PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Mar 17, 2017 9:44 pm

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Tras un recibimiento en casa que me hace tremendamente feliz, el lunes, Yulia y yo vamos juntos a Müller. De nuevo parece que volvemos a estar en la misma sintonía.
Nada más entrar en la oficina, Mika me espera y, con una grata sonrisa, me mira y dice:

—Que sepas que el director de la feria me llamó el viernes y me dijo que eras maravillosa.
Sonriendo, afirmó encantada:
—Él también lo fue.

Durante varios días, todo funciona genial en casa, y me alegro al enterarme de que Flyn está viendo al psicólogo del colegio. Por supuesto, a él no le hace gracia, y me lo hace saber.
Yulia me envía todos los días varios mensajes cariñosos a mi teléfono o emails cuando estamos en la oficina, y eso me hace ver que intenta darme lo que necesito.
El jueves, cuando salgo de trabajar, me voy directa a casa, quiero estar con mis niñas y disfrutar de su compañía antes de que se vayan al cumpleaños de una amiguita. En cuanto Flyn llega del instituto, voy a saludarlo y veo que Yulia viene con él. Eso me sorprende y, acercándome, pregunto:

—¿Qué ha ocurrido?
Yulia me mira y, una vez el niño se sube a su habitación sin hablar, dice:
—Me han llamado del colegio. Al parecer, hoy nuestro hijo no tenía ganas de visitar al psicólogo.Por suerte, tras hablar con el director y también con su tutor, he conseguido que no le hicieran un nuevo parte.

«Nuestro»..., ¿ha dicho «nuestro hijo»?
Por primera vez en mucho tiempo, cuando el jodido niño hace algo mal, no dice aquello de ¡«tu hijo»! Eso me gusta. Sin duda, Yulia comienza a despertarse.
No sé qué decir. Por norma, me llaman a mí del instituto y, curiosa por saber por qué la han llamado a ella, voy a preguntar cuando Yulia, que debe de intuirlo, dice:

—Te dije que me ocuparía de él y, para quitarte estos marrones de encima, hablé con ellos y les dije que a partir de ahora me llamaran a mí.
Sorprendida por esa decisión que yo no he pedido, pregunto:
—¿Por qué?
Yulia ladea la cabeza y responde con frialdad:
—Te lo dije. Quiero evitarte problemas a ti.
De pronto se toca los ojos, luego la frente, y sé lo que le pasa. Le duele la cabeza.
Escaneo sus ojos y veo el derecho más enrojecido de lo normal y, cuando voy a decir
algo, ella me suelta:
—No me agobies, Elena.

Bueno..., bueno..., bueno... Eso significa que el dolor de cabeza es considerable, o de lo contrario le quitaría importancia.
Intento tranquilizarme, pero en el fondo me asusto. Sé que la enfermedad de Yulia es degenerativa y que eso en cierto modo es normal por la tensión a la que está sometida, pero no puedo evitar asustarme. Cada vez me parezco más a ella con el tema de las enfermedades.
En silencio, la acompaño a la cocina, y observo que esta vez, Yulia coge dos pastillas de distintos botes. Una vez se las toma, me mira y, antes de que ella diga nada, soy yo la que dice:

—Échate un rato, cierra los ojos y relájate.

Yulia asiente.
El que no presente batalla me hace saber lo mal que está y, en el momento en que se va de la cocina y se encierra en su despacho, sé que va a descansar. Lo sé.
Al poco rato Pipa se lleva a la pequeña Yulia y a Hannah al cumpleaños. Cuando Norbert los acompaña en el coche y Simona sale al jardín con Susto y Calamar, la que está a punto del infarto soy yo. Estoy preocupada por Yulia y enfadada con Flyn. Pero ¿es que este niño no se da cuenta de nada?
Furiosa con él, decido subir a su habitación.
Después de llamar, entro, lo reto con la mirada y siseo en voz baja:

—Enfádate conmigo todo lo que quieras y no me hables si no te apetece, pero haz el favor de recordar que a tu madre el estrés le ocasiona terribles dolores de cabeza por su enfermedad en los ojos. Joder, Flyn, ha tenido que tomarse dos pastillas, ¡dos! Pero ¿no eres consciente de su enfermedad?
El crío me mira, me mira y me mira, y entonces añado desesperada:
—Flyn, esto que te digo es serio, muy serio, y tienes que hacer por entenderlo.
Finalmente asiente. Vaya, por fin comprende algo de lo que digo.
—¿Qué ha pasado en el instituto? —pregunto a continuación.
Nada más oírme, su gesto cambia y dice:
—Tú ya no te ocupas de mí porque lo hace mi madre. Sal de mi habitación.

Vale, ¡volvió la chulería!
Tratando de hacerle saber que lo quiero y que no soy el enemigo, intento hablar con él, pero mis palabras caen en saco roto y, de pronto, comienza a chillarme de una manera tan atroz que al final termino chillándole yo también a él.
Pero ¿adónde quiere llegar este mocoso?
Discutimos a grito pelado durante un buen rato hasta que de pronto la puerta de la habitación se abre, Yulia entra con cara de pocos amigos y,mirándome, suelta:

—¿Se puede saber qué haces aquí?
Esa pregunta me pilla tan de sorpresa que no sé qué responderle y, preocupada por ella, digo:
—¿Te encuentras bien? ¿Te duele menos la cabeza?
Mi amor asiente. Veo que su ojo está ahora menos enrojecido.
—Elena —dice entonces—, si he de encargarme yo de Flyn..., ¿qué tal si me dejas?
La miro boquiabierta.
—Oye..., oye..., oye..., me parece genial que te ocupes de él, pero creo que yo también puedo hablar, ¿o acaso cuando era yo la que me ocupaba te prohibía que hablaras con él?
El crío nos mira. Como siempre, parece disfrutar con lo que ve.
—Para el modo en que te has ocupado de él —sisea Yulia entonces—, mejor que no lo hubieras hecho.

Bueno..., ¡hasta aquí hemos llegado!
¡Será gilipollas y desagradecida!
Y, mirándola, voy a soltar una de mis perlas cuando mi pelinegra, que cada segundo se altera más y más, añade:

—Mira, Lena, no quiero discutir contigo. Me duele la cabeza y te voy a pedir, por favor, que a partir de ahora, como soy yo quien se va a ocupar de él, te limites a ver, oír y callar.

Buenooooooooooo..., buenoooooooooooo...
Pero ¿este gilipollas de qué va? ¿Acaso pretende que sea un monosabio?
Y, olvidándome de sus ojos, de su cabeza y de su malestar, grito enfadada:

—¡¿Cómo dices?!

Según digo eso, me doy cuenta de que Yulia acaba de percatarse de su error, pero yo, que ya estoy en plena ebullición, la miro y siseo:

—¿Sabes qué te digo, Yulia? ¡Que les den a ti y a él!

Y, sin más, salgo de la habitación dando un portazo.
Con el corazón a mil, agarro las llaves del coche, salgo de casa y me voy al cumpleaños de la amiguita de mis hijas. Necesito positividad, y en casa no la voy a encontrar.
Cuando regresamos, Pipa y yo bañamos a las peques y les damos de cenar y, tan pronto como se los lleva a dormir, me encierro en el baño de mi habitación para depilarme. No quiero ver a nadie.
Un rato después, en cuanto Yulia viene a avisarme de que la cena está preparada, por alucinante que parezca no tengo hambre y, tras gritarle que no voy a cenar, se marcha.
Una vez termino de depilarme, me miro al espejo y murmuro:

—¿Quiere que sea un monosabio?... ¡Será imbécil!
Maldigo, me cago en toda su estirpe y, volviendo a mirarme al espejo, me digo:
—Lena, relájate..., relájate. Los Volkov no van a poder contigo.
Cierro los ojos y lo hago. Cuento hasta doscientos porque hasta cien no tengo suficiente y,cuando bajo a la cocina, Simona me dice:
—He dejado tu cena en el horno.
Asiento. En lo último que pienso ahora es en cenar pero, al ver que me mira preocupada, respondo con voz cariñosa:
—Ya es tarde, Simona. Vamos, vete. Norbert te espera.
La mujer, que es la discreción personalizada, me da un abrazo y murmura:
—Cena algo. No es bueno acostarse con el estómago vacío, y no te preocupes por la señora,está bien. No ha vuelto a tomarse ninguna pastilla.

Saber eso me gusta y, una vez se marcha, salgo al salón y oigo que la televisión está puesta.
Al entrar, veo a Flyn y a Yulia callados viendo una serie de policías que les encanta y decido no sentarme con ellos. Cojo las correas de Susto y Calamar, me pongo un abrigo largo y grueso sobre mi larga camiseta de algodón, unas botas, y me voy a dar un paseo con ellos.
Cuando salgo de la parcela camino con mis perros por la urbanización iluminada por bonitas farolas, hasta que recibo un mensaje en el móvil.
Es Yulia

¿Dónde estás?

Rápidamente respondo:

Paseando con Susto y Calamar.

Mi móvil no vuelve a sonar. Bien. Se ha dado por enterada.
Continúo mi paseo y, cuando ya estoy cansada,regreso a casa. Las luces están apagadas, pero al entrar me encuentro con Yulia sentada al pie de la escalera.

—¿Por qué no me has avisado de que salías? —pregunta.

La quiero, juro que la quiero. Pero estoy tan enfadada con ella por cómo me ha hablado delante de Flyn que, mirándola, respondo mientras me quito el abrigo y las botas:

—Mira, cariño, me alegra saber que ya no te duele la cabeza y estás mejor, pero estoy calentita y algo retorcidita por lo que ha pasado y, la verdad, no quiero discutir porque hoy prefiero ser un monosabio. Ya sabes, alguien que sólo ve, oye y calla. Por tanto, ¿qué te parece si te vas a la habitación a descansar y me dejas en paz?

Según lo digo, me doy cuenta de la chulería rusa que he puesto. Yulia me mira..., me mira y me mira y, finalmente, asiente y dice mientras sube abatida la escalera:

—De acuerdo, Lena. Soy consciente de que he metido la pata con mis desafortunados comentarios y ahora tú mandas.

¿Que yo mando? ¡¿Que yo mando?!
Pero ¿no me ha dicho que quiere que sea un monosabio?
Joder..., joder..., joder..., qué mala leche me entra en ese instante.
Sin duda, ella está ya en plan conciliador, pero yo no. Me van a volver loca entre la puñetera rusa/alemán y el puñetero coreano alemán y, sin ganas de pensar en ello, voy a la cocina. Me preparo un sándwich, cojo una coca-cola y me encamino hacia
el salón, donde rápidamente me engancho a ver una película.
Sobre las doce de la noche me entra sed. Me levanto, voy a la cocina y, al abrir la nevera, mis ojos ven una botellita con pegatinas rosa al fondo del enorme frigorífico americano. Durante unos minutos, la miro —¿la abro?, ¿no la abro?— y, al final, cogiéndola, murmuro:

—¡Qué narices!
Con la botella en la mano, me siento en una silla de la cocina, la abro y, sin dudarlo y a morro, doy un primer trago.
—Mmm..., qué fresquito está —digo.
Sin poder evitarlo, recuerdo la primera vez que probé esa bebida, y se me dibuja una sonrisa.
Yulia me había llevado al Moroccio. Doy un segundo trago, un tercero y, cuando voy por el sexto trago, río y murmuro:
—¡Brindo por lo tonta que eres, Yulia Volkova!

Sin soltar la botella, salgo de la cocina y regreso de nuevo al salón. Una vez cierro las puertas para no molestar a nadie, a oscuras me tiro en el sillón y busco entre los tropecientos mil canales que tenemos para quedarme viendo un documental sobre aves.
Si mi hija Hannah lo viera, diría «¡Pipis!¡Pipis!».
Sigo viendo el programa mientras la botella de pegatinas rosa llena poco a poco mi estómago.
Cuando el documental de aves termina, comienza otro de hipopótamos y, después, un programa de un veterinario y los casos que se le presentan.
De pronto sale una imagen de una mamá pato seguida por sus patitos. ¡Qué monos!
Eso me hace sonreír, hasta que veo que están cruzando una carretera por donde pasa un rally de coches. Con el corazón encogido, observo cómo un vehículo se acerca y arrolla al último patito de la fila. Una vez ha pasado el coche, alguien corre a auxiliar al patito. A partir de ese momento entra en acción el veterinario pero, por desgracia, el animal muere y yo, sin poder remediarlo, me echo a llorar como una magdalena.
¿Por qué ha tenido que ocurrir algo así?
El pobre patito sólo iba tras su madre y sus hermanos. ¿Por qué ha tenido que morir?
Estoy sollozando al ver cómo la mamá pato da vueltas y más vueltas. No entiende nada, como yo no entiendo por qué ahora soy la madrastra de Flyn, y entonces oigo a mi espalda:

—¿Qué te ocurre, Lena?
Aunque no mire, sé que es Yulia y, sin soltar la botella que tengo en la mano derecha, balbuceo hecha un mar de lágrimas:
—El pato...
—¡¿Qué?!
—Ay, Yulia —insisto señalando el televisor con el pelo sobre la cara y los ojos congestionados—,el patito cruzaba por una carretera tras su madre y sus hermanos y... y lo han atropellado.
Yulia se pone en cuclillas a mi lado, veo que mira el televisor, después me quita la botella de las manos y, al comprobar que sólo queda un culín,dice:
—No me extraña que llores por un pato.
—Pobrecillo..., pobre animalito.
—Estás helada, cariño.
—¿Por qué? ¿Por qué ha tenido que ocurrirle eso al pato? — insisto—. El pobre sólo cruzaba con su madre y sus hermanos por la carretera, ¡qué injusticia! —Y, quitándole la botella a Yulia de las manos, doy un último trago y murmuro—: Ofú,miarma..., creo que estoy algo borracha.
Siento que Yulia sonríe y entonces la oigo decir: —Anda..., ¡algo borracha! Levanta, que te llevo a la cama.

¿Cama? ¿Me lleva a la cama?
Ah, no..., eso sí que no. Estoy enfadada con ella y, mirándola, siseo:

—Ni se te ocurra tocarme o seducirme,¡listilla! —y, antes de que responda, le recuerdo —: Que te quede claro que no estoy lo suficientemente borracha como para no recordar lo gilipollas que has sido esta tarde conmigo ante tu niño Flyn y que me has dicho que quieres que sea un monosabio. Que sólo vea, oiga y calle.
Yulia no contesta. Ahora he sido yo la que ha dicho aquello de «tu niño».
Me mira y sus ojos me transmiten que sabe que tengo razón y, sin dejarla contestar, me tiro a sus brazos. Le doy un coscorrón por mi efusividad y,juntas, caemos sobre la alfombra. Ambas nos tocamos la frente. Menudo melonazo nos hemos dado.
Yulia protesta con la mano en la cabeza:

—A ti no hay quien te entienda. Tan pronto me dices que no te toque, ni te seduzca, como te abalanzas sobre mí.

Vale. Tiene más razón que una santa. A mí no hay quien me entienda.
Pero es que ahora la deseo y, sin dejarla continuar con sus quejas, acerco mi boca a la suya,la beso, la devoro, me la como. La botellita de pegatinas rosa, además de hacerme llorar por el pato, me hace querer otras cosas, y las quiero ¡ya!
Yulia responde rápidamente. Se apunta al momento besazo de la noche y, cuando me quito la camiseta y me quedo sólo con las bragas,murmura:

—Cariño, estamos en el salón...
—Me importa un pepino dónde estemos.
Veo que mi contestación lo hace sonreír.
—Pequeña..., podría entrar cualquiera.
Pero a mí eso me da igual. ¡Que entre quien quiera!
—¿Te duele la cabeza? —pregunto a continuación.
—No, ya no.

¡Bien! Me alegra saberlo, porque la necesito,la deseo y la voy a hacer mía allí mismo. Y, sin dejarla decir nada más, vuelvo a besarla para demostrarle mi ardor, mi apetito y mi impaciencia.
Uf, ¡qué calentita estoy!
Rápidamente, pilla mi mensaje. ¡Qué lista es cuando quiere mi rusa!
Sus manos recorren con lujuria mi espalda. Su respiración se acelera como la mía. Sus dedos se clavan al llegar a mi cintura y, cuando siento que baja la mano hasta mi trasero, sé lo que va a hacer.
La miro. Se lo exijo con la mirada porque la deseo con todas mis fuerzas.
Sin hacerse de rogar, Yulia, esa mujer impetuosa a la que adoro aunque en ocasiones la mataría, agarra mis bragas y, de un tirón seco y contundente, me las rompe.

—¡Sí! —jadeo apasionada.
—¿Esto era lo que querías?
Asiento..., asiento... y añado:
—Sí. Quiero eso y más.

Nuestras bocas vuelven a encontrarse mientras yo muy... muy caliente por el morbo que todo aquello me causa, me muevo sobre mi esposa.
Segundo a segundo, soy consciente de que la tengo a mi merced, de que en ese instante hará cualquier cosa que yo le pida y, separando su boca de la mía, sonrío con malicia, introduzco la mano entre nuestros cuerpos y, sacando su duro pene del interior del pantalón negro de pijama, exijo:

—Mírame...

Yulia lo hace. Yulia obedece. Yulia se somete. Y, mientras clava sus increíbles ojos claros en los verdigrises de los míos, comienzo a introducir su miembro en mi vagina mientras digo:

—Odio cuando te comportas como una tirana conmigo, pero...
—Cariño...
No la dejo hablar. Con mi mano libre, le tapo la boca y prosigo:
—Pero en este instante, en este segundo, en este momento, mando yo. Eres mía..., soy tu dueña y voy a disfrutar de ti, aunque mañana, cuando vuelvas a comportarte como una gilipollas, me arrepienta.

Su mirada llena de lujuria y deseo aviva mi creciente locura y, al ver cómo le tiembla el labio inferior por lo que está oyendo, por lo que le propongo, siento que tengo razón. Yulia es mía. Es mi gilipollas particular, y eso nadie lo va a cambiar.
Con su pene totalmente en mi interior y sentada a horcajadas sobre ella, la miro. Mi amor está tumbada en el suelo a la espera de mis caprichos y, moviendo las caderas de adelante hacia atrás como sé que le gusta, noto que se arquea.

—¿Te vas a correr para mí, corazón? —pregunto parando—. ¿Sólo para mí?
—Sí —gruñe embravecida por mi lujuria.
Continúo moviendo las caderas y Yulia enloquece.
No me detengo. Sigo de adelante hacia atrás con suaves y medidos movimientos —¡joder, qué gustazo!— y, cuando la siento temblar y palpitar, murmuro:
—Hazme saber cuánto disfrutas. Sedúceme con tus jadeos y tal vez te deje llegar al clímax.
A cada palabra que digo, mi amor vibra y se excita más y más, y yo me siento poderosa, además de un poco pedo, ¡todo hay que decirlo!... Sin embargo, me gusta la sensación que aquello me provoca, y pregunto:
—¿Te excita lo que digo y hago?
Ella abre la boca para responder, pero el temblor de su cuerpo no la deja, e insisto:
—¿Verdad?
—Sí... Sí, pequeña.
Sonrío con lujuria y mi mente piensa: «Rusia,1 - Alemania, 0».
Y, dispuesta a meterle una buena goleada que no olvide en mucho tiempo, musito:
—No te correrás hasta que yo te lo permita.
El jadeo de frustración de Yulia al oírme me enloquece, me perturba, me chifla, mientras su cuerpo tiembla bajo el mío y su mirada, sometida a mis caprichos, no abandona la mía.
—Hoy tu placer queda supeditado al mío. Soy la mona egoísta y yo mando.
—Len...
—Sólo podrás llegar al orgasmo cuando yo te lo permita. ¿Entendido?

Su rostro, su precioso rostro, refleja su placer y su frustración mientras se muerde el labio inferior. Yulia, mi loca amor, necesita llegar al clímax, ansía derramar su simiente en mi interior,pero lo está retrasando por mí. Lo está retrasando por mí.
Dios..., ¡cómo me gusta saberlo!
En un tono plagado de erotismo, hablo de nuestras experiencias. Le recuerdo momentos morbosos con otros hombres y le susurro a media voz el día que en México me ató a la cruz. Durante varios minutos la martirizo, la vuelvo loca mientras disfruto del placer que su pene me ocasiona, pero el ritmo de nuestros cuerpos inevitablemente se acelera, y mi placer con ella.
Sus jadeos se vuelven más ruidosos, los míos más escandalosos. Vamos a despertar a toda la casa y, cuando siento que voy a explotar y entiendo que no puedo exigirle que lo retrase ni un segundo más, murmuro:

—Y ahora, a pesar de lo enfadada que estoy contigo por lo que ha ocurrido hoy, quiero ese orgasmo, y lo quiero ¡ya!
En décimas de segundo, Yulia posa las manos en mi trasero y se clava hasta el fondo en mi interior para partirme en dos, mientras nos estremecemos por el tsunami que asola nuestros calientes cuerpos.
—Sí..., así —jadeo al sentir los espasmos de mi vagina.

Yulia se contrae y me empala de nuevo totalmente en ella. Repite eso tres veces más hasta que nos arqueamos y, con unos broncos gemidos que contenemos para no despertar a toda la casa,nos dejamos ir, mientras nuestras mentes vuelan por el placer y nuestros cuerpos se encuentran una vez más.
Agotada, caigo sobre el cuerpo de mi amor. De mi Yulia. De mi pelinegra rusa/alemana.
A diferencia de mí, que estoy completamente desnuda, ella está vestida. Siento que sus brazos me aprisionan contra ella. Me acuna. Me besa en la frente y yo cierro los ojos extasiada cuando la oigo murmurar:


—¿No quieres que abra otra botellita de pegatinas rosa?
Sonrío, ¡será petarda! Y, sin mirarla, susurro al recordar lo enfadada que estoy con ella:
—Te odio, Yulia Volkova.
Entonces siento que mi amor sonríe y, besando mi frente, afirma:
—Pues yo te quiero con locura, señorita Katina.



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VIVALENZ28

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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Jue Mar 23, 2017 10:56 pm

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El miércoles, después de dejar a la pequeña Sami en el colegio, Mel estaba abriendo la puerta de su coche cuando oyó que alguien decía:
—Buenos días, Melania.
Al darse la vuelta se encontró directamente con Gilbert Heine. Consciente de que, si el abogado estaba allí era porque quería algo de ella,lo saludó:
—Hombre, Gilbert, ¿cómo tú por aquí?
Sonriendo por su descaro, él se acercó y cuchicheó:
—Querida, creo que tú y yo tenemos que hablar.
Al ver su expresión, Mel supo que no podía esperar nada bueno de aquello y, mirándolo, dijo:
—Tú dirás.
Entonces, sin el menor escrúpulo, el hombre le soltó:
—Tu futuro marido lleva años intentando formar parte de mi bufete. Su sueño siempre ha sido leer en el cartel: «Heine, Dujson, Hoffmann y Asociados». Y, si tú eres inteligente como creo que eres, no lo estropearás.
Mel, que no podía creer lo que estaba oyendo,preguntó:
—¿A qué viene eso?
Gilbert sonrió con malicia y respondió:
—Johan me ha comentado lo ocurrido con Louise y, a pesar de que mi mujer te...
Incrédula y enfadada por lo entrometidos que eran aquéllos en relación con aquel tema, que ella no había vuelto a mencionar, gruñó:
—Mira, ¡hasta aquí hemos llegado! ¿Quieren dejar todos de meterse en mi vida? Louise me contó lo que le ocurría y yo simplemente le di mi opinión. Pero ¿de qué van? ¿Acaso ella no puede contarme lo que le dé la gana?
Sin perder los papeles, el hombre replicó:
—¿Sabes? Björn es el perfecto candidato para mi bufete, excepto por su mala suerte.
—¿Mala suerte?
Gilbert la miró y, asintiendo, cuchicheó:
—Entre el hijo que le ha salido de debajo de las piedras y estar con una problemática madre soltera que bebe cerveza y le permite a su maleducada hija que insulte a...
—¡Para hablar de mi hija tendrás que lavarte la boca antes! —lo cortó Mel furiosa.
—¿Crees que Björn es un hombre con suerte?—preguntó él sin despeinarse—. Porque yo no lo creo. Sólo lo sería si desaparecieras de su vida, ya que estoy convencido de que nunca vas a dar la talla para ser la mujer de Björn Hoffmann.
Mel estaba furiosa al oír lo que aquel hombre decía. Deseaba decir cosas terribles, pero se contuvo por no perjudicar más a Björn y finalmente respondió:
—Escucha, pueden irse a la mierda tú y tu bufete. Pero ¿quién te has creído que eres? Una cosa es que Björn quiera trabajar con ustedes y otra muy diferente que tú tengas que...
—Por cierto, no te conviene ser detenida por prostitución —la cortó él—. Ese detallito tampoco lo beneficia.
Al oírlo decir eso, Mel iba a protestar, pero él montó en su vehículo y se marchó dejándola boquiabierta y furiosa.
Durante varios minutos, no supo qué hacer,hasta que cogió su móvil y marcó el número de Björn.
—Hola, preciosa —contestó él.
Su tono de voz... Su alegría le dolió en el alma, y dijo:
—Björn, ese desgraciado de Gilbert ha venido a la puerta del colegio y...
—Por el amor de Dios, Mel, ¿quieres hacer el favor de dejar de insultar a las personas por el simple hecho de que no te caigan bien? —Y, sin dejarla hablar, siseó—: Mira, Mel, estoy con mi padre y con Peter y no tengo tiempo para discutir contigo.
La exteniente tomó aire y, sin ganas de montar un numerito a pesar de lo furiosa que estaba, dijo antes de colgar:
—Vete a la mierda. Ya hablaremos.
Luego, encabritada, subió a su coche. Durante un rato pensó en lo ocurrido, en las cosas desagradables que Gilbert Heine le había dicho y,necesitada de hablar con alguien que le diera fuerzas y que la entendiera, llamó a Elena:
—¿Dónde estás?
—En la oficina —respondió su amiga—.¿Ocurre algo?
Mel miró a su alrededor y preguntó:
—¿Puedo ir a verte?
—Por supuesto, y si me traes un frapuchino de chocolate blanco, ¡te como a besos! —Al ver que su amiga no reía al oír eso, añadió—: Oye, ¿qué pasa?
Como no quería angustiarla, Mel respondió:
—Tranquila. Sólo quiero comentarte algo.
—Ok. Aquí te espero.
Cuando colgó, Mel arrancó el motor y se marchó.
Media hora después, tras estacionar su coche en un parking, pasó por el Starbucks más cercano, compró dos frapuchinos y subió al despacho de su amiga. Necesitaba hablar con ella.
Cuando Lena la vio aparecer, se levantó de su silla y, sonriendo, dijo mientras abría los brazos:
—Y me traes de verdad el frapuchino de chocolate blanco, ¡te quiero..., te quiero!
Mel sonrió por su efusividad. Elena era pura vitalidad y, tras darle un beso a aquélla, que le había arrebatado el vaso de las manos, se sentó en una silla y dijo:
—Tengo un problema.
Elena, que sacaba con cuidado un poco de nata con la pajita verde, se la metió en la boca y, omitiendo los problemas que ella tenía, dijo:
—Dios..., así nunca voy a adelgazar, pero está tan rica la nata... —Luego se sentó junto a su amiga y preguntó—: Muy bien. Dime, ¿qué pasa?
La exteniente dio un trago a su bebida y, sin esperar un segundo más, le contó lo ocurrido a Lena, que pasó de la sorpresa a la incredulidad y,de ahí, a la indignación.
—Pero ¿ese tío es idiota o qué? ¿No lo has mandado a la mierda?
—Sí, y después he mandado a la mierda a Björn.
Elena la miró sorprendida y se apresuró a añadir:
—Tienes que contarle todo esto a Björn.
—Lo he intentado, Lena. Pero cada vez que menciono algo de ese bufete, se lía y no me deja hablar. Yo no soporto a esa gente, y Björn no soporta saberlo.
Cogiendo el teléfono, Elena la miró y dijo:
—Ahora mismo lo llamamos y se lo cuentas todo punto por punto. Esto no puede continuar así.
Mel cerró los ojos un instante, le quitó a su amiga el teléfono de las manos y replicó:
—Ahora no, Lena. Está con Peter y su padre, y no creo que sea el momento. Además, pronto tendremos la fiesta de compromiso y, si le cuento esto, se la estropearé.
—Pero, Mel..., ese tipo es...
—Es un desgraciado —la cortó ella—. Pero ahora no puedo hablar con Björn y, por supuesto, ni una palabra a Yulia; ¿me lo prometes?
Lena suspiró y, al ver la cara seria de su amiga, finalmente dijo:
—Te lo prometo. Pero como esto se vaya de madre y no se lo cuentes a Björn, te juro que se lo contaré yo.
Aquella mañana, cuando Mel salió de las oficinas de Müller, se fue directamente a su casa y, al entrar y oír risas, se dirigió hacia el salón,donde se encontró con Björn y Peter. Ver la felicidad en sus rostros hizo que se sintiera mal. Si hablaba ahora sobre lo que ocurría con aquéllos,todo iba a cambiar, por lo que, suspirando, decidió dejar el tema para otro día.
Durante varios minutos los observó jugar desde el sofá con unos mandos delante de la tele y, cuando supo que podía controlar la voz, dijo:
—Pero bueno, ¿tú no tienes que trabajar y tú no tienes que estudiar?
Al oírla, Peter se calló, y Björn paró el juego y se levantó.
—Hola, cariño —dijo—. Esta mañana Peter y yo hemos ido a desayunar con mi padre y después los tres hemos ido a una entrevista en un instituto.
—¿Y? —preguntó ella.
El muchacho iba a responder, pero Björn le pidió un segundo, llevó a Mel aparte y preguntó:
—Antes de responder a eso, ¿por qué estabas de tan mala leche esta mañana y dónde has visto a Gilbert? Por cierto, teniente, odio que me cuelgues como lo has hecho, y más si encima me mandas a donde me has mandado.
Durante unos segundos, ella calibró su respuesta. Tenía que contarle lo que ocurría. Debía ser sincera con él en relación con el acoso que estaba sufriendo por algo que un día Louise le había comentado. Pero, incapaz de hacerlo,respondió cambiando el gesto:
—Vi a Gilbert en el colegio de Sami. Por cierto, me dieron saludos para ti.
—¿Y tu mala leche?
—Un tipo me hizo una pirula con el coche.
Sólo era eso.
Björn la miró a los ojos. Intentó leer lo que éstos querían decirle, pero no tenía ganas de poner en duda lo que ella le contaba, así que asintió y,volviendo a sonreír, dijo mientras se acercaba con ella de nuevo hasta Peter:
—Como te decía, hemos ido a un instituto que a Peter le ha gustado bastante, ¿verdad, campeón?
Con una sonrisa que descongelaría el Polo Norte, el muchacho asintió y afirmó emocionado:
—¡Qué pasada de instituto! Hasta tienen un portátil para cada alumno. No como en el mío, en el que hay uno y viejo para toda la clase.
Mel sonrió. Sin duda, lo que Peter decía era verdad y, tocándole el pelo con ternura, indicó:
—Sólo queremos lo mejor para ti, cariño, y si ese colegio te gusta, intentaremos por todos los medios que puedas ir allí.
Peter y Björn se miraron y, tras chocarse la mano, el abogado dijo:
—Por cierto, luego hemos ido de compras y te he comprado el iPhone 6 que querías, ¡caprichosa!
Encantada, Mel aplaudió al ver la cajita de su nuevo iPhone 6 sobre la mesita. Por fin podría aparcar el viejo móvil que había tenido que rescatar desde que el suyo acabó dentro de una jarra.
—También le he comprado a Peter un portátil en la tienda de mi amigo Michael. Casualmente,allí tenían puesto este juego en uno de sus ordenadores, los dos hemos comenzado a jugar y lo he comprado también. ¡No veas qué pasada!
Divertida, y obviando lo ocurrido aquella mañana, Mel lo miró y, como si fuera la madre de aquel gigante de ojos azules y pelo negro,preguntó:
—¿Y tú no tenías trabajo?
Con una pícara sonrisa, Björn volvió a sentarse con Peter y, dirigiéndose a ella,respondió:
—Tenía un par de visitas que atender, pero Aidan se ha encargado de ellas. No eran importantes.
La exteniente asintió. Sin duda, Peter le estaba cambiando la vida a Björn y, feliz de que así fuera,se sentó entre ellos dos y, mirándolos, afirmó:
—Muy bien, listillos. Quiero jugar. ¿A quién machaco primero?


45


Mel y Björn están felices por su fiesta de compromiso, y yo lo estoy también por ellos.
Esta mañana, tras hablar con Mel por teléfono durante casi una hora, hemos decidido que los niños se queden en mi casa. Es lo mejor. Pipa y Bea los cuidarán.
Tras la noche de la botella de las pegatinas rosa no he vuelto a discutir con Yulia, pero ya no me voy a engañar más: soy la monasabia. Soy consciente de que en nuestra casa se cuece algo y,el día que explote, no sé quién se va a salvar.
Cuando Mel aparece con Bea, que se encargará de cuidar a Sami esa noche en mi casa, y con Peter, Flyn, que ya ha sido avisado por Yulia,baja a recibirlo.
Sin decir nada, observo cómo Sami, después de darnos un beso a mi esposa y a mí, corre tras la pequeña Yulia, y también cómo Flyn no se mueve y mira a Peter con curiosidad.
—Y éste es Flyn —oigo que le dice Mel a Peter—. Ambos tienen más o menos la misma edad, y seguro que pueden hablar de mil cosas.
Los dos adolescentes asienten con la cabeza y no dicen nada.
Yo no abro la boca y sólo espero que mi jodido hijo sepa comportarse con el muchacho.
Yulia, que está junto a Mel, al ver que Flyn no dice nada, mira a Simona e indica:
—Peter puede dormir esta noche en la habitación de invitados, ¿está preparada?
—Sí, señora —dice la mujer sonriendo y,acercándose al chico, murmura—: Bienvenido,Peter, soy Simona. Si quieres cualquier cosa, sólo tienes que pedirla, ¿de acuerdo?
—Lo haré, señora. Gracias —responde el crío.
La educación de Peter es exquisita.
Ver a ese muchacho, al que le ha faltado de todo, me hace darme cuenta una vez más de que no es necesario criarse en una familia con dinero para ser educado. Sin duda, Peter es un gran ejemplo.
Ojalá Flyn tomara nota.
—¿Y Björn? —pregunto.
Mel se retira el pelo de la cara y responde con picardía:
—Se ha ido para el restaurante. Había invitados que llegaban pronto.
Conociendo a Björn, seguro que la cena será de las buenas y, cuando voy a contestar, oigo que Yulia dice:
—Flyn, a Peter le gustan mucho los ordenadores, y me consta que juega a los mismos juegos que tú.
Los dos adolescentes intercambian una mirada y Flyn pregunta:
—¿Juegas a «League of Legends»?
—Sí.
—¿Y a «World of Warcraft»?
Peter saca su portátil nuevo de la mochila y afirma:
—En éste soy muy bueno. ¿Y tú?
Flyn sonríe. Como siempre, ver su sonrisa me hincha el corazón. A continuación, cuando los dos suben corriendo por la escalera, Yulia dice:
—No se acuesten muy tarde.
—Vale, mamá —responde Flyn.
Mel, Yulia, Simona y yo nos miramos y sonreímos. ¿Qué tendrán esos juegos, que hermanan a desconocidos?
Tras besuquear a las pequeñas, que están en la piscina con Pipa y Bea, nos marchamos. Tenemos una gran noche por delante.
Cuando llegamos al restaurante nos encontramos con varios amigos, pero mi subidón es máximo en el momento en que oigo decir a mi espalda:
—¡Sorpresa!
Al volverme me encuentro con Frida y Andrés.
Al verlos, grito enloquecida y corro a abrazarlos:
Decir que los quiero ¡es quedarse corto! Y,cuando por fin consigo calmarme, pregunto:
—¿Y Glen?
Sonriendo y sin soltarme la mano, Frida responde:
—Se ha quedado en casa de mis padres.
Los vuelvo a abrazar. Estoy emocionada por tenerlos allí con nosotros. Para mí, ellos son de la familia como Mel y Björn. Amigos que conocí de manera extraña y que al principio me escandalizaron con su comportamiento, pero para mí son especiales. Muy especiales.
Agarrada de su futuro marido, Mel habla con Yulia y Andrés, pero entonces observo que su gesto cambia. Me apresuro a mirar hacia la puerta y veo entrar a Gilbert Heine y a su mujer junto a otros tipos trajeados que presupongo que son abogados.
Rápidamente, camino hacia mi amiga y me pongo a su lado. Sé lo que piensa, pero Björn, sin perder su sonrisa, va a saludar a los recién llegados.
—¿Qué hace esa pandilla de idiotas aquí? —cuchicheo.
—No lo sé. Björn no me dijo que vendrían —responde Mel.
Instantes después, Björn se acerca hasta nosotras con aquéllos y, mirando a Mel, anuncia:
—Cariño, Gilbert, Heidi y otros asociados han llegado.
Observo cómo mi amiga cambia el gesto por una falsa sonrisa y, tras besarlos con cordialidad, dice:
—Gracias por venir.
—No nos lo podíamos perder —afirma Gilbert con una sonrisa de rata.
—Un futuro enlace es siempre motivo de felicidad —añade la perra de Heidi.
Gilbert, que veo que tiene el brazo sobre el hombro de Björn, dice entonces:
—Y nosotros estamos felices de estar invitados a un acontecimiento tan especial como lo es la fiesta por el enlace del que, ¿quién sabe?,podría ser nuestro próximo socio mayoritario.
—Eso, ¿quién sabe?... —repite Dujson, el otro abogado, entrando por la puerta.
A Mel se le corta la respiración cuando Gilbert la mira y, guiñándole el ojo, añade:
—Björn, eres uno de los mejores y, la verdad,Gilbert, Dujson, Hoffmann y Asociados es un buen nombre, ¿no te parece?
Björn sonríe, agarra a Mel por la cintura y afirma mientras ésta lo mira:
—Sin duda, suena muy bien, ¿verdad, cariño?
Mel, que sé que tiene ganas de armar la marimorena, sonríe también y contesta:
—Sí, cielo, suena muy bien.
Dicho esto, veo que Björn le presenta a aquéllos a Yulia y a Andrés, y Mel, disculpándose,me coge de la mano y vamos las dos al baño. Una vez entramos y me cercioro de que no hay nadie más, murmuro al ver lo pálida que está mi amiga:
—Respira y no dejes que ese asqueroso te estropee este momento tan bonito.
Mel asiente, se echa agua en la nuca y, con seguridad, dice:
—Tienes razón. Yo puedo con ello. Volvamos a la cena.
Diez minutos después, cuando veo que Mel está disfrutando de nuevo de su fiesta, Frida se acerca a mí y cuchichea:
—Aún no me lo puedo creer: el guaperas de Björn, ¡padre de un adolescente y una pequeña, y encima ahora se va a casar!
Su comentario me provoca risa, y respondo obviando a Peter:
—El guaperas ha encontrado a la mujer que necesita a su lado. Y sólo te diré que, si por él hubiera sido, ya se habría casado hace más de un año, pero Mel lo frenó.
Frida abre los ojos sorprendida.
—Créetelo —digo—. Es así.
Frida sonríe, mira a Mel y ésta, al ver que la miramos, se acerca a nosotras y murmura:
—Señoras, me pitan los oídos. ¿Qué hablan de mí?
Frida y yo soltamos una carcajada, y luego ésta responde:
—Simplemente decía que estoy sorprendia de que Björn finalmente pase por la vicaría.
Mel asiente y, sin perder su buen humor, cuchichea:
—Pues deberías sorprenderte más de que la que vaya a pasar sea yo. De hecho, cuando llamé a mi madre para decírselo, lo primero que me preguntó fue: «¿Qué has bebido, Melanie?». —De nuevo, todas reímos, y después Mel añade encantada—: La verdad es que Björn tiene todo lo que siempre busqué en un hombre.
En ese instante, el camarero nos indica que el salón está preparado. Björn busca a Mel con la mirada y ella, tras guiñarnos un ojo, se va.
—¡Me encanta! —murmura Frida.
Asiento, Mel es un amor de chica.
—Pues, cuanto más la conozcas, más te encantará —afirmo—. Ya lo verás.
Frida asiente y, sin movernos de donde estamos, pregunta:
—¿Mel y tú alguna vez...?
Al entender a qué se refiere, rápidamente niego con la cabeza.
—No. Nunca.
—¿Por qué? Pero si está buenísima...
Oírla decir eso me hace reír, y murmuro:
—Con ella no podría hacerlo.
—Pero nosotras hemos jugado y te he visto jugar con otras...
Asiento. Tiene más razón que un santo y respondo:
—Digamos que me encanta dejarme mimar.Sólo eso.
Ambas reímos, y entonces Mel regresa de nuevo a nuestro lado y pregunta:
—Vuelven a pitarme los oídos. ¿De qué hablan?
Frida y yo intercambiamos una mirada y ella explica:
—Le preguntaba a Elena si tú y ella..., ya sabes...
Mel me mira, yo sonrío y ella contesta:
—La respuesta es no. El sentimiento que ambas tenemos va más allá de lo sexual y nos impide hacer ciertas cosas.
—Totalmente de acuerdo —afirmo chocando mi copa con la de ella—. Mel es como mi hermana, y con ella no podría hacer ciertas cosas,como no podría hacerlas con mi hermana Anya.
Frida asiente. Me dispongo a decir algo cuando Mel afirma:
—Para mí, Lena es intocable en todos los sentidos.
—Guauuu —me mofo divertida.
—¿Sólo Lena? —pregunta Frida con picardía.
Al entender a lo que se refiere, Mel sonríe y asegura:
—En el sentido en el que lo preguntas, sí.
Encantada con la aclaración, Frida, que es una loba de agárrate y no te menees, tras un barrido de cuerpo a Mel que me calienta hasta a mí, levanta su copa y dice:
—Me alegra ser su amiga en lugar de su hermana. ¡Viva la amistad!
Las tres chocamos nuestras copas riendo.
Desde luego, como diría mi hermana, ¡nos falta un tornillo!
La cena transcurre de un modo agradable.
Amigos conocidos y no conocidos brindamos por los felices novios, y ellos se besan ante nuestros aplausos, mientras observo a Gilbert y a sus secuaces y me cago en toda su casta.
Yulia, que está a mi lado, no me suelta. Es de las noches en las que siento que su posesividad es total y, cuando la cena acaba y todos pasamos al salón a tomar una copa, me mira y murmura:
—Björn ha propuesto ir al Sensations cuando se vayan algunos invitados; ¿te apetece?
Asiento complacida. Lo esperaba, y nada me apetece más.
Durante un par de horas, charlamos con unos y otros hasta que Björn, tras despedir a los últimos invitados, entre los que están Gilbert y los demás abogados con sus respectivas mujeres, nos mira y dice a los nueve que quedamos:
—Sigamos con la fiesta.
Los que quedamos asentimos y, encantados,nos vamos al Sensations. Nada más llegar, cuando ve a Björn, el jefe del local se dirige a él:
—Como pediste, tienen reservada la sala del fondo.
Björn asiente. Luego, estoy hablando con Frida cuando de repente oigo:
—Qué ilusión, ¡Yulia y Elena!
Al volverme, veo a Ginebra y a su marido. Voy a saludarlos cuando, sorprendentemente, Frida,que está a mi lado, dice alto y claro:
—¿Qué hace esa asquerosa aquí?
—Cariño... —murmura Andrés al oírla.
Yo me quedo petrificada, pero Ginebra, en lugar de amilanarse, se acerca.
—Pero bueno, Frida, ¿no saludas? —le suelta.
Mi amiga Frida, que tiene una personalidad arrolladora, tras mirar a Yulia y a su marido, que nos observan, clava los ojos en aquélla, que está despampanante con un vestido verde claro.
—Valoro mi tiempo y no lo pierdo saludando a zorras —replica a continuación.
Y, sin más, se agarra de Andrés, ambos se dan la vuelta y se marchan dejándome sorprendida a mí y también al resto.
La incomodidad se palpa en el ambiente, pero Ginebra, sin cambiar el gesto, nos dice:
—Vaya, veo que hay personajes que no cambian.
¡¿Personajes?!
¿Ha llamado «personaje» a mi Frida?
A ésta le tapo yo la boca con una de las mías,pero cuando voy a hablar, Yulia me agarra del brazo para que me calle y la oigo decir:
—Ginebra, si no te importa, nos esperan en una fiesta privada.
Me encanta que Yulia haya dicho esa última palabra: ¡«privada»! Lo siento por Ginebra pero, agarrándome al brazo de mi esposa, me doy la vuelta y camino con el resto de mis amigos.
Cuando entramos en la sala privada, un camarero nos sirve unas copas que todos aceptamos con ganas. Frida se acerca entonces a Yulia y a mí y pregunta:
—¿Desde cuándo está esa tiparraca aquí?
Yulia sonríe, da un sorbo a su bebida y murmura:
—Frida..., no seas así.
La aludida mira entonces a mi amor y sisea:
—Ten cuidado con esa zorra y no te fíes de ella.
Su claridad me hace reír. Eso siempre me ha gustado de Frida.
Durante varios minutos, mientras ella despotrica sobre Ginebra, observo para ver si Yulia le habla de la enfermedad de ella pero, al ver que no dice nada, yo tampoco hablo. Si Yulia es discreta, yo lo seré también. Lo que le ocurre a Ginebra con su salud no es algo para frivolizar.
Acto seguido, Andrés se acerca a nosotros y Yulia y él comienzan a hablar con otro tipo,momento en el que Frida me mira y dice:
—Ten cuidado con esa perra. Es mala y te la puede jugar cuando menos te lo esperes.
—Tranquila, es encantadora conmigo —respondo sonriendo—. No ha hecho nada por lo que tenga que preocuparme.
—Qué asco le tengo... —prosigue Frida—.Eso sí, ya me encargué de dejárselo todo bien clarito antes de que se marchara con ese tal Félix.Aunque, si te soy sincera, creo que es lo mejor que le pudo pasar a Yulia porque, así, con el tiempo te conoció a ti.
Asiento. No quiero que las palabras de Frida en referencia a Ginebra me hagan cogerle manía,por lo que afirmo con positividad:
—Pues entonces quedémonos con eso y olvidémonos de ella.
Frida y yo brindamos y no volvemos a mencionarla.
La música suena y, rápidamente, algunas nos lanzamos a bailar. Digo algunas porque Yulia no baila ¡ni loca! Ella, con mirarme apoyada en la barra improvisada que el dueño del Sensations ha instalado en aquella sala, tiene bastante.
Mientras bailo junto a Mel la canción Talk Dirty, de Jason Derulo, observo a mi amor. El lugar es provocador, ella es sexi y la canción es calentita. Y, clavando la mirada en sus ojazos azules, muevo las caderas mientras canturreo aquello de «¿Vas a hablarme sucio a mí?».
Sucio..., la palabra «sucio» nunca me ha gustado, pero allí donde estoy tiene un significado especial, me gusta y me excita.
Me provoca tanto que, mientras muevo las caderas ante la atenta mirada de mi impresionante pelinegra, me quito las horquillas del moño que llevo y, cuando mi rojo y ondulado pelo cae en cascada sobre mi rostro, lo retiro con coquetería y observo a mi amor sonreír.
A pocos metros de donde bailo, observo cómo Andrés desnuda a Frida en una enorme cama y que Björn y Mel, que ha dejado de bailar, hacen lo mismo. Sin lugar a dudas, el juego caliente acaba de comenzar.
Vuelvo a mirar a Yulia, que no me quita ojo.
Sabe que esa provocativa canción me gusta, y también sabe que esa provocación va dirigida única y exclusivamente a ella. Acercándome a donde está, sin parar de contonearme para seducirla, me arrimo a ella y le susurro al oído:
—¿Vas a hablarme sucio a mí?
Esa incitante frase es parte de la canción. Y,sonriendo, ella responde:
—A ti te hablo como tú quieras.
Ambas reímos y, echándole los brazos al cuello, la beso, mientras ella enreda las manos en mi pelo.
Durante un buen rato, escucho música agarrada a mi amor mientras observo cómo otros juegan, y me excito al ver a Frida en acción. ¡Es una loba!
La música cambia entonces, y la voz de Norah Jones inunda el reservado mientras canta Love Me.
Yulia suspira y, agarrándome, pregunta:
—¿Bailamos?
Mi sonrisa lo dice todo.
Abrazada a ella, comienzo a bailar aquella canción que tantas veces he escuchado en nuestra casa y hemos bailado a solas en su despacho.
Compenetradas, mi amor y yo cantamos aquella bella melodía mirándonos a los ojos.
Todo en ella me gusta.
Sé que todo en mí le gusta.
Estoy excitada y siento su creciente y caliente erección a través de la tela de nuestra ropa, que nos separa. Sin pudor, nuestros cuerpos se tocan deseosos de algo más mientras bailamos.
Discutimos, nos amamos, volvemos a discutir,pero estoy tan convencida como ella de que estamos hechos la una para la otra y de que nuestro amor perdurará en el tiempo.
Oírla cantar a ella, que era la mujer más hermética del mundo, me emociona. En estos años,Yulia ha cambiado y se ha hecho a mí. Ya no es raro verla canturrear o bailar conmigo a solas; eso era impensable cuando la conocí, pero ella por mí hace esas cosas, como yo lo hice en su momento al abandonar Rusia para seguirla y estar con ella.
Nos miramos a los ojos y me callo enamorada cuando mi amor canturrea aquello de «Lo único que pido es que, por favor..., por favor, me quieras».
Pero ¿cómo no la voy a querer si estoy completa y locamente enamorada de ella?
Abrazada a mi amor, cierro los ojos y disfruto de ese momento mágico mientras soy consciente de que ella no se fija en otra mujer. Sólo tiene ojos para mí.
No sé si Yulia sabe cuánto la necesito. A veces me hace dudarlo cuando antepone el trabajo a mí,pero cuando tiene momentos como éste, en el que baila conmigo, sé que lo hace de corazón. Me gusta siempre que me hace sentir especial y, en este instante, en este segundo lo está haciendo y yo soy la mujer más feliz del mundo mientras bailo con ella esa romántica y maravillosa canción.
Tan pronto como termina, comienza otra, y yo continúo abrazada a mi amor bailando y disfrutando del momento mientras a nuestro alrededor la gente disfruta del sexo con libertad y se oyen sus jadeos.
¡Excitante!
De pronto, unas manos, además de las de mi esposa, me agarran por la cintura y oigo que alguien dice en mi oído:
—Suena nuestra canción.
Yulia y yo nos miramos y sonreímos. Sin lugar a dudas, Cry Me a River es una canción muy especial para Björn, para Yulia y para mí.
Entonces, mi amor murmura:
—Aún recuerdo lo bien que lo pasamos aquella noche en casa de Björn, cuando tú,pequeña, nos poseíste a los dos mientras sonaba esta canción.
Asiento. Sonrío y cierro los ojos mientras bailamos..., nos devoramos..., nos excitamos.
Recuerdos. Preciosos y calientes recuerdos toman mi mente mientras siento que la complicidad que nos unió años atrás sigue vigente entre nosotros y que, por suerte, a Mel, la futura esposa de Björn, no le importa y respeta dicha complicidad.
Los tres bailamos la sensual canción interpretada por la voz de Michael Bublé, mientras Yulia devora mi boca y Björn pasea las manos por mi cuerpo.
Inconscientemente, miro a mi alrededor en busca de Mel y observo que ella está desnuda sobre una cama pasándoselo bien con Frida y Andrés. Nuestras miradas se encuentran y mi amiga me sonríe. Su gesto me hace saber que aprueba aquello y, sin dudarlo, cojo las manos de los dos y, mirándolos a los ojos, los llevo hasta la enorme cama donde Mel disfruta.
Yulia y Björn se sientan uno a cada lado sin hablar. Mi amor vuelve a tomar mi boca mientras me desabrocha la blusa y Björn me abre las piernas y me besa la cara interna de los muslos.
Mis jadeos no tardan en llegar, y Yulia, que está atenta a mí, sonríe y murmura:
—Disfruta y disfrutaremos nosotros.
Lo sé. Sé que es así. El placer que esos dos saben proporcionarme no me lo ha proporcionado ningún otro dúo. Yulia y Björn,Björn y Yulia están compenetrados para mí en cuanto al arte de dar placer.
Como dos expertos en el tema, me desnudan,me tocan, me chupan y me hacen disfrutar. Björn ya está desnudo. Tras levantarse, hace que me siente sobre él y, pasando los brazos bajo mis muslos, susurra mientras Yulia se quita la ropa:
—Eso es, déjate manejar.
Su voz en mi oído y la mirada de mi amor es morbo puro y, cuando Yulia se agacha y pasea la boca por mi humedad, tiemblo. Björn, que es quien me sujeta, me abre bien los muslos para mi amor y dice en mi oído:
—Primero te follará ella y después te follaré yo; ¿estás preparada, preciosa?
Asiento. Asiento y asiento. ¡Preparadísima!
Para ellos dos estoy siempre preparada.
Entonces, Yulia se levanta, me mira y me besa dejándome el sabor en la boca de mi propio sexo.
Enloquecida por el momento, mete su duro pene en mi vagina y lenta, muy lentamente, se introduce del todo en mí mientras yo gimo y Björn murmura:
—Jadea..., grita..., vuélvenos locos de placer.
Al oír mi jadeo, Yulia mueve las caderas y se clava de nuevo en mi interior. Yo grito. Con movimientos secos y contundentes, mi esposa entra y sale una y otra y otra vez de mí, mientras yo lo acepto. Mis jadeos los vuelven locos. Mis resuellos los excitan, cuando siento cómo las manos de aquellos dos me tienen totalmente inmovilizada y sé que estoy a su merced.
Mis perversos y calientes gritos avivan su deseo, y entonces Yulia, agarrándome de la cintura con fuerza, se levanta de la cama conmigo en brazos. Björn se incorpora también y, mientras mi amor me maneja para encajarme una y otra vez en ella, soy consciente de que nuestro amigo se pone un preservativo.
Como una muñeca me muevo entre sus brazos,hasta que Yulia da un alarido gustoso y sé que ha llegado al clímax. Me mira agotado y, sin salirse de mí, susurra:
—¿Todo bien, cariño?
Asiento. Todo mejor que bien.
Con cuidado, sale de mí, se sienta en la cama y, haciéndome sentar sobre ella, vuelve a abrirme los muslos como instantes antes ha hecho Björn.
Después me besa en el cuello y, mientras observo cómo Björn le devora los labios a Mel, que está a nuestro lado disfrutando con Frida y Andrés, Yulia me dice al oído:
—Eres mía.
Extasiada por sus palabras, por su voz y por el momento, veo cómo Björn abandona la boca de su mujer, se acerca a nosotras y, tras echarme agua en el sexo para lavarme, me coge por la cintura,acerca su duro pene a mi empapada vagina y me empala por completo.
Mientras Yulia me abre los muslos para Björn,no para de decirme lo preciosa que soy, cuánto me ama y lo mucho que la excita verme así.
Uf..., qué placer..., qué calor.
Björn, que está tan excitado como yo, no me suelta las caderas y, con movimientos certeros y precisos, me empala una y otra vez, mientras yo disfruto y me dejo llevar por el momento.
Las acometidas no paran hasta que Yulia lo pide. Entonces, sin salirse, Björn me levanta y siento cómo Yulia guía también su pene hacia mi vagina y murmura en mi oído:
—¿Puedo?...
Asiento..., claro que puede y, excitada al notar aquello, afirmo:
—Soy tuya. Hazlo.
La lengua de Yulia se pasea por mi cuello cuando lo oigo decir con voz trémula:
—Despacio, Björn...
El abogado me sujeta con control mientras mi amor fuerza la entrada de su verga en mi ya repleta vagina y, al final, lo consigue. Ambos penes se funden en uno solo, y el placer que siento es indescriptible, increíble, y jadeo.
Lo que mis dos adonis me hacen me vuelve loca y, cuando estoy empalada vaginalmente por sus enormes y duros miembros, comienzan a moverse y mis gemidos se vuelven gritos de puro placer mientras veo que Mel se acerca a Björn y,tras abrazarlo, lo besa.
Loca. Loca me vuelven Yulia y Björn con su completa posesión, y eso me hace echar la cabeza para atrás. Noto mi vagina llena, repleta a rebosar,pero el placer es tan intenso, tan inmenso que no quiero que esa sensación acabe.
Siento la respiración de Yulia en mi espalda mientras sus manos exigentes me mueven en busca de nuestro placer. Yulia y Björn. Björn y Yulia. No paran. Son insaciables. Sus respiraciones y sus movimientos me enloquecen, y yo me dejo manejar como si fuera una muñeca. Me gusta ser su juguete y lo soy mientras juegan conmigo y me miman a nuestra particular manera.
Querría mirar a mi esposa y besarla como hacen mis amigos y, como si me leyera la mente,mi amor susurra en mi oído:
—Después, mi corazón..., después.
Calor..., tengo muchísimo calor mientras la sangre corre descontrolada por mi cuerpo y todas mis terminaciones nerviosas me hacen saber que me voy a correr.
Cuatro manos me sujetan, dos cuerpos me poseen, y mi vagina está totalmente dilatada y empapada por mis fluidos.
Placer..., placer..., el placer me toma y, cuando ya no puedo más, me dejo ir mientras mi cuerpo es movido por aquéllos, que instantes después se corren por y para mí.
Pasados unos segundos, cuando Björn se sale,me guiña un ojo y se marcha con Mel a una de las duchas. En cuanto Yulia sale de mí también, me doy la vuelta y mi amor murmura mirándome a los ojos:
—Vamos..., bésame, blanquita.

