50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por SandyQueen el Miér Mayo 11, 2016 2:23 pm

Se pone cada vez mejor Wink
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SandyQueen

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mayo 14, 2016 12:18 am

Gracias por comentar aqui les dejo mas capitulos Smile



12

Por primera vez en mi vida salgo a correr voluntariamente. Busco mis asquerosas zapatillas, que nunca uso, unos pantalones de chándal y una camiseta. Me hago dos trenzas, me ruborizo con los recuerdos que vuelven a mi mente y enciendo el iPod. No puedo sentarme frente a esa maravilla de la tecnología y seguir viendo o leyendo más material inquietante. Necesito quemar parte de esta excesiva y enervante energía. La verdad es que me apetece correr hasta el hotel Heathman y pedirle a la obsesa del control que me eche un polvo. Pero está a ocho kilómetros, y dudo que pueda llegar a correr dos, no digamos ya ocho, y por supuesto podría rechazarme, lo que sería muy humillante.

Cuando abro la puerta, Nastya está saliendo de su coche. Casi se le caen las bolsas al verme. Lena Katina con zapatillas de deporte. La saludo con la mano y no me paro para que no me pregunte. De verdad necesito estar un rato sola. Con Snow Patrol sonando en mis oídos, me introduzco en el anochecer ópalo y aguamarina.

Cruzo el parque. ¿Qué voy a hacer? La deseo, pero ¿en esos términos? La verdad es que no lo sé. Quizá debería negociar lo que quiero. Revisar ese ridículo contrato línea a línea y decir lo que me parece aceptable y lo que no. He descubierto en internet que legalmente no tiene ningún valor. Seguro que ella lo sabe. Supongo que solo sirve para sentar las bases de la relación. Detalla lo que puedo esperar de ella y lo que ella espera de mí: mi sumisión total. ¿Estoy preparada para ofrecérsela? ¿Y estoy capacitada?

Una pregunta me reconcome: ¿por qué es ella así? ¿Porque la sedujeron cuando era muy joven? No lo sé. Sigue siendo todo un misterio.
Me paro junto a un gran abeto, apoyo las manos en las rodillas y respiro hondo, me lleno de aire los pulmones. Me siento bien, es catártico. Siento que mi determinación se fortalece. Sí. Tengo que decirle lo que me parece bien y lo que no. Tengo que mandarle por e-mail lo que pienso y ya lo discutiremos el miércoles. Respiro hondo, como para limpiarme por dentro, y doy la vuelta hacia casa.

Nas ha ido a comprar ropa, cómo no, para sus vacaciones en Barbados. Sobre todo bikinis y pareos a juego. Estará fantástica con todos esos modelitos, pero aun así se los prueba todos y me obliga a sentarme y a comentarle qué me parecen. No hay muchas maneras de decir: «Estás fantástica, Nastya». Aunque está delgada, tiene unas curvas para perder el sentido. No lo hace a propósito, lo sé, pero al final arrastro mi penoso culo cubierto de sudor hasta la habitación con la excusa de ir a empaquetar más cajas. ¿Podría sentirme menos a la altura? Me llevo conmigo la alucianante tecnología inalámbrica, enciendo el portátil y escribo a Yulia.


De: Lena Katina
Fecha: 23 de mayo de 2011 20:33
Para: Yulia Volkova
Asunto: Universitaria escandalizada

Bien, ya he visto bastante.Ha sido agradable conocerte. Lena

Pulso «Enviar» riéndome de mi travesura. ¿Le va a parecer a ella tan divertida? Oh, mierda… seguramente no. Yulia Volkova no es famosa por su sentido del humor. Aunque sé que lo tiene, porque lo he vivido. Quizá me he pasado. Espero su respuesta.

Espero y espero. Miro el despertador. Han pasado diez minutos.
Para olvidarme de la angustia que se abre camino en mi estómago, me pongo a hacer lo que le he dicho a Nastya que haría: empaquetar las cosas de mi habitación. Empiezo metiendo mis libros en una caja. Hacia las nueve sigo sin noticias. Quizá ha salido. Malhumorada, hago un puchero, me pongo los auriculares del iPod, escucho a los Snow Patrol y me siento a mi mesa a releer el contrato y a anotar mis observaciones y comentarios.

No sé por qué levanto la mirada, quizá capto de reojo un ligero movimiento, no lo sé, pero cuando la levanto, Yulia está en la puerta de mi habitación mirándome fijamente. Lleva sus pantalones grises de franela y una camisa blanca de lino, y agita suavemente las llaves del coche. Me quito los auriculares y me quedo helada. ¡Joder!

—Buenas noches, Lena—me dice en tono frío y expresión cauta e impenetrable.
La capacidad de hablar me abandona. Maldita Nastya, la ha dejado entrar sin avisarme. Por un segundo soy consciente de que yo estoy hecha un asco, toda sudada y sin duchar, y ella está guapísima, con los pantalones un poco caídos, y para colmo, en mi habitación.
—He pensado que tu e-mail merecía una respuesta en persona —me explica en tono seco.
Abro la boca y vuelvo a cerrarla, dos veces. Esto sí que es una broma. Por nada del mundo se me había ocurrido que pudiera dejarlo todo para pasarse por aquí.
—¿Puedo sentarme? —me pregunta, ahora con ojos divertidos.
Gracias, Dios mío… Quizá la broma le ha parecido graciosa.
Asiento. Mi capacidad de hablar sigue sin hacer acto de presencia. Yulia Volkova está sentada en mi cama…
—Me preguntaba cómo sería tu habitación —me dice.
Miro a mi alrededor pensando por dónde escapar. No, sigue sin haber nada más que la puerta y la ventana. Mi habitación es funcional, pero acogedora: pocos muebles blancos de mimbre y una cama doble blanca, de hierro, con una colcha de patchwork que hizo mi madre cuando estaba en su etapa de labores hogareñas. Es azul cielo y crema.
—Es muy serena y tranquila —murmura.
No en este momento… no contigo aquí.
Al final mi bulbo raquídeo recupera la determinación. Respiro.
—¿Cómo…?
Me sonríe.
—Todavía estoy en el Heathman.
Eso ya lo sabía.
—¿Quieres tomar algo?
Tengo que decir que la educación siempre se impone.
—No, gracias, Lena.
Esboza una deslumbrante media sonrisa con la cabeza ligeramente ladeada.
Bueno, seguramente sea yo quien necesita una copa.
—Así que ha sido agradable conocerme…
Maldita sea, ¿se ha ofendido? Me miro los dedos. A ver cómo salgo de esta. Si le digo que solo era una broma, no creo que le guste mucho.
—Pensaba que me contestarías por e-mail —le digo en voz muy baja, patética.
—¿Estás mordiéndote el labio a propósito? —me pregunta muy seria.
Pestañeo, abro la boca y suelto el labio.
—No era consciente de que me lo estaba mordiendo —murmuro.

El corazón me late muy deprisa. Siento la tensión, esa exquisita electricidad estática que invade el espacio. Está sentada muy cerca de mí, con sus ojos azules impenetrables, los codos apoyados en las rodillas y las piernas separadas. Se inclina, me deshace una trenza muy despacio y me separa el pelo con los dedos. Se me corta la respiración y no puedo moverme. Observo hipnotizada su mano moviéndose hacia la otra trenza, tirando de la goma y deshaciendo la trenza con sus largos y hábiles dedos.

—Veo que has decidido hacer un poco de ejercicio —me dice en voz baja y melodiosa, colocándome el pelo detrás de la oreja—. ¿Por qué, Lena?
Me rodea la oreja con los dedos y muy suavemente, rítmicamente, tira del lóbulo. Es muy excitante.
—Necesitaba tiempo para pensar —susurro.
Me siento como un ciervo ante los faros de un coche, como una polilla junto a una llama, como un pájaro frente a una serpiente… y ella sabe exactamente lo que está haciendo.
—¿Pensar en qué, Lena?
—En ti.
—¿Y has decidido que ha sido agradable conocerme? ¿Te refieres a conocerme en sentido bíblico?
Mierda. Me ruborizo.
—No pensaba que fueras una experta en la Biblia.
—Iba a catequesis los domingos, Lena. Aprendí mucho.
—No recuerdo haber leído nada sobre pinzas para pezones en la Biblia. Quizá te dieron la catequesis con una traducción moderna.
Sus labios se arquean dibujando una ligera sonrisa y dirijo la mirada a su boca.
—Bueno, he pensado que debía venir a recordarte lo agradable que ha sido conocerme.
Dios mío. La miro boquiabierta, y sus dedos se desplazan de mi oreja a mi barbilla.
—¿Qué le parece, señorita Katina?

Sus ojos brillantes destilan una expresión de desafío. Tiene los labios entreabiertos. Está esperando, alerta para atacar. El deseo —agudo, líquido y provocativo— arde en lo más profundo de mi vientre. Me adelanto y me lanzo hacia ella. De repente se mueve, no tengo ni idea de cómo, y en un abrir y cerrar de ojos estoy en la cama, inmovilizada debajo de ella, con las manos extendidas y sujetas por encima de la cabeza, con su mano libre agarrándome la cara y su boca buscando la mía.

Me mete la lengua, me reclama y me posee, y yo me deleito en su fuerza. Lo siento por todo mi cuerpo. Me desea, y eso provoca extrañas y exquisitas sensaciones dentro de mí. No a Nastya, con sus minúsculos bikinis, ni a una de las quince, ni a la malvada señora Robinson. A mí. Esta hermosa mujer me desea a mí. La diosa que llevo dentro brilla tanto que podría iluminar todo Portland. Deja de besarme. Abro los ojos y la veo mirándome fijamente.

—¿Confías en mí? —me pregunta.

Asiento con los ojos muy abiertos, con el corazón rebotándome en las costillas y la sangre tronando por todo mi cuerpo.
Estira el brazo y del bolsillo del pantalón saca su corbata de seda gris… la corbata gris que deja pequeñas marcas del tejido en mi piel. Se sienta rápidamente a horcajadas sobre mí y me ata las muñecas, pero esta vez anuda el otro extremo de la corbata a un barrote del cabezal blanco de hierro. Tira del nudo para comprobar que es seguro. No voy a ir a ninguna parte. Estoy atada a mi cama, y muy excitada.
Se levanta y se queda de pie junto a la cama, mirándome con ojos turbios de deseo. Su mirada es de triunfo y a la vez de alivio.

—Mejor así —murmura.

Esboza una maliciosa sonrisa de superioridad. Se inclina y empieza a desatarme una zapatilla. Oh, no… no… los pies no. Acabo de correr.

—No —protesto y doy patadas para que me suelte.
Se detiene.
—Si forcejeas, te ataré también los pies, Lena. Si haces el menor ruido, te amordazaré. No abras la boca. Seguramente ahora mismo Anastasya está ahí fuera escuchando.

¡Amordazarme! ¡Nastya! Me callo.
Me quita las zapatillas y los calcetines, y me baja muy despacio el pantalón de chándal. Oh… ¿qué bragas llevo? Me levanta, retira la colcha y el edredón de debajo de mí y me coloca boca arriba sobre las sábanas.

—Veamos. —Se pasa la lengua lentamente por el labio inferior—. Estás mordiéndote el labio, Lena. Sabes el efecto que tiene sobre mí.

Me presiona la boca con su largo dedo índice a modo de advertencia.
Dios mío. Apenas puedo contenerme, estoy indefensa, tumbada, viendo cómo se mueve tranquilamente por mi habitación. Es un afrodisiaco embriagador. Se quita sin prisas los zapatos y los calcetines, se desabrocha los pantalones y se quita la camisa.

—Creo que has visto demasiado.

Se ríe maliciosamente. Vuelve a sentarse encima de mí, a horcajadas, y me levanta la camiseta. Creo que va a quitármela, pero la enrolla a la altura del cuello y luego la sube de manera que me deja al descubierto la boca y la nariz, pero me cubre los ojos. Y como está tan bien enrollada, no veo nada.

—Mmm —susurra satisfecha—. Esto va cada vez mejor. Voy a tomar una copa.

Se inclina, me besa suavemente en los labios y dejo de sentir su peso. Oigo el leve chirrido de la puerta de la habitación. Tomar una copa. ¿Dónde? ¿Aquí? ¿En Portland? ¿En Seattle? Aguzo el oído. Distingo ruidos sordos y sé que está hablando con Nastya… Oh, no… Está prácticamente desnuda y sabrá su secreto entre las piernas. ¿Qué va a decir Nastya? Oigo un golpe seco. ¿Qué es eso? Regresa, la puerta vuelve a chirriar, oigo sus pasos por la habitación y el sonido de hielo tintineando en un vaso. ¿Qué está bebiendo? Cierra la puerta y oigo cómo se acerca quitándose los pantalones, que caen al suelo. Sé que está desnuda. Y vuelve a sentarse a horcajadas sobre mí.

—¿Tienes sed, Lena? —me pregunta en tono burlón.
—Sí —le digo, porque de repente se me ha quedado la boca seca.
Oigo el tintineo del hielo en el vaso. Se inclina y, al besarme, me derrama en la boca un líquido delicioso y vigorizante. Es vino blanco. No lo esperaba y es muy excitante, aunque está helado, y los labios de Yulia también están fríos.
—¿Más? —me pregunta en un susurro.
Asiento. Sabe todavía mejor porque viene de su boca. Se inclina y bebo otro trago de sus labios… Madre mía.
—No nos pasemos. Sabemos que tu tolerancia al alcohol es limitada, Lena.
No puedo evitar reírme, y ella se inclina y suelta otra deliciosa bocanada. Se mueve, se coloca a mi lado y siento su erección en la cadera. Oh, lo quiero dentro de mí.
—¿Te parece esto agradable? —me pregunta, y noto cierto tono amenazante en su voz.

Me pongo tensa. Vuelve a mover el vaso, me besa y, junto con el vino, me suelta un trocito de hielo en la boca. Muy despacio empieza a descender con los labios desde mi cuello, pasando por mis pechos, hasta mi torso y mi vientre. Me mete un trozo de hielo en el ombligo, donde se forma un pequeño charco de vino muy frío que provoca un incendio que se propaga hasta lo más profundo de mi vientre. Uau.

—Ahora tienes que quedarte quieta —susurra—. Si te mueves, llenarás la cama de vino, Lena.
Mis caderas se flexionan automáticamente.
—Oh, no. Si derrama el vino, la castigaré, señorita Katina.
Gimo, intento controlarme y lucho desesperadamente contra la necesidad de mover las caderas. Oh, no… por favor.

Me baja con un dedo las copas del sujetador y deja mis pechos al aire, expuestos y vulnerables. Se inclina, besa y tira de mis pezones con los labios fríos, helados. Lucho contra mi cuerpo, que intenta responder arqueándose.

—¿Te gusta esto? —me pregunta tirándome de un pezón.
Vuelvo a oír el tintineo del hielo, y luego la siento alrededor de mi pezón derecho, mientras tira a la vez del izquierdo con los labios. Gimo y lucho por no moverme. Una desesperante y dulce tortura.

—Si derramas el vino, no dejaré que te corras.
—Oh… por favor… Yulia… señorita… por favor.

Está volviéndome loca. Puedo oírla sonreír.
El hielo de mi pezón está derritiéndose. Estoy muy caliente… caliente, helada y muerta de deseo. La quiero dentro de mí. Ahora.
Me desliza muy despacio los dedos helados por el vientre. Como tengo la piel hipersensible, mis caderas se flexionan y el líquido del ombligo, ahora menos frío, me gotea por la barriga. Yulia se mueve rápidamente y lo lame, me besa, me muerde suavemente, me chupa.

—Querida Lena, te has movido. ¿Qué voy a hacer contigo?
Jadeo en voz alta. En lo único que puedo concentrarme es en su voz y su tacto. Nada más es real. Nada más importa. Mi radar no registra nada más. Desliza los dedos por dentro de mis bragas y me alivia oír que se le escapa un profundo suspiro.
—Oh, nena —murmura.
Y me introduce dos dedos.
Sofoco un grito.
—Estás lista para mí tan pronto… —me dice.
Mueve sus tentadores dedos despacio, dentro y fuera, y yo empujo hacia ella alzando las caderas.
—Eres una glotona —me regaña suavemente.
Traza círculos alrededor de mi clítoris con el pulgar y luego lo presiona.
Jadeo y mi cuerpo da sacudidas bajo sus expertos dedos. Estira un brazo y me retira la camiseta de los ojos para que pueda verla. La tenue luz de la lámpara me hace parpadear. Deseo tocarla.
—Quiero tocarte —le digo.
—Lo sé —murmura.

Se inclina y me besa sin dejar de mover los dedos rítmicamente dentro de mi cuerpo, trazando círculos y presionando con el pulgar. Con la otra mano me recoge el pelo hacia arriba y me sujeta la cabeza para que no la mueva. Replica con la lengua el movimiento de sus dedos. Empiezo a sentir las piernas rígidas de tanto empujar hacia su mano. La aparta, y yo vuelvo al borde del abismo. Lo repite una y otra vez. Es tan frustrante… Oh, por favor, Yulia, grito por dentro.

—Este es tu castigo, tan cerca y de pronto tan lejos. ¿Te parece esto agradable? —me susurra al oído.
Agotada, gimoteo y tiro de mis brazos atados. Estoy indefensa, perdida en una tortura erótica.
—Por favor —le suplico.
Al final se apiada de mí.
—¿Cómo quieres que te folle, Lena?
Oh… mi cuerpo empieza a temblar y vuelve a quedarse inmóvil.
—Por favor.
—¿Qué quieres, Lena?
—A ti… ahora —grito.
—Dime cómo quieres que te folle. Hay una variedad infinita de maneras —me susurra al oído.
Alarga la mano hacia el paquetito plateado de la mesita de noche. Se arrodilla entre mis piernas y, muy despacio, me quita las bragas sin dejar de mirarme con ojos brillantes. Se pone el condón. La miro fascinada, anonadada.
—¿Te parece esto agradable? —me dice acariciándose.
—Era una broma —gimoteo.
Por favor, fóllame, Yulia.
Alza las cejas deslizando la mano arriba y abajo por su impresionante miembro.
—¿Una broma? —me pregunta en voz amenazadoramente baja.
—Sí. Por favor, Yulia —le ruego.
—¿Y ahora te ríes?
—No —gimoteo.

La tensión sexual está a punto de hacerme estallar. Me mira un momento, evaluando mi deseo, y de pronto me agarra y me da la vuelta. Me pilla por sorpresa, y como tengo las manos atadas, tengo que apoyarme en los codos. Me empuja las rodillas para alzarme el trasero y me da un fuerte azote. Antes de que pueda reaccionar, me penetra. Grito, por el azote y por su repentina embestida, y me corro inmediatamente, me desmorono debajo de ella, que sigue embistiéndome exquisitamente. No se detiene. Estoy destrozada. No puedo más… y ella empuja una y otra vez… y siento que vuelve a inundarme otra vez… no puede ser… no…

—Vamos, Lena, otra vez —ruge entre dientes.
Y por increíble que parezca, mi cuerpo responde, se convulsiona y vuelvo a alcanzar el clímax gritando su nombre. Me rompo de nuevo en mil pedazos y Yulia se para, se deja ir por fin y se libera en silencio. Cae encima de mí jadeando.
—¿Te ha gustado? —me pregunta con los dientes apretados.

Madre mía.
Estoy tumbada en la cama, devastada, jadeando y con los ojos cerrados cuando se aparta de mí muy despacio. Se levanta y empieza a vestirse. Cuando ha acabado, vuelve a la cama, me desata y me quita la camiseta. Flexiono los dedos y me froto las muñecas, sonriendo al ver que se me ha marcado el dibujo del tejido. Me ajusto el sujetador mientras ella tira de la colcha y del edredón para taparme. La miro aturdida y ella me devuelve la sonrisa.

—Ha sido realmente agradable —susurro sonriendo tímidamente.
—Ya estamos otra vez con la palabrita.
—¿No te gusta que lo diga?
—No, no tiene nada que ver conmigo.
—Vaya… No sé… parece tener un efecto beneficioso sobre ti.
—¿Soy un efecto beneficioso? ¿Eso es lo que soy ahora? ¿Podría herir más mi amor propio, señorita Katina?
—No creo que tengas ningún problema de amor propio.
Pero soy consciente de que lo digo sin convicción. Algo se me pasa rápidamente por la cabeza, una idea fugaz, pero se me escapa antes de que pueda atraparla.
—¿Tú crees? —me pregunta en tono amable.
Está tumbada a mi lado, vestida, con la cabeza apoyada en el codo, y yo solo llevo puesto el sujetador.
—¿Por qué no te gusta que te toquen?
—Porque no. —Se inclina sobre mí y me besa suavemente en la frente—. Así que ese e-mail era lo que tú llamas una broma.
Sonrío a modo de disculpa y me encojo de hombros.
—Ya veo. Entonces todavía estás planteándote mi proposición…
—Tu proposición indecente… Sí, me la estoy planteando. Pero tengo cosas que comentar.
Me sonríe aliviada.
—Me decepcionarías si no tuvieras cosas que comentar.
—Iba a mandártelas por correo, pero me has interrumpido.
—Coitus interruptus.
—¿Lo ves?, sabía que tenías algo de sentido del humor escondido por ahí —le digo sonriendo.
—No es tan divertido, Lena. He pensado que estabas diciéndome que no, que ni siquiera querías comentarlo.
Se queda en silencio.
—Todavía no lo sé. No he decidido nada. ¿Vas a ponerme un collar?
Alza las cejas.
—Has estado investigando. No lo sé, Lena. Nunca le he puesto un collar a nadie.
Oh… ¿Debería sorprenderme? Sé tan poco sobre las sesiones… No sé.
—¿A ti te han puesto un collar? —le pregunto en un susurro.
—Sí.
—¿La señora Robinson?
—¡La señora Robinson!
Se ríe a carcajadas, y parece joven y despreocupada, con la cabeza echada hacia atrás. Su risa es contagiosa.
Le sonrío.
—Le diré cómo la llamas. Le encantará.
—¿Sigues en contacto con ella? —le pregunto sin poder disimular mi temor.
—Sí —me contesta muy seria.
Oh… De pronto una parte de mí se vuelve loca de celos. El sentimiento es tan fuerte que me perturba.
—Ya veo —le digo en tono tenso—. Así que tienes a alguien con quien comentar tu alternativo estilo de vida, pero yo no puedo.
Frunce el ceño.
—Creo que nunca lo he pensado desde ese punto de vista. La señora Robinson formaba parte de este estilo de vida. Te dije que ahora es una buena amiga. Si quieres, puedo presentarte a una de mis ex sumisas. Podrías hablar con ella.
¿Qué? ¿Lo dice a propósito para que me enfade?
—¿Esto es lo que tú llamas una broma?
—No, Lena —me contesta perpleja.
—No… me las arreglaré yo sola, muchas gracias —le contesto bruscamente, tirando de la colcha hasta mi barbilla.
Me observa perdida, sorprendida.
—Lena, no… —No sabe qué decir. Una novedad, creo—. No quería ofenderte.
—No estoy ofendida. Estoy consternada.
—¿Consternada?
—No quiero hablar con ninguna ex novia tuya… o esclava… o sumisa… como las llames.
—Lena Katina, ¿estás celosa?
Me pongo colorada.
—¿Vas a quedarte?
—Mañana a primera hora tengo una reunión en el Heathman. Además ya te dije que no duermo con mis novias, o esclavas, o sumisas, ni con nadie. El viernes y el sábado fueron una excepción. No volverá a pasar.
Oigo la firme determinación detrás de su dulce voz ronca.
Frunzo los labios.
—Bueno, estoy cansada.
—¿Estás echándome?
Alza las cejas perpleja y algo afligida.
—Sí.
—Bueno, otra novedad. —Me mira interrogante—. ¿No quieres que comentemos nada? Sobre el contrato.
—No —le contesto de mal humor.
—Ay, cuánto me gustaría darte una buena tunda. Te sentirías mucho mejor, y yo también.
—No puedes decir esas cosas… Todavía no he firmado nada.
—Pero soñar es humano, Lena. —Se inclina y me agarra de la barbilla—. ¿Hasta el miércoles? —murmura.
Me besa rápidamente en los labios.
—Hasta el miércoles —le contesto—. Espera, salgo contigo. Dame un minuto.
Me siento, cojo la camiseta y la empujo para que se levante de la cama. Lo hace de mala gana.
—Pásame los pantalones de chándal, por favor.
Los recoge del suelo y me los tiende.
—Sí, señora.

Intenta ocultar su sonrisa, pero no lo consigue.
La miro con mala cara mientras me pongo los pantalones. Tengo el pelo hecho un desastre y sé que después de que se marche voy a tener que enfrentarme a la santa inquisidora Anastasya Isaeva. Cojo una goma para el pelo, me dirijo a la puerta y la abro para ver si está Nastya. No está en el comedor. Creo que la oigo hablando por teléfono en su habitación. Yulia me sigue. Durante el breve recorrido entre mi habitación y la puerta de la calle mis pensamientos y mis sentimientos fluyen y se transforman. Ya no estoy enfadada con ella. De pronto me siento insoportablemente tímida. No quiero que se marche. Por primera vez me gustaría que fuera normal, me gustaría mantener una relación normal que no exigiera un acuerdo de diez páginas, azotes y mosquetones en el techo de su cuarto de juegos.
Le abro la puerta y me miro las manos. Es la primera vez que me traigo una chica a mi casa, y creo que ha estado genial. Pero ahora me siento como un recipiente, como un vaso vacío que se llena a su antojo. Mi subconsciente mueve la cabeza. Querías correr al Heathman en busca de sexo… y te la han traído a casa. Cruza los brazos y golpea el suelo con el pie, como preguntándose de qué me quejo. Yulia se detiene junto a la puerta, me agarra de la barbilla y me obliga a mirarla. Arruga la frente.

—¿Estás bien? —me pregunta acariciándome la barbilla con el pulgar.
—Sí —le contesto, aunque la verdad es que no estoy tan segura.

Siento un cambio de paradigma. Sé que si acepto, me hará daño. Ella no puede, no le interesa o no quiere ofrecerme nada más… pero yo quiero más. Mucho más. El ataque de celos que he sentido hace un momento me dice que mis sentimientos por ella son más profundos de lo que me he reconocido a mí misma.

—Nos vemos el miércoles —me dice.

Se acerca y me besa con ternura. Pero mientras está besándome, algo cambia. Sus labios me presionan imperiosamente. Sube una mano desde la barbilla hasta un lado de la cara, y con la otra me sujeta la otra mejilla. Su respiración se acelera. Se inclina hacia mí y me besa más profundamente. Le cojo de los brazos. Quiero deslizar las manos por su pelo, pero me resisto porque sé que no le gustaría. Pega su frente a la mía con los ojos cerrados.

—Lena —susurra con voz quebrada—, ¿qué estás haciendo conmigo?
—Lo mismo podría decirte yo —le susurro a mi vez.

Respira hondo, me besa en la frente y se marcha. Avanza con paso decidida hacia el coche pasándose la mano por el pelo. Mientras abre la puerta, levanta la mirada y me lanza una sonrisa arrebatadora. Totalmente deslumbrada, le devuelvo una leve sonrisa y vuelvo a pensar en Ícaro acercándose demasiado al sol. Cierro la puerta de la calle mientras se mete en su coche deportivo. Siento una irresistible necesidad de llorar. Una triste y solitaria melancolía me oprime el corazón. Vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y me apoyo en ella intentando racionalizar mis sentimientos, pero no puedo. Me dejo caer al suelo, me cubro la cara con las manos y empiezan a saltárseme las lágrimas.
Nastya llama a la puerta suavemente.

—¿Lena? —susurra.
Abro la puerta. Me mira y me abraza.
—¿Qué pasa? ¿Qué te ha hecho ese repulsivo cabrona guaperas?
—Nada que no quisiera que me hiciera, Nastya.
Me lleva hasta la cama y nos sentamos.
—Tienes el pelo de haber echado un polvo espantoso.
Aunque estoy desconsolada, me río.
—Ha sido un buen polvo, para nada espantoso.
Nastya sonríe.
—Mejor. ¿Por qué lloras? Tú nunca lloras.
Coge el cepillo de la mesita de noche, se sienta a mi lado y empieza a desenredarme los nudos muy despacio.
—¿No me dijiste que habías quedado con ella el miércoles?
—Sí, en eso habíamos quedado.
—¿Y por qué se ha pasado hoy por aquí?
—Porque le he mandado un e-mail.
—¿Pidiéndole que se pasara?
—No, diciéndole que no quería volver a verla.
—¿Y se presenta aquí? Lena, es genial.
—La verdad es que era una broma.
—Vaya, ahora sí que no entiendo nada.
Me armo de paciencia y le explico de qué iba mi e-mail sin entrar en detalles.
—Pensaste que te respondería por correo.
—Sí.
—Pero lo que ha hecho ha sido presentarse aquí.
—Sí.
—Te habrá dicho que está loca por ti.

Frunzo el ceño. ¿Yulia loca por mí? Difícilmente. Solo está buscando un nuevo juguete, un nuevo y adecuado juguete con el que acostarse y al que hacerle cosas indescriptibles. Se me encoge el corazón y me duele. Esa es la verdad.

—Ha venido a follarme, eso es todo.
—¿Quién dijo que el romanticismo había muerto? —murmura horrorizada.
He dejado impresionada a Nastya. No pensaba que eso fuera posible. Me encojo de hombros a modo de disculpa.
—Utiliza el sexo como un arma.
—¿Te echa un polvo para someterte?
Mueve la cabeza contrariada. Pestañeo y siento que estoy poniéndome colorada. Oh… has dado en el clavo, Anastasya Isaeva, vas a ganar el Pulitzer.
—Lena, no lo entiendo. ¿Y le dejas que te haga el amor?
—No, Nastya, no hacemos el amor… follamos… como dice Yulia. No le interesa el amor.
—Sabía que había algo raro en ella. Tiene problemas con el compromiso.

Asiento, como si estuviera de acuerdo, pero por dentro suspiro. Ay, Nastya… Ojalá pudiera contártelo todo sobre esta tipa extraña, triste y perversa, y ojalá tú pudieras decirme que la olvidara, que dejara de ser una idiota.

—Me temo que la situación es bastante abrumadora —murmuro.
Me quedo muy, muy corta.
Como no quiero seguir hablando de Yulia, le pregunto por Dimitri. Con solo mencionar su nombre, la actitud de Anastasya cambia radicalmente. Se le ilumina la cara y me sonríe.
—El sábado vendrá temprano para ayudarnos a cargar.
Estrecha el cepillo con fuerza contra su pecho —vaya, le ha pillado fuerte—, y siento una vaga y familiar punzada de envidia. Nastya ha encontrado a un hombre normal y parece muy feliz.
Me giro hacia ella y la abrazo.
—Ah, casi me olvido. Tu padre ha llamado cuando estabas… bueno, ocupada. Parece que Bob ha tenido un pequeño accidente, así que tu madre y él no podrán venir a la entrega de títulos. Pero tu padre estará aquí el jueves. Quiere que lo llames.
—Vaya… Mi madre no me ha llamado para decírmelo. ¿Está bien Bob?
—Sí. Llámala mañana. Ahora es tarde.
—Gracias, Nastya. Ya estoy bien. Mañana llamaré también a Sergey. Creo que me voy a acostar.
Sonríe, pero arruga los ojos preocupada.

Cuando ya se ha marchado, me siento, vuelvo a leer el contrato y voy tomando notas. Una vez que he terminado, enciendo el ordenador dispuesta a responderle.

En mi bandeja de entrada hay un e-mail de Yulia.

De: Yulia Volkova
Fecha: 23 de mayo de 2011 23:16
Para: Lena Katina
Asunto: Esta noche
Señorita Katina:
Espero impaciente sus notas sobre el contrato.Entretanto, que duermas bien, nena.
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

De: Lena Katina
Fecha: 24 de mayo de 2011 00:02
Para: Yulia Volkova
Asunto: Objeciones
Querida señorita Volkova:
Aquí está mi lista de objeciones. Espero que el miércoles las discutamos con calma en nuestra cena.Los números remiten a las cláusulas:
2: No tengo nada claro que sea exclusivamente en MI beneficio, es decir, para que explore mi sensualidad y mis límites. Estoy segura de que para eso no necesitaría un contrato de diez páginas. Seguramente es para TU beneficio.
4: Como sabes, solo he practicado sexo contigo. No tomo drogas y nunca me han hecho una transfusión. Seguramente estoy más que sana. ¿Qué pasa contigo?
8: Puedo dejarla en cualquier momento si creo que no te ciñes a los límites acordados. De acuerdo, eso me parece muy bien.
9: ¿Obedecerte en todo? ¿Aceptar tu disciplina sin dudar? Tenemos que hablarlo.
11: Periodo de prueba de un mes, no de tres.
12: No puedo comprometerme todos los fines de semana. Tengo vida propia, y seguiré teniéndola. ¿Quizá tres de cada cuatro?
15.2: Utilizar mi cuerpo de la manera que consideres oportuna, en el sexo o en cualquier otro ámbito… Por favor, define «en cualquier otro ámbito».
15.5: Toda la cláusula sobre la disciplina en general. No estoy segura de que quiera ser azotada, zurrada o castigada físicamente. Estoy segura de que esto infringe las cláusulas 2-5. Y además eso de «por cualquier otra razón» es sencillamente mezquino… y me dijiste que no eras una sádica.
15.10: Como si prestarme a alguien pudiera ser una opción. Pero me alegro de que lo dejes tan claro.
15.14: Sobre las normas comento más adelante.
15.19: ¿Qué problema hay en que me toque sin tu permiso? En cualquier caso, sabes que no lo hago.
15.21: Disciplina: véase arriba cláusula 15.5.
15.22: ¿No puedo mirarte a los ojos? ¿Por qué?
15.24: ¿Por qué no puedo tocarte?
Normas:
Dormir: aceptaré seis horas.
Comida: no voy a comer lo que ponga en una lista. O la lista de los alimentos se elimina, o rompo el contrato.
Ropa: de acuerdo, siempre y cuando solo tenga que llevar tu ropa cuando esté contigo.
Ejercicio: habíamos quedado en tres horas, pero sigue poniendo cuatro.
Límites tolerables:
¿Tenemos que pasar por todo esto? No quiero fisting de ningún tipo. ¿Qué es la suspensión? Pinzas genitales… debes de estar de broma.¿Podrías decirme cuáles son tus planes para el miércoles? Yo trabajo hasta las cinco de la tarde.Buenas noches.
Lena

De: Yulia Volkova
Fecha: 24 de mayo de 2011 00:07
Para: Lena Katina
Asunto: Objeciones
Señorita Katina:
Es una lista muy larga. ¿Por qué está todavía despierta?
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

De: Lena Katina
Fecha: 24 de mayo de 2011 00:10
Para: Yulia Volkova
Asunto: Quemándome las cejas
Señorita:
Si no recuerdo mal, estaba con esta lista cuando una obsesa del control me interrumpió y me llevó a la cama.Buenas noches.
Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 24 de mayo de 2011 00:12
Para: Lena Katina
Asunto: Deja de quemarte las cejas

ELENA, VETE A LA CAMA.
Yulia Volkova
Obsesa del control y presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Vaya… en mayúsculas, como si me gritara. Apago el ordenador. ¿Cómo puede intimidarme estando a ocho kilómetros? Todavía triste, me meto en la cama e inmediatamente caigo en un sueño profundo, aunque intranquilo.

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VIVALENZ28

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mayo 14, 2016 12:19 am

13


Al día siguiente, al volver a casa del trabajo, llamo a mi madre. Como en Clayton’s el día ha sido relativamente tranquilo, he tenido mucho tiempo para pensar. Estoy inquieta, nerviosa, porque mañana tengo que enfrentarme con la obsesa del control, y en el fondo estoy preocupada porque quizá he sido demasiado negativa en mi respuesta al contrato. Quizá ella decida cancelarlo.
Mi madre está muy triste, siente mucho no poder venir a la entrega de títulos. Bob se ha torcido un ligamento y cojea. La verdad es que es muy torpe, como yo. Se recuperará sin problemas, pero tiene que hacer reposo, y mi madre tiene que atenderlo todo el tiempo.

—Lena, cariño, lo siento muchísimo —se lamenta mi madre al teléfono.
—No pasa nada, mamá. Sergey estará aquí.
—Lena, pareces distraída… ¿Estás bien, mi niña?
—Sí, mamá.
Ay, si tú supieras… He conocido a una tipa escandalosamente rica que quiere mantener conmigo una especie de extraña y perversa relación sexual en la que yo no tengo ni voz ni voto.
—¿Has conocido a algún chico o alguna chica?
—No, mamá.
Ahora mismo no me apetece hablar del tema.
—Bueno, cariño, el jueves pensaré en ti. Te quiero. Lo sabes, ¿verdad?
Cierro los ojos. Sus cariñosas palabras me reconfortan.
—Yo también te quiero, mamá. Saluda a Bob de mi parte. Espero que se recupere pronto.
—Seguro, cariño. Adiós.
—Adiós.

Mientras hablaba con ella, he entrado en mi habitación. Enciendo el cacharro infernal y abro el programa de correo. Tengo un e-mail de Yulia, de última hora de anoche o primera hora de esta mañana, según cómo se mire. Al momento se me acelera el corazón y oigo la sangre bombeándome en los oídos. Maldita sea… quizá me dice que no… seguro… quizá ha cancelado la cena. La idea me resulta dolorosa. La descarto rápidamente y abro el mensaje.


De: Yulia Volkova
Fecha: 24 de mayo de 2011 01:27
Para: Lena Katina
Asunto: Sus objeciones

Querida señorita Katina:

Tras revisar con más detalle sus objeciones, me permito recordarle la definición de sumiso.sumiso: adjetivo

1. inclinado o dispuesto a someterse; que obedece humildemente: sirvientes sumisos.
2. que indica sumisión: una respuesta sumisa.Origen: 1580-1590; someterse, sumisión

Sinónimos:
1. obediente, complaciente, humilde.
2. pasivo, resignado, paciente, dócil, contenido.

Antónimos:

1. rebelde, desobediente.Por favor, téngalo en mente cuando nos reunamos el miércoles.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Lo primero que siento es alivio. Al menos está dispuesta a comentar mis objeciones y todavía quiere que nos veamos mañana. Lo pienso un poco y le contesto.


De: Lena Katina
Fecha: 24 de mayo de 2011 18:29
Para: Yulia Volkova
Asunto: Mis objeciones…

¿Qué pasa con las suyas? Señorita:
Le ruego que observe la fecha de origen: 1580-1590. Quisiera recordarle a la señorita, con todo respeto, que estamos en 2011. Desde entonces hemos avanzado un largo camino.Me permito ofrecerle una definición para que la tenga en cuenta en nuestra reunión:
compromiso: sustantivo
1. llegar a un entedimiento mediante concesiones mutuas; alcanzar un acuerdo ajustando exigencias o principios en conflicto u oposición mediante la recíproca modificación de las demandas.
2. el resultado de dicho acuerdo.
3. poner en peligro, exponer a un peligro, una sospecha, etc.: poner en un compromiso la integridad de alguien.
Lena

De: Yulia Volkova
Fecha: 24 de mayo de 2011 18:32
Para: Lena Katina
Asunto: ¿Qué pasa con mis objeciones?

Bien visto, como siempre, señorita Katina. Pasaré a buscarla por su casa a las siete en punto.
Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

De: Lena Katina
Fecha: 24 de mayo de 2011 18:40
Para: Yulia Volkova
Asunto: 2011 – Las mujeres sabemos conducir

Señorita:

Tengo coche y sé conducir.Preferiría que quedáramos en otro sitio.¿Dónde nos encontramos?¿En tu hotel a las siete?

Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 24 de mayo de 2011 18:43
Para: Lena Katina
Asunto: Jovencitas testarudas

Querida señorita Katina:

Me remito a mi e-mail del 24 de mayo de 2011, enviado a la 01:27, y a la definición que contiene.¿Cree que será capaz de hacer lo que se le diga?

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


De: Lena Katina
Fecha: 24 de mayo de 2011 18:49
Para: Yulia Volkova
Asunto: Mujeres intratables

Señorita Volkova:

Preferiría conducir. Por favor.

Lena



De: Yulia Volkova
Fecha: 24 de mayo de 2011 18:52
Para: Lena Katina
Asunto: Mujeres exasperantes

Muy bien. En mi hotel a las siete. Nos vemos en el Marble Bar.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Hasta por e-mail se pone de mal humor. ¿No entiende que puedo necesitar salir corriendo? No es que mi Escarabajo sea muy rápido… pero aun así necesito una vía de escape.


De: Lena Katina
Fecha: 24 de mayo de 2011 18:55
Para: Yulia Volkova
Asunto: Mujeres no tan intratables

Gracias.
Lena x


De: Yulia Volkova
Fecha: 24 de mayo de 2011 18:59
Para: Lena Katina
Asunto: Mujeres exasperantes

De nada.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


Llamo a Sergey, que está a punto de ver un partido de los Sounders, un equipo de fútbol de Salt Lake City, así que afortunadamente nuestra conversación es breve. Vendrá el jueves para la entrega de títulos. Después quiere llevarme a comer a algún sitio. Siento una gran ternura hablando con Sergey y se me hace un nudo en la garganta. Siempre ha estado a mi lado pese a los devaneos amorosos de mi madre. Tenemos un vínculo especial, que es muy importante para mí. Aunque es mi padrastro, siempre me ha tratado como a una hija, y tengo muchas ganas de verlo. Hace mucho que no lo veo. Lo que ahora mismo necesito es su fuerza tranquila. La echo en falta. Quizá pueda canalizar a mi Sergey interior para mi cita de mañana.
Nastya y yo nos dedicamos a empaquetar y compartimos una botella de vino barato, como tantas veces. Cuando por fin casi he terminado de empaquetar mi habitación y me voy a la cama, estoy más calmada. La actividad física de meter todo en cajas ha sido una buena distracción, y estoy cansada. Quiero descansar. Me acurruco en la cama y enseguida me quedo dormida.
Paul ha vuelto de Princeton antes de trasladarse a Nueva York a hacer prácticas en una entidad financiera. Se pasa el día siguiéndome por la tienda y pidiéndome que quedemos. Es un pesado.

—Paul, te lo he dicho ya cien veces: esta noche he quedado.
—No, no has quedado. Lo dices para darme largas. Siempre me das largas.
Sí… parece que lo has pillado.
—Paul, siempre he pensado que no era buena idea salir con el hermano del jefe.
—Dejas de trabajar aquí el viernes. Y mañana no trabajas.
—Y desde el sábado estaré en Seattle, y tú te irás pronto a Nueva York. Ni a propósito podríamos estar más lejos. Además, es verdad que tengo una cita esta noche.
—¿Con José?
—No.
—¿Con quién?
—Paul… —Suspiro desesperada. No va a darse por vencido—. Con Yulia Volkova.
No puedo evitar el tono de fastidio. Pero funciona. Paul se queda boquiabierto y mudo. Vaya, hasta su nombre deja a la gente sin palabras.
—¿Has quedado con Yulia Volkova? —me pregunta cuando se ha recuperado de la impresión.
Su tono de incredulidad es evidente.
—Sí.
—Ya veo.

Paul se queda alicaído, incluso aturdido, y a una pequeña parte de mí le molesta que le haya sorprendido tanto. A la diosa que llevo dentro también. Dedica a Paul un gesto muy feo y vulgar con los dedos.
Al final me deja tranquila, y a las cinco en punto salgo corriendo de la tienda.
Nastya me ha prestado dos vestidos y dos pares de zapatos para esta noche y para el acto de mañana. Ojalá me entusiasmara más la ropa y pudiera hacer un esfuerzo extra, pero la verdad es que la ropa no es lo mío. ¿Qué es lo tuyo, Lena? La pregunta a media voz de Yulia me persigue. Intento acallar mis nervios y elijo el vestido color ciruela para esta noche. Es discreto y parece adecuado para una cita de negocios. Después de todo, voy a negociar un contrato.
Me ducho, me depilo las piernas y las axilas, me lavo el pelo y luego me paso una buena media hora secándomelo para que caiga ondulado sobre mis pechos y mi espalda. Me sujeto el cabello con un peine de púas para mantenerlo retirado de la cara y me aplico rímel y brillo de labios. Casi nunca me maquillo. Me intimida. Ninguna de mis heroínas literarias tiene que maquillarse. Quizá sabría algo más del tema si lo hicieran. Me pongo los zapatos de tacón a juego con el vestido, y hacia las seis y media estoy lista.

—¿Cómo estoy? —le pregunto a Nastya.
Se ríe.
—Vas a arrasar, Lena. —Asiente satisfecha—. Estás de escándalo.
—¡De escándalo! Pretendo ir discreta y parecer una mujer de negocios.
—También, pero sobre todo estás de escándalo. Este vestido le va muy bien a tu tono de piel. Y se te marca todo —me dice con una sonrisita.
—¡Nastya! —la riño.
—Las cosas como son, Lena. La impresión general es… muy buena. Con vestido, la tendrás comiendo en tu mano.
Aprieto los labios. Ay, no entiendes nada.
—Deséame suerte.
—¿Necesitas suerte para quedar con ella? —me pregunta frunciendo el ceño, confundida.
—Sí, Nastya.
—Bueno, pues entonces suerte.
Me abraza y salgo de casa.
Tengo que quitarme los zapatos para conducir. Wanda, mi Escarabajo azul marino, no fue diseñado para que lo condujeran mujeres con tacones. Aparco frente al Heathman a las siete menos dos minutos exactamente y le doy las llaves al aparcacoches. Mira con mala cara mi Escarabajo, pero no le hago caso. Respiro hondo, me preparo mentalmente para la batalla y me dirijo al hotel.
Yulia está inclinada sobre la barra, bebiendo un vaso de vino blanco. Va vestida con su habitual camisa blanca de lino, vaqueros negros, corbata negray una americana negra. Lleva el pelo tan alborotado como siempre. Suspiro. Me quedo unos segundos parada en la entrada del bar, observándola, admirando la vista. Ella lanza una mirada, creo que nerviosa, hacia la puerta y al verme se queda inmóvil. Pestañea un par de veces y después esboza lentamente una sonrisa indolente y sexy que me deja sin palabras y me derrite por dentro. Avanzo hacia ella haciendo un enorme esfuerzo para no morderme el labio, consciente de que yo, Lena Katina de Patosilandia, llevo tacones. Se levanta y viene hacia mí.

—Estás impresionante —murmura inclinándose para besarme rápidamente en la mejilla—. Un vestido, señorita Katina. Me parece muy bien.
Me coge de la mano, me lleva a un reservado y hace un gesto al camarero.
—¿Qué quieres tomar?
Esbozo una ligera sonrisa mientras me siento en el reservado. Bueno, al menos me pregunta.
—Tomaré lo mismo que tú, gracias.
¿Lo ves? Sé hacer mi papel y comportarme. Divertida, pide otro vaso de Sancerre y se sienta frente a mí.
—Tienen una bodega excelente —me dice.

Apoya los codos en la mesa y junta los dedos de ambas manos a la altura de la boca. En sus ojos brilla una incomprensible emoción. Y ahí está… esa habitual descarga eléctrica que conecta con lo más profundo de mí. Me remuevo incómoda ante su mirada escrutadora, con el corazón latiéndome a toda prisa. Tengo que mantener la calma.

—¿Estás nerviosa? —me pregunta amablemente.
—Sí.
Se inclina hacia delante.
—Yo también —susurra con complicidad.
Clavo mis ojos en los suyos. ¿Ella? ¿Nerviosa? Nunca. Pestañeo y me dedica su preciosa sonrisa de medio lado. Llega el camarero con mi vino, un platito con frutos secos y otro con aceitunas.

—¿Cómo lo hacemos? —le pregunto—. ¿Revisamos mis puntos uno a uno?
—Siempre tan impaciente, señorita Katina.
—Bueno, puedo preguntarte por el tiempo.

Sonríe y coge una aceituna con sus largos dedos. Se la mete en la boca, y mis ojos se demoran en ella, en esa boca que ha estado sobre la mía… en todo mi cuerpo. Me ruborizo.

—Creo que el tiempo hoy no ha tenido nada de especial —me dice riéndose.
—¿Está riéndose de mí, señorita Volkova?
—Sí, señorita Katina.
—Sabes que ese contrato no tiene ningún valor legal.
—Soy perfectamente consciente, señorita Katina.
—¿Pensabas decírmelo en algún momento?
Frunce el ceño.
—¿Crees que estoy coaccionándote para que hagas algo que no quieres hacer, y que además pretendo tener algún derecho legal sobre ti?
—Bueno… sí.
—No tienes muy buen concepto de mí, ¿verdad?
—No has contestado a mi pregunta.
—Elena, no importa si es legal o no. Es un acuerdo al que me gustaría llegar contigo… lo que me gustaría conseguir de ti y lo que tú puedes esperar de mí. Si no te gusta, no lo firmes. Si lo firmas y después decides que no te gusta, hay suficientes cláusulas que te permitirán dejarlo. Aun cuando fuera legalmente vinculante, ¿crees que te llevaría a juicio si decides marcharte?
Doy un largo trago de vino. Mi subconsciente me da un golpecito en el hombro. Tienes que estar atenta. No bebas demasiado.
—Las relaciones de este tipo se basan en la sinceridad y en la confianza —sigue diciéndome—. Si no confías en mí… Tienes que confiar en mí para que sepa en qué medida te estoy afectando, hasta dónde puedo llegar contigo, hasta dónde puedo llevarte… Si no puedes ser sincera conmigo, entonces es imposible.
Vaya, directamente al grano. Hasta dónde puede llevarme. Dios mío. ¿Qué quiere decir?
—Es muy sencillo, Lena. ¿Confías en mí o no? —me pregunta con ojos ardientes.
—¿Has mantenido este tipo de conversación con… bueno, con las quince?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque ya eran sumisas. Sabían lo que querían de la relación conmigo, y en general lo que yo esperaba. Con ellas fue una simple cuestión de afinar los límites tolerables, ese tipo de detalles.
—¿Vas a buscarlas a alguna tienda? ¿Sumisas ’R’ Us?
Se ríe.
—No exactamente.
—Pues ¿cómo?
—¿De eso quieres que hablemos? ¿O pasamos al meollo de la cuestión? A las objeciones, como tú dices.
Trago saliva. ¿Confío en ella? ¿A eso se reduce todo, a la confianza? Sin duda debería ser cosa de dos. Recuerdo su mosqueo cuando llamé a José.
—¿Tienes hambre? —me pregunta, y me distrae de mis pensamientos.
Oh, no… la comida.
—No.
—¿Has comido hoy?
Lo miro. Sinceramente… Maldita sea, no va a gustarle mi respuesta.
—No —le contesto en voz baja.
Me mira con expresión muy seria.
—Tienes que comer, Lena. Podemos cenar aquí o en mi suite. ¿Qué prefieres?
—Creo que mejor nos quedamos en terreno neutral.
Sonríe con aire burlón.
—¿Crees que eso me detendría? —me pregunta en voz baja, como una sensual advertencia.
Abro los ojos como platos y vuelvo a tragar saliva.
—Eso espero.
—Vamos, he reservado un comedor privado.
Me sonríe enigmáticamente y sale del reservado tendiéndome una mano.
—Tráete el vino —murmura.

Le cojo de la mano, salgo y me paro a su lado. Me suelta la mano, me toma del brazo, cruzamos el bar y subimos una gran escalera hasta un entresuelo. Un chico con uniforme del Heathman se acerca a nosotros.

—Señorita Volkova, por aquí, por favor.

Lo seguimos por una lujosa zona de sofás hasta un comedor privado, con una sola mesa. Es pequeño, pero suntuoso. Bajo una lámpara de araña encendida, la mesa está cubierta por lino almidonado, copas de cristal, cubertería de plata y un ramo de rosas blancas. Un encanto antiguo y sofisticado impregna la sala, forrada con paneles de madera. El camarero me retira la silla y me siento. Me coloca la servilleta en las rodillas. Yulia se sienta frente a mí. La miro.

—No te muerdas el labio —susurra.
Frunzo el ceño. Maldita sea. Ni siquiera me he dado cuenta de que estaba haciéndolo.
—Ya he pedido la comida. Espero que no te importe.
La verdad es que me parece un alivio. No estoy segura de que pueda tomar más decisiones.
—No, está bien —le contesto.
—Me gusta saber que puedes ser dócil. Bueno, ¿dónde estábamos?
—En el meollo de la cuestión.
Doy otro largo trago de vino. Está buenísimo. A Yulia Volkova se le dan bien los vinos. Recuerdo el último trago que me ofreció, en mi cama. El inoportuno pensamiento hace que me ruborice.
—Sí, tus objeciones.
Se mete la mano en el bolsillo de la camisa y saca una hoja de papel. Mi e-mail.
—Cláusula 2. De acuerdo. Es en beneficio de las dos. Volveré a redactarlo.
Pestañeo. Dios mío… vamos a ir punto por punto. No me siento tan valiente estando con ella. Parece tomárselo muy en serio. Me armo de valor con otro trago de vino. Yulia sigue.
—Mi salud sexual. Bueno, todas mis compañeras anteriores se hicieron análisis de sangre, y yo me hago pruebas cada seis meses de todos estos riesgos que comentas. Mis últimas pruebas han salido perfectas. Nunca he tomado drogas. De hecho, estoy totalmente en contra de las drogas, y mi empresa lleva una política antidrogas muy estricta. Insisto en que se hagan pruebas aleatorias y por sorpresa a mis empleados para detectar cualquier posible consumo de drogas.
Uau… La obsesión controladora llega a la locura. La miro perpleja.
—Nunca me han hecho una transfusión. ¿Contesta eso a tu pregunta?
Asiento, impasible.
—El siguiente punto ya lo he comentado antes. Puedes dejarlo en cualquier momento, Lena. No voy a detenerte. Pero si te vas… se acabó. Que lo sepas.
—De acuerdo —le contesto en voz baja.
Si me voy, se acabó. La idea me resulta inesperadamente dolorosa.
El camarero llega con el primer plato. ¿Cómo voy a comer? Madre mía… ha pedido ostras sobre hielo.
—Espero que te gusten las ostras —me dice Yulia en tono amable.
—Nunca las he probado.
Nunca.
—¿En serio? Bueno. —Coge una—. Lo único que tienes que hacer es metértelas en la boca y tragártelas. Creo que lo conseguirás.
Me mira y sé a qué está aludiendo. Me pongo roja como un tomate. Me sonríe, exprime zumo de limón en su ostra y se la mete en la boca.
—Mmm, riquísima. Sabe a mar —me dice sonriendo—. Vamos —me anima.
—¿No tengo que masticarla?
—No, Lena.

Sus ojos brillan divertidos. Parece muy joven.
Me muerdo el labio, y su expresión cambia instantáneamente. Me mira muy seria. Estiro el brazo y cojo mi primera ostra. Vale… esto no va a salir bien. Le echo zumo de limón y me la meto en la boca. Se desliza por mi garganta, toda ella mar, sal, la fuerte acidez del limón y su textura carnosa… Oooh. Me chupo los labios. Yulia me mira fijamente, con ojos impenetrables.

