ATRÉVETE// Larkin Rose

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Julenka el Vie Abr 08, 2016 1:04 pm

Qué capítulo más intenso en todo sentido, lucy se enamoro de lena que lindo, lastima que parece que lena no, habra que ver. Pero creo que en este capítulo se vio realmente mas alla del sexo entre ellas. No tardes en publicar lo siguiente.

Julenka

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Edirbr el Vie Abr 08, 2016 6:43 pm

Continúa pronto porfa saludos!

Edirbr

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Jemmahollstein el Miér Abr 20, 2016 8:34 pm

Gracias a todos los que comentan el Fan Fic, y les gusta! espero a partir de ahora también porque se viene partes duras...pero antes disfruten un poco más de pasión y ... ¿Amor? Wink













ATRÉVETE




 

CAPÍTULO OCHO 




Lena sabía que tenía que parar aquello y pronto. Ya hacía demasiado que duraba aquel juego y cuanto más tiempo pasaba con Lucy más se preguntaba si con ella sería diferente que con las demás. Lucy la hacía sentir tranquila, como si fuera capaz de comprenderla mejor que nadie. La manera en que la abrazaba y la escuchaba cuando hablaba le hacía pensar que podía abrirle su corazón y aquella idea la asustaba. Nunca le había hablado a ninguna de sus amantes de sus verdaderos sentimientos. Se había pasado la vida aprendiendo a ocultar sus emociones. Mostrarlas la hacía sentir vulnerable. Al día siguiente retomaría a su vida real: trabajar, bailar y regresar a casa sola. No podría volver a mirar una fresa sin pensar en Lucy y sabía que no volvería a encontrar a nadie que la hiciera sentir tan viva.

Lucy también volvería a su mundo y pronto estarían demasiado ocupadas para pensar la una en la otra. Lena nunca olvidaría el tiempo que habían compartido. Se engañaba si quería creer lo contrario. Deseaba que aquella última noche fuera inolvidable. Tenía que serlo. Necesitaba algo a lo que aferrarse.

Contempló el familiar skyline de Los Ángeles mientras conducían de regreso a su casa. El sol se había puesto en el horizonte mientras hacían el amor por última vez encima de la manta. Las farolas y las luces de las tiendas brillaban en la oscuridad. Los compradores de última hora deambulaban de un lado para otro, cargados con bolsas.

Sintió un peso en el corazón cuando llegaron ante la verja. La castaña pulsó el código y aparcó en la entrada circular. Paró el motor enseguida, para dejar claras sus intenciones. La pelirroja sonrió. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que Lucy la dejara en casa y se marchara. Iban a pasar la noche juntas y ambas lo sabían. Se dirigieron hacia la puerta en silencio.

—Te traeré té helado —le dijo Lena, como si aquella fuera una noche como cualquier otra. Como si tuvieran una rutina de pareja: volver a casa y ponerse cómodas para compartir la velada.

Después de beber algo, pusieron una película y se acurrucaron en el sofá.

—¿Sabes? Ni siquiera sé tu apellido —comentó Lucy y le besó la mejilla.

Lena se olvidó de todas sus preocupaciones. ¿Podía confiar en Lucy? La invadió una oleada de placer al pensar que podía abrirle su corazón a alguien. Se arrellanó en el sofá y le acarició los abdominales por encima de la camisa.

—Elena Katina —dijo en voz baja.

—Elena Katina. Humm, sexy. Y familiar.

Lena la abrazó más fuerte y abrió los labios para que Lucy deslizara la lengua dentro de su boca. El corazón se le disparó en el pecho y el fuego se desató entre sus piernas. Se puso encima de Lucy y se besaron, despacio y con ternura. Finalmente, juntaron sus frentes.

—Dime algo de ti —pidió Lena, a pesar de que su plan era evitar los detalles personales—. ¿Tienes familia?

Lucy miraba fijamente sus labios.

—No quieres que te hable de mi familia disfuncional.

Pero el caso es que sí quería. Quería saberlo todo de Lucy. Qué la hacía feliz, cuáles eran sus sueños y sus esperanzas. Qué diablos era lo que la hacía tan diferente.

—Cuéntame algo de todos modos —insistió.

Lucy le puso las manos en la cintura.

—Bueno, mi padre murió hace años y mi madre perdió su trabajo hace poco, después de treinta años. El propietario se fue a la bancarrota y una empresa ricachona compró el negocio y despidió a todos los empleados.

Lena notó que se le nublaba la vista y un escalofrío le recorrió la espalda. La voz de Lucy sonaba lejana. ¿Qué probabilidades había? Rezó porque hubiera sido otra compañía la responsable.

—Guau. —Lucy le sonrió, tranquilizadora—. No pongas esa cara tan triste.

Lena pestañeó y su sentido de la vista y el oído resucitaron de golpe.

—¿Qué?

—Menuda cara has puesto. —La chica de ojos azules la besó en la mejilla—. No te preocupes. Mi madre no lo hace. Cree que el día menos pensado sonará el teléfono y alguien querrá contratar a una mujer de más de cincuenta años que

ha trabajado toda la vida en un laboratorio farmacéutico.

Lena le sonrió débilmente mientras repasaba nombres mentalmente. Wilson, McGregor, Hominy... todas ellas eran empresas farmacéuticas que habían comprado en los últimos dos años.

«Por favor, Dios, que no sea una de ésas.»

—Tuvo que vender la casa —continuó Lucy—, pero no quiso venir a vivir conmigo. Se instaló en un apartamento de protección oficial. Es triste. Nuestros padres no deberían vivir en la pobreza, ¿sabes? Pero no acepta nada de mí, ni siquiera que le haga la compra. Me parte el corazón cada vez que voy a verla.

—¿Y no hay ninguna otra manera de ayudarla? A lo mejor buscándole un trabajo.

Lucy negó con la cabeza.

—Mi madre es muy independiente. Se moriría si supiera que he llamado a todas las farmacéuticas en un radio de ochenta kilómetros. Es por su edad. Nadie quiere contratar a alguien que está tan cerca de la jubilación.

—Lo siento —la abrazó Lena.

De repente se sentía como una niña mimada. Nunca había necesitado un salario para vivir, pero tampoco era la típica niña rica que miraba por encima del hombro a la gente menos afortunada. Más bien al contrario. Cuando se trataba de los desamparados, siempre era la primera en echar una mano. Aunque, claro, nadie sabría nunca lo mucho que había donado a la beneficencia ni cómo estaba tratando de construir un mundo mejor. Su trabajo consistía en destrozar negocios que luchaban por subsistir y había aceptado las racionalizaciones de su padre durante mucho tiempo.

Según Sergei Katin, la gente que perdía su empleo encontraba nuevos trabajos. Se reciclaban y gozaban de nuevas oportunidades. Algunos siempre habían deseado montar sus propios negocios y, al dejar sus puestos, tenían al fin ocasión de abrirse camino por ellos mismos. Los que no... Bueno, al fin y al cabo la supervivencia del más fuerte era una ley natural para todas las especies.

—Seguro que pronto encontrará algo —le dijo Lena. Se alejó de su regazo y se sentó en el sofá. Envió una plegaria silenciosa antes de formular la siguiente pregunta—: ¿A qué se dedicaba tu madre en la farmacéutica?

La aterrorizaba oír la respuesta.

—Llevaba los libros de contabilidad para el dueño. Tenía unos cuantos años de experiencia en el sector químico, pero nada que luciera demasiado en un curriculum.

Lena tenía la pregunta en la punta de la lengua. Luchó contra ella, pero al final perdió la batalla.

—¿Cómo se llamaba la empresa?

—McGregor Pharmaceuticals.

A Lena le entraron náuseas. Nunca había creído que tendría ganas de huir de Lucy, pero en aquel momento habría preferido estar en cualquier otro lugar. Se quedó mirando la televisión con expresión impenetrable y el corazón en un puño. Lucy la atrajo hacia ella.

—Y ya no hay mucho más que contar. No tengo hermanos. Sólo somos mi madre y yo —añadió con amargura—. Ojalá me dejara cuidar de ella.

El dolor que transmitía la voz de la castaña le llenó los ojos de lágrimas. ¿Cómo se sentiría si supiera la verdad? Lena no sabía qué decir ni qué hacer. Si hablaba, Lucy se marcharía. ¿De qué iba a servir? No podía cambiar lo que había ocurrido, así que ¿por qué iba a arruinar sus últimas horas juntas? Sin embargo, ahora que sabía lo de la madre de Lucy, no le parecía correcto callar, pero quería pasar una noche más con ella. ¿Acaso sólo pensaba en sus propias necesidades? Y, ay, Dios santo, cómo necesitaba sentir a Lucy entre sus muslos.

Al día siguiente todo habría terminado. Pero aquella noche Lucy era toda suya. No tenía la menor intención de desperdiciar un segundo más hablando de otras cosas.

Lucy debió de notar su cambio de humor.

—No quería disgustarte. Ya sé que tienes tus propios problemas. Aquella mujer del bar me dio un susto de muerte —sonrió contra la mejilla de Lena—. Y mira que no me asusto fácilmente.

La pelirroja  asintió débilmente, con aire culpable. Se levantó del sofá y le dio la mano a la ojiazul para ayudarla a levantarse. Sin decir nada, la llevó a su dormitorio. Quería sentir cómo se estremecía una vez más: quería oír sus gemidos de placer.

«Joder, sólo una vez más.»

La empujó sobre la cama y se desvistió con dedos temblorosos, mientras Lucy se quitaba la camisa y los vaqueros.

Cuando la última prenda acabó en el suelo, Lena se arrodilló junto a Lucy, sobre la cama. Esta se volvió hacia ella y le acarició y le masajeó las nalgas con ternura. Sus ojos color azul eléctrico eran cálidos y estaban encendidos de deseo, aunque también relucían con una emoción más honda. Lena quería hacer desaparecer aquella tristeza y le tomó el rostro entre las manos para besarla lenta y apasionadamente. Sus bocas se exploraron y devoraron. Sus suaves gemidos se mezclaban con suspiros húmedos cada vez que ponían entre ellas la distancia imprescindible para mirarse a los ojos.

Lena tumbó a Lucy de espaldas. Deseaba tocarla, saborearla y chuparla por todas partes. Descendió, deslizándose sobre su cuerpo, le lamió la pierna y le dio un mordisquito encima de la rodilla. Lucy soltó una carcajada y abrió las piernas. Lena continuó su camino húmedo hacia la entrepierna de Lucy y, en cuanto la alcanzó, le succionó el clítoris, hambrienta, y le metió los dedos.

Lucy se arqueó y dejó escapar un profundo gemido. Frotó las caderas contra Lena. Estaba tan hermosa, libre y excitada, que a Lena se le hizo un nudo en la garganta. Cerró los ojos para bloquear la imagen. Si pudiera deshacerse del peso que sentía sobre los hombros... sería maravilloso abrir su corazón a alguien, para variar, en lugar de verse obligada a ocultar sus sucios secretos. A veces era como si estuviera condenada a cargar con el peso insoportable del pasado de su padre, además del suyo. Estaba cansada y lo único que quería era que todo acabara.

—¿Te ocurre algo? —le preguntó Lucy.

Lena se dio cuenta de que se había quedado quieta, con la cabeza apoyada en el vientre de Lucy y los dedos dentro. Levantó la mirada y forzó una sonrisa sensual.

—Sólo te hago esperar un poco.

«Deja de pensar.»

No podía hacer nada. Aquél era su destino y aquella noche era la última vez que estarían juntas.

Lucy le devolvió la sonrisa.

—Pues dime lo que he hecho para volver a hacerlo.

Lena la penetró más deprisa hasta que Lucy chilló y se retorció. Cuando dejó de temblar, la pelirroja dejó su posición entre las piernas de la castaña y ascendió sobre su cuerpo, estudiándola para memorizar cada una de sus curvas. Finalmente montó a horcajadas sobre la cara de Lucy. Ésta le acarició el clítoris con la lengua y le agarró las nalgas para que no se moviera. Le lamió el coño y luego le succionó el clítoris a conciencia. Lena sacudió la cabeza de un lado a otro al ritmo en que se lo chupaba.

Lucy le deslizó los dedos entre las piernas y la penetró con energía. Lena gritó.

—Más fuerte.

Sus entrañas se tensaron como un muelle. A una velocidad que necesariamente tenía que haberle dado sus años de kárate, Lucy la cogió de la cintura y la tumbó de espaldas. Lena rebotó en el colchón al tiempo que Lucy se le ponía encima.

—¿Dónde tienes los juguetes?

Lucy le abrió las piernas y volvió a meterle los dedos. Lena sacudió las caderas y se aferró a la colcha.

—No necesito juguetes. Sólo... a ti.

El rostro de Lucy reflejó una cierta confusión. Algo había ido mal: Lena lo percibió en el fondo de su corazón. Su última noche no sería más que un polvo de despedida. En lugar de hacer el amor, mantendrían una distancia de seguridad y utilizarían la intensidad de su conexión física como vía de escape, como siempre habían hecho. Tendría que querer sexo duro, ¿no? Como si eso la fuera a hacer sentir mejor acerca de lo que le ocultaba a Lucy. Su mente se había convertido en un torbellino de pensamientos caóticos.

Lucy frunció el entrecejo.

—¿Qué sucede?

Lena inspiró hondo. Los ojos se le habían llenado de lágrimas y apenas podía contenerlas.

—Nada. Quiero que acabes lo que has empezado —sonrió débilmente y levantó las caderas.

Lucy se retiró y abrió el cajón de la mesita de noche. Lena vio el arnés de reojo y se puso tensa. No quería que en la última noche que iban a pasar juntas hubiera ninguna falsedad, pero puso cara de deseo por Lucy. Si era lo que ella deseaba, dejaría que se lo metiera, joder si lo haría. Quería que Lucy recordara aquella noche durante el resto de su vida.

La castaña ojiazul escrutó el rostro de Lena con atención y dudó, con el arnés en la mano. Notaba que algo iba mal; lo veía en el comportamiento de Lena. No tenía ni idea de lo que había pasado, pero no iba a jugar a aquel juego con ella. No quería empezar a hacerle preguntas y convertir su última noche juntas en una sesión de terapia. Había ido allí para echarle el mejor polvo de su vida. Después se acurrucaría a su lado y la abrazaría hasta que se quedase dormida. Sin psicoanálisis. Sin excusas. Sin conversaciones incómodas, mientras intentaban decirse adiós. Cuando Lena se despertara por la mañana, Lucy ya se habría ido.

Se abrochó las correas y se colocó el dildo. Cuando miró a Lena, la pasión que reflejaba su rostro hizo que se le encogiera el estómago. Su mirada

decía: «méteme esa cosa ya». Lucy agarró el extremo del dildo y se lo colocó entre las piernas.

—Deja de perder el tiempo y hazlo —gruñó Lena.

Había algo raro en el tono de su voz. Puede que su cara dijera «fóllame», pero su voz decía algo diferente.

Lucy quiso arrancarse el puto juguete y tirarlo. Empezó a apartarse, pero Lena le rodeó las caderas con las piernas y la inmovilizó donde estaba.

—Fóllame, Lu.

Lucy le introdujo el dildo poco a poco. Se deslizaba con facilidad en el interior de su coño mojado. Lena gritó, se arqueó y le hundió las uñas en la espalda.

—¡Oh, sí, más fuerte! —Se agitó contra el dildo sin parar—. Más deprisa, Lucy.

La castaña se sentó sobre los talones y Lena liberó su espalda. Lucy encontró su ritmo y la penetró una y otra vez, mientras le acariciaba el clítoris con el pulgar, en círculos. Lena la embistió y se arqueó para que la frotara más fuerte. Cuanto más cerca estaba del clímax, más desesperados se volvían sus gritos.

—¿No sabes hacerlo mejor?

Lucy la penetró con más fuerza.

—Me has dicho que te follara, no que te rompiera.

Lena echó la cabeza hacia atrás.

—Oh, Dios, eso ya es otra cosa. No pares.

Lucy le hizo doblar una pierna contra el pecho y Lena se la aguantó para que el dildo le entrara más hondo. Lucy la embistió enérgicamente. Los cuerpos sudados de las dos mujeres botaban con las sacudidas. Le metió el juguete hasta el fondo, sin dejar de trabajarle el clítoris con una cadencia perfecta.

Lena jadeó en busca de aire y soltó un grito agudo y desgarrador. Su cuerpo se agitaba, fuera de control; Lucy le soltó las piernas y cayó sobre ella para frotarse contra sus caderas. Cuando buscó los labios de Lena, ésta giró la cabeza y le hundió los dedos en el pelo. Enloquecida, tiró de él sin dejar de sacudirse contra su cuerpo, hasta que su orgasmo se expandió por completo.

—Ha sido fantástico —jadeó, cuando Lucy le besó el cuello.

La castaña sonrió, pero no fue capaz de responder. No estaba segura de a

qué se refería exactamente: al orgasmo o al polvo de despedida. Estaba convencida de que aquélla era la manera que tenía Lena de decir adiós. Había llegado el momento de volver al mundo real.

Le sacó el dildo, se lo quitó y lo tiró al suelo. Cuando se dio la vuelta, Lena estaba de lado. Lucy se tumbó junta a ella, las tapó a ambas con la sábana y abrazó el cuerpo sudado de la pelirroja por la espalda. Esperó. Aquél era el momento en que una de las dos tenía que decir algo sobre el futuro, pero Lucy no quería estar en desventaja, y menos cuando Lena ya le había enseñado la puerta. No parecía abierta a ningún tipo de discusión y, aunque hubiera llegado a considerar la posibilidad, seguro que se había decidido del todo cuando Lucy le había hablado de su madre. ¿Quién iba a querer liarse con una mujer que pronto tendría que hacerse cargo de su madre?

