BELLA INALCANZABLE

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Ago 12, 2016 4:53 pm

El día siguiente me despertó con un agradable olor. Abrí los ojos e inhalé. Janina debía estar en la cocina preparando el almuerzo. ¿Almuerzo? Miré el reloj y descubrí con algo de disgusto que eran las doce y media pasadas. Me apeé de la cama y corrí hacia el baño. Después de acicalarme y vestirme me reuní con mi hermana en la cocina.
 
–Buenos días. –saludé dándole un beso en la mejilla.
 
–Vaya, por fin.
 
–Debiste haberme despertado. –le dije dándole con el codo suavemente.
 
–Como si eso fuera fácil...
 
Le sonreí y abrí la tapa de la cacerola para ver qué era lo que olía tan bien. De mi garganta escapó un "mmm" placentero cuando me encontré cara a cara con un arroz con verduras.
 
–Te oí hablando anoche por teléfono... –dejó la frase en el aire esperando a que yo le revelara el gran secreto.
 
–Estuve hablando con Jenny.
 
–¿Jenny? –me preguntó mostrándose bastante más sorprendida de lo que yo me esperaba.
 
–Sí.
 
–¿Qué tal está? La última vez que la vi fue en el funeral de papá.
 
–Bien. De todas formas la he invitado a tomar café esta tarde. Espero que no te importe.
 
–Sabes que no me importa. Jenny siempre me ha parecido una buena persona y muy sincera, además. Lamenté mucho que lo suyo con Michael terminara.
 
Su última frase me hizo arrugar la nariz con desagrado. Un gesto que a los ojos avizores de mi hermana no pasó desapercibido.
 
–¿Qué? –me preguntó.
 
–¿Qué de qué?
 
–Has hecho ese gesto con la nariz. –me señaló el apéndice muy convencida.– Siempre lo haces cuando algo no te gusta.
 
–Pues lo he hecho sin pensar. –mentí.
 
–Ya...
 
Se dispuso a cortar una barra de pan y me ofrecí para terminar la tarea.
 
–Tú siempre has sentido algo especial por Jenny, ¿verdad?
 
Paré en seco todo lo que estaba haciendo y la miré.
 
–¿Qué te hace pensar eso?
 
–Emma, tú nunca has mostrado interés por casi nada que el resto de nosotras. Recuerdo que la expresión de tu cara cambiaba cada vez que el tema "Jenny" salía a la luz en tu presencia. No podías evitarlo, era superior a ti.
 
–¿Y qué crees tú qué es eso tan especial que siento por ella? –inquirí cuidadosamente.
 
Me sonrió levemente negando con la cabeza. Creo que lo hacía porque se daba cuenta de que yo estaba subestimando su inteligencia.
 
–Nunca te he preguntado sobre tu vida privada y no voy a empezar ahora. –fue su respuesta.
 
–¿No es mejor saberlo que especular sobre ella?
 
–No sé a qué te refieres con eso de especular.
 
–Lo sabes perfectamente, Janina.
 
–Bueno, para serte sincera, sabemos tan poco de tu vida que a veces nos preguntamos qué es lo que pasa. Pero no especulamos. Somos conscientes de que llegado el momento sabremos lo que haya que saber. –respondió muy tranquila.– Sea lo que sea, nadie en esta familia te va a crucificar por ello.
 
Terminé de trocear el pan y lo deposité en la panera, mientras rumiaba mis pensamientos. Janina parecía haber dejado el asunto zanjado, pero para mí había algo incómodo flotando en el aire.
 
–Nunca he hablado de esto con nadie. –comencé. Mi hermana se giró inmediatamente y puso toda su atención en mi persona.– Pero en realidad mi vida es un completo desastre. Tengo todos los elementos para una novela, incluido lo del amor imposible...
 
–¿Por qué es imposible?
 
–¿Cómo es eso que dicen? –pensé un instante.– Se necesitan dos para bailar un tango...
 
–¿Quieres decir que no eres correspondida?
 
–Eso mismo.
 
–Me pregunto qué es lo que nos hace enamorarnos de una persona y no de otra. Cuando conocí a Frederick creí que era mi destino estar con él.
 
–¿No hay ninguna posibilidad de que vuelvan a estar juntos? –pregunté.
 
–Me gustaría pensar que así es. Aún lo sigo amando, pero no he logrado descubrir dónde está el error.
 
–Tal vez sólo necesiten estar separados un tiempo. A veces es lo mejor.
 
–Ojalá eso fuera cierto.
 
–¿Por qué no va a serlo? –dije queriendo darle cualquier atisbo de esperanza que pudiera.
 
–Tú no sabes absolutamente nada de relaciones, ¿verdad?
 
Bajé la vista, confirmando sus palabras. Casi sentía vergüenza al tener que admitirlo. Cuando vi a mi hermana apoyarse de lado en la encimera para mirarme acusadoramente, supe que una vez más el tema giraría en torno a mí.
 
–¿Es ese amor imposible lo que no te permite encontrar a alguien a quien amar?
 
–Más bien creo que soy yo. Simplemente. ¿Dónde voy a encontrar a alguien que pueda soportar mis repentinos cambios de humor y mis silencios? Por no hablar de mis manías...
 
–Tú has... ya sabes, no eres virgen, ¿no?
 
Hice rodar los ojos con desesperación.
 
–Es la segunda vez en pocos días que me hacen la misma pregunta. ¿Es que hay algo en mí que dé a entender que soy virgen?
 
–Puede que sea esa frialdad con la que actúas en cada momento.
 
–¿Qué quieres decir?
 
–Olvídalo. Creo que he dicho algo estúpido. –admitió mi hermana, aunque a mí me dio la impresión de que trataba de salir en la situación comprometida en la que se había metido.
 
–No, no has dicho algo sin pensar. Dime que es lo que piensas, Janina.
 
–Lo único que pienso de ti es que deberías estar con alguien. Eres preciosa, no debería ser tan difícil.
 
–No todo es la belleza, hermana. –añadí en mi defensa.
 
–¿Crees que no soy consciente de eso? Pero en tu caso, ser bella significa tener una excusa menos para estar sola.
 
–¿Y no has pensado que quizás yo haya elegido esta situación?
 
–Ni por un momento.
 
–No puedo rebatir tus argumentos si ya tienes una idea preconcebida de todo esto...
 
–¿A quién intentas engañar? –me interrumpió.
 
La miré y supe que yo estaba intentando enmascarar mi pésima vida amorosa.
 
–Acabas de decir que hay alguien de quien estás enamorada, ¿pretendes decirme que no cambiarías todo lo que tienes porque ella te correspondiera igualmente?
 
Fue la primera vez en nuestra conversación en que mi hermana había utilizado un "ella". Hasta entonces se las había ingeniado para no decantarse por ningún género. Debió habérsele escurrido sin querer.
 
–Ella... –pronuncié la palabra con énfasis.– No va a amarme jamás.
 
Con ello aclaré cualquier duda que tenía mi hermana sobre mis preferencias sexuales. Algo que por otra parte no pareció afectarle en lo más mínimo. Era evidente que ya se esperaba algo así. Me pregunté si era ella sola o el resto de la familia también estaba convencida.
 
–De acuerdo. –dijo pausadamente.– Pongamos por caso que ella no te ame, ¿es que no hay nadie más para tí?
 
–Puedo discutir muchas cosas contigo, hermana, pero mi vida sexual olvídalo...
 
–¿Por qué? –me preguntó, de repente demasiado interesada para mi desmayo.
 
–¿Existía alguien más que Frederick para ti?
 
Pensó unos segundos.
 
–No...
 
Hice un gesto con las manos haciéndole ver que acababa de darme la razón.
 
–Pero es diferente. –puntualizó ella.
 
–No lo es.
 
–Sí lo es. Yo tuve la suerte de que él me correspondiera. ¿Qué hay de ti? ¿El problema es que no le gustas o que no va por el mismo camino que tú?
 
–No lo sé, es decir... –me pasé una mano por el pelo nerviosa.– No tengo ni idea de qué demonios le gusta, pero creo que definitivamente no soy yo.
 
–¿Estamos hablando de Jenny?
 
Suspiré sabiendo que no tenía caso seguir ocultándolo. De todas formas creo que era demasiado evidente.
 
–Sí. –dije sin más preámbulos.
 
–Es lógico que hayas perdido la cabeza por ella. Y no sólo lo digo por su belleza, lo que está fuera de toda duda, sino porque es de esas personas que tienen cierto aura de misterio... ¿entiendes lo que te digo? Justo como esas grandes divas del cine...
 
–Creo que sé por dónde vas. –admití, reconociendo en mi interior esas mismas sensaciones que sentía cada vez que la tenía cerca de mí.
 
–Por otra parte... –negó con la cabeza y emitió un pequeño suspiro.– Ella estuvo con Michael y eso da cierta idea de...
 
–Lo sé, créeme. Es sólo que ella es todo lo que quiero y a la vez lo que no puedo.
 
–¿Recuerdas aquel día en el río con Jenny?
 
–Sí. ¿Por qué? ¿Qué tiene eso de especial? –pregunté, sin saber adónde quería llegar Janina.
 
–Nada sólo que parecías un cachorrillo. Todo el tiempo detrás de ella...
 
Suspiré, volviendo a recrear ese día una vez más. Era de los pocos recuerdos en aquella casa que seguían imborrables con el paso del tiempo. Casi podía recordar cada palabra que había dicho ese día. Nada de lo que tuviera que ver con Jenny había desaparecido de mi memoria.
 
–No es cierto. –me quejé.
 
–Tampoco es cierto que aquella noche, cuando se marchó, recibiera una llamada repentina, ¿verdad? Fue algo que tuvo que ver contigo...
 
Bajé la cabeza incapaz de mentir. Eso confirmó sus sospechas. Yo nunca imaginé que mis sentimientos por Jenny hubieran sido siempre tan transparentes.
 
–¿Qué hiciste? –me preguntó, apoyándose en la encimera y mirándome con verdadero interés.
 
–La besé.
 
Janina abrió los ojos tanto que parecía que se le iban a salir de las órbitas.
 
–¡¿En la boca?! –exclamó incrédula.
 
–Sí.
 
–¿Y ella respondió?
 
–No lo sé, no estoy segura... Creo que al principio sí, es decir... –suspiré. No era algo que yo hubiera relatado con anterioridad y hacerlo ahora me estaba costando un mundo.– Yo la besé y ella no se apartó, al menos durante unos segundos...
 
La vi reírse y me pregunté que había dicho yo que resultase tan gracioso. Esperé a que se le pasara la risa tonta mirándola casi con enfado.
 
–No me digas... –paró para tomar aliento.– ... que intentaste robarle la novia a Michael.
 
Hice rodar los ojos con frustración. Pero ella tenía razón. Yo había intentado "robarle" la novia a mi hermano.
 
–Tenía dieciocho años, eso tiene que decir algo a mi favor. –expuse.
 
Janina asintió con la cabeza, tomó un pedazo de pan recién cortado y se metió la mitad en la boca.
 
–Así que la besaste... –me señaló agitando la otra mitad en la mano.– Eso fue algo muy valiente de tu parte.
 
–¿En serio? –comenté con tono sarcástico.– Sólo sé que ése fue el fin de la historia. –zanjé, antes de que pudiera preguntar algo más.
 
–Yo diría que más bien fue el principio.
 
–Sí, el principio de mi desgracia. –añadí amargamente.
 
–¿Qué pasa con esas otras personas que han pasado por tu vida?
 
–Yo no puedo amar a nadie mientras siga existiendo Jenny. Simplemente no puedo.
 
–Más bien será porque no quieres olvidarla.
 
–Tal vez. –concedí, conociendo muy bien la obsesión por la azafata.
 
–¿Sabes?, conozco a una chica del trabajo que ...
 
–Ni se te ocurra pensarlo. –la avisé.– Lo que menos necesito es que comiences a buscarme citas.
 
–De acuerdo, como quieras, pero te advierto que es muy guapa...
 
–Janina, déjalo ya. –ladré, añadiendo además una mirada fulminante.
 
–Vale, vale. –consintió, alejándose para echar un vistazo en a cacerola.
 
Cuando el timbre de la puerta sonó casi a las cinco y cuarto, yo ya estaba hecha un manojo de nervios. Y todo porque ahora mi querida hermana conocía de mi debilidad por Jenny y tenía miedo de lo que sería capaz de hacer. No era lo mismo sentir lo que sentía en soledad que el haberlo compartido con alguien, sobre todo si se tenía una hermana como la mía.
 
Yo le había advertido con antelación que fuera lo que fuera que le pasara por la cabeza, que lo olvidase o le arrancaría la piel a tiras. Ella me convenció de que no iba a pasar absolutamente nada, así que lo preparamos todo para cuando Jenny llegara en aparente tranquilidad.
 
Esperé sentada en el salón mientras Janina iba a abrir la puerta. Me removí en mi asiento buscando una posición cómoda para parecer distendida. Oí las voces de ambas mientras se acercaban y mi corazón comenzó a martillear con insistencia.
 
Jenny traía consigo una brillante sonrisa que me dirigió nada más verme y yo me erguí lo suficiente para recibir los dos besos con los que me saludó.
 
–Hola. –dijo simplemente.
 
–Hola.
 
–Dame tu abrigo, Jenny. –ofreció mi hermana.
 
–Hace un frío de mil demonios ahí fuera. –dijo ella, deshaciéndose de su chaqueta.
 
–Voy a poner el café. Regreso enseguida.
 
Janina desapareció rumbo a la cocina y Jenny se sentó cerca de mí aún con la sonrisa adornando sus bellas facciones.
 
–Viendo a tu hermana, cualquiera diría que está pasando un mal momento.
 
–Ella es así. Nunca deja que sus problemas afecten a los demás .
 
–¿Tú cómo estás? –me preguntó, palmeándome la rodilla y posando su mano allí.
 
–Bien. Con Janina no existen los días tristes. Nos hemos pasado el día charlando de nuestras cosas...
 
La mano que ella seguía apoyando en mi rodilla comenzó a inquietarme un poco, sobre todo al sentir su calor a través de la tela de mi pantalón.
 
–Me alegro. –se fijó entonces en la mesilla y descubrió el platito de pastas para acompañar el café que habíamos dispuesto para ella.– Vaya, me encantan esas galletitas.
 
Sin una palabra más, alargó el brazo y cogió una que empezó a roer con entusiasmo. Janina
retornó de la cocina .
 
–Me alegro mucho de volver a verte, Jenny. –se sentó en un sofá frente al nuestro.– Las últimas veces que nos hemos visto no han sido en las mejores condiciones.
 
–Desgraciadamente. –añadió la invitada.
 
Yo sabía que en el tiempo que había durado la relación de Michael y Jenny, (tiempo que abarcó la época en que yo estudiaba fuera), ella había creado ciertos lazos con mi familia y esa confianza se notaba sobre todo ahora, viendo a las dos hablar como si de antiguas amigas se tratara.
 
Las cosas entre Jenny y yo nunca habían sido tan distendidas. Quizás fueran mis sentimientos hacia ella lo que añadía presión a nuestra amistad. Yo nunca se lo había preguntado, pero tal vez fuera hora de abordar a Jenny y descubrir hasta qué punto le incomodaban esos sentimientos.
 
–¿Conoces a Julia entonces? –inquirió Janina refiriéndose a la prometida de Michael.
 
Puse especial interés en observar la reacción en Jenny.
 
–Por supuesto. –respondió con absoluta tranquilidad y con el rostro impasible.– Es una persona muy agradable y la única que ha logrado echarle el lazo a ese cabeza loca de Michael. Me alegro mucho por ambos.
 
Janina rió suavemente.
 
–A todos nos llega ese momento, al parecer. Yo que creía que Michael no estaba hecho para el matrimonio y fíjate.
 
–Estoy de acuerdo contigo. –añadió Jenny.
 
Las vi intercambiar varias frases más hasta que comencé a sentirme un tanto fuera de lugar. Me
levanté dispuesta a hacer algo útil y servir el café.
 
–De eso nada. –negó Janina.– Yo lo serviré. –Tú quédate aquí con nuestra invitada.
 
No tuve más remedio que asentir y volví a tomar mi antiguo asiento.
 
–Estás muy callada. –me dijo ella nada más departir mi hermana.– ¿Ocurre algo?
 
–No. –negué con la cabeza al tiempo.
 
Pareció desistir rápidamente de indagar en mis posibles problemas. Supuse que quería tomarse las cosas con calma y no añadir presión. Así que cambió de tema.
 
–Mañana tengo un vuelo a Londres, creo que te lo dije.
 
–Sí, lo sé.
 
–He pensado que ya que tengo todo el día por delante y ningún plan, quizás luego podríamos ir las tres a cenar o algo.
 
–Me encantaría. –dije sonriéndole levemente.
 
–¿Lograste dormir anoche al final?
 
–Sí, pero echo de menos mi cama. La de mi cuarto aquí parece ideal para una tortura china.
 
La hice reír.
 
–Quejica. –añadió.
 
–Es fácil decir eso cuando no lo has tenido que sufrir por ti misma.
 
Jenny volvió a hurtar otro de los dulces y se apoyó cómodamente en el respaldo, girada hacia mí.
 
–Ya estoy de vuelta. –anunció mi hermana cargada con una bandeja.
 
La depositó sobre la mesilla y nos sirvió a cada una taza de café. Jenny le añadió al suyo leche y varias cucharadas de azúcar, mientras que Janina y yo lo tomamos solo.
 
–¿Qué tal el trabajo, Jenny?
 
–Mañana tengo un vuelo. Y a decir verdad, no es que me apetezca mucho...
 
–Jenny sugirió que quizás podríamos salir a cenar esta noche. –añadí yo, aún encantada por la idea.
 
–Me parece estupendo. ¿Adónde van a ir?
 
–Me refería a que fuéramos las tres Janina. –enfaticé.
 
–Yo no puedo, aunque me encantaría.
 
Miré a mi hermana casi atravesándola. Como si yo no supiera que estaba intentando dejarme el camino libre con Jenny. Janina se amparó detrás de su taza para no tener que mirarme a los ojos.
 
–Vamos, Janina, ¿es que tienes algo mejor que hacer? –repuso la invitada.
 
–Creo que no sería muy buena compañía.
 
–Si resulta que nos aburres te pediremos un taxi, ¿vale? –bromeó Jenny haciéndonos reír.
 
–De acuerdo. Pero yo elijo el sitio.
 
–Aunque eso no me tranquiliza mucho, hermana, esta vez me arriesgaré. –dije irónicamente.
 
–Pues yo confío plenamente en el juicio de tu hermana. –resolvió la castaña dirigiéndose a mí.
 
–Muchas gracias. –contestó Janina.
 
–Como se nota que tú no has tenido que ver lo que es capaz de tragar... –añadí a la defensiva.
 
–Si no te gusta, siempre podemos pedirte un taxi, ¿cierto Jenny?
 
Jenny no respondió, pero casi se atraganta con lo que estaba masticando en un repentino ataque de risa.
 
.......................
 
 
Janina nos llevó a un mexicano, cosa que yo agradecí silenciosamente. Nos sentamos en una mesa que hacía esquina en el segundo piso del inmenso restaurante. Jenny a mi lado y Janina en frente. Antes de lograr conseguir mesa tuvimos que esperar en la barra tomando unos margaritas como aperitivo, puesto que el lugar estaba atestado de comensales. Dejamos que Janina pidiera y media hora después disfrutábamos de una ensalada de aguacate, papaya y camarón, tacos de pollo y enchiladas en salsa roja con frijoles refritos.
 
Por mi parte, removí la ensalada preguntándome qué demonios pintaba la papaya en ella. Aparte de ese pequeño detalle y de lo poco que había comido, tuve que admitir con franqueza que la cena estaba deliciosa.
 
–Mira, ni siquiera ha pronunciado una palabra... –dijo jocosamente mi hermana en referencia a mí.– No ha parado de comer.
 
–No se puede decir que sea de las personas que hablen mucho, ¿no? Con lo cual es algo normal. –Jenny me sonrió y me guiñó un ojo.
 
–¿Hasta cuándo seguiré siendo el objeto de sus bromas? –comenté yo.
 
–Conozco ese tono... Se avecina tormenta, Janina.
 
–Sálvese quien pueda. –añadió mi hermana.
 
Se rieron las dos y yo negué con la cabeza vencida. Cogí la jarra de margarita y vertí más licor en mi copa. Ya empezaba a sentir cierto acaloramiento. El picante y el tequila no eran muy buena combinación, al menos para mí.
 
El teléfono móvil de Janina sonó en ese preciso instante y tras una breve excusa contestó a la llamada. Supe que estaba hablando con Frederick porque pronunció su nombre, pero de no haber sido así lo hubiera adivinado igualmente en cuanto la expresión de su cara se tornó triste.
 
–No sé cómo puede oír algo con este ruido. –comentó Jenny.
 
El restaurante estaba tan lleno que el ruido era casi infernal. Cerca nuestra teníamos una mesa de unas cinco personas y debían llevar consumidas demasiadas jarras de margarita a juzgar por la algarabía.
 
–¿Cuándo regresas de tu viaje?
 
–Dentro de tres días. ¿Necesitas algo de Londres?
 
–No. –sonreí.– ¿Puedo llamarte cuando regreses?
 
–Cuento con ello. –añadió con premura, cosa que me agradó.
 
Oímos a Janina reír mientras hablaba ahora con su hija. Segundos más tarde cortó la comunicación.
 
–Sólo ha pasado un día desde la última vez que la vi y es increíble cuánto la echo de menos ya. -anunció mi hermana.
 
–Amor de madre. –dije yo.
 
–Puedes decirlo. Cuéntanos alguna anécdota de tu trabajo, Jenny. –pidió Janina mientras
retomaba su cena con avidez.
 
–Mmmm... –terminó de masticar antes de comenzar a hablar.– Hay muchas. Pero quizás una que recuerdo muy a menudo es cuando estábamos despegando y una enorme cigüeña se metió dentro de una de las hélices del motor obligándonos a aterrizar de emergencia...
 
–Escalofriante. –dijo Janina mientras hacía un gesto como de echarse a temblar.
 
–¿Tuviste miedo?
 
–Ya lo creo. La idea de que vas estrellarte no es agradable. Y lo peor es tener que calmar a los pasajeros después de algo así. Reaccionan de manera tan dispar que incluso llegas a temer porque te agredan o algo peor.
 
–El viaje que hicimos todos para acudir a la licenciatura de Emma fue caótico. No me gustan los aviones.
 
–Yo creo que a nadie le seduce. Es una sensación desagradable cuando estás ahí arriba y sabes que no tienes el control de absolutamente nada. Y antes de que lo preguntes, mis razones son única y exclusivamente lucrativas. Pagan muy, pero que muy bien.
 
Pensé durante unos instantes. Tanto como quería yo a Jenny me hizo reflexionar sobre el arriesgado trabajo que tenía. Quizás tan arriesgado como cualquier otro, pero en todo caso, si algo le pasaba, ella tendría muy pocas opciones.
 
Sentí un sudor frío recorrerme por entero.
 
–¿No piensas dejarlo algún día? –pregunté yo, poniendo voz a mis temores.
 
–Supongo que sí. No se ven muchas azafatas de pelo blanco, ¿no?
 
–Reconozco que tu trabajo tiene un lado excitante. En cambio el mío... –Janina suspiró recordando su trabajo como funcionaria.– Estar sentada todo el día ante una mesa es aburridísimo.
 
Una música comenzó a sonar desde uno de los extremos del salón y Jenny y yo nos giramos para ver a un grupo de mariachis, vestidos, por supuesto, con el traje típico y entonando la canción "Ay, Jalisco".
 
–Ya los echaba de menos... –comentó Janina cómicamente.
 
–Esta música siempre me recuerda a mamá.
 
–Cierto, ella y sus discos de Música Mexicana.
 
Uno de los camareros se acercó hasta nuestra mesa para interesarse por nuestra cena. Janina se encargó de indicarle que todo estaba perfecto y de pedir otra jarra más de margarita. Eso me recordó que mi copa estaba media llena. La cogí y tomé un gran sorbo de la bebida. Vi a Jenny mirarme de reojo, como haciendo cuenta mental de cuanto estaba yo bebiendo.
 
–Aún no estoy borracha, si es lo que te preocupa. –le dije casi en un susurro.
 
–Si sigues así lo estarás pronto. –me contestó igualando mi tono.
 
Janina que nos había visto intercambiar aquellas dos frases, encontró de repente la banda de mariachis muy interesante, dándonos así una ligera privacidad.
 
–No sé si te habrás dado cuenta, pero me estás tratando como si fuera una alcohólica.
 
–No es lo que pretendo, pero ya que estamos, te diré que casi no has probado la cena y que sin embargo aún no he visto vaciarse tu copa.
 
–Genial, Jenny. –concedí yo, con un poco de malestar.
 
–Creo que no es necesario el que te recuerde la disposición que muestras últimamente hacia el alcohol...
 
Para mostrar mi rebeldía por sus palabras, volví a tomar la copa y la alcé.
 
–¿Un brindis? –dije en alto.
 
Janina devolvió su atención a nosotras, mientras que Jenny contraía las mandíbulas como muestra de desagrado.
 
–¿Por qué brindamos? –preguntó mi hermana, secundándome.
 
–Por nosotras. –repuse.
 
Las tres chocamos nuestras respectivas copas y tomamos un pequeño sorbo.
 
–¿Te vas a terminar eso? –me preguntó Janina masticando.
 
Sin decir nada, vacié el contenido de mi plato en el suyo y ella me lo agradeció con una amplia sonrisa.
 
–Veo que es de familia lo de comer tanto... –murmuró Jenny a media sonrisa.
 
–Esta pequeña indulgencia que ves, me va a costar muy cara. –admitió Janina.– Mí cuerpo ha cambiado demasiado después del parto. No hay manera de domarlo...
 
–Qué me vas a contar a mí...
 
–Demasiadas preocupaciones por el simple hecho de comer. –murmuré a media sonrisa.
 
–Lo dices porque tú eres incapaz de preocuparte por ganar un gramo. –recalcó mi hermana.
 
–¿Debo sentirme culpable por eso? –añadí en tono burlón.
 
–¿A veces no la odias, Jenny?
 
–A cada instante. –respondió la azafata con premura.
 
–Yo creo que no se debería tener tanta preocupación por el aspecto. Todo este rollo por el culto al cuerpo ha llegado demasiado lejos... –alegué distraídamente.
 
Jenny y Janina se miraron durante unos instantes para acto seguido romper a carcajadas.
 
–Emma, cállate. –me ordenó Janina aún entre risas.– Sabes perfectamente que la apariencia lo es todo. No digo que sea justo, pero ésa es la realidad.
 
–Son unas superficiales. –me quejé medio en broma.
 
A mi hermana le entró un repentino ataque de risa, aparentemente por mis palabras, aunque algo me decía que era producto de los margaritas.
 
–Tú –me señaló con el tenedor una vez recuperada de su ataque.–, eres tan superficial como cualquiera de nosotras. ¿O me vas a decir que crees en eso de que lo que importa es el interior?
 
–La gente guapa a menudo suele ir acompañada de una gran falta de humildad, Janina.
 
–Ése es otro tópico estúpido. –añadió Jenny.– No toda la gente bella es estúpida o insoportable... Tú no lo eres. –me miró y yo hice lo de siempre: me sonrojé.
 
Janina acudió en mi auxilio una vez que fue evidente que yo me había quedado sin palabras.
 
–Emma cree que no es atractiva, Jenny.
 
Hubiera preferido en ese momento que mi hermana me hubiera dejado en total desamparo.
 
–No querer reconocerlo no es lo mismo que no ser consciente de que se es...
 
–"Touché" –repuso Janina.– Ella podría tener a cualquier persona que se propusiera. Es guapa, inteligente y tiene un gran corazón...
 
En ese punto, cuando mi hermana se decidió por enumerar mis cualidades, cerré los ojos y deseé escapar de allí. No creí ni por un momento que Jenny no se diera cuenta de que Janina intentaba tenderle una trampa para que la conversación girara en torno a mí.
 
Yo sabía que el haberle expuesto mis sentimientos a mi hermana había sido un gran error. Ahora mismo lo estaba comprobando.
 
–¿Alguien quiere postre? –dije súbitamente, sorprendiéndome hasta a mí misma.
 
Jenny se giró hacia mí con el ceño fruncido y yo le sonreí levemente.
 
¿Qué otra cosa podía hacer?
 
.............................
 
Jenny nos llevó a casa en su coche. Creo que todas sabíamos que la única que controlaría la bebida sería ella, por lo que fue una buena idea desde el principio el dejarle esa responsabilidad. Viajamos en silencio. Yo estaba prácticamente hundida en el asiento delantero, buscando una posición cómoda, con los párpados tan pesados como el acero. Habíamos abandonado el restaurante casi a la medianoche. El tiempo había pasado volando. Yo no quería que aquella velada terminara, sobre todo porque pasaría Dios sabe cuánto tiempo antes de que volviera a ver a Jenny.
 
Giré la cabeza para ver su perfil, la expresión era de total concentración mientras guiaba el auto por la carretera. Me pregunté si a mis ojos aquella mujer alguna vez parecería menos que una diosa. Eché un rápido vistazo a Janina, quien dormitaba en el asiento trasero, con la cabeza ladeada. Sonreí ante su cómica posición y me concentré de nuevo en mirar por mi ventanilla hasta que cerré los ojos.
 
– Bien, ya hemos llegado... –su voz me sacó abruptamente de mi adormilado estado y tuve que mirar por la ventanilla para asegurarme de que habíamos llegado a la casa de Janina.
 
Me pareció demasiado pronto...
 
Nos apeamos del coche las tres y Janina se despidió de Jenny con un sonoro beso en la mejilla.
 
–Nos vemos pronto. –añadió, antes de perderse escaleras arriba.
 
No había que ser muy inteligente para saber el motivo de las prisas de mi hermana por dejarnos solas.
 
–¿Me llamarás? –me preguntó.
 
–Sí.
 
–Bien. –murmuró algo insegura de lo que preguntar o hacer a continuación.
 
Nos quedamos allí, casi a oscuras, mirándonos. Ella dio un paso adelante y alzó una mano para colocarme unos rebeldes mechones de pelo fuera de mis ojos. No pude evitar cerrarlos mientras absorbía por completo las sensaciones que esa simple caricia me provocaba. La sentí acercarse hasta mí, puesto que percibí su cálido aliento y dejé de respirar, imaginando que se acercaba para besarme. Lo deseaba tanto. Tanto...
 
Sus labios rozaron mi mejilla, cerca de los labios, dejando allí un suave cosquilleo. Luego sentí la pérdida de su cercanía y fue entonces cuando abrí los ojos, sólo para verla desaparecer calle abajo dentro de su coche.
 
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Sáb Ago 13, 2016 3:54 pm

Me ha fascinado de principio a fin... Me encanta tanto esta historia *-*
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Mar Ago 16, 2016 3:24 am

Que hermoso capítulo largo. Dios Jenny me va hacer dar algo de tanta mala sangre que me hecha esta tia, aveces quiero comprenderla pero la verdad no puedo, parece que disfruta sabiendo que tiene a Emma comiendo de su puño. Realmente es chocante pero es muy bueno envontrar una historia asi. Estoy ansiosa por la conti. No tardes.

Julenka

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Ago 17, 2016 8:38 pm

Hallo, aquí tienen un nuevo capítulo de esta historia. Gracias Aleinad y Julenka por siempre estar presente y comentar, mis seguidoras fieles, les mando un gran saludos, y espero les guste la primera parte de este capítulo Smile


BELLA INALCANZABLE




6. SENTIMIENTOS QUE DELATAN.
 
El fin de semana en casa de mi hermana resultó ser muy relajante para mí. Hablamos de todo y de nada. Ella, tan sabia como era, no volvió a sacar el tema "Jenny". Creo que sabía que, llegado el momento, sería yo quien pidiera compartir mis emociones. Janina había visto a través de mí y había entendido mis sentimientos y lo desdichada que me hacían. A veces la había pescado mirándome como con intención de querer decirme algo, pero tan rápido como mis ojos encontraban los suyos, parecía desistir de su empeño.
 
Mi madre vino el último día de mi estancia allí y pasamos una grata velada las tres, tomando café y charlando de multitud de cosas. Fue la primera vez que me sentí como si fuera parte de ellas, como si nunca hubieran existido esas diferencias que nos hacían tan opuestas. Por supuesto, evitamos hacer cualquier comentario sobre la inminente separación de Janina, y encubrimos la ausencia de Frederick alegando un fin de semana a solas entre padre e hija. No estoy muy segura de que mi madre, con su suspicacia, creyera del todo aquella simple excusa, pero no mostró ningún síntoma de incredulidad y mucho menos ansias de profundizar en el tema. Nosotras sólo pretendíamos evitarle más dolor.
 
Vi mi tristeza reflejada en los ojos de mi madre. Jamás la había visto tan apagada. Aunque ella se esforzaba por mostrarse distendida, supe que le estaba costando un mundo seguir respirando. No pude ni imaginar lo que sería quedarse sola, el perder a la persona que tanto se ama... Ella era una mujer más fuerte de lo que yo nunca hubiera imaginado. Ahora lo veía claro. Seguramente, lo único que la mantenía con vida era el pensamiento de que llegaría el momento de reunirse con él, de que él la estaba esperando ya en un mundo perfecto en algún lugar...
 
Incluso para la muerte existen excusas que pueden dar esperanzas.
 
Ese domingo mis pensamientos también estuvieron con Jenny. Durante los ochos años que pasé sin verla, nunca había dejado de aparecer en mi memoria, incluso en mis sueños. Pero a medida que pasaba el tiempo su imagen se iba desvaneciendo también. Ahora, ella había vuelto trayendo consigo mis antiguas ansias.
 
Regresé a la soledad de mi apartamento la tarde-noche de ese mismo día. Me alegré de haberle dejado al conserje del edificio el encargo de tener mi teléfono listo para mi regreso. Eché un rápido vistazo al contestador, que indicaba un mensaje nuevo. Apreté el botón, sintiéndome extrañamente excitada. Y sabía el por qué.
 
El mensaje, para mi desilusión, era del hospital. Maldije por lo bajo al darme cuenta de que había olvidado todo el asunto de mi trabajo. Me hice la firme proposición de acudir al día siguiente a la clínica y firmar mi renuncia de una vez por todas.
 
Decidí animarme como casi todas las mujeres lo hacían: comiendo y comiendo. Y si era algo que añadía cantidades ingentes de calorías al organismo, tanto mejor. Así que saqué una tarrina de helado de chocolate del congelador e hice mi camino de vuelta hacia el sofá, donde me estiré cómodamente.
 
Encendí la tele para distraer mi atención lejos de mis pensamientos mientras engullía grandes cucharadas de helado. Era cierto eso que decían de que el dulce tenía propiedades relajantes.
 
...............
 
El día siguiente vino cargado de aburrimiento y de anhelos, aunque yo ignoraba de qué.
 
Me dediqué casi por entero a poner orden a mi siempre revuelto apartamento para mantenerme distraída. Incluso ordené cada cajón, y cuando me encontré, casi por casualidad, con un añejo álbum de fotos, lo solté como si me quemara.
 
Mi padre estaba allí dentro.
 
Una vez que acabé con esa tarea y mi ático pareció algo menos que una selva, pensé en llamar a Janina e invitarla a cenar o a ir al cine. Era evidente que no quería estar sola. La soledad, por entonces, me daba mucho margen para pensar. En tan sólo unos días, Jenny había logrado que yo no sintiese tanto placer en mi voluntario retiro.
 
Abandoné la idea de llamar a Janina. Me di cuenta de que lo que me apetecía era salir esa noche y tal vez conseguir algo de compañía. No era pecado desear tal cosa, y hacía mucho tiempo que no disfrutaba de otra persona.
 
Con la decisión tomada, me di una larga ducha y me vestí y maquillé con parsimonia y dedicación. Estaba dispuesta a averiguar si mi recién estrenado desparpajo había conseguido vencer mi timidez.
 
Nada más entrar, las intensas luces de la sala inundaron mis sentidos. Avancé por entre la apiñada muchedumbre, percibiendo los diferentes trazos de perfume, inundada de humo, recibiendo alguna que otra mirada de admiración y de sonrisas que dejaban claras intenciones.
 
Odiaba los lugares cargados de gente, odiaba sentirme observada, pero esa noche no. Esa noche quería que me mirasen, que me tocasen. Que me desearan.
 
Conseguí llegar hasta la barra. Ya me notaba acalorada e incluso podía sentir la espalda húmeda con sudor. Sopesé la idea de no tomar alcohol esa noche, pero al final accedí a mis deseos y le pedí un whisky solo a una casi desnuda camarera con un piercing en la nariz que me sirvió de inmediato.
 
Observé a la camarera y me pregunté si había comprado el vestido o simplemente eran los retales del mismo. "Bonitas piernas", me fijé.
 
Me giré entonces, apoyando un codo sobre la barra mientras escaneaba la zona. Mis sentidos me alertaron de que alguien me estaba mirando. Me giré hacia la izquierda y fui recibida por unos enormes ojos que, a pesar de la distancia, podía jurar que eran verdes.
 
Sin apartar la vista de aquellos ojos, tomé un sorbo de mi bebida y le sonreí juguetonamente. Recibí otra en aprobación a mis actos y decidí que definitivamente había encontrado algo interesante esa noche y con excesiva rapidez.
 
Giré mi cuerpo para estar completamente de frente. Eso tuvo la recompensa esperada cuando aquellos ojos verdes se acercaron hasta mí. Mucho antes de sentir el calor de su cuerpo, pude distinguir su suave perfume. Me gustó. Definitivamente sus ojos eran verdes.
 
El único saludo fueron las respectivas sonrisas que nos dirigimos. No hay nombres ni hacen falta las palabras cuando dos personas saben lo que buscan.
 
Se reclinó hacia delante y yo me aparté ligeramente asustada por el súbito movimiento. Ella sonrió pícaramente y señaló con el dedo hacia el vaso donde estaban las cañitas, poniendo de manifiesto su intención de coger una para su vaso, así que continuó inclinándose hasta que su cuerpo estuvo totalmente pegado al mío, su pelo cobrizo rozándome un hombro desnudo. Fui consciente de un aliento rozando suavemente mi oreja, de una piel rozando mi brazo y me sentí extrañamente en trance. Casi sin pensar, dejé que mi mano viajara por aquel brazo desnudo desde la muñeca hasta el codo.
 
Bebí el resto de mi copa de un solo trago. Necesitaba ánimos esa noche. No habría lugar para pensar en mi padre o en Jenny. Esa noche era para mí y lo necesitaba.
 
–¿Quieres otra copa? –me giré hacia ella cuando su voz me alertó.
 
Su voz me pareció dulce. Decidí que me gustaba.
 
–Gracias. –le contesté y ella se giró para pedir.
 
Me fijé en que llevaba unas faldas justo por encima de las rodillas y que la piel de sus muslos parecía ser extremadamente suave. No pude evitar colocar mi mano allí, despacio, para darle tiempo a retirarla si era lo que quería.
 
