ATRÉVETE// Larkin Rose

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ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Feb 21, 2016 9:06 pm

Hola, de nuevo yo aquí con una nueva historia Fan Fic. Como ya hice una historia de Lucy Scherer con Yulia Volkova, esta vez la haré de Lena Katina con mi chica favorita Lucy (Que es mi esposa y amor) Wink
Esta historia es una adaptación del libro de Larkin Rose y que fue un pedido de muchas personas, así que aquí la tienen, espero les guste, la historia y la pareja, aunque ya ellas son parejas en persiguiendo el destino, pero esta es distinta y mucho. Espero les guste y dejen sus comentarios. Very Happy 




ATRÉVETE


Prólogo
 
El sexo es la vía de escape perfecta… hasta que caes en sus redes.
Sensual stripper de noche y ejecutiva agresiva de día, Lena no busca amor, sino sexo y poder. Un día, Lucy, una curtida y dura campeona de kárate entra en su vida y la reta a arriesgar su corazón en una noche de fogosa pasión.
Dos mujeres atrapadas en un infierno de deseo forcejean en la frontera del amor, mientras los secretos de su pasado y una acosadora obsesionada con Lena amenazan con destruirlas.
¿Será el fuego que las inflama lo bastante fuerte para sobrevivir o el reto se saldará con un corazón roto o algo peor?
"Atrévete" es un viaje al interior del reino voraz de la obsesión, la lujuria y el deseo.
 
 


CAPÍTULO UNO 


Elena Katina observó a las clientas entrar en el bar desde detrás del telón del escenario. Era viernes: una noche más que iba a pasarse entreteniendo a mujeres borrachas con los labios brillantes de saliva. Aquel era un trabajo para pipiolas; ella podría conseguir más propinas y un servicio mejor en el nuevo bar gay que habían abierto a tres manzanas de allí. Sin embargo, la amistad la mantenía en aquel lugar. Y también la movía otro tipo de necesidad, que no tenía nada que ver con el dinero.
Cerró el telón y volvió al camerino. Es decir, al cubículo enano que estaba obligada a llamar camerino. Se dejó caer en la única silla que había y contempló su reflejo.
—Ya estoy vieja para bailar —se dijo, al tiempo que se cogía los pechos por encima del fino top de seda sin espalda y se los realzaba un centímetro—. Hasta se me caen las tetas.
—¿Ya estás hablando con tus tetas otra vez? —Darren Taylor entró en el camerino tan campante y plantó su culo huesudo en el tocador—. Sólo tienes treinta y uno, y tienes un culo más bonito que todas las pollitas de este antro juntas. —Se volvió hacia el espejo, se lamió el dedo índice y se lo pasó por la ceja—. Las mujeres se corren en las bragas en cuanto pones el pie en el escenario.
—No quiero que se corran en las bragas ni que me pongan sus asquerosas manos encima.
—Entonces, ¿qué haces trabajando aquí, tonta?
—Estoy aquí porque me encanta bailar y hace que no piense en la vida real. Además, Sharon necesitaba ayuda para resucitar el local.
Lena sabía que su mejor amigo se contentaría con aquella respuesta. Darren era una de las pocas personas que sabía la vida que llevaba en realidad, que estaba al frente de una empresa por valor de miles de millones de dólares y que tenía que vivir embutida en trajes de ejecutiva y llevar el pelo bien tirante en una trenza francesa que detestaba.
Darren se apartó de la mesa y señaló el escenario.
—Sal ahí a ayudar a tu amiga.
Frunció los morritos pintados de rojo pasión, se ajustó la espesa peluca y salió por la puerta.
—Capullo —murmuró Lena cuando Darren desapareció.
—Te he oído, perra.
La mujer soltó una carcajada, se retocó el rímel una última vez y le lanzó un beso a su propio reflejo.
—A por ellas, campeona.
Se levantó y se ahuecó el cabello para hacer resaltar los rizos rojos, antes de colocarse una fina máscara de color negro. No podía arriesgarse a que alguien reconociera a la otra Lena la mujer que devoraba empresas rivales e inspiraba decenas de artículos entusiastas en las revistas de economía. En aquel lugar, el club The Pink Lady, podía abandonar todas sus inhibiciones y no quería renunciar a aquella libertad.
Se recolocó un poco la diminuta minifalda de piel que apenas le cubría el trasero y volvió junto al telón para espiar otra vez por el hueco. La sala estaba llena hasta la bandera: no quedaba ni una silla libre y había muchas mujeres apoyadas en las paredes, a la espera de que se apagaran las luces y las strippers dieran comienzo a su seductora coreografía.
Cuando disminuyó la intensidad de las luces, la sala se llenó de silbidos y vítores, y la voz ronca de DJ Max tronó desde los altavoces.
—¿Listas para ver unos buenos culos?
Lena contuvo la respiración hasta que su nombre artístico resonó en la sala.
—Con ustedes, nuestra estrella... ¡Veronicaaa!
Rugió la música y ella deslizó la pierna por el borde del telón seductoramente. Los silbidos se tornaron ensordecedores cuando apareció, contoneando las caderas hasta bajar al suelo. Se dio la vuelta y ofreció una perfecta imagen de su trasero a la enardecida concurrencia, mientras se pasaba los dedos por las medias negras de encaje, en ademán sugerente. Se incorporó con un redoble de tambores y el público enloqueció. Cuando se acercó al borde del escenario para lucirse, las espectadoras empezaron a gritar obscenidades y ella se puso de rodillas a pocos centímetros de sus fans. Hasta había algunos travestís entre las bolleras, encantadísimos de unirse a la fiesta.
Lena abrió los dedos en abanico y se acarició los pechos, el estómago firme y el interior de los muslos antes de meterse un solo dedo en la entrepierna. Una mujer alargó la mano y Elena se la cogió, le lamió la yema de un dedo y se la pasó por el pezón endurecido, por encima del fino tejido del top.
La mujer se quedó con la boca abierta, mirando los pechos de Lena como si fueran chupa-chups y tuviera que comérselos hasta el palo. Lena le soltó la mano, se incorporó y se pavoneó hasta el taburete que había en el centro del escenario, sin dejar de mover las caderas a cada paso para provocarlas. Apoyó las manos con firmeza sobre el sillín de madera, se abrió de piernas y se inclinó lentamente. Se pasó un dedo entre las nalgas y luego se lo deslizó por la entrepierna. La música retumbó mientras se agachaba y volvía a ofrecer un primer plano del trasero para su público. Cuando se volvió y se sentó, con las rodillas pegadas al pecho, las mujeres de la primera fila estaban virtualmente arañando las tablas.
Se apoyó bien para mantener el equilibrio y abrió las piernas en el aire. La multitud rugió y estiró el cuello para verle bien la entrepierna. Sin embargo, tendrían que echar mano de la imaginación si querían saber cómo era su sexo. Llevaba tanga y sólo unas pocas privilegiadas tendrían el placer de hundirle la cara entre los muslos. A lo mejor era demasiado remilgada, pero le traía sin cuidado.
Cerró las piernas y saltó del taburete. Detrás de ella había una barra dorada que bajaba desde el techo hasta el escenario. La rodeó con una pierna y se frotó el sexo contra el frío metal. El roce despertó una sensación cálida entre sus piernas que le recordó que hacía ya demasiado tiempo que no echaba un polvo. Se deslizó hasta el suelo y a continuación se arrastró sobre las tablas como un gato mimoso, acercándose peligrosamente al bosque de manos extendidas.
Llegó al borde con las rodillas. Estaba lo bastante cerca como para que le acariciaran las medias y el liguero. Permitió que algunas afortunadas le tocaran las piernas musculadas, mientras se apretaba un pecho con la mano y dejaba caer el fino tirante para descubrir el hombro y exponer un poco más de carne para los buitres de abajo. Entonces se quitó el otro tirante, se cubrió los dos pechos y dejó que el top le cayera sobre las caderas. A veces, una miradita seductora era más excitante que un desnudo total, así que sólo les dejaba vislumbrar un poco de piel entre los dedos. La audiencia, embobada y babeante, chilló y le silbó, sin dejar de alargar el brazo para tratar de agarrarla en vano. Se humedeció los labios, arqueó una ceja y les subió la presión sanguínea a todas cuando empezó a tocarse, a suspirar y gemir en una pantomima de sexo en vivo.
—¡Deja que te la meta yo, nena! —gritó una mujer con el pelo rapado y una mirada lasciva, obviamente ebria.
Lena le devolvió una sonrisa seductora, se agarró los pechos y sacó la lengua para lamerse el pezón de arriba abajo. Notó una sensación líquida y caliente entre los muslos y los gritos de deseo de las mujeres excitadas alimentaron el ansia que hervía en sus venas. Realmente necesitaba echar un polvo aquella noche. Y de los buenos.
Se imaginó que le chupaban el pezón mientras la penetraban. La expectación le hizo sentir unas punzadas en el coño. Descubrió el otro pezón entre los dedos y le dio el mismo tratamiento, provocando al gentío hasta que notó que todos los ojos estaban puestos en ella. La canción finalizó de manera explosiva y ella abrió los brazos y se dejó caer hacia atrás, entre agudos silbidos entusiasmados. Durante unos segundos, permaneció inmóvil para disfrutar del poder que tenía para hacer que a todas se les cayeran las bragas. Finalmente se alzó y, coqueta, les guiñó un ojo a las mironas antes de desaparecer tras el telón.
Darren, que esperaba entre bastidores a que le tocase salir, dio una patada en el suelo con sus zapatos rojos de tacón alto y le hizo un puchero.
—Qué rabia me da salir después de que las hayas vuelto gagas con ese culito que tienes. Todos esos hombres deliciosos relegados a la parte de atrás... No es justo.
Lena se quitó la máscara.
—Delante hay un par que a lo mejor te interesan.
Darren echó un vistazo a hurtadillas.
—Joder, que se preparen. ¡Aquí está mamá!
Abrió el telón de un tirón y la sala zumbó de tensión de inmediato. Darren era el sexo y la pasión personificados, y su electrizante baile ponía frenético al público. Lena observó cómo se ganaba a la audiencia durante unos segundos y luego se refugió en su camerino y volvió a dejarse caer sobre la silla. Tras finalizar el baile, podía mezclarse con las clientas, pero aquella noche no le apetecía que la manosearan, a no ser que quien le metiera mano fuera alguien conocido. Lo que quería era quedar con alguna de sus amantes habituales.
Sus favoritas estaban grabadas en el libro negro erótico de su mente. ¿Yulia? No, había encontrado novia estable, gracias a Dios. Por fin le quitaría las manos de encima. ¿Sharon? Ni de coña Lena había dejado de acostarse con ella en cuanto cogió aquel trabajo. No mezclaba los negocios con el placer, aunque últimamente sí que mezclaba el placer con los negocios. De todos modos, no. Otra que había que tachar. Pensó en Roxy. Pero no, calla... Se había mudado unos tres meses atrás. Mierda. Seguro que se le ocurría alguien más; no era posible que su agenda fuera tan reducida. ¿Tan tiquismiquis era?
Sharon asomó la cabeza en el umbral. El estrés se reflejaba en sus finos rasgos, aunque le sonrió ampliamente.
—¿Te interesa un lapdance?
—¿Me lo pides o me lo ofreces?
Sharon entró en el camerino. Llevaba unos pantalones de deporte ajustados a sus largas piernas. Se inclinó y le mordisqueó la oreja a Lena.
—¿Es que voy a tener que despedirte sólo para poder follarte otra vez?
—De hecho, sí.
Lena deseaba hundir el rostro de Sharon entre sus piernas y montarla hasta correrse en su cara, pero apartó aquel pensamiento de su mente y se recordó que había límites: Sharon era su jefa y su amiga antes que nada. Que tuviera un polvo fabuloso era secundario.
—¿Quién quiere el baile?
—Un pedazo de cuerpo serrano, ya ves. —Sharon se irguió y se arregló un poco en el espejo—. Te espera en el cuarto interior.
Lena enarcó las cejas. Normalmente era ella la que decidía a quién le hacía un baile privado y no solía llevarse a muchas mujeres al pequeño cuarto interior, aislado del bullicio del bar.
—He pensado que querrías un poco de intimidad —le dijo Sharon con una sonrisa cómplice—. Me pongo celosa sólo de pensarlo.
 
* * *
 
La mujer estaba de espaldas a la puerta. Llevaba unos vaqueros ajustados que le marcaban unas piernas de ensueño, y el bonito y generoso trasero, los hombros anchos, las manos en los bolsillos. Lena se imaginó a sí misma montándola como un jinete, usando su cabello a modo de riendas y aullando de placer al correrse en su espalda. Pestañeó para apartar la imagen de su mente y poder concentrarse en su trabajo.
La mujer se volvió despacio, paseando la mirada por las paredes. Lena vislumbró un perfil con un bonito rostro con formas duras, algunos lunares y pecas, acompañados de una perfecta nariz. Tenía el pelo castaño con un corte recto pero con algunas ondas enmarcando su rostro con unos labios echos a medida. Sus brazos eran caucásicos y torneados, y llevaba un polo de color melocotón, de manga corta. Los ojos azules eléctricos que repasaron a Lena eran como fuego líquido que la fundía como un bloque de hielo. La recorrió una sensación ardiente que se concentró en su clítoris y lo hizo palpitar. El corazón le latió con fuerza en las sienes.
Cerró las piernas con fuerza para mitigar el ardor que la consumía desde la entrepierna.
—¿Puedo hacer algo por ti?
La mujer respondió con voz firme y profunda:
—Esperaba que me hicieras un lapdance —repuso, con los ojos azules fijos en los pezones endurecidos de Lena.
—Treinta pavos sobre la mesa.
Lena cerró la puerta y se dirigió al equipo de música. Cuando miró hacia atrás, había varios billetes sobre la mesa y la otra mujer se había arrellanado en la mullida butaca. Lena puso su canción preferida: la había puesto tantas veces que debería ser la única del CD. La música retumbó desde los altavoces y las luces estroboscópicas centellearon a su alrededor siguiendo el ritmo. Lena rodeó la butaca de la mujer y le pasó los dedos por el brazo y por el hombro, hasta colocarse detrás.
—No me puedes tocar. Sólo yo a ti.
Se inclinó y le lamió la oreja. Sonrió cuando la otra mujer cerró los ojos. Le gustaba el control que ejercía cuando daba un baile privado. Podía hacer lo que quisiera y dejarse hacer lo que quisiera. En aquel momento, quería ponerse a horcajadas sobre la cara de aquella preciosa de mujer.
Le acarició los firmes pechos y los abdominales bien marcados, mientras se acercaba más y más a la cinturilla suelta de los vaqueros. Le mordisqueó el cuello y le pasó las uñas por el brazo, antes de colocarse frente a ella. Los ojos de la otra mujer no reflejaban más que puro deseo y Lena sintió que estaba aún más húmeda, por imposible que pareciera.
Subió una pierna hasta el brazo de la butaca y bamboleó las caderas a escasos centímetros del rostro de su clienta, mientras se acariciaba el sexo húmedo. La mujer movió los labios, como si dijera algo, justo cuando Lena la rodeaba con las piernas y se le sentaba en el regazo.
—¿Sí? —la animó Lena.
La mujer lo repitió en voz queda.
—A que no te atreves a besarme.
Lena sacudió la cabeza y se dio la vuelta sobre el regazo de su clienta. Se echó hacia atrás hasta que tuvo el trasero contra su sensual estómago
musculado y empezó a frotarse contra sus caderas. Unos dedos largos y fuertes le rodearon la cintura y se insinuaron entre sus piernas, pero Lena los apartó, se levantó y movió el dedo índice en señal de negativa.
La otra mujer también se levantó y atrajo a Lena contra su cuerpo duro y firme.
—Cuando abras las piernas, asegúrate de que antes te secas el coño mojado.
A Lena se le disparó el corazón y notó un fuego ardiente que le lamía el interior de los muslos. Reprimió el impulso de mirarse la entrepierna para ver lo mojada que estaba. Los duros ojos azules eléctricos de su clienta se posaron en los suyos. Entonces alargó la mano con la intención de quitarle la máscara. Lena retrocedió, pero la otra mujer la retuvo con firmeza. Era más fuerte que ella. Sonrió.
—Quiero ver algo más que esos ojos verdes grisáceos exóticos tan preciosos. Quiero ver a quién voy a llevarme a casa esta noche.
Atrapó los labios de Lena con los suyos y así se desató el infierno. Deslizó la lengua en el interior de la boca de Lena
y ésta notó que se le removían las entrañas de pura necesidad. ¡Dios mío! Deseaba que aquella mujer le metiera esos largos dedos hasta el fondo, que la tocara y la frotara y la llevara al éxtasis. A continuación su clienta le besó el cuello apasionadamente.
—Quítate la máscara —la apremió, mientras le mordisqueaba la piel.
Lena se moría de ganas de echarle la cabeza hacia atrás y devorar a aquella excitante extraña por completo, luego montarse encima de ella y embestirla hasta que el fuego que ardía en su centro se consumiera. Como si sus manos tuvieran voluntad propia, se descubrió a sí misma quitándose la máscara y, antes de darse cuenta, le había mostrado su rostro a la mujer a la que quería montar como un semental.
Ésta la estudió como si fuera la criatura más arrebatadora que había visto en la vida.
—¿Estás cogida?
A Lena se le encogió el estómago. Se sentía como la ganadora de un concurso de belleza, en lugar de una stripper haciendo un lapdance en un cuarto interior. Negó con la cabeza. ¿O quizá no llegó a hacerlo? Era como si un terremoto vibrara en su interior.
—No —susurró.
—Bien.
La otra mujer se echó hacia atrás y Lena estuvo a punto de caer al
suelo, pero su clienta la ayudó a mantener el equilibrio y luego se lanzó hacia la puerta, como un huracán dispuesto a asolar Kansas.
A Lena la recorrió un escalofrío de puro deseo sexual acumulado durante demasiado tiempo. Ojalá aún estuviera encima de aquel cuerpo firme y anónimo en donde se seguían sus reglas. Ojalá fuera todo un sueño y no hubiera dejado que la acuciante necesidad de sexo le nublara la razón. Pero si aquellos ojos azules que la miraban con fijeza probaban algo era que se habían besado. Y en ese momento se produjo la provocación final.
—A que no te atreves a desear más.
Salió del cuarto antes de que Lena pudiera gritarle todo lo que le pasaba por la mente: «fracasada», «calientabraguetas», «mordisqueable», «comestible»... « ¡Eh! Mueve el culo y vuelve aquí ahora mismo para limpiar este desastre». Menuda fresca. «¿A que no te atreves a desear más?» ¿De qué iba? ¿Estaban en el instituto o qué? «Sally, ¿a que no te atreves a darle un beso a Eugene en la pilila?». Se dio la vuelta y apagó el equipo de música, mientras rezaba porque todo aquello no fuera más que una fantasía enfermiza y no acabara de mostrarle el rostro a una completa desconocida..., a la cual aún quería tener entre las piernas para que la hiciera gritar de placer.
Lena se quedó mirando el pasillo vacío.
—¿Quién coño era ésa?

