
Nos repasó con la mirada, intentando meter los ojos hasta por la más mínima rajadura de nuestros cuerpos.
Él nos obligaba a usar denigrantes uniformes de "trabajo" que apenas y llegaban a cubrirnos un tercio del muslo.
Hoy vestíamos una versión, a mi parecer, de prostitutas marineras. Incluso teníamos que ponernos un ridículo sombrero de tela para complementar el atuendo. No entendía por qué de marineras: ¡el restaurante era de hamburguesas!
Ni siquiera servíamos hamburguesas de pescado.
Pero el tipo se excusaba diciendo que le gustaba ser innovador y esta era una forma de hacerlo.
—Niñas, niñas... ya es hora de trabajar —habló mientras no disimulaba viendo entre nuestras piernas. Se pasaba la mano por lo poco que le quedaba de cabello, y se absorbía constantemente el sudor de la frente con una servilleta de papel haciendo que le quedaran pequeñas tiras enrolladas.
Nos pasó, dirigiéndose hacia su diminuta oficina a hacer solo Dios sabe qué cosas porque dudaba que trabajara siquiera.
Caminamos con Nastya hacia la cocina, yo tomé mi turno detrás de la caja registradora y ella se ubicó en el área de autoservicio.
Treinta y dos clientes después (y cientos de pensamientos intentando ser paciente), apareció frente a mí alguien a quien jamás imaginé ver en un sitio como este.
—¡Eder! —dije en sorpresa.
Él me regaló una pequeña sonrisa moderada.
Eder era completamente lo opuesto a Julia: de cabello castaño claro, ojos azules y de una apariencia elegante y pulcra.
Apostaba a que si miraba sus uñas, las encontraría sin una sola partícula de suciedad.
Le sonreí en respuesta, él era sin duda demasiado atractivo para alguien como Marie.
—¿Se te ofrece algo? —pregunté mientras lo veía observando atentamente el menú detrás de mí.
Negó con la cabeza.
—Quería hablar contigo, después de tu turno. ¿A qué hora puedo venir?
Mi boca se abrió en sorpresa. Por lo general no charlaba mucho con Eder, él llegaba directo al dormitorio de Marie, y con suerte lograría verlo a la mañana siguiente mientras nos topábamos en el baño y me daría un asentimiento de cabeza como único reconocimiento de mi existencia. Luego se iría con el rostro avergonzado y regresaría de nuevo por la noche.
—Salgo a las dos.
—Bien. Te veo entonces a esa hora.
Salió del restaurante, dejando una nube de delicioso olor a su paso, lo perdí de vista una vez que atravesó las puertas.
—Te gusta Eder, ¿verdad? —dijo una voz ronca, bastante familiar.
Me giré hacia esa voz, y allí, sentada en la mesa más cercana, comiendo un trozo de papa, estaba el mismo tormento que conocí hace cinco desgraciados meses.
Julia siempre usaba las camisetas pegadas, creo que la bastarda sabía perfectamente cómo eso descolocaba a las mujeres. A todas. Incluso a algunos hombres.
—No seas tonta —dije intentando limpiar un poco el contador de madera que Cliff había mandado a pedir directamente desde la India. ¿Por qué? No sé —. Eder no es mi tipo.
—¿Y cuál es tu tipo? —preguntó, deslizando otra papa en su boca.
—Definitivamente no tú.
Alzó las cejas en sorpresa.
—¿Yo no?
—Nop.
—¿No te gusto ni siquiera un poquito? —cogió otra papa con sus largos dedos estilo pianista. Solo podía recordar esta mañana cuando invadió mi privacidad en la cama. No le conté a Nastya pero la verdadera razón por la que pasé despierta toda la noche fue porque no pude controlar mi respiración estando cerca de Julia.
Digo, ¿quién en su sano juicio podía dormir sabiendo que estaba ella en la cama?
Absolutamente nadie.
Sin querer, había visto el tatuaje que tenía en la base de la espalda; era alguna clase de escritura o alguna frase, pero no pude descifrar qué decía ya que la otra mitad estaba oculta por su pantalón. Me vi tentada a descubrirlo por mí misma…
—Estás dudando —dijo después de cinco segundos en los cuales no dije nada—, eso significa que al menos me estás imaginando desnuda, ¿cierto?
—¡Tonta! —Aunque estuvo cerca…
—Tranquila, nena. Dejaré que obtengas un pedazo de mí, de forma gratuita.
Resoplé.
—No me gustas Julia, ya supéralo.
—Entonces, dime, ¿qué puedo hacer para cambiar tu opinión? —Le vi levantarse de la mesa y dirigirse hacia mí.
Caminaba lentamente mientras se saboreaba los labios, dándome esa mirada de cazadora apuntando con un rifle a su presa.
No había nadie haciendo fila por los momentos, así que fue fácil para él acercarse.
—Creo que sí puedes hacer algo —dije—, ¿por qué no metes tu pie en tu boca?
Alzó una ceja, divertido.
—¿Quieres que meta tú pie en mi boca?
—Créeme, si pudiera meter mi pie en alguna parte de tu cuerpo sería en...
—¡Anita! —escuché que llamaba Cliff.
Vi su cuerpo voluptuoso salir de la oficina y segundos después ya estaba a la par mía.
—Anita, mira lo que acaba de llegar —sacudió frente a mí un traje de policía versión mujerzuela—. Son los nuevos uniformes de trabajo.
Escuché a Julia reírse.
—¿De policía? —chillé.
Ahora sí que Cliff enloqueció.
Solo faltaba que nos hiciera usar un traje de "enfermera" cachonda; eso sería la cereza de mi postre.
—Conseguí tallas para todas —dijo emocionado—, menos para Mirna.
Mirna era una mujer de cincuenta años, se encargaba de la limpieza del local. Constantemente se quejaba de discriminación; al parecer era la única que quería usar los exóticos uniformes de Cliff, pero él nunca la dejaba ponérselos. Decía que las estrías y la celulitis ahuyentaban a la clientela.
Si tan solo Cliff supiera que Mirna estaba enamorada de él...
—Pagaré el doble por mi comida si hace que ella use ese uniforme ahora —dijo Julia tirando un fajo de billetes en el mostrador.
Los ojos de Cliff se abrieron de par en par.
Yo le lancé una mirada envenenada a Julia, pero eso no lo inmutó para quitar su sonrisa arrogante del rostro.
—Anna, ve y estrena el nuevo uniforme —me mandó Cliff.
Ja, ¡Que se pudra! No iba a denigrarme de esa manera.
—¡No! —grité realmente furiosa.
—Pago el triple —contraatacó la idiota de Julia, tiró otro poco de dinero.
—¿Acaso no escuchaste, tarada? Dije que NO.
—Yo también pago el triple —habló uno de los clientes, tiró sus billetes cerca de los de Julia.
A Cliff casi se le baja el azúcar al ver la cantidad de dinero.
Mi rostro se puso rojo de la cólera.
—NO PIENSO USAR ESA COSA —grité esta vez más fuerte para que los dos imbéciles escucharan.
Obviamente fueron inútiles mis protestas ya que después de que el hombre número cinco apareció diciendo que también pagaría por verme en el nuevo uniforme... O era eso, o aceptar que Cliff me despidiera.
—Te odio —vocalicé hacia Julia una vez que salí hacia el mostrador usando el ridículo traje de mujer policía.
Julia me guiñó un ojo.
No entendía por qué, pero mi estómago se contrajo ante ese gesto. Julia siempre era una bromista conmigo; desde que le conocí nunca dejó de molestarme con los dichosos condones que eran para Marie.
Era normal que ambos nos tratáramos como dos viejas hermanas que se peleaban constantemente. ¿Entonces por qué ahora me sentía diferente?
Tenía ganas de arrancarle la camiseta con los dientes, luego untar queso derretido en su abdomen y comer mis papas fritas directamente de su pecho.
¡¿Qué rayos pasaba conmigo?!
Debe ser el traje de policía… me hacía sentirme más poderosa.

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Admin el Sáb Nov 28, 2015 11:59 pm

Capítulo 3
Chocolate
Marie y yo compartíamos departamento. El lugar era sencillo y estaba ubicado en una zona céntrica y bien desarrollada.
Su padre se lo había regalado en su décimo octavo cumpleaños (el mío me regaló un llavero de My Little Pony que brillaba en la oscuridad, y una tarjeta prefabricada que decía: ¡Felicidades, es un niño!).
Esa noche, cuando me dirigía hacia la puerta de entrada, noté un persistente olor a chocolate en el aire.
Amargo, espeso y fuerte chocolate que provenía de nuestro departamento.
Antes de entrar decidí tocar la puerta, no vaya a ser que Marie esté en paños menores con uno de sus dos novios a cuestas.
Llamé insistentemente pero nadie me contestaba. Finalmente introduje la llave en la cerradura metálica, y abrí con cierto temor por encontrar alguna escena no apta para todo público.
Cierto, ya tenía dieciocho años, pero aun no me acostumbraba a las diversas ideas que tenía mi prima como diversión (algunas me dejaban traumada).
Una vez la encontré usando un disfraz de venado; cuando le pregunté la razón, me dijo que al chico con el que estaba saliendo, le gustaban las chicas inocentes. Así que pensó: ¿qué más inocente que un ciervo amansado?
Ese día reí hasta que caí doblada al suelo.
Lo primero que noté al entrar al departamento fue que la luz estaba encendida. Eso era algo bueno, las cosas malas sucedían en lo oscurito, ¿cierto?
Lo siguiente fue escuchar una melodía de piano como fondo, el volumen era bajo y seductor. Y el olor, oh el olor a chocolate se sentía cada vez más potente desde aquí.
¿Será que ella preparó un poco? Aunque estaba completamente segura de que no lo pudo haber hecho sola: a Marie se le quemaba hasta el agua con sal.
Tal vez ya esté en su habitación, así solo tendría que correr y llegar a la mía; sin necesidad de encontrarme con alguno de sus hombres.
Pero ni siquiera terminé de entrar a la sala cuando escuché el sonido de besos salivosos.
Me detuve al verla, sentada en el mullido sofá de cuero, con el cuello descubierto, y a un chico de cabello oscuro salivándole en la clavícula.
Julia.
Estaba de espaldas hacia mí pero definitivamente era de su misma complexión. Era ella.
No sé por qué pero se sintió como si me clavaran una aguja en el corazón; de todas formas, ya sabía que Julia era una idiota que aceptaba ser el plato de segunda mesa para Marie. Que me llegara a enamorar de ella era sumamente estúpido... y de mal gusto.
No tenía por qué sorprenderme, pero sobre todo, no tenía por qué sentirme cómoda estando a su lado. ¡Era una mujeriega de lo peor!
Marie, al notar mi presencia, se separó de Julia. Había chocolate untado en su cuello, y los primeros botones de su camisa habían sido arrancados; se pasó una mano por su salvaje cabello naranja y me miró de manera nerviosa. Sus ojos azules perforando los míos.
—No sabía que ibas a llegar temprano —dijo ella, la culpa se deslizaba por su voz.
—Siempre llego a esta hora, ¿por qué?
Marie se miraba nerviosa, no dejaba de doblar sus nudillos y su rostro se puso rojo tomate.
—¿Qué ocu...? —Me callé inmediatamente al ver que, el chico que le lamía el cuello, no era Julia, era un desconocido.
Mi pecho aligeró la carga.
Pero, espera ¿Marie ya estaba con otro? ¿Cuán zorra se podía ser?
—Él es Marcus —habló mi prima.
El chico, Marcus, se levantó del sillón y me ofreció una sonrisa tímida.
Tenía chocolate en la comisura de los labios.
Fruncí el ceño y le indiqué a Marie que me siguiera hacia la cocina.
—Marcus, vuelvo en un rato. Cuando llegue te quiero ver sin camisa y con cobertura de chocolate para mí —le indicó Marie, luego le guiñó un ojo.
—¿Qué rayos crees que haces? —le grité una vez que estábamos a solas. En esta ocasión no iba a cubrirla. ¿Acaso me veía cara de idiota?
¡Ella estaba engañando a Eder y a Julia!
—Es que... lo conocí hace unas semanas, y ambos conectamos. Estoy segura que él es el indicado.
Me había dicho exactamente lo mismo cuando conoció a Julia: "siento que es la indicada". Y si era la indicada, ¿por qué no dejaba al otro con quien andaba?
—Sabes que yo no fui diseñada para salir con una sola persona—me dijo al borde de las lágrimas.
Ja, a otro perro con ese hueso.
—Yo no te estoy cubriendo. Si alguien lo descubre tendrás que ver cómo lo solucionas por ti misma.
—Por favor Lena...
—¿Ya sabe Marcus que andas con otros dos, que la relación no es exclusiva? —la interrumpí. No estaba de ánimos para escuchar sus tontas excusas; peor después de lo que me contó Eder esta tarde. Estaba furiosa con ella.
Yo ni siquiera era capaz de encontrar a alguien decente en esta ciudad, y ella ya tenía a tres babeando en su puerta (bueno, no tan decentes).
El único novio que tuve en la escuela secundaria se llamaba Mason, le gustaba pescar y trabajaba en el taller mecánico de su padre.
Constantemente olía, o a pescado, o a gasolina.
Siempre que Mason me besaba dejaba un hilo de saliva por mi barbillla. Era asqueroso. Sus manos vagaban por mi cuerpo y nunca podía mantenerlas quietas. Terminamos antes de que llegaran las graduaciones.
—Lena —suplicó Marie—, por favor, por favor no le cuentes de esto a Julia. Recuerda que me debes un favor...
—Que ya te pagué...
—Entonces ahora soy yo la que te lo debe.
—No necesito nada de ti —mentí.
Ella mejor que nadie sabía las ganas que tenía de asistir a la Universidad de Arte y Diseño. Trataba de ahorrar parte de mi sueldo pero solo la inscripción costaba más de lo que yo ganaba al año.
En cambio ella podía obtener fácilmente el dinero con solo chasquear sus dedos y darle una llamada a su papi.
La vida era injusta algunas veces.
—Vaaamos, no seas tan perra conmigo...
Iba a replicarle sarcásticamente, cuando el timbre de la puerta nos puso en alerta a todos.
—¡Mierda! —chilló Marie—, ese debe ser Eder. Dijo que pasaría más tarde.
Bien. Finalmente se haría justicia divina.
Alcé una ceja y me acomodé en la mesa de la cocina. Totalmente despreocupada.
—¡Lena! No te quedes allí parada, ayúdame.
El timbre volvió a repiquetear por todo el departamento.
—No. Me cansé de cubrirte la espalda.
Ella me miró con suplicantes ojos de borrego.
—Ehh... chicas, creo que alguien toca su puerta —dijo Marcus entrando en la cocina. Se había quitado la camiseta y tenía el pecho cubierto con chocolate.
¿En serio, dónde conseguía Marie a estos tipos? ¿Existirá acaso una agencia que los distribuya? Porque si es así, yo quiero cinco... para llevar por favor. Ah, y que la orden sea rápida: tengo hambre. Grrr.
—¡Por el amor a todo lo que es sagrado, Lena, ayúdame! —volvió a chillar ella—. Y ya deja de ver a Marcus como si te lo fueras a comer.
Instantáneamente me deshipnoticé del musculoso abdomen del chico, ¿qué pasaba con mis hormonas? No había duda de que era todo ese chocolate siendo aspirado por mi sistema respiratorio.
—¿Lena? —llamó Marie cada vez más preocupada—. Lo único que tienes que hacer es ocultar mi pequeño secreto.
—¿Cuál secreto? —preguntó Marcus, intrigado.
Cuando alcé la vista hacia él, me sonrió como si supiera lo apetitoso que se miraba en chocolate. Tenía unos bonitos ojos grises, como los míos excepto que tenían la mezcla exacta de verde, ni un no más fuerte que el otro, sí, mezcla perfecta.
Pobre infeliz, no sabía que iba a ser el bocadillo de mi prima.
—¡Marie, Lena! —gritaron desde afuera del departamento.
Mi corazón traicionero reconoció la voz de inmediato.
—¡Doble mierda! ¡Es Julia! —chilló Marie.
—¿Quién es Julia? —quiso saber Marcus.
—Última oportunidad Lena —habló Marie, ignorando la pregunta de Marcus.
Me mordí el labio inferior.
—Por favor. Te deberé una muuuuy grande si me ayudas —suplicó.
—Está bien. Te voy a ayudar —acepté de mala gana. Me las iba a cobrar muy caro.
Lo sé. Era una tonta que se dejaba manipular por un ser rastrero como ella.
Sabía que me iba a arrepentir de esto.
—Gracias, eres la mejor —dijo, y corrió directo a la puerta no sin antes limpiarse el cuello y abotonarse bien la blusa.
Me encontraba arrastrando a Marcus hacia mi habitación para ocultarlo y explicarle cómo iba a funcionar su futura relación con mi prima (claro, si decidía quedarse con ella), cuando Marie me detuvo del brazo:
—¿Qué haces? —me preguntó en voz baja.
—¿Que no es obvio? Lo voy a ocultar.
—Chicas, ¿qué está pasando? —habló Marcus, lucía asustado.
—Shhh —lo callamos Marie y yo.
—Si escondes a Marcus, Julia va a notar que había alguien más aquí. —Marie hablaba en susurros, sus ojos azules denotaban pánico en todo momento—. Mira este sitio, parece como si alguien hubiera tenido preparada una cursi cena romántica; Julia va a dudar y me va a descubrir... No quiero perderla.
—¡Hey, no es cursi! —se quejó Marcus.
Marie y yo volvimos a callarlo.
Di un vistazo alrededor. Sip, había chocolate saliendo de una fuente ubicada en la mesa frente al sofá, y había un enorme oso de peluche color blanco con un corazón bordado en el centro que decía: eres toda mía.
Solo hizo falta un camino hecho con pétalos de rosas que guiaran hacia una enorme cama con forma de corazón.
Suspiré.
—Entonces qué quieres que haga.
—Quiero que digas que él vino contigo. Que él es tu pareja.
¿Qué?
—¿Estás loca?
—Chicas —dijo Julia desde el otro lado de la puerta—, traje helado y como que se está derritiendo. ¿Se van a tardar más o ya acabaron con su fiesta de piyamas?
—¡Lena! —me sacudió Marie— ¡Ayuda, aquí!
Sip, esto no me iba a llevar a nada bueno. Lo dije.
—Está bien —accedí otra vez.
Entonces, con una enorme sonrisa puesta en su rostro, le abrió a Julia.
Marcus aún lucía confundido.
—¿Qué pasa? —me susurró mientras el atlético, imperioso con personalidad me-creo-el-rey-del-universo entró y sujetó a Marie de la cintura para darle un beso en los labios.
—¿Ella está casada con esa tipa? —preguntó alarmado Marcus—. Porque pensé que tenía 20 o 21 años. Lo juro. También creía que era soltera.
—No. No está casada; te presento al amante número dos de mi prima. Tú solo sigue la corriente y te irá bien.
Cuando Julia terminó de darle un no muy casto beso a Marie, clavó sus ojos directo en los míos... y en el chico sin camisa y con cobertura de chocolate que estaba a la par mía.
Que se abra la tierra y me trague.
Julia alzó las cejas hasta los cielos.
—¿Y quién es él? —preguntó examinándolo como a una presa.
—Viene conmigo —me pegué un poco más a Marcus.
El tipo olía a una mezcla de jabón Dove y chocolate con menta.
—Veo que alguien ya se comió el postre —dijo Julia, viéndome de forma divertida.
Hice algo atrevido: levanté el dedo índice y lo pasé por el hombro de Marcus, luego me lo llevé a la boca y saboreé.
—Mmm... y estaba delicioso —dije.
La mandíbula de Julia se tensó ligeramente.
—Mira, hasta le compró un oso de peluche —se burló Marie. Le lancé una mirada asesina, ella no tenía por qué echar más leña al fuego—. Tuve que encerrarme en el cuarto, por eso tardé en abrirte.
Vi cómo ella pasaba sus manos por el cuello de Julia y le daba besitos salivosos a lo largo de su mandíbula.
Eso me molestó bastante.
Si realmente lo quisiera no le haría nada de esto.
No sé qué me impulsó a hacerlo, pero agarré del brazo a Marcus, lo obligué a verme al rostro y le di un agresivo beso en la boca.
Eso lo tomó desprevenido, créanme, a mi también.
Sentí una lengua moverse, la sensación era como la de una anguila tratando de arrastrarse al interior de mi boca.
Esto era inútil y asqueroso.
Iba a empujarlo de regreso a su sitio, pero alguien más lo hizo por mí.
Julia.
Sus ojos azules me dieron una mirada... ¿qué, molesta, dolida? No podría decirlo.
¿Por qué se iba a molestar? Ella pasaba besándose con quien se le diera la gana.
Me dio una sonrisa de lado y antes de poder darme a explicar (o pedir explicaciones), se situó junto a Marie y la alzó en brazos.
—Vamos nena, es hora de divertirnos.
Con eso se la llevó hacia el dormitorio, y cerró la puerta a su paso.
Mierda.
Se llevó también el helado. Y yo que necesitaba un poco para desahogarme.
—Bien… ¿podrías explicarme qué fue toda esa locura? —preguntó Marcus.
Suspiré de forma resignada.
—Créeme, ni yo misma lo entiendo…

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Admin el Dom Nov 29, 2015 12:00 am

Capítulo 4
Experta
—Con que te gusta el chocolate, ¿cierto? —Así me saludaba Julia todos los días desde que descubrió a Marcus en el departamento (a pesar de que Marcus decidió no ser parte del círculo vicioso de Marie y no había vuelto a verlo desde entonces).
Pretendí no escucharla y continué con mi labor de pulir y limpiar el vacío mostrador del restaurante; tenía puesto mi nuevo uniforme de "chica/mujerzuela del futuro" que Cliff había mandado a hacer desde su colección personal de diseños. Todo el traje en sí era plastificado y de brillantes colores plateados. Ninguno lograba llegar hasta las rodillas, con suerte y cubrían una parte del muslo.
—¿Qué harás después de tu turno, chocolatito? —Esa era Julia de nuevo—. Sabes que no me puedes ignorar para siempre.
Resoplé.
Fijé mis ojos en los suyos, deseando por más de una vez que hubiera una larga fila de clientes por atender para así ocuparme en algo que no fuera Julia Volkova y sus ojos azul océano. Pero en el restaurante se encontraban únicamente la señora canosa que siempre pedía un vaso lleno de jugo de pepinillos, y Mirna, comiendo chuletas de puerco, lanzándole miradas no muy discretas (y algo lascivas) a Cliff.
—Después del trabajo estoy muy ocupada —dije regresando la vista hacia el mostrador demasiado pulido. En vez de seguir encerándolo, alargué la mano y tomé una de las revistas de escándalos que Nastya siempre cargaba consigo, traté de enfocarme en leer más allá del título. Ni siquiera me llamaba la atención pero pretendí estar emocionadísima e inmersa leyendo sobre la nueva adopción que hizo Angelina Jolie.
Oh, mira, esta vez ella adoptó a un bebé húngaro.
—¿Saldrás más tarde con Chocolator?
—¿Por qué? ¿Te importa? —dije en un tono amargo.
—Hmmm...
—¿Qué pasó con Marie? Sácala a pasear.
—¿También quieres que le ponga una correa y le dé un premio cada vez que orine en su caja de arena?
—Los gatos orinan en cajas de arena. Los perros mean en donde se les dé la gana —le corregí.
—Como que alguien anda medio sarcástico, ¿no?
—¿En serio? No me di cuenta.
Pasé a la siguiente hoja de la revista.
Un enorme y llamativo anuncio publicitario de "Madame Cecile resuelve sus problemas" llamó mi atención: una mujer con ojos cafés demasiado delineados, las uñas pintadas de un tono rojo chillón, y un colorido turbante en la cabeza. Prometía el amor eterno o la devolución de su dinero.
No.Puedo.Creerlo.
¡Yo conocía a esa mujer!
—Ya sé lo que haré después de mi turno —le dije a Julia.
—¿Qué?
—Iré a ver a mi madre.
***
—¡Pastelito de calabaza, viniste a verme! —chilló mamá cuando me vio aparecer frente a su puerta.
Tal y como en el anuncio, tenía sus largas uñas pintadas de rojo y sus ojos extremadamente delineados de negro. Usaba una túnica de colores, le llegaba hasta los tobillos.
Me apretó con fuerza, lo que hizo que las múltiples pulseras en sus brazos chocaran entre sí, provocando una ola de ruido, y plasmó un sonoro beso en mi mejilla.
Luego se fijó en Julia, quien se había ofrecido a acompañarme y ahora se situaba detrás de mí.
Le dio una apreciativa mirada desde los pies a la cabeza.
—Déjame adivinar —dijo ella—, ¿tu novia?
—Como adivina te mueres de hambre, mamá —murmuré entre dientes.
Ella rió y luego se acercó a Julia para darle un fuerte abrazo seguido de un beso.
Cuando se apartó de ella, la impresión de su boca con labial color naranja quedó marcada en la mejilla de Julia.
—Muy guapa —ronroneó hacia ella—. Cuéntame, Lena, ¿qué te trae por aquí a visitar a tu vieja y olvidada madre?
Rodé los ojos.
Mamá era tan teatral y dramática.
—Solo hace un par de semanas que no te veo; y vine porque vi el anuncio. ¿Ahora prometes amor eterno?
—¡Pero claro que sí! ¿No me digas que por eso trajiste a este suculento bombón afrodisiaco? Porque yo podría hacer que ambas tuvieran...
—¡Mamá! Ella es la... —¿novia, amiga con derecho, amante, la otra de Marie?
—Solo amiga de su hija —terminó Julia por mí, salvándome de mi dilema.
Mamá abrió enormemente la boca, luego la cerró de golpe.
—Aun así yo podría...

Ni siquiera la dejé terminar esa frase.
Me abrí paso en el interior de la casa y me detuve al ver la nueva decoración que le hizo al sitio: paredes rojas y afelpadas, cortinas hechas con collares dorados que colgaban desde los marcos de todas las puertas, espejos redondos ubicados a cada dos metros, y en donde antes solía estar el sofá de la sala ahora había una cantidad innecesaria de cojines rojos y blancos dispuestos en el suelo.
Escuché jadear a Julia a mis espaldas.
—¿Te gusta la nueva decoración? La hice yo misma —habló mamá, vi su figura llamativa dirigirse hacia la cocina y regresar con una bandeja de té helado—. A tu padre no le gusta... Eso me hace amar con locura este lugar.
Asentí con la cabeza, ajustando la visión gracias al molesto color de las paredes.
Hace cuatro años ella y papá se divorciaron. Desde que tenía catorce, supe lo que era dividir tu tiempo entre dos personas que jamás se lograron poner de acuerdo ni para qué tipo de cerámica se pondría en el baño.
Era hija única así que fue fácil para ellos separase y rehacer sus vidas.
Lo aceptaba, en serio. Pero desde el año pasado que mamá declaró querer ser psíquica, y papá manejar un lote de autos chatarra, tuve que poner un alto e independizarme a como diera lugar.
—Todo es bastante original —dijo Julia. No sabía si se estaba burlando o lo decía con sinceridad.
—Gracias por el cumplido, bizcochito —lo halagó mi madre.
Julia le dedicó una de sus sonrisas ladeadas que tanto hacían que mi estómago se apretara.
—Entonces, Lena... ¿qué tal andas de amores? —preguntó ella.
¿Por qué mamá  quería insistir en ese tema?
Mi situación amorosa era inexistente.
Cero.
Nada de nada.
Ni siquiera tenía a un extranjero perdido que de casualidad fuera a dar a mi puerta; y si eso sucediera... probablemente se tiraría a los brazos de Marie al verla.
¿Acaso mi cabello rojo oscuro y rizado era poco atractivo? Yo sabía que era algo rebelde y en algunas ocasiones imposible de peinar pero...
—¿No le ha contado que sale con Chocoman? —escuché que dijo Julia.
Al instante mi mano salió disparada hacia su hombro.
—¡Deja de ponerle apodos! Su nombre es Marcus, M-A-R-C-U-S. Y no es mi novio...
—Oh, pero tuvo que verla esa noche. El Choco-chico hasta le compró un enorme oso de felpa. "Eres toda mía" —citó de manera despectiva las palabras que se encontraban bordadas en el peluche.
Mi rostro se puso rojo tanto como por la ira, como por la vergüenza.
Si tan solo supiera que Marie fue la inventora de todo eso.
Mamá se quedó sabiamente en silencio, disfrutando del show entre los dos.
La rabia inundó mi sistema.
—¿Y qué? Por lo menos no sale corriendo cada vez que mencionan el nombre de Eder —le dije golpeando uno de mis dedos contra su pecho—, es como cuando a un ratón le dices la palabra gato. Tú no lo harías mejor que él.
Julia estrechó sus ojos, acercándose tanto a mí que tuve que echar la cabeza hacia atrás para verle el rostro.
Oh, eso le había molestado.
—Créeme, Lena, yo sí sé hacer muchas cosas mejor que él —respondió ahora furiosa y con el rostro a dos centímetros del mío—. Para empezar sé cómo se debe besar a una chica. Tu Chocolino no sabía siquiera en dónde poner las manos, mucho menos cómo mover su lengua dentro de tu boca. Tuve que detenerlo antes de avergonzarse a él mismo, y avergonzar a toda la raza masculina.
Tragué saliva.
Le di miradas disimuladas a mi madre quien aún seguía parada cerca, observándonos con atención; con la misma con la que observabas un partido de tenis.
No podía creer que ella estuviera diciendo esto frente a ella.
Un calor abrazador inundó mis mejillas.
—Tal vez ese sea el problema —murmuré, no podía ni formar palabras coherentes—, eres toda una experta en el tema. Demasiado para mi gusto.
—Nunca he sabido que ser experto en algo sea malo. Quizás esta experta pueda transmitirte algo de sabiduría antes de que llames a ese tipo, Chocozilla, una maestra en el arte de la seducción. Porque te lo digo, el simple hecho de untarse chocolate en el pecho no lo hace más apetecible. Lo hace un bobo que necesita de todos los medios posibles para llamar la atención.
De repente ella estaba demasiado cerca de mí. No me dejaba respirar.
—No sigas diciendo esas cosas —dije perdiendo todo el poder en mi voz.
Julia me tomó de los hombros y me acercó aún más a su lado (si es que eso era posible, su cadera chocaba con la mía).
—Yo no necesito de trucos baratos para impresionar a una chica —habló en mi oído—. Tampoco necesito ayuda de osos de peluche para reclamarla como mía... Simplemente se lo digo y punto.
Mis rodillas comenzaban a debilitarse, toda la armadura que cargaba parecía aflojarse ante las cosas que me estaba diciendo.
Intenté zafarme de su agarre pero no me dejó ir.
En un movimiento arrebatado pegó mi frente contra la suya, y me obligó a verlo a los ojos.
Un huracán se estaba formando en su interior, y en el mío se desataba un tornado.
—Y si quiero besarte, Lena —susurró contra mis labios—, no espero a que tú hagas el primer movimiento. Simplemente me lanzo.
Le vi acercar su boca a la mía, mi corazón se detuvo esperando por ese momento.
Mis labios quemaban por tocar los suyos... pero justo antes de que ambas pudiéramos siquiera parpadear, escuché claramente que se aclaraban la garganta.
Me entró instantáneamente el pánico.
¿Era Marie? ¿Ella nos había visto?
Entonces recordé que nos encontrábamos en casa de mi madre, vi su silueta parqueada frente a nosotros. Me había olvidado completamente de ella.
Me separé inmediatamente de Julia. Estaba tan avergonzada que no fui capaz de despegar la vista del suelo.
¿Qué acababa de suceder?
¿En verdad iba a besarme?
—Ya veo que no estás tan mal de amores después de todo —dijo mamá con cierta diversión en su tono. Ya podía imaginarme su boca naranja frunciéndose para evitar sonreír.
Quise que el suelo se partiera y me absorbiera viva. Pero como siempre, esperar a que esa clase de milagros sucedieran era algo imposible. Tan imposibles como lograr que Julia me bese.
—Las dejaré solas un momento —anunció mi madre—. Espero que no se maten entre ustedes... o terminen besuqueándose en los cojines de mi sala.
Mamá salió hacia la puerta de la cocina, determinada a no voltear a ver atrás.
Mi rostro ardía en caliente.
—Julia, yo... Lo siento. No debí haberte provocado. Fue mi culpa.
Alcé la vista para ver sus ojos, pero ella estaba ido viendo hacia la pared detrás de mí.
—¿Me estás escuchando? —pregunté.
—¿Ganaste el primer lugar en “El trasero de bebé más lindo”?
—¿Qué? ¿De qué...? — señaló hacia la pared que observaba con atención.
Allí colgaba un título en el que se leía: Primer lugar al trasero de bebé más lindo.
No podía creer que mamá aún conservara eso.
—A mi mamá le gustaba inscribirme en muchos concursos cuando era niña —expliqué—. Al ganador le daban una dotación de comida para perros y cupones de descuento en el supermercado.
—¿Tenían perros?
—No. Pero mamá era muy ingeniosa y siempre lograba intercambiar el concentrado por pescado.
Traté de apartarle del vergonzoso pedazo de mi pasado, pero Julia era obstinada y continuó viéndolo con atención.
—Me gustaría confirmar si el trasero más lindo sigue siéndolo —dijo mientras me atravesaba con la mirada.
—Tal vez en tus sueños.
Oh, habíamos regresado a las habituales bromas. Menos mal.
Me aparté de ella, e iba a sentarme en uno de los cojines de la sala, cuando la puerta de la cocina se abrió de un solo golpe, haciendo que perdiera mi objetivo y que mi trasero golpeara el suelo en su lugar.
Mamá salió con una amplia sonrisa en el rostro.
—A que no sabes quién viene a verte—chilló emocionada.
Detrás de ella había alguien más pero gracias a la larga y enorme túnica que estaba usando mamá no pude ver de quién se trataba.
Cuando ella se hizo a un lado jamás pensé en volver a ver a esa persona en toda mi vida.
Todavía recordaba lo último que le había dicho antes de la graduación:
"Lo siento pero yo no estoy atraída hacia ti de esa forma. Debemos terminar."
—¡Lena! —dijo él.
—¿Mason?
Lo que me faltaba... ver a mi ex novio justo en este momento.
Fantástico.
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Aleinads el Dom Nov 29, 2015 3:17 pm

Triple conti Siii cheers cheers cheers esta buenoo! Very Happy Very Happy Very Happy
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3ple conti

Mensaje por bea el Sáb Dic 05, 2015 7:05 am

el fanfics esta buenisimo....unl de los mejores k he leido te rogaria no lo abandones estoy ansiosa por leer mass graciss

bea
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Admin el Lun Dic 21, 2015 9:06 pm

