No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

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No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 8:57 pm

Como muchos habían estado pidiendo esta adaptación, aquí les dejo los dos libros adaptados de los 3 que son parte de la saga. Esta adaptación la hizo Natalia Katina, en el foro Tatunews. En este post voy a poner los dos libros juntos. Espero lo disfruten y les guste.




NO VOY A PEDIR DISCULPAS




Capitulo 1: Yulia


La terminal del aeropuerto parecía esa tarde un hormiguero enloquecido. Yulia miraba otra vez su reloj, apartándose el pelo de los ojos. Apoyada en una columna, con sus vaqueros desgastados y su camiseta blanca ajustada tenía el aspecto de una adolescente rebelde. Pausadamente, iba dirigiendo su mirada de uno a otro viajero, intentando descubrir su objetivo. Inessa le había pedido que recogiera a su hija Elena en el aeropuerto.

Inessa Katina, era su editora y amiga desde hacía más de veinte años. Una mujer fuerte y luchadora con un carácter endiablado que ocultaba un corazón de oro. Cuando su marido, Sergey Katin, murió de un infarto hacía doce años, Inessa quedó al frente de la empresa editorial que ambos dirigían. Ella se había encargado desde el principio de editar y publicar cada novela que Yulia había escrito y también se había convertido en su mosca particular. Inessa era para Yulia algo así como su hermana mayor, su confidente y la voz de su conciencia, aquella que le decía todo lo que ella no quería oír. Y podía ser endemoniadamente dura y clara como el agua cuando se lo proponía.

Yulia Volkova, nombre que eligió su madre, en honor a una tía muy querida, disfrutaba de una vida plena y estructurada que, a sus cuarenta y cinco años, le hacía sentirse feliz de una manera práctica. Disponía de todo lo que la mayor parte de la humanidad deseaba: fama relativa, algo de dinero, un trabajo que le permitía cierta libertad, un coche deportivo y una estupenda casa a las afueras de la ciudad, además de una salud envidiable, una sonrisa magnética y un cuerpo escultural que la naturaleza le había regalado y que ella mantenía en forma con escaso esfuerzo. Su melena por debajo de los hombros de color negro y sus ojos color azul cual zafiros, con ese brillo peculiar procedente de una energía interior perpetua, la hacían auténticamente irresistible. Y pese a todo, había decidido aparcar su vida sentimental. Se había tomado un descanso que, según Inessa, estaba siendo demasiado largo. Pero compartir vida, deseos y riesgos no era lo que se dice fácil. Según Yulia, lo había intentado lo suficiente y el camino le había dejado algunos surcos.

Hacía tiempo que Yulia había decidido arreglárselas sola. Siempre había pensado que la vida en pareja era lo ideal para ser feliz, pero la realidad le había arrebatado la confianza en los demás. Quizás era demasiado exigente con sus parejas. La verdad es que ninguna le había durado más allá de dos años hasta que conoció a Sophie.

Siempre, en algún punto de sus relaciones, se había sentido desencantada. O bien reconocía que aquella no era la persona destinada a compartir su vida, y eso la obligaba a no continuar más allá, o sencillamente la otra persona había decidido experimentar cosas nuevas en otra parte. En el caso de Sophie había sido distinto. Todo cuadraba desde el principio. Era como si alguien la hubiera puesto en el camino expresamente para ella: atractiva, inteligente, hiperactiva y con ese acento francés, tan sexy… Todo empezó cuando le encargaron una entrevista a raíz del éxito del libro que Yulia acababa de escribir en ese momento.

Cuando se vieron por primera vez, la atracción fue inmediata e irremediable. El sexo fue una bomba, pero no fue sólo sexo. Los sentimientos explotaron por los aires y se dieron cuenta de que compartían mucho más que buenos momentos. Sophie acabó instalándose en casa de Yulia y allí construyeron su búnker particular. Ella trabajaba como periodista para una conocida revista europea y aunque continuamente viajaba por trabajo, nunca era por mucho tiempo y siempre volvía cargada de energía y de ganas de encontrarse con ella y compartir sus experiencias. En esos seis años que estuvieron juntas Yulia fue feliz por primera vez en su vida. Estaba realmente enamorada y la energía de Sophie la llenaba de inspiración. Pero llegó un momento crucial en la vida laboral de Sophie y ésta tuvo que elegir. Y eligió. Yulia no se lo reprochó. Era la oportunidad de su vida: un trabajo en una de las mejores revistas del mundo. Pero tenía que vivir en Nueva York y Yulia no se sintió capaz de retenerla ni de irse con ella.

Lo que sí se fue con ella fue su confianza en la pareja como algo perenne e indisoluble. Se prometió no volver a hipotecar así su corazón por nadie, no se podía permitir volver a sentir su vida vacía y sin sentido como le ocurrió entonces. Dolía demasiado. Había muchas otras cosas que una persona podía disfrutar sin necesidad de machacar su corazón. Es lo que desde hacía más de un año se había propuesto: no volverse a enamorar. No le hacía falta para ser feliz. Y cuando precisamente había llegado a ese convencimiento perfecto, empezó a suceder «aquello».

Todo comenzó al final del verano, una noche como cualquier otra. Sentada a la mesa de su despacho, inmersa en su novela, sintió de repente como una mano cálida se posaba sobre el dorso de su mano derecha, apoyada en el ratón de su ordenador, mientras un extraño aroma a azahar cruzó por la habitación. De forma refleja, apartó su brazo y se separó de la mesa bruscamente, tirando el vaso de leche que tenía al lado y que fue a parar al suelo haciéndose añicos y salpicando toda la habitación. Yulia permaneció petrificada, expectante. Pero no volvió a ocurrir nada.

En un principio, lo achacó al cansancio. Su mente le jugaba una mala pasada. No le hubiera dado la menor importancia si no fuera por lo que ocurrió tres noches después. Cansada tras un fallido día sin avanzar gran cosa en su novela, se preparó un baño relajante. Llenó la bañera de hidromasaje y echó sales con un aroma intenso a algas marinas. Se desnudó y se metió en el agua, deslizando su cuerpo en la espuma, mientras cerraba los ojos y se dejaba arrullar por I’ve got you under my skin de Diana Krall. (
http://www.youtube.com/watch?v=goYnjP-ghRk Si gustan escucharla) Su mente vagó entre brumas y se inundó del perfume de las algas. Imaginó que se sumergía en el fondo del mar y nadaba entre peces tropicales. Los corales se erguían a su alrededor, enriqueciendo el escenario exótico que su mente había elaborado. Y ese aroma a azahar que lo inundaba todo… De repente se dio cuenta. ¿Azahar en el fondo marino? Abrió los ojos y salió de su ensoñación.

Todo había desaparecido de su alrededor, pero el azahar permanecía allí. ¿Cómo era posible? No tenía nada en casa que desprendiera aquel olor. Y tampoco era primavera, así que los naranjos no podían haber florecido en esa época. Se sentó erguida en la bañera y mantuvo sus sentidos alerta. Fue entonces cuando percibió un roce cálido junto a su oreja izquierda. Como si alguien la hubiera besado levemente en el cuello. Inmediatamente el vello de su brazo izquierdo se erizó. Esos labios invisibles se posaron a continuación sobre sus pechos, haciendo arder sus pezones. El agua parecía hervir. Con el corazón en la boca, se lanzó fuera de la bañera y como pudo se puso las chanclas envolviéndose en el albornoz. Salió a toda prisa del cuarto de baño y atravesó su habitación en dos zancadas. Bajó la escalera como una exhalación y se sentó temblando en el sofá. Se estaba volviendo loca. Lo que más la perturbaba es que el episodio le había hecho sentir una mezcla de terror y excitación sexual. Aún notaba el calor de esas caricias en su piel.

No se atrevía a subir a su dormitorio. La sensación de que allí había alguien había sido tan fuerte que le aterraba lo que podía encontrar arriba. Sin embargo, Yulia nunca se había dejado llevar por el pánico. Al cabo de unos minutos, se convenció de que su imaginación lo había elaborado todo, como en sus novelas. Estaba demasiado sola, eso era. Se anudó con fuerza el albornoz y fue subiendo la escalera despacio, aguzando el oído y con todos sus músculos tensos. Diana Krall seguía cantando. Lentamente se acercó a la puerta de la habitación y se asomó. Nada. Cruzó despacio por delante de la cama y se acercó a la puerta del cuarto de baño. Sentía en su cabeza sus propios latidos acelerados.

Armándose de valor se plantó en medio del baño. Allí no había nadie. Ya no olía a nada que no fueran sus sales de baño. Vació la bañera y se miró al espejo. «Estás cansada, Yulia», pensó para sí. Apagó la música, se quitó el albornoz, se puso una camiseta de tirantes y un pantaloncito de algodón y se metió en la cama. Intentó no pensar en nada, dejar su mente en blanco y respirar pausadamente. En pocos minutos el sueño tiró de ella y se la llevó a las profundidades más oscuras.

Un rayo de luz lamió su cara y abrió un ojo despacio. Era de día. Se desperezó entre las sábanas y se sintió descansada y feliz. Había dormido plácidamente y se encontró en paz como hacía mucho tiempo que no le ocurría. Alargó un brazo y cogió el reloj que había dejado en la mesita la noche anterior. Las ocho y cuarto. Era temprano, pero tenía la sensación de haber dormido doce horas seguidas. Iba a incorporarse cuando, sobresaltada, cayó en la cuenta de una cosa. Estaba desnuda de cintura para abajo. Se había puesto el pantalón del pijama por la noche. De eso estaba segura. Levantó la sábana y buscó por todas partes. Allí no había ni rastro del pantalón. Con los nervios de punta se levantó y se quedó mirando las sábanas. No parecía haber nada anormal. Dio la vuelta a la cama y se agachó a mirar debajo. Allí estaba en un rincón, a los pies de la cama, como si alguien los hubiera tirado despreocupadamente. Los tomo y se sentó mirándolos perpleja. No recordaba en absoluto habérselos quitado durante la noche. Fue entonces cuando se dio cuenta de otra cosa. La parte interna de sus muslos estaba brillante. Con un dedo recorrió su piel despacio y la encontró mojada y resbaladiza. Estaba empapada de flujo. No daba crédito a lo que le estaba ocurriendo.

Se dirigió a la ducha como una autómata y pasó largo rato dejando que el agua corriera por su cuerpo. No era capaz de pensar. Estaba perdiendo el control de su mente. Era como si toda su vida se circunscribiera al interior de sus libros. Ese era ya el único espacio en el que se sentía segura. Toda su realidad exterior se estaba volviendo confusa.

Decidió prepararse un buen desayuno y salir a correr como todas las mañanas. Necesitaba un poco de aire puro. Salió al paseo y contempló a su alrededor. Ese día estaba bastante agitado. Una ráfaga de viento fresco revolvió su pelo y se quedó mirando el cielo pensativa, con un escalofrío. Iba a llover en cualquier momento. Nubarrones grises empezaban a cubrirlo todo. Comenzó a correr sin pensar, como hacía todos los días. Un relámpago cruzó por delante de su arco de visión. Pero no se detuvo. Siguió corriendo como si su vida dependiera de ello. Las primeras gotas empezaron a deslizarse por su cara. A los pocos segundos el agua había calado su ropa, mientras su flequillo empapado se le metía en los ojos empañándole la visión. Poseída por una especie de locura suicida, siguió corriendo bajo esa lluvia torrencial de los últimos días del verano, hasta llegar al a un estanque no muy lejos de su casa. Allí permaneció varios minutos hipnotizada por la tormenta. Ni siquiera sentía el viento frío que golpeaba su cuerpo, sus ropas empapadas. Sólo quería poder asimilar lo que le había ocurrido la pasada noche.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 8:58 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS


Capitulo 2: Lena


Arrellanada en el asiento del avión, Lena intentaba concentrarse en la revista que tenía delante, pero sus pensamientos volaban sin darle tregua, arrastrándola a ese pasado que había dejado atrás hacía tanto tiempo y al que ahora tenía que enfrentarse. Recordó aquel fin de semana de verano, quince años atrás, cuando se quedó por primera vez en casa de la amiga de su madre porque sus padres por fin se decidieron a celebrar su aniversario sin ella. Le costó muchísimo convencerlos de que la dejaran sola ese fin de semana. Insistió en que les hacía falta esa escapada juntos. Trabajaban demasiadas horas y se debían un merecido descanso para disfrutar de su intimidad.

La amiga de su madre hizo esa noche una cena exquisita. Y después se sentaron en el sofá con un gran bol de palomitas entre las dos, mientras Lena aparentaba concentrarse en la película. Cada vez que sus manos coincidían dentro del bol, un escalofrío recorría su cuerpo. Lena recordó con viveza ese momento en que los protagonistas de la película se besaban con pasión y ella no osaba moverse ni respirar. Si la hubiese mirado en aquel instante, seguro que hubiese leído en su cara el deseo que sentía. Sus hormonas de quince años la volvían loca. Pero ella nunca la miró. Y a la hora de irse a dormir la besaba en las mejillas y Lena sentía su sangre hervir ante el roce de sus labios.

Nunca le preocupó si lo que sentía estaba bien o mal. Fluía de ella de forma natural.

Y al día siguiente en la piscina fue muchísimo peor. Ver su cuerpo bronceado casi desnudo con ese bikini diminuto y retozar con ella despreocupadamente en el agua, disputándose el balón y chocando sus cuerpos entre risas. Lena provocaba esos encuentros fortuitos cada vez con mayor excitación. Y ella se comportaba como si no pasara nada. Era un juego inocente.

Y a la hora de comer, aquella invitada imprevista. Guapísima, seductora. Lena se moría de celos por dentro porque sabía que, una vez a solas, esa desconocida disfrutaba de todo lo que ella deseaba desde hacía tanto tiempo.

Y por la noche las imágenes que creaba en su mente la torturaban sin piedad, arrastrándola a un placer solitario que la desesperaba y la dejaba siempre frustrada.

Aquellos fines de semana se repitieron a menudo durante los siguientes tres años, con escasas variaciones. Hasta que un día un suceso terrible hizo que el suelo se alejara de sus pies.

La muerte repentina de su padre fue una sacudida que la dejó perpleja y sin capacidad de reacción. Sólo algunos años después consiguió dejar aflorar su dolor y curar la herida abierta. Y entonces se atrevió a recordarlo. Recordar a aquel hombre siempre tan ocupado y al que veía tan poco, pero que siempre la había tratado con cariño y había llenado una parte de su vida en los escasos momentos que había podido dedicarle durante su niñez y adolescencia. Su sonrisa tierna, sus ojos amables y su voz serena. Aquellas manos grandes que la cogían en el aire y los brazos fuertes que la abrazaban. Las historias que le contaba por las noches para ayudarla a dormir. Y un poco más adelante, las conversaciones en las que la trataba como a una mujer adulta, aunque no lo era tanto, y le demostraba su amor y su respeto.

De los días siguientes a su muerte sólo recordaba el ajetreo de su madre para poner los papeles en regla, sus largos silencios y su llanto cuando creía que ella no la escuchaba. Y la decisión que tomó y que cambió su vida por completo: enviarla a estudiar a París.

Lena dominaba el francés perfectamente. También había estudiado inglés e italiano. Su padre siempre había defendido que conocer idiomas le abriría todas las puertas del futuro. Y como en tantas otras cosas, había tenido razón.

El hecho de irse de Moscu supuso para ella, en aquellos momentos, algo mucho más terrible que la muerte de su padre. Dejar de ver a la amiga de su madre fue lo que realmente dejó su vida sin sentido.

Durante mucho tiempo vivió con el dolor de su ausencia, con su recuerdo palpitante y con todos esos sueños húmedos que había forjado en su imaginación, de tal forma que no fue capaz de relacionarse con nadie hasta pasados muchos años. Y aun entonces, en su fuero interno sabía que nunca volvería a sentir por ninguna persona nada semejante.

Volcó toda su rabia y su frustración en sus estudios. Se concentró en su carrera y pronto fue admirada por los que la rodeaban. Se convirtió en la número uno de su promoción y desde ese momento dedicó toda su energía a obtener el puesto de trabajo que acabó desempeñando. Le costó grandes esfuerzos y sacrificar los mejores años de su juventud, estudiando, trabajando y luchando en idiomas que no eran el suyo, pero su tesón y su casi inexistente vida privada hizo que fuera subiendo escalones en la empresa, hasta conseguir dirigir la sucursal de París.

Además se había convertido en una mujer endemoniadamente bella. Su aire distante e inalcanzable aumentaba su atractivo. La rodeaban escasos amigos, todos ligados a su empresa, y había tenido varios amantes que ella siempre había convertido en esporádicos y que cubrían sus necesidades físicas sin compromiso. A través de una de las fiestas de empresa conoció a Jean-Marc. Flamante abogado y conquistador de oficio, se impuso el objetivo de conseguir a toda costa a aquella diosa distante y aparentemente fría. Y ella, dejándose envolver por aquel hombre seductor y seguro de sí mismo, que le hacía sentir cómoda y en principio le ofrecía una relación sin ataduras, le dejó creer que la había conseguido. Hasta que poco a poco él cayó esclavo de su propio juego de recompensa y se ató con el mismo lazo que había utilizado para cazarla.

Todas estas imágenes se agolpaban en su cabeza cuando anunciaron que el avión iba a aterrizar. Sin embargo, en estos momentos en los que ella creía tener agarradas las riendas de su vida, sólo venía a su mente una cosa: iba a verla otra vez, después de doce años. Pero claro, ahora ya no era esa niña tímida y solitaria de dieciocho años. Aunque aún quedara mucho de ella en su interior.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 9:01 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS

Capitulo 3: Encuentros


El avión de París había llegado con media hora de retraso. Yulia no estaba segura de que Elena hubiera pasado por su lado sin darse cuenta. Al fin y al cabo, hacía doce años que no la veía.

Le parecía increíble que aquella chiquilla fuera ahora directora de la sucursal en París de una importante empresa multinacional dedicada al campo de la moda.

La recordaba como una niña inteligente, encantadora y algo tímida, a la que había querido como a una hermana pequeña necesitada de protección. Desde que se fue, había perdido todo contacto con ella. Todo lo que sabía de ella era por su madre.
Inessa hacía anualmente un par de viajes a París para reunirse con ella y Lena había realizado algún que otro« viaje relámpago» a Moscu, pero hablaban casi diariamente por teléfono y también se comunicaban frecuentemente a través del correo electrónico. Posiblemente el hecho de que Inessa la hubiera tenido tan joven, con tan sólo veintiún años, facilitaba que tuvieran una relación envidiable, más que como madre e hija, como auténticas amigas. Relación que, a pesar de la distancia, permitía a la intuitiva madre leer dentro de su hija como en un libro abierto.

El vuelo de París había sido anunciado hacía quince minutos. Volvió la vista hacia la puerta de salida de equipajes al detectar cierto movimiento, y escrutó con expectación a los viajeros que iban, poco a poco, apareciendo. Una pareja de novios con caras embobadas impregnadas de luna de miel, el típico hombre de negocios gris con su maletín, un grupo de estudiantes ruidosos, una mujer impresionante de piernas interminables y larga melena rojiza con gafas de sol, posiblemente una modelo que pretendía pasar de incógnito…

-Hola, Yulia.

La mujer que se acababa de plantar ante ella, era de las que obliga al mundo entero a girarse a su paso.

-¿Elena? -la morena se quedó con la boca abierta- Has cambiado mucho. No te había reconocido.

Elena se quitó las gafas de sol, descubriendo unos ojos verdes grisáceos, semejantes al jade, que revelaban todo un carácter, y sonrió abiertamente.

-Ahora todos me llaman Lena. En cambio tú no has cambiado nada. ¿No me vas a dar un beso?
-Claro, ven aquí.

Se abrazaron y Lena no pudo evitar sentir un escalofrío que, afortunadamente, Yulia no percibió.

-Me alegro de verte. Tu madre me ha dicho que la esperemos en su casa. Ya sabes, como siempre, ocupadísima. He comprado algo para hacer la cena. Espero que me ayudes. ¿Sabes cocinar? -dijo Yulia arrancándole la maleta y mirándola de reojo con una sonrisa irónica.
-Te sorprenderías de la cantidad de cosas que sé hacer -contestó la pelirroja con la misma sonrisa. Había decidido, ¿por qué no?, utilizar sus armas.

De camino a casa de Inessa, Lena la estuvo poniendo al día acerca de su trabajo en París y el estresante mundo de la moda. No podía reconocer en aquella mujer decidida, curtida, segura de sí misma, a la Elena que había conocido hacía años. Ahora exhibía claramente la fuerza heredada de su madre.

Metieron el coche en el garaje y sacaron la maleta y las bolsas con las cosas que la morena había comprado para la cena.

La madre de Lena vivía en un ático en pleno centro de la ciudad. Yulia abrió con su propia llave.

-Veo que sigues siendo la única persona, aparte de mí, claro, en quien mi madre confía plenamente.

Yulia sonrió sin hacer ningún comentario.

-Ya sabes dónde está tu habitación. Tu madre la conserva tal y como la dejaste. Yo voy a la cocina. Ponte cómoda.

El ático de Inessa reflejaba su carácter. De decoración sobria pero exquisita, predominaba un estilo austero y un tanto masculino, aunque el ambiente era acogedor.

En el amplio salón se divisaba una gran terraza desde la que se contemplaba toda la ciudad. La habitación de Lena estaba en el piso de arriba del dúplex.

Mientras sacaba la compra de las bolsas, pensaba en lo extraño que se le hacía estar a solas con Lena. Ahora apenas la conocía. Había pasado mucho tiempo y se había perdido su proceso de madurez.

Lena dejó la maleta encima de su antigua cama. Realmente no había cambiado nada. Todo estaba tal como ella lo había dejado cuando se fue. Se cambió de ropa y permaneció unos segundos sentada en la cama y pensando en todo lo que estaba viviendo. ¡Qué extraño era estar allí a solas con ella!, se dijo a sí misma. No podía evitar sentir ese cosquilleo en su interior. En París, mientras se preparaba para la vuelta, pensaba que podría dominar la situación. Ahora no estaba tan segura. La única salida sería utilizar sus armas y golpear ella antes.

Apareció por la puerta con una camiseta y unas mallas ajustadas, recobrando en cierta manera ese aspecto de niña que Yulia recordaba, pero con un cuerpo sensual que no podía pasar desapercibido.

-¿En qué te ayudo?
-Abre el vino. Yo mientras prepararé la salsa para la carne.
-¡Un Rioja del 2001! El vino francés es muy bueno, pero éste me encanta. Allí se paga a precio de oro.
-Pues me alegro de haber acertado. Cortamos estas verduras y las hacemos a la plancha como guarnición. ¿Qué te parece?
-Muy bien -la pelirroja cogió un cuchillo y comenzó a cortar las verduras- Pero no me has contado nada de ti, de todos estos años. Aunque sé que te va estupendamente. Lo sé por mi madre y porque además he leído todos tus libros.
-¿Todos? No pensé que fueras una de mis fans… -respondió la morena un tanto incómoda. No sabía por qué, pero le costaba sostener la mirada de Lena.
-Mi madre me mandaba un ejemplar en cuanto salían del horno.
-La verdad, me hace sentir incómoda hablar de mis novelas.
-Pues no debería -dejó el cuchillo y la miró directamente- Son muy buenas y lo sabes. Tienen un poco de todo lo que el público reclama: intriga, enredos, sexo…
-Me vas a hacer sonrojar. Anda, llena las copas. Inessa no debe tardar.

Lena sirvió el vino.

-¡Por el regreso! -brindó Yulia, forzándose a mirarla a los ojos.
-¡Por el regreso! -La pelirroja dio un trago de su copa sin dejar de mirar a Ylia- Mmmm. Está buenísimo… -comento en tono juguetón.

La morena desvió la mirada y decidió ignorar la provocación.

-Por cierto, tú tampoco me has contado nada de tu vida fuera de tu trabajo. Imagino que habrá alguien en París esperándote… -dijo Yulia mientras trajinaba nerviosa por la cocina.
-Más o menos.

Lena fijó la vista en un rincón de la cocina y dio otro sorbo a su copa.

-Se llama Jean-Marc -añadió al cabo de unos segundos.
-Espero que te trate bien -dijo la escritora bromeando, intentado relajar la tensión.

Se oyó el ruido de la llave en la puerta.

-¡Inessa! -exclamó Yulia con cierto alivio.

Toda la persona de Inessa destilaba carácter. Con sus 52 años bien llevados, su melena corta castaña rojiza y los ojos verde grisáceos que su hija sin duda había heredado, era la personificación de la energía. Su cara revelaba cierta dureza, con aspecto de perpetua concentración, fruto sin duda de haberse quedado viuda muy joven y haber tenido, ella sola, que sacar la empresa adelante. Además a Inessa le encantaba cultivar su imagen de mujer dura y de mal genio. Era su defensa ante los demás.

-¡Por fin me han dejado salir! Siento el retraso. Ven aquí.

Abrazó con fuerza a su hija.

-Déjame que te vea. Estás guapísima. Veo que ese Jean-Marc te cuida bien.
-De eso estábamos hablando -dijo Yulia más relajada.
-Bueno, vamos a poner la mesa que ya es tarde -replicó Lena intentando desviar la conversación.
-Vale, vale. Voy a subir a cambiarme y bajo enseguida -dijo Inessa desapareciendo de la cocina.

Lena se concentró en poner la mesa mientras Yulia terminaba de hacer la cena y servía los platos. Cuando volvió a la cocina, los platos ya estaban preparados de tal forma que se comían con la vista.

-Esto tiene una pinta fantástica. Estoy hambrienta -dijo la pelirroja mirando otra vez a la escritora con intención.

Yulia desapareció rápidamente de la cocina con los platos en la mano. Lena la siguió hasta la mesa. A los pocos segundos, Inessa bajó de su habitación y se sentaron a cenar.

-¡Por el reencuentro! -dijo Inessa levantando su copa.

Las tres brindaron y bebieron de sus copas, dando inicio a la cena.

-¡Esto está de muerte! -comento la pelirroja tras probar su plato.

-Yul es una gran cocinera. De vez en cuando la saco de su libro y la obligo a que venga a cocinar para mí. Por cierto, ya pensé que no volverías nunca a Moscu, hija. Siempre me toca a mí ir a verte a París.
-He tenido muchos problemas en el trabajo. Hemos sido absorbidos por otra empresa y ha habido reestructuraciones. Se lo conté a Yul de camino. Es un trabajo que no me deja mucho tiempo libre. Y además siempre estoy de aquí para allá por media Europa.
-Estás aquí y ya te echo de menos. ¿Cuándo te vuelves a ir? -pregunto Inessa con tristeza.
-No lo sé. Pretendo estar aquí dos semanas -miró a la escritora directamente- Depende de lo pronto que me reclamen.
-Bueno, disfrutaremos de ti al máximo. Prepárate, que aquí tampoco te vamos a dejar en paz, ¿verdad, Yul? -dijo Inessa.
-¡Haremos lo que podamos! -contestó la morena sin atreverse a mirar a Lena.

Cuando acabaron de cenar, Inessa sacó una botella de cava y tras brindar de nuevo, Yulia se despidió.

-¡Tengo que volver a mi inspiración! Además supongo que uds tienen mucho que contarse. Mañana les llamo y quedamos.

Yulia besó a Inessa. Cuando se acercó a besar a Lena, cayó en la cuenta por primera vez de su perfume sensual que le atravesó el cerebro como un latigazo. ¿Qué llevaba? Era un aroma familiar que no podía reconocer.

-Me ha encantado volver a verte después de tanto tiempo -dijo la morena mirando a Lena lo más serenamente que pudo.
-Supongo que no te podemos convencer para que te quedes un poco más -contestó la pelirroja, en tono neutral.

La acompañaron hasta la puerta.

-Hasta mañana, entonces -dijo Inessa.
-Hasta mañana.

Inessa cogió la botella de cava, llenó de nuevo su copa y la de su hija y las depositó en la mesa baja junto al sofá.

-Bueno, siéntate aquí conmigo y cuéntame.
-¿Qué quieres que te cuente?
-Sé perfectamente que ésta no es una visita cualquiera. ¿Qué pasa?
-Por mucho que me entrene para ser hermética tú siempre sabes leer en mi interior. Das miedo, mamá. Eres bruja.
-No. Sólo soy tu madre y te conozco.

Lena dio un gran sorbo a su copa y la dejó con cuidado en la mesa.

-Jean-Marc me ha pedido que me case con él.
-¿Estás enamorada?

La pelirroja tardó unos segundos en contestar.

-Es perfecto. Alto, guapo, triunfador… y me quiere. No creo que llegue a conocer a otro hombre como él.
-Yo no te he preguntado eso.

Volvió a beber en silencio de su copa. Se apartó la melena de la cara con una mano. Su expresión era sombría.

-Lo sé. De todas formas, estar enamorada no es la premisa principal para que un matrimonio funcione.
-No, pero es la base para empezar a intentarlo. Sin eso no conseguirás ser feliz, hija. No te engañes.
-Mira, Jean-Marc y yo nos compenetramos bastante, nos divertimos juntos y nos damos el espacio que necesitamos. Creo que podría funcionar.
-Sabes hija, a veces creo que no te conozco. Esa objetividad con la que hablas de tu relación me da escalofríos.
-Mamá, le tengo cariño. No es un mal hombre. Un poco prepotente y orgulloso, eso sí, pero está muy enamorado de mí.
-Entonces acabarás haciéndole daño. En serio, Lena, piénsalo bien.
-No puedo pasar toda mi vida intentando encontrar el amor perfecto. El tiempo pasa muy deprisa. Te aseguro que he intentado enamorarme, pero no es cuestión de voluntad. No es tan fácil.
-No es fácil cuando ya lo estás.
-¿Qué quieres decir?
-Sabes perfectamente lo que quiero decir. Todavía tienes a alguien en la cabeza.
-Déjame en paz. Estoy muy bien como estoy.
-¿Por qué eres tan dura contigo misma? -Inessa tomo la mano de su hija.
-¿Qué quieres de mí? -la pelirroja tenía un nudo en la garganta y hacía verdaderos esfuerzos para no llorar.
-Que no te engañes por más tiempo. Lo que yo quiero es que seas feliz. ¿Crees que para mí era fácil ver cómo la mirabas cuando eras casi una niña, verte sufrir así?
-¡No sigas, por favor! -tenía los ojos inundados de lágrimas.
-Lena, lo sé desde que eras una cría. Pero pensé que eran cosas de la adolescencia, que se te pasaría con la madurez y la distancia.

Lena apuró lo que quedaba de su copa y se decidió a hablar. Respiró hondo y empezó despacio.

-Te juro que he intentado quitármela de la cabeza por todos los medios posibles, pero cuando la he visto…

Inessa abrazó a su hija mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.

-Es imposible. Ni siquiera… -Lena volvió a tomar aire- Aunque no lo creas, nunca he estado con una mujer. No me han atraído nunca las mujeres, pero ella… es diferente. De todas formas, Yul ni se lo plantea, me ha visto siempre como a una hermana pequeña o algo así. Y además, ella nunca osaría hacerte eso. Lo sé. Te quiere y te respeta demasiado para intentar algo conmigo -dijo con amargura.

La pelirroja volvió a llenar su copa y se tomó su tiempo para continuar.

-Si supieras cómo me sentía cada vez que la veía con una amante nueva. Todas eran tan puñeteramente atractivas, interesantes, perfectas… ¡Y yo era invisible para ella! Me moría por una caricia, una mirada… ¡He intentado odiarla, jo.der!

-Lena, no sé qué decirte -Inessa le acarició el pelo suavemente- Además, sabes que te lleva quince años.
-¡Y aparenta diez menos, la muy…! Tenía la esperanza de encontrarla envejecida, cambiada, pero cuando la vi en el aeropuerto, casi me muero.
-Hija, no podrás ser feliz nunca si no lo superas. Debes intentarlo. Haz lo que quieras, pero acaba con esto.
-No sé qué hacer. Me pongo enferma de tanto darle vueltas. Además, está Jean-Marc. No sabría qué decirle.
-No adelantes acontecimientos. Igual, después de todo, lo pruebas y no te gusta…
-¿Tú crees? -sonrió amargamente- ¿Sabes? Hubo un momento en que pensé que habíais sido amantes.
-¿Yul y yo? -Inessa reía escandalizada- ¡Ni pensarlo! Pero reconozco que si me hubiera atraído en algún momento una mujer sería ella. Por eso te entiendo perfectamente, aunque no sea lo que deseo para ti.

Lena abrazó a su madre y puso su cabeza en su pecho, como cuando era una niña.

-Lo sé. Yo también estoy hecha un lío.
-Lo que debes hacer ahora es descansar. Además ya hemos bebido bastante. Mañana quizás veas las cosas más claras. Anda, vamos a dormir.
-Y ni siquiera te he preguntado por Marcello. Tienes que contarme muchas cosas.
-Claro, cariño, pero eso será mañana. Te lo prometo.
-No sabes la falta que me hacía hablar contigo -la pelirroja besó a su madre- Te quiero, mamá.
-Y yo a ti. Anda, acuéstate. ¡Y no pienses!

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 10:45 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS


Capitulo 4: La semilla



Yulia conducía despacio hasta su casa. Había bajado la capota de su deportivo negro y dejó que la brisa cálida de verano le acariciara la cara. El encuentro de esa tarde la había dejado un poco turbada. La pequeña Elena se había convertido en una mujer impresionante.

«¡Y cómo sabe utilizar la mirada! Le gusta jugar con fuego… ¿Pero en qué estás pensando? Es Lena, la hija de tu mejor amiga, y muchísimo más joven que tú. Anda Yulia, no pienses tonterías y quítate eso ahora mismo de la cabeza», se dijo a sí misma con esa racionalidad férrea que siempre intentaba aplicar en su vida.

Aparcó el coche y entró en casa. Desde el salón observó la piscina que devolvía el reflejo de la luna y parecía llamarla. Necesitaba refrescarse y relajarse un poco. Dejó su ropa sobre la hamaca y se lanzó desnuda al agua, tibia como la noche. Era una sensación casi erótica. Nadó despacio, dejando que la luna lamiera su cuerpo y al cabo de un rato se quedó tumbada sobre la piedra, mirando el cielo. Era una noche de verano especialmente preciosa, con ese cielo raso azul profundo, cuajado de estrellas. Sus pensamientos volaron hacia Lena, sus ojos, su pelo, esa sonrisa malévola…

-Yulia, estás como una cabra -dijo en voz alta, levantándose y dirigiéndose a la casa, envuelta en la toalla.

Se colocó unos diminutos pantalones cortos y una camiseta. Preparó un vaso de leche fresca y escuchó los mensajes de su contestador. María y Sonja habían llamado. La esperaban el viernes en el Beso de Luna. Era su lugar de encuentro habitual, una antigua villa con amplios jardines no muy lejos de la ciudad, con una selección de música extraída de lo mejor de todos los tiempos y ese ambiente relajado de gente sin prisa ni prejuicios que te llevaba a conversar hasta el amanecer. María y Sonja formaban parte del grupo de amigos de Yulia. Hacían una pareja verdaderamente perfecta y a la vez curiosa. Se habían conocido hacía veinte años en una manifestación y habían permanecido prácticamente pegadas desde entonces. María, dulce y conciliadora, mantenía ese look de artista hippie de los años sesenta, con su melena castaña, larga y rizada y sus ademanes tranquilos. Sus ojos, de un azul intenso, reflejaban la nobleza de su corazón. Había estudiado Bellas Artes y se había convertido en una pintora excepcional. Además, era una vegetariana convencida. Sonja, al contrario, devoraba la carne con fervor. Era contestataria y rebelde y su lengua afilada y salvaje que utilizaba con absoluta maestría era su arma fundamental para una abogada matrimonialista como ella, entregada a la defensa de las mujeres. Su aspecto, con ese pelo negro corto a lo garçon, un tanto revuelto, le daba ese punto de agresividad rebelde que amilanaba y seducía a la vez a sus rivales. Sus enormes ojos castaños eran capaces de lanzar miradas afiladas. Yulia conocía a Sonja desde la universidad y cuando le presentó a María estuvo segura de que sería la única capaz de sujetar sus riendas, bastante enloquecidas, por cierto, en aquellos tiempos. Sonja volvía locas a las mujeres, y no era difícil por aquel entonces verla salir con dos o tres a la vez. Pero en cuanto apareció María en su vida, no hubo ojos para nadie más. Yulia sabía con certeza que Sonja nunca la había engañado en todos estos años y sería casi imposible que lo hiciera en un futuro. Estaba loca por ella. Y María, a su vez, besaba por donde pisaba Sonja. Hasta que la conoció, se declaraba heterosexual, pero se coló por ella de tal forma que nunca más se planteó estar con otra persona, hombre o mujer.

La morena se dirigió a su estudio y se obligó a sentarse delante del ordenador, dando un gran sorbo a su vaso de leche. Era su ritual diario que le devolvía a la realidad y a la concentración necesaria para su novela. Tenía que avanzar y dejarse de distracciones. Ahora mismo lo último que necesitaba era obsesionarse con una mujer que le iba a traer problemas. Y gordos.

Tras escribir algunas páginas, decidió irse a dormir. Había sido un día un poco extraño. Subió a su habitación y se quedó contemplando la cama enorme frente a la puerta acristalada que daba a la terraza. Hacía bastante tiempo que no la compartía con nadie. Como hacía a menudo, salió a mirar las estrellas desde allí. Eso era algo que siempre le daba paz y la ayudaba a relajarse. Sin embargo, no conseguía quitarse de la cabeza las imágenes de ese día y su autocontrol no estaba funcionando como solía. El sueño esa noche tardaría en llegar. De manera inesperada, una brisa extraña erizó su nuca. Sintió los pies clavados en el suelo de la terraza, mientras su cerebro daba órdenes apremiantes a su cuerpo para salir de allí. Olía a peligro y, de forma repentina, a azahar. Otra vez aquello. Quería huir de allí, pero una fuerza aterradora la paralizaba contra el borde de la terraza. Se dobló en dos y cayó de rodillas. Un aliento suave jadeó detrás de su oreja. Sentía los miembros paralizados de terror y al mismo tiempo algo incompresible empezó a sucederle. Su entrepierna comenzó a humedecerse. Se abrazó con todas sus fuerzas a la barandilla mientras una presencia se pegaba a su espalda y deslizaba sus pantalones hasta las rodillas. Una boca invisible mordía su cuello con pasión. Luchaba con todas sus fuerzas contra ese torbellino que la enloquecía y la aterraba al mismo tiempo. En ese momento algo estaba poseyéndola de forma irracional. Su sexo se deshacía, a su pesar, en oleadas de placer.

Cuando todo acabó, desmadejada en el suelo de la terraza y empapada en sudor, fue consciente de las marcas en las palmas de las manos que ella misma se había producido al aferrarse de forma enloquecida a la barandilla de la terraza. Su pantalón permanecía bajado hasta sus rodillas. Con dificultad, se lo subió y se puso en pie. Fue tambaleándose hasta el cuarto de baño y se lavó las manos y la cara con agua fría, aplicándose a continuación una pomada en las señales enrojecidas. Ante el espejo descubrió con horror una marca morada en su cuello. Inmediatamente cogió del armario un frasco, se tomó dos pastillas y se acostó, tapándose con la sábana hasta la altura de los ojos, a pesar del calor sofocante de esa noche. Estaba muerta de miedo. Y lo peor es que nunca podría contarle a nadie lo que acababa de sucederle. Ni que «aquello» se estaba repitiendo regularmente desde hacía casi un año.







Capitulo 5: Inessa



Inessa se metió en la cama y repasó mentalmente todo lo ocurrido esa noche. Por fin se habían puesto las cartas boca arriba. Hacía tiempo que estaba preocupada por su hija. Pocas cosas podía ocultarle. Para ella era como un libro abierto. Lena, desde pequeña, había intentado rodearse de ese halo altivo y distante siempre que necesitaba defenderse de sus propios sentimientos.

Precisamente esa distancia era una de las cosas que más volvía locos a los hombres. Inessa siempre había conseguido leer detrás de su máscara. Y esta vez no permitiría que diera un paso del que se podría arrepentir toda su vida. Pero sus sentimientos eran contradictorios. Una parte de ella se negaba a pensar en su hija con Yulia. Además, no sabía qué pensaría la escritora de todo esto. Sospechaba que a ella ni se le ocurriría ver a su hija como una posibilidad. La conocía muy bien y su sentido de la lealtad, junto a su miedo a volver a equivocarse, no le permitiría traspasar esa frontera.

Además, estaba el tema de la edad. Quince años suponían un obstáculo que en un primer momento podía sortearse con facilidad, pero a la larga se convertiría en un verdadero abismo. Y estaban los convencionalismos sociales. ¿Podría su hija superarlos y vivir conforme a sus sentimientos? Para Inessa, la opción sexual de cada cual era totalmente respetable. Siempre lo había concebido así y, de hecho, se rodeaba de amigos de toda condición de los que estaba totalmente orgullosa. Pero para su hija sería la primera experiencia que podría marcar su vida. No por el hecho de ser una mujer, sino porque sabía que era la única persona en su vida de la que se había enamorado.

Estaba realmente preocupada por ella. Y también por Yulia. Inessa reconocía que su lucha interna con respecto a esta historia la superaba. Tanto tiempo dándole la paliza a la morena para que volviera a enamorarse y ahora la oportunidad se la brindaba su propia hija. Bien, ya se preocuparía mañana. Dejaría que los acontecimientos se sucedieran a su propio ritmo.

Sin embargo, no pudo evitar que el sueño se alejara esa noche y su mente viajara hasta un pasado remoto, cuando conoció al padre de Lena, Sergey, en la facultad de Filología en la que ambos estudiaban. Su aspecto pulcro, tímido y afable, unido a sus ojos inteligentes y sus ademanes tranquilos cautivaron a una joven Inessa, todo nervio y carácter. Y sobre todo, le atrajo su sutil sentido del humor. Se convirtieron en compañeros inseparables y pronto ella presintió que ese hombre le daría equilibrio y algo más. Sergey, irremediablemente, no tuvo la menor oportunidad de dar el primer paso. Ella era un torbellino que arrastraba con su energía y decisión a todo lo que se acercara a menos de dos metros de ella. Aunque Sergey intentó en varias ocasiones revelarle sus sentimientos, siempre acababa paralizado de terror ante esa Inessa arrolladora que le volvía loco. Hasta aquel día que, preparando un trabajo los dos solos, en el piso que Sergey compartía con otros dos estudiantes, Inessa, en medio del análisis de un párrafo, se volvió hacia él y se apoderó de sus labios sin mediar palabra. Recordó, dejando escapar una sonrisa, lo que sucedió a continuación. La cara que puso él, la forma tan natural con la que ella cogió su mano y lo condujo hasta su cama. Como se desnudaron con prisas y forcejeos y acabaron haciendo el amor de forma torpe y atropellada. Por supuesto, Inessa no se enteró de nada esa primera vez, ni muchas otras posteriores, hasta que tomó la decisión de enseñarle cómo conducir su cuerpo.

Recordaba esos días como los más felices de su vida. La complicidad que los unía era algo excepcional. Estudiaban juntos, sufrían juntos los exámenes, se divertían juntos. A menudo, Inessa se escapaba de casa de sus padres con la excusa de estudiar con alguna amiga y pasaba la noche con él. Todo era perfecto y loco. Hasta que la realidad les golpeó en la cara. Elena venía de camino. Eran muy jóvenes y aún les quedaban tres años de facultad. Pero Inessa lo tuvo claro desde el principio. Ella quería ese hijo. Sergey, con lágrimas en los ojos, le pidió que se casara con él en cuanto se enteró. Ya se arreglarían los tres. Sergey alternaba sus estudios con el trabajo en una editorial. No fue fácil al principio vivir con poco dinero y mucho esfuerzo. Siguió estudiando con ese embarazo tan evidente y tan pesado durante los últimos meses y, finalmente, acabó la carrera con una niña pequeña en sus brazos casi permanentemente. Pero juntaron sus energías y las de la pequeña Elena. Los tres juntos podrían con todo. La primera vez que Inessa vio a su hija, ese sapito arrugado que fue parte de su cuerpo, algo cambió en su interior. Ya nada en su vida sería igual. Un hilo de conexión las uniría para siempre.

El tiempo fue pasando y ella dedicó los primeros años a cuidar de su hija mientras Sergey trabajaba. Cuando Elena fue un poco más mayor, ella también se puso a trabajar en otra editorial. Al haber empezado desde abajo y haber conocido todos los aspectos de ese mundo, se decidieron, al cabo de un tiempo, a dar el paso de montar su propia empresa. Fueron unos años muy duros, en los que tuvieron que emplear grandes esfuerzos y sacrificar muchas horas de su vida privada. Sobre todo Sergey, que se quedaba hasta muy tarde en la editorial intentando solucionar problemas y llevar la empresa para adelante dentro de un sector muy competitivo. Y cuando todo empezaba a funcionar, cuando ya disponían de algún tiempo para ellos y para Elena y comenzaban a disfrutar los resultados de su lucha, el corazón de Sergey decidió que el esfuerzo había sido demasiado grande.

Inessa no podía apartar de su mente aquellas imágenes. Cuando Elena y ella lo esperaban para cenar y él no llegó. Ni contestó al teléfono. Con el corazón en un puño Inessa cogió el coche y fue a buscarlo a la editorial. Nunca se borraría de su mente la imagen de su esposo tendido en el suelo boca abajo. Todo su mundo se derrumbó en esos momentos.

El amor de su vida, su compañero, la había abandonado para siempre. El primer sentimiento fue de furia contra él. Tardó mucho tiempo en perdonarle que la hubiera dejado sola. Y ese sentimiento le sirvió para soportar el dolor de su ausencia.

En aquellos momentos buscó, de forma masoquista, sufrir su soledad plenamente y decidió no hacer partícipe de su dolor a su hija, alejándola de aquel escenario. Debía evitar que presenciara su derrumbamiento. Además, sabía que la distancia y las nuevas experiencias la ayudarían a superar más rápidamente la muerte de su padre. No quería que se quedara allí. Ella no estaba en disposición de ayudarla. Bastante tenía en esos momentos con sobrevivir.







Capitulo 6: Calor


Al día siguiente, Inessa llamó a Yulia para decirle que tenía que trabajar todo el día, de forma que ésta se sintió en la obligación de invitar a Lena a su casa. Podría pasar el día en la piscina y coger un poco de bronceado, lo que en París era bastante difícil como no recurriera a los rayos UVA. Además, ese acercamiento le permitiría conocerla mejor y quizás podría librarse de esa atracción absurda que la perseguía desde el día anterior.

Fue a recogerla a casa de su madre hacia las once de la mañana y desde el vehículo vio como salía del portal con unos pantaloncitos vaqueros casi inexistentes y una camiseta blanca que dejaba su ombligo al aire. Con su melena al viento y su bolso al hombro se fue acercando despacio, como una pantera al acecho, al automóvil y se instaló en el asiento del copiloto. La escritora no podía dejar de pensar en lo difícil que se le hacía ahora sentir a esa Lena como una hermana pequeña.

Fueron con la capota bajada hasta casa de Yulia, acariciadas por el sol y el viento, mientras Patsy Cline cantaba Crazy, I’m crazy for feeling so lonely. (
http://www.youtube.com/watch?v=1l-LPdZ6DDU)

-¿Te gustaría darte un baño en cuanto lleguemos? -sugirió la morena.
-Muchísimo. Hace calor. Y me agradaría un poco de bronce. ¿Te bañarás conmigo, como antes? -dijo la pelirroja, sonriendo.

La morena no sabía cómo interpretar su sonrisa. Se concentró en el tráfico.

-Claro -respondió en tono neutro.

Entraron en casa de Yulia y ella comenzó a subir la escalera hacia su habitación.

-Voy a traer unas toallas y un protector solar. Imagino que tú no habrás traído.
-No se me ha ocurrido, la verdad -rió Lena.
-Bueno, pues te recomiendo que te untes bien de arriba abajo si no quieres freírte como una croqueta -comento Yulia, sin volverse a mirarla.

Bajó de su habitación cargada con las toallas y dos albornoces y le pasó el protector solar. Lo dejó todo encima de las hamacas del jardín y se dirigió hasta el frigorífico.

-He preparado zumo de zanahoria antes de ir a recogerte. ¿Te apetece algo de comer?
-No, el zumo es perfecto. Estás en todo -contesto mirándola fijamente.
-Es buenísimo para la piel, sobre todo en verano. Y quita mucho la sed. ¿Llevas el bañador debajo? -preguntó la morena sin mirarla, mientras salía al jardín con la jarra de zumo en la mano y dos vasos. Cuando la pelirroja la miraba así le cortaba la respiración.

La escritora había elegido para relajar el ambiente una recopilación de música de Café del Mar.

Extendieron las toallas sobre las hamacas y se quitaron la ropa. Yulia intentó no mirar directamente a Lena mientras se quedaba con tan solo un bikini diminuto. Tenía un cuerpo escultural. Aunque claro, el bikini de la morena no era mucho más grande. Aún podía presumir de un cuerpo atlético que lucía con un bronceado perfecto. Cuando se atrevió a mirar discretamente a Lena, se dio cuenta de que ésta la observaba sin ningún disimulo.

-Ya me contarás tu secreto -comento la pelirroja mirándola con descaro.
-Anda, vamos al agua -replicó Yulia.

Se lanzó de cabeza. Sólo pensaba en huir lo más lejos posible de ella y, sobre todo, de lo que le hacía sentir. Nadó hacia la parte más honda de la piscina y se sumergió. Sintió de repente un cuerpo cercano que le rozaba durante su inmersión. Y allí se encontraron las dos: cara a cara en el fondo de la piscina. Se estableció un reto de resistencia. A medio metro una de la otra, aguantando en el fondo y mirándose a los ojos.

Yulia no pudo soportar tanta presión y salió a la superficie. Nadó sin prisa hasta la parte menos profunda y aupándose ágilmente con los brazos salió de la piscina y se tumbó boca abajo en una hamaca.

Desde allí vio emerger a esa diosa del agua. El cuerpo brillante, la melena mojada echada hacia atrás, resaltando todavía más los rasgos perfectos de su cara. Lena se acostó a su lado boca abajo y la miró en silencio. La escritora se fijó unos segundos en los reflejos que el sol dibujaba en los ojos verdosos de la pelirroja. La música de Café del Mar seguía sonando suavemente. Queriendo salvarse de sus propios sentimientos, cerró los ojos e intentó concentrarse en el calor que el sol transmitía a su cuerpo.

Lena, en cambio, no podía apartar los ojos de la morena. Los destellos dorados de su iris la habían atrapado. Aprovechando que ya no la miraba, recorrió su cuerpo e intentó aprenderse de memoria cada pliegue de su piel, adivinando su tacto, su temperatura, su sabor. La hipnotizaban los colores que el sol arrancaba de su pelo, que empezaba a secarse. Recorrió la forma de sus cejas, su nariz recta y se detuvo en sus labios sensuales. Una gota de agua brillaba en la comisura de su boca y entonces se dio cuenta de que el sol quemaba de verdad esa mañana. Tenía sed. Extendió su mano y bebió un sorbo de su zumo. Luego cogió el protector solar.

-¿Me pones crema? -preguntó la pelirroja en un susurro.

La morena abrió los ojos y miró a Lena un segundo. Esta le ofrecía el bote. Se incorporó cogiendo el protector solar y sin pensarlo dos veces se sentó a horcajadas encima de la hamaca de la pelirroja, procurando mantener el menor contacto posible entre su piel y la de ella, aunque resultaba bastante difícil: estaba sentada prácticamente encima de su trasero.

Desabrochó suavemente la parte de arriba del bikini, derramando sobre la espalda desnuda una pequeña cantidad de protector solar. En el momento en que la crema tocó la piel caliente, la pelirroja dio un respingo. Pero la sensación de frío duró poco. Al instante comenzó a sentir las manos de Yulia recorriendo con suavidad su espalda, extendiendo la crema con masajes circulares que la hacían soltar gemidos involuntarios de placer. Sentir el peso de su cuerpo encima de ella, su sexo pegado a sus nalgas y sus fuertes muslos que la inmovilizaban contra la hamaca, la estaba volviendo loca.

Cuando parecía estar a punto de disolverse sobre la toalla, Yulia se levantó de un salto.

-Si no te importa, mientras tomas el sol voy a escribir un poco. Luego vendré a darme otro baño antes de comer.

La escritora desapareció de su lado sin darle tiempo a reaccionar. En su estudio, envuelta en el albornoz y con el zumo en una mano, se sentó frente al ordenador intentando calmar los latidos de su corazón. ¿Cómo podía estar entrando en este juego tan peligroso? «¡Dios mío, Yulia, es la hija de Inessa!», se gritó a sí misma.

Hacía mucho tiempo que creía haber controlado su deseo. Pero ahora le explotaba por todos los poros.

Lena intentó relajarse aprovechando las sensaciones que el sol provocaba en su piel. Pero la excitación frustrada la hacía moverse inquieta en su hamaca. Su cuerpo iba a explotar. Dejó volar su imaginación, como tantas otras veces había hecho en el pasado, enterrando su cara en la toalla y mordiéndola sin piedad.

Momentos después, se levantó y se lanzó de cabeza al agua. Necesitaba refrescarse y quitarse ese deseo obsesivo de encima. Estaba claro que Yulia no pensaba ceder a sus provocaciones. Sentía que estaba empezando a hacer el ridículo. Y eso era algo que en toda su vida no se había permitido. Tenía demasiado orgullo.

Mientras tanto, en el estudio, la morena se esforzaba por concentrarse en su novela, despejando todos los pensamientos de su mente e intentando olvidar quién estaba fuera, derritiéndose al sol en una de sus hamacas.

Empezaba a sumergirse de verdad en su trabajo, cuando algo la detuvo en seco en medio de una línea, y la obligó a girarse de repente con todo el vello erizado. Juraría haber notado una presencia a su espalda. Pero allí no había nadie. Había creído por un momento que Lena había entrado. Pero la habitación estaba vacía. Y de improviso, como una bofetada, aquel aroma a azahar…

Su pulso se aceleró y un ardor que la quemaba subió poco a poco por sus piernas. «¡Ahora no!», pensó. Algo la arrastró hasta el suelo desde su sillón del escritorio y se encontró tumbada boca arriba, paralizada por el peso de un cuerpo invisible y muda de terror. Quería gritar con todas sus fuerzas pero sus cuerdas vocales no respondían. Su mirada se centró con espanto en su albornoz, que se apartaba de su cuerpo por una voluntad ajena, mientras su bikini empezaba a deslizarse por sus piernas, dejando su sexo al descubierto. Y otra vez esa posesión infernal la condujo a un orgasmo brutal nacido del más absoluto terror.

Al cabo de unos minutos, tambaleante y empapada en sudor, salió al jardín y, sin mediar palabra, se lanzó a la piscina junto a Lena, que flotaba relajada en el agua.

-¡Qué susto me has dado! ¿Ya has acabado de escribir? -inquirió la pelirroja, sobresaltada.

Yulia se apoyó en el borde de la piscina mirándola con una expresión extraña.

-¿Te pasa algo? -preguntó nuevamente Lena preocupada ante la cara de Yulia.
-No, nada. Hoy no estoy muy inspirada para trabajar. ¿Te parece que comamos por el centro y demos un paseo?
-Claro, lo que quieras. ¿Seguro que no te pasa nada?
-No, de verdad. Vamos a vestirnos y nos vamos. Puedes utilizar el baño de abajo. Yo voy a darme una ducha rápida arriba y bajo enseguida -dijo la morena saliendo de la piscina. Se coloco el albornoz y desapareció dentro de la casa.

Lena se quedó pensativa un momento, era evidente que a Yulia le pasaba algo. Pero a estas alturas había decidido no dar más pasos en falso. Se dirigió al baño y se dio una ducha. Se arregló y se puso un vestido ligero de color arena que se había traído y que con el color dorado rojizo que había cogido esa mañana le sentaba de maravilla. Cuando salió del baño, la escritora la esperaba en el salón. Llevaba un conjunto de camisa y pantalón color camel que le hacía parecer todavía más morena. Se miraron las dos unos segundos sin decir nada. Yulia agarro las llaves de encima de la mesa.

-¿Vamos? -dijo rompiendo el silencio casi con brusquedad.

Salieron y subieron al automóvil. La escasa conversación en su desplazamiento hasta el centro giró en torno a cosas intranscendentes. Parecía que ninguna de las dos estaba dispuesta a dar un paso que hiciera peligrar ese equilibrio no comprometido al que habían llegado por mutuo acuerdo. Mantuvieron el resto del día una distancia cómoda y amable.

Comieron en un restaurante moderno, de esos en los que la comida encierra mucho arte y poca sustancia. Pasearon por el centro y recorrieron tiendas. Hablaron de cómo había cambiado la ciudad en su ausencia, de su madre y Marcello, de toda una serie de temas no relacionados con ellas mismas, hasta la hora en que Yulia dejó a Lena otra vez en casa de su madre. Se despidieron con dos besos, cruzando por un instante una mirada que expresaba mucho más. Pero el equilibrio tenso se mantuvo y la morena regresó tomando bocanadas de aire hasta su casa.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 10:49 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS

Capitulo 7: Huida



Yulia se despertó temprano y no olvidó su cita de todas las mañanas.

Como hacía cada día en los últimos años, preparó un desayuno con zumo de naranja natural, leche de soja y cereales y salió a correr rumbo a un parque cercano. Era una rutina que le venía muy bien a su cuerpo y a su mente. Muchas de las ideas de sus novelas se habían gestado en esos momentos de soledad y sudor. El sol acababa de aparecer en el horizonte prendiendo fuego al cielo. Comenzó su carrera por el paseo. A esas horas tempranas el lugar estaba prácticamente desierto. Corrió hasta el estanque y allí, sudorosa y jadeante, permaneció sentada en el pasto varios minutos, disfrutando de la visión que se extendía ante ella y de la paz que la embargaba. A continuación, desandando sus pasos, continuó corriendo hacia su casa. Llegó empapada en sudor y con la mente mucho más clara que la noche anterior. Debía centrarse en su trabajo. Se dio una ducha y se sentó a escribir toda la mañana. Se sentía con energía ese día. Nadó unos cuantos largos, comió algo y siguió escribiendo. Cerca de las ocho de la tarde sonó el teléfono.

-¿Yul?
-Hola, Inessa. Estaba con la novela. Hoy voy como una moto.
-Pues apárcala, que Marcello nos invita a cenar. Quiere conocer a Lena.
-¿Y tengo que estar presente? Imaginaba que era una cosa más… no sé… familiar.
-Vamos Yul, que tú eres de la familia. Y no tenemos muchas oportunidades de disfrutar de mi hija. Igual se vuelve a ir y no la vuelves a ver durante otros doce años más.
-Vale, dime dónde y a qué hora.
-En La Dorada a las nueve. No te retrases.
-Tranquila, ya me has cortado la racha. Me visto y voy para allá. Enseguida nos vemos.

Había intentado tomarse un respiro y no ver ese día a Lena, pero todo parecía jugar en su contra. Se tomó su tiempo y eligió para esa noche un conjunto de camisa y pantalón blanco de lino, que resaltaba su bronceado. Inconscientemente se estaba arreglando para ella. Se miró al espejo.

-¡No estás mal para tu edad! -bromeó consigo misma.

Tomo las llaves y se dirigió a su vehículo. El tráfico era un poco denso, como todos los viernes por la noche. La suerte hizo que encontrara un sitio para aparcar cerca del restaurante. En la terraza, junto a la barandilla, estaba Marcello. Lucía un conjunto de pantalón y polo azul marino impecable. Su aspecto atlético, con esas sienes plateadas y esos ojos azules intensos, era impresionante para sus más de sesenta años.

Marcello Landi había venido desde su Italia natal de vacaciones a Moscu y en cuanto conoció a Inessa decidió instalarse aquí e intentar convencerla para que se casara con él. Era todo un personaje: atractivo, seductor, millonario y con todo el tiempo del mundo, ya que había sido un empresario importante de la construcción en su país y se había retirado de su negocio con suficiente tiempo, salud y dinero para disfrutar de la vida.

Una suave música de piano salía de dentro del local.

-Hola, Marcello.

Él se levantó al instante y con un rápido ademán le apartó una silla. Era todo un caballero.

-Hola Yul. Estás fantástica, como siempre.

Le dio un beso en la mejilla. Hablaba fluidamente ruso con un ligero acento que aumentaba su atractivo.