 
CONTINUARÁ... Arrow


Última edición por Jemmaling el Miér Jun 01, 2016 1:15 pm, editado 1 vez
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Dom Feb 21, 2016 11:42 pm

calientabraguetas xD jajajaja ta buena espero más conti Very Happy
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Lun Feb 22, 2016 12:04 am

Wink Wink Mmm, que caliente, exitante Wink Wink Wink ... mmm digooooo, wow que ff... justo estaba buscando un fic para leer y bue el fic se lee muuuuuuyy interesante, lo cual es excelente...
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por yuliana el Lun Feb 22, 2016 5:08 am

Wooooraless historia muy caliente, pero buena sigue escribiendo Smile

yuliana
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Feb 26, 2016 9:51 pm

Hola, aquí les dejo más de esta historia.


Vivalenz28: jajaja por dios si, y bueno esta pareja es un caso raro, hay más de todo Wink y aquí empieza lo bueno.


Hunter: me alegro que te guste, aquí empieza algo que te va encantar Wink jajajja saludos


Yuliana: y lo que te falta por descubrir. Gracias por leer, saludos. Smile






ATRÉVETE


CAPÍTULO DOS


Lucy Scherer se sentó en uno de los taburetes de la barra. Sintió una punzada en la entrepierna después de que aquella mujer se restregara en su regazo como una muñeca de trapo hacía tan sólo un momento. Había deseado tirarse a Verónica, o como quiera que se llamara de verdad, ponerla de espaldas, abrirla de piernas como un libro y devorarla. Desde el mismo momento en que aquella pelirroja despampanante había puesto el pie en el escenario, Lucy había sabido que lo que más quería era sentir aquel maravilloso cuerpo retorciéndose y temblando bajo el suyo, oír sus gemidos vibrando en aquella garganta tan delicada... No recordaba haber sentido una necesidad tan repentina y acuciante por nadie. Ni siquiera por Marsha, el bellezón del que no había podido despegarse durante los primeros seis meses de su relación y de la que después había tardado un año en librarse.
Después de romper con ella, la sensación de libertad que se apoderó de su alma era como una campana batiendo al viento y no tenía la menor intención de perder aquella libertad en un futuro próximo. Sólo se fijaba en mujeres que ya tenían una relación, porque eran las más seguras con diferencia, o una carrera de la que preocuparse, por lo que no querían que una molesta relación interfiriera en sus planes. Además, Lucy también tenía que pensar en su carrera.
Pero, Dios, cómo deseaba a Verónica.
Lucy imaginaba que sería tan buena en la cama como en el escenario. Las miradas que le lanzaba a la concurrencia le habían dejado claro que no disfrutaba seduciéndolas. Tampoco les había dado el espectáculo que querían de verdad, es decir, verle el coño desnudo mientras se deslizaba por el escenario. A Lucy le gustaba saber que estaba libre. Veronica podría haber tenido a cualquier mujer de las que había en aquel bar y también de fuera. Con que les hubiera hecho un gesto con la mano, cualquiera la habría seguido como un perro faldero, aunque a lo mejor eso habría sido demasiado fácil para ella.
Lucy se preguntó si lograría hacerla suplicar. Hasta aquel momento no había creído en la lujuria a primera vista. De todas las mujeres a las que había
tenido el placer de hacer el amor, ninguna había hecho que le diera un vuelco el corazón como Verónica. Verla caer de rodillas y arrastrarse por el suelo como una diosa del amor le arrancó un gemido. Era el destino: tenía que poseer a aquella mujer y hacerla gritar de placer.
Sin entusiasmo, levantó la mirada hacia la mujer que bailaba en aquellos momentos sobre el escenario. Llevaba unas medias de rejilla ajustadas como una segunda piel. Era bonita, al estilo de una colegiala. Llevaba una cola de caballo que rebotaba contra su cuerpo mientras bailaba al ritmo rápido de su canción. Como parte de su rutina, dejó caer al suelo la minifalda de pliegues, de color rojo y negro. La diferencia entre Verónica y ella saltaba a la vista: Siguiendo la melodía, Verónica se movía como si el mundo le perteneciera y provocaba a su público con lo que nunca iban a llegar a tocar. La bailarina de la coleta bailaba como si hubiera ensayado la coreografía lo justo para memorizar la secuencia de pasos.
Lucy se volvió de nuevo hacia el pasillo oscuro y vio a Verónica, con las mejillas enrojecidas y una sonrisa de enfado. Había vuelto a ponerse la máscara sobre su precioso rostro. Los reflejos rojizos de su cabello relucían cada vez que los haces de luz estroboscópica del local pasaban sobre ella. A Lucy se le aceleró el pulso y notó que el sexo se le encendía. Asintió con naturalidad; aún no se sentía preparada para dar el siguiente paso. ¿Cuánto tardaría Verónica en hacerle una señal?
Sintió un hormigueo en el cuello al notar movimiento a su espalda y se volvió con un atisbo de sonrisa. Sin embargo, Verónica pasó de largo sin mirarla siquiera y se dirigió a una mesa en la que había un grupo de mujeres, las cuales empezaron a meterle mano de inmediato. Una mujer alta y con el pelo rapado se le sentó en el regazo. Verónica le rodeó el cuello con los brazos y desempeñó su papel de diosa a la perfección. Por encima del hombro de la mujer, le lanzó una mirada arrogante a Lucy y despertó en esta última al temible monstruo de ojos azules eléctricos que bramaba: «Mía».
A Lucy le entraron ganas de golpearse la cabeza contra la barra varias veces, hasta recuperar el sentido común.
¿En qué coño estaba pensando? Había provocado a aquel pedazo de hembra y resulta que sería otra mujer la que se la llevaría a casa y le prendería fuego.
«¿Y ahora qué, soy idiota?»
Se atrevió a mirar en dirección a Verónica otra vez y sus ojos se encontraron. Lucy le sonrió, excitada, presa de una increíble necesidad de saltar del taburete y arrastrarla a un rincón más privado del bar.
La mujer del pelo rapado le acarició el muslo a Verónica y se acercó demasiado a su sexo para el gusto de Lucy. Como si tuviera algún derecho a que le importara. Sin embargo, al parecer a Verónica sí le importaba, porque apartó la mano errante, la retorció y se dio la vuelta para encararse con la otra mujer. Se dijeron algo y a continuación Verónica agitó el pelo, rojizo y rizado, que le caía sobre los hombros, se levantó y desapareció por una puerta lateral que había junto al escenario. La otra mujer se había puesto como un tomate.
Lucy notó un hormigueo de satisfacción que le llegó al corazón.
«Lo siento por ti, nena. Supongo que te has pasado de la raya.»
Se preguntaba hasta dónde la dejaría llegar a ella Verónica. Algo le decía que, si jugaba bien sus cartas, conseguiría todo lo que quisiera. Dispuesta a averiguarlo, bajó del taburete con la entrepierna ardiéndole y un polvo de los duros en mente.


* * *


—¡Joder con las mujeres!
Lena dejó el dinero del lapdance en el bote de las propinas de Darren y se metió en el camerino, furiosa. Se arrancó la máscara y el top, y agarró el sujetador que había sobre el respaldo de la silla.
—¿A quién le gritas ahora? —preguntó Darren desde el umbral de la puerta.
—A todo el mundo —respondió Lena, mientras se cambiaba. Se quitó la minifalda y se puso unos vaqueros de talle bajo—. Se creen que soy comida que les han puesto en una bandeja.
—Cariño, de la manera que mueves el culo en el escenario y escondes la mercancía, no puedes esperarte otra cosa —opinó Darren, que entró en el camerino ya sin el maquillaje de escena—. Todas quieren ver lo que se han perdido.
—Ja. Si quisiera que vieran la mercancía, se la enseñaría —saltó Lena, sentada en la silla—. Estoy harta de que se nos llene el local de tanta guarra barata.
Darren se sentó en su sofá e hizo la observación más obvia.
—Bueno, no tienes por qué bailar. No es que necesites el dinero, precisamente.
—Ya sabes por qué lo hago —dijo ella, mirándolo a los ojos. Darren la
estudiaba, inquisitivo—. Sharon sí que necesita el dinero y entre tú y yo atraemos a un buen puñado de gente.
Él suspiró.
—Por mucho que odie decir esto, este mundillo nunca ha sido lo tuyo. Eres lista y preciosa, y tienes un cuerpo para morirse. La mayoría de las mujeres de ahí fuera sólo buscan un rollo de una noche. Y no creo que muchas estén a tu altura.
—Qué me vas a decir a mí —rezongó Lena, mientras se cogía el pelo con una pinza—. Larguémonos de aquí. Vamos a cenar, al cine, a rizarnos el pelo..., lo que sea.
Darren le regaló su sonrisa más inocente.
—No puedo. Uno de esos hombres de toma pan y moja me ha invitado a su casa para follar hasta decir basta.
—Serás perro. Qué envidia —contestó, poniéndose la camiseta—. Déjame adivinar: ¿alto, castaño, con una bonita sonrisa?
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Darren con una risita.
—Bueno, seguro que no era a mí a quien esperaba en primera fila del escenario —rió ella a su vez—. Con cabeza, sexomaníaco.
—Siempre.
Se volvió para marcharse, pero en ese momento dio un salto y se llevó la mano al pecho con dramatismo.
—Ay, cariño. ¡Me has dado un susto de muerte!
Una mujer entró en el camerino. A Lena le dio un vuelco el corazón. Se preguntaba cómo se las había arreglado para esquivar al gorila de la puerta. Darren la rodeó y movió los labios sin que la recién llegada lo viera, pronunciando claramente: « ¡Hazlo, hazlo!». A continuación se escabulló y la dejó a solas en el vestidor con la calientabraguetas del cuarto interior. El coño se le humedeció al instante.
—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó Lena.
—Saber si estás libre esta noche.
—¿Por qué?
El deseo le recorría la entrepierna como llamaradas húmedas y necesitaba cerrar las piernas para aliviar la quemazón más que nada en el mundo, pero no pretendía darle a aquella mujer la satisfacción de verla sufrir.
—¿Por qué no? A no ser que tengas a alguna «guarra barata» en mente.
Lena le sonrió con sarcasmo.
—Bueno, por lo menos las guarras baratas terminarían lo que empiezan si les diera la oportunidad.
La tensión se concentró en su interior. En lugar de admitir que había algo empezado, tendría que haberla mandado a tomar viento en cuanto entró. ¿Por qué había dejado que una desconocida supiera que la excitaba?
Los ojos azules eléctricos de la desconocida relucieron con decisión.
—Oh, tengo intención de acabar lo que he empezado.
Lena se encogió de hombros.
—Lo siento. Tengo una lista kilométrica de gente que daría un brazo por apagar este fuego. No necesito tu ayuda.
—¿Cómo? ¿No puedo competir con la fauna de este sitio?
—Tú has venido a este sitio.
—Y tú también. ¿Empatadas?
Lena la fulminó con una mirada llena de desdén.
—La verdad es que no. Tú has venido a buscar un coño gratis y el mío no está en el menú.
La mujer soltó una carcajada. Era difícil escapar de aquella mirada verdigris tan penetrante.
—¿Lista para que nos vayamos?
Lena escrutó los rasgos firmes de su rostro. Era todavía más hermosa cuando sonreía de verdad. La excitación la hizo vibrar por dentro. Percibía la misma ansia urgente en la mujer que había escogido.
—Me parece bien que follemos, pero por la mañana te largas.
—Después de ti.
La invitación ronca vino acompañada de una sonrisa cómplice. De camino al aparcamiento, los pensamientos de Lena volaban en todas direcciones. Su objetivo primordial era que aquella mujer terminara lo que había empezado. Quería que la tratara con brusquedad, que le hundiera los dedos y le arrancara un orgasmo de los buenos. Se detuvo frente a su Ford Explorer y la invitó.
—Sígueme.
—Un placer.
Su «cita» atravesó la grava sin prisa, hasta llegar a un Dodge Viper.
Lena se le hizo la boca agua sólo de verla mover las caderas de aquella manera tan sensual. No recordaba haber estado así de excitada por llevarse un ligue a casa en la vida.


