BELLA INALCANZABLE

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BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Mayo 19, 2016 7:19 pm

Hola a todos, les traigo una nueva historia, esta vez será de mi pareja favorita "Jemma" Jenny & Emma, dos chicas que se aman profundamente en su realidad y que así será para siempre, gracias a Dios, el universo y todo lo que las una. En fin, les traigo una historia diferente a lo que leyeron de ellas, en esta oportunidad verán a una Jenny muy diferente y a Emma igual, espero que les gusten y no se olviden de dejar sus comentarios.
PD: Esta es una adaptación y la autora original es  R. Pffeiffer








BELLA INALCANZABLE




¿Cuánto estas dispuesta a sufrir por amor?




 
1. ÉRASE UNA VEZ.
 
Mi padre es rico. Amasó toda su fortuna llevando a la gente de un lado para otro. Nadie en la familia, que yo sepa, había logrado llegar tan alto como él. Empezó desde cero, trabajando de jardinero, de limpiabotas, de cualquier cosa que pudiera darle de comer a él y a su familia. Tuvo que dejar de estudiar demasiado pronto, la pobreza y el desorden ayudó a que así fuese. Aún así y a pesar de que su futuro entonces era un futuro condenado a trabajar duro para apenas tener algo que comer, mi padre logró ahorrar lo suficiente como para montar un pequeño negocio que pronto se convertiría en una mina de oro. Con mucho esfuerzo logró sacar adelante su negocio de transportes. Ahora el suyo era uno de los más importantes de la ciudad.
 
Aunque yo diría que su ambición por ser algo más creció a partir de que conoció a mi madre. Amor a primera vista, eso es lo que siempre dicen ellos que fue. Aunque soy muy escéptica con esas historias de amor, debo reconocer que lo que hay entre mi padre y mi madre es absoluta adoración.
 
Cuando se conocieron, ninguno de los dos tenía nada que ofrecer. El valor y coraje de mi madre fue definitivo para mi padre. Ella trabajó duro sirviendo en las casas de los más pudientes, ahorrando hasta la última moneda, poniendo todas sus esperanzas en su marido.
 
Y lo lograron.
 
Volvamos a mi padre, por quien siento una debilidad desmesurada. No me entiendan mal, yo quiero mucho a mi madre, pero ella, aunque se esfuerza, es incapaz de comprender nada de lo que a mí se refiere. En cambio mi padre, él siempre parece saber lo que pasa por mi desordenada cabeza. Su sonrisa es capaz de iluminar el día más triste de mi existencia. Mi encandilamiento por mi padre va más allá de lo explicable. Siempre con aquella sonrisa en los labios aunque las cosas no fueran del todo bien, siempre con una palabra amable, con una caricia dispuesta.
 
Recuerdo que de pequeña, cada vez que oía el inconfundible sonido de sus pasos cuando regresaba tras una dura jornada de trabajo, sentía la imperiosa necesidad de correr por toda la casa feliz. Su sola presencia era lo único capaz de llenar el hogar familiar. Ahora lo veo todo diferente, quizás bajo la intuición de quien se cree completamente adulta, dejando atrás los adustos pero felices años de mi infancia.
 
Él era el mayor de seis hermanos, de padre alemán y madre polaca, mi abuelo Müller había decidido emigrar a Polonia pero cuando se casó decidió volver a su Alemania natal y se asentó en este país, y cuando estalló la guerra, se decidió por el bando que menos fortuna tendría en esta maldita guerra.
 
Desapareció.
 
Mi abuela no volvió a saber de él. Se quedó sola, a cargo de seis hijos. Fue entonces cuando mi padre, a la edad de trece años, comenzó a ganarse la vida. El hambre y la miseria fueron constantes en su vida incluso muchos años después. Por eso ha aprendido a apreciar las cosas, por muy pequeñas que éstas sean.
 
¿Os he dicho que soy la menor de cinco hermanos? Supongo que es hora de que deje atrás los años pasados y me acerque un poco al presente. Mis progenitores venían ambos de familia numerosa, por lo que decidieron que ellos tendrían una también. Y lo consiguieron, tuvieron cinco retoños sanos y fuertes.
 
En casa pocas cosas habían cambiado, salvo las que el tiempo inevitablemente obliga a permutar. Mis tres hermanos mayores ya se habían casado y dos de ellos incluso habían procreado, con lo cual, la casa familiar se había llenado nuevamente de gritos y voces de demanda. Me encantaba ver a mi padre sonreír y jugar con sus recién estrenados nietos. A veces, él mismo parecía uno más de ellos y no su abuelo.
 
Me daba cuenta de que mis observaciones eran minuciosas, ávidas. Puesto que ahora cursaba mis estudios en la universidad, primer año de medicina para ser exactos, pasaba mucho tiempo alejada de mi hogar. Mi padre se había empeñado en que estudiara en la universidad de medicina más prestigiosa que pudo encontrar, sin importarle que eso significara alejarme demasiado de la vida que conocía y que tanto echaría de menos en los años siguientes.
 
Yo me pasaba la vida entre libros, yendo a clase, estudiando cuanto podía, encerrada en mis propios pensamientos y añoranzas, soñando cada noche con volver a casa. Cosa que sólo ocurría en Navidad y, como era el caso ahora, de las vacaciones estivales.
 
Cada vez que regresaba a casa tras pasar demasiado tiempo fuera para mi disconformidad, me dedicaba a examinar cada momento, a grabar cada imagen que posteriormente me ayudaría a sustentar la dura carga de la lejanía.
 
La vida de mi padre a los sesenta y siete años seguía siendo la misma excepto para él. Ya lucía una brillante calva y los pocos cabellos que habían tenido el atrevimiento de quedarse en su cabeza, se habían tornado del color de la ceniza. A pesar de su gran afición a la cerveza y al vino, su barriga no se había visto afectada por ello, y seguía luciendo tan delgada como siempre. Su gran altura se había cargado levemente sobre su espalda, lo que le hacía andar algo encorvado. Por lo demás, seguía teniendo su perpetuo donaire y las sonrisas que antes me regalaba con tanta frecuencia, ahora iban dedicadas más que nada, a los más pequeños de la casa.
 
Mi madre, por el contrario, había mantenido ese espíritu jovial de siempre. Se teñía el pelo cada cierto período de tiempo y seguía peinándose y maquillándose a su estilo día a día, incluso cuando ni siquiera salía de casa."Nunca se sabe si vas a tener visita", decía a su favor. Sé que ella desaprobaba enérgicamente mi indiferencia a mi aspecto, y odiaba profundamente mi tendencia a vestir vaqueros. Pero yo había aprendido a ignorarla desde muy temprana edad, de lo contrario, sería probable que ahora estuviese escribiendo mis memorias vestida con una bata blanca y sentada en la habitación de cualquier hospital psiquiátrico.
 
Y no exagero.
 
Hablaré ahora de mis hermanos. La mayor, Isabella, es igual que mi madre. Así que es fácil de comprender mi tortura si digo que es como si hubiese ido al supermercado y me hubieran dado dos por el precio de una. Isabel, fiel a la personalidad que heredó de mi madre, fue siempre una persona muy responsable y muy consciente de su aspecto. Nunca supe si fue a la universidad porque quería estudiar una carrera o porque deseaba tener a tanta gente alrededor que admirase su belleza.
 
Tras Isabella, un año más tarde, nacería mi hermano Louis, quien heredó todos los defectos de mi padre, pero multiplicados por tres. ¿Qué puedo decir de mi hermano sin caer en la desgracia de admitir que nació estrellado? Quizás sería mejor preguntarle a su sufrida esposa, quien lo está mirando ahora mientras él huele algunos de los canapés que están encima de la mesa para volver a colocarlos en el mismo lugar. Ésa era una manía que mi madre jamás logró quitarle, tenía la imperiosa necesidad de oler la comida antes de tragarla.
 
A juzgar por la expresión de mi cuñada, cada momento que sus dos hijos pequeños le permitían pensar, debía de hacerse la misma pregunta:"¿por qué?".Louis era tremendamente despistado, y sus descuidos eran aún más caóticos, además de ser un tozudo consolidado. Lo que no me explico es cómo Sonja, mi cuñada, fue capaz de pasar por alto tan evidentes delitos tras seis años de noviazgo. Quizás fue el amor, pero una vez que éste desaparece ya se sabe... Christian fue el primero en casarse, y el primero en darle un nieto a mis padres, un precioso niño que contaba a estas alturas con cuatro años y medio.
 
Mi hermana Janina fue la única, junto conmigo, que heredó los cabellos rubios de mi padre. Todos los demás tenían los rasgos castaños de la parte de la familia de mi madre. Yo siempre creía que su inmensa dulzura se debía a su cabello rubio. No sé porqué he tenido la estúpida idea de que las personas rubias son las personas más amables de la tierra. Quizás sólo por mi hermana, porque aunque soy rubia, jamás pienso en mi de esa manera. Ser mamá había endulzado, aún más si cabe, su carácter. Nunca he conocido a nadie con tan buen corazón ni con tantas ganas de hacer las cosas bien. No es de extrañar que todos tuviésemos una oculta debilidad por ella.
 
 
Mi madre, después de Janina, tardó cuatro años en tener a mi hermano Michael. El más alocado de todos. Mi madre lo achaca a que durante el embarazo le dio por bailar sin parar. Bailaba a todas horas, en la cocina, en el baño e incluso nos contaba que era incapaz en la cama de dejar de mover los pies. Durante los últimos seis meses de embarazo, mi padre se mudó al sofá. Lo cierto es que la energía que irradiaba Michael se notaba incluso estando dentro de la tripa de mi madre.
 
No sé si os habréis dado cuenta de que todos mis hermanos tienen nombres reales, o sea, de reyes o reinas.
 
Todos menos yo.
 
Mi madre siempre me dijo que el mío no era exactamente el de una reina, pero que era igual de importante. Mi nombre es Emma. El por qué de los nombres ni siquiera yo lo sé, pero tengo cierta sospecha de que todo había sido idea de mi madre, tan empeñada siempre en la idea de que fuéramos como la realeza, aunque no tuviéramos ni por asomo sangre azul.
 
Tras Michael, tuve que esperar otros siete años para ver la luz. Mi madre dice que en cuanto nací, comencé a mover los ojos en todas direcciones y que ya entonces le parecía que yo estaba hambrienta de descubrirlo todo. Lo cierto es que un rasgo común de mi carácter es que era muy observadora. Me gusta más examinar las cosas, admirarlas con detenimiento y aprender de ellas. Me gusta más que incluso hablar. Desde pequeña fui más bien taciturna, siempre parecía estar metida en mi propio mundo. Por ello, mis padres pensaron que podría tener algún tipo de retraso. Me llevaron a un especialista, y cuál fue su sorpresa al descubrir que no sólo no tenía ningún tipo de problema, sino que era más lista de lo normal.
 
Una superdotada.
 
Mis padres apenas podían creer lo que sus genes habían sido capaces de hacer. Y allí estaba yo, una mocosa de seis años que parecía tener al menos diez, sonriéndoles con una seguridad pasmosa. Los siguientes años los pasé explorando esa magnífica cualidad que Dios me había dado. Para mí nunca fue un secreto estudiar y absorbía las cosas de manera inusitada.
 
Nunca supe bien si elegí estudiar medicina entre mil opciones más porque realmente lo quería o si por el contrario la verdadera razón de todo fue mi padre. Siempre quise que estuviera orgulloso de mi, y pensé que no podía haber mejor orgullo que el de salvar la vida de la gente. Estúpido pensamiento para una superdotada, supongo. O quizás no.
 
Pronto terminaría la carrera y luego obtendría mi obligada independencia. Yo retrasaba ese momento cuanto podía, sabía que llegaría, pero me obligaba a no pensar en ello. Dejar todo aquello atrás y crear algo tan maravilloso por mí misma se me hacía imposible.
 
Deseaba con todas mis fuerzas poder parar el tiempo en ese mismo instante, mientras yo estaba aquí, apoyada en el quicio de la puerta del enorme salón, con toda la familia reunida en casa, con los pequeñines correteando, con la voz aguda de mi madre inundando el salón, con mi padre sentado en su sillón favorito, casi adormilado, con mis dos hermanas mayores cuchicheando en un extremo de la estancia, alejadas de los demás, pero sobre todo de mi hermano Louis, quien vagaba por la habitación en busca de algo que seguramente había perdido.
 
De repente oí que la puerta de la entrada se abría. Me volví para ver de quien se trataba. Mi hermano Michael, el único que faltaba en la reunión familiar, entraba ahora de la mano de su “ya veremos si última novia", irradiando esa energía que lo caracterizaba.
 
– ¡Hola hermanita! –dijo alegremente mientras me tiraba de los cachetes hasta casi arrancármelos.
 
Tras aquella poca sutil muestra de cariño hacia mi persona se adentró en el salón y les dio a todos un caluroso y sonoro beso. Deseé que hubiera traído para mí el mismo cordial saludo, puesto que aún podía sentir las mejillas dolorosamente ardiéndome.
 
Michael hacía un año era piloto en una compañía de vuelos comerciales, porque le encantaba el uniforme, decía él mismo. Lógicamente, debido a su trabajo, pasaba largas jornadas fuera de casa, algo que, al contrario de mí, parecía gustarle.
 
Ahora estaba presentando a “su amiga", como se empeñaba en presentarlas, que por lo visto era azafata en su propia compañía. Todos le dedicamos a la recién llegada una cordial sonrisa de bienvenida, con el pensamiento común de cuánto duraría en la familia.
 
La nueva invitada era castaña morena, con un largo pelo cubriéndole los hombros. Sonreía amablemente ante cada presentación y se movía de una manera que me recordó a un gato. Era más alta que yo para mi gusto.
 
Mi madre salió de la cocina, seguida de la cocinera, llevando ambas sendas bandejas de canapés y bebidas de distinto tipo. Inmediatamente reparó en la recién llegada y sin ningún tipo de reparo se dirigió hacia ella.
 
–Supongo que tú vienes con Michael, ¿no? –preguntó al tiempo que abandonaba la bandeja sobre la mesa.
 
Ella sabía de sobra que así era, pero tenía la incesante manía de comportarse de manera extraña con las interminables novias de mi hermano. Yo sonreí al ver lo poco que cambiaban las costumbres de mi madre, mientras me preguntaba si hubiera reaccionado igual si en vez de Michael hubiera sido yo quien trajera un novio a casa. Yo nunca había presentado a alguien especial, ni siquiera había nadie particular en mi vida. Simplemente era muy tímida y poco llamativa. Eso era todo. Yo sabía que todos habían especulado con la posibilidad de mi homosexualidad, pero yo ni siquiera le daba importancia.
 
–Emma, cariño... –oí que mi madre reclamaba mi atención, por lo que salí de mi ensimismamiento. – ¿Vas a decidirte a entrar o por el contrario te quedarás apoyada en esa pared el resto de las vacaciones?
 
Sentí cómo todos dirigían su atención hacia mí, incluso mis hermanas mayores, que dejaron a un lado sus conversaciones para mirarme. Mi sonrojo, di gracias a Dios, no debió de notarse en mis ya enrojecidas mejillas.
 
Como un manso corderito, acudí a la llamada de mi madre y me acerqué hasta la mesa para coger un canapé y engullirlo, sin darme cuenta de que era de salmón ahumado hasta que fue demasiado tarde.
 
Era incapaz de tragármelo, sentía ganas de escupir, pero aún así mantuve aquella cosa inmóvil dentro de mi boca intentando encontrar una solución rápida a mi infortunio. Por primera vez en mi vida, entendí la extraña manía de mi hermano de olerlo todo y deseé ser yo quien la poseyera.
 
Mi madre estiró el brazo y puso delante de mi nariz una servilleta. Yo la cogí y con gran disimulo saqué de mi boca aquel trozo de castigo.
 
–Sólo tenías que haberte fijado un poco más en los platos de la mesa, para darte cuenta de que he puesto los de salmón alejados del resto. –mi madre me habló al oído para darme una reprimenda.
 
–Supongo que sí. –dije con tono culpable al comprobar la veracidad de sus palabras.
 
Ella dio por zanjada la conversación y cambió de tercio.
 
– ¿Qué te parece la nueva amiguita de Michael?
 
– ¿Así, a simple vista? –yo no soportaba los juicios hacia una persona sólo con echarle un vistazo, pero mi madre parecía tener predilección por esta clase de criterios.
 
–Durará menos que la última. –sentenció comiéndose un canapé, sin apartar la vista de la atractiva novia de Michael.
 
– ¿Cómo puedes estar tan segura? –pregunté algo enfadada.
 
–No hay más que verlo, la pobre es una insulsa. Dentro de poco se verá desbordada por la energía de tu hermano y entonces.... –abrió los brazos para más énfasis. – ¡se acabó!
 
–A mi no me parece insulsa, sino educada. –defendí yo.
 
–Si Michael tuviera tu carácter, sería la adecuada.
 
– ¿Por qué? ¿Quizás porque somos las dos igual de insulsas? –dije a la defensiva.
 
–Cariño... –fue lo único que dijo mi madre en su tono más condescendiente. Luego se alejó hacia mis hermanas, llevándoles a cada una un vaso de refresco.
 
Alguien tiró de la pernera de mi pantalón vaquero. Miré hacia abajo y encontré a mi sobrino mayor deseoso de mi atención. Me arrodillé hasta quedar a su altura.
 
– ¿Qué quieres? –le pregunté mientras le acariciaba el cabello.
 
Levantó el brazo y señaló la bandeja que contenía pequeños chocolates.
 
– ¡Ah! –exclamé, fingiendo sorpresa. – Así que es esto...
 
Cogí la bandeja y se la alcancé. Tras unos segundos de meditar, decidió coger todos los que en su pequeña mano cupieran, que no eran más de tres. Luego echó a correr nuevamente. Yo me erguí para encontrarme de lleno una vez más con mi hermano Michael.
 
–Y ésta es mi hermana Emma, la más pequeña.
 
–Hola. –dijo la mujer con una inmensa dulzura en la voz.
 
Yo la miré y ella me miró. Me pareció realmente atractiva viéndola por primera vez cara a cara, con aquellos ojos azules eléctricos y su buena estatura. Me sonrió, marcandosele unos encantadores hoyuelos y todo eso me pareció igual de encantador que sus ojos.
 
–Soy Jennifer, Jenny Hartmann. –dijo de nuevo.
 
Tomé la mano que me tendió.
 
–Emma Müller. –repuse mientras intentaba soltar la mano que ella aún aprisionaba.
 
–No podrás sacarle más de dos palabras seguidas. –repuso mi hermano Michael en referencia a mí.
 
–No veo nada malo en ello. –dijo ella saliendo en mi defensa, algo que realmente me extrañó.
 
Michael frunció los labios al mirarla.
 
–Créeme. –respondió. –Puede llegar a ser un martirio.
 
Yo no dije nada, ni siquiera hice ademán de hacerlo. Michael tiró del brazo de Jenny y se la llevó al otro extremo, justo donde estaba mi hermano Christian. Llevé mi atención a mi padre, que aún desde su sofá, había visto toda la escena. Me miró y encogió los hombros, gesto que me hizo reír.
 
Estuve allí, en medio de la estancia, intercambiando eventualmente alguna que otra breve charla con el resto de mi familia. Miré mi reloj de muñeca. Aún faltaba una hora antes de la cena. Decidí escaparme al invernadero, para así tener la oportunidad de estar sola y recolectar mis pensamientos.
 
Me evadí del salón silenciosamente y me dirigí hacia el invernadero, mi lugar favorito en el mundo. Abrí la portezuela de hierro y me adentré en el lugar, inhalando los más diversos aromas florales y el olor de la tierra húmeda. Abarqué con la mirada los distintos coloridos y formas a mi paso. Me senté en el sillón colgante, justo detrás de los rosales, las flores preferidas de mi madre.
 
Con tanta paz rodeándome, sentí cómo casi me vencía el sueño. Hacía un par de horas que había llegado de viaje. Un viaje muy ajetreado y como siempre, demasiado agotador.
 
En la residencia universitaria apenas tenía esta soledad que tanta falta me hacía siempre, como si el continuado trato con la gente fuera para mí insufrible. Subí los pies al sillón y me abracé a mis rodillas.
 
–Hace una noche ideal.
 
Antes incluso de levantar la vista supe a quien pertenecía la voz que había interrumpido mis preciados pensamientos. Era Jenny.
 
– ¿Te he asustado? Lo siento. Creí que habías oído que me acercaba... –su disculpa sonó sincera. – Verás, tu hermano anda como loco cuchicheando con los demás y yo sentía una cierta urgencia de escapar. Ya veo que tú también.
 
Se sentó a mi lado, y yo bajé las piernas inmediatamente, para así facilitarle algo más de espacio. No había reparado en lo perfecto que parecía ser su rostro. Decidí que era hermosa.
 
–Tu hermano me sugirió que visitase el invernadero. Supongo que sabía que tendría a alguien con quien hablar...
 
Me pareció que se sentía de algún modo culpable por haber interrumpido mi tranquilidad.
 
–Me alegra que hayas venido. A veces este lugar puede resultar demasiado melancólico incluso para mí. –dije para suavizar la situación.
 
Ella sonrió y me permitió observar sus hoyuelos y su blanca y perfecta sonrisa. Se relajó echando la espalda hacia atrás y pasando un brazo por encima del respaldo del sillón. Comenzó a mecernos a ambas.
 
–Es maravilloso.
 
Supuse que se refería al jardín.
 
–Sí. –repuse. – Lo es.
 
– ¿De qué color son tus ojos? –me preguntó de súbito.
 
Yo abrí mis orbes no para que pudiera ver mejor su color, sino porque la pregunta me había sorprendido.
 
–No he podido decidir aún qué color es el que los describe con más exactitud. –sentenció sin dejar de mirarme con intensidad.
 
Me atreví a mirarla fijamente. Incluso a la tenue luz del jardín, me seguía pareciendo una diosa. ¿Cuántos años debía de tener? Estaba segura de que ya había alcanzado los veinte y algo. Era uno de esas mujeres a los que cualquier hombre nunca se negaría. Me pregunté si yo conseguiría alguna vez levantar pasiones como aquella belleza. Durante la velada anterior, me había dado cuenta de que mi hermano la miraba con absoluta devoción, algo que ella no parecía devolver en igual proporción.
 
De repente me di cuenta de que la había estado mirando fijamente durante demasiado tiempo y que ella debió de notarlo, aunque parecía querer ignorar este hecho.
 
–Debo irme. –dije de súbito y me levanté.
 
No noté que Jenny me había aprisionado una mano hasta que tiró de ella y me hizo retroceder.
 
–Por favor. –rogó. – Quédate un poco más.
 
Yo miré su mano, justo la que se cerraba alrededor de la mía. Un sudor frío me recorrió la línea de la espalda. Absorbí la calidez de su mano, el suave tacto de su piel. Me pareció que se levantaba y me daba un beso. Sólo tuve que abrir los ojos para darme cuenta de que soñaba despierta y de que ella seguía sentado mirándome sorprendida, quizás por mi extraña reacción. Le sonreí. ¿Qué más podía hacer?
 
–Yo.... –dije dubitativamente.– Yo no soy muy buena compañía...
 
–¿Quieres que te confiese algo? –repuso.– Disfruto más de la compañía de alguien que habla más bien poco que de los que son habladores por naturaleza, sobre todo porque casi nada de lo que dicen resulta interesante. Estoy segura de que tú tienes algo que decir que siempre vale la pena esperar para escuchar.
 
Mis piernas comenzaron a temblar y casi no me sostenían en pie. Ella debió notar mi repentina indisposición.
 
–Perdona. –dijo.
 
La miré. ¿Me pedía disculpas? ¿Por qué? Nadie en mi corta vida me había hecho sentir tan importante aunque sólo fuera durante unos breves segundos. Y ella no era para mí. No lo sería nunca. Ahora sí que sentí la abrumadora necesidad de escapar.
 
–Gracias. –fue lo único que logré sacar de mis cuerdas vocales por último.
 
Luego me adentré de nuevo en el mundo de la realidad, dejando detrás quizás el mejor sueño que nunca había tenido.
 
Mi madre dio la voz de aviso justo a las nueve en punto, con lo que todos los miembros de la familia nos dirigimos al comedor tomando nuestros respectivos asientos. Me fijé que Michael le otorgaba el que era mi habitual lugar en la mesa a Jenny, con la única razón de mantenerla junto a él. No me quedó más remedio que sentarme en el único sitio que quedaba libre, junto a Jenny a mi izquierda y cerca del extremo donde se sentaba mi padre. Pronto apareció la sirvienta con la sopera.
 
–Es un vino espléndido. –oí que decía Jenny.
 
–Y lo es, ciertamente. –respondió mi padre halagado, moviendo la copa de vino tinto y mirándolo a trasluz.
 
–Su familia tiene unos viñedos de su propiedad. –indicó Michael tomando parte en la conversación.
 
–Vaya, así que estamos ante toda una experta en vinos.
 
Jenny sonrió levemente antes de responder.
 
–En realidad, el auténtico experto es mi padre.
 
Yo jamás probaba el vino, de hecho aborrecía aquel amargo sabor, pero saber que para Jenny era algo importante, me impulsó a tomar mi copa y beber un sorbo. Por primera vez no me pareció del todo horripilante e incluso sentí un auténtico placer en paladear aquel extraño sabor.
 
Cuando la sopa se hubo servido, mi padre, como era habitual, comenzó a bendecir la mesa. Agradeció a Dios los bienes, la comida que nunca faltaba y el volver a tenernos una vez más a todos reunidos allí. Minutos más tarde, sin casi haber probado la sopa, pero sí habiendo dado cuenta de dos copas de vino más, comencé a preguntarme si mi nuevo estado de embriaguez era producido por el licor o por el contrario era debido al continuado roce del muslo de Jenny contra el mío.
 
–¿Hace mucho que eres azafata? –preguntó mi madre desde el otro extremo de la mesa.
 
–Cuatro años. –fue la escueta respuesta de Jenny.
 
Creo que nuestra invitada era consciente del interrogatorio de preguntas a las que mi madre estaba a punto de someterla. Parecía haberse preparado para aguantar el aluvión.
 
–¿Te gusta lo que haces?
 
–Por ahora está bien.
 
–Pero eso de viajar continuamente y tener la maleta permanentemente hecha puede llegar a resultar agotador, ¿no?
 
–Bueno, puedo hacerlo, soy libre.
 
–Quizás ya te apetezca formar una familia. –apuntilló mi madre, cada vez más metida en su papel de investigador malo.
 
–Quizás. –fue la ambigua respuesta de ella. Jenny bajó la cabeza hacia su plato.
 
Yo estaba segura de que estaba soportando aquello a duras penas. Bastaba una simple mirada para saber que era una persona que odiaba hablar de sí misma. Mientras, mi madre continuó su particular batalla de preguntas.
 
–Aunque yo creo que es el trabajo ideal para aquellos que no quieren o no están preparados para ninguna clase de compromiso.
 
Juego, set y partido para mi madre. Yo levanté la vista hacia mi progenitora y la miré con cierto desprecio y vergüenza ajena.
 
Michael abrió en ese momento la boca para decir algo que, seguramente, no sería demasiado agradable a oídos de mi madre, pero una voz lo paró. Una voz que no reconocí como mía hasta después de unos breves instantes.
 
–Basta, mamá.. –dije muy seria.
 
Supe que acababa de hacer algo inusual en mí. Y lo supe porque ahora el resto de los comensales habían abandonado su atención en todo lo demás para mirarme. Sabía que mis otros hermanos estaban acostumbrados a que mi madre convirtiera cualquier cena en un campo de batalla y que incluso mis cuñados sabían que era normal, puesto que ellos habían pasado por el mismo calvario. Pero yo no. Yo no era como los demás y una vez más volví a demostrarlo.
 
Mi madre me miró, en su cara una expresión de absoluto disgusto. Pero a mí eso no me amedrentó. Todo lo contrario, me sentí aliviada y al mismo tiempo enfadada conmigo misma por no haberlo hecho antes. Sentí que alguien posaba una mano sobre mi muslo y que me daba un ligero apretón. Era la forma en la que Jenny me daba las gracias.
 
De repente sentí ganas de reír. Acababa de conocer a aquella persona y en una sola noche había descubierto cosas de mi misma que no sabía que existían. Y era cómico, porque había crecido dentro de mí una ilusión que siempre sería eso, una ilusión.
 
Mi padre se atrevió a romper el incómodo silencio que reinaba entonces en la mesa.
 
–Bueno, creo que Isabella tiene algo muy importante que decir.
 
Todos olvidamos rápidamente el asunto anterior y dirigimos la atención hacia mi hermana mayor.
 
–Adelante, hija. –instó mi padre.
 
Isabella tomó un enorme suspiro que a mí me pareció cómico, tanto, que tuve que fingir cierta tos para no soltar un bufido a modo de risa.
 
–Estoy embarazada. –dijo por fin, tras mantenernos en vilo eternos segundos.
 
Todos nos quedamos un instante en silencio, como asimilando la noticia. La primera en reaccionar fue Janina, quien prácticamente saltó de su asiento y corrió a abrazar a Isabella. Luego la siguió Frederick, su marido y así el resto de nosotros, cada uno murmurando palabras de júbilo. Me di cuenta de que mi madre permanecía en su sitio, callada. Supe que al sentimiento de malestar que yo le había regalado por mi repentina y brusca intervención, se había sumado el hecho de que fuera mi padre y no ella el portador de tan especial noticia.
 
Su enfado finalmente no duró mucho y fue la última en abrazar a su hija mayor, dejando a un lado su reciente decepción.
 
Mi hermana nos contó seguidamente que su marido Andrew y ella habían decidido venir a vivir a Alemania por fin. Andrew era vicepresidente de una compañía Rusa y por ello habían ido a vivir a aquel frío país. Pero ahora, la empresa estaba pensando en instalar una sucursal aquí y por supuesto, Andrew había pedido el traslado de inmediato. Traslado que según mi hermana, se haría efectivo en cinco meses.
 
Aquella noticia nos alegró aún más a todos, que tomamos nuestros respectivos asientos una vez más para proseguir con las aplazadas cenas. Yo supe que el anuncio no estaba previsto hasta que estuviésemos tomando el postre, pero la tensa situación que había surgido momentos antes hizo que todo tomara un rumbo inesperado.
 
Precisamente, cuando llegó por fin el postre, que consistía en tarta de queso, especialidad de mi madre, a mi padre se le ocurrió anunciar una particular idea.
 
–¿Qué os parece si pasamos un par de semanas en la casa de campo? Ahora que todos tenemos tiempo por vacaciones he pensado que podría ser una buena idea.
 
Todos lo miramos y nos miramos entre sí. Mi padre hacía muchos años que había adquirido aquella casa a las afueras, en el campo, cerca de un enorme río, para practicar la pesca, uno de su deportes favoritos. Aún así, habían sido pocas las ocasiones en las que había podido disfrutarla. Por mi parte, no me entusiasmaba la idea de pasar allí dos semanas, pero sobre todo no me arrebataba la idea de estar pegada a la loción contra los mosquitos, más que nada porque no sólo hacía huir a los mosquitos.
 
–¿Qué les parece? –volvió a preguntar, ya que nadie se había pronunciado por el momento.
 
"Decir que no..." deseé interiormente.
 
Isabella fue la primera en apuntarse al plan.
 
–A mi me parece estupendo, el aire fresco del campo me hará bien.
 
–¡Eso mismo pienso yo! –añadió mi padre.
 
Seguidamente, mis hermanos, uno por uno, comenzaron a aceptar la idea. Me pregunté si ellos secretamente conocían mi aversión por el campo y ésa era otra manera de torturarme.
 
–¿Emma? –Fue mi turno.– ¿Prefieres quedarte aquí sola?
 
–No. –murmuré apenas audible.
 
–Supongo que tú también te unirás a nosotros.
 
Jenny, que hasta el momento había permanecido en silencio, levantó la vista hacia mi padre, pero lo que tenía que decir lo interrumpió la voz de mi hermano Michael.
 
–Por supuesto que vendrá, de otra forma me aburriría muchísimo. –le pasó un brazo sobre el hombro.
 
Jenny pareció dudar, pero al final sonrió, con lo que confirmó su asistencia.
 
–Nosotros no podemos ir. –Soltó Louis.– Quizás la próxima semana.
 
Yo sabía que la verdadera razón de que Louis no fuese es que su mujer odiaba aquella casa aún más que yo y que prefería pasar aquellas semanas en compañía de sus propios padres.
 
Mi padre asintió y se terminó el postre. A mi lado, por el rabillo del ojo, observé que Jenny se inclinaba para murmurarle algo a mi hermano. No pude llegar a oír lo que le decía, a pesar de que puse todo mi empeño en ello, pero sí pude percibir la respuesta de Michael, que fue algo así como un:"no te preocupes".
 
La cena por fin acabó y después del café, Jenny se levantó con disposición a irse. Yo me sentí como una estúpida colegiala, con ganas de iniciar una pataleta ante el pensamiento de no verla más durante esa noche. Supuse que el vino me hacía sentir cosas realmente extrañas y decidí volver a repudiarlo como antaño.
 
–Buenas noches a todos. –anunció.
 
Acto seguido, un coro de buenas noches y sonrisas se sucedió.
 
–Esperamos verte de nuevo, Jenny. –dijo educadamente mi padre.
 
–Gracias. Lo he pasado muy bien esta noche.
 
–Te acompaño hasta el coche. –informó mi hermano.
 
Yo me quedé en mi sitio, de pie, pensando en por qué mi hermano pasaría la noche en su antigua cama y no en compañía de aquella mujer.
 
Jenny pasó a mi lado y me dedicó una amplia sonrisa. Se la devolví, poniendo en ello todo el empeño del que fui capaz. Y desapareció entonces de mi vista.
 
Murmuré unas palabras que disculparan mi inmediata partida y subí corriendo las escaleras hacia mi habitación. Sin encender la luz, me acerqué hasta la ventana para ver a mi hermano y a Jenny, caminando lado a lado hasta donde ella había aparcado su coche. Intercambiaron un par de palabras y después de que Michael se inclinara para darle sendos besos en cada mejilla, ella entró en el coche y se fue. Sólo cuando giró para tomar la carretera y su automóvil se perdió calle abajo, mi hermano decidió regresar dentro de casa.
 
Yo nunca había tenido mucho en común con el resto de mis hermanos, pero ahora mismo podía percatarme de que Michael y yo, por primera vez, sentíamos la misma admiración por la misma persona.
 
Me desvestí, sin tener otra cosa que hacer que no fuera meterme en la cama. Encendí el ventilador, las noches en esa época del año resultaban extremadamente calurosas, y me eché sobre las sábanas limpias. La antigua tranquilidad que obtenía siempre al estar en casa, se vio de repente alterada por las imágenes de Jenny danzando en mi cabeza. No concilié el sueño hasta mucho después, cuando el último de los invitados se fue y la casa quedó en completa calma.
 
Sólo cuatro días después cargábamos el coche familiar para pasar un tiempo en la casa de campo, como mi padre había sugerido. Yo sólo me limité a embarcar algo de ropa, dos libros y un discman portátil, junto con mis cds favoritos, todo ello dentro de la misma bolsa. Mi padre se limitó a preparar con ahínco y cuidado su extenso equipo de pesca, que era lo único que parecía importarle de verdad, mientras que de todo lo demás se ocupaba mi madre.
 
Mi madre, desde bien temprano, había estado sumida, junto con mi hermana Isabella, a la tarea de llenar el coche de todo tipo de objetos, la mayoría de ellos inservibles para el caso. Siempre pensé que ésa era la manera que tenía de sentirse segura cada vez que salíamos de casa. Me senté en el asiento de atrás del coche, aferrada a mi bolsa de viaje, esperando que pudiéramos poner rumbo a la casa de campo no muy tarde.
 
Era un viaje muy largo y ya casi llevábamos dos horas de retraso con respecto a la hora con la que habíamos determinado partir. Mi padre decidió seguir mi ejemplo y se acomodó en el asiento del conductor, suspirando. Mientras, mi madre e Isabella seguían entrando y saliendo cargadas con bolsas . Mi padre murmuró algo por lo bajo, que yo supe que era un lamento que no se atrevía a decir en voz alta. Él odiaba esperar y su esposa era consciente de ello.
 
–Teníamos que habernos ido ya. –me dijo.–. Solos tú y yo. Tu madre e Isabella podrían haber ido mañana con Michael.
 
–Ya sabes cómo es mamá.
 
–Lo sé ahora.. –respondió en tono burlón.– Pero no cuando me casé.
 
Le sonreí y me permití suspirar también.
 
–Hace un día espléndido. Según el parte seguirá haciendo buen tiempo durante el resto de la semana.
 
Hice cuenta mental de que estábamos a lunes, y me pregunté cómo era posible que los meteorólogos podían asegurar algo con tantos días de antelación. Seguro que llovía, después de todo.
 
–Así podrás pescar cuanto quieras.
 
–Eso será si tu madre se decide a terminar de una vez.
 
–¡Sé que están hablando de mi! –gritó su esposa desde atrás. –. ¡Y hubiéramos salido ya si en vez de estar ahí sentados estuvierais ayudando algo!
 
–Nosotros ya hemos cumplido con nuestra parte. –respondió mi progenitor.
 
Mi madre nos dio la espalda indignada. Aún tuvimos que esperar más de media hora, (a mí me pareció que lo hizo a posta), hasta que por fin se metieron en el coche. Oí que mi padre murmuraba un gracias a Dios y observé que mi madre le regalaba un pellizco en el brazo. Isabella y yo nos miramos y nos echamos a reír.
 
–Son como niños. –me dijo ella.
 
Nos pusimos en marcha y al instante bajé del todo la ventanilla para poder sentir el aire en mi cara. Me acerqué más aún y saqué la cabeza al exterior. Esto, desde luego, era una costumbre que mi querida madre odiaba, diciendo que parecía un perro. Sin embargo, a mi me parecía de lo más excitante aún a mis dieciocho años. Ver pasar el paisaje a gran velocidad, sentir el cabello golpeándote la cara, la sensación de que no llega suficiente aire a tus pulmones...
 
–Emma. –oí la voz de mi madre, más grave que de costumbre.
 
Intenté ignorarla, pero su siguiente llamada fue imposible de pasar por alto.
 
–¡Emma! –repitió, esta vez con el esperado malestar.
 
Metí otra vez mi cabeza dentro de las inmediaciones del coche y la miré. Me observó y arrugó la nariz. Supe que debía de ser mis cabellos desordenados y el rubor de mis mejillas lo que le había hecho mirarme con reprobación.
 
–¿Quieres cerrar la ventanilla, por favor? Entra demasiado aire, y con la de tu padre me es suficiente.
 
Obedecí y pulsé el botón para cerrarla.
 
–Gracias. –sentenció mi madre y de nuevo se colocó con la vista al frente, mas satisfecha que antes, eso sí.
 
Me arremoliné en mi asiento y pensé que con unos cuantos años menos me hubiera permitido tener una rabieta y rebelarme antes las demasiado estrictas órdenes de mi madre. Sospecho que mi recién estrenada madurez me lo impidió.
 
Me giré hacia Isabella, que me sonreía y recordé lo ridículo de mi aspecto. Me llevé las manos a la cabeza e intenté recomponerlo. Isabella estiró un brazo y me ayudó en la difícil tarea.
 
–¿Es época de truchas ahora? –preguntó mi madre.
 
–Ya lo creo.
 
–Espero que eso no signifique que te vayas a pasar todo el tiempo en ese río.
 
–Sé a dónde quieres llegar, pero no voy a pasarme estas semanas yendo de visitas.
 
–No podemos ir al campo y no visitar a Don Federico. –argumentó su esposa.– Ya sabes que de no ser por él, Emma se hubiera ahogado en el río.
 
"Estupendo", pensé, "otra vez mi miserable y avergonzante historia sale a la luz. Otra razón más para no querer ir al campo."
 
–No tenemos que agradecérselo eternamente, creo que ya hemos hecho suficiente por él.
 
–No creo que le guste la idea de que hayamos estado en el campo y no lo hayamos visitado. –masculló mi madre entre dientes.
 
–Es un maldito franquista. Tiene su casa llena de rifles y escopetas que cuida y mima más que a sus propios hijos. ¿No crees que está algo chalado, aunque sea un poco?
 
–¿Y qué si es un aficionado a la cinegética? No sería el único.
 
"¿Cinegética?", pensé. Giré para encarar a mi hermana que me miró a su vez.
 
–¿Cinegética? –repetí esta vez en alto para que lo pudiera oír Isabel.
 
Nos echamos a reír por lo bajo.
 
–Creo que ha vuelto a suscribirse a esas revistas culturales. –añadió Isabella, provocando otra tanda de suaves risas.
 
Mis padres seguían enzarzados en su discusión.
 
–¿Temes que te pegue un tiro?
 
–La verdad, sí. –repuso mi padre.– Ya no es tan joven y por lo tanto tan diestro para manejar esos espantosos chismes.
 
En ese punto, decidí ponerme los cascos para evitar oír más de la ridícula discusión. Si me preguntaran, diría que odiaba incluso que hablaran mientras mi padre conducía, siempre más pendiente de mi madre que de la carretera.
 
Fijé mi atención en el paisaje, esta vez a través de la ventanilla. Miré el reloj. Aún quedaban muchas horas de viaje. Sin duda llegaríamos al anochecer.
 
–¡No te olvides de la bolsa azul! –me pidió mi padre desde la escalera que daba acceso a la casa de campo.
 
Miré en el interior del maletero y la ví al fondo. La deslicé hasta mí y la levanté por las asas, cerrando con la otra mano libre la portezuela del maletero. Entré en la casa, que estaba impoluta. Mi madre había avisado con antelación para que la acomodaran para nuestra llegada.
 
–Vaya. –se quejó mi madre.– Esa maldita bombilla sigue sin cambiar.
 
–A la lámpara aún le quedan otras dos.
 
–Le resta mucha luz al salón. –indicó mi madre, ignorando lo que su marido había dicho un instante antes.
 
–Estoy contigo, mamá. –añadió Isabella.– Además, no es nada estético.
 
–Estética, eso es precisamente lo que le hace falta a tu padre.
 
–Mañana... –cedió el aludido.– bajaré al pueblo a comprar los cebos y no olvidaré añadir a la lista de importantes una bombilla.
 
Se acercó a su esposa y le dio un beso conciliador en la mejilla. Yo ya subía mi bolsa rumbo a mi habitación, que era la más pequeña de todas, pero también la más apartada. Mi habitación era lo que en un principio se pretendió que fuera el ático, lugar designado para que mi padre guardase todos sus chismes.


Última edición por Jemmaling el Jue Mayo 19, 2016 7:22 pm, editado 1 vez
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Mayo 19, 2016 7:21 pm

Mi padre me cedió su punto estratégico cuando se dio cuenta de que a mí me encantaba aquel lugar. Así que puede decirse que mi primera mudanza fue a los diez años. Por otra parte, mi antigua habitación le sirvió a mi padre como nuevo cuartel general. Incluso le había parecido estupendo tener más espacio para sus cosas. No tan contentas se quedaron mis hermanas, siempre temerosas de que alguno de aquellos asquerosos gusanos que usaba como cebo se escaparan de su encierro, a pesar de que mi padre les aseguraba que ya estaban bien muertos.
 
Recuerdo que Isabella no se metía en la cama hasta que mi madre no le sacudía las sábanas hasta dos o tres veces para asegurarse que ningún elemento foráneo se hubiera metido bajo ellas. Y fue precisamente Isabel, quien de pequeña tenía la mala costumbre de ir descalza, "como si fuera una india" en palabras de mi madre, la que una mañana, después de que mi padre hubiera partido a una de sus jornadas de pesca, comenzó a gritar como una descosida. Yo no debía de tener más de diez años. Recuerdo que salí de la cama alertada por los gritos. Bajé corriendo y encontré a Isabella, con un pie flotante y una cosa amarilla y viscosa aplastada en la planta de su pie. En su salida matutina, a mi padre se le había caído de alguna forma uno de aquellos gusanos e Isabella había sido la primera en descubrir su despiste. Creo que aún hoy no me ha perdonado que acabara en el suelo retorcida de la risa.
 
Jamás volvió a andar descalza
 
Abrí la ventana de par en par y una ligera brisa hizo acto de presencia. Di gracias a Dios, puesto que el intenso olor a alcanfor me estaba empezando a marear.
 
– ¡Emma! –mi madre exigía ya mi presencia en la parte baja de la casa.
 
– ¡Ya voy!
 
Bajé las escaleras y seguí el sonido de las voces femeninas que me llevaron hasta la cocina. Mi madre estaba preparando unos sándwiches, junto con Isabella.
 
– ¿Quieres cenar algo? –me preguntó nada más verme aparecer.
 
–Un bocadillo estará bien.
 
Siguieron enfrascadas en la conversación que habían interrumpido brevemente tras mi llegada, sin importarles mi desconocimiento del tema, fuera cual fuese éste. Cogí uno de los bocadillos que ya se amontonaban sobre un plato. Miré su interior. Era de jamón. No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que le di el primer bocado. Llevaba todo el día sin comer, salvo por el café y el bollo que me había tomado para desayunar en casa antes de partir. Tantas eran las ganas que tenía mi padre de llegar que únicamente hicimos una parada en una gasolinera y sólo ante la amenaza de mi madre de que si no paraba era capaz de hacérselo allí mismo. Con este pensamiento acabé mi sándwich, pero mi estómago siguió exigiéndome más, así que cogí otro.
 
–Pobrecita. –dijo mi madre en referencia a mí. – Tu padre casi os mata de hambre.
 
–No exageres, mamá. –protestó Isabella.
 
–No estoy exagerando, le dije cientos de veces que parara en algún lugar para almorzar, pero él ni caso.
 
–Lo hubiéramos hecho de no ser porque tardaste tanto esta mañana.
 
Inmediatamente después de decir aquello me arrepentí. Sabía que mi madre se tomaba estas cosas a la tremenda. Así que me preparé para el aluvión de protestas que vendrían a continuación.
 
–De no ser por mí y mi tardanza no estarías cenando, ¿o es que piensas que el pan y el embutido vino solo hasta aquí? Él sólo es capaz de preocuparse de sus cosas, pero soy yo quien tiene que disponerlo todo para que estos días no se conviertan en un caos. –se quejó, incluso poniendo una expresión de absoluta pena.
 
–Tienes razón, mamá. –dijimos Isabella y yo casi al unísono.
 
–Gracias.
 
Isabella se acercó al estante para intentar colocar unas latas en el más alto.
 
–Déjame a mí. –resolví al instante.
 
Me subí a la encimera y comencé a colocar los envases con cuidado.
 
– ¿Qué te pareció la novia de tu hermano?
 
– ¿Jenny? –contestó Isabella.
 
La sorpresa por oír aquel nombre se manifestó en mi repentinamente y de forma bastante torpe. A pesar de mis juegos malabares, no pude evitar que una de las latas que sostenía entre las manos se me deslizara y cayera estrepitosamente encima de la encimera.
 