Ni siquiera me miró. Siguió apoyada en la barra mientras yo alzaba la mano y me encontraba con el extremo de su falda.
 
Se giró hacia mí y se acercó un paso más, de forma que su pierna estaba ahora entre las mías. Colocó el vaso delante de mi nariz y yo lo tomé.
 
–¿Sabes qué es lo que me ha atraído de ti? –me dijo al oído. Negué con la cabeza y ella se acercó de nuevo para darme la respuesta.– Tu expresión. Nadie debería entrar en un lugar como éste así de triste...
 
Me reí y ella me siguió.
 
–Al parecer ya has logrado que esté de mejor humor... –concedí, hablándole al oído por el ruido que nos rodeaba.
 
Alargó una mano y separó suavemente de mis ojos un errante mechón de pelo. Ese gesto me hizo recordar inevitablemente a Jenny, tan empeñada siempre en atusar la rebeldía de mi cabello. Cerré los ojos con fuerza y saqué cualquier pensamiento de la castaña de mi cabeza.
 
–Salgamos de aquí. –dije con premura.– Hace demasiado calor.
 
Ella no puso ninguna objeción a mi demanda y me siguió mientras yo luchaba por atravesar la densa muchedumbre. Una vez en el exterior la llevé hasta mi coche.
 
–¿Te apetece dar una vuelta? –le pregunté.
 
Ella asintió con la cabeza y nos metimos dentro del auto. Lo puse en marcha y salimos rumbo a ningún lugar. Me concentré en la carretera, aunque era consciente de que la mujer me estaba mirando fijamente. Incluso podía asegurar que estaba sonriendo de medio lado.
 
–Eres una persona extraña... –me dijo.
 
La miré, aprovechando que en esos momentos había tenido que parar frente a un semáforo en rojo.
 
–Lo sé. –confesé.– Suelen decírmelo a menudo. Claro que a los demás les lleva algo más de tiempo llegar a esa conclusión.
 
–Me gusta... –indicó casi ronroneando.– ¿Adónde me llevas?
 
–No tengo la menor idea...
 
–Tampoco es que importe mucho, ¿verdad?
 
Volteé un solo segundo para sonreírle y ella me devolvió el gesto, para poco después colocar una mano sobre mi muslo y acariciarlo. Sentí que inmediatamente algo dentro de mí se encendía y tragué con algo de dificultad.
 
–Quizás deberíamos ir a tu apartamento... –me sugirió cuando se dio cuenta de que yo comenzaba a respirar ruidosamente.
 
Sin decir una palabra, apreté el acelerador y puse rumbo hacia mi ático.
 
...............
 
Cuando desperté a la mañana siguiente, lo hice a solas. Ella se había marchado en algún momento de la mañana, puesto que hicimos el amor hasta bien entrada la madrugada, sin que yo me diera cuenta.
Respiré hondo y me impregné de su olor. Su aroma estaba en todas partes, en la cama, las sábanas, en mis dedos e incluso en cada parte de mi piel.
 
No recordaba haber hecho el amor tan salvajemente ni haber tenido en la cama a alguien tan complaciente y al mismo tiempo tan insaciable. Los músculos doloridos y cansados de mi cuerpo eran una prueba de ello.
 
Me di la vuelta hasta quedar boca abajo y me enterré en la almohada. Seguí recordando los acontecimientos de la noche previa, demasiado frescos en mi memoria. No estaba muy segura, pero creo que en un momento dado fui capaz de prometerle amor eterno. De haber sido profesora le hubiera dado matrícula de honor a su examen oral...
 
Me reí y volví a darme la vuelta. No recordaba lo bien que podía hacerte sentir un buen polvo al día siguiente, cuando despertabas con sólo la conciencia de haber pasado unos gratos momentos, sin ataduras, sin nada de lo que arrepentirse.
 
Me erguí para sentarme sobre la cama y no pude evitar exclamar un alarido de dolor cuando coloqué todo el peso sobre mis nalgas. En un momento de pasión, ella me había clavado las uñas allí. Tardaría varios días en lograr sentarme derecha...
 
Me levanté dispuesta a darme una larga ducha para borrar todo resto de mi noche de pasión, pero antes de dar dos pasos, mi cuerpo se desplomó sobre el frío suelo. Gemí inconsolable y di gracias de estar sola. Me quedé estirada allí mientras daba coces intentando desenredar mi pie izquierdo de la sábana. Pensé que había días en los que era mejor no poner un pie fuera de la cama.
 
Esperaba que aquel no fuera uno de ellos.
 
"Torpe", me regañé a mí misma.
 
El jueves me descubrí mirando fijamente el teléfono sin atreverme a descolgarlo y realizar esa llamada con la que había estado suspirando los días anteriores. Se suponía que Jenny había regresado de su viaje el día anterior y que ya tenía vía libre para llamarla, pero no quería parecer demasiado ávida por verla de nuevo, a pesar de que era así como me sentía en realidad.
 
Cada vez que me acercaba al aparato mi corazón martilleaba a tanta velocidad que incluso llegaba a marearme. Suspiré pensando en lo inepta que era. Una simple llamada y parecía que era un asunto de vida o muerte.
 
Justo cuando logré recolectar todo mi valor, que era más bien poco, y me disponía a descolgar el auricular, el teléfono sonó asustando hasta la última fibra de mí ser. Lo descolgué y carraspeé antes de responder.
 
–¿Diga...? –dudé.
 
–Vaya, me alegro de comprobar que vuelves a estar comunicada con el mundo exterior. –la voz de Jenny sonó burlona.
 
Cerré los ojos con fuerza y respiré despacio. La había echado inmensamente de menos.
 
–¿Emma? –dijo preocupada al no obtener ninguna respuesta de mi parte.
 
–¿Qué tal el viaje? –me apresuré a decir.
 
–Aburridísimo.
 
Hubo otro silencio entre nosotras, y a pesar de que intenté romperlo, no se me ocurrió nada coherente. Todo lo que mi mente podía elucubrar eran las palabras "Jenny" y "felicidad".
 
–¿Ocurre algo? –volvió a inquirir con el mismo desasosiego.
 
–No.
 
–No habrás vuelto a beber, ¿verdad?
 
–No... –suspiré.
 
–¿Es un mal momento? –cuestionó con cuidado.
 
–En realidad estaba sentada frente al teléfono desde hace demasiado tiempo, intentando encontrar el valor para llamarte...
 
Un instante en el que supuse que estaba asimilando la información.
 
–¿Hace falta valor para hacer eso?
 
–Para mí sí. –afirmé con vehemencia.
 
–¿Por qué?
 
–No lo sé. Supongo que me importa demasiado lo que pienses de mí. –admití con algo de vergüenza.– No quería parecer ansiosa...
 
–Yo también te he echado de menos, Emma. –dijo simplemente, poniendo voz a lo que yo no quería pronunciar.
 
Apreté con fuerza el auricular, negándome a asimilar aquellas palabras como algo más que palabras. Pero todo sonaba completamente diferente cuando era Jenny quien lo pronunciaba.
 
–Pensaba invitarte a cenar esta noche en mi casa... Podríamos pedir pizza o algo así. Por supuesto, a menos que ya tuvieras planes.
 
Me reí. Me hizo gracia que ella pudiera pensar que yo tuviera planes. Como si mi patética vida social diera para mucho.
 
–No, no tengo nada mejor.... –subrayé la palabra para más énfasis.– que hacer. Y me parece una buena idea lo de las pizzas.
 
–Estupendo. Apunta la dirección.
 
Mientras me daba los datos y yo los apuntaba en un improvisado papel me di cuenta de lo cerca que había estado de mí todos estos años y nunca habíamos coincidido. Ella vivía tan sólo a unos veinticuatro kilómetros de mí.
 
–¿La tienes?
 
–Sí.
 
–De acuerdo. Te espero a las siete entonces.
 
–Hasta luego.
 
La línea quedó muerta tras mis últimas palabras. Me estiré en el sofá observando el techo con detenimiento mientras pensaba que esa misma noche iba a cenar en casa de Jenny. Casi podía imaginar que era una cita. "Las amigas no tienen citas", me recriminé a mí misma poniéndome de pie de un salto. De repente me había invadido la imperiosa necesidad de pensar con detenimiento lo que me iba a poner para la ocasión.
 
Observé mi guardarropa durante algunos momentos. Supuse que lo mejor sería llevar algo cómodo. Jenny me conocía demasiado bien como para saber que yo prefería esa clase de ropa. Un jersey de cuello alto azul marino y unos pantalones de pinzas de color negro fueron mi elección final después de pensarlo resueltamente en la ducha.
 
Me costó mucho más trabajo intentar acomodar la rebeldía de mi cabello hasta hacer que, por fin, pareciera que lo llevaba peinado. Luego me apliqué una pequeña base de maquillaje para esconder mis ojeras junto con un breve toque de color a los labios.
 
De repente parecía un ser humano otra vez.
 
El lugar donde residía Jenny era un edificio de unas doce plantas, cerca de uno de los mayores centros comerciales de la ciudad. Saludé al conserje nada más entrar en la luminosa sala de entrada, quien no me quitó la vista de encima los diez segundos que me tomó esperar al ascensor.
 
Llegué hasta su puerta y tomé una honda inspiración. De alguna forma tenía que calmar los nervios que se habían apoderado de mí. Toqué con los nudillos suavemente y esperé tan sólo unos segundos.
 
–Hola. –me saludó una complaciente Jenny nada más abrir la puerta.
 
A su saludo añadió un cálido beso en una de mis mejillas al que yo correspondí con demasiada buena gana.
 
–Hola... –murmuré casi sin aliento.
 
Le alcancé la botella de vino elegantemente empaquetada que yo había comprado de camino a su casa. Ella la aceptó con sonrisa pícara y siguió mirándome con intensidad.
 
–Estás muy guapa. –me dijo, apreciando con ello mis esfuerzos por mejorar mi aspecto.
 
–Gracias.
 
–Supongo que no habrás tenido problemas para encontrar el lugar... –repuso, cerrando la puerta tras de sí y ocupándose de mi chaqueta de cuero, la cual colgó de un perchero.
 
–No. Aunque no tenía la menor idea de que vivías tan cerca de mí.
 
–Tan sólo hace dos años que me mudé.
 
Me adentré en los dominios de Jenny con hambre de descubrir por primera vez cómo era el lugar donde ella vivía. Para ser una persona que pasaba tiempo limitado en su casa, aquel apartamento estaba lejos de ser impersonal. Lo primero de lo que te dabas cuenta era que en realidad era mucho más grande de lo que pudiera parecer. El salón lo había decorado en tono pastel, con macetones de plantas a cada esquina. En el centro, un enorme equipo de televisión y estéreo y en una de las paredes una enorme estantería repleta de libros, discos y adornada con figuritas de todo tipo. Un tresillo de cuero negro completaba el mobiliario de la sala. Otro detalle que no me pasó desapercibido era que no había ni una sola fotografía en todo el lugar. Ni siquiera de ella misma.
 
–Hace dos años... –murmuré por lo bajo, recordando lo último que me había dicho.
 
–Exacto. El mismo tiempo que ha pasado desde la muerte de mi padre.
 
La miré.
 
–Me dejó todo lo que tenía. Supongo que prefirió dejárselo a una hija a la que odiaba pero que llevaba su sangre que a cualquier otra persona. Tardé menos de una semana en venderlo todo. Espero que se esté revolviendo en la tumba... –dijo con inmensa amargura.
 
Eso explicaba el hecho de que pudiera costearse un apartamento de aquel calibre. Me permití esbozar una sonrisilla casi imperceptible. Jenny siempre tuvo claro que las cosas que la vida te regalaba había que aprovecharlas. Ella había tomado el dinero de su padre como una recompensa a todo el sufrimiento que él le había infringido a lo largo de aquellos años.
 
–Lo único bien que hizo fue morirse, y yo ni siquiera estaba allí para verlo...
 
–Jenny... –la llamé sabiendo hacia dónde habían ido sus pensamientos.
 
–Lo siento... –suspiró.– ¿Quieres ver el resto de la casa?
 
–Por supuesto.
 
Jenny me enseñó el resto del apartamento con orgullo. Su habitación fue, de todo, lo que más me llamó la atención. Estaba impregnada de su inconfundible olor y nada más entrar, sentí deseos de no volver a salir jamás.
 
–Emma... ¿estás bien? –me preguntó, notando mi repentina y breve indisposición.
 
–Sí.
 
–¿Tienes hambre? Podríamos ir pidiendo las pizzas ya, si te apetece.
 
–¿Qué tal una copa de vino antes? –pedí casi en clemencia. Yo sabía que una copa podía calmar mis repentinos nervios.
 
–Está bien, pero sólo una.
 
Yo hice rodar los ojos y ella se rió, dándose la vuelta para dirigirse a la cocina. La seguí desde muy cerca. Jenny sacó dos copas de cristal y con gran destreza descorchó la botella. Me acercó una de las copas y yo tomé el primer sorbo con avidez. Ella no había parado de sonreírme un instante y yo ya estaba empezando a sentirme como si pudiera volar.
 
–Está muy bueno... –dijo tras su primer trago.– Cuéntame, ¿qué has hecho estos días?
 
–Nada en especial. Me he dedicado a ordenar mi casa, ¿puedes creerlo?
 
–¿En serio? –soltó una carcajada.– Es increíble lo que puede hacer el aburrimiento...
 
Me indicó con la cabeza que la siguiera y me llevó hasta el salón, donde nos sentamos en su cómodo sillón de cuero, lado a lado.
 
–¿Y tu viaje? Por lo que me dijiste, al parecer no te lo pasaste muy bien.
 
–Estaba lloviendo. Siempre llueve en esa ciudad. Por cierto, te he traído algo, es una tontería, pero estaba paseando por mi hotel, entré en una tienda de suvenir y me acordé de ti. Se levantó y la vi acercarse a su bolso de dónde sacó una bolsita pequeña que me ofreció nada más retomar su asiento.
 
–Toma.
 
Abrí la bolsita y miré en su interior para descubrir una réplica en miniatura del Big Ben. Sonreí. Ella se había acordado de mí.
 
–Gracias. –musité encantada.
 
–De nada. Es una tontería pero, al parecer, eso es lo que se suele regalar. Te prometo que la próxima vez que vaya a París te traeré una Torre Eiffel.
 
–Me gusta. Gracias por acordarte de mí.
 
Sonrió complacida por mi respuesta y se apoyó en el respaldo, pasando un brazo por encima, justo detrás de mi cabeza. Ambas nos miramos fijamente durante unos breves instantes y yo no pude evitar acercarme para plantarle un beso en la mejilla, tan breve que apenas rocé la piel de su rostro. Aún así, me pareció que ella contuvo la respiración.
 
–¿Cómo está Janina? –me preguntó una vez que hube recuperado mi posición inicial.
 
–Me llama casi todos los días, a veces incluso más de una vez. Ella dice que está bien, pero yo sé que está pasando por unos momentos muy duros.
 
–Siento oír eso. –me dijo con sincera pena en la voz.
 
–Yo aún no termino de creerlo, ¿sabes? Es como si esperara que mañana me llame y me diga que han arreglado las cosas.
 
–Siempre hay posibilidades de que eso ocurra... –me aseguró, palmeándome el muslo.
 
–Al final tendré que darte la razón...
 
–¿La razón sobre qué?
 
–Sobre lo que me dijiste una vez de que el amor es sólo una ilusión. –afirmé.
 
Jenny suspiró y se pasó una mano por el pelo, colocando unos fugaces mechones tras la oreja.
 
–No necesariamente tiene que pasarte lo mismo que a tu hermana. Puede que tú sí que encuentres a alguien a quien amarás el resto de tu vida.
 
–Y tú también... –añadí, muy segura de mí misma.
 
Eso atrajo la curiosidad de Violeta, que me miró bajo un denso velo de sospecha.
 
–Tienes más esperanzas en mí de las que yo misma tengo. Curioso. –remarcó, fingiendo indiferencia.
 
–No veo por ningún lado una fotografía, ni nada que indique que estás con alguien...
 
–Puede que eso sea un lastre para cuando sea vieja y la soledad me atormente, pero ahora mismo es algo que no me preocupa.
 
–Siempre tan fría y tan indiferente con todo... –murmuré, tomando un largo sorbo de vino.
 
–¿Te parezco alguien frívolo?
 
–¿Te das cuenta de que solemos acabar hablando de lo mismo siempre? –observé, levantando ambas cejas.
 
–Al menos es un buen tema de conversación. Sería un tormento hablar de fútbol, por ejemplo.
 
–¿Qué tiene de malo el fútbol? –bromeé, fingiendo falsa indignación.
 
–Pues que es aburridísimo, sin más.
 
Con eso, se acercó a la mesa y llenó ambas copas de nuevo.
 
–Pensé que habías dicho que sólo habría una para mí...
 
–Hoy me has pillado de buenas. –me contestó agudamente.
 
–Me controlas demasiado.
 
–Alguien tiene que hacerlo, ya que tú no pareces muy dispuesta.
 
Fruncí el ceño con disgusto y me revolví en mi asiento intentando digerir sus últimas palabras. Todo ello bajo su atenta mirada, parecía estar esperando mi reacción.
 
–Al parecer crees que tengo un serio problema con la bebida, y te diré que no he...
 
–No quiero volver a verte así. –me interrumpió muy seria.– Me dolió haberlo hecho.
 
–¿Tan importante soy para ti? –me atreví a preguntar.
 
–Sí.
 
Mi corazón perdió un latido entonces. Sentir que era importante para ella era el mejor regalo que podía darme en aquellos momentos.
 
–Algún día estaremos preparadas para descubrir qué es lo que ocurre entre nosotras. –admití seria.
 
–Algún día... –suspiró.– Por ahora, voy a llamar a la pizzería. No sé tú, pero yo me muero de hambre.
 
Se levantó del sofá y yo inmediatamente sentí la ausencia de tibieza que me otorgaba su cercanía.
 
–¿Alguna preferencia? –me preguntó.
 
–Que tenga atún.
 
–De acuerdo.
 
Observé su esbelta espalda mientras hacía la llamada. Yo intentaba calmar mi interior en un intento por evitar que mis sentimientos se desbocaran demasiado y me hicieran hacer o decir algo fuera de lugar. Sabía que Jenny confiaba en mí y yo no podía traicionar de ninguna manera esa confianza.
 
La oí encargar el pedido y dar la dirección con voz diligente.
 
–¿Qué tal algo de música? –me sugirió una vez que completó su tarea al teléfono.
 
Me encogí de hombros y ella se acercó hacia su equipo de música. Breves momentos después, la voz de Bruno Mars inundó la estancia. Me arremoliné en mi asiento, echando la cabeza hacia atrás permitiendo que la música terminara de relajar mi cuerpo.
 
Violeta se unió a mí entonces, sentándose demasiado cerca para su seguridad. Seguí el movimiento de su mano cuando la alzó para apartar unos mechones de cabello de mi frente.
 
–Tienes pinta de turista... –me dijo riendo suavemente.
 
–Lo sé. No es la primera vez que me dicen algo así.
 
Ella siguió trazando con las yemas de sus dedos una mejilla.
 
–¿Ocurre algo? –dije, observando la expresión de concentración de Jenny mientras me acariciaba.
 
Era como si se hubiese ido a miles de kilómetros de allí.
 
Mis palabras también rompieron nuestra conexión y ella apartó la mano casi bruscamente.
 
–No...
 
–¿En qué estabas pensando? –inquirí con una ceja alzada.
 
–En nada en particular... –comentó ausente mientras bebía de su copa.
 
–Entonces pensabas en mí...
 
–¿Desde cuándo eres tan perceptiva? –preguntó divertida.
 
–Desde que has empezado a mirarme diferente...
 
Jenny se quedó seria.
 
–¿Piensas que te he traído aquí por alguna oscura razón?
 
–No. Pero ya que has sacado el tema, me gustaría saber porqué.
 
–No creo que sea algo muy descabellado invitarte a cenar... –dijo levantando ambas cejas para dar mayor relevancia a la frase.– Como tampoco lo es que disfrute de tu compañía.
 
No había que ser muy listo para percibir que el ambiente, por alguna razón, empezaba a mostrarse algo tenso. Quizás era porque a ninguna de las dos se nos olvidaba la profunda atracción que yo sentía hacia aquella preciosa mujer.
 
–¿Te hace sentir incómoda el saber lo que siento por ti?
 
Jenny abrió los ojos tanto como sus párpados se lo permitieron. La cuestión la había cogido por sorpresa.
 
–¿A qué viene esa pregunta? –inquirió ceñuda.
 
–A que nunca he sabido si eso te molestaba.
 
–¿Y qué es exactamente lo que sientes por mí?
 
Suspiré. Si necesitaba oírlo de mi propios labios se lo diría, aunque yo sabía que ella era muy consciente de que yo la deseaba con cada poro de mi piel. Debía de ser alguna artimaña para
reafirmar de alguna manera su ego.
 
–Sigo deseándote, a pesar de todo... –dije casi en un murmullo.
 
Esta vez no bajé ni aparté la vista tímidamente, sino que me obligué a mirarla a los ojos para observar su reacción.
 
–No me molesta. –dijo simplemente.
 
–Me alegro. Necesito ir al servicio. Si me disculpas...
 
–Claro.
 
Me levanté del sofá y me dirigí hacia el baño sintiendo la mirada de Jenny en mi espalda. Cuando volví a aparecer en el salón la encontré atendiendo la llamada que unos instantes antes había sonado. Al pasar a su lado cogí un breve trazo de la conversación. Ella le estaba diciendo a quien quiera que fuese que el día siguiente le parecía ideal. No me quedé lo suficiente para descubrir qué era eso que le parecía tan estupendo y, por el contrario, me acerqué a una de las estanterías para darle algo de privacidad.
 
Algo llamó mi atención de allí y tardé muy poco en tener lo que parecía ser un viejo álbum de fotos en las manos. Iba a abrirlo cuando la voz de Jenny sonó desde detrás de mí.
 
–Es lo único que quise conservar de mi antigua casa.
 
Me giré rauda.
 
–¿Puedo?
 
–Por supuesto. Sentémonos y así podremos mirarlo juntas...
 
Hice lo que me dije y al momento siguiente ambas nos habíamos acomodado nuevamente en el sillón. Me vi obligada a posponer mi curiosidad cuando el timbre de la puerta sonó.
 
–Estupendo. La cena.
 
Jenny se encargó de recibir el pedido y de acomodar unos pequeños platos y cubiertos sobre la mesita del café, además de rellenar las copas de vino.
 
Últimamente estar en presencia de Jenny y la emoción que eso conllevaba me quitaba las ansias de comer. Lo comprobé cuando, después de tres trozos de pizza, me vi incapaz de tragar un solo bocado más.
 
Jenny también se dio cuenta de este detalle.
 
–¿Es que estás a dieta? –me preguntó aún masticando cuando me vio abandonar los cubiertos sobre el plato.
 
–No.
 
–¿Qué fue de tu legendario apetito entonces?
 
–La pizza no es que sea uno de mis platos favoritos... –mentí. Me arrepentí de ello inmediatamente.
 
–¿Y por qué no lo dijiste antes? Hubiéramos pedido comida china o cualquier cosa. Será porque no hay restaurantes de todo tipo en esa maldita ciudad... –alegó demasiado exaltada.
 
–Jenny, no es eso... Mi estómago sigue rebelándose contra mí estas últimas semanas y no quiero forzarlo mucho.
 
–Espero que me estés diciendo la verdad. Aunque no me extraña que te pase eso, teniendo en cuenta cómo has tratado a tu cuerpo últimamente...
 
–Ya he recibido más de una queja por tu parte de ese asunto. –la interrumpí.– Y ya se acabó la bebida para mí.
 
Me miró sospechosamente pero no dijo nada más, dándome con ello un ligero margen de confianza. Poco después ella terminaría su propia cena y recogió prestamente los restos.
 
Mi atención volvió hacia el álbum de fotos. Estaba extrañamente deseosa de verlo. Tenía curiosidad por descubrir si en su interior habitaban fotos de Jenny siendo una niña o de, si incluso, contenía instantáneas de su hermana fallecida.
 
–De acuerdo. –se sentó a mi lado por enésima vez.– Ya veo que no hay nada que te interese más que ver lo que ese viejo álbum esconde.
 
–¿Tan evidente soy?
 
–Para mí sí.
 
Cogió el deseado objeto y lo abrió por la primera página. Yo me acerqué aún más a ella para tener una mejor perspectiva del asunto, con lo cual estábamos hombro con hombro.
 
–Ten. Sujétalo tú, así no tendrás ningún problema. –concedió Jenny.
 
Intercambiamos posiciones con la variación de que ella se apoyó sobre una mano en mi muslo. Tan cerca estaba que pude sentir su aliento en mi mejilla. Se inclinó levemente y yo eché un rápido vistazo al escote que permitían los últimos botones de su camisa. Me volví rauda cuando ligeramente logré avistar el inicio de sus senos.
 
Demasiado para mi pobre voluntad.
 
La primera foto en blanco y negro era de un precioso bebé de pocos meses, rechoncho y sonriente.
 
–¿Eres tú? –pregunté. Por el rabillo del ojo la vi asentir.– Te gustaba comer, por lo que veo... – bromeé.
 
–Y eso que aún no has visto unas que me tomaron algunos años después...
 
–¿Estabas gorda? –pregunté con asombro, girándome hacia ella. Por primera vez fui consciente de cuán cerca estaba de mí.
 
–Y era bastante fea, además...
 
–Eso sí que no me lo creo... –añadí moviendo negativamente la cabeza.– Sólo tus ojos ya te hacen merecedora de cualquier calificativo menos ése...
 
–¿En serio...? –dijo en tono meloso, cosa que hizo que mi cuerpo temblara de la cabeza a los pies.
 
–Sí. –tragué con dificultad y pasé a una segunda hoja.
 
–Alice... –me informó aunque yo ya lo había deducido al ver la instantánea de una niña de unos ocho años.
 
–Se parece a ti.
 
–Ella era mucho más guapa que yo...
 
Jenny pronunciaba las palabras despacio, con inmensa tristeza. Tal vez no había sido una buena idea, después de todo, abrir aquel álbum lleno de duros recuerdos para ella.
 
–¿Quieres que lo dejemos? –pregunté cauta.
 
–No, adelante.
 
Pasé la hoja y encaré un par de fotos de Jenny, pero era una Jenny que bien valía por dos.
 
–¡Oh, Dios mío! –exclamé sin poder evitar reírme.
 
–Te lo advertí...
 
Me giré hacia ella y ella levantó el rostro hacia mí. La risa se disipó en un segundo. Carraspeé y devolví mi atención a lo que tenía entre manos, que era lo único que me daba cierto espacio para no pensar en la cercanía de Jenny y en su mano sobre mi muslo.
 
¿Por qué tenía que ser tan malditamente bella? ¿Por qué no podía dejar de desearla con todas mis fuerzas, aún sabiendo que eso no me aportaba otra cosa que dolor?
 
Ella comenzó a parlotear sin descanso.
 
–En el colegio me llamaban albóndiga. Los niños a veces podían ser muy crueles... Aunque a mis espaldas, claro. Yo era mucho más grande que la mayoría y, en cierta, forma me tenían miedo...
 
Mientras la oía hablar, comencé a ponerme cada vez más nerviosa. El corazón me latía sin orden ni concierto a la vez que las manos empezaban a temblarme. Estaba segura de que si Jenny dejaba de hablar notaría al instante el frenético movimiento de mi pecho al respirar. Ella estaba tan cerca, tan cerca...
 
–... más de una vez regresé a casa sangrando por la nariz por alguna pelea en la que me había metido... Eso sin contar mi tendencia a escalar todo lo que levantara más de un metro del suelo...
 
Apreté las mandíbulas y me llamé al sentido común, pero mi sentido común se había evaporado junto con mi voluntad. Así que me giré rauda e hice lo que deseaba y necesitaba, incluso más que respirar.
 
Jenny no se movió cuando mi boca cubrió la suya. Quizás no le di tiempo a que lo hiciera. Tan rápidos fueron mis movimientos que incluso a mí me sorprendieron. Cerré los ojos con fuerza y comencé a mover los labios absorbiendo el sabor de los suyos, consciente de que tendría muy poco tiempo antes de que Jenny se apartara.
 
Lo que nunca esperé fue que ella comenzara a mover los suyos en sintonía. Me permití probar con mi lengua y lamí su labio inferior tentativamente. Cada uno de mis sentidos a punto de explotar cuando me permitió adentrarme en el oscuro rincón de su boca. "No permitas que me muera, no ahora...", recé interiormente a un Dios en el que apenas creía, al sentir que la vida se me escapaba de puro placer.
 
Sentí que Jenny se inclinaba hacia delante para añadir más presión al beso. Sus labios comenzaron a cubrir los míos con hambre y su lengua se encontró con la mía a medio camino.
 
La urgencia por asistir a mis pulmones con nuevo aire fue lo único que consiguió apartarme, pero lo hice lentamente, liberando poco a poco uno de sus labios de entre mis dientes.
 
No estaba preparada para abrir los ojos, aún así lo hice. Jenny me miraba de forma extraña, con los labios aún entreabiertos. La realidad y la noción de lo que yo acababa de hacer me golpeó de repente. Me levanté del sillón asustada. El álbum cayó a mis pies ruidosamente, pero ninguna de las dos pareció reparar en este hecho.
 
¿Qué has hecho?, repetía mi mente una y otra vez, embargándome con un sentimiento de culpa difícil de soportar.
 
–Lo siento... –dije con esfuerzo, aunque el tono ronco por el deseo de mi voz confirmó justo lo contrario.
 
La miré gritándole mudamente que dijera algo, cualquier cosa con tal de que dejara de mirarme de aquella forma. La última vez que yo había hecho algo así había provocado que Jenny huyera de mi lado. Un castigo demasiado imposible de soportar una segunda vez.
 
Era dolorosamente evidente que Jenny no estaba dispuesta a decir una sola palabra, y aún existía la duda de que si lo hiciera a mí me agradara tal respuesta, con lo cual recogí los restos que quedaban de mi autoestima e hice lo único que se me ocurrió que fuera lo correcto. Me dirigí hacia la puerta y recolecté mis pertenencias antes de abandonar el apartamento. No oí ni sentí ningún vestigio de que ella quisiese realizar cualquier mínimo intento por hacerme desistir.
 

Por entonces, y durante mucho tiempo después, un único pensamiento rondando mi cabeza. Casi podía asegurar, a menos que tuviera la valentía de volver a mirarla a los ojos, que había visto a mi eterna y bella Jenny por última vez.


.....................


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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Miér Ago 17, 2016 11:36 pm

Nooooooooooo, otra vez no Sad Que no se separen por favor!!! Jenny siente algo por Emma, eso lo se de seguro. Pero es tan extraña y complicada! No puede ser que pasen por esto de nuevo.
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Ago 24, 2016 8:00 pm

Les dejo la segunda parte del capítulo. Gracias Aleinads por comentar Smile






BELLA INALCANZABLE 


Capítulo 6 (2da parte)




La lluvia pegaba con fuerza en el cristal de las ventanas. A mi pésimo estado de ánimo se había unido las inclemencias del tiempo. La noche me había abrazado sin darme cuenta habiendo pasado todo aquel día sumida en mis pensamientos sobre Jenny. Mi mente se empeñaba en recrear una y otra vez mi error, me atormentaba con la necesidad de arreglar lo que mi irreprimible deseo había implantado.
 
Sentada en el sofá intentaba dejar de pensar en lo que había ocurrido el día anterior. Pero no lograba sacarme a Jenny de la cabeza. Me reí dolorosamente. Eso era algo que no había logrado en años, no sé porqué estúpida razón pensé que sería capaz de hacerlo en esos momentos.
 
Tenía que decírselo, por una vez en mi vida sentí que tendría la valentía suficiente como para hacerlo. Si lo dejaba pasar estaría perdida para siempre. Lo sabía. De alguna forma ella me ayudaría a superarla, me ayudaría a dejarla ir, quizás incluso a sacarla de donde tan pertinazmente se me había metido.
 
¿Qué le diría?: "Jenny, eres mi vida entera". Me daba la sensación de que esa frase, además de cursi, era fútil. No soportaría que se riera de mí, a pesar de que dudaba mucho de que fuera capaz de hacer tal cosa.
 
Ella me había demostrado que realmente sentía aprecio por mí. Pero no amor. No amor. Eso era tan fácil decirlo, pero tan difícil de creer. ¿Cuánto tiempo seguiría fantaseando con el hecho de que Jenny algún día se daría cuenta de que me amaba tanto como yo a ella? Creía seriamente que me llevaría ese deseo a la tumba. Era estúpido pensar en eso. Una locura. Ella había tenido demasiado tiempo para descubrir que me amaba como yo para intentar olvidarla. Supuse que las dos habíamos fallado.
 
Me levanté del sofá, estaba cansada de estar sentada. Di unos cuantos pasos en círculo, buscando la calma que sabía de antemano que no lograría. Su nombre se repetía en mi interior como un constante martilleo, haciéndome desear poder arrancarme los sesos.
 
¿Por qué?
 
Ésa fue la pregunta y mi respuesta.
 
En un arrebato repentino, salí por la puerta de mi casa. Ni siquiera esperé al ascensor. Corrí escaleras abajo como si mi alma estuviera poseída y no fuera mía nunca más. Llegué hasta la calle. Fue entonces cuando me di cuenta de que había salido sin ningún tipo de abrigo, y que me calaría nada más dar dos pasos. No me importó en absoluto.
 
Sabía que no podía perder tiempo sacando mi coche del garaje, por lo que me decidí por un taxi. Me acerqué hasta el extremo de la acera para intentar parar uno. Había poca gente en la calle, nadie se atrevía a salir con una tormenta así. Los pocos que se cruzaron en mi camino se alejaron lo que pudieron de mí, confundiéndome seguramente con una loca.
 
Quizás había perdido el juicio después de todo.
 
Por alguna intervención divina, un coche público se acercó y atendió mi urgente llamada. Me subí al asiento de atrás, totalmente empapada y le di las instrucciones al taxista como si la vida se me fuera en ello. Noté que, mientras ponía el taxi en marcha, me miraba con curiosidad por el retrovisor.
 
–¿Puede ir un poco más rápido? –le pregunté cuando me di cuenta de que su atención estaba más dirigida a mí que a la carretera.
 
–Eso no será posible. –me contestó serio.– Está lloviendo demasiado y la carretera está mojada. Es muy peligroso conducir a mucha velocidad en estas condiciones.
 
No dije nada más, me arremoliné detrás y esperé. Tras unos quince minutos, el taxi se paró del todo. Me acerqué al conductor para preguntarle.
 
–¿Qué pasa?
 
–Caravana. –me señaló con el dedo.– ¿Ve aquellas luces?
 
Me fijé en lo que me dijo acercándome cuanto pude hacia delante y pude observar las intermitencias propias de una ambulancia.
 
–Creo que ha habido algún accidente... –anunció el taxista tranquilamente.
 
–¡Maldita sea! –grité desesperada.
 
Me saqué el dinero del bolsillo de atrás y le di todo lo que tenía sin importarme. Abrí la puerta y me eché a correr bajo la mirada extrañada del pobre hombre.
 
En pocos segundos me acerqué hasta el lugar del accidente. Había muchas personas, entre curiosos y accidentados, arremolinados en las aceras. Me abrí paso como pude, ignorando las protestas que me gritaban aquellos a los que yo empujaba para poder pasar.
 
Corrí y corrí sin saber siquiera de dónde sacaba las fuerzas. La lluvia apenas me dejaba ver nada, pero yo seguía mi rumbo por instinto. Sólo quedaba un pequeño tramo y yo tenía prisa por recorrerlo. Tanta era mi premura, que al intentar esquivar a una pareja que se refugiaba bajo el mismo paraguas, resbalé y fui a dar contra una farola.
 
Me recuperé lo más rápido que pude del golpe, frotándome el lugar de mi frente con el que había frenado. Pensé, maldiciendo a la inanimada torre de metal, que en la vida de cualquier persona siempre había una farola en el peor lugar y en el peor momento. La pareja detuvo su paso para preguntarme por mi estado, pero yo ya había echado a correr nuevamente. No sé cuánto tiempo estuve corriendo, cinco minutos, diez, quizás más, pero llegué. Ya divisaba el edificio de Jenny, y cuanto más cerca estaba, más acelerado batallaba mi corazón contra mi pecho. Entré en la recepción, desacelerando el paso. El conserje me miró con el ceño fruncido mientras yo pasaba de largo y mis zapatillas caladas chirriaban contra el parqué. Presioné el botón del ascensor varias veces, como si con ello consiguiera que acudiera a mi llamada más prestamente.
 
Las puertas se abrieron para mí y me adentré en la cabina, apoyándome enseguida contra la pared después de pulsar el número del piso de Jenny. Mi respiración aún estaba entrecortada y al mirar al suelo noté el pequeño rastro de agua que mi ropa y mis zapatillas estaban dejando allí. Me di la vuelta para mirarme en el espejo y ahogué un grito de alarma cuando vi una línea roja que resbalaba desde uno de los laterales de mi cabeza, la sien y una de mis mejillas. Intenté borrar cualquier rastro de sangre con la mano, pero seguía brotando.
 
Mi aspecto, francamente, era demasiado crudo.
 
Las compuertas se abrieron entonces y yo me decidí en dos segundos. Los mismos que me tomaron llegar hasta su puerta.
 
Respiré hondo y toqué suavemente. Conté hasta diez, pero no hubo una respuesta a mi llamada. Volví a tocar, esta vez más consistentemente. Luego unos pasos que se acercaron y la puerta se abrió.
 
Jenny dejó escapar una exclamación al verme.
 
–¡Dios mío! –gritó.
 
–Jenny... –comencé yo, sin querer perder el tiempo por si me arrepentía de hacer lo que me había traído hasta allí en el día más tormentoso del mundo.
 
–¿Qué te ha pasado? –se acercó a mí y me apartó el pelo de la frente para observar el alcance de la lesión.
 
–Resbalé. –dije simplemente.– ¿Puedo pasar?
 
–Sí... –dudó.– Entra.
 
Me adentré en su apartamento y la esperé. Jenny se acercó hasta mí por detrás y yo me di la vuelta. Fue entonces cuando me di cuenta por primera vez de que ella no llevaba nada más que una camisa que apenas le llegaba por encima de las rodillas. ¿Qué demonios hacía ella, con aquel frío, medio vestida con una simple camisa? Una camisa que además era demasiado ancha para ser suya. Y demasiado masculina...
 
La realización de lo que allí había estado pasando me llegó tan de repente que me tambaleé. Jenny me sujetó por los codos.
 
–¿Estás bien? –me preguntó muy preocupada.
 
La miré y pude oler en ella algo diferente, un olor que no era el suyo.
 
Me deshice de su agarre bruscamente, mi alma ya oscurecida de rabia, y me aparté de ella como si tuviera la peste.
 
