TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

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TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 2:55 am

"Los lobos de Whispering Springs - 2"


Resumen
Hay lobos en Whispering Spring. En su primera noche allí, Elena Katina se encuentra cara a cara con uno. Un hermoso lobo negro con unos sorprendentes ojos azul verdosos. En su segundo día se encuentra con un lobo o más bien loba de dos patas, de nombre Julia Volkova. Ella también tiene unos hermosos ojos azul verdosos y un encanto que acelera el corazón de Lena. Aunque se siente instantáneamente atraída hacia ella, las bromas de Julia hacen que Lena esté insegura de si quiere besarle o darle una patada en el trasero. Cuando las cosas se calientan entre ellas, Lena aprende una cosa. Hay más en Julia de lo que se ve. Esta despreocupada chica mala está escondiendo un secreto.
Julia Volkova ha encontrado a su compañera. Para esta mujer lobo alfa, libre y sin ningún compromiso, el pensamiento es un poco desconcertante, pero Lena es una tentación que no puede resistir. Por desgracia, el camino del amor verdadero está lejos de ser un camino de rosas. Unos problemas inesperados asoman la cabeza en la forma de un zarrapastroso matón rencoroso y cierto accidente que amenaza con separarles. El resultado de todo será que siempre hay un precio que pagar por tentar a un lobo




Prólogo
Lena estaba agitada. Se había ido a la cama y permanecido totalmente inconsciente a la realidad que la rodeaba durante un par de horas, luego se había despertado bruscamente, sintiéndose al instante totalmente despejada. El problema era que funcionaba como un ave nocturna, y no estaba acostumbrada irse a la cama tan temprano. Eso, y el hecho de encontrarse en una cama que no la era familiar, había causado que se despertara.
Fue a por el libro que había guardado en una de sus bolsas, decidiendo que un poco de romance e intriga era justo lo que necesitaba. Cuando cruzaba la habitación una tabla crujió bajo sus pies. Hizo una pausa y oyó un ruido de rasguños y una risa sorda que avanzaba por el pasillo. Aparentemente Alina y Logan estaban yéndose en esos mismos momentos a la cama.
Lena recogió el libro, contemplándolo distraídamente mientras su mente reflexionaba sobre Alina y Logan. Su sonrisa era algo triste mientras pensaba en su propia falta de vida amorosa. ¿Por qué no podía encontrar nunca a la persona correcta?
Se concentró en el libro, hasta darse cuenta de que no funcionaría. Se vistió silenciosamente y caminó suavemente por el pasillo, descendió las escaleras y avanzó a través de la casa a oscuras, con la ayuda de la pequeña linterna que siempre llevaba en su llavero. La cocina estaba justo delante y, si recordaba correctamente, había una puerta que conducía al patio trasero.
Cuando salió exhaló un suspiro de alivio y alegría. El aire de la noche era frío y tranquilo, y sintió que su espíritu se elevaba mientras se alejaba de la casa y se adentraba en los bosques circundantes. La luna, a pocos días de ser llena, cabalgaba alta en el cielo, facilitándole el ver el camino que serpenteaba entre los árboles.
Lena caminaba lentamente, sin ningún destino en mente. Siempre había tenido un buen sentido de la dirección, y se encontraba a gusto en mitad de la naturaleza. Mientras seguía el camino escuchó el chapoteo suave del agua en la distancia.
Al descubrir el destello reflejado de la luz de la luna siguió hacia delante, hasta que entró en un claro, donde un riachuelo de cauce suave alimentaba una charca poco profunda. Una sonrisa iluminó su rostro mientras caminaba al borde del estanque. Se arrodilló y deslizó los dedos por el agua clara. Estaba caliente.
Le dirigió una mirada especulativa y luego comprobó el área circundante.
Tras decidir arriesgarse, comenzó rápidamente a despojarse de su ropa y, desnuda, entró en el agua acogedora.
No vio el par de ojos que brillaban con una incandescencia verde azulada, mientras la observaban hundirse en el estanque.
El agua era lo suficientemente profunda como para que pudiera nadar, lo que así hizo, dando unas pocas vueltas a su circunferencia. Cansada de ese ejercicio, se tumbó sobre la espalda y flotó, admirando el claro cielo nocturno con su luna y sus innumerables estrellas que brillaban tan alegremente. Su cuerpo estaba tan relajado que sofocó un bostezo mientras se encontraba echando de menos la cama que había abandonado no hacía mucho. Con un suspiro avanzó dando patadas hasta el borde del estanque y se puso en pie, saliendo del agua.
Lena era ajena a la imagen que presentaba cuando el agua se deslizaba de su cuerpo, y lo dejaba pálido y brillante bajo la luz de la luna. Su cabello, echado hacia atrás, revelaba los rasgos puros y encantadores de su rostro. Alta y ágil, sus curvas eran plenas y firmes. Los pechos generosos estaban coronados por pezones rosados que se habían endurecido por el frío aire nocturno. Una cintura esbelta acentuaba su generoso contorno y la curva impecable de sus firmes nalgas. Debajo de un vientre ligeramente redondeado, el nido de rizos que adornaba su montículo era un poco oscuro y relucía con el agua del estanque. Sus piernas eran largas y curvilíneas, desde lo alto de sus muslos proporcionados a sus pies delgados y arqueados.
Con intención de recoger su ropa, se inclinó para recuperar su camisa y comenzó a secarse. El sonido de un leve crujido captó su atención y buscó en la oscuridad hasta que sus ojos encontraron al lobo.
Estaba parado, con un aire tranquilo y majestuoso, a no más de seis metros.
Lena se quedó helada por la sorpresa. Un ligero escalofrío de miedo contrajo su vientre, hasta que recordó todas las cosas que había leído sobre los lobos.
Una investigadora en particular había dicho que los lobos normalmente no atacaban a la gente y que, mientras los estaba estudiando, los lobos, especialmente los machos, habían sentido curiosidad por ella y a menudo habían pasado horas en su cercanía, aparentemente estudiándola mientras ella les estudiaba a ellos.
Lena se esforzó en relajar sus tensos músculos mientras admiraba al lobo.
Su piel era espesa y lustrosa, principalmente negra, aclarándose hacia el pecho, el bajo vientre y las patas. Parecía enorme, aunque no tenía nada con que compararle al no haber visto nunca antes un lobo. Y sus ojos… ¿Estaban brillando?
Seguramente era un reflejo de la luz de la luna en el agua, reflexionó ella. Como no estaba segura de qué color tenían normalmente los ojos los lobos, encontró el verde y azul completamente notables.
Un jirón de aire nocturno sopló en su piel, haciéndola temblar.
—Espero que no te importe —le dijo al lobo suavemente—, pero tengo que moverme. Yo no tengo pelo, ¿sabes?, y hace un poco de frío aquí sin ropa.
Como respuesta el lobo ladeó la cabeza y luego se sentó, contemplándola expectante.
—Supongo que eso significa que está bien —refunfuñó Lena mientras se vestía cuidadosamente, con movimientos tranquilos y pausados.
Todo el tiempo el lobo la miraba con interés.
Tras ponerse los zapatos se puso de frente al lobo.
—Bueno, fue un placer conocerte —expresó ella—. Pero tengo que irme.
Espero que hayas disfrutado del espectáculo.
Como respuesta, la boca del lobo se abrió y su lengua quedó colgando en una gran sonrisa canina.
Un ceño suspicaz cruzó el rostro de Lena.
—¿Te ha dicho alguien alguna vez que eres un poco extraño? —preguntó, y luego admitió—: Pero muy hermoso. Gracias por hacerme compañía. Tal vez nos encontremos alguna vez.
Ella retrocedió unos pocos pasos, solo para ver si había alguna objeción.
Cuando el lobo no hizo ningún movimiento, se volvió y siguió el rastro de vuelta a la casa. Tras deslizarse silenciosamente en la cocina, cerró con llave y se arrastró escaleras arriba a su habitación, se cambió rápidamente y se deslizó de vuelta a la cama.
Segura, cálida y agradablemente soñolienta, Lena comenzó a dejarse llevar hasta que el aullido evocador de un lobo perforó la quietud de la noche.
Escuchó el sonido con temor mientras por la espina dorsal le bajaba un escalofrío.
Justo al final del pasillo, tanto Logan como Alina escucharon el aullido.
—Jul —identificó Logan.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Alina con un bostezo somnoliento.
Logan la abrazó.
—Probablemente solo salió a correr.
—Mmm —murmuró Alina mientras se acurrucaba contra él y se dormía.
Logan permaneció despierto y escuchó un segundo aullido agitado. Antes había oído regresar a Lena de su paseo a la luz de la luna. Se quedó tumbado silenciosamente, especulando sobre las posibilidades…


Última edición por Admin el Sáb Ago 09, 2014 2:59 am, editado 1 vez
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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 2:58 am

Capítulo Uno
Las risas sonaron en la cocina, mientras Lena, Alina y Logan disfrutaban de un desayuno informal, sentados en unas sillas alrededor de la zona para comer, en la isleta central. Logan se había ofrecido para cocinar unas, más que pasables, excelentes tortillas, acompañadas de tostadas, fruta fresca, café y zumo.
Después, incluso se ofreció para recogerlo todo, ordenando a las chicas que permanecieran sentadas. Mientras trabajaba, escuchó su relajada conversación.
—Tengo que decirte, Ali, que has descubierto un tesoro. —En el fregadero, Logan se giró para mostrar una sonrisa burlona hacia Lena, acompañada de un guiño—. Steve no levantaría ni un solo dedo para ayudar en la cocina, este es uno de los muchos motivos por los que rompí con él.
—¿Has roto con Steve? —preguntó Alina incrédula—. Creí haberte oído decir que era el tipo perfecto para ti.
—Sí, pues el señor Perfecto ha resultado tener unos cuantos defectos que no se podían dejar pasar. Incluido el hecho de que no quería más hijos.
—Oh no, Len. Cuanto lo siento.
—Está bien, hermanita, me enteré de que era un pésimo padre. —Se giró para incluir a Logan, que se había dado la vuelta para escuchar—. Steve tiene una hija de un matrimonio anterior, pero en realidad no la quiere, la abandona con sus padres en cuanto puede. Estos están encantados de quedarse con su nieta, por supuesto, pero hasta la madre de Steve admite que no pasa suficiente tiempo con ella.
Con gesto disgustado, Logan continuó con la limpieza de la encimera.
—¿Cómo es posible que alguien pueda abandonar a su propio hijo de tal manera? —preguntó Alina con tristeza, mientras permanecía sentada con la vista clavada en la mesa y frotaba distraídamente su vientre.
Lena la miró con creciente sospecha y una gran sonrisa extendiéndose por su cara.
—Ali, ¿estás embarazada?
Alina alzó la vista con rapidez, para encontrar la expectante mirada de Lenay después buscó la mirada de Logan. Su expresión resultó inexpresivamente neutral. Dejaba la decisión en manos de Alina.
Lena observó como una lenta sonrisa se extendía por el rostro de su hermana.
—Sí —confesó.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Lena —. Es maravilloso. —La abrazó con fuerza mientras la mecía entusiasmada, hasta que se percató de lo que estaba haciendo—. Te estoy batiendo como a una coctelera, no me dejes hacerlo —la regañó.
Sus ojos brillaban con lágrimas de felicidad, a la vez que saltaba de su silla y se acercaba a Logan—. Te voy a dar un abrazo, tipo grande —le avisó y echó sus brazos alrededor del cuello de Logan, besándole ruidosamente en la mejilla.
Logan le devolvió el abrazo, riéndose ante el entusiasmo que demostraba.
—¡Mamá y Papá van a alucinar! —declaró mientras volvía a su silla—. Estarán en el séptimo cielo con su primer nieto, y puedo asegurarte que me quitarán de su punto de mira —confesó, cuando Logan regresó a su asiento—. Se pasan el tiempo lanzándome sutiles indirectas sobre lo bueno que sería tener un nieto.
Observó como Logan cubría los hombros de Alina con el brazo y la acercaba para plantar un dulce beso en su sien.
—Me alegro de que lo apruebes —replicó con voz grave, mostrando una clara alegría en su tono.
Lena rió, con los ojos brillantes por las lágrimas no derramadas.
—¿Estás bien? —la preguntó Alina.
La sonrisa de Lena se amplió.
—Os amáis el uno al otro —contestó—. Es tan dulce que estoy estupefacta.
—También estás chiflada —la acusó Alina con cariño.
—Eso también —admitió Lena alegremente, emocionada por el insulto de su hermana—. Vamos Logan, te ayudaré a terminar de limpiar, y tú, querida hermana, te quedarás sentada.
—Lena —se quejó Alina—, el bebé no nacerá hasta dentro de ocho meses, no vayas a creer que voy a empezar a tomármelo con calma desde el principio.
—No obstante, tengo la intención de echar a perder a mi sobrino o sobrina, y creo que voy a comenzar desde este mismo momento.
* * * * *
Después de terminar la limpieza, Logan entró en su despacho para realizar algunas llamadas telefónicas referentes a su trabajo.
Lena no estaba segura de cuál era exactamente su profesión. Alina le había explicado vagamente de qué se trataba; era un trabajo independiente, algo así como que estaba especializado en algún tipo de mediación.
A pesar de la deliberada imprecisión de Alina, Lena sabía que había algo más. No la presionó, sabiendo que se lo contarían en su momento. Esta era una de las ventajas de haber conocido a alguien durante toda una vida. Después de un rato, sabías cosas de ellos por el simple hecho de haber compartido tanto tiempo.
Una vez que Logan se dirigió hacia su trabajo, Lena acompañó a Alina a su librería, donde ella y Clare, la mejor amiga de Alina y socia de su negocio, organizaron una ruidosa y alegre reunión. La amistad de Alina con Clare se había ampliado para incluir a Lena, y las tres pasaron la mayor parte de su crecimiento juntas.
El día pasó rápidamente entre el trabajo y la charla amena, con la que se fueron poniendo al corriente de las noticias de cada una. Lena quedó impresionada con la librería y resultó evidente que los clientes también lo estaban, dado el gran número de ellos que entraron y salieron en el transcurso de las horas.
Cuando la tarde llegó a su fin, Lena decidió compartir una pequeña información que se había guardado. Después de que el último de los clientes se marchara, y mientras estaban ocupadas ordenando, se dirigió al frente de la librería y se detuvo delante de la sección de novedades.
—¿Sabén? —dijo con voz claramente audible—, mi libro quedaría estupendo aquí.
—¿Y de qué sería el libro, Len? —preguntó Alina con indulgencia.
—El de suspense romántico, con una gran carga erótica, que escribí y que fue aceptado para su publicación hace unas semanas.
Alina se quedó mirando fijamente a Lena, buscando algún signo de que hablaba en broma. No apreció ninguno.
—Hablas en serio. —Alina se giró hacia Clare—. Habla en serio. —Su mirada regresó con incredulidad hacia Lena—. ¿Hablas en serio?
Ante su gesto afirmativo, Alina y Clare se precipitaron sobre ella, envolviéndola en un abrazo.
—¿Por qué no nos contaste que estabas escribiendo un libro? —preguntó Clare.
—Sí, ¿por qué no nos lo dijiste? —repitió a su vez Alina, mientras la daba otro abrazo, junto con un vengativo pellizco en el brazo.
—¡Ow! —se quejó—. ¿Ya ha averiguado Logan que te encanta pellizcar?
—Sí —contestó complacida—. Pero no te preocupes por él. También consigue anotarse algún tanto.
—Puedo imaginármelo —dijo Clare, moviendo las cejas de manera insinuante. Alina se ruborizó mientras Lena y Clare intentaban contener las risas.
—Bueno —las amonestó—. ¿Podéis dejarlo ya? —Fijó su mirada en Lena—.
Explícate hermanita.
Lena frunció la nariz ante el tono de hermana mayor de Alina.
—Hace unos años, se me ocurrió la idea de escribir un libro. Ya sabes lo que me gusta leer. —Alina hizo un gesto afirmativo y Lena continuó—. Escribí media docena de capítulos y perdí el interés, por lo que le dejé de lado. El año pasado sentí de nuevo la necesidad, desenterré el material que ya tenía escrito y lo leí por encima. —Se rió—. ¡Era malísimo!
Sin embargo, continuaba con esa necesidad, y pensé que algunas ideas eran realmente buenas, así que lo intenté de nuevo —explicó entusiasmada, con los ojos brillantes—. De hecho, me entregué totalmente a ello. Decidí no comentar nada hasta haberlo terminado y que lo hubiera visto un editor. Si era rechazado, lo mantendría enterrado, para quizá intentarlo un par de años más tarde.
Lena sonrió ampliamente y encogió los hombros con cierta timidez.
—No me lo rechazaron. Por lo tanto, he guardado en bolsas todo mi trabajo en Sistema de Datos Davis y me voy a dedicar a la escritura con dedicación exclusiva.
—¿Dejas el trabajo?
—Sí, Alina, deseo hacer esto y tengo mucho dinero ahorrado, por si lo necesito. Ya sabes lo tacaña que soy. Y he pensado que —se lanzó jadeante—, ahora que te has ido a vivir con Logan, ¿querrías alquilarme tu casa? Quiero decir, si no tienes ningún plan para ella.
Lena observó atentamente a Alina para captar su reacción, reconociendo una mirada algo aturdida. Lo último que quería era alterar a su hermana, sobre todo en su estado actual, pero esto era muy importante para ella. Lena sentía que su vida estaba a las puertas de un cambio radical y, de alguna manera, trasladarse aquí, a Whispering Springs, estaría… bien.
—¿Estás bien? —preguntó Lena, mostrando cierta agitación en su voz.
Necesitaba la aprobación de Alina.
—Estoy bien. Solo necesito sentarme un momento —contestó. Se dirigieron hacia uno de los rincones de relax dispersados por la librería, para el disfrute de los clientes, y se sentaron sobre un cómodo sofá—. Me has tomado por sorpresa. Realmente has pensado todo esto, ¿verdad?
Lena hizo un gesto afirmativo con gran seriedad.
—Bien, si estás segura de que es lo que quieres, la casa es tuya. —Alina tomó la mano de su hermana—. Pero ya sabes que eres bienvenida si prefieres quedarte con Logan y conmigo, ¿verdad?
—Hermanita, ya sé que me dejarías quedarme con vosotros, pero es lo último que necesitas en estos momentos. Logan y tú acabáis de empezar una nueva vida juntos. —Oprimió la mano de Alina—. No necesitas a una hermana medio loca conviviendo contigo.
—No estás loca —negó Alina, con un visible temblor en su labio inferior.
Con los ojos húmedos por las lágrimas, Lena le dirigió una acuosa sonrisa burlona.
—Ahora no se pongan a llorar las dos —ordenó Clare, captando la gran carga emocional del ambiente—. ¡Esto merece una celebración! La hermanita pequeña va a ser una escritora famosa y, además, se viene a vivir a nuestra ciudad. ¿Me puedes firmar un autógrafo? —preguntó con fingido entusiasmo, con los ojos muy abiertos mostrando gran apasionamiento.
Alina esbozó otra acuosa sonrisa.
—¿Alguna vez has tenido ganas de darle una bofetada? —le preguntó Lena a su hermana mientras le dirigía una mirada enfurruñada a Clare.
Esta retrocedió con fingido horror y las tres se rieron, rompiendo la tensión del momento.
—Podríamos ir en coche hacía la casa —les dijo—. Tengo que recoger algunas cosas y así puedes ver la zona para cerciorarte de qué es lo que quieres. Si mal no recuerdo, había helado de mantequilla de pacana (NA: Fruto seco muy similar a la nuez tradicional en el congelador — dijo con una sonrisa—. Podríamos hacer algo con él, ya que estamos de celebración y todo eso.
Con un coro de ansioso consenso se dirigieron a la casa de Alina. Esta llevó a
Lena como pasajera. Clare las siguió en su propio coche, para poder irse directamente a su casa cuando hubieran terminado.
Mientras recorrían la ciudad en dirección a la zona periférica donde se hallaba la casa de Alina, Lena se dedicó a admirar el paisaje. Whispering Springs era una de esas pintorescas y tranquilas ciudades, con una zona comercial interesante, diversa y no muy grande. También disponía de pequeños barrios donde las casas no eran reproducciones unas de otras, y se encontraban lo suficientemente alejadas como para permitir cierto aislamiento a los residentes.
Los patios estaban limpios y muy bien cuidados. Flores de diferentes tipos crecían alineadas e incluso daban forma a los jardines, estaban situadas en jardineras sobre los alfeizares de las ventanas y formaban pasillos en la zona peatonal.
Grandes árboles atestiguaban el hecho de que el lugar tenía profundas raíces y no se podía clasificar como una urbanización aparecida de la noche a la mañana. Había una sensación de tranquilidad y solidez en el lugar que la llegó a los huesos, haciendo que se sintiera inmediatamente como en casa.
Cuando entraban en el camino de acceso a la casa de Alina, Lena vio que ya estaba aparcada allí una camioneta. Llevaba un logo en el lateral que anunciaba Diseños Volkova.
—¿Qué es lo que hará Julia aquí? —preguntó Alina en voz alta.
—¿Quién es Julia?
—Julia Volkova. Es la mejor amiga de Logan.
Salieron del coche y, cuando Clare se las unió, caminaron hacia el porche que daba paso a la puerta de entrada. Alina probó el picaporte. No estaba cerrado y dio un paso al interior.
—¿Julia?
—Aquí —llegó la respuesta, ligeramente apagada.
Lena sintió como un involuntario temblor se deslizaba por su espalda.
Algo en aquella voz ronca pero profunda y potente golpeó un punto desconocido de su interior. La sensación no resultó desagradable y le desconcertó sentirse afectada por alguien a quien todavía no había visto. Su curiosidad creció bruscamente.
Clare y ella siguieron a Alina hacia la cocina.
Delante del fregadero, tomando la última cucharada del helado de mantequilla de pacana, se encontraba un gran ejemplar más magnífico de belleza andrógina que ella hubiera visto jamás. «Señor ¿Es que todos los de esta ciudad eran unas maravillas físicas?» Parece que había llegado al lugar ideal, pensó, mientras una onda de anticipada tensión la recorría.
Julia Volkova, totalmente relajada, se apoyaba contra el fregadero mientras terminaba su helado. Un metro y ochenta y cinco centímetros de altura llenaban sus vaqueros y su camiseta de tal manera que llamaban la atención de una mujer.
Dura, musculosa y fuerte en los lugares correctos.
Su hermosa pero severa cara estaba enmarcada por un cabello negro, corto pero más largo en la parte inferior que, como una espesa y brillante capa, relucía bajo la luz del sol que penetraba a través de la ventana de la cocina. Sus oscuras cejas enmarcaban unos brillantes ojos azules-verdosos, protegidos del sol gracias a unas abundantes pestañas, mientras que una recta nariz señalaba el camino a unos labios invocadores de calientes pensamientos y noches repletas de sensuales besos. Su cálida piel, de un tono oliváceo, estaba bronceada por el sol.
Julia pasó su vista de Alina a Clare de manera amistosa antes de detenerse ostensiblemente sobre Lena. Sintió como el estómago se estremecía cuando él capturó su involuntaria y fascinada mirada de admiración. Raspando los últimos restos del helado en el envase, Julia fijó en Lena toda su atención, mientras se concentraba en limpiar la cuchara con la boca. Su lengua realizó cosas malvadas y maravillosas en aquel trozo de inanimado y desagradecido metal.
Cosas que desencadenaron un fogonazo de calor por sus venas.
Un acaloramiento que comenzó en su vientre y fluyó hacia abajo como cera caliente. El resultado fue una humedad instantánea en sus bragas. Mientras toda la humedad de su cuerpo viajaba hacia el sur, el fuego de sus venas cargó hacia el norte. Lena sintió como una ola de calor se esparcía por su pecho, garganta y mejillas. Julia le dio a la cuchara un último y sensual lametón antes de sonreír. Esta fue una lenta, malvada y provocadora sonrisa, como si fuera conocedor del efecto producido y estuviera muy, muy complacido.
Irritada y mortificada por la facilidad con la que Julia había conseguido tal reacción en ella, Lena se sintió instantáneamente insultada. Esa mujer estaba demasiado segura de sí misma. Estaba decidida a demostrarle que no era ninguna virgen influenciable. Enderezó la espalda, levantó la barbilla y le dirigió una mirada furiosa, sin tomar en cuenta las miradas intrigadas de Alina y Clare.
Julia la lanzó una obstinada sonrisa y devolvió su atención a Alina.
—Espero que no te importe —dijo, indicando el cartón vacío—. Son mis honorarios.
—¿Honorarios por qué? —preguntó con una sonrisa desconcertada.
—Logan me mencionó que tenías una ventana rajada en la sala de estar. Me ofrecí para sustituirla. —Tiró el cartón y aclaró la cuchara—. Hola Clare, me alegra volver a verte.
—Julia —devolvió el saludo—. ¿Cómo va tu negocio de arquitecto? ¿O quizá no debería preguntar, ya que has caído hasta tener que sustituir ventanas a cambio de un helado?
—Me gusta regresar a lo básico de vez en cuando —rió— El negocio va excelentemente.
¿Conoces a Gracie Stevens?
Clare hizo un gesto afirmativo.
—Acaba de recibir un maravilloso y enorme cheque de su carcamal. Parece que sospechaba que la estaba engañando y contrató a un detective privado para sorprenderlo in fraganti. Cuando terminó el proceso de divorcio, su imagen valía más que mil palabras. Y un montón de dinero en efectivo. Está pensando en realizar alguna renovación en aquel mausoleo donde vive. Va a ser un trabajo muy interesante.
—Hmmm, ¿está pensando solo en la renovación de la casa o tiene en mente alguna otra renovación más personal? —preguntó Clare en broma.
Estaba bien enterada de la reputación de Julia. Era la preferida entre la población femenina local y no tan local.
—Imagino que de ambas cosas —contestó Julia, lanzándola un malvado guiño.
Alina carraspeó.
—Ahora no estoy tan segura de querer presentarte a mi hermana.
Lena, que había observado el intercambio entre Clare y Julia con involuntario interés, se sintió disgustada por sus proezas con las mujeres. La irritación que sentía era sobre sí misma. «¿Por qué demonios debería importarme lo que hace?»
Se preguntó antes de decir en voz alta:
—No seas tonta, Ali. —Su tono de voz fue cortante y frío—. Si la señora Volkova decide disfrutar de aventuras amorosas con sus clientes, es asunto suyo. —Le ofreció la mano—. Lena Katina, encantada de conocerle.
Julia trasladó su mirada turquesa a la amplia sonrisa de Lena, tomando su mano. En el pasado, había conocido a quien que la habían desnudado con los ojos, pero, por cómo la miraba Julia en esos momentos, se podría pensar que esta mujer en realidad ya la había visto desnuda. Se quedó perpleja ante el reconocimiento inexplicable y el calor que reflejaban sus ojos. Este hecho le produjo una oleada de carne de gallina por toda su piel. Una repentina imagen de Julia desnuda se presentó ante ella para su propia inspección por una imaginación demasiado activa. Con gran esfuerzo Lena conservó la calma, manteniendo su expresión neutral.
—Llámame Julia. ¿Puedo llamarte Lena? —Ante su gesto afirmativo, Julia aplicó un suave masaje al presionar su mano—. Lo que tienes que tener en cuenta, Lena, es que una persona no siempre acepta lo que le ofrecen. Tal como estoy segura que no lo haces tú. —Su voz transmitía una suave advertencia.
Lena se indignó.
—Tienes razón, Julia —concordó dulcemente, mientras, deliberadamente, retiraba la mano de la de ella—. Hay cosas que una mujer no podría tolerar — agregó con frialdad.
A pesar de su irritación, Lena no pudo negar la carga eléctrica que hizo que su piel se erizara donde sus manos se habían tocado. El calor que fluía de las yemas de sus dedos barrió como una ola por su brazo, llegando a todo su cuerpo y haciendo que su temperatura se elevara un poco más. La sensación era parecida a sumergirse en una cálida y acogedora bañera.
—La experiencia me ha enseñado que una persona puede adquirir gran cantidad de tolerancia —afirmó Julia en un ronco gruñido mientras daba un paso para acercarse—. Incluso se puede llegar a disfrutar de algo que al principio pudo parecer antipatía.
Entornó los ojos de manera sensual, una mirada que sin duda había seducido a muchas mujeres imprudentes. Lena no se dejaría capturar tan fácilmente, y dio un paso hacia atrás, alejándose e inspirando profundamente para intentar tranquilizarse. Resultó ser un error.
El suave y sutil olor de Julia invadió sus fosas nasales. Su cálido y fresco aroma la atrajo y tentó, haciendo que su deseo se elevara repentinamente de manera rápida e insistente. No ayudó que se percatara del sensible abultamiento que apareció en la parte frontal de sus vaqueros. Lena sintió como se le secaba la boca, al mismo tiempo que se humedecía aún más su sexo.
—Quizá algunas personas no seamos tan flexibles —logró decir, tras despegar la lengua de su paladar.
—Oh bien, flexibilidad. Eso es algo sobre lo que se puede trabajar.
El tono de Julia había tomado un timbre caliente e invitador, que recorrió su piel y le acarició hasta las puntas de sus nervios. Bien podía imaginarse algunas de las cosas que haría para mejorar la flexibilidad de una mujer. Aplastando las provocativas imágenes que inundaban su mente, entrecerró los ojos y enderezó la espalda. Estaba determinada a no caer víctima de este hombre tan peligrosamente seductor. Julia era un hombre que utilizaba claramente su físico para las conquistas fáciles.
—Sí, es cierto, pero para lograr un objetivo, primero hay que querer lograrlo.
¿Si es algo que no quieres, qué razón tiene intentarlo?
—A veces una persona no siempre está segura de lo que quiere, y se requiere de alguien más que les lleve hacia una experiencia que muy fácilmente podría cambiar su vida —insistió Julia.
—¿Y qué pasa si esa persona está totalmente satisfecha con la vida que lleva?
—¡Oh, Lena! —Julia sacudió la cabeza con fingida tristeza—. A pesar de eso, creo que hasta la satisfacción más perfecta puede ser mejorable. —La obsequió con una mirada que quemaba por su intensidad—. Creo que siempre hay tiempo para un cambio en la vida de las personas. No hay nada como agitar las cosas e intentar algo nuevo. ¿No estás de acuerdo?
Lena se relajó un poco, mientras una sonrisa renuente aparecía en sus labios.
Su irritación se convirtió rápidamente en diversión. Obviamente Julia era una persona que usaba su atractivo sexual para sus conquistas, pero tenía cerebro e ingenio para dirigir aquellas devastadoras miradas. Sus bromas no solo estimulaban sexualmente, sino que, además, divertían.
Elevó la frente de manera orgullosa y le dirigió una mirada de consideración.
—Aunque esté de acuerdo en que no hay nada malo en probar algo nuevo, eso no significa que automáticamente sea algo bueno para ti. Esto último podría resultar muy, muy malo.
—Y para algunas personas lo malo puede ser estimulante.
—Eso es cierto. Ser imprudente y salvaje puede resultar atractivo, pero a menudo la gente se lamenta cuando retorna la serenidad.
—He descubierto que hay ciertas cosas sobre las que el intelecto no debería influenciar. Algunas veces es mejor dejar actuar al instinto.
—¿Y qué pasa si tu instinto te dice que corras antes de que sea demasiado tarde?
—En realidad correr también podría estar bien. No hay nada como la emoción de una buena persecución.
Lena había abierto la boca para contestar cuando Clare estalló en carcajadas.
Se giró para descubrir que Clare y Alina observaban el claro intercambio de insinuaciones. Alina les miraba fijamente, con el asombro reflejado en sus ojos.
—Esto hace que haya valido la pena que nos quedáramos sin el helado de mantequilla de pacana —rió Clare—. Tal vez deberíais dejarlo en empate.
Lena miró a Julia, captando el leve brillo de sus ojos.
—Estoy de acuerdo si ella lo está —ofreció.
Julia inclinó la cabeza como aceptación.
—Por mí muy bien, teniendo en cuenta que yo tenía la mejor mano.
—Si tú lo dices —resopló Lena.
—Oh, dulzura, no es que yo lo diga.
—Tú solamen…
—¡Alto! —gritó Alina—. Me están mareando. Julia, ¿has terminado con la ventana? —Él hizo un gesto afirmativo—. Muy bien, gracias por el arreglo, ha sido un estupendo detalle. Vete a casa. ¡Lena, si dices una palabra más, te amordazo!
Sus palabras de protesta quedaron amortiguadas por el sonido del teléfono móvil de Alina.
—¿Diga? —contestó Alina, manteniendo un ojo vigilante sobre Julia y Lena, mientras Clare se giraba para intentar acallar sus risas—. Hola cariño. No, todo está bien. Estamos en mi casa. Necesitaba recoger algunas cosas y, además, Lena quería ver el barrio. ¡Oh, tengo muy buenas noticias! Lena ha decidido venirse a vivir aquí, va a alquilar la casa.
Lena observó la lenta y depredadora sonrisa que curvó los labios de Julia, mientras sus ojos relucían con un brillo intenso y salvaje. Un escalofrío de incertidumbre encogió su estómago y frunció el ceño, preguntándose si era posible que sus ojos pudieran provocarle esas sensaciones. El brillo en los ojos de Julia fue tan fugaz que dudaba de haberlo visto de verdad. De mala gana, decidió que debió ser cosa de la luz que entraba por la ventana. Aun así, la dejó cierta sensación de inquietud. Brillo o no, aún tenía una sonrisa satisfecha por la contienda.
No le dio oportunidad de contestarle que no se hiciera ilusiones. Sin decir más, se giró y se dirigió hacia la sala de estar para recoger la caja de herramientas. A escondidas, le vio irse. «Maldición, la mujer sabía moverse», pensó y después ahogó un gemido cuando se agachó para recoger sus herramientas dispersas.
La visión de aquel pequeño y firme trasero, cubierto por unos estrechos vaqueros, le hizo la boca agua. De mala gana trasladó su atención a la conversación entre Alina y Logan.
—A propósito, Julia está aquí. Arregló la ventana. Ha sido algo muy dulce que te acordaras. —Escuchó un momento y Lena sonrió cuando observó como el rubor cubría las mejillas de su hermana—. Oh bien…Ya pensaré en eso — contestó Alina con un leve ronroneo en la voz—. Sí, está aquí mismo. Bien. ¿Julia?
Logan quiere hablar contigo.
Julia tomó el teléfono que Alina le ofrecía y se retiró a la sala de estar. Mientras hablaba con Logan, Alina enfrentó a Lena.
—¿Qué pasa contigo? —le preguntó.
—¿Qué? ¡No soy yo, es ella!
—Empezaste tú. Y para tu información, creo que más te vale alejarte de ella.
No es precisamente un tipo común.
—No soy ninguna virgen inexperta, Ali. Puedo cuidar de mí misma.
—Incluso si lo fueras, estoy segura de que Julia sería feliz de ayudarte con eso —dijo Clare sarcásticamente—. ¿Viste la manera en que te miró? Sentí cómo el calor lo inundaba todo —dijo, abanicándose.
Lena sonrió a Clare —aprovechando la ausencia de Julia—, para ir directa hacia los hechos más calientes de la situación.
—Bueno, puede ahorrarse su calor —les aseguró—. Estoy estupendamente de temperatura.
—Estoy de acuerdo con eso —interrumpió Julia—. Caliente. —Le devolvió el teléfono a Alina, que se despidió de Logan.
Los ojos de Julia capturaron los de Lena. Ardían con un suave tono turquesa, un claro y sutil resplandor que prometía convertirse en un rugiente infierno si se le alimentaba adecuadamente. Otro rubor se deslizó a lo largo de todo su cuerpo y Lena se obligó a permanecer derecha, sin mostrar ningún tipo de reacción.
Julia trasladó su atención a Alina.
—Logan me ha pedido que haga una minuciosa inspección de la casa. Dado que tú hermana va a quedarse aquí, quiere que esté en perfectas condiciones. Dijo que me avisarías si hay algo en particular que necesites que se haga, o se repare —le dijo—. Si te parece bien, me quedaré con la llave que me dio Logan.
Mañana traeré algunos hombres para comenzar con el trabajo.
—Eso suena muy bien, Julia. Entonces regresaremos mañana para recoger el resto de mis pertenencias. Te pasaré una lista con las cosas que creo deberías revisar.
—De acuerdo —contestó y, recogiendo su caja de herramientas, se dirigió hacia la puerta—. Señoras, ha sido un placer, como siempre. —Le lanzó a Lena una intensa mirada que le dijo todo—. Te veré mañana, Lena.
—Bien, no quiera Dios que mañana sea un buen día para mí —contestó sarcástica.
Reconociendo claramente la atracción que sentía por Julia, estaba segura de que una relación con él sería muy probablemente de lo más peligroso. Julia sería un dolor que terminaría por padecer.
Julia soltó una carcajada y continuó hasta la puerta.
Lena le vio salir, con un ceño fruncido desfigurando su cara. Algo en aquellos endiablados ojos le resultaba terriblemente familiar.
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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 3:04 am