-Inessa y Lena aún no han llegado, por lo que veo. Pensaba que llegaría la última. Había un poco de tráfico.
-No creo que tarden. ¿Quieres un poco de vino blanco?
-Perfecto.

Marcello llenó su copa.

-¿Cómo van las cosas?
-Bien, hoy he tenido un día bastante inspirado. Por cierto, me alegro de que por fin vayas a conocer a la hija de Inessa.
-Para ser sincero, estoy un poco nervioso.
-No te preocupes, le encantarás a Lena.

En ese momento entraron por la puerta del restaurante. Inessa con un elegante vestido negro y Lena con un vestido blanco de tirantes que se pegaba a su cuerpo y hacía que todas las miradas se volvieran hacia ella. Yulia tragó saliva. «¡Oh, Dios mío, contrólate!», se dijo a sí misma.

Marcello se adelantó hacia ellas y cogiendo la mano de Lena, la besó con una ligera reverencia muy teatral.

-Es un placer conocerte. Tengo que decir que la descripción de tu entregada madre no te hizo justicia. Eres muchísimo más hermosa. -Marcello le brindó la mejor de sus sonrisas.
-¡Vaya, un perfecto caballero italiano! -la pelirroja sonrió encantada- Para mí también es un placer conocer al hombre que por fin ha conquistado a mi madre -añadió mirando a Inessa, provocadora.
-Bueno, ya está bien de presentaciones, vamos a sentarnos -dijo Inessa, en tono adusto.
-Tú estás realmente espléndida querida -dijo Marcello, dándole un ligero beso en los labios- Debí imaginar que de ti sólo podría salir una maravilla como Lena.

Marcello apartó la silla para que Lena se sentara.

-Eres un zalamero embaucador. Anda, sírvenos una copa.

Inessa se sentó frente a Marcello. Yulia y Lena se miraron y se besaron en la mejilla. La escritora sintió un vuelco cuando Lena se acercó para besarla. Su perfume, ese olor que no podía descifrar, la envolvió e hizo que le subiera un calor tremendo desde el estómago. Luego se sentaron también una enfrente de la otra. «No la mires, no la mires. Habla con Inessa, di algo», pensó la morena para sí. Hizo un esfuerzo y se dirigió a su amiga.

-Le estaba diciendo a Marcello antes de que llegarais que tengo encauzado el libro. Pronto te podré dar algún capítulo para que me des tu opinión.
-Ya tengo ganas, me tienes en ascuas con tu nueva novela. Espero que te superes a ti misma. La última fue una bomba.
-No lo sabremos hasta que la gente la lea. Ya sabes que el público es el que manda.
-Espero que esta vez seas tú la que me mandes un ejemplar. Y dedicado, por supuesto -dijo Lena mirando a Yulia con intensidad.

La morena recurrió a su autocontrol y le contestó a Lena obligándose a mirarla a los ojos. Esos ojos… Volvía a provocarla sin piedad. La tregua del día anterior había finalizado.

-No te preocupes, a partir de ahora te los enviaré yo. Y con dedicatoria personal -contestó Yulia intentando que su voz sonara neutral.

Inessa le dirigió una mirada que no supo descifrar. En ese momento, de forma providencial, llegó el camarero para entregarles las cartas y tras unos momentos tomó nota de la cena. Cóctel de marisco, almejas y lubina a la sal acompañarían al excelente vino blanco que estaban disfrutando. Marcello cambió el rumbo de la conversación.

-¿Y qué tal por París?
-La verdad es que no me puedo quejar, tengo un trabajo que me gusta en una ciudad maravillosa. ¿Qué más puedo pedir?
-Bueno, por lo que tu madre me ha contado, no sólo te retiene allí el trabajo. Parece ser que hay un caballero…

Lena evitó la mirada de Yulia.

-Jean-Marc. Tenemos una buena relación.
-¿Sólo una buena relación? Sospecho que hay algo más.

La pelirroja se movió incómoda en su silla y centró su mirada en la copa.

-Bueno, la verdad es que acaba de pedirme que me case con él.
-¡Pero bueno, eso es una gran noticia! ¿Y nos vas a contar cuándo será el feliz evento?

La pelirroja clavó sus ojos en los ojos zafiros.

-Aún no he decidido mi respuesta.

Yulia sintió que le ardía la cara. Se disculpó discretamente y se dirigió al baño. Entró en uno de los servicios y se apoyó en la puerta. No podía creer lo que le estaba pasando. Le sudaban las manos.

«No, Yulia, no puede ser. Debes parar esto inmediatamente. Inessa se ha dado cuenta. Debes hablar con ella. Esto no va a pasar. No. Respira hondo y vuelve a la mesa. Se acabó», dijo para sí misma.

Armándose de valor, la escritora salió del baño y se sentó a la mesa. La conversación, gracias a Dios, había evolucionado hacia otros temas. Estaban hablando de París y sus maravillas, de la moda y del trabajo de Lena. Yulia se tranquilizó un poco. La pelirroja no volvió a mirarla de aquella forma durante el resto de la cena. Mientras bebían el champán francés que pidió Marcello, Inessa dijo algo que hizo saltar las alarmas de la morena.

-Yul, podías llevar a Lena a ese sitio en el que se reúnen los viernes, para que lo conozca. Es una maravilla, hija, te gustará. En París no tiene cosas como esa a la cerca de la ciudad. Y así conocerás también a los amigos de Yul. ¿Qué te parece?
-Perfecto, pero ¿no van a venir Marcello y tú? Les encantaría. Además hoy hace una noche increíble -intervino Yulia, haciendo esfuerzos desesperados por librarse de esa situación.
-Por eso, vayan y déjennos que la disfrutemos solos, que tenemos que decírselos todo.
-Bueno, si es por eso… ¿qué te parece, Lena? ¿Te gustaría? -preguntó la escritora decidiéndose por fin a mirarla a la cara.
-Me encantaría -contestó Lena con una sonrisa enigmática que puso aún más nerviosa a Yulia.

Aún no se había recobrado de la artimaña. Desde luego, ahora estaba convencida de que Inessa no se había enterado de lo que pasaba durante la cena. La morena estaba totalmente aterrada. El equilibrio que había conseguido en su vida amenazaba con desmoronarse. Se despidieron de Marcello e Inessa y se dirigieron al coche. El silencio era denso entre las dos. Yulia decidió cortarlo.

-He quedado esta noche con Sonja y María. Te encantarán. Son una pareja un poco peculiar, pero muy divertida. Sonja es abogada, muy cañera. No tiene pelos en la lengua. No te asustes de las burradas que pueda decir. Es tremenda. Y María es un encanto. Además es una artista. Pinta unos cuadros espectaculares.

Bla, bla, bla. No podía dejar de hablar y Lena sólo la miraba divertida sin decir palabra. Se mojaba los labios, esos labios sensuales, y le lanzaba medias sonrisas en silencio. Intuía el nerviosismo de Yulia. Jugaba con ella como con un cachorro indefenso. La escritora se moría de ganas de llegar y bajar del vehículo. Quería más gente alrededor, escapar del cepo. Por fin llegaron al Beso de Luna. Sabía que Sonja y María habían llegado. Su automóvil estaba en el aparcamiento. Respiró hondo y bajó del auto.

Una baranda de piedra blanca separaba los límites de la villa de la carretera. Tras ella se abría un sendero empedrado que atravesaba los amplios jardines y desembocaba en el edificio principal, dotado de varios porches y terrazas, en las que se conservaban antiguas estatuas de corte helenístico. A ambos lados del sendero y a lo largo de su recorrido se elevaban candeleros de hierro forjado con enormes velones blancos encendidos. Los jardines que lo rodeaban estaban sembrados de pérgolas cerradas por lienzos blancos que ondeaban con la brisa nocturna. Cada una de las pérgolas abrigaba varias hamacas de bambú repletas de cojines blancos y una mesa baja en el centro. En cada esquina de la pérgola un candelero similar a los del sendero dotaba a la misma de esa luz fantasmal repleta de magia mediterránea. Por todas partes se extendía una frondosa vegetación en la que resaltaban las palmeras y los jazmines que, con su aroma, inundaban el ambiente y se mezclaban con el olor de los velones. Hasta ellas llegaba la voz de Cher cantando A Different Kind of Love Song. (
http://www.youtube.com/watch?v=_wdgfAffh4g) El conjunto convertía al Beso de Luna en un auténtico templo para la exaltación de los sentidos.

En el interior de la construcción principal de la villa se disfrutaba del mismo ambiente intimista y sensual, repartido en distintos salones reservados, jalonados de estatuas, columnas y murales que recreaban la Grecia clásica, conviviendo con telas, mobiliario y decoración en consonancia con los jardines exteriores. Varios portalones que desembocaban en terrazas empedradas de distintos tamaños comunicaban el edificio con los jardines. Una barra en el salón principal daba servicio al interior mientras que, en dos lugares equidistantes de los amplios jardines, una pérgola albergaba una barra circular para dar servicio al exterior de la villa.

Se adentraron por el sendero y Yulia se dirigió al lugar habitual donde solía reunirse con sus amigos en un rincón apartado en los jardines.

-Es impresionante -comentó Lena.
-¿Te gusta? Ven. Allí están.

Sonja y María las vieron acercarse y se levantaron.

-Yul, canalla, qué calladito te lo tenías -disparó Sonja sin miramientos.
-Ya esperaba que dijeras algo así. Lena, te presento a Sonja y María.
-Hola.
-Hola, yo soy María.

Intercambiaron besos.

-Bueno -dijo Sonja- ¿No nos vas a decir quién es este bombón?
-Bueno ya. Es Lena, la hija de Inessa. Acaba de llegar de París.
-¿Elena? Yul nos había hablado mucho de ti, pero se había dejado algunos detalles -dijo Sonja con expresión maliciosa.
-No le hagas caso, es muy bruta -dijo María- Ven, siéntate aquí.
-Voy a por las copas. ¿Qué te apetece, Lena? -dijo Yulia.
-¿Tienen cócteles tropicales? Tráeme el que quieras. Me fío de tu gusto.

Yulia desapareció camino de la barra.

-Y vaya si lo tiene -añadió Sonja en tono malévolo.

María le dio un codazo.

-No seas bicho.
-Déjala, no me molesta en absoluto -comento Lena riendo.
-Bueno, y ¿qué te ha hecho volver después de tanto tiempo? Yul nos dijo que te fuiste hace unos cuantos años -indagó María.
-Doce para ser exactos. Estoy de vacaciones. Tenía añoranza de mi tierra y de mi gente…
-No sabes cómo te entiendo, yo sería incapaz de irme tanto tiempo lejos de los míos. Necesito a las personas que quiero a mí alrededor.
-La verdad es que no fue decisión mía irme -contestó la pelirroja mirando hacia el horizonte, pensativa- pero me sirvió para hacerme fuerte en muchos aspectos.
-¿No has pensado en quedarte? Creo que a Yul le iría muy bien… -comento Sonja.
-¿Qué están diciendo de mí? -preguntó la escritora con las copas en la mano.
-Nada, ya conoces a Sonja -respondió María sonriendo.
-Toma. Espero que te guste -dijo la morena pasando su copa a Lena- Es un Beso de Luna. La especialidad de la casa. Lleva zumo de frutas tropicales, algo de coco, algo de ron, y un toque de…
-Seguro que me gusta -le cortó Lena, mirándola divertida.
-¡Ay, ay, ay, aquí hay tomate! ¿Qué nos están ocultando? -dijo Sonja con el ceño fruncido.
-No seas cafre. Sólo te está siguiendo el juego. Ella tiene novio en París. Y está decidiendo si se casa con él. ¿No es verdad, Lena? -Yulia la miró directamente a los ojos, retándola.
-Más o menos -la pelirroja bajó la mirada y dio un trago a su copa- Disculpadme, ¿dónde está el baño?
-Dentro, al lado de la barra, a la izquierda -contestó María.

Lena se levantó y se alejó. Inmediatamente Sonja se dirigió a la morena.

-¡Está buenísima! No me digas que no te gusta. Y además te mira de una manera… Yul: esa mujer está por tus huesos.
-No digas tonterías. Es la hija de Inessa y además le llevo quince años. Y es heterosexual.
-Vamos, Yul. Tú siempre dices que heterosexuales u homosexuales son las relaciones, no las personas -respondió Sonja.
-Me da igual. Por lo que a mí respecta, Lena es intocable.
-Bueno, tú sabrás lo que haces -continuó Sonja- Pero es tu oportunidad de oro de acabar con esa vida de monja de clausura que llevas.
-En eso Sonja tiene razón -intervino María- Es un crimen que una persona como tú esté sola. Y te lo digo porque te quiero y no me gustaría que desperdiciaras tu vida. Tienes mucho que dar, Yul, y lo sabes. No te niegues la posibilidad de volver a enamorarte porque no te haya salido bien en el pasado. Hay alguien esperando ahí afuera para hacerte feliz. Sea Lena o cualquier otra.
-Te lo agradezco, María, pero no puede ser. Con Lena no.
-Bien, no insistiremos más -dijo María dirigiéndole una mirada significativa a Sonja.
-Te dejaré en paz, pero creo que si no haces algo ahora, más tarde te arrepentirás. Es una intuición. Y ya no somos unas niñas, Yul, el tiempo pasa volando y el tren también. Y además, te conozco muy bien. Esa mujer te gusta mucho. Lo sé.
-Sonja, me agotas -respondió la escritora sonriendo levemente mientras se reclinaba hacia atrás en su hamaca.

Bebieron unos instantes, disfrutando de la música en silencio, hasta que María lo rompió.

-Por cierto, creo que Lena ha debido perderse. ¿No está tardando un poco?

Lena atravesó los jardines sorteando a la gente que vagaba por el local, adentrándose en el edificio y deambulando por sus salones, hasta encontrar una terraza pequeña que daba a uno de los jardines, resguardada de las miradas ajenas por la frondosa vegetación que inundaba el Beso de Luna y con la iluminación tenue que proporcionaban grandes velones blancos en el suelo.

Desde allí, envuelta por la fragancia del jazmín dejó que la brisa la acariciara, sumiéndose en sus pensamientos, sin poder evitar que las lágrimas mojaran sus mejillas. No debía continuar con esto. ¿Qué iba a hacer con su vida? ¿Por qué había vuelto? Su mundo era perfecto en París. Su obsesión por Yulia era una ficción que había alimentado desde la adolescencia. Y ella nunca cedería a sus provocaciones. Debía borrarla de una vez por todas de su cabeza y seguir con su vida planificada y cómoda.

-Lena, ¿qué haces aquí?

Yulia la había encontrado. Lena se volvió, intentando ocultar sus lágrimas. Desde donde estaba, la morena no podía distinguir su rostro. En cambio ella sí podía ver con toda claridad a Yulia, con la luz de la luna bañando su cara, con esos ojos azules que la emborrachaban, la piel bronceada contrastando con su ropa, de un blanco refulgente. Desprendía luz. A Lena le ardía la piel. Permaneció callada.

-Lena -repitió la morena suavemente- ¿qué pasa? Estaba preocupada.

Yulia se acercó a la pelirroja, a una distancia que ya le permitía ver su rostro. Lena bajó la cara, cubriéndose con su melena. No podía hablar. Si la tocaba se desmayaría. La escritora le retiró despacio el pelo de la frente. Lena estaba temblando.

-Lena, cariño, ¿estás llorando? Por favor, no me hagas esto -su voz sonó ronca.

La atrajo hacia ella y la abrazó. Respiró su aroma. Le inspiraba recuerdos de algo familiar, cercano, que no acababa de descifrar. La pelirroja hundió su cara en el cuello de Yulia. Si la morena la soltaba se iría al suelo. Las piernas no le respondían. La escritora le besó las mejillas, el pelo, la frente. Lena buscó instintivamente sus labios y se perdió en su boca, entregándose en un beso salvaje que le hizo estallar el deseo en mil pedazos. Su cuerpo ya no tenía control, completamente pegado al de Yulia, las manos ansiosas, recorriendo zonas de su cuerpo que dolían…

La morena se apartó bruscamente, jadeando.

-Espera, Lena. Esto es una locura.
-¿Por qué? -dijo la pelirroja con un hilo de voz. Sus ojos, nublados por el deseo, la quemaban. Cogió sus manos- ¿Por qué? -repitió dulcemente.

La escritora hizo un esfuerzo supremo para no hacerle el amor allí mismo, sobre el empedrado de la terraza.

-Lena, lo sabes tan bien como yo. Soy quince años mayor que tú y tu madre me mataría. Además, ¿qué pasa con Jean-Marc?

Se acercó a Yulia y susurró en su oído.

-Lo que pase entre tú y yo es sólo cosa tuya y mía.

La morena se deshacía por dentro. Con los ojos cerrados, apoyó su frente en la de Lena.

-Por Dios, Lena, ¿qué quieres de mí? Tienes tu vida montada en París. Si me acuesto contigo me enamoraré de ti y no quiero que eso ocurra. Para ti esto es sólo un juego. Más tarde o más temprano, te irás… y lo sabes.

La pelirroja negaba con la cabeza, en silencio. Se separó un momento y clavó sus ojos en ella. Su mirada ardía.

-No… esperaba que fueras tan cobarde. Esto ha sido un error -intentó que su voz sonara firme.

Yulia permaneció muda.

Se oyeron voces que se aproximaban y un pequeño grupo de gente irrumpió en la terraza.

-Quisiera irme a casa -dijo la pelirroja.
-Lo que quieras -la voz de la morena sonó apagada- Nos despedimos de ellas y te llevo.
-No -contesto- Me iré en un taxi. Quédate.
-Lena…

No la dejó continuar. Atravesó huyendo la terraza y se adentró en el edificio. Recorriendo a grandes pasos los salones, salió a la parte del jardín donde estaban esperando las amigas de Yulia. Ésta la seguía con dificultad.

-Lo siento, pero no me encuentro muy bien. Otro día quedaremos -se despidió con un beso- Yul se queda con uds. Ya nos veremos.

No les dio tiempo a reaccionar. La escritora salió tras ella hasta la puerta. A esas horas era habitual que allí hubiera algún taxi esperando, puesto que era un lugar de moda bastante concurrido.

-Lena, deja que te lleve. Debemos hablar.
-Ahora no, Yulia. Quizás tengas razón -se despidió con un gesto de su mano sin volverse a mirarla y subió a uno de los taxis.

La morena permaneció unos momentos de pie junto a la puerta, viendo como el taxi se alejaba. Instantes después entró de nuevo y volvió junto a sus amigas. Sin mediar palabra se bebió de un trago su copa y continuó con la de Lena.

-¿No nos vas a contar qué ha pasado? -inquirió Sonja, preocupada.

Yulia continuó unos segundos sin poder hablar, bebiendo de su copa.

-¿Qué pasa? -dijo María con cariño, acariciándole suavemente el pelo.

Yulia empezó a hablar despacio, contando poco a poco todo lo ocurrido. Ellas escuchaban en silencio. Cuando terminó, se reclinó hacia atrás en su hamaca y cerró los ojos.

-Yul, mira que lo sabía. Estás asustada, mujer. Te estás enamorando de ella y lo único que se te ocurre es apartarla de ti. ¡Échale ovarios y díselo! Deja que pase esta noche, pero mañana ve a buscarla. Arriésgate, no seas idiota.
-Estoy de acuerdo, cariño -agrego María- Habla con ella mañana. No la conozco apenas, pero tengo el pálpito de que es la mujer destinada para ti.
-Perdónenme, pero voy a irme a casa. Tengo la cabeza hecha un lío. Y si sigo bebiendo sólo empeoraré mi estado mental. Necesito descansar y pensar. Denme un beso. Las quiero.
-Y nosotras. Llámanos.

La escritora salió y se dirigió a su automóvil. Sentía un nudo en el estómago mientras conducía hasta su casa como una autómata. Desde el equipo de música se elevaban los cánticos de Carmina Burana. (
http://www.youtube.com/watch?v=4qhBE2E-XhQ) Su cerebro bullía con las imágenes de esa noche. Se sentía desgarrada por dentro. Sus sentimientos la empujaban con todo su ser hacia Lena. Su mente le gritaba que se alejara, que saliera huyendo de esta historia que acabaría destruyendo la paz que con tanto esfuerzo había conseguido. Pero esa paz ya se encontraba muy lejos: había sido arrancada de un plumazo por un simple beso.

Esa noche su cama se convirtió en una trampa ****. Luchó con todas sus fuerzas por apartar la imagen de Lena de su cabeza. Cuanto más se debatía, con más fuerza sentía su boca, su lengua ansiosa, sus manos recorriéndola con avidez… Y entonces volvió a ocurrir. Como un ciclón arrasando su habitación, el aroma a azahar lo envolvió todo. Se encontró de repente paralizada boca arriba en la cama, mientras una fuerza sobrenatural le sujetaba las dos muñecas contra la almohada. Con la camiseta subida hasta el cuello y los pantalones arrancados con furia, una boca invisible y hambrienta recorrió su cuerpo, perdiéndose en sus zonas íntimas y haciéndola enloquecer de pánico y placer al mismo tiempo. Empapada en sudor y agotada, acabó sumiéndose en un sueño enfermizo.

Hacia el mediodía, como un rumor lejano, el sonido del teléfono la sacó lentamente de ese estado febril en el que había caído y la obligó a enfrentarse a la realidad.

-¿Sí? -su voz parecía surgir de una garganta ajena.
-¿Yul? -era Inessa- ¿Te he despertado?
-¿Qué hora es?
-Casi la una.
-¡Oh, Dios mío!
-Yul, necesito hablar contigo.
-¿Ahora?
-Cuanto antes -la voz de Inessa era apremiante.

Yulia sintió una punzada en el estómago.

-Bien, dame tiempo para darme una ducha.
-En media hora estoy ahí.
-Perfecto.

Se quedó inmóvil junto al teléfono. Inessa lo sabía. Su mundo perfecto estaba desmoronándose. Se acabó de quitar la camiseta, arrugada en torno a su cuello, y se dirigió a la ducha obligándose a no pensar. Le dolían las muñecas. Las miró de manera inconsciente para descubrir con horror unas manchas rojizas marcadas en la parte posterior, como si unos dedos las hubieran agarrado con fuerza. El espejo le devolvió la imagen de una mujer ojerosa y asustada. Se metió en la ducha con esfuerzo. Se sentía agotada. Sólo anhelaba recrearse en esas pequeñas cosas cotidianas que le hacían sentir segura, sin amenazas. Dejar que el agua corriera por su cabeza, sus hombros, arropándola, lavando sus temores bajo ese chorro redentor. No quería sentir nada más. Sólo el agua deslizándose por su piel.

A los pocos minutos salió de la ducha y se envolvió en el albornoz. Ni siquiera se sentía con fuerzas para vestirse. Fue hasta la cocina y se preparó un café fuerte, como a ella le gustaba: corto y sin azúcar. Tras el segundo sorbo, sonó el timbre de la puerta. Inessa estaba allí.

Abrió de forma mecánica.

-Hola, Yul.
-Pasa.

Le dio la espalda y fue hasta el salón con su taza en la mano. Inessa entró tras ella.

-¿Quieres un café?
-Sí, gracias.

Inessa la siguió hasta la cocina. Preparó el café con manos un poco inseguras.

-Yul, ¿qué pasó anoche?

Ya estaba. Sin preliminares. Muy típico de ella. Soltar las cosas sin rodeos.

-¿Por qué me preguntas eso?

La morena evitaba la mirada de su amiga. La conocía demasiado bien.

-Conmigo no te andes con chorradas. Y mírame.

Yulia se giró lentamente hacia ella.

-Toma tu taza. Vamos al salón.

Se dejó caer pesadamente en un sillón y colocó su taza en una mesita a su lado. Su amiga la observaba sin pestañear.

-¿Qué pasó entre mi hija y tú anoche, Yul? -su tono era preocupado.

La morena dio otro sorbo de su café.

Inessa permanecía de pie. Dejó su taza sobre la mesa sin probar el café.

-¿Qué te ha contado Lena? -dijo por fin.
-No ha querido decirme nada. Me he levantado temprano y la he encontrado haciendo la maleta. Yul -la miró con dureza a los ojos- Lena ha vuelto esta mañana a París.

Notó como toda la sangre escapaba de su cabeza. Se sentía mareada. Se inclinó hacia delante y se retiró despacio el pelo hacia atrás. Permaneció unos instantes con las manos entre el pelo y la mirada fija en el suelo. Lentamente, comenzó a hablar.

-Siéntate.

Inessa se sentó en el sofá, frente a ella.

-Anoche… estábamos en el Beso de Luna con Sonja y María, charlando. Lena dijo que iba al baño y después de bastante rato fui a buscarla. Estaba preocupada porque no volvía.

Dio otro sorbo a su café.

-La encontré en una terraza. Estaba sola y llorando. La abracé y no sé muy bien cómo, de pronto estábamos besándonos -hablaba mirando al suelo. No se atrevía a levantar la cabeza.

Inessa permaneció en silencio.

-Inessa, lo siento, yo… la aparté enseguida y le dije que no podía ser, que para ella eso sería un juego, pero que yo… no podía arriesgarme a enamorarme de ella. Me llamó cobarde y se fue. Es todo lo que pasó. No quiso que la acompañara, ya la conoces.

-Yul, ¿qué sientes por ella?
-Inessa, por Dios, no…
-Dime la verdad.
-No… me la puedo quitar de la cabeza. Aún no comprendo cómo ha podido ocurrir. Es tu hija y…
-¡El tiempo que he pasado machacándote para que vuelvas a enamorarte! ¿No había otra persona? ¡Jo.der, Yul! Sabes que como le hagas daño, no te lo perdonaré.

Yulia entonces miró a Inessa.

-Yo no le puedo hacer daño, Inessa, en cambio ella a mí sí. Tiene su vida resuelta y no pierde nada por intentar experimentar algo nuevo. Pero lo que no entiendo es por qué conmigo. No lo entiendo.
-Yul, ella no buscaba experimentar nada. Lena ha estado toda la vida enamorada de ti, pedazo de idiota.
-¿Qué? -la morena se puso lívida.
-Yo rezaba para que no te dieras cuenta, porque pensaba que se le pasaría, que era una tontería adolescente, pero por lo visto me equivoqué. Has estado ahí siempre, jodiéndole todas las relaciones que ha tenido.
-No me digas eso -Yulia se levantó y se puso a andar por el salón, histérica.
-Ahora tienes la oportunidad de dejar que por fin mire hacia delante. Ella ha elegido irse. Deja que intente ser feliz con Jean- Marc. O con quién sea, Yul. No la busques.

La cabeza le iba a estallar. Dios mío, la había apartado de ella echándole en cara que estaba jugando, que no se podía permitir ese juego. Estaba muerta de miedo. No quería perder el control de su vida. Pero ahora entendía aquella cara, sus ojos cuando le llamó cobarde. Pensó que la estaba retando, provocando. No entendió la forma que tuvo de despedirse, de salir huyendo. Creyó que había herido su orgullo, pero ahora lo sabía. Tenía clavados en su mente esos ojos color jade cargados de fuego. Por fin se había atrevido a afrontar lo que tanto tiempo había deseado y ella la había rechazado. Lo peor de todo es que a Yulia le había dejado un vacío angustioso. Lejos de sentirse aliviada por la desaparición de la amenaza, ahora se sentía perdida. E Inessa le pedía que la dejara ir, que la olvidara.

Plantada en medio del salón, sin mirar a su amiga, habló con voz entrecortada.

-Muy bien. Se acabó. Las tres seguiremos como si no hubiera pasado nada. ¿Es eso lo que quieres?
-Creo que es lo mejor, Yul -contestó cortante.
-Bien, ahora tengo que ponerme a trabajar o no acabaré el libro -la morena hizo un esfuerzo para que su voz sonara firme.
-Me voy. He quedado a comer con Marcello en el centro. Ya te llamaré.

Se despidieron sin tocarse. Lo sucedido había abierto una brecha entre las dos difícil de cerrar.

Se dejó caer en el sofá y rompió a llorar. El dolor la ahogaba y no podía ponerle remedio. Se había comprometido a no hacerlo.

Debía vivir con esto, como vivía con «aquello»: en el más absoluto secreto.

Ahora mismo su única idea loca era coger el primer avión a París e ir buscarla. Buscarla y pedirle perdón. Y decirle que la quería. Porque la quería. ¿Qué demonios había pasado? Lena había plantado una semilla en ella que estaba creciendo. A pesar de lo absurdo que era. Sólo unos días antes ni se le hubiera pasado por la cabeza. Y en tan sólo unas pocas horas se había enamorado como una colegiala. Necesitaría encontrar toda la fuerza que ahora no tenía para poder cumplir su promesa. Seguir con su vida sin ella. Como si nunca hubiera ocurrido.

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 10:53 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS


Capitulo 8: Jean-Marc




De camino, en el taxi, una presión horrible atenazaba la garganta de Lena al intentar aguantar el llanto que le subía por el pecho. ¿Cómo se había atrevido a dar ese paso? ¿Por qué se había precipitado?

Estaba desesperada. Había hecho el ridículo más espantoso, casi se había arrastrado ante Yulia. Tenía que haber supuesto que ella echaría a correr. ¿Por qué no le había explicado lo que sentía? Se había lanzado en sus brazos y ella no podía entender sus intenciones. Pensó que quería jugar con ella. O peor aún, utilizarla.

Ahora sí que había perdido toda oportunidad de estar con ella, de conseguir que la tomara en serio y la amara como ella la amaba. Se sentía desgarrada por dentro. La única salida era huir, huir lejos e intentar que el tiempo borrara de su cabeza ese momento. Nunca la tomaría en serio. Seguiría pensando que era una chiquilla malcriada que de pronto tuvo un capricho e intentó seducirla. Y ella había sido incapaz de contarle la verdad.

Cuando llegó a casa de su madre, todo estaba en calma. Gracias a Dios ella dormía. Se desnudó y se metió en la cama. Y allí explotó todo el deseo y el llanto retenido. Aferrándose a la almohada, Lena revivió la sensación del cuerpo de Yulia en sus brazos, de su boca entregándose de esa forma loca. Gimió y lloró hasta dormirse agotada, para despertarse apenas hubo amanecido. Se levantó evitando hacer ningún ruido y tras darse una ducha, comenzó a hacer su maleta. Fue en ese momento cuando Inrssa apareció en su cuarto.

-He oído la ducha. ¿Qué estás haciendo?

Lena continuó haciendo su maleta a toda prisa, evitando mirar a su madre.

-Me voy.
-Pero… ¿qué pasa, hija?
-No me preguntes nada, por favor -tenía los ojos enrojecidos.
-No. De eso nada. Me vas a decir qué está pasando aquí.
-Mamá, por favor, te prometo que cuando llegue a París te llamo y te lo cuento. Pero ahora no me preguntes nada. Ahora no.

Salió como una exhalación de su cuarto con la maleta en la mano. Su madre la seguía de cerca. En la puerta, se volvió hacia ella.

-Te quiero. Te llamaré.
-Hija…

Salió cerrando la puerta tras ella, metiéndose en el ascensor a toda prisa. Anduvo hasta una avenida próxima y paró un taxi. En el aeropuerto encontró un vuelo a París que salía a las diez. Sólo quería salir de allí cuanto antes. Volver a su vida e intentar ser feliz con Jean-Marc. Tenía que borrar a Yulia de su cabeza, aunque eso le costara matar parte de sí misma. Durante el vuelo, no probó bocado de la horrible comida que habitualmente se sirve en los aviones y estuvo dormitando a ratos bajo los efectos de la pastilla que se había tomado.

Llegó a su casa cerca de la una y media. Tenía que ver a Jean- Marc. Era la única posibilidad de salvar su cordura.

El recorrido desde el aeropuerto Charles De Gaulle hasta el Boulevard Haussmann, donde estaba el apartamento que tenía alquilado en París, siempre la había exaltado, elevando su alma hasta hacer que su amor por esa ciudad mágica se desbordara. Pero hoy tan sólo consiguió evidenciar de forma cruel su estado de ánimo. Esa ciudad nacida para servir de escenario a una pasión desbordada hacía más patente su soledad y su angustia.

Necesitaba con todas sus fuerzas sentir algo que no fuera dolor. Necesitaba sentirse viva.

Subió a su apartamento y sin deshacer la maleta llamó a Jean-Marc.

-¿Lena? ¿Dónde estás?
-Acabo de llegar a París. Estoy en mi apartamento.
-Pero… ¡tan pronto! Dijiste que me abandonabas dos semanas -su voz denotaba la sorpresa.
-¿Podemos vernos ahora?
-Claro, mi amor. Acabo de comer con un cliente y me iba a ir ya a casa. En veinte minutos estoy ahí, pero, ¿ha pasado algo? -preguntó alarmado.
-Nada. Sólo te echaba de menos -mintió.
-Yo también. Ahora mismo estoy contigo. Hasta ahora.
-Te espero.

Lena colgó, sombría. Puso un disco de Jacques Brel, se dirigió al mueble bar y se preparó un bourbon con hielo. Sabía que le iba a caer como una bomba, pues desde el desayuno en el aeropuerto no había comido nada, pero casi deseaba ponerse enferma. Así estaría en concordancia con su estado mental.

Jean-Marc tardó casi media hora en llegar. Ella saboreó despacio su copa, recostada en el sofá y dejando que el bourbon fuera haciendo efecto, mientras un calor perezoso le invadía.

Sonó el timbre. Se levantó un poco como flotando y abrió la puerta. Ahí estaba él, un auténtico espécimen masculino deseado por todas las hembras que le rodeaban. Alto, bronceado, con el pelo negro peinado hacia atrás y los ojos castaños oscuro, con un traje de corte italiano que parecía hecho a medida para su cuerpo atlético. Carla cerró la puerta tras él. Jean-Marc le dio la vuelta y la atrajo hacia sí. Dejándose llevar por cierta sensación de embriaguez y la necesidad apremiante de no pensar, se pegó a su cuerpo y contestó a su beso casi con furia.

-Vaya, sí que me echabas de menos… -dijo él con voz ronca.

Sintió el miembro duro contra su cuerpo. No le dejó hablar más. Comenzó a desnudarlo casi arrancándole los botones de la camisa y desabrochando los pantalones con prisa. Necesitaba que la poseyera allí mismo. Él la levantó en brazos y la llevó hasta el dormitorio. La dejó encima de la cama y le sacó el vestido por encima de los hombros, quitándole prácticamente de un tirón la ropa interior. Sin siquiera quitarse la camisa, la penetró con furia, haciéndole soltar un gemido casi de dolor. Lena se agarró con ansiedad a su cuerpo, acoplándose al ritmo de él, intentando borrar la imagen de la morena fija en su mente. Yulia abrazándola, su boca, su lengua, sus manos, su sabor… Todo cuanto él hacía para darle placer, aumentaba la presencia de Yulia con más fuerza. Intentó concentrarse en él, pero se convirtió en una espectadora ajena y sólo consiguió recibir con frialdad sus besos, su piel, su olor. Su boca recorriéndola le resultaba insoportable. Mientras Jean-Marc gemía de placer, Lena sólo sentía un vacío en la boca del estómago y unas ganas inmensas de llorar. Pero no debía dejar que él se diera cuenta. No en ese momento. Afortunadamente, su tortura no duró demasiado. Él llegó al orgasmo con rapidez y sintió con alivio que todo había terminado. Todo. Porque ahora sabía que no podía permitirse más mentiras, ni seguir utilizando a nadie de esa forma. Debería curar sus heridas sin necesidad de destrozar la vida de otra persona.

Jean-Marc la abrazó con ternura.

-Te quiero.

Ella permaneció en silencio. Lo abrazó sin mirarlo y esperó a que se quedara dormido plácidamente. Tras unos minutos, se desasió de su abrazo, cogió la ropa y salió de la habitación. Y allí, en medio del salón, se dejó caer en el sofá y lloró. Lloró por su estupidez, su ingenuidad al pensar que aferrándose a Jean-Marc se resolverían sus problemas.






Capitulo 9: Querida camiseta



Eran cerca de las siete de la tarde y ante la certeza de que era incapaz de concentrarse para escribir una sola línea, Yulia se colocó sus jeans preferidos, totalmente desgastados, incluso rotos por la zona encima de las rodillas y su vieja camiseta negra con aquellas letras blancas en el pecho: «No voy a disculparme». La llamaba su «escudo protector». La escritora defendía que, en realidad, no era una camiseta. Era un chaleco antibalas. Significaba una auténtica declaración de intenciones. Cuando la vida la golpeaba injustamente, podía ponerse esa camiseta y le servía de defensa ante el mundo. Nadie se atrevería a meterse con ella. Siempre había hecho lo correcto y esa frase era su grito de rebeldía particular. Era como llevar un cartel luminoso en la frente que dijera: «Peligro a la vista. No me toques las narices».

Un día, hace ya casi diez años, paseando con Sonja por un mercadillo hippie, encontró esa camiseta que llamó su atención y la compró casi en broma. ¡Qué poco se imaginaba el significado que iba a tener en el futuro! Sonja la retaba convencida de que no se atrevería a ponérsela. Y como réplica a esa provocación, Yulia apareció con ella al día siguiente. Ese día, de una forma casi mágica, se sintió más fuerte, más rebelde, más segura, más intocable. ¡Era como el traje de Superman! Al cabo de un tiempo, rompió con su pareja de aquel momento, con la que llevaba más de un año y a la morena le vino la idea loca de ponerse la camiseta. Y milagrosamente se sintió más capaz de afrontar la situación. De su interior sacó una fuerza que no sabía que tenía. Se puso su camiseta día tras día, lavándola y volviendo a ponérsela, hasta que creyó que podía continuar sin ella. De hecho, la fe en el poder misterioso de la camiseta la acompañó en todas las situaciones difíciles durante esos diez años, sobre todo en la ruptura con Sophie.

Cogió las llaves de su vehículo y salió. Necesitaba una voz amiga. Normalmente evitaba preocupar a Sonja y María con sus problemas, pero Inessa, la persona que más la conocía y en la que habitualmente volcaba sin tapujos sus inquietudes, en esos momentos libraba su propia batalla.

Subió al vehículo, bajó la capota y dejó que el viento alborotara su pelo. Así su aspecto reflejaría a la perfección su estado de ánimo. Sus amigas vivían en la ciudad, a pocos kilómetros de su casa. Era una casa blanca, con un jardín frondoso y unas vistas maravillosas que inspiraban seguramente a María para pintar esos cuadros increíbles. Aparcó en la parte trasera y deseó que estuvieran en casa. No había querido llamarlas por teléfono. Necesitaba tenerlas cerca.

Llamó con cierta inquietud, pero al cabo de pocos segundos vio aparecer a María con su atuendo habitual de trabajo. Unas chanclas y una camisa blanca enorme salpicada por un millón de trazos de pintura de colores imposibles. En la cabeza, un pañuelo atado como si fuera un pirata escondía sus rizos.

-¡Yul!
-Hola, María, ¿las molesto ahora?
-¡Tú nunca, ya lo sabes! Pasa -le dio un beso- Sonja ha ido a comprar unos libros. No creo que tarde.

La morena la siguió a través del jardín hasta la casa.

-¿Quieres tomar algo?
-Un vodka me iría bien, la verdad. Pero me sabe mal interrumpirte. Estás pintando.
-No seas tonta. Tengo todo el tiempo del mundo -respondió María con una gran sonrisa, desapareciendo en la cocina.

Al instante apareció con la copa de Yulia y un té humeante para ella.

-Bueno, cuéntame. ¿Has hablado con ella?

La escritora dio un buen trago a su copa.

-Se ha ido.
-¿Cómo que se ha ido? -los ojos azules de María se abrieron inmensos.
-Ha vuelto a París esta mañana. Sin despedirse.
-Pero, ¿cómo puede ser? -María se sentó de golpe.

Entró en ese momento Sonja, cargada con una bolsa.

-¡Hola, vaya sorpresa! No me digas más. ¡Tu querida camiseta! ¿Qué ha pasado? -su tono era de preocupación.
-Lena ha vuelto a París -dijo María.
-¿Qué? -Sonja dejó la bolsa en la mesa y se quedó parada en medio del salón- Espera, voy por una copa una copa.
-Yo te la sirvo, cariño. ¿ Vodka también? Le acabo de traer uno a Yul -María se dirigió a la cocina.
-Bien -Sonja se sentó junto a la morena- Cuéntamelo todo -le apremió Sonja.

Yulia respiró hondo.

-No hay mucho que contar. Esta mañana ha venido Inessa a mi casa.
-¿Inessa sabe lo que pasó? -preguntó Sonja con expresión tensa.
-¿Qué pasa con Inessa? -María volvió con la copa y se la dio a Sonja.
-Ha venido esta mañana a mi casa bastante alterada. Encontró a Lena a primera hora haciendo la maleta y no ha querido contarle nada. He tenido que explicarle lo que pasó anoche.
-¡Menuda put@d@! ¿Y cómo se lo ha tomado? -dijo Sonja bebiendo de su copa.
-Me ha pedido que la deje en paz.
-¡Pero si fuiste tú la que paró la situación! Si no llegó a pasar nada fue por ti.
-Es un poco más complicado -Yulia volvió a dar un buen trago a su vodka, hundiéndose más en el sofá- Según Inessa, Lena está enamorada de mí desde siempre y yo le he jodido todas sus relaciones.
-¡Demonios, qué fuerte! Pero, entonces, ¿por qué se ha ido la muy cobarde? -Sonja parecía indignada.
-Eso es lo que me llamó ella, precisamente. La verdad es que pensé que intentaba tener un affaire conmigo sin complicaciones y le dejé claro que yo no estaba dispuesta a arriesgarme. Ya me conocen. No suelo irme a la cama con alguien sin pensar las consecuencias -dio otro trago a su copa.
-¿Y ahora qué? -preguntó Sonja.
-No lo sé. Lo único que sé es que ya no me la puedo quitar de la cabeza. No puedo ni escribir. Me aterra la situación, la verdad. Lena me altera todas las hormonas, me gusta mucho en todos los aspectos, pero tengo sentimientos muy contradictorios. Es mucho más joven que yo y siempre la he visto como la hija de Inessa. Ósea, intocable.
-Pues bien que la tocaste… -comento Sonja con una sonrisa maliciosa.
-Cállate, por favor, no quiero acordarme -la morena escondió su cara entre las manos.
-¿Qué vas a hacer, Yul? -preguntó María.
-Nada. Tengo que olvidarme de esto. Se lo he prometido a Inessa.
-Esa son estupideces. Es la primera mujer que te gusta de verdad desde hace milenios. Yo que tu me iría ahora mismo por ella. Y a Inessa, que le den.
-Sonja, eres el colmo. Sabes que no puedo hacer eso. Si ha vuelto a París es porque querrá retomar allí su vida, hay un hombre que la quiere. Quizás sea lo mejor para ella, es todo muy complicado. No sé si ha estado alguna vez con una mujer. Puede que ni siquiera ella sepa lo que quiere. Y yo ya no tengo edad para jugar. Voy a intentar volver a la normalidad. Como si todo esto no hubiera sucedido.
-Pues es lo más interesante que te ha sucedido desde hace mucho… -dejó caer la abogada.
-Sonja, no seas así, Yul está fatal -dijo María.
-No, si tiene razón. Me he encerrado en mi cubículo a escribir, como si nada del exterior pudiera afectarme. No estoy viviendo mucho la realidad últimamente. Pero para devolverme a la vida no creo que hubiera otra persona menos apropiada. ¡Demonios! Y encima Inessa está molesta conmigo.
-¿Sabes lo que vamos a hacer? -dijo María- Nos vamos a cenar por ahí y nos emborrachamos. Voy a arreglarme.

Dio un gran beso en la mejilla a Yulia y salió como un rayo del salón.

-María tiene razón. Vámonos de juerga. Quizás mañana veas las cosas más claras y puedas tomar una decisión -Sonja la golpeó con cariño con un cojín del sofá- Y no te cambies esa reliquia de camiseta. Te hace muy sexy. ¡Igual ligas esta noche! Voy a arreglarme yo también. No huyas y ponte música. No tardo nada.

Yulia rebuscó entre los CD de sus amigas y encontró lo que buscaba. Mientras sonaba la desgarrada voz de Mina: «… nada que hacer, olvídame ya, no quiero oír ni palabra…», con su canción La estrella del rock, se sentó y se acabó despacio su copa. Pensó que no le vendría mal salir e intentar divertirse, por una vez. Pero algo en su interior le decía que no iba a ser fácil. Tenía a Lena grabada a fuego en sus labios y con lo tranquila que vivía, ¿por qué tenía que pasarle esto ahora?

Decidieron ir caminando hasta un restaurante cercano para no depender del vehículo y beber con libertad. Yulia se quedaría esa noche a dormir en casa de Sonja y María. Eligieron un restaurante italiano a unas cuadras de la casa, pequeño pero acogedor, al que solían ir con cierta asiduidad. Tenía ese aire familiar, con manteles azules, pequeños candelabros y la música italiana de siempre que aportaba al local cierto toque romántico. Al ser una hora temprana, cerca de las nueve, el restaurante estaba prácticamente vacío. Tan sólo una parejita en un rincón. Ellas eligieron una mesa al lado de un ventanal que daba al a la calle, desde allí se podía visualizar el río Yausa a poca distancia. Como era costumbre, Fabrizio, el dueño, vino a saludarlas con efusividad y a ofrecerles lo mejor de su cocina. Era un hombretón moreno y recio, con un bigote espeso y una sonrisa afable y permanente. Esa noche les obsequió con una rica pasta fresca con exquisita salsa de setas, precedida de un gran plato de provolone, sabroso queso de su tierra, frito al estilo de la casa, con hierbas aromáticas y frutos secos. Todo ello, por supuesto, regado con el mejor tinto de Sicilia. María inició el primer brindis.

-Por nuestra amistad.
-Por nuestra amistad -repitieron al unísono Yulia y Sonja.
-Y por que Yul se deje llevar y el amor le dé en plena frente -exclamó Sonja.
-Brindo por ello -repitió María.
-¡No me obliguen a brindar por eso! -dijo la morena, riendo.
-No sé por qué te niegas al amor, Yul. Sophie, como todas las anteriores, simplemente no era la persona adecuada. Llenó un período de tu vida y siguió su camino. Eligió su trabajo y se fue. No era una persona que pudiera adaptarse a una vida de pareja -dijo María con dulzura.
-Ya lo sé, María, pero cuando pones tu corazón en alguien, duele. De todas formas, hace más de un año que lo tengo superado, lo sabes. Yo sabía que su trabajo de reportera le obligaba a estar cada dos por tres en otra parte. Y al final se la llevaron lejos. Fui yo la que elegí. No podía irme con ella y adaptar mi vida a ese ritmo. Para escribir necesito cierta estabilidad. Y para el resto de mi vida, también. Tengo miedo de volver a fracasar. Cada vez es más difícil empezar de nuevo.
-Pero no imposible, Yul. Y vale la pena. Sólo hay que encontrar a la persona adecuada. Todo es más intenso cuando vives de a dos -Sonja cogió la mano de María y se la besó- Ya lo sabes. Además tenemos ganas de volver a verte con ese brillo especial. ¿Verdad, María? -levantó su copa- ¡Por volver a ver a Yul enamorada!

Volvieron a brindar entre risas y deseos lanzados al aire. Cerca de una hora después se habían bebido dos botellas de vino y habían iniciado sus rondas de brindis con Strega, «el elixir italiano de las brujas», como lo llamaba Fabrizio. El genio italiano de la cocina aseguraba que ese licor soltaba las lenguas y abría los corazones.

Salieron del local hacia la rivera del Yausa entre las miradas y sonrisas de la gente que a esa hora ya llenaba el restaurante. Sin lugar a dudas habían sido el centro de atención esa noche. Fueron paseando y charlando por la rivera. Sonja y María tomadas de la mano. En un momento dado, se sentaron en una banca, María se sentó en las piernas de Sonja, ésta la abrazo por la cintura y María le rodeo el cuello con los brazos. Mientras miraban el horizonte, con el cielo azul profundo estrellado.

-Me encanta verlas así. Son la prueba de que una pareja puede estar enamorada toda una vida. Ahora mismo dudaría de la existencia de esa clase de amor si no las conociera. No saben cómo se lo agradezco -Yulia se acurrucó en la banca abrazando sus piernas con los brazos. Su flequillo caía sobre sus ojos.
-No nos agradezcas nada y ponte a ello. Te he dicho muchas veces que te arriesgues. Aunque luego no sea la persona de tu vida. Pero si no lo intentas una y otra vez, no la encontrarás -contesto Sonja.
-Lo sé. Pero con Lena es imposible. Ha huido a toda prisa al lado de su novio. Todo vuelve a su sitio -la morena miró hacia el horizonte con melancolía.
-Yul, cariño, confía en el destino. Nunca se sabe lo que nos va a deparar a la vuelta de la esquina -dijo María, acariciando suavemente el pelo de Sonja.
-Pero ayúdale tú también un poco y ponte en disposición de que te pasen cosas. ¿Bien? -agrego Sonja.
-Bueno, pero eso será mañana. Ahora estoy agotada y un poco borracha -dijo Yulia riendo- Voy a tener que ir a meditar en mis sueños.
-Entonces, vámonos a dormir, pero mañana hablamos. Además tenemos pendiente una fiesta de cumpleaños -dijo María, haciéndole un guiño a Sonja.
-¡Bien, la haremos…! -exclamo Sonja- No me entusiasmo mucho cuando María me lo propuso, pero la haremos por ti. Dentro de dos viernes. Invitaremos a un montón de amigas libres y guapísimas. Ponte tus mejores galas, Yul, que esta vez vas atrapar a a alguien.

María y Sonja abrazaron a Yulia, zarandeándola.

-Son el colmo.

Desanduvieron el camino paseando perezosas hasta casa. la morena se quedó esa noche en la habitación de invitados.

-Mañana hablamos. Las quiero.
-Que duermas bien. Te hemos dejado un pijama encima de la cama.

Esa noche Yulia se metió en la cama y se prometió empezar de nuevo al día siguiente. Se obligaría a no pensar más en Lena. Bueno, por lo menos lo intentaría.





Capítulo 10: La decisión



Lena se vistió lentamente y salió. Necesitaba pensar. No podía enfrentarse a Jean-Marc en esos momentos.

Comenzó a andar sin rumbo fijo por el Boulevard Haussmann. Pasear por París siempre había despejado su mente. Llegó al cabo de un buen rato hasta l’Opéra y se tomó su tiempo para admirarla. Era fantástica. Se sintió un poco más relajada. Debía hablar con él, pero ¿qué le iba a decir? Giró por las calles adyacentes enfilando por la misma Avenue de l’Opéra, desembocando en la Rue de Rivoli y recorriendo el impresionante Palais du Louvre. Al llegar a la altura de la Rue du Renard se dio cuenta de que estaba hambrienta y cansada. Necesitaba tomar algo. Alcanzó el Centro Georges Pompidou y entró en el Café Beaubourg, moderno y agradable, repleto de gente joven, justo en el momento en que sonaba la música relajante de una de las piezas de la última recopilación del Buddha Bar. Pidió un café capuchino y se relajó unos momentos obligándose a recapacitar.

Hacía un buen rato que Jean-Marc la estaba llamando al móvil. Imaginaba su aturdimiento al despertarse y darse cuenta de que ella no estaba en casa. Pero se sentía incapaz de contestar a sus llamadas. Aún no. Tampoco había contestado a las llamadas de su madre. Debería llamarla más tarde. Estaría preocupadísima. Pero ahora mismo necesitaba tiempo para pensar.

Su vida perfecta se estaba desmoronando. Salió del café y comenzó a andar de nuevo, volviendo sobre sus pasos. Atravesó el Sena por el Puente de Notre Dame y se dirigió a esa catedral majestuosa y mágica. Una vez dentro, se sentó en un banco solitario y buscó un poco de paz. No era creyente en el sentido estricto, pero siempre había sentido que en algún lugar de su interior había alguien apoyándola en los trances difíciles. Y ahora lo necesitaba más que nunca. Estaba en una encrucijada de su vida y debía tomar decisiones que cambiarían su rumbo radicalmente.

De forma casi inesperada, encontró el sosiego que venía buscando en el interior de la catedral, con el eco de los pasos de los turistas que invadían diariamente el recinto, el olor de las velas… Permaneció en calma durante varios minutos y de repente supo lo que debía hacer. Vio con claridad su vida en un futuro próximo y se agarró a ella con decisión. Salió de Notre Dame a la luz del atardecer parisino y cogió su móvil. Escribió un mensaje a su madre. Se encontraba bien y luego la llamaría. Después llamó a Jean-Marc.

-Lena, por fin, ¿dónde estás? Te he llamado mil veces.
-Estoy en la explanada delante de Notre Dame.
-¿Qué haces ahí? Me has dado un susto de muerte. Me he despertado y te he buscado por toda la casa.
-¿Dónde estás?
-No podía localizarte y he vuelto a mi apartamento. Pero… ¿qué pasa, cariño? -su voz sonaba alarmada.
-Voy para allá. Tenemos que hablar.
-Bien, te espero, pero me estás asustando.
-Ahora hablamos.

Colgó y respiró hondo. Ya no podía dar marcha atrás. Subió el metro y se dirigió a la Place de Clichy, cerca de la cual vivía Jean-Marc.

Llamó a la puerta con determinación. Jean-Marc abrió al instante.

-Pasa. Me tenías muy preocupado.

Lena entró y se sentó en el salón.

-¿Me sirves una copa? -pidio Lena mirándolo seria desde el sofá.
-¿Quieres champán? -preguntó Jean-Marc, acercándose y agachándose a la altura de sus ojos.
-Mejor un bourbon.
-Un poco fuerte para estas horas… Lena, ¿qué pasa? -dijo Jean-Marc dulcemente, cogiéndole las manos.
-Sirveme la copa, por favor -intentó que no le temblara la voz y apartó sus manos con suavidad.

Jean-Marc se dirigió al mueble bar y preparó las copas en silencio.

-¿Me vas a contar qué pasa, cariño? -le entregó la copa a Lena con semblante serio.
-Jean-Marc, me resulta muy difícil decirte esto, pero no puedo casarme contigo. Es más, no creo que debamos continuar juntos.
-Pero… ¿Me estás diciendo… que vas a dejarme? -su cara reflejaba total incredulidad.

Los músculos de Jean-Marc estaban tensos. Lena no podía mirarlo directamente. Tenía los ojos clavados en su copa.

-Jean-Marc…, me he dado cuenta de que no estoy enamorada de ti -se esforzó para que su voz sonara firme.
-Pero… y el recibimiento de esta mañana… no… no…

Ella no le dejó acabar la frase.

-Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero no quiero hacerte más daño.

Jean-Marc estaba como paralizado, no daba crédito a lo que estaba oyendo.

-Por favor, Lena, explícamelo porque no lo entiendo. ¿Te has estado riendo de mí? -preguntó con voz dura.
-No. Es sencillamente que no siento lo que debería para continuar contigo. Lo siento. De verdad.

La pelirroja ya lo miraba directamente a los ojos. Él se estaba poniendo cada vez más tenso.

-¿Hay alguien más? -preguntó bruscamente.
-Ese no es el problema -centró otra vez su mirada en la copa.
-¡Mírame! ¿Quién es? -estaba rojo de furia.

Lena sostuvo su mirada con firmeza.

-No sigas por ahí. Soy yo, Jean-Marc. No puedo darte lo que tú necesitas.
-No me digas eso. Haré lo que me pidas. Intentaré que te enamores de mí. Pero, por favor, no me dejes -sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.

Lena se sentía morir. Pero no podía hacerle más daño.

-No puedo seguir con esta mentira. Entiéndeme. Te haría mucho más daño y acabarías odiándome. Y no quiero que eso ocurra -la pelirroja notó que le corrían las lágrimas por sus mejillas- Te quiero de verdad. Con el tiempo lo entenderás.
-No me engañes. Sé que hay alguien más. No puede ser de otra forma.
-Jean-Marc… -miró al suelo.
-Lo sabía. Dime quién es, por favor.
-No es nadie -no podía controlar las lágrimas que se desbordaban por su cara.
-Tienes a alguien en Moscu, ¿verdad?
-Sí… y no.
-Dímelo. Me merezco una explicación por lo menos.

Lena bebió un trago largo de su copa y decidió contarle la verdad a Jean-Marc. Desde el principio de su obsesión. Cuando terminó, él, con las manos cubriendo su cara, guardó un significativo silencio.

-Dime algo, por favor -rogó la pelirroja.

Él la miró con dureza.

-¿Qué quieres que te diga? Eres lesbiana. Contra eso no puedo luchar. Pero creo que no me merecía que me engañaras de esa forma. No me gusta perder el tiempo. Ni que jueguen con mis sentimientos.
-Te aseguro que no es eso lo que pretendía…
-No sé lo que pretendías, pero quiero que te vayas, Lena. Y que te lleves todo lo que tienes en mi casa.

Ella permaneció en silencio unos segundos.

-Haz con ello lo que quieras. No vale la pena -contestó con voz apagada. Se puso de pie y se dirigió a la puerta- Puede que algún día volvamos a hablar de esto -añadió.
-Vete, por favor.

Lena salió y Jean-Marc cerró la puerta tras ella.

Comenzó a andar con decisión a lo largo de la Rue de Clichy.

Ya estaba hecho. Le había hecho mucho daño, pero se había liberado por fin de esa gran mentira que la corroía. Era libre.

Continuó por la Rue Saint-Lazare hasta encontrar el Boulevard Haussmann. Entró en su apartamento. Sólo quería acostarse y dormir. No pensar hasta el día siguiente. Debía relajarse y poner en orden su vida. Mañana llamaría a su madre. Ahora el tiempo era sólo suyo.

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 10:56 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS


Capitulo 11: Sobreviviendo



Yulia se levantó pronto y con resaca. No quiso despertar a sus amigas y les dejó una nota. En cuanto llegó a casa, se preparó su desayuno habitual, puso música y fue hasta la piscina. Estuvo nadando desnuda, con desgana, sintiendo el frescor que aliviaba su piel y su mente un poco nublada. Ya no tenía cuerpo para esas juergas. Se tumbó un rato dejando que el sol la acariciara, mientras desde el salón llegaban las notas de la banda sonora de Bilitis. La imagen de Lena, afortunadamente, era un poco más tenue esa mañana. La resaca le había venido bien, al fin y al cabo. Decidió que era hora de retomar su libro. Sólo faltaba que no lo terminara cuando había acordado y tuviera a Inessa doblemente enojada.

Se preparó un zumo de naranja y se colocó delante de su ordenador. Intentaría sacarle partido al día.

Escribió buena parte de la mañana. Sólo recibió la llamada de María hacia el mediodía para constatar que seguía viva. Sus amigas no la dejaban ni un segundo. Tenía suerte de tenerlas a su lado. En cambio Inessa no dio señales de vida. Normalmente hablaban todos los días al menos una vez, pero algo había cambiado desde ayer. Habría que dejar que el tiempo suavizara las cosas. No debía ser fácil tampoco para ella, pensó para sí misma.

Siguió escribiendo a lo largo de la tarde y se acostó relativamente temprano, pues al día siguiente había pensado acercarse al centro a comprar un regalo para Sonja. La semana siguiente era su cumpleaños. La famosa fiesta que iban a montar en su casa para que conociera caras nuevas. Le daba una pereza terrible. Hacía ya mucho tiempo que sus reuniones festivas se reducían a pocas personas y todas conocidas. Bueno, se dijo, había prometido abrirse un poco más al mundo y quizás le viniera bien conocer gente. Esa noche tardó un poco menos en dormirse, a pesar de que su mente luchaba con la imagen con la que se esforzaba en no pensar.

A la mañana siguiente se despertó temprano, retomando viejas costumbres, desayunó ligero y se fue a correr. Necesitaba recobrar algo de su rutina, sentir la estabilidad. Hoy se notaba un poco más entumecida, pero a medida que iba avanzando iba sintiendo fluir su vieja energía.

Regresó a casa con cierto optimismo, posiblemente con la ayuda de las endorfinas generadas por la carrera, y se dio una ducha lenta y reconstituyente. A media mañana fue al centro y compró un regalo para su amiga. Un magnífico reloj de diseño italiano que iba mucho con su personalidad. Con eso siempre acertaba, porque Sonja se volvía loca con los relojes. Tenía una pequeña colección y los adoraba.