—¿Y bien?
—Me comeré otra —me limito a contestarle
—Buena chica —me dice orgullosa.
—¿Has pedido ostras a propósito? ¿No dicen que son afrodisiacas?
—No, son el primer plato del menú. No necesito afrodisiacos contigo. Creo que lo sabes, y creo que a ti te pasa lo mismo conmigo —me dice tranquilamente—. ¿Dónde estábamos?
Echa un vistazo a mi e-mail mientras cojo otra ostra.
A ella le pasa lo mismo. La altero… Uau.
—Obedecerme en todo. Sí, quiero que lo hagas. Necesito que lo hagas. Considéralo un papel, Lena.
—Pero me preocupa que me hagas daño.
—Que te haga daño ¿cómo?
—Daño físico.
Y emocional.
—¿De verdad crees que te haría daño? ¿Que traspasaría un límite que no pudieras aguantar?
—Me dijiste que habías hecho daño a alguien.
—Sí, pero fue hace mucho tiempo.
—¿Qué pasó?
—La colgué del techo del cuarto de juegos. Es uno de los puntos que preguntabas, la suspensión. Para eso son los mosquetones. Con cuerdas. Y apreté demasiado una cuerda.
Levanto una mano suplicándole que se calle.
—No necesito saber más. Entonces no vas a colgarme…
—No, si de verdad no quieres. Puedes pasarlo a la lista de los límites infranqueables.
—De acuerdo.
—Bueno, ¿crees que podrás obedecerme?
Me lanza una mirada intensa. Pasan los segundos.
—Podría intentarlo —susurro.
—Bien —me dice sonriendo—. Ahora la vigencia. Un mes no es nada, especialmente si quieres un fin de semana libre cada mes. No creo que pueda aguantar lejos de ti tanto tiempo. Apenas lo consigo ahora.
Se calla.
¿No puede aguantar lejos de mí? ¿Qué?
—¿Qué te parece un día de un fin de semana al mes para ti? Pero te quedas conmigo una noche entre semana.
—De acuerdo.
—Y, por favor, intentémoslo tres meses. Si no te gusta, puedes marcharte en cualquier momento.
—¿Tres meses?
Me siento presionada. Doy otro largo trago de vino y me concedo el gusto de otra ostra. Podría aprender a que me gustaran.
—El tema de la posesión es meramente terminológico y remite al principio de obediencia. Es para situarte en el estado de ánimo adecuado, para que entiendas de dónde vengo. Y quiero que sepas que, en cuanto cruces la puerta de mi casa como mi sumisa, haré contigo lo que me dé la gana. Tienes que aceptarlo de buena gana. Por eso tienes que confiar en mí. Te follaré cuando quiera, como quiera y donde quiera. Voy a disciplinarte, porque vas a meter la pata. Te adiestraré para que me complazcas.
»Pero sé que todo esto es nuevo para ti. De entrada iremos con calma, y yo te ayudaré. Avanzaremos desde diferentes perspectivas. Quiero que confíes en mí, pero sé que tengo que ganarme tu confianza, y lo haré. El «en cualquier otro ámbito»… de nuevo es para ayudarte a meterte en situación. Significa que todo está permitido.
Se muestra apasionada, cautivadora. Está claro que es su obsesión, su manera de ser… No puedo apartar los ojos de ella. Lo quiere de verdad. Se calla y me mira.
—¿Sigues aquí? —me pregunta en un susurro, con voz intensa, cálida y seductora.
Da un trago de vino sin apartar su penetrante mirada de mis ojos.
El camarero se acerca a la puerta, y Yulia asiente ligeramente para indicarle que puede retirar los platos.
—¿Quieres más vino?
—Tengo que conducir.
—¿Agua, pues?
Asiento.
—¿Normal o con gas?
—Con gas, por favor.
El camarero se marcha.
—Estás muy callada —me susurra Yulia.
—Tú estás muy habladora.
Sonríe.
—Disciplina. La línea que separa el placer del dolor es muy fina, Lena. Son las dos caras de una misma moneda. La una no existe sin la otra. Puedo enseñarte lo placentero que puede ser el dolor. Ahora no me crees, pero a eso me refiero cuando hablo de confianza. Habrá dolor, pero nada que no puedas soportar. Volvemos al tema de la confianza. ¿Confías en mí, Lena?
¡Lena!
—Sí, confío en ti —le contesto espontáneamente, sin pensarlo.
Y es cierto. Confío en ella.
—De acuerdo —me dice aliviada—. Lo demás son simples detalles.
—Detalles importantes.
—Vale, comentémoslos.

Me da vueltas la cabeza con tantas palabras. Tendría que haberme traído la grabadora de Nastya para poder volver a oír después lo que me dice. Demasiada información, demasiadas cosas que procesar. El camarero vuelve a aparecer con el segundo plato: bacalao, espárragos y puré de patatas con salsa holandesa. En mi vida había tenido menos hambre.

—Espero que te guste el pescado —me dice Yulia en tono amable.
Pincho mi comida y bebo un largo trago de agua con gas. Me gustaría mucho que fuera vino.
—Hablemos de las normas. ¿Rompes el contrato por la comida?
—Sí.
—¿Puedo cambiarlo y decir que comerás como mínimo tres veces al día?
—No.

No voy a ceder en este tema. Nadie va a decirme lo que tengo que comer. Cómo follo, de acuerdo, pero lo que como… no, ni hablar.

—Necesito saber que no pasas hambre.
Frunzo el ceño. ¿Por qué?
—Tienes que confiar en mí —le digo.
Me mira un instante y se relaja.
—Touché, señorita Katina —me dice en tono tranquila—. Acepto lo de la comida y lo de dormir.
—¿Por qué no puedo mirarte?
—Es cosa de la relación de sumisión. Te acostumbrarás.
¿Seguro?
—¿Por qué no puedo tocarte?
—Porque no.
Aprieta los labios con obstinación.
—¿Es por la señora Robinson?
Me mira con curiosidad.
—¿Por qué lo piensas? —E inmediatamente lo entiende—. ¿Crees que me traumatizó?
Asiento.
—No, Lena, no es por ella. Además, la señora Robinson no me aceptaría estas chorradas.
Ah… pero yo sí tengo que aceptarlas. Pongo mala cara.
—Entonces no tiene nada que ver con ella…
—No. Y tampoco quiero que te toques.
¿Qué? Ah, sí, la cláusula de que no puedo masturbarme.
—Por curiosidad… ¿por qué?
—Porque quiero para mí todo tu placer —me dice en tono ronco, aunque decidida.

No sé qué contestar. Por un lado, ahí está con su «Quiero morderte ese labio»; por el otro, es muy egoísta. Frunzo el ceño y pincho un trozo de bacalao intentando evaluar mentalmente qué me ha concedido. La comida y dormir. Va a tomárselo con calma, y aún no hemos hablado de los límites tolerables. Pero no estoy segura de que pueda afrontar ese tema con la comida en la mesa.

—Te he dado muchas cosas en las que pensar, ¿verdad?
—Sí.
—¿Quieres que pasemos ya a los límites tolerables?
—Espera a que acabemos de comer.
Sonríe.
—¿Te da asco?
—Algo así.
—No has comido mucho.
—Lo suficiente.
—Tres ostras, cuatro trocitos de bacalao y un espárrago. Ni puré de patatas, ni frutos secos, ni aceitunas. Y no has comido en todo el día. Me has dicho que podía confiar en ti.
Vaya, ha hecho el inventario completo.
—Yulia, por favor, no suelo mantener conversaciones de este tipo todos los días.
—Necesito que estés sana y en forma, Lena.
—Lo sé.
—Y ahora mismo quiero quitarte ese vestido.

Trago saliva. Quitarme el vestido de Nastya. Siento un tirón en lo más profundo de mi vientre. Algunos músculos con los que ahora estoy más familiarizada se contraen con sus palabras. Pero no puedo aceptarlo. Vuelve a utilizar contra mí su arma más potente. Es fabulosa practicando el sexo… Hasta yo me he dado cuenta de ello.

—No creo que sea una buena idea —murmuro—. Todavía no hemos comido el postre.
—¿Quieres postre? —me pregunta resoplando.
—Sí.
—El postre podrías ser tú —murmura sugerentemente.
—No estoy segura de que sea lo bastante dulce.
—Lena, eres exquisitamente dulce. Lo sé.
—Yulia, utilizas el sexo como arma. No me parece justo —susurro contemplándome las manos.

Luego la miro a los ojos. Alza las cejas, sorprendida, y veo que está sopesando mis palabras. Se presiona la barbilla, pensativa.

—Tienes razón. Lo hago. Cada uno utiliza en la vida lo que sabe, Lena. Eso no quita que te desee muchísimo. Aquí. Ahora.
¿Cómo es posible que me seduzca solo con la voz? Estoy ya jadeando, con la sangre circulándome a toda prisa por las venas, y los nervios estremeciéndose.
—Me gustaría probar una cosa —me dice.
Frunzo el ceño. Acaba de darme un montón de ideas que tengo que procesar, y ahora esto.
—Si fueras mi sumisa, no tendrías que pensarlo. Sería fácil —me dice con voz dulce y seductora—. Todas estas decisiones… todo el agotador proceso racional quedaría atrás. Cosas como «¿Es lo correcto?», «¿Puede suceder aquí?», «¿Puede suceder ahora?». No tendrías que preocuparte de esos detalles. Lo haría yo, como tu ama. Y ahora mismo sé que me deseas, Lena.
Arrugo el ceño todavía más. ¿Cómo está tan segura?
—Estoy tan segura porque…
Maldita sea, contesta a las preguntas que no le hago. ¿Es también adivino?
—… tu cuerpo te delata. Estás apretando los muslos, te has puesto roja y tu respiración ha cambiado.
Vale, es demasiado.
—¿Cómo sabes lo de mis muslos? —le pregunto en voz baja, en tono incrédulo.
Pero si están debajo de la mesa, por favor.
—He notado que el mantel se movía, y lo he deducido basándome en años de experiencia. No me equivoco, ¿verdad?

Me ruborizo y me miro las manos. Su juego de seducción me lo pone muy difícil. Ella es la única que conoce y entiende las normas. Yo soy demasiado ingenua e inexperta. Mi único punto de referencia es Nastya, pero ella no aguanta chorradas de los hombres. Las demás referencias que tengo son del mundo de la ficción: Elizabeth Bennet estaría indignada, Jane Eyre, aterrorizada, y Tess sucumbiría, como yo.

—No me he terminado el bacalao.
—¿Prefieres el bacalao frío a mí?
Levanto la cabeza de golpe y lo miro. Un deseo imperioso brilla en sus ojos ardientes como plata fundida.
—Pensaba que te gustaba que me acabara toda la comida del plato.
—Ahora mismo, señorita Katina, me importa una mierda su comida.
—Yulia, no juegas limpio, de verdad.
—Lo sé. Nunca he jugado limpio.

La diosa que llevo dentro frunce el ceño e intenta convencerme. Tú puedes. Juega a su juego. ¿Puedo? De acuerdo. ¿Qué tengo que hacer? Mi inexperiencia es mi cruz. Pincho un espárrago, la miro y me muerdo el labio. Luego, muy despacio, me meto la punta del espárrago en la boca y la chupo.
Yulia abre los ojos de manera imperceptible, pero yo lo noto.

—Lena, ¿qué haces?
Muerdo la punta.
—Estoy comiéndome un espárrago.
Yulia se remueve en su silla.
—Creo que está jugando conmigo, señorita Katina.
Finjo inocencia.
—Solo estoy terminándome la comida, señorita Volkova.

En ese preciso momento el camarero llama a la puerta y entra sin esperar respuesta. Mira un segundo a Yulia, que le pone mala cara pero asiente enseguida, así que el camarero recoge los platos. La llegada del camarero ha roto el hechizo, y me aferro a ese instante de lucidez. Tengo que marcharme. Si me quedo, nuestro encuentro solo podrá terminar de una manera, y necesito poner ciertas barreras después de una conversación tan intensa. Mi cabeza se rebela tanto como mi cuerpo se muere de deseo. Necesito algo de distancia para pensar en todo lo que me ha dicho. Todavía no he tomado una decisión, y su atractivo y su destreza sexual no me lo ponen nada fácil.

—¿Quieres postre? —me pregunta Yulia, tan amable como siempre, pero con ojos todavía ardientes.
—No, gracias. Creo que tengo que marcharme —le digo mirándome las manos.
—¿Marcharte? —me pregunta sin poder ocultar su sorpresa.
El camarero se retira a toda prisa.
—Sí.
Es la decisión correcta. Si me quedo en este comedor con ella, me follará. Me levanto con determinación.
—Mañana tenemos los dos la ceremonia de la entrega de títulos.
Yulia se levanta automáticamente, poniendo de manifiesto años de arraigada urbanidad.
—No quiero que te vayas.
—Por favor… Tengo que irme.
—¿Por qué?
—Porque me has planteado muchas cosas en las que pensar… y necesito cierta distancia.
—Podría conseguir que te quedaras —me amenaza.
—Sí, no te sería difícil, pero no quiero que lo hagas.
Se pasa la mano por el pelo mirándome detenidamente.
—Mira, cuando viniste a entrevistarme y te caíste en mi despacho, todo eran «Sí, señorita», «No, señorita». Pensé que eras una sumisa nata. Pero, la verdad, Lena, no estoy segura de que tengas madera de sumisa —me dice en tono tenso acercándose a mí.
—Quizá tengas razón —le contesto.
—Quiero tener la oportunidad de descubrir si la tienes —murmura mirándome. Levanta un brazo, me acaricia la cara y me pasa el pulgar por el labio inferior—. No sé hacerlo de otra manera, Lena. Soy así.
—Lo sé.

Se inclina para besarme, pero se detiene antes de que sus labios rocen los míos. Busca mis ojos con la mirada, como pidiéndome permiso. Alzo los labios hacia ella y me besa, y como no sé si volveré a besarla más, me dejo ir. Mis manos se mueven por sí solas, se deslizan por su pelo, la atraen hacia mí. Mi boca se abre y mi lengua acaricia la suya. Me agarra por la nuca para besarme más profundamente, respondiendo a mi ardor. Me desliza la otra mano por la espalda, y al llegar al final de la columna, la detiene y me aprieta contra su cuerpo.

—¿No puedo convencerte de que te quedes? —me pregunta sin dejar de besarme.
—No.
—Pasa la noche conmigo.
—¿Sin tocarte? No.
—Eres imposible —se queja. Se echa hacia atrás y me mira fijamente—. ¿Por qué tengo la impresión de que estás despidiéndote de mí?
—Porque voy a marcharme.
—No es eso lo que quiero decir, y lo sabes.
—Yulia, tengo que pensar en todo esto. No sé si puedo mantener el tipo de relación que quieres.
Cierra los ojos y presiona su frente contra la mía, lo cual nos da a ambas la oportunidad de relajar la respiración. Un momento después me besa en la frente, respira hondo, con la nariz hundida en mi pelo, me suelta y da un paso atrás.
—Como quiera, señorita Katina —me dice con rostro impasible—. La acompaño hasta el vestíbulo.
Me tiende la mano. Me inclino, cojo el bolso y le doy la mano. Maldita sea, esto podría ser todo. La sigo dócilmente por la gran escalera hasta el vestíbulo. Siento picores en el cuero cabelludo, la sangre me bombea muy deprisa. Podría ser el último adiós si decido no aceptar. El corazón se me contrae dolorosamente en el pecho. Qué giro tan radical… Qué gran diferencia puede suponer para una chica un momento de lucidez.
—¿Tienes el ticket del aparcacoches?
Saco del bolso el ticket y se lo doy. Yulia se lo entrega al portero. La miro mientras esperamos.
—Gracias por la cena —murmuro.
—Ha sido un placer como siempre, señorita Katina —me contesta educadamente, aunque parece sumida en sus pensamientos, abstraída por completo.
La observo detenidamente y memorizo su hermoso perfil. Me obsesiona la desagradable idea de que podría no volver a verla. Es demasiado doloroso para planteármelo. De pronto se gira y me mira con expresión intensa.
—Esta semana te mudas a Seattle. Si tomas la decisión correcta, ¿podré verte el domingo? —me pregunta en tono insegura.
—Ya veremos. Quizá —le contesto.
Por un momento parece aliviada, pero enseguida frunce el ceño.
—Ahora hace fresco. ¿No has traído chaqueta?
—No.
Mueve la cabeza enfadada y se quita la americana.
—Toma. No quiero que cojas frío.

Parpadeo mientras la sostiene para que me la ponga. Y al pasar los brazos por las mangas, recuerdo el momento en su despacho en que me puso la chaqueta sobre los hombros —el día en que la conocí—, y la impresión que me causó. Nada ha cambiado. En realidad, ahora es más intensa. Su americana está caliente, me viene justa y huele a ella… delicioso.
Llega mi coche. Yulia se queda boquiabierta.

—¿Ese es tu coche?
Está horrorizada. Me coge de la mano y sale conmigo a la calle. El aparcacoches sale, me tiende las llaves, y Yulia le da una propina.
—¿Está en condiciones de circular? —me pregunta fulminándome con la mirada.
—Sí.
—¿Llegará hasta Seattle?
—Claro que sí.
—¿Es seguro?
—Sí —le contesto irritada—. Vale, es viejo, pero es mío y funciona. Me lo compró mi padrastro.
—Lena, creo que podremos arreglarlo.
—¿Qué quieres decir? —De pronto lo entiendo—. Ni se te ocurra comprarme un coche.
Me mira con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.
—Ya veremos —me contesta.
Hace una mueca mientras me abre la puerta del conductor y me ayuda a entrar. Me quito los zapatos y bajo la ventanilla. Me mira con expresión impenetrable y ojos turbios.
—Conduce con prudencia —me dice en voz baja.
—Adiós, Yulia —le digo con voz ronca, como si estuviera a punto de llorar.

No, no voy a llorar. Le sonrío ligeramente.
Mientras me alejo, siento una presión en el pecho, empiezan a aflorar las lágrimas y trato de ahogar el llanto. Las lágrimas no tardan en rodar por mis mejillas, aunque la verdad es que no entiendo por qué lloro. Me he mantenido firme. Ella me lo ha explicado todo, y ha sido clara. Me desea, pero necesito más.
Necesito que me desee como yo la deseo y la necesito, y en el fondo sé que no es posible. Estoy abrumada.
Ni siquiera sé cómo catalogarlo. Si acepto… ¿será mi novia? ¿Podré presentárselo a mis amigos? ¿Saldré con ella de copas, al cine o a jugar a los bolos? Creo que no, la verdad. No me dejará tocarla ni dormir con ella. Sé que no he hecho estas cosas en el pasado, pero quiero hacerlas en el futuro. Y no es este el futuro que ella tiene previsto.
¿Qué pasa si digo que sí, y dentro de tres meses ella dice que no, que se ha cansado de intentar convertirme en algo que no soy? ¿Cómo voy a sentirme? Me habré implicado emocionalmente durante tres meses y habré hecho cosas que no estoy segura de que quiera hacer. Y si después me dice que no, que se ha acabado el acuerdo, ¿cómo voy a sobrellevar el rechazo? Quizá lo mejor sea retirarse ahora, que mantego mi autoestima más o menos intacta.

Pero la idea de no volver a verla me resulta insoportable. ¿Cómo se me ha metido en la piel en tan poco tiempo? No puede ser solo el sexo, ¿verdad? Me paso la mano por los ojos para secarme las lágrimas. No quiero analizar lo que siento por ella. Me asusta lo que podría descubrir. ¿Qué voy a hacer?
Aparco frente a nuestra casa. No veo luces encendidas, así que Nastya debe de haber salido. Es un alivio. No quiero que vuelva a pillarme llorando. Mientras me desnudo, enciendo el cacharro infernal y encuentro un mensaje de Yulia en la bandeja de entrada.


De: Yulia Volkova
Fecha: 25 de mayo de 2011 22:01
Para: Lena Katina
Asunto: Esta noche

No entiendo por qué has salido corriendo esta noche. Espero sinceramente haber contestado a todas tus preguntas de forma satisfactoria. Sé que tienes que plantearte muchas cosas y espero fervientemente que consideres en serio mi propuesta. Quiero de verdad que esto funcione. Nos lo tomaremos con calma.Confía en mí.

Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


Este e-mail me hace llorar más. No soy una fusión empresarial. No soy una adquisición. Leyendo este correo, cualquiera diría que sí. No le contesto. No sé qué decirle, la verdad. Me pongo el pijama y me meto en la cama envuelta en su americana. Tumbada, en la oscuridad, pienso en todas las veces que me ha advertido que me mantuviera alejada de ella.

«Lena, deberías mantenerte alejada de mí. No soy una mujer para ti.»
«Yo no tengo novias.»
«No soy una mujer de flores y corazones.»
«Yo no hago el amor.»
«No sé hacerlo de otra manera.»


Es lo último a lo que me aferro mientras lloro en silencio, con la cara hundida en la almohada. Tampoco yo sé hacerlo de otra manera. Quizá juntas podamos encontrar otro camino .
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Entendible la situación

Mensaje por Zanini-volk el Sáb Mayo 14, 2016 8:34 pm

Al igual que lena yo estaría vuelta un ocho,dioses es abrumador.
Excelente conti

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Entendible la situación

Mensaje por Zanini-volk el Sáb Mayo 14, 2016 8:35 pm

Al igual que lena yo estaría vuelta un ocho,dioses es abrumador.
Excelente conti

Zanini-volk
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por SandyQueen el Dom Mayo 15, 2016 2:33 pm

Sienten cosas que nunca habían sentido y no saben como reaccionar :O

Excelente, me va agradando cada vez más Smile
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SandyQueen

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Mar Mayo 17, 2016 11:39 pm

14

Yulia está frente a mí con una fusta de cuero trenzado. Solo lleva puesto un brassier y unos Levi’s viejos, gastados y rotos. Golpea despacio la fusta contra la palma de su mano sin dejar de mirarme. Esboza una sonrisa triunfante. No puedo moverme. Estoy desnuda y atada con grilletes, despatarrada en una enorme cama de cuatro postes. Se acerca a mí y me desliza la punta de la fusta desde la frente hasta la nariz, de manera que percibo el olor del cuero, y luego sigue hasta mis labios entreabiertos, que jadean. Me mete la punta en la boca y siento el sabor intenso del cuero.

—Chupa —me ordena en voz baja.
Obedezco y cierro los labios alrededor de la punta.
—Basta —me dice bruscamente.

Vuelvo a jadear mientras me saca la fusta de la boca y me la desliza desde la barbilla hasta el final del cuello. Le da vueltas despacio y sigue arrastrando la punta de la fusta por mi cuerpo, por el esternón, entre los pechos y por el torso, hasta el ombligo. Jadeo, me retuerzo y tiro de los grilletes, que me destrozan las muñecas y los tobillos. Me rodea el ombligo con la punta de cuero y sigue deslizándola por mi vello púbico hasta el clítoris. Sacude la fusta y me golpea con fuerza en el clítoris, y me corro gloriosamente gritando que me desate.
De pronto me despierto jadeando, bañada en sudor y sintiendo los espasmos posteriores al orgasmo. Dios mío. Estoy totalmente desorientada. ¿Qué demonios ha pasado? Estoy en mi cama sola. ¿Cómo? ¿Por qué? Me incorporo de un salto, conmocionada… Uau. Es de día. Miro el despertador: las ocho. Me cubro la cara con las manos. No sabía que yo pudiera tener sueños sexuales. ¿Ha sido por algo que comí? Quizá las ostras y la investigación, que han acabado manifestándose en mi primer sueño erótico. Es desconcertante. No tenía ni idea de que pudiera correrme en sueños.
Nastya se acerca a mí corriendo cuando entro tambaleándome en la cocina.

—Lena, ¿estás bien? Te veo rara. ¿Llevas puesta la americana de Yulia?
—Estoy bien.

Maldita sea. Debería haberme mirado en el espejo. Evito sus ojos verdes, que me atraviesan. Todavía no me he recuperado del sueño.
—Sí, es la americana de Yulia.
Frunce el ceño.
—¿Has dormido?
—No muy bien.
Cojo la tetera. Necesito un té.
—¿Qué tal la cena?
Ya empieza…
—Comimos ostras. Y luego bacalao, así que diría que hubo bastante pescado.
—Uf… Odio las ostras, pero no estoy preguntándote por la comida. ¿Qué tal con Yulia? ¿De qué hablasteis?
—Se mostró muy atenta.

Me callo. ¿Qué puedo decirle? No tiene VIH, le interesa la interpretación, quiere que obedezca todas sus órdenes, hizo daño a una mujer a la que colgó del techo de su cuarto de juegos y quería follarme en el comedor privado. ¿Sería un buen resumen? Intento desesperadamente recordar algo de mi cita con Yulia que pueda comentar con Nastya.

—No le gusta Wanda.
—¿A quién le gusta, Lena? No es nada nuevo. ¿Por qué estás tan evasiva? Suéltalo, amiga mía.
—Nastya, hablamos de un montón de cosas. Ya sabes… de lo quisquillosa que es con la comida. Por cierto, le gustó mucho tu vestido.
La tetera ya está hirviendo, así que me preparo una taza.
—¿Te apetece un té? ¿Quieres leerme tu discurso de hoy?
—Sí, por favor. Anoche estuve preparándolo en el Becca’s. Voy a buscarlo. Y sí, me apetece mucho un té.

Nastya sale corriendo de la cocina.
Uf, he conseguido darle esquinazo a Anastasya Isaeva. Abro un panecillo y lo meto en la tostadora. Me ruborizo pensando en mi intenso sueño. ¿Qué demonios ha pasado?
Anoche me costó dormirme. Estuve dando vueltas a diversas opciones. Estoy muy confundida. La idea que tiene Yulia de una relación se parece mucho a una oferta de empleo, con sus horarios, la descripción del trabajo y un procedimiento de resolución de conflictos bastante riguroso. No imaginaba así mi primera historia de amor… pero, claro, a Yulia no le interesan las historias de amor. Si le dijera que quiero algo más, seguramente me diría que no… y me arriesgaría a perder lo que me ha ofrecido. Es lo que más me preocupa, porque no quiero perderla. Pero no estoy segura de tener estómago para ser su sumisa… En el fondo, lo que me tira para atrás son las varas y los látigos. Como soy débil físicamente, haría lo que fuera por evitar el dolor. Pienso en mi sueño… ¿Sería así? La diosa que llevo dentro da saltos con pompones de animadora gritándome que sí.
Nastya vuelve a la cocina con su portátil. Me concentro en mi panecillo. Empieza a leer su dicurso, y yo la escucho pacientemente.
Estoy vestida y lista cuando llega Sergey. Abro la puerta de la calle y lo veo en el porche con un traje que no le queda nada bien. Siento una cálida oleada de gratitud y de amor hacia este hombre sencillo y me lanzo a sus brazos, una muestra de cariño poco habitual en mí. Se queda desconcertado, perplejo.
—Hola, Lenita, yo también me alegro de verte —murmura abrazándome.
Me aparta un poco, y con las manos en mis hombros me mira de arriba abajo con el ceño fruncido.
—¿Estás bien, hija?
—Claro, papá. ¿No puedo alegrarme de ver a mi padre?
Sonríe arrugando las comisuras de sus ojos verdes y me sigue hasta el comedor.
—Estás muy guapa —me dice.
—El vestido es de Nastya —le digo bajando la mirada hacia el vestido gris de seda con la espalda descubierta.
Frunce el ceño.
—¿Dónde está Nastya?
—Ha ido al campus. Va a pronunciar un discurso, así que tiene que estar allí antes.
—¿Vamos tirando?
—Papá, tenemos media hora. ¿Quieres un té? Cuéntame cómo está todo el mundo en Montesano. ¿Cómo te ha ido el viaje?
Sergey deja el coche en el aparcamiento del campus y seguimos a la multitud con birretes negros y rojos hasta el gimnasio.
—Suerte, Lenis. Pareces muy nerviosa. ¿Tienes que hacer algo?
Dios mío… ¿Por qué le ha dado hoy a Sergey por ser observador?
—No, papá. Es un gran día.
Y voy a ver a Yulia Volkova.
—Sí, mi niña se ha graduado. Estoy orgulloso de ti, Lenis.
—Gracias, papá.
Cuánto quiero a este hombre…

El gimnasio está lleno de gente. Sergey va a sentarse a las gradas con los demás padres y asistentes, y yo me dirijo a mi asiento. Llevo mi toga negra y mi birrete, y siento que me protegen, que me permiten ser anónima. Todavía no hay nadie en el estrado, pero parece que no consigo calmarme. Me late el corazón a toda prisa y me cuesta respirar. Está por aquí, en algún sitio. Me pregunto si Nastya está hablando con ella, quizá interrogándola. Me dirijo hacia mi asiento entre compañeros cuyos apellidos también empiezan por K. Estoy en la segunda fila, lo que me ofrece cierto anonimato. Miro hacia atrás y veo a Sergey en las gradas, arriba del todo. Lo saludo con un gesto. Me contesta agitando tímidamente la mano. Me siento y espero.
El auditorio no tarda en llenarse y el rumor de voces nerviosas aumenta progresivamente. La primera fila de asientos ya está ocupada. Yo estoy sentada entre dos chicas de otro departamento a las que no conozco. Es evidente que son muy amigas, y hablan muy nerviosas conmigo en medio.
A las once en punto aparece el rector desde detrás del estrado, seguido por los tres vicerrectores y los profesores, todos ataviados en negro y rojo. Nos levantamos y aplaudimos a nuestro personal docente. Algunos profesores asienten y saludan con la mano, y otros parecen aburridos. El profesor Collins, mi tutor y mi profesor preferido, tiene pinta de acabar de levantarse, como siempre. Al fondo del escenario están Nastya y Yulia. Yulia lleva un traje gris femenino a medida, y a las luces del auditorio brillan en su pelo mechones cobrizos. Parece muy seria y autosuficiente. Al sentarse, se desabrocha la americana y veo su corbata. Oh, Dios… ¡esa corbata! Me froto las muñecas en un gesto reflejo. No puedo apartar los ojos de ella. Sin duda se ha puesto esa corbata a propósito. Aprieto los labios. El público se sienta y cesan los aplausos.

—¡Mira a aquella tipa! —cuchichea entusiasmada una de las chicas sentadas a mi lado.
—¡Está buenísima! —le contesta la otra.
Me pongo tensa. Estoy segura de que no hablan del profesor Collins.
—Tiene que ser Yulia Volkova.
—¿Está libre?
Se me ponen los pelos de punta.
—Creo que no —murmuro.
—Oh —exclaman las chicas mirándome sorprendidas.
—Creo que tiene novio —mascullo.
—Qué lástima —se lamenta una de las chicas.

Mientras el rector se levanta y da comienzo al acto con su discurso, veo que Yulia recorre disimuladamente la sala con la mirada. Me hundo en mi asiento y encojo los hombros para que no me vea. Fracaso estrepitosamente, porque un segundo después sus ojos encuentran los míos. Me mira con rostro impasible, totalmente inescrutable. Me remuevo incómoda en mi asiento, hipnotizada por su mirada, y me ruborizo ligeramente. De pronto recuerdo mi sueño de esta mañana y se me contraen los músculos del vientre. Respiro hondo. Sus labios esbozan una leve y efímera sonrisa. Cierra un instante los ojos y al abrirlos recupera su expresión indiferente. Lanza una rápida mirada al rector y luego fija la vista al frente, en el emblema de la universidad colgado en la entrada. No vuelve a dirigir sus ojos hacia mí. El rector continúa con su monótono discurso, y Yulia sigue sin mirarme. Mira fijamente hacia delante.
¿Por qué no me mira? ¿Habrá cambiado de idea? Me inunda una oleada de inquietud. Quizá el hecho de que me marchara anoche fue el final también para ella. Se ha aburrido de esperar a que me decida. Oh, no, quizá lo he fastidiado todo. Recuerdo su e-mail de anoche. Quizá esté enfadada porque no le he contestado.
De pronto la señorita Anastasya Isaeva avanza por el estrado y la sala irrumpe en aplausos. El rector se sienta y Nastya se echa la bonita melena hacia atrás y coloca sus papeles en el atril. Se toma su tiempo y no se siente intimidada por el millar de personas que están mirándola. Cuando está lista, sonríe, levanta la mirada hacia la multitud fascinada y empieza su discurso con elocuencia. Está tranquila y se muestra divertida. Las chicas sentadas a mi lado se ríen a carcajadas con su primera broma. Oh, Anastasya Isaeva, tú si que sabes pronunciar un discurso. En esos momentos estoy tan orgullosa de ella que mis dispersos pensamientos sobre Yulia quedan a un lado. Aunque ya he oído su discurso, lo escucho atentamente. Domina la sala y se mete al público en el bolsillo.
Su tema es «¿Qué esperar después de la facultad?». Sí, ¿qué esperar? Yulia mira a Nastya alzando las cejas, creo que sorprendida. Podría haber ido a entrevistarla Nastya, y ahora podría estar haciéndole proposiciones indecentes a ella. La guapa Nastya y la guapa Yulia juntas. Y yo podría estar como las dos chicas sentadas a mi lado, admirándola desde la distancia. Pero sé que Nastya no le habría dado ni la hora. ¿Cómo lo llamó el otro día? Repulsiva. La idea de que Nastya y Yulia se enfrenten me incomoda. Tengo que decir que no sé por quién de los dos apostaría.
Nastya termina su discurso con una floritura, y espontáneamente todo el mundo se levanta, la aplaude y la vitorea. Su primera ovación con el público en pie. Le sonrío y la aclamo, y ella me devuelve una sonrisa. Buen trabajo, Nastya. Se sienta, el público también, y el rector se levanta y presenta a Yulia… Oh, Dios, Yulia va a dar un discurso. El rector hace un breve resumen de los logros de Yulia: presidenta de su extraordinariamente próspera empresa, una mujer que ha llegado donde está por sus propios méritos…
—… y también una importante benefactora de nuestra universidad. Por favor, demos la bienvenida a la señorita Yulia Volkova.
El rector estrecha la mano a Yulia, y la gente empieza a aplaudir. Se me hace un nudo en la garganta. Se acerca al atril y recorre la sala con la mirada. Parece tan segura de sí misma frente a nosotros como Nastya hace un momento. Las dos chicas sentadas a mi lado se inclinan hacia delante embelesadas. De hecho, creo que la mayoría de las mujeres del público, y algunos hombres, se inclinan un poco en sus asientos. Yulia empieza a hablar en tono suave, mesurado y cautivador.
—Estoy profundamente agradecida y emocionada por el gran honor que me han concedido hoy las autoridades de la Universidad Estatal de Washington, honor que me ofrece la excepcional posibilidad de hablar del impresionante trabajo que lleva a cabo el departamento de ciencias medioambientales de la universidad. Nuestro propósito es desarrollar métodos de cultivo viables y ecológicamente sostenibles para países del tercer mundo. Nuestro objetivo último es ayudar a erradicar el hambre y la pobreza en el mundo. Más de mil millones de personas, principalmente en el África subsahariana, el sur de Asia y Latinoamérica, viven en la más absoluta miseria. El mal funcionamiento de la agricultura es generalizado en estas zonas, y el resultado es la destrucción ecológica y social. Sé lo que es pasar hambre. Para mí, se trata de una travesía muy personal…

Se me desencaja la mandíbula. ¿Qué? Yulia ha pasado hambre. Maldita sea. Bueno, eso explica muchas cosas. Y recuerdo la entrevista. De verdad quiere alimentar al mundo. Me devano los sesos desesperadamente intentando recordar el artículo de Nastya. Fue adoptada a los cuatro años, creo. No me imagino que Larissa la matara de hambre, así que debió de ser antes, cuando era muy pequeña. Trago saliva y se me encoge el corazón pensando en un niñita de ojos azules hambrienta. Oh, no. ¿Qué vida tuvo antes de que los Volkov la adoptaran y la rescataran?
Me invade una indignación salvaje. La filantrópica Yulia pobre, jodida y pervertida. Aunque estoy segura de que ella no se vería así a sí misma y rechazaría todo sentimiento de lástima o piedad. De repente estalla un aplauso general y todo el mundo se levanta. Yo hago lo mismo, aunque no he escuchado la mitad de su discurso. Se dedica a esa gran labor, a dirigir una empresa enorme y al mismo tiempo a perseguirme. Resulta abrumador. Recuerdo los breves retazos de las conversaciones que le he oído sobre Darfur… Ahora encaja todo. Comida.
Sonríe brevemente ante el cálido aplauso —incluso Nastya está aplaudiendo— y vuelve a su asiento. No mira en dirección a mí, y yo estoy descentrada intentando asimilar toda esta nueva información sobre ella.
Un vicerrector se levanta y empieza el largo y tedioso proceso de entrega de títulos. Hay que repartir más de cuatrocientos, así que pasa más de una hora hasta que oigo mi nombre. Avanzo hacia el estrado entre las dos chicas, que se ríen tontamente. Yulia me lanza una mirada cálida, aunque comedida.
—Felicidades, señorita Katina—me dice estrechándome la mano. Siento la descarga de su carne en la mía—. ¿Tienes problemas con el ordenador?
Frunzo el ceño mientras me entrega el título.
—No.
—Entonces, ¿no haces caso de mis e-mails?
—Solo vi el de las fusiones y adquisiciones.
Me mira con curiosidad.
—Luego —me dice.

Y tengo que avanzar, porque estoy obstruyendo la cola.
Vuelvo a mi asiento. ¿E-mails? Debe de haber mandado otro. ¿Qué decía?
La ceremonia concluye una hora después. Es interminable. Al final, el rector conduce a los miembros del cuerpo docente fuera del estrado, precedidos por Yulia y Nastya, y todo el mundo vuelve a aplaudir calurosamente. Yulia no me mira, aunque me gustaría que lo hiciera. La diosa que llevo dentro no está nada contenta.
Mientras espero de pie para poder salir de nuestra fila de asientos, Nastya me llama. Se acerca hacia mí desde detrás del estrado.

—Yulia quiere hablar contigo —me grita.
Las dos chicas, que ahora están de pie a mi lado, se giran y me miran.
—Me ha mandado a que te lo diga —sigue diciendo.
Oh…
—Tu discurso ha sido genial, Nast.
—Sí, ¿verdad? —Sonríe—. ¿Vienes? Puede ser muy insistente.
Pone los ojos en blanco y me río.
—Ni te lo imaginas. Pero no puedo dejar a Sergey solo mucho rato.

Levanto la mirada hacia Sergey y le indico abriendo la palma que me espere cinco minutos. Asiente, me hace un gesto con la mano y sigo a Nastya hasta el pasillo de detrás del estrado. Yulia está hablando con el rector y con dos profesores. Levanta los ojos al verme.

—Discúlpenme, señores —le oigo murmurar.
Viene hacia mí y sonríe brevemente a Nastya.
—Gracias —le dice.

Y antes de que Nastya pueda responder, me coge del brazo y me lleva hacia lo que parece un vestuario de hombres. Comprueba que está vacío y cierra la puerta con pestillo.
Maldita sea, ¿qué se propone? Parpadeo cuando se gira hacia mí.

—¿Por qué no me has mandado un e-mail? ¿O un mensaje al móvil?
Me mira furiosa. Yo estoy desconcertada.
—Hoy no he mirado ni el ordenador ni el teléfono.
Mierda, ¿ha estado llamándome? Pruebo con la técnica de distracción que tan bien me funciona con Nastya.
—Tu discurso ha estado muy bien.
—Gracias.
—Ahora entiendo tus problemas con la comida.
Se pasa una mano por el pelo, muy nerviosa.
—Lena, no quiero hablar de eso ahora. —Cierra los ojos y parece afligido—. Estaba preocupada por ti.
—¿Preocupada? ¿Por qué?
—Porque volviste a casa en esa trampa mortal a la que tú llamas coche.
—¿Qué? No es ninguna trampa mortal. Está perfectamente. José suele hacerle la revisión.
—¿José, el fotógrafo?
Yulia arruga la frente y se le hiela la expresión. Mierda.
—Sí, el Escarabajo era de su madre.
—Sí, y seguramente también de su abuela y de su bisabuela. No es un coche seguro.
—Lo tengo desde hace más de tres años. Siento que te hayas preocupado. ¿Por qué no me has llamado?
Está exagerando demasiado.
Respira hondo.
—Lena, necesito una respuesta. La espera está volviéndome loca.
—Yulia… Mira, he dejado a mi padrastro solo.
—Mañana. Quiero una respuesta mañana.
—De acuerdo, mañana. Ya te diré algo.
Retrocede y me mira más calmada, con los hombros relajados.
—¿Te quedas a tomar algo? —me pregunta.
—No sé lo que quiere hacer Sergey.
—¿Tu padrastro? Me gustaría conocerlo.
Oh, no… ¿por qué?
—Creo que no es buena idea.
Yulia abre el pestillo de la puerta muy seria.
—¿Te avergüenzas de mí?
—¡No! —Ahora me toca a mí desesperarme—. ¿Y cómo te presento a mi padre?
¿«Esta es la mujer que me ha desvirgado y que quiere mantener conmigo una relación sadomasoquista»? No llevas puestas las zapatillas de deporte.
Yulia me mira y sus labios esbozan una sonrisa. Y aunque estoy enfadada con ella, involuntariamente mi cara se la devuelve.
—Para que lo sepas, corro muy deprisa. Dile que soy una amiga, Lena.

Abre la puerta y sale. La cabeza me da vueltas. El rector, los tres vicerrectores, cuatro profesores y Nastya se me quedan mirando cuando paso a toda prisa por delante de ellos. Mierda. Dejo a Yulia con los profesores y voy a buscar a Sergey.
«Dile que soy una amiga.»
Amiga con derecho a roce, me dice mi subconsciente con mala cara. Lo sé, lo sé. Me quito de encima el desagradable pensamiento. ¿Cómo voy a presentárselo a Sergey? La sala sigue todavía medio llena, y Sergey no se ha movido de su sitio. Me ve, me hace un gesto con la mano y empieza a bajar.

—Lenita, felicidades —me dice pasándome el brazo por los hombros.
—¿Te apetece venir a tomar algo al entoldado?
—Claro. Hoy es tu día. Vamos.
—No tenemos que ir si no quieres.
Por favor, di que no…
—Lenita, he estado dos horas y media sentado, escuchando todo tipo de parloteos. Necesito una copa.
Le cojo del brazo y avanzamos entre la multitud a través de la cálida tarde. Pasamos junto a la cola del fotógrafo oficial.
—Ah, lo olvidaba… —Sergeyse saca una cámara digital del bolsillo—. Una foto para el álbum, Lenita.
Pongo los ojos en blanco mientras me saca una foto.
—¿Puedo quitarme ya la toga y el birrete? Me siento medio tonta.

Eres medio tonta… Mi subconsciente está de lo más sarcástico. Así que vas a presentar a Sergey a la mujer con la que follas… Estará muy orgulloso. Mi subconsciente me observa por encima de sus gafas de media luna. A veces la odio.
El entoldado es inmenso y está lleno de gente: alumnos, padres, profesores y amigos, todos charlando alegremente. Sergey me pasa una copa de champán, o de vino espumoso barato, me temo. No está frío y es dulzón. Pienso en Yulia… No va a gustarle.

—¡Lena!

Al girarme, Andrey Isaev me coge de improviso entre sus brazos. Me levanta y me da vueltas en el aire sin que se me derrame el vino. Toda una proeza.

—¡Felicidades! —exclama sonriéndome, con sus ojos verdes brillantes.
Qué sorpresa. Su pelo rubio está alborotado y sexy. Es tan guapo como Nastya. El parecido es asombroso.
—¡Uau, Andrey! Qué alegría verte. Papá, este es Andrey, el hermano de Nastya. Andrey, te presento a mi padre, Sergey Katin.
Se dan la mano. Mi padre evalúa fríamente al señor Isaev.
—¿Cuándo has llegado de Europa? —le pregunto.
—Hace una semana, pero quería darle una sorpresa a mi hermanita —me dice en tono de complicidad.
—Qué detalle —le digo sonriendo.
—Era la que iba a pronunciar el discurso de graduación. No podía perdérmelo.
Parece inmensamente orgulloso de su hermana.
—Su discurso ha sido genial.
—Es verdad —confirma Sergey.
Ethan me tiene cogida por la cintura cuando levanto la mirada y me encuentro con los gélidos ojos azules de Yulia Volkova. Nastya está a su lado.
—Hola, Sergey. —Nastya besa en las mejillas a mi padre, que se ruboriza—. ¿Conoces a la novia de Lena? Yulia Volkova.
Maldita sea… ¡Nastya! ¡Mierda! Me arden las mejillas.
—Señor Katin, encantada de conocerlo —dice Yulia tranquilamente, con calidez, sin que le haya alterado la presentación de Nastya.
Tiende la mano a Sergey, que se la estrecha sin dar la menor muestra de sorprenderse por lo que acaba de enterarse.
Muchas gracias, Anastasya Isaeva, pienso echando chispas. Creo que mi subconsciente se ha desmayado.
—Señorita Volkova —murmura Sergey.
Su expresión es indescifrable. Solo abre un poco sus grandes ojos verdes, que se giran hacia mí como preguntándome cuándo pensaba darle la noticia. Me muerdo el labio.
—Y este es mi hermano, Andrey Isaev —dice Nastya a Yulia.
Este dirige su gélida mirada a Andrey, que sigue cogiéndome por la cintura.
—Señor Isaev.
Se saludan. Yulia me tiende la mano.
—Lena, cariño —murmura.
Casi me muero al oírlo.
Me aparto de Andrey, al que Yulia dedica una sonrisa glacial, y me coloco a su lado. Nastya me sonríe. La muy zorra sabe perfectamente lo que está haciendo.
—Andrey, mamá y papá quieren hablar con nosotros —dice Nastya llevándose a su hermano.
—¿Desde cuándo os conocéis, chicos? —pregunta Sergey mirando impasible primero a Yulia y luego a mí.
He perdido la capacidad de hablar. Quiero que me trague la tierra. Yulia me roza la espalda desnuda con el pulgar y luego deja la mano apoyada en mi hombro.
—Unas dos semanas —dice en tono tranquila—. Nos conocimos cuando Lena vino a entrevistarme para la revista de la facultad.
—No sabía que trabajabas para la revista de la facultad, Lena.
El tono de Sergey es de ligero reproche. Es evidente que está molesto. Mierda.
—Nastya estaba enferma —murmuro.
No logro decir nada más.
—Su discurso ha estado muy bien, señorita Volkova.
—Gracias. Tengo entendido que es usted un entusiasta de la pesca.

Sergey alza las cejas y esboza una sonrisa poco habitual, auténtica. Y de pronto se ponen a hablar de pesca. De hecho, enseguida siento que sobro. Se ha metido a mi padre en el bolsillo… Como hizo contigo, me reprocha mi subconsciente. Su poder no tiene límites. Me disculpo y voy a buscar a Nastya.
Nastya está hablando con sus padres, que están encantados de verme, como siempre, y me saludan cariñosamente. Intercambiamos varias frases de cortesía, sobre todo acerca de sus próximas vacaciones a Barbados y nuestro traslado.

—Nastya, ¿cómo has podido soltar eso delante de Sergey? —le pregunto entre dientes en la primera ocasión en que nadie puede oírnos.
—Porque sabía que tú no lo harías, y quiero echar una mano con los problemas de compromiso de Yulia —me contesta sonriendo dulcemente.
Frunzo el ceño. ¡Soy yo la que no va a comprometerse con ella, estúpida!
—Y la tía se ha quedado tan tranquila, Lena. No te preocupes. Mírala… Yulia no aparta la mirada de ti.
Me giro y veo que Sergey y Yulia están mirándome.
—No te ha quitado los ojos de encima.
—Será mejor que vaya a rescatar a Sergey, o a Yulia. No sé a cuál de los dos. Esto no va a quedar así, Anastasya Isaeva.
—Lena, te he hecho un favor —me dice cuando ya me he dado la vuelta.
—Hola —les saludo a los dos con una sonrisa.

Parece que todo va bien. Yulia está sonriendo por alguna broma entre ellos, y mi padre parece increíblemente relajado, teniendo en cuenta que se trata de socializar. ¿De qué han hablado, aparte de pesca?

—Lena, ¿dónde está el cuarto de baño? —me pregunta Sergey.
—Al fondo a la izquierda.
—Vuelvo enseguida. Divertíos, chicas.
Sergey se aleja. Miro nerviosa a Yulia. Nos quedamos un momento quietas mientras un fotógrafo nos hace una foto.
—Gracias, señorita Volkova.
El fotógrafo se escabulle a toda prisa. El flash me ha dejado parpadeando.
—Así que también has cautivado a mi padre…
—¿También?
Le arden los ojos y alza una ceja interrogante. Me ruborizo. Levanta una mano y desliza los dedos por mi mejilla.
—Ojalá supiera lo que estás pensando, Lena —susurra en tono turbador.
Me coloca la mano en la barbilla y me levanta la cara. Nos miramos fijamente a los ojos.
Se me dispara el corazón. ¿Cómo puede tener este efecto sobre mí, incluso en este entoldado lleno de gente?
—Ahora mismo estoy pensando: Bonita corbata —le digo.
Se ríe.
—Últimamente es mi favorita.
Me arden las mejillas.
—Estás muy guapa, Lena. Este vestido con la espalda descubierta te sienta muy bien. Me apetece acariciarte la espalda y sentir tu hermosa piel.

De pronto es como si estuviéramos solas. Solas ella y yo. Se me altera todo el cuerpo, me hormiguean todas las terminaciones nerviosas, y la electricidad que se crea entre nosotras me empuja hacia ella.

—Sabes que irá bien, ¿verdad, nena? —me susurra.
Cierro los ojos y me derrito por dentro.
—Pero quiero más —le contesto en voz baja.
—¿Más?
Me mira desconcertada y sus ojos se vuelven impenetrables. Asiento y trago saliva. Ahora ya lo sabe.
—Más —repite en voz baja, como si estuviera sopesando la palabra, una palabra corta y sencilla, pero demasiado cargada de promesas. Me pasa el pulgar por el labio inferior—. Quieres flores y corazones.
Vuelvo a asentir. Pestañea y observo en sus ojos su lucha interna.
—Lena —me dice en tono dulce—, no sé mucho de ese tema.
—Yo tampoco.
Sonríe ligeramente.
—Tú no sabes mucho de nada —murmura.
—Tú sabes todo lo malo.
—¿Lo malo? Para mí no lo es —me contesta moviendo la cabeza, y parece sincera—. Pruébalo —me susurra.
Me desafía. Ladea la cabeza y esboza su deslumbrante sonrisa de medio lado.
Respiro hondo. Soy Eva en el Edén, y ella es la serpiente. No puedo resistirme.
—De acuerdo —susurro.
—¿Qué?
Me observa muy atenta. Trago saliva.
—De acuerdo. Lo intentaré.
—¿Estás de acuerdo?
Es evidente que no termina de creérselo.
—Dentro de los límites tolerables, sí. Lo intentaré.
Hablo en voz muy baja. Yulia cierra los ojos y me abraza.
—Lena, eres imprevisible. Me dejas sin aliento.
Da un paso atrás y de pronto Sergey ya está de vuelta. El ruido en el interior del entoldado aumenta progresivamente y me invade los oídos. No estamos solas. Dios mío, acabo de aceptar ser su sumisa. Yulia sonríe a Sergey con la alegría danzando en sus ojos.

—Lenis, ¿vamos a comer algo?
—Vamos.

Guiño un ojo a Sergey intentando recuperar la serenidad. ¿Qué has hecho?, me grita mi subconsciente. La diosa que llevo dentro da volteretas dignas de una gimnasta olímpica rusa.

—Yulia, ¿quieres venir con nosotros? —le pregunta Sergey.
¡Yulia! La miro suplicándole que no venga. Necesito espacio para pensar… ¿Qué deminios he hecho?
—Gracias, señor Katin, pero tengo planes. Encantada de conocerlo.
—Lo mismo digo —le contesta Sergey—. Cuídame a mi niña.
—Esa es mi intención.

Se estrechan la mano. Estoy mareada. Sergey no tiene ni idea de cómo va a cuidarme Yulia. Este me coge de la mano, se la lleva a los labios y me besa los nudillos con ternura sin apartar sus abrasadores ojos de los míos.

—Nos vemos luego, señorita Katina—me dice en un tono lleno de promesas.
Se me encoge el estómago al pensarlo. ¿Podré esperar?
Sergey me coge del brazo y nos dirigimos a la salida del entoldado.
—Parece una chica muy formal. Y adinerada. No lo has hecho tan mal, Lenita. Aunque no entiendo por qué he tenido que enterarme por Anastasya… —me reprende.
Me encojo de hombros a modo de disculpa.
—Bueno —dice—, cualquier mujer u hombre al que le guste pescar a mí me parece bien.
Vaya, a Sergey le parece bien. Si él supiera…
Al anochecer Sergey me lleva a casa.
—Llama a tu madre —me dice.
—Lo haré. Gracias por venir, papá.
—No me lo habría perdido por nada del mundo, Lenita. Estoy muy orgulloso de ti.
Oh, no. No voy a emocionarme ahora… Se me hace un nudo en la garganta y lo abrazo muy fuerte. Me rodea con sus brazos, perplejo, y entonces no puedo evitarlo. Se me saltan las lágrimas.
—Hey, Lenis, cariño —me dice Sergey—. Ha sido un gran día, ¿verdad? ¿Quieres que entre y te prepare un té?

Aunque tengo los ojos llenos de lágrimas, me río. Para Sergey, el té siempre es la solución. Recuerdo a mi madre quejándose de él, diciendo que cuando se trataba de consolar a alguien con un té, el té siempre se le daba muy bien, pero el consuelo no tanto.

—No, papá, estoy bien. Me he alegrado mucho de verte. En cuanto me instale en Seattle, iré a verte.
—Suerte con las entrevistas. Ya me contarás cómo te van.
—Claro, papá.
—Te quiero, Lenis.
—Yo también te quiero, papá.

Me sonríe con ojos cálidos y brillantes, y se mete en el coche. Le digo adiós con la mano mientras se adentra en la oscuridad, y luego entro lánguidamente en casa.
Lo primero que hago es mirar el móvil. No tiene batería, así que tengo que ir a buscar el cargador y enchufarlo antes de ver los mensajes. Cuatro llamadas perdidas, dos mensajes en el contestador y dos mensajes de texto. Tres llamadas perdidas de Yulia… sin mensajes en el contestador. Una llamada perdida de José, y su voz deseándome lo mejor en la ceremonia de graduación.
Abro los mensajes de texto.
*Has llegado bien?*
*Llamame*
Los dos son de Yulia. ¿Por qué no me llamó a casa? Voy a mi habitación y enciendo el cacharro infernal.

De: Yulia Volkova
Fecha: 25 de mayo de 2011 23:58
Para: Lena Katina
Asunto: Esta noche

Espero que hayas llegado bien a casa en ese coche tuyo.Dime si estás bien.

Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Dios… ¿Por qué le preocupa tanto mi Escarabajo? Me ha servido lealmente durante tres años, y José siempre me ha ayudado a ponerlo a punto. El siguiente e-mail de Yulia es de hoy.


De: Yulia Volkova
Fecha: 26 de mayo de 2011 17:22
Para: Lena Katina
Asunto: Límites tolerables

¿Qué puedo decir que no haya dicho ya?Encantado de comentarlo contigo cuando quieras.Hoy estabas muy guapa.

Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Quiero verla, así que pulso «Responder».


De: Lena Katina
Fecha: 26 de mayo de 2011 19:23
Para: Yulia Volkova
Asunto: Límites tolerables

Si quieres, puedo ir a verte esta noche y lo comentamos.
Lena

De: Yulia Volkova
Fecha: 26 de mayo de 2011 19:27
Para: Lena Katina
Asunto: Límites tolerables

Voy yo a tu casa. Cuando te dije que no me gustaba que llevaras ese coche, lo decía en serio.Nos vemos enseguida.

Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Maldita sea… Viene hacia aquí. Tengo que prepararle una cosa. Las primeras ediciones de los libros de Thomas Hardy siguen en las estanterías del comedor. No puedo aceptarlas. Envuelvo los libros en papel de embalar y escribo una cita de Tess:

Acepto las condiciones, Angel, porque tú sabes mejor cuál tiene que ser mi castigo. Lo único que te pido es… que no sea más duro de lo que pueda soportar.
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por SandyQueen el Miér Mayo 18, 2016 1:34 am

jajajaja!! Ay Nastya vaya que si le dio un empujón a la Srta Katina XD

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por Aleinads el Miér Mayo 18, 2016 8:24 pm

La cosa se pone buena! Ya Lena cedió Very Happy
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Mayo 19, 2016 11:56 pm

15


Hola.
Me siento terriblemente cortada cuando abro la puerta. Yulia está en el porche, con sus vaqueros y su cazadora de cuero.
—Hola —dice, y su radiante sonrisa le ilumina el rostro.
Me detengo un instante para admirar su belleza. Madre mía, está buenísima vestida de cuero.
—Pasa.
—Si me lo permites —contesta, divertida. Cuando entra, le veo una botella de champán en la mano—. He pensado que podríamos celebrar tu graduación. No hay nada como un buen Bollinger.
—Interesante elección de palabras —comento con sequedad.
Ella sonríe.
—Me encanta la chispa que tienes, Lena.
—No tenemos más que tazas. Ya hemos empaquetado todos los vasos y copas.
—¿Tazas? Por mí, bien.
Me dirijo a la cocina. Nerviosa, sintiendo las mariposas en el estómago; es como tener una pantera o un puma en mi salón.
—¿Quieres platito también?
—Con la taza me vale, Lena —me responde Yulia distraídamente desde el salón.
Cuando vuelvo, está escudriñando el paquete marrón de libros. Dejo las tazas en la mesa.
—Eso es para ti —murmuro algo ansiosa.
Mierda… Seguro que esto termina en pelea.
—Mmm, me lo figuro. Una cita muy oportuna. —Pasea ausente el largo índice por el texto—.Pensé que era d’Urberville, no Angel. Has elegido la corrupción. —Me dedica una breve sonrisa lobuna—. Solo tú podías encontrar algo de resonancias tan acertadas.
—También es una súplica —le susurro.
¿Por qué estoy tan nerviosa? Tengo la boca seca.
—¿Una súplica? ¿Para que no me pase contigo?
Asiento con la cabeza.
—Compré esto para ti —dice ella en voz baja y con mirada impasible—. No me pasaré contigo si lo aceptas.
Trago saliva compulsivamente.
—Yulia, no puedo aceptarlo, es demasiado.
—Ves, a esto me refería, me desafías. Quiero que te lo quedes, y se acabó la discusión. Es muy sencillo. No tienes que pensar en nada de esto. Como sumisa mía, tendrías que agradecérmelo. Limítate a aceptar lo que te compre, porque me complace que lo hagas.
—Aún no era tu sumisa cuando lo compraste —susurro.
—No… pero has accedido, Lena.
Su mirada se vuelve recelosa.
Suspiro. No me voy a salir con la mía, así que pasamos al plan B.
—Entonces, ¿es mío y puedo hacer lo que quiera con ello?
Me mira con desconfianza, pero cede.
—Sí.
—En ese caso, me gustaría donarlo a una ONG, a una que trabaja en Darfur y a la que parece que le tienes cariño. Que lo subasten.
—Si eso es lo que quieres hacer…
Aprieta los labios. Parece decepcionada.
Me sonrojo.
—Me lo pensaré —murmuro.
No quiero decepcionarla, y entonces recuerdo sus palabras. «Quiero que quieras complacerme.»
—No pienses, Lena. En esto, no.
Lo dice serena y seria.
¿Cómo no voy a pensar? Te puedes hacer pasar por un coche, ser otra de sus posesiones, ataca de nuevo mi subconsciente con su desagradable mordacidad. La ignoro. Ay, ¿podríamos rebobinar? El ambiente es ahora muy tenso. No sé qué hacer. Me miro fijamente los dedos. ¿Cómo salvo la situación?
Deja la botella de champán en la mesa y se sitúa delante de mí. Me coge la cara por la barbilla y me levanta la cabeza. Me mira con expresión grave.

—Te voy a comprar muchas cosas, Lena. Acostúmbrate. Me lo puedo permitir. Soy una mujer muy rica. —Se acerca y me planta un beso rápido y casto en los labios—. Por favor.
Me suelta.
Vaya, me susurra mi subconsciente.
—Eso hace que me sienta ruin —musito.
—No debería. Le estás dando demasiadas vueltas, Lena. No te juzgues por lo que puedan pensar los demás. No malgastes energía. Esto es porque nuestro contrato te produce cierto reparo; es algo de lo más normal. No sabes en qué te estás metiendo.
Frunzo el ceño, tratando de procesar sus palabras.
—Va, déjalo ya —me ordena con delicadeza, cogiéndome otra vez la barbilla y tirando de ella suave para que deje de morderme el labio inferior—. No hay nada ruin en ti, Lena. No quiero que pienses eso. No he hecho más que comprarte unos libros antiguos que pensé que te gustarían, nada más. Bebamos un poco de champán. —Su mirada se vuelve cálida y tierna, y yo le sonrío tímidamente—. Eso está mejor —murmura.
Coge el champán, le quita el aluminio y la malla, retuerce la botella más que el corcho y la abre con un pequeño estallido y una floritura experta con la que no se derrama ni una gota. Llena las tazas a la mitad.
—Es rosado —comento sorprendida.
—Bollinger Grande Année Rosé 1999, una añada excelente —dice con entusiasmo.
—En taza.
Sonríe.
—En taza. Felicidades por tu graduación, Lena.
Brindamos y ella da un sorbo, pero yo no puedo dejar pensar de que, en realidad, celebramos mi capitulación.
—Gracias —susurro, y doy un sorbo. Desde luego está delicioso—. ¿Repasamos los límites tolerables?
Sonríe, y yo me ruborizo.
—Siempre tan entusiasta.
Yulia me coge de la mano y me lleva al sofá, donde se sienta y tira de mí para que tome asiento a su lado.
—Tu padrastro es un hombre muy taciturno.
Ah… así que pasamos de los límites tolerables. Pero quiero quitármela ya de encima; la angustia me está matando.
—Lo tienes comiendo de tu mano —digo con un mohín.
Yulia ríe suavemente.
—Solo porque sé pescar.
—¿Cómo has sabido que le gusta pescar?
—Me lo dijiste tú. Cuando fuimos a tomar un café.
—¿Ah, sí? —Doy otro sorbo. Uau, se acuerda de los detalles. Mmm… este champán es buenísimo—. ¿Probaste el vino de la recepción?
Yulia hace una mueca.
—Sí. Estaba asqueroso.
—Pensé en ti cuando lo probé. ¿Cómo es que sabes tanto de vinos?
—No sé tanto, Lena, solo sé lo que me gusta. —Sus ojos azules brillan, casi plateados, y vuelvo a ruborizarme—. ¿Más? —pregunta refiriéndose al champán.
—Por favor.
Yulia se levanta con elegancia y coge la botella. Me llena la taza. ¿Me querrá achispar? La miro recelosa.
—Esto está muy vacío. ¿Te mudas ya?
—Más o menos.
—¿Trabajas mañana?
—Sí, es mi último día en Clayton’s.
—Te ayudaría con la mudanza, pero le he prometido a mi hermana que iría a buscarla al aeropuerto.
Vaya, eso es nuevo.
—Irina llega de París el sábado a primera hora. Mañana me vuelvo a Seattle, pero tengo entendido que Dimitri os va a echar una mano.
—Sí, Nastya está muy entusiasmada al respecto.
Yulia frunce el ceño.
—Sí, Nastya y Dimitri, ¿quién lo iba a decir? —masculla, y no sé por qué no parece que le haga mucha gracia.
—¿Y qué vas a hacer con lo del trabajo de Seattle?
¿Cuándo vamos a hablar de los límites? ¿A qué juega?
—Tengo un par de entrevistas para puestos de becaria.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo? —pregunta arqueando una ceja.
—Eh… te lo estoy diciendo ahora.
Entorna los ojos.
—¿Dónde?
No sé bien por qué, quizá para evitar que haga uso de su influencia, no quiero decírselo.
—En un par de editoriales.
—¿Es eso lo que quieres hacer, trabajar en el mundo editorial?
Asiento con cautela.
—¿Y bien?
Me mira pacientemente a la espera de más información.
—Y bien ¿qué?
—No seas retorcida, Lena, ¿en qué editoriales? —me reprende.
—Unas pequeñas —murmuro.
—¿Por qué no quieres que lo sepa?
—Tráfico de influencias.
Frunce el ceño.
—Pues sí que eres retorcida.
Y se echa a reír.
—¿Retorcida? ¿Yo? Dios mío, qué morro tienes. Bebe, y hablemos de esos límites.
Saca otra copia de mi e-mail y de la lista. ¿Anda por ahí con esas listas en los bolsillos? Creo que lleva una en la americana que tengo yo. Mierda, más vale que no se me olvide. Apuro la taza.
Me echa un vistazo rápido.
—¿Más?
—Por favor.
Me dedica una de esas sonrisas de suficiencia suyas, sostiene en alto la botella de champán, y se detiene.
—¿Has comido algo?
Ay, no… ya estamos otra vez.
—Sí. Me he dado un banquete con Sergey.
La miro poniendo los ojos en blanco. El champán me está desinhibiendo.
Se inclina hacia delante, me coge la barbilla y me mira fijamente a los ojos.
—La próxima vez que me pongas los ojos en blanco te voy a dar unos azotes.
¿Qué?
—Ah —susurro, y detecto la excitación en sus ojos.
—Ah —replica, imitándome—. Así se empieza, Lena.
El corazón me martillea en el pecho y el nudo del estómago se me sube a la garganta. ¿Por qué me excita tanto eso?
Me llena la taza, y me lo bebo casi todo. Escarmentada, lo miro.
—Me sigues ahora, ¿no?
Asiento con la cabeza.
—Respóndeme.
—Sí… te sigo.
—Bien. —Me dedica una sonrisa cómplice—. De los actos sexuales… lo hemos hecho casi todo.

Me acerco a ella en el sofá y echo un vistazo a la lista.

APÉNDICE 3
Límites tolerables
A discutir y acordar por ambas partes:
¿Acepta la Sumisa lo siguiente?
• Masturbación
• Penetración vaginal
• Cunnilingus
• Fisting vaginal
• Felación
• Penetración anal
• Ingestión de semen
• Fisting anal —De puño nada, dices. ¿Hay algo más a lo que te opongas? —pregunta con ternura.
Trago saliva.
—La penetración anal tampoco es que me entusiasme.
—Por lo del puño paso, pero no querría renunciar a tu culo, Lena. Bueno, ya veremos. Además, tampoco es algo a lo que podamos lanzarnos sin más. —Me sonríe maliciosamente—. Tu culo necesitará algo de entrenamiento.
—¿Entrenamiento? —susurro.
—Oh, sí. Habrá que prepararlo con mimo. La penetración anal puede resultar muy placentera, créeme. Pero si lo probamos y no te gusta, no tenemos por qué volver a hacerlo.
Me sonríe.
La miro espantada. ¿Cree que me va a gustar? ¿Cómo sabe ella que resulta placentero?
—¿Tú lo has hecho? —le susurro.
—Sí.
Madre mía. Ahogo un jadeo.
—¿Con un hombre?
—No. Nunca he hecho nada con un hombre. No me va.
—¿Con la señora Robinson?
—Sí.
Madre mía… ¿cómo? Frunzo el ceño. Sigue repasando la lista.
—Y la ingestión de semen… Bueno, eso se te da de miedo.
Me sonrojo, y la diosa que llevo dentro se infla de orgullo.
—Entonces… —Me mira sonriente—. Tragar semen, ¿vale?
Asiento con la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos, y vuelvo a apurar mi taza.
—¿Más? —me pregunta.
—Más. —Y de pronto, mientras me rellena la taza, recuerdo la conversación que hemos mantenido antes. ¿Se refiere a eso o solo al champán? ¿Forma parte del juego todo esto del champán?
—¿Juguetes sexuales? —pregunta.
Me encojo de hombros, mirando la lista.

¿Acepta la Sumisa lo siguiente?

• Vibradores
• Consoladores
• Tapones anales
• Otros juguetes vaginales/anales —¿Tapones anales? ¿Eso sirve para lo que pone en el envase?
Arrugo la nariz, asqueada.
—Sí. —Sonríe—. Y hace referencia a la penetración anal de antes. Al entrenamiento.
—Ah… ¿y el «otros»?
—Cuentas, huevos… ese tipo de cosas.
—¿Huevos? —inquiero alarmada.
—No son huevos de verdad —ríe a carcajadas, meneando la cabeza.
La miro con los labios fruncidos.
—Me alegra ver que te hago tanta gracia.
No logro ocultar que me siento dolida.
Deja de reírse.
—Mis disculpas. Lo siento, señorita Katina —dice tratando de parecer arrepentida, pero sus ojos aún chispean—. ¿Algún problema con los juguetes?
—No —espeto.
—Lena —dice, zalamera—, lo siento. Créeme. No pretendía burlarme. Nunca he tenido esta conversación de forma tan explícita. Eres tan inexperta… Lo siento.
Me mira con ojos grandes, azules, sinceros.
Me relajo un poco y bebo otro sorbo de champán.
—Vale… bondage —dice volviendo a la lista.
La examino, y la diosa que llevo dentro da saltitos como una niña a la espera de un helado.

¿Acepta la Sumisa lo siguiente?

• Bondage con cuerda
• Bondage con cinta adhesiva
• Bondage con muñequeras de cuero
• Otros tipos de bondage
• Bondage con esposas y grilletes

Yulia me mira arqueando las cejas.

—¿Y bien?
—De acuerdo —susurro y vuelvo a mirar rápidamente la lista.

¿Acepta la Sumisa los siguientes tipos de bondage?

• Manos al frente
• Muñecas con tobillos
• Tobillos
• A objetos, muebles, etc.
• Codos
• Barras rígidas
• Manos a la espalda
• Suspensión
• Rodillas

¿Acepta la Sumisa que se le venden los ojos?
¿Acepta la Sumisa que se la amordace? —Ya hemos hablado de la suspensión y, si quieres ponerla como límite infranqueable, me parece bien. Lleva mucho tiempo y, de todas formas, solo te tengo a ratos pequeños. ¿Algo más?
—No te rías de mí, pero ¿qué es una barra rígida?
—Prometo no reírme. Ya me he disculpado dos veces. —Me mira furiosa—. No me obligues a hacerlo de nuevo —me advierte. Y tengo la sensación de encogerme visiblemente… madre mía, qué tirana—. Una barra rígida es una barra con esposas para los tobillos y/o las muñecas. Es divertido.
—Vale… De acuerdo con lo de amordazarme… Me preocupa no poder respirar.
—A mí también me preocuparía que no respiraras. No quiero asfixiarte.
—Además, ¿cómo voy a usar las palabras de seguridad estando amordazada?
Hace una pausa.
—Para empezar, confío en que nunca tengas que usarlas. Pero si estás amordazada, lo haremos por señas —dice sin más.
La miro espantada. Pero, si estoy atada, ¿cómo lo voy a hacer? Se me empieza a nublar la mente… Mmm, el alcohol.
—Lo de la mordaza me pone nerviosa.
—Vale. Tomo nota.
La miro fijamente y entonces empiezo a comprender.
—¿Te gusta atar a tus sumisas para que no puedan tocarte?
Me mira abriendo mucho los ojos.
—Esa es una de las razones —dice en voz baja.
—¿Por eso me has atado las manos?
—Sí.
—No te gusta hablar de eso —murmuro.
—No, no me gusta. ¿Te apetece más champán? Te está envalentonando, y necesito saber lo que piensas del dolor.
Maldita sea… esta es la parte chunga. Me rellena la taza, y doy un sorbo.
—A ver, ¿cuál es tu actitud general respecto a sentir dolor? —Yulia me mira expectante—. Te estás mordiendo el labio —me dice en tono amenazante.
Paro de inmediato, pero no sé qué decir. Me ruborizo y me miro las manos.
—¿Recibías castigos físicos de niña?
—No.
—Entonces, ¿no tienes ningún ámbito de referencia?
—No.
—No es tan malo como crees. En este asunto, tu imaginación es tu peor enemigo —susurra.
—¿Tienes que hacerlo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Es parte del juego, Lena. Es lo que hay. Te veo nerviosa. Repasemos los métodos.

Me enseña la lista. Mi subconsciente sale corriendo, gritando, y se esconde detrás del sofá.

• Azotes
• Azotes con pala
• Latigazos
• Azotes con vara
• Mordiscos
• Pinzas para pezones
• Pinzas genitales
• Hielo
• Cera caliente
• Otros tipos/métodos de dolor —Vale, has dicho que no a las pinzas genitales. Muy bien. Lo que más duele son los varazos.
Palidezco.
—Ya iremos llegando a eso.
—O mejor no llegamos —susurro.
—Esto forma parte del trato, nena, pero ya iremos llegando a todo eso. Lena, no te voy a obligar a nada horrible.
—Todo esto del castigo es lo que más me preocupa —digo con un hilo de voz.
—Bueno, me alegro de que me lo hayas dicho. Quitamos los varazos de la lista de momento. Y, a medida que te vayas sintiendo más cómoda con todo lo demás, incrementaremos la intensidad. Lo haremos despacio.
Trago saliva, y ella se inclina y me besa en la boca.
—Ya está, no ha sido para tanto, ¿no?
Me encojo de hombros, con el corazón en la boca otra vez.
—A ver, quiero comentarte una cosa más antes de llevarte a la cama.
—¿A la cama? —pregunto parpadeando muy deprisa, y la sangre me bombea por todo el cuerpo, calentándome sitios que no sabía que existían hasta hace muy poco.
—Vamos, Lena, después de repasar todo esto, quiero follarte hasta la semana que viene, desde ahora mismo. Debe de haber tenido algún efecto en ti también.
Me estremezco. La diosa que llevo dentro jadea.
—¿Ves? Además, quiero probar una cosa.
—¿Me va a doler?
—No… deja de ver dolor por todas partes. Más que nada es placer. ¿Te he hecho daño hasta ahora?
Me ruborizo.
—No.
—Pues entonces. A ver, antes me hablabas de que querías más.
Se interrumpe, de pronto indecisa.
Madre mía… ¿adónde va a llegar esto?
Me agarra la mano.
—Podríamos probarlo durante el tiempo en que no seas mi sumisa. No sé si funcionará. No sé si podremos separar las cosas. Igual no funciona. Pero estoy dispuesta a intentarlo. Quizá una noche a la semana. No sé.
Madre mía… me quedo boquiabierta, mi subconsciente está en estado de shock. ¡Yulia Volkova acepta más! ¡Está dispuesto a intentarlo! Mi subconsciente se asoma por detrás del sofá, con una expresión aún conmocionada en su rostro de arpía.
—Con una condición.
Estudia con recelo mi expresión de perplejidad.
—¿Qué? —digo en voz baja.
Lo que sea. Te doy lo que sea.
—Que aceptes encantada el regalo de graduación que te hago.
—Ah.
Y muy en el fondo sé lo que es. Brota el temor en mi vientre.
Me mira fijamente, evaluando mi reacción.
—Ven —murmura, y se levanta y tira de mí.
Se quita la cazadora, me la echa por los hombros y se dirige a la puerta.
Aparcado fuera hay un descapotable rojo de tres puertas, un Audi.
—Para ti. Feliz graduación —susurra, estrechándome en sus brazos y besándome el pelo.


Me ha comprado un puñetero coche, completamente nuevo, a juzgar por su aspecto. Vaya… si ya me costó aceptar los libros. La miro alucinada, intentando desesperadamente decidir cómo me siento. Por un lado, me horroriza; por otro, lo agradezco, me flipa que realmente lo haya hecho, pero la emoción predominante es el enfado. Sí, estoy enfadada, sobre todo después de todo lo que le dije de los libros… pero, claro, ya lo ha comprado. Cogiéndome de la mano, me lleva por el camino de entrada hasta esa nueva adquisición.

—Lena, ese Escarabajo tuyo es muy viejo y francamente peligroso. Jamás me lo perdonaría si te pasara algo cuando para mí es tan fácil solucionarlo…
Ella me mira, pero, de momento, yo no soy capaz de mirarla. Contemplo en silencio el coche, tan asombrosamente nuevo y de un rojo tan luminoso.
—Se lo comenté a tu padrastro. Le pareció una idea genial —me susurra.
Me vuelvo y la miro furiosa, boquiabierta de espanto.
—¿Le mencionaste esto a Sergey? ¿Cómo has podido?
Me cuesta que me salgan las palabras. ¿Cómo te atreves? Pobre Sergey. Siento náuseas, muerta de vergüenza por mi padre.
—Es un regalo, Lena. ¿Por qué no me das las gracias y ya está?
—Sabes muy bien que es demasiado.
—Para mí, no; para mi tranquilidad, no.

La miro ceñuda, sin saber qué decir. ¡Es que no lo entiende! Ella ha tenido dinero toda la vida. Vale, no toda la vida —de niña, no—, y entonces mi perspectiva cambia. La idea me serena y veo el coche con otros ojos, sintiéndome culpable por mi arrebato de resentimiento. Su intención es buena, desacertada, pero con buen fondo.


—Te agradezco que me lo prestes, como el portátil.
Suspira hondo.
—Vale. Te lo presto. Indefinidamente.
Me mira con recelo.
—No, indefinidamente, no. De momento. Gracias.
Frunce el ceño. Me acerco a ella y le doy un beso en la mejilla.
—Gracias por el coche, señorita —digo con toda la ternura de la que soy capaz.
Me agarra de pronto y me estrecha contra su cuerpo, con una mano en la espalda reteniéndome y la otra agarrándome el pelo.
—Eres una mujer difícil, Lena Katina.

Me besa apasionadamente, obligándome a abrir la boca con la lengua, sin contemplaciones.
Me excito al instante y le devuelvo el beso con idéntica pasión. La deseo inmensamente, a pesar del coche, de los libros, de los límites tolerables… de los varazos… la deseo.

—Me está costando una barbaridad no follarte encima del capó de este coche ahora mismo, para demostrarte que eres mía y que, si quiero comprarte un puto coche, te compro un puto coche —gruñe—. Venga, vamos dentro y desnúdate.
Me planta un beso rápido y brusco.

Vaya, sí que está enfadada. Me coge de la mano y me lleva de nuevo dentro y derecha al dormitorio… sin ningún tipo de preámbulo. Mi subconsciente está otra vez detrás del sofá, con la cabeza escondida entre las manos. Yulia enciende la luz de la mesilla y se detiene, mirándome fijamente.

—Por favor, no te enfades conmigo —le susurro.
Me mira impasible; sus ojos azules son como fríos pedazos de cristal ahumado.
—Siento lo del coche y lo de los libros… —Me interrumpo. Guarda silencio, pensativa—. Me das miedo cuando te enfadas —digo en voz baja, mirándola.
Cierra los ojos y mueve la cabeza. Cuando los abre, su expresión se ha suavizado. Respira hondo y traga saliva.
—Date la vuelta —susurra—. Quiero quitarte el vestido.

Otro cambio brusco de humor; me cuesta seguirla. Obediente, me vuelvo y el corazón se me alborota; el deseo reemplaza de inmediato a la inquietud, me recorre la sangre y se instala, oscuro e intenso, en mi vientre. Me recoge el pelo de la espalda de forma que me cuelga por el hombro derecho, enroscándose en mi pecho. Me pone el dedo índice en la nuca y lo arrastra dolorosamente por mi columna vertebral. Su uña me araña la piel.

—Me gusta este vestido —murmura—. Me gusta ver tu piel inmaculada.
Acerca el dedo al borde de mi vestido, a mitad de la espalda, lo engancha y tira de él para arrimarme a su cuerpo. Inclinándose, me huele el pelo.
—Qué bien hueles, Lena. Muy agradable.

Me roza la oreja con la nariz, desciende por mi cuello y va regándome el hombro de besos tiernos, suavísimos.
Se altera mi respiración, se vuelve menos honda, precipitada, llena de expectación. Tengo sus dedos en la cremallera. La baja, terriblemente despacio, mientras sus labios se deslizan, lamiendo, besando, succionando hasta el otro hombro. Esto se le da seductoramente bien. Mi cuerpo vibra y empiezo a estremecerme lánguidamente bajo sus caricias.

—Vas… a… tener… que… a…prender… a estarte… quieta —me susurra, besándome la nuca entre cada palabra.
Tira del cierre del cuello y el vestido cae y se arremolina a mis pies.
—Sin sujetador, señorita Katina. Me gusta.
Alarga las manos y me coge los pechos, y los pezones se yerguen bajo su tacto.
—Levanta los brazos y cógete a mi cabeza —me susurra al cuello.

Obedezco de inmediato y mis pechos se elevan y se acomodan en sus manos; los pezones se me endurecen aún más. Hundo los dedos en su cabeza y, con mucha delicadeza, le tiro del suave y sexy pelo. Ladeo la cabeza para facilitarle el acceso a mi cuello.

—Mmm… —me ronronea detrás de la oreja mientras empieza a pellizcarme los pezones con sus dedos largos, imitando los movimientos de mis manos en su pelo.
Percibo la sensación con nitidez en la entrepierna, y gimo.
—¿Quieres que te haga correrte así? —me susurra.
Arqueo la espalda para acomodar mis pechos a sus manos expertas.
—Le gusta esto, ¿verdad, señorita Katina?
—Mmm…
—Dilo.
Continúa la tortura lenta y sensual, pellizcando suavemente.
—Sí.
—Sí, ¿qué?
—Sí… señorita.
—Buena chica.

Me pellizca con fuerza, y mi cuerpo se retuerce convulso contra el suyo.
Jadeo por el exquisito y agudo dolor placentero. La noto pegada a mí. Gimo y le tiro del pelo con fuerza.

—No creo que estés lista para correrte aún —me susurra dejando de mover las manos, me muerde flojito el lóbulo de la oreja y tira—. Además, me has disgustado.
Oh, no… ¿qué querrá decir con eso?, me pregunto envuelta en la bruma del intenso deseo mientras gruño de placer.
—Así que igual no dejo que te corras.

Vuelve a centrar sus dedos en mis pezones, tirando, retorciéndolos, masajeándolos. Aprieto el trasero contra su cuerpo y lo muevo de un lado a otro.
Noto su sonrisa en el cuello mientras sus manos se desplazan a mis caderas. Me mete los dedos por las bragas, por detrás, tira de ellas, clava los pulgares en el tejido, las desgarra y las lanza frente a mí para que las vea… Dios mío. Baja las manos a mi sexo y, desde atrás, me mete despacio un dedo.

—Oh, sí. Mi dulce niña ya está lista —me dice dándome la vuelta para que la mire. Su respiración se ha acelerado. Se mete el dedo en la boca—. Qué bien sabe, señorita Katina.
Suspira. Madre mía, el dedo le debe de saber salado… a mí.
—Desnúdame —me ordena en voz baja, mirándome fijamente, con los ojos entreabiertos.
Lo único que llevo puesto son los zapatos… bueno, los zapatos de taconazo de Nastya. Estoy desconcertada. Nunca he desnudado a una mujer.
—Puedes hacerlo —me incita suavemente.
Pestañeo deprisa. ¿Por dónde empiezo? Alargo las manos a su camiseta y me las coge, sonriéndome seductora.

—Ah, no. —Menea la cabeza, sonriente—. La camiseta, no; para lo que tengo planeado, vas a tener que acariciarme.
Los ojos le brillan de excitación.
Vaya, esto es nuevo: puedo acariciarla con la ropa puesta. Me coge una mano y la planta en su erección.
—Este es el efecto que me produce, señorita Katina.
Jadeo y le envuelvo el paquete con los dedos. Ella sonríe.
—Quiero metértela. Quítame los vaqueros. Tú mandas.
Madre mía, yo mando. Me deja boquiabierta.
—¿Qué me vas a hacer? —me tienta.

Uf, la de cosas que se me ocurren… La diosa que llevo dentro ruge y, no sé bien cómo, fruto de la frustración, el deseo y la pura valentía Katina, la tiro a la cama. Ríe al caer y yo la miro desde arriba, sintiéndome victoriosa. La diosa que llevo dentro está a punto de estallar. Le quito los zapatos, deprisa, torpemente, y los calcetines. Me mira; los ojos le brillan de diversión y de deseo. La veo… gloriosa… mía. Me subo a la cama y me monto a horcajadas encima de ella para desabrocharle los vaqueros, deslizando los dedos por debajo de la cinturilla, notando, ¡sí!, su vello púbico. Cierra los ojos y mueve las caderas.

—Vas a tener que aprender a estarte quieta —la reprendo, y le tiro del vello.
Se le entrecorta la respiración, y me sonríe.
—Sí, señorita Katina —murmura con los ojos encendidos—. Condón, en el bolsillo —susurra.

Le hurgo en el bolsillo, despacio, observando su rostro mientras voy palpando. Tiene la boca abierta. Saco los dos paquetitos con envoltorio de aluminio que encuentro y los dejo en la cama, a la altura de sus caderas. ¡Dos! Mis dedos ansiosos buscan el botón de la cinturilla y lo desabrocho, después de manosearla un poco. Estoy más que excitada.

—Qué ansiosa, señorita Katina—susurra con la voz teñida de complacencia.
Le bajo la cremallera y de pronto me encuentro con el problema de cómo bajarle los pantalones… Mmm. Me deslizo hasta abajo y tiro. Apenas se mueven. Frunzo el ceño. ¿Cómo puede ser tan difícil?
—No puedo estarme quieta si te vas a morder el labio —me advierte, y luego levanta la pelvis de la cama para que pueda bajarle los pantalones y los boxers a la vez, uau… liberarlo. Tira la ropa al suelo de una patada.
Cielo santo, todo eso para jugar yo solita. De pronto, es como si fuera Navidad.
—¿Qué vas a hacer ahora? —me dice, todo rastro de diversión ya desaparecido.
Alargo la mano y la acaricio, observando su expresión mientras lo hago. Su boca forma una O, e inspira hondo. Su piel es tan tersa y suave… y recia… mmm, qué deliciosa combinación. Me inclino hacia delante, el pelo me cae por la cara; y me lo meto en la boca. Chupo, con fuerza. Cierra los ojos, sus caderas se agitan debajo de mí.
—Dios, Lena, tranquila —gruñe.
Me siento poderosa; qué sensación tan estimulante, la de provocarla y probarla con la boca y la lengua. Se tensa mientras chupo arriba y abajo, empujándolo hasta el fondo de la garganta, con los labios apretados… una y otra vez.
—Para, Lena, para. No quiero correrme.
Me incorporo, mirándola extrañada y jadeando como ella, pero confundida. ¿No mandaba yo? La diosa que llevo dentro se siente como si le hubieran quitado el helado de las manos.
—Tu inocencia y tu entusiasmo me desarman —jadea—. Tú, encima… eso es lo que tenemos que hacer.
Ah…
—Toma, pónmelo.
Me pasa un condón.
Maldita sea. ¿Cómo? Rasgo el paquete y me encuentro con la goma pegajosa entre las manos.
—Pellizca la punta y ve estirándolo. No conviene que quede aire en el extremo de ese mamón —resopla.
Así que, muy despacio, concentradísima, hago lo que me dice.
—Dios mío, me estás matando, Lena —gruñe.
Admiro mi obra y a ella. Ciertamente es un espécimen femenino fabulosa. Mirarla me excita muchísimo.
—Venga. Quiero hundirme en ti —susurra.
Me la quedo mirando, atemorizada, y ella se incorpora de pronto, de modo que estamos nariz con nariz.
—Así —me dice y, pasando una mano por mis caderas, me levanta un poco; con la otra, se coloca debajo de mí y, muy despacio, me penetra con suavidad.
Gruño cuando me dilata, llenándome, y la boca se me desencaja ante esa sensación abrumadora, agonizante, sublime y dulce. Ah… por favor.
—Eso es, nena, siénteme, entera —gime y cierra los ojos un instante.
Y la tengo dentro, ensartado hasta el fondo, y ella me tiene inmóvil, segundos… minutos… no tengo ni idea, mirándome fijamente a los ojos.
—Así entra más adentro —masculla.
Dobla y mece las caderas con ritmo, y yo gimo… madre mía… la sensación se propaga por todo mi vientre… a todas partes. ¡Joder!
—Otra vez —susurro.
Sonríe despacio y me complace.
Gimiendo, alzo la cabeza, el pelo me cae por la espalda, y muy despacio ella se deja caer sobre la cama.
—Muévete tú, Lena, sube y baja, lo que quieras. Cógeme las manos —me dice con voz ronca, grave, sensualísima.

Me agarro con fuerza, como si me fuera la vida en ello. Muy despacio, subo y vuelvo a bajar. Le arden los ojos de salvaje expectación. Su respiración es entrecortada, como la mía, y levanta la pelvis cuando yo bajo, haciéndome subir de nuevo. Cogemos el ritmo… arriba, abajo, arriba, abajo… una y otra vez… y me gusta… mucho. Entre mis jadeos, la penetración honda y desbordante, la ardiente sensación que me recorre entera y que crece rápidamente, la miro, nuestras miradas se encuentran… y veo asombro en sus ojos, asombro ante mí.
Me la estoy follando. Mando yo. Es mía, y yo suya. La idea me empuja, me exalta, me catapulta, y me corro… entre gritos incoherentes. Me agarra por las caderas y, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás, con la mandíbula apretada, se corre en silencio. Me derrumbo sobre su pecho, sobrecogida, en algún lugar entre la fantasía y la realidad, un lugar sin límites tolerables ni infranqueables.
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mayo 21, 2016 10:47 pm

16

Poco a poco el mundo exterior invade mis sentidos y, madre mía, menuda invasión. Floto, con las extremidades desmadejadas y lánguidas, completamente exhausta. Estoy tumbada encima de ella, con la cabeza en su pecho, y huele de maravilla: a ropa limpia y fresca y a algún gel corporal caro, y al mejor y más seductora aroma del planeta… a Yulia. No quiero moverme, quiero respirar ese elixir eternamente. La acaricio con la nariz y pienso que ojalá no tuviera el obstáculo de su camiseta. Mientras el resto de mi cuerpo recobra la cordura, extiendo la mano sobre sus senos. Es la primera vez que se los toco. Tiene unos senos firmes. De pronto levanta la mano y me agarra la mía, pero suaviza el efecto llevándosela a la boca y besándome con ternura los nudillos. Luego se revuelve y se me pone encima, de forma que ahora me mira desde arriba.
—No —murmura, y me besa suavemente.
—¿Por qué no te gusta que te toquen? —susurro, contemplando desde abajo sus ojos azules.
—Porque estoy muy jodida, Lena. Tengo muchas más sombras que luces. Cincuenta sombras más.
Ah… Su sinceridad me desarma por completo. La miro extrañada.
—Tuve una introducción a la vida muy dura. No quiero aburrirte con los detalles. No lo hagas y ya está.
Frota su nariz con la mía, luego sale de mí y se incorpora.
—Creo que ya hemos cubierto lo más esencial. ¿Qué tal ha ido?

Parece plenamente satisfecha de sí misma y suena muy pragmática a la vez, como si acabara de poner una marca en una lista de objetivos. Aún estoy aturdida con el comentario sobre la «introducción a la vida muy dura». Resulta tan frustrante… Me muero por saber más, pero no me lo va a contar. Ladeo la cabeza, como ella, y hago un esfuerzo inmenso por sonreírle.
—Si piensas que he llegado a creerme que me cedías el control es que no has tenido en cuenta mi nota media. —Le sonrío tímidamente—. Pero gracias por dejar que me hiciera ilusiones.
—Señorita Katina, no es usted solo una cara bonita. Ha tenido seis orgasmos hasta la fecha y los seis me pertenecen —presume, de nuevo juguetona.
Me sonrojo y me asombro a la vez, mientras ella me mira desde arriba. Frunce el ceño.
—¿Tienes algo que contarme? —me dice de pronto muy seria.
La miro ceñuda. Mierda.
—He soñado algo esta mañana.
—¿Ah, sí?
Me mira furiosa.
Mierda, mierda. ¿A que ya la he liado?
—Me he corrido en sueños.
—¿En sueños?
—Y me he despertado.
—Apuesto a que sí. ¿Qué soñabas?
Mierda.
—Contigo.
—¿Y qué hacía yo?
Me vuelvo a tapar los ojos con el brazo y, como si fuera una niña pequeña, acaricio por un instante la fantasía de que, si yo no lo veo, ella a mí tampoco.
—Lena, ¿qué hacía yo? No te lo voy a volver a preguntar.
—Tenías una fusta.
Me aparta el brazo.
—¿En serio?
—Sí.
Estoy muy colorada.
—Vaya, aún me queda esperanza contigo —murmura—. Tengo varias fustas.
—¿Marrón, de cuero trenzado?
Ríe.
—No, pero seguro que puedo hacerme con una.
Se inclina hacia delante, me da un beso breve, se pone de pie y coge sus boxers. Oh, no… se va. Miro rápidamente la hora: son solo las diez menos veinte. Salgo también escopeteada de la cama y cojo mis pantalones de chándal y mi camiseta de tirantes, y luego me siento en la cama, con las piernas cruzadas, observándola. No quiero que se vaya. ¿Qué puedo hacer?

—¿Cuándo te toca la regla? —interrumpe mis pensamientos.
¿Qué?
—Me revienta ponerme estas cosas —protesta, sosteniendo en alto el condón.
Lo deja en el suelo y se pone los vaqueros.
—¿Eh? —dice al ver que no respondo, y me mira expectante, como si esperara mi opinión sobre el tiempo.
Madre mía, eso es algo tan personal…
—La semana que viene.
Me miro las manos.
—Vas a tener que buscarte algún anticonceptivo.
Qué mandona es. La miro trastornada. Se sienta en la cama para ponerse los calcetines y los zapatos.
—¿Tienes médico?
Niego con la cabeza. Ya estamos otra vez con las fusiones y adquisiciones, otro cambio de humor de ciento ochenta grados.
Frunce el ceño.
—Puedo pedirle a la mía que pase a verte por tu piso. El domingo por la mañana, antes de que vengas a verme tú. O le puedo pedir que te visite en mi casa, ¿qué prefieres?
Sin agobios, ¿no? Otra cosa que me va a pagar… claro que esto es por ella.
—En tu casa.
Así me aseguro de que la veré el domingo.
—Vale. Ya te diré a qué hora.
—¿Te vas?
No te vayas… Quédate conmigo, por favor.
—Sí.
¿Por qué?
—¿Cómo vas a volver? —le susurro.
—Igor viene a recogerme.
—Te puedo llevar yo. Tengo un coche nuevo precioso.
Me mira con expresión tierna.
—Eso ya me gusta más, pero me parece que has bebido demasiado.
—¿Me has achispado a propósito?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque les das demasiadas vueltas a las cosas y te veo tan reticente como a tu padrastro. Con una gota de alcohol ya estás hablando por los codos, y yo necesito que seas sincera conmigo. De lo contrario, te cierras como una ostra y no tengo ni idea de lo que piensas. In vino veritas, Lena.
—¿Y crees que tú eres siempre sincera conmigo?
—Me esfuerzo por serlo. —Me mira con recelo—. Esto solo saldrá bien si somos sinceras la una con la otra.
—Quiero que te quedes y uses esto.
Sostengo en alto el segundo condón.
Me sonríe divertida y le brillan los ojos.
—Lena, esta noche me he pasado mucho de la raya. Tengo que irme. Te veo el domingo. Tendré listo el contrato revisado y entonces podremos empezar a jugar de verdad.
—¿A jugar?
Dios mío. Se me sube el corazón a la boca.
—Me gustaría tener una sesión contigo, pero no lo haré hasta que hayas firmado, para asegurarme de que estás lista.
—Ah. ¿O sea que podría alargar esto si no firmo?
Me mira pensativa, luego se dibuja una sonrisa en sus labios.
—Supongo que sí, pero igual reviento de la tensión.
—¿Reventar? ¿Cómo?

La diosa que llevo dentro ha despertado y escucha atenta.
Asiente despacio y sonríe, provocadora.
—La cosa podría ponerse muy fea.
Su sonrisa es contagiosa.
—¿Cómo… fea?
—Ah, ya sabes, explosiones, persecuciones en coche, secuestro, cárcel…
—¿Me vas a secuestrar?
—Desde luego —afirma sonriendo.
—¿A retenerme en contra de mi voluntad?
Madre mía, cómo me pone esto.
—Por supuesto. —Asiente con la cabeza—. Y luego viene el IPA 24/7.
—Me he perdido —digo con el corazón retumbando en el pecho.
¿Lo dirá en serio?
—Intercambio de Poder Absoluto, las veinticuatro horas.
Le brillan los ojos y percibo su excitación incluso desde donde estoy.
Madre mía.
—Así que no tienes elección —me dice con aire burlona.
—Claro —digo sin poder evitar el sarcasmo mientras alzo la vista a las alturas.
—Ay, Lena Katina, ¿me acabas de poner los ojos en blanco?
Mierda.
—¡No! —chillo.
—Me parece que sí. ¿Qué te he dicho que haría si volvías a poner los ojos en blanco?
Joder. Se sienta al borde de la cama.
—Ven aquí —me dice en voz baja.
Palidezco. Uf, va en serio. Me siento y la miro, completamente inmóvil.
—Aún no he firmado —susurro.
—Te he dicho lo que haría. Soy una mujer de palabra. Te voy a dar unos azotes, y luego te voy a follar muy rápido y muy duro. Me parece que al final vamos a necesitar ese condón.


Me habla tan bajito, en un tono tan amenazador, que me excita muchísimo. Las entrañas casi se me retuercen de deseo puro, vivo y pujante. Me mira, esperando, con los ojos encendidos. Descruzo las piernas tímidamente. ¿Salgo corriendo? Se acabó: nuestra relación pende de un hilo, aquí, ahora. ¿Le dejo que lo haga o me niego y se terminó? Porque sé que, si me niego, se acabó. ¡Hazlo!, me suplica la diosa que llevo dentro. Mi subconsciente está tan paralizada como yo.

—Estoy esperando —dice—. No soy una mujer paciente.
Oh, Dios, por todos los santos… Jadeo, asustada, excitada. La sangre me bombea frenéticamente por todo el cuerpo, siento las piernas como flanes. Despacio, me voy acercando a ella hasta situarme a su lado.
—Buena chica —masculla—. Ahora ponte de pie.

Mierda. ¿Por qué no acaba ya con esto? No sé si voy a sostenerme en pie. Titubeando, me levanto. Me tiende la mano y yo le doy el condón. De pronto me agarra y me tumba sobre su regazo. Con un solo movimiento suave, ladea el cuerpo de forma que mi tronco descansa sobre la cama, a su lado. Me pasa la pierna derecha por encima de las mías y planta el brazo izquierdo sobre mi cintura, sujetándome para que no me mueva. Joder.

—Sube las manos y colócalas a ambos lados de la cabeza —me ordena.
Obedezco inmediatamente.
—¿Por qué hago esto, Lena? —pregunta.
—Porque he puesto los ojos en blanco.
Casi no puedo hablar.
—¿Te parece que eso es de buena educación?
—No.
—¿Vas a volver a hacerlo?
—No.
—Te daré unos azotes cada vez que lo hagas, ¿me has entendido?

Muy despacio, me baja los pantalones de chándal. Jo, qué degradante. Degradante, espeluznante y excitante. Se está pasando un montón con esto. Tengo el corazón en la boca. Me cuesta respirar. Mierda… ¿me va a doler?
Me pone la mano en el trasero desnudo, me manosea con suavidad, acariciándome en círculos con la mano abierta. De pronto su mano ya no está ahí… y entonces me da, fuerte. ¡Au! Abro los ojos de golpe en respuesta al dolor e intento levantarme, pero ella me pone la mano entre los omoplatos para impedirlo. Vuelve a acariciarme donde me ha pegado; le ha cambiado la respiración: ahora es más fuerte y agitada. Me pega otra vez, y otra, rápido, seguido. Dios mío, duelo.
No rechisto, con la cara contraída de dolor. Retorciéndome, trato de esquivar los golpes, espoleada por el subidón de adrenalina que me recorre el cuerpo entero.

—Estate quieta —protesta—, o tendré que azotarte más rato.
Primero me frota, luego viene el golpe. Empieza a seguir un ritmo: caricia, manoseo, azote. Tengo que concentrarme para sobrellevar el dolor. Procuro no pensar en nada y digerir la desagradable sensación. No me da dos veces seguidas en el mismo sitio: está extendiendo el dolor.
—¡Aaaggg! —grito al quinto azote, y caigo en la cuenta de que he ido contando mentalmente los golpes.
—Solo estoy calentando.

Me vuelve a dar y me acaricia con suavidad. La combinación de dolorosos azotes y suaves caricias me nubla la mente por completo. Me pega otra vez; cada vez me cuesta más aguantar. Me duele la cara de tanto contraerla. Me acaricia y me suelta otro golpe. Vuelvo a gritar.

—No te oye nadie, nena, solo yo.
Y me azota otra vez, y otra. Muy en el fondo, deseo rogarle que pare. Pero no lo hago. No quiero darle esa satisfacción. Prosigue con su ritmo implacable. Grito seis veces más. Dieciocho azotes en total. Me arde el cuerpo entero, me arde por su despiadada agresión.
—Ya está —dice con voz ronca—. Bien hecho, Lena. Ahora te voy a follar.

Me acaricia con suavidad el trasero, que me arde mientras me masajea en círculos y hacia abajo. De pronto me mete dos dedos, cogiéndome completamente por sorpresa. Ahogo un grito; la nueva agresión se abre paso a través de mi entumecido cerebro.

—Siente esto. Mira cómo le gusta esto a tu cuerpo, Lena. Te tengo empapada.
Hay asombro en su voz. Mueve los dedos, metiendo y sacando deprisa.
Gruño y me quejo. No, seguro que no… Entonces los dedos desaparecen, y yo me quedo con las ganas.
—La próxima vez te haré contar. A ver, ¿dónde está ese condón?

Alarga la mano para cogerlo y luego me levanta despacio para ponerme boca abajo sobre la cama. La oigo bajarse la cremallera y rasgar el envoltorio del preservativo. Me baja los pantalones de chándal de un tirón y me levanta las rodillas, acariciándome despacio el trasero dolorido.
—Te la voy a meter. Te puedes correr —masculla.

¿Qué? Como si tuviera otra elección…
Y me penetra, hasta el fondo, y yo gimo ruidosamente. Se mueve, entra y sale a un ritmo rápido e intenso, empujando contra mi trasero dolorido. La sensación es más que deliciosa, cruda, envilecedora, devastadora. Tengo los sentidos asolados, desconectados, me concentro únicamente en lo que me está haciendo, en lo que siento, en ese tirón ya familiar en lo más hondo de mi vientre, que se agudiza, se acelera. NO… y mi cuerpo traicionero estalla en un orgasmo intenso y desgarrador.

—¡Ay, Lena! —grita cuando se corre ella también, agarrándome fuerte mientras se vacía en mi interior.
Se desploma a mi lado, jadeando intensamente, y me sube encima de ella y hunde la cara en mi pelo, estrechándome en sus brazos.
—Oh, nena —dice—. Bienvenida a mi mundo.

Nos quedamos ahí tumbadas, jadeando las dos, esperando a que nuestra respiración se normalice. Me acaricia el pelo con suavidad. Vuelvo a estar tendida sobre su pecho. Pero esta vez no tengo fuerzas para levantar la mano y palparla. Uf, he sobrevivido. No ha sido para tanto. Tengo más aguante de lo que pensaba. La diosa que llevo dentro está postrada, o al menos calladita. Yulia me acaricia de nuevo el pelo con la nariz, inhalando hondo.

—Bien hecho, nena —susurra con una alegría muda en la voz.
Sus palabras me envuelven como una toalla suave y mullida del hotel Heathman, y me encanta verla contenta.
Me coge el tirante de la camiseta.
—¿Esto es lo que te pones para dormir? —me pregunta en tono amable.
—Sí —respondo medio adormilada.
—Deberías llevar seda y satén, mi hermosa niña. Te llevaré de compras.
—Me gusta lo que llevo —mascullo, procurando sin éxito sonar indignada.
Me da otro beso en la cabeza.
—Ya veremos —dice.
Seguimos así unos minutos más, horas, a saber; creo que me quedo traspuesta.
—Tengo que irme —dice ella, inclinándose hacia delante, me besa con suavidad en la frente—. ¿Estás bien? —añade en voz baja.
Medito la respuesta. Me duele el trasero. Bueno, lo tengo al rojo vivo. Sin embargo, asombrosamente, aunque agotada, me siento radiante. El pensamiento me resulta aleccionador, inesperado. No la entiendo.

—Estoy bien —susurro.
No quiero decir más.
Se levanta.
—¿Dónde está el baño?
—Por el pasillo, a la izquierda.

Recoge el otro condón y sale del dormitorio. Me incorporo con dificultad y vuelvo a ponerme los pantalones de chándal. Me rozan un poco el trasero aún escocido. Me confunde mucho mi reacción. Recuerdo que me dijo —aunque no recuerdo cuándo— que me sentiría mucho mejor después de una buena paliza. ¿Cómo puede ser? De verdad que no la entiendo. Sin embargo, curiosamente, es cierto. No puedo decir que haya disfrutado de la experiencia —de hecho, aún haría lo que fuera por evitar que se repitiera—, pero ahora… tengo esa sensación rara y serena de recordarlo todo con una plenitud absolutamente placentera. Me cojo la cabeza con las manos. No la entiendo.
Yulia vuelve a entrar en la habitación. No puedo mirarla a los ojos. Bajo la vista a mis manos.

—He encontrado este aceite para niños. Déjame que te dé un poco en el trasero.
¿Qué?
—No, ya se me pasará.
—Lena —me advierte, y estoy a punto de poner los ojos en blanco, pero me reprimo enseguida.

Me coloco mirando hacia la cama. Se sienta a mi lado y vuelve a bajarme con cuidado los pantalones. Sube y baja, como las bragas de una puta, observa con amargura mi subconsciente. Le digo mentalmente adónde se puede ir. Yulia se echa un poco de aceite en la mano y me embadurna el trasero con delicada ternura: de desmaquillador a bálsamo para un culo azotado… ¿quién iba a pensar que resultaría un líquido tan versátil?

—Me gusta tocarte —murmura.
Y debo coincidir con ella: a mí también que lo haga.
—Ya está —dice cuando termina, y vuelve a subirme los pantalones.
Miro de reojo el reloj. Son las diez y media.
—Me marcho ya.
—Te acompaño.
Sigo sin poder mirarla.
Cogiéndome de la mano, me lleva hasta la puerta. Por suerte, Nastya aún no está en casa. Aún debe de andar cenando con sus padres y con Andrey. Me alegra de verdad que no estuviera por aquí y pudiera oír mi castigo.
—¿No tienes que llamar a Igor? —pregunto, evitando el contacto visual.
—Igor lleva aquí desde las nueve. Mírame —me pide.
Me esfuerzo por mirarla a los ojos, pero, cuando lo hago, veo que ella me contempla admirada.
—No has llorado —murmura, y luego de pronto me agarra y me besa apasionadamente—. Hasta el domingo —susurra en mis labios, y me suena a promesa y a amenaza.

La veo enfilar el camino de entrada y subirse al enorme Audi negro. No mira atrás. Cierro la puerta y me quedo indefensa en el salón de un piso en el que solo pasaré dos noches más. Un sitio en el que he vivido feliz casi cuatro años. Pero hoy, por primera vez, me siento sola e incómoda aquí, a disgusto conmigo misma. ¿Tanto me he distanciado de la persona que soy? Sé que, bajo mi exterior entumecido, no muy lejos de la superficie, acecha un mar de lágrimas. ¿Qué estoy haciendo? La paradoja es que ni siquiera puedo sentarme y hartarme de llorar. Tengo que estar de pie. Sé que es tarde, pero decido llamar a mi madre.

—¿Cómo estás, cielo? ¿Qué tal la graduación? —me pregunta entusiasmada al otro lado de la línea.
Su voz me resulta balsámica.
—Siento llamarte tan tarde —le susurro.
Hace una pausa.
—¿Lena? ¿Qué pasa? —dice, de pronto muy seria.
—Nada, mamá, me apetecía oír tu voz.
Guarda silencio un instante.
—Lena, ¿qué ocurre? Cuéntamelo, por favor.
Su voz suena suave y tranquilizadora, y sé que le preocupa. Sin previo aviso, se me empiezan a caer las lágrimas. He llorado tanto en los últimos días…
—Por favor, Lena —me dice, y su angustia refleja la mía.
—Ay, mamá, es por una mujer.
—¿Qué te ha hecho?
Su alarma es palpable.
—No es eso.
Aunque en realidad, sí lo es. Oh, mierda. No quiero preocuparla. Solo quiero que alguien sea fuerte por mí en estos momentos.

—Lena, por favor, me estás preocupando.
Inspiro hondo.
—Es que me he enamorado de una chica que es muy distinta de mí y no sé si deberíamos estar juntas.
—Ay, cielo, ojalá pudiera estar contigo. Siento mucho haberme perdido tu graduación. Te has enamorado de alguien, por fin. Cielo, las mujeres también tienen lo suyo. Somos como de otra especie ¿Cuánto hace que la conoces?
Desde luego Yulia es de otra especie… de otro planeta.
—Casi tres semanas o así.
—Lena, cariño, eso no es nada. ¿Cómo se puede conocer a nadie en ese tiempo? Tómatelo con calma y mantenla a raya hasta que decidas si es digna de ti.
Uau. La repentina perspicacia de mi madre me desconcierta, pero, en este caso, llega tarde. ¿Que si es digna de mí? Interesante concepto. Siempre me pregunto si yo soy digna de ella.
—Cielo, te noto triste. Ven a casa, haznos una visita. Te echo de menos, cariño. A Bob también le encantaría verte. Así te distancias un poco y quizá puedas ver las cosas con un poco de perspectiva. Necesitas un descanso. Has estado muy liada.
Madre mía, qué tentación. Huir a Georgia. Disfrutar de un poco de sol, salir de copas. El buen humor de mi madre, sus brazos amorosos…
—Tengo dos entrevistas de trabajo en Seattle el lunes.
—Qué buena noticia.
Se abre la puerta y aparece Nastya, sonriéndome. Su expresión se vuelve sombría cuando ve que he estado llorando.
—Mamá, tengo que colgar. Me pensaré lo de ir a veros. Gracias.
—Cielo, por favor, no dejes que una mujer te trastoque la vida. Eres demasiado joven. Sal a divertirte.
—Sí, mamá. Te quiero.
—Te quiero muchísimo, Lena. Cuídate, cielo.
Cuelgo y me enfrento a Nastya, que me mira furiosa.
—¿Te ha vuelto a disgustar esa capullo indecentemente rica?
—No… es que… eh… sí.
—Mándala a paseo, Lena. Desde que la conociste, estás muy trastornada. Nunca te había visto así.
El mundo de Anastasya Isaeva es muy claro: blanco o negro. No tiene los tonos de gris vagos, misteriosos e intangibles que colorean el mío. «Bienvenida a mi mundo.»
—Siéntate, vamos a hablar. Nos tomamos un vino. Ah, ya has bebido champán. —Examina la botella—. Del bueno, además.
Sonrío sin ganas, mirando aprensiva el sofá. Me acerco a el con cautela. Uf, sentarme.
—¿Te encuentras bien?
—Me he caído de culo.

No se le ocurre poner en duda mi explicación, porque soy una de las personas más descoordinadas del estado de Washington. Jamás pensé que un día me vendría bien. Me siento, con mucho cuidado, y me sorprende agradablemente ver que estoy bien. Procuro prestar atención a Nastya, pero la cabeza se me va al Heathman: «Si fueras mía, después del numerito que montaste ayer no podrías sentarte en una semana». Me lo dijo entonces, pero en aquel momento yo no pensaba más que en ser suya. Todas las señales de advertencia estaban ahí, y yo estaba demasiado despistada y demasiado enamorada para reparar en ellas.
Nastya vuelve al salón con una botella de vino tinto y las tazas lavadas.

—Venga.
Me ofrece una taza de vino. No sabrá tan bueno como el Bolly.
—Lena, si es la típica capullo que pasa de comprometerse, mándala a paseo. Aunque la verdad es que no entiendo por qué tendría que suceder. En el entoldado no te quitaba los ojos de encima, te vigilaba como un halcón. Yo diría que estaba completamente embobada, pero igual tiene una forma curiosa de demostrarlo.
¿Embobada? ¿Yulia? ¿Una forma curiosa de demostrarlo? Ya te digo.
—Es complicada, Nast. ¿Qué tal tu noche? —pregunto.
No puedo hablar de esto con Nastya sin revelarle demasiado, pero basta con una pregunta sobre su día para que se olvide del tema. Resulta tranquilizador sentarse a escuchar su parloteo habitual. La gran noticia es que Andrey igual se viene a vivir con nosotras cuando vuelvan de vacaciones. Será divertido: con Andrey es un no parar de reír. Frunzo el ceño. No creo que a Yulia le parezca bien. Me da igual. Tendrá que tragar. Me tomo un par de tazas de vino y decido irme a la cama. Ha sido un día muy largo. Nastya me da un abrazo y coge el teléfono para llamar a Dimitri.
Después de lavarme los dientes, echo un vistazo al cacharro infernal. Hay un correo de Yulia.