Capítulo 5
Lena, mírame
In-cre-i-ble.
Solo con esa palabra podía definir esto, y por esto me refería a toda la situación incómoda que se estaba dando en la cena, en casa de mi madre.
Ella había insistido en que nos quedáramos a comer, incluso prometió hacer mi comida favorita. Julia aceptó inmediatamente... Mason también.
Nos encontrábamos en el área en donde antes era el comedor, ahora, en su lugar, había una pequeña mesa de madera con una bola de cristal en el centro que aún conservaba su etiqueta de "Hecho en China" pegada en la base.
Rodé los ojos y traté de no sudar ante la mirada de "por favor átame y lléname con jalea de fresa" que me lanzaba Mason.
Había olvidado lo atractivo que podía verse en pantalones simples y en sus camisetas tipo polo. Él tenía estos ojos marrones enmarcados por largas y rizadas pestañas que combinaban con su cabello castaño.
No era tan alto como Julia pero definitivamente tenía una belleza natural.
—Tomé un nuevo curso en internet —habló mamá para rellenar el incómodo silencio que se extendía en la habitación, nadie hablaba, pero a la vez todos decíamos algo con la mirada—. Oficialmente estoy capacitada para preparar el elixir del amor.
Ay no otra vez.
Ella ya lo había intentado hace un par de meses atrás, haciendo que yo lo probara. La única sensación parecida al amor que percibí fue un malestar estomacal. Resultó ser un potente laxante que me mantuvo metida todo el día en el baño. Digamos que no fue una experiencia que querría volver a repetir.
—Preparé un poco esta mañana. Quiero que sean los primeros en probarlo. —Con eso, ella salió corriendo hacia la cocina, dejándome sola con dos tipos que, por alguna extraña razón, querían matarse entre ellos.
—Y cuéntame, Lena, ¿estás saliendo con alguien? —preguntó Mason.
Vaya, fue directo al grano.
Me llevé a la boca un poco del puré de papa de mi plato, y evité verlo a los ojos.
Antes de poder responder, Julia ya estaba respondiendo por mí:
—Ella ya está tomada, amigo.
Mason amplió los ojos.
—Entonces ustedes dos son... —nos señaló a Julia y a mí.
—¡No! —negué inmediatamente.
—Lena sale con Chocoboy. Aparentemente le gustan envueltos en chocolate.
Le di un pisotón por debajo de la mesa.
A Marcus apenas y lo había conocido durante unos treinta minutos. Julia seguía insistiendo en molestarme con él y no entendía por qué.
—No, no estoy saliendo con nadie —dije esta última frase mirando de soslayo hacia Julia.
Vocalicé un cállate.
—Oh, qué bien. Yo tampoco estoy viendo a alguien —habló Mason—. Me preguntaba si querrías salir conmigo este sábado...
—Ella ya tiene ocupado ese día —dijo Julia tensando la mandíbula.
Le miré confundida.
—En realidad...
—Saldrá conmigo —me cortó Julia. Sus ojos verdes me perforaron con una advertencia—. Estaba a punto de decirte, conseguí boletos para ver a una banda en vivo, se llama Ósmosis.
Estaba perpleja. Mi boca completamente abierta mientras trataba de entender a este ser tan complejo como lo era Julia. ¿Me estaba invitando a salir?
Tuve que reprimir los aleteos de las condenadas mariposas que revoloteaban en mi estómago.
Miré disimuladamente a Mason, su expresión era dura.
—Ahh... ¿Va a ir también Marie? —pregunté. Inmediatamente el rostro de Julia se transformó, era como si le hubieran lanzado un balde de agua fría.
Suspiró, y se hundió en su asiento.
—Sí —dijo, sin mirarme a los ojos.
Todas las mariposas que sentía en mi interior murieron.
—¿Qué tal si nos acompañas? —hablé esta vez para Mason.
No veía nada malo en invitarlo entonces.
Él me dedicó una sonrisa brillante y vi cómo sus ojos estudiaban detalladamente mis labios.
Las mariposas volvieron.
—Aquí está —interrumpió mamá, entrando de nuevo en el pequeño cuarto, trayendo consigo tres vasos llenos con un líquido rosa—: Elixir del amor. Garantiza que la primer persona que veas después de beberlo se enamore perdidamente de ti.
Obviamente no creía en ninguna de esas tonterías; mamá se volvió psíquica gracias a una página web y a un curso de cómo leer la mano en un día.
Aún no entendía cómo es que conseguía clientes. Sus predicciones nunca eran acertadas... por lo menos no las mías (o las de papá).
Me deshipnoticé de mis pensamientos al ver a Mason y a Julia coger rápidamente los vasos con la bebida rosada y sorberla de un solo trago.
Me quedé esperando ansiosamente para verlos correr en dirección al baño, pero en su lugar parecían disfrutar del sabor.
—Y tú, pastelito, ¿no quieres probar un poco? —Mamá sostuvo el vaso para mí.
Negué con la cabeza.
—No quiero que resulte como la vez pasada —admití.
—Oh, esa fue mi culpa, había leído mal la receta. Prueba este, me quedó mejor.
—Sabe a ponche de frutas —dijo Julia relamiéndose la comisura de los labios. Me perdí en ese simple gesto.
—¿Y cuándo sentirá la persona esos efectos para enamorarse de mí? —dijo Mason, viéndome fijamente.
Aparté la mirada.
—Mmm... El elixir hace efecto en diez minutos después de haberlo probado.
—Más vale que no parpadees en mi dirección —amenazó Julia a Mason—. Si comienzo a delirar con que tienes lindo cabello te voy a colgar de tus calzoncillos. ¿Entiendes?
—Lo mismo digo —respondió Mason de mal humor.
Ambos se dieron la espalda como si fueran dos niños pequeños.
Ufff... Niños.
—No funciona así —intervino mi madre—, solo sirve cuando en verdad te interesa la otra persona, la que quieres que se enamore de ti. Obviamente ninguno de los dos se interesa mutuamente. Ninguno corre peligro.
—Ni siquiera yo —balbuceé sin pensar.
Cuando alcé la vista, tres pares de ojos estaban viéndome atentamente: mamá, Julia y Mason.
¿Por qué me miraban tanto?
¿Acaso dije algo malo? ¿Tenía apio entre los dientes? ¿Un barrito en la cara?
—¿Qué?
—¿No vas a probar mi elixir especial? —preguntó mamá de manera indignada.
Los tres pares de ojos seguían comiéndome con la vista.
—Te dije que esta vez utilicé una receta distinta, no tendrás que correr directo al baño —continuó hablando ella.
—¡Mamá! No puedo creer que dijeras esto frente a alguien que no sea papá —la regañé.
Miré en dirección hacia Julia, una sonrisa perezosa se dibujaba en su rostro.
—¿Solo un poco? —acercó el vaso hacia mí—, necesito saber si quedó perfecto.
Enojada tomé el vaso, derramando una parte del jugo en la mesa. Bebí un sorbo y antes de darme cuenta ya lo había acabado todo.
De hecho no sabía tan mal. Por lo menos esta vez no sentía el toque de alquitrán que sentí la vez pasada.
—Sabe bien —admití—, ¿contenta?
Ella asintió con la cabeza.
—Bien. Vuelvo en un rato. Ustedes chicos se quedan solos —dijo ella y salió en dirección a la cocina.
—Lena, ¿podemos hablar? —preguntó inmediatamente Mason—, ¿a solas?
Miré de reojo hacia Julia, ella enarcó una de sus cejas.
—No he terminado de comer —balbuceó llevándose un trozo de tomate a la boca—. Yo no me voy de aquí.
—Bueno, los que nos vamos somos nosotros —le dije.
Comencé a levantarme de mi asiento pero una mano sujetó con fuerza la mía.
Julia me regresó de nuevo a mi lugar. Mi trasero golpeó la silla haciendo un ruido sordo.
—¿Qué…?
—Lena tampoco ha terminado su comida —dijo simplemente, reteniendo mi mano para que no me moviera.
—Ya no tengo hambre —murmuré—, ahora suéltame.
Julia levantó su tenedor y lo ensartó en un pedazo de carne, estaba ignorándome.
—Es bueno que comas algo —habló para mí—. Si tienen que hablar no veo el motivo para no hacerlo aquí. Prometo cerrar los ojos cuando comiencen con las cursilerías y las escenas melosas de quiero-volver-contigo.
Mis mejillas se pusieron rosadas.
—Hablaremos afuera. —Intenté levantarme nuevamente. Julia puso resistencia.
Le apreté de la mano (algo que jamás había hecho), Julia alzó la vista y le supliqué con la mirada que me dejara ir.
Esta vez cedió sin protestas.
—¿Qué fue todo eso? —preguntó Mason una vez que logramos salir al patio trasero de la casa.
—No tengo idea. Él es algo sobreprotector.
—Si vuelve a tocarte de esa manera juro que le voy a partir los dientes.
—Pues deberías estar tranquilo. Ella ya tiene novia —aunque Marie no era técnicamente una novia. Era más bien… mmm. Mejor no pensar en eso.
—Fue interesante volver a verte —dijo Mason después de haberse serenado, metió un mechón de pelo detrás de mi oreja—, espero que lo que sea que haya interferido entre nosotros no vuelva a repetirse. Te extrañé, Lena.
Su cuerpo se acercó más al mío.
Las jodidas mariposas hicieron acto de presencia en mi estómago, retorciéndolo a su gusto.
—También fue bueno verte, Mason. No te lo dije antes pero quiero disculparme por la manera tan grosera en la que acabó todo entre nosotros.
Sentí su cálida mano en mi mejilla.
Alcé la vista y me encontré con esos bellos ojos marrones.
¿Por qué siquiera había terminado con él? Era atractivo... no como esos inalcanzables modelos rusos de ropa interior, pero sí atractivo como chico normal y accesible.
—No necesitas disculparte —susurró él cerca de mi boca—. Respeto que necesitaras tu espacio. Ahora quiero recuperarte.
Puso una de sus manos en mi cintura. Estábamos tan cerca que si quería besarme solo tenía que fruncir un poco los labios.
—Mason, yo... es complicado justo ahora.
—No sé qué es lo que pasa entre tú y esa tipa de allá, pero no pienso rendirme tan fácilmente.

Necesitaba aclararle que nada sucedía con Julia, pero yo misma sabía que eso era estar engañándolo y engañándome a mí misma.
En su lugar dejé que Mason me estrechara más a su cuerpo.
No me dio tiempo de reaccionar cuando él inclinó la cabeza y unió sus labios con los míos.
Fue un beso lento que reavivó viejas chispas de fuego que estaban apagadas.
Esta vez él no estaba salivando en mi boca, era como si hubiera pasado practicando para llegar a este momento. Llevé mis manos a su cuello, inmediatamente sus labios buscaron los míos de forma ávida.
Antes de poder llegar a profundizar las cosas, un fuerte ruido hizo que me apartara de Mason.
Alguien había azotado fuertemente la puerta.
Siguiendo hacia la fuente de ese ruido se encontraba Julia con una expresión estoica en el rostro.
—Ups. Lamento interrumpir —dijo sin demostrar una sola gota de remordimiento.
Yo aún respiraba de manera entrecortada debido al beso.
Le lancé una mirada asesina a Julia.
—¿No tenías que irte? —escupió hacia Mason—. Ya es de noche, es peligroso caminar solo y sin protección.
¿Qué rayos hacía?
—Julia, no...
—No te preocupes, Lena —me detuvo Mason— de todas formas ya tenía que marcharme. Te veré el sábado.
Se despidió dándome un beso en la frente.
Mientras caminaba hacia la salida chocó contra el hombro de Julia.
—¿Qué te sucede? —grité cuando Mason se fue por completo—. ¿Por qué hiciste eso?
—No me agrada él.
Resoplé.
—Pues a mí no me interesa lo que pienses de Mason, es a mí a quien tiene que gustar, no a ti.
Empecé a caminar lejos de ella pero ni siquiera pude dar un paso porque me sujetó rápidamente del brazo, girándome hacia sí.
—A ti más que a nadie te conviene saber lo que opino de ese tipo. ¿No se supone que es tu ex novio? Entonces deberías recordar el por qué lo dejaste.
—Eso, Julia, no es de tu incumbencia.
Intenté zafar mi brazo pero él no cedía.
—Dime por qué lo dejaste —me exigió—, ¿te sigue gustando?
Me rehusé a responderle.
Evité todo contacto de sus ojos con los míos.
—Lena, mírame.
Agaché aún más la cabeza. ¿Por qué me ponía tan nerviosa?
—Lena... —sus largos dedos presionaron mi brazo—. ¿Piensas volver con él?
—¿Por qué quieres saberlo? —Continuaba sin mirarlo a los ojos.
El agarre hacia mi brazo se detuvo, en su lugar me tomó de la barbilla. Mis ojos finalmente se encontraron con los suyos.
—No quiero que salgas con él.
—¿Celoso? —bromeé.
Le vi abrir la boca para responder pero antes de llegar a decir cualquier cosa, su celular comenzó a reproducir la canción de Toxic de Britney Spears.

Baby can't you see
I'm calling
A guy like you should wear a warning
It's dangerous
I'm falling
Las dos nos congelamos en donde estábamos; Marie le había puesto esa canción como identificador para cuando ella lo llamara.
Eso significaba que Marie lo estaba llamando justo ahora.
Grandioso.
Vi la lucha interna que tuvo Julia en si debía responder o no.
Le facilité esa decisión alejándome de su agarre.
—Contéstale a Marie, sabes lo mucho que se enoja cuando la ignoras —dije antes de correr en dirección al interior de la casa.
Le escuché hablar minutos después.
Quedó en verse con Marie esa misma noche.
Solo podía decir que tenía dos cosas claras desde ahora:
1) El elixir del amor que preparó mamá no servía: miré a Julia a los ojos por más de diez minutos y obviamente no se enamoró de mí.
2) Yo no podía tener nada con ella. Ni en mis sueños más alocados. Era demasiado complicado llegar a gustarle a una persona así.
Además de que resultaría doloroso enamorarse de Julia Volkova: ella ya estaba en una relación complicada, y precisamente esa relación era con mi prima.
—Te quiero ver el sábado —escuché que le susurraba a Marie.
Suspiré.
Oh, sí. El sábado será un día sensacional para una cita doble.
Ella con Marie, y yo con Mason.
¡Yupi!

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Admin el Lun Dic 21, 2015 9:07 pm

Capitulo 6
Nena
—Yo creo que Julia está celosa —dijo Nastya cuando le conté sobre mi pasada noche en casa de mi madre.
Fruncí el ceño ante su observación y le lancé un puñado de papas fritas al rostro.
Ella respondió lanzándome algunas también.
—Ella no tiene ningún motivo o razón para ponerse así —le dije.
Nastya rodó los ojos.
—Já, enamoradas. Todo el mundo se da cuenta de la atracción entre las dos, menos ellas —dijo, exasperada.
—¿Yo, enamorada de Julia?
—Por favor, Lena, es tan obvio.
—Es cierto —la secundó Dulce, la chica gótica que tomaba los turnos de cajera por la tarde. Ella llevaba su maquillaje oscuro al extremo: su boca estaba pintada de negro, sus uñas tenían pequeñas calaveras plateadas que hacían juego con sus accesorios, su piel se encontraba pintada de blanco cadáver y tenía un tatuaje en el brazo de una mano mostrando el dedo medio que decía: ¿Te parezco Dulce ahora?—. No hablas de otra cosa más que de ella.
—Cariño, reconozco el amor cuando lo veo —opinó también Mirna—, recuerdo cuando estuve casada hace doce años... —suspiró teatralmente—. Fue una pesadilla. Por eso te digo que tienes que aprovechar y sacarle el jugo a tu juventud. Acuéstate con tantas personas como puedas, no vaya a ser que después descubras que tienes cincuenta y que tu piel está arrugada hasta por las zonas bajas...
—Ok, demasiada información —la detuve.
—Muchachas, muchachas. Por favor, dejen de hablar —nos regañó Cliff.
Supuestamente estábamos en medio de una reunión de trabajo, discutiendo sobre el nuevo aditivo al menú: una hamburguesa de pollo con extra chile picante, cortesía de los ejecutivos de alto rango.
—Les voy a pasar algunas muestras para la degustación —nos dijo él—, yo en lo personal ya comí tres de ellas. Las van a disfrutar.
Gustavo, el único chico que trabajaba en el restaurante, nos pasó las hamburguesas envueltas en un papel marrón mientras que Cliff tomaba asiento y comenzaba a devorar otra.
—Escuché que tú y tu ex novio saldrían este sábado —mencionó Gustavo cuando se detuvo a mi lado.
Él andaba como por los quince años; era de piel canela y en su rostro empezaban a aparecer pequeñas manchas dignas de la pubertad.
—Las noticias aquí vuelan rápido —murmuré.
—¿Entonces? ¿Es verdad?
—No del todo —dijo alguien a mis espaldas—, también saldrá conmigo.
Ni siquiera me volteé a verle, ya sabía que se trataba de Julia. ¿Cómo rayos pudo entrar al restaurante si se suponía que estaba cerrado?
Gustavo amplió los ojos enormemente, luego se escabulló como rata cobarde.
Julia arrastró una silla a mi lado y tomó algunas de las papas fritas que tenía en mi plato.
Instantáneamente sentí a más de cuatro pares de pies chocando contra los míos por debajo de la mesa, como diciendo: ¿Veees?
—Oye, aún no he terminado de comerlas —protesté, ignorando todas las miradas de mis compañeras de trabajo.
Julia parpadeó en mi dirección y continuó comiendo como si yo no hubiera dicho nada.
Llevaba cada papa a su seductora boca con un movimiento en la muñeca que... Simplemente era hipnótico verle.
—¿Qué haces aquí? —pregunté cuando recordé que no se deben ver a las personas fija e indiscretamente como si fueran una clase de postre para devorar—. Esta es una reunión de trabajo y tú no trabajas en este lugar... —Julia se levantó momentáneamente de su asiento, buscando con la mirada a alguien. Sus ojos se detuvieron en Cliff.
—¿Con quién tengo que hablar para que me contraten? —gritó.
Cliff despegó la vista de su hamburguesa y frunció el ceño hacia Julia.
—No estamos empleando a nadie...
—Lo haré gratis.
—¡Contratado! —sonrió Cliff, elevando sus regordetas mejillas.
—Listo, ahora trabajo aquí —anunció triunfalmente, agarrando más de mis papitas—. No puedes correrme.
Le miré boquiabierta.
¿Acaso estaba loca?
—¿Es que no tienes un trabajo real? Ni siquiera sé de qué te ganas la vida.
—Me gano la vida limpiando parabrisas de autos en los semáforos —hizo una pausa para embadurnar una papa con Ketchup—, y estoy aquí porque se me da la gana. Oh, casi lo olvidaba, estoy también porque vine a verte.
¿Vino a verme?
Miré de soslayo a Nastya quien se hacía la que no estaba escuchando nada... al igual que el resto de las que se encontraban sentadas en la mesa.
—¿Para qué?
—¿Para qué, qué?
—¿Cómo que para qué, qué?
—¿Para qué, qué, de qué?
—¡Julia!
—¿Lena?
—¡Ya, las dos! —nos detuvo Dulce—. Van a hacer que la vena de mi frente cobre vida y mute en un zombi.
De todas las cosas que pude hacer, solo se me ocurrió reírme.
Julia hacía lo posible por no imitarme pero cedió al instante.
Las esquinas de su boca se estiraron hacia arriba y en un segundo las dos reíamos como si fuéramos niñas pequeñas.
Dulce nos lanzó miradas que harían a un cubito de hielo derretirse.
—Infantes —nos regañó.
—Déjalas ser —bromeó Mirna—, si yo tuviera su edad ya hubiera echado a la chica sobre la mesa y la desnudaría lentamente.
—Iuuggg —chillé—. Mirna, eso es asqueroso.
Aunque de alguna forma no se me dificultaba imaginarme a Julia con menos ropa de la que usaba... De verdad quería ver qué decía el tatuaje en su espalda.
Me quedé tonteando por un momento, perdida en mis pensamientos, que no me di cuenta cuando Julia se me quedó viendo fijamente y con una ceja elevada.
—¿Qué? —pregunté. Oh no, ¿acaso estaba babeando? ¿o ahora ella podía leer mentes y ver los sucios pensamientos que daban vuelta en mi cabeza?
—Me estabas imaginando desnuda, ¿verdad? —dijo con un aire de suficiencia.
Fruncí el ceño.
—Ya quisieras... —Oh.por.Dios, ¿cómo lo supo?
—Bueno, soy de las que no les gusta dejar nada a la imaginación.
Se puso de pie y repentinamente se paró sobre la silla en la que se sentaba; inmediatamente todos en la habitación se le quedaron viendo.
Cliff detuvo su mano en el aire justo cuando se llevaba una segunda hamburguesa a la boca.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, nerviosa. Miré las reacciones de mis compañeras pero ellas estaban embobadas, viéndola.
—¿Alguien puede poner algo de música? —dijo ella. Al instante Gustavo salió disparado hacia la oficina de Cliff y segundos después sonaba por los parlantes una canción popular y conocida de Maroon 5.
—Moves like Jagger, qué oportuno —balbuceó Julia.
¿Por qué parecía ser la única que no sabía qué estaba pasando aquí?
Comprendí finalmente sus motivos cuando vi cómo se paró sobre la mesa en la que comíamos; Mirna se apresuró a quitar todos los platos y cualquier posible obstáculo para dejarle el camino libre.
Nooooooo. Él iba... Él iba a...
Julia comenzó a mover sus caderas al ritmo de la música. Fue juguetona y bromista, pero una vez que fijó sus ojos en los míos, vi que se tomaba esto más en serio.
Pronto empezó a desabotonarse la camisa... botón por botón mientras seguía bailando.
Noooo...
Finalmente se quitó la camisa por completo quedando en un top deportivo color gris.
Todas las chicas presentes (más Gustavo) se quedaron viéndolo hipnotizadas.
Ella tenía una piel increíblemente tersa; en su hombro izquierdo se miraba un tatuaje de patrones geométricos estrechos, junto con intrincadas líneas delgadas. Parecían ¿raíces? Que se perdían y se conectaban con otro tatuaje en su espalda.
Me quedé boquiabierta al ver sus músculos.
Tenía otro en su torso, una frase en letras cursivas que ni siquiera se podía leer bien.
Luego se dio la vuelta, girando sobre su eje, me dio la vista a más tatuajes en la espalda, todos en negro, nada de color.
—¡De eso estoy hablando! —gritó Mirna. Ella comenzó a desabrocharse el delantal y una vez fuera, lo agitó en el aire, como vaquera girando el lazo —. Necesitábamos algo de acción por aquí. ¡Vamos, cariño. Quiero ver más piel!
Por el rabillo del ojo pude ver a Cliff ponerse de pie, su rostro estaba rojo y las comisuras de sus labios se encontraban untadas con mostaza.
—¡Oigan, esto no es un club nocturno! —gritó él.
—¿Cuánto quieres para que lo sea? —devolvió Julia sin dejar de bailar.
Cliff amplió los ojos y se relamió los labios.
—No quiero nada.
De igual forma Julia le lanzó un pequeño rollo de billetes que se sacó de la billetera del pantalón.
Cliff se quedó callado y continuó comiendo como si nada hubiera pasado.
¿Cuánto dinero tenía Julia? Ahora más que nunca quería saber en qué trabajaba.
Llevaba cinco meses de conocerle y parecía como si en realidad no supiera nada de su vida.
Ella regresó a la labor de desabrochar sus pantalones. Mirna y Gloria, otra de las chicas que freía las papas, depositaron billetes en los bolsillos de Julia.
Resoplé.
Mi rostro quemó en caliente cuando me miró y me lanzó su camisa perfumada al rostro.
—Solo para ti, nena —me dijo y me guiñó el ojo.
Eso bastó para ponerme como pudín regado en el suelo.
—Oh, esto se va a poner bueno —sonrió Nastya mientras miraba entre Julia y yo.
—Juro que si hubiera elegido algo de Slipknot ya me le hubiera lanzando encima —masculló Dulce.
Me quedé estupefacta.
Julia me hacía señales con la mano para que lo acompañara sobre la mesa. En mi lugar, fue Mirna la que se unió.
Ella comenzó a hacer el baile del caballo, la mesa crujía un poco cada vez que saltaba y movía su cadera recién sometida a cirugía ortopédica.
—Lena, sube tu trasero aquí —gritó Julia para hacerse escuchar sobre los gritos de las chicas que bailaban alrededor.

Negué con la cabeza.
Paró de bailar, viéndome con la típica mirada que ponía cuando algo no salía como a ella le gustaba.
Rápidamente bajó de un salto de la mesa y me agarró de la cintura.
—Sube o te subo —me amenazó.
—¿Qué...? Tú no me mandas.
—Bien. Será por las malas.
Me apretó fuertemente y me encaramó a su hombro; su mano derecha sostenía mis piernas.
—¡Julia, bájame! —golpeé su espalda.
Pensé que iba a llevarme hacia la mesa para obligarme a bailar, pero vi que se desviaba hacia la puerta de salida del restaurante.
—¿Qué estás haciendo? —chillé, comencé a golpear una vez más su espalda.
Desde donde estaba, podía ver parte de su tatuaje, intenté leer lo que decía pero Julia caminaba rápido y me mareaba. Pronto nos encontramos fuera, nadie se dio cuenta de que nos habíamos ido.
—¡Julia! —lo golpeé nuevamente.
—Cálmate. Solo quiero mostrarte mi lugar de trabajo.
—¿Los semáforos, en donde limpias parabrisas? —soné sarcástica.
—Exacto.
—Julia, bájame. Estás sin camisa y la gente nos mira raro. Bájame antes de que diga que me estás secuestrando.
—¡La estoy secuestrando! —gritó en medio de las calles. Jodido desgraciado—. ¿Ahora ves que a la gente no le importa? Además, tú tienes mi camisa.
—¿Qué?
—La tienes justo en tus manos...
Bajé la mirada hacia mis manos y... sip, tenía agarrada la camisa de Julia.
¿Cómo...?
La solté inmediatamente.
—Ahora, eso fue maleducado —dijo, tratando de agacharse para recogerla.
Aproveché a zafarme de su agarre, separándome de sus brazos y poniendo distancia entre ambas.
Me puse en pie temblorosamente y, gracias a un mal paso, caí sobre mi trasero.
Julia comenzó a reír, luego me tomó de la cintura para levantarme.
—Lena, solo sígueme. Quiero mostrarte lo que hago... —dijo él.
—¡Lena! —llamó de repente una familiar voz a mis espaldas. Me giré para encontrar a la mamá de Marie viéndome de forma desaprobadora.
Tragué saliva y me forcé a sonreírle a la mujer de cabello corto color naranja y de figura regordeta.
—¡Tía Charlotte! —chillé sorprendida. Ella no dejaba de fruncir el ceño en dirección a Julia.
Fue allí cuando me di cuenta de que aún me tenía agarrada de la cintura... y que continuaba sin camiseta.
Me separé inmediatamente.
Julia no conocía a mi tía, o a cualquiera de la familia de Marie, porque ella ya les había presentado a Eder como novio oficial.
—Tu madre me llamó el otro día. Deberías visitarla —me regañó—, es una mujer débil y sensiblera. La pobre pasa por su crisis de la mediana edad y tu aquí... Coqueteando.
Dijo esta última palabra como si fuera lo más asqueroso que pudo haber salido de su boca. Disimulé mi malestar debido a su comentario y forcé aún más mi sonrisa.
—Ya la fui a ver. Ayer precisamente.
—Hmmjum.
Ella examinaba a Julia con ojo de águila.
¿Coqueteando? ¿De verdad pensó que yo estaba coqueteando?
De pronto, una pelirroja de cuerpo curvilíneo se giró en la esquina y se detuvo en seco al vernos.
Era Marie.
Pánico se instaló en sus ojos azules al recorrer con la vista a una Julia de pecho casi descubierto, a su madre y a mí.
Se acercó a paso lento hacia nosotros y se aclaró la garganta.
—Lena —asintió con la cabeza—, ¿qué haces aquí?
Ella hacía todo lo posible por ignorar a Julia; simulaba que no le conocía.
—Salí del trabajo temprano —dije tratando de agarrar valor.
—¿Y ella es...? —habló mi tía.
—Julia —respondió ella a su pregunta. Lo podía ver en sus ojos: estaba furiosa.
Apostaba a que se sentía verdaderamente molesta con Marie por su fría indiferencia, pero desde un principio ella estuvo de acuerdo en mantener su relación secreta.
Julia extendió su mano para estrechar la de mi tía, pero ella dudó en si debería o no. Hizo una mueca y finalmente intercambiaron saludos.
—¿Y cómo conoces a Lena? —lanzó ella.
Su tono era de puro desdén.
—Porque... —Marie se puso alerta y negó disimuladamente con la cabeza, haciéndole señas a Julia para que no mencionara que ambas se conocían— ella es mi novia.
¿Qué... qué?
Palidecí al instante, amplié mis ojos y volteé a verlo de forma incrédula.
—¿Lena tiene novia? —dijo mi tía. Pocas cosas la sorprendían y esta era una de esas—. Ella no me ha dicho nada.
Tragué saliva.
—Es que ni yo misma lo sabía —golpeé con mi pie la pierna de Julia.
Élla sonrió descaradamente.
Idiota.
—Justo hoy se lo iba a preguntar —dijo, se giró hacia mí, y noté detalladamente otra porción de uno de sus tatuajes en la nuca—. Lena, nena, ¿entonces? ¿Eres mi novia o ya no quieres serlo?
Me obligué a no estallar en rabia.
—Pero... Pero, ella ya tiene novio —habló Marie. Su rostro era la viva imagen de la ira—, ¿qué pasó con ese chico que estuvo la otra noche en el departamento? Hasta usaron una fuente de chocolate.
La iba a matar.
Sip, la mataría.
—Eso fue romance de una sola noche —se bufó Julia—. Me aseguré de que no volviera a ver al tipo.
Mi rostro estaba rojo.
—¿Y qué sucede con tu ex novio? —continuó Marie—, ayer me dijiste que lo viste nuevamente, ¡que lo besaste!
No podía creer que estábamos teniendo esta conversación frente a mi tía, en medio de la calle... cerca de un Motel llamado El Paso, con Julia sin camiseta y con el botón de sus pantalones desabrochado.
—Oh, eso fue un breve desliz. A cualquiera puede ocurrirle —dijo Julia respondiendo por mí—. Ya lo superamos, ¿no es así, nena?
Por más enojada que estaba con ella, no pude evitar ablandarme un poco cuando me llamó nena.
Se sentía bien escucharlo decir que yo era su nena. Neeeenaaaa.
NENA.
—Ah... Interesante —se limitó a decir mi tía—. Marie, debemos irnos.
Chasqueó sus dedos y caminó sin despedirse.
Marie me advirtió con la mirada que tendríamos una conversación más tarde, y luego se echó a correr detrás de su madre.
—Por cierto —mi tía devolvió sus pasos, viendo a Julia por un breve instante y luego regresó su mirada hacia mí—, esta noche pasaré un rato por el departamento. Espero encontrarlo limpio y pulcro.
Se giró y caminó sacando su voluptuosa retaguardia hacia atrás.
Después de verlas a ambas girar por en la siguiente cuadra, Julia habló:
—¿Soy yo, o ella camina como si tuviera un palo de golf atravesado en el trasero?
—Siempre pensé que era más bien un bate de béisbol.
Ambas nos miramos a los ojos, solo eso bastó para que desatáramos la risa loca.
Después de un minuto, le di un manotazo en el hombro. Fuerte.
—Auuu —se quejó.
—Eso fue por decir que era tu novia.
Volví a darle otro manotazo en el mismo lugar.
—Y eso fue por cargarme a la fuerza cuando te pedí que me bajaras.
Iba a propinarle un tercer golpe por haber pedido trabajo a Cliff y haber puesto a bailar a todos los empleados, pero ella me detuvo, sujetándome de la muñeca.
—Esto es por haberme ayudado a esconderme todas esas veces en tu cuarto —imitó ella, en vez de golpearme, me besó en la frente.
—Esto es por hacerme llorar de la risa —me atrajo para besar mi mejilla.
—Esto es por cubrir a Marie y echarte la culpa por Chocolator. Sé que fue la aventura de una noche de ella.
Julia besó mi otra mejilla.
Antes de que pudiera decir algo, me tomó de los hombros y me miró de forma determinada.
—Y esto es por retarme a cada minuto del día; por ser tan terca y bipolar. En un minuto te ríes y al siguiente estás golpeándome en el hombro.
Oh no, ¿qué rayos iba a besar ahora?
Acercó sus labios a los míos, los presionó hasta que reaccioné y me di cuenta: ¡Julia estaba besándome en la boca!
Me quedé estática y en shock por unos segundos, pero rápidamente cerré los ojos y respondí a su beso.
Era eléctrico. Recargado. Su boca se movía con elegancia en contra de la mía.
Sentí su mano derecha bajar hacia mi cintura mientras que la otra hacía su camino hacia mi nuca y pasaba sus dedos por mi cabello.
Mi cabeza daba vueltas y en lo único que podía pensar era que él me convertía en pudín.
Se separó demasiado rápido para mi gusto, instantáneamente me hizo falta el calor corporal que me ofrecía.
Bizqueé solo para ver que comenzaba a ponerse su camisa de botones.
Me sentí como Bambi aprendiendo cómo caminar: desorientada.
—Hasta pronto Lena. Te veré el sábado —dijo.
Le vi caminar, alejándose de mí.
Tuve que obligarme a no salir corriendo detrás de ella y suplicarle para que me besara de nuevo.
Me quedé ahí, parada como una imbécil y en estado de shock.
Mierda: Julia me había besado.
Doble mierda: supo todo el tiempo lo de Marcus.
Triple mierda: la iba a ver el sábado... junto con Mason.
Esto era demasiado que procesar para el pobre cerebro de una cajera que ganaba veinte dólares semanales.
Demasiado por comprender en mi estado pudín.