–No estás sola, ¿verdad? –dije sin apenas despegar los labios.
 
Jenny no respondió, simplemente bajó la vista.
 
Yo había ido allí a descubrirle mis sentimientos, a arriesgar todo lo que yo poseía simplemente porque ya no soportaba sufrir mi amor a solas. Ella tenía derecho a saberlo, como lo tenía yo a saber si era merecedora de alguna esperanza. La habría esperado toda mi vida, y las siguientes vidas posterior a ésa. Jenny era eterna para mí.
 
Un repentino dolor y la autocompasión anegaron mis sentidos. Tenía que salir de allí como fuese.
 
Ya había hecho el ridículo y ahora era el momento de salir mientras tuviera fuerzas para ello. Por segunda vez en muy poco tiempo, la urgencia de huir del lado de Jenny era insufrible.
 
–Tengo que irme. –le anuncié.
 
–Espera... –me dijo y yo podía jurar que su voz estaba atorada, como con dolor.
 
–No. Tengo que irme. –repetí, casi para mí misma.
 
Abrí la puerta y eché a correr. Sentí que Jenny me seguía.
 
–¡Emma! –me llamó y aceleré el paso.– ¡Emma!
 
Golpeé el botón del ascensor varias veces con furia. Ella llegó hasta mí.
 
–Emma, por favor. No te vayas. Tenemos que hablar.
 
–Vuélvete, Jennifer. ¡AHORA! –grité la orden desesperada.
 
–¿A qué has venido? –preguntó ignorándome. Al contrario de mí, su voz demasiado calmada.– Dímelo, por favor.
 
–Te lo suplico. Esta vez te lo suplico con todas mis fuerzas. Vete.
 
La cabina se abrió para mí y entré en ella buscando refugio. Bajé la cabeza y antes de que las puertas se cerraran del todo, pude observar por el espejo a Jenny aún en el mismo sitio, mirándome con la expresión más triste que había visto en mi vida.
 
Sabía que no tenía derecho alguno a reprocharle nada. Pero eso no quería decir que no me doliera comprobar que en su vida no había sitio para mí. Días antes mi cama también la había ocupado otra persona. ¿Cuál era la diferencia? La diferencia, tuve que admitir, es que ella, cuando cerraba los ojos, no me veía a mí.
 
Me volví a mi casa a pie. La lluvia siguió castigándome incluso con más dureza que antes. Al llegar a mi ático, estaba aterida de frío, temblando descontroladamente y con un dolor de cabeza que obnubilaba mis sentidos.
 
Me deshice de toda la ropa húmeda y decidí tomar un baño caliente para entrar rápidamente en calor. Metida en la bañera, con el agua hirviendo brotando del grifo, pensé en lo que acababa de ocurrir. Todo era culpa de mi empecinamiento. ¿Por qué no podía dejar ir a Jenny? ¿Por qué?
 
Hace ocho años me había resignado. Entonces supe que la seguiría amando, pero nunca esperé que eso cambiara. Sin embargo, ahora yo misma me había metido en un pozo demasiado profundo. No había manera posible de que saliera de él sin sufrir amargamente.
 
Pero ya estaba agotada. Inmensamente agotada de librar una batalla que estaba perdida desde el principio.
 
Ella se había alejado de mí una vez y ahora sería yo quien optaría por esa solución. Dejaría aquella ciudad. La haría desaparecer de mi vida como fuera. En mi vida había estado tan decidida a lograr algo como en aquellos momentos.
 
Jenny me había dicho que las cosas se logran cuando se lucha por ellas. Yo aceptaba mi derrota ahora. Pero ya no quería seguir siendo una perdedora.
 
Me froté el cuerpo frenéticamente, como si de esa forma pudiera arrancarla de mí.
 
Para siempre.
 
......................
 
Me apeé del coche a la mañana siguiente y entré en el que había sido mi hogar durante mucho tiempo.
 
Todo allí seguía igual que siempre. Nada más alcanzar el interior el inconfundible olor a flores recién cortadas me dio la bienvenida junto al sonido del enorme reloj de cuco del salón. Inmediatamente, Lourdes, nuestra cocinera, salió a recibirme. La vi acercarse, con su delantal, sonriéndome. No la recordaba con tantas canas. Supuse que el tiempo no perdona a nadie.
 
–¡Emma! –me dijo, dándome un enorme abrazo.
 
Era la primera vez que pisaba la casa después de la muerte de mi padre. Casi me sentía extraña dentro de aquellas paredes, a pesar de todo.
 
–Pensé que eras tu madre...
 
–¿No está ella en casa?
 
–No. Salió bien temprano esta mañana. La oí decir algo de ir al cementerio, pero supongo que está a punto de volver. Ya casi es la hora del almuerzo.
 
–Entonces la esperaré. –repuse.
 
Me echó un largo vistazo de arriba abajo.
 
–Estás más delgada que la última vez. Apuesto a que ni siquiera comes en condiciones.
 
Le sonreí, recordando la obsesión de aquella rechoncha mujer por la comida y la buena alimentación.
 
–Sabes que no lo hago desde que me fui de casa. No hay nada que se pueda comparar con tu cocina.
 
–Aduladora... –me palmeó el brazo. De repente se puso seria.– ¿Cómo estás, niña?
 
–Sobrevivo. Ésa es la verdad.
 
–Puedo adivinarlo por tu expresión. No hay nada en ella sino desaliento.
 
–Es difícil. –le confesé.
 
–Lo sé.
 
–Voy al invernadero. Hazme el favor de decirle a mi madre que la estoy esperando.
 
–Lo haré. ¿Quieres que te lleve algo? ¿un té o un refresco? ¿Pido un servicio para ti en la mesa?
 
–No, gracias, Lourdes. Sólo avísala de que estoy allí cuando regrese.
 
–De acuerdo, niña.
 
Pasé al lado de la cocinera, dejándola negando con la cabeza ante mi crudo aspecto. Me dirigí hacia la puerta trasera, la que me daría acceso a la parte de atrás de la casa. Empujé, como tantas otras veces, la enorme y pesada verja de hierro. Nada más pisar la pequeña escalinata de lonjas, sentí que algo dentro de mí cambiaba tan rápido como un ciclón.
 
Era casi espeluznante lo que aquel jardín podía hacer en mí. Cuando traspasaba aquella puerta de hierro, el mundo real quedaba atrás, y yo me convertía entonces en cualquier cosa que quisiese ser. Dentro de aquel jardín yo había sido mayor cuando era una niña, y ahora que lo era, quería retroceder en el tiempo para volver a tener cinco años. Quería recuperar todo lo que el tiempo me había arrebatado tan impunemente.
 
Quería volver tenerlo a él.
 
Aquel jardín estaba ahora entre el cielo y el infierno. Era un antes y después en mi vida. Me recordaba, como si lo tuviera escrito en alguna parte, todo lo que aprendí, todo lo que mi padre se esmeró en enseñarme. Era un libro donde yo había escrito mi vida entera durante mucho tiempo, y al que dejé de confesarme una vez que fui a formar mi propia vida. Algo en lo que había fracasado miserablemente.
 
También fue el lugar donde descubrí a Jenny. Su recuerdo impregnaba hasta el último rincón que me rodeaba. Este sitio tan importante para mí, también le pertenecía de algún modo a ella.
 
Me senté en el sillón colgante, recordando aquella noche. La misma noche en que ella hizo que mi mente despertara de su letargo. Mis sentimientos en aquella ocasión se rindieron a ella sin remedio. Creo que desde entonces ya sabía que jamás podría haber otra. Estaba segura de que si le contaba todo esto a Jenny huiría despavorida y nunca volvería a verla. Me tomaría por lo que yo comenzaba a creer, una pobre excéntrica, demasiado cobarde como para enfrentarse a la realidad.
 
Apoyé los codos sobre mis rodillas, hundiendo la cara entre mis manos.
 
–Emma...
 
Levanté la vista para ver justo delante de mí a mi madre, completa pero impecablemente vestida de negro.
 
–Hola, mamá. –dije. Mi voz casi rota.
 
–Lourdes me ha dicho que estabas esperándome aquí. –comentó.– La miré durante un momento como si de repente hubiera perdido el juicio, no podía creer que hubieras venido. Me alegro tanto de verte... Pensé que pasaría más tiempo desde que te vi en casa de Janina.
 
–Yo también me alegro de verte. –le mostré una pequeña imitación de sonrisa.
 
–Nunca estás en casa. Me he cansado de llamarte.
 
–Lo siento, se me olvidó decirte que no funcionaba mi teléfono. Hace poco que lo he arreglado.
 
Por nada del mundo le iba a decir que en un arrebato de furia, mientras estaba completamente borracha, había arrancado el cable telefónico.
 
Mi madre se sentó junto a mí. El rastro de su perfume, el mismo que había usado desde que soy capaz de recordar, inundó mis sentidos.
 
–Cuéntame qué es lo que te pasa. A pesar de que eres mi hija, apenas sé nada de ti.
 
–No es que hayas mostrado mucho interés en saber cómo soy o lo que soy. –dije ásperamente.
 
–Eso no es cierto. Siempre estoy esperando a que decidas contarme lo que pasa a cada momento de tu vida, porque sé que si intentara preguntarte o insistir en ello, te esconderías tras ese
caparazón tuyo.
 
–Me resulta muy difícil hablar de ciertas cosas contigo.
 
–¿Por qué? ¿Crees que no lo entendería?
 
–Quizás... –admití al instante.
 
–Emma, dime qué es lo que he hecho mal para que no puedas abrirte a mí. ¿En qué me he equivocado?
 
–Tú no has hecho nada mal, mamá. Eres la mejor madre que he podido tener. Soy yo.
 
–Esa respuesta no es lo que esperaba.
 
–¿He hecho algo alguna vez como esperabas que hiciera? Deberías estar acostumbrada. –supe que intentaba hacerle daño, justo como siempre hacía con todos aquellos a los que amaba.
 
–¿Por qué has venido hoy? –me preguntó, rindiéndose ante mi cabezonería.
 
–Quería decirte que me voy de la ciudad. No sé durante cuánto tiempo.
 
La vi bajar los hombros, en una pose entristecida. Tardó varios segundos en formular la siguiente pregunta.
 
–¿Adónde piensas ir?
 
–A la casa de campo.
 
Creo que el saber que me iba a las afueras y no a quien sabe qué sitio remoto del planeta la alivió de algún modo.
 
–¿Por qué hay? Nunca te gustó el campo ni esa casa. No quisiste volver allí desde el último verano cuando tenías dieciocho años.
 
–Cualquier sitio es mejor que esta maldita ciudad. Necesito respirar. –repuse, colocando unos mechones de pelo tras mi oreja.
 
–¿Sola?
 
–Sí.
 
–¿Quieres que vaya contigo? –me preguntó, dubitativa, casi con miedo.
 
–No. Una de las razones por las que voy es porque quiero estar sola.
 
–¿Puedo llamarte al menos?
 
–Como quieras. –cedí al reconocer en su voz la preocupación que toda madre siente por sus hijos cuando éstos atraviesan por momentos difíciles.
 
–¿Qué es exactamente lo que pretendes hacer allí?
 
–No lo sé. Francamente, no lo sé.
 
–Si descubres que no es lo que estás buscando, las puertas de esta casa siguen abiertas para ti. Me gustaría mucho que, al menos, consideres el estar a mi lado como una remota posibilidad. Me gustaría mucho poder ayudarte. Sé que puedo hacerlo.
 
–Dame tiempo, mamá. Necesito acostumbrarme a todas las cosas que le han dado la vuelta a mi vida.
 
–No quiero que olvides ni por un momento que estoy aquí.
 
–Cuento con ello. –dije, tomándola de la mano.– Otra cosa más... Si Jenny te pregunta por mí, no le digas a dónde he ido...
 
–¿Jenny?
 
–Sí. Y de paso deja de acudir a ella cada vez que me pase algo. –suspiré. Necesitaba que mi madre
me aclarara algo más.– ¿Por qué a ella?
 
–Porque es la única persona que siempre pareció importarte... –respondió segura.
 
Me quedé unos segundos en silencio, mirando a mi madre, intentando averiguar si ella también conocía de mis verdaderos sentimientos por Jenny. Su expresión no me dio ninguna pista de que eso fuera cierto.
 
–Olvídalo. –la interrumpí.– Si te pregunta por mí, simplemente dile no lo sabes.
 
–Si es lo que quieres, lo haré. –me aseguró asintiendo al tiempo con la cabeza.
 
–Gracias.
 
–¿Cuándo sales?
 
–Ahora mismo. Tengo el equipaje en el coche.
 
–¿Te quedarás a almorzar al menos? –dijo con cierta esperanza en la voz.
 
–No puedo. Me espera un largo viaje.
 
Bajó la vista al suelo. Su última esperanza de que me quedara más tiempo a su lado se desvaneció. Ella tampoco esperaba ya mucho de mí. O simplemente estaba acostumbrada a rendirse conmigo.
 
–No insistiré en ese caso.
 
Me levanté del sillón entonces, habiendo dicho todo lo que tenía que decir.
 
–Adiós, mamá. –le dije antes de darme la vuelta.
 
–Adiós. Cuídate, hija mía.
 
Mi madre se quedó sentada allí, observándome marchar. No era la primera vez, pero casi estaba segura de que ambas teníamos la sensación de que podría ser la última. Por una vez en mi vida, yo estaba dispuesta a buscar y encarar todos mis miedos, pero no tenía la menor idea de a dónde me llevaría eso. Sólo que era el comienzo de algo.
 
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Miér Ago 24, 2016 8:45 pm

No puede ser... Esta historia pone mi corazón chiquitito y me dan muchas ganas de llorar.. Emma por Dios ._.
Jenny que extraña eres :/
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Miér Ago 31, 2016 10:03 am

Que persona estupida es Jenny realmente. Se va foll.ar con un tipo sin importarle nada el amor de Emma. No se la merece, es estupida. Parece que lo unico que quiere en la vida es que la se la metan. Lo siento, estoy enojada, tratare de respirar y esperar la conti. No te tardes

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Monyk el Jue Sep 01, 2016 1:05 am

Bueno, creo que me he enganchado a la historia.
Espero pronto puedas continuarla.
Saludos!!

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Sep 02, 2016 8:27 pm

Hallo liebe leute Wink aquí les dejo un capítulo más de esta historia, es bastante largo. Gracias todos los que comentan la historia y leen, motiva a seguir adaptando. Espero les guste Smile Very Happy




Bella Inalcanzable




7. EL TIEMPO Y LA ESPERA
 
El tercer día de mi estancia allí se decidió por aparentar estabilidad. Al menos eso es lo que auguraba el resplandeciente sol en medio de un claro cielo. Apenas pude dar crédito cuando abrí la ventana de par en par y asomé la cabeza por ella. Como recuerdo de las pasadas tormentas sólo quedaba el olor a tierra húmeda.
 
Desayuné con la habitual calma en mí, decidiendo lo que me apetecía iniciar en aquel tranquilo día. Teniendo ciertas urgencias por abandonar el encierro al que las lluvias me habían obligado, resolví pasar aquel día tomando aire fresco. Quizás una pequeña excursión hasta el río para empezar.
 
Experimentando cierto goce ante esa idea, recogí lo que había usado en el desayuno con premura y me dirigí hacia mi habitación. Allí recolecté mi discman, un libro que encontré una de aquellas
noches por casualidad y que nunca había terminado, un jersey que até a mi cintura y una manta sobre la que echarme bajo la sombra de un árbol.
 
Especulé con la idea de prepararme la cesta del picnic, pero pensé que en el momento en que sintiera los primeros síntomas de hambruna retomaría el camino a casa. De todas formas, el tiempo que iba a pasar fuera era impreciso, dependiendo sobre todo de los factores atmosféricos.
 
Con decisión, salí de la casa rumbo a mi coche y me puse en marcha. Comprobé con alivio que los cambios que había sufrido el lugar en el trascurso de aquellos años no había afectado lo más mínimo al río y a sus zonas colindantes.
 
Aparqué el Audi en el lugar donde solíamos hacerlo mi padre y yo. Aquella resultaba ser la parte menos transitada, puesto que estaba en el lado opuesto del camino que llevaba al pueblo. Saqué mis cosas y me asenté en el mismo árbol que tantas veces me había visto hacerlo. Puse la manta en el suelo, sobre la hierba y me senté sobre ella. Permanecí un largo rato observando mi alrededor, percibiendo los casi inaudibles sonidos de la brisa acariciando las hojas y el ligero rumor del agua.
 
Sonreí, pensando en las interminables tardes que había pasado allí en compañía de mi padre. En ninguna ocasión lograba aburrirme. Estar con él era una experiencia nueva cada día, siempre haciéndome reír y aprender a partes iguales. Siempre tuvo tanto que ofrecerme que yo agradecía cada noche a Dios la suerte de tenerlo.
 
Pero él había muerto y Dios había dejado de existir al mismo tiempo. Cogí el libro que había traído conmigo y comencé a leerlo desde el principio. Poco después lo abandonaba a un lado cuando el sueño vino a visitarme. La imagen de mi padre hizo que me apresurara a cerrar los ojos para soñarle.
 
La presencia de alguien cerca de mí logró que regresara de mi placentero sueño de repente. Abrí los ojos sobresaltada. Delante de mí se erguía la figura de Julian, ataviado con ropa informal, una gorra, una caña en una mano y una cesta de mimbre en la otra.
 
–¿Te he asustado?
 
–Hola. –dije.
 
–No pretendía despertarte, acabo de llegar... –me pareció que estaba algo avergonzado.
 
–No te preocupes. –reprimí un bostezo y me erguí hasta quedar sentada.– ¿Vienes a pescar?
 
–Sí. Pensé en aprovechar el estupendo día que hace hoy. Quizás mañana vuelva a llover.
 
Recordé que hoy era domingo y que probablemente era su día libre.
 
–Cierto. Yo pensé lo mismo. Me he pasado los últimos días encerrada en casa y necesitaba despejarme un poco.
 
–Bueno... –dijo dispuesto a irse.– Lamento haberte despertado.
–Te he dicho que no tiene importancia. ¿Quieres sentarte aquí un rato conmigo? –le pregunté,
sorprendiéndome a mí misma.
–De acuerdo. –dijo, colocando sus cosas en el suelo y tomando asiento a mis pies.– ¿Has venido
sola?
–Sí. –comencé a recomponerme el pelo.– En realidad estoy sola en la casa también. Él asintió con la cabeza no queriendo indagar más en los motivos que me habían traído allí y más si era sola.
 
–Hacía mucho tiempo que no tenía oportunidad de venir aquí. A mí me gusta este lugar.
 
–Cuando éramos pequeños pasábamos todo el tiempo aquí, ¿lo recuerdas? –observé.
 
–Cómo olvidarlo. Mis mejores recuerdos de la infancia son los que pasé contigo.
 
–¿Me dirás algún día qué fue lo que viste en mí? Porque no podía decirse que fuera muy habladora...
 
–Quizás fue eso mismo... –me dijo medio en broma, sonriéndome.
 
No sé por qué me fijé en sus manos para descubrir si estaba casado o algo por el estilo. En sus dedos no había rastro de alianzas.
 
–¿No te has casado? –pregunté, aún a riesgo de parecer cotilla.
 
–No. Tuve una novia durante algunos años. Me dejó.
 
–Vaya... –fue lo único que se me ocurrió argumentar.
 
–Ella quería cosas que yo no. A mí me bastaba con vivir y morir en este lugar, tener un trabajo estable y disfrutar de todo ello mientras pudiera. Supongo que no todo el mundo tiene las cosas tan claras como yo. –me miró.– ¿Y tú?
 
Me abracé a mis rodillas y pensé durante un momento qué contestarle.
 
–Yo también estoy sola. Pero mi historia es diferente.
 
–Si quieres, puedes contármela. Soy un excelente oyente. –se ofreció con entusiasmo.
 
–No lo pongo en duda. Pero a menos que quieras que te explote la cabeza con mis historias, no vuelvas a sugerirme que te cuente mi vida.
 
Se rió y yo también, contagiada por su risa.
 
–Me parece increíble que alguien tan atractiva como tú esté sola.
 
–¿Sabes? Eso ya me lo han dicho muchas veces, pero nadie de los que me lo han dicho ha tenido otra intención que las palabras. ¿Crees que algún día alguien me dirá eso y pretenderá con ello algo más? –comenté jocosa.
 
–Puede que los intimides. De pequeño me pasaba eso contigo.
 
–¿Yo te intimidaba? –exclamé incrédula.– No te creo...
 
–Te lo digo muy en serio. Creo que incluso te admiraba... Era extraño.
 
–Jamás hubiera podido adivinarlo.
 
–Puede que incluso me haya enamorado un poco de ti entonces...
 
Me reí a grandes carcajadas.
 
–Ahora entiendo por qué intentaste besarme cuando teníamos trece años debajo de aquel árbol... –recordé entre risas.
–Preferiría que no me recordaras esa ocasión. Fue muy vergonzoso, sobre todo después de que echaras a correr como una posesa...
 
–Quizás era porque tú también me intimidabas a mí. No volviste a intentar nada parecido después de aquello.
 
– Con tu reacción me dejaste claro que no era algo que desearas que repitiera.
 
–Fue mi penúltimo verano aquí. Luego pasaría mucho tiempo antes de volver a vernos.
 
Moví al cabeza negando con una sonrisa en el rostro, perdida durante un instante en aquellas memorias.
 
–Es increíble cómo pasa el tiempo... –dije casi en trance, pareciéndome increíble que hubieran pasado tantos años desde aquello.
 
–He traído unos dulces. ¿Te apetece? –ofreció, sacando dos paquetes de su cesta.
 
Miré el reloj entonces. Me había quedado dormida varias horas, con lo cual ya casi era mediodía y mi estómago estaba vacío.
 
–Gracias. –dije cuando me alcanzó uno de los bollos.
 
Sin preguntarme esta vez, puso a mi lado una lata de gaseosa y abrió otra para él.
 
–No te sientas obligado a hacerme compañía. –le dije cuando recordé que él había venido a pescar y no a entretenerme a mí.
 
Me sonrió.
 
–No me siento obligado para nada. En realidad, encuentro el estar contigo bastante más
interesante que estar de pie durante horas sin hacer otra cosa que esperar.
 
Tuve problemas con la anilla de mi refresco, que se negaba a abrirse. Julian me arrebató la lata con gentileza y la abrió para mí. Le di las gracias, recordando lo generoso que siempre había sido. Era un caballero en todo el sentido de la palabra. Sólo tenía que reconocer lo cómoda que me sentía a su lado a pesar de todos los años que habían pasado desde nuestra infancia. Supuse que había algo en él, algo que yo reconocía como un sentimiento de familiaridad.
 
–Se está bien aquí. –dijo él al verme perdida en mis pensamientos una vez más.
 
–Sí. Es curioso, pero tuve una época que no soportaba venir aquí y ahora... –mordí el dulce para no tener que seguir con la frase al notar que había hablado demasiado.
 
Julian no pareció querer indultarme esta vez.
 
–¿Ahora? –me instó a seguir.
 
–Ahora es más como un refugio. –sentencié.
 
–Entonces vienes huyendo de algo, ¿no es cierto? –Lo miré sin saber qué responder.– Lo siento... – se disculpó.– No es asunto mío.
 
–No importa. Supongo que se me nota demasiado.
 
–Sea lo que sea, al final acabará por encontrarte aquí también.
 
–Lo sé. Para entonces espero saber qué hacer.
 
–Sé que lo debes de estar pasando mal con lo de tu padre, sobre todo porque lo querías muchísimo. Yo pasé por lo mismo hace unos años, cuando mi madre enfermó. A veces no es posible ver ninguna salida, pero créeme, es cierto lo que dicen de que el tiempo lo cura todo.
 
–El tiempo ahora parece no tener sentido.
 
–La soledad tampoco te hará ningún bien. Sólo empeorará las cosas, a menos que sea eso lo que quieres en realidad. –me dijo muy serio, casi parecía que podía leer mi interior.
 
No era algo extraño, después de todo él me conocía desde hacía mucho tiempo y puede que hasta le fuera familiar mi forma de actuar. Como si pudiera decir que mi cabezonería y mi orgullo me hubieran abandonado con el paso de los años. Pero no, yo seguía siendo la misma.
 
Lo vi mirar al cielo.
 
–Creo que dentro de poco tendremos otra descarga de agua. Fíjate... –me señaló.– ¿Ves esas nubes?
 
Asentí con la cabeza.
 
–Ni siquiera nos ha dado tiempo a olvidar que estamos en Otoño. –dije, triste en pensar que otra vez me vería recluida en mi casa por tiempo indefinido.
 
–No habrá día de pesca para mí hoy. Creo que deberíamos recoger.
 
–Sí. –coincidí con él.– ¿Quieres que te lleve?
 
–No, gracias. – se levantó.– He traído mi camioneta.
 
–De acuerdo. –metí las cosas de nuevo meticulosamente en mi mochila mientras le daba vueltas a una idea que me había venido a la cabeza. Sin pensar la dije en voz alta.– ¿Te apetecería venir a cenar esta noche a mi casa?
 
Me miró, tan sorprendido como yo, y fue entonces cuando me arrepentí de habérselo propuesto. Tal
vez él confundiría mis intenciones y se liaría el asunto.
 
–Me encantaría. –me respondió.
 
Ya no había marcha atrás, con lo que seguí con el plan. No quedaría muy bien que le dijese que lo olvidara.
 
–¿Qué tal a las nueve y media?
 
–Me parece perfecto. ¿Quieres que lleve algo? –me ofreció.
 
–No. Tu presencia será suficiente.
 
–Entonces a las nueve y media me tendrás allí. –se dio la vuelta sonriente dispuesto a irse cuando mi voz lo paró de nuevo.
 
–Vaya... –dije con fastidio.
 
–¿Qué pasa?
 
–No recordaba que no tenía en casa nada que no estuviera preparado para el microondas...
 
–No pasa nada. Yo también abuso de esa comida. Me gustará.
 
–Ni hablar. –dije negando con la cabeza.– Si te invito a cenar tiene que ser una cena como Dios manda. Nada de congelados ni de comida precocinada.
 
–Podríamos salir a cenar por ahí...
 
–¿Es que no hay ningún supermercado abierto hoy?
 
Lo vi arrugar la nariz antes de contestar.
 
–Sólo ése enorme hipermercado... Si alguien se entera que te he mandado a la competencia perderé mi reputación... –dijo cómicamente, mirándome con ojos suplicantes.
 
–Ha sido por una buena causa. –cedí entre risas.
 
Nos despedimos entonces. Yo me metí en mi coche y puse rumbo al centro comercial. No sé por qué estaba tan entusiasmada con la idea de tener un invitado en casa. Tal vez todo aquel tiempo de reclusión habían hecho que nacieran en mí enormes deseos de socialización...
 
También la idea de pasar más tiempo con Julian se me hacía agradable. ¿Qué más daba lo que fuera?
 
...............
 
 
Me sorprendí a mí misma con las inesperadas dotes culinarias de las que di muestra. Nunca me había interesado la cocina, pero viendo realizar múltiples recetas durante tantos años a Lourdes habían dejado cierta huella en mí.
 
Si mi madre fuese capaz de verme allí, con el delantal calado, rodeada de todo tipo de especias y concentrada en varias cacerolas a la vez, estoy segura de que se hubiese desmayado del susto. Dejé los pensamientos de mi madre y sus posibles ataques de pánico a un lado y me concentré una vez más en el porqué había sido tan entusiasta en mi invitación a Julian. No sé por qué eso me parecía tan importante. Lo cierto es que en aquel instante me había parecido una idea muy apetecible, y aún ahora, a pesar de que en algunos momentos creía que me arrepentiría, me lo seguía pareciendo. ¿Qué daño podría hacerme algo de compañía?
 
Él había sido mi único amigo de la infancia y quizás la única persona también con la que me sentía totalmente a gusto. Sus conversaciones siempre eran agradables y los recuerdos que traía consigo aliviaban de algún modo mi inconsolable alma. ¿De cuántas personas podía nombrar tantas virtudes? Era mi amigo y me gustaba pensar en eso.
 
Aquella era la primera vez que iba a cocinar para alguien más que no fuera para mí misma y estaba decidida a causar una buena impresión. Probé la salsa del pollo por enésima vez, dudando si precisaba de un poco más de sal. Opté por no añadirle. Recordé que me había dicho que le gustaba el picante así que me arriesgué a sumarle otro puntito de tabasco.
 
Dejé la cena a fuego lento y fui a darme una ducha rápida. Ya lo tenía todo dispuesto, incluso había puesto a enfriar dos botellas de vino. Como no sabía qué es lo que prefería Julian, opté por una botella de blanco y otra de tinto que seleccioné de la bodega de mi padre. Cuando salí de la ducha, me vestí con unos vaqueros negros y un jersey de lana de cuello alto del mismo color. Me cepillé el pelo y me perfumé ligeramente. No quería que aquello pareciese una cita, pero tampoco pretendía tener aspecto de andar por casa.
 
Bajé rauda a la cocina para revisar el estado de la comida. Salí al comedor y adorné la mesa con uno de los mejores manteles que poseía. Coloqué los platos y las fuentes de comida y saqué para la ocasión las copas de cristal de bohemia que mi madre guardaba con excesivo celo en una vitrina.
 
El sonido del timbre de la puerta alertó mis sentidos. Miré el reloj. No esperaba a Julian hasta las nueve y media. Las agujas marcaban las nueve y cuarto. Al parecer, la excesiva puntualidad era otra de las cualidades a añadir. Sin deshacerme del delantal me dirigí a la puerta.
 
–Llegas tem... –dije mientras abría, tragándome las palabras en cuanto la forma de Jenny apareció ante mis ojos.
 
–Supongo que esperabas a otra persona. –dijo algo secamente.
 
–A cualquiera menos a ti. –me apresuré a decir, igualando la seriedad de ella.
 
Jenny alzó una ceja algo incrédula, sin dejar de mirarme fijamente.
 
–¿Puedo pasar?
 
Me hice a un lado, otorgándole el permiso de adentrarse en mis dominios. Pasó por mi lado y no sé por qué extraña razón, esperaba que lo hiciera acompañada de equipaje. Me di cuenta entonces que su visita era una breve.
 
Se volvió hacia mí, esperando seguramente a que yo dijera algo. Pero simplemente cerré la puerta y me alejé de ella. Los recuerdos de la última vez que la había visto aún permanecían dolorosamente frescos en mi memoria.
 
En un segundo me vi asaltada por las posibles razones que la habían traído a mí nuevamente. Di varios pasos en círculos, abrazándome a mí misma, sin saber qué hacer. Jenny, por el contrario, observaba con detalle todo lo que había dispuesto para la cena. Supuse que estaría preguntándose por el misterioso invitado que se sentaría delante del servicio extra.
 
Toda pregunta quedó relegada a mejores tiempos cuando el timbre de la puerta volvió a sonar con estridencia. Yo estaba en mitad del salón, observando a Jenny, embrujada una vez más por su presencia. Sabía que era mi deber atender a la llamada del timbre, pero mis piernas se negaron a complacerme.
 
–¿No vas a abrir? –me preguntó ella.
 
Sin esperar respuesta, casi tan convencida como yo de que estaba clavada en el sitio, se dirigió a la entrada y abrió la portezuela. No pude ver el rostro de Julian, pero estaba segura de la absoluta expresión de sorpresa que debía de señalarse en su cara.
 
Oí a Jenny presentarse, anunciando su nombre y a continuación un "soy amiga de Emma". Julian se presentó asimismo y añadió algo así como que la recordaba de aquella ocasión con motivo de las fiestas. Jenny concordó con él y dio un paso atrás para indicarle así que podía pasar. Fue entonces cuando pude reaccionar. Me deshice del delantal y salí a recibirle.
 
Como era de esperar, la invitación se extendió también a Jenny, quien ocupó un lugar en la mesa. Me senté al frente, justo en el sitio que solía ocupar mi padre, con cada comensal a un lado. Yo apenas había probado bocado, tan concentrada como estaba en observarla, como si no tuviera fuerza de voluntad suficiente como para obligarme a despegar la vista de ella.
 
Jenny pareció ignorarlo hasta que se volvió hacia mí y me dedicó una de sus personales miradas fulminantes. Mirada que yo, por supuesto, pasé por alto. Regresó su atención a su plato, de vez en cuando levantando la vista hacia el tercer invitado. El mismo que para mí había quedado relegado a un segundo plano desde ese mismo instante en que la presencia de Jenny había abandonado mis sueños y había aparecido empíricamente en el portal de mi casa.
 
Yo sabía que estaba comportándome de una forma absurda e infantil, pero no encontré ninguna razón de peso para obligarme a dejar de hacerlo. La certeza que tenía en aquellos momentos de cuánto había echado de menos a Jenny me atravesó como el más afilado de los cuchillos. Ahora que la tenía delante, sólo podía mirarla, buscar en su alma las preguntas que con tanta codicia necesitaba que me respondiera.
 
Tragué con avidez el vino que por tercera vez había llenado mi copa y estiré el brazo buscando la botella para rellenarla una vez más, pero Jenny fue más rápida y puso el envase fuera de mi alcance, todo sin mirarme una sola vez, dando por sentado que no habría más alcohol para mí esa noche. Tuve que rendirme, sin más, a sus calladas exigencias y me bebí de dos tragos la copa de agua, ahora el único líquido que se me permitía tener en cuantas cantidades deseara.
 
Julian, por su parte, observaba con detenimiento, aunque disimuladamente, el intercambio de miradas entre nosotras sin atreverse a decir una palabra. Aquel silencio para él tenía que ser del todo insoportable.
 
–Está realmente delicioso... –soltó de súbito Julian, abandonando cuidadosamente sus cubiertos sobre el plato.– Pero si tomo un bocado más, acabaré por reventar...
 
–Gracias. –agradecí yo.
 
–No puedo hacer otra cosa que coincidir contigo, este pollo es sublime.
 
Jenny dio por terminada su cena también, dando un largo suspiro.
 
–Espero que hayan dejado sitio para el postre... –dije, anhelando que mi voz no pareciera a sus oídos tan forzada como sonaba en los míos.
 
–Para eso siempre hay un lugar. –repuso Jenny a media sonrisa.
 
Me levanté sin más dilación y recogí los platos, con el mío casi intacto.
 
–Espera, te ayudaré. –se ofreció Jenny.– Discúlpanos un instante, Julian.
 
–Por supuesto.
 
Me siguió rumbo a la cocina, a donde nada más llegar me abordó en voz baja, aunque por la expresión de su cara supe que deseaba gritarme.
 
–¿A qué demonios venía todo eso?
 
–¿El qué? –dije indiferente, colocando la vajilla sobre la encimera.
 
–Como si no lo supieras...
 
–Si no te conociera mejor diría que te encanta atormentarme, Jennifer. Una de las razones por las que vine aquí fue para alejarme de ti. ¿Cuáles son las tuyas?
 
–No creo que sea el mejor momento para hablar de eso. –gruñó casi sin despegar los labios.
 
–Muy bien. –me dirigí hacia el refrigerador para sacar la tarta de manzana que había comprado esa misma tarde en el supermercado.
 
–Tienes un invitado al que atender. Y espero que lo hagas mejor de lo que lo has hecho hasta ahora.
 
Saqué los platos de postre con gran parsimonia, como ignorándola por completo. Yo conocía todos sus tonos de voz y aquel que estaba usando ahora era uno que demandaba confrontación.
 
–Creí que iba a encontrarme a una Emma desolada, pero lo que jamás imaginé fue que te iba a encontrar haciendo vida social. Lamento haber estropeado tus planes de alcoba.
 
Me reí. – ¿Mis planes de alcoba? ¿Eso es lo mismo que decir que tenía toda la intención de meterlo en mi cama? –me giré hacia ella y la encaré con el esperado malestar.– ¿Es que alguna vez he dado a entender que me acuesto con todo el que se me acerca? Y si fuera así, ¿a ti qué demonios te importa?
 
–No me provoques, Emma. –me dijo ella con absoluta amenaza en la voz.
 
–Aparta de mi camino, Jennifer. –la enfrenté yo, cargada con los tres platos de postre.
 
Hizo lo que le demandé, echándose a un lado para permitirme el paso. Yo salí con la cabeza bien alta y con una sonrisa ensayada previamente. Julian nos esperaba sentado en la misma posición, jugando con la servilleta.
 
–Te gusta la tarta de manzana, ¿verdad?
 
–En realidad soy alérgico a las manzanas...
 
Lo miré atónita y lo vi sonreírme.
 
–Era broma... –repuso alzando los brazos para coger uno de los platos.– Me encanta la tarta de manzana.
 
–Me habías asustado... –dije con el alivio de haber descubierto que todo había sido una burla.
 
Jenny tomó su asiento y su ración de postre también, partiendo el pequeño trozo de tarta en múltiples pedazos más pequeños aún con el tenedor. El silencio volvió a hacer acto de aparición y luché en mi interior por encontrar algo que decir que resultase adecuado. Julian me alivió de esa pesada carga.
 
–Me alegro mucho de que me hayas invitado a cenar, Emma.
 
–Yo también me alegro.
 
–La próxima vez la invitación correrá de mi cuenta... Hay un restaurante italiano muy bueno a pocos kilómetros de aquí.
 
–Sería estupendo... –dije sin más.
 
–Por supuesto, tú también estás invitada Jenny.
 
Ella no aceptó ni desdeñó la proposición, simplemente se limitó a sonreírle con brevedad.
 
–¿Qué tal te va todo, Julian? –le preguntó.
 
Yo comencé a engullir mi tarta a pesar de que no tenía gana alguna de comerla, pero eso me mantenía ocupada.
 
–Muy bien, gracias. Por ahora las cosas me van bastante bien...
 
–Tienes suerte entonces... –añadió la azafata.
 
–Supongo.
 
Una breve pausa en la que los tres seguimos tomando el postre antes de que Julian decidiera romper el silencio nuevamente.
 
–¿Y Michael?
 
Jenny y yo levantamos la vista del plato con celeridad y lo miramos. Julian pareció tragar con algo de dificultad, como si se hubiera dado cuenta de que había pronunciado una palabra maldita en aquella mesa.
 
O algo así.
 
–Michael se casa dentro de unos meses... –anuncié yo.– Increíble, pero cierto.
 
Julia  pareció entender que mi hermano se iba a casar, pero no con Jenny.
 
–Oh... –exclamó, un tanto avergonzado aún.
 
Jenny se tapó la boca con la servilleta, fingiendo que se limpiaba las comisuras de los labios, pero sólo yo fui consciente de que lo que realmente quería tapar era una sonrisilla. Lo cierto es que la expresión de Julian había sido de lo más cómico, y si a eso le añadimos el tono grana que ahora cubría sus mejillas...
 
–¿Sabes si seguirá lloviendo durante los próximos días? –le pregunté yo, haciendo esfuerzos porque volviera a sentirse cómodo.
 
–En esta época suele ser así. Llueve con intensidad, aunque intermitentemente. Así que seguro que habrá algún día soleado que otro.
 