Lucy frunció el entrecejo. Aquél no era el motivo. Había visto compasión en los ojos de Lena. Su mirada apesadumbrada mientras se lo contaba no había sido fingida. La había entristecido de verdad oír la desgracia de Briggitte. Quizá sólo se compadecía de Lucy, pero era como si se sintiera responsable. Era extraño y, al mismo tiempo, adorablemente dulce.

Mierda. Tenía que dejar de pensar en ella. Se había acabado. Pero, joder..., tenía a Lena grabada a fuego en la mente. Sería difícil olvidarla. Notó que los hombros de Lena se relajaban y observó que su pecho se movía a un ritmo constante, con la respiración profunda propia del sueño. Lucy le besó la mejilla, dejó escapar un suspiro resignado y se levantó de la cama.

Después de vestirse, se quedó de pie contemplando el bello rostro y el cuerpo de Lena. Había muchas cosas que quería decirle, pero su tiempo con ella había finalizado.




Era hora de marcharse.







CONTINUARÁ... Arrow

Jemmahollstein
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Vale Berríos. el Vie Abr 22, 2016 2:44 am

Te diré únicamente dos palabras, absolutamente genial!! *_*

Vale Berríos.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Julenka el Mar Abr 26, 2016 7:45 am

Que buen capítulo me encanto. Se le va venir la noche a Lena. No se si Lucy perdonar eso que tanto perjudico a su mama. Para ya las dos estas muy enamorada. Que pasara. Estoy ansiosa por leer el siguiente capitulo. No tardes por favor.

Julenka

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Dom Mayo 01, 2016 11:45 pm

OMG!!! Cuando Lucy se entere que es Lena la de la compañia :O


Espero más conti Very Happy

VIVALENZ28

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Jemmahollstein el Mar Mayo 03, 2016 8:55 pm

Hallo, después de una semana sin postear este Fan Fic, hoy les dejaré dos capítulos, que espero que les gusten.


Vale Fernandez, Julenka, Vivalez: Gracias chicas por seguir esta historia, llego el momento de la verdad, veremos como reacciona la castaña ojiazul cuando le Lena le confiese quien es ella. Veremos si lo entiende o de plano la manda a mier**. Espero les guste, saludos.






ATRÉVETE



CAPÍTULO NUEVE 


Tras una larga semana de trabajo, Lena se desplomó sobre la silla de su camerino y contempló su reflejo. Debería de haberse animado un poco allí, en su segundo hogar, pero era como si la tristeza se hubiera apoderado de ella. Se retocó el maquillaje mientras se preguntaba si Lucy aparecería aquella noche. Sólo de pensarlo le dio un vuelco el corazón, pero sabía que no sucedería. Lucy no había vuelto a poner un pie en The Pink Lady desde su polvo de despedida y Lena no esperaba lo contrario. Las dos sabían lo que había: la aventura se había terminado. No se iban a hacer amigas ni nada parecido. La castaña había sido un buen polvo y nada más.
Lena se levantó y empujó la silla, se alisó la minifalda, se puso la máscara y recorrió el pasillo. Mantuvo los ojos pegados al suelo cuando Max la llamó a voz en grito. No quería ver a las mujeres babosas que la esperaban. Cuando atravesó el telón y llegó al taburete del escenario, se puso encima, boca abajo, y abrió las piernas.
El aire se llenó de silbidos y la música atronadora retumbó en sus oídos. El muro de sonido la aisló de sus propios pensamientos y volvió a ser la de siempre bajo los estridentes altavoces. Sin dejarse llevar por las emociones. Calmada y controlada. Mientras los vítores se sucedían y el público daba patadas en el suelo, ella se contoneaba de un lado a otro del escenario y se dejaba tocar los brazos y las piernas. Algunas almas valientes llegaron a acariciarle mechones de su largo cabello suelto, pero Lena pasó de largo con desdén. 
Cogió la mano de alguien que se agitaba en el aire y le chupó unos cuantos dedos. A pesar de la música y los gritos, no pudo evitar que le viniera a la cabeza la imagen de Lucy y, al recordar sus dedos en su interior, el calor prendió entre sus muslos. Se llevó la mano de la mujer a la entrepierna y se frotó las caderas en sus nudillos, pero aun así no pudo dejar de pensar en cómo la tocaba Lucy.
Se mojó enseguida y se frotó más fuerte, hasta que unos dedos rollizos se deslizaron bajo su tanga. Lena miró directamente a los ojos castaños de la
mujer, que sonrió ampliamente e intentó meterle los dedos más adentro, pero Lena le apartó la mano y se alzó por encima de la multitud. Oh, sí. Aquél era su lugar. Allí sentía que el mundo exterior desaparecía y la vida real se volvía insignificante en comparación. Paseó por el escenario entre decenas de caras y decenas de sonrisas. Tenía un buen puñado de fans entregadas.
La música terminó demasiado pronto. No quería que cesara la música, porque el silencio la devolvería a la realidad. Abandonó el escenario y corrió a su camerino. Por el pasillo, se quitó la máscara y el top. No le importaba si la veía alguien. Los lanzó contra la pared en cuanto entró en el camerino. La minifalda se fue al suelo. Se quitó los tacones, cogió los vaqueros y se cubrió el torso con una camiseta sin mangas. Un ruido la alertó y se volvió hacia la puerta. Sharon estaba en el umbral.
—¿Estás bien? —le preguntó, manteniendo las distancias—. No eras tú misma ahí fuera.
Lena asintió.
—Todo bien, jefa.
—¿Quieres hablar de ello?
La pelirroja no acababa de entender qué coño le pasaba. ¿Acaso su imagen de mujer fuerte y segura de sí misma se había ido al carajo?
—De verdad, Sharon, no me pasa nada. No te preocupes.
—Lema, no puedo ayudarte si no eres sincera conmigo. Creo que habría que llamar a Artie. —Sharon se le acercó y le tendió un sobre—. Te ha llegado otra carta.
Lena la cogió con precaución. Se le había hecho un nudo en el estómago. La abrió despacio, sacó la nota doblada y leyó la nueva amenaza. Estaba pulcramente mecanografiada, igual que la primera.
OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE.
TU VIDA POR OTRA
—No puedes ocuparte de esto tú sola —le dijo Sharon—. ¿Y si es más que una broma? ¿Y si Paula busca venganza? Lena negó con la cabeza. —No quiero sacar esto de madre —dijo.
Le temblaban las manos y las puso entre las rodillas.
—El otro día prácticamente sacaba espuma por la boca.
—Estaba borracha —puntualizó Lena—. Y no admitió que fuera ella la de las notas y las llamadas. Además, la adquisición de Riching fue de las más fáciles en las que ayudé a mi padre. Su padre ni siquiera estaba en contra de vender. Creo que se alegraba de que se acabara todo.
Sharon suspiró.
—Siento lo de la otra noche. Supongo que estaba un poco celosa.
Lena sonrió ante el súbito cambio de tema.
—No sufras.
Aunque Sharon sólo necesitaba desahogarse y seguían siendo amigas, Lena no quería contarle demasiado. No estaba dispuesta a hablarle de Lucy, porque, si se lo contaba, Sharon creería que había tenido algo que ver con la ruptura. Y que Dios las cogiera confesadas.
—¿Le has hablado de tu empresa? —la sondeó Sharon.
—¿A quién?
—No hagas como si no supieras de quién te hablo.
Lena se encogió de hombros.
—No tengo por qué contárselo. Ya me conoces. Cuando es sólo sexo, no hay nada de que hablar.
—¿Seguro? —dijo Sharon en un tono suspicaz, escrutando el rostro de Lena con atención.
—Joder, claro. Estoy segura —rió la pelirroja—. No tengo tiempo para las cursiladas del amor. Además, tú eres la única persona a la que le da igual mi verdadero trabajo. Pero, claro, eres una zorra, así que no cuentas.
Sharon soltó una carcajada.
—Sí, lo soy, vale. —Se dirigió a la puerta—. Pero tarde o temprano tendrás que confiar en alguien.
—Confío en la gente que me quiere —dijo Lena.
Sharon la miró detenidamente.
—Por eso tienes que confiar en mí y llamar a Artie.
Lena asintió y metió la nota en el sobre otra vez. En aquel momento, Darren apareció en el camerino sin darle tiempo a escapar.
—¿Quieres ir a comer algo con Tony y conmigo después de que cerremos?
—Claro que sí.
Lena dejó la amenaza de muerte en el cajón superior de su tocador y Sharon la observó, interrogante.
—Podría llamar yo a Artie, si quieres.
—No. —Lena se puso en pie—. Es mi problema, no el tuyo.
Darren arqueó una ceja.
—¿Me estáis ocultando algo?
—¿Acaso Lena le haría eso a sus amigos? —replicó Sharon con sarcasmo.
Cuando se fue, Darren le puso la mano en la pierna.
—Lena, cielo, ¿se te ha ocurrido alguna vez que no tienes que defenderte de todo el mundo?
La pelirroja no se movió, aunque las palabras de su amigo desataron algo en su interior. ¿Era eso lo que hacía? Contempló su reflejo en el espejo y retrocedió en el tiempo, hasta otro reflejo, en otro tiempo. Fue como ver a su madre devolviéndole la mirada, desde lo más profundo de su memoria. Era como ver una película antigua: Lena la vio llorar. Intentó consolarla rodeándole los hombros con el brazo.
Su madre suspiró hondo.
—Nada cambiará. Hasta cree que tiene que defenderse de mí.
La derrota que reflejaba su rostro hizo que Lena se sintiera totalmente impotente. Su madre había tirado la toalla. Había dejado de quererle. Lena siempre la había visto como la traidora que los abandonó y empezó una nueva vida. Sin embargo, ¿era la única que había traicionado a alguien? Por primera vez en la vida comprendió que su padre le había hecho daño a la mujer que le amaba y que aquello había tenido consecuencias. Había pagado aquel precio por levantar un muro entre él y la gente que lo quería de verdad.
¿Quería ella cometer el mismo error?
 
* * *
 
Lucy dejó el coche en el aparcamiento del restaurante de 24 horas y miró el reloj. Seguramente Connie tardaría diez minutos en llegar. Lucy había llegado pronto porque necesitaba desesperadamente ver a su vieja amiga y porque no quería aparcar en la calle, la misma en la que estaba The Pink Lady. En casa se estaba volviendo loca y tenía que hacer algo para sacarse todas
aquellas imágenes de la cabeza. La televisión no ayudaba. Tampoco podía dormir. Y, sin descansar como es debido, no podía funcionar y mucho menos entrenar para el próximo combate. A aquel ritmo, algún oponente muy inferior a ella la humillaría públicamente.
¿Por qué no podía dejar de pensar en Lena?
Después estaba su madre, que se había mostrado tan tranquila durante su visita. Aquella mujer le provocaría una úlcera. Sus ahorros se agotaban a una velocidad de vértigo y Lucy no podía hacer nada para evitarlo. Apretó los dientes con irritación. Durante la semana anterior, había llamado a algunas empresas farmacéuticas de otros estados y también a varias farmacias, pero seguía sin encontrar nada.
Estaba asustada, desesperada. Se diría que su madre se negaba a darse cuenta de las pocas opciones que le quedaban y la muy obstinada insistía en que lo tenía todo bajo control y en que podía cuidarse sola. ¿Qué hacía falta para que asumiera la situación y le permitiera a Lucy hacer lo que cualquier hija querría hacer?
Cerró el Viper y entró en el restaurante. Suponía que tendría que esperar sola, pero oyó que alguien la llamaba y localizó a una rubia que le hacía señas desde una de las mesas que había junto a la ventana. Sólo con ver sonreír a Connie, Lucy se sintió mejor. Joder, necesitaba liberar un poco de tensión acumulada. Si alguien podía devolverla al buen camino era su ex compañera de cuarto en la universidad.
—¡Hacía meses que no me llamabas! —protestó Connie en cuanto la castaña tomó asiento a su lado.
—Lo siento. —Lucy agachó la cabeza con la esperanza de que Connie se apiadara de ella.
—Haces bien en sentirlo —le sonrió Connie—. ¿Tu madre ya ha encontrado trabajo?
Lucy negó con la cabeza.
—No. Sigue buscando y sigue sin dejar que la ayude.
—Eso es porque es una mujer con clase. No quiere aprovecharse de su hija.
Lena se encogió de hombros y se apoyó en el respaldo de la silla.
—Supongo. Pero cuando se quede sin ahorros no tendrá más remedio.
—Entonces ya veréis lo que hacéis.
Pidieron unas cervezas y estudiaron la carta.
—La hamburguesa al roquefort está muy buena —apuntó Lucy. Solía pasar por aquel restaurante antes de ir a alguno de los clubs de más abajo.
—¿Quieres que compartamos algún entrante? —preguntó Connie—. Me muero de hambre.
Lucy no tenía apetito. Llevaba días viviendo a base de fruta y café, pero por hacer feliz a Connie dijo que sí.
—Claro, lo que quieras.
—Aros de cebolla. —Connie dejó la carta—. Y un batido. ¿Chocolate o vainilla?
A Lucy se le revolvió el estómago.
—Elige tú.
La camarera les llenó las jarras de cerveza y les tomó nota.
—Ahora, vamos a lo bueno —dijo Connie, en cuanto se alejó la camarera—. ¿Qué tal tu vida sexual?
Lucy sonrió. Nadie como Connie para ir al grano y saber que había alguna mujer en el asunto.
—Ya no vale la pena hablar de ella.
Connie la observó.
—¿Desde cuándo? ¿La zorra de Marsha no te fastidió la libido, verdad? Ya te dije que no la dejaras ir a vivir contigo.
Lucy se rió.
—No, es que..., bueno... —Respiró hondo. Si no se lo podía contar a Connie, ¿a quién se lo iba a contar?—. Conocí a una persona. Una stripper.
—Oh, cuenta, cuenta —Connie se puso cómoda.
—No es nada. Sólo...
—¿Te la tiraste? Cuéntame esa parte.
Lucy sonrió y bebió un sorbo de cerveza mientras reflexionaba.
—No lo sé. Fue diferente.
Connie ladeó la cabeza.
—¿Diferente? Será mejor que te expliques, porque me ha parecido ver a Cupido disparando flechas con corazoncitos alrededor de tu cabeza.
La ojiazul echó un vistazo a su espalda cuando un ruidoso grupo entró en el restaurante. Carcajadas femeninas y risitas masculinas flotaron en el ambiente.
Lucy se quedó sin respiración al reconocer a Lena con Darren y otro hombre. Su cabello largo y ondulado caía como una cascada de rizos rojizos sobre sus hombros. Los fluorescentes del local le robaron aún mas el color a sus mejillas y, como resultado, sus rasgos parecían más duros. Vio a Lucy y a Connie, pero apartó la mirada enseguida. Su expresión, indudablemente teñida de celos, así como los vaqueros que le ajustaban peligrosamente los muslos provocaron un escalofrío ardiente entre las piernas de Lucy.
A Darren se le borró la sonrisa de la cara cuando vio a Connie. Lanzó a Lucy una mirada incendiaria para dejarle bien claro que, antes que ser testigo de cómo cenaba con otra mujer, la abofetearía. Era evidente que Lena no le había dicho que su lío ya era historia.
Connie cambió de posición a su lado.
—¿Qué sucede?
Lucy despegó los ojos del fuego que ardía en la mirada de Lena
—Es ella.
Connie se volvió en el asiento.
—Oh, là, là... Parece cabreada.
Cabreada y celosa. Lucy sonrió: le gustaba despertar aquellas emociones en Lena. Sonrió aún más cuando el trío se les acercó.
—Hola. ¿Ahora acabáis?
Perdió la batalla interna que estaba librando para no mirar a Lena. Darren soltó una risita.
—Ni siquiera hemos empezado. —Le sopló un beso al hombre que tenía a su lado—. Este macizorro es Tony.
Lucy sonrió ante las muestras de afecto. Ojalá pudiera tener una relación tan fácil y cómoda con Lena.
—Encantada, Tony. ¿Queréis sentaros con nosotras?
Los ojos verdes grisáceos de Lena echaron chispas.
—No, gracias. No querría interrumpir vuestra cita.
—Pero yo sí. Siéntate —intervino Darren, que hizo pasar a Tony delante para que se sentara a la mesa.
Lucy reprimió una carcajada: Lena se moría de celos.
—No nos importa. —Le dio un codazo a Connie—. ¿Verdad?
Connie le siguió el juego.
—En absoluto.
Lena se sentó al final de la mesa, fijó la mirada en la ventana y mantuvo la distancia entre Lucy y ella.
—Ya hemos pedido, pero llamaré a la camarera —se ofreció la castaña, complaciente.
—Ah, no te preocupes —dijo Darren—. Venimos siempre, así que ya saben lo que queremos.
Le dio otro repaso a Connie y se quitó una pelusilla imaginaria del hombro. Lena tamborileó con las uñas sobre la mesa, sin mirar a Lucy para nada. El enfado era evidente en cada fibra de su ser.
Lucy dijo lo primero que se le ocurrió.
—Parece que mañana va a hacer buen día, ¿verdad?
Aquello no podía haber sucedido: no acababa de decir semejante estupidez.
«Dios, tierra trágame.»
¿No se suponía que tenía que poner celosa a Lena?
Connie soltó una risita.
—Mi pequeña meteoróloga.
Le dio una palmada en la pierna a Lucy y Lena la fulminó con la mirada. Darren tosió y se dirigió a Connie.
—Lena es cinturón negro.
Connie sonrió.
—Yo también. Lu me entrenó. Clases particulares, por supuesto.
Lucy tomó un trago de cerveza para que no le entrara la risa. La mezcla de fuego y hielo en los ojos de Lena era demasiado buena para ser verdad.
—Bueno, alguien está acosando a Lena.
Darren sonaba como un niño de párvulos, emperrado en superar a Connie. Ésta se acercó un poco a la castaña y dijo, con voz seductora:
—Lucy nunca dejaría que nadie me acosara. ¿Verdad, nena?
Lucy reprimió una carcajada y negó con la cabeza, despacio.
—Nunca.
Llegó la comida. Tony comía como si deseara hacerse invisible. Darren tiró ketchup en el plato de Connie «sin querer». Lucy mordisqueaba sus
delicias de pollo sin quitarle el ojo de encima a Lena. Buscaba desesperadamente algo que decir.
«Estás tan buena que en lo único que pienso es en hacer que te corras. ¿Sabes qué? Te echo de menos.»
Se metió una patata frita en la boca para reprimir un gemido.
—¿Cuánto hace que os conocéis? —preguntó Lena, en un tono tirante.
Antes de que Lucy tuviera tiempo de atarle la lengua a Connie y dar por terminada la deliciosa provocación, ésta rió, se volvió hacia su amiga y repuso:
—Uf, hará... ¿Quince años?
A Lena se le pusieron los ojos como platos.
—¿Quince años?
Darren resopló. Se levantó de la mesa y arrastró a Tony con él.
—Vamos, Lena, cielo. Necesitas despiojarte. Seguro que esta perra te ha pegado algo.
Siguió insultándola por encima del hombro de camino a la caja. Lena dio unos pasos hacia la puerta, pero antes de llegar se dio la vuelta, con el rostro congestionado por la ira, y volvió a la mesa a grandes zancadas.
—Eres una puta mentirosa. ¿Cómo te atreves?
—Joder... —Connie silbó por lo bajo cuando el trío salió por la puerta—. Menuda bomba de relojería tienes entre manos.
Lucy vio por la ventana cómo se alejaba Lena, seguida de Darren y de su cita.
—¿Qué haces aquí sentada todavía, tonta? —la impelió Connie—. Detenla.
—¿Para qué coño la voy a detener? Acaba de dejarme.
Connie la empujó hasta hacerla levantar.
—Mueve ese hermoso culo y sal ahí fuera antes de que se vaya. Creo que Cupido ha dado en el blanco.
 