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Admin el Lun Dic 21, 2015 9:08 pm

Capítulo 7
Bambi
Pudín, pudín, pudín, pudín...
—¿Lena? ¿Tierra llamando a Lena? —Marie chasqueó los dedos frente a mí.
Ella tenía un recogedor en una mano, y en la otra una escoba. La tía Charlotte no tardaría en llegar a inspeccionar el departamento.
Despegué la vista de mi tarea de limpiar las ventanas y, avergonzada, miré hacia el suelo.
—Aun no me has contado por qué Julia y tú estaban juntas hoy en la tarde —me reclamó ella.
Regresé a mi actividad de rociar las ventanas con Windex y luego limpiar la superficie con una tela delgada.
No debo hablar del beso... No debo hablar del beso.
—Ya te dije. Cliff le contrató y luego me mandó a que la acompañara a hacer algunas diligencias —mentí.
—¿Por qué Julia pediría trabajo allí? Si me hubiera dicho, hago que papá lo ponga en algún puesto de ejecutivo.
Rodé los ojos.
—¿Y por qué dijo que ustedes dos eran novias? Hubiera bastado con que le dijera a mi mamá que eran amigas.
Ella frunció el ceño, desconcertada.
No le digas del beso... Por favor Anna, mantén tu boca cerrada.
—Lo hizo para darte celos. Creo que últimamente la tienes descuidada —respondí aún sin mirarla.
—Tienes razón. Es que estos últimos días Marcus me ha tenido ocupada.
No hables del beso, no... Espera, ¿qué?
—¿Marcus? —chillé— ¡Pensé que no volverías a verlo! Creí que tú y tu drama lo habían ahuyentado.
Marie se mordió el labio inferior.
—Él me buscó al siguiente día, me dijo que quería ser parte de mi emocionante vida.
Estaba furiosa. Furiosa y ofendida.
¿Cómo era posible que lograra manipular a tantas personas? ¿Es que acaso todos eran idiotas?
—¿Qué pasa con Eder? —pregunté.
—¿Qué hay con él? Tampoco lo he podido ver, pero es porque anda de viaje...
—Él habló conmigo el otro día.
—¿Por qué de repente todos mis novios hablan contigo últimamente?
No sabría decir qué fue lo que me asustó más; si el hecho de que se enojara conmigo, o el que hubiera dicho en la misma frase esas palabras: "todos mis novios".
—Ya me cansé de esto —dije tirando el pedazo de tela a un lado—, me cansé de cubrirte siempre.
Ella enarcó una ceja, desafiándome.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a correr a contarle a Eder que estoy viendo a Julia? ¿Vas a contarle a Julia que estoy viendo a Marcus?
No, ella ya lo sabe… de hecho, los dos lo saben.
—Dejar de cubrirte significa que si alguno de tus novios te sorprende con alguien más, yo no voy a mentir por ti. Además me debes un favor.
—¿Un favor? ¿De qué? —escupió ella.
—De cuando estabas untando chocolate en Marcus... Insististe en que si te ayudaba, me deberías una grande.
—Eso ya te lo pagué.
Resoplé.
—¿Me quieres explicar cómo? Porque yo no lo recuerdo.
—Yo fui quien le marcó a Mason para que fuera a buscarte en casa de tu madre —dijo de manera triunfal, como si hubiera hecho la caridad del siglo. Como si se considerara a ella misma la madre Teresa de Calcuta.
—¿Qué? ¿Por qué harías eso?
—¡Duh! Estás siempre tan solitaria que pensé que una pequeña ayudadita no haría daño. Y como resultado saldremos todos juntos, ¿no? No fue tan malo después de todo. Además créeme, a Mason todavía lo vuelves loco. Uno de tus primeros novios nunca se olvida…
—De igual forma no pienso ser más tu tapadera.
—Lena, tú y yo sabemos lo mal visto que es una persona soplona.
—Ya dije. No cuentas conmigo para cubrir tus relaciones. ¿Sabes acaso lo mal que me sentí pensando que ahora tu madre cree que yo mantengo a todo un harén en mi cama?
—Por favor, ambas conocemos lo jodida que es mamá. De igual forma ella se hubiera inventado toda una historia solo por verte con Julia desnuda a mitad de la calle.
—No estaba desnuda —protesté patéticamente.
—Semidesnuda. Y por cierto, ¿qué hacía sin camisa? —me miró de manera sospechosa.
—Se llenó de salsa. Tuvo que quitársela. —Volví a recoger el paño para limpiar la ventana y me concentré en una mancha imaginaria.
—¿Acaso no es bella? Tiene un torso espectacular. ¿Y le viste el tatuaje de la espalda, ese que tiene abajito?
Las palmas de mis manos comenzaron a sudar.
—No entendí qué decía —dije fallando en no tartamudear.
—Pffftt, ¿qué más va a ser? Por supuesto que mi nombre…
Y eso bastó para que se me bajara la presión y saliera todo el aire de mi cuerpo.
¿Por qué tenía que ser tan curiosa?
***
Ósmosis era una banda local que tocaba en un pequeño bar llamado Hipotermia. Aparentemente habían cogido fama y ahora eran bastante conocidos a nivel nacional.
Entre la multitud que hacía fila para entrar al concierto se miraban varios fans usando una camiseta con el logo de la banda.
Me sentía desubicada en mi corto vestido azul y en mis bajas zapatillas grises mientras miraba a muchas chicas en sus cómodos jeans y leggins.
A mi lado se encontraba Marie, usando algo que requería la misma cantidad de tela que un bikini de una pieza.
—¿A qué hora te dijo Mason que vendría? —me preguntó ella por enésima vez.
Mason llevaba quince minutos de retraso. En poco tiempo estaríamos dentro del local y no quería que nos fuera a perder.
—Quedamos en vernos a las tres. No sé por qué aún no ha llegado —respondí, mirando hacia ambos lados de la calle.
—Probablemente ordeñar su última vaca lo retrasó —se burló Julia, sus ojos nunca haciendo contacto con los míos.
—Pues ordeñar vacas es mejor que limpiar parabrisas en los semáforos.
Marie nos miró a ambas, su boca se frunció.
—¿De qué carajo hablan? —preguntó finalmente.
—De nada —dijimos Julia y yo al mismo tiempo.
Miré de reojo hacia Julia y noté que hacía lo mismo conmigo; sus ojos azules se clavaron en los míos por un nanosegundo y luego apartó la mirada rápidamente. Desde el día del beso ella no había vuelto a verme de la misma manera... ¡Apenas y hacía contacto visual conmigo!
¿Será que yo era una terrible besadora? ¿Tenía, en ese entonces, mal aliento? ¡¿Qué era?!
De todas formas parte de su encanto murió al saber que, entre todas las personas, le había dedicado su tatuaje a Marie.
La decepción era abrasadora.
—Uff... Lamento el retraso. —Mason apareció frente a mí, frotándose las manos para entrar en calor debido a la repentina oleada de frío que nos cubrió.
Le sonreí y me acerqué para besar su mejilla. En su lugar, él me tomó de la barbilla y dirigió sus labios a los míos.
Abrí los ojos en sorpresa. El beso fue corto pero vigoroso, antes de poder reaccionar, ya estaba separándose de mí.
—Hola —murmuró con un rubor extendiéndose por sus mejillas.
Tragué con fuerza y por más que lo intenté no pude formar ninguna oración coherente.
—Vaaaaya —habló Marie—. Veo que las cosas entre los dos han avanzado mucho.
Mason le sonrió a mi prima, y luego pasó sus manos por mi cintura, atrayéndome hacia su cuerpo.
Tomé un poco de distancia, sintiendo cómo la situación iba demasiado rápido entre los dos.
A todo esto, Julia no parpadeó en mi dirección ni una sola vez.
—Deberíamos entrar —dijo el susodicho vagamente—, la gente ya está comenzando a disminuir aquí afuera.
Tomó la mano de Marie y ambas se adelantaron hacia la entrada del bar, dejándonos atrás a Mason y a mí.
—¿Por qué tardaste tanto? —le pregunté casualmente, ignorando la punzada de dolor que atravesó mi sistema al ver la indiferencia de Julia.
—Resulta que la dirección que me dieron estaba mal. Fui a dar a un bar gay de mala muerte en medio de la nada; pensé que no saldría con vida cuando un tipo llamado Tarzan me reclamó como su pareja al instante de haber entrado.
—¿Qué? Pero si Julia se encargó de mandarnos la dirección... —Dejé de hablar.
Mason me dio una mirada significativa.
—Tuve que marcar al número de tu prima. Ella me dio la correcta.
Suspiré.
¿Por qué Julia haría algo como eso?
Después de unos segundos pregunté:
—¿Tarzan? —traté de reprimir la risa.
—Si —murmuró avergonzado—, lo primero que dijo al verme fue: yo Tarzan, querer primer baile con chico pestañas largas.
Sin poder aguantar más comencé a reír.
Mason terminó riendo a mi lado también.
—Aunque te diré que con sólo ver el taparrabo que usaba, me llevé una idea de que ese no era el lugar correcto; a menos que la banda se llamara "Soy tu papi" porque extrañamente todos tenían eso bordado en la ropa interior... y allí sí que había muchos en ropa interior.
Volví a reír con ganas, apretando mi estómago que ya comenzaba a doler de tanto carcajearme.
—Ni siquiera estoy seguro que fuera un bar, había una temática rara de disfraces de animales —dijo Mason—. Salí tan rápido como pude.
—Lo siento —mi voz sonaba ya más seria. Traté de no reírme nuevamente pero fue imposible sacar de mi mente la imagen de un tipo vistiendo únicamente un taparrabos—. Está bien, dejaré de reírme. Lo bueno es que ahora ya estás aquí.
Sonreí apretando la mano de Mason que ahora se aferraba a la mía.
—¿Van a entrar de una buena vez? —gruñó Julia secamente mientras sostenía la puerta para nosotros.
Sus ojos perforaban a Mason, como queriendo formar huecos en su cráneo.
Mason entró primero para ordenarnos algunas bebidas, yo le seguí después.
Julia sujetó mi brazo mientras intentaba abrirme paso entre la gente para llegar hacia donde se encontraba Marie
—¿Qué? —pregunté enojada al ver la forma tan posesiva con la que me agarraba. Ahora sí se dignaba a mirarme a los ojos.
—Nunca tuve la oportunidad de llevarte a conocer el lugar al que trabajo.
—No te preocupes, paso todos los días por ahí.
—No hablo de los semáforos. Hablo de lo que hago en realidad.
—¿Y qué haces en realidad?
Se encogió de hombros.
—Quiero enseñártelo.
Sus ojos azules parecían sinceros. Me sentía muy atraída hacia ellos.
—¿Por qué? ¿Por qué quieres enseñarme a mí?
—Porque... quiero compartir un pedazo de mi vida contigo. ¿Eso está mal?
Se miraba tan despreocupada y en calma.
—Supongo que no. Somos amigas —me obligué a decir. Si, Lena, metete en la cabeza: Julia y tú sólo son AMIGAS.
—Apuesto a que ahora quieres besarme —susurró poniendo una lobuna sonrisa en su rostro.
Le golpeé en el hombro.
—Oye, como que se te está haciendo una costumbre pegarme. Te estás volviendo violenta.
—Eso fue por darle una dirección falsa a Mason. ¿En serio, un bar gay?
—En realidad era un zoológico de contacto para adultos consensuados.
—Ni siquiera sé qué es eso.
—Mmm... Digamos que tu ordeñador hubiera sido una perfecta mascota en ese lugar. Tal vez una vaca…
—¡Deja de decirle ordeñador! —grité. Pero mis gritos fueron absorbidos gracias a un grupo de chicas que chillaban fuertemente al ver que Ósmosis hacía su aparición en el escenario.
Una ola de humo nubló todo el lugar, y el juego de luces estrambóticas comenzó a iluminar a cada miembro de la banda. Un chico de cabello rubio empezó a tocar algunos acordes en su guitarra.
Más gritos se fueron escuchando a medida que iban reconociendo la canción.
Julia se quedó quieta a mi lado.
Mason apareció minutos después cargando dos bebidas en sus manos.
Me pasó una y luego me acercó sutilmente a su cuerpo.
—Muuuu —mugió Julia en mi oído antes de ir a buscar a Marie y pasar los brazos por sus hombros.
Sinceramente no lo entendía.
Me besaba... y luego se iba corriendo a los brazos de Marie; me ignoraba por dos días... y terminaba haciendo bromas conmigo. Ella era la completa bipolar.
Estaba seriamente confundida.
Por favor, Anna, no te empieces a enamorar de Julia Volkova.
Aunque en lo profundo de mi ser sabía que ya era algo tarde para eso.
***
La presentación de la banda no estuvo tan mala. Incluso me encontré tarareando una de las canciones cuya letra incluía a una chica de pelo violeta, con labios sabor cereza.
Mason apretó mi mano todo el tiempo.
¿Era normal dejarle hacer eso a tu ex, a uno que babeaba mucho cuando besaba? ¿A uno que ya no era un asco besando?
—¿Qué les parece si comemos algo? —sugirió Marie—, ¿qué tal si vamos a ese nuevo restaurante chino que abrieron hace poco? Tengo antojo de wang tang.
—Oh, la verdad yo esperaba estar un rato a solas con Lena —dijo Mason.
Mi estómago se agitó ante la idea; ¿Quería salir realmente con él?
—Ella no va a ir a ninguna parte sin mí—objetó Julia—, hoy tengo la responsabilidad de cuidarla.
Mis ojos se agrandaron.
—¡Julia! —gritamos ambas, Marie y yo.
—¿Qué? Es cierto. Inessa, la madre de Lena, me pidió mantener un ojo en ella. Yo soy una persona que cumple su palabra.
Vi a Mason tensarse y cerrar lentamente sus puños.
Oh no. ¿Qué iba a hacer?
—Julia, deja de entrometerte. Lena ya tiene edad suficiente para cuidarse ella misma —le regañó mi prima.
—En serio Lena, no puedes irte a solas con este sujeto —volvió a insistir Julia. Lanzaba una de sus famosas miradas asesinas hacia mi ex novio—. A menos que yo esté allí presente. Si falto a mi palabra tu mamá es capaz de matarme.
—Si no es ella, entonces voy a ser yo —habló Mason entre dientes.
—Será mejor irnos —le dije a él, tomando su mano, tratando de alejarnos del bar en donde ya varios se habían marchado después del concierto.
Julia inmediatamente tomó mi brazo y me empujó a su lado.
Yo estaba más que confundida en ese momento.
—Suéltala —le dijo Mason, alzándose en su metro ochenta de estatura. Pero con todo, Julia era más alto que él.
—¿O qué? —esas dos palabras fueron el detonante que provocó que Mason se abalanzara frente a Julia, con el puño impulsado hacia su rostro.
Pero antes de que impactara en él, intenté detenerlo; al parecer no fui lo suficientemente rápida ya que el puño de Mason conectó con mi nariz.
El golpe hizo que diera una vuelta de 180 grados y me doblara a la mitad.
Un dolor intenso atravesó mi nariz y sentí inmediatamente la sangre que brotó hasta colarse en mis labios.
—Mieeeeerr... coles, jueves y viernes... —Dolía tanto que pensé que me iba a desmayar ahí mismo.
—¡Lena! ¡Lenana...! —escuché más que ver la desesperación de Julia revoloteando a mi alrededor.
—Lo... lo siento muchísimo... Anna, yo no quería... El golpe no era para ti. No tenías que atravesarte. Lo lamento, no fue mi intensión... —se disculpaba Mason.
—Apártate, idiota —ordenó Julia. Puso sus brazos alrededor de mis hombros y de mi espalda doblada—. Camina, te llevaré a los baños.
Me empujó hacia su cuerpo y caminó esquivando a las personas que aún permanecían en el bar esperando felicitar a la banda personalmente.
Yo iba con la cabeza agachada y con mi mano tratando de contener la hemorragia.
—Entra aquí —dijo abriendo la puerta del baño de hombres.
Les gritó a unos cuantos chicos para que desalojaran el lugar, y una vez dentro, me tomó de la cintura y me subió al mueble del lavamanos.
—Cabeza hacia atrás —murmuró mientras abría la llave del agua y comenzó a mojar unas cuantas hojas de papel de baño.
—Duele —me quejé. Sentía que si intentaba respirar por la nariz me iba a doler aún más.
—Sostén esto —dijo poniendo uno de los paños en mi nariz rota.
La sangre tenía un sabor extraño.
De pronto, la puerta se abrió de golpe y un chico de pelo largo entró corriendo, iba deslizando su bragueta en dirección a uno de los urinales.
Arrugué la nariz (lo que me hizo chillar aun más de dolor).
—Oye, el baño está ocupado —le gritó Julia.
—Pero... pero... —chico de pelo largo comenzó a tartamudear.
—Ve al de las mujeres.
—Es que yo sufro de incontinencia y...
—¡Al de las mujeres, dije!
El chico salió rápidamente del baño, dejándonos solos.
—De todos los lugares no entiendo por qué a un baño de hombres —murmuré aún con mi cabeza echada hacia atrás.
—En el de las mujeres hay mucho drama; ya sabes, si no están arreglándose el maquillaje, es para chismorrear o comprar tampones de la máquina expendedora... además este estaba más cerca —dijo simplemente. Tomó un puñado de papel higiénico y comenzó a limpiar la zona cerca de mi boca.
Fruncí el ceño y volví a pegarle en el hombro por segunda vez en el día.
—¿Y esta vez por qué fue? —preguntó pacientemente pasando sus dedos por mi cara, limpiando toda la sangre.
—¿Tengo que tener un motivo después de haber recibido un golpe que era para ti?
—Cierto. —Se encogió de hombros.
Después de haber terminado de limpiarme; me tomó de la barbilla, mirándome a los ojos fijamente por un momento.
—¿Qué estás...? —no pude terminar de hablar ya que sus labios empezaron a ejercer presión sobre los míos de un momento a otro.
Cuando me repuse de la sorpresa, cerré los ojos y me dejé llevar por la magnífica sensación de Julia besándome.
Su boca se movía con sutileza, su lengua acariciaba mi labio inferior y sus manos sujetaban mi rostro.
Cuando se separó, quedé en estado Bambi así como la primera vez que me besó: desorientada, ojos bizcos, rodillas dobladas una contra la otra y una completa falta de habla y coordinación.
Era Bambi versión pudín.
—¿Y eso por qué fue? —logré preguntar finalmente.
—¿Tengo que tener un motivo después de que recibiste un golpe que era para mí?
—Supongo que no. —Mi voz sonaba seca, como el croar de una rana.
—Bien.
Dicho eso, volvió a sujetarme de la nuca y dio rienda suelta a su boca.
Mmmm... Mejor que el pudín.
Este era un beso desesperado, un beso de: no se te olvide que me perteneces.
Su lengua pronto comenzó a invadir la mía. Incluso olvidé el dolor palpitante de mi nariz próximamente hinchada. Una de sus manos subió por mi rodilla, levantando levemente el vestido azul que llevaba; detuvo su recorrido justo en mi muslo.
Mi espalda se presionaba contra el espejo del lavamanos, y dejé que su boca experta guiara a la mía.
Entonces una imagen no deseada de su tatuaje con el nombre de mi prima se filtró en mi cerebro.
Reaccioné inmediatamente y a regañadientes me separé de ella.
Julia estaba con Marie. El hecho de que estuviera a favor de compartirla con otros hombres me hacía inmediatamente descartarle de mi lista de las personas con las que debería besuquearme en el baño de hombres.
—¿Qué pasa? —me preguntó él al ver que puse distancia entre ambos.
—¿Por qué me besaste?
—¿Qué tiene de malo que lo haya hecho?
—No respondiste a mi pregunta.
—Tú tampoco respondiste a la mía.
—Julia… —no sabía qué decirle. Necesitaba pensar, y en mi estado Bambi no podía ni siquiera sumar dos más dos —Iré a casa —anuncié evitando su mirada, seguidamente me bajé del mueble del lavamanos.
Miré mi reflejo en el espejo: nariz hinchada, labios rojos debido a los calientes besos que compartí con Julia, y ojos vidriosos. Porque definitivamente quería echarme a llorar.
Ella era a la única a la que quería besar… y resultaba tener un sentido retorcido de las relaciones.
—No he terminado de limpiar el desastre que hizo ese tipo —habló Julia. Nuestras miradas conectaron por el espejo.
—Yo me arreglo después.
Comencé a caminar hacia la salida del baño, me detuve antes de escapar por completo y me giré para ver la mirada de confusión que demostraba Julia en sus ojos verdes.
—Gracias por ayudarme —dije.
Volví a retomar mi camino, pero fui obstaculizada cuando la puerta se abrió sorpresivamente, dejando entrar a un Mason descontrolado y paranoico.
Al verme me agarró de los hombros y me dio un abrazo que era capaz de romper mis huesos.
—Lo siento tanto, Lena. No tienes ni idea... Yo... yo de verdad no sé lo que pasó. Ven, déjame llevarte a un sitio para que te revisen.
Di una última mirada vacía hacia Julia, y me dejé llevar por Mason.
No entendía para nada la situación. ¿Le gustaba a Julia o qué cosa era lo que sentía por mí?
Definitivamente no celos. Si fuera una persona celosa jamás dejaría a Marie andar con otros dos tipos a la vez.
¿Entonces por qué conmigo era así?
Jamás lograría entenderlo.

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Aleinads el Mar Dic 22, 2015 8:34 pm

Waaa, que genial triple contiii *Se levanta y aplaude*
Hermoso todo, que historia!! No tardes tanto porfaaa, quede con ganas de leer mas ! Very Happy
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fantasticc.. geanial

Mensaje por One4ever el Dom Ene 03, 2016 2:43 am

k hermosa!!!! conti!!!! te lo agradesco mucho..k continuacion dios!!!! lena besada tres!! veces y no puede darse curnta k la otra ta k le echalos perros desde hace rato . porfavor fios ilumina a lenox !! y k se la coma a yulia rn menos de 1 capitulio seee X)

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por chely07 el Lun Ene 11, 2016 3:49 pm

Aww me encanta este fic, espero que puedas continuar pronto y subas muchos capitulos.

chely07

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Hunter el Dom Mar 06, 2016 12:51 am

Capítulo 8

Respóndeme

5 meses, dos semanas atrás...

«Te necesito aquí, ¡Pronto!»
Revisé el mensaje de texto que Marie me había enviado hace diez minutos atrás.
Caminaba lo más de prisa que podía mientras dejaba que todo tipo de escenarios trágicos se reprodujeran en mi mente.
Mi prima jamás me había necesitado con esa urgencia; lo que significaba que algo realmente grave estaba sucediendo.
Una vez que divisé el lugar en el que ella me indicó que estaría, aumenté mi velocidad y me introduje en el pequeño local de concreto y cristal, siendo recibida por una ola de aire frio con olor a medicamentos farmacéuticos.
Pasé la vista por los diferentes estantes cargados de medicinas y pañales para adultos, y en el fondo, cerca del área de bebidas, encontré la mata de pelo naranja que esperaba por mí.
Marie me reconoció y me agitó su mano de forma enérgica para que me reuniera con ella.
—¿Qué sucede? ¿Cuál es la emergencia? —dije con la respiración entrecortada y con mi cabello pelirrojo pegándose a los costados de mi cuello y nuca.
—Sucede eso —dijo señalando hacia un anciano canoso que cobraba en la única caja registradora de la farmacia. No miraba nada de especial más que el nombre Rex grabado en el rectángulo de su gafete.
—¿Qué con él? —pregunté.
—¡Que él conoce a mi mamá! Le va a decir en cuanto vea que llevo estos—extendió la palma de su mano y me mostró un paquete de condones con sabor a Mango Travieso.
Levanté una ceja y me pregunté vagamente para qué alguien quería poner sabor a un preservativo.
—¿Por qué llevas esos? ¿Eder va a venir esta noche, acaso?- Ella se ruborizó y agachó la cabeza.
—Es que su cumpleaños se acerca y quería regalarle estos, como una broma. Ya sabes, para que los usara conmigo, además le regalé un pequeño folleto del Kamasutra, solo quise poner en práctica algunas de las posiciones.
Arrugué la nariz y traté de ignorar a la señora a nuestro lado haciendo una mueca y viéndonos como si fuéramos dos pervertidas.
—No necesitaba esa imagen mental —le dije a Marie—, ¿para qué me pediste que viniera entonces?
—Para que tú los pagaras por mí. Él no te conoce...
—¿Solo para eso salí de mi trabajo, que ni tiempo tuve de cambiarme? —chillé. Ella fijó su vista por primera vez en mi vestuario.
Mi jefe era un puerco que nos hacía usar extraños uniformes y camisetas que tenían deletreada la palabra "cariño" justo en la zona del escote. La razón por la que no renunciaba era porque mi familia ocupaba el dinero gracias a que papá lo invirtió todo en un negocio de autos chatarra, y mamá continuó con la locura de querer convertirse en psíquica. Antes de eso, ella probó incursionar en diferentes trabajos, desde estilista de perros hasta podadora oficial de césped. Apostaba mi cuero cabelludo a que ella iba a renunciar en una semana como máximo y luego probaría suerte haciendo otra excéntrica y loca cosa para distraer su ociosa mente en reciente estado de menopausia. Lo mismo ocurría con papá.
—¿Y por qué no compras en otro lado? —sugerí. Cualquier persona con medio cerebro hubiera hecho ese acto lógico.
—¡No puedo! Recuerda que el único otro lugar está cerca del trabajo de mamá y ella me mataría si de casualidad me mira y se entera de que la que creía era su hija puritana y de virtud intacta, anda comprando estos instrumentos pecaminosos.
Resoplé. Sospechaba que simplemente Marie no quería mover un solo dedo.
—Dámelos y acabemos con esto —le dije extendiendo mi mano para que me pasara la pequeña caja color amarillenta.
—Gracias, prima querida —sonrió y me la entregó—. Oh, espera. Es que aún no me decido si quiero esos o los de Mora Seductora.
—Esta gente necesita pensar en nombres más originales —murmuré con cansancio—, ¿por qué no llevas los dos?
—¿Los dos? ¿No crees que sería un exceso?
Enarqué una ceja y esperé pacientemente a que me pasara la segunda caja.
—Está bien, serán los dos.
Terminé con tres paquetes gracias a que Marie encontró una promoción de tres por el precio de uno. Finalmente salimos de la farmacia, yo iba cargando la bolsa de papel en la que iban metidos.
—Por cierto, ¿a que no adivinarás con quien me encontré hoy? —preguntó ella riendo como si fuera una colegiala.
—¿Con quién?
—A Mason...
—¿Qué? Ay no.
—Sip. Me dio su número de teléfono para que te lo pasara a ti.
—No quiero hablar con él. Fue lo suficientemente malo tener que verlo en la graduación mientras me miraba con ojos de perrito triste.
—¿Qué fue lo que le dijiste al final de cuentas?
—Bueno... —recordaba haberle dicho que no quería que sus manos con olor a pescado volvieran a tocarme; o que había que bajarle el volumen a sus labios. No podía tener un beso normal con él porque siempre acababa de una sola manera: con la barbilla humedecida en saliva, y con la falda de mi vestido levantada hasta la cintura. Era exasperante.
—Él es un buen chico. Deberías darle otra oportunidad; así no pasarías sola tanto tiempo. Además, recuerda que el karma es una perra, y en cualquier momento puede devolverte el golpe. ¿Sabes qué deberías hacer? Pedirle a tu mamá uno de esos amuletos de la buena suerte, o algún amuleto para atraer el amor a tu vida.
—No creo en el karma o para el caso en amuletos.
—Son fantásticos. Compré dos la semana pasada e inmediatamente sentí una conexión con...
—¿Con quién? Pensé que ya tenías a Eder, no ocupas sentir conexiones con nadie más, ¿o sí?
—Por supuesto. Sentí una conexión con el amuleto, tonta.
—En ese caso, deberías cargar tus compras —le dije empujando a su lado la bolsa de papel marrón— ya que tú eres la suertuda. Probablemente a mí se me caigan enfrente de una multitud y no queremos que eso pase.
Ella chilló y los empujó de nuevo por debajo de mi brazo.
—¡Lena, no me hagas esto! Sabes que si alguien revela lo que hay dentro... moriré de la vergüenza!
—Ay, solo dices que es goma de mascar y listo. —Volví a pasarle la bolsa pero ella se movió con rapidez hacia adelante, esquivándome.
—Sé que estoy usando un amuleto de la buena suerte —levantó el pequeño collar de piedras redondas que estaba rodeado con plumas de colores—, pero no quiero tentar al destino.
Me reí y seguí caminando detrás de ella.
Lo cierto era que mamá me había enviado esta mañana una serie de amuletos para encontrar el amor.
Cargaba uno de ellos en el bolsillo de mis pantalones, el día casi acababa y dudaba seriamente que dichos objetos fueran efectivos.
—Ya te dije lo que creo de los amuletos, son puras baratijas falsas.
—Sabes Lena, nadie insulta los amuletos y sale vivo para contarlo, el amor golpeará a tu puerta cuando menos te lo esperes y es ahí cuando el karma se va a cobrar lo que hiciste con Mason —respondió Marie en son de burla.
—Entonces que me lance su mejor golpe. Estoy lista —dije rodando los ojos.
Y así sin más, sentí cómo mi cabeza chocaba contra algo que me provocó un dolor agudo que me lanzó al suelo. Fue un golpe duro que me hizo delirar y comenzar a dudar acerca del karma. Antes de caer a la inconsciencia me pregunté si esta era la forma en el que el amor tocaría a mi puerta para vengarse por mis burlas.
La oscuridad no tardó en aparecer.
Abrí los ojos levemente, me sentía desorientada y todo me daba vueltas.
Inmediatamente noté a un par de ojos azules que se clavaban en los míos. Era fascinante verle.
No podía apartar mis ojos verdigrises de los suyos. Élla me miraba como a una rara atracción de circo, como el acto de la mujer barbuda a la que no sabías si estar maravillado o asqueado pensando en la cantidad de pelaje que crecía por sus mejillas y axilas gracias a la ayuda de esteroides.
Toqué con mis dedos mi rostro. Nop. Ningún rastro de barba que yo sepa.
Entonces, ¿por qué me miraba tanto?
A mi lado, mi prima Marie se estaba riendo y señalándome con el dedo.
Busqué a mí alrededor, preguntándome por qué había un circulo de gente rodeándome.
No fue sino hasta que la atractiva chica de ojos azules me tendiera una mano, que me di cuenta que estaba tirada en el suelo...