–Estupendo. –añadí.
 
–¿Piensas ir de pesca?
 
–No. Sólo era por curiosidad. Odio estar encerrada en esta casa por culpa de las lluvias.
 
–Ahora ya no estás sola... –añadió él.– No será tan malo...
 
–Es cierto. La compañía de Jenny aliviará mis penas... –añadí con algo de sarcasmo.
 
–¿Piensas quedarte mucho tiempo? –inquirió Julian dirigiéndose a la castaña.
 
–Depende... –levantó la vista hacia mí y yo la miré frunciendo el ceño.
 
–Jenny ha venido unos días para despejarse. Ya sabes, el estrés de la ciudad... –comenté.
 
–En realidad no lo sé muy bien. He pasado toda mi vida en este pueblo.
 
–Créeme, este pueblo no tiene nada que envidiarle a la ciudad. Yo diría que todo lo contrario.
 
–Tienes razón. No hay nada como vivir rodeado de tranquilidad. –concedió él.
 
–Exactamente. –sentencié, metiéndome en la boca el último trozo de tarta.
 
Me di cuenta de que la conversación que sosteníamos se había vuelto demasiado fría y educada. De haber estado Julian y yo solos, hubiera discurrido por otros cauces más distendidos. Pero la presencia de Jenny y la tensión palpable entre ambas, había causado tal situación.
 
Julian era demasiado educado como para atreverse a preguntar, aunque yo estaba segura de que para él era obvio que algo pasaba entre la azafata y yo. No había que ser muy observador para darse cuenta de ello.
 
–Esta casa está igual que como la recordaba. –repuso Julian.
 
–Mi madre no se atrevería a cambiar una sola cosa en ella. Ahora mucho menos...
 
–Me gusta así. Me trae muchos recuerdos...
 
–Apuesto a que recuerdas cuando nos deslizábamos por la balaustrada... –comenté yo entusiasta.
 
–Sí. –respondió él sonriendo.– Hasta que llegaba tu madre y nos ordenaba que parásemos.
 
Me reí levemente, acomodándome sobre el respaldo de la silla.
 
–Lo sé. Mi madre nunca tuvo ni la más remota idea de lo que era la diversión.
 
Pasamos desde ese punto a relatar algunas de nuestras experiencias cuando éramos niños. Me descubrí como una ansiosa participante, todo por tratar de olvidarme, al menos durante unos instantes, que Jenny estaba allí. Ella permaneció callada la mayor parte del tiempo, sólo sonriendo levemente ante algunas anécdotas realmente cómicas que contaba Julian.
 
Terminamos el postre y después de aclarar la mesa pasamos al salón para charlar otro rato. Casi era media noche cuando Julian se levantó dispuesto a irse. Yo abandoné mi sitio en el sofá para acompañarlo hasta la puerta, mientras él y Jenny se dedicaban un cordial, aunque frío, adiós.
 
–He disfrutado mucho de la velada, en serio. –me aseguró en el quicio de la puerta.
 
–Yo también. Me encanta tu compañía.
 
–Espero que volvamos a repetirlo alguna vez. Tienes mi teléfono.
 
–Lo sé. Te llamaré. –dije, aunque no estaba segura de si iba a hacerlo.
 
–Muy bien. –se agachó y me plantó un gentil beso en la mejilla.– Adiós.
 
–Adiós.
 
Cerré la puerta y me quedé allí durante breves segundos, mientras calmaba el veloz e inconstante latido de mi corazón. Había llegado el momento de enfrentarme a solas con Jenny. Y tenía miedo, a la par que deseo y satisfacción por tenerla allí.
 
–¿Vas a quedarte ahí toda la noche? –me dijo desde atrás.
 
Yo me volví rauda, alertada por su voz.
 
–Me has asustado. –dije con una mano en el pecho.
 
–¿Es que habías olvidado que estaba aquí? –indicó, tomando un sorbo de su vino.
 
–Si consiguiera hacer eso sería más feliz, te lo aseguro.
 
–¿Tanto te incomoda mi presencia? Puedo irme ahora mismo si es lo que quieres...
 
–¡Oh, por favor! –dije con hastío al tiempo que me alejaba de la entrada.– Tan sólo desearía saber qué es lo que te ha traído hasta aquí, Jenny.
 
–¿Qué otra razón puedo tener para venir aquí sino tú?
 
–Una visita de cortesía, entonces.
 
–Desapareciste. Estuve como loca buscándote. Ni siquiera tu madre me quería decir dónde demonios te habías escondido esta vez...
 
–Pero tú puedes ser muy persuasiva... –la interrumpí.– A la vista está.
 
–Siento mucho lo que pasó en mí...
 
–Ni te atrevas. –la amenacé.– No quiero que empieces a disculparte por tener una vida en la que no significo nada. Tú eres así, y yo intento hacerme a la idea de que no puedo tenerte.
 
–Emma, siempre tienes la equívoca idea de que no me importas. Creo que te he demostrado con creces que no es así. Yo te quiero.
 
–De todas las mentiras que podrías decirme, ésa es la peor. Tú no puedes quererme. De otra forma no me atormentarías de esta manera... ¿Qué pasa, Jenny? ¿Es que verme sufrir te excita de alguna forma?
 
–Voy a imaginar que esas palabras nunca han salido de tu boca.
 
–Imagina lo que quieras, no me importa. Pero quiero que sepas que tu sola presencia me hace daño.
 
–¿Por qué me niegas tu amistad? –señaló casi implorando
 
–¿Amistad? Me besaste, Jennifer. Deberías tener, al menos, una ligera noción de lo que eso puede significar para mí. No me pidas ser tu amiga, eso sería demasiado cruel. Déjame que supere esto. –suspiré cansadamente antes de proseguir.– Al menos dame una oportunidad.
 
–He cometido un error viniendo hasta aquí. Ni siquiera sé por qué lo he hecho. –repuso.
 
Comencé a ponerme nerviosa y algo enfadada.
 
–Pues deberías pensarlo con detenimiento. –solté muy seria.– Tal vez tengas motivos que te niegas a reconocer.
 
–¿Cómo cuáles? –la vi entrecerrar los ojos, mirándome con sospecha.
 
–Eso sólo lo sabes tú.
 
Me alejé de ella rumbo al salón para recoger los últimos restos de la velada. La sentí seguirme muy de cerca.
 
–¿Puedo quedarme esta noche aquí?
 
–Puedes quedarte el tiempo que quieras. Sabes que, a pesar de todo, eres bienvenida. –admití, poniendo rumbo a la cocina.
 
Una vez allí, llené la cesta del lavavajillas y lo puse en marcha. Jenny había puesto música en el salón y desde allí pude oír las notas del Concierto de Frank Sinatra. Suspiré y me repetí un millar de veces que era capaz de enfrentarme a aquella situación. Encontré a Jenny cerca del tocadiscos, de espaldas, con un codo flexionado, sosteniendo aún una copa de vino media llena.
 
–A mi padre le encantaba esa pieza. –le dije.
 
–Debo de haberlo oído hasta la saciedad, pero en cada ocasión consigue emocionarme como la primera vez.
 
–Tiene algo especial. –convine.
 
–Sí.
 
Se hizo un incómodo silencio. Yo me restregué las manos pensando en lo próximo que debía decir. Ni tan siquiera sabía si quería estar allí, donde la presencia de Jenny se me hacía difícil de sobrellevar.
 
–Voy a ir arriba. –me moví hacia delante y atrás nerviosa.– Ya es muy tarde y aún tengo que preparar tu habitación.
 
Se giró rauda hacia mí.
 
–Quédate un poco más. –me pidió.
 
Creo que ambas sabíamos que no podría negarme a nada de lo que ella me pidiera.
 
–De acuerdo.
 
Se sentó entonces en el enorme sofá, depositando su copa sobre la mesilla. Me miró y palmeó un lugar cerca del suyo, indicándome que me sentara. Lo hice sin más dilación, aunque evité colocarme demasiado cerca.
 
–Siento lo de antes. –me dijo.– A veces no sé qué me ocurre...
 
–No tiene importancia.
 
–Sí la tiene. No he venido hasta aquí para empeorar las cosas contigo. Eso es justamente lo que menos deseo.
 
–Jenny... –comencé, haciendo acopio de valentía.– Yo... Tú no tienes por qué...
 
Las palabras se negaron a fluir ordenadamente de mi boca. Me froté la frente con desesperación, todo ello bajo el intenso escrutinio de ella.
 
–Dios mío... –dije quedamente.– Necesito un trago...
 
Sin decir una palabra, me ofreció su copa que vacié de un solo sorbo, ávidamente. Mantuve la copa entre mis manos, observándola. Sabía que Jenny me estaba diciendo algo pero la ignoré. Ahora estaba concentrada en apreciar mi propio reflejo en el cristal. No me gustó lo que vi.
 
Sin apenas ser consciente de que estaba apretando demasiado la copa que sostenía, ésta se rompió bajo la presión esparciéndose en pedazos, algunos de los cuales se incrustaron en el interior de mi mano.
 
–¡Emma! –oí gritar a Jenny.
 
Sentí el dolor entonces, mientras la sangre salía a borbotones goteando en el suelo. Me cogió la mano para observarla, con expresión dura en el rostro. Con enorme decisión, tiró de mi brazo y me obligó a levantar para llevarme al baño donde me sentó sobre el inodoro.
 
Abrió el botiquín buscando algo frenéticamente. La vi sacar un desinfectante, mercromina, esparadrapo y vendas. Cosas que depositó en una de las esquinas del lavabo. Se arrodilló frente a mí y me tomó de la mano con inmensa dulzura, apenas rozándomela. Le dio la vuelta para calibrar el tamaño de la lesión en la palma. Extrajo uno de los trozos, el más grande, con sus dedos mientras contenía la respiración.
 
–¿Te duele mucho? –me preguntó.
 
Yo negué con la cabeza.
 
–Necesito unas pinzas para sacarte el más pequeño... –me anunció al tiempo que desaparecía dejándome sola en el baño.
 
Mientras esperaba su regreso, me dediqué mirar la herida. Aún salía bastante sangre y podía sentir algo extraño metido entre la piel. Jenny volvió entonces. Me levantó nuevamente para meterme la mano bajo el agua y aclarar la herida. Una vez hecho esto, me obligó a sentarme en el mismo sitio. Yo parecía una muñeca de trapo, mientras ella me zarandeaba de un lado a otro. La verdad era que en aquellos momentos no me atrevía a rechistar o a quejarme.
 
Arrodillada frente a mí y completamente entregada a su tarea, Jenny intentaba extraerme el cristal. Una punzada de dolor me hizo estremecer. Ella alzó la mirada hacia mí.
 
–No te muevas. –me dijo con voz dura.
 
Permanecí todo lo inmóvil que pude mientras ella trataba de sacarlo con unas pinzas de depilar.
 
–Te juro que a veces no logro entenderte. –me dijo una vez lograda su empresa.
 
Acto seguido me aplicó el desinfectante. Me quejé cuando noté que me escocía. Con enorme gentileza, Jenny sopló sobre la herida mientras pasaba el algodón, aliviando así el resquemor.
 
–¿Esto es por mí? –me preguntó, cesando en su tarea para mirarme.
 
–No. –dije simplemente.
 
En mi interior yo también buscaba las mismas respuestas.
 
Comenzó a vendarme la mano. Sus largos y bellos dedos trabajando raudos. Una vez que los enfoqué, me vi incapaz de escapar de su visión. Se me olvidó incluso el dolor. Terminó por poner un trozo de esparadrapo que cortó con los dientes para mantener la gasa en su sitio. Fue entonces cuando flexioné inconscientemente la mano para atraparlos, quería sentirlos. Ella paró en seco, observando ahora sus dedos cubiertos por los míos.
 
–Si hay algo de ti que me perturbe, son tus manos. Han sido capaces de quitarme el sueño muchas noches... –le confesé.
 
Con la mano que tenía libre, tracé las líneas que formaban las venas y que surcaban la fina piel del
dorso.
 
–Al igual que tus ojos... –proseguí, comenzando a acariciarle el rostro.– Tu boca, tu voz...
 
–Emma... –protestó ella levemente, pronto acallada por mi pulgar sobre sus labios. "No creo ni por un momento que nadie te haya sabido amar de la forma en que yo te amo. Pero desgraciadamente la felicidad no sólo se obtiene por amar. Quizás el hecho de que siempre me hayas rechazado ha convertido este amor en eterno." Imaginé que le decía esas palabras, como tantas otras veces. Guardarlas era lo que había hecho hasta ahora, pero nunca parecía llegar el momento adecuado para que ella las oyera. En vez de exponerle mi alma, opté por sonreírle levemente y levantarme de mi insólito asiento.
 
 
La sentí moverse detrás de mí y supe que me estaba siguiendo. Era tan sigilosa en sus movimientos que parecía un gato. Seguí andando hasta tomar las escaleras que me llevarían al piso de arriba. Ella lo hizo también. Apresuré el paso y Violeta me imitó una vez más. Estaba a punto de abrir la puerta de mi habitación y desaparecer tras de ella cuando sentí un grave tirón hacia atrás que me hizo dar la vuelta y chocar contra la pared.
 
Intenté desenredarme pero Jenny me asió por ambas manos, poniéndolas a cada lado de mi cabeza. La mano herida me dolió bajo la presión que ejercía en ella, pero no me atreví a quejarme.
 
Me miró, buscando quizás las palabras que no me había atrevido a pronunciar antes, como si quisiera escuchar todas y cada una de las confesiones que yo atesoraba con tanto celo. Con las últimas fuerzas que me quedaban, la empujé y conseguí arrastrarme por la pared unos centímetros más, quejándome por el esfuerzo. Pero su solidez era superior a la mía, y tras unos segundos de infausta lucha cedí en mi empeño y me mantuve en la posición que ella deseaba, aunque con la cabeza ladeada, no permitiéndole verme los ojos.
 
Se acercó a mí y me rozó la mejilla con su nariz, depositando allí un ligero beso. Dejé de respirar sin saber cuándo había decidido hacerlo. Ella prosiguió tentando con sus labios la piel de mi rostro. Mi garganta emitió un suspiro imposible de contener y mis piernas temblaron de emoción, pero aún así me negué a moverme un solo ápice.
 
Hasta que probó mi cuello.
 
Fue entonces cuando me giré. Jenny aprovechó ese movimiento para abandonar mi garganta y tomar posesión de mi boca. Liberó mis manos y yo me anclé en la parte posterior de su cabeza, atrayéndola aún más hacia mí. Abrí la boca para permitirle el paso y ella entró con enorme hambre.
 
Su sabor se mezcló con el mío mientras nuestras lenguas luchaban feroces por enredarse. De mi garganta salió un sonido gutural, tan primitivo que parecía de naturaleza animal. Tal era mi deseo que comencé a abrazarme a ella con las piernas. Quería tenerla imposiblemente cerca.
 
Jenny respondió echando todo el peso de su cuerpo sobre el mío, confinándome contra la pared aún más. Se separó de mí sólo un instante para mirarme a los ojos y luego volvió cubrir mi boca con la suya, tan desesperada como yo. Mi cabeza pegaba una y otra vez contra la pared debido al fervor con que lidiábamos aquella batalla, pero no me importó. Ya no podría importarme nada.
 
Noté, aún con los ojos cerrados, cómo se movía y cómo me alzaba el jersey para introducir una mano por debajo de él. Esa primera vez que sentí su mano bajo mi abrigo fue la confirmación de mi condena.
Sus dedos se movieron golosos trazando las líneas de mi vientre, sin atreverse a ir más allá. La empujé para separarla de mí y ella me miró con expresión desatinada. Me saqué el jersey con premura y expuse mi torso y mis pechos totalmente descubiertos por la ausencia de un sujetador. Me estaba ofreciendo por completo. Quería saber si estaba dispuesta a aceptarme. Percibí algo más, algo como...
 
... Fuego... Si tuviera que elegir una palabra para describir lo que vi en sus ojos cuando me miró tras observar largamente mis pechos, sería ésa misma.
 
Jenny recorrió la breve distancia que nos separaba con un solo paso. Yo me aferré con ambos brazos a su cuello, mientras ella colapsaba contra mí, tomándome de las nalgas para acercarme aún más. Inhalé la esencia que desprendía y me llené de ella. Su olor era por sí solo capaz de llevarme a un estado de auténtico delirio, haciéndome incapaz de registrar la realidad.
 
Sus manos se elevaron desde mis nalgas hasta mis costados. Mi piel respondiendo a su contacto. Yo, mientras, había rozado el lóbulo de su oreja con mi nariz sin pretenderlo en mi empeño de absorberla. Un segundo después mis dientes habían atrapado aquel sensitivo lugar. Jenny me regaló un primer gemido que hizo temblar todos y cada uno de los elementos de los que constaba mi cuerpo. Mis rodillas quisieron doblarse por propia voluntad, la misma voluntad que hacía rato que me había abandonado.
 
Toda promesa de olvidar a Jenny, de dejar de amarla, de desearla se esfumaron como si nunca hubieran existido. Al fin y al cabo ella era mi único destino posible.
 
Mi bella Jenny me tomó de la cintura y ambas nos dejamos deslizar hasta el suelo. Me quejé levemente al sentir la frialdad del pavimento contra mi espalda, pero rápidamente me acostumbré a ella. Mientras, Jenny se había colocado con la mitad de su cuerpo sobre mí, con una pierna entre las mías, apoyada sobre uno de sus codos y con el rostro pegado a mi faz, mirándome fijamente, respirando mi aire, haciéndome con ello que tuviera dificultades para seguir inspirando.
 
Su mano derecha se alzó, siguiendo el camino de mi vientre, atravesando el valle entre mis pechos, pero sin rozarlos en ningún momento. Sus dedos descansaron en mi cuello, justo donde mi yugular se apreciaba latiendo al ritmo desenfrenado que había impuesto mi corazón. Fui consciente de algo entonces: En mi entera existencia me había sentido tan viva.
 
Jenny se acercó aún más a mi boca y observé mientras hacía aparecer su lengua por entre los labios. Sólo un poco más y rozaría los míos, pero ella quería atormentarme. Labor que estaba consiguiendo.
Levanté la cabeza y atrapé el apéndice con la boca, sorbiendo de él como si se tratase de un helado.
 
Fue en ese instante cuando decidió cubrir uno de mis pechos. Mi espalda se arqueó en acto reflejo, instándola a adueñarse de más. Su mano se movió lentamente, en círculos. Luego su dedo índice marcando las líneas que formaban el pecho, con su boca recibiendo todas las respuestas ahogadas en formas de gemidos que yo le otorgué con ilusión.
 
Mis manos fueron hacia su camisa de algodón, intentando desabrochar los escurridizos botones sin ningún éxito. Quería verla para así, la próxima vez que ella me cazara en mis propios sueños, no tener que imaginar las formas de su cuerpo de mil maneras, sino ser capaz de pensarlo tal y como era. Estaba más que dispuesta a memorizar cada rincón de su anatomía para ese fin. Después de todo, no sabía si habría una próxima vez. Ignoraba si esto era tan sólo un regalo que Jenny me otorgaba a mí y a mi alma inconsolable. Ella era sobradamente compasiva como para hacer eso.
 
Se incorporó lo suficiente como para ayudarme con los botones. Con cada uno de ellos, mis esperanzas se sumaban y mi ánimo, imposible de contener, echaba a volar. Se deshizo de la prenda con cierta exasperación, tirando de ella. Me permitió entonces ver por primera vez su torso, y no fue el motivo de verla desnuda lo que me hizo temblar como una hoja, sino el hecho de que aquello me lo estaba brindando a mí.
 
Sentí que tiraba de la abertura de mi pantalón, haciendo que los botones se soltaran por sí solos hasta el último de ellos. Mi presión arterial se disparó, y me pareció que el techo de la casa se movía en forma de espiral, por lo que cerré los ojos con fuerza.
 
Muchas veces había imaginado estar en tal situación, si bien es verdad que nunca pensé que sería sobre el suelo, en mitad de un pasillo, con prisa mal disimulada y el ardor de quien está descubriendo el placer por primera vez. Pero así era, Jenny me estaba descubriendo, y yo me estaba desvelando a ella.
 
Su mano se adentró en el rincón más reservado de mi cuerpo, presionando rígidamente contra mi piel por el escaso espacio que permitía la tela de mis vaqueros. Aún así, se abrió paso a contracorriente, acariciando el inicio de mi sexo. Gemí inconsolable. Mi deseo crecía por momentos y apenas podía soportar mis ansias por liberarme.
 
Jenny seguía concentrada en lo que estaba haciendo, sin dejar de mirarme a los ojos, sin decir una palabra. Yo bajé la vista hacia sus pechos, percibiendo sus pezones erectos contra la tela de su sujetador. Eso casi me hace gritar, por lo que tuve que morderme el labio inferior.
 
Cuando sentí sus dedos deslizarse dentro de mí, fui capaz de saborear mi propia sangre al morder exageradamente el labio cuando me atravesó. Jenny cerró los ojos e inspiró con fuerza cuando comenzó a mover los dígitos pausadamente.
 
Mis pantalones seguían negándole espacio, por lo que se incorporó y me los bajó junto con mi ropa interior hasta las rodillas. Yo abrí las piernas entonces todo lo que pude, invitándola, deseándola. No me hizo esperar esta vez. Volvió a entrar en mí, ahondándome, atravesándome. Mis caderas comenzaron a moverse a su ritmo. Pero yo quería algo más. La alcancé, intentando llegar hasta la abertura de su pantalón. Yo quería darle todo lo que me estaba dando a mí, era lo único que necesitaba para sentirme colmada.
 
No me lo permitió. Retiró mi mano en las dos ocasiones en las que lo intenté.
 
Me rendí, deseando poder parar aquello. De repente ya no era lo que deseaba. No lo era. Pero fue demasiado tarde. El ritmo que llevaban mis caderas a ese punto era imparable. Intentó besarme cuando notó que me acercaba al orgasmo, pero se lo impedí. Ella me arrebataría un placer que yo era incapaz de retener ya, pero en modo alguno le daría algo más de mí.
 
Me convulsioné entonces, ahogando los gritos de éxtasis. Apreté las mandíbulas, el sabor de la sangre aún en mi boca.
 
Sangre, sangre, sangre... me repetí. Mi sangre estaba envenenada de Jenny.
 
Le así de la muñeca con fuerza y la obligué a salir de mí bruscamente. Me subí los pantalones tan rápido que parecía que la vida se me iba en ello. Me erguí, buscando mi jersey, de repente demasiado avergonzada de mi desnudez ante ella.
 
Jenny se irguió también, sin entender mi repentino cambio de humor.
 
–Pensé que era lo que deseabas.
 
De todas las cosas que podía haber dicho, aquella era la que más esperaba que no pronunciase. Jenny seguía sin entender nada. Y ahora yo estaba segura de que ni siquiera quería intentarlo. Me giré como una pantera rabiosa hacia ella, abrigo en mano.
 
–Quería que hiciéramos el amor, Jenny, no que me follaras como si te estuviera pagando por ello. –mastiqué las palabras con irritación.
 
–¿De qué estás hablando?
Me pregunté si realmente no tenía idea de lo que había hecho o es que me estaba tomando el pelo. Lo único que sabía era que la visión de su pecho me seguía perturbando demasiado.
 
–Por el amor de Dios, ¡vístete!–le ordené.
 
Me coloqué el abrigo y me quedé en el sitio, dándole la espalda, sin saber qué hacer. Irme, quedarme, decirle una vez más cuánto daño me había hecho... Sus palabras interrumpieron mis cavilaciones.
 
–Si he hecho algo mal, lo siento. Pero tú no me diste ninguna señal de que parara...
 
–¿Disfrutaste? –le pregunté.
 
–¿Qué?
 
–Lo has oído perfectamente. ¿Es que acaso eres una de esas malditas frígidas que son incapaces de sentir nada? –ladré enfadada.
 
–Quería centrarme en ti... –comenzó a explicarme algo insegura, casi como si sintiera vergüenza.
 
–¿Centrarte? –me giré hacia ella, aliviada de comprobar que se había abrochado los suficientes botones de su camisa como para no dejar ver nada que me turbara.
 
–Quería darte todo el placer del que fuera capaz.
 
–No quiero ningún placer si no se me permite devolverlo. Creí que podría amarte por una vez libremente, me diste una esperanza de que así podía ser... Nunca aprenderé que los sueños jamás se hacen realidad.
 
–Esto no es un maldito sueño. Yo soy real. –respondió molesta.
 
La miré. Aún había algo que me intrigaba en demasía.
 
–¿Por qué, Jenny? ¿Por qué ahora?
 
–Porque quiero que me enseñes a amar. Quiero sentir lo que tú sientes. Quiero sentir tu obsesión y compartirla. –una pausa.– Quiero todo eso y más...
 
–Tienes que haberte vuelto loca... –dije entre dientes.– ¿No ves a qué estado me ha llevado a mí eso? Deberías estar asustada, aterrorizada. Si has logrado entender mi obcecación deberías estar huyendo de mí y no volver jamás...
 
–No tengo miedo. Lo deseo con todas mis fuerzas. Te deseo a ti. –me aseguró con una seguridad que me dejó pasmada, incrédula incluso.
 
–¿Qué quieres conseguir?
 
–Quiero que estés tan adentro de mí como lo estoy yo en ti.
 
–Loca... –murmuré.– Has perdido completamente la cabeza...
 
–Sé que si no te hago mía no conseguiré olvidarme de ti. No hay nada peor que tener el remordimiento de lo que no se ha hecho jamás.
 
Negué con la cabeza al tiempo que me movía en círculos, cada vez más pérdida.
 
–¿En qué momento...?
 
–En el instante en que volví a verte en el hospital... –me interrumpió nuevamente.
 
Empecé a preguntarme si es que ella ya tenía ensayadas todas y cada una de las respuestas que me estaba ofreciendo. Era como si supiera exactamente qué era lo que yo me preguntaba a cada momento.
 
–¿Me enseñarás? –dijo y casi podía sentirse una ligera súplica en esa frase.
 
No respondí. En cambio, me acerqué hasta ella y la empujé contra la pared. Esta vez Jenny no pareció querer evitar mis avances. Vi la decisión en sus ojos y eso me hizo sentir más valiente.
 
Le abrí el pantalón dolorosamente despacio, sin dejar de mirarla ni un instante. Introduje una mano por debajo de su ropa interior y encontré lo que estaba buscando. Jenny emitió un breve suspiro y echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos con dolor, abriendo aún más las piernas para mí.
 
Tuve que apoyarme con una mano en la pared ante el riesgo de caerme de bruces cuando su calidez me recibió. Mis dedos se mojaron inmediatamente de su excitación. Me agradó descubrir que ella se había excitado tanto como yo.
 
Saqué la mano entonces y puse los dedos delante de su cara. Abrió los ojos y los miró, luego me miró a mí con extrañeza.
 
–Primera lección: –dije muy seria.– El deseo.
 
Entonces lo vi en sus ojos: Jenny se estaba rindiendo a mí.
 
Ya no había nada que pudiera evitar lo que estaba a punto de acontecer.
 
 
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Vie Sep 02, 2016 10:32 pm

Un capítulo cargado de intensas emociones y tantos acontecimientos... Presiento qeu lo que viene será mejor!!! QUE CAPITULAZO!!!
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Mar Sep 06, 2016 6:37 am

Que gran capítulo, por fin Jenny empieza a ser realmente una persona de bien que piensa en Emma y no solamente en ella. Aunque creo que Emma es muy tonta, debería pedirme mas meritos a jenny antes de perdonarla. Conti que estoy ansiosa

Julenka

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Vale Berríos. el Jue Sep 08, 2016 9:54 pm

Santo Dios, cada cuánto publicás?? Ya quiero saber que sigue, esa Jenny por fin cedió ante Emma, que emoción \(*_*)/

Vale Berríos.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Sep 20, 2016 6:58 pm

Hallo, aquí les dejo un capítulo más de esta historia. Gracias a todos los que leen, pero especialmente a los que comentan. 
Aleinads, Yulenka, Vale Berríos: Gracias por comentar esta historia y seguir a mis bebes alemanas. Me alegro que les guste y espero lo siga haciendo.




BELLA INALCANZABLE




8. DESEO QUE QUEMA.
 
Terminamos de desayunar y mientras Jenny se daba una ducha, yo me dediqué a recoger el desastre que mi pasión había creado en la cocina y de paso recoger los cristales de la copa rota en el salón. Me quejé cuando sentí una punzada de dolor en la mano herida al realizar un movimiento brusco.
 
–Te sigue doliendo demasiado, ¿verdad? –preguntó Jenny.
 
Me giré para verla detrás de mí recién salida de la ducha y vestida con ropa cómoda, (antes había ido a su coche a recoger la bolsa de viaje que había traído consigo). El olor del jabón que había utilizado me llenó por completo.
 
–Sólo cuando la muevo. –me las arreglé para decir.
 
–Tal vez sería mejor que te la viera un médico. Anoche no parecía ser grave, pero puede que se infecte.
 
–Soy médico. ¿Recuerdas? –me sonrió. – Tan sólo necesito cambiar la venda y limpiar la herida.
 
–No insistiré entonces. –se acercó a una ventana y retiró la cortina para ver a través de ella. – Parece que no tiene intención de dejar de llover.
 
– ¿Tienes que irte pronto? –me atreví a preguntar.
 
–No.
 
Decidí no indagar más en ese asunto. Ni siquiera me importaba. Tenerla allí, el tiempo que fuese, era lo único que me incumbía.
 
Amontoné los últimos trozos de cristal en el recogedor y me erguí con él en la mano. Jenny me había estado observando sentada en uno de los sofás. Yo aún tenía puesta tan sólo una camisa y debía de ser eso lo que tanto atraía su atención. El hecho de que me mirara sin molestarse en esconder su deseo me llenó.
 
Abandoné el recogedor y me acerqué hasta ella inclinándome hasta que mi rostro estuvo a la altura del suyo. La besé lenta y profundamente, haciéndola suspirar de placer.
 
–Eres insaciable... –le dije con tono jocoso.
 
Una de sus manos subió por mi muslo hasta que alcanzó mis nalgas.
 
– ¿Quieres que te cuente lo que he estado haciendo en la ducha? –musitó, mirándome fijamente.
 
Abrí los ojos tanto que casi sentí que se me salían de las órbitas.
 
–Me hubiera gustado más estar allí para verlo... –murmuré, apoyando la mano sana sobre su muslo.
 
–Tendrás oportunidad de verlo en otra ocasión.
 
Mis piernas temblaron de emoción con sólo pensar en esa posibilidad.
 
–Jenny...
 
– ¿Sí?
 
– ¿Qué ves cuándo me miras? –pregunté, no muy segura de dónde había salido esa cuestión.
 
–Ahora mismo sólo tengo ojos para tu boca...
 
La tomé del pelo y tiré de él.
 
– ¿Quieres besarme? –dije, recordando así una ocasión en mi ático. Entonces ella tenía el control y me había hecho esa misma pregunta.
 
–Sí.
 
– ¿Por qué?
 
–Porque estás demasiado cerca...
 
La solté, sin mover el rostro un ápice.
 
–Hazlo entonces. –ronroneé antes de que Jenny conquistara de nuevo mis labios.
 
...............................
 
 
– ¿Qué lees? –preguntó Jenny.
 
Después de tomar un almuerzo que era casi cena, nos habíamos tumbado cada una al extremo del mismo sofá para relajarnos. Yo había optado por retomar la lectura de aquel libro que parecía no querer acabar nunca y Jenny simplemente se había echado conmigo, con sus pies al lado de mi cabeza, casi dormitando. O eso es lo que me había parecido.
 
–"Desayuno en Tiffany’s", de Truman Capote. –dije, volviendo a meterme de lleno en la lectura.
 
– ¿Es interesante?
 
–Bastante...
 
– ¿Más que yo?
 
Dejé caer el libro abierto sobre mi pecho para mirarla. Me sonrió con picardía.
 
–No vas a dejar que lea, ¿verdad?
 
–No...
 
–Está bien. –descarté el libro sobre el suelo y crucé los brazos detrás de mi cabeza. – ¿Qué quieres hacer?
 
–No lo sé... –colocó uno de mis pies sobre su pecho y comenzó a masajearlo. – ¿Qué tal si no hacemos nada?
 
–Me parece una buena idea. –ronroneé de placer. – Yo no hago nada y tú, mientras, sigues haciendo lo que estás haciendo.
 
Jenny siguió acariciando los dedos de mi pie durante un breve rato, antes de romper el silencio nuevamente.
 
–Tengo curiosidad por saber algo...
 
–Pregunta entonces. –la insté, sin abrir los ojos.
 
– ¿Qué fue lo que te hizo enamorarte de mí?
 
Abrí los ojos y la miré. No tuve que rebuscar demasiado en mi memoria para encontrar el momento justo cuando mi entera existencia cayó rendida a los pies de aquella mujer.
 
– ¿Recuerdas aquella primera noche en el invernadero? –ella asintió. – Esa noche me dijiste algo que me hizo sentir muy importante...
 
– ¿Sólo por eso?
 
Parecía algo decepcionada. Sonreí. Supuse que lo que había esperado oír era algo referente a su aspecto.
 
–Ése fue el principio. Luego el hecho de que no pararas de sonreírme todo el tiempo... –suspiré. – Todas las noches me dormía pensando en ti. Imaginaba que estabas en mi cama, que me abrazabas... Cosas de adolescente, supongo.
 
Se sentó, colocando mis piernas en su regazo.
 
– ¿Dejaste de pensarme de esa forma?
 
–Me hiciste mucho daño cuando te fuiste aquella noche sin ni siquiera despedirte. Me sentí culpable. Al pasar los años, seguías estando presente en mi memoria, pero ya no eran pensamientos agradables. Me dolía pensar en ti...
 
–Ahora parece que te duele incluso el estar conmigo.
 
Me tomó por sorpresa. No tenía la menor idea de por qué me había dicho aquello. ¿Qué era lo que Jenny había notado que la llevara a aquella conclusión?
 
– ¿Por qué dices eso?
 
–Nunca me miras los ojos cuando hacemos el amor. Los cierras. Presumo que porque no quieres verme...
 
Seguí respirando despacio. Nos miramos fijamente.
 
–Ni siquiera me había dado cuenta de que lo hacía... –me defendí. – Supongo que me pasa no sólo contigo.
 
Alzó una ceja y supe que posiblemente no creía del todo aquella explicación.
 
–De acuerdo. –cedió. – No tiene importancia.
 
–Al parecer, para ti la tiene...
 
–Quiero conocer todo de ti, saber los porqué de cada cosa que hagas.
 
Después de aquella respuesta, decidí decirle la verdad. No tenía sentido negárselo. Era algo que deseaba y yo estaba dispuesta a ofrecerle cada cosa que ella anhelara.
 
–Cierro los ojos por costumbre. –comenté sin más dilación.
 
– ¿Por costumbre?
 
Asentí levemente.
 
–Cuando otra persona me hacía el amor, solía cerrarlos para imaginar que eras tú... –Jenny se quedó estática en el sitio, sin ni siquiera pestañear. – Da miedo, ¿verdad? –dije sonriendo, aunque malditas ganas si tenía de hacerlo. Sólo pretendía borrar la tensión en el ambiente.
 
–Sí. Pero es una sensación extraña...
 
– ¿A qué te refieres?
 
–Me haces sentir muchas cosas a la vez, Emma. A veces deseo, luego ternura y otras miedo cuando te abres a mí y me muestras tus sentimientos.
 
Se levantó y se colocó con las rodillas a cada lado de mis piernas, echándose momentos después sobre mí. Sentir el peso de su cuerpo contra el mío era cada vez más placentero. Deseé poder tenerla así para siempre.
 
Comenzó a apartarme el pelo de la frente.
 
–No puedo dejar de tocarte. –admitió. – Mis manos ya no quieren obedecerme.
 
Metió una de ellas por debajo de mi camiseta blanca. Hizo que un escalofrío me recorriera por la frialdad de su palma. Cubrió uno de mis senos y yo me arqueé en acto reflejo. Me besó como pocas veces recordaba, clavando sus dientes, como le había hecho yo la noche anterior, en mi labio inferior. Su aliento frenético, su olor me estaban dirigiendo directamente hacia el abismo.
 
Me quité la venda de la mano herida a tirones. Estaba harta de que aquello fuera una barrera que me impidiera sentir más de ella. Nunca era suficiente.
 
Introduje las manos bajo su camisa, por la espalda, amasando la cálida piel, llenando mis manos de ella.
 
De repente el sofá parecía demasiado estrecho.
 
Estrujé su camisa y ella se la sacó primero por un brazo y luego por el otro, sin dejar de besarme en ningún momento hasta que se separó para retirarla de su cuello. Aproveché ese momento para hacer lo mismo con la mía.
 
Jenny siguió besándome de una forma que no era normal, ansiosa, desesperada. Mientras lo hacía, de su garganta se emitía un sonido incesante, como una canción que se murmura. Llegó un momento en el que casi fui incapaz de seguir el ritmo que imponían sus labios.
 
Mis manos fueron hasta la abertura de sus tejanos y tiré de los botones para que se abrieran solos. Luego, comencé a bajarlos todo lo que pude para después ayudarme con los pies. Oí a Jenny reírse contra mi boca al notar mis casi infructuosos esfuerzos por deshacerme de sus pantalones. Ella misma tuvo que echar una mano hacia atrás y terminar lo que había empezado yo. No sé cómo demonios lo hizo, pero se sacó los pantalones enseguida.
 
Introduje la mano sana entre sus piernas hasta llegar a su sexo.
 
Jenny se encogió por completo y emitió una indecente maldición. Se irguió lo suficiente como para colocarse de rodillas, soportando su peso con un brazo sobre el respaldo del sillón y una mano al lado de mi cabeza. El movimiento hizo que mis dedos se introdujeran por sí solos.
 
Comenzó a cabalgar sobre mi mano con fuerza, subiendo y bajando el cuerpo, imponiendo su propio ritmo. Me dediqué a observarla absorta. Mi propio deseo olvidado.
 
Jenny bajó la cabeza para mirarme y su pelo cayó por sus hombros en cascada.
 
–Di mi nombre... –me imploró sin dejar de moverse.
 
–Jenny. –obedecí al instante, extasiada por como sonaba su voz en aquellos momentos.
 
Obvié el dolor en mi muñeca producido por sus acometidas. Nunca en mi vida había visto nada igual. Nunca había sentido tal grado de fascinación. Era como si Jenny me hubiera hipnotizado con su proceder.
 
–Mi vida no comienza... –me dijo.
 
– ¿Qué...? –incluso para ese simple qué hizo falta que lo dijera en dos tiempos. Mi voz estaba completamente atorada.
 
–... se acaba en ti...
 
No sé si era por la situación o porque mi cerebro había decidido independizarse y buscar mejores cosas que hacer que tan sólo razonar, pero no lograba entender a Jenny.
 
–Te siento dentro de mí, Emma... Ya estás aquí...
 