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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Vie Mar 31, 2017 11:54 pm

46


El martes, el grupo de amigos quedaron para cenar en casa de Elena y Yulia, pero antes de la cena decidieron meterse en la piscina interior para jugar con los niños.
Flyn y Peter se escaparon al cuarto del primero para ponerse los bañadores, ya que eran demasiado recatados para hacerlo en los vestuarios de la piscina.
Mientras Yulia, Björn y Andrés se ocupaban de los pequeños, Frida, Mel y Elena fueron a cambiarse de ropa en los vestuarios. Una vez tuvieron los biquinis puestos, mientras se quitaban anillos, relojes y pendientes y los dejaban sobre una hamaca, Frida cuchicheó:

—En Suiza hay unos locales que son de lo más chulos; ¡tienen que venir!
—Iremos —afirmó Elena, y Mel sonrió.

Minutos después, los tres matrimonios estaban sumergidos con los pequeños en el agua de la piscina cuando aparecieron Flyn y Peter y se tiraron en bomba. Entre risas, todos comenzaron a jugar, y Mel, al ver a Björn divirtiéndose con Sami y con Peter, se acercó a su amiga Elenay susurró:

—¿No te parece sexi?

Elena miró en su dirección y pensó que sí, que Björn le parecía sexi, aunque, mirando a su esposa, que llevaba a la pequeña Yulia sobre los hombros, respondió:

—Soy más de rubias, perdóname.- haciendo referencia de Yulia ya que ella es rubia solo que se tiñe e cabello de negro

La diversión duró un buen rato, hasta que decidieron salir de la piscina y secarse. Sin duda,Simona no tardaría en anunciarles que la cena ya estaba preparada.
Una vez se vistieron, después de que las chicas recogieran sus alhajas de la hamaca, Elena murmuró:

—No encuentro mi anillo.
—Seguro que se habrá caído —replicó Mel mirando a su alrededor.

Todos comenzaron a mirar por la piscina en busca del anillo perdido, y Yulia, acercándose,preguntó:

—¿Qué buscas?
Elena le enseñó el dedo vacío y arrugó el entrecejo.
—Mi anillo preferido.

Ella asintió. Sabía que aquel anillo que le había regalado hacía años, en el que ponía «Pídeme lo que quieras ahora y siempre», era especial para ella y, mirando al suelo, murmuró:

—Tranquila, cielo. Aparecerá.

Durante un buen rato todos estuvieron buscando el anillo, pero éste no apareció por ningún lado, y Yulia, mirando la piscina, finalmente dijo:

—Quizá se haya caído dentro. Mañana lo comprobaremos.

Elena asintió. Pero, al ver cómo la miraba Flyn, su sexto sentido la puso en alerta y,acercándose a él, le preguntó con total discreción:

—¿Has visto a alguno de las niñas acercarse a la hamaca?
El crío se rascó el cuello y respondió con una sonrisita:
—No.
Elena comprendió entonces por su sonrisa que mentía; lo conocía demasiado bien. A continuación, bajando un poco la voz, musitó:
—Tú no tendrás nada que ver, ¿verdad?
Al oírla, el crío dio un paso atrás y gritó:
—¡¿Crees que yo tengo tu anillo?!
—Flyn... —siseó ella al ver que Yulia los observaba.
—¿Y yo para qué quiero tu anillo?
—Flyn..., baja la voz.
—¿Por qué he de bajar la voz si me estás acusando? —insistió aquél consciente de que Yulia los estaba mirando.
Alertada, Yulia los observó pero entonces el muchacho gritó enfadado:
—¿Por qué no le preguntas a Peter?
—¿A Peter, por qué?
Entonces, todos los miraron, y Flyn indicó cuando Mel se acercaba a ellos:
—Porque él también estaba aquí conmigo y, si lo piensas mejor, él puede necesitar ese anillo más que yo.
—¡¿Qué?! —protestó Mel al oír eso.
—Deja de decir tonterías, Flyn —gruñó Elena.
Confundido, Björn clavó la mirada en su hijo,y el muchacho, que llevaba a Sami en los brazos, replicó:
—Yo no he tocado ese anillo. Si quieres puedes registrar mis cosas.
—Claro que no lo has tocado —afirmó Mel colocándose junto al crío.

Al oír eso, Yulia se acercó hasta ellos para poner paz. Pero Elena, molesta por el comentario de Flyn, lo soltó:

—¿Acaso es necesario acusar a otros cuando yo sólo te he preguntado a ti?
—Basta ya —se entrometió Yulia—. Se acabó esta conversación.
Pero Flyn, deseoso como siempre de jaleíto,miró a su madre y gruñó:
—Mamá, ¿por qué me tiene que acusar de tener yo el anillo?
—Quizá porque he visto cómo me observabas y la sonrisita que ponías.
—¡He dicho que ya basta! —insistió Yulia e,intentando suavizar el tono, se dirigió a una enfadada Elena y afirmó—: Seguro que el anillo se ha caído dentro de la piscina. Vayamos a cenar y mañana pediré que lo busquen. Venga, ¡todos a
cenar!

Frida y Andrés se miraron. Sin lugar a dudas,la relación de Elena con el crío no estaba pasando por un buen momento.
Sin más, todos salieron de allí y se dirigieron hacia el comedor, donde se sentaron alrededor de la mesa. Tratando de disimular su malestar con Flyn, Elena cambió el gesto para hacerles saber a todos que lo ocurrido no había tenido importancia,pero Mel, que la conocía muy bien, una de las veces en que ambas se levantaron para ir a la cocina, le dijo:

—Lena, siento lo ocurrido, pero creo que si pusiera las manos en el fuego por Peter no me quemaría.
Elena asintió con una sonrisa. Ella, en cambio,no pondría las manos por Flyn.
—No pienses más en eso —contestó mirando a su amiga—. Seguro que el anillo está en la piscina.

Al día siguiente, Elena se levantó antes que nadie, bajó a la piscina y, tras ponerse unas gafas de buceo, la recorrió dos veces de punta a punta y el anillo no apareció.



47



Los días que Frida y Andrés estuvieron en Múnich los pasaron con la familia y los amigos. Estar con ellos era divertido, y la noche en que tuvieron que marcharse, lo hicieron con pesar.
Tras el episodio del anillo de Elena, Björn habló con Peter al respecto, y éste le dejó muy claro que él no había tenido nada que ver. Björn lo creyó.
Una noche, después de que Mel acostara a Sami y Peter ya se hubiera ido también a la cama,entró en su habitación y miró al hombre moreno que tantos buenos momentos le daba. Björn estaba leyendo unos papeles que tenía sobre la cama.

—Niños acostados y perra dormida.
El abogado sonrió al oír eso y, tras recibir el beso de Mel, murmuró:
—Sólo faltas tú desnuda a mi lado ¡y la noche será colosal!
Mel, dispuesta a darle aquello que él solicitaba, dijo:
—Dame cinco minutos para una ducha y tendrás lo que pides.
—Guauuu, ¡qué interesante! —se mofó el abogado viéndola marchar.

Al entrar en la ducha y sacarse el móvil del bolsillo trasero del vaquero, vio que tenía un mensaje.

Dime si aceptas el puesto de escolta. Me presionan y necesito un candidato.

Al leerlo, Mel supo que era del comandante Lodwud. Pensar en hablarlo con Björn era complicado y, dejando el móvil, decidió meterse en la ducha. Necesitaba refrescar las ideas.
Cuando salió del baño, se sorprendió al no ver a Björn en la cama, donde lo había dejado, por lo que, tras secarse el pelo con una toalla y vestida tan sólo con el albornoz, lo buscó por toda la casa.
Al no encontrarlo, decidió ir a mirar al despacho.

—¿Qué haces aquí?
Björn sonrió al verla.
—El expediente de este caso estaba incompleto y decidí ver si estaban aquí los
papeles que me faltaban.
—¿Y estaban? —preguntó ella apoyándose en la mesa.
Al verla de aquella guisa, Björn asintió y,retirándole un poco el albornoz para verle la pierna, afirmó con voz ronca:
—Tentadora.
Acto seguido, cogió a la joven en brazos y, tras sentarla a horcajadas sobre él, la besó. Cuando se separó de ella, dijo:
—No sé si voy a poder esperar a septiembre...
Mel rio.
—Podrás..., claro que podrás.
De pronto, Björn recordó algo.
—Mel, tengo que decirte algo y espero que no te moleste. —Al oír eso, ella frunció el ceño, y él prosiguió—: Esta tarde, Sami me ha dicho emocionada que en la tele tenía canales de dibujos animados nuevos y...
—Vale..., vale..., sé lo que vas a decir —lo cortó ella—. Pero, cariño, Peter sólo ha tenido que meter una clave desde su ordenador y...
—Mel, no quiero que piratee nada. ¿De qué sirve que yo se lo prohíba y tú se lo permitas?
Mel suspiró. Sabía que tenía razón y, sin ganas de discutir, asintió.
—De acuerdo. Mañana le diré a Peter que quite esos canales y también los de deportes.
—¿Deportes? —preguntó él.
Mel sonrió.
—Sí, cielo..., un montón de canales de deportes —dijo.

Al ver su gesto travieso, Björn asintió y, tras coger el mando del equipo de música, lo accionó y comenzó a sonar la canción A Change Is Gonna Come.

—¿Seal?
—Contigo nunca falla —respondió él besándola.


La exteniente se olvidó de lo que estaban hablando mientras la increíble canción sonaba y caldeaba segundo a segundo sus cuerpos y sus almas. Se adoraban, se necesitaban, pero si antes con Sami su tiempo juntos se veía reducido, ahora con Peter se reducía más aún.
Mel pensó en el mensaje que acababa de recibir de Lodwud. Tenía que hablar con Björn de aquello y, aunque sabía que ése no era el mejor momento, separándose de él comentó:

—Cariño, tengo que hablar contigo de algo.
Björn, que ya estaba totalmente lanzado a lo que se había propuesto, asintió.
—Después..., preciosa..., después.
—Björn...
—Luego..., ahora estoy muy ocupado.
Mel sonrió pero, parándolo de nuevo, explicó:
—He recibido un mensaje de Lodwud en el móvil. He de dar una respuesta en relación con el trabajo de escolta. El puesto es mío si lo quiero.
Al oír eso, el abogado apartó incómodo las manos de ella y preguntó:
—¿Y qué vas a decir?
Mel suspiró. Sabía que el buen rollo se acababa de terminar, por lo que respondió:
—Escucha, cielo, estoy intentando hablarlo contigo.
—Pues si lo estás hablando conmigo, la respuesta es no. No quiero que mi mujer sea la puta escolta de nadie.
Su tono, su forma de decirlo y la rabia que detectó en sus palabras hicieron que Mel lo mirara y gruñera:
—Oye, ¿tú qué te crees? ¿Que yo soy una pánfila como esas mujeres? ¿Acaso piensas que vas a dirigir mi vida en lo referente a lo que quiero hacer?
—¿Quieres dejar de malmeter contra el bufete de una vez? Estoy harto de que, a la mínima, sólo salgan de tu boquita cosas desagradables contra ellos. Mira, Mel, llevo años intentando conseguir ese sueño y esta vez roza mis dedos, por tanto, ¡no lo jorobes!

Ella suspiró. Por nada del mundo quería jorobar su sueño e, intentando no volver a decir nada de aquéllos, insistió en el tema que le interesaba:

—Cariño, hicimos un trato. Yo me casaba contigo y tú aceptabas que...
—¿Te has casado conmigo?
La exteniente lo miró y, echando chispas por los ojos, respondió:
—Björn..., eso no es justo.
El alemán no se movió. Sabía que lo que acababa de decir no era correcto.
—Escucha, cariño —insistió ella—, tenemos que hablar. Hay cosas que no sabes en relación con... Björn la soltó ofuscado y, apartándola a un lado para levantarse, siseó mientras la cortaba:
—Mira, en este instante se me han quitado las ganas de cualquier cosa contigo. Buenas noches.

Acto seguido, se encaminó hacia la puerta y salió del despacho. Mel, boquiabierta, no se movió mientras seguía sonando aquella maravillosa canción.

48



Mi relación con Flyn sigue igual. Yulia se encarga ahora de él, pero el crío continúa sin dirigirme la palabra. Eso sí, ahora soy como los tres monos sabios: no oigo, no veo, no hablo. Sin embargo,añoro nuestras conversaciones y nuestras risas.
¿Él no las echa de menos como yo?
Mi anillo no aparece y estoy apenada. Ese anillo significaba mucho para mí, y Yulia se ha empeñado en encargarme otro igual y sé que cualquier día lo traerá.
El jueves, tras llegar de trabajar de Müller, me tomo un café en la cocina mientras charlo con Simona.
Flyn entra seguido por la pequeña Yulia.
Rápidamente, al ver a mi chiquitina, que viene a mis brazos, me deshago en halagos con ella y luego salgo de la cocina de su mano para ir a ver algo que quiere enseñarme.
En cuanto regreso a la cocina, no hay nadie, ni Flyn, ni Simona y, tras abrir un armario, saco unas galletitas y me las como con el café.
¡Qué ricas!
Un par de horas después, comienzo a sentirme mal. Mi estómago se descompone y tengo que correr al baño en varias ocasiones.
Cuando Yulia llega de trabajar, no ceno. Me encuentro fatal.

Mi amor, al verme en ese estado, se preocupa y se desvive por mí. Sin lugar a dudas, si una quiere la total atención de Yulia Volkova, sólo tiene que encontrarse mal. ¡Vaya tela!
De madrugada me despierto y, sin decirle nada a mi chicarrona, voy corriendo al baño.
Asqueada, pienso en qué he podido comer para que mi estómago esté tan enfadado conmigo.
Tengo mucha sed, por lo que bajo a la cocina.
Saco una botellita con agua fría del frigorífico y,como no tengo sueño, me siento a oscuras y, al ver sobre la encimera la maripaz, como llama mi hermana al iPad, lo cojo y me pongo a cotillear por Facebook.
Cuando he cotilleado todo lo posible, me meto en el perfil de Jackie Chan Volkov y leo:

«Carreras en casa. Sin duda, las gotas funcionan. ¡Qué risas!».


¡Lamadrequeloparió!

Ya sé por qué me encuentro mal. Pero ¿de verdad ha sido capaz de hacerme algo así?
Enfadada, hago una captura de pantalla, me levanto, salgo de la cocina, subo la escalera, entro en la habitación de Flyn y, cuando doy un manotazo sobre la cama y éste se incorpora asustado, le suelto:

—¿Qué me has echado?
Flyn parpadea. Estaba dormido y, furiosa por lo que ha hecho contra mí, pego mi frente a la suya y siseo dispuesta a partirle la cara como me diga algo fuera de lugar:
—Esto es lo último que esperaba de ti. ¿Cómo puedes ser tan retorcido conmigo?
—¿De qué hablas? —pregunta.
—Te has reído a gusto con tus amiguitos por lo de las gotitas, ¿eh?
No responde. Sabe que lo he pillado y, furiosa,le suelto antes de salir de su habitación:
—Escúchame, Jackie Chan Volkov, me duele en el alma tener que decirte esto, pero ahora la que no quiere saber nada de ti soy yo.

Regreso a la cama y me meto en ella sin despertar a Yulia.
A la mañana siguiente, cuando me levanto, no digo nada. Si puedo evitarle disgustos a Yulia, se los evitaré. Me preocupa que le duela la cabeza y eso haga que su vista pueda empeorar pero,conmigo, el niñato ha dado con un hueso duro de roer. El domingo, tres días después, tras haber visto un partido de basket de Yulia y Björn, donde los pobrecitos míos pierden, cuando salimos del polideportivo observo sorprendida cómo Flyn y Peter hablan de sus cosas. Sin lugar a dudas, Peter tiene una gran capacidad para perdonar comentarios malignos y olvidar, y un magnetismo que hace que nos esté ganando día a día a todos, incluido a Flyn.
Con curiosidad, mientras estoy con Mel y los pequeños, observo cómo Yulia y Björn,acompañados de los dos adolescentes, ríen y hablan a pocos metros de nosotras. Al percatarse de que los observo, mi amiga dice:

—Me gusta ver la camaradería que hay entre ellos, ¿a ti no?
Asiento —¡por supuesto que me gusta!—, y respondo omitiendo la acción vergonzosa que mi hijo ha hecho contra mí:
—Claro que sí.

Dicho esto, Hannah le tiende los brazos a su madre y ésta la coge encantada.
Luego decidimos ir a tomar algo al restaurante de Klaus. Nos encaminamos hacia los coches cuando, de pronto, alguien me agarra del codo. Al darme la vuelta, pestañeo. ¡Flyn!
Sin hablar, espero a ver qué es lo que quiere, y al final dice en un tono de voz bajo:

—Siento lo del otro día. No debería haberte echado nada en el café.

Bueno..., bueno..., bueno... ¡Flyn disculpándose por algo!
Me quedo tan bloqueada que no sé qué hacer.
Abrazarlo no. Besarlo tampoco. Sé que rechazará ambas cosas, por lo que digo simplemente:

—Acepto tus disculpas.

Flyn asiente, me mira a los ojos de un modo diferente y después se aleja de mí.
Yo me emociono como una tonta.
Esa noche, cuando llegamos a casa y aparcamos el coche, Susto y Calamar vienen a saludarnos, y Simona, que está con Norbert esperándonos, me dice que ha ido a una tienda que está abierta los domingos a comprar y nos ha dejado hecho un pastel de carne en el horno. Yo asiento y se lo agradezco mientras toco la cabeza de Susto. Luego el matrimonio se encamina hacia su casa de la mano.
Al entrar, Yulia se mete directamente en su despacho con Flyn y me desmarcan de su conversación.

Cuando Pipa va a subir con las peques para ducharlas, después de besuquearlas, me dirijo hacia el despacho. Con la mano en el pomo, estoy a punto de abrir pero sé que, si lo hago, las chispas volverán a saltar, y finalmente doy un paso atrás. Pienso en Yulia y decido dejar las cosas en sus manos. Es lo mejor.
Necesitada de hacer algo, voy a la cocina y,obviando el rico pastel de carne de Simona, me pongo a pelar patatas. Voy a hacer una de mis maravillosas tortillas de patata. Esas que tanto nos gustan a todos, incluido a Flyn. El hecho de que me
haya pedido disculpas me ha causado tanta impresión que quiero hacer algo que pueda gustarle a él y, sin duda, eso le va a gustar.

Durante un buen rato, me afano. Hago una ensalada de tomates frescos con daditos de mozzarella, dos exquisitas tortillas que huelen a gloria y abro uno de los paquetitos de jamón de Jabugo que mi padre nos envía cada mes. Sabe que adoro ese jamón y, como su niña que soy, aun en la distancia me sigue dando el capricho.
Una vez coloco el jamón sobre un platito, y lo pongo en la mesa junto a la ensalada de tomate y las tortillas, me encamino de nuevo hacia el despacho. Pego la oreja a la puerta y compruebo que siguen allí. Después, abro con la mejor de mis sonrisas y Yulia y Flyn dejan de hablar y me miran como si no tuviera que estar allí, por lo que pregunto:

—¿Qué pasa? ¿No puedo entrar?
Flyn dirige la vista hacia otro lado y Yulia responde:
—Claro que puedes entrar, cariño.
Su contestación me gusta, me tranquiliza y me demuestra que mi esposa quiere que siga participando de esas reuniones. Sentándome en una silla, me dedico a escuchar lo que Yulia habla con Flyn y, cuando finalmente acaba, mi amor me
pregunta:
—Lena, ¿quieres añadir algo?
Por mi cabeza pasan mil cosas que añadir pero, como necesito que haya paz, en especial por Yulia, que no gana para disgustos, y después de la disculpa que ese día he recibido de Flyn, niego con la cabeza y, levantándome, musito:
—No.
Al oír eso, el chico me mira. Veo que lo sorprende que no le chivatee a su madre su última fechoría, que me ha vaciado las tripas. Y, deseosa de ver a Yulia feliz, digo:
—Vengan conmigo a la cocina, he preparado algo muy rico de cena.
Yulia sonríe al percibir mi alegría.
—Pero ¿no ha dicho Simona que había dejado pastel de carne?
Asiento pero, sin querer revelarles mi sorpresa, insisto:
—Venga. Vayamos a la cocina y luego me dices si prefieres el pastel o lo que yo he
preparado.
Yulia y Flyn caminan delante de mí y, cuando entramos en la cocina, mi amor dice encantado:
—Tortilla de patata, tomates con mozzarella y jamón de ese tan rico que envía tu padre. ¿Qué celebramos?
De pronto, suena su móvil. Lo saca del bolsillo de su pantalón y, al mirarlo, indica levantando la mano:
—Denme un segundo. Enseguida regreso.

Una vez ella sale de la cocina, el silencio se apodera del lugar. Flyn camina hacia la nevera, la abre y coge una coca-cola. Cuando regresa a la mesa, lo miro y digo:

—Yo también quiero una.
Sin gesticular en exceso pero haciéndome saber que lo joroba mi comentario, deja su bebida sobre la mesa, abre la nevera, coge otra lata y, dejándola ante mí, dice:
—Aquí la tienes.
Una vez se sienta, abre su lata y da un trago.
Con su misma chulería, cojo la mía y, al abrirla, la coca-cola sale a presión y me salpica la cara, la camiseta, el pelo y todo a mi alrededor.
—¡Joder! —protesto.
Flyn suelta una risotada, y yo, furiosa al oírlo,meto la mano en la ensalada de tomates y, ni corta ni perezosa, se la extiendo con toda mi mala leche por la cara.
Al jodido crío se le corta la risa al instante.
—¿Por qué lo has hecho? —gruñe.
Empapada de coca-cola, lo miro.
—Donde las dan, las toman. O, mejor dicho, el que ríe el último ríe dos veces, Jackie Chan.
Enfadado, se levanta. De pronto la puerta se abre, y Yulia, al ver nuestras pintas, exclama sorprendida:
—Pero ¿qué les ha pasado?
Con una servilleta, termino de secarme la cara y el pelo y respondo:
—Pregúntaselo a él.
—¿A mí? ¿Por qué a mí, si yo no he hecho nada? —protesta el crío.
—Sí, claro —me mofo—. Y por eso la cocacola que ¡tú! me has traído de la nevera me ha explotado en la cara al abrirla, ¿verdad?
Yulia nos mira..., nos mira, y Flyn insiste:
—Mami, te juro que yo sólo he sacado la cocacola de la nevera y la he dejado sobre la mesa. Lo que ella da a entender es mentira. ¡Te lo juro!
—¿Se lo juras como a mí me juraste en otro momento otras cosas? —le reprocho yo.
—No estoy hablando contigo, estoy hablando con mi mami —sisea él enfadado.
—¿Hablas con tu mami? —digo levantando la voz—. ¿Y yo qué soy?, ¿un mueble? —El niño no contesta, y prosigo—: Porque, que yo recuerde,hasta hace poco yo era tu madre y tu segundo apellido es ¡Katin! ¿Me puedes decir qué he hecho para que ya no me quieras?
—Yo no he dicho que no te quiera —vuelve a sisear el muchacho.
Su respuesta me sorprende. ¡Ay, que me quiere!
Pero, calentita que estoy, digo:
—Pues entonces hablamos idiomas muy diferentes, Flyn, porque el que ya no me llames «mamá» y que continuamente me estés haciendo putaditas para sacarme de quicio da mucho que pensar, ¿no te parece?
—Lena, ¡basta ya! —grita Yulia.
Oír eso me enerva. ¿Por qué nunca se pone en mi lugar? ¿Por qué? Y, cuando Flyn se da la vuelta y sale de la cocina enfadado, añade:
—Muy bien, Lena. Cada día lo haces mejor.
Dicho esto, ella también sale de la cocina. A continuación, me siento en la silla, miro el estropicio que hay a mi alrededor, con los tomates y la coca-cola, y murmuro enfadada con el mundo:
—Y tú también, Yulia. Tú también lo haces mejor cada día.

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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Abr 08, 2017 12:58 am

49



El lunes, Yulia se va antes que yo a la oficina. Ha recibido una llamada de no sé quién y se marcha rápidamente. Yo ni le pregunto. Tras la semanita incómoda que hemos pasado, prefiero que se vaya sin mí.
Por ello, cojo mi coche y con tranquilidad conduzco hasta Müller. Entro en mi despacho y me encuentro una planta. Al verla pienso que, si es de mi esposa, subiré a su despacho y se la estamparé en la cabeza. La muy cabrito no me ha dirigido casi la palabra desde ayer y, como se le haya ocurrido enviarme eso, me va a cabrear todavía más.
Durante un buen rato omito la tarjetita que veo en un lateral, pero cuando ya no puedo más, la cojo y leo:
Espero que todo se haya solucionado. Seguro que a Yulia y a Flyn ya se les ha pasado el enfado. Con cariño, Ginebra y Félix
¡¿Ginebra y Félix?!
¿Cómo que Ginebra y Félix?
¿Por qué saben ellos que Flyn y Yulia han discutido conmigo?
A cada instante más enfadada, cojo la notita y me dirijo al ascensor. Yulia me va a oír. Con paso firme y seguro, llego hasta su planta y, antes de que su secretaria me vea, abro la puerta del despacho y me quedo paralizada al ver junto a Yulia a las personas que me han enviado la maceta.
—Aquí está —aplaude Ginebra—. Iba a bajar yo ahora mismo a verte. Quería saber cómo estabas y si te ha llegado nuestra plantita.
Me cago en su padre, en su madre y, como diría mi padre, ¡en tós sus muertos!
El gesto de Yulia me indica que, además de mi lengua, contenga lo que pienso y, fabricando rápidamente una sonrisa, respondo:
—Muchísimas gracias por la planta. Ha sido todo un detalle.
Félix sonríe y acercándose a mí, murmura mientras yo toco mi dedo sin anillo:
—Me alegra que te gustara el detalle. Se le ocurrió a Ginebra, después de que Yulia nos contara en el desayuno que habían tenido un fin de semana movidito.
Esa información sobre nuestros días moviditos..., ¿por qué tienen que saber nada ellos?
Pero, intentando no dejar mal a mi estúpida esposa, cuando lo que se merece es que la pisotee,respondo:
—¡Un detalle precioso!
Estoy parada allí en medio, sin saber qué hacer, y entonces mi encantadora esposa pregunta:
—¿Querías algo, Lena?
La miro. Claro que quería algo, pero ahora quiero arrancarle los ojos y, reaccionando rápidamente a su pregunta, digo:
—No. Era sólo para saber que habías llegado bien.
Sabe perfectamente que es mentira lo que digo.
—Bueno, pues en vista de que estás estupendamente, me voy a trabajar —añado, y mirando a aquellos dos, digo—: Ha sido un placer volver a verlos, y gracias por la planta.
Sin decir nada más, doy media vuelta y camino hacia la puerta. Una vez salgo del despacho, como si flotara en una burbujita, voy hacia el ascensor pero alguien me coge del codo y, al volverme para mirar, me encuentro con Yulia.
—Lena...
—Te odio —susurro sin que nadie nos oiga.
Yulia sabe muy bien por qué lo digo y,cogiéndome de la mano, tira de mí con elegancia y me lleva hasta una sala pequeña. Una vez cierra la puerta, dice:
—Escucha, cariño. Fue un simple comentario.
No he dicho que...
—Me da igual —insisto furiosa—. Les has contado que habíamos discutido y, además, no me dijiste que tenías que desayunar con ellos; ¿por qué?
Mi pregunta la incomoda, se lo veo en la mirada, pero responde:
—Porque no era importante, Lena. Por eso no te lo comenté.
No lo creo. Por primera vez en mucho tiempo,no creo lo que me cuenta, y siseo pensando en las advertencias de Frida:
—¿Qué hacen ellos dos en tu despacho?
Yulia no dice nada. Da un paso al frente para acercarse a mí, pero yo, que no estoy dispuesta a caer en su influjo, doy uno atrás al ver que no va a contestar a mi pregunta.
—He de regresar —digo—. Tengo mucho trabajo.
Y, sin más, camino hacia la puerta y me voy.
Yulia no viene detrás de mí.
Tras una mañana caótica donde la ley de Murphy juega en mi contra y me pregunto aquello de «¿Qué más puede salir mal hoy?», al abandonar Müller siento un gran alivio cuando suena mi teléfono. Es Marta, mi cuñada.
Quiere que nos veamos y quedo con ella. Estar con Marta siempre es un soplo de aire fresco.
Parece mentira que sea hermana de Yulia. Ella es todo positividad, y ella es todo lo contrario.
Hablamos de su embarazo, de lo feliz que es su vida ahora, hasta que, mirándome con esa cara que tanto me hace reír, dice:
—Por Dios..., por Diossss, ¡me meo otra vez!
Suelto una carcajada al ver cómo se va corriendo al baño. Aún recuerdo cuando yo estaba embarazada lo meona que me volví, y riendo estoy por eso cuando oigo:
—No me digas que hoy también me veré obligado a detenerte...
Al darme la vuelta, veo que es Olaf.
—Señor agente, deténgame por pedir doble ración de frankfurt —respondo.
Él sonríe, se acomoda a mi lado y, tras pedir una cerveza al camarero, dice:
—Oye, siento mucho lo de tu anillo y lo de Flyn.
Oh..., oh..., creo que me voy a enterar de algo que no sé y, sin cambiar el gesto para que Olaf no se percate de que no sé nada, murmuro:
—Ya ves..., cosas de muchachos. ¡Vaya ocurrencias!
Olaf asiente. El camarero le sirve la cerveza,él da un trago y, cuando estoy loca porque diga algo más o me va a dar un infarto, añade:
—Cuando Yulia me contó lo ocurrido,rápidamente envié la foto de tu anillo a las distintas casas de empeños de Múnich y, en cuanto me enviaron la confirmación de que estaba en una de ellas, sólo tuve que ver la cinta grabada del local para comprobar que había sido Flyn quien lo había llevado, aunque la venta la firmó un amigote suyo mayor de edad.
Ay, madre... Ay, madre... ¿Flyn me robó el anillo y lo llevó a una casa de empeños?
Uf..., uf..., ¡qué calor me entra! ¡Qué fatiguita!
Asiento como si fuera medio tonta, y finalmente consigo murmurar:
—Por suerte, hemos podido recuperarlo.
—Sí —afirma Olaf—. Pero no veas qué disgusto se llevó Yulia cuando vio la grabación.
Como si yo estuviera al día de todo, asiento de nuevo como una idiota, y de pronto le suena el móvil y tras contestar, él se vuelve, yo miro y, al ver a dos chicas sonriéndole, dice dejando unas monedas sobre la mesa:
—Te dejo. Mi doble cita ha llegado. Saludos a Yulia.
Sonrío tratando de disimular, y luego me cago en el puñetero Jackie Chan Volkov y en mi esposa. ¡Serán mentirosos!
Tras pasar un rato con Marta y no contarle lo que he descubierto, me voy directamente a casa.
¡Vaya día de disgustos que llevo!
Allí, intento olvidar la desagradable noticia que Olaf me ha dado y paso una estupenda tarde con mis pequeñinas en la piscina, hasta que Flyn entra y pregunta mirándome:
—¿Puede venir un amigo a casa?
Por mí, desde luego que no. Su comportamiento es para que esté castigado hasta que cumpla cien años.
—Llama a tu madre y pregúntaselo a ella —respondo muy seria.
—Ya la he llamado y me ha dicho que lo que digas tú.
Joder..., joder..., joder... Cómo me joroba cuando Yulia hace eso.
Pero ¿no se está ocupando ella de su puñetero hijo?
No obstante, como no tengo ganas de grescas o, como salga de la piscina le arranco la cabeza por lo furiosa que estoy con él, respondo:
—Haz lo que quieras. Al fin y al cabo, es lo que siempre haces.
Esa noche, cuando Yulia llega a casa, no digo nada. Me callo en referencia a lo que sé del anillo y espero a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Mi esposa no dice ni mu.
Al día siguiente, tras un lioso día de trabajo y después de pasar de nuevo la tarde con las niñas,cuando Pipa se los lleva a la cama, me voy a dar un paseo con Susto y Calamar. A mis bichillos les encantan esos paseos.
En cuanto regreso, Calamar se tumba agotado en el garaje, pero Susto, que nunca quiere separarse de mí, me sigue y entra conmigo en la casa. Divertida, continúo jugando con él cuando, al ir a la cocina, observo que Simona está pelando unas patatas para hacer una ensalada alemana.
Veo los ingredientes que le va a echar sobre la mesa: salchichas de Frankfurt, pepinillos, cebolleta, mayonesa, perejil, sal y mostaza antigua de Dijon y, sabiendo lo buena que le va a salir,murmuro:
—¡Qué ganitas de comerla, Simona!
La mujer sonríe y menea la cabeza. Sin duda le estoy enseñando muchas cosas de Rusia, y una de ellas es que a los rusos ¡nos encanta comer!
Sonriendo, camino hacia el frigorífico, lo abro,cojo una lata de coca-cola y, cuando la voy a abrir,la mujer me dice:
—¡Cuidado!
Al oírla, me paro, la miro y pregunto:
—¿Cuidado por qué?
Quitándome la lata de las manos, Simona le pone un trapo por encima para abrirla y dice:
—El otro día, cuando regresamos del supermercado, a Norbert se le cayeron algunas latas al suelo antes de meterlas en la nevera, y no quiero que al abrirla te explote en la cara.
¡Joderrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!
¡Joderrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!
¡Y joderrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!
De pronto comprendo que acusé sin fundamento a Flyn.
De pronto me siento la peor bruja del mundo mundial.
De pronto comprendo que la cagué, cuando él no había hecho nada.
Acalorada y llena de remordimientos por el berenjenal que le monté al crío, cojo la coca-cola que Simona me ofrece ya abierta. Sin embargo, ya no paro de mirar el reloj hasta que llega Flyn.
Necesito decirle que me equivoqué. Soy así de idiota con él, aunque no se lo merece.
Mirando estoy angustiada por la terraza del salón cuando veo que el chico entra por la cancela.
Decido olvidar lo del anillo. Eso lo resolveremos en otro instante, pero soy consciente de que tengo que pedirle disculpas por la que le lie.
Sin dudarlo, me pongo un abrigo y voy en su busca. Calamar y Susto ya están con el muchacho,y éste, cuando me ve, me mira con mala cara.
Antes de que él diga nada, me adelanto:
—Perdona, Flyn. Perdona por haberte acusado por lo de la coca-cola. Simona me ha comentado que a Norbert se le cayeron algunas antes de meterlas en la nevera y...
—Te dije que no había sido yo —responde con gesto serio, sin mirarme.
Asiento. Tiene razón, e insisto con todo el cariño que puedo:
—Lo sé, cielo, lo sé, y por eso te pido perdón. Puedo estar molesta o enfadada contigo por otras cosas, pero no debo estarlo por ésta y necesitaba que lo supieras y que me perdonaras.
Sus ojos se clavan en los míos y siento unas ganas terribles de abrazarlo. Me abalanzaría sobre él y lo besuquearía, pero sé que no debo. No puedo: él no quiere. Así pues, simplemente me limito a escucharlo cuando dice:
—Me alegra saber que sabes que no fui yo.
Dicho esto, se da la vuelta. Lo miro desconsolada y, cuando creo que no me va a volver a hablar, suelta la mochila y, mirándome,sisea:
—¿Por qué? ¿Por qué tuviste que hablar con Elke?
Lo miro alucinada.
¿A qué viene ahora eso si yo hablé con ella sólo una vez hace tiempo?
—¿Por qué tuviste que meterte en mi vida?
—¿De qué hablas? —consigo murmurar.
Flyn se mueve nervioso. Mira a los lados y, acercándose a mí, sisea:
—Lena, no te hagas la tonta. Sabes muy bien de lo que hablo.
Noqueada por lo que dice, lo cojo del codo.
—Pero ¿de qué hablas? Si te refieres al día que la encontré a la salida del instituto besándose con otro chico, sólo le dije que tú eras un buen chico y que no sabía a qué estaba jugando ella. Flyn, soy tu madre y...
Él aprieta los dientes. Su mandíbula se contrae y, acercando el rostro al mío, me interrumpe:
—Tú no eres mi madre. Mi madre murió cuando yo era pequeño. Tú sólo eres la mujer de mi mamá y, en todo caso, mi madrastra; ¡entérate de una vez!
Ay, Dios... ¡El corazón se me va a salir del pecho!
¿Qué le he hecho yo para que esté tan agresivo conmigo?
Sin querer continuar, y con gesto furioso, Flyn me mira y, señalándome con el dedo, musita:
—Por tu culpa, Elke me dejó. ¿En qué más me vas a jorobar? Porque, si sigues jorobándome, prepárate, porque yo pienso hacer lo mismo.
Parpadeo. Me duele en el alma que no me considere su madre con lo que yo lo quiero pero, una vez asumo todo eso, lo miro y murmuro:
—De acuerdo, Flyn. No soy tu madre. Pero ¿me estás diciendo que estás enfadado conmigo porque Elke no quiere estar contigo? —Él no responde. Entonces, el corazón se me encoge y pregunto—: ¿Por eso estás haciendo que Yulia y yo discutamos tanto?
Sin responderme, coge la mochila del suelo, da media vuelta y se va, dejándome sin saber qué pensar.
Horas después, cuando veo llegar el coche de Yulia, la espero en el garaje y, en cuanto baja del vehículo, voy a su encuentro.
Nada más verme, ella anuncia con una esplendorosa noticia:
—Mira lo que te traigo.
Con curiosidad, observo su mano y, al ver mi anillo, lo cojo y pregunto haciéndome la tonta:
—¿Dónde estaba?
Yulia sonríe, me guiña un ojo y dice:
—Lo encontré en el maletero del coche cuando fui a meter unos papeles.
La miro boquiabierta. ¿En el maletero del coche? Pero ¿ésta se cree que me he caído de un guindo? Y, antes de que yo diga nada, añade:
—Quizá se te cayó allí y no te diste cuenta.
Asiento. Mejor cierro el piquito, que no quiero liarla más. Aun así, no comprendo por qué me está mintiendo en algo tan importante como eso.
Sin duda, las dos somos unas grandes pringadas con el crío, lo estamos haciendo muy mal con él, y él nos está toreando como quiere.
Cuento hasta diez. Después, hasta veinte. He de dejar ese tema para otro momento. Y, poniéndome el anillo en el dedo, le cuento a Yulia todo lo que realmente ocurrió con la coca-cola y por qué creo que Flyn me tiene tanto odio. Omito lo que me ha dicho en referencia a ser o no ser su madre. Eso le dolería a Yulia.
El gesto de mi esposa se contrae al oír mis palabras y, cuando acabo, pregunta:
—¿Flyn está así contigo porque Elke lo dejó?
—Eso me ha dado a entender —murmuro fastidiada.
Mi pelinegra maldice, se mueve por el garaje como una leona furiosa y, clavando su azulada mirada en mí, sisea:
—Lena, ¿por qué nunca me hablaste de ese encuentro con esa muchacha?
¡La madre que la parió!
Ella me está mintiendo en referencia al anillo y tiene la poca vergüenza de decirme que no le he contado aquello.
Si no se lo comenté en su momento fue por no echar más leña al fuego y, acercándome a ella con toda la mala leche del mundo, siseo:
—Oye, Yulia, dejando de lado que no te conté que pillé a la amiguita de Flyn dándose el lote con otro y le dije cuatro palabras, creo que debemos hablar con él.
Desconcertada, me mira. Llegar a casa y recibirla con problemas no debe de resultarle agradable, pero dispuesta a solucionar de una santa vez aquello que martiriza a Flyn, le tiendo la mano y digo:
—Vamos.
Yulia coge mi mano, la aprieta y, de un tirón, me acerca a ella para besarme. Una vez lo ha hecho, me mira y con seguridad asiente:
—Vamos.
Cogidas de la mano, subimos hasta la habitación de Flyn.
Yulia llama a la puerta antes de entrar y, cuando oímos la voz del crío, entramos. Como siempre,está ante el ordenador y, al vernos, cierra la ventana del chat por la que hablaba con alguien; no he sido capaz de ver con quién. Yulia comienza a hablar..., habla y habla.
Comenta todo lo que yo le he contado, y Flyn responde a la defensiva. ¡Faltaría más!
Un buen rato después, cuando veo que Yulia ya está perdiendo su poca paciencia, sentencia:
—Flyn, quizá tu madre no debería haberle dicho nada a esa chica, pero te aseguro que, si yo la hubiera visto, habría reaccionado como ella.
—Tú eres más discreta que ella.
—Vaya, ¡gracias Flyn! —exclamo dolida por su falta de tacto, mientras compruebo una vez más que, delante de Yulia, no dice que no soy su madre sino su madrastra.
El crío no responde. Yulia me mira con cara de «¡Cállate!» y yo decido hacerle caso. Entonces Flyn dice:
—Mamá, yo...
—No, mamá, no —lo corta Yulia furiosa—.Estoy cabreada, ¡muy cabreada contigo! Y ahora sólo te voy a pedir una cosa. Dame un poco de tranquilidad y comienza a comportarte como el muchacho al que he criado y he dado una educación porque, si no lo haces, te juro, Flyn, que lo lamentarás e irás derecho a un colegio militar.
El chaval no abre la boca. Lo del colegio militar son palabras mayores, y Yulia prosigue mientras yo me mantengo calladita todo el rato:
—De todas formas, tú y yo tenemos una conversación pendiente en lo referente a Lena. Estoy harta de muchas cosas, y creo que ya no te voy a pasar ni una más.
Flyn no dice nada, de pronto veo que se fija en que llevo el anillo puesto y, con disimulo, deja de mirar. Sin añadir nada más, Yulia coge mi mano y salimos de la habitación. Nos dirigimos hacia la nuestra y, cuando cierra la puerta, me suelta y se mete directamente en el baño.
No la sigo, sino que le doy unos minutos.
Entiendo que llegar a casa y que yo le vaya con la serenata de contrariedades todos los días es agobiante. Flyn y sus problemas nos están matando como pareja.
Dispuesta a hacerle olvidar, me acerco al equipo de música que tengo en la habitación, busco un CD y, cuando comienza a sonar nuestra canción, me planto frente al baño. Al cabo de pocos segundos, cuando Yulia sale, con la mejor de mis sonrisas paseo las manos por sus hombros y murmuro:
—Ahora te vas a relajar.
Como siempre decía mi madre, la música amansa a las fieras y, dispuesta a amansar a la fiera pelinegra que tengo ante mí, sonrío. Pero entonces, ella, sin importarle mis sentimientos, quita mis manos de sus hombros, mientras suena aquello de «Te regalo mi amor, te regalo mi vida», y dice:
—Sé que hago mil cosas mal, Elena, que meto mucho la pata contigo, pero, por favor, déjame respirar, dame espacio porque me están volviendo loca entre los dos.
¡Anda, mi madre! ¿A que la mando a la mierda por gilipollas?
Oír eso me duele, me rompe el corazón y, alejándome de ella, apago la música y murmuro sin ganas de discutir:
—De acuerdo, Yulia, te daré espacio.
Sin un ápice de humanidad, el amor de mi vida abre la puerta y sale de la habitación. No la sigo.
No se lo merece. Me tumbo en la cama, apago la luz y me paso horas mirando al techo mientras toco mi anillo recuperado.
Entrada la madrugada, la puerta se abre, Yulia entra, se desnuda, se tumba a mi lado y se queda dormida.
Sin duda, he recuperado mi anillo, pero estoy perdiendo a mi amor.


50


Dos días después, cuando Elena salió de trabajar,fue a ver a su amiga Mel. Necesitaba hablar con ella o se iba a volver literalmente loca. La situación en casa era insoportable. Yulia estaba taciturna. Flyn se escondía por las esquinas y nadie hablaba con ella.
—Tranquila, Elena. Todo pasará.
—Lo sé. Sé que todo pasará. Pero la extraña sensación de soledad que siento en la boca del estómago cuando estamos en casa no me deja vivir.
—Te entiendo —murmuró Mel.
Ella y Björn habían estado sin hablarse sólo un día tras lo ocurrido la última noche, pero Björn no tenía la cabezonería de Yulia, y en cuanto pudo lo solucionó. No soportaba sentir la indiferencia de Mel.
Sin querer hablar de ello, Mel miró a su amiga y susurró:
—Todo se arreglará, ya conoces a Yulia. Por cierto, enhorabuena por haber recuperado el anillo.
Elena se miró el dedo. A Mel tampoco le había contado lo que sabía y, encogiéndose de hombros, murmuró:
—Gracias.
En ese instante se abrió la puerta y Leya, la perra, se levantó y corrió. Instantes después entró Björn con Sami sobre los hombros, y tanto Mel como Elena se deshicieron en besos con ella.
Al ver a Lena, Björn la saludó encantado, pero la conocía muy bien, y la tristeza que veía en su mirada le hacía presuponer que algo pasaba.
—¿Va todo bien? —preguntó.
Elena sonrió al oírlo y, guiñándole un ojo,musitó:
—Sí, tranquilo. Simples discusiones entre tu amiguita y yo.
Björn suspiró. Yulia y Lena y sus discusiones...
Luego, mirando a su alrededor, preguntó:
—¿No ha llegado Peter del colegio?
Mel miró el reloj.
—Cariño, todavía queda un rato para que llegue.
El abogado asintió pero, cuando iba a decir algo, su teléfono sonó y, separándose de ellas, lo atendió. Habló con alguien y, al despedirse, dijo:
—De acuerdo, Gilbert, intentaré pasarme a verte mañana.
Las dos amigas se miraron y, en cuanto Björn se marchó hacia su despacho, Elena preguntó:
—¿Le has contado ya lo que tenías que contarle de ese impresentable?
—No.
—¿Y a qué esperas?
Mel sonrió y replicó:
—¿Te pregunto yo a ti por qué no le contaste a Yulia la discusión que tuviste con Elke o por qué permites que el niño diga que no eres su madre cuando ella no está?
Lena parpadeó.
—Tocada y hundida.
Mel rio.
—Mira, lo he decidido —añadió—. No voy a decir nada, y que sea lo que Dios quiera. Él ya sabe lo que yo pienso de esa gentuza y con eso me vale.
De pronto, Sami preguntó:
—Tía Lena, ¿quieres ver el poni rosa que me ha comprado papi?
Ella asintió encantada y respondió:
—Claro que quiero verlo. Enséñame ese poni rosa, mi amor.
Peter llegó del colegio un rato después. Como siempre que veía a Elena, la abrazaba con cariño.
Era un niño afectuoso, y Elena se emocionaba.
¿Por qué Flyn no la abraza ya así?
Tras estar un rato con ellas, el chico se retiró a su habitación para hacer los deberes.
Una hora después, cuando Mel y Lena estaban compartiendo una coca-cola en la cocina, Björn abrió la puerta y anunció:
—Miren quién ha venido.
Elena y su esposa se miraron y se saludaron sin mucha efusividad por parte de ella.
—Björn quería hablar conmigo de ciertos temas legales —explicó Yulia.
Sin moverse del sitio y con su bebida en la mano, Lena asintió:
—¡Genial!
Cuando los chicos se marcharon al despacho,Mel cuchicheó boquiabierta:
—Guauuu..., ni en el Polo Norte son tan fríos.
Al oírla, Lena se encogió de hombros y, como no quería seguir hablando del monotema, que no se quitaba de la cabeza, dijo:
—Vamos, enséñame los canales que Peter les ha pirateado en el televisor. Quiero ver si los tengo o no.
Una hora después, Yulia y Björn salieron del despacho, donde no sólo habían hablado de temas legales, y se sentaron con las chicas para tomarse algo.
El buen humor reinaba en el ambiente, pero a nadie le pasó por alto que Elena estaba más callada de lo normal. Conscientes de la tirantez que había entre sus amigos, Björn y Mel se miraban sin saber qué hacer, hasta que ella,levantándose, dijo:
—Se quedan a cenar, ¡decidido! Llamaré para que nos traigan unas pizzas.
Durante la cena, la presencia de Peter y de Sami hizo que todo fuera más ameno, pero Yulia se sentía mal. Ver a Lena tan desganada por lo que estaba ocurriendo en casa con Flyn y con él mismo le partía el corazón.
El tema del chaval ya pasaba de castaño oscuro. Enterarse de que había sido capaz de robar el anillo que tanto adoraba Elena hizo que Yulia abriera los ojos como platos y se diera cuenta de lo equivocado que estaba. Sin duda, ella era la gran culpable en cuanto al muchacho. Si toda la dureza que en ocasiones vertía contra Elena la hubiera vertido contra aquél, ahora no estarían así.
Pensó en contarle la fechoría de Flyn en relación con lo del robo a la mujer que adoraba, pero fue incapaz. La avergonzaba que ella supiera la verdad de todo y, aun siendo consciente de que estaba mal lo que hacía, decidió callar. Eso sí, tras hablar con el chaval como no había hablado en su vida, decidió que todo tenía que acabar y, a la siguiente fechoría que hiciera, se iba derecho al colegio militar.
Cuando terminaron de cenar, llegó la hora de marcharse y, en silencio Yulia y Lena entraron en su coche. Ella arrancó el vehículo y, mirándola,preguntó:
—¿Quieres escuchar música?
—Me da igual.
Deseoso de que aquello acabara, la rusa buscó entre los CD que llevaba en el coche y puso uno. Cuando comenzó a sonar la voz de Ricardo Montaner cantando Convénceme,preguntó:
—Esta canción te gusta, ¿verdad?
Elena resopló. Bien sabía ella cuánto le gustaba.
—Sí.
No la miraba. Ella necesitaba que lo hiciera para conectar con sus ojos, por lo que murmuró:
—Escucha, Lena...
—No quiero escucharte.
Enfadada por haber sido ella quien había creado aquel malestar, sin poder aguantar un segundo más,insistió:
—¿Hasta cuándo va a durar esto?
Pero ella, sin mirarla, replicó:
—Simplemente te estoy dando el espacio que me pediste.
Yulia asintió. Arrancó el vehículo y condujo en silencio hasta su casa. Era una bocazas, una gran bocazas con ella, y se merecía que le hablara así.
Al llegar al garaje, Yulia apagó el motor y, cuando Lena iba a salir del coche, la agarró de la muñeca y, atrayéndola hacia sí, la abrazó y le prometió que a partir de ese instante todo iba a cambiar. Esta vez, Lena no se alejó. Sin duda, la necesitaba tanto como ella a ella, y la escuchó.