Actualidad…

Mi nariz seguía en proceso de recuperación pero a pesar de todo no tenía tan mal aspecto como antes.
Cliff me había mandado a la freidora porque decía que estando en la caja registradora provocaba pérdida de clientes ya que una nariz ligeramente morada no encajaba con el perfil de un "restaurante de categoría" como él lo llamaba.
Mientras depositaba las papas prefabricadas de la bolsa a la freidora, no pude dejar de pensar en Julia. En sus besos, en lo bien que se sintieron sus manos sobre mi piel. Definitivamente yo necesitaba terapia ¿quién se enamora de alguien que no le importa que su novia le sea infiel? A menos que ya no la quiera...
—¡Lenie! —gritó Cliff haciéndome dar un brinco de sorpresa, provocando que varias papas se salieran de la bolsa y cayeran al suelo—, ¿dónde está la chica bolsillos—repletos—de—dinero?
—¿Julia?
Asintió pasando sus manos por su voluptuosa barriga, uno de los botones de su camisa se había desabrochado... Nunca pensé que un ombligo pudiera llegar a ser tan peludo.
—No lo sé —admití dirigiendo mi vista fuera del ombligo de Cliff.
Intenté, de verdad intenté hablar con Julia el domingo. Pero no me atreví a tocar mi celular para darle una llamada.
—Cuando una persona se compromete conmigo a ser un empleado, espero respeto y cumplimiento a su palabra... —detuvo su discurso para observar las papas tiradas en el suelo y frunció el ceño—. ¿Qué es todo este desperdicio?
—Fue un accidente…
—De ahora en adelante, pagarás por cada alimento que malgastes.
—Pero... pero yo no...
—Llegué —anunció de repente Julia, apareciendo frente a nosotros. Su cabello lucía mojado, como si acabara de salir de la ducha, sus ojos me escudriñaron brevemente y luego fijó su mirada en Cliff—. No sabía a qué hora tenía que estar.
Se encogió de hombros y Cliff resopló.
—Bien. Te pondré junto a Lena, que ella te diga lo que hay que hacer.
Con eso caminó lejos, ajustando la chaqueta de su traje color marrón, y antes de entrar a su oficina, se giró hacia mí una vez más y alzó su dedo índice en mi dirección:
—No quiero ver una sola papa sobre el suelo —advirtió, luego continuó su camino.
—Vaya, para un tipo que se está quedando calvo... tiene suficiente vello en su ombligo —murmuró Julia—. ¿Y qué es lo que tengo que hacer?
Julia apenas hacia contacto visual conmigo. No sabía qué rayos pasaba por su cabeza.
¿De nuevo regresábamos a la incomodidad? No tenía sentido: me besaba y luego se enojaba. Já.
Bien, si me iba a tratar como una desconocida yo iba a hacer lo mismo, tal vez podía incluso divertirme en el proceso.
—Para empezar... Ve y limpia los baños. Cuando termines, hay mesas con chicles secos pegados que necesitan ser raspadas.
Julia hizo una mueca de asco pero no protestó más. Salió en dirección a los baños sin siquiera renegar.
Este no era la Julia que yo conocía, la Julia normal hubiera murmurado y protestado conmigo hasta que lo hubiera dejado en paz.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Mirna mientras limpiaba el área de cocina y veía la salida de Julia—, ¿están enojadas? Oh, su primera pelea. Me gustaban las peleas por las reconciliaciones... confía en mí, cariño, las reconciliaciones entre pareja siempre son de lo mejor —me guiñó un ojo y se movió hacia la oficina de Cliff (no sin antes retocar su lápiz labial y de subir un poco más su uniforme de limpieza).
***
—¿Por qué están Julia y tú peleadas? No me digas que ella tiene que ver con la masacre a tu nariz —preguntó Nastya mientras estábamos en nuestro descanso de la tarde, en medio de los vestidores para empleados.
—No... Bueno, en parte —suspiré— no sé.
—No me has contado qué sucedió el sábado. Es obvio para todos que ambos están enojados, cuéntame.
Nastya tenía unos ojos increíblemente marrones y sagaces. Su cabello color café era corto y perfectamente liso, su apariencia era la de alguien en la que fácilmente podías confiar. Y yo definitivamente confiaba mucho en ella. Pero el hecho era que ni yo misma sabía por qué ella estaba enojada conmigo.
—Julia me besó —admití finalmente.
Nastya abrió la boca y luego la cerró de golpe.
—¿Cuándo?
—Fue en el concierto del sábado.
—No puedo creerlo... Perdí la apuesta —balbuceó ella.
—¿Qué? ¿Cuál apuesta?
—¡Lo sabía! —gritó Gustavo apareciendo de la nada con una bandeja de comida— ¡Gané! ¡Les gané a todas! Ahora paguen.
Mirna, quien justo estaba remojando sus pies en agua caliente al otro lado de la habitación, murmuró una protesta y comenzó a sacar su billetera del delantal.
—Otro día más y hubiera ganado —se quejó Dulce retocando su maquillaje gótico, también sacaba dinero de su bolso.
—Esperen... —dije atónita. Estaba confundida— ¿Ustedes apostaron a que Julia iba a besarme?
Nastya asintió avergonzada.
—También apostamos a quién iniciaría el beso —habló Gustavo con orgullo.
—Y qué día —añadió Mirna masajeando la planta de sus pies.
Me sentía indignada. Seriamente indignada.
—¿Cuánto tiempo llevan apostando a mis espaldas?
—Uff... Meses —respondió Gustavo, cobrándole a las chicas el dinero que ganó.
—¿Todos sabían?
—Solo fue entre nosotros —se apresuró a responder Rita.
—¿Cuándo apostaste tú a que sería? —le pregunté.
Sus mejillas se enrojecieron.
—A inicios de la semana pasada. ¿Pero fue el sábado, verdad?
La asesiné con la mirada. Aunque de hecho, Julia me había besado antes del sábado, pero no pensaba hacer que ella ganara dinero a mis expensas.
—¿Segura que fue Julia la que te besó? ¿No fue al revés? —sonsacó, Dulce.
Mis mejillas comenzaron a arder.
—¡Fue ella! Y sí, nos besamos: ¡Julia me besó! —grité para que dejaran de mencionarlo.
—¿Quién apuesta a que hubo lengua? —chilló Gustavo.
La mano de Mirna se alzó inmediatamente.
—De hecho... —Julia apareció frente a nosotros, apoyándose contra los casilleros del vestuario— Yo puedo asegurar que allí hubo algo de lengua, sí.
Ay, trágame tierra.
El lugar se puso silencioso de repente. Mirna bajó lentamente su mano.
¿Por qué tuve que abrir la boca? ¿Por qué?
Julia estaba vestida con el uniforme del restaurante: camisa color amarillo huevo, y pantalones desabridos en tonalidad caqui; ella comprobaba mi teoría de que sin importar lo que usara cualquier cosa le quedaba bien (incluso la gorra ridícula con forma de hamburguesa deletreando la palabra E-S-P-E-C-I-A-L).
Se acercó lentamente hacia mí, con sus brazos cruzados y con sus ojos azules observando a todos los presentes.
—Apuesto a que justo ahora quiere besar a Lena  —murmuró Gustavo por lo bajo para que Julia no le oyera, pero algo en su mirada me dijo que sí le escuchó.
Tuve que darle una patada a Gustavo para que se callara.
—Entonces... ¿de qué otra cosa hablaban? Aparte del beso entre Lena y yo —preguntó ella.
Nadie respondió, y yo comenzaba a ponerme nerviosa. Las manos me sudaban y sentía la estúpida necesidad de hipar y de morderme el cabello.
Mi rostro, de por sí enrojecido, se puso el doble de ruborizado.
Cuando era pequeña mamá solía decirme que tenía la tendencia a guiñar mi ojo izquierdo cada vez que me encontraba en una situación fuera de mi alcance; pero ahora estaba segura de que lo parpadeaba mil veces por segundo, como una cámara fotográfica en modalidad ráfaga o sucesión.
—Bien. ¿Nadie va a decir algo? —habló Julia. Se quitó la gorra y sacudió su cabello negro, salpicó algunas gotas de sudor que cayeron en mi regazo. Le tenía demasiado cerca.
Me levanté rápidamente de mi asiento, tratando de encontrar alguna excusa para alejarme y minimizar mi vergüenza.
Pero en menos de un segundo, Julia se encontraba en la estrecha salida de los vestuarios y, antes de que yo pasara a su lado, estiró la mano y me cerró el paso.
—¿Te vas tan rápido? Pero si apenas comienza el descanso —dijo en son de burla.
—Tengo trabajo extra que hacer... —me agaché para pasar debajo de su brazo pero él se movió para de nuevo cerrarme el paso. Quería golpearle. Con fuerza.
Era una tonta.
—No estoy para esto —murmuré con los dientes apretados—. Tengo que freír más papas.
—Entonces déjame ayudarte. A no ser que quieras que le limpie la nariz a cada cliente antes de entrar. Hablando de eso, ¿cómo sigue la tuya? —dijo esto último en un tono mucho más amable.
—Ya mejor. Solo fue un poco de hinchazón, nada grave.
De repente sus largos dedos estaban sobre mi mentón, acariciándolo. Alzó mi barbilla para que lo viera a los ojos.
Resoplé.
Ahora sí que quería verme, ¿no?
—Lo sabía. Tu campesino—ordeña—vacas no es capaz de dar un buen golpe como para romperte la nariz.
—Julia... ¿Podemos hablar luego?
Julia desvió la vista hacia donde nuestro público escuchaba atentamente la conversación.
—Todos salgan, quiero hablar con Lena a solas —dijo con una voz de mando.
—Si la vas a besar de nuevo puedes hacerlo aquí, frente a nosotros. Pero yo no me salgo, Cliff nunca nos da buenos descansos —se quejó Gustavo llevando sus manos a las caderas y actuando como adolescente hormonal.
¿Julia pensaba besarme nuevamente?
Mi rostro enrojeció de vergüenza con solo mencionarlo. Pero la verdad era que yo también quería que me besara y perder la conciencia en el intento. No me importaba si después ella quisiera correr a los brazos de mi prima... Detuve ese hilo de pensamientos antes de que terminara aceptando una extraña relación compartida con Julia.
Era fácil caer en la tentación, y más cuando dicha tentación no dejaba de acariciarte la barbilla y oler condenadamente masculino.
—Vamos, hay que darles algo de privacidad —dijo Nastya. Se puso en camino hacia la salida.
—Espera, yo me iré —intervine antes de que saliera e interrumpiera los pocos minutos que tenían para descansar. Además Mirna seguía con la atención a sus pies y el lugar ya comenzaba a oler a queso rancio.
—Iré contigo —dijo Julia de forma resignada.
Antes de marcharme busqué con la mirada a Nastya, ella me transmitió algo de valor y una sonrisa de ánimo.
—¿De qué querías hablar conmigo? —le pregunté a Julia justo cuando intercambiaba lugar con la otra chica que se encargaba de la freidora.
Julia tomó una papa y la sumergió en uno de los enormes botes tamaño industrial de salsa de tomate.
—El tipo ese, tu ex novio, ¿te llevó a casa después del concierto?
—¿Quieres hablar de Mason? —El desconcierto se podía escuchar fuerte y claro en mi voz. Yo pensaba que hablaríamos del beso y de cómo fue un error que no se volverá a repetir y bla, bla, bla... conciencia, conciencia... Bla, bla... Culpa, Marie... Más bla, bla, bla.
—Respóndeme —pidió simplemente.
Suspiré.
—Sí. Me llevó a casa. Estoy en una sola pieza como puedes ver.
En una sola pieza y vestida como un canario vulgar (cortesía de mi jefe). El amarillo no era mi color. Para nada.
—Espero que se haya disculpado contigo, porque si no lo hizo soy capaz de romperle el cuello y lisiarlo de por vida.
—Él se disculpó. No fue su intensión lastimarme.
Apilé a mi lado una de las bolsas herméticas que contenían las papas congeladas y rebanadas en tiras. Mientras tanto, vigilaba que la carne de la hamburguesa estuviera bien cocida.
—¿Qué hicieron después, Mason y tú? —preguntó de manera casual.
Rodé los ojos.
—Dormimos juntos —dije sarcásticamente.
—Este no es un momento para que juegues conmigo, Lena —dijo en un tono serio. Pensé que la vena de su frente explotaría—. Contéstame una cosa: ¿lo besaste a él después de besarme a mí?
Si hubiera estado bebiendo agua o comiendo algo, ya habría escupido todo.
—Wow, alto ahí. Sabes, yo podría preguntarte lo mismo. ¿Besaste a Marie después de besarme a mí?
—Quiero que me respondas primero. ¿Lo besaste?
Me negué a abrir la boca y me crucé de brazos. ¿A qué se debía todo esto? De todas formas no me gustaba hablar del beso, me daba vergüenza y se sentía tan real que daba miedo.
—Lena... Me estás matando. Por favor responde —dijo en un tono de voz que me calentó en las partes correctas.
Sentí como si una parte de mi corazón se derritiera. Sus ojos azules lucían desesperados y sin consuelo.
—¿Por qué quieres saberlo?
En un arrebato su mano golpeó la bolsa de papas congeladas a mi lado, y esta cayó al suelo, haciendo que todas se regaran en el piso.
—Ay no, ay no... —hiperventilé viendo el desastre que era la cocina.
La chica que servía los alimentos detrás del mostrador eligió ese momento para gritar pidiendo más papas y un tipo de hamburguesa que incluía tocino.
—Esto es un desastre —murmuré aún paralizada en mi sitio. Solo podía recordar a Cliff diciendo que tendría que pagar por cada alimento malgastado—. Tengo que recoger esto... Yo...
Me agaché rápidamente y comencé a tomar con mis dedos lo que se cayó al suelo, tratando de devolver las papas a la bolsa.
—No importa que se hayan caído ¿verdad? —dije angustiada. Julia solo me miraba con la mandíbula desencajada—. Se supone que los alimentos congelados no agarran gérmenes, ¿cierto?
Solo rogaba para que un inspector de salubridad no entrara por esa puerta porque si no estaría realmente jodida.
Espera, ¿no es malo darle a los clientes comida que ha estado previamente en el suelo?
—Lena...
Mis dedos comenzaron a insensibilizarse y tenía un único objetivo en la mente: que Cliff no me viera.
—¡Lena! —gritó Julia agachándose a mi lado y sujetando mis muñecas, elevándolas en el aire.
—¡¿Qué haces?! ¡Tengo que apresurarme antes de que alguien vea esto!
—Necesito que me escuches nada más... —logré soltar mis muñecas y volví a mi labor. Me sentía como un vampiro con la urgencia de contar todos los granos de arroz en el suelo.
—SUFICIENTE —Julia me lanzó un chorro de salsa de tomate del bote más cercano.
Cayó en mi mejilla, en parte de mi boca y lo podía sentir deslizándose por mi cuello y mi blusa.
—¿Qué hiciste? ¡¿Qué hiciste?! —grité como animal rabioso. No dejaba de pensar en lo poco que ganaba de sueldo y en lo reducido que sería mi pago gracias a este idiota y sus desastres.
Me sentía furiosa, enojada y frustrada con Julia. Actué sin pensar y tomé lo que sea que encontré más cerca y se lo lancé a la cabeza.
Resultó ser un pequeño molde de aluminio lleno con mostaza. El lado izquierdo de su cara se volvió amarillo.
Y ahí fue cuando comenzó la guerra.
Ella me lanzó más salsa de tomate a la ropa y el rostro. Yo tomé puñados de las papas congeladas y se las disparé en todas direcciones; cuando se le acabó la salsa, se puso de pie y tomó hojas de lechuga que se encontraban perfectamente cortadas en un empaque sellado y me las lanzó. Gracias a la salsa de tomate que tenía en el pelo, la lechuga se pegó y se metía en los lugares menos cómodos de mi blusa.
No quise quedarme atrás y, poniéndome también de pie, agarré una botella de mayonesa y comencé a rociar a Julia, persiguiéndole mientras se movía entre la máquina de helados y el horno donde más de una docena de panes se estaban calentando.
—¡Detente! —grité cuando vi que activaba la máquina de helado y me lanzaba pequeños puñados en la espalda.
—¡Julia! —volví a gritar cuando me agarró de la cintura y vació un bote entero de mostaza en mi cabeza.
—¡Ahora.sí.tienes.que.escucharme! —dijo entrecortadamente, con la respiración agitada gracias al esfuerzo de perseguirnos el uno al otro.
Era vagamente consiente de un pequeño grupo de espectadores parados lejos de la zona del desastre, observándonos con diversión.
—¿Qué quieres? dilo de una vez —traté de no escupir la cantidad de sustancias que rodeaban mi boca en ese momento.
—¡Dios! Solo dime si te gusto —habló finalmente.
Eso me tomó por sorpresa y me quedé paralizada. Los dedos de mis pies hormigueaban y mi estómago se retorcía como cuando quería vomitar, pero era por eso o porque comenzaba a darme nausea tanta comida.
Abrí la boca para decir algo pero la cerré rápidamente.
¡Me quedé en blanco!
—Por favor Lena, responde —me dijo con cierto pánico en su voz. Me sostenía por la cintura y su rostro estaba a centímetros del mío.
—¿Lo besaste, a ese tipo Mason? ¿Sigues sintiendo algo por él? —insistió con voz temblorosa, poniéndose serio nuevamente.
Las lágrimas se empezaban a acumular en mis ojos. Aparté la mirada y fijé la vista en el punto de mostaza que manchaba la pared.
—No. No besé a Mason y tampoco siento nada por él —respondí después de unos segundos.
Alivio se reflejó en los músculos de Julia; tentativamente alcé la vista para verlo.
—¿Y en cuanto a lo otro? —quiso saber.
Jamás lo había visto tan inseguro y miserable. No podía creer que estaba diciéndole esto. Solo rogaba para que no se fuera a burlar de mis sentimientos.
—Resulta que me gusta alguien, aunque ese alguien es un completo idiota.
Esta vez Julia sonrió mostrando sus dientes.
—Es un idiota suertudo entonces —aseguró.
—Es un idiota que ya está en otra relación.
—Es un idiota que no sabe cómo dejar de serlo.
—Julia, tú tienes a Marie... —rápidamente él colocó dos dedos en mi boca para evitar que continuara hablando.
—Ya no más.
—¿Cómo que ya no más?
—Ella y yo terminamos, Lena. Rompimos.
—¿Qué...?
Apenas y podía procesar la noticia cuando, de repente, apareció Cliff frente a mí. Su rostro estaba rojo por la cólera, su prominente barriga se agitaba al caminar y la vena de su frente parecía cobrar vida propia.
—¡Elena Katina! —gritó fuertemente. Oh no, cuando utilizaban el nombre completo la cosa se ponía fea— ¡Estás despedida!


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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Hunter el Dom Mar 06, 2016 12:58 am

Capítulo 9

Sobrante

Dos Semanas, un día atrás

—Lena, hoy saldré con Julia —fue lo primero que me dijo Marie cuando entró a mi habitación sin siquiera llamar a la puerta.
No hice ni el más mínimo esfuerzo por despegar la vista del libro que estaba leyendo, se trataba de un chico y una chica que eran amantes y mantenían una bella relación, hasta que ambos murieron en un trágico accidente, pero reencarnan veinte años después en distintos cuerpos en donde terminaron siendo hermanos.
—¿Para qué necesito escucharlo? —dije casi sin prestar atención, ya iba en donde las cosas se ponían buenas en el libro. Oh, hombre, ambos hermanos se estaban viendo a los ojos, ¡Se reconocieron! ¡¡Se besaron!! ¡¡¡No había nadie en casa!!! ¡¡¡¡Las cosas se empiezan a poner candentes!!!!
—¡Lena! —gritó Marie al ver que no le daba importancia a lo que decía. Ella me quitó el libro y ojeó la cubierta.
—¿Relaciones Prohibidas? —leyó el título con cierto escepticismo—, ¿en serio? Todo el mundo sabe que cuando le añades "prohibido" al tema, terminas cediendo. Saben que no deben pero igual lo hacen. Realmente odio que el título lleve una advertencia.
Lanzó el libro hacia el pequeño escritorio de madera que se encontraba en la esquina opuesta de la habitación.
Me crucé de brazos.
—¿Qué quieres entonces? —pregunté molesta.
—Ya te dije, hoy es mi noche dedicada completamente a Julia —sonrió con picardía—. Si viene Eder en mi ausencia, le dices que estoy con mamá. Él es demasiado caballeroso como para llamarla para comprobarlo. —Se puso frente a mi armario y comenzó a examinar la poca ropa que tenía.
—¿Por qué crees que voy a ayudarte? Ya sabes lo que pienso del hecho de que veas y te acuestes con dos personas a la vez. Es asqueroso.
Ella se giró para verme mientras yo me acomodaba en la cama y abrazaba una de mis almohadas.
—Porque, Lena, no querrás que tus padres sepan el vergonzoso acto de delincuencia que cometiste el otro día.
Desvié la vista hacia otro lado, fijándome en el patrón geométrico de mis cortinas azules.
—Me estás chantajeando —afirmé, era increíble lo mucho que mi prima había cambiado. Pasó de ser esa niña de rizos rojos que siempre compartía conmigo sus juguetes cuando la iba a visitar, a esta chica de mirada fría y de pensamientos egoístas.
—No pienses en esto como un chantaje —dijo sentándose en la cama conmigo—. Piensa que es un recordatorio de lo mucho que fui de ayuda en ese momento, y de cómo ahora yo soy quien ocupa cobrar el favor.
Todavía me daba vergüenza recordarlo. Hace tres meses acompañé a Marie a una tienda de ropa exclusiva y carísima; al salir por la puerta principal, los sensores de alarma se dispararon y al instante dos guardias de seguridad estaban sobre mí, revisando mi bolso y mirándome como una condenada delincuente. Pensé que me deberían una disculpa después de eso porque obviamente yo no tomé nada, pero la sorpresa me la llevé yo al ver que sacaban de mi cartera una brillante y sedosa blusa de color turquesa. Una que yo precisamente había mirado con anhelo desde que había entrado a la tienda. Lo siguiente que supe fue que Marie estaba pagando la multa que me habían impuesto, y pagó por el precio de la blusa en cuestión.
Lo juro, ni siquiera supe cómo llegó eso a mi bolso. En ningún momento me despegué de Marie y de sus incesantes cambios de ropa. Pero nadie creyó en mi inocencia. Tal vez me había vuelto cleptómana y ni siquiera lo sabía.
—¿A qué hora estarás de vuelta? —dije de mala gana. Le debía mucho a Marie (no sólo monetariamente hablando) sino que le debía por no haber dicho nada a mis padres, o peor, a sus padres (quienes adoraban hacer sentir pequeña a mi familia).
—No tardaré mucho. Como máximo estaré en casa a las tres.
—¿A las tres de la mañana? Eso es exagerado.
—Lena, Lena, Lena. Definitivamente no sales mucho. Después de las doce, la cosa se pone buena. Te invitaría pero tú eres muy reservada con eso. —Se giró de nuevo hacia mi armario y sacó... la blusa turquesa que mantenía escondida en el fondo. Odiaba esa cosa. Marie había tenido el descaro de comprarla y dármela como regalo.
Por supuesto que no me la había puesto ni un sólo día.
—¿Me la prestas? Veo que tú no la usas... —Marie sostuvo la blusa en alto y deslizó sus dedos a través de las cintas que se ataban en la espalda. Era una blusa hermosa.
—Claro —dije en un suspiro.
Ella chilló e inmediatamente se dirigió hacia la salida de mi cuarto.
De todas formas yo jamás la usaría. No después de haber pasado por la vergüenza que pasé ese día; hasta me tomaron fotografías instantáneas y las pegaron en una pared de anuncios, etiquetándome como ladrona.
Nunca volví a pasar por esa tienda para verificar si mi foto aún continuaba en el tablón.

Después de sentirme melancólica, regresé a tomar mi libro y a perderme en la relación complicada entre Dorian y Selene.
Odiaba y amaba las relaciones complicadas; pero si yo estuviera en una… definitivamente no manejaría muy bien las cosas.
***

Mis ojos se abrieron en alerta. Todo era oscuro a mí alrededor y las voces se escuchaban a través de la sala.
Yo aún me encontraba somnolienta y cansada.
Bajé de la cama y busqué a tientas mis cómodas pantuflas afelpadas con forma de conejito, luego, caminando como zombi, salí de mi habitación y fui directo hacia donde el ruido se escuchaba cada vez más fuerte.
Desde donde me encontraba podía ver la luz de la sala encendida; entonces lo vi, a Julia. Estaba sentado en el suelo, absorbiendo una botella de licor y Marie se encontraba a su lado, bebiendo con ella.
—¿Qué hacen? —croé en su dirección. Ambos se pusieron alarmados y asustados, pero cuando vieron que se trataba de mí, se relajaron. Después de unos segundos, ambos, simultáneamente comenzaron a reírse a carcajadas.
Me froté los ojos con las palmas de las manos, miré hacia donde estaba ubicado el reloj en la pared. Las cuatro de la madrugada.
—Bonito pijama —observó Julia. Entonces bajé la vista hacia mi ropa.
La vergüenza me carcomió de inmediato.
Llevaba puesta una camiseta con la cara de los chicos de One Direction, y en medio, un gran corazón rosa señalaba al rubio de ellos. La usaba únicamente para dormir ya que mucha gente me molestaba y me llamaban: asalta cunas, codicia niños, o sino me decían que los dejara crecer. Todavía no lograba entender por qué me decían esas cosas, ¡La mayoría de ellos tenían exactamente la misma edad que yo! Además, había comprado la camiseta en una venta de garaje, fue una ganga a la que no pude decir que no (junto con las pantuflas de conejito).
Detuve de inspeccionar mi camiseta en cuanto escuché a Julia comenzar a cantar una de sus canciones.
—Baby you light up my world like nobody else... —las palabras le salían pegadas y casi no se le podía entender. Pero pronto Marie se le unió en el coro.
Ahora era yo la que me estaba riendo.
Ambos sujetaban sus puños tratando de imitar micrófonos en el aire.
Definitivamente los dos estaban borrachos.
Justo iba caminando en dirección de la cocina, cuando Julia se puso temblorosamente de pie y gritó:
—Lena... quédate.
Me detuve a unos tres metros de la puerta de la cocina y giré mi rostro hacia ella.

—Solo... voy por agua. —Julia me miraba de una manera intensa que hizo que mi corazón diera un tropiezo en mi pecho y se desviara de su ritmo habitual.
¿Ella me estaba pidiendo que me quedara?
De repente, Marie golpeó las inestables rodillas de Julia y ella cayó (con botella y todo) sobre el suelo.
—Bésame, bebé —lo urgió ella sujetando las solapas de su camisa.
Entonces ella obedeció y sus labios chocaron con los de ella, juntos y torpes.
Sentí morir cualquier clase de esperanza que se estaba encubando en mi pecho como un virus.
Alejé mi vista y prácticamente corrí hacia la cocina.
Una vez dentro, rebusqué en el refrigerador y encontré una botella de leche fría, olvidándome del agua. La abrí y me la llevé directo a la boca. Cuando terminé, estaba a punto de pasar la palma de mi mano para borrar el bigote de leche que se había formado sobre mi labio superior, cuando, repentinamente, me congelé en plena acción de levantar la mano.
Parado, en el mueble de la cocina, había un zorrillo; un pequeño y casi tierno zorrillo bebé que escarbaba entre las plantas de girasoles que Marie compraba para adornar el lugar. Vivíamos en el quinto piso de un edificio estilo mediterráneo, y lo primero que pensé al ver al animal fue: ¿cómo rayos había hecho para llegar hasta aquí?
Retrocedí en mis pasos, procurando que el zorrillo no fuera a asustarse y decidiera rociarme con la asquerosa sustancia con la que todos los zorrillos venían programados.
Salí por la puerta y una vez más estuve de vuelta en la sala, viendo cómo Marie absorbía la boca de Julia.
Finalmente se separaron y, como si nada hubiera pasado entre ellos, Julia continuó cantando lo mismo que antes.
—You don’t know oh, oh. You don’t know you’re beautiful —hipó en la última parte y luego cambió de artista, la canción siguiente era una de Selena Gómez.
—Cariño, tienes que irte —dijo Marie arrastrando las palabras—. Se supone que Eder va a venir pronto.
—No me gusta que me digas cariño —dijo ella— para esa gracia prefiero que me llamen Lady Agustina. ¿Oíste, Lena? Laaaaaady Aguuuuustina.
Sip, estaba borracha.
—No quisiera interrumpirlos —hablé rápidamente— pero hay un zorrillo en nuestra cocina.
Ambos me miraron atentamente, y luego se echaron a reír, tanto, que Marie tuvo que correr en dirección al baño para evitar orinarse en la alfombra del suelo.
—Eres divertida —dijo Julia poniéndose de pie y caminando a ritmo de tortuga hacia mí—, tienes un…
Se paró a centímetros de mi rostro y luego hizo una cosa de lo más inesperada: me tomó de los hombros y me empujó cerca de su cuerpo.

—Julia… Estás borracha, tengo sueño, Marie no tarda en venir y hay un zorrillo en la cocina, escarbando las plantas y probablemente comiendo insectos. Definitivamente este no es un buen momento para…
—Solo hay algo que quiero hacer —su boca estaba tan cerca de mi rostro que pude oler el alcohol en su garganta. Tal vez era vodka. No lo sé.
—Mira… —no me dejó terminar lo que iba a decir, y colocó dos dedos sobre mis labios.
— Shhh.
Sus dedos recorrieron mi labio inferior y de ahí se trasladaron hacia el labio superior; entonces se movieron un poco más arriba, cerca de mi nariz.
Yo estaba paralizada. Debería ser ilegal que un chica pudiera descontrolar mis nervios y darle la vuelta a mi mundo entero con un solo toque. En especial si dicho chica estaba borracha y probablemente no recordaría nada de esto mañana.
Sentí los dedos de Julia sujetar mi barbilla y, en lo profundo de mi egoísta y masoquista mente, quise que ella me besara. La quería tan mal. Pero no lo hizo, sólo se quedó repasando sus dedos por encima de mi labio superior y luego… luego se los llevó a la boca. Chupándolos.
—Te ves adorable con esa camisa y ese bigote de leche —susurró. Se relamió los labios con la lengua mientras yo aún me encontraba sin palabras. Mirándolo como una idiota. Mi pequeña burbuja se rompió cuando escuché pequeños golpes en la puerta principal.
Mis ojos viajaron inmediatamente hacia ese lugar, y la voz de Eder sonaba amortiguada del otro lado.
Para mi desgracia, Julia retiró los dedos de mi rostro e intentó correr para abrir la puerta.
—¡Julia! —grité lo más bajo que pude—. Regresa aquí, es el novio de Marie.
Ella me miró confundida, como si le hubiera hablado en japonés.
—Noooo. Yo soy la novia de Marie.
Lo tomé del brazo y comencé a caminar hacia mi habitación, pero puso resistencia y plantó sus pies en el suelo.
—¿No debería presentarme? —preguntó negándose a seguir caminando—. Sabes, mi madre antes de morir me enseñó que siempre tenía que tener buenos modales.
Eructó en mi cara y se echó a reír.
—Lo siento, nena…
—Ni te disculpes —la detuve en seco—, sólo lo empeorarás. Ahora muévete sino quieres despertar hecho picadillo.
—En realidad… no puedes despertar si ya estás hecho picadillo. No tiene sentido que…
Lo empujé a través de la puerta de mi habitación y cayó directo al suelo.
—Quédate aquí. Solo tengo que ir allá un momento —cerré la puerta y corrí hacia la entrada principal para abrirle a un muy somnoliento Eder.
Su cabello estaba revuelto bajo una gorra celeste desteñida y sus músculos se ceñían en la tela de su camiseta del equipo de fútbol del Barcelona.

—Hola Lena. Lamento despertarte a esta hora pero Marie llamó hace poco. Dijo que le dolía el estómago; le traje medicinas —levantó la bolsita plástica y me sonrió sin muchas ganas.
—Claro, pasa —extendí la puerta abierta mientras le abría paso.
Inmediatamente una voz  rasposa se comenzó a escuchar a lo lejos. Cantaba una canción que sospechaba era probablemente de Selena Gómez.
Al menos ya tenía material para molestarla por los próximos días.
—¿Qué es eso? —dijo Eder moviendo su cabeza en todas direcciones, como queriendo encontrar de dónde provenía el sonido—. ¿Alguien está cantando?
Me aclaré la garganta.
—Sí, es que soy aficionada a esos programas de karaoke.
—¿A las cuatro de la mañana? —examinó el reloj de la pared.
Me sonrojé y maldije por lo bajo. Esta noche iba a ser larga.
—Sí. Soy rara —dije porque no sabía cómo rellenar los silencios incómodos que siempre se tenían con Eder. Sí, el chico era guapo y bien esculpido, sus rasgos eran suaves y el tipo era más callado que la H. Pero cuando intentábamos entablar una conversación, ambos éramos nulos para eso.
Nunca había apreciado tanto la confianza y la familiaridad al hablar con Julia hasta ahora.
—Marie está en su cuarto. Ya conoces el camino —me apresuré a decir. ¿En serio le dije que soy rara?
—Gracias. —Él caminó hacia el cuarto de mi prima, y así logré evitar un gran desastre. Como siempre, Lena salvaba el día.
Regresé a mi larga noche… más bien madrugada, a oír nuevamente los gritos de Julia.
Cuando entré en mi habitación ella ya estaba acostada en mi cama, sosteniendo el libro que leía esta tarde. Me vio entrar y se apoyó en un codo para poder verme a la cara.
—¿Relaciones Prohibidas? —preguntó elevando ambas cejas—. ¿Este es de esa clase de libros no aptos para menores de edad? Lennnnna, me sorprendes.
Me ruboricé y traté de quitarle el libro de sus manos pero él lo llevó fuera de mi alcance.
—Julia, no bromeo, dámelo.
—Oh, entonces sí es de esos.
—No, no lo es. —Intenté atraparlo de nuevo pero ella se movió rápidamente y lo alejó de mí.
Tomé una de las almohadas de mi cama y se la lancé a la cara.
—Dámelo —repetí furiosa. Si no tenía cuidado podría romper alguna página.
—No quiero.
—¡Aggh! Pero qué inmadura.
Lo seguí golpeando, e incluso le hice cosquillas para que me lo diera. De alguna manera terminé encima de ella en la cama, mi rostro a centímetros del suyo. Me hice agua al recordar sus dedos sobre mis labios, quitando las marcas de mi bigote de leche y llevándoselos a la boca.

—Lo quiero de vuelta. Y más vale que esté en buen estado.
—¿Qué pasa si hago esto entonces? —Metió el libro bajo su espalda mientras esta se presionaba contra el colchón.
En un arrebato, me subí a horcajadas sobre ella y comencé a moverla para llegar hacia su espalda. El alcohol la hacía lenta y recuperé rápidamente mi libro. Lo llevé directo a mi pecho y lo sostuve por un rato.
Me encontraba jadeando debido al esfuerzo, pero no tanto como para no notar que la camiseta de Julia se levantaba en los bordes, justo lo suficiente como para que llegara a tener un buen vistazo de su abdomen y del tatuaje en su espalda.
—Hueles a lavanda —dijo ella repentinamente mientras presionaba su nariz contra mi pelo.
¿Era normal que una chica huela tu cabello de la forma en la que ella lo hacía?
Entonces sus mágicos dedos recorrieron mi nuca, escalofríos imparables sacudieron a mi cuerpo.
—Me gusta tu cuarto. Está lleno de vida —dijo viendo las paredes de colores y los múltiples cuadros hechos por mí.
—Gracias. Me gusta tu… —todo tu delicioso cuerpo— cabello de esa forma.
Él resopló por la nariz y justo cuando llegué a pensar que se había desmayado, me sorprendió hablando:
—Lena... Sé que soy una completa idiota y que probablemente no necesitas que te diga esto pero... —se detuvo un momento para hipar—. Nunca, jamás, ni en tus sueños más oscuros, te vayas a enamorar de un tonta como yo. Estoy arruinada, te lo digo.
Mi respiración se volvió elevada.
¿Por qué me estaba diciendo esto?
—Buenas noches, nena —fue lo último que le escuché decir antes de que comenzara a cantar otra canción de Selena Gómez.
Esa noche apenas y pude dormir algo.

Actualidad...

—Esto es tu culpa —le lancé a Julia una rodaja de tomate que se deslizaba desde la pared más cercana—. Siempre te las arreglas para meterme en problemas.
Estaba histérica.
Cliff me había despedido, y todo por culpa de ese pelmazo de cabello negro y ojos verdes.
—Lena, tranquilízate. —Levantó las dos manos al aire, como si fuera victima de un asalto.
—¿Tranquilízate? ¡¿Tranquilízate?! ¡Ve a tranquilizar a tu abuela! —grité lanzándole más comida que quedó regada en el suelo gracias a nuestra pelea previa.
—Va a ser difícil tranquilizar a mi abuela ya que ella es la diva de los aerobics para la tercera edad. Se mantiene en movimiento.
—¡Por favor, deja de bromear! No estoy de ánimos desde que por tu culpa perdí mi empleo.

Quería echarme a llorar. Ya le había suplicado a Cliff que no me despidiera pero él se negó a volverme a contratar. Dijo que conmigo correría riesgos.
—Le pagaré cada centavo que le debas a “Porky” —habló ella metiendo las manos en sus bolsillos, sacando una tarjeta de crédito. Al menos no eran fajos de billetes.
—No necesito tu dinero, Julia. Es más, si vuelves a ofrecérmelo, directa o indirectamente, voy a patear tu trasero hasta que no puedas sentarte en todo el día.
Ella se echó a reír y eso me enfureció. Comencé a lanzarle más comida desperdiciada.
—Suficiente los dos —Nastya me detuvo justo cuando preparaba mi siguiente ataque con cebolla—. Cliff se va a enojar más, así que les sugiero continuar en otra parte.
Me tomó del brazo y me obligó a caminar con ella. Julia se quedó parada como un imbécil viendo mientras me marchaba.
—Es un tonta —dije una vez que estábamos fuera de su alcance, parpadeé las lágrimas que se querían salir de mis ojos pero fue inútil, salieron de igual manera, sin mi consentimiento.
—Lo sé —se limitó a decir ella—. Es un tonta que tiene sentimientos escondidos por ti.
Lloré aún más fuerte.
Nastya me apoyó contra su hombro y le dio suaves golpecitos a mi cabeza.
—Yo no la quiero. No quiero nada que tenga que ver con ella.
—No te engañes a ti misma, a ti te gusta Julia desde hace bastante tiempo.
Entonces recordé lo que me dijo antes de que Cliff me despidiera.
—Ella terminó con Marie.
Nastya me sacó de su cómodo hombro y me miró directo a los ojos.
—¿Terminó con ella? Esas son buenas noticias.
Hice un puchero.
—Pues no tiene nada que ver conmigo; a mí no me afecta lo que haga con su vida sentimental.
—Claro que te afecta; ¿hasta cuándo vas a dejar de ser tan ciega y ver que a ella le interesas también?
Me sequé las lágrimas acumuladas con la punta de mis dedos, y a lo lejos me fijé en una figura femenina recostada contra la pared.
—Está esperando por ti —habló Rita, señalando en dirección a Julia—. Ve a hablar con ella.
—No tengo nada que decir.
—Claro que sí. Acaba de podar la mala hierba de su jardín, es el momento ideal para sembrar nuevas semillas.
—Pues esta semilla quiere ser plantada en otro lado. Además qué clase de persona sería si aceptara salir con ella, es prácticamente el desecho de mi prima. Es como comer la mierda que deja.
Nastya abrió mucho los ojos, y yo casi me arrepentí de haber dicho lo que dije.
Me mordí la lengua.
—Entonces es así como me consideras... como mierda —dijo Julia apareciendo demasiada cerca de mí, sonaba enojado y resentido.
Sí, deseé no haber dicho eso. Quería disculparme. No sabía que estaba escuchándome todo este tiempo.
—No se supone que tengas que escuchar conversaciones ajenas —pero en su lugar dije eso.
Su mandíbula se tensó y sus lindos ojos azules se oscurecieron repentinamente.
Sin decir otra palabra salió disparado fuera de mi vista.
Tonta, tonta, tonta.
—¡Síguela! —me impulsó Rita.
Y como era común en mi vida, seguí la orden sin pensarlo dos veces.
—¡Julia! —lo llamé mientras corría hacia la salida de emergencia del restaurante. Las alarmas no sonaron, estaban desconectadas desde hace más de tres años.
La salida lo llevó hacia un callejón maloliente en donde se mantenían los contenedores de basura.
—No necesito que me sigas —gritó ella aún sin voltear a verme.
—Lo siento. No quise ser grosera y decir que eras… —no pude terminar la frase. No sabía lo que me había poseído para haber dicho lo que dije de ella.
Mis pies caminaban por inercia, siguiéndolo, así que cuando Julia se detuvo repentinamente, no pude pararme a tiempo y choqué contra ella. Antes de que pudiera caerme y golpear mi trasero contra el suelo, ella ya estaba sosteniéndome por mis muñecas y presionándome fuertemente.
—Completa lo que ibas a decir —me retó.
Teniéndola así de cerca llegué incluso a olvidar mi nombre. ¿Cuál era? Estaba segura que terminaba en “a”.
Julia me presionó más cerca y más fuerte.
—Te arrepientes de decir que yo era, ¿qué, Lena?
¡Lena! Cierto. Ese era mi nombre.
—Lamento haberte comparado con la mierda —hice una mueca y agaché la cabeza hasta que lo único que vi fue su camiseta amarilla con el logo del restaurante.
Se echó a reír pero no había humor en ese sonido.
—¿Acaso me veo como la mierda? —me sacudió levemente y me obligó a alzar la mirada—, ¿acaso huelo como a eso también?
Permanecí callada, era increíble lo que me hacía esta chica: en un momento le quería ensartar un tenedor en el cuello, y al siguiente, quería ensartármelo a mí.
—Julia, por favor…
Pero me calló de la mejor manera conocida por el hombre: con un beso. Me besó tan fuerte que pensé que mis labios se iban a gastar. Se separó tan rápido que quedé completamente aturdida, pensando en si debería decirle “más, por favor”.
—¿Acaso también beso como la mierda? —Negué distraídamente, viendo directo a sus labios—. Quiero que uses palabras.
La miré confundida por un momento.
Volvió a acercarme hasta que su frente estuvo pegada a la mía, y me sujetaba únicamente de las muñecas, obligando a mis pies a ponerse en puntillas.