De: Yulia Volkova
Fecha: 26 de mayo de 2011 23:14
Para: Lena Katina
Asunto: Usted

Querida señorita Katina:

Es sencillamente exquisita. La mujer más hermosa, inteligente, ingeniosa y valiente que he conocido jamás. Tómese un ibuprofeno (no es un mero consejo). Y no vuelva a coger el Escarabajo. Me enteraré.

Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

¡Que no vuelva a coger mi coche! Tecleo mi respuesta.


De: Lena Katina
Fecha: 26 de mayo de 2011 23:20
Para: Yulia Volkova
Asunto: Halagos

Querida señorita Volkova:

Con halagos no llegarás a ninguna parte, pero, como ya has estado en todas, da igual. Tendré que coger el Escarabajo para llevarlo a un concesionario y venderlo, de modo que no voy hacer ni caso de la bobada que me propones. Prefiero el tinto al ibuprofeno.
Lena

P.D.: Para mí, los varazos están dentro de los límites INFRANQUEABLES.

Le doy a «Enviar».


De: Yulia Volkova
Fecha: 26 de mayo de 2011 23:26
Para: Lena Katina
Asunto: Las mujeres frustradas no saben aceptar cumplidos

Querida señorita Katina:
No son halagos. Debería acostarse.Acepto su incorporación a los límites infranqueables.No beba demasiado.Igor se encargará de su coche y lo revenderá a buen precio.
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

De: Lena Katina
Fecha: 26 de mayo de 2011 23:40
Para: Yulia Volkova
Asunto: ¿Será Igor el hombre adecuado para esa tarea?

Querida señorita:
Me asombra que te importe tan poco que tu mano derecha conduzca mi coche, pero sí que lo haga una mujer a la que te follas de vez en cuando. ¿Cómo sé yo que Igor me va a conseguir el mejor precio por el coche? Siempre me he dicho, seguramente antes de conocerte, que estaba conduciendo una auténtica ganga.
Lena

De: Yulia Volkova
Fecha: 26 de mayo de 2011 23:44
Para: Lena Katina
Asunto: ¡Cuidado!
Querida señorita Katina:
Doy por sentado que es el TINTO lo que le hace hablar así, y que el día ha sido muy largo. Aunque me siento tentada de volver allí y asegurarme de que no se siente en una semana, en vez de una noche.Igor es ex militar y capaz de conducir lo que sea, desde una moto a un tanque Sherman. Su coche no supone peligro alguno para él.Por favor, no diga que es «una mujer a la que me follo de vez en cuando», porque, la verdad, me ENFURECE, y le aseguro que no le gustaría verme enfadada.
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

De: Lena Katina
Fecha: 26 de mayo de 2011 23:57
Para: Yulia Volkova
Asunto: Cuidado, tú

Querida señorita Volkova:
No estoy segura de que yo te guste, sobre todo ahora.
Señorita Katina

De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 00:03
Para: Lena Katina
Asunto: Cuidado, tú
¿Por qué no me gustas?
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

De: Lena Katina
Fecha: 27 de mayo de 2011 00:09
Para: Yulia Volkova
Asunto: Cuidado, tú
Porque nunca te quedas en casa.

Hala, eso le dará algo en lo que pensar. Cierro el cacharro con una indiferencia que no siento y me meto en la cama. Apago la lamparita y me quedo mirando al techo. Ha sido un día muy largo, un vaivén emocional constante. Me ha gustado pasar un rato con Sergey. Lo he visto bien y, curiosamente, le ha gustado Yulia. Jo, y la cotilla de Nastya… Oír a Yulia decir que había pasado hambre. ¿De qué coño va todo eso? Dios, y el coche. Ni siquiera le he comentado a Nastya lo del coche nuevo. ¿En qué estaría pensando Yulia?

Y encima esta noche me ha pegado de verdad. En mi vida me habían pegado. ¿Dónde me he metido? Muy despacio, las lágrimas, retenidas por la llegada de Nastya, empiezan a rodarme por los lados de la cara hasta las orejas. Me he enamorado de alguien tan emocionalmente cerrada que no conseguiré más que sufrir —en el fondo, lo sé—, alguien que, según ella misma admite, está completamente jodida. ¿Por qué está tan jodida? Debe de ser horrible estar tan tocado como ella; la idea de que de niña fuera víctima de crueldades insoportables me hace llorar aún más. Quizá si fuera más normal no le interesarías, contribuye con sarcasmo mi subconsciente a mis reflexiones. Y en lo más profundo de mi corazón sé que es cierto. Me doy la vuelta, se abren las compuertas… y, por primera vez en años, lloro desconsoladamente con la cara hundida en la almohada.
Los gritos de Nastya me distraen momentáneamente de mis oscuros pensamientos.

«¿Qué coño crees que haces aquí?»
«¡Vale, pues no puedes!»
«¿Qué coño le has hecho ahora?»
«Desde que te conoció, se pasa el día llorando.»
«¡No puedes venir aquí!»

Yulia irrumpe en mi dormitorio y, sin ceremonias, enciende la luz del techo, obligándome a apretar los ojos.

—Dios mío, Lena —susurra.
La apaga otra vez y, en un segundo, la tengo a mi lado.
—¿Qué haces aquí? —pregunto espantada entre sollozos.
Mierda, no puedo parar de llorar.
Enciende la lamparita y me hace guiñar los ojos de nuevo. Viene Nastya y se queda en el umbral de la puerta.
—¿Quieres que eche a esta gilipollas de aquí? —me dice irradiando una hostilidad termonuclear.

Yulia la mira arqueando una ceja, sin duda asombrada por el halagador epíteto y su brutal antipatía. Niego con la cabeza y ella me pone los ojos en blanco. Huy, yo no haría eso delante de la señorita V.

—Dame una voz si me necesitas —me dice más serena—. Volkova, estás en mi lista negra y te tengo vigilada —le susurra furiosa.
Ella la mira extrañada, y ella da media vuelta y entorna la puerta, pero no la cierra.
Yulia me mira con expresión grave, el rostro demacrado. Lleva la americana de raya diplomática y del bolsillo interior saca un pañuelo y me lo da. Creo que aún tengo el otro por alguna parte.
—¿Qué pasa? —me pregunta en voz baja.
—¿A qué has venido? —le digo yo, ignorando su pregunta.
Mis lágrimas han cesado milagrosamente, pero las convulsiones siguen sacudiendo mi cuerpo.
—Parte de mi papel es ocuparme de tus necesidades. Me has dicho que querías que me quedara, así que he venido. Y te encuentro así. —Me mira extrañada, verdaderamente perpleja—. Seguro que es culpa mía, pero no tengo ni idea de por qué. ¿Es porque te he pegado?
Me incorporo, con una mueca de dolor por mi trasero escocido. Me siento y lo miro.
—¿Te has tomado un ibuprofeno?
Niego con la cabeza. Entorna los ojos, se pone de pie y sale de la habitación. Lo oigo hablar con Nastya, pero no lo que dicen. Al poco, vuelve con pastillas y una taza de agua.
—Tómate esto —me ordena con delicadeza mientras se sienta en la cama a mi lado.
Hago lo que me dice.
—Cuéntame —susurra—. Me habías dicho que estabas bien. De haber sabido que estabas así, jamás te habría dejado.
Me miro las manos. ¿Qué puedo decir que no haya dicho ya? Quiero más. Quiero que se quede porque ella quiera quedarse, no porque esté hecha una magdalena. Y no quiero que me pegue, ¿acaso es mucho pedir?
—Doy por sentado que, cuando me has dicho que estabas bien, no lo estabas.
Me ruborizo.
—Pensaba que estaba bien.
—Lena, no puedes decirme lo que crees que quiero oír. Eso no es muy sincero —me reprende—. ¿Cómo voy a confiar en nada de lo que me has dicho?
La miro tímidamente y la veo ceñuda, con una mirada sombría en los ojos. Se pasa ambas manos por el pelo.
—¿Cómo te has sentido cuando te estaba pegando y después?
—No me ha gustado. Preferiría que no volvieras a hacerlo.
—No tenía que gustarte.
—¿Por qué te gusta a ti?
La miro.
Mi pregunta la sorprende.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Ah, créeme, me muero de ganas.
Y no puedo evitar el sarcasmo.
Vuelve a fruncir los ojos.
—Cuidado —me advierte.
Palidezco.
—¿Me vas a pegar otra vez?
—No, esta noche no.
Uf… Mi subconsciente y yo suspiramos de alivio.
—¿Y bien? —insisto.
—Me gusta el control que me proporciona, Lena. Quiero que te comportes de una forma concreta y, si no lo haces, te castigaré, y así aprenderás a comportarte como quiero. Disfruto castigándote. He querido darte unos azotes desde que me preguntaste si era lesbiana.

Me sonrojo al recordarlo. Uf, hasta yo quise darme de tortas por esa pregunta. Así que la culpable de esto es Anastasya Isaeva: si hubiera ido ella a la entrevista y le hubiera hecho la pregunta, sería ella la que estaría aquí sentada con el culo dolorido. No me gusta la idea. ¿No es un lío todo esto?

—Así que no te gusta como soy.
Se me queda mirando, perpleja de nuevo.
—Me pareces encantadora tal como eres.
—Entonces, ¿por qué intentas cambiarme?
—No quiero cambiarte. Me gustaría que fueras respetuosa y que siguieras las normas que te he impuesto y no me desafiaras. Es muy sencillo —dice.
—Pero ¿quieres castigarme?
—Sí, quiero.
—Eso es lo que no entiendo.
Suspira y vuelve a pasarse las manos por el pelo.
—Así soy yo, Lena. Necesito controlarte. Quiero que te comportes de una forma concreta, y si no lo haces… Me encanta ver cómo se sonroja y se calienta tu hermosa piel blanca bajo mis manos. Me excita.
Madre mía. Ya voy entendiendo algo…
—Entonces, ¿no es el dolor que me provocas?
Traga saliva.
—Un poco, el ver si lo aguantas, pero no es la razón principal. Es el hecho de que seas mía y pueda hacer contigo lo que quiera: control absoluto de otra persona. Y eso me pone. Muchísimo, Lena. Mira, no me estoy explicando muy bien. Nunca he tenido que hacerlo. No he meditado mucho todo esto. Siempre he estado con gente de mi estilo. —Se encoge de hombros, como disculpándose—. Y aún no has respondido a mi pregunta: ¿cómo te has sentido después?
—Confundida.
—Te ha excitado, Lena.
Cierra los ojos un instante y, cuando vuelve a abrirlos y me mira, le arden. Su expresión despierta mi lado oscuro, enterrado en lo más hondo de mi vientre: mi libido, despierta domada por ella, pero aún insaciable.
—No me mires así —susurra.
Frunzo el ceño. Dios mío, ¿qué he hecho ahora?
—No llevo condones, Lena, y sabes que estás disgustada. En contra de lo que piensa tu compañera de piso, no soy ninguna degenerada. Entonces, ¿te has sentido confundida?
Me estremezco bajo su intensa mirada.
—No te cuesta nada sincerarte conmigo por escrito. Por e-mail, siempre me dices exactamente lo que sientes. ¿Por qué no puedes hacer eso cara a cara? ¿Tanto te intimido?
Intento quitar una mancha imaginaria de la colcha azul y crema de mi madre.
—Me cautivas, Yulia. Me abrumas. Me siento como Ícaro volando demasiado cerca del sol —le susurro.
Ahoga un jadeo.
—Pues me parece que eso lo has entendido al revés —dice.
—¿El qué?
—Ay, Lena, eres tú la que me ha hechizado. ¿Es que no es obvio?
No, para mí no. Hechizada. La diosa que llevo dentro está boquiabierta. Ni siquiera ella se lo cree.
—Todavía no has respondido a mi pregunta. Mándame un correo, por favor. Pero ahora mismo. Me gustaría dormir un poco. ¿Me puedo quedar?
—¿Quieres quedarte?
No puedo ocultar la ilusión que me hace.
—Querías que viniera.
—No has respondido a mi pregunta.
—Te mandaré un correo —masculla malhumorada.

Poniéndose en pie, se vacía los bolsillos: BlackBerry, llaves, cartera y dinero. Por Dios, las mujeres llevamos un montón de mierda en los bolsillos. Se quita el reloj, los zapatos, los calcetines, y deja la americana encima de mi silla. Rodea la cama hasta el otro lado y se mete dentro.

—Túmbate —me ordena.
Me deslizo despacio bajo las sábanas con una mueca de dolor, mirándola fijamente. Madre mía, se queda. Me siento paralizada de gozoso asombro. Se incorpora sobre un codo, me mira.
—Si vas a llorar, llora delante de mí. Necesito saberlo.
—¿Quieres que llore?
—No en particular. Solo quiero saber cómo te sientes. No quiero que te me escapes entre los dedos. Apaga la luz. Es tarde y las dos tenemos que trabajar mañana.

Ya la tengo aquí, tan dominante como siempre, pero no me quejo: está en mi cama. No acabo de entender por qué. Igual debería llorar más a menudo delante de ella. Apago la luz de la mesita.

—Quédate en tu lado y date la vuelta —susurra en la oscuridad.
Pongo los ojos en blanco a sabiendas de que no puede verme, pero hago lo que me dice. Con sumo cuidado, se acerca, me rodea con los brazos y me estrecha contra su pecho.
—Duerme, nena —susurra, y noto su nariz en mi pelo, inspirando hondo.
Dios mío. Yulia Volkova se queda a dormir. Al abrigo de sus brazos, me sumo en un sueño tranquilo.
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Uff!!

Mensaje por Zanini-volk el Dom Mayo 22, 2016 1:41 pm

Caminando sobre brasas ardientes!!!
Woow!

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por SandyQueen el Lun Mayo 23, 2016 1:22 am

Se está poniendo más y más hot esto Cool
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Miér Mayo 25, 2016 12:37 am

17

La llama de la vela quema demasiado. Parpadea y fluctúa con el aire abrasador, un aire que no alivia el calor. Las suaves alas de gasa se baten de un lado a otro en la oscuridad, rociando de escamas polvorientas el círculo de luz. Me esfuerzo por resistir, pero me atrae. Luego todo es muy luminoso y vuelo demasiado cerca del sol, deslumbrada por la luz, abrasándome y derritiéndome de calor, agotada de intentar mantenerme en el aire. Estoy ardiendo. El calor es asfixiante, sofocante. Me despierta.
Abro los ojos y me encuentro abrazada por Yulia Volkova. Me envuelve como la patriota victoriosa lo hace en su bandera. Está profundamente dormida, con la cabeza en mi pecho, el brazo por encima de mí, estrechándome contra su cuerpo, con una pierna echada por encima de las mías. Me asfixia con el calor de su cuerpo, y me pesa. Me tomo un momento para digerir que aún está en mi cama y dormida como un tronco, y que ya hay luz fuera, luz de día. Ha pasado la noche entera conmigo.
Tengo el brazo derecho extendido, sin duda en busca de algún sitio fresco y, mientras proceso el hecho de que aún está conmigo, se me ocurre que puedo tocarla. Está dormida. Tímidamente, levanto la mano y paseo las yemas de los dedos por su espalda. Oigo un gruñido gutural de angustia, y se revuelve. Me acaricia el pecho con la nariz e inspira hondo mientras se despierta. Sus ojos azules, soñolientos y parpadeantes, se topan con los míos por debajo de su mata de pelo alborotado.

—Buenos días —masculla, y frunce el ceño—. Dios, hasta mientras duermo me siento atraída por ti.
Se mueve despacio, despegando sus extremidades de mí mientras se orienta. Noto su erección contra mi cadera. Percibe mi cara de asombro y me dedica una sonrisa lenta y sensual.
—Mmm, esto promete, pero creo que deberíamos esperar al domingo.
Se inclina hacia delante y me acaricia la oreja con la nariz.
Me ruborizo, aunque ya estoy roja como un tomate por su calor corporal.

—Estás ardiendo —susurro.
—Tú tampoco te quedas corta —me susurra ella, y se aprieta contra mi cuerpo, sugerente.
Me sonrojo aún más. No me refería a eso. Se incorpora sobre un codo y me mira, divertida. Se inclina y, para mi sorpresa, me planta un suave beso en los labios.
—¿Has dormido bien? —me pregunta.
Asiento con la cabeza, mirándola, y me doy cuenta de que he dormido muy bien salvo por la última media hora, en la que tenía demasiado calor.
—Yo también. —Frunce el ceño—. Sí, muy bien. —Arquea la ceja, a la vez sorprendida y confusa—. ¿Qué hora es?
Miro el despertador.
—Son las siete y media.
—Las siete y media… ¡mierda! —Salta de la cama y se pone los vaqueros.
Ahora me toca a mí sonreír divertida mientras me incorporo. Yulia Volkova llega tarde y está nerviosa. Esto es algo que no he visto antes. De pronto caigo en la cuenta de que el trasero ya no me duele.
—Eres muy mala influencia para mí. Tengo una reunión. Tengo que irme. Debo estar en Portland a las ocho. ¿Te estás riendo de mí?
—Sí.
Sonríe.
—Llego tarde. Yo nunca llego tarde. También esto es una novedad, señorita Katina.
Se pone la americana, se agacha y me coge la cabeza con ambas manos
—El domingo —dice, y la palabra está preñada de una promesa tácita.
Las entrañas se me expanden y luego se contraen de deliciosa expectación. La sensación es exquisita.
Madre mía, si mi cabeza pudiera estar a la altura de mi cuerpo. Se inclina y me da un beso rápido. Coge sus cosas de la mesita y los zapatos, que no se pone.
—Igor vendrá a encargarse de tu Escarabajo. Lo dije en serio. No lo cojas. Te veo en mi casa el domingo. Te diré la hora por correo.
Y, como una torbellino, desaparece.

Yulia Volkova ha pasado la noche conmigo, y me siento descansada. Y no ha habido sexo, solo hemos hecho la cucharita. Me dijo que nunca había dormido con nadie, pero ya ha dormido tres veces conmigo. Sonrío y salgo despacio de la cama. Estoy más animada de lo que he estado en las últimas veinticuatro horas o así. Me dirijo a la cocina; necesito una taza de té.
Después de desayunar, me ducho y me visto rápidamente para mi último día en Clayton’s. Es el fin de una era: adiós a los señores Clayton, a la universidad, a Vancouver, a mi piso, a mi Escarabajo. Echo un vistazo al cacharro: son las 07:52. Tengo tiempo.

De: Lena Katina
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:05
Para: Yulia Volkova
Asunto: Asalto y agresión: efectos secundarios

Querida señorita Volkova:
Querías saber por qué me sentí confundida después de que me… ¿qué eufemismo utilizo: me dieras unos azotes, me castigaras, me pegaras, me agredieras? Pues bien, durante todo el inquietante episodio, me sentí humillada, degradada y ultrajada. Y para mayor vergüenza, tienes razón, estaba excitada, y eso era algo que no esperaba. Como bien sabes, todo lo sexual es nuevo para mí. Ojalá tuviera más experiencia y, en consecuencia, estuviera más preparada. Me extrañó que me excitara.Lo que realmente me preocupó fue cómo me sentí después. Y eso es más difícil de explicar con palabras. Me hizo feliz que tú lo fueras. Me alivió que no fuera tan doloroso como había pensado que sería. Y mientras estuve tumbada entre tus brazos, me sentí… plena. Pero esa sensación me incomoda mucho, incluso hace que me sienta culpable. No me encaja y, en consecuencia, me confunde. ¿Responde eso a tu pregunta?Espero que el mundo de las fusiones y adquisiciones esté siendo tan estimulante como siempre, y que no hayas llegado demasiado tarde.Gracias por quedarte conmigo.
Lena

De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:24
Para: Lena Katina
Asunto: Libere su mente

Interesante, aunque el asunto del mensaje sea algo exagerado, señorita Katina.
Respondiendo a su pregunta: yo diría «azotes», y eso es lo que fueron.
• ¿Así que se sintió humillada, degradada, injuriada y agredida? ¡Es tan Tess Durbeyfield…! Si no recuerdo mal, fue usted la que optó por la corrupción. ¿De verdad se siente así o cree que debería sentirse así? Son dos cosas muy distintas. Si es así como se siente, ¿cree que podría intentar abrazar esas sensaciones y digerirlas, por mí? Eso es lo que haría una sumisa.
• Agradezco su inexperiencia.
La valoro, y estoy empezando a entender lo que significa. En pocas palabras: significa que es mía en todos los sentidos
.• Sí, estaba excitada, lo que a su vez me excitó a mí; no hay nada malo en eso.
• «Feliz» es un adjetivo que apenas alcanza a expresar lo que sentí. «Extasiada» se aproxima más.
• Los azotes de castigo duelen bastante más que los sensuales, así que nunca le dolerá más de eso, salvo, claro, que cometa alguna infracción importante, en cuyo caso me serviré de algún instrumento para castigarla. Luego me dolía mucho la mano. Pero me gusta.
• También yo me sentí plena, más de lo que jamás podrías imaginar.
• No malgaste sus energías con sentimientos de culpa y pecado. Somos mayores de edad y lo que hagamos a puerta cerrada es cosa nuestra. Debe liberar su mente y escuchar a su cuerpo.
• El mundo de las fusiones y adquisiciones no es ni mucho menos tan estimulante como usted, señorita Katina.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Oh, Dios… «mía en todos los sentidos». Se me entrecorta la respiración.


De: Lena Katina
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:26
Para: Yulia Volkova
Asunto: Mayores de edad ¿No estás en una reunión?
Me alegro mucho de que te doliera la mano.Y, si escuchara a mi cuerpo, ahora mismo estaría en Alaska.

Lena
P.D.: Me pensaré lo de abrazar esas sensaciones.

De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:35
Para: Lena Katina
Asunto: No ha llamado a la poli

Señorita Katina:
Ya que lo pregunta, estoy en una reunión, hablando del mercado de futuros.Por si no lo recuerda, se acercó a mí sabiendo muy bien lo que iba a hacer.En ningún momento me pidió que parara; no utilizó ninguna palabra de seguridad.Es adulta; toma sus propias decisiones.Sinceramente, espero con ilusión la próxima vez que se me caliente la mano.Es evidente que no está escuchando a la parte correcta de su cuerpo.En Alaska hace mucho frío y no es un buen escondite. La encontraría.Puedo rastrear su móvil, ¿recuerda?Váyase a trabajar.
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Miro ceñuda la pantalla. Tiene razón, claro. Yo decido. Mmm. ¿Dirá en serio lo de ir a buscarme? ¿Debería optar por escaparme una temporada? Contemplo un instante la posibilidad de aceptar el ofrecimiento de mi madre. Le doy a «Responder».

De: Lena Katina
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:36
Para: Yulia Volkova
Asunto: Acosadora

¿Has buscado ayuda profesional para esa tendencia al acoso?

Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:38
Para: Lena Katina
Asunto: ¿Acosadora, yo?


Le pago al eminente doctor Flynn una pequeña fortuna para que se ocupe de mi tendencia al acoso y de las otras.Vete a trabajar.


Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.



De: Lena Katina
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:40
Para: Yulia Volkova
Asunto: Charlatanes caros


Si me lo permites, te sugiero que busques una segunda opinión.No estoy segura de que el doctor Flynn sea muy eficiente.

Señorita Katina


De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:43
Para: Lena Katina
Asunto: Segundas opiniones


Te lo permita o no, no es asunto tuyo, pero el doctor Flynn es la segunda opinión.Vas a tener que acelerar en tu coche nuevo y ponerte en peligro innecesariamente. Creo que eso va contra las normas.VETE A TRABAJAR.


Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


De: Lena Katina
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:47
Para: Yulia Volkova
Asunto: MAYÚSCULAS CHILLONAS


Como soy el blanco de tu tendencia al acoso, creo que sí es asunto mío. No he firmado aún, así que las normas me la repampinflan. Y no entro hasta las nueve y media.

Señorita Katina


De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:49
Para: Lena Katina
Asunto: Lingüística descriptiva ¿«Repampinflan»?


Dudo mucho que eso venga en el diccionario.


Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


De: Lena Katina
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:52
Para: Yulia Volkova
Asunto: Lingüística descriptiva


Sale después de «acosadora» y de «controladora obsesiva».Y la lingüística descriptiva está dentro de mis límites infranqueables.¿Me dejas en paz de una vez? Me gustaría irme a trabajar en mi coche nuevo.

Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 08:56
Para: Lena Katina
Asunto: Mujeres difíciles pero divertidas


Me escuece la palma de la mano.Conduzca con cuidado, señorita Katina.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.



Es una gozada conducir el Audi. Tiene dirección asistida. Wanda, mi Escarabajo, no tiene nada de eso, así que se acabó el único ejercicio físico que hacía al día, que era el de conducir. Ah, pero, según las normas de Yulia, tendré que lidiar con un entrenador personal. Frunzo el ceño. Odio hacer ejercicio.
Mientras conduzco, trato de analizar los correos que hemos intercambiado. A veces es una hija de puta condescendiente. Luego pienso en Latissa y me siento culpable. Claro que ella no la parió. Uf, eso es todo un mundo de dolor desconocido para mí. Sí, soy adulta, gracias por recordármelo, Yulia Volkova, y yo decido. El problema es que yo solo quiero a Yulia, no todo su… bagaje, y ahora mismo tiene la bodega completa de un 747. ¿Que me relaje y lo acepte, como una sumisa? Dije que lo intentaría, pero es muchísimo pedir.
Me meto en el aparcamiento de Clayton’s. Mientras entro, caigo en que me cuesta creer que hoy sea mi último día. Por suerte, hay jaleo en la tienda y el tiempo pasa rápido. A la hora de comer, el señor Clayton me llama desde el almacén. Está al lado de un mensajero en moto.

—¿Señorita Katina? —pregunta el mensajero.

Miro intrigada al señor Clayton, que se encoge de hombros, tan perplejo como yo. Se me cae el alma a los pies. ¿Qué me habrá mandado Yulia ahora? Firmo el albarán del paquetito y lo abro enseguida. Es una BlackBerry. Se me desploma el ánimo por completo. La enciendo.


De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 11:15
.Para: Lena Katina
Asunto: BlackBerry PRESTADA

Quiero poder localizarte a todas horas y, como esta es la forma de comunicación con la que más te sinceras, he pensado que necesitabas una BlackBerry.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


De: Lena Katina
Fecha: 27 de mayo de 2011 13:22
Para: Yulia Volkova
Asunto: Consumismo desenfrenado

Me parece que te hace falta llamar al doctor Flynn ahora mismo.Tu tendencia al acoso se está descontrolando.Estoy en el trabajo. Te mando un correo cuando llegue a casa.Gracias por este otro cacharrito.No me equivocaba cuando te dije que eres una consumista compulsiva.¿Por qué haces esto?

Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 13:24
Para: Lena Katina
Asunto: Muy sagaz para ser tan joven

Una muy buena puntualización, como de costumbre, señorita Katina.El doctor Flynn está de vacaciones.Y hago esto porque puedo.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


Me meto el cacharrito en el bolsillo, y ya lo odio. Escribir a Yulia me resulta adictivo, pero se supone que estoy trabajando. Me vibra una vez en el trasero —qué propio, me digo con ironía—, pero me armo de valor y lo ignoro.
A las cuatro, los señores Clayton reúnen a los demás empleados de la tienda y, con un discurso emotivo y embarazoso, me entregan un cheque por importe de trescientos dólares. En ese momento, se amontonan en mi interior los acontecimientos de las tres últimas semanas: exámenes, graduación, multimillonarias jodidas e intensas, desfloramiento, límites tolerables e infranqueables, cuartos de juego sin consolas, paseos en helicóptero, y el hecho de que mañana me mudo. Asombrosamente, logro mantener la compostura. Mi subconsciente está pasmada. Abrazo con fuerza a los Clayton. Han sido unos jefes amables y generosos, y los echaré de menos.
Nastya está saliendo del coche cuando llego a casa.

—¿Qué es eso? —pregunta acusadora, señalando el Audi.
No puedo resistirme.
—Un coche —espeto. Entrecierra los ojos y, por un momento, me pregunto si también ella me va a tumbar en sus rodillas—. Mi regalo de graduación —digo con fingido desenfado.
Sí, me regalan coches caros todos los días. Se queda boquiabierta.
—Esa capullo generosa y arrogante, ¿no?
Asiento con la cabeza.
—He intentado rechazarla, pero, francamente, es inútil esforzarse.
Nastya frunce los labios.
—No me extraña que estés abrumada. He visto que al final se quedó.
—Sí.
Sonrío melancólica.
—¿Terminamos de empaquetar?
Asiento y la sigo dentro. Miro el correo de Yulia Volkova.


De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 13:40
Para: Lena Katina
Asunto: Domingo


¿Quedamos el domingo a la una? La doctora te esperará en el Escala a la una y media.Yo me voy a Seattle ahora.Confío en que la mudanza vaya bien, y estoy deseando que llegue el domingo.


Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.



Madre mía, como si hablara del tiempo. Decido contestarle cuando hayamos terminado de empaquetar. Tan pronto resulta divertidísima como se pone en plan formal e insoportable. Cuesta seguirla. La verdad, es como si le hubiera enviado un correo a un empleado. Para fastidiar, pongo los ojos en blanco y me voy a empaquetar con Nastya.
Nastya y yo estamos en la cocina cuando alguien llama a la puerta. Veo a Igor en el porche, impoluto con su traje. Detecto vestigios de su pasado militar en el corte de pelo al cero, su físico cuidado y su mirada fría.

—Señorita Katina —dice—, he venido a por su coche.
—Ah, sí, claro. Pasa, iré a por las llaves.

Seguramente esto va mucho más allá de la llamada del deber. Vuelvo a preguntarme en qué consistirá exactamente el trabajo de Igor. Le doy las llaves y nos acercamos en medio de un silencio incómodo para mí al Escarabajo azul claro. Abro la puerta y saco la linterna de la guantera. Ya está. No llevo ninguna otra cosa personal dentro de Wanda. Adiós, Wanda. Gracias. Acaricio su techo mientras cierro la puerta del copiloto.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para la señorita Volkova? —le pregunto.
—Cuatro años, señorita Katina.
De pronto siento una necesidad irrefrenable de bombardearlo a preguntas. Lo que debe saber este hombre de Yulia, todos sus secretos. Claro que probablemente habrá firmado un acuerdo de confidencialidad. Lo miro nerviosa. Tiene la misma expresión taciturna de Sergey, y me empieza a caer bien.
—Es un buena mujer, señorita Katina—dice, y sonríe.
Luego se despide con un gesto, sube a mi coche y se aleja en él.
El piso, el Escarabajo, los Clayton… todo ha cambiado ya. Meneo la cabeza mientras vuelvo a entrar en casa. Y el mayor cambio de todos es Yulia Volkova. Igor piensa que es «una buena mujer». ¿Puedo creerle?
A las ocho, cenamos comida china con José. Hemos terminado. Ya lo hemos empaquetado todo y estamos listas para el traslado. José trae varias botellas de cerveza; Nastya y yo nos sentamos en el sofá, él se sienta en el suelo, con las piernas cruzadas, entre las dos. Vemos telebasura, bebemos cerveza y, a medida que va avanzando la noche y la cerveza va haciendo efecto, bulliciosos y emotivos, vamos rescatando recuerdos. Han sido cuatro años estupendos.
Mi relación con José ha vuelto a la normalidad, olvidado ya el conato de beso. Bueno, lo he metido debajo de la alfombra en la que está tumbada la diosa que llevo dentro, comiendo uvas y tamborileando con los dedos, esperando con impaciencia el domingo. Llaman a la puerta y el corazón se me sube a la boca. ¿Será…?
Abre Nastya y Dimitri prácticamente la coge en volandas. La envuelve en un abrazo hollywoodiense que enseguida se convierte en un apasionado estrujón europeo. Por favor, marchaos a un hotel. José y yo nos miramos. Me espanta su falta de pudor.


—¿Nos vamos al bar? —le pregunto a José, que asiente enérgicamente.
A los dos nos incomoda demasiado el erotismo desenfrenado que se despliega ante nosotros. Nastya me mira, sonrojada y con los ojos brillantes.
—José y yo vamos a tomar algo.
Le pongo los ojos en blanco. ¡Ja! Aún puedo poner los ojos en blanco cuando me plazca.
—Vale.
Sonríe.
—Hola, Dimitri. Adiós, Dimitri.
Me guiña uno de sus enormes ojos azules, y José y yo salimos por la puerta, riendo como dos adolescentes.
Mientras bajamos la calle despacio en dirección al bar, me cojo del brazo de José. Dios, es una persona tan normal. No había sabido valorarlo hasta ahora.

—Vendrás de todas formas a la inauguración de mi exposición, ¿verdad?
—Desde luego, José. ¿Cuándo es?
—El 9 de junio.
—¿En qué día cae?
De repente me entra el pánico.
—Es jueves.
—Sí, sin problema… ¿Y tú vendrás a vernos a Seattle?
—Tratad de impedírmelo.
Sonríe.

Es tarde cuando vuelvo del bar. No veo a Nastya ni Dimitri por ninguna parte, pero los oigo. Madre mía. Espero no ser tan escandalosa. Sé que Yulia no lo es. Me ruborizo de pensarlo y huyo a mi habitación. Tras un abrazo breve y por suerte nada embarazoso, José se ha ido. No sé cuándo volveré a verlo, probablemente en la exposición de sus fotografías; aún me asombra que por fin haya conseguido exponer. Lo echaré de menos, y echaré de menos su encanto pueril. No he sido capaz de contarle lo del Escarabajo. Sé que se pondrá frenético cuando se entere, y con un tío que se me enfade tengo más que suficiente. Ya en mi cuarto, echo un ojo al cacharro infernal y, por supuesto, tengo correo de Yulia.


De: Yulia Volkova
Fecha: 27 de mayo de 2011 22:14
Para: Lena Katina
Asunto: ¿Dónde estás?

«Estoy en el trabajo. Te mando un correo cuando llegue a casa.»¿Aún sigues en el trabajo, o es que has empaquetado el teléfono, la BlackBerry y el MacBook?Llámame o me veré obligada a llamar a Dimitri.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Maldita sea… José… mierda.

Cojo el teléfono. Cinco llamadas perdidas y un mensaje de voz. Tímidamente, escucho el mensaje. Es Yulia.

«Me parece que tienes que aprender a lidiar con mis expectativas. No soy una mujer paciente. Si me dices que te pondrás en contacto conmigo cuando termines de trabajar, ten la decencia de hacerlo. De lo contrario, me preocupo, y no es una emoción con la que esté familiarizada, por lo que no la llevo bien. Llámame.»

Mierda, mierda. ¿Es que nunca me va a dar un respiro? Miro ceñuda el teléfono. Me asfixia. Con una honda sensación de miedo en la boca del estómago, localizo su número y pulso la tecla de llamada. Mientras espero a que conteste, se me sube el corazón a la boca. Seguramente le encantaría darme una paliza de cincuenta mil demonios. La idea me deprime.

—Hola —dice en voz baja, y su tono me descoloca, porque me lo esperaba furibunda, pero el caso es que suena aliviada.
—Hola —susurro.
—Me tenías preocupada.
—Lo sé. Siento no haberte respondido, pero estoy bien.
Hace una pausa breve.
—¿Lo has pasado bien esta noche? —me pregunta de lo más comedida.
—Sí. Hemos terminado de empaquetar y Nastya y yo hemos cenado comida china con José.
Aprieto los ojos con fuerza al mencionar a José. Yulia no dice nada.
—¿Qué tal tú? —le pregunto para llenar el repentino silencio abismal y ensordecedor.
No pienso consentir que haga que me sienta culpable por lo de José.
Por fin, suspira.
—He asistido a una cena con fines benéficos. Aburridísima. Me he ido en cuanto he podido.
La noto tan triste y resignada que se me encoge el corazón. La recuerdo hace algunas noches, sentada al piano de su enorme salón, acompañado por la insoportable melancolía agridulce de la música que tocaba.
—Ojalá estuvieras aquí —susurro, porque de pronto quiero abrazarla. Consolarla. Aunque no me deje. Necesito tenerla cerca.
—¿En serio? —susurra mansamente.
Madre mía. Si no parece ella; se me eriza el cuero cabelludo de repentina aprensión.
—Sí —le digo.
Al cabo de una eternidad, suspira.
—¿Nos veremos el domingo?
—Sí, el domingo —susurro, y un escalofrío me recorre el cuerpo entero.
—Buenas noches.
—Buenas noches, señorita.
Mi apelativo la pilla desprevenida, lo sé por su hondo suspiro.
—Buena suerte con la mudanza de mañana, Lena.
Su voz es suave, y las dos nos quedamos pegadas al teléfono como adolescentes, sin querer colgar.
—Cuelga tú —le susurro.
Por fin, noto que sonríe.
—No, cuelga tú.
Ahora sé que está sonriendo.
—No quiero.
—Yo tampoco.
—¿Estabas enfadada conmigo?
—Sí.
—¿Todavía lo estás?
—No.
—Entonces, ¿no me vas a castigar?
—No. Yo soy de aquí te pillo, aquí te mato.
—Ya lo he notado.
—Ya puede colgar, señorita Katina.
—¿En serio quiere que lo haga, señorita?
—Vete a la cama, Lena.
—Sí, señorita.
Ninguno de los dos cuelga.
—¿Alguna vez crees que serás capaz de hacer lo que te digan?
Parece divertida y exasperada a la vez.
—Puede. Lo sabremos después del domingo.
Y pulso la tecla de colgar.

Dimitri admira su obra. Nos ha reconectado la tele al satélite del piso de Pike Place Market. Nastya y yo nos tiramos al sofá, riendo como bobas, impresionadas por su habilidad con el taladro eléctrico. La tele de plasma queda rara sobre el fondo de ladrillo visto del almacén reconvertido, pero ya me acostumbraré.
—¿Ves, nena? Fácil.
Le dedica una sonrisa de dientes blanquísimos a Nastya y ella casi literalmente se derrite en el sofá.
Les pongo los ojos en blanco a los dos.
—Me encantaría quedarme, nena, pero mi hermana ha vuelto de París y esta noche tengo cena familiar ineludible.
—¿No puedes pasarte luego? —pregunta Nastya tímidamente, con una dulzura impropia de ella.
Me levanto y me acerco a la zona de la cocina fingiendo que voy a desempaquetar una de las cajas. Se van a poner pegajosos.
—A ver si me puedo escapar —promete.
—Bajo contigo—dice Nastya sonriendo.
—Hasta luego, Lena —se despide Dimitri con una amplia sonrisa.
—Adiós, Dim. Saluda a Yuliade mi parte.
—¿Solo saludar? —Arquea las cejas como insinuando algo.
—Sí.

Me guiña el ojo y me pongo colorada mientras él sale del piso con Nastya.
Dimitri es un encanto, muy distinto de Yulia. Es agradable, abierto, cariñoso, muy cariñoso, demasiado cariñoso, con Nastya. No se quitan las manos de encima el uno al otro; lo cierto es que llega a resultar violento… y yo me pongo verde de envidia.
Nastya vuelve unos veinte minutos después con pizza; nos sentamos, rodeadas de cajas, en nuestro nuevo y diáfano espacio, y nos la comemos directamente de la caja. La verdad es que el padre de Nastya se ha portado. El piso no es un palacio, pero sí lo bastante grande: tres dormitorios y un salón inmenso con vistas a Pike Place Market. Son todo suelos de madera maciza y ladrillo rojo, y las superficies de la cocina son de hormigón pulido, muy práctico, muy actual. A las dos nos encanta el hecho de que vamos a estar en pleno centro de la ciudad.

A las ocho suena el interfono. Nastya da un bote y a mí se me sube el corazón a la boca.
—Un paquete, señorita Katina, señorita Isaeva.
La decepción corre de forma libre e inesperada por mis venas. No es Yulia.
—Segundo piso, apartamento dos.

Nastya abre al mensajero. El chaval se queda boquiabierto al ver a Nastya, con sus vaqueros ajustados, su camiseta y el pelo recogido en un moño con algunos mechones sueltos. Tiene ese efecto en los hombres. El chico sostiene una botella de champán con un globo en forma de helicóptero atado a ella. Nastya lo despide con una sonrisa deslumbrante y me lee la tarjeta.

Señoritas:
Buena suerte en su nuevo hogar.
Yulia Volkova


Nastya mueve la cabeza en señal de desaprobación.
—¿Es que no puede poner solo «de Yulia»? ¿Y qué es este globo tan raro en forma de helicóptero?
—Charlie Tango.
—¿Qué?
—Yulia me llevó a Seattle en su helicóptero.
Me encojo de hombros.
Nastya me mira boquiabierta. Debo decir que me encantan estas ocasiones, porque son pocas: Anastasya Isaeva, muda y pasmada. Me doy el gustazo de disfrutar del instante.
—Pues sí, tiene helicóptero y lo pilota ella —digo orgullosa.
—Cómo no… Esa capullo indecentemente rica tiene helicóptero. ¿Por qué no me lo habías contado?
Nastya me mira acusadora, pero sonríe, cabeceando con incredulidad.
—He tenido demasiadas cosas en la cabeza últimamente.
Frunce el ceño.
—¿Te las apañarás sola mientras estoy fuera?
—Claro —respondo tranquilizadora.
Ciudad nueva, en paro… una novia de lo más rarita.
—¿Le has dado nuestra dirección?
—No, pero el acoso es una de sus especialidades —barrunto sin darle importancia.
Nastya frunce aún más el ceño.
—Por qué será que no me sorprende. Me inquieta, Lena. Por lo menos el champán es bueno, y está frío.
Por supuesto, solo Yulia enviaría champán frío, o le pediría a su secretaria que lo hiciera… o igual a Igor. Lo abrimos allí mismo y localizamos nuestras tazas; son lo último que hemos empaquetado.
—Bollinger Grande Année Rosé 1999, una añada excelente.
Sonrío a Nastya y brindamos.


Me despierto temprano en la mañana de un domingo gris después de una noche de sueño asombrosamente reparador, y me quedo tumbada mirando fijamente mis cajas. Deberías ir desempaquetando tus cosas, me regaña mi subconsciente, juntando y frunciendo sus labios de arpía. No, hoy es el día. La diosa que llevo dentro está fuera de sí, dando saltitos primero con un pie y luego con el otro. La expectación, pesada y portentosa, se cierne sobre mi cabeza como una oscura nube de tormenta tropical. Siento las mariposas en el estómago, además del dolor más oscuro, carnal y cautivador que me produce el tratar de imaginar qué me hará. Luego, claro, tengo que firmar ese condenado contrato… ¿o no? Oigo el sonido de correo entrante en el cacharro infernal, que está en el suelo junto a la cama.


De: Yulia Volkova
Fecha: 29 de mayo de 2011 08:04
Para: Lena Katina
Asunto: Mi vida en cifras
Si vienes en coche, vas a necesitar este código de acceso para el garaje subterráneo del Escala: 146963.Aparca en la plaza 5: es una de las mías.El código del ascensor: 1880.
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

De: Lena Katina
Fecha: 29 de mayo de 2011 08:08
Para: Yulia Volkova
Asunto: Una añada excelente

Sí, señorita. Entendido.Gracias por el champán y el globo de Charlie Tango, que tengo atado a mi cama.

Lena

De: Yulia Volkova
Fecha: 29 de mayo de 2011 08:11
Para: Lena Katina
Asunto: Envidia De nada.

No llegues tarde.Afortunado Charlie Tango.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


Pongo los ojos en blanco ante lo dominante que es, pero la última línea me hace sonreír. Me dirijo al baño, preguntándome si Dimitri volvería anoche y esforzándome por controlar los nervios.
¡Puedo conducir el Audi con tacones! Justo a las 12.55 h entro en el garaje del Escala y aparco en la plaza 5. ¿Cuántas plazas tiene? El Audi SUV está ahí, el R8 y dos Audi SUV más pequeños. Compruebo cómo llevo el rímel, que rara vez uso, en el espejito iluminado de la visera de mi asiento. En el Escarabajo no tenía.
¡Ánimo! La diosa que llevo dentro agita los pompones; la tengo en modo animadora. En el reflejo infinito de espejos del ascensor me miro el vestido color ciruela… bueno, el vestido color ciruela de Nastya. La última vez que me lo puse Yulia quiso quitármelo enseguida. Me excito al recordarlo. Qué sensación tan deliciosa… y luego recupero el aliento. Llevo la ropa interior que Igor me compró. Me sonrojo al imaginar a ese hombre de pelo rapado recorrer los pasillos de Agent Provocateur o dondequiera que lo comprara. Se abren las puertas y me encuentro en el vestíbulo del apartamento número uno.
Cuando salgo del ascensor, veo a Igor delante de la puerta de doble hoja.

—Buenas tardes, señorita Katina —dice.
—Llámame Lena, por favor.
—Lena.
Sonríe.
—La señorita Volkova la espera.
Apuesto a que sí.

Yulia está sentada en el sofá del salón, leyendo la prensa del domingo. Alza la vista cuando Igor me hace pasar. La estancia es exactamente como la recordaba; aunque solo hace una semana que estuve aquí, me parece que haga mucho más. Yulia parece tranquila y serena; de hecho, está divina. Viste vaqueros y una camisa suelta de lino blanco; no lleva zapatos ni calcetines. Tiene el pelo revuelto y despeinado, y en sus ojos hay un brillo malicioso. Se levanta y se acerca despacio a mí, con una sonrisa satisfecha en esos labios tan bien esculpidos.
Yo sigo inmóvil a la puerta del salón, paralizada por su belleza y la dulce expectación ante lo que se avecina. La corriente que hay entre nosotras está ahí, encendiéndose lentamente en mi vientre, atrayéndome hacia ella.

—Mmm… ese vestido —murmura complacida mientras me examina de arriba abajo—. Bienvenida de nuevo, señorita Katina —susurra y, cogiéndome de la barbilla, se acerca y me deposita un beso suave en la boca.
El contacto de sus labios y los míos resuena por todo mi cuerpo. Se me entrecorta la respiración.
—Hola —respondo ruborizándome.
—Llegas puntual. Me gusta la puntualidad. Ven. —Me coge de la mano y me lleva al sofá—. Quiero enseñarte algo —dice mientras nos sentamos.

Me pasa el Seattle Times. En la página ocho, hay una fotografía de las dos en la ceremonia de graduación. Madre mía. Salgo en el periódico. Leo el pie de foto.
Yulia Volkova y su amiga en la ceremonia de graduación de la Universidad Estatal de Washington, en Vancouver.
Me echo a reír.

—Así que ahora soy tu «amiga».
—Eso parece. Y sale en el periódico, así que será cierto.
Sonríe satisfecha.

Está sentada a mi lado, completamente vuelto hacia mí, con una pierna metida debajo de la otra. Alarga la mano y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja con el índice. Mi cuerpo revive con sus caricias, ansiosa y expectante.

—Entonces, Lena, ahora tienes mucho más claro cuál es mi rollo que la otra vez que estuviste aquí.
—Sí.
¿Adónde pretende llegar?
—Y aun así has vuelto.
Asiento tímidamente con la cabeza y sus ojos se encienden. Mueve la cabeza, como si le costara digerir la idea.
—¿Has comido? —me pregunta de repente.
Mierda.
—No.
—¿Tienes hambre?
Se está esforzando por no parecer enfadada.
—De comida, no —susurro, y se le inflan las aletas de la nariz.
Se inclina hacia delante y me susurra al oído.
—Tan impaciente como siempre, señorita Katina. ¿Te cuento un secreto? Yo también. Pero la doctora Greene no tardará en llegar. —Se incorpora—. Deberías comer algo —me reprende moderadamente.
Se me enfría la sangre hasta ahora encendida. Madre mía, la visita médica. Lo había olvidado.
—Háblame de la doctora Greene —digo para distraernos a las dos.
—Es la mejor especialista en ginecología y obstetricia de Seattle. ¿Qué más puedo decir?
Se encoge de hombros.
—Pensaba que me iba a atender «tu» doctora. Y no me digas que en realidad eres un hombre, porque no te creo.
Me lanza una mirada de no digas chorradas.
—Creo que es preferible que te vea un especialista, ¿no? —me dice con suavidad.
Asiento. Madre mía, si de verdad es la mejor ginecóloga y la ha citado para que venga a verme en domingo, ¡a la hora de comer!, no quiero ni imaginarme la pasta que le habrá costado. Yulia frunce el ceño de pronto, como si hubiera recordado algo desagradable.
—Lena, a mi madre le gustaría que vinieras a cenar esta noche. Tengo entendido que Dimitri se lo va a pedir a Nastya también. No sé si te apetece. A mí se me hace raro presentarte a mi familia.
¿Raro? ¿Por qué?
—¿Te avergüenzas de mí? —digo sin poder disimular que estoy dolida.
—Por supuesto que no —contesta poniendo los ojos en blanco.
—¿Y por qué se te hace raro?
—Porque no lo he hecho nunca.
—¿Por qué tú si puedes poner los ojos en blanco y yo no?
Me mira extrañada.
—No me he dado cuenta de que lo hacía.
—Tampoco yo, por lo general —espeto.
Yulia me mira furiosa, estupefacta. Igor aparece en la puerta.
—Ha llegado la doctora Greene, señorita.
—Acompáñala a la habitación de la señorita Katina.
¡La habitación de la señorita Katina!
—¿Preparada para usar algún anticonceptivo? —me pregunta mientras se pone de pie y me tiende la mano.
—No irás a venir tú también, ¿no? —pregunto espantada.
Se echa a reír.
—Pagaría un buen dinero por mirar, créeme, Lena, pero no creo que a la doctora le pareciera bien.
Acepto la mano que me tiende, y Yulia tira de mí hacia ella y me besa apasionadamente. Me aferro a sus brazos, sorprendida. Me sostiene la cabeza con la mano hundida en mi pelo y me atrae hacia ella, pegando su frente a la mía.
—Cuánto me alegro de que hayas venido —susurra—. Estoy impaciente por desnudarte.

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Miér Mayo 25, 2016 12:38 am

18

La doctora Greene es alta y rubia y va impecable, vestida con un traje de chaqueta azul marino. Me recuerda a las mujeres que trabajan en la oficina de Yulia. Es como un modelo de retrato robot, otra rubia perfecta. Lleva la melena recogida en un elegante moño. Tendrá unos cuarenta y pocos.
—Señorita Volkova.
Estrecha la mano que le tiende Yulia.
—Gracias por venir habiéndola avisado con tan poca antelación —dice Yulia.
—Gracias a usted por compensármelo sobradamente, señorita Volkova. Señorita Katina.
Sonríe; su mirada es fría y observadora.
Nos damos la mano y enseguida sé que es una de esas mujeres que no soportan a la gente estúpida. Al igual que Nastya. Me cae bien de inmediato. Le dedica a Yulia una mirada significativa y, tras un instante incómodo, ella capta la indirecta.
—Estaré abajo —murmura, y sale de lo que va a ser mi dormitorio.
—Bueno, señorita Katina. La señorita Volkova me paga una pequeña fortuna para que la atienda. Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?

Tras un examen en profundidad y una larga charla, la doctora Greene y yo nos decidimos por la minipíldora. Me hace una receta previamente abonada y me indica que vaya a recoger las píldoras mañana. Me encanta su seriedad: me ha sermoneado hasta ponerse azul como su traje sobre la importancia de tomarla siempre a la misma hora. Y noto que se muere de curiosidad por saber qué «relación» tengo con la señorita Volkova. Yo no le doy detalles aunque por todo esto debo intuir que sabe de su secretito entre las piernas. No sé por qué intuyo que no estaría tan serena y relajada si hubiera visto el cuarto rojo del dolor. Me ruborizo al pasar por delante de su puerta cerrada y volvemos abajo, a la galería de arte que es el salón de Yulia.

Está leyendo, sentada en el sofá. Un aria conmovedora suena en el equipo de música, flotando alrededor de Yulia, envolviéndolo con sus notas, llenando la estancia de una melodía dulce y vibrante. Por un momento, parece serena. Se vuelve cuando entramos, nos mira y me sonríe cariñosa.

—¿Ya habéis terminado? —pregunta como si estuviera verdaderamente interesada.
Apunta el mando hacia la elegante caja blanca bajo la chimenea que alberga su iPod y la exquisita melodía se atenúa, pero sigue sonando de fondo. Se pone de pie y se acerca despacio.
—Sí, señorita Volkova. Cuídela; es una joven hermosa e inteligente.
Yulia se queda tan pasmada como yo. Qué comentario tan inapropiado para una doctora. ¿Acaso le está lanzando una advertencia no del todo sutil? Yulia se recompone.
—Eso me propongo —masculla ella, divertido.
La miro y me encojo de hombros, cortada.
—Le enviaré la factura —dice ella muy seca mientras le estrecha la mano.
Se vuelve hacia mí.
—Buenos días, y buena suerte, Lena.
Me sonríe mientras nos damos la mano, y se le forman unas arruguitas en torno a los ojos,
Surge Igor de la nada para conducirla por la puerta de doble hoja hasta el ascensor. ¿Cómo lo hace? ¿Dónde se esconde?
—¿Cómo ha ido? —pregunta Yulia.
—Bien, gracias. Me ha dicho que tengo que abstenerme de practicar cualquier tipo de actividad sexual durante las cuatro próximas semanas.
A Yulia se le descuelga la mandíbula y yo, que ya no puedo aguantarme más, le sonrío como una boba.
—¡Has picado!
Entrecierra los ojos y dejo de reír de inmediato. De hecho, parece bastante enfadada. Oh, mierda. Mi subconsciente se esconde en un rincón y yo, blanca como el papel, me la imagino tumbándome otra vez en sus rodillas.
—¡Has picado! —me dice, y sonríe satisfecha. Me agarra por la cintura y me estrecha contra su cuerpo—. Es usted incorregible, señorita Katina—murmura, mirándome a los ojos mientras me hunde los dedos en el pelo y me sostiene con firmeza.
Me besa, con fuerza, y yo me aferro a sus brazos para no caerme.
—Aunque me encantaría hacértelo aquí y ahora, tienes que comer, y yo también. No quiero que te me desmayes después —me dice a los labios.
—¿Solo me quieres por eso… por mi cuerpo? —susurro.
—Por eso y por tu lengua viperina —contesta.

Me besa apasionadamente, y luego me suelta de pronto, me coge de la mano y me lleva a la cocina. Estoy alucinando. Tan pronto estamos bromeando como… Me abanico la cara encendida. Yulia es puro sexo ambulante, y ahora tengo que recobrar el equilibrio y comer algo. El aria aún suena de fondo.