* * *


Lucy se quedó impresionada cuando el Ford Explorer atravesó una verja de hierro forjado y se detuvo a la entrada de un chalet de color vainilla, con el tejado de tejas rojas de terracota. En los treinta minutos que habían tardado en llegar, habían atravesado los barrios de más categoría de la ciudad. Había memorizado el nombre de las calles, para poder encontrar el camino de vuelta a aquella preciosidad.
El antro de strip-tease no era de los que pagaban una millonada, así que no esperaba llegar a una casa tan fastuosa en un vecindario como aquél. Recordó la conversación que había oído por casualidad mientras esperaba en el camerino. El travestí de la ropa ceñida había comentando algo sobre que Verónica no necesitaba el dinero que ganaba bailando. Lena se preguntó a qué otra cosa se dedicaba para poder pagar aquella vida aislada y protegida.
Tragó saliva y logró apagar el contacto y salir del Viper sin que se le cayeran las llaves. Al ver el fantástico trasero de Lena, la recorrió una oleada de calor por toda la espalda y se le instaló entre las piernas. Lo único que quería era empujarla dentro y ponerla contra la pared. Entonces le metería la lengua hasta la campanilla, le introduciría los dedos y la haría gritar una y otra vez.
Reprimió el impulso, atravesó el porche y entró al oscuro vestíbulo. La puerta se cerró tras ella y oyó el sonido de un interruptor, décimas de segundo antes de que se encendiera la luz.
—¿Te apetece beber algo? —le ofreció la pelirroja, que también tenía que echar mano de todo su autocontrol para no ceder al impulso de arrancarle el polo color melocotón y morderle los pezones allí mismo.
—No —repuso la otra mujer con determinación—. Aunque puede que después de pasarnos unas cuantas horas sudando necesitemos agua.
«Guau, perrita, hazme sudar.»
Lena sonrió y aquello fue la gota que colmó el vaso. La mujer cubrió la distancia que las separaba y le devoró los labios, inmovilizándola contra la puerta. Le deslizó la lengua hasta el fondo y, una vez allí, bailó y exploró, arrancándole un gemido de placer. El calor que sentía entre sus piernas era pura lava líquida. Le enredó los dedos en el semi largo y sedoso cabello. Gruñó desde el fondo de su alma cuando la apretó más fuerte contra la pared. Le quitó los pantalones de un tirón y le dejó el trasero al descubierto. Las caricias de Lucy la hacían estremecer; Lena nunca había deseado con tanta ansia que se la follaran.
Cayeron al suelo, enredadas sobre la mullida moqueta. Unos dedos firmes se deslizaron entre los muslos de Lena y acariciaron sus rizos húmedos. Ella se abrió de piernas y agitó las caderas en el aire, ansiosa porque la penetrara.
—Sabes a sudor —musitó la otra mujer, mientras le chupaba el cuello—. Ácido y salado.
Lena quería que cerrara la boca. Cuanto antes la llevara al éxtasis, mejor. Lucy le rozó el clítoris con la yema del dedo y Lena hundió la cabeza en la moqueta y se arqueó, dispuesta a meterse los dedos ella misma si tenía que hacerlo. Estaba perdiendo la paciencia. Su clítoris palpitaba de pura necesidad bajo el dedo que la provocaba. La acariciaba arriba y abajo, se hundía un ápice y vuelta a empezar.
—Antes de que te agarre los dedos y me los meta yo sola —jadeó Lena—, ¿cómo coño te llamas?
La aludida le mordisqueó la piel del hombro.
—Lucy Eleonore Barbara Scherer
—Bien, Lucy, si no te pones las pilas, me veré obligada a acabar sin ti.
—¿Qué prisa tienes, pastelito?
Retiró los dedos y se puso encima de Lena, la agarró de las muñecas y le inmovilizó los brazos en el suelo, por encima de la cabeza. Entonces le abrió las piernas con las rodillas y restregó la pelvis contra su sexo.
—¿Y a quién tengo el placer de hacerle el amor esta noche?
El fuego le quemó entre los muslos; aquella sensación casi era demasiado para la pelirroja. Tras titubear solo un instante, aunque no tenía la menor idea de por qué no le daba miedo decirle su nombre real a aquella mujer, susurró:
—Lena.
—Lena. —Lucy repitió su nombre como si fuera algo frágil—. Me gusta ese nombre. Es seductor, excitante y dulce cuando se me deshace en la boca... literalmente.
Lena ya estaba harta de esperar. ¿Acaso aquella mujer no era más que una calientabraguetas? ¿La iba a torturar con palabras seductoras y con suaves caricias toda la puta noche? Lucy sonrió, sensual, y le lamió el labio inferior
con su lengua caliente; Lucy dejó escapar un gemido gutural. Fue como recibir una descarga eléctrica en el cerebro; los ojos se le cerraron. Notó el aliento de Lucy sobre las mejillas, sobre los labios entreabiertos y en el interior de su boca.
—Deja de hacerme sufrir —murmuró Lena.
—Aún no has visto nada.
Lena no daba crédito a sus oídos y abrió los ojos para enfrentarse a aquella preciosa mirada zafiro.
—Relájate —dijo Lucy—. ¿Por qué quieres apresurarlo?
—No tengo paciencia —dijo Lena. Su pecho oscilaba arriba y abajo a toda velocidad—. Ahora no, por lo menos.
—Todo lo bueno se hace esperar.
—Me voy a quemar viva si no te das prisa.
Detestaba haber dejado escapar aquellas palabras. Era débil y aquella mujer lo sabía.
—Bueno, haberlo dicho.
Apenas notó que le soltaba las muñecas cuando, antes de que pudiera darse cuenta, Lucy ya había hundido el rostro entre sus piernas. El fuego la devoró por completo.
Lucy habría querido ver a Lena retorcerse un rato más, pero la angustia en su mirada y su respiración desbocada la impulsaron a actuar. Le abrió los muslos aún más, le separó los labios de la vagina con los dedos y le pasó la lengua por el clítoris. Lena se arqueó y arañó la moqueta con las uñas. El sonido le arrancó a Lucy un cosquilleo en la entrepierna. Apretó los muslos para mitigar el latido de lujuria. Quería comérsela entera, engullirla y quedarse dormida, saciada y satisfecha. Nunca antes había deseado tanto a una mujer. Sonrió. Tenía toda la noche para hacerle el amor a su sirena.
Los gemidos de Lena resonaron en la habitación. Movió las caderas más deprisa, loca de deseo. A Lucy se le encogió el corazón. Le introdujo sus largos dedos en su húmedo centro y la abrió. Después de unas cuantas penetraciones profundas, le acarició el clítoris con un poco más de presión. Para su sorpresa, Lena se puso rígida, con el tronco arqueado. Entonces notó cómo se contraía en torno a sus dedos y dejaba escapar un grito; la agarró del pelo como si fueran riendas y le hundió el rostro en su sexo.
Con su mano libre, Lucy apartó una de las piernas que Lena le había echado al cuello, para poder respirar. Jamás había oído unos gritos de tanta satisfacción. Se sintió llena de orgullo cuando la pelirroja le tiró del pelo hasta casi arrancárselo. Al cabo de unos largos instantes, Lena la soltó y dejó caer los brazos inertes a los lados.
Lucy le sacó los dedos con cuidado y se deslizó junto a su cuerpo sudoroso. Sentía un cosquilleo en el cuero cabelludo, como si el pelo estuviera intentando volver a meterse en sus folículos.
—A eso le llamo yo energía reprimida. —Besó a Lena en el cuello sudado.
—Quítate la ropa.
Lena le dio la vuelta y montó a horcajadas sobre ella. Su repentina energía cogió a Lucy por sorpresa.
—No he acabado.
Lena nunca había estado tan satisfecha, pero todavía no había acabado con aquella mujer de cuerpo exquisito y manos hábiles. Ni de lejos. Parecía que su cuerpo había agotado la frustración sexual, pero el mero roce de los labios de Lucy sobre su piel hizo que cobrara vida al instante. Le quitó el polo y lo echó a un lado. El resplandor azulado de la luna que se colaba por las persianas iluminó el sujetador blanco deportivo de Lucy. Lena le metió un dedo por el canalillo y se vio recompensada con un suave gemido por parte de su compañera. Lucy le comió la boca; le metió la lengua hasta el fondo para enredarse y saborear la suya. Las terminaciones nerviosas de Lena vibraron, su clítoris palpitó y se frotó contra el estómago firme de Lucy.
—Fóllame otra vez.
La castaña le besó el cuello.
—Antes no te he follado. Lena notó una oleada de calor que la derritió como si fuera mantequilla.
—Aún estás a tiempo.
—¿Me lo estás suplicando?
La provocación que reflejaba la sonrisa de Lucy la volvió loca. Su voz interior le ordenó: «Gírala y dale un azote en ese hermoso y bien formado culo ». Incapaz de resistirse, puso a Lucy de espaldas, le desabrochó los vaqueros y se los bajó hasta las rodillas, para dejar al descubierto unos muslos bien formados  que se moría por chupar. Lucy se quitó las braguitas y el sujetador en un abrir y cerrar de ojos, y las sombras danzaron sobre su pecho marfileño. Aquella imagen seductora hizo que Lena se quedara sin aliento. Se inclinó y le chupó uno de los pezones endurecidos. Lucy gimió de nuevo. Lena le acarició los abdominales con la yema de los dedos y se deleitó con el sensual relieve. Lucy se puso en tensión bajo la voluptuosa exploración de Lena, que por fin deslizó los dedos sobre la masa rizada que destacaba entre sus muslos.
—Te gusta esto, ¿eh?
Le excitó el clítoris y a continuación la penetró hasta el fondo.
—Un poco —jadeó Lucy en su oído.
Cada uno de sus gemidos encendía más el fuego que consumía a Lena desde lo más hondo de las entrañas. El sexo le latía, ansioso por que volviera a tocárselo. Le metió los dedos una y otra vez, y se deleitó con lo mojada que estaba, hasta que la castaña levantó las caderas con renovada urgencia. Entonces la pelirroja sacó los dedos y empezó a trazarle pequeños círculos sobre el clítoris con la punta del dedo. Siguió frotándola así hasta que los suaves gritos de Lena llenaron el aire y, en ese momento, inclinó la cabeza y la acercó a los rizos mojados de su sexo. Le abrió las piernas con firmeza y le separó los pliegues hinchados. Lucy contuvo la respiración y se arqueó hacia la boca de Lena.
—¿Tienes prisa? —la provocó la pelirroja.
Después de que la hubiera dejado en aquel cuarto, dolorida por el deseo, lo mínimo que podía hacer era vengarse un poco.
—¿Vamos a jugar a esto toda la noche?
—Aprendo rápido. —Le dio un lametón en el clítoris—. Ahora te toca a ti.
Lucy le acercó las caderas, en busca de más.
—Supongo que me he metido en un lío. 
Lena le introdujo el dedo, añadió uno más y la penetró más hondo. Notaba la tensión que se acumulaba en su interior y saboreó la sensación de poder que la embargaba a medida que los gemidos de la castaña se incrementaban y cerraba los puños. Quería provocarla un poco más para prolongar aquello, pero los muslos temblorosos de Lucy la hicieron cambiar de opinión. Necesitaba ver cómo se rendía por completo. Le chupó el clítoris a un ritmo constante, hasta que su cuerpo se puso rígido y la castaña ojiazul se sacudió y se contrajo en torno a los dedos de Lena. Sus gritos agudos llenaron la habitación y Lena relajó su abrazo y levantó la cabeza para contemplarla.
Lucy tenía la cara rosada y tensa en su clímax. Le temblaba todo el cuerpo. Alargó una mano: al parecer necesitaba que la abrazara. Lena le sacó los dedos despacio y gateó sobre su cuerpo hasta desplomarse a su lado. Estaban las dos empapadas de sudor. Se abrazaron. Lucy le besó la frente y hundió el rostro en su cuello.
Bueno, aquello era extraño, se dijo Lena. No estaba acostumbrada a hacerse arrumacos después del sexo. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Quedarse allí tumbada indefinidamente o recordarle a Lucy que no eran novias y que ella no vivía allí? Notó la respiración cálida en su pecho y decidió retrasar el momento unos minutos. A lo mejor la Lucy sabía hacer masajes en los pies o cocinaba. Eso sería fantástico.
Tras pasarse un rato en brazos de Lucy, acariciándose la una a la otra, la pelirroja  se apartó y cogió su ropa. Luego se levantó y encendió la luz.
—Gracias por avisar —farfulló Lucy, pestañeando bajo la intensa luz amarillenta. Vio que Lena se vestía—. ¿Siempre eres así de... simpática?
—Oh, no. Mejoro mucho. Soy la reina de la simpatía. Mis amigos creen que estoy hecha de azúcar. Soy la mar de dulce.
Lena le tendió la mano pero, en lugar de levantarse, Lucy se la quedó mirando como si en lugar de una mano fuera una serpiente, lista para atacar. Al cabo de unos segundos la cogió e hizo caer a Lena sobre ella.
—Creía que habías dicho que no habías acabado —dijo la ojiazul, mordisqueándole la oreja.
Lena sonrió.
—Una dama sólo puede sudar hasta cierto punto en una sola noche.
Evitó a Lucy cuando trató de besarla y volvió a ponerse en pie. Esta vez se alejó de aquella mujer desnuda que había tendida en el suelo, porque estaba decidida a jugar según sus reglas. Se dirigió a la cocina y sacó dos botellas de agua del frigorífico de acero inoxidable. Dio un buen trago y, cuando se volvió, Lucy estaba apoyada en el mármol, completamente vestida. El agua helada le refrescó un poco la garganta, pero, por desgracia, no supuso alivio alguno para el calor que le abrasaba entre los muslos sólo de ver a Lucy, con sus anchos hombros y el pelo revuelto. Le deslizó la otra botella sobre el mármol.
Lucy la ignoró, rodeó el mármol y se colocó entre las piernas abiertas de Lena. Entonces la agarró de los muslos.
—Aún no estoy lista para dar por finalizada nuestra cita.
Lena estuvo a punto de atragantarse.
—¿Una cita? ¿Así es como quieres llamarlo?
Lucy la observó con una expresión de curiosidad.
—¿Por qué no?
—¿Tengo pinta de ser una persona que tiene citas?
—No sé de qué tienes pinta. —Lucy echó un vistazo a la cocina, blanca
y negra—. Pero parece que te va bastante bien. La mayoría de strippers no viven así.
Lena arqueó las cejas.
—¿A cuántas strippers conoces?
La sonrisa de Lucy se ensanchó.
—Oh, ¿no serán celos eso que oigo salir de tu boquita?
—Eh..., no. No soy nada celosa. Así que, ¿dónde vas a llevarme a cenar? —le sonrió la mujer de mirada verde-grisácea con dulzura.
Lucy paseó la mirada por su rostro y luego posó los ojos en su sexo.
—No tengo que llevarte a cenar a ninguna parte. Tú, en este taburete, ya me bastas.

Las brasas volvieron a arder entre los muslos de Lena, que atrajo a Lucy hacia sí una vez más.


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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Vie Feb 26, 2016 11:40 pm

o.o mierda, necesitare una ducha fria WinkWink wow esto esta muy excitante.. digoooo que capitulo, excelente.. si que tenias razon, me encanta Twisted Evil Twisted Evil  mierda, seria un pecado capital si digo que quiero tener a lucy de esa manera?? y despues que haga lo que quiera conmigo?? Twisted Evil Twisted Evil
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Bliznetsy el Sáb Feb 27, 2016 8:41 pm

Oooohhh Dios!!! Con ese capítulo hasta el frío se me ha ido
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Dom Feb 28, 2016 4:59 pm

Shocked  vaya que estuvo bien hot las dos muy buena síguele Very Happy
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Edirbr el Lun Feb 29, 2016 2:28 pm

Por dios que caliente esta está historia continúa pronto.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Mar 04, 2016 9:04 pm

Hunter: No, cualquiera teniendo esa mujer de esa manera tiende a pecar, pero en este fic no creo que te dee lena que le toques a su bueno "amante" ajajaajA. Gracias como siempre por comentar mis historias. Espero te sigas gustando. Saludos Smile


Bliznetsy: me alegro que te haya calentado digo gustado. Gracias por comentar siempre.Espero te siga agradando. Saludos 



VIVALEZ28: Y lo que falta, y cuando digo falta, es falta Wink Gracias por comentar. Saludos Smile


Edirbr: Gracias por comentar, y me alegro que te guste. Viene mas "calentura" Wink jajaj Saludos 




ATRÉVETE




CAPÍTULO TRES 



Lucy despertó con los bien torneados brazos de Lena y sus esbeltas piernas sobre ella. Echó un vistazo al luminoso dormitorio. Había un enorme televisor contra la pared, a los pies de la cama, y grandes ventanales dobles dejaban entrar la luz. ¿Cómo podía tener una casa tan grande y hermosa? Ninguna stripper de la que hubiera oído hablar podía pagarse aquel estilo de vida. ¿Sería Lena una señorita de compañía? ¿Una prostituta?
Lucy no acababa de creerse que la mujer que había escondido sus partes más deliciosas a sus fans fuera capaz de ofrecerlas por dinero. Sin embargo, lo que estaba claro es que de alguna manera pagaba aquella casa... O bien se la pagaba alguien. Se imaginó a un viejo amante adinerado, con su bastón y su millonaria cuenta corriente incluidos. No. No podía ser eso. A lo mejor alguna lesbiana rica quería tener a Lena y su cuerpo exquisito en casa esperándola cuando regresara de algún viaje de negocios. ¿Volvería de París en su jet privado, se lo montaría con ella y la pasearía por todo Los Ángeles para que la viera todo el mundo?
Quienquiera que pagase aquella casa ganaba un montón de dinero o estaba gastándose un montón de dinero para mantener a Lena en un entorno tan lujoso. Resultaba extraño que Lena siguiera haciendo strip-tease, dadas las circunstancias. Lucy estudió a la bella mujer que había echada a su lado, a la que se había follado una y otra vez la noche anterior. Estaba dormida profundamente, con los labios entreabiertos, y la castaña sintió el impulso de meterle la yema del dedo en la boca y notar cómo se lo chupaba.
«Venga ya. La última vez que te despertaste con una mujer tardaste un año en librarte de ella.»
La pelirroja cambió de posición y se desperezó. Abrió los ojos y miró a Lucy; después se dio la vuelta para comprobar la hora.
—¡Mierda! Te tienes que ir. Llego tarde.
—¿Tarde para qué? —preguntó Lucy, sin apartar la mirada de aquel culo perfecto, mientras Lena saltaba de la cama y se metía en el baño—. Es sábado.
Oyó el sonido de la ducha. Atónita, Lucy salió de la cama y siguió a Lena a la ducha. El jabón se deslizaba sobre su cuerpo blanco pecoso y la espuma se concentraba en su sexo. Lena le sonrió fugazmente.
—No empieces —le dijo bajo el chorro de la ducha.
Lucy se metió con ella y le besó el cuello. Saboreó el champú afrutado y le acarició las nalgas. Lena le apartó las manos de un palmetazo.
—Hablo en serio. Llego tarde.
—Seguro que puedes perder un par de minutos.
Lucy todavía no quería separarse de ella. Follársela unas cuantas noches más no le haría daño a nadie.
Cuando la espuma se deslizó sobre sus pezones endurecidos, la castaña no se pudo resistir y se los lamió con delicadeza. Al punto, los dedos de Lena se enredaron en su cabello.
—Muy bien, un par de minutos sólo...