Capítulo Dos
Alina se detuvo en su casa y salió del coche con la lista en la mano. La camioneta de Julia ya estaba aparcada en la entrada del garaje y podía ver el movimiento a través de las ventanas de la sala de estar. Subió los escalones del porche y caminó hasta la puerta principal que permanecía abierta. Julia estaba hablando con dos de sus hombres, tomando nota sobre diversos aspectos del estado de la casa.
Viéndola entrar, le dio la bienvenida con una sonrisa y envió a sus hombres a hacer sus encargos.
—Eh, Ali, genial, has traído la lista. —Luego echó un vistazo por la puerta abierta—. Veo que Lena decidió que una retirada era la mejor solución. Por ahora.
Alina se rió entre dientes.
—Me dijo que le provocaste dolor de cabeza. Bueno, la verdad sea dicha, dijo que eras un grano en el trasero y que se quedaba en casa para poder terminar algo de trabajo.
Una mueca fácilota apareció en la cara de Julia.
—Me gusta tu hermana pequeña. Lo dice todo tal y como es.
La sonrisa de Alina decayó.
—Julia, Lena es adulta y puede hacer lo que quiera, no me voy a entrometer, pero ante todo es mi hermana. No juegues con ella.
—No estoy jugando, Alina. Es mía.
Un pequeño temblor recorrió el estómago de Alina.
—¿Estás segura? —preguntó incrédula.
—¿Logan estuvo seguro en cuanto a ti?
—Supongo que esa es una pregunta tonta. —Frunció el entrecejo y se mordió el labio—. ¡Oh Dios mío!, esto es tan inesperado. ¿Se lo has dicho a Logan?
Julia negó con la cabeza.
—Eres la primera y tienes mi permiso para contárselo. Voy a discutirlo con Cade. Como mi beta, tiene el derecho de ser informado, pero nadie más debe saberlo hasta que este arreglado.
Alina asintió.
—Julia, sabes que no resultará fácil. Es distinto al hecho de que Logan escogiera a una compañera humana, aunque supongo que escoger no es la palabra idónea, pues la verdad es que no hubo prácticamente ninguna opción. La gran diferencia es que él no es alfa de una manada. Tú, por otro lado, eres la alfa de Torre de Hierro. No es muy probable que a todos les encante aceptarla como tu hembra alfa, sobre todo para algunas de las otras mujeres. Es un secreto a voces que algunas esperan ganar esa posición.
—No creas que no he pensado en todos estos problemas, Alina, pero, como ya te he dicho, en esto no tengo otra opción. Lena es mi compañera. La reconocí en cuanto olfateé su olor. No es algo que se pueda decidir, es una situación que tiene lugar debido a un reconocimiento físico y emocional. Cualquier expectativa que pueda tener algún otro miembro de mi manada, será solucionada en su momento. Me he percatado de que Lena no es ninguna cobarde, y su voluntad es firme. Solo tengo que mostrarle mi verdadera personalidad y convencerla de que soy el amor de su vida. No tengo ninguna duda de que podrá ocuparse del resto. —Un brillo sardónico iluminó los ojos de Julia.
—Eso va a ser muy divertido — se rió Alina—. Por supuesto, ayer tuvieron un estupendo comienzo.
—Es verdad, creo que tuvimos un gran comienzo. Las buenas relaciones empiezan siempre con un buen conflicto, es una reacción subconsciente de los dos involucrados, que les incita a luchar debido a sus carencias y necesidades.
—No sabía que fueras una psicóloga aficionada.
—Tengo muchos talentos —contestó Julia con un guiño.
Alina suspiró y puso los ojos en blanco.
—Pobre hermanita. —Miró con aprecio a Julia, pero luego su mirada se tornó repentina y mortalmente seria—. ¿Sabes que si la hieres no tendrás que enfrentarte solo con Logan, sino también conmigo, verdad?
Julia le cogió la mano y la atrajo hasta su mejilla, frotándola contra su piel antes de besar sus nudillos.
—Si la hiriera, tienes mi permiso para darme unos cuantos puntapiés en el trasero, pero Ali, eso no va a suceder. Lo prometo, cuidaré de ella. Yo… yo no…
Alzando su mano le acarició su mejilla.
—No eres solo la imagen de soltera despreocupada que proyectas. Eres una buena persona, Julia, fuerte, fiable, protectora. —Sonrió, sus ojos brillaban—. Tienes mi consentimiento para cortejar a mi hermana y puede que las dos disfruten de la persecución, hermana.
Su sonrisa iluminó la habitación.
—Gracias, hermanita. A propósito, ¿mencioné que necesitas un nuevo tejado?
—¿Qué?
—Tienes suerte, a la familia solo le facturo el coste de los materiales.
* * * * *
Sus muslos se abrieron ampliamente, arqueándose hacia abajo para dar facilidad a los sensuales golpes de la diestra lengua que exploraba su tembloroso sexo. El sudor perlaba su piel, y la suave brisa que llegaba del ventilador del techo hacía que sus pezones fueran meros puntos prietos. Estiró la mano para alcanzar su duro pico y gimió cuando una mano grande se deslizó por toda la longitud de su cuerpo y se moldeó contra el otro pecho, copiando sus propios movimientos con los dedos.
Gimió de nuevo y empujó hacia abajo cuando él chupó su clítoris, su lengua acariciaba despacio por encima del sensibilizado brote, muy suavemente.
—¡Oh, fóllame! James, James, por favor —imploro ella—. ¡Fóllame, Julia!
—¿Julia? —exclamó Lena dando al botón de retroceso rápidamente y agregando el nombre correcto.
Aliviada después de borrar toda evidencia suspiró, se estiró y apagó el ordenador portátil. Estaba contenta por haber conseguido escribir un gran número de páginas para su último libro, a pesar de su tendencia a distraerse pensando en Julia. Sumergirse en las vidas de sus protagonistas la ayudaba a eliminar durante un tiempo todo tipo de realidades, pero el problema con la realidad era que siempre reaparecía.
Lo cierto era que estaba preparada para admitir que este espécimen llamado Julia Volkova había dejado una impresión bastante contundente en ella. Le fascinaba la imagen de chica-mala, y su cuerpo reaccionaba en cierto modo ante este hecho, y vaya que no podía negarlo. Le deseaba. Lena se retorció en la silla. Las escenas de sexo que estaba escribiendo siempre conseguían aumentar su deseo, pero el meter a Julia en la ecuación hacía que se quemara por dentro.
—Demonios —susurró—. ¡Quiero algo más que eso!
El sentimiento era tan intenso que su pecho se comprimió y las lágrimas relucieron en sus ojos. Barriéndolas con una mano, se sostuvo la barbilla para mirar fijamente por la ventana. «Vaya mi****», pensó. Definitivamente no era el tipo de persona que estaba buscando una esposa, hijos y estabilidad. «Seguro que ni me escogería».
Lena se sentó y pensó durante algún tiempo, sin ser capaz de obtener una solución a su dilema. La queja brusca de su estómago la hizo salir de su letargo.
Decidió ir abajo a buscar algo para comer. Allí encontró a Logan.
—Eh, hermano, ¿que estas cocinando? —dijo en tono de broma.
—Llegas justo a tiempo, hermanita —soltó con una mueca—. Alina regresa a casa con costillas para hacer a la parrilla y estoy preparando una ensalada para acompañarlas. Hazme un favor y saca la barra de pan del horno.
Lena obedeció y luego se sentó en la isleta, para observar como Logan preparaba eficazmente la ensalada.
—Logan —empezó, pero entonces se detuvo, no muy segura de cómo continuar.
—¿Qué te ronda por la cabeza?
—Julia Volkova—dijo bruscamente, después se movió inquieta en la silla, con el rubor cubriendo sus mejillas.
—Ya veo. Alina me dijo que le conociste ayer.
—Sí.
—¿Te gusta?
—No sé si ésa es la palabra que utilizaría. No estoy segura de cómo me siento. Solamente sé que agitó algo en mi interior y no tengo ni idea de cómo reaccionar.
Logan sonrió y se lavó las manos antes de tomar asiento a su lado.
—Permíteme que te cuente un pequeño detalle acerca de Julia. Su padre murió cuando tenía once años. Su madre lo tomó muy mal y Julia tuvo que crecer más rápido que cualquier otro niño o niña de esa edad. Se esforzó por ser la cabeza de la familia. Tuvo éxito. Cuidó de su madre y sus hermanas. Esto hizo de ella una persona segura de sí misma y muy responsable.
Lena asintió, fascinada ante la inesperada visualización de Julia.
—Cuando tenía diecinueve años, su madre conoció a un hombre, se enamoró y volvió a casarse. Ella y las chicas se mudaron a dos estados de distancia, para estar con él. Julia decidió quedarse aquí. Por primera vez en ocho años no tenía que ser responsable de nadie más salvo de sí misma. No creo que deba entrar en demasiados detalles cuando digo que, como cualquier persona joven y libre, Julia tuvo una buena cuota de buenos momentos.
Lena sacudió la cabeza y le dirigió una pesarosa sonrisa.
—Compensó de sobra aquellos años perdidos de su juventud pero, al mismo tiempo, estudió duro e hizo algo de sí misma. Tuvo éxito y consiguió ser una arquitecta que sabe valorar la responsabilidad y la formalidad. Sí, tiene cierta vena salvaje, pero cuando quiere algo lo persigue, lo cuida e incluso lo alimenta.
—Es duro de creer que todo eso esté bajo la superficie. Parece ser la típica chica alocada que simplemente quiere pasar un buen rato.
Logan sonrió.
—Lo sé. Temo que parece la típica chica mala. A algunos nos gusta aparentar que solo nos preocupa divertirnos y no necesitamos ningún tipo de estabilidad en nuestras vidas. Pero tengo que decirte, Lena, que esa clase de vida la valoramos muchísimo.
—Eh, ¿eso quien lo dice, la voz de la experiencia?
—¡Oh sí! No tienes ni idea de lo feliz que fui al encontrar a Alina. Ha cambiado mi vida de maneras que solo podía imaginar. No podría estar más contento.
—¿Crees que Julia podría estar buscando lo mismo?
—Nunca lo admitiría, pero sí, creo que lo hace.
—Sería bueno saberlo, estoy indecisa… bueno… asustada, de hacer cualquier tipo de movimiento. Quiero decir, ¿y si me pongo en plan seria y a ella no le interesa?
Logan sonrió abiertamente.
—Bueno, pues ahí es donde tienes ventaja.
Lena frunció el entrecejo.
—No te sigo.
—Julia sabe que si te engaña y te hiere, va a tener que responder ante Alina y, sobre todo, ante mí. Si le dejas saber que estás interesada y no siente nada por ti, te evitará para no tener ningún conflicto con nosotros. Pero si siente que hay algo especial entre ustedes, nada podrá mantenerle lejos.
La comprensión despejó la mirada de Lena y se rió entre dientes.
—Podría llegar a ser divertido.
Logan levantó una ceja.
—¿Por qué tengo la sensación que a mi mejor amiga le va a caer un problema de los gordos?
—Pero, Logan —Lena le fastidió un poco más—. ¿Por qué crees que le causaría algún problema a tu amiga?
La examinó, notando el destello diabólico en sus ojos.
—Oh sí, ya lo creo que está en problemas.
Los dos rompieron a reír al tiempo que Alina entraba por la puerta de la cocina.
—Vaya, ¿qué me he perdido?




Capítulo Tres
El tiempo había sido desapacible durante unos días, hasta que por fin amaneció luminoso y despejado. Lena se preparó para el siguiente encuentro con Julia. Sabía, gracias a Alina, que estaría en la casa trabajando en el nuevo tejado y decidió que era hora de empezar a llevar sus cosas, dado que había terminado con las reparaciones del interior.
Alina y Logan la habían instado intensamente para que se quedara, pero quería darles espacio; se imaginaba cómo se sentiría si tuviera que acomodar a su hermana cuando empezaba una nueva vida con el hombre que amaba. Eso solía eliminar la espontaneidad en el romance. No habría ningún encuentro ardoroso delante del hogar o en la mesa de la cocina si la hermana de una podía entrar en cualquier momento.
«Eso sería una situación bastante desagradable», pensó con una mueca.
Después del desayuno pasó algún tiempo cargando el coche con las cajas que sus padres la remitieron, tras telefonearles para comunicarles su decisión de mudarse a Whispering Springs. Igual que Alina, tenían sus dudas sobre que hubiera dejado su trabajo pero, como de costumbre, le dieron todo su apoyo. Se alegraron al saber que sus hijas estarían juntas en la misma localidad y que podrían cuidarse mutuamente.
Habiendo dejado para el final su precioso ordenador portátil último modelo, Lena cogió el estuche que le guardaba e hizo el último viaje a la planta baja. Logan y Alina habían estado ausentes todo el día. Cerró la puerta con llave e instaló su ordenador cuidadosamente en el asiento del pasajero, antes de situarse detrás del volante.
Lena se dirigió hacia la casa con parsimonia, relajada, admirando la vista y permitiendo que la anticipación tomara las riendas. Después de su charla con Logan, estaba en ascuas, preguntándose cuál sería el siguiente movimiento por parte de Julia, si es que hacía alguno. Odiaba la idea de que Julia no pudiera sentir nada salvo deseo y, la verdad, eso sería una gran desilusión. En conclusión, se alegraba de que, de una manera u otra, en los próximos minutos lo sabría con toda seguridad.
Al acercarse a la casa, la imagen de la camioneta de Julia en la entrada del garaje hizo que se tensara. Aparcó su coche al lado, intentando tranquilizarse.
La primera cosa que notó fue el sonido del golpeteo, pero sin nadie a la vista.
Tomando su ordenador portátil, avanzó unos pasos y subió al porche. Usando su llave entró por la puerta delantera.
Lena puso su ordenador en el sofá y atravesó la cocina, saliendo por la puerta trasera que estaba abierta. Siguiendo los rítmicos sonidos del martillo, bajó por la parte trasera del camino y el cercado; una vez que estuvo algo alejada de la casa se volvió para levantar los ojos hacia el tejado. Encaramado sobre él, trabajando duro y aparentemente indiferente a la altura, se encontraba Julia, golpeando con un martillo un clavo en una tabla.
El corazón de Lena brincó sobresaltado y la mandíbula se le descolgó. En deferencia al calor, Julia se había quitado la camisa. Su torso cubierto por un top gris brillaba un poco lustroso con una ligera capa de sudor, los músculos se tensaban con cada movimiento y, cuando ajustó su posición volviéndose ligeramente, pudo ver los esculpidos músculos, la espalda y su abdomen tonificado. Su six pack hizo que tuviese la necesidad de tocarlo, cosa que hizo que los dedos de Lena sintieran la necesidad de besarle.
¡Oh esto sí que no era justo!, pensó, mientras automáticamente concedía el primer punto a Julia, en una competición de la que ni siquiera era consciente. Con esfuerzo mantuvo la mandíbula encajada, dándose la orden de respirar profundamente para poder llamarle la atención.
—¡Yuju! —le gritó.
Julia volvió su cabeza y sonrió cuando la vio.
—¡Eh!, ¿a qué hace un día estupendo?
—¡Oh sí! —contestó ella solícitamente.
Julia sonrió ampliamente, como si conociera la razón de su vehemencia.
—¿Te dispones a instalarte en tu nueva casa?
—Sí, mis padres me enviaron algunas cajas y tengo un par de maletas.
—Espera un segundo y te echaré una mano para trasladar todo.
No pudo negarse el goce que recibía al mirarle, Lena esperó pacientemente mientras nivelaba los tableros y colocaba el clavo, después de martillar con bastante facilidad cruzó el maltrecho tejado hacia la escalera de mano que reposaba a un lado. Julia bajo sin vacilar y pudo admirar sus movimientos seguros y firmes.
En cuanto sus pies golpearon el suelo caminó hacia ella. Un escalofrío involuntario la atravesó. De repente le vio como un depredador listo para la caza y Lena deseó ser la presa. Permaneció de pie fascinada, hasta que se detuvo delante de ella.
Su mirada se fijó en la suya y extendió la mano, mientras colocaba un dedo bajo su barbilla y la alzaba suavemente.
—Mejor ciérrala, cariño. Nunca se sabe lo que podría entrar entre esos labios tan deliciosos que tienes.
Lena se ruborizó furiosamente e hizo un ruidito cuando la cerró bruscamente.
Julia sonrió, sus ojos centelleaban de diversión.
—Así que, ¿dónde están esas cajas?
Lena se volvió y regresó hacia la casa.
—En el maletero de mi coche, si quieres ayudarme.
—Sin ningún problema, estoy aquí para ayudar. En todo lo que necesites.
Por delante de ella, Lena puso los ojos en blanco y silenciosamente se riñó.
Estaba perdiendo rápidamente el terreno. El despliegue de la sexy e imperturbable Julia la había convertido en un esponjoso bollo con abundante crema y rodillas de gelatina. Reafirmando sus defensas, decidió que llegaría el momento en el que cambiaría su suerte.
Cuando le guió hacia el coche, pudo sentir su silencioso escrutinio a su espalda.
Solamente para darle más material, osciló un poco más sus caderas. Sonrió para sí cuando escuchó una profunda inspiración. Aparentemente no era la única que disfrutaba de la buena vista.
Al llegar al coche, hizo desaparecer la sonrisa mostrándose seria y abrió el maletero. Cuando se retiró y Julia se acercó para tomar la primera caja, su brazo rozó accidentalmente un lateral de su brazo. Al momento Lena contuvo la respiración, sintiendo como si la hubiera recorrido un rayo.
—Lo siento —se disculpó secamente, y recogió la caja para llevarla al interior de la casa.
—No ha pasado nada —reconoció débilmente y se apoyó un momento contra el coche para respirar.
«Si alguna vez me toca en un intento de seducción, es muy probable que termine desmayándome», murmuró ultrajada, antes de abrir la puerta trasera del coche para sacar una de sus maletas.
Estuvieron pasando uno al lado del otro durante un tiempo indefinido, hasta que finalmente descargaron el coche. En cada una de las ocasiones en las que Julia se acercaba a Lena, hacía que esta fuera extremadamente consciente de ella, con sus músculos tensándose hasta hacer que se sintiera como si caminara sobre un campo de minas, esperando la primera explosión. Suspiró de alivio cuando todo acabó y noto que Julia se frotaba la nuca. De repente, comprendió que no era la única en padecer aquella tensión. Y eso la hizo sentirse mucho mejor, consiguiendo relajarse cuando le siguió a la cocina.
Con familiaridad, Julia abrió uno de los armarios y sacó un vaso.
—¿Te importa? Es que estoy sediento.
—Claro que no me importa. Puedes quedarte deshidratada si trabajas bajo el sol. ¿Llevas algún protector solar?
Volviéndose, con el vaso lleno de agua en la mano, Julia se lo acercó a los labios y bebió. Claras gotas de agua gotearon del vaso, yendo a parar a su pecho y abdomen.
Lena miró con extasiada fascinación como seguían su camino por marcado six pack perdiéndose en la frontera de su pantalón. Una gota intrépida resbaló por encima de su top y se posó en lo que dedujo fue la punta de su pezón. Allí se balanceó juguetonamente, antes de caer y aterrizar en un muslo vestido con unos vaqueros que cubrían una espectacular pierna.
—Oh joder —suspiró con brusquedad, después tosió para cubrir su exabrupto.
—¿Estas bien? —Preguntó Julia con preocupación—. Me parece que podrías aprovechar algo de agua para ti misma.
Rellenó el vaso y se lo dio. Lena terminó el contenido en tiempo record, mientras Julia permanecía delante con una ceja levantada. Alzó una mano descuidadamente para frotar las zonas húmedas de su pecho y las gotas errantes de más abajo. Cuando las diminutas protuberancias castañas de sus pezones se endurecieron bajo su toque, la última gota de agua que bebió Lena se le fue por mal sitio y empezó a toser compulsivamente.
—Tómatelo con calma cariño, hay más agua de donde salió esa —bromeó Julia, mientras le daba suaves golpecitos en la espalda—. No hay necesidad de tener prisa. La mayoría de las cosas saben mejor cuando se toman con calma.
Lena soltó un jadeo final y le miró a través de sus ojos llenos de lágrimas.
La mujer era una expert en soltar indirectas al tiempo que las hacía parecer absolutamente inocentes.
—Estaba sedienta —se defendió débilmente.
—Ya veo. Regresaré ahora mismo. Me gustaría que hicieras algo por mí, si quieres claro.
Afortunadamente para ella, no pudo ver la encantadora mueca que se formó en la cara de Julia cuando esta se alejaba.
Con cuidadosa deliberación, puso el vaso vacío en el fregadero y movió la cabeza pesarosa.
«Lena Katina, ¿qué infiernos te pasa? ¡Está realmente interesada y te estas convirtiendo en algún tipo de payasa! ¡Ahora mismo contrólate antes de que consigas parecer la idiota más grande y lo eches todo a perder¡»
El ver a través de la ventana cómo regresaba Julia con una botella en su mano, hizo que se enderezara de donde estaba apoyada en el mostrador. Este entró por la puerta y le sostuvo la botella.
—Protector solar, gracias por recordármelo. Me puse un poco por delante hace tiempo, pero me las vi negras para la parte de atrás. Seguramente me he dejado zonas sin protección, así que… ¿te importaría? —preguntó inocentemente, mientras le daba el bote y se daba la vuelta.
Lena miró fijamente toda esa ancha extensión de carne masculina que tenía ante ella, en su cara se formó una mueca, pero inspiró hondo. «Puedo hacer esto, puedo hacerlo», pensó mientras le contestaba enérgicamente:
— Pues claro, me encantaría ayudarte.
Abrió el bote y apretó, haciendo que saliera una gran cantidad de blanca crema sobre su mano, luego colocó el bote en el suelo y se frotó las manos con ella, calentándola antes de extenderla sobre Julia, quien levantó su top para dale la facilidad de aplicarlo. Dejó escapar un pequeño hum de placer cuando sus manos empezaron a masajear la crema en su espalda.
Su piel era tan cálida y suave como parecía. Los músculos de la espalda eran sólidos y sus dedos trazaron fácilmente los delineados bultos mientras sus manos se deslizaron por encima. Lena inspiró profundamente y se perdió en el ritmo de su masaje. En vez de sentir incomodidad al tocar a Julia, resultó como si fuera lo más normal del mundo. Una conexión fácil y abierta se formó entre ellas, hasta que ambas se sintieron capturadas por el ritmo de las caricias de aquellas manos. Estas se movieron por sus hombros, masajeando los músculos allí presentes, hasta que un gemido ronco de placer por parte de Julia rompió el hechizo que los arrastraba.
Lena se echó hacia atrás.
—Bueno, creo que ya estás bien protegida —dijo jadeante y dio otro paso hasta el fregadero para lavarse las manos mientras Julia se colocaba de nuevo el top.
Pudo sentir la mirada de Julia y supo el momento justo en el que se movió.
Escuchó su voz a su lado cuando la habló con suavidad.
—Gracias, Lena, masajeas muy bien, cariño. Sabes, de vez en cuando tengo un dolorcillo aquí atrás, ¿crees que podrías encargarte?
Lena se volvió, con una sonrisa en sus labios.
—Vete a trabajar, Julia.
—Vale, vale, pero no hace falta ser cruel.
Riéndose entre dientes salió por la puerta.
Lena continuó sonriendo mientras le observaba irse. Sus ojos se estrecharon al tiempo que ideaba un plan. Julia, definitivamente, había resultado el ganador en esta ronda, pero la lucha simplemente había empezado.
—Ahora vamos a ver quién gana en el segundo asalto —murmuró y fue al dormitorio para cambiarse.

* * * * *
Julia regresó al tejado, dejando que su rostro adoptase la mueca que no pudo reprimir ni un momento más. Lena era suya y le respondía sin ningún tipo de duda. El encanto de la antigua Volkova estaba dejando huella, pensó con aire satisfecho mientras volvía a poner los travesaños en el tejado y los clavaba.
Rememoró el encuentro con satisfacción. Había permanecido tranquila y confiada, mientras Lena estaba claramente alterada, y era ahí precisamente donde la quería tener. Su propia calma casi se había venido abajo, tras rozar su pecho accidentalmente mientras la ayudaba a sacar las cajas del maletero de su coche. No fue el único afectado en ese incidente, pero se había recuperado con rapidez.
Cuanto más tiempo estaba en contacto con ella, más profunda era la necesidad primitiva que tenía en su interior. Esta se centraba directamente en el lugar que albergaba a su lobo y sus instintos alimentaban la necesidad. Solo su fuerza de voluntad le mantenía alejada de Lena, evitando que le dijera lo que quería y lo que significaba para ella. Pero sabía que era demasiado pronto, no quería arriesgarse y echarlo todo por la borda. Lo mejor que podía hacer era aparecer por allí a todas horas, y así Lena tardaría menos en ser suya.
Captando un movimiento por el rabillo del ojo, miró hacia abajo para encontrarse a Lena saliendo hacia el césped. Descalza, llevaba una toalla grande bajo un brazo y se había cambiado de ropa. Los ojos de Julia se agrandaron apreciativos. Llevaba puestos unos pantalones sumamente cortos. Pudo apreciar un lazo colgando por su espalda desnuda y otro atado a la parte posterior de su cuello. Mientras la observaba, esta se detuvo, sacudió la toalla y se inclinó para extenderla sobre el suelo.
Cuando los pantaloncillos cortos se subieron para revelar la carne cremosa que había debajo, ocurrieron dos cosas. La primera, el ritmo cardiaco de Julia aumentó, la sangre que recorría velozmente sus venas se agolpó repentinamente en otros lugares, y su excitación se alzó al instante. El siguiente golpe del martillo encontró su dedo pulgar en lugar de la punta del clavo que estaba apuntando y la sangre que había llenado su verga de sopetón retrocedió y se fue por donde había venido.
—¡Hijo de p***! —gritó, al tiempo que se ponía de pie y agitaba el dedo maltratado antes de acunarlo en su otra mano.
Lena se dio la vuelta, y ahí Julia consiguió su segunda sorpresa. La camisa que llevaba, si es que se podía llamar así, ya que apenas la cubría. Era un tejido rojo-cereza que solo cubría el centro de sus lujuriosos pechos. Acunaba generosamente esa carne firme, ocultando únicamente los pezones, mientras dejaba una buena porción de la parte superior de sus pechos expuesta.
—¡Hijo de p***! —gimió impresionado, mareándose cuando su sangre reinvirtió de nuevo la dirección, yéndosele de la cabeza y a otro lugar.
Perdió pie.
Lena gritó cuando Julia se agitó para recobrar el equilibrio, lográndolo apenas, y terminó sentada en el tejado con un duro golpe.
—¿Estas bien? —gritó ella, claramente preocupada.
Julia puso los ojos en blanco, completamente disgustada consigo misma.
—Estoy bien, muy bien —gruñó a través de los dientes apretados.
—Me alegro. La verdad, pensé que te ibas a caer. No deberías bromear con esas cosas, ya sabes.
—Es un buen consejo, me aseguraré de seguirlo de ahora en adelante.
—Ahora no seas grosera. No es culpa mía que seas un poco torpe.
—¡No soy torpe!
—Lo que tú digas. Voy a ver si tomo un poco de sol, si no te importa.
—¿Por qué debía importarme?
—Por nada en absoluto. Ya que has interrumpido tu trabajo, ¿te molestaría bajar y ponerme algo de crema en la espalda?
Julia la dirigió una mirada larga, silenciosa y muy penetrante.
—No me tientes, Lena. Ése puede ser un juego muy peligroso.
—¿Qué quieres decir?
—Si bajo ahí y te pongo las manos encima, no me voy a limitar a extender la crema por tu espalda. Esa minúscula camisa que llevas será la primera cosa que salga disparada —la informó, mientras sus ojos se transformaron en ascuas ardientes—. Luego serán esos pantaloncillos los que desaparecerán, y si llevas bragas, no será por mucho tiempo —prometió—. Entonces sí que empezaré a extenderte la crema. El primer lugar al que mis manos irán será a ese dulce y escultural trasero, luego subiré hacia arriba a tu pecho.
Lena se irguió conmocionada y silenciosa, su cuerpo electrizado por cada una de la palabra que Julia pronunciaba.
—No puedo esperar a sostener tus pechos en mis manos. Son preciosos, Lena, un verdadero tesoro, y estoy deseosa de mostrarte cuánto los admiro. Tengo la intención de hacer que disfrutes mientras lamo y succiono tus pezones.
Al pronunciar la palabra «pezones», estos reaccionaron y un escalofrío involuntario recorrió toda su piel. Se endurecieron y empujaron atrevidamente contra el tejido que los ocultaba.
Julia gruñó, no existe otra palabra mejor para describir el sonido que retumbó de su pecho.
—Eso es, cariño, simplemente piensa en lo bien que te vas a sentir cuando te saboree.
—Julia, detente —murmuró sin fuerzas. Su respiración se había convertido en un entrecortado jadeo.
—Mientras los succiono, mis manos tendrán plena libertad para dirigirse hacia tu caliente, mojado e hinchado sexo, Lena. ¿Vuelves a estar mojada, no es así?
—¡Está bien, ya! —gritó, cuando una ola de puro vértigo la recorrió por entero.
—Entre la crema y tus dulces y calientes jugos, podré resbalar un par de dedos dentro
—¡Para ya! Tú ganas. ¿De acuerdo? ¡Tú ganas! Entro en la casa, bastarda ultra competitiva. —Lena se largó agitada.
Julia sonrió y murmuró para sí.
—Nunca tientes a un lobo, cariño.
Permaneció allí de pie, haciendo muecas debido a su maltratado pulgar y frotándose el golpeado trasero, mientras se decía que, aun a pesar de todo lo sufrido, había merecido la pena si así había podido observar la mirada que reflejaba la cara de Lena. Silbando regresó a su trabajo.
En el interior de la casa, Lena se dirigió a su dormitorio, se dejó caer sobre la cama y soltó una risita.
—Oh sí, me quiere.