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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Abr 15, 2017 1:29 am

51
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El viernes, tras dejar a nuestras niñas y a Sami y a Peter con Simona, Norbert, Bea y Pipa, sin mirar atrás o no nos iremos, nos disponemos a pasar un gran fin de semana plagado de sexo y morbo.
Al llegar al hotel donde nos vamos a alojar los próximos dos días, tras pasar por recepción y dar nuestros nombres, Björn y Mel, Yulia y yo nos dirigimos hacia nuestras respectivas habitaciones.
El hotel es bonito y, cuando Yulia y yo cerramos la puerta de la nuestra, nos miramos, nos comunicamos con los ojos como siempre hemos hecho, y sabemos que todo está bien.
Tengo ganas de divertirme con ella. Entonces veo una botellita con pegatinas rosa metida en hielo junto a dos copas y sonrío, segura de lo que quiero, y sé que ella también quiere.
—Desnúdate —me pide.
Esa noche, alejadas de los niños y de los problemas, mi esposa y yo nos hacemos mutuamente el amor sin reservas.
Nos necesitamos...
Nos queremos...
Nos amamos...
Y cuando, de madrugada, caemos agotadas en la cama, Yulia murmura:
—Creo que tú y yo necesitamos más fines de semana como éste.
Encantada, sonrío. No me cabe la menor duda y, poniéndome a horcajadas sobre ella, afirmo:
—Tendremos todos los que tú quieras.
A la mañana siguiente, tras llamar a casa y saber que todo está bajo control por allí, los cuatro nos dirigimos hacia la casa de Alfred y Maggie. Al ver que Björn y Yulia conversan, Mel se acerca a mí y cuchichea:
—Tengo que hablar contigo.
—¿Qué pasa?
Mi amiga me hace señas para que calle y murmura:
—Luego hablamos.
Asiento. Mel sonríe y, mirando el enorme casoplón que se cierne ante nosotros, pregunta:
—¿Tanto dinero tienen los anfitriones?
Yulia y yo intercambiamos una mirada y mi amor responde:
—Son dueños de medio Múnich, y tienen acciones en distintas productoras de cine estadounidense.
Mel se sorprende al oír eso, pero más sorprendida se queda cuando se los presentamos y ellos la reciben en su casa con aire campechano.
La gran fiesta es por la noche. Maggie nos enseña por encima los preparativos y, mientras caminamos por las distintas salas ambientadas,
Mel murmura:
—Madre mía. El dineral que deben de haberse gastado en todo esto.
Sonrío. Sin lugar a dudas, los anfitriones pueden gastarse eso y más. Sólo hay que mirar alrededor para darse cuenta del coste de todo. No quiero ni imaginarme lo bonito que va a ser aquello iluminado por la noche.
Alfred ha ordenado traer columnas labradas y pedestales para ambientar las impresionantes habitaciones, junto a bustos y estatuas de hombres y mujeres, y la mesa principal del comedor es enorme.
Tras salir del gigantesco salón, entramos en otro espacio lleno de mesitas bajas rodeadas por grandes y mullidos almohadones de colores. Con picardía, Maggie se ríe y nos dice que es para quienes quieran seguir comiendo en público tras la cena.
De allí pasamos a otro enorme salón, en el que unos trabajadores ultiman detalles. Los hombres nos observan curiosos, pero siguen con su trabajo.
Nosotras paseamos entre columpios de cuero sujetos al techo y, al ver varios jacuzzis cubiertos por enredaderas para dar efecto, nos miramos y Maggie murmura que era un capricho de su marido. Las tres nos reímos cuando pasamos a otra sala donde vemos varias cruces acolchadas, cepos de madera con grilletes, jaulas y otros artefactos.
Mel clava sus ojos en mí, y yo, sabiendo lo que piensa, me río y murmuro:
—Aquí no entro yo ni loca.

Una vez salimos de esa estancia, Maggie nos muestra varias habitaciones pequeñas sin puerta en las que hay una cama en su interior, y una de ellas con cortinas a modo de puerta, un columpio de cuero en el centro y un gran espejo. Se trata de la sala negra. Nos habla de que hay gente a la que no le gusta estar rodeada a la hora de hacer el intercambio, y finalmente vamos a otra sala grande llena de camas con sábanas doradas y plateadas.
Acabada la visita, salimos al exterior de la enorme casona y vamos hasta un jardín al aire libre, donde nos esperan los chicos junto a otros invitados. Pasamos gran parte de la mañana allí y, tras una improvisada comida en uno de los restaurantes del pueblo, nos despedimos y regresamos al hotel. Debemos prepararnos para la fiesta de la noche.
Entre risas, me arreglo con Mel y, cuando me miro al espejo, me acuerdo de Frida y de Andrés.
Con añoranza, recuerdo mi primera fiesta con ellos vestidos de los años veinte. Por desgracia, esos buenos amigos no han podido desplazarse para esta fiesta a causa del trabajo de Andrés y, aunque los añoro, sonrío. Sé que están bien y felices. Eso es lo único que importa.
Una vez Mel ha acabado de recoger mi pelo en un moño, se da aire con la mano y le pregunto:

—¿Qué te pasa?
Acalorada, ella murmura rápidamente:
—Tengo mucho calor. ¿No tienes calor?
Asiento. La verdad es que en ese hotel hace muchísimo calor. Me miro al espejo y me gusta el aspecto juvenil y lozano que ese peinado me otorga cuando oigo a Mel decir tras terminar de ponerme en la cabeza una corona de laureles:
—Estás monísima.
Encantada al oír eso, me fijo en su corto y engominado pelo oscuro y afirmo:
—Tú sí que estás guapa, con esos laureles alrededor de la cabeza y los coloretes que tienes por el calor.
Las dos reímos, y a continuación nos ponemos nuestras sandalias romanas de tacón blanco.
Cuando nos miramos al espejo, ambas silbamos. Estamos sexis y tentadoras vestidas con esos cortos vestidos de romanas en blanco y oro.
Sin duda, fueron una buena elección.
—Mira que no me pones nada, pero reconozco que así vestida estás impresionante.
Mi amiga suelta una carcajada y, dándome un beso en la mejilla, cuchichea:
—Me encanta no ponerte nada —y, mirándome, añade—: Escucha, yo quiero cont...
En ese instante llaman a la puerta de la habitación. Las dos sabemos quiénes son y, con una pícara sonrisa, nos colocamos en plan diosas del Olimpo y decimos:
—Adelante.
La puerta se abre y aparecen nuestros guapos gladiadores. Björn está impresionante, pero yo no puedo apartar la mirada de mi pelinegra rusa.
Vestida de gladiadora con ese traje con faldita de cuero marrón, la capa y las sandalias romanas..., uf..., uf..., por el amor de Dios, ¡qué sexi está!
Al ver nuestros disfraces, los chicos sonríen,les gustan tanto como a nosotras los suyos.
Entonces, con picardía, me levanto la corta falda de mi vestido y, enseñándole a Yulia mi recién depilado monte de Venus para la ocasión,murmuro:
—Sin nada debajo, como a ti te gusta.
Mi amor asiente, y veo cómo  su garganta se mueve cuando traga. Estoy ensimismada en sus ojos cuando oigo que Mel dice ante la mirada de Björn:
—Pues yo sí llevo. No sé ir sin bragas.
Mi amigo suelta una carcajada, Yulia sonríe, y yo, dispuesta a demostrarle que me siento como una diosa vestida así, me muevo con premeditación, nocturnidad y alevosía y pregunto:
—¿Te gusta mi vestidito de romana, Icegirl?
La garganta de mi amor vuelve a moverse mientras la veo asentir, y entonces sé lo que va a pasar cuando mi pelinegra camina hacia mí y,desabrochándose el cinturón que reposa sobre sus caderas, veo que la espada cae al suelo y dice:
—Pequeña..., quítate el vestido si no quieres que te lo arrugue.
—¿Ahora?
Mi amor asiente, y yo sonrío satisfecha por lo que he provocado, pero entonces veo que Björn murmura mirando a Mel:
—Estás tardando en desnudarte, preciosa.
Sin un ápice de vergüenza, y excitadas por lo que aquellos dos titanes nos ordenan, nos miramos y, con una pícara sonrisa, desabrochamos los pasadores que llevamos al hombro y nuestros vestidos caen al suelo en décimas de segundo.
Yulia me come con la mirada.
¡Uf..., qué brutota se está poniendo!
Sus ojos me hacen saber lo mucho que me desea y, acercándose a mí, susurra antes de besarme con delirio:
—Seré la primera y la última en hacerte mía esta noche.
Acto seguido, me tumba en la cama, observo cómo se quita el bóxer, me cubre con su cuerpo y, separándome las piernas con las suyas y sin mimo, me hace suya. Me aprieta contra sí y yo me dejo llevar disfrutando al máximo de la fogosidad de mi amor.
Con Yulia sobre mí y con mi voluntad anulada por nuestra locura, no sé cuánto tiempo pasa cuando soy consciente de que Mel está tumbada a mi lado mientras Björn la besa y se mueven al unísono entre jadeos y susurros.
Como digo, nuestra amistad es especial,diferente. Compartimos intimidades y momentos pasionales que otros amigos no comparten, pero a nosotros nos gusta, nos encanta poder hacerlo, y los cuatro disfrutamos sobre la cama haciendo el amor con delirio.
Una vez acabado ese loco primer ataque que nosotras hemos provocado, los dos gladiadores se levantan de la cama y nos levantan a nosotras.
Entre risas, pasamos al baño para asearnos y, en el momento en que me miro al espejo, gruño:
—Joder..., mi pelo está hecho un desastre.
Yulia, que adora mi pelirroja melena, se pone detrás de mí, la besa y responde:
—Déjatelo suelto.
Feliz por aquello, le hago caso y, cuando salimos del baño, mientras esperamos a que Björn y Mel regresen, Yulia dice mientras se acomoda el cinturón con la espada:
—No te separes de mí en la fiesta, ¿de acuerdo, cariño?
Asiento. Ni loca me separo de ella. ¡Anda que no habrá lagartas!
Arropados con unas capas gruesas que nos hemos comprado para la ocasión, nos montamos los cuatro en el coche de Björn. Hace frío, y éste se apresura a poner la calefacción. Divertidos, nos dirigimos a la fiesta, pero al coger la carretera que nos llevará hasta la mansión, unos hombres a caballo vestidos de romanos nos paran y nos indican que debemos dejar el coche allí.
Cuando nos bajamos, nos fijamos en que a los lados hay varias cuadrigas tiradas por caballos, y vamos en ellas hasta la casa. Eso nos encanta.
Ambientación desde el minuto uno. Sin duda, Alfred y Maggie saben dar fiestas.
Una vez las cuadrigas nos dejan en la entrada,nos apresuramos a acceder a la enorme mansión y de inmediato nos quedamos boquiabiertos.
Realmente aquello parece la antigua Roma. Por todas partes hay hombres y mujeres vestidos de aquella época, y la caracterización del lugar es fantástica. Más tarde, me entero de que ha ayudado en la decoración uno de los equipos que trabajó en la película Gladiator. Sin duda, todo aquello es increíble.
De la mano de mi amor, camino por la casona convertida en la antigua Roma y me fijo en los cuencos rústicos llenos de uvas, las jarras finas para el vino y las hermosas copas. En aquella fiesta no hay cerveza, no hay coca-cola, no hay champán.
Las paredes están decoradas con finas cenefas, antorchas y lámparas de aceite.
—Increíble. Maggie y Alfred cada día se superan más —afirma Björn echando un vistazo a su alrededor.
Los tres asentimos asombrados mientras aceptamos unas copas de vino, que más tarde sabemos que es aromático, y bebemos mientras saludamos a muchos conocidos.
Todos los presentes lo queremos pasar bien.
La gran mayoría nos conocemos de otras fiestas o de encontrarnos en ciertos locales swingers. Nadie está allí por equivocación.
—Pero ¡qué alegría volver a veros aquí! — oigo de pronto.
Rápidamente me doy la vuelta y me encuentro con Ginebra y su marido. ¿Qué están haciendo ellos allí?
Yulia se apresura a agarrarme de la mano, y entonces Alfred se acerca a nosotras y dice:
—Yulia, no sé si conoces a mi buen amigo Félix.
Vaya..., vaya... ¿Alfred es amigo de Félix?
Sinceramente, no me extraña. El tipo de sexo que he visto que les gusta a aquéllos y a los anfitriones es muy parecido.
Entonces, Yulia sonríe y afirma:
—Sí. Lo conozco a él y también a su mujer,Ginebra.
La aludida sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.
Mientras todos hablamos, me percato de que Ginebra no se acerca a Yulia ni la mira de manera que yo me pueda molestar. La verdad es que siempre guarda muy bien las distancias pero,cuando se alejan de nosotras, me alegro.
De pronto suenan unas trompetas y un cañón de luz enfoca hacia lo alto de la escalera. Allí están Alfred y Maggie con sus caros disfraces. Como anfitriones, dan la bienvenida a sus invitados. Nos hacen saber que somos ciento treinta personas escogidas selectivamente para la fiesta, y a continuación unos guapos sirvientes romanos nos entregan unos papeles. En ellos viene un plano de la casa explicando las salas y sus temáticas.
Una vez acaban la explicación, con una grata sonrisa, Alfred nos invita a todos los asistentes a pasar al comedor y, encantados, todos nos dirigimos hacia allí. Cada uno de nosotros tiene asignado un lugar en la mesa, y me alegra ver que Maggie nos ha puesto junto a Björn y Mel.
Cuando nos acomodamos, unos criados nos sirven más vino y después comenzamos a degustar manjares que supuestamente se comían en la antigua Roma.
De entrada nos sirven un exquisito puré de lentejas con castañas. Al principio pienso que no me lo voy a comer, pero ¡está buenísimo! A Mel,en cambio, le horroriza el olor.
Llenan mi copa con algo que no conozco y, al preguntar, el camarero me dice que es mulsum. Yo vuelvo a mirarlo. No sé qué es eso, y éste con corrección dice:
—El mulsum es un vino típico de la época del Imperio romano. Está hecho de una mezcla de vino o mosto con miel. Después se remueve hasta que la miel se disuelve y se sirve templado con los entrantes.
Doy un traguito y Mel, mirándome, afirma:
—Me muero por una birra, ¿no hay?
—Y yo por una coca-cola.
Los cuatro llegamos al convencimiento de que aquello no es lo que más nos apetece, y entonces nos traen vino de rosas y vino de dátiles. ¡Repito varias veces! Están increíbles.
Yulia sonríe.
—No bebas mucho que, cuando regresemos al hotel, tengo encargada para ti una botellita con pegatinas rosa.
Yo me río con complicidad al oírla. Sabe que por su culpa me encanta el champán Moët & Chandon Rosé Impérial. Me lo hizo beber en nuestra primera cita en el Moroccio y se ha convertido en un compañero habitual en nuestros momentos.
—Tranquila, amor —susurro—, que para mi botellita de pegatinas rosa siempre tengo hueco.
Los camareros traen paté de olivas, moretum,distintos quesos frescos de hierbas, sésamo y piñones y, como plato fuerte, un increíble lechón asado y relleno con hojaldre y miel.
Mel y yo nos chupamos los dedos, todo está buenísimo y, cuando traen las manzanas asadas con frutos secos, creo que voy a reventar.
¿Por qué mi padre me habrá enseñado que hay que terminarse siempre todo lo que hay en el plato?
Acabada la cena, mientras todos charlamos tranquilamente y estoy tomando algo que llaman hidromiel, veo que Alfred se levanta, llevan hasta él cuatro carritos de servicio con ruedas vacíos y él, tras coger un micrófono para que todo el mundo pueda oír, dice:
—Amigos, en la antigua Roma, después de comer en banquetes concurridos como éste,siempre se organizaba algún tipo de espectáculo.
Había varios y todos eran sangrientos, como, por ejemplo, atar a un pobre hombre a una estaca para que una fiera hambrienta lo despedazara mientras los comensales observaban.
Todos los presentes arrugamos el entrecejo; ¡qué asco!
¿De verdad hacían eso los romanos y no echaban luego la pota?
Al ver nuestro gesto, Alfred sonríe y continúa:
—En nuestro caso, he pensado crear un espectáculo llamado «el postre común». Consistirá en que tres mujeres y tres hombres, los que se ofrezcan, serán atados a estos carritos y serán ofrecidos como postre a todo el mundo durante una hora. Después, serán liberados, todos saldremos del comedor y podremos dirigirnos a las distintas salas para continuar con la fiesta.
Las risas de muchos de los asistentes se oyen junto a algunos aplausos. Mel me mira y,acercándose a mí, murmura:
—Ni loca me presto a eso.
Yo sonrío y afirmo:
—Ya somos dos.

Nuestros chicarrones, que están a nuestro lado y nos han oído, asienten. Piensan como nosotras.
Encantada al comprobar que estamos de acuerdo, beso a mi pelinegra y, cuando oigo las risas de los asistentes, no me sorprendo al ver a Ginebra levantarse. Félix, su marido, le da un beso y, tras un azote en el trasero que hace reír a los hombres que están a su alrededor, Ginebra se aleja de ellos con una gran sonrisa.
Detrás de ella salen dos mujeres y tres hombres e, instantes después, se marchan con los criados, que se llevan los carritos, y los demás seguimos sentados a la mesa. Un momento más tarde, las trompetas suenan, las puertas se abren y entran de nuevo los criados con aquéllos desnudos y maniatados sobre los carritos de servicio.
Boquiabierta, observo la escena.
Mira que ya he visto cosas raras en mi vida,pero ver eso me parece surrealista.
Los voluntarios están atados, unos boca arriba y otros boca abajo.
Me fijo en Ginebra, que está boca abajo. Su pecho está pegado a la bandeja, tiene las muñecas y los tobillos atados al carrito de servicio y está por completo expuesta para todos. Los camareros dejan cada carrito en distintos puntos de la mesa y, a partir de entonces, los invitados comienzan a mover los carritos a su antojo.
Los ofrecidos ríen ante lo que aquellos hombres y mujeres hacen, pero yo sólo puedo fijarme en Ginebra. Le dan cachetitos en el trasero,hasta que un hombre, que está junto a Félix, se pone en pie y, levantándose la faldita de romano que lleva, se echa hidromiel alrededor del pene y se lo introduce a Ginebra en la vagina. Félix lo anima y, finalmente, levantándose también, mete su verga en la boca de su mujer. La gente aplaude ante lo que ve, mientras yo observo ojiplática.
Ginebra grita, jadea, mientras Félix, con los ojos cerrados, continúa su propio baile particular en la boca de su mujer.
Mel me mira. Yo me encojo de hombros y,acercándome a Yulia, murmuro:
—Si Ginebra está tan enferma, ¿por qué hace esto?
Yulia, que ha dejado de observar el espectáculo, clava los ojos en mí y responde:
—Porque es lo que le gusta, cariño, y Félix no le dice que no a nada.
La gente se levanta y se arremolina alrededor de Ginebra y las otras personas que están en los carritos de servicio para jalear, tocar y hacer todo lo que se les venga en gana, pero nosotros, al igual que otras personas, no nos levantamos. No nos interesa ese tipo de juego.
Olvidándonos de lo que ocurre a escasos metros de nosotros, comenzamos a hablar entonces con otros invitados, hasta que suenan las trompetas. En ese instante todo el mundo se sienta y, cuando los camareros entran a por los voluntarios para llevárselos, yo me quedo sin habla: van sucios, cubiertos de comida y de lo que no es comida pero, por extraño que me parezca, se les ve felices. Sin duda, han disfrutado con algo que a mí particularmente me horroriza.
Los invitados continuamos sentados a la mesa cuando, diez minutos después, las puertas vuelven a abrirse y los seis voluntarios entran de nuevo duchados y con sus impolutos trajes de romanos.
La gente aplaude y los vitorea, y ellos sonríen.
Poco después es Maggie la que se levanta, coge el micrófono y dice:
—Amigos, la cena ha acabado. Ahora los invito a que vayan a los distintos salones acondicionados que hay en la casa para que gocen de su morbo, de su sexualidad y de esta gran fiesta. Recuerden las normas y ¡a disfrutar!
Todos nos levantamos y salimos del comedor.
La primera sala que nos encontramos es la que está plagada de mesitas bajas y almohadones. Allí nos sentamos. Hablamos durante un buen rato con conocidos, hasta que mi pelinegra murmura en mi oído:
—¿Qué te parece si tú y yo nos vamos a uno de esos columpios de cuero? Creo que las últimas veces que lo probamos nos gustó.
—Y mucho —afirmo.
De la mano, caminamos hacia las salas donde sé que están los columpios, mientras Mel y Björn se quedan hablando con otros sobre los cojines.
Al llegar, vemos que no hay ningún columpio libre y, al recordar uno en la habitación negra del espejo, como la llamó Maggie, me dirijo hacia allí. Por suerte, está vacía. Nos besamos y, cuando el beso acaba, veo que un hombre que no conozco está mirándonos. Yulia me pregunta con la mirada y yo sonrío, y entonces mi amor dice:
—Cariño, te presento a Josef.
Encantada, sonrío al tal Josef y éste hace lo mismo. Yulia, que está detrás de mí, le ordena a Josef que cierre las cortinas para que nadie nos moleste y, tras ello, murmura en mi oído:
—Te voy a quitar el vestido, ¿puedo?
Lo miro con una sonrisa guasona y con un pestañeo sabe que le digo que sí. Acto seguido, mi amor abre el pasador que sujeta mi vestido, éste cae hasta mis pies y yo quedo desnuda excepto por las sandalias romanas de tacón que llevo. Josef sonríe. No me toca. Nos observa, y Yulia,cogiéndome entre sus brazos, me sube al columpio,pasa las correas por mis tobillos y mis muslos y,una vez que nota que estoy sujeta, me suelta y susurra balanceándome, mientras mis pechos se mueven:
—¿Qué le apetece a mi preciosa pecosita?
Excitada por aquello, sonrío. Quiero disfrutar de mi pelinegra de mil maneras, de mil posiciones, de mil jadeos. Observo que Josef nos mira, espera instrucciones y, finalmente, sin quitarle la vista de encima a mi buenorro esposa, respondo:
—Quiero disfrutar de todo.
Mi amor asiente. Sonríe, se saca el disfraz de gladiador, que cae al suelo junto al mío, se acerca a mí y, aproximándose a mi boca, murmura:
—Entonces, disfrutemos.
Con su boca, busca la mía y, con una sensualidad que me deja sin palabras, me chupa el labio superior, después el inferior, yo abro los ojos y ella finaliza su increíble ritual dándome un mordisquito e introduciendo su increíble lengua en mi boca.
Nos besamos...
Nos devoramos...
Nos excitamos...
Y, cuando nuestros labios apenas se separan unos milímetros, Yulia musita:
—Abre los ojos y mírame, cariño..., mírame.
Gustosa, hago lo que me pide. Nada me gusta más que mirarla mientras, colgada del columpio del placer, apenas puedo moverme y, casi sin separar nuestras bocas, mi amor introduce la punta de su pene en mi húmeda abertura y siento cómo poco a poco se hunde en mí.
Un jadeo sale de mi boca al tiempo que sale otro de la de ella cuando Yulia se agarra a las cintas de cuero que hay sobre mi cabeza y, sin permitir que se muevan, susurra a mi oído mientras siento su poder en mi interior:
—Eso es, pequeña..., sujétate a las cintas y ábrete para mí.
Acto seguido, las caderas de mi rusa comienzan a rotar. ¡Oh, Dios, qué placer!
Sus movimientos son asombrosos,inesperados, chocantes, perturbadores.
Yulia me hace el amor y, como siempre, me sorprende, me vuelve loca, me hace querer más y más.
Sus penetraciones son certeras, profundas,sagaces e inteligentes. Para mí no hay nadie como ella en el sexo. Nadie es como mi Yulia Volkova.
Mis jadeos suben de decibelios mientras me dejo manejar por la mujer que amo como una muñeca y sigo suspendida en el aire sobre aquel increíble columpio. Josef continúa mirándonos,pero a diferencia de hace unos minutos, me doy cuenta de que ya no lleva su disfraz de romano. Mi amor me abraza mientras sigue con sus perturbadoras y pasionales penetraciones.
Enloquecida, le muerdo el hombro, y al mismo tiempo me complace comprobar cómo Josef nos observa. Sus ojos y los míos se encuentran y me habla con la mirada mientras se pone un preservativo. Me hace saber cuánto desea estar entre mis piernas y lo mucho que le apetece follarme.
Ya no me asusta decir la palabra «follar» como me asustaba al principio. Cuando jugamos, nos excita que Yulia me la diga o yo se la diga a ella, nos calienta. El lenguaje que en ocasiones utilizamos en esos ardientes momentos es fogoso, acalorado y tórrido. Muy... muy tórrido.
Al sentir cómo le clavo los dientes en el hombro y las uñas en la espalda, Yulia jadea,acelera las acometidas y, tras acercar su boca a mi oído, lo oigo murmurar:
—Toda mía. Mía y solo mía, incluso cuando Josef te folle para mí.
Su voz y lo que dice me enloquece. Yulia lo sabe, me conoce, y prosigue arrebatada por la pasión:
—Me voy a correr, pequeña. Voy a echar mi simiente en ti y después me saldré y te ofreceré a Josef. Te abriré para él y te encajaré en su cuerpo como ahora te tengo encajada en el mío.
—Sí..., sí... —consigo balbucear.
Aquello nos excita...
Aquello nos vuelve locas y, cuando siento que mi amor se contrae y yo grito de placer, tras un último empellón se hunde totalmente en mí y, una vez acaban sus convulsiones, sale de mi interior.
Con las respiraciones sofocadas, ambas nos miramos y, a continuación, ella dice:
—Josef...
El aludido ya tiene en la mano una botellita de agua y una toalla limpia. Sin perder tiempo, me lava, me toca, me provoca, cuando Yulia,poniéndose detrás de mí, mueve el columpio para que nos veamos reflejadas en el gran espejo, me agarra por los muslos y, separándomelos más aún,dice:
—Está húmeda, preparada y abierta.
Observo en el espejo mi descaro y mi desvergüenza y sonrío cuando Josef deja la botella y la toalla a un lado y pregunta señalando mi tatuaje, que está en español:
—¿Qué pone?
Yulia y yo intercambiamos una mirada y sonreímos.
—Pone: «Pídeme lo que quieras» —dice mi amor.
Josef asiente. Sin duda, le hace gracia mi tatuaje y, arrodillándose ante mí, dice:
—Pido que separes los muslos para mí y te metas en mi boca.
Su petición es excitante y, abriéndome más para él, lo provoco mientras le enseño el néctar que desea degustar. Yulia, que tiene los ojos conectados con los míos a través del espejo,empuja el columpio hasta posar mi vagina sobre la boca de aquél. Le da lo que pide y lo que ella y yo gustosas estamos dispuestas a compartir.
Durante varios minutos, aquel extraño me chupa, me lame, me mordisquea el centro de mi deseo, y yo simplemente me muevo sobre su boca y disfruto de aquello sin apartar los ojos del espejo donde estoy enganchada a los ojos de mi amor. Yulia sonríe. Le gusta lo que ve. Le excita mi acaloramiento y, con las manos en mis nalgas, me mueve sobre la boca de aquél.
Adoro que haga eso. Me vuelve loca que dirija nuestro juego. Me excita sentir que ella tiene poder sobre mí, como en otros momentos me gusta sentir que yo tengo poder sobre ella.
Mis jadeos suben de decibelios mientras Yulia me besa para tragarse cada gemido mío. Sus ojos y los míos están totalmente conectados y, cada vez que me susurra aquello de «bien abierta, mi amor,permite que disfrute de lo que sólo es mío», me encojo de placer.
Pierdo la noción del tiempo. No sé cuánto rato disfrutamos así. Sólo sé que me entrego a mi amor y éste a su vez me entrega a otro hombre lleno de placer. Tras un último orgasmo que me hace convulsionar, Josef se levanta, se coloca entre mis muslos abiertos, guía su duro pene hasta mi tremenda humedad y me penetra. Yo jadeo y cierro los ojos. Yulia, que está detrás de mí, murmura entonces en mi oído:
—Así, pequeña, no te retraigas y disfruta de nuestro placer.
Echo la cabeza hacia atrás y mi amor me besa mientras la sensación de ingravidez por estar sobre el columpio me vuelve loca. Yulia me hace el amor con la lengua mientras siento que Josef agarra con las manos la cuerda que pasa por mi trasero para introducirse más y más en mí.
Estoy tremendamente excitada por el momento;entonces Yulia abandona mi boca y murmura buscando mi mirada a través del espejo:
—Dime lo que sientes.
Los golpes secos que Josef me da, unidos al modo en que Yulia me abre para él y a sus palabras,me hacen sentir mil cosas y, cuando puedo,respondo:
—Calor..., placer..., morbo..., entrega...
No puedo continuar. Josef ha cogido la postura correcta y comienza a bombear en mi interior con una tremenda intensidad. Jadeo..., grito..., intento moverme, pero Yulia no me deja. Observo la escena a través del espejo y enloquezco. Yo suspendida en el aire, desnuda y entregada, con mi amor tras de mí abriéndome los muslos y Josef delante follándome. Me gusta ver en el espejo cómo su trasero se contrae cada vez que entra en mí, me gusta tanto como a Yulia.
Josef se vuelve una máquina entrando y saliendo de mi sexo, y yo apenas puedo respirar pero no quiero que pare. No quiero que se acabe.
No quiero que Yulia deje de abrirme las piernas.
No quiero que mi amor deje de besarme, pero de pronto Josef tiembla, da un lastimero quejido y, tras unas últimas y potentes embestidas, se deja ir y yo lo acompaño.
Una vez Josef sale de mí, Yulia acerca la botellita de agua y la toalla, me lava y después me seca.
—Ahora quiero que te sientes tú en el columpio —digo.
—¿Yo?
Asiento. Sé muy bien lo que quiero hacer y,una vez mi chica me ayuda a quitarme las cintas,soy yo quien la invita a sentarse. Yulia sonríe. Le resulta cómico estar ella allí.
Una vez se sienta y va a decir algo, apoyo los pies sobre sus muslos, me subo y, mirándola desde mi sitio más arriba, flexiono las piernas para ofrecerme a ella.
Encantada, comienza a regalarme miles de besos, un bonito reguero de besos que van desde mis rodillas hasta mis muslos. Eso me vuelve loca.
Después mordisquea mi monte de Venus, y eso me vuelve tarumba. Finalmente introduce la nariz entre mis piernas y, sujetándome con fuerza por la cintura para que no me mate ni caiga hacia atrás,su caliente, inquietante y juguetona boca llega hasta el centro de mi placer, y yo, al sentirla,tiemblo y me abro para ella.
Me muerde...
Me chupa...
Me succiona...
Y, cuando creo que voy a explotar de calor, la agarro del pelo, hago que me mire y, como una diosa del porno, me dejo resbalar por su cuerpo hasta quedar sentada sobre ella. Mis talones cuelgan tras su trasero y, hechizada por cómo me hace sentir, agarro su duro y terso pene con la mano y, separando las piernas, lo introduzco en mí. Yulia jadea y murmura al sentir mi entrega:
—Te quiero, señorita Katina.
Lo sé. Sé que me quiere aunque nuestras discusiones últimamente sean un día sí y tres también.
Nos besamos mientras el columpio se mueve.
Adoro sus sabrosos besos cargados de amor,erotismo, complicidad. Adoro esa boca que es exclusivamente mía.
Sin embargo, cuando abro los ojos y miro al espejo que hay frente al columpio, me encuentro con la mirada de Ginebra, que nos observa desde la parte derecha de la cortina. ¿Cuánto tiempo llevará ahí?
Sin querer pensar en ella y romper mi momento con mi amor, decido olvidarme de esa mujer, saco mi parte malota, hago rotar las caderas para encajarme más en mi esposa y, cuando la siento temblar por el movimiento, susurro con sensualidad:
—Te quiero, señora Volkova.
Al oír eso, Yulia echa la cabeza hacia atrás. En esta ocasión soy yo la que tiene el poder, y sé cuánto la excita que la llame así. Ambas lo sabemos, pero más me gusta saber que ella lo sabe.
Sus manos están en mi cintura, pero se las cojo y la hago agarrarse al columpio.
La respiración de Yulia se acelera. La vuelve loca que saque esa parte mía tan de malota, y murmuro:
—Ahora mando yo y temblarás de placer.
Ella sonríe. Me encanta verla sonreír de esa manera y, dispuesta a cumplir lo que he dicho,hago un rápido movimiento con la pelvis y mi amor tiembla. Tiembla por mí.
Orgullosa de haber sacado la Elena malota que llevo en mi interior, prosigo con mis movimientos,primero dulces y acompasados para luego convertirse en duros y arrítmicos. Yulia disfruta dejándose llevar mientras yo miro de nuevo al espejo y veo que Ginebra ya no está.
Consciente del poder que tengo sobre mi mediana esposa, ondeo las caderas en busca de sus gemidos. Éstos no tardan en llegar, y aumentan cuando paso la lengua lentamente por su cuello y al final, mirándola a los ojos, le exijo:
—Córrete para mí.
Mi voz. Mi mirada. Lo que le pido. Todo ello unido hace que Yulia tiemble y se estremezca, y yo de nuevo vuelvo a chupar su cuello.
Adoro su sabor. Adoro su olor. Pero realmente ¿qué no adoro de ella?
La observo con los ojos cerrados. La mujer que me enamoró hace casi cinco años sigue siendo una mujer sexi, guapa, y complaciente en la intimidad. Nadie es como Yulia. Nadie es como Volkova.
Su boca, sus dulces labios me llaman, me gritan que la bese, que la devore, pero en lugar de eso, me acerco a su barbilla y la chupo con delicadeza al tiempo que oprimo la pelvis contra la suya y siento su pene presionando en mi interior.
Su respiración me indica que disfruta con aquello y vuelvo a apretar la pelvis. Yulia vibra, jadea, y mientras lo repito mil veces más, la que comienza a vibrar y a jadear soy yo.
Todo el mundo sabe que en el interior de nuestro cuerpo hay un punto llamado G, pero con mi ruda rusa/alemana, además de ése, siento que también tengo el punto H, el K, el M... ¡Dios, creo que tengo todo el abecedario!
Un ruido bronco sale entonces de la garganta de mi esposa y sé que es de goce total y, sin que pueda remediarlo, me agarra de la cintura y, tras un seco movimiento, ambas chillamos al unísono.
¡Uf..., qué placer!
Mis pies no tocan el suelo; me gustaría repetir ese seco movimiento pero no tengo fuerza. No soy tan resistente como mi rusa, por lo que busco ayuda.
Rápidamente la encuentro cuando observo que Josef sigue a nuestro lado mirándonos. Sin dudarlo, me comunico con él a través de la mirada.
Sin necesidad de hablar, sabe lo que quiero, lo que le pido, lo que le exijo y, poniéndose detrás de mí,posa una de sus manos en mi trasero y otra en mi cintura y me mueve con fuerza.
Yulia abre los ojos al sentir la rotundidad de ese movimiento y, tras un nuevo gemido de las dos, pregunto a mi amor:
—¿Te gusta así?
Mi cariño asiente mientras las manos de Josef,que son las que me mueven para encajarme de mil maneras en ella, nos llevan al séptimo cielo. Entre gemido y gemido, Josef introduce un dedo en mi ano. Eso potencia mi placer. Ya no sólo quiero que me apriete sobre el pene de Yulia, sino que ahora quiero que me apriete también sobre su dedo.
El juego continúa y Yulia busca mi boca, aunque no me besa. Sólo la coloca sobre la mía para que ambas nos ahoguemos en los gemidos del otro,hasta que de pronto un gruñido bronco sale de su garganta, me agarra por la cintura posesivamente y me empala por completo en ella haciéndome gritar.
El clímax nos llega y caigo derrotada encima del cuerpo de mi amor cuando siento que Yulia, que está recostada sobre el columpio, separa las piernas, abre las nalgas de mi trasero con sus medianas y suaves manos y, segundos después, Josef unta lubricante en mi ano y termina con el pene lo que ha comenzado con el dedo.
Sus movimientos hacen que yo también me mueva encima de Yulia mientras ella me abre las nalgas para el hombre que está detrás de mí. Mis gemidos vuelven a llenar la estancia, y al mismo tiempo Yulia murmura sin soltar mis nalgas:
—Disfrútalo..., así..., así..., grita para mí.
Calor..., el calor que me sube por los pies y me llega a la cabeza es inmenso y, cuando Josef al final se corre y sale de mí, caigo sobre Yulia agotada. Muy agotada.
Instantes después, Josef me ayuda a bajar del columpio y, tras de mí, lo hace Yulia, que rápidamente me abraza y pregunta:
—¿Todo bien?
Yo sonrío y asiento. Todo mejor que bien.
Acalorados, los tres nos dirigimos a las duchas, donde el frescor del agua al recorrer nuestros cuerpos hace que el sudor nos abandone.
Una vez nos hemos secado, nos ponemos de nuevo nuestros disfraces, nos despedimos de Josef y decidimos buscar algo de beber. Estamos sedientas.
Cogidas de la mano, caminamos por los salones donde los invitados practican sexo con total libertad. Admiro el juego de la gente y sonrío al sentir que lo disfrutan a su manera.
¡Olé por ellos!
Al pasar por la sala donde están las cruces y las jaulas, nos detenemos. Vale, entiendo y respeto que es otra forma de sexo, pero a mí no, no, no, no me llama la atención. Observo que en una de las jaulas hay un hombre encerrado y que otro practica sexo anal con él. Ambos parecen disfrutar de su experiencia y, oye, si les gusta, ¿dónde está el problema?
Luego me fijo en una de las cruces. En ella tienen a una mujer atada de pies y manos, pero a un mismo palo. Con curiosidad, contemplo cómo una pareja le ponen unas pinzas de la ropa en los pezones y en la vagina y las mueven. La mujer de la cruz grita. ¡Uf, qué dolor!
Para mí eso es una tortura, pero Yulia me hace saber que para ella es un placer tan respetable como la que nosotras acabamos de experimentar sobre el columpio con Josef.
Los acompañantes de aquélla sonríen, le ponen más pinzas, pero pasados unos pocos minutos se las quitan. Instantes después, ante mis ojos la desatan y la vuelven a atar, pero esta vez le sujetan las manos y las piernas a palos diferentes. Luego pasan una cuerda alrededor del cuerpo de la mujer e introducen una parte de esa cuerda entre sus piernas, la tensan, vuelven a tensarla, y la cuerda queda encajada entre sus labios vaginales.
—Pero ¿eso no le hace daño? —cuchicheo a Yulia.
Mi amor, que no me ha soltado de la mano,sonríe y murmura acercándome a ella:
—Cuando está ahí es porque eso le gusta y le proporciona placer, cariño. Aquí nadie hace nada que no quiera o no le guste.
Asiento, sé que Yulia tiene razón. Entonces,unas risas hacen que mire hacia atrás y veo a Félix junto a un grupo de gente. Con curiosidad, tiro de mi esposa para ir a mirar y, cuando llego hasta el lugar en el que están, me encuentro con Ginebra totalmente desnuda y atada a una silla de ginecólogo. Sus pechos, que se ven rojos y amoratados, están rodeados por una cuerda, pero ella parece pasarlo bien a pesar de sus gritos mientras es penetrada por uno de los hombres.
Alrededor de Ginebra hay tres personas además del que la penetra: una mujer que la coge del cuello y la besa, un hombre que le da toquecitos con una vara en los pechos y otro que se masturba esperando su momento.
Félix, que está junto a ellos, anima a otros a que se acerquen y la toquen. Varios de los presentes se aproximan, y entonces dejo de ver a Ginebra. Miro a Yulia y observo que a ella la incomoda esa escena tanto como a mí, pero entonces Félix, que nos ha visto, se acerca a nosotras y nos dice:
—¿Les apetece jugar con mi complaciente mujer?
Tanto Yulia como yo negamos con la cabeza y él insiste:
—Yulia, ya sabes que Ginebra lo permite todo, y más tratándose de ti.
Boquiabierta, voy a protestar cuando mi amor responde por mí:
—Félix, creo que eso último ha sobrado.
Oh, sí. Yo también creo que ha sobrado.
Al entender que nos ha incomodado, Félix rápidamente coge de una mesita auxiliar una jarra de vino y unas copas limpias y, tras llenarlas, nos las ofrece.
—Discúlpenme —dice—. Mi comentario ha estado fuera de lugar.
Con seriedad, Yulia coge una copa, lo mira con un gesto que haría temblar al más valiente del universo, me la entrega y, tras coger ella otra,replica con voz neutra:
—Tranquilo, no pasa nada.
Félix me mira, busca mi perdón, y yo finalmente digo:
—Disculpas aceptadas.
—Gracias por su comprensión —murmura y, mirando hacia el grupo que ríe mientras se oyen los gritos placenteros de Ginebra, añade—: Sé que pensaran que mi mujer no debería estar aquí, pero... ella quiere disfrutar de todo mientras pueda.
Oír eso me apena, y entonces Yulia dice:
—Aun así, creo que tú podrías hacerla disfrutar de otra manera.
Félix se mueve. Sin lugar a dudas, la dura mirada de Yulia lo incomoda, y responde:
—Yulia, yo...
—Déjalo, Félix. Ustedes sabráns las normas de sus pareja. Pero te aseguro que, si fuera mi mujer quien estuviera enferma, no estaría aquí. Eso te lo puedo asegurar.
—Por Ginebra soy capaz de cualquier cosa,Yulia. Y si ella quiere esto o quiere la luna, lo tendrá.
Mi amor, que no me ha soltado en todo ese rato, clava la mirada en él y finalmente responde:
—Para todo hay límites en esta vida, pero en una cosa estoy de acuerdo contigo: si mi mujer quiere la luna, también la tendrá.
Se miran. Mi sexto sentido como mujer me grita que se están comunicando con la mirada, y tomo nota de que, en cuanto tenga oportunidad, le pediré a mi amor explicaciones.
En ese instante veo a Björn y a Mel salir de las duchas, caminan hacia nosotras. Al llegar a nuestro lado, Félix regresa con el grupo y Yulia dice:
—Vayamos a beber algo que no sea vino de dátiles y cosas así.
—¡Nos apuntamos! —exclama Björn riendo.
Cuando comenzamos a andar los cuatro hacia un lado de la casa donde sabemos que podemos tomar algo que no tenga que ver con el Imperio romano, Mel pregunta:
—¿La fiestecita bien?
Encantada por lo ocurrido, asiento y ella cuchichea:
—A mí me ha sentado algo mal.
Al oírla, me paro. La miro y ella, bajando la voz, murmura:
—Pero, tranquila, ya comienzo a sentirme mejor.
Eso me preocupa. Björn, que sabe cómo se encuentra Mel, pregunta:
—Cariño, ¿quieres que nos vayamos al hotel?
—No, cielo, estoy bien. Pero me sabe mal por ti. No estás disfrutando la noche que esperabas.
Björn me mira. Yo sonrío y lo oigo decir:
—Con estar contigo, me vale.
Ambas reímos. James Bond es muy galante.
Continuamos caminando por la casa y pienso en mi hermana. Si ella estuviera aquí viendo lo que yo veo, pensaría muchas cosas, además de que nos faltan más de trescientos tornillos.
Dos horas después, estamos tirados en unos almohadones que hay en una gran sala. Divertidos, charlamos con más gente y Mel susurra:
—Tengo que ir al baño; ¿vienes?
Asiento. Yo también tengo que ir y, tras darle un beso a mi guapa esposa, me alejo con ella. Al pasar por varias salas, algunos hombres nos piropean y nos invitan a sus juegos, pero nosotras sonreímos y negamos con la cabeza: tenemos claro que, sin Yulia y Björn, no jugamos con nadie.
Al llegar al baño, como siempre, hay cola.
¿Por qué el baño de mujeres siempre está a tope?
Acostumbradas a esperar, nos apoyamos en la pared y Mel cuchichea:
—Lena..., cuando lleguemos al hotel, tengo que...
—¿Qué tal la noche, chicas?
La voz de Ginebra nos interrumpe. Está a nuestro lado, recuerdo lo que he visto de ella y lo que ella ha visto de mí, y respondo:
—Sin duda alguna, muy bien. La tuya también,¿verdad?
Ginebra sonríe, saluda con la mano a una mujer que pasa por nuestro lado y susurra:
—De momento, estupenda, aunque la noche es joven.
Mel sonríe y yo hago lo mismo. Durante más de diez minutos, esperamos pacientemente nuestra cola y, cuando Mel entra en el baño, Ginebra dice mirándome:
—Las vi en el cuarto negro del espejo.
—Lo sé —afirmo sabiendo de lo que habla.
Ginebra asiente y murmura:
—Me vas a odiar, pero necesito decirte que,cuando las vi sobre el columpio, mi mente recordó muchas cosas del pasado y quise ser yo la que estuviera sobre ella y besara su cálida boca. Ver aquella escena tan dulce y erótica me excitó como llevaba tiempo sin hacerlo..., y he pensado pedirte que me ofrezcas a tu esposa.
Sorprendida, la miro. ¿De qué va, la colega?
Pero, como no quiero enfadarme, respondo:
—Ginebra, ya sabes que ella no quiere nada contigo.
—Oblígala.
¡¿Qué?! ¿Ha dicho que la obligue? Y, atónita,declaro:
—No.
—¿Y si la obligo yo?
Ojú..., ojú..., lo que me entra por el cuerpo cuando la oigo decir eso... Y, sin contener la mala leche que en segundos ha crecido en mi interior, le dirijo la peor de mis miraditas y siseo tajantemente:
—Te mato.
Ginebra sonríe y, con un gesto que no me gusta nada, responde:
—Tengo poco que perder y un gran placer que ganar, ¿no crees?
Bueno..., bueno..., bueno..., ¡salió el gordo de la lotería!
Mi parte racional de madre, mujer casada y adulta me dice: «Lena..., respira..., respira», pero mi parte irracional de rusa, moscovita me grita: «Lena..., arrástrala de los pelos».
Me toco la cara o me la toco yo o se la toco a ella con el puño y, cuando consigo digerir lo que acaba de decirme, la miro y replico llena de maldad:
—Para estar a punto de morirte, eres muy zorra, ¿no?
—¡Qué desagradable es eso que has dicho! —me corta.
Sí, tiene razón. Lo que acabo de decir no es algo de lo que deba sentirme orgullosa, y respondo sacando mi parte macarra:
—Siento mucho lo de tu enfermedad, pero aléjate de Yulia si no quieres tener un grave problema conmigo. Y, cuando digo grave, es gravísimo porque yo, cuando me enfado, pierdo los papeles y me da igual quién seas, lo que te pase o lo que te pueda pasar, ¿entendido?
Al ver mi reacción, Ginebra abre la boca y,por primera vez, veo en ella una cara que no conozco. Por fin ha salido la Ginebra de la que Frida me habló.
—Yulia fue mía antes que tuya —sisea ella furiosa.
Con la rapidez del rayo, me muevo. La agarro del cuello y, ante la mirada de sorpresa de algunas mujeres, aclaro:
—Ten cuidadito con lo que dices y no te acerques a Yulia o te aseguro que lo vas a lamentar.
En ese instante, se abre la puerta del baño de Mel y, al vernos en esa tesitura, mi amiga grita:
—¡Eh... Eh... ¿Qué ocurre aquí?!
Rápidamente suelto a Ginebra, y ésta,reponiéndose en décimas de segundo, se cuela en el baño, cierra la puerta, y yo, boquiabierta, murmuro en ruso para que no me entienda:
—Y la muy cerda encima se cuela; ¡será desgraciada!
Mel, que es la única que me ha entendido,sonríe e insiste:
—¿Qué ha pasado?
Sin pelos en la lengua, le cuento lo ocurrido.
La sonrisa se le borra de la cara y por su boca salen gusarapos peores que los míos. Está claro que Mel y yo estábamos predestinadas a conocernos y a hacernos amigas. Somos las dos igual de brutas, malhabladas e impulsivas.
Cuando Ginebra sale del baño, Mel le pone cara de pocos amigos y, al ver que ella me mira,siseo con desagrado:
—Aléjate de mi esposa.
Diez minutos después, regresamos junto a nuestros chicos y al grupo con el que estábamos y no cuento nada de lo ocurrido. Cuanto menos sepa Yulia de mi encontronazo con aquella tonta del culo, mejor.
Con curiosidad, veo que Félix aparece un par de veces y se toma algo con nosotros. Lo observo para ver si Ginebra le ha explicado lo ocurrido en el baño, pero él parece tranquilo y sosegado, es más, me mira y me sonríe con complicidad. Eso me tranquiliza. Significa que su mujer no ha hablado de nuestro desafortunado encuentro y sus menos afortunados comentarios.
Alfred y Maggie, convencidos por varios de los invitados, al final han claudicado y han puesto algo de música que no sean arpas, y todos se lo agradecemos.
¡Estamos hasta el moño de las arpitas!
La gente también quiere bailar y pasarlo bien.
Entre risas, bailamos. Bueno, mejor dicho,bailo, porque Yulia es de las que sujeta el vaso junto a la barra, aunque lo pasa bien; ¡menos mal!
El grupo crece y crece y nos divertimos mucho. Yo hablo con Linda, la mujer de un amigo de Yulia, y estamos charlando cuando oigo que la música cambia y comienzan a sonar los primeros acordes de Thinking Out Loud, de Ed Sheeran. Sonrío. A Yulia y a mí nos encanta esa canción.
De pronto siento que una mano se posa en mi cintura y, al volverme, mi guapa y pelinegra esposa me dice:
—¿Bailamos?
Acepto encantada.
Esos tontos detalles, cuando sé que ella odia bailar en público, son los que me demuestran lo mucho que me quiere mi amor.
Agarrada a su mano, camino hacia la improvisada pista y me dejo abrazar por ella. Con mi cabeza cerca de su hombro, cierro los ojos mientras aspiro su perfume, el perfume personal de Yulia Volkova.
Bailamos en silencio escuchando cada maravillosa frase, cuando señala:
—Como dice la canción, te seguiré amando hasta los setenta. ¿Y sabes por qué, pequeña? —Emocionada, niego con la cabeza y ella añade—:Porque, a pesar de nuestras broncas y nuestros desencuentros, me enamoro de ti todos los días.
Ay, ¡que me da!
Ay, ¡que me da un jamacuco!
Oír decir eso tan increíblemente romántico a la fría y dura Yulia Volkova me hace sonreír como una tonta, como una imbécil, como una ñoña y,enamorada hasta el infinito y más allá de ella,murmuro:
—Te quiero..., gilipollas.
Yulia sonríe, me aprieta contra su cuerpo y, en silencio, continuamos bailando aquella bonita canción, hasta que acabamos y regresamos con el grupo.
Minutos después, veo a Félix hablar con Björn,Yulia y otros hombres. Con disimulo, los observo y parecen pasarlo bien mientras beben junto a la barra. Por suerte, no aparece Ginebra. Si veo a esa zorrasca, yo creo que me tiraré a su yugular.
De nuevo, la música vuelve a cambiar, oigo la canción Uptown Funk de Mark Ronson y salgo a la pista a bailar con Mel, que ya está mejor, y otras mujeres.
Me encanta la marchita funky que tiene el colega y, disfrutando, bailo al ritmo de su voz cuando me agarran por la cintura y, al volverme,veo que se trata de Yulia.
La miro y, al observar que mueve las caderas al compás de la música, me río y, sorprendida como nunca en mi vida, bailo con ella mientras le digo:
—Cariño, te juro que la fecha de hoy me la tatúo en la piel.
—¿Por qué? —pregunta divertida.
A cada instante más alucinada de ver que baila, respondo:
—Porque estás bailando en la pista.
Yulia se ríe, me coge entre sus brazos a lo Oficial y caballerosa y me besa. Sin duda, mi amor quiere pasarlo bien.
Cuando termina la canción, Yulia se marcha y yo continúo bailando con Mel y Linda, hasta que la sed nos puede y regresamos con el grupo. Al llegar, me doy cuenta de que Yulia no está y, acercándome a Björn, le pregunto:
—¿Y Yulia?
—No lo sé. Habrá ido baño —dice mi buen amigo.
Asiento y vuelvo junto a Linda para seguir charlando. Comenzamos a hablar de niños y,cuando quiero darme cuenta, ha pasado un buen rato y mi esposa aún no ha regresado. Eso me extraña. En una fiesta, Yulia nunca me deja sola más de dos minutos; entonces busco con la mirada a Björn y Mel y veo que están bailando en la pista divertidos.
Con curiosidad, observo a mi alrededor por si está hablando con alguien y no me he dado cuenta, pero nada, no la veo, y al final decido ir a buscarla. Me acerco a la barra por si está allí,pero tampoco está. Paso por la sala de los almohadones, la busco durante un buen rato, y eso hace que me intranquilice más y más a cada segundo que pasa. Pero, entonces, me detengo de pronto y el corazón comienza a latirme con fuerza.
Algo pasa. Lo intuyo. Yulia nunca me dejaría sola allí.
Siento que el corazón se me va a salir del pecho y me dirijo hacia las otras salas, donde la gente sigue jugando y disfrutando. Pero no. No quiero creer que pueda ser verdad lo que pienso.
Yulia no me haría algo así.
Al entrar en una de las salas veo a distintos grupos. Unos observan cómo a un hombre que está atado a una mesa se lo beneficia todo el que quiere. Otro grupo aplaude y jalea alrededor de una jaula donde una chica y un chico son poseídos por varios hombres, y el tercer grupo se concentra ante una mujer atada a una silla de una manera que,sólo con verla, sé que yo no podría hacerlo.
Esos juegos duros no me gustan. Sus gestos y sus modos mientras lo hacen tampoco, pero los respeto, como sé que ellos respetan lo que a mí me gusta en cuanto al sexo se refiere.
Pienso en Ginebra, pero rápidamente me sacudo la idea de la cabeza. Yulia no la tocaría ni con un palo.
Prosigo mi camino y entro en la segunda sala.
Allí, varias parejas hacen el amor sobre unas camas y otras sobre los columpios de cuero. Me tranquiliza no encontrarme a Yulia allí, y sonrío.
Pero, qué tonta soy, ¿cómo puedo desconfiar de ella?
Sin lugar a dudas estará hablando con alguien,pienso, cuando de pronto, al pasar ante la sala negra del espejo, observo que está corrida la cortina, y un gemido hace que me detenga.
Miro la cortina negra. Que esté echada significa que no quieren que nadie entre. Mi corazón se desboca de nuevo cuando oigo un nuevo gemido, y cierro los ojos. No. No. No. No puede ser.
Sin embargo, incapaz de marcharme de allí sin ver lo que está ocurriendo al otro lado de esa maldita cortina, la descorro con cuidado y me quedo sin respiración al ver y encontrarme lo que nunca... nunca... nunca en mi vida habría querido ver.
En el interior de la habitación, sobre el columpio, está Yulia, mi Yulia, sentada con Ginebra encima de ella. Me llevo la mano al cuello. La impresión me ahoga.
¡Me va a dar un infarto!
La mujer en la que yo confío y por la que habría puesto las manos en el fuego clava entonces los dedos en la espalda de aquélla mientras jadean y buscan su placer.
Voy a vomitar, ¡tengo ganas de vomitar!
Boquiabierta, no puedo apartar la vista, y veo que ella acerca la boca a la de mi amor y la besa.
Se devoran con avidez, con urgencia, con pasión,mientras yo, como una gilipollas, observo cómo ella ondula las caderas sobre Yulia y ella tiembla enloquecida.
Cierro los puños y mi respiración se acelera.
Creo que no voy a vomitar, ¡las voy a matar!
Instintos asesinos afloran de mi interior mientras mis ojos se torturan viendo aquello.
Quiero moverme para ir hacia ellos, pero mis piernas están clavadas al suelo y sólo soy capaz de mirar, mirar y mirar, y de pronto siento que mis ojos se llenan de lágrimas por la gran decepción que estoy sufriendo.
¿Cómo puede hacerme eso mi amor?
Yulia no me ve. Ginebra tampoco. Están tan centrados en darse placer que el alma se me cae a los pies. Las ganas de matarla, de montarle un pollo, de arrancarle la cabeza a Yulia se multiplican y, de pronto, la odio. La odio con todas mis fuerzas por haberse saltado nuestra primera norma de siempre juntas en el sexo y por estar con Ginebra.
Soy consciente de que las lágrimas corren por mi rostro y de que no puedo matarla. Lo quiero demasiado.
Toda mi fuerza, mi carácter, mi bravura se han disipado para dejarme hecha un trapo. Me siento mal, terriblemente mal y, cuando mis piernas por fin se desbloquean, suelto la cortina y, al darme la vuelta para marcharme, me encuentro a Félix detrás de mí.
—Perdóname, Elena —murmura—.Perdóname, pero ella...
—Ella, ¿qué? —consigo sisear furiosa.
—Ella lo deseaba.
Ni quiero ni puedo escucharlo. Lo empujo, me alejo de allí antes de que mis instintos asesinos regresen a mí y organice la matanza de Texas en Múnich.
Dios... Dios... Dios... ¡Necesito salir de aquí!
Mientras camino en busca de una salida, no puedo creer lo que ha pasado. No puedo creer lo que he visto. No puedo creer que mi amor me haya traicionado.
¿Cómo ha podido pasar?
¿Por qué Yulia me hace algo así?
Bloqueada por mis sentimientos y por la frustración, observo cómo la gente ríe a mi alrededor, lo pasa bien, hasta que Mel y Björn, al ver mi gesto, preguntan:
—¿Qué te ocurre?
Sin poder responder, me doy la vuelta y comienzo a caminar hacia la puerta. Necesito salir de allí. Entonces, de pronto, siento una mano que me detiene. Es Björn.
—¿Qué ocurre, Elena? —pregunta.
Enfadada con el mundo, me deshago de su mano y grito:
—¡Tú lo sabías!
Björn y Mel intercambian una mirada. No entienden qué me pasa, y el pobre me pregunta:
—¿El qué? ¿Qué es lo que sé?
Un gemido sale de mi boca y, acto seguido, me la tapo con las manos. No quiero llorar. No puedo llorar. Yulia no se merece que llore por ella. Pero,con la mayor pena de mi vida, murmuro:
—Dile que no le voy a perdonar lo que me ha hecho. ¡Nunca!
De nuevo, veo que se miran.
En un primer momento, ninguno entiende de qué hablo y, como una olla a presión, exploto:
—Ese... ese gilipollas está con Ginebra.
—¡¿Qué?! —exclaman los dos al unísono.
Desesperada, me retiro el pelo de la cara y grito sin importarme quién pueda oírme:
—Las he visto en el reservado negro del espejo y... y... ¡Oh, Dios! Quiero irme de aquí.
Quiero desaparecer. No... no quiero volver a verla en mi vida.
Veo que Björn frunce el ceño alucinado y, dirigiéndose a Mel, sentencia:
—Quédate con ella.
Sin más, se da la vuelta y se marcha con paso acelerado. Mel intenta consolarme, me lleva hasta un lateral del salón, y yo, hecha un mar de lágrimas, consigo decir:
—Yulia y Ginebra..., las he visto, Mel..., las he visto.
Mi amiga me abraza. Necesito ese abrazo, y dejo que lo haga.
Me acuna. Me da aliento, intenta consolarme cuando, pasados unos minutos, veo que Björn aparece con gesto furioso y, acercándose a nosotras, dice:
—Vámonos.
En sus ojos veo la decepción por lo que ha visto, como lo he visto yo y, abrazándome,murmura:
—Esto tiene que tener una explicación, Elena,ya lo verás.
No hablo. No puedo.
¿Qué explicación va a tener lo que he visto?
¿Qué explicación va a tener que la mujer a la que amo locamente esté con esa perra?
Una vez hemos recogido las capas del guardarropa, nos las ponemos y salimos de la fiesta.
El aire gélido de la noche me da en la cara y consigo respirar. Ya no hay cuadrigas. Menos mal.
Sin hablar, los tres nos montamos en el coche.
Mel sube atrás conmigo.
—Quiero irme a mi casa —consigo decir.
Björn, que está tan sorprendido como yo, me mira y dice:
—Escucha, cariño, vayamos al hotel.
—¡No! —grito fuera de mí—. No quiero ir al hotel.
Mel y Björn se miran y mi buena amiga me vuelve a abrazar.
—Elena, es tarde, y creo que lo mejor es hacer lo que dice Björn.
Me siento como si estuviera en una nube y,como soy incapaz de reaccionar, finalmente asiento y me callo. No puedo olvidar lo que he visto. Todavía no me lo creo.
Yulia, mi Yulia, la mujer por la que yo doy mi vida, me ha engañado en mi cara. En mi puta cara,con aquella asquerosa, y yo no he podido hacer nada salvo huir.
Al llegar al hotel, pido otra habitación, me niego a compartir habitación con Yulia, pero para mi desgracia el hotel está completo. Entonces,consulto el reloj y le digo al recepcionista:
—Pídame un taxi. Regreso a Múnich.
Al oírme, Björn protesta. Y a continuación nos enzarzamos en una discusión en la que yo grito descontrolada y él intenta tranquilizarme. Al final,Mel toma cartas en el asunto y dice mirándome:
—Ahora no vas a ir a ninguna parte. Dormirás con nosotros y mañana regresaremos a Múnich,¿entendido, Elena?
—No quiero ver a Yulia —suplico.
—No la verás, ¿verdad, Björn? —afirma ella.
El pobre asiente y, tan confundido como yo, murmura:
—Te lo prometo.
Creo que me voy a desmayar por la tensión que siento, y me dejo guiar por ellos. Una vez en la habitación, sin pudor ante mis amigos, me quito el corto disfraz de diosa romana y, tras ponerme una camiseta y unas bragas que Mel me presta, me meto en la cama.
Con la cabeza bajo la almohada, vuelvo a llorar. Mis ojos son como las cataratas del Niágara y mi corazón está totalmente partido.
Mis buenos amigos intentan consolarme, me hacen sacar la cabeza de debajo de la almohada y dicen de todo. Yo los escucho y, cuando no puedo más, replico:
—No quiero verla. Björn, cuando venga, no quiero verla o juro que la mato.
Él asiente y, mirando a Mel, murmura antes de salir del cuarto:
—Acuéstate con Elena. En cuanto se dé cuenta de que Lena no está en la fiesta, Yulia me llamará. Y, conociéndola, lo raro es que no se haya dado cuenta ya. No creo que tarde mucho en llamar o venir al hotel.
Recostada en la cama, observo a Mel a mi lado. En la oscuridad de la habitación, nos miramos y murmuro:
—Cuánta razón tenía mi hermana.
—¿A qué te refieres?
Secándome las descontroladas lágrimas que no paran de manar de mis ojos, susurro:
—Anya dijo que quien juega con fuego tarde o temprano se quema, y yo... yo me he quemado.
—No, Lena..., no. Eso no es así.
Suspiro, resoplo y apunto:
—Y, si no es así, ¿por qué lo ha hecho?
Mel no responde. Está tan desconcertada como yo, y finalmente dice:
—No lo sé, pero Yulia te quiere y...
—No me quiere —la corto con rotundidad—.Si me quisiera, nunca habría hecho eso, y menos con ella. Su... su boca ya no es sólo mía, como tampoco lo es su cuerpo y su corazón.
Nos callamos. Es mejor que lo hagamos y, sin darme cuenta, me quedo dormida.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero me despierto sobresaltada.
Mel está dormida a mi lado. Con cuidado, me incorporo de la cama, cojo mi móvil y veo que son casi las cinco de la madrugada. ¿Las cinco y Yulia no me ha llamado?
Sin lugar a dudas, lo está pasando tan bien con aquella asquerosa que le da igual dónde esté y cómo esté. He dejado de importarle y, furiosa,apago el teléfono.
Tengo sed. Me levanto a por agua y, al salir al salón contiguo a la suite, me encuentro a Björn sentado en el sillón con gesto hosco. Ya no lleva el disfraz de gladiador romano. ¡Se acabó la fiesta!
Ahora va vestido con normalidad. Camisa y vaqueros.
Nos miramos y, sin poder evitarlo, pregunto:
—¿Yulia ha llegado?
Él niega con la cabeza y eso me sorprende más aún. ¿De verdad que lo está pasando tan bien con esa zorra que no se ha dado cuenta aún de que yo no estoy en la fiesta?
Voy al minibar, cojo una botella de agua y, tras darle un trago, me siento junto a mi buen amigo y pregunto:
—¿Por qué, Björn? ¿Por qué? —Él no responde, y añado—: Creía que me quería, que era especial para ella. Yo creía que...
—Te quiere y eres especial, eso nunca lo dudes. No sé qué...
—Björn —lo corto retirándome el enmarañado pelo de la cara—, deja de defenderla porque no se lo merece. Yo creí que le daba todo lo que necesitaba tanto a nivel afectivo como sexual, pero está visto que no era así. Está visto que Yulia Volkova, la poderosa y folladora Yulia Volkova, nunca cambiará.
Björn se pasa la mano por su moreno pelo. No sabe qué decirme. Está tan desconcertado como yo y, cuando lo va a hacer, de pronto su móvil suena.
Los dos miramos la pantalla y leemos: ¡«Yulia»!
Mi corazón se acelera y entonces Björn lo coge y, tras escuchar unos instantes, dice:
—Está... Sí..., está aquí. Y..., no..., no...,escúchame, Yulia. Es mejor que esta..., ¡joder,escúchame! Ella está con nosotros, y es mejor que esta noche no la molestes. —De nuevo vuelve a escuchar, su gesto se crispa y, levantando la voz, dice—: ¿Cómo que por qué está conmigo?
Angustiada por oír su voz, le quito el teléfono a Björn y susurro:
—Confié en ti, maldita hijo de puta. Confié en lo que teníamos, pero está visto que tú no eres la persona que yo creí que eras.
—Len..., cariño..., escúchame...
Su voz parece desesperada a pesar de estar gangosa por haber bebido más de la cuenta.
Atormentada por lo que soy incapaz de quitarme de la cabeza, siseo:
—No. No voy a escucharte porque no te lo mereces. Te odio.
Y, sin más, le paso el teléfono a Björn y regreso junto a Mel a la cama. Tengo que descansar.




