13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Corsca45 el Jue Dic 11, 2014 11:41 pm

Y la conti
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Corsca45

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por DerujKum el Dom Dic 21, 2014 5:46 pm

Capítulo XV. Un mes más tarde



Lena estuvo de pie en el vestíbulo delantero de la casa de los padres de Julia como su amante sacándolas de su noche inaugural como una pareja con su familia. La cena había terminado, la conversación había sido forzada, y Lena estaba lista para escapar.

-Gracias a ambas por venir- Dijo el padre de Julia. Oleg Volkov era un hombre alto con un porte reservado que le hizo mirar suavemente en el dolor.
-Gracias por habernos invitado- Julia dio a su madre un abrazo rápido, torpe -Fue una gran cena, mamá-
-Me alegro que te haya gustado- Larissa Volkova dirigió una sonrisa cautelosa llena de esperanza en Lena. Era una mujer delgada con el pelo castaño oscuro largo hasta los hombros.
-Fue maravilloso, señora Volkova- Oleg Volkov llevó una sonrisa amplia y nerviosa, como la mirada fija que iba de Julia a Lena.
-Fue muy agradable conocerla, señorita-
-Sí, lo fue- Estuvo de acuerdo Iván desde el marco de puerta de la sala de estar -Es muy bueno conocer finalmente a la novia de Julia- Le dio una sonrisa perezosa a Lena, quien se preguntó si había imaginado su énfasis en la palabra "novia".

Para la familia de Julia, su participación con cualquiera era obviamente un concepto nuevo, sin mencionar su participación con alguien del mismo sexo. Lena resistió otra valoración persistente de sus ojos hambrientos. Si él no fuera el hermano menor de Julia, le habría reducido probablemente con un comentario cortante poniendo en duda su virilidad. Toda la noche había sentido ser el punto de mira, y podía sentir la inquietud de Julia de que ambas estaban bajo un microscopio. Lena no estaba sorprendida por el intenso escrutinio y no sentía que la familia Volkov tuvo una visión negativa de ella, o de Julia. Tenía que ser raro para ellos ver a su hija en una luz completamente diferente. Lena sonrió en torno a los tres, tratando de reunir la confianza que siempre había tenido en el escenario. Deslumbrante, cachonda.

-Vamos a tener que hacer esto de nuevo en poco tiempo- Lo decía en serio. Podía ver por qué Julia quería evitar ocasiones de familia difíciles, pero Lena sospechó que los Volkov se enfriarían si los visitaran con regularidad. Oleg le sonrió.
-Tienes razón, tenemos que hacerlo- Tiró de Julia en un abrazo con fuerza -¿Qué te parece, pastel de mora?- Lena luchó para no reírse tontamente del apodo, o del modo que las mejillas de Julia se inundaron de color rojo brillante. Cuando la pelinegra se retiró del abrazo, dijo:
-Me parece bien, papá- Tomó la mano de Lena pero no consiguieron más de dos pasos hacia la puerta principal antes de que Iván se acercara a Julia con una sonrisa pícara. Tirando de ella en un abrazo fuerte, desequilibrándola por un momento, gruñó.
-Es bueno verte de nuevo, hermanita- Dio un paso atrás y se movió para atrapar a Lena en un abrazo similar. “Oh, te encantaría, ¿no es cierto, amigo?” pensó Lena, resistiendo al impulso de encogerse lejos. Dejó escapar un suspiro de alivio cuando sintió el brazo de Julia alrededor de su cintura. Iván dio a su hermana una mirada de complicidad y se acercó a su oído, murmurando: -No hagas nada que yo no haría-
-Demasiado tarde- Susurró Julia, suficientemente bajo para que sus padres no pudieran oír. Dio un paso más allá de su hermano y deseó a cada uno buenas noches.
-Gracias de nuevo, señora Volkova- Dijo Lena cuando salieron por la puerta principal.
-¿Llámeme Larissa, de acuerdo?- Su sonrisa era genuinamente cálida, pero Lena descubrió una ansiedad persistente. Sintió que Larissa Volkova estaba tan liberada como Julia de que la noche llegara a su fin.
-Nos vemos pronto, Larissa- Dijo y sintió a Julia ligeramente tensa.

Oleg y Larissa se quedaron al lado de la puerta de entrada para verlas subir al coche. Cuando Lena se subió al asiento del copiloto, Julia la recibió con un suspiro de cansancio.

-¿Cuánto de malo ha sido?-
-Bueno, todavía estoy loca por ti. Así que supongo que no ha sido demasiado malo-
-¿Y mi hermano?- Julia dio a Lena una sonrisa irónica, ataron sus cinturones de seguridad.
-Siento que es un tipo tan…- Consciente de que los padres de Julia seguían observando, Lena se las arregló para no inclinarse y besarla allí mismo -Está bien- Dijo –La novedad pasará pronto, no te preocupes-
-Será lo mejor- Julia arrancó el coche con un resoplido de mal humor -Quise golpearlo aproximadamente cuarenta y ocho veces esta noche-
-Pero sólo lo agarré contemplando mis senos cuarenta y seis veces- Julia refunfuñó y salió a la calzada -Estoy bromeando- Lena curvó los dedos alrededor de la parte posterior del cuello de Julia, dándole un apretón sensible -Han sido treinta y ocho veces-
-Lena-
-Pero los hombres miran mis senos todo el tiempo- Y pagaban por la oportunidad, un hecho que no dijo, sabiendo que Julia prefería no recordarlo. Iván podría haber sido un poco escalofriante, pero no había nada siniestro sobre sus ojos errantes. Era sólo prisionero de sus hormonas como cualquier otro varón de veintitrés años.
-¿Estás tratando de hacerme sentir mejor?-
-¿Está funcionando?-
-No, en absoluto. Estoy celosa-

No, pensó. Lo había admitido. Toda la noche había estado luchando con sentimientos de celos irracionales cada vez que agarró a Iván comiéndose con los ojos a Lena. Sabía que el chico era sólo su hermano “dolor en el culo” menor, sin duda trató de ponerse en su lugar. Y funcionó, pero en una medida que sorprendió a Julia. Cuando pensaba en Iván o cualquier otro hombre mirando a Lena como si fuera una especie de objeto sexual, la hacía hervir la sangre. Dios, realmente deseaba que Lena no siguiera bailando en ese club.

Sonriendo, Lena se inclinó para descansar a su cabeza en el hombro de Julia. El fuego de la voz de la morena la sorprendió, y sintió que la emoción que vio era sobre algo más que sólo Iván. Julia realmente estaba celosa, y sobre una cosa tan tonta. Aunque la morena siempre tuviera cuidado con sus palabras, Lena sabía que lamentaba pensar en hombres pagando por ver su cuerpo. Normalmente ese tipo de sentido protector la irritaba, pero se encontró que con Julia, tenía el extraño efecto de ser todo lo contrario. El saber que Julia sentía tanto por ella era un poderoso afrodisíaco, y también un consuelo. Contempló las casas que pasan, en la vecindad donde su amante había crecido, la idea la hizo sentir calor en el interior.

-Tus padres están muy bien-
-Creo que realmente les gustaste- Comentó Julia.
-¿Sí?-
-Oh, sí- Quitó una mano del volante y la apoyó en el muslo pecoso -Sé que puede haber sido difícil notarlo, con aquellas sonrisas congeladas en sus caras…-
-No fueron tan malos- Protestó Lena -Me quedé muy impresionada, la verdad. Fueron sorprendentemente abiertos, dado que acabas de salir ante ellos, ¿sabes? Me di cuenta de lo que realmente estaban tratando-
-Bueno, incluso más allá del hecho de que eres básicamente, la persona más increíble del mundo-
-Eso es evidente- Interrumpió Lena. Se sentó y mostró sus dientes a la morena, quien le hizo un gesto indulgente.
-Francamente, creo que mis padres están tan felices porque finalmente llevé a alguien a casa, que el hecho de que es una mujer casi no les molesta- Julia miró por el parabrisas, observando cómo el tráfico se fusionaba en la autopista -Probablemente pensaron que iba a estar sola para el resto de mi vida-

El corazón de Lena palpitó cuando volcó las palabras. Tantas posibilidades bailaron por su cabeza. Julia rara vez hablaba sobre el futuro, y cuando lo hacía parecía cautelosa. Lena no tenía ningún problema imaginándose juntas para el resto de su vida, pero Julia no parecía pensar mucho más allá de la próxima vez que hicieran el amor. Sin embargo, su comentario aumentó las esperanzas de Lena. Tal vez estaba empezando a dar paso a sus más profundos sueños, y tal vez incluyera a Lena. Se obligó a calmarse, recordándose que estaba contenta con moverse al ritmo de la pelinegra. Aclarándose la garganta, dijo:

-Yo no puedo imaginar que pensaran que nunca tendrías una pareja. Ellos deben saber que eres una mujer increíble-
-No como tú lo haces, créeme-
-Me alegro de haberles gustado, de todas formas- Dijo Lena -También me han gustado- Hizo una pausa -Y me gusta su hija-
-Suerte para ella-
-Tienes razón. No lo olvides-
-Te has ganado que no me lo permita, querida- Murmuró Julia. Alargó la mano y recorrió con los dedos a lo largo de la mandíbula de Lena -Como si pudiera olvidar, de todos modos, cuando pienso en lo maravilloso que mi vida se ha hecho cada día- Lena se apoyó en el lado de Julia, abrazándola de cerca.
-Maldita sea, eres tan buena-
-Gracias- Julia plantó un beso en la parte superior de la cabeza pelirroja -¿Tu casa o la mía esta noche, cariño?- Lena suspiró.
-La mía, creo. Isis tiene mal humor cuando me quedo fuera demasiado tiempo-
-No queremos a Isis de mal humor- Dijo Julia. Lena presionó su cara en el cuello moreno e inhaló.
-Está acostumbrada a tenerme alrededor del piso todo el día. Si no paso el tiempo con ella este fin de semana, probablemente embalará sus bolsos y se mudará-
-Pobre bebé- Murmuró Julia - Sin embargo, no puedo culparla. Yo también te extraño mucho si no nos vemos-
-Nos hemos podido ver todas las noches esta semana-
-Sí, pero...- Julia dudó –Te extraño cuando no estás conmigo. Durante el día, ya sabes. Y por la noche. Todo el tiempo, en realidad- Ella no podría ser más dulce si lo intentara. Lena la besó en la mejilla. La piel morena se sintió caliente bajo sus labios, engañando la timidez de Julia.
-¿Qué quieres hacer esta noche?-
-Podríamos alquilar una película- Julia le tocó la cara interna del muslo, lo que desencadenó una ola de excitación en el cuerpo de Lena -¿Hay algo que quieras ver?- Lena tuvo un momento de pura inspiración.
-En realidad, yo estaba pensando que podíamos hacer algo más esta noche- Movió la mano al muslo de Julia, luego se deslizó sobre el dril de algodón caliente para remontar con la yema de los dedos a lo largo de la costura que estaba entre sus piernas.
-¿Qué piensas?- Podía oír la captura en la respiración de Julia -Creo que vamos a hacer lo que quieras. Cualquier cosa que quieras- Exactamente lo que estaba pensando Lena escamoteó el centro lleno de vapor de Julia, presionó en él cuando susurró con pasión en un oído delicado.
-Tengo tres fantasías. ¿Quieres que te cuente acerca de una de ellas?-
-¿Tres fantasías?- Julia tembló y exhaló, apretando su agarre en el volante. Cambió un poco su posición sobre el asiento, aliviando sus muslos aparte para hacer sitio a la mano ocupada de Lena.
-Sí-
-¿Has estado pensando en ello o estas fantasías son espontáneas?-
-He estado pensando un poco- Mintió. Todo el tiempo, de hecho. Trató de decidirse cuál de sus muchas ideas mencionar primero. Y como exactamente hacerlo. Julia volvió a mirar a Lena, de repente seria.
-¿Sabes lo mucho que me gusta que podamos hablar sobre el sexo de esta manera?- Lena sonrió abiertamente.
-A mí también- Dudó un momento, tomando una decisión, luego dijo: -Esta es realmente sucia-
-Ooh- Julia cambió, y Lena siguió frotándola suavemente.
-¿Una fantasía sucia?- Lena vio la mirada encantada en el rostro de Julia.
-Pareces entusiasmada por el lado sórdido de mi imaginación- Apretó a través de los pantalones vaqueros.
-No hay nada malo en ello-
-No, no hay- Coincidió Lena. Mordía su labio, encendida desmesuradamente en el pensamiento de compartir esta fantasía particular con su amante. Sobre todo sabiendo que iba a tratar de cumplirla -No tienes idea de lo mucho que me gusta saber que quieres hacer esto conmigo-
-Lena, no hay nada particularmente dulce o noble sobre mi deseo de tener sexo caliente con una mujer bella. Sobre todo cuando resulto encontrarla completamente adorable- Más de un mes con ella, y Lena no estaba cerca de cansarse de oír las declaraciones cada vez más tiernas de Julia. Y sospechaba que nunca lo estaría.
-Quiero que... seas dura conmigo- Durante mucho tiempo, Julia no dijo nada. Tiró en su intermitente y salió de la carretera cerca del piso de Lena, ateniéndose al límite de velocidad a medida que las condujo por el barrio. Cuando habló, su voz era ronca.
-¿Ser dura contigo cómo, bebé?-
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por xlaudik el Jue Ene 08, 2015 8:21 am

No tardes xfa!!! :-D
Está en lo mejor!!! Jajajajaja :-P
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Lena's wife el Vie Feb 20, 2015 11:51 pm

Por favor! Cuando habra conti de este fic? me encanta, no lo dejes inconcluso, te lo suplico

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Mayo 28, 2015 7:45 pm

Hola a todas , soy Lenokvolk y soy una de las moderadoras de este foro. Escribo en esta historia porque quiero contarles a tod@s que yo continuaré esta historia ya que la chica que lo estaba publicando "DerejKum no pudo, no podra Continuar haciendolo por falta de tiempo y asuntos personales, y como la verdad no quiero que esta historia quede abandonada y ya que tengo la posibilidad de continuarla me ofreci para hacerlo; se lo frustante que es leer algo y que de la noche a la mañana no la sigan, asi que bueno, espero contar con su apoyo y que les guste los capitulos que posteare hasta el final de la historia. Sin mas muchas gracias. Very Happy flower Cool
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Yamdaz el Jue Mayo 28, 2015 9:21 pm

Genial

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Aleinads el Vie Ago 14, 2015 8:09 pm

Holy mother of God, tengo que ver la continuación... Una historia no puede quedar así de intensa y BUENA sin una continuación Prontooooooo!!!!!!! bounce cheers
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por flakita volkatina el Mar Ago 18, 2015 4:56 pm

Ansio q puedas subir conti pronto LenokVolk
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Ago 21, 2015 9:31 pm

Hola, Sé que muchos de ustedes seguian este Fan Fic adaptado que posteaba Derujkum. Por algunos asuntos de índole personal Derujkum no podrá continuar adaptando esta historia, de hecho la misma estaba bastante abandonada, así que con la autorización de ella, eh decidido continuar adaptando la historia, o más bien de lo que resta de ella hasta el final. A partir de hoy comenzaré a subir la continuación de “13 HORAS.” Quienes la estaban leyendo, tendrán nuevos capítulos, y quienes no la leyeron aún, quizás puedan comenzar a hacerlo, si así lo desean.
Espero este Fan Fic siga siendo de su agrado. Very Happy



   Capítulo XVI. Un poco peligroso



Lena abrió la puerta de su apartamento y dejó pasar a Yulia. Cuando entró, respiró hondo para calmar los nervios.
—¿Recuerdas la noche que nos conocimos? —preguntó, mientras seguía a Lena a la cocina, con Isis ronroneando en brazos.
Yulia sonrió. Era una pregunta tonta.
—Pues claro.
—Te conté… algunas cosas que me gustaban. —Lena se cambió a Isis de brazo y abrió el frigorífico—. De sexo duro.
—¿Los azotes?