—Dime, ¿también beso como la mierda? —preguntó tranquilamente rozando sus labios con los míos.
Esta mujer me iba a volver loca.
De pronto su boca estuvo sobre la mía, poseyendo todo a su paso. Besándome con lentitud y con fuerza. Mi respiración se aceleraba mientras él continuaba dominando el movimiento de nuestros labios.
Finalmente me soltó, y el efecto Bambi se hizo inmediatamente presente.
—Besas muuuy bien, mejor que bien —dije aun en mi estupor.
Ella se limitó a darme una sonrisa ladeada y lentamente soltó mis brazos.
—Entonces, ¿por qué me comparas con la mierda?
La neblina que cubría mis pensamientos fue desapareciendo.
—Lo siento, es solo que acabas de terminar con Marie. Ni siquiera entiendes lo horrible que es el que digan que al día siguiente encontraste su reemplazo. No es que me considere como el reemplazo pero… ¿en qué clase de persona me convierte eso? No quiero que piense que me voy a quedar siempre con sus sobras… —Y lo hice de nuevo, solo que esta vez lo llamé “sobras”.
—Tienes derecho a llamarme como quieras —respondió tranquilamente—, soy una jodida imbécil que adora invertir dinero en ti, también soy la idiota que hizo que te despidieran de tu empleo soñado…
—No es mi empleo soñado. Y lo siento, no pretendía llamarte de nuevo sobra o…
—Te entiendo. Y sé que me lo merezco. Pero te pido que me des una oportunidad, sólo una para demostrarte que este “sobrante” puede llegar a valer la pena.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Lo que quiero decir es que probablemente seré tu ruina, lo peor que te haya pasado; soy como un virus ébola multiplicado por cien, pero Lena, estoy completamente segura que no tenerte cerca, ni por un segundo al día, hace que mi piel deje de sentir. Sé que suena estúpido y cursi pero te quiero sólo para mí, y con Marie jamás sentí la necesidad de partirle la cara al primero que le veía el trasero. Y no sabes las veces que deseé romperle la quijada a tu ordeña-vacas por mirarte de la forma en que lo hizo.
Me reí nervosamente y fijé mis ojos en los suyos. Oír sus palabras me derritió de los pies a la cabeza.
—Julia… las cosas no son tan fáciles…
—Sólo di que sí y yo me encargo de todo si el mundo se viene encima.
—Dame tiempo para pensarlo.
—Nena, por favor acaba con mi sufrimiento ahora. Prometo alejarme de tu vida si lo echo a perder; y vaya que lo voy a echar a perder miles de veces antes de comenzar a hacerlo bien, pero quiero descubrirlo a tu lado. No creo que pueda soportar a otro imbécil babeando por tu cuello.
Sonreí de lado.
—¿Entonces me estás diciendo que tú quieres ser la único imbécil que babee por mí?
—Exactamente.

¿Qué tan malo podía ser darle una oportunidad a Julia? ¿Darnos a ambas una oportunidad?
¿A quién engaño? Yo quería estar con él desde hace tanto tiempo como pudiera recordar.
—Probablemente me arrepienta después de esto pero… te estoy dando un tal vez —respondí.
El rostro de Julia regresó a su habitual arrogancia mientras me agarraba de la cintura y me sonreía de lado.
—No voy a dejar de besarte hasta que digas que sí.
—Entonces vamos a estar aquí un largo rato… —sonreí contra su boca y me perdí de nuevo en sus labios.
—No te preocupes, nena, tengo una larga resistencia.
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Hunter el Jue Mar 10, 2016 12:05 am

Capítulo 10

El Efecto Julia Volkova

Marie se iba a molestar.
Oh, sí.
Estaba segura de que ella, por sí sola, era capaz de desatar la tercera, cuarta y quinta guerra mundial.
La última vez que un chico la dejó, el pobre terminó en un hospital con un ojo vendado y marcas de uñas por todo el cuello y la nuca. Aunque puede que en esta ocasión sea diferente: Julia no era la única con quien ella andaba, así que tenía más oportunidades de reemplazarla. Pero por otro lado ella era una de sus favoritas, la que ella consideraba más novia de lo que Eder jamás podría ser. Obviamente eso no me hacía sentir mejor, solo me hacía sentir peor y miserable.
¡Era como estarla traicionando! Aunque sinceramente se lo merecía.
Además de eso me sentía culpable, culpable por querer mantener mis labios pegados a los de Julia todo el tiempo. De verdad, ¿cómo pude haber pasado toda mi vida sin besarla? En serio, ahora compararía mi vida amorosa en: antes de los besos Julia, después de los besos de Julia. El efecto Bambi se hacía presente más veces de las que pudiera contar en un solo día (y eso que apenas y nos habíamos "dado la oportunidad" hace unas horas atrás).
Al poco tiempo fue fácil para Nastya y los demás descifrarlo; todos en el restaurante nos felicitaron al enterarse y, al parecer, Mirna había ganado la apuesta en esta ocasión ya que también apostaron a cuándo explotaríamos y nos íbamos a gritar las cosas en la cara y admitir lo que sentíamos el uno por el otro. No sabía que yo podía ser tan predecible.
Pero aclaro, no solo porque Julia me diera unos cuantos besos dejaría de pensar en que era una idiota, porque sí lo era. Había hecho que Cliff me despidiera... y me diera otra oportunidad. Asi que ahora estaba en un periodo de prueba de una semana para ver si conservaba el empleo o no.
Cualquier error que cometiera en esa semana, y definitivamente sería despedida.
Se podía decir que le había dado lástima a Cliff y por eso me dio esa única y última oportunidad para no estropear las cosas.
Esta vez no lo iba a echar a perder.

Esa misma noche, cuando abrí la puerta principal del departamento que compartía con Marie, pensé que iba a encontrar un desastre digno de un tornado. Pero en su lugar todo estaba calmado, limpio y demasiado silencioso para mi gusto.
No parecía haber nadie en la casa así que me escabullí hacia el baño para quitar el olor a comida que siempre se me pegaba del restaurante, y para limpiar las sobras de salsa de tomate que Julia me lanzó en nuestra pequeña pelea con condimentos.
Antes de que pudiera llegar por completo a alcanzar la perilla de la puerta del baño, escuché un sollozo provenir de la habitación de Marie.
—¿Lena, eres tú? —preguntó ella con voz quebrada.
Apreté mi labio inferior y me debatí entre si debía entrar o hacerme la que no había escuchado nada.
—Lena, te necesito. Ven por favor —volvió a llamar.
Liberé mi labio y caminé de forma resignada hacia su dormitorio.
Marie estaba sentada a orillas de su cama tamaño matrimonial con cobertores rosa pálido; su cabello naranja se encontraba en un estado inusual: despeinado. Su rostro era pálido, y sus brazos se aferraban a una pequeña almohada que tenía bordada la letra M.
—¿Qué te ocurre? Te ves...
—¿Acabada, destrozada, desolada, abandonada? —dijo ella. No estaba precisamente llorando a mares, estaba mas bien en un estado tranquilo y casi en shock.
Me sentía aterrada, preferiría que estuviera haciendo una de sus famosas rabietas de niña, a estarla viendo de esta manera. Era más peligrosa en este estado, además, tenía miedo de que se me echara de ver en la cara lo culpable que me sentía por siquiera llegar a besar a Julia.
—¿Te sientes bien? ¿Estás enferma? —le pregunté; claro que sabía que no era eso, pero era mejor fingir que nada había pasado.
—No te hagas la que no sabes —dijo simplemente.
Me temblaron las rodillas. ¿Acaso ella sabía lo de esta tarde?
—No sé de qué...
—Julia me dejó.
—Eso es terrible pero yo...
—Tú ya lo sabías —me dio una mirada asesina. Silenciándome.
—Sí —respondí finalmente—, recuerda que ella trabaja ahora en el restaurante... me lo contó todo hoy.
Marie se secó una lágrima que se le había escapado silenciosamente.
No pensé que estuviera llorando.
—¿Te contó por qué terminamos?
—Mmm... no.
Se sorbió otra lágrima.
—Me dejó porque... porque —le gusta otra persona, completé en mi mente—... Porque tiene un trabajo peligroso y fuera de los límites. Y yo no lo apruebo.
Eso no me lo esperaba.

No me había dado cuenta, pero de alguna manera ya me encontraba sentada junto a Marie. La única ventana en su habitación tenía una vista hacia la calle, a una zona no tan transitada de vehículos. Era ahí a donde mis ojos se turnaban en mirar mientras yo todavía procesaba la información. Recordaba que Julia había insistido en llevarme a su lugar de trabajo, pero nunca se dio la oportunidad para que eso sucediera. Ahora me sentía curiosa.
—¿Su trabajo es peligroso? ¿Qué es? ¿Trapecista?
Ella no rió; solo me miró con confusión.
—Lena, ella es... es una ladrona.
Miré directamente hacia sus ojos azules, esperando que de un momento a otro ella se riera. Pero los segundos volaron y la risa no venía.
—¿Es una broma? —pregunté a punto de lanzar una carcajada—, ¿Julia, un ladrón? No me digas, un ladrón que te robó el corazón.
—No bromeo —continuó ella de manera seria—. Julia se dedica a estafar y robar a la gente.
De nuevo esperé para que me dijera si estaba bromeando o inventando historias solo para sacar un poco el dolor que sentía contra Julia por haberla dejado. Pero Marie nunca rió. Se miraba seria y destrozada.
Tragué saliva con fuerza.
—¿Cómo estás tan segura de que es una ladrona? ¿Lo has visto quitándole la billetera a alguien?
—Lena, ella no es la clase de ladrón aficionado que tú imaginas que es... Ella no anda escondida en medio de los arbustos, con un arma blanca metida entre los pantalones, esperando a que aparezca una indefensa viejecita para robarle el bolso. Ella es la clase de ladrón que no se conforma con recompensas mediocres; va por todo. Julia es una estafadora que se lleva tu dinero a grandes sumas, y es realmente bueno haciéndolo. Ella es peligrosa.
—Eso es imposible —balbuceé. Repentinamente me empecé a sentir mareada. Marie solo estaba dolida, eso era todo. Estaba inventando tonterías como esta para... ¿para qué? Ni siquiera sabía que a mí me gustaba Julia o que nos habíamos besado.
¿Se supone que deba creerle?
—Es posible —dijo ella, trayéndome de vuelta al presente—. Julia maneja increíbles cantidades de dinero ¿acaso no lo has notado? Siempre lo vas a ver cargando billetes en sus bolsillos. Además, mi querida prima, ella me lo confesó todo hace meses atrás. Una de las condiciones de nuestra relación fue que yo no me metería en sus asuntos si ella no se mostraba interesada en los míos.
—¿Y por qué me estás contando todo esto? —en un impulso me levanté de la cama y comencé a caminar de arriba a abajo en la habitación.
—Porque ella me estafó a mí.
Me detuve en seco.
—Él robó una inmensa cantidad de dinero a la compañía de mi papá —continuó ella, esta vez las lágrimas resbalaban con una facilidad increíble por sus mejillas y sobre sus pecas—. La descubrí y le dije que no iba a delatarla porque aun sentía algo por ella, pero ahora ya no sé qué hacer. Papá aún no lo sabe pero se va a dar cuenta de un momento a otro.
Esta vez sí se echó a llorar a moco tendido.
Yo aún no podía creerlo, Julia podía ser de todo menos una ladrona. O al menos eso pensaba yo.
—Fui tan estúpida como para compartirle la contraseña de la chequera familiar y ella se aprovechó y liquidó casi todo.
—¿Estás segura de que fue ella? Pudo haber sido alguien más y solo...
—¡Fue ella! —y con eso se echó a llorar más fuerte.
Se puso boca abajo en la cama y empezó a gritar contra el colchón. Iba a consolarla con golpecitos en la espalda, cuando de repente el timbre de mi celular me sacó de esa misión.
Era una llamada.
Y un vistazo a la pantalla me dijo que era de Mason. Me había olvidado por completo de él.
Me debatí entre responder la llamada y regresar a la incoherente realidad que me estaba contando Marie.
Terminé contestándole a Mason.
—¿Hola?
—¡Lena! Qué bueno que me contestas —por el rabillo del ojo le echaba vistazos rápidos a Marie quien continuaba gritando y pataleando contra la cama.
—Mason... ahora estoy un poco ocupada, tal vez si puedes llamarme después...
—No, escucha, seré breve. Solo quería saber cómo seguía tu nariz. Créeme, estoy tan arrepentido por lo del sábado, no sé lo que me pasó... —¿Mi nariz? Ya hasta se me había olvidado que mi nariz lucía como si alguien la hubiera masticado y vuelto a escupir en su lugar— y quería invitarte a salir mañana en la noche. ¿Qué opinas?
Yo seguía observando a Marie que ahora tenía una almohada pegada al rostro, llamando a Julia con toda clase de nombre de animales como era posible. ¿Cerda de dos patas? ¿Jabalí callejero? ¿Iguana bulímica? Y otros que no entendí porque salían distorsionados los sonidos.
—¿Lenaa, sigues ahí? —habló Mason. De nuevo había olvidado que estaba del otro lado de la línea telefónica.
—¿Sí? Mira, de verdad tengo que irme —a lo lejos fui consciente de que el timbre de la puerta comenzó a sonar.
¿Esperábamos invitados?
—Solo te pido una salida más. Acepta por favor.
El timbre de la puerta se escuchó aún más insistente. Marie despegó su cara de la almohada y me miró con ojos asustados.
—Es mi mamá —articuló ella hacia mí—. Hoy tenemos la cena familiar.
La cena familiar la hacíamos una vez al mes. La mamá de Marie era obstinada y obligaba a mis padres a sentarse en la misma mesa durante una hora completa, disque para que yo no perdiera ciertos valores que se obtienen con una familia presente. ¿Por qué de todos los días escogió hoy para hacerla?
—¿Lena, qué dices? —preguntó Mason en mi oído—. Di que sí...

—Está bien —cedí—, acepto.
—Bien, te mandaré la dirección en un mensaje.
Finalmente colgó la llamada e inmediatamente (y a petición de una Marie de ojos rojos y cara morada) fui a abrir la puerta de la entrada.
Todavía me sentía como en un sueño, o como en cámara lenta.
¿Julia, una ladrona? Eso era hasta cómico.
Era imposible. No le creía a Marie, tenía que estar bromeando.
—¡Pastelito de calabaza! —gritaron en mi oído, y al instante de abrir la puerta, unos brazos con múltiples pulseras de metal me rodearon. Una brillante y llamativa boca roja se encontró con mi mejilla, y el rostro demasiado maquillado de mi madre se hizo presente.
—¿Mamá? ¿Qué haces aquí? —murmuré aun envuelta en su potente abrazo expulsa aire.
—¿Que una madre no puede hacer una visita sorpresa a su única hija? Además te traje un amuleto para las buenas decisiones. Acaban de llegarme de Aruba. Recién salidos del horno —sacó de su cartera, de imitación de piel de cocodrilo, un collar con una pluma de pavo real en el centro de un circulo de metal adornado con piedras azules y verdes.
—No tenías por qué molestarte —dije viendo sospechosamente hacia el objeto extraño.
—Lo mismo le dije pero es obstinada y cree en el poder de semejante idioteces —dijo la tía Charlotte que venía detrás de mamá. El papá de Marie venía con ella.
Uff, ¿hoy era el día de supervisión paterna?
—¿Qué hacen todos aquí? —le susurré a mamá por lo bajo. La tía Charlotte pasó examinando cada esquina del departamento. Ella tenía una obsesión por lo limpio.
—Esta noche la pasaremos en familia —me respondió ella, dándome un guiño—. Aunque la nueva conquista de tu papá viene con él. Asi que la pasaremos "casi" en familia. Lo juro, no sé de dónde las saca, tal vez de una guardería. Cada vez son más jóvenes.
—Hola pequeña —saludó el padre de Marie, estaba inmerso en su iPhone, apretando vigorosamente los dedos contra la pantalla. Él era un hombre físicamente de cuerpo atlético, cabello marrón y un grueso bigote que era fiel compañero de sus espesas cejas.
—Hola tío Victor —saludé algo recatada. Qué podía hacer, el hombre me intimidaba; además quería atacarlo a preguntas: ¿Era, en verdad, Julia una ladrona?
No, me negaba a creerlo.
Marie estaba despechada, eso era todo. Por eso decía cosas como esas.
Julia NO era una ladrona... o estafadora, o como sea que Marie lo llamó.
Sobra decir que preparar la cena con mamá, la tía Charlotte y Marie (quien estaba seria y evitaba hablar todo lo posible con los demás) fue incómodo y silencioso.

Estaba cortando algunos cuadritos de zanahorias cuando mamá notó una mancha de salsa de tomate en mi nuca y creyó que era sangre; tuve que asegurarle más de mil veces que no lo era. Además papá llegó tarde, casi se pierde la cena y apareció tomado de la mano con Susan, la mujer que fue mi maestra en segundo grado.
Susan era bastante bonita, de cabello negro y con un lindo acento francés que la hacía lucir aun más adorable. Mamá decía que ella era una prostituta disfrazada de manera elegante. En mi opinión, no tenía nada contra la novia de papá. ¡Hey, ella me enseñó a multiplicar decimales y a cantar el alfabeto en tres idiomas: inglés, español y coreano!
—¿Todavía sigues pensando estudiar arte, Lena? Recuerdo que adorabas pintar sobre cualquier superficie —me preguntaba ella mientras cenábamos y me acababa de llevar un bocado de pasta a la boca.
—Sí. Estoy ahorrando para la inscripción, luego veré si puedo conseguir una beca.
—Siempre consideré que el arte era mas bien un pasatiempo —se metió la tía Charlotte—, dedicarse a eso es prácticamente decir que no te dedicas a nada. Oficio de vagos.
—Todavía estás a tiempo de aprender negocios —habló papá. Sus ojos claros examinando los míos detrás de sus lentes de montura negra. Siempre pensé que él y yo éramos lo suficientemente parecidos. Mismo color de cabello, mismos ojos verde-grises, y mismos rasgos, especialmente en la barbilla y el contorno de los ojos. Pero él no creía en el método: "sé lo que quieras ser" que tanto promocionaba Barbie en sus comerciales. Él era un hombre que iba directo al dinero... aunque era un completo tacaño. Todavía conservaba su último regalo, mis llaves jamás se perdían en la oscuridad gracias al infantil llavero que seguramente le costó lo mismo que le costaría la uña de su dedo gordo del pie.
—Tengo planeado estudiar arte. Y así lo haré —dije de forma obstinada.
La tía Charlotte de vez en cuando me lanzaba miradas de reojo.
Me metí otro poco de pasta a la boca y traté de no enfurecerme demasiado.
—Oh, Lena, eso me recuerda —papá se pasó una servilleta por la boca, limpiando el exceso de salsa—, tu tía me contó que te vio el otro día con una muchacha. Una chica mayor, con tatuajes en el cuerpo. ¿Me podrías decir qué clase de planes tienes con ella?
Julia.
Rápidamente evité su mirada. Tomé un sorbo del té helado que Marie había preparado sin mucho esfuerzo.
—¿Cuándo me ibas a contar que tienes novia? —siguió instigando papá.
—Ya déjala en paz, Sergey—Mamá había evitado hablar durante toda la cena; y si antes parecía que quería lanzarle dagas a papá... ahora se notaba que mentalmente le mandaba bolas de fuego—. Yo también la conocí. Me pareció todo un bombón delicioso; siempre noté la atracción que ambas se tenían pero no sabía que ya eran novias.
Me guiñó un ojo y tuve que atragantarme con más pasta para evitar responder. Marie me miraba de forma extraña todo este tiempo.

—Por pensamientos como esos es que niñas de quince años terminan dañadas y solteras —soltó mi papá—. Dime una cosa, Lena, ¿estás manteniendo relaciones con esa tipa? Porque desde ahora te digo, no quiero ser abuelo ni nada a los cuarenta.
Al oír eso casi me ahogo en mi propia saliva.
—¡Cuarenta! —Mamá se echó a reír a carcajadas—, querrás decir cuarenta y seis, querido. Ya no estás joven, mírate al espejo, tu pelo caído habla por sí solo.
Yo aún seguía tosiendo y dándome golpecitos en el pecho.
—Sí, dije cuarenta. Lena, dime qué edad tiene esa mujer, no quiero que una anciana esté abusando de una jovencita ingenua como tú. Recuerda que todos chicos y chicas como ella solo buscan una cosa. ¡Solo una!
—¡Papá! —chillé viéndolo horrorizada una vez que logré dejar de toser—. Por favor detente.
—Parecía de veinticuatro —dijo la tía Charlotte. En serio iba a golpear a esta mujer.
—¡¿Veinticuatro?! —papá dio un golpe en la mesa haciendo saltar todos los platos de vidrio—, ¡Te prohíbo verla! Apenas eres una bebé, tienes diecisiete por todos los cielos. Todavía recuerdo haberte cambiado los pañales hasta hace poco tiempo...
—Tengo dieciocho y te recuerdo que cumpliré diecinueve dentro de dos meses —dije, algo avergonzada.
Cuando a papá le tocaban el tema de los chicos... Bueno, digamos que las cosas resultaban de esta forma.
—¿Dieciocho? Aun así eres demasiado joven...
—Mira quién habla —murmuró mamá—, el cerdo criticando su propia y rechoncha cola.
—No empieces Inessa...
—Y por cierto, tú nunca le cambiaste un pañal en su vida. Estabas demasiado ocupado viéndole las piernas a la niñera como para siquiera fijarte en si tu hija ensuciaba o no el pañal.
Y así continuó más o menos todo el resto de la cena; siempre hablando como si yo no estuviera presente y contando más historias vergonzosas de pañales sucios y vómito.
Marie observaba con horror el intercambio, su madre no dejaba de aportar comentarios a la conversación, y el tío Victor seguía con la cabeza metida en su celular. En medio de la pelea, Susan se puso a cantar una melodía francesa y fue cuando el silencio reinó. Después de cinco minutos de escucharla cantar nos echamos a reír. Definitivamente lo de ella no era la música. Pero a pesar de todo, mi mente seguía pensando en Julia.
En Julia como una estafadora, en Julia como una... ladrona.
No, no iba a dudar de ella, Marie era la loca.
Definitivamente.
Tendría que preguntarle después.

***
Cliff me había puesto a atender en el autoservicio. Era un día relativamente tranquilo y sin mucha clientela, aunque un tipo intentó coquetearme vilmente a través del comunicador; era esa clase de viejo charlatán que esperaba que, recitando frases básicas, las chicas cayéramos rendidas a sus pies.
Patético.
Todavía no había visto a Julia en toda la mañana, pero cuando un par de manos comenzaron a subir y bajar por mi cintura, supe que ya había llegado.
—Hola nena —dijo plantando un beso en mi nuca.
Sonreí como boba.
¡Me besó en la nuca! ¿Cuándo me iba a acostumbrar a eso?
—No hagas eso aquí, Cliff me va a despedir de nuevo.
Giré brevemente para verla, hoy Julia usaba lentes oscuros. Se me hacía imposible leer en sus ojos su estado de ánimo.
—¿Acaso no me veo sexy? —preguntó en su modo arrogante cuando yo no dejé de verla.
Mmmm, diría que se miraba comestible... pero nunca lo admitiría en voz alta.
—Presumida —golpeé su pecho y me movilicé para arreglar un poco mi espacio de trabajo.
Una de las reglas del restaurante era no usar el celular en horas laborales, pero hice una excepción cuando un mensaje de texto apareció en la pantalla.
Antes de que pudiera abrir el mensaje, Julia se encontraba quitándome el celular y revisando lo que me habían enviado.
—¡Julia! —la regañé—. Dámelo, ¿qué haces?
—¿Te veo hoy a las cinco? ¿Un mensaje de Mason? No me digas que sigues viendo a ese idiota.
—No tenías derecho a leer eso.
—Dime que no estás saliendo con el ordeña vacas y conmigo a la vez.
—Él me llamó e insistió por una cita, no podía simplemente decirle que...
—No. Ves, es fácil. Ni siquiera sé qué le viste en primer lugar.
—Es bastante guapo —dije queriendo ponerla celosa. Adoraba a Julia celosa.
La oí resoplar.
—Si él es guapo... yo soy  la reina de Inglaterra. No, es más, de hecho sería el reina del mundo —me dio una sonrisa de dientes completos. Arrogante como siempre.
—Pienso hablar con él... —¿Y decirle qué? Julia no me había dicho específicamente que ahora quería andar conmigo, en una relación exclusiva, como novios...
—Le dirás que ya estás tomada, y que si se vuelve a aparecer cerca de ti, o de mí, le voy a partir su linda cara de granjero.
—Mason no es granjero; no entiendo por qué lo llamas de esa forma.
—De acuerdo, es un lame vacas.
—¿Por qué lo odias tanto? —pregunté realmente interesada.
—Porque... quiere algo que no le pertenece.
—¿Se supone que ese algo soy yo? Desde ahora te lo digo: odio que me traten como trofeo o como un objeto.
—¡Por favor! Muy en el fondo las chicas aman ser tratadas como objetos que poseer. Ustedes simplemente no pueden resistirse a las chicas y chicos posesivos, y no me digas que no te gusta eso porque sé que lo adoras.
—Uff, me atrapaste —dije bromeando—. Ahora sabes el secreto. Podrías armar tu propio club: "chicas posesivas". Serías la presidente.
—También sé que me adoras por mi físico —dijo Julia.
Le fruncí el ceño.
—Eso no tiene nada que ver con lo que te dije.
—No, pero una de las dos tenía que mencionarlo.
Lo golpeé no tan suavemente en el hombro.
—Ya madura —le reclamé.
—Entonces no te gustaría de esa forma. Admítelo... te gusto por mi físico, y mi dinero.
Ooh, no quería tocar el tema del dinero. Todavía me rondaba por la cabeza lo que me había dicho Marie.
Dirigí mis ojos hacia su lindo rostro. Ojos azules-grisáceos tapados por lentes oscuros, labios ideales y un espeso cabello negro que le caía en la frente. Ella no se parecía en nada al concepto de ladrón que existía en mi mente.
—¿Qué ocurre? —preguntó al notar mi cambio de humor. Se quitó los lentes y alzó una mano para ponerla bajo mi barbilla.
Tenía que parpadear con frecuencia para evitar que mis ojos se pusieran bizcos. Este ya no era más el efecto Bambi; este era el efecto Julia Volkova, puro y sin adulterar (y eso que aún no me había besado).
—No pasa nada. Pero esta noche es mejor que hable con Mason... a menos que quieras el mismo acuerdo que tenías con mi prima. Entonces yo podría... —me silenció poniendo la palma de su mano en mis labios.
—Ni se te ocurra terminar esa oración. Te quiero sólo para mí. Y definitivamente yo iré contigo para ponerle freno de mano a tu granjero. Fin de la discusión.
Quitó su mano lentamente, arrastrándola desde mis labios hasta mi mentón.
Me tomó de la barbilla y cuando menos me di cuenta, me besó de forma arrebatada y descuidada.
Después movió sus labios lentamente sobre los míos, como queriendo saborear el momento. Se alejó demasiado rápido y me vi en la obligación de abrir los ojos.
Julia todavía me sujetaba de la barbilla.
—¿Sabías que después de besarme, tus ojos se quedan bizcos? —me preguntó ella con una sonrisa enorme.
—No es cierto —sí, lo era, pero no quería avergonzarme admitiéndolo.
—¿Así que altero todo tu sistema, nena? —de nuevo regresó al modo arrogante.
Pasó sus manos por mi cintura y me sostuvo por un rato. Comencé a jugar con un hilo suelto de su camiseta.
—No sé de qué hablas.
—Ooh, chica posesiva: uno. Chica de apariencia tímida-pero-que-es-violenta-conmigo: cero.
Se inclinó para besarme de nuevo pero nos dimos cuenta al mismo tiempo de que teníamos público a nuestro alrededor.
Mirna, Dulce y Nastya nos observaban desde el otro extremo de la habitación.
—Yo no sé ustedes, pero ya cumplí con mi cuota de azúcar por un día —murmuró Dulce—. Chicas, continúen comiéndose la boca del otro. Me voy —dijo esto último para nosotros.
Nastya se encogió de hombros y la siguió.
—Pues yo no me voy —dijo Mirna—. Esto se pone interesante y además yo gané la apuesta anterior. Merezco un poco de espectáculo en vivo.
—Ya oíste —me susurró Julia— no quiero defraudar los sueños de una mujer de más de cincuenta años con reflujo gástrico y azúcar en la sangre.
—Pobrecita, sacrificándote por el bien de Mirna. —Elevé mis pies en puntillas, y le di un beso rápido en la comisura de la boca—. Listo, ahora tengo que volver a trabajar.
Me iba a separar de su cuerpo, pero se negó a dejarme ir y me sostuvo para darme un beso real.
Dejé que sus labios se perdieran en los míos por un momento. Entonces, para mi desgracia, se separó demasiado rápido... otra vez.
—Sí, confirmado: pones los ojos bizcos —dijo riendo.
Quería golpearlo pero él tenía razón.
Chica posesiva: dos. Lena: cero.
Le saqué la lengua y regresé a lo que estaba haciendo antes de que llegara.
Ahora más que nunca me sentía convencida que Marie mentía.
Julia podía ser una egocéntrica, presumida, idiota, narcisista y engreída, pero nunca sería una una delincuente.
Me negaba a creerlo.
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Hunter el Jue Mar 10, 2016 12:09 am

Capítulo 11

Noah

Me retorcí los dedos como por onceava vez en el mismo minuto. Julia iba a estar furioso conmigo cuando se diera cuenta que asistí a la cita de Mason sin él (a pesar de que estuvo recalcándome todo el día que ni loca iba a ir yo sola a verlo).
Pero no podía llevar a Julia conmigo, ella era capaz de retorcer el cuerpo de Mason sin ningún problema.
Le conté a Nastya mi plan y ella colaboró para que Julia no se diera cuenta que estaba escapándome por la puerta trasera del restaurante. Pero es que de verdad necesitaba hablar a solas con Mason, y no necesita a la señora jodidamente celosa respirándome en la nuca y llamando con nombres de animales de granja al pobre de Mason.
Él me había citado en un lugar donde preparaban la mejor comida china de la ciudad, se llamaba La Caja Asiática.
Procuré cambiar mi ropa de trabajo por cómodos jeans y una camiseta sin mangas; estiré mi pelo en una cola y, como siempre, mantuve mi maquillaje al mínimo.
Entré al local ubicado en la segunda planta de un edificio comercial, y una ola de aromas a jengibre, salsa de soya, especias y mariscos me golpeó directo en la nariz.
Una chica con genes asiáticos me hizo una reverencia al entrar, y me indicó que pasara.
Busqué con la vista el cabello marrón oscuro de Mason y lo encontré casi al fondo del restaurante. Una botella de agua se posicionaba ya en la mesa, a su lado también estaba una botella de vino con una etiqueta en donde se leía: Dry Red Dragon.
Frente a la botella, dos copas servidas.
—Hola —saludé mientras tomaba asiento frente a él.
Su mirada se iluminó y mi estómago se retorció con culpa.
—Pensé que no vendrías —se levantó de su lugar y me dio un rápido beso en la mejilla—. Espero no te moleste que ordenara por ti.
Negué con la cabeza.
—Veo que tu nariz está mejor —regresó a su asiento.
—Sí, ya casi no duele mucho —confesé—. Mase, yo...
—Wow. Llevas demasiado tiempo sin llamarme así —su sonrisa parecía no caber por completo en su cara—. Me gusta que me digas Mase.
Fruncí el ceño.
—Mason creo que ya no podemos seguir haciendo esto.
—¿Haciendo el qué, princesa?
Princesa. Así me llamaba cuando éramos novios; no era nada agradable recordar esa época en la que creía que era sexy verlo sin camisa y con el estómago cubierto de grasa de automóvil. Solía llevarle agua y limpiar su frente sudorosa con un pañuelo. Entonces él me daría un beso salivoso e intentaría meter su lengua hasta que rascara el punto exacto de mi paladar en donde se provocaban normalmente las arcadas.
—Me halaga que quisieras recuperarme —comencé— pero no voy a engañarte... No creo que exista una segunda oportunidad para nosotros.
No me gustaba decirle esas palabras, pero era mejor detenerlo ahora y no después cuando fuera tarde.
—¿Pero por qué? ¿Acaso hice algo mal? —estaba angustiado, podía escucharlo en su tono de voz— Lena, aprendí cómo besar bien si eso es lo que te preocupa. Puedo probártelo...
Antes de que Mason pudiera seguir hablando más, una chica con un uniforme de camarera se nos acercó mientras cargaba varios platos de comida y los depositaba en la mesa.
Todo lucía bastante bien.
Mason me miraba angustiado, ni siquiera parpadeó con la llegada de la comida.
—No se trata de los besos —dije una vez que la camarera se fue—, es que simplemente no me veo contigo en un futuro inmediato.
—Marie te lo dijo, ¿cierto?
Lo miré confundida. ¿Qué tenía que decirme Marie? ¿Acaso él sabía lo de Julia? ¿Qué Marie pensaba que era una ladrona/estafadora?
—¡Ella prometió guardar el secreto! —chilló—. Lo siento Lena, te lo iba a decir pero...
—Wow, espera ahí. No entiendo de qué hablas.
Mason se quedó en silencio por un momento, entonces abrió su boca para volver a cerrarla haciendo un sonido como de PLOP.
—Cuando me dejaste me sentí devastado —comenzó a explicar— no quería perderte. Fuiste lo mejor que me pasó. Entonces le pedí a tu prima... —se detuvo en media frase.
¿Qué? ¡¿Qué?! ¡¿Le pidió a Marie, qué?!
—Verás, tu prima me ayudó un poco en el área de los besos y... otras cosas...
—Oh no. No, no, no, no. ¿Quieres decir que estuviste acostándote con mi prima para "mejorar tus habilidades" y luego vienes y me pides otra oportunidad?
—Tenía que recuperarte de alguna forma y esa era la única manera. La vi hace meses atrás en la calle, le pedí su número para que me mantuviera informado sobre ti... y simplemente se dieron las cosas. Ella se ofreció a ayudarme.
—Gran alma caritativa, ¿verdad? —mi apetito se había esfumado por completo.
Iba a retirarme y regresar al departamento para confrontar a Marie, pero una sombra de figura alta y musculosa se asomó entre Mason y yo.
Sin siquiera tener que echarle un vistazo ya sabía de quién se trataba.  Julia.