Luego de decir esas palabras, intensificó el ritmo y poco después alcanzaba el orgasmo. Su cuerpo se estiró hacia detrás, su cabeza cayó como si no pudiera soportarla sobre sus hombros, las venas de su cuello se marcaron hasta parecer querer estallar, la piel del sofá crujió bajo su fuerte agarre...
 
No es sólo amor, ni sexo, ni tan siquiera la consecución de lo que más se desea. Es la total entrega, algo que, estoy segura, fue el propósito de Dios al concedernos la virtud de amar. Y de todo ello fui testigo. Jamás volvería a cerrar los ojos en su presencia. Cada segundo que ella abarcó mi visión esa tarde me hizo sentir cómplice de algo que escapaba a la razón.
 
Jenny descansó de su enorme esfuerzo volviéndose a echar sobre mi cuerpo medio desnudo. La abracé con fuerza y esperé a que su respiración se normalizara de esa forma. Cuando volvió a levantar el rostro hacia mí, observé un pequeño rastro de sangre en una de sus mejillas. Lo limpié con el dedo pulgar y luego le di la vuelta a la palma tan sólo para verificar que los pequeños cortes de mi mano habían vuelto a sangrar.
 
Ella limpió la sangre como lo haría un animal con su cría. Lamió de mí y selló el pacto de nuestro delirio .
 
La vida no tiene ningún sentido si no se ama. Mi cordura, mi felicidad, mi sentir, mi paz interior... Todo estaba ligado a su nombre.
 
.....................
Mis ojos se abrieron lentamente a la mañana siguiente. Aún sin registrar la realidad del todo, busqué el calor del cuerpo de Jenny estirando el brazo. No lo encontré.
 
Me erguí con la rapidez de una pantera. La busqué en la habitación, intenté oír algún sonido que me indicara que estaba en la ducha, quizás en el salón.
 
Nada.
 
La angustia se apoderó entonces de mí. Estúpidamente miré sobre la mesilla de noche. Estaba segura que encontraría allí una nota de despedida.
 
Qué era lo que me hacía comportarme de aquella forma, nunca lo sabría.
 
Salí de la cama con el cuerpo entero temblándome y grité su nombre.
 
– ¡Jenny! ¡JENNIFER!
 
Tan segura estaba que ella no acudiría a mi urgente llamada que me derrumbé sobre el suelo de rodillas. Fue en ese mismo instante cuando Jenny entró en tromba en mi habitación para encontrarme de aquella forma.
 
– ¿Qué ocurre? –se arrodilló junto a mí y me tomó de los hombros sacudiéndome.
 
La miré. Su rostro estaba ensombrecido por la preocupación. Tenía la respiración agitada y supe que era porque había acudido a mi llamada corriendo. Me apartó el pelo de la frente y me hizo mirarla a la cara.
 
–Emma, ¿qué ocurre?
 
– ¿Dónde estabas? –fue todo lo que dije. Mi voz parecía la de una niña pequeña, como cuando le niegan algo y se rebela contra ello.
 
Frunció el ceño.
 
–En la cocina, preparando el desayuno.
 
Bajé la vista al suelo. Ella no me había abandonado. No lo había hecho. Jenny pareció entenderlo todo en tan sólo unos segundos.
 
– ¿Todo esto es porque despertaste y no estaba a tu lado?
 
Permanecí en silencio.
 
– ¿Creías que me había ido? –inquirió nuevamente, cada vez con más insistencia. – Emma, mírame y responde.
 
–Sí... –confesé en voz bajita, apenas soportando el peso de su mirada.
 
Jenny suspiró y dejó caer las manos de mis hombros lentamente. Iba a decirme algo cuando su celular sonó. No dejó de mirarme hasta que aquel sonido se hizo insoportable y decidió cogerlo de su bolso.
 
Me di cuenta de que su bolso estaba justo al lado de la cama. Pero no lo había visto antes. Quizás no quise verlo.
 
Antes de contestar miró el número en la pantallita.
 
– ¿Sí? –contestó Jenny sin molestarse en ocultar la impaciencia en su voz.
 
Me levanté del suelo y me dirigí hacia el baño.
 
–... no, estoy fuera de la ciudad por un asunto personal. –siguió hablando mientras me seguía con la mirada hasta que desaparecí detrás de la puerta.
 
Me metí en el servicio y decidí darme una ducha. Tenía que intentar aclarar mis pensamientos. Tan sólo tuve que colocarme dentro de la bañera y abrir el grifo, puesto que estaba completamente desnuda. Apoyé la espalda en la pared y dejé que el agua me empapara poco a poco. Me froté la cara fatigosamente.
 
Las compuertas de la mampara se abrieron de repente y allí apareció Jenny, con el teléfono aún en la mano. Me miró durante eternos segundos, pero no dijo nada. Fuera lo que fuera lo que la había traído hasta allí, las palabras que con toda seguridad quería decirme, quedaron relegadas a otra ocasión cuando, con la misma rapidez con la que había aparecido, cerró las compuertas y se alejó.
 
 
 
Sentadas en la mesa de la cocina tomábamos el desayuno que Jenny había preparado, consistente en huevos revueltos y jamón frito, con el silencio perenne entre las dos.
 
Me concentré en mi plato, removiendo los huevos y tomando pequeños bocados para simular que estaba comiendo, cuando lo cierto es que era incapaz de que algo bajara por mi garganta.
 
–Nunca me iría sin decírtelo... –comentó casualmente sin mirarme, al tiempo que untaba mantequilla en una de las tostadas.
 
–Lo siento. –fue todo lo que pude articular.
 
– ¿El qué sientes?
 
Levanté la vista hacia ella.
 
–Haberme comportado de esa forma.
 
Jenny tomó varios bocados de su tostada antes de responderme, seguramente sopesando sus palabras. Por mi parte, coloqué el tenedor en el plato y lo aparté de mí.
 
–Podría decirte miles de cosas, pero no lo haré. Puedes despertarte cada mañana presa del pánico si es lo que prefieres.
 
Sus palabras eran directas, pero su tono de voz no indicaba enfado.
 
–Esperaba que me dieras una lectura por ser tan estúpida...
 
–Lo sé. –me interrumpió.
 
– ¿Entonces...? –inquirí estupefacta por su reacción.
 
Había esperado una discusión, quizás una acalorada. Pero lo que nunca imaginé es que ella decidiera dejarlo pasar. Quizás pretendía con ello que me diera cuenta de algo más. Lo que yo ignoraba era el qué.
 
–Tema zanjado. –sentenció. – Olvidémoslo.
 
–De acuerdo. –concluí, sin ganas de contradecirla más.
 
Me acordé de otra cosa y pensé que sería buena idea comenzar una conversación por ahí.
 
– ¿Fue una llamada urgente?
 
–No. Sólo era un amigo. Pero he apagado ese maldito teléfono. Ni siquiera sé por qué tengo uno. Cada vez me disgusto más cuando suena...
 
– ¿Tienes que regresar al trabajo pronto? –seguí preguntando.
 
–Me he tomado una semana libre.
 
Jenny suspiró y se pasó las manos por el estómago, poniendo de manifiesto que estaba llena. Me miró como si pretendiera decirme algo más, pero por alguna extraña razón eligió no hacerlo. Se levantó y comenzó a recoger la mesa. La ayudé.
 
Observé como ella se apoyaba en la encimera durante unos instantes pensativa. Luego me miró y me sonrió abiertamente. Sentí que me derretía.
 
–Ven... –me susurró, mientras me atraía hacia ella para besarme.
 
Pensé, mientras intentaba absorberla, que me encantaba besarla. Me hechizaba sentir su lengua dentro de mi boca.
 
– ¿Te has dado cuenta de que ha parado de llover?
 
– ¿En serio? –dije, restregándome contra ella como una gata.
 
–Sí. ¿Te apetece dar un paseo? –sugirió, abarcando mi trasero con ambas manos.
 
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Horas más tarde nos vestimos con ropa de abrigo y salimos a dar un paseo aprovechando la calma en el tiempo. En un primer momento habíamos pretendido andar por los alrededores de la casa simplemente para relajarnos, pero nos descubrimos tomando la senda que llevaba al río.
 
Inspiré con fuerza llenándome del aroma de la tierra húmeda. Ese olor siempre me había parecido extraño y placentero a la vez. Jenny me miró y le sonreí.
 
Me di la vuelta para observar lo que me rodeaba. Casi podía asegurar que podía sentir a mi padre allí, casi podía regresar en el tiempo y vernos de pie junto a la orilla, sujetando nuestras cañas de pescar.
 
Sentí que Jenny se acercaba a mí por detrás y que posaba ambas manos sobre mis hombros, dándome el coraje que yo empezaba a perder. Seguramente, sabía exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza.
 
–Quiero que vuelva... –musité.
 
–Lo sé.
 
–A él le encantaba este sitio. Realmente lo adoraba. A mí también, pero sólo porque él lo amaba.
 
Hubo un instante de silencio hasta que comencé a cabecear y Jenny afianzó aún más el abrazo.
 
– ¿Por qué no me cuentas la historia de cuando casi te ahogas? –me sugirió.
 
–No puedo creer que aún te acuerdes de eso...
 
–Tengo buena memoria. –se acercó hasta mi cuello y lo acarició con los labios.
 
–En realidad... –tragué saliva al notar la garganta demasiado seca. – fue algo muy... extraño...
 
– ¿Por qué?
 
–Porque lo que realmente pasó fue que me lancé desde una roca por voluntad propia... Nadie lo sabe. Sólo Julian y yo. Bueno, ahora tú también.
 
Jenny me hizo dar la vuelta hasta tenerme mirándola. Una sonrisa de medio lado adornaba su cara.
 
–Pero no sabías nadar...
 
–Lo sé, pero en esos momentos pensé que podría hacerlo. Me conoces, no deberías tener dificultad para creer que hiciera esa estupidez.
 
Ella emitió una carcajada suave.
 
–Increíble... –musitó. – Eres increíble.
 
–Fue como si de repente, la seguridad de que podría lograrlo me llenara. Estaba encima de aquella roca, miré hacia abajo y no sentí ese miedo que sentía siempre. Como si Mary Poppins hubiera aparecido y me hubiera regalado el don de flotar... –Jenny se rió a gusto.– Por suerte, Diego estaba conmigo... –finalicé, riéndome yo también.
 
–Diego... Sigue mirándote de esa forma... –comentó casualmente, moviendo las manos a los lados.
 
El tono que usó me hizo pensar que quizás pudiera sentir celos al admitir aquello. Me gustó eso.
 
–No es cierto. Es sólo un amigo.
 
–Tal vez él esté dispuesto a ser algo más...
 
–Los celos no son cosa buena, Jenny. –le dije, haciéndola fruncir el ceño. Supuse que no había esperado ser tan evidente. – No tienes ni idea de cuántas veces imaginé que hacía desaparecer a Michael del mapa...
 
–No había pensado en ello.
 
–Lo sé. Dime, ¿qué demonios viste en él?
 
–No es tan malo...
 
–Es un cretino. –rebatí con fuerza.
 
La hice reír nuevamente.
 
– ¿Has vuelto a enamorarte de alguna otra novia suya? –comentó con sarcasmo.
 
Hice rodar los ojos con disgusto y conseguí que se riera aún más.
 
–Creo recordar que nunca te gustó denominarte novia suya...
 
– ¿Te gusta más el término amante? –rebatió con fuerza, entrando en el juego de palabras.
 
Emití un sonido gutural a modo de protesta y sacudí la cabeza, llevándome con ello posibles imágenes de Jenny con mi hermano.
 
–Él no te merecía... –dije, muy segura.
 
– ¿Tú sí?
 
–Yo te tengo ahora...
 
– ¿Qué tienes de mí, Emma?
 
Me fijé en sus ojos y en la seriedad que en ellos podía leerse.
 
–Mucho más de lo que querrías admitir. –dije por fin, tras una breve espera.
 
Alzó una ceja y me regaló una sonrisa de medio lado.
 
–Me parece extraño estar hablando de Mi harl contigo... –dijo, nada más recuperar la compostura.– En realidad, lo que me parece extraño poder hacer esto... –me besó en los labios.– y desear repetirlo...
 
Esta vez se tomó su tiempo para mi delicia.
 
Jenny comenzó a desvestirse entonces y yo la estudié con incredulidad.
 
–Jenny... –la llamé quedamente mirando a ambos lados del camino. No podía creer que ella quisiera hacer el amor en medio de aquel campo y con aquel frío. – ¿Qué haces?
 
Ella no me respondió mientras seguía enfrascada en su tarea de desnudarse.
 
–Jenny, esto es una locura. Hace demasiado frío... Puede pasar alguien... –dije por último intentando que entrara en razón.
 
Se quedó en ropa interior delante de mí y se alejó. Yo estaba cada vez más atónita sin tener la menor idea de qué era lo que pretendía. Cuando la vi que se dirigía a la orilla y que comenzaba a meter su cuerpo en el agua pensé que Jenny había perdido por completo la cordura.
 
–Ven conmigo. –dijo muy segura una vez que el agua le cubrió hasta los tobillos.
 
– ¿Es que te has vuelto loca? Sabes de sobra que no tengo ninguna intención de meterme ahí.
 
–Te dejaré ganar al parchís... –dijo alegremente.
 
–Ni aunque me prometieras amor eterno... –contrarresté con firmeza.
 
–Vamos, Emma. Hazlo por mí.
 
Seguí negando con la cabeza mientras le hacía gestos para que regresara a mi lado.
 
–Emma, confía en mí...
 
Me odié porque sabía que no podía negarme a nada que me pidiera, ni siquiera si me pedía que me tirara desde un séptimo. Así que comencé a quitarme la ropa murmurando por lo bajo. Aquello era una locura. Me acerqué hasta la orilla y me coloqué a su lado.
 
–Ven... –me tendió una mano.
 
– ¡Señor! –exclamé. – El agua está helada.
 
Ella no respondió, simplemente me tomó de la mano con fuerza y comenzó a adentrarse en aquel río que era como el mismísimo infierno para mí.
 
Mis piernas no hicieron caso de las señales de alarma que estaba dictando mi cerebro y la seguí. Jenny hizo que me abrazara a su cintura con las piernas y al cuello con los brazos cuando el agua nos cubrió un poco más de la cintura. Hundí el rostro en su cuello y cerré los ojos, intentando apagar así el intenso latido de mi corazón.
 
Jenny me llevó consigo a cuestas y se quedó estática en el sitio cuando el agua nos llegó a ambas por el hombro. Sentí que me abrazaba con fuerza acercándome así aún más al calor de su cuerpo.
 
–Esto nos va a costar una pulmonía... –la oí murmurar, aunque yo sabía que eso no le importaba.
 
Por mi parte, seguía pegada a su cuello, inmóvil y ciega.
 
–Abre los ojos. –me dijo. Sabía, aunque no podía verme, que yo los mantenía cerrados por el miedo.
 
Hice lo que me ordenó una vez más y levanté el rostro de mi inesperado cobijo para mirarla.
 
–No me sueltes... –le pedí, casi suplicando.
 
–Sabes tan bien como yo que no lo haré.
 
Hubo unos instantes en los que no pronunciamos una palabra, simplemente dejamos que pasaran mientras nos aferrábamos la una en la otra.
 
–Me has hecho feliz, Emma.
 
Fue lo último que la oí pronunciar antes de que me llevara de regreso a la orilla.
 
La noche nos encontró tumbadas sobre la alfombra, cerca de la chimenea, haciendo el amor.
 
Después de regresar de nuestro paseo, ambas ardíamos en deseos de tocarnos, de sepultarnos la una en la otra. Nuestros movimientos eran tan lentos que apenas se notaba que nos movíamos. Me había apoyado sobre uno de mis codos para poder observarla, mientras entraba en ella una y otra vez con la mano libre. Jenny seguía cada acometida con todo su cuerpo mientras cada uno de sus músculos se
contraía y relajaba.
 
Pensé que no me había equivocado al darle todo lo que era yo una vez, ahora simplemente sólo tenía que amarla, algo que era fácil para mí.
 
Jenny me sujetó la mano con fuerza y cabalgó sobre ella con ímpetu al tiempo que me llamaba una y otra vez cuando su orgasmo tomó su cuerpo por entero. Salí de ella con delicadeza y Jenny se apresuró a colocarse sobre mi cuerpo, haciendo que yo me estirara sobre mi espalda.
 
Le aparté el pelo de la cara para observarla en todo su esplendor. Así era cuando más me gustaba verla, con aquella mirada fiera en los ojos, ávida de mí.
 
Me besó entonces, poniendo todo su empeño. Puso las manos a cada lado de mi cabeza y se movió contra mí. Yo abrí las piernas aún más y las doblé por las rodillas. Con mi lengua lamí la humedad de su cuello mientras con una mano apretaba la carne de sus nalgas. Mi cuerpo funcionaba para entonces con completo desorden, con mi corazón marcando un ritmo imposible de llevar. Gemí una y otra vez de forma descontrolada cuando Jenny me pidió oírme.
 
A veces simplemente quería morir porque se me hacía tremendamente difícil de sobrellevar la conciencia de que tenía su cuerpo. Me sentía como si cada vez que le hacía el amor expiara mis pecados y alcanzara la perfección. Ella podía calmar mi espíritu hasta ese extremo.
 
Creí volverme loca cuando la oí susurrar palabras de ánimo, cuando pronunció mi nombre a dos tiempos, tan exaltada como lo estaba yo. Puse ambas manos sobre el suelo alfombrado y despegué mi cuerpo y el suyo del suelo, elevándonos imposiblemente. El éxtasis me llevó hasta un lugar desconocido para mí y cuando volví a desplomarme, ella cayó sobre mi cuerpo también.
 
Jadeé intentando llevar aire lo más rápido posible a mis pulmones. Por momentos creí que me asfixiaría. De repente sentí la imperiosa necesidad de alejarme de Jenny.
 
– ¿Adónde vas? –me dijo cuando me separé de ella.
 
– Voy a por un vaso de agua, ¿quieres?
 
– No... –respondió al tiempo que echaba la manta sobre su cuerpo.
 
Asentí con la cabeza y recogí una camisa del suelo que me coloqué enseguida antes de erguirme.
 
Avancé descalza sobre el frío suelo y mi cuerpo a cada paso respondió con un escalofrío. Me parecía que mis movimientos eran cada vez más lentos. Me giré hacia un lado, antes de abandonar el salón, y vi pasar mi deforme reflejo en los cristales de la puerta corrediza iluminado por la luz de la chimenea. Me acerqué a él. Mi rostro parecía haberse estirado en varias direcciones como si de una goma elástica se tratara y mi cuerpo se curvaba hacia la izquierda y después hacia la derecha.
 
Desabroché los dos botones de la camisa que me había abotonado y la aparté hacia los lados. Mis pechos no se diferenciaban de mi vientre. Era un todo distorsionado. Pensé que aquel era mi verdadero reflejo, que por dentro mi alma estaba igual de deforme, que la sangre que corría por mis venas estaba corrompida...
 
Una de mis manos viajó hasta mi centro y mis dedos se empaparon enseguida de mí y de Jenny, de mi deseo que mojaba el interior de mis muslos. Me pregunté si Jenny también me veía así, como yo misma lo hacía en esos momentos.
 
Todo, mi sudor, mi excitación, mi olor, el sabor que permanecía en mi boca me hacían esclava de un deseo. Un deseo que me quemaba.
 
Me aparté de mi aberrante reflejo a pesar de que encontré cierto placer en verme de aquella manera. Sonreí y puse rumbo a la cocina. Me serví el agua en un vaso y regresé al salón. Jenny seguía en la misma posición que cuando me había ido, sólo que esta vez parecía estar dormitando.
 
La observé mientras tomaba pequeños tragos del vaso, sonriendo para mí misma. Ella me sorprendió cuando, apenas sin moverse, apartó la manta que la cubría y descubrió su entera desnudez para mi delectación. Creo que Jenny disfrutaba tanto siendo admirada como yo admirándola.
 
Deposité el vaso en el suelo y me acerqué hasta ella. Me senté sobre sus muslos y la tomé de ambas manos obligándola a erguirse hasta que quedamos cara a cara. La abracé cruzando las piernas tras su espalda. Mis senos rozaron los suyos y temblé de emoción.
 
– Mañana tengo que volver a la ciudad... –me anunció.
 
El que ella eligiera aquel momento y no cualquier otro del día me probó que temía anunciarme aquella noticia. No pude evitar sonreír levemente.
 
– No me importa si no regresas... –contesté, lamiendo su cuello.
 
– ¿En serio...?
 
– Sí.
 
– No es cierto. –se apartó de mí para mirarme a los ojos. Supe que le costaba creer que quizás yo me había deshecho de su hechizo o que había dejado de desearla o de amarla.
 
– No. –admití besándola.– No lo es...
 
La abracé acto seguido y me mecí en su regazo. Jenny pasó sus brazos por mi espalda y me rodeó, estrujándome más contra su cuerpo. Apoyé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos. Ella siguió acunándonos a las dos.
 
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Jenny salió muy temprano la mañana posterior. Antes incluso de que alcanzara la puerta, me sentí irremediablemente vacía.
 
Me prometió que volvería a media mañana del día siguiente. No compartió conmigo cuál era ese asunto tan importante que la obligaba a alejarse de mí ni yo quise preguntarlo, aunque secretamente sospechaba que tenía algo que ver con aquella previa llamada que había recibido.
 
Volví a meterme en la cama después de acompañarla a la puerta y permanecí en ella hasta la tarde. Ni siquiera dormí, tan sólo me dediqué a dejar que mis pensamientos vagaran sin rumbo fijo.
Después de que anocheciera y de tomar algo de comer por primera vez en aquel día, me senté en uno de los sofás del salón. Miré fijamente al teléfono y me pregunté si Jenny llamaría. ¿Me echaría ella de menos tanto como yo? ¿Estaría pensando en mí? ¿Lo hacía a cada segundo?
 
Cuando se hizo evidente que Jenny no llamaría, regresé al piso de arriba y me tumbé en la que había sido nuestra cama aquellos días. Su esencia me rodeó enseguida. Me abracé a su almohada con el pensamiento de que era ella y cerré los ojos para traerla hasta mí.
 
Desperté temprano el siguiente día. A decir verdad, el sueño, durante la noche, me había visitado a ratos. Aún así, la emoción de volver a ver a Jenny logró vencer al cansancio.
 
Me pasé toda la mañana acomodando la casa, todo por mantenerme ocupada. Incluso intenté quitar las manchas de sangre de la alfombra, con un pobre resultado. La espera de cualquier cosa siempre se convertía en una dura carga.
 
La primera vez que miré el reloj ese día fue cuando las agujas marcaban las dos y media de la tarde. Jenny me había dicho que regresaría a media mañana, pero ya llevaba un considerable retraso. Me hice el firme propósito de no pensar en su tardanza. Sabía que si comenzaba a hacerlo, me perdería a mí misma.
 
Me adentré en la cocina para prepararme algo para almorzar, pero desistí cuando me di cuenta de que era incapaz de tragar algo. Mi estómago parecía haber encogido definitivamente.
 
Un breve paseo por las inmediaciones de la casa me hizo calmar la desazón que comenzaba a sentir. Cavilé, mientras andaba, que quizás podría preparar algo de cenar para su regreso una vez se hizo evidente que llegaría al anochecer. Me agradó la idea de sorprenderla con una cena romántica.
 
Indagué por entre las alacenas y encontré los ingredientes necesarios para hacer unas albóndigas con el pollo que no había usado para la última cena y que había congelado previamente. Descorché una botella de vino tinto para añadirle un chorrito a la carne y serví una copa para mí misma.
 
Dispuse la mesa con excesivo celo, e incluso coloqué unas velas pensando que con ello crearía una atmósfera perfecta.
 
Terminé de cocer la cena a las siete y media. Ya no tenía nada que hacer, con lo cual decidí subir al piso de arriba acompañada de mi quinta copa de vino para darme una larga ducha.
 
Me vestí con mis usuales vaqueros y un abrigo. A pesar de que no había caído una gota de agua del cielo en todo el día, la atmósfera seguía cargada de humedad y frío. Me senté en el sofá y simplemente esperé.
 
Seguí bebiendo, y cuando acabé la primera botella de vino, seleccioné otra. Para entonces ya eran más de las diez de la noche y Jenny seguía sin aparecer. Ya dudaba de que lo hiciera. Ni siquiera me había llamado. El maldito teléfono no había sonado ni una puñetera vez.
 
Me reí echándome sobre el respaldo. Ni siquiera sabía por qué, pero lo hice. El alcohol ya comenzaba a hacer su función una vez que inundó mi sentido común.
 
Imaginé que Jenny estaría en esos momentos cómodamente en su apartamento, tal vez con el tipo que la había llamado. Tal vez en su cama...
 
Ni una sola vez me dijo que me quería, ni siquiera hablamos de hacia dónde nos llevaría todo aquello que habíamos descubierto juntas. Ella me había entregado su cuerpo, pero en ningún momento pareció hacer lo mismo con su corazón.
 
Sopesé la loca idea de quedarme sentada en aquel sofá hasta que mi cuerpo cayera desvanecido, hasta que mis músculos se atrofiaran y me deshidratara poco a poco. Deseé poder desvanecerme como el humo, sin dejar rastro... Apoyé los codos sobre las rodillas y hundí el rostro en mis manos.
 
Oí el sonido de un motor y rápidamente me di cuenta de que sólo podría tratarse de un vehículo. Mi corazón comenzó a latir desenfrenado.
 
– Jenny... –murmuré, apenas audible a mis propios oídos.
 
Me puse en pie de un salto y corrí hacia la ventana más cercana. Me asomé por ella disimuladamente, apenas descorriendo la cortina y la ví apearse de su coche. En una de las manos llevaba su bolsa de viaje y en la otra una de papel. Me pregunté qué demonios traería allí.
 
Esperé a que tocara en la puerta y entonces dejé pasar unos segundos más. Por alguna extraña razón, no quería que supiese que la había estado esperando desesperadamente, quería darle la sensación de que su tardanza no me había molestado en lo más mínimo.
 
– Hola. –me saludó sonriente nada más abrir la puerta.
 
– Hola. –me hice a un lado y la dejé pasar.
 
Se adentró en la casa y depositó lo que llevaba consigo en el suelo cuidadosamente. Se fijó en la mesa dispuesta y me sonrió al tiempo que se deshacía de su cazadora.
 
– Siento llegar tan tarde...
 
– Podrías haber llamado. –la interrumpí.
 
– Lo siento. No he tenido tiempo para nada, te lo aseguro.
 
Murmuré un "mmm...", que incluso a mí me sonó demasiado falso.
 
– ¿Estás enfadada? –me preguntó al notar mi ambigua reacción.
 
No sé por qué me reí, pero lo hice. Una risa estúpida e infantil se apoderó de mí durante unos instantes. Jenny frunció el ceño sin dejar de mirarme. A pesar de mí misma y de mis enormes esfuerzos, no pude evitar tambalearme levemente. Supuse que, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, ella también lo había notado.
 
– Emma...
 
– ¿Sí? –respondí a su llamada con un tono falsamente inocente.
 
Se acercó a mí en busca de evidencias. Evidencias que por supuesto encontraría. Cerré los ojos, vencida.
 
– ¿Has estado bebiendo?
 
– Una copa de vino o dos... –mentí y añadí otra frase esperando encubrir mi delito.– Mientras preparaba la cena...
 
– ¿Sólo eso? –añadió incrédula.
 
Sin decir una palabra, Jenny se dirigió con diligencia hacia la cocina. La seguí rauda, casi chocando con ella cuando se paró en seco y abrió el compartimento donde estaba el cubo de la basura. Allí encontró la botella vacía de vino y sospeché que también había visto la que estaba a medias sobre la encimera. La oí murmurar un "maldita sea" antes de girarse hacia mí hecha una furia.
 
– ¡¿Por qué?! –me gritó.
 
– No lo sé... –mentí una vez más, no muy segura de si estaba preparada para decir la verdad.
 
– Por supuesto que lo sabes. –se fijó en mí unos instantes.– ¡Mírate, por el amor de Dios! ¡Apenas puedes mantenerte en pie! ¡Haces lo mismo siempre!
 
– Jenny, no me grites.
 
Me miró como si de repente viera a un espectro, recelosa.
 
– Dame una explicación para que pueda entenderte. –imploró más calmadamente.– Sólo te pido eso...
 
– Creía que no volverías... –confesé por fin. Algo que, por otra parte, me pareció que confirmaba sus propias sospechas cuando la vi mover la cabeza asintiendo.
 
– Ya lo imaginaba.
 
Me dio la espalda y se apoyó con ambas manos sobre la encimera.
 
– Te dije que volvería, ¿verdad?
 
– Sí... –dije quedamente.
 
– ¿Por qué simplemente no puedes creer las cosas que te digo? ¿Por qué no puedes dejar de pensar que no soy real? ¿Por qué? ¿Por qué...?
 
– No me culpes por eso, Jenny. No he podido evitarlo, tan sólo han sido unas copas... para... para... –intenté buscar una excusa que valiera la pena todo aquello. Pero para mí necio comportamiento no había ninguna.
 
No me respondió. En cambio, se dirigió nuevamente hacia el salón y una vez más volví a seguirla. De repente, el temor de que hubiera conseguido alejarla de mí me sobrecogió. Tanta era mi premura al salir de la cocina que tropecé con un paragüero de metal que había en una de las esquinas y éste cayó al suelo estrepitosamente.
 
– ¡Mierda! –siseé.
 
Ella se giró hacia mí. Me arrodillé y recogí lo que había tirado.
 
– Dime, Emma, ¿cómo te sientes ahora mismo?
 
No contesté, sumergiéndome en mi tarea, aprovechando así el tener una excusa para no encararla. De repente estaba demasiado avergonzada para ello.
 
– Tienes la maldita tendencia a estropear todo lo que tocas. ¿Cómo puedes estar tan ciega?
 
Seguí empeñada en un mutismo absoluto. Ni siquiera pude ser capaz de mirarla a los ojos. No supe que Jenny se había acercado a mí hasta que su sombra apareció delante de mis ojos. Sentí que me tomaba de los antebrazos y me erguía hasta estrellarme contra la pared. Emití una queja ahogada de dolor.
 
– Tú no me amas. –me dijo, estrujándome las mejillas con una mano al obligarme a mirarla.– Todo es mentira. No tienes ni puñetera idea de lo que es el amor. Sólo sabes hacer daño y hacértelo a ti misma. Así es como logras ser feliz.
 
– Me haces daño... –dije a duras penas.
 
– Igual que tú a mí.
 
Jenny aflojó la presión y se apartó dando dos pasos hacia atrás.
 
– Tu aliento... –indicó, respirando frenéticamente.– Conozco ese aliento. Aún puedo percibirlo algunas noches, cuando los recuerdos me asaltan y no me dejan vivir... Lo siento sobre mi cara, como cuando él entraba a hurtadillas en mi habitación, cuando me violaba y respiraba contra mi rostro...
 
El mundo dejó de dar vueltas. Lo supe. Estuve segura de ello.
 
Se separó lentamente de mí, caminando hacia atrás. Cada paso que daba, Jenny me alejaba de ella años luz. Se dirigió hacia la salida con decisión, recogió sus pertenencias y desapareció tras la puerta.
 
– ¡JENNY! –grité entonces.
 
Ella fue quien no quiso escucharme a mí esta vez. Me despegué de la pared a la que parecía que me habían fijado con pegamento y corrí tras su estela.
 
– ¡JENNY! –chillé desesperada mientras abría la puerta y la oscuridad me recibía.
 
La sentí caminar entre las sombras, delatada por sus pasos que crujían sobre la grava. Mi vida pasó delante de mí como una breve exhalación... La imagen misma de Jenny pasó delante de mí como el más efímero de los suspiros.
 
Ella puso en marcha el motor de su coche y salió en estampida, dejando tras de sí una intensa humareda que a la luz de la luna parecía aún más tétrica.
 
Jenny, al contrario de mí, se había pasado la vida en total desamparo. Nunca me había dejado ver su dolor hasta esa misma noche. Y supe entonces que nunca lo hubiera hecho si los acontecimientos no hubieran derivado por aquel camino. Su declaración había descubierto a una Jenny que yo desconocía por completo, a una a la que nunca me había molestado demasiado en conocer. Tan segura estaba yo de que mi amor era suficiente que cerré los ojos a todo lo demás.
 
Aquella desdicha era suya. De esa forma había conseguido adormecerla durante tanto tiempo. Nadie podría decir nunca de Jenny que sentían lástima por ella. No quería la compasión de nadie. Ella nunca dejaría que eso ocurriese. Su propia autoestima así se lo exigía. A los ojos de los demás tan sólo era la misteriosa Jenny. Si lo había compartido conmigo significaba que jamás volvería a verla.
 
Sentí que la cabeza parecía querer estallarme. Un repentino dolor me inundó, recorriendo por entero mi cuerpo.
 
Me tambaleé por enésima vez esa noche, pero esta vez no fue algo producido por el alcohol, sino por mi propia inestabilidad emocional. Era como si me hubieran tapado los ojos y me obligaran a caminar en equilibrio por una cuerda.
 
Volví a entrar en la casa. Cerré la puerta y mantuve la mano en el pomo durante tiempo indefinido. No había nada en lo que pensar. Ahora sólo podía ser consciente de aquel extraño dolor en mi pecho. Nunca antes me había sentido así. Pensé que rozar la muerte tenía que ser algo comparado con aquello que sentía dentro.
 
No llegaba a comprender qué era lo que estaba pasando dentro de mí.
 
Cuando decidí darme la vuelta y comencé a caminar cansadamente, los pies me pesaban tanto que parecía que fuera incapaz de levantarlos del suelo. Cada vez que pestañeaba, veía a Jenny y su desencanto, veía su rostro pegado al mío, sus labios trémulos.
 
Vagué sin rumbo hasta que llegué hasta el salón. Observé la mesa cuidadosamente dispuesta para la que iba a ser nuestra cena.
 
Una rabia salida de no sé donde se apoderó de mí y me hizo que golpeara y arrojara con furia todo lo que había sobre la tabla haciendo que cayera la vajilla y los cubiertos al suelo estrepitosamente. Cogí el jarrón que había encima y lo estrellé contra la pared, imaginando que era mi cabeza, mi cuerpo y mi alma maldita lo que se rompía en pedazos.
 
Caí de rodillas, de repente demasiado cansada para sostenerme por mí misma. Comencé a respirar con dificultad. Algo estaba atorando mi garganta. Abrí la boca para tomar sonoras bocanadas de aire, intentando así aliviar el dolor de mi pecho. Pensé seriamente que me ahogaría.
 
Me di cuenta de súbito que lo que me dolía tanto era contener el llanto. Fue como una revelación, como si me hubieran descubierto el mismo secreto de la vida. Intenté impedir que brotaran las lágrimas, pero fui incapaz. Desde lo más profundo de mi ser surgió un rugido tan potente que llenó la casa y me hizo daño en los oídos. Tan intenso fue, que me dejó sin habla durante los dos días siguientes.
 
Fue entonces cuando las lágrimas comenzaron a emerger, mientras las secaba frenéticamente frotándome los ojos, creyendo que así, de alguna forma, les impediría el paso y las devolvería a mis ojos... Era mucho más fácil rendirse simplemente.
 
Lloré entonces con ansias. Grité e imploré. Me abracé a mi cuerpo que se sacudía como si estuviera poseída, me desplomé sobre el suelo y seguí llorando. Esas lágrimas eran las que le debía a mi padre, las que una vez quisieron llorar por él y no lo permití. Ahora no sólo lloraba por una razón.
 
También lloraba a Jenny.
 
Jenny, cuánto te quiero. Más que a mi vida, a la que no tengo aprecio alguno.
 
Me asusté cuando mi cuerpo comenzó a convulsionarse sobre el suelo. No tenía control alguno sobre él. Había tomado la decisión por sí solo de sacar todo el dolor y la desdicha que llevaba dentro y a la que yo lo había condenado durante demasiado tiempo.
 
Nunca imaginé hasta qué punto mi ser clamaba por liberarse de algunos padecimientos que yo me había obligado a mantener dentro de mí, como un reclamo que me recordara una y otra vez lo desdichada que era. Al parecer, encontraba más placer en ser una mártir que en ser feliz.
 
No era tan diferente al resto de la humanidad como tan prepotentemente me había obligado a pensar. Durante todo este tiempo había creído que era única en mi especie y que tenía todo el derecho a proclamar a los cuatro vientos lo especial que era, sin importarme siquiera que con ello arrastrara a la misma infelicidad a todo aquel que me rodeaba y me amaba con sinceridad. ¿Acaso no sentía y padecía como el resto?, ¿no cometía las mismas estupideces y caía en los mismos pecados? ¿Qué es lo que me hacía exclusiva?
 
Nada.
 
Me había dedicado a esquivar la felicidad tan certeramente que incluso había llegado a creer que para mí no existía tal regalo.
 
Jenny me lo había dicho claramente pero no quise verlo. Tan acostumbrada estaba a pensar que mi vida había tomado el rumbo equivocado que no pude sentir que ella me estaba dando la oportunidad de alcanzar la plenitud. Y sabía que Jenny era la única que podía hacer que lo lograra.
 
Pero se había alejado de mí antes de que yo la condujera a la desdicha como tan acertadamente había hecho conmigo misma. Y se había alejado creyendo que no la amaba, que nunca la amé, que ella era sólo una estúpida obsesión.
 
Ni siquiera hacía falta mirar en mi interior o preguntármelo, porque lo único que sabía con seguridad es que la amaba con desesperación.
 
Seguí llorando y sacando todo el dolor de dentro de mí como si me estuviera purificando. Quizás consiguiera así dejar el pasado donde pertenecía y ser capaz de mirar hacia delante sin que me pareciera que traicionaría con ello mis recuerdos.
 
Deseaba que regresase, que pudiera escuchar de algún modo mis pensamientos, que supiera que sin ella, efectivamente, ya no quería ser nada.
 
Mi garganta emitía clamores tan imposibles de evitar como las lágrimas. Me arrastré por el suelo, buscando no sé el qué. Tan sólo sentía la necesidad de moverme, de arrastrar mi padecimiento. Le pedí perdón a mi padre, si es que podía oírme desde algún lugar, por no saber aceptar la vida como tenía que ser, sino por aferrarme y esperar que pudiera cambiarla aún sabiendo que no sería así.
 
Jenny no sólo la había aceptado, sino que incluso se mostraba agradecida por cada cosa buena que acontecía en su vida.
 
Tantas cosas tenía yo que aprender de ella. Tantas lecciones que era capaz de darme y nunca intentó imponerme. Ni una sola vez me había dicho que me amaba y a pesar de todo yo sabía que lo hacía. Ese era el poder de Jenny hacer que cada cosa que tocara, que dijera, que sintiera fuera especial.
 
Sólo el amarla tanto podía hacer que reconociera y creyera tal cosa. La perfección tan sólo se logra bajo los efectos de la devoción.
 
Nunca tendría la oportunidad de demostrárselo.