—¿Qué música es esta?
—Es una pieza de Villa-Lobos, de sus Bachianas Brasileiras. Buena, ¿verdad?
—Sí —musito, completamente de acuerdo.
La barra del desayuno está preparada para dos. Yulia saca un cuenco de ensalada del frigorífico.
—¿Te va bien una ensalada César?
Uf, nada pesado, menos mal.
—Sí, perfecto, gracias.
La veo moverse con elegancia por la cocina. Parece que se siente muy a gusto con su cuerpo, pero luego no quiere que la toquen, así que igual, en el fondo, no está tan a gusto. Todos necesitamos del prójimo… salvo, quizá, Yulia Volkova.
—¿En qué piensas? —dice, sacándome de mi ensimismamiento.
Me ruborizo.
—Observaba cómo te mueves.
Arquea una ceja, divertida.
—¿Y? —pregunta con sequedad.
Me ruborizo aún más.
—Eres muy elegante.
—Vaya, gracias, señorita Katina—murmura. Se sienta a mi lado con una botella de vino en la mano—. ¿Chablis?
—Por favor.
—Sírvete ensalada —dice en voz baja—. Dime, ¿por qué método has optado?
La pregunta me deja descolocada temporalmente, hasta que caigo en la cuenta de que me habla de la visita de la doctora Greene.
—La minipíldora.
Frunce el ceño.
—¿Y te acordarás de tomártela todos los días a la misma hora?
Maldita sea, pues claro que sí. ¿Cómo lo sabe? Me acaloro de pensarlo: probablemente de una o más de las quince.
—Ya te encargarás tú de recordármelo —espeto.
Me mira entre divertida y condescendiente.
—Me pondré una alarma en la agenda. —Sonríe satisfecha—. Come.
La ensalada César está deliciosa. Para mi sorpresa, estoy muerta de hambre y, por primera vez desde que hemos comido juntas, termino antes que ella. El vino tiene un sabor fresco, limpio y afrutado.
—¿Impaciente como de costumbre, señorita Katina? —sonríe mirando mi plato vacío.
La miro con los ojos entornados.
—Sí —susurro.
Se le entrecorta la respiración. Y, mientras me mira fijamente, noto que la atmósfera entre las dos va cambiando, evolucionando… se carga. Su mirada pasa de impenetrable a ardiente, y me arrastra consigo. Se levanta, reduciendo la distancia entre las dos, y me baja del taburete a sus brazos.
—¿Quieres hacerlo? —dice mirándome fijamente.
—No he firmado nada.
—Lo sé… pero últimamente te estás saltando todas las normas.
—¿Me vas a pegar?
—Sí, pero no para hacerte daño. Ahora mismo no quiero castigarte. Si te hubiera pillado anoche… bueno, eso habría sido otra historia.
Madre mía. Quiere hacerme daño… ¿y qué hago yo ahora? Me cuesta disimular el horror que me produce.
—Que nadie intente convencerte de otra cosa, Lena: una de las razones por las que la gente como yo hace esto es porque le gusta infligir o sentir dolor. Así de sencillo. A ti no, así que ayer dediqué un buen rato a pensar en todo esto.
Me arrima a su cuerpo y su erección me aprieta el vientre. Debería salir corriendo, pero no puedo. Me atrae a un nivel primario e insondable que no alcanzo a comprender.
—¿Llegaste a alguna conclusión? —susurro.
—No, y ahora mismo no quiero más que atarte y follarte hasta dejarte sin sentido. ¿Estás preparada para eso?
—Sí —digo mientras todo mi cuerpo se tensa al instante.
Uau…
—Bien. Vamos.

Me coge de la mano y, dejando todos los platos sucios en la barra de desayuno, nos dirigimos arriba.
Se me empieza a acelerar el corazón. Ya está. Lo voy a hacer de verdad. La diosa que llevo dentro da vueltas como una bailarina de fama mundial, encadenando piruetas. Yulia abre la puerta de su cuarto de juegos, se aparta para dejarme pasar y una vez más me encuentro en el cuarto rojo del dolor.
Sigue igual: huele a cuero, a pulimento de aroma cítrico y a madera noble, todo muy sensual. Me corre la sangre hirviendo por todo el organismo: adrenalina mezclada con lujuria y deseo. Un cóctel poderoso y embriagador. La actitud de Yulia ha cambiado por completo, ha ido variando paulatinamente, y ahora es más dura, más cruel. Me mira y veo sus ojos encendidos, lascivos… hipnóticos.
—Mientras estés aquí dentro, eres completamente mía —dice, despacio, midiendo cada palabra—. Harás lo que me apetezca. ¿Entendido?
Su mirada es tan intensa… Asiento, con la boca seca, con el corazón desbocado, como si se me fuera a salir del pecho.
—Quítate los zapatos —me ordena en voz baja.
Trago saliva y, algo torpemente, me los quito. Se agacha, los coge y los deja junto a la puerta.
—Bien. No titubees cuando te pido que hagas algo. Ahora te voy a quitar el vestido, algo que hace días que vengo queriendo hacer, si no me falla la memoria. Quiero que estés a gusto con tu cuerpo, Lena. Tienes un cuerpo que me gusta mirar. Es una gozada contemplarlo. De hecho, podría estar mirándolo todo el día, y quiero que te desinhibas y no te avergüences de tu desnudez. ¿Entendido?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Se inclina hacia mí con mirada feroz.
—Sí, señorita.
—¿Lo dices en serio? —espeta.
—Sí, señorita.
—Bien. Levanta los brazos por encima de la cabeza.

Hago lo que me pide y ella se agacha y agarra el bajo. Despacio, me sube el vestido por los muslos, las caderas, el vientre, los pechos, los hombros y la cabeza. Retrocede para examinarme y, con aire ausente, lo dobla sin quitarme el ojo de encima. Lo deja sobre la gran cómoda que hay junto a la puerta. Alarga la mano y me coge por la barbilla, abrasándome con su tacto.

—Te estás mordiendo el labio —dice—. Sabes cómo me pone eso —añade con voz ronca—. Date la vuelta.

Me doy la vuelta al momento, sin titubear. Me desabrocha el sujetador, coge los dos tirantes y tira de ellos hacia abajo, rozándome la piel con los dedos y con las uñas de los pulgares mientras me lo quita. El contacto me produce escalofríos y despierta todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Está detrás de mí, tan cerca que noto el calor que irradia de ella, y me calienta, me calienta entera. Me echa el pelo hacia atrás para que me caiga todo por la espalda, me coge un mechón de la nuca y me ladea la cabeza. Recorre con la nariz mi cuello descubierto, inhalando todo el tiempo, y luego asciende de nuevo a la oreja. Los músculos de mi vientre se contraen, impulsados por el deseo. Maldita sea, apenas me ha tocado y ya la deseo.

—Hueles tan divinamente como siempre, Lena —susurra al tiempo que me besa con suavidad debajo de la oreja.
Gimo.
—Calla —me dice—. No hagas ni un solo ruido.
Me recoge el pelo a la espalda y, para mi sorpresa, sus dedos rápidos y hábiles empiezan a hacerme una gruesa trenza. Cuando termina, me la sujeta con una goma que no había visto y le da un tirón, con lo que me veo obligada a echarme hacia atrás.
—Aquí dentro me gusta que lleves trenza —susurra.
Mmm… ¿por qué?
Me suelta el pelo.
—Date la vuelta —me ordena.
Hago lo que me manda, con la respiración agitada por una mezcla de miedo y deseo. Una mezcla embriagadora.

—Cuando te pida que entres aquí, vendrás así. Solo en braguitas. ¿Entendido?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Me mira furibunda.
—Sí, señorita.
Se dibuja una sonrisa en sus labios.
—Buena chica. —Sus ojos ardientes atraviesan los míos—. Cuando te pida que entres aquí, espero que te arrodilles allí. —Señala un punto junto a la puerta—. Hazlo.
Extrañada, proceso sus palabras, me doy la vuelta y, con torpeza, me arrodillo como me ha dicho.
—Te puedes sentar sobre los talones.
Me siento.
—Las manos y los brazos pegados a los muslos. Bien. Separa las rodillas. Más. Más. Perfecto. Mira al suelo.
Se acerca a mí y, en mi campo de visión, le veo los pies y las espinillas. Los pies descalzos. Si quiere que me acuerde de todo, debería dejarme tomar apuntes. Se agacha y me coge de la trenza otra vez, luego me echa la cabeza hacia atrás para que la mire. No duele por muy poco.
—¿Podrás recordar esta posición, Lena?
—Sí, señorita.
—Bien. Quédate ahí, no te muevas.

Sale del cuarto.
Estoy de rodillas, esperando. ¿Adónde habrá ido? ¿Qué me va a hacer? Pasa el tiempo. No tengo ni idea de cuánto tiempo me deja así… ¿unos minutos, cinco, diez? La respiración se me acelera cada vez más; la impaciencia me devora de dentro afuera.
De pronto vuelve, y súbitamente me noto más tranquila y más excitada, todo a la vez. ¿Podría estar más excitada? Le veo los pies. Se ha cambiado de vaqueros. Estos son más viejos, están rasgados, gastados, demasiado lavados. Madre mía, cómo me ponen estos vaqueros. Cierra la puerta y cuelga algo en ella.
—Buena chica, Lena. Estás preciosa así. Bien hecho. Ponte de pie.
Me levanto, pero sigo mirando al suelo.
—Me puedes mirar.
Alzo la vista tímidamente y veo que ella me está mirando fijamente, evaluándome, pero con una expresión tierna. Se ha quitado la camisa. Dios mío, quiero tocarla. Lleva desabrochado el botón superior de los vaqueros.
—Ahora voy a encadenarte, Lena. Dame la mano derecha.
Le doy la mano. Me vuelve la palma hacia arriba y, antes de que pueda darme cuenta, me golpea en el centro con una fusta que ni siquiera le había visto en la mano derecha. Sucede tan deprisa que apenas me sorprendo. Y lo que es más asombroso, no me duele. Bueno, no mucho, solo me escuece un poco.
—¿Cómo te ha sentado eso?
La miro confundida.
—Respóndeme.
—Bien.
Frunzo el ceño.
—No frunzas el ceño.
Extrañada, pruebo a mostrarme impasible. Funciona.
—¿Te ha dolido?
—No.
—Esto te va a doler. ¿Entendido?
—Sí —digo vacilante.
¿De verdad me va a doler?
—Va en serio —me dice.
Maldita sea. Apenas puedo respirar. ¿Acaso sabe lo que pienso? Me enseña la fusta. Marrón, de cuero trenzado. La miro de pronto y veo deseo en sus ojos brillantes, deseo y una pizca de diversión.
—Nos proponemos complacer, señorita Katina —murmura—. Ven.
Me coge del codo y me coloca debajo de la rejilla. Alarga la mano y baja unos grilletes con muñequeras de cuero negro.
—Esta rejilla está pensada para que los grilletes se muevan a través de ella.
Levanto la vista. Madre mía, es como un plano del metro.

—Vamos a empezar aquí, pero quiero follarte de pie, así que terminaremos en aquella pared.
Señala con la fusta la gran X de madera de la pared.
—Ponte las manos por encima de la cabeza.

La complazco inmediatamente, con la sensación de que abandono mi cuerpo y me convierto en una observadora ocasional de los acontecimientos que se desarrollan a mi alrededor. Esto es mucho más que fascinante, mucho más que erótico. Es con mucho lo más excitante y espeluznante que he hecho nunca. Me estoy poniendo en manos de una mujer hermosa que, según ella misma me ha confesado, está jodida de cincuenta mil formas. Trato de contener el momentáneo espasmo de miedo. Nastya y Dimitri saben que estoy aquí.
Mientras me ata las muñequeras, se sitúa muy cerca. Tengo sus senos pegado a la cara. Su proximidad es deliciosa. Huele a gel corporal y a Yulia, una mezcla embriagadora, y eso me vuelve a traer al presente. Quiero pasear la nariz y la lengua por ese suave pecho. Bastaría con que me inclinara hacia delante…
Retrocede y me mira, con ojos entornados, lascivos, carnales, y yo me siento impotente, con las manos atadas, pero al contemplar su hermoso rostro y percibir lo mucho que me desea, noto que se me humedece la entrepierna. Camina despacio a mi alrededor.

—Está fabulosa atada así, señorita Katina. Y con esa lengua viperina quieta de momento. Me gusta.

De pie delante de mí, me mete los dedos por las bragas y, sin ninguna prisa, me las baja por las piernas, quitándomelas angustiosamente despacio, hasta que termina arrodillada delante de mí. Sin quitarme los ojos de encima, estruja mis bragas en su mano, se las lleva a la nariz e inhala hondo. Dios mío, ¿en serio ha hecho eso? Me sonríe perversamente y se las mete en el bolsillo de los vaqueros.
Se levanta despacio, como un guepardo, me apunta al ombligo con el extremo de la fusta y va describiendo círculos, provocándome. Al contacto con el cuero, me estremezco y gimo. Vuelve a caminar a mi alrededor, arrastrando la fusta por mi cintura. En la segunda vuelta, de pronto la sacude y me azota por debajo del trasero… en el sexo. Grito de sorpresa y todas mis terminaciones nerviosas se ponen alerta. Tiro de las ataduras. La conmoción me recorre entera, y es una sensación de lo más dulce, extraña y placentera.

—Calla —me susurra mientras camina a mi alrededor otra vez, con la fusta algo más alta recorriendo mi cintura.
Esta vez, cuando me atiza en el mismo sitio, lo espero. Todo mi cuerpo se sacude por el azote dolorosamente dulce.
Mientras da vueltas a mi alrededor, me atiza de nuevo, esta vez en el pezón, y yo echo la cabeza hacia atrás ante el zumbido de mis terminaciones nerviosas. Me da en el otro: un castigo breve, rápido y dulce. Su ataque me endurece y alarga los pezones, y gimo ruidosamente, tirando de las muñequeras de cuero.
—¿Te gusta esto? —me dice.
—Sí.
Me vuelve a azotar en el culo. Esta vez me duele.
—Sí, ¿qué?
—Sí, señorita —gimoteo.
Se detiene, pero ya no la veo. Tengo los ojos cerrados, intentando digerir la multitud de sensaciones que recorren mi cuerpo. Muy despacio, me rocía de pequeños picotazos con la fusta por el vientre, hacia abajo. Sé adónde se dirige y trato de mentalizarme, pero cuando me atiza en el clítoris, grito con fuerza.
—¡Por favor! —gruño.
—Calla —me ordena, y me vuelve a dar en el trasero.
No esperaba que esto fuera así… Estoy perdida. Perdida en un mar de sensaciones. De pronto arrastra la fusta por mi sexo, entre el vello púbico, hasta la entrada de la vagina.
—Mira lo húmeda que te ha puesto esto, Lena. Abre los ojos y la boca.
Hago lo que me dice, completamente seducida. Me mete la punta de la fusta en la boca, como en mi sueño. Madre mía.
—Mira cómo sabes. Chupa. Chupa fuerte, nena.
Cierro la boca alrededor de la fusta y la miro fijamente. Noto el fuerte sabor del cuero y el sabor salado de mis fluidos. Le centellean los ojos. Está en su elemento.
Me saca la fusta de la boca, se inclina hacia delante, me agarra y me besa con fuerza, invadiéndome la boca con su lengua. Me rodea con los brazos y me estrecha contra su cuerpo. Su pecho aprisiona el mío y yo me muero de ganas por tocar, pero con las manos atadas por encima de la cabeza, no puedo.
—Oh, Lena, sabes fenomenal —me dice—. ¿Hago que te corras?
—Por favor —le suplico.
La fusta me sacude el trasero. ¡Au!
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, señorita —gimoteo.
Me sonríe, triunfante.
—¿Con esto?
Sostiene en alto la fusta para que pueda verla.
—Sí, señorita.
—¿Estás segura?
Me mira muy seria.
—Sí, por favor, señorita.
—Cierra los ojos.

Cierro los ojos al cuarto, a ella, a la fusta. De nuevo empieza a soltarme picotazos con la fusta en el vientre. Desciende, golpecitos suaves en el clítoris, una, dos, tres veces, una y otra vez, hasta que al final… ya, no aguanto más, y me corro, de forma espectacular, escandalosa, encorvándome debilitada. Las piernas me flaquean y ella me rodea con sus brazos. Me disuelvo en ellos, apoyando la cabeza en su pecho, maullando y gimoteando mientras las réplicas del orgasmo me consumen. Me levanta, y de pronto nos movemos, mis brazos aún atados por encima de la cabeza, y entonces noto la fría madera de la cruz barnizada contra mi espalda, y ella se está desabrochando los botones de los vaqueros. Me apoya un instante en la cruz mientras se pone un condón, luego me coge por los muslos y me levanta otra vez.

—Levanta las piernas, nena, enróscamelas en la cintura.

Me siento muy débil, pero hago lo que me dice mientras ella me engancha las piernas a sus caderas y se sitúa debajo de mí. Con una fuerte embestida me penetra, y vuelvo a gritar y ella suelta un gemido ahogado en mi oído. Mis brazos descansan en sus hombros mientras entra y sale. Dios, llega mucho más adentro de esta forma. Noto que vuelvo a acercarme al clímax. Maldita sea, no… otra vez, no… no creo que mi cuerpo soporte otro orgasmo de esa magnitud. Pero no tengo elección… y con una inevitabilidad que empieza a resultarme familiar, me dejo llevar y vuelvo a correrme, y resulta placentero, agonizante, intenso. Pierdo por completo la conciencia de mí misma. Yulia me sigue y, mientras se corre, grita con los dientes apretados y se abraza a mí con fuerza.
Me la saca rápidamente y me apoya contra la cruz, su cuerpo sosteniendo el mío. Desabrocha las muñequeras, me suelta las manos y las dos nos desplomamos en el suelo. Me atrae a su regazo, meciéndome, y apoyo la cabeza en su pecho. Si tuviera fuerzas la acariciaría, pero no las tengo. Solo ahora me doy cuenta de que aún lleva los vaqueros puestos.

—Muy bien, nena —murmura—. ¿Te ha dolido?
—No —digo.
Apenas puedo mantener los ojos abiertos. ¿Por qué estoy tan cansada?
—¿Esperabas que te doliera? —susurra mientras me estrecha en sus brazos, apartándome de la cara unos mechones de pelo sueltos.
—Sí.
—¿Lo ves, Lena? Casi todo tu miedo está solo en tu cabeza. —Hace una pausa—. ¿Lo harías otra vez?
Medito un instante, la fatiga nublándome el pensamiento… ¿Otra vez?
—Sí —le digo en voz baja.
Me abraza con fuerza.
—Bien. Yo también —musita, luego se inclina y me besa con ternura en la nuca—. Y aún no he terminado contigo.

Que aún no ha terminado conmigo. Madre mía. Yo no aguanto más. Me encuentro agotada y hago un esfuerzo sobrehumano por no dormirme. Descanso en su pecho con los ojos cerrados, y ella me envuelve toda, con brazos y piernas, y me siento… segura, y a gusto. ¿Me dejará dormir, acaso soñar? Tuerzo la boca ante semejante idea y, volviendo la cara hacia el pecho de Yulia, inhalo su aroma único y la acaricio con la nariz, pero ella se tensa de inmediato… oh, mierda. Abro los ojos y la miro. Ella me está mirando fijamente.

—No hagas eso —me advierte.
Me sonrojo y vuelvo a mirarle el pecho con anhelo. Quiero pasarle la lengua, besarla y, por primera vez, me doy cuenta de que tiene algunas tenues cicatrices pequeñas y redondas, esparcidas por el pecho. ¿Varicela? ¿Sarampión?, pienso distraídamente.
—Arrodíllate junto a la puerta —me ordena mientras se incorpora, apoyando las manos en mis rodillas y liberándome del todo.

Siento frío de pronto; la temperatura de su voz ha descendido varios grados.
Me levanto torpemente, me escabullo hacia la puerta y me arrodillo como me ha ordenado. Me noto floja, exhausta y tremendamente confundida. ¿Quién iba a pensar que encontraría semejante gratificación en este cuarto? ¿Quién iba a pensar que resultaría tan agotador? Siento todo mi cuerpo saciado, deliciosamente pesado. La diosa que llevo dentro tiene puesto un cartel de NO MOLESTAR en la puerta de su cuarto.
Yulia se mueve por la periferia de mi campo de visión. Se me empiezan a cerrar los ojos.

—La aburro, ¿verdad, señorita Katina?
Me despierto de golpe y tengo a Yulia delante, de brazos cruzados, mirándome furiosa. Mierda, me ha pillado echando una cabezadita; esto no va a terminar bien. Su mirada se suaviza cuando la miro.
—Levántate —me ordena.
Me pongo en pie con cautela. Me mira y esboza una sonrisa.
—Estás destrozada, ¿verdad?
Asiento tímidamente, ruborizándome.
—Aguante, señorita Katina. —Frunce los ojos—. Yo aún no he tenido bastante de ti. Pon las manos al frente como si estuvieras rezando.
La miro extrañada. ¡Rezando! Rezando para que tengas compasión de mí. Hago lo que me pide. Coge una brida para cables y me sujeta las muñecas con ella, apretando el plástico. Madre mía. La miro de pronto.
—¿Te resulta familiar? —pregunta sin poder ocultar la sonrisa.
Dios… las bridas de plástico para cables. ¡Aprovisionándose en Clayton’s! Ahogo un gemido y la adrenalina me recorre de nuevo el cuerpo entero; ha conseguido llamar mi atención, ya estoy despierta.
—Tengo unas tijeras aquí. —Las sostiene en alto para que yo las vea—. Te las puedo cortar en un segundo.
Intento separar las muñecas, poniendo a prueba la atadura y, al hacerlo, se me clava el plástico en la piel. Resulta doloroso, pero si me relajo mis muñecas están bien; la atadura no me corta la piel.
—Ven.
Me coge de las manos y me lleva a la cama de cuatro postes. Me doy cuenta ahora de que tiene puestas sábanas de un rojo oscuro y un grillete en cada esquina.
—Quiero más… muchísimo más —me susurra al oído.
Y el corazón se me vuelve a acelerar. Madre mía.
—Pero seré rápido. Estás cansada. Agárrate al poste —dice.
Frunzo el ceño. ¿No va a ser en la cama entonces? Al agarrarme al poste de madera labrado, descubro que puedo separar las manos.

—Más abajo —me ordena—. Bien. No te sueltes. Si lo haces, te azotaré. ¿Entendido?
—Sí, señorita.
—Bien.
Se sitúa detrás de mí y me agarra por las caderas, y entonces, rápidamente, me levanta hacia atrás, de modo que me encuentro inclinada hacia delante, agarrada al poste.
—No te sueltes, Lena —me advierte—. Te voy a follar duro por detrás. Sujétate bien al poste para no perder el equilibrio. ¿Entendido?
—Sí.
Me azota en el culo con la mano abierta. Au… Duele.
—Sí, señorita —musito enseguida.
—Separa las piernas. —Me mete una pierna entre las mías y, agarrándome de las caderas, empuja mi pierna derecha a un lado—. Eso está mejor. Después de esto, te dejaré dormir.
¿Dormir? Estoy jadeando. No pienso en dormir ahora. Levanta la mano y me acaricia suavemente la espalda.
—Tienes una piel preciosa, Lena —susurra e, inclinándose, me riega de suaves y ligerísimos besos la columna.

Al mismo tiempo, pasa las manos por delante, me palpa los pechos, me agarra los pezones entre los dedos y me los pellizca suavemente.
Contengo un gemido y noto que mi cuerpo entero reacciona, revive una vez más para ella.
Me mordisquea y me chupa la cintura, sin dejar de pellizcarme los pezones, y mis manos aprietan con fuerza el poste exquisitamente tallado. Aparta las manos y la oigo rasgar una vez más el envoltorio del condón y quitarse los vaqueros de una patada.

—Tienes un culo muy sexy y cautivador, Lena Katina. La de cosas que me gustaría hacerle. —Acaricia y moldea cada una de mis nalgas, luego sus manos se deslizan hacia abajo y me mete dos dedos—. Qué húmeda… Nunca me decepciona, señorita Katina —susurra, y percibo fascinación en su voz—. Agárrate fuerte… esto va a ser rápido, nena.
Me sujeta las caderas y se sitúa, y yo me preparo para la embestida, pero entonces alarga la mano y me agarra la trenza casi por el extremo y se la enrosca en la muñeca hasta llegar a mi nuca, sosteniéndome la cabeza. Muy despacio, me penetra, tirándome a la vez del pelo… Ay, hasta el fondo. La saca muy despacio, y con la otra mano me agarra por la cadera, sujetando fuerte, y luego entra de golpe, empujándome hacia delante.

—¡Aguanta, Lena! —me grita con los dientes apretados.

Me agarro más fuerte al poste y me pego a su cuerpo todo lo que puedo mientras continúa su despiadada arremetida, una y otra vez, clavándome los dedos en la cadera. Me duelen los brazos, me tiemblan las piernas, me escuece el cuero cabelludo de los tirones… y noto que nace de nuevo esa sensación en lo más hondo de mi ser. Oh, no… y por primera vez, temo el orgasmo… si me corro… me voy a desplomar. Yulia sigue embistiendo contra mí, dentro de mí, con la respiración entrecortada, gimiendo, gruñendo. Mi cuerpo responde… ¿cómo? Noto que se acelera. Pero, de pronto, tras metérmela hasta el fondo, Yulia se detiene.

—Vamos, Lena, dámelo —gruñe y, al oírla decir mi nombre, pierdo el control y me vuelvo toda cuerpo y torbellino de sensaciones y dulce, muy dulce liberación, y después pierdo total y absolutamente la conciencia.

Cuando recupero el sentido, estoy tumbada encima de ella. Ella está en el suelo y yo encima de ella, con la espalda pegada a su pecho, y miro al techo, en un estado de glorioso poscoito, espléndida, destrozada. Ah, los mosquetones, pienso distraída; me había olvidado de ellos.

—Levanta las manos —me dice en voz baja.
Me pesan los brazos como si fueran de plomo, pero los levanto. Abre las tijeras y pasa una hoja por debajo del plástico.
—Declaro inaugurada esta Lena —dice, y corta el plástico.
Río como una boba y me froto las muñecas al fin libres. Noto que sonríe.
—Qué sonido tan hermoso —dice melancólica.
Se incorpora levantándome con ella, de forma que una vez más me encuentro sentada en su regazo.
—Eso es culpa mía —dice, y me empuja suavemente para poder masajearme los hombros y los brazos.
Con delicadeza, me ayuda a recuperar un poco la movilidad.
¿El qué?
Me vuelvo a mirarla, intentando entender a qué se refiere.
—Que no rías más a menudo.
—No soy muy risueña —susurro adormecida.
—Oh, pero cuando ocurre, señorita Katina, es una maravilla y un deleite contemplarlo.
—Muy florido, señorita Volkova —murmuro, procurando mantener los ojos abiertos.
Su mirada se hace más tierna, y sonríe.
—Parece que te han follado bien y te hace falta dormir.
—Eso no es nada florido —protesto en broma.
Sonríe y, con cuidado, me levanta de encima de ella y se pone de pie, espléndidamente desnuda. Por un instante, deseo estar más despierta para apreciarla de verdad. Coge los vaqueros y se los pone a pelo.
—No quiero asustar a Igor, ni tampoco a la señora Jones —masculla.

Mmm… ya deben de saber que es una cabrona pervertida. La idea me preocupa.
Se agacha para ayudarme a ponerme en pie y me lleva hasta la puerta, de la que cuelga una bata de suave acolchado gris. Me viste pacientemente como si fuera una niña. No tengo fuerzas para levantar los brazos. Cuando estoy tapada y decente, se inclina y me da un suave beso, y en sus labios se dibuja una sonrisa.

—A la cama —dice.
Oh… no…
—Para dormir —añade tranquilizador al ver mi expresión.

De repente, me coge en brazos y, acurrucada contra su pecho, me lleva a la habitación del pasillo donde esta mañana me ha examinado la doctora Greene. La cabeza me cuelga lánguidamente contra su torso. Estoy agotada. No recuerdo haber estado nunca tan cansada. Retira el edredón y me tumba y, lo que es aún más asombroso, se mete en la cama conmigo y me estrecha entre sus brazos.

—Duerme, preciosa —me susurra, y me besa el pelo.

Y, antes de que me dé tiempo a hacer algún comentario ingenioso, estoy dormida.
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por Aleinads el Miér Mayo 25, 2016 1:46 pm

Para que firmar nada si ya caíste redondita Lena, y Yulia rompiendo tantas reglas por ti... Esto esta cada vez mas caliente
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La firma

Mensaje por Zanini-volk el Miér Mayo 25, 2016 3:12 pm

Jajajjajja lena preocupadisima de firmar

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Mayo 27, 2016 10:09 pm

19

Unos labios tiernos me acarician la sien, dejando un reguero de besitos a su paso, y en el fondo quiero volverme y responder, pero sobre todo quiero seguir dormida. Gimo y me refugio debajo de la almohada.

—Lena, despierta —me dice Yulia en voz baja, zalamera.
—No —gimoteo.
—En media hora tenemos que irnos a cenar a casa de mis padres —añade divertida.
Abro los ojos a regañadientes. Fuera ya es de noche. Yulia está inclinada sobre mí, mirándome fijamente.
—Vamos, bella durmiente. Levanta. —Se agacha y me besa de nuevo—. Te he traído algo de beber. Estaré abajo. No vuelvas a dormirte o te meterás en un lío —me amenaza, pero en un tono moderado.

Me da otro besito y se va, y me deja intentando abrir del todo los ojos en la fría y oscura habitación.
Estoy despejada, pero de pronto me pongo nerviosa. Madre mía, ¡voy a conocer a sus padres! Hace nada me estaba atizando con una fusta y me tenía atada con unas bridas para cables que yo misma le vendí, por el amor de Dios… y ahora voy a conocer a sus padres. Será la primera vez que Nastya los vea también; al menos ella estará allí… qué alivio. Giro los hombros. Los tengo rígidos. Su insistencia en que tenga un entrenador personal ya no me parece tan disparatada; de hecho, va a ser imprescindible si quiero albergar la menor esperanza de seguir su ritmo.
Salgo despacio de la cama y observo que mi vestido cuelga fuera del armario y mi sujetador está en la silla. ¿Dónde tengo las bragas? Miro debajo de la silla. Nada. Entonces me acuerdo de que se las metió en el bolsillo de los vaqueros. El recuerdo me ruboriza: después de que ella… me cuesta incluso pensar en ello; de que ella fuera tan… bárbara. Frunzo el ceño. ¿Por qué no me ha devuelto las bragas?
Me meto en el baño, desconcertada por la ausencia de ropa interior. Mientras me seco después de una gozosa pero brevísima ducha, caigo en la cuenta de que lo ha hecho a propósito. Quiere que pase vergüenza teniendo que pedirle que me devuelva las bragas, y poder decirme que sí o que no. La diosa que llevo dentro me sonríe. Dios… yo también puedo jugar a ese juego. Decido en ese mismo instante que no se las voy a pedir, que no voy a darle esa satisfacción; iré a conocer a sus padres sans culottes. ¡Lena Katina!, me reprende mi subconsciente, pero no le hago ni caso; casi me abrazo de alegría porque sé que eso la va a desquiciar.
De nuevo en el dormitorio, me pongo el sujetador, me pongo el vestido y me encaramo en mis zapatos. Me deshago la trenza y me cepillo el pelo rápidamente, luego le echo un vistazo a la bebida que me ha traído. Es de color rosa pálido. ¿Qué será? Zumo de arándanos con gaseosa. Mmm… está deliciosa y sacia mi sed.
Vuelvo corriendo al baño y me miro en el espejo: ojos brillantes, mejillas ligeramente sonrosadas, sonrisa algo pícara por mi plan de las bragas. Me dirijo abajo. Quince minutos. No está nada mal, Lena.

Yulia está de pie delante del ventanal, vestida con esos pantalones de franela gris que me encantan, esos que le caen de una forma tan increíblemente sexy, y, por supuesto, una camisa de lino blanco. ¿No tiene nada de otros colores? Frank Sinatra canta suavemente por los altavoces del sistema sonido surround.
Se vuelve y me sonríe cuando entro. Me mira expectante.

—Hola —digo en voz baja, y mi sonrisa de esfinge se encuentra con la suya.
—Hola —contesta—. ¿Cómo te encuentras?
Le brillan los ojos de regocijo.
—Bien, gracias. ¿Y tú?
—Fenomenal, señorita Katina.
Es obvio que espera que le diga algo.
—Frank. Jamás te habría tomado por fan de Sinatra.
Me mira arqueando las cejas, pensativa.
—Soy ecléctica, señorita Katina —musita, y se acerca a mí como una pantera hasta que la tengo delante, con una mirada tan intensa que me deja sin aliento.
Frank empieza de nuevo a cantar… un tema antiguo, uno de los favoritos de Sergey: «Witchcraft». Yulia pasea despacio las yemas de los dedos por mi mejilla, y la sensación me recorre el cuerpo entero hasta llegar ahí abajo.
—Baila conmigo —susurra con voz ronca.

Se saca el mando del bolsillo, sube el volumen y me tiende la mano, sus ojos azules prometedores, apasionados, risueños. Resulta absolutamente cautivadora, y me tiene embrujada. Poso mi mano en la suya. Me dedica una sonrisa indolente y me atrae hacia ella, pasándome la mano por la cintura.
Le pongo la mano libre en el hombro y le sonrío, contagiada de su ánimo juguetón. Empieza a mecerse, y allá vamos. Uau, sí que baila bien. Recorremos el salón entero, del ventanal a la cocina y vuelta al salón, girando y cambiando de rumbo al ritmo de la música. Me resulta tan fácil seguirla…
Nos deslizamos alrededor de la mesa del comedor hasta el piano, adelante y atrás frente a la pared de cristal, con Seattle centelleando allá fuera, como el fondo oscuro y mágico de nuestro baile. No puedo controlar mi risa alegre. Cuando la canción termina, me sonríe.

—No hay bruja más linda que tú —murmura, y me da un tierno beso—. Vaya, esto ha devuelto el color a sus mejillas, señorita Katina. Gracias por el baile. ¿Vamos a conocer a mis padres?
—De nada, y sí, estoy impaciente por conocerlos —contesto sin aliento.
—¿Tienes todo lo que necesitas?
—Sí, sí —respondo con dulzura.
—¿Estás segura?
Asiento con todo el desenfado del que soy capaz bajo su intenso y risueño escrutinio. Se dibuja en su rostro una enorme sonrisa y niega con la cabeza.
—Muy bien. Si así es como quiere jugar, señorita Katina.

Me toma de la mano, coge su chaqueta, colgada de uno de los taburetes de la barra, y me conduce por el vestíbulo hasta el ascensor. Ah, las múltiples caras de Yulia Volkova… ¿Seré algún día capaz de entender a esta mujer tan voluble?
La miro de reojo en el ascensor. Algo le hace gracia: un esbozo de sonrisa coquetea en su preciosa boca. Temo que sea a mi costa. ¿Cómo se me ha ocurrido? Voy a ver a sus padres y no llevo ropa interior. Mi subconsciente me pone una inútil cara de «Te lo dije». En la relativa seguridad de su casa, me parecía una idea divertida, provocadora. Ahora casi estoy en la calle… ¡sin bragas! Me mira de reojo, y ahí está, la corriente creciendo entre los dos. Desaparece la expresión risueña de su rostro y su semblante se nubla, sus ojos se oscurecen… oh, Dios.
Las puertas del ascensor se abren en la planta baja. Yulia menea apenas la cabeza, como para librarse de sus pensamientos y, como buena dama, me cede el paso. ¿A quién quiere engañar? No es precisamente una dama. Tiene mis bragas.
Igor se acerca en el Audi grande. Yulia me abre la puerta de atrás y yo entro con toda la elegancia de la que soy capaz, teniendo presente que voy sin bragas como una cualquiera. Doy gracias por que el vestido de Nastya sea tan ceñido y me llegue hasta las rodillas.
Cogemos la interestatal 5 a toda velocidad, las dos en silencio, sin duda cohibidas por la presencia de Igor en el asiento del piloto. El estado de ánimo de Yulia es casi tangible y parece cambiar; su buen humor se disipa poco a poco cuando tomamos rumbo al norte. La veo pensativa, mirando por la ventanilla, y soy consciente de que se aleja de mí. ¿Qué estará pensando? No se lo puedo preguntar. ¿Qué puedo decir delante de Igor?
—¿Dónde has aprendido a bailar? —inquiero tímidamente.
Se vuelve a mirarme, su expresión indescifrable bajo la luz intermitente de las farolas que vamos dejando atrás.
—¿En serio quieres saberlo? —me responde en voz baja.
Se me cae el alma al suelo. Ya no quiero saberlo, porque me lo puedo imaginar.
—Sí —susurro a regañadientes.
—A la señora Robinson le gustaba bailar.
Vaya, mis peores sospechas se confirman. Ella la enseñó, y la idea me deprime: yo no puedo enseñarle nada. No tengo ninguna habilidad especial.
—Debía de ser muy buena maestra.
—Lo era.

Siento que me pica el cuero cabelludo. ¿Se llevó lo mejor de ella? ¿Antes de que se volviera tan cerrada? ¿O consiguió sacarla de su ostracismo? Tiene un lado tan divertida y traviesa… Sonrío sin querer al recordarme en sus brazos mientras me llevaba dando vueltas por el salón, tan inesperadamente, con mis bragas guardadas en algún sitio.
Y luego está el cuarto rojo del dolor. Me froto las muñecas pensativa… es el resultado de que te hayan atado las manos con una fina cinta de plástico. Ella le enseñó todo eso también, o lo estropeó, dependiendo del punto de vista. O quizá habría llegado a ser como es a pesar de la señora R. En ese instante me doy cuenta de que la odio. Espero no conocerla nunca, porque, de hacerlo, no soy responsable de mis actos. No recuerdo haber sentido nunca semejante animadversión por nadie, y menos por alguien a quien no conozco. Mirando sin ver por la ventanilla, alimento mi rabia y mis celos irracionales.
Mi pensamiento vuelve a centrarse en esta tarde. Teniendo en cuenta cuáles creo que son sus preferencias, me parece que ha sido benévola conmigo. ¿Estaría dispuesta a hacerlo otra vez? No voy a fingir remilgos que no siento. Pues claro que lo haría, si ella me lo pidiera… siempre que no me haga daño y sea la única forma de estar con ella.
Eso es lo importante. Quiero estar con ella. La diosa que llevo dentro suspira de alivio. Llego a la conclusión de que rara vez usa la cabeza para pensar, sino más bien otra parte esencial de su anatomía, que últimamente anda bastante expuesta.

—No lo hagas —murmura.
Frunzo el ceño y me vuelvo hacia ella.
—¿Que no haga el qué?
No la he tocado.
—No les des tantas vueltas a las cosas, Lena. —Alarga el brazo, me coge la mano, se la lleva a los labios y me besa los nudillos con suavidad—. Lo he pasado estupendamente esta tarde. Gracias.
Y ya ha vuelto a mí otra vez. La miro extrañada y sonrío tímidamente. Me confunde. Le pregunto algo que me ha estado intrigando.
—¿Por qué has usado una brida?
Me sonríe.
—Es rápido, es fácil y es una sensación y una experiencia distinta para ti. Sé que parece bastante brutal, pero me gusta que las sujeciones sean así. —Sonríe levemente—. Lo más eficaz para evitar que te muevas.
Me sonrojo y miro nerviosa a Igor, que se muestra impasible, con los ojos en la carretera. ¿Qué se supone que debo decir a eso? Yulia se encoge de hombros con gesto inocente.
—Forma parte de mi mundo, Lena.

Me aprieta la mano, me suelta, y vuelve a mirar por la ventana.
Su mundo, claro, al que yo quiero pertenecer, pero ¿con sus condiciones? Pues no lo sé. No ha vuelto a mencionar ese maldito contrato. Mis reflexiones íntimas no me animan mucho. Miro por la ventanilla y el paisaje ha cambiado. Cruzamos uno de los puentes, rodeados de una profunda oscuridad. La noche sombría refleja mi estado de ánimo introspectivo, cercándome, asfixiándome.
Miro un instante a Yulia, y veo que me está mirando.

—¿Un dólar por tus pensamientos? —dice.
Suspiro y frunzo el ceño.
—¿Tan malos son? —dice.
—Ojalá supiera lo que piensas tú.
Sonríe.
—Lo mismo digo, nena —susurra mientras Igor nos adentra a toda velocidad en la noche con rumbo a Bellevue.
Son casi las ocho cuando el Audi gira por el camino de entrada a una gran mansión de estilo colonial. Impresionante, hasta las rosas que rodean la puerta. De libro ilustrado.
—¿Estás preparada para esto? —me pregunta Yulia mientras Igor se detiene delante de la imponente puerta principal.
Asiento con la cabeza y ella me aprieta la mano otra vez para tranquilizarme.
—También es la primera vez para mí —susurra, y sonríe maliciosamente—. Apuesto a que ahora te gustaría llevar tu ropita interior —dice, provocadora.

Me ruborizo. Me había olvidado de que no llevo bragas. Por suerte, Igor ha salido del coche para abrirme la puerta y no ha podido oír nada de esto. Miro ceñuda a Yulia, que sonríe de oreja a oreja mientras yo me vuelvo y salgo del coche.
La doctora Larissa Volkova nos espera en la puerta. Lleva un vestido de seda azul claro que le da un aire elegante y sofisticado. Detrás de ella está el señor Volkov, supongo, alto, rubio y tan guapo a su manera como Yulia.
—Lena, ya conoces a mi madre, Larissa. Este es mi padre, Oleg.
—Señor Volkov, es un placer conocerlo.
Sonrío y le estrecho la mano que me tiende.
—El placer es todo mío, Elena.
—Por favor, llámeme Lena.
Sus ojos azules son dulces y afables.
—Lena, cuánto me alegro de volver a verte. —Larissa me envuelve en un cálido abrazo—. Pasa, querida.
—¿Ya ha llegado? —oigo gritar desde dentro de la casa.
Miro nerviosa a Yulia.
—Esa es Irina, mi hermana pequeña —dice en tono casi irritada, pero no lo suficiente.
Cierto afecto subyace bajo sus palabras; se le suaviza la voz y le chispean los ojos al pronunciar su nombre. Es obvio que Yulia la adora. Un gran descubrimiento. Y ella llega arrasando por el pasillo, con su pelo rubio como el sol, alta y curvilínea. Debe de ser de mi edad.
—¡Elena! He oído hablar tanto de ti…
Me abraza fuerte.
Madre mía. No puedo evitar sonreír ante su desbordante entusiasmo.
—Lena, por favor —murmuro mientras me arrastra al enorme vestíbulo.
Todo son suelos de maderas nobles y alfombras antiquísimas, con una escalera de caracol que lleva al segundo piso.
—Yulia nunca ha traído a una chica a casa —dice Irina, y sus ojos azules brillan de emoción.
Veo que Yulia pone los ojos en blanco y arqueo una ceja. Ella me mira risueña.
—Irina, cálmate —la reprende Larissa discretamente—. Hola, cariño —dice mientras besa a Yulia en ambas mejillas.

Ella le sonríe cariñosa y luego le estrecha la mano a su padre.
Nos dirigimos todos al salón. Irina no me ha soltado la mano. La estancia es espaciosa, decorada con gusto en tonos crema, marrón y azul claro, cómoda, discreta y con mucho estilo. Nastya y Dimitri están acurrucados en un sofá, con sendas copas de champán en la mano. Nastya se levanta como un resorte para abrazarme e Irina por fin me suelta la mano.
—¡Hola, Lena! —Sonríe—. Yulia —le saluda, con un gesto cortés de la cabeza.
—Nastya —la saluda Yulia igual de formal.

Frunzo el ceño ante este intercambio. Dimitri me abraza con efusión. ¿Qué es esto, «la semana de abrazar a Lena»? No estoy acostumbrada a semejantes despliegues de afecto. Yulia se sitúa a mi lado y me pasa el brazo por la cintura. Me pone la mano en la cadera y, extendiendo los dedos, me atrae hacia sí. Todos nos miran. Me incomoda.

—¿Algo de beber? —El señor Volkov parece recuperarse—. ¿Prosecco?
—Por favor —decimos Yulia y yo al unísono.
Uf… qué raro ha quedado esto. Irina aplaude.
—Pero si hasta decís las mismas cosas. Ya voy yo.
Y sale disparada de la habitación.
Me pongo como un tomate y, al ver a Nastya sentada con Dimitri, se me ocurre de pronto que la única razón por la que Yulia me ha invitado es porque Nastya está aquí. Probablemente Dimitri le preguntara a Nastya con ilusión y naturalidad si quería conocer a sus padres. Yulia se vio atrapada, consciente de que me enteraría por Nastya. La idea me enfurece. Se ha visto obligada a invitarme. El pensamiento me resulta triste y deprimente. Mi subconsciente asiente, sabia, con cara de «por fin te has dado cuenta, boba».

—La cena está casi lista —dice Larissa saliendo de la habitación detrás de Irina.
Yulia me mira y frunce el ceño.
—Siéntate —me ordena, señalándome el sofá mullido, y yo hago lo que me pide, cruzando con cuidado las piernas.
Ella se sienta a mi lado pero no me toca.
—Estábamos hablando de las vacaciones, Lena —me dice amablemente el señor Volkov—. Dimitri ha decidido irse con Nastya y su familia a Barbados una semana.
Miro a Nastya y ella sonríe, con los ojos brillantes y muy abiertos. Está encantada. ¡Anastasya Isaeva, muestra algo de dignidad!
—¿Te tomarás tú un tiempo de descanso ahora que has terminado los estudios? —me pregunta el señor Volkov.
—Estoy pensando en irme unos días a Georgia —respondo.
Yulia me mira boquiabierta, parpadeando un par de veces, con una expresión indescifrable. Oh, mierda. Esto no se lo había mencionado.
—¿A Georgia? —murmura.
—Mi madre vive allí y hace tiempo que no la veo.
—¿Cuándo pensabas irte? —pregunta con voz grave.
—Mañana, a última hora de la tarde.
Irina vuelve al salón y nos ofrece sendas copas de champán llenas de Prosecco de color rosa pálido.
—¡Por que tengáis buena salud!
El señor Volkov alza su copa. Un brindis muy propio del marido de una doctora; me hace sonreír.
—¿Cuánto tiempo? —pregunta Yulia en voz asombrosamente baja.
Maldita sea… se ha enfadado.
—Aún no lo sé. Dependerá de cómo vayan mis entrevistas de mañana.
Yulia aprieta la mandíbula y Nastya pone esa cara suya de metomentodo y me sonríe con desmesurada dulzura.

—Lena se merece un descanso —le suelta sin rodeos a Yulia.
¿Por qué se muestra tan hostil con ella? ¿Qué problema tiene?
—¿Tienes entrevistas? —me pregunta el señor Volkov.
—Sí, mañana, para un puesto de becaria en dos editoriales.
—Te deseo toda la suerte del mundo.
—La cena está lista —anuncia Larissa.

Nos levantamos todos. Nastya y Dimitri salen de la habitación detrás del señor Volkov y de Irina. Yo me dispongo a seguirlos, pero Yulia me agarra de la mano y me para en seco.

—¿Cuándo pensabas decirme que te marchabas? —inquiere con urgencia.
Lo hace en voz baja, pero está disimulando su enfado.
—No me marcho, voy a ver a mi madre y solamente estaba valorando la posibilidad.
—¿Y qué pasa con nuestro contrato?
—Aún no tenemos ningún contrato.
Frunce los ojos y entonces parece recordar. Me suelta la mano y, cogiéndome por el codo, me conduce fuera de la habitación.
—Esta conversación no ha terminado —me susurra amenazadora mientras entramos en el comedor.

Eh, para. No te enfades tanto y devuélveme las bragas. La miro furiosa.
El comedor me recuerda nuestra cena íntima en el Heathman. Una lámpara de araña de cristal cuelga sobre la mesa de madera noble y en la pared hay un inmenso espejo labrado y muy ornamentado. La mesa está puesta con un mantel de lino blanquísimo y un cuenco con petunias de color rosa claro en el centro. Impresionante.
Ocupamos nuestros sitios. El señor Volkov se sienta a la cabecera, yo a su derecha y Yulia a mi lado. El señor Volkov coge la botella de vino tinto y le ofrece a Nastya. Irina se sienta al lado de Yulia, le coge la mano y se la aprieta fuerte. Yulia le sonríe cariñosa.

—¿Dónde conociste a Lena? —le pregunta Irina.
—Me entrevistó para la revista de la Universidad Estatal de Washington —Que Nastya dirige —añado, confiando en poder desviar la conversación de mí.
Irina sonríe entusiasmada a Nastya, que está sentada enfrente, al lado de Dimitri, y empiezan a hablar de la revista de la universidad.
—¿Vino, Lena? —me pregunta el señor Volkov.
—Por favor.
Le sonrío. El señor Volkov se levanta para llenar las demás copas.
Miro de reojo a Yulia y ella se vuelve a mirarme, con la cabeza ladeada.
—¿Qué? —pregunta.
—No te enfades conmigo, por favor —le susurro.
—No estoy enfadada contigo.
La miro fijamente. Suspira.
—Sí, estoy enfadada contigo.
Cierra los ojos un instante.
—¿Tanto como para que te pique la palma de la mano? —pregunto nerviosa.
—¿De qué estáis cuchicheando las dos? —interviene Nastya.
Me sonrojo y Yulia le lanza una feroz mirada de «métete en tus asuntos, Isaeva». Hasta Nastya parece encogerse bajo su mirada.
—De mi viaje a Georgia —digo agradablemente, esperando diluir la hostilidad que hay entre las dos.
Nastya sonríe, con un brillo perverso en los ojos.
—¿Qué tal en el bar el viernes con José?
Madre mía, Nastya. La miro con los ojos como platos. ¿Qué hace? Me devuelve la mirada y me doy cuenta de que está intentando que Yulia se ponga celosa. Qué poco loa conoce… Y yo que pensaba que me iba a librar de esta.
—Muy bien —murmuro.
Yulia se me arrima.
—Como para que me pique la palma de la mano —me susurra—. Sobre todo ahora —añade serena y muy seria.
Oh, no. Me estremezco.

Reaparece Larissa con dos bandejas, seguida de una joven preciosa con coletas rubias y vestida elegantemente de azul claro, que lleva una bandeja de platos. Sus ojos localizan de inmediato a Yulia. Se ruboriza y la mira entornando los ojos de largas pestañas impregnadas de rímel. ¿Qué?
En algún lugar de la casa empieza a sonar el teléfono.

—Disculpadme.
El señor Volkov se levanta de nuevo y sale.
—Gracias, Gretchen —le dice Larissa amablemente, frunciendo el ceño al ver salir al señor Volkov—. Deja la bandeja en el aparador, por favor.
Gretchen asiente y, tras otra mirada furtiva a Yulia, se marcha.
Así que los Volkov tienen servicio, y el servicio mira de reojo a mi futura ama. ¿Podría ir peor esta velada? Me miro ceñuda las manos, que tengo en el regazo.
Vuelve el señor Volkov.
—Preguntan por ti, cariño. Del hospital —le dice a Larissa.
—Empezad sin mí, por favor.
Larissa sonríe mientras me pasa un plato y se va.

Huele delicioso: chorizo y vieiras con pimientos rojos asados y chalotas, salpicado de perejil. A pesar de que tengo el estómago revuelto por las amenazas de Yulia, de las miradas subrepticias de la bella Coletitas y del desastre de mi ropa interior desaparecida, me muero de hambre. Me ruborizo al caer en la cuenta de que ha sido el esfuerzo físico de esta tarde lo que me ha dado tanto apetito.
Al poco regresa Larissa, con el ceño fruncido. El señor Volkov ladea la cabeza… como Yulia.

—¿Va todo bien?
—Otro caso de sarampión —suspira Larissa.
—Oh, no.
—Sí, un niño. El cuarto caso en lo que va de mes. Si la gente vacunara a sus hijos… —Menea la cabeza con tristeza, luego sonríe—. Cuánto me alegro de que nuestros hijos nunca pasaran por eso. Gracias a Dios, nunca cogieron nada peor que la varicela. Pobre Dimitri—dice mientras se sienta, sonriendo indulgente a su hijo. Dimitri frunce el ceño a medio bocado y se remueve incómodo en el asiento—. Yulia e Irina tuvieron suerte. Ellos la cogieron muy flojita, algún granito nada más.
Irina ríe como una boba y Yulia pone los ojos en blanco.
—Papá, ¿viste el partido de los Mariners? —pregunta Dimitri, visiblemente ansioso por cambiar de tema.

Los aperitivos están deliciosos, así que me concentro en comer mientras Dimitri, el señor Volkov y Yulia hablan de béisbol. Yulia parece serena y relajada cuando habla con su familia. La cabeza me va a mil. Maldita sea Nastya, ¿a qué juega? ¿Me castigará Yulia? Tiemblo solo de pensarlo. Aún no he firmado ese contrato. Quizá no lo firme. Quizá me quede en Georgia; allí no podrá venir a por mí.

—¿Qué tal en vuestra nueva casa, querida? —me pregunta Larissa educadamente.
Agradezco la pregunta, que me distrae de mis pensamientos contradictorios, y le hablo de la mudanza.

Cuando terminamos los entrantes, aparece Gretchen y, una vez más, lamento no poder tocar a Yulia con libertad para hacerle saber que, aunque lo hayan jodido de cincuenta mil maneras, es mía. Se dispone a recoger los platos, acercándose demasiado a Yulia para mi gusto. Por suerte, ella parece no prestarle ninguna atención, pero la diosa que llevo dentro está que arde, y no en el buen sentido de la palabra.
Nastya e Irina se deshacen en elogios de París.

—¿Has estado en París, Lena? —pregunta Irina inocentemente, sacándome de mi celoso ensimismamiento.
—No, pero me encantaría ir.
Sé que soy la única de la mesa que jamás ha salido del país.
—Nosotros fuimos de luna de miel a París.
Larissa sonríe al señor Volkov, que le devuelve la sonrisa.
Resulta casi embarazoso. Es obvio que se quieren mucho, y me pregunto un instante cómo será crecer con tus dos progenitores presentes.
—Es una ciudad preciosa —coincide Irina—. A pesar de los parisinos. Yulia, deberías llevar a Lena a París —afirma rotundamente.
—Me parece que Lena preferiría Londres —dice Yulia con dulzura.

Vaya, se acuerda. Me pone la mano en la rodilla; me sube los dedos por el muslo. El cuerpo entero se me tensa en respuesta. No, aquí no, ahora no. Me ruborizo y me remuevo en el asiento, tratando de zafarme de ella. Me agarra el muslo, inmovilizándome. Cojo mi copa de vino, desesperada.
Vuelve miss Coletitas Europeas, toda miradas coquetas y vaivén de caderas, trayendo el plato principal: ternera Wellington, me parece. Por suerte, se limita a servir los platos y se marcha, aunque se entretiene más de la cuenta con el de Yulia. Me observa intrigada al verme seguirla con la mirada mientras cierra la puerta del comedor.

—¿Qué tienen de malo los parisinos? —le pregunta Dimitri a su hermana—. ¿No sucumbieron a tus encantos?
—Huy, qué va. Además, monsieur Floubert, el ogro para el que trabajaba, era un tirano dominante.
Me da un golpe de tos y casi espurreo el vino.
—Lena, ¿te encuentras bien? —me pregunta Yulia solícita, quitándome la mano del muslo.

Su voz vuelve a sonar risueña. Oh, menos mal. Asiento con la cabeza y ella me da una palmadita suave en la espalda, y no retira la mano hasta que está segura de que me he recuperado.
La ternera está deliciosa, servida con boniatos asados, zanahoria, calabacín y judías verdes. Me sabe aún mejor porque Yulia consigue mantener el buen humor el resto de la comida. Sospecho que por lo bien que estoy comiendo. La conversación fluye entre los Volkov, cálida y afectuosa, bromeando unos con otros. Durante el postre, una mousse de limón, Irina nos obsequia con anécdotas de París y, en un momento dado, empieza a hablar en perfecto francés. Todos nos quedamos mirándola y ella se queda un tanto perpleja, hasta que Yulia le explica, en un francés igualmente perfecto, lo que ha hecho, y entonces ella rompe a reír como una boba. Tiene una risa muy contagiosa y enseguida estallamos todos en carcajadas.
Dimitri habla largo y tendido de su último proyecto arquitectónico, una nueva comunidad ecológica al norte de Seattle. Miro a Nastya y veo que sigue con atención todas y cada una de sus palabras, con los ojos encendidos de deseo o de amor, aún no lo tengo claro. Él le sonríe y es como si se recordaran tácitamente alguna promesa. Luego, nena, le está diciendo él sin hablar, y de pronto estoy excitada, muy excitada. Me acaloro solo de mirarlos.
Suspiro y miro de reojo a mi Cincuenta Sombras. Podría estar mirándola eternamente. Tiene unos labios y me muero de ganas de besarla, de sentirla en mi, en mis pechos… en mi entrepierna. Me sonroja el rumbo de mis pensamientos. Me mira y levanta la mano para cogerme del mentón.
—No te muerdas el labio —me susurra con voz ronca—. Me dan ganas de hacértelo.
Larissa e Irina recogen las copas del postre y se dirigen a la cocina mientras el señor Volkov, Nastya y Dimitri hablan de las ventajas del uso de paneles solares en el estado de Washington. Yulia, fingiéndose interesada en el tema, vuelve a ponerme la mano en la rodilla y empieza a subir por el muslo. Se me entrecorta la respiración y junto las piernas para evitar que llegue más lejos. Detecto su sonrisa pícara.