Capítulo Cuatro
Un par de días más tarde, mientras estaba sentada ante su ordenador, sonó el teléfono. Le cogió, pero antes de poder preguntar nada, dijeron:
—¿Estas preparada para divertirte?
Se rió al escuchar la voz de su hermana.
—Ali, ya sabes que en estos momentos no estoy interesada en los tríos — bromeó.
—No tienes tanta suerte, querida hermana —contestó Alina con un resoplido—. Logan nos invita a salir. Si te interesa, podemos encontrarnos con él en Morgan’s. Es una de las tabernas de la localidad, un lugar verdaderamente tranquilo. El dueño no permite ningún tipo de altercado. ¿Qué te parece?
—Parece divertido. Me puedo permitir una noche libre.
—Me lo imaginé. Te has empleado a fondo, ¿verdad?
—Tengo que conseguir cierta estabilidad, Ali. Estoy totalmente decidida a tener éxito en esto.
—Ya sabes que me alegra verte tan profundamente interesada en algo.
Siempre he tenido la impresión de que no llegabas a ser totalmente feliz con ninguno de los trabajos que realizabas.
—Tienes razón. La mayoría de las veces, la única razón para aceptar un trabajo era por el dinero que conseguiría. Esa no es una motivación suficiente como para que el trabajo me satisfaga. ¿Pero escribir? Es divertido, Alina. Me satisface de una manera que no sabía que necesitara.
—Me alegro profundamente por ti, Lena. Ahora dejemos este tema tan serio a un lado, te recogeré a las seis cuarenta y cinco. Logan nos espera allí a la siete.
—Estaré lista. ¿En cuanto al vestuario?
—Estrictamente informal. Con un par de vaqueros es suficiente.
—Eso es fácil. Te veo en un momento.
—Adiós.
Lena colgó el teléfono y se dirigió al dormitorio para desenterrar sus vaqueros favoritos, que conjuntaría con un top de algodón rojo. Después de tomar una ducha rápida y secarse el pelo, se puso un sujetador de encaje rojo y unas bragas a juego. Se aplicó el maquillaje con mano experta, una ligera base con un poco de rímel. Una vez vestida, se guardó en los bolsillos su permiso de conducir, algo de efectivo, un peine, las llaves de su casa y un lápiz de labios.
Se calzó un par de sandalias, y acababa de coger una cazadora de ante color rojo intenso, por si llegaba a refrescar, cuando escuchó el claxon de Alina en el camino de entrada.
—Justo a tiempo —comentó con una sonrisa y se dirigió a la puerta de la calle.
Salió, se aseguró de cerrar bien con llave y se unió a su hermana en el coche.
El viaje fue corto y llegaron a los diez minutos. Morgan’s estaba situada a las afueras de la ciudad. Estaba flanqueada a un lado por una gasolinera, reconvertida en una tienda de veinticuatro horas, y al otro por una bolera. Al ser temprano, el aparcamiento estaba medianamente libre. Morgan’s era un lugar muy frecuentado, sobre todo, y con el desconocimiento de Lena, por las dos manadas de hombres lobos de la localidad. David Morgan, el dueño, miembro de Torre de Hierro, manejaba y controlaba el lugar de manera muy diplomática.
No se permitía ningún tipo de disputa; si alguien rompía las normas, quedaba expulsado sin ningún tipo de rodeo y no se le volvía a permitir la entrada. Como no querían perder sus privilegios, la mayoría de los clientes encontraban la manera de mantener la paz.
Las dos hermanas atrajeron muchas miradas de admiración cuando atravesaron la puerta. La gente del lugar conocía a Alina y sabían que era la compañera de Logan Sutherland, además de ser la copropietaria de la Librería Whispering Springs. Y los chismes de la pequeña ciudad ya habían dado la noticia de la llegada de su hermana Lena.
David captó su llegada desde detrás de la barra y la rodeó para acercarse y saludarlas con una sonrisa de bienvenida.
—Alina, me alegro mucho de verte. ¿Va a venir Logan?
—Sí, debería llegar de un momento a otro. David, me gustaría presentarte a mi hermana, Lena. Lena, este es David Morgan. Es el dueño de este estupendo local.
David amplió su sonrisa.
—Encantado de conocerte, Lena.
—Lo mismo digo —contestó devolviéndole la sonrisa.
—Síganme señoras. Tengo un reservado vacío esperando por vosotras.
David les mostró el camino hasta uno de los reservados más grandes, y después de que se sentaran tomó nota de lo que querían beber.
—Para mí solamente coca cola —dijo Alina, después de que Lena pidiera una cerveza suave.
Lena observó el lugar, mientras movía el pie al ritmo que marcaba la alta música ambiental. Era bastante espacioso, con reservados y mesas grandes a una distancia prudente, para que los clientes no se sintieran hacinados. Incluso había una pequeña pista de baile delante de la máquina de discos, para aquellos inclinados a realizar un poco de ejercicio. El lugar, en su conjunto, era todo un recordatorio de las cabañas rústicas. Al fondo se divisaba un desván al que se llegaba mediante unas escaleras laterales. Habían colocado unas mesas para quien quisiera una vista panorámica de la planta baja o un poco más de privacidad.
En su imaginación, Lena pudo imaginarse este lugar como una típica escena de Alaska durante la fiebre del oro. Estaría lleno de chicas de salón y rudos mineros gastándose el oro en busca de un buen revolcón. Sonrió y tomó un sorbo de su cerveza.
—¿Te gusta? —preguntó Alina.
—Es precioso —contestó—. Estaba pensando en lo bien que quedaría como escenario en un libro.
—Yo también lo veo —aceptó Alina.
Siguieron charlando y tomando sus bebidas mientras los minutos pasaban.
Alina miró su reloj.
—Llega tarde, espero que todo esté bien.
—Estoy segura de que lo está. No te preocupes, hermanita, vendrá.
Al momento, una sombra cayó sobre la mesa. Ambas levantaron la vista esperando ver a Logan, pero en cambio encontraron a un extraño de pie ante ellas. El hombre era alto y de constitución fuerte, con unos toscos rasgos bajo una abundante barba. Lena estaba segura de que probablemente el hombre se creía atractivo. Sus ojos desprendían una expectante arrogancia, por lo que se sintió instantáneamente molesta. Por esto y por el hecho de que su ropa descuidada y el olor que desprendía indicaban una carencia total de higiene personal.
Él dirigió su atención hacia Alina.
—Hey, pequeña, ¿te hace un baile?
—No, gracias —contestó Alina fríamente—. Estoy esperando a mi pareja.
—Oooh, tu pareja, está bien que le esperes. Pero estoy seguro de que no le importará que bailes mientras lo haces. Vamos, te gustará estar con un hombre de verdad.
Extendió la mano con la intención de coger el brazo de Alina. Lena le golpeó como un relámpago, sujetó su muñeca mientras se alzaba, levantándose del reservado y obligándole a dar un paso atrás.
—No toques a mi hermana —le ordenó aparentemente tranquila, con una mirada dura y directa. Le liberó y a escondidas se limpió la mano en el pantalón—. Te ha dicho que está esperando a alguien. ¿Por qué no vuelves a tú mesa?
—Bueno, no hay ninguna necesidad de que estés celosa. Tengo en abundancia para las dos —la miró con lascivia y se agarró de la entrepierna, frotándose obscenamente—. ¿Quién quiere ser la primera en probarla?
De nuevo extendió la mano, esta vez dirigiéndola hacia el pecho de Lena.
Sin ningún tipo de vacilación, ella le sujetó el brazo, dio un paso al lado y con un movimiento totalmente inesperado y armonioso, barrió los pies del camorrista, enviándole estruendosamente al suelo. Mientras caía, se escuchó un ruidoso rasgón; debido a que todavía estaba sujeto a su cazadora, le había roto la costura del hombro, dejándolo suelto.
Lena se mantuvo de pie sobre el hombre. Incluso despeinada, con la cara ruborizada y la mitad de su sujetador visible a través de su cazadora rasgada, era la mismísima imagen de una vengativa Amazona. Lo que no sabía era que en el mismo momento que lanzaba al hombre al suelo, la puerta de la calle se había abierto y Logan, acompañado de Julia, entraban justo a tiempo de verla en acción.
Durante una fracción de segundo, la sala entera se congeló. El único sonido era el continuo rum-rum del tocadiscos. Tan rápidamente como se había congelado, la sala se descongeló y un zumbido de conversaciones barrió la muchedumbre.
David Morgan apareció, en el mismo momento que Logan y Julia, empujando, se abrían camino entre la gente.
—¿Qué demonios pasa aquí? —exigió Julia.
—Este imbécil intentó propasarse con Ali. Cuando le pedí educadamente que se marchase, intentó agarrarme —explicó Lena.
David pasó la mirada de Logan a Julia y vio como surgían gemelas tormentas.
—Me ocuparé de esto —les dijo, mientras se formaban en sus bocas coléricas protestas dirigidas hacia él. No les dio ni una sola posibilidad para oponerse—. Ahí fuera, vuestra palabra es la ley y la respeto. Pero esta es mi casa, son mis reglas y no hay ninguna excepción. Esta mierda no merece los problemas que una lección privada de modales podría traer. Sentaos. Cuidad de vuestras señoras. Todas las bebidas que tomen esta tarde van a cuenta de la casa.
Hizo una seña a dos de sus camareros. Ellos sujetaron al hombre, cada uno de un brazo, y marcharon hacia la puerta. Otros dos hombres se levantaron de su mesa y siguieron a su desafortunado amigo hacia el exterior. Unos minutos más tarde se escuchó el sonido de tres motos alejándose del aparcamiento.
—Alina, Lena, siento lo sucedido, esto no es algo que ocurra a menudo. Es obvio que esos tres no conocían las reglas —se disculpó David.
—Está bien, David, no ha sido culpa tuya. Todo ocurrió demasiado deprisa. Por suerte, mi hermana es algo así como una maestra ninja —les comunicó Alina con una amplia sonrisa.
—Tonterías —se ruborizó Lena. Se deslizó en el reservado y se sentó con un suspiro, pero al instante se tensó ligeramente cuando Julia se situó a su lado.
Logan y Alina tomaron sus sitios frente a ellas.
—Estás sangrando —comentó Julia quedamente, con la voz vibrante por la cólera suprimida y la frustración.
Estirando el cuello, Lena intentó ver de qué hablaba.
—No puedo verlo —se quejó.
—Aquí, gírate un poco.
Julia tomó una servilleta y la mojó en una de las copas de agua que les habían llevado a la mesa, junto con los refrescos que habían pedido Alina y Lena, y las cervezas para Logan y ella misma. Su mano cubrió el hombro de Lena y limpió suavemente el enrojecido arañazo que estropeaba la cremosa piel de su garganta.
Lena siseó ante el gentil contacto de su toque, mientras la limpiaba el rasguñó y lo secaba con suaves golpecitos. Amablemente, metió su hombrera rota bajo la tira de su sujetador, con un movimiento que la hizo temblar.
—Ya está, no sangrará más, pero más vale que te pongas alguna pomada antibacteriana cuando llegues a casa. Si no tienes una, te compraré una en la tienda que hay al lado, de hecho, tal vez debería hacerlo ahora —se ofreció, e hizo el gesto de levantarse.
—Julia, siéntate. No vas a ir a buscar a ese tipo —le ordenó Logan.
Julia se calló; sus ojos color turquesa estaban tempestuosos mostrando su protesta, mientras luchaba por controlarse.
—La tocó. La hizo daño. —Julia habló con frases entrecortadas y roncas por la emoción.
—Lo sé, pero está bien. Lena, dile a Julia que estás bien. —La voz de Logan era apaciguadora y la orden fue pronunciada suavemente.
Lena frunció el ceño y miró de Julia a Logan y de nuevo a Julia. Estaba ocurriendo algo, pero no tenía ni la menor idea de qué podía ser. La mirada de Logan estaba llena de preocupación, claramente dirigida hacia Julia. Su expresión declaraba evidentemente que ella tenía que hacer algo al respecto.
Giró su mirada hacia Alina, que hizo un gesto afirmativo como estímulo.
Encogiéndose de hombros, se volvió en su asiento para encararle.
—Julia, estoy bien. De veras que lo estoy.
Un leve jadeo escapó de sus labios cuando Julia trasladó su atención hacia ella. Sus ojos estaban iluminados. No había ninguna duda. No había ningún rayo de sol o luz de una vela o de una lámpara que pudiera causar aquel fuego interior. Fascinada, se inclinó hacia delante, acercando la mano a su mejilla.
Inmediatamente capturó su mano y giró la palma para acercarla a su nariz, inhalando profundamente su olor. Cerró los ojos en lo que pareció un complacido éxtasis y su lengua se deslizó sensualmente hasta tocar la palma de su mano.
Lena tembló mientras su aliento se aceleraba. Cuando Julia abrió los ojos, el brillo había desaparecido.
—¿Estás segura de que te encuentras bien, cariño? —preguntó suavemente, con su acariciante voz envolviéndola con calor.
Como se había quedado sin habla, solo pudo afirmar con la cabeza, aturdida por la intensa preocupación de Julia por ella.
La tensión desapareció en Julia. Pudo ver cómo su cuerpo tomaba una postura más relajada.
—Bien. —Liberó su mano, cogió una de las cervezas y tomó varios tragos—. Ahora es cuando me cuentas donde aprendiste ese pequeño truco que usaste con aquel tipo.
Lena parpadeó. De repente todo había vuelto a la normalidad. Era casi como si hubiera hecho un mini-viaje a otra dimensión y de repente estuviera de vuelta a la realidad. Nadie comentó el extraño comportamiento de Julia o el increíble hecho de que sus ojos se habían iluminado como linternas chinas. Logan y Alina les miraban con complaciente aprobación, sin el menor desconcierto por lo que había sucedido momentos antes.
—Lo hago si me cuentas por qué te brillaban los ojos hace un momento.
—Ah, eso —rió Julia—. Eso es algo que solamente me pasa cuando estoy alterada.
Eso es una… bueno… es algo que forma parte de mí. Te lo explicaré más detalladamente un día, pero no ahora, ¿de acuerdo?
Motivada por una inesperada súplica en su voz, hizo un gesto afirmativo.
—Tu turno.
—Um, me apunté a algunas clases de defensa personal. Pensé que podría serme útil, ya sabes.
—Ciertamente ha sido útil esta noche —comentó Logan—. Gracias por cuidar de Ali.
Lena rió avergonzada y se encogió de hombros.
—Es mi hermana, siempre nos cuidamos la una a la otra.
—Sí, es cierto —dijo Alina con una sonrisa—. ¿Te acuerdas de cuando éramos pequeñas y Johnny Tebbits intentó robarnos el dinero del bocadillo? Era un matón de primaria, estudiaba en un curso por delante de mí y dos cursos por delante de Lena —les dijo a los chicos—. Pensó que iba a ser fácil aterrorizar a un par de muchachas. —Se rió con ganas—. Lena y yo brincamos sobre él. ¡No nos volvió a molestar!
—Logan, creo que nos hemos sentado con un par de atrevidas y espabiladas mujeres. Deberías tener cuidado, compañero.
—Oh, yo no lo necesito. Alina ya me tiene donde quiere. Creo que eres tú la que debería tener cuidado. Lena nos acaba de mostrar cómo maneja a las personas problematicas que no saben comportarse.
Julia hizo una pausa, con una mirada pensativa y especulativa en su cara.
—Es cierto, pero a mí me gusta luchar con mis compañeras.
—Yo no lucho, y en las clases nos enseñaron que el mejor método para someter a un macho recalcitrante era ir directamente a sus testículos.
—Ouch. —Julia se retorció en su asiento—. Creo que te concederé este asalto. —Levantó su copa en un brindis, mientras Logan y Alina se reían entre dientes y Lena le dirigía una sonrisa satisfecha.
Pasaron el resto de la tarde disfrutando de la agradable atmósfera, las bebidas y la conversación. Cuando no jugaba a «ser todo un hombre», Lena encontraba que Julia era bastante inteligente. Estaba muy bien informado sobre las últimas noticias y daba sus opiniones con una meticulosidad que daba muestras de que había algo más en su cabeza aparte de las medidas corporales de las mujeres.
A pesar de que las bebidas eran gratis, se limitó a dos cervezas, igual que Logan. Tenía que admirarles por eso. La mayor parte de los hombres se hubieran aprovechado de esa oportunidad.
—¿Te apetece un baile?
—¿Hmm? —contestó Lena, comprendiendo que se había perdido en sus pensamientos, sin prestar atención a la conversación que seguía a su alrededor.
—¿Bailar? —repitió Julia.
—Oh, bueno…
—Ve, Lena. A ti te gusta bailar —la animó Alina con una pícara sonrisa.
Lena entrecerró los ojos y lanzó una mueca en su dirección. Pensar en bailar con Julia, o tener cualquier tipo de contacto físico con ella, hizo que sintiera las rodillas débiles.
Julia se deslizó fuera del reservado y extendió la mano.
—Vamos, cariño. Sé que no eres ninguna cobarde.
Incapaz de pensar en una excusa viable, tomó su mano, se deslizó a través del asiento y le dejó conducirla hasta la pequeña pista de baile, delante del tocadiscos. Varias parejas ocupaban ya parte del espacio, cosa que agradeció. Al menos no se sentiría observada por ser la única pareja de baile. La selección del tocadiscos eligió aquel momento para, con un chasquido, cambiar a una canción lenta y de ritmo sensual. Julia la tomó expertamente en sus brazos y comenzó a moverse.
Lena siguió automáticamente sus movimientos, su cuerpo captó su ritmo, acomodándose a él. Le miró fascinada, observando como el vibrante turquesa se transformaba en resplandeciente fuego. Sus ojos reflejaban sus emociones con absoluta claridad. Además de su inequívoco deseo, se veía florecer algo más, algo que provocó que una descontrolada esperanza creciera en ella, de la misma manera que lo hizo el temor. Incapaz de mantener el contacto visual,
Lena giró la cabeza y la apoyó en su hombro. Julia suspiró y la acercó un poco más, hasta que no hubo ningún espacio entre ellas.
Enterró la cara en su pelo y Lena pudo sentir el movimiento de su pecho cuando inhaló profundamente.
—Hueles endiabladamente bien —gruñó—. Me haces sentir cosas. Nunca me había pasado antes. —Su voz estaba cargada de asombro.
Lena tembló ante el tono ronco y se acercó más, sintiendo la inequívoca dureza de su excitación sobre el vientre. Lejos de ofenderse, se deleitó ante su propio poder como mujer. Sus mismos deseos aumentaron en la misma proporción y Lena les dio la bienvenida, reconociéndolos como verdaderos, apropiados y naturales —como una respuesta quien le hacía un lugar en su vida.
Bailaron juntas en un mundo propio, lleno de calor y necesidad, atemperado por la paciencia, el anhelo y la esperanza, junto con la comprensión del camino que emprendían. Cuando la música terminó, se hicieron a un lado y se sonrieron la una a la otra. Cada una de ellas sabía, sin necesidad de preguntas, que la otra comprendía exactamente lo que sucedería. Julia posó un suave beso sobre su mejilla y empujó su trasero en dirección a la mesa.
Lena tomó asiento y se giró hacia Julia mientras este se deslizaba a su lado.
—A propósito, ¿qué haces aquí? Nadie me dijo que vendrías.
Julia se rió.
—Más o menos me invité cuando Logan me dijo que había quedado con Alina y contigo.
—Ya veo —contestó—. ¿Por alguna razón en particular?
—¿Preguntas con alguna intención, cariño?
—Solamente por curiosidad.
—Uh-huh. ¿Necesitas que te explique detalladamente por qué estoy aquí? —Julia le dirigió una mirada que derritió sus entrañas hasta dejarlas como la mantequilla.
Lena tragó con fuerza.
—Creo que tu mirada me dice todo lo que tengo que saber.
Al otro lado del reservado Logan resopló con una sonrisa y le lanzó un guiño a Lena, con una expresión que le decía claramente «Ya te lo dije». Lena se encogió de hombros tímidamente, pero estaba satisfecha.
Cuando la tarde llegaba a su fin, Alina comenzó a bostezar y Logan declaró que era hora de irse. Era muy atento con ella, la ayudó a levantarse, colocó un brazo por encima de sus hombros y la acercó a su lado. Lena vio la líquida calidez que iluminaba los ojos de Alina cuando alzó la vista hacia él, y suspiró cuando Logan se inclinó para posar un suave beso sobre sus labios.
Julia ya se había levantado y ella se deslizó fuera del reservado para encontrarse con su mirada y una solemne expresión en sus ojos. Julia se giró hacia Logan.
—¿Por qué no llevas a Alina a casa en su coche? Yo podría llevar a Lena. Si estás de acuerdo —la preguntó.
Lena hizo un gesto afirmativo, sintiendo como una única mariposa provocaba una leve agitación en su estómago. No estaba segura de lo que sucedería, pero al mismo tiempo se sentía inexplicablemente segura a su lado.
Como todos estuvieron de acuerdo con la distribución, se despidieron en el aparcamiento. Julia condujo a Lena hacia su camioneta y abrió la puerta del pasajero para que entrara. Se instaló y sujetó su cinturón de seguridad mientras Julia daba la vuelta por la parte delantera de la camioneta y se situaba a su lado.
Julia sintonizó la radio en una emisora de música suave y, a pesar del hecho de que no hablaron durante el viaje, Lena pudo relajarse. Recostó la cabeza en el asiento de cuero y cerró brevemente los ojos.
—¿Estás cansada? —preguntó Julia suavemente cuando dirigió la camioneta hacia la entrada de su casa.
—Un poco. Ha sido una tarde muy interesante.
—Es cierto —concordó y apagó el motor, dejando encendida la radio—. ¿Cómo está el rasguño?
—Escuece un poco.
—Déjame ver.
Se inclinó sobre ella, girándose para poder verlo. Las yemas de sus dedos pasaron suavemente por la zona exterior del rasguño.
—Ha sangrado otra vez. Déjame que te cure —suspiró.
Sin comprender lo que pretendía, Lena se quedó sin aliento cuando él acercó su boca a su piel y su lengua se deslizó húmeda y lentamente a lo largo de todo el arañazo. Expulsó el aliento con leves jadeos y gimió suavemente cuando repitió el gesto una y otra vez.
Julia se retiró ligeramente, sus ojos relucían con la brillante luz, ahora tan familiar.
—¿Te sientes mejor?
Ella hizo un gesto afirmativo, incapaz de hablar.
—Me sentí verdaderamente alterada cuando te vi lanzar al suelo a aquel tipo. Me pareció que te había fallado, que debería haber estado allí para protegerte. Odio el hecho de que te hiciera daño. No volverá a pasar, Lena. Te prometo que nadie volverá a hacerte daño.
Lena se estremeció ante la profunda emoción que mostraban sus ojos.
—Julia… yo
—Shh, no digas nada por ahora. Limítate a sentir, cariño.
La tomó en sus brazos y buscó su boca. Sin ningún tipo de pensamiento o vacilación, Lena abrió la boca cuando la pasión explotó entre ellos. La lengua de Julia se adentró en ella y la recibió con atrevidas e insistentes caricias, que extrajeron un gemido desde lo más profundo de su garganta.
Sus brazos le rodearon los hombros, mientras que él estrechaba fuertemente su espalda. Sus manos se deslizaron lentamente arriba y abajo, acercándola más, hasta que sus senos quedaron presionados contra su torso. Julia se recostó, en ningún momento interrumpió el contacto con su boca mientras arrastraba a Lena con ella. Lena terminó medio sentada en su regazo, con las piernas estiradas sobre el asiento del pasajero.
Siguieron explorando las cálidas y húmedas bocas del otro. Julia retiró uno de los brazos de su espalda y se movió hacia el frente de su blusa, tirando de la tela rota que había metido bajo la tira de su sostén. Lo suficientemente consciente como para comprender hacia donde se dirigía Julia, hizo una profunda inspiración, descubriendo su mirada interrogativa.
La mirada de sus ojos transmitía un increíble calor, pasión y necesidad, todo ello unido a una voluntad de hierro. Su mano trazó ligeramente, hacia abajo, la roja tira de su sujetador.
—No puedes imaginarte lo intrigada que estoy por esta pequeña y delicada cosa que llevas. ¿Tus bragas también son de encaje rojo?
Lena se sonrojó.
—La verdad es que me gusta bastante ese color… y sí, lo son.
—Oh, cariño, a mí también me gustan esas cosas tan bonitas. Sobre todo me gusta quien las lleva puestas. —Su mano continuó el recorrido hasta que se detuvo sobre un seno, amoldando la mano a Julia. Lena gimió y se acercó más para aumentar la presión de su tacto—. Tranquila, cariño, déjate llevar por las sensaciones.
Julia se inclinó sobre ella para apoderarse con la boca, de la pequeña rigidez de su pezón que se apretaba contra el sostén. Con la lengua moviéndose sobre el suave sujetador comenzó a succionar. Lena se tensó, empujándose contra Julia, ofreciéndole aún más. Su respiración jadeante, junto con sus desesperados gemidos, llenaron el habitáculo, y sus caderas comenzaron a moverse con un ritmo que mostró su creciente necesidad, haciendo que Julia deslizara la mano por su torso hasta llegar a sus muslos ligeramente abiertos.
Perdida en el sensual fuego y buscando el orgasmo que rápidamente se formaba en su interior, Lena se abrió a ella. Un gemido animal reverberó en ella cuando la mano de Julia comenzó una firme y acariciante fricción, que provocó una creciente oleada de calor. Se arqueó contra Julia, jadeando, cuando liberó su pezón con un punzante pellizco. Una vez más colocó la boca contra su garganta, utilizando los labios y la lengua de tal manera que la hicieron temblar.
Julia ascendió un poco más. Con un movimiento que hizo que su estómago se tensase y vibrara de necesidad, lamió el sensible hueco bajo su oído antes de ejercer una suave succión.
Su espalda se arqueó.
—Mmm, Julia, por favor.
—Eso es, dulzura. Tan buena y tan salvaje, para mí. —El enronquecido tono de su voz, envió vibraciones a través de sus terminaciones nerviosas—. Un día, muy pronto, voy a tenerte en mi cama. Voy a extender estos deliciosos muslos y hundirme profundamente en tu interior. Directamente aquí. —Julia acentuó sus palabras aumentando la presión entre los muslos de Lena—. Directamente aquí, cariño. Jodiéndote hasta que grites.
Lena se sintió ascender con una intensidad insoportable de placer. Con un gemido se corrió; sus caderas se cimbrearon con una serie de movimientos entre lentos y rápidos, que extrajeron cada gramo de placer, gracias al seguro toque de Julia. Toda la tensión que se había acumulado en su cuerpo durante la tarde desapareció mientras se recostaba sobre Julia, descendiendo lentamente del pináculo al que la había subido. Exhaló profundas y estremecidas inspiraciones que, tras unos minutos, volvieron a la normalidad. Cuando esto ocurrió, la realidad se abrió paso de golpe y se tensó en sus brazos.
—Esto ha estado bien —murmuró Julia—. Ha sido hermoso mirarte, Lena, simplemente hermoso.
Ella se relajó ligeramente, pero no pudo detener la ola de turbación y la multitud de emociones que la recorrieron.
—Julia, lo siento. No debería haberlo hecho. Sé que querrías que yo… te lo devolviera, pero…
Julia la hizo callar con un suave beso.
—Lo puedo querer, pero no lo espero. Todavía no estás lista y, por mucho que lamente admitirlo, tampoco yo estoy lista. Al menos no para algo más allá de lo físico. Solo estoy lista para esto. —Se rió entre dientes—. Estoy tan lista que me duele, pero hay algo más entre nosotros, y tú y yo necesitamos tiempo. —La ayudó a sentarse en su sitio y a arreglarse la ropa—. Hay algunas cosas que deberías saber sobre mí, cosas que son… complicadas. Pero ahora mismo voy a acompañarte hasta la puerta de tu casa y darte un beso de buenas noches, ¿está bien?
Lena hizo un gesto afirmativo, afectada por su sensibilidad. Esperó mientras Julia salía de la camioneta, observándole dar la vuelta para abrir su puerta.
Cuando salió, le pasó un brazo por su cintura y ella le dio la bienvenida al calor y la seguridad que la transmitió. Anduvieron hasta el porche y Julia esperó pacientemente a que buscara en el bolsillo las llaves de su casa.
Al abrir la puerta, la débil luz de la lámpara que descansaba sobre la mesa del pasillo se derramó hacia el exterior. Iluminó una zona del porche y lanzó su suave brillo sobre ellas. La expresión en las facciones de Julia era grave.
Julia extendió la mano y acarició su mejilla.
—¿Eres una mujer de mentalidad abierta, Lena?
—Me gusta pensar que lo soy —contestó suavemente, perpleja ante la pregunta.
—Es bueno saberlo —reconoció Julia y se inclinó para besarla. Fue un beso suave y dulce, cargado con un amortiguado fuego y promesas—. Buenas noches, amor.
—Buenas noches —murmuró y le observó dirigirse a la camioneta.
No pudo evitar la sonrisa que curvó sus labios cuando le escuchó refunfuñar y reajustarse disimuladamente los pantalones. Cuando brincó en su camioneta, ella se despidió agitando las manos y cerró la puerta, echando la llave desde el interior.
Más tarde, aquella noche, Lena se despertó debido a diversos dolores musculares. Gimió y se giró saliendo de la cama. Se puso de pie balanceándose ligeramente y su mente, aún enmarañada por el sueño, le advirtió que debería haber estirado sus músculos después de tumbar a aquel bastardo camorrista en Morgan’s. Con una murmurada maldición y medio atontada arrastró los pies hasta el baño, llenó un vaso de agua y engulló un par de las pastillas más fuertes que tenía para el dolor.
Todavía medio dormida, se lanzó de nuevo a la cama, deslizándose bajo las mantas e inmediatamente se quedó dormida. En ningún momento se preguntó sobre el hecho de ser capaz de ver con perfecta claridad en la total oscuridad de su dormitorio.

* * * * *
Al día siguiente, Lena se sintió extrañamente molesta, como si no estuviera a gusto con su propia piel. De vez en cuando inquietantes sensaciones parecían recorrer su cuerpo, poniéndola intranquila e incómoda. Extraños pero convincentes sueños habían poblado su mente durante la noche. Uno particularmente vívido se sobreponía al resto y se quedó pensativa mientras bebía relajadamente una taza de café en la mesa de la cocina. Julia había llamado a primera hora para decirle que tenía una reunión con un cliente. No había nada que distrajera su atención del recuerdo.
Estaba oscuro y se hallaba fuera, caminando por el bosque. Cuando levantó la vista, observó el cielo claro y la luna brillante a través de un espacio que dejaban las ramas de los árboles. La opalescente luz, combinada con la suave brisa, dejaban ver unas extrañas y amenazantes sombras bailando entre la maleza.
Debería haber resultado atemorizante, pero Lena sintió una extraña mezcla de paz y alegría. Una parte de ella sabía con firme certeza que en aquellas sombras no había nada que pudiera dañarla. Pertenecía a aquel lugar, hasta podría convertirse ella misma en una sombra si lo quisiera.
Frunciendo el ceño, Lena depositó la taza de café y cerró los ojos. En el sueño aparecían más cosas de las que había pensado y lentamente estaban regresando.
Recordó que había andado buscando algo o a alguien. No tenía miedo de estar sola, pero sentía que algo no estaba bien. La estaban esperando y su sitio estaba con ellos.
—¿Ellos? —susurró Lena temblorosa.
Algo en este sueño le hacía parecer casi real. Manteniendo los ojos cerrados, suspiró y se relajó, abriéndose a las imágenes de su mente, que se revelaban ante ella.
Aceleró el paso, buscando continuamente algo que le mostrase el camino.
Lo encontró. Un olor que rozó sus fosas nasales. Era extraño, pero de una manera extrañamente familiar. Tiraba de ella, provocándola, hasta que se abrió paso entre la poblada maleza, adentrándose en un espacioso claro. Reunida allí, misteriosamente tranquila y silenciosa, había una manada de lobos. Se percibía en ellos un aire de anticipación y Lena supo que la estaban esperando. Eran «ellos». Era donde ella pertenecía.
Lena se percató de que jadeaba ligeramente. Luchó por apartar toda distracción y permanecer en el sueño.
Los lobos eran hermosos, lustrosos y ágiles bajo sus pelajes, que se extendían en diferentes matices, desde el gris al negro, rojizo y marfil. La observaban con ojos de un amarillo pálido, pasando por una variedad de colores que iba de los dorados oscuros a los marrones. Por alguna razón no se sorprendió al ver también diferentes matices de verde y azul, aunque algo le dijera que no era natural en los lobos.
Al otro lado del claro, los lobos se movieron. Lentamente, la manada se dividió para dejar un sendero entre Lena y el lobo que había entrado en el claro frente a ella. El reconocimiento la traspasó. Ya había visto a ese lobo. Era el lobo negro que se le apareció en el lago la primera noche que paso en Whispering Springs. Sus ojos turquesa atrajeron su atención. Sus propios ojos se dilataron cuando los de él cobraron un suave resplandor. Lena, fascinada, caminó hacia él a través del pasillo dejado por los lobos.
Hasta que no se encontró a solo unos pocos metros de distancia no comprendió algo extraño. No estaba mirando hacia abajo, ni a él ni a cualquiera de los otros lobos. Sus ojos estaban al mismo nivel que los de ellos. Se detuvo y miró hacia abajo. Donde deberían haber estado los pies solo había patas. Patas grandes, cubiertas por pelos y largas uñas, parecidas a unas negras garras. Conel corazón acelerado, Lena alzó de nuevo la cabeza. Unos ojos color turquesa estaban concentrados en los suyos. La cabeza del lobo comenzó a desdibujarse y los rasgos de una persona aparecieron sobre aquel hocico cubierto de pelo.
—Julia.
Con ese suave murmullo, Lena rompió su aturdimiento. Se sentó tensa en la silla, parpadeando y observando fijamente la mesa. Inspiró profundamente y, con una estremecida exhalación, consiguió trasladar sus ojos hacia la luz del sol que entraba por la ventana de la cocina. Lentamente comenzó a relajarse.
—Demonios, ya sé que tengo una imaginación muy activa, pero vamos. Julia puede que sea un lobo, pero es uno totalmente humano —murmuró.
Levantándose de la silla, llevó su taza al fregadero y vertió el café frío por el desagüe. Lena abandonó la cocina y se preparó para salir.
Satisfecha ante la idea de que era su subconsciente el que creaba aquellos cuentos dejó la casa, entró en su coche y se dirigió hacia la librería y hacia Alina.
Por alguna razón se encontró impaciente por tener compañía. Estar sola simplemente le parecía… malo.
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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 3:05 am

Capítulo Cinco
Los siguientes días pasaron sin ningún problema. Julia continuó trabajando en el tejado, al mismo tiempo que se adentraban en la fase de agradable compañerismo que incluía hacerse bromas mutuamente y un obvio aumento de su afecto. No se volvió a repetir esa intensa sesión que tuvo lugar en la camioneta.
Julia no ocultó el hecho de que tenía su total y lujuriosa atención puesta en Lena, pero que ante todo tenía una paciencia llevada hasta límites extremos. Sus ligeras caricias y besos eran, en cierto modo, muestras dulces y apasionadas que solo hacían que su deseo se encendiera y la chamuscara por dentro.
Por los indicios que la daba, Lena sabía que se estaba abriendo, pero a su manera, para contarle cosas sobre sí misma. No podía negar que este hecho la intrigada, pero también se encontró que estaba siendo extraordinariamente paciente.
Las dos se habían propuesto de manera muy clara edificar los cimientos para un compromiso, quedando de acuerdo, aunque solo fuera por un corto periodo de tiempo, en controlar el deseo que les consumía, disfrutando de su mutua compañía sin ninguna presión y permitiendo que la relación fuera a su ritmo.
En la superficie parecían tranquilas, pero en lo más recóndito de su interior seguían burbujeando sus sentimientos. Sabían que solo era cuestión de tiempo que esta tregua se rompiera y, la verdad, las dos parecían determinadas a disfrutar de la tensión que crecía con cada momento.
Una tarde, varios días después del incidente en Morgan’s, Lena estaba en la librería esperando para almorzar con Alina. Sentada en uno de los rincones donde se podían relajar los clientes, empezó a pensar cuánto le encantaría compartir con Alina lo que estaba ocurriendo entre ella y Julia, y cómo progresaba su relación. Por un lado quería gritarlo a los cuatro vientos, pero por el otro, quería abrazar esta trémula alegría para sí.
No se le ocurrió que la persistente sonrisa que llevaba puesta era de lo más delatora. Alina y Clare llevaban todo el día dándose codazos e intercambiando sonrisitas ante la muy obvia distracción de Lena. Alina había pasado toda la mañana contándole a Clare su aventura en Morgan’s y lo que parecía una incipiente relación entre su hermana y Julia.
El sonido de la campanilla de la puerta anunció la entrada de otro cliente y
Lena salió de su distraído ensueño ante el sonido de la voz de Alina. El habitual tono de bienvenida resultó ser en este caso una fría pregunta.
—¿En qué le puedo ayudar?
—Bueno, pues es maravilloso que me lo pregunte. No fue usted demasiado amistosa la otra noche.
—Señor, le recuerdo que este es un establecimiento comercial. Si no hay ninguna lectura que le atraiga, le sugiero que salga.
—¿Alguna lectura, hmm? ¿Tienes revistas porno?
—No vendemos esa clase de literatura en este establecimiento.
—¿Eres demasiado finolis para ese tipo de lectura, eh, putita?
El insulto del hombre atrajo la atención de Lena y Clare, que se acercaron para defender a Alina. Cada una le flanqueó un costado, presentando un frente unido contra los tres hombres que enfrentaban a Alina en el mostrador.
—Lárguese ahora mismo —ordenó Clare fríamente.
—¿Y si no lo hacemos?—desafió el líder.
—Me encargué de ti la otra noche. No me hagas repetirlo —amenazó Lena.
—No hay necesidad de llegar a ese extremo —dijo Clare, mientras enseñaba el teléfono en su mano—. Ya he llamado al 911.
El líder se quedó mirando fijamente a Lena.
—Eso te lo debo, perra, y siempre pago mis deudas. —Maldiciéndolas fervorosamente, el hombre hizo una seña a sus compañeros y salieron.
—¿Qué le pasa a ese tipo? —preguntó Lena, sacudida por el miedo, pero decidida a poner cara de valiente.
—Su ego salió mal parado la otra noche y ahora está intentando demostrar algo. Está intentando recuperar el terreno perdido —contestó Alina.
—¿Ese fue el tipo que Lena sacó la otra noche de Morgan’s? —preguntó
Clare con os ojos desorbitados por la preocupación.
—Sí. ¿Realmente llamaste al 911?—preguntó Lena.
—No pero, ¿no deberíamos hacerlo? Quizá no sería tan mala idea que lo notificásemos a la policía. Ese tipo y sus compañeros podrían ser peligrosos.
Alina frunció el entrecejo.
—No quiero remover más el problema. Y no quiero que Logan se entere de esto. —Alzó la mano, intentando calmar la protesta de Clare—. Si pasa algo más, llamaremos a la comisaría y lo informaremos. ¿De acuerdo?
Clare estuvo de acuerdo de mala gana.
—Ahora, sobre ese almuerzo. Len, ¿te parece bien que pidamos algo y lo comamos aquí o lo dejamos para otro día? No creo que regresen, pero no me gustaría dejar sola a Clare.
—Sabes, si estos tipos continúan con sus intenciones, no me siento lo suficientemente fuerte como para defendernos —confesó Lena.
—¿Y eso?
—Debo de tener algún músculo dañado. He intentado ignorarlo, pero este pequeño episodio me ha dejado más tensa. Creo que me dañé algo cuando tiré al tipo la otra noche.
Su confesión atrajo un coro de ahhs compasivos, y le dieron una serie de consejos para conseguir algún alivio. La idea que propuso Clare de que se diera un buen baño caliente preparado por Julia produjo un coro de carcajadas. Lena salió con una sonrisa en su cara ligeramente ruborizada. Mientras conducía hacia su casa, no notó el coche que la seguía a una distancia prudencial.
Cuando aparcó en la entrada de su garaje, al lado de la camioneta de Julia, el coche continuó lentamente su camino. Atraída por el movimiento, le dirigió una mirada distraída, notando que las ventanas estaban oscurecidas, pero descartó cualquier extrañeza mientras se giraba hacia la casa. Lo único que deseaba en ese momento era hacerse un ovillo en la cama, tapada con su manta eléctrica.
Se dirigió hacia la parte de atrás, solo para echar un vistazo rápido hacia el tejado, pero no había señales de Julia, salvo la escalera de mano que todavía permanecía apoyada contra la casa. Subiendo las escaleras posteriores, abrió la puerta y entró en la cocina para encontrarse a Julia de pie enfrente del fogón, removiendo algo en una cacerola.
—Eh, cariño, pensé que estabas almorzando con Lena.
El día había amanecido fresco y nublado, por lo que Julia estaba totalmente vestida. La ropa sucia evidenciaba el duro trabajo que había realizado y una mancha indefinible estropeaba su varonil mandíbula. Aun en su estado actual estaba estupendo, y Lena fue muy consciente de la cruda masculinidad que proyectaba. Una irracional irritación consigo misma se manifestó al verle.
—Ha habido cambio de planes —contestó brevemente.
—Mejor, así puedes almorzar conmigo.
Mordiéndose la lengua y luchando por permanecer civilizada, Lena empezó a caminar alejándose de ella.
—No tengo hambre.
Julia extendió la mano, tomó su brazo y la atrajo.
—¿No estarás enfadada porque estoy utilizando la cocina, verdad?
Su réplica mordaz murió al instante. Los ojos de Julia se ensombrecieron con una expresión que nunca había visto, la de la vulnerabilidad. Supo instintivamente que en este momento, con la guardia baja, podría herirle, y era algo que no quería hacer.
Inspiró profunda y tranquilizadoramente.
—No estoy enfadada contigo. No me importa que utilices la cocina. Puedes hacer lo que quieras.
—¿Cualquier cosa? —preguntó con ojos centelleantes y manteniendo una expresión de broma.
—Casi cualquier cosa —contestó haciendo una mueca, como si un dolor indefinido escogiera ese momento para hacer que se retorcieran sus entrañas.
—¿Estas bien, Len?
—No, por eso, si no te importa, me voy a acostar.
—¿Qué es lo que te ocurre? —preguntó Julia preocupado, mientras la seguía hacia su dormitorio.
Lena revolvió en el armario hasta que encontró su manta eléctrica. Luego se dirigió a un lado de la cama y se inclinó para desenrollar el cordón y así poder enchufarla en la toma que había en la pared al lado del cabecero.
—Supongo que forcé algunos músculos la otra noche, nada más. Estaré bien. Julia, por favor, vuelve a la cocina y come o trabaja o haz cualquier cosa, ¿de acuerdo? —Sus últimas palabras fueron una súplica.
La preocupación encendía sus ojos.
—¿Hay algo que pueda hacer? Quizá deberías ver a un médico.
Lena no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios. Agachándose un poco más se quitó los zapatos.
—No necesito ningún médico. ¿Te molestaría traerme un vaso de agua?
—Muy bien —dijo y se apresuró a salir de la habitación, sin darse cuenta de que la fuente de agua más cercana estaba en el cuarto de baño.
Lena aprovechó su ausencia para quitarse rápidamente los pantalones vaqueros y la camisa. Los cambió por una camiseta de color lavanda claro y un pantaloncito a juego. Cuando Julia volvió con el agua, estaba tapándose con la manta.
—Podrías acercarme un frasco de ibuprofeno del botiquín. ¿Por favor?
Julia le acercó el frasco, mirando como lo abría y dejaba caer dos pastillas en la palma de la mano. Le dio el vaso de agua y Lena se las tragó.
—Gracias —dijo con un suspiro, tumbándose de lado y dándole la espalda—.
Desearía tener dos como esta —murmuró—. Mi espalda me está matando.
—¿Te ayudaría si te doy un masaje?
Lena volvió su cabeza y le miro en silencio.
—Quizá, pero sin jugar, Julia, realmente no me siento muy bien, ¿vale?
—Sin ningún tipo de juego —prometió y se sentó en la cama.
Julia dobló la manta, exponiendo la larga línea de su espalda.
—¿Dónde te duele? ¿Aquí? — Tocó la parte central de su espalda.
—Un poco más arriba.
Hizo que sus dedos se arrastraran hacia arriba.
—Ahí.
—De acuerdo, ahora solo tienes que relajarte. Te voy a levantar la camiseta.
Después de avisarla, alzó la parte de atrás de la camiseta, exponiendo su tersa y pálida piel. Lena se movió ligeramente, mientras arrugaba la parte delantera para darle mejor acceso. Poniendo las manos en su espalda empezó a darle un suave masaje, sonriendo ante el gemido de placer de Lena.
—¡Oh sí, esto es tan bueeeeno!
—Me alegro de que te guste —comentó mientras continuaba masajeando su espalda.
Podía sentir como la tensión de sus músculos iba desapareciendo mientras los trabajaba. Con una mano continuaba su masaje en el área maltratada, permitiendo que la otra mano vagara hasta ubicarse en sus hombros y en la nuca. Su contacto era firme, pero sus movimientos resultaban suaves, rítmicos e hipnóticos.
Disfrutando de la percepción del cuerpo de Lena bajo sus manos, tardó un buen rato en percibir que esta había flotado hasta llegar al mundo de los sueños.
Continuó con su ligero masaje, aliviándola con su suave contacto, hasta detenerse por completo. Tiró de su camiseta hacia abajo y con cuidado la cubrió con la manta. Se sentó a su lado silenciosamente, permitiendo que sus ojos vagaran por su durmiente perfil. Su olor había cambiado. Era más fuerte, vibrantemente maduro y apremiante. Pensando en eso, comprendió que sus fuertes reacciones de las noches anteriores no solo se habían debido al hecho de que Lena fuera su compañera, sino que además estaba ovulando. Si la otra noche hubieran tenido sexo sin algún tipo de protección, ahora mismo estaría llevando a su hijo.
Esa idea agitó algo en su interior, el deseo de tener lo que realmente no había pensado nunca. Hijos. Nunca había tenido mucho contacto con los niños. Su beta, Cade, educaba a los jóvenes de la manada, enseñándoles cierta educación, buenos modales y lo que significaba ser parte de la manada. Siempre les había observado con divertida tolerancia.
Había crecido con dos hermanas y, después de que su padre muriera, pasó años sintiéndose responsable de su comodidad. Quizá fuera por eso que nunca pensó en la maternidad. Cuando su madre volvió a casarse, la responsabilidad familiar cayó sobre otro. Fue libre para comportarse como el resto de los jóvenes, y lo hizo con bastaste intensidad. Durante mucho tiempo no había querido que nadie dependiera de ella.
Fue tremendamente cuidadosa con todas las aventuras que había tenido con las mujeres. Aunque le resultaba imposible engendrar un hijo con una mujer que no fuera su verdadera compañera, había tomado precauciones. Siempre usaba condones, diciéndoles de esa manera que solo estaba pasando el tiempo con ellas por pura diversión y entretenimiento. Nada serio, y sin ninguna expectativa.
Por supuesto, había crecido con la comprensión de que tener ciertas responsabilidades traía sus propias recompensas. Era una líder por naturaleza. Y nadie podría ostentar este cargo sin asumir un extenso manto de responsabilidades.
Esta situación cerraba el círculo. Había pasado de ser una muchacha demasiado cargada de responsabilidades a ser una mujer joven dedicada a desfogarse todo lo que podía. Ahora, siendo un hombre adulto, lo suficientemente duro y fuerte, buscaba las responsabilidades de las que una vez había escapado.
Centró su mirada en Lena y se la imaginó embarazada, llevando a su hijo.
Inesperadamente, su excitación empezó a mostrarse. «Abajo, todavía no ha llegado tu momento», pensó. Comprendió que ese momento llegaría, y cuando ocurriera estaría lista. Estaría lista para Lena y para todo lo que conllevaría tenerla en su vida.
Una cálida ola de anticipación y satisfacción le atravesó. Se agachó y la besó suavemente en la sien. Ella se revolvió, mascullando.
—Shh, cariño, duerme —la susurró, se irguió y muy silenciosamente salió de la habitación.