Bien, decidió, ya era hora de ponerse a trabajar. Debía acabar esa novela que se le estaba poniendo difícil con tanta distracción. Y Inessa seguía sin llamarla. Mejor, porque iba un poco retrasada con las entregas estipuladas. Ya tendría tiempo para hablar con ella.

Afortunadamente para su salud mental, «aquello», como solía llamar a las posesiones inexplicables que sufría desde hacía tiempo, no había vuelto a suceder desde hacía tres días.


**********************************


Inessa buscó nerviosa su móvil. No dejaba de sonar y estaba perdido al fondo del bolso.

-¿Mamá?
-¡Menos mal, Lena, estaba a punto de ir a buscarte a París! ¿Cómo estás, hija?
-Ahora bien. Siento haberme ido así. He tomado una decisión, mamá. He roto con Jean-Marc. Necesito estar sola una temporada y aclarar mis sentimientos.
-Imagino que para haber tomado esta decisión debes de estar muy segura.
-Lo estoy. Sé que le quiero un montón, pero no estoy enamorada. Así no puedo continuar con él. Tenías razón.
-¿Cómo se lo ha tomado?
-Mal.
-Lo siento mucho, cariño.
-Espero que algún día podamos hablarlo con tranquilidad. Pero ahora es imposible. Le he hecho mucho daño.
-¿Qué le has contado?
-Todo, mamá. No me ha dado otra opción.
-¡Dios mío! Le habrás destrozado. Y sobre todo en su orgullo masculino.
-Espero que comprenda con el tiempo. Que la causa haya sido una mujer no tiene importancia. Habría sucedido lo mismo si Yul fuera un hombre.
-Sí, pero la educación machista de nuestra cultura hace muy difícil comprender eso. Le costaría mucho menos superarlo si hubiera sido otro hombre. Así de absurdas son las cosas. Pero al fin y al cabo, cariño, lo importante es que tú estés bien. Y sobre todo, intenta averiguar lo que quieres hacer con tu vida.
-Gracias mamá, eso es precisamente lo que quiero. Por cierto, he sido muy egoísta y no te he preguntado cómo estás tú. ¿Qué tal con Marcello? Me parece un hombre muy interesante. Y muy atractivo. Se le nota que está loco por ti. Y me parece, por lo que te conozco, que no te es del todo indiferente…

Lena casi la veía sonreír al otro lado del teléfono.

-La verdad es que me siento feliz a su lado. Es un hombre maravilloso, Lena. Pero hay un pequeño problema: intenta apartarme de la vida que llevo y arrastrarme hasta su paraíso italiano. Tiene una villa a las afueras de Roma y pretende que nos retiremos allí para vivir nuestro «otoño romano». Además, quiere llevarme a ver mundo. Piensa pasar el resto que le queda de vida enseñándome sitios paradisíacos.
-Pues no suena como una condena precisamente…
-Ya lo sé, hija, pero sabes que para mí el trabajo es una parte fundamental de mi vida. No puedo abandonar la empresa que tanto nos costó levantar a tu padre y a mí y retirarme a vivir la vida con Marcello. No creo que funcionara.
-De todas formas, mamá, deberías pensar en ello. Las personas excepcionales no abundan. Y la proposición que te ha hecho, mucho menos.
-Gracias, cariño. Sabes que lo pensaré en serio. Aunque por ahora lo veo como un callejón sin salida.
-Yo ahora necesito descansar unos días y pensar. Y tú deberías hacer lo mismo. Te llamaré pronto, te lo prometo. Te quiero.
-Y yo a ti. Cuídate y no desaparezcas otra vez.
-Lo haré, mamá. Hasta pronto.
-Hasta pronto, hija.

Inessa se quedó sentada, pensativa, tras la llamada. ¿Se habría precipitado? Estaba segura de que no. Lena pensaba muchísimo las cosas antes de hacerlas. Habría llegado al límite para tomar esta decisión. Y algo que tranquilizaba a Inessa era el hecho de que se planteara estar sola y no volver corriendo al lado de Yulia. No creía que ésta fuera una buena decisión. Intentaría por todos los medios que la morena no se enterara de la ruptura de su hija con Jean-Marc. De todas formas, ahora las cosas estaban lo suficientemente tensas con ella como para no hablar de nada relacionado con Lena. Sería lo mejor.






Capitulo 12: Premeditación



Sonja llegó esa tarde más pronto que de costumbre y encontró a María concentrada pintando, con esa camisa blanca manchada que adoraba aunque le quedaba como un saco, pero que la hacía tan sexy… Se acercó sin hacer ruido por detrás y la abrazó, introduciendo su mano derecha por debajo de la camisa y acariciando uno de sus pechos.

-¡Qué susto me has dado! No hagas eso, cariño, un día me dará un infarto.

Sonja le dio la vuelta y la besó separando sus labios con la lengua y apretando su cuerpo contra ella.

-Qué ganas tenía de volver a casa y acariciar este trasero.
-Veo que el trabajo te ha ido bien hoy, cariño, te noto inspirada -susurró María.

Se separó de ella despacio, la cogió de la mano sin mediar palabra y la condujo hasta el dormitorio. Frente a Sonja, sonriendo con picardía, se sacó la camisa por la cabeza.

-Ven aquí. Siempre consigues ponerme como una moto -dijo Sonja, atrayéndola hacia sí.

Hicieron el amor el resto de la tarde y permanecieron relajadas en la cama hasta la hora de la cena hablando de la fiesta.

-Vamos a hacer la lista de gente que vamos a invitar. Tienes que llamar a tus amigas de la facultad. Las artistas tienen ese no sé qué… -dijo Sonja, besándola.
-No creo que sean del estilo de Yul. Seguro que le gusta más alguna compañera tuya del despacho. Ya sabes, del estilo ejecutivo agresivo -contestó María riendo.
-Bueno, creo que es el momento de que juntemos a nuestros amigos y conocidos, a ver qué pasa. Puede ser divertido. Además se me está ocurriendo que hay una persona que le va seguro. ¿Te acuerdas de Valerik, la abogada nueva que lleva temas fiscales en el despacho?
-¿La rubia de pelo largo con la que pretendías darme celos? -contesto María con cierta malicia.
-¿Que yo qué? -pregunto Sonja con el ceño fruncido.
-Es broma, cariño. Pero ¿es esa, verdad? Aquella con la que estabas hablando en la calle cuando fui a recogerte al despacho la semana pasada. Era guapísima.
-Esa. No hace mucho vino Yul al despacho a consultarme unos puntos de su declaración de la renta y se la presenté. Ella es la experta en esos temas.
-¿Y le resolvió sus dudas? -sonrió María.
-Me parece que la dejó, digamos… gratamente impresionada.
-¡Cuéntame!
-Antes de irse pasó por mi despacho y con cara de circunstancias me dijo: «¡Qué calladito te lo tenías!». Y me arreó con los papeles que tenía en la mano.
-¡Vaya! Eso es buena señal. Y esa Valerik, ¿de qué va?
-Pues es una incógnita para todos. Lleva a los hombres del despacho de cabeza, pero ninguno se atreve a decirle nada. No sabemos si está con alguien, pero me da la impresión de que vive sola. Nunca habla de su vida privada. Aunque claro, lleva sólo dos meses trabajando con nosotros.
-¿Y accederá a venir a tu fiesta?
-Podemos probar.
-Vale, yo voy a ir llamando a mis amigas y tú invítala mañana cuando la veas en el despacho. Además, llamaremos a Denis e Iván, a ver si traen a alguien interesante.
-Los llamo ahora mismo.
-¡Comienza la operación «Salvar a Yul»! -dijo María cogiendo el teléfono con entusiasmo.

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 10:59 pm

NO VOY PEDIR DISCULPAS


Capitulo13: La fiesta



Los días siguientes pasaron lentos y rutinarios para Yulia.

Inexplicablemente, «aquello» no había vuelto a producirse. ¿Habría recobrado la cordura? El viernes acordado amaneció radiante, como esos días de final del verano que se niegan a dar paso al otoño, aunque la brisa nocturna haga presagiar el cambio de estación. Ella se tomó su tiempo para arreglarse. Eligió una camisa negra de lino ajustada y unos pantalones blancos que resaltaban su figura. No presentía que esa noche fuera a ocurrir nada especial, pero no quería decepcionar a sus amigas. Ya que le habían preparado semejante artificio, les seguiría el juego.

La cita era a las ocho en casa de Sonja y María. No pensaba llegar la primera, así que se demoró un poco más y subió al automóvil a eso de las ocho y diez. Diez minutos más tarde llegó a casa de sus amigas. La morena comprobó con cierta inquietud que una docena de vehículos ocupaba ya los alrededores de la casa. Estacionó y llamó a la puerta.



-Hola, linda. Ya teníamos ganas de verte.

Ahí estaba Denis, con su sonrisa espectacular y sus modales envolventes. Desde fuera se percibía el murmullo de conversaciones mezclado con música retro de los ochenta. Alaska gritaba: «¿A quién le importa lo que yo diga? Yo soy así y así seguiré…». Yulia no pudo reprimir una sonrisa.

Denis era compañero de estudios y amigo de María desde hacía años. Sus ojos azules con largas pestañas y su pelo canoso rizado le otorgaban un atractivo especial. Cerca de la barrera de los cincuenta, irradiaba sabiduría y serenidad. En la actualidad, ocupaba un puesto en el departamento de Historia del Arte de la facultad. Yulia sentía un cariño especial por este hombre sensible e inteligente. La abrazó con ternura y la acompañó al interior de la casa rodeándole la cintura con el brazo. En el salón se mezclaba el sonido de la música, las risas y conversaciones con el barullo procedente de la gente que ocupaba el jardín posterior de la casa. La morena se demoró un momento hablando con Denis antes de incorporarse a la fiesta.

-¡Ustedes sí son caros de ver! ¿Qué tal el fin de semana en San Petersburgo?
-De lujo. Pero hubiera preferido no perderme el tuyo. ¿Cómo estás? -la miró con cariño.

Yulia suspiró.

-Supongo que bien. Ya veo que te lo han contado. Ahora no es buen momento, pero ya hablaremos. ¿Dónde está Iván?
-Anda por la cocina, ayudando a María. ¡Ah! Ahí tenemos a la protagonista.

La escritora se acercó a su amiga y le dio un fuerte abrazo.

-Felicidades cariño. Estás elegantísima. Te sienta de miedo cumplir años. ¿Cuántos dices que cumples? -la morena sonreía provocadora.
-Los mismos que tú, carca ¡No sé por qué te quiero! -bromeó Sonja arrugando el entrecejo.
-Porque no tienes más remedio. Anda, toma. Espero que te guste.

Sonja abrió el regalo.

-¡Me encanta! -Le cogió con ambas manos la cara, dándole un sonoro beso en los labios. Inmediatamente se puso el reloj.
-Siempre has tenido un gusto exquisito -intervino Denis- Por cierto, estaba a punto de decirle a nuestra amiga que no podemos dejarla sola. Enseguida la lía -dijo guiñándole un ojo a Sonja.
-Lo que deberíamos hacer es dejarla más veces sola. A ver si alguna loba se la come. Voy a enseñárselo a María. Ven conmigo, te tenemos que presentar a toda la fauna, a ver si alguna te gusta y te quitas de la cabeza a ya sabes quién.
-Antes necesitaré una copa, que te conozco y seguro que me metes en algún compromiso.
-No te preocupes que yo se la sirvo -dijo Denis dirigiéndose a Sonja- Déjamela un ratito, que ahora te la devuelvo, cuando esté preparada.

Se dirigieron a una mesa repleta de bebidas en un rincón del salón y desde allí observaron a los grupos que se habían formado por toda la casa.

-Las chicas han reunido a la flor y nata en tu honor -rió Denis mientras entregaba una copa de vino a la morena.
-Por Dios, Denis, que nos van a oír. No sabes el coraje que me da esto.
-Pues vamos, pégale un trago y relájate. La noche es joven.
-No me dejes sola o te mato. Vamos a salir al jardín a ver si veo a María y a Iván.

Se dirigieron al jardín entre la gente, percibiendo algunas miradas curiosas a su alrededor.

-Ahí está tu fisioterapeuta preferido -dijo Yulia señalando hacia Iván.

Iván, la nueva pareja de Denis desde hacía poco más de un año, era un moreno guapísimo que había conocido durante su rehabilitación, después de operarse los ligamentos de la rodilla. Y por lo visto le había hecho una rehabilitación de miedo.

-¡Hola, guapo! -dijo Yulia dirigiéndose hacia él.
-¡Yul! Ya pensábamos que no venías -la besó estrechándola con fuerza.
-No me perdería el cumpleaños de Sonja por nada del mundo. Lo han organizado todo de miedo -dijo echando una mirada en torno al jardín.

Dispuestos en varias mesas se exhibían diversos platos magníficamente presentados. María deambulaba de uno a otro grupo de gente, como siempre, preocupada porque todo fuera del gusto de sus invitados. De repente, vislumbró a Yulia y se acercó corriendo con los brazos abiertos.

-¡Yul! -le dio un abrazo que casi la tira al suelo- Sonja me ha enseñado el reloj. Es precioso. Ven, que te voy a presentar a unas amigas.
-Espera…

La tomo de la mano y prácticamente sin dejarle hablar la arrastró hasta un grupo de tres mujeres que charlaban al lado de una de las mesas. Denis hizo un guiño a Iván, que sonrió y volvió hacia la cocina, mientras él seguía a corta distancia a María y Yulia, presagiando que en algún momento tendría que rescatar a ésta.

-Estas son Tanya, Marina y Nina. Les presento a mi amiga Yulia. ¡Ya tenían ganas de conocerte! -dijo María mirando a la morena sonriente.

Tras los besos y presentaciones, María se disculpó y las dejó para seguir atendiendo al resto de invitados. Tanya, una morena menudita muy vivaracha, de ojos inteligentes, llevaba el pelo suelto en una melena corta muy lisa, que se agitaba al ritmo de sus movimientos. A su lado, Marina parecía moverse a cámara lenta. Con el pelo castaño recogido en una trenza, compartía el mismo estilo bohemio de María y sus ademanes eran pausados. Daba la sensación de que acababa de salir de una sesión de yoga. Nina, por contraste, una castaña alta de pelo largo rizado con grandes ojos verdes permanentemente asombrados, era un manojo de nervios. En sólo dos minutos de conversación consiguió derramar su copa, parte en el suelo, parte encima de su camisa.

Denis observaba de cerca, divertido, viendo como las tres, por turno, la acosaban a preguntas y, por supuesto, miradas con mensaje a las que Yulia no hacía ni caso. Ella respondía con soltura a sus interlocutoras. Denis ya había visto en otras ocasiones a la escritora en acción. Siempre le incomodaban estas situaciones, pero una vez en el ruedo, lidiaba con ellas de maravilla. Tenía un poder de seducción natural y la capacidad para mantener la atención de todo un grupo, por grande que fuera. Al cabo de un rato, Denis se dirigió hacia ellas, dispuesto a rescatarla.

-Bueno, veo que ya le han presentado a Yul.
-¡Denis! -Las tres se acercaron a besarlo, consiguiendo éste con fortuna sortear la nueva copa que esgrimía Nina en su mano.
-Estábamos hablando con Yulia de la última novela que ha escrito. ¡Nos encanta! -exclamó Nina entusiasmada.
-Y la estamos animando para que termine la que tiene entre manos, que ya la esperamos impacientes -añadió Tanya.
-Hacen muy bien. Yo también tengo ganas de leerla. Perdónenme que le robe un momento a Yulia. Enseguida se la devuelvo.

Denis tomo a la morena por la cintura y alejándola del grupo le susurró al oído.

-¿Llego a tiempo?
-Justito. Ya no podía aguantarme la risa -contestó atragantándose.
-La verdad es que estas tres juntas forman un grupo pintoresco. Anda, vamos a comer algo -dijo riéndose.

Se dirigieron a una parte más alejada y tranquila del jardín y probaron los platos de una de las mesas.

-Está todo buenísimo. Me gustaría decírselo a las chicas pero han desaparecido -dijo la morena.
-Ahora las buscamos. Desde aquí podemos tener una perspectiva más tranquila. ¿Has visto a alguien que te guste? Hoy eres la reina de corazones.
-De eso nada. La protagonista de hoy es Sonja, que para eso es su cumpleaños.
-Sí, pero ella está atrapada y tú no. Supuestamente, claro.
-Supuestamente.
-¿No vas a contarme lo que ha pasado?
-Ya te habrán adelantado algo las chicas, supongo.
-Algo. ¿Quién es esa «súper mujer» que le quita el sueño a nuestra Yul?
-¿Te acuerdas de Inessa, mi editora?
-¡Cómo olvidarla! Bella y con carácter.
-Pues Lena es su hija.
-¿¡No será menor…!?
-¿Pero tú qué te crees que soy? -la morena le dio una palmada en el hombro, bromeando.
-En serio. Debe ser un fenómeno para que te haya dado tan fuerte.
-Lo es. En todos los aspectos -le dio un trago a su copa, poniéndose seria.
-¿Y por qué la has dejado ir?
-Porque no puede ser, Denis. Es quince años más joven que yo, e Inesaa me ha pedido cordialmente que la deje en paz y además tiene novio, con el que debe estar en estos momentos.
-¿Te gustan las cosas fáciles, eh?
-¡Ya ves! -sonrió con cierta tristeza- Por cierto, ¡allí está Sonja!
-¿Quién es la rubia que esta con ella?
-¡No me digas que se ha atrevido a invitarla!
-¿La conoces? Anda, cuéntame, que me muero de curiosidad. Esa te tiene que gustar seguro. Es una preciosidad.
-Es una asesora fiscal de su despacho.
-¿Y?
-Me la recomendó una vez para un tema de renta. ¡Silencio que vienen hacia aquí!
-¡Los andaba buscando! ¿Te acuerdas de Valerik?
-Por supuesto.

Se saludaron con dos besos.

-¿Qué tal tu declaración? -preguntó Valerik con una sonrisa. Sus ojos verdes perforaban el alma.
-Mucho mejor que la anterior, gracias a ti -contestó Yulia devolviéndole la sonrisa.
-Me alegro. Si tienes algún problema ya sabes dónde estoy.
-Denis -intervino Sonja- ¿me ayudas con el vino? Quiero sacar algunas botellas más. ¡No veas la gente cómo bebe!
-¡Cómo no! -la mirada que Denis lanzó a Sonja fue significativa.

Se alejaron los dos hacía el interior de la casa.

-Bueno, se han dado prisa en desaparecer y dejarnos solas -comento la escritora sonriendo.
-Eso parece. Ahora entiendo por qué Sonja me ha invitado a su cumpleaños -añadió Valerik mirando a Yulia con complicidad- La verdad es que me extrañó en un principio, porque nuestra relación es estrictamente laboral y nos conocemos apenas, pero sentía curiosidad. Está intentando emparejarte con alguien, ¿me equivoco?
-No. Y te pido disculpas por esta situación. Sonja siempre anda metiendo en compromisos a todo el mundo. Es totalmente desinhibida y no se plantea que los demás puedan sentirse incómodos.
-No te preocupes -dijo Valerik riendo- La verdad es que no me siento incómoda en absoluto. Me divierte esta situación. Lo que me llama la atención es que una persona como tú necesite que le organicen encuentros sus amigas.

Tanto su mirada como su tono eran provocadores. A Yulia pareció tomarla por sorpresa, pero reaccionó rápido.

-Vaya, eres incluso más directa que Sonja. Y yo preocupándome por ti -contestó la morena en el mismo tono.
-Bueno, a mí también me gusta jugar de vez en cuando… Pero, en serio, ¿qué hace alguien como tú sin pareja? Imagino que es una opción personal, porque problemas para ligar precisamente no pareces tener.
-Gracias por el cumplido. Y sí, es una decisión personal. Decisión que algunas de mis amigas se empeñan en no respetar.
-¿Puedo preguntar por qué? -la mirada de Valerik era directa.
-Bueno, digamos que necesito tiempo para pensar y trabajar con tranquilidad. No busco complicaciones en estos momentos de mi vida.
-¿Acabas de terminar una relación?
-No. Hace más de un año. Me lo tomo con calma, simplemente.
-Bueno, un año ya es tiempo para empezar de nuevo, si uno quiere.
-Probablemente. ¿Y tú? Me cuesta imaginarte sola.
-Nunca estoy sola. Tengo mi trabajo, mi familia, mis amigos.
-Bueno, eso está muy bien. Si no quieres, no tienes por qué contarme nada.
-Puedo contártelo en mi casa, con una copa.
-No te andas con rodeos.
-Si algo me interesa, no. ¿Nos vamos?
-Vamos a despedirnos de Sonja, por lo menos.
-Déjalo. Que nos echen de menos.

Yulia se sintió arrastrada por esa mujer enigmática y un tanto peligrosa. Sin darle tiempo a pensar, se encontró huyendo con ella de casa de sus amigas y siguiéndola con su automóvil.






Capitulo 14: Valerik



Aquella noche, mientras Yulia seguía con su auto al todo terreno de Valerik, sus pensamientos bullían en su cabeza como agua hirviendo. ¿Qué estaba haciendo? Ni siquiera se había despedido de Sonja. Se habían escapado de su casa como delincuentes. No era propio de ella actuar así. Bueno, se dijo a sí misma para tranquilizar su conciencia, al fin y al cabo una copa no comprometía a nada y le daría la oportunidad de averiguar si era capaz de ir más allá sin acordarse de Lena.

Mejor ocasión sería difícil de encontrar, pero el nerviosismo le atenazaba el estómago. En otras circunstancias no tendría ninguna duda. Valerik era una mujer muy atractiva. Lo terrible era que, pasara lo que pasara, al día siguiente tendría que soportar las bromas y el interrogatorio de sus amigos. Más valdría no pensar y dejarse llevar por una vez en la vida. Un toque de locura no le vendría mal.

Al cabo de unos minutos, Valerik le hizo una señal desde su auto para que ubicara en un hueco. La morena estacionó y la esperó. Enseguida apareció con esa sonrisa enigmática.

-Es aquí mismo.

Entraron en el portal y subieron al ascensor. Cada segundo de silencio se convertía en un suplicio. Valerik la miraba directamente a los ojos, retándola. Parecía disfrutar con esa situación. Yulia se sentía claustrofobia. Deseaba salir de allí volando. ¡No sería capaz de atacarla antes de llegar! Notaba una gota de sudor deslizándose por su espalda. Y por si fuera poco, vivía en el último piso. El tiempo se hizo interminable hasta aquel piso. Valerik abrió la puerta y la dejó pasar delante. Era un apartamento moderno, decorado con gusto.

-Ponte cómoda. ¿Te apetece champán, vodka, bourbon…?
-Vodka, gracias.

«Tranquila, Yulia», se dijo un poco más calmada, «no vas a hacer nada que no quieras.»

Valerik se dirigió al equipo de música y al instante empezó a sonar una balada mientras ella desaparecía en la cocina. Al cabo de un minuto volvió con dos vasos, acercándose a la morena.

-Toma. Y no te preocupes -dijo sonriendo- sólo hablaremos.

La escritora no pudo evitar poner cara de asombro.

-Si quieres que te sea sincera, desde el primer día que viniste al despacho me gustaste. Y me pareció que yo a ti también. He estado a punto de abalanzarme sobre ti en el ascensor y besarte. Pero al ver la cara de susto que tenías he comprendido que había llegado tarde. ¿Es así?
-Vaya, eres muy observadora -Yulia no pudo evitar bajar los ojos al suelo.
-Vamos a sentarnos.

Se dirigieron al sofá.

-Hay alguien, ¿verdad?
-Sólo en mi cabeza -dio un gran sorbo a su copa y la dejó sobre la mesa.
-Y has venido esta noche para intentar quitarla de ahí… -Valerik acercó su mano hasta el pelo de la escritora y se lo retiró de la frente con una caricia- No me importa.

Yulia, en un arranque de desesperación, la agarró de la muñeca y la atrajo hacia sí. Valerik buscó su boca con deseo. De forma inconsciente empujó a la morena hasta que su cuerpo quedó recostado en el sofá y ella lo cubrió con el suyo. Yulia luchó con todas sus fuerzas por dejarse llevar. Sentía el cuerpo de esa mujer fascinante encima de ella, reclamándola y… el sabor de Lena en su cabeza. Y en ese mismo momento el mayor temor de su mente empezó a hacerse real. Una ráfaga de azahar la golpeó como una bofetada. Entre jadeos, sólo pudo decir una palabra.

-Espera.

Valerik se quedó quieta con la melena revuelta sobre la cara y fue apartándose despacio. Se sentó tomando aire al otro lado del sofá y cogió su copa.

-Debe ser muy importante para ti esa mujer.

La morena se levantó como movida por un resorte, con el corazón desbocado. Afortunadamente «aquello» sólo se manifestó un segundo y cesó de repente.

-Lo siento. Me gustas muchísimo, de verdad. Pero no puedo hacerlo. Tengo que solucionar esto antes. Perdóname.

Valerik se levantó y se acercó a Yulia.

-No te disculpes. Lo has intentado y te lo agradezco. Puede que más adelante todo cambie… Llámame entonces.
-Te lo prometo.
-No prometas nada.
-Te llamaré.
-Suerte -dijo Valerik despidiéndola con un ligero beso en la mejilla.

Yulia abandonó la casa sintiéndose derrotada. Estaba condenada a no poder rehacer su vida. Era como si la hubieran marcado como al ganado. Pertenecía a Lena. Y nunca la tendría. ¡Por Dios! Y encima «aquello» había vuelto, aunque fuera por un momento. Pero lo más aterrador es que le había ocurrido por primera vez estando acompañada.

La mezcla de frustración y de ira la llevó a vagar sin rumbo con su vehículo por toda la ciudad hasta que el amanecer la devolvió agotada a su casa.






Capitulo 15: Desaparecida



Esa noche, en casa de Sonja y María, Denis vagaba de un lado a otro de la casa buscando a Yulia. Al cabo de un rato se acercó a Sonja, que discutía vehementemente con un grupo de amigas de un tema indudablemente apasionante y le susurró al oído.

-Adivina quién ha desaparecido y con quién.

Sonja se disculpó ante el grupo y agarrando del brazo a Denis, se alejó de allí.

-No me jodas.
-No la encuentro por ninguna parte.
-¿Y a Valerik?
-Tampoco -Denis sonreía divertido.
-No me lo puedo creer -Sonja tenía los ojos abiertos como platos.
-Me parece que nuestra Yul te ha hecho caso.
-Me alegro, pero me sorprende que se haya ido sin despedirse.
-Bueno, la tal Valerik no parecía precisamente una mosquita muerta.
-¡Vaya con Valerik! Me parece que se han despejado todas las dudas. Espera a que se lo cuente a María.
-Pues ahí la tienes.

María apareció con Iván.

-¿Qué pasa? Parece que acabas de ver un fantasma -pregunto María acercándose preocupada.
-Cuando te lo cuente no te lo vas a creer.
-¿¡Qué!? ¡No me asustes!
-No, si es estupendo, pero aún no me he recuperado del impacto.
-¡Dímelo ya!
-Yul se ha largado sin despedirse. Con Valerik.
-¿¡Qué!? -María estalló en carcajadas- ¡Me encanta!
-¿Me he perdido algo? -dijo Iván.
-Sonja le ha presentado a Yul a una compañera de despacho y ha desaparecido con ella.
-La verdad, pensé que iba a costarnos un poco más. ¡Jod€r con Yul! Se ha decidido pronto -dijo Sonja aún sorprendida.
-Bueno, la verdad es que ligar nunca ha sido su problema -dijo Denis, cada vez más divertido con la situación.
-Ya, más bien al contrario. Cuanto más se ha empeñado en estar sola, más mujeres han pululado a su alrededor ¡Es increible! -Sonja se sentó dando un trago a una copa de vino.
-Y lo raro es que no es mujer de una noche. Se lo piensa mucho antes de irse a la cama con alguien -añadió María.
-Por eso me extraña lo de esta noche. Esa decisión a la desesperada… ¡Mañana sé de alguien que nos va a tener que contar un montón de cosas!
-¡Brindemos por Yul! -propuso María levantando su copa.
-¡Por Yul! -dijo Sonja riéndose- ¡Hacerme esto el día de mi cumpleaños!

Cuando Yulia despertó ese sábado, casi a la hora de comer, tenía varias llamadas perdidas en su móvil y unos cuantos mensajes en su buzón de voz.

A saber:

Mensaje número uno, a las 12:05:
Yul, no sé si te han raptado los extraterrestres. Cuando puedas nos llamas. Ah, por si no te acuerdas, soy Sonja, la anfitriona de la fiesta de anoche de la que desapareciste sin despedirte (risas).
Un beso.

Mensaje número dos, a las 12:30:
Yul, ya imagino lo «ocupada» que estás. Pero, ¡llámanos, m.a.l.d.i.c.i.ó.n! Cuando te levantes o cuando llegues a casa, ¿vale?

Mensaje número tres, a las 12:55:
O te levantas de la cama o te vas a morir, en serio. Que ya eres una ancianita para tanto meneo. ¡Llama! Adiós.

Mensaje número cuatro, a las 13:30:
Ya nos estamos preocupando. Te recuerdo que el ser humano tiene que alimentarse para sobrevivir. ¡Llámanos! Estamos como locas por hablar contigo.

Mensaje número cinco, a las 14:07:
Bueno, Yul, si en diez minutos no llamas me planto en tu casa, en serio. ¡Ponganse algo decente que pienso entrar aunque sea por la ventana! Ah, que María dice que se apunta.

A las 14:20 Yulia decidió atender el teléfono.

-¡Bueno, estás viva! -casi gritó Sonja.
-No mucho -el tono de la morena era lacónico.
-¿Qué pasa? -Sonja cambió su tono.
-Nada.
-¿Cómo que nada? ¿Qué te pasa? -la voz de Sonja reflejaba preocupación.
-Estoy fatal -dijo Yulia sombría.
-¿Estás sola?
-Sí.
-Ahora mismo estamos ahí.
-Sonja, no…
-Di lo que quieras pero voy a ir. Adios.

En menos de veinte minutos Sonja y María cruzaban la puerta de Yulia.

-¡Por Dios, Yul! ¿Qué ha pasado? Estás hecha un asco.
-No he dormido mucho -dijo con media sonrisa- Pasen y siententense. ¿Quieren una cerveza?
-Luego. Ahora cuéntanos -le apremió Sonja.
-Pero, anoche te fuiste con ella, ¿no? -preguntó María.
-Sí, fuimos a su casa.
-¿Y? -preguntó Sonja.
-Y nada. A la hora de la verdad no pude.
-Mira que me lo imaginaba. ¡Sí que te ha dado fuerte! ¿Qué dijo ella?
-Se lo ha tomado con mucha elegancia. Es una mujer muy inteligente. Comprendió que no era el momento.
-¿Y qué vas a hacer? -inquirió María.
-Absolutamente nada. Ya no pienso volver a ponerme en esta situación. Me vuelve loca no poder controlar mi cabeza. Y, créeme, no la controlo.
-Pues no lo hagas y enfréntate a tu fantasma. Ve por ella -contesto Sonja.
-Sabes que no puedo hacer eso.
-¿Y qué pretendes? ¿Encerrarte aquí como una monja de clausura? -insistió Sonja.
-No. Encerrarme como lo que soy, una escritora centrada en su trabajo. Esta clase de distracciones no hacen más que perjudicarme.
-Dime, ¿en estas condiciones vas a ponerte a escribir? ¡Si no puedes quitártela de la cabeza, Yul! No te engañes, esa no es la solución.
-Ya lo sé. Pero es lo único que puedo hacer ahora. No quiero salir, no quiero complicarme con nadie. No tengo ganas, de verdad.
-Yul, tú no eres así. Eres una persona con mucha vida que necesita calor y cariño a su alrededor -dijo María con ternura.
-Ahora lo que necesito es alejarme, de verdad, María. Lo necesito por salud mental.
-Mira, sé que en estos momentos estás enfadada contigo misma, pero la solución no es encerrarte. Lo sabes de sobra. Ponte tu camiseta, sal a la calle y grítale al mundo bien fuerte: ¡No voy a disculparme!
-Ahora no, Sonja. No puedo. Tengo que encontrarme otra vez a mí misma y para eso necesito aislamiento y tranquilidad.
-Lo que quieras, pero ¿ni siquiera aceptas una comida en nuestro italiano preferido? -preguntó María.
-No me apetece, de verdad. Les agradezco que se preocupen por mí. Pero estaré bien. Las llamaré.
-Hazlo o te sacaré de tu encierro a patadas -le advirtió Sonja.
-Lo prometo.
-Dame un beso -María la abrazó fuerte.
-No se preocupen.
-O resucitas pronto, o no te dejaré en paz. Ya me conoces -Sonja la abrazó.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:02 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS


Capitulo 16: Marcello




Los dedos de Inessa jugaban perezosamente con el pelo rizado del pecho de Marcello, abrazada a él en la cama.

-Estás muy callada. ¿Estás bien, cariño?
-Estoy feliz. Pero no dejo de pensar en Lena. Estoy preocupada.
-Llámala. Te quedarás más tranquila. Pero ya verás como el tiempo lo pone todo en su sitio. Mientras hablas con ella voy a darme una ducha y preparo algo para cenar -le dio un ligero beso en los labios y se dirigió al baño.

Inessa permaneció acostada unos minutos, pensando en la última conversación con su hija. Y sobre todo en su última conversación con Yulia. No había vuelto a hablar con ella desde aquel día. Las dudas la asaltaban, pero pensaba que había tomado la decisión correcta. Yulia lo entendería. Esperaba que con el tiempo su relación volviera a ser la de siempre, aunque no había imaginado ver a la escritora tan afectada. En el tiempo que la conocía, nunca la había visto perder así el control. Sentía la necesidad de hablar con ella, ayudarla, pero no sabía cómo hacerlo. La echaba mucho de menos. Hacía casi un mes desde aquella conversación. Cogió el teléfono y decidió llamar a su hija.

-¿Lena?
-¡Mamá!
-¡Cómo me alegro! Quería hablar contigo pero no sabía si estarías en casa.
-Estaba trabajando un rato. Vamos muy liados esta semana. He de traerme trabajo a casa.
-Hija, ¿no sales por ahí a divertirte?
-La verdad es que no salgo mucho. Aunque de vez en cuando quedo con alguna amiga y voy a cenar, al cine, a la ópera… Prefiero aislarme un poco. No tengo muchas ganas de marcha. Casi siempre llego tan cansada que prefiero quedarme en casa y leer.
-Lena, ¿cómo estás? Sigo muy preocupada por ti.
-No te preocupes, mamá. Centrarme en el trabajo me está ayudando mucho. No tengo demasiado tiempo para pensar.
-Ya sabes que si necesitas hablar estaré siempre aquí. Te echo de menos. Marcello y yo hemos pensado que quizás el mes que viene nos podamos escapar a verte. ¿Qué te parece?
-¡Sería estupendo! Además podré enseñarle a Marcello muchas cosas de París que aún no conoce. Me vendría muy bien verte, mamá. Yo también te echo de menos. A veces me siento un poco sola.
-No me digas eso, hija, me rompes el corazón. No te preocupes que iremos pronto. Pero prométeme que saldrás a divertirte más a menudo. Me duele imaginarte recluida y triste, cariño.
-Tranquila, mamá. Tengo ratos malos, pero los supero día a día. Ya sabes cómo soy. No te preocupes tanto y disfruta tú con Marcello. Me encanta verte tan feliz.
-Me siento mal porque tú no lo eres, Lena.
-Pues no seas tonta. Las oportunidades no son muchas en esta vida. Ya llegará la mía.
-Te quiero, hija. Siempre me sorprende tu fortaleza.
-Tengo a quién parecerme.
-Un beso. Te dejo, vamos a cenar. Te vuelvo a llamar pronto. O me llamas tú.
-Yo te llamaré. Te quiero.

Marcello apareció envuelto en una bata de seda. Inessa se levantó de la cama y le abrazó.

-Mientras preparas la cena voy a ducharme.
-¿Has hablado con Lena?
-Sí. Está bien.
-¿Segura?
-No. La verdad es que lo está pasando fatal.
-¿Te ha preguntado por Yul?
-Nunca la nombra y eso ya significa bastante. Pero tampoco podría contarle mucho, no sé nada de ella. Tendré que llamarla pronto.
-Bueno, todo a su tiempo. Ahora ¡a la ducha! -la atrajo hacia él y la besó.
-Si me sigues besando así tendrás que volver a ducharte conmigo -susurró mientras introducía la mano dentro de su bata.
-Me parece que hoy cenaremos muy tarde… -dijo Marcello junto a su oído.






Capitulo 17: Visita inesperada




Inessa estaba repasando unos documentos cuando se acercó a ella un empleado hablando con alguien que le seguía por el pasillo. Era Sonja.

-Hola, Inessa.
-¡Sonja, qué sorpresa!

Se saludaron con dos besos.

-¡Cuánto tiempo! ¿Qué pasa? -Inessa oyó una voz de alarma en su cabeza. No tenía una relación cercana con Sonja ya que sólo habían coincidido en fiestas comunes con Yulia. Era totalmente extraño que apareciera en la editorial.

-Necesito hablar contigo.
-Espera, vamos a mi despacho.

Se dirigieron al despacho de Inessa y ésta cerró la puerta.

-Dime.
-¿Cuánto hace que no hablas con Yul?
-Bastante, ¿por qué? -Inessa se puso a la defensiva.
-Te lo voy a decir. Exactamente un mes y tres semanas. Justo desde que tu hija se fue.
-¿Y? -la voz de Inessa era tensa.
-¿Y no te parece raro que en casi dos meses no se haya puesto en contacto contigo?
-Imagino que estará concentrada escribiendo. A veces tiene rachas así.
-Inessa, Yul está hecha una mi€rd@ y dudo mucho que acabe el libro que tenía entre manos. Por lo que la conozco, lleva por lo menos tres semanas sin escribir ni una línea.
-No te andes con rodeos, Sonja. Suelta lo que tienes que decirme.
-Tienes que hablar con ella. Y dejar que se ponga en contacto con Lena.
-Eso no es asunto tuyo.
-Lo es desde que veo a mi amiga tirar su vida por la ventana. Inessa, Yul ya no sale de casa. Y ni siquiera puede tocar a otra mujer. Está loca por tu hija y soy testigo de que ha intentado por todos los medios quitársela de la cabeza y no ha podido. Está cayendo en un abismo. Y tú que la conoces tanto como yo deberías saber hasta qué punto eso es raro en ella.

Inessa permanecía callada, mirando pensativa hacia un punto perdido.

-He venido porque pensé que debías saberlo. Ahora me voy, tengo que volver al trabajo.

Sonja fue hasta la puerta y la abrió.

-Sonja.

Se dio la vuelta y la miró.

-Gracias -dijo Inessa.
-No me las des.

Sonja se fue e Inessa permaneció largo rato en su despacho pensando. Tenía que hablar con Yulia. Lo había dejado demasiado tiempo y ahora le parecía un precipicio difícil de cruzar. Lentamente se dirigió al teléfono y extendió su mano. Pero antes de llegar a rozarlo comenzó a sonar, provocándole un sobresalto.

-¿Sí?… Sí, soy yo.

La persona al otro lado del auricular habló durante escasos segundos.

-Voy inmediatamente.

Inessa colgó el teléfono con el rostro alterado, agarro su bolso y salió corriendo de la editorial.





Capitulo 18: Acercamiento forzoso



Entró como una exhalación por la puerta de urgencias del hospital y fue directa al mostrador.

-Me han llamado por teléfono. Ha ingresado mi pareja con un infarto.
-¿Me dice el nombre?
-Marcello Landi.
-Sí, lo han llevado directamente a la UCI. Está en el pabellón central. Segundo piso. Pregunte allí.
-Gracias.

Con el corazón en un puño, Inessa se dirigió hacia la UCI en un recorrido que le pareció interminable. Abordó a la primera enfermera que se cruzó en el pasillo.

-Por favor, estoy buscando a Marcello Landi. Me han dicho que ha ingresado esta tarde.
-¿Es usted un familiar?
-Soy su pareja.
-Espere un momento.

Transcurrieron unos segundos angustiosos mientras la enfermera consultaba unos papeles.

-Tendrá que hablar con el médico de guardia. Un momento, voy a llamarlo.

Mientras la enfermera hablaba por teléfono, un nudo atenazaba el estómago de Inessa.

-Viene enseguida, no se preocupe -le comunicó la enfermera tras colgar.

Inessa deambulaba por el pasillo retorciéndose las manos con angustia creciente. Al cabo de unos minutos que le parecieron horas, un médico joven se dirigió hacia ella.

-¿Preguntaba usted por un paciente?
-Sí, Marcello Landi.
-¡Ah, el señor italiano!
-Por favor, dígame cómo está -rogó Inessa.
-Bueno, ahora está estable, pero su situación no era muy buena cuando ingresó. Ha sufrido un infarto. Suerte que vino al hospital en cuanto empezó a encontrarse mal. Un poco más tarde y no hubiéramos podido hacer nada.
-Pero, ¿se pondrá bien? -preguntó con un hilo de voz.
-Esperamos que sí. Parece un hombre fuerte. Pero tendrá que cuidarse un poco más a partir de ahora si quiere seguir viviendo.
-¿Puedo verlo?
-Pero sólo unos segundos. Necesita tranquilidad. Hay un régimen de visitas muy estricto. Venga conmigo.

Inessa siguió al médico por los pasillos. Le aterraba pensar lo que podría encontrarse.

Entraron en el box y notó que se le erizaba el vello de la nuca. Marcello yacía como un muñeco de trapo entre tubos y máquinas a su alrededor. Nunca había imaginado a ese hombre tan fuerte, tan dueño de todas las situaciones, en semejante estado de debilidad. Le dio la sensación de encontrarse ante un niño desamparado y la ternura se desbordó por sus mejillas. No quería que la viera así, pero no podía controlarse. Se acercó a su cama y él la miró con todo el amor reflejado en sus ojos azules.

-No llores -dijo él dulcemente.
-¿Por qué no me has llamado antes? -le recriminó Inessa con las lágrimas rodando por su cara.
-No quería preocuparte.
-Te pondrás bien, me lo han prometido -dijo mientras acariciaba su mano e intentaba serenarse.
-Lo sé. No te vas a deshacer de mí tan fácilmente.
-Te quiero.
-Y yo a ti.
-Mañana volveré a verte. No me dejan quedarme. Pero a primera hora estoy aquí.
-Tranquila. Te estaré esperando, como siempre.
-No esperarás más. Te lo prometo.
-¿Segura? -una chispa brilló en los ojos de Marcello.
-Segura.
-Tiene que despedirse ya. Lo siento -dijo el médico.

Inessa lo besó suavemente en los labios.

-Hasta mañana, cariño.
-Hasta mañana, amore mío.

Inessa salió de allí con los ojos arrasados en lágrimas y llegó a la calle sin saber qué hacer. Se sentía impotente. En ese momento se había dado cuenta de cuánto amaba a ese hombre. Y el descubrimiento le impactó como una bofetada. ¡Dios mío!, tenía que hacer una llamada.

Busco el teléfono y marcó el número de Yulia.

-Yul -la voz le temblaba.
-¿Sí?
-Soy Inessa.
-¡Inessa! No te había reconocido. ¿Te pasa algo?
-Estoy en el hospital. Marcello ha sufrido un infarto. Está en la UCI.
-¿¡Cómo!?
-Acabo de hablar unos segundos con él, pero no me dejan quedarme. Hasta mañana no puedo volver a verlo -su voz sonaba ahogada.
-Dime dónde estás, voy enseguida.
-No, de verdad, estoy bien.
-Entonces, ven a mi casa, no quiero que estés sola.
-Yul, yo…
-No digas nada más. Te espero.

Inessa suspiró.

-Ahora voy. Pero antes tengo que pasar por la mía. En una hora estoy ahí.
-Adios. No tardes.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:05 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS


Capitulo 19: Planes. El regreso.



Con el corazón en un puño, Inessa entró en su casa y preparó una bolsa con lo necesario. No podía ni pensar en lo que pasaría si Marcello se fuera. Ahora tenía la certeza de que él era el responsable de la plenitud que sentía en su vida en estos momentos. Antes de irse tomo el teléfono. Tenía que hablar con Lena.

-¿Mamá?
-Hola, cariño.
-Tienes la voz triste. ¿Ha pasado algo?
-Marcello ha sufrido un infarto. Está en el hospital.
-¡Oh, Dios mío! ¿Cómo está?
-Mal, hija. Estoy muy asustada. Está en la UCI. Los médicos dicen que es fuerte y puede que se ponga bien, pero yo no quiero ni pensar…
-Escúchame. Mañana mismo estoy ahí contigo. Abordaré el primer avión.
-No vengas, Lena, de verdad. No puedes hacer nada, cariño.
-Sí puedo. Puedo estar contigo. No quiero que pases por esto sola. Además, aún me quedan vacaciones.
-Lo que quieras. No puedo discutir contigo. Llámame mañana y me dices a qué hora llegas. Te recogeré en el aeropuerto.
-No hace falta. Dime en qué hospital está y tomare un taxi.
-Prefiero recogerte en el aeropuerto. Llámame, ¿vale?
-Te llamo en cuanto tenga el vuelo. Un beso y tranquila. Todo saldrá bien.
-Eso espero, hija. Te quiero.
-Y yo a ti. Hasta mañana, mamá. Intenta descansar. Tómate algo.
-No te preocupes. Hasta mañana, cariño. Llámame.

Tras hacer una llamada a la editorial para contar lo ocurrido y dar las instrucciones precisas, Inessa se dirigió preocupada hacia su vehículo. Condujo despacio a la casa de Yulia. ¿Qué podría decirle? Las cosas se le estaban escapando de las manos. A ella, que era la reina del control.

Yulia abrió la puerta y ella y su amiga se miraron a los ojos, calladas.

-Ven aquí -dijo Yulia alargando los brazos.

Sus ojos reflejaban todo el dolor y el miedo de la incertidumbre. Inessa se fundió en un abrazo con la morena.

-Vamos a sentarnos -dijo la escritora acompañándola hasta el sofá.
-Yul, te debo una disculpa por cómo me comporté.
-No digas nada. Eso ya es pasado. Y tenías razón.
-No. No tenía derecho a inmiscuirme en tu vida de esa forma. Eres libre para hacer lo que sientas, Yul. No necesitas mi permiso. Aunque sea mi hija.
-Bueno, ahora eso ya no tiene importancia. Todo está donde debería. Ahora lo importante son tú y Marcello. ¿Lena lo sabe?
-Sí, he hablado hace un rato con ella. Quería venir pero le he dicho que no hacía falta. No quiero interrumpir su trabajo si no es necesario -mintió.

La morena guardó silencio unos momentos.

-¿Qué te han dicho en el hospital?
-Por lo visto, llegó bastante grave. Pero dicen que es fuerte y hay esperanzas de que se recupere. Estoy aterrorizada, Yul. Lo amo.
-Lo sé.
-¿Lo sabes? -Inessa la miró sorprendida.
-Te delata la forma de mirarlo cuando crees que no te vemos. Es un hombre muy inteligente, Inessa. Ha sabido ganarte. Te da exactamente lo que necesitas y respeta tu espacio. Y además te adora. Y a ti hace tiempo que no te veo tan feliz.
-¡Oh, Yul! No sabes lo impotente que me siento.
-Tranquila, está en buenas manos. ¿Has cenado?
-No tengo hambre.
-Tienes que tomar algo. Voy a preparar cuatro tonterías y un poco de vino. Te sentará bien.
-Bien, pero déjame que te ayude. Necesito hacer cualquier cosa para no pensar.

Fueron juntas hasta la cocina.

-Toma -le alargó una botella y un sacacorchos- Ábrela.

Inessa se quedó mirando a Yulia con la botella en la mano.

-Te quiero, Yul. Siento mucho por lo que estás pasando.

La morena siguió preparando los platos sin girarse a mirar a su amiga.

-Yo también te quiero.
-Me gustaría hablar de ello -insistió Inessa.
-Ahora no, Inessa.

La morena salió de la cocina cargada con dos platos e Inessa la siguió con el vino. En silencio, volvieron a la cocina y acabaron de preparar la mesa. Se sentaron y comenzaron a cenar.

-¿A qué hora vas a ir al hospital? Quiero ir contigo -dijo, por fin, la morena.
-Las visitas son a las once, pero me gustaría llegar antes.
-Vamos a la hora que quieras. Has dado tu teléfono ¿no?
-Sí. No voy a apagar el móvil en toda la noche. Y espero por Dios que no suene.
-No te preocupes. Ya te han dicho que es muy fuerte. Y es cierto. Las dos lo sabemos.

Inessa tomo su copa y bebió un trago largo.

-Le he advertido cientos de veces que se cuidara más, que no comiera tantas grasas y sobre todo que dejara el tabaco. Pero es tan cabezota como yo.
-Imagino que a cierta edad acabas pensando que no vale la pena renunciar a las pocas cosas que te hacen feliz.
-Por eso he tomado una decisión, Yul. Voy a casarme con él.
-¿Te vas a ir con él a Italia? -preguntó la escritora alarmada.
-Lo llevo pensado hace tiempo, pero me costaba tomar la decisión. Tenía que pasar esta mi€d@ para verlo claro -dió un trago de su copa- Voy a esperar un tiempo y dejar las cosas arregladas. Venderé la empresa, tengo algunas ofertas. Creo que ha llegado la hora de dejar de trabajar y disfrutar de la vida. No sé si sabré hacerlo, Yul. Ya sabes que gran parte de mi vida es mi trabajo, pero esto me ha abierto los ojos. Debo intentarlo. Se lo debo a Marcello y creo que me lo debo a mí misma también.
-Brindo por ello. Es una decisión muy valiente y sé que no te arrepentirás, Inessa. Sólo espero que me pongas en manos de un buen editor antes de irte -dijo bromeando.
-No te preocupes por eso. Se pelearán por ti en cuanto te suelte, lo sabes. Eres una inversión segura. Por cierto, ¿cómo va la novela?
-Bueno, no tan bien como debería. No te voy a mentir -contestó mirando su copa.
-Yul, Sonja fue a la editorial. Me ha contado cómo estás.
-No sé lo que te habrá dicho, pero el tiempo pasa rápido, Inessa. Y pone las cosas en su sitio. No te preocupes. Ahora sólo quiero concentrarme y volver a escribir. Es lo que necesito.
-Lo que no quiero es verte sufrir.
-Las cosas a veces no son fáciles. Tú lo sabes.
-Lo sé. Pero también las hacemos más difíciles de lo que son.

Yulia se acercó a Inessa y le dio un beso en la mejilla.

-Creo que ahora lo que necesitamos las dos es descansar. Mañana va a ser un día muy largo. Te he preparado la habitación de invitados.
-Sí, será mejor que nos acostemos. Me gustaría ir mañana sobre las diez al hospital. Aunque no me dejen verlo antes.
-No te preocupes. Yo te despertaré y prepararé el desayuno. Ahora a descansar. Acuéstate mientras yo retiro esto. Y no pienses.
-No va a ser fácil.
-Lo sé. Pero inténtalo, ¿si?
-Bueno -le dio un abrazo- Buenas noches, Yul. Y gracias.
-No tienes que dármelas. Anda, descansa.
-Hasta mañana. Llámame temprano.
-No te preocupes.

A la mañana siguiente la morena se levantó a las ocho y encontró ya vestida a Inessa en el salón.

-Buenos días -dijo Inessa.
-¿A qué hora te has levantado?
-Hace una hora más o menos. Me he despertado y mi cabeza ya no ha dejado de dar vueltas. Me he dado una ducha y me he vestido. Estaba intentando distraerme con una revista.
-Tenías que haberme llamado. Voy a hacer el desayuno.

A los pocos minutos, la escritora apareció con una bandeja repleta y se sentaron a la mesa.

-No han llamado del hospital, ¿no?
-Afortunadamente no. Me costó mucho dormirme pensando en que sonaría el teléfono en cualquier momento. Pero al final caí rendida.
-Imagino que en el trabajo lo habrás dejado todo arreglado.
-Sí. De todas formas, después del hospital iré por allí. Ya que no puedo hacer otra cosa, me dedicaré a prepararlo todo para lo que te dije ayer.

Tras el desayuno, Yulia fue a darse una ducha y a arreglarse.

Inessa ojeaba una revista cuando sonó su móvil. Con el corazón en un puño contestó.

-¿Mamá?
-Lena, cariño, qué susto me has dado. Creí que era del hospital.
-Lo siento. ¿Cómo está?
-No sé nada. No me han llamado. Supongo que es buena señal. Voy a ir ahora hacia allí.
-Escucha, llegaré a las seis.
-Perfecto. Tengo muchas ganas de verte, hija.
-Y yo también.
-Iré a recogerte y nos iremos las dos al hospital. La visita de la tarde es a las siete.
-Muy bien. Nos vemos dentro de un rato.
-Hasta luego entonces, cariño.
-Un beso.

En cuanto Yulia estuvo lista, salieron cada una con su coche hacia el hospital. Llegaron poco antes de las diez. Inessa localizó a una doctora y preguntó por Marcello.

-No se preocupe. Está respondiendo muy bien a la medicación. Si sigue así estará fuera de peligro en dos días y lo bajaremos a planta. Ahora tendrá que esperar un poco. Hasta las once no se permiten visitas.
-Gracias.
-Vamos a la cafetería a tomar algo. Falta casi una hora -sugirio la morena
-Sí, será lo mejor. Odio estos pasillos.

Se dirigieron a la cafetería y pidieron dos cafés.

-Bueno, esa doctora te ha tranquilizado un poco.
-Sí, pero van a ser dos días muy largos. Sólo me dejan verlo unos minutos. Es una tortura.
-Tranquila. Lo importante es que se está recuperando. Pronto lo tendrás en casa todo para ti.
-Es lo que más deseo en este mundo.
-Aunque pasará un tiempo hasta que todo vuelva a la normalidad. Imagino que deberá llevar un tratamiento y unos cuidados especiales. Tienen que tomároslo con calma.
-Haré lo que haga falta. Ya te he dicho que estoy dispuesta a dejarlo todo por él.
-No hace falta que te diga que me tienes para lo que necesites.
-Lo sé -Inessa tomo la mano de Yulia con ternura.

A las once menos cinco estaban en la puerta del box donde se encontraba Marcello. Yulia lo saludó a través del cristal. No quería robarle a su amiga el tiempo que pudiera estar con él. Inessa entró en el box con paso ansioso.

-Hola, cariño, ¿cómo te encuentras? -preguntó agarrándole la mano.
-Un poco aburrido y te echo mucho de menos.
-Y yo a ti. Me han dicho que te está haciendo efecto la medicación y que en un par de días te podrán bajar a planta. Entonces te prometo que no me separaré de ti ni un minuto.
-Te compensaré por todo lo que te estoy haciendo pasar.
-Lo que me tienes que prometer es que te cuidarás y harás todo lo que digan los médicos. Necesito un marido que me dure mucho tiempo.
-¿Eso quiere decir…? -los ojos azules de Marcello se abrieron de par en par.
-Sí, mi amor. Pero no quiero que te exaltes. Ya hablaremos cuando salgas. Ahora tienes un motivo más para ponerte bien.
-Cara mía. Me muero por estar a solas contigo.
-Creo que eso que estás pensando tendrá que esperar un tiempo -dijo Inessa con una sonrisa.
-En cuanto me den permiso los doctores.
-Ahora descansa y no pienses en eso. No seas malo.
-Señora, tendrá que salir ya. El paciente tiene que descansar -avisó una enfermera.
-Esta tarde vengo a verte, cariño.
-¡Qué corto se hace este momento!
-Ten paciencia, mi amor -le dio un beso en los labios- Descansa. Te reservo una sorpresa.
-¿No me la vas a contar?
-No sería una sorpresa. Hasta luego, cariño.

Inessa se reunió con Yulia afuera. Fueron andando despacio hasta el aparcamiento del hospital.

-¿Cómo lo has encontrado?
-Es el Marcello de siempre.
-Desde afuera no tenía mal aspecto. Aunque impresiona verlo enchufado a esas máquinas.
-Es horrible. Espero algún día poder quitarme esa imagen de mi cabeza.
-¿Qué quieres hacer ahora?
-Voy a acercarme al trabajo a arreglar cosas. Imagino que estaré hasta tarde. Tengo que prepararlo todo.
-¿Quieres que pase a por ti y volvemos juntas?
-No, prefiero que vayas a mi casa después y te invito a cenar. Me gustaría que habláramos de algunas cosas.
-Vale. ¿A qué hora quieres que vaya?
-¿A las ocho?
-De acuerdo. Nos vemos luego -se acercó y abrazó a Inessa.
-Hasta luego, Yul. Y gracias otra vez.
-Ya te he dicho que a mí no me des las gracias -dijo sonriendo mientras entraba en su automóvil.


***************************************


Lena miraba pensativa por la ventanilla del avión. Estaba preocupada por su madre. Hacía mucho tiempo que no la veía tan asustada. Parecía que la historia se repetía: primero su padre y ahora Marcello. Rezaba para que esta vez el final fuera distinto. Sabía que su madre quería a Marcello y la destrozaría volver a pasar por lo mismo.

Pero, a su pesar, su mente se alejó de su madre y voló hasta Yulia. Hacía casi dos meses desde que se fue. La última vez que abordo ese avión ella la estaba esperando en el aeropuerto. Estaba aterrorizada ante la idea de volverla a ver. Se avergonzaba de su último encuentro y sobre todo de la forma en que había huido.

Pero una parte de ella deseaba verla con toda su alma. Todos los esfuerzos por olvidarla habían sido inútiles. Pensar en ella le hacía perder el control. Lena se consideraba una mujer afortunada. Era consciente de que despertaba pasiones y normalmente ella tenía el poder. Los hombres la consideraban una diosa distante difícil de alcanzar. Y ella había cultivado ese mito, sobre todo en los últimos tiempos, para mantenerlos alejados. Pero con Yulia era distinto. En su presencia se convertía en una niña desprotegida. Odiaba sentirse así, pero no lo podía evitar, la desarmaba. De todas formas, cabía la posibilidad de que en esta ocasión no la viera. Imaginaba que su madre evitaría las situaciones en las que pudieran encontrarse. En ese caso no tendría de qué preocuparse.

También podría ocurrir que Yulia evitara encontrarse con ella. Sería lógico. Pero si surgiera el encuentro, esta vez no se comportaría como una idiota y ante todo, le pediría perdón. No podía dejar que siguiera pensando de ella que era una niña inmadura. Se lo contaría todo.

Inmersa en estos pensamientos, recogió su maleta y se dirigió a la salida. Allí estaba su madre. Salió corriendo hacia ella y se fundieron en un abrazo. Lena la miró con preocupación. Su cara reflejaba los momentos horribles que estaba pasando.

-¡Qué ganas tenía de abrazarte, mamá! No sabes lo largas que se me han hecho las horas hasta llegar aquí.
-Más ganas tenía yo, cariño, te lo aseguro. No puedo volver a pasar por esto otra vez, Lena.
-Lo sé. Y no va a pasar. Ten fe.
-Los médicos dicen que se está recuperando bien, pero no puedo evitar estar aterrada.
-Es normal. Anda, vamos a verlo -Lena abrazo a su madre por la cintura y juntas salieron hacia el aparcamiento.

Casi una hora después estaban ante la puerta del box de Marcello. Esta vez Inessa le dijo a Lena que entrara ella unos segundos a saludarlo. Era su sorpresa. Lena se acercó sigilosa a la cama de Marcello.

-¡Has venido! Debo de estar muy grave.
-De eso nada. De ésta te libras -Lena lo besó en la mejilla- Además, vas a tener que cuidar de mi madre. Ella te necesita.
-Y yo a ella. No te preocupes, no le voy a hacer el desaire de morirme.
-No te lo perdonaríamos.
-Me alegro de verte, de verdad. Cuida de tu madre por mí.
-Lo haré, tranquilo. Pero pronto te sacarán de aquí. Voy a dejar que entre ella a verte, ¿bien? Nos veremos mañana.
-Gracias, Lena.

Salió y se quedó mirándolo desde el cristal. Inessa entró junto a Marcello.