– ¿Quién si no? –continuó mi madre al tiempo que me devolvía la prófuga lata.
 
Me pareció que ninguna de las dos se dio cuenta de mi azoramiento y por primera vez dí gracias a Dios por haberme hecho tan desmañada desde que nací. Puse atención a las palabras de Isabella.
 
–No estoy segura.
 
– ¿Cómo que no estás segura?
 
–Mamá, ya sabes que no me gusta emitir juicios premeditados.
 
–Pero bueno. –insistió mi madre. – Algo te habrá parecido.
 
–Es muy guapa.
 
–Eso sí, desde luego. –consintió mi progenitora.
 
Yo ya había terminado de colocar las latas y ahora me dedicaba a la inservible tarea de ordenarlas y ponerlas con sus etiquetas hacia afuera.
 
–Me pareció que a Michael le gusta de verdad. –añadió Isabella.
 
–A mí también me lo pareció. Llegarán mañana, así tendremos oportunidad de conocerla mejor.
 
–Después del interrogatorio al que le sometiste en la cena, creo que evitará acercarse a ti todo lo que le sea posible.
 
– ¡Vaya! –repuso mi madre pensativa. – Pensará que soy una de esas madres preguntonas y metomentodo.
 
–Es que eres así, mamá. –cedió Isabella con algo de condescendencia y resignación en la voz.
 
Mi madre le dedicó una mirada fulminante a modo de respuesta. Por mi parte, decidí que era hora de apearme, ya que no quedaba nada que pudiera hacer allí arriba.
 
Mi padre eligió ese momento para hacer acto de presencia.
 
–Estupendo. –dijo señalando la bandeja de los bocadillos.– Justo en lo que estaba pensando.
 
Tomó una servilleta y puso en ella dos sándwiches. Luego, se dirigió hacia la nevera y sacó una lata de cerveza saliendo nuevamente de la cocina e ignorándonos a todas, como si realmente no hubiéramos estado allí.
 
–Odio cuando hace eso... –señaló mi madre.
 
la mañana siguiente, unos suaves toques en mi puerta hicieron que cediera en mi empeño de seguir dormida.
 
–Emma.... –reconocí la voz de mi padre susurrando mi nombre.
 
Me levanté y llegué hasta la puerta. La abrí con cuidado para ver qué era lo que quería mi padre de mí a tan tempranas horas de la mañana.
 
– ¿Quieres acompañarme al pueblo?
 
Lo pensé un instante. En realidad sopesé mis otras opciones y tuve que admitir que me atraía mucho más viajar hasta el pueblo que quedarme con mi madre y mi hermana toda la mañana, sin hacer otra cosa que no fuera hablar.
 
Dame diez minutos para vestirme y estoy contigo de inmediato.
 
Me sonrió y asintió con la cabeza.
 
–Te esperaré abajo.
 
Cerré la puerta y comencé a vestirme. Como siempre, unos viejos vaqueros y una camiseta de color azul, fueron mi elección, que conjunté con unas zapatillas de deporte. Cogí también un jersey que até a mi cintura, puesto que noté mirando por la ventana que el día estaba algo nublado. Me dirigí hasta el baño y me aseé y peiné antes de reunirme con mi padre.
 
En todo el pueblo, la tienda de Chano era la única que existía. En ella podrías encontrar los artículos más variados, desde cebos para pescar de todas clases habidas y por haber, hasta unas tijeras de podar, víveres y un montón de cosas más que en cualquier ciudad tendrías que desplazarte al menos a cuatro sitios para comprarlas. Ya lo decía el cartel clavado a una de las paredes y que a mí siempre me pareció ridículo:"VÍVERES GLEZ - DE TODO"
 
Mi padre fue el primero en acceder al interior, seguido de mí. Chano, desde detrás del mostrador parecía estar ultimando unas cuentas. No levantó la vista a pesar de que la campana de la puerta había sonado.
 
–Enseguida le atiendo. –dijo aún con la mirada puesta en su libro de cuentas.
 
– ¿Es una nueva forma de tratar a los clientes? –bromeó mi padre.
 
El viejo propietario pareció reconocer la voz y miró a mi padre.
 
– ¡Müller! –gritó con júbilo.
 
Siento no haber mencionado antes que a mi padre se le conocía por el apellido de mi abuelo.
 
– ¿Cómo estás, Chano?
 
Los dos hombres se dieron un corto abrazo y unas sonoras palmadas en la espalda.
 
–Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. –argumentó el viejo.
 
–Ya lo creo que sí, pero ya sabes, la familia es cada vez más difícil de controlar, y por desgracia he tenido unos hijos demasiado cosmopolitas...
 
–Hablando de hijos, ¿es esta Emma?
 
Me señaló con el dedo, en su cara una expresión de incredulidad. Mi padre me asió por los hombros y me acercó más a él, dándome un suave apretón.
 
–Lo es. Todas las esperanzas que tenía de que no creciera se han esfumado para siempre..... –bromeó mi padre haciendo reír a Chano. – Mírala, se ha convertido en toda una preciosidad.
 
Me sonrojé al tiempo que sonreía tímidamente.
 
–Supongo que vienes a buscar cebos, ¿no?
 
Interiormente suspiré de alivio porque la conversación en torno a mí se hubiera terminado. Mi padre se acercó hasta el mostrador, mientras Chano le hablaba de unos nuevos cebos que había traído hacía apenas unos días. Yo sabía que la conversación se alargaría hasta límites insospechados, por lo que decidí darme una vuelta por los pasillos de la tienda.
 
No recordaba el establecimiento así, pero supuse que incluso en aquel pueblo, hacía falta de vez en cuando echar mano de los avances. Me dirigí inmediatamente al estante de los chocolates. Con las prisas no había desayunado, así que seleccioné uno de esos bollos esponjosos con forma de barra de pan rellenos de chocolate y lo abrí dispuesta a comérmelo. Antes de pasar a otra estantería, pillé un par de chocolatinas y un paquete de galletas de arroz inflado.
 
– ¿Vas a comerte todo eso? –me preguntó mi padre divertido cuando me vio llegar cargada de golosinas.
 
–No, tonto.... –le dije. – Estoy llenando mi cupo de provisiones.
 
Dejé las cosas sobre el mostrador y seguí con mi recorrido. El bollo estaba muy bueno, pero no sé por qué, siempre conseguían dejarte con sed. Supuse que tal vez las empresas de batidos le daban alguna comisión. Metí la pequeña cañita en el brick de batido de fresa y seguí avanzando a través de los pasillos. Con el hambre ya resuelta, me dediqué simplemente a dejar que pasara el tiempo.
 
–Hola. –oí detrás de mí.
 
Me giré con rapidez.
 
–Hola... –dije algo confusa, puesto que la cara de aquel muchacho me era familiar.
 
Él me sonrió y fue entonces cuando me di cuenta de que el chico llevaba un delantal idéntico al de Chano, lo que significaba que trabajaba allí.
 
–Supongo que no me recuerdas. –me dijo algo tímido.
 
Puede que el batido de fresa consiguiera despertarme del todo, o puede que de repente hubiera tenido una visión sin darme cuenta, lo cierto es que conseguí acordarme de él. Cuando era pequeña, aquel chico que tenía ahora en frente solía ser mi compañero de juegos.
 
– ¿Julian? –dije con algo de duda.
 
Él se rió, parecía encantado de que finalmente hubiera sido capaz de recordarlo.
 
–El mismo. Ha pasado mucho desde la última vez.
 
–Sí, empiezo a creer que demasiado. Desde que empecé en el instituto, si mal no recuerdo.
 
–Ahora estarás en la universidad.
 
–Sí... –fue mi escueta respuesta, y comencé a juguetear con la cañita de mi batido, antes de cometer una estupidez y empezar a contarle al chico lo desgraciada que me hacía sentir la universidad.
 
–Estás muy guapa. –me dijo de repente.
 
Nunca nadie había flirteado conmigo, así que no sabía muy bien si aquello era un flirteo o si por el contrario era un simple comentario amable. De todas formas, ¿hay mucha diferencia entre lo uno y lo otro?
 
Seguí con la cara pegada a mi batido y comencé a sorber frenéticamente, mientras imaginaba mi foto en el libro Guinness de los Records, como la mujer que ostentaba el record de sonrojos en un día.
 
–Sigues igual de tímida que siempre, por lo que veo. –volvió a decir Julian.
 
Yo seguí plantada allí en medio, esperando a que él se decidiera cambiar de tema, algún tema en el que yo tuviera la valentía de decir algo. Pero entonces recordé que los únicos asuntos en los que yo era capaz de expresarme sin apenas balbucear eran los de medicina, y dudaba mucho que Julian supiera algo sobre las etapas organicistas de las enfermedades.
 
Oí que mi padre me llamaba. Le sonreí a mi inesperado acompañante y sin decir nada más pasé junto a él. Su voz me hizo darme la vuelta una vez más.
 
–No te olvides de pagar eso.... –bromeó señalando el cartón casi vacío que aún sostenía entre las manos.
 
–Vaya.... –contesté fingiendo decepción. – Esperaba que me guardaras el secreto.
 
Me alejé de Julian dejándolo con una interesante sonrisa en su rostro y me reuní nuevamente con mi padre.
 
–Media hora más, Chano, y mi hija te hubiera dejado sin provisiones.... –se rió me padre al verme llegar con algunas cosas más que había recogido por el camino.
 
–Está en edad de crecer. –contestó el anciano, mientras apuntaba frenéticamente en su libretita.
 
Yo evité decir que era bastante probable que me quedara con mi miserable metro cincuenta y nueve e ignoré el comentario.
 
–Papá, no te olvides de la bombilla.
 
–Ya sabía yo que por algo pensé que sería una buena idea traerte conmigo.
 
–Vaya, pensaba que disfrutabas de mi compañía.
 
–Eso también, cariño, eso también.... –se burló de mí, al tiempo que se giraba para pedirle a Chano una bombilla.
 
De vuelta a casa, yo cada vez me iba sintiendo peor. Miré mi reloj, eran casi las doce del mediodía. Probablemente Janina y Michael ya habían llegado. Eso significaba que Jenny estaría allí. Mi corazón se aceleró tanto que creí sinceramente que era el principio de un infarto. Abrí la ventanilla para que me diera el aire en la cara. Lo único que logré fue que una nube de polvo me diera de frente. Me había olvidado que siempre tomábamos la vieja ruta que iba al pueblo, en vez de ir por la carretera de asfalto. Otra de las excentricidades de mi padre.
 
– ¿Te ocurre algo? –preguntó él.
 
–No. –mentí, mientras me frotaba los ojos ahora irritados por la polvareda.
 
–Estás muy rara... ¿Hay algo que te preocupa?
 
–No.
 
Pasaron unos breves instantes. Yo esperaba que mi padre iniciara un nuevo intento para sonsacarme más información. Sabía que me conocía demasiado bien como para no saber que algo me pasaba y yo no podía decirle que estaba tremendamente aturdida, que no podía sacarme de la cabeza a la novia de mi hermano, que incluso había soñado con ella y que... ¡Oh, Dios!, casi había olvidado mi sueño erótico, ése al que tanto me había aferrado antes de que la voz de mi padre ganara la batalla esa mañana en contra de mis deseos.
 
–De acuerdo, si no quieres decírmelo no te voy a obligar...
 
–Gracias. –dije aliviada.
 
Me miró con el ceño fruncido.
 
–De modo que hay algo que no quieres decirme.
 
Me tapé los ojos con ambas manos. Había olvidado lo tramposo que podía llegar a ser mi padre en ocasiones.
 
–Papá. –comencé con cuidado de no herir sus sentimientos. – no es que no quiera contártelo, simplemente creo que...
 
– ¿Es un chico?
 
"Frío, frío..."
 
–No. –murmuré, aunque me hubiese gustado gritarlo, estaba enfadada porque ni siquiera me había dejado explicarlo.
 
–Te vi hablando con Julian...
 
– ¿Y? –no tenía ni idea de a dónde quería llegar.
 
– ¿Tienes algún novio en la universidad?, ¿estás triste porque quizás le echas de menos? –me preguntó preocupado.
 
–No...
 
–Podrías haberlo invitado. –una vez más me interrumpió. – Sabes que siempre será bienvenido.
 
Crucé los brazos a la altura del pecho y me arremoliné en mi asiento, intentando calmarme antes de que el incipiente enfado que corría a través de mis venas llegara al cerebro. ¿Un novio en la universidad? Si apenas tenía amigas. Creo que incluso les daba miedo a todos los del maldito campus. Debían tomarme por una asesina en serie o algo así. Como si las personas a las que les cuesta relacionarse tuvieran que ser asesinos en serie por derecho constitucional.
 
–Admito que hasta hoy no se me había pasado esa posibilidad por la cabeza, eres mi niña pequeña. A veces sigo resistiéndome a que crezcas.
 
–Papá.... –lo llamé. Odiaba las charlas sentimentales.
 
–No puedes culparme porque me preocupe por ti. No quiero dejar este mundo sin ver a todos mis hijos felices.
 
–Yo soy feliz. –le dije, no sé si por tranquilizarlo a él o a mí misma.
 
–De todos tus hermanos, tú has sido siempre la que más me ha costado leer. Nunca sé más de lo que me permites ver. –lo vi tragar antes de formular la siguiente pregunta. – ¿Sigues enfadada aún porque te envié a esa universidad tan lejos de casa?
 
–No.
 
–Cuatro no desde el inicio de la conversación. Definitivamente algo está ocurriendo en esa cabecita tuya. Pero no voy a insistir, cuando estés preparada o necesites mi ayuda, sabes que estaré esperando.
 
–Lo sé, papá, gracias.
 
Minutos después, paraba el Jeep a un lado de la carretera. Lo miré extrañada mientras él salía corriendo a esconderse detrás de unos matorrales. No pude evitar echarme a reír y me pregunté si mi padre comenzaba ya a tener problemas de próstata.
 
Al llegar a la casa, me di cuenta enseguida de que allí había ya tres coches aparcados. Reconocí el Ford blanco de mi hermana Janina, el Mercedes gris de Michael y por supuesto, el Mazda descapotable de Jenny. Lo que más me sorprendió fue descubrir que el color de su coche no era gris, sino azul cielo. La poca luz aquella noche hizo que me perdiera ese detalle.
 
Esperé a que mi padre se pusiera a mi altura antes de encaminarnos hacia la casa. Ambos con dos bolsas a cada mano. Mientras me acercaba, podía sentir que las palmas de mis manos comenzaban a sudar. Permití que mi padre me adelantara y entrara primero al interior de la casa.
 
– ¡Ya estamos aquí! –anunció a los cuatro vientos.– Me alegra ver que ya estamos todos, esta noche podremos incluso echar unas partiditas al bingo.
 
Fuimos recibidos con efusivos "holas" por parte de mi madre, Isabella, Janina y su marido. Pero no había rastro de Jenny ni de mi hermano Michael.
 
Janina se acercó y le dio un sonoro beso, primero a mi padre y luego a mí. Su hija mayor la seguía muy de cerca, agarrada a su falda. A juzgar por su expresión, hacía poco que había pasado una crisis de llanto.
 
Dejé las bolsas sobre la mesa y me acerqué hasta mi sobrina, de quien decían que era un calco de mí. Lo que era seguro es que iba a ser mucho más guapa que yo. Esta niña tenía ángel, justo como su madre.
 
–Hola Chris. –le dije con suavidad mientras me agachaba para ponerme a su altura.
 
–Hola tata.... –contestó con su dulce voz infantil.
 
– ¿Me das un beso?
 
Dudó un instante, para poco después darme un húmedo beso en toda la mejilla. Yo saqué una de las chocolatinas que había comprado en la tienda y se la alcancé.
 
–Ten, para que no estés triste.
 
Su cara se iluminó de repente y me dio un gracias que sonó a "asías" más bien. Luego se alejó correteando, seguramente buscando un lugar seguro donde dar buena cuenta de su dulce.
 
– ¿Dónde está Michael? –oí preguntar a mi padre.
 
–Creo que ha ido a enseñarle los alrededores a Jenny. –contestó Isabella.
 
–O a hacer manitas detrás de algún árbol. –bromeó Jenny, haciendo reír a todos.
 
A todos menos a mí.
 
– ¿Manitas? –dijo mi padre.– Creía que eso se hacía en mis tiempos, ahora van mucho más allá que, en fin...
 
–Papá.... –protestó Isabella entre risas.
 
– ¿Papá? –se burló mi progenitor. – Recuerdo que tu madre se empeñaba en dejar a vuestros novios en habitaciones separadas. Con eso sólo lograba que nos desvelaseis un par de veces por la noche con tanto ruidito disimulado de puertas que se abrían y se cerraban.
 
El marido de Janina, que estaba bebiendo de una lata de cerveza casi se atraganta y todos nos volvimos hacia él para ver que sus mejillas se habían puesto de un color rojo intenso. Tal vez era porque le costaba respirar por el líquido que no había logrado tragar por el sitio adecuado.
 
Todos nos reímos, incluso mi madre, a pesar de que sabíamos que en su momento le había costado mucho el aceptar que ninguna de sus hijas llegara virgen al matrimonio. Ella era una acérrima defensora de la virtud y creía que la virginidad era casi un don divino.
 
La puerta se abrió entonces y como si fuera una repetición de la misma escena de hacía cinco días. Michael entró acompañado de Jenny. A él apenas lo miré, no podía mirar más allá de aquella mujer enfundada en unos vaqueros tan roídos como los míos, con una camisa de seda azul y el pelo recogido en una trenza.
 
Me aparté de mi hermano como de la peste, temiendo que se ensañara con mis cachetes como la última vez.
 
–Hola, Emma. –me dijo al pasar, prestándome tan poca atención como yo a él.
 
Jenny pasó a mi lado a continuación.
 
–Hola. –saludó ella y lo siguiente que pude ver era que se estaba acercando a mi rostro para plantarme un beso en la mejilla.
 
"Di algo, ¡imbécil!", me reñí. Lo cierto que la percepción, como de cosquillas, que sus labios dejaron en mi mejilla me obnubilarían por el resto del día.
 
La felicidad, aunque de esa manera resultase incluso estúpida, era una sensación extraña.
 
 
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Jue Mayo 19, 2016 10:34 pm

Esto me va a encantar, Emma tiene tantas facetas en las que encajar a la perfección que ♥♥♥♥♥ y Jenny ni se diga... Aunque no se pero se me hace que si existe algo con Michael es mas como una tapadera, no se porque pero algo me dice que Jenny nada que ver con el .
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Aleinads

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Miér Mayo 25, 2016 7:15 pm

Me encanto este fic, por fin publicas algo de Jenny y emma. Desde que vi la seeie que me recomendaste las adoro. Por favor no tardes la conti.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Jun 02, 2016 5:08 pm

Gracias Yulenka y Alenaid por comentar. Espero les siga gustando Smile




BELLA INALCANZABLE




2. EL DESPERTAR. (Parte 1)


Esa noche, durante la cena, no tuve tanta suerte como la última vez y me vi afinada entre mi cuñado Frederick y mi sobrina Christina. Todos mis deseos de sentarme cerca de Jenny perecieron enseguida. Al menos me distraje un poco observando a la cría hacer multitud de muecas y gestos que me hicieron reír.


La conversación giró en torno a asuntos banales, cada uno exponiendo su punto de vista sobre la política o la economía. Esta vez mi madre, con gran acierto, se abstuvo de sonsacarle información a Jenny, quien parecía más relajada que la última vez.


No habíamos cruzado una palabra tras su llegada y yo comenzaba a desesperarme por su aparente indiferencia hacia mí. Pensé en eso de la indiferencia y me di cuenta de que todo había estado siempre en mi imaginación, que ella jamás correspondería a mis deseos de la manera que yo quería, que ella jamás soñaría conmigo de la misma forma, que sus miradas jamás serían mías. Me sentí traicionada por mi conciencia al traerme en aquellos momentos semejantes pensamientos.


Levanté la vista hacia Jenny por centésima vez esa noche, y casi grito al encontrarme con sus preciosos ojos azules mirando directamente a los míos. Me sonrió levemente y yo sentí cómo mi cuerpo se deslizaba de la silla sin poder evitarlo. Fue como si mis músculos se hubieran rendido y, de repente, quisieran convertirse en gelatina. Notando mi destemplanza, más que nada porque casi había desaparecido por entero debajo de la mesa, se giró de nuevo para atender a la conversación de mi hermano.


–¿Te encuentras bien? -preguntó mi padre, atrayendo con ello toda la atención hacia mi persona.


–Sí. -murmuré, como era habitual en mí.


No me atreví a levantar la vista hacia mi progenitor, sabiendo que efectivamente encontraría la duda y la sospecha en sus ojos. En esos momentos no estaba preparada para mostrar nada de mí al mundo, por lo que seguí con la cabeza gacha y la mirada en mi plato hasta el final de la cena.


Si me preguntaran ahora mismo sobre la cena, no sabría decir con seguridad ni siquiera qué era lo que habíamos comido.


En cuanto terminó la comilona, salí al porche y me senté en las escaleras, sola. No tenía ganas de asistir a la posterior reunión donde todos seguirían hablando de los más diversos y aburridos temas. Además, tenía la esperanza de que ella viniera a hacerme compañía.


Miré al cielo cubierto de estrellas, un placer que en la ciudad nos negaba la polución. Sonreí ante tan maravillosa vista y fue entonces cuando vi cruzar una estrella fugaz. Cerré los ojos tanto que me dolieron para pedir un deseo, pero antes incluso de formularlo, ya se me había concedido.


–¿Puedo sentarme un rato contigo?


No abrí los ojos, maldiciéndome por si aquella voz que acababa de oír no era real, sino producto de mi dilatada imaginación. Tomé una inspiración, apenas detectable, y los abrí lentamente. Enseguida abarqué su visión, justo encima de mi cabeza, mirándome divertida. Pensé que debió de haber sido ridículo encontrarme allí, con los ojos cerrados y con una extraña expresión, casi cómica, en mi rostro.


–Por favor. -dije, aunque me dio la sensación de que casi lo supliqué.


–Gracias.


Tomó asiento a mi lado, en el segundo escalón. Por el rabillo del ojo la observé doblar el cuello para mirar el cielo.


–Pocas veces he visto el cielo tan estrellado como esta noche. -dijo.


–Las noches aquí suelen ser así.


–Sí, sé lo que es vivir en el campo. De pequeña, mi familia vivía en una hacienda, creo que ya sabes que mi padre tiene viñedos. -asentí.- Las noches allí eran mágicas. Yo solía escaparme a la azotea y tumbarme allí con mi manta hasta que casi amanecía. Jamás me cansaba de mirar al cielo.


Pude apreciar cierta nostalgia en su voz y aquel descubrimiento hizo que mi corazón se encogiera.


–¿Tienes hermanos?


–No, soy hija única, desgraciadamente. -me miró sonriendo.- Pero acepto voluntarios.


Dejó la frase en el aire, aunque yo sabía a lo que se refería. Si se casaba con mi hermano, entonces ambas llegaríamos a ser hermanas políticas. No permití que ninguna expresión cruzara por mi cara y me mantuve tan inexpresiva como fui capaz, aunque en el fondo deseara rebelarme ante esa idea. Puse toda mi atención una vez que ella comenzó a hablar de nuevo.


–Mi madre murió cuando yo era pequeña y mis relaciones con mi padre no son en absoluto buenas. No le gusta cómo he elegido vivir. -me miró.- Tienes una familia magnífica, Emma.


Sonreí levemente mirándola.


–¿Incluso a pesar de mi madre?


Hizo ademán de pensar.


–Incluso a pesar de ello. -bromeó.


Emití un suspiro y devolví mi atención a las estrellas, imitando la posición de ella, apoyándome sobre mis codos. El silencio se prolongó hasta que yo decidí romperlo con la pregunta más estúpida de las que podía haber hecho.


–¿Qué edad tienes?


Me miró extrañada, pero me lo dijo sin más dilaciones.


–Veintisiete.


Hice cuenta mentalmente de que eso eran tan sólo nueve años más que yo. No sé porqué me sentí aliviada de saber que la edad no era un obstáculo tan insalvable. Al menos para mí.


–¿Y tú? -inquirió de súbito.- Lo justo es lo justo.


–Tengo dieciocho.


–¿Sólo dieciocho? -rebatió enseguida.- Fruncí el ceño por no poder saber a lo que se refería con eso de “sólo". ¿Es que acaso la había decepcionado? Su sonrisa me hizo ver que bromeaba.- Supongo que ya vas a la universidad.


–Sí. -dudé.- Eso me mantiene alejada de casa durante demasiado tiempo.


–Eso a mí me resulta un tanto extraño. -dijo con insólito tono de voz.


La miré buscando respuestas.


–¿El qué?


–Que te duela tanto estar lejos de tu hogar. A tu edad, yo sólo quería huir de la mía. -confesó. Tras eso abandonó la visión de mi rostro para concentrarse nuevamente en el cielo.


Eso fue suficiente para mí para entender que, por ahora, el tema estaba zanjado. Me dio la impresión de que no era una persona de muchas confesiones y que lo que acababa de hacer, aunque sólo fuera una simple frase, le había costado mucho esfuerzo. Me vi inundada por el dolor que me auto infringí al pensar en una Jennifer dolida o desdichada. No supe hasta qué punto mis sentimientos gritaban por el amor de esta mujer hasta esa misma noche.


–¿Piensas quedarte las dos semanas?


–No, creo que me iré este domingo. Aún tengo muchas cosas que hacer, y estas mini vacaciones no figuraban entre mis planes.


–Puede que te aburras y te vayas antes del domingo... -añadí cuidadosamente.


Me sonrió una vez más. Empecé a creer que sabía exactamente el efecto que eso tenía en mí.


–Espero que seas capaz de evitar que eso ocurra.


Me sentí afortunada de estar sentada, de lo contrario, habría dado con mis huesos en el suelo.


–Michael ya habrá pensado en eso y tendrá alguna clase de plan para que no pases un solo momento aburrida.


Me arrepentí de haber dicho aquello, pues me miró con expresión circunspecta, y yo volví a analizar mis palabras, intentando encontrar la razón de aquella mirada.


–Toda tu familia cree que tu hermano y yo somos novios, ¿verdad?


–No sé si “novios" -mastiqué la palabra como si fuera un trozo de limón.-, es lo más correcto a utilizar. -De repente sentí la angustiosa necesidad de desprestigiar a mi hermano.- Michael trae tantas chicas a casa que sería casi un sacrilegio llamarlas "novias". Debe existir alguna clase de porra sobre tu duración en la familia.


–Entiendo. -fue su seria respuesta.


Me arrepentí inmediatamente de haberle dicho aquello. Quizás había ido demasiado lejos en mi repentino ataque de celos y puede que incluso le hubiera hecho daño. Me obligué a pensar en una forma de compensarla, pero mi cerebro se negó a pensar con la brillantez a la que me tenía acostumbrada. Tan metida estaba en mi particular lucha que casi me pierdo sus siguientes palabras.


–¿Harías una cosa por mí?


"Te daría mi vida si me lo pidieses sin dudarlo".


–Por supuesto. –respondí.


–¿Me guardarías un secreto? –preguntó una vez más, elevando con ello mi curiosidad.


–Sí. –no pude evitar la avidez con la que respondí.


–No apuestes en esa porra. –dijo llanamente.


Se rió al ver mi expresión de completo aturdimiento. Por un momento, por mi cabeza pasó la idea de que quizás no eran novios, tal vez sólo fueran buenos amigos. Mirándola me dije que era imposible tenerla como simple amiga. Sólo había que observar la expresión de mi hermano cuando la enfocaba para saber que sentía algo muy profundo por aquella belleza. Cada vez me resultaba más enigmática y eso sumaba aún mayor curiosidad.


Yo ya podía sentir el veneno recorriéndome las venas.


–Estás aquí. –dijo alguien desde atrás y las dos nos movimos al unísono para ver de quien se trataba.


Michael estaba de pie, junto a nosotras. Bajó dos escalones para encararnos de frente.


–¿Qué te ha contado la mocosa de mi hermana? –preguntó burlón.


Deseé tener uno de los rifles de Don Federico para poder deshacerme del impresentable de mi hermano. ¿Es que siempre tenía que ponerme en evidencia delante de los demás? ¿Por qué no podía ignorarme, como lo hacía siempre que estábamos solos?


Michael se rió a gusto, al parecer, simplemente por el hecho de haberme llamado mocosa. Jenny no. Se quedó allí, mirándolo fijamente, con expresión seria. Hizo que la sonrisa se borrara de la cara de Michael de un plumazo. Mi hermano optó por cambiar de tema.


–¿Te apetece dar un paseo?


Antes de contestarle, se giró hacia mí.


–¿Quieres venir? –me preguntó.


Sabía que debía decir que no, puesto que estaba claro que a Michael no le haría nada de gracia que los acompañara. Así que, como siempre, hice lo que debía.


–No, gracias. Creo que me voy a ir a la cama. Mañana tengo sesión de pesca con papá y apuesto a que me despertará al amanecer.


–Tu habitación es la del ático, ¿verdad? –preguntó.


–Sí.


–Quizás algún día te apetezca invitarme a ver las estrellas desde allí.


–Claro. –fue lo único que conseguí argumentar.


–Buenas noches, Emma.


–Buenas noches.


Aquella sonrisa que siempre parecía tener dispuesta para mí, apareció una vez más. Luego se levantó y se alejó hasta perderse entre las sombras con Michael. Me quedé allí, durante unos instantes, absorbiendo lo que había pasado, recordando sus palabras.


Esa noche no me importó quedarme hasta tarde mirando las estrellas desde la ventana de mi ático. La ilusión de estar en compañía de Jenny obró el milagro. Incluso mantuve una conversación ficticia en donde le hablaba de mí, de mis deseos, de lo que esperaba de la vida, cosas que jamás había compartido con nadie. Ella me hacía desear ser de otra forma.


Esa misma noche fue cuando acepté que estaba perdida.




Cuando volví a despertar apenas despuntaba el Sol, pero mi padre tocaba insistentemente a mi puerta. No entendía cómo tenía un padre tan madrugador y yo, sin embargo, no había heredado esa cualidad. Podía pasarme la vida entera en la cama. Odiaba los despertares tempranos.


–Ya voy. –dije con la voz ronca por el sueño.


–¡Date prisa, hija!


Me vestí lo más aprisa posible, poniéndome unos pantalones cortos de color beige, una camiseta blanca con la foto del grupo Kissen el pecho y mis zapatillas de deporte. También recordé llevar la gorra verde de pesca, y salí con cierta urgencia hacia el baño.


Después de haber calmado los apremios de mi vejiga y de haberme aseado y acicalado, corrí escaleras abajo en busca de mi padre, quien revisaba por enésima vez ambas cañas de pescar y el bolso donde guardaba todas las cosas que harían falta antes de colgárselo al hombro.


–Ocúpate tú de la cesta del picnic mientras yo meto esto en el Jeep. Tu madre la habrá dejado sobre la mesa de la cocina.


Fui a la cocina, y como había predicho mi padre, encontré la cesta de mimbre sobre la mesa. La cogí, tomándome por sorpresa lo mucho que pesaba, y salí hasta el jeep.


–¿Ya has metido la nevera portátil? –le recordé, sin ganas de quedarme sin nada fresco que tomar durante la pesca.


–Sí.


–Mamá ha hecho bocadillos para un batallón. –le informé mientras deslizaba la pesada cesta en el interior del maletero.


–Será mejor que traigamos al menos media docena de truchas, o no volverá a prepararnos los bocadillos.


Reí la gracia de mi padre. Cerramos el maletero y nos metimos en el coche. El río al que nos dirigíamos estaba a tan sólo tres minutos de la casa, por lo que muy pronto estábamos descargando el jeep. Mientras yo buscaba un sitio para asentarnos, mi padre sacó su caña y su bolso de pesca.


Instalarnos bajo la sombra de un enorme árbol me pareció la mejor de las ideas, así que lo coloqué todo cuidadosamente.


–¿Quieres que te prepare la caña? –preguntó mi padre.


–¡De acuerdo! –le grité desde la distancia.


Saqué mi gorra y me la calé, sabedora de que dentro de poco el sol estaría en todo su apogeo sobre nosotros.


Cuando llegué al lado de mi padre, él ya había echado su primer lance con su caña de cinco metros. Yo no usaba para pescar cebo natural como él, prefería usar señuelos, en este caso mosca, por lo que usaba una caña telescópica de unos tres metros. Me senté a su lado y lancé el nailon en sentido contrario al de mi padre.


–¿Ves aquellas rocas? –me señaló con la cabeza, puesto que tenía su caña sujeta en una línea tensa, esperando a sentir el plomo.


Miré hacia donde creí que me indicaba y pude observar una serie de rocas, algunas de las cuales sobresalían ligeramente del agua.


–¿Qué te he dicho siempre de las rocas?


–Los peces están cerca de las rocas, las ensenadas profundas y de los árboles sumergidos. –dije imitando la voz profunda de mi padre.


–Muy bien, ¿entonces por qué has lanzado hacia allí? –no me dio tiempo a contestar. –Hija, tienes que hacer las cosas pensando.


–Lo siento, papá. –recogí nuevamente el nailon.


Me posicioné cara a aquellas rocas y lancé, no sin antes apuntar bien. Le di vueltas a la manivela del carrete para que el señuelo cruzara por el punto que había elegido y sostuve la caña firme.


–Bien hecho. –me aplaudió mi padre. –¿Trucha?


Negué con la cabeza.


–Carpa.


–Ya veremos.


Llevábamos algo más de dos horas y media y la pesca por ahora había sido muy poco productiva. Al menos para mí, puesto que mi padre y sus lombrices habían conseguido pillar desprevenidas a un par de truchas.


De repente oímos un ruido que nos sobresaltó y miramos hacia atrás al mismo tiempo. Reconocí al vetusto hombre que se nos acercaba como Don Federico, pero de no ser así, el enorme rifle que transportaba sobre uno de sus hombros me hubiera dado la pista definitiva. Oí que mi padre murmuraba una maldición por lo bajo y que se despedía de su tranquilo día de pesca.


–¿Müller? –dijo el viejo, sin abrir demasiado la boca a fin de que no se le cayera el puro que sostenía entre los labios.


–¡Don Federico! –saludó mi padre, aunque sólo yo era capaz de notar la falsedad en sus palabras.


Recogió el nailon y abandonó la caña en el suelo. Yo me negué a separarme de la mía, eso me daría ventaja y evitaría que me acercara demasiado a aquel loco.


–¡Creí que ya no volverías por aquí! –dijo Federico riendo con risa borracha.


–Es cierto, ha pasado mucho tiempo.


Se estrecharon las manos.


–¿Ha habido suerte con la pesca?


–Un poco sí, pero he tenido días peores. –dijo mi padre. –¿Qué le trae por aquí hoy?


–Los patos. Vengo a cazar patos.


Yo no pude evitar soltar un bufido al no poder retener la risa. Aquel anciano estaba más tarado de lo que yo creía. ¿Patos? ¿Dónde? Por allí no iba a encontrar un pato a no ser que fuese de goma. Mis ruidos guturales atrajeron toda la atención sobre mí.


–¿Es ésa tu hija pequeña? –preguntó.


–Así es.


–Cómo ha crecido, la condenada.


Ante ese comentario me di la vuelta rápido. Por nada del mundo deseaba ver su lasciva mirada sobre mi cuerpo. Arrugué la nariz con disgusto y comprendí porqué mi padre le tenía tanta aversión a aquel anciano. Los sentí alejarse hacia el árbol donde yo había depositado las cosas, seguramente mi padre lo habría invitado a una cerveza fresca.


"Estupendo", fue lo único que pensé, “darle alcohol a un viejo tarado y armado con una escopeta..."Esperaba que mi progenitor tuviera el sentido común de invitarlo a una una coca-cola.


El sol comenzaba a apretar con intensidad y yo podía notar las gotas de sudor resbalando por mi espalda. Hubiera dado la vida por un baño refrescante... Si fuese capaz de meter mi cuerpo en las aguas de aquel río... Me conformé con ir a por un refresco.


Mientras me acercaba a los dos hombres, cogí un fragmento de la conversación que estaban manteniendo, mejor dicho, que estaba manteniendo Don Federico.


–La gente de ahora no tiene ningún respeto hacia nada ni nadie, nacen para ser delincuentes.


La cerveza parecía volverlo más parlanchín, cosa que mi padre seguramente no debía de saber. Cogí mi lata de cola y me alejé nuevamente, no sin antes ver la expresión de mi padre de auténtica aflicción.


Retomé mi posición detrás de la caña con nuevo brío, puesto que el refresco estaba surtiendo efecto en mi sistema operativo. Mis pensamientos, como era habitual, volcados en Jenny. Era extraño, pero sentía que la echaba de menos. Tal vez debí haberle preguntado si le hubiera gustado venir con nosotros, pero mi temor al rechazo me lo impidió.


Mi padre no pudo deshacerse de la presencia de Don Federico hasta casi una hora después. Vino resoplando todo el camino hasta unirse a mí.


–¿Una conversación interesante? –me burlé.


–Aunque no lo creas, le he podido sacar a ese viejo algo relevante.


–¿El qué? –dije con la incredulidad de que eso fuera probable.


Me miró levantando las cejas y tardando un ratito en responder, haciéndose el interesante.


–Pasado mañana hay una competición de pesca.


–¿Una competición?


–Sí. Al parecer a quien logre pescar el pez más grande le dan un trofeo. Supongo que es otra de esas cosas del ayuntamiento para fomentar el turismo rural.


–¿Piensas inscribirte? –no sé por qué formulé la pregunta. Conociendo a mi padre y sus dotes competitivas era un hecho anunciado.


–Por supuesto. Ambos–subrayó la palabra con énfasis. – lo haremos.


–Me lo temía.


–Tendremos que conseguir una barcaza de pesca, a remos preferiblemente. El ruido de un motor podría alterar la calma de nuestras presas.


Yo sabía lo que pretendía al querer alquilar una barca. Sus pretensiones a este punto no eran nada nuevas para mí.


–¿Otra vez con lo del sirulo?


Se rió.


El sirulo es un pez originario de Europa central, lo avistaron por primera vez un grupo de alemanes aficionados a la pesca. Al parecer soltaron unos cuantos miles de alevines también después en España, Francia, Suecia, Dinamarca. Claro que seguramente no pensaron lo que iba a suceder... El pez en España se encontró en unas aguas casi perfectas para su supervivencia, puesto que el clima es mucho más cálido que el de su lugar de origen. Se extendió por varios ríos, con lo cual, y lo que es peor, extinguió algunas especies en esas zonas que más tarde se han logrado recuperar. Es el pez más grande que se puede encontrar en aguas dulces. Puede alcanzar longitudes y pesos escandalosos, se dice que se ha llegado a atrapar hasta ejemplares de cien kilos y varios metros de longitud.


–Papá, nunca has logrado cazar a uno de esos peces. Ni siquiera lo hemos visto de lejos. ¡Es una locura! Puede que ni siquiera existan en este río.


–Sí que existen. –rebatió él. –Ya los han pescado, es por eso que pienso que nosotros podríamos lograrlo. Si es lo bastante grande, saldríamos hasta en los periódicos nacionales.


Resoplé y pensé hasta qué punto me gustaría cazar uno de esos enormes bichos. ¿No podíamos intentar pescar una carpa de considerable tamaño como el resto del mundo? No. Tenía que ser un sirulo, y si era el más grande que se había visto, pues mejor. Por el rabillo del ojo vi como mi padre se frotaba las manos satisfecho, era casi como si se estuviese imaginando con el trofeo ya en la mano. Hice rodar los ojos. A veces mi padre podía ser incluso más infantil que sus nietos.


La jornada terminó al atardecer. Eran las seis pasadas cuando recogimos todo y nos pusimos en marcha de regreso. Mi padre había puesto un empeño inusitado en pescar sobre todo carpas, con el objetivo de usarlas para atrapar un sirulo. A mí tanta insistencia me estaba poniendo de los nervios, pero evité decirlo en voz alta, no quería ensombrecerle la ilusión.


Llegamos a casa, por mi parte totalmente agotada. Entré casi corriendo, había pasado el día entero pensando en Jenny, consumida por los deseos de verla de nuevo. En el salón, mi madre y mis hermanas tomaban café, sentadas en el enorme sofá. Nada más vernos llegar se levantaron de sus respectivos sitios para saludarnos.


Enseguida todos quisieron saber si tanto esfuerzo había valido la pena. Se acercaron para ver la cesta y mi padre la abrió para que pudiesen ver su contenido. Truchas y carpas la llenaban. Yo, por fin, había logrado atrapar tres, lo que hizo que mi tarde no fuera tan inane como de costumbre.


Mi pequeña sobrina me tiró del pantalón impaciente. Yo la miré y sin preguntarle supe que ella también quería participar, aunque su baja estatura se lo impidiera. La cogí en brazos y la alcé, acercándole la nariz a la cesta. Abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir de las órbitas.


–¿Puedo tocarlos? –me preguntó ilusionada.


Yo arrugué la nariz.


–¿Es que quieres oler a pescado durante una semana? –me reí, aunque ella no entendió bien por qué era tan malo oler a pescado.


–¿Puedo? –insistió.


–Si te empeñas... –le tomé de la mano y la acerqué con cuidado.


Ella enderezó su pequeño dedo índice y esperó con ansias el momento en que yo lo acercara definitivamente. El pez, que aún tenía algo de vida, se estremeció, haciendo que mi sobrina gritara espantada y riera posteriormente con una risa muy nerviosa.


Yo no pude evitar soltar una enorme carcajada. Adoraba a aquella niña. Volví a depositarla en el suelo.


El perfume de Jenny llegó antes que su presencia y la sentí rozándome la espalda mientras se inclinaba para ver mejor nuestras capturas. Supuse que venía del piso de arriba, pero yo no lo había notado, tan ocupada como estaba con la niña.


–Vaya. –dijo. –¿Todo eso lo has pescado tú?


Torcí el cuello para mirarla. Tuve que aguantar la respiración y me pregunté si alguna vez dejaría de reaccionar tan estúpidamente y me acostumbraría a su belleza. Pero eso era imposible, cada vez que la miraba, descubría algo que me hacía desearla más.


–Sólo tres. –dije tímidamente.


Me sonrió.


–¿Para cuándo el festín?


–Me temo –intervino mi padre. –que estos peces son para pescar más peces.


–¡Oh, sí! Se me había olvidado decírtelo, mamá.


–¿Decirme qué? –preguntó mi madre desde el otro extremo de la mesa.


–Papá y yo vamos a inscribirnos en el concurso de pesca del viernes.


Mi madre hizo rodar los ojos con resignación. No podía hacer otra cosa.


–Pero aún no sabes lo mejor. –me aventuré, animada por la cercana presencia de Jenny. –Vamos a cazar un sirulo.


–¿Otra vez con eso? –se quejó mi madre.


Mis hermanas se rieron y negaron con la cabeza.


–Ya veréis, incrédulas. –cortó mi padre viendo la reacción en cadena de risas que había provocado nuevamente su misión imposible.


–Papá. –soltó Michael. –En ese río no hay sirulos.


–Michael, hijo, nadie creyó a Galileo Galilei cuando formuló su teoría de que la Tierra era redonda.


–¿A ése no lo desterraron? –interrumpió mi madre, contenta de poder meter baza contra mi padre.


El teléfono sonó en ese instante. Mi madre se apresuró a coger el receptor. Después de un momento se dirigió hacia mi hermano Michael para que atendiera la llamada.


–Bueno. –anunció mi madre. –Hora de preparar la cena.


–¿Puedo ayudar en algo? –se ofreció Jenny.


–Por supuesto que no, eres nuestra invitada. Mal estaría si te pusiéramos a trabajar. –contestó Isabella.


–No me importa, en serio. Me gusta sentirme útil.


–Es una costumbre en la familia. –bromeó mi madre al tiempo que se dirigía a la cocina, seguida de mis dos hermanas.


Miré a mí alrededor para encontrarme a mi padre enzarzado en una conversación con mi cuñado Frederick, esta vez le tocaba el turno al fútbol. Me volví hacia Jenny y me asombré de que le hiciera aquella proposición.


–¿Quieres dar un paseo?


Contuve la respiración mientras esperaba su respuesta. Debido al nerviosismo, mi corazón comenzó a latir sin orden.


–Por supuesto.


Salimos al exterior, faltaba menos de una hora para que anocheciera. Estuvimos sin hablar al menos tres minutos mientras caminábamos lado a lado. Luché por que se me ocurriera algo inteligente qué decir. No sabía por qué la presencia de esa mujer hacía que mis neuronas se pusiesen en huelga.


–¿Qué es un sirulo? –me preguntó ella.


–Es un pez enorme. Realmente puede llegar a ser grande.


–¿Cómo un tiburón?


–Más o menos.


–¿También es tan peligroso?


–No. –me reí. –Sólo come otros peces. Es bastante feo, una vez vi unas fotos suyas y tiene unos colmillos parecidos a los de un perro.


–¿Hay peces así en ese río?


Bufé antes de hablar, poniendo en duda la veracidad de que realmente los hubiera.


–Según mi padre, sí. Lleva intentando cazar uno desde hace años.


–No estoy segura de querer verlo muy de cerca.


–Yo tampoco, créeme. –le dije en broma.


Mientras caminábamos, nuestras manos se rozaron accidentalmente y yo di un respingo. Ella se paró en seco y me miró con extrañeza.


–¿Estás bien? –me preguntó.


Pregunta que yo esperaba.


Le pedí a Dios, si es que existía, que me ayudara a dejar de hacer aquellas estupideces delante de ella. No quería saber la opinión que Jenny tendría de mí. Seguro que cuando menos pensaba que era una esquizofrénica.


–Sí. –respondí mirando al suelo.


Iba a seguir la marcha cuando su voz me detuvo nuevamente.


–¿Por qué siempre haces eso?


–¿El qué?


Estaba pérdida, seguro que había notado algo. Sentí que me sonrojaba de la cabeza a los pies.


–Bajar la mirada al suelo. Es una pena que nos hagas perder la visión de esos maravillosos ojos.


Metí las manos en los bolsillos. Fue la única reacción coherente que se me ocurrió ante aquellas palabras. Todo valía mientras no levantara la vista de mis zapatillas. Ése era mi único cobijo en su presencia.


Sentí que me alzaba la barbilla. Ni siquiera hizo falta ningún tipo de esfuerzo, tan sólo me rozó y yo atendí su orden prestamente. Sus ojos se enlazaron con los míos.


–¿Recuerdas ayer cuando te dije que era hija única? –Asentí con la cabeza, tragando saliva al mismo tiempo. –Bueno, eso no era del todo cierto... –me recompuso un mechón de pelo rubio detrás de la oreja. –Tenía una hermana. Tú te pareces mucho a ella. Solía ser muy tímida, y se empeñaba en bajar la vista, como si eso la ayudara a esconderse de los demás. ¿Lo haces por eso? Me gustaría saberlo.