* * *
 
Lena se detuvo junto al coche de Darren y esperó a los tortolitos. La furia se había apoderado de ella y su paciencia pendía de un hilo. Dios, no
había estado tan celosa en la vida. ¿Y por qué? ¿Porque una tía con la que se había enrollado dos noches había engañado a su novia? Por amor del cielo, se sentía sucia y humillada.
Darren y Tony se acercaron a ella, entre risitas.
—¿Vais a dejar de meteros mano el tiempo suficiente para llevarme al club? Sabía que tendría que haber traído mi coche.
—No os preocupéis, chicos. Yo la llevo. Me pilla de camino —intervino Lucy, que había aparecido en la acera.
Lena le lanzó una mirada furibunda.
—Ni hablar. No vas a volver a ponerle los cuernos a tu novia conmigo —fulminó a Darren con la mirada para que se diera prisa—. ¡Entra en el puto coche!
Darren miró a Lucy de arriba abajo.
—A lo mejor deberías ir con ella, cielo —le dijo a Lena. Entonces le dirigió una sonrisa a su cita y añadió—: Mi pastelito se siente un poco abandonado. ¿Verdad, pastelito?
Hecha una furia, Lena apretó los dientes y a punto estuvo de gruñirle a Lucy.
—Iré a pie.
Lucy se pasó los dedos por el pelo, en un gesto de frustración.
—Maldita sea, te están acosando. No vas a ir a pie a ninguna parte.
Lena se dio media vuelta y echó a andar, pero Lucy la agarró del brazo y la detuvo.
—Sube al puto coche o te meteré a la fuerza.
Lena enderezó los hombros, levantó la barbilla y se dirigió al Viper como una princesa orgullosa. Se quedó allí de pie hasta que la castaña le abrió la puerta y, sin pronunciar palabra, subió al coche y se abrochó el cinturón.
El trayecto de dos manzanas fue más incómodo que una cumbre palestino-israelí. Ninguna de las dos quería romper el hielo. Incapaz de reprimir su enfado, Lena se encaró con Lucy en cuanto llegaron a The Pink Lady.
—¡Qué cara tienes! ¿Follabas conmigo mientras tu novia te esperaba preocupada en casa?
Lucy sonrió. Aquella furiosa acusación la extasiaba.
—No, te follaba mientras ella estaba en el trabajo.
Lena dio un respingo. Cerró los puños y a duras penas reprimió el impulso de pegarla.
—Estás enferma.
—No parecía que te importara cuando gritabas mi nombre.
Lena sintió un cosquilleo en la entrepierna. ¿Cómo lograba Lucy que, a pesar de todo, tuviera ganas de arrancarle la ropa?
«Santo cielo. He sido "la otra".»
Y había disfrutado cada segundo. Le aterrorizaba que Lucy viera el deseo en sus ojos, así que miró por la ventana. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se permitió derramarlas. No pensaba consentir que aquella zorra la hiciera llorar, por mucho daño que le hubiera hecho.
—Mírame, Lena.
La súplica de Lucy despertó el fuego en su interior. El ansia y el deseo la asaetearon como cristales afilados, directos a su sexo.
—Vete a la mierda.
Lucy le cogió la barbilla y le hizo girar la cabeza.
—Connie es mi mejor amiga. Éramos compañeras de cuarto en la universidad.
Lena tragó saliva. Los ojos de Lucy, cargados de ternura, diversión y honestidad, hicieron que le entraran ganas de subirse a su cara a horcajadas.
«Quince años.»
El comentario por fin cobraba sentido. Había asumido que eran novias desde el instituto, cosa que hacía que Lucy pareciera mucho más insensible. Por favor, se había comportado como una idiota enamorada en público. Habían jugado con ella.
Lucy le sonrió con delicadeza y compuso una expresión divertida, pero aquello no aplacó a la pelirroja. De repente se sentía como una amante despechada. La vergüenza no hizo más que avivar su enfado. Giró la cara, temerosa de la mirada de la castaña y de las emociones que se arremolinaban en su interior como un tsunami. Apoyó la mejilla en el fresco cristal y dijo:
—Muy graciosa.
—No soy yo la que lleva una doble vida —le dijo Lucy en tono serio—. Ni siquiera sé quién eres en realidad, Lena
—¿Qué quieres decir?
—He estado en tu casa. Y te vi con traje un día por la calle. Es evidente
que no haces strip-tease para ganarte el pan.
Lena se encaró con ella de nuevo. Le temblaban los labios. Quería contárselo todo pero no sabía por dónde empezar.
—Me conoces mejor de lo que crees.
—¿De verdad? ¿Porque hemos follado unas cuantas veces?
—No. —Lena luchó por hallar las palabras adecuadas. Al final sus esfuerzos por contener las lágrimas se fueron al traste—. El picnic. Fue uno de los días más felices de mi vida.
¿Qué trataba de decir? ¿Que era el único día de su memoria reciente en que se había sentido real? ¿Que cuando Lucy y ella habían hecho el amor sobre aquella manta se había sentido querida?
Lucy la miró durante un buen rato.
—Voy a llevarte a casa. Y luego vamos a hablar.
A Lena se le aceleró el pulso. ¿Sería un error? Apartó las dudas de su mente y accedió.
—De acuerdo.
Lena se apoyó en el reposacabezas de piel, sorprendida del riesgo que estaba dispuesta a correr. Lucy quería saber la verdad y ella se la contaría, hasta el detalle más sórdido. Sería un gran alivio soltarlo todo, pasara lo que pasara.
 
 

 CONTINUARÁ... Arrow


Última edición por Jemmaling el Mar Mayo 03, 2016 9:16 pm, editado 1 vez

Jemmahollstein
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Jemmahollstein el Mar Mayo 03, 2016 9:08 pm

ATRÉVETE




CAPÍTULO DIEZ 


La verja de la casa de Lena estaba abierta de par en par. Habían tirado papel higiénico sobre los arbustos y los árboles como si fueran guirnaldas de Navidad. También habían lanzado pintura roja sobre la fachada, en un cruel intento de estropear su belleza.
—Dios santo...
Lena bajó a toda prisa del Viper en cuanto aparcaron. Lucy sacó el móvil y llamó a emergencias, mientras bajaba del coche y seguía a la pelirroja por el patio delantero. La operadora respondió.
—¿Cuál es su emergencia?
—Alguien ha entrado en casa de mi amiga. Necesitamos una patrulla inmediatamente.
Lucy le dio la dirección.
—Señora, ¿hay alguien con usted?
—Mi amiga está aquí. Es la propietaria de la casa.
La operadora le dijo que permaneciera al teléfono hasta que llegara la policía y Lucy rodeó a Lena con el brazo.
—Están de camino.
—¿Qué clase de jodido chiflado haría algo así?
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas mientras contemplaba el jardín. Su bello rostro estaba contraído por la pena.
«Seguramente el mismo jodido chiflado que envía amenazas de muerte al club.»
Lucy se guardó aquel pensamiento para sí. La mujer que Harold había reducido no había negado estar detrás de aquellas amenazas y todo el mundo parecía pensar que, efectivamente, podía haber sido ella. ¿Se habría metido en casa de Lena? Y si sabía dónde vivía, ¿qué más podía saber? ¿Qué relación
tenía con Lena?
Lucy paseó con Lena por el jardín, para comprobar los destrozos. Había cristales rotos sobre las plantas tropicales, alrededor de la entrada. Al inspeccionar más a fondo, encontraron algunas ventanas rotas. Habían lanzado más papel higiénico desde dentro de la casa. Lena subió al porche de madera.
—No entres —la detuvo Lucy—. Espera a que llegue la policía.
Lena soltó un chillido agudo y se llevó las manos a la boca. Lucy siguió la dirección de su mirada de horror y un escalofrío le recorrió la espalda. En las tablas del patio habían escrito una nueva amenaza a punta de cuchillo.
HA LLEGADO TU HORA, ZORRA
Los sollozos desconsolados de Lena le rompieron el corazón. La abrazó con fuerza hasta que apareció la policía, con las luces y las sirenas puestas, como si vinieran a arrestar a un terrorista. Su pronta llegada sorprendió a Lucy, aunque supuso que una de las ventajas de vivir en un barrio como aquél era que la policía acudía cuando la llamaban. Si hubiera llamado desde casa de su madre habría sido diferente; eso si se dignaban a aparecer. Apartó aquel amargo pensamiento de su mente y soltó a Lena. Las dos contemplaron las luces brillantes.
Después de confirmarle a la operadora que la policía había llegado, Lucy colgó y se llevó a Lena del porche. Si el acosador o acosadora había dejado algún rastro, no quería contaminar la escena antes de que la analizara la policía.
Un policía alto, vestido de paisano, se les acercó e iluminó la parte de atrás de la casa con una linterna.
—¿Habéis entrado?
—No —contestó Lena, enjugándose las lágrimas.
El inspector dio algunas órdenes, se sacó una llave del bolsillo y se la dio a un policía vestido de uniforme.
—Asegúrate de que no hay nadie en la casa. —Se volvió hacia ellas de nuevo—. ¿Tienes idea de quién puede haber hecho esto, Lena?
Lena respondió sin extrañarse de que el inspector la llamara por su nombre de pila.
—Supongo que podría hacerte una lista.
Para sorpresa de Lucy, el policía la rodeó con sus fuertes brazos.
—No pasa nada, nena. Ya sabes el viejo dicho: «Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca.» Tu padre siguió siempre esa regla.
—Ay, Artie —suspiró Lena—. Tendría que haberte llamado antes.
«¿Artie?»
¿Lena conocía a un inspector por su nombre? ¿Quién coño era aquella mujer?
Artie le dio una palmada en la espalda y la soltó.
—Parece que tenemos que hablar de muchas cosas.
—Eso es decir poco. —La pelirroja sonrió a la castaña con timidez—. Lucy, te presento a mi segundo padre, Artie Whitaker. El mejor amigo de mi padre.
Artie le tendió la ancha mano y Lucy se la estrechó. Había un millón de preguntas que quería hacerles a los dos, pero por el momento callar parecía la mejor opción.
—La casa está limpia, señor —gritó el agente desde el porche—. No hay nadie. Sólo un desorden de mil demonios.
Lena fue hacia allá y Lucy la siguió al punto. Artie Whitaker se quedó atrás, hablando por radio. Las habitaciones con ventanas rotas también estaban llenas de papel higiénico y manchadas con bombas de pintura. Las cortinas estaban desgarradas y se agitaban en las ventanas con el viento. Lena se cubrió la boca al llegar a la sala de estar. Las bolas de pintura habían roto una vitrina y había cristales en la moqueta.
—Era de mi madre...
Lena se echó a llorar de nuevo y las lágrimas hicieron que se le corriera el rímel; se arrodilló y se puso a recoger trozos de porcelana. Había una tiara con una piedra preciosa en el centro, torcida y rota junto a la vitrina. Lena la cogió, la abrazó contra su pecho y rompió en sollozos.
—Le encantaba. Más que ninguna otra cosa.
La voz de Artie desde la otra habitación atrajo la atención de Lucy y ésta despegó los ojos de aquella desoladora imagen.
—No hay señal de que hayan forzado la puerta, así que lo más seguro es que quien haya sido supiera el código.
Entró en la sala de estar y se detuvo al ver a Lena en el suelo.
—Quiero que atrapes a quien ha hecho esto —farfulló ella.
—Le cogeremos, pequeña.
Dio un rodeo para no pisar los cristales rotos y miró por la ventana hecha añicos.
—No puedes quedarte aquí. Será mejor que vengas conmigo y con Ellie. Se queja de que nunca vienes a vernos.
—No pasa nada, señor. Puede quedarse conmigo —intervino Lucy—. Tenemos que hablar.
Artie asintió.
—Bien. Coge lo que necesites, pero no intentes limpiar nada.
—Pero no puedo irme así, sin más —murmuró la pelirroja, sin apartar los ojos de sus recuerdos.
Artie cruzó la habitación, le puso la mano en el hombro y le habló con dulzura.
—Tendremos que precintar toda la casa durante la investigación. No podrás volver hasta que la policía científica acabe de buscar huellas y recoger pruebas.
Lucy agarró a Lena de la mano.
—Venga. Vamos a coger algo de ropa.
 
* * *
 
Quien estuviera jugando con ella quería que viviera con miedo y lo estaba consiguiendo. Nunca había estado tan asustada. Había recibido muchas cartas incendiarias y llamadas cargadas de odio en Katins Industries. La gente le gritaba obscenidades y colgaba, como si eso les diera el control. Paula Riching había sido la primera persona en seguirla a The Pink Lady y seguramente era quien había escrito las últimas notas y había hecho las llamadas que había interceptado Sharon. ¿Pero aquello? Lena nunca había sufrido un ataque tan lleno de rencor. Tan personal. Quienquiera que lo hubiera hecho quería dejarle bien claro algo, aunque no sabía el qué.
Se concentró en lo que tenía que meter en la bolsa para llevarse a casa de Lucy. Esta estaba sentada en la cama, a pocos metros, con los brazos cruzados. Su expresión era seria y Lema no se atrevía ni a mirarla. Aquella noche iba a tener que explicarle muchas cosas, pero no sabía si estaba preparada para hacerlo. Ya no estaba segura de poder compartir sus secretos más sucios con una mujer que había llegado a importarle y a la que admiraba. Lo único que quería era hacerse un ovillo en un sofá y quedarse dormida en sus brazos para
olvidar sus problemas y el resto del mundo en general.
Todavía podía decidir irse con Artie. Allí estaría segura. Ellie y él lo sabían todo de su padre y ella, y no la juzgaban.
—¿Estás lista? —le preguntó Lucy.
La pelirroja se dio cuenta de que se había quedado mirando al vacío. Se puso recta y decidió que había llegado la hora de coger el toro por los cuernos. Lo único que tenía que hacer era pasarle la pelota a Lucy y esperar a ver qué ocurría.
Artie las esperaba en el jardín delantero.
—Necesito el nombre y el número de teléfono de todas las personas que tienen el código.
Lena sintió como si le oprimieran el pecho. Artie estaría orgulloso de ella.
—Sólo se lo he dado a la gente en quien confío.
—Bien hecho. ¿Para qué se lo ibas a dar a nadie más? —Le sonrió ampliamente y sus ojos relucieron, divertidos.
El viento le agitó el pelo, plateado—. ¿Y en cuántas personas confías?
Lena le lanzó una mirada de exasperación y empezó a decir nombres.
—Darren y Sharon. Kevin. Tú. Lucy. Nadie más.
Artie parecía aliviado.
—¿Eso es todo?
La recorrió una oleada de culpabilidad. Tenía que contarle muchas más cosas.
—Me están acosando —soltó, antes de cambiar de opinión.
La simpatía de Artie se desvaneció y una mirada airada vino a reemplazarla.
—¿Qué quieres decir?
—Alguien ha estado dejándome amenazas de muerte en el club. Notas, llamadas de teléfono. Una mujer se presentó la otra noche, me llamó de todo y me amenazó antes de que Harold la echara. Tengo su nombre y su número de matrícula.
Artie pasó una hoja de su libreta.
—Por mucho que te guste hacerte la dura, hay cosas de las que no puedes ocuparte sola. ¿Cómo se llama?
—Paula Riching.
La dura mirada de Artie se tiñó de confusión. Temía decirle la segunda parte, pero inspiró hondo y prosiguió.
—Compramos la empresa de su padre.
Artie levantó la mirada al punto.
—¿Por qué no me lo habías dicho antes?
Ahí estaba: el instinto protector que la hacía sentir segura. Había ocupado el lugar de su padre sin titubeos, sin reservas. Lo adoraba por quererla tanto.
—No quería preocuparte. —Lo miró a los ojos—. Y creía que sólo estaba enfadada, pero que no pasaría de ahí.
Artie escribió algo en la libreta.
—Duerme un poco. Yo me encargaré de esto. Pero más vale que me llames a primera hora de la mañana. Tenemos que hablar de varias cosas.
Lena sabía que no diría nada más delante de Lucy y deseó abrazarlo por ser tan discreto. Miró a la castaña de reojo y su expresión le dejó claro que aquella noche tenía intención de llegar hasta el fondo de su misteriosa vida. No estaba segura de por qué era tan importante que Lucy lo supiera todo, pero deseaba contárselo. No quería que hubiera secretos entre ellas, así que, acabara como acabara la noche, se lo contaría todo y al menos se quedaría con la conciencia limpia.
 