* * *


Una hora después, Lena conducía a través de las bulliciosas calles de Los Ángeles. Todavía tenía el cuerpo insensible después del orgasmo matutino y no dejaba de pensar en Lucy. Normalmente aquel tipo de recuerdos no le duraban tanto después del sexo. Apartó a la castaña de ojos azules de su mente y trató de concentrarse en el trabajo que la aguardaba. Katin Industries estaba a punto de absorber a otra empresa farmacéutica e incrementar los beneficios vendiendo activos de la compañía y recortando la plantilla. Como muchas de las pequeñas empresas que compraba Katin Industries, ésta estaba anclada en el pasado y fabricaba sus productos en Estados Unidos, en lugar de en China, echaba mano de personal local para actividades que deberían externalizarse a la India y aún se preguntaban por qué no eran competitivos.
Aparcó detrás de un edificio de ladrillos blancos, aburrida sólo de pensar en el procedimiento legal de la absorción y cansada de volver a ser la mala en un proceso más de reestructuración empresarial. Su padre se revolvería en la tumba si supiera lo poco que le interesaba la empresa y lo mucho que deseaba dejar todo por lo que había trabajado.
La odiaría por tener aquella tentación. ¿Por qué le había tocado ser la lista de la familia? ¿Por qué no podía haber dejado a su hermano Kevin al frente
de todo?
Lena puso los ojos en blanco ante la idea. Kevin era un fracasado. Su padre le había dejado un fideicomiso en lugar de legarle unas responsabilidades que no sería capaz de asumir. Kevin vivía en Hollywood y fingía ser actor. Hacía poco había puesto dinero en una película que protagonizaba él mismo. Ni siquiera había llegado a los cines; se había estrenado directamente en DVD, pero aquello no le impedía dejar caer nombres de grandes estrellas, como si fueran sus amigos íntimos. En aquellos momentos estaba en un festival de cine en el extranjero, en busca de un puesto como coproductor en una película que la gente pagara para ver.
Lena se sentía aliviada. Al menos cuando no estaba en la ciudad no tenía que preocuparse por el siguiente desastre. Kevin sólo le hablaba cuando quería algo. Era ella la que pagaba a los abogados que lo sacaban de sus líos, como ya había hecho su padre desde que Kevin era niño. Era la única que lo llevaba a clínicas de desintoxicación y se aseguraba de que la madre de su hijo recibiera la pensión cuando Kevin «olvidaba» enviar los cheques.
Su hermano nunca se lo había agradecido. De niños habían estado muy unidos. Lena no estaba segura de cuándo habían cambiado las cosas, pero lo cierto es que se sentía como si ya no lo conociera en absoluto y eso le dolía. Suspiró y cogió su maletín de detrás del asiento del conductor, cerró el coche y atravesó el asfalto, hacia el reluciente vestíbulo de la parte de atrás del edificio.
Sus tacones repiquetearon sobre el suelo de mármol al atravesar el complejo escáner de seguridad y luego se dirigió a unas pesadas puertas de cristal. Había recorrido aquel corto trecho casi cada día de su vida durante los últimos diez años, ya desde que iba a la universidad. Kevin siempre se había metido con ella por ser «la niña de papá», porque su padre la había elegido a ella para enseñarle el negocio. Le guardaba rencor, pero no porque él deseara sentarse en el despacho de su padre, sino por el prestigio que aquello conllevaba.
El sonido de sus pasos en el vestíbulo desierto hacía que Lena deseara echar a correr. Odiaba su trabajo en el club por muchas razones, pero en la intimidad de The Pink Lady podía ser ella misma. Al menos en parte.
Douglas Whitaker se levantó de la butaca en cuanto ella entró en la sala de reuniones. Le llevaba pocos años y era la única persona con la que estaba unida en aquel horrible y apagado edificio. Era casi como un hermano. Habían tenido muchos años para conocerse, porque se habían criado el uno junto al otro. En el negocio siguieron apoyándose mutuamente y, tras la muerte de su padre, dos años atrás, ella había ascendido a Douglas a vicepresidente financiero. La decisión había despertado las iras de varios socios más antiguos que creían que aquel puesto les correspondía.
Douglas sabía que Lena se sentía fatal por destrozarle la vida a la gente y durante los últimos meses habían estado trabajando codo con codo en un plan para cambiar el rumbo de la compañía de su padre.
Dejó la chaqueta sobre el respaldo de una de las sillas y se sirvió una taza de café. Al sentarse, preguntó:
—¿Ya has encontrado novia?
La vida de Douglas estaba dedicada por entero al trabajo y la pelirroja solía bromear con que lo que necesitaba era un buen revolcón. Por su parte, él opinaba que ella tenía que sentar la cabeza.
—Algunos tenemos otras prioridades más importantes que acostarnos con alguien —repuso Douglas.
Lena rió y sacó unos expedientes de su maletín.
—No sé —dijo, mientras abría el esquema del proyecto—. No veo cómo puede funcionar esta idea.
—¿Has pensado lo de cambiarle el nombre y punto? 
—¿Para qué? Si no puedo cambiar la compañía, ¿de qué iba a servir?
Douglas se sentó hacia atrás y la fulminó con la mirada.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes tanto miedo últimamente?
—No tengo miedo.
Lena desvió la mirada. La había calado, eso seguro. Le horrorizaba hacer cambios en algo que le había importado tanto a su padre, aunque no estuviera de acuerdo en el modo en que hacía los negocios. Había querido a su padre más que el aire que respiraba y se sentía culpable por despreciar la empresa. En lugar de estar orgullosa, se avergonzaba de la mentira en la que se veía obligada a vivir. Lo único que quería era asumir el papel de su padre y preservar su legado. Si cambiaba la empresa, sería como ignorar sus últimos deseos y aquello era algo que la atormentaría de por vida.
El dilema le hacía pasar las noches en vela. Para alcanzar sus deseos, tendría que ir en contra del curso que había sentado su padre. Si fallaba, sería como clavarse un cuchillo: tendría que seguir haciendo algo que acabaría por destrozarla, que le chupaba el alma adquisición a adquisición.
—Si lo hago, estoy jodida, y si no lo hago, también. —Volvió a mirar a Douglas a los ojos—. ¿Es que no lo ves?
Él le cogió la mano y su rostro cincelado de rasgos duros se dulcificó.
—Cariño, sabes que tu padre te quería más que a nada en este mundo. Te dejó esta empresa porque sabía que podrías con ella. No le gustaría saber que eres desgraciada. Y a mis padres tampoco.
A Lena se le llenaron los ojos de lágrimas. Artie y Ellie Whitaker eran los mejores amigos de su padre y prácticamente la habían adoptado cuando éste murió. Ellie también había llenado el vacío que le había dejado la marcha de su madre. Hacía las cosas que normalmente haría una madre y, al crecer, Lena siempre supo que podía acudir a ella si necesitaba hablar con alguien. Artie era más reservado que su afectuosa esposa. Incluso a sus treinta y un años, Lena todavía se encogía de miedo como una niña cuando él la reñía. Douglas tenía razón. Ellos querrían lo mejor para ella, pero no podía fallarle a su padre, costara lo que costara. Dejando las cosas como estaban se aseguraba de no decepcionarlo. Era el amor de su vida, nadie la había entendido nunca mejor que él. Conocía sus esperanzas y sus sueños, y ella los compartía todos con él.
Lena sacudió la cabeza y reprimió las lágrimas.
—No estoy lista para cambiar las cosas.
Douglas retiró la mano y se cruzó de brazos.
—Así que vas a seguir escondiéndote el resto de tu vida, siempre temiendo que alguien te pegue un tiro en la cabeza por la espalda. ¿Crees que la libertad que necesitas está en ese bar repugnante al que vas?
—Es mi vida —gruñó Lena, que estaba empezando a enfadarse. Se apartó de la mesa—. ¿Sabes qué? Quizá lo que tendría que hacer es vender esta maldita empresa y ya está.
Antes de que Douglas tuviera tiempo de responder, Lena salió de la sala hecha una furia y abandonó el edificio sin mirar atrás. Se metió en su Explorer, encendió el motor y se incorporó al tráfico.
—¿Acabo de decidir vender el negocio sin reflexionarlo bien antes? —murmuró para sí mientras esperaba en un semáforo.
¿Por qué no? ¿Qué se lo impedía? A lo mejor podía mudarse a Hawai y colorín colorado. Asintió frente a su reflejo en el retrovisor. Empezaba a considerar seriamente la decisión que le había venido a la cabeza en un arrebato. Ojalá lo hubiera hecho antes, en lugar de esperar a que su lista de enemigos se extendiera desde allí hasta China. Había mucha gente, probablemente cientos de personas, que desearían ponerle la soga al cuello y abrir la trampilla para ver cómo se asfixiaba hasta morir.
Katin Industries la había convertido en multimillonaria, así que no perdía nada si la vendía. Podía asegurarse de que fuera a parar a buenas manos, unas manos que pusieran en marcha su plan. Aquello era algo esencial, por
muchas ganas que tuviera de dejarlo todo y no mirar atrás.


* * *


Lucy dejó salir a sus dos últimos alumnos y cerró la puerta de la escuela de kárate de la cual era la orgullosa propietaria. Esperó a ver cómo los niños de diez años entraban en el coche de sus padres y luego fue a la parte trasera del edificio, donde estaba su Viper. Mientras se sentaba al volante, se preguntó si debía ir a The Pink Lady o a otro local de strip-tease del bulevar. Si regresaba tan pronto parecería desesperada, pero, si no iba, sería como si no quisiera volver a ver a Lena y no había nada más lejos de la verdad. Se había pasado todo el día deseando sumergirse entre los muslos firmes de aquella diosa.
Sonó el móvil justo cuando salía del aparcamiento.
—Hola, cielo. —La voz de su madre fue como un jarro de agua fría para sus fantasías.
Lucy hizo una mueca y se arrepintió de haber descolgado.
—Hola, mamá.
—¿Por qué no llamas nunca? ¿No estarás trabajando demasiado? Ya sabes que no eres de acero...
—Estoy bien, mamá. El mes que viene tengo competición. Debo estar preparada.
—Tonterías. Les das palizas a los chicos desde que aprendiste a andar.
—No es lo mismo. Además, podría ser mi último torneo. Me gustaría salir por la puerta grande.
—¡Oh, Dios! ¡Cuánto me alegro de oír eso! Podrías romperte un brazo... o peor: ¿y si alguien te rompe el cuello?
—Mamá, deja de preocuparte tanto. Tengo treinta y dos años, y nunca me ha pasado nada.
—Soy tu madre, preocuparme es mi trabajo.
—Hablando de trabajos, ¿te han dicho algo de las solicitudes que enviaste?
Obtuvo un hondo suspiro como respuesta. Su madre detestaba hablar de su incapacidad para encontrar trabajo, pero Lucy no podía pasarlo por alto. Su madre no debería vivir de la beneficencia. Y en un apartamento de
protección oficial, por Dios. Aun así, se negaba a aceptar la ayuda de Lucy, por mucho que ésta se lo suplicara. Se las arreglaba para llevarle comida con la excusa de que sólo quería dejar en la nevera cosas que le apetecía comer cuando iba de visita. Eso sí, Dios librara a Lucy de pagar alguna factura más sin que su madre se enterara. Cuando la castaña intentó pagarle el alquiler, Briggitte Scherer estuvo a punto de arrancar de cuajo el techo de su pequeño apartamento.
—No quiero hablar de eso —le dijo—. Tengo comida en la mesa y electricidad para cocinarla. Es lo único de lo que tienes que preocuparte.
Lucy puso los ojos en blanco y suspiró, exasperada.
—Como quieras, pero no sé por qué te empeñas en no querer venir a vivir conmigo. No puedes seguir viviendo rodeada de basura, en un barrio donde los traficantes de drogas ocupan las esquinas cada noche. No está bien.
—No te preocupes por esas tonterías. Soy una mujer dura. En mis tiempos les habría pateado el culo sin despeinarme. ¿O de dónde te crees que has sacado lo de ser tan butch (marimacho)?
Lucy no tenía la menor duda de que su madre había sido de armas tomar, pero ya no era tan dura. Los tiempos habían cambiado. A Lucy le ponía enferma pensar que, a pesar de tener un negocio próspero y conducir el coche de sus sueños, no se le permitía ayudar a la persona que más quería en el mundo. No entendía por qué su madre era tan terca. Todo el mundo tenía derecho a conservar su orgullo, pero a veces tenía la impresión de que su madre la estaba castigando. Si lo que quería era hacerla sentir culpable e impotente, lo estaba consiguiendo.
—Te quiero, mamá —dijo, para disimular su frustración—. Te llamaré dentro de unos días.
Nada más colgar ya se había decidido: iría al club y bebería hasta olvidar la voz de su madre y el hecho de que viviera en la miseria. Si llegaba cuando ya estuviera avanzada la noche querría decir que no estaba completamente desesperada por ver a Lena por mucho que se muriera de ganas de volver a contemplar sus curvas y abrazarla y besarla apasionadamente una vez más.
Eso sí, siempre que Lena estuviera dispuesta a convertir su rollo de una noche en un doblete.


* * *


Lena aparcó en la parte trasera de The Pink Lady y se abrió paso hacia el interior. Darren asomó la cabeza y dejó escapar un silbido agudo.
—Me la pones dura cada vez que vienes vestida con tu traje de ejecutiva.
—Cierra el pico, pervertido.
—Huy, alguien se ha levantado gruñona. Ven aquí y dale a papaíto un buen beso con lengua.
Darren se le acercó agitando los dedos y con la lengua fuera, imitando a Gene Simmons. Lena gritó y corrió a esconderse en el camerino. Él le pisaba los talones cuando ella saltó sobre la silla y se hizo un ovillo. Darren la rodeó con los brazos y la embistió como un perro en celo.
—Venga, nena —la apremió. Hizo un sonido húmedo y ella gritó de nuevo y se tapó la oreja—. Mi preciosa y sensual drag queen.
—Quita de encima, chucho.
Darren soltó una risita y se apartó.
—Has llegado pronto. ¿Qué ha pasado?
Lena se alisó la ropa.
—No estaba de humor para trabajar después de mi reunión con Douglas.
—Oh, là, là... Ese cuerpazo...
—Es hetero.
—¿Y?
—Voy a vender —soltó, antes de que le diera por cambiar de idea.
—Coño, ya era hora. —Darren se dejó caer en su regazo—. ¿Puedo retirarme contigo a alguna isla paradisíaca? Por favor, mami. Seré bueno y me lavaré toda la ropa. Hasta guardaré mis muñequitos en la cama para usarlos sólo de noche. —Se metió el pulgar en la boca y arqueó las cejas repetidas veces.
—Apártate, loco.
Lena se lo sacó de encima y empezó a desabrocharse la camisa.
—Hablando de locos, has recibido una llamada muy rara hoy. Una mujer que decía que te iba a matar o algo así. Hablaba con uno de esos aparatejos que distorsionan la voz. Le he dicho que eras cinturón negro y que podías romperle el cuello como si fuera una ramita con las manos desnudas. No parecía muy impresionada.
Le quitó el papel a un chicle y se lo metió en la boca, como si aquella conversación fuera lo más normal del mundo.
—¿Matarme?
—Sí. Seguro que será alguna gilipollas a la que habrás rechazado —sonrió con sorna—. Cariño, no hagas como si fuera la primera vez que oyes algo así. Yo estaba aquí la noche que tu ex trajo a aquella bomba de relojería.
—Cierto.
La imagen de la nueva novia de Pam le vino a la cabeza. Vaya si se había puesto celosa por culpa de Lena. Pam la llevó al club una vez: craso error. Se había mostrado muy desconsiderada durante su aventura, así que Lena había decidido demostrarle a su nueva novia la «joya» que se estaba llevando. Contoneó su cuerpo sudoroso por todo el escenario con la intención de que Pam no le quitara ojo de encima y el plan funcionó durante un rato. Sin embargo, en lugar de montarle un número a Pam o largarse de allí, la novia la tomó con Lena. Saltó al escenario, gritando como una loca, y amenazó a la pelirroja con hacerle de todo menos maquillarla y pintarle las uñas.
Pobre Pam. Ya no podía volver a ningún local gay de strip-tease mientras se acostara con aquella monada. No es que a Lena le importara una mierda con quién salía Pam.
En realidad lo sentía por la novia, porque sabía lo que le gustaba flirtear a Pam. Sonrió, se quitó el sujetador y escogió un top del armario. La llamada debía de tratarse de una broma para asustarla. Por suerte, no se asustaba con facilidad.
Alguien llamó a la puerta y Darren dejó escapar un chillido agudo que le heló la sangre. Lena se volvió, con el corazón en un puño. Sharon estaba en la puerta y parpadeaba conmocionada, con la mano en el pecho.
—¿Por qué gritas, idiota? —exclamó, lanzándole a Darren una mirada furibunda.
—No te irás a dejar el pelo así, ¿verdad? —Darren se abanicó—. Va en contra de la ética de la belleza. Los dioses de la moda llorarán de pena. Ríos de lágrimas saladas arrasarán las calles y contaminarán los pantanos. Se gastarán millones en plantas desalinizadoras. La ciudad se arruinará. ¡Tienes que hacer algo con ese pelo!
Lena se dobló sobre sí misma, muerta de risa. Tampoco es que fuera el fin del mundo. Sharon llevaba rulos, simplemente.
—Serás capullo. —Sharon puso los brazos en jarras y esbozó una sonrisa cáustica—. Lárgate de aquí y llévate a los cobardicas de tus dioses de la moda.
—Ay, perdóname, Cruella de Vil. Con un pelo como ese deberías llevar una carnada de cachorritos detrás de ti. La próxima vez te arreglas antes de venir a visitarnos.
Salió por la puerta, esquivando a Sharon cuando intentó darle un manotazo. Lena se quitó los pantalones y se puso una minifalda, tratando de ignorar a Sharon. No obstante, ésta le rodeó la cintura con los brazos y le lamió la espalda.
—¿Por qué no dejas que cierre la puerta y te acelere un poco el pulso?
Lena le apartó las manos.
—Ya te lo dije. No mezclo los negocios con el placer. No deberías haberme pedido que trabajara aquí si no eres capaz de mantener tu parte del trato.
—Entonces estás despedida. Ya no puedo pasar un día más sin este cuerpo tan delicioso.
Lena se apartó de ella.
—Lo siento, jefa, no puede ser.
—¿Es por esa mujer que te llevaste a casa anoche?
—Eso no es asunto tuyo.
—Vaya, lo siento. No te alborotes. —Sharon le sonrió con amabilidad y le tendió un sobre amarillo—. Habían dejado esto para ti en la barra cuando salí del despacho.
Lena cogió el sobre, sin despegar los ojos de la mirada seductora de Sharon.
—Gracias.
—De nada, culito prieto.
Sharon le dio una palmada en el trasero al salir. La pobre estaba enamorada de Lena. Tenía un buen polvo, pero el amor era lo último en lo que había pensado Lena cuando estaba con Sharon. Lo último en lo que pensaba, y punto. Debería haber dado por finalizada aquella aventura hacía tiempo, antes de romperle el corazón a Sharon. Quizá debería pensar en dejar el trabajo. En realidad no lo necesitaba y estaba harta de los clientes de The Pink Lady. Sin embargo, valía la pena todo aquel lío por la libertad que le daba para jugar y divertirse. Y, si se iba, echaría de menos a los amigos que había hecho allí.
Lena miró el sobre. Llevaba su nombre escrito, pero nada más. Lo abrió y sacó una nota doblada por la mitad. Cuando leyó el mensaje fue como si el corazón se le fuera a salir del pecho. Tres palabras. Nada más.
ESTÁS MUERTA, ZORRA.
 

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Vie Mar 04, 2016 10:16 pm

o.o mierda, lena esta en problemas.. porque vender un legado si sabe que puede salvarse?m en fin... joder quien sera la loca que la este amenazando?? se me ocurre que puede ser una loca celosa que salio con lucy (y la siguio para ver donde y xon quen estaba la castaña), aunque no se, o puede ser una loca que conozca a len (como verónica) y ella la haya rechazado, eso esta raro **cara de confusion**... peeeero el ff esta de maravilla.. me encanta..
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mar 05, 2016 10:16 pm

oh oh ya van empezar los problemas con Lena :O
Síguele Very Happy
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Julenka el Vie Mar 11, 2016 8:43 am

Woe no habia tenido el tienpo para leer esto pero denasiado hermoso y hot. Yo soy fan de tatu y por eso me pregunto si sería un pecado que me guste mas que Elena haga pareja con Lucy que con Julia. Lo siento así, y con las inagenes que cuelgas en tu otro fic de ellas siento que se complmentan mucho. Bueno porfavor no tarde en subir mas que muero por leer

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Mar 11, 2016 10:10 pm

Les dejo un capítulo más, saludos.