La voz de Yulia sonó entrecortada y Lena se estremeció de deseo. Asintió.
—Eso es parte, sí. —Lena le pasó una botella de cerveza a la pelinegra antes de proseguir—. Quiero que me azotes y me digas obscenidades. Quiero que tomes el control. Que me ates a la cama.
—Nena…
Yulia exhaló un suspiro y se peleó unos segundos con el tapón de la botella. No le disgustaba darle un palmetazo en el culo a Lena cuando la tomaba por detrás, pero eso era lo máximo a lo que habían llegado sus juegos hasta el momento. La pelirroja la observó con atención.
—Sé que hemos hecho nuestros pinitos en la cama… algunas veces. A veces me da la impresión de que te gustaría mucho dominarme. ¿Hay alguna razón por la que nunca hayas ido más lejos?
Yulia negó con la cabeza.
—No —susurró—. Es decir, la idea me pone. Mucho. Pero supongo que…
—¿Qué?
Lena besó a Isis en el lomo y la dejó en el suelo.
—La oigo ronronear desde aquí —comentó Yulia, aunque sabía que solo estaba ganando tiempo.
No estaba lista para explicarse.
—¿Qué puedo decir? —dijo Lena con suavidad—. Se alegra de verme.
Yulia dio un trago de cerveza. Verdaderamente lo necesitaba.
—Creo que yo también ronroneo a veces, cuando te veo.
—Sí que lo haces. —Lena avanzó hacia Yulia y le pasó la uña por la entrepierna—. No has respondido a mi pregunta.
Yulia notó la garganta seca al hablar.
—Esperaba que me lo pidieras. No sabía cómo empezarlo y…
—¿Y qué, cariño?
—Supongo que me daba miedo hacerte daño —musitó Yulia en tono de preocupación—. Yo también tengo fantasías, pero…
—No me harás daño —le dijo Lena.
Era un hecho innegable, una certeza que residía en el fondo de su corazón.
—Quieres que te abofetee —murmuró Yulia—. Quieres que te inmovilice y sea dura contigo.
¿Cómo puedes estar tan segura de que no te haré daño?
Lena sacó la mano de la entrepierna de Yulia y se la puso en la rodilla.
—Porque, instintivamente, eres una persona muy tierna y no creo que fueras más allá del placer. Yulia pestañeó y desvió la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que el objetivo es que haga un poco de daño. Pero no es dolor, sino el tipo de dolor que está justo en el borde del placer. Es dolor bueno. Cuando digo que quiero que me azotes, es
que quiero que me azotes de verdad. —Aunque se sentía más segura hablando de aquellos temas que su compañera, Lena notó que se le encendían las mejillas al confesarle aquello—. Y quiero que me folles duro. Quiero que… me digas cosas desagradables.
—Nunca he ido duro con nadie antes. ¿Y si lo hago mal?
—Por eso tendremos una palabra de seguridad, cariño.
Entre la inexperiencia de Yulia y el poco tiempo que llevaban como pareja, Lena sabía que era esencial que tuvieran una palabra de seguridad. Todavía estaban aprendiendo los límites de cada una.
—¿Una palabra de seguridad? ¿Como «para ya, zorra estúpida»?
Lena estalló en carcajadas y le acarició la cara a Yulia.
—No. Nuestra palabra de seguridad tendría que ser algo que nunca diríamos durante el sexo. No puede ser nada parecido a «para» o «no». —Lena giró la cabeza para que Yulia la viera sonreír—.Cuando se juega de esa manera, podríamos confundirnos con esas palabras.
Yulia tragó saliva, nerviosa.
—¿Qué te parece «mercurio»?
—¿Mercurio? ¿De dónde te has sacado eso?
Yulia intentó hallar una respuesta. Sencillamente, era lo primero que se le había ocurrido. No estaba muy segura de si aquello decía mucho de ella o no.
—Nunca se me ocurriría decir eso mientras echo un polvo. ¿Y a ti?
—«Mercurio», pues.
Yulia se relajó un poco, como si se sintiera aliviada de haber aclarado, al menos, aquel detalle.
Lena esperó a que Yulia aclarara sus pensamientos antes de volver a hablar.
—¿Y podrías darme una idea? —le preguntó la pelinegra tras un momento de duda—. Quiero decir, ¿qué tipo de cosas hacemos en tus fantasías?
Lena inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Has tenido este tipo de fantasías alguna vez? ¿Sobre dominarme?
—Sí —murmuró Yulia—. Desde el ascensor, la verdad. Y, bueno, siempre me han gustado ese tipo de historias y películas… Siempre me he imaginado…
«Lo sabía —sonrió la pelirroja—, mi niña es igual de pervertida que yo.»
Le cogió la mano a Yulia.
—¿Entonces quieres que te cuente mi fantasía?
Con una sonrisa de anticipación, Yulia contestó:
—Por favor.
—Vale, pues supongo que empieza con… bueno, estás enfadada conmigo por algo.
Enseguida, Yulia se mostró sorprendida.
—¿Por qué iba a estar enfadada contigo?
Todavía enredada en los detalles, Lena se encogió de hombros.
—No lo sé, cariño. Eso no importa mucho en la fantasía.
—Pero es que no puedo ni imaginarme estar enfadada contigo.
—Finge que te interrumpí cuando estabas intentando redactar una propuesta para hacerte un lapdance —sugirió Lena—. La primera vez funcionó.
—La verdad, no me parece que sea sexy comportarme como una idiota y no sé si podría volver a ser tan desagradable contigo.
Lena reprimió un suspiro y le dio un apretón en la mano.
—Yul, nena… no es que estés furiosa conmigo en la fantasía. Es más como si… estuvieras decepcionada. O me riñeras. No sé por qué exactamente. Lo importante es que quieres castigarme por algo.
—Ah.
Yulia asintió con más seguridad. De eso se trataba en las fantasías, se recordó. Cuando imaginaba que se tiraba a Lena en una celda de prisión, no intentaba buscar la razón de que estuvieran encarceladas.
—De acuerdo, así que tengo que castigarte.
Aquellas palabras hicieron que a la pelirroja se le pusiera la piel de gallina.
«Oh, sí, nena. Castígame.»
Lena trató de mantener la compostura para sonar natural y que Yulia pudiera procesar la información sin sentirse acorralada. Lena solo deseaba poner en práctica su fantasía si la pelinegra estaba completamente de acuerdo.
—Entonces, me pones sobre tus rodillas…
Yulia dejó escapar un gemido agudo.
—Oh, Dios mío.
—¿Demasiado morboso?
«Por favor, no digas que es demasiado morboso.»
—Demasiado perfecto —le dijo Yulia con voz ronca—. Creo que eres demasiado perfecta para mí. —Miró a Lena a los ojos—. Y creo que estoy más que lista para entrar en el terreno de la perversión.
Lena le tocó un pecho sobre la camiseta. Ya tenía los pezones duros y se le marcaban bajo la fina tela.
—¿Así que quieres ponerme sobre tus rodillas?
—Si el hecho de que esté chorreando es alguna prueba, sí.
Más confiada, Lena continuó.
—Me azotas, muy fuerte, hasta que me retuerzo en tu regazo.
—¿Con la mano o con alguna otra cosa?
Yulia se acercó más a Lena, que seguía pellizcándole el pezón. No podía creer que estuviera hablando de dominar a alguien en voz alta. En Internet ya se había hecho a la idea de que le gustaría dominar a otra mujer, pero sus visitas a las webs de BDSM eran su secreto más sucio. Pensar en poner sus fantasías en práctica en la vida real casi era demasiado para ella.
Lena le pasó la otra mano por el pelo y le acarició los mechones oscuros sin dejar de mirarla a los ojos, cuyas pupilas estaban ya significativamente dilatadas. El deseo descarnado de Yulia era evidente en sus profundidades.
—Con la mano sería muy sexy. O con una pala si me decido a comprar una…
—Tengo la dirección de Internet de una tienda de juguetes sexuales online muy buena —jadeó Yulia.
Había estado explorándola durante las últimas semanas y se había imaginado todo lo que Lena y ella podían hacer juntas.
—¡Serás friki! —Lena la besó impulsivamente en la nariz—. Esta noche será genial que lo hagas con la mano.
Yulia se estremeció.
—¿Y qué pasa después de que te azote? ¿Cuándo paro?
—Me azotas hasta que se me queda el culo rojo y dolorido —dijo la pelirroja en voz baja, muy consciente del efecto que tenían sus palabras en Yulia—. Entonces me metes la mano entre las piernas y te das cuenta de que estoy muy mojada.
—¿Estás muy mojada porque te he azotado?
A juzgar por el tono de Yulia, esta ya había quedado atrapada en la fantasía.
—Sí. Y decides que eso me convierte en una chica muy muy mala. —Volvió a bajar la mano y le tomó un pecho a Yulia. Notaba el latido de su corazón, y el pezón que tenía bajo la palma estaba duro
como una piedra—. Así que me dices y me demuestras lo mala que he sido.
Durante un instante, Yulia se quedó en completo silencio, con la boca abierta. Carraspeó, se humedeció los labios y cabeceó, como para aclarar sus pensamientos.
—Pareces nerviosa, cariño.
La pelinegra negó con la cabeza.
—No, solo estoy tan cachonda que me duele por dentro.
—¿Sí?
—Oh, sí.
Yulia cubrió la mano de Lena con la suya y apretó para añadir presión sobre su pecho.
—No quiero que pienses que solo tú vas a vivir una fantasía.
—¿Todavía te preocupa hacerme daño? —le preguntó Lena.
—Como siempre, me preocupo por muchas cosas a la vez.
—¿Y qué más te preocupa?
—Espero ser capaz de hacer mi papel —confesó Yulia—. Espero poder estar seria. Me temo que me sentiré muy ridícula.
—Si nos reímos un par de veces, no será el fin del mundo —la tranquilizó Lena, pasándole el brazo por la cintura—. Se supone que el sexo tiene que ser divertido. Esto no es un examen, es hacer el amor.
Yulia relajó los hombros y dejó la botella en el mármol.
—Vale, guay.
—Probamos y ya veremos cómo va —propuso Lena—. Sin presiones.
—Sin presiones —repitió Yulia—. De acuerdo.
Lena sintió que su amante necesitaba que le fuera dando instrucciones para sentirse segura. De aquella manera sería más fácil. Se acercó a Yulia, se apretó contra su cuerpo y le acercó los labios al oído.
—Esta noche estoy muy cachonda y nada de lo que me hagas me va a parecer ridículo.
—Cachonda, ¿eh?
Yulia le agarró el trasero con fuerza y Lena notó que le hervía la sangre al ser tratada con tanta brusquedad. Le hundió el rostro en el cuello.
—Y confío en ti lo bastante como para demostrarte lo cachonda que puedo estar contigo.
Unas manos cálidas se deslizaron bajo la camiseta de Lena y le escalaron la espalda hasta alcanzar los tirantes del sujetador.
—Tengo mucha suerte de tener una novia a la que le guste tanto el sexo —murmuró Yulia.
—Y a la que, además, se le da tan bien —le recordó Yulia.
—Por supuesto. —Yulia le dio un beso profundo y húmedo y la soltó tras darle una palmadita en el trasero—. ¿Por qué no te preparas para irnos a la cama? Yo apago las luces y cierro la puerta.
También me aseguraré de ponerle de comer a Isis.
Traducción: «Necesita un minuto a solas para prepararse».
Lena la dejó con una sonrisa en los labios.
—No tardes.
—Lo prometo.
Lena mantuvo la calma hasta que estuvo en su habitación. Por fin a puerta cerrada, saltó sobre la cama.
«joder…»
Inspiró y expiró repetidas veces, con la mano sobre su desbocado corazón. Hacía años que tenía aquella fantasía pero nunca la había llevado hasta el final con sus amantes anteriores. Con Lindsey había estado cerca, pero nunca había habido suficiente confianza entre ellas como para soltarse del todo. Yulia la hacía sentir segura y querida, y por lo tanto se sentía capaz de sacar su lado más oscuro.
Esperaba que Yulia confiara en ella de la misma manera.
Lena se puso de pie y fue al armario. Se preguntaba qué debía ponerse. Abrió el cajón de la ropa interior y sopesó sus opciones. Tenía el conjunto negro de encaje que tanto le gustaba a Yulia. O quizá sería mejor algo más inocente… ¿lencería blanca de muñequita? No estaba segura de la imagen que quería proyectar: chica mala y zorrita pervertida. Las dos tenían su encanto.
Lena se desabrochó los tejanos y se los quitó mientras revolvía en el cajón. Después se quitó la camiseta y el sujetador. Se quedó de pie con sus bragas azul claro, tiritando y con los pezones todavía más duros por culpa del frío que hacía en su apartamento.
«Joder, qué caliente estoy.»
Se tomó un momento para meterse la mano en las bragas y, con las piernas separadas, acariciarse los pliegues húmedos. Respiró por la nariz, apoyó una mano en el armario y empezó a tocarse.
La puerta de la habitación se abrió a su espalda.
—¿Qué haces?
Lena se sobresaltó al oír a Yulia. Se volvió y le sonrió avergonzada, con la mano todavía en las braguitas.
—Yo…
Yulia atravesó la habitación en cuatro largas zancadas. Agarró a Lena de la muñeca con tanta fuerza que resultó doloroso, y le sacó la mano de las bragas sin miramientos.
—¿Te he dicho yo que podías empezar sin mí?
Su voz sonó gélida, seria, aunque en sus ojos brillaba un afecto profundo. Le soltó la muñeca para agarrarle el brazo y, aunque esta vez no la apretó con tanta fuerza, seguía siendo más brusca de lo que había sido nunca con su amante.
El juego había comenzado.
Lena se percató de que Yulia esperaba que le diera algún tipo de indicación, así que negó con la cabeza con cautela.
—Lo siento.
—¿Es que no puedes tener la mano fuera de las bragas ni un minuto?
La pelirroja se estremeció cuando  Yulia supo sintonizar con su deseo de que la hiciera sentir como una niña mala.
—Solo quería ver…
—¿El qué? —la cortó Yulia—. ¿Si tenías el coño lo suficientemente mojado para mí?
A sabiendas de que Yulia no le permitiría responder, Lena se limitó a asentir. Flexionó el brazo que retenía Yulia, para comprobar con cuánta fuerza la agarraba. Yulia se le acercó y le siseó al oído.
—Ese coño es mío y no te he dado permiso para tocarlo.
Guau, era muy buena. Deseosa de aprovechar una última oportunidad para animar a Yulia, Lena le susurró:
—Esto es perfecto.
La mirada de Yulia se tocó de placer y a continuación se tornó impenetrable. En un abrir y cerrar de ojos volvió a adoptar el papel de ama estricta de la fantasía, justo como Lena siempre había sabido que pasaría.
—Quiero que te disculpes, Lena.
La pelirroja se mordió el labio, consciente de lo desnuda que estaba. El brazo tenso de Yulia le rozó el pecho desnudo.
—Lo siento —dijo, con completa sumisión.
Yulia negó con la cabeza.
—No me vale. No me lo trago.
—¿No? —Lena soltó una risita de incredulidad—. ¿Y qué tengo que hacer para convencerte?
La mano que le apresaba el brazo la apretó un poco más y Yulia la arrastró hasta la cama.
—Voy a tener que castigarte. —Se sentó y puso a Lena sobre sus rodillas—. Y luego me dirás que lo sientes.
Aunque había fantaseado con aquello muchas veces, Lena se puso colorada al encontrarse sobre las rodillas de Yulia como si fuera una niña desobediente. Cada vez se notaba más mojada.
—Sabes que has hecho algo malo, ¿verdad?
Lena tragó saliva.
—Sí.
Plas. El primer azote fue repentino y le ardió en la nalga derecha. Lena respingó, sorprendida.
Yulia se detuvo. No daba crédito a que aquello estuviera pasando de verdad y, a juzgar por los jadeos de Lena, lo estaba haciendo bien. Por fuera estaba completamente rígida e inmóvil, pero por dentro temblaba.
No había estado tan excitada en la vida, pero aún le daba un poco de miedo pasarse de la raya.
—¿Mercurio? —ofreció.
Lena soltó una carcajada falta de aliento.
«¿Estás de coña?»
Negó con la cabeza, con la mejilla apoyada en la colcha.
—No.
Plas.
La pelirroja gimió cuando Yulia la azotó por segunda vez y se retorció sobre sus muslos.
—De verdad que no quería empezar sin ti…
—¿Te he preguntado yo lo que querías?
Plas.
Lena negó con la cabeza vigorosamente.
—Lo siento.—Ah, ya sé que lo sientes. —Yulia le puso la mano en la nalga derecha—. Nena, me encantan tus braguitas, pero te las voy a tener que quitar. Quiero ver cómo se te pone el culo en carne viva, solo para mí.
Dicho aquello, agarró la cinturilla de las bragas y se las bajó para dejar el trasero de Lena al descubierto. La pelirroja notó que se humedecía y se preguntó cuándo se daría cuenta Yulia de lo caliente que la estaba poniendo. Parecía que había nacido para la dominación.
La pelinegra gruñó y le bajó la ropa interior hasta por encima de las rodillas.
—Dios, me encanta tu culo.
Lena no dijo nada, aunque el comentario la llenó de placer.
Plas.
Lena se retorció, dominada por el torbellino de emociones que se desataba en su interior después de cada azote. Eran lo suficientemente fuertes como para que la piel le quemara y tan exquisitos que le entraban ganas de llorar. Aquello era exactamente lo que había deseado.
—Te dije que te prepararas para ir a la cama —le dijo Yulia. Su tono era casi tan duro como los azotes que seguía propinándole para puntualizar sus palabras—. Lo que no te dije fue que vinieras y empezaras a toquetearte.
Lena tenía la frente empapada en sudor. Cerró los ojos con fuerza para soportar el dolor.
—Lo siento, Yulia —respingó.
—¿Qué?
—¡Lo siento! —repitió Lena—. Siento haberme tocado.
Plas.
—¿Y por qué?
La pregunta descolocó a Lena durante unos instantes. Intentó recordar lo que Yulia le había dicho cuando
la había pillado con la mano dentro de las bragas.
—Porque no me habías dado permiso.
—Exacto —le dijo Yulia—. ¿Y de quién era el coño que toqueteabas?
—Tuyo —respondió Lena sin dudarlo.
—Dilo.
Las nalgas le ardían, maltratadas y doloridas. Estaba literalmente chorreando y volvió apreguntarse cuándo lo descubriría Yulia.
—Dilo —repitió Yulia, con un nuevo azote.
—Mi coño es tuyo.
Plas.
—¡Es tuyo!
Yulia contempló la carne temblorosa bajo la palma de su mano. Al retirarla, vio la huella que había dejado, en una tonalidad ligeramente más clara, antes de que el rojo la engullera. Las dos nalgas estaban calientes; por fuerza tenían que escocerle. Dejó de azotarla y le acarició la piel ardiente con suavidad.
—Ahora dime que lo sientes —le dijo con voz seductora—. Y consigue que me lo crea.
—Lo siento —farfulló Lena—. Lo siento mucho, Dana. No… no pensaba.
—¿Te duele el culo?
Lena fue sincera.
—Sí.
—Tiene pinta de dolerte. —Yulia le trazó dibujos con la yema de los dedos—. Te he marcado de verdad.
Lena se estremeció al oír el comentario quedo de Yulia. Se concentró en el cariñoso roce de sus dedos.
—Nunca me habían azotado tan fuerte.
—A lo mejor me he pasado un poco contigo —murmuró, sin dejar de pasarle los dedos por las nalgas maltratadas—. Me duele la mano y todo.
Lena permaneció inmóvil. Con las braguitas alrededor de los muslos, no podía abrir las piernas como quería.
—Lo siento —repitió.
—¿De verdad?
Lena jadeaba, cada vez más excitada, y se movió encima de Yulia. Su amante le acariciaba la raja del culo y cada vez que subía y bajaba se acercaba más a su húmedo centro.
—Lo siento mucho —dijo Lena—. De verdad.
—¿Así que lo sientes? —Yulia sonaba tranquila y natural, en contraposición al tono frío y disciplinario que había adoptado unos minutos antes—. ¿O solo lo dices para que deje de azotarte?
Lena guardó silencio; al principio no supo qué contestar. Sinceramente, no quería que los azotes cesaran.
—¿Preferirías que fuera amable contigo? —Yulia le deslizó la yema de los dedos por el trasero y le apretó la entrepierna.
Lena se quedó paralizada cuando Yulia dio con la humedad resbaladiza de su vagina y sus muslos. Yulia calló, aunque siguió acariciándole el sexo dilatado con los dedos.
—¿Pero qué es esto? —le preguntó con suavidad.
Lena notó que se ruborizaba; por alguna razón se sentía avergonzada de repente. Cerró los ojos, abrumada por la perfección con la que Yulia estaba interpretando aquella escena.
—Yo…
—Te gusta —dijo Yulia. Le rozó los sensibles pliegues con la yema del dedo índice y corazón e insinuó la punta en su agujero—. Estás muy mojada.
Cuando Lena no respondió, Yulia apartó la mano y le dio un duro azote en una zona especialmente castigada. Lena gruñó de dolor.
—¿Te duele? —le preguntó Yulia,—¿o te gusta?
Lena se mordió el labio para no respingar cuando Yulia le pegó de nuevo.
—Las dos cosas.
—¿Ese es el problema? —murmuró la pelinegra—. ¿Te gusta ser mala?
Lena estaba segura de dos cosas: que nunca había tenido el trasero tan magullado y que nunca había estado tan dolorosamente desesperada porque se la follaran como en aquel instante. Abrió las piernas tanto como las braguitas se lo permitieron.
—¿Te pone cachonda que te azote como a una niña mala?
La pelirroja  se sorprendió a sí misma al gemir en alto. Al parecer, el sonido inflamó el deseo de Yulia, porque se ganó una lluvia de azotes más suaves en una de las zonas más doloridas de su trasero. Las palmadas eran casi demasiado blandas: eran más una provocación. Una promesa de más.
—Contéstame —exigió Yulia—. ¿Por esa razón estás tan mojada?
—Sí —gimió Lena. Su voz sonaba suplicante, extraña a sus propios oídos—. Me gusta que me azotes.
—Creía que me habías dicho que te dolía.
—Sí.
Sin mediar palabra, Yulia le propinó un nuevo azote. Estaba tan excitada que en aquel momento no se creía capaz de hablar. Lena se estremeció. Yulia no cedía terreno y Lena no tenía la menor intención de usar su palabra de seguridad.
—Me duele —gimió.
—¿Y te gusta que te haga daño?
La pelirroja exhaló muy lentamente.
—Sí.
—Eres una zorrita muy guarra —le dijo, arrastrando las palabras.
Lena abrió mucho los ojos. La reacción de su cuerpo tras las roncas palabras de Yulia la había sorprendido hasta a ella. Sentía el coño hinchado, pesado y dolorosamente vacío. Estaba bastante segura de que estaba dejándole los tejanos perdidos a Yulia.
«Cuánto la quiero por hacer esto conmigo.»

Yulia le metió un dedo por la raja del culo para rozarle el ano.
—Has estado pensando en esto, ¿eh? En ser mi zorra. En dejar que te haga daño.
A Lena le latía el corazón con tanta fuerza que llegó a preguntarse si Yulia notaba la vibración en la mano que tenía puesta sobre su palpitante trasero.
—Sí.
Yulia dejó escapar un hondo suspiro. Le dio tres palmaditas en las nalgas, esta vez con suavidad.
—Arriba.
Lena se puso de pie. Enseguida, Yulia la agarró del brazo y la tiró sobre la cama boca abajo.
Lena dejó escapar un gruñido de sorpresa y gimió cuando Yulia la obligó a volverse de espaldas.
La colcha resultaba áspera, incómoda, contra su trasero lastimado. Yulia le sacó las bragas.
—No tengo muy claro cómo castigarte.
Yulia le pasó las palmas de las manos por el interior de los muslos y le abrió las piernas. No le tocó el coño a Lena, sino que se contentó con dejárselo al descubierto.
—Joder —murmuró al contemplar el deseo evidente de Lena—. A mí esto no me parece un castigo.
Lena se apresuró a seguir con el juego, con la cara encendida.
—Lo siento. No era mi intención estar tan mojada.
Yulia alargó la mano y le apretó el sexo con firmeza. Lena respingó. La pelinegra le dio una palmada en el pie izquierdo para animarla a abrir la rodilla y apoyarla en la cama. Por fin, Lena estaba completamente expuesta.
—¿Así que te gusta que te pegue en el culo?
Los labios de Yulia se tensaron y por un momento creyó que no podría evitar sonreír. Sin embargo, se controló. Por mucho que estuviera divirtiéndose, por muy excitada que estuviera, sabía que tenía que mantenerse en el papel por Lena.
—Sí —dijo la pelirroja.
Se quedó mirando la mano de Yulia, a la espera de que le metiera los dedos hasta el fondo.
—¿Y qué más te pone cachonda?
Yulia se sentó entre los muslos de Lena y contempló su sexo desnudo. Le pasó el dedo por los resbaladizos pliegues y, veloz como el rayo, le agarró un pecho y le pellizcó el pezón.
—¿Esto te pone caliente?
Lena cerró los ojos y se estremeció de placer.
Yulia le estrujó el pezón con más fuerza, hasta bordear el dolor real. Lena abrió los ojos y gimió al ver sus pezones duros como piedras y la zona enrojecida alrededor de la aureola. Yulia cambió al otro pecho y lo apretó, antes de castigarle el pezón con los dedos.
—Yulia —respingó Lena.
Yulia se detuvo de inmediato. Miró a Lena a los ojos, temerosa de haber ido demasiado lejos.
Estaba dispuesta a dejar el juego en aquel mismo instante y volver a las caricias suaves y cálidas que les eran familiares. Lena debió de ver la incertidumbre en su mira-da; negó con la cabeza y se agarró a la cabecera de la cama. Yulia le dio lo que quería.
—Mira ese coñito —susurró, mientras se inclinaba sobre Lena—. A mí me parece que eres una guarra que necesita un buen polvo.
La pelirroja se estremeció bajo el peso de Yulia. Sus cálidos pechos se posaron sobre los suyos y la inmovilizaron en la cama. Soltó la cabecera, le puso las manos en los hombros a Yulia y la empujó, solo para probar. Esperaba que su compañera no malinterpretara su resistencia.
Sin darle tiempo a coger aire siquiera, Yulia le agarró las muñecas y las estampó en el colchón, por encima de su cabeza. Cambió de posición hasta colocarse completamente encima de Lena y, así, atraparla en la cama.
—¿Me rechazas? —le susurró al oído.
—No.
Lena trató de soltarse. El clítoris le palpitaba.
—¿«No, no te rechazo»? —preguntó Yulia—. ¿O «no, no soy una guarra que necesita un buen polvo»?
Le metió la pierna entre los muslos, arañándole la piel con los tejanos. Lena se sacudió contra ella, maravillada de la intensidad de su deseo.
—No te rechazo.
—Entonces, ¿por qué te resistes?
—Yo… yo solo… —Lena gimió y se frotó contra el muslo de Yulia—.Yulia, por favor.
—¿Por favor qué? —Yulia le apretó las muñecas más fuerte—. No me digas que no quieres que te folle.
Lena negó con la cabeza.
—Sí que quiero —dijo.
Yulia sonrió y le cogió las muñecas con una sola mano. Aflojó un poco la presión, pero aun así Lena no iba a ninguna parte. Se puso de lado, junto a la forma sumisa de la pelirroja, y le pasó la mano por encima del abdomen, cerca, pero sin llegar a tocarla.
—Abre más las piernas —le dijo.
Lena obedeció. Se sentía como una puta, abierta de piernas por completo. La idea la puso todavía más húmeda.
—Me pregunto qué podría hacer para ponerte más caliente.
Yulia le palmeó el sexo, juguetona. El contacto le arrancó a Lena una sacudida eléctrica en el clítoris endurecido, que la recorrió de la cabeza a los pies. La esencia de su deseo le chorreó trasero abajo, en prueba embarazosa de su placer.
—Estás tan mojada… —musitó Yulia—. ¿También te gusta que te azote el coño?
Lena se retorció. Los ojos se le habían llenado de lágrimas, como respuesta instintiva a la pulla.
Luchó contra el impulso de cerrar los temblorosos muslos, pero fracasó y atrapó la mano de Yulia entre ellos. Esta le soltó las muñecas y le dio un palmetazo en el muslo izquierdo.
—Que abras las piernas —ordenó la ojiazul, rechinando los dientes.
El tono autoritario y el modo en que apretaba la mandíbula fue lo que la derrotó por completo.
Lena obedeció y abrió las piernas.
—Ábrelas bien, como la guarra que eres —le dijo Yulia.
Soltó una risita y durante una fracción de segundo se salió del personaje. Lena bajó las manos para cubrir su vagina enrojecida. Miró a Yulia a los ojos, en busca del amor que sabía que hallaría reflejado en ellos.
—Estás preciosa ahora mismo —murmuró Yulia—. Pon las manos por encima de la cabeza y déjalas ahí.
Su mirada era tierna y Lena obedeció. Levantó los brazos y se agarró a la cabecera con las dos manos. Estaba temblando de pies a cabeza. No se había sentido tan fuera de control (ni tan enamorada) en la vida.
Yulia le pasó el dorso de los dedos por los rizos púbicos y le frotó el clítoris.
—Me encanta la cara que pones cuando no estás segura de si algo te duele o te gusta.
Lena se mordió el labio cuando Yulia empezó a jugar con su sexo: la acarició con movimientos verticales y le tiró del vello más corto, justo antes de introducir un dedo entre sus pliegues y rozarle los rosados labios inflamados. Las caderas de Lena se sacudieron bajo sus deliberadas atenciones.
Al cabo de un momento, Yulia retiró los dedos y le dio una palmadita entre las piernas. Volvió a hundirle las yemas en el clítoris y Lena gritó. Yulia alargó la mano y le tapó la boca.