* * *
 
Lucy condujo el Viper por la carretera que discurría entre jardines tropicales, con palmeras altas y bajas, cuyas hojas se balanceaban a merced del viento. Llegaron frente a una gran casa de estuco gris con una veranda alrededor. A diferencia de muchas casas de la costa de Los Ángeles, tenía una chimenea alta.
Lena se sintió como en casa enseguida. Estaba impaciente por entrar y encender la chimenea. Lucy cogió su bolsa del asiento trasero y Lena la siguió al interior por un ancho pasillo, hasta llegar a una sala espaciosa con un mullido sofá en el centro. Había una butaca orejera a juego y un sillón reclinable a los lados, formando un cuadrado en el suelo, en cuyo centro había una mesita de café para completar el cuadro.
Kelsey se relajó un poco al ver el hogar de piedra de la chimenea. Había
atizadores con agarradores de latón en el borde. Se moría de ganas de encender el fuego y acurrucarse junto a Lucy.
—Bienvenida a mi humilde morada.
Lucy dejó la bolsa de Lena en el suelo y encendió una lámpara en el rincón. La pelirroja paseó por la estancia y contempló todos los chismes, trofeos, medallas y fotografías de caras sonrientes. Notó que se le encogía el corazón al pensar en su padre y hasta en su insensible hermano gorrón, pero sobre todo en su madre. En aquellos momentos la echaba muchísimo de menos. El hogar de los Katin solía mostrar las mismas caras sonrientes antes de que su madre se marchara y antes de que un ataque al corazón se llevara a su padre. Después de aquello todo había ido de mal en peor, hasta que conoció a Sharon.
Aunque nunca había estado enamorada de ella, tenían sueños parecidos. Sharon tenía el bar y necesitaba su ayuda para darle vida, así que Lena se había tirado a la piscina para explorar su deseo de bailar. Al principio había planeado hacer strip-tease solamente un par de noches por semana y como algo temporal. Sin embargo, con el baile desconectaba de la vida real y de aquel negocio que la hacía tan infeliz.
Los sueños de su padre la habían empujado hacia delante día a día, sin mirar atrás y sin prestarle atención a lo que de verdad importaba en la vida. Lo único que la motivaba era continuar con su legado. Si no hubiera sido por The Pink Lady y sus excéntricos amigos, se habría vuelto loca mucho tiempo atrás. El club se había convertido en un lugar donde podía desahogarse y, cuando el local empezó a funcionar, Lena se sintió orgullosa de haber aportado su granito de arena.
Lucy pasó por su lado y la miró a los ojos.
—¿Quieres que encienda el fuego, ya que no dejas de mirar la chimenea?
Cuando Lena asintió, Lucy prendió unas ramitas y un poco de papel y se sentó sobre los talones para ver cómo se avivaba el fuego. Se le marcaban los músculos de los brazos cada vez que tiraba un tronco a las llamas, pero Lena dejó de fantasear cuando Lucy se limpió las manos y se dejó caer en el sofá.
«Allá vamos.»
—¿Lista para contarme qué demonios está pasando aquí?
—¿Qué quieres saber?
Lena era consciente de que con aquella pregunta no hacía más que ganar tiempo, pero no es que quisiera jugar con Lucy: sencillamente no sabía por dónde empezar. Lucy la miró con impaciencia.
—Esa es una pregunta estúpida. No he visto nunca que la policía llegara tan rápido a la escena de un crimen como lo han hecho hoy, evidentemente porque eres una especie de hijastra del inspector jefe. Te desnudas en un club, pero no necesitas el dinero. Vives en una mansión y parece que la policía sea tu equipo de guardaespaldas privados. —Dejó escapar una carcajada sarcástica—. Eso descarta que trafiques con drogas, pero sigo sin saber cómo te ganas la vida y el vandalismo y las amenazas me han dado que pensar. Así que, ¿qué tienes que contarme, Lena?
Lena respiró hondo, rodeó las piernas de Lucy y se sentó a su lado.
—Ya sabes que no me desnudo. No soy tan barata. Yo bailo.
Lucy rió.
—Vale, ésa te la concedo.
—Y ya te dije que llevo la empresa de mi padre. Murió hace casi dos años. Mi hermano es demasiado estúpido para llevar otra cosa que no sea su Hummer y la verdad es que ni de eso estoy segura —sonrió, pero, como la castaña ojiazul no dio muestras de que el chiste le hiciera gracia, volvió a posar la mirada en el fuego—. En cualquier caso, heredé el negocio. Mi padre sabía que era la única que tenía lo que hay que tener para manejarlo, porque me había entrenado durante años.
—Te debía de querer mucho, para dejártelo todo.
—No sé si voy a poder estar a la altura de sus expectativas.
—Estoy segura de que estás haciendo un buen trabajo —insistió Lucy con un tono de clara simpatía en la voz.
Las llamas se agitaron, bajo la atenta mirada de Lena.
—He hecho lo que se esperaba de mí. Es difícil de explicar..., complicado.
—Lena, me estoy cansando de juegos. Ya sé que empezamos como un rollo sexual y Dios sabe que nunca esperé que...
Lena se volvió poco a poco, con el corazón golpeándole el pecho.
«¿Qué es lo que nunca esperaste?»
Pensó en la atracción irracional que sentía por Lucy y en las emociones que había tratado de ignorar desde que la conoció. Entre ellas había algo más que una conexión sexual, eso ya era innegable, pero lo que no sabía era lo que sentía Lucy.
—¿Qué es lo que no esperabas? —susurró, esperanzada.
La castaña gruñó.
—Nunca esperé que las cosas se complicaran tanto. Gente que irrumpe en tu casa, amenazas de muerte, la loca del club, la policía que corre a protegerte. Ve al grano, Lena. Se me está agotando la paciencia.
Lena dio un respingo y todas las palabras que anhelaba decir se le fueron de la cabeza. Quería averiguar si Lucy sentía algo por ella y también quería hablarle de los últimos dos años, para que supiera lo triste que estaba porque su padre había muerto solo en su despacho y no había podido decirle adiós. Lo perdida que estaba sin su madre. Lo sola que se había sentido ante la tumba de su padre y lo desgraciada que había sido su vida hasta que la había conocido.
Lena contuvo la respiración y reflexionó sobre aquel hecho tan increíble. De repente, todo le importaba mucho más; la idea de perder a Lucy le resultaba insoportable. Entrelazó los dedos con nerviosismo. ¿Cómo iba a explicarle la locura en la que estaba sumida su vida sin arriesgar lo que más le importaba? Hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba que Lucy la entendiera y la aceptara.
Notó que se le encendían las mejillas y dejó escapar el aliento contenido de golpe, con un sonido parecido a un quejido. Se volvió enseguida para mirar a   Lucy a los ojos. La verdad le temblaba en los labios: estaba enamorada.
—¡Que qué clase de negocio tienes, joder! —le gritó Lucy.
La aspereza de sus palabras fue como una bofetada de realidad. Conmocionada, le sostuvo a Lucy la mirada airada y reprimió el impulso de hacerse un ovillo en su regazo y llorar ante la injusticia que suponía estar a punto de perder algo que ni siquiera había sido consciente de querer.
—Es una corporación —tartamudeó, tratando de retrasar lo inevitable.
—Bueno, eso ayuda mucho.
El cinismo de Lucy la hirió de un modo que no esperaba. Con ella, Lena se sentía súbitamente vulnerable y se encogió sobre sí misma. Si hubiera puesto su plan en práctica antes, si hubiera sido lo bastante fuerte para plantar cara a los viejos ambiciosos que querían más y más dinero, por llenas que tuvieran ya las carteras... Lucy no la escucharía: no le daría la oportunidad de explicarle que, en realidad, era una persona decente y de buen corazón.
Con lo que iba a contarle, a Lucy se le revolvería el estómago y Lena no podría defenderse. ¿Cómo podía explicarle que había decidido seguir destrozando empresas y despidiendo a empleados? No podía esperar que Lucy la perdonara por no cambiar el rumbo de la empresa en cuanto su padre murió. Apenas podía perdonarse ella misma.
Lena levantó la barbilla. Su padre no la había defraudado nunca y ella
no pensaba defraudarlo ahora por nada del mundo. No se disculparía por él. Había levantado un negocio próspero y había vivido el sueño americano. La gente como Lucy iba y venía, pero el recuerdo de su padre y la vida que habían compartido vivirían siempre con ella.
—Compro negocios que tienen problemas —dijo.
—¿Como el de aquella tal Riching?
—Sí. Compramos compañías débiles, las echamos abajo, despedimos a los trabajadores y vendemos los activos por más dinero del que podrías imaginar.
—Vaya, no suena nada bonito.
Lena esperó lo que sabía que estaba por venir. Lucy era como el resto del mundo, su expresión dura era buena prueba de ello. Fue testigo del momento en que Lucy ató cabos.
—Me estás tomando el pelo... —Se dio con la mano en la frente—. ¿Tú eres Katins Industries?
Se levantó, negando con la cabeza, y a Lena se le encogió el corazón. Miró a Lucy a los ojos fijamente. No se le ocurría nada que pudiera suavizar lo monstruosa que era. Su instinto de supervivencia se había vuelto loco: decirle que sí era una trampa, pero decirle que no significaría volver al pozo de mentiras del que quería salir. No tenía sentido negarlo por más tiempo. A Lucy le bastaría con buscar la empresa en Google y vería que Lena era la presidenta. Con todo lo que le había pasado a la señora Scherer, lo que la sorprendía era que Lucy no la hubiera buscado y hubiera atado cabos antes.
Reunió toda la fuerza de voluntad que tenía y repuso:
—Sí. Mi padre creó Katins Industries y yo lo sucedí como presidenta.
—Ah, joder. —Lucy se echó las manos a la cabeza—. La dueña de la compañía que destrozó la vida de mi madre, la persona que la mandó a vivir a un vertedero plagado de drogas está sentada en mi puta casa.
Sus ojos reflejaban un odio profundo que Lena reconocía. Lo había visto en cientos de rostros cuando se dirigía a los grupos de trabajadores que iban a ser despedidos. Abrió la boca para defenderse, pero la cerró de golpe. Aún le quedaba algo de orgullo y no había absolutamente nada más que decir. Los ojos se le llenaron de lágrimas; ansiaba acercarse a Lucy, abrazarla y decirle lo mucho que lo sentía, pero se reprimió. Estaba acostumbrada al odio y a la condena de los demás. Cuando Lucy se quedara a gusto con ella, Lena se marcharía aún más insensibilizada que antes, así que se mantuvo firme.
—Todos los que despedimos son indemnizados justamente.
—¿Así es cómo lo llamas? —Lucy cruzó los brazos como si necesitara contenerse para no pegarle un puñetazo—. Me das ganas de vomitar.
Salió de la sala y sonó un portazo en algún punto de la casa. Lena no se movió. Estaba aterrorizada y confusa, y no sabía qué hacer, así que trató de normalizar su respiración y sopesar sus opciones. Podía seguir a Lucy y tratar de explicarle que las cosas en Katins estaban a punto de cambiar, ¿pero para qué? Lucy era igual que todos: la juzgaba antes de conocer todos los hechos. No podía esperar que confiara en ella lo suficiente para dejar a un lado su ira y escuchar sus proyectos.
Sacó el móvil y buscó el número de Artie, pero, antes de que llamara, la puerta se abrió de golpe y Lucy irrumpió de nuevo en la sala de estar, furiosa. La luchadora que había en Lena no le permitió echarse atrás, así que levantó la barbilla y le sostuvo la mirada a la castaña.
—Te quiero fuera de aquí a primera hora de la mañana. —Los labios de Lucy se torcieron en una mueca mientras escrutaba con enfado el rostro de Lena. Entonces le lanzó una manta y una almohada a los pies, se dio media vuelta y se fue.
Lena dio un salto cuando Lucy salió de la sala de estar y dio un portazo. Sólo tenía que seguirla y explicarle que proyectaba cambiar la empresa para arreglar aquel desastre. ¿Sería así de simple? Dio un paso titubeante y se detuvo.
Lucy estaba fuera de sí y su ira era comprensible. No era el mejor momento para intentar razonar con ella y Lena tampoco se sentía con fuerzas para oírle decir que Sergei Katin era un hombre cruel y sin corazón. Además, si le hablaba de sus motivos para cambiar los objetivos de la empresa, sería como admitir que ella también despreciaba lo que había hecho y nadie, absolutamente nadie, iba a obligarla a decir algo así. Su padre se había dejado la piel para hacer realidad sus sueños, tras haberse criado con un padre que le pegaba a diario. No podía deshonrarlo ahora, de ninguna manera.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Lucy nunca sabría la verdad.
 
* * *
 
Lucy paseó de un lado a otro del dormitorio, con los puños cerrados. Nunca había tenido tantas ganas de pegarle a alguien. Santo cielo, ¿cómo no lo había visto antes? Elena Katina, la dueña de Katins Industries, estaba en su
casa. Por amor de Dios, ¡se había acostado con ella!
Se dejó caer en el borde de la cama y apoyó el rostro entre las manos. La imagen de Lena desnuda entre sus brazos se coló en su cabeza. Lucy aún podía sentir cómo temblaba su hermoso cuerpo mientras le metía los dedos bien adentro. Todavía notaba sus brazos rodeándole delicadamente los hombros y el cuello, abrazándola como si se avecinara el fin del mundo.
Se levantó de la cama, se metió en el baño y contempló su reflejo.
—¿Pero cómo diablos se puede tener tan mala suerte?
Se alejó del espejo, apagó la luz y volvió al dormitorio. Malhumorada, se sacó la camiseta por la cabeza, se quitó los vaqueros, se puso unos bóxers y se metió en la cama. Notó un nudo en el estómago cuando oyó el sonido amortiguado del llanto de Lena. ¿Se habría pasado con ella?
«En absoluto.»
Aquella mujer le había destrozado la vida a su madre y por culpa suya ahora estaba hundida en una depresión. No tenía que disculparse con Lena. Aun gracias que no le pegaba una paliza sobre el tatami.
—Llora toda la noche si quieres. Me importa una mierda —murmuró Lucy.
Apagó la lámpara de la mesilla y la habitación se sumió en la oscuridad. Vividas imágenes se sucedieron en su mente y empezó a dar vueltas en la cama en un intento de escapar a los recuerdos más explícitos y a su tortura. Saber que Lucy estaba al fondo del pasillo, seguramente desnuda bajo la manta, era un castigo todavía peor.
Quizás había sido demasiado dura. Era evidente que Lena había estado muy unida a su padre y Lucy admiraba su inquebrantable lealtad, pero aquello no era excusa. Podría haber vendido la empresa si no compartía sus objetivos, si no hubiera tenido el corazón de piedra y hubiera considerado que la gente no merece que la traten como basura.
Lucy intentó ponerse en el lugar de Lena e imaginó que heredaba un monstruo de un padre al que amaba. Quizás ella tampoco habría sido capaz de deshacerse de él. ¿Tenía derecho a juzgarla sin haberse visto nunca obligada a tomar una decisión parecida? Lucy puso los ojos en blanco: allí estaba ella, tratando de buscar excusas para justificar a una mujer que había destrozado las vidas de otros a propósito.
Lena era una bruja. Una bruja con el cuerpo más maravilloso que había visto jamás. Lucy refunfuñó y se sentó en la cama al darse cuenta de la horrible realidad.
—Oh, mierda. Estoy enamorada de una bruja.
Antes de cambiar de opinión, se levantó de la cama y recorrió el pasillo hacia la sala principal. Esperaba encontrarse a la pelirroja temblando y sollozando.

Sin embargo, el sofá estaba vacío. Lena se había ido.


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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Mayo 05, 2016 12:22 am

OMG!!!!! que ocurrirá ahora? Shocked espero mas conti :-D

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Sáb Mayo 07, 2016 12:20 am

bueno bueno,ahora que Lucy se enteró de la verdad, estará difícil que perdone a lena, hay que enterderla su mamá perdió el empleo por culpa de la empresa de lena, aunque la pelirroja haya creído lo que le dijo su padre, para la castaña será vista como una bruja sin corazon, pero por otro lado,lena jamás se puso a pensar en el daño que ocasiona su trabajo, pero por lo visto y es algo positivo, que quiera cambiar los lineamientos de la empresa,.. Ojalá todo se arregle pronto...