* * * * *
Lena se estiró y bostezó mientras se despertaba lentamente. Inspirando profundamente sonrió. Julia todavía estaba en la casa. Pudo oler su distintivo e hipnótico aroma cuando inspiró profundamente de nuevo y mantuvo el aire en su interior durante un momento, antes de permitirse exhalar. Un ligero ceño estropeó su frente. ¿Cómo era posible que pudiera percibir su olor a esta distancia?
Dejó esa pregunta a un lado, a pesar de que le creara un pequeño grado de inquietud. Debía de ser la esencia que permanecía desde que estuvo antes en su dormitorio.
Podía oír el débil murmullo de la televisión, junto con un delicioso olor que llenaba la habitación. Obviamente, Julia había estado cocinando algo.
Su estómago protestó cuando rodó por la cama y se sentó. Apagó la manta eléctrica y la dejó a un lado. Permaneció de pie un segundo, atenta a cualquier señal que pudieran emitir sus doloridos músculos, pero sus dolores habían desaparecido.
Un suspiro de alivio brotó de sus labios; caminó hacia el baño para lavarse las manos, la cara y pasarse un cepillo por el pelo.
Se puso una bata corta, salió al pasillo y entró en la sala al mismo tiempo que Julia salía de la cocina. Obviamente se había ido a casa para cambiarse. La mancha de suciedad de su cara había desaparecido. Estaba aseada y llevaba puestos un par de vaqueros limpios, de los que se veía un botón blanco por debajo de su remetida camisa, y unas zapatillas de deporte blancas.
—Oí que te levantabas. La cena está lista. ¿Tienes hambre? —preguntó con una sonrisa curiosa.
—Estoy famélica. ¿De verdad cocinaste?
—Algo.
—¿Algo?
—Es mi cazuela rápida.
Lena sonrió.
—¿Qué es eso?
—Compro un pollo asado en la tienda de comida preparada, lo troceo y lo pongo en la cazuela, le echo brócoli, queso rallado y caldo de arroz; después lo meto en el horno junto con algunos panecillos, los saco a los veinte minutos, y chachan, cena preparada —explicó orgullosamente.
—Muy diestra —se rió entre dientes—. Huele deliciosamente.
—Y lo está —afirmó resueltamente—. Ya lo verás, cariño.
Julia la introdujo en la cocina y retiro una silla para ella. Ya había puesto la mesa con los platos, la vajilla de plata y las copas. Inclusive un mantel limpio y una vela encendida colocada en el centro.
—Fantástico, esto te ha quedado estupendo, Julia —le felicitó Lena cuando tomó asiento.
Con una floritura, Julia puso en el plato una porción del contenido de la cazuela que ya había llevado a la mesa y agregó el cesto cubierto que contenía el pan.
—No creí que tuvieras ganas de cocinar, y como te perdiste el almuerzo pensé que lo mejor sería alimentarte antes de irme. Te ves muy pálida, cariño.
Lena bajó los ojos al sentirse repentinamente algo avergonzada.
—Quería agradecerte lo de antes, me hiciste sentir mejor.
—De nada —contestó—. A propósito, ¿sabes que roncas?
—¡No ronco!
Julia se rió.
—Solamente era una broma. Ahora venga, pruébalo.
Le miro con el ceño fruncido cuando se percató de la gran porción que había servido en su plato. Lena cogió su tenedor, llevó una pequeña cantidad a su boca y la masticó precavidamente. Luego sonrió.
—No mentiste al decir que estaba bueno.
—Anda, pues claro.
Julia llenó sus copas de limonada helada y luego se sentó. Untaron la mantequilla en los panecillos. También había calentado maíz tierno en conserva, y Lena le confesó que era su verdura favorita. Disfrutaron de una comida relajada y charlaron amigablemente. Lena le preguntó a Julia sobre su trabajo y al revés.
El tiempo pasó agradablemente y más rápidamente de lo que creían posible.
Había algo doméstico y acogedor en la forma de comportarse de ambos, y lo disfrutaron inmensamente.
Julia miró su reloj.
—Voy a ir recogiendo todo esto. Tengo que irme dentro de un rato. He quedado esta noche para una reunión de negocios.
—¿Con Gracie Stevens? —dijo Lena bruscamente y, a continuación, deseóhaberse mordido la lengua al ver la expresión en la cara de Julia.
Este se puso de pie y recogió los platos vacíos silenciosamente, poniéndolos en el fregadero. Cuando se giró le dirigió una mirada firme.
—No, la cita que tengo es por un asunto del municipio. Estamos diseñando unos planos para ampliar la biblioteca.
Abrió el grifo del agua y llenó el fregadero antes de volver a hablar, mientras se mantenía de espaldas a ella.
—Sé qué tipo de reputación tengo, Lena. No lo niego. Me la gané, lo sé. —Hizo una pausa y frunció el entrecejo como si buscara las palabras idóneas—. Nunca he cocinado para otra persona. Nunca he tocado a una mujer con la simple finalidad de aliviar su dolor. Cuando he estado con una mujer, siempre ha sido con una meta en la mente. Sexo. —Julia se giró para encararla—. Pero no me malinterpretes, también quiero sexo contigo. Rápido, lento, al rojo vivo, húmedo, de cualquier forma y manera en la que podamos tener sexo, pero quiero algo más. Quiero hacer el amor contigo. Nunca he querido hacer el amor con una mujer. Tampoco he querido otras cosas.
—¿Qué cosas? —susurró Lena, agitada ante su vehemencia.
—Cosas de las que todavía es pronto para hablar —contestó suavemente—. Pero quiero que sepas que voy en serio. No quiero sexo ocasional. ¡Joder! —Se giró hacia el fregadero y empezó a lavar la vajilla con movimientos bruscos—. Esto es importante y no encuentro las palabras adecuadas para expresarlo. ¡Estoy haciéndolo todo al revés!
Lena permaneció sentada en silencio durante unos momentos, el corazón le latía velozmente, el aire entraba agitadamente en sus pulmones y las lágrimas le escocían en los ojos. Las palabras de Julia la emocionaron tan profundamente que estaba muy cerca de sentirse tan abrumada como él. Se obligó a calmarse y permitir que su mirada se deslizara por todo su cuerpo.
Estaba obviamente tenso; los músculos de sus hombros se abultaban con cada uno de los movimientos que hacía al lavar la vajilla. Sintiendo que la sacudida de la declaración de Julia menguaba, Lena se permitió a si misma relajarse.
Con la relajación llegó la aceptación, el afecto y la necesidad de hacer que se sintiera tan tranquilo como ella.
Se levantó y anduvo hasta colocarse tras Julia. Levantando las manos, las colocó sobre sus hombros y sintió cómo se tensaba bajo las yemas de sus dedos.
—Lo siento —se disculpó suavemente y empezó a masajear sus músculos agarrotados—. Y me parece que has encontrado las palabras perfectas para expresarlo, Julia.
Lena deslizó las manos hacia abajo, por encima de sus costillas, hasta rodear su cuerpo, y entonces ciñó su propio cuerpo al de él, abrazándole fuertemente. Sentía el tronar del placer vibrar a través de las dos, y con una sonrisa alzó su mejilla para descansarla contra sus omoplatos. Elevándose sobre las puntas de los pies, colocó su boca sobre su nuca, atormentándole con besos ardientes.
Un tipo diferente de tensión se formó en el cuerpo de Julia. Sonriendo satisfecha, vagó con las manos por su pecho. Las yemas de sus dedos encontraron y acariciaron los endurecidos puntos de sus pezones y Julia gimió; notó como empezaba a respirar con dificultad y como sus pulmones aceleraban su trabajo.
Una mano se dedicó a excitar uno de sus duros pezones, permitiendo que la otra fuera hacia abajo, hasta llegar al botón de sus vaqueros. Sus dedos desabrocharon el primer botón hábilmente, luego el segundo, y estaba alcanzando ya el tercero cuando la mano de Julia se cerró sobre la suya.
Sujetándola, se giró entre sus brazos.
—¿Qué estás haciendo, Lena? —gruñó.
—Acariciándote —ronroneó.
—No tienes por qué hacerlo.
—Anda, eso ya lo sé —contestó como si hablara a un tontaina—. Si tuviera que hacerlo no sería tan divertido.
—Si estás haciendo esto por lo que acabo de decirte, no quiero que lo hagas. Es como si me estuvieras premiando por ser un buen chico —refunfuñó.
Lena suspiró.
—Eres una contradicción, Julia Volkova. Ahora escúchame. Sí, me gustó lo que me dijiste. Sí, me encanta que cocines para mí. Sí, me pareció delicioso que me dieras un masaje y que me hicieras sentir mejor. Pero es algo más que todo esto, yo...siento algo por ti. Me molestas y haces que mi corazón lata más rápido, algunas veces desearía darte una patada en el trasero y en cambio otras simplemente te daría besos hasta volverte loco. Y ahora mismo, en este momento, en lo único en lo que puedo pensar es en lo dulce y sexy que eres, y que necesito tocarte. ¿Me dejas hacerlo, por favor?
Percibió el movimiento de la garganta de Julia al tragar y un destello brillante llenó sus ojos hasta trasformarse en una luz abrasadora, propagándose por sus profundidades.
—Te diría «tómame, soy tuya», pero este es uno de esos momentos serios, ¿verdad?
Lena sonrió abiertamente y rió entre dientes.
—Muy serio. —Echó un vistazo alrededor como si considerara todas las posibilidades, entonces le empujó hacia atrás, contra el aparador—. Esta será la señal de salida —murmuró e inició su asalto con un beso húmedo, que cubría su boca con los lánguidos movimientos de su lengua.
Julia gimió y se abrió para ella, saliendo al encuentro de su lengua, emulando sus lentos y sinuosos movimientos. Las manos de Lena se deslizaron hacia sus hombros y brazos, mientras acariciaba los duros músculos que se agolpaban bajo su camisa. Continuando con el beso, movió sus manos sobre su pecho; empezó por arriba, desabotonó su camisa y la sacó del cinturón y sus vaqueros.
Abrió el tejido para exponer su pecho y estimuló los pezones que encontró allí, dispuestos para ella.
—He querido hacer esto desde el primer día que te vi sin la camisa. ¿Tienes idea de lo condenadamente sexy que estabas? —murmuró contra sus labios, mientras las yemas de los dedos rozaban toda su superficie pectoral.
—No lo sabía, pero ahora lo sé —contestó suavemente, mientras la boca de ella se movía para morder ligeramente los diminutos pezones—. Maldición, cariño —gimió.
—Mmm, me gusta que tus pezones sean tan sensibles. Cuando tocas los míos, parece como si pequeñas descargas me recorrieran hasta llegar a mi vagina —susurró ella—. ¿Lo sientes aquí? —preguntó, llevando su mano a la creciente protuberancia entre sus piernas.
—¡Oh sí! —gimió y empujó hacia su mano, presionándose.
—Bueno, quiero saber todo lo que te hace sentir bien.
Empezó a besarle de nuevo mientras sus manos se ocupaban de desabotonar los últimos botones de sus vaqueros. Luego los empujó hacia abajo, dejando al descubierto sus deslumbrantes calzoncillos. Rompió el beso para arrastrar sus labios a lo largo de su mandíbula, le mordió y miró hacia abajo para ver su respuesta.
Claramente visible a través de sus calzoncillos, su excitación estaba totalmente dispuesta, rogando por su liberación.
—Oh Dios mío, ahora sé por qué lo llaman «la senda hacia el tesoro» — comentó reverentemente, mientras las puntas de sus dedos flotaban hacia abajo, siguiendo el sedoso camino de su vello púbico que guiaba hacia su ávido miembro. Los músculos del estómago de Julia se tensaron bajo su ligera caricia y su respiración empezó a ser más trabajosa.
Lena enganchó la cinturilla de sus calzoncillos con ambas manos y los bajó, revelando la gruesa e hinchada longitud de Julia.
—Aquí está el premio gordo —suspiró y sonrió ante la risita jadeante e involuntaria de Julia.
Deslizó las manos alrededor de su cuerpo y empujó los vaqueros y calzoncillos hacia abajo, hasta terminar posándolas sobre las tensos glúteos, asegurándose de conseguir una buena cantidad de esos tentadores músculos. Agachándose, desató sus zapatos y se los quitó.
—Súbete a la encimera —le pidió.
Julia arqueó una ceja pero obedeció sin preguntar. Lena tiró de sus vaqueros y calzoncillos retirándolos totalmente de su cuerpo, después colocó toda la ropa sobre la silla más cercana.
—Mmm, perfecto —murmuró Lena, colocándose entre sus muslos.
Julia se agachó para darle un beso, aceptado ansiosamente por Lena. Su boca encontró de nuevo la de ella y los besos se intensificaron hasta alcanzar temperaturas extremas; la danza de las lenguas nubló las mentes y tornó el deseo en un febril caos. Cuando rompió el beso su boca bajó, encontrando la senda que guiaba a su tesoro y siguiéndola, buscando conseguir su premio. El miembro se irguió completamente y con alturas inimaginables, observando su audaz acercamiento; Lena sonrió descaradamente ante ese despliegue.
Humedeció sus labios y se inclinó hasta encontrar la gran cabeza en forma de hongo; la beso prolongadamente, mojándola y deslizando su lengua por encima y alrededor de toda el área, antes de abrir la boca y tomarla en su interior.
Julia gimió, brincó sobresaltada y se apoyó hacia atrás, golpeándose la cabeza con el armario que había a su espalda.
Lena se retiró y se enderezó. Extendiendo la mano, palpó la parte posterior de su cabeza.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó, mientras le daba un ligero masaje en el cuero cabelludo.
—Estoy bien —contestó, con voz grave y ronca.
—Entonces, ¿puedo continuar con lo que estaba haciendo? —le dijo bromeando.
—Por favor —contestó Julia, mostrando la desesperación en su voz.
Lena apenas pudo refrenar su sonrisa cuando se agachó y tomó de nuevo el miembro en su boca. La percepción de Julia era increíble. Zumbidos de placer atravesaban su lengua y su boca al percibir los sabores y texturas de Julia. Podía notar las nudosas venas que envolvían su longitud y sentir el latir de su corazón en la sangre que lo llenaba. Su piel era suave satén, un contraste afilado con la dura columna de hierro que cubría. Acarició toda la extensión de arriba abajo para luego soltarla y deslizar la lengua con premura hacia la parte inferior, directa a su escroto.
Su cuerpo exudaba calor, y con él su olor. Lena enterró la cara entre sus muslos y respiró profundamente la abrumadora mezcla de bosque y adrenalina por el momento.
El aroma intoxicante hizo que su cabeza diera vueltas y su vagina se convulsionara con fuerza, exhalando un profundo gemido de lo más recóndito de su pecho.
Julia gemía como un poseso, sus muslos se tensaban instintivamente mientas sus caderas se alzaban en busca de su diestra boca.
De nuevo deslizó la lengua por la larga longitud de su verga y, al elevar los ojos, se encontró con su mirada caliente y hambrienta. Su cara era la desesperación personificada al intentar mantener a raya el placer. Lena lo tomó en su interior y gimió, entreabriendo los labios para dejar escapar sutiles jadeos y pequeñas expresiones de placer. Sus caderas ondularon rítmicamente, permitiéndole resbalar su verga al interior de su boca a la velocidad deseada. Deslizándole completamente fuera, reemplazó la boca por la mano manteniendo un ritmo constante y acariciante, para así poder acercar sus labios a los de él, en un beso abrasador. Sus lenguas se encontraron y aparearon, retorciéndose en un baile húmedo y sensual.
Un profundo gemido gutural vibró entre ellas, y Lena tragó el sonido antes de soltar sus labios.
—Lena, cariño, me voy a correr —dijo mordisqueándola con dureza.
Lena se inclinó con ansiedad y engullo la palpitante punta roja, acariciándola y lamiendo la muy sensibilizada parte inferior de su miembro. Sintió como se engrosaba aún más, antes de que la primera descarga de su caliente y cremosa escencia tocara su lengua. Tragó la primera dulzura salada que la llenó y después los sucesivos borbotones que fueron entrando en su boca. Julia se estremecía y gemía perdido en el placer, sus manos sujetaban su pelo, sosteniéndose, sus dedos la apretaban y soltaban convulsivamente.
Lena lo sostuvo suavemente en su boca. Sabiendo cómo de sensible estaría después de correrse, aplicó una serie de golpecitos con su lengua para que terminara, luego, lentamente, le soltó. Julia dejo que sus manos cayeran flojas y Lena se alzó para mirarle la cara. Sus ojos estaban cerrados, su intensa expresión se relajaba paulatinamente hasta la normalidad. Con los ojos todavía cerrados, extendió una mano y tiro de ella, buscando el contacto con su boca.
Lena gimió suavemente ante el placer de sentir su lengua explorándola mientras buscaba y saboreaba. Le gustó que no le importara saborearse a sí mismo y se acurrucó contra él, dándole gustosamente todo lo que quería. Julia se apartó y se movió con esfuerzo lanzando un suspiro saciado, abrió los ojos y se encontró con los suyos. Lena vio como sus ojos se abrían un poco más sorprendidos, pero se recuperó rápidamente.
—¿Me he pasado? —preguntó ella.
Julia la abrazó fuertemente.
—No, de hecho, ha estado malditamente bien. Pero, ¿y tú?, ¿te encuentras bien?
Ella asintió, devolviéndole el abrazo y mirando la hora en el reloj que estaba sobre la nevera.
—¿A qué hora era la reunión?
—A las ocho.
—Pues te quedan diez minutos para llegar allí.
—¡Mi****!
Julia la echó a un lado y saltó de la encimera, vistiéndose febrilmente y calzándose los zapatos. Lena le miró, con una sonrisa divertida curvando sus labios.
—Huh, ¿crees que esto es gracioso? —le preguntó, entrecerrando los ojos y mirándola mientras se ataba el último de los cordones.
—Sí —confesó con una risita.
Se alzó, la tomó entre sus brazos y la besó con dureza.
—Cuando te la devuelva vas a querer ir al infierno, cariño. —Le dio un golpecito en la espalda y se dirigió hacia la puerta. Hizo una pausa antes de salir y se dio la vuelta para mirarla—. Lena. Yo… ¡Demonios! Mañana tendremos una charla bastante seria, ¿vale?
Ella hizo un gesto afirmativo, y percibió una mezcla entre excitación y preocupación en los ojos de Julia; un pequeño escalofrío de ansiedad subió por su espalda, pero consiguió esconderlo y sonreír.
—Ya sabes dónde encontrarme.
Julia retrocedió, dándole un beso rápido y furiosamente posesivo, antes de salir disparada hacia la puerta. Lena cerró con llave cuando se marchó y se mordió el labio, pensando qué sería lo que ocupaba la mente de Julia, y sabiendo que estaría intranquila hasta que se lo revelara.
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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 3:07 am

Capítulo Seis
Julia se sentó tras el volante de su camioneta, clavó durante unos momentos los ojos en la casa y arrancó el motor para dirigirse hacia la reunión. Se alegraba de que Logan también estuviera allí. Este repentino giro de los acontecimientos le había sacudido, llenándole de júbilo, pero al mismo tiempo amenazándole con el hundimiento total si Lena no aceptaba lo que tenía que contarle.
Su estómago se tensó ante ese pensamiento.
—Por favor, Dios, no dejes que me rechace. Demonios, ¿cómo diablos ha ocurrido esto? —murmuró.
Llegó al ayuntamiento y se dirigió hacia la oficina del concejal de urbanismo, percatándose de que era el último en hacer acto de presencia. Todos los presentes le saludaron mientras tomaba asiento junto a Logan.
—Llegas tarde —comentó Logan en un murmullo cuando comenzó la reunión.
—Ha ocurrido algo inesperado.
—Puesto que no estás nada contento, ¿debo asumir que también has caído?
—Te has equivocado de profesión. Deberías haber sido cómico —comentó Julia ácidamente.
Logan sonrió ampliamente.
—Es lo mismo que me dice Ali. Tendré que pensármelo.
Julia puso los ojos en blanco.
—Bromas aparte, tengo un problema sobre el que necesito hablar contigo. Implica a Lena.
Instantáneamente Logan se puso serio.
—¿Después de la reunión?
—Sí.
No hubo más tiempo para charlas cuando Julia se inclinó hacia delante para revisar los proyectos y explicar detalladamente las renovaciones planeadas para la biblioteca. La reunión fue rápida, puesto que estaban en las etapas finales de aprobación del proyecto. Cada uno de ellos se alegró de llegar a un acuerdo tan tempranero y unánime.
Cuando la reunión terminó, el marido de Clare, Brian Harrelson, se acercó a Logan y Julia, y sin ningún preliminar les soltó.
—Tenemos un problema.
—¿Qué pasa? —preguntó Logan, asumiendo que era un tema de la reunión.
—El tipo que les dio problemas a Alina y a Lena en el local de Morgan's se ha presentado esta mañana en la librería con un par de amigos. Se metió con las chicas. Amenazó a Lena, le dijo que tenía una deuda con ella y que siempre pagaba sus deudas.
—Hijo de p***. Alina no me ha dicho ni una palabra. —Logan echaba humo.
Julia permaneció callada, la cólera y la alarma le dominaban tan profundamente que no podía hablar.
—Clare no quería contármelo, pero me di cuenta de que algo la preocupaba en cuanto llegó a casa. Los conozco, sé que esto no les gusta más de lo que me gusta a mí. Creo que deberíamos comentárselo al jefe de policía para que tenga un ojo en esos chicos.
Julia encontró la voz.
—De acuerdo. Brian, ¿podrías ocuparte de eso? Mientras tanto, voy a pedir algunos favores, para ver si podemos localizar donde paran. Creo que es hora de mostrarles lo inoportuno de su presencia en Whispering Springs.
—Solamente una cosa más —añadió Brian antes de irse—. Si encuentras a esos tipos, quiero estar presente.
—Comprendido —aceptó Julia y le dio una palmada en la espalda. Se giró para encontrar la mirada penetrante que le dirigía Logan—. ¿Qué pasa? No me digas que no quieres arrancarles algo.
Habían llegado al aparcamiento y los ojos de Logan relucían claramente en la oscuridad.
—Ya sabes que mi primera reacción ha sido arrancarle la cabeza a ese tipo. —Inspiró profundamente y las llamas de sus ojos se transformaron en vacilantes rescoldos—. Pero esa es la razón de que sea el enlace entre las manadas. No sigo mi primera reacción, a diferencia de algunos exaltados alfas que conozco.
Julia hizo una mueca, pasándose, inquieto, una mano por el pelo.
—Caray, Logan, ya sabes que intento mantener el control. ¿Cuándo fue la última vez que comencé algo que te vieras obligado a arreglar?
—Fue hace mucho, y no creas que no lo aprecio, pero tenemos que mantener nuestras cabezas despejadas. A pesar de que me gustaría propinarles algún tipo de daño, ya sabes la clase de problemas que esto acarrearía. —Logan elevó la mano anticipando la protesta de Julia—. Pero eso no significa que no podamos asustarlos a muerte —sugirió con una malvada sonrisa.
Julia sonrió ampliamente al notar el brillo en los ojos de Logan, reavivado por su entusiasmo. Esto le recordó su actual problema.
—¿Y acerca del problema que tengo con Lena?
—Continúa.
—Se está transformando en una de los nuestros.
Logan aulló y dio una fuerte palmada a Julia en la espalda.
—Felicidades. ¿Se lo has dicho a Alina?
—Ese es justo el problema —contestó, dirigiendo una incómoda mirada a Logan—. No se lo he dicho a Lena.
—¿Qué? ¿Qué diablos significa eso? ¿Cuándo piensas contárselo? ¿La transformaste sin decirla ni una sola palabra?
—¡No! No es nada de eso. No sé cómo pasó. Estábamos, hum, divirtiéndonos, y cuando terminamos, los ojos de Lena estaban iluminados. Me sobresaltó endiabladamente.
—Aclaremos algo, ¿de qué tipo de diversión estamos hablando? ¿De una relación sexual?
—No, nada de eso, Logan. Todavía no nos hemos apareado —confesó Julia, un poco sonrojada ante su sorprendida mirada—. Le he dado un tiempo para que me conozca —explicó, dejando de lado el hecho de que necesitaba conseguir el coraje suficiente para decirla que era un hombre lobo—. Nos hemos besado, tocado y, últimamente, también hemos hecho alguna que otra cosa oral, pero nada que implicara mordiscos ni acoplamientos, ni nada más.
—Julia, esto no tiene sentido. En algún momento, mientras Lena estaba ovulando, tu saliva ha tomado contacto con su corriente sanguínea.
De repente, Julia se sintió como si hubiera sido golpeado por un rayo.
—¡Oh, Dios mío! —Susurró cuando el recuerdo apareció ante sus ojos—. Aquella noche, en Morgan's, cuando le hicieron aquel arañazo en la garganta. Al llevarla a casa, noté que había comenzado a sangrar de nuevo. Lamí la herida para limpiársela. Ahora me doy cuenta de que podría haber estado ovulando. Recuerdo pensar que podía ser la causa de mi fuerte reacción aquella noche. —Miró hacia Logan con creciente horror—. No pensé en ello. Simplemente reaccioné ante la herida. Quise hacerla sentir mejor. ¡La cambié sin su permiso! Sin siquiera decirla quién y qué soy, sin decirla que es mi compañera. ¡Cristo,
Logan! ¿Qué he hecho? Si no acepta esto, va a odiarme.
Logan permaneció silencioso durante un momento pensando su respuesta, después colocó una mano sobre el hombro de Julia y le dio un apretón antes de liberarle.
—¿Quieres a Lena?
—Desde luego. ¿Cómo me puedes preguntar eso? Ahora lo es todo para mí.
—¿Qué crees que siente por ti?
Julia pensó un momento antes de contestar.
—Estoy bastante seguro de que siente algo parecido.
Logan asintió con la cabeza.
—Entonces todavía no usemos la pistola. Tú la amas, ella comienza a amarte. Dale una oportunidad para que funcione, pero lo primero que tienes que hacer es decírselo.
—Lo sé, he estado trabajando en eso, pero ya sabes, por experiencia personal, lo difícil que es. Si rechaza mi otra naturaleza, estoy jodida. Nada de amantes, ni esposa ni niños. Podría vivir sin los niños, pero no quiero vivir sin Lena—confesó—. Nunca en mi vida he lamentado ser un lobo, pero casi lo podría hacer ahora.
—Bueno, eso no va a ocurrir, por lo tanto haz lo que mejor se te da. Lucha por ella. Muestra toda la magia que supone ser uno de nosotros. Si eso no la persuade, su amor por ti debería hacerlo.
—Deseo con todas mis fuerzas que tengas razón.
—Se resolverá, Julia.
—Es por lo que estoy preocupado. Que se resuelva mal.
Logan hizo un gesto negativo.
—Lo sé. Escucha, me voy a casa. Tengo una compañera a la que reprender muy seriamente por guardar secretos.
Julia le dirigió una sonrisa poco entusiasta.
—Su co-conspiradora también se ha ganado algún castigo.
Logan se rió entre dientes y le dio una palmada en la espalda.
—Buenas noches, Julia. Si hay algo que pueda hacer por ti, ya sabes cómo localizarme.
—Gracias, Logan. Buenas noches.
Los dos amigos se separaron, subieron a sus respectivos coches y partieron.
Mientras conducía de nuevo hacia la casa de Lena, Julia repasó los acontecimientos de esa tarde; en su mente se arremolinaban la confusión, la ansiedad y la cólera. Temía pensar en contarle a Lena la verdad sobre su naturaleza y la reacción que provocaría. Ese sentimiento de inseguridad le tenía muy perturbado.
Julia no se sentía cobarde. Había hecho frente a cada situación difícil que se le había presentado, hasta llegar a esta. Sintió un creciente enojo consigo mismo.
Ahora no solo tenía que tratar con las consecuencias de su indecisión — después de, accidentalmente, transformar a Lena, tenía que tratar con un vagón de culpa. Y a la cabeza de todo estaba el que mantuviera secretos. Secretos que podrían poner en peligro su vida. De mala gana, reconoció el hecho de que no estaban en esa etapa en la que Lena debía saber que podía confiar en ella para que la protegiera. Aun así, irrazonablemente, se sintió como si ella desconfiara de su capacidad para hacerlo. Su negativa a acudir a él le hizo sentir como si le hubiera juzgado inadecuado para manejar la situación.
Aquella línea de pensamientos se afianzó en sus enmarañadas emociones, aumentando su cólera hasta tal punto que, para cuando llegó a la casa de Lena, no estaba seguro de cómo afrontarlo. Estaba endemoniadamente enfadado y listo para una pelea. Saliendo de la camioneta, subió a grandes zancadas las escaleras del porche, alcanzó la puerta y aporreó duramente aquel tembloroso panel.
Como había oído la llegada de la camioneta, Lena estaba ya en la puerta.
—¡Eh! Mantén la calma con la puerta, amiga —bromeó cuando abrió para dejarle pasar.
Con gesto serio, Julia entró y muy deliberadamente cerró la puerta.
—¿Creíste realmente que no me enteraría? —preguntó ásperamente, con los ojos brillando como lava ardiente.
Lena frunció el ceño.
—¿Enterarte de qué?
—De que tuviste compañía en la librería.
—¡Oh eso! No tiene importancia.
—¿No tiene importancia? ¿No tiene importancia? ¿Ese hombre tiene toda la intención de hacerte daño y piensas que no es importante? —Julia le dirigió una desconfiada mirada—. ¿Por qué no me dices la verdadera razón por la que no querías que lo supiera, Lena?
—Ok, de acuerdo —dijo mordiendo las palabras, con sus propios ojos comenzando a arder—. Alina y yo sabíamos que Logan y tú reaccionarían de manera exagerada, justo como lo estás haciendo. Supongo que Logan le estará haciendo el tercer grado a Alina en estos mismos momentos.
—Estás en lo cierto. Logan no va a aguantar que su compañera le oculte secretos y puedo decir lo mismo.
Lena frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso de compañera?
El enfado de Julia se detuvo momentáneamente, pero se recuperó con rapidez.
—Solamente es una palabra, Lena, otro término para nombrar a la esposa o la amante. No intentes distraerme. Tú y yo sabemos que no tenías miedo de que reaccionara exageradamente. La verdadera razón de que no me hablases del hombre que te ha amenazado es porque no confías en mí. No crees que sea suficientemente hombre como para manejarlo por ti.
—¿Qué? Eso es una tontería y lo sabes, Julia Volkova. No creo eso de ti. Te presentas aquí, furiosa e indignada, para hacerme creer que he hecho algo mal, cuando lo único que quieres es que complazca tu ego. Creí que eras una persona adulta y no una adolescente.
Una ola de furia barrió toda la sensatez de la cabeza de Julia. La sujetó por el brazo, cerrando el espacio que les separaba.
—Lo único que quería que complacieras tuvo ya ese beneficio hace unas horas, cariño. Tus sentidos deben de estar fatal, si no puedes admitir que te gustó lo que hiciste .
La cara de Lena palideció, respirando con temblorosos jadeos.
—¡Sal de aquí! —le ordenó.
—Con mucho gusto —contestó Julia amargamente. Liberando su brazo, giró sobre sus talones y abrió la puerta, cerrándola con un golpe tras él. Al llegar a su camioneta saltó dentro, arrancó el motor y aceleró antes de soltar el freno de mano, levantando una polvareda en el camino de entrada. Se dirigió directamente a Morgan's.

* * * * *
—Las jodidas dos y cuarenta y tres de la mañana —gruñó Cade D´jorlin cuando miró el reloj al lado de su cama—. Si uno de esos cachorros ha vuelto a meterse en problemas, juro que voy a despellejarlos vivos. —Cogió el estruendoso teléfono—. D´jorlin.
—Cade, soy David Morgan.
—Hijo de p***. ¿Qué pasa esta vez, Dave?
Dave se rió entre dientes.
—Bueno, en realidad, es nuestra alfa.
—¿Julia?
—Es a ella a la que le pasa.
—Ya voy.
Cade rodó fuera de la cama y, desnudo, se dirigió hacia el cuarto de baño mostrando un leve indicio de cojera. Cómodo en la oscuridad, utilizó el inodoro, se lavó las manos y se salpicó la cara con el agua, antes de coger el enjuague bucal y darle un trago. Hizo unas gárgaras, después lo escupió en el lavabo y abrió el agua para limpiarlo. Cogió su cepillo, le dio un par de pasadas a su rubio y corto cabello —no necesitaba peinarlo mucho. Cade mantenía el pelo corto debido a un hábito inculcado en sus tiempos como marine.
Regresó al dormitorio y cogió los vaqueros que había dejado caer en el suelo, al lado de la cama. Sabiendo que estaban limpios se los puso sin ropa interior, pues le gustaba sentir la tela de los vaqueros contra su piel. Se enderezó, fue al armario y sacó una cazadora verde y una camiseta que se pasó por la cabeza, cubriendo su musculoso torso.
Tomó las llaves del aparador y atravesó la casa, se detuvo de nuevo para ponerse los zapatos y después continuó su marcha hasta el garaje. Solo entonces encendió la luz e hizo un alto para poder admirar el brillo de su bebé. Un Corvette rojo y negro modelo de 1982 le esperaba, y no perdió tiempo en sentarse tras el volante. Suspiró con placer. El asiento se ajustaba como un guante.
—Al menos obtengo algún placer después de que me levanten de la cama en mitad de la noche —refunfuñó mientras cogía la dirección que llevaba a Morgan’s.
Cade hizo el viaje en quince minutos; al acercarse, notó que la camioneta de Julia y el coche de Dave eran los únicos vehículos presentes. Aparcó junto a la camioneta y salió, cerrando la puerta tras él. Suficientemente familiarizado con Morgan’s, entró y, al ver que no había nadie por los alrededores, se dirigió a la oficina situada en la parte de atrás. Dave estaba allí solo, concentrado en algunas facturas.
—Hey, Dave, ¿dónde está?
—Arriba. Me alegro de que estés aquí, Cade. —Se levantó y le condujo hacia el frente del local—. No estaba tan preocupado porque condujera, ya sabes lo rápido que desaparecen los efectos del alcohol entre nosotros, y podía esperar a que se le hubiesen pasado, sino porque hay algo que le preocupa. No me lo ha dicho, pero creo que necesita hablar y, ¿quién mejor que Logan o tú para hacerlo?
Cade le siguió hasta que se detuvieron delante de la escalera. Una vez allí, le dio una amistosa palmada en la espalda a Dave.
—Ya me ocupo yo. Gracias.
—No hay problema. Me voy a casa. Cierra cuando os marchéis, ¿de acuerdo?
—Hecho.
Cade subió la escalera. Era la primera vez que lo hacía sin el aullido del tocadiscos, y sonrió ante los crujidos que hasta ahora le habían pasado desapercibidos.
Sus oídos también captaron el suave sonido de una canción. Al menos suponía que era una canción.
La pequeña Julia estaba dando la nota, pensó con una sonrisa irreverente.
Llegó a la planta de arriba y le divisó repantingado en el reservado más lejano.
La mesa estaba cubierta con los restos de servilletas y botellas vacías. Parecía como si hubiera comenzado con cerveza y después hubiera continuado con el whisky, tomándolo directamente de la botella, de hecho, de varias botellas.
Con los ojos enturbiados, Julia descubrió a Cade.
—¡Eh, Cade!, mi querido camarada. Siéntate hermano lobo y tómate algo. Tengo para elegir. Es cierto. —Soltó un eructo y una risita de borracho.
Cade se acercó al reservado y retiró algunas botellas antes de tomar asiento frente a Julia.
—¡Eh, jefa!, ¿cómo estás?
—Jodido y, por Dios, es la simple verdad.
Cade alzó las cejas. Estaba sorprendido de que Julia confesara tan fácilmente tener un problema. Había pensado que le llevaría un rato conseguir sonsacárselo.
—¿Cuál es el problema? La solución no es recurrir a esto —le indicó, recorriendo con la mirada las botellas vacías.
—Lo jodí, Cade, lo jodí del todo. Le hice daño a Lena y estoy segura de que ahora me odia. Mi compañera me odia. —Con los brazos sobre la mesa, Julia dejó caer la cabeza encima, hundiendo los hombros.
—¿Por qué no me cuentas qué pasó?
Julia comenzó, al principio su explicación resultó algo confusa, pero cuando terminó estaba mortalmente sobrio.
—Bueno, ha sido una pelea. Estás realmente enamorada. Cuando se trata de mujeres, normalmente eres el arquetipo de la señora Cariñosa —sonrió Cade—. Pero esta vez has metido la pata. ¡Demonios!, la has metido hasta el fondo.
Julia gimió.
—Con eso no me ayudas.
Cade rió entre dientes.
—Te diré algo. Piensa en ello. Estás aquí, sintiéndote endemoniadamente culpable y castigándote por hacerle daño a Lena. ¿No es cierto?
Julia hizo un gesto afirmativo.
»Me parece recordar que ella también te dijo algunas palabras bastante duras, algo así como que «pensó que eras un hombre».
—¿Qué te apuestas a que también se siente culpable?
—¿Eso crees? —preguntó Julia esperanzado.
—¡Oh, sí! Mira, las mujeres, a diferencia de algunos de nosotros que salimos corriendo y se emborrachan, empiezan a pensar en lo que ha ocurrido. Analizan cada palabra y cada gesto, para intentar comprender en qué se equivocaron. Se obsesionan hasta que están seguras de haber exprimido cada pequeño dato que pueden recordar. Y en ese caso, a no ser que sea una p*** hecha de hierro y sin corazón, que esté determinada a culparte de todo, apostaría lo que quieras a que se siente tan mal como tú.
Julia pensó unos momentos las palabras de Cade, entonces la realidad le hizo mostrar una sonrisa.
—¿Cómo sabes tanto acerca de las mujeres?
—En cierta ocasión estuve enamorado. El problema es que resultó ser una p*** más dura que una barra de hierro.
—No me lo has contado nunca.
—Algunas cosas es mejor olvidarlas. ¿Estás preparado para regresar a casa?
—Sí.
Ambos se deslizaron fuera del reservado y se dirigieron a la parte baja del local. Cade tiró de la puerta, asegurándose de que quedaba bien cerrada. El sol comenzaba a elevarse cuando se dirigieron a sus respectivos vehículos. Una fresca brisa atrajo los aromas mañaneros hacia sus sentidos superdotados. Julia suspiró, despejando los últimos restos que enmarañaban su cabeza.
—Gracias, Cade. Lamento haberte sacado de la cama tan temprano.
—No hay problema, jefa. A propósito, la próxima vez que intentes cantarme algo, avísame y te traeré un cubo. Aunque dudo que eso ayude.
Julia gruñó.
—Muy gracioso. Logan y tú deberíais formar un equipo. Seríais un gran dúo de comediantes.
Cade se rió.
—Tendré que comentarlo con él.
Introdujo la llave en la puerta de su coche, la abrió y se deslizó dentro. Con un gesto de despedida inició su camino. Julia se sentó en su camioneta y permaneció unos momentos pensando en las palabras de Cade, haciendo planes. Con una expresión esperanzada arrancó y se dirigió a casa.

* * * * *
Lena había estado haciendo lo predicho por Cade. Repasó la discusión detalladamente.
Después de que Julia saliera, se sintió tan enfurecida que maldijo cada pelo de su cabeza. Cada vez que pensaba en el duro comentario que la lanzó sentía un dolor agudo en su interior. De la misma manera que no podría olvidar un dolor de muelas, era incapaz de olvidar el incidente. Su mente lo recorrió desde el principio hasta el fin, una y otra vez, hasta que se sintió mareada.
Finalmente se preparó una taza de té, se obligó a sentarse en el sofá y realizó algunos ejercicios de respiración que había aprendido para aliviar la tensión.
Una vez que se relajó y se concentró, pudo aclarar sus ideas, pudiendo pensar tranquilamente en lo sucedido. No solo eso, también pudo pensar en Julia, acerca de lo que era y lo que conocía de ella.
Empezaba a descubrir que nunca le haría daño de manera deliberada. Lo que la dijo fue como resultado de su descontrolada lengua. En lugar de centrarse en el verdadero problema había soltado la primera tanda de insultos, provocándole hasta degenerar en la actual situación.
—Maldición —murmuró, y se sintió abatida ante el recuerdo de lo que le espetó.
Julia estaba alterada porque la habían amenazado y no se lo había contado.
Mirándolo fríamente, supuso que se podía interpretar como que no confiaba en ella para que la ayudara a solucionarlo, pero que él pensara que no le creía suficiente confiable le parecía absurdo. No estaba utilizando su inteligencia, y Lena comenzaba a preguntarse por qué le sucedía eso.
Decidió que necesitaba hablar con alguien; cogió el teléfono y marcó velozmente el número de su hermana.
—¡Hey! —le dijo cuando Alina descolgó—. ¿Estás ocupada? Julia y yo hemos tenido una pelea. Necesito hablar. —Escuchó un momento—. De acuerdo, estaré allí en unos minutos.
Veinte minutos más tarde se sentaba en la cocina de Alina y Logan con una taza de café, relatando los detalles más sórdidos de la discusión. Después les miró expectante.
—Bueno —dijo Alina—. Montaron un buen espectáculo.
—Lo sé. Y no tienes que decirme que inicié una discusión que terminaría mal. En ningún momento debí decir lo que dije. Ahora me doy cuenta de que Julia estaba preocupada por mí. Esa es la principal razón de su enojo. Lo que no termino de comprender es cómo puede haber pensado que yo no le creería lo suficiente madura y confiable como para enfrentarse con cualquier cosa.
—Cuando una persona está enamorada no siempre se comporta de manera racional. El proceso mental a veces se tuerce un poco —exclamó Logan.
Alina y Lena giraron hacia él sus miradas, con los ojos muy abiertos.
—¿Enamorada? —Preguntó Lena —. ¿Qué te hace pensar que está enamorada?
—Aparte del hecho de que me lo contó, y de paso, yo no te he dicho nada de esto, creo que es bastante obvio. Es lista y sensata; es una persona que se muestra segura y se hace cargo de cualquier situación. Más aún cuando hay una mujer implicada. Llegas tú, y de repente actúa como una idiota. —Lena sonrió y Alina rió entre dientes—. El amor es el único capaz de hacerle esto a una persona.
—¿De verdad dijo que me ama?
Logan fijó la mirada en Lena, mostrando su preocupación.
—En realidad necesitas oírlo de Julia. Solo te lo he dicho porque creo que en estos momentos necesitáis un poco de ayuda. Me molesta ver que se hacen daño la una a la otra. —Los ojos de Lena se cubrieron de lágrimas—. Espero que sea un incidente del que ambas aprendan. Cuando tengan algún problema, tienen que hablarlo y tratarlo de manera coherente, no insultándoos el uno al otro.
Lena hizo un gesto afirmativo, regañándose a sí misma, mientras Alina miraba a Logan, mostrando con total claridad el orgullo y el amor que la embargaban.
—No dejas de asombrarme —le dijo suavemente—. Vas a ser un padre maravilloso.
La sonrisa de Logan resultó casi tímida.
—Lo espero con verdadera ansia.
—Antes de que esto degenere en algún tipo de celebración —comentó Lena con una sonrisa—, tengo una pregunta más. —Tras captar su atención, prosiguió—. Julia hizo un extraño comentario durante nuestra discusión. Dijo, y cito textualmente, «Logan no va a aguantar que su compañera le oculte secretos y puedo decir lo mismo». —Notó la mirada que cruzaron Alina y Logan—. ¿Qué quiso decir con eso?
—Que no debería haberle ocultado a Logan lo que nos ocurrió —dijo Alina—. Lo cual, reconozco, fue una equivocación —añadió considerando su incisiva mirada.
—Eso no es a lo que me refiero. Estoy hablando de la palabra «compañera».
—Es una expresión muy común. Algunas personas se dirigen a su esposo como compañero.
—Lo sé, pero me dio la impresión de que lo decía con otro significado, como si fuera algo más trascendente. Especialmente si tenemos en cuenta que no estamos casados.
Logan se levantó de su silla, llevó su taza al fregadero y mientras la aclaraba comentó.
—Eso es algo que tienes que hablar con Julia. Creo que Alina y yo ya hemos interferido bastante. ¿No te parece, cariño?
—Sí, es cierto —concordó, llevó su propia taza al fregadero y después de aclararla se apoyó en Logan. Pasó un brazo alrededor de su cintura e hizo un frente unido juntó con él, haciendo que Lena captara la indirecta.
—De acuerdo, hablaré con Julia. Después de que aclaremos las cosas. —le pasó la taza de café a Alina que la aclaró y la puso junto a las otras. Se levantó y les dio a cada uno un abrazo—. Gracias por escucharme e impedir que olvidara algún detalle.
—Ya sabes que siempre me ha hecho feliz poder mostrarte los errores de tu conducta —bromeó Alina.
—¡Qué hermana más perfecta tengo! —se burló Lena mientras salía de la cocina y se dirigía a la puerta de la calle. Logan y Alina la siguieron, despidiéndose de ella mientras la veían partir.
—¿Crees que esas dos conseguirán unirse? —preguntó Alina, apoyando la espalda en el pecho de Logan.
—Creo que han aprendido una lección muy importante. La llave es la comunicación, no la reprimenda. Y hablando de conseguir estar unidos… —Se inclinó y acarició su cuello con la nariz, mordiendo ese lugar entre el cuello y su hombro que siempre la hacía temblar—. ¿Qué tal si hacemos precisamente eso?
Ella empujó su trasero contra él, presionando sensualmente contra el creciente bulto de sus vaqueros.
—Estoy en ello.
Logan hizo que se girara y la cogió. Acunándola en sus brazos, subió las escaleras en dirección a su dormitorio.
—En realidad, seré yo el que lo haga —murmuró contra su oído, antes de morder el lóbulo de su oreja.
Alina gimió.
—Me parece bien, pero date prisa.
Logan se apresuró, alcanzando la planta de arriba y cruzó a grandes pasos el dormitorio. Al instante, los únicos sonidos que se escucharon fueron suaves susurros, gemidos y el rítmico crujir de la cama.