Hunter: Gracias por siempre comentar, espero te siga gustando todos lo que pasará, saludos Smile



VIVALEZ28: Y nos sabes cuantos, saludos. Smile


Yulenka: No es pecado, hay gustos y gustos, y es genial que a vos te guste la variedad, y mis historias, gracias por comentar, saludos Smile






ATRÉVETE




CAPÍTULO CUATRO 


Lena paseó la mirada por la sala, en busca de algún rostro que estuviera lleno de odio. Aunque intentaba no pensar en la nota, no podía evitarlo. La llamada de teléfono podía considerarse un chiste desafortunado de alguna borracha despechada. Quizás alguien a quien le había rozado la mano había creído que sería divertido amenazarla. ¿Pero quién iba a tomarse la molestia de dejarle una nota? Aquello ya era otra historia.
Giró alrededor de la barra y se deslizó hasta el suelo, mientras se acariciaba todo el cuerpo y arqueaba el pecho. Las mujeres gritaron hasta desgañitarse. Cada ápice de piel que recorría con los dedos le recordaba a Lucy. Deseaba notar sus manos deslizándose por los mismos caminos, sus labios sobre los suyos y sus cuerpos tan apretados que no quedara espacio ni para sudar.
Cuando terminó la música compuso una sonrisa falsa y volvió a estudiar a la multitud. Seguro que la persona que la quería muerta estaba allí aquella noche, esperando la oportunidad perfecta. O quizás el plan era jugar con ella hasta convertirla en un manojo de nervios.
—No he visto a nadie —dijo, al salir del escenario.
Darren también observaba a las mujeres enloquecidas desde detrás del telón. Esbozó una sonrisa tranquilizadora.
—Lo más probable es que sea una broma estúpida.
—Seguro que sí.
Una de las bailarinas se había puesto enferma, así que Lena tenía otra actuación aquella noche, antes de irse a casa. Fue a buscar a Sharon y la encontró encorvada en su silla, frente a la pantalla de su ordenador.
—¿Estás segura de que no viste a nadie dejar la nota?
Sharon le hizo un gesto para que entrara.
—Tendría que haberte llamado, pero esperaba que al final no fuera nada —titubeó, como si no supiera si debía continuar—. Creo que la persona que hizo la llamada es la misma que dejó la nota. También llamó anoche, justo después de que te fueras.
Boquiabierta, Lena balbuceó:
—¿Anoche? ¿Qué dijo?
—Te amenazó a ti y a la mujer con la que te fuiste.
El miedo se apoderó de la pelirroja y le atenazó la boca del estómago.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—No quería asustarte. Creí que era una broma de mal gusto, como todas. —Una expresión de preocupación ensombreció su rostro—. Pero usó tu nombre real.
Lena se apoyó en la pared.
—Dios mío, ¿estará espiándome?
Sharon se preocupó todavía más.
—Creo que deberías venirte a mi casa unos días.
—Sé cómo defenderme, Sharon.
—Ya lo sé, pero si te pasara algo no podría soportarlo.
Lena se compadeció de Sharon. Lo sentía por ella, pero no la amaba. Y no quería hacerle más daño quedándose en su casa como cualquier otra invitada a sabiendas de que Sharon querría más.
—Gracias por la oferta, pero estaré bien.
Sharon negó con la cabeza.
—Supongo que siempre puedes dejar que tu nuevo ligue libre tus batallas.
Lena se mordió la lengua para no mandarla a la mierda y regresó al bar sin pronunciar palabra. Había un taburete libre entre los hombres que rodeaban el escenario en aquel momento. Darren apareció desde detrás del telón, con su boa ondeando a la espalda. Los hombres lanzaron alaridos y dieron palmadas en el suelo del escenario para que Darren se les acercará. Alguien se deslizó detrás de Lena y ella miró por encima del hombro. Era una mujer corpulenta, con el pelo rubio, de punta. Le hizo un gesto con la cabeza. Lena le dio un repaso rápido y admiró sus potentes muslos y los hombros anchos.
—Es divertido —dijo la rubia, con voz ronca y profunda.
—Sí que lo es. ¿Te va?
Lena bajó la mirada hasta la entrepierna de la mujer: nunca se podía estar del todo segura con algunas travestís.
—Me va la gente divertida, pero no me van los hombres, si es lo que preguntas.
Lena sonrió.
—Sí, supongo que era eso lo que preguntaba.
—Me llamo Paula. —La mujer le tendió su manaza—. Encantada.
Lena le dio la mano. La de Paula era áspera y callosa.
—Verónica. Encantada.
—¿Vas a volver a bailar? —preguntó. Sus ojos verdes relampaguearon.
—Sí.
—Bien, estoy impaciente.
Para asombro de Lena, la rubia cogió su bebida de la barra y se fue a un rincón. Los pensamientos de la pelirroja volaron a toda velocidad. ¿Sería ella? ¿La persona que le había dejado la nota sería capaz de acercarse a ella con tanta facilidad?
En aquel momento se abrió la puerta principal y una ráfaga de aire caliente entró en el local. Lena miró de reojo y casi se puso en pie de golpe. Lucy estaba en la entrada y su cuerpo de vicio era como un imán para ella. Se agarró de la barra; sus ojos se encontraron. Los apetitosos labios de Lucy se curvaron en una sonrisa.
«Oh, sí. Tengo que volver a probarlos.»
La castaña se deslizó entre la multitud y se sentó en el taburete que había quedado libre junto a Lena.
—No sabía si volver aquí o no.
—¿Por qué dices eso?
Lena recorrió con los ojos el estómago firme bajo la camiseta, de color azul claro, de Lucy. Quería volver a explorar aquellos abdominales y mucho más.
Lucy se encogió de hombros.
—Volver o no volver...: esa es la cuestión.
—Haz lo que te apetezca, nena. Yo estoy aquí para bailar, subir la temperatura y acelerarles el pulso a unas cuantas —Lena le guiñó un ojo.
«Sobre todo a ti.»
—¿Crees que podríamos repetir lo de anoche?
Lena sonrió. Sintió un cosquilleo en la entrepierna, que empezó a palpitarle automáticamente.
—Supongo que lo podría arreglar.
Un súbito palmetazo en la barra la hizo volverse.
—Hora de mover el culo, ricura. —Sharon señaló el escenario—. Venga.
Lucy tensó la barbilla un instante y a Lena se le disparó el corazón en el pecho. Sintió el impulso de meterle la lengua en la boca y degustar el sabor de su pasta de dientes. Hizo un esfuerzo para que no le temblaran las manos y bajó del taburete. Normalmente nunca se ponía nerviosa antes de salir al escenario, pero saber que Lucy estaría mirando lo cambiaba todo.
 
* * *
 
Lucy sintió una antipatía inmediata por la mujer que se le puso delante y le bloqueó la vista del escenario.
—Hola. Soy Sharon Scott, la dueña del local. ¿Quieres beber algo o qué?
—Cerveza.
Sharon puso una botella en la barra con malos modos.
—Está cogida, ¿vale? —gruñó, con una mueca en los labios.
Lucy apartó la mirada de la cerveza y miró fijamente aquellos ojos, que reflejaban aversión.
—Bueno —musitó, bajando del taburete—. Alguien debería recordárselo a ella.
Cogió la cerveza por el cuello de la botella, dejó un billete de cinco dólares en la barra y se abrió paso entre la multitud, para encontrar un buen sitio desde donde ver el baile erótico de Lena. El corazón le dio un vuelco cuando las luces se apagaron y una pierna fabulosa se insinuó entre las cortinas y se estiró en el aire. Tras la pierna apareció una mano, que se acarició el muslo. Y de repente el telón se corrió y la castaña notó que la respiración se le atoraba en la garganta.
Lucy la miró a los ojos mientras avanzaba hasta el borde del escenario y se ponía de rodillas. El público le metió billetes de dólar hasta en el último hueco libre del tanga. Levantó el trasero en el aire y apoyó la cara en el suelo.
Lucy se le ocurrían un millón de cosas que hacerle a aquel culo tan apetecible, a aquel cuerpo, a aquellos labios... Diablos, a cada centímetro de su piel, firme y caliente. Sintió que su entrepierna se humedecía cuando los ojos verdes grisáceos de Lena la taladraron y su seductora sonrisa la desarmó.
Una mujer fornida, con el cabello rubio de punta, se abrió paso entre la multitud de lesbianas y travestís gritonas. El gorila que vigilaba a un lado del escenario le bloqueó el camino. Su piel oscura relucía como el ónice bajo las luces del escenario. La mujer le dio un billete y le dijo algo. Él dobló el billete por la mitad y le hizo un gesto con la mano a Lena, para que viera el dinero. Ésta asintió y la mujer subió al escenario. El gorila subió una silla tras ella.
Lucy sintió que el fuego la consumía cuando Lena hizo sentar a la rubia en la silla, le puso el tacón en el pecho y le pasó los dedos por la entrepierna. Empezó a sudar mientras la pelirroja  ejecutaba los mismos movimientos seductores que había practicado con ella en el cuarto interior. Deslizó las manos por debajo de la camiseta y le acarició el canalillo y el vientre. Después, le lamió las orejas mientras sus fans enloquecían.
Lucy se removió en la silla. Estaba más que dispuesta a arrancarles la cabeza a todas y tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no saltar al escenario y llevarse a Lena a rastras. Echó un vistazo a las mujeres que contemplaban el espectáculo con los ojos desencajados y, cuando volvió a prestarle atención al escenario, Lena y ella se miraron a los ojos. La pelirroja le dedicó un guiño coqueto, para hacerle saber que no se había olvidado de ella.
Lucy hizo un esfuerzo por calmar el latido desbocado de su corazón y le devolvió la mejor de sus sonrisas, aunque por dentro los celos la estaban volviendo loca. En realidad no quería ver lo que iba a pasar a continuación, pero, aun así, era incapaz de apartar la mirada.
Lena se puso delante de la mujer. De cara al público, flexionó las rodillas e inclinó la cabeza. El cabello le cayó hacia delante, como una cascada de rizos rojos. Retrocedió despacio hasta ponerle el culo en el regazo a la otra mujer, abrió las piernas para montar a horcajadas encima de ella y echó la cabeza hacia atrás, agitando sus rizos rojizos en el aire. Con las caderas contra el estómago de la mujer, empezó a hacer un movimiento ondulante y a frotarse lentamente en círculos.
A la castaña se le aceleró el corazón todavía más cuando la mujer le deslizó las manos entre las piernas. Lena se las apartó, se puso en pie y negó con la cabeza. Lucy sonrió. Era la parte que más le gustaba: ver cómo la bailarina arrogante hacía trizas a la contrincante que se atrevía a desafiarla.
Cuando acabó la canción, la rubia se fue con Lena tras el telón. Transcurrieron varios segundos y la castaña se puso tensa. No sabía qué hacer.
¿Debía seguirlas y quitarle de encima a aquella fan babeante o debía quedarse donde estaba y dejar que Lena se ocupara de sus propios asuntos? Al fin y al cabo, tenía que estar acostumbrada, ¿verdad? El caso es que Lucy no lo estaba y empezaba a replantearse muy seriamente qué necesidad tenía de volver allí aquella noche, cuando por fin el telón se abrió y el travestí asomó la cabeza.
—Harold, necesitamos ayuda aquí detrás —le gritó al gorila del escenario.
Lucy saltó de la silla, superó al gorila y se abrió paso a codazos hasta el escenario. Cuando apartó el telón, casi tropezó con la rubia del pelo de punta que había pagado el lapdance público. Estaba tirada en el suelo, como un saco de patatas; Lena estaba de pie a su lado, con el fino tacón sobre su pecho.
El gorila chocó con Lucy y, al mirar al suelo, se echó a reír.
—¿Quién necesita a un guardaespaldas cuando tenemos a Veronica?
Agarró a la fan demasiado ansiosa y la puso en pie.
—Vamos, ya has tenido bastante por esta noche.
—¡Zorra! —le gritó a Lena.
El bello rostro de la pelirroja se contrajo por la ira y en ese instante pareció darse cuenta de algo.
—¿Eres la chiflada que me ha dejado esa sucia nota?
La rubia le sonrió con malicia y Lucy notó un escalofrío, e instintivamente adoptó una pose defensiva.
Harold arrastró fuera a la furiosa mujer, haciendo uso de su envergadura para bloquear sus intentos de volver a saltar sobre Lena.
—Fuera —le gritó.
La mujer rechinó los dientes y le dio un buen repaso a Lena con ojos hambrientos.
—Recuerda mi cara. Un día volverás a verla.
 
 

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Vie Mar 11, 2016 11:15 pm

wow esto esta que arde.. lucy tuvo mucho autocontrol sino la hubiera follado ahi mismo.. y len no le iba a decir que no... Twisted Evil jajaja joder yo menos... jajaja y sharon esta clavada por lena y katina esta entregadisima a lucy jajajaja
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Julenka el Miér Mar 16, 2016 8:46 pm

Me encanta esta historia. No tardes la conti.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Mar 16, 2016 8:56 pm

Hola,aquí tiene más de esta historia. Espero les guste. Hunter y Yulenka gracias por siempre ser fieles a mis historias, un saludo enorme y espero les siga gustando Very Happy las dos son lo más Wink


ATRÉVETE

CAPÍTULO CINCO

—He conseguido información sobre tu fan desesperada —anunció Harold al unirse al pequeño grupo congregado ante el camerino de Lena.
—¿Tienes su nombre completo? —preguntó Lena.
—Paula Riching.
A Lena se le hizo un nudo en el estómago. Le había venido un nombre a la cabeza: Riching Incorporated. ¿Cómo iba a olvidarse? Su padre había muerto dos semanas después de aquella absorción, de un ataque al corazón.
—Mierda —maldijo—. Odio todo lo que hago: mi trabajo, mi vida..., todo.
Sharon apartó a Lucy y abrazó a Lena.
—No pasa nada, muñeca. Deja que te lleve a casa y te prepare un baño caliente. Tienes que descansar. —Aflojó su abrazo y miró a Lena a la cara—. No quiero que sigas bailando. No lo soporto.
La pelirroja la miró, sorprendida, esperando que de un momento a otro se convirtiera en la niña del exorcista y hubiera que llamar a un cura. La dura mujer de negocios que conocía se había convertido, de repente, en una novia cursi que quería cuidar de ella.
—Nunca antes te había molestado.
—Tonterías. Sólo quería que fueras feliz. Pero hasta aquí hemos llegado. Si tengo que despedirte, lo haré.
—Lo que tú digas. —Lena se apartó de ella—. Creo que has pasado demasiado rato entre botellas.
Lucy posó sus ojos azules eléctricos en Lena. Su mirada transmitía preocupación.
—¿Hay algo que deba saber? ¿Quién coño era esa tía?
—¿Y qué más da? —murmuró Lena, mientras se ponía los vaqueros de 
un tirón—. Joder, ¿acaso una ya no tiene intimidad o qué?
Nadie hizo el menor ademán de marcharse.
Darren se sentó en el sofá al estilo indio.
—¿Crees que es la misma persona que te dejó la amenaza de muerte? Parecía muy cabreada contigo.
—¿Amenaza de muerte? —repitió Lucy, furibunda—. ¿Te han amenazado?
—Ya nos estamos ocupando de eso, ¿verdad, cielo? —intervino Sharon, dándole unas palmaditas a Lena y fulminando a la castaña con la mirada. Se le notaba el disgusto en la cara.
Lena se calzó unas zapatillas.
—Parecía más interesada en otras cosas, no precisamente en abrirme la garganta.
Echó un vistazo a su alrededor. Darren, que era incapaz de pelear, ni que le fuera la vida en ello, se miraba las uñas. Sharon fingía que eran la pareja perfecta y miraba a Lucy como si fuera a hacerla pedazos. Harold estaba listo para entrar en acción: sólo tenía que decir la palabra. Y Lucy se veía igual de peligrosa.
—Necesito pensar. —Lena se frotó las sienes.
—Voy a recoger mis cosas y nos vamos —se apresuró a decir Sharon.
Con las prisas por llegar a la puerta, prácticamente tropezó ella sola.
—Me voy a mi casa, Sharon.
Lena miró a Lucy a los ojos.
—¡No vas a irte a casa con ella! —exclamó Sharon con una mueca de desagrado—. Apenas la conoces. No es más que una desconocida a la que te has follado.
Lena se enfureció.
—¿Nos dejáis a solas un momento? —Miró a todos con frialdad—. Fuera. ¡Ya!
—Santa María Madre de Dios... —Darren se levantó volando del sofá y arrastró a la ojiazul con él—. ¡Corred si queréis vivir!
Harold encabezó la huida. Se movía bastante deprisa para el tamaño que tenía. Cuando salieron, cerraron la puerta.
—¿Pasa algo? —quiso saber Lucy, indecisa en el vestíbulo. 
—Chist. Me encantan las peleas de gatas —dijo Darren, con la oreja pegada a la puerta.
—No pasa nada —la tranquilizó Harold—.Saben dónde está el límite.
—Esa mujer no te conviene. ¡Ni siquiera es tu tipo! —se oyó gritar a Sharon al otro lado de la puerta.
Lena enarcó una ceja.
—¿Se ponen así muy a menudo?
—Pse —dijo Darren—. Pero es muy divertido verlas.
—¡Tú no tienes ni puta idea de cuál es mi tipo! —chilló Lena—. ¡Y no eres nadie para decirme a mí con quién puedo o no puedo acostarme!
—Aléjate de la puerta, loco —dijo Harold, tirando de Darren—. Se oye perfectamente desde aquí.
—Pero los puñetazos no se oyen. Quiero saber cuándo ha llegado el momento de llamar a una ambulancia.
—A lo mejor debería irme... —farfulló Lucy.
¿Después de pelear también les daba por echar un polvo de reconciliación?
—¡Quiero que vuelvas conmigo! —continuó Sharon—. Y no sólo como un polvo ocasional. Quiero algo más.
—Ay, mierda. —Darren se tapó la boca, dramáticamente—. Llama a emergencias. La está tocando.
—¡Quítame las putas manos de encima! —La respuesta inmediata de Lena resonó—. No te quiero. No hagas esto más difícil.
Siguió un largo silencio. Darren pegó todavía más la oreja.
—Te lo voy a decir una última vez. Quítame las manos de encima.
Lucy contuvo la respiración. El tono de Lena era inflexible. No estaba de broma.
—Le va a perdonar la vida a la jefa. —Darren juntó las palmas de las manos y miró al cielo—. Gracias, Dios. Dioses de la moda, Virgen María y..., joder, todos los de ahí arriba. Necesito cobrar esta noche.
—Muy bien, ve y arruina tu vida. Como si no estuviera ya lo bastante jodida. Y más ahora que tienes a tus enemigos pisándote los talones. Lárgate de aquí.
Darren retrocedió y se puso a silbar una burda imitación de la tonadilla 
de The Andy Griffith Show. La puerta se abrió.
Lena estaba fuera de sí. Miró a cada uno de sus amigos y finalmente posó los ojos en la castaña.
—¡Vámonos!
A Lucy nunca le había sentado bien que le dieran órdenes pero, aun así, siguió a Lena. La fresca brisa nocturna le acarició el pelo, pero no hizo nada por mitigar el calor que se acumulaba entre sus piernas. El espectáculo de la noche le había disparado el corazón y ver a Lena tomando el control había sido un plus.
—Me pone negra, joder.
La pelirroja dio una patada en el suelo, esparciendo varios guijarros.
—Eso he oído. —Lucy se encogió de hombros cuando Lena levantó la mirada—. Las paredes son finas.
—Sí.
—Conozco un sitio perfecto donde podemos ir para que descargues adrenalina.
Lena sonrió ampliamente.
—¿Incluye una cama?
—No, pero hay colchones.
—Te sigo.