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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Abr 15, 2017 1:29 am

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52



Björn, consciente del dolor que veía en los ojos de su amiga, cuando ella desapareció tras la puerta, se levantó y preguntó:
—¿Qué coño has hecho, gilipollas?
Al otro lado del teléfono, Yulia gritó desesperado mirando a su alrededor.
—No lo sé, Björn. ¡¿Quieres hacer el favor de contarme qué ha ocurrido?! ¿Y por qué Lena no está aquí conmigo, sino contigo?
Convencido del amor incondicional que su amiga sentía por su mujer y de que todo aquello tenía una explicación, Björn preguntó:
—¿Dónde estás, Yulia?
—En la fiesta. ¿Dónde voy a estar?
El abogado asintió y, consciente de que la voz de aquél no era de no haber bebido, dijo antes de colgar:
—No te muevas de ahí. Voy a buscarte.
A continuación, entró donde las chicas dormían y, al ver a Elena con los ojos cerrados, cogió las llaves del coche y se marchó.
Con toda la serenidad que pudo, condujo de vuelta hasta la fiesta. Al llegar allí, se encontró en la escalinata de entrada a una ajada gladiadora llamada Yulia Volkova. Su gesto lo decía todo y,tras aparcar, salió del coche y, acercándose a ella,antes de que pudiera decir nada, le soltó un derechazo que hizo que Yulia cayera contra la pared.
La pelinegra la miró furiosa y Björn siseó:
—¿Cómo has podido hacerlo? ¿Cómo has podido hacerle eso a Lena?
Yulia, consciente de que había metido la pata hasta el fondo, aunque no lo recordara, sin dar importancia al labio que le sangraba, clavó la mirada en su amigo y voceó:
—¡No sé qué le he hecho a Lena, pero está claro que algo ha pasado, y muy grave! —Y, mirando fijamente a Björn, afirmó—: Me creas o no, me he despertado hace un rato sentada en el columpio de la habitación negra.
—¡¿Cómo?!
—Alguien debió de echarme algo en la bebida—afirmó Yulia—. No recuerdo nada. —Y, desesperada, insistió tocándose la frente—: ¿Tú sabes qué ha ocurrido?
Björn se sacó entonces un pañuelo del bolsillo,se lo entregó para que se limpiara la sangre de la boca y respondió:
—Lena te ha visto con Ginebra en la sala en la que te has despertado. Y no sólo te ha visto ella,sino que yo también y, si no te he dicho nada ha sido porque estabas muy animada y no quería montar un escándalo en la fiesta.
Al oír eso, Yulia se quedó paralizada y, tras soltar un bramido de frustración, tiró el pañuelo con furia al suelo, dio media vuelta y entró de nuevo en la mansión. Björn fue tras su amiga y,cuando Yulia lo sintió a su lado, siseó:
—Ginebra y Félix..., ¡los mataré! ¡Los mataré!
—Yulia...
—Me la han jugado, ¡joder! Y yo he caído como una imbécil.
Sin llegar a entender lo que su amiga decía,como pudo Björn la paró y preguntó:
—¿A qué te refieres?
Con la mirada vidriosa por la rabia que bullía en su interior, Yulia miró a su alrededor buscándolos y murmuró:
—Ginebra se muere...
—¡¿Qué?!
—Se muere y me pidió tener una última vez conmigo. Le dije que no, pero entonces Félix comenzó a acosarme suplicándome que no podía negarle aquello a su mujer. Intenté hablar con ellos montones de veces para hacerles entender que no podía ser pero, por lo que veo, ese viejo zorro y la zorra de su mujer han jugado sucio para conseguir su propósito. Frida tenía razón, ¡joder! —Y, tocándose la cabeza, añadió—: La copa de whisky a la que me invitó Félix..., debió de echarme algo en la bebida.
—¡¿Qué?!
Horrorizado, aunque no por lo que le hubieran dado, Yulia se lamentó:
—Dios, no me perdonaré en la vida el daño que esto le está haciendo a Lena.
—Deberías hacerte unos análisis —dijo entonces Björn—. Necesitamos saber con qué te han drogado para...
—Me importa una mierda lo que me hayan dado.
—Si queremos demandarlos es necesario que...
—Sólo me importa Lena, Björn..., sólo ella —replicó Yulia.
Y, tras darle un puñetazo a la pared que hizo que le sangraran los nudillos, se disponía a decir algo más cuando Alfred y Maggie pasaron por su lado.
—¿Todo bien por aquí?
Yulia los miró y preguntó:
—¿Dónde están Ginebra y Félix?
—Se han ido hace un rato —respondió Maggie.
—¡Joder! —maldijo ella desesperada.
Asustados, los anfitriones de la fiesta insistieron:
—¿Ocurre algo?
—Ocurre que esos dos se han saltado la principal regla de la fiesta: el respeto, y te aseguro que me las van a pagar.
Y, sin decir nada más porque en su mente sólo veía la palabra «venganza», dio media vuelta y caminó en dirección a la salida. Tras despedirse de la pareja, Björn corrió hacia su amiga y se apresuró a decir:
—Lena no quiere verte.
—Me da igual lo que quiera.
Aunque era consciente de que iba a ser imposible parar a Yulia, Björn insistió:
—Necesitaríamos hacerte esos análisis antes de que los efectos de lo que te hayan echado desaparezcan de tu organismo. Piensa que...
—Björn, llévame al hotel. Sólo quiero ver a Lena. Es lo único que me interesa.
Una vez llegaron al coche, Björn insistió:
—Yulia...
Disgustada, furiosa y alterada, aquella miró a su amigo. Lo ocurrido había sido un terrible error.
Había sido engañado, pero conocía a Lena y sabía que se lo haría pagar.
—Necesito verla, Björn —siseó—. Lena tiene que escucharme.
Los dos montaron en el coche y Björn arrancó.
—Está muy enfadada —insistió éste—, y le he prometido que no te permitiría acercarte a ella.
Al oír eso, Yulia afirmó:
—Quiero a mi mujer por encima de todas las cosas y, si tengo que pasar por encima de ti para que me escuche lo haré, ¿entendido?
El abogado esbozó una sonrisa y pisó el acelerador.
—Es lo mínimo que esperaba de ti —murmuró.
Cuando, veinte minutos después, llegaron al hotel y dejaron el coche, subieron a la habitación en silencio. Al entrar en el salón se encontraron a Mel sentada. Ella vio a Yulia, luego miró a Björn con gesto hosco y siseó:
—Sabes que Lena no la quiere aquí.
—Es mi mujer —insistió Eric.
Mel iba a detenerlo cuando Björn, cogiéndola del brazo, se lo impidió.
—Tienen que hablar.
—Pero ¿tú estás tonto?... —le reprochó ella al ver a Yulia entrar en la habitación—. ¿Qué tienen que hablar? ¿Acaso tiene que explicarle lo placenteros que han sido los polvos que ha echado con esa guarra?
Björn negó con la cabeza.
—Yulia afirma que Ginebra y Félix la drogaron.
—¡¿Qué?!
El abogado asintió.
—Debieron de echarle algo en la bebida y no recuerda nada de lo ocurrido. Sólo recuerda haberse despertado sentada en el columpio y poco más.
Mel se tapó la boca horrorizada. Por desgracia, ese tipo de cosas ocurrían hoy en día.
Sin embargo, lo miró e insistió:
—Sí es así, lo siento. Pero tú le prometiste a Lena que no permitirías que...
—Sé lo que le prometí —la cortó él—. Pero también sé que Yulia dice la verdad. Y lo sé porque ella la quiere demasiado como para hacer lo que ha hecho. Si de alguien me fío al cien por cien,además de ti, es de Yulia, y más en lo tocante a Lena.
Mel resopló. Allí se iba a armar una buena.


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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Abr 22, 2017 12:45 am

53

Siento que alguien me toca el pelo.
¡Oh, Dios, qué gustito!
El placer que me proporciona ese suave masaje me hace suspirar, y me coloco mejor sobre la almohada para facilitar la tarea. No obstante, de pronto abro los ojos, vuelvo la cabeza y, al ver quién me está tocando, mi mente se reactiva, doy un salto en la cama y murmuro mirándola fijamente:
—Eres una desgraciada.
Yulia me mira. Sigue vestida de gladiadora y veo su labio partido. ¡Espero que le duela!
Durante unos segundos, nuestras miradas chocan y ella, levantándose de la cama, susurra:
—Cariño...
—Ah, no, gilipollas... —la corto con toda la chulería de que soy capaz—. Yo ya no soy tu cariño.
Su gesto es conciliador, aunque le duele lo que acabo de decirle.
—Cariño..., no digas tonterías. Tienes que escucharme.
Oír eso me revuelve las tripas.
¿Escucharla yo? ¿Que yo tengo que escucharla?
Ah, no..., la que me va a escuchar es ella a mí.
Pero ¿esta imbécil qué se ha creído?
Y, bloqueando los sentimientos que pugnan dentro de mí, siseo:
—Me has decepcionado, humillado,avergonzado, ofendido, insultado, despreciado y pisoteado; ¿crees que te voy a escuchar?
—Len...
—Te odio..., te odio con todo mi ser.
—No me digas eso, amor —susurra temblorosa.
¿Amor? ¿Ahora vuelve a recordar que soy su amor?
Y, con el poder que siento sobre la situación,afirmo:
—Te diré todo lo que me venga en gana,gilipollas..., ¡todo!
Yulia se mueve, se acerca a mí, pero yo soy rápida y me coloco detrás del sillón donde está tirado mi vestido de romana.
—Escúchame —insiste ella—. Lo ocurrido tiene una explicación.
Niego con la cabeza. No quiero escuchar. No quiero que me humille más, por lo que susurro cogiendo un zapato de tacón:
—Claro que tiene una explicación. Ginebra te buscó y tú, como buena mujer, no te negaste,¿verdad? —Su gesto se contrae, y siseo—: Eres una desgraciada. ¿Cómo has podido? ¿Cómo has podido engañarme? ¿Cómo has podido hacerlo donde horas antes lo habíamos hecho tú y yo? ¿Acaso eso te provoca morbo? ¿Les provoca morbo a las dos?
—No, cariño..., no...
—Entonces ¿por qué? ¿Por qué has tenido que hacerlo?
Yulia me mira..., me mira..., me mira. La conozco e intenta darme una explicación lógica a lo que pregunto. Pero, entonces, cuando no puedo más, grito sin dejarla hablar:
—¡En este instante te odio, Yulia! ¡Te odio como creo que nunca te he odiado! ¡Te juro que te retorcería el pescuezo sin piedad! ¡Pero creo que ni eso me quitaría la rabia y la frustración que siento ahora mismo! —Me toco la sien. Me duele la cabeza—. Sal de esta habitación y desaparece de mi vista antes de que mis instintos asesinos quieran abrirte la cabeza.
—Pequeña...
—¡No me llames pequeña! —chillo sin importarme que nos oigan.
Yulia levanta las manos. Me enseña las palmas para que me relaje y repite:
—Lena, cariño, por favor, escúchame. Déjame explicarte lo ocurrido.
Incapaz de tener un segundo más el zapato en la mano, se lo lanzo furiosa y se lo estampo en toda la cara. Le da en la frente, pero Yulia no se preocupa por el golpe recibido e insiste:
—Lo que viste no lo hice por gusto...
Rabiosa por recordar lo que vi, cojo el otro zapato y se lo tiro también. Éste le pasa rozando la oreja pero no le da.
—Lena, debieron de echarme algo en la bebida.No recuerdo nada, cariño. Te juro que no recuerdo nada, excepto despertarme sola sobre el columpio en la habitación negra del espejo. Yo nunca haría algo que pudiera hacerte daño, y lo sabes. ¡Sé que lo sabes!
Eso me detiene. Recuerdo la conversación que mantuve con Ginebra anoche y a la Yulia bailona.
Luego, las palabras de Frida cruzan mi mente advirtiéndome sobre aquella zorra y grito de frustración.
Enajenada y sin ganas de escucharla, cojo de una mesita el mando del televisor y se lo lanzo.
Después, le arrojo todo lo que pillo sobre la mesita que hay a mi lado y ella se mueve para esquivar los objetos mientras me grita que pare.
Pero yo no paro. No puedo y, cuando sólo queda una lámpara de cerámica sobre la mesa, la agarro también y la oigo decir:
—No serás capaz.
Oír eso en cierto modo me hace gracia y, tras arrancar el cable de la pared como una posesa, le lanzo la lámpara, que cae al suelo y se hace pedazos cuando ella la esquiva.
El ruido es atroz. Entonces se abre la puerta de la habitación y aparecen Mel y Björn. Los miro y,antes de que yo diga nada, Mel grita en dirección a su novio:
—Te dije que ella no quería verla, ¡te lo dije!
Mi mirada y la de Björn se encuentran y siseo furiosa:
—Prometiste que no la dejarías entrar.Tampoco puedo fiarme ya de ti. —Sé que mis palabras le duelen y, cuando veo que va a responder, insisto—: ¿Qué hace ella aquí?
Convencido de que tengo razón, Björn sólo susurra:
—Lo siento, Lena, pero...
—Pero ¡¿qué?! —grito como una posesa mientras Yulia sigue mirándome.
—Conozco a Yulia —prosigue—. Somos amigos desde hace mucho y creo en lo que dice. Te dije que todo esto tenía que tener una explicación y no dudo de su palabra. Yulia te adora, Lena, y sé que nunca te traicionaría haciendo algo así.
Como una gacela, me acerco a la mesilla y arranco el teléfono de la pared mientras grito:
—¡¿Y porque tú lo creas he de creerlo yo también?!
Mel camina hacia mí. No me toca. Sé que se pone cerca de mí para hacerme entender que está de mi parte cuando Björn pregunta:
—¿Pretendes destrozar la habitación?
Enrabietada, le lanzo el teléfono. Éste choca contra la pared cuando lo esquiva, y Yulia asegura:
—Está visto que sí.
Miro a mi alrededor. Me importa una mierda esa habitación. Mi querida esposa tiene dinero para pagar los desperfectos de todo el hotel si hace falta. Y, a cada instante más furiosa, siseo mirándola:
—Destrozo la habitación por no destrozarte a ti, ¡gilipollas!
Mi amor, la mujer que acaba de romperme el corazón, da un paso al frente y yo exijo extendiendo las manos:
—Vete. Ahora mismo lo último que quiero es verte o hablar contigo.
Pero Yulia, mi Yulia, no se da por vencida y,agarrando el teléfono móvil con la mano, insisto:
—Juro que te romperé la nariz como no desaparezcas de mi vista.
Mi rusa se para. Me mira..., me mira y me mira. Me conoce y sabe que, cuando me pongo así,es imposible razonar conmigo, por lo que finalmente dice:
—Saldré de la habitación para que te tranquilices, pero tenemos que hablar.
No respondo. Sé que tenemos que hablar. Lo sé.
Yulia va a darse la vuelta pero antes,mirándome, dice:
—Te quiero más que a mi vida, Lena, y antes que hacerte daño a ti, cariño, me mataría o me arrancaría el corazón.
Dicho esto, da media vuelta y se marcha. Yulia y sus frasecitas lapidarias.
Con el teléfono en la mano, estoy tentada de lanzárselo a la coronilla, pero me contengo. Si lo hago, puedo hacerle mucho daño y, además, atacar por la espalda es de cobardes, yo voy de frente.
Una vez Yulia ha salido de la habitación, Björn me mira. Lo conozco y sé que va a decir algo, pero él también me conoce y, al ver mi cara de mala leche, finalmente se da la vuelta y se va.
Cuando los dos salen de la suite, las piernas me tiemblan. Pierdo toda la fuerza, la chulería y el poderío que segundos antes tenía, y Mel rápidamente me abraza y me sienta en la cama.
De nuevo, las lágrimas me desbordan. La rabia me consume y la pena por todo lo ocurrido me desespera. Lloro, me aprieto contra Mel y cuando,pasado un rato, mi llanto cesa, ésta murmura retirándome el pelo de la cara:
—Sé lo dolida que debes de estar.
—Mucho —afirmo.
—Si yo viera a Björn en la actitud en la que tú has visto a Yulia, estoy segura de que estaría tan enfadada como tú, pero creo que, cuando estés más tranquila, deberías hablar con Yulia. Si realmente es cierto lo que dice, creo que...
—Hablaré con ella. Lo haré —aseguro—. Pero no sé si voy a ser capaz de olvidar lo que he visto.
Mel asiente. Entiende de lo que hablo y me abraza. Sabe que necesito cariño, y me lo da.

54


La vuelta a Múnich en el coche de Björn la hacemos en silencio.
Tras pagar los desperfectos del hotel, cuando Yulia me ve intenta sentarse a mi lado, pero lo rechazo. No quiero su contacto, y finalmente se sienta delante junto a Björn.
Parapetada tras mis gafas de sol, el viaje se me hace eterno mientras soy consciente de cómo Yulia mira hacia atrás para conectar conmigo. Quiere hablarme, lo sé. Pero yo no quiero saber nada de ella.
Al llegar a nuestra casa, mi perro Susto acude a saludarnos. Por suerte, ya está totalmente recuperado de lo que le pasó, a pesar de que cojea.
El cariño que me tiene ese animal no es normal y, como si tuviera un radar para saber mi estado de ánimo, se centra en darme lametones sin parar para demostrarme que está a mi lado al cien por cien.
Emocionada, me siento en el suelo y permito que Susto me entregue todo su cariño. Lo necesito.
Yulia nos observa y no dice nada. En otras circunstancias, me habría dicho que no me siente en el suelo ni me deje chuperretear por la lengua del perro, pero en esta ocasión calla y observa. Es lo más inteligente que puede hacer, la muy gilipollas.
Calamar no tarda en llegar también y saluda a todos con cariño, mientras Susto sigue conmigo.
En un momento dado, el animal se para, me mira y nos comunicamos con la mirada. Con Susto no me hace falta hablar. Es el perro más inteligente e intuitivo del mundo. Me gusta mi conexión con él.
Instantes después, la puerta de la casa se abre y aparecen Simona y Pipa con la pequeña Yulia,Hannah y Sami. Esta última, al ver a sus papis,corre hacia ellos, mientras mis niñas vienen a toda prisa hacia nosotros.
Sentada en el suelo, siento sus cuerpecitos sobre el mío, y sonrío. Sin lugar a dudas, mis pequeñas me llenan el alma, aunque su madre me ha destrozado el corazón.
Una vez me levanto del suelo con Hannah entre mis brazos, Yulia se acerca a mí con la niña entre las suyas y murmura:
—Cariño..., tenemos que hablar.
Y, como no tengo ganas de montarle un numerito delante de todos y consciente de que tiene razón, susurro:
—Esta noche, cuando las niñas estén dormidas.
Yulia asiente y sonríe. Yo no lo hago. No quiero sonreír, y sé que eso a mi amor le parte el corazón.
Pero me da igual su corazón. Bastante tengo yo con hacer que el mío siga latiendo a pesar de la pena tan inmensa que siento.
Con la felicidad que los pequeños nos dan a todos, entramos en la casa. Instantes después, aparecen Flyn y Peter. Peter viene hasta mí y me da un abrazo. Yo lo acepto encantada y, cuando dirijo mi mirada a Flyn, éste me mira a su vez y baja la vista al suelo.
Vale..., no me quiere abrazar.
Segundos después, los chicos suben de nuevo a la habitación para seguir jugando con sus ordenadores.
Larissa, mi suegra, que se ha quedado al mando de todo el fin de semana, me observa y pregunta:
—Elena, ¿estás bien?
Prefabricando una bonita sonrisa para ella,asiento. No quiero que los niños ni nadie más se percaten del gran problema que tenemos Yulia y yo.
Así pues, la abrazo y aseguro:
—Cansada, pero perfectamente. —Y, sonriendo, pregunto—: ¿Cómo se ha portado la pandilla el fin de semana?
Larissa y Simona sonríen y, mirando a los niños,la segunda responde:
—Todos han sido muy buenos, incluidos los más mayores.
Me gusta saber eso. Entonces, oigo a Larissa decir:
—Yulia, hija, qué mala cara tienes. ¿Te encuentras bien? Parece que tienes el labio un poco inflamado.
Me apresuro a mirarla: efectivamente, no tiene buena cara. Pero me importa bien poco, hasta que Mel cuchichea acercándose a mí:
—Björn acaba de decirme que Yulia se ha tomado dos pastillas. Al parecer, le duele la cabeza a rabiar.
Vale. Lo siento por ella, pero no estoy dispuesta a compadecerme.
Yulia se acerca a nosotras tras hablar con su madre y, de pronto, noto su mano rodeando mi cintura. La miro con desagrado y ella, bajando la voz, dice:
—Discúlpame, pero si no te abrazo mi madre sospechará, y bastante tengo con lo que tengo como para escucharla a ella también.
—De acuerdo.
Siento que mi docilidad le gusta y me aprieta más contra ella. Su olor, ese olor que me vuelve loca, inunda rápidamente mis fosas nasales y, dirigiéndome a ella, le advierto:
—No te pases, gilipollas.
Yulia me mira y, antes de que la pueda parar,me planta un beso en los labios. Su tacto, su contacto, su sabor me da la vida. Sin embargo,furiosa por lo que han besado esos labios horas antes, cuando veo que nadie nos observa siseo:
—Vuelve a hacerlo y te pateo los huevos que tienes por don aunque esté tu madre delante.
Vale. Me acabo de pasar tropecientos mil pueblos, pero es lo que me ha salido.
Yulia clava sus ojos en mí, yo levanto las cejas y, aflojando su abrazo, hace que todos pasemos al salón a tomar algo cuando Larissa se marcha.
Al entrar, me deshago con brusquedad del abrazo de Yulia y me alejo de ella. Minutos después entra Simona con unos refrescos y unas cervezas.
Rápidamente, todos cogemos una y ella, antes de irse, se vuelve hacia mí y dice:
—Estaré en la cocina por si necesitan algo.
Asiento y, cuando se marcha, me siento junto a Mel y los críos y durante un rato intento centrarme en mis pequeñinas. Ellas son las únicas que se merecen ser tratados como reinas. Mientras tanto,observo con disimilo a Björn y a Yulia, que hablan junto a la ventana.
Al ver cómo los miro, Mel se acerca a mí y murmura:
—¿Hablarás con Yulia?
—Sí. Esta noche, cuando las niñas duerman.
—Len...
—Estoy bien, Mel. Jodida pero bien —digo y,cogiéndole las manos, añado—: Sabes que te quiero, pero ¿por qué no se van ya a casa?
Mel me mira, se muerde el labio inferior y murmura:
—Ay, Elena, estoy tan agobiada por dejarte aquí...
—Tranquila —afirmo con seguridad—. No voy a matar a nadie.
—Lo sé, pero dame otra media hora y después te prometo que nos iremos.
—Vale —respondo sin mucha convicción. Y de repente recuerdo que Mel quería contarme algo que con todo este lío había olvidado—. Mel, ¿qué querías contarme?
Mi buena amiga niega con la cabeza. Está preocupada por mí, se lo veo en la cara.
—Nada que no pueda esperar, tranquila.
De pronto, ambas vemos que Björn sujeta a Yulia. Rápidamente, sin que nadie me lo diga, sé lo que quiere hacer. Quiere ir en busca de Félix y Ginebra, y la rabia me invade de nuevo cuando digo:
—Voy al baño.
Es mentira. No voy al baño, pero necesito desaparecer o mi parte malvada va a explotar de tal manera que allí no se va a salvar ¡ni Dios!
Siento que mi destrozado corazón late a demasiada velocidad. Mi mente no puede dejar de pensar en la zorra de Ginebra y su marido y,cuando entro en mi habitación, llamo al hotel donde sé que están hospedados. Quiero matarlos antes de que Yulia los localice. Esto no puede quedar así. Sin embargo, justo cuando llamo, el recepcionista me dice que acaban de marcharse hacia el aeropuerto.
De nuevo, mi corazón se desboca.
¿Aquellas ratas impresentables se van a ir así,sin más?
Pienso. Pienso..., pienso. No sé en qué vuelo saldrán y, de pronto, ¡se me enciende la bombilla!
Corro al salón y, tras hacerle una seña a Mel para que se acerque a mí, murmuro:
—Necesito ayuda.
Ella me mira.
—Lo que quieras.
Consciente de que lo que voy a pedirle no está bien, digo:
—Necesito que Peter entre en los ordenadores del aeropuerto de Múnich y me diga qué vuelo van a coger Ginebra y Félix.
Mel me contempla boquiabierta. Sin duda,estará pensando que he perdido el norte y el sur y,cuando creo que me va a decir que me tienen que ingresar, susurra:
—Si se entera Björn de que le pedimos eso al chico, ¡nos asesina! Se lo tiene más que prohibido.Pero ¿sabes? ¡Que le den a Björn!
Con disimulo, Mel y yo salimos entonces del salón y subimos a la habitación de los chicos.
Rápidamente, ella saca a Peter y, cuando le estoy explicando lo que necesito, Flyn sale también y nos mira.
Como no me apetece compartir nada con él, lo miro y digo:
—Por favor, ¿podrías dejarnos a solas?
El desconcierto en su gesto es total, y de inmediato desaparece dentro de su habitación.
Luego, Peter se vuelve hacia mí y, sin preguntar,dice:
—En cinco minutos lo sabrás.
Su eficiencia me supera. Mel regresa al salón mientras yo meto a Peter en mi dormitorio, le entrego mi portátil y el muchacho, de una manera que yo nunca sabré, hace su magia ante el ordenador y, tras darle los nombres de aquellos desgraciados, me dice apuntando en un papel:
—Su vuelo a Chicago sale dentro de dos horas.
Miro el reloj. Si me doy prisa, los pillo. A continuación, le entrego mi tarjeta de crédito y digo:
—Sácame un billete para ese vuelo.
De nuevo, el chico hace lo que le pido y,cuando me llega la tarjeta de embarque a mi móvil, le doy un beso y añado:
—Gracias, Peter. Ahora regresa con Flyn e invéntate lo que sea cuando te pregunte, ¿de acuerdo?
Él también me da un beso y, sin preguntar nada,desaparece de mi habitación.
Como una loca, salgo de la casa y, para que no oigan el motor del coche, decido coger un taxi. Por suerte para mí, no tardo en encontrar uno, y me dirijo hacia el aeropuerto cuando recibo una llamada. Es Mel.
—¿Estás chalada? ¿Cómo te vas a ir a Chicago?
—Tranquila..., tranquila. No cogeré ese avión.Sólo he comprado un billete para poder pasar y encontrarlos.
—Len..., Yulia ya se ha dado cuenta de que no estás y está como una loca buscándote...
De pronto oigo jaleo y, segundos después, la voz de Yulia dice:
—Lena, maldita sea, ¿dónde estás?
Sin ganas de hablar con ella, corto la comunicación y apago el teléfono. No me apetece dar explicaciones.
El tráfico en Múnich ese día es garrafal. El tiempo pasa rápidamente y miro el reloj nerviosa.
¡Tengo que llegar!
Cuando el taxi me deja en el aeropuerto, corro como una loca. ¡No llego..., no llego! Y, en cuanto dejo atrás el arco de seguridad, busco en los paneles el vuelo en el que van aquellos dos y vuelvo a correr por el aeropuerto. Es tarde. No voy a llegar.
Aprieto el paso. Maldito atasco el que he pillado. El corazón se me cae a los pies cuando llego a la puerta de embarque y veo que está cerrada. El vuelo está cerrado.
Furiosa, a escasos metros de mí veo que el avión donde van aquéllos da marcha atrás. La cólera me puede, y doy un puñetazo al cristal blindado. La gente me mira y soy consciente de que, por mucha rabia que tenga, por muy frustrada que me encuentre, no voy a montar un numerito,por lo que finalmente me limito a sentarme para ver cómo el avión se encamina hacia la pista,despega y se aleja.
Durante una hora me quedo allí sentada sumida en mis pensamientos y me convenzo a mí misma de que, si las cosas han salido así, es porque Ginebra ya tiene su verdadero castigo.
Cuando me despierto de mis pensamientos,decido regresar a casa. Salgo del aeropuerto, cojo un taxi y enciendo el móvil. Como es de esperar,tengo mil llamadas desde el teléfono de Yulia, pero llamo a Mel.
—¿Estás bien? ¿Dónde estás? —pregunta ella.
Su voz suena angustiada y, para tranquilizarla, murmuro:
—Estoy bien y voy para casa.
—¿Qué ha pasado?
—Nada —reconozco con rabia—. Cuando llegué, ya habían embarcado.
Oigo el suspiro de Mel y, convencida de que sabe que estoy bien, dice:
—Quieres que no esté aquí cuando regreses,¿verdad?
—Sí, por favor —respondo sin ganas de mentir.
—De acuerdo —afirma ella—. Björn, los niños y yo nos marchamos ahora mismo para casa,y Yulia...
—No quiero saber nada de Yulia. Ahora no.
—Len...
—Vete tranquila —le aseguro con una triste sonrisa—. Mañana te llamo y nos vemos.
Una vez cuelgo, me recuesto en el asiento del taxi y me limito a mirar por la ventanilla. Necesito recobrar fuerzas para enfrentarme a Yulia Volkova.
Cuando el taxi llega a casa, pago y me bajo.
Saco las llaves del bolso y, al abrir la cancela,oigo el trotar de Susto y Calamar. Los saludo con cariño y, lentamente, llego hasta la puerta de entrada de mi casa. De mi preciosa casa.
Es tarde y, al entrar, se nota que las pequeñas están durmiendo. Lo agradezco. Las adoro, pero estoy tan mal que lo último que quiero es ver a mis niñas. Camino hacia la cocina, me abro una cocacola y, en el momento en que le estoy dando un trago, oigo a mi espalda:
—Lena, ¿qué has hecho?
Sin volverme, termino de beber y, cuando acabo, me vuelvo y, mirando a la mujer que consigue que yo sea la mujer más feliz o infeliz del planeta, respondo:
—Nada de lo que pensaba hacer.
Yulia asiente y, moviéndome con rapidez, digo:
—Voy a ducharme.
Al pasar junto a ella, veo la tristeza que siente por lo ocurrido. Pienso en preguntarle si se encuentra mejor de su dolor de cabeza, pero no, no lo voy a hacer. Así pues, sin querer claudicar por lo dolorida que estoy, me encamino a la planta superior. Allí, paso al cuarto de mis niñas, que ya están dormiditas, y les doy un beso.
A Flyn no voy a verlo. A él, que vaya a verlo su mamacita.
Tras salir de la habitación, me dirijo a la mía y miro mi maleta cerrada. Sin pararme a pensar, la abro y lo primero que veo es mi disfraz de romana.
Me siento en la cama y, con la maleta abierta sobre ella, resoplo e inconscientemente recuerdo a Yulia y a Ginebra besándose y tocándose mientras se daban placer. No puedo olvidarlo.
Enfadada conmigo misma por pensar en ello,me levanto, entro en mi precioso cuarto de baño y decido darme una ducha. La necesito.
Una vez desnuda, cojo mi iPad y pongo música. Miro las carpetas que hay y, aunque mi mente dice que ponga música marchosa, mi corazón pide algo romántico.
Dudo. Me debato sobre qué hacer y, al final,gana mi parte morbosa. Necesito fustigarme, flagelarme, azotarme y maltratarme escuchando esa música. Y digo yo: ¿por qué lo hago? ¿Por qué en momentos así necesito escuchar lo que me va a hacer sufrir?
Me miro en el espejo. La mujer que observo reflejada soy yo, y murmuro:
—Elena, eres tonta..., muy muy tonta.
Cuando comienzan a sonar los primeros acordes de nuestra canción, tengo que apoyarme en la encimera. El dolor, la pena y el tormento me doblan en dos mientras la bonita voz de Malú canta Blanco y negro.
Incapaz de contener las lágrimas, me siento sobre la taza del inodoro y lloro. Lloro de impotencia en soledad como no he podido hacerlo antes y, mientras escucho la letra de esa preciosa canción, siento que no voy a poder parar nunca de llorar.
Le he regalado mi vida a Yulia y ella siempre me ha dicho que me regalaba la suya.
¿Cómo voy a poder superar eso?
Cuando la canción acaba y la voz de Luis Miguel comienza a cantar Si nos dejan, me levanto y, hecha un mar de lágrimas, recuerdo nuestra luna de miel en México.
—Qué pena, Yulia..., qué pena —murmuro mirándome de nuevo al espejo.
Acongojada, entro en la cabina de la ducha.
Abro el grifo y dejo que el agua comience a chorrear por mi cuerpo. Agotada, agobiada y abatida, me apoyo en la pared y cierro los ojos mientras, inconscientemente, tarareo la música que suena. Y, tan pronto como comienza a sonar Ed Sheeran interpretando Thinking Out Loud,me siento en el suelo de la ducha, me encojo y recuerdo que ésa fue la última canción que bailé con mi amor anoche mientras me decía mirándome a los ojos aquello de «te seguiré amando hasta los setenta porque me enamoro de ti todos los días».
¡Mentirosa!
Mi cabeza da vueltas y vueltas.
Yulia no ha parado de decirme que la han engañado. Que debieron de echarle algo en la bebida, pero estoy tan enfadada con ella que soy incapaz de razonar y ponerme en su lugar. No puedo. Sólo puedo pensar una y otra vez en Ginebra sobre ella en el columpio y en los dedos de Yulia clavándose en su espalda mientras la besaba,mientras le devoraba la boca como hace conmigo.
Esa imagen me tiene totalmente cegada.
Cuando por fin consigo volver a ser yo, tras regodearme en mi desesperación, me levanto y me doy cuenta de que estoy temblando de frío. No sé cuánto tiempo he estado sentada en el plato de la ducha llorando e intentando recomponerme.
Al salir, comienza a sonar Ribbon in the Sky,del maravilloso Stevie Wonder. Qué canción tan bonita. Sin poder evitar pensar en las veces que Yulia y yo la hemos bailado en la oscuridad de nuestra habitación, me pongo mi albornoz y me siento de nuevo en el inodoro. Pienso en cómo aquéllos se besaban. Pienso que la boca de mi amor ya no es sólo mía, y maldigo cuando la puerta del baño se abre y Yulia me pregunta con gesto preocupado:
—¿Estás bien?
Lo miro con odio, y respondo:
—No.
Ella cierra los ojos. Sabe de lo que hablo y, tras levantarme como una furia, apago la música y siseo:
—Fuera de mi vista.
Mi estado de ánimo es una veleta. Tan pronto lloro con desconsuelo como siento unas horribles ganas de asesinarla, y Yulia lo sabe, me conoce muy bien. Finalmente, dice:
—Cuando quieras, podemos hablar en mi despacho.
Asiento. No digo nada.
Al ver que no voy a dirigirle la palabra, cierra de nuevo y se va. Yo me quedo mirando al frente.
Luego me seco con brío, me doy aceite en el cuerpo y me peino.
Ataviada con un vestido de algodón rosa palo y mis botas de andar por casa, bajo lentamente sin secarme el pelo. Cuando estoy frente al despacho de Yulia, me paro.
Quiero huir de lo que va a ocurrir allí, pero sé que debo enfrentarme a ello. Así pues, cogiendo fuerzas, saco a la Elena chulita que saca de quicio a aquella rusa/alemana y, sin dudarlo, entro.
Yulia está junto a la chimenea contemplando el fuego. Esa estampa suya siempre me ha encantado, pero hoy la detesto. Mi furia me hace detestarla toda, hasta el aire que respiro.
Cuando ella me ve, me mira y, tras unos instantes en las que ambas estamos en silencio, murmura:
—Lo siento, Lena. Lo siento, cariño, pero te juro que...
—No me jures. Sé lo que vi.
Yulia asiente. Sabe que lo que vi me ha destrozado y, caminando hacia mí, susurra:
—Si me conoces, comprenderás que yo nunca haría nada así.
—Lo sé —la corto con la voz rota por el dolor—. Pero te vi. Vi cómo la besabas, cómo... cómo...
Desesperada, va a agarrarme y le doy un manotazo. Ella me mira.
—No era consciente de lo que hacía. No recuerdo nada, pero sé que...
—Tú no sabes nada —digo alzando la voz—.Tú ni por asomo puedes imaginarte lo que yo he sentido con lo que he visto. Ni por un instante te lo puedes imaginar.
Su gesto atormentado me hace saber que puedo pisotearla, matarla, maltratarla. Está dispuesta a todo por mí, pero insisto:
—Apenas unas horas antes, tú y yo estábamos en esa sala negra del espejo disfrutando y... y...
—Pequeña, escúchame.
Enfadada la miro, luego sonrío con malicia y siseo:
—No quiero escucharte. Ahora no.
—Lena, no digas eso.
Mi aclaración la enfada, la envenena, me lo dicen sus ojos. Pero, sin dejarse llevar por la rabia, suplica:
—Perdóname, Lena, no sabía lo que hacía.
¿Perdonar? ¿Voy a ser capaz de perdonar y olvidar lo que vi? Y, mirándola con furia, vuelvo a sisear:
—¿Qué tal si hacemos uso de lo que habitualmente se llama ojo por ojo y ahora soy yo la que...?
—¡Ni se te ocurra! —brama perdiendo los nervios.
Vuelvo a reír con malicia. En lo último que pienso ahora es en estar con un hombre o mujer, pero como tengo ganas de hacerle daño, insisto:
—Lo justo sería eso. Que yo buscara al hombre o mujer que más rabia te dé y tú lo veas, ¿no?
—No... —murmura apretando los dientes.
Quiero herirla. Quiero que se martirice como yo me estoy martirizando por ella, y grito:
—¡Gilipollas! ¿Cómo no te diste cuenta?¿Cómo, con lo lista que eres para otras cosas,fuiste incapaz de percatarte de lo que iba a ocurrir con esa gentuza?
Yulia me mira. No sabe qué decir.
Se da cuenta de que tengo razón en todo lo que digo y no logra darme una explicación.
El silencio invade la estancia. Yulia no se mueve. Nos miramos a los ojos y murmuro:
—Estoy enfadada, muy enfadada, y quiero que te vayas.
—¿Que me vaya adónde?
—¡Que te vayas de esta casa! —chillo fuera de mí.
El gesto de Yulia se acalora y, sin moverse,cuchichea despacio:
—Estoy en mi casa.
Su aclaración con mala baba me hacer ver que comienza a perder los nervios.
—Pues me voy yo —replico entonces.
Sin más, me doy la vuelta, pero antes de llegar a la puerta, Yulia ya me ha agarrado entre sus brazos, me da la vuelta y, apretándome contra sí, protesta:
—Len, no vas a ir a ningún lado.
—¡Suéltame! —grito.
—No. Hasta que entres en razón.
La rabia me consume y, sin pensar en lo que hago, levanto la rodilla y la golpeo con fuerza en esa parte tan noble que me encanta y que en otros momentos me da placer. Yulia, que no esperaba ese ataque tan brutal, cae de rodillas al suelo. Se encoge de dolor ante mí y yo, fuera de mis casillas, siseo:
—Nunca más en tu puta vida vuelvas a tocarme si yo no te lo permito.
Ella no contesta. Sigue retorciéndose en el suelo de dolor mientras yo loaobservo impasible.
¡Joder..., joder, qué bestia soy!
Pasan unos minutos y, cuando veo que su respiración se normaliza, abro la puerta y salgo del despacho. Me encamino hacia la escalera, pero entonces me levanta en volandas y, roja de furia,me suelta en mi cara:
—En tu puta vida vuelvas a hacer lo que has hecho.
Grito. Intento soltarme, la llamo de todo y volvemos a entrar en el despacho, donde, una vez cierra la puerta con el pie, me suelta y yo bramo:
—¡Te odio! ¡Te odio con todas mis fuerzas!
—Ódiame cuanto quieras —replica furiosa—.Pero tenemos que hablar.
A partir de ese momento, no hablamos, sino que ¡chillamos!
Le echo en cara todo lo que quiero y más, y ella hace lo mismo. Sin escucharnos, ambas levantamos la voz, ambas gritamos, ambas chillamos. La desesperación es tal que ninguna de las dos está dispuesta a escuchar a la otra cuando,de pronto, la puerta del despacho se abre y aparece Flyn. Debemos de haberlo despertado con nuestros gritos. El crío mira a Yulia y pregunta:
—Mami, ¿qué ocurre?
Al verlo, Yulia dice:
—Flyn, regresa a tu cuarto.
Pero yo, que ya estoy como las locas, sonrío y murmuro:
—No, mujer, no, deja que se quede aquí.También tengo reproches para él y, así, aprovecho y se los hago. Al fin y al cabo, es tu niñito y sólo se preocupa por ti.
—Lena..., cariño.
En mi interior se ha formado un tsunami y siento que no voy a ser capaz de frenarlo, especialmente porque no quiero. Tengo ante mí a mis dos grandes fuentes de problemas y conflictos y necesito gritar y protestar. Necesito que esos dos imbéciles me escuchen y, sin importarme las formas ni nada, digo:
—¿Se han puesto de acuerdo los dos para sacar lo peor de mí? Porque, si es así, lo han conseguido.
Y, como ya todo me importa tres pepinos,prosigo:
—Me he dejado la piel por ustedes dos y tengo que decirles que son unos jodidos desagradecidos. Tú como esposa y tú como hijo.Y ¿sabes, Yulia?, ¡claudico! He tomado la decisión de que, si Flyn no me quiere como madre, yo no lo quiero como hijo. Basta ya de desplantes, malas caras y malos modos. Estoy harta, ¡harta!, de tener que andar siempre con pies de plomo con ustedes. Estoy tan enfadada con los dos que no quiero ser racional, simplemente quiero que me dejen en paz para poder vivir. Sin lugar a dudas,ésta es tu casa, Yulia Volkova, pero las niñas que están durmiendo en la planta de arriba son ¡mis hijas!, no sólo las tuyas, y no voy a permitir que...
—Lena —me corta Yulia—. ¿Qué estás diciendo?
Como un remolino imparable, la miro y sentencio:
—Digo que quiero el divorcio. Digo que quiero irme de aquí. Digo que mis hijas se vendrán conmigo, y digo que...
—Lena..., ¡para!
Su corte me hace dar cuenta de que Flyn está llorando. Y, aunque sus lágrimas deberían atormentarme, estoy tan dolida que no siento nada.
A continuación, cuando me dispongo a añadir algo,oigo que Yulia dice mirando al niño:
—Flyn, vete a la cama.
—No...
—Flyn —insiste ella.
El crío se seca las lágrimas y pregunta:
—¿Se van a separar?
—No —responde Yulia.
—Sí. ¿No es lo que querías? —respondo yo.
Yulia me mira. Su mirada de Icegirl echa chispas, pero no me importa, ya que la mía es puro fuego; entonces Flyn, llorando, dice:
—No... no pueden hacerlo. No puedes estar así por mi culpa. Yo... yo...
Reconozco que verlo tan desesperado me pellizca un poco el corazón y, mirándolo, respondo:
—¿Sabes, guapito?, tu actitud ha ayudado bastante. ¡Gracias, Flyn!
—¡Lena! —grita Yulia.
—¿Lena, qué? ¿Acaso es mentira? —replico desafiante.
Fuera de sus casillas por lo que estoy soltando por mi boquita, Yulia me mira con furia. Yo la miro con rabia y chulería cuando ella coge al niño del brazo y murmura para intentar calmarlo:
—Flyn, no te preocupes por nada. Mamá y mami están discutiendo por algo que...
—¡¿Mamá?! —me mofo dolida—. Disculpa,pero él mismo me ha dejado muy claro infinidad de veces que no soy su madre, que sólo soy la mujer de su madre o, en todo caso, su madrastra,¿verdad, Flyn? —El crío no responde, y yo prosigo—: Vamos, sé valiente y dile a tu madrecita lo que me has dicho mil veces cuando ella no estaba.
—¡¿Qué?! —pregunta Yulia sorprendida.
—Ah, y ahora que no hay nada que ocultar... —prosigo abriendo mi propia caja de Pandora—.¿Qué tal si le dices a tu madre lo divertido que te resultó provocarme diarreas con las gotitas que tus amiguitos te recomendaron?
—¡¿Cómo?! —insiste Yulia desencajada y,echándole un vistazo al crío, pregunta—: ¿De qué habla Lena?
Pero, sin dejarlo contestar, respondo yo por él:
—Secretos..., secretos. Entre nosotros hay demasiado secretos. —Y, quitándome el anillo que tanto adoro, lo dejo de malos modos sobre la mesa del despacho y grito—: ¡Y, hablando de secretos...,me pareció muy mal que me ocultaras que fue tu niño quien se llevó el anillo para venderlo en una casa de empeños y luego me mintieras diciendo que lo habías encontrado en el maletero de tu coche! Pero ¿acaso te crees que yo soy tonta? ¿Acaso crees que no iba a enterarme de la verdad? Pues sí, me enteré y me callé para ser buena con él y contigo. Son tal para cual. ¡Los putos Volkov!
Yulia palidece. Sé que no lo hace por mis palabrotas, sino porque nunca imaginó que yo me enteraría de aquello.
—Lena..., cariño..., yo... —murmura.
—Ahora no quiero explicaciones. Ya no me valen.
El niño sigue llorando cuando Yulia, consciente de que las cosas se están yendo de madre, insiste:
—Por favor, Flyn. Vete a tu habitación.
El crío me mira con el rostro desencajado.
Nunca me ha visto perder el control de esa manera. A continuación, acercándose a mí, susurra:
—Mamá..., lo siento..., perdóname.
¡¿Mamá?! Con gesto agrio, lo miro y replico fuera de mí:
—Déjame en paz. Yo no soy tu madre.
Yulia lo saca del despacho, me quedo sola y siento ganas de gritar. Estoy furiosa.
Tremendamente furiosa.
Luego, Yulia vuelve a entrar en el despacho y, tras cerrar la puerta, camina hacia mí y dice:
—Estás pagando con Flyn nuestro problema y...
—Yulia —la corto—. Lo siento, pero estoy desbordada. Desbordada por todos lados. Y... y lo que ha ocurrido, nos guste o no, ha hecho que haya un antes y un después en nuestra relación. Intento asumir que esos hijos de su madre te drogaron para conseguir su propósito, pero no puedo obviar lo que vi. ¿Acaso tú lo obviarías si la situación hubiera sido al revés? ¿De verdad me estás diciendo que si Yulia Volkova me viera sobre un columpio desnuda, entregándole mi boca y mi cuerpo a otro hombre o mujer, no se enfadaría conmigo? ¿No me chillaría? ¿No se volvería loca de rabia? —Ella no contesta, y añado—: La Yulia Volkova que yo conozco estaría tan enfadada como yo, y la Yulia Volkova que yo conozco necesitaría su tiempo para digerir lo ocurrido por mucho que me quisiera.
Por fin parece que mis palabras le calan hondo.
En lugar de acercarse a mí, asiente, se apoya en su mesa y, tras unos segundos en silencio, murmura:
—Si yo hubiera visto lo que tú, sin duda me estaría comportando peor.
—Lo sé, Yulia —afirmo—. Lo sé.
Mi rusa asiente. Sabe que lo que digo es cierto. La situación en caso contrario habría sido devastadora. Clavando sus ojazos cansados en mí,a continuación musita:
—Lena, no me dejes. Yo no he propiciado lo que ha ocurrido.
Sus palabras me paralizan. Por mi cabeza ha pasado de todo, pero ¿realmente soy capaz de dejarla? ¿Realmente soy capaz de vivir sin ella?
Al ver que no digo nada y que no me muevo,Yulia camina hacia mí y, derrotada por mi indiferencia, aquella mujer a la que todos temen cae a mis pies y repite con desesperación:
—No me dejes, mi amor. Por favor, pequeña,escúchame, yo no era dueña de mis actos. No sabía lo que hacía en ese momento.
Su súplica...
Su mirada...
Su miedo...
Todo puede conmigo, y entonces insiste:
—Castígame, enfádate conmigo, fustígame con tu desprecio, pero no hables de divorcio. No hables de separarte de mí porque mi vida sin ti no tendrá sentido. Sin ti y sin las niñas, yo...
Al mirarme y ver sus ojos cargados de lágrimas, como soy una blandengue, me muerdo el labio inferior y murmuro:
—Levántate, por favor, levántate. No quiero verte así.
Mi rusa se levanta con pesar y, cuando doy un paso atrás para que no me toque, se encamina hundida hacia su silla y, mirándome, susurra:
—Estoy dispuesta a lo que tú quieras, Lena. A todo.
Asiento. Sé que ahora yo tengo el poder. Estoy convencida de que, si le pidiera que se cortara un brazo en ese momento, lo haría.
—Dentro de unos días me iré a la Feria de Kazán —digo—. Iré sin ti, pero me llevaré a Yulia y a Hannah.
—¿Sin mí?
Al oírla decir eso, siento unas irrefrenables ganas de asesinarla. Pero ¿no decía que no tenía tiempo para esas tonterías? Sin embargo, conteniéndome, contesto:
—Me iré a Kazán con las niñas, y ni tú ni Flyn vendran.
—Cariño..., por favor...
Sonrío con chulería y replico:
—No hay cariño que valga. No te quiero conmigo. Quiero ir sola con mis hijas y disfrutar de la alegría de mi tierra y, contigo a mi lado, no lo voy a disfrutar.
Sus ojos...
Su voz...
Su mirada...
Conozco a Yulia Volkova y sé que lo que está ocurriendo será algo que la atormentará el resto de su vida. Se acerca a mí, me coge entre sus brazos y, espachurrándome contra la librería,sisea:
—Lena, no juegues con fuego o te quemarás.
Nos separan apenas unos milímetros. Mis ojos miran su boca. Quiero besarla. Necesito besarla como sé que ella necesita besarme a mí. Pero la imagen de Ginebra tomando lo que yo consideraba mío pasa entonces por mi cabeza y, tras empujarla con todas mis fuerzas para separarla de mí,respondo mientras me encamino hacia la puerta:
—Querida Yulia, ya me he quemado; ahora ten cuidado, no te quemes tú.