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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 3:08 am

Capítulo Siete
A las nueve y de media de la mañana sonó un golpe en la puerta principal de Lena. Esta se levantó de su escritorio con el estómago agarrotado, pensando que podía ser Julia. Cuando abrió la puerta, se encontró a un repartidor sujetando un gran ramo de flores dentro de un florero de cristal. Aceptó las flores y después de cogerlas las llevó al interior, depositándolas sobre su escritorio. Había una pequeña tarjeta. Tomó el sobre y leyó: « ¿Me perdonas? Julia».
El ramo era una bella mezcla de flores color pastel, rosas rosadas, blancas, crisantemos amarillos, margaritas blancas con el centro amarillo, pálidos definíos rosados y alguna que otra pequeña flor de lavanda que le era poco familiar.
Sonrió mientras las miraba, sintiéndose un poco emocionada. Julia se había disculpado y ella también quería tener esa oportunidad. Allí sentada, sintió la profunda necesidad de hacer algo. Cogiendo el teléfono, hizo su propio pedido a la floristería.
Dos horas más tarde sonó el teléfono. Lena lo recogió y dijo «hola».
—¿Te llegaron mis flores?
—Sí, lo hicieron. ¿Te llegó mi planta?
—Sí, lo hizo. ¿Quiere eso decir que estoy perdonada?
—Sí. ¿Y tú me perdonas a mí?
—No hay nada que perdonar, cariño. Está completamente olvidado.
—Julia, empecé yo. Nunca debería haber dicho lo que te dije.
—Yo no debería haber ido a tu casa estando de ese humor, pero me tenías preocupada.
—Sé por qué viniste y me hace sentir muy bien saber que te importo. Debería haberte contado lo que sucedió.
Hubo una pausa significativa y ambos se rieron.
—Me parece que al final coincidimos en algo —comentó Lena.
—Ves, sabía que ocurriría si poníamos un poco de interés.
—Creo que tienes razón.
—Lena, cariño, estoy desesperada por la necesidad que tengo de verte. Si pudiera, estaría allí ahora mismo en lugar de llamarte por teléfono. Pero me encuentro en el trabajo y estoy en la etapa más complicada de mi proyecto.
—Está bien. Lo más importante es saber que todo se ha solucionado entre nosotros.
—Entiendo lo que quieres decir. Me siento mucho mejor ahora. Espera un segundo. —Lena pudo oír la conversación que tenía lugar entre Julia y otro hombre.
—Cariño, tengo que colgar, me están volviendo loca. Hablaré contigo pronto, ¿vale?
—Sí. Adiós.
Lena colgó el teléfono y suspiró. Había sido sincera cuando le dijo lo importante que era para ella que las cosas estuvieran bien entre ellas, especialmente después de lo que le había dicho Logan la noche anterior.
—Paciencia, chica, paciencia —se dijo a sí misma y volvió a trabajar.
* * * * *
Lena apagó la televisión y se desperezó. Eran las once y media, y las noticias acababan de terminar. Estaba debatiéndose entre escribir una nueva escena que tenía en mente para su siguiente libro o dejar de trabajar cuando sonó el teléfono.
Levantó el móvil. El número que aparecía le era desconocido, pero aun así contestó.
—¿Diga?
—¿Lena?
—¡Julia! Hola.
—Hola. ¿No te he despertado, verdad cariño?
—No. Precisamente acababa de apagar la televisión. Estaba sentada intentando decidir si debía trabajar un poco más o irme a la cama.
—¿Y si en cambio hablas conmigo?
—Vaya, creo que también podría hacer eso —bromeó Lena con una sonrisa complaciente curvando sus labios—. ¿Cómo te van las cosas?
—Bastante bien, ahora que he conseguido reunir al cliente y a su esposa para aclarar algunas cosas. Es un poco difícil decidir cómo actuar cuando te tiran en dos direcciones diferentes. Especialmente cuando quieren alterar los planes a mitad del trabajo.
—Dios mío, eso no suena nada bien.
—Créeme, no lo es. Cuando el trabajo alcanza cierto punto, es imposible realizar algunos cambios. Ahora dime tú, ¿cómo estás?
—Estoy bien. —Lena se reclinó en el sofá—. Trabajando en el nuevo libro y perdiendo el tiempo en el jardín. He plantado en la parte delantera algunas flores de iris y un par de arbustos en flor. Las flores de iris se van a ver estupendas en la próxima primavera.
—No tan bonitas como tú.
—Gracias. Eres realmente dulce, ¿sabes?
—Eso intento.
—Si tratas de llegar a mi lado bueno, lo estas consiguiendo. Y tú, ¿cómo estás? Pareces un poco cansada.
—Lo estoy un poco. Estaba, uhhh, viendo un poco la televisión.
Hubo una leve pausa en la voz de Julia, que hizo que la curiosidad de Lena se revolviera.
—¿Qué estás viendo?
—Oh, hum, simplemente una película.
—¿Es buena?
—Bueno, estaba bien.
—Hmm. — De repente se imaginó la película que Julia podía estar viendo.
—¿Qué?
—Julia Volkova, ¿estás viendo una película porno?
Hubo una leve pausa antes de que Julia contestase.
—Está bien, me has pillado. Sí, así es.
—Lo sabía —alardeó Lena—. Entonces, lo repito. ¿Está bien?
—Lena, es porno. No es un material exactamente digno para un Oscar.
Lena se rió entre dientes, encantada ante la leve vergüenza que mostraba la voz de Julia. Sin pensar mucho más en ello preguntó:
—¿Has estado tocándote mientras la veías?
La línea se quedó completamente silenciosa.
—Julia, ¿estás ahí?
—Un momento. Creo que casi me he tragado la lengua.
Lena soltó una carcajada.
—¿Y eso? ¿No me digas que te he avergonzado?
—¿Quieres la verdad? ¡Sí! Primero me obligas a confesar que estaba viendo una película porno, luego quieres saber si me he corrido al observarla. Cariño, te diré una cosa, tú sí que no eres nada tímida.
—¿Y eso está mal? —Lena se mordió el labio, preocupada por si tal vez había ido demasiado lejos.
—No, la verdad es que no. Me parece excitante.
—¿Estás segura? A mí me parece que también es algo excitante. Quiero decir, ver la película y tocarse.
—¡Oh joder! —se quejó Julia, con la voz ronca—. Cariño, si pudiese, atravesaría la maldita línea telefónica hasta llegar a ti. Me tienes durísima otra vez. Puse esta película con la intención de tener la cabeza ocupada y no darle más vueltas a lo que me hiciste en la cocina. No soy capaz de olvidarlo, y el simple hecho de pensarlo me hace estar continuamente excitada.
—Umm, cielo. Me gusta cómo suena eso —ronroneó Lena—. Entonces, en la película, ¿el tipo tiene el pelo tan oscuro como tú?
—Sí, ¿por qué?
—¿Y la chica? ¿Es pelirroja?
—Sí.
—¿Imaginaste que ella era yo, y que él me follaba?
—¡Infiernos no! Imaginé que era yo quien te follaba. Nadie más te va a tocar, Lena. Nadie. Ni siquiera en una fantasía —gruñó Julia.
Su posesividad le envió a Lena un temblor a lo largo de la columna vertebral y al centro de su lujuria, humedeciendo su sexo.
—Sabes, realmente tienes una veta muuuy posesiva. Es tan erótico. Me hace sentir como si me quisieras de verdad.
—Oh, cariño, te quiero. Y no es solo sexo. ¿No te lo había dejado claro?
—Pues sí, pero es posible que me encuentre un poco insegura con esta situación. Nadie me ha hecho sentir de la forma en que tú lo haces —confesó Lena.
—Lena, cariño, no tienes por qué sentirte insegura. En caso de que no te hayas dado cuenta, me tienes alrededor solo con que muevas tu dedo meñique.
—Julia. —Lena se mordió el labio, saboreando la admisión de Julia—. Cariño, no quiero que estés alrededor de mi dedo. Quiero que me rodees, pero al completo.
—Oh y ahora que puedo hacer. ¿Te vale que lo haga tan pronto como llegue a casa?
—Sí, pero mientras tanto, como has conseguido calentarme, creo que sería justo que hicieras algo al respecto.
—¿Que he conseguido calentarte? Eh, ¿no debería ser al contrario?
—Bueenoo, aceptamos barco como animal acuático —habló Lena arrastrando las palabras—. Pero de todas formas, ¿no deberías hacer algo por mí?
—¿Eué?
—Correrte para mí.
—¡Oh, joder!
—¿Qué?
—Ahí está ese lenguaje de nuevo.
La risa de Lena fue suave y sensual.
—¿Eso es un sí o un no?
—Depende.
—¿De qué?
—De si te vas a desnudar y a jugar con tu dulce sexo para mí o no lo vas a hacer.
—Jooo —exhaló Lena—. Eso de tragarse la lengua se está volviendo contagioso.
Esta vez fue el turno de Julia para reírse.
—Dos pueden jugar al mismo juego, ya sabes. De hecho, es un juego en el que absolutamente se requieren dos participantes.
—Completamente de acuerdo. Um, deja que me prepare.
—¿Dónde estás?
—Me dirijo al dormitorio y me voy a desnudar. Si vamos a llevar a cabo esta función, prefiero estar cómoda.
—Mmm, pensar que estas en la cama, más exactamente, desnuda en la cama. Haremos muy buena pareja.
—¿Eso quiere decir que estás en la cama, también desnudo?
—¡Oh, sí!
—Ummm, eso no es justo. Estás jugando conmigo.
—¿Que estoy jugando? Mira quién habla, Señorita «mosquita muerta pero mastúrbate para mí, por favor».
—¡Oye! La mosquita muerta no es la única que dijo lo de masturbarse, que yo recuerde, tú también lo dijiste.
Julia gimió.
—¡Eh!, eso no es justo. Lo vas a pagar, ¿lo sabes, no?
—Mmm, tengo la esperanza de que lo cumplas, pero espera un momento. No hables. Estoy tratando de quitarme la ropa.
Lena se rió entre dientes cuando escuchó otro gemido, soltó el teléfono y se desnudó rápidamente. Retiró la colcha, después la sábana y se deslizó en la cama. Se removió hasta ponerse cómoda y, agarrando el teléfono, se lo colocó de nuevo en la oreja.
—Muy bien, ya estoy lista.
Un silencio preñado de anticipación cayó entre ellos. Habiendo alcanzado esta etapa, Lena no estaba muy segura de cómo proceder. Hasta ahora solo había habido bromas entre ellos, nada de carácter sensual. Se movió inquieta, no muy segura de qué decir a continuación.
—¿Estas nerviosa por mí, cariño?
—¿Por qué lo preguntas? —preguntó ella a su vez
—Porque de repente te has quedado callada.
—Bueno, ya sabes… no suelo hacer este tipo de cosas a menudo.
—Lo mismo digo. Y, la verdad, estoy un poco decepcionado.
Lena sintió como un gran peso caía sobre su estómago.
—¿Por qué?—preguntó ella cuidadosamente. «Si odia esta serie de cosas. ¿Por qué tuve que sugerir algo tan tonto? Ahora va a pensar que soy idiota».
—No consigo averiguar qué es lo que llevas puesto.
Una sonrisa de alivió curvó los labios de Lena.
—Serás boba.
—¡Oye! Así es como ocurre en las películas.
—Te estoy escuchando. ¿Eso no hace que desaparezca el morbo del asunto? —No, tengo la intención de trabajar en eso más tarde. De hecho —la voz de Julia cayó un decibelio—, ¿me podrías hacer un favor?
—¿Cuál?
—Simplemente relájate y no digas nada durante un momento. Quiero que cierres los ojos y respires al mismo ritmo que yo. —Lena tembló ante el timbre ronco de su voz—. Imagina que estoy tumbado a tu lado y cómo te sentirías si te tocase, venga hazlo. Imagina que soy yo quien lo hace.
El silencio cayó entre ellos. Lena cerró los ojos y se relajó. Una imagen de Julia, descansado desnuda entre las suaves sábanas blancas, llenó su mente. Sus labios se abrieron, su mano se deslizó lentamente por su propio torso. La movió en círculos lentos, acariciándose la piel, temblando ante la suavidad de la caricia.
En su cabeza podía ver a Julia haciendo algo muy similar, y repentinamente la quietud se convirtió en algo mayor.
—Cuando te vi por primera vez, en lo único que pude pensar fue en lo guapa que eras y cuánto me disgustaba que estuvieras lamiendo a esa condenada cuchara. Quería ser yo lo único que lamieras. —Un temblor atravesó la piel de Lena después de admitir tal cosa.
—¿No sabes que quise lo mismo? Cuando te vi atravesar la puerta, quedé aturdido. Eres tan bella. Me apoye en el mostrador para evitar caer de rodillas.
Te deseaba desesperadamente. En ese mismísimo momento, allí mismo.
—He soñado en cómo tocarte, cómo deslizar mis manos sobre tu piel. Por favor hazlo para mí, Julia. Cariño, por favor. —La repentina necesidad fue tan aplastante, que Lena apenas podía respirar.
—Lo estoy haciendo, Lena, lo estoy haciendo.
—¿Dónde? ¿Qué te estas tocando?
—Mis manos están donde más calor tengo. Solamente me estoy acariciando la piel.
—Sube. Toca uno de tus pezones. —El cuerpo de Lena se tensó ante el gemido apenas audible de Julia—. ¿Te gusta eso?
—¡Oh sí!
—¿El pezón está duro?
—Mmm-hmm.
—Si estuviese allí contigo lo lamería, lo chuparía. Sería tan maravilloso sentir esa dureza contra mi lengua. Me encantan tus pezones, son tan sensitivos como los míos. Me gusta ver los cambios que se producen en tu cuerpo cuando te toco. Hazlo y siente cómo tus pezones se ponen duros —jadeó Lena—. Quiero observar cómo te pones dura. Quiero sentirte crecer en mi mano. Es algo tan asombroso, tan bello.
—Eso no es bello, cariño —Julia estaba sin aliento.
—¡Oh, en eso te equivocas, cielo!, y tu esencia es magnífica. Y sabe deliciosa. La tuya es dulce. ¿No lo sabías? Cuando te corriste en mi boca el sabor fue buenísimo, un poco amargo y salado, que me embrujó. Me encantó sentirte en mi boca. No puedo explicar lo bueno que fue tenerte entre mis labios y mi lengua mientras la tomaba. La piel en tu pene es tan suave como terciopelo o raso. En contraste con la dureza que hay debajo. Todo calor y fuerza en esa dura barra. Cuando te sujeté en la boca pude sentir el latido de tu corazón en mi lengua. Tócate para mí, Julia.
El fuerte gemido de Julia hizo que se le agarrotara el estómago a Lena.
Todo el tiempo que había hablado se había recorrido su propio cuerpo con la mano. Sus dedos pasaron por encima de las crestas de sus pezones y los apretó suavemente. Su gemido traspasó las millas que los separaban.
—¿Qué me estás haciendo, Lena? Habla conmigo, amor.
—Estoy tocándome el pecho. Imaginando que eres tú quien me toca. ¿Sabes cuánto me gusta cómo hueles? Cuando estábamos en la cocina, teniéndote en mi boca, podía olerte. El perfume de tu piel sabe a fresa salvaje, y lo exudas cuando estas excitada. Cuando por fin estemos juntas en la cama, voy pasar por lo menos una hora simplemente inhalando ese perfume, mientras chupo y lamo todo tu cuerpo entero.
—¡Joder! Me vas a volver loca, cariño.
—Solo quiero que sepas lo que siento cuando estamos juntos. ¿Acaso está mal? Quiero sentir tu respiración sobre mi piel. Quiero sentir tu calor y tu peso cuando te introduzcas con fuerza al follarme. Necesito tus manos y tu boca sobre mí. —Lena se movió sobre el colchón, ante el incremento de su necesidad.
—Pronto, te lo prometo, cariño, muy pronto. Pero por ahora, solo esto. Escúchame. Desliza la mano hasta tu sexo. Quiero que juegues con el vello. Solamente pasa los dedos por encima.
Lena obedeció, su aliento cada vez más rápido. Abriendo aún más los muslos, hizo lo que Julia le había pedido. Un escalofrió recorrió su columna vertebral.
—¿Qué sientes?
—Me hace cosquillas. Más. Dime más.
La risa ahogada de Julia la tensó.
—Extiende las piernas para mí. Ahora escúchame. Quiero que abras los labios hinchados de tu sexo y te toques con un dedo, de la misma manera que lo haría mi polla si se deslizara en tu interior. ¿Estás húmeda?
—Síiiiii, muy húmeda.
—Eso está bien, cariño, muy bien. Con la punta del dedo, frota alrededor de la entrada de tu sexo. Así, solo esa zona.
—Mmmm, Julia, se siente tan bien.
—Imaginaba que te gustaría. Ahora desliza la punta de tu dedo hacia arriba y tócate el clítoris. De la misma manera que cuando te quieres correr. Juega con tu clítoris un poco y luego regresa a la entrada. Ve de un lado al otro, cariño. ¿Te gusta?
Lena se contorsionó en la cama, arqueándose hacia atrás, su mano ubicada entre sus muslos. Tener a Julia dirigiendo sus movimientos era salvajemente excitante, sus sentidos estaban sintiendo su exquisito toque. El placer estaba aumentando, el interior de sus muslos se tensó cuando ella los abrió más ampliamente.
—Síiiiii. Julia, ¿te estas tocando? ¿Te acaricias?
—Sí, lo estoy haciendo. Es increíble.
—Recuerdo la sensación y su sabor.
—Tengo la intención de saborearte dentro de poco. Voy a sepultar la cara entre tus muslos. Usaré la lengua como estás utilizando los dedos en estos momentos. Y mientras lo haga deslizaré los dedos en tu sexo y te follaré. ¿Te gustaría eso?
—Sí, me encantaría. Quiero que me poseas con los dedos, la lengua y tu miembro. Pero ahora quiero tu polla. ¡Oh Dios, Julia! Es tan bueno, es una sensación tan buena. Voy a correrme.
—Eso es, cariño. Córrete conmigo. ¡Oh joder!
El gruñido bajo y gutural de Julia, se clavó como un arpón en Lena. Ella gimió con fuerza ante el rápido y duro placer que la inundó. Olas de puro placer irradiaron a través de su cuerpo, cabalgándolas, mientras sus caderas rebotaban e hincaba los talones sobre el colchón. Una primera culminación, una segunda y una tercera liberaron cada una de las sensaciones que su cuerpo era capaz de producir. Parecía que iba a continuar hasta la eternidad. Perdió cualquier noción de la realidad, situándola en algún lugar lejano, que no tenía ningún poder sobre la destructiva liberación que recorría todo su cuerpo.
Poco a poco, e inevitablemente, todo volvió a la normalidad; la envolvente nube de dicha se fue disipando muy lentamente. Se percató de que todavía jadeaba, aunque más despacio. Escuchó los pequeños gemidos que emitía su garganta.
Sintió el cuerpo completamente relajado, pero extrañamente vigorizado, como si cada uno de sus poros se abriera, permitiendo que el aire la alcanzara.
Inspiró lentamente y se estremeció.
—Gracias Dios mío, por los orgasmos múltiples.
La risa ahogada de Julia retumbó en su oreja. Ella sonrió ante el sonido y sumó una suave carcajada a la de él.
—¿Eso quiere decir que no tengo que preguntar si estuvo bien?
—¿A ti que te parece?
Julia soltó un bufido y le pregunto riendo:
—¿Tú no me preguntas?
Una perezosa sonrisa curvó sus labios.
—¿Para ti estuvo bien, cariño?
—Ni que lo digas. Tengo restos hasta la barbilla.
—Vaya por Dios. Lo que me hubiera gustado saborearlo si estuviese allí.
—¿Quieres que lo saboree en tu lugar?
La boca de Lena se abrió sorprendida, su lengua lamió sus labios.
—Sí. —Esperó un momento para así escuchar la reacción de Julia.
—Mmm, es tal como dijiste. Un poco amargo y un poco salado.
Imaginarse la caliente esencia de Julia en sus dedos hizo que Lena se retorciera.
—¿Cuánto tiempo más vas a estar fuera?
—Un par de días.
—Convénceme de que un par días no son tan largos.
—No creo que pueda. Estoy pensando que este par de días van a ser los más largos de mi vida.
—Huh, ¿crees que sobreviviremos?
—Lo haremos cariño, tengo trabajo que hacer.
—Oye, que lo sé. No esperaba menos de ti. —Lena se desperezó y bostezó—. Umm, cielo, me agotaste.
—Me pasa lo mismo. ¿Estás preparada para irte a dormir?
—Mmm-hmm.
—Tápate muy bien con las mantas y piensa que soy yo abrazándote. Antes de que te des cuenta, lo estaré haciendo.
—Así lo haré. Buenas noches, Julia.
—Para ti también, amorcito.
Lena colgó el teléfono y se mordió los labios. Había estado cerca de decirle que le amaba.

* * * * *
Los siguientes dos días fueron los más largos que Lena había sufrido en su vida. Su estado de ánimo vaciló entre el deseo casi doloroso de ver a Julia y el nerviosismo de pensar en estar realmente con ella. La llamó por teléfono en varias ocasiones, simples llamadas rápidas para saludarla y contarle cómo progresaba su trabajo. No hubo ninguna repetición de sexo telefónico.
Daba la impresión de que habían dado un paso atrás en su relación. Julia se mostraba bastante reservado en sus conversaciones. Regresó a su habitual manera de ser y dejó claro su afecto por ella, pero no hizo ningún tipo de declaración de amor, por lo que Lena se alegró enormemente de no haber expresado impulsivamente lo que sentía. Por mucho que lo quisiera, no había llegado la hora.
Tras pasar el día en la librería, Lena estaba con un auténtico mal humor cuando no encontró el único libro que le servía para su investigación, pues estaba agotado. Llamó por teléfono a la biblioteca del pueblo más cercano, Hibberd, y descubrió que lo tenían y que se lo guardarían. Había planeado acostarse pronto para madrugar y así hacer el viaje a primera hora, por lo que decidió parar y comprar comida china para llevar.
Una vez que llegó a su casa, se acomodó y comió delante de la televisión, observando un documental sobre la fauna salvaje. En cierto momento se encontró con los ojos clavados en la pantalla, fascinada por cómo una manada de lobos perseguía a un viejo ciervo. En lugar de estar horrorizada, sintió que sus músculos se tensaban ante una extraña e irracional necesidad de estar allí. Observar a la manada alimentándose después de la matanza le hizo la boca agua.
Miró la caja de cartón de pollo agridulce con poco entusiasmo. El deseo repentino de tener delante un bistec poco hecho hizo que su estómago gruñera.
Lena negó con la cabeza y frunció el ceño. Cambió de canal para ver alguna comedia y acabó la comida con una disposición de ánimo menos carnal.
Cuando terminó, tiró a la basura las cajas de cartón y comprobó la puerta principal y después la trasera, asegurándose de que ambas estaban bien cerradas.
Frunció el ceño con preocupación cuando comprobó que la puerta trasera no permanecía cerrada. La posición del cierre indicaba que debería cerrar bien, pero cuando tiraba de la puerta esta se abría sin problema alguno. Cogió la guía telefónica de su escritorio y se sentó para buscar algún cerrajero. Marcó un teléfono.
No hubo respuesta, algo que no la asombró dada la hora que era.
Suspirando molesta, marcó el número de Logan y Alina, esperando que conocieran a alguien que pudiera venir a arreglar el cerrojo. Contestó Alina.
—Oye, hermanita, soy yo —dijo Lena, intentando ocultar la irritación en su voz.
—¿Qué pasa?
—El cerrojo de la puerta trasera está roto y no soy capaz de encontrar a un cerrajero que trabaje a estas horas.
—Pues vaya, eso no está nada bien.
—Oye, que no es una broma. Supongo que podría encajar una silla bajo el picaporte de la puerta.
—¿Cómo hiciste cuando mama y papá nos dejaron solas por primera vez?
Lena bufó.
—Vaya, ¿nunca me vas a dejar que olvide eso?
—No. Pero no te preocupes por eso. No le diré a nadie que eres una gallina.
—Córcholis, gracias. ¿Supongo que no conocerás a alguien que pueda venir a arreglarlo esta noche?
—Este es tu día de suerte, hermanita. Da la casualidad de que conozco a un tipo que es experto en estas chapuzas. Te lo enviaré ahora mismo.
—¡Oh genial, maravilloso! Mil gracias, Alina. Te debo una.
—Me conformaré con una comida en O'Neils.
—Dalo por hecho.
Se despidieron y Lena se dispuso a esperar a su salvador. No pasó mucho tiempo antes de que le llegara el sonido de un vehículo entrando por el camino.
Miró por la ventana y quedó sorprendida, después desilusionada y por último enojada al ver a Julia. Se preguntó por qué no le había dicho que estaba de regreso en la ciudad. Caminó hacia la puerta cuando escuchó su llamada, preparándose para la batalla. Abriéndola, se lo encontró allí de pie, con una gran sonrisa en la cara, presumida, arrogante y ¡oh, tan delicioso! Esta mujer tenía todo lo que una mujer podría querer, al menos físicamente. «Y anda que no lo sabe», pensó ella.
—Oí que me necesitabas. —Sus palabras se referían tanto a sus necesidades físicas como a la cerradura rota.
—Necesito un cerrajero. No te necesito a ti pero, ya que estás aquí, quiero que...
—Ah, bueno, querer es casi tan bueno como necesitar. Tal vez incluso mejor.
Lena le dirigió una penetrante mirada.
—Deja de interrumpirme. Me gustaría que te encargaras del cerrojo de la puerta trasera.
Julia sonrió ante el cambio en la elección de sus palabras. Se dirigió hacia la puerta, deliberadamente no le dio tiempo para que se retirara, a fin de poder rozar su cuerpo con el de ella.
—¿Qué te pasa con el cerrojo? —preguntó bruscamente. Su contacto le había provocado una brusca contracción en su interior, y su fragancia alcanzó su nariz, una nube de ambrosía que le dejó famélico.
—Si lo supiese, lo habría arreglado yo sola.
Julia se percató del delicado rubor que inundó sus mejillas y escuchó su tono ligeramente jadeante. Inevitablemente, su polla comenzó a endurecerse. Sin ningún preliminar, la tomó entre sus brazos y la besó suavemente.
—¿Por qué estas enfadada, cariño? —murmuró con ligereza.
—¿Cuándo has regresado? —preguntó ella, y Julia pudo escuchar un diminuto indicio de dolor.
—Hará como una hora. Tenía que discutir algunas cosas con Logan y después iba a venir a tu casa para darte una sorpresa. Estaba allí cuando llamaste a Alina y ella me contó lo de la cerradura de tu puerta. —Julia frotó delicadamente su espalda—. ¿No creerías que iba a regresar a la ciudad y no iba a decirte nada, verdad?
Lena se encogió de hombros y Julia la enfrentó, tomando firmemente su barbilla con la mano.
—¿De verdad? —preguntó de nuevo, buscando sus ojos.
—No —contestó tímidamente.
—Vale. Ahora arreglemos ese cerrojo. Hay algunas cosas de las que quiero hablar contigo.
Sintiéndose inquieta y con los nervios de punta, Julia se retiró y pasó por en medio de la sala de estar hasta la cocina. Lena le siguió y casi se tropezó inesperadamente con ella cuando se detuvo abruptamente.
Un perfume asaltó sus fosas nasales y en ellas obtuvo la respuesta, e inmediatamente sus instintos más bajos se alzaron. Reconoció el aroma agrio del hombre que había acosado a Alina y Lena en Morgan's. Una oleada de furia y de incredulidad le recorrió de arriba abajo.
—¿Qué demonios estaba haciendo ese hombre aquí? —Su pregunta fue breve y acusadora cuando se dio la vuelta para encararla.
Lena sintió cómo un temblor la recorría de pies a cabeza ante el resplandor furioso y posesivo de sus ojos. A su vez, su cólera se alzó como respuesta a tal agresión.
—¿Qué hombre? Si esta es tu idea de un chiste, no tiene gracia.
Julia dio un paso para aproximarse más a ella.
—No estoy bromeando. ¿Para qué ha venido, Lena?
Le miró ceñudamente ante el tono mortalmente serio de su voz y sintió como su ira se aplacaba.
—Julia, te estoy diciendo la verdad. No ha venido nadie a casa, salvo tú.
¿Qué te hace pensar que ha habido alguien más?
Parpadeó ante la sinceridad y la perplejidad que se denotaban en su voz.
Ella realmente no lo sabía.
—Le estoy oliendo.
Elevó las cejas e inspiró profundamente. El asombro hizo que sus ojos se abrieran sorprendidos.
—Yo también le huelo. ¿Por qué no lo noté antes? Pensé que estabas bromeando.
—No con algo tan serio —contestó y atravesó la cocina para examinar la cerradura de la puerta—. En lo que se refiere a por qué no lo notaste, puede que el olor de tu comida china lo camuflara. —En un momento pasó de la escalofriante alarma a una furia completamente helada que inundó todo su ser—. Este cerrojo ha sido manipulado. ¿Cómo sabías que no funcionaba? Se ve normal.
Lena se movió hasta quedar a su lado.
—Siempre compruebo las puertas una vez que las cierro. —Se sintió incomoda durante un momento, pero decidió compartir lo que la había pasado, y por lo que Alina había bromeado con ella hacía un rato—. Cuando era adolescente, nuestros padres salieron de viaje durante un fin de semana. Era la primera vez que nos dejaban solas y estaba muy emocionada, al menos en apariencia. No se lo dije a Alina, pero también me sentía un poco inquieta. —Se encogió de hombros. — Mamá y papá nos proporcionaban seguridad, y por primera vez no estaban con nosotras. Tuve una pesadilla la primera noche que estuvieron fuera. Soñé que cerraba la puerta principal, pero que volvía abrirse. Que algo malo sucedería. No importaba cuantas veces la cerrara, no había manera de que permaneciese cerrada. —Ella le dirigió una sonrisa sardónica—. Me desperté y, como no podía dormir, coloqué una silla bajo el picaporte de la puerta principal. Volví a la cama y dormí como un tronco. De cualquier manera, me acostumbré a comprobar las puertas después de cerrarlas y, precisamente, esta vez se abrió solita. ¿Qué te hace pensar que ha sido manipulada?
—Estos arañazos son marcas de herramientas. Alguien manipuló este cerrojo para asegurarse de que no se cerrara completamente. —Miró a Lena, la preocupación estaba claramente impresa en sus ojos—. ¿Estás segura de que nadie ha revuelto entre tus cosas? ¿No has perdido nada?
Sorprendida, y algo alarmada, Lena miró a Julia, con el ánimo totalmente por los suelos, y una vulnerabilidad claramente visible en sus ojos.
—No he notado nada. Si alguien estuvo en casa no desordenó nada. Ver la preocupación en los ojos de ella le hizo sentir como si le hubieran dado una patada en pleno estómago. Echó una ojeada a su reloj de pulsera.
—La ferretería está cerrada. No podré conseguir las cosas que necesito hasta mañana, lo que quiere decir que una de dos: O te vas a casa conmigo esta noche, o me quedo aquí.
—¡No me voy a ir a tu casa! Me quedo aquí —contestó alterada, sin gustarle la idea de que la echaran de su propia casa—. Quién sabe lo que podrían hacer si yo no estuviera.
—Entonces me quedo contigo, el sofá parece cómodo. —Julia se adentró en el espacio personal de Lena—. Por mucho que quiera, no compartiré una cama contigo. No bajo estas circunstancias. Si este tipo aparece, quiero atraparle y me distraerías. —Se apoyó sobre su cuerpo y le dio un apresurado beso en los labios.
El estómago de Lena se contrajo con fuerza y sintió una corriente de sangre trasladarse hasta su sexo en respuesta a su contacto y su dulce admisión. No podía decir nada, porque su orgullo quería mantener el control y, por supuesto, porque él no dijo nada más. Dio un paso hacia atrás e inconscientemente se relamió los labios. El sabor de Julia casi le hizo cambiar de opinión, pero se mantuvo firme.
—No recuerdo haberte pedido que compartieras mi cama —comentó alzando arrogantemente la barbilla. Pero se encontró con algo que no esperaba.
La idea de Julia en su cama trajo de vuelta a su cabeza lo ocurrido la otra noche y lo que compartieron al teléfono. Incluso antes de esa noche había tenido sueños de una decadente seducción y de cuerpos contorsionándose, en los cuales Julia ocupaba el papel principal. Simplemente el pensar en todo eso hizo que rompiera a sudar.
Julia todavía no había mencionado la palabra que empezaba por A, y Lena no estaba ansiosa por empezar otra relación que no fuera a ninguna parte.
Esto era demasiado importante para que Julia lo tomara a la ligera. Quedaban demasiadas preguntas sin responder. La indecisión que sentía entre lo que le decía su cabeza, lo que quería su corazón y lo que su organismo exigía hacía que su cabeza le diera vueltas.
La dulce sonrisa de la cara de Julia dio paso rápidamente a una expresión totalmente seria.
—Creo que esa es una pregunta de la que nos ocuparemos muy pronto, pero ahora no, alguien ha roto el cerrojo de tu puerta. Ese hombre te amenazó. Me creas o no, lo importante es que esa persona no lo ha hecho para robarte nada. Eso me induce a pensar que lo que verdaderamente quiere es cogerte por sorpresa en alguna ocasión en la que estés sola. —Miró intensamente los azules ojos de Lena—. Si crees que voy a permanecer con los brazos cruzados y dejar que eso ocurra, piensa de nuevo guapa. Y si vas a decirme que no hace falta que me quede, ahórrate la saliva. No te voy a dejar aquí sola.
Ella sintió cómo la recorría una cálida ola de amor. Julia estaba verdaderamente interesada en ella y no podía evitarlo, le encantaba ese pensamiento.
—Te traeré una almohada y una manta —contestó, cediendo de manera tolerante.
Julia sonrió.
—Muy bien, esperaba que dijeras eso. No quiero pelearme contigo, solo quiero estar aquí cuando ese bastardo regrese. —Abrió la puerta y salió un momento a la terraza situada en la parte trasera de la casa—. Voy a aparcar mi camioneta en el garaje, de esta manera, quien pase por delante pensará que estás sola.
—¿Ese conocimiento lo has adquirido después de todas esas aventuras amorosas que has tenido con las señoras de Whispering Springs?
—Nunca comento esas cuestiones, no tengo memoria para ello —contestó ella, y le dirigió una sonrisa claramente impúdica.
Con un molesto ceño fruncido en la cara, Lena le observó dirigirse hacia su coche, entonces se dio la vuelta para regresar a la cocina. Al sentir una presión en el pecho por fin cedió a la verdad ante sí misma, aceptando definitiva y completamente sus sentimientos. Estaba enamorada de Julia Volkova.
El pensamiento de que estuviera con otra persona era inquietante. Sabía que había tenido algún que otro lío antes de empezar su relación, así como el hecho de que ella hubiera tenido en el pasado una o dos. Olvidando ese tema, se encogió de hombros con resignación, pasando por la sala de estar y yendo por el pasillo hasta su dormitorio. Una vez allí, tomo una manta y una almohada extra para que pasara la noche.

* * * * *
Julia no podía dormir. Para atrapar al posible intruso habían decidido acostarse muy temprano y apagar todas las luces. Después de varias horas sin incidentes Julia todavía permanecía completamente despierta. El sofá no estaba mal. Era suficientemente cómodo para lo que necesitaba, y lo suficientemente largo como para poder estirarse. Como todo permanecía tranquilo se había despojado de sus ropas, pues normalmente dormía desnuda. Al principio vaciló pensando en que debería dejarse algo puesto, pero decidió que no importaba si permanecía o no vestida. Con ropas o sin ellas podía atrapar al tipo fácilmente, y si necesitaba cambiar apresuradamente no tendría que preocuparse en desvestirse.
El problema era que la ligera manta y la almohada que Lena le había proporcionado estaban impregnadas por su exquisito perfume. Le estaba volviendo loca. Su excitación no había menguado ni siquiera un poquito desde que se le endureciera la primera vez. En lugar de estar en reposo estaba dura y orgullosamente erecta, declarando su esplendor al mundo. Insistía en permanecer con el asta alzada hasta que el alivio le fuera ofrecido,
«Joder, ¡cómo si uno no quisiera!»
No ayudó que pudiera oír a Lena moviéndose por el dormitorio. Lo primero que captó su atención fue el momento en que entró en el baño. Escuchó correr el agua de la ducha. La imagen de su cuerpo totalmente desnudo, con el agua cayendo sobre su satinada piel, le llevó de vuelta a la primera noche que la vio en su estanque, iluminada por la luna. Pensar que estaba en la ducha hizo que gimiera al imaginarse sus manos deambulando sobre su cuerpo mientras se enjabonaba. Podía imaginar con total claridad sus exuberantes pechos, resbaladizos por el espumoso jabón. Su imaginación continuó el camino de sus manos mientras vagaban por su torso, su vientre y llegaban a la zona inferior de su cuerpo. Los labios de Julia se abrieron cuando su respiración se agitó al visualizar la imagen de sus manos deslizándose hasta sus muslos. Se acariciaría el sexo y se dedicaría un buen rato a esa tarea.
Su imaginación entró en la fase de describir cómo se daría ese placer; sus dedos enjabonados frotarían muy hábilmente su clítoris, deslizando por todo su sexo la cálida crema de su lubricación. Julia inspiró con fuerza y se retorció inquieta cuando percibió el sonido que hizo Lena al meterse en la cama. Sin saltarse una pulsación, su imaginación cambió el escenario, y de nuevo aparecía Lena dándose placer a sí misma. Esta vez tumbada en su cama, con los muslos totalmente abiertos y sus expertos dedos tocando en cada uno de sus puntos más sensitivos.
El hecho de que estuviese inquieta solo ayudada a fomentar su imaginación.
Cada vez que la oía moverse podía fingir que se retorcía del placer que experimentaba mientras se masturbaba en su imaginación.
Mascullando un juramento, Julia arrojó hacia atrás la manta, se enderezó y puso los pies en el suelo. Reclinándose, recorrió con la mirada cada parte de su cuerpo y silenciosamente contempló su gruesa longitud; su excitación le devolvía la mirada con su único ojo. Cediendo a lo inevitable, colocó los dedos alrededor de la base y presionó, para luego deslizarlos hasta la punta enrojecida y vuelta a empezar.