Última edición por Nichya el Lun Nov 09, 2015 3:46 pm, editado 5 veces
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Ago 21, 2015 10:22 pm

—Calladita, pequeña. ¿O quieres que los vecinos sepan lo mala que has sido?
Lena gimió y cerró los ojos, extasiada. No sabía cómo Yulia había adivinado que obligarla a callar la pondría aún más caliente, pero lo cierto era que estaba disfrutando cada segundo de aquel juego. Notaba las yemas de los dedos de Yulia deslizándose sobre su clítoris. Lena gimió más fuerte y Yulia le cerró la boca con firmeza.
—Todo el mundo sabrá que eres mi zorra. —Yulia le estrujó el clítoris con los dedos—. ¿Quieres que la gente sepa lo que me dejas hacerte?
Lena sacudió las caderas.
«Por dios, Yulia. Méteme algo.»
Se frotó la pelvis contra la mano de su amante y gimoteó, desesperada.
«Frótame algo… ¡Lo que sea!»
De repente, Yulia se apartó. Dejó de tocar a Lena y se sentó hacia atrás. La pelirroja permaneció agarrada a la cabecera. Los dedos se le habían quedado rígidos.
—Puedes soltarte, nena —le dijo Yulia—. Quiero que me demuestres lo mojada que estás.
Lena se mordió el labio y se pasó las manos por el estómago. Finalmente, la deslizó entre sus piernas. Jugó, con los dedos en el chorreante interior de sus muslos.
—Es mío. Enséñamelo.
Lena se abrió con los dedos y sintió que se ruborizaba. Contempló cómo Yulia la observaba con
interés. Era consciente de que estaba más mojada de lo que Yulia la había visto nunca.
—¿Te gusta enseñarme el coño?
«Y yo que creía que era demasiado tímida para decir guarradas.»
Lena se quedó con la boca abierta.
—Sí —jadeó.
—¿Quieres sentirme dentro?
—Sí —repitió Lena, esta vez con más firmeza. La cara le ardía de lo excitada que estaba.
Sin previo aviso, Yulia la penetró con un dedo, hasta el fondo de una sola vez. Lena gimió y arqueó la espalda en clara gratitud. Sin embargo, dejó las manos quietas para mantenerse los labios abiertos.
—Quieres que te folle hasta que te corras, ¿no es eso? —Yulia sacó el dedo y se lo volvió a meter
—. Es lo que has estado esperando desde que te puse sobre mis rodillas.
—Sí —repitió Lea.
Habría dicho cualquier cosa para que Yulia no dejará de mover el dedo. No obstante, la pelinegra se lo sacó. A continuación bajó de la cama. Lena se incorporó sobre los codos y miró a Yulia con ojos como platos. No podía creer que Yulia fuera a dejarla de aquella manera.
—¿Adónde vas?
Yulia permaneció en pie junto a la cama, con una sonrisa en los labios. Cogió a Lena del brazo y la hizo sentarse.
—Te estoy castigando, así que tú harás que me corra primero.
«Como si eso fuera un castigo.»
Lena asintió y Dana guió sus manos temblorosas al botón de sus tejanos.
—¿Qué quieres que haga?
Yulia se sacó la camiseta.
—Quítame los tejanos —le dijo—. Y luego ponte de rodillas al lado de la cama. Me lo vas a comer.
Lena le desabrochó los pantalones con torpeza, no solo porque estaba demasiado excitada para ser hábil, sino también para excitar la parte de Yulia que estaba disfrutando con su dinámica de dominación y sumisión. Le bajó la cremallera y después le bajó los tejanos hasta las rodillas.
Yulia se los acabó de sacar y le hundió los dedos en la melena, para después acercar la cara a sus braguitas color lavanda.
—Quieres mi coño, ¿verdad? —gruñó.
Lena asintió. El algodón ya estaba húmedo frente a su nariz y sus labios y el aroma de Yulia llenaba el aire. Se le hizo la boca agua.
—Por favor.
—Bésalo.
Lena frunció los labios y besó un punto sobre el clítoris de Yulia. Luego le hundió la nariz. La pelinegra   dejó escapar un suspiro entrecortado y le tiró del pelo.
—Pruébalo.
Lena sacó la lengua y le lamió las braguitas para probarla por encima de la fina tela. Entonces se la jugó y le apartó el borde de las braguitas de la ingle, para la-merle la piel desnuda. No obstante, Yulia volvió a tirarle del pelo y la obligó a apartarse. Con la mano libre, agarró a Lena del brazo y la hizo agacharse.
—De rodillas, niñita.
Lena se arrodilló en la moqueta y se puso de cara a la cama. Yulia se bajó la ropa interior y la echó a un lado sin miramientos. Se sentó en la cama y abrió las piernas mientras le acariciaba el pelo a Lena.
—Venga —la urgió Yulia. Tiró de la pelirroja hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros de sus rizos oscuros—. Quiero que me enseñes cómo lo chupa una buena zorra.
Lena se echó hacia delante sobre las rodillas y agachó la cabeza para poder llevarse el sexo de su amante a la boca. El aroma almizcleño del deseo de Yulia, dulce y a la vez salado sobre sus labios, le arrancó un gemido.
—Ah, te gusta —murmuró Yulia. Continuó acariciándole el pelo y abrió más las piernas para que Lena llegara mejor—. ¿Verdad que sí?
Lena farfulló su aprobación y le lamió el coño de arriba abajo. Notaba cómo chorreaba, y aquello la excitó aún más. Discretamente, deslizó la mano entre sus piernas y se acarició los labios y el clítoris con la yema de los dedos.
—Chupa —ordenó Yulia, acariciándole la barbilla—. Cómemelo, nena.
Lena cambió de táctica y le chupó el clítoris obedientemente. Le lamió los labios de la vagina de arriba abajo con la punta de la lengua y echó mano de todos los movimientos que sabía que le gustaban a Yulia, deseosa de hacerla feliz.
—Oh —respingó Yulia.
Le soltó la barbilla a Lena y se tumbó en la cama. Con una mano se pellizcó un pezón mientras la
otra permanecía enredada en el cabello de Lena.
—Muy bien, nena…
Lena le apoyó las manos en los muslos mientras la devoraba y murmuró en señal de placer mientras movía la lengua, para demostrarle a Yulia lo mucho que disfrutaba con lo que hacía. A esta empezaron a temblarle los muslos. Gimió y arqueó la espalda. La mano con la que cogía a Lena del pelo se crispó.
—Muy bien —gruñó Yulia. Obligó a Lena a meterle la lengua más hondo y movió las caderas al ritmo de su compañera—. Así, haz que me corra con la boca.
Yulia tenía el clítoris más hinchado de lo que Lena lo había visto nunca. Lo tomó entre los labios sin problemas y lo castigó con la punta de la lengua. Yulia gimió. Sus caderas se sacudieron y todo su cuerpo se tensó mientras se corría sobre la barbilla de Lena. El logro hizo que Lena se sintiera muy orgullosa de sí misma.
En cuanto Yulia dejó de temblar, apartó a la pelirroja y se levantó. En pie junto a una Lena arrodillada, le ordenó:
—Túmbate en la cama. Te toca.
La pelirroja subió a la cama a gatas. Las piernas le temblaban.
—¿Cómo quieres que me ponga?
Yulia se dirigió al armario de Lena.
—Encima de la colcha.
Lena se acomodó y vio a Yulia sacar un arnés de su cajón de juguetes eróticos,  junto con su dildo.
El clítoris le latió con expectación.
—¿Te parece bien? —Yulia le sonrió por encima del hombro mientras se abrochaba la correa.
—Más que bien.
—Bien.
Cuando estuvo equipada adecuadamente, Yulia volvió a la cama y Lena se apartó para dejarle sitio sin que tuviera que decírselo. Yulia se tumbó de espaldas. El orgasmo había apaciguado parte de su ansia, así que ya podía concentrarse exclusivamente en darle placer a Lena. Volvió a adoptar su papel de dominante.
—Quiero ver cómo mi putita se folla a sí misma —dijo. Cogió a Lena del brazo—. Móntate.
Lena se puso a horcajadas sobre Yulia, apoyándole una rodilla a cada costado. Deslizó la mano entre sus cuerpos y agarró la base del dildo que llevaba puesto la pelinegra. Esta le cogió la mano con firmeza.
—Pero antes, pídeme si te dejo mi polla.
Lena se ruborizó al ser consciente de lo impaciente que estaba y se obligó a ir más despacio y mirar a Yulia a los ojos.
—¿Me permites? —murmuró. Se frotó el clítoris con la punta del dildo y se estremeció: su deseo era poderosísimo—. Por favor, Yulia.
—Toda para ti.
Yulia le puso la mano en la cadera para animarla a empalarse en el dildo.
—Métetela dentro, nena, y fóllate.
Lena se colocó la punta del dildo en su abertura y se lo metió con cuidado y paciencia. Era uno de sus dildos más grandes y siempre tardaba unos segundos en adaptarse a su tamaño. Yulia la cogió de las caderas con las dos manos y la sostuvo mientras Lena se introducía toda la longitud del juguete.
—Esto era lo que querías —murmuró Yulia. Alargó la mano y le acarició el clítoris en círculos con suavidad, para relajarla y que el dildo le entrara mejor. —¿Verdad que sí?  Lena dejó caer la cabeza y respiró hondo por la nariz. Sentirse tan llena era exactamente lo que había estado buscando.—Qué bien…
Con ambas manos sobre sus caderas, Yulia la animó a balancearse arriba y abajo.
—Muy bien… Fóllame, nena.
Cuando Yulia por fin le dio permiso, Lena empezó a moverse con ímpetu. Apoyó las manos en la cabecera de la cama y se aferró a  Yulia con las caderas para montarla con todas sus fuerzas.
—Yul —murmuró entre dientes.
Yulia le dio un azote en el culo. Todavía lo tenía resentido y Lena hizo una mueca de dolor y empezó a follarse a Yulia más deprisa.
—Muy bien —le dijo Yulia—. Fóllate. Enséñame lo guarra y ansiosa que es mi puta.
Los músculos de Lena se contrajeron alrededor del dildo y se movió más rápido. Cuando Yulia le dio otro palmetazo en el trasero, Lena gimió y empezó a mover las caderas adelante y atrás.
Estableció un ritmo vertiginoso, ya que después de tanto rato de ser provocada, estaba desesperada por alcanzar el clímax. Yulia permaneció quieta, de espaldas, y contempló a Lena mientras esta hacía todo el trabajo.
—¿Quieres correrte?
Lena asintió. Tenía la frente cubierta de sudor y una gota le caía por la sien hasta la barbilla. Se echó hacia delante, sin soltar el cabezal, y movió las caderas con furia. Estaba muy cerca, pero la cima se le resistía.
—¿Quieres que te aguante en la cama y te folle duro hasta que te corras en mi polla?
—Sí.
Gimió lastimeramente cuando Yulia empezó a mover las caderas y a hundirle el dildo en el coño.
—Joder, Yulia, por favor…
Yulia la rodeó con sus brazos y la hizo darse la vuelta para ponerse encima. Lena abrió los muslos y le rodeó la cintura con las piernas. El cambió de postura la había cogido por sorpresa y, por un segundo, se sintió débil al perder el control.
Yulia le agarró las muñecas con fuerza y las hundió en la cama, por encima de la cabeza de Lena. Le acercó los labios al oído sin dejar de moverse en su interior con brusquedad.
—Deja que te folle, nena.
La pelirroja respingó y se retorció debajo de Yulia.
—Oh, Dios…
—Cada vez más cerca, ¿eh, cielo? —musitó la pelinegra. Aflojó un poco las muñecas de Yulia, pero no
la soltó—. ¿Quieres correrte conmigo dentro?
—Sí —suplicó Lena.
Yulia aumentó la velocidad de sus embestidas, al tiempo que le pellizcaba un pezón. Se lo tironeó y retorció hasta arrancarle un gritito de dolor.
—No puedo creer que te ponga cuando me pongo así de bruta —susurró Yulia.
Sus sacudidas eran cada vez más fuertes y exigentes.
—Me encanta follarte como la zorrita mala que eres.
Lena se contrajo y su centro palpitó al oír a Yulia decir aquellas cosas. Una densa bola de placer se formó en su bajo vientre. Yulia la embestía con tanta fuerza que cada sacudida le golpeaba el clítoris con dureza. Lena mantuvo las manos por encima de la cabeza mientras Yulia le castigaba los pezones, cerró los ojos y se concentró en el orgasmo que amenazaba con partirla en dos.
—Pídeme que te folle más fuerte —jadeó Yulia. Tenía el cuerpo empapado en sudor y Lena lo sentía sólido y pesado encima del suyo. Todavía le retenía una muñeca—. Suplícame, Lena.
Lena notó cómo su orgasmo empezaba a insinuarse en forma de cosquilleo en los dedos de los
pies.
—Por favor —suplicó—. Fóllame más fuerte.
Se retorció debajo de Yulia en un intento de mover las caderas para seguir el ritmo de las vigorosas sacudidas que le daba su amante. Esta le soltó el pezón y volvió a inmovilizarle las muñecas con las dos manos. Cuando la tuvo a su merced, empezó a embestirla con más fuerza.
—Córrete para mí —le ordenó Yulia—. Quiero oír cómo te corres con esta enorme polla dentro.
Hundió el rostro en el cuello de Lena y le mordisqueó la piel más suave y tierna. Aquello bastó para precipitar a Lena al abismo. Abrió la boca y gritó mientras el coño se le contraía de placer. El orgasmo la golpeó con fuerza e hizo que se le rompiera la voz y le temblaran las piernas, hasta quedar inerte y prácticamente líquida bajo el peso de Yulia. Cerró los ojos para exprimir hasta la última gota de sensación y se mordió el labio mientras Yulia seguía moviéndose. Abrumada por la potencia del clímax, notó que las lágrimas le rodaban por las mejillas, pero era incapaz de hablar.
—Para —respingó al fin. Entonces recordó—: Mercurio.
Yulia dejó de moverse de inmediato. Le soltó las muñecas y se apoyó en el colchón para poder apartarse de su abrazo sudoroso.
—¿Estás bien?
Lena dejó escapar un sollozo extático. Le rodeó el cuello a Yulia con los brazos y la estrechó con fuerza.
—Oh, Dios mío —jadeó.
Su cuerpo aún se sacudía a tenor de los ecos del orgasmo y sus músculos se contraían espasmódicamente alrededor del dildo que seguía en su interior.
—Yulia, ha sido espectacular. Ha sido… exactamente lo que quería.
Yulia vibró, llena de silenciosa felicidad. El juego también había satisfecho sus propias fantasías de dominación. ¿Sería posible que fueran tan compatibles?
—Ha sido muy divertido. ¿De verdad lo he hecho bien?
Lena aflojó el abrazo y se apartó un poco para poder mirar a Yulia a los ojos con ternura. Su dulce y sensible amante había vuelto en un abrir y cerrar de ojos.
—Has nacido para esto.
A Yulia se le iluminó la cara y sintió una oleada de orgullo y seguridad en sí misma que la invadió por completo.
—A mí me ha parecido que lo hacía bien.
—¿Bien? — repitió Lena con incredulidad—. No habría podido ser mejor. Me he corrido tan fuerte que…
—¿En serio?
Lena asintió con total sinceridad.
—Pero, cariño…
—¿Sí?
—Tienes que sacármela ya. —Lena arrugó la nariz y se removió debajo de Yulia—. Me has dejado rota.
—Ay, lo siento.
Yulia también se movió, aunque no estaba segura de cómo separarse de su intrincado abrazo.
—¿Me ayudas?
Lena asintió, se semiincorporó y ayudó a Yulia a sacarle el dildo. La sensación le arrancó un gemido. La pelinegra se echó hacia atrás y se sentó sobre las rodillas, para quitarse la correa.
—La verdad es que no tenía pensado usar esto —murmuró Yulia. Se movió con elegancia lánguida y una sonrisa beatífica en los labios—. Sencillamente te tenía debajo y me llegó la inspiración de repente.
Lena estaba maravillada de la sensual seguridad en ella misma que demostraba su amante. A veces no podía creerse que fuera la misma jefa de proyecto estirada que había conocido aquella noche en el ascensor.
—Me encanta sentir tu cuerpo contra el mío cuando estás dentro de mí.
Yulia sonrió y siguió desabrochándose la correa. Lena se estiró y alisó la colcha que había quedado hecha un revoltijo contra el cabezal. Sin poder evitarlo, se le escapó un bostezo.
—Cariño, me has dejado para el arrastre.
Yulia tiró el dildo y el arnés de sujeción al suelo.
—Nos hacemos viejas, ¿eh? ¿Veinticinco años y un orgasmo de nada te destroza?
—Perdona, pero no ha sido un orgasmo «de nada».
Yulia puso cara de satisfacción. Lena conocía bien aquella expresión.
—Claro que no.
Lena rió y tiró de Yulia para que se metiera debajo de la colcha con ella.
—Ven a hacerme mimitos.
—La verdad es que quiero hacer otra cosa antes.
Yulia saltó de la cama y se dirigió al baño.
—No te desmayes todavía —le dijo a la pelirroja por encima del hombro.
Un momento más tarde, Lena oyó el grifo de la bañera. Cerró los ojos y no pudo reprimir una sonrisa de felicidad.
«Un baño caliente. Encantador.»
Se cubrió el sexo húmedo con la mano y suspiró cuando las yemas de sus dedos le rozaron la piel sensible.
—¿Nena?
Lena intentó levantar la cabeza de la almohada cuando Yulia volvió a la habitación, pero falló.
Era como si sus músculos fueran de gelatina.
—¿Sí?
—Ohhh —la arrulló Yulia. Fue a la cama y se arrodilló al lado de Lena—. ¿Estás demasiado cansada para un baño?
—Estoy fundida, ni siquiera puedo levantarme. —Lena se volvió hacia su amante con una sonrisa
—. Me has dado duro.
Dana le rodeó los hombros con los brazos y le dio un abrazo reverente.
—Pues sí.
Ayudó a Lena a sentarse y sostuvo su peso mientras la abrazaba.
—Y ahora te quiero lavar.
Lena se dejó llevar de la mano hasta el baño. La bañera estaba llena de agua caliente y aromatizada y Yulia había encendido dos de sus velas favoritas. Lena soltó un gritito de asombro y la pelinegra le sonrió con timidez.
—Métete —le dijo Yulia—. Voy a lavarte el pelo.
Lena probó el agua con el dedo del pie.
—¿No te metes tú también?
—En unos minutos —le aseguró Yulia. Se arrodilló junto a la bañera y cogió una esponja—. Pero antes deja que te mime un poco.
—No te lo voy a discutir.
Lena se sentó en el agua caliente y gimió cuando sus músculos empezaron a relajarse.
—¡Ay, qué bien!
Yulia echó un poco de gel en la esponja y le frotó la espalda a Lena.
—Te he hecho sudar un poco, mi vida.
—Y yo también.
—Creo que hacía meses que no hacía tanto ejercicio.
Lena se echó hacia delante, para que Yulia llegara a toda la espalda.
—Ha sido el mejor polvo de mi vida. Me sentía muy segura contigo.
Notó que Yulia se ruborizaba, incluso a la luz de las velas.
—¿No me he… pasado?
—Oh, no. Me has dado exactamente lo que quería.
—Échate hacia atrás, cariño —le dijo Yulia. Lena obedeció y ella le pasó la esponja con suavidad sobre los pechos. Permaneció en silencio un rato, hasta que finalmente murmuró—. Yo también me he sentido muy segura contigo.
—¿Sí?
Lena gimió en tono quedo cuando la mano de Yulia se aventuró por debajo de su estómago.
—Sí —le dijo Yulia—. No creo que hubiera sido capaz de hacerlo si no confiara en ti por completo.
En cierto modo, resultaba curioso que Yulia, que había desempeñado el papel dominante, fuera la que se sintiera así. De todas maneras, Lena entendía lo que quería decir.
—La confianza es lo que lo hace así de bueno —dijo Lena. Se estremeció al pensar en cómo habían hecho el amor. Le cogió un pecho a Yulia y le pellizcó el pezón con suavidad —. Es un regalo fantástico: saber que puedo compartir mis fantasías contigo y que juntas las haremos realidad…
—Tendré que recordarlo para tu cumpleaños. Es un regalo barato.
Lena le dio un palmetazo en el brazo.
—Cállate.
—No, de verdad. Entra en mi presupuesto.
Lena  le volvió a dar una palmada en el brazo, esta vez con más fuerza.
—Para, antes de que decida que no eres lo mejor que me ha pasado.
Yulia dejó caer la esponja y le pasó los brazos por la cintura.
—¿Lo soy?
—Sin lugar a dudas.
La pelinegra le hizo cosquillas en la barriga y luego entre los muslos. Lena dejó escapar un gruñido sordo y abrió las piernas para que Yulia le acariciara los pliegues de su sexo hinchado.
—Estoy loca por ti, Lena —suspiró Yulia, y le hundió el rostro en el cuello, con la respiración entrecortada. Empezó a acariciarle los labios de la vagina a la pelirroja con la yema de los dedos. Todavía lo tenía increíblemente duro—. Me haces sentir tantas cosas que a veces no sé cómo expresarlo.
—Bésame —pidió Lena, que pese al cansancio notaba que el deseo la inflamaba de nuevo—.Siempre sé lo que sientes cuando me besas.
Yulia hizo lo que le pedía, sin mediar palabra. Desenterró el rostro de la piel de Lena, halló sus labios e introdujo la lengua en su boca con un gemido quedo. Lena le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso.
A pesar de que el comienzo no había sido muy prometedor, si se remontaban a su primer beso, desordenado y torpe, en el ascensor, Lena pensaba que besar a Yulia era lo más delicioso que podía pasarle. Si pudiera, se pasaría las tardes en el sofá con ella, enrollándose y nada más. Yulia había perfeccionado una habilidad inaudita para expresar la profundidad de sus sentimientos a través de sus labios y, cuando la lengua de Yulia se enredaba con la suya, Lena se sentía más segura que nunca de su relación.
Mientras se besaban, Yulia la llevó al clímax con la yema de los dedos. Fue un orgasmo lento, dulce. Sus bocas no se despegaron en ningún instante y Yulia fue alternando entre besarla húmeda y profundamente y mordisquearle los labios, juguetona. Mantuvo una mano alrededor de la espalda de Lena mientras con la otra la masturbaba y, cuando por fin Lena se corrió, Yulia la sujetó con fuerza hasta que dejó de temblar.
Cuando Lena estuvo recuperada de su orgasmo, Yulia retrocedió.
—También quería hacerte el amor con ternura, tesoro. Espero que no te importe…
Lena negó con la cabeza, cerró los muslos y le atrapó la mano a Yulia.
—Antes estaba equivocada, cuando dije que la noche no podría haber sido mejor.
—¿Ah, sí?
Yulia deslizó la mano entre los muslos de Lena y la sacó con suavidad. A continuación quitó el tapón y volvió a abrir el grifo. La bañera se volvió a llenar de agua caliente y Lena se sintió reconfortada. Entonces se echó hacia delante para que Yulia pudiera meterse en la bañera tras ella.
—Tengo un regalo para ti.
—No estoy segura de que ahora mismo puedas darme nada más.
—Anoche dejé mi trabajo en el club.
El corazón de Yulia dio un vuelco al oír las palabras que había deseado escuchar durante el último mes. Estaba encantada, aunque también se sintió muy culpable. ¿Lens lo había hecho por ella?
—Espero que no sea porque yo…
—Lo he hecho porque quería. Por ti. Porque a tu lado, mi vida es un poco más perfecta. 
Yulia notó que los ojos se le llenaban de lágrimas y casi se alegró de que la pelirroja le diera la espalda.
No estaba segura de haber sentido algo tan fuerte por alguien o por algo en toda su vida y parecía que el corazón le iba a estallar, pero en el buen sentido. Yulia le rodeó la cintura con las piernas y la atrajo hacia atrás para darle un fuerte abrazo. Aspiró el aroma del cabello de Lena y susurró.
—Te mereces la perfección.
Lena se dejó abrazar por Yulia y sonrió.
«Y te tengo a ti.»