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Julenka el Mar Mayo 10, 2016 6:37 am

Que capítulo. Pobre Lucy y tambien pobre lena las se enamoraron sin realmente conocerse. Lena tendra que hacer mucho merito para que lucy la perdone si es que esta lo hace. Por favor no tardes tanto en subir la conti.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Jemmahollstein el Jue Mayo 12, 2016 7:26 pm

VIVALEZ, Hunter, Julenka: Todo puede ocurrir con estas dos, el tema esta cuando van a dejar de latimarse mutuamente! quien sabe...! Gracias por siempre comentar! Smile




ATRÉVETE



CAPÍTULO ONCE 


Lucy se filtró en los pensamientos de Lena como chocolate fundido. Si renunciaba a ella, quizá nunca más encontraría a nadie a quien amar y que la amara durante el resto de su vida. Sollozó mientras las lágrimas le empapaban las mejillas. ¿Habría alguna posibilidad de que, cuando Lucy se tranquilizara, estuviera dispuesta a escuchar su versión de los hechos?
Contempló el borrón de luces que pasaba junto a la ventanilla del coche. ¿Realmente quería a alguien que siempre desaprobaría su vida, por mucho que cambiara? ¿Podía confiar en alguien que la consideraba un monstruo? No era culpa suya que las empresas no pudieran mantenerse a flote. Si la Katins no las compraba, lo haría algún otro gigante empresarial. La mayoría de los dueños de los negocios que compraban estaban agradecidos de no acabar en bancarrota.
Echó un vistazo a Artie, que iba al volante a su lado, y dejó que la visión de su poderoso perfil la confortara.
—Gracias por venir a recogerme.
Se secó la cara, pero era incapaz de contener las lágrimas.
—Cariño, te ha pasado lo mismo que a tu padre. Sabías que sería difícil dejar que la gente entrara en tu vida. Tu propia madre es la viva prueba de ello: creía que tu padre era un monstruo, pero estaba enamorada de él. Habría hecho cualquier cosa por estar a su lado.
—Al menos él tenía a alguien. Mientras siga en esta empresa nunca encontraré a nadie.
—Ay, pequeña, encontrarás el amor algún día. Solo tienes que elegir a alguien que pueda aceptar cómo te ganas la vida.
—No hará falta. Voy a vender Katin Industries.
Artie levantó el pie del acelerador.
—¿Que vas a hacer qué? ¿Cuándo lo has decidido?
—Llevo un tiempo pensándolo. Me iré y no miraré atrás. Tengo que hacerlo.
Artie guardó silencio durante unos segundos.
—Creo que es la mejor decisión que has tomado en la vida —dijo al fin.
—Mi padre se estará revolviendo en la tumba en este momento. No soporto pensar que le he decepcionado.
Artie dejó escapar una risita.
—Lo dudo. Estaría orgulloso de que persiguieras tus propios sueños en lugar de enterrarte en vida con los suyos.
La pelirroja sacudió la cabeza con incertidumbre.
—Yo no estoy tan segura. Siempre quiso que yo llevara el negocio.
—Porque sabía que serías capaz. Quería que fueras fuerte e independiente. Pero no infeliz. Sergei no hubiera deseado eso. Te quería.
—Lo sé —sonrió Lena con tristeza.
Artie le dio una palmadita en la mano.
—Una vez me dijo una cosa que creo que te interesará oír. Dijo que daría cada centavo que había ganado en la vida porque tu madre lo mirara como cuando acababan de casarse. Dijo que el brillo de sus ojos se había apagado, pero que la pasión que los unía la mantenía junto a él. Cuando se marchó, se quedó destrozado.
Lena miró fijamente a Artie. Aquellas palabras se le antojaban extrañas, porque su padre nunca hablaba con cariño de su madre, pero, aun así, sabía que se querían. Aunque, cuando era adolescente, sus padres ya no se besaran ni se abrazaran, el amor seguía flotando a su alrededor. Lena siempre lo había sentido cuando estaban el uno cerca del otro.
Oír de boca de Artie exactamente cuánto habían significado el uno para el otro la había dejado estupefacta. Nunca había imaginado que le arrebataría el aliento de aquella manera saber que su padre estaba dispuesto a tirarlo todo por la borda por amor.
—¿Por qué no dejó la empresa por ella? —Se le fue la lengua, sin poder contenerse—. Habría sido más feliz.
—Fue un imbécil, nunca dejé de recordárselo —respondió Artie en un tono inexpresivo—. Nunca estuvo seguro de que, si renunciaba al dinero y al poder, recuperaría el corazón de tu madre.
—Creía que tenía que cuidar de su familia —dijo Lena en su defensa.
—Pero en lugar de eso la destruyó. —Artie aminoró y cogió el carril para
salir de la autopista—. Podría haber dejado la empresa y vivir de su cuenta corriente el resto de su vida. Podría haberle dado a tu madre lo que ella quería sin renunciar a lo que se había propuesto.
Lena suspiró. Había oído a sus padres discutir por aquel motivo. Ella le preguntaba cuántos millones le harían falta para enterrar el pasado. Su padre había crecido en la pobreza, con un padre brutal, y se había jurado que su familia nunca sufriría como él. Lena lo respetaba por aquel motivo y era consciente de haber heredado su arraigado sentido de la responsabilidad. Hiciera lo que hiciera Kevin, ella siempre estaba dispuesta a ayudarlo y, si encontrase a su madre, también la ayudaría a ella.
—Katin Industries se convirtió en su gran amor cuando se dio cuenta de que había perdido a tu madre —dijo Artie—. Creyó que era demasiado tarde para recuperarla.
—¿Y tú qué crees?
Giraron hacia el barrio de los Whitaker, un mar de casitas familiares con pequeños jardines y piscinas en el patio de atrás.
—Creo que cometió el mayor error de su vida al no ir tras ella.
Lena lo miró fijamente, mientras le daba vueltas en la cabeza a los planes que tenía para la compañía. Estaba más decidida que nunca a llevar el proyecto hasta el final. Cambiaría el rumbo de Katin Industries. No volvería a hacerle daño a un solo ser humano para alimentar la ambición empresarial. Quizá cuando hubiera acabado, iría a buscar a Lucy y podrían volver a empezar. Le dedicó a Artie su mejor sonrisa.
—Gracias por compartir los temores de mi padre conmigo. No quiero pasarme la vida amando a un segundo amor. La empresa nunca fue mi sueño. Quiero buscar mi propia felicidad.
—Ésta es mi niña. Estoy orgulloso de ti.
Lena sacó un pañuelo de papel de la caja que había en el asiento y se secó las lágrimas.
—No estés tan orgulloso todavía. Va a ser una pesadilla asegurarse de que la compañía acabe en buenas manos.
De repente pensó en Douglas. Por supuesto. ¿Cómo había podido ser tan tonta? Con todas las horas extenuantes que habían pasado juntos revisando las cifras, las noches que se habían pasado sin dormir pensando en cómo su empresa podía ayudar a los negocios que trataban de prosperar para que sus trabajadores no acabaran en el paro. Douglas sabía lo que Lena quería hacer, se conocía la compañía al dedillo. No había nadie mejor a quien confiarle el
sueño de su padre.
—¡Douglas! —exclamó, emocionada—. ¡Douglas puede ocupar mi lugar!
—Ahora sí que has perdido la chaveta —dijo Artie—. Puede que mi hijo sea bueno en su trabajo, pero estar al frente de una compañía del tamaño de Katin Industries es otra historia.
—¿Te has vuelto loco? Él me ha ayudado a diseñar el proyecto que lo cambiará todo. Sé que sería capaz.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Lena se quedó inmóvil. Aquel tono paternal siempre la hacía poner firme.
—Claro.
—Si sabías que querías cambiar las cosas y te has pasado tanto tiempo buscando el modo, ¿por qué no lo has hecho tú misma?
Lena agachó la cabeza.
—Tenía miedo de joderlo todo y hundir la empresa. Si hubiera destrozado sus sueños, no lo habría podido soportar.
—¿Así que sois los dos igual de imbéciles?
Ella sonrió, algo insegura, y se encogió de hombros.
—Supongo que en cierta manera sí. Por suerte para mí, yo todavía soy joven y puedo reconstruir mi vida.
Se detuvieron en la entrada de la casa de los Whitaker. Aquél había sido su segundo hogar desde que se marchó su madre. Ellie, la perfecta esposa de Artie, la había ayudado a deshacerse de las cosas de su madre cuando quedó claro que no iba a volver. Hizo lo mismo por ella cuando murió su padre.
En cierto modo, Lena se sentía como si hubiera perdido tanto a su madre como a su padre: a uno lo había enterrado y no sabía nada de la otra. No estaba segura de qué era peor, porque al menos a su padre podía ir a visitarlo al cementerio de vez en cuando. Se había quedado con algunos recuerdos de su madre, pero los recuerdos no podían reemplazar a la original.
Ellie salió a recibirlos a la entrada. Artie la saludó y luego volvió a marcharse, porque todavía estaba de servicio. Ellie llevaba el delantal puesto incluso a aquellas horas. Se le marcaban algunas arruguitas alrededor de los chispeantes ojos verdes al reír y llevaba el pelo plateado recogido en rulos. Su rostro regordete se iluminó con una sonrisa cuando Lena se acercó. Abrió los brazos para recibirla y Lena se fundió en ellos. De inmediato, el dolor y las tribulaciones se desvanecieron. Tuviera los problemas que tuviera, Ellie
siempre la ayudaba a ver las cosas con perspectiva. La abrazaba y le traía leche con galletas, como si aquello fuera la cura de todos los males, reales o imaginarios, y normalmente funcionaba.
Estrechó las manos de Lena y le dijo:
—Tengo galletas.
—Justo lo que necesito, más kilos.
—Ay, niña, no fastidies. Lo que yo daría por tener tu tipo.
Ellie la metió en la cocina a empujones y se sentaron en las sillas almohadilladas que había alrededor de la mesa de cristal.
—¿Crees que a una vieja pelleja con piel de naranja como yo la dejarían salir a hacer bailes eróticos en ese club tuyo?
Lena se atragantó con la galleta.
—¿Qué? —Ellie se miró las anchas caderas—. ¿Te parece que soy demasiado espectacular para ellos?
—No creo que tuviéramos bastantes gorilas para quitarte al público de encima —respondió Lena con un guiño.
Tener a alguien a su lado que la quisiera incondicionalmente era el mejor sentimiento del mundo. Se acordaba del día en que le confesó a Ellie que era lesbiana. Ésta se había limitado a arquear las cejas.
—Lo dices como si fuera una enfermedad o algo. No lo digas como si te avergonzases. Si crees que una palabrilla como «lesbiana» hará que te quiera menos, estás muy equivocada, jovencita.
Lena sintió una punzada en el corazón al recordarlo. No creía poder querer a nadie más de lo que quería a Ellie, después de todo lo que la había apoyado siempre que le iba con cualquier problema.
—Me alegro de estar aquí —suspiró—. Ha sido un mes horrible, créeme.
—Lo siento mucho, cielo. ¿Qué ha sucedido?
—Ah, lo de siempre. Trabajo y más trabajo.
Lena se imaginaba que Artie no le había contado el acto de vandalismo que había tenido lugar en su casa, porque no le gustaba preocupar a su esposa. No obstante, Ellie la observó con detenimiento.
—Mientes muy bien.
La pelirroja la miró con el entrecejo fruncido.
—Detesto que me leas la mente.
—Ya lo sé —afirmó Ellie con satisfacción—. Cuéntame qué nuevo amor tienes.
Lena se quedó de piedra. ¿Acaso lo llevaba escrito en la cara o algo así? Ella acababa de darse cuenta de los sentimientos que le atenazaban la boca del estómago y todavía existía la posibilidad de que estuviera equivocada. Estaba programada para no sentir amor, no necesitarlo y no quererlo. Joder. ¿Era el amor la razón por la que no podía sacarse a Lucy de la cabeza, como si fuera un juego de realidad virtual?
—No hay mucho que contar —dijo débilmente.
—Oh, tonterías. Artie me ha dicho que saltaban chispas entre vosotras dos.
Anda, pues sí que le había contado a Ellie algunos detalles. A Lena no le apetecía admitir que seguramente había estropeado la posibilidad de tener una verdadera relación, así que se encogió de hombros.
—Hace poco que nos conocemos. No es para tanto.
—Nena, ¿con quién te crees que estás hablando? No has salido con nadie desde que murió tu padre. Si te estás viendo con esa mujer, es que te has enamorado hasta las trancas.
—No es eso. No íbamos... en serio.
—Ajá. Entonces, ¿cuándo te diste cuenta de que la amabas, exactamente?
Volvió a ver a Lucy en su cabeza y cerró la mano en torno a la galleta con tanta fuerza que la deshizo.
—No sé lo que siento —admitió—. Pero ya no importa, porque la he jodido.
—Entonces más te vale arreglarlo.
Ellie miró el reloj de pared: siempre cocinaba algo cuando Artie trabajaba de noche, para que encontrara comida caliente cuando llegara a casa. Automáticamente, Lena fue a la nevera y sacó beicon y huevos. Se pusieron a hacer la comida como si no hubiera nada raro en preparar el desayuno en mitad de la noche.
—Creo que no tiene arreglo —dijo Lena, mientras cortaba el pan a rebanadas para hacer tostadas—. Resulta que su madre fue víctima de uno de los cierres de mi empresa.
Ellie negó con la cabeza.
—Da igual.
—¿Por qué iba a querer a una mujer que me odia?
—Porque cuando lo arregles ya no te odiará —contestó Ellie, mientras cascaba los huevos en un bol.
—¿Y cómo puedo arreglarlo?
Ellie encontró el batidor.
—Eres una de las personas más inteligentes que conozco. Llevas una compañía enorme tú sola. Ya se te ocurrirá algo.
Ni hablar. No necesitaba amor y el dolor que le encogía las entrañas no era indicativo de que lo hubiera encontrado de verdad. Tampoco tenía nada que ver con que fuera a dejar que se le escapara de las manos. En absoluto.
—Ellie, me odia y no la culpo. Además, como ya te he dicho, no estoy enamorada de ella.
—No me hagas soltar palabrotas tan temprano —le dijo Ellie, batiendo los huevos con energía—. Si no encuentras la manera de solucionar esto, tendré que dejarte sin leche con galletas. Lena no respondió. Ellie no la conocía tan bien como creía.
«Yo no ruego y mucho menos suplico como una pobre imbécil.»
Calentó la tostadora y colocó un par de rebanadas de pan.
—Quiero conocerla —añadió Ellie.
—No creo que sea posible.
Tendría que haber sabido que no le serviría de nada discutir. Ellie se limitó a poner el beicon en la plancha y preguntó:
—¿Cómo se llama?
—Lucy Scherer —contestó Lena. Y añadió, cortante—: Sale en la guía. Llámala a ver qué piensa de mí. Entonces entenderás por qué no tiene arreglo.
—Eso ya lo veremos —insistió Ellie.
—Lo que tú digas.

Lena le dio la vuelta a la tostada. Le gustaba tener la última palabra con Ellie, porque era algo que no sucedía a menudo.


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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Mayo 13, 2016 12:19 am

Ojalá se arregle las cosas con lucy porque como que le costará un poquitin ganarsela de nuevo

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Bliznetsy el Lun Mayo 16, 2016 8:33 pm

Rayos!! Lucy esta muy molesta por lo de su madre, pero espero que Lena encuentre la manera de arreglar las cosas, o quiza Ellie les de una ayudadita a las dos.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Vale Berríos. el Dom Mayo 22, 2016 3:32 am

Vaya mirá la fecha, apurate a actualizar, me estás matando x_x

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Julenka el Dom Mayo 22, 2016 2:31 pm

Entre a pedirte la conti y habia olvidado que no habia leido todavia,que cabeza la mia. Lena cometiendo los mismos errores de su padre. Espero lo puedan solucionar. Por favor no hagas que desesperemos por ella.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Jemmahollstein el Dom Mayo 22, 2016 8:00 pm

Hallo, dejo un capítulo más de esta historia.


VIVALEZ: Y digamos que Lucy es muy dura, mucho, no es Yulia jajaja que con sonrisitas la ganas de nuevo, le costará trabajo a la pelirroja, y si es que logra el perdón o disculpas Wink Gracias por comentar, saludos


Bliznetsy:es una alemana de temer Lucy, le será dificil a lena lograr que la disculpe, Lucy es un personaje muy pasional y eso la ciega. Tal vez Ellie o tal vez otra persona Wink Gracias por comentar, saludos.