-Hola, mi amor.
-Me ha encantado tu sorpresa.
-Ha insistido en venir. Yo no quería que dejara su trabajo, pero quería estar con su familia -los ojos de Inessa se llenaron de lágrimas.
-Me hará muy feliz formar parte de tu familia, Inessa.
-Ya formas parte de ella, cariño -lo besó en los labios- Mañana estaremos aquí a las diez. Espero que sea el último día en esta sala. Voy a hablar con el médico en cuanto salga. Ten paciencia, mi amor. Saldrás muy pronto de aquí.
-No te preocupes, cara mía. Mirarte me da fuerza para aguantar cualquier cosa.
-Te quiero.
-Y yo a ti.
-Nos veremos muy pronto, mi amor.
-Te estaré esperando.

Inessa se despidió con otro beso. La enfermera venía ya a avisarle.

Lena le lanzó un beso desde el cristal. Ella y su madre salieron abrazadas por la cintura hasta el estacionamiento.

-¿Yul ha venido a verlo? -preguntó Lena en tono casual.
-Sí, ha venido conmigo esta mañana.
-¡Ah! -permaneció en silencio.
-Lena, voy a llevarte a casa y así te acomodas y te relajas un poco del viaje. Yo tengo que pasar un rato por la editorial a arreglar unas cosas.
-Pensaba acompañarte.
-Prefiero que me esperes en casa, cariño.
-Vale, como quieras. ¿Quieres que prepare algo para cenar?
-Echa un vistazo en la nevera. Algo encontrarás. Yo te llamaré antes de salir.
-De acuerdo. Tenemos que hablar de muchas cosas.
-Ya lo creo.

Inessa dejó a su hija en casa hacia las ocho menos cuarto y salió disparada en su vehículo con una sonrisa malévola en los labios. Ese día pensaba volver muy tarde a casa.






Capitulo 20: Se cierra el círculo



A las ocho en punto Yulia llamaba a la puerta de casa de Inessa, con una botella de vino en la mano. Al abrirse la puerta, le faltó poco para dejar caer la botella al suelo. Estaba viendo un espejismo. Allí estaba, Lena a un metro de ella. Con esos ojos color jade como llamas observándola perplejos y las mejillas encendidas. Las dos se quedaron calladas unos instantes, mirándose sin creer lo que veían.

Por fin, Yulia se decidió a dar el primer paso.

-Hola, Lena.
-¿Has quedado con mi madre aquí? -preguntó nerviosa.
-Sí, esta mañana.
-No me lo puedo creer.
-Ni yo tampoco. A mí me había dicho que no ibas a venir.
-Pasa, no te quedes ahí -dijo, haciéndose a un lado.
-¿No está Inessa? -preguntó la morena entrando.
-No, ha ido al trabajo. Me ha dicho que llamaría antes de salir.
-Ya.

Lena cerró la puerta y se situó ante Yulia.

-Bueno, ¿quieres tomar algo?
-Si te parece, abrimos la botella. Antes de que se me caiga -bromeó la morena para suavizar un poco la tensión.
-Dámelo -Lena no pudo reprimir una sonrisa.

La pelirroja desapareció en la cocina.

Yulia no daba crédito a lo que estaba viviendo. Sentía el pulso desbocado. Con los esfuerzos que había hecho para no pensar en ella y de pronto el destino se la ponía delante de las narices ¡Dios, estaba bellisima! Con esa camisa negra de escote imposible y esos pantalones ajustados que resaltaban su cuerpo perfecto. Y sus ojos. Esos ojos que le hacían temblar las rodillas cuando la miraban. Necesitaría una buena dosis de vino para mantenerse en pie. De momento se sentó en el sofá del salón y procuró no pensar, aunque su cabeza corría a la velocidad de la luz.

En la cocina, Lena luchaba con el corcho del vino. Si seguía con esos temblores acabaría cercenándose un dedo. Por fin el tapón cedió y llenó las dos copas, vaciando una entera de un trago. ¡Cómo se la había jugado la ladina de su madre! ¡Menuda trampa les había preparado! Y por lo visto, Yul estaba tan enterada como ella. Yul… ¡Cómo deseaba volver a besarla! Llevaba esos viejos vaqueros desgastados y esa camiseta que se le pegaba al cuerpo… Hacía mucho tiempo que luchaba contra su recuerdo, pero en un segundo todos sus deseos la volvían a atacar con furia. Sus ojos, sus manos, su boca… ¡No iba a poder controlarse! Tenía que serenarse. Acordarse de todo lo que pensaba decirle, no perder la dignidad. ¡Por Dios! ¿Dónde estaba la diosa distante? Tenía que salir de la cocina. No podía esconderse allí toda la vida.

Armándose de valor, tomo las dos copas y fue hasta el salón.

Yulia se puso de pie como empujada por un resorte.

-Toma -Lena le dio una copa.
-Por ti -dijo la moren llevándose la copa a los labios.

Tras apurarla de un trago, la dejó encima de la mesita auxiliar.

-Lena…
-No, déjame hablar a mí.

Lena dejó también su copa vacía en la mesa y se sentó en un sillón. Yulia se sentó a una distancia prudencial en el sofá.

-Quería pedirte disculpas por cómo me comporté -comenzó Lena lentamente.
-No tienes que disculparte por nada.
-Sí tengo. Me fui sin despedirme. Y también… te besé sin darte una explicación.
-No tienes que explicarme nada.
-Quiero hacerlo. Voy a traer la botella.

Se levantó nerviosa y volvió a desaparecer en la cocina. A los pocos segundos apareció con el vino y volvió a llenar las copas. Haciendo acopio de valor empezó a hablar.

-Seguro que pensaste que me apetecía una aventura sin complicaciones. Al fin y al cabo, iba a casarme. Y era sólo un juego sin importancia.

Mientras decía esto, Lena centro su mirada en la copa. No podía permitirse mirar a los ojos color zafiro.

-Algo así. Por eso te aparté de mí -calló unos instantes- Pero sobre todo te aparté porque me dio miedo lo que me hacías sentir. Y saber que después te ibas a ir y yo me iba a quedar aquí, volviéndome loca con tu ausencia… como ha sucedido.
-¿Qué? -la pelirroja se quedó mirándola con la boca abierta y el corazón acelerado. No daba crédito a lo que acababa de oír.
-Que no he podido dejar de pensar en ti ni un solo minuto -dijo la morena apartándose de forma refleja el pelo hacia atrás y mirando fijamente al suelo.

Lena se levantó y se sentó pegada a ella. Le tomo el rostro y se la levantó.

-Mírame, Yul.

Sus ojos se encontraron con deseo. Sin poder contenerse, las bocas se buscaron como aquella vez, mientras sus cuerpos ardían entrelazados en el sofá.

Con un esfuerzo supremo, Lena consiguió separar su boca y acercarla al oído de Yulia.

-Te he querido siempre, Yul. He roto con Jean-Marc. He roto con todo lo que no seas tú.

Yulia enterró sus dedos en la melena rojiza y la atrajo de nuevo hacia su boca. Las manos de Lena comenzaron a perderse bajo la camiseta de Yulia, mientras su lengua la volvía loca. Cuando pensaba que iba a explotar, la pelirroja se apartó de un salto y tiró de ella.

-Aquí no. Ven conmigo.

Comenzó a subir la escalera llevando de la mano a la morena. Ésta sentía esa mano, caliente como el fuego, que la guiaba hacia el dormitorio y notaba que las rodillas le fallaban. Pensó, por un momento, que no conseguiría llegar hasta arriba. Sin embargo, allí estaba al fin, en su habitación.

Lena, en un susurro, dijo junto a su oído.

-Quiero verte desnuda.

Yulia pensó que se iba a caer allí mismo. ¡Dios mío, cómo la deseaba! Empezaron a desnudarse, lentamente, saboreando el espectáculo una frente a la otra.

-Eres preciosa -la morena le apartó el pelo de la cara y acercó sus labios.

La besó despacio, saboreando su boca, jugando con su lengua. Las manos de Lena parecían tener vida propia. Recorrían sus senos, su cintura, se perdían entre sus piernas…

Cayeron abrazadas en la cama. Yulia sentía sobre ella el cuerpo de Lena, presionándola ansiosa, sus caderas acopladas a las suyas, su boca entregándose como nunca. Deslizó suavemente una mano entre sus cuerpos fundidos y sus dedos recorrieron expertos el centro del placer de Lena, sintiendo cómo crecía, perdiéndose en su humedad, acariciándola rítmicamente y sin dar tregua a los gemidos y jadeos de ésta. La pelirroja cayó en una especie de trance, sin ser dueña de sí, moviéndose frenéticamente al ritmo que Yulia le imponía, hasta que entre gritos ahogados, explotó en convulsiones incontroladas de placer. La morena, excitada hasta la locura, retiró su mano y se aferró al cuerpo de su amante, uniendo su propio placer a los movimientos de ella, las dos prendidas en un baile furioso. Y en aquel mismo instante, en medio del éxtasis, un destello brillante cruzó su mente y lo supo. ¡Por fin había descubierto lo que le evocaba el perfume de Lena y que no había podido descifrar hasta ahora! Tuvo una imagen vívida de la primavera y los campos de naranjos reventando en flor. El azahar lo impregnaba todo. Era ella. Siempre había sido ella. Por primera vez su mente se libró del terror pasado y se dejó llevar únicamente por el placer.

Poco a poco, las convulsiones se fueron haciendo más espaciadas, menos profundas, hasta que cayeron exhaustas, entrelazadas, empapadas en sudor.

Y así abrazadas, se miraron a los ojos, embelesadas, recobrando el aliento. No eran capaces de hablar, únicamente se miraban, se acariciaban las mejillas, el pelo, la boca, diciéndose con los ojos todo lo que sus labios no expresaban. Se fundieron en un beso lento, suave, interminable, inmersas en una burbuja en la que no transcurría el tiempo.

Permanecieron en ese estado largo rato, escrutándose con los ojos, los labios, las manos… hasta que Yulia sintió que la boca de Lena volvía a besarla con deseo renovado. Desasiéndose de su abrazo, comenzó a explorar su cuerpo con la boca, lamiendo, succionado sus pezones erectos, bajando hasta su ombligo, mientras la pelirroja se retorcía de deseo. Se apoderó de su sexo, recorriéndolo con su lengua sabia, sus labios hambrientos, saboreándola con pasión. Lena se aferró a su pelo y se entregó de nuevo a oleadas de placer como nunca antes había experimentado.

Sintiéndola una vez más satisfecha, la morena la abrazó con su cuerpo y la besó lentamente.

-Me encanta notar mi sabor en tu boca -dijo Lena, por fin.
-Sabes dulce como la miel.
-Te quiero -susurró la pelirroja, mirándola a los ojos.
-Yo también te quiero -contestó la morena- Has destrozado todas mis barreras. Y me alegro -volvió a besarla.

Permanecieron calladas, abrazadas, mirándose hipnotizadas. El tiempo volvió a detenerse.

Al cabo de un tiempo interminable, Yulia comenzó a reír.

-¿De qué te ríes? -pregunto Lena sonriendo.
-Soy muy feliz, pero creo que si seguimos un minuto más en esta cama sin comer nada nos vamos a morir -siguió riendo.
-Y nos encontrará mi madre abrazadas, desnudas y muertas -la pelirroja reía ya a carcajadas.

Yulia se levantó, se puso tan sólo la camiseta y bajó a preparar algo.

Al cabo de unos minutos apareció con una bandeja repleta de bocadillos con todo lo que podía comerse crudo de la nevera. Y, cómo no, lo poco que quedaba de la botella de vino.

-¡Abastecimiento!

Puso la bandeja en la cama y se acostó al lado de Lena.

-¡A ver esa boca!

Comenzó a darle pequeños bocados de la bandeja, mientras ella comía obediente de su mano. Entre bocados, besos y risas, Lena empezó a hacer lo mismo con Yulia. Eran como dos niñas jugando felices, despreocupadas del mundo. En un momento dado, un trozo de pan untado con queso cremoso cayó de las manos de la pelirroja y fue a parar al muslo izquierdo de la escritora. Lena, sin darle tiempo a reaccionar, se abalanzó sobre su pierna y comenzó a lamer los restos de comida, subiendo lentamente hacia su entrepierna.

-¿Dónde vas?
-A comer lo que más me gusta.
-Lena…

No pudo pronunciar una sola palabra más. Se relajó, mientras la pelirroja jugaba con su lengua, devolviéndole con creces el placer que antes le había regalado. Perdió completamente el control sobre su cuerpo. Ahora se encontraba a merced de Lena, se deshacía en su boca. Y esa mujer, que nunca antes había amado a otra mujer, consiguió que Yulia ya no pudiera recordar a ningún otro ser humano que hubiera pasado por su cama.

Momentos después la pelirroja, la abrazó y la besó con dulzura.

-Me encanta tu cuerpo, tu sabor, tu placer…
-¿No soy un poco vieja para ti? -dijo la morena, mimosa.
-Estás buenísima. No te cambio por ningún otro cuerpo, ni más joven, ni de ninguna otra forma. Superas todo lo que me había imaginado de ti.
-Dime una cosa: ¿has tenido fantasías conmigo? -preguntó la escritora.
-Desde que te conocí. No sabes la cantidad de noches que has estado en mi cama sin saberlo.

Yulia se incorporó sobre un codo.

-Te va a parecer una locura, pero ni te imaginas hasta qué punto sabía que lo hacías, cada vez. Desde hace un año, más o menos, he recibido tus visitas apasionadas regularmente. Lo que ocurre es que entonces no sabía que eras tú. Ahora lo sé.
-¿¡Cómo!? -Lena tenía los ojos como platos.
-Voy a decirte algo que no sabe nadie. Nunca he tenido el valor de contarlo. Yo misma pensaba que me estaba volviendo loca. Pero prométeme que no te vas a reír.

Yulia comenzó a relatar, despacio, hasta donde podía recordar, todas las veces que «aquello» se había manifestado perturbando por completo su vida. Lena la escuchaba en respetuoso silencio, sintiendo cada dos por tres como su vello se erizaba al reconocer las situaciones que la morena iba describiendo con detalle. Y sobre todo el omnipresente aroma a azahar. Cada escena que la escritora revelaba se correspondía con precisión absoluta con las fantasías que ella había creado para encauzar su loco deseo por ella. Hasta aquella vez, en casa de Valerik, cuando «aquello» se manifestó unos segundos, desapareciendo luego por completo. Lena le explicaría más tarde que fue interrumpida bruscamente en sus fantasías por el teléfono.

-No me lo puedo creer -exclamó la pelirroja con absoluta cara de asombro cuando Yulia terminó- Nunca lo tomé en serio… -se calló de repente.
-Continúa, por favor -la ánimo la morena.
-Hace poco más de un año iba paseando por la Rue Mouffetard, en París, en la zona del Panteón, cuando vi de pronto algo que me atrajo como un imán. Era una tienda pequeña y poco iluminada en un callejón. Ni siquiera tenía un letrero en la puerta. Había pasado muchas veces por allí, pero nunca había reparado en ella. Era una especie de tienda esotérica de regalos y estaba llena de botellitas con líquidos de colores y hierbas extrañas. Entré llevada por un impulso y me encontré frente a frente con una viejecita afable que se acercó a mí enseguida con una sonrisa curiosa. Era muy pequeñita. Salió de detrás del mostrador y me cogió una mano con su mano diminuta, sin dejar de mirarme a los ojos. Y me dijo algo que me estremeció. Dijo: «Tú sufres por una persona que está lejos. Yo puedo acercarte a ella. Tengo lo que necesitas». Y me puso en la mano un frasquito lleno de una esencia transparente. «Ponte una gota en el cuello cuando pienses en ella.» La verdad es que me lo tomé como una broma. Pero la anciana tenía un no sé qué que me inspiró ternura. Así que me llevé la botella. Además, me costó bastante barata. El caso es que esa noche, antes de acostarme, vi la pequeña botella encima de la mesa y la destapé. Ni siquiera me había acordado de ella hasta entonces. Instintivamente me la llevé a la nariz e inspiré. El aroma a azahar invadió mi mente. No pude evitar un estremecimiento. Hacía mucho tiempo que no había respirado ese perfume. Era el aroma de mi tierra. Y por supuesto, me acordé de ti al instante. Sin pensarlo, me puse una gota en el cuello y me metí en la cama. Y entonces te hice el amor a distancia, como tantas veces desde el día en que te conocí. Pero esa vez algo había cambiado. Fue como si tú estuvieras allí de verdad. Mucho más real y más intensamente que nunca. A partir de entonces, nunca se me olvida mi gota de perfume antes de estar contigo.
-Es impresionante. Todavía no me lo puedo creer -dijo la morena con la boca abierta.

Había estado escuchando la historia con asombro creciente.

-Bueno. Lo mejor de todo es que ya no me queda casi perfume. Incluso volví a la tienda dos o tres veces para comprar otra botella, pero siempre encontré la persiana bajada. Como si la hubieran cerrado para siempre. O nunca hubiera existido. De hecho, ya te dije antes que había pasado muchas veces por esa calle y nunca la había visto hasta aquel día. Parece que la botella hizo su función hasta que ya no fue necesaria.
-Justo hasta este momento en el que he descubierto quien es mi fantasma perverso -concluyó Yulia mientras recorría la línea de su cuerpo, despacio, con un dedo. No sabes el miedo y el placer que he sentido durante todo este tiempo sin saber lo que me ocurría.
-A partir de ahora ya no va a hacer falta que te haga el amor a distancia -contesto Lena mientras se deslizaba encima de ella y comenzaba a moverse excitada.

En ese momento empezó a sonar el teléfono.

-Lo siento cariño, debe ser tu madre.

Lena se estiró a regañadientes para alcanzarlo.

-¿Sí?
-¿Lena?
-Hola, mamá -la sonrisa de la pelirroja se reflejaba en su voz.
-¿Están visibles para que vuelva a casa? -pregunto Inessa.
-Sabes que no. Pero puedes volver.
-Bueno, ahora las veo. Tardo unos… veinte minutos.
-Mamá… que… no he hecho la cena -dijo la pelirroja riendo.
-Me lo imagino. Ya se nos ocurrirá algo. Adios.

Lena colgó y miró a Yulia divertida.

-Tenemos veinte minutos para adecentarnos y recibir a mi madre.
-¡Necesitamos una ducha! -grito la morena. La besó rápidamente en los labios y saltó de la cama como una gacela.
-No creo que nos dé tiempo -dijo Lena riendo.
-Si nos duchamos juntas, sí. Ven -tiró de la pelirroja, que fue a regañadientes hasta el baño.

Yulia se quitó su camiseta y entraron juntas en la ducha. El agua corría caliente por sus cuerpos. La pelirroja se pegó a su cuerpo debajo del agua y la besó con pasión.

-Si no te portas bien, nos va a encontrar aquí.
-Es que no puedo… -ronroneó Lena.

La morena comenzó a enjabonar el cuerpo de su amante, mientras intentaba contener sus deseos. Se enjabonaron una a la otra, despacio, acariciándose, cada vez más excitadas. En un acto desesperado, Yulia abrió de golpe el agua fría y entre gritos, volvieron a la realidad.

-¡Estás loca! ¡Y te quiero! -dijo la pelirrroja riendo a carcajadas.
-Es lo único que se me ha ocurrido para poder salir de aquí antes de que nos saque tu madre de los pelos.

La escritora la besó suavemente y volvió a regular la temperatura del agua. Acabaron de ducharse entre risas, cuando sonó la voz de Inessa desde abajo.

-¡Ya bajo! -gritó Lena. Anda, toma este albornoz. No nos da tiempo a vestirnos.

Lena bajó las escaleras con el pelo mojado revuelto y envuelta en el albornoz. Su madre la esperaba al pie de la escalera. Cuando llegó a su altura, simplemente la abrazó y susurró en su oído.

-Soy muy feliz.
-Me alegro -Inessa se apartó un poco y la miró con el ceño fruncido- Y se te nota. Veo que Yul no me ha defraudado.

La pelirroja se ruborizó un poco, pero agarro a su madre de la mano y la arrastró hasta la cocina.

-Te ayudo a preparar algo, ¿qué hora es?
-Las once menos cuarto.
-¡Tan tarde! No me había dado cuenta.
-Decidí darles un poco de tiempo. Ayúdame, compre algo para cenar.
-Eres… increíble -la pelirroja le dio un efusivo beso en la mejilla.
-Ya ya, quítate. ¿Y Yul?
-La he dejado en el baño. Ahora baja.

La escritora decidió vestirse. Necesitaba tiempo para asumir esta situación tan… peculiar. Inessa lo había montado todo a la perfección. Seguía siendo esa vieja zorra a la que quería con locura y que siempre se salía con la suya. Y ésta había sido su manera de demostrarle cuánto le importaba. ¿Qué podía decirle? Sería mejor que bajara y se enfrentara por fin a sus temores.

Las encontró atareadas en la cocina.

-¿Puedo ayudar?

Inessa se volvió y la miró.

-Creo que ya has ayudado bastante -dijo Inessa irónica.

La morena se acercó a ella y la besó en la mejilla.

-Te quiero.
-Lo sé. Toma, prepara la mesa. Imagino que tienen hambre.
-La verdad es que hemos picado un poco con lo que había en la nevera -comento Lena mirando a Yulia con picardía.

La morena se movió incómoda por la cocina buscando los platos. Le parecía estar viviendo algo completamente irreal.

Acabaron de preparar la cena y se sentaron a la mesa. Inessa tomó la iniciativa, cogió su copa y la levantó.

-Por ustedes.
-No -dijo la morena- Por ti y por Marcello. Que todo salga como se lo merecen.
-Sí, mamá. Por ustedes. Y sobre todo por ti, que eres nuestra hada madrina -la pelirroja miró a la escritora con los ojos brillantes.
-Yo diría más bien que eres una bruja mentirosa -dijo Yulia sonriendo.
-Si te hubiera dicho que Lena estaba aquí hubieras salido corriendo. Y sobre todo después de lo que te dije.
-¿Hay algo que tenga que saber? -preguntó Lena seria.
-No -dijo Yulia, mirando con intensidad a su amiga.
-Tiene que saberlo, Yul -Inessa se giró hacia su hija- Cuando volviste a París fui a hablar con Yul y le dije que te dejara en paz. Pero afortunadamente me he dado cuenta a tiempo de que estaba equivocada. Ninguna de las dos se merecía sufrir de la manera que he visto. Estaba a punto de hablar contigo Yul para decirte que llamaras a Lena, cuando pasó lo de Marcello. Creo que esto se lo debía a las dos.
-¿Y cómo sabías lo que iba a ocurrir? -preguntó La pelirroja tomando de la mano de la escritora.
-Porque las conozco muy bien a las dos. Pero eso sí, ahórrenme los detalles, ¿bien? Aún soy tu madre.
-Descuida -contesto Lena sonriendo.
-Y no estén por ahí besuqueándose delante de mí. Todavía no me he acostumbrado a que mi hija esté enrollada con mi mejor amiga.
-Lo intentaremos -rió la pelirroja mirando a Yulia.
-Bueno, dicho esto, hay otro tema del que tenemos que hablar, hija.
-¿Prefieres hablarlo cuando yo me vaya? -pregunto Yulia.
-No. Quiero que te quedes. Lena, hija, si todo sale bien he decidido casarme con Marcello.
-¡Eso es estupendo! ¿Cuándo?
-Aún no lo hemos hablado. Pero hay algo más. Ya sabes que siempre ha dicho que quiere que me vaya con él a Italia.
-Pero… ¿y qué vas a hacer con tu trabajo?
-Voy a vender la editorial, Lena. Lo he decidido.
-Mamá, ¿estás segura?
-Nunca pensé que sería capaz de hacerlo. Pero lo que ha pasado me ha hecho ver que la vida pasa muy deprisa y creo que ya tengo merecido el descanso. No sé si saldrá bien, Lena, pero estoy dispuesta a asumir ese riesgo. Lo amo, hija. Lo amo muchísimo y no quiero perderlo.
-Imagino que no habrá sido fácil para ti tomar esta decisión. Sabes que hagas lo que hagas, siempre te apoyaré. Quiero que seas feliz -Lena se levantó y abrazó a su madre.
-Gracias, hija. Ahora voy a acostarme. Estoy muy cansada y mañana quiero estar pronto en el hospital por si deciden pasarle a una habitación.

Se levantaron de la mesa e Inessa se despidió de las dos con un beso.

-Yul, ¿te vas a quedar? -preguntó Inessa.
-No. Me voy a ir. Mañana las acompañaré. Necesito cambiarme de ropa y trabajar un poco -contestó la morena.
-Lo que quieras. Hasta mañana, entonces.
-Hasta mañana, Inessa.

Inessa desapareció rumbo a su habitación. Lena se acercó a Yulia, pegándose a su cuerpo, y se besaron apasionadamente.

-Yul, no quiero que te vayas -susurró junto a su cuello.
-Yo tampoco quiero separarme de ti. Pero tu madre te necesita. Y va a ser la única forma de que descansemos un poco. Si me quedo no vamos a dormir mucho. Y me parece un poco fuerte acostarme contigo con tu madre aquí.
-Pero no quiero…
-No lo hagamos más difícil, cariño -dijo la morena dulcemente- Dentro de pocas horas estaré aquí. Lo sabes.
-Está bien. Pero llámame en cuanto llegues a casa. Quiero saber que has llegado bien. Y quiero oír tu voz.
-Te llamo enseguida.

Yulia se despidió con un beso interminable que se vio obligada a cortar en seco para poder volver a la realidad. Si seguía un minuto más junto a ella, volverían a hacer el amor como locas en medio del salón.





Capitulo 21: El día después




A la mañana siguiente, Yulia se levantó temprano y se preparó el desayuno habitual. Pero no se sentía con fuerzas para salir a correr. Aún estaba agotada del día anterior.

Desayunó con calma, saboreando esa sensación de estar flotando que la dominaba. Recordaba cada caricia de Lena, cada centímetro de su piel, su sabor, sus gemidos. Un puño le atenazaba el estómago haciendo difícil tragar incluso el agua. Sólo deseaba volver a estar con ella, volverla a tocar. Pero ahora debía concentrarse en otras cosas. Había quedado con Inessa y Lena para ir a ver a Marcello. Y quería llegar pronto a recogerlas.

Inessa lo estaba pasando fatal y seguro que se moría de ganas de volverlo a ver. Sería mejor que saliera cuanto antes de casa. Se vistió con un traje de chaqueta negro que sabía que le sentaba como un guante. Quería que Lena la viera resplandeciente.

A las nueve y cuarto estaba en la puerta de casa de Inessa. Al verlas salir, su mandíbula cayó hasta el suelo. Lena estaba impresionante. Llevaba un conjunto verde oscuro probablemente creado por algún diseñador de París. Hizo grandes esfuerzos para poder apartar los ojos de ella, que también la miraba con la boca abierta.

-Bueno, ¿qué les parece si salimos hacia el hospital antes de que les dé algo? -dijo Inessa, rompiendo el hechizo.
-Vamos, las llevo yo. Tengo el vehículo abajo -dijo Yulia.

Yulia ni siquiera se planteó acercarse a darles un beso. Si Lena la hubiera tocado se la hubiera comido allí mismo, en la puerta de casa, delante de su madre. Condujo con Inessa a su lado. La pelirroja se sentó un poco incómoda en el asiento de atrás. Ya se sabe que los automóviles deportivos no son muy apropiados para reuniones familiares.

Llegaron al hospital con tiempo suficiente. Se dirigieron a la UCI y al entrar en el box de Marcello, se llevaron un sobresalto: allí había otra persona en su lugar. Inessa corrió al control de enfermería con el corazón acelerado. La enfermera que la atendió dijo que esperara un momento y se puso a consultar algo en el ordenador.

-Le han bajado esta mañana a una habitación. La 114. En la primera planta. Estaba mucho mejor.
-Gracias a Dios -Inessa se apoyó en la pared.
-Nos hemos llevado un buen susto -dijo la morena.
-Vamos. Me muero por verlo -Inessa comenzó a caminar con resolución.

Cuando llegaron a la habitación, Marcello las recibió con una gran sonrisa. Tenía mucho mejor aspecto. Aún llevaba un gotero, pero ya no estaba enchufado a ninguna máquina. Se había peinado y perfumado.

-Debo de estar en el cielo. Veo tres ángeles que vienen a visitarme.
-Hola, cariño -Inessa se echó literalmente en sus brazos- ¿Cómo te encuentras?
-Muchísimo mejor. Y sobre todo después de este beso. Déjame verte bien. Estás maravillosa.
-Tú sí que estás guapo -dijo Inessa acariciándole el pelo.
-¿Y Uds. se han puesto tan guapas para venir a verme? Se agradece.

Las dos se ruborizaron a la vez. Se acercaron y le besaron.

-Nos alegramos mucho de verte así, Marcello. Nos diste un buen susto -dijo Yulia.
-Prometo portarme mejor. Tengo un buen motivo -miró con los ojos brillantes a Inessa, mientras ésta sujetaba su mano con fuerza.
-¿Qué te han dicho los médicos? -preguntó Inessa.
-Que en cuatro o cinco días puedo marcharme a casa. Me tendrán que hacer algunas pruebas, pero por ahora he salido de ésta.
-Tendrás que hacerte algunas revisiones más adelante, supongo -dijo Lena.
-Sí, pero ahora todo irá bien. Lo sé. Con tu madre al lado soy capaz de superar cualquier cosa.
-Me alegro. Y te felicito de verdad. Creo que por fin lo has conseguido -comento la pelirroja con una sonrisa.
-¿Ya se lo has dicho? -pregunto mirando a Inessa.
-Sí. Aunque no tenías que llegar tan lejos para convencerme.
-Yo tampoco lo pretendía, te lo aseguro -comento él riendo.
-Bueno, si quieren, pueden irse por ahí y aprovechar el tiempo que te queda de vacaciones, hija. Yo pretendo quedarme con Marcello todo el tiempo que me dejen.
-De eso nada. Nos turnaremos para cuidarlo -contestó Lena fingiendo estar ofendida.
-¡Bueno, márchense de una vez!
-Lena tiene razón, Inessa. No puedes estar cinco días sin salir de aquí. Volveremos a la hora de la comida y te vas a casa a descansar y comer algo -respondió la morena.
-Bueno, ya veremos.
-Nada de ya veremos. A las dos estaremos aquí -insistió la escritora.
-Las chicas tienen razón, cara, no podrás cuidarme cuando salga de aquí si estás agotada. No dejaré que te quedes a todas horas conmigo, aunque ya sabes que lo adoro, pero no voy a ser tan egoísta. Además puedo quedarme solo perfectamente. Aquí hay unas enfermeras muy lindas.

Inessa le dio una palmada en la pierna con el ceño fruncido, simulando estar muy celosa. Luego miró a Yulia.

-Bueno, nos vemos a la hora de comer. Te la dejo para que me la cuides. Ya sabes.
-Y tú sabes que lo haré -contesto Yulia mirando a Inessa con picardía.

Se acercó a ella y le dio un gran beso en la mejilla.

-Hasta luego, mamá -dijo Lena abrazándola.

Se despidieron de Marcello besándolo con cariño y haciéndole prometer que la convencería para que se fuera a descansar de vez en cuando.

Salieron del hospital hacia el estacionamiento evitando tocarse, pero devorándose con los ojos. Una vez dentro del vehículo, sin esperar un minuto más sus bocas se buscaron como locas, desapareciendo de alrededor toda realidad que no fueran ellas dos.

-Ya no podía resistirlo más. Estaba loca por besarte -contesto Lena.
-¿Dónde quieres ir? -pregunto la morena, acariciándola, sin apartar sus ojos de los de ella.
-A tu casa.

Sin decir palabra, Yulia puso en marcha el automóvil y salieron de allí.

Entraron en su casa a los pocos minutos. Sin hablar, cogidas de la mano, fueron directamente al dormitorio. Yulia se puso frente a Lena y sin dejar que la besara, empezó a desnudarla despacio, haciéndola sufrir, mientras ella temblaba de deseo. Una vez desnuda, las manos de la pelirroja arrancaron ansiosas la ropa de la morena, casi desgarrándola. Su boca no tenía freno, besándola, recorriendo su cuello, demorándose en sus pezones hasta arrancar de Yulia gemidos desesperados. Sus cuerpos se entregaron al placer una y otra vez, explorándose y descubriéndose durante horas, con un deseo febril que las poseía sin darles tregua. En un momento dado, la escritora, alargó el brazo hasta el reloj y dio un respingo.

-¡La una y cuarto!
-¡Oh, Dios mío, hay que volver al hospital! -dijo Lena perezosamente, acurrucándose contra Yulia.

Haciendo acopio de fuerzas, salieron de la cama y se dieron una ducha rápida. A los pocos minutos estaban otra vez camino del hospital.

-¡Llega el relevo! -dijo la morena entrando en la habitación.
-¿Han comido? Marcello me estaba diciendo que nos bajemos las tres a comer -comento Inessa.
-Es verdad. Me encuentro estupendamente y no pasará nada porque me dejen solo un rato. Además tengo el timbre a mano. Si necesito algo llamo a la enfermera y ya está.
-¿Estás seguro? No me gusta nada dejarte solo ni un minuto.
-Anda, no seas tonta. Vayan a comer. Estaré bien.
-Bueno, pero Lena y yo vendremos enseguida -dijo la morena.
-Prometido -dijo la pelirroja sonriendo.

Salieron las tres hacia la cafetería. Inessa las miró de reojo.

-Vaya caritas que traen. ¿Dónde han estado? ¿En el zoo? -dijo con ironía.
-Creo que no querrías oírlo -contestó Lena riéndose.
-Desde luego que no.

Comieron algo en veinte minutos e Inessa se despidió hasta las nueve. La escritora la quiso llevar a casa con el vehículo, pero Inessa insistió en coger un taxi. Lena y Yulia pasaron toda la tarde haciendo compañía a Marcello, charlando con él y dejándolo dormir a ratos.

A las ocho ya estaba allí Inessa.

-Eres imposible. ¿Por qué has venido tan pronto? -preguntó la morena.
-No podía descansar más. Estaba intranquila. Y tenía muchas ganas de volver a verte -respondió Inessa besando a Marcello.
-Acaban de darle la cena -comento Yulia.
-Bien, pues ahora eres todo mío. Gracias por cuidármelo esta tarde. Ya estuvieron demasiadas horas aquí encerradas. ¡Vayan a que les dé el aire!
-Ha sido un placer, mamá -contesto Lena- Es un encanto y nos ha estado contando un montón de cosas.
-Así que no lo han dejado descansar…
-¡Si me he pasado casi toda la tarde durmiendo! Se habrán aburrido muchísimo -dijo Marcello sonriendo.
-Bueno, pues ahora me toca a mí. ¡Fuera de aquí las dos! -dijo Inessa bromeando.
-Bien, pero mañana a las nueve estaremos aquí para el relevo -contesto Yulia.
-De eso nada. Vamos a hacer lo mismo que hoy. Se van por ahí, que hoy es viernes. ¿No son los viernes cuando se reúnen en el Beso de Luna? Y mañana nos vemos aquí a las dos y vamos a comer.
-Pero, Inessa son muchas horas para ti -protestó la morena.
-Cuando estamos juntos las horas pasan volando. Quedamos así y no se hable más.
-Vale, pero intenta descansar un poco -Yulia se despidió de los dos con un beso.
-Hasta mañana a los dos. Que pasen buena noche -Lena les dio un abrazo- Los quiero.
-Hasta mañana hija. Y nosotros a ti.

En cuanto salieron por la puerta, Inessa se sentó en la cama de Marcello y lo besó.

-¿Cómo te encuentras?
-Estupendamente. Y tú, ¿has descansado?
-Sí, no te preocupes. Descanso mejor cuando estoy contigo.
-Las chicas se han portado de maravilla. Por cierto, parece que no se separan ni un minuto.
-Están como dos adolescentes -comento poniendo los ojos en blanco.
-La verdad es que me alegro. Parecen felices.
-Hacía mucho tiempo que no veía a Lena así, tan expansiva, tan cariñosa. Creo que Yul ha sabido arrancarle esa máscara de frialdad que usa para defenderse del mundo. Parece otra vez una niña.
-Y están preciosas las dos. Se nota ese brillo en los ojos que tú y yo conocemos.
-Aunque me cueste acostumbrarme a ello, tengo que reconocer que están locas la una por la otra. Me preocupa pensar qué va a pasar ahora. Lena tendrá que volver a París.
-No te preocupes, seguro que se les ocurre algo. Ten fe en el destino.
-Bien, intentaré preocuparme sólo por lo más inmediato, que eres tú -dijo mientras acariciaba su pelo.

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:07 pm

NO VOY A PEDIR DISCULPAS


Capitulo 22: Otro Beso de Luna



Una vez en el coche, Yulia se volvió hacia Lena y se quedó observándola un rato.

-Estás hermosa.
-Tú sí que estás irresistible -respondio la pelirroja mientras se acercaba y besaba sus labios.

La morena respondió a su beso, pero se apartó poniendo cierta distancia.

-Si empezamos a besarnos sabes que no podremos parar.
-Vamos a casa de mi madre a por algo de ropa y luego vamos a la tuya. Quiero dormir contigo esta noche.
-Yo también. Pero hay algo que quisiera hacer. Les debo a Sonja y María una explicación. Se han estado preocupando por mí todo este tiempo y yo se lo he pagado recluyéndome en casa y alejándome de ellas y del mundo.
-¿Estarán esta noche en el Beso de Luna?
-Seguramente.
-Pues nos cambiamos de ropa, cenamos y nos vamos a verlas.
-¿No te molesta?
-No me molesta nada de lo que te haga feliz. Y yo también les debo una explicación. Fui muy grosera al irme de aquella forma el día que las conocí.
-Bueno, ellas saben por qué lo hiciste. No tienes que explicar nada.
-De todas formas quiero hacerlo. Son tus amigas.
-Te quiero -dijo Yulia, besándola otra vez.

Una vez en casa de su madre, Lena desapareció en su habitación, saliendo a los pocos minutos cargada con su maleta.

-Me lo voy a llevar todo, si no te importa. Cuando mi madre salga del hospital con Marcello se lo traerá directamente aquí. Imagino que querrán estar solos.
-Bueno, me lo pones fácil. No sabía cómo decirte que te vinieras a mi casa.
-Seré muy egoísta, pero quiero estar contigo todo el tiempo que pueda…
-¿Cuándo… vuelves a París?
-Ahora no quiero pensar en eso -contesto soltando la maleta y abrazándose a la escritora.
-Bueno, ya hablaremos -dijo la morena suavemente- Ahora vámonos a casa.

Una vez en casa de Yulia, Lena se instaló en su habitación.

-Espera. Voy a dejarte sitio en mi armario para que pongas tu ropa.

Ninguna de las dos tenía hambre, así que decidieron picar cualquier cosa en casa, plantarse unos jeans, cazadoras de cuero y salir a gritarle al mundo. Lena, ironías del destino, en cuanto vio en el armario de la morena cierta camiseta, le imploró que se la dejara para esa noche. Así que al cabo de unos minutos, allí estaban de nuevo como aquel día, en la puerta del Beso de Luna, con una Lena refulgente que blandía en su pecho como una provocación la frase: «No voy a disculparme».

Atravesaron el jardín tomadas de la mano, caminando lentamente, saboreando ese escenario magnífico, sus aromas y su música envolvente. En el ambiente flotaba la impresionante voz de Sarah Brightman cantando Here with Me. Yulia la guió hacia la estancia interior donde normalmente se reunían sus amigos cuando ya no hacía tiempo para disfrutar del jardín.

Y allí estaban: María, Sonja, Denis e Iván. Yulia, no sin cierto nerviosismo, se fue acercando al grupo. La primera que las vio a cierta distancia fue Sonja, que se levantó de un salto.

-¡No me lo puedo creer!

Todos volvieron la vista hacia ellas, sobresaltados.

-¡Yul! -gritó María.

Sonja fue la primera que se acercó a la morena y le dio un sonoro beso en los labios.

-¡Eres la de lo peor! Llevamos un montón de tiempo llamándote y no contestas a nuestras llamadas. Y ahora, de pronto, la gran aparición. Ya me explicarás como lo has hecho.
-El destino, que es muy cruel -contesto Yulia guiñándole un ojo- Gracias -susurró en su oído- Ya sabes por qué.

Todos se acercaron y las besaron con efusividad. Yulia hizo las presentaciones a Denis e Iván que no conocían a Lena.

-Ahora ya comprendo todo lo que me habían contado -dijo Denis sonriendo a Lena.
-Vamos a sentarnos y nos lo explican todo -dijo María.
-Eso, que nos han dejado con la boca abierta -añadió Iván.
-Bueno, yo primero quería pediros disculpas por la forma en que me fui aquel día… -empezó a decir Lena.
-No tienes que explicar nada, Lena -le cortó María.
-Pues yo creo que nos tienen que explicar muchas cosas las dos -dijo Sonja fingiendo enfado.
-Bueno, la verdad es que todo parte de un suceso nefasto. Marcello está ingresado en el hospital con un infarto -explicó Yulia.
-¡No jodas! -soltó Sonja.
-Sí, pero ahora ya está mejor. Ha estado unos días en la UCI. Parece que está fuera de peligro y volverá pronto a casa. Lena vino desde París para estar con su madre y ella aprovechó y nos montó una treta en su casa que ninguna de las dos nos esperábamos, imagino que influenciada por cierta conversación -dijo la morena mirando significativamente a Sonja.
-Engaño que uds han aprovechado muy bien por lo que veo -comento Sonja- Por cierto, también compruebo que has desmitificado tu famosa camiseta.
-¿Qué…? -dijo Lena.
-Ya te lo contaré, cariño. Esa camiseta que llevas es todo un mito que tú acabas de romper. ¡Por fin!
-Has roto muchas cosas en torno a Yul, por lo que adivino -dijo Denis.
-Bueno, no la asusten más -dijo la morena.
-No, si le tenemos que dar la enhorabuena por haberse llevado la pieza más cotizada del mercado -dijo Sonja ¡No sabes el tiempo que llevamos intentando colocarla! Le hemos plantado delante las mujeres más estupendas y dispuestas y las ha rechazado a todas. Estaba reservándose para su francesita.
-¡Callate ya, bicho! -la morena le dio un bofetón cariñoso.
-Bueno, ya veo que me tenéis que contar muchas cosas que todavía no sé -contesto Lena con picardía.
-Eso, ahora tú únete a estas fieras contra mí.
-Bueno, esto se merece un brindis -sugirió María.
-Voy a por un par de botellas de cava -Yulia se levantó y salió de la estancia.
-Me alegro de que hayas vuelto -comento María.
-Yul se nos iba muriendo por los rincones desde que te fuiste -agrego Sonja en tono dramático- En serio, no la habíamos visto así desde que la conocemos. Y son muchos años, te lo aseguro. Si la quieres de verdad, no le hagas daño. Ha dado un paso muy grande para decidirse a estar contigo. Yo sé los demonios interiores que ha tenido que matar.
-Para mí tampoco ha sido fácil. Y la amo. De eso estoy segura.
-Me alegro. Ahí viene.
-¡Preparen las copas! -gritó Yulia, dejando una cubitera con un par de botellas en la mesa.

La morena abrió la primera botella y llenó las copas. Denis levantó la suya y brindó.

-¡Por vosotras, que habéis sido capaces de derribar barreras!
-¡Por vosotras! -repitieron todos.
-¡Y por uds., mis amigos, que siempre han estado ahí! -dijo Yulia.

Alrededor de una hora más tarde, en casa de la morena, ésta se dejaba llevar de la mano por Lena hasta llegar al baño de su habitación.

-¿Qué haces? -preguntó la escritora divertida.
-Vamos a darnos un baño de espuma.
-¿Ahora?
-Ahora. Yo preparo el baño y tú podrías traer una botella de cava y dos copas. ¿Qué te parece el plan?
-Tremendo.
-Te espero dentro -dijo sensual la pelirroja.

Yulia fue hasta la cocina y preparó sin prisa la cubitera. Añadió unas trufas de chocolate junto a las copas y se dirigió al baño con la bandeja.

Desde la puerta admiró extasiada el espectáculo que tenía ante sus ojos. La mujer más hermosa que había visto con el cuerpo desnudo cubierto parcialmente de espuma y con esa mirada que la penetraba con descaro, provocándola desde la bañera redonda de su cuarto de baño.

Se lo tomó con calma, a pesar de que la deseaba con locura, poniendo la bandeja en la repisa junto a la bañera. Abrió con parsimonia la botella de cava y llenó las dos copas, mirando intensamente a Lena a los ojos. Después desapareció unos instantes, volviendo con dos velones encendidos que depositó al borde de la bañera. Desde la habitación llegaba la voz sensual de Gigliola Cinquetti cantando Non ho l’etá. (
http://www.youtube.com/watch?v=1g4L-sxshZg) A continuación apagó la luz y fue desnudándose despacio, dejando que los ojos de Lena se alimentaran ansiosos de su cuerpo. Le entregó una copa y se metió en la bañera deslizándose entre sus piernas. El agua caliente le produjo un intenso placer. Se recostó en su regazo, con la espada apoyada sobre ella y, girando su cara, la besó suavemente en los labios, dejando entreabierta la boca hambrienta de la pelirroja. Ella la atravesaba con sus ojos ardientes. Dio un gran sorbo de su copa y, volviéndose, depositó el líquido burbujeante directamente en sus labios. Lena bebió excitada hasta la última gota. Despacio, cogió una trufade chocolate, se la metió en la boca y se la entregó a su amante en medio de un beso apasionado, en una lujuria de cacao fundido con lenguas enlazadas. Lentamente se dio la vuelta y cubrió el cuerpo de Lena con el suyo. Sus brazos la rodearon atrayéndola hacia sí. Yulia separó suavemente sus piernas y la recorrió con su mano sabia una y otra vez, hasta que sintió la respiración acelerada de su amante. Sus dedos expertos llegaron hasta lugares profundos que llevaron a la pelirroja a un estallido de placer incontrolado. Sus uñas se clavaron inconscientemente en la espalda de la morena, que no pudo reprimir un grito ahogado. Con un movimiento instintivo Lena giró a Yulia colocándola bajo su cuerpo, y acoplándose a ella comenzó a montarla desatada, con acometidas feroces que hicieron que la morena perdiera el control de su mente. La bañera se desbordaba por todas partes. Momentos después, yacían abrazadas entre la espuma, con sus cuerpos todavía palpitantes y sin pronunciar una palabra.

Por fin, Lena alcanzó su copa, dio un sorbo a la morena y bebió el resto de un trago.

-¡Dios mío! ¿Esto va a ser siempre así?
-Mejor -contestó la escritora besándola.

Minutos más tarde se abrazaban perezosamente entre las sábanas. La morena acariciaba suavemente el pelo de Lena, que apoyaba su cabeza contra su pecho.

-Yul…
-Dime.
-No quiero irme.
-Ni yo que te vayas.

La pelirroja se incorporó sobre un codo y miró a la escritora fijamente.

-En serio. No sé cómo hacerlo. Sé que no puedo pedirte que dejes toda tu vida y te vengas conmigo a París, pero mi trabajo me gusta. Es muy importante para mí y me ha costado mucho llegar donde estoy.
-¿De verdad querrías que me fuera contigo?
-No. Sé que con el tiempo echarías de menos tu casa, tu gente, tu ciudad. Llegaría un día que me harías responsable de tu tristeza. Y yo no lo podría soportar.
-¿Y tú no me harías responsable de separarte de tu trabajo, si te quedas?
-Estamos en un callejón sin salida.
-¿Sabes qué?
-¿Qué?
-Que ya lo pensaremos mañana. Será mejor dormir un poco. Estamos cansadas y no podemos pretender tomar una decisión ahora. Esto es algo que hay que madurar.
-Tienes razón. Mañana… -Lena besó a la morena y comenzó a acurrucarse abrazada a su cuerpo.

Durmieron hasta casi las doce del mediodía y remolonearon perezosas en la cama hasta que su cita con Inessa y Marcello las obligó a levantarse. Con tan solo un café en el cuerpo se pusieron en marcha hasta el hospital.

-Desde luego, si seguimos así no hará falta que hagamos dieta -rió Yulia mientras conducía.
-A mí ya me viene holgada toda la ropa -contesto la pelirroja con una sonrisa.
-Pues tendré que engordarte un poco.
-Me encantará -respondió Lena, mientras deslizaba su mano entre las piernas de la morena.
-¡Para, que nos matamos!
-No será para tanto… -susurró sin apartar la mano de su objetivo.
-¡Lena, por favor! -la escritora giró por una calle solitaria y paró el coche.

La pelirroja desabrochó los pantalones de la escritora e introdujo su mano mientras la besaba fuera de sí.

-Esto es una locura… -gimió Yulia, que ya no podía luchar contra el deseo que se apoderaba de ella.
-Tú sí que me vuelves loca… -respondió Lena con voz ronca.

Yulia introdujo a su vez la mano por debajo del vestido de Lena y ya no le importó nada que pudiera pasar alguien por la calle y las viera. Un frenesí loco las arrastraba sin freno.






Capitulo 23: Resoluciones



Entraron por la puerta de la habitación de Marcello poco después de las dos de la tarde.

-Hola, mamá. ¿Cómo pasaron la noche? -dijo la pelirroja abrazando a su madre y acercándose a besar a Marcello.
-Bastante bien. Marcello ha insistido en que me acostara a su lado y he dormido unas horas.
-¿Ha pasado el médico? -preguntó la morena tras besarlos a los dos.
-Sí. Ha dicho que si todo sigue así en un par de días le da el alta. A lo mejor el lunes. Ya tenemos ganas, la verdad.
-Estupendo -contesto Yulia.
-Si les parece nos vamos a comer. Creo que a las dos les va a venir bien. ¡Estan quedándose en los huesos! -dijo Inessa con determinación.
-Y esta vez tómense su tiempo. Según me ha dicho Inessa, la comida de la cafetería del hospital es bastante mala. Salgan afuera y coman tranquilas. Yo no me voy a ir, se lo prometo -dijo Marcello con una gran sonrisa.

Haciendo caso a las palabras de Marcello, decidieron ir a un restaurante cercano al hospital.

Tras tomar nota el camarero, Yulia se levantó para ir al baño.

-Esperaba esta ocasión para hablar un poco contigo a solas -dijo Inessa- ¿Cómo estás, hija?
-Completamente feliz -respondió Lena con un suspiro.
-La verdad es que estás guapísima, aunque un poco delgada. Se te nota en los ojos que estás enamorada. Pero no te voy a engañar, estaba preocupada por tu decisión. Una cosa es lo que siente tu corazón y otra distinta es encontrarte con la realidad de lo que deseas. ¿Es lo que te imaginabas?
-Ni en mis sueños podría haber imaginado nada igual. Me da un poco de pena decirte esto, pero estoy disfrutando del mejor sexo que he tenido en mi vida. Y te aseguro que algo de experiencia en este campo ya tenía. Con hombres, claro. Pero esto…
-No me des detalles, por favor -pidió Inessa poniendo los ojos en blanco- En serio, me alegro muchísimo por ti. Me hace feliz verte así. Pero hija, ¿qué van a hacer ahora?
-No lo sé. No quiero pensarlo. Lo único que sé es que quiero estar con ella. O se viene conmigo a París o tendré que buscar trabajo aquí.
-Escucha, hija, yo te querría proponer algo. No quería decírtelo hasta saber lo que me acabas de contar.
-Dime.
-¿Por qué no te pones al frente de la editorial? Es el negocio que levantó tu padre y que yo he mimado todos estos años. No me digas nada todavía. Quiero que te lo pienses bien. Pero es un buen negocio, da dinero para vivir muy bien y lo tienes todo montado. Sólo tienes que aprender su funcionamiento. Lo tienes todo hecho, Lena, aunque se trabaja duro, eso ya lo sabes.
-No lo había pensado. Es algo…
-Luego hablaremos. Por ahí viene Yul.
-Bueno, a ver si nos sirven pronto. Me sabe mal dejar a Marcello solo tanto rato -comento la morena, sentándose a la mesa.
-No creo que tarden. Voy yo ahora a lavarme las manos -dijo Lena.

Yulia se quedó frente a frente con Inessa.

-¿No vas a decirme nada? -preguntó Yulia.
-Esperaba que me contaras tú.
-La quiero, Inessa. Me ha propuesto que me vaya con ella a París y lo estoy pensando seriamente. Al fin y al cabo, puedo escribir en cualquier parte. Su trabajo es muy importante para ella. No tengo derecho a pedirle que lo deje todo y se venga aquí conmigo.
-Ya. Es curioso, porque eso es precisamente lo que ella se está planteando.
-¿Qué? -la escritora la miró sorprendida.
-Parece que se quieren de verdad. Las dos estan dispuestas a sacrificarlo todo por la otra.
-¿Qué te ha dicho?
-Que te lo diga ella -respondio Inessa mirando a su hija que se acercaba a la mesa.
-¿Qué le diga qué?
-Cuéntale lo que te he propuesto.

La morena miró a Lena con expectación.

-Mi madre me ha propuesto que me quede con la editorial.
-Pero…
-Aún no he podido pensar en ello. Me ha tomado por sorpresa.
-Le he dicho que se tome su tiempo. Marcello y yo aún tendremos que estar bastante tiempo aquí hasta que se recupere del todo.
-Lo pensaré. Sólo puedo decirte eso ahora.
-Muy bien, cariño -dijo Inessa.

No se volvió a tocar el tema durante la comida y después Yulia y Lena volvieron junto a Marcello.

-¿Hemos tardado mucho? -preguntó Yulia.
-En absoluto.

Se sentaron junto a él en la cama.

-Bueno, cuéntanos los planes para cuando se marchen a Italia -dijo Lena.
-Aún no me lo creo. Que haya convencido a tu madre para que se venga conmigo.
-Yo tampoco. Pero me alegro.
-Quiero que conozca mi casa y mi tierra. Me gustaría llevarla a los lugares más románticos y espectaculares que jamás haya visto. Quiero hacerla feliz.
-Lo harás. Lo sé. De hecho ya lo haces -comento la morena.
-Y espero que vengan a menudo a vernos. Las dos juntas.

Lena sonrió y miró a Yulia.

-No te preocupes, Marcello. Lo haremos.

Esa noche, cuando yacían abrazadas, Yulia acariciaba despacio la espalda de la pelirroja, pero su cabeza estaba en ebullición.

-Lena. Quiero decirte algo.
-Dime -contesto perezosa.
-No quiero que hagas lo que te ha propuesto tu madre por mí. Tu trabajo te encanta. Quiero que sepas que estoy dispuesta a irme contigo a París. Allí puedo escribir igual que aquí. Y si no me adapto, ya lo hablaremos. Pero no quiero que dejes un trabajo que significa tanto para ti.

Lena se incorporó sobre un codo y la besó.

-Te quiero. Pero la de mi madre es una proposición que tengo que pensar en serio. No es una mala idea en absoluto. Además es la empresa de mi padre. Él estaría orgulloso de que lo hiciera. Y es un trabajo interesante. En cierta manera, trabajarías para mí y yo para ti -sonrió.
-Sí, pero no es lo tuyo, Lena.
-Lo mío es dirigir empresas, Yul. Y además, dirigiría la mía propia. Trabajaría para mí. Es todo un reto.
-No me creo que lo estés considerando en serio.
-Pues créetelo. Mira, cuando mi madre me dijo que la iba a vender, algo dentro de mí se movió. A mi padre le costó mucho levantarla y mi madre ha invertido gran parte de su vida en ella. Siento que tengo cierta responsabilidad respecto a esa empresa.
-Pero, ¿y tu trabajo en París? Tienes un contrato que cumplir. No podrás dejarlo de un día para otro, imagino.
-Tendría que arreglar unas cuantas cosas y estar aún un tiempo allí, pero no creo que me pusieran problemas. Además, tengo un equipo muy bueno capaz de hacerse cargo de todo por un tiempo, hasta que encuentren otra persona.
-¿Y el resto de tu vida allí, tus amigos, tu casa…?
-Para mí sería mucho más fácil romper con ello que para ti, Yul. Tengo amigos, pero no son como los tuyos, de toda la vida. Mi casa es de alquiler. Ten en cuenta que mi trabajo me obliga a viajar a menudo. No he echado raíces como has hecho tú. Y siempre ha habido algo que me ha atado aquí… -Lena acompañó estas últimas palabras siguiendo con su mano la curva del cuerpo de la morena, haciendo que ésta sintiera un estremecimiento por toda su piel.
-Tienes el poder de nublar mi mente -contesto Yulia atrayéndola hacia sí.

Con un movimiento casi felino, Lena se deslizó encima de la morena, su larga cabellera cayendo como una cascada sobre su cara. Yulia no quería apartar su mirada de esos ojos que la fascinaban, que, a medida que la pelirroja se excitaba más y más, brillaban como dos llamas, la llevaban en décimas de segundo del infierno al cielo. Su respiración se hacía cada vez más agitada, sus caderas se movían con un ritmo ciego hasta que perdían el control. Y en ese momento, sus ojos entrecerrados rebelaban el deseo animal y la entrega al placer sin límites. Era entonces cuando Yulia dejaba de ver, arrastrada por la explosión de su propio deseo que la llevaba casi hasta el límite de la razón.

-Adoro cómo te entregas cuando hacemos el amor -dijo Yulia en un susurro, cuando fue capaz de hablar.
-Eso sólo lo consigues tú. Contigo no me da vergüenza nada. Has roto todas mis inhibiciones.
-Suerte que estamos bastante lejos de las casas de alrededor. Nos deben de oír desde kilómetros de distancia -rió la escritora.
-Que se acostumbren. No voy a disculparme.

Dos semanas después, mientras Marcello descansaba en casa de Inessa, prácticamente recuperado, Lena contemplaba las nubes desde la ventanilla del avión, rumbo a París, para ultimar los detalles que la conducirían hacia ese futuro por construir. Su mente vagaba serena mientras se aferraba a la mano de Yulia, sentada a su lado. Al cabo de unos minutos, la morena se levantó y se dirigió al baño del avión. Entró y cerró la puerta tras ella. Apenas hubo girado el pestillo y sin siquiera darle tiempo a volverse, una fuerza irresistible la empujó contra la puerta. En un principio, lo achacó a una turbulencia del vuelo, pero enseguida se dio cuenta de su error. Un fuerte olor a azahar comenzó a atravesar su mente mientras su camiseta se deslizaba sola hasta el cuello.

En su asiento, Lena, con los ojos cerrados, pasaba lentamente la lengua por sus labios, mientras una sonrisa malévola se dibujaba en su cara.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:11 pm

Aquí esta el segundo libro de esta saga de tres libros adaptados por Natalia Katina, y la cual es original de Mila Martinez.



TRAS LA PARED 




Capitulo 1: El origen


Una gota de sudor se deslizó por su muslo derecho, mezclándose con la tierra ocre que se adhería a sus piernas. Hacía un calor infernal, pero lo que Valerik soportaba peor era la humedad. Los shorts y la camiseta de tirantes se a su piel por la transpiración, tiñéndose de un color pardo a causa del **** polvo que estaba por todas partes. Se llevó una mano a la cara y se secó los ojos con el dorso, lo que le permitió descubrir a Yana a lo lejos, entre una multitud de niños correteando y de gente que deambulaba de un lado a otro entre las tiendas de campaña. Ella le estaba haciendo señales con el brazo en alto. Valerik echó hacia atrás el sombrero, que escondía su melena recogida en una cola, y puso su mano en forma de visera para distinguirla mejor. El sol la deslumbraba. Dejó que sus ojos se adaptaran a la luz y entonces la vio claramente. Su piel morena contrastaba con el blanco de la bata que mantenía abierta, dejando entrever un cuerpo delgado pero con curvas precisas. Debajo llevaba, como ella misma, el conjunto de camiseta y pantalón corto que, a modo de uniforme y con escasas variaciones, usaban la mayoría de cooperantes por aquellas tierras. Yana seguía haciéndole gestos para que fuera hasta allí. Miró su reloj y comprendió: era hora de comer. Entregó el bidón de agua al hombre que estaba a su lado y se fue acercando a buen paso a la cabaña, no muy lejos de aquel desvencijado edificio de una planta, construido con adobe, que servía de hospital, de escuela y de cualquier otra cosa que las necesidades requirieran.

-A comer, Val. Lávate un poco -dijo Yana con una sonrisa dulce que la desarmaba, mirando de soslayo sus muslos bronceados, que mostraban en aquel momento un aspecto terroso.