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Última edición por Nichya el Lun Nov 09, 2015 5:00 pm, editado 1 vez
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Aleinads el Sáb Ago 22, 2015 9:18 am

Buenisimoo!!! Gracias por continuar!! La verdad es que me encanta esta historia ps toda su trama esta fantástica y es wow super, de verdad que engancha!! cheers
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por flakita volkatina el Dom Ago 23, 2015 10:46 pm

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Sep 01, 2015 5:55 pm

Aquí les dejó mas de esta historia. Very Happy 




Capítulo XVII- TRES MESES DESPUÉS


La mañana de su vigesimosexto cumpleaños, Lena despertó con la sensación de una mano suave que se deslizaba por el interior de sus muslos. Aún medio dormida, gimió cuando unos dedoscálidos resbalaron sobre la hu-medad que, sorprendentemente, le empapaba la entrepierna tan temprano. O acababa de tener un sueño de los que hacen época o Yulia llevaba un rato jugando con ella.
Lena decidió hacerse la dormida y ver qué pasaba.
Las yemas de los dedos de Yulia avanzaron lentamente sobre su abdomen y le rozaron la barriga antes de bajar a jugar con los húmedos rizos que cubrían su sexo. Le dio un tironcito y Lena dejó escapar un gemido desde el fondo de la garganta.
—¿Estás despierta, tesoro?
Lena mantuvo los ojos cerrados, porque tenía muchas ganas de saber hasta dónde pensaba llegar Yulia. Arqueó la espalda ligeramente y abrió los muslos para su amante. Después farfulló algo, en tono soñoliento, y giró la cara hacia el otro lado.
—Aún no, ¿eh? —susurró Yulia.
Le pasó las uñas sobre los pliegues externos y luego trazó suaves formas con la yema de los dedos sobre los resbaladizos labios de su sexo.
—Voy a tener que esforzarme más, pues.
«Sí.» Lena abrió las piernas un poco más. «Esfuérzate más.»
Lena gimió cuando Yulia apartó el viejo edredón de su madre y la dejó destapada, desnuda. Los pezones se le pusieron duros bajo el aire frío y la ardiente mirada de Yulia. No necesitaba abrir los ojos para saber que su amante se la estaba comiendo con la mirada. Excitada, Lena inspiró por la nariz cuando notó que Yulia le acercaba un dedo a su entrada, sin llegar a metérselo.
—Me pregunto qué haría falta para que mi niña se despierte… —canturreó Yulia.
Lena sospechó que Yulia le hablaba a ella y se esforzó por no sonreír.
«Me pregunto qué harás para averiguarlo.»
La cama se hundió cuando Yulia cambió de posición y Lena, que permanecía tumbada de espaldas, se puso en tensión, expectante. De repente, una lengua suave y húmeda le recorrió el camino que le iba del ombligo a los rizos púbicos. Lena gimió y se abrió de piernas. Ya no podía fingir que el deseo no la dominaba.
—Seguro que con esto se despierta —musitó Yulia.
Y a continuación, guardó silencio.
Lena abrió los ojos de golpe cuando Yulia le pasó la lengua por su centro y lamió la humedad producida por su cuerpo dormido. No pudo reprimir un suspiro entrecortado y le enredó los dedos a Yulia en la desordenada melena.
La pelinegra interrumpió sus atenciones y miró a Lena a los ojos, con una sonrisa de satisfacción. Estaba desnuda y tumbada boca abajo entre las piernas de Lena.
—Buenos días, cumpleañera.
—Buenos días.
Yulia la abrió con cuidado y le lamió el coño de arriba abajo. Le hizo cosquillas en el clítoris con la punta de la lengua y a continuación se apartó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Te he traído el desayuno a la cama.
Lena echó un vistazo a la bandeja que había en la mesita, junto al armario de roble. Saber que Yulia, la ejecutiva líder de ventas, se había metido en la cocina por ella la hizo sentir de lo más especial.
—¿El desayuno? ¿Para mí?
Yulia le dio un lametón cariñoso, de punta a punta.
—Todo para ti, tesoro. Aspiró y hociqueó entre los húmedos pliegues de Lena.—Pero antes quiero comer yo.
Lena le acarició la cabeza y la mantuvo bien cerca.
—¿Y el mío se enfriará?
Yulia le chupó el clítoris en un beso caliente y húmedo y se tomó su tiempo para contestar. Cuando finalmente se apartó, se relamió y repuso:
—Es fruta y cereales sin leche. Con zumo de naranja.
Puede que no se hubiera dejado la piel en la cocina, pero sin duda alguna había sido previsora. Lena urgió a Yulia a continuar con su tarea con una sonrisa lánguida.
—Perfecto.
Yulia besó y chupó a Lena hasta que esta empezó a sacudir las caderas contra su rostro. Yulia se apartó con una carcajada suave.
—No te vas a correr tan rápido, ¿verdad?
Lena echó un ojo al despertador de la mesilla de noche.
—Tienes que irte a trabajar en media hora.
La pelinegra negó con la cabeza y gateó sobre Lena para llegar a la brillante pantalla del reloj digital y volverlo hacia la pared.
—Hoy no —murmuró.
Le dio un largo beso en los labios.
—Hoy es un día para nosotras.
«Guau.»
Lena agarró a Yulia de los hombros y le sonrió. El estómago le cosquilleó de placer al saborear su propia esencia en los labios de Yulia.
—¿Te has cogido el día libre?
Yulia le metió el muslo entre las piernas.
—Así es. Quería estar contigo.
La pelirroja no habría sido capaz de borrar la sonrisa boba de su rostro, ni que lo hubiera intentado.
—¿De verdad?
—Ya te dije que tú eres más importante que la gestión de proyectos.
Lena le dio un fuerte abrazo.
—Y tú eres la persona más dulce, adorable y mimosa que…
—¿Soy como un osito de peluche? —la interrumpió Yulia. Se apartó y miró a Lena con cara de disgusto—. ¿Como un cachorrito?
—No. Eres la mujer más sexy, preciosa y maravillosa que he conocido nunca.
—Lo has arreglado bien —le dijo Yulia con un guiño. Entonces le susurró al oído—. Ahora dime lo que quieres.
—¿Para mi cumpleaños?
—Para ahora mismo —la corrigió Yulia. Rotó las caderas y se frotó con Lena—. De mí. —Le pasó los dedos por la barbilla y la garganta—. ¿Qué es lo que quieres, nena?
Lena no tardó en decidirse.
—Quiero que me folles.
Se diría que era Yulia a la que le había hecho un regalo, porque cuando sonrió se le iluminó el rostro.
—Sí.
Lena se abrió de piernas por completo.
—Quiero sentir cómo me follas, cariño. Me encanta sentirte dentro.
Yulia se estremeció al oír aquellas palabras, como siempre. Y también como siempre, Lena se sintió poderosa al verlo. Mientras la besaba de nuevo, Yulia le metió un dedo y le arrancó un gemido gutural. La pelinegra despegó los labios de los de Lena y murmuró:
—¿Más?
La pelirroja asintió y cerró los ojos.
—Más.
Estaba empapada y se moría por tener a Yulia dentro.
—Necesito sentirme llena.
Yulia le sacó el dedo a Lena y la penetró con tres. Con el rostro apoyado en su hombro, empezó a hablarle al oído en voz baja.
—Me he despertado pensando en meterte los dedos por el coño… así.
Lena la abrazó más fuerte.
—Yul, eres tan buena…
Yulia sonrió contra su garganta.
—¿Más fuerte?
Lena asintió y sacudió las caderas para seguir los movimientos de Yulia.
—Más fuerte —respiró por la boca—. Fóllame más fuerte.
Yulia la embestía con tanta fuerza que, con cada penetración, le daba en el trasero con el dorso de la mano. Entonces, sin previo aviso, Yulia se abalanzó sobre ella y le dio un beso de los que quitan el sentido. Cuando se separaron con un gemido compartido, Yulia susurró:
—Eres tan preciosa, Lena…
La profunda emoción que la embargaba se reflejaba en su voz. Con los dedos, le frotó cierto punto que hizo que Lena se retorciera de placer.
—Te… te amo.
Lena se quedó helada, quieta bajo la mano de Yulia, y contuvo la respiración mientras le sostenía la mirada.
—¿Que me…?
Yulia también se quedó quieta, con la mano hundida en el interior de Lena, y la miró con ternura. Estaban la una encima de la otra, piel sobre piel, y ambas tenían la respiración desbocada mientras se miraban a los ojos.
—Te amo. Te amo mucho.
Lena parpadeó, con los ojos anegados en lágrimas. Cuando la expresión de Yulia empezó a dar muestras de pánico, Lena le apretó los hombros con firmeza y hundió la nariz en el cabello de Yulia para aspirar su aroma, mientras se concentraba en la sensación de aquellos dedos firmes que la abrían por entero.
—Yo también te amo.
Las primeras lágrimas ardientes le rodaron mejillas abajo. Era como si hubiera esperado a pronunciar aquellas palabras toda la vida.
—Te amo, Yulia.
Yulia dejó escapar un sonido lastimero y le puso la mano en la nuca para darle un fuerte y emocionado apretón.
—Y ni siquiera es mi cumpleaños —le sonrió, llorosa.
Aturdida, Lena cabeceó, rió y agitó las caderas sobre el colchón.
—Haz que me corra, tesoro. Quiero correrme en tus dedos.
Sin dejar de mirarla a los ojos con intensidad, Yulia retomó sus caricias. Además de penetrar a su amante, empezó a acariciarle el clítoris con el pulgar. De algún modo, se las arregló para mantener a Lena a punto, hasta que por fin llegó al orgasmo en una explosión de sonidos y jugos que duró horas y acabó con una Lena inerte, completamente exhausta sobre la cama.
Después de correrse, Lena hizo que Yulia se pusiera encima de ella y se deleitó con la sensación del poderoso latido del corazón de su amante contra su pecho.
—¿Me amas?
—¿Tienes que preguntarlo? —murmuró Yulia. Levantó la cabeza y miró a Lena a los ojos—.Solo he tardado unos meses en reunir el valor para decírtelo.
—Bueno, es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho nunca.
«Y no tienes ni idea de lo mucho que esperaba que sintieras lo mismo que yo.»
Sabía que para Yulia era un gran paso hablar de sus sentimientos tan abiertamente. Lena había sabido que estaba enamorada desde la noche en que habían practicado sexo duro, pero había tenido cuidado para no presionar a Yulia. Después de todo, Lena era su primera novia, así que todo lo que había entre ellas era una nueva experiencia para ella. Lena se contentaba con ir a su ritmo, por mucho que hubiera empezado a enamorarse de ella la misma noche en que se conocieron en el ascensor.
—¿El mejor, eh? ¿Eso significa que ya no quieres el regalo que iba a darte?
—Yo no he dicho eso. —Lena levantó la cabeza y le dio un largo beso—. Pero, a lo mejor, primero podría…
Lena le pasó las manos por la espalda y le acarició la piel sedosa con las uñas. Yulia negó con la cabeza y salió de encima de su compañera.
—No. Ahora voy a darte de desayunar.
De mala gana, la pelirroja tuvo que aguantarse cuando Yulia fue a buscar la bandeja del desayuno.
Cuando le dio la espalda, los ojos se le fueron al trasero redondea-do de su amante y los dedos le cosquillearon. Se moría por devolverle el placer que le había hecho sentir.
—Pero…
—Ni hablar, doctora. Llevo semanas planeando esta mañana, así que vamos a seguir mi guión.
A Lena le encantó el apodo: doctora. Todavía le parecía mentira: en una semana empezaría a trabajar en la clínica veterinaria que había a apenas tres kilómetros de su apartamento.
—En mi guión —continuó Yulia— te tomas el desayuno después de haber tenido un orgasmo fabuloso.
Se sentó en el borde de la cama y le hizo un gesto a Lena para que se sentara. Lena la miró con cariño y se sentó con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la cabecera. Su desnudez no la hacía sentir incómoda en absoluto.
—Bueno, lo cierto es que acabo de tener un orgasmo fabuloso —reconoció.
Yulia le pasó un bol de fruta: fresas, frambuesas, melón y uvas. Su voz sonó inexplicablemente abochornada.
—Sabía que eran tus favoritas.
—Lo son —dijo Lena.
Mordió una de las fresas y le dio la otra mitad a Yulia. Cuando esta le dio un bocado con aquellos dientes tan blancos, notó que el clítoris le latía de excitación y Laurel no pudo reprimir un gemido.
—Tú también eres mi favorita.
Yulia se puso colorada y jugueteó con el edredón, nerviosa pero satisfecha.
—Así que, ¿qué vamos a hacer hoy?
—Lo que tú quieras. Podríamos ir al cine, de compras… Hasta iré a ese estúpido sitio de pintar cerámica contigo, si te apetece. —Yulia hizo una pausa—. O también podríamos quedarnos en la cama un rato.
Era la mejor idea que había oído hasta ahora.
—De momento, vamos a empezar por lo de la cama.
—Me parece bien —asintió Yulia. Le acarició a Lena la espalda desnuda y le preguntó—.¿Quieres tu regalo de cumpleaños?
—Creía que te habías rendido y me lo habías dado anoche —comentó la pelirroja, levantando el brazo para volver a admirar la pulsera de oro que llevaba en la muñeca—. Me encanta.
Yulia recuperó el entusiasmo.
—Bueno, pues tengo otra cosa para ti.
—Me malcrías demasiado.
—¿Y no debería?
—No he dicho tal cosa —negó Lena, mientras masticaba los cereales. En realidad, lo que le interesaba más del desayuno era acabárselo para poder tocar a Yulia—. Solo hacía una observación.
—Muy astuta.
—¿Y bien?
Yulia le sonrió con satisfacción.
—¿Y bien? —repitió.
Lena resopló, pero le siguió el juego.
—¿Qué vas a regalarme?
A Yulia le brillaron los ojos.
—Tus tres fantasías. Las que mencionaste aquella noche, cuando te azoté.
Lena parpadeó.
—Sí, me acuerdo.
Yulia asintió vigorosamente.
—Pues las otras dos. Cuando quieras, en cualquier lugar.
—¿Quieres decir que…?
—Quiero que las tengas. Las tres.
La pelinegra miró la bandeja que había entre ellas con una ceja levantada.
—¿Has acabado de comer?
Lena asintió, distraída, y Yulia dejó la bandeja con los restos del desayuno en el suelo.
—Quiero… permitir que experimentes tus fantasías. Tú me dices algo que te hayas imaginado, que te gustaría, algo que te ponga cachonda, y yo lo haré contigo. Sin dudarlo, sin preguntas. Puedes hacer realidad las dos fantasías que quedan cuando quieras.
Lena se deslizó bajo las mantas e invitó a Yulia a echarse a su lado. Apoyada sobre el codo, se le acercó todo lo que pudo. Con los pechos contra el costado de su amante, Lena le acarició la espalda y le sostuvo la mirada, consciente de la importancia de aquel regalo.
—¿Cualquier fantasía? Yulia asintió y tragó saliva. Sus ojos reflejaban nervios, pero sobre todo sinceridad, y Lena sintió que la dominaba la lujuria.
—Cualquier fantasía. Intentaré cualquier cosa contigo, al menos una vez, si eso te hace feliz.
Si Yulia hubiera podido envolver toda su confianza y su amor en papel de regalo, Lena se habría sentido exactamente así al abrirlo.
—¿Tres fantasías?
—Y hoy no cuenta —Yulia le sonrió con timidez—. En fin… eh… Feliz cumpleaños, Lena.
Lena estrechó a Yulia entre sus brazos de todo corazón.
—Tienes razón —le dijo—. Es muy feliz. En su mente ya bullían múltiples posibilidades.


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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por flakita volkatina el Mar Sep 01, 2015 7:35 pm

Ohhhh hy fue tard d fic... q cumple mas hermoso jajajaja
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Aleinads el Mar Sep 01, 2015 8:13 pm

Mi madre!! affraid quedo en la mejor parte :O
Quiero mas contiiii esto no puede ser esta demasiado bueno y queda ahí ;-; Rolling Eyes
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por xxavaa el Jue Sep 03, 2015 1:11 am

Jaja pobre Yulia, para que le prometió cumplirle las fantasías xD! jaja

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Edirbr el Vie Sep 04, 2015 10:08 pm

Oh por dios me encanta continúa pronto porfa...

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Sep 17, 2015 10:19 pm

Hola a todos, gracias por comentar esta historia, les dejó un capítulo más de ella. Very Happy