 
CONTINUARÁ... Arrow


Última edición por Jemmaling el Miér Sep 21, 2016 6:39 pm, editado 1 vez
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Miér Sep 21, 2016 5:37 pm

No lo puedo creer, una vez mas se va.. Y después de todo lo que pasaron. Los demonios de Jenny, se hicieron presente con Emma... No puede ser!!!!!!!
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Mar Sep 27, 2016 12:14 am

Justo que pense que estarían bien...pasa esto. Jenny tiene un gran motivo para ser como es, ahora lo comprendo, de cualquier manera creo que las dos son egoistas una con la otra. Y ahora que pasará? No tardes la conti.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Vale Berríos. el Mar Sep 27, 2016 12:21 am

Esto simplemente es inconcebible, no doy crédito, te andás pasando de borde :'(

Vale Berríos.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Oct 10, 2016 8:26 pm

Hallo, les dejo más de esta historia. Gracias a los comentan: Aleinads, Julenka y Vale Berríos, de verdad les agradezco mucho. Smile


BELLA INALCANZABLE



9. EL LABERINTO DE TU AUSENCIA.
 
Esa noche no podía dormir, a pesar del cansancio que solía provocarme el hacer el amor.
 
En realidad no sólo era esa noche. Eran todas las noches de mi vida. El sueño jamás tenía la decencia de venir a mi encuentro y si lo hacía, era intermitentemente. Pensé que estaba totalmente fuera de mi alcance el tener las mismas necesidades que cualquier ser humano.
 
Me levanté de la cama silenciosamente, intentando no alterar el plácido sueño de Elena, mi compañera de cama desde hacía tres semanas.
 
Me reí recordando algo: al final, mi hermana había logrado emparejarme con su compañera de trabajo. Nunca me preguntó qué era lo que había pasado, a pesar de que sabía que algo muy importante había acontecido y que, por supuesto, tenía a Jenny como protagonista. De eso habían pasado ya tres meses y medio.
 
Un día me invitó a su casa para tomar café y descubrí que casualmente Elena estaba allí. Me pareció atractiva y yo necesitaba compañía. Eso fue todo.
 
En todo aquel tiempo desde que regresé de la casa de campo no había vuelto a hablar con Jenny. Le había dejado, en cierta ocasión que había sacado el suficiente valor para ello, un mensaje en el contestador diciéndole que tenía que hablar con ella y que me llamara. Terminé diciendo que si no me devolvía la llamada no volvería a molestarla.
 
Tan sólo pretendía oír su voz, aunque fuera un instante. Y disculparme. Quizás hasta pedirle clemencia. No me llamó y yo fui fiel a mi palabra.
 
No me molesté en vestirme, en vez de eso, salí hacia el balcón. Encendí el pitillo que le había robado segundos antes a mi amante y lo encendí, apoyándome en la gélida baranda de metal. No era una fumadora habitual, por ello sentí que el humo, con tan solo una calada, me raspaba la garganta. Deseché la colilla rápidamente en uno de los ceniceros sobre la mesa y volví a mi posición original.
 
Elena...
 
Ella, aunque se esforzaba por agradarme, no podía obtener nada de mí. Era una buena mujer y mejor amante aún, pero no podía amarla. ¿Era a esto a lo que se refería Jenny cuando me hablaba de sus relaciones? Me pregunté si conmigo también había sido así.
 
Elena sabía que había algo en mí que no me permitía entregarme a nadie, e incluso tenía cierta sospecha de que sabía perfectamente que existía otra persona a quien yo seguía amando desesperadamente. Tal vez ella estuviera en la misma situación que yo y por eso se mostraba tan comprensiva.
 
Me doy cuenta de que nunca le había preguntado nada que no fuese banal sobre sí misma. Ella ni siquiera me había cuestionado nunca porqué prefería hacer el amor a oscuras. ¿Le diría, si lo hacía algún día, que la única razón era porque el único rostro que quería ver en esos momentos era el de Jenny? Supuse que no.
 
En nuestra primera vez, había abierto los ojos y el ver el rostro de Elena delante de mí se me hizo doloroso. Era injusto. Injusto para Elena. Era muy consciente de ello. Sólo sé que entre sus brazos encuentro algo de paz y de olvido que tanta falta me hace siempre. Tan sólo tenía que darme una mínima insinuación de que no era feliz conmigo, y yo desaparecería de su vida tan rápido como un ciclón.
¿Cómo era mi vida ahora?
 
Me había convertido en una autómata. Justo en lo que nunca quise ser. Había recuperado mi trabajo en el hospital, mantenía una relación equilibrada e incluso hacía planes los fines de semana.
 
Todo me parecía tan absurdamente normal...
 
Visité la tumba de mi padre por primera vez. No puedo describir lo que sentí cuando ví su nombre escrito en aquella lápida, pero estuve segura de que produjo una herida en mi corazón que nada podría sanar jamás. Tan sólo estuve allí erguida unos breves segundos.
 
Cuando me fui, supe con certeza que no regresaría.
 
Muchas veces me pregunto cómo está Jenny. Mi hermana Janina se había convertido en un inesperado correo en ese tiempo. Cada vez que nos veíamos me confesaba que había visto a Jenny en tal sitio o que había quedado con ella para almorzar. Y siempre me revelaba esperanzada que ella le preguntaba por mí. No era difícil suponer que a Jenny le contaba algo similar .
 
Observé a un gato callejero que paseaba por la acera despreocupadamente. A estas horas, no había nadie a la vista. Era demasiado temprano para cualquier cosa.
 
El frío me envolvió entonces, pero decidí ignorarlo. No sentía ganas de regresar a la tibieza de las sábanas y a la compañía de Elena. Necesitaba de mi soledad incluso estando con otras personas. Sopesé la idea de recoger mis cosas e irme a mi apartamento, pero supuse que eso sería demasiado extraño. Tampoco sería muy justo para Elena y yo no tenía intención de crear malestar entre nosotras. Seguramente mañana me despertaría para descubrir que una vez más me había hecho el desayuno. Ella era así de atenta y la única que se esforzaba de verdad porque esta relación funcionase. Yo simplemente me limitaba a aceptar lo que me ofrecía e intentaba darle lo que me pedía. Por ahora, nada en lo que tuviera que mentirle.
 
Últimamente no lograba encontrar un momento de serenidad. La boda de mi hermano Michael se aproximaba y sabía que Jenny estaría allí. Verla de nuevo era motivo suficiente para mi insomnio y mi malvivir. Quizás ella decidiera no acudir. De ser así, no sé qué sentimiento sería más fuerte, si el de alivio por no tener que enfrentarme a ella o el de aflicción por no verla.
 
Si me daba la oportunidad le diría que no le reprocho nada, que sabía con seguridad que ella lo había intentado y que si teníamos que buscar a algún culpable, ésa sería yo. Añadiría además mis deseos de que fuese feliz.
 
Esto último era más bien una hipocresía. Deseaba que fuese feliz, pero junto a mí.
 
No. Todo era una hipocresía. Esas frases son las que se dirían dos personas que se encuentran y descubren que ya no tienen nada en común para decirse. Lo que realmente deseaba hacer era arrodillarme delante de ella, implorarle cualquier cosa.
 
Me pregunté si Jenny también había encontrado a alguien. Me había atrevido a preguntárselo a Janina, pero ella siempre me había respondido que no lo sabía. Quizás sí que lo sabía pero evitaba decírmelo para no añadir más dolor.
 
Janina, mí querida hermana...
 
Mi paño de lágrimas durante los últimos meses. Aunque ella también me había dado la única felicidad. Las cosas con su marido finalmente se arreglaron. Era algo que yo esperaba. Cuando dos personas están destinadas a estar juntas, no hay nada que pueda obviarlo. Ellos habían crecido juntos como personas y tenían demasiado en común como para echarlo a perder. Ver la sonrisa de mi hermana era todo un regalo para mí.
 
Una voz me sacó abruptamente de mis cavilaciones.
 
–¿Qué haces ahí fuera desnuda y con este frío?
 
Me giré para encarar a Elena con su rojizo pelo rizado alborotado y abrigada hasta las orejas con su bata. Con aquello puesto parecía incluso más pequeña.
 
–Estaba pensando... –dije sin más.
 
–Eso puedes hacerlo en la cama. Ahí sólo conseguirás helarte...
 
–Tienes razón... –concedí, apartándome de la baranda para adentrarme de nuevo en el apartamento.
 
–A veces creo que estás loca... –me dijo dándome una palmada suave en una nalga.
 
–Tal vez lo esté... –respondí sin mirarla, antes de meterme en el dormitorio.
 
.................................
 
–Tú no tienes ni idea de lo que es la puntualidad, ¿verdad? –le dije a mi hermana Janina nada más atisbarla al entrar al enorme centro comercial donde habíamos quedado para ir de tiendas.
 
Ambas teníamos la ardua tarea de encontrar algo decente que ponerme para la boda de Michael.
 
–¿Ahora te das cuenta? –respondió haciéndome una mueca. –De todas formas sólo llego media hora tarde. No es para ponerse a gritar.
 
Suspiré. Ella había llegado tarde aún sabiendo que yo odiaba esperar. No iba a lograr nada discutiendo el asunto. Además, estaba segura de que la impuntualidad de Janina era algo que llevaba en los genes.
 
Nos adentramos en el atestado centro comercial y comenzamos a mirar escaparates.
 
–¿Tienes pensado algo? –me preguntó
 
–No. Pero lo que busco tiene que ser elegante y cómodo.
 
–Emma. –me dijo con tono conocedor. –No hay nada elegante que sea cómodo. Tienes que elegir entre la elegancia o la comodidad.
 
–¿Por qué?
 
–Porque sí.
 
–Una respuesta muy reveladora. Gracias. –farfullé.
 
–De nada.
 
–¿Tú ya sabes qué es lo que vas a ponerte?
 
Asintió con la cabeza sonriente.
 
–Lo seleccioné la semana pasada. De hecho, sólo tengo que pasar a recogerlo...
 
–Apuesto que has tardado tanto porque han tenido que ensancharlo... –dije, reprimiendo las ganas de reír a duras penas.
 
–Otra de esas y tendrás que ir de compras tú sola. –me amenazó.
 
–Qué carácter...
 
–¿Qué te parece ése? –me señaló en uno de los escaparates a un maniquí vestido con un traje de noche de color azul.
 
–Demasiado escotado. –repuse.
 
–¿Y?
 
–Pues que parecería como la hermana soltera que busca marido o algo así.
 
–Podríamos bordar la palabra lesbiana al frente, ¿no? –señaló, demasiado divertida para mi gusto.
 
–¿Quieres tomártelo en serio? Falta una semana para la boda y necesito encontrar ese maldito vestido hoy.
 
–Cálmate, Emma. Estas cosas se tienen que hacer despacio. Se necesita tiempo y mucha paciencia.
 
–¿Estás hablando de comprar un vestido o de hacer el amor? –bromeé.
 
–Algo me dice que va a ser una tarde muy larga...
 
–Pero si te encanta mi compañía. ¿De qué te quejas?
 
–De nada. –dijo con voz falsa mientras encogía los hombros. –Debo recordar comprar un regalo para Mayte. Está embarazada.
 
–¿Otra vez? –exclamé algo alarmada. –¿Qué número hace éste? He perdido la cuenta...
 
Mayte era la mejor amiga de Janina. Se habían conocido en la universidad y desde entonces habían continuado con esa amistad. Incluso vivían relativamente cerca.
 
–El cuarto.
 
–¿Es que quiere acabar ella sola con los problemas de natalidad de este país?
 
–Al parecer sí. –me sujetó del brazo para pararme. –Entremos aquí. Tienes cosas realmente bonitas.
 
Nos adentramos en la tienda. Una música clásica nos dio la bienvenida junto con el característico olor a ropa nueva. Tuve que admitir que aquella tienda tenía clase. Era muy luminosa, con espejos en cada esquina y cada cosa pulcramente ordenada en su lugar. No era como los otros comercios donde yo solía comprar, donde la ropa yacía en cualquier lugar, sin doblar y encima de las otras por los descuidados consumidores que no se molestaban en dejar cada cosa donde la habían cogido.
 
Eso era algo que me ponía frenética.
 
–Buenas tardes. –nos saludó una de las dependientas, vestida con un conjunto de chaqueta gris y un pañuelo azul anudado al cuello. –¿Puedo ayudarles en algo?
 
–Sí. –se apresuró a decir mi hermana. –Buscamos un vestido de noche para ella. –me señaló con el pulgar, tomando toda la iniciativa como si yo fuera muda o demasiado tonta para hablar por mí misma.
Me limité a hacer rodar los ojos y me mantuve callada. Hiciera lo que hiciera no iba a servir de nada.
 
–¿Algo formal?
 
–Sí. –volvió a asentir Janina. –Es para una boda.
 
–Síganme, por favor.
 
Seguimos a la dependienta, como si de repente fuera una guía turística, hasta que nos hizo parar en una esquina, donde, colgados en riguroso orden, pendían sendos vestidos de diversos colores. Todos ellos muy elegantes.
 
–¿La boda es por la mañana o por la tarde? –inquirió la dependienta, comenzando a rodar las perchas en busca del vestido. Me pregunté en qué criterio se basaría para saber qué es lo que me gustaría ponerme.
 
–Por la tarde. –dijo Janina.
 
–Éste es muy bonito. –sentenció, sacando uno entallado de color negro, con algo de pedrería incrustada.
 
–¿Qué te parece? -Janina se giró hacia mí.
 
Aquel vestido quizás era ideal para alguna de las Infantas, pero definitivamente, no para mí.
 
–No está mal. Pero busco algo más... –dudé moviendo las manos rotativamente, consiguiendo que ambas, mi hermana y la empleada, me miraran con una ceja alzada. –¿Qué tal si hecho un vistazo y la aviso si encuentro algo de mi gusto?
 
–Por supuesto. –colocó el traje en su sitio y se fue a atender a otros clientes.
 
–No tenías que ser tan brusca. –reprehendió Janina tras esperar que la chica estuviera lo suficiente lejos para hablarme.
 
–No lo he sido.
 
–Creo que la has asustado.
 
–¿En serio? Yo que pensaba invitarla a cenar... –bromeé, poniéndome a la difícil tarea de revisar los vestidos.
 
Mi hermana hizo rodar los ojos. Un gesto que me recordó a mí misma.
 
–¿Qué tal está Elena? –preguntó.
 
–Bien. Aunque deberías saberlo. Trabajas con ella, ¿no?
 
–Ya sabes a lo que me refiero.
 
–La verdad es que no. –dije sin mirarla.
 
–Pues quería saber si todo te va bien con ella.
 
–Supongo que sí. No la he oído quejarse...
 
Janina se colocó en el otro extremo de la barra suspirando ante mi reticencia a hablar de mi vida privada y comenzó a ojear los trajes.
 
–¿Qué has desayunado hoy? ¿Limones? –me preguntó irónica.
 
Me hizo reír.
 
–No. Almeja.
 
Mi hermana paró en seco toda actividad y yo tuve que hacer un enorme esfuerzo por no liberar una carcajada. Me miró durante un instante para luego soltar una risotada.
 
–Cerda... –exclamó aún entre risas. Nuestra pequeña fiesta había atraído la atención del resto de personas, entre clientes y empleados, hasta nosotras. Janina se acercó a mí para susurrarme su siguiente frase. –Ahora, cada vez que vea a Elena, te imaginaré a ti con la cabeza entre sus piernas...
 
No pude evitarlo. La risa se apoderó de mi cuerpo y ambas tuvimos que salir de la tienda tras varios intentos de parar de reír sin resultado alguno. Ginebra murmuró una casi inaudible disculpa mientras me empujaba a la salida.
 
Miré a mi hermana recordando por qué la adoraba hasta la saciedad. Qué fácil era todo a su lado.
 
–Sabía que era una mala idea traerte conmigo... –dije nada más recobrar la compostura.
 
–Te recuerdo que estoy aquí para ayudarte. Tú no tienes ni la más remota idea de cómo vestir.
 
–Eso no es cierto.
 
Janina no contestó. Simplemente me miró de arriba abajo a media sonrisa y logró con ello que yo hiciera lo mismo.
 
–¿Qué? –pregunté insidiosa.
 
Me aparté ligeramente cuando una señora con un carrito decidió que lo mejor era pasar justo en medio de mi hermana y de mí. Como si no hubiera suficiente espacio...
 
–Emma, vistes como si fueras una "hippie" o algo así. Siempre con tejanos y zapatillas deportivas...
 
–Porque es lo más cómodo, querida hermana. –la interrumpí. –Ya veremos si al final del día puedes decir que no te duelen los pies con esos tacones.
 
–Olvídalo. No pienso discutir de este tema contigo.
 
–De acuerdo. –concedí divertida.
 
Seguimos caminando, observando cada escaparate a nuestro paso.
 
–Janina... –dije quedamente.
 
–¿Qué? ¿qué pasa?
 
Señalé con una mano a un maniquí que vestía un traje de color blanco y con lo que parecían rosas dibujadas en él. Tenía un diseño asimétrico, descubriendo uno de los hombros y con un corte desnivelado que dejaba la pierna derecha desnuda hasta un poco más arriba de la rodilla. El acabado del vestido se componía de un volante, una ligera inspiración en los trajes flamencos.
 
–Ése es... –murmuré, como si hubiera descubierto al amor de mi vida a primera vista.
 
–¿Ése? –exclamó mi hermana algo incrédula.
 
–Vamos... –tiré de su brazo y entramos en la tienda.
 
Me acerqué con algo de prisa a una de las dependientas y le confirmé mi talla. En tan sólo unos minutos, salía del probador con aquel traje vistiendo mi cuerpo como si fuera un guante. Percibí la aprobación en la mirada de Janina en cuanto me vio emerger del cubículo.
 
–¿Qué te parece? –le pregunté poniéndome de puntillas, como si con ello lograra hacer mi figura aún más esbelta.
 
–Estás preciosa... –confirmó ella.
 
La empleada también murmuró unas palabras de aprobación.
 
–Tendremos que buscar unas medias adecuadas...
 
–¿Medias? –la interrumpí. –No voy a ponerme medias.
 
–¿Por qué no?
 
–Porque no pasaría ni cinco minutos antes de hacerme una carrera en ellas. –confesé, recordando mi ineptitud cuando se trataba de aquella delicada prenda.
 
–De acuerdo... –suspiró Janina. –Como quieras.
 
Sonreí y me metí de nuevo en el probador para volver a ponerme mi ropa. Cuando salí, Ginebra me esperaba impaciente. Me arrebató el vestido casi de las manos y miró la etiqueta.
 
–¡Jesús...! –exclamó al ver la interminable fila de números que indicaban el precio. Algo en lo que yo, por cierto, ni siquiera me había molestado en fijarme.
 
–¿Qué? –miré la etiqueta entonces.
 
–Vale el doble de lo que costó el mío.
 
–Y eso que el tuyo tendrá mucha más tela... –añadí sin poder evitar hacer la pequeña broma.
 
–Si no fueras mi hermana y te quisiera tanto, te estrangularía.
 
La besé alegremente en la mejilla y nos dirigimos hacia el mostrador para pagar mi compra.
 
Seguidamente nos encaminamos hacia una zapatería donde adquirí los únicos zapatos de tacón que no me hicieron arrugar el ceño con disgusto.
 
La mañana se nos pasó volando entrando y saliendo de las distintas tiendas. Janina, que debía de ser algo así como la consumidora perfecta, compró diversos regalos para su amiga, su hija y su marido. Sólo cuando su tarjeta de crédito pareció emitir cierto olor a chamuscado y ante mi fastidiosa insistencia, decidió buscar un restaurante para tomar el almuerzo y de paso permitirme recuperar el aliento que tanta caminata me había robado.
 
Nos sentamos en una mesa que hacía esquina en un pequeño local de comida rápida. Pedimos un par de refrescos y sendos bocadillos de jamón y queso.
 
–Emma, ¿has oído algo de lo que te he dicho?
 
–¿Eh...?
 
–Está claro que no.
 
–Lo siento. –murmuré mi disculpa. Lo cierto era que hacía unos minutos que mi mente se había ido a mucha distancia de allí.
 
–Eres la única persona que conozco que sea capaz de olvidarse del mundo entero a pesar de estar rodeada de él.
 
–Ni siquiera me doy cuenta de ello.
 
–Lo sé. –sentenció mi hermana.
 
–¿Qué me estabas contando?
 
–Te decía... –le dio un bocado a su bocadillo.
 
Me pregunté cómo demonios era capaz de engullir tan rápido para hablar después, era imposible a menos que se tragara la comida sin masticarla.
 
–... que Christina tiene novio.
 
–¿En serio? –dije incrédula al tiempo que admiraba interiormente las dotes de socialización de mi sobrina de catorce años. A esa edad, yo era incapaz de soltar una frase de más de cinco palabras sin atragantarme con la saliva.
 
–Me ha dicho que cree que es el amor de su vida, ¿puedes creerlo? Si aún es una mocosa...
 
–No le habrás dado "la charla", ¿verdad?
 
Janina frunció el ceño y torció los labios pensativa.
 
–Sí, lo he hecho... –dijo al final algo dubitativamente, ignorando si el haberlo hecho estaba bien o mal.
 
–¿Es que has sido capaz de olvidar la charla que nos dio mamá sobre ese tema? –exclamé demasiado exaltada.
 
Mi madre nos había explicado, cada vez que una de nosotras alcanzaba edad de merecer, los peligros del sexo, todo el pecado que se escondía detrás de él y por supuesto, había acabado las charlas con el típico:"los chicos suelen buscar una sola cosa, y es aprovecharse de ustedes".
 
Desde luego, ese consejo a mí más bien me sobraba. Claro que entonces no tenía ni idea de que yo acabaría buscando la misma cosa que los hombres.
 
Oír a mi madre hablar de sexo fue de las peores experiencias que recuerdo de mi infancia. Pero recordando a una amiga de la universidad, debo decir que tuve mucha suerte. A ella incluso le hablaron de la masturbación...
 
–¿Me estás diciendo que he hecho algo malo?
 
–Janina, esas cosas siempre es mejor que se las explique alguien que no sea un padre... –sorbí por la cañita de mi limonada. –Por ejemplo yo. –Me miró mientras masticaba sin descanso un instante para luego echarse a reír. Y supe con seguridad que era lo que le había hecho tanta gracia.
 
– Para que te enteres... –dije a la defensiva. –... Estoy segura de que hubiera preferido que fuese yo quien le diese la charla.
 
–Ella y yo tenemos mucha confianza, no fue nada violento. Además, tengo la completa seguridad de que sabe más de sexo que yo.
 
Moví la cabeza asintiendo, dándole con ello la razón.
 
–Posiblemente...
 
–Tan sólo le advertí que fuera responsable y eso fue todo. –sentenció ella.
 
Seguí rumiando algo dentro de mi cabeza al tiempo que no le quitaba la vista de encima a Janina. Al principio quiso ignorarme, pero acabó por preguntarme sabiendo que era probable que se arrepintiera de ello.
 
–¿Qué?
 
–¿Crees que no podría ayudar a Christina en esto?
 
–Si estás pensando en sí creo que serías una mala influencia o que quizás pienso que no eres la más indicada para dar consejos olvídalo inmediatamente, ¿me oyes? –me regañó seria.
 
–Pero antes te reíste cuando...
 
–Tú te pasas el día haciendo bromitas referente a mi diámetro y no me quejo... –interrumpió rauda.
 
Me hizo reír y la tensión desapareció tan rápido como había aparecido. Ella me siguió y me guiñó un ojo. Sentí la imperiosa necesidad de decirle lo mucho que la quería, pero no lo hice.
 
–Hablando de lo cual... –comenzó y mi mente gritó inmediatamente la palabra peligro. –... ¿piensas invitar a Elena a la boda?
 
–No.
 
–¿Por qué?
 
–Pues porque no. Tan sólo hace unas semanas que nos vemos.
 
–Entiendo... –se acomodó en su asiento una vez acabado su almuerzo. – No es lo suficientemente serio, ¿no?
 
–Algo así.
 
–Jenny estará allí...
 
Mi corazón dio un vuelco y mi cuerpo se enderezó repentinamente cuando oí a mi hermana pronunciar aquel nombre.
 
–¿Sabes qué? –prosiguió en cuanto se hizo evidente que mi boca seguiría cerrada por tiempo indefinido. –Comienzo a estar cansada de este tema... Jenny ha cambiado mucho en poco tiempo, ya no es la misma y tú... Bueno, tú andas por el mundo completamente perdida.
 
–¿Jenny ha cambiado? –pregunté ansiosa.
 
–Sí... –se frotó la frente cansadamente. –Ella también da respingos cuando pronuncio tu nombre en su presencia. De hecho, rehúye cualquier conversación que gire en torno a ti... Sólo el oír tu nombre puede hacer que se encierre en un mutismo absoluto.
 
Aparté mi almuerzo a un lado, de repente sentía náuseas, y me apoyé sobre la mesa con los codos. No era capaz ni siquiera de mirar a Janina, quien no apartaba sus ojos inquisidores de mí.
 
–Te has acostado con ella, ¿verdad?
 
–¿Qué? –dije incrédula.
 
–Lo imaginaba... –se respondió ella misma. –Lo que más me intriga es cómo demonios lo has logrado...
 
Terminó su almuerzo y se bebió ruidosamente el resto de su refresco.
 
–Lo dices como si la hubiera pervertido o algo así... –contrarresté algo molesta.
 
–No me refería a eso. Lo que quería decir es cómo, sabiendo cómo eres, se ha liado contigo...
 
–¿Sabiendo cómo soy? –dije, completamente perdida.
 
–Sabiendo que le harías daño.
 
Aquellas palabras me sentaron como un jarro de agua fría y lo que es peor, sabía perfectamente que eso era lo que mi hermana había pretendido desde el primer momento. Cubrí mi rostro con las manos y suspiré. La conversación comenzaba a hundir mi estado de ánimo.
 
–Mírame. –ordenó, apartándome las manos de la cara con brusquedad. – Lo he visto con mis propios ojos, Emma. He visto lo devastadora que puedes llegar a ser contigo mismo... Y con los demás. A Jenny nunca le has dado miedo. A mí a veces me lo das...
 
–Janina...
 
–No digas "Janina" con ese tono, que te conozco. –me interrumpió, y por primera vez me di cuenta de que mi hermana parecía estar enfadada. – No pretendo que me cuentes lo que pasó porque, francamente, prefiero no saberlo. Sólo quiero que me digas si ahora todo ese amor que decías sentir por Jenny se ha evaporado.
 
No pude contenerme y me eché a reír con dolor. Mi querida hermana estaba sugiriendo que quizás lo único que había perseguido de Jenny era algo sexual disfrazado de amor y que, una vez logrado mi objetivo, la había abandonado.
 
–¿Tan retorcida me crees? ¿Tan ilógico te parece que pueda amar a alguien profundamente, aunque sea de mi propio sexo?
 
–Emma...
–No, espera. –ordené yo ahora. –No sabía que dudaras de mí hasta tal punto, Janina, no sabía que pensaras que mis sentimientos pudieran ser tan volubles...
 
Me incliné hacia delante, apoyándome en mis antebrazos y hablé con voz estrangulada.
 
–¿Quieres saber la verdad? La verdad es que no puedo vivir sin ella. Cada día que pasa es como una prueba de resistencia. Nunca fui más feliz que los pocos días que pasó a mi lado y lo que es peor, creo que no lo seré nunca... Soy un desastre, tienes razón, pero mi capacidad de amar, de amar a Jenny es infinita. La amo tanto que incluso me duele...
 
–Lo siento.
 
–Por supuesto que lo sientes... –añadí, levantando las manos para seguidamente dejarlas caer sobre la mesa otra vez.
 
–¿Qué piensas hacer?
 
–Aprender a vivir sin ella o conquistarla de nuevo. –dije, con absoluta convicción. –Y ambas son igual de imposibles...
 
–Parece como si esperaras que de un momento a otro te venga la inspiración divina para saber qué hacer.
 
–¿Y qué es lo que me sugieres que haga?
 
–Que la olvides de una vez, que dejes de ir por la vida como una maldita víctima y que aprendas a vivir.
 
Mi hermana, literalmente, me estaba fusilando.
 
Se hizo un profundo silencio entre Janina y yo. Nos miramos fijamente, ella muy dispuesta a no apartarla, poniendo de manifiesto que sabía que llevaba toda la razón. Le hizo un gesto a un camarero que pasaba por allí y pidió la cuenta.
 
–Tengo que irme. –me anunció tranquilamente, mientras alcanzaba su bolso y sacaba su monedero.
 
–Aún tengo que hacer muchas cosas en casa.
 
–Sí... –fue todo lo que mi garganta pudo emitir.
 
Se levantó de la mesa y recogió sus bolsas. Al pasar por mi lado, se agachó para hablarme al oído.
 
–Cambia... –me dijo como si fuera un ultimátum.
 
–¿Qué haces ahí? –me preguntó Elena con el ceño fruncido cuando me avistó.
 
No sé cuánto tiempo la había estado esperando sentada en las escaleras que daban al rellano de su apartamento. Sólo sabía que después de haber salido del centro comercial, me había dirigido directamente a su edificio.
 
–¿Ocurre algo? –volvió a preguntarme.
 
–No. Sólo te esperaba.
 
–¿Has perdido la llave que te di? –inquirió nuevamente.
 
–No. –me levanté de mi insólito asiento y me acerqué a ella. –Deja que te ayude.
 
Le tomé una de las bolsas que portaba y esperé hasta que ella abriera la puerta. Luego me dirigí directamente a la cocina y la deposité sobre la encimera.
 
–¿Hubo suerte con las compras? –me preguntó, al tiempo que comenzaba a colocar los víveres que había comprado.
 
–Sí.
 
–¿Qué tal con Janina?
 
–Muy bien. Deseosa de conocer los detalles de nuestra relación... –bromeé.
 
Se giró hacia mí y me regaló una amplia sonrisa. Luego siguió con su tarea.
 
Pensé que viéndonos allí, haciendo algo tan simple como mantener una cordial conversación en medio de la cocina, nos hacía parecer como un matrimonio feliz.
 
–No entiendo como siendo tu hermana aún no te conoce... –dijo, con su cabeza totalmente metida en el refrigerador.
 
–¿A qué te refieres?
 
–Pues a que es imposible sacarte las cosas a menos que tú misma estés dispuesta a revelarlas.
 
Cogí una de las manzanas que estaban expuestas en el frutero y comencé a roerla.
 
–Elena... –la llamé quedamente.
 
–¿Sí? –abandonó toda labor para darme su plena atención.
 
–¿Te importa que no te haya pedido venir conmigo a la boda?
 
–No. –su respuesta fue clara y rápida. Algo que indicó que sin duda decía la verdad.
 
–Bien... –murmuré para zanjar el asunto antes de darle otro bocado a la manzana.
 
Pero Elena siguió mirándome con sospecha y entonces comprendí que para ella las cosas aún no estaban demasiado claras.
 
–¿Hay algo que debo saber? ¿Qué es lo que está pasando por esa cabecita tuya? –preguntó medio en broma medio en serio.
 
Creí que era momento de averiguar ciertas cosas.
 
–¿Te hago feliz?
 
–No me haces infeliz, y creo que eso es más importante.
 
–Me refiero a si...
 
–Sé a lo que te refieres. –me interrumpió. –Me gustan las cosas como están. Y creo que tú sientes lo mismo.
 
–De acuerdo.
 
Hubo un instante de silencio. Elena volvió a lo que estaba haciendo y yo, por contra, seguí rumiando pensamientos salidos de no sé dónde.
 
–No quiero que pienses que es sólo sexo... –solté de súbito.
 
Ella se acercó a mí entonces, echándose su larga, rizada y rojiza cabellera hacia atrás.
 
–Emma, ¿te has dado cuenta de que cada vez que pasas la tarde con tu hermana te comportas de manera extraña?
 
–¿Lo dices en serio?
 
Asintió con la cabeza.
 
–¿Piensas pasar la noche conmigo? –me preguntó, cambiando totalmente de tema, como si aquel para ella no tuviera importancia.
 
–Sí...
 
–Estupendo. –se puso de puntillas y me besó en la mejilla. –Prepararé la cena entonces.
 
Seguí apoyada en el mismo sitio, terminando de comerme la manzana. Pensé en lo fácil que resultaría una vida en común con aquella mujer. Sin embargo, ni un solo pensamiento había dedicado yo a creer que podría haber un futuro con ella.
 
Recordé a conversación con mi hermana, a decir verdad, era todo en lo que mi mente se había ocupado desde entonces. Tenía miedo de que mi vida se redujera a aquello. No más Jenny, no más deseos... La vida de un ser humano corriente no estaba hecha para mí. Necesitaba a Jenny para sentirme especial. La necesitaba para rendirme, para amarla, para reconocerme a mí misma.
 
–Voy a ver la tele un rato... –le anuncié a Manuela, saliendo ya de la cocina.
 
–Muy bien...
 
Me senté en el sofá y encendí el televisor. Inmediatamente, el rostro ya familiar para mí del encargado de dar las noticias apareció. Su cara totalmente inexpresiva. Me pregunté por qué tenían que ser tan malditamente sobrios. No me extrañaba que algunas personas prefirieran no ver las noticias. Daba miedo tan sólo con verle la cara a los presentadores.
 
Me recosté en el sillón, buscando una posición de total comodidad. Sentí que los ojos comenzaban a cerrárseme. Mi respiración se hizo cada vez más pausada y mis músculos se rindieron.
 
Tras mis párpados cerrados apareció la imagen de Jenny. Hacía mucho tiempo que no aparecía ante mí de aquella forma. Me había decidido a no dejar que inundara mis sueños como antaño, pero ahora necesitaba recordarla.
 
Ella me sonreía mientras su cuerpo desnudo, posicionado sobre el mío, se movía acompasado hacia adelante y atrás. Mis manos se perdieron en la frondosidad de su cabello. No pude evitar el sonreír de júbilo al tenerla otra vez a mi lado. Me vi a mí misma, como si estuviera fuera de mi cuerpo, sonriéndole y acariciándola en aquel mismo sofá.
 
Oí la voz de Jenny, sentí su olor, el tacto de su piel. La oí decir que me amaba y mi corazón dejó de latir. Volvió a sonreír una vez más, llenándome los oídos con la riqueza de su risa. Era maravilloso... Indescriptible.
 
–Emma...
 
Una dulce voz pronunció mi nombre más dulcemente aún. Abrí los ojos y encontré el rostro de Elena cerca del mío.
 
–Te has quedado dormida... –me dijo divertida, echando hacia atrás algunos cabellos de mi frente.
 
–¿Qué hora es? –pregunté con voz adormilada.
 
–Algo más de las nueve...
 
–Vaya...
 
–¿Te apetece comer algo? La cena está casi lista.
 
Me erguí hasta quedar sentada y me froté cansadamente el rostro.
 
–Lo cierto es que no... –la miré, sintiendo cierta desazón. –Escucha..., estoy agotadísima, ni siquiera me había dado cuenta de ello hasta ahora...
 
–¿Tienes guardia en el hospital mañana?
 
–Sí... –añadí fatigosamente.
 
–De acuerdo. –me palmeó el muslo. –Vete a casa.
 
–Gracias. –la besé con brevedad en los labios. –Te llamaré mañana.
 
–Como quieras.
 
Me levanté de mi asiento y recolecté mi abrigo y el bolso. Antes de alcanzar la puerta, oí que Elena me decía algo.
 
–¿Qué? –me giré, avistándola en el mismo sitio que cuando me había levantado.
 
Ella se limitó a sonreírme, aunque advertí, por primera vez, algo de tristeza en su expresión.
 
–Te decía que era un bonito nombre...
 
Fruncí el ceño, achacando mi falta de entendimiento a que aún sufría los efectos de mi breve sueño.
 
–Jenny... –repitió. –Es un bonito nombre.
 
No dije nada. Simplemente me di la vuelta despacio, salí del apartamento y me alejé escaleras abajo, sin molestarme siquiera en tomar el ascensor.
 
Me metí en mi coche, casi congelada de frío a pesar de que el recorrido desde el edificio de Elena y mi auto era relativamente corto. Expulsé el aliento y apoyé la cabeza con fuerza en el respaldo, asiendo el volante con ambas manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
 
Casi sin pensar, pero segura de que lo que acababa de ocurrírseme y que iba a poner en práctica me aliviaría a sobremanera, puse el motor en marcha y tomé la ruta que me llevaría hasta la casa de Jenny.
Pisé el acelerador. La velocidad a la que ahora conducía no era una a la que estuviera acostumbrada, pero ahora mismo, el hacer aquello estaba liberando algo de mi desaliento. Incluso comenzaba a sentir una sensación desconocida para mí mientras mis manos comenzaban a aferrarse al volante y mis piernas temblaban de emoción.
 
No tuve más remedio que parar en un semáforo en rojo, pero las ruedas chasquearon contra el asfalto e incluso estuve segura de que habían dejado huella. Sólo unos centímetros me separaban del automóvil delante de mí. Vi a su conductor mirarme por el retrovisor con cara de pocos amigos. Sonreí con una muy maliciosa sonrisa y esperé impaciente a que el semáforo nos diera vía libre.
 
El hombre negó con la cabeza repetidamente y casi podía jurar que en esos momentos estaba pensando que yo era alguna chiflada. Seguramente estaba en lo cierto.
 
El tráfico aún estaba algo denso, pero llegué en unos quince minutos. Aparqué el coche algo alejado del lugar y me escondí detrás de uno de los árboles plantados en medio de la acera. No tenía la intención de presentarme en su apartamento, ni tan siquiera de que me viera. Sólo quería saber lo que sería estar cerca de ella, aunque fuera desde la acera de enfrente y sin que me quedara otro remedio que tener que contentarme con mirar a su ventana.
 
Conté las ventanas y cuando avisté la que se suponía tenía que ser la suya, sólo pude apreciar oscuridad. Era demasiado temprano para que Jenny se hubiera metido en la cama, además de que sabía que ella era una persona más bien nocturna. Tal vez estaba de viaje. No tenía la menor idea. Aún así y pese a que tenía todas las incertidumbres posibles, me quedé allí hasta bien entrada la madrugada, sentada al borde de la acera, con la mirada fija en su ventana. Me fui cuando el frío se apoderó de mí y la calle se quedó tan desierta que era imposible oír cualquier sonido.
 
Cuando regresé a mi apartamento, me fui directamente a la cama. Después de varios intentos por lograr que el sueño me venciera, decidí echar mano de los somníferos y por fin llegó la esperada calma.
 
Dos días después, y sin saber cómo, me descubrí cenando sentada a la mesa de un elegante restaurante con Elena. Ella se había empeñado en hacer algo diferente esa noche y yo apenas había puesto objeción.
 
Observé a Elena, sentada enfrente de mí canturreando al compás de la música clásica que inundaba el lugar.
 
–¿Has decidido lo que vas a tomar? –me preguntó, cerrando su carta.
 
–Me apetece algo de pasta.
 