* * *

—«Escuela de Kárate Scherer» —Lena arqueó una ceja—. Estoy impresionada.
—Gracias.
Lucy se sentía muy orgullosa. Nunca había pensado que sería tan gratificante que otra persona apreciara lo que hacía para ganarse la vida, pero la cálida sensación que le acarició el estómago hizo que valiera la pena todo el nerviosismo de la noche. Guió a Lena hacia el interior y cerró la puerta tras ellas, antes de hacer un movimiento circular con la mano.
—Bienvenida a mi segundo hogar.
Lena observó las fotografías enmarcadas y leyó las placas de los trofeos. 
—Vaya, has ganado muchos campeonatos.
Lucy hizo una reverencia.
—Debe de ser fantástico.
Lena se dirigió hacia una vitrina donde había varios cinturones de colores diferentes y luego paseó hasta otra estantería de trofeos y acarició una figurita. Lucy se imaginó sus dedos acariciándole la piel con la misma dulzura y la entrepierna le ardió.
—Bueno, decías algo de quemar adrenalina. —Lena la arrancó de su fantasía.
—Sí, ven conmigo.
Lucy la llevó a los vestuarios y le pasó unos pantalones de chándal.
—Toma, póntelos.
En lugar de entrar en uno de los vestidores, Lena le sonrió, seductora, y se desabrochó los pantalones. Se los bajó lentamente, contoneando las caderas. Lucy echó mano de toda su voluntad para reprimirse y no arrancarle el tanga blanco de encaje. Lo que no pudo fue apartar los ojos de sus tentadoras curvas mientras terminaba de cambiarse.
—¿Lista? —le preguntó Lena con una sonrisa traviesa.
Lucy casi había dejado de respirar. La piel le ardía.
—Primero, estiramientos —murmuró.
Fue lo mejor que se le ocurrió, cuando lo único en lo que era capaz de pensar, en realidad, era en meterle los dedos a Lena y hacerla chillar de placer.
—Sí, señora —respondió Lena, imitando un saludo militar.
Se tumbó en el suelo, juntó las piernas y las mantuvo levantadas. Poco a poco, se abrió de piernas y, de repente, dio un giro y quedó tendida sobre el suelo boca abajo, con la mejilla sobre la lona.
«Dios, dame fuerzas.»
—Arriba —le ordenó Lucy, antes de perder el control. Se puso protecciones en las manos y añadió—: Pega, con fuerza. Hasta que te sientas mejor.
—Estás bromeando, ¿no?
—¿Por qué iba a hacerlo? Te hará sentir mejor. Puedes descargar tu ira conmigo. 
La pelirroja agachó la cabeza y la sacudió para soltarse el pelo.
—¿Qué? —preguntó Lucy, confundida.
—No eres demasiado perspicaz, ¿eh? la castaña le ofreció una de las manos enguantadas con la protección.
—Cuidado con lo que dices, mujer.
Lena sonrió, paciente, y apuntó:
—¿No has visto lo que le ha pasado a la zumbada del club?
—¿Crees que me puedes tumbar con un puñetazo de casualidad? —rió Lucy.
—Muy bien, levántalas.
Lena levantó los puños y se puso en posición defensiva. Lucy obedeció. Quería ayudarla a aliviar su enfado y después hacerle el amor en el suelo allí mismo. Quería reseguir cada curva de su cuerpo y oírla gemir de placer.
—Bien —le dijo, cuando Lena le dio un puñetazo flojo—. Ahora más fuerte, hasta que notes que se te pasa el enfado. No te reprimas.
—Ni se me pasaría por la cabeza.
Lena le dio más fuerte, un puñetazo detrás de otro. Sus delicadas manos impactaban con energía contra las protecciones.
—Vaya, parece que has nacido para esto. ¿Te encuentras mejor?
—No mucho, pero es divertido. ¿Cuándo nos ponemos en serio?
—¿En serio?
Lena dio un puñetazo tan fuerte que habría hecho caer de rodillas a cualquier oponente y, a continuación, se agachó y barrió los pies de Lucy con una pierna. Ésta cayó de lado y lanzó un gruñido, rectificando la caída instintivamente. Lena la empujó, la puso de espaldas, montó sobre ella a horcajadas y le inmovilizó los brazos por encima de la cabeza. Le quitó las protecciones de las manos y las tiró a un lado.
—Taekwondo —musitó Lena. Lucy sintió su aliento de canela en la cara. Con una dulce sonrisa, la pelirroja añadió—: Nunca subestimes a tu oponente.
Lucy se la quedó mirando con incredulidad. El deseo recorría sus venas como un torrente. Se le agitó la respiración y se le puso la carne de gallina.
«Me la voy a follar hasta dejarla sin sentido.>>

* * *

Lena se sumergió en los ojos más hermosos que había visto en la vida. La mirada de sorpresa total en el rostro de Lucy la había puesto tan caliente que quería arrancarse la piel. Era una pena que Lucy no fuera más que un polvo. Se imaginaba sentando la cabeza con alguien como ella, una persona amable y considerada, pero al mismo tiempo fuerte como una roca e increíble entre las sábanas.
—Ven aquí —le susurró la castaña, con aquellos labios tan sensuales.
Lena se inclinó sobre ella hasta cubrir su boca con sus labios y Lucy le metió la lengua, suave y húmeda, hasta el fondo. Gimió al enredar su lengua con la de Lucy y le acarició el pelo con los dedos. La de ojos azules le dio la vuelta hasta colocarse encima y le abrió las piernas con las rodillas. Enseguida le frotó la entrepierna con los dedos, dejando un reguero de fuego a su paso. Entonces le besó el cuello y le trazó un sendero húmedo sobre la piel con la lengua.
—Llevo todo el día pensando en follarte —susurró.
La mirada de Lucy hacía que Lena se sintiera como una obra de arte en un museo.
—No hables. —Le puso un dedo sobre los labios—. Sólo hazlo.
Cerró los ojos cuando Lucy le pasó la mano por el trasero y le quitó los pantalones y la tanga. El top fue el siguiente en desaparecer. Lena le rodeó el cuello con los brazos y frotó las caderas contra el firme estómago de Lucy. Deseaba un orgasmo, lo necesitaba. Contuvo el aliento cuando la castaña deslizó los dedos entre sus piernas. Un ansia insaciable se apoderó de ella y tomó aire cuando Lucy le rozó el clítoris. Los suaves movimientos circulares no le bastaban y la embistió con fuerza, dejando caer la cabeza hacia atrás.
En aquella ocasión Lucy no jugó con ella. Al parecer, sabía perfectamente lo que Lena necesitaba y también cómo dárselo. 

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Miér Mar 16, 2016 9:53 pm

Una buena desahogada :3 ya espero conti Very Happy
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Miér Mar 16, 2016 9:55 pm

joder, sharon esta totalmente loca por katina, jajajaja y la pelirroja ni la hora le da, jajajaja quien puede ser tan idiota en no caer en los encanto de lucy? la atraccion entre lena y lucy es tan fuerte y poderosa, que creo que se terminaran enamorando perdidamente.. es tanta la necesidad de ambas de estar juntas que ni cuenta se daran que se enamoraron.. bue, al menos es lo que percibo, puede que este equivocada, aunq me teng fe.. excelente cap, una maravilla... gracias por compartir esta historia, realmente me encanta
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Mar 21, 2016 8:12 pm

, un nuevo capítulo de esta historia esta aquí para ustedes.




VIVALEZ28: Y no sabes cuantas de esas dosahogadas habrá. Creop que este capítulo te va gustar Wink  jaja Gracias por comentar.


Hunter: Pobre Sharon da lastima, ella no entiende que no significa nada para lena por dios, Lena solo tiene en la mente los ojos azules eléctricos y el cuerpo ese torneado y musculoso, y tenes razón quien se puede resistir? ;)creo que este capítulo te gustará Smile






ATRÉVETE




CAPÍTULO SEIS 


Lucy abrazó a Lena, temblorosa entre sus brazos. No quería soltarla. El modo en que respondía su cuerpo era impresionante. Con el rostro sobre el pecho de la pelirroja, aspiró su dulce aroma, con un toque floral, mezclado con la sensualidad de las feromonas. Le frotó el clítoris en círculos, cada vez más deprisa, al ritmo al que Lena sacudía las caderas. Ésta se puso rígida un segundo antes de emitir un sonido ronco y la castaña deslizó la mano hacia abajo y le metió los dedos. 
Lena movía la cabeza de un lado a otro, frotándose el coño contra la mano de Lucy, mientras los gritos agudos se sucedían desde lo más hondo de su garganta. Era el sonido más hermoso que Lucy había oído nunca. Esperaba que Lena se retorciera, que le tirase del pelo. Sin embargo, en lugar de eso, la chica de ojos verdes grisáceos le rodeó el cuello con los brazos y se le abrazó como si fuera su salvavidas. Con las manos enredadas en el cabello de Lucy, se balanceó contra ella, para frotarse a un ritmo constante sobre los dedos que la penetraban. El aire se llenó de gemidos; Lena temblaba como una hoja en medio de una tormenta. Lucy la penetró con fuerza, hasta el fondo, y el cuerpo de Lena se tensó y se contrajo a su alrededor en oleadas férreas.
El clímax de su orgasmo se desvaneció demasiado pronto y quedó reducido a unas pulsaciones más suaves. La pelirroja se derrumbó entre sus brazos y Lucy le sacó los dedos y la abrazó con ternura. Permanecieron así durante lo que pareció una eternidad, sin hablar y sin tratar de moverse. Finalmente, Lena rodó y se apartó de Lucy. Las dos se sentaron. La castaña acarició los rizos que se le habían soltado de la pinza que le sujetaba el pelo.
—¿Te apetece ir a cenar? ¿O al cine..., o seguir follando?
Lena le sonrió con ternura.
—No me estarás pidiendo una cita, ¿verdad?
Lucy se encogió de hombros.
—En realidad, no. Pero me gusta el cine. Y cenar. Y follar.
—Menos mal. Por un momento he creído que ibas a ponerte en plan cursi.
Lena se apartó de ella y empezó a vestirse. Lucy reprimió el impulso de volver a inmovilizarla en el suelo y follársela hasta que suplicara clemencia. En lugar de eso, se levantó y se dirigió a la puerta. Lena la cogió del brazo y Lucy se volvió, aunque no quería seguir mirando aquellos ojos verdigrises tan seductores.
—Lucy, a mí también me gusta el cine. Y cenar. Y follar.
 
* * *
 
La confusión se había apoderado de Lena como un torbellino. Su vida, su carrera, Lucy, la amante que se había tirado ya dos veces. Y Paula Riching y quienquiera que la quisiera muerta... Todo aquel estrés sumado hacía que deseara poder esconderse en alguna parte. El trabajo en Katin Industries le estaba chupando el alma, pero estar con Lucy hacía que dejara de pensar en todo. Hasta en la posibilidad de que el día siguiente pudiera ser el último: su última venta o su último baile.
Contempló embobada la espalda fuerte y la curva firme de las nalgas de Lucy al salir de la escuela de kárate. La vida de la castaña consistía en buscar siempre la victoria siguiente, al igual que Lena buscaba su siguiente carnicería empresarial. A lo mejor el destino las había unido. Lena inspiró y se fijó en las medallas de oro que colgaban de las paredes. Le vino a la cabeza su despacho, cuyas paredes estaban forradas con sus premios y sus logros enmarcados. ¿Tan diferentes eran Lucy y ella? Lena destrozaba las vidas de los demás, mientras que Lucy les abría la cabeza.
La castaña cerró la puerta principal con llave y se dirigieron al Viper.
—¿Adónde vamos, mi señora?
—No sé. ¿Qué tipo de comida te gusta?
Lucy arqueó las cejas y le miró la entrepierna. Lena hizo una mueca, juguetona.
—Hablo en serio.
—Y yo. Me gusta casi cualquier cosa, mientras no siga viva cuando llegue a mi plato.
Se adelantó a Lena para abrirle la puerta del asiento del acompañante. La pelirroja le agradeció aquel caballeroso gesto con una sonrisa y se acomodó en el
asiento de piel.
—A mí me encanta el bistec —afirmó, una vez que Lucy había tomado asiento y había arrancado el coche.
—Bistec entonces.
Salieron del aparcamiento y se incorporaron a la carretera. El aire frío de la noche entraba por las ventanillas abiertas y a Lena se le puso la carne de gallina. Las luces de los establecimientos discurrían con rapidez junto al coche y se reflejaban en los cristales al pasar por delante. Al poco, llegaron al restaurante elegido y encontraron mesa. La camarera se presentó y les tomó nota.
—¿Cuánto hace que tienes la escuela de kárate? —preguntó Lena, para oír algo que no fuera su propia respiración.
¿Les resultaba tan extraño conversar porque ambas sabían que su conexión era puramente sexual?
—Casi diez años —le sonrió Lucy.
—¿Y también entrenas?
—Todo lo que el cuerpo aguante. Tengo dos ayudantes, pero me paso el día allí.
La camarera volvió con sus bebidas y una bandeja de madera con pan de centeno. Lena se reclinó en el asiento y estudió a Lucy. Dios, se la veía tan relajada. A lo mejor era eso lo que la atraía de ella. En el caos en el que se había convertido su vida, Lucy era como el ojo del huracán: segura y tierna. Con ella, el torbellino de su existencia quedaba lejos.
La ojiazul apoyó las manos en el borde de la mesa. Jugueteó con los cubiertos enrollados en la servilleta, visiblemente nerviosa.
—Me pica la curiosidad. ¿Cómo aprendiste taekwondo?
La pelirroja dejó escapar un suspiro al recordar su entrenamiento.
—Gracias a un padre sobreprotector, supongo.
—¿Te dedicas a algo más, aparte de a bailar en The Pink Lady?
Lena asintió.
—Llevo el negocio de mi padre.
A veces le gustaba pronunciar aquellas palabras. A algunas mujeres les parecía de lo más interesante que tuviera poder en un mundo de hombres. Al menos hasta que averiguaban en qué consistía ese mundo exactamente.
—Murió hace casi dos años.
—Lo siento.
La compasión se hizo evidente en la mirada de Lucy. Era obvio que quería preguntar más, pero percibía que era un tema escabroso. De repente, Lena sintió la necesidad de contárselo todo acerca de la disfuncional familia Katin. Cómo se comportaba el perdedor de su hermano y cómo su madre se había rendido en su matrimonio y había abandonado a sus hijos adolescentes sin que Lena hubiera entendido nunca el porqué. La echaba de menos, sobre todo en aquellos momentos en los que estaba en proceso de cambiar la empresa. Quizá su madre habría estado orgullosa de ella. Lena recordaba vagamente oír discutir a sus padres sobre la obsesión de Sergey Katin por su negocio.
La camarera apareció con su cena y comieron en silencio. Lucy emanaba cierta aura de protección, de seguridad. Lena ansiaba sentir aquellos brazos fuertes a su alrededor una vez más. Tendría que poner punto y final a aquella aventura muy pronto. Su privacidad dependía de ello. No obstante, mientras tanto, tenía la firme intención de disfrutar de cada momento. No era habitual en ella desear a una mujer por algo más que por su cuerpo. A lo mejor se sentía especialmente vulnerable porque su vida estaba perdiendo el rumbo. Lena frunció el entrecejo: una sensación fría se le instaló en la boca del estómago y se quedó mirando su plato. Reconocía aquel dolor sordo, por mucho que se esforzara en negarlo. Era soledad.
Lucy se dio cuenta de que el semblante de Lena se ensombrecía y resistió el impulso de cogerle la mano. Si estuvieran solas, la desnudaría, se envolvería en una manta a su lado y dormirían juntas, piel contra piel. Había algo en Lena que la impelía a protegerla y a desvelar sus secretos. Sin embargo, no estaban solas. Estaban en público y alguien podía verlas e incluso meterse con ellas, como les pasaba a veces a las lesbianas que se mostraban afectuosas delante de los demás.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Lucy, escrutando su rostro.
—No, estoy bien. —la pelirroja miró por encima del hombro de la castaña, con expresión inescrutable. Señaló a un bebé que se hallaba en brazos de su madre, dos mesas más allá—. Es tan bonita. Y qué pequeñita...
A Lucy le dio un vuelco el corazón. ¿Le gustarían los bebés a Lena? ¿O los niños? No sabía nada de aquella intrigante mujer, salvo que su vida parecía un culebrón. Cuando se dio cuenta de que en realidad le importaba, fue como recibir un puñetazo. ¿De dónde habían salido aquellos sentimientos? ¿Acaso no estaba decidida a defender su libertad contra viento y marea tras haberla recuperado por fin? Por alguna estúpida razón, tenía ganas de conocer los sueños, las esperanzas y los secretos de Lena, así como sus aspiraciones y sus deseos. Quería saberlo todo de ella y le daba igual lo terribles, pequeños o
dramáticos que fueran aquellos secretos.
—Vámonos de aquí —le dijo.
—Creía que nunca me lo pedirías —respondió Lena al punto, antes de levantarse de la mesa.
Lucy dejó unos cuantos billetes sobre la mesa para la cuenta y la propina. Pasearon por la calle en silencio.
Cuando llegaron al coche, Lucy estaba inquieta. Algo había cambiado. Acababan de echar un polvo fantástico y sabía que iban a volver a casa de Lena y que pasarían la noche juntas. La observó por el rabillo del ojo y recordó su pelea con Sharon. Al parecer, Lena le tenía alergia a las mujeres que intentaban adueñarse de ella. Aquello era algo que tenían en común.
La castaña condujo de manera mecánica hasta la salida de la autopista que tenía que coger para llegar al barrio de Lena. Cuando llegaron a la verja, casi estaba decidida a buscar una excusa para volverse a su casa. Tecleó el código de seguridad que le dijo la pelirroja y aparcó delante de la casa. En cuanto se apagó el motor, el fuego se apoderó de ella y ya no le quedó duda alguna respecto a lo que se dedicarían a hacer el resto de la noche. De hecho, quería reclinar el asiento y empezar a hacerle el amor allí mismo, en el coche, frente a la entrada.
Respiró hondo y siguió a Lena hacia el interior. Tras ella, recorrió el ancho pasillo hasta su dormitorio. La luz de la luna llena iluminaba débilmente la habitación. En cuanto se acercaron a la cama, empezaron a desabrocharse y a tirarse de la ropa con frenesí, hasta caer desnudas sobre la cama. Sus labios se hallaron y sus lenguas se entrelazaron. Se tocaron y exploraron con manos ardientes. Lena la puso de espaldas y montó sobre sus caderas. Abrió un cajón de la mesita de noche y sacó un vibrador de color fucsia. La luz de la luna hizo relucir el plástico brillante.
Lucy sintió entre las piernas un ardor apasionado que la consumía. Con una sonrisa traviesa, le quitó el juguete a Lena y dobló el extremo hasta que la vibración le hizo cosquillas en la mano.
—Asumo que quieres que use esto.
Le dio la vuelta para ponerse encima de ella y le abrió las piernas con la rodilla. Atrapada entre sus muslos, Lena le regaló una sonrisa impía.
—¿Quién ha dicho que lo quería para mí?
Lucy le cubrió el pecho de besos húmedos, sin llegar a tocar el pezón endurecido.
—Soy mejor dando que recibiendo.
la pelirroja se retorció.
—Entonces dámelo —jadeó, frotando su sexo contra la pelvis de la de ojos azules.
Lucy sonrió y siguió besándole el pecho, hasta hallar sus deliciosos pezones. Sin pensárselo dos veces, le mordisqueó uno y después el otro antes de hundirle la lengua en el ombligo. Por fin descendió un poco más y se detuvo frente al resbaladizo orificio de su nueva amante.
Lena ya respiraba de manera entrecortada de pura expectación. Cuando Lucy colocó el vibrador ronroneante debajo de ella, ésta jadeó y dejó escapar un gruñido sordo. Poco a poco, Lucy le metió el juguete. Lena se arqueó y sacudió las caderas, al ritmo de las embestidas, largas y fluidas, mientras la castaña le acariciaba el clítoris con toda la intención del mundo.
Cuando sus jadeos se hicieron más pesados, Lucy ya no pudo resistirlo más. Deseaba abrazar aquel cuerpo tembloroso mientras se corría. Le soltó el clítoris y se le puso encima. Lena resopló.
—No pares.
Lucy le inmovilizó los brazos por encima de la cabeza y, con el vibrador entre los muslos, continuó embistiendo a Lena con destreza. Lena la rodeó con las piernas y le cruzó los tobillos detrás de la espalda. Lucy la besó profundamente y le succionó la punta de la lengua. Con cada embestida, el vibrador se frotaba contra el clítoris de la pelirroja, hasta hacerla enloquecer.
Lena no perdió el ritmo y acarició a Lucy al mismo tiempo que su amante la acariciaba a ella, de manera que Lucy llegó pronto al borde del orgasmo. La noche se llenó de sus gemidos. Lena se frotaba cada vez más fuerte y cada vez más deprisa contra el vibrador.
—Oh, Dios mío. ¡Ah! —gritó, moviendo las caderas como una loca debajo de la castaña.
Lucy le soltó las muñecas y Lena le echó los brazos al cuello antes de quedarse rígida. Sus eróticos lloriqueos de placer fueron demasiado para Lucy, que se corrió explosivamente mientras Lena se estremecía y gemía apasionadamente. Temblando, la de ojos azules se derrumbó encima de ella y hundió el rostro en su cuello para aspirar su aroma mezclado con sudor, hasta recuperar el control sobre su respiración. Lena le acarició la espalda y la columna.
Permanecieron enredadas en un abrazo sudoroso hasta que sus respiraciones se normalizaron. Entonces Lucy tiró el vibrador al suelo y se tumbó de espaldas al lado de la pelirroja. El corazón le latía de manera irregular y oleadas de confusión recorrían sus venas. Los sentimientos y las emociones se agolpaban en su interior y deseaba expresarlos más que nada en el mundo. Esperó a que Lena le diera alguna señal de que estaba tan abrumada como ella. Pero ésta no alargó la mano para cogérsela. Tampoco la besó. Por
desgracia, tendría que ocultarle sus sentimientos a Lena para siempre.
No hacía falta que Lena le dijera que, para ella, Lucy no era más que un polvo. El mensaje le había llegado, alto y claro.
 