Capítulo XVIII. AQUEL VIERNES


Lena salió a recibir a Yulia en la puerta de su apartamento vestida únicamente con un albornoz de color azul pálido y una amplia sonrisa. Yulia le traía una docena de rosas rojas y le dio un buen repaso al entrar.
—Estás radiante —le dijo al darle las flores.
Lena cogió el ramo y Yulia la atrajo de la cintura para darle un beso.
—Absolutamente radiante. Y también hueles muy bien.
—Gracias. Soy bonita y limpia.
Yulia le tiró del cinturón del albornoz y lo tiró al suelo. Le abrió la tela de toalla y deslizó las manos dentro para acariciarle los pechos.
—Ya lo veo. Y la verdad es que me pareces irresistible.
—Entonces mi malvado plan ha funcionado.
—Oh, ya veo —murmuró Yulia, estrujándole el trasero—. ¿Es esto parte de una segunda fantasía?
—Pues mira, sí. —Lena le sonrió, coqueta—. Hoy he probado algo nuevo.
—¿El qué? —preguntó Yulia mientras le cubría la garganta de besos.
—Un enema.
Yulia se apartó y miró a Lena con inseguridad y sorpresa.
—¿Perdona?
—Quería estar limpia —explicó la pelirroja—. Para esta noche. Para la segunda fantasía.
—¿Y cuál es, querida mía, esa segunda fantasía?
Yulia siguió masajeándole y estrujándole las nalgas.
—Espero, por mi bien, que no tenga nada que ver con ponerme un enema a mí también.
Lena rió.
—Ah, no ha sido tan malo. Ahora me siento inmaculada.
Yulia se relajó y sonrió, traviesa, mientras conducía a Lena al sofá.
—¿Y qué quieres que haga con tu prístino culo, cielo mío?
—Quiero que te lo folles —le dijo Lena.
Casi sonrió al detectar cómo a Yulia se le encendía la mirada con aquellas palabras.
—¿Con los dedos? —preguntó Yulia, tragando saliva tras dejar escapar un suspiro.
Lena negó con la cabeza y se sentó en el sofá.
«Eso ya está superado.»
Había llegado el momento de intentar cosas nuevas. Hizo sentar a Yulia a su lado.
—Con un dildo. Precisamente, he comprado uno para la ocasión.
Yulia la contempló con una mezcla de asombro y deseo.
—¿En serio?
—En serio.
Lena le pasó el dedo por la mandíbula y después por la clavícula.
—Siempre he tenido fantasías con practicar el sexo anal con algo más que un dedo, pero nunca lo he probado. Nunca había habido nadie con quien quisiera intentarlo.
—Y se supone que yo tengo que…
—Llevarlo puesto —completó Lena, anticipándose a la pregunta de Yulia—. Quiero sentirte contra mi cuerpo mientras estás dentro de mí.
Yulia se estremeció en sus brazos.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó.
—Un poco, la verdad. Es un poco intimidante —miró a Yulia significativamente—. Pero confío en ti
—¿Aunque no lo haya hecho nunca?
Lena contuvo la risa ante la tímida pregunta, porque era capaz de percibir la emoción que encerraba.
—Entonces estamos iguales —la tranquilizó—. ¿He dado con otra fantasía que te pone nerviosa?
Yulia bajó la mirada.
—Yo…
Lena le puso la mano en la mejilla y le acarició la barbilla.
—Que no te dé vergüenza decirme cuándo no estás segura de algo.
Yulia alzó los ojos y miró a Lena a la cara.
—Es que esta vez tampoco quiero hacerte daño.
—No me harás daño —le dijo Lena. Se había esperado las reticencias de Yulia y tenía las respuestas preparadas—. No te dejaré hacerme daño. Iremos muy despacio y usaremos mucho lubricante. Y hablaremos todo el rato —le cogió la mano a Yulia y añadió—: Si me duele o si no me gusta, pararemos, te lo prometo.
—¿Mercurio? —musitó Yulia con una media sonrisa que no disimuló del todo su aprensión.
—Te lo prometo —le repitió Lena—. Por favor, confía en mí.
Yulia asintió con serenidad.
—Muy bien. Dame cinco minutos para prepararme.
«¿Prepararte?»
Lena intentó imaginar cómo quería prepararse Yulia y se preguntó si, sencillamente, lo que quería era un momento para hacerse a la idea. Se cerró el albornoz y se ató el cinturón de nuevo antes de dejar sola a su amante con un murmullo ronco.
—No tardes mucho. Llevo todo el día pensando en esto.
—¿Por qué no te echas en la cama y piensas un poco más? —Yulia se la comió con los ojos, como si estuviera en un escaparate—. Quiero encontrarte chorreando.
Lena era consciente de que la parte superior del interior de sus muslos ya estaba lubricado y resbaladizo.
—Eso no va a ser un problema —le dijo desde la puerta.
—Pero no te corras —le advirtió Yulia.
Lena sacó a Isis del dormitorio y cerró la puerta. Abrió la tapa del baúl de madera que tenía al lado de la cama y sacó la caja con el dildo que le había llegado por correo el día anterior.
«Ha llegado por los pelos», pensó mientras abría el juguete.
Tiró la caja a la basura y se agachó para sacar dos condones del fondo del baúl y también un bote de lubricante. Con los suministros en la mano, se dirigió a la cama. Dejó el juguete en la mesilla de noche, se tumbó y se abrió el albornoz para empezar a tocarse. Sin embargo, con el paso de los minutos, Lena empezó a preocuparse por Yulia. Ya habían pasado más de cinco minutos, eso seguro. Quizá siete.
¿Tan asustada estaba Yulia? ¿Estaba intentando evitarlo? Lena no quería obligarla a hacer nada que no le gustase o que le diera miedo. Se sentó en la cama, dispuesta a dar su brazo a torcer e ir a buscar a Yulia. O lo dejarían o le daría un par de minutos más hasta que estuviera lista. Treinta segundos después, Lena volvió al salón, con la decisión tomada. Si Yulia no las tenía todas consigo respecto a aquella fantasía, Lena quería tener la oportunidad de pararla antes de que se les estropeara la velada.
Yulia estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá, muy concentrada en el ordenador portátil que tenía en el regazo. Había apagado las luces del salón y el resplandor de la pantalla la iluminaba de una manera que hizo suspirar a Yulia: estaba guapísima. Se quedó mirando a Lena unos veinte segundos más, hasta que esta levantó la mirada y pestañeó, sorprendida de su presencia.
—Hola —le dijo Yulia. Paseó los ojos por el cuerpo desnudo de Lena—. Estoy tardando demasiado, ¿verdad?
Lena asintió y atravesó la habitación para plantarse frente a Yulia, cuyos lánguidos ojos azules estaban fijos en la mata de rizos rojizos que Lena se había recortado para la ocasión. Yulia dejó a un lado el ordenador de inmediato y cogió a Lena del trasero con las dos manos para darle un húmedo beso entre las piernas.
—Lo siento —farfulló.
Hociqueó entre el vello rizado y le introdujo la nariz entre los resbaladizos pliegues para rozarle el clítoris endurecido.
—Ahora mismo iba, lo juro.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Lena, mientras le pasaba los dedos por la espesa melena oscura y mantenía su rostro contra su sexo. Aquel modo tan íntimo de disculparse no le era nada desagradable.
—Investigo —musitó Yulia, antes de lamerle el coño y succionarle el clítoris con los labios en muestra de arrepentimiento—. Sobre el sexo anal.
Lena gimió.
—¿En Internet?
Yulia asintió y la abrió con los dedos, con todo cuidado.
—En las «Preguntas Frecuentes». —Le hizo cosquillas con la punta de la lengua y Lena se estremeció de la cabeza a los pies—. He aprendido mucho.
—¿Ah, sí?
Lena levantó una pierna y apoyó el pie en el sofá, junto a la cadera de Yulia, para dar mejor acceso a la boca que la exploraba lentamente. Mientras, siguió acariciándole el pelo a Yulia.
—¿Y ya te sientes más segura?
Yulia le agarró la pantorrilla con una mano y se pasó un rato venerando a su amante con la boca: su lengua se paseó a placer sobre el clítoris hinchado, se insinuó en su agujero y después descendió para hacerle cosquillas en el ce-rrado y tierno anillo. La pierna que Lena tenía en el sue- lo empezó a temblarle y se estremeció de cuerpo entero bajo las atenciones de Yulia. Si Yulia supiera todo lo que le hacía su lengua… Le tiró del pelo, para apartarla.
—Necesito sentarme.
—Y yo necesito chuparte hasta que te corras —replicó Yulia.
Con un gruñido, volvió a hundirse entre los rizos de su centro de placer. Lena soltó una risita.
—¿No podemos llegar a un acuerdo?
Yulia negó con la cabeza sin dejar de comérselo. Empezó a zumbar de satisfacción y Lena gritó y estuvo a punto de caer de lado. Yulia la cogió de la cintura y la guió hasta su regazo.
—Vale, vale. Un acuerdo. Vamos a la habitación y te lo comeré.
—¿Y no me vas a contar lo que has aprendido? —le preguntó Lena.
Yulia alargó la mano y empezó a acariciarle los pechos desnudos. Ella se rindió a la caricia y notó cómo se le endurecían los pezones bajo las manos de Yulia.
—Te lo contaré en la habitación —le dijo Yulia, distraída. Le miraba los pechos fijamente, con la misma expresión hambrienta que solían provocarle.
«Diría que no he conocido nunca a una mujer tan enamorada de los pechos femeninos como esta.»
A decir verdad, estaba bastante segura de que no había habido demasiados clientes en el club de striptease que la devoraran con los ojos de aquella manera. Le acarició el pelo a Yulia y sonrió cuando su amante le apretó los pechos con las dos manos y le acarició los pezones con los pulgares.
—¿Sabes? Lo primero en lo que me fijé de ti fueron tus tetas —le dijo Yulia
Lena se echó a reír.
—Qué romántico, cariño.
Yulia se encogió de hombros y esbozó una sonrisa tímida.
—¿Qué quieres que te diga? Me las plantaste delante de la cara en cuanto nos conocimos, ¿cómo no iba a fijarme?
Yulia se echó hacia delante, le atrapó un pezón entre los labios y empezó a chupar.
Lena mantuvo la mano en la nuca de la pelienegra.
—Ya me di cuenta de que te gustaban —murmuró—. Me puse muy cachonda bailando para ti. Tenía los pezones como piedras.
Yulia asintió y le besó el otro pezón.
—Me encantaron. Son los pechos más perfectos del mundo.
Aunque no quería separarse de la cálida humedad del beso de Yulia, Lena se obligó a apartar a Yulia. A aquel paso, no llegarían a la habitación.
—Cariño, ¿la cama? —respingó cuando Lena le mordisqueó la aureola.
—Ah, sí —murmuró esta.
Ayudó a Yulia a ponerse en pie y se levantó detrás de ella para rodearle la cintura con los brazos.
Le besó la nuca y murmuró:
—Lo primero que he aprendido es que tenía que excitarte mucho… Porque tienes que estar muy mojada… Muy, muy preparada.
Lena la condujo a la habitación. Yulia seguía enroscada alrededor de su cuerpo.
—Suena divertido.
—Creo que será muy divertido —dijo Yulia.
Cerró la puerta a su espalda y le regaló una sonrisa ardiente a Lena. En cuanto llegaron a la cama, Lena se volvió y empezó a desabrocharle la camisa a Yulia. Yulia llevaba puesto su traje de ejecutiva, excepto la chaqueta, y estaba supersexy.
—Ya has cenado, ¿verdad?
—He picado algo de camino —respondió Yulia. Permitió que Lena la desnudara, con una sonrisa perezosa en los labios—. Me pareció que irnos directamente a la cama era la mejor manera de acabar la semana laboral.
—La mejor, sin duda —estuvo de acuerdo Lena. Le quitó la camisa y pasó a desabrocharle el sujetador. Luego señaló la mesita de noche con la cabeza y empezó a desabrocharle los pantalones—.¿Has visto lo que he comprado?
Cuando Yulia descubrió el juguete, abrió mucho los ojos.
—Guau.
—¿Qué te parece? —le preguntó Lena.
Se arrodilló en la moqueta, le bajó los pantalones y la ayudó a quitárselos. Al levantarse, le besó la suave piel de la barriga y le metió las manos por la parte de atrás de las braguitas.
—¿Te parece interesante?
—Al parecer va a ser una noche para probar cosas nuevas —dijo Yulia. Se apartó de Lena para coger el dildo doble de la mesilla. Señalando el extremó más redondeado, preguntó—: ¿Este es el lado que va dentro de mí?
Lena carraspeó y asintió. Era consciente de que el extremo que llevaba la persona que daba era un poco más grande de lo que Yulia estaba acostumbrada y escrutó su rostro en busca de su reacción sincera.
—Según los comentarios que he leído en Internet, no hay que usar arnés.
Yulia sopesó el juguete de silicona púrpura en la mano.
—Es bonito —dijo, y miró a Lena—. Túmbate en la cama.
Lena obedeció sin titubear. Los ojos de Yulia brillaban de excitación, pura y simple, y Lena lo detectó enseguida. Supo entonces que no tendría que renunciar a su fantasía. El rato que había pasado investigando Yulia le había dado una inyección de confianza, así que Lena tuvo que agradecer los siete minutos que había estado en ello.
Yulia dejó el juguete en la mesita de noche y abrazó a Lena sobre la cama. Antes de que esta tuviera tiempo de reaccionar, Yulia la tumbó de espaldas, le acarició el costado y la cadera y, finalmente, le deslizó la mano entre las piernas.
—Me encanta hacer el amor contigo —gruñó Yulia. Le frotó el clítoris con los dedos y luego le metió un dedo dentro—. Llevo todo el día soñando con este momento.
—Entonces te lo habrás pasado muy bien en el trabajo —comentó la pelirroja con una sonrisa traviesa.
Yulia empezó a penetrarla con más énfasis y le arrancó un gemido ronco. Yulia soltó una carcajada.
—Si mis jefes supieran en lo que estaba pensando durante las reuniones de proyecto…
—Se quedarían impresionados —la cortó Lena—. Me consta que tienes mucha imaginación.
—Nah —negó la pelinegra. Mientras le metía y le sacaba el dedo, empezó a estimularle el clítoris con el pulgar. Al poco rato, le metió un segundo dedo y dijo—: Lo que tengo es una novia muy morbosa.
—No puedo evitarlo si me inspiras —le dijo Lena.
Cerró los ojos para disfrutar de cómo Yulia se la follaba. Era tan perfecto que le vibraba todo el cuerpo, de la cabeza a los pies.
—Igual que me inspiras tú a mí.
Retiró la mano, los dedos y aquel pulgar mágico desaparecieron, y Lena gimió de desilusión. El sonido se convirtió en un gruñido extático cuando Yulia sustituyo la mano por la lengua. Yulia era una maestra del sexo oral. Las veces que Lena se abría de piernas para la lengua de Yulia eran puro zen, un estado de perfección que nunca había alcanzado con ninguna otra amante. Hubo un momento en que creyó que se moriría allí mismo, cuando la lengua que le castigaba el clítoris descendió de repente. Yulia le separó las nalgas con las manos y le lamió el ano. Lena arqueó la espalda y Yulia se la acercó todavía más. Su clítoris palpitaba, enloquecido por la sensación nueva de que la chuparan en aquella zona tan sensible y, cuando Yulia le introdujo la punta de la lengua, Lena gritó de placer.
—Yulia, por favor… —gimoteó.
Estaba tan cerca del clímax que le temblaba todo el cuerpo.
«¿Cómo ha sucedido todo tan rápido?»
Yulia empezó a frotarle el clítoris en círculos, con la presión justa para volverla loca, mientras seguía lamiéndole el ano. Al cabo de unos segundos, Yulia dejó de moverse por completo y se apartó. Lena quedó al borde del éxtasis y respingó, alarmada.
—No pasa nada, cariño —jadeó Yulia—. Solo quiero que te des la vuelta. Ponte boca abajo.
Lena cambió de posición en un abrir y cerrar de ojos, ya que estaba ansiosa de que Yulia la tocara y la lanzara a un orgasmo que se insinuaba poderoso e intenso como pocos. Estaba lista, con el cuerpo empapado en sudor y el coño mojado y abierto. Se puso con el trasero en el aire y el rostro hundido en la almohada y gimió cuando Yulia la abrió con una mano y le frotó el clítoris con la otra.
Expuesta de aquella manera, soltó un quejido agudo cuando volvió a notar la lengua de su amante en el ano.
No tardó mucho en correrse. Solo treinta segundos de atenciones ininterrumpidas por parte de Yulia, con los dedos por delante y la lengua por detrás, la hicieron gemir y temblar y derrumbarse sobre el colchón para poder recuperarse. Yulia también se tumbó en la cama y abrazó a Lena con extrema ternura.
—Eso también lo he aprendido en Internet —le dijo, mientras le besaba la cara—. A relajarte y estimularte para que estés bien abierta. Iba a hacerlo antes de follarte, pero no he tenido paciencia y he tenido que hacerlo ahora.
Lena logró soltar una carcajada desfallecida.
—Pues me alegro. Me ha gustado muchísimo.
—Ya me he dado cuenta —afirmó  Yulia y le sonrió, llena de confianza—. ¿Debería ir metiéndome el juguete ya?
Lena se sentó y alargó el brazo por encima de Yulia para coger el dildo doble de la mesita de noche.
—Déjame a mí.
Yulia se semi incorporó sobre los codos y se miró.
—Joder, estoy súper mojada…
A Lena se le hizo la boca agua.
—Eso no es bueno —le dijo, mientras abría uno de los condones—. Se supone que la cosa esta tiene que quedarse dentro de ti. No nos interesa que estés «demasiado» mojada.
—Oh. —Yulia se removió en la cama, debajo de Lena—. Esto… ¿debería…?
Lena dejó el juguete a un lado, gateó hasta la mitad inferior de la cama y se puso la pierna de Yulia sobre el hombro. Esta cayó de espaldas sobre la almohada.
—Ya me encargo yo —murmuró Lena.
Le pasó la lengua por el sexo hinchado y saboreó la dulce humedad que chorreaba.
—Te voy a chupar hasta que quedes bien limpia.
Yulia gruñó y le enredó una mano en el pelo. Ladeó las caderas y le rozó la nariz a Lena con el vello púbico.
—Creo que esto es lo que más me gusta del mundo.
Lena hizo un ruidito de felicidad y le lamió la resbaladiza carne fragante. También era lo que más le gustaba hacer a ella, sobre todo con Yulia, que hacía los ruidos más excitantes que había oído nunca.
Para cuando los morenos muslos de Yulia empezaron a agitarse contra su boca, el aire se había llenado de gemidos, jadeos y quejidos ansiosos y Lena estaba cerca de volver a correrse, solo de oír a su amante. Lena le insinuó la lengua en su entrada y después volvió a chuparle el clítoris. Le acarició el sexo con los labios y le castigó el centro sensible con la punta de la lengua.
Yulia se corrió con un grito agudo. Arqueó la espalda, clavó los talones en el colchón y a punto estuvo de tirar a Lena al suelo, pero esta aguantó entre sus muslos y siguió lamiéndola hasta que se calmó y se quedó inerte sobre las sábanas revueltas.
—Joder… —musitó Yulia cuando recuperó el habla. Apartó a Lena con delicadeza. —Cariño, vas a acabar conmigo antes de poder hacer realidad tu fantasía.
—Nada más lejos de mi intención —sonrió Lena.
Cogió el dildo y le puso el condón al lado más protuberante. Luego se lo colocó a Dana en la entrada. Estaba más húmeda y relajada que nunca.
—¿Estás preparada?
—Ya te digo… —murmuró Yulia—. Adelante.
Se ajustó al juguete con facilidad. Lena hasta se sorprendió un poco de lo sencillo que fue introducírselo y de cómo Yulia abrió las piernas y lo aceptó con un gemido grave de placer. Se lo colocó de manera que el extremo más largo y fino le sobresaliera entre las piernas.
—Precioso. —Lena acarició el juguete—. ¿Qué tal?
Yulia le sonrió con languidez.
—Muy bien. ¿Me dejas follarte un segundín?
Lena se echó al lado de Yulia y se abrió de piernas. Siempre le entraba un cosquilleo de excitación en la boca del estómago cuando probaba algún juguete nuevo.
—Me gustan las mujeres con iniciativa.
Yulia le puso el condón al dildo en un tiempo récord y lo posicionó entre los muslos de Lena. La punta del juguete se posó sobre su resbaladizo sexo y Lena hizo fuerza con los pies para frotarse con él. Saber que el otro extremo reposaba dentro de Yulia y que pronto estarían unidas íntimamente la ponía más caliente de lo que podía soportar.
—Entra dentro de mí —le dijo Lena—. Quiero sentirte dentro.
Yulia colocó el dildo en la entrada de Lena.
—Eres tan sexy, nena… Te deseo muchísimo.
—Entonces, tómame —le dijo Lena. Le rodeó la cadera con una pierna y se aferró a sus hombros con el brazo. A continuación arqueó las caderas para que su amante la penetrara—. Por favor.
Sin pronunciar palabra, Yulia la penetró. Con las manos apoyadas en la almohada, a ambos lados de la cabeza de Lena, Yulia movió las caderas despacio, con cuidado, y se hundió en Lena centímetro a centímetro. Fue un proceso tortuoso, pero Yulia lo hizo sin prisas. Le puso una mano en la cadera a Lena y la atrajo contra su sexo.
—Ah, me gusta —jadeó Yulia.
Le besó el cuello a Lena y dejó escapar un gemido. Su compañera se retorció debajo de ella y suspiró de placer. Le encantaba cómo los pechos de Yulia se apretaban contra los suyos. Además, Yulia no se detuvo un solo instante; al principio fue despacio, pero poco a poco aceleró el ritmo y la embistió con más fuerza y fogosidad. Lena le echó los brazos alrededor de los hombros y la estrechó con fuerza. Ella también se movía, entusiasmada, al ritmo que marcaba Yulia y su piel sudorosa se deslizaba contra la suya mientras ambas se sacudían con ansiosa desesperación.
—Me encanta follarte así —le susurró Yulia al oído. Frotó su pelvis contra la de Lena, que tenía el dildo hundido hasta el fondo—. Me encanta sentirlo cuando te follo. Sentirlo dentro de mí —se interrumpió; gimió y se estremeció de placer.
Lena sujetó a Yulia con fuerza y le deslizó las manos por la espalda hasta cogerle el trasero.
Notaba cómo sus glúteos se tensaban y se relajaban con cada embestida.
—¿Crees que podrías volver a correrte?
—Sí —contestó Yulia, con los dientes apretados.
Lena también estaba segura de que podía correrse otra vez, pero quería aguantar hasta que Yulia la penetrara analmente para estar lo más excitada que pudiera. De todas maneras, quería sentir cómo Yulia se corría en su interior. Le rodeó las caderas con las piernas con fuerza renovada y le arañó la parte baja de la espalda.
—Córrete, cariño —le susurró.
Le mordió el cuello y succionó aquella piel morena con todas sus fuerzas.
—Quiero sentir cómo te corres.
Yulia se apoyó sobre las manos y empezó a agitar las caderas más deprisa, para follarse a las dos a la vez, sin dejar de frotarse ansiosa contra la juntura del juguete. Lena cerró los ojos y notó cómo el placer le inflamaba la parte baja del abdomen y la entrepierna, pero trató de evitar el clímax que se insinuaba al final del camino. Gimió, gruñó y jadeó con Yulia, para que esta supiera lo mucho que disfrutaba, pero mantuvo el control con mano férrea. Todavía no estaba preparada para dejarse llevar.
Su autocontrol a punto estuvo de irse al traste cuando Yulia se puso rígida, levantó la cabeza, se estremeció y se corrió explosivamente. El sudor le goteaba por la cara, le caía a Lena en el cuello y trazaba surcos perezosos sobre su piel. Su rostro se contrajo en un rictus de placer absoluto. Al cabo de unos segundos se relajó, se dejó caer sobre Lena, lánguida y saciada, y le cubrió el pecho de besos apasionados.
—Oh, Lena. Dios, Lena…
Lena casi no podía más de deseo.
—Quiero intentarlo ya, cariño. Por el culo…
Yulia asintió y salió del interior de Lena, jadeante.
—Ya lo sé.
—Me has puesto tan cachonda que ya no puedo aguantar más.
Yulia no se hizo de rogar y besó a Lena a medida que descendía sobre su cuerpo, hasta volver al castigarle el sexo con la lengua. Lena gimió con gratitud y abrió las piernas, dispuesta a disfrutar todo lo que Yulia quisiera darle. Cuando esta le volvió a lamer el ano, casi se volvió loca.
—¡Ah, joder, Yulia! —Lena se retorció bajo las caricias de su lengua y maulló de placer—. Oh, por favor. Por favor, por favor, por favor.
Yulia se retiró y le metió un dedo cubierto de lubricante por el culo. Lena pestañeó, sorprendida; ni siquiera se había dado cuenta de que Yulia había cogido el bote de lubricante. No le costó nada adaptarse a un solo dedo y aquella suave penetración fue una sensación deliciosa.
—Sí —siseó Lena. Apretó los dientes y se retorció bajo la mano de Yulia, con el rostro tomado por el placer—. Sí, sí…
—Te gusta —dijo Yulia.
No era tanto una pregunta como una afirmación. Yulia retorció el dedo y siguió metiéndoselo y sacándoselo por el estrecho orificio.
Lena asintió, completamente de acuerdo.
—Prueba otro más —respingó.
Había creído que sería más difícil que le entraran dos dedos de Yulia, pero se deslizaron hasta el fondo sin hallar resistencia. La sensación le arrancó un gruñido de placer y Lena se obligó a relajarse, para poder disfrutar mejor de la satisfacción de sentirse tan llena. Era la primera vez que le metían más de un dedo por detrás. Compartió una mirada llena de amor con Yulia (Dios, tenía unos ojos azules hechizadores) y se sonrieron con emoción.
—¿Sigues bien? —le preguntó Yulia, con una sonrisa tonta.
—Fantástica —repuso Lena—. Diría que quiero más.
Yulia movió los dedos con un ritmo suave y enloquecedor. Lena sentía cómo giraban dentro de ella; sentía cómo la frotaba y la abría poco a poco, para prepararla para el dildo. Cerró los ojos y esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Oh, Dios, Yulia —musitó Lena.
—Lo haremos así, boca arriba —la informó Yulia, sin dejar de follársela con movimientos lentos y profundos de los dedos—. La página web decía que era la posición más cómoda.
Lena miró a Yulia y gimió, agradecida.
—Perfecto, porque quiero mirarte a los ojos.
Yulia le sacó los dedos y colocó el extremo de silicona del dildo sobre el ano distendido de Lena.
Supo que Yulia le ponía más lubricante al juguete, cuando el líquido le resbaló por las nalgas.
—Iremos a tu ritmo, ¿de acuerdo? Yo empujaré, pero quiero que tú me guíes.
Lena se mordió el labio y asintió. Trató desesperadamente de no ponerse tensa a la hora de la verdad.
—Estoy lista.
Yulia empujó un poco y presionó la punta del dildo sobre el ano de Lena.
—Acaríciate el clítoris, cariño, y cuando estés lista para tomarme, empuja.
—¿Que empuje? —preguntó Lena.
—Como si quisieras… expulsar —aclaró Yulia—. Lo he leído.
—Bueno, si estaba en Internet debe de ser cierto.
Lena se acarició el clítoris hinchado con la mano, en círculos. Gimió y murmuró cariñosamente.
—Friki.
Yulia aguantó la base del juguete con una mano, y con la otra le pellizcó el pezón izquierdo a Lena y después el derecho.
—Y adoras a esta friki.
—Sí que la adoro —contestó Lena.
Respiró hondo, se relajó y empujó contra el dildo. Sus músculos se tensaron ante la intrusión.
Cuando de repente cedió y aceptó el primer centímetro del dildo, soltó el aire retenido en los pulmones de golpe. Quemaba.
—Ay.
Yulia no dejó de castigarle los pezones a conciencia.
—Sigue acariciándote, cariño. Relájate y ábrete para mí.
Lena asintió con decisión.
—Mételo un poco más.
Yulia se apoyó con una mano en la cama para mantener el equilibrio y empujó un poco más. Lena notó cómo su ano se relajaba y aceptaba la cabeza del dildo entera. Sus músculos se cerraron en torno al extremo más fino del juguete y Lena levantó una mano temblorosa para que Yulia parase.
—¿No más? —preguntó Yulia. Tenía los muslos en tensión y parecía preparada a retirarse en cualquier instante.
—No, solo… dame un segundo para acostumbrarme.
Yulia asintió y se quedó quieta mientras Lena se masturbaba. Siguió provocándole los rosados pezones un rato y a continuación le paseó los dedos por el brazo que Lena movía entre sus piernas, hasta llegar a su centro. En ese momento le metió un dedo por el coño y gimió en voz baja.
Lena abrió la boca y gritó sin emitir sonido. Se sentía tan llena, tan poseída… que solo quería más. Dobló las rodillas y apoyó los pies en la cama para empalarse en el dildo un poco más. Al cabo de un par de centímetros se detuvo de nuevo. Yulia mantuvo un ritmo constante con el dedo.
—¿Qué tal, cariño? ¿Te gusta?
Lena apretó los dientes y se frotó el clítoris con frenesí. Una vez que la incomodidad inicial había remitido, las sensaciones que la recorrían al tener el dildometido en el culo eran increíbles. Quería metérselo hasta el fondo y luego quería que Yulia le metiera los dedos.
—Me gusta. Solo dame un segundo.
—Tómate todo el tiempo que quieras —le dijo Yulia.
Le metió el dedo a Lena con firmeza y le rozó su punto G.
—Esto es para ti, nena, para darte placer.
Lena cerró los ojos e inspiró por la nariz cuando la recorrió una oleada de calor desde lo más profundo de las entrañas. Los muslos le temblaron e intentó evitar lo inevitable. Si no iba con cuidado se correría, y no quería hacerlo hasta tener a Yulia dentro.
—Más —susurró, y abrió los ojos para mirar a Yulia a la cara—. Métemelo entero, Yulia.
Así lo hizo. Lenta y cuidadosamente, le deslizó el juguete hasta el fondo de una sola vez y Lena jadeó de placer. Cuando Yulia estuvo completamente dentro, dejó las caderas quietas y se quedó inmóvil.
—Dime cuando quieras que me mueva —murmuró Yulia. Sus ojos relucieron, llenos de deseo—. Y no dejes de tocarte.
Lena había dejado la mano quieta mientras se concentraba para postergar el orgasmo, pero empezó a moverla de nuevo cuando Yulia se lo ordenó. En ese momento, Yulia volvió a meterle y sacarle el dedo y Lena fue incapaz de esperar por más tiempo.
—Muévete —gimió—. Fóllame, pero empieza poco a poco.
Yulia se movió con cuidado y precisión y le metió y sacó el dildo por el ano con embestidas cautelosas. Fue tierna y cariñosa y no apartó los ojos de los de Lena en ningún momento, para estar atenta a cualquier muestra de incomodidad por parte de su amante. Sin embargo, no halló ninguna.
Lena tenía los ojos en blanco. Su cuerpo entero estaba ardiendo; el clítoris le latía, hinchado bajo sus dedos y tan hipersensible que no podía ni rozarlo sin gritar. Yulia le deslizó el dedo dentro y fuera del coño, y exploró y frotó cada uno de los puntos sensibles. Y el culo… Se sentía completamente llena y su ano se contraía de placer en torno al dildo que la penetraba.
Yulia apretó el ritmo. Dios, le llegaba tan adentro… Notó que la pelinegra le acariciaba la fina barreraque separaba su dedo del juguete y la recorrió una sacudida por toda la espina dorsal. Trató de advertir a Yulia.
—Voy a…
Pero llegó demasiado tarde.
El orgasmo la recorrió como un torbellino y le arrancó las palabras de la garganta. Echó la cabeza hacia atrás, lanzó un grito agudo y se le rompió la voz. Sus dedos se crisparon sobre su clítoris y lo estimularon hasta el final del clímax, cuando la abandonó todo asomo de control. Yuia permaneció en ella y fue ralentizando las embestidas, sin llegar a sacarle el dedo.
—Muy bien, cariño. Así, así. Eso es.
Lena se había quedado ronca de gemir y gritar y reír. Siguió estremeciéndose en las postreras sacudidas de su orgasmo mucho después de llegar a la cima. Mareada, durante un segundo tuvo la impresión de que nunca volvería a sentirse normal. Sin embargo, al poco su cuerpo se destensó y cayó rendida sobre la cama, absolutamente agotada.
—Guau —susurró Lena.
No es que fuera lo más apropiado en ese momento, pero su vocabulario se había visto reducido drásticamente.
—Sencillamente, guau.
—Sí, guau —coincidió Yulia.
Tenía cara de sorpresa, pero su expresión era también precavida.
—Te has corrido muy fuerte.
Lena sintió un escalofrío y se contrajo alrededor del dildo y del dedo de Dana.
—Oh, sí —le acarició la mejilla a Yulia—. Has estado asombrosa.
—Tú sí que has estado asombrosa —le dijo Yulia—. Eres asombrosa.
—Te amo.
Lena pestañeó, con los ojos anegados en lágrimas. Aquellas palabras no bastaban; nada que pudiera decir podría acercarse ni de lejos a los sentimientos que quería que Yulia entendiera.
—Yo…
Yulia se inclinó y le dio a Lena un tierno beso en los labios.
—Lo sé, nena. Te amo. Te amo mucho.
Se apartó y metió la mano entre las dos.
—Voy a sacártelo, ¿vale?
—Vale —le dijo Lena.
Cerró los ojos y ayudó a Yulia a sacar el dildo, aunque cada centímetro del juguete le arrancó un gruñido. A continuación, Yulia le sacó el dedo y Lena se quedó vacía. Cuando su amante se sacó el extremo protuberante del juguete con un gruñido quedo, Lena le agarró el muslo.
—Te deseo.
—Ya me has tenido —le recordó Yulia con una sonrisa burlona.
—Quiero tenerte encima —le dijo Lena—. Quiero que me abraces.
Yulia dejó caer el dildo a un lado de la cama.
—Hecho.
Abrazó a Lena con fuerza y la acunó con cariño, mientras murmuraba palabras sin sentido.
Y Lena todavía se enamoró más de ella.