Estaba de pie frente a nosotros, aun con el uniforme del restaurante. Cliff lo había obligado a usar un pantalón suelto a la cadera, y una corbata simple. Sin camisa.
Supongo que se dio cuenta de que a ella también podía sacarle el provecho; ahora la clientela femenina nunca faltaba.
Tuve un poco de la hermosa vista a sus tatuajes durante todo el día. Algunos eran como llamas decorándole los omoplatos; desde ahí, la tinta formaba un árbol cuyas ramas y raíces estaban secas y apenas habían algunas hojas aferrándose al tronco. Era un árbol marchito, solitario.
Julia ni siquiera hizo el intento de intimidarse cuando la gente se le quedaba viendo. Disfrutaba de la atención que estaba recibiendo aquí en el restaurante.
Oh, hombre. Intenté apartar la mirada de sus suaves músculos pero la verdad era que se me hacía agua la boca por pasar mis manos sobre su pecho... Pero, ¿cuáles manos? Si era sincera conmigo misma quería pasar la lengua por su pecho y luego... Quité la vista de su muy buena figura, y mis ojos se dirigieron a los suyos. Julia lucía furiosa. Apostaba a que si fuera posible hasta echaría humo por la nariz.
—Lena —pronunció mi nombre de manera fría y contenida—. Te dije que me esperaras...
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Mason. Su mandíbula se apretó fuertemente mientras le lanzaba miradas de odio a Julia, la veía de forma despectiva de pies a cabeza.
—Vengo por Lena —respondió ella con voz más tranquila de la que me habló; vi cómo tomaba una silla de una de las mesas desocupadas y la ponía a mi lado. Se sentó con el respaldar de frente y le dio una mirada lacónica a Mason.
—Ya me iba, ni se te ocurra hacer un espectáculo —le advertí a Julia, murmurando por lo bajo. Aún estaba furiosa por lo que hizo Marie con Mason.
—¿Y eso por qué? Pienso que deberías quedarte a comer ya que tu exnovio paga. Mira eso, ¡hasta hay vino! Oh, pero nena, no deberías estar tomando esto. Peor en tu condición.
Mis ojos se abrieron y miré sospechosamente a Julia.
—¿De qué condición estás hablando? —se me adelantó a preguntar Mason. Él tenía el cuello rojo y sus puños estaban cerrados sobre la mesa.
—Hablo de que Lena está embarazada. ¿Adivina quién es el padre, o madre en este caso? —se señaló a sí mismo.
Casi me caí de la silla.
¿En serio acababa de decir eso?
—¿Lena, estás embarazada? —gritó Mason haciendo que tres monjas, que comían a tan solo unas mesas de distancia, nos voltearan a ver.
—¡Claro que no! ¡Julia, no es gracioso! —lo regañé. Más motivos para ponerme furiosa.

—Tiene tres semanas de embarazo, y si sabes lo que te conviene, Martín, vas a dejar de buscarla. Es mi chica ahora.
—Mi nombre es Mason, no Martín. Y no... —él negó enérgicamente con la cabeza— no puedo creer esto. ¡Hace rato estabas reprochándome por haber tenido algo con tu prima, y ahora vengo a darme cuenta de que tú tienes algo mucho más grande con su esclava sexual!
—Vaayaa —Julia se rió en voz alta. Las monjas se persignaron, mientras que, varias parejas dejaron de comer para vernos (aunque desde que Julia entró sin camiseta ya se lo estaban comiendo con la vista)—. Esclava sexual. Lo utilizaré en mi material de cosas ingeniosas. Aunque yo me miro más como un sexy pedazo de carne importada.
Julia tomó un par de palillos chinos de la mesa y empezó a escarbar entre la comida. Se llevó un trozo de pollo con vegetales a la boca y saboreó lentamente.
Mi rostro estaba rojo y tuve que hacer un gran esfuerzo para no clavarle uno de los palillos en la mano.
—Dije que yo no estoy...
—¡Increíble! —resopló Mason, ni siquiera escuchaba lo que yo tenía que decir—. Embarazada de esta
—Por supuesto que no —chillé pero Julia me interrumpió:
—Sip —él habló con la boca llena, apostaba a que lo estaba haciendo a propósito para enfurecer aún más a Mason—, ya hasta tenemos nombres pensados. Si es niña, Gertrude, como mi abuela. Si es niño, Julian Jonás III.
—¡Julia! —grité.
—Oh, cierto, cierto. Ella quiere que nombremos a la niña Margarita, y si es niño Noah. ¿Tú qué opinas Martín? ¿Te gusta más Noah o Julian Jonás III?
—Yo opino que mejor me voy. —Mason se levantó de su silla, botando una servilleta mientras se iba.
—Mase... —no quería que se fuera pensando en la estupidez que Julia le había dicho.
¿Embarazada? ¡Yo todavía era virgen!
Mason se detuvo cuando lo llamé, y dando media vuelta me miró de una forma tan decepcionante.
—Entonces solo aceptaste verme para despedirte de mí —dijo con tristeza—. Supongo que esto no funcionó al final de cuentas. No puedo creer que estuvieras jugando conmigo todo este tiempo.
Se fue dando grandes zancadas, se alejó hacia la salida del restaurante.
Quería gritarle que él también estuvo jugando, a saber hace cuánto tiempo, con Marie a las manitas sudadas, pero me abstuve de gritarle algo mientras se iba.
—¿Me puedes explicar por qué rayos le dijiste que yo estaba embarazada? —le recriminé a Julia.
—Fácil: así no vuelve ni a pensar en tu nombre. Créeme, no hay nada que tema más un chico que enterarse de un embarazo.
Lo fulminé con la mirada. Era una imbécil.
Siempre haciendo idioteces como esta.

Me levanté de mi asiento y salí echa un rayo fuera del restaurante.
Caminé a toda prisa para tomar un taxi, pero justo cuando uno se detuvo, Julia llegó a mi lado, tomó mi brazo y me hizo girar para que la viera a la cara.
—Lena, tenía que hacerlo. Además mencionó algo de haberse metido con Marie. Él no vale la pena.
—¿Y tú sí? —grité enojada. Si Mason llegaba a decirle a alguien que creía que yo estaba embarazada... Bueno, digamos que las cosas no se iban a poner bonitas—. Tú también estabas metido hasta por los codos de Marie.
—Marie solo fue un cuerpo caliente con el que pasar la noche para no sentirme sola. Lena, sé que yo no lo valgo. Pero trabajaré con fuerza para merecerte.
—Estaba a punto de decirle que no quería nada con él. Pero luego vienes tú y le dices, de todas las cosas que pudiste haberle dicho, que estaba embarazada. ¿No podías simplemente dejarme a mí hacer esto?
—Entiéndeme tú a mí, si ese lame vacas hubiera seguido un minuto más cerca de ti, no habría poder en el mundo que pudiera detenerme de golpearle el rostro.
Suspiré agotada.
—Me tengo que ir. Dejaste a Marie echa un dique abierto y a mí me toca reparar los daños.
Hice el intento de subirme al taxi, pero Julia lo despachó con un movimiento de mano.
—Oye...
—Yo te llevaré.
Mis ojos pasaron como por millonésima vez sobre su torso desnudo.
—¿Por qué tienes que andar sin camiseta todo el tiempo? —reproché.
—Lo hago para saber que no he perdido el toque —me guiñó un ojo.
Y solo eso bastó para perdonar su enorme y entrometida boca. Quería besarlo, pero dar el primer paso era como cederle una victoria.
Increíble. Lo perdonaba demasiado rápido.
—No te preocupes, tengo una camiseta de repuesto —dijo.
Caminó tomándome de la mano, se dirigió hacia el estacionamiento del restaurante chino y se detuvo frente a una monstruosa motocicleta color negro cromado.
—¿En esto piensas irme a dejar? —chillé.
—¿No te gusta? Se llama Dolly —Me pasó un casco y, antes de colocarse el suyo, deslizó una camiseta blanca por sus brazos, tapando su cuerpo. Sacudí mi cabeza para evitar que el efecto Julia Volkova se apoderara de mis ojos y los pusiera bizcos.
—Las motocicletas no son seguras —dije medio embobada—. Mejor tomaré un taxi.
—Ni en tus sueños. Ven, hasta te permitiré apoyarte en mi sólida espalda —tocó mi nariz con su dedo índice.
—Eres peligrosa para mí —dije medio en broma.
—No tienes ni idea —respondió él de repente serio.
Esto era. Tenía que preguntarle acerca de si lo que dijo Marie era cierto o no.

Abrí mi boca para decirle, pero sorprendentemente su boca ya se encontraba allí. Sus manos sujetaron mis caderas y me pegó a su cuerpo; jadeé por el beso salvaje y desenfrenado.
Su lengua encontró su camino hábilmente hacia la mía, sentí mis piernas débiles y temblorosas mientras ella se divertía haciendo lentos círculos en la piel expuesta sobre el borde de mi pantalón.
Nos separamos para tomar aire, su respiración igual de irregular que la mía.
—No te había saludado como debía —dijo encogiéndose de hombros.
Me mordí el labio.
Solo Julia Volkova podía hacerme enojar un segundo atrás, y reivindicarse al siguiente.
Lo golpeé en el hombro, así como tenía por rutina.
—Eso fue por decirle a Mason que estaba embarazada.
Ella soltó una carcajada, echando su cabeza hacia atrás.
—Tal vez deberíamos ponernos a trabajar para que no sospeche después de nueve meses —empezó a sobar mi estómago.
Lo golpeé de nuevo en el hombro.
—Tonta. Ni creas que te vas a salir tan fácil de esto.
Se rió en voz alta.
—Vámonos nena. Quiero que conozcas un lugar y no podemos llegar tarde.
—Pensé que me llevarías a casa.
—No esta noche. Pienso secuestrarte sólo para mí —me dio un beso fugaz y me tomó en sus brazos para posicionarme sobre la motocicleta. Me ayudó a ponerme el casco y se subió delante de mí, poniéndose el suyo también.
—Sujétate fuerte —dijo y pronto comenzamos a movernos hacia la carretera.
Curiosamente en lo único que podía pensar era en lo extraño que había sido ver monjas en un restaurante chino.
Pero es que si me ponía a pensar en Julia como un chica peligrosa... No. Mejor no pensar en eso, porque una relación con un chico malo, es este caso chica mala, nunca terminaba de una buena manera.
***
Odiaba las motocicletas. Esa sensación de mis pies a tan solo centímetros del suelo era espantosa.
Terminé agarrándome a Julia como si yo fuera un parásito chupa sangre aferrando sus garras a su objetivo. Mis muslos se apretaron contra los de ella y mis manos le rodeaban el estómago y lo presionaba con fuerza.
No abrí los ojos sino hasta que ella  me dijo que los abriera.
Curioso. Estábamos en la playa.
Había tantas por esta zona que no sabría cuál de ellas era, pero la vista era espectacular.

El cielo ya se encontraba oscuro y una tenue iluminación venía desde lejos.
—Quiero presentarte a algunos amigos —dijo Julia estirándose fuera de la motocicleta y ayudándome a salir también.
Yo todavía seguía mareada por el viaje.
—Creo que a Dolly no le gustan los pasajeros —dije refiriéndome a su motocicleta—. Pensé que comería el asfalto de la carretera en cualquier segundo.
Julia pasó uno de sus brazos sobre mis hombros y me atrajo para besar mi frente.
—Estabas colgándote de mí como si fueras un mono. Dudo que hubieras salido volando por el aire.
Le di un codazo leve.
—Tonta.
Empezamos a caminar por la arena. En un impulso me saqué los zapatos y dejé que mis pies descalzos tocaran la superficie.
Mientras más avanzábamos, más claramente podía ver una fogata rodeada de unas cuantas personas en el centro de la playa. Julia me tomó de la mano en todo el corto recorrido hacia la fogata.
—¡Hey, mira quién es! —Un chico de cabello desalineado se alejó del resto y caminó en nuestra dirección—. Pero si es una hermosa chica al lado de un perdedora.
Su tono era bromista y amistoso.
Le sonreí inmediatamente.
—Key —saludó Julia. Se dieron la típica palmada en la espalda.
Key se giró hacia mí y me deslumbró con una de sus sonrisas. Era guapo. Piel bronceada, dientes rectos, cabello color arena y un cuerpo de complexión mediana.
—Hola hermosa. ¿Con qué te sobornó Julia para que vinieras con ella? —me dijo siempre bromeando.
—Con una danza del vientre —dije siguiéndole la corriente.
Él echó la cabeza hacia atrás para reír.
—Me gusta tu chica —le dijo finalmente a Julia—. Si despegas tus ojos de ella, en menos de una hora la convenceré de que deje tu trasero peludo. La robaré para mí; además ya sabes lo que dicen: ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.
Se rieron pero esta vez no los acompañé.
¡Él dijo la palabra con L!
No me sentía con ánimos de bromear sobre eso. ¿Será que sus amigos también compartían las mismas aficiones?
—Vamos —me jaló Julia hacia el círculo de chicos rodeando la fogata—, te presentaré al resto.
Después de quince minutos de presentaciones me creí lo suficientemente capaz de recordar algunos nombres y ponerles caras.
Estaban: Doug (el chico de los pantaloncillos blancos y de cuerpo robusto), Melvin (el de piel oscura y cabeza rapada a lo Vin Diesel), Elena (la de complexión de tigresa y ropa sacada directo de una pasarela). Antonia, Joseph, Grace y Key.
Julia se movilizó rápidamente a traerme una bebida mientras sus amigos hacían un excelente trabajo distrayéndome y contándome cosas vergonzosas de ella.

—Eres más civilizada que la pelirroja que trajo hace meses —dijo de repente Elena. Podía sentir la tensión en el resto del grupo cuando ella mencionó eso.
—Entonces puntos extra para mí —murmuré.
Obviamente la pelirroja era Marie. Saber eso me bajó los pocos ánimos que tenía.
—Elena, estás siendo imprudente —la regañó Key—. Lena, no le hagas caso a lo que diga Elena; ella solo está en estado permanente de furia. Sigue enojada porque la banda no admite chicas y cree que la necesitamos.
—¿Banda? No sabía que estaban... —y fue allí cuando recordé a Ósmosis. Ellos eran los músicos de la banda. Aunque faltaba el atractivo vocalista rubio.
—Creo haberte visto con Julia en una de nuestras presentaciones.
—Cierto. Ustedes son Ósmosis —dije triunfalmente—, tocan increíble.
—¡Fuimos reconocidos! —gritó Key— finalmente estamos a un paso de la fama.
Me reí en alto mientras la figura de Julia se hacía más visible y cercana.
Cargaba una lata de refresco para mí, y una botella de cerveza para él.
—Toma, nena —dijo pasándome la lata—. Recuerda que aún no estás en condición para beber cerveza, así que te traje soda de uva.
Lo golpeé en el hombro.
—¡Auch! Me vas a dejar tatuada tu mano permanentemente.
—No seas tonta. Deja de bromear con lo del embarazo —le dije en voz bajita.
—No puedo creerlo —gritó Key— ¡Julia Tadeus Volkova va a ser mamá!
Mi refresco se cayó al suelo inmediatamente.
Mi rostro se puso rojo cuando todos los presentes se pusieron a ver mi vientre en busca de alguna señal de embarazo.
No pensé que él estaría escuchando eso.
—¡Key! —gritó Julia—. Era un noticia que no queríamos dar todavía.
Iba a matarla. Julia iba a pagármelas.
—¡Julia! —chillé. Me sentía completamente avergonzada.
—¡¿La dejaste embarazada?! —esta vez era Elena gritando.
—A ver, cálmense todos —el chico de pantaloncillos blancos habló pero nadie estaba escuchando porque todos estaban gritando debido a la noticia. Incluyéndome.
—¡Claro que ella no me dejó embarazada! —dije furiosa—. Solo está siendo una idiota y se lo inventó todo porque se sentía celoso de mi ex novio.
Pero nadie escuchó.
Algunos felicitaron a Julia y otros, como Elena, le dieron miradas asesinas.
—Va a ser niño... y como que me está gustando el nombre Noah para nombrarlo —dijo Julia pasando un brazo sobre mi hombro. Sonreía como lobo malicioso.
Me sentí indignada.
Traté entonces de seguirle la corriente a ella y darle un poco de su propia medicina.
—Lamento decirte, cariño —empecé a hablar fuerte— pero tú no eres el padre/madre de mi bebé.
Repentinamente las voces a nuestro alrededor se apagaron.

—Oh, mi pobre e ingenua Lena ¿Crees que no recordaría el día y la hora de la concepción de nuestro pequeño Noah? —repentinamente se puso de pie conmigo, e hizo algo impensable. Típico de Julia.
Levantó mi blusa hasta dejar descubierto mi vientre, y besó mi estómago frente a todos en la fogata.
Yo estaba teniendo problemas para respirar de forma coherente.
—Awww —chilló una de las chicas de pelo negro, creo que ella era Grace o Antonia. No estaba segura.
—Julia... —tartamudeé.
—¿Desde cuándo te volviste tan niñita? —dijo Key.
—Cierra la boca, amigo —le respondió Julia.
Lentamente se incorporó y me tomó de la cintura.
Antes de llegar a protestar, se adelantó con un profundo beso.
—Oh, oh. Esto ya no es apto para todo público —se quejó alguien.
Julia se separó solo un poco cuando dijo:
—¡Dejen de ver, vayan a perderse!
Escuché a varios arrastrando pies y moviendo cosas. Algunas pláticas empezaron a escucharse ya más lejanas y cuando alcé la vista todos estaban en sus propios asuntos.
Julia continuaba tomándome de la cintura y viéndome directo a los ojos.
—Lo siento —dijo en voz ronca y sexy— Key estaba codiciándote demasiado y tuve que decirle lo del embarazo para que se le metiera en la cabeza que no tenía por qué coquetear con mi chica.
—No puedes seguir haciendo eso. Es infantil y estúpido.
—Lena, jamás dejaré de ser infantil y estúpida; viene con el paquete. Eso y una hermosa cara con labios besables.
—Siempre tan modesta...
—Esa es otra de mis cualidades —me dio un corto beso en los labios.
—Por favor ya deja de decirle al mundo entero que estoy embarazada antes de que yo misma me lo crea —lo amenacé.
—Seee, no te preocupes nena. Creo que lo dejaste en claro después del décimo golpe que me diste en el hombro; ya hasta me lo dislocaste —probó a mover su hombro izquierdo (que era el que siempre golpeaba) e hizo una mueca como si de verdad le doliera.
—Desde ahora te advierto —dije de repente— si yo comienzo a decirle a la gente que tienes hemorroides, ladillas, herpes o alguna otra clase de incómoda y fea enfermedad de transmisión sexual, lo mínimo que espero de tu parte es que asientas con la cabeza y digas que yo siempre tengo la razón.
—Está bien. Dejaré que te vengues por todo lo del embarazo —estuvo de acuerdo.
Sonreí.
Era increíble con qué facilidad me hacía perdonarlo nuevamente.
Esta vez fui yo quien lo besó. Me puse en puntillas y dejé que sus manos bajaran a mis caderas.

Su lengua rápidamente hacía trabajo de exploración en mi boca. Aferré mis dedos en su cuello y me presioné más cerca de él hasta que lo escuché jadear.
—Lamento explotar su burbuja de felicidad y todo eso —dijo Elena entrometiéndose entre nosotros— pero ya es hora de repartir nuestras ganancias por el trabajo de la otra noche.
¿Cuál trabajo?
Nos separamos bruscamente.
Miré confundida hacia Julia pero ella evitaba mi mirada; su mandíbula estaba siendo brutalmente apretada.
—Ahora no es un buen momento, Elena —le dijo.
Ella colocó sus manos en sus caderas y le dio una mirada rompe hielo.
—¿Y cuándo va a ser el momento perfecto? ¿Que acaso te molesta que ella sepa cuánto dinero ganas? ¿O es que no le has dicho en lo que andas metida? —Elena sonaba despectiva al mencionarme. Cuando Julia no le respondió inmediatamente, ella aprovechó a darme una sonrisa maliciosa—. Apuesto a que ni siquiera sabe sobre Nicole.
Julia se tensó.
—Pensaba decírselo más tarde —dijo finalmente. Su voz sonaba estrangulada.
Lo miré horrorizada y más confundida de lo que nunca estuve en mi vida.
¿Quién era Nicole?
No pude evitarlo pero todo tipo de suposiciones se precipitaron en mi cabeza.
¿Será que Julia tenía otra novia? ¿Marie no era la única?
No. Ella no podía hacerme esto a mí.
¿Era esto alguna clase de broma?
—¿Quién es Nicole? —pregunté una vez que pude encontrar el valor de hablar.
Elena rió en voz alta, llamando la atención de todos en el lugar.
—¿Sales con Julia y ni siquiera sabes quién es Nicole? —volvió a reír histéricamente—. Oow, lamento ser yo quien te lo diga pero Nicole es una de las tantas novias que tiene.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—Basta ya Elena —se acercó Key y la tomó del brazo.
—¡Suéltame, Key! Ella está tan engañada creyendo que Julia es alguien de una sola mujer; chicas como ellas fueron diseñados para traer la peste sobre la tierra... no para ser amarradas con estúpidos embarazos...
Julia me tomó del brazo y me jaló lejos de Elena y lejos de la fogata antes de siquiera llegar a escuchar el resto de lo que ella tenía que decir.
La escuchando gritando a lo lejos algo acerca de que quería todo el dinero que le correspondía por haber hecho su parte.
Las lágrimas de ira se acumulaban en mis ojos. Entonces ella era un ladrona y un mujeriega.
Simplemente grandioso.
Julia me jalaba sin importarle si yo protestaba o no. Intenté frenar mis pies pero él seguía caminando por delante de mí y llevándome por la fuerza.

En un momento perdí el equilibrio y tropecé contra una roca de tamaño mediano. Mi rodilla cayó al suelo con un golpe doloroso, sentía la sangre empezando a coagularse formando un horrible moretón.
—¡Julia! —grité cuando noté que ella no se iba a detener y continuaba agarrándome del brazo aunque prácticamente me estaba arrastrando por la arena.
Ella se giró para verme y se detuvo rápidamente al mirarme en el suelo.
Se agachó junto a mí para tomarme de los hombros y hacerme alzar la cabeza.
—Lo siento muchísimo —dijo acurrucándome en su pecho—. Soy un estúpida y no me di cuenta.
No quería sollozar. Tuve que tragarme las lágrimas que estaban desesperadas por salir.
—¿De qué te lamentas? —dije— ¿De no notar que me caí al suelo mientras continuabas arrastrándome, o de no decirme el pequeñísimo detalle de que ya tienes novia?
Ella juró por lo bajo y se pasó ambas manos por su cabello.
—Lena... —me tomó de la cara y me obligó a mirarlo mientras iba a decirme una cruda verdad—, yo no tengo otras novias. A nadie. Elena no sabe lo que dice...
—No me mientas.
—Mira, puedo ser la idiota y estúpida más grande del mundo pero hay algo que yo jamás sería, y eso es ser una casanova.
—¿Que no eres una casanova? ¡Dejaste que Marie se acostara con cualquier tipo que le diera un hola! ¿Por qué no pensaría que lo hiciste solo porque tú también te acostabas con otras también?
Me puse de pie temblorosamente e hice el intento de caminar sin que se me notara lo mucho que me dolía doblar la rodilla.
Logré dar dos pasos antes que Julia me detuviera y pegara su pecho contra mi espalda, y envolviera sus brazos alrededor de mi cintura.
—Ya te dije que no me importaba porque no la veía más que como un cuerpo con el que pasar la noche. Tal vez al principio la amé... pero cuando supe que estaba viendo a Eder me desengañé y la dejé de ver de la misma forma. Lena, créeme cuando te digo que yo no estoy con nadie más. No soy una casanova. ¿O es que viste que estuve coqueteándole a alguien más cuando anduve con tu prima?
Tal vez era cierto lo que decía.
—Entonces ¿quién es Nicole?
—Definitivamente no mi novia.
—¿Me vas a decir quién es?
Sus brazos se tensaron alrededor de mi cintura y suspiró en mi nuca.
—Yo... —se detuvo de hablar. Noté que estaba haciendo tiempo para retrasar la respuesta.
Grandioso.
Me solté de sus brazos en un santiamén.
—Marie me dijo que eras una delincuente y estafadora —solté repentinamente—. ¿Me puedes explicar eso también?

Ella me miró como si lo hubiera herido. Comencé a sentirme mal, pero tragué duro y me obligué a no compadecerme.
La luz de la luna iluminaba la mitad del rostro de Julia, era como ver una estoica y perfecta estatua venirse abajo.
El problema era que yo también me estaba viniendo abajo junto con ella.
Probablemente seré tu ruina, había dicho, lo peor que te haya pasado; soy como un virus ébola multiplicado por cien.
Justo ahora empezaba a creer esas palabras.
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Aleinads el Jue Mar 10, 2016 7:54 pm

OMG!! Como pasa tanto?? Todo?? que pasa??? Como puede ser Yulia una ladrona? y quien es la tal Nicole?? Tantas dudas :s
PD: Vuelve prontooo!
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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Hunter el Miér Mar 16, 2016 2:05 pm

Capítulo 12

Quince Minutos

—¿Marie te dijo que yo era una estafadora?
Asentí sin decir nada más.
Los dedos de mis pies picaban gracias a la arena en el suelo.
El sonido de las olas rompiendo en la orilla se escuchaba como un singular fondo musical.
—¿Y tú le crees? ¿Me crees capaz de robar algo?
Quería sacudir la cabeza y decir que no, pero ya no estaba segura de nada.
—No lo sé —respondí— ¿Lo eres? ¿Eres una delincuente?
Entonces hizo algo que, en una situación como esta, pensé que no haría: comenzó a reírse.
—¿Se supone que soy de esos tipos con pasamontañas que asaltan licorerías por la noche? —poniéndolo de esa manera sonaba tonto.
Aparté mi rostro avergonzado.
—Ella dijo que estafabas a la gente. Te acusó de robarle dinero.
Julia elevó una de sus bien formadas cejas.
—¿Te dijo que le robé la billetera? Admito que asalté su cocina por un buen tiempo... y sí, me llevé algunas monedas enterradas en el hueco del sofá. Pero...
—¡Me dijo que le robaste la chequera y sacaste todo el dinero que tenía su padre en el banco! —dije seriamente.
Por si no fuera poco, se rió más fuerte.
—¡Idiota! —grité. Me agaché, un poco dolorida por mi golpe en la rodilla, y tomé un puñado de arena y comencé a lanzársela.
Él se movió con agilidad y evitó la mayoría de mis ataques.
—¡Se supone que no debes reírte! —le lancé más arena pero se escabulló con facilidad.
—¡Lena, tranquilízate!
Eso me enfureció más. ¿Por qué siempre me pedía tranquilizarme justo en el momento cuando estaba más desquiciada?
—¿Eres o no una delincuente? Solo responde a eso.
Julia corrió a mi alrededor y llegó detrás de mí; me aprisionó en un abrazo apretado y no se relajó hasta que yo dejé de luchar e intentar salirme de su agarre.

Mis manos llenas de arena cayeron a los costados y la arena se deslizó de mis dedos lentamente. Sinceramente quería llorar.
La idiota aprovechó ese momento en el que me tenía encerrada entre sus brazos, y besó mi cuello, mordisqueó el lóbulo de mi oreja y me habló al oído.
—Solo para que estés tranquila... —sus labios siguieron su camino por mi mentón y de nuevo a mi cuello— lo único que he robado en mi vida fue una caja de cigarrillos... —su boca descendió por mi hombro y con sus dientes fue deslizando el delgado tirante de mi camiseta sin mangas—... Y eso fue porque tenía trece años y mis padres no iban a aceptar verme fumando.
Sus besos estaban matándome. Primero sus labios hacían contacto con mi piel, luego venía su lengua y por último mordisqueaba levemente con los dientes.
Bien podía estarme diciendo que era una narcotraficante o que estaba metida en la mafia, y no podría importarme menos.
Deslizó por completo el tirante, hasta que lo sentí en mi brazo, y sus besos continuaron por todo mi hombro.
Estaba tan jodida. Jodida porque no me importaba quién era Julia... yo solo quería sus besos.
Cerré los ojos y dejé caer mi cabeza hacia atrás, a su pecho.
Me relajé en sus brazos, y ella lentamente fue suavizando su agarre; su nariz hizo un recorrido detrás de mi oreja y lo escuché aspirar cerca de mi pelo.
—No soy una ladrona, Lena. Ni una estafadora —dijo con voz ronca. Sus labios inmediatamente continuaron su atención en mi cuello; descendió hasta que su boca estuvo besando mi clavícula.
Jadeé involuntariamente y puse mi cabeza de lado para que él tuviera mejor acceso.
Mis labios encontraron la piel de su cuello también y no pude resistirme así que la besé. Justo como ella  lo estaba haciendo: labios primero, luego lengua, después dientes raspando un poco la suave superficie de la piel.
La escuché gruñir y sus manos fueron inmediatamente hacia mi cintura. Me giró bruscamente para que ambas estuviéramos cara a cara y su boca encontró la mía.
Era un beso cargado de tensión, de electricidad. Su lengua jugaba con la mía, la sometía.
Mis piernas eran dos grandes fideos inútiles que apenas y podían mantenerme de pie, ya no podía sentir otra parte de mi cuerpo que no fueran los labios de Julia en los míos.
Me estaba incendiando de pies a cabeza.
Hasta que eventualmente se separó de mi boca para tomar aire y, no queriendo romper el contacto, continuó besando mi cuello con fervor.
Pero como ella era Julia Volkova, también tendría que echarlo todo a perder en algún momento.
—Quiero que conozcas a Nicole, ella me conoce bien. Te confirmará que de hecho no soy una ladrona.
Ante la mención de ese nombre recordé el por qué estaba enojada con ella.
Me separé inmediatamente y puse distancia entre los dos.

—¿Qué...? —Julia lucía aturdida. Si no fuera porque el momento era serio, ya lo habría molestado diciéndole que ahora Lena tenía el efecto Lena Katina: ojos desorientados, labios rojos, y se mantenía respondiendo en monosílabas.
Era bueno saber que no solo yo era la afectada.
—No me has dicho quién es ésta Nicole.
Me crucé de brazos y acomodé de nuevo el tirante caído.
El frío no tardó en colarse en mi piel.
Julia resopló y se pasó ambas manos por el cabello.
—Nunca le he dicho a nadie sobre Nicole...
—¿Quién es? ¿Tu novia?
—No...
—¿Tu esposa?
—Lena... Yo no estoy casado —levantó su mano izquierda para que comprobara que ahí no había ningún anillo de bodas.
Resoplé.
—¿Si sabías que es fácil quitarse un anillo, verdad?
—Nicole no es mi esposa... Ni mi hija, ni mi esclava sexual para el caso.
Abrí la boca para preguntar más, pero Julia se me adelantó a hablar:
—Te dije que quería que la conocieras. Vamos —extendió su mano para que yo la tomara.
—¡¿Quieres que la conozca ahora?! —chillé.
—Sí, pero antes tenemos que ir a hablar con Marie. Ella tiene que aclararme toda la mentira del robo.
—¿Entonces...? ¿No eres una maleante?
Él ladeo la cabeza.
—¿Querías que lo fuera? —preguntó divertido.
Aparté la mirada. Avergonzada al cien por ciento.
—Hubiera sido genial ser la novia de la chica peligrosa que roba en la tienda de revistas —dije bromeando— o la chica roba naranjas del mercado.
Su sonrisa se extendió por su cara.
—Yo sé que sí. Serías la mujer de la roba gallinas número 1 de la ciudad, nena —me guiñó un ojo.
No pude evitarlo y comencé a reír fuertemente.
—También tengo cierta afición por los gatos. ¿Qué te parece si tú y yo nos mudamos a una granja? Podríamos darle trabajo a tu ordeña vacas. Yo pongo las gallinas y los gatos, y tú te encargas de alimentarme.
—Se necesitan más que gallinas y gatos para formar una granja—le dije.
Julia dio pequeños pasos hacia mí y me tomó de la cintura.
—¿Qué más quieres? ¿Caballos, gansos? Por ti robaría toda una tienda de mascotas... y de licores.
Me reí por lo bajo.
—¿Qué tal una tienda de calzoncillos?
—¿Por qué? Yo no suelo usarlos. Estoy de acuerdo en lo de continuar viviendo tal y como venimos al mundo.
—Estoy segura de que sí —me burlé.
Con eso él me estrechó y besó mi frente, luego bajó y besó primero una mejilla y luego la otra. Terminó en mis labios y me dejé llevar por sus dulces atenciones.
Y antes de que las cosas se pusieran emocionantes, alguien cercano se aclaró la garganta.
Julia y yo nos separamos solo para ver a la morena de ojos verdes dándonos miradas censuradas.

—Elena —habló Julia— ¿qué quieres?
—Quiero mi dinero, Volkova. Lo que gané la otra noche. La cantidad exacta.
Desde ya podía decir que me caía mal “ESA” Elena, con toda esa actitud repugnante y su matadora figura de modelo, con su ropa de alta costura.
¡Puaj!
¿Por qué me habrá dicho todas esas cosas?
Julia sustrajo un fajo de billetes del bolsillo de su pantalón y se lo depositó no muy amablemente en la mano.
—Toma. Ahí está lo que le toca a Key también. Ahora lárgate.
Elena me miró de mala manera mientras nos daba la espalda y su larguísimo cabello marrón liso giraba en el aire.
De repente se detuvo y se giró hacia mí.
—Dejaste estos allá —tiró al suelo los zapatos que me había quitado al venir aquí.
Luego miró a Julia, y de nuevo volteó a verme a mí.
—¿Ya te contó de la vez que se acostó conmigo? Fueron los peores quince minutos de mi vida —se echó a reír con ganas.
Julia me tomó de la muñeca tan fuerte que creí que me iba a fracturar algún hueso.
—Lárgate de una vez —respondió furiosa.
Elena se marchó contoneando sus caderas y riendo como hiena con problema de gases.
Esa desgraciada.
—Lo siento por ella —me dijo Julia. Su mano soltó finalmente mi muñeca y pude sentir que la sangre de nuevo circulaba hacia mis dedos.
—¿De verdad te acostaste con Elena? —pregunté.
—¿En serio quieres saberlo?
—Mejor no —respondí débilmente.