* * * * *
En la habitación, Lena tenía un problema similar. Saber que tenía que madrugar para ir a la librería de Hibberd a recoger el libro que necesitaba no la ayudaba. Había tomado una ducha caliente esperando que la relajase, pero todavía se sentía tensa y necesitada. Se removió nerviosa y trató de encontrar la posición para quedarse dormida, pero le era imposible. Su cama, normalmente confortable, se había convertido repentinamente en inhóspita y poco acogedora.
Sabía por qué estaba incomoda. Y era el hecho de que Julia estuviera a solo unas habitaciones de distancia y probablemente medio desnuda. Solo pensar en eso hizo que rodara para cambiar a una nueva posición. Al final se quedó con la mirada perdida en el techo. Ya le había imaginado quitándose la camisa antes de acostarse, y eso la hizo jadear.
Al borde de ceder ante los más malvados pensamientos que poblaban su cabeza, Lena escuchó un ruido y se quedó quieta. Ansiosa por saber si alguien aparecía durante la noche había dejado entornada la puerta del dormitorio.
Se levantó y se deslizó fuera de la cama, acercándose silenciosamente a la puerta. Otro sonido apagado llegó a sus oídos y frunció el ceño, intrigada por este último. No sonaba a lucha, más bien era como si Julia tuviese una pesadilla o posiblemente hablara en sueños.
Como necesitaba satisfacer su curiosidad, pasó la puerta y atravesó el pasillo.
Se mantuvo cerca de la pared a fin de quedar fuera de la vista de quien estuviera en la sala de estar. Por qué, no estaba segura, pero algún instinto le decía que lo hiciera así y no iba a discutirlo. Cuando alcanzó el final del pasillo se detuvo y escuchó un momento, oyó el sonido de una profunda respiración.
Frunciendo el ceño, echó una ojeada desde la puerta y apenas pudo mantener la boca cerrada.
Apoyado descuidadamente contra el respaldo del sofá, con las piernas ligeramente abiertas, Julia no solo estaba completamente desnuda, ¡se estaba masturbando!
Con los ojos abiertos desorbitadamente, se dio cuenta de que era la imagen más electrizante que alguna vez hubiera visto, y sintió como una ola de puro ardor se centró en su sexo, derritiéndola hasta formar un charco de cremosa humedad.
Había millones de personas bien parecidas en el mundo, pero para Lena, ninguna era como Julia. Tenía algo evasivo que rezumaba por cada célula de su ser, haciéndola desearle ardientemente. Su cuerpo era magnífico. Ya había visto sus fuertes hombros y sus torneados brazos. Y sus abdominales, magníficamente delineados, duros como rocas. Sus dedos la picaron ante el deseo de pasarlos por su espalda y su torso.
Sus músculos estaban tensos y cincelados, era lo mejor que hubiera visto nunca. Se veían apetitosos, y podía imaginarse recorriendo con su lengua aquellos valles y musculosas colinas. Los pezones rígidos alzándose sobre sus pequeños senos, estaban a la vista, y cerró los ojos en un esfuerzo por abstenerse de gemir cuando Julia alzó un brazo para pellizcarse uno de los duros picos.
Julia gimió, un gruñido profundo que puso su corazón a cien por hora, al tiempo que se retorcía por la humedad que inundaba su sexo. Nunca se había encontrado así de mojada en tan poco tiempo. Era gratificante y desconcertante al mismo tiempo, especialmente cuando sintió una diminuta humedad mojar el interior de sus muslos.
Devolviendo su atención a Julia, sus ojos siguieron por su pecho, que se movía con el ritmo agitado de su respiración, Lena tuvo problemas para seguir respirando cuando canalizó toda su atención en su sexo. Aunque se lo había visto antes, todavía le quitaba el aliento.
Gruesa, dura y larga, la longitud se alzaba fácilmente más allá de su ombligo.
La cabeza gruesa y sedosa filtraba su semen y la hacía brillar suavemente.
Bajó la mano que utilizaba para acariciarse podía apreciar las hinchadas venas que la recorrían bajo la satinada piel rojo oscuro. Era lo más bello que hubiera visto nunca, y se estremeció de deseo al pensar en montar ese magnífico eje.
Julia era morena, su cuerpo entero resplandecía como oro puro. La excitación hacía que Lena se quisiera frotar contra él como una gata en celo. Parecía tan a gusto, recostada sobre el sofá con los ojos cerrados. Su mano libre había llegado lentamente a la altura de su torso, y de nuevo se pellizcó el brote rígido de su pezón, mientras su otra mano se paseaba lentamente por toda la longitud de su excitación.
Cuando su puño regresó arriba se demoró en el tercio superior de su erección.
Su mano se ciñó con fuerza y realizó un pequeño golpe que causó que su miembro se endureciera aún más; a la vez que sus caderas empujaban hacia arriba y su respiración se aceleraba, nuevas gotas de líquido pre-seminal aparecieron por la abertura de la engrosada cabeza. Eran casi transparentes, la poca luz disponible la permitió ver cómo resbalaban, dejando una huella fresca de humedad. Con la boca abierta, tuvo que cerrar momentáneamente sus labios, después su lengua se deslizó hacia el exterior para deslizarse sensualmente por su labio inferior.
Cada uno de los movimientos que le veía realizar hacía que Lena estuviera más cerca de gemir en voz alta, especialmente cuando otro ronco gemido resonó en las profundidades de su pecho. Luego se percató de que habían sido los gemidos de placer de Julia los que la habían llevado a la sala de estar.
«¡Y te agradezco Dios mío, haber estado despierta para escucharlos!», pensó.
Con una mirada de admiración recorrió el resto de su cuerpo, sus muslos, pantorrillas y pies. No podía evitar estar maravillada por sus piernas. Largas y elegantes, eran clásicamente bellas, como si les hubiera dado forma un escultor.
Julia continuó el movimiento repetitivo de su mano y, un momento más tarde, su cuerpo pareció agarrotarse, sus músculos se tensaron y flexionaron. Observó el rítmico acariciar de sus dedos sobre la gruesa columna que palpitaba en su puño. Fue acelerando el empuje paulatinamente, concentrando el contacto cada vez más en la parte superior de su miembro. Su respiración se hizo más rápida, hasta que un fiero y quebrado gruñido salió de su garganta.
Lena respiraba con él, y juró que su polla era aún más grande unos momentos antes de que estallara en un abundante y blanco chorro de semen que se derramó sobre su torso. Varios borbotones volaron llamativamente hasta su pecho y vientre, dejándolos cubiertos con líneas y gotas de la caliente y aromática semilla. El cuerpo de Julia se fue relajando lentamente y exhaló lo que pareció un satisfecho suspiro.
La respiración de Lena permanecía agitada, haciendo trabajar esforzadamente a sus pulmones, especialmente ahora que se percató de que Julia no tenía nada con que distraerse. Iba a tener que ser doblemente precavida para silenciar su regreso al dormitorio. Antes de que pudiese dar el primer paso, Julia habló en alto y ella pegó un brinco.
—¿Te ha gustado observarme, Len?
Se quedó sin aliento, enrojeciendo instantáneamente de mortificación al ser atrapada. «¡Oh mierda!»
—Lo siento —tartamudeó, y dio un paso al frente, temblando bajo su acalorado escrutinio—. Oí un ruido. En realidad no tenía la intención de espiarte.
—No te preocupes, me alegro de que me observaras. Lo hiciste mucho más excitante —confesó Julia, mientras con su dedo índice recorría la caliente esencia que coloreaba su cuerpo. Recogió un poco con el dedo y se lo llevó a los labios, su lengua salió para probarlo antes de introducírselo y chuparlo.
Con la boca abierta, la propia lengua de Lena salió por entre sus labios deseando emularle, observándole con arrobada fascinación.
—¿Quieres un poco? —le preguntó con voz ronca.
Lena inclinó la cabeza afirmativamente, sin poder negar la verdad, pero antes quería una respuesta.
—¿Cómo sabías que te observaba?
—Oí un movimiento en el pasillo.
—¿Por qué no te detuviste?
—No quería, pero todavía no has contestado mi pregunta. ¿Te ha gustado observarme?
La expresión en los ojos de Julia era apremiante, su resplandor brillante hizo que Lena temblara de nuevo. Se movió inquieta, la reacción de su cuerpo se estaba volviendo insoportable. La honradez innata le impidió mentirle.
—Sí. Me gustó observarte. Muchísimo.
Julia alargó una mano hacia ella.
—Ven aquí, cariño.
Su voz era grave y suave, tierna pero claramente dominante. Se encontró caminando hacia él, su mano tratando de alcanzarlo. Sus dedos se tocaron, sus palmas se deslizaron juntas y sus dedos se entrelazaron. Julia la urgió a sentarse en su regazo. Perdida en una niebla de deseo y hambre abrumadora, Lena se dejó guiar voluntariamente. Su mano libre buscó su cara y la atrajo hacia su boca, haciéndola exhalar un gemido por los labios entreabiertos.
Sin dejar pasar la oportunidad, Julia deslizó su lengua en la boca de ella, y emitió su propio gemido cuando su sabor explotó dentro de su boca con una fuerza que le dejó mareado.
Julia exploró, y Lena contestó a su necesidad con la de ella, hasta que sus lenguas se enredaron ansiosas la una con la otra. Su mano se deslizó de su cara a su garganta y bajó para moldear su hinchado pecho. El perlado pezón era un punto duro que se apretaba insolentemente en la palma de su mano, mientras Julia lo masajeaba con suavidad. Lena se quedó sin aliento, retorciéndose en su regazo y presionándose aún más contra los dedos que la recorrían.
Dejando la tentación de su pecho, se movió sobre su abdomen y bajo por la longitud del muslo hasta encontrar el dobladillo de su camisola. Deslizó los dedos por debajo. El calor de su piel quemaba contra su mano y trazó el irresistible camino ascendente, buscando su febril centro.
Perdida en sus besos y en la exploración sensual de sus manos, Lena recobró el conocimiento con una sacudida de percepción, cuando su mano estaba a tan solo unos centímetros de su sexo.
—Julia —susurró, cubriéndole la mano y sujetándola contra su muslo. Clavó en ella los ojos llenos de incertidumbre.
—Me necesitas —gruñó suavemente—. Déjame dártelo.
Lena vio un profundo resplandor en sus ojos. Parecía todo tan simple, necesitar y querer, dar y tomar. Un estremecimiento de deseo la atravesó por completo y asintió, soltando su mano. Le necesitaba, ¡oh, tan intensamente!, y era la única con quien deseaba aliviar tan ardorosa necesidad.
—Ábrete para mí cariño, para que esto sea muuuuy bueno.
Ella abrió los muslos, y un gemido se precipitó por su garganta cuando Julia no desperdició ni un segundo para colocar su mano entre ellos. No se había puesto los pantaloncitos cortos que iban a juego con la camisola. Nada impedía su avance. Sus largos dedos acariciaron el empapado vello púbico que protegía su montículo y emitió un suave gruñido que la llevó casi a la locura. Dividiendo los labios henchidos de su sexo, uno de sus diestros dedos sondeó y se deslizó profundamente entre la húmeda hendidura.
Ella se quedó sin aliento y apretó sus músculos, manteniendo al invasor en su profundo interior. A pesar del fuerte apretón, Julia deslizó su dedo dentro y fuera con facilidad en el resbaladizo y estrecho calor de su canal, y rápidamente introdujo un segundo dedo, aliviándola.
—Julia —murmuro Lena entre gemidos, jadeando cuando las olas de placer inundaron sus sentidos.
Julia retiró los dedos y delicadamente le silenció su gemido de decepción.
Levantó los dedos, mojados con su fragante rocío y se los llevó a la boca, saboreándola.
Lena le observó con los ojos muy abiertos, temblando por el infierno que se erigía en los ojos de Julia.
—Tan dulce —gruñó—. Sabes tan dulce. Miel y calor, pasión y deseo. Todos mezclados en un néctar dulce y salvaje. Un día de estos me voy a dar un festín entre tus muslos —prometió mientras deslizaba su mano a su anterior posición, penetrando de nuevo en las profundidades de su tembloroso sexo—. Pero por ahora, solamente esto —susurró, cuando su pulgar encontró el clítoris.
Lena se puso rígida y se estremeció, su respiración se hizo más fuerte y rápida mientras Julia jugaba experta y apasionadamente entre sus deseosos muslos.
—¡Por favor, por favor, por favor!, necesito… —se quedó sin aliento y se contorsionó contra Julia.
—¿Qué necesitas? ¿Esto? —preguntó él, presionándose contra ella, su polla estaba de nuevo enhiesta y dura.
—¡Sí!—admitió Lena, liberando sus controladas emociones.
Lena se revolvió para cambiar de lugar, hasta quedar montada a horcajadas sobre su regazo, e impacientemente se quitó la camisola por la cabeza, tirándola al suelo y lejos de ellos. Teniendo mayor libertad, sus dedos envolvieron la henchida longitud. Julia echó hacia atrás su cabeza, gimiendo cuando ella le acarició lentamente. Necesitaba montarle con dureza. Alzándose sobre sus rodillas, se sujetó con una mano mientras descendía sobre Julia.
—¡Un momento! Lena, cariño, un momento —gimió Julia.
—Nooo —gimió ella y se contorsionó contra él.
—El condón. Necesitamos un condón.
—No lo necesitamos, estoy tomando la píldora —dijo sin aliento.
Al instante, la mano de Julia apareció para tomar la suya y ella soltó su miembro, apoyando ambas manos en sus hombros. Le dejó guiarse en su interior y se sujetó con fuerza cuando la suave y gruesa cabeza se apoyó en su entrada y empezó a introducirse en su interior. Osciló las caderas, esparciendo su humedad mientras empujaba hacia abajo, y se quedó sin aliento cuando la caliente y palpitante cabeza se abrió paso con rapidez, haciéndola amoldarse a su grosor. Una vez logrado esto, el resto de su miembro entró fácilmente cuando se sentó en su regazo.
Sintió cómo se abrían sus músculos, mientras la enriquecedora fricción de sus cuerpos enviaba escalofríos por toda su columna. Los dos respiraban pesadamente, y sintió un soplo abrasador unos momentos antes de que su boca engullera su pecho y comenzara a succionar la punta de su pezón.
Lena gimió de placer. Sus caderas se ondularon contra las de Julia, estimulando a un mismo tiempo la vagina y el henchido clítoris con breves empujes.
La cabeza del miembro golpeaba su matriz, enviando crecientes y deliciosas sensaciones a través de todo su cuerpo, haciéndola cabalgar más fuerte contra Julia y gemir ante las dulces sensaciones. Julia le permitió llevar el ritmo durante un tiempo, hasta que emitió un gruñido frustrada. Lena sintió como sus manos tomaban sus glúteos. Atrayéndola fuertemente hacia ella, se levantó sin esfuerzo alguno. Lena le rodeó el cuerpo con sus largas piernas y esperó mientras Julia caminaba con pasos cortos.
Rebotaba contra él con cada movimiento.
—Julia, por favor —imploró, hasta que repentinamente su espalda entro en contacto con la pared.
Con voz enronquecida por el deseo, le murmuró en el oído.
—Así está mejor. Duro y rápido, cariño. Follemos en condiciones.
Julia se retiró y ella esperó su retorno, pero Julia se había detenido. Clavando las uñas en los duros músculos de sus hombros, se retorció sin conseguir ningún resultado.
—¡Ahora, maldita sea, ahora! — exigió, apretando los muslos alrededor de sus caderas.
Julia le dirigió una sonrisa fiera y accedió, deslizándose en su interior por completo, con una fuerza y un poder tan grande que la dejó sin aliento, e hizo que su garganta emitiera un gemido jadeante. Lena fue incapaz de hacer otra cosa que agarrarse, mientras Julia empujaba una y otra vez, durante mucho tiempo, duros golpes que enviaban su gruesa excitación dentro y fuera, hasta que sintió que perdería la razón debido al placer.
El sudor perlaba la piel de ambos. El aire se caldeó a su alrededor, saturado por el perfume de sus cuerpos, y se convirtió en un adictivo cóctel del deseo de una pareja amándose. El dulce y especiado pino fresco perfumaba el aire, dando fe de su necesidad y animando su lascivo deseo para realizar un puro y descontrolado apareamiento.
Lena estaba ciega y pérdida en una niebla de sensaciones, repleta de suave piel y duro músculo, sus pezones acariciaban los de Julia, el sudor y los fluidos que resbalaban por entre sus muslos que producían un sonido de succión con cada uno de los empujes del miembro de Julia. Sus gruñidos y gemidos de esfuerzo y placer se escuchaban acompañados por el tremendo golpe de sus cuerpos cuando estos se unían con fuerza. El perfume intoxicante de sexo les envolvía, atándoles con lazos invisibles.
Con los brazos alrededor de sus hombros y abrumada por el placer que rápidamente se transformaba en una explosión, hincó lo dientes en la piel de Julia y le mordió. Julia se congeló en un abrir y cerrar de ojos, emitiendo un profundo gruñido, rápidamente transformado en un intenso aullido, que causó que el vello de los brazos de Lena se pusiera de punta. Al mismo tiempo, envió una flecha de puro deseo desenfrenado a través de ella, que retorció su estómago con una sensación muy cercana al dolor.
Julia reaccionó con salvaje intensidad; sus empujes se convirtieron en pequeños y duros golpes armónicos que rápidamente tuvieron a Lena sollozando con ansias de liberación, cuando la presión que había creado se volvió cada vez más insoportable. Julia se movió con un interminable y fluido ritmo, llevándola hasta el borde con un lastimero aullido. Su sexo se convulsionó con pulsos rápidos y abrasadores, ordeñando la gruesa longitud, envolviéndole hasta que, con un rugido gutural, explotó y se vació en su interior. Largos borbotones de esencia salieron expedidos a causa de los pulsantes estremecimientos del canal de Lena. Se creó una nueva mezcla formada por la cálida y lechosa esencia y la dulce crema de Lena, que se deslizó entre ellas hasta alcanzar su vello púbico.
Julia logró llegar al sofá medio tambaleante, para dejarse caer con bastante exactitud, evitando así caer al suelo y quedando de este modo repantigadas como un montón de exhaustos músculos. Lena descansó encima de ella con total abandono. Ambas lucharon por recobrar el aliento, y pasaron varios minutos hasta que lo consiguieron. Lentamente fueron recobrando las fuerzas en las extremidades, y Julia comenzó un lento acariciar por la suave espalda de Lena.
Si bien fuera todavía permanecía oscuro, por el horizonte emergía la primera promesa de la luz del día. Se escucharon algunos gorjeos somnolientos provenientes de entre los árboles que sombreaban la casa.
Los brazos de Lena comenzaron a temblar. La alarma inicial de Julia se convirtió en comprensión cuando escuchó su risa satisfecha. La ciñó entre sus brazos, acariciando su cara y su pelo con la nariz.
—¿Feliz? —la preguntó.
Ella intentó hacer un gesto afirmativo.
—Más que feliz.
Su cuerpo se había tensado bajo el suyo y Lena se alzó apoyándose en los tensos bultos de sus músculos. Le miró, mostrándole con total claridad el amor que impregnaba sus ojos.
—Tus ojos resplandecen —le dijo, viendo la satisfacción y la pura alegría reflejadas allí.
—Así como los tuyos —contestó Julia suavemente.
Lena frunció el ceño, con una confusa sonrisa en su cara.
—¿Qué quieres decir?
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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 3:09 am

Capítulo Ocho
Julia abrió la boca para explicarlo y se quedó congelada, con la cabeza inclinada como si estuviera escuchado. Decidida a saber qué secretos le estaba ocultando, Lena no paraba de pensar, en primer lugar, por qué estaba Julia allí, pero se levantó, se apartó de ella y exigió:
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo pueden estar brillando mis ojos? Yo no estoy en tu situación médica, sea cuál sea esta. Lo que me recuerda. Dijiste que me explicarías eso.
—Lo haré, solo que no en este mismo instante —replicó Julia en un tono distraído—. Lo que quería decir es que estabas, hum, estabas reluciendo. Ya sabes, como al atardecer. Ahora, cállate un minuto.
Lena entrecerró los ojos. ¡Cómo se atrevía a decirle que se callara! Definitivamente aquí había algo mal. Obviamente Julia estaba intentando encubrir lo que había dicho originalmente, pero al mismo tiempo no parecía estar poniendo mucho esfuerzo en ello. No la estaba mirando, y parecía preocupado por algo.
Estaba a punto de preguntarle de nuevo cuando Julia maldijo y la hizo a un lado. Se levantó del sofá y corrió hacia la puerta trasera. Lena se quedó mirando por donde se había ido con profunda sorpresa, hasta de que repente le asaltó una idea. Cogió su camiseta del suelo y corrió tras ella. Julia ya había desaparecido de la vista. Ella estaba parada en el porche, escuchando cualquier sonido que le diera una pista de en qué dirección se había ido cuando sonó un disparo. Lena jadeó y sintió que su corazón se detenía.
—Julia —dejó escapar en un susurro afligido, se apresuró en busca del teléfono de la cocina y marcó rápidamente el 911.
Después de explicarle la situación al operador y darle su dirección, colgó y agarró la linterna que había colocado en la esquina de la encimera de la cocina para las emergencias. Estaba decidida a encontrar a Julia, sin fijarse en la forma en que iba vestida. Cruzó el porche y estaba atravesando el patio trasero cuando la detuvo bruscamente la voz de Julia que la llamaba.
Se giró, se le encontró viniendo hacia ella por el costado de la casa y corrió a su encuentro, lanzándose en sus brazos.
—¿Estás bien? —preguntó ansiosamente, con la voz tensa de ansiedad.
—Muy bien —respondió él brevemente, con indignación—. Se fue. El bastardo tenía alguien esperándole con un coche. Ni siquiera pude quedarme con el número de matrícula.
—Llamé al 911. Oí el disparo y temí... temí que tú…
Julia la abrazó fuertemente.
—Estoy bien, nena, todo está bien. Por eso no lo atrapé. Tuve que zambullirme en el seto para evitar que me dispararan.
Su voz estaba tan llena de indignación que Lena se vio sorprendida por una risa nerviosa de alivio. Él le dio otro fuerte abrazo.
—Pongámonos algo de ropa. No quiero hablar con el sheriff con mis vergüenzas colgando.
Para cuando el sheriff llegó, les tomó declaración y se marchó, el sol estaba bien alto. Estaban agotados. Julia se negó a dejarla sola, a pesar del hecho de que había pocas probabilidades de que el supuesto asaltante volviera pronto. En ese momento Lena vio pocas razones para mantenerlo en el sofá, así es que le arrastró a la cama. Julia protestó, diciendo que necesitaba arreglar la cerradura, pero Lena insistió en que durmiera algo. Una vez en la cama, no hubo ningún pensamiento de nada más, salvo descansar. Ambas se quedaron dormidas.
Lena fue la primera en despertarse. Era casi mediodía y se encontró enredada con Julia. Estaba tumbada sobre su costado derecho. Julia estaba sólidamente acurrucada contra su espalda, un brazo firmemente colocado bajo sus senos y una pierna sobre las suyas, con la pierna izquierda de ella entre las de Julia.
Sonrió somnolienta, inundada por la calidez y el afecto, mientras comenzaba el complicado proceso de desenredarse del posesivo abrazo de Julia. No llegó muy lejos. Tan pronto como intentó liberar su brazo cuidadosamente, la agarró más fuertemente y olisqueó su cuello.
—¿Dónde crees que vas? —preguntó con una voz áspera, profunda y ronca.
—A la ducha —respondió ella acurrucándose contra él—. Tengo que ir a la biblioteca en Hibberd para recoger un libro.
Julia comenzó a besarle la nuca, enviando escalofríos por su espina dorsal.
—Tenemos una biblioteca aquí en la ciudad, querida —murmuró, provocándola con su aliento un cosquilleo tenue y cálido.
Lena sintió que sus pezones se tensaban mientras la excitación de Julia se endurecía contra ella.
—Lo sé querida —dijo sin aliento, emulando su arrumaco—. Pero no tienen el libro que necesito para una investigación que estoy haciendo.
—¿Hum, quieres que vaya contigo?
—¿A Hibberd o a la ducha?
—A cualquiera, a ambos. Las dos cosas podrían ser divertidas —murmuró, localizando ese hueco sensible detrás de su oído y acariciándolo sensualmente con la lengua.
—Hum —gimió Lena y tembló—. Se supone que me vas a arreglar la cerradura.
—Imagino que eso deja solo la ducha. Vamos, corazón —gruñó, separándose de ella y forzándola a levantarse—. Veamos lo sucias que podemos estar antes de limpiarnos.
Lena se rió y permitió que la arrastrara dentro del cuarto de baño, equipado con una gran ducha rodeada de una mampara de cristal esmerilado. Había mucho espacio para los dos, y Julia abrió el agua mientras Lena se cepillaba los dientes. Tan pronto como la temperatura quedó fijada a su satisfacción, Julia salió y Lena le ofreció un cepillo de dientes. Ella comenzó a quitarse la camisa que usaba para dormir.
—Déjame ayudarte con eso —ofreció Julia, y colocó el cepillo de dientes en la encimera.
Sus manos se dirigieron hacia el dobladillo, donde descansaron contra sus muslos y comenzaron a deslizarse lentamente hacia arriba por su cuerpo, arrastrando la camisa con ellas.
—Tu piel es tan suave —comentó reverentemente.
Lena tembló cuando las puntas de sus pulgares rozaron su vello púbico.
—Igual que otras cosas —murmuró mientras su camisa subía más.
Ella inhaló bruscamente, con un temblor de estómago. Las manos de Julia continuaron hacia arriba. Se movieron sobre su cintura y su abdomen, sus dedos acariciaron sus costados mientras sus pulgares comenzaban a seguir el camino redondeado que subía por sus firmes y plenos senos. Sus pezones, ya tensos, se irguieron fuertemente, arrancándole un gemido sin aliento cuando sus pulgares rozaron las puntas sensibilizadas.
—Y algunas cosas son duras —bromeó ella con un centelleo diabólico en sus ojos.
Lena compuso una sonrisa y extendió una mano para recorrer con un dedo tembloroso la longitud de su pene, duro como una piedra.
—Muy duras —estuvo de acuerdo ella, y su sonrisa se amplió con el pequeño gruñido que emitió Julia.
—Alza los brazos —la ordenó con urgencia.
Lena obedeció y su camisa le pasó por la cabeza. Antes de que estuviera completamente libre de ella, Julia se inclinó, tomó un pezón duro en su boca y comenzó a succionarlo. Gimió por la ola de deseo que la recorrió, y las manos de Lena acunaron su cabeza, sus dedos se enredaron en el cabello de Julia.
—Julia —gimió, mientras la boca y la lengua de él trabajaban diligentemente con su pezón.
—Entra en la ducha, cariño, que ahora voy yo.
Sonriendo ante el aturdimiento de ella, la giró en dirección a la ducha y le dio a su delicioso trasero una palmadita cariñosa. Lena obedeció y Julia se cepilló rápidamente los dientes antes de unirse a ella. Hizo una pausa para recrearse en la excitante vista, recordatorio de la primera vez que había visto a Lena. Estaba de pie bajo la alcachofa, con su cuerpo brillante y mojado por los chorros de agua que caían en torrente sobre ella.
Julia la interceptó cuando iba a agarrar la botella de champú.
—Déjame —propuso él, tomando la botella y exprimiendo parte de su contenido en su mano.
Mientras Julia masajeaba con cuidado el champú en su cabello y su cuero cabelludo,
Lena murmuró su aprobación.
—Si alguna vez quieres cambiar de carrera, podrías hacer una fortuna como peluquera. Las mujeres vendrían desde kilómetros por esto.
—¡Peluquera! Creo que no, nena. Además, no haría esto por nadie salvo por ti.
—¡Ay, Julia, eso es verdaderamente dulce!
—Oye, soy una chica dulce. Aclaremos tu pelo.
Con eso terminado, Julia se enjabonó y se aclaró rápidamente su propio pelo.
—Ahora lo mejor —dijo dirigiéndole una sonrisa malévola mientras se enjabonaba las manos con gel de ducha—. Trae aquí ese extraordinario cuerpo tuyo, cariño.
Lena se rió por la forma en que él movía las cejas.
—Eres una tonta —le dijo, pero de todos modos se movió más cerca y ronroneó de placer cuando él le recorrió con sus manos los hombros y la espalda.
—Ayer por la noche fantaseé con esto.
—¿Oh? —preguntó Lena, complacida y curiosa.
—De hecho, en mi fantasía estabas sola en la ducha y comenzabas a darte placer. —Deslizó sus manos para tomar en ellas sus senos, amasando tiernamente los sensibles globos—. ¿Alguna vez haces eso, Lena?
—Por supuesto —admitió ella sin aliento, inclinándose hacia su toque.
Las cejas de Julia se alzaron ante la franca admisión y sonrió maliciosamente.
—¿Y qué tal si me muestras lo que haces?
—Tengo una idea mejor, ¿por qué no me muestras tú tu fantasía?
—¡Oh, sí!, me gusta esa idea —dijo él con el fuego llameando en sus ojos—. Pon tus manos aquí.
Julia guió las manos de Lena para que tomara sus propios senos y colocó las suyas sobre las de ella, dirigiendo sus movimientos. Resbaladizas con jabón, sus manos se movieron lentamente sobre la parte delantera del cuerpo de ella, mientras Julia se apretaba fuertemente contra su espalda. Su gruesa erección estaba comprimida entre sus cuerpos, alojada en la atractiva grieta que separaba sus nalgas. Con unos pocos movimientos cimbreantes de sus caderas pudo encajar firmemente su excitación entre ellas. Una vez ahí comenzó un movimiento lento y ondulante que hizo que su excitación se deslizara tiernamente sobre su sensible capullo rosado.
Lena se estremeció y gimió por la desacostumbrada sensación. Nadie la había tocado nunca ahí. El impulso salvaje de saborear un placer tan duro y pecaminoso la inundó; mientras, Julia continuaba el sensual tormento y deslizaba sus manos sobre su vientre curvo y más abajo. La impulsó a colocarse con las piernas más abiertas y luego guió sus manos derechas unidas entre sus muslos.
Lena arqueó su espalda cuando la yema de su dedo se deslizó sobre su clítoris.
—Pasa tu dedo sobre el lado izquierdo de tu clítoris, nena —canturreó Julia suavemente.
Lena deslizó su dedo a la izquierda mientras Julia deslizaba el suyo a la derecha, atrapando con eficacia su clítoris entre ellos. Con su mano sobre la de ella mantuvo sus dedos moviéndose en un ritmo lento y constante que lanzó una ráfaga de calor y necesidad entre los pliegues hinchados de su sexo. Su dulce crema, espesa y sedosa, cubrió sus dedos, y el olor delicado y almizcleño ascendió como una súplica silenciosa.
Lena jadeó y empujó contra Julia.
—Julia, por favor, estoy ardiendo.
—Lo sé, dulzura, lo sé. Puedo sentir tu calor. Es como sostener fuego líquido en mis manos, tan caliente, tan húmedo. Márcame, Lena.
Julia la giró para ponerla de cara a la pared de la ducha, con las palmas contra los azulejos, mientras la urgía a doblarse hacia delante. Se colocó entre sus muslos y, doblando sus rodillas, tomó su exigente excitación en la mano y le guió a los labios hinchados de su sexo. Tras encontrar su entrada empujó.
Lena gimió su placer y luchó por echarse hacia atrás para presionarse contra Julia. Su cuerpo y la púa gruesa de su erección la clavaron en su lugar. Julia hizo rodar sus caderas. El movimiento removió su miembro dentro de ella con incrementos cortos y juguetones que entraban y salían.
—¡Hum, Julia! Te sientes tan bien. Tan grande, duro y caliente. Fóllame, nene. ¡Por favor!
Las palabras lascivas de Lena la electrificaron. Julia agarró sus caderas, y las suyas empujaron hacia delante y hacia atrás mientras su excitación golpeaba hacia dentro y hacia fuera.
—¿Es esto lo que quieres, dulzura? ¿Así?
—¡Sí!
Julia descansó su barbilla en el hombro de ella con su boca contra su oído.
—Lena, Len, nena. Dime cómo se siente esto. —Su mano izquierda liberó la cadera de ella para deslizarse entre sus muslos. Tras separar los pliegues resbaladizos de su sexo, su dedo encontró su clítoris y manipuló con cuidado el brote henchido.
Lena se puso rígida y se estremeció contra él.
—Bueeeeno, tan bueno, tan bueno, tan bueno —gimió ella—. No pares. Haz que me corra. ¡Oh, Dios, Julia, necesito correrme!
—Pronto, nena, pronto —prometió.
Mientras la sujetaba fuertemente entre su cuerpo y la pared de la ducha, Julia soltó su otra cadera. Echando la parte superior de su cuerpo hacia atrás, deslizó su mano entre ellos. Encontró la grieta invitadora entre sus firmes nalgas y dejó que sus dedos se deslizaran sobre esa tentadora pista. Moviéndose hacia abajo, tocó la base de su pene donde desaparecía dentro del cuerpo de ella. Tras untar sus dedos en la crema nacarada de Lena, realizó el viaje de vuelta a través de la tentadora hendidura de sus nalgas. Su dedo encontró su tenso capullo.
Se apretó convulsivamente ante su toque y Lena gimoteó, temblando contraJulia.
—Dime cómo se siente esto —susurró Julia mientras deslizaba su dedo dentro del terciopelo caliente de su oscuro canal.
Lena se convulsionó y se agitó contra él, mientras gritaba su liberación.
Atacado por tantos frentes, su cuerpo se rompió. Ni un solo nervio de su cuerpo se libró del placer ardiente que la quemaba. Sus rodillas se doblaron. Solo la fuerza de Julia la mantuvo sobre sus pies mientras él completaba el ritual, hallando su propia liberación profundamente introducido en la exigencia apretada y temblorosa de su lloroso sexo.
Respirando pesadamente, Julia la envolvió con sus brazos.
—¿Estás todavía conmigo, cariño?
Lena asintió temblorosamente mientras su cuerpo seguía sobrellevando los temblores finales. Unos pequeños gemidos acompañaron cada electrificante cima hasta que sus estremecimientos se calmaron y cesaron. Tomó aire profunda y temblorosamente.
—Julia —susurró.
—Aquí estoy, dulzura, aquí estoy.
Se quedaron de pie, juntos, silenciosos, mientras el agua caliente continuaba cayendo en cascada sobre sus cuerpos. Lena se giró en los brazos de Julia y alzó la mirada hacia ella. Sus ojos verdigrises fulguraban con calidez, estaban líquidos por las lágrimas no derramadas. Mudamente se liberó y derramó jabón en sus manos. Le lavó, adorando su cuerpo con su toque.
Su mundo se redujo a un cubículo rodeado de cristal y lleno con vapor, calor húmedo y amor no expresado. Encontró su camino en miradas sinceras que no ocultaban nada, y toques que irradiaban un sentimiento intenso y una tierna pasión. Fue solo el enfriamiento del agua el que finalmente los hizo salir riendo, mientras escapaban de la fría rociada.
Retozando como niñas despreocupadas, se secaron, se vistieron y se arreglaron.
Juntas prepararon el almuerzo y lavaron los platos. Como no encontró ninguna otra razón para retrasarse, especialmente ya que eran casi las dos de la tarde, Lena agarró su monedero y sus llaves.
—¿Sabes cómo ir a Hibberd? —bromeó Julia.
—Sí, señora espabilada. Incluso tengo un mapa. ¿Lo ves? —Lo agitó bajo su nariz.
—Si me lo pides de una manera verdaderamente amable, te enseñaré la ruta con el paisaje más bonito.
—De acuerdo —accedió ella. Lena dio una vuelta en torno a ella, pasando su mano por su pecho, alrededor de sus hombros y sobre su espalda. Tras colocar ambas manos sobre sus hombros, se reclinó contra él frotando sus senos contra su espalda. Sus labios jugaron sobre su nuca y luego encontraron su oído.
—¿Es esto lo bastante amable? —susurró ella antes de tomar el lóbulo de su oreja en su boca para mordisquearlo y chuparlo.
—Hum —gruñó Julia—. Eso es más que amable, cariño. Si no paras, tu viaje se va a ver retrasado.
Lena se rió entre dientes, se separó y le rodeó. Le envolvió con sus brazos y plantó un suave beso sobre sus labios.
—Tú lo pediste, cariño —bromeó ella y luego retrocedió.
Julia tomó el mapa y lo extendió sobre la mesa.
—Aquí estoy esperando que me des todo lo que te pida —murmuró Julia.
Lena sonrió y se situó a su lado. Julia le pasó un brazo por la cintura mientras señalaba su ruta favorita a Hibberd.
—Si vas por este camino, hay colinas, bosques y un antiguo puente cubierto.
—¡Oh, me encantan! Son tan pintorescos.
—Te llevaré al festival del puente este otoño. Tengo la sensación de que realmente te gustará.
—Eso suena divertido.
—De acuerdo. Este es el plan —explicó Julia y la giró para mirarla de frente—. Voy a arreglar la cerradura de tu puerta y ocuparme de alguna otra cosa. Haz lo que tengas que hacer y nos encontraremos aquí esta tarde. Hay algunas cosas que necesito hablar contigo —le dijo con ojos solemnes y sinceros—. Es muy importante. ¿Está bien?
Con una sonrisa caprichosa en su cara, Lena asintió.
—Es en serio, Lena.
—No dije que no lo fuera.
—Deja de sonreírme así.
—¿Por qué?
—Hace cosas divertidas en mi estómago.
Su sonrisa se amplió.
—Ahora sabes cómo me siento.
—¿Hago volar mariposas en tu estómago? —le preguntó con una sonrisa complacida de chiquillo.
—Sí —admitió ella suavemente.
Julia la acercó más y la sostuvo, balanceándose hacia delante y hacia atrás.
Suspiró.
—Es bueno saberlo, cariño. Es muy bueno saberlo.
Lena se relajó contra él. Podía oír la sonrisa en la voz de él y cerró los ojos. Durante algunos largos y silenciosos momentos permanecieron de pie juntos, dejando que la alegría los envolviese en su cálido abrazo.
Finalmente Julia la liberó. La besó. Un beso lento y apacible, lleno de palabras y promesas no pronunciadas.
—Vete y ten cuidado, ¿me oyes?
—Lo tendré. Tú también —bromeó Lena.
Al ver las chispitas es sus ojos, Julia le dirigió un gesto de burla.
—¿Eso qué quiere decir?
—Quiere decir que no te golpees ninguna parte importante de tu cuerpo mientras estoy fuera.
—Muy divertido. Te recuerdo que el que me golpeara mi pulgar con el martillo fue todo culpa tuya.
—Lo sé —admitió ella dirigiéndole una sonrisa de contrición—. Lo siento.
—No, no lo sientes —la acusó Julia.
Una pequeña sonrisa curvó los labios de ella.
—Tienes razón. No lo siento. Me sentí halagada.
—Me alegra que disfrutaras de mi dolor.
—¡Ay, pobre nena! Cuando vuelva a casa te lo besaré para que se cure.
—Bueno —respondió Julia con una mirada lasciva—. Esa es una oferta realmente buena, pero mi pulgar ya está bien. Aunque tengo algo más que puedes besar.
Lena sonrió y alzó una ceja burlonamente.
—Apuesto a que sí.
Ella se dirigió hacia la puerta de atrás, riéndose mientras se iba.
—¿Es eso un sí? —dijo Julia a su espalda, mientras la seguía hasta la parte delantera.
—Hasta luego —respondió ella, entró en su coche y retrocedió por el camino de entrada. Agitó la mano y se marchó.
Julia sacudió la cabeza. Sonriendo, murmuró para sí misma:
—Amo a esa mujer.
Se detuvo bruscamente. Por alguna razón las palabras le produjeron un choque. Había aceptado la idea de que Lena era su compañera, incluso le había dicho a Logan que la amaba, pero esta era la primera vez que sentía realmente el poder de las palabras. Se derritieron por todo su ser y electrificaron cada nervio, bañándole con entusiasmo. La amaba. Sintió que le faltaba el aliento.
Se vio asaltada por una ola de maravilla e incertidumbre. Estaba bastante segura de que ella sentía lo mismo, pero solo cuando le dijera las palabras sería capaz de detener las náuseas que revolvían su vientre.
Esperaba la tarde que debía llegar, con anticipación y temor. Esta noche, sin importar las consecuencias, le diría a Lena que era un hombre lobo. El pensamiento trajo un estremecimiento casi de pánico.
—¡Maldición! —refunfuñó—. Tengo que hablar con Logan.

* * * * *
Lena realizó el viaje a Hibberd sin incidentes. Julia había tenido razón. El paisaje a lo largo del camino era hermoso. Había bosques y prados abiertos, campos cultivados y varias granjas que obviamente pertenecían a familias Amish.
Mientras estaba en el camino habían pasado dos carros Amish, con los ocupantes vestidos con sus tradicionales negro, blanco y gris.
La ciudad de Hibberd era considerablemente más grande que Whispering Springs. Por suerte, tuvo la precaución de pedir indicaciones al bibliotecario.
Encontró la biblioteca con pocos problemas y aparcó su coche en un pequeño solar del este, evitando la parcela grande que bordeaba la calle principal con su flujo de tráfico más pesado.
Se guardó las llaves en el bolsillo y agarró el bolso, sin molestarse en cerrar el coche. Mientras entraba en la biblioteca no fue consciente de la mirada hostil que la seguía.
—¿Puedes creerte la suerte que hemos tenido? ¿Esa perra engreída, aquí en Hibberd? Y además totalmente sola. Esta vez no se escapará.
—No sé, Jim —dijo su amigo—. Sabes lo que nos contó Harold. Nos han estado buscando en Whispering Springs. Has removido un nido de avispas al meterte con esa tipa y su hermana en Morgan’s. Y ese novio suyo casi te atrapó la otra mañana.
—Pete tiene razón —dijo Randal, que era el tercer hombre en Morgan’s esa noche—. Si algo le sucede, seguro que irán tras nosotros.
Jim, su seudolíder, miró a sus colegas con disgusto.
—Cobardes. No hay forma de que sepan que tuvimos algo que ver con lo que le ocurra a ella.
—¿Qué te hace pensar que no lo contará?
—Cuando haya terminado con ella, no le contará nada a nadie. —Jim se rió, con un sonido que helaba los huesos y que hizo que Pete y Randal se miraran alarmados.