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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Abr 29, 2017 11:46 pm

55


Al día siguiente, Lena llamó a Mel y le pidió tiempo.
Necesitaba unos días para ella sola para pensar, recapacitar y saber que estaba haciendo bien quedándose junto a la mujer que amaba pero que le había roto el corazón en miles de pedacitos.
Consciente de todo lo que estaba pasando, su amiga le concedió esos días.
Una semana después, Elena se apagaba por momentos. Físicamente estaba bien, pero psicológicamente estaba tocada y hundida, algo que Yulia no podía evitar ver y sufría cada segundo del día.
Lena habló con su padre. No le contó nada de lo ocurrido, pero le confirmó que el 9 de mayo llegaría a Kazán con las niñas. Como es lógico,Sergey le preguntó por Yulia y por Flyn, y ella se apresuró a explicarle que Yulia tenía mucho trabajo y que Flyn estaba castigado por lo mal que iba en los estudios. El hombre no preguntó más y se alegró por la visita de su pelirrojita.
Durante esos días, Yulia hacía todo lo posible por acercarse a su mujer. Llegaba pronto del trabajo, pasaba las tardes enteras con ella y con las niñas, pero Lena no reaccionaba. Se limitaba a sonreír delante de las pequeñines pero, cuando éstas se marchaban a la cama, se sumergía en su propia burbuja y todo lo que pasaba a su alrededor dejaba de existir.
Yulia convocó una reunión en Müller y, sin dudarlo, reorganizó su trabajo. Necesitaba tiempo para reconquistar como fuera a su mujer, y delegó,como antaño, en varios de sus directivos, algo que Elena siempre le había pedido, pero ella no había hecho.
Recordar aquello la martirizaba. Debería haber hecho más caso a lo que ella le pedía y, en especial, a la problemática que tenían con Flyn en casa. ¿Por qué había sido tan gilipollas y tan cabezota?
Por su parte, Flyn, asustado por el color que habían tomado los acontecimientos, intentaba acercarse a Elena. La llamaba «mamá», le pedía perdón, le proponía salir con la moto, se sentaba con ella a ver la televisión, pero ella parecía no darse cuenta de los esfuerzos que el muchacho hacía para que lo escuchara.
Sin embargo, Elena lo oía, lo oía perfectamente en su silencio, pero estaba tan dolida por todo lo ocurrido que había decidido ignorarlo, como él la había ignorado a ella en los últimos meses. Ese castigo era la única manera de hacerle ver a Flyn que ya no era un niño, y que,como siempre le había dicho, todo acto tenía una consecuencia. La suya era la indiferencia.
Simona y Norbert, conscientes de la situación en la casa, intentaban ayudar en todo lo que podían, pero Elena seguía sin reaccionar y castigaba a los dos Volkov con su desapego.
Pasados unos días, Lena decidió ir a casa de su amiga Mel. Nada más verla, ella la abrazó y, cuando la soltó, susurró:
—Vaya mala cara que tienes, amiga.
Elena asintió. Era consciente de que estaba hecha un desastre, y hasta había adelgazado esos kilos que no conseguía quitarse antes.
—Pues, por dentro, te aseguro que estoy peor—replicó con una sonrisa.
Mel puso los ojos en blanco y, cogiéndola de la mano, le dijo:
—Ven. Tenemos que hablar.
Juntas pasaron al comedor. Allí, durante más de dos horas, Elena habló, se desahogó, dijo todo lo que necesitaba decir y, cuando por fin se calló,Mel murmuró:
—Entiendo lo que dices, pero lo que ocurrió fue algo que Yulia no provocó.
—Lo sé —admitió Lena—. Pero si ella sabía que aquellos dos le estaban pidiendo ese encuentro sexual porque Ginebra así lo quería, ¿por qué no se alejó de ellos? ¿Por qué permitió que estuvieran tan cerca de nosotras? ¿Por qué no cortó por lo sano?
Mel asintió. Sin duda, Elena tenía su parte de razón. Sin embargo, como antes había hablado con Björn, respondió:
—Porque Yulia no es una mala persona y nunca pensó que ellos se servirían de algo tan sucio para conseguir su propósito. A pesar de no querer saber nada de ellos, se sintió apenado por esa mujer. Elena, Ginebra se muere, y eso fue lo que a Yulia le hizo bajar la guardia.
Su amiga resopló. Conocía a Yulia mejor que nadie y, si una enfermedad la descuadraba, una muerte la descolocaba totalmente. Así, siguieron hablando durante varias horas hasta que al final Mel dijo:
—Ahora que estás más tranquila, tengo que contarte algo.
—¿Qué ocurre?
Mel se levantó, cogió a Elena de la mano y la llevó hasta su habitación. Una vez allí, abrió un cajón y, enseñándole unos test de embarazo,cuchicheó:
—Hace tres semanas que estoy esperando para hacérmelos, y no me atrevo.
La sorpresa despertó a Elea de su letargo, y Mel, haciéndole un puchero, añadió:
—He rechazado el puesto de escolta y creo...creo que estoy embarazada.
Rápidamente, Elena se puso a su lado, le agarró la barbilla con la mano y dijo:
—Mel, pero ¿cómo no me lo habías contado antes?
Su amiga se derrumbó como un castillo de naipes y, sentándose en la cama, replicó:
—Pero ¿cuándo te lo iba a decir? Últimamente no hacían más que pasar cosas y... y... Pero si me llevé los puñeteros test el fin de semana que...que..., bueno, que pasó lo de Yulia, pero luego todo se lio y yo no quería preocuparte con más cosas de las que tienes. Pero... el caso es que me estoy volviendo tarumba. Llevo más de un mes de retraso y estoy tan acojonada que soy incapaz de hacerme la puñetera pruebecita. Y luego... luego está que ya he estado embarazada y siento que tengo todos los síntomas, y...
—¿Björn sabe algo?
—Noooooooooo —susurró Mel—. Si estoy embarazada es por su puñetera culpa, y lo voy a matar.
—Dios mío, Mel —dijo Lena sonriendo—. ¡Se va a volver loco cuando se entere!
—¡Cierra el pico!
—¿Está en casa? —añadió emocionada.
—No. Está en el despacho pero, joder, Lena, ¿cómo voy a estar embarazada?
Con una candorosa sonrisa, su amiga la miró y gesticuló:
—Pues porque una abejita plantó una semillita y...
—Leeeeeeeen...
Divertida, ella le retiró el flequillo del rostro a la teniente más valiente que había conocido en toda su vida.
—¡Otra vez! ¿Otra vez me tiene que volver a pasar? —protestó Mel alejándose—. Con Sami fui madre soltera; en esta ocasión querría haberlo hecho todo correctamente para no tener que oír los reproches de mi padre o de mi abuela. Me habría gustado casarme antes de tener otro hijo, pero...
—Pero apareció un niño llamado Peter y decidiste posponer tu boda, para integrarlo en la familia antes de casarte con su padre, y eso te hace muy grande, Mel. Eso no lo hace cualquiera y...
—Dios mío... Tendremos tres..., ¡tres hijos!
—Obvio.
Al ver el gesto de su amiga, Elena sonrió y,dispuesta a ayudarla en todo lo que pudiera, insistió:
—Mira, cariño, si tienes a tu lado al hombre que te quiere, que te hace feliz y al que tú quieres,un bebé en común es algo precioso. Simplemente es el resultado de un bonito amor. Piénsalo así y sé positiva.
—Ay, Dios..., si quiero ser positiva, ¡pero no puedo!
A Elena le entró la risa. No lo podía remediar,y Mel al verla gruñó:
—Si no quitas esa sonrisita tan de tu amiguito de la cara, te juro que a la primera que mato es a ti.
Elena borró la sonrisa, cogió el arsenal de test de embarazo que su amiga tenía en las manos y dijo:
—Vamos. Tenemos algo que hacer.
Una vez entraron en el baño, Mel cerró la puerta con pestillo y, señalando los cinco test que había dejado sobre la encimera, explicó:
—Los he comprado digitales. De esos que anuncian de las semanas que estás.
—¡Genial! —respondió Lena, pero al ver que su amiga no se movía, la animó—: Vamos, venga, hazte un test.
Mel la miró, a continuación miró las pruebas de embarazo y susurró:
—No puedo, Lena..., no puedo.
Su histerismo le recordó a Elena el suyo propio la primera vez que se quedó embarazada.
Aún recordaba el mogollón de test que compró y se veía encerrada en su baño, sola y con los pies en alto de lo mareada que estaba. Por ello, y consciente de que tenía que hacer lo que fuera para que su amiga se tranquilizara, cogió un test, lo destapó, se bajó el pantalón, las bragas y, tras hacer pis encima, lo cerró y lo dejó sobre la encimera.
—Sólo tienes que hacer esto —dijo—. Vamos,no es tan difícil.
Acto seguido, se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la puerta a la espera de que su amiga se animara a hacer lo que irremediablemente tenía que hacer.
Remolona, Mel cogió un test y se desabrochó el vaquero. Elena la miró y, finalmente, cuando aquélla se bajó las bragas, hizo pis sobre el test, lo cerró y lo dejó sobre la encimera, murmuró:
—Muy bien. Lo has hecho muy bien.
La exteniente sonrió, abrió el grifo del agua,dio un trago y, tras secarse los labios, afirmó:
—Mataré a Björn si estoy embarazada.
—A besos, ¿verdad?
Mel sonrió. En esta ocasión, fue ella la que no pudo remediarlo y, sentándose en el suelo junto a su amiga, apoyó la espalda en la puerta y musitó:
—Se volverá loco si lo estoy.
—Muy loco —añadió Elena con una triste sonrisa al recordar cuando Yulia se había enterado.
—Pero ya no podremos llamarlo Peter. Ya tenemos un Peter en la familia y...
—Tranquila, hay millones de nombres. Te aseguro que, sin nombre, el bebé no se va a quedar. Seguro que a Sami se le ocurre alguno.
Mel resopló, luego permanecieron en silencio unos instantes hasta que Elena dijo:
—Creo que ha llegado el momento de la verdad, ¿no te parece?
La exteniente cerró los ojos y, levantando la mano, cogió los test de embarazo que habían utilizado. Los miró y, al ver que eran idénticos, preguntó:
—¿Cuál es el que me he hecho yo?
Divertida, Elena se encogió de hombros y,quitándole uno, respondió:
—Sin lugar a dudas, el que dé positivo.
Las dos amigas retiraron el capuchón a los test de embarazo al mismo tiempo, y Mel musitó:
—Lo mato.
Elena sonrió y, mirando el test que ella tenía en la mano, afirmó:
—Tremendamente positivo.
Sonriendo estaba por aquello cuando Mel puso el Predictor que ella sostenía ante la cara de su amiga y dijo:
—Lena...
Al ver lo que Mel le enseñaba, de pronto Lena tiró el test que tenía entre las manos como si le quemara y dijo:
—¡Joder! —Y, levantándose, repitió—:¡Joder!
Mel se levantó a su vez y, tras coger el test que Elena había tirado, lo miró y cuchicheó:
—Joder, Lena..., ¿estás embarazada?
—Noooooooooooo.
Tan bloqueada como ella, Mel le enseñó el test y afirmó:
—Yo he hecho pis en uno y tú en el otro, y los dos dan positivo.
Elena se dio aire con la mano. Pero ¿qué ocurría allí? Y, horrorizada, siseó:
—No puede ser. ¿Cómo voy a estar embarazada?
Sin saber si reír o llorar, Mel miró a su amiga y respondió:
—Una abejita plantó una semillita y...
—Es imposible. Yo... yo no puedo... Yulia y yo no queremos más hijos. Que no, hombre, que no...
Con ambos test en las manos, Mel los miró de nuevo y afirmó:
—Pues no es por meter el dedito en la herida,pero en uno pone de 2 a 3 semanas, y en el otro, de 4 a 6 semanas.
Elena los miraba boquiabierta cuando Mel,entregándole un nuevo test, indicó:
—Repítelo. Si realmente la prueba ha salido mal, éste lo confirmará.
Elena no respiraba. No pestañeaba. Pero ¿cómo iba a estar ella embarazada? Al ver lo bloqueada que estaba, Mel le agarró la barbilla con la mano y murmuró divertida:
—Cariño, piensa que si un bebé está creciendo en tu interior es el resultado de un bonito amor. Sé que Yulia y tú no están pasando por el mejor momento, pero... piénsalo y sé positiva.
—Cierra la bocaza —resopló Elena, que cogió el test, se bajó de nuevo el pantalón, las bragas, volvió a hacer pis sobre el aparatito, lo cerró y aseguró al dejarlo—: Esto lo resolverá todo. Yo no estoy embarazada.
Mel se hizo rápidamente también otro test,pero esta vez, en lugar de dejarlo junto al de su amiga, se lo quedó en las manos y, mirándola,dijo:
—Lena..., hace poco Björn me dijo que las cosas que merecen la pena en la vida nunca son sencillas, y...
—No digas nada más. Ahora no, por favor —la cortó ella mientras se tocaba la frente con preocupación.
En silencio y en tensión, esperaron a que pasaran los minutos que indicaba el prospecto y, a continuación, Elena abrió el capuchón del aparato y murmuró:
—Esto debe de ser un falso positivo. Ahora no, ahora no puede ocurrir esto.
Tras abrazar a su amiga, cuando ésta dejó de temblar, Mel cogió fuerzas para abrir su test y, al leer la pantalla, afirmó:
—Estoy de 4 a 6 semanas... Mataré a Björn Hoffmann.
Al decir eso, ambas se miraron sin saber si llorar o reír y, de pronto, oyeron la voz del abogado, que decía mientras golpeaba la puerta:
—Mel, ¿con quién te has encerrado en el baño?
Rápidamente, las dos amigas recogieron los envases de los test. Lena se guardó el suyo en el bolso, mientras que Mel lo hizo en el bolsillo delantero del vaquero. Una vez comprobaron que ya no quedaba ninguna prueba del delito a la vista,Lena murmuró:
—Ni una palabra sobre lo mío a Yulia ni a Björn, ¡ni una palabra!
—Pero, Elena..., un embarazo no se puede ocultar.
—¡Prométemelo!
Al ver el gesto de su amiga, Mel finalmente asintió.
—Te lo prometo, siempre y cuando tú prometas lo mismo.
Elena suspiró, su caso no era el de ella, pero asintió.
Cuando, segundos después, Mel abrió la puerta del baño, Björn las observó sorprendido y protestó:
—Vaya, pero si está aquí la mujer que incitó a mi hijo, menor de edad; por cierto, pirateé la lista de pasajeros del aeropuerto de Múnich. Pero ¿cómo pudiste pedirle eso a Peter? ¿Acaso te volviste loca?
Elena resopló. Sin duda, Björn estaba deseoso de verla para echarle aquello en cara. Durante un par de minutos, Mel y Lena escucharon en silencio todo lo que aquél quiso decirles en relación con lo mal que se sentía porque hubieran utilizado al chico para hacer lo del aeropuerto, hasta que Mel,sin ganas de que continuara machacando a Lena, se plantó ante él y dijo:
—Tengo algo que decirte.
Al ser consciente de la mala cara de Elena,Björn se arrepintió de todo lo que había dicho en décimas de segundo y, mirando a la morena de pelo corto que ante él llamaba su atención, resopló y dijo:
—Sorpréndeme.
Mel cogió aire, miró a Elena y, sin que la voz le temblara, dijo alto y claro:
—¡Estoy embarazada y no voy a trabajar como escolta!
Su amiga la miró. Pero ¿no había dicho que le guardara el secreto?
Al oír eso, el abogado parpadeó y, torciendo el cuello, murmuró:
—¿Qué has dicho?
Tras sacarse del pantalón el test que se había hecho minutos antes, se lo enseñó y afirmó con cara de circunstancias:
—¡Sorpresa!
Björn clavó la mirada en la prueba de embarazo. Requeteparpadeó. Miró a Lena y ella asintió. Luego miró a Mel y, cuando ésta asintió también con cara de apuro, se llevó la mano a la cabeza y susurró:
—Creo... creo que me estoy mareando.
Con diligencia, Mel y Lena cogieron entre risas a Björn cada una de un brazo y, sentándolo en la cama, Elena dijo arrodillándose ante él, mientras Mel le daba aire con la mano:
—Vamos a ver, James Bond, respira... respira,que te estás poniendo verde.
Durante unos segundos, Björn hizo lo que se le pedía hasta que consiguió reaccionar y, mirando a Mel, preguntó sorprendido:
—¿Vamos a tener un bebé?
Mel asintió, sonrió y, encogiéndose de hombros, replicó:
—Te voy a matar. Un bebé nos va a descabalar la vida a los dos, pero sí, vamos a tener un bebé.
Tembloroso, Björn la abrazó, la besó, la acunó, mientras Elena observaba emocionada aquella maravillosa demostración de amor y sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Björn amaba sin ningún tipo de reserva a Mel, adoraba a Sami, quería a Peter y, orgullosa de ser su amiga,Lena sólo pudo decir:
—Felicidades, papaíto. A la tercera va la vencida.
Su amigo, al entender lo que aquello quería decir, sonrió como un tonto y, levantándose de la cama, cogió a Mel entre sus brazos y comenzó a dar saltos de alegría.
¡Iba a ser padre!
Elena disfrutó de su loca alegría y cuando,minutos después, él se empeñó en celebrarlo, decidió escabullirse de la casa para dejarlos brindar por la buena noticia. Sin embargo, antes miró a Mel y murmuró:
—Ni una palabra de lo mío.
Con la mitad del corazón apenado por su amiga, ella asintió. Sus labios estaban sellados.

56



La semana es para mí una tortura.
Embarazada... ¿Cómo puedo estar embarazada?
No consigo dejar de pensar en ello, pero me convenzo de que no lo estoy. No puede ser.
En casa, veo a Yulia pasar por delante de mí y saber lo que sé y no compartirlo con ella me duele, a pesar de que soy yo la que no lo comparte. No sé cómo va a reaccionar y, sobre todo, si realmente estoy embarazada, ¿debo tener este bebé estando como estamos?
Pienso..., pienso..., pienso y, cuando veo a Yulia y a Hannah, el corazón se me encoge. Pensar que en mi vientre, quizá, esté creciendo una nueva vida, como esas dos que delante de mí sonríen y me hacen sonreír, me parte el corazón.
El miércoles, sin poder aguantar un segundo más, me voy a una clínica. Necesito saber si lo estoy o no para decidir qué hacer. Me hago un análisis de sangre y otro de orina y cuando, horas después, voy a recoger los resultados y veo ese positivo ¡tan positivo!, creo que me voy a morir.
¿Cómo me puede estar pasando esto?
Ese día, Yulia llega pronto del trabajo, intenta estar cerca de mí y de las niñas, pero yo, en cuanto puedo, me escabullo y me sumerjo en mi burbujita de dudas con respecto a qué hacer. ¿Debo o no seguir con ese embarazo?
En silencio, mientras paseo con Susto y Calamar por la noche en la urbanización,pienso..., pienso... pienso... Y me doy cuenta de que ya no sólo me encuentro mal por lo que ha pasado con Yulia, sino que ahora también me siento mal por lo del bebé y por mi frialdad hacia él.
Por increíble que parezca, durante la cena,
Flyn intenta darnos conversación. Como es lógico,Yulia le responde, pero yo me mantengo callada.
Ahora sí que soy un monosabio. Simplemente ceno y, cuando acabo, me levanto y desaparezco de escena.
Si los Volkov tienen mala leche, los Katin ¡no nos quedamos cojos!
El jueves, tras un caótico día de trabajo,cuando estoy tirada por la noche en el sofá del salón totalmente apática con Susto y Calamar repanchingados a mi lado, de pronto Yulia entra con una sonrisa, me enseña unas pizzas congeladas y anuncia, sin quejarse porque los animalitos estén allí, a pesar de que no le gusta porque dice que dejan pelos:
—Esta noche hago yo la cena.
Vale..., meter unas pizzas congeladas en el horno no es hacer la cena, pero como no quiero decir algo inapropiado, asiento y respondo sin mucho entusiasmo:
—¡Qué ilusión!
Tras decir eso, continúo viendo la televisión mientras, con el rabillo del ojo, observo cómo Yulia me mira parada donde está, me observa,busca una conexión, pero finalmente se da la vuelta y se marcha.
Veinte minutos después, entra de nuevo en el salón y dice al ver que estoy viendo la serie «The Walking Dead»:
—Lena, la pizza ya está lista. ¿Quieres que cenemos aquí o en la cocina?
Estoy por decirle que cenemos aquí. Sé que a ella y a Flyn les horroriza la serie que veo, y sé que cenarían sin rechistar, pero no quiero que la cena les siente mal, por lo que paro la serie y digo:
—En la cocina.
—Pues entonces, ¡vamos! Flyn ya está allí esperando.
Me desperezo en el sofá mientras soy consciente de cómo ella me mira a la espera de una sonrisa, pero no. No voy a sonreír. Lo voy a privar de mi sonrisa como ella me priva mil veces de la suya; ¡que se jorobe y sufra!
Con cariño, beso la cabeza de mis animalillos y les ordeno que me esperen allí; no tardaré mucho.
Cuando entro en la cocina veo sobre la mesita tres platos, dos coca-colas y una cerveza. Flyn ya está sentado. Me guste o no reconocerlo, en los últimos días la actitud del chaval ha cambiado, incluso Simona me dijo que vuelve a hablarse con Josh, el vecino.
¿Le habrá visto las orejitas al lobo?
Sin muchas ganas de cenar, me acerco a la mesa y entonces el mocoso con la nariz llena de granos me pregunta:
—¿Quieres hielo para la coca-cola?
Toma yaaaaaaaa... ¿Flyn siendo amable conmigo? Y, con recochineo, lo miro y pregunto:
—¿Cuánto te ha pagado tu madre?
—¿Para qué? —Me mira desconcertado.
A mí me entra la risa. Me siento como Cruella de Vil observando a un dulce cachorrito indefenso y, con chulería, respondo:
—Para que me hables.
Veo que el crío busca la mirada de su querida madre y, sin un ápice de humanidad hacia ellos,murmuro:
—Son tal para cual.
Yulia no dice nada. Raro en ella, pero ni me reprende, por lo que cojo mi vaso, lo acerco a mi nevera americana y, cuando se llena de hielo, me siento en la silla y abro mi coca-cola. No los necesito.
Por primera vez en mucho tiempo les estoy demostrando que yo también sé pensar por y para mí. Por primera vez les estoy enseñando que yo también puedo ser egoísta en lo que a mí se refiere y, oye, ¡me gusta!
A través de mis pestañas veo cómo Yulia y Flyn se miran incómodos ante mi silencio y siento ganas de sonreír, aunque no lo hago.
¿Dónde quedaron esas cenas nuestras en las que yo hacía tonterías y ellos reían?
Después de dar un trago a mi coca-cola, cojo una porción de pizza y me la como en silencio mientras ellos intentan mantener una animada conversación sobre fútbol. Con curiosidad, los oigo hablar del equipo de mis amores, el Atlético de Madrid, pero yo no entro en el juego. No quiero ser amable con ellos.
Tras mi segunda porción de pizza y sin mucho apetito, me levanto como una maleducada y, mirándolos, digo:
—Sigan comiendo. Me voy a ver a mis muertos vivientes. Son más interesantes que ustedes.
Y, sin más, salgo de la cocina con mi vaso de coca-cola en la mano. Ellos no dicen nada. No sé qué pensarán, pero decir, lo que se dice decir, no dicen nada.
Un rato después, oigo que Yulia entra en el salón, se acerca a mí y pregunta:
—¿Vienes a la cama?
Me encantaría decirle que sí. Nada me gustaría más que abrazarla, besarla y hacerle el amor pero,manteniendo mi fuerza de voluntad intacta,respondo sin mirarla:
—No tengo sueño. Ve tú.
Cuando sale del salón, me siento fatal, pero da igual. Hago eso porque quiero. Nadie me obliga,continúo viendo la serie, y reconozco que cada vez que sale Michonne con su katana y corta cabezas a los muertos lo disfruto. Es lo que yo querría hacer con dos que viven en Chicago.
Esa noche, en cuanto me despierto en el sofá,son las cuatro de la madrugada y, con el cuello roto por la postura, una vez saco a los animalitos al garaje, me voy a la cama. Necesito descansar.
El viernes, en Müller, me encuentro con Yulia varias veces por la oficina y, siempre que puedo,me hago la distraída para no saludarla, a pesar de que sé que me observa. Sentir cómo me sigue con la mirada me excita y me hace recordar aquellos momentos en Müller Rusia, cuando ella me buscaba continuamente y cuando me conquistó.
¡Qué tiempos!
Es mi último día. Hoy finaliza mi contrato y estoy apenada, aunque en cierto modo quiero alejarme tanto de Müller como de su dueña. Creo que me vendrá bien, y más porque me voy a Kazán.
Necesito los mimos de mi padre.
A las ocho, cuando Pipa se lleva a las pequeñas a la cama para dormir, estoy aburrida y me voy al garaje para mirar mi moto. Al día siguiente quiero salir con ella. Sé que, en mi estado, no es recomendable, pero estoy tan nublada por la indecisión y por todo, que me da igual. No sé qué voy a hacer con el bebé.
Mientras escucho música en el garaje desde mi móvil, pienso en todo lo que me está ocurriendo y,cuando comienza la canción Aprendiz,de mi adorado Alejandro, los ojos se me llenan de lágrimas y pienso que, si me estoy comportando con esa dureza, es porque Yulia me ha enseñado que la indiferencia duele. Ella ha sido mi maestra en muchas cosas y, ahora, soy yo la que no quiere hablar de amor.
Tan pronto como el tema acaba, vuelvo a ponerlo otra vez más. Necesito escuchar canciones que terminen de marchitarme. Siempre he sido así de masoquista y, cuando ya la he escuchado varias veces, apago la música y rumio en silencio mis penas. ¡Qué desgraciada soy!
De pronto veo que llega el coche de Yulia. Con curiosidad, miro el reloj que hay en el garaje y me sorprendo al verla. Cada día llega más pronto.
Susto, que es el relaciones públicas de la casa,va a saludarla en cuanto abre la puerta del coche.
Durante unos segundos escucho cómo Yulia le habla y eso me agrada.
—Hola, cariño —oigo que dice acercándose a mí.
—Hola —respondo.
El silencio toma el garaje de nuevo, y Yulia, al ver que no voy a añadir nada más, da media vuelta y se dispone a entrar en la casa. Sin embargo, en vez de eso, se mete en el coche y de pronto comienza a sonar una canción.
No..., no..., ¡que no me haga eso!
Yo sigo agachada, fingiendo que compruebo la presión de las ruedas de la moto, cuando siento que Yulia se acerca de nuevo a mí y pregunta:
—Te gusta esta canción, ¿verdad?
No es que me guste, ¡me apasiona! Ed Sheeran y su Thinking Out Loud.
—Sabes que sí —digo.
Yulia, mi pelinegra, cogiéndome del codo, hace que me incorpore.
—¿Bailas conmigo, pequeña?
Ay..., ay..., ay..., ¡que caigo en su influjo! Y,negando con la cabeza, digo:
—No.
Pero ella, que ya ha conseguido que mis ojos y los suyos conecten, no me suelta e insiste:
—Por favor.
Ay..., madre..., ay, madreeeeeeeeeeeeee, ¡que me pierdo!
Y, antes de que pueda decir nada más, mi pelinegra y menuda rusa me acerca a su cuerpo y, rodeándome con los brazos para hacerme sentir chiquitilla, murmura:
—Vamos, cariño, abrázame.
Su cercanía, su olor y el latido de su corazón hacen que cierre los ojos y, cuando siento su boca en mi frente, ya sé que estoy total y completamente perdida ante mi maestra.
En silencio bailamos la canción, mientras Susto y Calamar se sientan a contemplarnos en medio del garaje.
—Te echo de menos, Lena —susurra Yulia de pronto—. Te echo tanto de menos que creo que me estoy volviendo loca.
Su voz...
Su tierna voz tan cerca de mi oído hace que todas mis terminaciones nerviosas se pongan en alerta e, incapaz de no mimar a la mujer a la que adoro, subo mi sucia mano de grasa hasta su nuca y se la toco.
Al verme tan receptiva, mi amor me aprieta contra su cuerpo.
—Lo siento, pequeña.
La miro..., la miro y la miro. Cada vez me parezco más a ella en cuanto a miraditas se refiere.
—Pídeme lo que quieras —dice entonces— y...
No puede decir más. La puerta del garaje se abre de repente y entra Norbert.
El pobre, al vernos en ese plan, se queda como pegado al suelo con cara de circunstancias. Yulia se apresura a soltarme y, al ver el apuro de ambas,pregunto con normalidad:
—¿Ya te vas a casa?
—Sí. Simona se ha ido hace rato —responde Norbert sin saber adónde mirar.
Asiento y, como si no pasara nada, paso junto a él y digo saliendo del garaje:
—Entonces, buenas noches, Norbert.
Cuando, cinco minutos después, Yulia entra en la habitación, cruzamos una mirada. La frialdad ha regresado de nuevo a mí. Vuelvo a controlar mi mente y mi cuerpo. La Lena malota ha vuelto y, tras mirar el anillo que Yulia dejó sobre mi mesilla con la esperanza de que me lo volviera a poner, siseo:
—No vuelvas a hacer lo que has hecho o me iré de esta casa.

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Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mayo 06, 2017 12:20 am

57


Esa noche, Mel veía una película de acción tirada en el sofá vestida tan sólo con una camiseta y unas bragas.
La pequeña Sami y Peter dormían, y Leya estaba tumbada a sus pies.
Aburrida, cogió el móvil y vio la hora. Las diez y veinte. Björn había salido de cena con los idiotas del bufete. Se miró el anillo de compromiso que él le había regalado y resopló.
Todavía no le había contado las cosas que aquellos estúpidos le habían dicho. Cada vez que lo intentaba, terminaban discutiendo y, aunque su personalidad era fuerte y combativa, decidió callar.
Se mantendría alejada de ellos y de Louise para que Björn pudiera cumplir su sueño y asunto concluido.
Una hora después, justo en el momento en que la película acababa, la puerta de la casa sonó e, instantes después, Björn apareció y la saludó guiñándole un ojo.
—Hola, preciosa.
Ella sonrió,y el abogado, arrodillándose frente a ella, la besó en los labios, después le besó la tripa y, divertido, murmuró:
—Hola, pequeñín. Papá ya está aquí.
Al ver aquello, Mel volvió a sonreír. Desde que Björn sabía que estaba embarazada no podía estar más cariñoso. Al ver que tenía una mano tras la espalda, preguntó:
—¿Qué escondes?
Él se encogió de hombros y, tras sacar la mano, dijo enseñándole una cesta con fresas:
—Para ti, mi amor.
Mel soltó una risotada al ver aquello y, cuando fue a coger las increíbles fresas, él las retiró y, mirándola con guasa, murmuró:
—Parker, tenemos que hablar.
—Buenoooooooooooo —se mofó ella.
—Cariño, el embarazo lo ha cambiado todo —prosiguió él—, y no podemos esperar a septiembre, por lo que quiero una fecha.
Mel suspiró y protestó:
—Ya te han dado la tabarra en la cenita...
Al oír eso, Björn rio y respondió:
—No, amor. Estás equivocada. Esto es sólo algo entre tú y yo.
—Pero vamos a ver —protestó ella—,¿pretendes que me case contigo siendo una bola?
Dispuesto a conseguir lo que pretendía, el abogado afirmó:
—Te quiero, y simplemente pretendo que te cases conmigo.
Mel no contestó.
Durante varios segundos se miraron en silencio, hasta que ella finalmente resopló y murmuró:
—No vas a parar hasta que te dé una fecha,¿verdad?
—Verdad —asintió Björn—. Creo que esperar a septiembre ahora ya no es una buena idea. Tenemos la documentación pertinente preparada desde hace meses, un amigo en los juzgados que nos reserva el día que queramos, y yo puedo organizar una preciosa luna de miel para los dos en París. ¿Te imaginas tú y yo caminando por los Campos Elíseos cogidos de la mano? —Mel sonrió y, a continuación, él musitó—: Ya he asumido que nunca vas a querer un bodorrio, por lo que estoy dispuesto a casarme contigo por el juzgado y en pantalones vaqueros; ¡hagámoslo!
La exteniente rio. Sin duda, él no iba a parar hasta conseguir su propósito y, dándose por vencida, y muerta de amor por el hombre que la adoraba y le hacía sus días maravillosos,claudicó:
—El 2 de mayo en el juzgado, pero sólo con la familia y los amigos más íntimos.
—De acuerdo —afirmó Björn con un hilo de voz.
—Íntimos..., íntimos... —aclaró Mel.
Al oír eso, el abogado la entendió a la perfección y sonrió.
Apenas faltaban diez días para la fecha;entregándole las fresas a la mujer a la que adoraba, Björn se sacó del bolsillo de la chaqueta del traje un sobre de chocolate a la taza y declaró:
—Vale, el 2 de mayo y sólo íntimos, ¡acepto! ¿Qué tal si lo vamos celebrando tú y yo?
Divertida, Mel se mordió el labio con sensualidad y luego, recuperando las fresas,afirmó:
—Éste es mi James Bond.
Él la besó encantado. Los besos comenzaron a calentarse más y más a cada instante, por lo que Mel dejó las fresas sobre la mesita, se levantó y corrió hacia el baño de su habitación seguida de Björn. No quería despertar a Peter o a Sami, y sabía que allí no los oirían.
Una vez hubieron cerrado la puerta del baño,Björn, excitado por la entrega de aquella mujer, le dio la vuelta colocándola de cara a la puerta y murmuró mientras paseaba las manos por la cara interna de sus muslos:
—Voy a castigarte por traviesa.
A Mel le entró la risa.
Adoraba sus calientes castigos. Si por ella fuera, estaría castigada día sí, día también por su maravilloso abogado.
Björn cogió entonces el cinturón de su albornoz y, tras pasarlo por sus muñecas, las unió para después atarlas al colgador de la puerta donde estaban las batas.
Una vez el abogado sintió que la tenía sujeta y sin posibilidad de escapar, le besó la nuca, la coronilla y la espalda mientras ella susurraba gozosa:
—Sí..., no pares.
—Cariño..., no le haremos daño al bebé, ¿verdad?
Al oír eso, Mel soltó una risotada.
—Ningún daño —replicó—. Vamos..., no pares.
Los besos subieron de intensidad y él,acercando la boca al oído de ella, musitó:
—Estás embarazada. He de tener cuidado.
Acalorada y excitada, Mel contestó:
—No pares y olvídate ahora del embarazo.
Björn sonrió. Con complacencia, su boca siguió bajando, hasta que Mel la sintió sobre sus glúteos y él, divertido, le dio un mordisco. La exteniente chilló, se retiró y, volviendo el rostro a la derecha, lo miró a través del espejo y gruñó:
—¡Serás caníbal!
Björn sonrió y, sacando su húmeda lengua, la paseó por la cara interna de los muslos de Mel para hacerla vibrar mientras ella cerraba los ojos extasiada y murmuraba:
—No pares, caníbal..., sigue..., sigue.
Jadeante, la joven abandonó su cuerpo al placer. El calor ya la había tomado y, cuando vio que él se sentaba en el suelo, apoyaba la espalda en la puerta del baño y se metía entre sus piernas,creyó que iba a morir de gusto, y más cuando lo oyó decir:
—Veamos qué tenemos por aquí.
Extasiada por no poder mirarlo a los ojos por la postura de él, Mel jadeó acalorada mientras ondulaba las caderas.
—Björn...
Sin darle un respiro, aquél posó las dos manos en las nalgas de ella y exigió bajándole las bragas:
—Eso es..., sí..., sí..., qué preciosidad.
Mel tembló. Toda ella temblaba ante lo que escuchaba mientras él le sacaba las bragas por los pies.
Las grandes manos de Björn le agarraron con fuerza el trasero y, cuando sintió cómo su cálido aliento llegaba a su vagina, tiritó. Su aliento, su roce, su morbosa intención la estaban volviendo loca y, en el momento en que su húmeda lengua la tocó, vibró sin control.
Sin descanso, el abogado comenzó a chuparla con deleite y sus jugos no tardaron en aparecer mientras él proseguía con desesperación y lascivia.
La respiración de Mel se aceleró como una locomotora y, hundiendo la cara entre los albornoces colgados de la puerta, jadeó, gritó y vibró mientras su amor continuaba su asolamiento y ella se entregaba totalmente a él.
El placer que Björn le ocasionaba era increíble, y el estar atada para él lo incentivaba.
Cuando Mel creyó que ya no podía más y que iba a explotar, aquel experto amante salió de debajo de sus piernas y murmuró en su oído:
—Míranos en el espejo.
Mel miró hacia la derecha y sus ojos chocaron mientras ella observaba cómo él, con un morbo y una sensualidad que dejaría a cualquiera fuera de órbita, se quitaba la camisa y ésta terminaba en el suelo. A continuación se abrió lenta y pausadamente el botón del pantalón para después bajarse la cremallera y, tras sacar del interior del bóxer su impresionante erección, se la mostró con descaro y, con gesto serio y morboso, le preguntó:
—¿Estás preparada, traviesa?
La exteniente se movió agitada. No estaba preparada, ¡estaba preparadísima!
Tan caliente como ella, y sin apartar sus ojos azules del espejo donde se miraban, Björn comenzó a pasear su duro pene por las nalgas, los muslos y la vagina de Mel para hacerle sentir su fuerza y su poderío. Ella vibró. Lo que aquél hacía y lo que quería la enloquecían.
Durante varios minutos, el jueguecito del abogado continuó, hasta que, sin hablar, colocó su pene en la más que humedecida abertura de ella y,lentamente, para no dañarla ni a ella ni al bebé, se hundió en su interior.
El bronco gemido de Björn ante el electrizante contacto no tardó en llegar, mientras ella se acoplaba a su amor. Permanecieron inmóviles unos segundos, hasta que Björn comenzó a mover las caderas muy despacio y luego sus movimientos se fueron acelerando. Mel apenas si podía moverse,él no se lo permitía. Sólo podía abrirse para él y dejar que se hundiera en ella una y otra vez, hasta que un grito de placer pugnó por salir de su boca y,para no ser oída en toda la casa, enterró la cara en los albornoces colgados.
Como el dueño y señor que era de la situación,Björn sonrió al oírla y murmuró:
—Sí..., así me gusta sentirte.
Mel, sujeta con el cinturón del albornoz al colgador de la puerta, cogió aire. No quería que aquello acabara. Le gustaba sentirse poseída por Björn y, deseosa de mucho más, durante un buen rato accedió a todos y cada uno de los deseos del alemán mientras lo oía decir con la voz agitada contra su cuello:
—Sí..., córrete para mí.
Ella sonrió. Giró la cabeza de nuevo hacia su derecha y, rápidamente, la boca de Björn la atrapó y sus lenguas se hicieron el amor, mientras sus cuerpos no paraban de acoplarse una y otra vez con gusto y desesperación.
Ninguno quería acabar. Ninguno quería terminar.
Estaban seguros de que, si estuvieran solos en una isla desierta, vivirían continuamente bajo aquel influjo de placer y satisfacción. El calor inundaba sus cuerpos, ambos sabían que no podían retrasar más el momento, y entonces el clímax los tomó.
Cuando acabaron, ambos jadeaban. Sus ruidosas respiraciones se oían con fuerza en el baño. Luego, Björn la besó en el cuello y murmuró:
—Me vuelves loco, traviesa.
Mel asintió. Como pudo, se secó el sudor de la frente en los albornoces que tenía delante y musitó:
—Eres increíble, cariño. Increíble.
Feliz por ese comentario, que subía su autoestima como hombre, Björn terminó de desnudarse. Abrió el cesto de la ropa sucia, tiró allí sus prendas y, cuando Mel vio que iba a meterse en la ducha, preguntó:
—¿A qué esperas para desatarme?
Con gesto divertido, el abogado abrió el grifo de la ducha y dijo:
—Estás castigada.
—¡Björn!
El alemán se metió bajo el chorro de agua.
—Te voy a dejar atada unas horitas por lo que has tardado en darme una fecha de boda.
Boquiabierta, ella lo miró a través del espejo, achinó los ojos y siseó:
—Ni se te ocurra. ¡Estoy embarazada!
Sin contestar, Björn se dio la vuelta y comenzó a enjabonarse mientras silbaba. Mel miró incrédula sus manos atadas al colgador de los albornoces y gruñó:
—¡Suéltame ahora mismo!
Pero, por toda respuesta, él cerró la puerta corredera de la ducha y continuó silbando.
A cada segundo más alucinada, la exteniente trató de desatarse, pero nada. Björn había hecho el nudo a conciencia.
La mala leche comenzó entonces a tomar su cuerpo.
¿A qué estaba jugando Björn?
Instantes después, Mel oyó cómo el agua de la ducha se cortaba, miró la puerta corredera y, cuando ésta se abrió y él salió empapado y fresquito, y no sudoroso como estaba ella, siseó:
—Te juro por mi abuela que, cuando me sueltes, te vas a tragar las fresas con el chocolate y el 2 de mayo se va a casar contigo ¡tu padre!
—Guauuu, ¡qué interesante! —se mofó él.
La exteniente dio un par de tirones al cinturón que la mantenía sujeta, con la mala suerte de que apretó aún más el nudo. Al verlo, Björn sonrió y,poniéndose a su lado, cogió la manija de la puerta y dijo:
—Me voy a la cama. Estoy agotado.
—Björn, ¡suéltame! —chilló ella.
Sin atender a razones, él le dio un rápido beso en los labios y, abriendo la puerta, añadió cuando ella tuvo que moverse a un lado:
—Buenas noches, mi amor. Esto te pasa por ser tan combativa.
Y, sin más, salió del baño, cerró la puerta y la dejó allí atada como a un jamón.
Gritar era inútil. Si lo hacía, despertaría a los niños, y eso era lo último que quería. Pensando estaba en aquello cuando la puerta se abrió de nuevo y Mel tuvo que moverse. Björn apareció y ella pataleó furiosa.
—Me has cabreado y me has cabreado mucho;¡suéltame!
Björn sonrió. La miró con gesto guasón y, tan pronto como finalmente la soltó, al ver que ésta iba a darle un derechazo, la paró y, con voz cargada de erotismo, murmuró:
—Bien..., aquí está la fiera de mi niña.
—¡¿Qué?!
El abogado sonrió, la cogió entre sus brazos,la metió con él en la ducha y, sin darle opción a decir nada, susurró abriendo el grifo del agua:
—Vamos, fierecilla, hazme tragar las fresas con el chocolate, pero el 2 de mayo, por favor, cásate conmigo.
Sin poder enfadarse con él, Mel lo besó, lo empujó, hasta que su cuerpo dio contra la pared de la ducha y le enseñó qué clase de fiera era.
¡Faltaría más!