Tomé mis zapatos del suelo e intenté ponérmelos, pero fue inútil. Mi rodilla golpeada dolía tanto que me era imposible agacharme ni siquiera por un leve centímetro.
Julia notó la molesta mueca que hice y rápidamente bajó la vista hacia mi rodilla.
No esperó más tiempo y se puso en cuclillas tomando una de mis piernas y arrebatándome las zapatillas de mi mano.
—Apóyate en mi espalda —dijo mientras comenzó a colocar el primer zapato en mi pie derecho.
Empecé a desequilibrarme así que me sostuve en uno de sus hombros.

Tuvo especial cuidado con mi rodilla mala y pronto terminó de atar las cintas alrededor de mis tobillos.
Se puso de pie y me observó con ojos penetrantes.
—Definitivamente no te merezco —dijo viendo con hambre mis labios.
No sabía qué decir a eso.
Nunca esperé que me dijera algo parecido.
—Te llevaré a casa —habló en voz baja. Entonces me alzó en sus brazos y yo chillé por su repentino acto.
Mis manos se entrelazaron detrás de su cuello.
—Mi príncipe —hice un teatral suspiro.
—Sí, tu príncipe tatuado —dijo mientras caminaba en la dirección en la que había dejado estacionada su motocicleta.
Le di un beso rápido en la boca.
—Con un solo beso no vas a convertir a este sapo en príncipe encantador —meditó—. Para eso tiene que ser el beso más largo y distractor del mundo. Yo que tú me apresuraría.
Sonreí y mis labios empezaron a atacarlo con besos.
Por un momento llegué a olvidar todas las dudas que tenía acerca de él.
Las dejaría para después. Ahora lo único que quería hacer era besarla por todo el camino.

***
Muchas veces me he preguntado si me apresuré en aceptar a Julia así de rápido como lo hice.
Llevamos de andar menos de una semana, y eso era suficiente para darme cuenta de que no lo conocía en lo absoluto.
Estaba exhausta.
Creí saber quién era Julia Volkova durante cinco meses... pero nunca me puse a pensar que en todo ese tiempo él estuvo con Marie y no conmigo, así que ella era quien lo conocía mejor, no yo. Su nombre era el que estaba tatuado en su piel, no el mío.
Pero todo el asunto con Elena, Nicole, de si era o no una delincuente, y el hecho que rompiera tan repentinamente con Marie, fueron la gota que derramó el vaso.
Julia me convertía en una idiota incapaz de pensar coherentemente. Lo acepté demasiado rápido y estás eran las consecuencias.
—No sabía que conocías a los chicos de Ósmosis —le dije para romper con el silencio incómodo mientras él me cargaba aún en sus brazos y caminaba en dirección al lobby del edificio de apartamentos. En todo el viaje en motocicleta mi rodilla había protestado y dolido como una condenada; Julia había insistido en cargarme ya que yo no podía ni mantenerme de pie.
—Tengo un par de trucos bajo la manga —respondió él a mi pregunta.

Entramos en el pequeño elevador y presionó el botón para llevarnos al quinto piso.
Yo todavía tenía a Elena atorada en mi garganta. Ya no sabía qué pensar de Julia.
¿Ya te contó de la vez que se acostó conmigo? Fueron los peores quince minutos de mi vida.
Su odiosa voz seguía reproduciéndose en mi cabeza como si fuera una pegajosa canción de mala calidad.
Quería darle pausa y continuar con Julia así como habíamos venido continuando, pero ya no podía negar el hecho de que ella me estaba escondiendo más cosas de las que aparentaba.
—Estás callada —dijo. Las puertas del elevador se abrieron en ese momento y me sacó llevándome todavía en brazos.
—Creo que puedo caminar desde aquí —respondí simplemente.
—Yo no lo creo, nena.
—Julia... Marie va a saber que estamos juntas.
—¿Y? Yo jamás dije que no quería que lo supiera.
Suspiré.
Intenté bajarme de sus brazos pero ella me sostuvo con fuerza.
—Julia, bájame —le pedí.
—No, hasta que me digas qué está mal.
¿Qué está mal? ¿Qué está mal? Pues TODO estaba mal.
Pero en su lugar dije:
—Solo estoy cansada. Es demasiado drama para una sola noche.
—Quiero explicarte todo, Lena... por favor tenme un poco de paciencia. Hay varias cosas que no sabes de mí…
—Pues ya somos dos —interrumpió una voz chillona. Marie apareció frente a nosotros.
Ay no.
Ay no.
Justo cuando quería tener una noche lejos del drama, la reina de ese género se las ingenió para encontrarme... y en los brazos de Julia.
Ella me depositó suavemente en el suelo, me apoyé en mi rodilla buena mientras miraba temerosa a Marie.
La mirada que ella me dio hizo que mi piel escociera como si me hubiera lanzado ácido en el rostro.
—Siempre supe que eras una perra, Lena. Una perra que come de las migajas que se me caen al suelo —dijo ella. Mi mandíbula cayó abierta y la sangre se revolvió entre mis venas—. ¿Desde hace cuánto están las dos viéndome la cara?
—Eso no es de tu incumbencia, Marie —dijo Julia. Sus palabras goteaban rabia.
—Desde el día en que decidiste abrirle tus piernas a todo el que te diera la hora —respondí igual de enojada.
Hoy tenía ganas de desafiar a Marie.

Mis palabras la pusieron furiosa.
—Hablando de abrir piernas... ¿Cuántas veces tuviste que hacerlo para que Julia finalmente te mirara? Porque no creo que con esa apariencia tan común pudieras cautivar a alguien que no fuera Mason.
—Ni una sola vez —dijo Julia. Su mirada competía con la de Marie—. El que tú apliques esas técnicas no significa que el resto del mundo las use.
—Pues, cariño, no escuché que tú te quejaras de eso cuando te tenía en mi cama.
Sonrió con malicia, viéndome directo a los ojos.
Ella sabía que escuchar eso me haría doler hasta los huesos.
—No puedo creerlo. ¿Cuánto llevamos de habernos separado? —le preguntó ella casualmente a Julia—. ¿Un día? ¿Dos? ¿Tres? Qué barbaridad Lena, ni siquiera esperaste a que me bajara de su cuerpo cuando ya estabas montándolo a horcajadas como la sucia zorra que eres.
Cuando esas palabras terminaron de salir de su boca, mi mano instintivamente se lanzó contra su mejilla, haciendo un terrible sonido que hizo eco por todo el pasillo.
Retiré mi mano rápidamente. Avergonzada de haberla golpeado y de haberme rebajado a su nivel.
—La pequeña perra se rebela —dijo ella sonriendo.
¿Qué estaba mal con Marie?
—¿Qué te ocurre? —pregunté dolida.
Marie sólo elevó sus cejas y se cruzó de brazos.
—Ocurre que sé que Julia, mi novia, estuvo coqueteando todo el tiempo contigo. ¿Cuándo ibas a decirme que la besaste? ¿Acaso crees que soy idiota y que no las vi besándose en el baño aquel día en el bar? Te le estabas arrastrando y haciendo ese acto de "Oh, soy la chica buena" —Marie estaba gritando a todo pulmón—. Siempre vi cómo te comías a mi chica mientras ella me besaba a mí... Nunca dejaste que codiciar mis sobras.
—¡Basta Marie, detente! —gruñó Julia tomándola del brazo y arrastrándola lejos de mí.
—¡¿Tú chica?! —ahora era yo la que gritaba—. Dime, ¿cuál de todos ellos es tu chico? Tienes a Eder, Marcus e incluso a Mason. ¿Cómo te atreves...?
—Mason —Marie escupió su nombre. Julia continuaba reteniéndola a la fuerza mientras ella luchaba por soltarse—, le hice un favor al pobre. ¡Alguien tenía que educarlo! Agradéceme después.
Entonces ella me guiñó un ojo.
¡Me guiñó un ojo!

Quería lanzarme contra su cuerpo y golpearla hasta que se desmayara en el suelo, pero yo no era capaz. No cuando al ver su rostro lo único que veía era a esa niña de doce años que siempre me contaba todo lo que le pasaba. La que siempre compartía sus juguetes cuando a mi papá le dio por vender los míos en una venta de garaje. La que me prestaba su ropa cuando fui a mi primera cita con Seth, el chico más bello de todo el sexto grado.

—Lena, espérame en el lugar en donde estacioné la motocicleta —ordenó Julia.
Mis pies estaban plantados en el suelo y no podía moverme ni por un centímetro.
—No puedo creer que me robaras a mi novia —chilló Marie—. Solo estuve malgastando horas y horas de noches junto a alguien que estaba siendo seducido por la arpía de mi prima. Pero no importa, ustedes son la pareja ideal. Ambas no son nada más que unas sucias criminales... Se merecen mutuamente.
—¡Ya basta! —gritó Julia.
Cargó con Marie hasta hacerla entrar en el departamento pero ella puso resistencia.
—Tú no conoces a Julia como yo la conozco —gritó ella enloquecida—; una vez que se canse de jugar contigo va a regresar a donde pertenece… conmigo.
Julia la jaloneó hasta que prácticamente la tenía arrastrando los pies; Marie se aferraba a lo que sea que estuviera en su camino para evitar ser llevada, pero finalmente Julia la empujó dentro del departamento.
Cerró la puerta tras de ella con un golpe que hizo que todo a su alrededor temblara.
Quería echarme a llorar.
Esto no está pasando, me repetí mentalmente, no está pasando.

Me quedé parada como boba observando la puerta de madera.
Estuve ida viendo hacia la nada, pensando en las cosas hirientes que me había dicho Marie. Finalmente me deshipnoticé y comencé a mover primero un pie y después el otro; haciendo una mueca cuando mi rodilla traqueó débilmente.
Iba en dirección al elevador pero la puerta de nuestro departamento se abrió repentinamente y por ahí salió Julia.
Suspiró, cansada, y luego se acercó hacia mí y me tomó de los brazos.
—Está muy alterada —dijo él besando mi frente—, necesito quedarme hasta que Marie se tome un sedante y se quede dormida.
—¿Por qué no simplemente la dejas? Es una egoísta y no se merece que te quedes.
Julia elevó una ceja, curiosa.
—No quiero que cometa una estúpida locura, como seguir diciendo que soy una ladrona, solo para llamar la atención.
Pegué mi rostro a su pecho y respiré hondo.
De.li.cio.so.

Ya no sabía qué pensar con todo el asunto de ser o no una delinciente. Sinceramente me daba igual que fuera la madrina de la mafia, o una versión más joven y moderna de Hannibal Lecter... Bueno, no. Tal vez Hannibal Lecter no, pero últimamente me daba igual.
Estiré mis brazos y rodeé el cuerpo de Julia con ellos. La abracé apretando su estómago y hundiendo mi cara en su abdomen.
Él me rodeó con sus brazos también.
—¿Acaso estás oliéndome? —preguntó divertida.
Aspiré fuertemente.

—Sí, y no me importa dejar de aparentar que no lo estoy disfrutando... porque adoro como hueles.
Su abdomen se movió mientras se reía.
—Toma —me dijo después de que mi nariz acampara por un rato en su pecho—, este es el número de Key. Ya hablé con él y quedó de pasar por ti en diez minutos.
Alcé la vista y lo vi tendiéndome su celular.
—Te dejo mi teléfono para tener dónde localizarte. Dejaste el tuyo en el trabajo. Nastya se encargó de esconderlo muy bien para que yo no fuera a tu cita con Manolo —dijo mientras yo seguía viéndolo sin saber exactamente qué hacer.
—¿Manolo? Bien conoces que su nombre es Mason.
—Ehhm, le queda mejor "lame vacas".
—¿Por qué me tengo que ir? —pregunté finalmente.
—Porque no quiero que estés cerca de esa loca encerrada allá —señaló con su cabeza hacia el departamento de Marie.
—¿Y a dónde se supone que debo ir?
—¿Cómo que a dónde? Pues a mi departamento.
Me separé de él para ver su rostro.
—¿A tú departamento? —pregunté escéptica.
—No finjas que no mueres por estar allí —dijo tomándome de la cintura. Me besó en los labios. Profundamente.
—Ve —dijo respirando las palabras en mi boca.
Sus labios de nuevo se movieron a los míos y esta vez le costó un poco más de tiempo separarse de mí.
Al instante, su celular empezó a sonar con la canción de Clocks de Coldplay.
Miró la pantalla y me dio un último beso en la frente.
—Es Key. Ya está afuera. Él te llevará a mi departamento. Llegaré dentro poco —me tendió su celular y me apretó los hombros por última vez mientras dejaba que me subiera al elevador.
Antes de que las puertas se cerraran por completo, Marie apareció detrás de Julia.
Me sonrió y se despidió con la mano mientras se relamía los labios.
Una fría sensación me carcomió lentamente, trepaba por mi espalda y recorría cada uno de los dedos de mis pies.
Esto no era nada bueno.
Las puertas se cerraron y la superficie de acero pulido reflejó mi pálido rostro y mis ojos verde-grises como de venado asustado.

Bajé la vista hacia el celular de Julia que aún aferraba entre mis dedos; tenía prácticamente sus secretos en mi mano, envueltos en forma de un bonito y moderno Blackberry Touch, esperando porque descubriera lo que sea que Julia me estaba escondiendo sobre Nicole.
Solo el hecho de escuchar su nombre me provocaba urticaria y ganas de vomitar mi almuerzo.
Pero sería una buena novia y le daría el beneficio de la duda. Solo esperaba que dejara de evitar ocultarme la verdad porque me estaba cansando tanto misterio.

Julia Volkova, ¿quién eres?
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Hunter

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Hunter el Miér Mar 16, 2016 2:15 pm

Capítulo 13

Nicole

Contraseñas.
Odiaba las contraseñas.
Y resultaba que el celular de Julia las tenía.
Ya iba por el tercer intento y, si continuaba así, el teléfono se iba a bloquear por completo.
Mierda.
Lo único que podía hacer era contestar llamadas.
Así que cuando Key llamó para saber en dónde estaba, fue una sorpresa que pudiera responderle.
Key manejaba una camioneta blanca tamaño gigante que contaba únicamente con sólo un asiento para pasajeros. Una gran antena sobresalía desde la cabina, y en su parachoques tenía pegada una calcomanía que decía: "Los vaqueros sabemos usar la lengua mejor que los franceses".
Mientras subía al vehículo no pude evitar darle una segunda mirada al chico. Era apuesto, atlético y tenía una piel bronceada seguramente de trabajar bajo el sol.
Para mí era un completo desconocido pero si Julia confiaba en él para llevarme hasta su departamento... pues yo también tenía que confiar.
Key me sonrió inmediatamente y me sentí cómoda con su presencia.
—Entonces... ¿qué estupidez cometió Julia esta vez? —me preguntó—. Que agradezca que estaba a mitad de camino cuando me llamó o sino estarías esperándome durante horas.
—Creo que la que hizo algo estúpido en esta ocasión fui yo —murmuré.
Key movilizó la camioneta por la carretera y pronto comenzamos a pasar a gran velocidad las casas a nuestro alrededor.
—¿Qué hiciste? —preguntó mientras le subía al aire acondicionado.
—Creo que me enamoré de ella.
Me dedicó una sonrisa ladeada.
—Sí, eso fue algo estúpido de hacer. Aunque para que te consueles: no eres la única que ha estado en esa situación antes. Por ejemplo Elena.
Lo miré atentamente.
Era imposible tratar de olvidarme de ella. Todavía tenía su rostro rondándome por la cabeza.
—¿A Elena le gusta Julia? —pregunté escéptica.
—No solo le gusta; está loca por ella. Literalmente. Volkova tiene ese efecto entre las mujeres, especialmente sus novias o ligues de una sola noche... —se detuvo y me miró por una fracción de segundo. Parecía avergonzado—, lo siento. Olvida que dije "ligues de una sola noche" en la misma frase.
Me quedé en silencio por un momento. Key aprovechó para subir el volumen de la radio, y la voz de un cantante de música Country nos acompañó por los próximos cinco minutos.
—Entonces... ¿cómo es que ella las vuelve locas? —pregunté, muy en el fondo no quería saber la respuesta—. ¿Les suministra algún tipo de gas? ¿Corro peligro?
Key se rió de mi ocurrencia.
Yo en cambio hacía trabajo de investigación.
—No. Sinceramente nunca he podido sacarle el secreto. Es una cretina bastarda —dijo bromeando.
—Por casualidad... ¿tú sabes de qué trabaja Julia? —tenía que preguntar. Era ahora o nunca. Personalmente me estaba volviendo loca por recibir respuestas. Sí, Julia Volkova las volvía locas... a todas. Incluyéndome.
—Hmmm. Bien, él es algo así como nuestro manager —respondió. Lo miré, atónita.
¿Qué? ¿Ese era el gran misterio que tenía que esconder Julia? ¿Estaba hablando jodidamente en serio?
Key debió ver la cara que hice porque al instante sintió la necesidad de explicarse.
—Bueno... ella nos consigue lugares en los que tocar y administra lo que ganamos. Elena le cobra, se siente con derechos solo porque Brandon, el vocalista, es su hermano. Pero... sí. Básicamente ese es uno de los trabajos de Julia.
—¿Y los otros?
Key frunció el ceño.
—Creo que uno de ellos es en un concesionario de autos de lujo. Básicamente solo tiene que probarlos. Es una idiota suertuda.

¿Un concesionario?

Nada de esto me sonaba fuera de lo común. Y Julia no parecía la clase de chico que se conformaba con un trabajo común. Me costaba imaginarlo en algo normal como ser cajero o un vendedor en una farmacia. El tipo de trabajo ideal para Julia sería uno que llevara la palabra ilegal tatuada por todos lados.
Además, ¿cuántas horas laboraba? ¿Una? ¿Tres? Porque, seriamente, yo jamás lo miraba trabajando.
¿Por qué, entonces, se tomaría la molestia de querer enseñarme anteriormente su lugar de trabajo? Bien pudo decírmelo sin hacerme pasar tanto misterio.
—¿Por qué me preguntas esto? ¿No te lo ha dicho ell? —preguntó Key mientras le pasaba a un auto que conducía a menor velocidad.
—Simplemente tenía curiosidad —respondí.
Después de diez minutos Key introdujo el vehículo en el sótano de un edificio de apartamentos.
—¿Aquí vive Julia? —pregunté con asombro.

El lugar era enorme y lujoso; una gran parte estaba recubierta de paredes de cristal y el edificio lucía imponente en el grueso concreto que emplearon para el resto de la fachada. Eso era sólo lo que podía ver desde el exterior del edificio. No me podía ni imaginar cómo sería en su interior.
—Claro. ¿No conocías? —Escuchar la voz de Key me trajo de vuelta hacia el interior del auto en donde una canción de Tom Maxwell sonaba.
—No. Jamás me ha traído por estos lados —o a Marie, o por lo menos eso era lo que yo creía. Hubo varias noches en las que ella no llegaba a casa y Julia terminaba acompañándola a su habitación.
Pensar en eso me trajo escalofríos. No quería pensar tampoco en lo que estaría haciendo Julia con Marie en estos momentos.
Algunas cosas eran mejor ignorarlas.
—Dime una cosa —habló Key sonando perplejo—: ¿Julia jamás te enseñó dónde vivía, y aun así logró embarazarte?
Mi rostro se puso rojo como un tomate.
—No.estoy.embarazada —dije arrastrando las palabras.
—¿Ah, no?
Suspiré por lo bajo. Julia me las iba a pagar por esto.
—Julia se puso celosa y se inventó todo el asunto del embarazo para ahuyentar a cualquier chico que se me quisiera insinuar.
Comenzaba a creer que ella estaría dispuesto a ponerme una etiqueta en la frente que dijera: "Ocupada por Julia Volkova... No tocar, ni mirar, ni respirarle en la nuca o te pateo en las bolas".
—¿Entonces no estás embarazada?
—No.
—Oh.
—¿Oh?
Key se mostró incómodo por un momento.
Entonces, siempre con sus ojos fijos en el camino a través del sótano, extendió una de sus manos hacia la parte trasera de su asiento y sostuvo rápidamente frente a mí una bolsa de papel con decorados en azul celeste y la cara de un bebé chupando un biberón que en letras grandes ponía: ¡Felicidades a la nueva mamá!
Tiene que ser una broma.
—Lo siento —se encogió de hombros y me entregó la bolsa de papel—. Pasé por una tienda de bebés antes de recogerte. Mi mamá me enseñó a no ser grosero y presentarme ante alguien con las manos vacías.
—No estoy embarazada —volví a repetir para tratar de convencerme más a mí que a él.
Juro que sentí una patadita en mi vientre… ¿o eran gases?
¡Agggh! No, Lena, nadie se embaraza solo por repetir cien mil veces al día que está embarazada. Sino ya existirían demasiadas madres habitando el país.
Mi rostro seguía calentándose con cada segundo que pasaba y ni Key o yo decíamos algo.

Finalmente él estacionó el auto en uno de los puestos vacíos más cercanos a una de las entradas del edificio.
—Es un trajecito con un mensaje —tomó la bolsa de papel de mi regazo y metió la mano en el interior. Sacó un traje para bebé recién nacido, en donde se leía: “Si piensas que soy lindo… deberías ver a mi mamá”.
Sinceramente era la cosa más bella y celeste que haya visto. Parte de mi iceberg interior se derritió al ver el pequeño conjunto. Pero sólo una parte pequeñísima, eh.
—De nuevo, lo siento —dijo Key poniendo el trajecito en su lugar—. Igual es tuyo. Digo, por si conoces a alguien que lo pueda usar.
Hice una mueca. ¿Acaso me miraba gorda para que todos creyeran que de verdad estaba embarazada?
—¿Gracias? —dije sin saber qué más decir.
Abrí la puerta del auto y cargué con la bolsa
—Oh, casi lo olvidaba —me detuvo antes de que me perdiera en el interior del elegante edificio—. El apartamento de Julia es el 6B. Ella guarda un repuesto de la llave en una lámpara que cuelga cerca de la puerta.
Asentí con la cabeza.
—Y trata de no enfadarte con Elena. Julia la dejó en la misma semana que comenzaron a andar. Es por eso que ella se comporta como una perra, no creas que su cara de acidez es permanente... se le pasará.
Key me sonrió por una última vez, y puso el motor del auto a trabajar nuevamente.
—Encantado de conocerte, Lena —me dijo y se marchó, dejándome sola con mis dudas y preguntas empujando por salir a la superficie.
No quería pensar en “esa” Elena y Julia como pareja. El solo imaginármelo me daban arcadas.
Era eso o de verdad mi cerebro estaba atravesado pensando que lo del embarazo era real.
Me moví hacia el interior del edificio con una sola misión: recolectar información en el departamento de Julia.
Si ella no me daba respuestas, entonces iba a buscarlas hasta por debajo de su cama, y más le valía darme explicaciones pronto porque nada de lo que nos estaba pasando tenía sentido.

***
El celular de Julia vibró y comenzó a reproducir Clocks así como lo había hecho una media hora antes, cuando Key llamó.
La pantalla se iluminó con el nombre de “Desconocido”.
No sabía si debía contestar, pero a estas alturas era capaz de hacer todo con tal de saber más sobre el misterio que envolvía a Julia Volkova.
Iba a responder, cuando la llamada se cortó repentinamente.

Intenté deslizar mis dedos por la pantalla para ver si el teléfono se desbloqueaba pero seguía igual de bloqueado.
Entonces, volvieron a llamar nuevamente, el mismo número desconocido, pero colgó antes de que pudiera responder.
Dejé mi dedo preparado por si volvía a llamar el sujeto cuyo nombre Julia no tenía registrado en su lista de contactos, cuando, timbró de nuevo.
Esta vez fui rápida en responder.
—¿Hola? —pregunté.
—Nena… ¿llegaste bien? —Era Julia. Me estaba poniendo paranoica de puro gusto.
—Sí. Sin embargo sucedió algo interesante —le dije mientras hacía mi recorrido por el lobby del edificio. Mi rodilla seguía doliendo y eso me volvía lenta para caminar, tenía que andar cojeando y haciendo muecas cada vez que mi pie pisaba el suelo.
—¿Algo interesante? ¿qué ocurrió? —su voz se puso de repente grave y preocupada.
—Recibimos nuestro primer regalo para el bebé —dije sin entender por qué se puso de repente tan serio. Hablando de paranoicos.
Hubo un segundo de silencio antes de que Julia se echara a reír fuertemente.
—Definitivamente Key —dijo él aún riendo ya más relajada—, ¿y qué le obsequiaron a nuestro primogénito no nacido?
Rodé los ojos y le describí el pequeño traje azul celeste. Era encantador ¡y tenía unas huellitas en los pies! Simplemente adorable.
Me dieron ganas de tener un bebé solo por el hecho de vestirlo con ropa tan linda.
—¿Y… cómo sigue Marie? —pregunté finalmente, sin en realidad querer saberlo. Sólo deseaba que Julia llegara pronto para estar más segura de que Marie no le fuera a caer encima.
—Precisamente la acabo de dejar durmiendo. Me costó mucho, sin embargo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tuviste que hacer entonces?
—¿Eso que detecto son celos? —preguntó divertido.
¡Pues claro que sí! ¿Cómo quería que no me sintiera celosa si en los pasados cinco meses cada vez que ella podía besaba a Marie o se acostaba con ella?
Odiaba sentirme celosa pero el pensamiento de que ella estuvo primero en la boca de Julia era repugnante.
A estas alturas todavía me seguía cuestionando si era buena idea continuar con lo nuestro. Pero, ¿era yo capaz de dejar a Julia?
—Lamento haberte dejado ir sola —habló su suave voz—, pero es que quería dejarle un par de cosas claras a Marie. En primer lugar, nadie, y mucho menos ella, tiene por qué hablarte de esa manera. Si ella no fuera mujer, estaría quebrándole los dientes, y lo sabes Lena —hizo una pausa para tragar saliva—. En segundo lugar, no pude dejarla continuar regando ese chisme de que soy una delincuente. Tú no confías lo suficiente en mí todavía como para no creer lo que sea que salga de la boca de Marie…

Me detuve abruptamente antes de continuar mi camino hacia el elevador.
—¿Puedes culparme por eso? Julia, tú no me has dado motivos suficientes para confiar en ti. —Estaba enojada. Quería respuestas y no más dudas; yo solo anhelaba una relación normal y no una tan jodidamente misteriosa—. Te pido respuestas y solo me lanzas más preguntas. Perdóname si no confío ciegamente pero es que no quiero salir lastimada. Además, ¿cómo crees que me siento cuando sé que estás con Marie en estos momentos? Hasta Key me dijo que saliste con Elena pero que le diste “corte” en su primera semana de andar. ¿Cómo sé que no me harás lo mismo a mí también?
Mis ojos se humedecieron repentinamente.
Nada de lágrimas.
Nada de lágrimas, Lena.

El otro lado de la línea telefónica se quedó en silencio. Por un momento pensé que Julia había colgado pero una larga respiración se escuchó antes de oírlo hablar.
—Lo siento. Te dije que yo era tóxica y dañina —suspiró nuevamente—. Lena, lo mío con Elena sucedió hace dos años. Y sí, la dejé porque se puso rara y comenzó a coleccionar artículos de mis cosas personales. ¿Crees que es normal andar con alguien que se robaba mis calzoncillos? Es lo más retorcido que he visto hacer a alguien.
Traté de no reírme. ¡Esto era serio!
—¿Por qué, en la vida, ella querría robar tus calzoncillos? —pregunté con voz estrangulada.
—¡No lo sé! Y probablemente no me creas pero de verdad lo mío con Elena sucedió hace ya mucho tiempo. Ella está enojada desde entonces conmigo, y su hermano realmente me odia. Pero Lena, tienes que confiar en mí cuando te digo que no hay absolutamente nadie con quien quiera pasar en estos momentos que contigo. Y sé que estoy siendo egoísta porque no debería retenerte a mi lado, pero quiero aprovechar que todavía te tengo antes de que sepas en lo que en realidad te estás metiendo.
—Y dime, ¿en qué exactamente me estoy metiendo?
Ella suspiró en su lado de la línea telefónica y aunque no podía verlo a la cara, sabía que se estaba pasando las manos por su cabello oscuro y espeso.
—Quiero decírtelo en persona —fue su simple respuesta.
Esto ya me estaba sonando a Cincuenta Sombras de Grey. Cincuenta Sombras de Volkova. No, sombras no. Misterios, y no cincuenta. Ciento cincuenta misterios de Volkova.
Sí, en otra vida, cuando sea escritora en alguna realidad alternativa, así titularé mi relación con Julia.
—Por favor no vayas a decir que tienes raras aficiones y escondes látigos en tu armario —dije algo preocupada.
Julia se rió fuerte y claro en mi oído.
—Para nada. Soy una chica completamente regular.

Sí, una chica regular que vivía en un edificio cuyos pisos eran alfombrados en su mayoría y el mármol pulido del suelo hacía resbalar las suelas gastadas de mis zapatos.
Ajá.
Chico regular.
—¿Por qué no me dijiste que representabas a la banda? —la interrogué, recordando lo que me había dicho Key— ¿Por qué eres tan misteriosa en cuanto a tu trabajo? No tiene sentido —retomé mi camino y me subí a un vacío elevador.
Las puertas tardaron en cerrar y pronto la música típica de un ascensor comenzó a sonar… aunque ni tan típica. Eran canciones de… ¿Selena Gómez?
—Ahora sabes por qué es qué me las sé; eso y que a Nicole le gusta oír esa música… —se detuvo de hablar.
Mis cejas se elevaron en lo alto.
—¿Nicole? ¿Finalmente me vas a decir quién putas es? —yo no solía maldecir mucho pero me estaba hartando de toda la situación.
No estaba dispuesta a salir con una mujeriega que solo jugara conmigo.
No estaba dispuesta a tener una relación abierta con otras chicas… la poligamia no iba conmigo.
Y definitivamente no estaba dispuesta a compartir a Julia Volkova.
—Wow, Lena. Relájate. Nicole es…

***
—¡Su jodida sobrina! —grité enfurecida a una Nastya que todavía tenía un ojo cerrado y el otro medio abierto. Entré en su casa y lancé la bolsa de color celeste que tenía el traje de bebé que Key me había obsequiado.
Ni siquiera puse un pie en el departamento de Julia. Esa jodida idiota me hizo pasar un infierno solo para decirme que Nicole era su sobrina de diez años.
Mierda.
Estaba muy molesta.
Dejé su teléfono en la recepción del edificio y salí corriendo a tomar un taxi; me fui directo a la casa de Nastya (no quise irme al departamento donde la fiera de Marie dormía).
No quería saber nada de Julia Volkova. O de Marie, o de Elena-colecciona-calzoncillos.
Esa idiota, inmadura, bastarda, hijo de p…
—Lea, ¿me quieres contar qué pasó? Siento como que me estoy perdiendo de algo —dijo Nastya en un estado somnoliento.
No me había fijado ni en la hora. Debía ser cerca de la media noche.
Resoplé furiosa y me desahogué con Nastya.
Le conté todo, desde el principio.
—Creo que te estás precipitando a juzgarla —me dijo ella una vez que terminé de contarle con lujo de detalles—. Mira, ni siquiera sabes cuánto gana. ¿Qué tal si gana lo suficiente como para darse el lujo de tener un departamento en el lugar más asombroso del mundo? No puedes culparlo solo por eso. Si yo tuviera un novio rico ya estuviera explotándolo y haciéndole bailes calientes en el regazo solo para que me llevara al Burj Al Arab a beber Champagne.
Arrugué la nariz.
—Ya suenas como Mirna —me burlé.
—A veces Mirna tiene razón. Las dos están que explotan de deseo y de intensidad sexual…
—Basta. No quiero seguir hablando de esa idiota. ¿Por qué me oculta cosas? ¿Acaso le he ocultado algo yo?
Nastya dio un largo suspiro.
—Esta crisis sin duda amerita algo de alcohol —dijo ella llevándome a la cocina—, no puedo creer que no hayas entrado a su departamento. O al menos te hubieras quedado con su celular. Mi primo Lalo te lo hubiera desbloqueado en un santiamén.
Nastya vivía con sus dos hermanos menores y con su padre. Sin madre. Ella los abandonó para irse de gira a Las Vegas con un circo llamado los Hermanos Vadlín. Se fue hace más de quince años y, hasta la fecha, ella siempre iba y volvía cuando se le diera la gana. Pero aun así, Nastya logró sacar adelante a sus hermanos y era quien actualmente les pagaba la colegiatura.
Y luego yo venía y la interrumpía de su sueño. Ahora me sentía mal.
—¿Quieres una bebida de niña o un tequila para nada femenino? —me preguntó ella sosteniendo dos botellas en su mano.
Señalé el tequila.
Rápidamente ella llenó y colocó el pequeño vaso en el desayunador y lo empujó hasta mis manos.
Quería llorar por todo. Me sentía hormonal y usada.
¡Su sobrina! Já. ¡¡Su sobrina!!
¿Qué le costaba decírmelo de una vez? ¿Cuál era el punto de mantenerme desconcertada todo ese tiempo?
Me tomé el tequila de un trago.
Chillé cuando la bebida quemó mi garganta.
No era muy buena para beber, y menos algo tan fuerte, pero la aplanadora Volkova se pasó en medio de mi pecho y me aplastó el corazón.
La odiaba.
—Prometo no enamorarme de Julia —hipé— Volkova.
Mi lengua se sentía algo dormida después de la cuarta copa de tequila (¿o fueron seis?).
Me daba igual.
Nastya comenzó a reír como una hiena loca.
—Muy tarde, amiga. YA estás enamorada de ella.
—Deberías conocer a Key —dije de repente—, él me regaló la cosa más bella que alguien pudo haberme dado.
Fruncí el ceño.
—Bueno… le dio a mi bebé la cosa más linda que haya visto —corregí.