* * * * *
Mientras Lena estaba ocupada con su investigación, Julia arregló la cerradura de su puerta y luego llamó a Logan para pedirle una sesión de consejo cara a cara. Logan invitó a Julia a comer. Cuando llegó, se quedó sorprendida al encontrarse allí también a Alina.
Se llevó a Logan aparte cuando Alina les precedió hacia la cocina.
—¿Crees que debería estar aquí mientras hablamos?
Logan le dirigió a su amigo una mirada tranquilizadora.
—Acabo de ajustar cuentas con Alina por tener secretos conmigo. No voy a darle la espalda y hacer lo mismo. Además, Lena es su hermana, es más probable que Alina sepa cómo podría reaccionar. Al haber estado en la misma situación, probablemente puede darte algunos consejos sobre cómo decírselo. Estoy convencido de que podría ser de gran ayuda.
Julia asintió pensativamente.
—Tienes razón. En realidad —añadió con una sonrisa creciente—, no te necesito en absoluto. Piérdete, ¿vale?
—Sí, ya —gruñó Logan—. ¿Piensas que voy a dejar sola a mi esposa con una persona de tu reputación?
—No le dejarás a esa mujer divertirse en absoluto, ¿verdad?
Los dos entraron en la cocina, ambos sonriendo.
—Si ustedes dos han dejado de hacer el tonto, sentémonos en la mesa y comamos. Estoy hambrienta —se quejó Alina.
Con una indulgente sonrisa, Logan retiró una silla para ella.
—Siéntate aquí corazón. Será un placer para nosotros servirte.
Alina se sentó y suspiró con placer.
—Así está mejor.
Mientras se preparó, comió la comida y se recogió todo, discutieron la situación en la que se encontraba Julia. Una vez que se le disipó la conmoción de saber que Julia había convertido accidentalmente a Lena, Alina pudo darle algunos consejos que Julia podría encontrar provechosos.
Al final todo se redujo a unos pocos y simples hechos.
—Julia, no importa cómo se lo digas, al final va a ser un golpe. Para ustedes, chicos, el nacer dentro de una manada y crecer con el conocimiento de quién y qué sois, es solo un hecho de la vida. ¿Pero para nosotras? ¡Ay Dios! — Alina sacudió la cabeza ante el recuerdo—. Es como caminar hasta un lugar extraño donde la realidad ha quedado suspendida. Cosas que posiblemente pensaste que no podían existir, de repente son demasiado reales. Lena siempre ha sido sensata, pero también es aventurera e imaginativa, más de lo que yo nunca lo he sido. Creo que sobrellevará bien lo que le digas. Sinceramente, creo que una vez que la conmoción desaparezca le va a encantar poder transformarse.
Julia asintió y se levantó de la silla.
—Gracias. A ambos —añadió, concediéndoles igual reconocimiento a los dos—. Han sido una gran ayuda. Todavía siento como si tuviera una piedra en la boca del estómago, pero ya no rueda tanto.
Alina le dirigió una sonrisa y le dio un generoso abrazo.
—Estará bien. Simplemente sé que lo estará.
—Si yo puedo hacerlo tú puedes —estuvo de acuerdo Logan—. Creo que te entrené lo suficientemente bien como para que puedas manejar esto.
Julia puso los ojos en blanco.
—¿Cómo aguantas a este perro arrogante?
—Tiene unas cuantas cualidades que lo redimen. Compensan sus defectos —comentó Alina dirigiéndole a Logan una sonrisa cariñosa que él devolvió.
—Veo que tengo que salir de aquí antes de que la cosa se ponga demasiado sentimental —comentó Julia y se dirigió a la puerta—. Te llamaré más tarde y te haré saber cómo fue. Es decir, si no estoy demasiado ocupada —dijo con una sonrisa y meneando las cejas.
—Mira quién llama a quién perro —se quejó Logan.
Julia se rió y se marchó con un estado de ánimo mucho mejor que cuando había llegado.

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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 3:11 am

Capítulo Nueve
Con un suspiro de extrema satisfacción Lena cerró el cuaderno. Había profundizado bastante en su investigación y estaba sumamente contenta con los resultados. Recogió sus cosas y el libro que había venido a pedir al principio y se dirigió hacia la puerta. Notó con cierta sorpresa que al sol le faltaba poco para desaparecer por el horizonte.
Las tres horas previas habían pasado con una velocidad que encontró asombrosa.
—Es una pena que el tiempo no pase así de rápido cuando estás haciendo algo que no disfrutas —musitó mientras caminaba hacia el coche.
Tras sentarse detrás del volante arrancó el coche y miró al reloj del salpicadero.
Con una hora de camino por delante, serían casi las siete antes de que llegara a casa. En ese momento sonó su teléfono móvil.
—¿Diga?
—Hola preciosa. ¿Dónde estás?
Lena sonrió.
—Todavía estoy en Hibberd. Lo siento. Encontré algunos libros geniales y perdí la noción del tiempo. Sé que dije que nos veríamos esta noche. Me daré prisa.
—No, no lo harás. Te tomarás tu tiempo y conducirás con cuidado. ¿Qué te parece si pedimos una pizza de Antonias’s y nos la comemos en casa cuando llegues?
—Hum, suena maravilloso. Gracias. Eres un amor.
—Nuestro objetivo es complacerte, querida. Te veo en una hora.
—De acuerdo. Adiós.
Lena colgó con un cálido sentimiento en su corazón y una sonrisa en su rostro. Julia era una persona realmente dulce y considerada. Había mucho más en ella de lo que sabía mucha gente. Estaba muy contenta de estar entre los pocos a los que se les daba la oportunidad de conocer a la dulce persona que estaba oculta en su interior, el hombre que había llegado a amar.
Arrancó el coche y se dirigió a casa. Conduciendo dentro del límite de velocidad, había recorrido más o menos tres cuartas partes del viaje sin incidentes cuando el coche comenzó a pegar tirones.
—¡Oh no! ¿Qué estás haciendo, nene? —Se echó a un lado de la carretera mientras perdía velocidad.
El coche se frenó hasta pararse del todo. Lena trató de arrancarlo de nuevo pero no había nada más que un extraño sonido de carraspeo.
—¡Maldición! —maldijo con sentimiento.
Alcanzó su teléfono móvil y llamó a Julia.
—Hola —dijo cuando respondió Julia—. Mi coche se ha parado. No tengo ni idea de lo que le pasa. No arranca.
—¿Dónde estás?
—Acabo de pasar la granja grande que tiene la veleta del caballo sobre el granero.
—La casa de Dixon. Sé dónde estás. Estoy a unos quince minutos. Acabo de llegar de darle a los Buell una estimación de una ampliación en su casa. Aguanta nena, el rescate está en camino.
—Gracias a Dios —suspiró, y luego se volvió ante el sonido de un coche que se aproximaba—. Viene un coche. Se están parando. —Hubo un silencio momentáneo—. ¡Oh no, Julia, es ese hombre! El que irrumpió en mi casa.
—¡Hijo de perra! —Resopló Julia—. Lena, hay una gran zona de bosque a la derecha. Corre, nena. Ocúltate en el bosque. Ya voy. ¿Me oyes, Lena? ¡Corre!
Lena se quedó congelada por un momento, con la mirada clavada en el hombre que había prometido hacerla pagar por humillarle. Consideró la posibilidad de enfrentarse a él hasta que sus dos amigos salieron del coche. Un calambre de puro terror atenazó su estómago. Un rápido examen de las probabilidades fue todo lo que necesitó. Corrió.
Detrás de ella escuchó el sonido de los gritos. Las maldiciones que le ordenaban que se parase no hicieron nada salvo animarla a correr más rápido. Llegó al bosque y comenzó a escabullirse entre los árboles. Como había logrado llevarse su teléfono móvil, Lena luchó por marcar el 911. Un único pensamiento se repetía continuamente en su mente. No había forma de que permitiera que Julia se enfrentara sola a estos tres hombres. Temerosa de parar, temerosa incluso de reducir la velocidad, su atención dividida le costó caro. Se tropezó con la rama baja de un árbol.
Lena se tambaleó y apenas logró mantenerse en pie. Cuando las manos se tendieron para agarrarse a una rama de árbol cercana, el teléfono se fue volando entre la espesa maleza. Temblorosa, asustada y enfadada, siguió asida a la rama hasta que sus rodillas recobraron las fuerzas. Estaba tratando de decidir si buscar el teléfono cuando un sonido cercano captó su atención. Con un gruñido lloriqueante de frustración corrió. Su vuelo, alentado por el pánico, la llevó más y más dentro del bosque. Corrió hasta que una punzada en el costado hizo que bajara la velocidad y se parara. Se agachó y trató de contener la respiración, tan silenciosa como le era posible.
En la distancia oyó el sonido de voces elevadas. Casi parecía como si los hombres estuvieran discutiendo entre ellos. No sabía por qué y no le importaba.
Le daba más tiempo. Tiempo para descansar, tiempo para que Julia llegara allí.
Las voces se hicieron más débiles hasta que se acallaron. Un silencio ominoso.
Lena tembló, aplastando la repentina necesidad de correr, de irse tan rápido y tan lejos como pudiera.
Su cuerpo comenzó a estremecerse. Al principio pudo convencerse de que era la conmoción, hasta que los músculos y los huesos comenzaron a estirarse de una forma que era extraña y atemorizante. Tapándose la boca con una mano, se arrojó completamente sobre la tierra y yació de costado, sobrellevando el dolor, meciéndose hacia delante y hacia atrás, su mente un laberinto de miedo y confusión.
Algo se movía dentro de ella, algo estaba surgiendo a la vida, luchando por liberarse. En su cabeza se estaban formando pensamientos e imágenes desconocidos.
Sus sentidos estaban repentinamente abiertos, como si se hubieran liberado de una capa amortiguadora. El olor de la tierra, la hierba y las hojas llegaba a sus fosas nasales. Una ardilla había pasado recientemente sobre esta tierra y el pensamiento le produjo añoranza. Añoranza de perseguir, de jugar, de cazar.
Un resplandor nuevo de dolor ardió en toda ella y gimió, incapaz de impedir que el sonido abandonara su garganta tensa. Con el dolor llegó una determinación obstinada. No sería conquistada. Era salvaje y libre. Este era su lugar, su territorio, y nadie la humillaría. Lentamente el dolor comenzó a cesar.
Mientras sus oídos se esforzaban por captar cualquier sonido, se dio cuenta de lo que era ser la presa, y su psique se rebeló ante ese pensamiento. Sin saberlo ella, sus ojos comenzaron a brillar. ¡Esto estaba mal! ¡Esto estaba todo mal!
Ella era la cazadora, la depredadora. ¿Por qué estaba corriendo? Respiró profundamente, haciendo a un lado el dolor, y rodó sobre sus manos y rodillas.
Entonces se quedó helada.
—¿Pensaste que podías esconderte de mí, verdad?
Su enemigo salió de detrás del tronco de un viejo roble. Lena se tensó.
—Te dije que iba a hacerte pagar, perra. Quédate a cuatro patas. Vas a darme lo que me debes.
Con cautela observó cómo se aproximaba, con sus manos trabajando para abrir la hebilla del cinturón. Lena sintió que en su pecho se formaba un gruñido.
Suavemente dio alas al sonido, y sus labios se retrajeron para mostrar un atisbo de dientes blancos. Cuando él abrió el botón superior de sus mugrientos vaqueros, ella saltó. Tomándolo por sorpresa, cayó bajo su ataque. Mordiendo, arañando y pateando, Lena infligió instintivamente tanto daño como pudo.
El hombre estaba gritando, rodando sobre el suelo, luchando por agarrar alguna parte del torbellino de furia que lo estaba desgarrando literalmente. Logró doblar su pierna y patear, pillando a Lena en el estómago. Con un siseo generado por el aliento que se le escapaba, la envió volando y aterrizó con un golpe sólido contra un tronco de árbol cercano. Atontada, yació allí, jadeando en busca de aliento.
Recuperando primero el aliento, el hombre luchó por ponerse en pie. Metió la mano en la parte de atrás de la cinturilla de sus vaqueros y sacó una pistola.
Lleno de rasguños y sangrando, apuntó el arma hacia ella.
—Eres una perra loca. Yo voy a salir de aquí como sea. Pero tú no.
Justo cuando apretaba el gatillo, una sombra enorme saltó entre ellos. El lobo negro clavó sus dientes en el brazo del hombre, haciendo crujir los huesos en sus poderosas mandíbulas. El hombre aulló y de nuevo fue lanzado al suelo. El arma cayó de sus dedos sin nervios mientras golpeaba con una fuerza que lo hizo sonar contra un tronco caído. Su cabeza se volcó hacia atrás, impactando con el bulto sólido del tronco del árbol. Bruscamente, sus gritos cesaron cuando se golpeó y quedó inconsciente.
Toda una vida pasó en meros segundos mientras Lena miraba fijamente llena de conmoción y sorpresa. El lobo negro volvió su mirada hacia ella y ella jadeó. El azul verdoso de sus ojos llameó. Lena reconoció al hombre del interior.
—Julia —susurró ella.
El aire se hizo borroso alrededor de Julia. Lena fue asaltada por un golpe de vértigo mientras se llevaba a cabo una transformación que era incomprensible para el ojo humano. Donde había estado el lobo estaba agachado Julia. Su magnífico cuerpo estaba desnudo. Se puso en pie totalmente inconsciente de sí misma. Se aseguró que la pistola estuviera fuera del alcance de su atacante, por si recobraba la conciencia y se movió rápidamente a su lado.
—Lena —dijo Julia con la voz ronca de emoción—. ¿Estás bien? —Le tendió la mano y le tocó la cara con cuidado.
—Eres un lobo —respondió ella. Todavía aturdida, las palabras salieron jadeantes.
Julia le dirigió una sonrisa vacilante.
—El término apropiado es hombre lobo, pero sí, puedo convertirme en lobo. Él vive en mí.
Antes de que pudiera replicar la recorrió un rápido latigazo de dolor. Lena se dobló cuando el cambio insistente de músculos y huesos la sacudió de nuevo. Julia le deslizó un brazo por los hombros. Hablaba suavemente. Ella se esforzó por oírle, por entenderle, pero las palabras le parecían casi ajenas.
Cuando por fin el dolor retrocedió lo suficiente como para permitirle pensar, le miró con la sospecha y la acusación claramente escritas en su mirada.
—¿Qué me está pasando?
Apagada, Julia la miró a los ojos.
—Es el cambio, Lena.
—¿Qué cambio? —Su voz se alzó por el pánico.
—Tienes que calmarte, dulzura. Por eso duele. Necesitas relajarte. No luches.
Jadeando, Lena le gruñó.
—No estás respondiendo a mi pregunta. ¿Qué cambio?
—Te estás convirtiendo en una mujer loba. Como yo —admitió.
Lena estaba sacudiendo la cabeza para negarlo.
—Lo siento, nena. Lo siento tanto. Fue un accidente. Nunca te habría hecho esto sin tu permiso. Esto es parte de lo que he estado queriendo decirte. Sobre mí, sobre este otro lado de mí.
La incredulidad, la conmoción, el miedo y la rabia repentina, la recorrieron salvajemente. Su mente pareció fragmentarse, sus pensamientos mezclarse. Algunos eran claros, otros desconocidos, primitivos e incomprensibles. Antes de que pudiera encontrar sentido a todo ello y hablar, llegó Alina con un lobo a su lado.
Alina se arrodilló al lado de Lena.
—¿Estás bien? Lena, mírame —ordenó ella.
Lena alzó la vista ante la orden en la voz de Alina.
—Todo está bien, hermanita. Todo va a estar bien.
—¿Sabes de esto? —susurró Lena.
Alina asintió. Ella atrajo la mirada de Lena al lobo.
—Ese es Logan.
—¡Oh, Alina! —Se estremeció Lena—. No puedo creer esto. No sé qué decir, qué sentir, qué hacer. Duele, duele tanto.
—Tienes que dejar que Julia te ayude —le dijo Alina firmemente.
—¡No! No le quiero. Ella me hizo esto. ¡Haz que se vaya!
Un silencio atónito llenó el pequeño claro.
Tranquilamente, Alina rompió el silencio.
—Julia, Logan. ¿Nos darían algo de intimidad? Y llévense eso con ustedes, por favor —añadió señalando al hombre que permanecía inmóvil y silencioso en el suelo.
Logan se transformó. Él y Julia pusieron en pie al hombre y lo apartaron arrastrándole.
Alina se volvió de nuevo a Lena.
—¿Te he mentido alguna vez?
—No —admitió Lena con una voz temblorosa.
—Entonces escúchame. Quiero que te sientes y te relajes. Respira lenta y profundamente. —Cuando Lena hizo lo que le había pedido, Alina continúo—. Te ha sido dado un don, Lena. —Ante la mirada de incredulidad de Lena, Alina sonrió—. ¡Oh, lo sé! Ahora no piensas eso. Pero con el tiempo lo harás, créeme. No es como en las películas. No te conviertes en una criatura irracional y asesina con la salida de la luna. Controlas el cambio. —Alina utilizó su voz para aplacar y calmar—. En cualquier momento que quieras puedes convertirte en lobo. No se parece a nada que puedas experimentar nunca. Correr tan rápidamente que sientes como si pudieras volar. Tus sentidos están vivos. El mismo aire guarda secretos, pero todos serán tuyos solo con inspirar profundamente.
—¿Cómo? —susurró Lena, estremeciéndose, cuando de nuevo su cuerpo procuraba convertirse en aquello para lo que no había nacido.
—Lo primero de todo —sonrió Alina—. Tienes que quitarte la ropa.
—Genial —respondió Lena y la sonrisa de Alina se amplió.
Ayudó a Lena a ponerse en pie y a quitarse la ropa.
—Ahora mírame a los ojos.
—Suenas como un vampiro. ¿No vas a morderme, verdad?
—¡Anda, eso es justo lo que le dije a Logan! Y no, no voy a morderte. Ahora hazlo.
Esforzándose en dejar de lado su miedo, Lena respiró profundamente.
Dos pares de ojos grises plateados se encontraron. Casi inmediatamente, Lena sintió que su pánico retrocedía. Su cuerpo abandonó los remanentes del dolor, inundándola con un sentimiento de paz y bienestar. Muy profundamente, vio al lobo en los ojos de su hermana. Le devolvió la mirada, reclamándola, dándole la bienvenida, invitándola a unirse en la gracia y el misterio de su ser.
La calidez la envolvió. El calor rieló sobre su cuerpo y Lena se estremeció de placer ante las sensaciones fundidas que fluían sobre ella. Se sacudió y luego se congeló por la conmoción. En lugar de estar cara a cara con Alina, ahora tenía los ojos al nivel de los muslos de Alina. Se asustó, retrocedió mientras alzaba la mirada y luego se sentó bruscamente.
Alina bajó la mirada hacia ella con una sonrisa.
—Eres una hermosa loba, hermana mía. Vamos a divertirnos mucho corriendo juntas. Creo que es hora de que les mostremos a Julia y Logan tu nuevo yo.
Ante la mención del nombre de Julia, un laberinto de emociones le asaltaron.
Añoranza, confusión, necesidad, cólera —se mezclaron y confundieron en un revoltijo incomprensible. Oyó que Alina los llamaba y vio aparecer a los dos amigos. Su mirada se clavó directamente en Julia y atacó.
Aquí estaba la autora de su dolor, habló el lobo, pero su humanidad le recordó el amor que sentía. Su pata delantera conectó con el pecho de Julia, tirándole al suelo. Aterrizó con un ruido sordo sobre su espalda y ella se elevó sobre Julia, con las mandíbulas a unos centímetros de su garganta.
Tanto Alina como Logan gritaron:
—¡No!
Avanzando y retrocediendo, las mitades humana y lobuna de Lena discutieron en su interior. Pensamientos de amor, traición, gratitud, dolor, añoranza de su toque y necesidad de devolver dolor por dolor recorrieron su mente mientras miraba hacia abajo, a la persona a su merced. Con los dientes descubiertos le gruñó como advertencia, retándole a moverse.
—Lena, nena, lo siento tanto. Nunca quise hacerte daño. Yo... —Julia tragó saliva fuertemente—. Sé que no tengo ningún derecho a decirte esto ahora pero... te amo.
La loba se congeló. Lentamente se relajó, permitiendo que disminuyeran los gruñidos. Retrocedió un paso, luego otro, mientras miraba cómo una lágrima cristalina se deslizaba desde el rabillo del ojo de Julia. El horror por sus propias acciones la arrolló como una ola. Elevó su hocico al cielo y aulló su pena y vergüenza.
Tras echar una mirada en su dirección, se giró y corrió.
—¡Lena! —gritó Alina.
—Ve tras ella, Alina—ordenó Logan suavemente—. Llévala a casa. Julia y yo arreglaremos todo este lío.
Alina lanzó una mirada preocupada en dirección a Julia. Se había sentado pero permanecía en el suelo, con su mirada enfocada en el punto donde Lena había desaparecido. Tenía la expresión en blanco, sus ojos mostraban una resignación triste y cansada.
—Habla con Julia, Logan. Esto no puede terminar así. Tenemos que arreglarlo —insistió Alina, con una voz en la que había algo semejante al pánico.
Logan la envolvió en sus brazos.
—Lo sé, corazón, lo sé. Lo primero es lo primero. Ve tras Lena. Cuida de ella. Yo me ocuparé de Julia. Todo estará bien.
—Espero que tengas razón —replicó Alina fervientemente. Rápidamente se deshizo de sus ropas y se las tendió a Logan—. Te veré en casa.
—Ten cuidado —insistió Logan dándole un beso ardiente—. Te amo.
—Yo también te amo —respondió Alina con una sonrisa y unos ojos nublados.
Se transformó y siguió el olor de Lena en el bosque.
Logan se movió para ponerse cerca de Julia. Sin alzar la mirada Julia murmuró:
—Ha terminado.
—No habrá terminado hasta que estés muerta —replicó Logan sin rodeos, atrayendo la mirada de Julia hacia él—. A mí me parece que estás muy viva. Vamos, hermana loba —extendió la mano hacia Julia. Julia asió su mano y permitió que Logan le ayudara a ponerse en pie—. Aquí han pasado muchas cosas en un período muy breve de tiempo —le dijo Logan—. Lena fue asaltada y enfrentada a una información que era más que suavemente sobrecogedora. Va a necesitar algo de tiempo. Dale ese tiempo, Julia.
Julia asintió, sin decir nada, pero muy en su interior se sentía perdido. El primer acto de Lena como una loba fue atacarle. ¿Podría haber expresado más claramente sus sentimientos? Cerró los ojos y alzó una mano a su frente como si tratara de borrar físicamente el recuerdo. Y esa mirada en sus ojos antes de escapar. El dolor que la había causado. ¿Cómo podría llegar a perdonarle?
—Logan, ¿cómo he podido joderlo de tan mala manera? Debería habérselo dicho esa primera noche en la que me percaté de su cambio. Si no hubiera sido tan cobarde...
—Bueno, puedes dejar esa mi**** ya misma. No eres un cobarde, Julia Volkova. ¿Solo porque querías estar segura de los sentimientos de Lena? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Unos pocos días? Vamos, seamos realistas. Si es en esto en lo que estás basando tu idea de cobardía, no tienes dónde agarrarte. Ahora deja de sentir pena por ti misma y ayúdame con este bastardo.
Los ojos de Julia tomaron un brillo feroz cuando su atención recayó en el atacante de Lena. El hombre inconsciente gruñó y comenzó a moverse.
—¿Por qué no vas a por nuestras ropas y yo llevo a este tipo a mi camioneta?
Logan echó una mirada al rostro de Julia.
—Creo que no. Tú vas a por las ropas. Yo le llevo. Y él se va conmigo a la oficina del sheriff.
—Parece como si no confiaras en mí.
—Digámoslo de esta forma. Si este tipo hubiera atacado a Alina, yo no confiaría en mí mismo. Si ese hubiese sido el caso, ¿tú confiarías en mí para estar a solas con él?
Julia miró a Logan por un momento.
—Iré a por nuestras ropas.
—Chico listo.
Julia permaneció en forma humana hasta que estuvo fuera de la vista, y luego se transformó. Logan arrastró al sinvergüenza hasta ponerlo en pie.
—No tienes ni idea de lo afortunado que eres en este momento —gruñó—. Vamos. Tienes una cita con el sheriff.
Logan llevó al hombre desaliñado y sometido hacia el camino.

* * * * *
Lena permanecía con la mirada fija en el estanque koi, observando a los peces realizar sus vueltas perezosas pero llenas de gracia. Sus pensamientos se movían en círculos lentos que emulaban sus movimientos. Mientras ellos parecían contentos con los giros, Lena estaba perdida. Había transcurrido una semana desde que la atacaron. Alina y Logan habían insistido en que permaneciera con ellos durante un tiempo. Su testimonio, junto con el de los dos amigos de él, tenía a su asaltante enfriándose en la cárcel. Estaba esperando el juicio por los cargos de asalto y homicidio en grado de tentativa.
Los pensamientos sobre su atacante, y la participación que había tenido en el incidente ocurrido en el bosque, eran mínimos. Lo que más capturaba su atención era Julia. Dónde estaba, cómo estaba, lo mucho que quería verle. Pero no se atrevía. No después de lo que le había hecho, lo que había sentido. Lena sentía miedo. Vergüenza por la forma en que casi le había herido. No había nada más que pudiera hacer, salvo permanecer alejada.
De vez en cuando sus pensamientos se transformaban en un barullo confuso.
Se despertaba gritando, incapaz de hallar sentido en el laberinto de turbias emociones. Cualquier paz que lograba era duramente ganada, pero aun así inadecuada. La felicidad parecía una cosa del pasado, una emoción que nunca volvería. Lanzó un suspiro y giró la cabeza para ver a Alina y Logan, que se aproximaban por el césped. Se movió para hacerles sitio en el banco de piedra.
—Por el aspecto de sus rostros, veo que piensan que ha llegado la hora de la charla. Para lo que va a servir, pueden ahorraros el aliento —les dijo sin alzar la vista.
—No seas tan sabelotodo —replicó Alina con algo de aspereza. Se arrodilló sobre la hierba a los pies de Lena.
Logan se sentó en el banco a su lado.
—¿No le has dado vueltas ya demasiado tiempo?
—Creo que no —replicó Lena con un deje de disgusto en su voz.
—Una pena —respondió Alina—. Es hora de hablar.
—Alina—comenzó Lena.
—No, no quiero oír ninguna excusa. Quiero saber cómo te sientes. ¿Qué está pasando por tu cabeza? ¿Has decidido que no amas a Julia?
—Sí. ¡No! ¡Oh, no lo sé! —respondió Lena violentamente—. Viste lo que hice. Le ataqué. ¿Qué significa eso? Si verdaderamente le amara, ¿cómo podría haber hecho eso?
—Espera un minuto. ¿Es eso lo que te tiene disgustada? —preguntó Logan.
—¡Bueno, por supuesto que sí!
Alina y Logan se miraron el uno al otro.
—Pensábamos que era todo eso de «ser un lobo».
Lena frunció el ceño.
—Aunque admito que me está costando un poco acostumbrarme, no lo veo como un verdadero problema. Si Alina puede manejarlo yo también.
—Bueno, gracias —replicó Alina sarcásticamente.
Lena sonrió por primera vez en días.
—¿Entonces no estás enfadada con Julia?
—No.
Logan se frotó la frente.
—De acuerdo, pongamos aquí un poco de lógica. Lena, ¿qué sentías cuando atacaste a Julia?
—Dolor, cólera, gratitud, amor. No lo sé. ¡Estaba todo mezclado! —lloró.
—Cálmate —la instó Logan, y le pasó un brazo por los hombros. Alina extendió las manos y cubrió las de Lena con las suyas. —De la forma en que yo lo veo, había dos personas en ese claro. ¿Podría ser que algunas de las emociones estuvieran dirigidas a una y otras a l otra? Aunque mantenemos la posesión de nuestras facultades cuando nos transformamos, el lobo tiene cierta influencia —explicó Logan—. Habías sido herida. Temías que ese Jim te atacara. La gratitud que sentías podía haber estado dirigida a Julia por el rescate. Y, con un poco de suerte, el amor.
Lena le miró con la esperanza alboreando en sus ojos.
—Los lobos son criaturas inteligentes pero es posible que, con tantas cosas sucediendo tan rápido, todo se volviera confuso. Un animal confundido a menudo se comporta con agresividad. Y Lena, no hiciste un verdadero daño a Julia. Le diste una patada en el trasero, cierto. Pero vamos, quién dice que no se mereciera que le dieran un poco. Después de todo, te cambió sin tu permiso.
—¡Logan! —Tanto Lena como Alina protestaron por su última frase.
—Eso fue un accidente —defendió Lena.
Logan se rió en silencio.
—¿No crees que deberías decirle todo esto? Ve y sácala de su miseria. Y hablo en serio de miseria. A Cade y a mí se nos está acabando la cuerda. Julia está hablando de dejar la ciudad. De hecho, mencionó algo sobre marcharse esta tarde.
—¡Qué! —gritó Lena—. Esa idiota —susurró mientras las lágrimas llenaban sus ojos—. No le odio, le quiero.
Alina apretó sus manos.
—Ve. Ahora. Díselo.
Lena abrazó primero a Alina y luego a Logan.
—Lo haré. Gracias, a los dos.
Lena se fue corriendo. Alina miró a Logan con un ceño de sospecha.
—¿Realmente dijo que se iba de la ciudad?
Logan la miró con los ojos muy abiertos y asintió.
—Lo mencionó. Por supuesto solo era por un trabajo. Va a volver en un par de días.
La boca de Alina se abrió por la conmoción y luego una sonrisa cubrió su cara.
—Eres diabólico.
—No soy Enlace de la Manada por casualidad. Lleva aparejado cierta cantidad de manipulación —confesó Logan con una sonrisa.
—Hum, me consideraré advertida.
—¿Usaría yo la manipulación contigo? —preguntó Logan inocentemente—. Y por cierto, ¿te dije lo bonita que estás hoy? —Sus ojos adquirieron un suave brillo dorado.
—Logan. Te dije que quiero ir a Hibberd. Allí hay una tienda que vende muebles para bebé. —Alina se levantó y comenzó a andar hacia la casa.
—Lo sé, corazón. Estoy perfectamente dispuesto a ir. Solo pensaba que podíamos retrasar el viaje una hora o algo así. —Logan siguió sus pasos deliberadamente.
Alina aumentó su velocidad hacia la casa.
—No sé. Tu hora tiene tendencia a convertirse en horas, plural.
—Pero nena, sabes que no puedo evitarlo. Una vez que te tengo en mis brazos, tú eres todo en lo que puedo pensar. —Logan alargó su zancada.
—Mentiras —le acusó Alina y salió corriendo.
Logan la atrapó fácilmente y la alzó en brazos.
—No son mentiras, amor mío. Es toda la verdad y nada más que la verdad.
—El beso que la dio fue largo, profundo y lleno de pasión.
Alina se separó jadeando en busca de aire, sus ojos eran dos estanques de plata fundida.
—Supongo que podemos ir a Hibberd mañana —concedió ella con gracia.
—Puedes apostar a que sí —estuvo de acuerdo Logan y la llevó dentro de la casa.
—Pero mañana vamos.
—Desde luego.
—Logan, lo digo en serio.
—Lo sé.
—Ma***** seas.
—Vamos, Alina…

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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 3:12 am

Capítulo Diez
—¿Entonces qué vas a hacer? —Cade hizo la pregunta mientras daban un paseo por los terrenos que rodeaban la casa de Julia en los bosques.
Julia sacudió la cabeza con agitación.
—Logan me dijo que le diera tiempo. Pero ya hace una semana y está matándome. Tengo que ocuparme del trabajo de Williams; iba a pasártelo a ti pero necesito la distracción. Cuando vuelva voy a tratar de verla. No puedo soportar más esta situación.
—Puedo entender cómo te sientes —se compadeció Cade.
—¿La p*** de hierro?
—Sí.
Terminaron su paseo delante de la casa de Julia y ambos se sentaron en el borde del porche.
—Nunca me dijiste qué pasó. ¿Asumo que esta mujer era importante para ti?
—Supongo que podrías decir eso.
—Bueno, dijiste que la amabas.
—La amé una vez. Hace mucho tiempo —replicó Cade—. Algunas veces las cosas no funcionan de la forma en que esperamos que lo hagan. No tengo ninguna esperanza de que cambie esta situación.
Julia suspiró.
—¡Maldición! ¿Qué ocurre con las mujeres? Seguro que pueden volver a un hombre del revés.
Cade dio un resoplido y se rió suavemente.
—No es más que la verdad.
En ese momento hizo su aparición un coche, siguiendo lentamente el largo y retorcido camino. Contemplaron silenciosos como se detenía un BMW deportivo negro. La puerta se abrió y salió una mujer. Julia oyó como Cade inspiraba profundamente y sintió como la tensión llenaba a su beta.
La mujer era de altura media, con un cabello oscuro largo y ondulado, que flotaba libremente sobre sus hombros y caía por su espalda. Incluso desde esa distancia Julia podía ver el brillo zafiro en sus ojos. Vestía un conservador traje negro de chaqueta y falda a juego, que acentuaba sus generosas curvas. Caminó hacia ellos sobre unos zapatos negros de tacón.
—¿La conoces? —preguntó Julia mientras ella se aproximaba.
—Sí —respondió Cade con su voz cuidadosa y controlada—. Esa es la p*** de hierro.
—¡Guau! —comentó Julia—, a mí me parece bastante suave.
Cade le dirigió una mirada represora y se alzó para saludarla.
—Delilah Christensen en carne y hueso —dijo arrastrando las palabras—. ¿Qué estás haciendo tú en el quinto pinto, querida?
—Sabes por qué estoy aquí, Cade —replicó ella con una voz suave y cultivada—. Eres mi compañero.
—Vete a casa, Del. No ha cambiado nada. No voy a dejar que tu padre me aplaste bajo su dedo. Rechacé esa... hum... oportunidad hace cuatro años — respondió Cade. Su voz estaba llena de sarcasmo—. No voy a sucumbir ahora.
—Sé que no lo vas a hacer. Pero estás equivocado en que nada ha cambiado. Quiero estar contigo.
Hubo un momento de silencio.
—Demasiado tarde cariño, pero gracias por el ofrecimiento. Por cierto, esta es mi alfa, Julia Volkova. Julia, Delilah Christensen —dijo él para presentarles—. Julia, las cosas se van a resolver entre Lena y tú. Algunos están destinados a estar juntos. —Se volvió hacia Del—. Mientras otros no. Hasta luego, Julia.
Sin una mirada hacia atrás, Cade entró en su Corvette y se alejó.
Julia y Delilah le vieron irse. Ella empezó a dar golpecitos con el pie y luego musitó:
—Si piensa que se va a escapar tan fácilmente, ya puede ir cambiando de idea. —Se volvió hacia Julia—. Encantada de conocerle, Sra. Volkova. Estoy segura de que nos vamos a ver a menudo. He comprado una casa en Whispering Springs. No importa lo que diga Cade, me voy a quedar.
Julia sonrió.
—Bueno, supongo que eso son buenas noticias. Pero parece como si tuviera por delante un gran reto.
Del le devolvió la sonrisa.
—No es que no lo supiera. ¿Qué se dice? ¿Qué hay que esforzarse por cualquier cosa que merezca la pena? —Ella suspiró—. Estoy preparada para un trabajo duro. Bueno, que pase un buen día, Sra. Volkova —dijo y se dirigió hacia su coche.
—Llámame Julia —le dijo ella.
Ella se sentó detrás del volante y bajó la ventanilla.
—Gracias, Julia. Soy Del. —Agitó la mano como despedida y se marchó, siguiendo la retirada de Cade.
—Bueno, ¿no es estupendo? —murmuró y se volvió para entrar en la casa.
Pocos minutos más tarde, un coche entró a toda velocidad por el camino. Se detuvo con un chirrido delante de la casa en medio de una nube de polvo.
—¿Qué demonios? —murmuró Julia y fue hacia la puerta principal.
Justo cuando la abría apareció Lena y, sin esperar a ser invitada, cruzó a su lado con paso airado y entró en la casa. Se quedó mirando fijamente la maleta que esperaba al final de la escalera.
—Es cierto. Te vas. ¿Cómo eres capaz? —le acusó con sus ojos plateados llameando por la ira.
—Yo...
Ella alzó la mano.
—No quiero oírlo, Julia Volkova. No puedo creer que te escapes sin más. Pensé que lucharías por mí. Dijiste que me amabas. ¿Lo decías en serio o era una mentira? —Lena le miró mientras el fuego y la cólera llenaban sus tormentosos ojos.
—Nunca te he mentido. Admito que debería haberte contado antes todo sobre mí, pero no te mentí en nada. ¡Te amo, ma***** sea!
Lena le dirigió una mirada arrogante y entró en el cuarto de estar. Delante de la chimenea comenzó a desabrocharse la camisa.
—Pruébalo —le desafió.
Julia la siguió y le dijo con una voz áspera y ronca:
—Cariño, ¿recuerdas lo que dije sobre tentar a un lobo?
Lena se quitó la camisa con un encogimiento de hombros y la dejó caer al suelo.
—Lo recuerdo. Dijiste que era un juego peligroso. No estoy jugando.
Se desabrochó los vaqueros y se bajó la cremallera. Con un meneo sensual los hizo pasar las caderas y deslizarse por las piernas. Sin molestarse con los botones, Julia se abrió de un tirón la camisa. Los ojos de Lena adquirieron un brillo plateado y salvaje y le dirigió una sonrisa cargada de invitación carnal mientras salía de los vaqueros.
Julia la emuló y se libró no solo de los vaqueros sino también de los calzoncillos.
Su excitación estaba completamente erguida, ardiente, hinchada y lista. Lena dejó vagar la mirada por su cuerpo tentador y lustroso. Echándose las manos a la espalda, se desabrochó el sujetador y le hizo deslizarse por los brazos. Dio unos pocos pasos hacia Julia con un contoneo sensual. Tras arrastrar los dedos por su cuerpo, le rodeó.
—Mi compañera —murmuró con una voz sensual y gutural.
Alejándose de Julia, se colocó sensualmente sobre sus manos y sus rodillas sobre la alfombra delante de la chimenea. Volviendo la vista hacia Julia le invitó:
—Móntame.
Julia echo la cabeza hacia atrás y aulló. El sonido era profundo, ronco, crudo y lleno de hambre. Lena tuvo una duda momentánea, hasta que la recorrieron unos deseos y necesidades primitivos y antiguos. Impulsos viejos como el tiempo tomaron el control antes de poder moverse, dándole la oportunidad a Julia de situarse sobre ella, con el cuerpo cubriendo el suyo. Sin el más mínimo esfuerzo le desgarró las bragas.
—Abajo —ordenó.
Lena obedeció con un gruñido ronco y femenino, cruzando los antebrazos mientras se apoyaba sobre los codos. Se presentó con impaciencia ante Julia, abierta y esperando ser follada. En vez del miembro, recibió una lengua impaciente. Lena gritó y se estremeció bajo el ataque de su degustación. Todo lo que recibió fueron unos pocos golpes de su lengua antes de que Julia se retirara.
Gimió de frustración pero obedeció cuando la impulsó a separar aún más sus muslos. Al notar los movimientos de Julia esperó sentir su excitación, pero quedó de nuevo sorprendida cuando le envolvió los muslos con sus brazos. Lena se alzó sobre los codos y miró hacia abajo, para encontrarse a Julia sobre su espalda y bajo ella. Se había colocado con su cara en la unión de sus muslos.
—¿Julia? —preguntó ella.
—Miel dulce y cálida. Aliméntame —gruñó.
—¡Oh, Dios! —gimió Lena y se bajó hacia Julia.
Sus labios y su lengua se clavaron ansiosamente en ella, separando los pétalos hinchados de su sexo. El movimiento sinuoso de su lengua volvió a Lena Loca de necesidad. Saltó sobre Julia pero Julia la controló fácilmente, manteniéndola justo donde la quería. Había prometido darse un banquete entre sus muslos y un banquete se dio.
Su lengua se deslizó sobre su clítoris palpitante, jugueteando, luego humedeciéndolo rítmicamente, hasta que Lena estuvo gritando y retorciéndose sobre Julia. Al sentir que el orgasmo de ella se aproximaba cambió de táctica y sumergió profundamente su lengua, taladrando su canal húmedo y palpitante mientras se tragaba la crema que daba la bienvenida a sus maniobras sensuales.
Lena estaba perdida, atontada por sus acciones. Se apretaba inconscientemente los pechos, masajeando los senos llenos y carnosos mientras sus caderas se ondulaban asidas por Julia. La boca y la lengua de él se dedicaron a un juego maravilloso hasta que, cerrándose sobre su clítoris con verdadera intención, lo chupó entre sus labios.
Su orgasmo estalló de manera salvaje. Lloró y cayó hacia delante mientras su cuerpo se sacudía y se estremecía bajo el ataque de sensaciones. Julia la liberó y salió de debajo de ella. Se alzó y cubrió el cuerpo de Lena con el propio, montándola. Su palpitante excitación se deslizó profundamente dentro de su canal todavía tembloroso. Lena jadeó y gimió ante su entrada, incapaz de hacer nada más que permitir que las furiosas olas de placer la recorrieran.
Julia comenzó lentamente a bombear dentro y fuera. La presión convulsiva de la vagina húmeda y caliente de Lena le exprimía. Gruñó y continuó empujando contra la presión de los músculos que le masajeaban y le animaban a liberarse.
Decidido a desafiar los cantos de sirena de su cuerpo, no estaba lista ni dispuesta a dejar escapar tan rápidamente tal éxtasis.
Montó su cuerpo, la abrazó, la cubrió.
—Mi mujer, mi compañera, mía —gruñó contra su hombro y la mordió, sujetándola para dominarla.
El gusto fuerte y salado de su piel se tiñó con el sabor cobrizo de la sangre que llenaba su boca. Julia gruñó de nuevo mientras una roja neblina nublaba su visión. Lena corcoveaba bajo ella. Su lucha y sus gritos de pasión le inflamaban.
Sus caderas se movieron adelante y atrás, los músculos de su ano se apretaban con cada movimiento. Su excitación se impulsó dentro y fuera, lleno y profundo, una y otra vez hasta que solo hubo carne, calor, sudor y placer.
La jodió ciegamente, buscando la liberación de ella, necesitando su clímax con un deseo tan fuerte que era imposible de ignorar. La rodeó con un brazo y sus dedos encontraron su sexo. Tras separar los suaves labios hinchados, las puntas de los dedos hallaron su clítoris. Colocó la yema de uno contra la dura protuberancia y comenzó un movimiento rápido y vibrante. El gemido de liberación de Lena arrancó de su pecho un gruñido agitado.
Un estremecimiento creciente se deslizó por toda su espina dorsal. Su esencia estaba preparándose para salir. Golpeó dura y plenamente contra el monte acolchado de su sexo. Esos choques pequeños y electrificantes simplemente se añadieron a su placer. Un placer que finalmente fue demasiado grande para negarlo. En una ola, su escencia recorrió apresurada la longitud de su excitación y estalló hacia la libertad, inundando el canal de Lena. Espasmos duros contrajeron sus entrañas, empujándole fuertemente contra Lena con cada chorro de escencia que liberaba. Agarró sus caderas, gruñendo ante la fuerza pura de placer que anudaba su vientre.
Los momentos pasaron y los espasmos se aliviaron. Julia liberó el hombro de Lena y jadeó contra su piel. El olor de ella se derramó sobre Julia en una ola y la realidad regresó lentamente.
Los debilitados estremecimientos de ella le urgieron a rodearla con los brazos.
Apartándose un poco, giró su cuerpo, sin ninguna oposición, entre sus brazos.
Se derrumbaron en un lío de miembros lleno de gracia, para recostarse en silencio salvo por sus alientos jadeantes.
Un quejido aislado y apenas audible de Lena hizo que Julia se alzara sobre un codo.
—¿Estás bien? ¿No te hice daño, verdad? —preguntó Julia con un ceño preocupado y con una chispa renovada en sus ojos azul verdosos debido a su preocupación.
—No, no me has hecho daño —respondió aturdida y sin aliento.
Lena suspiró, con un sonido saciado y satisfecho.
Una sonrisa tierna curvó los labios de Julia.
—Descansa un minuto. Luego iremos arriba para que pueda ocuparme de ti.
—Creo que ya lo has hecho —replicó Lena—. Mis huesos se han convertido en papilla. ¿Qué hay arriba?
—El cuarto de baño. Mi dormitorio. Primero voy a lavarte. Luego voy a hacerte el amor —murmuró, inclinándose para hociquear su garganta.
Lena tembló.
—Pensé que acabábamos de hacerlo.
—¡Oh, no! Eso fue un apareamiento, fuerte y rápido, para satisfacer al lobo. Esto va a ser lento y pausado, solo para nosotras.
Unas lágrimas repentinas llenaron los ojos de ella.
—Julia —susurró—, las cosas que me haces. Las cosas que me haces sentir. Algunas veces es simplemente demasiado.
—¿Quieres que pare, Lena? —preguntó Julia retirándole suavemente el pelo de la cara.
Ella le envolvió con los brazos y le atrajo más cerca.
—Nunca. No pares nunca.
—Nunca —prometió y se sentó arrastrándola con ella.
Julia se puso en pie y acunó a Lena en sus brazos. La sostuvo posesivamente y subió las escaleras con facilidad. Su primera parada fue el baño. Como había prometido, las puso a ambas en la ducha y la lavó tiernamente. El agua estaba caliente y refrescante. Lena se deleitó en su atención. Moviéndose en su dirección, terminó aferrada a sus hombros mientras Julia la recostaba contra la pared y dejaba que sus dedos jugaran entre sus muslos.
A un paso de que Lena alcanzara el orgasmo la llevó fuera de la ducha, donde la secó y después a sí misma, y la condujo al dormitorio. La levantó, la acostó y se unió a ella en la cama. Las horas siguientes pasaron en una nube sensual.
Julia amó a Lena lenta y pausadamente. Acarició cada centímetro de su piel.
Sus manos, ligeramente ásperas por el trabajo, se deslizaron sobre ella.
Caderas, muslos, trasero y torso, todos fueron explorados una y otra vez con igual profundidad.
Su toque encendió un ascua que llameó hasta convertirse en un fuego parpadeante y finalmente se convirtió en un infierno furioso. Lena se movió hacia su toque, gimiendo suavemente cuando sus dedos rozaron su piel y masajearon con cuidado los firmes músculos de debajo. La volvió sobre su estómago, y acarició su espalda y sus nalgas. Dejó que su boca vagara sobre su piel. Bajó por su cuerpo y mordisqueó cuidadosamente los globos plenos de su trasero, sonriendo ante su temblor.
Yendo más lejos todavía, su boca encontró la parte trasera de su rodilla, besándola y lamiéndola con la lengua antes de chupar suavemente su piel. Lena gimoteó y tembló como reacción. Satisfecha, Julia le dio la vuelta de nuevo y se elevó sobre ella. La instó a separar sus muslos y se colocó entre ellos. Se acercó más y alzó ligeramente el trasero de ella hasta colocarlo sobre sus rodillas. Se tomó en la mano. Su excitación se había engordado hasta estar a punto de explotar.
La piel estaba tensa y enrojecida, la abultada cabeza lloraba espesas lágrimas de cristal.
Su mirada sostuvo la de ella mientras separaba sus pliegues delicados e hinchados y encajaba la cabeza de su excitación sobre ella. Recorrió con su cabeza palpitante la seda líquida, hacia abajo por su entrada y luego de nuevo hasta su clítoris, una y otra vez. Los labios de Lena estaban separados, sus jadeos de anticipación se hicieron más rápidos cuando él deslizó dentro ese pequeño primer bocado.
Entró igual de lentamente. Sintió el calor delicado y sedoso de su canal abrirse para él mientras se introducía fácilmente. Las piernas de Lena se alzaron, le envolvieron, le urgieron a moverse más rápido, pero Julia estaba decidida.
Una eternidad más tarde había entrado completamente. Agarró las manos femeninas con las suyas y las elevó por encima de la cabeza de ella mientras se inclinaba hacia delante para descansar sobre los codos.
—Te amo, Lena Katina —susurró y tomó los labios de ella con los suyos.
Sus labios se encontraron y fundieron mientras sus lenguas se exploraban lánguidamente. Julia empezó a mecerse lentamente con un movimiento que hizo que su excitación se deslizara adelante y atrás con un paso lento e infinito. Su acto de amor siguió y siguió. Sus empujes medidos y deliberados provocaban temblores constantes en Lena. Cada orgasmo diminuto hacía que se estremeciera.
Julia la miró. El delicado rubor de sus mejillas, el destello plateado de sus ojos. Sus labios estaban hinchados por sus besos, húmedos y rotundos. Su lengua lamió las curvas plenas cuando otro gemido suave escapó de su boca. Sus pezones eran de un atractivo rojo, hinchados, las aureolas inflamadas por sus repetidas succiones.
—Julia, por favor —suplicó sacudiendo la cabeza sobre la almohada.
—¿Me amas, Lena? —preguntó suavemente.
—¡Sí!
—Di las palabras. Por favor, Lena, di las palabras.
Lena le sonrió con labios temblorosos.
—Te amo, Julia Volkova. Te amo.
Julia le devolvió la sonrisa.
—Eso es todo lo que necesito. Eso es todo lo que necesitaré siempre.
Con esas palabras incrementó el ritmo. Empujó más profundo, más fuerte, más rápido, y las envió a ambas en una espiral sobre el borde, en la salvaje caída libre del clímax. Con los cuerpos pesados y los brazos fuertemente sujetos, cabalgaron el placer hasta su conclusión decreciente y luego descansaron juntas, deslizándose pacíficamente en el sueño, una en los brazos de la otra.