–No lo sé. Simplemente lo hago.


–Nunca se lo pregunté. –algo en su voz había cambiado.


Yo tenía que saber, necesitaba saber o aquella incertidumbre acabaría por volverme loca.


–¿Qué pasó?


Inspiró hondo y apartó su mano de mi pelo.


–Se suicidó.


En ese momento deseé ser una avestruz, para poder hacer un agujero en el suelo, esconder la cabeza y no salir jamás. Pude sentir el dolor de Jenny como si fuera el mío propio. Quería hacerlo mío para que ella dejara de sentirse tan desdichada, porque eso era lo que sus ojos mostraban en ese momento.


Yo estaba sin palabras, no sabía que decir. Ni siquiera un “lo siento “me parecía adecuado.


¿Por qué me contaba aquello a mí, a una casi desconocida? Era como si se hubiera arrepentido de mentirme el día anterior. No había que ser muy listo para saber que era una persona hermética que no le gustaba hablar de sí misma. Podía haber eludido mi pregunta como yo estaba segura que era capaz de hacerlo. Aún así confió en mí.


–Si algún día descubres por qué lo haces, ¿me lo dirías? –su voz me devolvió a la realidad.


–Te lo prometo.


–De acuerdo.


Seguimos caminando, cada una sumida en sus propios sentimientos. Yo sabía que Jenny ocupaba su mente ahora a los recuerdos de su hermana, porque continuaba teniendo el ceño fruncido. Yo, por mi parte, pensé en lo injusta que era la vida. Cuando ella me miraba yo le hacía recordar a su hermana perdida. Cuando la miraba yo, veía mi vida entera.


Sabía que por ahora, la ilusión de que algún día fuera mía sería suficiente, pero que tiempo después no dejaría de ser una obsesión. Una obsesión que no tendría ninguna salida. También sabía que estaba poniendo todas mis esperanzas en algo que no existía, pero ¿cómo podía dejar de hacerlo?, ¿qué es lo que aquella mujer poseía que me hizo entregarle mi alma desde mismo instante en que la vi por vez primera?


De algo si estaba segura, y es que de mi antigua coherencia no quedaba ni rastro.


–Me gustaría ver la puesta de sol. ¿Nos sentamos allí? –me señaló el enorme cerezo que se alzaba grandioso en nuestro jardín.


–Sí.


Nos acomodamos en el suelo, las dos muy cerca, tanto que nuestros muslos se tocaban. Apoyé la espalda sobre el tronco y fijé la vista sobre el horizonte, donde el Sol parecía posarse ya sobre el océano.


–Hacía mucho tiempo que no encontraba esta paz. –dijo de súbito. –No sabía que iba a encontrar el campo tan placentero por una vez en mi vida.


–Sé a lo que te refieres.


Suspiró y se echó hacia atrás imitando mi posición.


–¿Cuándo vuelves a clase?


–A finales de mes. Tan sólo me dan un mes de vacaciones. Ésa era otra de las razones por las que quería quedarme en Alemania.


Una vez más me regaló su suave risa.


–Por tus palabras deduzco que odias estudiar fuera.


–Para mí se ha convertido en un auténtico calvario. –admití.


–¿Por qué no te rebelas contra ello entonces?


–Porque de ese modo tendría otra de esas infinitas charlas con mi padre sobre lo agradecida que estaré por ello algún día. Así que prefiero soportarlo unos años más.


–En eso tiene razón. No tendrás problemas para conseguir un buen puesto aquí cuando hayas terminado.


–Supongo que sí. –coincidí con ella. –¿Por qué elegiste ser azafata? ¿No tienes miedo?


–Quería tener la oportunidad de ver cosas. Y no, no tengo miedo. Me gusta lo que hago.


A mí me pareció que otra de las razones por las cuales había elegido aquel trabajo, era para pasar mucho tiempo alejada de todo lo que la rodeaba. Supe que estaba huyendo de algo. Pero no había forma alguna de que me atreviera a decírselo en voz alta.


–Yo no soporto volar. Lo odio.


Volvió a sonreírme, y abandonó su visión de la puesta de sol para mirarme.


–¿No hay nada que te guste de la universidad? ¿Ni siquiera un novio o algo así?


–No tengo novio. –afirmé rotundamente.


–¿Por qué?


–No lo sé.


–Se me hace muy difícil de creer eso. Eres una muy guapa. –dijo haciéndome ruborizar intensamente.


Yo sabía que si en ese momento abría la boca para hablar, no diría otra cosa que balbuceos sin sentido. Por lo que la mantuve cerrada ante el inminente peligro de ponerme en evidencia una vez más.


–Tú eres como yo, no sabes digerir bien los cumplidos. –resolvió ella al ver mi incomodidad.


–Creía que tú estabas acostumbrada a eso. –me aventuré.


–¿Entonces te parezco guapa?


¿Estaba de broma? Tenía que estarlo. O eso o pretendía meterme en serios apuros. Tragué saliva con fuerza y me preparé para contestar.


–Sí. Y creo que sólo tratas de ponerme en aprietos.


–¿Por qué querría hacer yo tal cosa? –me preguntó algo divertida.


–Porque no soy ciega, simplemente por eso. Sé que eres muy consciente de lo hermosa que eres.


–Puede que si me conocieras un poco más dejaría de parecértelo. –afirmó, ya más seria.


No sé qué fue lo que había cambiado en el transcurso de aquellos pocos minutos, pero era algo que me hacía sentir tremendamente incómoda. Supuse que Jenny, como lo hacían los demás continuamente, quería jugar conmigo, ver qué había detrás de la armadura en la que me escondía. Quizás había notado algo de aquella admiración que yo le profesaba y quería alimentar su ego a mi costa.


Sé que a veces podía parecer un auténtico misterio para los demás que no eran como yo. Pero me molestaba que pensaran en mí como algo extraño, como algo que nunca reaccionaba como el resto del mundo.


Me levanté decidida a irme.


–He de irme. –anuncié. –Aún tengo que darme una ducha antes de la cena.


–Siento haberte molestado.


–No, no me has molestado.


–Puedo notar que así es. –insistió mirándome desde el suelo.


Yo no dije nada, simplemente me di la vuelta y me alejé de ella unos pasos antes de que me cogiera de la mano y me diera la vuelta para encararla. Me tomó por sorpresa, ni siquiera la había oído acercarse. Ya lo había dicho yo antes. Ella era como una gata.


–Emma...


–¿Qué?


Vi algo en sus ojos que nunca antes había visto. Algo que se parecía bastante al miedo.


–Me has interpretado mal. Yo... –la voz pareció agotársele de repente. Yo esperaba paciente a que lograra acabar su frase, atónita de verla sin su impertérrita compostura. –Cuando te miro... –comenzó después de tomar aliento.–, la veo a ella. Antes, cuando reías con tu sobrina en brazos, sentí casi el corazón pararse, era como si pudiera oírla de nuevo.


Me asió por ambos hombros, mirándome con intensidad. Jamás había visto aquella expresión desesperada en nadie. Casi me asustó. Algo de mi miedo debió reflejarse en mi rostro, puesto que cedió en su presión y se frotó los ojos con una mano. Creo que intentaba contener las lágrimas.


Sentí lástima por ella. Me dolía verla en aquel estado de desolación.


–¿Cómo se llamaba?


–Alice. –dijo, aún sin apartar la mano de sus ojos.


–Me hubiera gustado conocerla.


–Sí. –sonrió, dejándome ver de nuevo su rostro al completo. –Estoy segura de que hubieran encajado en ese mundo suyo, tan apartado del resto.


–No llores, por favor, Jenny... –al favor de mi súplica, añadí una caricia en su afligido semblante.


–Lo siento. –se disculpó, aparentemente por haberse dejado llevar por un momento de debilidad.


Sequé una errante lágrima que rodaba por una de sus mejillas, la atrapé en la palma de la mano y la bajé hasta mi costado, apretando con fuerza el puño. Aquel era el primer regalo que obtenía de ella.


Me miró con una intensidad que yo no había visto jamás. Creo que aquella fue la primera vez que pudo ver algo de mí, o quizás la primera vez que yo le permití enseñarle algo de mi adoración por ella. La oscuridad nos abrazó entonces y Jenny fue la primera en hablar.


–Deberíamos volver. –dijo simplemente.


–Sí. –fue lo único que pude articular.


Fue entonces cuando decidimos regresar por el mismo camino que nos había traído hasta allí, con el mismo silencio rodeándonos.




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Continuará... Arrow


Última edición por Jemmaling el Miér Jun 08, 2016 8:18 pm, editado 1 vez
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Vie Jun 03, 2016 3:43 pm

Al leer esto me doy cuenta que probablemente Emma tenga mucho sufrimiento y ahora entiendo esa pequeña frase de la introducción, pareceria que jenny en realidad solo la ve como hermana pero puedo intuir que tal vez pueda tener algun tipo de otro sentimiento disfrazado con Emma, pero necesito mas capitulos para ver si o no. Me esta gustando mucho. No tardes en colocar mas de ella.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Miér Jun 08, 2016 1:31 pm

Casi una semana sin conti, quiero saber que pasa aquí... La historia esta muy interesante.
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Jun 08, 2016 8:15 pm

Hallo a todos los que leen esta historia, aquí dejo la 2da parte del capítulo 2 Smile



Julenka: Tu teorías no estas tan lejos pero...ya veremos, me alegra mucho que te guste la historia y gracias por ser una fiel lectora, creo que no hay un FF que yo suba que vos no leas así que muchas gracias, es tan lindo saber que en alguna parte hay alguien que disfruta de lo que haces sin importar nada más que leer una buena historia, así que gracias mi querida, y muchos saludos Very Happy




Aleinads: Lamentablemente estuve sin mi compu y eso dificulto la subida de los FF, pero ya esta de nuevo así que bueno, aquí esta la conti. Me alegro que te guste la historia. Saludos Smile








BELLA INALCANZABLE 



2. EL DESPERTAR (2da parte)


–¡Jenny! –oí que Michael la llamaba desde la entrada.
 
Al parecer hacía tiempo que intentaba localizarla. Fruncí el ceño con disgusto. Siempre se me olvidaba que Jennifer estaba allí por él y no por mí.
 
–¿Ocurre algo?
 
–Sí. –suspiró. –Desgraciadamente tengo que volver a la ciudad. Tenemos una reunión con el sindicato, estamos estudiando ir a la huelga, si no queda más remedio.
 
–¿Problemas otra vez? –dijo Jenny con su mejor tono condescendiente.
 
Yo permanecí detrás de la morena, escuchando atentamente, feliz por perder de vista a Michael y así tener a Jenny para mí sola. Me sorprendió estar pensando tal cosa, ese egoísmo que parecía salir de cada poro de mi piel cuando se trataba de ella.
 
–Eso me temo. Será sólo un día, dos a lo sumo.
 
–De acuerdo. Iré a recoger mis cosas.
 
De mi garganta emigró un sonido gutural, como cuando se inicia el llanto. No había pensado en la posibilidad de que Jenny se fuera tras los pasos de mi hermano. Ellos no parecieron darse cuenta de mi repentina indisposición, o al menos prefirieron ignorarlo. Siguieron con su charla.
 
–De ningún modo, Jenny. Te quedarás aquí con mi familia. Quiero que sigas disfrutando de tus vacaciones.
 
Yo miraba la escena consciente de que no debería estar allí, pero el pensamiento de irme con la incertidumbre de que quizás no volvería a ver a Jenny fue lo que me mantuvo clavada al sitio.
 
–Michael... –comenzó a discrepar ella.
 
–A menos, claro, que no te sientas a gusto aquí. –interrumpió él.
 
–No es eso, tu familia es maravillosa...
 
–Por favor, quédate. –fue la segunda vez que se la interrumpió, con la variación de que había sido yo esta vez.
 
Los dos se volvieron hacia mí, pero yo sólo tenía ojos para ella. Hasta yo misma pude sentir la impetración en mi mirada.
 
–De acuerdo. –dijo sin apartar su visión de mí.
 
–¡Estupendo! –soltó Michael. –Voy a preparar el equipaje para salir de inmediato.
 
–Te ayudaré. –se ofreció Jenny.
 
Ambos entraron en la casa, seguidos de mí. Ellos se dirigieron hacia la habitación de Michael y yo a la mía. Me desvestí con premura y me metí en el baño para darme una ducha. No quería tardar demasiado. Tenía miedo de que cuando saliera, Jenny hubiera cambiado de opinión y se fuera con Michael.
 
Sentí el agua fría como un bálsamo sobre mi cuerpo. No había notado hasta ese momento, cuando alcé los brazos para enjabonarme el pelo, lo tensos que tenía los músculos.
 
Cuando salí de la bañera, me dediqué unos segundos, mientras me refregaba con la toalla, a mirarme en el espejo. Me preguntaba si yo le resultaba atractiva, bueno, quizás la palabra correcta sería “guapa", a Jenny. ¿Qué podía ella admirar de mí? Quizás mis ojos color miel. Tal vez mi sonrisa. Siempre me habían dicho que poseía una sonrisa bonita. Sonreí a mi reflejo para comprobármelo a mí misma. No es falsa modestia cuando me digo que no soy nada fuera de lo común. Ella, en cambio, sí lo es.
 
Me recogí el pelo por encima de la nuca e intenté imitar esa expresión de Jenny cuando algo le parecía interesante. Creo que esa pose sólo podía quedar bien en el rostro de una persona, y no era yo. Me reí cuando de repente todo aquello me pareció estúpido. ¿Qué pretendía? ¿Ensayar miradas y muecas para intentar parecer más seductora ante sus ojos?
 
Me até una toalla para cubrirme el cuerpo y envolví otra en mi cabeza antes de salir del aseo, moviendo negativamente la cabeza ante las tonterías que comenzaba a realizar sólo porque tenía un enamoramiento. Ella no se iba a enamorar de mí por muchas poses y actos de misterio que yo hiciera.
 
Me metí rauda en mi habitación por la puerta levemente abierta. Dudé de que la hubiese dejado así cuando me fui al baño. Mi sorpresa fue enorme cuando vi a Jenny asomando la cabeza por la ventana, de espaldas a mí. Debió oírme, porque se giró inmediatamente para encontrarme.
 
Si hubiera hecho caso a mi madre desde pequeña en cuanto a ser ordenada, probablemente no hubiera tropezado con una zapatilla que había dejado en mitad del suelo. Me caí deshonrosamente boca abajo. La toalla de mi cabeza se deslizó también.
 
Lo único que podía pensar en ese instante era en rezar para que todo aquello hubiera sido un sueño y en realidad yo no estuviese con la nariz pegada al frío suelo en frente de la criatura más hermosa de la tierra.
 
Jenny se acercó a mí en dos zancadas y se arrodilló en frente.
 
–¿Estás bien? –me preguntó preocupada.
 
Yo no podía levantar la mirada, simplemente no podía mirarla. ¿Por qué a mí? ¿Qué había hecho yo para merecer tal castigo?
 
–¿Emma? –me llamó, creo que ya había notado mi vergüenza. –Es culpa mía. Siento haberte asustado. ¿Puedes levantarte?
 
–Sí. –dije al fin. –Creo que no me he roto nada.
 
Me cogió por los antebrazos y tiró suavemente de ellos, para ayudarme a recomponer mi posición vertical. Yo me aferré a la toalla como si en ello me fuera la vida. Sólo me faltaba que se escurriera también y me quedara desnuda en frente suyo.
 
–Lo siento de veras. –repitió una vez más.
 
–No ha sido nada. Tengo la maldita manía de dejarlo todo en medio.
 
–¿Estás enfadada?
 
–¿Por qué iba a estarlo? –le pregunté anonadada de que pudiera creer tal cosa. Estaba segura de que me era imposible disgustarme con ella, pasara lo que pasara.
 
–Por entrar así en tu habitación, sin permiso...
 
–Bueno, antes de irte tendrás que vaciarte los bolsillos. –bromeé y ella se rió, creo que más sorprendida por mis inusuales dotes de cómica que por la broma en sí.
 
–Me sentía sola allá abajo, Michael ya se ha ido, y contigo me siento muy cómoda.
 
"Respira “me ordené después de oír aquella declaración.
 
–Me alegro de que estés aquí.
 
–Parece ser que siempre consigo imponerte mi presencia. –admitió y yo me di cuenta de que también se refería a aquella vez en el invernadero de mi casa.
 
–No es cierto. –dije sonriéndole. –Ya te he dicho que me alegra que estés aquí.
 
–Gracias.
 
Yo me quedé allí, mirando hacia abajo para ver cómo movía ridículamente en círculos uno de mis pies descalzos.
 
–Será mejor que me vaya para que puedas vestirte. –anunció.
 
–Quizás después te apetezca venir conmigo y ver las estrellas desde aquí... –dije con premura.
 
"¿Ver las estrellas? Eso sí que es una cursilada".
 
–Me encantará. He visto que has traído contigo un libro de Pedro Salinas. –me señaló la mesa de noche al lado de mi cama.
 
–Es mi poeta favorito. –afirmé.
 
–También lo es mío. Si te portas bien, quizás esta noche te lea algo de él . –me sonrió y salió de la habitación, dejándome clavada en el sitio.
 
Miré mi copia de “Poemas Escogidos “al que ella se había referido momentos antes.
 
–Sabía que leer poesía sería de gran ayuda algún día. –le dije al inanimado libro con tapas verdes y letras doradas.
 
Corrí a vestirme, la cena pronto estaría servida.
 
Minutos después me adentraba en el comedor. El olor de los inconfundibles y deliciosos canelones de mi madre llenando la estancia. Mi estómago gruñó con fuerza en cuanto me acerqué. Eché un ligero vistazo, las mujeres de la casa estaban metidas en la cocina, desde aquí las podía oír hablar, mientras que mi padre y mi cuñado seguían sentados en el salón discutiendo de sus asuntos y tomando una cerveza. No vi a Jenny por ningún lado, por lo que supuse que tal vez permanecería en su habitación hasta la llamada de la cena.
 
Entré en la cocina a investigar y quizás a pillar algo para calmar la inquietud de mi vientre. Inmediatamente mi hermana Isabella me cargó con media docena de platos.
 
–Emma, colócalos, por favor. –me ordenó.
 
Salí nuevamente de la cocina y dispuse la vajilla en cada asiento. Inicié un nuevo intento de adentrarme en los dominios de mi madre y mis hermanas, con el mismo resultado. Pronto estaba afuera acomodando los vasos, sólo que esta vez había logrado sisar un trozo de pan blanco que aguardaba en mi bolsillo esperando una mejor ocasión. Terminé la última tarea que se me había encomendado y me fui hasta un rincón para roer el trozo de pan con avidez.
 
Vi a Jenny descender las escaleras. Llevaba el pelo húmedo, lo que indicaba que se acababa de dar una ducha. Se había cambiado a una camiseta blanca y unos vaqueros negros. Me pareció que con cualquier cosa que se pusiera resultaría increíblemente atractiva.
 
Me sonrió mientras se dirigía a mí. Me costó horrores tragar el último trozo de pan que me había metido en la boca.
 
–Necesitaba esa ducha tanto como respirar. –me dijo nada más acercarse a mi rincón. –¿Qué haces aquí sola?
 
–Huir de mi madre y de mis hermanas. –comenté casualmente levantando las cejas, algo que la hizo sonreír más.
 
–¿Por qué?
 
–¿Las has oído hablar cuando están juntas?
 
–A mí no me parecen tan malas. –dijo ella.
 
Torcí la cabeza y la miré bajo un velo de sospecha.
 
–Pero sí que te parecen aburridas, ¿verdad?
 
Una nueva sonrisa reemplazó a las palabras y me dieron a entender que, efectivamente, ella las encontraba tan tremendamente soporíferas como yo.
 
–Me pregunto cómo es que existe tanta diferencia entre tus hermanas y tú. –hizo una pausa. –Tú eres tan...
 
–¿Rara? –respondí por ella.
 
–No. No era eso lo que pretendía decir.
 
–¿Entonces qué?
 
–Interesante.
 
Dejó que la palabra saliera de su boca suavemente, flotando en el aire. Su tono era increíblemente perturbador y me pregunté si era así como aquella mujer atraía a las presas a su red. Todo en ella resultaba fascinante, intrigante.
 
–¿Por qué tengo la extraña sensación de que toda esta campaña de halagos hacia mí me va a resultar cara? –me burlé haciéndola reír suavemente.
 
–¿Crees que quiero obtener algo de ti por hacerte un cumplido?
 
–La mayoría de la gente se guarda ases en la manga. –expuse medio en broma medio en serio.
 
–Veamos... –colocó una mano bajo su mejilla e hizo acto de pensar. – ¿Qué tienes tú que pudiera interesarme?
 
"¿Mi cuerpo?". Sacudí la cabeza ante ese pensamiento antes de que se me ocurriera decirlo. Últimamente mi razón no respondía muy bien a mis órdenes.
 
–Me agrada estar contigo, Emma. Ésa es la verdad. –repuso ella.
 
–Gracias. De todas las novias que ha tenido mi hermano eres la única que merece la pena, aparte de ser la más guapa. –bajé la vista antes de decir la última frase casi en un murmullo.
 
–Vaya, ¿soy yo la que tiene que pensar ahora que intentas obtener algo de mí?
 
–Me gustaría tener tu amistad. –dije con total sinceridad.
 
–Estás pidiendo algo que ya tienes.
 
Le sonreí, agradada por su respuesta y ella me respondió de la misma manera. Lo cierto es que me conformaba con su amistad. No se me ocurrió que pudiera esperar algo más de ella, aunque en el fondo lo deseara con todas mis fuerzas.
 
–Y por cierto... –añadió. –No soy la novia de tu hermano.
 
Mi madre apareció con una enorme bandeja de olorosos canelones e interrumpió lo que tenía previsto responderle a Jenny con su llamada a cenar.
 
Seguí de cerca a Jenny y tomé un asiento contiguo al suyo. Un minuto más tarde, con la mesa ya dispuesta y cada uno en su sitio, comenzamos la cena. Me ofrecí voluntaria a desmenuzar en pequeños trocitos los canelones a mi sobrina, que como siempre había elegido sentarse a mi lado. Creo que era el hecho de que yo le regalara tantas chocolatinas lo que la hacía preferirme al resto de la familia.
 
–Están deliciosos. –oí que cumplimentaba Jenny dirigiéndose a mi madre.
 
–Receta de mi abuela, me alegro de que te gusten.
 
–Desde luego. –contestó ella metiéndose otro tenedor lleno en la boca.
 
–¿Cuándo regresa Michael? –preguntó mi padre. –Todo fue tan repentino que ni siquiera pude enterarme bien de lo que pasaba.
 
–Otra de esas reuniones con el sindicato. –metió baza mi progenitora. – Lo de siempre, cariño, ellos quieren más dinero y la compañía no quiere pagar.
 
–Vaya lío.
 
–Me dijo que tal vez le tomaría como mucho dos días. –terció Jenny.
 
Mi sobrina entonces requirió mi atención.
 
–Tata... –me señaló. –Zumo.
 
Llené su pequeño vaso de plástico con zumo de naranja, que rápidamente bebió. Le sonreí y ella me correspondió, escondiéndose vergonzosamente tras su vasito. Puse mi interés nuevamente en la conversación que se desarrollaba en la mesa.
 
–Todos los años se produce algún problema con el sindicato y las compañías. –murmuró mi padre. Siempre hacía eso cuando decidía zanjar un asunto, así que yo esperé para oír cómo iniciaba una nueva conversación. –¿Vas a venir al pueblo mañana conmigo para alquilar la barca y el equipo?
 
–Yo iré contigo. –se ofreció mi cuñado Frederick.
 
–Papá, –dije –¿por qué simplemente no podemos pescar una trucha como el resto del mundo?
 
–Porque eso sería muy fácil, hija mía. Además, ¿no quieres ganar el premio?
 
–Sí, pero, ¿un sirulo? No quiero ni oír lo que dirán si no lo pescamos. –esto último lo añadí casi en un murmullo.
 
–Hija... –comenzó a decir él, preparado para darme una lectura sobre la fe, algo a lo que yo no estaba muy dispuesta en esos momentos.
 
–Papá, –lo corté en un tono condescendiente. –iremos a pescar ese pez si tanto lo deseas, pero no me digas que no te lo advertí cuando volvamos de manos vacías.
 
–¿Tan difícil es pescarlo? –preguntó Jenny.
 
–Ni siquiera sabemos si hay en ese río, además, las mejores horas para cazarlo es de noche, cuando aparecen para comer. –comencé a explicar.
 
–La veda comienza casi al alba. –se defendió mi progenitor interrumpiéndome.
 
Miré a Jenny y le hice una mueca de desaliento, a lo que ella sonrió divertida. Seguimos hablando durante un momento, ahora con dos conversaciones sobre la mesa, la que sosteníamos mi padre, Frederick y yo y por el otro lado mis hermanas y mi madre. Me alegré al comprobar que Jenny encontraba la nuestra mucho más interesante. Fue entonces cuando mi sobrina volvió a palmearme un brazo.
 
–Tata... –dijo.
 
–¿Quieres más zumo? –pregunté al ver su vaso vacío.
 
–Sí.
 
Me dispuse a servirle más zumo cuando la voz de Janina me paró en seco.
 
–Emma, no le des más zumo, ya se ha tomado tres vasos y apenas ha comido. –me dijo, luego se dirigió a su hija y añadió. –Christina, no hagas enfadar a mamá y termínate la cena.
 
Como era de esperar, la niña se rebeló caprichosa. Me pregunté por qué no la dejaba tomar más zumo si era lo que realmente le apetecía. A mí me pareció mucho peor obligarla a comer si no quería hacerlo.
 
Claro que yo no era madre.
 
–¡Mamá! –gritó la cría soltando su pequeño puñito sobre la mesa con enfado, con tan mala fortuna que pegó contra su cucharilla llena de pasta, la cual saltó llenándome la cara con ella.
 
No me moví mientras sentía la comida caliente resbalar por una de mis mejillas. Abrí un ojo y lo primero que ví fue la expresión divertida de Jenny, que me miraba a punto de soltar una carcajada.
 
–¡Christina! –oí a mi hermana gritar.
 
–Ha sido un accidente, Janina, no pasa nada... –dije para evitar el más que probable castigo a mi sobrina.
 
Cogí una servilleta y comencé a quitarme la pegajosa pasta de la cara.
 
–Trae, déjame a mí. –oí que se ofrecía Jenny.
 
–¿Cuántas veces te he dicho que te comportes en la mesa? –siguió regañando mi hermana.
 
Por el rabillo del ojo pude observar las risitas de mi padre, pero yo ahora estaba concentrada en tener el rostro de Jenny cerca del mío, afanada en la tarea de quitarme los restos de comida de la cara.
 
–De todas formas tengo que ir al servicio a lavarme, no te molestes. –le dije, muy nerviosa al sentir su aliento en la piel de mi rostro. Comencé a temblar como una hoja.
 
–Claro, al menos te he quitado la salsa de los ojos. –bromeó. –Así podrás ver por donde pisas.
 
La mesa, en esos instantes se había convertido en una batalla campal, con el llanto a viva voz de mi sobrina por haber recibido tan descomunal censura, mis hermanas discutiendo el asunto y mi padre pidiendo calma. Pero yo hacía rato que había anulado todo lo que me rodeaba para centrarme en lo único que desde hacía un tiempo parecía importarme. Ella pareció tener la misma sensación que yo, hasta que apartó la vista, consciente antes que mí misma, de que nos estábamos mirando fijamente.
 
–Voy al servicio... –dije trémulamente al tiempo que me apeaba de mi asiento, rezando para que mis piernas me sostuvieran.
 
Una vez a solas en el baño, me apoyé en la pared y me pasé las manos por el pelo, intentando averiguar qué era lo que acababa de ocurrir. Dejé escapar una gran bocanada de aire y me recliné contra el lavabo. De repente me parecía que iba a tener una tarea muy difícil en esconder mis sentimientos hacia Jenny. Me parecía mentira el grado de atracción que llegaba ya a sentir por ella.
 
Me enjuagué a conciencia el rostro y me miré en el espejo para asegurarme de que no quedaban restos de comida en mi cara.
 
Cuando volví a salir, la disputa parecía que se había calmado y que todo volvía a la normalidad. Nada más sentarme, mi sobrina, instigada por su madre me murmuró una disculpa, con la cabeza gacha por la vergüenza.
 
–Dame un beso, pequeña. –le dije, a lo que ella respondió con inusuales ganas.
 
–¿Y cómo está don Federico? –preguntó mi madre dirigiéndose a su marido.
 
–Totalmente chiflado. Vino acompañado, como no, de un enorme rifle. –soltó un bufido. –Pretendía cazar patos.
 
–¿Aún vive ese hombre? –inquirió Janina, que se había sentado junto a su hija más pequeña y le estaba obligando ahora a tomarse uno de esos potitos.
 
–Sigo diciendo lo mismo, que es un peligro.
 
–Aún recuerdo que si no fuera por él, Emma se hubiera ahogado en el río.
 
Hice rodar los ojos con indignación. Desde aquel incidente, hablar de don Federico significa tener que recordarlo todo una y otra vez.
 
–¿Casi te ahogas? –me preguntó Jenny. Al parecer, ella también estaba ávida de conocer toda la historia.
 
Asentí con la cabeza.
 
–Tenía sólo ocho años. –dije en mi defensa.
 
–¿Cómo ocurrió?
 
–Mi hermana no quiso aprender a nadar hasta los doce años, si no recuerdo mal. –metió baza Janina. –Le daba un miedo terrible el agua. Creo que aún hoy sigue teniéndolo.
 
–¿En serio? –preguntó Jenny mirándome.
 
No me quedó más remedio que asentir. Lo último que necesitaba era tener a Jenny creyendo que yo era una de esas aprensivas personas a las cuales les daba miedo absolutamente todo.
 
Si bien es cierto que las masas de agua, a no ser las que concentraban en la bañera, me inspiraban cierto recelo, no había nada más a lo que yo le tuviera algún tipo de escrúpulo. Hasta en eso tenía yo que ser rara.
 
Cuando era pequeña veía y oía disfrutar a todos los demás niños en el agua, y cuando mi padre me obligó a ir a la piscina municipal para que aprendiera a nadar de una vez por todas me costó horrores superar ese miedo. Tardé mucho en aprender y lo peor de todo es que desde que dejé las clases de natación yo había seguido evitando todo contacto con el agua.
 
–¿Me vas a contar la historia? –me preguntó Jenny.
 
–¿Qué tal si te la cuento otro día? –le sugerí.
 
–De acuerdo. –acordó ella, devolviendo la vista hacia su plato
 
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La cena acabó sin más percances. Esa noche fue mi turno de recoger la mesa y meter los platos al lavavajillas. Jenny se ofreció a ayudarme y aunque me negué en rotundo, omitió mis protestas y me acompañó hasta la cocina. Nos pusimos manos a la obra, yo quitando los restos de comida de la vajilla y ella colocándolos en la cesta del lavaplatos.
 
–Adoras a tu padre, ¿verdad? –me preguntó en un momento dado, tras varios minutos de silencio.
 
–Sí. Él lo es todo para mí. Lo que me hace débil, jamás he sido capaz de negarle nada.
 
–He visto cómo lo miras. Puede notarse a kilómetros toda la admiración que le profesas.
 
Le sonreí, admitiendo sus palabras como ciertas. Supuse que el amor que yo sentía por mi padre podía reflejarse en mis ojos, como tantas otras cosas.
 
–Es un luchador nato, ¿sabes? Lástima que yo no haya heredado ese arrojo.
 
–¿Por qué dices eso? –me preguntó.
 
–Porque yo soy más bien de los que no se arriesgan. Siempre me mantengo al margen esperando mi oportunidad.
 
–¿Y si ésta no llega?
 
Me hizo pensar durante breves momentos."¿Y si ésta no llega?".
 
–Todo es cuestión de suerte, supongo.
 
–Yo no lo creo. –me aseguró mirándome fijamente. –Si quieres algo has de ir a por ello, aceptando las consecuencias, por supuesto. Ser impaciente está en mi naturaleza, también es cierto, pero todo lo que he conseguido en esta vida ha sido porque yo me lo he propuesto. Quizás no lo sepas, porque tu familia aún te protege, pero ahí afuera hay una auténtica jauría de lobos esperando devorarte. Tienes que luchar por ser la mejor en cada cosa que hagas, de otra forma, te quedarás en el camino.
 
–No soy tan niña como para no saber lo difícil que es abrirse paso en esta vida. Sé que piensas que soy una niña rica que estudia en la mejor universidad y que cuando acabe su papaíto se encargará de buscarle un buen puesto de trabajo, una casa y un coche. Pero eso no es cierto.
 
Terminamos en ese instante de colocar la vajilla y ella se irguió encarándome con una media sonrisa irónica adornando su cara.
 
–¿Intentas convencerme de que tienes una vida difícil o dura? No tienes idea de lo que es eso.
 
–No intento convencerte de nada. Ni siquiera me conoces. –dije con los labios apretados.
 
La idea de que ella creyera que era una estúpida niña rica me ponía frenética. Yo quería que me considerara una mujer adulta, capaz de tomar sus propias decisiones. Pero estaba claro que ante sus ojos no era más que una cría.
 
–Es cierto, apenas te conozco. Pero vives entre algodones, sé lo difícil que es forjarse un futuro escapando de algo a lo que estás tan acostumbrada.
 
–Parece como si me odiaras por el hecho de ser rica. Te recuerdo que es mi padre quien tiene el dinero, no yo. –resolví, ya bastante incómoda.
 
Jenny se acercó a mí, apoyándose en la encimera, con los brazos cruzados sobre el pecho.
 
–¿Y qué diferencia hay?
 
–Quizás tenga más suerte que la mayoría de las personas, pero eso no cambia el hecho de que la infelicidad pueda ser una opción más en mi futuro.
 
La vi asentir con la cabeza. Quizás era su forma de darme la razón.
 
–Chica lista. –me dijo palmeándome en un hombro. –Creo sinceramente que vas a lograr cualquier cosa que te propongas.
 
–¿Y por qué estás tan segura? –inquirí curiosa.
 
–Tengo ese presentimiento.
 
–¿Sueles acertar con tus presentimientos?
 
–La verdad es que sí. –contestó a media sonrisa.
 
–Entonces puedo estar tranquila.
 
Jenny se rió suavemente y me palmeó un hombro.
 
–Vamos, salgamos de aquí. Este calor me está matando.
 
"Pensar en ti esta noche
no era pensarte con mi pensamiento,
yo solo, desde mí. Te iba pensando
conmigo, extensamente, el ancho mundo.
El gran sueño del campo, las estrellas,
callado el mar, las hierbas invisibles,
sólo presentes en perfumes secos,
todo,
de Aldebarán al grillo te pensaba.
 
¡Qué sosegadamente
se hacía la concordia
entre las piedras, los luceros,
el agua muda, la arboleda trémula,
todo lo inanimado,
y el alma mía
dedicándolo a ti! Todo acudía
dócil a mi llamada, a tu servicio,
ascendido a intención y a fuerza amante.
Concurrían las luces y las sombras
a la luz de quererte; concurrían
el gran silencio, por la tierra, plano,
suaves voces de nubes, por el cielo,
al cántico hacia ti que en mi cantaba.
Una conformidad de mundo y ser,
de afán y tiempo, inverosímil tregua,
se entraba en mí, como la dicha entera
cuando llega sin prisa, beso a beso.
Y casi
dejé de amarte por amarte más,
en más que en mí, inmensamente confiando
ese empleo de amar a la gran noche
errante por el tiempo y ya cargada
de misión, misionera
de un amor vuelto estrellas, calma, mundo,
salvado ya del miedo
al cadáver que queda si se olvida. "
 
Jenny terminó de recitar el poema. Yo me sentí extrañamente extasiada por el sonido de su voz que aún retumbaba en mis oídos. Cerré los ojos y me dejé llevar sólo un instante, mientras ella aún seguía perdida por entre las páginas del libro, rozando las yemas de sus dedos sobre las hojas, casi acariciando las letras que allí se concentraban formando aquel mundo de sentimientos que era la poesía.
 
No pude precisar exactamente cuánto tiempo hacía que nos habíamos adentrado en mi habitación. Sentadas en el suelo lado a lado, debajo de mi ventana, leíamos pasajes del poemario, casi sin decir una cosa más.
 
–Es precioso. No puedo imaginar lo que debe sentir alguien que escribe algo así. –la oí decir.
 
Abrí los ojos y la miré.
 
–Quizás estuviera profundamente enamorado. –manifesté.
 
–Es una posibilidad.
 
–¿No crees que el amor sea capaz de inspirar cosas como ésta?
 
Dejó de observar el libro para encararme a mí, como si de repente hubiera visto un fantasma. Curvó los labios a media sonrisa.
 
–Yo siempre he creído que el amor es como Dios, ¿sabes? Hay que tener mucha fe para creer en él.
 
–¿Es que nunca has estado enamorada?
 
–Emma, el amor es algo tan idealizado que hemos perdido la visión de lo que realmente es.
 
–¿Y qué es? –pregunté, de repente demasiado interesada en su punto de vista sobre tan delicado tema.
 
–Una ilusión.
 
–No estoy de acuerdo contigo. –me vi obligada a discrepar con ella.
 
Yo no creía ni por un momento que lo que empezaba a sentir por aquella mujer fuese una simple ilusión.
 
Si no apreciara tan adentro, si no sintiera la seguridad de que el mundo estaba puesto a mis pies cada vez que la tenía cerca, entonces pudiera ser que hallara algo de veracidad en sus palabras. Pero la verdad era que el amor sólo podía sentirse de la manera en la que yo lo sentía. No había nada de espejismo o de ilusión en cómo la amaba yo.
 
Esa seguridad, a veces, me daba miedo.
 
–Emma, una chica joven como tú idealiza en demasía las cosas. Quién sabe, quizás seas de esas personas que aseguran que siguen teniendo "la llama del amor"–hizo un gesto con ambas manos, expresando las comillas. – encendida después de muchos años. Para mí eso no tiene ningún sentido.
 
–¿Te has enamorado alguna vez? –no pude evitar hacerle aquella pregunta. Tenía que descubrir si sus palabras eran expresadas tras la máscara de la desilusión.
 
–No puedo decirte que sí porque te estaría mintiendo. Pero yo creo que para mí el amor es de la forma en que yo lo vivo. Simplemente soy así.
 
–¿Por qué dices eso?
 
–Normalmente todos quieren algún tipo de compromiso, algo que les de la noción de que les perteneces o una estupidez semejante.
 
–¿También es así con mi hermano? –la interrumpí, deseosa de conocer la respuesta a esa pregunta.
 
Suspiró profundamente. Imaginé entonces que estaba buscando las palabras adecuadas para expresarse. Yo no veía la dificultad en que me contara aquello, pero ella quizás sentía la necesidad de ir con cuidado. Al fin y al cabo era de mi hermano de quien nos disponíamos a hablar.
 
–Tu hermano y yo sabemos hasta qué punto somos capaces de llegar. No hay promesas de amor ni sueños de futuro. Él acepta lo que le ofrezco sin pretensiones y yo le doy todo lo que soy capaz de dar. Es un trato justo.
 
Pensé en sus palabras un instante, asimilando lo que me estaba diciendo.
 
–Eres una persona extraña, ¿lo sabías?
 
Se rió de mi última frase, echando la cabeza hacia atrás. Una imagen que supe que perduraría en mi memoria como marcada a fuego vivo.
 
–¿Ves como todos somos singulares? No sólo tú, querida Emma.
 
Me levanté del suelo y me dirigí hacia la mesa de noche, en cuyo cajón guardaba mi preciado tesoro en forma de chocolate. Lancé una chocolatina a Jenny que la cogió al vuelo y saqué otra para mí antes de unirme nuevamente a ella.
 
–Apuesto a que puedes comer montañas de estas cosas. –me dijo dando un grueso bocado a su barra.
 
Yo asentí asimismo, sumergiéndome en el dulce sabor.
 
–No me es de importancia si me hace subir de peso o no.
 
Me regaló una mueca muy cómica que me hizo reír.
 
–Odio a las personas como tú. –señaló. –Yo siempre estoy pendiente de eso y tengo que vigilar mi peso.
 
–Bueno, por ahora estás haciendo un buen trabajo.
 
–Cuesta mucho sacrificio, créeme. Sobre todo para alguien a quien le gusta tanto comer como a mí.
 
–Supongo que tengo suerte entonces, porque con lo que soy capaz de tragar quizás tengan algún día que ensanchar las puertas, pero no me preocupa realmente.
 
–Me he dado cuenta. –me dijo algo burlona. –Yo me lo pensaría dos veces antes de invitarte a cenar.
 
–¿Será esa la razón por la que no tengo novio?
 
Nos reímos de mi ocurrencia antes de que ella me mirara seria.
 
–Me encanta esa forma que tienes de reírte de ti misma. Conozco a poca gente capaz de hacer eso, ¿sabes?
 
Una vez más, sentí las mejillas arder. Me maldije a mí misma por no saber contener mis emociones. Bastaban unas pocas palabras amables por parte de ella y todo mi ser parecía perder toda su estabilidad.
 
–Te has ruborizado. –me anunció.
 
Como si yo no fuera consciente de ese hecho.
 
–A veces me sigo comportando como una niña. –tuve que admitir para intentar al menos excusar mi pobre comportamiento.
 
–Pues estás realmente guapa cuando te ruborizas.
 
–No es cierto. –rebatí. –Eso es algo que siempre se dice, pero yo no veo ninguna belleza en que mi rostro se ponga del tono de la remolacha.
 
–¿De verdad que no eres consciente de lo bella que eres o es sólo falsa modestia?
 
–¿Perdona? –dije entre balbuceos.
 
–Eres una persona bellísima, Emma. Tanto por dentro como por fuera.
 
Sé que estuve moviendo los labios, porque los sentí moverse, pero de mi boca no escapó ni un solo sonido que contase como palabra. Era lógico en mí, teniendo en cuenta que la persona más maravillosa del universo me había descrito como una persona bella. Ser para ella alguien especial me hizo elevarme hasta casi tocar el cielo.
 
La vi ponerse en pie dispuesta a irse y aunque mi cerebro se rebeló contra ello, mi garganta seguía aún atorada.
 
–No tenía ni idea de que fuera tan tarde. Debo irme ya, supongo que después de un día como hoy estarás agotadísima.
 
–Claro. Tú también tendrás ganas de descansar. –dije después de tragar varias veces.
 
–Hasta mañana, Emma.
 
–Hasta mañana.
 
Salió de mi habitación sigilosamente. Por mi parte, permanecí sentada en aquel suelo durante tiempo indefinido, con la mirada fija en la puerta por la que ella había atravesado rumbo a su alcoba.
 
Me desvestí entonces y me metí en la cama con gran parsimonia, ya sufriendo la ausencia de Jenny. Me notaba feliz, pero sin saber exactamente el por qué. Sabía que mis sueños estarían llenos de ella , por lo que tenía prisa por sucumbir a él.
 
Mañana sería otro día lleno de esperanza para mí.




 
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Jue Jun 09, 2016 1:27 pm

Emma eventualmente sera mas abierta con Lucy, ella le enseñara a ser mas segura... Y Emma le enseñara a ella como ser mas apegada #ElComplementoPerfecto
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Jue Jun 16, 2016 7:37 pm

Esta historia esta tomando un buen argumento, me gusta mucho, espero mas conti.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Jun 17, 2016 9:46 pm

Hallo, aquí más de esta historia. Los capítulo son larguisimos entonces los divido en dos. Yulenka y Aleinad, gracias chicas por comentar la historia. Espero siga siendo de su agrado. Saludos Smile




BELLA INALCANZABLE




3. INALCANZABLE. (Parte 1)


 
Cuando salí de mi habitación a la mañana siguiente me encontré con un ajetreo inusual para
esas horas. Demasiado trajín para mí adormilada noción.
 
–¿Qué pasa? –pregunté, apeándome del último escalón.
 
–Nos vamos de picnic. –contestó mi madre pasando a mi lado como un vendaval.
 
–¿De picnic? ¿Quién?
 
Isabella se paró enfrente de mí y me hizo un gesto negativo con la cabeza.
 
–Pues todos, Emma. A menos, claro, que quieras quedarte aquí sola.
 
–¿Dónde está Jenny?
 
Isabella me indicó con la cabeza la cocina, y yo me dirigí rauda hacia allí. Apenas podía soportar las ganas que tenía de verla de nuevo. Por el camino me encontré con mi sobrina Christina, que requirió mi atención y a quien elevé colocándola sobre la cintura.
 
–Nos vamos de picnic. –me informó algo confusamente.
 
–Lo sé, pequeña.
 
Me adentré en la cocina y lo primero que vi fue a mi hermana Janina y a Jenny preparando los bocadillos. Charlaban animadamente, incluso parecían estar pasando un buen rato.
 
–Buenos días. –saludé.
 
–Vaya, la Bella Durmiente... –contestó mi hermana jocosamente.
 
Jenny rió su gracia y me guiñó un ojo. Posé a mi sobrina en el suelo y me acerqué a ellas.
 
–Muy graciosa, Janina. ¿De quién ha sido la estupenda idea de ir de picnic?
 
–De mamá, como siempre.
 
–¿Puedo ayudar en algo? –me ofrecí, sintiéndome con ganas de participar en lo que fuera con tal de estar cerca de Jenny.
 
–Puedes ir envolviendo esto.
 
–De acuerdo.
 
Me coloqué a un extremo de la cocina y comencé a liar los bocadillos, primero con una servilleta y luego en papel de platino.
 
–¿Aún no ha vuelto papá del pueblo? –pregunté, notando la ausencia de mi progenitor.
 
–No. Seguramente habrá aprovechado para parar a tomar algo con Frederick.
 
–Te aseguro que le temo al día de mañana.
 
–¿Por qué no le dices que no?
 
–¿Estás loca? –exclamé. – Sabes que no aceptaría un no por respuesta. Es demasiado tozudo...
 
–¿A quién me recuerda...? –dijo mi hermana refiriéndose, por supuesto, a mí.
 
–También podrías fingir unas repentinas fiebres... –sugirió Jenny.
 
–¿Y acabar en el hospital? No, gracias.
 
–Sólo te queda una opción y es ir de pesca mañana.
 
–Rezaré para que podamos pescar ese maldito sirulo. De esa forma, quizás se le quite esa
obsesión. –dije entre dientes.
 
–Le dará después por cazar ballenas o algo así. –bromeó Janina.
 
Las tres nos echamos a reír.
 
–Me encantaría estar allí para verlo. –añadió Jenny.
 
–¿Quieres venir? –propuse precipitadamente.
 
Janina dejó su tarea para mirarme bajo un velo de sospecha. Creo que fue el hecho de que yo pareciera tan entusiasmada con algo lo que la hizo observarme con detenimiento. Yo siempre solía ser de las que nunca mostraba apetencia por nada y a decir verdad, eran pocas las veces que la sentía.
 