–Bien. Yo estaba pensando en lo mismo. ¿Tú te pides los espaguetis a la carbonara y yo los tallarines y así compartimos?
 
Le sonreí abiertamente.
 
–De acuerdo. –cerré la carta y crucé las manos en mi regazo.
 
–¿Vino?
 
Negué con la cabeza.
 
–Agua mineral para mí.
 
La camarera eligió ese preciso instante para aparecer en nuestra mesa y Elena le indicó nuestra decisión con diligencia. Seguidamente, cruzó las piernas por un extremo de la mesa y se encendió un cigarrillo bastante satisfecha.
 
–Creo que no te lo he dicho...
 
–¿El qué? –pregunté.
 
–Nos obligan a hacer la próxima semana un cursillo. ¿Puedes creerlo? Tendré que soportar durante tres días interminables charlas sobre recaudación. –suspiró. –Me temo que casi no tendré tiempo de verte...
 
Hice ademán de echarme a temblar con disgusto. En ese momento trajeron nuestras bebidas. Elena al final había desistido de la idea de tomar vino y había decidido acompañarme con el agua.
 
–¿Tú qué tal por el hospital?
 
Me encogí de hombros al tiempo que tomaba un sorbo de agua.
 
–Bien. Aún no han encontrado a la mujer que abandonó a su hijo después del parto. Parece haberse evaporado...
 
–Me gustaría saber los motivos que podría tener alguien para hacer algo así... –comentó casualmente.
 
–Yo también, créeme.
 
Elena me sonrió levemente, apagó el cigarrillo estrujándolo dentro del cenicero y se inclinó hacia delante.
 
–¿Sabes en lo que he estado pensando desde esta tarde? –susurró juguetonamente.
 
–No...
 
–Me encantaría que te probases el vestido de la boda para mí cuando lleguemos a tu apartamento... No he dejado de pensar en él desde que me lo enseñaste...
 
–¿En él sólo o vistiendo mi cuerpo? –bromeé divertida.
 
–Definitivamente, contigo dentro...
 
Alcé una ceja, sonriendo de medio lado. Un breve atisbo de deseo comenzó a pulsar en mi centro. Tomé la servilleta y empecé a juguetear distraídamente con ella. Elena seguía con sus verdes-grisáceos ojos clavados en mí.
 
–Si no dejas de mirarme así, ni siquiera vamos a probar la cena... –le advertí, lanzándome un breve vistazo.
 
–No estoy muy segura si comer pasta es lo que me apetece ahora mismo...
 
–Elena... –la llamé con tono amenazador. Se rió, echándose nuevamente contra el respaldo de su silla.
 
Nuestra comida llegó segundos después. Tuve que admitir que el aspecto que tenían los platos era suficiente como para que se te abriera el apetito. Elena tomó su tenedor y probó sus tallarines. Seguidamente cerró los ojos y exclamó un "mmm" largo. Hice lo mismo con mis espaguetis y Manuela se atrevió a sisar de mi plato unos cuantos de ellos.
 
–¡Ehhh...! –exclamé falsamente indignada.
 
–¡Oh, Dios mío! ¡Están deliciosos!
 
–Deja que pruebe tus tallarines...
 
Elena me acercó su plato y llené mi tenedor.
 
–Se parecen a los de mi madre... –indicó ella.
 
–¿En serio?
 
–Sí. Aunque los de ella eran un poco más picantes...
 
Algo atrajo mi atención. Algo que me hizo levantar la cabeza hacia la entrada del restaurante. Algo que inevitablemente hizo que me encogiera en la silla. Incluso antes de que lo supiera con certeza, ya lo había presentido.
 
Jenny apareció por allí, junto con un nutrido grupo de amigos.
 
¿Cuántos restaurantes debían de haber en aquella ciudad? Cientos. Quizá hasta miles. Ahora, ella estaba entrando al mismo restaurante en el que yo cenaba, casi a la misma hora. Y pensé en ese instante, que eran esas mismas casualidades lo que hacían de la vida algo muy extraño.
 
Elena notó mi súbito cambio de humor y disposición y se giró para mirar hacia mi línea de visión para descubrir qué era lo que con tanta consistencia había tomado mi atención por entero. Le debió parecer imposible adivinar cuál de entre aquellas cinco personas tenía mi solicitud, puesto que se volvió hacia mí al instante.
 
–¿Estás bien? –preguntó, con evidente preocupación en la voz.
 
Creo que era el hecho de que no tenía ahora ningún color en mi rostro, y sé que no lo tenía porque yo misma lo había sentido abandonarme, lo que la hizo profesar aquella desazón.
 
Asentí con la cabeza, aún sin apartar la vista de Jenny. Intenté esquivar su visión y me concentré en mi plato nuevamente para tan sólo darle la vuelta a los espaguetis y elevar el rostro otra vez.
 
Un camarero llevaba a Jenny y sus amigos hacia una mesa. Me di cuenta de que la estaban dirigiendo a una que estaba detrás de mí y que, por tanto, la haría pasar a mi lado. Tragué con dificultad, imaginando lo que pasaría cuando ella me viera. No tuve que esperar mucho.
 
Tal vez fue mi insistencia y su fina percepción, pero se giró hacia mí y miró directamente a mis ojos. La breve sonrisa que llevaba perenne en los labios hasta ese momento se evaporó.
 
No puedo describir lo que sentí al verla de nuevo. Sólo sé que mi corazón clamó por algo que necesitaba tanto como el seguir latiendo y era a ella.
 
Pude advertir que el paso de Jenny se hizo incluso más lento y que su visión dejó de abarcarme para mirar a quien me acompañaba. Pocas dudas debió tener que Elena era mi amante.
 
Jenny bajó la vista al suelo, pero antes pude advertir una breve sonrisa, pero era una amarga. La conocía lo suficiente como para no perderme ese detalle.
 
Pasó a mi lado y cerré los ojos, aspirando con fuerza. Su olor...
 
Al abrirlos de nuevo, me encontré a Elena mirándome extrañada, aún masticando. Si deseaba hacerme alguna pregunta, y era evidente, como siempre calló. Cogí la copa de agua y me la bebí de un solo sorbo, tragándome con ello toda la amargura que había aparecido de repente en mi garganta.
 
No era capaz de voltear la cabeza, pero sentía al grupo de Jenny casi como si estuvieran pegados a mi nuca. Los oía charlar, decidiendo sobre su cena y haciendo bromas.
 
Mi comida había quedado olvidada por completo. Observé el plato de los aún humeantes espaguetis y sentí náuseas. Lo aparté de mí, como si de repente fuera veneno.
 
Sólo me hizo falta verla otra vez para que mi vida y mi tranquilidad se desestabilizaran por completo.
 
–¿Quieres irte?
 
–¿Qué? –pregunté, algo perdida.
 
–Es evidente que estás incómoda. Podemos pedir la cuenta y...
 
–No... –me apresuré a decir. –Termina tu cena, no hay prisa.
 
–¿Estás segura?
 
–Completamente...
 
Saqué la servilleta que hasta entonces descansaba sobre mi regazo y la deposité sobre la mesa. Mis sentidos estaban ahora demasiado ocupados en percibir todo lo que pasaba dos tablas por detrás de mí.
 
Elena siguió concentrada en su cena, sin atreverse a romper el silencio otra vez. Hasta yo pude notar la tensión que sufría ella en esos momentos. Levantó los ojos hacia mí y me miró. Algo en su mirada me indicó que todo aquello la sobrepasaba.
 
–Lo siento... –le dije.
 
–¿Por qué?
 
No quise contestarle a esa pregunta, pero tomé una determinación a cambio.
 
–Vayámonos de aquí. –solté rauda.
 
Pedimos la cuenta y nada más pagar, tomé a Elena de un brazo y salimos al exterior. Ni una sola vez eché un vistazo en dirección a Jenny a pesar de que sabía con toda seguridad que ella me estaba observando.
 
– Emma...
 
La voz rota de Elena pronunció mi nombre, pero hice caso omiso a su llamada. Seguí penetrándola con mis dedos con fuerza al tiempo que montaba sobre su muslo con rabiosa disposición.
 
– Emma, para... –dijo una vez que mi boca liberó la suya.
 
La oí decir aquellas palabras, pero mi cerebro no lo registró como un comando. Mi boca cubrió entonces uno de sus senos para succionar de él. Algo en mí me había hecho comportarme de forma salvaje esa noche. Las dudas, el desasosiego, el dolor de no tener lo que más ansiaba... ¿Qué importaba lo que fuera? Lo importante era que comenzaba a sentirme bien.
 
– Para. – junto con la orden, Elena tiró de mi hombro hacia atrás para separarme de ella.
Suspendí en seco toda actividad y levanté la cabeza para encarar a Elena de entre las sombras. Ella se movió hacia un lado, sacándome a mí de su interior. Por mi parte, me quedé estática en el sitio, apoyada sobre uno de mis codos, jadeando frenéticamente.
 
– ¿Qué te está pasando Emma? –me preguntó ella, aún dolida por mi comportamiento irracional.– No eres tú...
 
Me derrumbé de espaldas sobre el colchón y fijé la vista en el techo. Elena se incorporó al no obtener ninguna respuesta de mi parte.
 
– Será mejor que me vaya... –anunció, encendiendo una de las lámparas.
 
La sentí levantarse y recolectar su ropa, la misma que momentos antes yo le había arrancado a tirones. Se vistió con rapidez, todo ello sin mirarme, aunque de haberlo hecho, sólo se hubiera encontrado conmigo mirando al techo como una maldita imbécil.
 
– Lo siento... –dije sin moverme.
 
Elena se detuvo un momento, para después proseguir con su fuga a mitad de la noche. Se marchó silenciosamente. Apenas la oí cerrar la puerta.
 
Me giré hacia la izquierda y me abracé a mí misma, necesitando el calor de algo, aunque fueran mis propias manos. Estrujé mis ojos en cuanto sentí que se estaban amontonando allí las lágrimas. Las cosas para mí comenzaban a perder el poco sentido que le restaba. Estaba metida en un laberinto, sin salida alguna. Ahora podía asegurarlo.
 
Por primera vez en mi vida, deseé no haber conocido nunca a Jenny.
 
Me levanté de la cama y casi sin pensar, me vestí rauda calándome una sudadera y los primeros vaqueros que saqué del armario. Necesitaba salir de mi apartamento. Aquellas paredes comenzaban a asfixiarme.
 
Salí a la calle con lo puesto y las llaves de mi coche. Mi aliento acompañándome a cada paso. Era otra de esas noches gélidas donde cualquier persona, con un mínimo de sentido común, estaría ahora bajo el amparo de las mantas a aquella hora. Ya era más de medianoche.
 
Me subí en el coche sin haber decidido aún qué era lo que deseaba hacer, aunque la idea de volver al lugar donde vivía Jenny y mirar toda la noche hacia su ventana se me hacía cada vez más apetecible. Pensé, mientras ponía en marcha el motor, que definitivamente había perdido el juicio. Recordé las palabras de mi hermana, y reconocí la razón en ellas. Sabía que debía de empezar por poner orden a mi vida, pero, ¿podría lograr hacer algo así sin Jenny en ella? Jenny era mi norte.
 
Ni siquiera era capaz de asumir que ella ya no estaba o que quizás no volvería a mí. Janina había tenido razón en una cosa sobre todas las demás: yo estaba esperando a que un milagro arreglara todo aquel desastre.
 
Asumía mi culpa, pero desconocía si para Jenny esto sería suficiente. Estaba segura de que no.
Aparqué el Audi a una distancia prudencial, y mientras me acercaba al mismo hueco que hacía dos noches había ocupado en mi súbita personalidad de espía, observé que un taxi aparcaba cerca de la acera.
 
Vi la figura de Jenny salir de dentro de él y reaccioné escondiéndome detrás del árbol plantado en medio. Mi corazón volvió a latir con fuerza y pensé, mientras intentaba que aquel tronco abarcara por completo mi figura y la escondiera a sus ojos, que debía parecer una auténtica gansa.
Me atreví a asomar la cabeza por uno de los lados y alcancé a ver como Jenny se metía en su edificio. Sola.
 
Suspiré de alivio por múltiples razones y me senté allí mismo. Miré hacia arriba y conté mentalmente los segundos que tardaría seguramente en llegar hasta su apartamento y encender la luz.
 
Cuando lo hizo, me sentí totalmente incapaz de apartar la mirada de aquel punto perdido que era su ventana. La imaginé andando por el piso, yendo a la cocina, encendiendo la tele, incluso desvistiéndose. Imaginé que yo estaba allí adentro, junto a ella y que ahora mismo la estaría besando, porque era justo eso lo que más deseaba en el mundo.
 
Estar allí, podía hacer que la sintiera un poco más cerca, pero no que encontrara el valor suficiente como para encararla.
 
Recordé que en la época que la había conocido solía pensarla junto a mí, que le hablaba incluso. Mis dieciocho años volvieron a mi memoria, trayendo consigo las imágenes de una endiosada Jenny. Ahora también podía rememorar con claridad el suave tacto de su piel, el sabor de su boca y el sonido de su risa. El tesoro de mis momentos junto a ella.
 
Me abracé a las rodillas, intentando atraer el calor a mi cuerpo.
 
Me quedé allí hasta que la luz de su apartamento se extinguió por aquella noche.
 
Estaba segura de que, pasara lo que pasara, el observar su ventana cada noche se convertiría en un ritual para mí. Un ritual que me daba la oportunidad de tenerla aún sin que estuviera a mi lado.
 
Quizás algún día tuviera la valentía suficiente para atravesar la calle y presentarme ante su puerta, para soportar su mirada azul, para que me embargara su esencia...
 
 
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Miér Oct 12, 2016 10:59 am

Ya te habias tardado con la continuación de esta bella historia. Que raro se puso todo. Lo que me llamo la ateción fue la relación de emma con esa pelirroja que me resulta conocida jajaja estuvo muy bueno eso. Menos mal aqui la pelirroja parece que es buena onda. Por otro lado emma y sus depresiones, es demasiado dependiente de Jenny, y ella bueno, no sabemos que hizo. Me pregunto que podria pasar en la boda. Muy buen capítulo. Conti pronto.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Vale Berríos. el Vie Oct 14, 2016 1:32 am

Odio que Emma sea tan cobarde, y se crea el ombligo del mundo, aduciendo que todo gira a su alrededor, me asquea ese tipo de personalidad. Debería escuchar a Janina y cambiar de una vez por todas, en realidad ya empieza a asustarme.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Nov 03, 2016 6:07 pm

Hallo, dejo la primera parte del penúltimo capítulo de esta historia. Yulenka y Vale Berríos, gracias por leer esta historia y comentar. 




BELLA INALCANZABLE



11. LÁGRIMAS. (Final- 1era Parte)


 
Nunca sabes por qué suceden las cosas a lo largo de tu vida. Si fuéramos capaces de saber qué es lo que el futuro deparará, estoy segura de que muchos de nosotros ni siquiera estaríamos preparados para aceptarlo... Nos parecería, además, un imposible.
 
De mi vida no hay mucho que contar hasta que apareció ella. Pero supongo que es un deber empezar un poco antes.
 
Pasé una infancia monstruosa, marcada por la muerte de mi madre a muy temprana edad, el maltrato de un padre que jamás se comportó como tal y el suicidio de mi hermana. Pero quizás fue esto último lo que marcaría mi personalidad para siempre.
 
Alice. Mi querida Alice. Débil de carácter. Todo lo contrario de mí, yo siempre fui la fuerte, la decidida. Creo que siempre vio en mí la salvación, la persona que la sacaría de su mundo interior. Ese mundo que nada tenía que ver con el nuestro. Al final supongo que decidió ir en busca de respuestas a otro lugar.
Sin mí.
 
Sigo pensando que era demasiado joven para abandonar lo que conocía. Jamás imaginé que tuviera la valentía suficiente para hacer lo que hizo. Después de que ella se fuera, yo no tuve ese mismo arrojo a pesar de que en algunos momentos deseé tenerlo.
 
Dirigí entonces mi vida por los cauces que me auto impuse. Quería ser capaz de controlarla por mí misma, sin ningún tipo de dependencia. La falta de amor que sufrí de pequeña fue decisivo para mis relaciones posteriores. Mis condiciones eran simples, no pedía demasiado y tampoco daba demasiado de mí. Un trato justo a mi modo de ver. Esa actitud, inevitablemente, me dio fama de fría e inalcanzable, algo que, desgraciadamente, parecía convertirse en un aliciente para todos aquellos decididos a conquistar mi corazón.
 
No me disgustaba reconocer que me servía de mis relaciones para romper de vez en cuando la monotonía que me embargaba a veces. El sexo nunca fue un tabú para mí y disfrutaba de él. Estaba orgullosa de mi aspecto. No había nadie a mí alrededor que se resistiera a mis encantos si yo me decidía a conquistarlo.
 
El principio de mi despertar comenzó el mismo día que me presentaron a un nuevo piloto de la compañía de vuelos comerciales donde yo trabajaba. Tuve que reconocer entonces que me resultó muy atractivo a primera vista y aún más, me sentí muy halagada cuando comenzó a perseguirme sin descanso. Muchas de mis compañeras bebían los vientos por él. Si de algo estoy segura sobre Michael es que normalmente conseguía lo que se proponía. Justo como era yo. Supe que era inevitable que acabara en mi cama, pero aún así, dejé que durante tres meses suplicara por una simple cita. La fría e impenetrable Jenny no podía dejarse conquistar sin más.
 
Michael y yo comenzamos a vernos cada vez más a menudo. Él era un caballero en todo el sentido de la palabra, capaz de hacer que cualquier mujer se sintiera como una reina. Era de esas personas con un encanto innato y muy conscientes de ello. Yo disfrutaba inmensamente de su compañía. Me hacía reír e incluso hacía que los malos recuerdos se disiparan en su presencia . Eso era algo que llegué a amar realmente de él.
 
Nuestra relación avanzaba con paso lento, más que nada porque yo seguía en mi empeño de no conceder nada de mí misma que no fuera mi cuerpo. Él parecía aceptar este hecho porque ambos sabíamos que mientras lo hiciera, lo aceptaría como parte de mi vida. Jamás me obligó a hacer nada o me instó a tomar decisiones que me molestaría tomar. No puedo recordar a nadie como él. Si pienso en las personas que pasaron por mi vida, a todas las recuerdo porque de una manera u otra al final terminaron por exasperarme.
 
No sé en qué momento Michael me convenció para acudir a una cena familiar en su casa. Él siempre hablaba de su familia como si del más preciado de los tesoros se tratara. Yo nunca había tenido eso, por lo que siempre me parecieron historias simples a las que no demostraba demasiado entusiasmo. En lo más profundo de mí ser siempre supe que no era por otra cosa más que por la envidia de lo que yo jamás podría relatar.
 
Recuerdo que era un día de verano. Desde antes de alcanzar la puerta, ya se podía percibir el rumor de dentro del enorme caserón. Me fascinó ver a tan abultada familia reunida en el salón, relajados, confidentes. Nada más entrar, Michael y yo fuimos los receptores de la atención popular e incluso de alguna que otra mirada suspicaz.
 
Al principio no la ví. Sólo tenía ojos para abarcar la escena de enorme armonía que se desplegaba ante mí. Incluso el olor que inundaba la casa era placentero, como hogareño. Un olor que por más que lo intenté, no pude encontrar similitudes con nada de lo que yo había vivido en mi infancia. Supuse que nadie que hubiera vivido lo que yo, podría hacerlo.
 
Michael se apresuró a presentarme a cada miembro de la familia, sin soltar en ningún momento mi mano. En aquellos momentos yo era posesión suya. Fui recibida con total aceptación a pesar de que ninguno de ellos me conocía lo suficiente como para saber si era merecedora de tal despliegue de confianza.
En pocos segundos descubrí varias cosas, la primera y más importante fue que la madre de Michael no sería santo de mi devoción aunque se quedara muda repentinamente y para siempre, y la segunda fue que deseé ser parte de aquella familia y no una simple invitada. Había algo allí que me hizo darme de bruces con una inesperada paz interior.
 
Michael tiró en un momento dado de mi mano para presentarme a su hermana menor, Emma. Ella estaba a un lado de la enorme mesa, atendiendo los reclamos de uno de sus sobrinos, sonriéndole dulcemente. Esa imagen me agradó en demasía y me confirmó que estaba ante una persona delicada. Me recordó inevitablemente a mi propia hermana.
 
Cuando nos presentaron y pude enfocarla directamente, lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos, de un color difícil de clasificar. No había que ser muy observador como para no pensar en ella como alguien inteligente...y diferente. Su belleza serena era indiscutible y cuando bajó la vista al suelo también me mostró con ello lo tímida que era.
 
Michael me alejaría poco después de ella, dejándome con la extraña sensación de querer intercambiar más palabras con Emma.
 
Hablamos con los diferentes miembros de la familia, casi sin tener tiempo para tomar aliento. De vez en cuando echaba rápidos vistazos hacia Emma, la única que había cautivado mi atención de los que allí estaban presentes. La ví moverse por el salón, con paso lento, intercambiando débiles conversaciones con alguna de sus hermanas hasta que desapareció. Parecía que el hecho de estar rodeada de tanta gente, aunque fuera su propia familia, la agotaba.
 
Le pregunté a Michael qué era lo que había tras la puerta por donde yo había visto salir a Emma y me informó de que se trataba del invernadero. Le consulté si podía ir a verlo y él asintió con la cabeza ausentemente, ya que su atención estaba puesta sobre todo en una extraña conversación con uno de sus cuñados.
 
Recuerdo que pensé, al adentrarme en el jardín, que parecía uno de esos sacados de los cuentos infantiles. Era casi mágico.
 
A distancia pude ver la silueta de Emma. Estaba sentada en el balancín y me pareció muy vulnerable. Me acerqué a ella y conseguí asustarla. Me disculpé y ella se aseguró de hacerme ver que mi presencia allí era bienvenida.
 
Me senté a su lado y pude sentir que estaba algo inquieta. Sólo se permitía mirarme cuando creía que yo no me daría cuenta. Sus ojos ávidos buscaban algo en mi rostro, aunque no supe bien el qué. Intercambiamos unas frases y me permití el hacerle un cumplido, pero la reacción que obtuve por él fue que huyera.
 
Descubrí entonces, ante tanta similitud, que Emma me recordaba a mi hermana perdida y que eso irremediablemente me apegaba a ella. Me parecía que era una forma de sentirme cerca de Alice.
De lo que no me di cuenta entonces fue que yo me había instalado en su corazón sin pretenderlo.
O quizás fue ella quien logró antes esa empresa.
 
Durante la cena, me convertí en el blanco de la reencarnación de Torquemada en mujer. La madre de Michael se encargó de acribillarme a preguntas, algunas de las cuales llevaban más veneno que una serpiente. En concreto hizo una apreciación que hizo que ocurriera algo inesperado: Emma salió en mi defensa con enorme decisión. Supe que aquello era algo inusual en ella cuando todo el mundo parecía mirarla como si fuera un extraterrestre con antenas verdes.
 
En mi interior se lo agradecí profundamente.
 
La noche acabó sin más incidentes, después de que entre todos se las hubiesen ingeniado para hacerme aceptar una invitación a pasar unos días en el campo.
 
Yo odiaba el campo. Había vivido mis infelices años de infancia y pubertad allí, rodeada de viñedos, de alientos a alcohol y de incomprensión. Aún me pregunto qué fue lo que definitivamente me había hecho aceptar la oferta. En otras circunstancias mi primera y última reacción inamovible hubiera sido la palabra no.
 
Me despedí de todos, e igual empeño y dedicación pusieron en despedirme como cuando me habían recibido.
 
Todos menos Emma, cuyo rostro mostraba cierta pena por mi marcha. No pude menos que sonreírle con el inmenso afecto que comenzaba ya a sentir por ella y obtuve como recompensa igual muestra. Sentí que aquella muchacha tímida y yo teníamos una conexión.
 
Cinco días más tarde me reunía con ellos en su casa de campo. Reconozco que la belleza del lugar me cautivó desde el primer momento.
 
Michael era tan considerado y atento conmigo que sabía que debía sentirme infinitamente afortunada por tenerlo. Pero no era así. Por alguna extraña razón, Michael no logró hacer que lo amara como merecía. Aún así, me dije que quizás era cuestión de tiempo. Estaba dispuesta por primera vez a explorar más allá de mi aparente frialdad.
 
Volví a encontrarme con Emma y me di cuenta de que cada vez que la tenía en mi campo de visión una cálida sensación me atravesaba como una espada. Ella tenía algo que era capaz de conmoverme hasta límites insospechados. Bien era cierto que tenía que sacarle las palabras casi forzándola a ello, pero súbitamente se creó entre nosotras un aire de confidencia que me hacía desear querer compartir con ella cosas que jamás, hasta esos momentos, me había atrevido a sacar de mi interior.
 
Emma parecía sentir todo aquello también y la forma que tenía de mirarme a veces incluso era escalofriante. Yo creía que veía en mí un modelo a seguir, que me admiraba. Jamás pensé que pudiera sentir amor. Amor puro, entregado, fiel... Y eterno.
 
Para ser sincera, lo que me era difícil de aceptar es que hubiera alguien en el mundo capaz de entregarse a otra persona con total sumisión, sin ni siquiera pedir ni esperar nada a cambio. Yo estaba acostumbrada a dar y demandar en igual proporción.
 
Me lo demostró cuando sin temor alguno me besó. No estaba preparada para aquello de ningún modo. Aún así, mis labios aceptaron los suyos durante breves momentos, aunque mi mente no dejaba de gritarme quien era ella y lo que representaba.
 
Recuerdo que le pregunté qué era exactamente lo que sentía por mí y Emma, mirándome con total sinceridad, me respondió con un simple te quiero. No había forma alguna de que yo terciara aquellas palabras, sobre todo porque sonaron desde lo más profundo de su ser.
 
Si alguna vez tuve el mínimo asomo de lo que Emma sentía por mí, creo firmemente que decidí ignorarlo. Ella entonces sólo tenía dieciocho años, demasiado joven para cualquier cosa. O eso creía. Si he de ser sincera, Emma entonces era mucho más adulta que yo en muchos aspectos, pero mi soberbia no me dejaba ver las cosas con claridad. A ella le bastó unos segundos para descubrir lo que a mí me costaría más de ocho años.
 
No quiero decir que en esos momentos la amara, porque no fue así. La veía como un ser especial, alguien con quien me encantaba compartir mis momentos, pero no era amor.
 
No sé si le respondí algo, pero estoy segura de que no fue algo coherente. Me había tomado por sorpresa y no supe entonces qué era lo que me hizo sentir. Estaba segura de que su compañía me hacía sentir especial, cómoda incluso. Aquella palabras también lograron despertarme y, echando una breve mirada hacia atrás, pude darme cuenta de que las miradas y los gestos que me regalaba eran de pura adoración.
 
Pero ella tan sólo tenía dieciocho años. Era joven, inexperta. Comenzaba a explorar su sexualidad... ¿Qué podía ofrecerle yo que no fuera confusión? Emma era tan especial para mí, que el pensamiento de hacerle daño me dolía hasta límites insospechados.
 
Durante las horas siguientes tampoco dejé de atormentarme y de hacerme sentir culpable. Era como si le hubiese robado la mitad de su vida en un instante. Fue entonces cuando tomé la decisión de alejarme con la firme convicción de que Emma era demasiado joven para saber qué era lo que deseaba realmente y que, en cualquier caso, no podía ser yo.
 
Huí de la casa en mitad de la noche, como una fugitiva, llena de vergüenza. Alejarme de Emma fue lo único a lo que le daba cierto sentido entonces.
 
Lo peor de todo, es que ella había logrado instalarse en mi corazón de forma perenne. Tardé mucho tiempo en dejar de pensar en ella, o en lo que había ocurrido. Dejé de pensarla, pero jamás la olvidé. No olvidé ni su coraje, ni su sentido de la vida fresco y lleno de energía, aunque a pocas personas ella les permitiera tener la conciencia de ello. Muchas eran las veces en las que le sonsacaba información a Michael sobre Emma. De alguna forma, me hacía sentir mejor el saber que ella estaba bien.
 
Lo mío con Michael a partir de entonces estaba destinado a fenecer. Casi un año después llegó esa confirmación, aunque para entonces ya había logrado integrarme en la familia, quienes casi me consideraban uno más. Sé que la noticia de nuestra ruptura entristeció a su madre. Increíble, lo sé, pero cierto. Pienso que quizás la madre vio de alguna forma algo de lo que Emma tanto amaba de mí.
 
El tiempo pasó inevitablemente. Creía borrado todo aquel episodio. Mi vida seguía su curso sin ningún impedimento. Pero seguía adelante sola. Aún nadie había conquistado mi impenetrable corazón.
 
 Michael, su prometida y yo estábamos tomando una agradable cena en un restaurante, (a pesar de todo siempre mantuvimos un contacto muy cercano), cuando su teléfono móvil sonó. Mi primer pensamiento fue Emma en cuanto el rostro de él se convirtió en una máscara de padecimiento.
 
Estaba segura de que no volvería a verla. Siempre dudé mucho que ella fuese capaz de perdonarme por haberla abandonado como lo hice. No hay nada peor que el sentirse abandonada. Y sé que ella se sintió desamparada y sola.
 
Michael nos informó la penosa noticia y rauda me ofrecí concienzudamente a acompañarlo al hospital... Por Emma.
 
Y lloré por Emma.
 
Y me sentí desdichada por Emma.
 
Ella había perdido su norte. Amaba a su padre como a su propia vida y más allá.
 
Cuando llegamos a la sala sólo tuve ojos para ella. Vi su silueta mientras miraba por la ventana y el corazón se me encogió cuando me di cuenta de lo mayor que se había hecho. Y de lo bella que estaba. Era imposible estarlo más a mis ojos. Ni siquiera me molesté en averiguar qué era lo que me hacía sentir así al volver a verla después de tanto tiempo.
 
Me alejé de la familia casi murmurando mis disculpas y me acerqué a lo único que parecía importarme de aquella sala. La llamé y pude observar como su espalda se tensaba al oír y reconocer mi voz. Fue necesario que pronunciara su nombre una vez más para que se girara hacia mí. La tristeza reflejada en sus ojos casi hizo que me desmayara. Sólo deseaba alcanzarla, abrazarla, darle todo lo que yo poseía si con ello lograba aliviar su pena. Pero sabía que eso sería imposible, entre otras cosas porque pude apreciar en su mirada que no me dejaría acercarme a ella.
 
Emma estaba allí, al menos su cuerpo lo estaba, pero su espíritu hacía mucho tiempo que había echado a volar. Sus ojos apagados lo demostraban con certeza. Creí que la razón era su padre, pero estaba equivocada. Perder a su padre sólo significó un paso más hacia su enclaustramiento interior.
 
Un médico rompió el trance que nos mantenía mirándonos a los ojos, cada una buscando algo en los de la otra. La confirmación de mis peores temores se hicieron realidad y Emma tomó la firme decisión de alejarse de allí. Ésa era su forma de llevar su pena: estar a solas, consumiéndose. Ella era una en sí misma y había aprendido a actuar de propia convicción sin que nada más pudiera importarle.
 
Quise seguirla, aún era demasiado pronto para dejar de verla después de tanto tiempo, pero Michael me lo impidió tomándome con fuerza del brazo. Él sabía mejor que yo que Emma necesitaba estar sola, que en aquellos instantes no necesitaba a nadie y mucho menos a mí.
 
Me quedé allí mientras el mundo casi perfecto de aquella maravillosa familia se derrumbaba ante mis pies. Sentí un dolor profundo y sincero. Lo más cercano a una familia que yo había tenido eran ellos y los amaba con toda mi alma.
 
Los días siguientes transcurrieron para mí como si fueran irreales. Acudí al sepelio y las esperanzas de encontrar a Emma allí se esfumaron tan pronto cuando llegué y ella no estaba presente. Creo que necesitaba que compartiera su dolor conmigo para de esa forma yo misma sentirme mejor.
 
Su madre me informó de que no habían tenido noticias de ella desde aquel día en el hospital y que empezaban a estar muy preocupados. Me pidió además que fuera a verla y quizás que la hiciese entrar en razón. Me extrañó que fuera yo a quien le hubiera encargado tal empresa y no a un miembro de la familia, pero aún así ni siquiera dudé un instante en hacer lo que me pedía.
 
Al día siguiente me descubrí aporreando su puerta después de tocar varias veces sin obtener respuesta alguna de su parte. Cuando la puerta se abrió y la ví casi pierdo la consciencia al ver su deplorable estado. Era un fantasma de sí misma. Tan lastimoso era, que no se podía tener en pie. La cogí al vuelo y la aferré contra mi cuerpo deseando no tener que liberarla jamás.
 
Había estado bebiendo durante tres días, sin comer nada, hundiéndose justo donde quería estar: en la nada.
 
No fueron necesarios segundos pensamientos para decidir ocuparme de ella, cuidarla, devolverle la vida de nuevo si es que estaba en mi mano. Eso ya lo había decidido sin darme cuenta desde el instante que se abrió aquella puerta ante mí.
 
Rompió a llorar dentro de la bañera, donde yo la había metido sin esfuerzo, después de mirarme a los ojos e intentó tapar su vergüenza, pero se lo impedí haciéndole ver que no había nada de lo que avergonzarse. Le hice prometer no volver a cometer semejante locura y ella accedió a mis deseos. Creo que hubiera accedido a cualquier cosa que yo le hubiese pedido. Lo que no supe era si se debía a su agónico estado o porque aún, después de todo, seguía amándome. Aunque, para ser sincera, no creía mucho en esta última posibilidad.
 
Se quedó dormida allí mismo, en mis brazos. La observé largo rato sin moverme, absorbiendo su presencia. Parecía tan frágil y tan desamparada que no pude evitar que dos lágrimas salieran de mis ojos. Quería llorar para que ella no tuviera que hacerlo.
 
Ese día me ocupé de ella lo mejor que pude, incluso le hice la cena. Cuando despertó esa noche seguía teniendo la misma expresión triste y cansada, con unas profundas ojeras bajo sus preciosos ojos. La obligué tomar la sopa que le había preparado y la miré con detenimiento mientras comía.
 
Ya había notado en el hospital que se había hecho toda una mujer... Una mujer deseable a ojos de cualquiera. Pero había perdido algo que poseía antaño, cierta luz en sus ojos. Imaginé que la muerte de su padre estaba tras toda aquella expresión triste, pero muy pronto descubriría que Emma era infeliz. Así de simple.
 
Esa noche me dejó claro con pocas palabras que me despreciaba por haber huido hacía tantos años. Me dolió descubrir que ya no era el objeto de sus deseos ni que no sentía amor por mí. Supuse que el dolor no era por otra cosa que por mi ego herido.
 
Decidí quedarme en su casa, más que nada por mi propia tranquilidad, no quería arriesgarme a que volviera a las andadas. Allí tumbadas hablamos de varias cosas y ella me preguntó si había alguien en mi vida. Yo no estaba preparada para responder, o quizás no quería hacerlo realmente. En mi vida no había nada más que esporádicas relaciones, relaciones que ya empezaban a hacerme sentir miserable. No quise decirle eso y Emma lo interpretó como una negativa a compartir mis sentimientos con ella. No la culpé, ni siquiera intenté sacarla de su error...
 
Ni siquiera sabía por dónde empezar a explicarle ciertas cosas que deseaban ser dichas.
 
El día siguiente trajo consigo más discusiones a pesar de que quería evitarlas a toda costa. Simplemente le sugerí que debía ir a la lectura del testamento y ella me miró con fiereza, casi pude palpar el odio en sus ojos. Ambas nos dimos cuenta de lo desolada que estaba su alma. Ella estaba luchando contra la nada en una batalla que sabía que perdería, aún así, seguía sin rendirse.
 
Al final optó por aceptar mi sugerencia y me prometió ir, aunque no había ninguna felicidad en sus palabras.
 
Salí de su ático con la sensación de estar huyendo otra vez. Sabía que allí quedaban muchas cosas por decir y hacer, pero Emma no estaba dispuesta a ello.
 
Para mí, se había convertido en una prioridad su bienestar. Deseé tener el poder de curar las heridas del alma para que no tuviera que sufrir más. No había podido salvar a mi hermana, pero esta vez no iba a dejar que Emma se hundiera. Estaba más que dispuesta a conseguirlo. Raras eran las ocasiones en las que yo fallaba en mis objetivos.
 
La siguiente vez que nos vimos fue casi en un calco de la vez anterior. No había podido acallar la urgencia de verla de nuevo, así que me dirigí a su apartamento por voluntad propia. Lo que vi allí hizo mi sangre bullir. Tuve que utilizar la copia de las llaves de la casa que su madre me había dado días previos para encontrarla tumbada sobre el sofá, boca abajo y totalmente borracha.
 
Había roto su promesa.
 
No podía soportar ver cómo Emma se empeñaba en destruirse a sí misma. Decidí poner todas las cartas sobre la mesa, hacerle creer que yo estaba allí en caso de que me necesitara, quería hacerle entender que cualquier dolor se puede superar...
 
Lo que entonces yo no sabía y Emma se encargó de enseñarme es que no se puede salvar a las personas que no quieren abandonar la desdicha. Ella me demostraría que no sabía otra forma de existir que no fuera aquélla. Me pregunté cómo era posible que una persona llegara a estar tan atrapada.
 
En mi afán por ayudar, compartí por primera vez con alguien lo que muchos años atrás había ocurrido con mi hermana, lo desdichada que mi vida siempre fue y Emma pareció entender e incluso compartir mi dolor como si fuera el suyo propio. Esa tarde creamos nuevos lazos en nuestra amistad con las tristes similitudes que nos acercaban aún más.
 
Comencé, por entonces, a sentir cierta necesidad de tenerla cerca, como si de repente hubiera descubierto en ella algo que me hacía sentir y experimentar nuevas cosas. Sin embargo, no quería pensar en ello, tan sólo dejarme llevar.
 
Decidí entonces compartir mi tiempo con ella, darle todo mi apoyo y mis fuerzas. Jimena parecía tener algo de sosiego cada vez que estaba en mi presencia e incluso me dio a entender que me necesitaba, aunque no se atreviera a decirlo con palabras.
 
Durante los días posteriores, pasamos varias jornadas en mutua compañía, distendida mente. Incluso salimos a cenar una noche en compañía de su hermana Janina, por quien, además, yo sabía que Emma sentía una debilidad que no profesaba al resto de sus hermanos.
 
Era lógico, Janina era alguien especial. Yo misma puedo dar fehaciente prueba de ello cuando nuestros lazos se unieron con el tiempo y ella comenzó a tratarme como una hermana.
 
Secretamente, aunque nunca le pregunté a Emma, pensé que Janina sabía algo que yo desconocía por la forma en que nos miraba a su hermana y a mí. Como si estuviese esperando algo que no acontecería nunca ante sus ojos.
 
Me pregunté si es que aquella rubia mujer podía ver más allá de nosotras, si era capaz de percibir las ligaduras invisibles que existían entre Emma y yo y que nos acercaban irremediablemente.
 