* * *
 
Poco después, Lena le acarició el suave semi largo cabello a Lucy y aspiró su dulce aroma. Pronto, las dos retomarían sus vidas. Lucy con su kárate y ella con su compañía. Era más que probable que no volvieran a verse. Tenía intención de disfrutar de aquella noche tanto tiempo como pudiera. Al fin y al cabo, se merecía algo de tranquilidad, aunque solo fuera un rato.
Lucy cambió de posición y le hundió el rostro aún más en el cuello.
—Ha sido genial.
Lena se mostró de acuerdo. Lo cierto era que la palabra «genial» se quedaba corta para describir lo poderoso que había sido.
—Eres una amante maravillosa.
Deseó retirar el comentario en cuanto se le escapó. Decirle a alguien que era una gran amante era como otorgarle poder y no quería que Lucy tuviera todavía más control sobre ella.
Lucy se apoyó sobre el codo y le paseó los dedos sobre los pechos, antes de dejarlos descansar sobre su vientre.
—Viniendo de ti, me lo tomo como un cumplido.
Lena no iba a admitir que, hasta el momento, ninguna de sus amantes la había hecho sentir como en una nube, incluso horas después de hacer el amor.
—Venga, vamos a ver una película.
Lena le dio un beso rápido en la mejilla y se levantó de la cama. Recogió el vibrador, lo lavó en el lavabo y lo volvió a meter en el cajón. Con suerte, volverían a utilizarlo antes de que se hiciera de día. Se le fueron los ojos hacia Lucy, que estaba de pie, desnuda junto a la cama. Su hermoso cuerpo exigía que le prestara atención: su estómago firme y sus piernas musculadas eran una combinación espectacular. Dios, Lena se moría de ganas de lamer cada centímetro de aquella mujer.
Lucy le agarró el brazo, la atrajo hacia sí y la besó en los labios. El calor se expandió entre las piernas de Lena a la velocidad del rayo. ¿Cómo era posible, después del terremoto de hacía pocos minutos? Le flaquearon las rodillas y empujó a Lucy antes de que su determinación siguiera el mismo camino. No iba a dejar que ella dictara cuándo volverían a hacer el amor.
—Si no paras, nunca saldremos del dormitorio.
—Lo dices como si fuera un problema.
Lena no respondió. Sólo se convertiría en un problema si dejaba que la aventura fuera más allá y aquello no pasaría. Sacó ropa para las dos y, una vez vestidas, salieron a la sala de estar y se arrellanaron en el sofá para ver una película, acurrucadas entre mantas.
Lena nunca había estado tan relajada. No recordaba la última vez que se había acurrucado con alguien frente al televisor, si es que lo había hecho alguna vez. No era su estilo, pero se sentía increíblemente satisfecha.
Cuando terminó la película, volvieron a la cama. En esta ocasión, se quitaron la ropa lenta y calmosamente. Tenían toda la noche por delante y Lena quería que le quedara grabada en la memoria para siempre.
 
* * *
 
Lena abrió los ojos y se desperezó. El cuerpo cálido que había dormido a su lado había desaparecido y solo quedaba el hueco que había ocupado. Hasta en su mundo de soledad, no recordaba haberse sentido tan vacía en la vida. Había querido despedirse de Lucy antes de que se marchara, pero en cierta manera se alegraba de que no hubiera sido así. De lo contrario, no estaba segura de haber sido capaz de fingir que le resbalaba, como siempre, y si Lucy leía sus verdaderos sentimientos en sus ojos, las cosas podrían complicarse.
Se arrastró hasta el baño y se lavó los dientes. Al volver a la cama, un delicioso aroma despertó sus sentidos. ¿Café? Seguía tratando de procesar aquella desconcertante idea, cuando Lucy apareció en la puerta con una taza en la mano.
—No sé cómo lo tomas, así que lo he cargado de azúcar y leche.
Lena se sentó contra el respaldo de la cama y aceptó el café. Observó a Lucy con cautela, dio un sorbo y gimió de placer en cuanto aquel sabor delicioso deleitó sus papilas gustativas.
—Es maravilloso. Gracias.
—De nada. El desayuno estará listo en diez minutos.
Lucy salió de la habitación y Lena se quedó mirando la puerta.
¿Alguna de sus amantes le había preparado el desayuno antes? Demonios, ni siquiera había permitido que ninguna, salvo Sharon, se quedara a pasar la noche después de follar. Las otras mujeres que se había llevado a casa hacían demasiadas preguntas y no le quedaba más remedio que ponerlas de patitas en la calle.
La había sorprendido que Lucy siguiera allí. Tenía la impresión de que la libertad también significaba mucho para ella. Era una mujer fuerte. No necesitaba pegarse a alguien de quien poder depender o con quien comprometerse porque no se sintiera completa sin tener novia. Era la clase de persona capaz de comprender por qué Lena se aferraba a la empresa de su padre con tanto fervor.
Apartó aquel pensamiento tan poco realista de su mente. La gente sólo la veía como un tiburón empresarial, no como una persona sensible. Nadie sabía aún que intentaba encontrar la manera de cambiar la compañía, sin dejar de obtener beneficios. Nadie entendería realmente que el amor por su padre la había obligado a aguantar para preservar su legado. Él amaba aquella empresa más que a nada. Incluso cuando su madre le suplicó y lo amenazó con marcharse, su padre rehusó soltar las riendas de su monstruo.
Ahora aquel imperio pertenecía a Lena y ella no podía pensar mal de él por haberlo creado. Si tenía que pasarse el resto de su vida sola, que así fuera. Su padre le había enseñado todo lo que sabía, a ser fuerte e independiente y a defender lo que creía. No podía defraudarlo ahora, abandonando el imperio por el que había sacrificado tanto.
Se levantó de la cama, se puso unos bóxers y una camiseta, y fue a la cocina.
—Huele bien —comentó.
Se fijó en los sándwiches de beicon, huevo, lechuga y rodajas de tomate que Lucy había dispuesto en bandejas. Se le hizo la boca agua. Lucy le pasó uno y se sentó en el otro taburete.
—Me he imaginado que después de esta noche nos entraría hambre.
Sólo de pensar en todo lo que habían hecho durante la noche, Lena se estremeció. Lucy la había hecho correrse varias veces, hasta dejarla sin aliento y más saciada que nunca. Después se habían quedado dormidas. Se concentró en el sándwich y le hincó el diente con fruición.
—¿Tienes planes hoy? —le preguntó Lucy.
Lena echó un vistazo al reloj que había sobre el fregadero.
—Tengo que ir a trabajar.
—¿Y esta noche?
Si prolongaban aquella relación, al final Lena tendría que revelarle cosas que no quería. La única forma de terminar con aquel dilema era que acabaran antes de llegar a más.
—Lo siento, tengo planes —mintió.
Lucy asintió y le dio un mordisco a su sándwich. La decepción se le notaba en la cara. A Lena se le encogió el corazón. ¿Qué mal habría en una noche más? No tenía que contárselo todo a Lucy. Comió un poco más mientras se decidía. ¿Cuántos encuentros hacían falta para que un rollo se convirtiera en una relación? Nunca había dejado que nadie formara parte de su vida el tiempo suficiente para averiguarlo.
Lucy no tiraba la toalla. Sus ojos azules refulgieron, como si retara a Lena a decir que sí.
—¿Mañana?
Lena titubeó, con el corazón partido entre la lógica y la lujuria.
—Estoy libre a partir de las tres, después de la reunión que tengo a la hora de comer.
La castaña sonrió.
—Pasaré a buscarte a las tres y media.
Lena arqueó una ceja.
—¿Quién te ha dado permiso?
—No lo necesito —repuso con una sonrisa aún más radiante.
Lucy se levantó, llevó los platos vacíos al fregadero y empezó a fregarlos. Lena se reprendió mentalmente: se estaba metiendo en un lío. Lo mejor sería llamar a Lucy al día siguiente para anular la cita. Podía despedirse de ella por teléfono.
Fue incapaz de controlar el latido de su corazón cuando Lucy atravesó la cocina y se le puso entre las piernas.
—¿Te apetece una ducha? —le propuso en tono juguetón—. Tengo varias partes que frotar.
 
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Bliznetsy el Jue Mar 24, 2016 5:10 pm

Solo dire woooooooow !!!!! Este fic es genial, debo aprender de él. Cada vez mejor, me encanta como ya te lo había dicho antes. Saludos =)
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Julenka el Vie Mar 25, 2016 1:51 pm

Me encanta esta historia, ya te dije lo que pienso de esta pareja, y hoy me demostró que mi visión es correcta. Estoy muy impaciente y quiero la conti.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Abr 03, 2016 7:26 pm

Hallo, dejo más de esta historia.


Bliznetsy y Julenka: Gracias por comentar a las dos y sus palabras lindas hacia la historia, espero les siga gustando! Saludos Smile








CAPÍTULO SIETE 


Se oía música rap procedente de los apartamentos abiertos que había junto al de su madre. Lucy llamó a la puerta. Mientras esperaba que su madre le abriera, se le fue la mente a Lena y recordó la manera en que se contoneaba al ritmo de la música. Su madre echó un vistazo por el visillo, frunció el entrecejo y procedió a descorrer los múltiples cerrojos y cadenas.
—¿Pasa algo? —le preguntó a Lucy, en cuanto esta entró en el diminuto recibidor.
—No. ¿Acaso una hija no puede ir a visitar a su madre?
—¿Te me estás volviendo sensiblera, jovencita? —preguntó. Condujo a Lucy a la cocina, donde tenía una olla al fuego—. ¿Te apetece un plato de estofado casero?
—No, gracias. Ya comeré cuando vuelva al trabajo.
Su estómago protestó sonoramente. Nada podía compararse con la cocina de su madre, pero, si no le dejaba comprar comida, lo último que iba a hacer era comer y dejar a su madre sin posibilidad de repetir.
—Estás como un palillo. Tienes que comer. —Brigitte Scherer le dirigió una mirada crítica—. Estás... diferente. Las mismas mejillas sonrosadas y ese brillo en los ojos, pero hay algo... —Se llevó la mano a la boca—. ¿Mi niña se ha enamorado?
Lucy se encogió. Por lo que a ella respectaba, su madre tenía demasiada imaginación. Estaba impaciente por tener nietos y no dejaba de buscar indicios de que Lucy fuera a sentar la cabeza.
—Por Dios, mamá. No estoy enamorada. He venido a ver qué tal estabas.
—¿Cómo se llama? ¿Le gustan los niños?
A Lucy le entró una sensación de ahogo. Su madre era única para meterse en las vidas ajenas.
—No estoy con nadie.
—No me has contestado lo de los niños. Tienen que gustarle. Quiero que me hagas abuela. No lo olvides.
—Mamá, no me estás escuchando.
—Le gustan los niños. Perfecto.
La castaña se dejó caer en una silla.
—¿Por qué eres tan cabezota?
Su madre se acercó a la mesa y le sirvió un vaso de té.
—Porque Dios me ha hecho así. A ti también, por eso no me cuentas lo de esa chica. Pero no pasa nada. Si quieres mantenerla en secreto, lo entiendo.
Lucy puso los ojos en blanco. Cogió el vaso y bebió un largo trago, con la esperanza de que el líquido helado le refrescara la mente calenturienta. ¿Estaba enamorada? ¿Estaría su madre en lo cierto? No. Su libertad era demasiado preciosa y, además, solo hacía dos días que conocía a Lena.
—Dime dónde será tu último combate. ¿Puedo ir a verte? No tienes ni idea de lo emocionada que estoy de que no vayas a seguir haciéndote daño.
«Ya empezamos.»
Lucy no acababa de hacerse a la idea de que su último combate estuviera cada vez más cerca. ¿Cuándo había tomado la decisión de dejar de combatir? ¿Y por qué? Competir era lo único que la hacía verdaderamente feliz. ¿Era esa felicidad lo que había perdido? ¿O quizá la razón por la que competía?
Siempre había sido importante para ella demostrar a los demás lo fuerte que era. En aquel mundo, se discriminaba a las lesbianas y, aunque los tiempos estaban cambiando, salir del armario en el instituto la había enseñado a estar en guardia. Ahora bien, la necesidad de sentirse segura y de tener la sartén por el mango no eran las únicas razones que tenía para luchar. Ganar combates la emocionaba más de lo que podía expresar. El subidón no podía compararse con nada, salvo, quizás, con hacer el amor con Lena.
—Ya le has dado una paliza a todo el mundo, así que ¿para qué seguir arriesgándote? —continuaba su madre—.Ya has ganado un buen puñado de premios y de chismes de esos.
—¿Trofeos? —preguntó la chica de ojos azules, con la ceja arqueada.
—No, cariño, no estoy senil. Los bonitos que me gustan.
—¿Medallas?
Su madre chasqueó los dedos y asintió vigorosamente.
—Sí, eso. Me encantan. De todas maneras, como iba diciendo, creo que es
bueno que por fin hayas puesto en orden tus prioridades.
Lucy no contestó. Se preguntaba si su madre había valorado alguna vez sus triunfos, el hecho de tener un negocio propio y de haber ganado todas las competiciones en las que había participado durante los últimos diez años. ¿Se avergonzaba de que su hija fuera lesbiana? ¿Se lamentaba por el hecho de que quizá nunca llegaría a tener nietos de su sangre? Le entristecía que lo único que su madre quisiera fuera ser abuela. Ningún otro de sus logros tenía importancia a sus ojos.
—A lo mejor tu amiga vendrá también al combate.
—Lo dudo —dijo Lucy.
—Entonces sí que hay alguien. ¡Lo sabía!
La castaña dejó el vaso en la mesa y se levantó.
—Me voy. ¿Necesitas algo?
—No, cielo. Y, por favor, deja de preocuparte tanto por mí. Tienes otras cosas por las que preocuparte. Mira —hizo un gesto circular con la mano para señalar la estancia escasamente decorada—. Estoy bien. Pago las facturas, tengo comida en la mesa, hablo por teléfono... Estoy de maravilla.
Lucy hizo una mueca. Menuda mentira. A su madre le encantaba su antigua casa, que había diseñado y decorado ella misma, antes de tener que venderla en un mercado inmobiliario hundido para poder pagar las facturas, cuando cerraron los laboratorios. O, más bien, cuando el nuevo propietario echó a los trabajadores para «reestructurar el negocio». Ni siquiera tenía asegurada la pensión. Los antiguos trabajadores seguían luchando en los tribunales para conservar sus derechos.
Lucy apretó los dientes. Daría cualquier cosa por echarles el guante a los peces gordos que habían comprado y vendido el negocio. La culpa era suya: eran la razón de que su madre viviera de la beneficencia y a duras penas le llegara el dinero para comer. Ojalá se pudrieran en el infierno. ¿Cómo podía haber gente tan ambiciosa y cruel?
Le dio un beso a su madre en la mejilla.
—Si necesitas algo, llámame. Lo digo en serio. Lo que sea, a cualquier hora, en cualquier lugar. Eres mi madre y te quiero.
—Lo haré, mi niña. —Su dulce rostro se tiñó de tristeza—. Yo también te quiero.
Lucy sabía que no llamaría. Era demasiado orgullosa. Lucy conocía a alguien igual: ella misma.
Inquieta, subió al coche y volvió a la escuela de kárate para coger unos documentos. Era el día más tranquilo de la semana y quería aprovechar para ponerse al día con las cuentas y el papeleo. No creía que pudiera concentrarse. Desde que se había marchado de casa de Lena el día anterior, no podía pensar más que en sus suaves gemidos mientras sentía cómo temblaba y se corría.
Mientras esperaba en un semáforo, pensó en cancelar su cita de aquella noche. Seguir viéndose con Lena era un error. Lucy sabía en qué acabaría aquello. Ya la encontraba irresistible y no podía fingir que le iba a resultar fácil dejar de verla. ¿A cuánto poder tendría que renunciar? Lena era un espíritu libre. Si Lucy intentaba cambiarla, la descartaría igual que a Sharon.
Avanzó algunos metros cuando el semáforo se puso verde. Se fijó en una mujer vestida con traje de ejecutiva, sentada en un café que hacía esquina. Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado y algunos mechones le enmarcaban el rostro. Vestía pantalones negros, una blusa blanca con tres botones desabrochados, que insinuaban un escote de escándalo. Sus piernas eran largas, esbeltas.
Enseguida pensó en Lena, pero sacudió la cabeza para enterrar el mundo de sus largos dedos al penetrarla. Si anulaba su cita, seguramente no volvería a ver a la pelirroja ni tendría la oportunidad de follársela de nuevo.
La mujer del café se volvió hacia un hombre atractivo, alto y de cabello oscuro, que también llevaba traje. Este le sonrió y se acercó a ella. A Lucy se le encogió el estómago: la expresión de la mujer se había vuelto seria y a la castaña le recordó la mirada incendiaria con la que la había fulminado Lena en el cuarto interior del club.
El coche de detrás le dio al claxon y ella se sobresaltó y avanzó hasta tener una mejor visión de la mujer. Mierda. Lucy tuvo que frenar para no empotrarse contra el coche de delante. Aquella hermosa mujer era Lena. No era que Lucy nunca hubiera visto a una mujer que tan pronto llevaba vaqueros y camiseta como un traje de categoría, pero Lena era diferente. Parecía una profesional de tomo y lomo, como si llevara años haciéndolo. Como si aquella fuera ella de verdad y la stripper que conocía Lucy no fuera más que una fantasía.
Por fin entendía por qué Lena no «salía» con nadie. Llevaba una doble vida y las dos mitades no tenían nada que ver la una con la otra. Lucy pensó en las amenazas telefónicas. ¿Y si alguien de la vida real de la pelirroja se había enterado de su otra vida en The Pink Lady? ¿Tendría alguna novia despechada en la vida real que se hubiera enterado de que se tiraba a desconocidas que encontraba en un bar?
A Lucy le temblaban las manos sobre el volante. No sabía por qué le
afectaba tanto aquella idea. Lena tenía derecho a su intimidad y a sus fantasías. Lucy había participado de buen grado. Nadie había prometido nada.
Miró al frente. ¿Qué podía hacer?
 