–¿Es que hay sitio para uno más?
 
–Por supuesto que sí. –contestó esta vez Janina.– Una ayuda extra siempre es bien recibida.
 
Di gracias a Dios por haberme dado una hermana tan maravillosa. Dentro de mí, cada vez se desvanecía más la preocupación del día siguiente. Si Jenny se decidía a venir con mi padre y conmigo todo tendría otro significado para mí.
 
–¿Cómo vais chicas? –preguntó mi madre acercándose para supervisar nuestra tarea.
 
–Bien, mamá. Son bocadillos, no es como si estuviéramos preparando una bomba. –contestó
sarcásticamente Janina.
 
Mi madre la miró con una ceja alzada. Esas expresiones a menudo eran ocasionadas por mi
hermana Janina y por mí. Éramos las dos únicas personas de la familia que se atrevían a contradecirla. Sobre todo Janina, que nunca permitió que mi madre intentara controlar lo más mínimo en su vida. Siempre le decía que no todas podíamos ser como Isabella.
 
–Se nota que aún no has tomado tu café, hija. –dijo mi madre, desapareciendo nuevamente.
Jenny y yo nos miramos e intercambiamos unas sonrisas de complicidad.
 
–Hablando de café. –sugirió Janina.– ¿Te apetece uno, Jenny?
 
–Por favor. –suplicó en broma la aludida.
 
Mi hermana se alejó de la mesa y se dispuso a preparar la cafetera.
 
–¿Siempre son así? –me preguntó Jenny.
 
–¿Así cómo?
 
–Pues así de hiperactivos.
 
–Es culpa de mi madre. –razoné.– Cree que es un deber proponer cosas nuevas cada día a fin de que no nos aburramos...
 
–No me entiendas mal. A mí todo esto me parece estupendo. No estoy acostumbrada a levantarme por las mañanas y que súbitamente me encuentre organizando algo especial.
 
–Me alegro mucho de que te guste, Jenny.
 
 
Nos habíamos asentado por fin a orillas del río, después de la media hora en la que mi madre
nos tuvo dando vueltas en círculos para encontrar el sitio perfecto. Ahora nos encontrábamos todos bajo el amparo de adecuadas sombrillas y sentados en cómodas sillas plegables. Yo me había apresurado a instalarme una de las primeras, algo alejada del resto, como era habitual en mí, esperando que Jenny optara por situarse en un lugar cerca del mío. Cuando lo hizo, sentí tanta felicidad que casi me mareo.
 
Fijé la vista al frente, justo donde mi padre y mi cuñado Frederick se habían adentrado en las aguas del río cerca de la orilla. Mi sobrina riendo a carcajadas mientras su padre la sumergía una y otra vez en el agua.
 
–Se está muy bien aquí... – oí decir a Jenny.
 
La sentí moverse por el rabillo del ojo y giré el rostro para encararla. Para mi total desesperación ella se estaba deshaciendo de su camiseta blanca, revelando la parte de arriba de su bikini.
 
Estiró las piernas por completo, por ahora sin decidirse a quitarse también sus bermudas.
Mantenía los ojos cerrados en completa relajación. Tragué con dificultad y me obligué a mirar al frente, ante el peligro de ponerme en evidencia delante de mi familia. Supuse que mirar los pechos de alguien fijamente no entraba dentro de lo que se consideraba un comportamiento normal. Abandonar la visión de su torso fue lo más difícil que había hecho en mi corta vida.
 
–Sí... –respondí, algo tardíamente a lo que ella había dicho por último, antes de carraspear.
 
–Jenny, tengo una crema de protección solar, si te interesa... –anunció mi hermana Janina, quien también se había sumado a la iniciativa y ahora andaba por el lugar en bañador.
 
Jenny levantó levemente la cabeza y deslizó sus gafas de sol hasta la mitad de su nariz,
sonriente.
 
–Gracias, Janina.
 
Mi hermana rebuscó en su bolso y le alcanzó un bote de color azul. Jenny comenzó a extender la crema por todo su torso y brazos. Yo no supe si el repentino acaloramiento que sentí se debía a las altas temperaturas y que yo aún tenía puesta toda la ropa o se debía al simple hecho de lanzar breves miradas en dirección a Jenny y su cuerpo. Un cuerpo que me estaba haciendo víctima de uno de los pecados capitales.
 
Cuando terminó su tarea de cubrir su piel con aquello se giró hacia mí.
 
–¿Quieres?
 
–¿Qué...? –contesté, absolutamente perdida.
 
–¿No vas a tomar el sol?
 
Fue entonces cuando mi madre, que nos había estado observando, metió baza en el asunto.
 
–Emma, hace un calor infernal. Quítate la ropa o conseguirás asarte...
 
–Tiene razón... –convino Jenny.
 
Yo miraba la escena al completo con sorpresa mezclada con algo de indignación. Lo cierto es que sentí un repentino ataque de vergüenza de que Jenny me viera. Yo no estaba preparada para competir con el perfecto cuerpo que ella poseía. El mío no se acercaba ni de lejos a la esplendidez del suyo.
 
–¿Te da vergüenza? –me preguntó ella de súbito.
 
–No... –mentí con algo de titubeo en la voz.
 
–Seguramente. –prosiguió mi madre, al parecer empeñada ese día en ponerme las cosas muy difíciles.
Janina le dedicó una mirada a nuestra madre, reprochándole su comportamiento y comenzó a discutir algún asunto banal con ella, seguramente para mantenerla alejada de mí.
 
Jenny pareció ignorarla y me sonrió.
 
–Te prometo que no miraré. –dijo jocosamente.
 
Yo me rendí ante aquella sonrisa y cuando comencé a sacarme la camiseta, ella fue fiel a su promesa y fijó la vista al frente. Doblé mi camiseta y mis pantalones cortos y los puse a un lado.
 
Cuando me senté nuevamente, me volví haciaJenny y me di cuenta, cuando cerró los ojos abruptamente al saberse sorprendida, de que me había estado mirando por un extremo de sus gafas.
 
–Has hecho trampa... –comenté en broma.
 
–Lo sé. –reconoció, hablando en voz baja para que los demás no pudieran oírnos.– Sentía curiosidad...
 
–¿Curiosidad? ¿Por qué?
 
–No sé, pensé que quizás te faltaba alguna parte del cuerpo y que por eso no querías desvestirte. –me sacó la lengua y me reí.– No entendía cómo se puede ser tímida con ese
precioso cuerpo tuyo...
 
La boca se me secó y los músculos de mi estómago se encogieron. Bueno, yo tenía dieciocho años, nadie podía culparme de tener aquellas reacciones de adolescente enamorada.
Nadie excepto yo misma.
 
Apreté los dientes con fuerza y me obligué a pensar en cualquier cosa menos en aquélla que precisamente se negaba a abandonar mi mente. Si seguía pensando en Jenny de esa forma, me arriesgaba a tener un orgasmo allí mismo.
 
Levanté una ceja para parecer despreocupada y la miré por el rabillo del ojo. Jenny se había
acomodado aún más en su silla y había puesto los brazos por encima de su cabeza. Parecía que casi dormitaba en queda paz. Mis ojos capturaron la visión de una furtiva gota de sudor que resbaló desde el hueco de su garganta hasta perderse en su ombligo.
 
Fue demasiado para mi acalorada imaginación.
 
"Piensa en algo, en lo que sea...", me repetía una y otra vez. Me acordé de Pedro Salinas y comencé a recordar una de sus poesías sin darme cuenta de que la estaba musitando hasta que Jenny me cuestionó.
 
–¿Qué haces?
 
–Nada... –contesté avergonzada.
 
–Estabas murmurando algo.
 
–No me había dado cuenta... –admití, lo cual me alivió, después de varias respuestas en las cuales le había tenido que mentir.
 
–Ya veo.
 
–¿Es que nadie va a meterse en el agua? –preguntó mi padre, desde la orilla.
 
–Ahora mismo me siento demasiado cómoda para desear moverme. –contestó Jenny.
 
–Lo mismo digo. –concedió igualmente Janina.
 
–Esto es mejor que estar en la playa con ese montón de gente rodeándote y gritando como locos. –dijo mi madre, cuyo rostro estaba ahora escondido bajo una enorme pamela.
 
–Un día perfecto... –concedió Jenny.
 
Mi progenitora volvió a darle la razón.
 
–Exactamente.
 
Instantes después, Jenny decidió cambiar de opinión y se incorporó dirigiéndose a mí.
 
–Voy a refrescarme. ¿Vienes?
 
Yo no iba a meter un solo centímetro de mi cuerpo dentro de aquel río por nada del mundo, pero supuse que podría acercarme a la orilla y salpicarme un poco de agua para mitigar el calor.
 
–Claro. –dije aceptando su oferta.
 
Se quitó el pantalón y nos dirigimos ambas hacia el agua. Me rezagué ligeramente y pude echar varios vistazos a su trasero.
 
Miré al cielo y pedí clemencia.
 
–Demasiado calor, ¿eh? –dijo mi padre sonriente.
 
–¿Algún bicho raro del que tenga que tener constancia y del que deba cuidarme? –preguntó Jenny medio en serio, antes de hundirse del todo.
 
–Nosotros estamos casados... –bromeó mi progenitor, refiriéndose a su yerno Frederick y a sí mismo.
 
La hizo reír y mi padre le guiñó un ojo. Creo que secretamente, los hombres de aquella familia empezaban a admirar la belleza de Jenny tanto como yo. Un vistazo a mi babeante cuñado para confirmarlo. Me pregunté si a mí se me ponía aquella misma cara de imbécil.
Recé porque no fuera ése mi caso.
 
Jenny entró con cuidado y yo me senté en la orilla, con el agua cubriéndome los tobillos. Ella se sumergió y dio varias brazadas antes de ponerse de pie a la altura de los hombres. Me miró sospechosamente y cuando yo bajé la vista fue el momento en que confirmé que no iba a moverme de donde estaba. Ella pareció entenderlo y no dijo nada.
 
Puso atención a la conversación que mi padre mantenía con Frederick sobre sus planes del día siguiente, tales como la colocación de las boyas y el punto estratégico que había elegido, seguro de que picarían.
 
–Me alegro mucho de que hayas decidido venir con nosotros, Jenny. Tu ayuda es más que bienvenida, va a ser toda una experiencia, ya lo verás...
 
–Eso no lo dudo.
 
–Emma y yo lo hubiéramos tenido más difícil sin ayuda extra y en esta familia nadie está dispuesto a hacerlo. –comentó el patriarca en tono serio.– Qué se le va a hacer si únicamente mi hija más pequeña heredó mi afición...
 
–Yo nunca he ido de pesca, para serle sincera...
 
–No es complicado, te darás cuenta enseguida.
 
–Quiero cazar ese pez y quiero ganar ese trofeo. –aseguró Jenny con arrebato.
 
Me abracé a mis rodillas mientras miraba la escena delante de mí. El entusiasmo de mi padre era realmente contagioso y me di cuenta de que en unos breves momentos Jenny mostraba ya tanta ilusión como él. Por mi parte, simplemente esperaba que el día de mañana no se convirtiera en un auténtico fracaso.
 
Jenny cogió en brazos a mi sobrina y comenzó a jugar con ella, provocando en la niña risas nerviosas. Admiré la escena con delicioso placer, admirando los fuertes brazos de la azafata y los músculos que ligeramente se marcaban en ellos.
 
Jenny braceó hasta mí pasados unos minutos y se sentó a mi lado, hombro con hombro haciéndome percibir la frescura de la que disfrutaba ahora. Me sonrió y le sonreí igualmente.
 
–Esto es maravilloso... –me informó al tiempo que extraía el exceso de agua de su cabello.
 
–Ya no puedes echarte atrás. –dije sin mirarla.– Mañana estás obligada a ir de pesca con
nosotros.
 
–No quiero echarme atrás. En realidad me apetece mucho ir.
 
–Espero que mañana seas capaz de repetir esas palabras.
 
–¿Por qué crees que no me gustará? –me preguntó algo extrañada de que yo dudara tanto de su disposición.
 
–Lo siento. Es sólo que me preocupo de que lo pases bien y pasar un día de pesca puede que te resulte aburrido.
 
–Tú vas a estar allí, no hay nada de lo que preocuparse. –resolvió al instante.
 
La miré y ella me arrojó un poco de agua a la cara. Abrí un ojo y la vi reírse de mí.
 
–Vamos. –me dijo levantándose para dirigirse nuevamente a su sitio.
 
En vez de tumbarse en la comodidad de su silla, optó por tender la toalla en el suelo, sobre la hierba y echarse boca abajo. Tomó el bronceador y lo alargó hacia mí, pidiéndome en muda voz que la ayudara con una ceja levantada.
 
Tragué la saliva a duras penas mientras me acercaba a ella. Me senté a su lado y comencé a untarle la crema. La vi echar las manos hacia atrás y abrir el cierre de su bikini. Mis manos se deslizaron por su espalda, sintiendo la tersa piel en las palmas. Me consentí el disfrutar de aquello sin que me importara nada más.
Mi corazón latía descontroladamente mientras mi mente viajaba trayéndome las más diversas fantasías. Casi podía sentir aquella piel contra la mía. Me sumergí dentro de mí misma sin darme cuenta de que había comenzado a trazar líneas con la yema de mi dedo índice. La estaba acariciando y peor aún es que para mí resultaba lo más natural del mundo. Sólo cuando ella giró la cabeza y me miró con un solo ojo abierto me di cuenta de lo que estaba haciendo. Aparté la mano de su espalda como si de repente me quemara.
 
–Vas a hacer que me quede dormida. –me dijo.
 
No parecía estar enfadada en absoluto. Aún así no me sentí tranquila.
 
–Lo siento... –respondí bajando la mirada al suelo. Me di cuenta que no debí disculparme. Y ella también.
 
–¿Por qué?
 
Ahora sí que estaba en un lío y de los grandes. ¿Qué iba yo a responderle? "Siento haberte acariciado de esa forma, pero es que no pude evitarlo...". Simplemente genial.
 
–Trae tu toalla y échate aquí conmigo, ¿vale?
 
Asentí con la cabeza, contenta de que ella me hubiera aliviado de mi carga. Creo que pudo ver a través de mí. Y si había logrado hacer eso, entonces también se habría dado cuenta de que yo sentía algo por ella que en nada tenía que ver con la amistad.
 
Obedecí a su sugerencia al instante y segundos después me echaba a su lado, boca abajo, con los brazos debajo de la barbilla, imitando así su posición.
 
–Ahora son miel claros... –dijo de súbito.
 
–¿Qué?
 
–Tus ojos. Con la luz del día son Miel claros. A veces es imposible precisar cuál es su color.
 
–¿Aún sigues intrigada por el color de mis ojos? –dije, recordando que una de las primeras cosas que me había dicho era precisamente algo referente a ellos.
 
–Michael también los tiene Miel, pero no como los tuyos. Es extraño.
 
–¿Extraño? –arrugué la nariz.– ¿Eso cómo debo tomármelo?
 
–Siempre buscando un significado oculto en las cosas, ¿verdad?
 
–Emma. –llamó mi madre con voz estridente.– Vas a quemarte. Haz el favor de ponerte protección.
 
Hice rodar los ojos y apreté los dientes. Supuse que era mucho pedir que dejara de tratarme como a una mocosa. Jenny se irguió y me hizo el favor de extender crema sobre mi espalda sin que yo tuviera que pedírselo.
 
Como si hubiese sido capaz de hacer tal cosa.
 
Me quedé inmóvil y Jenny terminó su trabajo en pocos instantes. Aún así disfruté del contacto.
 
–A veces es más fácil de lo que parece complacer a los padres. –me indicó a media sonrisa.
 
–Si me dedicara a complacer a mi madre no tendría tiempo para nada más.
 
Volvió a sonreírme y cerró los ojos. Poco después la sentí respirar pausadamente y supe que estaba dormitando. Yo me rendí también a la placidez, a pesar de que me rodeaba el sonido de las voces de mi madre y mis hermanas que, para variar, no paraban de hablar.
 
Mi madre interrumpió nuestra gloriosa paz demasiado pronto para mi gusto y nos congregó a todos para comer.
 
Me levanté de mi cómodo sitio a regañadientes y me uní al resto de la familia, seguida muy de cerca por Jenny.
 
–¡Michael! –oí a mi padre anunciar.
 
Me giré tan rauda como Jenny para ver a un sonriente Michael saliendo de su coche. Inmediatamente un cúmulo de sensaciones se entremezclaron dentro de mí. Supuse que Michael se había dado prisa en volver por el mismo motivo por el cual yo deseaba que no volviera.
 
–Imaginaba que estarían aquí. –dijo nada más ponerse a nuestra altura.– Hola a todos.
 
–¿Has resuelto el problema, hijo? –preguntó mi progenitora.
 
–Algo así, mamá. –le pasó un brazo a Jenny por el hombro y le susurró algo al oído que yo pude oír a pesar de que deseé no haberlo hecho.– ¿Me has echado de menos?
 
Vi que la castaña y dueña de mis pensamientos asentía sonriente con la cabeza y sentí ganas de gritar. Mi hermano se fijó en mí, muy satisfecho por la respuesta de ella.
 
–Vaya, Emma. –indicó con un leve movimiento de cabeza a mis pechos.– Casi pareces una mujer...
 
"¡Imbécil!", le grité interiormente, dedicándole una mirada asesina. Jenny le dio un golpe suave en el hombro. Yo para entonces apretaba los puños con fuerza, airada.
 
–Michael... –reprehendió mi padre.
 
–¿Qué? ¿Qué he dicho? –dijo él con voz falsamente inocente.
 
–Me pregunto cuándo vas a crecer, hermano. –dijo Janina.
 
–Para eso haría falta un milagro. –añadió Isabella.
 
Me alejé de la feliz pareja y me acerqué a mis hermanas, preguntándome cuál era exactamente el problema que tenía Michael conmigo. Desde que yo recuerde, había sido el blanco de sus continuas bromas y burlas. Al parecer, el hecho de que fuera siete años mayor que yo le otorgaba ese derecho. Yo estaba segura de que él me odiaba por alguna razón que yo desconocía.
 
No probé bocado.
Simplemente no podía hacer que el alimento bajara por mi garganta. Decidí no mirar a Jenny, quien parecía inmensamente feliz de que Felipe estuviera allí, olvidándose por completo de mi persona.
 
Me acerqué hasta la orilla del río y me senté sobre la hierba, buscando algo de soledad.
 
–¿Aún estás enfadada? –me preguntó mi padre colocándose a mi lado. Yo sabía que no tardaría mucho en venir a mi encuentro.
 
–No.
 
–Siempre has sabido ignorar los comentarios de Michael muy bien.
 
–Quizás me he hartado de que siempre tenga algo que decir para molestarme. –contesté secamente.
 
–Tendré que hablar con él después.
 
–Prefiero que no lo hagas.
 
Mi padre suspiró y me miró con el ceño fruncido.
 
–¿Por qué?
 
–Porque no necesito que me defiendan como si yo no supiera hacerlo sola. No soy una niña. – apunté, exponiendo mis razones.
 
–Sé que no lo eres. Pero esto no tiene nada que ver contigo, simplemente no puedo tolerar este comportamiento.
 
–Siempre lo ha hecho, ¿qué ha cambiado ahora? –rebatí, sin poder evitar pronunciar las palabras con acritud.– A veces creo que no pertenezco a esta familia...
 
–Espero que eso que has dicho no vaya en serio. –señaló mi padre muy serio.
 
–Papá, no tengo nada en común con ninguno de mis hermanos, creo que me ven como a un bicho raro...
 
–Eso no es cierto. Tus hermanas te adoran, Janina siente debilidad por ti y lo sabes. ¿Acaso no te diste cuenta de cómo te defendieron al instante? Puede que Michael sienta que tiene una deuda contigo porque siempre sacaste mejores notas... –comentó en tono casual.
 
–No quiero que hables con él. –decidí.
 
–De acuerdo. Como prefieras.
 
Me aferré aún más a mis rodillas, apoyé la barbilla sobre ellas y fijé la vista al frente.
 
–Emma, estos días te he notado extraña. ¿Sigues sin querer decirme qué es lo que pasa?
 
–¿Qué es lo que te hace decir eso?
 
–A veces te olvidas de que soy tu padre y que nadie te conoce mejor que yo. Últimamente pareces inmersa en un mutismo constante, pensativa... Quizás tu madre tenga razón y lo de esa universidad...
 
–No es por la universidad. –lo tranquilicé.– Simplemente ocurre que estoy intentando lidiar con nuevos sentimientos a los que no estoy acostumbrada... Y no me preguntes nada más, por favor.
 
Mi padre me miró con denodado interés entonces y yo fui incapaz de devolverle la mirada. Él sabía de alguna manera que lo que le acababa de decir era algo importante y que a mis dieciocho años ya empezaba a sentir cosas que no podría compartir con él como lo hacía antes.
 
Oímos la algarabía detrás de nosotros y mi padre se irguió ofreciéndome la mano para ayudarme a levantar. La tomé y nos unimos al grupo.
 
Lo que en un principio me había parecido un maravilloso día, de repente se había convertido en un desastre en toda regla. No había intercambiado una sola palabra con Jenny y eso empezaba a hacerme sentir completamente desesperada. Sólo en un par de ocasiones me había permitido mirarla y en cada una de ellas me había devuelto la mirada acompañada de una leve sonrisa.
 
Sin embargo no se había acercado a mí. ¿En qué momento creí que podría competir con Michael o que simplemente sería capaz de hacer que sintiera por mí algo de lo que sentía por mi hermano?
 
El amor para mí comenzaba a tener tintes angustiosos.
 
 
 
Una vez que regresamos a casa, subí las escaleras sin soltar una palabra y me encerré en mi habitación. Estaba enfadada con el mundo entero y sólo quería que me dejaran en paz.
 
Si alguna vez pretendí demostrar que ya había alcanzado la madurez, ahora mismo estaba poniendo de manifiesto que no era cierto. Pero no me importaba comportarme como una niña mimada. Tenía todo el derecho, además.
 
Me eché sobre la cama, totalmente rendida de mí misma. Miré al techo fijamente mientras mis pensamientos recreaban los acontecimientos de aquel nefasto día.
 
Lo primero que tuve que admitir era que el hecho de que Michael hubiera aparecido me había molestado mucho más de lo que me molestó el que se burlara de mí.
 
Como si no estuviese acostumbrada a esto último...
 
Lo segundo que me obligué a reconocer era que me sentía tremendamente desconsolada, disgustada incluso por la aparente indiferencia que mostró Jenny hacia mí una vez que la presencia de Michael inundó su campo visual.
 
Los celos no eran nada buenos. Eran una sensación tan amarga como la de sentir dolor.
 
–¿Emma? ¿Estás ahí?
 
Fruncí el ceño al reconocer la voz de Michael. Mi padre había faltado a su promesa.
 
Irritada, abrí la puerta para encarar a mi hermano, quien seguramente había sido obligado a pedirme disculpas.
 
–¿Qué quieres? –le espeté, sin molestarme en ocultar mi malestar.
 
–¿Estás enfadada conmigo?
 
Si Felipe no midiera casi dos metros y tuviera aquella complexión atlética, tal vez, sólo tal vez hubiera accedido a mis deseos y le hubiera dado un puñetazo.
 
–La verdad es que no. Con el paso de los años he aprendido a ignorarte. Deberías intentar hacer lo mismo conmigo. –dije con algo de resignación.
 
–No pretendía hacerte enfadar. Lo siento.
 
–Si pensaras antes de abrir tu bocaza, Michael, los dos nos ahorraríamos muchas molestias. Tú el que tengas que disculparte y yo el que tenga que soportar tus patéticas disculpas. Ahora, si me perdonas, tengo cosas que hacer.
 
–De acuerdo. Ya me he disculpado, tú puedes seguir enfadada si tanto te apetece...
 
–Dile a papá que el que te haya obligado a venir me ha hecho enfadar aún más. –lo interrumpí a cada momento más frenética.
 
–No sé de qué me hablas. Papá no ha hablado conmigo. –la expresión de su cara me mostró que decía la verdad.
 
–No importa, olvídalo. –sentencié, sólo deseando cerrar la puerta y volver a la comodidad de mi soledad.
 
Mi hermano se dio la vuelta y se perdió escaleras abajo. Cerré la puerta y me volví a tender sobre la cama. Si mi padre no lo había enviado, ¿quién entonces? Lo que sí sabía es que por él mismo no había venido a pedir disculpas. Conocía demasiado bien a Michael como para saber que carecía de sentimientos hacia mí y que le daba igual si me quedaba encerrada en aquella habitación hasta el fin de mis días.
 
Pensé que quizás había sido Jenny. Pero me dije que eso era poco probable.
 
A este punto ya me daba igual.
 
Después de meditarlo mucho, me levanté de la cama y me di una ducha para posteriormente unirme a los demás en la cena. Sabía que mi padre se disgustaría si no lo hacía, aunque jamás se atreviese a reprochármelo.
 
 
Me senté en la mesa silenciosamente, al lado de mi padre, que me sonrió y me tomó de una mano.
 
–¿Estás bien? –me dijo.
 
–Perfectamente. –aseguré.
 
Sentía los ojos de Jenny sobre mí, pero me negué a encontrar su mirada. Ya casi era como si me doliese el hacerlo.
 
Me concentré en la cena sin pronunciar una palabra. Todo lo que hice fue pegar la vista a mi plato sin que aparentemente me importara nada más.
 
Jenny esa noche se mostraba más abierta y participativa que nunca e incluso pude observar cierto acercamiento para con mis hermanas. Las tres charlaban animadamente de diversos temas a los que yo puse toda la atención que pude. De vez en cuando, mi hermana Janina hacía algún intento por meterme en la conversación preguntándome directamente, pero lo único que obtuvo de mí fue algún que otro monosílabo.
 
–Emma, hija, parece que acabas de salir de un velatorio... –adivinen quien acababa de soltar esa frase.
 
Levanté la vista de mi plato y me dirigí hacia mi madre fulminándola. O al menos intentándolo.
 
–No me mires así, pareces una psicótica. ¿Ocurre algo y yo aún no lo sé?
 
–Cariño... –metió baza mi padre.– Es imposible que pase algo en esta casa y tú no seas la primera en saberlo...
 
–Pues está claro que eso no es cierto. Mira a tu hija...
 
–Quizás ella no tenga ganas de hablar. Eso no es una obligación. –me defendió él.
 
Me di cuenta de que las tertulias en la mesa habían cesado para que cada comensal atendiera a la que intercambiaban ambos de mis progenitores, los cuales, para mi disgusto, seguían discutiendo sobre mí sin importarles que yo estuviera allí presente.
 
Por mi parte, no tenía ni la más mínima intención de abrir la boca. Con mi enfado monumental hasta les permitiría que me diseccionaran y comentaran cada aspecto de mí como si me estuvieran haciendo una autopsia.
 
–Te digo que es esa universidad. –seguía mi madre.– Cada vez se muestra menos comunicativa.
 
Yo sabía que buscaría motivos para mi repentina falta de comunicación incluso en aquella vez que me caí de bruces teniendo cinco años y me rompí un diente. Me alegré mucho cuando aquel diente a medias se cayó y me creció uno nuevo y reluciente.
 
–Ella siempre ha sido así, mamá. –esta vez fue Janina.
 
Yo asentía ausente con la cabeza mientras le daba vueltas con el tenedor a la comida de mi plato. Si hay algo para lo que mi madre tenía don era para hacer de cada pequeña cosa un desastre mundial. Esa noche me tocaba a mí.
 
Sentí los ojos de Jenny sobre mí y levanté la vista. Ella me miraba realmente divertida, creo que hasta incrédula. Me limité a encoger los hombros con resignación.
 
Por el rabillo del ojo observé a mi hermano acariciar despreocupadamente el brazo de Jenny mientras hablaba Frederick. Eso me hizo sentir náuseas y unas repentinas ganas de vomitar la cena.
 
Cerré los ojos con fuerza y respiré hondo varias veces, pidiéndome mentalmente el mantener la calma.
 
No sabía en qué momento había desarrollado yo la conciencia de que Jenny me pertenecía.
 
–Emma. –me reclamó mi madre con tono serio.– ¿No tienes nada que decir?
 
–Sí. –dije igual de solemne.– ¿Me pasas el pan?
 
Tema zanjado.
 
………………………………..
 
 
 
Cuando la cena terminó, ayudé a aclarar la mesa y luego salí al porche para buscar la calma que tanto necesitaba mientras los demás se quedaban en el salón pasando una grata velada. Sentir el aire fresco dándome en la cara alivió un poco mi desazón.
 
Me odiaba en esos momentos por permitirme sentir y alimentar unos sentimientos que no harían otra cosa que hacerme daño. Hoy había tenido prueba fehaciente de ello. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia delante en rendición, soportando a duras penas las ganas de llorar. Sabía que si lo hacía tendría que dar muchas explicaciones y no me sentía con fuerzas de tener que preparar una historia que cubriera la realidad.
 
Deseé haber elegido quedarme en la ciudad, de ese modo no me habría expuesto a unos sentimientos nuevos que me dolían profundamente.
 
¿Qué me has hecho, Jenny?
 
La puerta se abrió detrás de mí y oí unos pasos que reconocí, (me sorprendió ser capaz de hacer tal cosa), como los de la azafata. Mi corazón dio un vuelco y una vez más las náuseas obnubilaron mis sentidos. Me aferré a la barandilla de madera con fuerza buscando soporte.
 
–Emma... –me dijo desde detrás. Yo no me di la vuelta.– ¿Te ocurre algo?
 
–No. –dije incapaz de decir algo más.
 
–No es cierto. Y creo que tampoco tiene que ver con Michael...
 
–No sé de qué me estás hablando. –murmuré, sacando el valor de no sé dónde.
 
Jenny parecía demasiado dispuesta a averiguar el problema.
 
–¿He hecho algo que te ha disgustado?
 
–No tiene nada que ver contigo. –mentí.
 
–Emma, mírame. –ordenó con voz dura.
 
Yo sólo pude obedecer su petición, así que me giré y apoyé la cintura en la baranda.
 
–Creía que éramos amigas. No esperaba que de repente dejaras de hablarme sin ni siquiera darme una explicación. ¿Qué es lo que ocurre?
 
–Nada. –dije, empecinada en mi mal humor.
 
Jenny suspiró y cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, algo exasperada.
 
–Ahora mismo tengo la sensación de estar hablando con una niña mimada...
 
Sus palabras tuvieron su justo efecto en mí, atravesándome e hiriéndome como una flecha. La miré y mi dolor se tuvo que reflejar en mi rostro porque su expresión cambió de enfadada a una que denotaba compasión. Se acercó a mí en dos zancadas.
 
–Lo siento. –dijo, acariciándome con dulzura una mejilla.
 
Yo giré mi rostro para cesar su contacto.
 
–No tienes que disculparte. En todo caso soy yo quien debería hacerlo.
 
–Cuéntame lo que pasa, tal vez pueda ayudarte...
 
–No puedes. –la interrumpí.– Créeme, no podrías nunca.
 
Una vez dicho eso, me alejé de ella y entré de nuevo en la casa sintiéndome tan miserable como antes. Subí a mi habitación y me encerré allí a esperar el día siguiente.
 
Comencé a imaginar que esa noche la pasarían juntos, que Michael la tocaría y la besaría. Que ella pronunciaría su nombre y que lo amaría igualmente. Sentí que el pecho se me hundía en un repentino suspiro de dolor. Yo era capaz de castigarme a mí misma como nadie podría lograr hacerlo. La imagen de Jenny en completo éxtasis entre los brazos de Michael me dolía hasta el infinito.
 
El amor te deja sin defensas posibles, te agota hasta no reconocer nada de ti misma... Yo ya no reconocía nada de mí misma si no era al lado de Jenny. Me di cuenta de que no estaba preparada para lidiar con mis sentimientos.
 
Me giré hasta quedar boca abajo y me tapé la cabeza con la almohada con fuerza, enterrando así los sonidos que provenían del piso de abajo. Oírlos reír mientras yo estaba hundida en mi propia desesperanza era demasiado para mi frágil estado.
 
La   residía en si ella vendría con nosotros a pescar o si, por el contrario, los planes habían cambiado ante la llegada de Michael.
 
Decididamente me obligué a que dejara de importarme.
 
Una vez más intentaba engañar a mi razón con falsas esperanzas.
 

.........................
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Sáb Jun 18, 2016 2:33 pm

Necesito la conti tan pronto como termine de leer, siento un vacío y dolor tanto como el de Emma Sad
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Mar Jun 21, 2016 1:44 pm

Emma esta tan colada por Jenny que me da miedo lo lastimada que pueda salir, aunque jenny es rara, aveces parece que le da alas y luego se las corta y actua como una hermana mayor, lo que menos quiere emma es ser eso. Mmm siento que lagrimare un poco en esta historia. Excelente. Siguiente capítulo

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Jun 27, 2016 8:25 pm

Hallo, aquí dejo la 2da parte del capítulo 3 de esta historia.
Aleinads, Yulenak: Muchas gracias por comentar chicas, un saludo enorme. Espero les guste Smile








BELLA INALCANZABLLE


Capítulo 3 (2da parte)


La veda comenzaba desde las ocho de la mañana hasta las seis en punto de la tarde, por lo que a esa hora los tres estábamos a orillas del río preparando las boyas con sus respectivos muertos para mantenerlas en su sitio. Jenny y yo aguardamos en el lugar mientras mi padre se acercaba hasta la báscula de la zona que habíamos elegido para pescar en busca de nuestras tarjetas de participantes.
 
Ella y yo apenas habíamos cruzado una palabra e incluso mi padre comenzaba a mirarnos bajo un espeso velo de sospecha. Después de nuestra pequeña charla al finalizar la cena, supuse que Jenny había decidido dejar la decisión en mis manos. Lo cierto era que yo estaba ávida por entablar una conversación con ella, por volver a tenerla de mi lado... Pero mi caprichoso e infantil comportamiento del día anterior me avergonzaba tanto que dudaba mucho de que ella sintiera ganas de hablar conmigo.
 
Tuve que admitir que verla preparada y deseosa de partir hacia nuestra odisea desde el amanecer tuvo un efecto devastador en mí. Yo había pensado erráticamente que después de la llegada de Michael ella encontraría cualquier excusa con tal de permanecer en la casa junto a él.
 
–Bueno... –la oí decir tras un suspiro.– ¿Vas a seguir ignorándome todo el día?
 
–No... –balbuceé tras tragar repetidas veces.
 
–Aunque no lo creas, me duele mucho esta situación...
 
–Es culpa mía. –confesé abochornada.– A veces parece simplemente que tengo la necesidad de enfadarme con el mundo entero.
 
–Yo también me siento así a menudo. Pero si quieres hablar de ello quiero que sepas que estoy aquí para ti.
 
"... estoy aquí para ti", me repetí interiormente, digiriendo las palabras con cautela. Yo sabía que el significado que yo deseaba darle a esas palabras no era el mismo que ella había pretendido hacerme entender cuando salieron de su boca.
 
–Gracias. –dije simplemente.
 
–¿Amigas otra vez? –me preguntó ella sonriendo, haciendo que con ello que todas mis defensas cayeran a mis pies.
 
–Sí.
 
Me tendió la mano y yo la tomé, sintiéndome como perdida cuando la cubrió.
 
Mi padre regresó hasta nosotras muy sonriente, frotándose ambas manos con agrado. Miré a Jenny con expresión incrédula y ella se echó a reír.
 
Se decretó el inicio por fin. Una vez en la barca, conmigo a los mandos de las palas, (aunque yo evitaba mirar más de lo necesario al agua). Remamos río adentro hasta conseguir una profundidad de unos cuatro o cinco metros. Mi padre había decidido seguir el "método alemán", según él, el mejor para aquella faena. Como si alguna de las dos estuviésemos en condiciones de dudar de su capacidad.
 
Utilizamos tres cañas de surf casting muy potentes, (el máximo permitido en el concurso), y carretes de curricán, para cubrir nuestro espacio de picada.
 
–Muévenos un poco a la izquierda, Emma. –ordenó mi padre.
 
Remé con algo de esfuerzo hasta que mi padre levantó una mano haciéndome parar.
 
–¿Cómo vamos a hacer esto? –preguntó Jenny.
 
–Es más fácil de lo que parece. Sólo hay que colocar el cebo en el anzuelo con su respectivo corcho y éste atado a la boya. Luego nos alejaremos a la orilla y esperaremos desde allí a que piquen.
 
–¿A la orilla? –preguntó extrañada.
 
–Así es. Hay que tensar el sedal para evitar que se enreden entre las cañas. Una vez en la orilla se sujetan las cañas en los cañeros y tensamos el hilo.
 
–Suena demasiado complicado para mi gusto.
 
–La primera vez también me lo pareció a mí. –dije recordando esa ocasión.– Se nos rompió el hilo un par de veces y tuvimos que montarlo una y otra vez. Supongo que es cuestión de práctica.
 
–De acuerdo. –interrumpió mi padre una vez colocada la primera carnaza.– Rema despacio, Emma.
 
Nos acercamos poco a poco a la orilla, con mi progenitor controlando la caña y el hilo para que no se enredaran. Repetimos el mismo proceso otras dos veces, hasta tener los tres equipos instalados.
 
–¿Crees que picarán? –preguntó Jenny.
 
–Eso espero. Ya he visto a un par de tipos pasando por aquí cerca mirándonos a media sonrisa...
 
–Ya nos encargaremos de borrarlas de sus caras...
 
Miré a Jenny mientras pronunciaba aquellas palabras como si fueran unas amenazas reales. Temía que mi padre hubiera logrado finalmente contagiarle su loca pasión por aquel fin. Me limité a sonreír para mí misma.
 
Los tres nos sentamos allí, con las miradas y las esperanzas puestas en nuestras tres boyas amarillas fluorescentes. A lo lejos, sonidos de barcazas a motor nos indicaban que no estábamos solos en aquella locura.
 
Jenny sacó una tira de chicle y me ofreció la mitad, a la que yo gustosamente accedí. Mastiqué, saboreando el dulce sabor a fresa, mientras me concentraba concienzudamente en cualquier movimiento que la caña hiciera. Sabía que aquel estado de quietud para nosotros podría permanecer así hasta el final de la jornada y deseé interiormente poder pescar aquel pez sólo
para ver radiante a mi padre.
 
–¿Se puede hablar? –preguntó Violeta dirigiéndose hacia mí.
 
–No. Los peces tienen un oído muy fino...
 
Violeta frunció el ceño y me miró con expresión que denotaba extrañeza.
 
–¿Me tomas el pelo? –señaló incrédula.
 
Mi padre me miró y sonrió moviendo la cabeza negativamente y yo me reí con gusto. La expresión en el bello rostro de Jenny merecía mis carcajadas. Estaba absolutamente deliciosa.
 
–Por un momento creí que nos pasaríamos el día entero sin abrir la boca... –me confesó.
 
–¿Piensas ir mañana a la fiesta del agua? –le pregunté de súbito.
 
–¿El qué?
 
–¿Michael no te lo ha dicho? –la vi negar con la cabeza.– Es la fiesta popular del pueblo. Es muy divertido...
 
–No me lo perdería por nada del mundo. –me aseguró.
 
–Emma, deberías contarle de qué va... –soltó mi padre.
 
–Por supuesto, papá. –me dirigí hacia la castaña.– Jenny, no olvides llevar un jarrón o una vasija. Es importante.
 
–¿Para qué? –me preguntó sumamente extrañada.
 
Puse cara de misterio y autosuficiencia antes de contestar.
 
–Es una antiquísima tradición.
 
–Emma... –me advirtió mi padre.
 
–Papá, no tiene sentido que le revelemos el secreto. Es mucho más divertido cuando se va por primera vez sin saber demasiado...
 
–Supongo que tendré que asumir el reto. –me sonrió, guiñándome un ojo.– En mi pueblo, de tradición vinícola la mayor parte, se celebraba la fiesta de San Andrew a finales de Noviembre... Estrenaban el vino nuevo de las bodegas que previamente se había vendimiado en verano... El vino esos días era el absoluto protagonista. Supongo que era otra excusa más para emborracharse...
 
Mi padre y yo nos echamos a reír.
 
–Creo que para eso cualquier excusa es buena. –añadió mi progenitor divertido.
 
–Al parecer sí, pero hacerlo en esa festividad era como una obligación... –suspiró.
 
–Papá, ¿por qué no le cuentas aquella vez, en la despedida de soltero de Louis que se emborracharon?
 
Mi padre me miró y me hizo un gesto con la mano algo avergonzado, intentando con ello que desistiera de mi empeño por contar su indecorosa experiencia.
 
–¿Qué pasó? –inquirió Jenny muy interesada en conocer toda la historia.
 
–Pues que salieron a celebrar la despedida de soltero y regresaron como cubas... Mi madre los había estado esperando a que llegasen en el comedor y cuando oyó los murmullos fue a abrirles la puerta... Y se encontró con mi padre intentando abrir la puerta con su puro...
 
Jenny explotó en carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.
 
–¡No es cierto! –me dijo aún entre risas.
 
–Te aseguro que sí...
 
Mi padre, que se estaba carcajeando también, se limitó a asentir con la cabeza.
 
–Pero yo no era el único, simplemente esa noche todos estábamos demasiados dispuestos a pasárnoslo bien y acabamos algo achispados... Si tienes buena memoria y eres capaz de acordarte de las resacas, te aseguro que emborracharte no es algo que querrías repetir... – añadió él.– Nunca en mi vida me había sentido tan miserable como a la mañana siguiente.
 
–Sé lo que es eso... Yo era una auténtica rebelde en el instituto... –confesó la ojiazul.
 
–¿En serio?
 
–Sí. Mi expediente académico es enorme... Apuesto a que tú eres de esas estudiantes modelo.
 
–Lo es. –añadió mi padre.
 
–No tan buena. –me apresuré a decir.– De vez en cuando también hacía novillos...
 
–Vamos, Emma. Se te ve a dos leguas que eres un ejemplo a seguir. Además, tienes cara de niña buena... –bromeó Jenny.
 
Yo suspiré. Lo cierto es que yo no tenía ninguna mácula en mi expediente, más bien todo lo contrario. Si ni siquiera era capaz de soltar tacos... Mi vida no era nada apasionante.
 
–Una vez incluso me expulsaron del instituto...
 
–¿Cómo? –pregunté asombrada.
 
–Por fumar en los servicios... Pero sólo fueron dos semanas.
 
–Yo odiaba mi colegio. Odiaba el uniforme. Te obligaban a llevar esas espantosas faldas escocesas y unos zapatitos ridículos con calcetines blancos a media pierna. Era de monjas, por supuesto... –pensé durante un instante.– Si lo piensas..., ellas no tienen idea de lo que estéticamente está bien, siempre con esos hábitos negros. Al menos deberían tener más colorido, ¿no? Es demasiado triste ir siempre vestida igual.
 
–Supongo que si fueran vestidas de colores nadie las tomaría en serio. –añadió Jenny a modo de explicación.
 
–¿Pero queda alguien que las tome en serio?
 
–Tu madre. –dijo mi padre con una risita.
 
–Cierto. Siempre me olvido de mamá...
 
–Monjas... –la castaña hizo ademán de echarse a temblar.– Me pregunto cómo pueden llevar esa vida de completo celibato...
 
–Tal vez sea ésa la razón de por qué parecen estar de mal humor todo el tiempo. –expuso mi padre.
 
Volvimos a reírnos con ganas. Al vernos allí y con aquellas risas, cualquiera pensaría que estábamos haciendo de todo menos pescar.
Pasamos las siguientes horas hablando de los más diversos temas siempre en un tono distendido y bromista mientras esperábamos que cambiara nuestra suerte, aunque por ahora no había ni el menor resquicio de que eso fuera a ocurrir.
Desde nuestra posición pudimos observar en dos ocasiones cómo otros participantes se acercaban a pesar sus enormes presas. Yo evité mirar a mi padre cada vez. Sabía que lo que menos necesitaba era ver la duda en mis ojos. A mí realmente no me importaba en absoluto pescar aquel pez, pero siendo algo tan importante para él me hizo rezar en silencio.
 
Jenny me palmeó el muslo y me sonrió con sincera simpatía. Yo le devolví la sonrisa tímidamente mientras bajaba la vista hacia mis pies.
 
–¿Quieres un poco? –le dije, sacando una chocolatina de uno de los bolsillos de mi chaqueta de pesca.
 
Jenny asintió con la cabeza y yo partí contenta la mitad de la barra para ofrecérsela a continuación.
 
Aún estaba masticando cuando noté un ligero movimiento en una de las cañas. Me giré rauda hacia mi padre. Él también lo había visto. Un segundo después se repitió el empuje, esta vez más fuerte.
 
–¡Rápido! –gritó mi padre al tiempo que sujetaba la caña, comenzando a recoger el nailon.
 
Yo me levanté de mi asiento con la misma celeridad, lanzando hacia uno de los extremos el trozo de chocolate que aún mantenía en la mano. Jenny me siguió y todos nos subimos a la barca con cuidado. Me puse a los mandos de los remos y la conduje hasta nuestro sitio estratégico despacio, dando tiempo a mi padre de recoger el nailon poco a poco.
 
Jenny me miraba con una extraña expresión, como si fuera Navidad y estuviera a punto de abrir su regalo. Mi padre me indicó con una mano que parara y obedecí al instante.
 
El pez ya había tenido suficiente tiempo como para haber comido de la carnaza, así que le dio un fuerte tirón a la caña para incrustarle el anzuelo. Jenny y yo nos quedamos inmóviles mientras veíamos a mi padre recoger el nailon, regulando el freno para cansar al pez sin darle tegua en ningún momento.
 
Minutos después, minutos que a mí me parecieron una eternidad, vimos asomar al pez cerca del borde de la barca.
 
– ¡Oh, Dios mío! –exclamó Jenny, entre emocionada y asustada de ver aquel monstruo emerger del agua.
 
– Sujeta la caña con firmeza, Jenny. –comandó mi padre.
 
Jenny hizo lo que le pidió mi progenitor, mientras éste se colocaba los guantes de jardinero. Yo me levanté de mi asiento y me puse en la otra esquina de la barca, justo donde me indicaba mi padre para equilibrar el peso.
 
La castaña mantenía sujeta la caña como si la vida se le fuera en ello y puedo asegurar que incluso la vi contener la respiración cuando mi padre se inclinó e introdujo la mano en la boca del sirulo, justo donde este pez tiene una cavidad que es ideal para este fin.
 
– ¡Desténsalo! –gritó mi padre a Jenny.– ¡Emma, los alicates!
 
Me moví con cautela hasta alcanzarle los alicates para que pudiera desanzuelar al pez. El peso que ejercíamos los tres en un mismo lado de la barca hizo que ésta se inclinara peligrosamente.
 
– Jenny, échate hacia atrás.
 