Supuse que hay cosas demasiado evidentes como para tratar de esconderlas.
Poco después partiría hacia Londres en un viaje que se me haría profundamente aburrido. Allí tuve demasiado tiempo para pensar y para sentirme culpable estando apartada de Emma, no quería ni pensar en la posibilidad de que le ocurriera algo estando yo tan lejos.
 
En Londres pasó algo muy curioso. Me di cuenta de cuánto la echaba de menos. Pero, ¿cómo era eso posible en tan poco tiempo de volver a verla? Entonces fue cuando supe que no la añoraba por aquellos pocos días que habíamos compartido, sino por los ochos años que la mantuve alejada de mí.
 
Al regresar, las ganas de volver a ver a Emma eran sobrecogedoras. Tardé muy poco en llamarla por teléfono y arreglar una velada para ambas.
 
Ella apareció radiante en mi puerta. Su rostro estaba iluminado y su sonrisas incluso parecían sinceras. Incluso yo misma me podía notar resplandeciente por el simple hecho de volver a verla.
 
Ese día en particular, Emma se mostró más nerviosa de lo habitual. Aunque lo intenté, no pude pensar en la causa de su inquietud. Supuse que si quería compartirlo conmigo, ella lo haría llegado el momento. Era inútil preguntarle algo si ella no estaba dispuesta a contarlo.
 
Llegué a pensar con temor que quizás se debía a que estaba enferma cuando la vi apenas probar su cena. La conocía y sabía de su legendario apetito. Ella se excusó diciendo que simplemente su estómago aún se resentía de los abusos de los pasados días y a mí me bastó tal excusa. Aunque no me convenció.
Emma mostró unas inusuales ganas por descubrir lo que contenía un viejo álbum que había hallado por casualidad en una de mis estanterías, lo único que quise poseer de la casa donde pasé mi infancia. No la hice sufrir mucho y le permití abrirlo. Su expresión reflejaba absoluta avidez por descubrir algo mío que sabía que muy poca gente conocía.
 
Me apoyé sobre su muslo, necesitando estar en contacto con su cuerpo de alguna forma. Hacía tiempo que simplemente me había rendido a aquellas nuevas necesidades que estaba experimentando mi cuerpo con respecto a Emma. Comencé a hablar sin descanso, sintiendo inusuales ganas de compartir con ella mis recuerdos... Supe que con nadie más había querido yo hacer tal cosa, además, parlotear sin descanso era lo único que me permitía relajar la tensión que sentía todo mi ser cada vez que mi piel rozaba la suya.
 
Emma pareció escuchar atentamente hasta que se giró hacia mí de repente y me plantó un beso en los labios.
 
Mentiría si dijese que había estado esperando tal cosa, porque realmente nunca imaginé que fuese capaz de hacerlo otra vez. No es que no lo deseara, puesto que una vez que sentí sus labios sobre los míos, comencé a notar las exigencias por satisfacer el deseo que mi cuerpo sentía. Sentía necesidad de Emma, de probar más allá.
 
De tenerla para mí sola.
 
Ella se separó y se levantó de repente, como si en ese preciso instante tuviera la certeza de que había hecho algo tan horrible que mereciera el peor de los castigos. Se alejó de mí y no se lo impedí. Ni siquiera podía moverme del sofá.
 
El porqué era muy simple.
 
De repente supe que deseaba sentir algo de lo que sentía Emma por mí. Necesitaba que compartiera sus obsesiones conmigo y hacerme partícipe de ellas. Quería amar tanto como me sentía amada por ella.
No me importaba si eso era algo que a Emma la había hecho desdichada, estaba más que dispuesta a correr ese riesgo. Su beso me había excitado, me había llenado de alguna forma.
 
Emma había logrado contagiarme su locura, había logrado que me sintiera incapaz de escapar a ella.
Durante ocho años se había empeñado en seguir sintiendo amor por mí, creyendo que yo era la persona que podría salvarla de cualquier cosa, del dolor, de la soledad o del padecimiento. Yo quería saber cómo era eso posible, quería sentir su desquiciado amor y su pasión. Eso era lo que me haría sentir viva. Estaba segura.
 
Emma veía más allá de mí, veía lo que nadie podía, con sumisión, con entrega y con esperanzas. Quizás también veía la salvación, como lo había hecho mi hermana.
 
No había forma humana que evitara que yo me adentrara y descubriera todo aquel mundo.
Al día siguiente recibí la visita de un viejo amigo con el que había tenido una breve aventura. Estaba de paso por la ciudad y me había llamado para vernos ese día. No sé muy bien por qué acepté, y menos aún por qué permití que acabáramos en mi cama.
 
Quizás quería reafirmarme o convencerme a mí misma de que Emma no era tan importante como comenzaba a creer.
 
¿Tenía miedo de ella? Creo que sí.
 
Esa tarde ocurrió algo más inesperado aún.
 
Emma apareció en mi apartamento, de imprevisto, con un aspecto que parecía que acababa de salir de una batalla. Le permití pasar sin darme cuenta de que yo sólo llevaba puesta la camisa de mi inesperado amante. Al verla en aquel deplorable estado ni siquiera se me había ocurrido pensar en ello. Tan sólo deseaba reconfortarla, porque su expresión me dejó claro que algo estaba pasando por su mente en aquellos momentos, y que simplemente me necesitaba a mí.
 
En tan sólo unos segundos se dio cuenta de lo que allí había estado pasando, incluso me di cuenta yo, hasta ese entonces demasiado concentrada en ella como para recordar donde había estado hacía tan sólo unos minutos.
 
Su reacción fue la esperada.
 
Volvió a huir de mí, esta vez demasiado enfadada como para atender a razones. Me dolió haberle hecho daño una vez más. Si había algo de cierto en todo aquello, era que jamás deseé hacerle daño bajo ningún concepto.
 
Deseaba protegerla y cuidarla simplemente porque ella me hacía sentir cosas que nadie más había logrado hacerme sentir. Nadie me había amado tan intensa y a la vez tan desinteresadamente como ella.
Y ya comenzaba a pensar que perdía algo de mí misma si no tomaba lo que me estaba ofreciendo.
 
Regresé a mi apartamento después de que Emma saliera en estampida y se metiera en el ascensor sin querer escucharme a pesar de que casi se lo estaba suplicando.
 
Despedí con inmediatez a la persona que ocupaba mi cama nada más retornar.
 
Durante los días siguientes estuve pensando en Emma. En ella y en mis deseos por ella. Pensé que quizás me llamaría. Yo no estaba acostumbrada a pedir perdón o a suplicar, así que creí que aquello era algo que Emma debía hacer y no yo.
 
Pero ella se había instalado permanentemente en mi cabeza y se negaba a abandonar incluso mis sueños...
 
¿Era aquello una especie de premonición o un aviso de que no podía dejarla escapar esta vez?
Descubrí que tomar la decisión de buscarla y hacerlo no era tan difícil después de todo. La llamé, fui a su apartamento incluso. La esperé allí durante horas hasta que se hizo evidente que no regresaría a su casa quien sabe durante cuánto tiempo.
 
No me quedó otro remedio que acudir al auxilio de su madre, quien se mostró reticente al principio. Mis súplicas consiguieron ablandar su corazón y me confesó por fin que había ido a refugiarse a la casa de campo.
 
Sólo tuve tiempo de pasar por mi apartamento y recoger algunas cosas antes de ponerme de camino en su busca.
 
Llegué bien entrada la noche y me alivió ver que una luz desde dentro de la casa confirmaba su presencia allí.
 
Llamé al timbre y me sentí curiosamente excitada y nerviosa ante la idea de verla de nuevo.
Emma abrió la puerta y tan sólo hicieron falta unos segundos para darme cuenta de que ella estaba esperando a alguien. Alguien que, por supuesto y en ningún caso, era yo.
 
Las preguntas sobre quién sería el invitado rondaron insistentemente mi cabeza.
 
Emma había invitado a cenar a su antiguo amigo de la infancia. No pude evitar recordar que aquel muchacho, ahora convertido en todo un hombre, había devorado con la mirada a la Emma que conocí con dieciocho años.
 
Era evidente que si le daba la menor oportunidad, él saltaría sobre ella sin pensarlo dos veces.
 
La cena fue de todo menos amena. Emma comenzó a comportarse de forma extraña. No es que fuera raro el que ella se comportara de forma "extraña", sino que parecía poco dispuesta esta vez a disimular tal predisposición.
 
Comenzó a mirarme, sin apartar la vista de mí y a beber cuanto podía. Tuve que tomar la drástica decisión de poner fuera de su alcance la botella de vino, a pesar de que odié ponerla en evidencia.
La cena acabó hacia la medianoche. Julian y Emma habían estado hablando hasta entonces mientras yo escuchaba cada frase con detenimiento. Saber cosas de la Emma adolescente pareció entusiasmarme en demasía.
 
Los oí despedirse y cuando Emma le prometió llamarlo, me sentí estúpidamente traicionada.
 
Intercambiamos unas agrias palabras, cosa que jamás había pretendido yo. Verla allí, negándose a mí, encarándome con fuerza, sólo hizo que mi deseo por ella creciese a cada instante como un fuego que se propaga y es imposible de controlar.
 
La deseaba, la necesitaba. La quería para mí. Sólo para mí.
 
Sabía que no tenía la culpa de que Emma se hubiera enamorado de mí tan profundamente como lo había hecho, como supe, en aquellos momentos, que ella tampoco tenía la culpa de que yo estuviera cayendo en su influjo. Pero lo estaba haciendo. Ya casi me era imposible mantenerme lejos de su cuerpo aunque no la tocara. Sólo tenerla a mi lado podía calmar mis ansias.
 
Sentada junto a mí, rompió una copa de cristal y se hirió en una mano. La curé con delicadeza y no sólo quería sanar esa herida, sino todas y cada una de las que padeciera. Incluso las de su alma.
 
Poco después me descubriría a mí misma haciéndole el amor sobre el suelo, frenéticamente. Quería demostrarle, para sentirme segura, de que jamás sería capaz de sacarme de su vida. Era algo que yo también necesitaba creer porque comenzaba a sentir lo mismo.
 
Esa misma noche también me hizo ella el amor a mí. Pero no sólo me hizo el amor, sino que me doblegó. Me abrió a un nuevo mundo de rendiciones. Lo dejé todo atrás para tan sólo desearla a ella.
 
Me costó muy poco echar abajo las ínfimas barreras que había construido contra mí. Emma era mía. Repetirme aquello una y otra vez pareció ser una nueva terapia de autoestima para mí.
 
Le hice el amor una y otra vez y en cada ocasión ella respondió con igual ardor y con igual entrega.
Y así fue como descubrí todo lo que yo era.
 
Sólo que Emma parecía no querer aceptarme en su realidad.
 
Consiguió, muy a su pesar, alejarme de ella, no sin antes confesarle el secreto más profundo que guardaba en mi alma. La desdicha propia de mi vida, la cara más amarga de mi ser.
 
Me juré no volver a ella.
 
Se suponía que el amor no sacaba lo peor de uno mismo ni atormentaba hasta límites insospechados. Creí que junto a ella las heridas sanarían por fin, las que ambas atesorábamos muy adentro.
 
Por primera vez creí seriamente que Emma había estado adorando un espejismo y que para ella el amor le era algo tan desconocido como para mí.
 
Me importó muy poco marcharme aquella fatídica noche dejando demasiado de mí misma atrás. Estaba segura de que con el tiempo lograría recuperarlo.
 
Seguí viviendo día a día con la firme intención de arrancarla de mí. Y creí seriamente que lo conseguiría. Durante todo ese tiempo me hice a la firme idea de que como antaño, lograría todo lo que me propusiera. No puedo decir que fueron tiempos fáciles porque no lo fueron, Emma seguía estando tan presente en mi vida que a veces parecía que la tenía junto a mí.
 
No recuerdo una sola noche en la que su imagen no borrara todo lo demás.
 
En una ocasión coincidimos por casualidad en un restaurante. Ella estaba con otra persona. No había que ser muy perspicaz para saber que la otra mujer que la acompañaba hacía las veces de pareja. Una sensación tan amarga como la hiel, incluso fui capaz de saborearla en la boca, me recorrió por entero. Celos... Celos profundos y rabiosos...
 
Si nunca le había dedicado un solo pensamiento, en ese momento supe que el amor y los celos van unidos. No puede haber amor sin celos, ni celos si no se ama de verdad.
 
Amaba a Emma. La amaba desesperadamente.
 
Después de aquella noche, todo volvió a comenzar desde el mismo punto. Parecía incapaz de deshacerme de su influjo. Tal vez ni siquiera quería hacerlo...
 
Cuando decidí acudir a la boda de Michael fue justo en el último instante, cuando casi había optado por no ir..., por no verla. Por entonces había tomado una drástica decisión y verla podría hacer que los cimientos de mi nueva disposición se tambaleasen.
 
El deseo pudo con el buen juicio.
 
Las cosas en la ceremonia se desbordaron y lo peor es que ya sabía que así serían en cuanto seguí a Emma hacia el invernadero. Durante toda la velada había sido tan incapaz de quitarle la vista de encima como parecía haberlo sido ella.
 
Mi única razón para alcanzarla hasta allí no había sido otra que la de saludarla, de despedirme ...
Sin saber cómo, la había aprisionado contra la pared mientras mis dedos recorrían aquella humedad que tanto habían echado de menos, como el sediento que ansía el agua. El deseo entre nosotras siempre fue demasiado evidente.
 
Sus palabras igualaron mi tono cáustico, haciéndome despertar y recordar que Emma pertenecía a otra persona. Mi autoestima me alejó de ella. Esperé que me siguiera, como siempre, pero esta vez no fue así.
Ahora, dos días después, me descubrí sentada a solas en mi apartamento... En el que pronto dejaría de ser mi apartamento, rodeada de cajas de embalar con todas mis pertenencias dentro. Me marchaba a otra ciudad, lo más lejos de allí que pudiera, con la firme intención de comenzar de nuevo, si era posible que, a aquellas alturas de mi vida, pudiera lograr tal cosa.
 
El dolor de lo que pretendía hacer era demasiado intenso como para ignorarlo, pero ya lo había decidido y no habría marcha atrás.
 
Mi amor sería capaz de desvanecerse. Igual que había parecido, tendría que irse. Si fallaba en aquella sentencia, tan sólo podía esperar un futuro incierto al final del camino.
 
Alguien golpeó mi puerta con furia y mi corazón dio un vuelco.
 
Me levanté rauda y sin molestarme en adivinar la presencia en mi puerta por la mirilla, abrí la madera. Mis temores se hicieron realidad cuando vi a Emma allí plantada, con el pelo ligeramente humedecido por la lluvia que en esos momentos caía sobre la ciudad.



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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Julenka el Jue Nov 24, 2016 5:27 am

No se como se me paso de comentar este capítulo justo el penúltimo. Me gusto mucho ver la perpectiva de Jenny, ahora entendi muchas cosas, no me gusta que sea heteroflexible. Solo espero el final y que no lastime más a emma.

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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Nov 25, 2016 5:58 pm

Hallo, aquí dejo el final de esta historia. Muchas gracias a los que leyeron y muchas más gracias a quieren se tomaron el tiempo de comentar cada capítulo, lo valoro mucho, ya que adaptar también lleva su tiempo, y sin el animo de la gente se hace difícil.


Julenka: Muchas gracias corazón por comentar cada capítulo, eres de mis lectoras favoritas si no la favorita, siempre apoyándome en las historia. Espero te guste el final. Muchos saludos y besos Smile






BELLA INALCANZABLE




Capítulo Final




Ella estaba respirando con frenesí y me pregunté si es que había tomado las escaleras en vez del ascensor.
 
– ¿Puedo pasar? –preguntó, sus ojos me miraban con fiereza.
 
Me hice a un lado sin mediar palabra y ella se adentró en mi desolado hogar. Paró en medio del pasillo y observó el estado del apartamento tomándose su tiempo.
 
– Así que es cierto... –comentó, más al aire que a mí.
 
– ¿El qué? –pregunté, aunque tenía una ligera idea de a lo que se refería.
 
– No quería creerlo cuando me lo dijo Janina, no quería... –siguió hablando para sí misma, como olvidando que yo estaba allí.
 
– Emma...
 
– Te marchas...
 
Se giró hacia mí.
 
– Sí.
 
– No hace falta todo esto, Jenny. Tan sólo tienes que pedirme que deje de molestarte y nunca más me volverás a verme. Creo que...
 
– No me voy por ti. –la interrumpí.
 
Que ella no fuera el principal motivo de mi marcha pareció sorprenderla aún más que el hecho de que estaba a punto de eclipsarme de su vida.
 
– ¿Entonces?
 
– Lo hago por mí.
 
Me miró entrecerrando los ojos. La sospecha comenzó a llenarla.
 
– ¿Has conocido a alguien? –sus mandíbulas se marcaron al apretarlas con fuerza. –¿Te vas con él?
 
– No.
 
– Necesito que me digas la verdad... –me pidió con la voz rota, como si de un momento a otro fuera a romper el llanto.
 
– Te la he dicho.
 
– Entonces, ¿por qué?
 
– Porque lo necesito. Voy a dejar mi trabajo y a comenzar una nueva vida.
 
– ¿Tanto te disgusta la que tienes? –sugirió con un tono demasiado duro.
 
– No soy feliz. Creo que es suficiente.
 
Se pasó las manos por el cabello con gesto cansado. Creo que empezaba a creer que con su visita no lograría ninguno de sus objetivos. Me pregunté cómo era sentir que a pesar de todo ibas a perder una batalla.
 
– Supongo que es porque estoy en ella, ¿verdad? –preguntó por fin.
 
– No. Me voy por muchas razones, y no voy a negarte que tú eres una de ellas...
 
– ¿Muchas razones...? ¿Pretendes engañarme a estas alturas?
 
– No te estoy engañando... –contrarresté con firmeza. Ella estaba demasiado cerca de atraparme.
 
– ¡Oh..., lo siento! –dijo con falsedad, haciendo gestos exagerados con las manos. –Se me olvidaba que la misteriosa Jenny nunca revela sus más preciados secretos...
La miré tan sólo para descubrir una pérfida sonrisa de medio lado en su rostro.
 
– Eres igual que tu madre...
 
– No es cierto. –respondió apenas sin abrir los labios.
 
– Sí lo es. Sois las dos únicas personas capaces de hacerme perder la paciencia.
 
– No le digas eso a ella o explotará esa cualidad cada vez que te vea...
 
Me froté la frente con la mano, de repente ya demasiado cansada de aquella estúpida discusión. Emma pareció entenderlo y por alguna razón decidió dejar el sarcasmo a un lado y bajar la guardia. Supongo que se dio cuenta del verdadero motivo que la había traído hasta mí nuevamente.
 
– Lo siento... –se disculpó.
 
Hice un ligero movimiento con la mano, admitiendo sus disculpas.
 
– Jenny, yo...
 
– Estoy segura de que si te pidiera que te alejaras de mí, cumplirías tu promesa... –interrumpí, sorprendiéndome hasta a mí misma. –Pero no estoy tan segura de si yo lograría hacer lo mismo con respecto a ti...
 
La expresión de Emma se alivió casi imperceptiblemente. Casi podía jurar que lo que sus ojos mostraron entonces fue un breve atisbo de esperanza.
 
– Dime qué puedo hacer. Cualquier cosa, lo que sea y te juro que lo haré si con ello evito que te marches...
 
Su voz no dejó lugar a dudas de que aquello era una súplica. Sentí que mi corazón comenzaba a flaquear.
"No, no", me insté a seguir firme. Sería tan fácil decir que sí, pero sabía que aunque desistiera de mi decisión ahora, vendría el tiempo en que volviera a tomarla.
 
– Ya estoy muy lejos de aquí, Emma. No hay nada que puedas hacer... –sentencié, dejando poco espacio para una réplica.
 
Me miró como si estuviera viendo el fin del mundo ante sus ojos. Incluso pude observar que su labio inferior temblaba ligeramente.
 
– Jenny... –se acercó a mí. –¿Tú me amas?
 
– ¿A qué viene esa preg...?
 
– Tan sólo responde. –me interrumpió.
 
No quería responderle a aquello. Así que no lo hice.
 
Emma esperó unos segundos y cuando se hizo evidente que no obtendría tan ansiada respuesta, volvió a dar unos pasos al frente, pensé que se dirigía hacia la salida y sentí una cierta desazón que me obligué a tragar con la saliva.
 
En tan sólo décimas de segundos, tenía mi espalda contra la pared y el cuerpo de Emma echado sobre el mío. Jamás imaginé que ella fuera capaz de hacer gala de tal fuerza.
 
Sus ojos buscaron algo en mi rostro... El suyo estaba tan cerca que incluso podía sentir su aliento cálido sobre mí. No me moví, esperando cual sería su próximo movimiento, pero mi corazón comenzó a latir frenéticamente. Eso era algo a lo que ya estaba acostumbrada, sólo el sentirla cerca hacía que mi presión sanguínea se disparase.
 
Emma seguía escudriñándome sin soltar una sola palabra.
 
No pude evitar abrir la boca ligeramente para intentar tomar más aire cuando sentí una de sus manos subir por mi costado lentamente. Lo más extraño fue que una vez mi cuerpo comenzó a responder autómata, Emma se separó. Comprendí entonces que tan sólo había querido comprobar algo.
 
– No puedes escapar de mí, así te pases la vida huyendo. –aquellas palabras fueron lo último que oí de ella. Fueron las palabras con más dolor que mis oídos habían podido escuchar.
 
Escuché el ruido de sus pisadas hasta que seguramente tomó el ascensor. Ya había acabado, sin embargo seguía sintiéndome tremendamente desdichada. ¿Por qué? ¿Una breve visita de Emma era capaz de trastocar todas y cada una de mis firmes disposiciones?
 
Al parecer sí.
 
Me tomó un tiempo reaccionar. Y cuando lo hice, fue tan sólo para echar a correr tras su estela. No pretendía cambiar mi decisión de alejarme, pero sí escuchar todo lo que Emma tenía que decirme. Mi amor por ella me obligaba a hacer tal cosa.
 
No esperé al ascensor y por el contrario corrí escaleras abajo. Atravesé la recepción, dejando a un estupefacto conserje atrás y salí a la calle. La lluvia por entonces era bastante intensa, aún así pude distinguir la silueta de Emma, quien casi se había metido de lleno en su coche justo en la acera de enfrente.
 
Corrí para acercarme a ella y casi logré que me atropellara en cuanto crucé la calle y me eché sobre el capó del automóvil para hacer que parara. El ruido de los frenos me hizo daño en los oídos y tuve que asirme a uno de los limpiaparabrisas para no volver a caer al suelo.
 
Algunos de los coches que se acercaban comenzaron a tocar el claxon insistentemente. Emma estaba estacionada en medio de la calzada, observándome por la luna delantera con una expresión desatinada.
En cuanto el coche estuvo parado del todo, me bajé del capó y corrí hacia la puerta del copiloto. Emma me vio entrar, sentarme y ponerme el cinturón de seguridad aún estupefacta.
 
– ¿Te has vuelto loca? –chilló. –¡Casi consigues que te mate!
 
– Vámonos de una puñetera vez... –gruñí, igualando así su propio disgusto.
 
– Jenny... –la oí decir con tono duro.
 
– Tan sólo conduce. –la insté, cambiando el tono de mi voz a uno más suave. –Da igual hacia donde...
Emma hizo lo que le ordené, esta vez sin rechistar, y condujo hacia ninguna dirección en particular. Un profundo silencio se hizo entre nosotras.
 
– No quiero que esto acabe así contigo. –comencé, sin tener ni idea de cómo hablar de todo aquello.
Emma siguió muy concentrada en la carretera, no supe con certeza si me estaba escuchando o ignoraba deliberadamente mis palabras.
 
– Sé que a pesar de todo entiendes por qué hago lo que estoy haciendo, sólo que no quieres aceptarlo... Hay algo que nos separa, Emma, no sólo por tu parte, sino también por la mía.
 
Silencio absoluto de su parte. La miré y observé su perfil, inamovible. Aún sin tener la certeza de si me estaba escuchando, seguí hablando. Por ahora no me satisfacían las pocas frases que le había dicho. Tenía que haber una forma de decir todo aquello sin tantos rodeos.
 
– El amor no puede ser esto... –proseguí, a ratos pareciendo que lo estaba leyendo de un libro por la forma en la que estaba narrando. –Nos hacemos daño... Tú pierdes el equilibrio cuando estás a mi lado, me haces comportarme de forma mezquina, me haces sentir cosas que no están bien...
 
Tragué saliva consciente que mi próxima frase sería la definitiva.
 
– Y no es lo que quiero...
 
Emma permaneció impávida. Ni siquiera hizo un leve gesto, una mueca... Ni un solo músculo de su cuerpo se movió. Siguió concentrada en la carretera, como si estuviera en trance.
 
– Me gustaría mucho que tuvieras algo que decir, pero ya veo que no es así... –solté, algo enfadada por su indiferencia.– Aunque fuera lo más estúpido del mundo... –sentencié, aunque murmurándolo para mí misma.
 
Habiendo dicho todo lo que tenía que decir y sin haber obtenido respuesta alguna, me dediqué entonces a mirar por la ventanilla. La oscuridad de la noche y la lluvia hacía imposible distinguir cualquier cosa, aún así me mantuve con el rostro pegado al cristal.
 
Supe que casi habíamos salido de la ciudad cuando reconocí entre las sombras un característico puente con una pasarela de madera. Iba a proponerle a Emma que diera la vuelta cuando la sentí parar el automóvil a un lado de la carretera.
 
Fruncí el ceño con extrañeza y un desconcierto más profundo aún me inundó cuando la vi salir fuera del coche. Salí yo también y la seguí con la mirada gracias a que el lugar estaba ligeramente iluminado por los faros del coche aún encendidos.
 
Supliqué que fueran mis ojos los que me estaban jugando una mala pasada cuando vi a Emma encaramarse en lo alto de la barandilla de madera, con la profundidad del abismo a espaldas suyas.
 
– ¡EMMA! –grité histérica cuando la realización de que quizás lo que pretendía era dejarse caer por
aquel puente me inundó.
 
Corrí hacia ella y frené en seco en cuanto alzó una mano hacia mí, instándome a quedarme donde estaba.
 
– No te acerques más... –ordenó.
 
No me moví, recelosa de que si lo hacía, mis peores temores se hicieran realidad.
 
– Baja de ahí, por favor. –dije a cambio, fingiendo una calma que en absoluto existía.
 
Ella caminó por la balaustrada manteniendo el equilibrio con ambos brazos levantados. Parecía que no había nada que le diera temor.
 
– Mírame, Jenny. –se giró hacia mí.
 
No la escuché. Ni siquiera podía mirarla. No podía obviar el hecho de que ella estaba sobre aquella balaustrada, sobre una madera aún más resbaladiza por la lluvia. Imágenes de su cuerpo cayendo al vacío inundaron mi imaginación. Sentí que me faltaba el aire.
 
– ¡BAJA DE UNA VEZ! –grité desesperada.– ¡ESTO TIENE QUE ACABAR!
 
Sólo conseguí que Emma, quien comenzaba a comportarse como una niña caprichosa, se colocara aguantando su peso casi por entero sobre las puntas de sus zapatillas.
Contuve la respiración.
 
– ¡ESCÚCHAME! –gritó, tan desesperada como lo estaba yo.
 
– De acuerdo... –gesticulé con las manos, no sé si para intentar calmarla a ella o para borrar toda aquella escena de mí como si fuera un mal sueño.
 
– Esta es mi vida sin ti... –comenzó, abriendo los brazos para abarcar su alrededor. –Sin ti estoy al borde de un precipicio, sin esperanza alguna... y sin ganas de seguir hacia delante...
 
Permanecí de pie, no me atrevía a moverme, simplemente esperaba que ella terminara de hablar, aunque tan sólo podía concentrarme en el peligro que estaba corriendo.
 
– No quiero vivir sin ti, Jenny... No puedo. No esta vez. No otra vez.
 
– Emma, por favor... –supliqué casi llorando. Tan sólo quería que bajara de allí.
 
– No he sabido demostrarte cuánto te he amado... Lo sé ahora, cuando he logrado que por fin te alejes de mí...
 
Alzó una mano para secarse el exceso de agua de sus ojos. Mis piernas flaquearon, cualquier movimiento brusco la haría caer por el puente, pero a ella parecía no importarle ese hecho.
 
Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, pidiendo ayuda a quien pudiera oírme, aún sabiendo que no había nadie a quien le importaba nuestra vida lo suficiente como para escucharme.
 
– Hazlo por mí... –dije, una vez que volví a tenerla en mi campo de visión. –Hablaremos de esto cuando y como quieras, tan sólo tienes que bajar de ahí...
 
– No lo entiendes, ¿verdad? No quiero conseguir nada de ti, Jenny. Sólo quiero mostrarte algo.
 
– Hay muchas formas de...
 
– ¿Me hubieras escuchado? –me interrumpió.
 
Ambas sabíamos la respuesta. Yo no habría cedido ante ninguna de sus súplicas. Siempre creí estar en posesión de la verdad. Ahora, había empujado a Emma a aquella situación.
 
Yo tenía la culpa...
 
– Sólo quería mostrarte que te amo. –sentenció. –Desesperadamente.
 
"Eso era todo", pensé, "todo lo que ella necesita es a ti..."
 
– ¿Tú me amas? –volvió a preguntarme.
 
A pesar de la negrura de la noche y de la intensa lluvia, estaba segura de que los ojos de Emma estaban mirando directamente hacia los míos.
 
– Sí... –dije.
 
Ella pareció sacudir la cabeza. Casi tenía la certeza de que pensaba que le decía aquello tan sólo porque quería que se apeara de la balaustrada. Me pregunté por qué demonios no se lo había dicho tan sólo media hora antes en mi apartamento.
 
– ¿Huir de mí es una muestra de amor?
 
– Supongo que no... –admití.
 
– Volveré a preguntártelo...
 
–Sí. –no la dejé acabar la frase esta vez. Estaba tan segura de la que iba a ser mi respuesta que ni siquiera necesitaba que me lo dijera una segunda vez. –Te amo más que a nada en este mundo...
 
Emma se alzó sobre las puntas de sus zapatillas, echó la cabeza hacia atrás y colocó los brazos en cruz. No pude evitar emitir un pequeño grito. Casi estaba segura de que ella se iba a dejar caer por allí. Mi corazón no podía martillear con más fuerza contra mi pecho, la desazón me inundó, el desamparo, el dolor...
 
La imagen de mi hermana muerta volvía a mí con cada pestañeo, su cuerpo bañado en su propia sangre, su rostro helado y sin vida...
 
Abrí la boca para decir algo, pero ni una sola palabra salió de ella. Tenía las cuerdas vocales completamente atoradas por el miedo.
 
– Si mi cuerpo cae ya no volverás a verme, ni a oír mi voz... –comenzó a relatar, aún con la cabeza hacia atrás. Las gotas de lluvia salpicaban en su rostro. –No volverás a oírme decirte te quiero. Mis labios ya no te besarán y mis ojos no te mirarán con todo ese amor que siento por ti. Me perderás...
 
Un instante en el cual sus palabras recorrieron el breve espacio de mis oídos a mi razón. Pestañeé cuando la impresión de ver el cuerpo de Jimena cayendo al vacío pareció convertirse en realidad.
 
Y lloré.
 
Lloré tan sólo de pensar en ello. La idea de no verla ni sentirla me empapó más aún que la lluvia. Mi vida a aquel punto necesitaba tanto de Emma que me sorprendió reconocer cuanto. La necesitaba con desesperación. Justo lo que ella ignoraba...
 
Jimena me miró entonces, supongo que porque me oyó llorar como una niña. Sentí que mis hombros se sacudían frenéticamente por el llanto, mientras seguía con la mirada fija en ella.
 
La lluvia parecía caer sobre mí aún con más inclemencia. Comencé a pensar que aquel sería otro fatídico día para mí, otro al que tardaría años en superar... Si es que podría llegar a superar el perder a Emma.
Mis lágrimas parecieron tener un nuevo efecto, parecieron ablandar su expresión y casi pude asegurar que estaba dispuesta a bajar de allí y consolarme. La vi comenzar a agacharse para depositar su cuerpo en el suelo...
 
Pero Emma resbaló en ese momento y reaccioné corriendo hacia ella con la misma velocidad con la que grité su nombre hasta hacer que mi garganta doliera. Creo que incluso antes de verla tambalear, ya había echado a correr en su dirección, como si hubiese sido capaz de adivinarlo mucho antes de que aconteciera. Lo cierto es que llegué a tiempo para que mi mano se cerrara sobre la de ella.
 
Apreté con fuerza, de repente, mis movimientos relentizados hasta casi parecer irreales.
 
Sentí su mano aferrarse a la mía, sus dedos cerrarse alrededor... Mi otra mano también viajó hasta su brazo y mis caderas pegaron con fuerza contra la barandilla por el grave tirón. Su cuerpo ya estaba ligeramente arqueado hacia atrás... Pero yo no estaba dispuesta a perder esta batalla... Cerré los ojos...
Tiré con toda la fuerza de la que fui capaz hacia delante y Emma cayó como un peso muerto sobre mí. Ambas nos estrellamos contra el suelo, conmigo de espaldas y ella sobre mí. El dolor que sentí en las piernas y en mis nalgas llevando el peso de ella me hizo emitir un grito ahogado.
 
Mi cabeza pegó contra el suelo con violencia y la de Emma se hundió en mi pecho, haciéndome expulsar todo el aire que llevaba en los pulmones.
 
En cuanto mis sentidos me avisaron de que la tenía junto a mí de nuevo y a salvo, mis brazos se movieron automáticamente para abrazarla con todas mis fuerzas. Aún quedaban los últimos vestigios de mi llanto, que fueron mitigados contra el hombro de Emma al hundir mi rostro allí.
 
– Jenny... –me llamó ella en cuanto me sintió besarla en el cuello.
 
No dije nada, en cambio tiré de su pelo para separarla de mí y la miré, apartando los cabellos húmedos de su frente como tanto me gustaba hacer. Emma parecía respirar con dificultad, como si tuviera miedo. Y supe que no era el miedo de haber estado tan cerca de la muerte, sino el temor de que aún pudiera perderme.
 
Había sido una manera poco convencional demostrarle a alguien su amor, pero no podía obviar el hecho de que se trataba de Emma y de que con ella nada podría resultar normal.
 
Y yo la amaba de esa forma.
 
Me había equivocado. Aquello era amor. No podía ser otra cosa. Nadie me amaría con aquella entrega y sinceridad... Teniéndola entonces entre los brazos creí seriamente que yo tampoco volvería a entregarle mi corazón a otra persona que no fuera Emma. En alguna parte debía estar escrito que ella era para mí y yo para ella. Había logrado abrirme los ojos... Mi deuda por ello era inmensa...
 
– Estás loca... –murmuré, cerca de su boca.
 
– Lo sé. –respondió ella.
 
– Completamente loca... –repetí, muy convencida de lo que estaba diciendo.
 
– No quiero la sensatez si eso me hace amarte menos...
 
Mi corazón dio un vuelco.
 
– No cambies nunca. –le dije con todo el amor que pude expulsar a través de mi voz.
 
– No lo haré...
 
Nuestras frases eran rápidas, ávidas de respondernos... Ambas necesitábamos de aquellas respuestas para calmar la pesadumbre.
 
La besé. Mi boca cubrió la suya con la misma hambre de siempre, sólo que esta vez aquel acto sellaba algo más importante. Acepté a Emma y a su loco amor. Acepté mi derrota ante ella. De haber huido, estaba segura de que algún día lograría adormecer mis sentimientos, pero en modo alguno conseguiría ser feliz... Aún cuando Emma me hacía desdichada, era más feliz que en cualquier parte o con cualquier otra persona.
 
La besé una y otra vez, sintiendo ganas de devorarla por entero. Sería capaz de hacerle el amor allí mismo, en medio de la nada. Ella respondió con iguales ganas, mordiendo, succionando... Pensé que había muy pocas cosas que me quedara por darle, ella lo tenía todo de mí. Se lo había ganado a pulso, y de una forma justa.
 
Entendí que aquella noche en la casa de campo me había marchado porque todo aquello me parecía inverosímil. El ardor y la entrega de Emma parecían asfixiarme, cuando lo único que podía regenerarme era eso precisamente. De las dos, la más loca siempre había sido yo, no ella.
 
Me levanté hasta quedar sentada y Emma hizo lo mismo, sentándose sobre mis muslos. La mecí en mi regazo. La abracé por la cintura, acaricié su espalda a través de la empapada ropa.
 
Ella apartó su rostro del hueco de mi garganta y me miró. Luego, se echó a reír con ganas, con la cabeza hacia atrás. La seguí, inundada por una sensación extraña.
 
Estaba sentada en medio de la nada, en plena noche oscura y tormentosa, y me sentía más feliz que en ningún otro momento que fuera capaz de recordar.
 
¿Qué en el mundo podía lograr tal cosa? Sólo el amor correspondido.
 
Un auto debió vernos tumbadas allí en medio y aparcó cerca. Un señor se apeó de él y se acercó hasta nosotras. Sé que nos preguntó por nuestro estado y lo sé porque creo que lo repitió varias veces, pero Emma y yo ni siquiera levantamos la vista hacia él una sola vez. No había nada capaz de alterar la paz que en esos momentos nos inundaba.
 
Es difícil de explicar, lo sé. Pero fue real.
 
En esos momentos me inundó una sensación de plenitud, de descanso al no tener que librar más batallas contra ella. Estaba demasiado cansada para seguir luchando, como lo había hecho toda la vida. Emma era la única cura que necesitaba para sanar mis heridas y yo era lo único que ella necesitaba para su estabilidad.
 
Ella se separó de mí entonces y me miró fijamente, secándome las lágrimas con el dorso de su mano.
 
– Jamás volveré a hacerte llorar... –me prometió.
 
Mi bella Emma cumpliría su promesa.
 


Fin......................................................................................................................................................................






Y así llega al final esta historia, espero haya sido de su agrado,seguiré subiendo historia de ellas y también sumaré a mi listas de parejas a una nueva, muchos conocerán la serie Carmilla, bueno empezaré historias con ellas Carmilla y Laura y las personas que las interpretan, y por supuesto mis Jemma, por que mi objetivo es hacer de este un foro abierto a la literatura lesbica y no solo hacer cosas de un fandom. El leer y ser diverso es hermoso así que de mi parte tendrán lo mencionado. Saludos y gracias Very Happy I love you
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Lun Nov 28, 2016 11:40 am

Perdida por tanto tiempo, agradecida por esta hermosa adaptación. Thankyou!!! cheers
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Re: BELLA INALCANZABLE

Mensaje por Aleinads el Lun Nov 28, 2016 11:58 am

Feliz y a la vez triste... Que bella historia *-* la amé de principio a fin. Gracias por adaptarla, te espero pronto con mas historias Very Happy Very Happy
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Re: BELLA INALCANZABLE

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