—¿Quieres que te enseñe la finca? —me pregunta en voz alta.
Sé que debo decir que sí, pero no me fío de ella. Sin embargo, antes de que pueda responder, ella se pone de pie y me tiende la mano. Poso la mía en ella y noto cómo se me contraen todos los músculos del vientre en respuesta a su mirada oscura y voraz.
—Si me disculpa… —le digo al señor Volkov y salgo del comedor detrás de Yulia.
Me lleva por el pasillo hasta la cocina, donde Irina y Larissa cargan el lavavajillas. A Coletitas Europeas no se la ve por ninguna parte.
—Voy a enseñarle el patio a Elena —le dice Yulia inocentemente a su madre.

Ella nos indica la salida con una sonrisa mientras Irina vuelve al comedor.
Salimos a un patio de losa gris iluminado por focos incrustados en el suelo. Hay arbustos en maceteros de piedra gris y una mesa metálica muy elegante, con sus sillas, en un rincón. Yulia pasa por delante de ella, sube unos escalones y sale a una amplia extensión de césped que llega hasta la bahía. Madre mía, es precioso. Seattle centellea en el horizonte y la luna fría y brillante de mayo dibuja un resplandeciente sendero plateado en el agua hasta un muelle en el que hay amarrados dos barcos. Junto al embarcadero, hay una casita. Es un lugar tan pintoresco, tan tranquilo… Me detengo, boquiabierta, un instante.
Yulia tira de mí y los tacones se me hunden en la hierba tierna.

—Para, por favor.
La sigo tambaleándome.
Se detiene y me mira; su expresión es indescifrable.
—Los tacones. Tengo que quitarme los zapatos.
—No te molestes —dice.
Se agacha, me coge y me carga al hombro a pesar de su estatura es muy fuerte. Chillo fuerte del susto, y ella me da una palmada fuerte en el trasero —Baja la voz —gruñe.
Oh, no… esto no pinta bien, a mi subconsciente le tiemblan las piernas. Está enfadada por algo: podría ser por lo de José, lo de Georgia, lo de las bragas, que me haya mordido el labio. Dios, mira que es fácil de enfadar.
—¿Adónde me llevas? —digo.
—Al embarcadero —espeta.
Me agarro a sus caderas, porque estoy cabeza abajo, y ella avanza decidida a grandes zancadas por el césped a la luz de la luna.
—¿Por qué?
Me falta el aliento, ahí colgada de su hombro.
—Necesito estar a solas contigo.
—¿Para qué?
—Porque te voy a dar unos azotes y luego te voy a follar.
—¿Por qué? —gimoteo.
—Ya sabes por qué —me susurra furiosa.
—Pensé que eras una mujer impulsiva —suplico sin aliento.
—Elena, estoy siendo impulsiva, te lo aseguro.
Madre mía.
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Mayo 27, 2016 10:10 pm

20

Yulia cruza como un ciclón la puerta de madera de la casita del embarcadero y se detiene a pulsar unos interruptores. Los fluorescentes hacen un clic y zumban secuencialmente, y una luz blanca y cruda inunda el inmenso edificio de madera. Desde mi posición cabeza abajo, veo una impresionante lancha motora en el muelle, flotando suavemente sobre el agua oscura, pero apenas me da tiempo a fijarme antes de que me lleve por unas escaleras de madera hasta un cuarto en el piso de arriba.
Se detiene en el umbral, pulsa otro interruptor halógenos esta vez, más suaves, con regulador de intensidad, y estamos en una buhardilla de techos inclinados. Está decorada en el estilo náutico de Nueva Inglaterra: azul marino y tonos crema, con pinceladas de rojo. El mobiliario es escaso; solo veo un par de sofás.
Yulia me pone de pie sobre el suelo de madera. No me da tiempo a examinar mi entorno: no puedo dejar de mirarla a ella. Me tiene hipnotizada. La observo como uno observaría a un depredador raro y peligroso, a la espera de que ataque. Respira con dificultad, aunque, claro, me ha llevado a cuestas por todo el césped y ha subido un tramo de escaleras. En sus ojos azules arde la rabia, el deseo y una lujuria pura, sin adulterar.
Madre mía. Podría arder por combustión espontánea solo con su mirada.

—No me pegues, por favor —le susurro suplicante.
Frunce el ceño y abre mucho los ojos. Parpadea un par de veces.
—No quiero que me azotes, aquí no, ahora no. Por favor, no lo hagas.

La dejo boquiabierta y, echándole valor, alargo la mano tímidamente y le acaricio la mejilla, siguiendo el borde del mentón. Es una mezcla curiosa entre suave e hirsuta. Cerrando despacio los ojos, apoya la cara en mi mano y se le entrecorta la respiración. Levanto la otra mano y le acaricio el pelo. Me encanta su pelo. Su leve gemido apenas es audible y, cuando abre los ojos, me mira recelosa, como si no entendiera lo que estoy haciendo.
Me acerco más y, pegada a ella, tiro con suavidad de su pelo, acerco su boca a la mía y la beso, introduciendo la lengua entre sus labios hasta entrar en su boca. Gruñe, y me abraza, me aprieta contra su cuerpo. Me hunde las manos en el pelo y me devuelve el beso, fuerte y posesiva. Su lengua y la mía se enredan, se consumen la una a la otra. Sabe de maravilla.
De pronto se aparta. Las dos respiramos con dificultad y nuestros jadeos se suman. Bajo las manos a sus brazos y ella me mira furiosa.

—¿Qué me estás haciendo? —susurra confundida.
—Besarte.
—Me has dicho que no.
—¿Qué? ¿No a qué?
—En el comedor, cuando has juntado las piernas.
Ah… así que es eso.
—Estábamos cenando con tus padres.
La miro fijamente, atónita.
—Nadie me ha dicho nunca que no. Y eso… me excita.

Abre mucho los ojos de asombro y lujuria. Una mezcla embriagadora. Trago saliva instintivamente. Me baja la mano al trasero. Me atrae con fuerza hacia sí, contra su erección.
Madre mía.

—¿Estás furiosa y excitada porque te he dicho que no? —digo alucinada.
—Estoy furiosa porque no me habías contado lo de Georgia. Estoy furiosa porque saliste de copas con ese tío que intentó seducirte cuando estabas borracha y te dejó con una completa desconocida cuando te pusiste enferma. ¿Qué clase de amigo es ese? Y estoy furiosa y excitada porque has juntado las piernas cuando he querido tocarte.
Le brillan los ojos peligrosamente mientras me sube despacio el bajo del vestido.
—Te deseo, y te deseo ahora. Y si no me vas a dejar que te azote, aunque te lo mereces, te voy a follar en el sofá ahora mismo, rápido, para darme placer a mí, no a ti.

El vestido apenas me tapa ya el trasero desnudo. De pronto, me coge el sexo con la mano y me mete un dedo muy despacio. Con la otra mano, me sujeta firmemente por la cintura. Contengo un gemido.
—Esto es mío —me susurra con rotundidad—. Todo mío. ¿Entendido?
Introduce y saca el dedo mientras me mira, evaluando mi reacción, con los ojos encendidos.
—Sí, tuyo —digo, mientras el deseo, ardiente y pesado, recorre mi torrente sanguíneo, trastocándolo todo: mis terminaciones nerviosas, mi respiración, mi corazón, que palpita como si quisiera salírseme del pecho, y la sangre, que me zumba en los oídos.
De pronto se mueve haciendo varias cosas a la vez: saca los dedos dejándome a medias, se baja la cremallera del pantalón, me empuja al sofá y se tumba encima de mí.
—Las manos sobre la cabeza —me ordena apretando los dientes, mientras se arrodilla, me separa más las piernas e introduce la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

Saca un condón, me mira con deseo, se quita la americana a tirones y la deja caer al suelo. Se pone el condón en la imponente erección.
Me llevo las manos a la cabeza y sé que lo hace para que no la toque. Estoy excitadísima. Noto que mis caderas la buscan ya; quiero que esté dentro de mí, así, dura y fuerte. Oh, solo de pensarlo…

—No tenemos mucho tiempo. Esto va a ser rápido, y es para mí, no para ti. ¿Entendido? Como te corras, te doy unos azotes —dice apretando los dientes.
Madre mía… ¿y cómo paro?

De un solo empujón, me penetra hasta el fondo. Gruño alto, un sonido gutural, y saboreo la plenitud de su posesión. Pone las manos encima de las mías, sobre mi cabeza; con los codos me mantiene sujetos los brazos, y con las piernas me inmoviliza por completo. Estoy atrapada. La tengo por todas partes, envolviéndome, casi asfixiándome. Pero también es una delicia: este es mi poder, esto es lo que le puedo hacer, y me produce una sensación hedonista, triunfante. Se mueve rápido, con furia, dentro de mí; siento su respiración acelerada en el oído y mi cuerpo entero responde, fundiéndose alrededor de su miembro. No me tengo que correr. No. Pero recibo cada uno de sus embates, en perfecto contrapunto. Bruscamente y de repente, con una embestida final, para y se corre, soltando el aire entre los dientes. Se relaja un instante, de forma que siento el peso delicioso de todo su cuerpo sobre mí. No estoy dispuesta a dejarla marchar; mi cuerpo busca alivio, pero ella pesa demasiado y en ese momento no puedo empujar mis caderas contra ella. De repente se retira, dejándome dolorida y queriendo más. Me mira furiosa.

—No te masturbes. Quiero que te sientas frustrada. Así es como me siento yo cuando no me cuentas las cosas, cuando me niegas lo que es mío.

Se le encienden de nuevo los ojos, enfadada otra vez.
Asiento con la cabeza, jadeando. Se levanta, se quita el condón, le hace un nudo en el extremo y se lo guarda en el bolsillo de los pantalones. Lo miro, con la respiración aún alterada, e involuntariamente aprieto las piernas, tratando de encontrar algo de alivio. Yulia se sube la bragueta, se peina un poco con la mano y se agacha para coger su americana. Luego se vuelve a mirarme, con una expresión más tierna.

—Más vale que volvamos a la casa.
Me incorporo, algo inestable, aturdida.
—Toma, ponte esto.

Del bolsillo interior de la americana saca mis bragas. Las cojo sin sonreír; en el fondo sé que me he llevado un polvo de castigo, pero he conseguido una pequeña victoria en el asunto de las bragas. La diosa que llevo dentro asiente, de acuerdo conmigo, y en su rostro se dibuja una sonrisa de satisfacción. No has tenido que pedírselas.

—¡Yulia! —grita Irina desde el piso de abajo.
Yulia se vuelve y me mira con una ceja arqueada.
—Justo a tiempo. Dios, qué pesadita es cuando quiere.
La miro ceñuda, devuelvo deprisa las braguitas a su legítimo lugar y me levanto con toda la dignidad de la que soy capaz en mi estado. A toda prisa, intento arreglarme el pelo revuelto.
—Estamos aquí arriba, Irina —le grita ella—. Bueno, señorita Katina, ya me siento mejor, pero sigo queriendo darle unos azotes —me dice en voz baja.
—No creo que lo merezca, señorita Volkova, sobre todo después de tolerar su injustificado ataque.
—¿Injustificado? Me has besado.
Se esfuerza por parecer ofendida.
Frunzo los labios.
—Ha sido un ataque en defensa propia.
—Defensa ¿de qué?
—De ti y de ese cosquilleo en la palma de tu mano.

Ladea la cabeza y me sonríe mientras Irina sube ruidosamente las escaleras.
—Pero ¿ha sido tolerable? —me pregunta en voz baja.
Me ruborizo.
—Apenas —susurro, pero no puedo contener la sonrisa de satisfacción.
—Ah, aquí estáis —dice Irina sonriéndonos.
—Le estaba enseñando a Lena todo esto.
Yulia me tiende la mano; su mirada es intensa.
Acepto su mano y ella aprieta suavemente la mía.
—Nastya y Dimitri están a punto de marcharse. ¿Habéis visto a esos dos? No paran de sobarse. —Irina se finge asqueada, mira a Yulia y luego a mí—. ¿Qué habéis estado haciendo aquí?
Vaya, qué directa. Me pongo como un tomate.
—Le estaba enseñando a Lena mis trofeos de remo —contesta Yulia sin pensárselo un segundo, con cara de póquer total—. Vamos a despedirnos de Nastya y Dimitri.

¿Trofeos de remo? Tira suavemente de mí hasta situarme delante de ella y, cuando Irina se vuelve para salir, me da un azote en el trasero. Ahogo un grito, sorprendida.

—Lo volveré a hacer, Elena, y pronto —me amenaza al oído.
Luego me abraza, con mi espalda pegada a su pecho, y me besa el pelo.
De vuelta en la casa, Nastya y Dimitri se están despidiendo de Larissa y el señor Volkov. Nastya me da un fuerte abrazo.
—Tengo que hablar contigo de lo antipática que eres con Yulia—le susurro furiosa al oído, y ella me abraza otra vez.
—Le viene bien un poco de hostilidad; así se ve cómo es en realidad. Ten cuidado, Lena… es demasiada controladora —me susurra—. Te veo luego.

YO SÉ CÓMO ES EN REALIDAD, ¡TÚ NO!, le grito mentalmente. Soy consciente de que lo hace con buena intención, pero a veces se pasa de la raya, y esta vez se ha pasado mucho. La miro ceñuda y ella me saca la lengua, haciéndome sonreír sin querer. La Nastya traviesa es una novedad; será influencia de Dimitri. Los despedimos desde la puerta, y Yulia se vuelve hacia mí.

—Nosotras también deberíamos irnos… Tienes las entrevistas mañana.
Irina me abraza cariñosamente cuando nos despedimos.

—¡Pensábamos que nunca encontraría una chica! —comenta con entusiasmo.
Yo me sonrojo y Yulia vuelve a poner los ojos en blanco. Frunzo los labios. ¿Por qué ella sí puede y yo no? Quiero ponerle los ojos en blanco yo también, pero no me atrevo, y menos después de la amenaza en la casita del embarcadero.
—Cuídate, Lena, querida —me dice amablemente Larissa.
Yulia, avergonzada o frustrada por la efusiva atención que recibo del resto de los Volkov, me coge de la mano y me acerca a su lado.
—No me la espantéis ni me la miméis demasiado —protesta.
—Yulia, déjate de bromas —lo reprende Larissa con indulgencia y una mirada llena de amor por ella.
No sé por qué, pero me parece que no bromea. Observo subrepticiamente su interacción. Es obvio que Larissa la adora, que siente por ella el amor incondicional de una madre. Ella se acerca y la besa con cierta rigidez.
—Mamá —dice, y percibo un matiz extraño en su voz… ¿veneración, quizá?
—Señor Volkov… adiós y gracias por todo.
Le tiendo la mano, pero ¡también me abraza!
—Por favor, llámame Oleg. Confío en que volvamos a verte muy pronto, Lena.
Terminada la despedida, Yulia me lleva hasta el coche, donde nos espera Igor. ¿Habrá estado esperando ahí todo el tiempo? Igor me abre la puerta y entro en la parte trasera del Audi.
Noto que los hombros se me relajan un poco. Dios, qué día. Estoy agotada, física y emocionalmente. Tras una breve conversación con Igor, Yulia se sube al coche a mi lado. Se vuelve para mirarme.
—Bueno, parece que también le has caído bien a mi familia —murmura.
¿También? La deprimente idea de por qué me ha invitado me vuelve de forma espontánea e inoportuna a la cabeza. Igor arranca el coche y se aleja del círculo de luz del camino de entrada para adentrarse en la oscuridad de la carretera. Me giro hacia Yulia y la encuentro mirándome fijamente.
—¿Qué? —pregunta en voz baja.
Titubeo un instante. No… Se lo voy a decir. Siempre se queja de que no le cuento las cosas.
—Me parece que te has visto obligada a traerme a conocer a tus padres —le susurro con voz trémula—. Si Dimitri no se lo hubiera propuesto a Nastya, tú jamás me lo habrías pedido a mí.
No le veo la cara en la oscuridad, pero ladea la cabeza, sobresaltada.
—Elena, me encanta que hayas conocido a mis padres. ¿Por qué eres tan insegura? No deja de asombrarme. Eres una mujer joven, fuerte, independiente, pero tienes muy mala opinión de ti misma. Si no hubiera querido que los conocieras, no estarías aquí. ¿Así es como te has sentido todo el rato que has estado allí?
¡Vaya! Quería que fuera, y eso es toda una revelación. No parece incomodarla responderme, como sucedería si me ocultara la verdad. Parece complacida de verdad de que haya ido. Una sensación de bienestar se propaga lentamente por mis venas. Mueve la cabeza y me coge la mano. Yo miro nerviosa a Igor.
—No te preocupes por Igor. Contéstame.
Me encojo de hombros.
—Pues sí. Pensaba eso. Y otra cosa, yo solo he comentado lo de Georgia porque Nastya estaba hablando de Barbados. Aún no me he decidido.
—¿Quieres ir a ver a tu madre?
—Sí.
Me mira con una expresión extraña, como si librara una especie de lucha interior.
—¿Puedo ir contigo? —pregunta al fin.
¿Qué?
—Eh… no creo que sea buena idea.
—¿Por qué no?
—Confiaba en poder alejarme un poco de toda esta… intensidad para poder reflexionar.
Se me queda mirando.
—¿Soy demasiado intensa?
Me echo a reír.
—¡Eso es quedarse corto!
A la luz de las farolas que vamos pasando, veo que tuerce la boca.
—¿Se está riendo de mí, señorita Katina?
—No me atrevería, señorita Volkova —le respondo con fingida seriedad.
—Me parece que sí y creo que sí te ríes de mí, a menudo.
—Es que eres muy divertida.
—¿Divertida?
—Oh, sí.
—¿Divertida por peculiar o por graciosa?
—Uf… mucho de una cosa y algo de la otra.
—¿Qué parte de cada una?
—Te dejo que lo adivines tú.
—No estoy segura de poder averiguar nada contigo, Elena —dice socarrona, y luego prosigue en voz baja—: ¿Sobre qué tienes que reflexionar en Georgia?
—Sobre lo nuestro —susurro.
Me mira fijamente, impasible.
—Dijiste que lo intentarías —murmura.
—Lo sé.
—¿Tienes dudas?
—Puede.
Se revuelve en el asiento, como si estuviera incómoda.
—¿Por qué?

Madre mía. ¿Cómo se ha vuelto tan seria esta conversación de repente? Se me ha echado encima como un examen para el que no estoy preparada. ¿Qué le digo? Porque creo que te quiero y tú solo me ves como un juguete. Porque no puedo tocarte, porque me aterra demostrarte algo de afecto por si te enfadas, me riñes o, peor aún, me pegas… ¿Qué le digo?
Miro un instante por la ventanilla. El coche vuelve a cruzar el puente. Las dos estamos envueltas en una oscuridad que enmascara nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, pero para eso no nos hace falta que sea de noche.

—¿Por qué, Elena? —me insiste.

Me encojo de hombros, atrapada. No quiero perderla. A pesar de sus exigencias, de su necesidad de control, de sus aterradores vicios. Nunca me había sentido tan viva como ahora. Me emociona estar sentada a su lado. Es tan imprevisible, sexy, lista, divertida… Pero sus cambios de humor… ah, y además quiere hacerme daño. Dice que tendrá en cuenta mis reservas, pero sigue dándome miedo. Cierro los ojos. ¿Qué le digo? En el fondo, querría más, más afecto, más de la Yulia traviesa, más… amor.
Me aprieta la mano.

—Háblame, Elena. No quiero perderte. Esta última semana…

Estamos llegando al final del puente y la carretera vuelve a estar bañada en la luz de neón de las farolas, de forma que su rostro se ve intermitentemente en sombras e iluminada. Y la metáfora resulta tan acertada. Esta mujer, al que una vez creí una heroína romántica, una caballero de resplandeciente armadura, o la caballero oscura, como dijo ella misma, no es un heroína, sino una mujer con graves problemas emocionales, y me está arrastrando a su lado oscuro. ¿No podría yo llevarla hasta la luz?

—Sigo queriendo más —le susurro.
—Lo sé —dice—. Lo intentaré.
La miro extrañada y ella me suelta la mano y me coge la barbilla, soltándome el labio que me estaba mordiendo.
—Por ti, Elena, lo intentaré.
Irradia sinceridad.

Y no hace falta que me diga más. Me desabrocho el cinturón de seguridad, me acerco a ella y me subo a su regazo, cogiéndola completamente por sorpresa. Enrosco los brazos alrededor de su cuello y la beso con intensidad, con vehemencia y en un nanosegundo ella me responde.

—Quédate conmigo esta noche —me dice—. Si te vas, no te veré en toda la semana. Por favor.
—Sí —accedo—. Yo también lo intentaré. Firmaré el contrato.
Lo decido sin pensar.
Me mira fijamente.
—Firma después de Georgia. Piénsatelo. Piénsatelo mucho, nena.
—Lo haré.
Y seguimos así sentados dos o tres kilómetros.
—Deberías ponerte el cinturón de seguridad —susurra reprobadoramente con la boca hundida en mi cabello, pero no hace ningún ademán de retirarme de su regazo.

Me acurruco contra su cuerpo, con los ojos cerrados, con la nariz en su cuello, embebiéndome de esa fragancia sexy a gel de baño almizclado y a Yulia, apoyando la cabeza en su hombro. Dejo volar mi imaginación y fantaseo con que me quiere. Ah… y parece tan real, casi tangible, que una parte pequeñísima de mi desagradable subconsciente se comporta de forma completamente inusual y se atreve a albergar esperanzas. Procuro no tocarle el pecho, pero me refugio en sus brazos mientras me abraza con fuerza.
Y demasiado pronto, me veo arrancada de mi quimera.

—Ya estamos en casa —murmura Yulia, y la frase resulta tentadora, cargada de potencial.

En casa, con Yulia. Salvo que su casa es una galería de arte, no un hogar.
Igor nos abre la puerta y yo le doy las gracias tímidamente, consciente de que ha podido oír nuestra conversación, pero su amable sonrisa tranquiliza sin revelar nada. Una vez fuera del coche, Yulia me escudriña. Oh, no, ¿qué he hecho ahora?

—¿Por qué no llevas chaqueta?
Se quita la suya, ceñuda, y me la echa por los hombros.
Siento un gran alivio.
—La tengo en mi coche nuevo —contesto adormilada y bostezando.
Me sonríe maliciosamente.
—¿Cansada, señorita Katina?
—Sí, señorita Volkov. —Me siento turbada ante su provocador escrutinio. Aun así, creo que debo darle una explicación—. Hoy me han convencido de que hiciera cosas que jamás había creído posibles.
—Bueno, si tienes muy mala suerte, a lo mejor consigo convencerte de hacer alguna cosa más —promete mientras me coge de la mano y me lleva dentro del edificio.
Madre mía… ¿Otra vez?

En el ascensor, la miro. Había dado por supuesto que quería que durmiera con ella y ahora recuerdo que ella no duerme con nadie, aunque lo haya hecho conmigo unas cuantas veces. Frunzo el ceño y, de pronto, su mirada se oscurece. Levanta la mano y me coge la barbilla, soltándome el labio que me mordía.

—Algún día te follaré en este ascensor, Elena, pero ahora estás cansada, así que creo que nos conformaremos con la cama.

Inclinándose, me muerde el labio inferior con los dientes y tira suavemente. Me derrito contra su cuerpo y dejo de respirar a la vez que las entrañas se me revuelven de deseo. Le correspondo, clavándole los dientes en el labio superior, provocándole, y ella gruñe. Cuando se abren las puertas del ascensor, me lleva de la mano hacia el vestíbulo y cruzamos la puerta de doble hoja hasta el pasillo.

—¿Necesitas una copa o algo?
—No.
—Bien. Vámonos a la cama.
Arqueo las cejas.
—¿Te vas a conformar con una simple y aburrida relación vainilla?
Ladea la cabeza.
—Ni es simple ni aburrida… tiene un sabor fascinante —dice.
—¿Desde cuándo?
—Desde el sábado pasado. ¿Por qué? ¿Esperabas algo más exótico?
La diosa que llevo dentro asoma la cabeza por el borde de la barricada.
—Ay, no. Ya he tenido suficiente exotismo por hoy.
La diosa que llevo dentro me hace pucheros, sin lograr en absoluto ocultar su desilusión.
—¿Seguro? Aquí tenemos para todos los gustos… por lo menos treinta y un sabores.
Me sonríe lasciva.
—Ya lo he observado —replico con sequedad.
Menea la cabeza.
—Venga ya, señorita Katina, mañana le espera un gran día. Cuanto antes se acueste, antes la follaré y antes podrá dormirse.
—Es usted toda un romántica, señorita Volkova.
—Y usted tiene una lengua viperina, señorita Katina. Voy a tener que someterla de alguna forma. Ven.
Me lleva por el pasillo hasta su dormitorio y abre la puerta de una patada.
—Manos arriba —me ordena.
Obedezco y, con un solo movimiento pasmosamente rápido, me quita el vestido como un mago, agarrándolo por el bajo y sacándomelo suavemente por la cabeza.
—¡Tachán! —dice traviesa.
Río y aplaudo educadamente. Ella hace una elegante reverencia, riendo también. ¿Cómo voy a resistirme a ella cuando es así? Deja mi vestido en la silla solitaria que hay junto a la cómoda.
—¿Cuál es el siguiente truco? —inquiero provocadora.
—Ay, mi querida señorita Katina. Métete en la cama —gruñe—, que enseguida lo vas a ver.
—¿Crees que por una vez debería hacerme la dura? —pregunto coqueta.
Abre mucho los ojos, asombrada, y veo en ellos un destello de excitación.
—Bueno… la puerta está cerrada; no sé cómo vas a evitarme —dice burlona—. Me parece que el trato ya está hecho.
—Pero soy buena negociadora.
—Y yo. —Me mira, pero, al hacerlo, su expresión cambia; la confusión se apodera de ella y la atmósfera de la habitación varía bruscamente, tensándose—. ¿No quieres follar? —pregunta.
—No —digo.
—Ah.
Frunce el ceño.
Vale, allá va… respira hondo.
—Quiero que me hagas el amor.
Se queda inmóvil y me mira alucinada. Su expresión se oscurece. Mierda, esto no pinta bien. ¡Dale un minuto!, me espeta mi subconsciente.
—Lena, yo…
Se pasa las manos por el pelo. Las dos. Está verdaderamente desconcertada.
—Pensé que ya lo habíamos hecho —dice al fin.
—Quiero tocarte.
Se aparta un paso de mí, involuntariamente; por un instante parece asustada, luego se refrena.
—Por favor —le susurro.
Se recupera.
—Ah, no, señorita Katina, ya le he hecho demasiadas concesiones esta noche. La respuesta es no.
—¿No?
—No.
Vaya, contra eso no puedo discutir… ¿o sí?
—Mira, estás cansada, y yo también. Vámonos a la cama y ya está —dice, observándome con detenimiento.
—¿Así que el que te toquen es uno de tus límites infranqueables?
—Sí. Ya lo sabes.
—Dime por qué, por favor.
—Ay, Elena, por favor. Déjalo ya —masculla exasperada.
—Es importante para mí.
Vuelve a pasarse ambas manos por el pelo y maldice por lo bajo. Da media vuelta y se acerca a la cómoda, saca una camiseta y me la tira. La cojo, pensativa.
—Póntela y métete en la cama —me espeta molesta.
Frunzo el ceño, pero decido complacerla. Volviéndome de espaldas, me quito rápidamente el sujetador y me pongo la camiseta lo más rápido que puedo para cubrir mi desnudez. Me dejo las bragas puestas… he ido sin ellas casi toda la noche.
—Necesito ir al baño —digo con un hilo de voz.
Frunce el ceño, aturdida.
—¿Ahora me pides permiso?
—Eh… no.
—Elena, ya sabes dónde está el baño. En este extraño momento de nuestro acuerdo, no necesitas permiso para usarlo.

No puede ocultar su enfado. Se quita la camiseta y yo me meto corriendo en el baño.
Me miro en el espejo gigante, asombrada de seguir teniendo el mismo aspecto. Después de todo lo que he hecho hoy, ahí está la misma chica corriente de siempre mirándome pasmada. ¿Qué esperabas, que te salieran cuernos y una colita puntiaguda?, me espeta mi subconsciente. ¿Y qué narices haces? Las caricias son uno de sus límites infranqueables. Demasiado pronto, imbécil. Para poder correr tiene que andar primero. Mi subconsciente está furiosa, su ira es como la de Medusa: el pelo ondeante, las manos aferrándose la cara como en El grito de Edvard Munch. La ignoro, pero se niega a volver a su caja. Estás haciendo que se enfade; piensa en todo lo que ha dicho, hasta dónde ha cedido. Miro ceñuda mi reflejo. Necesito poder ser cariñosa con ella, entonces quizá ella me corresponda.
Niego con la cabeza, resignada, y cojo el cepillo de dientes de Yulia. Mi subconsciente tiene razón, claro. Lo estoy agobiando. Ella no está preparada y yo tampoco. Hacemos equilibrios sobre el delicado balancín de nuestro extraño acuerdo, cada uno en un extremo, vacilando, y el balancín se inclina y se mece entre las dos. Ambos necesitamos acercarnos más al centro. Solo espero que ninguno de las dos se caiga al intentarlo. Todo esto va muy rápido. Quizá necesite un poco de distancia. Georgia cada vez me atrae más. Cuando estoy empezando a lavarme los dientes, llama a la puerta.

—Pasa —espurreo con la boca llena de pasta.

Yulia aparece en el umbral de la puerta con ese pantalón de pijama que se le desliza por las caderas y que hace que todas las células de mi organismo se pongan en estado de alerta. Lleva el torso descubierto con un brassier y me embebo como si estuviera muerta de sed y ella fuera agua clara de un arroyo de montaña. Me mira impasible, luego sonríe satisfecha y se sitúa a mi lado. Nuestros ojos se encuentran en el espejo, verdegris y azul. Termino con su cepillo de dientes, lo enjuago y se lo doy, sin dejar de mirarla. Sin mediar palabra, coge el cepillo y se lo mete en la boca. Le sonrío yo también y, de repente, me mira con un brillo risueño en los ojos.

—Si quieres, puedes usar mi cepillo de dientes —me dice en un dulce tono jocoso.
—Gracias, señorita —sonrío con ternura y salgo al dormitorio.
A los pocos minutos viene ella.
—Que sepas que no es así como tenía previsto que fuera esta noche —masculla malhumorada.
—Imagina que yo te dijera que no puedes tocarme.
Se mete en la cama y se sienta con las piernas cruzadas.
—Elena, ya te lo he dicho. De cincuenta mil formas. Tuve un comienzo duro en la vida; no hace falta que te llene la cabeza con toda esa mierda. ¿Para qué?
—Porque quiero conocerte mejor.
—Ya me conoces bastante bien.
—¿Cómo puedes decir eso?
Me pongo de rodillas, mirándola.
Me pone los ojos en blanco, frustrada.

—Estás poniendo los ojos en blanco. La última vez que yo hice eso terminé tumbada en tus rodillas.
—Huy, no me importaría volver a hacerlo.
Eso me da una idea.
—Si me lo cuentas, te dejo que lo hagas.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
—¿Me estás haciendo una oferta? —me pregunta pasmada e incrédula.
Asiento con la cabeza. Sí… esa es la forma
—Negociando.
—Esto no va así, Elena.
—Vale. Cuéntamelo y luego te pongo los ojos en blanco.
Ríe y percibo un destello de la Yulia despreocupada. Hacía un rato que no la veía. Se pone seria otra vez.
—Siempre tan ávida de información. —Me mira pensativa. Al poco, se baja con elegancia de la cama—. No te vayas —dice, y sale del dormitorio.
La inquietud me atraviesa como una lanza, y me abrazo a mi propio cuerpo. ¿Qué hace? ¿Tendrá algún plan malvado? Mierda. Supón que vuelve con una vara o algún otro instrumento de perversión? Madre mía, ¿qué voy a hacer entonces? Cuando vuelve, lleva algo pequeño en las manos. No veo lo que es, pero me muero de curiosidad.
—¿A qué hora es tu primera entrevista de mañana? —pregunta en voz baja.
—A las dos.
Lentamente se dibuja en su rostro una sonrisa perversa.
—Bien.
Y ante mis ojos, cambia sutilmente. Se vuelve dura, intratable… sensual. Es la Yulia dominante.
—Sal de la cama. Ponte aquí de pie. —Señala a un lado de la cama y yo me bajo y me coloco en un abrir y cerrar de ojos. Me mira fijamente, y en sus ojos brilla una promesa—. ¿Confías en mí? —me pregunta en voz baja.

Asiento con la cabeza. Me tiende la mano y en la palma lleva dos bolas de plata redondas y brillantes unidas por un grueso hilo negro.

—Son nuevas —dice con énfasis.
La miro inquisitiva.
—Te las voy a meter y luego te voy a dar unos azotes, no como castigo, sino para darte placer y dármelo yo.
Se interrumpe y sopesa la reacción de mis ojos muy abiertos.
¡Metérmelas! Ahogo un jadeo y se tensan todos los músculos de mi vientre. La diosa que llevo dentro está haciendo la danza de los siete velos.
—Luego follaremos y, si aún sigues despierta, te contaré algunas cosas sobre mis años de formación. ¿De acuerdo?
¡Me está pidiendo permiso! Con la respiración acelerada, asiento. Soy incapaz de hablar.
—Buena chica. Abre la boca.
¿La boca?
—Más.
Con mucho cuidado, me mete las bolas en la boca.
—Necesitan lubricación. Chúpalas —me ordena con voz dulce.
Las bolas están frías, son lisas y pesan muchísimo, y tienen un sabor metálico. Mi boca seca se llena de saliva cuando explora los objetos extraños. Los ojos de Yulia no se apartan de los míos. Dios mío, me estoy excitando. Me estremezco.
—No te muevas, Elena—me advierte—. Para.
Me las saca de la boca. Se acerca a la cama, retira el edredón y se sienta al borde.
—Ven aquí.
Me sitúo delante de ella.
—Date la vuelta, inclínate hacia delante y agárrate los tobillos.
La miro extrañada y su expresión se oscurece.
—No titubees —me regaña con fingida serenidad y se mete las bolas en la boca.

Joder, esto es más sexy que la pasta de dientes. Sigo sus órdenes inmediatamente. Uf, ¿me llegaré a los tobillos? Descubro que sí, con facilidad. La camiseta se me escurre por la espalda, dejando al descubierto mi trasero. Menos mal que me he dejado las bragas puestas, aunque supongo que no me van a durar mucho.
Me posa la mano con reverencia en el trasero y me lo acaricia suavemente. Entre mis piernas solo atisbo a ver las suyas, nada más. Cierro los ojos con fuerza cuando me aparta con delicadeza las bragas y me pasea un dedo despacio por el sexo. Mi cuerpo se prepara con una mezcla embriagadora de gran impaciencia y excitación. Me mete un dedo y lo mueve en círculos con deliciosa lentitud. Oh, qué gusto. Gimo.
Se me entrecorta la respiración y lo oigo gemir mientras repite el movimiento. Retira el dedo y muy despacio inserta los objetos, primero una bola, luego la otra. Madre mía. Están a la temperatura del cuerpo, calentadas por nuestras bocas. Es una curiosa sensación: una vez que están dentro, no me las siento, aunque sé que están ahí.
Me recoloca las bragas, se inclina hacia delante y sus labios depositan un beso tierno en mi trasero.

—Ponte derecha —me ordena y, temblorosa, me enderezo.
¡Huy! Ahora sí que las siento… o algo. Me agarra por las caderas para sujetarme mientras recupero el equilibrio.
—¿Estás bien? —me pregunta muy seria.
—Sí.
—Vuélvete.
Me giro hacia ella.
Las bolas tiran hacia abajo y, sin querer, mi vientre se contrae alrededor de ellas. La sensación me sobresalta, pero no en el mal sentido de la palabra.
—¿Qué tal? —pregunta.
—Raro.
—¿Raro bueno o raro malo?
—Raro bueno —confieso ruborizándome.
—Bien. —Asoma a sus ojos un vestigio de humor—. Quiero un vaso de agua. Ve a traerme uno, por favor.
Oh.
—Y cuando vuelvas, te tumbaré en mis rodillas. Piensa en eso, Elena.

¿Agua? Quiere agua ahora? ¿Para qué?
Cuando salgo del dormitorio, me queda clarísimo por qué quiere que me pasee; al hacerlo, las bolas me pesan dentro, me masajean internamente. Es una sensación muy rara y no del todo desagradable. De hecho, se me acelera la respiración cuando me estiro para coger un vaso del armario de la cocina, y ahogo un jadeo. Madre mía. Igual tendría que dejarme esto puesto. Hacen que me sienta deseada.
Cuando vuelvo, me observa detenidamente.

—Gracias —dice, y me coge el vaso de agua.
Despacio, da un sorbo y deja el vaso en la mesita de noche. En ella hay un condón, listo y esperando, como yo. Entonces sé que está haciendo esto para generar expectación. El corazón se me ha acelerado un poco. Centra su mirada de ojos azules en mí.
—Ven. Ponte a mi lado. Como la otra vez.
Me acerco a ella, la sangre me zumba por todo el cuerpo, y esta vez… estoy caliente. Excitada.
—Pídemelo —me dice en voz baja.
Frunzo el ceño. ¿Que le pida el qué?
—Pídemelo —repite, algo más duro.
¿El qué? ¿Un poco de agua? ¿Qué quiere?
—Pídemelo, Elena. No te lo voy a repetir más.
Hay una amenaza velada en sus palabras, y entonces caigo. Quiere que le pida que me dé unos azotes.
Madre mía. Me mira expectante, con la mirada cada vez más fría. Mierda.
—Azótame, por favor… señorita —susurro.

Cierra los ojos un instante, saboreando mis palabras. Alarga el brazo, me agarra la mano izquierda y, tirando de mí, me arrastra a sus rodillas. Me dejo caer sobre su regazo, y me sujeta. Se me sube el corazón a la boca cuando empieza a acariciarme el trasero. Me tiene ladeada otra vez, de forma que mi torso descansa en la cama, a su lado. Esta vez no me echa la pierna por encima, sino que me aparta el pelo de la cara y me lo recoge detrás de la oreja. Acto seguido, me agarra el pelo a la altura de la nuca para sujetarme bien. Tira suavemente y echo la cabeza hacia atrás.
—Quiero verte la cara mientras te doy los azotes, Elena—murmura sin dejar de frotarme suavemente el trasero.

Desliza la mano entre mis nalgas y me aprieta el sexo, y la sensación global es… Gimo. Oh, la sensación es exquisita.
—Esta vez es para darnos placer, Elena, a ti y a mí —susurra.

Levanta la mano y la baja con una sonora palmada en la confluencia de los muslos, el trasero y el sexo. Las bolas se impulsan hacia delante, dentro de mí, y me pierdo en un mar de sensaciones: el dolor del trasero, la plenitud de las bolas en mi interior y el hecho de que me esté sujetando. Mi cara se contrae mientras mis sentidos tratan de digerir todas estas sensaciones nuevas. Registro en alguna parte de mi cerebro que no me ha atizado tan fuerte como la otra vez. Me acaricia el trasero otra vez, paseando la mano abierta por mi piel, por encima de la ropa interior.
¿Por qué no me ha quitado las bragas? Entonces su mano desaparece y vuelve a azotarme. Gimo al propagarse la sensación. Inicia un patrón de golpes: izquierda, derecha y luego abajo. Los de abajo son los mejores. Todo se mueve hacia delante en mi interior, y entre palmadas, me acaricia, me manosea, de forma que es como si me masajeara por dentro y por fuera. Es una sensación erótica muy estimulante y, por alguna razón, porque soy yo la que ha impuesto las condiciones, no me preocupa el dolor. No es doloroso en sí… bueno, sí, pero no es insoportable. Resulta bastante manejable y, sí, placentero… incluso. Gruño. Sí, con esto sí que puedo.
Hace una pausa para bajarme despacio las bragas. Me retuerzo en sus piernas, no porque quiera escapar de los golpes sino porque quiero más… liberación, algo. Sus caricias en mi piel sensibilizada se convierten en un cosquilleo de lo más sensual. Resulta abrumador, y empieza de nuevo. Unas cuantas palmadas suaves y luego cada vez más fuertes, izquierda, derecha y abajo. Oh, esos de abajo. Gimo.

—Buena chica, Elena —gruñe, y se altera su respiración.

Me azota un par de veces más, luego tira del pequeño cordel que sujeta las bolas y me las saca de un tirón. Casi alcanzo el clímax; la sensación que me produce no es de este mundo. Con movimientos rápidos, me da la vuelta suavemente. Oigo, más que ver, cómo rompe el envoltorio del condón y, de pronto, la tengo tumbada a mi lado. Me coge las manos, me las sube por encima de la cabeza y se desliza sobre mí, dentro de mí, despacio, ocupando el lugar que han dejado vacío las bolas. Gimo con fuerza.

—Oh, nena —me susurra mientras retrocede y avanza a un ritmo lento y sensual, saboreándome, sintiéndome.

Es la manera más suave en que me lo ha hecho nunca, y no tardo nada en caer por el precipicio, presa de una espiral de delicioso, violento y agotador orgasmo. Cuando me contraigo a su alrededor, disparo su propio clímax, y se desliza dentro de mí, sosegándose, pronunciando mi nombre entre jadeos, fruto de un asombro prodigioso y desesperado.

—¡Lena!
Guarda silencio, jadeando encima de mí, con las manos aún trenzadas en las mías por encima de mi cabeza. Por fin se vuelve y me mira.
—Me ha gustado —susurra, y me besa tiernamente.
No se entretiene con más besos dulces, sino que se levanta, me tapa con el edredón y se mete en el baño. Cuando vuelve, trae un frasco de loción blanca. Se sienta en la cama a mi lado.
—Date la vuelta —me ordena y, a regañadientes, me pongo boca abajo.
La verdad, no sé para qué tanto lío. Tengo mucho sueño.
—Tienes el culo de un color espléndido —dice en tono aprobador, y me extiende la loción refrescante por el trasero sonrosado.
—Déjalo ya, Volkova —digo bostezando.
—Señorita Katina, es usted única estropeando un momento.
—Teníamos un trato.
—¿Cómo te sientes?
—Estafada.
Suspira, se tiende en la cama a mi lado y me estrecha en sus brazos. Con cuidado de no rozarme el trasero escocido, vuelve a hacerme la cucharita. Me besa muy suavemente detrás de la oreja.
—La mujer que me trajo al mundo era una puta adicta al crack, Elena. Duérmete.
Dios mío… ¿y eso qué significa?
—¿Era?
—Murió.
—¿Hace mucho?
Suspira.
—Murió cuando yo tenía cuatro años. No la recuerdo. Oleg me ha dado algunos detalles. Solo recuerdo ciertas cosas. Por favor, duérmete.
—Buenas noches, Yulia.
—Buenas noches, Lena.

Y me duermo, aturdida y agotada, y sueño con una niña de cuatro años y ojos azules en un lugar oscuro, terrible y triste.
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mayo 28, 2016 10:58 pm

21


Hay luz por todas partes. Una luz intensa, cálida, penetrante, y me esfuerzo por mantenerla a raya unos cuantos minutos más. Quiero esconderme, solo unos minutos más, pero el resplandor es demasiado fuerte y, al final, sucumbo al despertar. Una gloriosa mañana de Seattle me saluda: el sol entra por el ventanal e inunda la habitación de una luz demasiado intensa. ¿Por qué no bajamos las persianas anoche? Estoy en la enorme cama de Yulia Volkova, pero ella no está.
Me quedo tumbada un rato, contemplando por el ventanal desde mi encumbrada y privilegiada posición el perfil urbano de Seattle. La vida en las nubes produce desde luego una sensación de irrealidad. Una fantasía un castillo en el aire, alejado del suelo, a salvo de la cruda realidad lejos del abandono, del hambre, de madres que se prostituyen por crack. Me estremezco al pensar lo que debió de pasar de niña, y entiendo por qué vive aquí, aislada, rodeada de belleza, de valiosas obras de arte, tan alejada de sus comienzos… toda una declaración de intenciones. Frunzo el ceño, porque eso sigue sin explicar por qué no puedo tocarla.

Curiosamente, yo me siento igual aquí arriba, en su torre de marfil. Lejos de la realidad. Estoy en este piso de fantasía, teniendo un sexo de fantasía con mi novia de fantasía, cuando la cruda realidad es que ella quiere un contrato especial, aunque diga que intentará darme más. ¿Qué significa eso? Eso es lo que tengo que aclarar entre nosotras, para ver si aún estamos en extremos opuestos del balancín o nos vamos acercando.
Salgo de la cama sintiéndome agarrotada y, a falta de una expresión mejor, bien machacada. Sí, debe de ser de tanto sexo. Mi subconsciente frunce los labios en señal de desaprobación. Yo le pongo los ojos en blanco, alegrándome de que cierta obsesa del control de mano muy suelta no esté en la habitación, y decido preguntarle por el entrenador personal. Eso, si firmo. La diosa que llevo dentro me mira desesperada. Pues claro que vas a firmar. Las ignoro a las dos y, tras una visita rápida al baño, salgo en busca de Yulia.

No está en la galería de arte, pero una mujer elegante de mediana edad está limpiando en la zona de la cocina. Al verla, me paro en seco. Es rubia, lleva el pelo corto y tiene los ojos azules; viste una impecable blusa blanca y lisa y una falda de tubo azul marino. Esboza una ampia sonrisa al verme.

—Buenos días, señorita Katina. ¿Le apetece desayunar? —me pregunta en un tono agradable pero profesional, y yo alucino.
¿Qué hace esta atractiva rubia en la cocina de Yulia? No llevo puesta más que la camiseta que me dejó. Me siento cohibida por mi desnudez.
—Me temo que juega usted con ventaja —digo en voz baja, incapaz de ocultar la angustia que me produce.
—Ah, lo siento muchísimo… Soy la señora Jones, el ama de llaves de la señorita Volkova.
Ah.
—¿Qué tal? —consigo decir.
—¿Le apetece desayunar, señora?
¡Señora!
—Me gustaría tomar un poco de té, gracias. ¿Sabe dónde está la señorita Volkova?
—En su estudio.
—Gracias.

Salgo disparada hacia el estudio, muerta de vergüenza. ¿Por qué Yulia solo contrata a rubias atractivas? Y una idea desagradable me viene a la cabeza: ¿serán todas ex sumisas? Me niego a acariciar una idea tan espantosa. Asomo la cabeza tímidamente por la puerta. Está al teléfono, de cara al ventanal, vestida con pantalones negros y camisa blanca. Aún tiene el pelo mojado de la ducha y eso me distrae por completo de mis pensamientos negativos.

—Salvo que mejore el balance de pérdidas y ganancias de la compañía, no me interesa, Ros. No vamos a cargar con un peso muerto. No me pongas más excusas tontas. Que me llame Marco, es todo o nada. Sí, dile a Barney que el prototipo pinta bien, aunque la interfaz no me convence. No, le falta algo. Quiero verlo esta tarde para discutirlo. A él y a su equipo; podemos hacer una tormenta de ideas. Vale. Pásame con Andrea otra vez. -Espera, mirando por el ventanal, ama y señora del universo contemplando a la pobre gente bajo su castillo en el cielo—. Andrea…

Al levantar la vista, me ve en la puerta. Una sensual sonrisa se extiende lentamente por su hermoso rostro, y me quedo sin habla al tiempo que se me derriten las entrañas. Es sin lugar a dudas la mujer más hermosa del planeta, demasiado hermosa para los seres vulgares de allá abajo, demasiada hermosa para mí. No, la diosa que llevo dentro me mira ceñuda, demasiada hermosa para mí, no. En cierto modo, es mía… de momento. La idea me produce un escalofrío y disipa mi irracional inseguridad.
Sigue hablando, sin dejar de mirarme.

—Cancela toda mi agenda de esta mañana, pero que me llame Bill. Estaré allí a las dos. Tengo que hablar con Marco esta tarde, eso me llevará al menos media hora. Ponme a Barney y a su equipo después de Marco, o quizá mañana, y búscame un hueco para quedar con Claude todos los días de esta semana. Dile que espere. Ah. No, no quiero publicidad para Darfur. Dile a Sam que se encargue él de eso. No. ¿Qué evento? ¿El sábado que viene? Espera.

»¿Cuándo vuelves de Georgia? —me pregunta.
—El viernes.
Retoma la conversación telefónica.
—Necesitaré una entrada más, porque voy acompañada. Sí, Andrea, eso es lo que he dicho, acompañado, la señorita Elena Katina vendrá conmigo. Eso es todo. —Cuelga—. Buenos días, señorita Katina.
—Señorita Volkova —sonrío tímidamente.
Rodea el escritorio con su habitual elegancia y se sitúa delante de mí. Me acaricia suavemente la mejilla con el dorso de los dedos.
—No quería despertarte, se te veía tan serena. ¿Has dormido bien?
—He descansado, gracias. Solo he venido a saludar antes de darme una ducha.

Lo miro, me embebo de ella. Se inclina y me besa con suavidad, y no puedo controlarme. Me cuelgo de su cuello y mis dedos se enredan en su pelo aún húmedo. Con el cuerpo pegado al suyo, le devuelvo el beso. La deseo. Mi ataque lo toma por sorpresa, pero, tras un instante, responde con un grave gruñido gutural. Desliza las manos por mi pelo y desciende por la espalda para agarrarme el trasero desnudo, explorándome la boca con la lengua. Se aparta, con los ojos entrecerrados.

—Vaya, parece que el descanso te ha sentado bien —murmura—. Te sugiero que vayas a ducharte, ¿o te echo un polvo ahora mismo encima de mi escritorio?
—Prefiero lo del escritorio —le susurro temeraria mientras el deseo invade mi organismo como la adrenalina, despertándolo todo a su paso.
Me mira perpleja un milisegundo.
—Esto le gusta de verdad, ¿no, señorita Katina? Te estás volviendo insaciable —masculla.
—Lo que me gusta eres tú —le digo.
Sus ojos se agrandan y se oscurecen mientras me masajea el trasero desnudo.
—Desde luego, solo yo —gruñe, y de pronto, con un movimiento rápido, aparta todos los planos y documentos del escritorio, que se esparcen por el suelo, y luego me coge en brazos y me tumba en el lado corto de la mesa, de forma que la cabeza casi me cuelga por el borde—. Tú lo has querido, nena —masculla, sacándose un preservativo del bolsillo del pantalón al tiempo que se baja la cremallera.
Vaya con el boyscout. Desliza el condón por su miembro erecto y me mira.
—Espero que estés lista —dice con una sonrisa lasciva.
Y en un instante está dentro de mí y, sujetándome con fuerza las muñecas a los costados, me penetra hasta el fondo.
Gimo… oh, sí.
—Dios, Lena. Sí que estás lista —susurra con veneración.

Enroscándole las piernas en la cintura, la abrazo de la única forma que puedo mientras ella, de pie, me mira, con un brillo intenso en esos ojos azules, apasionada y posesiva. Empieza a moverse, a moverse de verdad. Esto no es hacer el amor, esto es follar, y me encanta. Gimo. Es tan crudo, tan carnal, me excita tanto. Gozo de su penetración, su pasión sacia la mía. Se mueve con facilidad, gozándome, disfrutando de mí, con la boca algo abierta a medida que se le acelera la respiración. Gira las caderas de un lado a otro y me produce una sensación deliciosa.
Cierro los ojos, notando que se aproxima el clímax, esa deliciosa avalancha lenta y creciente, que me eleva más y más hasta el castillo en el aire. Oh, sí… su empuje aumenta un poco. Gimo fuerte. Soy toda sensación, toda ella; disfruto de cada embate, de cada vez que me llega hasta el fondo. Coge ritmo, empuja más rápido, más fuerte, y todo mi cuerpo se mueve a su compás, y noto que se me agarrotan las piernas, y mis entrañas se estremecen y se aceleran.

—Vamos, nena, dámelo todo —me incita entre dientes, y el deseo ardiente de su voz, la tensión, me abocan al precipicio.

Lanzo una súplica silenciosa y apasionada cuando toco el sol y me quemo, y me desplomo a su alrededor, caigo, de vuelta a una cima intensa y luminosa en la Tierra. Embiste y para en seco al llegar al clímax y, tirándome de las muñecas, se desploma con elegancia, calladamente, sobre mí.
Uau… esto no me lo esperaba. Poco a poco, vuelvo a materializarme en la Tierra.

—¿Qué diablos me estás haciendo? —dice besuqueándome el cuello—. Me tienes completamente hechizada, Lena. Ejerces alguna magia poderosa.
Me suelta las muñecas y le paso los dedos por el pelo, descendiendo de las alturas. Aprieto las piernas alrededor de su cintura.
—Soy yo la hechizada —susurro.
Me mira, me contempla, con expresión desconcertada, alarmada incluso. Poniéndome las manos a ambos lados de la cara, me sujeta la cabeza.
—Tú… eres… mía —dice, marcando bien cada palabra—. ¿Entendido?
Lo dice tan seria, tan exaltada… con tal fanatismo. La fuerza de su súplica me resulta tan inesperada, tan apabullante. Me pregunto por qué se siente así.
—Sí, tuya —le susurro, completamente desconcertada por su fervor.
—¿Seguro que tienes que irte a Georgia?
Asiento despacio. Y, en ese breve instante, veo alterarse su expresión y noto cómo cambia su actitud. Se retira bruscamente y yo hago una mueca de dolor.
—¿Te duele? —pregunta inclinándose sobre mí.
—Un poco —confieso.
—Me gusta que te duela. —Sus ojos abrasan—. Te recordará que he estado ahí, solo yo.
Me coge por la barbilla y me besa con violencia, luego se endereza y me tiende la mano para ayudarme a levantarme. Miro el envoltorio del condón que tengo al lado.
—Siempre preparado —murmuro.
Me mira confundida mientras se sube la bragueta. Sostengo en alto el envoltorio vacío.
—Una mujer siempre puede tener esperanzas, Lena, incluso sueña, y a veces los sueños se hacen realidad.
Suena tan rara, con esa mirada encendida. No la entiendo. Mi dicha poscoital se esfuma rápidamente. ¿Qué problema tiene?
—Así que hacerlo en tu escritorio… ¿era un sueño? —le pregunto con sequedad, probando a bromear para aliviar la tensión que hay entre nosotras.
Me dedica una sonrisa enigmática que no le llega a los ojos y sé inmediatamente que no es la primera vez que lo ha hecho en su escritorio. La idea me desagrada.
Me retuerzo incómoda al tiempo que mi dicha poscoital se esfuma del todo.
—Más vale que vaya a darme una ducha.
Me levanto y me dispongo a marcharme.
Frunce el ceño y se pasa una mano por el pelo.
—Tengo un par de llamadas más que hacer. Desayunaré contigo cuando salgas de la ducha. Creo que la señora Jones te ha lavado la ropa de ayer. Está en el armario.
¿Qué? ¿Cuándo lo ha hecho? Por Dios, ¿nos habrá oído? Me ruborizo.
—Gracias —murmuro.
—No se merecen —dice automáticamente, pero noto cierto tonillo en su voz.
No te estoy dando las gracias por follarme. Aunque ha sido muy…
—¿Qué? —me suelta, y entonces me doy cuenta de que estoy frunciendo el ceño.
—¿Qué pasa? —le pregunto en voz baja.
—¿A qué te refieres?
—Pues a que estás siendo aún más rara de lo habitual.
—¿Te parezco rara?
Trata de reprimir una sonrisa.
—A veces.
Me estudia un instante, pensativa.
—Como de costumbre, me sorprende, señorita Katina.
—¿En qué le sorprendo?
—Digamos que esto ha sido un regalito inesperado.
—La idea es complacernos, señorita Volkova.
Ladeo la cabeza como hace ella a menudo, devolviéndole sus palabras.
—Y me complaces, desde luego —dice, pero la noto inquieta—. Pensaba que ibas a darte una ducha.
Vaya, me está echando.
—Sí… eh… luego te veo.
Salgo de su despacho completamente anonadada.
Yulia parecía confundida. ¿Por qué? Debo decir que, como experiencia física, ha sido muy satisfactoria. En cambio, emocionalmente… bueno, me desconcierta su reacción, y eso es tan enriquecedor emocionalmente como nutritivo el algodón de azúcar.
La señora Jones sigue en la cocina.