El sirulo comenzó a moverse nervioso una vez que se sintió libre del anzuelo y mi padre luchó por mantenerlo en el sitio antes de subirlo a la barca. A simple vista yo podía asegurar que aquel pez debía pesar al menos treinta kilos. Por suerte, parecía que mi padre lo había cansado lo suficiente y sólo era capaz de dar ligeros coletazos.
 
La barca se balanceó cuando mi padre intentó izarlo una primera vez.
 
– ¿Puedes? –le pregunté cuando falló el primer intento.
 
– Sí... –dijo con cierta extenuación en la voz.– Sólo estaba comprobando su peso...
 
La segunda intentona tuvo buenos resultados y mi padre consiguió depositar el pez sobre el plástico que previamente habíamos dispuesto para ese fin en el suelo de la barca. Sólo que fue necesario un brusco movimiento que se resintió en el equilibrio de la embarcación...
 
No sé si intenté guardar mi propio balance o fue justamente eso lo que hizo que lo perdiera del todo. Cuando me di cuenta, yo había caído por uno de los laterales y el agua me había engullido tan rápido que no había tenido tiempo ni siquiera de gritar. Pero oí otro alarido a cambio que pronunciaba mi nombre.
 
Fue la voz de Jenny.
 
El pánico se apoderó de mí cuando sentí que mi cuerpo se hundía y de que no era capaz de hacer que respondiera. Mi cerebro no registraba ninguna demanda de que mis brazos o mis piernas lucharan por salir a la superficie. Todo en lo que era capaz de pensar era en que tenía miedo.
 
Justo entonces alguien tiró de mí e hizo lo que yo era incapaz de hacer. Cuando sentí que el aire me daba en la cara, abrí la boca para respirar. Jenny me apartó el pelo de la cara y yo pude verla entonces. Sus preciosos ojos azules empañados en preocupación, aunque casi podía asegurar que me estaba sonriendo.
 
– ¡Emma! –gritó mi padre al borde de un ataque cardíaco.– ¿Estás bien?
 
Yo por entonces aún permanecía en estado de shock por lo que era incapaz de pronunciar una palabra. Jenny me tenía asida por la cintura y nadó conmigo hasta el borde de la barca. Entre los dos se las arreglaron para meterme dentro.
 
– Emma... Emma... –llamaba mi padre desesperado.
 
– Estoy bien... –me obligué a decir para tranquilizarlo un poco.
 
– Será mejor que la llevemos al hospital... –dijo mi progenitor en cuanto Jenny se subió a la barca.
 
– Papá... –llamé, empezando a registrar de nuevo la realidad haciéndome consciente de que estaba a salvo.– Tenemos que llevar al sirulo a la báscula... Por favor...
 
Vi que mi padre se sentaba frotándose la frente nervioso.
 
– Volvamos... –sugirió Jenny con tono suave.
 
Mi padre asintió y tomó los remos para conducirnos de nuevo a la orilla. Jenny se sentó a mi lado y me pasó un brazo por la cintura, acercándome aún más a ella. Me sentí completamente a salvo.
 
Cuando llegamos a la pesa que nos correspondía por zona obtuvimos dos clases de miradas. Por una parte, asombro al ver la pieza que transportábamos en el plástico mi padre y yo, y luego las miradas de guasa y alguna que otra risilla mal disimulada al vernos a Jenny y a mí caladas hasta los huesos y chorreando agua hasta por las orejas.
 
La aguja marcó un peso total de treinta y ocho kilos, lo que nos hacía ganadores si nadie lograba coger alguna pieza mayor en el tiempo que quedaba hasta que finalizara la veda. El juez nos felicitó por tan descomunal captura.
 
Fue entonces cuando no pude controlarme a mí misma y comencé a reírme a mandíbula batiente, hasta el punto que incluso se me salieron las lágrimas, mientras todos me miraban como si estuviese loca.
 
Me fundí en un fuerte abrazo con mi progenitor. Era imposible que yo sintiera más orgullo hacia él. Luego le tocó el turno a Jenny, que me esperaba expectante mientras me acercaba a ella lentamente para regalarle la misma muestra de cariño que a mi padre. Ella me aceptó con ganas e intensificó el abrazo. Un abrazo que para mí significaba tanto como la vida misma.
 
Al final de la jornada, nos hicieron entrega de la copa y los tres posamos sonrientes y orgullosos para el periódico local con nuestra presa y el recién estrenado trofeo.
 
El resto de la familia, que por entonces ya habían comparecido nos felicitaron casi incrédulos de que hubiéramos logrado nuestro loco objetivo. Menos feliz se mostró mi madre cuando llegó al lugar y nos vio de aquella guisa. Casi se desmaya cuando mi padre le contó lo sucedido, aunque algo maquillado, eso sí. Pero después de lo que habíamos logrado, ni siquiera los reproches de mi madre lograron empañar aquello.
 
Yo me sentía inmensamente feliz y no sabía muy bien por qué. Me limité a disfrutar de aquella sensación.
 
 
 
En la casa no se habló de otra cosa durante el resto del día que no fuera nuestro día de pesca. Mi padre parecía realmente encantado de relatar la historia minuciosamente, casi como si la estuviera viviendo nuevamente. Por supuesto, hizo hincapié en sus buenas dotes de pescador, aunque no olvidó alabar también las artes de sus dos asistentes.
 
Mi madre seguía refunfuñando por lo bajo, pensando y exagerando, como era normal en ella, las posibles consecuencias de lo ocurrido. Yo creo que casi podía imaginarse asistiendo a mi funeral.
 
Después de la cena nos reunimos todos en el salón y nos sentamos en un corro. El trofeo encima de la repisa de la chimenea, reluciente.
 
– Ese pez era lo más feo que he visto en mi vida. –comentó Jenny riendo.
 
– Yo no me acercaría a él ni aunque me juraran que está muerto... –alegó Isabella estremeciéndose ante la idea.– Jenny, te juro que no sé cómo puedes hacerlo...
 
Hice rodar los ojos. Si era capaz de subirse a la mesa por una cucaracha, cuanto más por un pez así. Me pregunté cómo era posible que mis hermanas tuvieran tan agudizado el sentido del pudor.
 
– Sólo es un pez... –respondió la aludida restando importancia al asunto.
 
Yo evité comentar que la primera vez que lo había visto casi se desmaya del susto, pero supuse que a Jenny le gustaría que los demás siguieran pensando que tenía ese arrojo y valentía de los que parecía dar muestra. Después de todo, yo estaba en deuda con ella. Me había salvado la vida. Había oído comentar brevemente a mi padre que Jenny no le dio tiempo a que él mismo reaccionara y que cuando fue capaz de darse cuenta de lo ocurrido ella ya me había sacado a la superficie.
 
Ahora, aparte de todo ese amor que mi cuerpo entero le profesaba se añadía también la admiración. Observé que por el rabillo del ojo Jenny se inclinaba hacia mí. Se había sentado entre Michael y yo. Mi hermano convertido ahora en molusco, puesto que parecía no despegarse de ella ni un solo momento.
 
– Menudo susto me diste hoy... –me susurró al oído.
 
Me ruboricé. Y sé que lo hice porque sentí que las mejillas me ardían.
 
– Fue todo tan rápido que apenas recuerdo nada... –articulé a duras penas.
 
– Eso me pareció a mí también.
 
– Pero valió la pena, ¿verdad? –sentencié, haciendo un movimiento con la cabeza para señalar a mi encumbrado padre.
 
Jenny dejó escapar una suave risa.
 
– Sí. Fue una experiencia única. Increíble...
 
– Aún queda lo de mañana. –le recordé.
 
– Lo espero con ansia. –me guiñó un ojo.
 
– ¿El qué? –preguntó de súbito Michael.
 
A mí se me borró de un plumazo la sonrisa y giré la cabeza hacia otro lado cuando Jenny se volvió hacia él y comenzó a explicarle. Por más que yo lo intentara, no podía hacer que Miachael desapareciera.
 
Me encontré de lleno con la mirada de Janina, quien me observaba con cierta sospecha y una sonrisa de medio lado. Fruncí el ceño y ella se encogió de hombros, removiendo su atención a otra cosa.
 
Aquella extraña mirada me dejó pensativa. Eso y que Jenny se había inclinado hasta apoyar su cuerpo en el de mi hermano hizo que decidiera que era el momento justo para retirarme a mi habitación.
 
Di las buenas noches educadamente y salí casi precipitadamente del salón intentando no llevarme conmigo ninguna imagen de Jenny y Michael. Antes de alcanzar las escaleras, pude percibir un comentario que hizo Michael en referencia a mí que fue algo como: "qué rara es... ".
 
Me tumbé sobre la cama después de ponerme el pijama y me permití recrear los momentos de aquel día en mi mente. Esperaba con impaciencia el día de mañana, otro día más en el que yo iba a disfrutar de la grata compañía de la castaña mujer que me había robado la cordura. Eso me ayudaba a no pensar en que el domingo ella se marcharía de la casa de campo y que no sabría cuanto tiempo pasaría antes de volver a verla.
 
Tal vez, si me esforzaba lo suficiente, ella sopesaría la idea de quedarse más tiempo. Con esa esperanza logré conciliar el sueño.
 
– ¡Llegaremos tarde! –me quejé lo suficientemente en alto como para que me oyeran todos.
 
– Que alguien le dé un calmante... –murmuró Michael.
 
Esa mañana yo había sido una de las primeras en levantarme de la cama. Algo que, por supuesto, había sorprendido a todos. Ahora los componentes de mi familia estaban en el salón, después de haber tomado el desayuno, y ninguno parecía tener demasiadas prisas en llegar a la plaza del pueblo. El mismo lugar donde, miré el reloj, ya había debido de comenzar la fiesta del agua hacía media hora.
 
– Voy a vestir a Christina y bajo enseguida. –dijo Ginebra, tomando a su hija en brazos para cumplir con lo que había dicho.
 
– Frederick y yo iremos juntos. –anunció mi padre antes de girarse hacia mí.– ¿Vienes con nosotros?
 
– ¿Puedo conducir? –pregunté casi en súplica.
 
– Emma... –dijo mi progenitor en tono condescendiente.
 
Yo aún no tenía la licencia de conducir, pero me encantaba ponerme a los mandos de un coche. Mi padre me dejaba el suyo siempre que quería, pero únicamente en el circuito que circundaba la casa.
 
– Yo te dejaré conducir. –anunció Jenny. Me volví hacia ella y tragué con dificultad.
 
– Papá, ¿tengo sitio con ustedes? –indicó Michael. Por nada del mundo se subiría en el mismo auto que yo y menos si era yo misma la que conducía.
 
 
Jenny me miró entonces.
 
– ¿Tan mal conduces? –me preguntó con una ceja alzada.
 
Yo negué con la cabeza, a media sonrisa.
 
– ¡Lista! –gritó Janina anunciando así su presencia.
 
Para mi delicia, no me hicieron esperar mucho más y salimos todos al exterior. Mi padre, Janina y Frederick fueron en el mismo coche, mientras que Michael finalmente optó por llevar el suyo y yo... Yo hacía dos segundos que me había colocado en el asiento del piloto del Mazda de Jenny, con ella a mi lado.
 
– Bien... –me dijo.– No hagas que me arrepienta.
 
Por el tono de sus palabras supe que ella no creía de veras que se arrepentiría. Puse el coche en marcha, me coloqué las gafas de sol y le dediqué una última mirada antes de apretar el acelerador. La oí reírse.
 
– ¡HURRA! –grité llena de júbilo.
 
– Bendita juventud... –murmuró Jenny frotándose los ojos.
 
.....................
 
Mucho antes de llegar a la plaza, la algarabía se podía escuchar a un kilómetro a la redonda. Puse especial atención en atisbar la cara de Jenny cuando viera aquel espectáculo. La gente, de todas las edades, incluso ancianos, corría desbocada, persiguiéndose los unos a los otros, jarros en mano, calándose de agua hasta los huesos.
 
Aquella era una antiquísima tradición que se celebraba desde tiempos inmemorables. Que la plaza tuviera varias fuentes repartidas en puntos estratégicos ayudaba mucho. Sin pensarlo, me adentré en la confusión corriendo. Antes de llegar a la primera fuente ya me habían bañado un par de veces. Llené mi jarro y fui en busca de Jenny, que aún miraba asombrada el acontecimiento.
 
Me vio llegar cargada de agua y me miró desafiante, como sin creer que fuera capaz de hacerlo.
 
– No serás capaz... –me dijo con voz de aviso.
 
– ¿Tú qué crees?
 
– Que las venganzas son muy, muy placenteras...
 
Acto seguido echó a correr de súbito y me dejó allí plantada unos segundos antes de salir nuevamente en su busca. Estuvimos unos instantes metidas entre la multitud, recibiendo y mojando a todo el que pasara. Yo no podía dejar de reír al ver Jenny empapada de pies a cabeza y persiguiendo a cualquiera que se le cruzara por delante. De repente se giró hacia mí y me miró con fiereza. Yo huí de ella hasta que la respiración se me hizo entrecortada y paré.
 
– Basta... –le dije moviendo las manos en súplica.
 
– ¿Ahora quieres parar? –negó con la cabeza mientras balanceaba su cuenco repleto de agua en la mano.
 
Yo noté un ligero movimiento encima de nuestras cabezas, justo en un balcón, y me acordé que la tradición tenía un añadido más...
 
– Jenny... –la llamé mientras daba un paso atrás y ella uno hacia delante.
 
– ¿Sííííí? ¿Es que vas a suplicarme? –ronroneó.
 
– No precisamente...
 
En ese momento un montón de harina cayó sobre su cabeza, dejándola completamente blanca como un muñeco de nieve. Jenny se sacudió como pudo quitándose el pegajoso polvo de los ojos y escupiendo la harina que se le había metido en la boca por accidente. Levantó la cabeza hacia arriba despacio y observó a las señoras que le habían tirado la harina, quienes parecían celebrar que hubieran dado de lleno en el blanco... Nunca mejor dicho. Acto seguido me miró a mí, con el azul de los ojos contrastando completamente con su cara nívea.
 
Me eché a reír descontroladamente. Y cuando digo descontroladamente quiero decirlo. Hasta el punto de que me dolían las mandíbulas. Pero mi risa duró poco cuando me agarró por la cintura y comenzó a restregarse contra mí, dejando pegotes de harina húmeda por todo mi cuerpo y pelo. Intenté zafarme, pero su fuerza era muy superior a la mía.
 
– ¿Emma? –Jenny y yo cesamos en nuestro forcejeo y me giré para encarar a Julian.
 
– ¡Hola! –grité entusiasta.
 
– Hola. –me saludó él, mientras le dedicaba una mirada a Jenny con algo de asombro.
 
Pasó un nutrido y vocinglero grupo de chavales junto a nosotros y esperé a que desaparecieran para seguir hablando con Julian. Me fijé que llevaba una inmensa tabla cuadricular bajo el brazo, como si fuera un surfero.
 
– ¿Adónde vas? –le pregunté.
 
– Algunos nos reunimos en la bajada de detrás de la iglesia y nos lanzamos calle abajo a toda velocidad. Es muy divertido... –dudó.– ¿Quieres venir?
 
– ¿Se lanzan con eso? –le pregunté señalando la tabla.
 
Asintió con la cabeza mientras me miraba ávido de que yo le diera una respuesta.
 
– ¿Qué dices, Jenny? ¿Te apetece ir?
 
– Si quieres puedes ir y yo ya me encargo de informar a tu padre de donde estás... –me contestó.
 
– Preferiría que vinieses conmigo... –entorné los ojos como lo haría un cachorrillo.
 
– Emma... Fíjate en mí, ¿crees que voy a dejar que me vean así? Necesito darme una ducha urgentemente...
 
– ¡Oh, vamos, Jenny! No serías la única. Esto es una fiesta, ¿recuerdas?
 
– Lo extraño sería que no estuvieras así... –añadió Julian dedicándole una amplia sonrisa.
 
Yo se lo agradecí profundamente al ver que Jenny comenzaba a ceder a mis caprichos.
 
– ¿Por favor? –dije, dándole mi mejor expresión de súplica.
 
– De acuerdo... –sentenció.
 
Reprimí las ganas de soltar uno de esos infantiles "yupis" para en cambio regalarle una feliz sonrisa. La tomé de la mano sin darme cuenta de lo que hacía y seguí la estela de Julian mientras él comenzaba a explicarme los pormenores de la bajada.
 
Cuando llegamos al lugar estratégico pudimos observar la larguísima cola de personas, en su mayoría jóvenes, que esperaban su turno para lanzarse cuesta abajo. Se tiraban individualmente, de dos en dos y hasta en grupos de tres. Incluso algunos padres con sus hijos pequeños entre las piernas se aventuraban a deslizarse por la pista mojada. Al final del recorrido, habían dispuesto un montón de neumáticos de todos tamaños para frenar a los participantes.
 
Viendo la velocidad que algunos llegaban a tomar y las caras de satisfacción que traían en su rostro cuando volvían a posicionarse en la cola hizo que sintiera verdadera emoción ante el pensamiento de tirarme calle abajo.
 
– ¿Te vas a lanzar? –me preguntó Jenny.
 
La miré extrañada de que pudiera dudar de mis intenciones.
 
– Por supuesto... –dije con exaltación.
 
– ¿No te apetece probar? –dijo Julian dirigiéndose hacia la castaña.
 
– Primero vosotros. –comentó casualmente, mientras seguía empeñada en recomponer su aspecto todo lo que pudiera.
 
Después de unos diez minutos llegó nuestro turno.
 
– ¿Prefieres delante o detrás? –preguntó Julian.
 
– Como es la primera vez, me sentaré detrás.
 
– De acuerdo.
 
Julian colocó la tabla en el suelo y se sentó al frente. Yo me posicioné detrás y me aferré a su cintura.
 
– ¿Preparada?
 
– Síííí... –grité emocionada.
 
Con el peso de su cuerpo hizo que la madera comenzara a moverse y pronto empezamos a coger velocidad. Yo grité sin poder evitarlo, mi voz contrastando con el ruido estridente de la madera contra el asfalto. Mientras, Julian ponía todo su empeño en que no volcáramos antes de llegar al final del tramo.
 
Los neumáticos pararon bruscamente nuestra inercia y salimos despedidos ambos, aterrizando encima de las gomas. Nos levantamos con rapidez y yo alcé los brazos en señal de victoria. Había sido increíble. Segundos después, otra pareja acabó también encima de los neumáticos.
 
– ¿Qué te ha parecido? –me preguntó Julian cuando nos pusimos en marcha otra vez.
 
– ¡Genial! –dije.
 
Busqué a Jenny con la mirada y me di cuenta de que nos estaba esperando fuera de la cola. Agité una mano y ella dio unos pasos para colocarse a nuestra altura.
 
– No voy a preguntarte si te ha gustado. –me dijo.– Vaya gritos...
 
– ¿Quieres deslizarte conmigo? –le pregunté.
 
– De acuerdo. Pero si me rompo algo lo llevarás en la conciencia toda la vida...
 
– No exageres... –me reí dándole un amistoso palmeo en uno de sus costados.
 
– Ya estoy un poco mayor para esto.
 
– ¿Qué dices? Apuesto a que estás mucho más en forma que yo.
 
– Ya veremos...
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Jun 27, 2016 8:27 pm

Esta vez, nuestro turno llegó con más rapidez y en sólo unos segundos yo me había colocado a la delantera de la tabla. Jenny se sentó detrás, con sus enormes piernas a cada lado, con las rodillas casi rozándome los hombros.
 
– Espera... –me dijo y abrió aún más las piernas colocándome hacia atrás.
 
– Agárrate a mí. –le indiqué y ella pasó los brazos en mi cintura como momentos antes había hecho yo con Julian.
Hice que la tabla se deslizara proyectando el peso de mi cuerpo hacia delante y comenzamos a bajar. Jenny posicionó la barbilla sobre mi hombro. Todo aquello me resultó tremendamente cálido y el sentir sus pechos clavados en mi espalda causó que incluso sintiera escalofríos.
 
Decidí que aquel sería uno de los mejores días de mi vida.
 
Cuando vio acercarse la muralla de neumáticos la sentí aferrarse a mí aún más y respirar frenéticamente contra mi oído.
Jenny y yo salimos despedidas a gran velocidad y ella aterrizó sobre mi espalda, sacándome de un plumazo todo el aire que yo llevaba en los pulmones.
 
– Lo siento. –me dijo al incorporarse.
 
Me tendió una mano y yo la tomé para ayudarme a levantar.
 
– No te preocupes, ni siquiera he notado que estabas encima de mí... –"podríamos repetirlo sobre una cama...". Uh..., malos pensamientos... Muy malos.
 
– Entonces mejor te doy las gracias por haber sido mi colchón. Sinceramente creo que no hubiese preferido caer sobre los neumáticos...
 
– Muy graciosa. –dije poniendo una vocecilla irónica.
 
La vi poner las manos en su cintura y estirarse hacia atrás, haciendo que algunos de sus huesos crujieran mientras tanto.
 
– Te dije que estaba demasiado vieja...
 
Me reí. Julian vino entonces a nuestro encuentro sonriendo también. Jenny se negó a tirarse otra vez, pero esperó pacientemente mientras nosotros repetimos el mismo ritual hasta cinco veces. Fue entonces cuando decidimos regresar en busca del resto.
 
Encontramos a Janina y a Frederick en nuestro camino de vuelta junto a una de esas atracciones para niños pequeños. Mi sobrina Christina nos saludó, moviendo la mano frenéticamente, una vez que pasó su vagón de tren delante de nosotros con una enorme sonrisa de satisfacción.
 
Ginebra nos indicó que el resto de la familia estaba en un puesto de comida colindante a la plaza. Los tres nos acercamos, un tanto sin aliento, y con una facha realmente lamentable. Yo no sólo iba mojada de cabeza a los pies y llena de pegotes de harina, sino que el roce de los neumáticos había ennegrecido mi ropa casi por completo.
 
– ¡Jenny, por Dios Santo! –exclamó Miachael nada más verla un tanto divertido.
 
– Lo sé, lo sé... –contestó ella.
 
Miachael se acercó hasta Violeta y comenzó a retirarle del pelo los pegotes de harina.
 
– Estás hecha un desastre... . –le comentó burlón. – Has perdido todo tu atractivo.
 
– ¿En serio? –se rió ella burlona.
 
Fue entonces cuando Michael negó con la cabeza y le plantó un suave beso en los labios. Yo me giré para darles la espalda. No dejaría que nada empañara el día que yo había elegido como tan especial.
 
– ¿Lo han pasado bien? –preguntó mi padre divertido al vernos llegar de aquella forma.
 
– Mucho. –añadí, llena de felicidad, mientras me lanzaba de lleno al plato que descansaba encima de la barra de metal y que contenía trozos de carne frita.
 
– Hola, Julian. –saludó al tercero en discordia.
 
– Señor Müller. –respondió el aludido tímidamente.
 
Le ofrecí a Julian un trozo de pan con un pedazo de carne encima y él lo aceptó con gusto.
 
– Nos hemos lanzado cuesta abajo por una calle mojada, papá... –comencé a relatar con la boca medio llena.– Fue increíble... –me giré hacia Julian.– ¿Cuánta velocidad crees que llegamos a tomar?
 
– No lo sé con seguridad, pero supongo que unos cuarenta kilómetros por hora...
 
– Vaya..., ¿y eso con tan sólo una tabla? –inquirió mi padre.
 
– Es que es una bajada muy pronunciada. –dije yo.
 
– ¿Y eso no es peligroso?
 
– No lo es. –comentó Jenny en tono tranquilizador.– Yo misma lo comprobé.
 
Se acercó hasta mí y comenzó a sisar trozos de carne del mismo plato que yo.
 
– ¿Tú también? –mi padre negó con la cabeza.
 
Julian y yo nos dimos un buen atracón de comida para reponer fuerzas acompañado de un par de vasos de vino. El vino fue precisamente lo que me hizo sentir ciertos acaloramientos, como si de repente me hubiera crecido una estufa dentro de la tripa. Pero era una sensación extraordinaria...
 
Los acordes de una música llegaron a nuestros oídos. Una orquesta se había subido al escenario y había empezado a tocar ritmos muy pegadizos. En cuestión de pocos segundos, estábamos rodeados de parejas que danzaban al son de la orquesta. Yo misma sentí que los pies se me movían sin autorización. Michael tomó a Jenny de la mano y la acercó a su cuerpo. Juntos comenzaron a bailar cómicamente. Jenny reía complacida mientras mi hermano la obligaba a dar vueltas sobre sí misma una y otra vez.
 
Era obvio que el vino comenzaba ya a tener efectos relajantes en cada uno de nosotros.
 
Janina reapareció entonces y se unió a nuestra algarabía. Me dejó al cuidado de mi sobrina mientras ella y su marido se adentraban en la multitud para dar los primeros pasos de baile. Icé a la pequeña, que iba cargada de un montón de golosinas, hasta colocarla en una de mis caderas y comencé a dar vueltas haciéndola reír con descontrol.
 
– ¿Mamá no piensa venir? –le pregunté a mi padre, parando de moverme ante el inminente riesgo de marearme.
 
– Creo que prefirió quedarse en casa con Isabel. Ya sabes que a ninguna le gusta los sitios con mucha gente.
 
Yo lo sabía muy bien.
– ¿Quieres dar una vuelta? –me preguntó Julian.
Me giré para buscar a Jenny y la vi demasiado centrada en mi hermano. Decidí que la oferta de Julian era una buena idea.
– Claro. Volvemos dentro de un rato. –dejé a la niña en el suelo y comenzamos a alejarnos.
 
Julian me llevó hasta los puestos ambulantes y admiramos las diferentes cosas que allí se ofrecían. Observé en particular un collar hecho de pequeñas piedras de múltiples colores.
 
– ¿Te gusta? –me preguntó él.
 
– Sí. Es muy bonito.
 
– ¿Cuánto? –inquirió al señor del puesto.
 
A mí me pareció un gesto muy bonito el que Julian se ofreciera a comprármelo, así que se lo permití. Pagó el regalo y se acercó a mí para ponérmelo.
 
– Te queda muy bien... –me cumplimentó y bajó la vista con timidez.
 
– Gracias. –me acerqué y le di un beso en la mejilla como muestra de gratitud.
 
– ¿No trabajas los sábados? –le pregunté para iniciar una conversación.
 
– No. Hoy es festivo y Chano cerró la tienda. De todas formas, me suele dar los fines de semana libres.
 
– Eso es estupendo.
 
– Sí.
 
Comenzamos a caminar lado a lado despacio.
 
– ¿Has dejado los estudios?
 
– Siempre fui mal estudiante y era una pérdida de tiempo que siguiera... –dijo sin mirarme.
 
Yo no quería especular con ello, pero de repente me vino a la cabeza la idea de que quizás Julian sentía atracción por mí. Pensé en ello detenidamente. Era realmente halagador descubrir que le gustas a otra persona, pero por otra parte, Julian no me hacía sentir en absoluto lo que sí podía Jenny. Lo miré. Era un chico atractivo y tenía unos ojos marrones verdaderamente bonitos. Pero yo sabía que nunca podría desearlo de esa manera.
 
– ¿Te apetece tomar algo? –me preguntó.
 
– De acuerdo...
 
Un minuto después, ambos sosteníamos un botellín de cerveza. Yo no había tenido mucho acercamiento con el alcohol, pero si hacía unos momentos pude tragar vino supuse que igualmente lo haría con la cerveza. Mandé al diablo las señales que en mi cabeza me avisaban que comenzaba a sentir el mareo propio de una borrachera. O al menos, el principio de una.
 
Seguimos deambulando por las calles sin buscar nada en particular, cada uno disfrutando de la calmada compañía.
 
– ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? –me preguntó de súbito.
 
– Una semana más.
 
– Supongo que tienes que regresar a la universidad.
 
– Sí... –contesté cansadamente.– Eso también.
 
Era obvio que Julian se estaba esforzando por mantener una conversación fluida para evitar que yo me aburriera. Los años que habíamos pasado sin vernos había provocado que también hubiéramos perdido toda aquella confianza que poseíamos. No recordaba que fuera tan difícil comunicarnos. Pensé q e tal vez se debía a que ambos éramos adolescentes y que por ello todo resultaba más complejo.
 
– ¿Jenny es la novia de Michael?
 
Imaginariamente vi que se encendía una pequeña lucecita en mi cabeza. "Tema equivocado, Julian", pensé para mí misma mientras arrugaba la nariz con disgusto.
 
– Eso parece. –respondí con cuidado.
 
– Es preciosa... –afirmó algo tímido.
 
Lo miré, sintiéndome algo celosa. El que Julian pudiera mirar a Jenny con deseo fue algo que no me gustó en absoluto. Yo tenía suficiente con soportar a duras penas el que mi hermano tuviera puestas sus manazas todo el tiempo sobre ella.
 
– Lo es. –tomé un largo sorbo de cerveza en un intento por eliminar el repentino sabor amargo de mi boca.
 
– Y al parecer se llevan muy bien...
 
– Jenny es especial. –afirmé sin poder evitarlo.
 
Una traca de petardos explotó cerca de nosotros, asustándome tanto que casi me hizo caer de bruces de no ser porque los fuertes brazos de Jenny me sujetaron en el sitio.
 
Un pequeño grupo de mocosos de no más de diez años salió corriendo entre risas, al parecer contentos por haberme pillado desprevenida y haberme dado un susto de muerte.
 
– Sólo son petardos... –me dijo Julian en tono tranquilizador antes de soltarme.
 
– Casi parece como si nos hubieran disparado o algo así...
 
Julian se rió y me tomó del codo para que siguiéramos caminando.
 
– Me estabas hablando de Jenny... –me recordó.
 
– ¿En serio? ¿Por qué tienes tanto interés?
 
Se encogió de hombros.
 
– ¿Es que te gusta? –volví a preguntar y pensé que de repente me había convertido en mi querida madre.
 
Tal vez llevaba en mis genes sus dotes de inquisidora.
 
– No, ella no me interesa para nada. En realidad... –dudó.– Sólo pretendía entablar una conversación... –dijo por fin, aunque ambos fuimos conscientes de que eso no era lo que había pretendido decir en un primer momento.
 
– Se supone que el alcohol nos debería de hacer más parlanchines, no lo contrario. – bromeé en un intento por aliviar la tensión.
 
– Cierto. ¿Qué tal unos chupitos?
 
– ¿Intentas emborracharme?
– ¡Oh, no! ¡Ni por un momento! –se apresuró a asegurarme temeroso de que yo pudiera pensar que sus intenciones eran deshonestas.
 
– Tranquilo... –me reí incapaz de evitarlo.– Sólo bromeaba.
 
– Extraño humor el tuyo...
 
Me hizo reír de nuevo.
 
– Por cierto, felicidades por la pesca de ayer.
 
– Gracias.
 
– Debió de haber sido increíble. Son la comidilla del pueblo hoy... –me confesó.
 
– Créeme, la primera sorprendida soy yo. A veces me parece que lo de ayer fue un sueño...
 
– Tu padre tiene esa sonrisa de superioridad en la cara. Se ve que está orgullosísimo.
 
– Eso es normal en él... –añadí, pensando en mi amado progenitor y sonriendo levemente.
 
– Me hubiera encantado participar, pero el trabajo, ya sabes...
 
Oí que Julian suspiraba y decidí que me apetecía algo más de acción.
 
– ¿Vamos a por esos chupitos o no? –pregunté.
 
– Tú primero. –me hizo un gesto con el brazo señalándome al frente.
 
..........................
 
Cuando volvimos a unirnos al grupo yo ya caminaba sobre una nube, además de tener una sonrisa en los labios casi perenne. Mi padre me miró con ligera sospecha y yo me limité a encoger los hombros. Él era lo suficientemente confiado como para darme ese margen de confianza y pensar que yo sabía exactamente lo que estaba haciendo. De todas formas, me fijé en los mofletes sonrosados de Janina, era evidente que los miembros de mi familia también estaban disfrutando mucho de la fiesta.
 
Busqué con la mirada inmediatamente a Jenny y la avisté prácticamente en el mismo lugar donde antes la había dejado. Sólo que ella parecía haber pasado por el caserón para cambiarse con ropas limpias, ni siquiera tenía ya restos de harina en todo su alto contorno.
 
– Julian, espero que estés cuidando bien de mi pequeña... –dijo mi padre medio en broma.
 
– Papá... –me quejé dándole un ligero golpe en un costado.
 
– Por supuesto, señor Müller.
 
– ¿Qué tal te trata Chano?
 
– No puedo quejarme... Aunque no estaría mal un aumento de sueldo. –comentó de forma casual.
 
– Me alegra ver que todo te vaya bien. –dijo mi padre con simpatía. Janina se acercó a mí entonces y me cogió de las manos para seguir el ritmo latino que en esos momentos tocaba la orquesta. Me olvidé de lo patosa que había sido yo siempre en cuestiones de baile, (dicen que la práctica hace la maña, pero mi práctica era, en este caso, más bien nula), y comencé a moverme al ritmo lo mejor que pude.
 
– Creo que Michael está frotándose los ojos para acabar de creerse que estés bailando... –me dijo al oído.
 
No pude evitar soltar una sonora carcajada y miré a mi hermano, que estaba girado hablando de algo con mi padre y Frederick. A cambio, Jenny me estaba observando detenidamente. De repente todo el alcohol que yo había consumido se me subió a la cabeza y me nubló los sentidos. Me permití mirarla con toda la intensidad de la que fui capaz, diciéndole con los ojos lo que nunca me atrevería a decirle con palabras. Fui recompensada con una media sonrisa, tan característica y tentadora en ella.
 
– Emma, tu aliento parece una destilería... –siguió burlándose mi hermana de mí.
 
– ¿Te has mirado a un espejo? –le dije jocosa.– Pareces una rusa.
 
– ¿Qué has hecho con Julian por ahí a solas...?
 
Levanté las cejas con asombro.
 
– ¡Nada! –me apresuré a decir con voz estrangulada.– ¿Qué crees que he estado haciendo?
 
– No lo sé. Por algo te lo pregunto... –me guiñó un ojo como si de repente fuera mi aliada y me estuviese prometiendo que me guardaría el secreto hasta la muerte.
 
Pensé en Jenny.
 
– ¿Creen que he estado haciendo "algo" con Julian?
 
– Era broma, Emma. Pero creo que ese chico bebe los vientos por ti...
 
– ¿En serio? –pregunté como si fuera una inocente colegiala.
 
– En serio.
 
Miré a Julian y él me devolvió la mirada, sonriéndome mientras levantaba su botellín y me ofrecía un imaginario brindis. Me sentí bien y satisfecha de mí misma por ser capaz de levantar pasiones.
 
– ¿Acaso no lo has notado?
 
– Bueno... –comencé a admitir.
 
En ese momento apareció Frederick para anunciar algo que me perdí. Pero segundos después lo vi alejarse con su hija en hombros y el resto de los hombres de la reunión, incluido Julian.
 
– Las tres solas... –dijo Janina mientras nos acercábamos a Jenny.
 
– Peligroso. –contestó la azafata.
 
– ¿Les apetece algo? –preguntó mi hermana.
 
– Tequila. –anuncié con premura, recordando lo mucho que me habían gustado los chupitos que anteriormente había probado con Julian. Mi hermana frunció el ceño pero no dijo nada.
 
– Por mí bien. –convino Jenny.
 
Janina se encargó de pedir las tres copas y al instante cada una de nosotras estaba tragando con algo de dificultad el licor.
 
– Creo que éste será el último para mí... –anunció Jenny con tono provocador.– El alcohol no es compatible con el sexo...
 
A mí se me salió disparado de la boca el trozo de limón que aún estaba chupando. En mi estado ebrio, unir la palabra sexo con Jenny era demasiado. Me conformé con descubrir que al menos ese estado también me permitía no imaginarla con mi hermano... Janina y ella se echaron a reír casi con desenfreno.
 
– Podrías haberlo dicho antes, Jenny. Creo que yo ya he sobrepasado el límite. –cerró los ojos y murmuró un largo "mmm".
 
– ¡Basta! –dije con los brazos en jarras.– Parecen un par de... de...
 
– ¿De qué? –inquirió mi bella Jenny.
 
Por el rabillo del ojo vi a mi hermana hacerle muecas a la castaña con la boca y me giré para reconocer en sus labios la palabra "virgen". Por supuesto, en referencia a mí. Casi me desmayo.
 
Devoré a mi hermana con la mirada llamándola mudamente traidora. Ellas, como era lógico, seguían riéndose a mi costa. Jenny se acercó a mí y me pasó un brazo por los hombros, consiguiendo que mi cuerpo se pegara al suyo.
 
– Me gusta eso que llevas al cuello... –me dijo casi al oído.. – ¿Te lo ha regalado tu novio?
 
– No... –contesté jugueteando con el recién estrenado collar.
 
– ¿No?
 
– Sí... –su cercanía me impedía pensar con claridad.– Quiero decir que me lo regaló él, pero no es mi novio.
 
Me fijé en que Janina estaba discutiendo algo con el señor del puesto, ajena a nuestro intercambio de frases y a mi nerviosismo.
 
– Es muy guapo... –me reafirmó.– Y te mira de una forma que..., bueno, es obvio que le gustas.
 
– Eso también me lo ha dicho Janina. –argumenté sintiéndome con ganas de alardear de mi inesperada conquista.
 
– ¿Te lo estás pasando bien?
 
– Mucho. –asentí, tragando con dificultad.
 
– Michael me ha dicho que después vienen los fuegos artificiales. Tengo muchas ganas de verlo.
 
– Es cierto. –anunció Janina llevando tres vasitos pequeños con ella y repartiéndolos.–Justo a medianoche hay un espectáculo pirotécnico.
 
Jenny removió su brazo de mi hombro y yo, como siempre que perdía su cercanía, me sentí desconsolada.
 
– ¿Qué es esto? –me atreví a preguntar al observar el líquido rojo que contenía el pequeño vaso.
 
– No tengo ni idea. –dijo Janina.– Pero el tipo de la barra me ha dicho que estaba buenísimo.
 
Lo tragué sin más dilación. Estuve segura entonces de que aquel veneno me provocaría una úlcera cuando lo sentí quemarme la garganta.
 
............................
 
–Para cuando regresaron los hombres, (me di cuenta de que lo que habían ido a hacer era dejar a mi sobrina en casa debido a lo tarde de la hora), nosotras ya habíamos dado buena cuenta de varias copas más. Michael sacó nuevamente a bailar a Jenny y los celos entonces se apoderaron de mí. Cogí de la mano a Julian y, sorprendentemente, le ofrecí bailar.
 
Sé que detrás de mis intenciones no había otra razón que la de dar celos a Jenny. No sé cómo podía pensar que si hacía aquello lograría mi objetivo. Era estúpido e infantil. Mi conciencia se encargó de añadir otro sentimiento más que no era otro que el de pesar por estar usando tan impunemente a Julian para mis fines. Jenny me había convertido en
un ser vil. Pasé los brazos por su cuello y lo acerqué más a mí. Él pareció estar encantado con todo aquello, puesto que ni una sola vez lo vi quejarse o tan siquiera atreverse a comentar mi extraño comportamiento, en vez de eso, se permitió asirme de la cintura.
 
Me moví al ritmo que imponía la música, de vez en cuando robando breves miradas hacia Jenny. Me pareció estar metida en una de aquellas películas donde los protagonistas intentaban darse celos mutuamente, con la salvedad de que aquí únicamente era yo la que estaba intentando conseguir tamaña estupidez. Julian se comportó adorablemente, guiándome a cada paso con gentileza y riéndose suavemente cada vez que yo le pisaba.
 
– Uno hacia delante y otro hacia atrás... –me indicó con voz suave.– Eso es...
 
Pensé que no era tan difícil después de todo seguir el ritmo una vez que lo memorizas. Julian siguió dirigiendo la danza al tiempo que me miraba intensamente a los ojos. Me pregunté por qué era incapaz de sentir cualquier cosa estando entre sus brazos. No sólo era por Jenny, sino aquel sentimiento de que no era allí a donde yo pertenecía... No era suficiente. Suspiré y hundí el rostro en el hombro de él, cansada de pensar. En esos momentos sólo sentía ganas de abandonarme a mí misma. El gesto de acercarme aún más hizo que Julian comenzará a temblar ligeramente.
 
– Lo estás haciendo muy bien... –me susurró al oído.
 
– Gracias.
 
Observé que Janina y Jenny cuchicheaban algo. Mientras que la expresión de mi hermana era divertida, la de la castaña parecía algo más sombría aunque, cuando nuestros ojos se encontraron, ella me regaló una sonrisa. Yo seguí bailando con Julian hasta que unos amigos suyos nos interrumpieron. Los observé mientras se saludaban y bajé la vista al suelo, de repente demasiado tímida. Julian comenzó una breve charla con ellos y yo me sentí algo fuera de lugar. Miré el reloj. Ya casi era medianoche y pronto comenzarían los fuegos artificiales. Me di la vuelta para buscar a Jenny una vez más, pero ella estaba de espaldas charlando con el grupo. Deseé con todas mis fuerzas que se girara para encararme, mi mente lo estaba gritando.
 
El milagro se obró y lentamente Jenny se dio la vuelta. Nos miramos unos segundos. El bullicioso sonido de la fiesta se apagó de repente. No estoy muy segura qué es lo que me impulsó a acercarme hasta ella y cogerla de la mano, ni tan siquiera sé cómo le dije "vamos" con aquel tono seguro y autoritario. Ella accedió sin preguntar y la saqué de la plaza sin soltarle la mano. Comencé a abrirme paso entre la multitud con desesperación, pensando que tal vez así no le daría tiempo de arrepentirse. Mientras nos alejábamos, ella fue la primera en hablarme.
 
– ¿Adónde me llevas? –me preguntó.
 
– Quiero que veas algo.
 
– De acuerdo.
 
Recordé que de pequeña mi padre me solía llevar a un descampado cerca del pueblo para que viera el espectáculo de cerca. Me pareció una buena idea aprovechar aquel recuerdo como una manera de tener a Jenny para mí sola aunque sólo fuera durante breves minutos. Incluso eso me bastaba. Cuando llegamos al sitio en cuestión, ya había alguna gente allí esperando a ver los fuegos artificiales, así que decidí alejarme aún más.
 
– Emma, esto está muy oscuro..., ¿qué es lo que quieres enseñarme?
 
– Desde aquí lo veremos mejor. Ya verás. Será estupendo.
 
Le indiqué que se sentara en el suelo y yo hice lo mismo. No pude evitar colocarme lo suficientemente cerca para que nuestros muslos y hombros estuvieran en contacto. Ella se giró hacia mí.
 
– ¿No va a venir Julian?
 
– No. –contesté sobriamente.
 
A pesar de la oscuridad tuve la certeza de que ella había fruncido el ceño.
 
– ¿Estás bien?
 
– ¿Por qué lo preguntas? –inquirí.
 
– No lo sé. Te noto algo rara.
 
– A estas alturas deberías estar acostumbrada a mis rarezas.
 
– Estás borracha, ¿no es cierto? –me dijo algo divertida.
 
– Sólo un poco. ¿Y tú?
 
Negó con la cabeza.
 
– Han sido unos días increíbles... –murmuró.
 
– Mañana te vas, ¿verdad?
 
– Sí. Partiré por la tarde. Me encantaría quedarme, pero me es imposible.
 
Bajé la vista sintiéndome demasiado triste. En mi interior una voz se rebelaba una y otra vez con la idea de separarme de Jennifer.
 
– Emma... –me llamó quedamente, tomándome una mano entre las suyas.– ¿Qué ocurre?
 
– Voy a echarte de menos... –confesé en un arrebato de sinceridad.
 
– No estés triste por eso. Pasará poco tiempo antes de que volvamos a vernos. Te lo prometo.
 
Jenny me estaba haciendo una promesa. A mí aquello me sonó como si me estuviera prometiendo amor eterno. Una enorme sonrisa apareció en mi rostro.
 
– Así me gusta. –añadió.– Verte sonreír es un placer...
 
Enlacé los dedos entre los suyos y ambas fijamos la vista al frente cuando el ruido atronador del primer cohete sonó por encima de nuestras cabezas. La luz centelleante nos iluminaba y yo no pude evitar girarme hacia Jenny para apreciar su rostro bañado por aquella luminosidad. Ella simplemente resplandecía más.
 
Durante segundos no pude apartar la vista de su precioso rostro a pesar de que mi mente, una y otra vez, me pedía que lo hiciera. Jenny se giró hacia mí y ambas nos miramos fijamente. Yo bajé la vista hacia su boca. Deseaba tanto acercarme hasta ella y probar sus labios... Lo deseaba tanto que incluso me dolía.
 
Cerré los ojos e imaginé que encontraba el suficiente coraje como para lograrlo. Incluso pude sentir la suavidad de sus labios contra los míos. Cuando los volví a abrir evidencié con cierto espanto que no lo había soñado. Allí estaba yo, con mi boca cubriendo la suya, moviendo tímidamente los labios. No sé cuánto tiempo pasó hasta que Jenny se apartó de mí. Para mí fue como si hubiese descubierto la eternidad.
 
Ahora yo había desnudado mis sentimientos. Ahora ella sabía que yo la amaba. Sólo me quedaba esperar a su reacción.
Jenny se levantó lentamente de su sitio, suspirando mientras lo hacía.
 
– Deberíamos volver. –dijo, aunque su voz no sonó fría ni enfadada. Simplemente no había nada en su voz o en su semblante que me indicara cualquier cosa.
 
Me sentí perdida y con unas inmensas ganas de llorar. Aún así me erguí y ambas hicimos el camino de vuelta en silencio hasta que, de repente, Jenny se giró hacia mí y me tiró del brazo para colocarme enfrente de ella.
 
– ¿Qué sientes por mí? –me preguntó mirándome casi con desesperación.
 
Yo sabía que mentir era inútil. Ya no tenía nada que perder. Sólo a ella. Sopesé la idea de ofrecerle un "lo siento", pero yo no estaba dispuesta a renegar de mis sentimientos sobre todo porque no poseía ninguna autoridad sobre ellos. Estaba segura de que para Jenny era tan obvio como lo era para mí que la amaba, pero pensé que quizás
ella tenía que oírlo de mi boca.
 
– Te quiero. –murmuré. La vergüenza me hacía incapaz de decirlo a viva voz.
 
– Oh, Emma... –se lamentó y su lamento fue lo último que oí de ella esa noche.
 
Regresamos en completo silencio y volvimos a unirnos al resto. El sonido de los fuegos artificiales me parecía insufrible a ese punto y cerré los ojos ante la punzada de dolor que inundó mi pecho.
 
Me di la vuelta y allí estaba Julian. Yo sólo pude sonreírle. Poco después abandonaba la fiesta junto con mi padre.
 
La realización de lo que había hecho me llegó a solas en mi cama. Estaba segura de que la había perdido para siempre. Hundí la cara en la almohada mientras las lágrimas hacían acto de presencia y me sumían aún más en la desesperación.
 
"Mañana será otro día", me repetí una y otra vez hasta que esa letanía me indujo al sueño.
 
............................................
 