* * *
 
Tras ponerse al día con los contratos y ultimar los detalles de su última adquisición, Lena se dio la vuelta en la silla y miró por la ventana. El cielo estaba salpicado de nubes blancas y algodonosas, y parecía que el tiempo no pasaba nunca. Todavía quedaban tres horas para ver a Lucy y se moría de ganas de que la tocara de nuevo. ¿Desde cuándo le daba por pensar en una mujer durante horas después de un polvo apasionado? No recordaba que le hubiera ocurrido nunca y no quería empezar con la castaña.
Suspiro y llamó a Douglas al busca. Había llegado el momento de poner en práctica su plan. Con suerte, aceptaría que hubiera cambiado de opinión. La decisión de vender le sorprendería, pero seguro que la ayudaba a encontrar a alguien capaz de tomar las riendas de la compañía. Cuando el hombre alto y delgado entró por la puerta, ella tragó saliva para aliviar el nudo que tenía en la garganta. Douglas llevaba desabrochado el cuello de la camisa, blanca y almidonada. Era indicativo de que algo le traía de cabeza. Le sonrió con cariño: se lo imaginaba abriéndose el cuello de la camisa y pasándose los dedos por el pelo mientras resoplaba a causa de algún frustrante contrato.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, mientras se sentaba en la mesa frente al escritorio.
Lena lo miró a los ojos, decidida. Confiaba en él; sabía que haría todo lo posible para asegurarse de que la compañía fuera a parar a buenas manos.
—He decidido vender.
Douglas pestañeó.
—No hablas en serio. Creía que el otro día sólo estabas enfadada.
Lena asintió.
—No he hablado más en serio en la vida.
A Douglas se le tensaron los músculos del cuello.
—¿Y qué pasa con los planes que habíamos hecho? ¿Vas a tirarlo todo por la borda?
—Aún quiero seguir con el plan. Sólo voy a dejar que sea otro quien lo implemente.
Douglas se inclinó hacia delante.
—Escúchame. No importa lo que tú quieras. Si de verdad crees que alguien va a comprar esta empresa y, a continuación, va a cambiar el negocio por completo, lo siento pero te equivocas. Katin ya se ha creado una reputación. Eso es lo que quiere todo el mundo y no el giro de ciento ochenta grados que tienes en mente.
Lena reflexionó sobre aquellas palabras. ¿Tendría razón Douglas? ¿Encontraría algún comprador que estuviera interesado en una empresa que ayudara a los negocios emergentes, en lugar de un tiburón empresarial, lo que Katin era en aquellos momentos?
Apoyó el codo en la mesa y la barbilla en el puño.
—Conseguiré que funcione. De alguna manera, como sea. Me aseguraré de que esta empresa acaba en buenas manos.
Douglas se puso en pie bruscamente.
—No voy a hablar de eso ahora. No sé qué mosca te ha picado, pero no estás siendo racional. —Se fue hacia la puerta y allí se detuvo. Miró atrás con una mezcla de desconcierto y pesar—. Hemos dedicado mucho tiempo a esto. Si lo jodes, te arrepentirás.
—No voy a joderlo —replicó Lena—. Olvidas que llevo en esto casi toda la vida. Sé cómo cerrar un trato.
—Creo que eres tú la que olvidas el pasado —repuso Douglas—. Tu padre renunció a muchas cosas para convertir esta empresa en lo que es. Te conozco y nunca te perdonarías destruir todo lo que le importaba. Llámame cuando recuperes la razón.
Salió del despacho sin darle tiempo a responder. Lena se quedó mirando la puerta cerrada y se preguntó si estaría en lo cierto. No estaba segura de querer correr aquel riesgo, ahora que Douglas le había pasado la patata caliente. Puede que ser la propietaria de la compañía y dejar que le chupara la vida no fuera lo que quería, pero tampoco podría soportar ver cómo se desintegraba el negocio.
Se frotó las sienes con los dedos.
—Si pudiera dejar de pensar en su culo, a lo mejor podría pensar con la cabeza.
Aquello era ridículo. Nunca había imaginado que acabaría convertida en una tonta, débil, patética y lujuriosa, pero aquello precisamente era lo que había sucedido. Miró el reloj: casi era la hora de irse. Se preguntaba lo que estaría haciendo Lucy. ¿Estaría preparándose para su cita o aún no habría acabado de entrenar? Lena se la imaginó con el rostro, el cuello y el canalillo sudorosos. ¿Habría estado pensando en ella también? Se forjó una imagen mental del delicado lugar en su párpado derecho y de la mirada soñolienta que suavizaba el color de sus ojos y los volvía de un misterioso tono azul claro, casi celeste.
—Mierda —exclamó.
Se levantó de golpe de la silla. Ojalá no hubiera propuesto verse otra vez. Tenía que hacer algo para dejar de pensar en Lucy y recuperar el sentido común. Normalmente bailar la despejaba y le ayudaba a descargar adrenalina, pero aquello no era una opción. Aquella noche les pertenecía a ellas dos y sería la última que compartirían. Lena se prometió que haría de la velada una noche inolvidable, para que pudieran recordarla cuando se separaran sus caminos.
 
* * *
 
—Joder, estás para comerte. Literalmente.
Lucy se la comió con los ojos enterita y Lena se sintió como Cenicienta al llegar al baile. Aunque sus vaqueros de talle bajo de color azul, y la camisa de seda borgoña no eran muy de princesa, precisamente. Las sandalias y el anillo en el dedo gordo tampoco parecían zapatitos de cristal. Sin embargo, la intensa mirada de Lucy la hacía sentir preciosa. La pelirroja sonrió.
—No me dijiste adónde iríamos, así que no sabía qué ponerme.
—A mí me gustas desnuda —bromeó Lucy—. Pero preferiría que no nos arrestaran.
Subió al porche y a Lena se le paró el corazón. Llevaba unos vaqueros oscuros ajustados a sus fabulosos muslos y la camisa color vainilla por dentro, como si quisiera provocar a Lena para descubrir lo que había debajo. Se imaginó de rodillas entre sus piernas, chupándola hasta que sus gritos reverberaran en su interior.
Lucy bajó los ojos hasta sus labios y se le acercó para besarla con delicadeza. Lena sintió un ardor en sus entrañas, que se instaló entre sus piernas. La castaña se apartó con un gruñido reticente.
—Vuestra carroza espera, mi adorable princesa —dijo, señalando el coche.
Lena rió y se dirigió al Viper. Lena la siguió y agarró la manilla antes
de que ella abriera la puerta. Lena quiso señalar que el rollo caballeroso no le iba, pero la mirada de satisfacción de Lucy le hizo guardar silencio. Le sostuvo la mirada y memorizó cada una de las arruguitas y los hoyuelos que se le marcaban al sonreír. El pulso se le aceleró. Lucy también olía muy bien, con un toque de cítrico mezclado con almizcle. Lena se metió en el coche rápidamente, antes de que cambiara de idea y arrastrara a la ojiazul hasta su casa. Tenía la sensación, a juzgar por la mirada de deseo de Lucy, de que ésta no se lo pondría muy difícil.
Lucy inspiró hondo, arrancó el coche y salieron de la propiedad. ¿Y si Lena se reía de sus planes románticos? Estaba a punto de averiguarlo. No estaba segura de que la impulsó, pero el caso es que alargó la mano y se la cogió a Lena. El roce le pareció lo más natural del mundo. Quería más y estuvo a punto de acariciarle la mejilla con ternura. Si no frenaba aquellos gestos de afecto, acabaría con el corazón hecho pedazos.
—¿Qué tal el día? —le preguntó.
Lena se puso tensa.
—No hablemos de trabajo —dijo con voz gélida—. El trabajo es aburrido.
Lucy podría habérselo discutido, pero no quería desperdiciar aquel tiempo tan precioso. Sabía que Lena no era feliz en su trabajo de día y sabía leer entre líneas. El traje con el que la había visto parecía caro y conservador: el tipo de vestimenta que llevan las mujeres que quieren que sus homólogos masculinos las respeten. Le había contado que llevaba el negocio de su padre y Lucy se había imaginado algún tipo de empresa familiar, modesta y que no diera muchos beneficios. ¿Si no, por qué tendría un segundo trabajo como stripper? Sin embargo, al parecer tenía algo que ver con el mundo de las grandes compañías. Seguramente ocuparía algún puesto importante en una empresa en la que mandaban hombres menos capacitados. Era normal que se mostrara ambivalente.
—¿Y de qué quieres que hablemos? —le preguntó la castaña.
La pelirroja retiró la mano de debajo de la de Lucy.
—No tenemos que hablar de nada.
Cierto, muy cierto. Saber más la una de la otra solo llevaría a recordar demasiadas cosas una vez terminara su aventura. Si es que podía llamarse así, porque Lucy no estaba segura de cómo calificar lo que había entre ellas. Se había jurado que después de aquella noche no volvería a ver a Lena pero, cuanto más tiempo pasaba con ella, más quería volver a verla. Aquella noche tenía que ser la última. Por la mañana, tenía la firme intención de marcharse con la cabeza bien alta.
Condujo hasta la entrada de un parque y detuvo el coche.
—Ya hemos llegado.
Lena bajó y observó el sendero que se internaba entre los pinos.
—¿Vamos de picnic? —Sus ojos relucieron, vivaces—. La última vez que fui de picnic tenía...
Lucy esperó a que terminara la frase, deseosa de saber algo de su vida. Cuando su mirada expectante fue ignorada, abrió el maletero, se echó una manta al hombro y cogió la cesta de picnic.
—De hecho, sí. Es lo que vamos a hacer.
Quería coger a Lena de la mano, pero sabía que sería pasarse de la raya. En lugar de eso, la guió por el sendero. Los pájaros graznaron, alarmados por su presencia, y salieron disparados de sus nidos aleteando frenéticamente. Siguieron caminando hasta llegar a un claro con césped. Las copas de los árboles estaban podadas y formaban un círculo perfecto sobre sus cabezas, de manera que no tapaban la luz a la hierba.
Lucy extendió la manta y se quitó los zapatos. Lena la imitó. Se puso de rodillas y se dejó caer de espaldas para mirar el cielo que se veía entre los árboles.
—Guau, mira cuántas nubes.
Lucy se tumbó a su lado.
—Me encanta este sitio.
—¿Sueles traer aquí a muchas mujeres?
La chica de ojos azules eléctricos esbozó una gran sonrisa.
—Vengo aquí a estar sola y a pensar.
—¿Sobre qué?
—Cualquier cosa..., todo..., nada en particular.
La de verdigrises ojos echó un vistazo a su alrededor.
—Necesito un lugar como éste. Es tan tranquilo y aislado.
Lucy se volvió para mirarla.
—Sí, muy aislado —apuntó, haciéndole un gesto significativo con las cejas.
El rostro de Lena reflejó su intenso deseo. Abrió la cesta e inspeccionó su contenido.
—¡Ohhh! Fresas. Ñam, ñam.
—Y nata —añadió Lucy.
Lena se inclinó hacia ella y la besó apasionadamente. Esta gimió cuando le metió la lengua entre los labios y el fuego entre las piernas de Lucy se avivó. Lena apartó la cesta y tiró de Lucy hasta acomodarla en su regazo. Se besaron profundamente, hasta que Lucy le dio la vuelta y empezó a desabrocharle la fina blusa. Cuando le desabrochó el último botón, apartó la tela y le bajó el sujetador. Lena le desabrochó el botón de los vaqueros y le sacó la camisa. Las dos se quitaron la ropa, la una a la otra, con excitación.
Lucy notó mariposas en el estómago al contemplar el delicioso cuerpo de Lena, abierto para ella, esperándola. En aquellos momentos habría deseado ser una artista para poder capturar la belleza radiante y los apasionados ojos color verdes mezclados con gris de su musa. Retomó el control de sí misma y sacó las fresas y el bote de nata montada.
—¿Dónde quieres que te ponga las fresas con nata, preciosa?
Lena sonrió.
—En las partes más delicadas.
Lucy no se hizo de rogar. Montó sobre los muslos de Lena a horcajadas, se puso un poco de nata en el dedo y se lo paso por el pezón. Cuando Lena dio un respingo, Lucy le puso una fresa en la boca.
—Chúpala mientras yo te chupo en otro sitio.
Repitió el proceso con el otro pezón y a continuación bajó un poco y le extendió la nata sobre el clítoris y su orificio, que ya rezumaba humedad. Lena se arqueó. Lucy la oía chupar y lamer la fresa. Los ruidos eran de lo más erótico. Cuando Lucy se apartó, Lena le cogió la mano y empezó a lamerle los dedos seductoramente.
El fuego se apoderó de Lucy, su sexo se contrajo. Le chupó la nata de los pezones, despacio, a conciencia. Se los metió en la boca hasta el fondo, uno después del otro, y le acarició con la lengua la superficie endurecida. Lena le clavó los dientes en un dedo y dejó escapar un gruñido ronco, que le hizo vibrar el pecho. Lucy le siguió chupando los pezones con afán.
Lena dio un respingo y se retorció. Le soltó la mano a Lucy y le hundió los dedos en el pelo para atraer su cabeza contra su pecho y obligarla a castigarle el pezón con más ansia.
—Fóllame, Lucy.
La súplica entrecortada fue más de lo que la castaña pudo soportar. Descendió por el cuerpo de Lena, le metió los dedos con fuerza y la llenó por completo. Se vio recompensada con un grito de pasión y Lena la embistió con
las caderas. Necesitaba más. Lucy la penetró con más fuerza y más deprisa, una y otra vez, mientras le chupaba la nata del clítoris al mismo tiempo. Lena le enredó los dedos en el pelo y la sostuvo mientras se sacudía contra su cara.
Cuando su orgasmo dio paso a unas pulsaciones más suaves, Lena se derrumbó en el suelo y dejó caer los brazos, inertes, sobre la manta. Suspiró hondo cuando Lucy sacó los dedos de su cálido refugio mojado y trazó un reguero de besos húmedos hasta su boca. Lena abrió los ojos para mirarla y Lucy sintió que se le encogía el estómago, como si se hubiera subido a una montaña rusa. Le lamió los labios hasta que la pelirroja los abrió y la invitó a entrar.
Mientras se besaban, Lena la puso de espaldas y le pasó los dedos por la barbilla y la mejilla. Finalmente se los enredó en el pelo y se apartó de Lucy para dedicarle una sonrisa radiante.
—¿Y a ti dónde te gusta la fruta?
 
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Última edición por Jemmaling el Miér Abr 20, 2016 11:51 pm, editado 1 vez
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Lun Abr 04, 2016 3:00 pm

Shocked Shocked omg lucy terminará con el corazón hecho pedazos.. ya esta clavadisima por lena, de eso no hay duda.. y la pelirroja ni se diga, solo me pregunto cuando lo va a admitir a los cuatro vientos?? se nota que la castaña le pego fuerte a lena...
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Bliznetsy el Lun Abr 04, 2016 5:51 pm

Oooh que genial!!!!! Cuanta intensidad entre ellas dos, ya estan cayendo en las redes del amor, Lucy creo que ya se dio cuenta y Lena aun no lo quiere aceptar =). Excelente todo. Espero la próxima conti. Saludos
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

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