—¿Le apetece el té ahora, señorita Katina?
—Me voy a duchar primero, gracias —murmuro, y me apresuro a salir de allí con el rostro aún encendido.

En la ducha, trato de averiguar qué le pasa a Yulia. Es la persona más complicada que conozco y no alcanzo a comprender sus estados de ánimo cambiantes. Parecía estar bien cuando he entrado en su estudio. Lo hemos hecho… y luego ya no estaba bien. No, no la entiendo. Recurro a mi subconsciente. Me la encuentro silbando con las manos a la espalda, mirando a cualquier parte menos a mí. No tiene ni idea, y la diosa que llevo dentro sigue disfrutando de los restos de la dicha poscoital. No… ninguna de nosotras tiene ni idea.

Me seco el pelo con la toalla, me lo cepillo con el único peine que tiene Yulia y me lo recojo en un moño. El vestido ciruela de Nastya está colgado, lavado y planchado, en el armario, junto con mi sujetador y mis bragas también limpios. La señora Jones es una maravilla. Me calzo los zapatos de Nastya, me arreglo un poco el vestido, respiro hondo y vuelvo a salir del enorme dormitorio.

Yulia sigue sin aparecer, y la señora Jones está revisando lo que hay en la despensa.

—¿Quiere ya el té, señorita Katina? —pregunta.
—Por favor.
Le sonrío. Me siento algo más a gusto ahora que voy vestida.
—¿Le apetece comer algo?
—No, gracias.
—Pues claro que vas a comer algo —espeta Yulia, resplandeciente—. Le gustan las tortitas con huevos y beicon, señora Jones.
—Sí, señorita Volkova. ¿Qué va a tomar usted, señorita?
—Tortilla, por favor, y algo de fruta. —No me quita los ojos de encima, su expresión es indescifrable—. Siéntate —me ordena, señalando uno de los taburetes de la barra.
Obedezco, y ella se sienta a mi lado mientras la señora Jones prepara el desayuno.
Uf, me pone nerviosa que alguien más oiga lo que hablamos.
—¿Ya has comprado el billete de avión?
—No, lo compraré cuando llegue a casa, por internet.
Se apoya en mi hombro y se frota la barbilla en ella.
—¿Tienes dinero?
Oh, no.
—Sí —digo poniendo un tono de resignada paciencia, como si hablara con un niño pequeño.
Me arquea una ceja reprobatoria. Mierda.
—Sí tengo, gracias —rectifico enseguida.
—Tengo un jet. No se va a usar hasta dentro de tres días; está a tu disposición.

La miro boquiabierta. Pues claro que tiene un jet, y yo tengo que resistir la inclinación natural de mi cuerpo a poner los ojos en blanco. Me entran ganas de reír. Pero no lo hago, porque no sé de qué humor está.

—Ya hemos abusado bastante de la flota aérea de tu empresa. No me gustaría volver a hacerlo.
—La empresa es mía, el jet también.
Parece ofendida. ¡Ah, los chicas y sus juguetitos!
—Gracias por el ofrecimiento, pero prefiero coger un vuelo regular.
Me da la impresión de que quiere seguir discutiéndolo, pero al final no lo hace.
—Como quieras. —Suspira—. ¿Tienes que prepararte mucho para las entrevistas?
—No.
—Bien. No vas a decirme de qué editoriales se trata, ¿verdad?
—No.
Se dibuja en sus labios una sonrisa reticente.
—Soy una mujer de recursos, señorita Katina.
—Soy perfectamente consciente de eso, señorita Volkova. ¿Me vas a rastrear el móvil? —pregunto inocentemente.
—La verdad es que esta tarde voy a estar muy liada, así que tendré que pedirle a alguien que lo haga por mí.
Sonríe con picardía.
Lo dirá en broma, ¿no?

—Si puedes poner a alguien a hacer eso, es que te sobra personal, desde luego.
—Le mandaré un correo a la jefa de recursos humanos y le pediré que revise el recuento de personal.

Tuerce la boca para ocultar la sonrisa.
Ay, menos mal que ha recobrado el sentido del humor.
La señora Jones nos sirve el desayuno y comemos en silencio durante unos minutos. Tras recoger los cacharros, la mujer se retira discretamente de la zona del salón. Lo miro.

—¿Qué pasa, Elena?
—¿Sabes?, al final no me has dicho por qué no te gusta que te toquen.
Palidece y su reacción me hace sentirme culpable por preguntar.
—Te he contado más de lo que le he contado nunca a nadie —dice en voz baja mientras me mira impasible.

Y tengo claro que nunca le ha hecho confidencias a nadie. ¿No tiene amigos íntimos? Quizá se lo contara a la señora Robinson. Quiero preguntárselo, pero no puedo… no puedo meterme así en su vida. Niego con la cabeza al darme cuenta. Está sola, pero de verdad.

—¿Pensarás en nuestro contrato mientras estás fuera? —pregunta.
—Sí.
—¿Me vas a echar de menos?
La miro, sorprendida por la pregunta.
—Sí —respondo con sinceridad.

¿Cómo puede haber llegado a significar tanto para mí en tan poco tiempo? Se me ha metido bajo la piel, literalmente. Sonríe y se le ilumina la mirada.

—Yo también te voy a echar de menos. Más de lo que imaginas —me dice.

Se me alegra el corazón al oír sus palabras. Lo está intentando, de verdad. Me acaricia suavemente la mejilla, se inclina y me besa con ternura.

A última hora de la tarde espero sentada y nerviosa al señor A.Popov en el vestíbulo de Seattle Independent Publishing. Es mi segunda entrevista de hoy y la que más me interesa. La primera ha ido bien, pero era para un grupo mayor, con oficinas en todo el país, y yo no sería más que una de las muchas ayudantes editoriales. Imagino que semejante máquina corporativa me engulliría y me escupiría bastante rápido. En SIP es donde quiero estar. Es pequeña y poco convencional, aboga por los autores locales y tiene una interesante y peculiar lista de clientes.

El lugar resulta un tanto austero, pero creo que es una declaración de intenciones más que un indicio de frugalidad. Estoy sentada en uno de los dos sillones Chesterfield de piel verde oscuro, muy similares al sofá que tiene Yulia en su cuarto de juegos. Acaricio la piel, apreciativa, y me pregunto distraída qué hará Yuliaen ese sofá. Divago pensando en las posibilidades… no, más vale que no piense en eso ahora. Me sonrojan mis pensamientos descarriados e inoportunos. La recepcionista es una joven afroamericana con grandes pendientes de plata y el pelo largo y liso. Tiene cierto aire bohemio; es de esa clase de mujeres con las que podría llevarme bien. La idea me reconforta. De vez en cuando me mira, apartando la vista del ordenador, y me sonríe tranquilizadora. Yo le devuelvo la sonrisa tímidamente.
Ya tengo el vuelo reservado, mi madre está encantada de que vaya a verla, he hecho la maleta y Nastya ha accedido a acompañarme al aeropuerto. Yulia me ha ordenado que me lleve la BlackBerry y el Mac. Pongo los ojos en blanco al recordar su despotismo, pero ahora me doy cuenta de que ella es así. Le gusta controlarlo todo, incluida yo. Sin embargo, también puede ser tan impredecible y desconcertantemente agradable… Puede ser tierna, alegre, e incluso dulce. Y, cuando lo es, resulta tan imprevisible e inesperada… Ha insistido en acompañarme hasta el coche, que estaba aparcado en el garaje. Por Dios, que solo me voy unos días; se comporta como si me marchara durante varias semanas. Me tiene siempre desconcertada.

—¿Lena Katina?
Una mujer de melena negra prerrafaelita, de pie junto al mostrador de recepción, me saca de mi ensimismamiento. Tiene el mismo aire bohemio y etéreo que la recepcionista. Tendrá unos treinta y muchos, quizá cuarenta y pocos; resulta muy difícil de saber con mujeres de cierta edad.
—Sí —respondo, y me levanto desmañadamente.
Me dedica una sonrisa educada, sus fríos ojos castaños me escudriñan. Visto uno de los conjuntos de Nastya, un pichi negro con una blusa blanca y mis zapatos negros de tacón. Muy de entrevista, creo yo. Llevo el pelo recogido en un moño prieto y, por una vez, los mechones se están comportando. Me tiende la mano.
—Hola, Lena, me llamo Elizabeth Morgan. Soy la jefa de recursos humanos de SIP.
—¿Cómo está?
Le estrecho la mano. La veo muy informal para ser jefa de recursos humanos.
—Sígueme, por favor.

Pasamos la puerta de doble hoja que hay detrás de la zona de recepción y entramos en una oficina grande y diáfana de decoración luminosa, y de ahí a una pequeña sala de reuniones. Las paredes son de color verde claro y están llenas de fotos de cubiertas de libros. A la cabecera de la mesa de conferencias de madera de arce está sentado un hombre joven, pelirrojo, con la melena recogida en una coleta. En ambas orejas le brillan unos pequeños aros de plata. Viste camisa azul claro, sin corbata, y pantalones de algodón gris oscuro. Cuando me acerco a él, se levanta y me mira con unos ojos azul oscuro insondables.

—Lena Katina, soy Alexandr Popov, director de adquisiciones de SIP. Encantado de conocerte.
Nos damos la mano. Su mirada oscura me resulta impenetrable, aunque suficientemente afable, creo.
—¿Vienes de muy lejos? —me pregunta amablemente.
—No, acabo de mudarme a la zona de Pike Street Market.
—Ah, entonces vives muy cerca. Siéntate, por favor.
Me siento, y Elizabeth toma asiento a mi lado.
—Dinos, ¿por qué quieres trabajar como becaria en SIP, Lena? —pregunta.

Pronuncia mi nombre con suavidad y ladea la cabeza, como alguien que yo me sé; resulta inquietante. Esforzándome por ignorar el recelo irracional que me inspira, me lanzo a soltarle mi discurso cuidadosamente preparado, consciente de que un rubor sonrosado se extiende por mis mejillas. Los miro a los dos, recordando la charla de Anastasya Isaeva sobre cómo salir airoso de una entrevista: «¡Mantén el contacto visual, Lena!». Dios, qué mandona puede ser ella también, a veces. Alexandr y Elizabeth me escuchan con atención.

—Tienes una nota media impresionante. ¿De qué actividades extracurriculares has disfrutado en tu universidad?
¿Disfrutar? Lo miro extrañada. Qué extraña elección léxica. Entro en detalles sobre mi puesto de bibliotecaria en la biblioteca central del campus y mi experiencia entrevistando a una déspota indecentemente rica para la revista de la universidad. Paso por alto el hecho de que, en realidad, no fui yo quien escribió el artículo. Menciono las dos sociedades literarias a las que pertenecía y concluyo con mi trabajo en Clayton’s y todos los conocimientos inútiles que ahora poseo sobre ferretería y bricolaje. Los dos se ríen, que es lo que esperaba. Poco a poco, me relajo y empiezo a sentirme a gusto.

Alexandr Popov me hace preguntas agudas e inteligentes, pero no me amilano; mantengo el tipo y, cuando hablamos de mis preferencias literarias y mis libros favoritos, creo que me defiendo bastante bien. A Alex, en cambio, solo parece gustarle la literatura estadounidense posterior a 1950. Nada más. Ningún clásico, ni siquiera Henry James, ni Upton Sinclair, ni F. Scott Fitzgerald. Elizabeth no dice nada, solo asiente de vez en cuando y toma notas. Alexandr, pese a su afán por la controversia, es agradable a su manera, y mi recelo inicial se disipa a medida que hablamos.

—¿Y dónde te ves dentro de cinco años? —pregunta.
Con Yulia Volkova, me viene sin querer la idea a la cabeza. La divagación me hace fruncir el ceño.
—De editora, quizá. Tal vez de agente literario, no estoy segura. Estoy abierta a todas las posibilidades.
Alexandr sonríe.
—Muy bien, Lena. No tengo más preguntas. ¿Y tú? —me plantea directamente.
—¿Cuándo habría que empezar? —inquiero.
—Lo antes posible —interviene Elizabeth—. ¿Cuándo podrías tú?
—Estoy disponible a partir de la semana que viene.
—Está bien saberlo —dice Alexandr.
—Si nadie tiene nada más que decir —Elizabeth nos mira a los dos—, creo que damos por terminada la entrevista.
Sonríe amablemente.
—Ha sido un placer conocerte, Lena —dice Alexandr en voz baja cogiéndome la mano.
Me la aprieta con suavidad, así que lo miro con cierta extrañeza cuando me despido.

Camino del coche, me noto intranquila, pero no sé por qué. Creo que la entrevista ha ido bien, pero es difícil saberlo. Las entrevistas me parecen algo tan artificial; todo el mundo comportándose de la mejor forma posible e intentando desesperadamente esconderse tras una fachada profesional. ¿Encajo en el perfil? Habrá que esperar para saberlo.
Me subo a mi Audi A3 y me dirijo a casa, pero con tranquilidad. He reservado un vuelo nocturno con escala en Atlanta, pero no sale hasta las 22.25 h, así que tengo tiempo de sobra.
Cuando llego, Nastya está desempaquetando cajas en la cocina.

—¿Qué tal te ha ido? —me pregunta emocionada.
Solo Nastya puede estar guapísima con una camiseta gigante, unos vaqueros gastados y un pañuelo azul marino en la cabeza.
—Bien, gracias, Nastya. No sé si este conjunto era lo bastante apropiado para la segunda entrevista.
—¿Y eso?
—Me habría venido mejor algo bohemio y elegante.
Nastya arquea una ceja.
—Tú y tus bohemios elegantes. —Ladea la cabeza, ¡agh! ¿Por qué todo el mundo me recuerda a mi Cincuenta favorita?—. En realidad, Lena, tú eres una de las pocas personas que puede conseguir ese look.
Sonrío.
—Me ha gustado mucho el segundo sitio. Creo que podría encajar allí. Eso sí, el tipo que me ha entrevistado era un tanto inquietante.
Me interrumpo. Mierda, que estás hablando con Parabólica Isaeva. ¡Cállate, Lena!
—¿Y eso?
El radar de Anastasya Isaeva, detector de datos interesantes, entra en acción de inmediato en busca de ese dato que solo resurgirá en algún momento inoportuno y comprometedor, lo cual me recuerda algo.
—Por cierto, ¿podrías dejar de provocar a Yulia? Tu comentario sobre José en la cena de anoche no venía a cuento. Es una tipa celosa. Lo que haces no está bien, ¿sabes?
—Mira, si no fuera el hermano de Dimitri, le habría dicho cosas peores. Es una controladora obsesiva. No entiendo cómo la aguantas. Pretendía ponerla celosa, ayudarlo un poco a decidirse. —Levanta las manos con aire defensivo—. Pero si no quieres que me meta, no lo haré —añade enseguida al verme fruncir el ceño.
—Muy bien. La vida con Yulia ya es bastante complicada de por sí, créeme.
Dios, sueno como ella.
—Lena. —Hace una pausa, mirándome fijamente—. Estás bien, ¿no? ¿No irás a casa de tu madre para escapar?
Me ruborizo.
—No, Nastya. Fuiste tú la que dijo que necesitaba un descanso.
Se acerca y me coge de las manos, un gesto impropio de Nastya. Oh, no… Me voy a echar a llorar.
—Te veo… no sé… distinta. Espero que estés bien y que, sean cuales sean los problemas que tengas con la señorita Millonetis, puedas hablarlo conmigo. Y que sepas que yo no pretendo provocarla, aunque, la verdad, con ella es como pescar en una pecera. Mira, Lena, si algo va mal, cuéntamelo. No te voy a juzgar. Procuraré entenderlo.
Contengo las lágrimas.
—Ay, Nast… —La abrazo—. Creo que me he enamorado de ella de verdad.
—Lena, eso lo ve cualquiera. Y ella se ha enamorado de ti. Está loca por ti. No te quita los ojos de encima.
Río tímidamente.
—¿Tú crees?
—¿No te lo ha dicho?
—No con tantas palabras.
—¿Se lo has dicho tú?
—No con tantas palabras.
Me encojo de hombros, como disculpándome.
—¡Lena! Uno de las dos tiene que dar el primer paso, si no nunca llegaréis a ninguna parte.
¿Qué, que le diga lo que siento?
—Me da miedo espantarla.
—¿Y cómo sabes que ella no siente lo mismo?
—¿Yulia, miedo? No me la imagino asustada de nada.
Pero, mientras lo digo, me la imagino de niña. Quizá el miedo fuera lo único que conocía entonces. Solo de pensarlo, se me encoge el corazón de pena.
Nastya me observa con los labios y los ojos fruncidos, como mi subconsciente… solo le faltan las gafas de media luna.

—Os hace falta sentaros a charlar.
—No hemos hablado mucho últimamente.
Me sonrojo. Otras cosas sí. Comunicación no verbal, y no ha estado nada mal. Bueno, ha estado más que bien.
Sonríe.
—¡Por el sexo! Si eso va bien, tienes media batalla ganada, Lena. Voy a buscar algo de comida china. ¿Lo tienes ya todo listo para el viaje?
—Casi. Aún nos quedan un par de horas o así.
—No… vuelvo dentro de veinte minutos.

Coge la cazadora y se va; se olvida de cerrar la puerta. La cierro y me voy a mi cuarto, rumiando sus palabras.
¿Tiene miedo Yulia de lo que siente por mí? ¿Siente algo por mí? Parece muy entusiasmada, dice que soy suya… pero eso forma parte de su yo dominante y obsesivo que debe tenerlo y poseerlo todo, seguro. Me doy cuenta de que, mientras esté fuera, tendré que repasar todas nuestras conversaciones y ver si puedo detectar algún indicio claro.

«Yo también te voy a echar de menos. Más de lo que imaginas.» «Me tienes completamente hechizada.»

Niego con la cabeza. No quiero pensar en eso ahora. La BlackBerry se está cargando, así que no la he mirado en toda la tarde. Me acerco con cautela y me desilusiona ver que no hay mensajes. Enciendo el cacharro infernal y tampoco hay mensajes. Es la misma dirección de e-mail, Lena, me dice mi subconsciente poniéndome los ojos en blanco y, por primera vez, entiendo por qué Yulia quiere darme unos azotes cada vez que lo hago.
Vale. Bueno, pues le escribo un correo yo.

De: Lena Katina
Fecha: 30 de mayo de 2011 18:49
Para: Yulia Volkova
Asunto: Entrevistas

Querida señorita:

Las entrevistas de hoy han ido bien.He pensado que igual te interesaba.¿Qué tal tu día?

Lena


Me siento y miro furiosa la pantalla. Las respuestas de Yulia suelen ser instantáneas. Espero y espero, y por fin oigo el tono de mensaje entrante.


De: Yulia Volkova
Fecha: 30 de mayo de 2011 19:03
Para: Lena Katina
Asunto: Mi día


Querida señorita Katina:

Todo lo que hace me interesa. Es la mujer más fascinante que conozco.Me alegro de que sus entrevistas hayan ido bien.Mi mañana ha superado todas mis expectativas.Mi tarde, en comparación, ha sido de lo más aburrida.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


De: Lena Katina
Fecha: 30 de mayo de 2011 19:05
Para: Yulia Volkova
Asunto: Mañana maravillosa


Querida señorita:

También la mañana ha sido extraordinaria para mí, aunque te hayas mostrado rara después del impecable polvo sobre el escritorio. No creas que no me he dado cuenta.Gracias por el desayuno. O gracias a la señora Jones.Me gustaría hacerte algunas preguntas sobre ella (sin que vuelvas a ponerte rara conmigo).

Lena


Titubeo antes de pulsar la tecla de envío y me tranquiliza pensar que mañana a estas horas estaré en la otra punta del continente.


De: Yulia Volkova
Fecha: 30 de mayo de 2011 19:10
Para: Lena Katina
Asunto: ¿Tú en una editorial?

Elena: «Ponerse rara» no es una forma verbal aceptable y no debería usarla alguien que quiere entrar en el mundo editorial.¿Impecable? ¿Comparado con qué, dime, por favor? ¿Y qué es lo que quieres preguntarme de la señora Jones? Me tienes intrigada.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


De: Lena Katina
Fecha: 30 de mayo de 2011 19:17
Para: Yulia Volkova
Asunto: Tú y la señora Jones


Querida señorita:

La lengua evoluciona y avanza. Es algo vivo. No está encerrada en una torre de marfil, rodeada de carísimas obras de arte, con vistas a casi todo Seattle y con un helipuerto en la azotea.Impecable en comparación con las otras veces que hemos… ¿cómo lo llamas tú…?, ah, sí, follado. De hecho, los polvos han sido todos impecables, punto, en mi modesta opinión,… pero, claro, como bien sabes, tengo una experiencia muy limitada.¿La señora Jones es una ex sumisa tuya?

Lena

Titubeo una vez más antes de darle a la tecla de envío, pero al final le doy.


De: Yulia Volkova
Fecha: 30 de mayo de 2011 19:22
Para: Lena Katina
Asunto: Lenguaje.


¡Esa boquita…! Elena:

La señora Jones es una empleada muy valiosa. Nunca he mantenido con ella más relación que la profesional. No contrato a nadie con quien haya mantenido relaciones sexuales. Me sorprende que se te haya ocurrido algo así. La única persona con la que haría una excepción a esta norma eres tú, porque eres una joven brillante con notables aptitudes para la negociación. No obstante, como sigas utilizando semejante lenguaje, voy a tener que reconsiderar la posibilidad de incorporarte a mi plantilla. Me alegra que tengas una experiencia limitada. Tu experiencia seguirá estando limitada… solo a mí. Tomaré «impecable» como un cumplido… aunque contigo nunca sé si es eso lo que quieres decir o si el sarcasmo está hablando por ti, como de costumbre.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc., desde su torre de marfil


De: Lena Katina
Fecha: 30 de mayo de 2011 19:27
Para: Yulia Volkova
Asunto: Ni por todo el té de China

Querida señorita Volkova:

Creo que ya le he manifestado mis reservas respecto a trabajar en su empresa. Mi opinión no ha cambiado, ni va a cambiar, ni cambiará, jamás. Ahora te tengo que dejar porque Nastya ya ha vuelto con la cena. Mi sarcasmo y yo te deseamos buenas noches.Me pondré en contacto contigo cuando esté en Georgia.

Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 30 de mayo de 2011 19:29
Para: Lena Katina
Asunto: ¿Ni por el té Twinings English Breakfast?


Buenas noches, Elena.Espero que tu sarcasmo y tú tengáis un buen vuelo.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


Nastya y yo paramos en la zona de estacionamiento frente a la terminal de salidas del Sea-Tac. Se inclina desde su asiento para abrazarme.
—Pásatelo bien en Barbados, Nastya. Que tengas unas vacaciones maravillosas.
—Te veo a la vuelta. No dejes que Millonetis te amargue la existencia.
—No lo haré.

Nos abrazamos una vez más, y me quedo sola. Me dirijo a facturación y me pongo en la cola, esperando con mi equipaje de cabina. No me he molestado en coger una maleta, solo una elegrante mochila que Sergey me regaló por mi último cumpleaños.

—Billete, por favor.

El joven aburrido del otro lado del mostrador me tiende la mano sin mirarme siquiera.
Con idéntica desgana le entrego mi billete y el carnet de conducir como documento de identidad. Espero que me toque ventanilla, si es posible.

—Muy bien, señorita Katina. La han pasado a primera clase.
—¿Qué?
—Señora, si es tan amable, pase a la sala VIP y espere allí a que salga su vuelo.
Parece haber despertado y me sonríe como si yo fuera Santa Claus y el conejo de Pascua todo en uno.
—Tiene que haber algún error.
—No, no. —Vuelve a mirar la pantalla del ordenador—. Elena Katina: a primera clase —lee, y me dirige una sonrisa afectada.

Aghhh… Entorno los ojos. Me da mi tarjeta de embarque y me dirijo a la sala VIP, rezongando por lo bajo. Maldita Yulia Volkova, metomentoda controladora. ¿Es que no me puede dejar en paz?
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Ataduras!!

Mensaje por Zanini-volk el Dom Mayo 29, 2016 5:28 pm

Lena:toma lo que puedas mientras puedas y corre como Bolt cuando venga lo inevitable.

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por Aleinads el Dom Mayo 29, 2016 11:29 pm

Lena estas mas que controlada por Yulia, la cosa esta cada vez mas ardiente Lenita eres una osada y Yulia, madre santa !!!
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por SandyQueen el Lun Mayo 30, 2016 3:00 pm

jajajaja!! Yulia No la va a dejar en paz y para que le hace al cuento Lena, ella tampoco quiere xD
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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Miér Jun 01, 2016 12:23 am

22


Me han hecho la manicura, me han dado un masaje y me he tomado dos copas de champán. La sala VIP tiene muchas ventajas. Con cada sorbo de Moët, me siento un poco más inclinada a perdonar a Yulia por su intervención. Abro el MacBook con la confianza de poner a prueba la teoría de que funciona en cualquier parte del planeta.

De: Lena Katina
Fecha: 30 de mayo de 2011 21:53
Para: Yulia Volkova
Asunto: Detalles superextravagantes

Querida señorita Volkova:

Lo que verdaderamente me alarma es cómo has sabido qué vuelo iba a coger.Tu tendencia al acoso no conoce límites. Espero que el doctor Flynn haya vuelto de vacaciones.Me han hecho la manicura, me han dado un masaje en la espalda y me he tomado dos copas de champán, una forma agradabilísima de empezar mis vacaciones.Gracias.

Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 30 de mayo de 2011 21:59
Para: Lena Katina
Asunto: No se merecen

Querida señorita Katina:

El doctor Flynn ha vuelto y tengo cita con él esta semana.¿Quién le ha dado un masaje en la espalda?

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc., con amigos en los sitios adecuados

¡Ajá! Hora de vengarse. Ya han llamado a nuestro vuelo, así que ahora podré contestarle desde el avión. Será más seguro. Estoy a punto de abrazarme de perversa alegría.
Hay muchísimo sitio en primera. Con un cóctel de champán en la mano, me instalo en el suntuoso asiento de cuero junto a la ventanilla mientras la cabina empieza a llenarse poco a poco. Llamo a Sergey para decirle dónde estoy; una llamada compasivamente breve, porque es muy tarde para él.

—Te quiero, papá —susurro.
—Y yo a ti, Lenis. Saluda a tu madre. Buenas noches.
—Buenas noches.
Cuelgo.

Sergey está en buena forma. Miro mi Mac y, con el mismo regocijo infantil creciente, lo abro y entro en el programa de correo.


De: Lena Katina
Fecha: 30 de mayo de 2011 22:22
Para: Yulia Volkova
Asunto: Manos fuertes y capaces


Querida señorita:

Me ha dado un masaje en la espalda un joven muy agradable. Verdaderamente agradable. No me habría topado con Jean-Paul en la sala de embarque normal, así que te agradezco de nuevo el detalle.No sé si me van a dejar mandar correos cuando hayamos despegado; además, necesito dormir para estar guapa, porque últimamente no he dormido mucho.Dulces sueños, señorita Volkova… pienso en ti.

Lena


Uf, cómo se va a enfadar… y estaré en el aire, lejos de su alcance. Le está bien empleado. Si hubiera estado en la sala de embarque normal, Jean-Paul no me habría puesto las manos encima. Era un joven muy agradable, de esos rubios y permanentemente bronceados; en serio, ¿quién puede estar bronceado en Seattle? Qué absurdo. Creo que era gay, pero eso me lo guardo para mí. Me quedo mirando el correo. Nastya tiene razón. Con ella, es como pescar en una pecera. Mi subconsciente me mira con la boca espantosamente torcida: ¿en serio quieres provocarla? ¡Lo que ha hecho es un detallazo, lo sabes! Le importas y quiere que viajes por todo lo alto. Sí, pero me lo podía haber preguntado, o habérmelo dicho, y no hacerme quedar como una auténtica lela en el mostrador de facturación. Pulso la tecla de envío y espero, sintiéndome una niña muy mala.


—Señorita Katina, tiene que apagar el portátil durante el despegue —me dice amablemente una azafata supermaquillada.
Me da un susto de muerte. Mi conciencia culpable me castiga.
—Ah, lo siento.

Mierda. Ahora me va a tocar esperar para saber si me ha contestado. La azafata me da una manta suave y una almohada, mostrándome su dentadura perfecta. Me echo la manta por las rodillas. Es agradable que te mimen de vez en cuando.
La primera clase se ha llenado, salvo el asiento de al lado del mío, que sigue sin ocupar. Ay, no. Se me pasa una idea perturbadora por la cabeza. Igual ese sitio es el de Yulia. Mierda, no, no será capaz. ¿O sí? Le dije que no quería que viniera conmigo. Miro impaciente el reloj y entonces la voz mecánica del personal de pista anuncia: «Tripulación: armar rampas y cross check».

¿Qué significa eso? ¿Van a cerrar las puertas? Siento que se me eriza el vello mientras espero sentada con palpitante inquietud. El asiento de al lado del mío es el único desocupado de los dieciséis de la cabina de primera. El avión arranca con una sacudida y yo suspiro de alivio, pero también siento una leve punzada de desilusión: no habrá Yulia en cuatro días. Miro de reojo la BlackBerry.


De: Yulia Volkova
Fecha: 30 de mayo de 2011 22:25
Para: Lena Katina
Asunto: Disfruta mientras puedas


Querida señorita Katina:

Sé lo que se propone y, créame, lo ha conseguido. La próxima vez irá en la bodega de carga, atada y amordazada y metida en un cajón. Le aseguro que encargarme de que viaje en esas condiciones me producirá muchísimo más placer que cambiarle el billete por uno de primera clase.Espero ansiosa su regreso.

Yulia Volkova

Presidenta de mano suelta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


Dios mío. Ese es el problema del humor de Yulia, que nunca estoy segura de si bromea o si está enfadadísima. Sospecho que, en esta ocasión, está enfadadísima. Subrepticiamente, para que no me vea la azafata, tecleo una respuesta bajo la manta.


De: Lena Katina
Fecha: 30 de mayo de 2011 22:30
Para: Yulia Volkova
Asunto: ¿Bromeas?


¿Ves?, no tengo ni idea de si estás bromeando o no. Si no bromeas, mejor me quedo en Georgia. Los cajones están en mi lista de límites infranqueables. Siento haberte enfadado. Dime que me perdonas.

Lena



De: Yulia Volkova
Fecha: 30 de mayo de 2011 22:31
Para: Lena Katina
Asunto: Bromeo


¿Cómo es que estás mandando correos? ¿Estás poniendo en peligro la vida de todos los pasajeros, incluida la tuya, usando la BlackBerry? Creo que eso contraviene una de las normas.

Yulia Volkova

Presidenta de manos sueltas (ambas) de Volkova Enterprises Holdings, Inc. ¡Ambas!



Guardo la BlackBerry, me recuesto en el asiento mientras el avión entra en pista y saco mi ejemplar de Tess… una lectura ligera para el viaje. Una vez en el aire, echo mi asiento para atrás y no tardo en quedarme dormida.
La azafata me despierta cuando iniciamos el descenso en Atlanta. Son las 5.45 h, hora local, pero solo he dormido unas cuatro horas o así. Estoy grogui, pero agradezco el zumo de naranja que me ofrece la azafata. Miro nerviosa la BlackBerry. No hay más correos de Yulia. Bueno, son casi las tres de la mañana en Seattle, y seguramente quiere evitar que me cargue los sistemas de navegación o lo que sea que impide que vuelen los aviones cuando hay móviles encendidos.
La espera en Atlanta es de solo una hora. Y de nuevo disfruto del refugio de la sala VIP. Me siento tentada de dormirme acurrucada en uno de esos sofás tan blanditos que se hunden suavemente bajo mi peso, pero no voy a estar aquí tanto rato. Para mantenerme despierta, inicio en el portátil un interminable monólogo interior dirigido a Yulia.


De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 06:52 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: ¿Te gusta asustarme?


Sabes cuánto me desagrada que te gastes dinero en mí. Sí, eres muy rica, pero aun así me incomoda; es como si me pagaras por el sexo. No obstante, me gusta viajar en primera mucho más civilizado que el autocar, así que gracias. Lo digo en serio, y he disfrutado del masaje de Jean-Paul, que era gay. He omitido ese detalle en mi correo anterior para provocarte, porque estaba molesta contigo, y lo siento.Pero, como de costumbre, tu reacción es desmedida. No me puedes decir esas cosas (atada y amordazada en un cajón; ¿lo decías en serio o era una broma?), porque me asustan, me asustas. Me tienes completamente cautivada, considerando la posibilidad de llevar contigo un estilo de vida que no sabía ni que existía hasta la semana pasada, y vas y me escribes algo así, y me dan ganas de salir corriendo espantada. No lo haré, desde luego, porque te echaría de menos. Te echaría mucho de menos. Quiero que lo nuestro funcione, pero me aterra la intensidad de lo que siento por ti y el camino tan oscuro por el que me llevas. Lo que me ofreces es erótico y sensual, y siento curiosidad, pero también tengo miedo de que me hagas daño, física y emocionalmente. A los tres meses, podrías pasar de mí y ¿cómo me quedaría yo? Claro que supongo que ese es un riesgo que se corre en cualquier relación. Esta no es precisamente la clase de relación que yo imaginaba que tendría, menos aún siendo la primera. Me supone un acto de fe inmenso.Tenías razón cuando dijiste que no hay una pizca de sumisión en mí, y ahora coincido contigo. Dicho esto, quiero estar contigo, y si eso es lo que tengo que hacer para conseguirlo, me gustaría intentarlo, aunque me parece que lo haré de pena y terminaré llena de moratones… y la idea no me atrae en absoluto.Estoy muy contenta de que hayas accedido a intentar darme más. Solo me falta decidir lo que entiendo por «más», y esa es una de las razones por las que quería distanciarme un poco. Me deslumbras de tal modo que me cuesta pensar con claridad cuando estamos juntas.Nos llaman para embarcar. Tengo que irme.Luego más.

Tu Lena



Le doy a la tecla de envío y me dirijo medio adormilada a la puerta de embarque para subirme a otro avión. Este solo tiene seis asientos en primera y, en cuanto despegamos, me acurruco bajo mi suave manta y me quedo dormida.
Tras un sueño demasiado corto me despierta la azafata con más zumo de naranja, ya que iniciamos la aproximación al Savannah International. Sorbo despacio, exhausta, y me permito sentir un poco de emoción. Voy a ver a mi madre después de seis meses. Mirando de reojo la BlackBerry, recuerdo que le he enviado un largo y farragoso correo a Yulia, pero no hay respuesta. Son las cinco de la madrugada en Seattle; con un poco de suerte, aún estará dormida y no interpretando alguna pieza lúgubre al piano.
Lo bueno de las mochilas de cabina es que una puede salir volando del aeropuerto sin tener que esperar una eternidad junto a las cintas de equipaje. Lo bueno de viajar en primera es que te dejan bajar del avión antes que a nadie.
Mi madre me espera con Bob, y estoy encantada de verlos. No sé si es por el agotamiento, por el largo viaje o por toda la situación con Yulia, pero en cuanto estoy en los brazos de mi madre me echo a llorar.

—Ay, Lena, cielo. Debes de estar muy cansada.
Mira inquieta a Bob.
—No, mamá, es que… me alegro mucho de verte.
La abrazo con fuerza.
Me hace sentir tan bien, tan protegida, como en casa. La suelto a regañadientes y Bob me da un incómodo abrazo con un solo brazo. No parece tenerse bien en pie, y entonces recuerdo que se ha hecho daño en una pierna.
—Bienvenida a casa, Lena. ¿Por qué lloras? —pregunta.
—Oh, Bob, también me alegro de verte a ti.
Contemplo su apuesto rostro de mandíbula cuadrada y sus chispeantes ojos azules que me miran con cariño. Me gusta este marido, mamá. Te lo puedes quedar. Me coge la mochila.
—Por Dios, Lena, ¿qué llevas aquí?

Será el Mac. Los dos me agarran por la cintura mientras nos dirigimos al aparcamiento.
Siempre olvido el calor insoportable que hace en Savannah. Al salir de los confines refrigerados de la terminal de llegadas, nos cae encima la manta de calor de Georgia. Buf… Es agotador. Tengo que zafarme de los brazos de mamá y de Bob para quitarme la sudadera con capucha. Menos mal que me he traído pantalones cortos. A veces echo de menos el calor seco de Las Vegas, donde viví con mamá y Bob cuando tenía diecisiete años, pero a este calor húmedo, incluso a las ocho y media de la mañana, cuesta acostumbrarse. Cuando me encuentro al fin en el asiento de atrás del Tahoe de Bob, maravillosamente refrigerado, me quedo sin fuerzas, y el pelo se me empieza a encrespar a causa del calor. Desde el monovolumen, les envío un mensaje rápido a Sergey, a Nastya y a Yulia:
*He llegado sana y salva a Savannah. L Smile*
De pronto pienso en José mientras pulso la tecla de envío y, en medio de la neblina de mi fatiga, recuerdo que su exposición es la semana que viene. ¿Debería invitar a Yulia, sabiendo que no le cae bien José? ¿Aún querrá verme Yulia después del e-mail que le he mandado? Me estremezco de pensarlo, y me lo quito de la cabeza. Ya me ocuparé de eso luego. Ahora voy a disfrutar de la compañía de mi madre.

—Cielo, debes de estar cansada. ¿Quieres dormir un rato cuando lleguemos a casa?
—No, mamá. Me apetece ir a la playa.

Llevo mi tankini azul de top atado al cuello, mientras sorbo una Coca-Cola light tumbada en una hamaca mirando el océano Atlántico. Y pensar que ayer, sin ir más lejos, contemplaba el Sound abriéndose al Pacífico. Mi madre gandulea a mi lado, protegiéndose del sol con un sombrero flexible desmesuradamente grande y unas gafas de sol enormes, tipo Jackie O, sorbiendo su propia Coca-Cola. Estamos en la playa de Tybee Island, a tres manzanas de casa. Me tiene cogida de la mano. Mi fatiga ha disminuido y, mientras me empapo de sol, me siento a gusto, segura y animada. Por primera vez en una eternidad, empiezo a relajarme.

—Bueno, Lena… háblame de esa mujer que te tiene tan loca.

¡Loca! ¿Cómo lo sabe? ¿Qué le digo? No puedo hablar de Yulia con mucho detalle por el acuerdo de confidencialidad, pero, en cualquier caso, ¿le hablaría a mi madre de ella? Palidezco de pensarlo.

—¿Y bien? —insiste, y me aprieta la mano.
—Se llama Yulia. Es guapísima. Es rica… demasiado rica. Es muy complicada y temperamental.

Sí, me siento tremendamente orgullosa de mi definición escueta y precisa. Me vuelvo de lado para mirarla, justo cuando ella hace lo mismo. Me mira con sus ojos de un azul transparente.

—Centrémonos en lo de complicada y temperamental.
Oh, no…
—Sus cambios de humor me confunden, mamá. Tuvo una infancia difícil y es muy cerrada, es muy difícil entenderle.
—¿Te gusta?
—Más que eso.
—¿En serio? —me dice, mirándome boquiabierta.
—Sí, mamá.
—En realidad, cielo, las mujeres no somos complicadas. Somos criaturas muy simples y cuadriculadas. Por lo general dicen lo que quieren decir. Y nosotras nos pasamos horas intentando analizar lo que han dicho, cuando lo cierto es que resulta obvio. Yo, en tu lugar, me lo tomaría al pie de la letra. Igual te ayuda.
La miro alucinada. Parece un buen consejo. Tomarme a Yulia al pie de la letra. Enseguida me vienen a la cabeza algunas de las cosas que me ha dicho.
«No quiero perderte…»
«Me tienes embrujada…»
«Me tienes completamente hechizada…»
«Yo también te voy a echar de menos, más de lo que te imaginas…»
Miro a mi madre. Ella se ha casado cuatro veces. A lo mejor sí sabe algo después de todo.

—Casi todos los hombres son volubles pero en tu caso es una chica, cariño, algunos más que otros. Mira a tu padre, por ejemplo…

Se le ablanda y entristece la mirada siempre que piensa en mi padre. En mi verdadero padre, ese hombre mítico al que no llegué a conocer y al que nos arrebataron de forma tan cruel, siendo marine, en unas maniobras de combate. En parte, creo que mamá ha estado buscando a alguien como él todo este tiempo; puede que ya haya encontrado en Bob lo que buscaba. Lástima que no lo encontrara en Sergey.

—Yo solía pensar que tu padre era voluble, pero ahora, cuando vuelvo la vista atrás, pienso que solamente estaba demasiado agobiado con su trabajo e intentando ganarse la vida para mantenernos. —Suspira—. Era tan joven… los dos lo éramos. Igual ese fue el problema.

Mmm… Yulia no es precisamente vieja. Sonrío cariñosa a mi madre. Se pone muy sentimental cuando habla de mi padre, pero estoy segura de que los cambios de humor del marine no tenían nada que ver con los de Yulia.

—Bob quiere llevarnos a cenar esta noche. A su club de golf.
—¡No me digas! ¿Bob ha empezado a jugar al golf? —pregunto en tono burlón e incrédulo.
—Dímelo a mí —gruñe mi madre, poniendo los ojos en blanco.

Tras un almuerzo ligero de vuelta en casa, empiezo a deshacer la mochila. Me voy a obsequiar con una siesta. Mamá se ha ido a moldear velas o lo que sea que haga con ellas, y Bob está en el trabajo, así que tengo un rato para recuperar horas de sueño. Abro el Mac y lo enciendo. Son las dos de la tarde en Georgia, las once de la mañana en Seattle. Me pregunto si Yulia me habrá contestado. Nerviosa, abro el correo.


De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 07:30
Para: Lena Katina
Asunto: ¡Por fin!

Elena:

Me fastidia que, en cuanto pones distancia entre nosotras, te comuniques abierta y sinceramente conmigo. ¿Por qué no lo haces cuando estamos juntas?Sí, soy rica. Acostúmbrate. ¿Por qué no voy a gastar dinero en ti? Le hemos dicho a tu padre que soy tu novia. ¿No es eso lo que hacen los novias? Como ama tuya, espero que aceptes lo que me gaste en ti sin rechistar. Por cierto, díselo también a tu madre.No sé cómo responder a lo que me dices de que te sientes como una puta. Ya sé que no me lo has dicho con esas palabras, pero es lo mismo. Ignoro qué puedo decir o hacer para que dejes de sentirte así. Me gustaría que tuvieras lo mejor en todo. Trabajo muchísimo, y me gusta gastarme el dinero en lo que me apetezca. Podría comprarte la ilusión de tu vida, Elena, y quiero hacerlo. Llámalo redistribución de la riqueza, si lo prefieres. O simplemente ten presente que jamás pensaría en ti de la forma que dices y me fastidia que te veas así. Para ser una joven tan guapa, ingeniosa e inteligente, tienes verdaderos problemas de autoestima y me estoy pensando muy seriamente concertarte una cita con el doctor Flynn.Siento haberte asustado. La idea de haberte inspirado miedo me resulta horrenda. ¿De verdad crees que te dejaría viajar como una presa? Te he ofrecido mi jet privado, por el amor de Dios. Sí, era una broma, y muy mala, por lo visto. No obstante, la verdad es que imaginarte atada y amordazada me pone (esto no es broma: es cierto). Puedo prescindir del cajón; los cajones no me atraen. Sé que no te agrada la idea de que te amordace; ya lo hemos hablado: cuando lo haga si lo hago, ya lo hablaremos. Lo que parece que no te queda claro es que, en una relación ama/sumisa, es la sumisa la que tiene todo el poder. Tú, en este caso. Te lo voy a repetir: eres tú la que tiene todo el poder. No yo. En la casita del embarcadero te negaste. Yo no puedo tocarte si tú te niegas; por eso debemos tener un contrato, para que decidas qué quieres hacer y qué no. Si probamos algo y no te gusta, podemos revisar el contrato. Depende de ti, no de mí. Y si no quieres que te ate, te amordace y te meta en un cajón, jamás sucederá.Yo quiero compartir mi estilo de vida contigo. Nunca he deseado nada tanto. Francamente, me admira que una joven tan inocente como tú esté dispuesta a probar. Eso me dice más de ti de lo que te puedas imaginar. No acabas de entender, pese a que te lo he dicho en innumerables ocasiones, que tú también me tienes hechizada. No quiero perderte. Me angustia que hayas cogido un avión y vayas a estar a casi cinco mil kilómetros de mí varios días porque no puedes pensar con claridad cuando me tienes cerca. A mí me pasa lo mismo, Elena. Pierdo la razón cuando estamos juntas; así de intenso es lo que siento por ti.Entiendo tu inquietud. He intentado mantenerme alejada de ti; sabía que no tenías experiencia aunque jamás te habría perseguido de haber sabido lo inocente que eras, y aun así me desarmas por completo como nadie lo ha hecho antes. Tu correo, por ejemplo: lo he leído y releído un montón de veces, intentando comprender tu punto de vista. Tres meses me parece una cantidad arbitraria de tiempo. ¿Qué te parece seis meses, un año? ¿Cuánto tiempo quieres? ¿Cuánto necesitas para sentirte cómoda? Dime.Comprendo que esto es un acto de fe inmenso para ti. Debo ganarme tu confianza, pero, por la misma razón, tú debes comunicarte conmigo si no lo hago. Pareces fuerte e independiente, pero luego leo lo que has escrito y veo otro lado tuyo. Debemos orientarnos la una a la otra, Elena, y solo tú puedes darme pistas. Tienes que ser sincera conmigo y las dos debemos encontrar un modo de que nuestro acuerdo funcione.Te preocupa no ser dócil. Bueno, quizá sea cierto. Dicho esto, debo reconocer que solo adoptas la conducta propia de una sumisa en el cuarto de juegos. Parece que ese es el único sitio en el que me dejas ejercer verdadero control sobre ti y el único en el que haces lo que te digo. «Ejemplar» es el calificativo que se me ocurre. Y yo jamás te llenaría de moratones. Me va más el rosa. Fuera del cuarto de juegos, me gusta que me desafíes. Es una experiencia nueva y refrescante, y no me gustaría que eso cambiara. Así que sí, dime a qué te refieres cuando me pides más. Me esforzaré por ser abierta y procuraré darte el espacio que necesitas y mantenerme alejada de ti mientras estés en Georgia. Espero con ilusión tu próximo correo.Entretanto, diviértete. Pero no demasiado.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


Madre mía. Ha escrito una redacción como las del colegio, y casi todo lo que dice es bueno. Con el corazón en la boca, releo su epístola y me acurruco en la cama del cuarto de invitados prácticamente abrazada a mi Mac. ¿Que prorroguemos nuestro contrato a un año? ¡Que soy yo la que tiene el poder! Voy a tener que meditar sobre eso. Que me lo tome al pie de la letra, eso es lo que me ha dicho mamá. No quiere perderme. ¡Ya me lo ha dicho dos veces! También, que quiere que esto funcione. ¡Ay, Yulia, y yo! ¡Que va a procurar mantenerse alejada! ¿Significa eso que a lo mejor no lo consigue? De pronto, deseo que así sea. Quiero verla. No llevamos separadas ni veinticuatro horas, y al pensar que voy a estar cuatro días sin ella me doy cuenta de lo mucho que la echo de menos. De lo mucho que la quiero.


—Lena, cielo —me dice una voz suave y cálida, llena de amor y de dulces recuerdos de tiempos pasados.
Una mano suave me acaricia la cara. Mi madre me despierta y yo estoy abrazada al portátil, cogida a él como una lapa.
—Lena, cariño —sigue con su voz suave y cantarina mientras resurjo del sueño, parpadeando a la pálida luz rosada del atardecer.
—Hola, mamá.
Me desperezo y sonrío.
—Nos vamos a cenar en media hora. ¿Aún quieres venir? —pregunta amable.
—Sí, claro, desde luego.
Me esfuerzo en vano por contener un bostezo.
—Vaya, un artilugio impresionante —dice, señalando el portátil.
Mierda.
—Ah, ¿esto? —digo haciéndome un poco la tonta.
¿Se lo olerá mamá? Parece que se ha vuelto más perspicaz desde que tengo «novia».
—Me lo ha prestado Yulia. Pensé que podría pilotar una nave espacial con él, pero solo lo uso para enviar correos y navegar por internet.
En serio, no es nada. Mirándome con recelo, se sienta en la cama y me coloca un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
—¿Te ha escrito?
Mierda, mierda.
—Sí.
Esta vez no sé hacerme la tonta, y me sonrojo.
—A lo mejor te echa de menos, ¿no?
—Eso espero, mamá.
—¿Qué te dice?
Mierda, mierda, mierda. Busco desesperadamente algo de ese correo que pueda contarle a mi madre. No creo que le apetezca oír hablar de amos, ni de bondage y mordazas, claro que el acuerdo de confidencialidad tampoco me permite contárselo.
—Me ha dicho que me divierta, pero no demasiado.
—Parece razonable. Te dejo para que te arregles, cielo. —Se inclina y me besa en la frente—. Me alegro mucho de que hayas venido, Lena. Me encanta tenerte aquí.

Y, después de tan afectuosa declaración, se va.
Uf, Yulia y razonable… dos conceptos que siempre había creído incompatibles; aunque, después del último correo, igual todo es posible. Meneo la cabeza. Necesito tiempo para digerir sus palabras. Hasta después de la cena… tal vez entonces le pueda responder. Salgo de la cama, me quito rápidamente la camiseta y los pantalones cortos y me dirijo a la ducha.
Me he traído el vestido gris de Nastya con la espalda descubierta que llevé en la graduación. Es la única prenda de vestir que metí en la mochila. Lo bueno de la humedad es que las arrugas han desaparecido, así que creo que me lo pondré para ir al club de golf. Mientras me visto, abro el portátil. No hay nada nuevo de Yulia y siento una punzada de desilusión. Muy rápido, le escribo un correo.

De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:08 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: ¿Elocuente?


Señorita, eres una escritora elocuente. Tengo que ir a cenar al club de golf de Bob y, para que lo sepas, estoy poniendo los ojos en blanco solo de pensarlo. Pero, de momento, tú y tu mano suelta estáis muy lejos de mí. Me ha encantado tu correo. Te contesto en cuanto pueda. Ya te echo de menos.Disfruta de tu tarde.

Tu Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 16:10
Para: Lena Katina
Asunto: Su trasero


Querida señorita Katina:

Me tiene distraída el asunto de este correo. Huelga decir que, de momento, está a salvo.Disfrute de la cena. Yo también la echo de menos, sobre todo su trasero y esa lengua viperina suya.Mi tarde será aburrida y solo me la alegrará pensar en usted y en sus ojos en blanco. Creo que fue usted quien juiciosamente me hizo ver que también yo tengo esa horrenda costumbre.

Yulia Volkova

Presidenta que acostumbra a poner los ojos en blanco, de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:14 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Ojos en blanco


Querida señorita Volkova:

Deja de mandarme correos. Intento arreglarme para la cena. Me distraes mucho, hasta cuando estás en la otra punta del país. Y sí, ¿quién te da unos azotes a ti cuando eres tú la que pone los ojos en blanco?

Tu Lena


Le doy a la tecla de envío e inmediatamente me viene a la cabeza la imagen de esa bruja malvada de la señora Robinson. No quiero ni imaginarlo. A Yulia golpeada por alguien de la edad de mi madre; qué barbaridad. Una vez más me pregunto cuánto daño le habrá hecho esa mujer. Aprieto los labios de rabia. Necesito un muñeco al que clavarle alfileres; igual así logro descargar parte de la ira que siento por esa desconocida.


De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 16:18
Para: Lena Katina
Asunto: Su trasero

Querida señorita Katina:

Me gusta más mi asunto que el tuyo, en muchos sentidos. Por suerte, soy la dueña de mi propio destino y nadie me castiga. Salvo mi madre, de vez en cuando, y el doctor Flynn, claro. Y tú.
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:22 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: ¿Castigarte yo?


Querida señorita:

¿Cuándo he tenido yo valor de castigarle, señorita Volkova? Me parece que me confunde con otra, lo cual resulta preocupante.En serio, tengo que arreglarme.

Tu Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 16:25
Para: Lena Katina
Asunto: Tu trasero


Querida señorita Katina:

Lo hace constantemente por escrito. ¿Me deja que le suba la cremallera del vestido?

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


Por alguna extraña razón, sus palabras saltan de la pantalla y me hacen jadear. Oh… está juguetona.



De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:28 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Para mayores de 18 años


Preferiría que me la bajaras.



De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 16:31
Para: Lena Katina
Asunto: Cuidado con lo que deseas…


YO TAMBIÉN.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.



De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:33 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Jadeando

Muy despacio…


De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 16:35
Para: Lena Katina
Asunto: Gruñendo

Ojalá estuviera allí.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.



De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:37 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Gimiendo

OJALÁ.


—¡Lena!
Mi madre me llama y doy un respingo. Mierda. ¿Por qué me siento tan culpable?
—Ya voy, mamá.


De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:39 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Gimiendo


Tengo que irme.Hasta luego, nene. Salgo corriendo al pasillo, donde me esperan Bob y mi madre.

Esta frunce el ceño.

—Cariño… ¿te encuentras bien? Te veo un poco acalorada.
—Estoy bien, mamá.
—Estás preciosa, cariño.
—Ah, este vestido es de Nastya. ¿Te gusta?
Frunce el ceño aún más.
—¿Por qué llevas un vestido de Nastya?
Oh… no.
—Pues porque a ella este no le gusta y a mí sí —improviso.
Me escudriña mientras Bob rezuma impaciencia con su mirada de perrillo faldero hambriento.
—Mañana te llevo de compras —dice.
—Ay, mamá, no hace falta. Tengo mucha ropa.
—¿Es que no puedo hacer algo por mi hija? Venga, que Bob está muerto de hambre.
—Cierto —gimotea Bob, frotándose el estómago y poniendo carita de pena.

Río como una boba cuando él pone los ojos en blanco, y luego salimos por la puerta.
Más tarde, mientras estoy en la ducha refrescándome bajo el agua tibia, pienso en lo mucho que ha cambiado mi madre. En la cena ha estado en su elemento: divertida y coqueta, rodeada de montones de amigos del club de golf. Bob se ha mostrado cariñoso y atento. Parece que se llevan bien. Me alegro mucho por mi madre. Significa que puedo dejar de preocuparme por ella y de cuestionar sus decisiones, y olvidar los días oscuros del marido número tres. Bob le va a durar. Además, ahora me da buenos consejos. ¿Cuándo ha empezado a suceder eso? Desde que conocí a Yulia. ¿Y eso por qué?
Cuando termino, me seco rápidamente, ansiosa por volver con Yulia. Hay un correo esperándome, enviado justo después de que me fuera a cenar, hace un par de horas.



De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 16:41
Para: Lena Katina
Asunto: Plagio

Me has robado la frase.Y me has dejado colgada.Disfruta de la cena.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.



De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 22:18 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Mira quién habla


Señorita, si no recuerdo mal, la frase era de Dimitri.¿Sigues colgada?

Tu Lena


De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:22
Para: Lena Katina
Asunto: Pendiente


Señorita Katina:

Ha vuelto. Se ha ido tan de repente… justo cuando la cosa empezaba a ponerse interesante.Dimitri no es muy original. Le habrá robado esa frase a alguien.¿Qué tal la cena?

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 22:26 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: ¿Pendiente?

La cena me ha llenado; te gustará saber que he comido hasta hartarme.

¿Se estaba poniendo interesante? ¿En serio?

De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:30
Para: Lena Katina
Asunto: Pendiente, sin duda


¿Te estás haciendo la tonta? Me parece que acababas de pedirme que te bajara la cremallera del vestido.Y yo estaba deseando hacerlo. Me alegra saber que estás comiendo bien.