A la mañana siguiente me desperté con un agudo dolor de cabeza y la boca pastosa. Estaba segura de que repudiaría el alcohol por el resto de mis días. Me di una larga ducha que ayudó a despejarme y cuando me vestí y acicalé correctamente decidí que ya no podía evitar por más tiempo el bajar las escaleras y encararme con Jenny.
 
Dentro de mí había un inmenso temor a lo que pudiera yo ver en sus ojos. Sabía que si encontraba repulsión en su mirada no sería capaz de superarlo. Ella era demasiado importante para mí. Pero ya no podía borrar lo que hice, tal vez sí pudiera explicarlo y, llegado el momento, ofrecer una sincera disculpa.
 
Bajé los escalones sin prisa, como dándome tiempo a recuperar toda mi valentía. Al llegar abajo la casa parecía estar en completo silencio. Me dirigí a la cocina y allí encontré a mi madre y a Isabella.
 
– Buenos días.
 
– Hola, Emma. ¿Quieres desayunar? –preguntó mi madre.
 
Arrugué la nariz con disgusto. Mi resaca era tan grande que el pensamiento de tragar cualquier alimento me daba náuseas.
 
– Tienes un aspecto horrible... –expuso Isabella.
 
– Gracias, hermana. –alegué yo irónicamente.– ¿Dónde están los demás?
 
– Aún están en la cama. Menos papá que ha ido a dar un paseo con Christina. Michael y Jenny se fueron anoche, poco después de llegar de la fiesta.
 
Mi mundo se rompió al caerme a los pies.
 
– ¿Qué? –dije con la voz entrecortada.
 
– Al parecer Jenny recibió una llamada y tuvieron que partir de urgencia. Espero que no sea nada grave.
 
"¿Una llamada?". Yo sabía que no había sido eso. Eché a correr sin importarme los comentarios que suscitaría mi reacción y salí al exterior de la casa sólo para comprobar la ausencia de los dos coches.
 
Jenny me había abandonado. Cómo me dolió comprobar eso...
 
– No... –dije trémulamente, aunque me hubiese gustado gritarlo.
 
Me odié a mí misma por no haber sabido conservar lo único bueno que había en mi vida. Me repetí una y otra vez lo fracasada que era y que seguiría siendo. Algo en mi interior me decía que no volvería a ver a Jenny, que ella se había alejado de mí para siempre.
 
El amor duele, castra, mutila, sesga... El amor no correspondido simplemente te quita la vida.
 
Mi padre apareció entonces junto con mi sobrina y me vio apoyada allí, agarrada como si la vida se me fuera con ello a la balaustrada de madera.
 
– Emma. –me llamó preocupado.– ¿Qué ocurre?
 
Yo era incapaz de contestar. Reprimí las lágrimas como pude, cerrando los ojos con fuerza.
 
– ¿Emma? Dime que ocurre...
 
"Quiero morirme, dejar de existir".
 
Miré a mi padre una última vez antes de encerrarme nuevamente en la habitación y cerrar con ello un episodio de mi vida del que estaba segura jamás lograría recuperarme.
Jenny se lo había llevado todo con ella esa noche.
 
 
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Lun Jun 27, 2016 11:08 pm

¿Que? No, no, no puede ser... ¿Cómo va a quedar ahí? Después de la falta que me hizo quedar justo ahí? No me muero .-.
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Jue Jul 07, 2016 12:15 am

Una historia atrapante sin duda, me cae gorda jenny, por que es tan cobarde o tan heterosexual, me la lastima a emma Sad no es justo. No tarde en subir que me quede ansiosa de que pasara.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Jul 12, 2016 6:32 pm

Hallo, aquí dejo más de esta historia.
Aleinadas y Yulenka: Gracias por comentar, y no deseperen, aquí hay más de esta historia. Vamos a ver como sigue Smile




BELLA INALCANZABLE




4. CADENAS QUE SE CIÑEN. ( 1era Parte)


 
Han pasado ocho años. Ocho largos y laboriosos años.
 
Para mí demasiado tiempo atrapada en mi desconsuelo, sintiéndome vacía sin saber cómo no sucumbir a la tristeza. Por supuesto, mi vida siguió su curso como si fuera un río. Nada se salió de lo convenido. Nunca permití que así fuera. Siempre les había dado a los demás lo que esperaron de mí, así que acabé la carrera y me especialicé en pediatría. Supongo que mis sobrinos fueron, en su mayoría, los culpables de esta decisión. Yo había aprendido con ellos a adorar incondicionalmente a los niños.
 
Comencé a hacer las prácticas en un hospital y pronto obtuve un puesto en mi especialidad. No fue difícil. Mi elevado coeficiente siempre me permitió pensar que al menos mi carrera profesional no iría a la deriva como el resto de mi vida. Me encanta mi trabajo, realmente me gusta. Me siento querida a mí alrededor, a pesar de que sigo en mi empeño de no disfrutar de las relaciones humanas como el resto. Pero mis compañeros parecen haber visto algo en mí que les hace aceptar ese hecho. Me siento amada a mí alrededor, y lo que es más importante aún, me siento respetada.
 
Después de acabar mis estudios y conseguir mi primer trabajo, decidí que era hora de independizarme, sabía que tenía que hacerlo. Mi padre, por supuesto, se empeñó en conseguirme un ático a cinco kilómetros del hospital donde yo trabajaba, cosa a lo que yo me negué. Su respuesta fue clara. Me dijo que todo lo que había conseguido en la vida era por nosotros y que ello nos pertenecía por derecho. ¿Para qué quería todo aquello si no nos servía de nada? Así que acepté. A decir verdad, jamás pude negarle nada a mi padre. Lo amaba demasiado.
 
Fue así como empecé a vivir una vida de adultos de verdad. Al principio fue difícil, más de lo que nunca pudiera imaginar, pero me obligué a seguir firme. Me resultaba tremendamente paradójico que cuanto más adulta me hacía, más temor me provocaban las relaciones humanas. No me importaba comportarme de forma absolutamente ridícula en presencia de mis niños, sin embargo, seguía teniendo dificultad para comunicarme con los demás. Tal vez nunca dejaría de ser una niña en mi interior. Tal vez no esté hecha para la vida como los demás... Tal vez no he encontrado aún mi verdadero camino.
 
Sólo que no sé siquiera por dónde empezar.
 
En estos ocho años no volví a ver a Jenny, tan sólo supe de su vida por algunas ráfagas de algo que comentaba Michael, aunque siempre tuve la extraña sensación de que para él le era tan desconocida como para mí. Él siempre mantuvo contacto con ella y yo sabía que eran múltiples las ocasiones en las que se veían. Creo que mi hermano nunca perdió la esperanza de tenerla.
 
Yo no he podido olvidarla. No encuentro manera alguna de sacarla de mi corazón. Mi amor, por increíble que parezca, ha perdurado impoluto a través de todo este tiempo. La huella que ella me dejó es imborrable. Me enseñó el significado de muchas palabras sin pretenderlo. Me mostró que era capaz de amar como el resto del mundo, incluso que era capaz de hacerlo con una intensidad difícil de igualar.
 
Pero ella nunca vio cuánto pude amarla.
 
Sus ojos siguen alterando la calma de mis sueños. Puedo perderme en ellos e imaginar que algún día también podrían mirarme de la manera que la miran los míos.
 
Ni siquiera en ese estado de inconsciencia que produce el sueño, puedo deshacerme de su hechizo. No creí que el amor doliera tanto, pero duele. He tenido ocho años para comprobarlo. A veces simplemente, querría seguir sumida en mi mundo de sueños junto a ella y no despertar jamás aún sabiendo que no es real. Pero si ésa fuera la única forma de tenerla a mi lado, yo la aceptaría con una sonrisa.
 
El por qué ni tan siquiera yo lo sé.
 
Otras personas han pasado por mi vida, personas que sin embargo no lograron hacerme dimitir de mi búsqueda. Creo que no he conseguido otra cosa que elevar a Jenny en un pedestal, intocable, perenne. Mi obsesión fue lo que la mantuvo en mi pensamiento durante todo este tiempo. Y supongo que eso mismo será lo que la siga manteniendo en el mismo sitio. Tenerla en mis pensamientos y negarme a que me abandonara allí también quizás haya sido un error. Ya ni siquiera soy capaz de distinguir el amor de la obsesión, o los sueños de la realidad.
 
Cada día que pasaba me fui desvinculando más de mi familia. Era lógico que con el paso de los años nuestras diferencias se hicieran más evidentes y el hecho de que yo me encerrara en mí misma no ayudó en absoluto. Sólo mi padre siguió intentando atravesar las defensas que yo me había auto impuesto. ¿Qué diría él de mis obsesiones? ¿Qué pensaría si le dijera lo que siento? Si de algo estaba seguro es de que yo no había descubierto aún cuál era mi lugar en el mundo.
 
Pero sigo buscando. Busco algo que me haga sentir plena, tan llena que no me dé tiempo a pensar. ¿No es lo que buscamos todos? Yo creo que sí, pero en mi caso debe ser algo que borre todas las dudas y los miedos.
 
He aprendido a mantener una relación cordial con las personas que me rodean y dejar de esconderme en mí misma. Aún así, dudo mucho que alguna vez imaginen la pesada carga que llevo sobre mis hombros, lo desdichado que es mi corazón, la desesperanza que una vez, hace ocho años me inundó, y que aún perdura con cada latido.
 
Todos a mí alrededor parecen tan felices, que me pregunto si yo habré nacido sin ese gen. ¿Qué es realmente la felicidad? ¿Es un estado consciente o inconsciente?
 
Muchas cosas me han hecho feliz, he reído, he disfrutado... ¿es eso a lo que se refieren con felicidad? ¿o se parece más a lo que sentí cuando mi boca se unió a la del ser que más he amado en esta vida? Quizás debería describir lo que sentí, quizás he sido más feliz en un minuto de lo que lo ha sido la mayoría de la gente en toda su vida.
 
Ahora estoy aquí, en mi pequeño pero acogedor ático, nadando a través de los canales de televisión, pero sin ver nada realmente, esperando a oír el timbre de la puerta anunciando que mi cena había llegado.
 
Pero no fue el timbre de la puerta, sino el del teléfono el que sonó. Me apresuré a cogerlo con una extraña sensación en el estómago que pronto supe que era de angustia. La dulce voz de Janina me anunció algo al otro lado del hilo que yo sabía que llegaría en cualquier momento, pero que me empeñaba en no pensar, creyendo así que lo retrasaría para siempre.
 
Colgué el auricular anunciando un leve y casi inaudible "voy hacia allí". Sólo tuve tiempo de recoger una cazadora antes de salir por la puerta de mi casa, sabiendo que ésta era la última vez que todo había sido igual.
 
Después de haber estado sentada en los aparcamientos del hospital durante al menos media hora, recolectando mis pensamientos, pero fallando miserablemente en mi empeño, me decidí a entrar en el recinto que en tan sólo unos segundos se había convertido en mi sepultura.
 
Atravesé los pasillos con la costumbre de quien lo hace cada día, casi sin mirar a nada más que al frente. Tomé el ascensor que me llevaría a la unidad de cuidados intensivos. Las puertas del elevador se abrieron demasiado pronto, pero yo no me atreví a dar un paso. No quería hacerlo. Cuando por fin sentí que estaba avanzando, maldije mis piernas por haberme traicionado.
 
Llegué a la pequeña salita de espera, donde ya esperaban mi madre, Janina, Isabella y su marido. Mis hermanas tenían los ojos hinchados y acuosos. Habían llorado. Yo aún había sido incapaz. Mi madre me abrió los brazos para abrazarme y yo la acepté a pesar de que no era eso lo que necesitaba. Seguramente ella sí.
 
– Emma... –oí que me llamaba Janina.
 
Levanté la vista hacia ella y me aparté de mi madre.
 
– ¿Dónde está?
 
– Aún lo tienen en la UCI, no tenemos ni idea de lo que pasa ahí dentro, nadie ha venido a decirnos nada... –se le rompió la voz al no poder evitar el llanto una vez más.
 
Yo tuve la impresión desde el primer momento que no volvería a ver a mi padre. Casi lo sentí yéndose. Su corazón se había roto como el mío, sólo que el suyo se negó a seguir latiendo.
 
Volví a mirar la escena familiar, mi madre había conseguido encerrarse en otro abrazo, ésta vez en el de Isabella. Los inconfundibles sonidos del llanto contenido comenzaron a desesperarme. Fui hacia el extremo más alejado de la sala, me senté en una de las frías e impersonales sillas verdes del hospital y me tapé los oídos.
 
A mi mente llegaron imágenes de mi padre. Quería atormentarme y lo estaba consiguiendo. Eso me resultaba fácil, así que seguí pensando en él, en su sonrisa, en su voz hasta que sentí que no podía respirar. Delante de mí iban pasando familiares, algunos de mis tíos y primos que se empeñaban en preguntarme que cómo me sentía. Quizás esperaban que les respondiera que yo también me estaba muriendo y que deseaba hacerlo en ese mismo instante. Pero sólo me limité a asentir. Por una vez en mi vida, hice algo igual que el resto de las personas.
 
Me levanté y fui hacia la ventana. Observé las luces de la autopista lindante a la clínica. Sentía la necesidad de sacar la cabeza fuera y respirar otro aire que no fuera el del hospital, que ya comenzaba a darme náuseas. Mi padre era un todo para mí, mi punto de referencia, mi apoyo. Perderlo supondría tener una herida que no cerraría jamás. Yo estaba segura de eso. Se me hacía imposible pensar que no volvería a tenerlo a mi lado o que simplemente no volvería a escuchar su voz o su risa.
 
El dolor que sentía casi no me dejaba respirar. Tomé varias bocanadas de aire en un intento de no desfallecer, aunque mis piernas comenzaban a flaquear. Oía las voces a mi espalda, voces de lamento, llantos sofocados... Aquello me estaba desquiciando.
 
“¡Callaros!”, quería gritar.
 
Pensé que subirme al alféizar de aquella ventana y dejar que mi cuerpo cayera al vacío sería una buena idea. Todo el sufrimiento que llevaba dentro se acabaría entonces con enorme rapidez.
 
– Emma...
 
La visión delante de mí se nubló. Todo quedó atrás. Me concentré en aquella voz que pronunció mi nombre. La misma voz que creía con total seguridad que no volvería a oír.
 
Me giré para mirarla. Lo primero que vi fue que seguía igual de bella que siempre.
 
Eso me dolió.
 
– Emma... –repitió otra vez.
 
Yo seguía mirándola mientras ella buscaba algo en mi rostro que yo no pude imaginar que era. Ninguna de las dos sabíamos qué hacer a continuación. Siempre pensé que eso era algo común en mí, pero no en Jenny. Vi que extendía su brazo hacia mí para tocarme. Yo la esperé sin apartar mis ojos de su rostro. Los cerré en cuanto sentí el dorso de su mano acariciando mi mejilla, echando los cortos mechones de pelo rubio tras mi oreja.
 
Nadie, a no ser que estuviera ciego, podría decir que ella no estaba sufriendo con sinceridad, casi tanto como yo. Esta vez no abandoné la esperanza de que fuese por mí.
 
Fui la última en dirigir la mirada, concentrada como estaba en Jenny, al vetusto hombre envuelto en una bata blanca que se acercaba para hablar con mi madre. Lo reconocí como el jefe del departamento de cardiología, al igual que reconocí aquella expresión que siempre ponían todos cuando eran noticias sin solución.
 
Sentí una aguda punzada de dolor justo en el entrecejo, como cuando sientes que se te sube la adrenalina y duele.
 
Se había acabado.
 
No me quedé allí para ver cómo todos a mí alrededor se derrumbaban. Con paso firme me dispuse a salir de aquella celda, ignorando a Jenny que me llamaba, a pesar de que su voz retumbaba en mis sentidos. Incluso sé que quiso salir detrás de mí, pero mi hermano Michael se lo impidió.
 
 
Vagué sin rumbo fijo en el interior de mi coche durante horas. Pensé que eso lograría aliviar algo mi dolor, como parecía que hacía en las películas, pero lo cierto es que no sirvió de nada. Llegué a mi apartamento tan agotada que sólo tuve que estirarme en el sofá para caer rendida. Mis sueños fueron desapacibles, como esperaba que fueran.
 
El teléfono sonó demasiado temprano a la mañana siguiente. Miré el reloj, ya la mañana se había ido, ahora eran las tres de la tarde. Ignoré el irritante sonido hasta que calló. Me levanté del sofá y me metí en la ducha. No sé cuánto tiempo estuve bajo ella, pero fue el suficiente como para agotar el agua caliente y salir tiritando de forma descontrolada de la bañera.
 
Mi contestador marcaba intermitentemente cuatro mensajes nuevos, que supuse que serían de mi madre o de alguno de mis hermanos. No los escuché. No quería hacerlo, e incluso, cuando el teléfono volvió a sonar un par de veces azorándome cada vez, opté por simplemente arrancar el cable de la pared y callarlo de una vez por todas.
 
El mundo entero podría olvidarse de mí. Yo no existía para nadie y nadie existía para mí. Envuelta en mi bata, decidí volver a echarme sobre el sofá. El sueño era lo único a lo que me apetecía enfrentarme. Aquél día lo pasé por entero encerrada en mi apartamento, sin otra cosa que hacer cuando no dormía que mirar el techo de mi casa.
 
Al siguiente día, cansados de no obtener respuesta de mí por teléfono, alguien se atrevió a venir hasta mi casa. Reconocí los pasos como los de mi hermano Louis, unos pasos tan erráticos como su personalidad. Oí que tocaba el timbre, que aporreaba la puerta incluso, pero no me importó. Antes de irse deslizó un papel doblado por debajo que horas más tarde leería. En él se me anunciaba que ese día enterrarían a mi padre, la hora y el lugar exactos. Acababa con un simple: "Llama a mamá, está muy preocupada por ti".
 
No lo hice. Como tampoco acudí al funeral.
 
Mi propia miseria, mi autocompasión y el egoísmo que eso conllevaba me lo impidió. Por el contrario, saqué varias botellas que guardaba en una de las despensas. Una de ron añejo, otra de whisky y una tercera de vodka. Fue ésta última por la que me decidí a empezar.
 
Bebí y bebí hasta que de alguna manera logré calmar una ansiedad para la cual no había cura posible. Dejé de registrar la realidad incluso, algo que me pareció realmente placentero. Si hubiera alguna forma de arrancarme los sesos lo hubiera hecho sin dudar...
 
Durante los tres días siguientes no recuerdo haber pasado mucho tiempo sobria, pero eso me facilitó las cosas, me permitió dejar de pensar en mi padre.
 
Y en Jenny.
 
–¡Abre la puerta, Emma! ¡Sé que estás ahí!
 
Abrí los ojos asustada. Alguien aporreaba de nuevo mi puerta. Sin pensar, pero decidida a pedir que me dejaran de una vez por todas en paz, me levanté tambaleante del sofá aún bajo los efectos de la última de mis borracheras y abrí la puerta. Detrás de la madera apareció la figura esbelta y bien abrigada de Jenny.
 
– ¡Dios mío! –sofocó un grito.
 
Mi estado tenía que ser lamentable para que ella tuviera aquella horrible expresión en su bello rostro.
 
– Emma... –me llamó.
 
Yo apenas podía mantener mi cabeza derecha. Ella fue la primera en darse cuenta de que me deslizaba torpemente al suelo y me cogió al vuelo, evitando así la caída. Yo le eché los brazos al cuello para asirme y durante un breve instante sentí que me apretaba contra sí, como si me estuviese abrazando.
 
– ¿Qué te has hecho? –me dijo, aunque creo que sabía tan bien como yo que era incapaz de responder. – ¿Por qué?
 
Me ayudó a entrar de nuevo en el interior del ático, cerrando la puerta con un pie. El sofá fue lo primero que debió ver, pues hasta allí se dirigió directa, dejándome caer sobre él con cuidado. La bata que cubría mi cuerpo se abrió, dejando mi cuerpo desnudo ante su visión. Sin mover un músculo de su cara, la cerró de nuevo y pasó a tomarme el pulso en una muñeca. Fue entonces cuando vio las tres botellas que reposaban encima de la mesilla del café como si fuesen un trofeo, casi vacías. Se dio cuenta de que mi deplorable estado se debía al alcohol.
 
– Apuesto a que ni siquiera has comido. –suspiró. – Tengo que llamar a tu madre antes de ocuparme de ti. Está muy preocupada e incluso estaba a punto de llamar a la policía. –me miró para asegurarse de que yo tenía mi atención puesta en ella. Prosiguió en cuanto supo que así era. – Entiendo por qué has hecho todo esto. Pero ahora va siendo hora de que comiences a aceptarlo.
 
Me dio la espalda y sacó el celular de su bolso. Marcó un número y la oí hablar con mi madre. Incluso yo pude oír la estridente voz de mi progenitora preguntando por mí tantas veces como le permitió el minuto que duró la conversación, mientras Jenny trataba de calmarla lo mejor que podía.
 
Devolvió el teléfono a su correspondiente lugar y se alejó de mí otra vez. La oí dirigirse al baño y después percibí el rumor del agua cayendo. Supuse entonces que estaba llenando la bañera. Cerré los ojos ante la repentina punzada de dolor que me sobrevino en las sienes y que hizo tambalear todos los cimientos de mi cuerpo. Para cuando volví a abrirlos, ella estaba de vuelta. Me hizo sentar sobre el sofá para deshacerse de la bata que me cubría. Luego sentí que me alzaba en el aire y que me llevaba en sus brazos hasta depositarme en la bañera.
 
Me quejé al notar el agua demasiado caliente y ella pareció sonreír ante su descuido antes de abrir la llave del agua fría. Mientras el agua subía de nivel y la bañera terminaba de llenarse, se subió las mangas de su camisa de seda hasta el codo, (no supe con exactitud en qué momento se había deshecho de su abrigo largo), y cogió una esponja para frotarme el cuerpo. Puso jabón sobre ella y la pasó primeramente por mis hombros.
 
Yo busqué con ahínco cualquier atisbo de expresión que no fuera esa seriedad que casi empañaba sus preciosas facciones. Mis sentimientos, ya desbordados por el alcohol, se concentraron ahora en ella, haciendo que mi desdichado amor me empapara como el agua de la bañera. Eso me hizo romper el llanto. Un llanto ebrio.
 
Sentí que dejaba de frotarme el pecho y que me miraba. Yo estaba rota, y lo que era peor aún, ella me estaba viendo así. Intenté esconderme el rostro con las manos, pero ella me lo impidió bajándolas cada vez que intentaba acercarlas a mi cara. Mis ojos encontraron los suyos y a pesar de que las lágrimas nublaban casi por entero mi visión, tuve la certeza de que había amor en los suyos también.
 
Sin importarle que yo estuviera del todo mojada y que arruinaría su blusa, me acercó hasta sí, dándome un ligero beso en los labios para después abrazarme.
 
– Eres demasiado inteligente para esto. –comenzó a decirme. – Casi me muero al verte así, no lo vuelvas a hacer... No lo vuelvas a hacer... –repitió.
 
– Te lo prometo. –le respondí.
 
La única persona en el mundo capaz de devolverme la cordura me había hecho el inmenso favor de preocuparse por mí.
La hubiese amado más de haber sido posible.
 
 

.........................




Más tarde volví a despertar de mi sueño, esta vez por el intenso y apetitoso olor que salía de mi cocina. Sólo tuve que recapacitar unos segundos para recordar lo que había pasado antes de caer dormida de nuevo. Recapitulé los últimos acontecimientos y caí en la cuenta de que debí haberme dormido en sus brazos aún estando en la bañera, puesto que no recordaba nada posterior a eso.
 
Me erguí de la cama y quedé sentada al borde del colchón. Jenny me había vestido con mi pijama de franela y había añadido también a mi atuendo unos calcetines. Me levanté con intención de dirigirme a la cocina. Pero antes, tuve que hacerle una visita obligada al baño. Jenny debió saber que me había despertado por el ruido de la cisterna, puesto que cuando salí del servicio, ya me esperaba por fuera con un vaso de agua en una mano y una pastilla, que me enseñó nada más verme, en la otra.
 
Yo fui inmediatamente a tomar la pastilla que sabía que aliviaría el martilleo incesante de mi cabeza. Pero ella la apartó en el último momento.
 
– ¿La quieres? –me preguntó.
 
– Sí.
 
– Primero tendrás que comer. –dijo con absoluta seriedad.
 
En esos instantes me hubiera tragado un elefante de un bocado por esa pastilla. Así que asentí con la cabeza y la seguí hasta la pequeña mesa de la cocina, donde ya me esperaba un plato humeante que distinguí por el olor que era sopa de pollo.
 
Me senté y cogí la cuchara. Durante los últimos tres días, no había satisfecho a mi estómago con otra cosa que no fuera alcohol, y ahora mismo, sentada allí, dudé de que pudiera tomar siquiera un sorbo de la sopa. Ella me observaba desde el otro extremo de la mesa.
 
– Tan sólo pruébala. –me instó Jenny. – O tendré que llevarte al hospital a que te pongan uno de esos molestos sueros...
 
Yo desconocía por completo aquella faceta amedrentadora de Jenny y, francamente, hablando con aquel tono y mirándote con fiereza, podía resultar muy persuasiva. Su expresión cambió de amenazadora a aliviada cuando vio que me metía una cuchara llena en la boca. Nada más llegar el sabroso caldo a mi paladar, sentí ganas de seguir comiendo. Y seguí haciéndolo hasta que ya no quedaba nada en el plato.
 
.................
 
Como había prometido, Jenny me dio la pastilla y yo la tragué con avidez.
 
–Gracias. –dije.
 
Me miró, pero no dijo nada. En vez de eso estiró el brazo y volvió a enredar sus dedos en mis mechones de pelo rubio, que ahora caían descuidados sobre mi frente.
 
–Te has hecho mayor... –fue como si fuera la primera vez que se hallara consciente de ello.– Aunque éste nuevo corte de pelo tuyo te hace parecer una adolescente rebelde...
 
Ante ese comentario, alcé las manos para ordenar en algo mi desastroso pelo. Pero Jenny, una vez más, me lo impidió, sonriéndome como sólo ella sabía hacer.
 
–No. –protestó suavemente. – Me gusta así.
 
–Supongo que dentro de poco tendrás que irte... –dije triste, al darme cuenta de la hora tardía que marcaba el reloj.
 
–No, me quedaré aquí esta noche.
 
La sorpresa se reflejó en mi cara.
 
–¿Por qué?
 
–Para asegurarme de que estás bien. Y porque quiero. ¿Alguna duda más? –preguntó algo burlonamente.
 
–Cuidado. –dije con voz seca. – No te portes demasiado bien conmigo o comenzaré a pensar que me quieres.
 
–Es que yo te quiero. –afirmó.
 
La miré.
 
–Eso es algo muy difícil de creer. –me levanté, nerviosa, y recogí mi plato para depositarlo dentro del fregadero. Le hablé dándole la espalda. –Han pasado ocho años... Pero supongo que eso da igual... –mastiqué las palabras llena de rabia.
 
–Sigues teniendo esa idea equivocada de mí. Si me fui de aquella manera fue por ti. –rebatió ella poniéndose en pie.
 
–¿Perdona?
 
–Eras demasiado joven para saber con exactitud qué era lo que querías. No deseaba añadir más confusión a tu...
 
–¿Confusión? –alcé la voz, lo que me valió otro pinchazo en las sienes, aún así lo ignoré. –No creo que tengas idea de lo que verdaderamente me hizo perder el rumbo...
 
–¿Tenemos que discutir esto ahora? –con esta frase me mostró todo su malestar. Seguía sin gustarle hablar de sus sentimientos.
 
–Por supuesto que no. Es más, ya no tiene caso. Hace mucho tiempo que te he olvidado. –juraría que vi cómo el azul de sus ojos se oscurecía.
–No esperaba menos de ti. Sabía que sólo era un capricho de adolescente...
 
Sentí ganas de reírme a carcajadas. Acababa de nombrar mis sentimientos hacia ella como un capricho de adolescente.
 
Me pregunté cómo lo llamaría si le dijera que ese capricho de adolescente aún seguía tan vivo como el primer día y que verla de nuevo sólo había sumado en mí mayor desesperación por no tenerla. La miré. La tenía a tan sólo dos pasos de mí, aún así no podía alcanzarla. Nunca podría.
 
–Siempre me he preguntado qué es lo que pasa por tu mente cuando me miras de ese modo. –me dijo.
 
– Olvídalo. –me reí ligeramente. – No querrás saberlo.
 
–¿Por qué te empeñas en pensar que no me importa nada de lo que tenga que ver contigo?
 
–Me da igual que te importe o no. Es tarde tanto para lo uno como para lo otro.
 
Si las miradas matasen, yo estaría yaciendo sin vida sobre el suelo de mi cocina, porque aquella mirada que me dirigió fue la más fiera que he visto jamás en toda mi existencia. Hubiera asustado hasta a una pantera.
 
–Me voy a la cama. –anuncié.
 
–De acuerdo. Yo dormiré esta noche en el sofá, si quieres algo sólo tienes que llamarme.
 
–No.
 
–¿No a qué? –preguntó, sintiéndose ya algo molesta ante tanta cabezonería.
 
–No hay necesidad de que duermas en el sofá. Hay suficiente espacio en la cama para las dos. Y esta noche no espero visita.
 
Creo que fue la realización de que yo podría tener una vida sexual activa o que quizás estaba con alguien lo que la hizo volver a sentarse.
 
Quizás sólo estaba cansada de estar de pie.
 
–Cada día te pareces más a tu madre. Has heredado su destreza con la lengua. –me soltó irónica.
 
Salí de la cocina lanzándole una risita de medio lado que le demostró que no me había disgustado en lo más mínimo sus palabras. Me dirigí al baño y me cepillé los dientes antes de meterme en la cama. Bajo las mantas esperé hasta que la oí salir de la cocina, entrar en el lavabo y posteriormente en mi habitación. Seguramente le habría echado un vistazo a mi sofá como para saber que con su altura no cabría en él.
 
De espaldas a mí comenzó a desvestirse con la única claridad de una de las luces del pasillo que permanecía encendida. Abrió mi armario y buscó algo que ponerse. Sacó una camiseta y terminó de desabrocharse la camisa y el sujetador. Tragué ante tan maravillosa visión de su espalda. Algo sentí en mi centro que se transformó en forma líquida entre mis piernas.
 
Me moví hasta quedar de lado, no quería ver lo que la visión de su trasero me haría. Seguramente me provocaría un ataque al corazón. Seguí sus movimientos con mis oídos. Mientras avanzaba por la alfombra hasta el extremo contrario de mi cama, mi corazón se aceleró tanto que creí seriamente que me saldría por la boca.
 
La cama se movió bajo el peso de su cuerpo mientras se metía bajo las mantas. La cama era lo suficiente grande como para no tocarnos y dormir con espacio. Desde ese momento ambas nos quedamos inmóviles, esperando que el sueño nos venciera.
 
–Emma... –me llamó.
 
–¿Qué?
 
–¿Hay alguien en tu vida?
 
Dudé en qué responderle. Quería parecer segura de mí misma, quería mostrarle que tenía una vida interesante. Aunque no fuera cierto. Aún así, le dije la verdad.
 
–No.
 
–Date la vuelta. –me instó.
 
Hice lo que me ordenó y la encaré. Su rostro más precioso aún bañado por las tenues sombras.
 
–¿Por qué no estás con nadie?
 
–Porque supongo que no he encontrado a la persona adecuada. –contesté, sabiendo que ése era uno de esos vacuos tópicos que servían para cuando eras un completo desastre con las relaciones.
 
–Hombre o mujer. –me preguntó muy seria, queriendo saber si mis gustos se decantaban por lo mismo que la última vez que me había visto.
 
–Mujer.
 
Me acarició la mejilla con la mano. Era la tercera vez hoy, eso me extrañó, ella jamás me había tocado tan repetitivamente.
 
–¿Pretendes decirme que aún no has encontrado a una mujer maravillosa que te haga feliz? Me amparé en la cierta oscuridad para mirarla con toda la intensidad que deseaba antes de contestar.
 
–No, de hecho la he encontrado. –respondí.
 
–¿Y qué pasó?
 
–Ella no quiso escucharme.
 
–¿Escucharte?
 
Para mí estaba claro que de quien hablaba era de Jenny, pero la protagonista parecía querer omitir ese hecho y estaba concentrada en sonsacarme más información como si se tratara de otra persona. Después de todos estos años, ella seguía sin poder creer que entonces la amara sinceramente. Eso me dolió profundamente.
 
–Sí, no me dio ninguna oportunidad de explicarle cuánto la amaba.
 
–Lo siento mucho. –me dijo consternada.
 
–Yo también.
 
–Debe de ser una estúpida por no haber sabido apreciar lo que tenía.
 
Sofoqué una risa tan rápido como pude, aún así mi garganta emitió un extraño ruido.
 
–Sí, ése es justamente el adjetivo que yo utilizaría. –dije, fingiendo indiferencia. –¿Qué hay de ti? ¿Estás con alguien?
 
Apreté tanto los dientes que me dolieron. No sabía que tuviera tanto pavor a lo que ella pudiera responder.
 
–No lo sé.
 
Fruncí el ceño.
 
–¿Qué clase de respuesta es "no lo sé"?
 
–Mi vida es demasiado complicada como para explicar...
 
–Tal vez dentro de ocho años más por fin esté preparada para entenderla. –interrumpí mordaz.
 
–Emma... –me llamó y yo pude notar cierto cansancio en su voz.
 
–Buenas noches, Jenny. –zanjé cualquier comienzo de una nueva conversación y me di la vuelta.
 
–Buenas noches.
 
Antes de dormirme, pensé en la posibilidad de abrazarla con la excusa de estar bajo los efectos del sueño. Necesitaba encontrar la manera de acercarme a ella. No podía soportar el hecho de que estuviera tan cerca de mí y que yo no pudiera sentir al menos su calor. Pero mis opciones eran tan escasas y mis artes para la comedia tan pésimas que no tuve más remedio que permanecer en mi sitio ante el enorme riesgo de ponerme en evidencia una vez más.
 
Siempre pensé que cuando me enamorara sería maravilloso. Ni el más infausto de mis augurios prometía tanta desdicha. ¿Cómo era posible que esta mujer consiguiera atravesar todas mis defensas e instalarse en mi corazón eternamente? Ella ni siquiera había tenido tal pretensión, lo que sumaba más misterio a mi desgracia.
 
Pensé en mi padre y en sus deseos de morir viéndonos a todos siendo felices. Él lo había hecho todo por mí, me lo dio todo y yo no pude darle lo único que me pidió. Empiezo a creer en serio que no sé cómo ser feliz. Si él pudiera verme ahora, desde algún lugar, estoy segura de que estaría sufriendo por mi atribulada vida.
 
No eres real, ¿verdad, Jenny? Es imposible que lo seas como imposible es que pueda amarte tanto...
 
Recé para que al menos el sueño viniera en mi busca, no quería seguir pensando. La presencia en mi cama de Jenny había dado paso a que encontrara dificultades para lograr esa empresa esa noche. La oí respirar profundamente, a un ritmo que me avisó de que ya estaba dormida. Ese sonido logró por fin que cayera en los brazos de la inconsciencia.
 
 

Continuará... Arrow


Última edición por Jemmaling el Mar Jul 12, 2016 10:52 pm, editado 1 vez
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Mar Jul 12, 2016 8:11 pm

No pueden ser tan tercas estas dos!
Genial la conti, pero quedo picada u.u
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Mar Jul 19, 2016 9:56 pm

Esta historia me encanta, la narración es hermosa y me gusta leer los pensamientos de Emma, aunque también no estaría mal conocer que piensa Jenny, es tan extraña. Continua por favor.

Julenka

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Jul 25, 2016 6:46 pm

Hallo, después de una semana de no subir la conti de esta historia, aquí la tiene, y es muy larga, tanto que estará repartida en dos mensajes. 


Aleinads, Yulenka: Gracias mies fieles por seguir esta historia y comentar, un saludo grande y espero les guste esta conti Very Happy








BELLA INALCANZABLE 


Capítulo 4 (Parte 2)




Cuando volví a despertar, los rayos del Sol pasaban a través de las rendijas de mi persiana. Levanté un poco la cabeza para mirar el reloj que reposaba sobre la mesita de noche. Las nueve y media. Jenny aún estaba sumida en su sueño profundo. La miré bajo el amparo de su letargo.
 
Tenía los labios ligeramente fruncidos, su pelo desordenado cayendo la mitad sobre su rostro y la mitad sobre la almohada. Un brazo debajo de su cabeza y el otro sobre su cadera. Decidí que las diosas debían de tener su aspecto. Como si realmente hubiera podido sentir que la estaba mirando, lentamente abrió los ojos para mí. En un segundo me encontré nadando en la profundidad de su azul. Durante unos segundos que parecieron eternos, ella me devolvió la mirada, igualando la intensidad.
 
–Hola. –dijo al fin con la voz ronca.
 
–¿Has dormido bien?
 
–Perfectamente. –ahogó un bostezo.
 
–Te prepararé el desayuno antes de que te vayas, es lo menos que puedo hacer.
 
–¿Te sientes mejor? –me preguntó.
 
–Sí. Creo que sobreviviré.
 
–No tienes que hacerme el desayuno.
 
–Quiero hacerlo. –rebatí con firmeza al tiempo que salía de la cama.
 
–De acuerdo entonces.
 
–¿Qué te apetece? –le pregunté dándole la espalda.
 
–Crepés con mermelada de arándanos, y quizás también huevos y beicon...
 
Me volví para mirarla. Hacerle el desayuno me iba a costar estar medio día en la cocina. Me sorprendió verla sonreírme.
 
–Era broma. –anunció. – Me conformaré con leche y cereales. No tomo nada más para desayunar.
 
–Sólo tengo de chocolate. –le dije sin saber si le gustarían.
 
–Tú y tu obsesión con el chocolate. Está bien, no me disgustan.
 
Salí de la habitación y antes de comenzar a poner la mesa para el desayuno, pasé por el baño para acicalarme un poco. Al mirarme al espejo, no tuve más remedio que sofocar un gemido. Mi aspecto era realmente pésimo, con unas profundas ojeras que circundaban mis ojos y la piel más pálida delo normal.
 
"Adorable", pensé con ironía.
 
Mientras preparaba el desayuno, bueno, más bien mientras ponía las cosas en la mesa de la cocina, oí a Jenny en el baño. Un minuto después se unía a mí en la mesa, aún llevando sólo la larga camisola de mi propiedad. Echó los cereales en su cuenco y luego la leche, todo con gran parsimonia y bajo mi intenso escrutinio. Yo, mientras, me tomaba una rebanada de pan blanco con mantequilla y una loncha de jamón. Un incómodo silencio sobrevino, sólo roto por el ruidoso cereal dentro de la boca de Jenny. Imaginé que estaba a punto de decirme algo, por lo que esperé.
 
–La lectura del testamento será mañana. Debes ir. Tu madre me ha pedido que te haga entrar en razón.
 
Yo, que estaba a medio camino de darle otro bocado a mi rebanada, me paré en seco. Todo vestigio de hambre se esfumó para mí. Deseché el pan a un lado y sin mirar a Jenny hablé.
 
–No pienso acudir.
 
–¿Vas a seguir escondiéndote del mundo aquí dentro? ¿Qué pasa con todo lo demás? ¿con tu trabajo?
 
–No quiero hablar de eso.
 
–Tienes que hacerlo. Tu padre ha muerto, Emma, acéptalo.
 
Me levanté de la mesa con rabia, haciendo tambalear todo lo que estaba encima de ella. Quería alejarme de Jenny y de sus palabras, que me dolían. Al pasar junto a ella, su mano asida fuertemente a mi muñeca frenó mi fuga. Se levantó y yo intenté zafarme de su agarre, pero siempre había tenido más fuerza que yo, así que opté por la vía diplomática.
–Suéltame. –dije entre dientes.
 
–No.
 
–Por favor. –pedí por segunda vez.
 
–No.
 
–Déjame ir, Jennifer. –esta vez, mi réplica parecía más una amenaza que una petición.
 
–No hasta que me escuches.
 
–Tú nunca me diste esa oportunidad, ¿por qué crees que debo dártela yo a ti?
 
–Esto no tiene nada que ver con nosotras, ni con ninguna venganza particular que quieras cobrarme. Se trata de ti, de tu vida.
 
Me volví hacia ella con furia, todo mi cuerpo temblaba bajo esa emoción.
 
–No puedes decirme nada que yo ya no sepa. Déjame llevar mi dolor como quiero. No tienes ningún derecho a venir aquí y a exigirme lo que tengo o no que hacer. No iré a esa maldita lectura, como no saldré de aquí hasta que esté segura de que el mundo ahí afuera no me va a tragar. –las palabras vinieron a mí como un torrente imposible de contener. – Soy una cobarde y lo admito. Me escondo detrás de cualquier excusa para no tener que enfrentarme a las cosas que me disgustan.
 
Sé que mi padre ha muerto, soy más consciente de eso que nadie, pero eso no significa que deba olvidarlo o que intente sacar mi vida adelante, porque eso, ahora mismo, me parece incluso más difícil que tenerte a ti...
 
Supe que la última frase no debí pronunciarla jamás. Y lo supe incluso antes de que mis cuerdas vocales la enunciase. Pero cuando me di cuenta, la orden ya había llegado a mi cerebro. Jenny soltó mi muñeca y yo me la restregué, haciendo correr de nuevo la sangre y mirando al suelo.
 
–¿Qué has dicho?
 
–Olvídalo. –comenté apenas audible.
 
–No voy a olvidarlo.
 
–¿Qué quieres de mí, Jennifer? No sé nada de ti en ocho años y de repente apareces jugando a ser el buen samaritano. Dime qué es lo que quieres.
 
–Pensé que quizás me necesitarías. –admitió mirándome fijamente.
 
–Ya me había acostumbrado a estar sin ti. No hubiera sido ninguna sorpresa el que no hubieras venido. Parece como si me debieras algo...
 
–¿Cuándo vas a perdonarme?
 
–¿Perdonarte por qué? –pregunté, aunque sabía muy bien a lo que se refería.
 
–Por huir como lo hice hace ocho años.
 
–Tú no huiste, simplemente no me querías lo suficiente. –me dolió admitir eso.
 
–¿Tú me quieres? –preguntó muy seria.
 
Yo sabía que era ahora o nunca, que era el momento adecuado para descubrir mi alma y sacar todo lo que durante tanto tiempo había estado guardando con celo. Pero no sabía muy bien lo que Jenny haría con aquella información. Quizás sólo era curiosidad. Pensé que se reiría de mí, y que no creería una palabra de lo que le dijese. Yo era demasiado insignificante en su vida como para que me tomara en serio.
 
"¿Por qué tuviste que volver Jenny? ", le dije mudamente. Yo ya me había hecho a la idea de que seguiría siendo una ilusión el resto de mi vida hasta que volvió a aparecer. Los sentimientos que durante tanto tiempo se habían adormecido en queda calma dentro de mí comenzaron a bullir desde el primer momento que mis ojos se posaron en ella de nuevo.
 
Todos aquellos años había pensado en Jenny y la costumbre de hacerlo había logrado que ni siquiera me doliese. Pero ahora la tenía delante y yo estaba segura de que tenía que alejarme de nuevo antes de que su presencia se hiciera necesaria como antaño.
 
Yo ya no era una niña. Ahora era una mujer, una mujer obsesionada que amaba con el mismo ardor que cuando era adolescente. Y Jenny seguía siendo mi maldita obsesión, lo único que podía romper mi paz interior en tantos pedazos que se me hacía imposible recuperar los trozos.
 
Todos estos pensamientos lograron mi primer objetivo que no era otro que el de endurecer mi corazón aún más.
 
Así que le mentí.
 
–No. No te quiero. Al menos no como creo que me preguntas.
 
–De acuerdo. –dudó un instante. – Era todo lo que quería saber.
 
Mi paz interior, en esos momentos, bullía como el agua hirviendo. Quería gritar, gritarle a ella, gritarle a Dios si es que existía.
 
–Déjame sola. –le pedí casi en un susurro. – Necesito estar sola.
 
–¿Para qué? ¿para que puedas auto compadecerte a gusto? ¿para que puedas culpar al mundo de lo que te pasa? ¿o quizás quieres encerrarte aquí y ponerle fin a tu vida con el vodka...?
 
–Déjame en paz. –ladré. – ¿Qué sabes tú de mí?
 
–Sé algo, y es que las cosas que se desean de verdad hay que luchar por ellas.
 
–Ve a darle ese sermón a otro, llegas tarde para mí. –dije con gran carga sarcástica.
 
–¿Qué hay de tu familia? ¿quieres que al dolor por la pérdida de tu padre se sume también la tuya?
 
–¿¡Qué pasa con mi maldita familia!? –grité llena de rabia al tiempo que descargaba ambos puños sobre la mesa, haciendo que el cuenco de leche volcara sobre la madera, inundándolo todo.
 
Jenny se quedó allí, de pie, mirándome con una extraña expresión en la cara. Creo que ambas nos dimos cuenta en el mismo instante de lo destruida que yo estaba. Aquel espíritu que tenía hacía ocho años había salido de mí y ahora sólo quedaba un alma atormentada e infeliz.
 
–Cuando te conocí, recuerdo que pensé que no había visto a nadie que amará  tanto a su familia como tú, te veía disfrutar de cada pequeño momento... Debo admitir que eso incluso me hizo sentir envidia, yo jamás tuve algo parecido...
 
Yo me senté, vencida. Era como si hubiese logrado echar la vista atrás y me hubiese visto a mí misma, ahora sumida en un pozo profundo, sin salida alguna. Jenny siguió hablándome, contándome las virtudes que un día tuve, pero yo no la escuché. No quería hacerlo. Observé la leche cayendo por uno de los extremos de la mesa, gota a gota.
 
–¿Emma? –me llamó Jenny al darse cuenta de que yo estaba a mucha distancia de allí.
 
Levanté la vista hacia ella. Sería tan fácil pedirle ayuda.
 
Tan fácil.
 
Me levanté una vez más y me dirigí hacia el fregadero para coger la bayeta y limpiar el desastre
que había provocado.
 
–Emma, escúchame, por favor... –pidió una vez más Jenny.
–Iré. –dije simplemente, sin mirarla, zanjando cualquier intento de conversación que intentara comenzar ella.
 
Jenny pareció querer añadir algo, pero viendo mi aparente indiferencia y el dolor que me estaba provocando su sola presencia la hizo dimitir de su intento.
 
–De acuerdo.
 
Salió de la cocina, dejándome nuevamente sola. Yo casi había terminado de limpiar la mesa cuando ella regresó, vestida con su ropa, el abrigo en una mano y el bolso pendiendo de uno de sus hombros. Ya se iba. Otra vez.
 
–Aquí está mi tarjeta. Si necesitas algo, lo que sea, a cualquier hora, llámame. –depositó el trozo de cartulina blanco sobre la encimera. En vista de que yo no tenía intención de pronunciar una palabra decidió cortar por lo sano. – Adiós.
 