Vale Fernández: No desesperes, aquí esta la conti, espero te guste. Gracias por comentar. Smile


Yulenka: Ves? me pides conti y nisiquiera leíste el anterior, jajaj perdonada porque sos una de mis fiel comentaristas lectoras, y me alegra que te guste lo hago. Y si, siempre tendemos a cometer errores de nuestros progenitores lamentablemente, pero Lena tal vez tenga todavía una oportunidad. Veremos. Gracias por comentar genia. Saludos. Smile 




ATRÉVETE


CAPÍTULO DOCE 
 
Lucy se metió en la ducha para quitarse el sudor. Estaba agotada. Le dolían partes del cuerpo que no le habían dolido durante años. Se había retrasado en su entrenamiento y así pagaba las consecuencias. Bajo el chorro de agua caliente, trató de relajar los músculos doloridos. Mientras pensaba en el sudor, las agujetas y el entrenamiento, se dio cuenta de que casi había perdido la pasión por el deporte.
Aquella mañana se había levantado sin fuerzas. Trató de sacarse a Lena de la cabeza a fuerza de entrenar, porque las mañanas que pasaba a solas, en la escuela vacía, solían hacerla sentir viva y preparada para enfrentarse a cualquier oponente, pero no lo logró. Era como si ya no le importara nada. ¿Había llegado el momento de colgar el cinturón y retirarse? Necesitaba seriamente decidir qué debía hacer con el resto de su vida. Tenía dinero para vivir cómodamente durante un tiempo si no cerraba la escuela de kárate y las cosas seguían yéndole como hasta el momento.
Había conocido a un hombre que le había ofrecido convertir el negocio en una franquicia y asociarse con ella para crear una marca de ropa y equipamiento deportivo. Si aceptaba aquel trato, no tendría que volver a trabajar un solo día en el resto de su vida, pero tampoco quería pasarse el día sentada sin hacer nada.
Metió la cara bajo el fuerte chorro de la ducha. Tenía demasiadas cosas en las que pensar y necesitaba sacarse a Lena de la cabeza de una vez por todas. Sin embargo, las imágenes tridimensionales que tenía de ella en la memoria iban ganando el combate y no la dejaban concentrarse en las decisiones que tenía que tomar con respecto a su madre, el trabajo y todo lo demás.
Y pensar que había estado a punto de decirle a Lena que la quería.
¿Y si había sido demasiado cruel? Quizá debería haberse tomado las cosas de otra manera. No, no había sido demasiado cruel: Lena era un monstruo con un cuerpo maravilloso. No le debía ninguna disculpa. Había sido
mejor enterarse mientras todavía podía alejarse de ella sin que le destrozara el corazón. Lucy daba gracias de que la relación no hubiera llegado más lejos.
Dejó que los pensamientos bulleran en su cerebro mientras cerraba la escuela de kárate. Le había dejado un mensaje al personal diciendo que se iba a coger unos días de vacaciones. No tenía la menor idea de lo que haría con aquel tiempo. Quizá fuera el momento de hacer un viajecito en coche o lo que fuera para dejar de pensar y que su alma cicatrizara las heridas. Se metió en el Viper y puso la radio para distraerse. Sonó una canción lenta y sensual, que le trajo una seductora imagen de Lena a la cabeza. Las calles estaban desiertas tan temprano, así que no tenía nada en lo que concentrarse para no pensar en aquel cuerpo asombroso y en aquellos preciosos ojos llenos de lágrimas cuando Lucy le gritaba.
Se recordó que era culpa de Lena que no pudiera dormir y que, probablemente, perdería el combate que se suponía que tenía que ser el colofón de su carrera antes de retirarse oficialmente. Era culpa suya que su madre estuviera en una situación desesperada. Hasta el fuego que le ardía entre las piernas era culpa de Lena.
Lucy deseó no haber puesto el pie en The Pink Lady aquella noche. También deseó haberle planteado antes todas aquellas preguntas tan obvias, pero quizá no había querido saber la verdad y había ignorado su inquietud y sus sospechas porque la deseaba demasiado. La castaña soltó una palabrota y se obligó a prestarle atención al tráfico. Si quería recuperar la paz mental, tenía que dejar de pensar en aquel demonio.
 
* * *
 
Lena observó el edificio blanco de ladrillos que le había robado la esposa a su padre y murmuró:
—Hoy te voy a dejar en manos de alguien que se ocupará bien de ti. Te lo prometo.
Mientras superaba el control de seguridad de la entrada y recorría el pasillo de mármol con sus estilizados zapatos de tacón, pensó en cómo sería abandonar unos sueños que ni siquiera habían sido los suyos. Hasta el aire a su alrededor parecía diferente y el olor del edificio no era tan intenso; tampoco el ruido de sus tacones transmitía maldad. Se sentía libre.
Aceleró el paso. Aquel día pondría el plan en marcha formalmente y en breve entregaría a la criatura de su padre y se marcharía. Una sonrisa afloró en sus labios al abrir las puertas de la sala de reuniones. Los hombres se volvieron
hacia ella; uno de ellos echó un vistazo a su reloj de pulsera y arqueó una ceja en gesto de desaprobación. Lena había vuelto a llegar tarde.
La pelirroja siempre se había sentido abrumada al entrar en aquella sala dispuesta a destrozar una compañía, una vida y un hogar más. Dirigió una mirada circular a la estancia y se preguntó qué pasaría cuando les presentara su propuesta. Seguramente algunos socios se negarían a tomar parte en aquellos cambios, pero tenía la esperanza de obtener el apoyo de la mayoría.
—Buenos días, caballeros.
Se quitó la chaqueta, sacó unos documentos del maletín y dijo:
—Os he convocado esta mañana para discutir el futuro de Katins Industries.
—¿Lena? —intervino Douglas.
Ella levantó una mano para tranquilizarlo.
—Sé lo que hago.
Se dirigió a los demás.
—Caballeros, antes de empezar quiero agradeceros a todos el tiempo que le habéis dedicado a esta compañía. A algunos de vosotros os conozco desde que era niña y siempre os he admirado porque mi padre confiaba en vosotros. Hoy he venido para pedir vuestro apoyo en una decisión muy dura. Hace unos días, decidí vender Katins Industries.
La sala se llenó de exclamaciones de sorpresa y todos observaron a Lena con frialdad. Ella aguardó unos segundos, para que sus palabras calaran, y luego prosiguió.
—Sin embargo, no quiero vender la empresa por la que mi padre se dejó la piel, porque seguramente acabaría en manos de alguien que todavía empeoraría más la situación.
Esperó a que los murmullos se acallaran y se dirigió a la ventana, desde donde se disfrutaba de una hermosa vista de la ciudad. Un sol radiante bañaba con su luz dorada los rascacielos.
—En lugar de eso, he decidido dejar la empresa en manos de alguien en quien pueda confiar. A partir del lunes, Douglas Whitaker tomará el control.
Douglas dio un respingo.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loca?
—No. Sabes perfectamente lo que quiero hacer. Conoces el proyecto hasta la última coma. Douglas, confío en ti y confío en estas personas. Si no
aceptas, tendré que vender y juro que no dudaré en hacerlo.
Uno de los hombres carraspeó.
—Lena, te pido que lo reconsideres. Tu padre no quería que el negocio cambiara.
—No, es cierto. Mi padre se equivocó en muchas cosas durante años, más de lo que podrías llegar a entender. Yo voy a hacer los cambios que él no tuvo el valor de implementar.
El hombre se quedó con la boca abierta.
—No puedes hablar en serio. Tu padre era un coloso cuando ocupaba esa silla.
—Yo también —afirmó ella, con más confianza de la que creía poseer—. Mi padre cometió errores que yo no estoy dispuesta a repetir, así que vamos a movernos en una dirección diferente.
Douglas se levantó de la silla y la estrechó entre sus brazos. Ella notó el roce de su cabello oscuro contra la mejilla.
—Estoy orgulloso de ti.
Lena le sonrió.
—Sabía que lo estarías. Si alguien prefiere marcharse antes de ver cómo la empresa cambia de rumbo, sois libres de entregarme vuestra carta de dimisión al final del día.
Echó un vistazo a su alrededor, porque casi esperaba que los socios se levantaran de golpe y corrieran a la puerta. Sin embargo, uno de ellos preguntó:
—¿De qué tipo de cambios estaríamos hablando?
—No quiero que esta compañía vuelva a destrozarle la vida a nadie más. —Lena dio un puñetazo en la mesa—. Quiero que ayude a las empresas a recuperarse, que las levantemos de la mano si es preciso. Financiaremos nuevos proyectos e invertiremos en las buenas ideas.
—¿Quieres convertir a Katins en una empresa de capital de riesgo? —preguntó un anciano de aire digno. Parecía abatido.
—¿Por qué no? Algunos de los hombres más inteligentes del mundo están en esta sala. Podemos hacerlo.
Douglas se alisó la corbata.
—Creo que todos sabemos que hay muchas maneras de enfocar esta idea y no todas implican tirar el dinero con frikis informáticos que quieren probar sus cacharros en Internet.
Los presentes se rieron. Douglas sabía cómo conectar con sus colegas y Lena contaba con ello.
—Todos habéis trabajado muy duro para convertir esta empresa en lo que es —les dijo—. Vuestras ideas serán imprescindibles para seguir avanzando. Lena y yo hemos estado trabajando en una propuesta. Creo que será un buen punto de partida para discutir esta mañana.
Le pasó un documento a una ayudante y le pidió que hiciera copias.
—Si no me necesitáis —le susurró Lena al oído—, tengo algo importante que hacer.
—¿Qué pasa con el papeleo legal?
—Ahora eres el jefe —bromeó ella—. Haz que lo redacten todo y yo firmaré.
—Me aseguraré de dejarte en buen lugar —le prometió Douglas.
—Eso sí que será una novedad. —Le dio un beso rápido en la mejilla y susurró—: Gracias. Sé que harás un buen trabajo.
Salió de la sala como una mujer nueva; se sentía como flotando en una nube. Katins Industries por fin iba en pos de nuevos objetivos. Ojalá hubiera tomado aquella decisión mucho antes, en lugar de temer que los socios de su padre la despreciaran y abandonaran el barco. Sólo necesitaba hacer una cosa más antes de irse: buscó a Sarah, la jefa de recursos humanos, y le dio una hoja con instrucciones. Luego cerró la puerta de su despacho.
Se sonrió cuando salió del edificio y el sol de la tarde le acarició la piel.
«Creo que papá estaría orgulloso de mí. Estoy haciendo lo que él no pudo hacer.»
 
* * *
 
Lena estaba metiendo una pila de camisetas en una bolsa de viaje cuando el móvil le vibró en el bolsillo del pantalón. En aquella ocasión comprobó quién llamaba y se resignó a tener otra conversación difícil.
—Mamá, tienes que dejar de llamarme cada cinco minutos. Tengo cosas que hacer.
Su madre gritó de manera ensordecedora y Lucy no le entendió ni una palabra. Le dio un vuelco el corazón y se maldijo por no haber mirado el contestador.
—Mamá, no te entiendo. Cálmate. ¿Qué pasa?
Los gritos pararon y se hizo el silencio. Lucy sintió pánico.
—Mamá, ¿estás bien? ¿Quieres que llame a una ambulancia?
—Sí, me va a dar un ataque. —Su madre enseguida estalló en carcajadas y añadió—: Es broma. ¡He encontrado trabajo, Dios mío, he encontrado trabajo! —gritó de felicidad.
—Mierda, mamá, me has dado un susto de muerte.
—Caca.
—¿Qué?
—No le digas «mierda» a tu madre, di «caca».
—Vale, mamá. Cuéntame lo del trabajo.
—Todavía no sé mucho. La señorita ha sido muy amable y me ha dicho que ha leído mi curriculum y, después de mi experiencia en McGregor, soy exactamente lo que andan buscando. Quería contratarme ya mismo. Tengo un buen presentimiento, cariño.
—¿Y no te quieren hacer una entrevista?
Lucy estaba encantada, pero también se mostraba algo escéptica.
—No. Y no te lo creerás cuando te diga lo que voy a cobrar. Pero no quiero ser gafe, así que ya te lo diré. Te doy una pista: puedo largarme de esta mierda de casa con mi primer sueldo —exclamó, emocionadísima.
—Caca —apuntó Lucy, incapaz de resistirse.
—¿Qué dices, cariño?
—No le digas «mierda» a tu hija. Di «caca».
Su madre soltó una carcajada.
—Te quiero, nena. Tengo que dejarte. Deséame suerte.
—Espera, mamá. ¿Cómo se llama la empresa?
Su madre ya había colgado. Lucy cerró el móvil y lo tiró encima de la cama, al lado de la bolsa. Con el entrecejo fruncido, dobló unos vaqueros. Había dejado el nombre de su madre en varias agencias de trabajo después de agotar las empresas, pero, sinceramente, no había sido demasiado optimista. Precisamente aquel día había decidido sacar a su madre de aquel vertedero, le gustara o no. Primero, se tomaría unos días de vacaciones y luego lo arreglaría todo para la mudanza.
Volvió a pensar en Lena. Si hubiera llevado las cosas de otra manera y
hubiera dejado que se explicara, en lugar de descargar toda su ira sobre ella, ahora disfrutaría de su amor, en lugar de sentirse culpable y desgraciada.
Lucy dio un puñetazo en el borde de la cama.

 
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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Lun Mayo 23, 2016 10:41 am

OMG al fin lena hizo algo de lo que sentirse orgullosa y tal vez enmendar algunos errores... hay lucy, estás en serios problemas amorosos, vez a lena hasta en la sopa, jajaja...

Hunter

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Miér Mayo 25, 2016 10:47 pm

Bien ya Lena comenzó a hacer lo correcto ahora ver como conseguir de nuevo la confianza de Lucy Smile

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Jemmahollstein el Jue Jun 02, 2016 5:02 pm

Hallo, aquí dejo la conti de esta historia. Gracias Hunter y vivalez por comentar, espero les guste ese capìtulo.


CAPÍTULO TRECE

Lena contemplo la casa vacía desde el otro lado de la calle durante unos segundos, antes de atravesar la puerta principal.
¿A qué jugaba Paula? Después de que Artie desayunara lo que Ellie y ella habían preparado, les había contado las malas noticias: Paula no sólo era su vecina, sino que su empresa de construcción había trabajado en la casa de los Whitaker. Acababan de construir una espaciosa sala de estar para que Artie pudiera traer a sus amigos a jugar al billar. Paula había estado presente en las obras y, durante el tiempo que trabajó en la ampliación, había oído hablar de Lena a Ellie, mientras cenaban o se tomaban un café.
Artie no sólo estaba atónito, sino también asustado. Hasta se le había ido el brillo de la mirada, presa de la consternación, y Lena no estaba segura de a quién odiaba más por hacerlo sentir tan culpable: a Paula o a sí misma. Por mucho que quisiera estar muerta de miedo, por alguna razón no lo estaba. De alguna manera, tenía la extraña certeza de que Paula no estaba detrás de las amenazas de muerte, a pesar de su comportamiento en el club. Visualizó la sonrisa seductora de Paula, que no le había dejado dudas sobre lo que quería de ella. Si Lucy no hubiera estado allí, Lena podría haberse visto obligada a descargar parte de la tensión de Paula, saciando su propio apetito sexual. Por desgracia, no podía sacarse a Lucy de la cabeza. No eran los dedos de Paula los que quería que la acariciaran debajo del tanga hasta arrancarle gritos de placer.
Lena se echó hacia delante en el sofá y apartó aquellos pensamientos calenturientos de su mente, porque su relación había terminado. ¿Por qué demonios se empeñaba en hurgar en la llaga? Sacó el teléfono del soporte de la mesa del rincón y observó el número que Artie le había apuntado junto con sus nuevos códigos de seguridad. Configuró el teléfono para grabar la llamada, como le había dicho Artie, y marcó el número de Paula. De repente no estaba segura de que debía decir cuando Paula descolgara.
—¿Paula Riching?
—Sí. ¿En qué puedo ayudarla?
Artie quería que la hiciera confesar, si podía.
—Puedes empezar por decirme por qué has destrozado mi casa.
—¿Perdón? ¿Con quién hablo?
—Elena. Elena Katina.
Oyó una risita en el otro extremo de la línea.
—Vaya, vaya. ¿A qué debo el placer? He oído maravillas de la verdadera Lena. Dulce, con un corazón de oro... Ellie cree que caminas sobre las aguas.
—¿Fuiste tú la que me destrozó la casa, chiflada de mierda?
—Si digo que sí, ¿me dejarás ir a ayudarte a limpiarla? —Hablaba con voz calma, preñada de deseo—. Ya sé dónde vives.
Aquello confundió a Lena. Si Paula había provocado los destrozos y le había escrito el mensaje en el porche, querría decir que era la lunática que estaba detrás de las amenazas de muerte. Sin embargo, parecía cuerda y terriblemente cachonda, exactamente igual que en el bar.
—Que te den —le dijo Lena  con frialdad.
—Es lo que intentaba, pero casi me rompiste los dedos.
—Sí, lo recuerdo.
Lena sonrió al recordar el dolor que había reemplazado la expresión de lujuria en los ojos de Paula, cuando le había doblado los dedos hacia atrás. Si las miradas matasen, habría caído fulminada allí mismo.
Aguantó el auricular del teléfono inalámbrico con el hombro y se dirigió a la ventana para contemplar la casa de enfrente, al otro lado de la calle. Era una casa grande, de tres pisos, que llevaba dos años vacía, aunque habían estado arreglando el patio en las últimas semanas. Al parecer, Paula se mudaría pronto.
—Invítame a tu casa —le dijo Paula.
—Sí, claro. ¿Te crees que soy idiota?
—Finge que lo eres e invítame.
—No lo creo.
—Tú te lo pierdes, caramelito. Te habría hecho pasar un buen rato.
A Lena no le cabía duda de que tenía razón, ya que había visto el deseo ardiente en las profundidades de sus ojos verdes.
—Podemos quedar para tomar un café, en un lugar público, donde haya
gente.
—Si eso va a hacer que te sientas mejor... —rió Paula.
Lena no creía que nada fuera a lograr que se sintiera segura, pero por alguna razón tenía que mirar a Paula a los ojos cuando negara lo de las notas y el vandalismo. La habían entrenado para mantener a sus enemigos cerca y para enfrentarse a las amenazas directamente. Estar cara a cara con una mujer que podía hacerle daño le daría una inyección de confianza y, si podía descartar a Paula como sospechosa, Artie y Ellie no se sentirían mal por haber tenido tratos con ella.
—Dentro de media hora en Los Santos —dijo Lena.
Artie la mataría si supiera lo que iba a hacer. Lo único que le había pedido era que hablara por teléfono con Paula para ver si podía hacerla confesar. No obstante, Lena no estaba convencida de que Paula le hubiera mandado las amenazas y solía confiar en su intuición.
Cogió las llaves del coche y salió de la casa. Después de su salida triunfal de Katins Industries, nada podía empañar su buen humor, ni siquiera aquella amenaza que había dejado una marca en el porche incluso después de que la hubieran lijado.