Valerik observó con deleite, mientras acompañaba a Yana al interior de la cabaña, los bucles negros que enredaban su pelo corto en la zona de la frente y la nuca, las arruguitas que se dibujaban en la comisura de sus labios y, sobre todo, los grandes ojos oscuros, con la mirada tan limpia, tan virgen, a pesar de las calamidades que rodeaban su vida en aquellos momentos. Nunca imaginó que llegaría tan lejos. Pero allí estaba, en África, en medio de aquella tierra tan castigada que había ido introduciéndose, sin apenas darse cuenta en cada célula de su cuerpo.

Parecía tan lejano el día en que todo empezó...

Aquel día, como cada tarde sobre las siete, a la salida del despacho, Valerik atravesó la ciudad para dirigirse a su biblioteca predilecta. Se trataba de un momento que guardaba celosamente para ella. Disfrutaba buceando entre aquellos volúmenes que, día a día, le descubrían mundos nuevos. El par de horas que pasaba cotidianamente en aquel entorno se había convertido casi en una necesidad física, en su refugio particular. Solía sentarse frente a una mesa situada al fondo de la biblioteca, junto al muro adosado a un antiguo convento. Era un lugar desde el que raras veces veía a nadie y tampoco persona alguna advertía su presencia. A ella no le gustaba sacar los libros y llevárselos a casa. Encerrada allí con ellos, inmersa en aquel olor peculiar, una mezcla de papel, cuero, polvo y madera que el tiempo había corroído, y sobrecogida por un silencio reverencial, se dejaba transportar a otras vidas, a otras realidades. Aquellas paredes grises, descoloridas y desconchadas, así como el color oscuro de madera antigua de los muebles y estanterías le ofrecían un escenario perfecto para su huida. Pero aquel día de octubre, algo más la ataría a su mesa habitual, aparte de los libros.

Todo comenzó cuando se hallaba inmersa en la lectura de una conocida novela que su madre le había regalado de niña, y que le había fascinado. Aquella tarde se había topado, de repente, con una edición idéntica a la que tuvo de pequeña entre sus manos, hacía más de treinta años, y no pudo resistirse. Sus dedos fueron de forma automática hacia el lomo y se apoderaron con avidez de aquel libro, cayendo de nuevo bajo su embrujo. Acarició la vieja cubierta marrón, pasando la yema del dedo por las letras doradas impresas en el centro: El conde de Montecristo.

Lo que no imaginaba era que esta vez le iba a resultar muy difícil concentrarse en su lectura. Se sentó y comenzó a perderse en su historia. En aquel momento estaba totalmente sumergida en la tercera página, «No dejó el naviero que le repitieran la invitación, y asiéndose a un cable que le arrojó Dantés, subió por la escala del costado del buque con una ligereza que honrara a un marinero...», cuando un ruido extraño le hizo levantar la vista del papel. Miró a su alrededor, pero seguía estando totalmente sola. Aguzó el oído, alerta, y volvió a escucharlo. Era un murmullo que parecía salir de la pared. Se acercó más al muro y pegó la oreja: le resultaba totalmente extraño poder oír algo procedente de allí. La pared ante la que se encontraba estaba adosada a un antiguo convento de monjas. Nunca, en los años que había estado en el mismo lugar de la biblioteca y se había sentado ante aquella mesa, había percibido ningún sonido procedente del convento, que por otra parte siempre imaginó abandonado. Se trataba de un edificio vetusto, cerrado a cal y canto a la vista de los transeúntes. Pero aquella tarde era evidente que estaba escuchando una voz procedente del otro lado. Concentró sus sentidos, y entonces distinguió con claridad el origen del sonido. Era una voz femenina que Valerik no alcanzaba a entender; sólo captaba su inflexión, entre delicada y triste, pero con ciertos matices aterciopelados que erizaron involuntariamente el vello de sus brazos.

En aquel momento percibió una voz distinta, también de mujer, que sin embargo utilizaba un tono más apremiante, más firme. Ella sintió aquel contraste como un choque áspero y desagradable. Centró su atención en los sonidos y por fin consiguió entender algo.

-... No puedo seguir... -gemía la voz dulce.
-Puedes y debes hacerlo. Reza, reza y verás la luz -replicaba la otra voz con firmeza.
-... No creo que sea el destino que Dios me...
-¡Tu destino está aquí! -proclamó la otra voz, cortante.

La conversación cesó con brusquedad, seguida por el golpe seco de una puerta, que fue sustituido por otro sonido, un llanto. La dueña de la voz aterciopelada lloraba quedamente. Sus pasos ligeros se percibían nerviosos recorriendo la estancia de parte a parte, deteniéndose de repente para dejar escapar algún gemido; al poco tiempo continuaban con su camino errático.

Valerik permaneció pegada al muro durante más de media hora, con la boca seca, escuchando los sollozos sin poder echar una sola ojeada a su libro. Al cabo de un tiempo, volvió el silencio. Aquella tarde abandonó la biblioteca con una extraña angustia en el estómago. Necesitaba oír de nuevo la voz que le había provocado sensaciones hasta entonces desconocidas para ella. Salió a la calle y se quedó largo rato observando la fachada del convento. Todo permanecía cerrado y solitario. Ni una luz se filtraba por los estrechos ventanales.






Capitulo 2: Valerik


Valerik había sido una niña solitaria. Puede que hubiera influido el hecho de ser hija única y haber pasado largas y tediosas horas jugando sola, mientras su madre hacía las tareas de la casa y su padre se encontraba ausente, siempre trabajando.

A una edad temprana, su madre, devoradora de novelas, le descubrió la mejor forma de llenar el tiempo, y a partir de entonces se dedicó con frenesí a la lectura. Sus compañeros de colegio la consideraban un bicho raro. Era callada, tranquila y se ocultaba detrás de unas enormes gafas de miope. Siempre fue objeto de bromas desagradables y no ayudaba mucho a su popularidad el hecho de que consiguiera las mejores notas de su clase. Cuando todos jugaban en el patio, ella se sentaba en un rincón y leía. A menudo llevaba el pelo recogido en una cola, y procuraba pasar inadvertida el mayor tiempo posible, lo que no duró mucho, pues al llegar la adolescencia, para su desgracia, empezó a desarrollarse bastante antes que sus compañeras. Su cuerpo comenzó a expandirse a toda velocidad, hasta convertirla a los quince años en una mujer exuberante, de complexión fuerte y casi metro ochenta de estatura. Ya no se podía esconder, así que decidió ayudar un poco a la naturaleza. Sustituyó las feas gafas de pasta por unas lentillas y se soltó la melena en muchos aspectos.

Fue entonces cuando el mundo entero quedó subyugado por sus enormes ojos verdes, su pelo rubio al viento y unas curvas de vértigo. Ya no se metían con ella: ahora la perseguían sin cesar, lo cual era mucho peor. Su instinto sexual se despertó como un volcán y ella lo alimentó sin fronteras ni prejuicios. Su mente hambrienta lo abarcaba todo y su cuerpo recibía con deleite el placer sin barreras, ni físicas ni emocionales. Descubrió que le encantaba el sexo, aunque no le dio mayor importancia que la que ostentaba cualquier otra necesidad primaria en su vida. Hubo algunos hombres, no demasiados, dado que su presencia imponente despertaba cierto temor en ellos: se sentían intimidados por su físico y, sobre todo, por su inteligencia libre de prejuicios y por su manera de llevar las riendas.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que las mujeres llenaban mejor aquella parte de su vida, excitaban más su cuerpo y su mente. Valerik mimaba su cerebro de la misma forma que hacía con el resto de su organismo, no desechando nada que pudiera enriquecerla como persona. Todo tenía interés para ella. Estudiaba cuanto caía en sus manos, empapándose de conocimientos, pero, en cuanto a las relaciones íntimas, seguía siendo un bicho raro. Eso sí, una mariposa hermosísima, pero rara.

Era una mujer solitaria e independiente, porque, entre otras cosas, el compromiso no era algo que entrara en sus planes. Las personas formaban parte de su ámbito de estudio y deleite, como los libros, pero, al igual que ocurría con éstos, rara vez los leía dos veces. No tenía tiempo para entretenerse en el camino. Pensaba que debía aprovechar cada minuto de su vida y absorberlo todo, y, en consecuencia, había evitado enamorarse.

Habitualmente, acababa siendo perseguida por sus amantes circunstanciales, pero ella no tenía intención de repetir. Se había auto-impuesto la regla de no acostarse dos veces con la misma persona, pues defendía que aquélla era la única manera de preservar su independencia, y así lo manifestaba cada vez que se relacionaba con una nueva mujer. No engañaba a nadie, no quería hacer daño ni crear falsas expectativas, aunque reconocía que en alguna ocasión había estado a punto de incumplir su propia norma. Como le ocurrió con Yulia. Ella era una de esas personas que generan la necesidad de conocerlas más, de saborearlas despacio. Ya habían pasado más de dos meses desde su encuentro y sabía por su amiga Sonja, compañera de trabajo, que Yulia había encontrado el equilibrio con la mujer que ocupaba su mente aquel día. Lástima, pensó Valerik, porque le gustaba mucho, pero no había sido su momento.

Y ahora, de repente, una voz había hecho nacer dentro de ella sentimientos que la desconcertaban. Ni siquiera había podido percibir con claridad el sentido de aquellas palabras, pero su instinto la empujaba a volver junto a aquel muro, tenía que saber más de la persona que había hecho surgir en su interior tal desazón.

Volaban hacia su mente las cálidas inflexiones de aquella voz como un eco que la hacía estremecer de placer, como una promesa de goces desconocidos, convenciéndola de que no podía faltar por nada del mundo a su cita diaria con aquella pared enigmática.







Capitulo 3: Alguien más



Lena pasó dos semanas maravillosas, aunque agotadoras, con Yulia en París.

Habían paseado tomadas de la mano por el Sena; se habían internado por las callejuelas del barrio latino; Lena se había empeñado en que un artista de la Place du Tertre las inmortalizara con sus pinceles; habían cenado en Au pied de cochon, en Les Halles, junto a la impresionante iglesia de Saint-Eustache, así como en otros restaurantes igualmente románticos; habían visto espectáculos de cabaret y habían hecho el amor sin freno.

Lena volvió a París con la intención de despedirse de su trabajo y de sus amigos, y tenía que prepararlo todo para que su sustituto tomara el relevo en la dirección de la empresa. Yulia, en los ratos en que ella se ocupaba de los asuntos de trabajo, se quedaba en el apartamento con su ordenador portátil, que llevaba consigo a todas partes, y continuaba escribiendo su última novela.

Poco antes de su regreso a Moscú, los antiguos compañeros de Lena le organizaron una fiesta por todo lo alto. Le desearon mucha suerte y la felicitaron por su valentía al emprender la dirección de su propio negocio, la editorial que había pertenecido a sus padres. Aquellos quince días habían sido realmente intensos.

A su vuelta, Lena tenía que afrontar dos grandes desafíos: empezar una nueva vida al lado de Yulia y tomar el relevo de su madre, al frente de la editorial a la que ésta había dedicado la mayor parte de su existencia. Estaba decidida a no fracasar en ninguna de las dos empresas. Sabía perfectamente que mantener una relación con Yulia, amiga de su madre y quince años mayor que ella, era un reto importante, aunque ya había superado lo peor: la oposición inicial de Inessa y los miedos de la propia Yulia al enamorarse de ella. Por otra parte, no pensaba defraudar a su madre en cuanto a temas de trabajo. Iba a llevar la empresa adelante con empuje, ahora que ella había resuelto por fin retirarse y disfrutar durante el resto de su vida con Marcello, su gran amor italiano.

Lena se encontraba inmersa en estos pensamientos, disfrutando de la sensación de que todo empezaba a encajar a su alrededor, cuando una imagen similar a un fogonazo perforó su mente, plantada como estaba ante el armario abierto del cuarto de baño. Aquella visión la golpeó como una bofetada y provocó que le entrara el pánico. Ella había atribuido aquello al estrés de los últimos meses, a la marea de emociones y cambios radicales que se habían producido en su vida, pero la realidad estaba allí, como un enorme signo de interrogación frente a ella.

Fue hasta la habitación, abrió su agenda electrónica y lo comprobó con horror: hacía cerca de tres meses que no tenía su periodo. Agarro su bolso y corrió a la calle como una exhalación. Era sábado por la mañana y afortunadamente Yulia había ido a comprar y tardaría un poco. Subió a su vehículo, un sedán negro, dando gracias a Dios por haberlo traído desde París. ¡Y pensar que había estado a punto de venderlo!, se dijo a sí misma.

Arrancó rápido. Necesitaba encontrar una farmacia cuanto antes. Debía tenerlo claro antes de que la morena regresara. El tráfico no era demasiado denso a aquellas horas de la mañana, por lo que unos minutos más tarde estaba ya de vuelta con todo lo necesario. En el asiento de al lado descansaba el bolso abierto, del que asomaba la caja con el test de embarazo. Al llegar a casa comprobó con alivio que Yulia todavía no había vuelto. Con el bolso en la mano, subió al cuarto de baño de la habitación que compartían y se encerró dentro. Debía seguir con sumo cuidado todas las indicaciones del prospecto. Los minutos le parecieron interminables mientras esperaba el resultado. Sentada al borde de la bañera, nerviosa, tamborileaba los dedos sobre la tapa del inodoro. No había transcurrido ni un minuto cuando el pánico se apoderó de ella al escuchar la voz de Yulia que la llamaba desde abajo.

-Cariño, ¡ya estoy aquí!
-¡Ahora bajo! -gritó Lena.

Con los codos apoyados en las rodillas, a punto de caer en la histeria, se sujetaba la frente con ambas manos mientras su melena rojiza colgaba hacia delante como una cascada. Su mente trabajaba a la velocidad de la luz. ¿Qué le diría a Yul?, pensó aterrada. Observó su reloj otra vez, constatando que aquello ya debía estar listo. Haciendo acopio de valor, se levantó y miró hacia el lavabo. Allí estaba aquel artilugio m.a.l.d.i.t.o con las dos rayas de color rosa, acusadoras. Ya no cabía la menor duda: estaba embarazada.

-¡Cómo he sido tan estúpida! -se gritó a sí misma.

La sucesión de acontecimientos de aquella semana, previa a su vuelta a París, la había trastornado por completo. Los días que precedieron a la última vez que se acostó con Jean-Marc, su antiguo novio, fueron una auténtica locura. En medio de la vorágine debió olvidar alguna toma de sus pastillas anticonceptivas.

Lena observaba la puerta conteniendo la respiración. No podía retrasarlo por más tiempo, Yulia la estaba esperando abajo. Lentamente salió del baño, dejando el test de embarazo encima del lavabo. No sabía qué hacer con él, le quemaba en las manos.

Bajó las escaleras despacio y contempló durante unos segundos cómo su amante colocaba las cosas en el refrigerador. Al verla por el rabillo del ojo, la morena dejó lo que estaba haciendo y se acercó, la tomo suavemente por la cintura y la atrajo hacia sí. Lena apoyó su frente contra la de ella, evitando sus labios, por lo que Yulia se separó un poco y la miró con extrañeza.

-¿Te pasa algo? -le preguntó, preocupada.
-Vamos a sentarnos -contestó Lena seria.
-¿Qué ocurre? -la voz de la morena sonó alarmada.
-Ven. -la pelirroja se acomodó despacio en el sofá y le hizo un gesto para que se sentara enfrente de ella.

Yulia evitó preguntar más y se sentó en el borde del sillón frente a ella, observándola con nerviosismo.

-Acabo de enterarme de que estoy embarazada -soltó Lena mirándola fijamente a los ojos.

Yulia abrió la boca para decir algo y la volvió a cerrar. Después se dejó caer hacia atrás en su asiento, mirando a Lena sin expresión. Tuvo la sensación de que el sillón abrazaba su cuerpo como si quisiera tragársela entera.

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:15 pm

TRAS LA PARED


Capitulo 4: Cita con el muro



Al día siguiente, Valerik se dirigió a la biblioteca bien preparada. No pensaba perderse ni una sola palabra de lo que tuviera que decir aquella voz que la había sobrecogido y que la perseguía en su cabeza desde la tarde anterior, excitando sus sentidos. Se sentía absurdamente enamorada, como una adolescente en primavera. Le había pedido un favor a Nadya, su ginecóloga y amiga desde hacía algunos años, y llevaba bien oculto en el bolso un estupendo estetoscopio. Nadya no había querido hacer preguntas: únicamente se había limitado a sonreírle con picardía cuando se lo prestó.

«Úsalo bien» -le dijo con expresión reprobadora.

Una vez en el interior de su venerada biblioteca, Valerik fue hasta la estantería de la que había extraído el libro el día anterior y lo encontró en el mismo lugar, esperándola, con su vieja encuadernación de tapas marrones y letras doradas. Atravesó ansiosa los pasillos hasta el rincón medio escondido donde se encontraba su espacio habitual de lectura. Como de costumbre, su mesa y las de alrededor estaban vacías. Se sentó y abrió la novela por la página en la que se había quedado antes de escuchar la voz, colocando allí la señal. El pulso le latía acelerado. Miró a su alrededor y se aseguró de que estaba sola. Edmundo Dantés podía esperar. Aguzó el oído al acercarlo al muro.

Silencio.

Tomo el bolso, sacó discretamente el estetoscopio y volvió a pasear la vista por aquel espacio con cautela.

Nadie.

Colocó por fin aquel artilugio en sus oídos y apoyó la membrana en la pared. Esperó unos segundos alerta, comprobando con desilusión que ni un solo murmullo se escapaba de aquellas piedras. Dejó el aparato y respiró hondo. Debía tener paciencia. Su añorada voz volvería más tarde o más temprano. 

Valerik no tenía ninguna prisa. Disponía de más de dos horas hasta el cierre de la biblioteca. Decidió volver a la lectura para matar el tiempo, pero le costaba concentrarse en aquellas líneas. La fantasía que atrapaba su atención en aquellos momentos no era la que ofrecían sus páginas.

A medida que transcurrían los minutos, se iba poniendo más y más nerviosa. Al cabo de una hora, la desesperación la hizo convencerse de que no volvería a escuchar la voz. Al fin y al cabo, llevaba varios años sentándose en el mismo lugar y sólo la había oído una vez. ¿Qué le hacía creer que volvería a ocurrir? Quizás no había sido más que un espejismo auditivo, una elaboración de su mente en un intento desesperado por salir de la rutina.

Y entonces oyó algo. Fue como un eco, una puerta cerrándose a lo lejos. Valerik sintió que un escalofrío recorría su espalda. Con todos los músculos en tensión, volvió a sacar el estetoscopio y lo apoyó de nuevo en la pared. Percibió claramente el sonido de unos pasos y un sinfín de pequeños ruidos que delataban a alguien moviéndose por cada rincón de aquella estancia. No estaba soñando: allí estaba el origen de sus palpitaciones. Centró toda su atención en descubrir, a través de los sonidos, el más pequeño movimiento que la dueña de aquella voz pudiera estar realizando, pero un ruido brusco interrumpió de repente su ejercicio de concentración. Alguien estaba llamando a una puerta. Escuchó con expectación. Era su oportunidad de volver a oír la anhelada voz.

-Adelante -dijo suavemente la voz.

Valerik volvió a sentir un cosquilleo de excitación.

-Hola, Yana -susurró una mujer distinta.

¡Se llamaba Yana! Por fin podía poner nombre a su voz, pensó Valerik exaltada, sin despegar el aparato de la pared.

-¡Hermana Alina! Entre, rápido.
-Perdona que venga tan tarde. No encontraba el momento adecuado para llegar hasta tu celda sin que nadie me viera. Sobre todo la madre superiora. Ella no me lo perdonaría. Tan sólo disponemos de unos segundos.
-Cuénteme, por favor.
-He hablado con mi primo, el doctor Aleksey Ushakov. Ha aceptado encontrarse contigo pasado mañana. Volveré mañana por la tarde para decirte dónde y a qué hora. Hasta mañana no podrá darme los detalles. Me tengo que ir, Yana. Por la tarde intentaré escaparme como hoy.

-Hasta mañana entonces, hermana Alina. Y gracias de todo corazón.

Valerik oyó cómo se cerraba la puerta y esperó un buen rato con el corazón encogido. No pudo escuchar ningún sonido más. Guardó el estetoscopio y cerró el libro. La nueva información la había llenado de incertidumbre. ¿Qué le ocurría a Yana?, ¿era una monja?, ¿qué estaba ocultando a la madre superiora?, ¿por qué el llanto desesperado de ayer?, se preguntaba una y otra vez su imaginación inquieta. Se prometió a sí misma volver al día siguiente y enterarse de los detalles de aquella cita clandestina. 

Salió de allí con la certeza de que estaba ante un misterio a punto de revelarse ante sus oídos. Como la noche anterior, al salir de la biblioteca se quedó mirando subyugada la fachada del viejo convento. Todo permanecía como muerto. Por un momento, algo le llamó la atención entre las piedras gastadas. Le pareció ver un destello de luz tras el cristal de una de las ventanas, pero acabó siendo un simple reflejo de la luna. Permaneció absorta durante unos segundos observando aquella luna llena tan brillante que la había confundido. Sin prisa, regresó pensativa hasta su automóvil, sabiendo que las horas le iban a parecer eternas hasta que volviera a escuchar aquella voz.

Una vez en casa, se puso cómoda, fue hasta su aparato de música y eligió un disco muy apropiado para las emociones que bullían en su cabeza. Se preparó un té, le había desaparecido por completo el hambre, y salió a bebérselo a la terraza, dejándose envolver por la sensual voz de Beyoncé con su particular interpretación de Fever. Valerik notó como se le erizaba el vello de los brazos. Levantó la vista y se fijó en las estrellas. Yana podría estar en aquel momento haciendo lo mismo que ella. Vivían bajo el mismo manto y ni siquiera se habían visto. Aquella noche se entregó al sueño imaginando el arrullo de la voz de Yana pronunciando su nombre junto a su oído.

A la mañana siguiente, pasó las horas ensimismada. Le suponía un gran esfuerzo concentrarse en su trabajo. Incluso Sonja se cruzó con ella y le llamó la atención.

-¡Eh!, no saludas...
-Perdona, tenía la cabeza en otra parte -contestó sonriendo.

Sólo había sitio en su mente para imaginar la próxima visita a aquel muro y la voz sedosa de Yana. Yana...





Capitulo 5: Reacciones



-Dime algo, por favor -pidió Lena con un hilo de voz, al ver que Yulia no reaccionaba.

La morena se levantó con esfuerzo de aquel sillón que había amenazado con comérsela y se sentó junto a ella, pero sin llegar a tocarla.

-Perdóname. No... me lo esperaba.
-Estoy muy asustada, Yul.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó seria, mirando aquellos ojos enormes que la observaban espantados.
-No lo sé -contestó la pelirroja despacio.
-¿De cuánto estás?
-De tres meses, creo. Ocurrió cuando volví sola a París...
-No me expliques nada -dijo la morena rápidamente.
-Quiero contártelo. Cuando regresé a París, después de aquella noche en la que te asustaste de mi beso y me apartaste de ti, tenía la certeza de haberlo perdido todo contigo, e intenté absurdamente aferrarme a Jean-Marc. Aquel día... me acosté con él y fue un desastre. No podía quitarte de mi cabeza, sentía tus caricias, el sabor de tu boca... ¡Casi me vuelvo loca! -explicó mientras estrujaba el borde del sofá, ansiosa.
-No me cuentes más -pidió Yulia y se levantó. Se apartó hacia atrás su flequillo con nerviosismo.
-Lo que quiero decirte es que realmente este hijo lo hice contigo. Él sólo fue el vehículo, pero tú estuviste allí todo el tiempo.

Los ojos de Lena, brillantes como lunas, parecían implorarle. Yulia la miró desde el otro lado del salón.

-¿Eso quiere decir que has decidido tenerlo? -preguntó distante.
-Está pasando todo muy deprisa -contestó Lena con cautela- Siempre pensé que algún día tendría un hijo, pero era algo que me hubiera gustado planificar.

La morena guardó silencio.

-Me gustaría saber qué piensas -dijo, intentando mantener la calma.

Apoyada en la pared frente a Lena, la morena la miró sin moverse. En aquel momento hubiera deseado no quererla tanto.

-La verdad, Lena, no sé qué responderte -comenzó a decir con suavidad- No entraba precisamente en mis planes empezar a criar a mis cuarenta y cinco años. Pensaba que disfrutaríamos las dos juntas haciendo un montón de cosas, que evidentemente no se pueden hacer con un niño.

Lena se levantó y se acercó a ella. Se concentró en sus ojos color zafiros, que en aquel momento estaban más oscuros que nunca.

-Siento mucho cómo está sucediendo todo, pero quiero que sepas que es algo que siempre he querido hacer, aunque no deseaba que fuese de esta forma. Quiero tener este bebé, Yul, puede que sea mi última oportunidad de tener un hijo.

La morena agarró su mano suavemente.

-Es tu cuerpo y tu vida, Lena. Sólo tú puedes decidir algo así. Pero, entiéndeme, acabas de cambiar mi vida radicalmente. No me preguntes si me gusta. Ahora no tengo otra repuesta.

El rostro de Yulia reflejaba con claridad la presión a la que estaba siendo sometida.

-Perdona. No tengo derecho a imponerte una vida que no quieres llevar -contesto la pelirroja, soltándole la mano y alejándose un paso hacia atrás.
-Yo no he dicho que no vaya a estar a tu lado, Lena -replicó la escritora firme.
-Lo sé, pero también sé que te he hecho daño. Las dos necesitamos digerir esto y ver dónde nos lleva.

Yulia observó sus ojos color jade durante un segundo.

-Tendrás que decírselo a tu madre -dijo despacio.
-Había pensado comer con ella.
-Bien. Yo mientras tanto daré una vuelta por los alrededores. -Tomo las llaves.
-Te llamaré luego -respondió Lena con tristeza.

La morena se acercó y le dio un ligero beso en los labios.

-Hasta luego. Después hablaremos.

Cuando Yulia salió, Lena permaneció pensativa en medio del salón. Agarro el teléfono, se sentó y marcó el número de Inessa.

-¿Mamá?
-Hola, cariño. Le estaba diciendo a Marcello que me gustaría invitarlas a comer. ¿Han hecho planes?
-No, pero escucha: quisiera hablar primero contigo a solas. Tengo que contarte algo.
-¿Qué pasa? ¡No me asustes!
-Preferiría no decírtelo por teléfono. Pero no es nada malo, no te preocupes. ¿Comemos dentro de una hora?
-De eso nada. ¡Quedamos ahora mismo!
-Como quieras. ¿Nos vemos en media hora en el restaurante cerca de la plaza Manezhnaya?
-En menos de media hora estoy allí.
-Nos vemos, mamá.

La pelirroja colgó y permaneció sentada unos instantes. Después, con determinación, agarro las llaves de su coche y salió a la calle.

En cuanto la morena alcanzó el paseo del parque cerca de la casa, comenzó a andar como una autómata, centrándose en los dibujos que formaban los adoquines del suelo. Al minuto empezó a sonar su móvil. Era Sonja.

-¿Cómo va la parejita? -preguntó Sonja socarrona.
-Parece que huelas mi estado de ánimo -contestó lacónica.
-¿Qué pasa?
-¿Tienes tiempo para una cerveza?
-Claro. ¿Vienes sola?
-Sí.
-¡No se habrá ido otra vez!
-No, no es eso.
-Bueno, ahora me lo cuentas. Vente para acá. Te esperamos.
-Nos vemos.

Yulia volvió sobre sus pasos y subió a su vehículo. Diez minutos después, Sonja la recibía apoyada en el marco de la puerta, sujetando una cerveza en la mano. Sus punzantes ojos observaban a su amiga con preocupación.

-Anda, entra. ¡Menuda cara traes!

La morena la besó. Entró en la casa y se quitó la chaqueta.

-¿Y María?
-En la cocina. Estábamos preparando algo de picar.

La escritora fue directa a la cocina, donde María la recibió con su enorme sonrisa de siempre. Cuando se giró al oírla entrar, sus largos rizos castaños flotaron en el aire.

-Hola, cariño. -la abrazó con ternura y luego la miró con los ojos muy abiertos- ¿Qué pasa? Nos tienes preocupadas otra vez.
-Ahora hablamos -contestó la morena mientras abría el refrigerador y se servía ella misma una cerveza.

María y Sonja sacaron algunos platos y se dirigieron con ella al salón. Se acomodaron en torno a una mesa baja.

-Bueno, ¿lo vas a soltar o qué? -preguntó Sonja impaciente.

Yulia dio un trago directamente de la botella y las miró durante un segundo.

-Lena está embarazada.
-Nos estás tomando el pelo -contesto Sonja.
-Ya me gustaría. -Yulia dio un nuevo trago a su cerveza.
-¡No jo.das! -espetó Sonja.
-Pero, ¿cómo...? -comenzó a preguntar María.

La morena no la dejó terminar.

-¿Se acuerdan de aquella noche en el Beso de Luna cuando se la presenté y todo lo que pasó después?
-¡Cómo olvidarlo! Ella te besó, tú te asustaste y le dijiste que aquello era imposible, y salió huyendo hacia su casa en París -contestó Sonja muy teatral.
-Pues, en cuanto volvió, se acostó con su novio y éste le dejó un regalito de despedida.
-Jo.d€r... -dijo Sonja casi para sí misma, echándose hacia atrás en el sofá.
-¿Qué... van a hacer? -preguntó María con delicadeza.
-Ella quiere tenerlo.
-¿Y tú qué quieres? -preguntó Sonja.
-Se lo pueden imaginar. Un hijo no ha entrado nunca en mis planes, ya lo saben.
-Desde luego, menuda put@d@. Te va a cambiar completamente la vida si decides seguir con ella -repuso Sonja con su claridad habitual.
-Lo sé, pero la quiero, Sonja. Y estoy asustada. No sé cómo llevar esto.
-Deja que pase el tiempo. Poco a poco sabrás qué hacer -dijo María mientras le acariciaba despacio una mano.
-Ya lo sé, María. Supongo que me iré acostumbrando a la nueva situación, lo iré asumiendo. -la morena volvió a beber despacio de su botella.
-¿Y qué sientes con respecto a ese niño? ¿Vas a criarlo como si fuera tuyo, sin acordarte de aquel hombre cada vez que lo mires? -preguntó Sonja sin tapujos.
-El bebé no tiene culpa de nada, Sonja. Y en realidad ella tampoco. Evidentemente no se quedó embarazada a propósito. Fue un accidente. Lo importante es que ese niño es hijo de Lena. Si la quiero a ella, también querré al bebé, aunque me preocupa el papel que va a desempeñar en nuestras vidas. Es una idea que mi cabeza no acaba de aceptar.
-Desde luego, Yul. Me alucina cómo te lo estás tomando -dijo Sonja.
-No te creas. Cuando me lo dijo me explotaban los sesos. Venía hacia aquí echando humo, pero hablar con Uds. me está calmando un poco. Es lo que tú dices, María: habrá que vivir día a día y ver qué pasa.
-Por cierto, ¿qué le has dicho? -preguntó Sonja.
-Que no esperara que diera saltos de alegría. No podía decirle otra cosa. Si le mintiera en esto tendríamos una relación de mierd@.
-¿Y cómo se lo ha tomado? -preguntó María.
-Le dolido.
-Habla con ella pronto, Yul. Explícale todo lo que nos has dicho y pongan en claro sus sentimientos -dijo María.
-Lo sé, María. Quizá no debí haberla dejado sola ahora, pero necesitaba alejarme y pensar. Además, se ha ido a hablar con Inessa.
-¡Demonios, Inessa! -exclamó Sonja- ¡La va a hacer abuela!
-¡No quisiera estar en su lugar cuando se lo diga! -la morena sonrió por primera vez- No tengo ni idea de cómo se lo va a tomar.
-Bueno, si les parece, preparamos algo de comer. ¿Cómo has quedado con Lena? -preguntó María.
-Me llamará en cuanto acabe con Inessa.
-Pues quédate aquí con nosotras. Te vendrá bien desahogarte un rato -sugirió María, mientras se dirigía hacia el aparato de música.

Inmediatamente comenzó a sonar la voz inconfundible de La Lupe con su peculiar versión de My Way.

A Yulia se le escapó de nuevo una sonrisa.








Capitulo 6: De vuelta al muro



Apenas pudo comer nada aquel día debido a los nervios que le atenazaban el estómago. A la hora habitual, Valerik salió como una exhalación de su despacho, estacionó lo más cerca que pudo de la biblioteca y se dirigió con el corazón palpitante hacia la puerta de roble antiguo.

Aquella tarde pensaba obtener una información valiosísima para llegar a conocer a Yana, para poner rostro a su anhelada voz por primera vez. Cruzó la estancia principal de la biblioteca y giró a la izquierda por un pasillo, rumbo a la estantería que guardaba celosamente el libro que servía de tapadera para su investigación. Allí vislumbró el viejo lomo marrón, que parecía estar aguardándola. Lo agarró casi sin mirarlo, volvió sobre sus pasos y cruzó hacia el lado contrario, el más apartado de la biblioteca. Se encontraba tan sólo a diez metros de su rincón secreto cuando se vio obligada a detenerse en seco. No es posible, pensó, atónita, mientras permanecía plantada en medio del pasillo, con el libro en la mano, sin saber qué hacer. Un ataque de pánico paralizó su mente.

Ante ella, ocupando la mesa, había una pareja joven que se había adueñado de su rincón. Ninguno de los dos aparentaba más de veinte años. Él llevaba el pelo largo recogido en una coleta, y en su mentón comenzaba a dibujarse una perilla rubia. Sus ojos azules, agazapados tras unas pequeñas gafas redondas, no se apartaban de la libreta en la que estaba escribiendo. Sentada frente a él, la chica sujetaba hacia atrás con una mano su largo flequillo negro, mientras leía concentrada un libro abierto sobre la mesa. Ninguno de los dos advirtió su presencia, enfrascados en un mar de papeles y de libros esparcidos que llegaban a ocupar las sillas circundantes.

Valerik se fue acercando despacio. Tenía que idear algo. Se sentó ante una mesa no demasiado próxima y decidió esperar a que se marcharan. Abrió su libro y aparentó estar embebida en la lectura, mientras por el rabillo del ojo espiaba cada movimiento de los usurpadores de su espacio. También era mala suerte. Precisamente hoy tenía que sentarse alguien en su rincón, pensó, irritada, con el pulso latiéndole en las sienes. La desesperación iba consumiéndola a medida que pasaban los minutos. Estaba desgastando la esfera de su reloj de tanto mirarla. A esas alturas ya tenía claro que iba a perder la información fundamental que le llevaría hasta Yana. Intentó concentrarse varias veces en la novela, pero hacía tres días que había perdido todo interés en su contenido.

Una y otra vez volaban sus pupilas huidizas desde las líneas del libro a aquel rincón. Era evidente que aquellos jóvenes no estaban dispuestos a marcharse en absoluto; parecían clavados a la m.a.l.d.i.t.a mesa. De hecho, se iba acercando la hora de cierre de la biblioteca y ellos seguían leyendo y tomando notas, sin dirigirse una sola palabra. Valerik se convenció definitivamente de que aquel día no iba a obtener la información tan necesaria para ella, pero la voz de Yana resonaba en su cabeza y la empujaba a imaginar lo imposible. Tenía que verla.

Salió de allí antes de que la pareja recogiera sus cosas y se dirigió al automóvil, sin poder evitar volver la vista hacia aquella fachada enorme y silenciosa, con su oscura puerta cerrada a cal y canto. Había tomado una decisión. Llegó a casa y se dejó caer en su mullido sofá de piel con el móvil en la mano. Dudó unos segundos, con la mirada perdida en la reproducción de El beso de Klimt que colgaba de la pared, y a continuación marcó un número que tenía desde hacía muy poco tiempo.

-¿María? Hola, soy Valerik. Quería hablar con Sonja. ¿Está por ahí?
-Claro, ahora te la paso. -María le dio el teléfono a Sonja esbozando una sonrisa- Es Valerik.
-¿Valerik? -preguntó Sonja, extrañada.
-Perdona que te moleste, Sonja, pero es que me ha surgido algo y mañana quisiera tomarme el día libre para resolver unos asuntos. ¿Te importaría decirlo en el despacho?
-Claro, no te preocupes. Ya nos vemos pasado mañana.
-Gracias Sonja. Te debo un favor. Hasta luego.
-Hasta luego.
-¿Ocurre algo? -preguntó María en cuanto Sonja colgó.
-Nada. Ésta, que habrá ligado y no quiere ir mañana a trabajar -contestó Sonja con su sorna habitual.
-¡Eres mala! -rió María, dándole una palmada en el trasero.

Nada más colgar el teléfono, Valerik se dirigió a la cocina, preparó un sándwich de queso curado, llenó una copa de vino tinto y, cargada con la bandeja en la que portaba su pequeño homenaje, salió a la terraza y se sentó en una hamaca a disfrutar del cielo nocturno, de un azul oscuro radiante, manchado por algunas nubes. El aire otoñal era fresco. Valerik se acurrucó en la tumbona y se echó por encima el fino cobertor que se hallaba a su lado. Con el primer trago, los taninos del vino comenzaron a embriagar su paladar y a dar calor a su organismo, mientras su mente se excitaba pensando en lo que iba a ocurrir. Su cabeza, a mil por hora, ya lo había planificado todo. Necesitaría hacer acopio de fuerzas para afrontar lo que pensaba hacer al día siguiente.





Capitulo 7: Inessa



Lena entró en el área del restaurante y aparcó su sedán negro.

Fue caminando lentamente hacia el local, mientras su cabeza bullía de preocupación. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar su madre ante la noticia. Desde la puerta, la vio sentada ante una mesa al fondo del local. Tenía un aspecto impresionante para su edad, con la corta melena castaña rojiza enmarcando un rostro de rasgos duros pero atractivos, y vestida impecablemente con un caro conjunto de color arena.

Se ha puesto elegante para la ocasión, pensó, con un atisbo de humor.

Lena respiró hondo y se dirigió hacia ella, cruzando el local con paso decidido. Casi todas las mesas estaban ocupadas y fue consciente de que un montón de ojos la seguían con la mirada. Inessa se puso en pie en cuanto la vio y fue a su encuentro para besarla.

-¿Qué pasa, hija? Me tienes con los nervios de punta.
-Vamos a sentarnos.
-Estoy tomándome un Martini. ¿Te pido uno?
-No. Prefiero una cerveza sin alcohol.

Inessa la miró extrañada. El camarero se acercó y Lena pidió su consumición.

-Bueno, ¡suéltalo ya! -le espetó, ansiosa, en cuanto el camarero desapareció de su vista.
-Vas a ser abuela -soltó sin contemplaciones.
-¿Qué? -los ojos de Inessa parecían dos discos redondos.
-Voy a tener un hijo, mamá.
-¿Quieres decir que Yul y tú han decidido...?

La pelirroja no la dejó terminar.

-Estoy embarazada. Y quiero tenerlo.
-Pero... -Inessa cayó en la cuenta de repente- ¿Jean-Marc?

Lena asintió con la cabeza.

-La última vez que nos vimos -añadió. No estaba preparada para lo que iba a ocurrir a continuación. Esperaba las palabras de su madre cayendo sobre ella, como un aluvión de acusaciones, hasta que se le pasara el ataque de ira. En cambio, observó atónita como los ojos de su madre se enrojecían de repente y unos densos lagrimones comenzaban a rodar por sus mejillas. De un salto se plantó a su lado y la abrazó. Sintió a aquella mujer, que era todo carácter, más frágil que nunca entre sus brazos. Su madre se deshacía en sollozos y le importaba un comino que la viera el local entero.

Lena era consciente de que varias mesas estaban pendientes de ellas. Cuando consiguió sobreponerse lo suficiente, Inessa se apartó de su hija y se quedó observándola de arriba abajo, mientras un reguero de pintura negra se deslizaba por su rostro.

-Eres una inconsciente de mierd@, pero acabas de hacerme la mujer más feliz de la tierra -dijo con la voz entrecortada por el llanto.

La pelirroja se dio cuenta entonces de que su propio rostro estaba empapado por las lágrimas y de que apretaba con fuerza la mano de su madre.

-Anda, siéntate. Y sobre todo suéltame la mano que me la vasa romper -dijo Inessa, intentando reírse, mientras se limpiaba la cara con un pañuelo de papel.

En aquel momento, el camarero trajo una cerveza para Lena y desapareció discretamente. Ella dio un sorbo a su bebida y miró a su madre con ternura.

-Aún tienes un poquito de negro aquí -señaló bajo el ojo izquierdo de Inessa.
-¿Se lo has contado a Yul? -preguntó Inessa, mientras volvía a limpiarse con el pañuelo.
-Sí.
-¿Y qué te ha dicho?

La pelirroja tardó unos segundos en contestar.

-Ella nunca se ha planteado tener un hijo. La he decepcionado, mamá. Creo que lo he estropeado todo.
-No digas tonterías. Tú no has estropeado nada. ¿Te ha dicho Yul que va a dejarte por esto?
-No, pero sé que le he hecho daño. Lo he visto en sus ojos.
-Pues entonces dale tiempo. Imagino que le habrás dado un susto de muerte, pero sé que Yul está loca por ti. No habría dado el paso de vivir contigo si no te quisiera, créeme.
-No lo sé, mamá. Estoy muerta de miedo.
-Hazme caso. Yul te quiere. Deja que pase el tiempo. Tienes que entender que si para ti esto supone algo tremendo en tu vida, para ella es un cataclismo que desmorona su estabilidad. Debes dejar que se acostumbre. Las cosas no van a cambiar de la noche a la mañana, aunque ahora te lo parezca.

Lena se sujetaba la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa.

-Bueno, cuéntamelo todo. No me has dicho ni de cuánto estás. Aunque no sé si te voy a perdonar que me hagas sentir tan vieja. ¡Cuando Marcello se entere de que va a casarse con una abuela! Por cierto, no nos podemos ir a Italia. No voy a irme precisamente ahora a vivir lejos de mi hija embarazada. Tendremos que demorar el traslado hasta que el bebé nazca. -Inessa pensaba en voz alta, sin darse tiempo ni a respirar- ¿Para cuándo lo esperas? ¡Oh, Dios mío, tengo que contarle todo esto a Marcello!

La pelirroja no pudo evitar mirar a su madre al borde de la risa, a pesar de las circunstancias.

-Mamá, relájate. Durante la comida te lo contaré todo.



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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:18 pm

TRAS LA PARED


Capitulo 8: El encuentro



El día comenzó con un cielo amenazador que nada tenía que ver con la cúpula brillante, sembrada de estrellas, de la noche que le había precedido. Densos nubarrones se fueron formando a lo largo de aquella madrugada otoñal y la mañana arrancó con un aspecto gris y plomizo. Poco después de las siete, Valerik estacionaba su automóvil frente al convento, a escasos metros de la puerta, enorme y lúgubre, que siempre permanecía cerrada.

Afortunadamente era una calle con poco tráfico y sin muchos problemas de aparcamiento. Comenzaban a resonar los primeros truenos y una lluvia cerrada empezaba a hacer difícil la visibilidad. Sin embargo, ella estaba decidida a pasar las horas que hicieran falta apostada en aquel lugar, a la espera de algún suceso. Si era cierto que aquel día Yana debía acudir a su cita con el doctor Ushakov, ella estaría allí para verla. Había traído consigo un termo con café, dos botellas de agua, un bocadillo y algunos frutos secos, para hacer más corta la espera. No pensaba apartar los ojos de la entrada más de lo necesario. Había recorrido el edificio entero rodeándolo por fuera, para asegurarse de que aquél era el único acceso al exterior. Si Yana salía, tendría que hacerlo por aquella puerta. Y ella estaría allí esperándola.

Por si la cosa se alargaba y las necesidades físicas la acuciaban, tenía localizada una cafetería en la esquina, a unos veinte metros del edificio. Ya sería mala suerte que Yana decidiera salir justo cuando a ella se le ocurriera entrar en el baño. También había traído algo consigo para dejar constancia de aquel día tan importante. En el asiento de al lado reposaba su cámara digital. Si los acontecimientos lo permitían, no perdería la oportunidad de hacerle fotos. Encendió la radio y se sirvió en la tapa del termo su primera taza de las muchas que tendría que beber aquel día. Un intenso aroma de café se esparció rápidamente por el coche. La lluvia seguía cayendo sin cesar, acompañada por el resplandor de los relámpagos y el estruendo escalofriante de los truenos. Valerik se acurrucó en su asiento, con la gabardina abotonada hasta arriba.

No tendría más remedio que poner la calefacción en el vehículo o se quedaría helada. El tiempo había cambiado radicalmente desde el día anterior, convirtiendo aquellas circunstancias en las más inapropiadas para lo que tenía pensado hacer. Todo parecía jugar en contra de sus planes. Los minutos pasaban sin prisa y ella se veía obligada a cambiar de postura con frecuencia. Los músculos, entumecidos, le dolían. Salió varias veces del coche a estirar las piernas, cubierta con un periódico, pues no había cogido el paraguas. Lo último que se le hubiera ocurrido pensar es que iba a caer aquel aguacero. Por lo menos podía llenarse los pulmones con el aire impregnado del entrañable aroma a tierra mojada. Fue varias veces al baño de la cafetería, pero salió a toda prisa para no perder de vista aquella puerta que tanto anhelaba ver abierta. Del asiento ya había desaparecido cualquier cosa sólida que llevarse a la boca; tan sólo quedaba un poco de café en el termo.

Cuando miró el reloj la última vez, eran casi las cinco de la tarde, lo que significaba que llevaba apostada en aquel lugar cerca de diez horas. Estaba agotada y su espera no había dado resultados. Le asaltaba la duda de que Yana hubiera salido en alguna de sus cortas visitas al baño. No se podía permitir pensar semejante cosa si quería que su ánimo se mantuviese en pie.

Y entonces ocurrió. La lluvia a aquellas horas se había convertido en un velo apenas perceptible. A través de una fina capa de puntitos diminutos que cubría el parabrisas de su vehículo, Valerik contempló incrédula cómo algo se movía en la dirección en la que llevaba mirando, prácticamente sin parpadear, desde las siete de la mañana. La puerta por fin se había abierto y dejaba aparecer una figura delgada, vestida con hábito y chaqueta gris, y una cofia blanca. No le dio tiempo a ver su rostro. La mujer abrió con rapidez un pequeño paraguas negro y comenzó a caminar directamente en dirección a su automóvil. Valerik no se atrevió ni a respirar. Sintió cómo su corazón se paraba de repente cuando la mujer pasó a escasos centímetros de la ventanilla. Con el pulso desbocado, dejó que se alejara unos metros y salió del vehículo. Cogió el periódico que le había servido de paraguas y se protegió la cabeza de las finas gotas que caían sin cesar. Ni siquiera pensó en coger la cámara de fotos. Con aquel tiempo y escondida bajo el paraguas, era imposible hacer alguna foto que valiera la pena. Se conformaba con verla bien tan sólo una vez. La observó en la distancia, mientras giraba una esquina, y se dispuso a ejecutar su plan. Pensaba seguirla a donde quiera que fuese.

La figura oculta bajo el paraguas cambió de acera y se internó por una estrecha callejuela. Valerik intentaba actuar de forma discreta, para que no advirtiera su presencia. Mantenía una distancia prudencial, procurando estar preparada ante la eventualidad de que ella se diera la vuelta, en un giro inesperado, y mirara en su dirección. Pero aquello no ocurrió.

Tras caminar diez minutos bajo una lluvia ligera, que había intentado mantener a raya sujetando el húmedo periódico con dificultad sobre su cabeza, su larga melena empezaba a estar empapada. Valerik se peleaba con los mechones mojados que caían sobre su rostro y le entorpecían la visión. Aterida de frío, alcanzó a ver por fin cómo su objetivo se internaba en una cafetería. Debía esperar unos segundos y actuar con sumo cuidado. No quería encontrársela de cara: tenía que verla sin que ella fuera consciente de su presencia. Cuando consideró que había transcurrido el tiempo suficiente, entró, intentando mantener la calma, y echó una rápida ojeada al local. La suerte esta vez venía de frente. La mujer se había sentado ante una mesa cercana a la entrada y levantó la cabeza un instante al escuchar el sonido de la puerta. Por la forma rápida en que volvió a posar su vista en la pequeña libreta que llevaba consigo, Valerik estaba segura de que, si volvieran a coincidir, Yana ni siquiera la recordaría. Pasó rápidamente por su lado y se sentó junto a una mesa que había tras la suya. Se encontraban separadas apenas por un metro de distancia. Le costaba controlar los nervios.

Prácticamente podía estirar la mano y tocarla. ¡Es preciosa!, pensó. Durante la décima de segundo que pasó rauda ante ella no se había perdido ni un solo detalle. ¡Por fin había podido poner rostro a su querida voz! Tenía su imagen grabada en la retina: un poco delgada, de estatura mediana. Aunque la vio sentada, Valerik estaba segura de que la sobrepasaba al menos quince centímetros. De la cofia blanca asomaban unos bucles oscuros, a ambos lados de la cabeza, que probablemente había intentado ocultar sin éxito bajo su tocado. Su piel era morena. Se fijó en sus altos pómulos y en dos arruguitas que enmarcaban las comisuras de sus labios voluptuosos, un detalle muy sexy que no le pasó inadvertido. Pero lo que le atravesó el corazón fue la dulzura de sus ojos negros y sus pestañas larguísimas. Si aquellos ojos le hubieran sostenido la mirada en el momento en que pasaba por su lado, se le hubiera detenido el corazón.

Un camarero alto y desgarbado se acercó a la mesa de Yana. Valerik, en aquel momento, con una llama prendida en las entrañas, volvió a escuchar, esta vez nítidamente, su anhelada voz.

-Un café, por favor -dijo dulcemente.

Valerik no tuvo ninguna duda de que era Yana. Casi no podía respirar de la emoción. El hombre se plantó entonces ante su mesa y le preguntó qué quería tomar. Con la voz más normal que pudo articular, le pidió un té. Una vez hubo desaparecido el camarero, Valerik quedó como hipnotizada. Estaba aprendiéndose de memoria aquella espalda que tenía delante, cada arruga de su hábito gris, la distancia estrecha entre los hombros. Hasta le parecía escuchar su respiración. Al instante, el hombre volvió con la bandeja y sirvió el café a Yana.

-Gracias -volvió a escuchar con turbación. Cada sonido que salía de su garganta hacía que a Valerik se le encogiera el estómago.

El camarero depositó el té en su mesa y se fue. Ni siquiera había tenido tiempo de echar el azúcar cuando se abrió la puerta del local y apareció un hombre corpulento, con pelo y barba gris, que se dirigió directamente a la mesa de Yana. Llevaba un viejo traje de chaqueta marrón y una camisa blanca no demasiado limpia. Su cara era afable y sus ojos parecían muy vivos tras los cristales de sus gafas de montura de acero. Lucía un bronceado muy poco común para aquella época del año. A Valerik le dio la impresión, por el color moreno rojizo de su piel, que aquel hombre pasaba bajo el sol muchas horas al día.

-¿Hermana Yana? -preguntó con una voz agradable.
-Sí -contestó Yana, haciendo ademán de levantarse.
-No se levante. Soy el doctor Ushakov -dijo con una sonrisa, mientras alargaba la mano y estrechaba la de Yana calurosamente.

Se sentó frente a la monja e hizo una señal hacia la barra llamando al camarero. Valerik abrió el periódico mojado que había traído consigo y fingió estar muy interesada en su contenido. Se escondió como pudo tras él, aunque dejó el espacio suficiente para poder ver con claridad la escena que se estaba desarrollando en la mesa contigua.

-Tráigame un café con leche, por favor -dijo el doctor en cuanto el camarero se acercó- Mi prima, la hermana Alina -prosiguió cuando el hombre desapareció- me ha contado que está usted interesada en llevar a cabo labores humanitarias en África.
-Así es, pero ya le habrá contado mi problema... -repuso Yana suavemente.

Valerik se removió inquieta en su mesa. ¡Se va a África! ¡Oh, Dios mío! Pensó, con una punzada de angustia.

-Perfectamente. Pero la madre superiora no puede retenerla en el convento contra su voluntad, si usted siente que su vocación está en otra parte. De todas formas, no se preocupe. Si es necesario que se marche sin su autorización, no hay nadie que pueda impedírselo. Después ya tendrá tiempo de escribirle una carta explicándolo todo.

Yana permaneció callada.

-Lo que más me preocupa es saber si realmente está usted preparada para lo que va a encontrar allí. Hay mucha miseria y mucho dolor. Y es un trabajo muy duro, hermana. Tiene que saberlo.
-Lo sé, doctor, pero es lo que más deseo en este mundo. Siempre ha habido una voz dentro de mí que continuamente me dice que mi destino está con esas personas. Sé que el trabajo que hago aquí, en el centro sanitario, también es importante, pero puedo dar mucho más. Y necesito darlo. La madre superiora me quiere aquí a su lado, soy como una hija para ella. Yo la entiendo y también siento que es como si abandonara a mi familia. Me he criado aquí en el convento, pero no puedo quedarme más tiempo. Desde que la hermana Alina me habló de su trabajo en Mozambique, y de que necesita mucha ayuda, todas las noches sueño con ello. Ya no tengo paz, doctor, necesito irme con usted. Soy una buena enfermera y sé que no le decepcionaré: trabajaré duro y me enfrentaré a lo que haga falta. Estoy preparada para ello, se lo aseguro.

El nudo que se le había hecho a Valerik en el estómago se hacía más doloroso a medida que iba escuchando las palabras de Yana. ¡Con una apariencia tan dulce y, en cambio, con un interior tan férreo, dispuesto a perseguir lo que desea...!, pensó Valerik. Aquel contraste tan peculiar aumentó todavía más el interés que abrigaba por ella. Se sentía irremediablemente atraída por aquella mujer.

Sabía que era una locura, pero Yana se estaba convirtiendo en una obsesión. En su cabeza se estaba formando la idea de hacer lo que fuera con tal de conocerla y conseguirla. El hombre continuaba hablando, mientras Valerik no perdía palabra de su conversación, aunque intentaba por todos los medios que no se notara su presencia en la mesa de atrás, y mucho menos su interés.

-Vamos a hacer una cosa. Dentro de un mes saldremos de nuevo hacia Mozambique. Voy a darle la dirección de la organización humanitaria que nos apoya, para que hable con ellos y le informen bien de todo. Dígales que va de mi parte. Allí le ayudarán con el visado y le dirán las vacunas que necesita y las cosas indispensables que deberá llevar. Tome -le alargó un folleto- Apúntese la dirección y vaya cuanto antes. Ya sabe que algunas medidas de profilaxis deben adoptarse con una antelación suficiente y, como le he comentado, saldremos dentro de un mes, más o menos. No sé si conoce el sitio: está en el centro por la calle Myasnitskaya.
-Sí, lo conozco. No se preocupe. Intentaré salir mañana mismo del convento con cualquier excusa. Ahora ya llevo demasiado tiempo fuera y no me gustaría que sospecharan. Doctor, le doy las gracias por la ayuda que me está ofreciendo. No se arrepentirá.

Yana se levantó y estrechó la mano del hombre, que se levantó a su vez.

-No pague hermana, que la invito al café.
-Gracias, doctor. Gracias por todo.

Valerik observó encogida cómo él pagaba en la barra y se dirigía hacia la puerta, acompañado por Yana. Permaneció unos segundos ensimismada. Casi no había bebido nada de su taza de té. Se lo acabó de un sorbo, aunque ya estaba frío, se levantó y pagó. Abotonó con cuidado su gabardina para volver a salir al frío del atardecer. Eran las seis y cuarto, y el día había oscurecido todavía más, aunque había dejado de llover. Prácticamente no había nadie por la calle. Llegó hasta su coche sin apenas darse cuenta del recorrido de vuelta. Una suerte de decisión loca se había instalado en su mente. Condujo, sin dudarlo ni un momento, hacia la dirección que había indicado el doctor Ushakov y dejó el vehículo en doble fila. Con determinación, echó a andar por las calles adyacentes, hasta que encontró la sede de la ONG que daba cobertura al trabajo de aquel hombre en África.

Al cabo de una hora, tras exponer su amplio currículum, que incluía una serie de cursos muy valorados dentro del ámbito de actuación de aquella organización, ¡bendita hambre de conocimiento!, pensó Valerik, salió del edificio habiéndose comprometido como voluntaria en Mozambique, país al que se desplazaría al cabo de un mes. Su cabeza funcionaba a toda máquina: necesitaba encontrar la manera de plantear su marcha en el trabajo. Todavía no había disfrutado de sus vacaciones, por lo que no creía que le pusieran grandes impedimentos para desaparecer treinta días.

Bajo el brazo llevaba todos los folletos con la información y en sus ojos brillaba la excitación de la aventura en la que se acababa de embarcar. Sólo esperaba que Yana no le fallara..., pensó, mientras se dirigía hacia su automóvil, que, por suerte, no se había llevado la grúa.








Capitulo 9: La primera vez



A las seis y diez de aquella tarde, el móvil de Yulia comenzó a sonar.

-¿Yul? -la voz de Lena denotaba cautela.
-Dime -contestó la morena con suavidad.
-Salgo en este momento hacia casa. Tardaré veinte minutos, más o menos.
-Estoy con Sonja y María, pero ahora mismo voy para allá. Esperaba impaciente tu llamada. ¿Qué tal con tu madre?

Ante el tono de Yulia, la pelirroja pareció relajarse.

-Luego te cuento. Estoy ya en el automóvil.
-Bien, enseguida nos vemos.
-Adiós.

La morena colgó y miró a sus amigas.

-Bueno, gracias por escucharme, como siempre.
-Ni se te ocurra dárnoslas. Ya sabes dónde estamos -contestó Sonja.
-Llámanos cuando quieras... -dijo María dándole un beso.
-Las llamaré pronto -les dio un abrazo.

Diez minutos más tarde, Yulia llegó a su casa, se dirigió a la cocina y se sirvió una copa de vino. Con parsimonia, fue hasta el salón, eligió un CD y lo colocó en el aparato de música. Al instante, la voz impresionante de Norah Jones cantando One flight down comenzó a extenderse por cada rincón, caldeando la estancia. Se arrellanó en el enorme sofá blanco, con la copa en la mano, intentando aclarar sus pensamientos. El sonido de la llave en la puerta la sacó de su concentración. Lena entró en el salón con paso decidido, llenándolo con su presencia. La voz de la cantante americana parecía reforzar el ímpetu de sus pasos. Instintivamente la morena dirigió la mirada a su talle, que en aquel momento mantenía ceñido con un cinturón ancho. Se levantó del sofá y fue a su encuentro. A escasa distancia de sus ojos, Lena escudriñó su rostro, intentando captar sus sentimientos. Yulia le retuvo la mirada un segundo, acercó sus labios y la besó dulcemente, mientras ella se abrazaba a su cuello con los ojos cerrados y permanecía callada, recibiendo el calor de su cuerpo.

-Siento haberte hablado así -susurró Yulia.
-No te alejes de mí, por favor...

La voz de Lena se convirtió casi en un quejido.

-No pienso hacerlo -la morena se separó de ella y miró de frente sus ojos asustados. Estaba más hermosa que nunca. Volvió a besarla, pero no de la misma forma. En cuanto rozó la humedad de sus labios entreabiertos y recibió su lengua anhelante, Yulia notó sus pezones dolorosamente duros, como el granito. El perfume de Lena traía hasta su mente evocaciones del azahar, enervando cada célula de su piel. La pelirroja acusó el roce del pecho de su amante, electrizándose con su deseo. La empujó despacio hasta el sofá y la observó desde lo alto, mientras ella permanecía allí recostada, a su merced. La mirada de la morena era incendiaria.

Aquel diván níveo se convirtió en testigo del goce de los cinco sentidos: la contemplación con deleite de los párpados entrecerrados y las mejillas arreboladas, el aroma dulce y el sabor salado del sexo, el sonido cruzado de los gemidos y el tacto aterciopelado de los rincones íntimos, abiertos, húmedos.

Controlado el fuego, Yulia se pegó al cuerpo de Lena, abrazándola por detrás, y le habló bajito, mimosa.

-No le habremos hecho daño... -dijo, acariciando su cintura.
-No te preocupes... -contestó la pelirroja, apartando su pelo perezosamente.

La morena se separó de ella. Se levantó despacio, sin demasiadas ganas.

-Me tienes que contar con todo detalle la entrevista con tu madre -dijo, mientras se dirigía desnuda hacia la cocina, con la mirada de su amante resbalando por su espalda, acariciando su trasero firme y redondeado.

Volvió, a los pocos segundos, con un yogur de fresa y una cuchara, que puso, sin mediar palabra, en manos de Lena.