58



En la boda de Mel y Björn en los juzgados de Múnich hace un día precioso.
Ver a mis buenos amigos tan felices, junto a Sami, que está monísima con su vestidito rosa, y Peter, tan guapo con su traje gris, me hace emocionar más de lo que pensaba.
De Estados Unidos vienen los padres y la hermana de Mel; de Asturias, su abuela Covadonga, y de Londres, el hermano de Björn.
Como amigos íntimos estamos nosotras, Fraser y Neill con su familia. También invitan a mi suegra Larissa y a mi embarazadísima cuñada Marta con Drew.
Frida, Andrés, Dexter y Graciela no han podido venir ante la premura de la boda, pero han prometido que la próxima vez que nos juntemos todos lo celebraremos. Pobres. No saben mi situación con Yulia, y yo me apeno al pensar que quizá en esa celebración falte yo.
Mel está preciosa con un bonito vestido blanco. No se ha casado por la Iglesia, eso no va con ella, pero ha querido darle la sorpresa a Björn al aparecer con un precioso vestido blanco y largo, y el gesto de él al verla me ha enternecido como a una tonta.
Björn está muy guapo con su traje azul oscuro,decir lo contrario sería mentir. Mientras observo a esos amigos a los que tanto quiero, sólo deseo que sean terriblemente felices el resto de sus vidas.
Durante la íntima celebración, Yulia está a mi lado. Como siempre está impresionante con su traje oscuro, pero en sus ojos veo la tristeza que siente por el mal momento que estamos pasando.
No nos rozamos. No nos tocamos, pero disimulamos ante todos. Es el día de nuestros mejores amigos, y por nada del mundo queremos echárselo a perder.
Tras la íntima celebración en los juzgados,todos nos dirigimos al restaurante de Klaus, que lo ha cerrado para la ocasión. Allí se celebrará el banquete.
Björn está radiante y encantado y no para de brindar y de besar a Mel. Está feliz, muy feliz, y no puede ocultarlo.
Yulia, por su parte, intenta hacerme agradable la celebración haciéndose cargo de las pequeñinas y de Flyn para que yo no me sienta agobiada, pero eso es complicado.
Cuando Klaus pone música y tenemos que bailar por petición de Larissa una romántica canción, siento que el alma se me cae a los pies.
Flyn, por su parte, me busca con la mirada y me llama «mamá» delante de todos. Siento cómo me mira a la espera de que yo le guiñe un ojo o le sonría, pero sólo me limito a ser cordial, a interpretar un papel y, cuando nadie nos ve, el papel se acabó.
Como digo, todo es difícil. Tremendamente difícil.
Cada dos por tres toco mi dedo desnudo. No llevar el anillo que Yulia me regaló en el pasado con tanto amor me resulta doloroso, pero lo considero necesario para amoldarme a mi nueva situación.
Estoy bebiéndome una coca-cola cuando Larissa, mi suegra, y Marta, mi embarazada cuñada, se acercan a mí y la primera cuchichea:
—Qué bien, hija. Veo que Flyn ha vuelto al redil.
Con una candorosa sonrisa, la miro. ¡Si ella supiera...! Y, disimulando, asiento, pero vuelve a preguntar:
—¿Acabaste ya en Müller?
—Sí —afirmo viendo que Yulia se coloca a mi lado. Sin duda, se ha dado cuenta de que necesito
refuerzos—. Vuelvo a estar sin trabajo.
Larissa, que es un amor, sonríe y susurra:
—Tranquila. Mi hija te da todo lo que necesitas, ¿verdad?
Yulia y yo nos miramos y, sin cambiar el gesto,sigo sonriendo y asiento:
—Sí. Ella me lo da todo.
—¿Cuándo te vas a Kazán? —pregunta mi cuñada Marta.
—Dentro de siete días.
Mi suegra asiente, me mira y finalmente dice:
—Dale muchos recuerdos a tu padre de mi parte. Si no fuera porque Marta está embarazadísima, me iba contigo a la Feria de Kazán.
—Mamá, pero vete y pásalo bien. Todavía queda un mes y medio.
—No, cariño, los bebés son impredecibles, y tú lo eres aún más —murmura Larissa.
—Mamá... —protesta Marta con cariño.
Larissa y yo nos miramos, y afirmo:
—Le daré recuerdos a mi padre de tu parte. Le hará ilusión.
—Y tú —le reprocha mi suegra a su peliegra y menuda hija— deberías irte con ELena. Unas vacaciones juntas siempre vienen muy bien a las parejas. ¿Por qué no vas?
Yulia me mira. Se mueve incómoda ante su pregunta y finalmente responde:
—Mamá, no puedo. Me quedo con Flyn. Tiene que estudiar.
—¿Y por qué no se queda conmigo como en otras ocasiones?
—Mamá —insiste Yulia—, es mejor que yo me quede. Créeme.
Mi suegra se vuelve hacia Flyn, que está riendo al fondo de la sala con Peter mientras miran sus móviles, y cuchichea:
—Flyn Volkov, qué mal lo estás haciendo este año, hijo de mi vida, ¡qué mal!
Sentirme rodeada por los Volkov me pone nerviosa y, cada vez que siento la mano de Yulia agarrándome la cintura, la respiración se me paraliza y me pongo nerviosa, no, ¡lo siguiente!
En los cinco años que hace que nos conocemos es la primera vez que, estando tan cerca, estamos tan alejadas la una de la otra. Qué momento más extraño y triste estoy viviendo. Estoy asfixiada por todo y no veo el instante de llegar a Kazán. Sé que allí podré respirar. Poner tierra entre Yulia y yo lo aclarará todo.
En este tiempo, he pensado en lo que pasó, y he llegado a la conclusión de que Yulia no tuvo nada que ver en lo que ocurrió; fue engañada por aquellos crápulas. Pero, a pesar de saber eso, soy incapaz de olvidar. Cada vez que cierro los ojos,mi mente se inunda con lo que vi y no sé si voy a ser capaz de remontar y olvidar.
De lo que no me puedo olvidar es de que estoy embarazada. No puedo dejar de pensar en ello en todo el día. Un nuevo Volkov se gesta en mi interior, y soy todavía incapaz de digerirlo y pensar con claridad lo que he de hacer.
No tengo ningún síntoma. Ni mareos, ni vómitos. Si mis dos embarazos anteriores no se parecieron en nada, sin duda éste tampoco se va a parecer a los otros dos. ¡Miedito me da!
Yo no quería más hijos, con los que tengo soy feliz, y estoy casi segura de que Yulia tampoco.
Yo, por no querer, no quería ni el primero,pero ahora no podría vivir sin ellos y, sin duda,volvería a vivir todo lo que pasé segundo a segundo para que Yulia y Hannah estuvieran conmigo y con su madre.
Por extraño que parezca, pensar en mi nuevo bebé me hace sonreír al tiempo que me hace infeliz. Sin duda, mis hormonas ya están comenzando a revolucionarse, y mis ojos se humedecen más de lo que yo querría. Pero, bueno,no me voy a a agobiar. Todo lo que me está pasando es mucho para digerirlo sola, pero sé que lo haré. Yo puedo con todo.
Mi único apoyo es Mel. Sin embargo, para ella no está siendo fácil ver cómo todos la felicitan por su embarazo y a mí no me dicen nada. Su mirada me hace saber que sufre por mí, pero yo, guiñándole el ojo, le muestro que estoy bien.
En una de las ocasiones en las que ambas coincidimos en el baño, mi amiga, que está sensiblona con el embarazo y la boda, se mira emocionada el anillo de su dedo y lloriquea. Como puedo, la consuelo. Llora de felicidad, y yo, que rápidamente me uno a cualquier lloro, lo hago con ella.
¡Lo que me gusta un drama!
Cuando finalmente las dos conseguimos que nuestros ojos dejen de desbordarse, mirándome al espejo pregunto mientras me retoco el maquillaje:
—¿Cuándo se van a París?
—El viernes. Nos vamos de viernes a viernes.
El lunes 18 tenemos que estar de vuelta, ya que Björn tiene un par de juicios.
—Lo van a pasar genial. Ya verás lo bonito que es París — digo, y sonrío con tristeza al recordar un viaje sorpresa que Yulia programó.
Mel asiente, se retira el flequillo del rostro y,dice:
—Espero que Sami y Peter se porten bien con mis padres los días que nosotros estemos fuera.
—Seguro que sí —replico y, suspirando,murmuro—: Siento que justamente me pillen esos días en Kazán, pero...
—No sientas nada y disfruta de la feria, que te lo mereces — contesta ella. Luego, mirándome, pregunta—: Lena, ¿no la vas a echar de menos?
Sin que diga el nombre, ambas sabemos de quién habla y afirmo:
—Muchísimo, pero ahora necesito alejarme de ella.
Mi amiga asiente. Sabe lo dolida que estoy, y me abraza.
Diez minutos después, tras salir del baño,Klaus, el padre de Björn, que está encantado de la vida con aquella celebración, descorcha botellas de champán y, tras llenar las copas, dice orgulloso:
—Brindo por que el matrimonio de mi hijo Björn y Mel sea muy feliz, por mi nieta Sami, por mi nieto Peter y por el nuevo Hoffmann que está en camino.
Todos levantamos las copas y, cuando Mel va a beber, Björn se la quita y murmura:
—Amor..., brinda con zumo.
Ella me mira. Sabe que yo tampoco debería beber aquello y, sonriendo por ver su gesto, suelto la copa y digo:
—Como buena amiga tuya, me solidarizo y brindo yo también con zumo.
—¿Por qué? —protesta Björn.
—Tranquila, Lena, ya estoy bebiendo zumo yo también —dice mi cuñada sonriendo abrazada a su marido.
—Venga, Lena, ¡bebe champán! —insiste el hermano de Björn, que es un guasón.
Yulia me mira. Hunde los dedos en mi cintura y, sonriendo a su vez, aclara para todos:
—A Elena no le gusta mucho el champán.
Al oír eso, yo también sonrío y, sin darme cuenta, apoyo la cabeza en su pecho. Sin embargo, al ser consciente de lo que estoy haciendo, me separo lentamente de ella y digo:
—Exacto. No me va. —Y, llenando mi copa limpia de zumo de piña, digo levantándola con humor—: Venga..., brindemos por el bebé de Mel y Björn.
—Y por el mío —exclama mi cuñada Marta riendo y tocándose su prominente tripita.
De nuevo todos levantan sus copas, y Mel, que está frente a mí, añade mientras se le llenan los ojos de lágrimas:
—Y por todos los bebés que vayan a nacer en el mundo.
—Pero, cariño, ¿qué te pasa? —pregunta Björn al verla tan blandita.
Yo la miro. Con la mirada vuelvo a insistirle en que estoy bien, cuando Yulia, conmovida por eso, dice:
—Pues que está embarazada y con las hormonas revolucionadas.




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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mayo 13, 2017 12:51 am

59


Dos días después de la boda, los padres de Mel y la hermana de ésta se marcharon a Asturias para llevar a la abuela. Covadonga quería regresar a su hogar. Mel los acompañó al aeropuerto y, tras recibir mil besos de su abuela, quedó con sus padres en que regresarían al cabo de unos días para que ella y Björn se fueran de viaje de novios a París.
Aquella tarde, cuando Mel volvió del aeropuerto, recogió a Sami del colegio y se la llevó directamente al parque para que jugara.
Ensimismada estaba mirando a su hija,mientras pensaba en su luna de miel, que comenzaría dentro de unos días, cuando de pronto Louise apareció a su lado y le dijo:
—Enhorabuena por la boda.
Mel intentó sonreír y respondió:
—Gracias.
Louise rápidamente se sentó al lado de ella y,tras unos segundos en silencio, declaró:
—Siento todos los problemas que te he ocasionado.
Mel la miró y se encogió de hombros.
—Tranquila —respondió—. Para mi suerte,parece que ya por fin me han dejado en paz.
Desesperada, Louise se tocó la cabeza e insistió:
—Lo... lo hice sin querer. Discutí con Johan y,sin darme cuenta, le comenté lo que tú me habías sugerido y le hice creer que te había contado más cosas de las que en realidad te conté.
—Louise, de verdad, olvídalo —repitió Mel y,mirándola, aseguró—: No pasa nada.
Durante unos segundos, ambas intercambiaron una mirada a los ojos, y luego Louise afirmó llorosa:
—Lo voy a hacer.
—¿Qué vas a hacer?
—Me voy a separar de Johan.
Mel parpadeó. ¿Lo había oído bien? Pero,antes de que pudiera abrir la boca, aquélla insistió:
—Se acabó. No puedo seguir viviendo así.Johan ya no es el que era. Ya no me quiere y yo no lo quiero y, si tengo que luchar por Pablo con uñas y dientes, lo haré. —Luego, tras coger fuerzas,insistió—: Y no... no voy a seguir permitiendo que Heidi me domine como hace con el resto de las mujeres. Sé que puedo perder muchas cosas, sé que esa pandilla de buitres va a ir contra mí, pero estoy decidida a presentarles batalla sea como sea. Si quieren jugar sucio, yo también lo haré. Si van a hacerme daño, que se preparen, porque yo también puedo hacerles pupa. —Y, clavando sus ojos en Mel, que estaba boquiabierta por lo que oía, preguntó—: ¿Crees que Björn querrá asesorarme sobre qué tengo que hacer?
La recién estrenada señora Hoffmann,alucinada por la fuerza que de pronto veía en Louise y convencida de que Björn la podría asesorar sobre lo que necesitaba, afirmó:
—Por supuesto, Louise. Por supuesto.
La aludida, al sentir su apoyo, se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar aliviada.
Esa tarde, tras dejar a los niños en casa con Bea, cuando Mel entró en el despacho de Björn con Louise, el abogado las miró. ¿Qué hacía aquélla allí? Pero, instantes después, empatizó con ella y la escuchó.
Al día siguiente, tras pasar la mañana con Elena para intentar levantarle el ánimo, a la hora de la salida del colegio, Mel esperaba a Sami junto a Bea. Tenían un cumpleaños en un parque de bolas, y Mel las iba a llevar, cuando recibió un mensaje en el móvil de Björn, que decía:
Ven a casa ¡ya!
Sorprendida por la urgencia, Mel le indicó a Bea dónde era el cumpleaños y, tras darle un beso a su pequeña, se encaminó hacia su casa.
Al entrar en la cocina, Leya, la perra, corrió hacia ella y ésta la saludó encantada. En ese instante, Björn entró por la puerta, la miró y dijo:
—Oficialmente he dejado de ser el candidato idóneo para el bufete, y ¿sabes por qué? —Cuando Mel no respondió, él prosiguió—: Por la sencilla razón de que tu amiguita Louise vino ayer al despacho y, al parecer, eso ha llegado a oídos de Gilbert Heine.
Retirándose el flequillo de la cara, Mel quiso preguntar si aquel mafioso de la abogacía los vigilaba pero, omitiéndolo, se centró en el hombre al que amaba y murmuró:
—Lo siento. Lo siento, cariño.
Sin mucha efusividad, él asintió, y Mel, al ver que olía a alcohol, dijo:
—Cariño, ellos se lo pierden. Eres un fantástico abogado y...
—Y no lo he conseguido. Ésa es la realidad.
Mel fue a abrazarlo. Sentía en el alma que su sueño se hubiera evaporado, y al ver que él se apartaba de su lado, frunció el ceño.
—¿Qué pasa, Parker? —preguntó Björn al ver su expresión—. ¿Por qué pones esa cara? ¿Acaso has ayudado para que lo consiguiera o, por el contrario, te has esforzado por echarlo todo a perder?
—Björn..., no...
—¿No qué? ¿De verdad no sabías lo importante que era eso para mí? Pero, claro, la novia de Thor es incapaz de entender que unos nos esforzamos por conseguir las cosas, mientras otras con llamar a papaíto consiguen lo que se les antoja.
Sus palabras no sólo le tocaron el corazón a Mel, que, anclando los pies en el suelo, siseó:
—Björn..., te estás pasando. Entiendo tu decepción y las copas que te has tomado de más, pero...
—¡Cállate! —gritó él descolocándola.
—¡Cállate tú!
Pero ¿qué le ocurría?, pensó Mel.
Y, enfadada por su terrible comportamiento, le soltó:
—Mira, pedazo de burro, antes de que sigas diciendo cosas absurdas porque has bebido de más, déjame decirte que yo no tengo la culpa de que esos frikis casposos sean unos mierdas y te rechazaran. —Y, omitiendo lo que Gilbert Heine le había dicho para no liarla más, gritó—: ¡Y que te quede muy claro que pienso que lo mejor que te ha podido pasar es que no te aceptaran! Eres un abogado increíble, el mejor que he conocido en mi vida, y no necesitas de otros para que tu bufete sea maravilloso. Tú eres mil veces mejor profesional que esos mafiosos de la abogacía, y ahora lo que tienes que hacer es enseñárselo, no emborracharte para lamentarte porque ellos te hayan rechazado.
—No me ensalces. No necesito que digas cosas buenas de mí después de la poca ayuda que he tenido por tu parte. Ahora no, maldita sea.
Mel resopló y, a continuación, siseó de nuevo:
—Mide tus palabras o vas a tener muchos problemas conmigo.
Al oír eso y ver a Mel con los puños cerrados,Björn se disponía a responder cuando Peter entró en la cocina y preguntó:
—¿Qué les pasa?
El abogado miró al muchacho y gritó:
—Estoy hablando con mi mujer; ¡fuera de aquí!
—¡Björn! —exclamó Mel al oírlo.
Peter, posicionándose junto a ella, siseó enfadado:
—No hablas, chillas.
Por primera vez desde que Peter había llegado a aquella casa, la tensión se palpó en el ambiente.
Mel se acercó entonces a su marido e, intentando entenderlo, murmuró:
—Cariño, has bebido de más y es mejor que hablemos de esto en otro momento.
De pronto Leya entró en la cocina con unos papeles de colorines rotos en la boca, y Björn, al verla, advirtió mirando al chaval:
—Por tu bien, espero que eso no sea lo que creo.
Sin mirar atrás, el abogado caminó hacia el salón, seguido por Mel y Peter y, al entrar y ver varios de sus cómics hechos añicos a su alrededor,vociferó:
—¡No me lo puedo creer!
El muchacho, que acababa de dejar los cómics para ir a ver qué pasaba en la cocina, se quedó blanco cuando Björn, furioso y fuera de sí, gritó mirándolo:
—¡Te dije que los cuidaras! ¡Fue el único requisito que te puse!
Parpadeando al ver los cómics destrozados,Peter miró a la perra, después clavó sus ojos en Mel, que lo observaba con gesto apenado, y,cuando clavó sus ojos en Björn, sólo pudo decir:
—Lo siento... Yo... yo... lo siento...
Furioso, el abogado siseó tocándose su cabello oscuro:
—Claro que lo sientes, ¿cómo no vas a sentirlo? Maldito crío y maldita perra.
Recogiendo los cómics destrozados con voz temblorosa, Peter murmuró:
—Yo... yo... los buscaré y te los reemplazaré.Lo siento..., yo... yo...
—Oh, ¡cállate! —bufó Björn.
—Tranquilo, cielo..., tranquilo —susurró Mel al ver cómo los ojos del muchacho se llenaban de lágrimas en décimas de segundo.
Pero ¿qué estaba haciendo Björn?
—¡Quiero que esa maldita perra se vaya ahora mismo de esta casa! —bramó el abogado.
—¡Björn! —gritó Mel—. Pero ¿qué dices?
El muchacho rápidamente se colocó junto a su perra cuando él volvió a gritar:
—¡He dicho que quiero a ese chucho fuera de mi casa!
Bloqueado, Peter miró a Mel en busca de ayuda. Ella, con la mirada, le pidió que no se moviera mientras se volvía hacia su marido y decía:
—El animalito no sabía lo que hacía. Haz el favor de comportarte como el adulto que eres y no como un idiota al que se le ha roto un puñetero juguetito.
Furioso con todo, él miró a Mel y dijo:
—¿Idiota? ¿Friki? ¿Borracho? ¿Qué más me vas a llamar hoy?
Mel, ofuscada, se acercó a él y siseó al ver que el crío salía del salón con la perra:
—Mira, Björn, por llamarte te puedo llamar mil cosas, y te aseguro que ninguna te va a gustar.
Con el rostro ensombrecido por la frustración que sentía, él maldijo:
—Me estás cabreando, Mel. Me estás cabreando mucho y no voy a consentir que...
—La que no va a consentir que te pases ni un segundo más soy yo. Pero, vamos a ver, ¿me puedes decir que esos puñeteros cómics son más importantes que el disgusto que le acabas de dar a Peter? —El alemán no respondió, y ella añadió—:Mira, soy adulta y sé responderte ante un problema, pero él es un crío, por muy mayor que quiera hacerse en ocasiones.
—Pues si es mayor, sabe que...
—¡Björn! —gritó ella mientras sentía ganas de vomitar—. ¡Reacciona! Te acabas de casar conmigo y estoy embarazada. ¿Qué haces comportándote así? Por el amor de Dios,¡reacciona! Nos estás decepcionando a todos.
Y, sin más, la exteniente salió del salón, fue al baño y vomitó. En cuanto Björn apareció tras ella,lo empujó con mala leche, lo sacó del baño y cerró la puerta. Necesitaba perderlo de vista.
Cuando salió, al no ver a Björn, se dirigió a la cocina. Necesitaba beber agua y relajarse, pero una vez hubo dejado el vaso en la encimera, llamó su atención la quietud que había en la casa. No se oían las pisadas rápidas de Leya, y Mel fue a buscar a Peter a su habitación. No lo encontró allí y, tras echar una rápida ojeada por la casa, sacó su móvil y lo llamó. El crío no lo cogió, por lo que fue corriendo al salón, donde Björn miraba los cómics rotos.
—A mí no me hables si no quieres —le soltó—, pero que sepas que tu hijo se acaba de marchar.
La noche llegó y Peter no apareció. Llamaron a Elena y a Yulia, quienes rápidamente acudieron a su lado para ayudarlos a buscarlo, pero Peter sabía muy bien dónde esconderse para que no lo encontraran.
A Björn se le había pasado la borrachera mientras daba vueltas con Yulia por Múnich y, desesperado, no paraba de preguntarse qué había hecho.
A las dos de la mañana, Yulia y él regresaron a casa para ver si el chaval había aparecido, pero no se sabía nada de él. Poco después, al ver llegar a Olaf, Mel se le acercó y, mirándolo a los ojos,preguntó:
—¿Se sabe algo?
Aquél negó con la cabeza, y Mel, desesperada,se angustió. ¿Dónde estaba Peter?
Björn fue a abrazar a Mel, pero ella se apartó;seguía enfadada con él. Finalmente fue Elena quien, tras intercambiar una mirada con Yulia para que lo frenara, consoló a su amiga. Con cariño, la llevó a la habitación y la hizo acostarse.
—Escúchame..., necesitas descansar.
—Y tú —sollozó Mel—. Tú también necesitas descansar.
Elena asintió. Sin duda, aquélla llevaba razón pero, mimándola como ésta la había mimado en otras ocasiones, le tocó el pelo y dijo:
—Mira, de momento te voy a preparar otra tila y te la vas a tomar. Y, mientras la hago, me vas a esperar en la cama, ¿vale?
Agotada y con mal cuerpo, Mel asintió y, tras darle un beso en la cabeza, Elena salió de la habitación y se dirigió hacia el salón, donde los hombres hablaban.
—En el momento en que en comisaría sepan que el muchacho ha desaparecido, intervendrán los servicios sociales y...
—Eso no puede pasar —cortó Elena a Olaf—.No pueden enterarse.
—Pues para eso estoy yo aquí —explicó éste—. Björn me ha pedido ayuda para encontrar al chico antes de que tengamos que contar lo ocurrido a servicios sociales. Porque, si se enteran de que el chaval se ha escapado, habrá problemas. Por tanto, relajense y dejenme hacer mi trabajo.
Cuando Olaf se marchó, Yulia le ordenó a Björn que se sentara en uno de los sillones y Elena,enfadada por lo ocurrido, se acercó al abogado y dijo:
—Mira, no debería ser yo quien te contara esto, pero llegados a este punto y en vista de cómo te has comportado hoy con Peter y con Mel, hay algunas cosas que tienes que saber.
Por la expresión de sus caras, Lena entendió que tenía toda la atención tanto de Yulia como de Björn,y prosiguió:
—Ese tal Gilbert tuvo la indecencia de decirle a Mel que tú tenías mala suerte por haberte salido un hijo de debajo de las piedras y por haber conocido a una problemática madre soltera.
—¡¿Qué?! —exclamó Björn.
—Incluso le recomendó que desapareciera de tu vida porque te iría mejor. ¿Te parece bonito lo que ese imbécil, por no decir otra cosa, le aconsejó?
—¿Cómo dices? —bramó Björn confuso.
—Lo que oyes, Björn, lo que oyes.
El abogado se alteró más aún y, tras soltar por la boca sapos y culebras, preguntó:
—¿Y por qué Mel no me dijo nada?
—Lo intentó, pero no quisiste escucharla y al final optó por callar.
—Joder..., joder... —murmuró él desesperado mientras Yulia le pedía calma.
—Hablar de ese bufete siempre los hacía discutir —continuó Lena—. Te obcecaste en conseguir tu maldito sueño sin darte cuenta de las cosas que pasaban a tu alrededor. Ese tal Gilbert es un desgraciado, y su mujer Heidi una zorra. Pero ¿tú ves normal que el día que se llevó a Mel a desayunar con esas imbéciles se metieran con su manera de vestir, con su pelo y hasta le propusieran que debía hacerse un tratamiento láser para quitarse el tatuaje? ¡Pero bueno! ¿Es que esa bruja pretendía que Mel utilizara hasta la misma marca de támpax que ellas? Ah... y, ya que te lo cuento, te lo voy a contar todo. Peter, antes de que tú lo conocieras, salió en defensa de Mel en la puerta del colegio cuando Johan fue a amedrentarla.
—¿Que Johan hizo qué? —jadeó Björn furioso.
—Y ya para finalizar —prosiguió Lena sin querer mirar a su esposa, que la observaba tan alucinada como Björn—, la noche que nos detuvieron por prostitución, Johan tuvo algo que ver porque, curiosamente, el tipo apareció en los calabozos para decirle a Mel que no le volvería a repetir que se alejara de su mujercita.
En cuanto Lena terminó de decir eso, Björn explotó. Quería ir en busca de aquellos malnacidos y arrancarles la cabeza. ¿Por qué Mel no le había dicho nada? Y, sobre todo, ¿cómo podía haber estado él tan ciego?
Veinte minutos después, cuando consiguieron tranquilizar al gigante moreno, Elena dijo nerviosa por la cercanía de Yulia:
—Escucha, Björn, ahora no es momento de arrancarle la cabeza a nadie, sino de encontrar a Peter y, después, con tranquilidad, hablar con Mel y entre los dos solucionar lo que te he contado.
—Iré a hablar con ella ahora.
—No. Ahora no —replicó Elena—. Está descansando.
Björn hizo ademán de ir pese a la advertencia de ella, pero Yulia lo sujetó del brazo.
—Como ha dicho Lena, siéntate. Mel no se va a mover de donde está y tiene que descansar. Recuerda que está embarazada y necesita mimos y tranquilidad.
Al oír eso, Elena suspiró. ¡Si ella supiera! Pero,al sentir su apoyo en ese momento, se volvió y con una triste sonrisa dijo:
—Voy a preparar una jarra de tila. Creo que todos la necesitamos.
Luego dio media vuelta y desapareció en la cocina.
Acalorada por todo lo que había contado y por la cercanía de Yulia, Lena estaba cogiendo los sobrecitos de tila cuando oyó:
—¿Por qué no me dijiste a mí lo que pasaba? Yo podría haber hecho algo.
Elena cerró los ojos. Yulia estaba a escasos pasos de ella, pero respondió sin mirarla:
—Mel me lo prohibió.
En silencio, continuó con lo que hacía, pero de pronto notó cómo aquella menuda mujer se acercaba a su espalda y, al sentirla a unos milímetros de ella, se puso tensa, y más cuando oyó:
—Lena, te necesito.
Cerró los ojos. Ella también la necesitaba,pero rápidamente las imágenes de Ginebra y de ella sobre el columpio, besándose, tocándose,inundaron su mente; se dio la vuelta y sin mirarla,replicó:
—Apártate para que pueda salir.
La rusa no se movió. Clavó los ojos en ella y murmuró:
—Len...
—He dicho que te apartes —insistió.
Convencida de que había perdido la batalla,Yulia hizo lo que ella le pedía y ésta, sin querer conectar con sus ojos, se marchó.
Desesperada, ella se apoyó en la encimera de la cocina de Björn. La necesitaba tanto como respirar pero, consciente de que su situación era la que era y de que estaba allí para ayudar a su amigo,regresó a su lado y, sentándose junto a él,murmuró:
—Tranquilo, Björn. Todo se solucionará.
Las horas pasaban y Peter no aparecía; ¿dónde se habría metido?
Björn y Yulia estaban en el salón, y Mel y Lena en la habitación. Se hallaban divididos en dos grupos: Bjorn y Yulia y ellas. A diferencia de otras ocasiones, no estaban juntos ante un gran problema, y no le pasó por alto a ninguno de ellos.
¿Qué les ocurría?
Elena estaba tumbada en la cama junto a Mel,tocándose su dedo desnudo, cuando ésta dijo:
—No quiero ni pensar en la luna de miel. Peter para mí es más importante que esa frivolidad. ¿Y si no aparece? ¿Y si ya no quiere vivir con nosotros?
—Tranquila —insistió Elena—. No pienses en ello y sé positiva en relación con Peter. Recuerda que la positividad llama a la positividad.
Desesperada, Mel se limpió las lágrimas que le corrían por las mejillas.
—Tendrías que haber visto su mirada. Peter estaba horrorizado por cómo Björn gritaba. El pobre le pidió perdón, pero Björn estaba fuera de sí y no lo escuchaba y...
—Había bebido, Mel. No quiero justificarlo,pero Björn habitualmente no bebe y...
—Lo sé. Es la primera vez que lo he visto así,y espero que sea la última o este matrimonio está abocado al fracaso.
El silencio se instaló de nuevo entre ellas,hasta que Mel preguntó:
—¿Qué día es hoy?
—Martes —susurró Elena.
Mel cerró los ojos y pensó. Recordaba haber hablado con Peter sobre lugares adonde él solía ir cuando vivía con su abuelo y, mirando a Lena, dijo:
—He hablado mil veces con él, pero ahora no consigo recordar los sitios adonde me dijo que... Estoy totalmente bloqueada.
—Tranquila, Mel... Tranquila.
De pronto, el iPhone de Mel vibró. Había recibido un mensaje. Lena y ella se miraron al ver la foto de Peter en la pantalla. La exteniente se apresuró a coger el móvil y leyó:
Mel, estoy en la puerta de la calle con Leya; ¿podemos subir los dos a casa o Björn sigue enfadado?
Ambas se miraron y los ojos se les llenaron de lágrimas. A pesar de todo, el muchacho los quería y los necesitaba y, abrazándose, sonrieron y se levantaron presurosas de la cama.
Al verlas aparecer, Björn y Yulia las observaron, y Mel, caminando hacia el abogado,dijo mientras le enseñaba el mensaje:
—Peter ha vuelto. Ahora todo depende de ti.
Björn lo leyó y, emocionado, se levantó rápidamente, la abrazó y murmuró:
—Cariño, perdóname. Soy un bocazas y...
Tapándole la boca, Mel asintió. Sin duda, ella ya lo había perdonado y, con una sonrisa, dijo:
—Vamos. Ve a buscarlo.
Sin perder un segundo, el guapo abogado Björn Hoffmann corrió hacia la puerta en busca del muchacho. Al ver a su amigo salir y a las dos emocionadas mujeres, Yulia las abrazó y musitó:
—Tranquilas, Björn lo solucionará.
El abogado cogió el ascensor a toda mecha y,cuando salió a la calle, el corazón le iba a mil.
Al ver a Peter parado en la acera con la perra,una extraña paz se apoderó de él. Ambos se miraron, y Björn, sin perder un segundo, caminó hacia el crío que, al verlo acercarse, dijo:
—Lo siento. Prometo que te conseguiré esos cómics y...
Pero no pudo decir más. Tras llegar hasta él,Björn lo abrazó y, con todo su amor, murmuró:
—No me pidas más disculpas y perdóname tú a mí. Ésta es tu casa y la de Leya, y nunca más lo vuelvas a dudar, ¿entendido, hijo?
El muchacho, con una cálida sonrisa, asintió y siseó por primera vez en su vida:
—De acuerdo, papá.
Al oír eso, el corazón de Björn se inflamó y,tras unos minutos en los que ambos se prometieron cientos y cientos de cosas, subieron juntos a casa,donde fueron recibidos por todos con abrazos y palabras emocionadas.
Ya amanecía cuando Lena y Yulia se marcharon y Peter se metió en la cama. Bea, que se había quedado a pasar la noche para atender a Sami, les dijo que se acostaran, que ella llevaría a la niña al colegio.
Agotados, Mel y Björn asintieron y, cuando cerraron la puerta de su cuarto, Mel caminó hacia su lado de la cama y, al levantar la mirada y encontrarse con la de él, declaró:
—Siento mucho que tu sueño no...
—Cariño —la cortó Björn—, te aseguro que voy a hundir a esos tipos, no por no haberme aceptado a mí en su maldito bufete, sino por el mal que hayan podido hacerte a ti, a mis hijos o incluso a Louise.
Al oír eso, Mel sonrió. Sin duda, Elena había dicho todo lo que ella llevaba meses guardándose para sí y, recordando algo que Louise le había contado, murmuró:
—Johan siempre creyó que yo sabía más de lo que sé. Hace tiempo Louise me dijo que Johan guarda en su ordenador documentos comprometedores para ese bufete y unas fotos de unas fiestecitas privadas en las que están Gilbert y...
—¿Estás segura de lo que dices?
Mel se encogió de hombros y afirmó:
—Eso me dijo Louise. Yo no lo he visto. Y ayer, cuando hablaste con ella, dijo que tenía un as en la manga, ¿lo recuerdas?
Björn asintió. Recordaba muy bien las palabras de aquélla y, aunque habían llamado su atención, no había querido ahondar en el tema.
Tras pensar durante unos segundos en aquello, afirmó:
—Por suerte para Louise y para mí, tengo al mejor hacker del mundo en casa.
—¡Björn! —exclamó ella sonriendo al oírlo.
—Creo que voy a tener que pedirle ayuda a mi hijo para hundir a esos bastardos.
Ambos rieron hasta que él, sin poder esperar un segundo más, murmuró abatido:
—Oye, Mel..., yo...
—Eh..., eh..., eh... —lo cortó ella y, cuando vio que la miraba, indicó—: Lo de hoy no puede volver a repetirse o te aseguro que, igual que me casé contigo, me descaso pero ya, ¿entendido? —Él asintió y Mel aprovechó para decir—: En cuanto a lo del viaje a París, queda anulado. No quiero ir porque creo que no es el momento. Con lo que acaba de ocurrir, me parece que lo que menos conviene ahora es que tú y yo nos marchemos y dejemos a Peter con mis padres, que son dos extraños para él. ¿No crees?
El abogado sonrió. Él también lo había pensado pero, como no estaba dispuesto a renunciar a aquel viaje, propuso:
—¿Y si nos llevamos a Peter y a Sami con nosotros? —Al oír eso, Mel lo miró y él añadió—: Podríamos cambiar París por un viaje a Eurodisney. Podría ser divertido, ¿no crees?
Mel parpadeó sonriendo, y él, al sentir que todo estaba bien con la mujer que adoraba, insistió:
—Pospondremos nuestro romántico viaje de luna de miel para más adelante. ¿Qué te parece?
—Me parece una idea excelente —dijo ella.
Durante unos segundos ambos se miraron a los ojos, y el abogado, pesaroso por lo ocurrido, susurró:
—Lo siento, amor. Siento todo lo que dije y...
—Olvídalo. No merece la pena.
Atormentado por lo que Elena le había contado pero dispuesto a solucionarlo, bordeó la cama, se puso a su lado y, cogiéndole el rostro entre las manos, murmuró:
—Mi sueño eres tú. Nada, absolutamente nada,es tan importante como tú y los niños, y te aseguro que mañana Gilbert Heine va a tener que escuchar cuatro cositas que no le van a gustar y después los voy a hundir. Pero, por favor, prométeme que nunca nunca nunca vas a volver a ocultarme algo como lo ocurrido.
Mel asintió y, con una candorosa sonrisa, susurró:
—Te lo prometo, pero ahora bésame y cállate, idiota.
Björn, al oír eso, supo que todo estaba bien y,cogiendo entre sus brazos a la mujer que amaba,hizo lo que ella le pedía, sabiendo que al día siguiente, cuando se levantara, Gilbert Heine y su maldito bufete se iban a enterar de quién era Björn Hoffmann.