Yulia Volkova


Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.



De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 22:36 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Bueno, siempre nos queda el fin de semana


Pues claro que como… Solo la incertidumbre que siento cuando estoy contigo me quita el apetito.Y yo jamás me haría la tonta, señorita Volkova.Seguramente ya te habrás dado cuenta. Wink



De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:40
Para: Lena Katina
Asunto: Estoy impaciente


Lo tendré presente, señorita Katina, y, por supuesto, utilizaré esa información en mi beneficio.Lamento saber que le quito el apetito. Pensaba que tenía un efecto más concupiscente en usted. Eso me ha pasado a mí también, y bien placentero que ha sido.Espero impaciente la próxima ocasión.


Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.



De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 22:36 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Flexibilidad léxica


¿Has estado echando mano otra vez al diccionario de sinónimos?



De: Yulia Volkova
Fecha: 31 de mayo de 2011 19:40
Para: Lena Katina
Asunto: Me ha pillado



Qué bien me conoce, señorita Katina.Voy a cenar con una vieja amistad, así que estaré conduciendo.Hasta luego, nena©.


Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.




¿Qué vieja amistad? No sabía que Yulia tuviera viejas amistades, salvo… ella. Miro ceñuda la pantalla. ¿Por qué tiene que seguir viéndola? Sufro un repentino y agudo ataque de celos. Quiero atizarle a algo, preferiblemente a la señora Robinson. Furiosa, apago el portátil y me meto en la cama.
Debería contestar su largo correo de esta mañana, pero de pronto estoy demasiado enfadada. ¿Por qué no la ve como lo que es: una pederasta? Apago la luz, furibunda, y me quedo mirando a la oscuridad. ¿Cómo se atrevió esa mujer? ¿Cómo osó aprovecharse de una adolescente vulnerable? ¿Seguirá haciéndolo? ¿Por qué la dejaron? Se me pasan por la cabeza varios escenarios posibles: si fue ella quien se hartó de ella, entonces ¿por qué continúan siendo amigas?; o bien fue ella la que se hartó. ¿Estará casada? ¿Divorciada? Dios. ¿Tendrá hijos? ¿Tendrá algún hijo de Yulia? Mi subconsciente asoma su feo rostro, me sonríe lasciva, y yo me quedo pasmada y asqueada solo de pensarlo. ¿Sabrá de ella el doctor Flynn?
Me obligo a salir de la cama y vuelvo a encender el cacharro infernal. Tengo una misión que cumplir. Tamborileo los dedos impaciente mientras espero a que aparezca la pantalla azul. Entro en la sección de imágenes de Google y tecleo «Yulia Volkova» en el recuadro de búsqueda. La pantalla se llena de pronto de imágenes de Yulia: con corbata negra, trajeada, Dios… las fotos que tomó José en el Heathman, con su camisa blanca y sus pantalones de franela. ¿Cómo han llegado esas imágenes a internet? Vaya, está fenomenal.
Voy bajando deprisa: algunas con socios comerciales, y una foto tras otra de la mujer más fotogénica que conozco íntimamente. ¿Íntimamente? ¿Conozco a Yulia íntimamente? La conozco sexualmente, y deduzco que aún me queda mucho por descubrir en ese aspecto. Sé que es voluble, difícil, divertida, fría, cariñosa… la pobre es un amasijo ambulante de contradicciones. Paso a la siguiente página y recuerdo que Nastya mencionó que no había podido encontrar ninguna foto suya con acompañante, de ahí que planteara la pregunta de si era lesbiana. Entonces, en la tercera página, veo una foto mía, con ella, en mi graduación. Su única foto con una mujer, y soy yo.
¡Madre mía! ¡Estoy en Google! Nos miro. Parezco sorprendida por la cámara, nerviosa, descolocada. Eso fue justo antes de que accediera a probar. Yulia, en cambio, está guapísima, serena, y lleva esa corbata… La contemplo, ese rostro hermoso, un rostro hermoso que podría estar mirando ahora mismo a la maldita señora Robinson. Guardo la foto en mi carpeta de descargas y sigo repasando las dieciocho páginas… nada. No voy a encontrar a la señora Robinson en Google. Pero necesito saber si está con ella. Le escribo un correo rápido a Yulia.



De: Lena Katina
Fecha: 31 de mayo de 2011 23:58 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: Compañeros de cena apropiados


Espero que esa amistad tuya y tú hayáis pasado una velada agradable.

Lena

P.D.: ¿Era la señora Robinson?


Le doy a la tecla de envío y vuelvo a la cama desanimada, decidida a preguntarle a Yulia por su relación con esa mujer. Por un lado, estoy desesperada por saber más; por otro, quiero olvidar que me lo ha contado. Y encima me ha venido la regla, así que tengo que acordarme de tomarme la píldora por la mañana. Programo rápidamente una alarma en el calendario de la BlackBerry. La dejo en la mesita, me tumbo y, por fin, termino sumiéndome en un sueño inquieto, deseando que estuviéramos en la misma ciudad, no a casi cinco mil kilómetros de distancia.
Después de una mañana de compras y otra tarde de playa, mi madre ha decidido que deberíamos salir de copas esta noche. Así que dejamos a Bob delante del televisor, y al rato ya estamos en el lujoso bar del hotel más exclusivo de Savannah. Yo voy por el segundo Cosmopolitan; mi madre, por el tercero. Continúa desvelándome su percepción del frágil ego masculino. Resulta desconcertante.

—Verás, Lena, los hombres piensan que todo lo que sale de la boca de una mujer es un problema que hay que resolver. No se enteran de que lo que nos gusta es darles vueltas a las cosas, hablar un poco y luego olvidar. A ellos les va más la acción.
—Mamá, ¿por qué me cuentas todo eso? —pregunto sin poder ocultar mi exasperación.
Lleva así todo el día.
—Cariño, te veo tan perdida. Nunca has traído a una chica a casa. Ni siquiera tuviste novio o novia cuando vivíamos en Las Vegas. Pensé que habría algo con ese chico que conociste en la universidad, José.
—Mamá, José no es más que un amigo.
—Ya lo sé, cielo, pero pasa algo, y tengo la impresión de que no me lo estás contando todo.
Me mira, con el rostro fruncido de preocupación maternal.
—Necesitaba distanciarme un poco de Yulia para aclararme, nada más. A veces me agobia un poco.
—¿Te agobia?
—Sí. Pero la echo de menos.

Frunzo el ceño. No he sabido nada de Yulia en todo el día. Ni un correo, nada. Estoy tentada de llamarla para ver si está bien. Mi mayor temor es que haya tenido un accidente; el segundo mayor temor es que la señora Robinson haya vuelto a clavarle sus garras. Sé que no es racional, pero, en lo que a ella respecta, parece que he perdido la perspectiva.

—Cariño, tengo que ir al lavabo.

La breve ausencia de mi madre me proporciona otra ocasión para echar un vistazo a la BlackBerry. Llevo todo el día mirando a escondidas el correo. Por fin… ¡Yulia me ha contestado!


De: Yulia Volkova
Fecha: 1 de junio de 2011 21:40 EST
Para: Lena Katina
Asunto: Compañeros de cena

Sí, he cenado con la señora Robinson. No es más que una vieja amiga, Elena.Estoy deseando volver a verte. Te echo de menos.

Yulia Volkova

Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.


En efecto, estaba cenando con ella. Confirmados mis peores temores, noto que la adrenalina y la rabia se apoderan de mi cuerpo y se me eriza el vello. ¿Será posible? Estoy fuera dos días y ya se larga con esa zorra malvada.


De: Lena Katina
Fecha: 1 de junio de 2011 21:42 EST
Para: Yulia Volkova
Asunto: VIEJAS compañeras de cena


Esa no es solo una vieja amiga.¿Ha encontrado ya otro adolescente al que hincarle el diente?¿Te has hecho demasiado mayor para ella?¿Por eso terminó vuestra relación?


Pulso la tecla de envío justo cuando vuelve mi madre.


—Lena, qué pálida estás. ¿Qué ha pasado?
Niego con la cabeza.
—Nada. Vamos a tomarnos otra copa —mascullo malhumorada.

Frunce el ceño, pero alza la vista, llama a uno de los camareros y le señala nuestras copas. Él asiente con la cabeza. Entiende la seña universal de «otra ronda de lo mismo, por favor». Mientras ella hace esto, vuelvo a mirar rápidamente la BlackBerry.


De: Yulia Volkova
Fecha: 1 de junio de 2011 21:45 EST
Para: Lena Katina
Asunto: Cuidado…

No me apetece hablar de esto por e-mail.¿Cuántos Cosmopolitan te vas a beber?
Yulia Volkova
Presidenta de Volkova Enterprises Holdings, Inc.

Dios mío, está aquí.

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Re: 50 SOMBRAS DE VOLKOVA// ADAPTACIÓN

Mensaje por VIVALENZ28 el Miér Jun 01, 2016 12:25 am

23

Miro nerviosa por todo el bar, pero no la veo.

—Lena, ¿qué pasa? Parece que has visto un fantasma.
—Es Yulia; está aquí.
—¿Qué? ¿En serio?

Mira también por todo el bar.
No le he hablado a mi madre de la tendencia al acoso de Yulia.
La veo. El corazón me da un brinco y empieza a agitarse violentamente en mi pecho cuando se acerca a nosotras. Ha venido… por mí. La diosa que llevo dentro se levanta como una loca de su chaise longue. Yulia se desliza entre la multitud; los halógenos empotrados reflejan en su pelo destellos de cobre bruñido y rojo. En sus luminosos ojos azules veo brillar… ¿rabia? ¿Tensión? Aprieta la boca, la mandíbula tensa. Oh, mierda… no. Ahora mismo estoy tan furiosa con ella, y encima está aquí. ¿Cómo me voy a enfadar con ella delante de mi madre?
Llega a nuestra mesa, mirándome con recelo. Viste, como de costumbre, camisa de lino blanco y vaqueros.

—Hola —chillo, incapaz de ocultar mi asombro por verla aquí en carne y hueso.
—Hola —responde, e inclinándose me besa en la mejilla, pillándome por sorpresa.
—Yulia, esta es mi madre, Inessa.
Mis arraigados modales toman el mando.
Se gira para saludar a mi madre.
—Encantado de conocerla, señora Katina.

¿Cómo sabe el apellido de mi madre? Le dedica esa sonrisa de infarto, cosecha Yulia Volkova, destinada a la rendición total sin rehenes. Mi madre no tiene escapatoria. La mandíbula se le descuelga hasta la mesa. Por Dios, controla un poco, mamá. Ella acepta la mano que le tiende y se la estrecha. No le contesta.
Vaya, lo de quedarse mudo de asombro es genético; no tenía ni idea.

—Yulia —consigue decir por fin, sin aliento.
Ella le dedica una sonrisa de complicidad, sus ojos azules centelleantes. Los miro con el gesto fruncido.
—¿Qué haces aquí?

La pregunta suena más frágil de lo que pretendía, y su sonrisa desaparece, y su expresión se vuelve cautelosa. Estoy emocionada de verla, pero completamente descolocada, y la rabia por lo de la señora Robinson aún me hierve en las venas. No sé si quiero ponerme a gritarle o arrojarme a sus brazos (aunque no creo que le gustara ninguna de las dos opciones), y quiero saber cuánto tiempo lleva vigilándonos. Además, estoy algo nerviosa por el e-mail que acabo de enviarle.

—He venido a verte, claro. —Me mira impasible. Huy, ¿qué estará pensando?—. Me alojo en este hotel.
—¿Te alojas aquí?
Sueno como una universitaria de segundo año colocada de anfetas, demasiado estridente hasta para mis oídos.
—Bueno, ayer me dijiste que ojalá estuviera aquí. —Hace una pausa para evaluar mi reacción—. Nos proponemos complacer, señorita Katina —dice en voz baja sin rastro alguno de humor.
Mierda, ¿está furiosa? ¿Será por los comentarios sobre la señora Robinson? ¿O tal vez porque estoy a punto de tomarme el cuarto Cosmo? Mi madre nos mira nerviosa.
—¿Por qué no te tomas una copa con nosotras, Yulia?
Le hace una seña al camarero, que se planta a nuestro lado en un nanosegundo.
—Tomaré un gin-tonic —dice Yulia—. Hendricks si tienen, o Bombay Sapphire. Pepino con el Hendricks, lima con el Bombay.
Madre mía… Solo Yulia podría pedir una copa como si fuera un plato elaborado.
—Y otros dos Cosmos, por favor —añado, mirando nerviosa a Yulia.
He salido de copas con mi madre; no se puede enfadar por eso.
—Acércate una silla, Yulia.
—Gracias, señora Katina.
Yulia coge una silla y se sienta con elegancia a mi lado.
—¿Así que casualmente te alojas en el hotel donde estamos tomando unas copas? —digo, esforzándome por sonar desenfadada.
—O casualmente estáis tomando unas copas en el hotel donde yo me alojo —me contesta ella—. Acabo de cenar, he venido aquí y te he visto. Andaba distraída pensando en tu último correo, levanto la vista y ahí estabas. Menuda coincidencia, ¿verdad?
Ladea la cabeza y detecto un amago de sonrisa. Gracias a Dios… puede que al final hasta salvemos la noche.
—Mi madre y yo hemos ido de compras esta mañana y a la playa por la tarde. Luego hemos decidido salir de copas esta noche —murmuro, porque tengo la sensación de que le debo una explicación.
—¿Ese top es nuevo? —Señala mi blusón de seda verde recién estrenado—. Te sienta bien ese color. Y te ha dado un poco el sol. Estás preciosa.
Me ruborizo. El cumplido me deja sin habla.
—Bueno, pensaba hacerte una visita mañana, pero mira por dónde…

Alarga el brazo y me coge la mano, me la aprieta con suavidad, me acaricia los nudillos con el pulgar… y siento de nuevo el tirón. Esa descarga eléctrica que corre bajo mi piel bajo la suave presión de su pulgar se dispara a mi torrente sanguíneo y me recorre el cuerpo entero, calentándolo todo a su paso. Hacía más de dos días que no la veía. Madre mía… cómo la deseo. Se me entrecorta la respiración. La miro pestañeando, sonrío tímidamente, y veo dibujarse una sonrisa en sus labios.

—Quería darte una sorpresa. Pero, como siempre, me la has dado tú a mí, Elena, cuando te he visto aquí.

Miro de reojo a mi madre, que tiene los ojos clavados en Yulia… ¡sí, clavados! Vale ya, mamá. Ni que fuera una criatura exótica nunca vista. A ver, ya sé que hasta ahora no había tenido novio o novia y que a Yulia solo la llamo así por llamarlo de alguna manera, pero ¿tan increíble es que yo haya podido atraer a una mujer? ¿A esta mujer? Pues sí, francamente… tú míralo bien, me suelta mi subconsciente. ¡Oh, cállate! ¿Quién te ha dado vela en este entierro? Miro ceñuda a mi madre, pero ella no parece darse por enterada.

—No quiero robarte tiempo con tu madre. Me tomaré una copa y me retiraré. Tengo trabajo pendiente —declara muy seria.
—Yulia, me alegro mucho de conocerte —interviene mi madre, recuperando al fin el habla—. Lena me ha hablado muy bien de ti.
Ella le sonríe.
—¿En serio?
Yulia arquea una ceja, con una expresión risueña en el rostro, y yo vuelvo a ruborizarme.
Llega el camarero con nuestras copas.
—Hendricks, señorita —declara con una floritura triunfante.
—Gracias —murmura Yulia en reconocimiento.
Sorbo nerviosa mi nuevo Cosmo.
—¿Cuánto tiempo vas a estar en Georgia, Yulia? —pregunta mamá.
—Hasta el viernes, señora Katina.
—¿Cenarás con nosotros mañana? Y, por favor, llámame Inessa.
—Me encantaría, Inessa.
—Estupendo. Si me disculpáis un momento, tengo que ir al lavabo.
Pero si acabas de ir, mamá. La miro desesperada cuando se levanta y se marcha, dejándonas solas.
—Así que te has enfadado conmigo por cenar con una vieja amiga.
Yulia vuelve su mirada ardiente y recelosa hacia mí y, llevándose mi mano a los labios, me besa suavemente los nudillos uno por uno.
Dios… ¿tiene que hacer esto ahora?
—Sí —mascullo mientras la sangre me recorre ardiente el cuerpo entero.
—Nuestra relación sexual terminó hace tiempo, Elena —me susurra—. Yo solo te deseo a ti. ¿Aún no te has dado cuenta?
La miro extrañada.
—Para mí es una pederasta, Yulia.
Contengo el aliento a la espera de su reacción.
Yulia palidece.
—Eso es muy crítico por tu parte. No fue así —susurra conmocionada, soltándome la mano.
¿Crítico?
—Ah, ¿cómo fue entonces? —pregunto.
Los Cosmos me envalentonan.
Me mira ceñuda, desconcertada. Prosigo:
—Se aprovechó de una chica vulnerable de quince años. Si hubieras sido un chiquillo de quince años y la señora Robinson un señor Robinson que la hubiera arrastrado al sadomasoquismo, ¿te parecería bien? ¿Si hubiera sido Irina, por ejemplo?
Da un respingo y me mira ceñuda.
—Lena, no fue así.
Le lanzo una mirada feroz.
—Vale, yo no lo sentí así —prosigue en voz baja—. Ella fue una fuerza positiva. Lo que necesitaba.
—No lo entiendo.
Ahora me toca a mí mostrarme desconcertada.
—Elena, tu madre no tardará en volver. No me apetece hablar de esto ahora. Más adelante, quizá. Si no quieres que esté aquí, tengo un avión esperándome en Hilton Head. Me puedo ir.
Se ha enfadado conmigo… no.
—No, no te vayas. Por favor. Me encanta que hayas venido. Solo quiero que entiendas que me enfurece que, en cuanto me voy, quedes con ella para cenar. Piensa en cómo te pones tú cuando me acerco a José. José es un buen amigo. Nunca he tenido una relación sexual con él. Mientras que tú y ella…
Me interrumpo, no queriendo concederle más espacio a ese pensamiento.
—¿Estás celosa?
Me mira atónita, y sus ojos se ablandan un poco, se enternecen.
—Sí, y furiosa por lo que te hizo.
—Elena, ella me ayudó. Y eso es todo lo que voy a decir al respecto. En cuanto a tus celos, ponte en mi lugar. No he tenido que justificar mis actos delante de nadie en los últimos siete años. De nadie en absoluto. Hago lo que me place, Elena. Me gusta mi independencia. No he ido a ver a la señora Robinson para fastidiarte. He ido porque, de vez en cuando, salimos a cenar. Es amiga y socia.
¿Socia? Dios mío. Esto es nuevo.
Me mira y analiza mi expresión.
—Sí, somos socias. Ya no hay sexo entre nosotras. Desde hace años.
—¿Por qué terminó vuestra relación?
Frunce la boca y le brillan los ojos.
—Su marido se enteró.
¡Madre mía!
—¿Te importa que hablemos de esto en otro momento, en un sitio más discreto? —gruñe.
—Dudo que consigas convencerme de que no es una especie de pedófila.
—Yo no la veo así. Nunca lo he hecho. ¡Y basta ya! —espeta.
—¿La querías?
—¿Cómo vais?
Mi madre reaparece sin que ninguna de las dos nos hayamos percatado.
Me planto una falsa sonrisa en los labios mientras Yulia y yo nos enderezamos precipitadamente en el asiento, como si estuviéramos haciendo algo malo. Mi madre me mira.
—Bien, mamá.
Yulia sorbe su copa, observándome detenidamente con expresión cautelosa. ¿Qué estará pensando? ¿La quiso? Me parece que, como diga que sí, me voy a enfadar, y mucho.
—Bueno, señoras, os dejo disfrutar de vuestra velada.
No, no, no me puede dejar así, con la duda.
—Por favor, que carguen estas copas en mi cuenta, habitación 612. Te llamo por la mañana, Elena. Hasta mañana, Inessa.
—Oh, me encanta que alguien te llame por tu nombre completo, hija.
—Un nombre precioso para una chica preciosa —murmura Yulia, estrechando la mano que mi madre le tiende, y ella sonríe con afectación.
Ay, mamá… ¿tú también, traidora? Me levanto y la miro, implorándole que responda a mi pregunta, y ella me da un casto beso en la mejilla.
—Hasta luego, nena —me susurra al oído.
Y se va.
Maldito capullo controladora. La rabia retorna con plena fuerza. Me dejo caer en la silla y me vuelvo hacia mi madre.
—Vaya, me has dejado anonadada, Lena. Menudo partidazo. Eso sí, no sé qué os traéis entre manos. Me parece que tenéis que hablar. Uf, la tensión subyacente… es insoportable.
Se abanica exageradamente.
—¡MAMÁ!
—Ve a hablar con ella.
—No puedo. He venido aquí a verte a ti.
—Lena, has venido aquí porque estás hecha un lío con esa chica. Es evidente que estáis locas la uno por la otra. Tienes que hablar con ella. Ha volado cinco mil kilómetros para verte, por el amor de Dios. Y ya sabes lo horroroso que es volar.
Me ruborizo. No le he dicho que tiene un avión privado.
—¿Qué? —me suelta.
—Tiene su propio avión —mascullo, avergonzada—, y son menos de cinco mil kilómetros, mamá.
¿Por qué me avergüenzo? Mi madre arquea ambas cejas.
—Uau —exclama—. Lena, os pasa algo. Llevo intentando averiguar lo que es desde que llegaste. Pero el único modo de solucionar el problema, sea cual sea, es hablarlo con ella. Piensa todo lo que quieras, pero hasta que no hables con ella no vas a conseguir nada.
La miro ceñuda.
—Lena, cielo, siempre le has dado muchas vueltas a todo. Fíate de tu instinto. ¿Qué te dice, cariño?
Me miro los dedos.
—Creo que estoy enamorada de ella —murmuro.
—Lo sé, cariño. Y ella de ti.
—¡No!
—Sí, Lena. Dios… ¿qué más necesitas? ¿Un rótulo luminoso en su frente?
La miro aturdida y se me llenan los ojos de lágrimas.
—No llores, cielo.
—Yo no creo que me quiera.
—Independientemente de lo rica que sea, uno no lo deja todo, se sube en su avión privado y cruza el país para tomar el té de la tarde. ¡Ve con ella! Este sitio es muy bonito, muy romántico. Además, es territorio neutral.
Me revuelvo incómoda bajo su mirada. Quiero y no quiero ir.
—Cariño, no te preocupes por tener que volver conmigo. Quiero que seas feliz, y ahora mismo creo que la clave de tu felicidad está arriba, en la habitación 612. Si quieres venir a casa luego, la llave está debajo de la yuca del porche principal. Si te quedas… bueno, ya eres mayorcita. Pero toma precauciones.

Me pongo roja como un tomate. Por Dios, mamá. Le había contado a ella lo especial que era Yulia y lo que tenia entre sus piernas.

—Vamos a terminarnos los Cosmos primero.
—Esa es mi chica.
Y sonríe.

Llamo tímidamente a la puerta de la habitación 612 y espero. Yulia abre la puerta. Está hablando por el móvil. Me mira extrañada, completamente sorprendida, sostiene la puerta abierta y me invita a entrar en su habitación.

—¿Están listas todas las indemnizaciones? ¿Y el coste? —Silba entre dientes—. Uf, nos ha salido caro el error. ¿Y Lucas?

Echo un vistazo a la habitación. Es una suite, como la del Heathman. La decoración de esta es ultramoderna, muy actual. Todo púrpuras y dorados mate con motivos en bronce en las paredes. Yulia se acerca a un mueble de madera noble, tira y abre una puerta tras la que se oculta el minibar. Me hace una señal para que me sirva, luego entra en el dormitorio. Supongo que para que no pueda oír la conversación. Me encojo de hombros. No dejó de hablar cuando entré en su estudio el otro día. Oigo correr el agua; está llenando la bañera. Me sirvo un zumo de naranja. Vuelve al salón.

—Que Andrea me mande las gráficas. Barney me dijo que había resuelto el problema. —Yulia ríe—. No, el viernes. Estoy interesado en un terreno de por aquí. Sí, que me llame Bill. No, mañana. Quiero ver lo que podría ofrecernos Georgia si nos instalamos aquí.
Yulia no me quita los ojos de encima. Me da un vaso y me indica dónde hay una cubitera.
—Si los incentivos son lo bastante atractivos, creo que deberíamos considerarlo, aunque aquí hace un calor de mil demonios. Detroit tiene sus ventajas, sí, y es más fresco. —Su rostro se oscurece un instante—. ¿Por qué? Que me llame Bill. Mañana. No demasiado temprano.

Cuelga y se me queda mirando con una expresión indescifrable, y se hace el silencio entre nosotras.
Muy bien… me toca hablar.
—No has respondido a mi pregunta —murmuro.
—No —dice en voz baja, y me mira con una mezcla de asombro y recelo.
—¿No has respondido a mi pregunta o no, no la querías?
Se cruza de brazos y se apoya en la pared; una leve sonrisa se dibuja en sus labios.
—¿A qué has venido, Elena?
—Ya te lo he dicho.
Suspira hondo.
—No, no la quería.

Me mira ceñuda, divertida pero perpleja.
Acabo de darme cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Al soltar el aire, me desinflo como un saco viejo. Uf, gracias a Dios… ¿Cómo me habría sentido si me hubiera dicho que quería a esa bruja?

—Tú eres mi diosa de ojos verdegrises, Elena. ¿Quién lo habría dicho?
—¿Se burla de mí, señorita Volkova?
—No me atrevería.
Niega con la cabeza, solemne, pero veo un destello de picardía en sus ojos.
—Huy, claro que sí, y de hecho lo haces, a menudo.
Sonríe satisfecha al ver que le devuelvo las palabras que me ha dicho ella antes. Su mirada se oscurece.
—Por favor, deja de morderte el labio. Estás en mi habitación, hace casi tres días que no te veo y he hecho un largo viaje en avión para verte.
Su tono pasa de suave a sensual.
Le suena la BlackBerry, distrayéndonos a las dos, y la apaga sin mirar siquiera quién es. Se me entrecorta la respiración. Sé cómo va a terminar esto… pero se supone que íbamos a hablar. Se acerca a mí con su mirada sexy de depredador.
—Quiero hacerlo, Elena. Ahora. Y tú también. Por eso has venido.
—Quería saber la respuesta, de verdad —alego en mi defensa.
—Bueno, ahora que lo sabes, ¿te quedas o te vas?
Me ruborizo cuando se planta delante de mí.
—Me quedo —murmuro, mirándola nerviosa.
—Me alegro. —Me mira fijamente—. Con lo enfadada que estabas conmigo… —dice.
—Sí.
—No recuerdo que nadie se haya enfadado nunca conmigo, salvo mi familia. Me gusta.

Me acaricia la mejilla con las yemas de los dedos. Madre mía, esa proximidad, ese aroma a Yulia. Se supone que íbamos a hablar, pero tengo el corazón desbocado y la sangre me corre como loca por todo el cuerpo; el deseo crece, se expande… por todo mi ser. Yulia se inclina y me pasea la nariz por el hombro hasta la base de la oreja, hundiendo despacio los dedos en mi pelo.

—Deberíamos hablar —susurro.
—Luego.
—Quiero decirte tantas cosas.
—Yo también.
Me planta un suave beso debajo del lóbulo de la oreja mientras aprieta el puño enredado en mi pelo. Me echa la cabeza hacia atrás para tener acceso a mi cuello. Me araña la barbilla con los dientes y me besa el cuello.
—Te deseo —dice.
Gimo, subo las manos y me aferro a sus brazos.
—¿Estás con la regla?
Sigue besándome.
Maldita sea. ¿No se le escapa nada?
—Sí —susurro, cortada.
—¿Tienes dolor menstrual?
—No.
Me sonrojo. Dios…
Para y me mira.
—¿Te has tomado la píldora?
—Sí.
Qué vergüenza, por favor.
—Vamos a darnos un baño.
¿Eh?
Me coge de la mano y me lleva al dormitorio. Dominan la estancia la cama inmensa y unas cortinas de lo más recargado. Pero no nos detenemos ahí. Me lleva al baño que tiene dos zonas, todo de color verde mar y crudo. Es enorme. En la segunda zona, una bañera encastrada lo bastante grande para cuatro personas, con escalones de piedra al interior, se está llenando de agua. El vapor se eleva suavemente por encima de la espuma y veo que hay un asiento de piedra por todo su perímetro. En los bordes titilan unas velas. Uau… ha hecho todo esto mientras hablaba por teléfono.
—¿Llevas una goma para el pelo?
La miro extrañada, me busco en el bolsillo de los vaqueros y saco una.
—Recógetelo —me ordena con delicadeza.
Hago lo que me pide.
Hace un calor sofocante junto a la bañera y el blusón se me empieza a pegar. Se agacha y cierra el grifo. Me lleva a la primera zona del baño, se coloca detrás de mí y las dos nos miramos en el espejo mural que hay sobre los dos lavabos de vidrio.
—Quítate las sandalias —murmura, y yo la complazco enseguida y las dejo en el suelo de arenisca—. Levanta los brazos —me dice.
Obedezco y me saca el blusón por la cabeza de forma que me quedo desnuda de cintura para arriba ante ella. Sin quitarme los ojos de encima, alarga la mano por delante, me desabrocha el botón de los vaqueros y me baja la cremallera.
—Te lo voy a hacer en el baño, Elena.
Se inclina y me besa el cuello. Ladeo la cabeza y le facilito el acceso. Engancha los pulgares en mis vaqueros y me los baja poco a poco, agachándose detrás de mí al tiempo que me los baja, junto con las bragas, hasta el suelo.
—Saca los pies de los vaqueros.
Agarrándome al borde del lavabo, hago lo que me dice. Ahora estoy desnuda, mirándome, y ella está arrodillada a mi espalda. Me besa y luego me mordisquea el trasero, haciéndome gemir. Se levanta y vuelve a mirarme fijamente en el espejo. Procuro estarme quieta, ignorando mi natural inclinación a taparme. Me planta las manos en el vientre; son tan grandes que casi me llegan de cadera a cadera.
—Mírate. Eres preciosa —murmura—. Siéntete. —Me coge ambas manos con las suyas, las palmas pegadas al dorso de las mías, los dedos trenzados con los míos para mantenerlos estirados. Me las posa en el vientre—. Siente lo suave que es tu piel —me dice en voz baja y grave. Me mueve las manos lentamente, en círculos, luego asciende hasta mis pechos—. Siente lo turgentes que son tus pechos.
Me pone las manos de forma que me coja los pechos. Me acaricia suavemente los pezones con los pulgares, una y otra vez.
Gimo con la boca entreabierta y arqueo la espalda de forma que los pechos me llenan las manos. Me pellizca los pezones con sus pulgares y los míos, tirando con delicadeza, para que se alarguen más. Observo fascinada a la criatura lasciva que se retuerce delante de mí. Oh, qué sensación tan deliciosa… Gruño y cierro los ojos, porque no quiero seguir viendo cómo se excita esa mujer libidinosa del espejo con sus propias manos, con las manos de ella, acariciándome como lo haría ella, sintiendo lo excitante que es. Solo siento sus manos y sus órdenes suaves y serenas.
—Muy bien, nena —murmura.
Me lleva las manos por los costados, desde la cintura hasta las caderas, por el vello púbico. Desliza una pierna entre las mías, separándome los pies, abriéndome, y me pasa mis manos por mi sexo, primero una mano y luego la otra, marcando un ritmo. Es tan erótico… Soy una auténtica marioneta y ella es la maestra titiritera.
—Mira cómo resplandeces, Elena —me susurra mientras me riega de besos y mordisquitos el hombro.
Gimo. De pronto me suelta.
—Sigue tú —me ordena, y se aparta para observarme.
Me acaricio. No… Quiero que lo haga ella. No es lo mismo. Estoy perdida sin ella. Se saca la camisa por la cabeza y se quita rápidamente los vaqueros.
—¿Prefieres que lo haga yo?
Sus ojos azules abrasan los míos en el espejo.
—Sí, por favor —digo.

Vuelve a rodearme con los brazos, me coge las manos otra vez y continúa acariciándome el sexo, el clítoris. Sus senos los siento en mi espalda, su erección presiona contra mí. Hazlo ya, por favor. Me mordisquea la nuca y cierro los ojos, disfrutando de las múltiples sensaciones: el cuello, la entrepierna, su cuerpo pegado a mí. Para de pronto y me da la vuelta, me apresa con una mano ambas muñecas a la espalda y me tira de la coleta con la otra. Me acaloro al contacto con su cuerpo; ella me besa apasionadamente, devorando mi boca con la suya, inmovilizándome.
Su respiración es entrecortada, como la mía.

—¿Cuándo te ha venido la regla, Lena? —me pregunta de repente, mirándome.
—Eh… ayer —mascullo, excitadísima.
—Bien.
Me suelta y me da la vuelta.
—Agárrate al lavabo —me ordena y vuelve a echarme hacia atrás las caderas, como hizo en el cuarto de juegos, de forma que estoy doblada.

Me pasa la mano entre las piernas y tira del cordón azul. ¿Qué? Me quita el tampón con cuidado y lo tira al váter, que tiene cerca. Dios mío. La madre del… Y de golpe me penetra… ¡ah! Piel con piel, moviéndose despacio al principio, suavemente, probándome, empujando… madre mía. Me agarro con fuerza al lavabo, jadeando, pegándome a ella, sintiéndola dentro de mí. Oh, esa dulce agonía… sus manos ancladas a mis caderas. Imprime un ritmo castigador, dentro, fuera, luego me pasa la mano por delante, al clítoris, y me lo masajea… oh, Dios. Noto que me acelero.

—Muy bien, nena —dice con voz ronca mientras empuja con vehemencia, ladeando las caderas, y eso basta para catapultarme a lo más alto.
Uau… y me corro escandalosamente, aferrada al lavabo mientras me dejo arrastrar por el orgasmo, y todo se revuelve y se tensa a la vez. Ella me sigue, agarrándome con fuerza, pegándose a mi cuerpo cuando llega al clímax, pronunciando mi nombre como si fuera un ensalmo o una invocación.

—¡Oh, Lena! —me jadea al oído, su respiración entrecortada en perfecta sinergia con la mía—. Oh, nena, ¿alguna vez me saciaré de ti? —susurra.

Nos dejamos caer despacio al suelo y ella me envuelve con sus brazos, apresándome. ¿Será siempre así? Tan incontenible, devorador, desconcertante, seductor. Yo quería hablar, pero hacer el amor con ella me agota y me aturde, y también yo me pregunto si algún día llegaré a saciarme de ella.
Me acurruco en su regazo, con la cabeza pegada a su pecho, mientras nos serenamos. Con disimulo, inhalo su aroma a Yulia, dulce y embriagadora. No debo acariciarla. No debo acariciarla. Repito mentalmente el mantra, aunque me siento tentada de hacerlo. Quiero alzar la mano y trazar figuras en su pecho con las yemas de los dedos, pero me contengo, porque sé que le fastidiaría que lo hiciera. Guardamos silencio las dos, absortas en nuestros pensamientos. Yo estoy absorta en ella, entregada a ella.
De repente, me acuerdo de que tengo la regla.

—Estoy manchando —murmuro.
—A mí no me molesta —me dice.
—Ya lo he notado —digo sin poder controlar el tono seco de mi voz.
Se tensa.
—¿Te molesta a ti? —me pregunta en voz baja.
¿Que si me molesta? Quizá debería… ¿o no? No, no me molesta. Me echo hacia atrás y levanto la vista, y ella me mira desde arriba, con esos ojos azules algo nebulosos.
—No, en absoluto.
Sonríe satisfecha.
—Bien. Vamos a darnos un baño.

Me libera y me deja en el suelo a fin de ponerse de pie. Mientras se mueve a mi lado, vuelvo a reparar en esas pequeñas cicatrices redondas y blancas de su pecho. No son de varicela, me digo distraída. Larissa dijo que a ella casi no le había afectado. Por Dios… tienen que ser quemaduras. ¿Quemaduras de qué? Palidezco al caer en la cuenta, presa de la conmoción y la repugnancia que me produce. A lo mejor existe una explicación razonable y yo estoy exagerando. Brota feroz en mi pecho una esperanza: la esperanza de estar equivocada.

—¿Qué pasa? —me pregunta Yulia alarmada.
—Tus cicatrices —le susurro—. No son de varicela.
La veo cerrarse como una ostra en milésimas de segundo; su actitud, antes relajada, serena y tranquila, se vuelve defensiva, furiosa incluso. Frunce el ceño, su rostro se oscurece y su boca se convierte en una fina línea prieta.
—No, no lo son —espeta, pero no me da más explicaciones.
Se pone en pie, me tiende la mano y me ayuda a levantarme.
—No me mires así —me dice con frialdad, como reprendiéndome, y me suelta la mano.
Me sonrojo, arrepentida, y me miro los dedos, y entonces sé, tengo claro, que alguien le apagaba cigarrillos sobre la piel. Siento náuseas.
—¿Te lo hizo ella? —susurro sin apenas darme cuenta.
No dice nada, así que me obligo a mirarlo. Ella me clava los ojos, furibunda.
—¿Ella? ¿La señora Robinson? No es una salvaje, Elena. Claro que no fue ella. No entiendo por qué te empeñas en demonizarla.

Ahí la tengo, desnuda, espléndidamente desnuda, manchada de mi sangre… y por fin vamos a tener esa conversación. Yo también estoy desnuda, ninguno de las dos tiene donde esconderse, salvo quizá en la bañera. Respiro hondo, paso por delante de ella y me meto en el agua. La encuentro deliciosamente templada, relajante y profunda. Me disuelvo en la espuma fragante y la miro, oculta entre las pompas.

—Solo me pregunto cómo serías si no la hubieras conocido, si ella no te hubiera introducido en ese… estilo de vida.

Suspira y se mete en la bañera, enfrente de mí, con la mandíbula apretada por la tensión, los ojos vidriosos. Cuando sumerge con elegancia su cuerpo en el agua, procura no rozarme siquiera. Dios… ¿tanto la he enojado?
Me mira impasible, con expresión insondable, sin decir nada. De nuevo se hace el silencio entre nosotras, pero yo no voy a romperlo. Te toca ti, Volkova… esta vez no voy a ceder. Mi subconsciente está nerviosa, se muerde las uñas con desesperación. A ver quién puede más. Yulia y yo nos miramos; no pienso claudicar. Al final, tras lo que parece una eternidad, mueve la cabeza y sonríe.

—De no haber sido por la señora Robinson, probablemente habría seguido los pasos de mi madre biológica.
¡Uf…! La miro extrañada. ¿En la adicción al crack o en la prostitución? ¿En ambas, quizá?
—Ella me quería de una forma que yo encontraba… aceptable —añade encogiéndose de hombros.
¿Qué coño significa eso?
—¿Aceptable? —susurro.
—Sí. —Me mira fijamente—. Me apartó del camino de autodestrucción que yo había empezado a seguir sin darme cuenta. Resulta muy difícil crecer en una familia perfecta cuando tú no eres perfecto.

Oh, no. Se me seca la boca mientras digiero esas palabras. Me mira con una expresión indescifrable. No me va a contar más. Qué frustrante. Mi mente no para de dar vueltas… la veo tan llena de desprecio por sí misma. Y la señora Robinson la quería. Maldita sea… ¿loa seguirá queriendo? Me siento como si me hubieran dado una patada en el estómago.

—¿Aún te quiere?
—No lo creo, no de ese modo. —Frunce el ceño como si nunca se le hubiera ocurrido—. Ya te digo que fue hace mucho. Es algo del pasado. No podría cambiarlo aunque quisiera, que no quiero. Ella me salvó de mí misma. —Está exasperada y se pasa una mano mojada por el pelo—. Nunca he hablado de esto con nadie. —Hace una pausa—. Salvo con el doctor Flynn, claro. Y la única razón por la que te lo cuento a ti ahora es que quiero que confíes en mí.
—Yo ya confío en ti, pero quiero conocerte mejor, y siempre que intento hablar contigo, me distraes. Hay muchísimas cosas que quiero saber.
—Oh, por el amor de Dios, Elena. ¿Qué quieres saber? ¿Qué tengo que hacer?
Le arden los ojos y, aunque no alza la voz, sé que está haciendo un esfuerzo por controlar su genio.
Me miro las manos, perfectamente visibles debajo del agua ahora que la espuma ha empezado a dispersarse.
—Solo pretendo entenderlo; eres toda una enigma. No te pareces a nadie que haya conocido. Me alegro de que me cuentes lo que quiero saber.

Uf… quizá sean los Cosmopolitan que me envalentonan, pero de repente no soporto la distancia que nos separa. Me muevo por el agua hasta su lado y me pego a ella, de forma que estamos piel con piel. Se tensa y me mira con recelo, como si fuera a morderle. Vaya, qué cambio tan inesperado… La diosa que llevo dentro lo escudriña en silencio, asombrada.

—No te enfades conmigo, anda —le susurro.
—No estoy enfadado contigo, Elena. Es que no estoy acostumbrada a este tipo de conversación, a este interrogatorio. Esto solo lo hago con el doctor Flynn y con…
Se calla y frunce el ceño.
—Con ella. Con la señora Robinson. ¿Hablas con ella? —inquiero, procurando controlar mi genio yo también.
—Sí, hablo con ella.
—¿De qué?
Se recoloca para poder mirarme, haciendo que el agua se derrame por los bordes hasta el suelo. Me pasa el brazo por los hombros y lo apoya en el borde de la bañera.
—Eres insistente, ¿eh? —murmura algo irritada—. De la vida, del universo… de negocios. La señora Robinson y yo hace tiempo que nos conocemos, Elena. Hablamos de todo.
—¿De mí? —susurro.
—Sí.
Sus ojos azules me observan con atención.
Me muerdo el labio inferior en un intento de contener el súbito ataque de rabia que se apodera de mí.
—¿Por qué habláis de mí?
Me esfuerzo por no sonar consternada ni malhumorada, pero no lo consigo. Sé que debería parar. La estoy presionando demasiado. Mi subconsciente está poniendo otra vez la cara de El grito de Munch.
—Nunca he conocido a nadie como tú, Elena.
—¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a que nunca has conocido a nadie que no firmara automáticamente todo tu papeleo sin preguntar primero?
Menea la cabeza.
—Necesito consejo.
—¿Y te lo da doña Pedófila? —espeto.
El control de mi genio es menos fuerte de lo que pensaba.
—Elena… basta ya —me suelta muy seria, frunciendo los ojos.
Piso terreno cenagoso; me estoy metiendo en la boca del lobo.
—O te voy a tener que tumbar en mis rodillas. No tengo ningún interés romántico o sexual en ella. Ninguno. Es una amiga querida y apreciada, y socia mía. Nada más. Tenemos un pasado en común, hubo algo entre nosotras que a mí me benefició muchísimo, aunque a ella le destrozara el matrimonio, pero esa parte de nuestra relación ya terminó.

Dios, otra cosa que no entiendo. Ella encima estaba casada. ¿Cómo pudieron mantener lo suyo tanto tiempo?

—¿Y tus padres nunca se enteraron?
—No —gruñe—. Ya te lo he dicho.
Y sé que he llegado al límite. No puedo preguntarle nada más de ella porque va a perder los nervios conmigo.
—¿Has terminado? —espeta.
—De momento.

Respira hondo y se relaja visiblemente delante de mí, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
—Vale, ahora me toca a mí —murmura, y su mirada feroz se vuelve gélida, especulativa—. No has contestado a mi e-mail.

Me ruborizo. Ay, odio cuando el foco se dirige contra mí, y tengo la sensación de que se va a enfadar cada vez que hablemos de algo. Meneo la cabeza. Igual es así como le hacen sentirse mis preguntas; no está acostumbrada a que la desafíen. La idea resulta reveladora, perturbadora e inquietante.

—Iba a contestar. Pero has venido.
—¿Habrías preferido que no viniera? —dice, de nuevo impasible.
—No, me encanta que hayas venido —murmuro.
—Bien. —Me dedica una sincera sonrisa de alivio—. A mí me encanta haber venido, a pesar de tu interrogatorio. Aunque acepte que me acribilles a preguntas, no creas que disfrutas de algún tipo de inmunidad diplomática solo porque haya venido hasta aquí para verte. Para nada, señorita Katina. Quiero saber lo que sientes.
Oh, no…
—Ya te lo he dicho. Me gusta que estés conmigo. Gracias por venir hasta aquí —digo, poco convincente.
—Ha sido un placer.
Le brillan los ojos cuando se inclina y me besa suavemente. Noto que reacciono enseguida. El agua aún está tibia y en el baño sigue habiendo vapor. Para, se aparta y me mira.
—No. Me parece que necesito algunas respuestas antes de que hagamos más.
¿Más? Ya estamos otra vez con la palabrita. Y quiere respuestas… ¿a qué? Yo no tengo un pasado plagado de secretos, ni una infancia terrible. ¿Qué podría querer saber de mí que no sepa ya?
Suspiro, resignada.
—¿Qué quieres saber?
—Bueno, para empezar, qué piensas de nuestro contrato.
La miro extrañada. Hora de decir verdades. Mi subconsciente y la diosa que llevo dentro se miran nerviosas. Venga, vamos a decir la verdad.
—No creo que pueda firmar por un periodo mayor de tiempo. Un fin de semana entero siendo alguien que no soy.
Me ruborizo y me miro las manos.
Me levanta la barbilla y veo que me sonríe, divertida.
—No, yo tampoco creo que pudieras.
En cierta medida, me siento ofendida y desafiada.
—¿Te estás riendo de mí?
—Sí, pero sin mala intención —dice, sonriendo apenas.
Se inclina y me besa suave, brevemente.
—No eres muy buena sumisa —susurra sosteniéndome la barbilla, con un brillo jocoso en los ojos.
Me la quedo mirando, asombrada, y empiezo a reír… y ella ríe también.
—A lo mejor no tengo una buena maestra.
Suelta un bufido.
—A lo mejor. Igual debería ser más estricta contigo.
Ladea la cabeza y me sonríe ladino.
Trago saliva. Dios, no. Pero, al mismo tiempo, los músculos del vientre se me contraen de forma deliciosa. Esa es su forma de demostrarme que le importo. Quizá, comprendo de pronto, su única forma de demostrar que le importo. Me mira fijamente, estudiando mi reacción.
—¿Tan mal lo pasaste cuando te di los primeros azotes?
La miro extrañada. ¿Lo pasé mal? Recuerdo que mi reacción me confundió. Me dolió, pero, pensándolo bien, no fue para tanto. Ella no paraba de decirme que estaba todo en mi cabeza. Y la segunda vez… Uf, esa estuvo bien… fue muy excitante.
—No, la verdad es que no —susurro.
—¿Es más por lo que implica? —inquiere.
—Supongo. Lo de sentir placer cuando uno no debería.
—Recuerdo que a mí me pasaba lo mismo. Lleva un tiempo procesarlo.
Dios mío. Eso fue cuando ella era una chaval.
—Siempre puedes usar las palabras de seguridad, Elena. No lo olvides. Y si sigues las normas, que satisfacen mi íntima necesidad de controlarte y protegerte, quizá logremos avanzar.
—¿Por qué necesitas controlarme?
—Porque satisface una necesidad íntima mía que no fue satisfecha en mis años de formación.
—Entonces, ¿es una especie de terapia?
—No me lo había planteado así, pero sí, supongo que sí.
Eso sí puedo entenderlo. Me será de ayuda.
—Pero el caso es que en un momento me dices «No me desafíes», y al siguiente me dices que te gusta que te desafíe. Resulta difícil traspasar con éxito esa línea tan fina.
Me mira un instante, luego frunce el ceño.
—Lo entiendo. Pero, hasta la fecha, lo has hecho estupendamente.
—Pero ¿a qué coste personal? Estoy hecha un auténtico lío, me veo atada de pies y manos.
—Me gusta eso de atarte de pies y manos.
Sonríe maliciosamente.
—¡No lo decía en sentido literal!
Y le salpico agua, exasperada.
Me mira, arqueando una ceja.
—¿Me has salpicado?
—Sí.
Oh, no… esa mirada.
—Ay, señorita Katina. —Me agarra y me sube a su regazo, derramando agua por todo el suelo—. Creo que ya hemos hablado bastante por hoy.

Me planta una mano a cada lado de la cabeza y me besa. Apasionadamente. Se apodera de mi boca. Girándome la cabeza, controlándome. Gimo en sus labios. Esto es lo que le gusta. Lo que se le da bien. Me enciendo por dentro y hundo los dedos en su pelo, amarrándola a mí, y le devuelvo el beso y le digo que yo también la deseo de la única forma que sé. Gruñe, me coge y me sube a horcajadas, arrodillada sobre ella, con su erección debajo de mí. Se echa hacia atrás y me mira, con los ojos entrecerrados, brillantes y lascivos. Bajo las manos para agarrarme al borde de la bañera, pero ella me coge por las muñecas y me las sujeta a la espalda con una sola mano.

—Te la voy a meter —me susurra, y me levanta de forma que quedo suspendida encima de ella—. ¿Lista?
—Sí —le susurro y me monta en su miembro, despacio, deliciosamente despacio… entrando hasta el fondo… observándome mientras me toma.
Gruño, cerrando los ojos, y saboreo la sensación, la absoluta penetración. Ella mueve las caderas y yo gimo, inclinándome hacia delante y descansando la frente en la suya.
—Suéltame las manos, por favor —le susurro.
—No me toques —me suplica y, soltándome las manos, me agarra las caderas.

Me aferro al borde de la bañera, subo y luego bajo despacio, abriendo los ojos para verla. Me observa, con la boca entreabierta, la respiración entrecortada, contenida, la lengua entre los dientes. Resulta tan… excitante. Estamos mojadas y resbaladizas, frotándonos la una contra la otra. Me inclino y la beso. Ella cierra los ojos. Tímidamente, subo las manos a su cabeza y le acaricio el pelo, sin apartar mi boca de la suya. Eso sí está permitido. Le gusta. Y a mí también. Nos movemos al unísono. Tirándole del pelo, le echo la cabeza hacia atrás y la beso más apasionadamente, montándola, cada vez más rápido, siguiendo su ritmo. Gimo en su boca. Ella empieza a subirme más y más deprisa, agarrándome por las caderas. Me devuelve el beso. Somos todo bocas y lenguas húmedas, pelos revueltos y balanceo de caderas. Todo sensación… devorándolo todo una vez más. Estoy a punto… Empiezo a reconocer esa deliciosa contracción… acelerándose. Y el agua gira a nuestro alrededor, formando nuestro propio remolino, un torbellino de emoción, a medida que nuestros movimientos se vuelven más frenéticos… salpicando agua por todas partes, reflejando lo que sucede en mi interior… pero me da igual.
Amo a esta mujer. Amo su pasión, el efecto que tengo en ella. Adoro que haya volado hasta aquí para verme. Adoro que se preocupe por mí… que le importe. Es algo tan inesperado, tan satisfactorio. Ella es mía y yo soy suya.
—Eso es, nena —jadea.
Y me corro; el orgasmo me arrasa, un clímax turbulento y apasionado que me devora entera. De pronto, me estrecha contra su cuerpo, enrosca los brazos a mi cintura y se corre ella también.
—¡Lena, nena! —grita, y la suya es una invocación feroz, que me llega a lo más hondo del alma.
Estamos tumbadas, mirándonos, de ojos verdigrises a azules, cara a cara, en la inmensa cama, las dos abrazadas a nuestras almohadas. Desnudas. Sin tocarnos. Solo mirándonos y admirándonos, tapadas con la sábana.
—¿Quieres dormir? —pregunta Yulia con voz tierna y llena de preocupación.
—No. No estoy cansada.
Me siento extrañamente revigorizada. Me ha venido tan bien hablar que no quiero parar.
—¿Qué quieres hacer? —pregunta.
—Hablar.
Sonríe.
—¿De qué?
—De cosas.
—¿De qué cosas?
—De ti.
—De mí ¿qué?
—¿Cuál es tu película favorita?
Sonríe.
—Actualmente, El piano.
Su sonrisa es contagiosa.
—Por supuesto. Qué boba soy. ¿Por esa banda sonora triste y emotiva que sin duda sabes interpretar? Cuántos logros, señorita Volkova.
—Y el mayor eres tú, señorita Katina.
—Entonces soy la número diecisiete.
Me mira ceñuda, sin comprender.
—¿Diecisiete?
—El número de mujeres con las que… has tenido sexo.
Esboza una sonrisa y los ojos le brillan de incredulidad.
—No exactamente.
—Tú me dijiste que habían sido quince.
Mi confusión es obvia.
—Me refería al número de mujeres que habían estado en mi cuarto de juegos. Pensé que era eso lo que querías saber. No me preguntaste con cuántas mujeres había tenido sexo.
—Ah. —Madre mía. Hay más… ¿Cuántas? La miro intrigada—. ¿Vainilla?
—No. Tú eres mi única relación vainilla —dice negando con la cabeza y sin dejar de sonreírme.
¿Por qué lo encuentra tan divertido? ¿Y por qué le sonrío yo también como una idiota?
—No puedo darte una cifra. No he ido haciendo muescas en el poste de la cama ni nada parecido.
—¿De cuántas hablamos: decenas, cientos… miles?
Voy abriendo los ojos a mediada que la cifra aumenta.
—Decenas. Nos quedamos en las decenas, por desgracia.
—¿Todas sumisas?
—Sí.
—Deja de sonreírme —finjo reprenderla, tratando en vano de mantenerme seria.
—No puedo. Eres divertida.
—¿Divertida por peculiar o por graciosa?
—Un poco de ambas, creo —contesta, como le contesté yo a ella.
—Eso es bastante insolente, viniendo de ti.
Se acerca y me besa la punta de la nariz.
—Esto te va a sorprender, Elena. ¿Preparada?
Asiento, con los ojos como platos y sin poder quitarme la sonrisa bobalicona de la cara.
—Todas eran sumisas en prácticas, cuando yo estaba haciendo mis prácticas. Hay sitios en Seattle y alrededores a los que se puede ir a practicar. A aprender a hacer lo que yo hago —dice.
¿Qué?
—Ah.
La miro extrañada.
—Pues sí, yo he pagado por sexo, Elena.
—Eso no es algo de lo que estar orgullosa —murmuro con cierta arrogancia—. Y tienes razón, me has dejado pasmada. Y enfadada por no poder dejarte pasmada yo.
—Te pusiste mis calzoncillos.
—¿Eso te sorprendió?
—Sí.
La diosa que llevo dentro hace un salto con pértiga de cinco metros.
—Y fuiste sin bragas a conocer a mis padres.
—¿Eso te sorprendió?
—Sí.
Uf, acaba de batir la marca de los cinco metros.
—Parece que solo puedo sorprenderte en el ámbito de la ropa interior.
—Me dijiste que eras virgen. Esa es la mayor sorpresa que me han dado nunca.
—Sí, tu cara era un poema. De foto —digo riendo como una boba.
—Me dejaste que te excitara con una fusta.
—¿Eso te sorprendió?
—Pues sí.
—Bueno, igual te dejo que lo vuelvas a hacer.
—Huy, eso espero, señorita Katina. ¿Este fin de semana?
—Vale —accedo tímidamente.
—¿Vale?
—Sí. Volveré al cuarto rojo del dolor.
—Me llamas por mi nombre.
—¿Eso te sorprende?
—Me sorprende lo mucho que me gusta.
—Yulia.
Sonríe.
—Mañana quiero hacer una cosa —dice con los ojos brillantes de emoción.
—¿El qué?
—Una sorpresa. Para ti —añade en voz baja y suave.
Arqueo una ceja y contengo un bostezo, todo a la vez.
—¿La aburro, señorita Katina? —me pregunta socarrona.
—Nunca.
Se acerca y me besa suavemente los labios.
—Duerme —me ordena, y luego apaga la luz.

Y en ese momento tranquilo en que cierro los ojos, agotada y satisfecha, pienso que estoy en el ojo del huracán. Y, pese a todo lo que me ha dicho, y lo que no me ha dicho, dudo que alguna vez haya sido tan feliz.
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