-¿Y esto? -preguntó la pelirroja asombrada.
-¡Me lo acabas de pedir!
-Yo no te he pedido nada. Pero acabo de descubrir que me apetece -respondió Lena sonriendo.
-¿Cómo? -la morena se quedó muda. Juraría que había oído claramente «me comería un yogur de fresa».
-No te lo he llegado a pedir, pero me encanta que te adelantes a mis deseos. Te quiero -exclamó la pelirroja, plantando un rápido beso en sus labios.

Ante la mirada atónita de Yulia, destapó el yogur, metió la cuchara y la saboreó. Mil aromas de fresa estallaron en su boca.

La morena todavía la observaba con asombro. ¡Ya empezaban de nuevo las brujerías de Lena!, pensó para sí misma.








Capitulo 10: Yana



La aparición de Yana supuso una revolución en el convento. Hacía casi treinta años, un crudo día de invierno, llamó a la puerta una joven con aspecto enfermizo. Preguntaba por la madre superiora. Dijo llamarse Svetlana y entre sus brazos portaba un capazo pequeño, forrado de tela amarilla, del que surgían unos quejidos casi imperceptibles. La hermana Alina fue quien abrió la puerta y recibió a la extraña, no sin cierto temor. El rostro cetrino y los ojos hundidos de la muchacha sembraron la inquietud en aquella monja joven, de expresión bondadosa y cuerpo pequeño y redondeado.

Con pasos menudos pero rápidos, desapareció tras la puerta que daba al claustro, dejando a la visitante en la misma entrada del convento, no sin antes ofrecerle una silla por miedo a que se desvaneciera en cualquier momento, tal era el aspecto que ofrecía la pobre muchacha. En cuanto la madre superiora oyó el nombre y la descripción de la recién llegada, su rostro se cubrió de un rojo escarlata. De inmediato dio la orden tajante a la hermana Alina de que se retirara a su celda. Ella misma se encargaría de recibirla. La monja desapareció rápidamente de su vista con cierto aturullamiento.

La madre superiora salió al encuentro de la desconocida, teniendo buen cuidado de cerrar tras de sí la puerta que la separaba del resto del edificio.

-¿Qué haces aquí? -preguntó la madre superiora, cortante, reflejando alarma en su voz.
-No hubiera venido si no fuera una cuestión de vida o muerte -contestó la visitante, con expresión sombría.
-¿Qué quieres? -le espetó la monja.
-Me estoy muriendo, Anna, y no tengo a nadie más a quien confiarle mi hija.
-Tu... -la madre superiora no pudo acabar la frase.

La mujer le acercó el capazo que portaba en sus brazos y lo depositó entre las manos de la monja, que instintivamente lo agarró.

-Es mi hija. Tiene tres meses.
-Pero, ¿qué pretendes que haga con esto? -preguntó, aterrada.
-Quiero que te la quedes y le des una educación aquí, en el convento. Eres la única persona en quien puedo confiar.
-¿Cómo te atreves a venir aquí y proponerme semejante cosa, después de haber desaparecido de mi vida durante más de ocho años? -la voz de la monja temblaba de indignación- ¿Sabes cuánto tiempo estuve intentando localizarte, saber algo de ti?
-Tienes razón y te pido perdón. La vida no me ha tratado bien, ya lo ves. Estoy muy enferma, Anna. Me han dado menos de dos meses de vida. No puedo abandonar a mi hija a su suerte. Ella no tiene la culpa de nada y tú eres la única familia que le queda. Eres mi hermana.
-Pero, ¿y su padre? Tú lo ves muy fácil: ¡se la doy a mi hermana y ya está!
-El padre desapareció hace dos meses. Imagino que volvió a su tierra. Pero no te preocupes por las cuestiones legales: he ido a un abogado y lo he dejado todo por escrito. Eres libre de hacer lo que quieras. Si no deseas hacerte cargo de tu sobrina, la puedes llevar a un centro de acogida y dejarla allí. No te puedo obligar a que cuides de ella, pero quería que supieras que ésta es mi última voluntad.
-Svetlana...
-Me tengo que ir, Anna. No creo que vuelvas a verme. No te molestaré más. Ahora la decisión es tuya.
-Espera...
-No. No quiero que te preocupes más por mí. Ahora desapareceré en serio de tu vida.

Sin darle la oportunidad de reaccionar, la joven salió corriendo a la calle, haciendo caso omiso de los gritos de su hermana, que intentaba seguirla con el capazo entre los brazos, mientras veía impotente cómo desaparecía de su vista.

Totalmente consternada, la superiora volvió sobre sus pasos y se internó en el convento. A continuación se dirigió con total sigilo hacia su celda. Una vez allí, con un nudo en la garganta, abrió el capazo y descubrió su tierno contenido. Un aroma dulzón a bebé llegó hasta ella, embriagándola. La niña era un regalo de Dios. Unos ojos enormes y oscuros, con largas pestañas, la observaban con atención. Su cabello era abundante, negro y ondulado, y su piel morena. Probablemente provenía de una mezcla de razas, lo que, a la vista estaba, la había dotado de una belleza singular. Desde el momento en que aquel bebé puso sus ojos en ella, supo que nunca podría abandonarla. Junto a la niña había una carta, en la que su madre exponía su última voluntad y revelaba el nombre de la criatura: Yana.

La madre superiora reunió a la congregación y expuso la situación con claridad: a partir de aquel día habría un miembro más en el convento. A la mañana siguiente inició la búsqueda, desesperada e infructuosa, de Svetlana por todos los hospitales. Incluso llegó a presionar al abogado que se encargaba de los asuntos de su hermana para sacarle información. Sus datos figuraban en la carta que acompañaba a la niña. Pero todo fue inútil: había desaparecido de la faz de la tierra. Una vez confirmada la legalidad de la tutela, la madre superiora se tomó el cuidado y la educación de Yana como algo personal.

Yana creció y estudió en el convento, siempre bajo el cuidado, y también los mimos excesivos, del resto de monjas, sobre todo de la hermana Alina. La única que introducía disciplina en su vida era su tutora legal, la madre superiora.

Anna y su hermana pequeña, Svetlana, habían crecido en el seno de una familia de hondas creencias religiosas y educación estricta.

Svetlana, de espíritu libre y con ansias de probarlo todo, se rebeló pronto contra las ataduras férreas de su familia y a los dieciséis años se escapó de casa. Únicamente se ponía en contacto con su hermana cuando su vida al límite la obligaba a arrastrarse ante ella para suplicar su ayuda. Anna siempre había actuado como la hermana mayor protectora y responsable. Sus padres, tras la huida de la hija pequeña, decidieron asegurarle un futuro decente y sin mácula, por lo que la obligaron a ingresar en un convento e iniciar una vida religiosa que ella no había elegido. Fue un duro golpe para aquella joven de dieciocho años que, en su fuero interno, alimentaba sueños de amor tanto conyugal como maternal. Siempre había anhelado tener un hijo y aquel deseo la persiguió durante toda su vida, hasta que, milagrosamente, el destino puso a Yana en sus brazos. Anna decidió agarrarse con fuerza a ella y no dejarla escapar, convirtiéndola en el centro de su universo. Por fin su vida comenzaba a tener sentido. El concepto del deber que le habían inculcado le impidió rebelarse contra su destino cuando sus padres la entregaron al convento. Su educación estricta le hizo aceptar con estoicismo lo que se le había impuesto, y también marcó la relación que posteriormente entablaría con Yana. Adoraba a aquella niña, que se convirtió en la luz de sus pasos, su tesoro, su posesión.

Y, precisamente por ello, trató de ocultar durante toda su vida aquellos sentimientos impropios, estableciendo con su sobrina una relación de protección autoritaria. Anna se aseguró de que a la niña no le faltara nada, excepto la expresión de su cariño. Sin embargo, la intuición de Yana le había permitido conocer, desde muy temprana edad, la debilidad que su tía se empeñaba en ocultar con ahínco, lo que convirtió en algo muy difícil la realización de lo que su corazón le pedía.

La hermana Alina, desde el principio, se había encargado de compensar con creces la ausencia de manifestaciones de ternura de la madre superiora hacia su pupila, inundando a Yana de mimos y cariño. Yana siempre había sido una niña dulce y obediente, aunque muy activa. Se pasaba el día correteando por los pasillos del claustro, o de celda en celda, visitando a las hermanas. Su carácter bondadoso y su alegría desarmaban a todo el mundo. Todas la consideraron como una especie de ángel enviado por Dios.

Llegado el momento, juró sus votos, pero también tuvo una clara determinación a la hora de elegir su profesión. Quería ser enfermera y dedicar su vida a los demás. La congregación se encargó de pagarle su educación. Cada día, cuando Yana acababa sus clases, volvía al convento rauda y les contaba con entusiasmo a su tutora y a la hermana Alina todo lo nuevo que había aprendido. Una vez terminados sus estudios de enfermería, incluso la especialidad de matrona, le encontraron un trabajo en un centro sanitario religioso. Pero la madre superiora tenía en mente una idea muy clara respecto al futuro de su pupila: la vida de Yana estaría dedicada a la congregación y, en el momento adecuado, se convertiría en su digna sucesora en el convento. Aquella decisión férrea originó un conflicto interno en Yana y dio lugar a largos años de sufrimiento silencioso, en los que fue apartada de su verdadera vocación.

Cuando ya no pudo más, al borde de la treintena, tuvo que hacer frente a sus aspiraciones. No es que deseara una vida laica convencional fuera del convento, ya que las cosas mundanas habían sido desterradas de su mente, aunque no con poco esfuerzo. Al llegar a la adolescencia, la sangre que corría por sus venas tiró de ella con ímpetu, sometiéndola a una tortura física contra la que tuvo que luchar con uñas y dientes. Su cuerpo se rebelaba contra las ataduras del voto de castidad, exigiéndole constantemente una satisfacción que ella no se permitía ofrecerle. Yana se agarraba con todas sus fuerzas a las armas de defensa que encontraba y que nunca parecían ser bastantes. Estudiaba con ahínco, trabajaba hasta caer agotada y, sobre todo, rezaba y rezaba, día y noche, pidiendo que el instinto sexual desapareciera de su cuerpo. La vida de oración y de retiro espiritual, incluso su trabajo en el centro sanitario, no habían sido suficientes para acallar sus anhelos. Necesitaba algo mucho más drástico que la alejara de todo y no le permitiera pensar en ella misma. Tendría que servir a los más desfavorecidos, dedicándose a su profesión, la enfermería, en un lugar que la necesitara de verdad. Y aquel lugar era África. Allí encontraría su rincón en el mundo y la paz interior, ayudando sobre todo a los niños, cuidando a aquella gente que tanto sufría, olvidándose de sí misma.

Y, por fin, el íntimo deseo de Yana se hizo realidad, en contra de la voluntad de su tía, quien nunca le permitió dirigirse a ella de otra manera que no fuera como madre superiora, con la ayuda del doctor Ushakov, el día que llegó a Chupanga, Mozambique, en el corazón de una región maltratada de África, donde lo mismo reinaba la sequía más absoluta como se desbordaba el río, lo que dejaba a la gente sin hogar y sin medios de subsistencia.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:21 pm

TRAS LA PARED




Capitulo 11: La voz



Los días transcurrían en calma mientras aquella pequeña cosita seguía creciendo. Lena llevaba un embarazo verdaderamente envidiable: no había sufrido ni un solo malestar, ni siquiera un atisbo de náuseas por las mañanas. Trabajaba intensamente en la editorial y parecía tener energía de sobra. De hecho, estaba cada vez más radiante, con una cara de luna que no daba lugar a dudas sobre su estado. La cintura comenzaba a ensancharse y su pecho se desbordaba, más generoso que de costumbre.

En contra de lo que ella misma hubiera podido imaginar, Yulia encontraba la nueva situación de Lena enormemente sexy. Además, la subida hormonal de ésta provocaba encuentros amorosos cada vez más frecuentes y satisfactorios. La pelirroja buscaba a la escritora, la provocaba, la volvía loca, llevándola a explorar nuevos y excitantes terrenos. Todo parecía perfecto, hasta que sucedió algo que rompió la armonía del edén.

Aquel día el trabajo de Lena en la editorial había sido intenso. Llegó a casa tarde y bastante cansada. Tras darse un baño relajante y cenar, se tumbó junto a la morena en el sofá, frente a la pantalla del televisor, dispuestas ambas a caer hipnotizadas por el programa intrascendente de turno que ofrecía aquella noche una de las cadenas.

En un momento dado, Yulia, de forma instintiva, pasó el brazo por los hombros de la pelirroja. Ésta apoyó de manera inmediata la cabeza en su pecho y permaneció abrazada a ella sin dejar de mirar la pantalla. Fue entonces cuando la morena percibió algo aparentemente sin importancia. No había hecho aquel movimiento de forma inconsciente. Se lo había pedido la voz.

Estaba segura de que Lena no había abierto la boca. No se permitió mover ni un músculo, aunque el vello de sus brazos comenzaba a erizarse. La certeza de haber oído en su cabeza «necesita que la abraces» la llenó de terror. ¿Qué estaba pasando allí? El suceso con el yogur de hacía unos días, que las dos atribuyeron a la telepatía nacida de su complicidad, no tenía nada que ver con lo que acababa de ocurrir. Esta vez la frase que escuchó con claridad no estaba construida en primera persona. Alguien le decía que abrazara a Lena. Y no había sido ella. A pesar de todo, no se atrevió a decirle nada. ¿Estaba oyendo voces imaginarias?, se preguntó, asustada. La posibilidad de sufrir una enfermedad mental empezó a rebotar en su cabeza como una pelota y el miedo le agarrotó los músculos. Permaneció callada, rogando para que la pelirroja no notara la tensión que sentía mientras la tenía abrazada. Bajó la barbilla e inspiró el aroma embriagador del champú que utilizaba Lena y que emanaba de su pelo. Depositó un pequeño beso en su cabello e intentó concentrarse de nuevo en la pantalla. Y en aquel momento volvió a ocurrir.

«Tengo sueño.»

Yulia se incorporó, nerviosa, y observó a Lena de cerca.

-¿Quieres ir a la cama?
-Todavía no tengo sueño. Estoy muy a gusto aquí contigo -contestó la pelirroja, perezosa, arrellanándose de nuevo contra el pecho de la morena.

Yulia volvió a abrazarla, pero en su cabeza comenzó a sonar una alarma silenciosa. ¿Quién tenía sueño?

En aquel momento una idea descabellada rondó por su mente. No, no podía ser, pensó, alterada. Pero, ¿quién más estaba allí, aparte de ellas dos? Lo que estaba pensando era una locura. ¡El bebé no podía estar hablándole!










Capitulo 12: Chupanga



Allí estaba, por fin, un mes después de haber tomado aquella decisión alocada. Afortunadamente, todo estaba saliendo como lo había planeado, pensó Valerik, mientras esperaba junto a los demás en el punto de encuentro, ante la sede de la ONG que organizaba el viaje.

Hacía frío a aquellas horas tempranas de la mañana, de manera que podía percibirse en el aire el vaho que emergía de las bocas al hablar. Acababa de distinguir a Yana dirigiéndose hacia allí con el doctor Ushakov. Valerik, junto a una decena de voluntarios, esperaba ante el microbús que los acercaría al aeropuerto. El destino quiso que Yana y ella fueran las únicas mujeres del grupo. Cuando Valerik la vio acercarse con su acompañante, sintió que el corazón le daba un vuelco. Se había quitado el hábito. Sin el tocado blanco, los rizos que se formaban en su pelo corto ensortijado brillaban bajo la luz ambarina de las farolas, enmarcando la cara más hermosa y sensual que había visto nunca.

Iba vestida con una ropa deportiva que, evidentemente, le habían prestado, puesto que era varias tallas más grande de lo que le correspondía, pero, lejos de parecer un adefesio, aquel vestuario resaltaba su encanto, la presentaba más débil, más desprotegida. Sin embargo, oculta en aquel ser frágil, Valerik intuía una voluptuosidad que la excitaba física y mentalmente.

En cuanto se incorporaron al grupo y comenzaron las presentaciones, Valerik se vio sacudida por un torrente de emociones en el momento en que Yana se acercó tímidamente a ella, sonriendo con dulzura. Las notas sedosas de su voz llegaron hasta sus oídos y le provocó un estremecimiento que trepaba por su espalda y la dejaba sin aliento. Olía a limpio, a jabón recién usado. Valerik intuía que aquella mujer podía hacer que se derritiera. La simple posibilidad de escuchar aquella voz en la intimidad, junto a su oído, la volvía loca.

Yana no se separó de ella en todo el viaje. En cuanto vio a aquella mujer alta, fuerte y guapísima, sintió una corriente que la arrastraba hacia ella y la hacía sentir a gusto, protegida. Además, el hecho de que Valerik fuera mujer le otorgaba confianza. Desde el principio, un cordón especial pareció unirlas en sus destinos y se convirtieron en compañeras inseparables. Ambas tuvieron tiempo de empezar a conocerse durante el largo trayecto. Más de treinta horas de viaje, repartidas en cuatro vuelos y más de cuatro horas por carreteras atroces fueron estrechando los lazos. Valerik se rendía ante la luz que desprendía Yana, se embriagaba con su voz. Yana se sentía fascinada por la energía de aquella mujer, hermosa y decidida.

La llegada al campamento supuso una auténtica sacudida en los cuerpos y las mentes de los recién llegados. Aparte del cambio brusco de temperatura y del agotamiento del camino, la visión de lo que se extendía ante sus ojos los mantuvo callados, pues no daban crédito a lo que estaban observando. El doctor Ushakov, mientras los acompañaba a lo que iba a ser su hogar durante los días siguientes, intentaba dar respuesta a las preguntas que se iban formando en sus cabezas.

A lo largo y ancho de una explanada inabarcable para la vista, se hacinaban miles de personas con atuendos de vivos colores, entre una confusión de tiendas, enseres desparramados, hogueras y niños, cientos de niños, que correteaban por todas partes. El hedor era insoportable. La mezcla de sudor, comida y excrementos, unida al calor y al altísimo nivel de humedad, hacía difícil respirar.

El doctor Ushakov les explicó que Chupanga pertenecía a la provincia de Sofala y que albergaba uno de los campos de reasentamiento que se habían creado para acoger a las miles de personas afectadas por las últimas inundaciones provocadas por el río Zambeze. Las más de mil familias que buscaban refugio allí apenas se ganaban la vida cultivando pequeños campos de secano, ya que no existían sistemas de riego para las tierras. Sólo unos pocos tenían ganado o realizaban actividades fuera de la granja para obtener algunos ingresos. Las inundaciones destruyeron sus hogares y todo aquello de lo que dependían para poder sobrevivir. La situación era insostenible y la desesperación de aquellas personas se agravaba al tener que vivir en tan poco espacio y con tan escasos recursos.

A pesar de aquel panorama, Yana y Valerik tuvieron el privilegio de compartir una de las pocas viviendas existentes dentro del campo de refugiados que no era de lona, sino de barro, adobe y cañas. El resto de cooperantes que trabajaban allí, así como las casi ocho mil personas desplazadas en aquel momento, residían en un campamento saturado de tiendas de campaña. Algunos días podía vislumbrarse un mar de plástico azul, centelleante por el reflejo del sol. Era un efecto producido por las protecciones para la lluvia que cubrían las tiendas, cedidas por las diversas organizaciones que trabajaban en la zona.

Atravesando un escenario colorido al tiempo que escalofriante, las dos se internaron en su pequeña cabaña, a través de un hueco cubierto por la tela raída que constituía la puerta de entrada. El pequeño espacio se encontraba repartido en cuatro diminutas estancias, separadas por cortinas. En dos de ellas, a ambos lados de la estancia principal, estaban instalados los catres, y un tercer espacio, tras ella, servía para el aseo personal. Dos baldes de agua y dos pastillas de jabón cubrían lo más básico de la higiene diaria.

Para el resto de necesidades físicas había que acudir a las letrinas construidas en el punto más alejado del campamento, junto al lugar donde comenzaba el bosque tropical y la vegetación frondosa, allí donde no debían adentrarse, sobre todo de noche, si querían mantenerse a salvo. Sin embargo, debido a la cercanía del edificio principal del campamento, en el que había instalado un inodoro, ellas iban a librarse de utilizar las letrinas comunitarias. La estancia central de la cabaña, la más amplia, estaba amueblada con dos bancos y una mesa, construidos rudimentariamente con troncos. También había una especie de armario bajo en el que podían cocinar y en el que estaban depositados los enseres básicos, los alimentos y los bidones de agua para beber. Era su pequeña sala de estar. En cada uno de los espacios para dormir, el mobiliario estaba constituido por un jergón, hecho de tela rellena de heno, que se había dejado caer sobre una esterilla de mimbre, con un pequeño banco de madera a los pies.

Cuando Yana y Valerik tomaron posesión del que iba a ser su hogar por un tiempo, se quedaron unos instantes perplejas, sin saber qué hacer. El doctor Ushakov les había dicho que se acomodaran, que dejaran sus cosas y esperaran a que él volviera. Valerik, acostumbrada a los lujos de la gran ciudad, estaba horrorizada, pero hizo de tripas corazón y se dispuso a organizar su pequeño mundo.

-Bueno, elija sus aposentos, alteza. ¿Qué ala del palacio prefiere?

Yana esbozó una sonrisa y contestó.

-Creo que me quedaré con el ala este.

Las dos cogieron las pocas cosas que les habían dejado traer y se dirigieron a su habitación. El escaso espacio obligaba a poner la mochila en el suelo, al lado del jergón. Dejaron fuera tan sólo lo necesario y lo colocaron sobre el banco de madera, a los pies.

De vuelta en la estancia principal, se dedicaron a descubrir el contenido del armario de víveres. Encontraron un par de bidones de agua, una serie de platos, tazas y cubiertos desechables, de plástico, que por supuesto no iban a desechar; un pequeño hornillo de gas, dos cacerolas de latón, cerillas y dos velas reposaban en uno de los estantes. En cuanto a los alimentos, consistían básicamente en arroz, mandioca (yuca), patatas, maíz, frutos secos, miel y leche en polvo. Aquel iba a ser todo su tesoro, lo que les obligaría a aprender algunos de los trucos de cocina de la zona. Más tarde les explicaría el doctor Ushakov que, de vez en cuando, las organizaciones humanitarias suministraban frutas, pescado, verduras y carne, que se repartían entre los habitantes del campamento.

En aquel instante, Valerik comprendió, en toda su extensión, la necesidad de la ayuda de cualquier tipo que demandaban las organizaciones. Por un momento dudó que pudiera terminar su periplo sin echar a correr hacia la civilización, como ella la entendía. Se había comprometido, en principio, a ayudar en lo que fuera preciso. Además, le iba a ser muy útil el hecho de que uno de los idiomas que dominaba fuese el portugués, lengua oficial de Mozambique, aunque allí se utilizaran los dialectos del lugar. Su trabajo iba a consistir en un sinfín de tareas heterogéneas: recibir a nuevos refugiados y asignarles un sitio donde vivir; informar de las medidas de higiene necesarias, de la obligatoriedad de usar las letrinas y evitar hacer las necesidades en campo abierto; repartir tiendas, enseres, agua y comida; detectar enfermedades...

Transcurridos los primeros días y superados los agobios iniciales, lo que al principio comenzó como una aventura en pos de una mujer, acabó convirtiéndose en un torbellino diario que la dejaba prácticamente exhausta al final del día, pero interiormente feliz. Nunca había sentido tanta paz, ni había conocido a gente que transmitiera tal alegría, a pesar de la dificultad de sus vidas, ni tanto agradecimiento. Ya ni siquiera percibía la mezcla repulsiva de olores que la había golpeado sin compasión a su llegada.

En medio de aquel desastre, se oían las risas de los niños, las charlas de los mayores y, a menudo, la música que arrancaban de artilugios construidos con sus propias manos. El eco de los tambores pequeños, los chinganga, resonaba por todo el campamento, así como el sonido peculiar de un instrumento llamado mbira, que ellos mismos construían con un tablero de madera al que ataban unas láminas de metal, hechas con mangos de cuchara de distintas longitudes para conseguir las notas, radios de bicicleta o cualquier otro cacharro metálico. En ocasiones, añadían una caja de resonancia con una calabaza para conseguir amplificación, o acoplaban conchas de caracol o chapas de refresco, para lograr un zumbido suave y persistente, que acompañaba a las notas arrancadas con los dedos de las láminas de metal. Pero lo mejor de todo era aquel coro de voces hipnóticas que se unían a los instrumentos, arrancando ritmos populares, como la Marrabenta, mezcla de música tradicional africana, salsa latina, calipso y merengue, siempre acompañada de una forma de danza tremendamente sensual.

Valerik sentía que África le iba robando el corazón día a día, al igual que Yana, que se había ido metiendo poco a poco en sus venas.

A menudo se detenía tan sólo para verla deambular atareada de un lado para otro. Yana hacía labores similares a las suyas pero, sobre todo, llevaba a cabo tareas sanitarias que abarcaban un amplio abanico: desde la dispensación de vacunas, medicinas e información, hasta las curas y cuidados más complicados. Ya en sus primeros días en el campamento, Yana se había ganado el corazón de todo el mundo. Para cada persona necesitada tenía siempre una sonrisa oportuna, una caricia delicada, un cuidado esmerado, que entregaba sin reservas.

Todo el mundo la adoraba, especialmente los niños, que pululaban a su alrededor como moscas en torno a un pastel. Los escasos ratos en que coincidían a lo largo del día se limitaban a las comidas y al momento en que se retiraban a su cabaña y, tras unos breves minutos de charla, se dejaban caer exhaustas en sus respectivos jergones. Aunque también existían días mágicos, momentos de complicidad en los que las tareas hacían converger sus caminos y ambas disfrutaban por más tiempo de su mutua compañía, compartiendo el trabajo común.

Una mañana, dos responsables de una de las ONG que operaban en la zona les propusieron que los acompañaran a supervisar el estado de las instalaciones de canalización del agua junto al río Zambeze. Les aseguraron que la belleza del lugar las sobrecogería. El doctor Ushakov les rogó que estuvieran de vuelta antes del mediodía. No hubo problema, ya que el lugar no estaba demasiado lejos. El viaje por aquella carretera, a bordo del jeep, fue un traqueteo constante que machacó sus articulaciones, pero el camino resultó de lo más estimulante.

En el asiento de atrás, Yana, que disfrutó como una niña durante todo el trayecto, y sin parar de reír, se aferraba de forma alternativa, para no caerse, tanto al asiento delantero como al brazo de Valerik, que se hallaba sentada a su lado, aterrizando a veces sobre las piernas de su amiga con gran algarabía. Valerik recibía aquellos roces con una excitación creciente. El contacto de la mano de Yana, que se agarraba a su brazo cada vez que perdía el equilibrio, y la presión de sus caderas contra su muslo, así como las ocasiones en que sus nalgas se posaban sobre su regazo, momentos que Valerik aprovechaba, como jugando, para retenerla unos instantes encima de ella, la estaban volviendo loca.

La carretera de tierra se internaba, a tramos, por arboledas salvajes plagadas de pájaros de exóticos colores, mariposas increíbles, con enormes alas negras pintadas de azul celeste, serpientes que colgaban amenazadoras sobre sus cabezas e insectos de un tamaño imposible, para, de repente, atravesar un claro desértico y ausente de cualquier manifestación de vida. Alcanzada la rivera del río Zambeze, se deleitaron, como les habían prometido, con una de las visiones más hermosas de África: una manada de hipopótamos solazándose en el agua. Sus enormes cuerpos brillantes, sus fauces feroces abiertas de par en par y el jugueteo de las crías en el río compusieron momentos de excitación y de peligro que nunca olvidarían.
Tras la primera semana, Valerik comenzó a cultivar su autocontrol para no tocar a Yana. Los sentimientos que crecían en su interior la impulsaban a abrazarla, besarla, acariciarla, en cuantas ocasiones se cruzaba con ella y recibía su sonrisa, su mirada dulce y tímida, pero intentaba dominarse y mirar hacia otro lado. Valerik no estaba acostumbrada a reprimirse y muchísimo menos a vivir una temporada tan larga sin sexo. Aunque el panorama que había a su alrededor no era el más apropiado para hacer aflorar tales impulsos, día a día crecía a su pesar la atracción que sentía por Yana. Cuando ella estaba cerca, su cuerpo se convertía en un volcán en erupción. Los esfuerzos que tenía que hacer para ocultar sus emociones le resultaban cada vez más dolorosos, sobre todo porque su compañera parecía corresponderle con cada una de sus acciones y actitudes. Valerik, sin embargo, dudaba que ella fuera consciente de sus propios sentimientos. Tenía la certeza de que Yana la quería, pero el carácter de ese cariño permanecería oculto por mucho tiempo en su subconsciente. Su mente, pura y limpia, no le permitiría dibujar ciertas imágenes en su cerebro. Su amiga jamás se atrevería a dar un paso hacia ella, lo que colocaba a Valerik ante el mayor reto de su vida.

Lo que no imaginaba era que un hecho fortuito haría que Yana recorriera, en tiempo récord, el camino que había permanecido inexplorado durante toda su existencia, y que la llevaría a realizar un descubrimiento sublime y aterrador a la vez: la vuelta del deseo con una fuerza imparable.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:25 pm

TRAS LA PARED


Capitulo 13: La revelación



Yulia se fue aquella noche a la cama con una honda preocupación. Lena se acurrucó a su lado bajo el edredón y la abrazó, envolviéndola con el calor de su cuerpo. La morena le acarició el pelo, pensativa, mientras ella ronroneaba juguetona. Lena estaba cansada, pero el contacto y el aroma sensual de su amante siempre la excitaban. Buscó sus labios con ternura y comenzó a saborear su boca como sólo ella sabía hacerlo, hasta poner a Yulia en el disparadero. Ésta reaccionó instintivamente deslizándose bajo su cuerpo y acoplándose a la pelirroja, que comenzaba a moverse rítmicamente sobre ella.

Y entonces volvió a ocurrir.

«Me han despertado. Estoy cansada.»

Yulia se sobresaltó y se detuvo en seco, apartando su boca de la de Lena.

-¿Qué pasa? -preguntó la pelirroja, mirándola con extrañeza.
-Nada. Lo siento, cariño. No... puedo. Estoy muy cansada -mintió disimulando su terror.
-No deberías haberme dejado empezar... -dijo Lena un poco irritada, dándose la vuelta de espaldas- No te preocupes. Vamos a dormir.

La morena apagó la luz y la abrazó por detrás, mientras su cabeza no cesaba de repetir como un eco aquellas palabras.

«Me han despertado. Estoy cansada.»

Ya no tenía ninguna duda de que aquello estaba ocurriendo. Había oído claramente la voz. Lo que no comprendía era por qué Lena no la oía: al fin y al cabo era su hija y la llevaba dentro. Se suponía que durante el embarazo existía siempre una conexión especial entre la madre y el bebé. ¿Cómo iba a explicarle aquello?, pensó Yulia.

Además, ahora conocía un dato crucial que nadie más sabía. ¡Era una niña!

Toda aquella información bullía en su cabeza. Era una niña. Y le hablaba. Le hablaba solamente a ella. No tenía ni idea del motivo de aquella conexión especial que se había establecido entre las dos, pero era algo que la maravillaba.

Sentía que le iba a ser imposible dormir esa noche. Y no sólo eso: tampoco iba a poder hacer el amor con Lena mientras estuviera embarazada, pensó con horror.

¡Ella lo oía todo!








Capitulo 14: El detonante



Aquella mañana Yana se levantó inusualmente temprano y no quiso despertar a Valerik.

Se lavó y se dirigió al edificio principal, donde desempeñaba sus labores sanitarias. Al cabo de poco más de una hora, volvió a la casa con la intención de despertar a su compañera y desayunar juntas, como tenían por costumbre desde el primer día. La morena entró en la cabaña pero, al tercer paso, algo hizo que ralentizara su marcha y aguzara el oído. Unos gemidos ahogados salían desde detrás de la cortina que separaba la habitación de Valerik de la estancia central. Se acercó con sigilo y miró, asustada, por el escaso espacio existente entre la cortina y el muro. La escena que presenció, iluminada por el haz de luz que atravesaba la tela del pequeño hueco de la ventana, la dejó completamente paralizada. Quería alejarse de allí, pero no podía apartar los ojos de lo que estaba viendo. La melena de Valerik se extendía sobre la almohada como oro líquido alrededor de su cabeza. Sus ojos permanecían cerrados, mientras de la boca entreabierta emergían los sonidos quejumbrosos que antes la habían alertado. Completamente desnuda, su mano izquierda, crispada, se aferraba al jergón, mientras la derecha se deslizaba rítmicamente entre sus piernas. Parecía gozar del éxtasis más absoluto. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.

Haciendo un esfuerzo supremo, Yana consiguió al fin apartar su mirada de aquella escena y salió huyendo de la casa como una exhalación. Echó a andar sin rumbo, con el corazón desbocado y las mejillas encendidas. De repente, algo que había permanecido largo tiempo dormido se había despertado en su cuerpo y no podía asimilar el terror y la turbación que sentía. Inexplicablemente, las manos le ardían. Fue más allá del límite que marcaban las últimas tiendas, dejando atrás las letrinas, y se internó en la selva. Apoyada en un tronco, las náuseas aparecieron de golpe. Se inclinó e intentó vomitar, pero no tenía nada en el estómago. Recordó que estaba en ayunas. Tras unos segundos, volvió sobre sus pasos, lentamente, tomándose su tiempo para intentar calmarse. Sonidos extraños acompañaban su marcha entre la vegetación, haciendo aumentar su pánico. No debía alejarse tanto del campamento, pensó con terror, pues cientos de peligros la acechaban en aquellos parajes. Comenzó una carrera frenética, consciente, sin embargo, de que para ella el peligro más aterrador se encontraba en su propia casa.

Una vez recuperado el ritmo normal de su respiración, decidió volver al edificio principal, fingiendo que nada había ocurrido. Tenía que olvidar aquel suceso. Sin embargo, cuando Valerik apareció por allí veinte minutos más tarde, el color volvió a cubrir sus mejillas y no se sintió capaz de mirarla mientras ella le hablaba.

-¿No piensas desayunar hoy? -preguntó la rubia con una sonrisa.
-Sí... claro. Ahora iba a salir hacia la cabaña. Esta mañana me he despertado temprano y no quería molestarte. Pensaba dejarte dormir un poco más -explicó la morena sin mirarla, aparentando estar muy ocupada con lo que tenía entre las manos.
-Bien. Si quieres acabar lo que estás haciendo, puedo preparar yo el desayuno. Te espero allí, ¿de cuerdo? -dijo Valerik, mientras se dirigía hacia la puerta.
-Sí. Iré enseguida -contestó Yana de espaldas.

Al cabo de cinco minutos, Yana no tuvo más remedio que enfrentarse a sus temores. No podía demorar por más tiempo el encuentro a solas con ella, por lo que debía normalizar la situación. No podía permitir que se diera cuenta de su estado. Cuando entró en la cabaña, Valerik estaba atareada preparando café.

-Siéntate. Esto ya está -dijo, poniendo un plato en la mesa con varias piezas de fruta cortada.

La morena se sentó y la observó, mientras permanecía de espaldas terminando de preparar el desayuno. Sus ojos recorrieron conscientemente su cuerpo, intentando descubrir qué había cambiado en su percepción para que se sintiera tan extraña con ella. Se fijó por primera vez en su larga melena, en su cintura estrecha y en la forma en que se ceñía su pantalón corto a su trasero respingón. Admiró sus muslos potentes y bronceados, sin poder evitar que un escalofrío estremeciera su cuerpo. Valerik se dio la vuelta en aquel momento y dejó su taza frente a ella. Al instante percibió un brillo extraño en su mirada.

-¿Te pasa algo? -preguntó, observándola fijamente.
-No. Me duele un poco la cabeza... -contestó Yana, concentrándose en su café, sin poder contener el rubor.

Se sentía culpable del pecado más grande del mundo. La semilla del deseo había vuelto a germinar en su interior.









Capitulo 15: Excusas



Dos días más tarde, Lena tenía cita con la ginecóloga. Acudieron por la tarde a la consulta de Nadya y Yulia pudo ratificar lo que ya sabía: era una niña.

Las cuatro personas que se hallaban en la clínica en aquel momento, Nadya, una mujer tan grande como su sentido del humor, Irina, la auxiliar rubita y algo rechoncha que trabajaba con ella, Lena y Yulia, permanecían concentradas en la magia de la imagen que revelaba el monitor, pero para la morena aquel instante tenía un significado mucho más especial. Las anteriores ecografías no le habían permitido distinguir prácticamente más que un pequeño bulto irreconocible. Ahora veía por primera vez, de forma nítida, al pequeño ser que se permitía contactar con ella de una manera exclusiva y secreta.

«Hola.»

-Hola... -se escapó sin querer de la boca de Yulia, mientras dos lagrimones comenzaban a rodarle por las mejillas.

Tres cabezas se apartaron del monitor a la vez y giraron como un resorte hacia ella. Lena la miró con una ternura desbordada y la cogió de la mano, dejando que sus lágrimas corrieran también por su rostro. La morena pensó que ninguna de las tres mujeres que estaban allí podían siquiera intuir el origen oculto de su emoción. Tras aquella pared de piel crecía un ser excepcional que había decidido comunicarse con ella. Además de escuchar su voz, ahora podía verlo. Era algo tan grande y tan pequeño a la vez...

Mientras conducía de regreso hacia casa, Yulia sentía la mirada enamorada de Lena sobre ella. Apoyada de medio lado sobre el respaldo de su asiento, su rostro resplandecía de felicidad. En cuanto cerraron la puerta de casa tras ellas, la pelirroja se abrazó a la escritora y la besó, emocionada.

-Tenía miedo de que no la quisieras, pero cuando he visto tu cara allí, frente al monitor...
-Va a ser preciosa como tú -contestó la morena, sujetando a Lena por la cintura.
-Ahora ya podemos ponerle nombre. ¿Qué te parece Yulia, como su otra madre? -preguntó la pelirroja acercando sus labios.

«Alexandra.»

-Alexandra -dijo la morena sin dudar, apartando sus labios delicadamente.
-¡Vaya, su abuela estará encantada, así se llamaba su madre! -exclamó la pelirroja un poco sorprendida- Está bien. Se llamará Alexandra.
-Pero no Álex. La llamaremos Alexandra, con todas las letras -añadió la escritora con convicción.
-Lo que tú quieras, pero ahora podríamos celebrarlo... -ronroneó Lena, provocadora, hundiendo su boca en el cuello de Yulia.

La morena respiró hondo y se deshizo sutilmente de su abrazo.

-Tengo una idea. Vamos a llamar a tu madre y a Marcello y los invitamos a cenar. Estará ansiosa por saber la noticia. Voy a comprar y prepararé una cena especial -la escritora se alejó de la pelirroja y se dirigió al teléfono.

Lena no se atrevió a protestar, aunque la decepción se reflejaba en su rostro. Se dejó caer en el sofá y se dedicó a observarla detenidamente mientras hablaba con Inessa. Cuando colgó el teléfono, Yulia volvió junto a ella y le dio un ligero beso en los labios.

-Me voy a comprar, no tardaré nada. En hora y media más o menos estarán aquí. Tú descansa un poco.

Salió de la casa como un rayo y subió al automovil. Mientras conducía despacio por la carretera, la morena no daba reposo a su cerebro. ¡Estaba huyendo de Lena! ¿Qué iba a hacer a partir de ahora? La deseaba con locura, le era insoportable tenerla tan cerca, su piel sedosa, su boca, su aroma..., y no poder tocarla. Era consciente de que Lena se había dado cuenta de que la esquivaba y podía sentir cómo crecía en ella la impaciencia.

Hacía días que no hacían el amor y aquello era muy raro. La pelirroja intentaba seducirla utilizando todas sus armas, que eran muchas, y hasta ahora había podido mantener el tipo. Pero no sabía cuánto más podría aguantar aquella situación. Debía contárselo, pero no sabía cómo hacerlo. Temía que no la creyera y que considerara su explicación como una excusa más.

Mientras tanto, Lena permanecía arrellanada en el sofá dándole vueltas a una idea. Yulia ya no la deseaba. Sabía que la mayoría de los hombres huían de las relaciones sexuales al principio del embarazo por miedo a hacerle daño al feto, pero no le cabía en la cabeza que a la morena le estuviera ocurriendo lo mismo. Sencillamente ya no la atraía, se había cansado de ella. La quería, de eso estaba segura, pero ya no despertaba su deseo. No sabía cómo iba a conseguirlo, pero aquella noche necesitaba hablar con su madre a solas. En el fondo le había venido bien que Yulia la hubiera invitado a cenar. Se levantó por fin del sofá y fue hasta el aparato de música, eligió un disco y, con desgana, se dispuso a preparar la mesa para la cena.

Cuando la escritora entró en la casa, cargada con las bolsas de la compra, se topó en el salón con la voz de Silvio Rodríguez anunciando «… ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan…». Las notas de aquella música aumentaron su desesperación. Fue hasta la cocina y encontró a la pelirroja sacando las copas y los platos. Dejó las bolsas en la mesa y se acercó a ella por detrás, la abrazó y depositó un largo beso en su mejilla.

-Me encanta la música que has elegido. ¿Me ayudas con la cena?
-Claro -contestó la pelirroja distante, mientras se dirigía hacia el salón con las copas en la mano.

Yulia se maldijo por su cobardía. Odiaba verla así. La frialdad que le transmitía Lena en aquel momento era producto de sus continuos rechazos. Esa noche tenía que hablar con ella, pensó, decidida.

Se encontraba inmersa en aquellos pensamientos y en la preparación de la cena cuando llegaron Inessa y Marcello. Oyó como saludaban a Lena en el salón y salió a su encuentro.

-Bueno, ¿qué es eso tan importante que nos quieren contar y que merece una cena? -preguntó Inessa sonriente, mientras se dirigía hacia ellas.

La morena la besó y luego abrazó a Marcello.

-Estás guapísimo. Veo que Inessa te está cuidando bien.
-Me mima demasiado. ¡No me deja hacer nada! -contestó fingiendo enfado, con aquel acento italiano tan seductor. Sus ojos azules centelleaban alegres.
-Me alegro de verte tan bien. Nos diste un buen susto -contesto la escritora con ternura.
-Desde el infarto he podido pensar en muchas cosas. Sé que tengo que cuidarme más. Además, si no lo hago Inessa me mata -dijo guiñándole un ojo.
-¡Sabes que lo haré! -exclamó Inessa amenazándolo en broma con un dedo.
-Bueno, siéntense y tomen algo de beber mientras termino de hacer la cena.
-Ya que mi madre no te deja hacer nada en casa, podrías ayudar a Yul en la cocina. Aquí no se atreverá a reñirte -sugirió Lena de forma casual.
-Lo haré encantado -contestó Marcello, acompañando a la morena.

Cuando se quedaron a solas, Inessa miró a su hija arqueando una ceja.

-Cuéntame -dijo categórica, sentándose junto a ella en el sofá.
-Avísame si vienen -susurró la pelirroja con cautela, de espaldas a la cocina.
-No te preocupes. ¿Qué pasa?
-Creo que Yul ya no... me desea.
-No digas tonterías, hija.
-Mamá, hace un montón de días que me rehúye. No hace más que ponerme excusas para no hacer el amor.
-No me lo puedo creer. Yul te adora, solo hay que ver cómo te mira.
-No dudo que me quiera, pero siento que ya no la atraigo. No sé si es porque estoy engordando...
-Esas son chorradas. Desde que estás embarazada se te ve todavía más bella. Igual está preocupada por el bebé. A la mayoría de padres les pasa eso en los primeros meses de embarazo. Pero, claro, Yul no es un hombre... -dijo Inessa hablando casi para sí misma.
-Por eso me extraña. No sé qué le pasa, mamá, pero en cuanto la toco sale corriendo.

En aquel momento oyeron la voz de Marcello que regresaba al salón.

-Yul me ha pedido que les sirva algo de beber -dijo llenando una copa con la botella de vino que traía en la mano. A continuación se la ofreció a Inessa- ¿Tú qué quieres, Lena?
-Nada. Gracias, Marcello. No es que no me apetezca, claro, pero ya sabes... -se acarició la incipiente barriguita.
-Muy bien, cariño. Me voy, que la cocinera me necesita. Si gustas algo me lo pides. -Y se retiró con una amplia sonrisa.

Inessa y Lena retomaron la conversación en cuanto Marcello desapareció por la puerta de la cocina.

-¿Y no puede ser que esté preocupada, que no lleve bien lo de tu embarazo? -preguntó Inessa con tiento.
-Eso ya lo hemos hablado. Al contrario: creo que está ilusionadísima con la niña. Tenías que haber visto su cara esta tarde en la ginecóloga...
-¡Una niña! -grito Inessa.
-¡Ya se me ha escapado! Se lo queríamos decir las dos durante la cena.
-¡Estoy contentísima, hija! -exclamó abrazándola.
-Sabía que te iba a encantar -la pelirroja la miró con ojos brillantes.

Marcello apareció otra vez en el salón.

-¿Qué son esos gritos?
-¡Es una niña! -repitió Inessa con efusividad, mientras se ponía en pie y abrazaba a Marcello.

Yulia salió en aquel momento de la cocina.

-Ya veo que no has podido esperar... -dijo con una sonrisa.

Se dirigió a Lena, que también se había levantado, y la tomó por la cintura.

-La verdad es que se me ha escapado... Desde que sé que es una niña me cuesta referirme a ella como «el bebé».
-Bueno, si les parece bien, podemos sentarnos los cinco y empezar a cenar -la morena volvió de nuevo a la cocina- Marcello, ¿me ayudas a sacar los platos?
-Claro, cara -contestó, siguiéndola.

Lena e Inessa se dirigieron a la mesa.

-Llámame mañana y acudiré a la editorial. Tenemos que seguir hablando de esto -dijo Inessa.

En aquel momento aparecieron Yulia y Marcello con la cena. Sentados a la mesa, la conversación y los brindis giraron en torno a la niña.

-Por cierto, ¿cómo la van a llamar? -preguntó Inessa.
-Ésa era otra de las sorpresas para esta noche -comento Lena- A Yul se le ha ocurrido un nombre un tanto peculiar: Alexandra.

Inessa se levantó de un salto y dio un sonoro beso a la morena en la mejilla.

-No esperaba menos de ti.
-La verdad es que a mí también me parece genial -añadió la pelirroja- Además, será la primera Alexandra de esta familia. A la abuela siempre la ha llamado todo el mundo Álex, mamá. Yul quiere que la llamemos Alexandra.
-Estoy de acuerdo. Así la distinguirán de su bisabuela -rió Marcello.
-Bueno, pues entonces ¡por Alexandra! -Inessa alzó su copa.

«Está triste.»

Nerviosa, la escritora levantó su copa observando con atención a los demás. Nadie más parecía haber oído aquello. Miró a Lena y descubrió una sombra de melancolía en sus ojos. Le agarró instintivamente la mano y la retuvo unos segundos entre las suyas. La pelirroja le lanzó una mirada mezclada de enfado y deseo.

Inessa, percibiendo la tensión, desvió el rumbo de la charla y lo centró en la marcha de la editorial.

-Por cierto, hija, si te parece bien, mañana por la mañana me pasaré por allí y me enseñas cómo va todo.
-No me vendría mal. Te querría comentar algunas cosas -contestó, mirando a su madre significativamente.

Finalizada la cena, Inessa y Marcello se despidieron. No querían alargar más la velada, ya que Lena tenía que trabajar al día siguiente. Las dos se quedaron a solas y retiraron los platos en silencio. En cuanto se metieron en la cama, la pelirroja le dio un ligero beso en los labios.

-Buenas noches -dijo rápidamente y le dio la espalda.

La morena se quedó observando su espalda, la curva sinuosa de su hombro. Se le encogía el corazón. Se acercó a ella y la abrazó por detrás, sintiendo como el cuerpo de Lena se estremecía entre sus brazos. Comenzó a besarla en la espalda, apartándole el pelo, continuando por su nuca. La pelirroja soltó un gemido. Yulia agarró el lóbulo de su oreja entre sus labios y lo mordisqueó. Lena intentó darse la vuelta, pero la morena se lo impidió.

-Espera...

«Te necesita.»

Yulia tragó saliva. Comenzó a acariciar su vientre por encima del camisón de seda, percibiendo cómo el cuerpo entero de su amante se estremecía. Subió hasta los senos lentamente, haciendo que sus pezones atravesaran prácticamente la tela. El pecho de la pelirroja subía y bajaba cada vez más rápido, con la respiración alterada.

-Por favor... -gemía torturada.

La morena la agarró con suavidad y la subió encima de su cuerpo, boca arriba. La tenía abrazada desde abajo y sus manos comenzaron a subirle el camisón hasta sacárselo por la cabeza, sin permitirle darse la vuelta. Lena ya no intentaba luchar, se dejaba hacer presa de una excitación insoportable. Yulia recorría con las dos manos aquel cuerpo que temblaba sobre ella, mientras su boca se apoderaba de su cuello desde atrás. Acariciaba despacio sus hombros, sus pechos, su cintura, su vientre, el interior de sus muslos... Lena sentía el fuego devorándola lentamente.

-Por favor, por favor... -suplicaba, intentando empujar las manos de la morena hacia su sexo.

No quiso hacerla sufrir más. Comenzó a acariciarla donde a la pelirroja le urgía, con ambas manos, desde delante y por detrás a un tiempo. La espalda de Lena se tensó, soldándose a Yulia, mientras el grito nacido de lo más profundo de su garganta fue acompañado por una oleada de placer brutal, que parecía elevarla hasta el techo. Exhausto, su cuerpo se relajó de nuevo, aprisionando a su amante contra el colchón. Tras unos instantes, cuando hubo recobrado el aliento, la pelirroja rodó hasta colocarse junto a la morena, la cogió entre sus brazos y la besó con pasión.

-Te amo -susurró Yulia, mirando sus ojos brillantes de placer.
-Quítate el pijama -ordenó Lena.

La escritora se desasió de su abrazo y se desnudó. Los labios de Lena comenzaron a besar su cuello y, en un descenso electrizante, se deslizaron húmedos desde el hombro hasta su mano, apoderándose de su dedo corazón hasta hacerlo desaparecer por completo dentro de su boca, reconociendo su propio sabor, mientras observaba provocativamente los ojos de la morena, entornados por el deseo. La pelirroja abandonó aquel dedo jugoso y subió, glotona, hasta el pecho de su amante, haciendo vibrar su lengua, mientras Yulia se retorcía bajo su peso. Una mano perversa alcanzó su vientre, enredándose en su vello, resbalan do hasta la parte interna de los muslos, evitando rozar el centro inflamado de deseo. La escritora respiraba con dificultad.

«Ella es feliz.»

La mente de Yulia quedó paralizada al instante. Lena, en aquel momento, se zambulló de lleno en su humedad, pero la morena ya no podía pensar en otra cosa que no fuera la niña. Ella estaba allí, observando.

-Espera... No puedo -gimió la morena, separando la mano de su amante.
-¿Qué? -Lena la miró con incredulidad.
-Lo siento, pero no puedo...
-¿Cómo que no puedes? -inquirió la pelirroja, observándola con extrañeza- Estás completamente empapada...
-Ya lo sé -la escritora se tapó la cara con las manos.
-Mírame, Yul. ¿Qué ocurre? Sé que estás excitadísima, conozco tu cuerpo. No me digas que no pasa nada.
-No... te lo vas a creer.
-Inténtalo. -la voz de la pelirroja era apremiante, aunque escondía el miedo que sentía por lo que podía oír.
-Ella me habla.
-¿Quién es ella? -Lena se puso a la defensiva.
-Tu hija.
-Tú estás mal de la cabeza.
-Ya te dije que no me ibas a creer.
-Mira, Yul, si tienes algún problema conmigo quiero que lo hablemos. Por favor, dime qué hago mal y lo arreglaré.
-No eres tú, Lena. Ella no deja de hablarme y no puedo pensar en otra cosa. Es como tener a alguien mirando.
-Bueno, será mejor que durmamos. Está claro que ahora no estás por la labor de decirme lo que te pasa. O peor, si realmente te crees lo que cuentas, deberías ir a un psiquiatra. Hasta que no lo soluciones no quiero que vuelvas a tocarme -dijo, irritada, y se dio la vuelta.

Yulia se quedó pensativa mirando al techo, con una sensación de angustia en la boca del estómago. Había ocurrido justo lo que temía. Lena no le creía y, además dudaba de su estabilidad mental, lo que no era descabellado: ella misma empezaba a creer que estaba loca. Se encontraba en un callejón sin salida, además de sentirse sexualmente frustrada.

Al cabo de un rato todavía notaba el ardor entre sus piernas, mientras un puño parecía estrujarle dolorosamente el corazón. Impotente, comenzó a llorar en silencio, mientras escuchaba la respiración relajada de Lena, que acababa de dormirse a su lado.

«Lo siento.»

«No es culpa tuya» -contestó mentalmente.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:29 pm

TRAS LA PARED


Capitulo 16: Quema



Los primeros días que Yana había compartido en el campamento con aquellos mozambiqueños, que sufrían, reían y cantaban a un tiempo, y con todas aquellas manos que intentaban ayudar, se había considerado una persona feliz y completa. Pero algo que ella no esperaba se estaba interponiendo en la placidez de su camino. Siempre había intentado vivir de espaldas a los placeres de la carne, aunque le había sido totalmente imposible ignorar su instinto. Estaba convencida de que el sexo era una realidad que no le correspondía conocer. Era la única tentación a la que se había tenido que enfrentar con todas sus defensas y a la que pensaba haber derrotado, tras cruentas luchas, por medio de la fuerza de voluntad, las oraciones y el trabajo. Pero toda la estructura de protección, aparentemente perfecta, que había elaborado estaba derrumbándose en aquellos momentos. Ahora volvía a sentir cosas que no debía sentir y muchísimo menos por quien las sentía. Durante su vida en el convento había luchado contra la tiranía que le imponía su cuerpo, pero aquel anhelo no tenía entonces un objetivo humano a quien dirigirse. Ahora era bien distinto: el deseo había tomado las formas precisas de una mujer rubia e imponente.

Desde que había tenido claro que venía a África, había tomado la decisión de dejar sus votos. Aquí era otro su cometido. Ni siquiera le había contado a nadie, exceptuando el doctor Ushakov, que era una monja. Había elegido dejar de servir a Dios y dedicarse en exclusiva a servir a los demás, pero no lo había decidido pensando en la posibilidad de tener una relación con nadie. Era feliz así y así tenía que seguir siendo, se decía a sí misma con aparente seguridad. Sin embargo, la simple presencia de Valerik hacía que prendiera una llama lacerante en su interior, que la iba abrasando poco a poco. Ni siquiera podía ya mirarse en aquellos ojos que la hipnotizaban. Según lo que le habían enseñado a lo largo de su vida, lo que estaba naciendo dentro de ella estaba mal y no debía dejarlo crecer ni alimentarlo. Y con aquella lucha comenzó su auténtico infierno.

Aquella noche se retiraron agotadas, como era habitual. El número de refugiados crecía sin cesar y los medios eran cada vez más escasos. Había que racionar la comida cada día un poco más y enfermedades como el dengue habían empezado a manifestarse en varios sectores de la población, aunque se habían tomado todas las precauciones posibles contra los mosquitos y se había implantado un protocolo de medidas higiénicas básicas. El hacinamiento y la humedad no ponían las cosas fáciles. De vuelta en la cabaña, Yana se dirigió al armario y encendió dos velas. Colocó una de ellas sobre la mesa.

-No tengo nada de hambre, estoy demasiado cansada. Voy a preparar té. ¿Te apetece? -preguntó, sin volverse hacia su compañera. Desde aquella mañana le era prácticamente imposible mirarla a la cara. En realidad, ni a la cara ni a ningún otro sitio. Le hablaba fingiendo estar muy concentrada en cualquier otra cosa. Le preocupaba volver a sentir aquella especie de ardor extraña en las manos...
-Bueno, pero añádele un poco de leche en polvo -contestó Valerik, acercándose a ella.

Valerik alargó la mano hacia el paquete de leche y en aquel momento Yana apoyó levemente la mano en su brazo para apartarla.

-Yo lo...

No pudo terminar la frase. Valerik soltó un gemido y se echó instintivamente hacia atrás, agarrándose el brazo en el lugar en el que Yana la había tocado.

-¿Qué sucede...? -preguntó la morena, asustada ante la expresión de dolor que reflejaban los ojos de su amiga.
-He notado... como una quemazón -contestó la rubia, mirándose el brazo.

Yana se acercó a ella evitando tocarla y ambas descubrieron con incredulidad una mancha rojiza con la forma de unos dedos en el lugar donde la morena había puesto su mano.

-¿Qué es esto? -preguntó Valerik.
-Parece una quemadura. Lo siento mucho. No entiendo... -un nudo en la garganta le impidió acabar la frase.

Yana la miró a los ojos y apartó rápidamente la vista. Se dirigió al armario, sacó un tarro y un trozo de tela, y volvió a su lado.

-Te voy a poner un poco de miel y te vendaré el brazo. Mañana estará bien -dijo, sin volver a mirarla.

La rubia la observaba con incredulidad, guardando silencio mientras ella le aplicaba el ungüento. Vio como rompía la tela formando una tira larga y le cubría la herida con la venda improvisada. Durante todo el proceso, Yana tuvo buen cuidado de no volver a tocar la piel de Valerik con sus dedos.

-Ya está. Siéntate. Voy a acabar de preparar el té. -Yana se apartó de ella rápido, para concentrarse en el hornillo y el agua caliente.

Valerik la miraba desde su asiento. No se permitía pensar en lo que acababa de ocurrir. Observaba con detenimiento el modo en que se formaban los bucles negros en su nuca, la fracción de piel bronceada que dejaba al descubierto su camiseta verde de tirantes, su trasero estrecho y duro... La temperatura de la estancia parecía elevarse por momentos. Yana se dio la vuelta, minutos después, con sendas tazas en las manos, depositó una delante de Valerik y se sentó frente a ella con su té caliente. El aroma especiado de la infusión llenó aquella estancia diminuta. El fuego de la vela encendida titilaba entre las dos. Valerik observó en silencio cómo Yana acercaba la taza humeante a sus labios: labios carnosos, enrojecidos por el reflejo de la llama, que habían sido creados para besar, con aquellas arruguitas a ambos lados que la volvían loca...

Al cabo de unos segundos, tras un esfuerzo supremo de autocontrol, se obligó a dejar de mirarla y se decidió a probar el té con leche que le había preparado. A pesar de las circunstancias, lo encontró bastante aceptable. Saboreó despacio su infusión, dejó la taza sobre la mesa y volvió a mirar a Yana.

-Yana, ¿qué acaba de pasar?

Yana centró su mirada en la mesa.

-¿Te duele? -eludió la pregunta, sin atreverse a levantar la mirada.
-Un poco. Pero me gustaría saber qué ha ocurrido -insistió.
-No lo sé. -Yana levantó por fin la vista.

Valerik miró fijamente sus dulces ojos, que le devolvían los destellos de la vela, descubriendo algo en ellos que no había visto antes. Yana la miraba de un modo diferente. De repente se moría por darle un beso, necesitaba abrazarla. Lentamente alargó la mano hacia su cara, pero, antes de que pudiera acariciarla, la morena, con las mejillas encendidas, se retiró hacia atrás y se levantó.

-Estoy muy cansada. Si no te importa, voy a acostarme -dijo en voz baja, mientras le daba la espalda.

Valerik, impotente, siguió con la vista su figura, devorándola con los ojos mientras se alejaba hacia su cuarto. Se tomó su tiempo para serenarse, terminarse el té con leche y dirigirse a su habitáculo. Minutos más tarde, tumbada boca arriba en el camastro, observaba el reflejo de la luna llena que se colaba bajo el pedazo de tela que cubría su ventana. Un ritmo sensual de tambores lejanos llegaba hasta ella. El brazo le latía.

Aquella noche tardaría mucho en dormirse.






Capitulo 17: La locura. Un apoyo.



Cuando Yulia se despertó por la mañana, giró la cabeza hacia el otro lado de la cama, pero Lena ya se había marchado. Se sentía cansada. Bajó y se preparó un café bien cargado. Sobre la mesa del comedor había una nota.

«No me esperes. Comeré con mi madre. Lena.»