60



Tras un extraño día en el que duermo a ratos,cuando me levanto Simona me dice que Yulia se ha marchado muy pronto.
Tan rápido como me despejo, hablo con Mel y,entre risas, me dice que Björn y Yulia, junto con ella, han ido al bufete Heine, Dujson y Asociados y que la que han liado allí entre los dos ha sido como poco ¡impresionante!
Imaginar a Björn y a Yulia juntos en un momento así irremediablemente me llena de orgullo porque sé que esos dos titanes, la pelinegra y el moreno, son indestructibles y peligrosos. Muy peligrosos.
¡Qué rabia habérmelo perdido!
Mel también me dice que, antes de ir al maldito bufete, tras hablar con Louise y ésta facilitarle cierta información, Peter ha pirateado sin problema alguno el ordenador de Johan y lo que han encontrado allí, sin duda, le va a hacer mucha pupa a esa pandilla. Eso vuelve a hacerme reír, es evidente que esos frikis de la abogacía no saben con quién se han metido, y no dudo de que Björn los va a machacar.
Durante el resto de la mañana, disfruto de mis niñas. Son tan maravillosas que todo, absolutamente todo merece la pena por verlas sonreír, y cuando estoy con Yulia haciendo un puzle,suena mi móvil y, al ver que se trata de mi suegra,lo cojo y escucho.
—¿Qué haces, hija?
Miro a mi pequeña rubia tan parecida a su madre y, tras responderle, me dice:
—¿Por qué no te vienes a casa de Marta? Estamos montando una dichosa cuna, y una de dos,o nosotras somos muy torpes, o a la cuna le faltan piezas.
Divertida, después de colgar le pido a Pipa que se siente con la pequeña, subo a mi habitación,me pongo unos vaqueros y una camiseta y, cuando llego al garaje, me quedo mirando la bonita BMW de Yulia y, sin querer pensar en mi embarazo,susurro:
—Vámonos de paseo, preciosa.
Sin dudarlo, cojo el casco gris, las llaves y,tras arrancar el motor y salir de la parcela, doy gas y me voy a toda mecha.
La sensación que tengo es maravillosa. Mira que me gusta conducir una moto y, sonriendo, me dirijo a la casa de Marta. Una vez aparco, la portera del edificio de mi cuñada sale de la portería al verme, camina hacia mí y dice:
—No se asuste, Elena, pero una ambulancia se acaba de llevar a Marta y a su madre al hospital.
—Pero ¿qué ha pasado? —pregunto angustiada.
La mujer, con gesto confuso, murmura:
—Al parecer, Marta ha roto aguas.
Conmocionada, me preocupo. Marta sólo está de siete meses y medio. Después de darle las gracias a la mujer por la información, doy media vuelta, corro hacia la moto y me dirijo al hospital a mil por hora.
Cuando llego, entro a toda prisa y con el primero que me encuentro es con Yulia. A su lado está su madre. Para no variar, mi rusa está descompuesta. Con lo que la asustan los hospitales... Al verme, camina hacia mí y dice:
—Marta está teniendo el bebé. Le están practicando una cesárea de urgencia.
El agobio está latente en su rostro. Me gustaría abrazarla pero, conteniendo mis impulsos, pongo una mano sobre su brazo y murmuro:
—Tranquila. Todo va a salir bien.
—Pero sólo está de siete meses y medio —insiste.
Asiento, sé muy bien de cuánto tiempo está.
Intentando que deje de pensar en lo peor, exijo:
—Yulia, mírame. —Una vez clava los ojos en mí y a mí me entran unas cagalandras de muerte,como puedo digo—: Marta está en el mejor sitio del mundo y todo va a salir bien, ¿entendido?
Mi rusa asiente, en el momento en el que mi suegra se aproxima como una moto y murmura:
—Ay, Dios, qué angustia..., qué angustia.
Abrazo a Larissa y, tras tranquilizarla como instantes antes he hecho con su hija, las animo a ir a la sala de espera. Sin duda, no podemos hacer otra cosa.
Durante el rato que estamos allí junto a otros familiares, cada vez que sale un padre con cara de orgullo por haber visto a su bebé, mi suegra murmura emocionada:
—No hay nada como la llegada de un bebé a un hogar, ¿verdad?
Yo asiento. Yulia me mira y, cuando las puertas se abren de nuevo, sale mi cuñado con cara de felicidad y, dirigiéndose hacia nosotros, dice:
—Marta está bien y la pequeñina también,aunque sólo ha pesado dos kilos doscientos gramos.
Larissa lo abraza, yo sonrío y, sin saber por qué,abrazo a Yulia. Sentir su aroma, su cercanía, me sube la moral y, cuando me separo de ella, me mira hasta que yo dejo de hacerlo.
Tras felicitar al padre dichoso, esperamos un ratito y finalmente nos avisan de que podemos pasar por el nido para ver a la pequeñita, que está en una incubadora.
Con la felicidad en nuestros rostros, cuando nos dicen quién es la pequeña Ainhoa, todos sonreímos como idiotas y, como si la niña nos oyera, comenzamos a hablar en balleno.
¡Vaya maniíta que tenemos los adultos de hacer eso!
A través de los cristales, con mi móvil grabo un vídeo de la pequeña para que Yulia y Hannah conozcan a su prima. Es muy chiquitita, pero la tía no para de moverse y, por lo que oigo, parece tener unos buenos pulmones. ¡Otra Hannah!
Yulia, que está a mi lado, emocionada por conocer a su sobrina, se agacha y dice:
—Es preciosa, ¿verdad?
Asiento, sonrío y, de buen humor, murmuro:
—Es una Volkova, corazón.
¿Corazón? ¿Por qué he dicho eso tan íntimo?
Ambas reímos por aquello, y entonces nos avisan de que Marta ya está en la habitación. Al entrar, mi cuñada lloriquea, quiere ver a su pequeña, pero no la dejan levantarse. Le han hecho una cesárea y está muy débil. Entonces, me acerco a ella y le enseño la grabación que he hecho de la niña. Ella, emocionada, la mira una y otra vez.
Tras pasar varias horas en el hospital, Yulia y yo decidimos irnos. Marta está agotada y necesita descansar, y allí se quedan con ella mi suegra y el recién estrenado padre.
En silencio, Yulia y yo salimos de la habitación y nos encaminamos hacia el ascensor. Una vez allí,rodeados por más gente, nuestros cuerpos chocan y, ante la mirada de Yulia, me muevo y dejo que una señora mayor se interponga entre las dos.
Su cercanía, como siempre, me desconcierta.
Sigo tremendamente bloqueada por lo ocurrido y,aunque ya logro entender que ella ni siquiera lo recuerda ni se entregó de forma voluntaria a ello,soy incapaz de olvidar.
Una vez llegamos a la planta baja, caminamos juntas hacia la salida y, en la puerta, Yulia se para y dice:
—Tengo el coche aparcado allí.
Yo asiento y, mirándola, el corazón me da un vuelco y afirmo:
—Yo tengo la moto al fondo.
—¿Has venido en moto?
Asiento de nuevo y, con picardía, me encojo de hombros y murmuro:
—He cogido tu BMW.
Yulia sonríe. Nunca le ha importado que coja esa moto y, clavando sus espectaculares ojos en mí, musita:
—Conduce con cuidado.
Asiento..., sonríe y, cuando me doy la vuelta,me llama:
—Lena...
Me vuelvo. Nuestros ojos vuelven a conectar,y dice:
—¿Cenas conmigo?
Oír eso hace que el vello de todo mi cuerpo se erice. En el pasado, nunca habría rechazado una proposición así viniendo de ella, pero niego con la cabeza y respondo:
—No.
—Por favor... —insiste—. Iremos a donde tú quieras.
—No, Yulia, no. No es buena idea.
Su gesto de decepción lo dice todo, pero no insiste más y, asintiendo, se da la vuelta abatida y camina hacia su coche con las manos metidas en los bolsillos.
Acalorada, camino hacia la moto. Sin pararme a pensar, abro el baúl trasero y saco el casco, me lo pongo y, cuando arranco el motor, salgo del parking sin mirar atrás.
Tengo la cabeza embotada. Adoro a Yulia, pero también la odio. Mi mente es incapaz de olvidar cómo se besaban, cómo se poseían, y eso me está martirizando y volviéndome loca.
Cuando paro en un semáforo, de pronto un pitido llama mi atención. Al mirar hacia la derecha, veo que Yulia me observa desde el coche y me sonríe. Yo sonrío también. El semáforo se pone en verde y acelero la moto mientras soy consciente de que el coche que va detrás de mí es conducido por la mujer que adoro y con seguridad está observando todos y cada uno de mis movimientos.
Un nuevo semáforo me hace parar. Miro a mi derecha para encontrarme de nuevo con la cara de Yulia, pero en su lugar me encuentro con la de un muchacho que no tendrá más de veinticinco años.
Al ver que soy una mujer, dice a gritos desde su coche:
—¡Hola, guapa!
—Hola —respondo yo.
El chico adelanta un poco más el coche para verme mejor. Por el retrovisor observo que Yulia está parada con su coche detrás de mí y, al ver su gesto, sonrío. Ya se está cabreando con el tipo.
—¿Sabes una cosa? —dice el chico. Yo lo miro y, con una pícara sonrisa, él murmura—: Quién fuera moto para estar entre tus piernas.
Me río. ¡Menudo descarado!
Menos mal que Yulia no lo ha oído o le arranca la cabeza y, mirándolo, le guiño un ojo y respondo con el mismo descaro de él:
—¿Sabes? Demasiada máquina para tan poco motor.
El chico suelta una risotada. Sin duda, tiene sentido del humor. Cuando el semáforo se pone en verde, doy gas y, acelerando, me alejo de él. Por el retrovisor observo a Yulia y, en cuanto veo que,tras hacer un quiebro con el coche adelanta al chico para ponerse a mi derecha, sonrío. No esperaba menos de ella.
De nuevo, un semáforo nos para. Esta vez es Yulia quien está a mi derecha y, por su gesto serio,ya sé lo que piensa, y más cuando el muchacho ahora está detrás de mí y pita para llamar mi atención.
Mis ojos y los de Yulia se encuentran. Nos hablamos con ellos y, sin controlar mi locura, le hago saber cuánto la echo de menos. La miro como la he mirado cientos de veces cuando le voy a hacer el amor y, al ver la respuesta en su mirada,me asusto. De pronto me asusto y, cuando el semáforo se abre, acelero regañándome a mí misma por lo que acabo de hacer.
Pero ¿por qué la provoco así?
Esa mirada y mi sonrisa le han dado esperanzas y, al ver que sigue tras de mí por la calle, sé que tengo que desaparecer. No podemos llegar juntas a casa u ocurrirá lo que deseo con toda mi alma pero no quiero que ocurra.
Dios, ¡no hay quién me entienda!
Aminoro la marcha y me pongo en el carril de la derecha. Yulia se coloca detrás de mí y, unos metros más adelante,cuando ella ya no tiene capacidad de reacción con el coche, hago una pirula bastante arriesgada con la moto, me salgo del carril por el que voy y desaparezco a toda velocidad, impidiéndole seguirme.
No le he visto la cara. No he sido capaz de mirarla pero, sin duda, el cabreo que debe de tener en estos momentos ha de ser colosal.
Sin saber adónde ir, salgo a la autopista y durante un buen rato me dejo llevar por mi locura y corro como llevaba tiempo sin correr, sin pensar en nada más. No quiero pensar.
Así estoy hasta que, en una carretera, doy media vuelta haciendo un cambio de sentido. Por suerte, no me ha parado la policía, pero soy consciente de que alguna multa por exceso de velocidad llegará. Menudos son los alemanes para eso. Pero, mira, ¡no me preocupa! Yulia Volkova tiene pasta para pagar multas y muchas cosas más.
Cuando de nuevo entro en Múnich, en un semáforo miro el reloj. Es pronto. Sólo son las seis de la tarde. Callejeando por esa ciudad, a la que adoro, llego cerca del colegio de Flyn, paro y,sin meter el casco en el baúl, decido ir a un bar a tomarme algo.
Pido una coca-cola. Estoy sedienta. Entonces,de pronto, me fijo en el hombre que hay sentado a una de las mesas y sonrío. Es Dennis, el profesor de Flyn, y tras acercarme a él, que no me ha visto, pregunto:
—¿Puedo sentarme contigo?
Dennis, que está corrigiendo unos exámenes,sonríe al verme; quita su cartera de una silla y murmura:
—Por supuesto.
Una vez me siento, nos miramos y pregunta al ver mi casco:
—¿Motorista?
Asiento orgullosa y, señalando la impresionante BMW 1200 RT negra y gris que está aparcada en la puerta, respondo:
—Sí.
Por su gesto, Dennis parece sorprendido.
—¿Y tú puedes solita con esa máquina? —pregunta.
Al oír eso, frunzo el ceño y respondo:
—Lo de los tíos es genético; ¿te puedes creer que acabas de preguntarme lo mismo que me preguntó Yulia la primera vez que le pedí dar una vuelta? —Dennis sonríe y yo aclaro—: Tengo un padre que me enseñó muy bien a montar en moto, y soy pequeñita pero tengo fuerza.
Dennis asiente, vuelve a sonreír y, al ver que me callo y me quedo mirando la moto, pregunta:
—¿Todo bien con Flyn en casa?
Asiento. No quiero hablar del muchacho, pero él insiste:
—Me alegra saberlo. La verdad es que últimamente ha dado un cambio para bien y lo veo más integrado con sus compañeros y alejado de esas malas compañías. Creo que lo han logrado, Elena. Sin duda, la unión de colegio,psicólogo y padres ha conseguido que Flyn reaccione y se dé cuenta de su error.
Saber aquello de mi coreano alemán me gusta.Me encanta saber que su actitud ha cambiado en el colegio, aunque intuyo que el brusco cambio pueda estar originado por otra cosa.
—¿Qué te ocurre, Elena? —pregunta entonces Dennis.
—Nada —digo y, dando un trago a mi cocacola para cambiar luego de tema, pregunto—:¿Tienes novia?
Según digo eso, me recuerdo a mi hermana Anya. Pero ¿cómo es que soy tan cotilla?
Entonces, veo que Dennis sonríe y, guiñándome un ojo con complicidad, responde:
—Tengo amigas. De hecho, he quedado aquí con una de ellas para ir a tomar algo. Si te soy sincero, soy un tipo demasiado complicado para que una mujer se enamore de mí.
Eso me provoca risa. ¿Complicado, él? Y, sin pararme a pensar, respondo:
—Pues que sepas que los tipos complicados son los que nos vuelven locas a las mujeres.
—Vaya..., es bueno saberlo —se mofa. A continuación, tras recoger los papeles que tiene sobre la mesa, dice—: Hace tiempo que no las veo a Yulia y a ti por el Sensations y...
—Vale —lo corto—. No estamos pasando por el mejor momento de nuestra relación.
Dennis me mira. No esperaba lo que he dicho y, clavando sus ojazos negros en mí, murmura:
—Yulia y tú hacen una fantástica pareja, y las fantásticas parejas han de hablar para entenderse.—Yo resoplo y él añade—: Cuando encuentras a tu pareja ideal, no quieres dejarla escapar y más en el mundillo en el que nosotros nos movemos. Y...
—Hola, Dennis, ¿llego tarde?
Al levantar la vista, me encuentro con una mujer rubia que nos mira. Debe de ser la amiguita con la que ha quedado. Dennis se pone en pie, le da un beso en los labios y responde:
—Tranquila, Stella. Has llegado a la hora.
La mujer me mira. No entiende qué hago yo sentada allí, y entonces Dennis dice:
—Stella, te presento a Elena. Elena, ella es Stella, mi amiga.
Las dos nos saludamos con cordialidad, pero veo en sus ojos lo mismo que otras deben de ver en los míos cuando se acercan a mi Yulia. Entonces,Dennis coge su cartera y señala:
—He de irme, Elena. Pero ha sido un placer haberte visto.
—Lo mismo digo —respondo mientras sonrío y lo miro.
Cuando se van, sigo tomando mi coca-cola. A través de las cristaleras, veo a aquellos que han salido del local dirigirse hacia un coche rojo.
Dennis lo abre, la chica sube y él, tras decirle algo, camina de vuelta hacia el bar, entra y me dice:
—He conocido a pocos hombres y mujeres enamorados de una mujer, pero créeme cuando te digo que Yulia es uno de esos pocos. Hablen y arreglen lo que les pase, porque estoy convencido de que una historia como la suya no se encuentra todos los días.
Dicho esto, me guiña el ojo y se marcha dejándome con cara de tonta.
¿Tanto me quiere Yulia que la gente lo ve?
Y, de pronto, sin saber por qué llevo las manos hasta mi barriga.
Por supuesto que mi historia con el amor de mi vida es algo especial, tan especial como el bebé que crece en mi interior y al que tengo que comenzar a cuidar. Y, sin poder remediarlo, sonrío y murmuro mirándome mi inexistente tripa:
—Tranquilo, gamusino. Mamá te quiere.
Varios minutos después, en cuanto acabo mi bebida vuelvo a la moto. La miro. La admiro, pero me arrepiento de haberla cogido en mi estado; ¿en qué estaba pensando? Sin embargo, como no estoy dispuesta a dejarla allí, me monto con cuidado y regreso a casa sin correr ni hacer locuras.
Tras llegar y meter la moto en el garaje, estoy quitándome el casco cuando Yulia sale en mi busca y, sin quitarme la vista de encima, me dice:
—Estaba preocupada por ti.
La miro, quiero abrazarla. Ella es mi bonita historia de amor, pero algo me frena, y doy un paso atrás para alejarme de ella. Por increíble que parezca, no me regaña por la pirula que le he hecho en la carretera con la moto para despistarla y, encogiéndome de hombros, respondo un escueto:
—Ya estoy aquí.
Yulia no habla, en sus ojos veo que le duele la distancia que pongo entre las dos. Sin agobiarme,deja que entre en casa y me dirijo a la cocina. Ella continúa su camino y oigo que entra en su despacho y cierra la puerta. Aquello no está siendo fácil para ninguna de las dos.
Simona, que en ese instante entra en la cocina,me mira; no dice lo que piensa de mi mirada ni de Yulia, pero comenta:
—Las pequeñinas ya están dormidas.
Sonrío encantada. La abrazo y murmuro:
—Gracias, Simona. Gracias por estar siempre a mi lado.
La mujer me abraza emocionada. Me aprieta contra su cuerpo y yo sonrío. Todavía recuerdo cuando yo llegué a aquella casa y un abrazo era como poco tabú.
Cuando salgo de la cocina y paso por delante del despacho de Yulia, me acerco a la puerta y, al oír que está escuchando a Norah Jones cantar Love Me, el corazón me da un pellizquito.
Apoyo la frente en la puerta oscura mientras escucho esa dulce canción y mi mente vuela a la última vez que la bailé con mi amor. Los ojos se me llenan de lágrimas, los recuerdos inundan mi mente y las lágrimas me desbordan. Yulia, mi Yulia,está tras esa puerta sufriendo como estoy sufriendo yo, pero yo soy incapaz de abrir la puerta y olvidar.
¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy tan bloqueada?
Estoy sumida en mi desgracia cuando, depronto, oigo a mi espalda:
—Mamá.
Rápidamente me doy la vuelta y, al ver a Flyn mirándome, me seco las lágrimas que corren por mis mejillas y, cuando voy a decir uno de mis borderíos, el crío murmura:
—Vale. Sé que no merezco llamarte así, pero...
Separándome de la puerta del despacho, me acerco a él y, cuchicheando para que Yulia no nos oiga, afirmo:
—Exacto, no lo mereces; y ahora, si no te importa, no quiero hablar contigo.
Dolida por lo que mi corazón siente por aquellos dos Volkov, me encamino al salón y cierro la puerta. Quiero estar sola. Me siento en el sillón que hay junto a la chimenea, pero entonces oigo que la puerta se abre y, segundos después,Flyn, sin darme opción, se sienta a mi lado.
Como me han enseñado los Volkov, lo miro..., lo miro y lo miro, y finalmente pregunto:
—¿Qué quieres, Flyn?
El crío se retuerce las manos nervioso.
—Perdóname. Ahora que no me quieres, me doy cuenta de lo mal que me he portado contigo,cuando tú sólo intentabas protegerme y ayudarme.
Boquiabierta lo observo. ¿Cómo que no lo quiero? Lo quiero más que a mi vida, pero estoy enfadada con él y, cuando voy a responder,prosigue:
—Fui un tonto. Me dejé llevar por mis nuevas amistades y la cagué..., la cagué contigo, con mi mami,con todo. Elke me gustaba mucho, me dejé llevar por ella y, queriendo impresionarla, me volví un chulo. Ella odia a su madrastra, nunca ha tenido buena relación con ella, y yo... yo... quise odiarte a ti para que ella viera que estábamos en la misma sintonía.
Saber la verdad de todo lo ocurrido hace que pueda respirar. Por fin entiendo el porqué de todo aquello, pero no puedo hablar cuando Flyn prosigue:
—Te robé, hice cosas horribles contra ti y te grité que no eras mi madre cuando sí lo eres. Tú eres la única madre que tengo porque siempre me has querido incondicionalmente a pesar de lo mal que me he portado contigo. Hablé con mami, le conté toda la verdad, y ella me aconsejó que te lo contara a ti. Dijo que, aunque no me perdonaras,tenía que hablar contigo y... y... Por favor, mamá, si no quieres perdonarme, no lo hagas pero, por favor, arregla las cosas con mami. Por mi culpa están mal, y eso me... me... Por favor —suplica—. No se pueden separar, ustedes se quieren, se quieren mucho y, si lo hacen por mi culpa, Yulia y Hannah nunca me lo van a perdonar.
Con las pulsaciones a dos mil por hora,escucho lo que aquel adolescente al que tanto quiero dice mientras el cuello comienza a picarme.
La súplica en sus ojos me atormenta, me atormenta tanto como a él, y respondo:
—Lo que nos pasa a tu mami y a mí no es culpa tuya.
—Lo es —afirma mientras las lágrimas comienzan a correrle por las mejillas—. Todo es culpa mía. Intenté desesperarlos, llevarlos al límite,y todo porque el padre de Elke se separó de su madrastra y yo pensé que, si conseguía lo mismo,ella me...
—Dios mío, Flyn —murmuro al oírlo.
El crío llora. Llora desconsoladamente mientras me suplica que solucione los problemas con mi amor. Lo miro. Ojalá fueran las cosas tan fáciles como él parece verlas.
Diez minutos después, incapaz de permitir que el siga pensando que todo es culpa suya, como en su momento le hice creer con mi furia, suspiro y murmuro:
—Flyn, escúchame...
—No, mamá, por favor, escúchame tú a mí. Yo... yo no puedo permitir que mami y tú se vayan a separar por mi culpa y...
No lo dejo continuar. Necesito abrazarlo.
Quiero a Flyn con toda mi alma, a pesar de lo que me ha contado. Es mi niño, soy su madre, y todo es perdonable cuando se trata de él. Veo que mi abrazo lo sorprende tanto como me sorprende a mí y, cuando siento que me aprieta contra sí con demasiada fuerza, murmuro:
—Flyn..., me ahogas.
El crío cede en su fuerza, pero sin soltarme susurra:
—Te quiero, mamá... Perdóname, por favor...Iré a un colegio militar si tú y mami quieren, pero perdóname.
Sus palabras y cómo lo siento temblar pueden conmigo. Creo que la vida, con lo que nos ha pasado a Yulia y a mí, le ha dado un revés al muchacho que le ha abierto los ojos. Y, como soy una blandengue, finalmente asiento.
—Estás perdonado, cariño. Eso nunca lo dudes.
Mis palabras nos emocionan, y mis hormonas,que no están muy serenas, se revolucionan. Para relajar el momento, cuchicheo señalándome el cuello:
—Y ahora para... o me llenaré de ronchones.
Flyn me mira y veo en sus ojos la tranquilidad.
Yo me rasco el cuello, me pica una barbaridad.
Entonces él, apartándome la mano de los ronchones, dice:
—No te rasques o se pondrá peor.
Eso me hace sonreír y, cogiéndole la barbilla a mi niño, murmuro:
—Flyn, ya eres mayor, y creo que has sido capaz de darte cuenta de los quebraderos de cabeza que nos has podido ocasionar. —Él asiente y yo sentencio—: Esto no puede volver a pasar nunca más. Si mañana te enamoras de otra chica,tienes que tener tu propia personalidad, porque quien te quiera tiene que quererte por ti, no por lo que vea reflejado de ella en ti. ¿Entendido?
—He aprendido la lección y te lo prometo, mamá. Nunca más.
Asiento. Lo abrazo de nuevo y éste dice:
—Ahora tienes que hablar con mami. Tú no estás bien, ella no está bien, y tienen que hablar. Tú siempre dices eso de que hablando se entienden las personas.
Sonrío con tristeza.
—Escucha, cariño. Danos tiempo a tu madre y a mí y, pase lo que pase, nunca dudes de que las dos te queremos con todo nuestro corazón y deseamos lo mejor para ti. Y, recuerda, tú no has tenido nada que ver en lo que nos ocurre. Los adultos, a pesar de que nos queramos, en ocasiones tenemos problemas y...
—Pero yo no quiero que se separen.
Suspiro. El cuello me arde. Yo tampoco lo quiero y, cuando voy a responder, la voz de Yulia dice:
—Flyn, escucha a tu madre. Haremos todo lo posible para solucionar nuestros problemas pero,por favor, respeta que decidamos lo mejor para todos.
La voz de Yulia y sus palabras me llegan directamente al corazón. No la había visto. Ni siquiera sé cuándo ha entrado en el salón.
Entonces, el crío asiente, vuelve a abrazarme y murmura:
—Me encanta que seas mi madre.
Dicho esto, se levanta y, tras darle un abrazo a Yulia, se va del salón dejándonos a las dos solas y descolocadas. Mis hormonas pugnan por reventar de nuevo y llorar como una loca —¡necesito llorar!— cuando Yulia, sin acercarse a mí, susurra:
—Gracias por escuchar y perdonar a Flyn.
Asiento. No puedo hacer otra cosa, e insiste:
—Ahora sólo falta que me perdones a mí.
La angustia me puede. Si abro la boca, me voy a echar a llorar como un chimpancé, y Yulia, que lo sabe, al ver que no digo nada me mira con tristeza y finalmente se da la vuelta y se va. Cuando oigo que la puerta del salón se cierra y estoy sola, cojo un cojín, me lo pongo en la boca y lloro como el más feo chimpancé por dos motivos. El primero es de felicidad por haber recuperado a mi niño, y el segundo, de tristeza por mi amor.
Al día siguiente, por la mañana, voy con Mel y los pequeños al parque. Allí, entre risas y lágrimas, le cuento a mi amiga lo hablado con Flyn y las dos lloramos. Estamos sensiblonas.
Por la tarde, tras despedirnos porque ambas nos vamos de viaje ella con toda la familia a Eurodisney y yo a Kazán, cuando llego a casa,Yulia ya está allí. Sale a recibirnos y las niñas corren al ver a su madre. Flyn, que está con ella,camina hacia mí al verme y me abraza. Encantada,acepto su abrazo de oso.
Cuando los abrazos terminan, Yulia me mira a la espera de que haga o diga algo, pero yo simplemente me limito a sonreír y a entrar en la casa. Quiero bañar a las niñas y acostarlas pronto.
Al día siguiente nos vamos a Kazán.
Tras darles de cenar, Pipa se los lleva a la cama y yo decido entrar en el vestidor para meter la ropa en las maletas.
Quiero que mis niñas estén preciosas, y río al pensar en el trajecito de flamenca que mi padre le ha comprado a Hannah en rosa con lunares blancos. Va a estar para comérsela.
Mientras separo la ropa, escucho a mi Alejandro. Sin duda, su música y sus letras son parte de mi vida, y cuando suena A que no me dejas,me dejo caer en la cama y tarareo la canción, mientras siento un pellizquito en el corazón al decir cosas como «a que te enamoro una vez más antes de que llegues a la puerta».
Oh, Dios..., cómo me toca en este momento la letra. Yulia me quiere. Me adora. Ella es quien me arropa, y estoy convencida de que, a día de hoy,como dice la canción, hasta me cuenta las pestañas mientras duermo.
Ni que decir tiene que yo la quiero y la adoro, pero estoy tan enfadada, tan bloqueada por todo lo ocurrido que, sin saber por qué, necesito escapar de su lado y echarlo de menos.
Yulia, la dura Yulia, en las últimas semanas ha vuelto a ser la Yulia que me enamoró. Por supuesto que me doy cuenta de todo, pero hay algo en mí,llamémoslo cabezonería, decepción o vete tú a saber qué, que no me permite dar un paso atrás para volver a intentarlo otra vez.
Pero ¿qué me ocurre?
—Hola.
Yulia irrumpe en la estancia y, mirándola,respondo:
—Hola.
Yulia, mi menuda pelinegra, entra en el vestidor y dice:
—He hablado con el piloto del jet y he quedado con él a las nueve; ¿te parece buena hora?
—¡Perfecta! —asiento—. Cuanto antes salgamos, antes llegaremos.
Yulia se sienta en una de las sillas. A través de mis pestañas, veo que mira el suelo, junta las manos y dice mientras la voz rota de mi Alejandro sigue cantando:
—Siempre nos ha gustado esta canción,¿verdad?
—Sí.
Uf..., el cuello. Ya comienza a arderme.
—Len..., yo...
Me echo a temblar y, antes de que diga nada que haga resquebrajar mi tocado corazón, la miro y replico:
—No, Yulia..., ahora no.
—¿Por qué no me dejas intentarlo? Sabes que te quiero.
—Ahora no, Yulia —repito.
—¿Por qué no me perdonas? ¿Por qué te empeñas en no entender que yo no propicié lo que pasó? —pregunta clavando su dolida mirada en mí—. ¿Acaso ya no me quieres como te quiero yo a ti?
Yulia preguntándome eso y mi Alejandro cantando aquello de «A que no me dejas»;¡voy a explotar!
Si de algo estoy segura en esta vida es de que estoy total y completamente enamorada de Yulia y sé que, si me abraza, si me toca, como dice la canción, todas mis murallas caerán. Pero no, no puedo consentirlo. Estoy dolida, muy dolida por lo ocurrido. Aun así, mirándola, afirmo:
—Claro que te quiero.
—¿Entonces?
—Yulia, cada vez que cierro los ojos, la imagen de Ginebra y tú juntas, besándose, aparece y...no... no me deja...
Yulia me mira..., me mira y me mira, y finalmente, dándose por vencida, asiente.
—Yo no tengo ni un solo instante contigo que quiera olvidar. Cierro los ojos y te siento a mi lado besándome con amor y dulzura. Cierro los ojos y te veo sonreír con nuestra complicidad de siempre, y me desespero cuando los abro, te veo y siento que nada de eso ocurre ya.
Sus palabras me tocan el alma.
Yulia Volkova sabe llegarme, y sé que la cancioncita y su letra le está tocando el corazón como a mí. Cuando voy a responder, se levanta, camina hacia mí y, parándose a escasos milímetros de mi cuerpo, sin tocarme, sin rozarme, murmura:
—Como dice la canción, voy a hacer todo lo posible para que recuerdes nuestro amor y aprendas a olvidar. Necesito que en tu cabeza estemos sólo tú y yo. Sólo tú y yo, mi amor.
Atontada, asiento. Su olor..., su cercanía..., su voz..., su mirada..., sus palabras..., la canción, todo eso unido, para mí, que soy una romanticona empedernida, es una bomba de relojería, me dice lo que tanto necesito escuchar. Sin embargo,clavándome las uñas en las palmas de mis manos,regreso a la realidad y musito:
—No sé si lo conseguirás.
Mi amor levanta la mano, la pasa por el óvalo de mi cara, coge mi barbilla con delicadeza entre sus dedos y, cuando creo que me va a besar, sus ojos y los míos conectan y murmura antes de marcharse:
—Eres mi pequeña, te quiero y lo conseguiré.
Cuando aquella titán pelinegra desaparece de mi lado, me falta hasta el aire, y me lo doy con la mano.
Ofú, ¡que me da..., que me da!
Sin duda, Yulia, la Yulia Volkova que me enamoró, sigue siendo aquella rusa/alemana y, sin saber por qué, sonrío.
Decidido, ¡soy una gilipollas!
A la mañana siguiente, a las ocho y media ya estamos en el hangar. Yulia habla con el piloto y observo que no sonríe. No tiene motivos para sonreír.
Una vez ha estrechado la mano del piloto, la pequeña Yulia corre hacia su madre y ésta lo coge entre sus brazos, lo besa y, caminando hacia mí, la oigo que dice:
—Pórtate bien y no le des mucha guerra a mamá, ¿entendido?
—Vale, mami—oigo que responde la mico.
Acto seguido, Yulia suelta a la pequeñína, que sube al avión con Pipa. Yo, con Hannah dormida en mis brazos, voy a subir también cuando Yulia me para y, clavando sus ojos en los míos, dice:
—Pásalo bien.
—Lo haré —afirmo intentando sonreír.
Siento cómo nuestros corazones chocan al mirarnos y, finalmente ella susurra:
—Te voy a echar de menos.
—Y yo a ti —asiento sin querer ocultárselo.
Nos miramos..., nos miramos..., nos miramos..., hasta que mi sexi esposa susurra:
—Me muero por besarte, pero sé que no he de hacerlo.
—No. No lo hagas.
Pipa sale del avión, me quita a Hannah de los brazos y, cuando se la lleva, Yulia, que no se ha movido de mi lado, insiste:
—Llámame cuando llegues a Kazán.
—De acuerdo —respondo como una idiota.
Dios... ¿Por qué el erotismo de mi esposa puede conmigo?
Vale. Estoy necesitada de sexo y el embarazo no lo está poniendo fácil y, en cuanto subo el primer escalón de la escalerilla del avión, siento las manos de Yulia en mi cintura. Luego me da la vuelta y, acercando la boca a la mía, me besa. El beso dura apenas una fracción de segundo y, tan pronto como nuestras bocas se separan, parpadeo atontada cuando ella apoya la frente en la mía y la oigo decir:
—Lo siento, cariño, lo siento, pero lo necesitaba.
Asiento..., asiento como una imbécil y, sin decir nada, me vuelvo y subo el resto de la escalerilla mientras me siento la abeja Maya cantando aquello de «En un país multicolor...».
Repito: ¡soy gilipollas!
Minutos después, y una vez estamos todos sentados en el avión, observo desde la ventanilla a mi imponente esposa apoyada en su coche con gesto serio y los brazos cruzados sobre el pecho.
Y, sin saber por qué, sonrío mientras las lágrimas corren por mis mejillas.


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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mayo 20, 2017 1:14 am

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¡Viva Rusia! ¡Y viva Kazán!
He llegado a mi tierra y, en cuanto bajo del jet y veo a mi padre esperándome con mi sobrina Irina, sonrío y corro hacia ellos. Necesito su abrazo. Los necesito.
—Mi blanquita ya llegó —murmura mi padre cuando me abraza feliz.
Su abrazo lleno de amor y seguridad me hace sentir bien. Eso es lo que preciso para coger fuerzas.
—Ofú, tita, pero qué delgada estás.
Me separo de mi padre, abrazo a la locatis de mi sobrina Irina, que ya es toda una mujercita, e intentando sonreír, cuchicheo:
—A ver si te crees que sólo tú quieres estar guapa en esta vida.
Irina me abraza hasta que ve a mis niñas y, soltándome, corre hacia ellas. La pequeña Yulia se coge a su cuello. Adora a Irina, mientras Hannah, en los brazos de Pipa, los mira.
Minutos después, cuando todos estamos en el coche de mi padre, sacó el móvil y escribo:
Ya estamos en Kazán.
No pasan dos segundos cuando Yulia responde:
Te quiero y te echo de menos.
Leer eso me emociona, y mi padre, al ver que me limpio las lágrimas, me mira y pregunta:
—¿Qué te ocurre, blanquita?
Tragándome las lágrimas, sonrío, me guardo el móvil y, tras ponerme las gafas de sol, respondo:
—Nada, papá. Sólo que estoy feliz por estar contigo.
Mi padre asiente, y yo comienzo a cantar la canción del ¡tallarín! Todos la terminamos cantando.
Al llegar a casa de mi padre, allí está mi hermana con su maravilloso marido y los pequeñines y, al verme, corre a abrazarme. Cuando me suelta, murmura:
—Pero, cuchu..., qué seca te estás quedando.Pero si sólo tienes tetas.
Vale, mi hermana y sus desafortunados comentarios.
La miro. Ella también mira y, sonriendo, dice:
—Bueno, pensándolo mejor, así los vestidos te quedarán de lujo, porque últimamente te habías puesto un poco ceporrita.
Sonrío. Anya y sus rápidas conclusiones.
Mi cuñado, el grandote mexicano, me mira y, abriendo sus brazos, murmura:
—Pero qué linda te ves, cuñada.
Encantada, lo abrazo y sonrío. Necesito eso.
Mimos y positividad, a pesar de que sé que mi cara no es lo que fue en otros momentos.
Mi padre, como siempre, se afana en darnos lo mejor, y a la hora de comer la mesa parece la mesa de un convite de boda. No falta de nada. Sin embargo, cuando veo el jamón, ese que tanto me gusta y que mi padre compra para mí, se me contrae la boca del estómago.
No me jorobes... No me jorobes que ahora, con el embarazo, me va a dar asco lo que más me gusta.
Miro el jamón con decisión. No voy a permitir lo que mi estómago me dice y, tras coger un cachito, me lo como y mi padre, que pasa por mi lado, dice:
—Ya sabía yo que te ibas a lanzar al jamón.
El trozo me sabe raro..., raro, y mi hermana,que está a mi lado, al ver mi gesto pregunta:
—¿Qué te ocurre?
—¿No huele mucho, el jamón?
Anya suelta una risotada y, metiéndose un cachito en la boca, responde:
—Anda, mi madre, ¿y a qué quieres que huela?, ¿a calamares?
Lo que acabo de decir es una auténtica tontería, y me río. Sólo espero que mi hermana no le dé vueltas a eso del olor.
Tras la comida, y el cafetito, al que se nos unen el Lucena y el Bicharrón, cuando los niños se echan la siesta, decido acercarme a Villa Blanquita, la casita que Yulia y yo tenemos en Kazán.
Mi hermana me acompaña hasta el garaje y,acercándose a una de las motos que tiene allí mi padre, dice:
—Venga, te acompaño.
Miro la moto. Tengo el estómago algo revuelto por el jamón y, señalando el coche, respondo:
—Pensaba ir en el coche de papá.
Anya levanta las cejas. Creo que es la primera vez que digo que no a subirme en una moto y, dándome cuenta rápidamente, afirmo:
—Venga, va, vamos en la moto.
Cuando voy a coger los cascos rojos de la estantería, mi padre entra en el garaje.
—No cojan la moto. Se la llevó el otro día el sobrino del Bicharrón y lo dejó tirado. Mejor llévense el coche.
¡Salvada por mi padre!
Estoy por comérmelo a besos por lo que ha dicho cuando Anya, sonriendo, coge las llaves del coche, me las lanza y dice:
—Conduces tú.
Asiento, nos despedimos de mi padre y,encantadas, nos montamos en el coche. En el corto trayecto vamos hablando de mil cosas, pero cuando estamos delante de la puerta, el estómago se me encoge de nuevo.
Estoy frente a la casa que Yulia compró para mí. Leo el cartel: «Villa Blanquita», y sonrío. Yulia y sus locos detalles. Sin decir lo que pienso, le doy al mando a distancia. El portón de forja comienza a abrirse y Anya pregunta en su faceta de cotilla universal:
—¿Por qué no ha venido Yulia?
Mientras observo el precioso y cuidado jardín que ante mí aparece, entro con el coche y respondo:
—Se ha quedado con Flyn. Tenía exámenes.
Paro el vehículo y, cuando me bajo de él, mi hermana, que se baja también, cuchichea:
—Espero que le vayan bien.
Asiento. Yo también lo espero pero, la verdad,lo tiene difícil. Ha echado todo el curso a perder por su mal de amores, y seguro que tendrá que repetir. Creo que Yulia y yo ya contamos con eso.
Con seguridad, llego hasta la puerta de la casa y, tras sacar las llaves del bolsillo delantero de mi pantalón, abro la puerta blindada y la luz de los ventanales me inunda.
—Anoche pasamos Juan Alberto y yo para comprobar que estuviera todo bien, y esta mañana papá ha venido para airear la casa. Se imaginó que vendrías a echarle un ojo y quería que la vieras llena de luz —explica Anya. Luego, asomándose a una de las ventanas, murmura—: Uisss...
Ese «Uisss» llama mi atención y, asomándome a mi vez, veo sobre la hamaca de la piscina un par de vasos medio vacíos. Ver aquello me provoca risa y, mirando a mi hermana con una sonrisa, pregunto:
—Vaya..., vaya..., no me digas que tu cucuruchillo y tú han estado utilizando mi casa como polvera. ¡Serás zorrón!
Anya abre la boca, se coloca un mechón de pelo tras la oreja y, alejándose de mí, resopla:
—Desde luego, cuchu..., mira que eres.
Bajamos juntas a la piscina y, tras coger los vasos, ella los huele y dice:
—Esto es coñac, y esto otro..., pacharán. ¿Quién bebe pacharán?
Divertida, me encojo de hombros y la veo que desaparece de mi vista.
Sin ganas de seguir pensando en quién bebe pacharán, me meto de nuevo en la casa y miro a mi alrededor.
Ese lugar está impregnado de Yulia por todas partes. Nuestra historia en cierto modo comenzó en esa bonita casa y, acercándome a la chimenea,cojo una foto en la que estamos Yulia y yo sonriendo en nuestra luna de miel y murmuro:
—Qué bien lo pasamos aquí.
Emocionada, dejo la foto y observo otras que hay al lado. Sonrío al ver a Hannah y a la pequeña Yulia divertidas con mi esposa en la playa, otra de Flyn con mi padre u otra en la que estamos Yulia y yo bailando acarameladas en una fiesta.
Recuerdos..., recuerdos..., todo allí son bonitos recuerdos.
Alejándome de la chimenea, me dirijo hacia nuestra habitación, y al entrar, Yulia vuelve a estar allí. Cierro los ojos y soy capaz de verla corriendo detrás de mí por la estancia o riendo cuando en nuestro primer cumplemés le llevé una tarta y ésta acabó bajo mi trasero.
Mis ojos se llenan de lágrimas, pero tan pronto como oigo que mi hermana se acerca, me las limpio y rápidamente salgo al jardín. Es mejor que me vaya de allí.
Por la noche, cuando terminamos de cenar,Pipa se lleva a las niñas e Irina se marcha con sus amigos; mi cuñado, que es un bendito y más bueno que el pan, nos mira y dice con su habitual buen humor:
—¡Tengo una sorpresa para ustedes tres!
Mi padre, mi hermana y yo lo miramos, y él,sacándose unos papeles del bolsillo, dice:
—He comprado entradas para ver a Alejandro Fernández en concierto, el 12 en Samara.
—¡Te como con tomate! —grita mi hermana.
A Anya le encanta ese maravilloso cantante,y yo sonrío; tiene canciones preciosas. Mi padre,que no sabe de quién hablamos, se encoge de hombros y pregunta:
—¿Yo también iré?
Mi cuñado, que está sentado junto a él, lo mira y dice con guasa:
—Por supuesto que sí. Iremos los cuatro. Ya he hablado con la Pachuca y con Irina y ellas dos, junto con Pipa, se quedarán con los niños. Venga,¡será divertido!
Todos reímos. Sin duda, el mexicano lo tiene todo controlado.
El 10 de mayo comienza la feria de mi Kazán, y la disfruto como una niña.
Reencontrarme con algunos de mis viejos amigos, ya todos con niños, es como poco divertido. La pequeña Yulia es un terremoto, y Hannah está preciosa con su trajecito de Tatarstan.
Durante el día las niñas nos acompañan, pero por la noche mi padre y Pipa se las llevan y yo me divierto con mi antigua pandilla, no puedo parar de reír. En un momento dado, nos encontramos con la Pachuca en una de las casetas y mi hermana me hace señas para que vea que aquélla está tomando pacharán.
Vale. Lo admito.
Mi padre tiene algo con la Pachuca. No me ha dicho nada. Pero, oye, ¿quién soy yo para meterme en ello?
Mis amigos me presentan a otros amigos y rápidamente me doy cuenta de que hay uno llamado Gonzalo que no me quita ojo y, la verdad,está muy bien.
Vestida con mi traje negro y rojo de tatarstan,bailo tartaro como llevo tiempo sin hacer y,cuando nos cansamos de esa juerga, nos vamos a tomar algo a un bareto ajeno a la feria y saltamos como descosidos cuando le pedimos al pincha que nos ponga Satisfaction de los Rolling Stones.
Agotada, regreso a la barra y entonces siento que detrás de mí hay alguien. El vello del cuerpo se me eriza; ¿y si es Yulia? Pero al volverme me encuentro con los ojos verdes de Gonzalo, el amigo de un amigo que, con una sonrisa, pregunta:
—¿Por qué les gusta tanto esta vieja canción?
Divertida, le cuento que ese tema de los Rolling Stones nos ha acompañado todos nuestros veranos y, cuando siento que me mira con interés,me pongo en alerta pero no me separo. No sé qué estoy haciendo, sólo sé que sigo furiosa con Yulia,y quizá hacer una maldad sea la única manera de que la furia se me pase.
Mis amigos poco a poco se van marchando,hasta que sólo quedamos Gonzalo, mi cuñado, que lleva un pedito considerable tras tanto fino, mi hermana y yo. Anya, al verme tanto tiempo hablando con Gonzalo, cuando ve que éste va al baño, se acerca a mí y cuchichea con disimulo:
—Mira, cuchu, sé que no estás haciendo nada malo, pero también sé que...
—Venga, va, Anya, ¿sermones ahora? —protesto.
Como siempre he dicho, mi hermana de tonta no tiene un pelo, pero mis palabras la enfadan, y susurra:
—De acuerdo, guapita. Tú sabrás lo que haces.Me llevo a mi cucuruchillo a casa porque, tras tanto finito, ya no sabe si vuela o levita. ¿Te vienes?
Valoro la posibilidad de irme. Tengo el cuerpo algo revuelto pero, sin ganas de aguantar el sermón que seguramente me va a dar la plasta de mi hermana en el coche por cómo estoy flirteando con aquél, respondo:
—Marchense. Me quedaré un poco más.
—Elena, si Yulia se entera de...
—¿De qué se va a enterar Yulia? —pregunto molesta.
Mi contestación en ese instante debe de decirle que algo no va bien. Mi hermana sabe que adoro a Yulia, y finalmente replica:
—Elena..., ten cuidado con lo que haces. No seas loca.
Y, sin más, se da la vuelta, coge a mi cuñado de la mano y se van.
Gonzalo, que en ese instante regresa del baño,me mira al verlos salir y, con un gesto que enseguida entiendo, pregunta:
—¿Nos hemos quedado solos?
Asiento y, dándole un trago a mi coca-cola,sonrío cual mujer fatal:
—Sí. Solos, tú y yo.
Él asiente. Yo sonrío otra vez y él murmura a continuación:
—¿Qué tal si nos vamos también?
—¿Y adónde quieres ir?
Gonzalo, que debe de tener más o menos la edad de mi esposa, acercándose esta vez un poco más a mí, responde:
—¿Qué tal si vienes a mi hotel y tomamos allí la última?
Dudo. Dudo qué hacer. Lo que me propone es algo que no debería aceptar. Algo inaceptable.
Amo a Yulia. Quiero a Yulia, pero tengo tanta sed de venganza por lo ocurrido, que afirmo:
—Vamos. No iremos a tu hotel, pero sé adónde ir.
Nos montamos en su coche. Tiene un bonito Mazda rojo y, guiándolo, lo llevo hasta un sitio que conozco a las afueras de Kazán. Cuando llegamos al lugar, Gonzalo para el coche, me mira y, cuando veo que comienza a acercarse a mí, abro la puerta y bajo. Él sale por la otra puerta y camina hacia mí. Sin hablar, se acerca hasta donde estoy y, en décimas de segundo, me arrincona contra el coche y me besa. Mete la lengua en mi boca, y yo, cerrando los ojos, le permito que la asole, mientras siento cómo sus manos recorren mi cuerpo por encima de mi vestido de Tatar.
El beso dura varios segundos, estoy bloqueada, hasta que de pronto Gonzalo aprieta su dura y latente virilidad contra mi cuerpo para hacerme ver su creciente deseo y soy consciente de lo que va a pasar si no lo paro.
Dios mío..., ¿qué estoy haciendo?
Ni él ni yo somos unos niños. No nos andamos con rodeos ni chiquilladas ante el sexo, y soy consciente de lo que estoy permitiendo en mis plenas facultades. Pienso en Yulia. Pienso en mi amor y en sus palabras el día que me dijo aquello de que, cuando ocurrió lo de Ginebra, ella no era dueña de sus actos.
De pronto soy capaz de ver con claridad que lo que ocurrió fue algo que no buscó, que no propició como lo estoy haciendo yo ahora. Yo sí soy dueña de mis actos. ¡Soy un zorrón! Y, entonces, de un empujón me quito de encima a Gonzalo y, mirándolo, murmuro:
—Lo... lo siento, pero no puedo.
Él me mira. Yo me pongo alerta por si tengo que soltarle dos guantazos y, sorprendiéndome, sin acercarse a mí pregunta:
—¿Y para qué me has traído aquí?
Tiene razón. ¡Soy un zorrón! ¡Soy lo peor!
Lo que acabo de hacer es el mayor error de mi vida.
Pero ¿qué narices hago allí besando a ese hombre?
Mi cara debe de ser de total desconcierto, lo sé por su expresión cuando me mira, así que, cogiendo aire, digo:
—Gonzalo, lo siento. Es todo culpa mía. No estoy pasando un buen momento con mi esposa y...
—Y quisiste vengarte conmigo, ¿verdad?
Oírlo decir eso me hace darme cuenta de lo sumamente gilipollas que soy, y asiento murmurando:
—Lo siento de verdad.
Durante unos segundos, ambos permanecemos callados, hasta que aquél rodea el coche y dice:
—Sube, que te llevo a tu casa.
Sin dudarlo, lo hago mientras me siento fatal.
En silencio regresamos a Kazán y le indico dónde vivo. Ninguno habla y, cuando para delante de la casa de mi padre, lo miro.
—De verdad, lo siento. Siento que...
—No te preocupes —me corta—. Tus razones tendrás para hacer lo que has hecho, pero ten cuidado, quizá la próxima vez te topes con un tío que no sepa parar y respetarte como he hecho yo.
Asiento. Tiene más razón que un santo. Luego sonríe y me dice:
—Venga. Ve a descansar y olvida lo ocurrido.Mañana nos veremos en la feria.
Sin acercarme a él para besarlo en la mejilla,sonrío a mi vez. Abro la puerta del coche y me bajo. Cuando cierro, Gonzalo acelera su coche y se va.
Desmoralizada por lo idiota que soy, cuando camino hacia la puerta de mi padre lo encuentro esperándome allí. Veo que observa el coche que se aleja y, mirándome, dice:
—Me tenías intranquilo. Cuando he visto a tu hermana regresar con el mexicano a rastras y no te he visto a ti, me alarmé.
Entramos en casa, me siento junto a él a la mesa del comedor y, al ver su gesto preocupado, respondo:
—Tranquilo, papá, sé cuidarme.
Mi padre asiente, se rasca la coronilla y, mirándome, por fin pregunta:
—¿Qué te ocurre, blanquita?
Al oír eso, sin que yo pueda evitarlo, mis ojos se llenan de lágrimas. ¡Me ocurre de todo! Pero, tragándomelas, intento sonreír, me levanto, le doy un beso en la mejilla y respondo:
—Nada, papá. Sólo que estoy cansada.
Y, sin mirar atrás, desaparezco del salón. Paso a ver a mis niñas y veo que están dormidas como angelitos. Cuando me dirijo a mi habitación, me desvío a la de mi hermana y, entrando en la oscuridad, me acerco hasta ella, le doy unos toquecitos en el hombro y murmuro:
—Anya..., Anya.
Mi hermana rápidamente abre los ojos y,llevándose la mano al corazón, susurra:
—Ay, leches, cuchu, ¡qué susto me has dado!
Acto seguido, comienzo a llorar. Me desmorono.
¿Cómo puedo ser tan cabrona?
¿Cómo puedo haberle hecho eso a Yulia?
Mi hermana se asusta y, sentándome en la cama junto a ella, me consuela, mientras oímos a mi cuñado roncar como un bendito. En décimas de segundo le cuento a Anya que Yulia y yo estamos mal, lo de mi embarazo y la tontería que acabo de hacer esa noche con Gonzalo. Omito el motivo de nuestro problema. Si Anya se entera del porqué,no sé cómo puede reaccionar. Vale que asumió en México lo que vio, pero contarle la verdad sé que la va a descuadrar.
Ella me escucha, me abraza, me da aire con la mano cuando ve que me acaloro por los lloros, me retira la mano del cuello para que no me lo rasque cuando se me llena de ronchones y, en el momento en que mi estómago me avisa de que voy a vomitar, corre conmigo al baño y sujeta mi cabeza mientras de mi cuerpo sale de todo, excepto mi pena.
—¿Qué ocurre?
La voz de mi padre nos alerta y, al volverme,lo veo en la puerta del baño mirándonos. Siento que lo estoy decepcionando también a él, y mi hermana se apresura a contestar:
—Tranquilo, papá. Tu blanquita sólo ha bebido de más.
Mi padre no dice nada. Me mira, sacude la cabeza y se va, y yo me alegro porque Anya me guarde los secretos y mi padre claudique y no pregunte más.
Pocos segundos después, de nuevo aparece mi padre en el baño y, entregándole a mi hermana una manzanilla, dice:
—Que se la tome. Esto le templará el cuerpo.
Su gesto serio me rompe el corazón. Sé que intuye que me pasa algo con Yulia, pero yo no puedo contarle qué es, y me echo a llorar de nuevo otra vez. Anya suelta la manzanilla y, sentadas en el suelo del baño de la casa que adoro, me abraza.
Cuando me tranquilizo, juntas vamos a mi habitación, donde durante horas y entre susurros hablamos. Anya rápidamente saca sus conclusiones y cree que estamos así porque Yulia ha elegido el trabajo antes que a mí.
Con mimo y paciencia, mi hermana, la gran dramática de la casa, sabe relajarme y hacerme sonreír. No reír con Anya y las cosas que dice es imposible; pero entonces cuchichea:
—Elena, tienes que decirle lo del embarazo a Yulia.
Asiento. Tiene razón. Me siento fatal por mil cosas, y afirmo:
—Lo haré. Pero también tengo que contarle la cagada que acabo de hacer con Gonzalo.
—¿Estás loca? ¿De qué va a servir contarle que te has besado con él?
Sé que tiene razón. Contarle eso sólo va a servir para liar más las cosas, pero yo no puedo mentirle a Yulia. A Yulia, no.
—Servirá para sentirme bien conmigo misma—afirmo—. No puedo ocultarle algo así.
Mi hermana menea la cabeza y suspira.
—Tienes razón, cuchu..., ante todo, sinceridad.
Suspiro yo también. Si he hecho algo mal,tengo que ser adulta y asumir mi error. Un gran error que quizá pague muy... muy caro.
Tras esas últimas palabras, las dos nos recostamos en mi cama y nos quedamos dormidas cogidas de la mano.
Al día siguiente, cuando me despierto, estoy hecha unos zorros. Para dejarme descansar, mi hermana se ha llevado a todos los niños de paseo con mi cuñado.
Cuando me levanto, la casa está en silencio.
Mi padre tampoco está, y decido ducharme. Una ducha siempre sienta bien.
Por la tarde, animada por mi hermana, vuelvo a ponerme otro de mis trajes de tatarstan. En esta ocasión, el azul y amarillo, y nos vamos a la feria.
Es lo mejor que puedo hacer. Allí me encuentro con Gonzalo y los amigos, aunque esta vez Gonzalo se mantiene al margen. Hablamos, nos divertimos, pero no vuelve a ponerme un dedo encima ni a insinuarse. Se lo agradezco en el alma.
El lunes por la mañana aparece Fernando en mi casa. Cuando nos vemos, nos abrazamos.
Fernando y yo nos queremos mucho, a pesar de lo que sucedió entre nosotros en el pasado, y a pesar de lo que le costó aceptar mi relación con Yulia.
Encantado, me presenta a su mujer y les doy la enhorabuena al ver el tripote tan enorme que tiene la pobre. Está de siete meses y, cuando veo aquella enorme barriga, suspiro. Dentro de unos meses, yo estaré así también.
Fernando bromea con mis pequeñas y, cuando éstas se marchan corriendo tras mi padre y su mujer se aleja, me pregunta:
—¿Y Yulia?
Con la mejor de mis sonrisas, rápidamente respondo:
—Se ha quedado en Múnich. Está a tope de trabajo.
Fernando me mira y yo levanto las cejas cuando dice:
—Dale recuerdos de mi parte. Tu esposa es una gran tipa.
Asiento y no pierdo la sonrisa. Sin lugar a dudas, mi esposa lo es.
Esa tarde recibo varios wasaps desde Eurodisney y sonrío al ver a Mel y a Björn junto a Sami y Peter rodeados por la princesa Bella,Mickey Mouse y Pluto. Su felicidad me hace feliz.
El martes, tras dejar a la Pachuca, a Pipa y a Irina mil teléfonos por si tienen que avisarnos, mi padre, mi hermana, mi cuñado y yo nos montamos en el coche y nos vamos a Samara al concierto de Alejandro Fernández.
Tras aparcar el coche, los cuatro nos dirigimos al Estadio Olímpico. Mi padre, que no suele acudir a ese tipo de eventos, está alucinado. Nunca ha visto a tanta gente junta.
Cuando comienza el concierto, mi hermana y yo nos ponemos a cantar como descosidas.
Reímos, gritamos, cantamos, saltamos, aplaudimos y lo pasamos bien. Muy bien.
En mitad del concierto, Alejandro Fernández empieza a hablar de una bonita canción en la que ha colaborado y me quedo sin palabras cuando, instantes después, veo salir al escenario a mi Alejandro.
—¡Ay, cuchufleta! —grita mi hermana—. ¡Pero si es tu amado Alejandro Sanz!
Emocionada, aplaudo.
Eso sí que es una gran sorpresa para mí y para todos los asistentes, que aplauden enloquecidos.
Cuando comienza a sonar la canción A que no me dejas,el cuerpo se me revoluciona como una lavadora, pero la canto a pleno pulmón sumergiéndome en mi propia burbujita de sentimientos encontrados.
Sin embargo, mientras canto, mis ojos se llenan de lágrimas..., no, ¡de lagrimones! Soy como las cataratas del Niágara desbordadas mientras la letra de ese magnífico tema me pega directa en el alma y en mi despedazado corazón.
Como dice la letra, soy consciente de que no puedo dejar a Yulia. Plantearme la existencia sin ella es doloroso, inconcebible e imposible. Mi vida sin ella no sería vida y, lo mejor, sé que a ella le pasa lo mismo. Estamos irremediablemente enganchadas la una a la otra a través de un loco amor.
Ella, Yulia Volkova, es el amor de mi vida.
Quiero que sea ella quien me acaricie cada mañana, el que me cuente las pestañas, la que me arrope cuando duermo y, por supuesto, la que me bese el alma y el corazón. Navegar contra corriente, en mi caso, es imposible. Amo a Yulia.
La adoro por encima de todo y, para volver a ser consciente de ello, he tenido que hacer la mayor tontería del mundo. He tenido que fallarle a propósito con Gonzalo.
Pero ¿cómo soy tan idiota?
¿Por qué? ¿Por qué he tenido que fallarle yo para ver la realidad?
Cuando la canción acaba y mi Alejandro abandona el escenario entre miles de aplausos, miro a mi padre con los ojos llenos de lágrimas y, al ver su cara de alucine total, sin saber por qué comienzo a reír. Lloro y río. Río y lloro. No hay quien me entienda, y mi padre, abrazándome, murmura en mi oído:
—Cuando quieras, puedes contarme lo que te pasa, blanquita.
Asiento. Sin duda, mi padre necesita una explicación, y sé que tengo que dársela. Mi comportamiento es como poco para pensar que estoy como un cencerro y, aunque es cierto, no lo es del modo que mi padre podría pensar.
El concierto continúa y lo paso bien, a pesar de que mi pena no puede ser más grande.
Alejandro Fernández, tras cantar varios de sus grandes éxitos, se cambia de ropa y aparece vestido de mariachi junto a otros en el escenario.
Mi cuñado, como buen mexicano, silva mientras grita:
—¡Viva México!
Mi hermana, mi padre y yo sonreímos. Sin duda, dependiendo dónde estés, la música te llega más o menos al corazón, y a él el hecho de estar en Rusia y escuchar música de su tierra le está calando hondo.
Durante un rato, mi cuñado se desgañita cantando rancheras y canciones mexicanas y,cuando Alejandro Fernández comienza a cantar con su vozarrón aquello de «Si Dios me quita la vida antes que a ti»,mi hermana y yo nos miramos. Oh..., oh...
Clavamos los ojos en mi padre y, al ver su gesto emocionado mientras tararea esa canción,que mi madre adoraba y que él se sabe al dedillo,no podemos remediarlo y nos emocionamos con él.
Anya y yo agarramos a mi padre y los tres cantamos mientras sentimos a mamá a nuestro lado cantando con nosotros.
Emocionada por lo que mi padre puede estar sintiendo mientras canta con los ojos encharcados en lágrimas, sollozo. Sólo pienso que, si Dios me quitara a Yulia, yo me moriría, me moriría para irme tras ella.
Mi cuñado, al vernos tan emocionados, sonríe y grita para que lo oigamos por encima de la música:
—¡Qué chingón canta ese cabrón!
Sus palabras nos hacen reír a los tres y nos sacan de nuestra pena. Mi cuñado es mexicano..., pero mi hermana, soltando a mi padre, protesta:
—Cucuruchillo, no seas tan malhablado.
Juan Alberto le guiña un ojo a mi padre, abraza a mi hermana y prosigue cantándole aquella maravillosa canción mientras mi Anya se lo come con tomate, con ensalada, con aceitunas y con todo lo que ella quiera.
Por Dios, ¡cómo canta Alejandro Fernández, y qué maravillosa es la canción!
Ver a mi hermana y a su marido tan... tan... tan enamorados me hace reír. Es increíble cómo nos puede llegar y manejar la letra de una canción, y tengo bien claro que, si Yulia apareciera en este instante, me lanzaría a sus brazos y me la comería a besos para no separarme nunca de ella.
Tras dos horas y diez de concierto, el espectáculo termina y los cuatro salimos felices y encantados. Esa noche, cuando llegamos a Kazán,lo primero que hago al entrar es ir a ver a mis niñas. Yulia y Hannah duermen dulcemente, y los beso. Los beso por mí y por su madre.