* * * * *
Lena despertó sola en la cama de Julia con el sonido de los rugidos de su propio estómago. El olor del café y el tocino llegó a sus fosas nasales, provocando otro insistente estruendo. Salió de la cama e hizo un viaje rápido al cuarto de baño para ocuparse de lo esencial.
Al darse cuenta de que no tenía nada que ponerse, abrió la puerta del armario del dormitorio de Julia. Encontró una hilera impecable de camisas y sacó una azul oscura. Siguiendo su nariz encontró la cocina donde Julia, con los pies descalzos y llevando encima solo un par de vaqueros, estaba trabajando. Se acercó a su espalda en silencio.
—Sé que estás ahí. Puedo olerte —dijo, depositando el tenedor que estaba usando antes de volverse y tomarla en sus brazos.
—Genial. Apesto —se quejó Lena.
Julia se rió en voz alta y sus ojos brillaron con alegría.
—Cariño, estás lejos de apestar —proclamó hundiendo el rostro entre su cuello y su hombro mientras inhalaba profundamente.
Su acción envió un escalofrío por la espina dorsal de Lena.
—Hueles tan condenadamente bien que no puedo tener suficiente — confesó en un gruñido ronco—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo? Iba a servirte el desayuno en la cama.
Lena giró la cabeza y besó su mejilla.
—Ya sabes que no podemos permanecer en la cama para siempre. Me estaba cansando de estar en horizontal, necesito un poco de tiempo en vertical — bromeó ella.
Julia alzó la cabeza y le dirigió una sonrisa procaz.
—Puedo hacerlo en vertical. Ya lo sabes.
Ella se rió silenciosamente y le devolvió la sonrisa.
—Lo sé. Pero antes de que te excites demasiado, creo que es mejor que salves tu tocino.
—¡Oh, mi****! —exclamó Julia y la liberó. Transfirió rápidamente el tocino a un plato cubierto con toallas de papel—. Len, pon la mesa, ¿quieres? Los platos y el resto de las cosas están en el armario de ahí arriba y la plata en el cajón que está justo debajo.
Lena sonrió y obedeció, le gustaba la sensación doméstica de todo. Puso la mesa mientras Julia preparaba la comida. Ya había hecho tortitas y las tenía calentándose en el horno.
—¿Cómo te gustan los huevos?
—Revueltos estaría bien.
—Entonces revueltos. La mantequilla y el zumo están en el frigorífico y el sirope en el armario a mi izquierda —la instruyó.
Lena completó sus tareas y unos pocos minutos más tarde la comida estaba lista y en la mesa. Julia sirvió café y zumo antes de sentarse en la silla al lado de ella. Observó a Lena dar su primer bocado.
—¡Hum! —murmuró ella mientras masticaba. Tragó su primer bocado y luego le dijo—: ¿Te das cuenta de que es la segunda vez que cocinas para mí? Creo que estamos sentando un precedente.
—No me importa —respondió Juliscon una sonrisa—. He vivido por mi cuenta desde los diecinueve años. Aprendí a cocinar en defensa propia, para evitar envenenarme. Pero…, esto, y tú ¿Sabes cocinar?
Lena le sonrió.
—Sé desenvolverme en la cocina. No soy ningún gourmet, pero mamá se aseguró que Alina y yo conociéramos lo básico. Guardo algunas recetas que me dio. Hago una ternera mediana con fideos que está estupenda.
—Suena bien. Ya ves, hay muchas cosas que no sabemos la una de la otra.
—¿Estás preocupada por descubrir algo que no te guste?
—No, más bien preocupada de que tú descubras algo que no te guste.
Lena le dirigió una mirada llena de entendimiento.
—Julia, te amo. Creo que hemos atravesado algunas barreras bastante altas. Comamos y hablemos luego. Quiero que me digas todo lo que te preocupa. Logan dijo que la comunicación es la clave, y he aprendido la razón que tiene.
Julia asintió y le dirigió una sonrisa.
—Es bastante bueno en esa clase de cosas. Por eso es enlace de manadas.
—¿Enlace de manadas? —Preguntó Lena con una ceja alzada—. ¿Cómo en una manada de lobos?
—¡Oh, cariño!, vamos a tener una conversación interesante.
—¡Ay, Señor! —gimió Lena.
Sin decir otra palabra, se abalanzó sobre el alimento como un prisionero disfrutando su última comida.

* * * * *
Unos pocos días más tarde, Lena y Julia aparecieron en la casa de Logan y Alina.
—Estaba empezando a preguntarme si alguna vez ibana salir a tomar el aire —bromeó Alina.
Los cuatro se sentaron, cómodos y relajados, en el despacho de Logan.
—No sé por qué nos lo preguntaste. Logan y tú todavía no han salido — replicó Lena con una sonrisa burlona.
Julia y Logan se rieron entre dientes de sus bromas fraternales.
—¿Y qué han estado haciendo? —Preguntó Alina inocentemente y luego se puso de un rojo encendido por sus palabras—. Quiero decir, sé lo que han estado haciendo. No. Espera. Esto... bueno, rayos.
Julia, Lena y Logan rompieron a reír y Logan atrajo a su compañera con un abrazo.
—Sabemos lo que quieres decir, corazón.
Lena se apiadó de su hermana y entró.
—En realidad hemos pasado bastante tiempo haciendo algo constructivo. —Ante la ceja arqueada de Logan sonrió—. Hemos estado hablando. Julia me ha contado todo sobre las manadas de Torre de Hierro y los Pinos Gemelos y el hecho de que tú eres enlace de manadas. Lo cual, por cierto, pienso que es genial. Es agradable saber que mi hermana se va a casar con un tipo tan sensato.
—¿Y cómo te tomaste las noticias sobre la nueva realidad en la que has sido arrojada? —preguntó Logan con una ceja arqueada y expresión curiosa.
—Me dio una bofetada —respondió Julia con un brilló juguetón en sus ojos.
—No lo hice, aunque tenía algunas reservas sobre ser la compañera de una alfa. Todo el mundo sabe que son unos sabelotodos mandones —respondió ella con una sonrisa—. ¿Realmente tuviste que pelear por Logan? —le preguntó a Alina con seriedad.
Alina frunció el ceño ante el recuerdo.
—Lo intenté, pero dos alfas prepotentes se metieron por medio.
—Bueno, Alina—comenzó Logan.
—Ali, nena —intervino Julia.
Ella extendió la mano para detenerlos.
—Lo sé, lo sé. Lillian me habría hecho pedazos y Reece necesitaba el enfrentamiento con ella para ganarla como su compañera.
—Eso es cierto —estuvo de acuerdo Logan, dirigiéndole una mirada aprobatoria.
—Pero eso no significa que me guste.
—Moza sanguinaria —bromeó Julia.
—Hablando de eso, ¿te ha llevado Julia ya de caza? —preguntó Alina. Dirigió la mirada a Julia y se la encontró sacudiendo la cabeza, intentando avisarla que se callara.
—No... —Lena volvió su mirada a Julia por un momento. Ella se detuvo inmediatamente, dirigiéndole una mirada de total inocencia. Lena le miró con una ceja arqueada por la sospecha—. ¿Cazar qué?
Alina no le dio tiempo para intentar salir de esa.
—Conejitos —anunció ella con una sonrisa jocosa.
—¡Conejitos!
—O ciervos o ardillas.
—¡Oh, Dios mío! No me digas que has estado cazando.
—Sí. Es natural para los lobos.
Lena miró a Julia.
—Algo me dice que tenemos muchas cosas más de las que hablar.
—No dije que lo hubiéramos cubierto todo —replicó Julia dirigiéndole una sonrisa de disculpa.
—Ya lo veo —declaró Lena mientras su temperamento comenzaba a inflamarse.
—¿Quién quiere café? —interrumpió Logan, dando un descanso a su amiga.
Julia inmediatamente se agarró a la cuerda que Logan le había lanzado.
—Yo.
—Ustedes, señoras, siéntense y descansen, Julia y yo prepararemos el café — dijo Logan mientras se levantaba.
—¿Galletas? —preguntó Alina con una sonrisa esperanzada.
Logan se inclinó para besarle en la cabeza.
—Para ti cualquier cosa, corazón.
—¿Qué hay de ti, cariño? ¿Te gustaría algo en particular? —preguntó Julia a Lena cautelosamente.
Lena le estudió por un momento, y sintió que la pequeña ira que hubiera podido despertarse por la conversación se derretía. Sacudió la cabeza.
—Tengo todo lo que necesito —respondió suavemente.
Una sonrisa agradecida curvó los labios de Julia.
—Pienso lo mismo, cariño, exactamente lo mismo.
Alina sorbió y las dos la miraron. Sus ojos estaban brillantes por las lágrimas que brotaban.
—Eso es tan bonito.
Lena sacudió la cabeza y rió. Se alzó y se colocó al lado de Alina, pasándole un brazo por los hombros.
—No más bonito que Logan y tú. Vamos, chicos. Mi hermana y yo necesitamos algo de intimidad —explicó gentilmente—. ¿Qué pasa? —preguntó Lena una vez que ambos salieron.
—Nada. Solo que estoy realmente feliz. Cuando nos contaste lo de Steve sufrí por ti.
—¡Oh, Ali! —replicó Lena verdaderamente conmovida—. Steve fue una decepción, lo admito, pero no sufrí ni de lejos el dolor que ese imbécil de tu ex te hizo pasar. Verte con Logan me da mucha alegría. Y respecto a mí, no cambiaría nada. Todo conducía a Julia, y no podría ser más feliz.
Las dos se abrazaron y derramaron unas pocas lágrimas sentimentales antes de reírse la una de la otra.
—¿Han hablado Julia y tú de matrimonio o de tener niños? —preguntó Alina.
Lena sonrió indulgentemente y sacudió la cabeza.
—Danos un poco de tiempo, hermanita. Estoy segura de que llegaremos a eso. —Le dirigió una mirada especulativa a Alina—. Hablando de casarse, ¿cuándo vais a cumplir Logan y tú con la tarea?
—Pensé que ya lo habíamos hecho —interrumpió Logan antes de que Alina pudiera responder. Julia y él habían regresado con café y las galletas que había pedido Alina.
—No esa tarea. La tarea de la boda —respondió Alina dirigiendo una mirada especulativa en su dirección.
—¡Oh! Tres meses. El tres de noviembre. ¿Van a venir, chicas? —anunció con un brillo bromista en los ojos.
—¡El tres de noviembre! —respondió Lena.
—¡Demonios, sí, vamos a ir! —replicó Julia con un gruñido disgustado.
—Eso está bien, porque eres mi madrina. Si es que aceptas el trabajo —le preguntó Logan con una sonrisa esperanzada.
Una sonrisa burlona y encantada cubrió el rostro de Julia.
—Ya era hora de que me lo pidieras, bastardo. —Los dos rieron mientras Julia golpeaba a Logan en la espalda.
Alina estaba sacudiendo la cabeza.
—Debe de ser cosa de ustedes esta falta de delicadeza. Lena —se dirigió a su hermana con calma—, Logan y yo hemos decidido casarnos el tres de noviembre.
Me gustaría mucho que fueras mi dama de honor.
—Sería un privilegio, Alina—replicó Lena con una sonrisa y un centelleo en sus ojos, mientras imitaba la formalidad de Alina.
—Ven, así es como se hacen correctamente las cosas —instruyó Alina.
—Debe de ser una cosa de chicas —respondió Logan dirigiendo una sonrisa burlona a Julia.
—Sí pero, ¿sabes? Estoy empezando a apreciar algunas de estas cosas de chicas —replicó Julia con una cariñosa mirada fija en Lena.
—¡Oh, amiga! Está atrapada —se lamentó Logan—. ¿Quién era la que decía algo, no hace mucho debo añadir, sobre chorrear demasiado azúcar? Creo que necesito unas botas de goma.
Julia se limitó a sonreír, mientras Lena le devolvía la sonrisa. Estaba totalmente atrapada.

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Re: TENTAR A UN LOBO // KATE STEELE

Mensaje por Admin el Sáb Ago 09, 2014 3:13 am

Capítulo Once
Tres meses después, en una fresca tarde de noviembre, Lena y Julia iban de regreso a su casa, después de que la boda de Alina y Logan hubiera salido a las mil maravillas. Los padres de Logan habían regresado varias semanas antes, con el único propósito de conocer a su futura nuera y a su familia. Los padres de Alina y Lena llegaron tan solo con una semana de antelación, y se alojaban en la antigua casa de Alina, ya que esta había quedado libre y con muchas habitaciones vacías, después de que Lena se instalara con Julia.
Mientras el coche entraba lentamente en la vereda que llevaba a la casa, los faros iluminaron toda la zona, reflejándose en los grandes ventanales. Las hojas caídas por el frío otoñal se movían erráticamente por todo el césped, y la hierba se doblaba bajo el intenso viento. Muy pronto darían paso a las tormentas invernales, y Lena ya soñaba con las noches pasadas junto al fuego al lado de Julia.
Posó la mano sobre su muslo y le dio un ligero apretón.
—Todo fue muy bien —dijo con un suspiro feliz—. Alina estaba magnifica.
—Sí que lo estaba. Es una lástima que su dama de honor casi la superara — dijo Julia picándola.
—Pues la verdad, no sería muy bonito que llamara más la atención que la novia. Oye, ¿y qué es eso de que solo casi? —preguntó Lena con cierta nostalgia.
—Para mis ojos, cariño, brillaste más que el sol.
—Oh, Julia. —La voz de Lena se estremeció emocionada.
Aparcó el coche y, despacio, salió para abrirle la puerta en silencio. Julia la ayudó y pasó un brazo alrededor de los hombros de Lena, guiándola hasta la entrada e instándola para que entrara con rapidez y así evitar el intenso frío.
Una tenue luz iluminaba la sala de estar, y de allí el pasillo. Julia la llevó en brazos y la besó. Lena le envolvió con sus brazos, absorbiendo su calor, necesidad contra necesidad y amor contra amor. Cuando rompió el beso los ojos de Julia ardían. Eran un total reflejo de los de Lena.
—Cásate conmigo, Lena. Te amo. Quiero tener hijos contigo ya. Ahora. Esta misma noche.
—¿Qué quieres decir? —Lena se tocó el estómago.
—Estás ovulando de nuevo. Hueles tan dulce y madura que me siento como una loba feroz. Listo para comerte.
Lena inspiró profundamente antes de contestar cuando un súbito olor provocó que el vello de la nuca se le pusiera de punta.
—¡Vaya, que escena tan conmovedora! —Esta réplica vino desde la oscuridad, cargada de sarcasmo. —Nadie me creyó cuando les dije que eras un hombre lobo. Pensaban que estaba loco. —Jim Beeman, vestido con ropa hospitalaria, se mostró ante la escasa luz. En su mano portaba un arma—. Así que les hice creer que estaba loco.
—No —susurró Lena cuando el miedo se extendió a través de ella.
Julia dio un paso hacia delante, intentando dejar a Lena detrás suyo, pero esta no le hizo ni caso y se volvió a colocar a su lado, dirigiéndole una mirada colérica. Julia en respuesta le envió una mirada exasperada y de advertencia.
—¿Cómo es que estas fuera de la cárcel, Beeman? Pensaba que te habían encerrado. —Se movió un poco para quedar enfrente de Lena.
—Las dos quietecitas ahí de pie — advirtió Beeman—. Y respondiendo a tu pregunta, eso es lo bueno de que te crean loco. Me trasladaron a un centro psiquiátrico. Algún médico pensó que sufría de psi... psi…
—¿Psicosis? —le ayudó Julia.
—Ésa es la palabra —admitió Jim asintiendo feliz—. Les seguí la corriente. Era el paciente ideal. Obediente y cooperativo, así me dijo el doctor Henderson. Cuando tuve que golpearlo en la cabeza casi me dio lástima. Espero que no esté muerto.
—Eso es ser muy generoso —dijo Lena sarcásticamente.
—¡Cállate, perra! Todo esto es por tu culpa. Tuya y de esa repipi de tu hermana. Todo que lo que tenían que hacer era comportarse como mujeres. Pagando vuestra deuda con el coño, como es mi forma habitual. Pero no, no era demasiado bueno. Así que ahora van a pagar las deudas de otra manera. Voy a dispararle a un lobo genuino —añadió orgullosamente—. Mi padre, ¡que se pudra en infierno!, me contaba historias sobre lobos cuando era niño, con el único propósito de asustarme. Pero no soy estúpido. Sé que eres un lobo. Y todavía tenía amigos fuera. Aprendí todo sobre ti, Señora Julia Volkova, y he conseguido balas de plata para aquí mi amiga —dijo agitando el arma.
Lena agarró el brazo de Julia.
—Eso sería homicidio. Con eso te meterán entre rejas para siempre.
—No sería homicidio, dulzura, es un lobo. —Jim negó con la cabeza—. Ahora toma la forma de un perrito bueno, ¿vale? —Jim giró el arma en la dirección de Lena. Su expresión se tornó en una máscara de maldad—. ¿O simplemente le tengo que disparar?
Julia gruñó.
—Hiérela y estás muerto.
Jim movió la cabeza con tristeza.
—Eso no está bien —dijo y apretó el gatillo.
Julia saltó por delante de Lena, y su cuerpo se convulsionó cuando la bala dio en el blanco. Lena gritó, el peso de Julia contra ella los envió al suelo. Un segundo después, el infierno se desató. Las ventanas se hicieron añicos, enviando los fragmentos sobre ellas. A través de las ventanas rotas entró una manada de enfurecidos lobos.
Jim Beeman gritó y cayó muerto de miedo bajo una masa enfurecida y peluda de cuerpos. Su grito acabó bruscamente, en la noche solo quedaron los gruñidos y la voz aterrorizada de Lena.
—¡Julia! ¡Oh Dios mío, Julia! ¡No te mueras! ¡Que alguien nos ayude! — Acunó a Julia en sus brazos. Su cara se había vuelto blanca y sus ojos se cerraron.
La sangre empapaba rápidamente la parte delantera de la chaqueta de su traje.
Afuera llegaron algunos vehículos, incluyendo el del sheriff. Dentro, algunos de los lobos habían tomado sus formas humanas y se estaban reuniendo alrededor de la pareja que estaba en el suelo. Un lobo, todavía en forma animal, volvió su cabeza y aulló. El sonido fue un lloro escalofriante y de pura melancolía.
—Déjame pasar —ordenó una voz.
Logan se arrodilló en el suelo al lado de Lena.
—Espera, hermanita. Espera. Deja que pase el doctor Maigrey —pidió a la multitud.
—Logan —murmuró Lena.
La conmoción hizo que su voz sonara insegura.
Un hombre al que nunca había visto, cayó de rodillas sobre el suelo a su lado.
—Veamos qué es lo que ha pasado aquí —dijo con tomo firme y serio.
El doctor Maigrey cortó con unas tijeras médicas la chaqueta y camisa de Julia, exponiendo la herida. Limpió la zona para mostrar el punto de entrada y descubrió que la bala había ido a parar en la parte carnosa del hombro de Julia.
—Bueno, no es para tanto —comentó.
—¡Qué no es para tanto! ¡Un maniático le disparó una bala de plata! —le gritó Lena indignada.
—Eso puedo verlo, jovencita —dijo, aliviado pero todavía con autoridad—. En caso de que no me hubiera dado cuenta, la herida todavía suelta humo. Ahora cállese y déjame sacar la bala antes de que haga algún daño irreversible.
Trabajando con rápida eficiencia y firmeza vertió desinfectante sobre la herida, causando una mueca y un quejido por parte de Julia, que estaba volviendo lentamente en sí.
—Ahora tienes que soltar a tu compañero, hija —advirtió—. Logan, Cade, sujétenle los hombros. Y por favor consíganme un poco de luz. —Lena fue suavemente apartada, para que los dos hombres ocuparan su lugar sujetando a Julia.
Todos parpadearon cuando las luces les deslumbraron.
Otro coche se detuvo fuera y Alina salió corriendo de él.
—¡Lena!
—¡Aquí estoy, Ali! —la llamó Lena, y una Alina muy preocupada se dejó caer de rodillas a su lado.
—¿Estás bien?
—Estoy bien, pero a Julia le han disparado.
—¿Es grave?
Logan la miró.
—Se va a poner bien —les dijo Logan. Un consuelo no solamente para Alina sino también para Lena—. Se pondrá bien cuando el medico extraiga la bala. — Luego se volvió y Alina tomó la mano de Lena, sujetándola con fuerza.
Después de una larga exploración, el doctor Maigrey encontró la bala y empezó a sacarla. Julia empezó a gemir, con cara de dolor.
—¿Dónde está Lena? ¿Se encuentra bien?— Empezó a agitarse, intentando librarse del agarre de Cade y Logan.
—Resiste amiga —pidió Logan—. Ella está sana y salva.
Con esto Julia se calmó con un quejido.
—Muy bien, Julia. Tu cuerpo ya está tratando de curarse. —Tan suavemente cómo fue posible, el doctor Maigrey extrajo la bala de la carne de Julia—. Aquí la tienes —dijo, dejándola caer al suelo. Luego vertió más desinfectante en la herida de Julia.
—¡Serás hijo de p***, Doc! Joder ¿Tenías que hacer eso? —se quejó Julia con los dientes apretados.
—Solo por precaución, hija, solo por precaución. ¿Por qué no la llevan a la sala de estar y lo colocan sobre el sofá? —El doctor Maigrey los siguió, pero sin dejar de impartir ordenes—. Quiero que esté ahí por lo menos media hora. ¿Me oyes? Nada de ejercicio vigoroso durante las próximas doce horas, come algo y bebe mucho líquido. Dale tiempo al cuerpo para que recupere la pérdida de sangre.
Sus órdenes se llevaron a cabo. Con una Julia instalada sin peligro sobre el sofá y con Lena arrodillada junto a ella. Después de unos minutos de espera para observar que estuviera bien, Lena estrujó una toalla húmeda. Lo ayudó a quitarse el resto de la ropa y muy suavemente comenzó a lavarle la sangre.
El sheriff, que afortunadamente era miembro de la manada de los Pinos Gemelos, apresó a un Jim Beeman inconsciente sin ningún peligro y se lo llevó en una ambulancia. Sería devuelto al hospital psiquiátrico, con la recomendación de que lo ingresaran en uno de máxima seguridad. Los cargos ya estaban presentados contra él por escapar y por la agresión contra el doctor Henderson.
—Cuando presentemos el caso se le sumarán los cargos de intento de asesinato, por no mencionar allanamiento de morada y posesión ilegal de armas de fuego; no saldrá durante mucho tiempo. No creo que su «psicosis» le ayude esta vez —les aseguró el sheriff antes de partir.
La mayoría de los miembros de la manada, después de asegurarse que su alfa estaba bien, se fueron, pero otros se quedaron para ayudar a recoger el estropicio.
Los vidrios de las ventanas rotas fueron barridos y las taparon con tableros de madera para guarecer el interior de las inclemencias climáticas. Logan dirigió todo el trabajo, mientras Alina se iba a la cocina para calentar un poco de sopa de tomate y sándwiches de queso fundido.
Julia permaneció tendida sobre el sofá, con su brazo ileso colocado alrededor de Lena. Esta había posado la cabeza en su hombro y la mano sobre su pecho. Ninguna de ellas hablaba. Se alegraron cuando todo el ajetreo de su alrededor decayó hasta que finalmente se hizo el silencio. Logan se despidió de los demás, agradeciéndoles la ayuda, en tanto Alina les llevaba la sopa, los sándwiches y unos vasos de leche.
Puso la bandeja sobre la mesa café.
—Comamos.
—No tengo hambre —murmuró Lena.
—El doctor Maigrey dijo que Julia tenía que comer. Ha sufrido una conmoción. Tú también tienes que comer. Come, vamos, incorpórate. Alegra esa cara, niña —ordenó Alina.
Lena se incorporó agitando la cabeza, pero dirigiendo una débil sonrisa a Alina.
—Mandona.
—Venga, ponte derecha. Ayuda a Julia con la comida. Logan, ayuda a Julia a incorporarse.
—Puedo hacerlo yo —gruñó Julia—. No soy una inválida, ¿sabes?. Estaré totalmente curada como mucho en un par de horas.
—Sí, sí, sí, lo sé. Eres la persona más fuerte del mundo y no tienes ninguna debilidad —le criticó Alina, luego de repente se puso a llorar.
—¡Ali!, cariño, todo está bien —le dijo Logan dulcemente y la alzó en brazos. Se sentaron en un sillón cercano al sofá. Con Alina en su regazo, la acunó contra él al tiempo que le decía a Julia—. El sheriff llamó después de que se fueron de la fiesta. Nos dijo que Beeman se había escapado y que había sido visto por esta zona. Tratamos de llamarles, pero no hubo respuesta, ni aquí ni en el móvil. Alina estaba muy preocupada. Demonios, todos lo estábamos.
—No me molesté en traer el móvil y nos dimos una vuelta antes de dirigirnos a casa —les explicó Julia—. Lamento que estuvierais preocupados. Pero ma***** sea, estoy muy contenta de que se presentaran cuando lo hicieron. Ali, dulzura, ¿no te encuentras bien? —preguntó suavemente.
Alina levantó su cabeza desde donde la tenía escondida contra el hombro de Logan.
—Estoy bien. Solo tenía que desahogarme un poco. — Se levantó del regazo de Logan y se acercó a Julia. Tomando su cara con sus dos manos, besó primero una mejilla y después la otra—. Gracias por mantener segura a Lena.
Julia sonrió.
—Hey, eso es parte de mi trabajo. Ahora volvamos a la comida. Estoy famélica.
Entre sonrisas, todos atacaron la comida. Lena ayudó a Julia, acercándole el sándwich de queso para que lo mordiera y el tazón con la sopa. Tan pronto como la comida acabó los platos se llevaron al lavavajillas y luego Alina y Logan se despidieron. Alina ofreció cancelar su viaje de luna de miel, pero Julia y Lena la disuadieron, para alivio de Logan.
Los acompañaron a la puerta y les dijeron adiós. Después Julia cerró.
—¿Estas bien, Lena?
—¿Yo? Eh, que no fui yo a la que la dispararon, si no a ti.
Julia tomó su barbilla con su mano y la miró profundamente.
—Lo sé, y doy gracias a Dios por ello. Es solo que… has estado demasiado silenciosa.
Sonriéndole, capturó las manos que estaban en sus mejillas.
—Ha sido una noche muy larga. Estoy cansada y debes de estar cansada. Creo que la cama sería el mejor lugar para los dos en este momento.
Julia alzó sus cejas estilo Groucho.
—Ahora me quieres seducir.
—Ehhh, a dormir. El doctor Maigrey dijo bien clarito que nada de ejercicio «vigoroso» durante doce horas —luego miró su reloj—. Según mis cálculos, nos quedan nueve horas y media.
—Vaya, entonces supongo que tendré que ir a dormir —masculló—. Así el tiempo pasará más rápido.
Lena se río entre dientes.
—Eres incorregible. Venga vamos.
Ante la insistencia de Lena, subieron las escaleras con paso lento y cuidadoso.
Después de limpiarse a fondo y bastante rápido, se acostaron juntas en la cama. Julia se colocó a su lado, acariciando la espalda de Lena y con su brazo herido encima de ella. No pasó mucho tiempo antes de que se adentraran en el bendito sueño. Pasando algo del bendito tiempo.
Julia se despertó cuando Lena trató de salir de la cama.
—¿Dónde vas? —preguntó aturdido.
—Tengo que ir al baño. Regresaré en un minuto —respondió y se escabulló.
Julia dormitó hasta que un suave sonido lo despertó. Se acercó hacia el lado de Lena para encontrarse que su espacio en la cama estaba vacío y las sabanas carecían de su calor corporal. En silencio, se puso de pie y fue al baño, abriendo la puerta silenciosamente. Lena estaba en el suelo, con una toalla sobre la boca para bloquear todo sonido y meciéndose de un lado para otro, llorando a lágrima viva.
Angustiada, Julia se sentó en el suelo a su lado y la rodeó con sus brazos y piernas, presionándola contra él.
—¡Shh, cariñín! Debes calmarte, ahora todo está bien —murmuraba solícita, mientras la mecía suavemente de una lado a otro.
Lena dejó caer la toalla y apoyo la cabeza en su hombro; estremeciéndose siguió llorando. Julia la sujetó fuerte y se meció, murmurando palabras de consuelo.
Cuando trató de cantar, Lena ahogó un sollozo que fácilmente se había convertido en una mezcla de risa e hipo.
—Sabía que eso lo conseguiría —murmuró Julia contra su cabeza. —Cade dice que soy incapaz de entonar una melodía.
En contestación, ella le dirigió una sonrisa acuosa.
—Tiene razón. — Extendió la mano hacia arriba y acarició su mejilla suavemente—. Casi te pierdo —dijo en un susurro afligido.
—Esto del «casi» no cuenta, Lena. No podemos dejar que el «casi» nos deprima. Tenemos mucho que desear, cariño. ¿Te vas a casar conmigo o no?
—Claro que sí —afirmó suavemente.
Julia sonrió radiantemente. Luego miró su reloj.
—Y en pocas horas, vamos a empezar a crear nuestra familia. Vamos a observar a nuestro hijo crecer aquí, dentro de ti —dijo suavemente, su mano se depositó como una pluma sobre su estómago—. Vamos. Estás helada —dijo, frotando sus brazos con las manos—. Vámonos a la cama.
Mientras la ayudaba a levantarse, Lena le dirigió una mirada intranquila.
—Tardaré un minuto, tengo que sonarme y lavarme la cara.
—Esperaré.
—No.
—¿Por qué no?
—No quiero sonarme la nariz delante de ti.
—Cariño, estoy aquí desnuda y eso no te molesta.
—¡Julia!
—¡Muy bien! Te esperaré en la cama. Y mejor será que llegues pronto. Si tardas mucho, vendré y te arrastraré —le advirtió alejándose, mascullando algo sobre las rarezas de algunas mujeres.
Un minuto después, Lena se reunió con él en la cama. Julia se echó sobre su espalda y ella se acurrucó contra él, colocando su brazo sobre su pecho. Pasó su brazo herido alrededor de sus hombros y la abrazó acercándola y colocando su cabeza sobre su pecho.
—¿Todo bien?
Lena empezó a reírse entre dientes cuando el pecho de Julia se agitó con alegría. Estaban tendidas juntas, sus cuerpos vibraban felices y despreocupados.
Finalmente, Lena inspiró profundamente y le dijo:
—Estás loca. Lo sabes, ¿verdad?
—Entonces formamos una buena pareja, cariño, porque no soy la única que está metida en el ajo.
Lena sonrío, bostezó y después froto la mejilla contra él.
—Eso es verdad —admitió mientras flotaba hacia el mundo de los sueños.
Julia la abrazó fuertemente y la siguió.

* * * * *
Aproximadamente doce horas después del tiroteo, a Julia le despertaron un par de manos y unos labios que se demoraban haciéndole apetitosas y excitantes caricias por todo el cuerpo. Gimió cuando su erecta excitación fue engullida por una afectuosa y húmeda boca. Sus caderas se agitaron, iniciando un ritmo que acompañaba los golpes de succión de la boca de Lena.
Lena se lo trabajó unos minutos, luego le soltó, sus manos sustituyeron la boca mientras se alzaba por su cuerpo y se inclinaba sobre Julia.
—Hola —murmuró contra sus labios—. ¿Cómo te sientes?
—Como nueva. ¿Pero qué estás haciendo, cariño? —Estaba sin aliento, estremeciéndose de placer por las caricias de su experta mano.
—Tentando al lobo —explicó razonablemente. —Dicen que es peligroso jugar con un lobo. ¿Lo es?
Julia levantó una ceja.
—¿Te tengo que contestar?
Lena se rió suavemente entre dientes.
—Estoy haciendo progresos, porque no veo ninguna señal de peligro. Simplemente veo a un animalito tendido esperando ser acariciado —le provocó, apretando la gruesa erección que llenaba su mano.
Julia se quedó sin aliento y se liberó. Antes de que pudiera decir otra palabra, Lena se encontró sobre sus rodillas con Julia cubriéndola por la espalda.
—Es mi turno para jugar —dijo cuando su miembro encontró su entrada.
—Julia, ¿qué estás haciendo? —gimió ella.
—Recordándole a mi compañera que soy un lobo de pura cepa y que soy la única que manda en esta cama —y empujó hacia delante, llenando su resbaladiza funda con su dura y gruesa excitación.
—Mi lobo —gimió Lena, empujando su redondeado trasero contra Julia.
Julia gruñó contra su oreja.
—Eso es, Lena. Nunca lo olvides. Tu lobo, por siempre jamás.
La cama tembló cuando sus cuerpos se movieron al unísono, mientras intercambiaban palabras llenas de amor y deseo. Lena y Julia se amaron, dando y recibiendo placer, disfrutando de la gratificante recompensa que había resultado de «tentar a un lobo».

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