Yo sólo me limité a asentir mientras seguía entregada a mi tarea, como si ésta fuera tan interesante que me tomaba toda la atención. Se dio la vuelta y salió. Fue entonces cuando me permití sentarme en una de las sillas, con la cabeza apoyada en la pared, en completa rendición de mí misma.
 
Durante algunos minutos pensé en la escena que había tenido lugar allí mismo. Yo sabía que Jenny había intentado ayudarme desinteresadamente. Ella, de alguna forma, entendía mi sufrimiento e incluso lo compartía hasta cierto punto. Pero también me recordaba demasiadas cosas, cosas imposibles que me hacían sentir aún más fracasada... Jenny lo era todo y nada al mismo tiempo.
 
Me levanté cansada de tanto pensar y me dirigí hacia mi habitación. Sobre el colchón descansaba doblada la camisola que había usado la castaña. Me tendí sobre la cama y la cogí, llevándola inmediatamente hasta mi nariz, inhalando su inconfundible olor. Cerré los ojos y me abracé a aquel pedazo de tela con fuerza.
 
Repentinamente me descubrí excitada tan sólo porque su olor comenzó a llenarme. Mi mano tomó la decisión de viajar dentro de mi ropa interior hasta encontrar lo que andaba buscando. Me convulsioné sobre la camisola, pronunciando su nombre maldito contra la tela.
 
Así pasé la mayor parte del día, justo como había pasado los últimos ocho años: soñando con Jenny.
 
Tarde esa noche decidí salir a la calle por primera vez en cuatro días. Mi intención era llamar a mi madre desde una cabina, puesto que en uno de mis ataques de ira había arrancado el cable del teléfono de la pared. Marqué el número sintiéndome nerviosa y sin saber exactamente por qué. Tal vez era por tener que enfrentarme a mi madre, por saber que había sido demasiado egoísta con ella... Quizás porque me recordaba demasiado a mi padre.
 
–¿Sí? –respondió una voz, lo suficientemente triste como para saber que sólo podía ser la de ella.
 
–¿Mamá?
 
–Emma, ¿eres tú?
 
–Sí.
 
–¡Gracias a Dios, hija! No sabías si estabas bien, hemos intentado localizarte en estos días, al principio pensé que debía darte tiempo, siempre has sido tan... –un ligero silencio mientras buscaba la palabra adecuada. –... tan para ti misma que...
 
–Creí que Jenny te había llamado para decirte que estaba bien.
 
–Sí, lo hizo. Yo le pedí que te hiciera entrar en razón...
La última frase de mi madre, inconsciente ella del daño que me hizo, me dio en toda la frente. De modo que Jenny sólo había venido como un favor a mi madre, no porque realmente sintiera mi pesar.
 
–Siento no haber llamado antes. –dije con la voz ronca por contener el llanto.
 
–Hija, ¿estás bien?
–Sí, lo estoy. Es sólo que... sólo que...
 
–Lo sé, sabía que de entre todos, serías tú a quien más le costaría aceptarlo. Incluso tu padre lo sabía...
 
–Mamá. –la interrumpí. –. Jenny me dijo que mañana era la lectura del testamento, ¿es necesario que vaya?
 
–Por supuesto, tu presencia allí es ineludible. ¿No quieres saber cuál fue la última voluntad de tu padre? –seguidamente me indicó la hora y el lugar para la cita.
 
Quería gritar que no, que no era porque no quisiera, simplemente quería apartarme de todo aquello. Jenny tenía razón, yo aún no había aceptado la muerte de mi padre. Quizás no lo hiciera nunca. Mi madre siguió con su particular monólogo del cual sólo logré escuchar la última parte.
 
–Escucha, ¿por qué no vienes a casa? Así podré ayudarte en lo que necesites... Hija, no te encierres en ti misma como siempre...
 
–Mamá, se acaba el crédito y no tengo monedas. –mentí, jugando con las que tenía en el bolsillo de mi chaqueta. –. Nos vemos mañana, ¿vale?
 
–Como quieras, Emma.
 
–Adiós.
 
–Adiós. –fue lo último que oí antes de colocar el receptor en su lugar.
 
Metí ambas manos en la chaqueta cuando un repentino aire frío me sobrecogió. Crucé la calle y volví a encerrarme en mi apartamento.
 
El despertador sonó demasiado temprano para mi gusto. Lo apagué a tientas consiguiendo casi tirarlo al suelo. Me levanté a regañadientes y lo primero que hice fue ducharme. Luego me vestí simplemente con un traje de sastre de color gris oscuro y dejé que mi pelo se secara con el aire. No me maquillé, ni siquiera intenté camuflar las profundas ojeras.
 
Tardé en llegar al sitio indicado menos de media hora. Aparqué el coche sobre una acera, puesto que no encontré a esa hora de la mañana un espacio libre. Me daba igual que se lo llevara la grúa.
 
El edificio donde se ubicaba el despacho del notario era enorme, tenía catorce plantas y estaba pintado en su fachada de color gris y un verde que lo bordeaba. Entré en la recepción, con mis zapatos chirriando molestamente en el suelo recién encerado. Me dirigí al ascensor y pulsé el botón que indicaba la séptima planta.
 
La puerta del despacho del notario estaba abierta, y antes de alcanzarla, pude oír distintas voces. Aparecí en el quicio y todo el mundo se volvió para verme.
 
–Emma. –me llamó mi madre.
 
Me arrepentí, al ver su expresión, de no haberme maquillado.
 
Oteé la salita de espera, allí estaban todos mis hermanos, sus respectivas parejas y mi madre. Todos los que supuestamente nombraba mi padre en su testamento.
 
–Hola, mamá.
 
Me acerqué hasta ellos y nos saludamos todos correctamente, aunque se podía decir que el ambiente era tenso. Quizás fuera mi presencia aquí y no en el funeral. Respiré hondo, maldiciéndome por haberme metido en tan molesta situación. Si tan sólo pudieran darme un respiro, dejar de pensar en mí tan erróneamente. Janina se acercó a mí.
 
–Tienes un aspecto horrible. –me dijo a media sonrisa.
 
–Lo sé.
 
–Nos has tenido a todos muy preocupados.
 
–Eso también lo sé.
 
–Somos tu familia, ¿por qué no nos pides ayuda? –me dijo con desconsuelo.
 
–Porque no la necesito. –ladré en voz baja.
 
–Eso, Emma, eso es lo que nunca he entendido de ti.
 
La miré. En realidad los miré a todos, uno por uno. Quería saber si era un pensamiento común, si era cierto que seguía siendo un completo misterio para ellos. No tuve duda alguna de que así era, pero también pensé que no había hecho nada por evitar que así fuera. Siempre me dije que tal vez ellos no lograran nunca entenderme y en estos momentos me daba cuenta de que es que nunca lo intenté. La muerte de mi padre había servido para distanciarnos aún más. El vínculo que nos mantenía unidos se había ido para siempre.
 
Miré a mi madre. Sentí lástima por ella. Se había quedado aún más sola que yo.
 
En ese momento apareció el albacea, para amablemente hacernos pasar. Janina me dio un suave toque en mi hombro derecho y fue a reunirse con su marido. Yo seguía clavada en el sitio, mirando a mi madre. Ella se acercó a mí y yo le tomé de la mano.
 
–No puedo hacerlo. –le dije.
 
–Lo sé.
 
–Perdóname. –le pedí con expresión de angustia.
 
–No hay nada que perdonar. Lo creas o no yo puedo ver lo que hay en tu corazón. Soy tu madre, yo te parí. –me sonrió con tristeza. –Vete a casa, Emma. Espero verte pronto. Con eso, se alejó de mí para unirse a los demás que ya habían pasado al interior del despacho. Me di la vuelta y salí por donde había venido.
 
Ya dentro del ascensor, sola, observando mi reflejo en el enorme espejo de la cabina, me permití dejar que algunas lágrimas salieran de mis ojos, a fin de poder aliviar el intenso dolor que permanecía en mi garganta desde hacía largo rato por el llanto contenido. Apoyé la frente en espejo, negando no sé a quién, deseando que mi padre estuviera allí. Las compuertas se abrieron y yo sequé mis lágrimas como pude antes de salir y dejar detrás de mí las miradas desconcertadas de quienes esperaban su turno para entrar en el ascensor.
 
Volví a encontrarme con el frío aire de la mañana y me dirigí hacia la acera para confirmar mis temores. Un guardia municipal controlaba la operación de la grúa, que ya remolcaba mi Audi.
 
–Disculpe. –me dirigí hacia el guardia.
 
Me miró bajo la gorra que le cubría la totalidad de las cejas y casi los ojos. Me pregunté por qué se la colocaban de esa forma, me parecía estúpido. Supuse que quizás creían que le daba un aire más serio a su autoridad.
 
–¿Es usted la dueña del vehículo?
 
–Sí.
 
Antes de que pudiera sugerirle que tuviera un poco de compasión hacia mí, se adelantó para zanjar cualquier polémica que yo pudiera enfrentarle por llevarse impunemente mi coche.
 
–Lo siento mucho, pero si tiene alguna reclamación ya sabe que puede hacerla en el ayuntamiento.
 
–Estupendo. –murmuré con rabia. –Muchas gracias.
 
–Disculpe... –dijo dándome nuevamente la espalda.
 
Lo que realmente me hubiera gustado hacer era mandar a la mierda a aquel guardia, a él y a sus impecables y falsas maneras, pero sólo hubiera conseguido que me metieran en un calabozo. Con lo que me dí la vuelta para intentar conseguir un taxi.
 
Nunca imaginé que conseguir un taxi libre en aquella maldita ciudad fuese tan difícil. La media hora que me tomó, casi hizo que me pusiera a patalear en medio de la calle. Cuando al fin lo logré, le di instrucciones al taxista para que me llevara al hospital donde trabajaba.
 
Pedí ver a la jefa del departamento de pediatría. Pronto me pasaron dentro de su despacho. Un extraño olor me inundó. Debía de provenir del material con que estaban tapizados el sillón y las dos sillas de visita. Parecía cuero, pero no podía precisarlo con exactitud.
 
Me senté en unas de las sillas y miré a mí alrededor. No es que fuera la primera vez que estaba allí, pero cuando había que esperar, lo más efectivo era observar los alrededores. Pasé los dedos por la inmensa mesa de roble, trazando círculos al azar. Estaba a punto de que mi vida diera un rumbo inesperado. Sabía que debía empezar de nuevo, desde cero. Pero como toda nueva cosa que me atrevía a emprender, esto también me aterraba.
 
Petra Collado, que así se llamaba, se unió a mí minutos más tarde. Ella siempre había mantenido un trato cordial conmigo, e incluso me atrevería a decir que yo le agradaba. Cosa inusual, puesto que los demás internos la odiaban. Tenía un carácter agrio, pero todos nuestros encuentros habían sido, hasta la fecha, cordiales.
 
–Siento mucho lo de tu padre. –me dijo nada más cerrar la puerta tras de sí.
 
La observé rodear la mesa y sentarse en su cómodo sillón, acomodándose la bata acto seguido.
 
–Gracias. –repliqué.
 
–Creo que sé a lo que has venido. Lo imaginé la primera vez que llamaste para hacerme saber que no ibas a venir en unos días.
 
La miré, esperando que prosiguiera y me evitara así el esfuerzo de hablar, algo que últimamente parecía que me costaba demasiadas energías.
 
–Vienes a pedirme la renuncia, ¿verdad?
 
–Sí. –admití simplemente.
 
–¿Hay algo que pueda hacer para evitar que hagas esa locura?
 
–No. No puedo ejercer ahora mismo. No sería justo. Ni siquiera sé cómo cuidarme a mí misma.
 
–Todos hemos pasado por algo así alguna vez. Así es la vida, Emma. –fue la primera vez, que yo recuerde, que me había llamado por mi nombre de pila. –No me digas que no sabías que esto pasaría en algún momento...
 
–Sabía que ocurriría. Pero eso no cambia nada.
 
Me miró.
 
–Espero que no te arrepientas de esta decisión.
 
A mí me salió como por arte de magia un intento de risa que resultó ser más bien un bufido.
 
–Desgraciadamente, siempre acabo arrepintiéndome de todo lo que hago.
 
–Emma... –soltó cerrando los ojos y negando con la cabeza. –Puedo darte una semana más. Piénsatelo hasta entonces.
 
–No creo... –comencé a replicar.
 
–Hazlo como un favor personal hacia mí. Si sigues pensando igual, aceptaré tu carta de dimisión sin rechistar.
No podía negarme a aquello. Aquella mujer con la que apenas había cruzado un par de frases, parecía estimarme y yo no podía rechazar aquella simple petición.
 
–De acuerdo.
 
–Te he visto con los niños, realmente eres buena. Casi me atrevería a decir que la mejor que ha pasado por aquí. No olvides eso nunca. –sentenció a media sonrisa.
 
–No lo olvidaré. Gracias.
 
Me levanté y salí del despacho, no sin antes mirar por última vez a la mujer, quien me regaló una mirada de simpatía y entendimiento.
 
Me di prisa en llegar hasta la salida, no me sentía con ganas de coincidir con algunos de mis compañeros de profesión. Aún así, me tropecé con uno o dos a los que les dediqué un leve asentimiento de cabeza.
 
Afuera, me seguía aguardando la fría mañana. Me abroché el último botón de mi abrigo y fui en busca de otro taxi, maldiciendo, por quinta vez en aquel día, al guardia municipal.
 
De repente, abandoné la intención de buscar un coche público y me pareció una magnífica idea el simplemente deambular sin rumbo fijo por entre las calles. Ahora que había abandonado mi trabajo, y de paso mi última responsabilidad, ya no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Me pregunté qué era lo que iba a hacer de ahora en adelante, pero fue sólo eso, una ligera cuestión, puesto que no había nada en aquel mundo que me preocupara menos que eso.
 
Seguí caminando por entre los edificios de apartamentos, que se me antojaban en esos instantes horrendos, durante al menos veinte minutos más hasta llegar a un parque donde pude descansar mis agotados pies en un banco de madera.
 
Junto a mí, pocas personas paseando a tan tempranas horas de la mañana, sólo los madrugadores o los que tenían el inevitable deber de sacar a sus mascotas. Observé desde mi puesto la tristeza del paisaje que el Otoño otorgaba a su paso. Las similitudes que encontré entre aquel panorama y mi propio interior fueron aplastantes . Yo estaba así, aparentemente muerta, esperando a que llegaran tiempos mejores que fueran capaces de provocarme la vida de nuevo. Deseé con todas mis fuerzas ser alguno de aquellos árboles.
 
Qué fácil es la existencia para los que no sienten.
 
Estos pensamientos tuvieron un inesperado efecto en mí. De repente todo lo que anhelaba era poder tomar un trago de licor. Sólo uno. Un trago que yo estaba segura de que calmaría mi ansiedad.
 
Me levanté decidida en dirección a una licorería cercana, a la que yo había pasado sin dedicarle apenas un vistazo temerosa de volver a caer en la tentación de esconderme en algo tan infecundo como el alcohol. Pero ahora esa tentación era demasiado poderosa como para ignorarla.
 
Simplemente quería recuperar algo de mi paz interior. Sólo eso. Y yo ya había comprobado que el alcohol era capaz de dármela. Recordé mi promesa a Jenny, pero encubrí mi traición diciéndome que sólo sería por esta vez.
 
Media hora después, tras haber gritado, peleado y casi mordido por un taxi, llegué a mi casa. Nada más abrir la puerta me deshice de la chaqueta y del bolso, a los que abandoné con absoluta despreocupación en el suelo. Sólo me importaba la bolsa de papel que contenían las botellas de Smirnoff y a la que yo me aferraba como a un salvavidas.
 
Pensé cómicamente que acabaría por desarrollar un incondicional amor por los rusos, por haber sido los artífices de tan espectacular destilería. Me reí en voz alta ante mi propia y estúpida ocurrencia. "Esto va bien", me dije al darme cuenta del extraordinario humor del que ya disfrutaba sin haber probado una gota de alcohol.
 
Coloqué la bolsa sobre la mesita del café y fui directa a abrir una ventana para que iluminara el salón. En mi camino de vuelta, fui dejando desperdigados los zapatos, la falda y la camisa blanca de algodón. Entré en el dormitorio y me puse el pijama para estar del todo cómoda. Mi siguiente destino fue la cocina, donde tomé un pequeño vaso para apurar el vodka.
 
Nada más sentarme en el sofá, abrí la primera botella de licor. El olor que de ella se desprendió, hizo que mis papilas gustativas se quejaran con dolor y que la saliva se hiciera más líquida aún. Sonreí, observando cómo me temblaba la mano que sostenía el vasito. Estaba expectante. Así que cerré los ojos y me dejé llevar.
 
.............................
 
–¿Emma?
 
Lo oí, pero me negué a responder.
 
–¿Emma? –se volvió a repetir, esta vez con más insistencia.
 
–Déjame en paz... –pedí, dando manotazos a ciegas para apartar a quien se hubiera atrevido a molestar mi calma.
 
–Muy bien. –dijo la voz. –Tú lo has querido.
 
Sentí que me asían de los pies, pero aún así me negué a abrir los ojos, deseando poder regresar a mi estado de ensoñación. Creí que aquella pequeña interrupción acabaría pronto y que sólo era producto de mi ebrio estado. Hasta que mi cuerpo se desplomó sin remedio sobre el suelo.
 
–¡Maldita sea! –mascullé con rabia, despertándome por entero.
 
–Levanta. –me ordenó la voz, igual de autoritaria que desde el principio.
 
–¿Jenny? –pregunté incrédula, cuando mi lento cerebro registró aquel tono.
 
Despegué la cara del suelo gélido y levanté la vista para asegurarme de que era ella. La expresión de su rostro era de absoluto enfado, con los brazos en jarras y los labios fruncidos, mirándome como si quisiera tragárseme de un bocado. El misterio de su presencia allí inundó mis sentidos.
 
–¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?
 
–Por la puerta.
 
–¿No se le llama a esto allanamiento de morada? –dije jocosa mientras me levantaba a duras penas. –Con el agravante de agresión...
 
–Yo que tú no tentaría a la suerte, créeme. Aún puedo hacerte mucho más daño. En estos momentos lo único que se me pasa por la cabeza es estrangularte.
 
Me senté en el sofá pesadamente, evitando hacer contacto visual con ella.
 
–En cuanto a tus preguntas... –dijo al tiempo que sacaba unas llaves del bolsillo, con un llavero que yo reconocí como la copia que poseía mi madre de la casa.
 
–¿Mi madre otra vez? Tenía que haberlo supuesto... Debo hablar con ella seriamente y decirle que no puede acudir a ti cada vez que me pase algo...
 
–Me lo prometiste. –me interrumpió, señalando con la cabeza la botella media vacía que reposaba sobre la mesita.
 
–Puede decirse que yo no estaba en plenitud de mis facultades cuando te hice tal promesa, así que podríamos declarar el acuerdo nulo y sin efecto.
 
–Imbécil. –me espetó con furia mal disimulada.
 
–Gracias. –fue lo que dije a cambio. – ¿Te apetece un trago?
 
–No, y tú tampoco vas a beber más.
 
Me arrebató la botella de las manos antes de que yo pudiera llenar el vaso.
 
–Devuélvemela. –dije en tono amenazador.
 
–No.
 
Suspiré con desgana y me recliné sobre el respaldo del sofá, sabedora de que no me devolvería la botella aunque se lo suplicara.
 
–No he dejado de pensar en ti en todo el día... –me confesó. –Estoy muy preocupada por ti.
 
–¿Y qué sugieres que hagamos?
 
–Emma... –comenzó ella otra vez.
 
Yo no estaba por la labor de comenzar otra agotadora charla sentimental. Tan sólo quería regresar a mi estado ebrio, del que apenas quedaba ya nada.
 
–Dame la botella, Jenny.
 
–¿Esto es lo único que te importa?
 
–En este instante sí.
 
–¿Por qué no me dejas ayudarte? –me dijo casi en súplica.
 
–Porque no te necesito.
 
–Sí, ya... Creo que eso ya me lo habías dicho... Basta una mirada para saber lo mucho que necesitas que te ayuden...
 
Me puse en pie casi de un salto y me acerqué a ella con pasos cortos, casi creando una danza mientras lo hacía. Jenny esperó pacientemente sin moverse un ápice, incluso cuando me acerqué todo lo que pude a ella, con la tela de nuestras respectivas ropas rozándose. Lo cierto es que a mí se me había ocurrido una estúpida y cruel idea, que en otras circunstancias jamás me hubiera atrevido a poner en práctica.
 
–De acuerdo..., ¿quieres ayudarme? –dije, sin reconocer mi propia voz que casi se podía confundir con el ronroneo de un gato. –¿Qué tal si vamos a mi cama y hacemos el amor? Eso también podría hacerme olvidar...
 
Dejé la cuestión en el aire y observé como Jenny curvaba la boca en una sonrisa, igualando así mi propia pose de perversión.
 
–Estás borracha. –dijo, apenas sin despegar los labios.
 
–¿Lo estoy? ¿Y si no lo estuviera?
 
–Si no lo estuvieras, ni siquiera se te habría pasado semejante idea por la cabeza.
 
–¿Es sólo repulsión lo que te hace decir eso o es que quizás sigues creyendo que soy la misma niña inexperta e inocente? –no le di oportunidad de responder a mis insidiosas preguntas, sino que proseguí provocándola. –Lamento tener que decírtelo, pero nunca he sido así. Desde el primer momento en que te ví quise sentirte, que me besaras, que me hicieras el amor hasta hacerme gritar... Justo como estoy segura de que eres capaz de hacer... Tu cuerpo no tiene ningún rincón desconocido para mí... Al menos en mis sueños... –sentencié.
 
La vi apretar las mandíbulas varias veces mientras me miraba con una intensidad pasmosa que casi me hizo dejar de respirar. No supe la razón, quizás era enfado, ira o tal vez deseo, aunque esto último sólo fuera una sensación que yo deseaba tener.
 
–Deberías darte una ducha. –me dijo simplemente. – Una muy fría.
 
–Voy a tomarme esa respuesta como un no, y puesto que no hay nada más divertido que hacer, ¿te importaría devolverme la botella ahora?
 
–No vas a probar una gota de alcohol en mi presencia.
 
–Si no quieres verlo... –clamé agriamente, volviendo a estirarme sobre el sofá. –... ya sabes dónde está la salida.
 
Jenny se giró levemente y fijó la vista en otro punto del salón, emitiendo un leve suspiro.
 
–¿Qué te apetece cenar? –me preguntó como si nada hubiera pasado, como si fuese inmune a mis ataques.
 
Yo me revolví en el sofá, lanzando lejos un cojín que había ceñido momentos antes contra mi pecho.
 
–¡Por el amor de Dios, Jennifer! Sólo quiero que me dejes en paz.
 
–No voy a dejar que te ocurra nada. No mientras pueda evitarlo.
 
Su maldita cabezonería provocó que mi interior se rebelase y me llenara de ira. Después de tantos años, yo sabía que era incapaz de aceptar su ayuda, entre otras cosas porque eso significaría tener que aceptar su amistad. Y yo no podía conformarme con eso sólo. Si no podía tenerla por entero, en cuerpo y alma, prefería sufrir su ausencia.
 
Así que me levanté una vez más dispuesta a acabar de un modo u otro.
 
–¡Yo no soy tu hermana, Jenny!, ¡salvarme a mí no te será de ayuda!, ¡YO NO SOY ELLA! –grité con ganas.
 
Las consecuencias de mis agrias y crueles palabras se reflejaron al instante en su rostro, endureciéndose como el acero, su expresión una máscara de dolor. La vi apretar la botella hasta que sus nudillos se pusieron blancos por el esfuerzo. Incluso me hizo temer seriamente por mi vida, algo que por otra parte, no me importaba en absoluto.
 
–Lo siento. –dije.
 
Negó con la cabeza.
 
–Te hubiera perdonado si no estuviera tan segura como lo estoy de que deseabas hacerme daño deliberadamente. Enhorabuena. Lo has logrado. Espero que al menos haya servido para que una de las dos se sienta mejor.
 
–No me siento feliz de haberlo hecho. –confesé en un murmullo.
 
–Tal vez tengas razón y esto sea un error...
 
Nunca imaginé que hacerle daño a alguien a quien tanto se ama, tuviera tales efectos
devastadores. En mi interior una única súplica : la de dejar de existir.
 
–Perdóname.
 
–No tienes ningún derecho a usar a mi hermana para hacerme daño...
 
–Lo sé. –admití avergonzada, bajando la cabeza.
 
–Debería dejarte en paz, como quieres que haga. Debería dejar que te sumas en la oscuridad que tanto deseas...
 
–Hazlo de una maldita vez. –gruñí, sentándome en el sofá por enésima vez, mientras hundía el rostro en las manos totalmente derrotada.
 
–No.
 
–Jenny... –la llamé cansadamente. – ¿Es que posees el don divino de aliviar las penas ajenas? Porque de otro modo no se me ocurre cómo puedes ayudarme. ¿Puedes devolverme a mi padre? Porque eso es lo único que necesito.
 
–No te he visto llorar ni una sola vez, Emma, todo lo que haces es beber y beber...
 
–¿Perdona? –repuse extrañada.
 
–Apuesto a que ni siquiera te has permitido llorar hasta que no te queden lágrimas, sacar toda esa rabia que llevas dentro..., ¿me equivoco?
 
–Lloraré si sigues con ese tono condescendiente, te lo aseguro. Nunca he encajado bien los sentimentalismos. –dije mordaz, queriendo cortar la conversación cuanto antes.
 
–¿Sabes por qué se suicidó mi hermana?
 
La miré. ¿Es que iba a contármelo? Eso era algo que nunca imaginé que ocurriría, oír hablar a Jenny de sus sentimientos, de su hermana o de lo que le pasó.
 
–Creía que eso era algo de lo que no te gustaba hablar...
 
–Supongo que lo que realmente pasaba es que no tenía las fuerzas suficientes para hacerlo.
 
La vi acercarse y sentarse junto a mí. Depositó la botella sobre la mesa y suspiró antes de hablar. Todo sin dedicarme una simple mirada. Supuse que así le resultaba más fácil hacer las cosas.
 
–Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Mis recuerdos de ella, desgraciadamente, se han ido desvaneciendo con el tiempo. Yo creo que murió de tristeza. Mi padre no la hizo feliz. A decir verdad, ese hijo de puta fue incapaz de hacer feliz a nadie...
 
Hizo una pausa. Apretó las mandíbulas con fuerza, pude ver los músculos de su cara tensarse. Yo estaba segura que era por el hecho de estar hablando de su padre. Si algo me había dejado claro siempre es que nunca le quiso. Esperé pacientemente a que prosiguiera su relato, inmóvil en mi sitio.
 
–Verás, nunca supe que fue lo que pasó con seguridad. Ella era como tú, tímida, llena de inocencia, encerrada en su propio mundo... Yo la amaba con total devoción, créeme, y creo que ella a mí también. Al fin y al cabo sólo nos teníamos la una a la otra. No sé muy bien los motivos, pero creo que fue eso lo que la llevó a ese extremo.






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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Jul 25, 2016 6:49 pm

–Jenny... –la llamé. Deseaba que dejara de contarme aquello. Ya se estaba convirtiendo en una pesada carga para mí.
 
–¿No quieres conocer toda la historia?
 
–No estoy segura. –admití, tragando con fuerza.
 
–Me ha costado muchos años poder hablar de esto. Quiero que veas que no eres la única que sufre.
 
Yo me he pasado toda la vida de esa forma...
 
Supe, por la mirada que me dedicó entonces, que necesitaba comprensión. Y me había elegido a mí. ¿Cómo podía negarle aquello?
 
–Sigue, por favor. –le supliqué en aquel punto.
 
–Se cortó las venas con una cuchilla en la bañera, y así fue como la encontré, bañada en su propia sangre. No tienes ni idea de cómo esa imagen me ha perseguido y estoy segura de que lo hará hasta el día en que me muera.
 
Otra pausa que sirvió para que ella se frotara la frente con una mano, recopilando, seguramente, viejos recuerdos. Observé en su perfil, cuando apartó la mano, que una mueca de pesar se había instalado allí.
 
–Yo soy quien ha cargado con todo el peso de su muerte, ¿sabes? Creo que fui la única que lo sintió. Cuando tienes un padre que te maltrata suelen ocurrir cosas así. Y ése es el fin de la historia. No hay más, sólo quedamos yo, mis pensamientos y mis recuerdos. Algunos incluso hacen muy difícil el levantarme cada día ...
 
Desde que conocía a Jenny, nunca había estado tan segura de lo desdichada que era hasta aquel momento. Pero lo que ella me había contado era incluso más de lo que podía soportar. Y su rostro compungido me lo reafirmaba.
 
Además, supe que había algo más en su historia que no quería contarme. Pero de ninguna forma yo iba a preguntárselo.
 
–Quizás nunca te he demostrado lo que me importas, Emma. Quizás ni siquiera sé hacerlo, pero no estoy aquí por Alice, nada puede traerla de nuevo. Estoy aquí por ti. No me preguntes porqué, ya sabes que odio dar explicaciones. Simplemente acepta mi ayuda si puedes. Entre tú y yo hay demasiadas cosas sin aclarar...
 
–Jenny... –la llamé acallándola, al tiempo que me acercaba a ella.
 
La alcancé con ambas manos e hice que me mirara a los ojos. Me arrimé, haciendo que bajara la cabeza para plantarle sendos besos en la frente y las mejillas. La besé con desesperación, uniendo mi dolor con el suyo. No me importó entonces demostrarle cuánto sufría por su desdicha, cuánto me importaba y cuánto la amaba. Le estaba dando todo lo que yo tenía y era capaz de dar. Hubiera dado mi vida por borrar todo aquel sufrimiento de la suya.
 
Jenny se dio cuenta. Era imposible no hacerlo.
 
La sentí introducir una mano en la parte de atrás de mi cabeza. Tiró con fuerza de mi cabello hasta hacerme separar de ella hasta que me tuvo mirándola a los ojos. Se acercó a mí, casi se rozaban nuestras narices. Pero en ese punto se mantuvo inmóvil. Inhalé su aliento, sentí su calor. Tenía que probar esos labios, pero cada vez que intentaba acercarme, ella tiraba de mi pelo hacia atrás para impedirlo.
 
–¿Quieres besarme? –me preguntó.
 
–Sí. –respondí con sinceridad.
 
–¿Por qué?
 
–Porque estás demasiado cerca...
 
–¿Te conformarías con eso? –inquirió de nuevo.
 
–No lo sé.
 
–Voy a soltarte y entonces podrás comprobarlo...
 
Por primera vez levanté la vista de sus labios hacia sus ojos, mientras ella soltaba mi cabello sin mover su rostro. No supe muy bien si lo que quería era jugar conmigo o tal vez comprobar algo. Y entonces me di cuenta.
 
No la besé.
 
Jamás me conformaría con eso. Eso es lo que ocurre cuando se ama de verdad .
 
–De entre toda la humanidad tuviste que elegirme a mí, ¿verdad? –me dijo.
 
Yo no estaba preparada para responder a esa pregunta. En cambio, le hice una pregunta que siempre me había estado rondando por la cabeza.
 
–Te acostabas con mi hermano... –interpelé súbitamente, algo que a ella también le sorprendió.
 
–Sí.
 
–¿Entonces por qué conmigo eres incapaz? ¿Porque soy mujer?
 
–Si me acostara contigo... –dijo haciendo una pausa. –¿Qué crees que cambiaría?
 
–Sólo sé que el que aparecieras de nuevo sólo me ha traído viejos fantasmas que yo había logrado encerrar en mi mente. Tu sola presencia me inquieta...
 
–Me ves como una amenaza... –contestó incrédula.
 
–Una amenaza para mi estabilidad... Creo que me estoy volviendo loca...
 
–Emma, yo soy igual que el resto de los humanos. Tengo tantos defectos que a veces encuentro difícil el esconderlos. ¿Qué es lo que te hace verme de esa forma? ¿Qué tengo yo que no has conseguido olvidar?
 
Sentí que me mareaba. Ella había dado con el enigma. Ahora sólo nos quedaba resolverlo.
 
–No quiero hablar de esto... –dije, temerosa de que ella dijera algo así como que jamás sería capaz de amarme o incluso peor. Prefería seguir pensando que siempre habría una posibilidad, aunque en el fondo supiera que no era cierto.
 
–Sin embargo has sacado el tema... ¿De qué tienes miedo?
 
–Yo no tengo miedo. –mentí.
 
–No es cierto.
 
Me froté las manos y miré la botella que reposaba sobre la mesilla. Señor, cuánto deseaba en esos momentos beber un trago.
 
–Aún no puedo explicar qué es lo que me mantiene tan unida a ti... –me confesó.
 
Yo pensé durante unos breves instantes para después responderle.
 
–Creo que sí lo sabes. Yo te recuerdo a tu hermana. Nunca has dejado de repetírmelo.
 
–Siento haber sido tan injusta contigo. Me doy cuenta de lo duro que tiene que haber sido para ti ese hecho.
 
–Me he acostumbrado a ser para ti nada más que un espejismo. –solté mordaz.
 
–Emma... –me llamó quedamente al tiempo que posaba una de sus manos sobre mi muslo.
 
No puede evitarlo, pero aquel suave roce de su mano me hizo sentir un escalofrío. Cerré los ojos y suspiré hondo ante la intensa sacudida que cruzó mi cuerpo.
 
–Voy a darme una ducha. –dije de repente, alejándome de ella cuanto pude.
 
Jenny no intentó impedírmelo, sólo se limitó a mirarme con expresión extrañada. Me dirigí al baño con paso firme y eché el cerrojo para después apoyarme en la puerta. Me froté los ojos para impedir que las lágrimas que allí se congregaban salieran al exterior. Me sentía anímicamente destrozada, como nunca antes. Y supuse que la presencia de Jenny y sus palabras tenían mucho que ver con ello.
 
Abrí el grifo de la bañera y observé el agua rodar por la porcelana, llenando poco a poco la tina. Me desvestí con gran parsimonia y me metí dentro. El agua apenas alcanzaba para cubrirme las piernas, pero me senté allí, con la espalda apoyada en la pared, dejando que mi mente se recreara en los recientes hechos.
 
Casi tenía ligera esperanza de que cuando emergiera del servicio, Jenny se hubiera ido, dejándome de nuevo a solas. Intenté escuchar algún sonido que proviniera de afuera, pero el ruido del agua cayendo me lo impidió.
 
Corté el agua en cuanto ésta me cubrió hasta la cintura. Reparé en la mitad de mi cuerpo que permanecía sumergida, sobre todo en mi cintura y en mi claro vello púbico. Hundí la otra mitad y permanecí sumergida, sintiendo como cada vez con más urgencia, mis pulmones me pedían auxilio. Aún así, me quedé inmóvil hasta que la visión se me nubló. Me pareció que retrocedía en el tiempo, cuando tenía ocho años y había luchado por permanecer en la superficie, mientras mi cuerpo se empeñaba una y otra vez por hundirse como una piedra en aquel río.
 
Entonces las manos fuertes de don Federico me habían sacado afuera, las sentí tirando de mi cuerpo casi inerte, justo como ahora, cuando sentí que irremediablemente mi cabeza salía del fondo de la bañera.
 
No estoy segura de cómo ocurrió, sólo sé que me encontré de nuevo en la superficie, tragando sonoras bocanadas de aire. Tosí durante varios segundos.
 
–¿Emma? –oí que Jenny me llamaba desde detrás de la puerta.
 
–Estoy bien. –dije, aún algo asfixiada.
 
–¿Seguro?
 
–Sí. –me reafirmé y solté una última frase con gran carga sarcástica, apenas audible a mis propios oídos. – Nunca he estado mejor...
 
..........................
 
Cuando salí del baño nuevamente, oí a Jenny peleándose con algo en la cocina. Yo me infiltré en mi habitación para calarme unos vaqueros viejos y una camiseta. Dejé que mi pelo se secara con el aire y ni siquiera me peiné.
 
Salí descalza dispuesta a encontrarme de nuevo con mi inesperada invitada. La encontré terminando de condimentar una ensalada. Mi cocina relucía. Había hecho la cena y había recogido aquel desastre permanente que siempre parecía tener yo allí.
 
–Estaba a punto de tirar la puerta abajo. –me dijo, aunque yo no estuve muy segura si fue en tono de broma.
 
–¿Qué es ese olor? –pregunté, abriendo la tapa de la cacerola.
 
–Espaguetis con tomate. Sé que te gusta mucho la pasta.
 
–Tienen buena pinta... –admití, inspirando con fuerza el inconfundible olor del orégano.
 
–Acuérdate de pasar por el supermercado algún día de estos, tu despensa da lástima.
 
Me reí suavemente acordándome de algo más.
 
–También debo acordarme de recoger mi coche.
 
–¿Y eso? –preguntó, mirándome, sin dejar por un momento de mezclar los ingredientes de la ensalada.
 
–Se lo llevó la grúa esta mañana... Lo aparqué encima de una acera.
 
Me miró, dedicándome una mirada que decía: "lógico"
 
–Podríamos ir mañana, si quieres. –se ofreció.
 
–¿No trabajas?
 
–Mi próximo vuelo sale dentro de tres días.
 
–¿A dónde?
 
–Londres. –respondió llanamente.
De repente me sentí tremendamente triste ante la idea de que ella se fuera. Tenía que admitirlo, entrar en mi propia cocina y verla allí, cocinando para mí, había sido casi mágico. Algo a lo que , por supuesto, no tardaría mucho en acostumbrarme.
 
–¿Quieres que ponga la mesa? –me ofrecí.
 
–Claro.
 
–¿En la cocina o en el comedor?
 
–En el comedor.
 
–De acuerdo. –convení.
 
Abrí las estanterías y saqué dos platos llanos y dos vasos. En cuestión de segundos tenía la mesa dispuesta.
 
–¿Vino? –dije jocosa abriendo el refrigerador.
 
La castaña se giró hacia mí, no tan consciente como yo de que la sugerencia había sido una broma. Me encogí de hombros y sonreí.
 
–Vale, nada de alcohol en tu presencia.
 
–No bromeo cuando te digo que has heredado esa manía quisquillosa de tu madre.
 
La dejé nuevamente sola en la cocina llevándome el cartón de zumo de manzana y riéndome a gusto. Pensé que en poco tiempo habíamos recuperado algo de nuestra antigua camaradería. Todo, cuando ella estaba a mi alrededor, parecía fluir por diferentes cauces.
 
Me senté y esperé. No tardó mucho en emerger de la cocina, con la bandeja de los espaguetis en una mano y la fuente de la ensalada en la otra. Aún llevaba puesto el delantal. La observé. Imposible pensar en ella como una ama de casa.
 
Se sentó a mi lado y nos sirvió a ambas.
 
–¿Está bien así? –me preguntó.
 
–¿Qué? –respondí, algo aturdida.
 
Me señaló con la cabeza el plato y yo miré hacia abajo, a la montaña de colorados espaguetis. Supuse que me preguntaba por la medida de pasta que me había servido.
 
–Sí.
 
Comimos durante un rato, en completo silencio, hasta que yo sentí la imperiosa necesidad de preguntar cosas que durante aquellos ocho años me habían rondado por la cabeza.
 
–¿Por qué dejaste a Michael?
 
Jenny miró al frente, sin dejar de masticar.
 
–Dejamos de disfrutar de nuestra compañía... de esa forma. –añadió.
 
–Es así siempre, ¿no?
 
–¿El qué? –se metió un tenedor lleno de enrollados espaguetis, quizás para evitar así tener que responderme.
 
–Llega un momento en que te cansas de las relaciones.
 
–Quizás sea porque no encuentro lo que busco... –dijo ella, como ausente, como si por primera vez mis palabras le hubieran hecho pensar en el asunto.
 
–¿Y qué es lo que buscas?
 
–Te lo diré cuando lo averigüe.
 
Me sonrió triunfante, a sabiendas de que había dejado la conversación sin posibles salidas para que yo pudiera seguir con mi interrogatorio.
 
–Tramposa... –bromeé.
 
–¿Y tú?
 
–¿Ya me toca responder a mí?
 
–Eso parece. –apuntó Jenny.
 
–¿Qué es exactamente lo que quieres saber?
 
–Te advierto que eso puede resultar peligroso...
 
–Estoy preparada para responder a tus preguntas. –dije, aunque en el fondo sabía que ni por asomo lo estaba.
 
–¿Eres virgen?
 
–¿Perdona? –exclamé con falso disgusto.
 
–No digas que no te lo advertí... –se rió ella, enrollando un trozo de lechuga y llevándoselo a la boca.
 
–No lo soy. Incluso alguien como yo siente curiosidad por el sexo en un momento dado de su vida.
 
–¿Cuándo fue la última vez? –siguió ella.
 
Arrepentida. Así es como me sentía por haberle otorgado aquel arma peligrosa. Claro que tampoco pensé que sería tan despiadada conmigo. Carraspeé ligeramente, pensando en cómo responder. La verdad era lo único que no me haría arrepentirme aún más.
 
–Hace unos años... –revelé, pero en voz tan baja que sólo yo pude oírlo.
 
–¿Qué te pasa? –me miró con cierto brillo perverso en los ojos. –¿Te has atragantado o algo así?
 
–No.
 
–Entonces puedes hablar un poco más alto para que yo también pueda oír lo que dices.
 
–Dije que hacía unos años...
 
–Perdona, he perdido el hilo de la conversación... –la sentí hacer un pequeño ruido con la boca, lo que me dio a entender que estaba disfrutando y mucho poniéndome en serios aprietos. –¿Hace unos años de qué?
 
–Jennifer... –pronuncié su nombre a modo de amenaza.
 
Como era de esperar, lo ignoró.
 
–Dime, ¿"unos años" no te parece demasiado tiempo?
–No había pensado en ello hasta que has sacado el tema... Supongo que se hace difícil de creer, pero me he acostumbrado a estar sola y al parecer es todo lo que necesito.
 
–No puedes hablar en serio... –añadió Jenny incrédula. –La soledad no es buena, Emma.
 
–Yo he sobrevivido.
 
–Sigo sin poder entenderlo. Es imposible que no hayas sido capaz de encontrar a alguien que te haga feliz...
 
–Te encontré a ti. –la interrumpí. –pero aún dudo si eso me hizo feliz...
 
Me miró y yo pude notar que su expresión se había ensombrecido.
 
–Al principio no te creí, quizás porque no quería hacerlo, pero últimamente tengo la sensación de que es cierto que me odias... –repuso triste.
 
–Yo no te odio. –no pude evitar reírme. –¿De dónde demonios has sacado esa conclusión?
 
–Puede que sea el hecho de que me hables con dureza, de que te incomode mi presencia...
 
–Eso es porque aún me pareces inalcanzable, Jenny.
 
–Pero ya no me amas... –dijo, dejando en el aire la posibilidad de que yo le dijera lo contrario.
 
"Cuidado", oí que me decía una voz en mi cerebro, "no le des esa ventaja o te hará daño de nuevo".
 
–El amor es lo más efímero que existe, ¿sabes? –respondí al fin, evitando con ello el tener que mentir.
 
Jenny devolvió su atención a los espagueti, no sin antes emitir un pequeño suspiro. Ambas comimos en silencio, cada una perdida en sus propias cavilaciones. A pesar de todo, yo me sentía extrañamente en paz, y sabía que el tener a Jenny allí tenía mucho que ver en ello.
 
–¿Qué es lo que viste en mí?
 
Me preguntó de repente, como si el pensar que yo alguna vez pudiera amarla le pareciese inverosímil. Decidí seguir una línea segura, donde no cometiera el error de comprometerme con mis respuestas.
 
–Lo mismo que veo ahora. –me apresuré a decir. –No creo que alguna vez haya sido un secreto el que te deseara...
 
–¿Aún me deseas?
 
–Cualquier persona te desearía, Jenny. –suspiré cansadamente al reconocer aquello y recordar que cualquier persona podría tenerla menos yo. –¿Por qué tantas preguntas?
 
Jenny comenzó a juguetear con la comida, dándole vueltas en el plato. Yo la observé hasta que
decidió contestarme.
 
–No lo sé. –se encogió de hombros. –Curiosidad, supongo.
 
–¿Tienes curiosidad por mí? ¿Te interesa saber algo de mi vida?
 
–Aunque no lo creas, sí. –contestó muy seria.
 
–No lo había puesto en duda. Si te quedas lo suficiente, quizás puedas averiguar muchas cosas por ti misma...
 
Jenny añadió la boca para añadir algo, pero mi voz la calló una vez más.
 
–De hecho, quizás sea capaz de descubrir qué es exactamente lo que sientes tú por mí... –dije zanjando toda cuestión y metiendo un tenedor lleno de comida en la boca.
 
Jenny volvió a perderse en sus pensamientos hasta tiempo después.
 
Hice rodar los ojos con disgusto al comprobar cómo el dado de Jenny se giraba hasta enseñar el número cuatro y cómo ella, con una sonrisa de medio lado absolutamente aviesa, me comía la ficha e color rojo. Yo sabía lo que vendría a continuación: unos minutos de indecisión y de contar veinte en todas las fichas para al final decidirse por la que primero había escogido, eso sí, después de sopesar sus opciones hasta la saciedad.
 
Como si yo, con tan sólo una ficha que ella aún había tenido la "delicadeza" de no comerse, pudiera ser una amenaza.
 
Después de la cena, ambas decidimos sentarnos en la alfombra del salón y jugar unas partidas al parchís. A mí siempre ese juego me había parecido tremendamente divertido, y era uno en el que yo solía tener bastante suerte, pero hoy sólo había conseguido demostrar mi ineptitud.
 
De repente, el parchís me pareció algo bastante bélico, puesto que tenía ciertas ganas de borrar aquella sonrisa de superioridad de la cara de la azafata y no con buenas maneras precisamente. Observé a Jenny mientras mordía levemente el cubilete por un extremo en actitud de profunda concentración. Yo suspiré.
 
–¿Qué? –me preguntó al oírme.
 
–Nada.
 
–Vale.
 
–¿Vas a decidirte de una vez? No creo que sea tan difícil. –repliqué algo exasperada.
 
–Así que eres mala perdedora... –murmuró sin tan siquiera dignarse a mirarme, para luego seguir susurrando mientras contaba una y otra vez.
 
–Jenny...
 
–Sé lo que intentas. –me miró por primera vez en media hora. –Pero no vas a desconcentrarme.
 
–Jenny, estamos jugando al parchís. Sólo hay que tirar el dado y contar. No creo que haya que concentrarse mucho para hacer eso... –solté, con gran carga sarcástica.
 
–Es evidente que tú no piensas las jugadas, de otra forma no estarías jugando con una sola ficha.
 
–Esto es una estupidez... –decidí yo, soltando mi cubilete sobre el tablero.
 