* * *

Paula estaba apoyada contra una enorme Chevy Silverado, cuando Lena llegó al aparcamiento. Estaba todavía más sexy que en el bar, con su camiseta blanca y aquellos brazos bronceados que con tanta fuerza la habían agarrado aquella noche. En la parte de atrás de la camioneta llevaba mangueras, caballetes y otros materiales de construcción; en el lateral había un gran letrero con el logo de Riching Construction.
La pelirroja echó un vistazo a las calles atestadas de gente, los coches alineados ante los semáforos en rojo y los peatones que esperaban para cruzar la calle. Se obligó a devolverle la sonrisa a Paula.
—Dame una buena razón por la que no debería denunciarte a la policía.
Paula dejó ver sus blancos dientes al sonreír.
—Porque tienes curiosidad. Si no, no estaríamos aquí.
Lena apoyó su peso en el otro pie y la fulminó con la mirada. Se sentía estúpida, como si su vida fuera un libro abierto y aquella mujer la hubiera estudiado minuciosamente. No podía saber lo que Ellie le había contado mientras compartían su famosa lasaña.
—¿Me estás acosando? —le preguntó.
—Si así fuera, ¿podrías culparme? Con ese cuerpo tan sexy que tienes, ¿quién podría resistirse? —respondió Paula, moviendo las cejas.
Lena se cruzó de brazos. Aunque no tenía miedo, todavía le quedaba cierta inquietud y se mostraba precavida y desconfiada. Paula era inescrutable.
—¿Y bien...? —Preguntó con cautela—. ¿Querías charlar sobre algo o que nos pasáramos el día en el aparcamiento?
—Depende. —Paula la repasó de arriba abajo y Lena sintió un hormigueo por todo el cuerpo—. ¿Podré mirarte cuando la luz del sol te ilumine la cara?
Lena observó los vaqueros anchos y los restos de serrín en la camiseta de Paula. ¿Y si estaba equivocada y Paula era buena escondiendo sus verdaderas intenciones?
O al contrario. ¿Y si la noche que fue a The Pink Lady sencillamente había tenido un mal día y era totalmente inocente?
—Venga, cobardica, vamos a comer y a conocernos un poco mejor. Parece que tenemos mucho en común —le dijo Paula, indicando la entrada del restaurante.
Lena entró en el restaurante con ella, sin bajar la guardia. Encontraron una mesa libre y se sentaron la una enfrente de la otra. Después de que la camarera tomara nota de lo que querían beber, Paula preguntó:
—Así que crees que he destrozado tu casa —arqueó las cejas—. Tienes una casa muy bonita, por cierto.
Lena se puso tensa.
—Gracias. Por si lo has olvidado, me amenazaste.
Paula se inclinó hacia delante y le cogió la mano a Lena. Ésta se obligó a no retirarla y a sostenerle la mirada. Lo último que quería es que Paula se diera cuenta de que no estaba tan segura de sí misma como quería aparentar. De hecho, estaba cagada de miedo.
—Mi comportamiento no tiene excusa. —Paula se puso seria—. Cuando una mujer se siente avergonzada a veces pierde el control. Te pido disculpas por llamarte zorra.
Lena sacudió la cabeza.
—Soy una zorra. Eso no me molestó. —Esbozó una sonrisa sombría cuando Paula rió—. Tú amenaza, sí.
—Ah, ¿quieres decir lo de que recordarías mi cara? Supuse que si volvía y me portaba bien a lo mejor me hacías otro lapdance. Aunque no sé si mi corazón lo resistiría. —Le soltó la mano—. Siento haberte asustado y también no haber podido ahuyentar a tu admiradora pesada.
Lena la observó de hito en hito.
—¿De qué hablas? ¿Qué admiradora?
—Bueno, me pagaron para que la pusiera celosa.
—¿Perdona? ¿Alguien te pagó para ahuyentar a una clienta? —quiso aclarar. Se le había puesto la carne de gallina.
—La camarera dijo que intentabas librarte de aquella mujer de pelo castaño, que fue a sentarse contigo. Me pagó cien pavos para que me hicieras un lapdance, porque decía que, si jugaba bien mis cartas, a lo mejor conseguía una cita, además de ahuyentar a tu admiradora. Pero en lugar de eso se me fue la mano y me gané que me echarais del local.
Lena revivió aquella noche de inmediato. La camarera habitual, Phyllis, atendía la barra. Sharon también había salido a ayudarla. Notó que la ira le quemaba por dentro. ¡Menuda bruja! ¿Sharon era capaz de caer tan bajo para vengarse de ella? Lena recordó cómo había dado un puñetazo en la mesa —y le había dado un susto de muerte— para ordenarle que saliera a bailar.
—Oh, oh... Me da la impresión de que no lo sabías.
Lena negó con la cabeza. Le iba a cantar las cuarenta a Sharon en cuanto llegara a The Pink Lady. Y, si era capaz de llegar a aquellos extremos, ¿se habría rebajado aún más y lo de las llamadas y las amenazas sería cosa suya? En cuanto se hizo a la idea, dejó de tener miedo. Lo que la preocupaba era la incertidumbre, pero ahora que sabía la verdad podía enfrentarse a ella.
—Por cierto —murmuró Paula lentamente—. Quería darte las gracias por hundir el negocio de mi padre.
La sonrisa se le borró de la cara y Lena notó un nudo en la garganta.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Julenka el Vie Jun 03, 2016 3:39 pm

Me apena mucho contigo no haber comentado este fic la semana pasada al leer el capítulo pero realmente olvide h ahora leyendo este me di cuenta. Esta historia hasta ahora es mi segunsa favorita tuya, eh leido otras que subisteís pero edta me llamo mas de toda, a pesar que no este Julia y lena juntas me gusto esta pareja y mucho. Esa paula me cae mal, no se, para mi es todo un teatro que hace y ella es la culpable pero veremos.

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Hunter el Lun Jun 06, 2016 5:01 pm

se me hace que paula es la culpable y monta todo esa cosa para despirtar, y mas aun lo evidencia en ese sarcastico agradecimiento que le hizo a lena... creo que se quiere vengar con la pelirroja por algo que paso con el negocio de su padre... no me fio mucho de paula

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por Jemmahollstein el Vie Jun 17, 2016 9:55 pm

Hallo, les dejo un capítulo más de esta historia que ya esta llegando al final. Yulenka y Hunter gracias por comentar, espero les guste este capítulo. Saludos Smile




ATRÉVETE




CAPÍTULO CATORCE 


¿Qué posibilidades había de que la adquisición de Katins hubiera hecho feliz a alguien? La emocionó mucho saber que el padre de Paula se había sentido aliviado al dejar su empresa y retirarse con la cabeza alta. No era de extrañar que hubiera firmado los papeles tan deprisa: estaba listo para que llegara el final.
Lena pulsó el nuevo código para abrir la verja y metió el coche en los terrenos de su casa con una gran sonrisa. Paula le había dicho que se había alegrado mucho por su familia, porque su padre había estado al borde de sufrir una crisis de ansiedad. Gracias a la venta pudo retirarse y Paula tuvo el coraje y el dinero para comprar la subsidiaria de Riching Construction. Era muy triste que su padre no hubiera vivido lo suficiente para verla triunfar en el negocio y para disfrutar de una jubilación confortable y sin preocupaciones.
Paula le había explicado que, desde que su madre había muerto, tras una larga batalla contra el cáncer, su padre la echaba terriblemente de menos. Había aceptado su oferta de buen grado, deseoso de empezar de nuevo. En cuanto oyó aquella historia, Lena supo que había hecho lo correcto con Katins Industries. Si hubiera optado por la salida más fácil y la hubiera vendido, se habría arrepentido. En lugar de eso, ahora tenía el poder para cambiarle la vida a la gente.
Aparcó delante de la casa y echó un vistazo a su alrededor antes de salir del Explorer. Por seguridad, Artie quería que aparcara en el garaje y usara la puerta interior, pero se negaba a cambiar sus costumbres porque alguna idiota quisiera asustarla.
Entró y comprobó los mensajes que había en el contestador automático, aunque se desanimó cuando no encontró ninguno de la persona a la que quería oír. Se preguntaba qué estaría haciendo Lucy. ¿Pensaría en ella? ¿La odiaría tanto como creía Lena?
«Claro que te odia. Le destrozaste la vida a su madre. Deja de pensar en ella, imbécil.>>
Lucy se había ido y, cuanto antes lo asumiera, mejor. No estaba tan segura como Ellie de que aquella relación tuviera arreglo: aunque Lucy estuviera dispuesta a hablar, Lena no estaba dispuesta a arrastrarse ante ella. Si no la aceptaba tal como era, no había nada que discutir.
Se dejó caer en el sofá y le devolvió la llamada a Darren, quien le había dejado un locuaz mensaje en el que le proponía una fiesta del pijama. Lena lo invitó a casa y, mientras esperaba a que llegara, preparó unos aperitivos. No estaba de humor para socializar, pero necesitaba distraerse. Dado que Paula Riching estaba descartada, su misteriosa acosadora seguía suelta. Sabía que Sharon nunca le haría daño: si había sido ella la autora de las amenazas, seguramente estaría intentando asustarla para que retomara su relación de manera estable. De todas maneras, hasta que Artie arrestara a alguien, ella estaría preocupada.
Sonó el timbre y Darren protestó por el intercomunicador:
—¿Por qué has cambiado el número? Me siento como un intruso.
—Hasta que Artie coja a esa chiflada, no voy a darle el nuevo código a nadie.
Lena lo dejó entrar y salió al porche para recibirlo. Darren llegó en su Suzuki Samurai, un pequeño jeep que le iba que ni pintado. Era interesante ver cómo los coches reflejaban la personalidad de sus conductores. Darren cogió su bolsa del asiento del acompañante y atravesó el patio de cemento.
—¿Me harás trenzas en el pelo?
—¿Trenzas?
—No me mires así.
Pasó por su lado y se metió en la casa.
—Pero tenemos que hacer planes.
—Lo primero es lo primero —le gritó Darren desde la sala de estar—. ¡Trenzas!
Al cabo de un rato, Lena le estaba trenzando el pelo. El resultado era un desastre mayúsculo.
—Es horroroso.
—Eso es porque te tiemblan las manos. ¿Qué mosca te ha picado? —Se volvió en la silla para mirarla a la cara—. ¿Es por esa mujer?
—No, capullo. Ya no salgo con ella. —Lena se dejó caer en el sofá—. ¿Sabías que Sharon le pagó a la psicópata del bar para que le hiciera un lapdance aquella noche? 
—Qué dices... ¿A la que tumbaste tras el telón? ¿Y eso te lo ha dicho Sharon?
—No tiene huevos. —Lena puso los ojos en blanco—. Me lo dijo Paula.
—¿Quién es Paula? —preguntó Darren, mientras abría el bote de esmalte de uñas y se ponía el pie de la pelirroja sobre el regazo.
—La psicópata. Se llamaba así, ¿no te acuerdas? Paula Riching.
Darren levantó la mirada.
—¿La has visto?
—Resulta que Artie la conocía. Hoy he comido con ella. Y adivina qué: va a mudarse a la casa de enfrente.
Darren entornó los ojos.
—¿Ha comprado esa casa? —Miró a su alrededor, como si esperara que apareciera algún intruso en cualquier momento—. ¿Y por qué me has invitado, exactamente? ¿Para no morir sola?
Lena soltó una risita.
—Es muy maja. Hemos mantenido una conversación muy interesante —afirmó, mientras se colocaba algodones entre los dedos de los pies—. ¿Crees que las amenazas de muerte son cosa de Sharon?
No pareció que a Darren le extrañara aquella pregunta.
—No me sorprendería. Está obsesionada contigo —contestó. Mojó el pincelito del esmalte unas cuantas veces y empezó a pintarle las uñas de color cereza—. Yo nunca estoy cuando recibe las supuestas llamadas y nadie ha visto a ninguna persona entrar en el bar y dejar las notas. Además, ¿dónde estaba cuando te destrozaron la casa? Acuérdate de que no vino a cenar. Supuestamente, tenía otros planes.
Lena se concentró en los dedos de sus pies.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué se tomaría tantas molestias para asustarme?
—Para que vuelvas con ella.
—Nunca he estado con ella.
—Pero no porque ella no quisiera, cariño. —Darren le aplicó otra capa—. Tú no has visto cómo te mira cuando estás en el escenario. Está locamente enamorada de ti.
Lena observó la cabeza agachada de su amigo y reflexionó sobre sus palabras. A Sharon no le hacía la menor gracia que Lucy la rondara, pero ¿estaba tan desesperada como para montar algo así? No se la imaginaba 
rompiendo ventanas y tirando papel higiénico por el cristal. Sharon no era una persona violenta.
—No puede ser ella. No es posible.
Lena dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el cojín y miró al techo fijamente. Tampoco podía descartar completamente aquella posibilidad.
—¿Cómo voy a demostrarlo?
Darren no levantó la vista de su creación.
—Las psicópatas siempre se delatan a sí mismas. Son demasiado estúpidas como para no hacerlo. Dale tiempo.
Al cabo de un buen rato, después de pintarse las uñas de las manos y de los pies, y tras ver varias películas, Lena estaba tumbada en la cama, pensando en lo que le había dicho Darren.
Sharon siempre decía que hacía el amor y no la guerra, y lo había demostrado con la habilidad de sus manos. El sexo con ella era apasionado, la hacía sudar y duraba hasta bien entrada la madrugada. Entonces, ¿por qué no la quería? La pregunta la atravesó como un rayo. Con Sharon le faltaba algo, igual que con las demás. Con ellas no le sudaban las manos, ni le daba un vuelco el corazón, y, por supuesto, cualquier pensamiento romántico estaba fuera de discusión.
Lena estaba enamorada, pero había dejado que el amor se le escapara. ¿Era culpa suya? ¿Importaba de quién fuera la culpa? Había seguido los pasos de su padre y lo había hecho la mar de bien, incluso en su vida personal. 
Hundió el rostro en la almohada y trató de dejar de darle vueltas a todo aquello, porque era una tortura. Las imágenes empezaron a sucederse, de una en una, cada vez más deprisa, hasta convertirse en una película que transcurría tras sus párpados cerrados. Lucy se le acercó y la besó en los labios; una espiral de calor ascendió por sus piernas y el carrusel giró más deprisa, mientras la lengua de la castaña se fundía con la suya.
Lena deslizó una mano hacia abajo y se rozó el clítoris con el dedo. Se frotó contra la palma de la mano, imaginando que Lucy le metía los dedos. Estaba empapada. Sus pezones rozaban las suaves sábanas que se adherían a su cuerpo. Se obligó a abrir los ojos y se sentó. Concentrada en la oscuridad del techo, trató de ser razonable.
—No dejes que te controle de esta manera. Domínate, Lena.
Sí, claro. Era así de fácil.
Lanzó la almohada a la otra punta de la habitación. Nadie había ejercido tanto control sobre ella en el pasado y, aunque le molestaba, también la  asombraba sobremanera. Lo que tenía el amor era que no le permitía aislarse de sus sentimientos, distanciarse o dejar de sentir. ¿Cómo iba a ser capaz de funcionar?


* * *


A la mañana siguiente, Lena estaba lavándose los dientes enérgicamente cuando sonó el teléfono.
—Cógelo, por favor —le gritó a Darren, porque si era Artie no quería perder la llamada.
Cuando el teléfono siguió sonando, Lena escupió el dentífrico y corrió al dormitorio para coger el teléfono que había sobre la mesilla de noche. La sangre se le heló en las venas al oír la voz de Lucy.
—¿Podemos hablar?
Lena reprimió el impulso de colgarle el teléfono. El nudo que se le había hecho en la garganta no la dejaba hablar.
—¿Estás ahí? —preguntó Lucy.
—Ajá.
—Lena, me voy de la ciudad y quería decirte...
—¿Qué? —Lena no estaba de humor para que le echaran en cara los defectos de su carácter—. ¿Que soy una idiota por hacer lo que me han enseñado a hacer, por enriquecerme quitándole el trabajo a la gente? Ya lo he oído todo, Lucy, así que, por favor, trágate tus comentarios de mierda y no vuelvas a llamarme.
Colgó el teléfono con un golpe y lanzó el cepillo de dientes contra la pared.
—¡Zorra!
—Guau, supongo que eso va por alguien. —Darren saltó sobre la cama y la hizo botar encima del colchón—. ¿Era la mujer cañona?
—Sí. No. O sea, sí, era ella. Pero no está cañona. Es una zorra.
—Bueno, perdóname —fingió sentirse ofendido—. Estás loca por ella, chica, y ya puedes decir lo que quieras.
Lena se levantó de la cama.
—¡No es verdad!
—Vale —pasó los dedos seductoramente sobre el edredón de algodón—.Pero apuesto a que anoche pensaste en ella cuando estabas aquí sola en la cama, ¿verdad que sí?
Le puso morritos a la almohada e hizo una notable y sonora interpretación, como si estuviera enrollándose con ella. Lena puso los ojos en blanco y abrió el armario.
—¿Y qué te ha hecho, exactamente? Ya no me acuerdo.
—Me echó la culpa de la desgracia de su familia. —Lena se puso una blusa marrón sobre el pecho y se miró en el espejo que había en la puerta del armario.
—¿Y existe la posibilidad de que llamara para disculparse?
Lena asomó la cabeza y le lanzó una mirada incendiaria. Darren levantó las manos en ademán defensivo.
—Sólo digo que...
—Me importa una mierda por qué ha llamado —le cortó la pelirroja, mientras se dirigía al tocador a paso furioso—. Y no quiero seguir hablando de ella. Tengo un negocio que atender y un futuro que perseguir.