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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Aleinads el Vie Sep 18, 2015 6:47 am

Me encanta Lena caliente y atrevida, uuuufff este fic #Caliente
Y mi Yulia como siempre complaciente ♥️ son el complemento perfecto las amo!! I love you  
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Oct 08, 2015 10:11 pm

Capítulo XIX. "UN MAL DÍA"


Lena estaba sentada en el sofá con Isis en brazos cuando Yulia volvió a casa después del trabajo.
Tenía los ojos enrojecidos, ya que no había sido capaz de contener el llanto, y al oír a Yulia abrir la puerta con su llave sintió una intensa oleada de alivio. Echó un vistazo al reloj, sorprendida de que ya fueran las seis de la tarde. Aquello significaba que llevaba llorando casi media hora.
La brillante sonrisa de Yulia se desvaneció en cuanto entró en el apartamento y miró a Lena a los ojos.
—¿Lena?
Se acercó al sofá, claramente preocupada.
—¿Cariño?
Casi en contra de su voluntad, La pelirroja hizo un puchero y los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez
.—He tenido un mal día —musitó.
Yulia soltó el maletín enseguida y se sentó en el sofá junto a Lena.
—¿Qué ha pasado, cariño? —quiso saber. Frunció el ceño y escrutó el rostro de Lena—. ¿Y por qué no me has llamado?
—Hoy he… perdido a mi primer paciente —murmuró Lena. Su rostro se contrajo lastimeramente al recordar y apartó la mirada—. No te he llamado porque estabas trabajando y sabía que vendrías esta noche, así que…
—Oh, no —exclamó Yulia con simpatía. Lena se sintió un poco mejor por ello. La pelinegra le pasó el brazo por los hombros y le dio un fuerte abrazo—. ¿Quieres hablar de ello?
Lena negó con la cabeza, pero aun así, empezó a hablar.
—Puedo aguantar tener que sacrificar un animal, ¿sabes? Cuando es viejo o está enfermo y sufre, hay una razón para hacerlo y puedo soportarlo. Pero hoy… —Abrazó a Isis con más fuerza y le hundió el rostro en el sedoso pelaje—. Me han traído una gata toda negra. Tenía tres años.
—¿Qué le pasaba?
Lena notó que se le ponía un nudo en la garganta.
—No estoy segura. La habían envenenado. No… no lo sabemos exactamente.
—¿Envenenada? —Yulia miró a Isis y después volvió a posar los ojos en Lena—. ¿Cómo?
—Los dueños dijeron que se pasaba el día fuera de casa. Pasó la noche por ahí y cuando volvió le costaba respirar. Nos la trajeron, pero no pudimos hacer más que llenarla de medicamentos mientras el veneno la iba matando —sollozó la pelirroja.
Isis se asustó y saltó al suelo. Tras echar una mirada atrás, la gata se marchó al pasillo. Yulia aprovechó para acercarse más a Lena y le dio un abrazo que esta correspondió con desesperación.
—¿No pudiste hacer nada?
Lena negó con la cabeza y le hundió la cara en el hombro.
—Solo verla morir. Nada le hacía efecto. Tuvo un paro respiratorio y sufría unas convulsiones horribles. —Se estremeció por el recuerdo—. Ha sido lo más horrible que he visto nunca.
Yulia le susurró palabras de consuelo y la acunó con delicadeza mientras le acariciaba la espalda cariñosamente.
—Lo siento mucho, cariño.
Lena sorbió las lágrimas y murmuró.
—Ya sé que soy una profesional y que debería ser capaz de soportarlo, pero…
—¿Soportarlo? —Yulia frunció el ceño—. Has tenido que ver morir a un animal de una manera horrible. ¿Por qué ibas a tener que soportarlo?
—Se parecía mucho a Isis —dijo Lena con voz queda. Las lágrimas le rodaron por las mejillas
—. No podía dejar de pensar en eso: en lo mucho que se parecía a Isis.
Yulia se apoyó en el respaldo del sofá y acomodó a Lena en su regazo.
—Isis está bien, cariño. Está aquí y está perfectamente.
Lena sorbió las lágrimas de nuevo y apoyó la oreja en el pecho de Yulia. Cerró los ojos y se dejó confortar por el latido de su corazón.
—Me cabrea tanto cuando les pasan cosas malas a los gatos por salir de casa… Ya sé que mucha gente opina que están mejor vagando por las calles a sus anchas, pero no puedo ni imaginarlo…
Echó un vistazo al pasillo, por donde había desaparecido Isis, y deseó que la gata estuviera donde pudiera verla.
—Es mi niña y no puedo ni imaginármela ahí fuera, a merced de la naturaleza, de la gente o de cualquier otra cosa.
—Lo entiendo —murmuró Yulia. Le acarició la espalda a Lena—. Tendrías que haberme
llamado, tesoro. Aunque estuviera en el trabajo, no había necesidad de que pasaras este mal rato sola. Podría haber intentado salir antes.
—No quería molestarte.
Yulia se sentó derecha y se apartó de Lena.
—¿Molestarme?
Lena se volvió al percibir la nota de pesar en la voz de Yulia. Cuando descubrió su expresión alicaída, se le cayó el alma a los pies.
—No quería decir que…
—¿Creías que me molestaría que me llamaras para contarme que habías tenido un mal día? Aunque Yulia todavía tenía las manos en las caderas de Lena, era como si se hubiera abierto un abismo entre las dos. —Quiero ser la persona que te consuele cuando estás triste. Quiero que lo primero que hagas cuando estés disgustada sea coger el teléfono y llamarme. Creía que…
—Yulia —la interrumpió Lena—. Cariño, por favor. —Se encogió de hombros, impotente—. Lo siento. No es que pensase que no estarías a mi lado, es que me sentía muy estúpida.
—No es estúpido estar triste —dijo Yulia—. Sea por la razón que sea.
—Pero…
—Además, no tienes por qué sentirte estúpida conmigo. Nunca. Te quiero, Lena. Cuando sufres, yo sufro. Y saber que prefieres sufrir sin mí hace que me entren ganas de llorar.
—Tienes mucha razón —admitió Lena al cabo de unos segundos—. Yo querría que me llamaras si te pasara algo, así que entiendo que tú quieras lo mismo.
—Claro que sí.
Yulia la besó largamente y, cuando despegó los labios de los de Lena, preguntó:
—¿Acaso no te lo digo siempre? ¿Lo que quiero?
—Tú siempre me dices las cosas. Supongo que a veces no te escucho lo suficiente.
—Quizás te lo tengo que decir mejor. —Yulia la abrazó con fuerza y le acarició los costados—.Lena, eres lo más importante de mi vida. Quiero saberlo todo de ti. Quiero estar a tu lado cuando eres feliz y, sobre todo, quiero estar contigo cuando estás triste. Quiero tener la oportunidad de hacerte sentir mejor.
—Me haces sentir mejor —musitó Lena.
Y era cierto. Desde que Yulia había entrado por la puerta, su corazón había empezado a recuperarse de las emociones de aquel día tan duro. —Créeme, lo haces.
—¿Y cómo puedo hacerte sentir mejor esta noche?
El humor de Lena cambió casi de inmediato e insinuó una sonrisa, aunque luego se lo pensó mejor. Por una vez, no acababa de apetecerle hacer el amor.
—Podríamos pedir una pizza y ver una película en el sofá. —Tras apartarse unos mechones húmedos de los ojos, añadió—: ¿Me dejas elegirla a mí? Algo ligero, feliz y romántico.
—Trato hecho.
Yulia se sacó el móvil del bolsillo.
—¿Pedimos la pizza donde siempre?
—Sí.
Lena se sentó con la espalda contra el respaldo y miró a su compañera.
—Me alegro de que hayas venido esta noche.
—Yo también —le dijo Yulia, mientras marcaba—. ¿Lo mismo? ¿Una pequeña con pimiento verde, cebolla, tomate y sin queso?
Lena asintió con entusiasmo. Era reconfortante tener a alguien que se supiera su pizza favorita de memoria. Siendo realista, aquella razón era de las menos importantes a la hora de explicar por qué adoraba a Yulia, pero aun así le llenaba el corazón de ternura.
—Sí, espero. —Yulia le sonrió—. Eres muy rara, ¿sabes? ¿Una pizza sin queso? Eso es una
blasfemia.
Lena arrugó la nariz.
—Empecé a comérmela así cuando hacía striptease. Era mi manera de compensar el hecho de comer pizza, puesto que mis ingresos dependían de mi silueta. La verdad es que acabó gustándome mucho.
Yulia recitó su pedido habitual al teléfono y, mientras tanto, Lena se fue a cambiar a la habitación. Ya que iban a pasar la noche en casa, quería ponerse cómoda. Cuando volvió al salón con el pantalón del pijama y una camiseta de tirantes, encontró a Yulia en el sofá con Isis acurrucada en el regazo.
Desde donde estaba, Lena vio cómo Isis estiraba las patas y ronroneaba complacida bajo las caricias de Yulia. Sorprendida, se quedó en el umbral para observarlas en silencio. Era la primera vez que veía a Yulia hacerle carantoñas a su gata.
—Gracias por cuidar de ella hasta que llegara —le murmuraba Yulia a la mimosa gata—. Y ya te lo digo ahora: tienes completamente prohibido salir afuera. Me da igual cuánto supliques cuando viva contigo, en eso me mantendré firme.
Lena se tapó la boca con la mano para no sonreír. Ver a Yulia teniendo una conversación en serio con su gata era agradable. Y el hecho de que su amante hubiera mencionado casualmente lo de vivir juntas (delante de Isis, vaya público) le llenó los ojos de lágrimas de felicidad.
Estaba decidida a seguir el ritmo de Yulia, pero en aquella ocasión no pudo evitar darle un
empujoncito. Entró en la sala y carraspeó.
—¿Sabes? Isis me lo ha estado preguntando.
Yulia dio un salto. Al parecer, la llegada de Lena la había cogido por sorpresa.
—¿El qué?
—Cuándo ibas a dejar de pasar tanto tiempo fuera de casa.
Lena atravesó el salón y le dio a Yulia los pantalones de pijama y la camiseta que guardaba en su casa para cuando se quedaba a dormir. Se sentó a su lado y continuó.
—Yo he intentado explicarle que tienes tu propia casa, pero le ha parecido una tontería. Pasamos juntas casi cada noche, y tener dos casas significa que a veces la dejamos sola.
—Y no le gusta estar sola —apuntó Yulia—. Supongo que sí que es una tontería, si lo piensas así.
—Bueno, es lo que opina Isis.
Yulia bajó la mirada hacia la gata de negro pelaje y le rascó detrás de las orejas.
—¿De verdad que compartirías a tu mami conmigo?
Isis no contestó.
—Isis —la arrulló Lena, en el tono que sabía que haría responder a la charlatana de su mascota —.¿Qué dices?
Soñolienta, Isis parpadeó con sus ojos dorados, levantó la cabeza y maulló. Yulia miró al animal y a continuación a la persona sentada a su lado. Arqueó una ceja.
—¿Qué ha dicho?
—Creo que ha dicho «si vais a cenar pizza, yo quiero atún» —respondió Lena. Se arrimó más a Yulia y le rodeó los hombros con el brazo—. O eso o «dejad de hablarme como a una persona».
Yulia echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada que volvió a ahuyentar a Isis. Lena se aprovechó del hueco que había dejado y se le arrimó más.
—Me encanta tu sentido del humor —le dijo Yulia, entre risitas—. De verdad que te quiero.
—¿Te gustaría vivir conmigo?
A Yulia se le iluminaron los ojos y no lo dudó un instante.
—Sin lugar a dudas. No sé cómo lo hemos retrasado tanto tiempo. ¿Cuánto llevamos? ¿Ocho meses?
—Los mejores ocho meses de mi vida —afirmó Lena.
Yulia sonrió, como si acabara de ocurrírsele un secreto.
—Creo que lo mejor está por llegar.
—No lo dudes —coincidió Lena—. ¿En tu casa o en la mía?
—¿Qué tal «la nuestra»? —propuso Yulia—. No me importaría buscar una casa más grande. Las nuestras son pequeñas. Además, supongo que me gustaría empezar desde cero juntas, en un sitio nuevo.
Antes de dejarse llevar por la emoción, Lena se sentía obligada a hacerle una advertencia.
—Nunca has vivido en pareja antes. Seguramente tengo alguna que otra mala costumbre.
«Me da la impresión que podría llevarme el Oscar a la mejor lesbiana en estos momentos.»
—Y también tienes costumbres muy buenas —replicó Yulia—. Como quererme. —Abrazó a Lena con fuerza y le susurró—: Oh… y chuparme.
—¿Ah sí? —bromeó Lena—. ¿Esas son todas mis buenas costumbres?
—Seguro que no, pero son dos de mis favoritas.
—¿Estás preparada para dar este paso, cielo? Me refiero a que he sacado el tema sin previo aviso y no quiero que te sientas presionada.
—¿Estás de broma? —sonrió Yulia .-Odio verte marchar o marcharme yo. Odio cuando estamos separadas. —Miró a Lena con gravedad—. Si no hubiéramos tenido pensado que hoy dormiría aquí, ¿me habrías llamado para decirme que estabas triste y necesitabas que viniera?
Lena no pudo mentir.
—No lo sé. Supongo que sí.
—Si vivimos juntas, ¿me prometes que me llamarás siempre que te pase algo malo o que te sientas infeliz?
—Viva o no viva contigo, sí —asintió Lena—. Lo prometo.
Se acurrucó con la cabeza en el hombro de Yulia y aspiró su aroma.
—He aprendido la lección. Y me encuentro mucho mejor ahora que te tengo aquí. Yulia la atrajo hacia sí y le acarició el pecho con dulzura.
—¿Quieres que empecemos a mirar apartamentos este fin de semana?
Lena pestañeó, gratamente sorprendida. El día había dado un giro de 180 grados y estaba acabando a lo grande.
—Perfecto. Y hay otra cosa que querré hacer muy pronto. A lo mejor, cuando nos hayamos mudado, no quiero estar por otras cosas.
—Suena interesante. Yulia le mordisqueó el lóbulo de la oreja y le hociqueó el cuello.
—¿Qué es lo que quieres, cariñito?
—Mi tercera fantasía.
Yulia dejó escapar un sonido ronco y seductor.
—Esperaba que dijeras eso.
 