Jenny cogió una de sus fichas verdes y, como yo ya había imaginado, había escogido la primera con la que había contado. Estaba segura de que aquello era una estrategia para enervar al contrario. Por otra parte era una estrategia muy eficaz, puesto que yo estaba al borde de un ataque de nervios.
 
–¿Contenta? –me dijo levantando las cejas cómicamente. –Tu turno.
 
Reprimí la risa y me concentré en lanzar mi dado que cayó con el cinco hacia arriba. Me apresuré a sacar una ficha de la caseta contenta conmigo misma.
 
–Muy bien.
 
–No quiero ni imaginar lo que sería jugar contigo al ajedrez. –añadí puntillosa. –Una partida podría
durar años...
 
Jenny me ignoró por completo y en cambio se concentró en agitar frenéticamente su cubilete.
 
–Vamos, vamos, un tres precioso... –pidió para luego soplar su puño antes de dejar caer el dado.
 
Yo me fijé en el tablero y me pregunté para qué demonios quería un tres. Lo descubrí pronto cuando fue ese el número que marcó su dado y ella gritó llena de júbilo. Luego, metió una de sus fichas en la meta, con lo cual le tocaba contarse diez. Al hacerlo se llevó a mi incauta ficha por delante.
 
–No es justo. –me quejé infantilmente. – Ya no quiero jugar más.
 
Jenny se rió de mí y yo me enfurruñé más.
 
–No sabía que fueras tan mala perdedora... –me dijo mirándome con un vil brillo en los ojos.
 
–Ni yo que tuvieras toda la suerte del mundo.
 
–¿Te rindes entonces?
 
–Yo no me he rendido. –gruñí.
 
–Vale, llámalo como quieras. –comenzó a silbar distraídamente mientras recogía el tablero y lo ponía a un lado.
 
–Eres desesperante a veces... –le dije entre dientes.
 
–¿En serio? –me contestó divertida, alzando una ceja mientras.
 
La miré con detenimiento. Recordé que yo solía amar cada expresión de su rostro. En él podías leer cualquier cosa, sus emociones siempre se reflejaban en cada gesto. Sin poder evitarlo acerqué una mano y le aparté varios mechones de pelo oscuro que caían sobre su frente.
 
–¿Ocurre algo? –me preguntó.
 
Yo negué con la cabeza. Ella parecía preocuparse por cada cosa que hacía o cada instante en el que yo me perdía en mis pensamientos.
 
–Estaba pensando en que sigues igual de bella que siempre...
 
Ella se dejó hacer mientras yo trazaba las líneas de su rostro con mis dedos en un roce casi imperceptible. Aparté la mano segundos después, pero ella la atrapó entre las suyas y besó el dorso de la misma, consiguiendo con ello que yo sintiera un escalofrío.
 
–Eres especial, Emma. La persona más especial que he conocido en mi vida.
 
–¿Por qué?
 
–Porque a pesar de todo no he podido olvidarte en todo este tiempo... Sólo la gente que es especial logra dejar huella en los demás. –sentenció, casi en un susurro.
 
–Creo que nunca me habían dicho algo tan bonito en mi vida... –admití.
 
–Así es como lo siento. Puede que te parezca imposible, pero Michael tiene tanto de ti...
 
–Quizás fue ese el motivo por el cual lo dejaste. . –añadí, llena de curiosidad.
 
Por mucho que yo lo intentara, ella nunca revelaría el por qué de sus decisiones. Supe que siempre había actuado de esa forma. Jenny era dueña de su destino y nunca permitiría los reproches.
 
–Michael conseguía llenar muchos aspectos de mi vida. Pero no el más importante.
 
–¿Cuál es el más importante?
 
–Conseguir que yo lo amara. Tan simple como eso. –se pasó una mano por el cabello antes de proseguir. –Nunca se debe confundir el cariño con el amor. Eso es un error.
 
–Yo sé lo que es el amor.
 
Atraje su atención por completo.
 
–Tienes suerte. –concedió en voz baja.
 
Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Juntas habíamos conseguido crear un ambiente relajado, como de camaradería. Parecía como si aquellos ocho años no hubieran pasado jamás entre nosotras. La vi estirar la espalda mientras algunos de sus huesos crujían, pero lo que más me llamó la atención fue la forma en la que sus pechos se marcaron contra la tela de su blusa.
 
–Jenny...
 
–¿Sí? –me miró con aquellos ojos y yo no pude evitar tragar con fuerza.
 
–¿Cómo conseguiste superar lo de Alice?
 
La ví pensar durante unos breves momentos, buscando seguramente las palabras adecuadas. Ella sabía que yo necesitaba que me diera esperanzas de que mi vida, a este punto, podría seguir adelante.
 
–Creo que nunca se supera la pérdida. –dijo con dulce voz. –pero sí puedes llegar a dejar de pensar constantemente en ello hasta que te permite vivir. Sé que es difícil, Emma, pero tú lo lograrás también.
 
–Muy difícil. –musité.
 
–Lo sé. –se acercó a mí y me pasó un brazo por los hombros, acercándome hasta que pudo abrazarme. Comenzó a acariciarme el pelo e incluso la sentí besarme ligeramente la cabeza.
 
Estar en sus brazos era absolutamente placentero, con lo cual permití que esa sensación me inundara. De alguna manera yo sabía que pertenecía a aquel lugar.
 
–Ocho años, Jenny. –dije de súbito, sorprendiéndome incluso a mí misma. –Todo este tiempo me has negado tus abrazos.
 
–Lo siento.
 
–Dime al menos que me has echado de menos, que alguna vez pensaste en mí.
 
–Por supuesto que he pensado en ti. Miles de veces. Michael me recordaba a ti. Era imposible verlo casi a diario todo este tiempo y que tu nombre no apareciera como por arte de magia en mi cabeza...
 
Me separé para mirarla.
 
–Tú siempre has tenido el don de hacerme sentir importante. –le confesé.
 
–Lo eres, Emma. Lo eres. Aunque yo ya no lo sea para ti.
 
Me reí dolorosamente, negando con la cabeza al tiempo.
 
–Jenny... Creo que tú nunca podrás entender nada de mí...
 
–¿Por qué dices eso?
 
–Puede que algún día estés dispuesta a poner la suficiente atención para descubrirlo por ti misma.
 
La sospecha y la intriga era evidente en su mirada. Pero yo no iba a revelarle nada más de mí. Me
había hecho esa firme promesa. La última vez que había intentado hacer algo similar con ella había
desembocado en una desgracia para mí. Simplemente quería saber qué ocurriría esta vez, hasta
cuándo Jenny seguiría apareciendo en el quicio de mi puerta, llenando mi vida con ello.
 
Era extraño, a veces quería que se alejara, que saliera de mi vida y otras sólo deseaba tenerla cerca de mí para siempre. Supongo que el amor es así, una multitud de sentimientos que se mezclan y se confunden.
 
–Hora de ir a la cama... –informó ella tirando de mi mano para ayudarme a levantar.
 
..................
 
Jenny entró en el dormitorio ya vestida con su pijama. No supe que se había traído una pequeña bolsa con algunas cosas suyas hasta que llegó la hora de irnos a dormir. Como siempre, ella lo tenía todo dispuesto.
 
La miré apartar las mantas y meterse debajo de ellas con celeridad. Yo no podía apartar la vista de la castaña. Tampoco es que lo intentara mucho. Su visión era para mí un incesante ir y devenir de emociones.
 
–¿Qué? –me preguntó algo incómoda al notar que la estaba mirando fijamente sin pretensiones de decir algo.
 
–Nada. Sólo te miro.
 
–¿Estoy segura durmiendo contigo aquí? –preguntó en tono jocoso.
 
–¿Crees que voy a saltar encima de ti?
 
–¿Es una posibilidad?
 
–Ahora estoy completamente sobria... –contesté, como si eso fuera suficiente para su tranquilidad.
 
–¿Lo sabe tu familia?
 
Me reí suavemente, apoyando el codo sobre la almohada, con la palma de la mano sosteniendo mi cabeza. Así que quería saber cosas sobre mí. No es que se molestara mucho en esconder su interés hacia mi persona. Ya lo había demostrado antes.
 
–Tengo veintiséis años, ni un solo novio conocido y ninguna vocación religiosa. No son necesarias las palabras en este caso.
 
Un recuerdo cruzó mi mente. Me sentí a mí misma fruncir el ceño.
 
–¿Qué? ¿en qué piensas? –me preguntó cuando notó mi ligera vacilación.
 
–Creo que en mi familia llevan especulando con mi homosexualidad desde hace demasiado tiempo. Supongo que esas cosas se notan.
 
Ella no dijo nada, simplemente me miró. La visión de su rostro desde mi posición era maravillosa, con su largo cabello castaño esparcido sobre la almohada, con una mano posada sobre su estómago, con la sábana a la cintura y aquella personal pose desganada.
 
Sus manos eran algo que siempre me llamó la atención en demasía. Poseía unos bellísimos y largos dedos, con la piel tersa y suave que los rodeaba. En el dorso, venas azuladas que se marcaban como las líneas de un mapa. Todo en ella era tan mágico que era imposible no caer bajo su hechizo.
 
"Oh, Dios mío, como la deseo en estos momentos", me reconocí a mí misma.
 
–Recuerdo mi primera vez... –dije, sorprendiéndome incluso a mí. –Fue increíble, jamás pensé que sería de aquella forma, ya sabes, ese mito de que la primera vez es un calvario. Supongo que el hecho de que ella fuera una mujer experimentada ayudó a que no se convirtiera en un fracaso... Pude observar, por la avidez que denotaba su mirada, que estaba muy interesada en el tema que yo había sacado a relucir.
 
Así que proseguí.
 
–Recuerdo que yo no me sentí nerviosa en ningún momento, pensé que tan sólo me tenía que dejar llevar por mi instinto. –sonreí. –Tampoco es como si el cuerpo de una mujer fuera desconocido para mí... ya sabes, yo pertenezco a ese género... Fue la segunda persona a la que besé, después de ti, claro. Un solo beso y ya me hizo sentir arder por dentro, luego un dolor intenso en la ingle, casi insoportable... Sus manos. –con mi mano libre tomé una de las suyas y le acaricié los dedos. –Tenían la firmeza de las tuyas. Unas manos que me hicieron gritar como nunca imaginé que fuera capaz mientras ella me animaba a seguir una y otra vez... Nunca imaginé que un cuerpo se pudiera acoplar perfectamente al tuyo, como si fuera parte de ti... Tenerla entre las piernas fue como un sueño, mientras se movía contra mi piel, sus pechos contra los míos, su sexo...
 
Jenny retiró nerviosa su mano de la mía y fue entonces cuando me fijé que sus pezones se marcaban con precisión contra la tela de su camiseta blanca.
 
–Una historia interesante. –me interrumpió. Pude notar por el tono de su voz, que estaba algo molesta.
 
Yo la había puesto en una situación incómoda premeditadamente, quizás porque quería comprobar si con ello podría sacar alguna emoción de su interior. Celos, deseo, aversión, cualquier cosa me valía con tal de tener un atisbo de lo que Jenny pensaba o concebía sobre mi persona. Era muy importante ir recogiendo las pequeñas piezas que me iba otorgando para completar el puzzle que siempre había sido para mí.
 
Mi propia autoestima me exigía que lo hiciera.
 
–Me muero de sueño. –dijo al fin, sin ganas ya de continuar con la conversación.
 
Se dio la vuelta para apagar la luz de la lámpara que estaba en su zona de la cama. Yo me acomodé de nuevo sobre el colchón y apagué la luz de mi lado. Me di la vuelta, distinguiendo entre las sombras la silueta de su espalda. Sentía tantas ganas de alcanzarla, tantas que apreté los muslos y hundí la cara en la almohada. Deseé estar sola para, al menos, encontrar la realización que mi cuerpo me pedía a gritos.
 
Minutos más tarde me encontré sumida en la misma desolación, con las ganas encendidas, sin la menor señal de que el sueño llegara pronto. Jenny no se había movido de su posición ladeada, dándome la espalda. Casi me atrevía a jurar que ella tampoco conseguía conciliar el sueño aquella noche.
 
–Jenny. –susurré para que, en caso de que estuviera dormida, no alterar su inconsciencia.
 
–¿Qué? –me susurró de vuelta.
 
–No puedo dormir... ¿Podrías...? ¿Podrías abrazarme?
 
No contestó. Un segundo después se dio la vuelta para encarar mi rostro entre las sombras. Creo que vio la necesidad descarnada reflejada en mis ojos, se dio cuenta de que el hecho de estar entre sus brazos podría adormecer a todos los demonios que vivían en mi interior. Ése era el poder que sin quererlo ella poseía sobre mí. Yo era su esclava, su cautiva...
 
Sin decir una palabra, me atrajo hacia sí con infinita dulzura. Yo me dejé llevar hasta quedar arropada por sus brazos, nuestras piernas entrelazadas bajo las mantas, uno de mis brazos en su cintura, mi rostro hundido en su garganta.
 
Casi como por arte de magia, los ojos comenzaron a cerrarse sin remedio. La calma se apoderó de mi cuerpo.
 
Esa noche abandoné el infierno y me adentré en el paraíso que era Jenny.
 

 
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Mar Jul 26, 2016 12:07 pm

No me esperaba que sucediera tanto ... Jenny es muy confusa, o sabe lo que quiere o no se que tiene en la cabeza, lo de su hermana guao fue fuerte, tal vez por eso tenga esa personalidad o quien sabe que mas haya oculto por ahí.. Increíble el capitulo, me gusto mucho... Emma, espero que te recompongas prontito y a ver que sucede con estas dos!
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Vie Jul 29, 2016 4:43 pm

Muchisimas gracias por este capítulo tan largo. Os dije que amo esta historia? Pero no me gusts como sufre emma. Que rara es jenny, no se, pero la verdad creo que no es sincera consigo misma. Siempre esta dudando de lo siente emma y lo hace parecer como un capricho. No me gusta mucho eso, pero la narración es hermosa. Por favor esta vez no tardes en subir más .

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Ago 12, 2016 4:49 pm

Hallo, aquí les dejo un capítulo largo para compensar mi ausencia. 
Aleinads y Yulenka: Gracias  por comentar la historia, por leerla, me alegro muchísimo que les guste, espero lo siga haciendo y acá tiene un capítulo largo.






BELLA INALCANZABLE




5. ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO.
 
A la mañana siguiente, Jenny fue la primera en despertar cuando la alarma del reloj sonó a las nueve y media. Poco después, yo misma abrí los ojos para encontrarme aún en la misma posición, con ella acariciándome el rostro. Ni siquiera cuando me había quedado profundamente dormida Jenny me había hecho abandonar el refugio que para mí era su abrazo. Me dedicó una leve sonrisa y salió de la cama, dejándome sola.
 
Hora y media después salíamos preparadas rumbo al depósito municipal para recoger mi coche.
 
Tuve que pagar la cuota a un tipo con pinta de mafioso para poder sacarlo de allí. Noté las miradas de lascivia que me estaba regalando y me decidí concienzudamente a ignorar ese hecho mientras esperaba por el maldito recibo. Me dio las gracias llamándome "rubita". Miré a Jenny que rodaba los ojos con disgusto.
 
En un primer momento lo ignoré dándome la vuelta dispuesta a irme. Había dado diez pasos cuando de repente algo en mí se rebeló. Así que me di la vuelta y me dirigí a aquel hombre con rabia. Le hubiera dicho un par de cosas de no ser porque Jenny adivinó mis intenciones y me sujetó de un brazo.
 
–No vale la pena. –me dijo.
 
–Es disgustante.
 
–Lo sé.
 
Le hice caso a pesar de que lo único que me apetecía era abrir en canal a aquel tipejo. Creo que entonces fue cuando me di cuenta de lo enfadada que estaba yo con el mundo entero.
 
Jenny me acompañó hasta mi coche, con uno de sus brazos sobre mis hombros. Yo no sabía que sería lo próximo, así que esperé a que fuera ella la que diera el siguiente paso.
 
–¿Tienes algo que hacer hoy? –me preguntó.
 
–Ésa es una forma muy pobre de pedirme algo. –bromeé, sonriéndole levemente, sintiéndome feliz de que ella quisiera continuar en mi compañía.
 
–Supongo que sí. ¿Sugieres algo?
 
–Lo primero que me apetece es salir de aquí. –afirmé, sintiéndome aún demasiado observada.
 
–Tengo una idea.
 
La seguí con mi coche unos diez minutos hasta que aparcó en una calle y se bajó rauda de su auto. Paré el automóvil justo detrás en espera de alguna indicación por parte de ella. Miré a mí alrededor, no tenía idea de por qué había aparcado en aquella zona. La ví acercarse hasta mí y subirse en el asiento delantero.
 
–Es muy aburrido conducir sola, ¿no te parece?
 
–¿A dónde vamos? –pregunté, cada vez más intrigada.
 
–Es una sorpresa. Sigue por esa calle. –comenzó a indicarme.
 
Tiempo después paramos en una gasolinera, y mientras que yo llenaba el depósito de mi coche, Jenny se adentraba en la tienda, saliendo poco después cargada de dos enormes bolsas de plástico. Yo arrugué el ceño cuando pasó a mi lado, preguntándole mudamente qué era lo que traía allí. A ella parecía divertirle todo aquello, puesto que me sonrió alzando una ceja.
 
Tras pagar la gasolina, me subí al coche, sólo para encontrarme con Jenny agitando una chocolatina delante de mi nariz. No pude evitarlo, pero enseguida pude sentir cómo mi saliva se disolvía. Fui inmediatamente a por aquel trofeo. Luego nos pusimos en marcha otra vez.
 
–¿Me vas a decir adónde vamos? –dije con la boca llena de chocolate.
 
–Vamos a pasar un día de campo, como cuando en el cole. –me sonrió pícara.– He comprado bocadillos.
 
Fue entonces cuando supuse que me había hecho dirigir hacia las afueras, seguramente a uno de esos parques naturales donde la gente pasaba los domingos con sus hijos. Me alegró el recordar que hoy era viernes y que probablemente no habría demasiada gente.
 
Sin quitar la vista de la carretera, observé por el rabillo del ojo cómo Jenny se peleaba con mi sofisticado equipo de música. Le aparté la mano con suavidad y presionando un simple botón hice que buscara digitalmente una estación de radio. Reconocí al instante la personal voz de Luz Casal.
 
Arrugué la nariz y le eché un rápido vistazo a Jenny.
 
–¿Luz Casal? –le dije.
 
–Me gusta. –me dijo, escuchando los roncos tonos de la cantante.– ¿A ti no?
 
Me encogí de hombros, indiferente.
 
–¿Qué es lo que te gusta, entonces?
 
–Pues un poco de todo... Prefiero la música de cantautor y odio los productos para quinceañeros.
 
–Eso yo también. –me sacó la lengua haciendo un gesto de asco.
 
Me reí. Era imposible no hacerlo cuando ella decidía hacer el tonto.
 
–Cuando llegues a ese cruce, toma a la derecha. –me indicó.
 
–Creo que vamos a pasar frío. –le dije apenas sacando la mano por la ventanilla.
 
–Ya se nos ocurrirá algo. –me guiñó un ojo.
 
Me asusté cuando sentí sus dedos rozar una de las comisuras de mis labios.
 
–Tenías chocolate... –dijo como si estuviera disculpándose.
 
–A menos que quieras que tengamos un accidente, avisa antes de hacer algo así. –contesté medio en broma.
 
–¿Por qué?
 
–Pues porque... –me quedé sin palabras, sintiéndola escudriñarme desde su sitio.
 
–¿Te molesta que te toque? –siguió ella por mí.
 
–No.
 
–¿Entonces?
 
–No me lo esperaba, eso es todo. –zanjé yo.
 
–Sueles asustarte cada vez que me acerco a ti, no sólo cuando te toco.
 
–Quizás porque me intimidas.
 
Se echó a reír. Yo la miré un instante, preguntándome qué es lo que había dicho que resultase tan gracioso.
 
–¿Qué es lo que te intimida?, ¿mi estatura, mis ojos, mi boca... ?, ¿qué?
 
–He dicho que quizás sea eso... –dije un poco a la defensiva.
 
–Entonces no estás segura...
 
–De lo que sí estoy segura es de lo que me saca de quicio.
 
–Vaya, eso es nuevo...
 
–Egocéntrica... –dije sin despegar apenas los labios, aunque ella lo oyó de todas formas.
 
–Lesbiana... –contrarrestó sonriendo.
 
La miré negando con la cabeza, viendo como sonreía y disfrutaba de nuestras confrontaciones en broma.
 
–No puedes ganar conmigo, recuérdalo. –me advirtió.
 
–Eso es porque te dejo ganar.
 
Me regaló un ¡Ja! con falsa indignación haciéndome reír por enésima vez.
 
Seguimos con nuestros duelos verbales y bromas hasta que llegamos al parque. Escogimos una mesa de madera al azar y nos sentamos en ella para comenzar nuestro almuerzo.
 
Era increíble cómo Jenny me hacía dejar a un lado mis penas y disfrutar de cada momento junto a ella. Nuestras confesiones de la última noche nos habían acercado de alguna manera. Ambas teníamos heridas muy profundas y yo había aprendido en el transcurso de un día que esa circunstancia podía crear lazos sólidos.
 
Ella me hacía parecer una persona completamente diferente. Creo que sabía que sería así mientras no insistiera en cambiar mi actitud ni en hablar de cosas que me hacían daño, a pesar de que ambas sabíamos que había mucho de qué hablar. Quizás me estaba dando una pequeña tregua. Cosa que yo le agradecía.
 
–Apuesto a que te has quedado con hambre. –me dijo al verme terminar mi bocadillo en un instante.– No sé cómo haces para meter tanta comida en tan poco tiempo en tu cuerpo.
 
–Yo creo que tus caderas se han ensanchado ligeramente y no me quejo... –sorbí por la pajita ante las inmensas ganas de reírme cuando ella alzó una ceja.
 
–No tanto como tu culo, preciosa.
 
–No es cierto. –dije a la defensiva.
 
–Sí lo es.
 
–¿Insinúas que tengo un trasero enorme? Lo dices por lo de tus caderas...
 
–Lo digo en serio.
 
–Venga ya... –le palmeé en un brazo.
 
–Pero yo no he dicho que me disguste.
 
–Eso quiere decir que te has fijado. –indiqué.
 
–No soy ciega, en cambio tú...
 
–¿Yo qué?
 
–¿Crees que no me doy cuenta de cómo me miras?
 
–Nunca he pretendido disimular lo atractiva que me pareces. –dije en mi defensa.
 
–Es cierto.
 
–Además, estoy segura de que sueles recibir esa clase de miradas a menudo.
 
–Pero no de una mujer... –me confesó.
 
Me eché a reír sin poder contenerme, incluso casi logro atragantarme con el zumo.
 
–¿Qué te hace tanta gracia?
 
–Jenny, puede que no te hayas dado cuenta, pero estoy segura de que alguna mujer aparte de mí te ha comido con la vista...
 
–¿Tú te das cuenta de cuando te miran así? –preguntó, al parecer muy interesada en el tema.
 
–Antes solía frecuentar algún que otro bar de mujeres... Pero de eso hace mucho tiempo.
 
–¿En serio?
 
–¿Qué crees? ¿Que soy una mojigata?
 
–No. –se apresuró a decir, haciendo gestos con las manos para excusarse.– Sólo que me preguntaba por qué dejaste de ir.
 
Suspiré. No me sentía con muchas ganas de explicarle los por qué, pero era evidente que Jenny esperaba que por lo menos le dijera algo.
 
–Me cansé... –una pausa.– Simplemente me cansé de buscar algo que parecía no encontrar... –"A alguien como tú"
 
Ella murmuró un "um" corto, como haciéndome ver que entendía mi postura. Había cierta similitud, pensé, entre ella y yo en aquel tema. Al fin y al cabo, Jenny aún seguía tan sola como yo.
 
–Tuve una relación que duró varios meses... –proseguí.– De eso hace mucho. Ella era una buena persona y nos entendíamos bien, pero no resultó. Si me preguntas qué es lo que pasó o en qué fallamos, ni siquiera podría decirlo. Pero sí puedo decirte que fue la única persona que me hizo sentir bien. Lo sentí mucho cuando la relación acabó.
 
–¿No has vuelto a verla?
 
–No. Creo que se mudó a otra ciudad por motivos de trabajo. –añadí que ella misma me había llamado en cierta ocasión para comunicármelo.
 
–¿La echas de menos?
 
Pensé durante un instante. Pensé en los buenos momentos que habíamos pasado juntas, lo fácil que algunas cosas resultaban cuando las hacías en compañía. Eso era lo que realmente echaba de menos.
 
–No. –declaré sinceramente.– Pero me gustaría saber si todo le va bien.
 
–Podrías llamarla y averiguarlo... –indicó Jenny.
 
–No... –me reí.– Si llamas a alguien con quien has estado liado después de tanto tiempo se asume que es porque quieres obtener algo. Cuando algo se acaba, simplemente hay que dejar que siga su curso...
 
Ella sonrió y creo que, pensándolo detenidamente, hasta concordaba conmigo. Se reclinó en su asiento y giró la cabeza para abarcar el paisaje que la rodeaba.
 
–Me encanta este sitio. –me dijo suspirando.– ¿Sueles venir aquí a menudo?
 
–No tanto como quisiera.
 
–¿Por qué te gusta tanto? –pregunté, muy interesada.
 
–Francamente, no lo sé. Supongo que es un buen sitio para liberar algo de tensión... Te sientas aquí, admiras el paisaje y te bañas de tranquilidad. Es perfecto.
 
–Yo leo cuando quiero evadirme de todo.
 
–Supongo que cada cual tiene una forma de romper la monotonía... –añadió indiferente.
 
–Supongo...
 
–Emma, necesito preguntarte una cosa. –La miré algo alertada por su tono.– Me he dado cuenta de que han cambiado muchas cosas en ti... –comenzó.– Pero hay algo que es más evidente que todo lo demás y es el alejamiento de con tu familia. ¿Por qué?
 
–Creía que era una virtud el haber logrado desvincularme y vivir mi vida... –dije en mi defensa.
 
–Creo que ambas sabemos que ésa no es la cuestión. Antes amabas a tu familia y ahora...
 
–¿Ahora qué? Sigo amándola igualmente. A pesar de todas las diferencias.
 
–¿Qué diferencias?
 
Me revolví en mi asiento algo incómoda por el cariz que tomaba la conversación. No me gustaba. No me gustaba nada en absoluto.
 
–Yo soy la diferencia, Jenny. Ellos siempre parecen ir dos pasos por delante de mí.
 
–Eso es una soberana estupidez. –me dijo negando con la cabeza.
 
–¿Tú crees?
 
–Creo que no te has molestado nunca en entenderlos. Creo que piensas que ése es un deber de ellos y no tuyo, como si el resto del mundo tuviera que amoldarse a tus exigencias. Te niegas a compartir tus sentimientos con los demás como si eso te valiese de mucho.
 
Me quedé muda mientras la miraba. Sentía sus palabras retumbar aún en mis oídos.
 
–Soy así, Jenny. Me cuesta hablar de mí o de lo que siento. No creo que sea la única persona que sea así en el mundo... Tú también eres así... –indiqué, mirándola de soslayo.
 
–Pero yo lo soy como consecuencia de algo más. Nunca tuve a nadie con quien compartir mis pensamientos o mis deseos. Eso, al final, acaba por amoldarse a ti y convertirse en otro rasgo de tu personalidad.
 
–No me hagas sentir infeliz por ser como soy. –le pedí casi en clemencia.
 
–Antes no eras así...
 
–Antes no sabía lo que era la vida o el sufrimiento. –añadí rauda.. – Ahora lo sé y eso cambia a las personas.
 
–Me gustaba como eras entonces... –admitió mirándome fijamente.
 
–Supongo que eso significa que ahora te desagrada mi actitud.
 
–Sí cuando haces las cosas para convertirte en víctima. Eso es algo que me saca de quicio...
 
–¿Acaso no lo soy? –dije, un tanto burlonamente.
 
–A este paso seguirás siéndolo toda la vida. ¿Es eso lo que quieres?
 
–Haces preguntas para las cuales sabes que no tengo respuesta.
 
–De acuerdo, Emma. Basta ya de preguntas... –me concedió tras un suspiro.
 
La observé mientras sorbía ruidosamente los últimos restos de su zumo y pensé en nuestra conversación.
Ella seguía empeñada en ayudarme de la mejor forma que sabía, cosa que, aunque pareciera lo contrario, yo le agradecía. Pero en aquellos momentos era incapaz de aceptar otras razones que no fueran las mías.
 
Algo requirió toda mi atención. En un instante pensé que incluso podría ser divertido y que liberaría en algo la tensión entre nosotras. Al fin y al cabo, quería disfrutar de cada segundo que Jenny amablemente me regalaba.
 
–¿Te atreves con los columpios? –pregunté abandonando mi asiento.
 
–Por supuesto.
 
Nos alejamos lado a lado rumbo a los enormes columpios de madera.
 
............................
 
 
Las horas pasaron para mí como un breve suspiro. Vi a Jenny consultar varias veces su reloj y aunque deseaba no perder la serenidad que me otorgaba su compañía, decidí preguntarle si tenía otros compromisos.
 
–Podemos irnos ya, si quieres. –añadí.
 
Me sonrió negando con la cabeza.
 
–Acabo de recordar que tengo un pequeño asunto que debo arreglar y ya son las cuatro de la tarde... Sólo que me cuesta tener que dejarte.
 
–A mí también. –coincidí con ella.
 
–¿Cuándo te reincorporas al trabajo?
 
Bajé la cabeza. Yo no había preparado nada para cuando me hiciera esa cuestión, así que me ví obligada a decirle la verdad aunque supiese de antemano que no le iba a gustar en absoluto.
 
–Emma, mírame. –me ordenó.
 
Creo que ya sabía que lo que iba a oír no sería muy agradable.
 
–Lo he dejado.
 
La oí suspirar.
 
–¿Por qué?
 
–No lo sé. Simplemente lo hice.
 
–¿De qué piensas vivir? –dijo con voz dura.
 
–Eso no es problema... Tengo dinero suficiente como para...
 
–Oh..., por supuesto. Pregunta estúpida la mía.
 
–Jenny, sigues haciéndolo a pesar de todo... Aún me ves como una niña.
 
–Yo nunca te he tratado así. Yo siempre te he visto como lo que eres. Pero no puedo evitar sentir rabia cuando veo lo que estás haciendo.
 
Me levanté, dispuesta a regresar al coche cuando sentí avecinarse otra lectura sobre mi comportamiento. Eso era lo que menos deseaba en esos momentos, sobre todo porque rompería la paz que habíamos logrado establecer entre ambas.
 
–¿A dónde vas? –me preguntó desde atrás.
 
Me paré en seco y me giré hacia ella.
 
–Creí que tenías algo pendiente de hacer.
 
Recogió nuestros deshechos y se acercó hacia una de las papeleras para depositarlos. Luego se unió a mí en el camino. Anduvimos hasta el coche en completo silencio. Antes de que ella pudiera alejarse de mí para rodear el auto la cogí de un brazo. De repente sentí al imperiosa necesidad de confesarle el sombrío destino al que yo había empujado mi vida sin poder evitarlo.
 
–Jenny... –comencé sintiéndome demasiado nerviosa para poder expresarme con claridad.– Odio comportarme así contigo, sobre todo porque sé que lo único que intentas es ayudarme. Pero ahora mismo estoy tan perdida que no sé ni lo que soy...
 
–Emma...
 
Levanté una mano hacia ella acallándola. Yo aún tenía cosas que decir que no podían esperar a ser dichas.
 
–Déjame acabar aún tengo algo muy importante que compartir contigo. –tomé un último aliento antes de proseguir.– No puedo pedirte ayuda porque si lo hago significará darte más de mí de lo que ya te he dado y cuando te alejes de nuevo sé que no seré capaz de seguir adelante.
 
–¿De qué me estás hablando? –me preguntó ceñuda.
 
–Te estoy haciendo una pregunta, Jenny. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que vuelvas a dejarme como la última vez?
 
–Lo dices como si de alguna forma te hubiera abandonado...
 
–En aquel momento lo sentí así. –le aseguré mirándola fijamente.
 
–Lo hice por ti.
 
–Más bien por ti misma. No me digas que tú no sentías algo especial por mí, puede que no fuera algo sexual, ni tan siquiera romántico, pero era algo. Ni siquiera grabándome en la piel tu nombre a fuego vivo me habrías marcado tanto.
 
–Emma... –me llamó dulcemente al tiempo que se acercaba a mí y me rodeaba con sus brazos.
 
Me acoplé al cuerpo de Jenny como si realmente fuera parte de ella. La rodeé por la cintura y hundí mi rostro en su cuello. Cerré los ojos y me dejé llevar por su inconfundible aroma. Ella seguía oliendo igual que siempre.
 
Aspiré con fuerza y sin pensar casi moví las manos en su espalda, acariciándola, sintiendo el calor de
su piel por encima de su camisa. Jenny me atrajo más a ella, intensificando el abrazo.
 
Oí los pasos de alguien que se acercaba y noté cómo Jenny deshacía el abrazo y daba un paso atrás. Yo me quedé allí mismo observando cómo ella miraba al grupo de gente pasar a nuestro lado. Supuse entonces que había abandonado mis brazos por la presencia de aquellas personas.
 
–Vayámonos de una vez. –dije algo irritada.
 
Nos subimos en el coche y nos pusimos en marcha.
 
....
 
Cuando llegué a mi apartamento ya eran casi las seis de la tarde. Durante nuestro viaje de regreso habíamos intercambiado pocas palabras. Dejamos que la estación de radio hiciese el trabajo de aliviar la tensión. Acerqué a Jenny al lugar donde había aparcado su coche y antes de bajarse me miró muy seria. "Esta vez no pienso huir a ningún sitio", me había dicho antes de apearse, sin ni siquiera esperar mi respuesta. En todo el camino hasta mi casa me fui preguntado qué era exactamente lo que ella me había querido decir con aquellas palabras.
 
Me di una ducha rápida y me acomodé en mi pijama. Tenía toda la intención de llamar para pedir una pizza cuando mi estómago despertó pidiendo asistencia, pero recordé que mi maldito teléfono seguía roto. Me prometí que al día siguiente tendría a un técnico arreglando el desastre que yo había creado.
 
Fui hacia la cocina y engullí varias piezas de fruta y otros tantos yogures. Una vez saciado mi apetito me dirigí al salón y me eché sobre mi sofá, encendiendo la tele desde el mando a distancia. El timbre de la puerta rompió mi paz.
 
Me levanté mirando la hora preguntándome quién demonios venía de visita a las ocho de la tarde. Abrí la puerta para dejar paso a mi hermana Janina, a la que yo había identificado previamente gracias a la mirilla.
 
–Hola, Janina. –dije algo sorprendida.
 
–¿Puedo pasar? –me preguntó muy seria.
 
–Claro.
 
Me aparté y ella entró en el apartamento, depositando el bolso y su abrigo sobre el respaldo del sofá.
 
La vi dar una vuelta sobre sí misma, seguramente pensando por dónde comenzar la conversación.
 
–Emma, no puedes seguir así. –soltó con voz dura.
 
–¿Seguir cómo? –contesté, cerrando la puerta y acercándome a ella.
 
–Escondiéndote de tu familia. Ni siquiera contestas al maldito teléfono.
 
Que ella hubiera añadido la palabra "maldito" me dio cierta idea del humor del que disfrutaba.
 
–Mi teléfono no funciona.
 
La vi girarse, buscando el aparato para verificar mi excusa. También descubrió el cable roto que descansaba sobre el suelo y me miró rabiosa.
 
–Puedo ver por qué...
 
–Janina..., creo que sé lo que pretendes decirme y sé además que tienes toda la razón. No es nuevo
para mí el que intentéis encauzar mi extraño comportamiento.
 
–¿Qué pasa con mamá, con nosotros que nos preocupamos de ti?
 
–Mírame, ¿crees que soy motivo de preocupación? –exclamé abriendo los brazos para más énfasis.
 
–¿Estás de broma? Estamos tan preocupados que pensamos que en cualquier momento nos llamarán para darnos la noticia de que te has suicidado.
 
–¡Por el amor de Dios! –exclamé incrédula.– Estoy segura de que ha sido mamá quien os ha contagiado esa estúpida idea.
 
Mi hermana no dijo nada en los breves instantes en los que se dedicó a mirarme. En su expresión pude ver entendimiento y dolor compartido a partes iguales. Se mordió el labio y yo supe que estaba a punto de proponerme algo.
 
–Ven a casa unos días. Estoy segura de que a Christina le encantará compartir su habitación contigo. Ya sabes que te adora.
 
–No. –negué en rotundo.
 
–Emma, por favor. Te necesito.
 
La miré. ¿Me necesitaba para qué? ¿Para sentirse segura? El que mi familia pensara que yo estaba al borde del suicidio colmó mi poca paciencia. Ellos nunca, nunca entenderían nada de mí. ¿Qué podía hacer yo contra eso?
 
–Lo que necesito es soledad, Janina. Yo superaré esto a mi forma y sola, como ha sido hasta ahora.
 
Acostumbrarme a que me ayuden puede ser fatal para una persona como yo.
 
Mi hermana se desplomó sobre el sofá, derrotada, frotándose la frente con una mano.
 
–Voy a divorciarme. –me anunció cansadamente.
 
La noticia me cayó como un jarro de agua fría. Fue entonces cuando dejé de lado la autocompasión que me obnubilaba y descubrí a una Janina triste y casi desesperada. Me senté a su lado y le acaricié la espalda.
 
–¿Por qué?
 
–Simplemente porque se ha acabado. Esto pasa a veces, ¿sabes? Te despiertas una mañana y descubres que ya no es esto lo que quieres.
 
–¿Desde cuándo? –pregunté ávidamente.
 
–Desde hace demasiado tiempo. Lo hemos intentado, sobre todo por Chris. Pero ya no hay nada que podamos hacer.
 
–Lo siento mucho. –la abracé, dándole todo mi apoyo.
 
–Me siento como una absoluta fracasada...
 
–No digas eso. –la interrumpí muy seria.
 
–Casi doy gracias porque papá no pueda ver esto. Sé lo mucho que lo lamentaría.
 
–¿Lo saben los demás?
 
–Todos menos mamá. –me miró con lágrimas en los ojos.– ¿Cómo demonios se lo voy a decir?
 
–Ella lo entenderá.
 
–Creí que esto era para toda la vida, ¿sabes? Ahora me siento como si nada de lo que he hecho valiera la pena.
 
–Si fuera yo en vez de ti quien pronunciara esas palabras sería por una buena razón, pero tú no, tú siempre has sido consecuente con tus decisiones. No pienses que la culpa es tuya...
 
–¿De quién entonces? –me interrumpió.
 
Me quedé sin palabras. O quizás era más bien que para su pregunta no había respuesta.
 
La vi esconder el rostro nuevamente, mientras lloraba desconsolada. Lo único que pude hacer fue abrazarla, sintiendo como si me oprimieran el pecho. Mi hermana no se merecía sufrir. Nadie tan bueno como ella lo merecía.
 
La abracé el suficiente tiempo como para que sus lágrimas dejaran de brotar. Se separó de mí y se recompuso, sacando un pañuelo de papel para limpiarse la nariz sonoramente.
 
–Emma, a pesar de lo que digas, sé que no estás pasando por un buen momento. En realidad ninguno de nosotros lo está. Papá se fue tan de repente que no nos dio tiempo a prepararnos. Si necesitas algo sabes que estaré para ti...
 
–Lo sé. –le dije acariciándole la mejilla.
 
–Ahora debo irme. Sólo vine para cerciorarme de que estabas bien. Sé que Jenny ha estado contigo estos días, pero aún así estaba preocupada. Frederick se llevó hoy a Christina para pasar el fin de semana con su madre. –suspiró.– Lo cierto es que la casa se me viene encima...
 
Supe en ese instante que mi hermana me necesitaba. Ella no sólo había perdido a mi padre, sino también su vida. No había nada más doloroso que eso. No había forma humana de que yo me negara a ayudar a Janina cuando más me necesitaba. Ella era llevaba mi misma sangre y siempre había sido un punto de apoyo para mí. Era la única, aparte de mi padre, que parecía entender y aceptar calladamente todo lo que yo era.
 
–Me encantaría pasar este fin de semana contigo, si te parece bien. –decidí en un instante. Me miró.
 
–¿Lo dices en serio?
 
–Por supuesto. Creo que ambas necesitamos de nuestra mutua compañía.
 
Su amplia sonrisa me indicó que la idea era bien recibida.
 
Media hora más tarde, yo dejaba mi apartamento con una pequeña bolsa de viaje en la mano.
 
................
 
 
–Hola. –dije quedamente.
 
–Hola... –la voz sonó un poco dubitativa y supuse que quizás aún no me había reconocido.
 
–Soy Emma.
 
–Lo sé. –contestó Jenny.. – ¿Qué ocurre? ¿estás bien?
 
–No ocurre nada y estoy bien. Sólo que tenía ganas de hablar contigo un rato. Espero no molestar, aunque si estás...
 
–No me molestas. –me cortó de súbito.– ¿Estás en casa?
 
–No. Estoy en casa de Janina. En realidad ahora mismo estoy tumbada sobre la cama de mi habitación. Hace un rato que ella se ha ido a descansar y no podía dormir.
 
–Supongo que es un deber preguntarte qué haces ahí.
 
Me hizo sonreír.
 
–Mi querida hermana me hizo una visita hoy . Está a punto de divorciarse y...
 
–Lo sé.
 
Fruncí el ceño preguntándome como demonios lo sabía incluso antes que yo. Lo que mi mente empezó a responder ella lo confirmó.
 
–Michael me lo dijo.
 
–Oh... –fue lo único que se me ocurrió responder.
 
–Jamás pensé que algo así le pasara a Janina. Ella y Frederick parecían la pareja perfecta.
 
–Yo creo que lo eran. ¿Qué hacías? ¿He interrumpido algo?
 
–Estaba en el baño cepillándome los dientes. Yo también estaba a punto de irme a la cama.
 
–Escucha. –comencé.– Siento lo que pasó hoy, a veces me comporto como una auténtica imbécil.
 
–¿Sólo a veces? –dijo sarcástica, e incluso, a pesar de que no podía verla, supe que debía tener esa personal sonrisa suya de medio lado.
 
–Si alguien te dice que eres agradable te miente descaradamente. –rebatí yo.
 
Su encantadora risa me llegó a través del auricular.
 
–Entonces has decidido pasar unos días con tu hermana. Me alegro mucho, así no estarás sola.
 
–No me importa estar sola, Jenny. Estoy acostumbrada. Pero creo que ella me necesita.
 
–Y tú la necesitas a ella. –sentenció.
 
–Puede ser.
 
Oí un ruido, como de algo que se cae y al segundo siguiente una muy indecente maldición.
 
–¿Qué ocurre?
 
–Se me ha caído algo.
 
–¿El qué? –pregunté curiosa.
 
Pareció dudar un instante antes de responder.
 
–Las gafas. –dijo algo balbuceante.
 
–Vaya, nos hacemos vieja, ¿verdad?
 
–Sólo las uso para leer. –dijo indignada.
 
–¿Es que las gafas de leer no son gafas? . –contesté irónica.
 
–¿Cambiamos de tema? –sugirió, aunque, más bien por su tono parecía una amenaza.
 
–De acuerdo. –accedí. Una idea cruzó rauda por mi mente .– ¿Qué llevas puesto?
 
La oí hacer un ruido con la boca y no supe si estaba riendo o por el contrario había soltado un bufido.
 
–No pretenderás tener una conversación erótica conmigo, ¿no?
 
–¿Por qué no?
 
–¿Hablas en serio? –preguntó. Su voz llena de incredulidad.
 
–¿Tanto te cuesta decirme que llevas puesto?
 
–Un pijama.
 
–¿Y cómo es?
 
–Emma, por el amor de Dios, sé que no hablas en serio...
 
–¿Es de seda? –insistí, sonriendo para mí misma.
 
–No, es de algodón pero...
 
–¿De qué color? –la interrumpí por enésima vez.
 
Soltó otro resoplido, pero decidió seguirme el juego.
 
–Azul.
 
–¿Podrías describírmelo?
 
–Pues de color azul, aunque es un azul claro, yo diría más bien que tirando a cielo... Sin dibujos, odio los estampados...
 
Sonreí para mí misma satisfecha. Jenny no sólo había accedido a mis deseos, sino que mostraba una repentina voluntad de describir cada detalle.
 
–... ni siquiera recuerdo donde lo compré. –prosiguió.– De todas formas sólo llevo la camisa, no soporto dormir con nada más.
 
–¿Sólo la camisa?
 
–Sí, eso he dicho.
 
–Interesante. –chasqueé la lengua. La sentí aguardando a mi próxima cuestión. Decidí no hacerla esperar mucho.– ¿Qué hay de tu ropa interior?
 
–No hay mucho que decir. Llevo unas bragas de color negro, de encaje.
 
Mi cerebro comenzó a recrear entonces su imagen. La imaginé tumbada, como yo, sobre la cama, con una pierna flexionada, el pelo repartido en todas direcciones y su piel bañada por una tenue luz.
 
Justo como la había visto en mi habitación. Mi corazón comenzó a latir con más rapidez de lo normal. Lo que en un principio había sido un juego para mí, ahora se había convertido en algo mucho más serio.
 
–¿Sigues ahí? . –preguntó.
 
–Sí.
 
–¿Satisfecha tu curiosidad?
 
–Mi curiosidad sí. Pero sólo eso.
 
–¿Puedo hacer algo más por ti? –preguntó con voz melosa.
 
Fruncí el ceño al reconocer aquel tono como uno juguetón. Me encantaba el sonido de su voz. Era hechizante. A pesar de que estábamos en invierno y ciertamente aquella noche era gélida, sentí un repentino acaloramiento.
 
–Emm...
 
–¿Sí?
 
–Me encantaría mucho volver a verte. –admití, agradecida de que ella no estuviera allí para poder ver mi timidez.
 
–A mí también.
 
Hubo un instante de silencio antes de que Jenny volviera a romperlo.
 
–¿Crees que sería una buena idea si mañana les hago una visita?
 
–Yo creo que eso sería una estupenda idea. –dije con una amplia sonrisa ante el pensamiento de verla el día siguiente.
 
–Tal vez para tomar un café...
 
–A Janina le encantará tenerte por aquí.
 
–De acuerdo entonces. Ve a descansar.
 
–No creo que pueda dormir.
 
–¿Por qué?
 
–Tu imagen media desnuda me persigue...
 
Rió, esta vez con más ganas y yo la seguí.
 
–Buenas noches, Emma.
 
–Buenas noches.
 

Corté la comunicación, puse el auricular en su lugar y volví a acomodarme bajo las mantas. Crucé los brazos detrás de mi cabeza y cerré los ojos. No había sido una broma cuando yo le había dicho que su imagen me perseguía. Ella estaba allí, en mis pensamientos y me estaba sonriendo.


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