Ni un te quiero, ni un beso, pensó la morena, descorazonada.

Aquella mañana intentó concentrarse en su novela, pero tenía la mente en otra parte. ¿Qué iba a hacer?, se preguntó, mientras observaba su jardín desde la ventana de su despacho. Era cierto que necesitaba ayuda, pero no sabía de qué tipo. Decidió llamar a Sonja por teléfono.

-¡Yul! ¿Qué pasa? -dijo Sonja, directa.
-Nada. ¿No puedo llamar a una amiga?
-No me vengas con rollos. No me llamas nunca en horas de trabajo.
-¿Te he pillado en mal momento?
-No. Tengo un juicio dentro de media hora y me iba ya al juzgado. Pero cuéntame, anda.
-¿Podría comer con Uds.?
-Claro. A las tres estaré allí, si todo va bien, pero tú puedes ir cuando quieras. Llama a María y queda con ella. ¿No me vas a adelantar nada?
-No. Durante la comida te cuento.
-Ya sabía yo que esa pelirroja te iba a volver loca...
-Anda, vete al juzgado. Luego nos veremos. Un beso.
-Un beso. Hasta luego. -Sonja rió antes de colgar.

En cuanto colgó, Yulia llamó a María y quedó con ella a la una. Luego se puso el chándal y salió a correr al paseo. Era su mejor método para pensar con claridad cuando todo se complicaba en su vida. Aquella mañana el cielo se mostraba amenazante. Como mi vida en estos momentos, pensó la morena con cierta ironía.



**********************************


Hacia la una, Inessa llegó a la editorial, saludó a todo el mundo y se dirigió a su antiguo despacho, que ahora ocupaba su hija. La encontró enfrascada en el ordenador.

-Es hora de descansar.
-Hola. -Lena se levantó y la abrazó- Siéntate.
-Bueno, cuéntame con detalle qué pasa. Lo que me dijiste ayer me pareció muy raro.
-Ha habido cambios -dijo, seria.
-Me estás preocupando, hija.
-Anoche hicimos el amor.
-¿Y entonces?
-Algo le sucede a Yul. No sé si me esconde algo, pero lo dudo. Estoy preocupada por... su cabeza.
-¿Por su cabeza? ¿Qué quieres decir? -preguntó Inessa, alarmada.
-Creo que le está pasando algo raro...
-¡Háblame claro! -exclamó Inessa, nerviosa.
-Todo fue bien, pero... no consiguió llegar al orgasmo.
-Bueno, eso no es tan raro. En ocasiones...
-Ella no, mamá. Ella siempre y varias veces.
-No hace falta que me des tantos detalles... -replicó Inessa, incómoda.
-Sólo quería explicarte que lo de anoche no fue normal.
-¿Y qué... te dijo?
-Eso fue lo peor -la pelirroja guardó silencio unos segundos- Me dijo que la niña le hablaba.
-¿Qué? -A Inessa le pareció que no la había oído bien.
-Que la niña le hablaba y que así no podía, que era como si alguien nos estuviera espiando.
-¡Será una broma! -estaba espantada.
-Desgraciadamente no. Y lo peor es que me da la impresión de que se cree lo que dice.
-Mira, hija, me parece tan increíble lo que cuentas que tengo que oírlo de su propia boca. En cuanto acabemos de comer, iré a verla.


********************

Yulia llegó a casa de sus amigas a la una en punto, como un reloj, acompañada de una botella de vino tinto de la zona de Moixent, que era un verdadero lujo para el paladar.

María, con la ternura natural que la caracterizaba, la recibió estrechándola con fuerza.

-Entra, cariño.

La morena fue hasta el salón siguiendo el vuelo de su vestido ibicenco, que le daba un aire bohemio y sensual. Entendía perfectamente que Sonja, el terror de las mujeres hacía veinte años, se hubiera retirado del mercado y hubiera decidido dedicarse únicamente a María.

-¿Qué quieres tomar? -preguntó, mostrando una gran sonrisa.
-¿Abrimos la botella? -contestó la morena, señalando la que llevaba en la mano.
-Estupendo.

María cogió el vino y fue hasta la cocina. Volvió al cabo de unos instantes con dos copas llenas y se sentó junto a su amiga en aquel sofá espacioso, cubierto de cojines, que transportaba la mente al escenario de Las mil y una noches. María se había encargado de convertir su casa en un lugar relajado, creando un ambiente hippy propio de los años sesenta, con toques de exotismo oriental.

Sonja, abogada ruda con la que aparentemente no casaba mucho aquel entorno, se había acoplado de maravilla a aquella casa, únicamente porque María vivía allí. Se hubiera acostumbrado a habitar en una cueva con ella, si se lo hubiera pedido.

-Bueno, cuéntame.
-Siento mucho haber interrumpido tu trabajo. Estabas pintando cuando te he llamado, ¿verdad?
-Tranquila. Tengo todo el tiempo del mundo.
-Bien, pero prométeme que seguirás con tu trabajo en cuanto terminemos de hablar. No quiero que pierdas la inspiración por mi culpa.

Yulia adoraba los cuadros de María. Desde que la conocía, tan sólo le había permitido ver cómo pintaba en dos ocasiones, ya que era un proceso íntimo que ella prefería desarrollar en la más estricta soledad. En ambas ocasiones, la morena se había quedado sin habla en un rincón del estudio, junto a Sonja, observando cómo María, en una especie de trance genial, introducía los brazos hasta el codo en los recipientes de distintos colores que tenía ante ella, aplicando la pintura con sus manos, con destreza y furia a la vez, sobre un lienzo enorme fijado a la pared. A ratos parecía nadar dentro de la tela, acariciándola en un baile sensual, pero a los pocos segundos cambiaba el ritmo y se enredaba en una lucha sin cuartel contra el lienzo.

-Ya sabes que no me gusta pintar con alguien delante, pero contigo puedo hacer una excepción -dijo con su dulzura habitual- De todas formas, esta tarde continuaré. Ahora prefiero disfrutar de tu compañía.
-Gracias, María -sonrió. Mientras se tomaba su tiempo para continuar, bebió un sorbo de su copa- Me cuesta un poco contar esto. Creo que se me ha aflojado un tornillo.

María se rió.

-Pues ya iba siendo hora. No he conocido a nadie más cuerda que tú.
-No, en serio, María. Me está pasando algo muy raro.
-Cuéntamelo, cariño.
-El bebé de Lena es una niña. Lo supimos ayer en la ginecóloga.
-¡Qué bien! -exclamó María, entusiasmada.
-Sí, estamos muy contentas. El problema es que yo no me enteré ayer.

María la miró con los ojos muy abiertos. Yulia continuó.

-Desde hace un mes, más o menos, la niña no para de hablarme. Y sólo la oigo yo.
-Pero eso...
-Es una locura, ya lo sé.
-No iba a decir eso, Yul. Me parece algo maravilloso. Quiero que me cuentes todos los detalles.

La morena la miró, sorprendida. María no había dudado ni por un momento de que lo que contaba fuese real. Relató, poco a poco, todo lo que le había ocurrido desde la primera vez que había oído la voz. María la escuchaba sin parpadear. Cuando terminó, la abrazó con lágrimas en los ojos.

-Yul, esa niña va a ser un regalo muy especial, ya lo verás. Y no te preocupes: encontrarás la manera de que Lena te crea.
-Gracias, María. Eres una amiga maravillosa -contestó, agarrándole la mano.
-¿Me ayudas a preparar la comida? Sonja no tardará.
-Claro.

Las dos se encontraban manos a la obra en la cocina cuando oyeron entrar a Sonja. Eran alrededor de las dos y media.

-¿Hay alguien por ahí? -gritó Sonja.
-¡En la cocina! -contestó María.

Sonja permaneció en el marco de la puerta observando la escena. Un mechón negro de su pelo corto le caía sobre los ojos, lo que le daba aquel aspecto de niña mala que la hacía tan atractiva a las mujeres.

-Me encanta ver a los amores de mi vida trajinando por la cocina -dijo socarrona.
-¡La que faltaba! -Yulia dejó un plato sobre el banco, fue hacia ella y le plantó un beso en los labios.

Sonja se acercó a María, que se hallaba de espaldas con las manos bajo el grifo, y la abrazó por detrás.

-¿Qué está haciendo mi amorcito?

María se dio la vuelta y la besó apasionadamente.

-No se corten, como si yo no estuviera... -dijo la morena sonriendo.

Sonja la soltó a regañadientes y se dirigió a su amiga.

-Bueno, imagino que ya se lo habrás contado todo a María. Ahora me toca a mí saber qué te ha hecho esta vez.
-¡Cómo eres! En realidad, Lena no me ha hecho nada...
-Te advierto que a ella le va a costar creerte un poco más que a mí -dijo María riéndose, mientras se secaba las manos.

Sonja tomo una copa de una vitrina y se sirvió vino. Tomó un buen trago.

-Ahora estoy preparada. Cuéntame.

Yulia empezó a contar con detalle la historia que María ya sabía. En cuanto acabó, Sonja dio otro largo trago a su copa.

-¡Qué fuerte, demonios! -dejó la copa sobre la mesa.
-¿Tú también piensas que estoy loca? -preguntó Yulia, seria.
-No, m.a.l.d.i.c.i.o.n. Lo que pienso es que de tal palo, tal astilla. Esa niña es bruja como su madre. Y a ti te va a tocar sufrirlas a las dos.
-¡Qué bruta eres, cariño! -exclamó María.

Yulia recordó, durante unos instantes, las posesiones sexuales a las que Lena la había estado sometiendo a distancia sin saberlo, durante el año anterior a iniciar su relación, movida por su deseo oculto y con el apoyo de cierta pócima secreta. Las imágenes que iba evocando trajeron de vuelta a su mente una mezcla conocida de placer y terror.

-Lo que me pasó con Lena fue fruto del perfume que le vendió una bruja. No fue ella -replicó la morena, intentando sonreír.
-Ya. Por eso, mucho después de haberse acabado el dichoso perfume, siguió haciéndotelo cada vez que a ella se le venía en gana -respondió Sonja, irónica.
-Bueno, me rindo -rió Yulia.
-Ahora en serio. ¿Qué vas a hacer? -preguntó Sonja.
-No tengo ni idea. Ella no me cree, aunque no se lo reprocho. Imagino que pasará el tiempo y, si no vuelvo a sacar el tema, pensará que he recobrado la cordura.
-Muy bien. ¿Y en todo este tiempo no piensas acostarte con ella?
-No lo sé, Sonja. Tenerla cerca es una tortura, pero no sé si podré hacerlo sabiendo que la niña está mirando...
-Déjate llevar y pasa de todo, con niña o sin niña. Olvídala o te dará algo. ¿Vas a estar cinco meses sin sexo? ¿Y con ese pedazo de mujer al lado, con todas las hormonas revueltas? ¡Ja! -soltó Sonja.
-Me ha prohibido que vuelva a tocarla hasta que no le explique lo que me pasa de verdad...
-No van a poder aguantar, ni ella ni tú. Ya lo verás. Les doy una semana -sentenció Sonja.
-No lo sé. Lena está enfadada y preocupada. Y mucho me temo que a estas horas ya se lo habrá contado todo a su madre. Tengo a Inessa detrás de la oreja.
-Pues si ella no te ha creído, Inessa ni te cuento... -repuso Sonja.
-Explícaselo con calma, Yul, Inessa te conoce desde hace muchos años. Todo se arreglará -dijo María.
-Lo dudo, María, Inessa siempre se encuentra entre la espada y la pared cuando pasa algo entre nosotras, pero lo normal es que se ponga de parte de su hija.
-¡Pues esta vez te veo en el psiquiatra! -exclamó Sonja.







Capitulo 18: Huyendo



Valerik abrió los ojos, se levantó de un salto al descubrir que el sol entraba con fuerza en su habitación y se asomó a la estancia principal, pero Yana ya no estaba. Miró su reloj y comprobó que era tarde. Nunca había tenido que utilizar el diminuto despertador a pilas que había traído consigo, puesto que siempre la despertaban los primeros rayos de sol a través de la tela raída que cubría su ventana. Fue hasta la estancia que les servía de baño y destapó el vendaje de su brazo. Tras lavarlo bien, observó que apenas se distinguía una leve marca. Además, no le dolía nada. La cura había resultado milagrosa. Comenzó, entonces, el aseo matutino que repetía diariamente y que se había convertido en lo más parecido a la tan ansiada ducha: vaciaba un cubo de agua sobre su cabeza y se enjabonaba con dos de los pequeños lujos que se había permitido traer desde Moscú, una botella de gel y otra de champú, que compartía con Yana. Unos pequeños orificios en la pared a ras de tierra y la leve inclinación del suelo facilitaban que el agua se escurriera fuera de la cabaña. Valerik acabó enjuagándose como pudo con otro balde de agua y, tras secarse, se puso el «uniforme de campaña» limpio. Sólo disponía de un par de mudas, por lo que no le quedaba más remedio que lavar a diario su ropa con la pastilla de jabón que le habían asignado nada más llegar al campamento. Afortunadamente, allí se secaba todo bastante rápido. Yana y ella habían improvisado una especie de tendedero en cada cuarto, utilizando dos soportes fabricados con cañas, a los que habían atado una cuerda.

Valerik, que ahora ya se sentía fresca, salió de la casa y se encaminó al edificio principal, donde trabajaba Yana. El día lucía resplandeciente y, a aquellas horas, el campamento ya se había convertido en un incesante fluir de gente. Tenía la intención de desayunar con su compañera e intentar retomar la conversación de la noche anterior. Había dormido fatal y su cabeza se negaba a asumir lo obvio: que Yana la había quemado al tocarla con la mano.

Grupos de niños la rodeaban durante su corto trayecto, bailando en torno a ella y envolviéndola con sus risas. Era un momento mágico que se repetía cada mañana en cuanto salía de la cabaña. Aquella breve ceremonia le recargaba las pilas para todo el día. Cuando llegó al edificio, Valerik buscó a Yana por todas partes, pero no logró encontrarla. Preguntó por ella al doctor Ushakov, que en aquel momento estaba atendiendo a un paciente. Su amiga había salido a ocuparse de dos miembros de una familia que habían enfermado de dengue.

Valerik decidió volver a casa y comer algo antes de comenzar su tarea. Probablemente Yana había desayunado aquel día sin ella. Centrada en sus pensamientos, caminó despacio, dejándose arrullar por el coro de niños, mientras daba un rodeo hasta la cabaña. Nada más atravesar la puerta, se sorprendió al descubrir a Yana sentada ante la mesa. Con la cara escondida entre los brazos, lloraba desconsoladamente.

Valerik se acercó, se sentó junto a ella y le habló dulcemente.

-Cariño, ¿qué pasa?

Yana tardó en contestar.

-No pensaba que esto fuera tan duro... -dijo, por fin, entre sollozos.

Valerik pasó el brazo por encima de sus hombros y la atrajo hacia sí, sintiendo, con un estremecimiento de placer, cómo Yana se reclinaba contra ella, apoyando la mano derecha en su espalda. Repentinamente, Valerik dio un respingo y se apartó hacia atrás, reaccionando como si le hubieran aplicado una barra al rojo vivo.

Yana la miraba con ojos redondos, espantados.

-¿Qué ocurre? -dejó de llorar de golpe. Estaba aterrada.
-¿Qué me has hecho? -preguntó la rubia, incrédula, mientras se levantaba y se quitaba rápidamente la camiseta.

Yana la miró extasiada. Había dejado de pensar. Tan sólo podía admirar la belleza de aquel cuerpo bronceado, cubierto tan sólo por un diminuto sujetador y unos pantaloncitos cortos de color verde safari. Su presencia imponente, tan cerca y medio desnuda, la sobrecogía. Valerik se dio la vuelta y entonces la morena despertó de su hechizo, y pudo distinguir con terror su mano perfectamente dibujada sobre la espalda de la joven.

-¿Qué tengo? -preguntó con expresión dolorida.
-Una quemadura -contestó Yana con un hilo de voz.
-¡Otra vez! -exclamó la rubia, derrumbándose abatida sobre el banco. El pelo caía como una cascada cubriendo su rostro, oculto tras sus manos.

La morena se levantó con rapidez, fue hasta el armario y cogió de nuevo todo lo necesario para hacerle una cura.

-No te muevas -le ordenó con suavidad.

Valerik se quejó levemente, mientras la morena le volvía a aplicar el emplasto de miel y un vendaje improvisado. Cuando hubo terminado, la rubia tomo su camiseta pero, antes de ponérsela, la giró y observó con detenimiento el lugar en el que ella había apoyado su mano. Estaba intacta. Allí no había ningún rastro de haber sido atravesada por un hierro candente.

-Vas a tener que explicarme esto, Yana -se acercó a ella, buscando su rostro.
-Lo siento, pero no puedo -contestó con la mirada baja y un rubor repentino que subía por sus mejillas.
-¿Desde cuándo te pasa esto? ¿Sólo te ocurre conmigo o te ha pasado con más gente? -insistió la rubia.
-No lo sé, Val -Yana se echó a llorar de nuevo.
-No llores, por favor. Mírame. -Valerik le levantó la barbilla y la obligó a enfrentarse a sus ojos- ¿Por qué, Yana? ¿Por qué me quemas cuando me tocas?
-Ya te he dicho que no lo sé. Sólo sé que me arden las manos... -contestó con un gemido.
-¿Cuándo notas que te arden?
-Cuando... tú estás cerca -contestó con las mejillas cada vez más encendidas.

La cabaña pareció convertirse en un horno de repente. El aire quemaba entre las dos. Valerik posó sus manos en la cintura de Yana, que se estremeció ante su contacto, tiró de ella con suavidad y al mismo tiempo con determinación, y la atrajo hacia sí. En aquel momento, una algarabía estalló fuera de la cabaña. Era la voz de un niño, que llamaba a gritos a la morena.

-¡Senhora, senhora Sara! -chillaba el pequeño.

Yana se soltó con rapidez del abrazo. Sentía cómo le temblaban las piernas. Se dirigió hasta la entrada con Valerik detrás de ella, a dos pasos. Tras la puerta, un niño de unos siete años hacía gestos desesperados. Valerik traducía lo que el pequeño contaba entre cortadamente: la madre no podía levantarse de la cama y su piel estaba brillante y húmeda, y el padre acababa de caerse a la entrada de su tienda y no se movía.

Estaba claro que en aquel entorno no podían permitirse tener vida privada, pensó Valerik, resignada, mientras ataba su melena en una cola para trabajar con comodidad.

Salieron corriendo tras el niño y, al cabo de cinco minutos, después de atravesar bosques de personas y tiendas de campaña, encontraron a su familia. Entre las dos introdujeron al padre en la tienda, después de comprobar que se había desmayado a causa de la fiebre. Estaba ardiendo. Dentro de la tienda el hedor a vómito era insoportable. El dengue seguía haciendo de las suyas. Era desolador no poder hacer nada. A cada familia de refugiados que iba incorporándose al campamento se le suministraba la vacuna contra el cólera. Pero no había vacuna ni cura para el dengue. Únicamente podían dar líquidos y esperar a que la fiebre bajara y el enfermo se recuperara por sí mismo, o muriera, dependiendo de su fortaleza y de que tuviera o no anticuerpos del VIH, enfermedad endémica en aquella zona.

Afortunadamente, el dengue no era contagioso. Se trataba de un virus transmitido por un mosquito, pero el problema era que los mosquitos que no lo transmitían podían extenderlo al picar a personas infectadas, con lo cual la progresión amenazaba con ser enorme.

Limpiaron como pudieron el interior de la tienda y la abrieron de par en par para ventilarla. Tras acostar al padre en el jergón, junto a su mujer, comprobaron el estado de ella. Se encontraba empapada en sudor y en una situación de debilidad extrema, pero, al estar consciente, la obligaron a beber agua. A continuación aplicaron compresas frías sobre la piel de los dos enfermos, que mostraban la típica erupción en el abdomen. Los ojos de cuatro niños de diversas edades, incluido el que las había traído hasta allí, seguían atentos todos sus movimientos.

-Val, necesito que vayas a buscar suero para él o morirá. No podemos darle de beber en su estado. ¿Sabes dónde está?
-No te preocupes, lo encontraré.

Valerik se dirigió al niño y le dijo que lo necesitaba como guía. Le era prácticamente imposible encontrar el camino hasta el edificio principal del campamento en medio de aquel bosque interminable de tiendas. Salió corriendo tras el pequeño y, al cabo de unos minutos que le parecieron eternos, llegaron ante la casa. Valerik entró y, afortunadamente, se topó de cara con el doctor Ushakov, que le proporcionó lo necesario para suministrar el suero.

-Utilícenlo con cabeza. No nos quedan muchos.
-De acuerdo.

Valerik volvió de nuevo al trote, tras dar la orden al niño de que la guiara otra vez hasta la tienda de sus padres. Unos minutos más tarde, la morena se concentraba en coger una vía al enfermo y suministrarle el suero.

-No podemos hacer mucho más. En unos días la fiebre debería desaparecer por sí sola. El problema es que están muy débiles y no son capaces de comer nada. El dengue quita el apetito.
-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó la rubia de rodillas ante los enfermos.
-Yo voy a quedarme el resto del día con ellos para controlar su evolución. Tú debes volver. Habla con el doctor Ushakov y cuéntale que me quedo aquí. Ayúdale en lo que necesite, por favor -contestó Yana. Se hallaba sentada en el suelo, sujetando el suero con una mano.
-No te preocupes. Esta noche nos vemos en casa -dijo Valerik, mirándola significativamente. La morena enrojeció hasta las cejas. Acto seguido, salió de la tienda.

Le pidió al niño que la volviera a llevar hasta la casa principal y, una vez allí, se despidió de él abrazándolo con cariño.

-Tranquilo, tus padres se pondrán bien -le explicó en portugués.

El niño le echó los brazos al cuello y, segundos después, desapareció como una exhalación por donde había venido. Valerik observó cómo desaparecía entre las tiendas y luego se dirigió al interior del edificio. Encontró al doctor Ushakov vacunando a una pequeña de ojos enormes y asustados, mientras una mujer la sujetaba entre sus brazos y le susurraba palabras de consuelo.

La rubia se apartó un mechón de pelo de la frente, empapada de sudor, se acercó a ellos y le explicó al doctor con detenimiento todo lo ocurrido. A continuación se puso a su disposición para el resto del día, un día que le iba a resultar terriblemente largo sin Yana.





Capitulo 19: De nuevo a solas


Cuando Valerik volvió a la cabaña eran casi las nueve de la noche. Yana estaba sentada a la mesa, ante la vela encendida. Tanto la postura de su cuerpo como su rostro revelaban el cansancio y la impotencia que sentía.

-Hola. ¿Cómo va todo? -preguntó la rubia.
-Más o menos. El hombre ha recobrado el conocimiento y apenas he conseguido darle un poco de agua. Les he preparado suero oral para que tomaran algo, pero ha sido imposible. Por ahora sus estómagos no soportan nada.

Valerik se sentó frente a ella.

-¿Tú cómo estás?
-Cansada, pero feliz de poder ayudar.
-¿Es esto lo que quieres hacer con tu vida? -pregunto la rubia, mirándola intensamente.
-Sí. Es mucho más duro de lo que imaginaba, pero siento que éste es mi lugar -contestó la morena con serenidad.
-Me admira tu aplomo cuando te enfrentas a estas situaciones.
-Tú tienes más mérito: no eres enfermera y respondes como si lo hubieras hecho toda la vida -dijo Yana con timidez.
-Tan sólo sigo tus pasos, me dejo llevar por ti -Valerik buscó sus ojos para descubrir lo que había tras ellos.

Yana se ruborizó y se levantó.

-Los niños me han regalado un poco de harina de mandioca (yuca). Podemos prepararla para cenar. Voy a poner agua a hervir -le dio la espalda, mientras colocaba un recipiente en el hornillo.

En más de una ocasión, la morena había visto a los refugiados preparando una comida con tubérculos de mandioca. Primero los dejaban secar al sol, extendidos sobre una esterilla en la tierra. A continuación los troceaban, machacándolos con fuerza, ayudados por un palo de madera, largo y grueso, y un bol grande, que colocaba en el suelo. Así se conseguía la harina. Finalmente la mezclaban con agua hirviendo y formaban una especie de bolas pegajosas, que comían con pili-pili, una salsa picante muy apreciada en la región.

-Yana... -Valerik se aproximó a ella.
-No digas nada, por favor -pidió con la voz quebrada.
-No podemos seguir ignorando lo que sentimos. Yo ya no puedo, Yana.

La morena se dio la vuelta y se enfrentó por fin a la mirada de Valerik.

-Confundes tus sentimientos, Val -dijo con dulzura- Yo también te quiero. Hemos vivido cosas aquí que nos han unido mucho, somos amigas...

La rubia se levantó, cogió su brazo sin darle tiempo a reaccionar y presionó la mano de Yana contra su propio antebrazo. Su rostro se crispó en una mueca de dolor y la morena apartó la mano, horrorizada.

-¿Y esto, Yana? ¿Qué clase de sentimientos lo provocan?
-Lo siento, yo...

Yana no pudo continuar hablando. Se alejó, aterrorizada, y desapareció corriendo por la puerta de la cabaña. Valerik fue tras ella, pero sólo alcanzó a ver cómo se perdía entre la multitud de tiendas, iluminadas débilmente por el resplandor de las hogueras.

Sin prisa, fue hasta el hornillo que permanecía encendido y lo apagó. Sacó el tarro de miel y se aplicó un ungüento como le había visto hacer a ella en las otras ocasiones. Después se vendó el brazo con un trozo de tela y se sentó a la mesa, pensativa. ¿Era posible que una persona levantara aquella especie de defensa física frente a sus sentimientos?, se preguntó, angustiada. A Valerik ya no le quedaba ninguna duda acerca de lo que sentía la morena. Y también estaba segura de que lo negaba con todo su ser, construyendo aquella protección terrible contra ella. ¿Cómo podría derrumbar aquel muro? De repente, comenzó a sentirse muy cansada, como si un peso enorme se cerniera sobre ella. Necesitaba acostarse y no pensar. Al día siguiente lo vería todo con otra perspectiva..., se dijo a sí misma, mientras se dirigía a su habitación.

Deambulando como un fantasma en la penumbra, Yana se perdió entre las tiendas de campaña. La luna llena y algunas hogueras iluminaban a tramos su camino errático, mientras intentaba serenar sus pensamientos. Algunos grupos todavía permanecían despiertos, tocando música, bailando o conversando sentados delante de las tiendas. La morena sentía latir su propio corazón al ritmo de los chinganga. Su cuerpo parecía cobrar vida propia, mientras su mente la obligaba a luchar con fuerza contra su instinto, que la inducía a dejarse llevar por el baile sensual, a perder el control. Se alejó veloz de aquel lugar. Necesitaba apartarse de aquella música, dejar de pensar en ella, pero no podía volver a casa. Tenía que hacer tiempo hasta que Valerik se acostara. No sabía qué podía ocurrir si volvía a mirarla de aquella forma...

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:37 pm

TRAS LA PARED


Capitulo 20: La visita esperada



Después de comer con sus amigas, Yulia regresó a casa. Sentada ante el ordenador, intentaba concentrarse para escribir un poco. Lentamente consiguió que la inspiración volviera a su vida. Lo necesitaba. Ni siquiera había transcurrido una hora cuando sonó, apremiante, el timbre de la puerta. Se levantó con calma, imaginando lo que le esperaba.

En cuanto abrió, Inessa entró como un ciclón hasta el salón.

-¿A ti qué demonios te pasa? -le espetó, sin anestesia.
-Anda, siéntate. ¿Quieres beber algo? -preguntó la morena, armándose de paciencia.
-Una copa de vino, si puede ser.

Yulia fue hasta la cocina, abrió una botella y llenó dos copas. Menos mal que tenía una buena bodega, ya que, según aumentaba el ritmo de los acontecimientos, disminuía la reserva de vino, pensó, mientras llevaba una copa en cada mano hasta el sofá donde la esperaba Inessa, se sentó junto a ella.

-¿Qué te ha contado Lena?
-Una sarta de tonterías. Quiero que me cuentes tú qué sucede.
-Mira, Inessa, no es... fácil.
-Me da lo mismo. Inténtalo.
-Desde hace un mes, más o menos, la niña me habla. La oigo en mi cabeza.
-Tú estás muy mal.
-Ya te he dicho que no era fácil.
-¿Y se puede saber qué te dice? -preguntó Inessa, sarcástica.
-Cosas aparentemente sin importancia, pero me hace ver que está ahí. A veces me revela los sentimientos de su madre, me cuenta lo que necesita.
-Yul, imagino que la noticia del embarazo de Lena te habrá caído como un jarro de agua fría. Estás alterada por todos los acontecimientos y lo entiendo. Yo también lo estaría. Pero sé que mi hija está sufriendo: no sabe si es que ya no te sientes atraída por ella, si el embarazo te hace verla de otra forma, o si sucede algo peor. Duda entre preocuparse por tus mentiras o por tus desvaríos.
-Yo también estaba preocupada al principio, Inessa, pero te aseguro que oigo su voz. Me parece tan raro como a ti, pero la oigo de verdad.

Inessa la miró durante unos segundos, sin hablar.

-Yul, te recomiendo que consultes con un profesional. Por el bien de las dos.

La morena dio un trago a su copa y se quedó callada.

-Mira, cuando te liaste con mi hija no fue fácil para mí, lo sabes muy bien, pero lo acepté. Ahora no puedo consentir que la hagas infeliz. Si la quieres, pon remedio a esto, Yul -sugirió Inessa, levantándose para irse. La conversación había terminado para ella.
-Lo haré -contestó Yulia, mirándola profundamente a los ojos.

Inessa sostuvo su mirada unos instantes, como si fuera a decirle algo, pero finalmente fue hasta la puerta y se marchó. En cuanto salió, la morena se acercó hasta el aparato de música. Necesitaba relajar la tensión. Estaba irritada. Lena le había hecho enfrentarse con su madre una vez más. De forma mágica, comenzó a flotar en el aire la voz de Mina: «Somos un sueño imposible que busca la noche...». La escritora se arrellanó en el sofá y cerró los ojos.


**************************


Aquella tarde Lena, tras hablar con su madre, intentó centrarse en los asuntos más urgentes de la editorial. Sin embargo, a su mente afluían sin cesar las imágenes de la noche anterior y retumbaban en su cerebro sus últimas palabras. Le había pedido a Yulia que no volviera a tocarla hasta que hubiese solucionado su problema, aunque sabía que le iba a ser prácticamente imposible respetar aquella decisión. Por la mañana se había levantado con las caricias de la morena pegadas a su piel como un bálsamo caliente. La forma en que le había hecho el amor volvía una y otra vez a su cabeza, provocando una tensión casi insoportable en su vientre. Sentía sobre ella su mirada cargada de deseo, la boca recorriendo su cuello... El despacho se estaba convirtiendo de repente en una sauna asfixiante. Se moría por llegar a casa para verla, pero sabía que aquello únicamente empeoraría las cosas. En cuanto la tocara, se derretiría como la mantequilla.

Hacía media hora que la había llamado su madre para contarle su conversación con Yulia. El relato de su encuentro no había hecho sino reforzar la preocupación de Lena. Esperaba que la morena volviera a la cordura cuanto antes, pues ahora la necesitaba más que nunca.

Poco después de las ocho, decidió regresar a casa. No podía retrasarlo más. Lena abrió la puerta despacio y, con el estómago encogido, vio que Yulia se levantaba del sofá e iba hacia ella. El pelo negro le caía revuelto sobre la cara. Lo apartó hacia atrás, con un gesto que siempre le había parecido muy sexy, y se detuvo de repente, manteniéndose a un prudencial metro de distancia.

-Te he echado mucho de menos -dijo la morena, mirándola fijamente.

«Abrázala.»

A Lena no le dio tiempo a contestar. Yulia llegó hasta ella como una exhalación y la abrazó con fuerza. La pelirroja sintió que le fallaban las piernas. ¡Dios mío, cómo la quería!, pensó para sí misma, rendida. Se aferró a su cuerpo y permanecieron abrazadas largo rato, hasta que la morena se separó lo justo para atrapar sus labios. Los entreabrió suavemente, humedeciéndolos apenas con la lengua, acariciando el interior de su boca muy despacio. Lena se apartó de golpe, con la sangre hirviendo en sus venas.

-No me beses así, por favor -rogó, acalorada.
-Lo siento, no puedo evitarlo. Te quiero.
-Yo también. Pero ya te dije anoche que no pienso hacer el amor contigo mientras tú no te entregues. Tendrás que solucionar esto, Yul.
-No sé cómo hacerlo -contesto con desesperación.
-Pues tendremos que pedir ayuda. ¿No entiendes que lo que te está pasando no es normal?
-Sé que no es normal, pero es real, Lena. Te lo juro. No sé cómo puede hacerlo, pero ella se comunica conmigo.
-Vamos a dejarlo, Yul. Estoy cansada de esto -dijo, irritada.

La pelirroja comenzó a subir la escalera sin darle opción a discutir, mientras la escritora se recluía en la cocina y comenzaba a preparar la cena.

Aquella noche se sentaron a la mesa rodeadas de grandes silencios, únicamente interrumpidos por conversaciones breves relacionadas con el trabajo. Ninguna de las dos consideró oportuno hacer referencia a la visita de Inessa. No hacía falta echar más leña al fuego. Más tarde, sentadas en el sofá ante la pantalla del televisor, ambas fingieron seguir con atención un programa anodino, mientras sus mentes se adentraban por caminos tortuosos.

Lena ni siquiera esperó a que terminara el programa. Se acostó temprano, escudándose en su cansancio. Yulia, que normalmente dejaba lo que estuviera haciendo y la seguía a la cama con fervor, aquella noche se quedó a escribir. Era su excusa perfecta. En realidad, no consiguió concentrarse lo suficiente para acabar dos párrafos seguidos, pero no podía soportar la idea de acostarse con ella y no poder abrazarla. Esperó un tiempo que consideró prudencial y entró en la habitación con sigilo. Contempló el rostro dormido de la pelirroja, arropada bajo el edredón, y escuchó su respiración, suave y acompasada.

En su mente, Yulia la abrazó en silencio, acoplándose a sus formas como cera caliente. Sin embargo su cuerpo se quedó en la distancia, sin tocarla, mirando al techo con los labios doloridos de tanto permanecer apretados.







Capitulo 21: Dolor



La despertaron los primeros rayos de sol, como todas las mañanas. Valerik abrió los ojos y se vio obligada a cerrarlos de golpe. La luz que traspasaba la tela de su ventana parecía atravesar también sus párpados como la hoja de un cuchillo afilado. Le hacía daño. Intentó incorporarse, pero una especie de argolla de acero le atenazaba la cabeza. El dolor era insoportable. Con gran esfuerzo, se levantó y fue tambaleándose hasta su ropa. No podía ni pensar en lavarse. Estaba mareada y sentía náuseas. Se vistió despacio, con la espalda apoyada en la pared, y salió de su cuarto. Yana no estaba. Últimamente intentaba coincidir con ella lo menos posible. Bebió un sorbo de agua y la encontró helada. Una imagen nítida llegó hasta su mente. Fiebre. Tenía que avisarle a Yana, debía encontrar la manera de llegar hasta el edificio principal.

Con fuertes temblores en las piernas y con la visión borrosa, fue superando, uno tras otro, los obstáculos que se iban presentando en su camino. Era consciente de que la gente la miraba de una forma extraña. Debía de estar dando un espectáculo terrible, zigzagueando por la calle con aspecto ebrio, pensó, dentro de una nube.

Consiguió llegar hasta la entrada del edificio y atravesarla, agarrándose con las escasas fuerzas que le quedaban al marco de la puerta. La morena se encontraba a unos tres metros, vacunando a una niña que lloraba asida a la mano de su madre. El doctor Ushakov, a breve distancia de ella, estaba ocupado hablando con otro paciente. Pero para Valerik se trataba de una distancia insalvable. Observó la escena a través de una espesa niebla y, a continuación, todo se fundió en negro.

Yana estaba terminando de pinchar a la niña cuando oyó el golpe seco. Levantó la cabeza y vio con horror, frente a ella, el cuerpo de Valerik desplomado en el suelo. El doctor Ushakov se arrodilló rápidamente junto a ella y la colocó boca arriba, mirando a la morena, que permanecía petrificada a sus pies.

-Ayúdame a llevarla a una cama -dijo, agarrándola por las axilas.

Yana reaccionó y la cogió por las piernas. A pesar de su estatura, casi un metro ochenta, no pesaba demasiado. En los últimos días se había quedado muy delgada a causa del trabajo incesante y la mala alimentación. La llevaron al interior de una estancia, donde había dos camas libres, y la acostaron en una de ellas. La morena levantó con nerviosismo la camiseta de la rubia y contempló la erupción que cubría su abdomen. No cabía ninguna duda. Al agarrarla para depositarla en el camastro, ya se había dado cuenta de que su piel ardía.

-Es dengue -miró asustada al doctor Ushakov.
-Ocúpate de ella. Yo debo continuar con el trabajo -dijo el doctor, y desapareció por la puerta.

Yana, dentro del huracán de emociones que la asaltaban en aquel momento, fue consciente de una cosa: había tocado a Valerik y no la había quemado. Por arte de magia, aquella maldición había desaparecido. Ya no tenía importancia si estaba bien o mal lo que pudiera sentir por ella: sólo deseaba que se curara. No podía concebir la idea de que le pasase algo. El dolor sería demasiado grande para poder soportarlo. Valerik permanecía inconsciente en aquel jergón, con la ropa y el pelo empapado y la piel encendida, perlada de sudor.

Al cabo de dos horas, tras ponerle suero y compresas frías, Valerik volvió en sí, pero la fiebre todavía era demasiado alta. Las palabras que salían de su boca eran incoherentes, fruto de un delirio febril. Con gran esfuerzo, Yana le iba dando algo de agua, e intentaba sin éxito suministrarle alimento líquido. Por lo general, ella lo rechazaba y, en las ocasiones en que conseguía ingerir algo, inmediatamente lo vomitaba.

A la morena la atenazaba el pánico. Desde que estaba allí, hacía ya diecinueve días, había vivido escenas como aquélla muchas veces, pero había perdido su objetividad. Ahora era Valerik la que estaba sufriendo y no lo soportaba.

Día tras día, se ocupaba de ella y rezaba, rezaba presa del miedo más indescriptible, sin apenas separarse de su lecho. Tan sólo se permitía ausentarse durante períodos no superiores a media hora. Enseguida volvía a su lado para comprobar con desesperación que la tan ansiada mejoría no llegaba.










Capitulo 22: De compras. El especialista



Iban transcurriendo los días ociosos, en aparente paz, mientras sentían aproximarse las incómodas fechas navideñas. Aquel sábado, Yulia y Lena se acercaron al centro de la ciudad para realizar unas compras. Había unas cuantas cosas que debían preparar para cuando naciera la niña, aunque faltaran algunos meses todavía. No querían que las pillara el toro. Habían llegado a un doloroso acuerdo, no verbalizado, y ambas mantenían una distancia en la cama que quemaba. No sólo llevaban dos semanas sin tocarse, sino que ni siquiera se habían permitido darse un tímido beso. Cualquier paso en falso amenazaba con hacer saltar el equilibrio por los aires. La tensión sexual contenida entre ellas llegaba a cortarse en el ambiente.

Aquella mañana habían decidido elegir la cuna para la niña. Entraron en una tienda grande, situada en una de las arterias de la ciudad, y comprobaron que había una única dependienta ocupada con otra pareja. Lena y Yulia fueron internándose hasta el fondo del local, observando con detenimiento algunas camas. Se aproximaron a una cuna blanca, sencilla pero muy bonita, y la examinaron de cerca. Junto a ella había expuesta otra con dibujos de animales en rosa y blanco. La pelirroja miró a la escritora.

-Estas dos me gustan. La blanca es preciosa, pero la de dibujos en rosa es muy divertida. ¿Cuál te gusta más? Yo me decantaría por la de dibujos.

«Blanca.»

La morena apretó los labios y miró a Lena sin atreverse a hablar.

-Suéltalo -dijo la pelirroja, impaciente.
-Le gusta la blanca.
-A la niña, te refieres -Lena la miró fijamente.
-Me has preguntado -contestó la escritora con delicadeza- No quiero discutir.
-Pues mira -la pelirroja perdió la paciencia-, yo creo que sí debemos discutirlo. Me estoy cansando de este jueguecito. ¿Vas a hacer algo?
-Aquí no, Lena -contestó Yulia mirando alrededor.
-Pues muy bien, vámonos a casa -contesto, dirigiéndose con paso rápido a la puerta de la tienda, sin mirar hacia atrás.

Yulia la siguió en silencio. Durante el trayecto en el vehículo ninguna de las dos se dignó a decir una palabra.

Lena miraba obstinadamente por la ventanilla, manifestando un enfado evidente. Para acabarlo de arreglar, había un tráfico de mil demonios, por lo que el camino de vuelta resultó asfixiantemente largo.

Mientras conducía, la morena sufría la tortura del silencio de su amante, tan denso que se podía tocar con las manos, unido a sus propios pensamientos turbios.

Nada más entrar en la casa, Lena se encaró con ella.

-Estoy cansada de esto, Yul.
-Yo también. Si es lo que quieres, iremos a visitar a un especialista -dijo la morena, con expresión sombría.
-¿Estás segura? -preguntó Lena, expectante.
-Mañana mismo hablaré con Inessa y le pediré el teléfono. Creo que tu madre conocía a un psiquiatra muy bueno.

La pelirroja se acercó a ella y la asió por la cintura suavemente.

-Lo siento, cariño, pero estoy muy preocupada.

La morena se libró despacio de su abrazo, apartándose de ella.

-Lo sé. Yo también quiero que acabe esta pesadilla.
-Yul...
-Necesito dar un paseo -dijo, dirigiéndose de nuevo a la salida- Volveré para preparar la comida.

Lena se quedó plantada en el salón, viendo cómo la escritora desaparecía tras la puerta.

A paso rápido, Yulia se dirigió hacia el paseo del parque. Era un día soleado, pero bastante fresco. El lugar a aquellas horas estaba prácticamente desierto y una ligera brisa mecía la copa de los arboles. A lo lejos podía distinguirse la silueta de un hombre paseando a un pastor alemán. La morena se abotonó bien el abrigo y fue caminando a buen ritmo hasta el estanque. Se sentía triste y a la vez furiosa. No podía echarle en cara a su pareja lo que pensaba, pues ella siempre había sido muy racional, pero aun así le habría gustado que la hubiese creído ciegamente. Como le ocurrió con María. De todas formas, había tomado la absurda decisión de ir al psiquiatra para terminar con aquella situación.

La tensión entre las dos se estaba haciendo insostenible. Ahora lo que más le preocupaba era aquella visita, incómoda e inútil, que se había comprometido a hacer para que le examinaran la cabeza, aunque sabía con certeza que allí no estaba la solución de sus problemas.


Llegado el día de la cita con el psiquiatra, Yulia se sentía como una oveja yendo hacia el matadero. Intuía que nada bueno podía salir de allí. Lena tenía esperanzas de que aquella visita pudiera acabar con «el problema», como ella lo llamaba, aunque la morena sabía perfectamente que nada iba a cambiar.

Sentadas las dos ante la mesa de aquel hombre, sombrío y oscuro como la decoración de su consulta, Yulia observaba con atención las arrugas de su frente despejada. Su mirada inquisidora se escondía tras unas gafas de gruesa montura negra, mientras hacía llegar hasta ellas su voz grave e impersonal. Toda la habitación olía a rancio.

Yulia esperaba que Lena estuviera presente durante la visita. Sin embargo, una vez expuestos los hechos básicos y tomadas las notas pertinentes, el psiquiatra le pidió que esperara fuera. La sesión transcurrió como la escritora se había imaginado. Tuvo que contarle los hechos más relevantes de su vida a aquel extraño y relatar todos los pormenores de su relación con la pelirroja. Al cabo de poco menos de una hora, el hombre volvió a llamar a Lena para que entrara. Las conclusiones tampoco fueron muy distintas de las que Yulia había esperado. Para el especialista, todo se reducía a la situación de ansiedad que la escritora estaba sufriendo, provocada por el embarazo de Lena. Le recetó unos ansiolíticos para que se los tomara durante una temporada y se quedó tan tranquilo. Después de tres meses debería volver a pedir hora para una nueva sesión.

La morena salió de aquella consulta con la clara idea de que lo único que había conseguido era ganar tiempo. La pelirroja había sustituido su irritación por una actitud de protección maternal. Yulia tenía muy claro que no iba a tomarse las pastillas: cada día tiraría su dosis por el lavabo, sin que la pelirroja lo supiera. Y, por supuesto, tampoco pensaba volver a ver a aquel hombre. Se le ponían los pelos de punta sólo de imaginar otra visita como aquélla. Sin embargo, tenía un problema más grave que el hecho de engañar a Lena, y era fingir que aquellas pastillas mágicas iban surtiendo el efecto esperado. Debía hacer desaparecer sus reparos para hacer el amor con ella teniendo a la niña por testigo, cosa que dudaba poder conseguir.

Los días sucesivos fueron una tregua en la batalla. Era Navidad y, tanto Lena como Inessa, se mostraban mucho más tranquilas, aunque permanecían atentas a cualquier síntoma que Yulia pudiera revelar de su «enfermedad». Tanto la cena de Nochebuena como la comida de Navidad transcurrieron en paz familiar con Inessa y Marcello, que ya estaba muy recuperado del infarto que había sufrido a finales del verano. Sin embargo, para la morena el suplicio continuaba. La niña seguía comunicándose con ella, lo que internamente la llenaba de felicidad. Se sentía totalmente unida a ella. Yulia intentaba ocultar por todos los medios su reacción cada vez que oía su hermosa voz. También había descubierto que podía contestarle telepáticamente. Ella la escuchaba. Y en las escasas ocasiones en las que había podido hablar a solas con María, se sentía apoyada. Era la única persona a la que podía describir su emoción y sentir que era compartida.

María siempre había sido muy especial y, además, adoraba lo oculto. Con Sonja era otro cantar. Ella no se metía con Yulia, pero tampoco quería explayarse mucho con el tema. La morena sabía que se sentía incómoda y que en el fondo le daban miedo aquellas cosas, aunque nunca lo admitiría.

Por otro lado, el problema con Lena se iba agravando. A medida que transcurría el tiempo, la necesidad de sexo se hacía más patente en ambas. Parecían caminar sobre brasas encendidas. La pelirroja esperaba impaciente a que la medicación hiciera efecto en la escritora e intentaba no aproximarse más de lo necesario. El límite entre la ternura y el sexo salvaje podía ser muy estrecho. A partir de la cita con el psiquiatra, las dos se permitían ligeros besos en los labios cuando se despedían para irse a dormir, pero poco más. Para ambas, estar cerca la una de la otra era una auténtica tortura. Cualquier roce involuntario las hacía estremecer y tenían que salir huyendo para no volverse locas de deseo. Cada vez que quedaban con Sonja y María, Sonja aprovechaba cualquier ocasión a solas con Yulia para preguntarle, jocosa, si seguían sin hacer el amor.

-Mujer, no sé cómo pueden aguantar. Se nota la tensión sexual entre Uds. desde kilómetros -le decía Sonja.
-Eso, tú ayúdame. ¡Tu apoyo moral me encanta! -replicaba la morena.

Había pedido a sus amigas que no comentaran nada del asunto con Lena. Temía que intentaran intervenir de algún modo para ayudarla y la escritora quería resolverlo por sí misma. Durante algún tiempo consiguió mantener aquel precario equilibrio, hasta que una circunstancia fortuita lo rompió en mil pedazos, un día especial en que todo muere y todo comienza, el día de Fin de Año.








Capitulo 23: El despertar



Yana abrió los ojos y giró la cabeza instintivamente hacia su derecha, comprobando con alivio que Valerik respiraba con calma en el jergón de al lado. Desde que cayó enferma, ella no había vuelto a dormir en la cabaña. Se había instalado en un camastro junto al suyo y sólo volvía a la casa que compartían para asearse diariamente y comer algo. Se levantó y se acercó despacio a su cama, con una compresa empapada en agua fría, como tenía por costumbre hacer cada mañana nada más despertar, desde que la rubia enfermó cinco días atrás. Miró el calendario colgado de la pared blanquecina y comprobó con tristeza la fecha. Era Nochebuena. Pero, en el lugar donde estaban, aquello no significaba nada. Sólo había una preocupación y era sobrevivir. Aplicó el paño frío sobre la frente de Valerik, que hasta el momento se mantenía en un estado de delirio, intercalado con horas de sueño profundo. Las ocasiones en que estaba despierta, sus ojos brillaban de fiebre y no parecían reconocerla. Pero aquel día hubo un cambio. Valerik abrió los ojos, de un verde intenso y brillante, la miró y sonrió débilmente.

-Hola -dijo Yana, aguantando la respiración.
-Hola -repitió Valerik, sin dejar de sonreír.

La morena no pudo contener más la emoción. Dos pequeños regueros comenzaron a descender por sus mejillas, mientras distinguía de forma borrosa la imagen de su amiga.

Había vuelto.

Valerik alargó el brazo y, con un tembloroso pulgar, le limpió las lágrimas que corrían por su rostro y le acarició la mejilla. Luego dejó caer el delgado brazo con pesadez.

-Tengo hambre -dijo con un hilo de voz.
-Enseguida. -Yana acabó de secarse las lágrimas con el dorso de la mano. Se levantó y salió de la habitación. Al cabo de un momento volvió con un plato de sémola muy ligera.

La rubia se incorporó despacio y tomó una cucharada.

-No comas mucho ahora. Te sentaría mal -sugirió la morena dulcemente.

La enferma tragó otro sorbo con dificultad y se dejó caer hacia atrás en el jergón, agotada.

-Debo de estar horrible -comento, con media sonrisa, observando los ojos de Yana, que la miraban acariciadores.
-Tú nunca estás horrible -le tocó la mejilla en un arranque de ternura.
-Ya... no me quemas -dijo la rubia, con una enorme sonrisa.
-No. -Yana enrojeció.
-Me gustaría volver a casa cuanto antes y lavarme. Estoy hecha un asco.
-Voy a contarle al doctor Ushakov como estás y, si da su consentimiento, mañana nos trasladamos.
-¿Nos?
-Sí. Yo he vivido aquí contigo todos estos días.
-¿Cuánto tiempo...?
-Llevas cinco días enferma y estás muy débil. Apenas has tomado nada, excepto suero y algo de agua. Ni siquiera sé si estás en condiciones de mantenerte en pie.
-¡Cinco días! Y en todo este tiempo... no he ido...
-¿Al baño? -la morena sonrió- Sí, has ido, pero no conscientemente.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó Valerik, tapándose la cara con las manos.
-No te preocupes. Soy enfermera, ¿recuerdas? Estoy segura de que tú habrías hecho lo mismo por mí.
-Espero que nunca pases por esta situación. No sé si podría soportar verte así.

Yana la miró con tal expresión de amor que Valerik estuvo a punto de incorporarse de golpe, haciendo un esfuerzo supremo, y besarla. Pero en aquel instante oyeron la voz del doctor Ushakov que llamaba a la morena.

-Pase -respondió ella rápidamente.

El doctor entró en la habitación y miró a Valerik con una sonrisa.

-¡Bienvenida a la vida!
-Gracias, doctor.
-No me las des a mí. Dáselas a tu amiga, que no se ha separado ni un minuto de tu lado.

La rubia miró a Yana, que en aquel momento bajaba la cara con un rojo intenso en las mejillas, sintiéndose como en una nube.

-¿Cuándo podré volver a casa y al trabajo?
-Por el trabajo no te preocupes. Ahora ve comiendo algo de vez en cuando y descansa. Mañana comprobaremos si estás lo suficientemente fuerte para andar hasta la cabaña y poder desenvolverte sin ayuda.

Cuando el doctor las dejó de nuevo a solas, Valerik le tomó la mano. Yana no hizo ningún gesto para evitar su contacto.

-Gracias -dijo, mirándola con los ojos encendidos.
-No tienes por qué dármelas -contestó la morena, manteniendo la mano agarrada, sintiendo cómo su corazón latía desbocado. Sólo deseaba abrazarla y que ella no dejara de tocarla. Haciendo un gran esfuerzo, soltó su mano y le habló con ternura- Debes descansar y recuperarte. Te prometo que dentro de un par de horas te despertaré para que vuelvas a comer algo.
-Lo que tú digas -Valerik volvió a mirarla de una manera que la derretía.

El resto del día transcurrió para ella entre horas de duermevela y momentos intensos, en los que recibía los tiernos cuidados de Yana, que la hacían sentirse como flotando. ¡Cuánto deseaba recuperarse!, pensó con ansiedad.

Al día siguiente, la rubia se despertó sintiéndose mejor. Se disponía a incorporarse cuando cayó en la cuenta de que estaba desnuda bajo la sábana. Yana entró en aquel momento en la habitación.

-¡Espera! -exclamó, acercándole una bata blanca- ponte esto. Después de lavarte podrás vestirte con ropa limpia. Te la he preparado en casa. Cuando te la hayas puesto, me avisas -se dirigió hacia la puerta.
-No hace falta que te vayas. Ya me has visto muchas veces desnuda -dijo la rubia, provocadora.
-Avísame, anda. -Yana salió de aquella habitación como un rayo.
-Ya puedes entrar -gritó Valerik al cabo de unos segundos.

Yana entró y la vio sentada en la cama, con la bata blanca abrochada hasta el cuello. Aunque estaba muy delgada, con el pelo sucio y despeinado, seguía siendo guapísima. La cogió por la cintura, sin poder evitar un estremecimiento, y la ayudó a levantarse. Valerik se mantuvo en pie, titubeante, y empezó a dar los primeros pasos con cuidado. Se sentía un poco mareada, pero podía caminar sin ayuda. Acompañada por la morena, volvió andando despacio hasta la cabaña. ¡Cómo se alegraba de estar de nuevo en casa!, pensó, exultante.

Valerik convenció a la morena de que podía lavarse sola mientras ella preparaba el desayuno. En la estancia que servía de baño, se quitó la bata y, allí en medio, de pie y desnuda, comprobó los estragos de la enfermedad. Había perdido por lo menos cinco kilos. Siempre había sido una mujer atlética, con un cuerpo fibroso, que mantenía a fuerza de gimnasio. En aquel momento, palpaba sus costillas marcadas, pensando en lo que le costaría volver a estar otra vez en forma. Cuando volviera podría atiborrarse de chocolate sin miedo a ponerse como una vaca, se dijo a sí misma con un toque de humor.

Sentía un gran placer con la ducha. El aroma del gel iba actuando como un bálsamo revitalizante, aunque, dado su estado de debilidad, le costaba gran esfuerzo levantar el cubo sobre su cabeza. Cuando hubo acabado, salió vestida con la ropa que Yana, con mimo, había dejado preparada en el baño, sobre la banqueta de madera que había sacado de su propio cuarto.

-¡Ya vuelvo a parecer un poco yo! -exclamó Valerik con una enorme sonrisa, mientras se acercaba a la mesa.

La morena, que estaba de espaldas ante el hornillo, se giró de golpe y se quedó mirándola embelesada. Estaba radiante. Se había quedado con tan pocos quilos que parecía toda sonrisa y ojos. La ropa le venía holgada, pero el goce que le había provocado el baño se reflejaba en su cara. Yana se obligó a apartar la vista de ella. Le sirvió un café soluble con leche y una especie de tortas, que había elaborado con harina, azúcar y aceite, y había freído luego en el fuego.

Valerik se sentó frente a ella, sin perder de vista ni uno solo de sus movimientos. Tampoco le había pasado inadvertida la mirada que le había dirigido cuando salió del baño. Su cuerpo estaba aún débil, pero su corazón latía con fuerza por aquella mujer. Comieron despacio, frente a frente, mirándose a los ojos y sin decirse una sola palabra, disfrutando con tal deleite de lo que había preparado Yana que, con cada bocado, parecía que estaban saboreándose la una a la otra, en lugar de aquellas pesadas tortas de harina. Ninguna de las dos quería romper el hechizo.

La rubia, cuando no pudo soportarlo más, dejó su vaso en la mesa y cogió la mano de la morena, que, con el corazón en la garganta parecía a punto de desmayarse. Lentamente, Valerik la soltó, se levantó y se aproximó a ella. De pie a su lado, le agarro de nuevo la mano, tiró de su cuerpo y la obligó a levantarse. Frente a ella, Yana no podía evitar que las rodillas le temblaran hasta casi hacerla caer al suelo; la envergadura de Valerik la impresionaba, se sentía indefensa ante su fuerza, pero, al mismo tiempo, no podía dejar de mirar el rostro de aquella mujer que la atraía hacia ella como un imán.

Valerik puso las manos a ambos lados de sus mejillas, sujetándole delicadamente la cara, e inclinó la cabeza buscando su boca. La morena bajó el rostro y los labios de la rubia encontraron su frente.

-Por favor, no... -dijo Yana con un hilo de voz, notando el corazón en la garganta.
-¿Por qué no? Sé que tú también lo deseas -replicó Valerik, con dulzura subiéndole despacio la barbilla para ver sus ojos.

La morena permaneció en silencio unos segundos con los ojos cerrados, temiendo que le diera un ataque al corazón.

-Val, yo no... estoy preparada para esto. -se apartó de ella, temblando.

Valerik observó cómo se alejaba, mientras sentía con desesperación el deseo a flor de piel.

-Yana..., no soporto que te alejes de mí. Esperaré lo que haga falta, te lo prometo.

La morena la miró en la distancia, con los ojos centelleantes. Corrió hasta ella y la abrazó. Valerik la apretó contra su pecho, intentando contener todo el impulso sexual que latía en sus venas. De repente, sintió que la habitación giraba a su alrededor y se apoyó contra la pared. Yana se echó hacia atrás, mirándola asustada.

-¿Estás bien?
-Me he... mareado un poco.
-Ven, vamos a tu cuarto. Debes acostarte. Aún estás muy débil -dijo con dulzura.

La rubia se dejó llevar hasta el jergón y se tumbó, pero, cuando Yana hizo ademán de dejarla sola, la tomó de la mano y la mantuvo agarrada, mirándola con los ojos como brasas. La morena se sentó junto a ella en la cama y le devolvió una mirada angustiada. Deseaba darle lo que ella necesitaba, pero no se sentía capaz.

-Sabes que debes descansar -dijo, acariciándole la mano.
-Lo sé -contestó Valerik, tragando saliva.
-Duerme un poco. Luego vendré a verte. Ahora tengo que ir a trabajar.
-No tardes mucho -suplicó.
-No lo haré, te lo prometo -y le dedicó una sonrisa que le hizo temblar hasta los huesos.

Yana abandonó la cabaña con la sensación de estar caminando a un palmo del suelo. Todavía le temblaban las piernas y una tensión terrible se había instalado entre sus muslos. Estaba atravesando una barrera que jamás habría soñado sobrepasar, su corazón y su mente se batían con furia. La voz de su conciencia intentaba recordarle su educación religiosa y sus creencias, pero su corazón acallaba aquella voz con fuerza. No se había sentido tan exultante en toda su vida.








Capitulo 24: Nochevieja




El último día del año, Sonja y María se convirtieron, una vez más, en las anfitrionas perfectas. Organizaron una cena memorable, a la que invitaron a Yulia, Lena, Iván y Denis. Habían decidido celebrar la Nochevieja en casa hasta tomar las uvas, y después acudir a la fiesta que organizaba el Beso de Luna.

Yulia estaba nerviosa aquella noche. Intuía que algo iba a ocurrir. Había hecho el firme propósito de superar las barreras e intentar olvidarse de la niña, aunque sabía que no le iba a ser nada fácil. Habían llegado al acuerdo de engalanarse por separado y darse una sorpresa mutua. Se encerró en su habitación, mientras Lena ocupaba el cuarto de baño de la planta baja. Quería estar especialmente deslumbrante para ella aquel fin de año. Eligió un traje negro con levita que la hacía muy sexy. Cuando acabó de arreglarse, se observó con detenimiento ante el espejo. El toque ligeramente varonil que le daba aquel traje, ajustándose a sus curvas femeninas, la melena corta estudiadamente despeinada y el brillo especial que lucía aquella noche en sus ojos consiguieron que la imagen reflejada en el espejo provocara una sonrisa de satisfacción en su rostro. Salió de la habitación y bajó a esperar a Lena. Tras colocar un CD en el aparato de música, comenzó a deambular por todo el salón. No podía permanecer sentada: la excitación subía por sus piernas como un enjambre de hormigas enloquecidas.