Nastya se estaba tomando otra copa de tequila, pero cuando mencioné lo del bebé, escupió toda la bebida y una parte cayó en mi brazo.
Comencé a reírme.
—¡¿Estás embarazada?! —chilló. Juro que casi se le salieron los ojos de sus cuencas.
Resoplé echándome para atrás en el banquito de madera en el que estaba sentada.
—Julia le puso Noah —reí más fuerte. Las lágrimas se me salían de los ojos.
—¡¿Es de Julia?! —gritó Nastya esta vez.
Me llevé los dedos a los labios e intenté hacer un sonido como de shhhh.
—Vas a despertar a tu familia —le dije en un tono bajo.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? Espera, ¿Julia se acostaba contigo y con Marie al mismo tiempo?
—Iuughh, no. Lo del bebé fue algo repentino —dije quitándole importancia al asunto.
Iba a servirme más tequila cuando Nastya me lo arrebató de la mano.
—¡Oye, ¿qué sucede contigo?! —gemí.
—No estoy tan borracha como para olvidar que cuando estás embarazada no se debe beber —me respondió—. Lena, camina. Vamos al baño.
Ella intentó tomarme del brazo pero la empujé, haciendo que mi pie se doblara y que mi trasero estuviera en el suelo.
—¿Para qué? Odio a Julia. Apuesto a que se quedó con Marie para echar un último polvo —solté llorando esta vez. Mis ojos acuosos miraron al techo de cielo falso que se estaba volviendo mohoso. La casa de Nastya era de origen muy humilde.
Las paredes estaban pintadas de un horrible amarillo que me recordaba al color del tequila… algo entre ámbar y naranja.
¡Necesitaba ese tequila!
—Lena, no saltes a conclusiones todavía. Vamos. —Esta vez Nastya no me soltó hasta que estuvimos metidas en el baño.
En el camino logré agarrar la bolsa azul celeste y saqué el trajecito para que ella lo viera.
Hizo sonidos infantiles y me lo devolvió. Entonces me lo puse en el estómago y lo amarré a un pedazo de mi camisa.
—¿Para qué me traes aquí? —protesté una vez que estábamos en el pequeñísimo baño. Me dolía la rodilla y sentía que en cualquier momento me podía desmayar. Juro que en la sala de Nastya vi a Julia parada, observándome con ojos de halcón y diciéndome que era peligroso para mí.
—¿Cómo que para qué? —habló Rita— ¡Estás embarazada! Ahora, la única solución que encontré en internet para desintoxicarte del alcohol es a la manera antigua: vomitándolo todo. Vamos a hacer un lavado estomacal. Más te vale que vomites hasta la última gota de lo que te bebiste.
—¿Qué? Nastya yo no estoy… —no me dejó terminar y puso mi cabeza tan cerca del retrete que pensé que me iba a ahogar en el agua sucia.
—¡Vomita allí! ¡Vomita!

Y como si mi estómago estuviera oyendo la voz de su entrenador: vomité. Y vomité una segunda vez… y creo que una tercera. No estaba muy segura, dejé de contar después de la primera.
Asco. Asco. Asco.
Después de esto iba a necesitar unas buenas pastillas para el aliento.
En momentos como estos odiaba haberme fijado en alguien como Julia.
Ya en serio, ¿quién era?
¿Acaso no sabía que entre más me prohibiera tener sentimientos por ella, mayor se volvía mi atracción?
Increíble. Estuve celosa de una niña de diez años.
Pero hasta no ver… no creer.
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Hunter

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

Mensaje por Hunter el Miér Mar 16, 2016 2:18 pm

Capítulo 14

Frida Kahlo

Hacía demasiado calor.
Mi frente estaba empapada de sudor y la camiseta que tenía puesta se pegaba a los costados de mi cuerpo como si fuera una segunda piel.
Me dolía la cabeza. Sentía que hasta los dedos de mis pies palpitaban debido al dolor.
Traté de estirarme fuera de la cama pero fue inútil: me dolía hasta la médula ósea.
No quería abrir los ojos; la poca luz que entraba en la habitación era demasiado cegadora e insoportable aun a través de mis parpados cerrados.
Mantuve los ojos así por al menos otros diez minutos antes de abrirlos por completo.
Lo primero que vi cuando me desperté fue una foto de un jugador de fútbol haciendo estiramientos de piernas. Y no era el único: habían otras fotos de otros doce o quince jugadores más. De hecho, llenaban toda una pared del dormitorio de Nastya.
Me encontraba distraída viendo a un particular brasileño de ojos azules, cuando, sentí una mano bajar hasta mi cadera y luego deslizarse por mi trasero. Inmediatamente me puse alerta. La misma mano subió de mi trasero a mi cintura, hasta meterse dentro de mi camiseta y acabar haciendo un recorrido por mis costillas. Lo peor de todo era que no podía ver de quién se trataba porque yo estaba de espaldas a esa persona.
¿Nastya? No, imposible. Nastya era de manos pequeñas y uñas largas.
¿El papá de Nastya?
Arrugué la nariz.
Debido a que no recordaba muy bien los detalles de la noche pasada, bien pude estar acostada junto al abuelo de ella. El tequila y el vómito no eran buenos acompañantes definitivamente.
Lentamente giré sobre mi costado para ver de quién rayos se trataba, y frente a mí, el rostro dormido de Julia me daba la bienvenida.
Tragué saliva, y por un momento me di el lujo de dejar de pensar.
No tenía ni la menor idea de cómo Julia había venido a dar a casa de Nastya.
¡Ni siquiera se sabía la dirección!

Intenté apartarme de ella, pero no tenía escapatoria: la cama estaba pegada a una de las paredes y el otro lado se encontraba obstruido por su cuerpo de metro ochenta de altura.
Antes de que pudiera pensar en algún plan para deslizarme fuera, dirigí mis ojos a sus bien formados labios. El inferior era más carnoso que el labio superior... y ella se acababa de pasar su rosada lengua por ellos.
De solo verlo, mis ojos automáticamente se iban poniendo bizcos y mi boca comenzaba a hacerse agua. En serio, era como si encendieran un interruptor y alguien drenara mi cerebro de todo pensamiento coherente.
—Yo sé que me veo condenadamente caliente, pero de verdad necesitas descansar antes de que la resaca te dé duro —dijo ella aun con los ojos cerrados.
Oír su voz me bastó para recordar lo ocurrido la noche pasada.
Lo empujé con todas mis fuerzas, pero eso solo lo hizo moverse un poco de la cama.
Me puse en posición sentada y aparté su mano que se encontraba muy plácida acariciando mi estómago.
Gracias al movimiento brusco, mi cabeza rebotó y dolió horriblemente.
—Auuu —protesté.
—Te lo dije, nena. Ahora regresa aquí a mi lado.
Julia puso su brazo sobre mi cintura y me tiró hacia atrás y junto a ella.
—Así está mejor —murmuró poniendo una de sus piernas sobre las mías—. Vuelve a dormir.
—¿Estás loca? —chillé. Mi voz salió estrangulada y me dolía la garganta. Bueno, me dolía todo. Hasta el coxis—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo conoces la casa de nastya? ¿A qué hora llegaste?
—Shhh —entreabrió los ojos para poner su dedo índice sobre mis labios y rápidamente regresó a su posición inicial de dormido—. La historia es muy larga y apuesto que ahora tienes un monumental dolor de cabeza. Te dejé una pastilla para que te la tomes después...
—Julia... ¡muévete! —dije entre dientes. Intenté quitar su pierna de las mías, pero esto era un caso perdido. Lo único que ocasioné fue que ella pegara aun más mi cuerpo con el suyo.
—Déjame explicarte ciertas cosas —me detuvo antes de que pudiera agitarme de nuevo y me traspasó con esos ojos azules-grisáceos suyos—. Anoche me llamó Nastya. Al parecer te habías desmayado sobre el inodoro del baño y se puso nerviosa pensando que el alcohol había dañado de alguna forma al bebé —dijo lo último poniendo una sonrisa arrogante en el rostro—, antes de llamar a una ambulancia decidió llamarme a mí para mantenerme al tanto, ya que soy el responsable de haberte embarazado. Sus palabras, no mías.
Rodé los ojos y me arrepentí no haberle dicho a Nastya que todo fue un malentendido.
—La convencí de que Noah estaba en perfecto estado, creciendo saludable y fuerte dentro del vientre de mami. —La muy idiota se deslizó para poner esos seductores labios sobre mi estómago.

Las mariposas se precipitaron a volar en todas direcciones.
¿Era normal que algo de esto me pareciera tierno y sexy, o ya estaba mal de la cabeza? Sí, probablemente eso último.
—¿Por qué no te quedaste en el departamento así como te lo pedí anoche? —me preguntó en medio de los besitos y las atenciones que tenía sobre mi vientre y sobre nuestro hijo no nacido.
Me aclaré la garganta tratando de despejarme el aturdimiento.
—¿Que por qué no me quedé anoche? Pues fácil: estoy harta de que me ocultes cosas. Entiendo que todos tenemos secretos que esconder pero... contigo todo se multiplica por infinito.
Ella frunció el ceño y regresó a acostarse a mi lado.
—Lena, no soy un misterio que resolver, lo único que te oculté fue lo de Nicole —apartó la vista—. Pero es que jamás le he dicho a nadie que tengo una sobrina. Elena una vez me escuchó hablando por teléfono con ella y pensó que era mi novia. Te lo conté porque tú estabas llegando a la misma conclusión. ¡Hasta te ofrecí llevarte para que la conocieras, pero aun así dudaste de mí!
—¡Es que eres una tonta! —exploté— ¿Qué tan difícil era decirme que Nicole es tu sobrina?
—Es complicado... Sólo… sólo no quiero ponerla en peligro exponiéndola demasiado. Prefiero que nadie sepa quién es ella. Por eso es que la mantengo en secreto.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué? ¿Por qué insistes en ocultarla tanto? No le encuentro sentido. ¿Acaso la consideras tan fea?
—No... no es eso —dijo debatiéndose internamente si decirme o no—. Lo que pasa es que... Nicole es especial.
Dudé por un momento.
—¿Especial como una super genio, o especial como con alguna enfermedad?
—Especial como una niña que a los siete años fue dejada sola en casa mientras un pirómano le prendía fuego a todo el lugar.
Abrí mi boca y luego la cerré.
—Tiene la mitad de su rostro deformado —dijo en voz tan baja que pensé que no lo había escuchado bien—. No quiero que le hagan más daño del que ya está hecho.
Pensé en algo que decir, aunque solo una cosa me llamó la atención:
—¿Entonces por qué la ocultas? ¿No deberías ayudarla mostrándole que no debe encerrarse en un cascarón? La estás acomplejando —lo regañé.
Ella suspiró.
—No es tan sencillo —respondió—. No puedo darle tanta libertad como quisiera porque, la persona que le arruinó la vida, la que empezó el incendio, está buscándola hasta el sol de hoy. No puedo dejar que nadie sepa dónde está para que la puedan arrebatar.
Mi mente se quedó en blanco por un momento.
—¿Quién le arruinó la vida? —pregunté temiendo que no me fuera a decir nada.

Se quedó en silencio como por medio minuto, y luego, en voz contenida y filosa respondió:
—Su padre. Que resulta ser mi hermano.
Demasiadas preguntas se adueñaron de mi cerebro en ese momento, pero no quería ser impertinente y soltarlas todas. Además, consideraba a Julia como un ratón que había que dejarle pequeños trozos de queso regados en lugares estratégicos, para luego colocar el más grande sobre una ratonera y esperar a que caiga.
—¿Qué ocurrió con su madre? —me limité a saber.
Ella hizo una mueca y dejó de verme a los ojos. Aunque, desde su ultima confesión dejó de hacerlo.
—Ella no salió a tiempo de la casa y... nadie sabía que también se encontraba dentro cuando se inició el fuego.
Tenía ganas de llorar. Llorar por ella. Llorar por toda su situación. Llorar por Nicole. Llorar por ser tan egoísta.
Justo ahora me sentía estúpida por armar un gran lío con mis celos.
—Cuando te dije que yo no era buena para ti, no estaba lanzando indirectas en vano —murmuró seriamente. Sus ojos azules-grisaceos hicieron contactos con los míos—. Vengo de una familia jodida, dañada, que solo conoce el significado de la pérdida y la destrucción. Soy como un edificio en ruinas a punto de derrumbarse, y créeme, no quieres estar dentro cuando eso suceda. Nadie en su sano juicio querría.
Mi boca cayó abierta simultáneamente.
¿Me estaba dejando?
—Julia…
—Mi hermano tiene esquizofrenia paranoide y se le puso en una clínica psiquiátrica en vez de en una cárcel. Asesinó a su mujer, quiso matar a su hija y… también intentó matarme a mí. Creyó que quería envenenarlo con la comida y se limitó a tratar mal a todo aquel que se le acercara. Pensó que yo era una asesina así que decidió clavarme contra el tronco de un árbol —se rió secamente. Esto era demasiada información en apenas sólo un minuto—. Mis tatuajes son en cierta manera irónicos y son una especie de “homenaje” a su sentido del humor.
—Julia… — ella negó con la cabeza efectivamente.
—Anoche me quedé con Marie porque noté los mismos síntomas que mi hermano presentó en su etapa inicial.
Bufé al oírlo.
—Marie no tiene esquizofrenia. Tal vez está loca pero no de una manera clínica sino de una manera teatral.
—Lo noté.
Se quedó en silencio y aproveché para colocar mi mano en su mejilla.
Le di un pequeño beso en los labios.
Quería reconfortarlo pero no sabía cómo. ¿Qué podía decirle? ¿Que lo entendía? Jamás estuve en una situación como esa, así que no sabía lo que se sentía.

—Nicole solo me tiene a mí y a mi abuela —continuó hablando ella. Podía ver lo mucho que le dolía hablar de esto—. Mis padres murieron hace más de seis años y... digamos que no vengo de una familia con finales perfectos.
Ninguno de los dos habló por mucho tiempo.
—Los finales perfectos están sobrevalorados —dije después de unos segundos, sin pensar en otra cosa que decir.
Me sonrió sin tanta emoción como suele poner en sus sonrisas.
—Los finales perfectos venden libros, Lena.
—La gente compra libros para escapar de su propia realidad no tan perfecta, Julia.
—Sí, bueno, cuando escribas una historia sobre mí, asegúrate de agregar el "y vivieron felices por siempre" —dijo esta vez en su tono relajado y bromista.
Sonreí a su cambio de tema antes que termináramos ahogándonos en su lado melancólico. Noté que me estaba pidiendo a gritos que no volviera a esas partes oscuras de su personalidad.
—Lo tendré en cuenta —murmuré siguiéndole la corriente. Ella me dedicó esta vez una sonrisa completa.
—Y quiero que mi personaje lo interprete alguien de nombre conocido cuando lo lleven a la pantalla grande. Nada de actores pequeños.
—Claro. ¿Otra cosa? —Pensé en sus tatuajes. No creo que haya incluido el nombre de Marie en su triste historia, así que esta era otra cosa más que ella se estaba inventando. Tal vez sí era esquizofrénica después de todo.
—Mmm... La dedicatoria. Quiero que diga: Para la más egocéntrica, estúpida, cretina, bastarda, charlatán, deliciosa, hermosa e idiota chica que he conocido: Julia Volkova. Tiene que tener presencia y verse completamente real.
Me reí en voz alta.
Podía ver cómo todo su humor sombrío era llevado lejos, a un lugar encerrado con llave.
Así que oculté el mío también debajo de una máscara.
—¡Y el título! Tiene que ser algo como...
—¡No me digas! Yo tengo el título perfecto.
—Esa es mi chica —dijo y me plantó un corto beso en los labios.
Me mordí la lengua para evitar lanzar nuevas preguntas.
Julia acercó sus labios hasta mi oreja izquierda y mordisqueó lentamente mi lóbulo.
—Gracias por no insistir en el tema —susurró. Su voz haciendo que mi sangre se calentara y que mis mejillas se tiñeran de rosa.
—Gracias por contármelo —agregué con una sonrisa—. Y no creo que estés jodida para mí.
Sus labios siguieron besando mi clavícula y mordisqueando mi hombro, cuando repentinamente recordé que aun estábamos en la cama de Nastya, ocupando su espacio y, lo que era peor de todo, ¡todavía no había lavado mi boca y tenía el aspecto de recién levantada!
Chillé escandalosamente y me puse de pie sobre la cama.

—¿Qué pasa? —preguntó Julia, alarmada.
Chillé de nuevo (lo que hizo palpitar mis sienes y revolver mi estómago) y arranqué una de las fotos pegadas en la pared.
Era el rostro de David Beckham y tenía el tamaño perfecto para ocultar por completo mi cara.
—¡No me mires! —grité—. Aun no estoy presentable.
Julia se echó a reír a carcajadas, y sin ningún esfuerzo logró tomarme en brazos y sentarme sobre su regazo a orillas de la cama.
Arrancó la imagen en la que me escondía miserablemente, y apartó el cabello que se me había pegado en la frente, llevándolo detrás de mis orejas.
—Acabas de hallar a quien quiero que interprete mi papel en la película —levantó en alto la foto en la que me refugiaba hace solo unos segundos.
Me reí con fuerza. Pero de nuevo recordé: ¡No me había lavado los dientes!
Rápidamente me aparté de su vista y pegué mi rostro en el hueco de su hombro, tratando de que no me viera de esta manera.
—No me mires así —protesté cuando ella comenzó a tomarme de la barbilla para que lo mirara a los ojos.
Lo escuché reír brevemente.
Seguro que mi cabello se miraba como si una bandada de cuervos hubiera tenido una pelea por comida allí. Y definitivamente el tequila y el vómito jamás han sido una combinación ganadora para posibles ingredientes de pastas dentales.
—Lena —dijo Julia aun sonriendo—, entiende que, para mí, todas tus imperfecciones son hermosas.
Resoplé.
—¿Seguiría siendo hermosa aun cuando oliera a desechos tóxicos?
Ella se rió de mi ocurrencia.
—Definitivamente. Aun si tuvieras hongos y un sexto dedo en el pie.
Sonreí contra la tela de su camiseta.
—Mentirosa.
Me hundí más en su cuello y dejé que me envolviera con sus brazos. Ella aprovechó para besar mi cabeza y para meter sus manos dentro de mi camiseta y acariciar libremente mi espalda.
Solo ahí me di cuenta que no tenía puestos mis pantalones y que mi sostén había desaparecido.
Me aparté del regazo de Julia.
—¿Por qué amanecí sin pantalones? —dije viendo horrorizada hacia la parte inferior de mi cuerpo. Mi camiseta no era tan larga como para tapar mis muslos. Y mi ropa interior no era tan bonita como para lucirla. ¿Por qué justo ayer me tenía que poner una braguita con una cara bordada en el trasero?
—La pregunta no es por qué te despertaste sin pantalones. La pregunta es ¿por qué no fui yo el que te los quitó?
Le lancé una mirada resuelta y me apresuré para salir corriendo hacia el baño antes que siguiera comiéndome con la vista.

Aunque si era honesta conmigo misma, en estos momentos adoraba ser parte de su menú.
Con todos los altibajos que eso incluía.
Lo que más temía era que, si él era un edificio a punto de colisionar, no sabría si yo estaría preparada para salirme justo a tiempo antes de que todo se viniera abajo.

***

El día había avanzado de buena manera.
Hice mi trabajo con una enorme sonrisa en el rostro.
Julia me compartió parte de su vida y, aunque fuera la parte triste, cada vez la amaba un poco más por eso. Sí, ¿para qué mentirme a mí misma? Yo estaba enamorada de Julia Volkova.
Caí redonda ante ella.
Tal vez fue su sonrisa ganadora de concursos, o su personalidad arrogante y segura lo que me enamoró. Aunque en general me encantaba todo ella, incluyera o no baterías.
¿Cómo puede gustarte alguien e ignorar su lado dañado? No puedes.
Lo aceptas, lo ayudas y lo vives con él.
Y hoy más que nunca quería conocer cada uno de sus lados.
—Veo que estás muy alegre esta mañana —saludó Mirna al ver la estúpida sonrisa que se me formaba cuando pensaba en Julia—. Me parece que alguien tuvo algo de acción anoche con Mr. Picante.
Me guiñó un ojo y luego comenzó a dar miradas no tan sutiles en dirección a Julia. O más bien en dirección al trasero de Julia.
—Mirna...
—Ya, cariño. Sé que tienes la edad en la que las hormonas son rebeldes e incontrolables. Yo también era así, ¿cómo crees que logré embarazarme tan rápido de mi primer hijo Flavio? ¿O de Roberto? ¿Y Mauricio? Oh, también le siguió Ágata, y la pequeña de todas, Lucy —Los ojos de Mirna se pusieron soñadores, y sus pensamientos se dirigieron a otras décadas atrás—. En fin, tienes permitido meter mano en ese bombón las veces que quieras; en especial con esa chica de allí coqueteándole tan descaradamente.
Ella señaló con su boca en dirección a la sección de condimentos, en donde una chica de cabello rubio y falda semi-transparente le estaba sonriendo y tocándole el brazo a Julia.
Mi primer pensamiento fue: ¡Esa zorra!
Pero después inhalé y exhalé todo el aire que entraba a mis pulmones para así poder relajarme y no apresurarme a arrancarle todos los pelos de la cabeza a la tipa.
—Confío en ella —le dije a Mirna, volviendo a mi tarea de colocar servilletas en los dispensadores de metal—, no creo que se haya tomado el costo de contarme todo lo de Ni... —me detuve antes de decir el nombre de Nicole. Estaba segura que a Julia no le gustaría que yo le contara a todo el mundo sobre ella—. Creo que la rubia pierde su tiempo.
Bajé la vista y traté de no ver en dirección a la señorita piernas largas aun coqueteando con ella.
Sé una buena novia y aguanta los celos. Sé una buena... novia… y… aguanta... los… celos.
Julia ignoraba a la rubia, o al menos creía que no estaba siquiera viéndola, así que eso me dio un poco más de seguridad para confiar en ella.
—Si quieres —dijo Mirna acercándose tanto a mi rostro que pude oler parte de su almuerzo de comida árabe— le digo a Dulce que escupa en la hamburguesa de esa tipa. Créeme, ella lo haría sin ningún problema. Más ahora que su novio “vampiro” la dejó por una rubia que se cree “mujer lobo”... como que odia a todas las de su clase. ¿Qué dices? ¿Te animas?
Me reí de su sugerencia.
—Eso sería perfecto. Pero creo que, por hoy, la voy a dejar pasar.
Mirna resopló.
—Yo que tú, aseguro a mi “hombre” o en tu caso “tu mujer”. Hay demasiada competencia y uno no los puede dejar pasear sin la correa porque se escapan.
Me reí brevemente y abrí la boca para hacer un comentario gracioso, pero me detuve al ver que Cliff se acercaba hacia nosotras. Con una servilleta de papel se limpiaba su sudorosa frente y lucía tan nervioso que hasta tenía mal puesta su corbata azul con muñecos de nieve.
Se detuvo viendo de los pies a la cabeza a Mirna, se demoró un poco más en su busto, y luego me miró a mí.
—Lena... —más sudor brotó de su frente— necesito que vengas conmigo a mi oficina.
Mirna y yo compartimos miradas de curiosidad. Tal vez por fin decidió suspender mi semana de prueba y me recoloque por completo a mis antiguos deberes.
Me puse de pie y ajusté mi falda de color oscuro para que ocultara un poco el vendaje en mi rodilla (Julia lo había colocado la noche anterior para que dejara de dolerme).
Me encontré a mi misma con manos sudorosas y un tic en mi ojo derecho; el nerviosismo de Cliff era contagioso como la viruela.
—¿Ocurre algo? —pregunté mientras lo seguía.
—Te lo diré cuando entremos.
Una vez que llegamos a su oficina mantuvo abierta la puerta para mí y me adentré en su pequeño y oscuro espacio.
Un enorme retrato pintado de Frida Kahlo se encontraba en la pared detrás de su escritorio. Era lo primero que veías al entrar. También noté cómo todo el lugar olía a queso en aerosol y a sopa de pollo de más de tres días de antigüedad.
Iba a arrugar la nariz pero me detuve al ver a alguien más sentado en la silla de Cliff. Era mi tío Victor, el papá de Marie.
Él alzó la vista y se encontró con mis ojos.
—Lena —me dio un asentimiento de cabeza.

Le regresé el gesto.
—Siéntate, por favor —señaló la silla frente al escritorio de imitación de madera en el que reposaba sus brazos.
Tome asiento y esperé a que alguno de los dos hablara.
—Cliff, puedes retirarte —dijo, e inmediatamente Cliff obedeció.
Alisé las arrugas invisibles de mi falda. No tenía idea de para qué me quería ver aquí en el trabajo, pero tenía el presentimiento de que Marie estaba involucrada.
—Ya me contó Marie lo que ocurrió la noche pasada —empezó a decir—. Todo. Detalle a detalle.
Tragué saliva y me limité a mirarlo con los ojos bien abiertos.
—Solo puedo preguntarte una cosa: ¿Por qué lo hiciste? —preguntó.
—¿Qué? ¿Hacer, qué? —dije confundida. ¿Robarle el supuesto novio a su hija?
No. No podía ser eso, él creía que Marie salía con Eder... y sólo con él.
—Después de lo mucho que mi esposa y yo te hemos ayudado a ti y a tu familia, y ahora nos pagas de esta forma...
Lo único que podía preguntarme era: ¿Qué había hecho Marie? ¿Qué les había dicho de mí?
—No lo...
—Entenderás que no puedo permitir que una persona inestable como tú siga viviendo con ella, ¿verdad?
—¿Qué...? ¿Inestable?
—Tampoco creo que seas apta para seguir trabajando en este sitio.
—Alto ahí —lo detuve—, no tengo idea de qué se me acusa.
—¿Destrozaste todas mis cosas y ni siquiera lo recuerdas? —vino la voz de Marie a mis espaldas. Me giré en su búsqueda y la vi sentada con las piernas cruzadas; estaba tan al fondo que por eso no pude haberla notado desde un principio.
—¿Destrozar tus cosas? La única que actuó como una loca fuiste tú —la acusé.
—¿Escuchas eso, papá? —dijo llevándose una mano con perfecta manicura a la boca. Soltó un gemido y luego se echó a llorar.
—Lena... Le tengo un gran cariño a tu madre, pero no creo que sea seguro dejar que estés más en este sitio. Cliff también me contó tu altercado con otro empleado del restaurante. Por eso te pido que tomes tus cosas y amablemente te retires.
Me quedé boquiabierta.
¿Me estaba despidiendo solo porque Marie le dijo que lo hiciera?
Me sentía furiosa. Quería arrancar cada hebra de cabello naranja de la cabeza de Marie, pero me limité a morderme los labios y apretar mis manos en puños hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
—También deberías retirar tus cosas del departamento de mi hija —continuó hablando él.
Algo dentro de mí se retorció de dolor.
Hace años atrás los padres de Marie habían creado una condición para su hija: yo tenía que vivir con ella o le tocaría regresar a su casa a continuar viviendo limitadamente con ellos.

Supongo que ahora también se deshizo de esa estúpida condición para hacer lo que quiera de su vida. Solo no entendía qué le había dicho Marie sobre mí.
—Sabes que te quiero mucho, Lena —dijo la susodicha. Sonaba inocente y digna víctima de telenovela—. Lamento que las cosas quedaran de esta manera. Me has hecho innumerables favores pero... ¡No puedo creer lo que le hiciste a mis cosas! ¡A tus propias cosas!
Me puse de pie de un salto.
—¿Qué? ¿Qué hiciste Marie? —chillé. Me abalancé hacia ella y me detuve a centímetros de su cara— ¿Qué rayos le hiciste a mis cosas?
—¿Papá? —dijo temerosa.
—Lena... —el tío Victor vino detrás de mí y me sujetó de un brazo.
—Ya me cansé de que me estés utilizando —dije en una contenida y fría voz que apenas reconocí como la mía—. No sé qué idiotez hiciste en este momento, pero te lo advierto, esto se detiene aquí. ¡Supera de una buena vez el hecho de que Julia te dejó!
Estaba gritando en esta ocasión. Si Marie quería conocer mi lado oscuro pues aquí tenía una décima parte de lo que era.
—¡Estás mal de la cabeza! ¡Reconoce que necesitas ayuda! ¿Te acuestas con la mitad de hombres de esta ciudad y aun así no puedes dejar uno solo? Definitivamente estás loca —terminé.
Si mi brazo no estuviera siendo apresado, ya le hubiera saltado encima.
—¡Basta de las acusaciones sin sentido, Lena! —esta vez era mi tío hablando—. Lo mejor será que te vayas y trates de recuperarte.
Aun tomándome del brazo me sacó de la oficina y me arrastró fuera del restaurante.
Varios empleados que estaban alrededor veían toda la escena; asustados de ser tratados de la misma forma, se iban dispersando lejos.
—Busca tus cosas —me dijo él.
Yo estaba furiosa que no me di cuenta cuando alguien me pasó el bolso.
Era Marie, con una pequeña sonrisita para nada disimulada en el rostro.
—¡Eres una ninfómana de piernas abiertas! —le grité por última vez.
Inmediatamente el tío Victor me jaloneó con un poco más de fuerza y me condujo hacia la entrada de empleados.
Marie se quedó atrás, llorando.
Busqué a Julia con la mirada pero no lo veía por ningún lado. Nastya, sin embargo, me vio y se apresuró a caminar en mi dirección.
—Este no es su asunto, jovencita. Vuelva al trabajo —le gruñó mi tío al ver que se acercaba peligrosamente.
Me sacó por la puerta y Nastya se quedó parqueada justo donde estaba. Me miraba con una disculpa extendiéndose en el rostro.
Caminamos pasando el callejón donde se dejaban los basureros, y me llevó hasta la acera frente al restaurante.

El ridículo título de "Mi Hamburguesa Especial" brillaba bajo la luz del sol en la fachada principal del local. En todo el camino hasta allí protesté en voz alta y me quejé de injusticia.
—Charlotte se encargará de ti —me dijo él entre dientes mientras nos deteníamos. Se miraba cansado por tener que arrastrarme fuera del local.
Odiaba que me tratara como si fuera una loca en proceso, como si necesitara de atención psiquiátrica… o de un domador de leones.
¿Así fue como se sintió para Julia tratar con su hermano?
Hablando de Julia, no lo miraba por ningún lado. Tal vez Nastya le dijera algo, aunque ella tampoco sabía lo que estaba ocurriendo.
Tanto tiempo tratando de conservar mi empleo solo para que una estupidez me lo quitara.
—Sería saludable que te quedaras en casa de tu madre, Lena…
Antes de que alguno pudiera seguir hablando, el auto de la tía Charlotte se estacionó frente a nosotros.
Ella bajó la ventanilla del asiento de pasajeros y me miró con desdén.
—Deberíamos llamar a la policía —dijo.
Mi espalda se puso recta en ese momento, y mis ojos se abrieron mucho.
—No seas tan exagerada. Con que su madre la castigue es más que suficiente —dijo mi tío—. Lena, ve con tu tía. Será mejor que tu madre busque ayuda contigo. La necesita.
Eso me hizo enfurecer y estallar de nuevo.
—¡La que necesita ayuda es Marie! Yo no soy la loca, es ella —grité exasperada.
—Pues Marie no es la que está embarazada —me respondió mi tía de manera mordaz.
¿Cómo sabía ella eso?
Entonces me fijé en algo a lo que no le presté mucha atención antes: Mason venía sentado en el asiento trasero del auto.
Me saludó tímidamente y se encogió de hombros.
—Deberías entrar al auto —dijo mi tía—, tu padre está haciendo un escándalo y dice que va a matar al desgraciado que te embarazó.
De repente, se empezaron a escuchar disparos provenir del restaurante.
Varias personas salieron corriendo por las puertas del local, gritando y moviéndose como estampida.
Mason se bajó del vehículo de mi tía y se puso a mi lado.
—Creo que tu padre ya dio con él —me dijo algo apenado.
Lo miré furiosa.
—¿Qué? ¿Cómo sabes eso?
—Porque yo le dije que trabajaba aquí y digamos que le proporcioné el arma.
—Mason, eres un estúpido.

Me movilicé hacia el interior del restaurante, corriendo entre los clientes asustados y un Cliff agachado bajo la mesa que se encontraba abrazando a una muy excitada Mirna.
En medio de todo el lugar, mi padre apuntaba hacia el techo con una escopeta.
Corrí a su lado.
—Papá… —sentía vergüenza de toda la gente que observaba con horror nuestro intercambio.
—¡Dime! ¡Vamos Lena, dime! ¿Fue este imbécil quien te embarazó? —gritó él.
—Papá… suelta esa arma. Ambos sabemos que no sabes usar ni siquiera una pistola de silicón.
—Ahora no —murmuró—, primero dime si es este tu jodida novia.
Me señaló a un relajado y tranquilo Julia que hacía un gran esfuerzo por no echarse a reír.
—Mira, no estoy embarazada…
—Te dije que esto sucedería —me interrumpió él—, sabía que mi niña terminaría en esta situación tarde o temprano, pero al menos pensé que cuando llegara el momento estarías casada.
—¿Susan sabe que estás aquí? —le puse una mano en el hombro para tranquilizarlo.
Negó con la cabeza, como si fuera un niño pequeño.
—¿Mamá lo sabe?
Él resopló audiblemente.
—Ella ya está preparándote el baby shower y buscando posibles nombres para el bebé.
—Ya tenemos nombre —habló Julia—, pensamos que Noah sería encantador. Nena, muéstrale a tu papá el primer regalo de nuestro hijo.
Justo ahora quería golpearla. Golpearla por ser tan tonta y no decirle la verdad a mi papá.
—¿Regalo? ¿Desde hace cuánto lo sabes? ¿No pensabas decirme nada?
—¡No estoy embarazada! Es broma de Julia, créeme…
—Ah no. Mi hija no será conocida por ser madre soltera —apuntó a Julia con la escopeta—, de rodillas y le propones matrimonio.
Jadeé tratando de alejar el arma de la cabeza de Julia.
—No sigas haciendo esto… —me quejé.
—Con mucho gusto —dijo Julia. ¿Cómo podía estar relajado cuando tenía un arma apuntándole en el cráneo?
Lentamente se arrodilló en el suelo y me sonrió con picardía.
—Lena —se humedeció los labios—, ¿te casarías conmigo?
Aunque estaba furiosa con él, su pregunta me causó un movimiento curioso en el estómago.
—Definitivamente no —respondí después de dudarlo por un minuto—. Julia, levántate.
—¡Deja que se haga responsable! —gritó mi papá—. Así es como se forman los hombres.

—¡Entiende de una buena vez que no estoy embarazada! —levanté mis brazos para acentuar mis palabras, pero lo único que provocó fue que mi bolso se cayera abierto al suelo, mostrando así el pequeño trajecito azul celeste que el amigo de Julia, Key, me había regalado.
Papá lo vio y abrió más los ojos.
—¡Sí, tenía razón. Estás esperando un hijo de esta infeliz! —chilló.
Suspiré agotada.
Era increíble ver lo que un pequeño chisme podía llegar a causar tan rápido.
—Lena —Gustavo, que se encontraba agachado junto a Nastya en el suelo, me llamó—, ¿entonces estás o no embarazada? Porque si lo estás le debemos una gran cantidad de dinero a Mirna quien apostó a favor.
Jó-de-me. Seee, hoy era el día en el que debí quedarme en cama
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Hunter

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Re: PROHIBIDO ENAMORARSE DE JULIA VOLKOVA // LIA BELIKOV

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