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Oct 25, 2015 8:54 pm

Capítulo XX. UN FALLO EN EL SISTEMA



Yulia salió del dormitorio a grandes zancadas, con el ceño fruncido. Aunque estaba preciosa con su traje gris oscuro, no parecía de muy buen humor. Lena estaba en la cocina, preparando las bolsas para la comida de las dos. Observó a Yulia con cautela mientras untaba mos-taza en su sándwich de pavo.
¿Sería Yulia la que rompiera el hielo, o tendría que hacerlo ella?
Acababan de discutir, después de que la ojiazul se hubiera puesto furiosa al encontrarse una toalla mojada colgada de la puerta de la ducha que goteaba en el suelo. Odiaba el desorden y, al parecer, tener mojado el suelo del baño era un crimen terrible. Lo primero que le había dicho a Lena aquella mañana había sido: «¿Qué coño es esto? ¿Es que vivimos en una pocilga?». La pelirroja le había replicado, porque le cabreaba que, en lugar del abrazo y el beso al que estaba
acostumbrada, hubiera tenido un reproche de buenos días. «Ya veo que te has levantado de buen
humor, pastelito mío.» Fue lo último que se dijeron antes de que Yulia se metiera en el baño y cerrara de un portazo y Lena se fuera a la cocina. Habían pasado exactamente diecisiete minutos. Lena lo sabía, porque los había contado con el estómago encogido por la tensión. Oyó entrar a Yulia, pero mantuvo la mirada baja mientras esta preparaba el café. Yulia no pronunció palabra mientras trabajaba y Lena tampoco, de manera que sus rutinas matutinas se desarrollaron silenciosa y eficientemente.
Hacía dos semanas que compartían apartamento y, a medida que acababan de desempaquetar,
estaban recibiendo un cursillo acelerado en las costumbres mutuas. Yulia era una obsesa del orden y la limpieza, justo como Lena había imaginado. Ella, por su parte, era más laxa, aunque suponía que su amante la consideraría más «de-sordenada» que otra cosa. Lena había intentado cuidar un poco cómo dejaba la casa y, hasta aquella mañana, Yulia parecía estar haciendo un notable esfuerzo por ser paciente con ella cuando dejaba las cosas por medio.
Aprenderse las manías de Yulia no era cosa fácil, y Lena creía que se merecía más reconocimiento del que le había otorgado por lo del baño.
—¿Dónde está mi maletín? —preguntó Yulia con voz tensa, desde el otro lado del mostrador de la cocina—. Lo dejé al lado de la puerta, pero ya no está ahí.
Lena levantó la mirada.
—Lo he dejado en el armario de la entrada.
—El armario de la entrada, cómo no.
Yulia farfulló algo entre dientes y se alejó. Lena contuvo las lágrimas y metió un plátano en una de las bolsas de papel. Dana regresó justo cuando acababa de cerrarla y Laurel se la ofreció con una media sonrisa triste.
—Aquí tienes tu comida.
La expresión de Yulia se suavizó un poco. Dejó el maletín en el suelo y cogió la bolsa, con cuidado de no tocar los dedos de Lena.
—Ah, gracias.
—No hay de qué.
Lena la miró con precaución. Se moría por tocarle la mano, pero se contuvo, porque no estaba segura de que Yulia apreciara el roce en aquellos momentos.
—No es más que un sándwich de pavo.
Dana dejó escapar un hondo suspiro y dejó la bolsa en el mármol.
—Lo siento, cariño.
Aunque tenía el corazón en un puño por la discusión, Lena no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.
—¿Por qué?
—Por provocar nuestra primera pelea. Yulia parecía sinceramente avergonzada y Lena forzó una sonrisa desvaída.
—Demasiado tarde, ya te habías disculpado por eso.
Yulia inclinó la cabeza, obviamente confusa.
—¿Ah, sí?
—Esta no es nuestra primera pelea. Ni siquiera estoy segura de que sea nuestra segunda. La primera, por si no te acuerdas, fue en tu despacho y en el pasillo y en el ascensor. Y duró mucho más que esta. Yulia negó con la cabeza.
—Ah, sí. Bueno, entonces supongo que siento haber provocado todas nuestras peleas —murmuró, apesadumbrada, sin poder mirar a la pelirroja a los ojos.
Lena rodeó el mostrador de la cocina y le rodeó los hombros con los brazos.
—No nos hemos peleado.
—¿Ah, no? A mí me lo ha parecido.
—Hemos reñido —la corrigió Lena—. Es lo que hacen las parejas a veces.
—Eso no es excusa para mi humor de perros —murmuró Yulia.
—No pasa nada. Ya está olvidado, ¿de acuerdo? Te perdono. —Besó a Yulia en los labios y después en la punta de la nariz—. Estas cosas pasan. Yo también lo siento.
—¿Así que ya está?
Lena le apoyó la cara en el pecho.
—Sí, ya está. Ahora ya volvemos a ser una pareja joven y locamente enamorada.
—Gracias a Dios —suspiró Yulia, aliviada.
—Aunque no estoy muy segura de que hayamos dejado de serlo en ningún momento, la verdad —
musitó Lena. Podía oír el corazón de Yulia latir contra su oído, continuo y tranquilizador—. Al menos, yo no. Te quiero hasta cuando nos tiramos los platos a la cabeza. Espero que lo sepas.
—Lo sé. Y yo también te quiero —le aseguró. Le puso una mano en la nuca y la acunó cariñosamente—. A veces soy un horror por las mañanas. Supongo que ahora ya te has dado cuenta.
—Podré manejarte.
—Solo hace falta que me mires con esos ojos tristones y soy tuya. Ya lo creo que sabes cómo manejarme. — Yulia le besó la coronilla—. ¿Cómo he tenido la suerte de encontrar a una chica que me soporte?
Lena dejó escapar una carcajada y murmuró:
—Lo que tienes es un amigo muy atento que pagó para que una mujer desnuda bailara para ti, ya ves.
— Lo que me recuerda… —empezó Yulia, esbozando una sonrisa—. Tengo que invitar a Scott a cenar por ahí un día. Sigo en deuda con él.
Lena soltó una risita. De momento, Scott había tenido un regalo de Navidad significativamente
caro, un fin de semana en Toronto por su cumpleaños, y varias comidas en sus restaurantes favoritos, por cortesía de Yulia. Casi era embarazoso lo agradecida que estaba su amante por aquel baile tan afortunado.
Lo agradecidas que estaban las dos.
—¿Me cuentas lo que te pasa? —le preguntó Lena—. ¿Por qué te has levantado tan tensa hoy?
—No es nada, de verdad. -Yulia se encogió de hombros y la besó en el cuello—. Me he levantado gruñona, eso es todo. No quiero ir a trabajar.
Lena se apartó y parpadeó en muestra de perplejidad.
—¿Perdona? Eso no es nada propio de ti.
Yulia frunció los labios, petulante.
—Ha sido una semana muy larga. Acabamos de lanzar un proyecto muy importante y hoy no va a haber mucho que hacer. Además, sinceramente —Yulia hizo una pausa y desvió la mirada—, ahora mismo quiero estar contigo; no quiero marcharme. Lena tuvo que hacer un esfuerzo para no derretirse allí mismo.
—Te amo, mi vida. Lo siento.
—Ya, bueno, soy idiota. —Yulia negó con la cabeza, disgustada—. Estoy enfadada porque hoy te voy a echar mucho de menos y para demostrarlo me comporto como una bruja contigo. Brillante.
—Eh, oye, lo consideraremos un defectillo de nada —le dijo Lena—. Igual que lo de dejar toallas goteando en el suelo es un defectillo mío.
—Me da igual la toalla —dijo Yulia. Se liberó del abrazo. Se la veía inquieta—. Siento ser una imbécil.
—Vale ya —la cortó Lena. Sin embargo, notaba que había algo que Dana no le decía—. ¿Te preocupa algo más? ¿Son tus padres?
Los Volkov venían a cenar el fin de semana. Yulia no había dicho mucho cuando Lena sugirió invitarlos la primera vez, pero desde entonces había estado de mal humor.
—Bueno, ya sabes que no me hace mucha gracia —admitió Yulia.
Lena pensó bien lo que iba a decir. Siempre tenía la sensación de que debía ir con mucho cuidado cuando hablaba con Yulia de su familia.
—¿Qué es exactamente lo que te preocupa?
La mirada de la pelinegra vaciló, como si se estuviera examinando por dentro y no entendiese lo que veía.
—Las cosas han cambiado —dijo—. Es como si ya no supiera cómo actuar cuando estoy con ellos.
Ellos te adoran y eso es comprensible, pero a veces siento que nos están muy encima. Mi padre no deja de preguntarme sobre el trabajo y de sacar el tema de las hipotecas y los fondos de inversión. ¿Y mi madre, que no deja de soltar indirectas sobre tener hijos? El comentario que hizo la otra noche sobre tu feminidad fue de lo más estrafalario.
Lena fingió una expresión de agravio.
—¿Insinúas que tengo las caderas demasiado estrechas para parir hijos?
Yulia casi se atragantó de la risa. Antes de que pudiera responder, Lena continuó.
—Cariño, escúchame. Tus padres han estado al margen de tu vida durante muchos años y ahora que los has dejado entrar un poco están emocionados, eso es todo. Lo único que intentan es relacionarse contigo —titubeó, porque no estaba segura de que sus siguientes palabras le sentaran del todo bien a Yulia—. Y lo único que hago yo es relacionarme con ellos. Por las dos.
Yulia se quedó en silencio durante tanto rato que Lena ya se hizo a la idea de que lo siguiente que
iba a oír era un portazo y sus pasos alejándose. Sin embargo, su amante permaneció donde estaba, con una expresión indefinida: parecía una mujer que, perdida entre la multitud, de repente reconoce una cara amiga. En el tono más serio que Lena le había oído nunca, Yulia confesó:
—Hasta que apareciste, no sabía cómo hacerlo. Creía que nunca podría volver a acercarme a ellos.
Romper con la costumbre es raro, pero la verdad es que me gusta. Se ruborizó, y Lena dio un paso hacia ella y la estrechó entre sus brazos.
—Te acostumbrarás, te lo prometo.
Yulia la abrazó con fuerza y hasta la levantó en el aire. Lena rió y se agarró de los hombros de su compañera hasta que volvió a dejarla en el suelo.
—Lena, me haces tan feliz que a veces me parece increíble que todo esto sea real. Supongo que tenía miedo de enseñárselo a mis padres, por si de repente se evaporaba.
A sabiendas de lo mucho que le había costado admitir su inseguridad, Lena le puso la mano sobre el corazón y la miró a los ojos con intensidad.
—Yo te quiero y tú me quieres.
Yulia rió y hundió la nariz en el cabello de Lena para aspirar su aroma.
—Te voy a echar mucho de menos hoy.
—Solo trabajo hasta el medio día —le recordó Lena—. Medio turno, ¿te acuerdas?
Era la recompensa por haber doblado turno el día anterior. Dana suspiró.
—A lo mejor puedo salir de la oficina un poco antes.
—O yo podría ir a comer contigo.
Aquello hizo sonreír a Yulia.
—¿En serio? ¿Quieres que comamos en algún sitio?
—Claro, me encantaría. Puedo ir a buscarte a la oficina… —Lena se interrumpió y esbozó una amplia sonrisa, genuina y traviesa, cuando le vino la inspiración—. Ohhh…
—Oh, oh —murmuró Yulia, antes de que Lena tuviera ocasión de compartir su fantástica idea—.
Eso no es nada bueno, conozco esa mirada. ¿Qué se le ha ocurrido a mi viciosilla?
Lena soltó algo a medio camino entre la carcajada y el gemido cuando Yulia la llamó «viciosilla». La verdad es que le resultaba divertido que aquella frase, que ya habían hecho suya, la pusiera tan caliente. Ya notaba que se le humedecían las bragas y supo que iba a ser una mañana muy larga.
—Mi tercera fantasía —le dijo—. ¿Y si la pongo en práctica hoy?
—Ya veo —le dijo Yulia, mientras le deslizaba la mano bajo la camiseta y le acariciaba la espalda
—. Y yo que pensaba que se te había olvidado.
—Créeme, tu repertorio en la cama me ha tenido muy entretenida. Pero ¿por qué conformarse con una noche de sexo fantástico cuando podría hacer realidad la fantasía perfecta con la que sueño desde hace tiempo?
—¿Intentas que me lo crea o que me entre pánico escénico?
Si lo que Yulia intentaba era disimular lo mucho que le gustaba la idea, estaba fallando miserablemente.
—Solo intento recordarte que la última fantasía que me regalaste fue impecable. A veces, cuando tengo un momento de respiro en el trabajo, cierro los ojos y pienso en lo mucho que me gustó la sensación de que me la metieras por el culo.
A Yulia le brillaban los ojos.
—Qué gran modo de acabar una semana larga y pesada.
—¿Solo hacía falta eso para alegrarte la mañana? —Lena le pasó la mano por el pelo y le masajeó el cuero cabelludo con la yema de los dedos. Sonrió cuando Yulia se estremeció—. Eres muy fácil de complacer.
—Nah —ronroneó Yulia—. Es que tú sabes complacerme muy bien.
—Eso también.
—Bueno, ¿qué tienes en mente? —le preguntó Yulia. Sus manos hallaron el trasero de Lena y le acarició las nalgas sobre el pantalón del uniforme. Sonrió, excitada—. Me preguntaba con qué me saldrías, porque, la verdad, no sé si vamos a poder superar las dos primeras.
—Ah, tengo una idea —le dijo Lena, mientras le hacía cosquillas en la nuca y frotaba las caderas con las suyas.
—Me muero de curiosidad.
—Ha sido muy cruel por mi parte hacerte esperar hasta que nos mudáramos —dijo Lena, aunque no sonaba arrepentida en absoluto—. Lo siento.
—No, no lo sientes.
Lena echó un vistazo al reloj digital del microondas.
—¿No tienes que irte a trabajar?
No lograba decidir qué parte explicarle a Yulia y qué parte guardarse para poder sorprenderla. Sabía lo que quería hacer, pero no estaba segura de lo que opinaría Yulia.
—¿Confías en mí? —le preguntó.
—Ciegamente.
La respuesta fue rápida, inmediata. Sin pensar. Lena sonrió ante la emoción en la mirada de Yulia.
—¿Tienes tiempo de hacer una pequeña adición a tu vestuario antes de irte a trabajar?
—Ay, Dios. Vamos a ser malas, ¿verdad?
Lena le pasó un dedo por el pecho, lentamente, hasta llegar a la cinturilla de sus pantalones.
—Mucho.
 
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por flakita volkatina el Mar Oct 27, 2015 8:16 pm

Jajajajaja sin duda esta historia me hara falta cuando llegue al fin me hace reir mucho son muy malas jajaja
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por flakita volkatina el Mar Oct 27, 2015 8:17 pm

Jajajajaja sin duda esta historia me hara falta cuando llegue al fin me hace reir mucho son muy malas jajaja
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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Nov 09, 2015 9:43 pm

Capítulo XX. DONDE EMPEZÓ TODO


Para cuando Lena llegó a la planta 29, ya tenía el interior de los muslos húmedos, los pezones como piedras contra el tejido del sujetador y los pechos hinchados y pesados. Estaba convencida de que estaba sonrojada y de que tenía las pupilas dilatadas y la excitaba pensar que cualquiera que la viera se daría cuenta de su estado. Echó un vistazo cariñoso al ascensor antes de salir. Allí era donde Yulia y ella se habían besado por primera vez. Donde habían hecho el amor por primera vez. Le traía muchos recuerdos especiales, así que dejó que estos recuerdos inflamaran el deseo que la acuciaba ya entre las piernas.
Recorrió el pasillo hacia el despacho de Yulia con una sonrisa radiante dibujada en el rostro. Un hombre joven con perilla iba en dirección contraria, pero en el último momento se paró en seco al verla y, boquiabierto, le dedicó un saludo de cabeza mientras bailaban el uno en torno al otro en uno de aquellos momentos extraños en los que trataban de decidir por qué lado pasar cada uno. Lena contuvo una risita ante la expresión del chico. Los programadores de Yulia no eran demasiado sutiles a la hora de disimular su excitación cuando una mujer penetraba en sus dominios. Las contadas visitas de Lena a la oficina solían crear una verdadera conmoción. Su mayor reto de aquel día sería pasar por el embudo, que era como denominaba al estrecho paso entre dos hileras de escritorios que tenía que atravesar para llegar al despacho de Yulia y que estaba poblado de frikis informáticos mirones que no le quitarían ojo de encima.
«No finjas que saberlo no te pone un poco, Lena. Intenta ser natural, sabiendo lo que estás a punto de hacer.»
Estaba cachonda, mojada, y por debajo de la falda corta le temblaban las rodillas de puro deseo sexual. Pese a todo, reunió valor y atravesó el embudo. Todas las cabezas se volvieron hacia ella al unísono.
—¿Va a comer con la señorita Volkova? —preguntó uno de los monos picadores de datos, pese a la obviedad de la situación.
Lena asintió, amable.
«No, solo voy a comerme a la señorita Volkova.»
El tipo no le despegó los ojos de la parte delantera de la camisa, que Lena llevaba desabrochada lo justo para insinuar el escote. Había pasado por casa para cambiarse el uniforme de la clínica veterinaria por algo más seductor antes de salir a comer. Las medias, las había dejado en el apartamento. Después de todo, no iba a necesitarlas.
—¿Yulia está en su despacho? —preguntó.
Aquella pregunta tan compleja se ganó varios segundos de silencio estupefacto hasta que la única programadora mujer de Yulia contestó.
—Sí que está. Disfrute de la comida.
«Oh, ya lo creo.»
Lena notó un espasmo en la entrepierna solo de pensarlo. Con los ojos de todos pegados al culo, Lena atravesó las hileras de cubículos para llegar ante la puerta cerrada del despacho de Yulia.
Llamó y entró. Al ver a Yulia sentada tras su enorme escritorio de roble, sonrió de oreja a oreja.
—Hola, nena —la saludó Yulia en voz baja. Paseó la mirada sobre el cuerpo de Lena lentamente
—. ¿Qué tal si cierras la puerta?
Lena se apoyó en la puerta y la cerró con un suave clic.
—Te he echado de menos —murmuró.
Era la pura verdad, independientemente de que hubieran pasado solo unas seis horas separadas. El cuerpo le ardía bajo la mirada de Yulia y se dio cuenta de que esta cerraba los puños sobre el escritorio.
—Yo también te he echado de menos —le dijo Yulia.
—¿Has pensado mucho en mí?
—Ya sabes que no hago otra cosa.
Lena avanzó hacia ella.
—¿De verdad?
La voz de Yulia se tornó ronca.
—Me paso el día empalmada por ti. Es difícil que te saque de mis pensamientos.
Lena tragó saliva y rodeó el escritorio para poder verle el regazo. Al estar sentada, la tela de sus pantalones oscuros quedaba ajustada en torno a sus muslos y le marcaba la protuberancia entre las piernas.
—¿Y qué te parece estar empalmada todo el día?
—Muy bien. —Yulia se humedeció los labios—. Excelente.
Lena apoyó el trasero contra el borde del escritorio, se inclinó y le susurró a Yulia al oído.
—¿Estás mojada bajo esa polla tiesa?
La pelinegra jadeó, caliente y temblorosa sobre su cuello, y se le puso la piel de gallina. La pelirroja cerró los ojos un instante para controlar su deseo. Todavía no había acabado de interpretar su escena de seducción, y aquella parte era tan importante en la fantasía como el momento en que finalmente se la follaba.
—¿Lo estás? —repitió, cuando Yulia no le respondió.
—Sí —contestó su amante, con la voz tomada y enronquecida de deseo.
Lena se irguió y se sentó en el escritorio de Yulia, a la izquierda de esta. Se levantó el dobladillo de la falda un poco y abrió las piernas.
—Yo también, mira.
Yulia soltó un gemido quedo al echarse hacia atrás en la silla para mirarle debajo de la falda. Cuando sus ojos se posaron en el sexo hinchado de Lena y permanecieron allí, Lena se mojó todavía más, Yulia alargó la mano y le pasó la yema del dedo por la suave piel de la parte interior de la rodilla.
Justo cuando subía y se acercaba peligrosamente a la raja de Lena, se oyó un golpe sordo al otro lado de la puerta y Lena cerró las piernas automáticamente.
—Traen papel para las impresoras —le explicó Yulia—. Hay un cuarto de material al lado del despacho.
La pelirroja soltó una risita nerviosa, bajó de la mesa y fue a la puerta.
—Esta es la razón por la que el tipo que inventó las cerraduras, inventó las cerraduras.
—Un genio, sin duda —repuso Yulia con una sonrisa perezosa. Entonces se detuvo, al darse cuenta de lo que estaba pasando—. Espera… ¿aquí?
Lena le dedicó una amplia sonrisa, echó el pestillo y volvió con Yulia.
«Supongo que no llegué a especificarle que me la quería follar encima de su mesa.»
Se puso de rodillas en la moqueta y giró la silla de Yulia. Le desabrochó los pantalones, le bajó la cremallera y sonrió, traviesa.
—Dime que nunca te habías imaginado algo así.
—¿En mi despacho?
—Dime que no lo has hecho. Lena le metió la mano en los pantalones, le sacó el dildo que llevaba atado a la cintura y lo colocó en posición erecta mientras se relamía.—Pero no te creeré.
—Sí que me lo había imaginado. Yulia gimió desde el fondo de la garganta cuando Lena se inclinó y se metió la punta del dildo en la boca, para lamerlo con fruición.—Muchas veces.
Lena se lo metió entero. Justo como había esperado, en aquella ocasión iba a poner en práctica una fantasía mutua. Movió la cabeza arriba y abajo, exprimiendo el dildo en toda su longitud con los labios. Le encantaba provocar a Yulia de aquella manera. Por mucho que fuera todo mental, a juzgar por el modo en que Yulia agitaba las caderas debajo de ella y cómo le pasaba los dedos por el pelo, aquello la estaba poniendo de lo más cachonda.
—Oh, sí, nena —gruñó la ojiazul, casi en un suspiro—. Chúpamela.
Lena no cesó en sus atenciones y le rodeó los muslos con los brazos. La mano de Yulia
permaneció firmemente asida a su cabello, sin forzarla a moverse pero sin dejar que se alejará demasiado o se distrajera de su tarea.
En ese momento sonó el teléfono.
—Joder. —Yulia se dejó caer sobre el respaldo de la silla con un suspiro de decepción—.Mierda.
Lena soltó el dildo con un sonidito húmedo.
—Contesta —murmuró, y después le dio un lametón perezoso al juguete—. No te preocupes por mí. El teléfono continuó sonando.
—No puedo contestar así —siseó Yulia. Lena agarró la base del dildo con el puño y le pasó la lengua de arriba abajo. Yulia respingó—. De ninguna manera voy a sonar normal mientras tú…
—Lo harás bien —la tranquilizó Lena, mientras masturbaba el juguete y levantaba la mirada hacia Yulia con una sonrisa juguetona—. Eres una profesional.
Se volvió a meter el dildo en la boca, sin despegar los ojos de su amante, que no podía sino jadear.
Yulia descolgó el teléfono y saludó a su interlocutor con fría autoridad. Nada en su actitud denotó que estaba recibiendo una enérgica mamada de una mujer que había de rodillas detrás de su mesa. A Lena le gustó verla mientras hablaba de trabajo con alguien que, a juzgar por la conversación, debía de ser un cliente. Su cara lo decía todo: el reto de mantener la compostura le había encendido la mirada y tenía los ojos ardientes fijos en Lena. Esta tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no dejar escapar un gemido al notar el olor almizcleño del deseo de Yulia cerca de la nariz.
Aspiró profundamente y chupó y lamió el dildo como si Yulia pudiera notar cada una de las caricias de su lengua y la succión de sus labios. Le hundió los dedos en la parte trasera de los muslos, en claro reflejo de su necesidad. Supo que Yulia lo había captado cuando empezó a mover la mano sobre su cabello, para guiar sus movimientos mientras se la mamaba. Las dos se miraron a los ojos y Lena se la metió lo más hondo que pudo. Yulia tensó los muslos bajo los brazos de su compañera.
—Gracias, Wayne. Nos vemos el lunes, a las diez en punto. —Hizo una pausa y soltó una suave carcajada—. Cuenta con ello, adiós.
Soltó el auricular del teléfono sobre su soporte y agarró a Lena del pelo con fuerza, hasta que esta alzó la cabeza y soltó el dildo que llevaba en la boca.
—¿Todo bien? —le preguntó con un brillo malicioso en los ojos—. ¿La llamada ha ido bien?
—Serás desvergonzada… Siéntate encima mío, anda.
Lena se levantó y montó a horcajadas de Yulia; se subió la falda, de manera que el dildo se posicionara entre los resbaladizos labios de su vagina y le dijo al oído:
—¿Va a follarme en su despacho, señorita Volkova? Yulia le metió las manos debajo de la falda y le agarró las nalgas desnudas, para atraerla hacia el juguete erecto que tenía entre las piernas. Entonces empezó a mover las caderas adelante y atrás en un ritmo lento.
—A lo mejor sí —musitó.
—¿Seguro? —Lena le hundió el rostro entre los pechos, para que no la viera sonreír—. Antes me ha parecido que no estabas muy convencida.
Yulia alargó la mano con desesperación, y Lena notó cómo le colocaba el dildo en su húmedo agujero.
—Lo haremos rápido —murmuró Yulia
.-Y luego saldremos.
Lena sonrió de oreja a oreja. Había sido pan comido convencer a Yulia de que se dejara de inhibiciones. Oh, sí, definitivamente había fantaseado con algo así antes. Le pasó la lengua por el lóbulo de la oreja y jadeó.
—Fólleme, señorita Volkova. Por favor.
La punta del dildo la penetró; Lena lo encajó despacio, sin dejar de mirar a Yulia mientras esta la llenaba.
—¿Así?
Lena asintió con un respingo.
—Sí.
Se agarró del respaldo de la silla por encima de los hombros de Yulia y movió las caderas.
—Es perfecto.
Yulia le acarició el clítoris excitado con los dedos, en suaves círculos.
—Muévete para mí, cariño. —Echó un vistazo a la puerta, detrás de Lena—. Y no hagas ruido.