Al cabo de diez minutos, acompañada por la voz de Rod Stewart cantando The way you look tonight, Lena hizo su aparición y la morena dejó de respirar. Ceñía su cuerpo voluptuoso un vestido negro de noche, de manga larga y cuello alto, que dejaba ver su espalda desnuda hasta los hoyuelos que enmarcaban el nacimiento de las nalgas. La abundante melena rojiza caía como una cascada sobre sus hombros y sus ojos color jade centelleaban como dos hogueras encendidas.

Ninguna de las dos podía articular palabra. Abrasándose con la mirada, permanecían paralizadas por el pánico que les provocaba aproximarse una a la otra. Finalmente Yulia se atrevió a cortar el fuego.

-Estás... impresionante -dijo con la voz ronca.
-Tú también -contestó Lena, devorándola con los ojos.

«Te quiere mucho.»

-Tenemos que irnos. Ya deben estar esperándonos -Yulia tragó saliva.
-Sí, será lo mejor -contestó la pelirroja, obligándose a apartar la vista de ella.

Se pusieron los abrigos y salieron hacia el coche. La proximidad de los asientos elevó varios grados la temperatura del interior. El estrecho cubículo las obligaba a aspirar el aroma sensual de sus respectivos perfumes, exigiéndoles un esfuerzo de concentración para evitar cualquier roce fortuito que provocara una combustión espontánea.

Yulia puso música para no tener que hablar con Lena, pues un nudo en la garganta bloqueaba sus cuerdas vocales. Inmediatamente las notas de Beyond the Sea, de Robbie Williams, flotaron en el aire. La pelirroja, apoyada ligeramente contra la ventanilla, miraba embelesada a la escritora mientras ésta conducía. Por más que lo intentara, no podía apartar sus ojos de ella. Afortunadamente, el trayecto hasta la casa de sus amigas era corto. Las dos experimentaron cierto alivio al salir al fresco de la noche y descubrir a Denis en el umbral de la puerta, elegantísimo, con un esmoquin negro y pajarita. Les hizo una reverencia teatral.

-Están fantásticas. Adelante -dijo, abrazándolas.

Enseguida salió a su encuentro Sonja, espléndida, con un traje de chaqueta negro, entallado.

-¡Las que faltaban! -exclamó, acercándose para besarlas- ¡Están buenísimas! -bromeó, poniendo cara de borde- Vamos a la cocina. Iván y María están allí, encerrados toda la tarde, preparando la cena.

En cuanto María las oyó entrar, voló hasta ellas y las abrazó con efusividad. Llevaba un vestido blanco vaporoso, increíble. Iván, que se acercó enseguida a saludarlas, estaba impresionante. El esmoquin blanco que había elegido para aquella noche resaltaba el color café con leche de su piel, haciéndolo todavía más atractivo.

-¿Cómo anda esta preciosidad? -preguntó María, acariciando la barriga de Lena.
-Un poco inquieta. Hoy no para de moverse. -la pelirroja puso su mano sobre la de María- ¿La notas?

María no pudo evitar lanzar una mirada hacia Yulia, que sonrió discretamente.

«María me gusta.»

-¡Me ha dado una patada! -gritó emocionada.

La cena transcurrió aquella noche entre risas y conversaciones ligeras.

Yulia tenía a Lena a su izquierda y enfrente a Sonja, que se pasó gran parte de la velada lanzándole miradas maliciosas. Alrededor de Lena y la morena se había formado una burbuja incandescente, que esperaban pasara inadvertida para el resto de comensales. Ni siquiera podían mirarse. En un momento de la cena, Yulia alargó su brazo izquierdo para alcanzar un canapé, y se encontró involuntariamente con la mano de Lena. Una sacudid eléctrica pareció afectarlas a las dos. Retiraron sus manos al unísono y una sonrisa malévola se dibujó en el rostro de Sonja.

La morena, nerviosa, se levantó de la mesa, cogió un par de platos sucios y se dirigió a la cocina, seguida por Sonja.

-Mujer, están al rojo vivo. ¡Les va a dar algo! -exclamó Sonja en cuanto estuvieron a solas.
-No me digas nada -contesto Yulia, agitada. Agarró una botella de vino y se sirvió una copa, que apuró de un trago. Se suponía que no podía beber alcohol con aquellas pastillas, pero ahora Lena no la veía y, al fin y al cabo, no se las estaba tomando.

Sonja la siguió de nuevo hasta la mesa aguantándose la risa. La morena volvió a sentarse al lado de Lena, evitando rozarla.

«Quiere que la toques.»

Yulia se removió, incómoda, en su silla. Sonja la observaba con los ojos muy abiertos. Enfrascados en la conversación, los demás no parecían darse cuenta de su nerviosismo. Lena, por su parte, creía estar sentada sobre carbones encendidos. Un calor extraño le subía por todo el cuerpo. Con las mejillas arreboladas, evitaba con todas sus fuerzas mirar a su derecha, mientras fingía estar muy interesada en lo que contaba María, sentada frente a ella.

Y por fin llegó la medianoche. Todos en pie, se comieron las doce uvas al ritmo de las doce campanadas y brindaron con cava por el Año Nuevo. En una parte de la mesa, el nerviosismo alcanzaba el límite de ebullición a medida que se acercaba el terrible momento. Las parejas comenzaban a besarse para felicitarse el nuevo año. Yulia y Lena, frente a frente se miraban a los ojos a escasos centímetros de distancia. Sus pupilas permanecían atrapadas, ansiosas, mientras sus labios comenzaban a acercarse. Cuando la morena tomó la boca de la pelirroja, ya no hubo marcha atrás. Separó sus labios con la lengua casi con brusquedad. Los dientes de Lena la mordían, su boca se la tragaba entera. Nadie sabe qué hubiera pasado si Sonja no llega a hacer una de sus célebres intervenciones.

-¡Allí tienen una habitación! ¡No se corten! -exclamó con cachondeo.

Yulia hizo un esfuerzo supremo para volver a la realidad y apartarse de Lena, que se echó hacia atrás jadeando.

Iván y Denis miraban la escena con la boca abierta.

-Lo siento. Es que estoy loca por ella y no me puedo controlar -la morena forzó una sonrisa, intentando romper la situación incómoda que acababa de producirse.
-¡Pues no sabes cómo me alegro! -dijo María efusivamente, para echarle un cable.

Lena no podía ni hablar. Todavía no se había recuperado de aquel beso. Su cuerpo gritaba de deseo. Ambas se esforzaron por recobrar el control y volver a ignorarse conscientemente.

Unos brindis más tarde, parecía que todo volvía a la normalidad. Entre los seis recogieron la mesa y salieron con alborozo hacia el Beso de Luna.

Si el lugar era ya de por sí un paraíso para los sentidos, aquella noche lucía de un modo especialmente cautivador. Los lienzos blancos de las pérgolas del jardín habían sido sustituidos por telas doradas, mientras almohadones de oro viejo cubrían las hamacas. Decenas de guirnaldas doradas colgaban de las palmeras. Durante todo el invierno, las pérgolas habían sido acondicionadas mediante estufas de exterior, para acoger a la gente que prefería ocupar aquellos espacios. Por todas partes, tanto dentro de los cenadores como a lo largo del camino de piedra, que se internaba a través de los jardines hasta el edificio principal, los candeleros habituales albergaban velones dorados. Aquella noche, el local se había convertido en una explosión lujuriosa de vegetación y oro.

Al paso de los seis amigos, que miraban extasiados hacia todas partes, las notas de You know I’m no good, de Amy Winehouse, se apoderaron de aquel paraíso. Dentro de la villa, incluso las estatuas griegas habían sido coronadas con laureles dorados.

Tomaron posesión de su rincón habitual en invierno y pidieron las consumiciones. Los camareros y camareras lucían trajes de gala, cómo no, en tonos dorados. Al poco tiempo, el sitio comenzó a llenarse de gente. Ellos, afortunadamente, habían llegado con antelación suficiente para poder ocupar su salón preferido.

Había transcurrido un buen rato, cuando Lena se disculpó y se levantó para ir al baño. Diez segundos más tarde, Yulia, a pesar del tumulto de la música y las conversaciones, escuchó la voz.

«Algo va mal.»

Se levantó como una exhalación, sin dar explicaciones, y echó a correr tras Lena. En el saloncito se quedaron todos atónitos. Sonja y María se miraron y reaccionaron al unísono, corriendo a alcanzar a su amiga. Nada más salir del reservado, la morena distinguió a Lena apoyada en una columna y doblada hacia delante. En dos zancadas la alcanzó y la sujetó justo antes de que cayera al suelo. Al ver a Yulia, sus ojos reflejaron claramente su sorpresa.

-¿Cómo...? -comenzó a decir, justo antes de desmayarse.

Yulia la cogió fuertemente y, con la ayuda de Sonja y María, que observaban la escena perplejas, la acomodó en uno de los sofás del salón más cercano. La gente se apartó inmediatamente para dejar que la recostaran. Lena recobró el conocimiento a los pocos segundos. La morena la tenía agarrada de la mano y la miraba con desasosiego.

-Me he mareado -comento, asustada.

«Estoy bien.»

-No te preocupes. Ahora mismo vamos al hospital.

La pelirroja se fue incorporando lentamente y, con la ayuda de la escritora, salió caminando poco a poco hasta el coche. Sus amigos las acompañaron hasta el aparcamiento y se despidieron con caras preocupadas.

-Tranquilos, mañana los llamo -aseguro Yulia.
-¿Quieres que te acompañemos? -preguntó María.
-No. Disfruten del resto de la noche. La niña está bien -le susurró la morena al oído.

Yulia acomodó a Lena en el vehículo y arrancó. Puso un CD de Kiri Te Kanawa y dejó que su voz cristalina, con O mio babbino caro, lo inundara todo, esperando que la pelirroja se relajara mientras yacía recostada con el asiento reclinado hacia atrás.

-¿Cómo estás?
-Ya se me ha pasado el mareo, pero estoy preocupada por la niña -estaba asustada.
-Ella está bien.
-Yul... -comenzó a decir con lágrimas en los ojos.
- No digas nada, cariño. Cuando salgamos del hospital hablaremos.

Dos horas más tarde, tras una ecografía y unas cuantas pruebas, los médicos llegaron a la conclusión de que tanto la niña como la madre estaban perfectamente. Sólo había sido una bajada de tensión. Eran casi las cuatro de la madrugada cuando llegaron a la casa. Yulia le preparó a Lena un vaso de leche y se lo llevó a la cama. Sentada con una almohada detrás de la espalda, estaba bellísima; llevaba puesto un camisón negro de raso que dejaba desbordar sus pechos cada vez más exuberantes. La morena se acercó con el vaso, sintiendo que su pulso se aceleraba.

-Acuéstate a mi lado -le pidió Lena dulcemente.
-Voy a cambiarme de ropa y enseguida vuelvo -contestó la escritora, y le dio el vaso de leche.

Yulia regresó al cabo de unos minutos con un conjunto blanco de seda, compuesto por una camiseta de tirantes que marcaba sus pezones, para tortura de la pelirroja, y un minúsculo pantaloncito. Su amante se la comía con los ojos. La morena se acostó a su lado y se volvió hacia ella, apoyándose sobre un codo.

-Quiero preguntarte una cosa -dijo Lena, mirándola fijamente.
-¿Cómo sabía que te pasaba algo? -la morena sonrió.

Lena asintió con la cabeza.

-Ella me dijo que algo andaba mal.
-No me estás mintiendo, ¿verdad? -respondió la pelirroja con los ojos brillantes.
-No.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó Lena, cubriéndose la cara con las manos.
-No pasa nada, cariño -dijo Yulia con dulzura.
-¿Que no pasa nada? -gritó- ¡Me he comportado como una imbécil!
-Era normal que no me creyeras.
-¡Pero te he hecho ir al psiquiatra! Y te estás tomando las pastillas...
-No te preocupes, no me he tomado ninguna.

Lena puso cara de sorpresa.

-Necesitaba ganar tiempo para que te convencieras por ti misma.
-Todo esto me parece tan extraño... -contesto la pelirroja, aturdida.

«Estoy muy contenta.»

-Es extraño pero maravilloso. Tienes una hija muy especial y ahora mismo está encantada.
-¿Te lo ha dicho? -se acarició instintivamente la barriga.

La morena asintió, poniendo su mano sobre la de su amante. Ella la miró a los ojos y, asiéndola por la nuca, la atrajo hacia sí. Sus labios acariciaron su boca con lentitud, jugando levemente con la lengua. La escritora se apartó, ardiendo de deseo.

-Perdóname -dijo Lena.
-Ya te he perdonado, pero no sigas besándome así -contesto Yulia con los ojos encendidos- Es muy tarde y esta noche nos hemos pegado un buen susto.
-¿Me deseas? -preguntó la pelirroja, a escasos milímetros de su boca.
-Con locura. Nunca he dejado de hacerlo -la escritora puso dos dedos sobre sus labios para evitar que volviera a besarla.

Lena cerró los ojos y respiró profundamente.

-Tienes razón. Ahora debemos dormir.

Depositó un rápido beso sobre los dedos de la morena, se dio la vuelta y apagó la luz. Necesitaba dejar de mirarla o no podría resistirlo...

«Buenas noches.»

Buenas noches, Alexandra, contestó Yulia mentalmente.



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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:48 pm

TRAS LA PARED


Capitulo 25: La tortura. La selva



Como había prometido, Yana volvió a casa al cabo de dos horas para comprobar el estado de Valerik. Se asomó a su cuarto, apartando levemente la cortina de tela, y observó cómo dormía relajada. Su mente voló hacia el día en que la descubrió dándose placer. El simple recuerdo de aquella escena hacía que el deseo se apoderara de ella con crueldad. Debía apartar aquella imagen de su cabeza. La estampa de la rubia dormida la empujaba a acercarse a la cama y abrazarla tiernamente hasta que se despertara. Sin embargo, se obligó a sí misma a marcharse. Tenía que dejarla descansar para que se recuperara por completo.

Hacia el mediodía, volvió de nuevo a la cabaña y, tras echar un vistazo a la habitación de Valerik y comprobar que seguía durmiendo, se concentró en preparar un poco de arroz con verduras para comer. A los pocos minutos, atraída por el aroma del guiso, una rubia somnolienta se asomaba tras la cortina de su cuarto.

-¿Qué hora es? -preguntó, perezosa.
-Cerca de la una -contestó la morena con una gran sonrisa
-¡Cómo me dejas dormir tanto!
-Me daba pena despertarte. Estabas tan a gusto... -dijo Yana dulcemente, colocando los platos en la mesa.

Valerik fue hacia ella y la asió por la cintura. Intentaba reprimirse, pero no podía soportarlo, necesitaba estar cerca de ella, aunque sólo fuera abrazarla. La morena sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.

-Debes comer... -dijo en un susurro.

Valerik le confesó al oído que la amaba desde la primera vez que había escuchado su voz.

-Val, por favor... -musitó la morena, apoyando la frente en su pecho. Le costaba mantenerse en pie. En cuanto ella la tocaba, se volvía blanda como el chocolate fundido.
-Está bien, seré buena, te lo he prometido... -contestó la rubia, tomando aire y separándose de ella con gran esfuerzo.

Tras la comida, Yana volvió al trabajo. No podía permitirse estar mucho tiempo a solas con ella. Sus defensas amenazaban con venirse abajo.

Entretanto la rubia, acostada en su camastro, dormía a ratos y la soñaba despierta. Aquella noche, durante la cena, Valerik le pidió a la morena que la dejara dormir a su lado. Tan sólo quería abrazarla mientras dormía, sentirla respirar junto a ella. Yana se inclinó hacia atrás en su asiento y la miró en silencio.

-Te lo he prometido. No pienso hacer nada que tú no me pidas -dijo Valerik, adelantándose a su pregunta.

A la hora que tenían por costumbre, se dirigieron a la habitación de la morena, Valerik se acostó primero, dejándole sitio en el jergón, a su lado, Yana se tumbó, pegada a ella, notó el brazo de su amiga rodeando su cintura y apoyó la cabeza en su pecho. La rubia le besó con delicadeza el pelo e intentó no pensar en nada. Esperaba que el sueño se llevara la lujuria asfixiante que atenazaba su cuerpo. La morena se removió, inquieta, y se giró de espaldas, sintiendo el deseo de Valerik pegado a cada célula de su piel. Se deshacía por dentro al notar su sufrimiento, deseaba con todas sus fuerzas darle lo que demandaba, pero algo en su interior la mantenía inmóvil. Su cabeza se negaba a admitir lo que su propio cuerpo anhelaba.

Valerik luchaba por relajarse, pero no podía evitar inhalar el aroma de la nuca de Yana, sentir su espalda firme rozando su pecho, erizándole los pezones, la curva de sus nalgas contra su pelvis, hasta que la tensión en su vientre se fue convirtiendo en un dolor lacerante. Su mano comenzó a subir mecánicamente, sin control, desde la cintura de la morena hasta el borde de sus senos. Yana, con los ojos fuertemente apretados, aguantaba la respiración, mordiéndose los labios hasta casi hacerse sangre. Cuando aquella mano alcanzó la piel turgente de su pecho, Valerik fue consciente, de repente, de lo que estaba haciendo. Se incorporó de un salto, empujando con su ímpetu a la morena, y salió de la cama.

-Perdóname. Pensaba que conseguiría dormir contigo, pero no puedo... Lo siento -dijo, y desapareció de la habitación.

Yana se quedó muy quieta en su camastro, con la mirada fija en el techo de paja. Un intruso rayo de luna, desde la ventana, iluminó el recorrido de una enorme araña que buscaba su libertad huyendo de aquel pequeño cubículo. A la morena ya no le importaba nada. A lo largo de los días se había ido acostumbrando a compartir su espacio con toda una variedad de especies supuestamente no peligrosas. El graznido de un pájaro sonó a lo lejos. El cuerpo le dolía y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas liberando una tensión insoportable.

A escasos metros, Valerik se acostó boca abajo en su cama. Apretó la cara contra el colchón y lo mordió con furia, mientras un fuerte olor a hierba seca inundaba sus fosas nasales. Sus nudillos se iban poniendo más y más blancos a fuerza de estrujar aquel jergón. Permaneció en aquella postura, tensa, casi en trance, hasta que el cansancio minó sus mermadas fuerzas y cayó rendida de puro agotamiento.

La convivencia en aquella pequeña cabaña se había convertido en una tortura, en un callejón sin salida del que ninguna de las dos podía huir.


Valerik durmió casi hasta la hora de comer. Se levantó con el cuerpo entumecido y disfrutó de aquel simulacro de ducha de todas las mañanas. Yana no tardaría en volver. El simple recuerdo de lo sucedido la noche anterior le provocaba oleadas de calor que subían desde su vientre. Se dirigió hacia el mueble y se dispuso a hacer la comida. Necesitaba distraerse con algo para no pensar.

Yana se había levantado temprano, como de costumbre, y había salido de la cabaña sin hacer ruido para no despertar a su compañera. Trabajó toda la mañana con la imagen constante de lo sucedido la noche anterior. Temía, y deseaba al mismo tiempo, que llegara la hora de volver a casa. En su cabeza martilleaba el recuerdo del deseo de Valerik, tan real que casi podía distinguirlo en el aire. Adivinaba el sufrimiento de su cuerpo y se echaba la culpa por su impotencia. A la morena le aterrorizaba su propio deseo; el sentimiento de culpa inculcado por su educación religiosa la llenaba de angustia. El primer paso había sido el más duro: tener que reconocer que la amaba. Y no como a una amiga, ni a una hermana, precisamente. Más tarde intentó engañarse, creyendo que podría vivir aquel amor de forma platónica, sin necesidad de rebajarse a los mandatos de la carne. El amor en su estado más puro. Pero el dolor estaba siendo demasiado grande. Aunque ella pudiera resistir el deseo, lo que cada vez era más difícil, el sufrimiento de Valerik le laceraba el alma. No podía huir eternamente de aquella encrucijada.

Cuando llegó la hora de comer, dirigió sus pasos hacia la cabaña con un temor que atenazaba sus miembros. Valerik estaba atareada acabando de preparar la comida. En cuanto ella entró, se dio la vuelta y la miró con ansiedad.

-Perdóname por lo de anoche, por favor.
-No tengo nada que perdonarte. No digas nada más, te lo ruego.

La rubia sirvió la comida en silencio y se sentaron las dos frente a sus platos. Yana sentía cómo cada cucharada luchaba por bajar por su esófago, que parecía cerrado por un espasmo incontrolable. Su cuerpo libraba una lucha cruel entre el sentimiento de culpa, el miedo a lo desconocido y el deseo. No se atrevía a levantar los ojos de la mesa, pues sabía que si la miraba no podrían acabar de comer. Al cabo de unos minutos que le parecieron interminables, decidió levantar la vista del plato. Valerik había dejado la cuchara sobre la mesa y sus ojos la atravesaban con una mirada que la abrasaba. Algo en el interior de la morena explotó. Se levantó y echó a correr fuera de la casa, como poseída por un espíritu enloquecido.

Valerik, que no esperaba aquella reacción, se quedó quieta durante un segundo, e inmediatamente salió tras ella como una exhalación.

Las dos corrían separadas por unos metros, zigzagueando entre las tiendas. La gente a su alrededor no parecía muy sorprendida por la escena, acostumbrada a ver salir con prisas a los voluntarios para atender las emergencias. Las observaban sin excesiva curiosidad. En su carrera, llegaron al límite con el bosque.

Valerik la perseguía de cerca, sin atreverse a gritar su nombre para no llamar la atención de los refugiados. Traspasada la zona de letrinas, el claro donde estaba asentado el campamento fue tragado de golpe por la selva. Hacia allí se dirigió la morena en su loca huida, internándose en el bosque tropical. Durante un angustioso segundo, Valerik la perdió. Corrió desesperada hacia donde la había visto desaparecer, sintiendo los arañazos de la vegetación en los brazos. Se estaba alejando de la entrada del campamento y el miedo iba creciendo a cada paso. Infinidad de sonidos, que no sabía identificar, la rodeaban por todas partes. De repente, distinguió a Yana a unos diez pasos a su derecha. Corrió con todas sus fuerzas hacia ella y la alcanzó. La abrazó firmemente por detrás para obligarla a parar. En aquel preciso instante, algo movió unas hierbas altas a dos metros de sus ojos.

-No te muevas -susurró junto al oído de Yana, mientras la mantenía aferrada por detrás.

Ella le hizo caso. Las dos guardaron silencio, paralizadas por el terror. Una especie de gruñido sonó a escasa distancia. Tras unos segundos angustiosos, lo que fuera que había removido la vegetación se alejó de allí. Valerik sintió cómo la morena relajaba la espalda contra su pecho, apoyándose contra ella, sin moverse. Su pelo le rozaba el mentón, haciéndola estremecer por la proximidad. Soltó despacio los brazos que la rodeaban y notó cómo su respiración acelerada iba calmándose poco a poco.

-No huyas de mí, por favor. No voy a tocarte -dijo Valerik dulcemente en su nuca.

El aire estaba impregnado del olor a tierra húmeda, a podredumbre de hojas secas y a animales salvajes.

Yana se giró lentamente, sin apartarse de su amiga, hasta quedar de frente a escasos milímetros de su cara, pero manteniendo los ojos cerrados, sin atreverse a enfrentarse con su mirada. La rubia inclinó la cabeza. Deseaba que ella intuyera que su boca se encontraba a un suspiro de distancia, pero evitaba dar el primer paso. La morena no abrió los ojos, pero acercó sus labios y rozó los de Valerik sutilmente, como la caricia que haría una mariposa con las alas. La textura sedosa de su boca despertó en ella sensaciones nuevas. Fue Valerik la que tuvo que cerrar entonces los ojos para acoger en toda su magnitud aquel regalo. Sus manos no osaron tocarla, no debían profanar el momento de la entrega, de la rendición. Los labios de la rubia se entreabrieron de forma inconsciente, acariciando, envolviendo, separándose de ella imperceptiblemente y volviendo a rozar su boca, humedeciéndola con su saliva. Yana se dejó llevar por la sensación embriagadora que le producían aquellos roces jugosos, sensuales, y entreabrió a su vez los labios. Un instinto ancestral hizo que la punta de su lengua buscara el interior de Valerik, acariciando con timidez sus encías, sus dientes, su propia lengua, que cobró vida, de repente, excitada por su atrevimiento, y comenzó a enredarse en su boca, produciéndole un ansia desconocida hasta entonces.

Las manos ya no podían estar quietas y las piernas a duras penas las mantenían en pie. Buscaron a ciegas el apoyo de un árbol y permanecieron pegadas la una a la otra, mientras sus bocas se exploraban, presas de una curiosidad creciente, sintiendo que la entrega se iba haciendo más manifiesta en sus cuerpos. Un grito animal sonó en lo alto de una rama. A lo lejos, el retumbar de los tambores cargó el ambiente de deseos antiguos. Las manos de Yana se enredaron en la melena de su amiga, atrayéndola con más fuerza hacia ella, mientras las dos comenzaban a resbalar por el tronco del árbol, hasta aterrizar, entrelazadas, sobre la mullida vegetación. La mano de la morena descendió lentamente hacia el pecho de la rubia, lo rozó tímidamente y siguió bajando, hasta acabar enterrada entre sus muslos. Valerik gimió, se apartó un instante y la detuvo.

-No tengas prisa -jadeó junto a su oído.
-Quiero darte placer -contesto Yana en un susurro, casi un gemido.
-Para dármelo tendrás que averiguar antes qué es -murmuró Valerik, provocadora, mientras la colocaba de espaldas sobre la hierba.

Sus manos buscaron bajo la ropa, descubrieron los pechos turgentes de la morena y exaltaron sus pezones. Un calor hasta aquel momento desconocido para Yana subió a oleadas desde su vientre, obligándola a tomar aire. La lengua de la rubia arrancaba sensaciones de su piel como si fueran mordiscos. Le dolían de puro intenso. Sintió que sus fuerzas la abandonaban del todo cuando le desabrochó los pantalones y la desnudó de cintura para abajo, obligándola a un contacto estremecedor con el follaje exuberante y pleno de incógnitas del suelo. Valerik se deleitó, golosa, acariciando su piel morena y sensual, la mata rizada de su pubis. Deslizó la yema de sus dedos por el interior de sus muslos, atormentándola. Yana no había sufrido semejante tortura en toda su vida. Una tensión inexplicable tiraba de ella, la hacía aferrarse a la espalda de su amante haciéndole daño. Cuando Valerik comenzó a recorrerla en su centro, una burbuja hirviente creció en su interior y la inundó desde el fondo, recorriendo sus órganos hasta estallar en la garganta, haciendo surgir un grito gutural, inhumano, de su boca. Se apretó contra ella, dejando las sensaciones fluyeran por su cuerpo. Al cabo de un instante, la mirada ardiente de Valerik la reclamó.

-Ahora sí quiero que me des placer... -le susurró con la voz ronca de deseo.

Yana se desasió de su abrazo y recostó a su amante sobre el suelo esponjoso. Percibían el sonido de seres invisibles que se arrastraban huyendo de aquel escenario tomado al asalto. Valerik se concentró en los delicados movimientos de la morena, intentando retener el placer que, como un torrente desbocado, fluía hacia ella; se deleitaba en la sutileza con que Yana desprendía la ropa de su cuerpo, la forma en que recorría su piel, memorizando cada rincón, aprendiéndosela de memoria, descubriendo los roces que le ofrecían un goce más intenso. La rubia no pudo contener por más tiempo sus ansias. La culminación del deseo, exaltada por el ritmo de los chinganga, fue recibida por la morena con todos los sentidos alerta, devorando cada manifestación de éxtasis de su amante: sus párpados semicerrados, su boca entreabierta, su espalda en tensión... Abandonadas entre aquella vegetación lujuriosa, cargada de vida oculta, Yana absorbió la belleza de su amiga en toda su plenitud.

Valerik buscó sus ojos, intentando recobrar el ritmo normal de su respiración, y susurró: «te quiero». La respuesta de la morena quedó atravesada en su garganta. Se abrazó a ella, mientras las lágrimas empapaban su camiseta.

-Cariño, cariño... -repetía la rubia, acunándola, mientras le besaba el pelo, la frente, los ojos, intentando calmarla.

El eco de los tambores seguía resonando en la lejanía.








Capitulo 26: Año Nuevo



La luz del día se filtraba a través de las cortinas de la habitación. Lena abrió los ojos y se giró hacia Yulia. Dormida estaba preciosa: parecía una niña pequeña, con el pelo alborotado sobre la cara, pensó la pelirroja. Apartó un mechón de su frente y rozó levemente la sien con sus labios. La morena se removió un poco. Lena se acurrucó junto a ella, pegada a su cuerpo, haciendo surgir un ligero ronroneo de la garganta de su amante, y comenzó a besar sus párpados despacio.

Yulia entreabrió los ojos y se encontró con la mirada ardiente de Lena. Fue consciente de que su cuerpo empezaba a despertar antes que ella misma. La tensión acumulada comenzaba a concentrarse en un punto concreto de su organismo. Ninguna de las dos dijo ni una palabra.

La pelirroja se incorporó y se sacó el camisón por la cabeza, ofreciendo a los ojos voraces de su amante la voluptuosidad de sus curvas. Sus pechos, hinchados por el embarazo, se erguían desafiantes ante la boca de Yulia y ésta no pudo evitar que su lengua, ávida, humedeciera los labios, relamiéndose ante el placer esperado. Bajo el contorno redondeado de su cintura, el delicado vello se ofrecía como la puerta que guardaba, celosa, los goces del paraíso. Lena, sentada a horcajadas sobre ella, deslizó despacio sus manos sobre el pijama de la morena, sintiendo la reacción de su cuerpo a través del sensual tejido. A sus manos les sucedieron los labios, que, en un recorrido enloquecedor, dieron volumen a todo lo que podía erizarse bajo la seda. Yulia sintió que se arrastraban serpientes con lenguas encendidas dentro de sus venas. En su cabeza ya no cabía más que Lena y las llamas que la devoraban.

La imagen de la niña se había evaporado a causa del fuego.

La morena extendió los brazos y se apoderó de las caderas de la venus que la montaba; las aproximó hasta acoplarlas a su boca. La pelirroja, excitada, se agarraba al cabezal de la cama, dejando que la pasión fluyera inundándolo todo. Su amante la inflamaba, trazando círculos cada vez más pequeños con su lengua en torno a su colina del placer. La penetraba con gula, con un baile interior que hacía manar de ella la miel en cascadas, y la abandonaba, de repente, para retornar a un recorrido que la elevaba definitivamente hasta la cumbre del éxtasis. Lena se soltó y cayó hacia atrás, colmada, plena. Yulia, ardiendo, se liberó entonces de la ropa casi arrancándola y se ensambló a ella de frente, sentada con las piernas trabadas con las de su amada, para fundirse en una cabalgada salvaje que la llevó una y otra vez más allá del delirio, atravesando lenguas de fuego que avivaron las llamas de la pelirroja y provocaron que se perdiera con ella en su locura.

Mucho más tarde, exhaustas, yacían entrelazadas entre las sábanas.

«Las quiero.»

¡Cielos!, pensó Yulia, todavía extenuada. ¡En primera fila!

Lena no podía apartar sus ojos, nublados por el goce, de los de la escritora.

-¿Te he hecho daño? -susurró la morena, acariciando su cintura.
-No precisamente -contestó la pelirroja, haciendo brotar una sonrisa- Y me encanta que ya no te importe -añadió, señalando su abdomen.
-Bueno, estaba demasiado ocupada para acordarme -rió Yulia- aunque creo que de ahora en adelante no me va a importar. ¡Nos ha hecho la ola!
-Te quiero. Y quiero que le digas a la pequeña que me encanta el rollito que se lleva contigo.
-Díselo tú. Ella te oye. -la morena sonrió dulcemente, mientras acoplaba su cuerpo al contorno de la pelirroja y, con la mano sobre su abdomen, comenzaba a quedarse dormida.

Lena, al ritmo de la respiración de su amada, se dejó llevar otra vez por el sueño, por fin agotada de placer.






Capitulo 27: Los últimos días. La despedida



-Dime algo, por favor -rogó Valerik, abrazada a Yana sobre el mullido lecho.

La morena fue serenándose poco a poco.

-Sabes que yo también te quiero, pero ¿ahora qué? -contesto sin mirarla, con la cara apoyada contra su pecho desnudo.
-Luego hablaremos de eso, cariño, pero ahora debemos volver a la cabaña. Aquí no estamos seguras -contestó la rubia incorporándose, mientras miraba intranquila a su alrededor.

Intuía los peligros que las acechaban y de los que hacía unos segundos habían sido totalmente inconscientes. Reforzando sus palabras, una especie de aullido animal rasgó el silencio. Un escalofrío recorrió su nuca como una ráfaga de viento helado. Se vistieron rápidamente y salieron del bosque a toda prisa, en dirección al campamento.

Algunos refugiados las saludaban al pasar. Yana, temblando, apretaba el paso, evitando levantar la cabeza para que nadie pudiera leer en sus ojos lo que acababa de hacer. De vuelta en la cabaña, Valerik preparó té y se sentaron a la mesa. Dejó la taza frente a Yana y se sentó a su lado, mirándola embelesada. Tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes y la cara relajada. Aquel encuentro arrebatado había cambiado su expresión, haciéndola todavía más hermosa. Valerik no pudo evitar acariciar su rostro, besar la comisura de sus labios. La morena se apartó mecánicamente.

-Val, tú tiempo aquí se acaba dentro de cinco días -dijo con un matiz de amargura en su voz.
-Quiero que vengas conmigo -declaró Valerik con determinación.
-Yo no...
-Puedo ayudarte a encontrar trabajo en Moscú -la interrumpió la rubia.
-Val...
-No quiero ni pensar en separarme de ti, Yana -insistió Valerik, mirándola con los ojos como brasas.

La morena la envolvió con su abrazo sin decir nada.

-No quiero que lo decidas ahora. Piénsalo, por favor. Sólo te pido eso -dijo la rubia, abrazada a ella.

Yana siguió callada durante unos segundos.

-¿Sabes lo que he tenido que hacer para llegar hasta aquí? -pregunto finalmente, separándose y mirándola a los ojos.
-Sí. Huir del convento.

La morena se inclinó hacia atrás, atónita. Solamente el doctor Ushakov conocía su procedencia.

-¿Cómo sabes eso? -Se había quedado con la boca abierta.
-Porque yo estoy aquí por ti, Yana -contestó tranquilamente.
-¿Qué? -los ojos de la morena parecieron crecer por momentos.

Valerik se armó de valor y le desveló su secreto. Cómo había oído su voz por primera vez en aquella biblioteca y se había enamorado de ella; cómo había vuelto cada día con la esperanza de oírla de nuevo; lo mucho que tuvo que esperar y perseguirla para conocerla. Le relató el episodio en la cafetería, donde escuchó su conversación con el doctor Ushakov, y explicó los pormenores que la llevaron a encontrarse con ella.

Yana la escuchaba en silencio, sintiendo que los pensamientos se agolpaban en su cabeza. Todo era demasiado complicado para su mente sencilla. Se levantó y se dirigió a la puerta.

-¿Dónde vas?
-Tengo que trabajar. El doctor ya me estará echando de menos -contesto lacónicamente.
-Yana, no te vayas...
-No me digas nada, por favor.

Su hermosa voz transmitía dolor. La morena salió de la cabaña como una exhalación, sin volver la vista atrás ni un solo segundo. Su equilibrio mental estaba a punto de desmoronarse.

Valerik se quedó sentada ante la mesa, con las imágenes recientes envenenando su mente. Todavía podía percibir las caricias de Yana rozando su cuerpo. Tenía miedo de lo que pudiera estar pasando por su cabeza en aquellos instantes. Sabía que la había asustado. Pensando objetivamente, se había comportado como una maníaca, persiguiéndola de aquella forma hasta África sin conocerla. Además, había roto sus esquemas, la había hecho entrar en contradicción con sus creencias, le había arrebatado la paz... ¡Dios mío, era normal que quisiera huir de ella!, pensó, abatida. En aquel momento tuvo conciencia de lo cansada que estaba y fue hasta su habitación, dejándose arrastrar por el sueño.

Yana llegó al edificio principal y comenzó a hacer recuento de la medicación y del material sanitario de forma mecánica, sin pensar, rogando mentalmente para que nadie adivinara lo que acababa de suceder. Debía de llevar el pecado escrito en la frente. Todavía existían zonas en su cuerpo que palpitaban, y sentía el aroma de la rubia que la envolvía bajo su ropa. Afortunadamente para ella, la amalgama de fragancias que flotaban a su alrededor hacía que el nuevo olor que desprendía no fuese evidente para los demás. Su mente era un volcán en erupción, que se debatían entre la ira y el amor. Valerik la había perseguido hasta allí, se había comportado como la mejor amiga y compañera, hasta que había conseguido que cayera en sus redes. ¡No podía creer que la hubiera engañado de aquella forma!, pensaba, crispada. Tenía ganas de gritar. ¿Por qué le había hecho esto? Estaba furiosa consigo misma porque, a pesar de todo, no podía dejar de quererla, no podía dejar de desearla...

Tenía grabadas a fuego las dos últimas horas que había pasado con ella: su sabor, sus caricias, su rostro en pleno éxtasis... Un ardor febril se había instalado en sus entrañas y había cambiado su manera de concebir la vida. Siempre había deseado ayudar a los demás y estaba en su África soñada. Había superado múltiples dificultades hasta llegar allí. ¿Por qué dudaba ahora? ¿Por qué se estaba planteando volver con ella a Moscú? Lo que Valerik le había revelado le demostraba que apenas la conocía, que no podía fiarse de ella. Y, aun así, estaba pensando seriamente en cambiar toda su vida de un plumazo para poder compartirla con aquella desconocida. Estaba volviéndose loca, sin lugar a dudas, pensó, exasperada.

Siguió trabajando hasta después de las ocho, como una autómata, sin disfrutar ni un ápice de lo que hacía. Luego regresó a la cabaña con un huracán de contradicciones en la cabeza. A su pesar, a medida que se acercaba a la casa, el fuego abrasador que se había desatado en su corazón iba consumiéndola poco a poco, haciendo que se sintiera perdida. Apartó la cortina de entrada sin saber muy bien hacia dónde la dirigía su destino.


Cuando Valerik despertó aquella tarde, comprobó que Yana no había vuelto a la cabaña. Tras lavarse y vestirse, salió a llenar los cubos de agua a uno de los depósitos del campamento. El bullicio a su alrededor, el ir y venir de los voluntarios y las familias de refugiados, la hizo regresar de golpe a la realidad que servía de escenario a su pequeño mundo privado. Muchas de las personas que vivían en los alrededores de la casa le sonreían y se acercaban a ella para saludarla. Se alegraba de estar de nuevo entre ellos. Había hallado en aquel campamento un calor humano difícil de encontrar en cualquier otra parte.

Regresó a la cabaña y se dispuso a preparar la cena. Esperaba con ansiedad el regreso de la morena. Le preocupaba mucho lo que pudiera pensar de ella después de habérselo contado todo. Mientras cocinaba un frugal plato de arroz con legumbres, imaginaba con una sonrisa la cena que le hubiera gustado prepararle en casa, en Moscú, acompañada de música y velas. Tuvo que apartar aquella idea romántica de su cabeza y obligarse a pensar en la realidad actual. Quién sabe si alguna vez podría llevar a cabo aquel sueño... pensó.

Cerca de un cuarto de hora después, Yana entraba por la puerta de la cabaña con el rostro serio y aspecto de cansada. Valerik salió a su encuentro con cautela y la tomó suavemente de la mano.

-He preparado la cena -dijo con ternura.

La morena no pudo evitar sentir una oleada de calor ante su contacto. Retiró su mano lentamente y se sentó, sin apartar la mirada de la rubia.

-Te lo agradezco. Estoy muy cansada, pero quisiera darme un baño antes de cenar.
-Claro. Te he llenado los cubos y te he preparado ropa limpia. Además, a la cena aun le falta un poco. Te da tiempo.

Yana se levantó y se dirigió en silencio a la estancia del fondo. A los pocos minutos apareció con aspecto más relajado. Valerik no se atrevió a tocarla, aunque lo que más deseaba en aquellos momentos era abrazarse a ella, volver a sentir su contacto.

Sirvió los platos y se sentaron a cenar en silencio. Cuando terminaron, la rubia ya no pudo aguantar más.

-Te he echado mucho de menos -dijo con los ojos brillantes.

Yana la miró con la desesperación reflejada en su rostro.

-Val... -contesto con un hilo de voz.
-Perdóname, por favor. Es la primera vez que hago una cosa así, te lo aseguro. Algo en mi interior me decía que debía conocerte y no me equivoqué: eres la persona más maravillosa que he encontrado en mi vida.

La morena comenzó a llorar. Valerik se levantó como una exhalación y se sentó junto a ella. La tomó entre sus brazos y la sentó en sus rodillas como si fuera una niña pequeña. La acunó, aspirando su aroma de recién duchada. Rozó sus mejillas y el contorno de su boca, suavemente, con la yema de un dedo, y sintió que Yana se relajaba con sus caricias. Acercó sus labios y la besó despacio, tomándose su tiempo. La morena se sumergió en su boca, entregada. Ardiendo de deseo, la rubia deslizó una mano bajo su camiseta y la hizo trepar, golosa, hasta su pecho. Yana gimió involuntariamente entre sus labios. De repente se levantó, con la cara congestionada, se colocó a cierta distancia de ella y la miró a los ojos. Una mezcla de entrega y rabia se reflejaba en ellos. No podía permitir que la siguiera tocando. Anulaba su voluntad.

-No quiero... que vuelvas a hacer eso. Me voy a dormir -dijo Yana, intentando controlar su voz alterada, mientras salía huyendo hacia su habitación.

Valerik se quedó sentada en el banco, meditando si debía seguirla hasta su cuarto. Finalmente, decidió dejarla sola. No sabía cómo derribar aquella barrera que la morena había vuelto a interponer entre las dos.


En los días sucesivos, Valerik comenzó a trabajar de nuevo en el campamento, pues ya se encontraba más fuerte. Realmente había echado de menos sumergirse entre aquellas personas y sentir su calor, su alegría natural ante la ayuda recibida.

Yana intentaba por todos los medios mantenerse alejada de ella. Ni siquiera acudía a la cabaña a comer. Estaba sufriendo un auténtico calvario. En las ocasiones en que se habían encontrado en pleno trabajo, sus ojos la devoraban y le decían todo aquello que su boca no quería expresar. Y la rubia contestaba a su mirada de un modo que hacía que le fallaran las piernas, entregándole con los ojos todo lo que la morena no le permitía con su cuerpo.
Aquella noche Valerik se demoró en su trabajo. Se encontraba a gusto, después de tanto tiempo retirada de sus tareas, y aquello le servía para olvidarse del alejamiento obligado al que la morena la estaba sometiendo. Eran casi las nueve cuando llegó a casa y la encontró atareada con la cena. Yana llenó los platos sin articular palabra y los puso sobre la mesa.

-Hola -dijo la rubia con ojos tiernos.
-Siéntate a cenar. Es muy tarde -contestó la morena sin levantar la vista.

Valerik se sentó frente a ella y comenzó a comer despacio, observándola. Yana no levantaba la mirada del plato.

-¿Cómo te ha ido el día?

Yana no tuvo más remedio que enfrentarse a los ojos verdes, que la devoraban. Un rojo intenso subió por sus mejillas y tragó saliva.

-Agotador, como siempre -contestó. Haciendo un esfuerzo, volvió a concentrarse en el plato.

Valerik decidió terminar la cena en silencio. Luego se levantó a preparar té. Sin mediar palabra, colocó una taza delante de la morena y se sentó con la suya frente a ella.

-¿Has pensado en lo que te dije? -le preguntó con determinación. No pensaba permitir que siguiera huyendo sin darle una respuesta.

Yana dio un sorbo a su té y clavó su mirada en la mesa.

-Me voy dentro de tres días -insistió Valerik.

La morena seguía mirando obstinada la mesa.

-Mírame, Yana.

Ésta levantó la vista y volvió a enfrentarse con su mirada. De repente, ya no oía su voz. Observaba sus labios moviéndose sensualmente y sentía que sus ojos la llamaban...

-¿Me estás escuchando? -preguntó la rubia al notar su expresión.

De repente Yana volvió en sí, se levantó de golpe y se dirigió a su cuarto. Pero esta vez Valerik no lo pensó dos veces. Fue tras ella y la atrapó contra la pared de su habitación.

-Yana...
-No me toques, por favor... -dijo débilmente, mientras Valerik la sujetaba de cara a la pared.
-¿Quieres que me vaya? -susurró la rubia junto a su oído.

El aire se volvió denso entre las dos.

-¿Por qué me haces esto? -preguntó Yana con un hilo de voz.
-Porque te quiero y quiero que vengas conmigo -contestó sin dejarla escapar.

La morena apoyó la frente en la pared. Parecía a punto de desmayarse. Al cabo de unos instantes volvió a hablar.

-Ésta es mi vida, Val -contesto en un quejido.

Valerik la soltó y le dejó que se diera la vuelta, aunque se mantuvo a escasa distancia de ella.

-Lo sé. Pero podemos volver una vez al año, en vacaciones. Todo un mes -dijo a la desesperada.
-Eso no es suficiente. Además, le debo mucho al doctor Ushakov. No puedo dejarlo en la estacada, me ha hecho un contrato de un año. -Yana intentó no sentirse intimidada por la proximidad de su cuerpo.
-¿Y qué hacemos con nuestro amor? -preguntó Valerik, deslizando un dedo por su garganta y haciéndolo descender sinuosamente hasta su pecho.

Yana se estremeció de placer.

-Esto no es amor, Val -replicó, haciendo un esfuerzo.
-¿Cómo puedes decir eso?
-Es deseo, locura. Y eso no es bueno -sentenció la morena con la voz rota.
-Eso no es cierto, Yana. Yo te quiero.
-Vete, Val, te lo pido por favor -rogó Yana, desesperada.

Valerik dudó unos segundos y finalmente salió de su habitación, dejándola allí, recostada contra la pared, con los ojos cerrados, como escondiéndose del mundo.

Durante los dos días que restaban hasta su partida, Valerik soportó en silencio, resignada, el alejamiento de Yana. Ni siquiera intentó volver a tocarla. Continuó con su trabajo, despidiéndose mentalmente de toda aquella gente con la que había convivido durante un mes, intentando memorizar cada detalle de la vida que en breve iba a dejar atrás, cada sonido, cada color, cada aroma. Observaba la cabaña con un nudo en la garganta, grabando en su mente cada uno de los rincones del escenario en el que había disfrutado los momentos más intensos de su vida.

Los instantes en que las dos se quedaban a solas eran escasos, pues ninguna quería dar un paso que las hiciera sufrir todavía más. Cenaban en silencio y se dirigían cada una a su cuarto casi con prisa.

La última noche llegó inexorablemente. Se sentaron frente a frente, ante la mesa, e intentaron disfrutar de su última cena, pero un nudo en la garganta las oprimía hasta hacerles difícil tragar. Yana no pudo soportarlo más, se levantó de la mesa, se sentó junto a ella y la abrazó.

-No quiero que te vayas -dijo, con una voz que reflejaba todo su dolor.
-Vuelve conmigo -replicó Valerik, mirándola a los ojos.
-Sabes que no puedo -repuso la morena, sin poder retener por más tiempo sus lágrimas.
-Está bien. No llores, por favor, no puedo soportarlo. -Valerik la abrazó con fuerza.

Yana se levantó, se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y se dirigió pausadamente hasta la habitación de la rubia. Al llegar a la puerta, se volvió y la miró, suplicante. Valerik se puso en pie y fue hasta ella. La morena se desnudó en silencio y se tumbó en la cama, lanzándole una mirada, reclamándola. La miel oscura de su cuerpo destacaba sobre el lienzo blanco del jergón. Valerik se sentó a su lado, se inclinó y la besó dulcemente, rozando apenas su boca con el borde de los labios, un contacto que excitó los sentidos de ambas.

-Ven -suplicó Yana.

Valerik se desnudó lentamente, dejando que ella recorriera su cuerpo con ojos hambrientos, y se acostó a su lado. Con la yema de los dedos comenzó a viajar por la piel de Yana, muy despacio. Quería retener en su memoria cada célula, cada textura, cada sabor. La morena buscó sus labios y se perdió en ellos con los ojos cerrados, como queriendo apartar cualquier otra realidad que no fuera la humedad de su boca. La rubia se liberó de su beso y se lanzó a un descenso voraz, degustando cada centímetro de su anatomía, mordisqueando los botones erectos de su pecho. Yana gemía, sujetando a su amante, temiendo aquel recorrido que le iba a hacer perder su identidad. Intentaba retener a Valerik junto a su rostro, pero ésta ya se encontraba rendida a la gula de su cuerpo, ya era toda boca, lengua, labios y saliva. La morena, perdida en su íntima lucha, sintió de pronto que ardía. Toda ella se deshacía en ascuas en los labios de la rubia, viéndose arrastrada por un río de lava que ascendía desde sus entrañas y le prendía fuego. Se vio a sí misma convertida en una yegua negra, salvaje, envuelta en llamas, mientras era cabalgada por una amazona exacerbada por el éxtasis, derritiéndose como oro fundido sobre su lomo.

Si un ojo entrenado las hubiera observado en aquel momento, podría haber percibido un halo de vaho desprendiéndose de sus cuerpos entrelazados sobre el colchón, abrasados totalmente.

-Esta noche no quiero dormir, no quiero que se acabe nunca -susurró Yana, al cabo de un silencio interminable.

Las dos sabían que era su última noche, sus últimas horas juntas. En cuanto despuntara el día, Valerik partiría de vuelta a casa y la morena intentaría continuar con la vida que había elegido.

A las nueve de la mañana, ante el edificio principal, Valerik se despedía del doctor Ushakov y de algunos de los voluntarios con los que había estado compartiendo durante aquel mes los dolores y las alegrías de aquellas personas. Un grupo numeroso de mozambiqueños se congregaron en torno a ella y comenzaron a cantar y bailar, en un arco iris de colores, al ritmo de la Marrabenta. Era su peculiar forma de despedirse. Valerik subió por fin al jeep que la llevaría de vuelta, por un camino agreste e interminable, hasta el aeropuerto más cercano. Abandonada en el asiento de atrás, tras los cristales oscuros de sus gafas de sol, su mirada ojerosa y cansada se perdió a lo lejos buscando a alguien, aunque sabía que sus ojos no la iban a encontrar. Yana había pasado toda la noche despidiéndose de ella para evitar hacerlo ahora. Esculpida en la piel llevaba la huella de su roce, la huella de su aroma, la huella de su aliento...

El jeep, inundado por la voz de Nene cantando África desde la radio, se internó por el camino polvoriento, mientras decenas de niños corrían tras él, gritando, hasta perderlo en la lontananza. Valerik miraba por la ventanilla, pero ya no veía nada. Un velo de lágrimas empañaba aquel paisaje que estaba ya añorando.


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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 06, 2015 11:52 pm

TRAS LA PARED


Capitulo 28: Abril



Aquel día de primavera amaneció resplandeciente, era 11 de abril, y nada en el aire presagiaba que fuera a ocurrir algo especial. Nada, hasta que Yulia escuchó la voz.

«Voy a salir.»

En aquel momento estaba en la cocina preparando la comida, y sintió una sacudida en los huesos que la hizo salir como un rayo hacia el salón. Lena se encontraba plantada ante ella, con las piernas abiertas, y la miraba con cara de incredulidad. Un gran charco brillaba entre sus pies.

-¡Vámonos! -gritó Yulia.

Lena, como buena ejecutiva previsora, tenía preparada desde hacía tiempo la maleta para su partida, y había hecho bien, porque la cosa se había adelantado un poco.

Yulia subió en dos zancadas hasta su habitación y tardó diez segundos en plantarse ante la puerta con la maleta en una mano y las llaves del vehículo en la otra.

Lena no había podido articular ni una palabra hasta aquel momento.

-Pero, voy toda mojada... -protestó, por fin, con cara de perplejidad.
-Da igual, allí te cambias. Agarraré una toalla.

Volvió en medio segundo, la empujó casi a la fuerza hacia el interior del automóvil y salió a toda velocidad para el hospital. La pelirroja había empezado a resoplar.

-Cariño, acuérdate de las clases de preparación al parto.
-¡Calla! -gritó, agarrándose con fuerza al asiento.

Pasados veinte minutos y otras tantas imprudencias, entraron por la puerta del hospital. La morena llamó rápidamente a Nadya, su ginecóloga, y le dijo que había llegado el momento. A continuación avisó a Inessa, que le colgó el teléfono sin tan siquiera despedirse.

Trasladaron a Lena a una habitación y allí esperaron, impacientes, a la ginecóloga. Sus gritos, cada vez que tenía una contracción, se oían desde el pasillo. La pelirroja había querido prescindir de la anestesia epidural, pero, aunque hubiera deseado que se la administraran, habría sido imposible, ya que en aquellos momentos había dilatado casi diez centímetros y la cabeza de la niña ya coronaba. Yulia, impotente, la cogía de la mano con fuerza y le hablaba bajito, sin saber cómo ayudarla. Inessa llegó a los pocos minutos y se puso al otro lado de su hija. Le habló de una forma tan atropellada que la morena no tenía claro si la estaba ayudando o la estaba poniendo más histérica.

Por fin, al cabo de quince angustiosos minutos, Nadya con su habitual socarronería y se puso al frente de todo. Había traído con ella una matrona. Entre las dos examinaron a Lena y observaron lo avanzado de la situación.

-Chicas -sentenció Nadya con una amplia sonrisa- ¡nos vamos al paritorio!

A Yulia casi le da un ataque. Quería estar a su lado, pero se moría de miedo. Los hospitales y la sangre no eran precisamente algo que disfrutara con entusiasmo. Tenía el estómago encogido y unas palpitaciones que la volvían loca. Sin darle tiempo a pensar, se encontró disfrazada de verde y encerrada en el quirófano con Lena, Inessa, Nadya y la matrona que había llegado con ella y a la que no conocía. La pelirroja, enganchada en el potro, con el pelo revuelto pegado a la frente, sudorosa y congestionada por el dolor, chillaba y resoplaba a un tiempo, sin hacer ningún caso a su madre, que junto a ella intentaba calmarla, mientras Yulia la miraba a punto de caer redonda al suelo. Por lo menos la matrona permanecía tranquila y parecía conocer muy bien su papel.

-No empujes ahora. Respira, saca el aire, sopla fuerte... Eso es... Así, muy bien -ordenaba suavemente, pero con autoridad, mientras sus manos se perdían dentro de Lena.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó la morena, apoyándose en la pared.

Lena intentaba seguir sus instrucciones, sumisa. Su intuición le decía que desobedecerlas comportaría algo muchísimo peor. Inessa, por fin, ante la actitud de su hija, había decidido retirarse hacia atrás y dejar actuar a las dos profesionales.

Nadya la tranquilizaba comunicándole que todo iba bien, mientras la matrona la animaba con palabras de aliento. Sólo Yulia, plantada al lado de Lena, ya que se sentía incapaz de ponerse a los pies, junto a las dos sanitarias, miraba alternativamente a aquélla y a su madre. Parecía no saber exactamente cuál era su papel, excepto evitar desmayarse, eso sí que lo tenía claro, y en ello se había estado concentrando en los últimos quince minutos. Ni siquiera podía sostener la mano de Lena, ya que ésta se aferraba con fuerza a la camilla, hasta tal punto que sus nudillos estaban blancos como la cera. Cada vez que apartaba los ojos de su rostro descompuesto, Yulia se encontraba con sangre por todas partes y una habitación que parecía rodar cada vez más rápido a su alrededor. Sin embargo, al cabo de escasos minutos, que a la morena le parecieron horas, y casi al borde de su resistencia, Nadya dijo la frase esperada.

-Aquí está.

Se centró entonces en la matrona, que, medio incorporada y con algo entre los brazos, le pedía que cogiera el instrumento que le ofrecía Nadya en aquel instante. Yulia no se atrevía ni a respirar, pero toda la angustia sufrida hasta el momento desapareció de golpe. Alargó la mano y agarró lo que Nadya le mostraba.

-¡Córtale el cordón, vamos! -instó la ginecóloga sonriendo al ver la cara que ponía la escritora.

Yulia, sin pensar, hizo lo que le habían ordenado y entonces la vio por primera vez. De repente sintió que una presión insoportable le atenazaba en la garganta. La niña, envuelta todavía en líquido amniótico, abrió los ojos súbitamente, ojos de leche sin color definido, y la miró. A la matrona casi se le cae de los brazos de la sorpresa.

Inessa observaba la escena en trance.

-¡Es la primera vez que veo algo así! -dijo la matrona.

Examinó a la niña con cuidado y se la llevó para lavarla. Al cabo de un instante se oyó un gemido y Alexandra abrió sus pulmones para que entrara el aire.

-Está perfecta, Lena. ¡Enhorabuena! Tienen una niña preciosa -dijo Nadya.

De la boca del bebé no salió ni un solo quejido más. En cambio la morena no podía dejar de llorar, e Inessa tampoco. Y su llanto fue en aumento cuando la matrona se la puso entre los brazos una vez lavada. La niña volvió a mirarla durante una décima de segundo.

«Te quiero.»

Yulia casi se cae.

-Dásela. -Nadya señaló a Lena.

La morena se volvió hacia ella. Estaba sudorosa y agotada, pero se iluminó de repente como si la hubieran encendido con un interruptor. Yulia, intentando controlar los sollozos, colocó a la niña sobre Lena y vio que ésta la apretaba suavemente contra su pecho.

«Mamá.»

Yulia observó entonces los grandes ojos de Lena anegados de lágrimas. La pelirroja extendió una mano y agarró la suya.

-¿Ha dicho algo? -susurró.
-Te ha llamado mamá -contestó la morena. Se acercó a ella y depositó un suave beso en sus labios.

Inessa, que había escuchado la conversación en primera fila, recibió tal impacto que de su boca sólo llegó a surgir el inicio de una pregunta.

-¿Cómo...? -dijo, confusa.

Nadie llegó a contestarle, ya que en aquel momento Nadya y la matrona se unieron a ellas y Yulia se volvió.

-Muchísimas gracias por todo -dijo, emocionada- lo han hecho maravillosamente.
-Dáselas a Lena, que se ha portado como una campeona. Y tú tampoco lo has hecho nada mal. Por un momento pensé que ibas a echar a correr, pero has aguantado como una cosaca -contestó Nadya, riendo.

La escritora se fijó entonces en la matrona que la acompañaba. Antes no había podido mirarla con detenimiento. Su piel morena parecía hecha de seda. Multitud de rizos negros escapaban con gracia sobre su cara, en la que resaltaban unos ojos oscuros, preciosos y muy dulces.

-Por cierto -dijo Nadya- ni siquiera les he presentado a la excelente matrona que ha traído a vuestra hija al mundo. Se llama Yana y acaba de llegar de Mozambique...




FIN.......................................................................................................................................



Y hasta aquí llega esta adaptación hecha por Natalia Katina, de esta saga de 3 libros. Ella solo adapto estos dos, falta el último libro, quizás en un tiempo yo me decida lo adapte y publique. Así que esperenlo. Espero les haya gustado esta historia. Smile
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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Kano chan el Miér Dic 09, 2015 7:52 pm

Las adaptaciones han quedado excelentes !! ahora solo me faltaria leer la tercera Laughing
Gracias por el aporte al foro !!!!
Saludos.
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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por Monyk el Dom Dic 13, 2015 2:17 am

Saludos!
Muy buen trabajo, se agradece.
Espero te decidas a hacer la adaptación pronto, la historia vale la pena.

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por katina4ever el Dom Dic 13, 2015 6:54 pm

Woow! Muy buena adaptación. ^^ Ojalá pronto podamos leer el tercero, saludos Smile

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por flakita volkatina el Lun Feb 22, 2016 8:06 pm

Sin palabras me a encantado demasiado esta adaptacion y me encantaria q la siguieras
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flakita volkatina

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

Mensaje por ccdkatina el Mar Mayo 17, 2016 5:45 pm

Me encanto gracias por la adaptación

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Re: No Voy A Pedir Disculpas - Tras La Pared // Natalia Katina

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