* * *


Brigitte Scherer era como una versión de Lucy pero más mayor. Sus preciosos ojos azules estaban rodeados de arruguitas, tenía una sonrisa radiante y caminaba con confianza. El parecido era increíble.
Lena respiró hondo y trató de calmar el latido salvaje de su corazón. Se preguntaba si Lucy estaría furiosa o agradecida. Lena no podía compensar a todas y cada una de las personas a las que su compañía había despojado de todo, pero aquélla en concreto significaba mucho para ella. Aunque no tenía intención de volver a ver a Lucy, corregir el daño que le había hecho a la señora
Scherer suponía dar un paso en la dirección correcta. Sonrió y fue hacia ella.
—Me alegro de que haya decidido aceptar nuestra oferta.
La señora Scherer le estrechó la mano con firmeza y ella le devolvió el apretón.
—Por favor, siéntese, señora Scherer.
—Llámeme Brigitte. —Tomó asiento en la silla que le indicó Lena—. Me
ha sorprendido un poco, como comprenderá, dado que fue su compañía la que me dejó sin trabajo.
Lena se sentó también.
—Así es, señora, y no tengo palabras para describir cuánto lamento esa situación. Sin embargo, esta compañía nunca ha tenido como objetivo hacerle daño a nadie. Compramos empresas que están a punto de quebrar: habría perdido su empleo igualmente. Espero que lo comprenda.
Brigitte la observó con curiosidad.
—Lo comprendo. Por eso estoy aquí.
Lena se quitó un peso de encima.
—Me alegro de oír eso —le regaló una amplia sonrisa—. Tengo sus papeles preparados. Ya ha hablado con Sarah sobre su salario y su nuevo puesto, pero si tiene cualquier otra pregunta...
—Lo cierto es que sí. —Brigitte cogió la jarra de la mesita de café y se sirvió un vaso de agua—. ¿Le gustan los niños?
La pregunta descolocó a Lena por completo. ¿Qué tenía aquello que ver?
—Sí que me gustan.
—Fantástico. Quiero ser abuela algún día.
—Eso es maravilloso. Seguro que tendrá un montón de nietos.
Lena sintió el impulso repentino de despedir a aquella mujer antes de haberla contratado siquiera. Quizá Brigitte Scherer estaba loca y tenía que dar gracias al cielo porque Lucy estuviera fuera de su vida, no fuera a ser que acabara como su madre.
—Eso espero.
Lena le pasó el contrato.
—Necesito que lo lea y lo firme al final de cada página. Si tiene alguna pregunta, no dude en hacérmela.
—A decir verdad sí que tengo más preguntas.
Lena se encogió un poco. A saber qué iba a preguntarle aquella mujer ahora.
—¿Por qué yo? Con todas las mentes jóvenes y brillantes que hay en la ciudad, ¿por qué me escogió a mí? —Levantó la mano—. No importa, no responda. Me da la impresión de que no me diría la verdad. 
Aquella mujer no estaba loca. Lena se puso en guardia de inmediato: Brigitte era más lista de lo que aparentaba. Sin duda, era una mujer inteligente.
—Hay cosas en la vida que no tienen respuesta, Brigitte, no importa cuánto nos esforcemos en entenderlas.
Al parecer, la madre de Lucy tuvo suficiente con aquella respuesta y esbozó de nuevo su radiante sonrisa. Firmó el contrato y se lo devolvió a Lena.
—Puede empezar el lunes que viene —le dijo la pelirroja. Esperaba no estar cometiendo un error—. Sarah será su supervisora. La está esperando para enseñarle el edificio. Ella le mostrará su puesto. Por encima de Sarah sólo está Douglas Whitaker.
Los ojos azules de Brigitte relampaguearon con curiosidad.
—Creía que la compañía era suya.
—He decidido dejar mi cargo. Douglas ocupará mi lugar.
—¿Demasiado duro?
A Lena la sorprendió una pregunta tan directa; tenía la escalofriante sensación de que Brigitte sabía más sobre su persona de lo que dejaba entrever.
—No, señora. No tiene nada que ver con eso. Sencillamente mi trabajo aquí ha terminado.
Brigitte sonrió y se puso en pie.
—Tiene toda la razón. Estoy impaciente por empezar a trabajar para su compañía. Me da la impresión de que tiene planes maravillosos para ella.
Se detuvo de camino a la puerta y miró a Lena una última vez.
—Ahora entiendo por qué Ellie Whitaker te quiere tanto.
Sorprendida, Lena trató de encontrar una respuesta. ¿De qué se conocían Ellie y la madre de Lucy?
—Brigitte, espere... —empezó.
Sin embargo, su nueva empleada ya había salido. La oyó hablando con Sarah, pero no las interrumpió. Cuando las dos pasaron delante de su despacho, Brigitte le dedicó una gran sonrisa y Lena supo que su elección había sido acertada. Lucy tenía suerte de tener a una madre en su vida, sobre todo a una con tantas agallas. No pudo evitar pensar en su propia madre y en lo que podrían compartir, sobre todo en aquellos momentos. Ahora que su papel en la empresa iba a cambiar, tendría tiempo para los pequeños placeres de la vida. Ojalá pudiera sentarse a hablar con su madre: la echaba muchísimo de menos. 


* * *


Lena trabajó unas pocas horas más. Douglas lo tenía todo bajo control y le había ordenado que se marchara del edificio de una vez, porque ella no dejaba de interrumpirlo. Con una sonrisa en los labios sólo de pensar en su nueva libertad, tomó la curva hacia su casa y dio un respingo al ver el coche de Lucy. Casi cedió al impulso de pisar el acelerador y pasar de largo, pero tarde o temprano tendría que enfrentarse a ella. Se detuvo en la entrada y pulsó el nuevo código. Una figura apareció en la parte de atrás de su coche cuando se abrió la puerta.
«Saca las garras, nena. Aquí viene el siguiente asalto.»
Lucy se acercó a su ventanilla.
—¿Quién demonios te crees que eres?
Lena miró al frente para evitar el efecto hipnótico de su mirada.
—Me gustaría pensar que soy Sharon Stone, pero en realidad soy Lena Katina.
—No vayas de lista conmigo.
Lena apretó los dientes con tanta fuerza que temió que se le desencajara la mandíbula.
—No voy de nada contigo.
Pisó el acelerador y giró para aparcar en el patio. La verja se cerró, pero Lucy la había seguido hasta el interior.
—Sabes que esto es propiedad privada, ¿verdad? —le dijo Lena al salir del coche—. Ya sabes lo poco que tarda la policía en llegar a mi casa.
—Eres una zorra sin corazón. —Lucy subió los escalones del porche de un salto, tras los pasos de Lena—. ¿Y ahora intentas comprar a mi madre? ¿Es que no te detienes ante nada?
—¿Por qué contratar a tu madre es no tener corazón? La he salvado de trabajar en una hamburguesería cutre, ¿no? —soltó Lena. Ella misma notó el desprecio en su voz y deseó haberse mordido la lengua.
—¡Bruja! —La ira deformó el rostro de Lucy—. ¿De verdad creíste que contratándola solucionarías esto? ¿Creíste que te perdonaría así como así?
Lena la miró con perplejidad. Y pensar que se había tomado la molestia de contratar a Brigitte Scherer para ayudarla a salir del agujero en el que vivía y Lucy aún tenía la cara de quejarse.
—¿Crees que la he contratado por ti? ¿Tengo pinta de que me importe una mierda lo que pienses? No te lo creas tanto: esto no tiene nada que ver contigo. —Lena metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de una patada—. Es hora de que te marches, Lucy.
La castaña miró hacia la puerta y luego volvió a posar los ojos en Lena muy lentamente.
—Me parece que no.
Lucy quería estrangularla y ver cómo aquellos labios risueños le suplicaban clemencia. Aquellos labios... Dios, cómo le gustaría besarlos. Siguió a Lena hasta la sala de estar, ignorando sus miradas incendiarias y los insultos que le lanzaba.
Lena dejó la maleta en el suelo, al lado del sofá.
—Adelante. Di lo que hayas venido a decir y lárgate de aquí. Espera. —Se acomodó en el sofá. El sarcasmo era evidente en sus palabras—. Ya estoy lista. Me gusta estar sentada cuando la gente se me tira a la yugular. La sala es toda tuya.
Lucy no estaba segura de si quería matarla o follársela hasta dejarla inconsciente. El escote de Lena se insinuaba entre los pliegues de su blusa de seda, tentándola a probarlo. Sus esbeltas piernas se veían muy atractivas con aquellos pantalones ajustados, que le marcaban la curva de su fabuloso trasero. A Lucy le costaba trabajo concentrarse en lo que quería decir.
—¿Cómo puedes estar ahí sentada con tanta arrogancia mientras tu empresa le destroza la vida a la gente?
Lena se limitó a mirarla de hito en hito. Se encogió ligeramente de hombros y Lucy dio un paso hacia ella. Ya sólo las separaban algunos centímetros.
—Voy a decirte una cosa —musitó Lena con una mirada defensiva—. No tienes ni idea de lo que estás hablando. Crees que está bien invadir mi espacio y comportarte como si yo fuera el enemigo. ¿Por qué? Porque he tenido éxito donde tú has fracasado: he conseguido que tu madre se sintiera segura y feliz. ¿Por qué tú no has sido capaz?
Furiosa, Lena gritó:
—¡No me dejaba!
—Eso es patético y lo sabes. Si fuera mi madre, la habría sacado de ese barrio antes de que tuviera tiempo de deshacer el equipaje. 
—Qué fácil es hablar. Como tú no tienes madre...
—¡Zorra!
Lena se levantó de un salto y alzó la mano para abofetearla, pero Lucy le sujetó la muñeca antes de que le alcanzara la mejilla. Lena le tiró del pelo como una gata salvaje. A Lucy, el dolor en el cuero cabelludo le arrancó un cosquilleo en la entrepierna y, mientras le clavaba las uñas a Lena, la besó en la boca. Esta dejó escapar un gritito desde el fondo de la garganta y aflojó la mano que tenía aferrada al cabello de Lucy. A los pocos segundos, dejaba caer los brazos y le sacaba a Lucy la camiseta del pantalón.
—Sabes que eres una zorra, ¿verdad?
Lucy le echó la cabeza hacia atrás para llegarle mejor al cuello, le mordisqueó su delicada piel y saboreó su aroma almizclado.
—Y me siento orgullosa de serlo —repuso Lena, metiéndole la mano bajo la camiseta y arañándole la columna.
Cuando Lucy echó la cabeza hacia atrás, llevada por aquel dolor tan dulce, Lena aprovechó para torturarle el cuello con besos y mordiscos.
—¿No te parece que ya es hora de que dejes de culpar a los demás de tus problemas? —murmuró, mientras descendía hacia sus pechos.
Lucy emitió un gruñido ronco, agarró la blusa de Lena y se la abrió de un tirón. Los botones de perlitas repiquetearon sobre la mesita de café al caer. Lena jadeaba y con cada respiración se le hinchaban los pechos bajo el sujetador de encaje. Lucy le acarició la delicada tela antes de apartarlo y saborearle el pezón, mientras le acariciaba la piel bronceada del pecho. La acusación de Lena aún resonaba en su cabeza y lo cierto es que ella había llegado a la misma conclusión, aunque no quería admitirlo en voz alta.
—¿A qué coño has venido? —susurró Lena.
Lucy sabía la respuesta. Había venido a hacerle daño, a verla aullar de dolor, igual que había llorado su madre el día en que la despidieron. Pero también quería verla retorcerse de deseo. Lucy no estaba segura del papel que estaba desempeñando ni del porqué. ¿Estaba defendiendo el honor de su madre o sólo la había usado de excusa para ir a ver a Lena? Se sentía culpable por querer meterle los dedos hasta el fondo. ¿Intentaba castigarla porque ella no tenía fuerza de voluntad?
Deslizó los dedos sobre el botón del pantalón de Lena y se lo desabrochó. Lo siguiente fue la ruidosa cremallera.
—He venido a decirte cuánto te desprecio.
Le metió la mano hasta el sexo húmedo y le introdujo los dedos hasta el fondo. Lena gimió y a Lucy le flaquearon las rodillas: Lena la volvía loca.
—Yo también te odio. -Lena le agarró la camiseta con los dientes y se apartó unos centímetros—. Quítate esta mierda.
Lucy la penetró con más fuerza, deseosa de oírla gritar de dolor, además de placer. Lena gritó y echó la cabeza hacia atrás. Jadeando, le agarró la muñeca a Lucy y le clavó el dedo para frenar sus embestidas.
—Quítate la ropa de una maldita vez, joder. ¡Ya!
Lucy la tiró de espaldas sobre el sofá y se puso encima de ella, con la mano metida aún entre sus piernas.
—Las órdenes no las das tú, Lena, las doy yo.
La penetró más hondo con cada embestida y, cuando Lena se derritió en sus manos, Lucy se retiró y le bajó los seductores pantalones. Lena pateó, se dio la vuelta y se arrastró boca abajo por el sofá.
—¿Dónde diablos te crees que vas?
Lucy la agarró del pie y se tiró encima de ella para inmovilizarla en el sofá. La respuesta de Lena se perdió entre los cojines, mientras Lucy le quitaba los pantalones y dejaba al descubierto su precioso trasero. Luego le quitó la camisa y el sujetador sin encontrar resistencia por parte de Lena. Al pasarle los dedos por la suave curva de la espalda, se emocionó. Le separó las piernas a Lena y la penetró con los dedos. El gemido de Lena la deshizo por completo.
—Fóllame, Lucy. Por favor.
El juego de hacerse daño había acabado. En el momento en que Lena le suplicó que la hiciera suya, el intenso erotismo devolvió a Lucy al presente de inmediato y ya no fue capaz de seguir alimentando su ira. Le sacó los dedos y le dio la vuelta. Su pecho se movía rápidamente al respirar y los pezones endurecidos le subían y bajaban sin parar. Lucy los tomó entre los labios, uno después del otro, y los chupó lentamente. Al tiempo que pasaba la lengua por la punta de los pezones, le acarició el ombligo y luego le metió la mano entre las piernas. Lena estaba abierta y mojada, y sacudía las caderas ligeramente, como muestra de su ansia.
Lena se arqueó cuando Lucy la penetró y gimió con cada embestida. Agarró los pantalones de Lucy y se los bajó con urgencia. En esta ocasión, la castaña no se lo impidió, sino que la ayudó a quitarle la ropa con la mano libre y dio un respingo cuando Lena le acarició el clítoris.
—No. Aún no.
Quería centrar toda la atención en Lena. Le puso el pulgar sobre el 
clítoris y se lo frotó en círculos hasta que sus jadeos urgentes se transformaron en gritos desesperados. Sentía que el orgasmo de Lena estaba cerca y la penetró más deprisa y con más fuerza. Lo único que veía era a Lena: no existía nada más, salvo ellas dos. Lena se abrió de piernas por completo, sin ningún tipo de pudor, y Lucy le metió los dedos al ritmo en que sacudía las caderas, mientras le frotaba el clítoris sin pausa. Las paredes internas de su sexo se contrajeron, resbaladizas, en torno a sus dedos a medida que se incrementaba la presión. Lena se sacudió contra ella con embestidas salvajes y frenéticas.
Lucy usó todo su cuerpo para imprimir energía a la mano que penetraba a Lena una y otra vez, dentro y fuera, hasta que Lena se puso rígida debajo de ella y se le aferró con fuerza a la nuca. Se retorció y estremeció, gritó y se balanceó bajo el peso de Lucy, hasta que las sacudidas remitieron y las contracciones se convirtieron en pulsaciones en torno a los dedos de Lucy. Cuando se calmó su respiración, miró a Lucy a los ojos y deslizó una mano entre ellas, le acarició el vientre y halló su coño mojado.
Pocos segundos después de que le frotara el clítoris con uno de sus finos dedos, Lucy gritó y se corrió explosivamente. Se frotó contra la mano de Lena hasta que le fallaron las rodillas y se derrumbó sobre ésta. Hundió la nariz en el cuello de la pelirroja, aspiró sus fragancias mezcladas y se quedó quieta, escuchando el sonido de su corazón.
«¿Se reiría si le dijera que estoy enamorada de ella?»


CONTINUARÁ... Arrow


Última edición por Jemmaling el Dom Jun 19, 2016 1:43 am, editado 1 vez

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jun 18, 2016 11:14 pm

Creo que huele a reconciliación :3

Buen capítulo Very Happy

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

Mensaje por chely07 el Lun Jun 20, 2016 11:38 am

Oh dios, estuvo buenísimo este capítulo. No tardes con la conti please!

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Re: ATRÉVETE// Larkin Rose

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