Lena asintió con solemnidad y empezó a montar el dildo que tenía metido en el coño. Aquella extraordinaria sensación de plenitud hizo que las caderas le temblaran de placer. Las caricias de Yulia, tan atentas e intencionadas sobre su centro lubricado, le daban ganas de gritar. Se echó hacia delante y le comió la boca a Yulia para resistir el impulso.
Yulia empezó a mover los dedos más rápido, deslizándoselos con presteza sobre la parte superior del clítoris. Sin separar los labios de los de su amante, La pelirroja se movió contra el cuerpo de Yulia con fuerza, en busca del clímax. Estaba ya muy cerca y era como si todo contribuyera a excitarla aún más: tener que guardar silencio, notar el borde de la mesa en la espalda mientras se movía, saber que lo único que las separaba de una sala repleta de gente era la puerta cerrada del despacho…
La pelinegra rompió el beso con un gruñido sordo.
—Córrete para mí, cariño.
Lena asintió. Temía que si abría la boca no podría contener un grito de júbilo. Se empaló en el dildo hasta el fondo y jadeó, entre dientes. Las caderas le temblaban a medida que el éxtasis llegaba a su punto más álgido. Notó que Yulia le estrujaba una nalga y la embestía con el dildo una y otra vez, hasta obligarla a tomar toda su longitud.
Lena echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca y se corrió con un grito silencioso dirigido al techo. El orgasmo la recorrió como una intensa sacudida que le llegó hasta los mismísimos huesos.
—Ha sido rápido —murmuró Yulia, con una nota de orgullo en la voz.
Lena alargó la mano y le dio un par de palmadas en la espalda.
—Ya te doy yo las palmaditas, así no tienes que dártelas tú.
Yulia soltó una carcajada y después susurró:
—Tenía la esperanza de que te ofrecieras a tocarme la bocina, para no tener que hacerlo yo y tal.
Lena sonrió.
—Algo se podrá hacer.
—¿Quieres salir de aquí?
—Desesperadamente.
Lena se levantó y se apoyó en los hombros de Yulia, pues las piernas le temblaron al sacarse el dildo. Cuando miró hacia abajo, respingó.
—Ay, nena. Lo siento mucho.
Yulia siguió su mirada y se puso como un tomate al descubrir la mancha que le había quedado en la parte delantera de los pantalones.
—Dios mío, esto no lo había tenido en cuenta.
Lena no pudo evitar que se le escapara una risita ahogada.
—Yo tampoco. Cariño, de verdad, lo siento.
Yulia negó con la cabeza. Se había puesto todavía más roja.
—Creo que técnicamente es culpa mía.
Se levantó y volvió a meterse el dildo en los pantalones. Cuando se lo tuvo bien colocado, se subió la cremallera, se puso la chaqueta y se la abrochó. Esperanzada, se miró los muslos, pero frunció el ceño al descubrir que la mancha todavía se veía un poco.
—Genial.
—Casi no se nota —le dijo Lena. Se alisó la falda con las dos manos para arreglar su propia apariencia—. Nadie se dará cuenta.
—Ya te digo yo que nadie se va a dar cuenta —afirmó Yulia, mientras cogía las llaves del coche de la mesita del rincón—. Porque vas a caminar delante de mí.
—Es lo menos que puedo hacer —estuvo de acuerdo Lena—. Tú actúa con naturalidad.
—Con naturalidad, claro —Yulia se llevó los dedos a la nariz y aspiró—. No hay problema.
Cuando por fin llegaron al ascensor, Lena se sentía como si hubiera corrido una maratón y Yulia sonreía como una imbécil. Fue esta la que pulsó el botón para bajar y luego le acercó los labios al oído.
—No sé por qué, pero esto me ha puesto supercachonda.
A Lena volvieron a temblarle las rodillas y se dio la vuelta para lamerle a Yulia el lóbulo de la oreja.
—A mí también. Quiero ponerme el strap-on y follarte hasta que te corras.
Ding.
Lena subió al ascensor en cuanto se abrieron las puertas. Entonces se volvió e hizo una
inclinación de cabeza.
—¿Bajas? —le preguntó.
Vio cómo Yulia tragaba saliva y asentía.
—Si tengo suerte.
Cuando Yulia entró y las puertas se cerraron, Lena se dio media vuelta y le dirigió una mirada juguetona.
—¿Sabes? Podría apretar el botón de parada de emergencia…
—Ni se te ocurra.
Yulia enlazó las manos sobre la mancha húmeda de sus pantalones.
—No estoy dispuesta a volver a comprarle a Rocky otra cinta de la cámara de vigilancia.
—Es que me ha entrado un poco de nostalgia —dijo Lena, dando una patadita en el suelo con la punta del zapato—. ¿Sabes? La verdad es que hiciste realidad una de mis fantasías la noche que nos conocimos: que me follaran en un ascensor.
—Y tú hiciste realidad una de las mías —le dijo Yulia, cogiéndole la mano—. Conocer a una mujer preciosa y enamorarme.
Lena pestañeó; por un momento fue incapaz de articular una respuesta coherente. En algún momento, sin que se diera cuenta, Yulia se había convertido en una amante muy expresiva. Con los ojos llenos de lágrimas, susurró.
—De las mías también.
Cuando salieron del ascensor y atravesaron el vestíbulo, Rocky asomó la cabeza y les guiñó el ojo, como si compartieran un secreto. Yulia le dedicó una inclinación de cabeza al pasar por delante de la recepción principal.
—Hasta la próxima, Rocky.
Cada vez que Lena lo veía, no podía evitar preguntarse si había visto la cinta antes de
entregársela. Sin embargo, no quería darle demasiadas vueltas. Esperó a que estuvieran fuera para volver a hablar.
—Una actuación brillante, nena. Todo ha sido absolutamente perfecto.
Con las manos entrelazadas, Yulia esbozó una sonrisa radiante.
—A mí también me lo ha parecido.
Se arrimó a Lena y le dio un caderazo cariñoso.
—¿Y ahora qué viene, cariño?
—El Hilton. En seis minutos si conduces tú; en cuatro si conduzco yo.
Yulia le pasó las llaves.
—Dale gas.
Tardaron exactamente tres minutos y cincuenta y cinco segundos en llegar al Hilton, en donde Lena había reservado habitación aquella mañana. Como ya se había registrado, guió a Yulia hacia las escaleras de servicio, en lugar de pasar por el vestíbulo.
—Una amiga mía trabaja aquí —explicó cuando Yulia la miró interrogativamente—. Conozco otra manera de subir.
Subieron medio tramo de escaleras y fueron a parar a un pasillo corto y desierto. Lena la condujo a un enorme ascensor industrial de color gris al final del corredor y pulsó el botón cuadrado de la pared. Cuando las puer-tas se abrieron, descubrieron una cabina espaciosa y vacía con un riel de metal en la pared del fondo.
—Montacargas —aclaró.
A Yulia se le dilataron las aletas de la nariz.
—¿Y para qué quieres coger el montacargas?
Lena la agarró de la pechera y la metió en el ascensor.
—Porque no hay cámaras.
—¿Estás segura? —le preguntó Yulia, mientras echaba un vistazo circular con suspicacia.
—Lo sé de buena tinta —afirmó Lena. Se lo agradeció en silencio a Rita, una ex compañera del club que trabajaba en las cocinas del hotel—. He llamado esta mañana para asegurarme, confía en mí.
—Siempre.
Lena pulsó el botón de parada de emergencia en cuanto empezaron a subir. Puso a Yulia contra la pared, con la espalda contra el frío metal, y la besó con toda su alma. Yulia le enredó la mano en el cabello y retuvo a Lena contra su boca para devolverle el beso con idéntica pasión.
—Quiero el strap-on —murmuró la pelirroja en sus labios.
—¿Otra vez, cariño? —preguntó Yulia, mientras le cubría de besos el camino de los labios a la garganta—. Eres insaciable.
Lena dejó caer las manos sobre los pantalones de Yulia, se los desabrochó y le bajó la cremallera con dedos temblorosos.
—No. Digo que lo quiero. Quiero llevarlo y quiero follarte con él.
Yulia la ayudó a quitarle la ropa de inmediato y se bajó los pantalones hasta los tobillos.
—Por supuesto, lo que tú quieras.
—Recuérdalo, cielo, para el futuro.
Yulia esbozó una sonrisa lánguida mientras Lena le quitaba la correa.
—Pero, doctora Katina, me da la impresión de que se está usted aprovechando de mí en un momento de debilidad.
—Y a mí me da la impresión de que te encanta —replicó Lena. Se subió la falda para abrocharse el arnés alrededor de las caderas—. He reservado habitación para esta noche, ¿sabes? —Le dedicó una sonrisa agradecida a Yulia cuando esta la ayudó a abrocharse uno de los lados—. ¿Qué te parece si nos vemos aquí cuando salgas hoy de trabajar?
El dildo ya le sobresalía entre los muslos y se le insinuaba en la parte de delante de la falda. Lena se ajustó las correas.
—No se me ocurre mejor manera de empezar el fin de semana.
Lena sonrió lentamente mientras acababa de asegurar el otro lado del arnés.
—Técnicamente —dijo, cogiendo a Yulia del brazo—, mi fin de semana ha empezado ya. Y no se me ocurre mejor manera de animarlo.
Yulia se estremeció.
—¿Cómo quieres que me ponga?
«De cualquier manera en que me dejes tenerte.»
Lena la miró libidinosamente y arrancó una risita poco habitual en Yulia.
—Es que hay tantas opciones…
—Estoy segura de que tienes alguna idea específica en mente.
Algo en la inflexión de la voz de Yulia hizo que a Lena se le encogiera el estómago y una sensación de deseo ardiente se instaló entre sus piernas. Colocó a Yulia de cara a la pared del fondo, contra el riel de metal.
—Aguántate con una mano, tócate con la otra e inclínate para que te vea el coño. Yulia gruñó ante la cruda petición. Con los pantalones alrededor de un tobillo, se abrió de piernas y se dobló por la cintura. Agarrada al riel con la mano izquierda, vaciló solo un instante antes de meterse la otra entre los muslos.
—¿Así?
Lena gimió y estrujó las suaves nalgas de Yulia con las dos manos para abrirla bien y descubrir los relucientes pliegues rosados y los labios internos hinchados, abiertos y tentadores.
—Quieres que te folle, ¿verdad?
—Sí —respondió Yulia, mientras se masturbaba bajo la atenta mirada de Lena. La humedad le resbalaba ya por la cara interior de los muslos—. Lena, por favor.
La pelirroja dejó escapar un gemido ante la imagen de su amante ofreciéndose a ella por completo.
Agarró la base del dildo que llevaba puesto, se puso de puntillas y le frotó la punta en la vagina; luego, se agachó un poco, en busca del mejor ángulo para penetrarla. La postura era un poco extraña e incómoda, pero Lena no se desanimó. Era una fantasía, maldita sea, y estaba empeñada en lograr que funcionara.
Yulia pareció intuir lo que necesitaba, abrió más las piernas y arqueó la espalda. La punta del dildo resbaló sobre los labios de su sexo y se posicionó en su agujero. Lena sonrió, triunfante, y le dio a Yulia un suave apretón en el hombro.
—¿Estás lista, cielo?
Yulia se arrimó todo lo que pudo al juguete.
—Deja de jugar conmigo.
Lena le frotó el dildo por el sexo excitado.
—No estoy segura de que en estos momentos esté usted en posición de dar órdenes, señorita Volkova
—le dijo, mientras la embestía con la punta del juguete—. ¿Usted qué dice?
La pelinegra volvió a empujar hacia atrás, pero Lena retrocedió también y no dejó que el dildo se le metiera más hondo. Tras un momento de vacilación, Yulia suspiró, frustrada.
—No —murmuró.
—¿No qué?
—No, no estoy en posición de dar órdenes —farfulló Yulia.
Lena se sonrió, en silencio. Era embriagador ser testigo de cómo su amante, una mujer segura y controlada, que no perdía nunca la compostura salvo cuando estaba con ella, se volvía lasciva y apremiante y estaba dispuesta a rendirse sin reparos. Le deslizó la mano por encima del hombro y se la puso en la nuca antes de susurrarle:
—Eso no te pasa muy a menudo, ¿eh?
Yulia se estremeció.
—No.
—Y te gusta.
Lena agarró el dildo con el puño y lo volteó para abrir a Yulia con un movimiento circular lento.
—¿Verdad que sí?
—Sí —siseó Yulia.
—Pídemelo —le ordenó Lena, incapaz de desaprovechar la ocasión de llevar a cabo otra
fantasía: la necesidad de someter a Yulia—. Y no te corras hasta que esté dentro de ti.
—Fóllame —rogó Yulia sin titubear. Había dejado la mano casi quieta—. Por favor, date prisa. —Rió y añadió—: Antes de que alguien se dé cuenta que el montacargas está parado.
Lena la penetró con cuidado, sin despegar los ojos de la superficie de silicona que desaparecía en el interior de Yulia. Escuchó sus jadeos y notó que arqueaba aún más la morena espalda.
—¿No quieres que nos encuentren aquí? —preguntó—. Quieres que te folle rápido para que nadie sepa que a mi super ejecutiva le gusta que la pongan contra la pared y le den bien.
Yulia dejó escapar un gemido explosivo.
—Joder, Lena, por favor. Me voy a correr —avisó. De nuevo, movía la mano con frenesí—.Quiero sentir cómo te mueves dentro de mí.
—Vuelve a decir «por favor».
—Por favor, Lena, por favor.
Lena marcó un ritmo firme y enloquecedor con las caderas. Tenía las manos en las nalgas de su amante para inmovilizarla mientras la embestía con la polla de juguete y no apartaba la mirada del punto en donde las dos se conectaban. Los muslos le temblaban de puro deseo.
—¿Vas a correrte para mí? —respingó, y le dio a Yulia con más fuerza, a sabiendas de que su compañera estaba muy cerca del clímax—. Córrete, nena. Vamos.
Yulia emitió un quejido lastimero, se tensó y se empaló en el dildo unas pocas veces más antes de echar la cabeza hacia atrás y jadear de placer. Lena contempló a Yulia frotarse la entrepierna con fuerza para alargar su orgasmo de manera instintiva, sin pensar. Era tan hermoso que a Lena le dio vueltas la cabeza.
—Para —respingó Yulia al cabo de unos instantes. Alargó la mano mojada para agarrarle la cadera a Lena de manera férrea—. Por favor, no más.
Lena se detuvo después de hundirle el dildo hasta el fondo una última vez. Con una nalga en cada mano, mantuvo a Yulia contra su propio cuerpo. En lugar de respirar, dejaba escapar pequeños resoplidos ahogados.
—Ha sido maravilloso —murmuró tras un momento de silencio compartido.
Lena se retiró despacio y ayudó a Yulia a erguirse. Le rodeó la cintura con los brazos y le cogió los pechos con delicadeza.
—Cariño, qué buena estás.
La Yulia se dio la vuelta entre sus brazos y la abrazó con fuerza.
—Gracias, es porque estoy contigo.
Lena la besó larga y profundamente.
—Vamos un rato a la habitación antes de que te vayas a trabajar.
—¿Crees que nos dará tiempo? —dudó la ojiazul, mientras echaba un vistazo a su reloj de pulsera.
—Haremos tiempo —le sonrió Lena.
Se vistieron en silencio y Lena le dio el dildo a Yulia para que lo escondiera el resto del trayecto hasta la novena planta. No tenía intención de pasearse por el hotel con aquella cosa sobresaliéndole
de la falda. Yulia llevaba una chaqueta de manga larga y escondieron el juguete en la manga izquierda. Lena se quedó con la correa puesta.
—Esto me ha traído buenos recuerdos —comentó, mirando a Yulia de reojo cuando el ascensor empezó a moverse—. Ha sido el broche de oro para nuestro juego de las fantasías.
—¿Quién ha dicho que se haya acabado? —preguntó Yulia, y atrajo a Lena por la cintura—. Yo tengo la intención de llevar a la práctica tus fantasías durante mucho tiempo.
La pelirroja la besó en la sien.
—Tendrás que contarme alguna de las tuyas.
—Cuenta con ello.
Su habitación estaba al final del pasillo y se apresuraron a entrar. Lena cerró la habitación e inmovilizó a Yulia contra la puerta para darle un fogoso beso.
Yulia prácticamente le arrancó la falda, le desabrochó el arnés con manos impacientes y lo tiró al suelo. Entonces le quitó la camiseta por la cabeza y la dejó caer también. Un segundo después, le había quitado el sujetador y lo había tirado a su vez. Ella seguía completamente vestida. Le besó la oreja.
—Tengo que volver a la oficina muy pronto —murmuró—. Pero antes quiero comerte. Quiero saborearte y seguir notando tu esencia en los labios durante el resto del día.
Lena le rodeó el cuello con el brazo.
—Sí.
En un movimiento que la dejó completamente perpleja, Yulia la cogió en brazos y la llevó a la cama. Cuando la dejó encima, se puso de rodillas en la moqueta.
—Esto es mucho más divertido que la propuesta en la que estaba trabajando.
—Has cambiado mucho, nena.
—He tenido una buena maestra.
Yulia le abrió los muslos con la palma de la mano y luego le deslizó la otra bajo el trasero y la acercó al borde del colchón.
—Tienes una pinta deliciosa, nena. Estás muy mojada y hueles tan bien…
Los ojos verdes-grisáceos de Lena relampaguearon.
—Es hora de que dejes de hablar y uses la boca para otra cosa. Yulia frunció los labios y se puso a silbar.—Listilla —le dijo Lena. La agarró del pelo y la obligó a meter la cara entre sus muslos—.Chupa, no silbes.
Yulia hundió la nariz en el pliegue entre la cadera y el muslo de Lena y le lamió la piel húmeda. Murmuró y la placentera sensación de vibración le llegó a Lena hasta las entrañas.
—Me encanta cómo sabe tu piel —musitó.
Lena se llevó los dedos al sexo, a pocos centímetros de donde Yulia tenía la boca, y se frotó los labios de la vagina lentamente.
—Aquí sabe mucho mejor —le dijo.
Yulia levantó la mirada.
—¿De verdad?
Lena asintió y se frotó el clítoris con la yema de los dedos para provocar a Yulia. Después se llevó los dedos a la boca y, con los ojos cerrados, saboreó su propia esencia.
—De verdad de la buena.
—Supongo que tendré que probarlo yo misma —le dijo Yulia.
Abrió a Lena con los dedos y agachó la cabeza para darle un largo lametón por todo el coño.
—Tienes razón —aspiró—. —am, ñam.
Volvió a hundirse en la humedad de la pelirroja y ya no volvió a emerger. Lena cerró los ojos y se
concentró en disfrutar de la lengua mágica de Yulia. Se lo comía como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lo único que tenía en mente era darle placer, y el sentimiento lánguido de decadencia que le despertó la sensación la derritió por entero. El cabello de Yulia era suave y sedoso bajo su mano crispada y su rostro era cálido entre sus pliegues. Lena gimió y curvó los dedos de los pies.
Aquellos dos minutos preciosos la habían llevado al borde del orgasmo.
—Qué bien lo haces.
—¿Demasiado buena? —preguntó Yulia, alzando la cabeza con una sonrisa traviesa—. ¿Es eso posible?
—Lo es cuando lo único que quiero es alargar la sensación, pero tú estás a punto de hacer que vuelva a correrme. Ahora mismo.
—¿Quieres que pare? —le preguntó la pelinegra, sentándose sobre los talones.
Lena se semi incorporó sobre los codos y negó con la cabeza rotundamente. Notaba el aire fresco sobre su clítoris expuesto y el sexo le palpitaba en ausencia de las caricias de Yulia.
—No, solo decía que…
—¿Quieres que sea menos buena? —le preguntó Yulia. Volvió a acercarle los labios y la lamió de manera caótica y desordenada—. ¿Así?
Arriba y abajo, de lado a lado, sin quedarse en el mismo punto lo suficiente para inducirle el orgasmo, pero sin dejar de explorar cada centímetro de cada pliegue. Lena agitó las caderas en un esfuerzo desesperado por conducir la lengua de Yulia a las zonas que más le gustaban. Notó cómo el filo del placer se desvanecía y quedaba amortiguado, mientras el fuego se acumulaba en su bajo vientre. Aquello no la  excitaba menos, en absoluto; tan solo postergaba el final.
—Espera —respingó Lena—. Por favor.
—¿Quieres que pare del todo? —Yulia se apartó, como si se retirara—. Lo confieso, me
sorprende. Pero si no quieres que… 
Lena movió la cabeza sobre la almohada, mareada y algo frustrada.
—No. No, no pares.
—¿Entonces qué quieres? —le preguntó Yulia en voz baja y autoritaria—. Dime qué quieres y lo haré. Haré cualquier cosa por ti.
Lena tuvo un momento de indecisión. Por una parte deseaba alargar aquello y por otra correrse como nunca en aquel preciso instante. Estaba tan mojada, hinchada y pesada... Además, los primeros remolinos del orgasmo se insinuaban ya en el fondo de sus entrañas. «Podría pedirle que me hiciera correrme ahora y luego intentar alargarlo cuando vuelva del trabajo.» Lena tragó saliva.
—Haz que me corra. Ahora.
Yulia asintió y le metió las manos entre los muslos para abrirla de piernas completamente. Tenía el sexo reluciente de humedad y, bajo la mirada de Yulia, su entrada se contrajo como si se anticipara al orgasmo.
Lena tuvo que cerrar los ojos, porque la expresión de intenso y sincero deseo en el rostro de Yulia antes de volver a comérselo la emocionó muchísimo. Cuando se corrió, dejó escapar un grito de placer y aflicción. Fue un clímax agridulce, intenso, que hizo que le diera vueltas la cabeza pero también se desvaneció al cabo de unos segundos. En el momento en que los espasmos empezaron a remitir, deseó volver a estar al borde del éxtasis.
Yulia se le puso encima y la besó profundamente para compartir el sabor almizcleño de Lena en sus labios. Después la abrazó con ternura y acunó su cuerpo desnudo. Ella continuaba vestida.
—Odio decirlo —le susurró cuando la respiración de Lena se normalizó un poco—, pero
debería irme. Cuanto antes lo haga, antes podré volver contigo.
Lena se las arregló para asentir, aunque con cierta reticencia.
—Ya lo sé. 
Rodeó a Yulia con sus brazos y la besó en la mejilla.
—Te echaré de menos.
—Yo también te echaré de menos —farfulló Yulia.
Se le había puesto un nudo en la garganta; aquellas palabras le habían salido del corazón.
Lena notó que le pasaba los dedos por los labios de la vagina con delicadeza, cerca de su agujero.
Después, Yulia se llevó la mano a la nariz y aspiró profundamente.
—Aunque ahora tengo algo para recordarte hasta la noche.
Lena se sonrojó, porque era un gesto de lo más erótico.
—No tardes. Te amo.
—Yo también te amo.
Yulia la dejó con un último beso y una sonrisa de pura adoración.
—Siempre.


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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

Mensaje por flakita volkatina el Miér Nov 11, 2015 5:39 pm

Esta pareja q hacen me gusta mucho, son calientes pero a la vez se adoran
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flakita volkatina

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Re: 13 HORAS // MEGAN O'BRIEN

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