62


El miércoles, en Múnich, Yulia estaba sentada en la silla de su despacho mirando al infinito.
Sin decir nada a nadie, había hecho un viaje relámpago a Chicago y acababa de regresar.
Allí, se había encontrado con algo que no esperaba: Ginebra estaba hospitalizada, puesto que su dura enfermedad había dado por fin la cara.
Pero Yulia, que no tuvo ni un ápice de piedad por el hundido Félix, se lo llevó aparte y le soltó con dureza todo lo que tenía que decirle. Éste no habló, sólo asintió y, cuando Yulia terminó, sin esperar a que aquél abriera la boca y demostrándoles el odio que les tenía, dio media vuelta y se marchó.
Agotada, la rusa/alemana intentaba olvidarse ahora de sus problemas y centrarse en el trabajo. Pero era imposible, sólo podía pensar en Elena. En la mujer a la que adoraba y que no la estaba esperando en casa.
Vestida con su imponente traje gris y una camisa blanca, giró su silla para mirar la calle a través del ventanal, mientras en su cabeza sólo había espacio para una persona: su pequeña Len.
Antes de su viaje a Chicago, cada tarde,cuando llegaba a su hogar tras trabajar más horas de las que debía y veía a Susto, una sonrisa le iluminaba el rostro. Aquel animal era el orgullo de su pequeña y, con cariño, lo mimaba todo cuanto podía ahora que ella no estaba, e incluso lo metía en la cocina para darle jamón de York, o en el salón para que le hiciera compañía.
Desde que se marchó Elena, cuando por las noches Flyn se iba a dormir y Simona y Norbert se retiraban, Yulia paseaba por la casa buscando algo que no estaba allí. Era increíble lo vacía que estaba sin ella.
Salía al garaje y, sentándose con una cerveza en la mano junto a Susto y Calamar, observaba con detenimiento la moto de Lena e,irremediablemente, sonreía al imaginarla con la cara llena de grasa o saltando como una loca.
En cuanto entraba en casa, los recuerdos la mataban. Cuando había llegado allí, Elena la había transformado por completo. Antes era una casa gris y aburrida como ella, y ella, sólo ella, la había llenado de risas, luz y color.
Lena le había enseñado a confiar en las personas, a dar segundas oportunidades y a escuchar a los demás. Ella era todo. Ella era su vida.
Aquella tarde, mientras observaba la calle sentada en el sillón de su despacho, Yulia miró el reloj. Eran las ocho, pero no tenía ningún aliciente para regresar a casa. Entonces, su teléfono móvil sonó y, al ver que se trataba de Björn, contestó con una sonrisa:
—¿Qué pasa, tío?
Desde Eurodisney, mientras Mel duchaba a Sami y Peter jugaba a la GameBoy en la habitación del hotel, Björn preguntó:
—¿Cómo lo llevas?
Yulia suspiró y murmuró:
—Bien..., bien...
—Bien jodido, ¿no? —insistió aquél.
Yulia sonrió. La preocupación de su amigo por ella era increíble y, haciéndole saber que estaba bien, bromeó:
—Tranquilo. De verdad que estoy bien.
—¿Qué tal en Chicago?
Necesitada de hablar con alguien, Yulia se sinceró con su buen amigo y, cuando terminó, sin ganas de seguir metiendo el dedo en la herida,Björn preguntó:
—¿Dónde estás?
Yulia miró a su alrededor. Pensó mentir, pero ¿para qué? Y, observando unos papeles que tenía sobre la mesa, respondió:
—En la oficina.
Rápidamente, Björn se miró el reloj y gruñó:
—¿Y qué narices haces todavía en la oficina?
—Yulia resopló y Björn añadió—: Vamos a ver, no me cabrees, que estoy de luna de miel y...
—Eh... ¡Relájate! ¡No seas pesadito!
El abogado, al oír eso, sonrió: esa frase era de Elena, y entonces oyó que su amigo añadía:
—Ya hasta hablo como ella.
Su voz desesperada le hizo saber lo mal que estaba e, intentando hacerle olvidar sus problemas al menos durante varios minutos, Björn comenzó a contarle cosas divertidas de Sami en Eurodisney.
Yulia lo escuchó. Saber de todos ellos al menos la hacía sonreír; pero entonces dijo:
—Te dejo, Björn. Besa a Mel y a los niños de mi parte.
Y, sin más, colgó dejando a su amigo descolocado al otro lado del teléfono.
Una vez Yulia soltó su móvil, estaba tocándose el cuello cuando de pronto el teléfono volvió a sonar y, al ver que era el padre de Elena, contestó extrañado:
—Hola, Sergey; ¿pasa algo con Lena o las niñas?
Sergey, que había esperado a que sus hijas se fueran con los niños a la feria, respondió sentado en un sillón de su comedor:
—Tranquila, Yulia. Elena y las niñas están bien.
Su respuesta hizo que la rusa volviera a respirar y, acomodándose en su sillón de cuero,preguntó:
—¿Lo están pasando bien en la feria?
—Sí, muchacha. Increíblemente bien, aunque creo que mi hija lo pasaría mejor si tú estuvieras aquí.
Al oír eso, Yulia se incorporó en su asiento,cuando aquél prosiguió:
—No sé qué ha pasado entre ustedes, pero sé que algo atormenta a mi blanquita y no me gusta verla así.
Yulia, tocándose su pelo negro, cerró los ojos y murmuró:
—Sergey, escucha, yo...
—Yulia, no —lo cortó su suegro—. No llamo para que me cuentes qué ha ocurrido entre ustedes. Sólo llamo para decirte que, si la quieres, debes hacérselo saber. Sé que mi blanquita puede llegar a ser irritante y con seguridad te sacará de tus casillas, pero ella...
—Ella es lo mejor que tengo, Sergey. Lo mejor.
A Sergey le gustó oír eso.
—¿Y qué haces que no estás aquí, muchacha?—preguntó entonces.
Yulia suspiró, sacudió la cabeza y respondió:
—Ella no quiere verme, y no se lo reprocho.Me lo merezco por..., como diría ella, por gilipollas.
Sergey sonrió y, dispuesto a que su hija fuera feliz, dijo echando un poquito de leña al fuego:
—Yo que tú, me movería antes de que otro más listo la haga sonreír.
Oír eso fue el revulsivo que Yulia necesitaba y,cuadrándose en su silla, murmuró:
—¿Qué estás intentando decir, Sergey?
Con una sonrisa de experiencia y sabiduría,éste, tras dar un trago a su cervecita, respondió:
—Yo no digo nada. Pero mi blanquita es una muchacha muy bonita y salada y, si la ven sola en la feria..., ya sabes, bailecito por aquí, rebujito por allá y...
—Mañana estaré allí —sentenció Yulia.
Sergey asintió y, antes de colgar el teléfono,musitó:
—No esperaba menos de ti, muchacha, y, por cierto, esta llamada nunca se ha producido, ¿de acuerdo?
Yulia sonrió y replicó con complicidad:
—¿Qué llamada, Sergey?
Cuando la comunicación se cortó, Yulia respiraba con dificultad. Imaginar a Elena con otro hombre o mujer le resultaba inconcebible. Miró la foto que tenía en la mesa de ella y murmuró:
—No puedes haberme olvidado, corazón.
Al decir eso, sonrió sin saber por qué. Esas palabras sólo podía haberlas aprendido del amor de su vida, de su pequeña. Y, dispuesta a recuperarla, cogió el teléfono y, tras marcar, dijo:
—Frank, mañana después de comer volamos a Kazán.
Esa noche, cuando llegó a casa, fue a ver a Flyn a su habitación. El chico miró a su madre y sonrió cuando lo oyó decir:
—Mañana avisa en el colegio de que el viernes no vas. Nos vamos a Kazán.
—¡Guay, mami! —aplaudió el crío.
En Kazán, esa noche Elena se divertía con sus amigos. Sin embargo, sobre las diez, se sintió cansada y regresó con las niñas y Pipa a casa.
Tanto baile y tanta juerga agotaban a cualquiera, y más a ella, que estaba embarazada.
Tras acostar a las niñas, que llegaron reventadas, Elena se quitó su vestido de tartara y, al mirar por la ventana, vio a su padre sentado en el balancín del jardín, junto a las preciosas flores de hibisco que había plantado su madre muchos años atrás.
Después de ponerse ropa cómoda, pasó por la cocina, cogió una coca-cola de la nevera y, saliendo al jardín, sonrió al ver que su padre la miraba.
Al acercarse a él, cuchicheó divertida al comprobar que éste estaba escuchando música:
—Vaya, papá. No sabía yo que utilizaras el regalo que te hice para Navidad. —Y, al oír quién cantaba, rio—. Alejandro Fernández, vaya...,vaya..., veo que te gustó el concierto de ayer.
Sergey sonrió y, haciéndole hueco a su hija en el balancín, preguntó:
—¿Qué tal en la feria?
—Bien. Como siempre, genial.
—¿Y tu hermana?
Tras dar un trago a su lata de coca-cola, Elena respondió:
—Se ha quedado con Juan Alberto y los niños en la feria.
—Y tú, que eres la fiestera más fiestera de todas, ¿qué haces en casa tan pronto?
—Yulia y Hannah estaban cansadas, y prefiero guardar fuerzas para el fin de semana.
Sergey asintió y, mirando a su hija, añadió:
—¿No me vas a contar lo que te pasa con Yulia?
Al oír eso, Elena puso los ojos en blanco y,cuando se disponía a decirle de nuevo que no le ocurría nada, vio cómo la miraba él y finalmente respondió:
—No es grave, papá. Es sólo una discusión.
El hombre asintió y, tras dar un traguito de su copa de coñac, apoyó la cabeza en el balancín y murmuró:
—Estoy convencido de que a Yulia no le gustaría saber que la otra noche te trajo en coche un hombre en vez de regresar con tu hermana.
—Papá, no me seas antiguo. No ocurrió nada—protestó ella al oírlo y sentirse culpable.
—¿Sabes, blanquita? Tu madre y yo discutíamos todos los días. Había momentos en que me sacaba tanto de mis casillas que... ¡Ofú, qué cabezota era! —Sonrió—. Y, cuando no era ella, era yo. Nuestros temperamentos chocaban continuamente. Imagínate a unos rusos. —Ambos sonrieron por aquello y luego él susurró—: Pero daría lo que fuera porque ella siguiera a mi lado con su cabezonería y sus desplantes.
—Papá...
—Escucha, cariño, la vida en pareja se compone de malos y buenos momentos. Si los momentos malos son tan terribles que eres incapaz de salvarlos, lo mejor es cortar por lo sano y dejar de sufrir por mucho que te cueste; pero si nada es realmente tan terrible, mi consejo es que no desaproveches ni un solo día de tu vida porque,por desgracia, nuestro tiempo en este mundo es limitado y, el día que te falte esa persona a la que adoras, maldecirás por haber malgastado esos momentos con enfados y malas caras.
Elena sonrió. Sin duda, su padre siempre daba en el clavo.
—Sé que tienes razón, papá, pero en ocasiones, aun sabiendo que no puedes vivir sin esa persona, el enfado te bloquea y...
—No permitas que el enfado te bloquee —la cortó Sergey—. Sé lista y disfruta cada instante de tu vida, porque cada instante perdido es un instante que nunca... nunca volverás a recuperar. Tendrás otros instantes, pero esos perdidos nunca se recuperan, mi vida. Mira, no sé qué ha pasado entre Yulia y tú, ni quiero saberlo, pero sí sé que se quieren. Sólo tengo que verlas juntas para darme cuenta de la conexión tan especial que hay entre ustedes. ¿O acaso ya no la quieres?
Elena suspiró y, sonriendo, murmuró:
—Papá, yo a Yulia la quiero con locura.
Al oír eso, Sergey se tranquilizó. Si ella la adoraba y ella a ella, el problema tenía solución y, sonriendo, cuchicheó:
—En ocasiones, somos complicados, hija. Dicen de las mujeres, pero nosotros también tenemos nuestras cosillas. Y ¿sabes qué? No hay nada que le guste más a un hombre que una mujer que presente batalla. Cuanta más batalla nos presente, más nos gusta y nos atrae. Aunque, cuidado, tampoco te pases con la batalla porque podrías perder.
—Desde luego, papá —murmuró Elena divertida—, como consejero matrimonial ¡no tienes precio!
Ambos rieron, y la joven, aprovechando el momento, preguntó a continuación:
—Bueno, ¿y tú qué tienes con la Pachuca?
Al oír eso, Sergey se puso rojo como un tomate. Su hija lo miró riendo y musitó:
—Escucha, papá. Sé que amabas a mamá y que la amarás el resto de tu vida, pero ya ha pasado mucho tiempo desde que ella murió y entiendo que rehagas tu vida. Por tanto, tengas lo que tengas con la Pachuca, me parece bien, y te aseguro que a Anya también. Eso sí, hazlo público o Anya, en su faceta de inspectora, se mete cualquier día en la cama con ustedes.

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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Mayo 27, 2017 1:17 am

63


Sigo sin náuseas matutinas, aunque por las noches el estómago se me revuelve. Pero, claro, con el jupe que me meto todos los días a bailar en la feria, ¡como para que no se me revuelva!
Para mi desgracia, el olor del jamón, y cuanto más bueno es, peor, me pone mal cuerpo.
¿Por qué tengo que tener tan mala suerte? ¿No me podría haber dado asco la lechuga?
Con mi sobrina Irina, a las seis de la tarde llevo a los niños a los cacharritos, y mis peques se divierten de lo lindo. Me gusta mirarlas. Verlas sonreír me hace ver que son felices, y eso para mí es un gran motivo de dicha.
Yulia no me llama. Sólo me envía mensajes para preguntarme si todo va bien, y yo,escuetamente, le contesto sí o no.
Me muero por oír su voz, como estoy segura de que ella se muere por oír la mía, pero estoy tan avergonzada por tener que contarle lo de Gonzalo que no muevo un dedo para llamarla. No quiero mentirle y, si la llamo y omito mi gran error, me voy a sentir fatal. Por ello, decido posponer esa charla para cuando regrese a Múnich. Sin duda, en esta ocasión voy a ser yo quien tenga que ser perdonada.
Mientras estamos en los cacharritos, observo también a mi sobrina Irina. Mi pequeñina ya es una jovencita preciosa, y me quedo boquiabierta cuando veo cómo se maneja ante los jovencitos de su edad y éstos la miran embobados.
Pero ¿dónde se ha metido la niña que jugaba al fútbol y decía palabrotas como un machote?
Sonriendo estoy al ser consciente de lo que va a tener que padecer mi hermana con Irina cuando ésta se acerca a mí con su precioso vestido de Tatarstan azul cielo y blanco y le dice a un muchacho que la mira alucinado:
—Desde luego, Pepe, tienes menos arte que un boquerón.
Yo me río al oírlo, pero no pregunto a qué viene. Mejor no saber.
—Pero marichochooooooooooooooooooo,¿qué haces aquí, mi amorrr?
Al oír el grito, me doy la vuelta y me encuentro con mi amigo Sebas. Como siempre, el tío va como un pincel vestido y peinado, y nos abrazamos. Cuando nos separamos, me pregunta mirando a los lados:
—¿Dónde está tu cuadrada Geypergirl?
Suelto una risotada.
—En Múnich. No ha podido venir.
Sebas suspira y, guiñándome un ojo,cuchichea:
—Qué pena. Con lo que me alegra la vista,otra vez que mis ojos verdes se privan de esa adonis pelinegra y seductora.
Durante un rato hablamos de mil cosas mientras Sebas, cada vez que ve pasar a un tipo guapo, me guiña un ojo y grita:
—¡Tesoro, ven aquí, que te desentierro!
Divertida, observo cómo los otros lo miran.
Sebas es un caso.
Ahora que vuelve a estar soltero, va a lo suyo,y lo que piensen los demás, como siempre dice,¡se la bufa! Mis hijas siguen dando vueltas en los cacharritos cuando, de pronto, pasa un guapo hombre ruso tan maqueado como Sebas y, en cuanto nos mira, mi amigo dice:
—Te dejo, miarma. El deber me llama.
Consciente de lo que él llama «deber», agarro a Sebas del brazo y cuchicheo divertida:
—Pedazo de caballo de Peralta que te has echado, ¿no?
—Uno, que tiene clase y sabe lo que es bueno,niña —afirma él guiñándome un ojo.
Ambos sonreímos y, segundos después, Sebas se va tras su caballo de Peralta. Sin duda, lo va a pasar mejor que yo.
Cuando terminamos en los cacharritos, al entrar en la caseta donde sé que nos esperan mi hermana y mi padre, veo que Anya camina hacia mí y, cogiéndome de la mano, dice:
—Confirmado. Papá y la Pachuca, ¡juntos!
Miro hacia el lugar donde señalan sus ojos y sonrío al ver a mi padre con aquella buena amiga de toda la vida marcándose una kalinka y más acaramelados de lo normal.
Vaya..., vaya con mi padre, ¡qué arte tiene!
Me gusta ver que nuestra conversación le sirvió para algo y entonces, mirando a mi hermana, pregunto:
—Vamos a ver, Anya, papá lleva viudo muchos años y se merece tener a alguien a su lado que le alegre los días como tú o yo lo tenemos. ¿Dónde ves el problema, reina?
A mi exagerada hermana le tiembla el morrillo.
Sé que es difícil ver a mi padre con otra mujer que no es mi madre. Vale..., la entiendo, pero pensando en mi padre y sin darle opción a la llorona a contestar, prosigo:
—Escucha, Anya, tú te enamoraste de Dimitri,te casaste y el amor se acabó. Cuando te separaste y te quedaste sola, decías que tu vida era sosa y patética hasta que, de pronto, un día apareció tu rollito feroz. ¿De verdad me estás diciendo que no ha merecido la pena darte esa oportunidad con Juan Alberto?
—Ay, cuchu..., claro que ha merecido la pena.
—Pues papá se merece también una nueva oportunidad en el amor, Anya. Ambas sabemos que amará a mamá el resto de su vida, que la recordará a través de nosotras y de mil cosas más,pero él necesita a alguien a su lado, como lo necesitamos tú o yo y media humanidad. Y si, encima, esa mujer es la Pachuca, una señora que siempre nos ha querido y ambas sabemos que es buena gente y que cuidará a papá, ¿no crees que deberíamos estar contentas?
Anya los mira. Su morrillo sigue temblando,hasta que finalmente asiente y dice:
—Tienes razón. Tienes razón..., ¡claro que sí! ¿Y quién mejor que la Pachuca?
Sonrío. Adoro a mi hermana y, abrazándola, afirmo:
—Exacto, tontorrona, no hay nadie mejor para él que la Pachuca.
Abrazadas estamos cuando mi padre, que ha dejado de bailar, se acerca a nosotras con la tan mencionada Pachuca. Anya, en cuanto la ve, pasa de mis brazos a los suyos y murmura haciéndonos reír a todos:
—Bienvenida a la familia, Pachuca.
La mujer, encantada, me mira y yo le guiño un ojo. Luego, mientras abraza a mi hermana, murmura:
—Ojú, miarma, gracias.
A continuación, mi padre me abraza, me da un beso en la frente y, mirándome, dice:
—He dejado de perder instantes, ahora te toca a ti dejar de hacerlo.
Asiento. Tiene razón. Lo que pasa es que yo tengo que regresar a Múnich para resolver cierto temita que, sin duda, me va a dar más de un quebradero de cabeza.
Esa noche de jueves, la feria está a rebosar, y bailo como una loca. Han llegado más amigos que llevo tiempo sin ver, y los reencuentros son divertidos y están llenos de felicidad.
Desde mi posición, observo a mi padre con la Pachuca ocuparse de Yulia y de Hannah, están con ellos que no mean, y yo feliz de verlo.
Una hora después, tras mucho bailecito con mis amigos, pedimos algo de comer y,rápidamente, delante de nosotros ponen unos tomatitos, queso curado, papas aliñás, gazpacho,chocos fritos y jamón.
Todo me parece estupendo, aunque, cuando miro el jamón, el estómago me da un vuelco y yo maldigo. Pero ¿por qué me tiene que dar asco el jamón?
Mi hermana se acerca a mí y, al ver que tengo un vaso en la mano, me mira y yo cuchicheo entonces sin que nadie me oiga:
—Es coca-cola monda y lironda.
Anya asiente, me quita el vaso de las manos,da un trago y, tras comprobar que es cierto lo que digo, cuando voy a protestar replica:
—Mira, cuchu. Un fetito está dentro de tu tripa y, como me entere de que le cae algo de alcohol, te juro que te tragas el vaso.
—Shhhh —gruño mirándola—. ¿Te quieres callar y ser discreta? Y, antes de que sigas flipando, si tengo un vaso en las manos es para no levantar sospechas. Si no bebo, la gente preguntará, y no quiero contestar preguntas indiscretas.
Mi hermana asiente y, tras mirarme con su cara de demonio, repite:
—Quedas advertida.
Cuando se aleja con su marido, entre risas brindo con mis amigos y, mientras rulan botellas de vodka, cerveza y El polugar, animados comenzamos a dar palmas y a cantar «Vámonos,vámonos, pa Kazán, pa Kazán, de la Frontera, que la feria del caballo llega en mayo como flor de primavera».
Ojú, qué bien me lo paso con mis divertidos amigos. Eso es lo que necesito para coger fuerzas.
Cantando estoy cuando de pronto oigo gritar:
—¡Abuelo!
Esa voz...
Y, al volverme para mirar, me quedo bloqueada al ver a Flyn, que corre hacia mi padre.
Parpadeo..., parpadeo y, apretando el vaso que tengo en las manos, vuelvo a parpadear y confirmo que lo que veo es una realidad y no una alucinación, y entonces oigo a mi sobrina Irina decir a mi lado:
—Hombre, Jackie Chan Volkov en persona. —Y, antes de que yo pueda reaccionar,suelta—: Le voy a decir a ese pedazo de mojón que, si se cree que por haberme bloqueado en Facebook me ha jorobado, está muy equivocado porque... ¡Tita Yulia!
Oír eso de «Tita Yulia» ya sí que me deja sin respiración.
¡Ay, que me da..., pero que me da de verdad!
¿En serio Yulia está aquí?
Y, mirando al lugar hacia donde ha salido corriendo mi sobrina, me encuentro al amor de mi vida junto a mi padre y la Pachuca, cogiendo a Yulia y a Hannah, mientras Flyn besa a mi hermana y a mi cuñado. Mi respiración se acelera y dejo de oír todo lo que suena a mi alrededor. Ya no oigo cómo mis amigos cantan, ni las palmas, ni las guitarras, ni nada. Sólo oigo el sonido enloquecido de mi corazón.
Yulia. Mi Yulia, mi caballo de Peralta, está en Kazán.
La idea me gusta, me gusta mucho, pero rápidamente me acojona. ¿Qué hace aquí? No he pensado cómo voy a decirle lo que hice, y no estoy preparada.
Mientras observo cómo mi cuñado y mi hermana la saludan con afecto, mis hormonas se revolucionan y me acaloro. Noto un terrible sudor por todo el cuerpo cuando soy consciente de que ella ya me ha localizado y no aparta la mirada de mí.
Ofú, ¡qué fatiguita!
Mi hermana viene hacia mí y murmura con todo el disimulo del que es capaz:
—Ay, cuchufleta..., que ha venido.
Asiento..., asiento..., comienza a picarme el cuello y, al rascarme, mi hermana me para la mano y, entregándome una copita de fino La Ina, dice:
—Bebe. Ésta el fetito nos la perdona.
Asiento. Vuelvo a asentir y, tras coger la copita que me entrega mi hermana, me la bebo de un tirón. ¡Dios, qué rico está!
—A ver, mi niña. Ahora respira. Yulia, tu esposa, está aquí y...
—Dios mío, Anya... —la corto—. Yulia ha venido y yo no estoy preparada. —Y, al ver cómo lo miran unas chicas del fondo de la caseta, añado siseando—: Ni siquiera estoy preparada para ver cómo la miran, y como sigan mirándola así, a ésas les arranco el moño.
—Cuchu..., relájate, que te conozco y en cinco minutos los farolillos vuelan.
Tiene razón. Sin duda, el embarazo revoluciona mis hormonas, y la presencia de Yulia me revoluciona a mí.
Pienso. Pienso rápidamente qué hacer y,cuando creo tener una buena idea para salir del paso, digo:
—Yulia no puede sospechar de mi embarazo, no me acerques el jamón y procura que tenga todo el rato un vaso de lo que sea en la mano.
—Pero, Elena..., ¡tú no puedes beber más!
—Y no lo voy a hacer —siseo viendo cómo Yulia no me quita ojo—. Pero al menos no sospechará, ni se preguntará por qué no bebo en plena feria..., que Yulia es mitad rusa y mitad alemana pero es muy lista, Anya.
—Vale..., vale..., seré tu suministradora de bebidas.
—Tengo... tengo que hacerle creer que estoy algo contentilla y, así, no querrá hablar conmigo de... de nuestros problemas.
—Ay, madre... Ay, madre... —suspira mi hermana al oírme.
Al mirar hacia el grupo, veo que Flyn también me ha visto, hace ademán de aproximarse a mí, pero entonces me doy cuenta de cómo mi padre lo detiene mientras Yulia se acerca.
—Lo siento, cuchu..., pero esto tienes que torearlo tú sola — murmura mi hermana alejándose rápidamente de mí como alma que lleva el diablo.
Quiero hablar, quiero respirar, pero estoy tan bloqueada por su presencia aquí después de una semana sin verla que debo de parecer un pececillo boqueando.
Yulia, que es pura sensualidad vestida con una camisa blanca y unos vaqueros, se acerca..., se acerca..., se acerca y, cuando ya está justo enfrente, a mí sólo se me ocurre decir:
—Hola, gilipollas.
Ostras, ¿yo he dicho eso?
Madre mía..., madre mía..., ¡si es que es para matarme!
Debo de parecer una borrachilla, no una maleducada.
¡Malditas hormonas!
Pero ¿por qué la habré saludado así?
Por suerte, el gesto de Yulia no cambia, sin duda viene preparada para eso y para más y, cuando veo que su mano va derecha a mi cintura,murmuro:
—Ni se te ocurra.
Ella sonríe y, sin mirar atrás, la muy canalla cuchichea mientras escanea a mis amigos:
—Cariño..., nos está observando media feria. ¿Quieres cotilleos que le pongan a tu padre la cabeza como un bombo?
No. No quiero eso, por lo que, dejando que me acerque a ella, nos besamos.
¡Oh, Dios, qué momento!
Uno mis labios a los suyos y, de pronto, una embriaguez ponzoñosa entra en mi cuerpo y sé que ella es mi hogar. Mi casa. Cierro los ojos y disfruto del apasionado beso que el amor de mi vida me da ante cientos de ojos que nos miran curiosos.
Cuando se separa de mí, mis amigos aplauden y silban, y yo, como una tonta, sólo puedo murmurar:
—Vale..., vale...
En ese instante, Fernando, Rocío y los amigos que lo conocen se acercan a saludarlo, mientras mis ojos y los de Gonzalo se encuentran y éste ni se inmuta. Da por hecho que aquella menuda pelinegra es mi esposa y no quiere problemas. Yo se lo agradezco.
Durante varios minutos, Yulia saluda a mis amigos y, cuando acaba de hacerlo, me mira, luego mira el vaso que tengo en las manos y pregunta:
—¿Qué bebes?
—Ahora mismo, un vodka.
Yulia asiente y, cuando va a pedir un whisky,mis amigos la animan a que se tome una cerveza.
¡La ocasión lo merece!
La juerga continúa. Intento seguir con mi bullicioso grupo, pero ya nada es igual. Yulia está aquí intentando integrarse en algo que sé que a ella no le gusta.
Durante media hora se queda con nosotros hasta que le veo en la cara que no puede más y se aleja para sentarse con mi padre y las niñas.
¡Pobre!
Mi hermana, que se ha unido a la juerga, cada quince minutos me trae una bebida tal como hemos quedado. Yo la sostengo en la mano consciente de cómo Yulia me mira y, en cuanto dirige la vista hacia otro lado, vacío el vaso en una planta de plástico que tengo a mi lado.
La noche avanza, mil vasitos pasan por mis manos y, riendo estoy por lo que cuenta uno de mis amigos, cuando oigo en mi oído:
—¿No crees que estás bebiendo demasiado?
Su cercanía, su voz rápidamente me enloquecen y, mirándola con una de mis espectaculares sonrisas, respondo mientras me hago la achispada:
—Tranquila, yo controlo, colega.
Yulia asiente, con la mirada me hace saber que no le gusta que beba tanto y, tras darse la vuelta, regresa con mi padre.
¡Bien! La estoy engañando.
Mis amigos vuelven a pedir otra ronda de comida, hay que comer si queremos beber tanto.
Pero, con toda la mala suerte del mundo, dejan el jamón justo delante de mí. El olor que despide aquel manjar que adoro y que ahora no puedo ni ver inunda mis fosas nasales y mi estómago da un salto.
Bueno..., bueno..., bueno, ¡la que voy a echar!
Rápidamente, me llevo la mano a la boca y,antes de que nadie pueda hacer nada, cojo una botellita de agua y salgo de la caseta a toda prisa.
A continuación, en un lateral donde no hay nadie, echo una buena vomitona.
No pasan ni dos segundos y ya tengo a mi rusa detrás, sujetándome y preocupándose por mí.
Cuando por fin mi cuerpo para y cojo la servilleta que Yulia me tiende, me limpio la boca y, tras abrir la botellita de agua que tengo en las manos, doy un trago para enjuagarme la boca.
—Ofú, qué pena de jamón —murmuro.
Yulia me retira el pelo de la cara, me sujeta ante mi debilidad y, mirándome, dice:
—Creo que por hoy ya has bebido bastante.
Sin poder remediarlo, sonrío. Si ella supiera que no he bebido más que agua y coca-cola —y un vasito de fino por los nervios—, fliparía pero,dispuesta a utilizar aquella baza esa noche con ella,me hago la borrachilla.
—Pero ¿qué dices? ¡La noche es joven!
Yulia asiente. Sin duda, ella no piensa como yo y,cuando va a decir algo, mi hermana Anya llega hasta nosotros con cara de circunstancias y Yulia le pide cogiéndome entre sus brazos:
—Anya, ¿puedes quedarte con Yulia y Hannah? —Mi hermana asiente y ella añade—:Gracias, cuñada, y ahora dile a tu padre que Elena se viene conmigo a Villa Blanquita.
—No..., no..., no..., ¡ni de coña! —replico.
Mi hermana me mira. Yo la miro. No puedo quedarme con Yulia a solas o al final tendré que contarle lo que todavía no he preparado. Asustada,intento zafarme de sus brazos cuando Anya murmura acercándose a mí:
—Aisss, cuchu..., pero ¿qué has bebido?
—De todo —gruñe Yulia.
Al oírlo, mi hermana sonríe y dice:
—Lo mejor es que la lleves a casa, la acuestes y que duerma la mona.
—Sí, será lo mejor —afirma Yulia.
La loca de mi hermana me guiña un ojo. ¡Pero qué bruja es!
Cuando llegamos hasta un coche que no conozco, la miro y, al ver el precioso BMW gris claro, me mofo:
—Qué arte tienes, Icegirl, ¡anda que te alquilas algo discretito!
Yulia no responde. Le da al mando del vehículo,éste se abre y me sienta en el asiento del acompañante. Al hacerlo, la flor que llevo en la cabeza se afloja y la siento en la frente.
Rápidamente me pone el cinturón de seguridad y,cuando lo ajusta, cierra la puerta.
En silencio, veo cómo rodea el vehículo, se sienta a mi lado y, en cuanto lo hace y se pone el cinturón, la miro y digo:
—Me acabas de cortar el rollo, coleguita.
Estamos en feria y quiero pasarlo bien.
Yulia no responde. Arranca el motor y yo me apresuro a poner la radio. Necesito música, y me concentro en taladrarle los oídos con mis gritos.
Por suerte para ella, Villa Blanquita no está muy alejada de la feria y, cuando las puertas de nuestra bonita mansión se abren con el mando a distancia que Yulia lleva en el bolsillo, silbo y pregunto:
—No habrás traído a Susto y a Calamar,¿verdad?
—No —responde Yulia con una media sonrisa.
Refunfuño. Eso se me da de lujo.
Aparca, me desabrocho el cinturón y, en el momento en que voy a salir del coche, Yulia me detiene y, con gesto hosco, dice:
—No te muevas. Yo te sacaré.
Aisss, pobre; ¿de verdad cree que estoy borracha?
Joder..., pues sí que soy buena actriz.
Sin moverme, espero a que me saque del vehículo y, agarrada a ella, caminamos hasta la casa.
Su olor, su cercanía, el sentir sus manos en mi cintura me excitan y, una vez Yulia abre la puerta y entramos, deseosa de su contacto, la abrazo, la arrincono contra la puerta de entrada y murmuro:
—Vale. Estoy algo achispaílla con tanto finito va, finito viene.
—¿Sólo algo?
Oír eso me hace reír y, con una maquiavélica sonrisa, pregunto mientras siento cómo mi vagina se lubrica ante su cercanía:
—¿Vas a aprovecharte de mí? ¿Me vas a quitar la ropa, me vas a arrancar las bragas y me vas a hacer eso que tantas ganas tienes de hacerme? Porque, si es así..., mal..., mal..., ¡harás muy mal!
Sus ojos calibran lo que digo. Sin duda, lo que más le apetece es eso, pero responde:
—No, cariño. Sólo te voy a llevar hasta la cama.
Sonrío. Eso no se lo cree ella ni loca y,acercando mi boca a su boca, paseo mis labios por los suyos con desesperación y susurro para ponerla tan cardíaco como lo estoy yo:
—¿No quieres follarme?...
—Len...
—¿No quieres abrirme los muslos y meterte en mi interior una y otra y otra vez para hacerme gritar de placer? —Ella no contesta, no puede, y,hechizada por lo que me hace sentir, yo añado—:Serías una chica muy mala si te aprovecharas de mí, ¿no crees?
Yulia no se mueve. No me quita de encima de ella, y yo, gustosa por esa cercanía que tanto necesito, con todo el descaro del mundo llevo la mano hasta su entrepierna y, tocándola,murmuro:
—Me deseas..., te conozco, gilipollas..., me deseas.
La respiración de Yulia se vuelve irregular,cierra los ojos hasta que, de pronto, me agarra la mano, la quita de su ya latente erección y,cogiéndome en brazos, dice:
—A la cama. No quiero cargar mañana con más culpas.
Río. Me echo hacia atrás y Yulia tiene que hacer equilibrios para que no terminemos las dos estampadas contra el suelo.
Sin encender las luces, llegamos hasta nuestra habitación, esa habitación tan preciosa en la que tanto hemos disfrutado haciendo el amor. A continuación, sentándome en la cama, dice tras quitarme las botas que llevo:
—Túmbate, cariño.
Mi cuerpo encendido se niega a hacerle caso y,mirándola con la flor por encima de mi ojo,murmuro mientras me muevo como una cosaca:
—Tengo que quitarme el vestido. —Y,arrugando la nariz, añado—: Huele a potaza; ¿no lo hueles?
Yulia mira el manchurrón de vómito que tengo sobre el pecho derecho y, suspirando, se da por vencida.
Me levanta, me da la vuelta y comienza a bajarme la cremallera del vestido. Como en otras ocasiones, sé que sus ojos están clavados en la piel de mi espalda y, cuando la cremallera llega abajo, rápidamente dejo que el vestido se escurra por mi cuerpo. A continuación, me doy la vuelta y la miro vestida sólo con bragas y sujetador.
—Bésame... —susurro.
De nuevo, Yulia lo piensa..., lo piensa y lo piensa, lo que le he pedido debe de ser una urgencia para ella y, tras acercar sus labios a los míos, me besa.
Mi cuerpo semidesnudo se pega al suyo.
Dios..., Dios..., ¡qué placer!
Rápidamente me amoldo a ella y, cuando su lengua devora todos los recovecos de mi boca y sus manos rodean mi cintura, doy un salto, enredo las piernas en su cintura y, tan pronto como siento que me sujeta, me la como. La devoro como una tigresa.
Calor..., el calor inunda mi cuerpo en cero coma tres segundos y la beso posesivamente, con devoción y necesidad, mientras ella me sujeta con sus manos y siento cómo su respiración se acelera más y más a cada segundo.
Me desea. Lo sé. Me desea tanto como yo a ella.
Pasados unos minutos, cuando nuestras bocas se separan para tomar aire, en la oscuridad de la habitación murmuro quitándome la jodida flor del pelo que amenaza con dejarnos tuertas a ella o a mí:
—Yulia..., ¡hazlo!
Ella lo piensa. Piensa mi proposición. No sabe qué hacer, pero finalmente, soltándome, dice:
—No, Len. Es mejor que te acuestes y te duermas.
Intento volver a abrazarla, pero ella me para y repite:
—Mañana, cuando hablemos, si estás de acuerdo te haré el amor, pero ahora no. No quiero que mañana puedas echarme en cara que te forcé al estar bebida. No quiero jorobar más las cosas, cariño.
Oír eso hace que mis ojos se llenen de lágrimas. Si alguien ha estropeado algo entre nosotras y sigue estropeándolo con ese absurdo engaño soy yo y, avergonzada por todo, me tumbo en la cama y no digo más.
Una vez me he tumbado, Yulia se sienta en el butacón que hay frente a la cama. En silencio,durante mucho tiempo, la observo a través de mis pestañas. Yulia me mira, me mira y me mira, y sé que está pensando qué decirme al día siguiente.
Así estamos hasta que irremediablemente caigo en los brazos de Morfeo.
Cuando la luz entra por la ventana, de pronto abro los ojos y, al mirar a mi alrededor, soy consciente de dónde estoy. Miro a los lados y Yulia no está. Me miro y veo que sigo en bragas y sujetador. Maldigo, maldigo y maldigo; pero ¿qué he hecho?
Estoy sumida en mis dudas cuando la puerta se abre y la mujer que me hace hervir la sangre en todos los sentidos aparece tan guapa como siempre con una bandeja de desayuno.
—Buenos días, pequeña —dice con una sonrisa.
Su alegría me hace daño. Soy una mala persona. ¿Cómo puedo estar engañándola así? Y, tapándome con la sábana, pregunto para disimular:
—¿Puedes decirme qué hago aquí?
Yulia rápidamente deja la bandeja de desayuno sobre una mesita y, tras dedicarme una mirada, responde con tranquilidad:
—Escucha, cariño, ayer te encontraste mal en la feria, vomitaste y te traje a casa, pero te juro por lo que tú quieras que no te hice nada.
La miro..., la miro y la miro. Ya sé que no me hizo nada pero, interpretando mi papel, pregunto:
—¿Estás segura?
—Segurísima —afirma rápidamente.
—¿Y por qué estoy medio desnuda? ¿Por qué me has quitado el vestido?
Enseguida Yulia coge mi vestido de tarta,que está hecho un asco, y dice enseñándome el manchurrón:
—Porque olía a vómito.
De pronto me fijo en la camiseta que lleva puesta. Es la que yo le compré cuando nos conocimos en el Rastro de Madrid, ésa en la que pone «Lo mejor de Madrid eres tú», y pregunto mientras intento no emocionarme:
—¿Cuánto tiempo llevabas sin ponerte esa camiseta?
Ella sonríe. Se sienta en la cama y, retirándome el pelo de la cara, responde:
—Demasiado.
Su voz y su manera de mirarme me muestran que puedo hacer con ella lo que quiera y, cuando ve que no digo nada, declara:
—Escúchame, cariño, estoy aquí porque no puedo estar sin ti, y te aseguro que voy a hacer todo lo posible porque nuestros recuerdos inunden tu mente para que olvides eso que nunca debería haber pasado. —Y, sin darme tiempo a responder,añade—: He hablado con tu padre y tu hermana y se ocuparán de los niños hasta mañana, que regresemos.
—¡¿Qué?! ¿Cómo que hasta mañana, que regresemos?
Mi amor sonríe y, señalando una bolsa que hay sobre el butacón, indica mientras coge la bandeja de desayuno para dejarla ante mí:
—Desayuna. Después vístete con la ropa que Juan Alberto me ha traído tuya y si, de verdad, aún me quieres y crees que lo nuestro merece la pena,me gustaría que me acompañases a un sitio.
Mi respiración se acelera. Claro que la quiero,y creo que lo nuestro merece la pena, pero mi culpabilidad y lo que tengo que contarle me joroba ese momento tan lindo.
—Yulia... —digo—, tenemos que hablar y...
Ella pone una mano sobre mi boca. No me deja continuar.
—Hablaremos —asegura—. Por supuesto que lo haremos, pero hoy déjame hacerte recordar.
Asiento. Con eso ya me ha ganado, y decido dejarme llevar mientras ella sale de la habitación.
Una vez termino el desayuno que ha dejado delante de mí y que, por cierto, me sabe divinamente, bajo de la cama, me doy una duchita rápida y me visto. Mi hermana me ha mandado unos vaqueros, una camiseta, zapatillas de deporte y una cazadora; ¿adónde voy a ir?
Cuando salgo al comedor, Yulia me está esperando. Viste informal como yo y, cogiéndome de la mano, me guiña un ojo y murmura:
—¿Preparada?
Atocinada, así me deja al ver sus ganas de agradarme y, sonriendo, afirmo:
—Sí.
De la mano salimos al exterior, nos montamos en el coche y, cuando arranca, suena la voz de mi Alejandro Sanz y, sonriendo, Yulia dice:
—Una vez, una preciosa jovencita me dijo que la música amansaba a las fieras.
Al oírla decir eso, sonrío. Sin duda, Yulia sabe hacerme sonreír. Cuando, veinte minutos después, salimos a la carretera y veo un cartel, la miro y pregunto sorprendida:
—No me digas que vamos a Zahara de los Atunes...
Ella asiente, sonríe y murmura:
—Acertaste.
Encantada, me repanchingo en el asiento del vehículo y río por volver a ir a ese precioso lugar.
Una hora después, en cuanto llegamos,dejamos el coche en un parking de la playa. El mismo sitio donde dejé yo el coche la noche que salí con Frida hace años y tuve que darles una tunda a unos borrachines. Al recordarlo, Yulia y yo reímos y, de la mano, nos dirigimos hacia un restaurante de la zona.
Cuando caminamos por la calle pasamos al lado de una floristería y me quedo mirando unas flores. Son hibiscos, una flor que mi padre tiene en el jardín y que a mí me encanta.
—¿Qué miras?
Al oír la voz de Yulia, señalo las flores de colores y digo:
—Esas flores..., mi madre las plantó en el jardín hace muchos años y, a día de hoy, siguen saliendo.
—Son muy bonitas —afirma Yulia.
Ambas sonreímos. Entonces, mi pelinegra se acerca al florista, que nos mira, y dice:
—Desearía un precioso ramo de hibiscos para mi mujer.
El florista, un hombre mayor, me mira con una sonrisa y pregunta:
—¿De algún color especial?
Encantada por el bonito detalle, sonrío y afirmo:
—Rojo.
El hombre se afana en hacerme un bonito ramo con hibiscos rojos, y yo, feliz por aquello, miro a Yulia y murmuro con el corazón latiéndome a mil:
—Gracias.
Mi amor me mira..., me mira..., me mira. Sé que desea besarme tanto como yo deseo besarla a ella, pero no se atreve. Sólo espera a que yo dé el primer paso, pero de momento no lo doy. Es mejor que hablemos antes.
Diez minutos después, con un precioso ramo de hibiscos rojos en las manos, nos dirigimos hacia un restaurante. Allí comemos un riquísimo cazón en adobo y una espectacular ensaladilla rusa cuando Yulia propone pedir una racioncita de jamón del bueno. Sólo oír la palabra «jamón» ya se me revuelve el estómago y, como puedo, le quito la idea de la cabeza. Ella me mira sorprendida pero no insiste. Está claro que no quiere llevarme la contraria en nada.
Cuando terminamos de comer, nos quitamos los zapatos y caminamos por la playa. Yulia se ha propuesto hacerme rememorar todos nuestros bonitos recuerdos y, en el momento en que me habla del Moroccio y de cuando me hice pasar por su mujer y me di una comilona con mi amigo Nacho dejándole la cuenta a él, las dos nos reímos. ¡Qué momento!
Recordamos instantes irrepetibles, como cuando mi hermana entró en mi casa de Rusia con mi sobrina y nos pilló en el pasillo liadas y mi pequeñita Irina le cantó las cuarenta, o cuando la engañé en el circuito de Kazán haciéndole creer que no sabía llevar una moto.
Recuerdos...
Recuerdos preciosos nos inundan y no podemos dejar de hablar de ellos; entonces suelto el ramo de hibiscos en la arena y nos sentamos en la playa. Recordamos de nuevo entre risas el complicado embarazo que tuve de la pequeña Yulia y la primera vez que le vimos la carita a ella o a Hannah, o cuando Flyn dio su primer salto en moto.
¡Qué bonitos recuerdos!
También nos tronchamos al pensar en Björn y Mel en sus facetas de James Bond y la novia de Thor. ¡Qué graciosos eran!
Todo lo que recordamos son momentos únicos e irrepetibles que nos hacen felices, y mi buen humor crece y crece y crece, hasta que no puedo más y, sin previo aviso, me siento sobre ella a horcajadas en la playa y, acercando su boca a la mía, lo beso. La beso con deseo y amor.
Necesito su cercanía...
Necesito su boca...
Necesito a mi amor...
A diferencia de la noche anterior, Yulia no rechaza nada de lo que le pido o le ofrezco y,encantada, lo disfruto mientras siento que aquellos irrepetibles recuerdos nos han hecho reencontrarnos.
Besos..., besos..., cientos de besos se apoderan de nosotras y, cuando paramos, Yulia me mira con sus preciosos ojos celestes y murmura:
—Nunca te engañaría con nadie, mi amor. Te quiero tanto que para mí es imposible estar con otra que no seas tú, y te aseguro que lo que pasó con Ginebra es lo último que habría deseado que pasara.
—Lo sé..., lo sé, corazón —susurro mientras enredo los dedos en su pelo negro y me pierdo en su mirada.
¡Oh, Dios, cuánto he echado de menos eso!
—Fui una idiota al no darme cuenta de su plan.Frida tenía razón. Yo creí que Ginebra había cambiado, pero no es así. Sigue jugando sucio. Excesivamente sucio. Me utilizó sin mi permiso, te hizo daño a ti y, ante eso, sólo puedo pedirte perdón el resto de mi vida por lo que viste y nunca debería haber ocurrido. — Yulia coge una de mis manos y prosigue—: Esta semana fui a Chicago y los vi.
—¿Fuiste a Chicago? —Yulia asiente y yo pregunto—: ¿Por qué?
Mi amor menea la cabeza y, tras pensar su respuesta, dice:
—Porque quería hacerles el mismo daño que ellos nos hicieron a nosotras. Por eso fui. Al llegar me encontré a Ginebra ingresada en mal estado,pero me dio igual, le dije a Félix lo que había ido a decir sin importarme sus sentimientos, como a él no le importaron los míos.
Oír eso me subleva. Estoy con Yulia: si yo los hubiera visto, habría procedido igual.
Esa asquerosa, nauseabunda y zorra mujer y su marido utilizaron a su antojo a mi amor sin su permiso, ni el mío, para un fin que nunca... nunca les perdonaré. Sus circunstancias personales me dan igual, como a ellos les dieron igual las mías.
Es duro decirlo, pero lo pienso así.
Estar en la posición de Yulia no debe de ser fácil.
A mí no me gustaría que ningún hombre o mujer me drogase por el simple hecho de darse un caprichito conmigo obviando mis sentimientos y mis deseos.
Odio a Ginebra y a Félix, y los odiaré el resto de mi vida.
Pero, deseosa de dejar de lado aquello que tanto sufrimiento nos ha ocasionado a mi esposa y a mí, sonrío y murmuro:
—Escucha, corazón, no tengo nada que perdonarte. Como me dijo hace poco una buena amiga, las cosas que merecen la pena en la vida nunca son sencillas. Olvidémonos de esas malas personas. Lo que nos queremos y nuestros recuerdos y momentos juntas son mucho más fuertes y verdaderos que nada de lo que haya podido pasar.
—Te quiero...
—Yo también te quiero, Yulia, pero me obcequé en lo que vi sin ponerme en tu lugar ni un solo instante. Me volvió loca. Ver cómo la besabas,cómo...
—Lo siento, mi amor..., lo siento —murmura pegando su frente a la mía para hacerme callar.
Sentadas sobre la arena, nos abrazamos.
Nuestros cuerpos juntos son capaces de recomponerse.
Nuestras almas juntas son capaces de amarse.
Y nuestros corazones juntos son capaces de conseguir lo inimaginable.
Sólo necesitábamos abrazarnos, entendernos y hablar. Sólo eso.
Apasionada, la beso. Ella me besa. Nos devoramos hambrientas de cariño, amor, dulzura,mientras soy consciente de que ahora soy yo la que tiene que confesar algo; dispuesta a hacerlo,murmuro mientras Yulia sigue con la nariz hundida en mi pelo:
—Yulia, yo tengo que...
Mi amor pone la mano en mi boca y,mirándome, dice:
—Me muero por hacerte el amor y, aunque sabes que no me importa que nos miren, estamos a plena luz del día y podemos terminar en el calabozo detenidos por escándalo público. —Yo sonrío ante aquello y ella añade—: Detrás de nosotras hay un hotel y...
—Sí —afirmo con rotundidad.
Rápidamente nos levantamos. Ambas sabemos lo que queremos y, tras agarrar mi precioso ramo de hibiscos, mi amor me coge entre sus brazos y, haciéndome reír, corre hacia el hotel. Sin duda, está tan deseosa como yo.
En recepción, mi pelinegra pide una suite para esa noche. El recepcionista mira en el ordenador y ambas sonreímos cuando nos entrega unos papeles para firmar. Tras darle nuestras identificaciones, nos da una tarjeta en la que se lee «326» y nos encaminamos hacia el ascensor. Una vez dentro,comenzamos a besarnos y no paramos hasta llegar a la habitación. La urgencia nos puede.
Al cerrar la puerta, tiro el ramo de flores sobre la cama y empezamos a desnudarnos mientras nuestras hambrientas bocas no se separan.
Nos besamos, nos devoramos hasta que, de pronto, Yulia se para y, enseñándome algo, dice:
—Es tuyo. Póntelo.
Al ver mi precioso anillo, sonrío. Lo cojo y,sin dudarlo, me lo pongo. Entonces, Yulia me arranca las bragas de un tirón y murmura:
—Ahora sí, pequeña. Ahora volvemos a ser tú y yo.
Entre risas, caemos sobre la cama y siento cómo las manos de mi amor recorren mi cuerpo, se detienen en mis pechos y acaban en mi entrepierna.
Nos miramos. Nos tentamos. Nos provocamos y, cuando Yulia arranca un hibisco del ramo y comienza a pasar su suave flor por mi cuerpo, yo jadeo..., jadeo y disfruto del momento.
Sin pararse, pasea la flor por todo mi ser y,cuando noto que el rabito del hibisco roza mi sexo, abro la boca para coger aire y, en cuanto nuestras miradas chocan, mi amor murmura:
—Pídeme lo que quieras y yo te lo daré. Pero sólo yo, mi amor. Sólo yo.
Sus palabras me llenan de locura, de fuego y de esperanza.
Sin duda, mi pelinegra rusa/alemana ha venido a reconquistarme, a hacerme recordar lo mucho que me quiere y a hacerme olvidar lo que nunca debería haber ocurrido, y lo ha conseguido.
Sé que ella me dará lo que yo le pida. Me ama,me ama tanto como yo la amo a ella y, deseosa de tenerla dentro de mí, le pido:
—Fóllame.
Yulia sonríe. ¡Dios, qué sonrisa de malota!
Sin duda, lo va a hacer, cuando la cojo del pelo y susurro con voz trémula por la pasión:
—Fóllame como un animal porque así te lo pido.
Mi amor me besa. Mis palabras eran lo que definitivamente necesitaba oír para saber que todo está bien y, olvidándose del hibisco, asola mi boca y mi cuerpo, mientras yo me entrego a ella en cuerpo y alma, deseosa de que haga conmigo lo que quiera.
Nuestra extraña exclusividad es algo que sólo nosotras entendemos.
Nuestra loca exclusividad es algo que sólo nosotras disfrutamos.
Me abro de piernas con descaro mientras me agarro a los barrotes de la cama y me arqueo para ella. Sin tiempo que perder y gozosa por mi invitación, mi amor introduce su dura y aterciopelada virilidad en mi húmeda vagina de una sola estocada que nos hace jadear a las dos.
Un, dos, tres..., siete... Yulia entra y sale sin perder el ritmo y yo grito de placer. La echaba de menos, mucho..., mucho..., muchísimo, y disfruto de cómo me toma, de cómo me folla, de cómo me hace suya. Extasiada, cierro los ojos cuando la oigo decir:
—Mírame, pequeña..., mírame.
Hago lo que me pide. La miro y, mientras acerca sus labios a los míos, la oigo murmurar:
—Tu boca es sólo mía y la mía es sólo tuya, y así será siempre.
—Sí..., sí... —consigo decir mientras todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo disfrutan con lo que está ocurriendo.
Mi tsunami particular llamado Yulia toma mi boca posesivamente, pero de pronto el sentimiento de culpa por lo que hice con Gonzalo cruza mi mente.
Dios..., Dios..., no le he contado lo ocurrido y debería haberlo hecho.
¿Por qué soy tan mala persona?
Pero, gozosa, de un plumazo me olvido de aquello. En la habitación sólo estamos mi amor y yo, mi esposa y yo, mi mujer y yo, y nada ni nadie nos va a romper el momento.
Agarrada a los barrotes de la cama, siento las embestidas de Yulia. Ella se entierra en mí con su fuerza animal y yo grito de gusto por su fortaleza mientras me sumerjo en una cadena de intensos orgasmos que me hacen perder la noción del tiempo y de la realidad.
Disfruto...
Disfruta...
Disfrutamos de todo lo que acontece mientras un calor intenso nos empapa de nuestro elixir; Yulia no para de hundirse una y otra vez en mí y yo siento cómo sus embestidas rebotan contra mis nalgas.
Calor..., el calor es intenso hasta que el clímax no puede retrasarse un segundo más y nos llega a las dos a la vez, provocándonos unos gritos majestuosos sin importarnos que nos oigan hasta en la China.
Tras ese primer ataque, vienen otros más, en la ducha, sobre la mesa, contra la pared. De nuevo y como siempre, volvemos a ser las insaciables Yulia y Lena, que necesitan hacerse el amor más que respirar, y las dos sonreímos. Sonreímos de felicidad.
Tras una noche en la que nos comportamos como las animales sexuales que somos, cuando estamos abrazadas en la cama sudando tras un último asalto, Yulia pregunta:
—¿Todo bien, pequeña?
Su preguntita me hace sonreír. No hay una sola vez que no tengamos sexo y no lo pregunte.
—Mejor imposible —respondo.
Estoy abrazada a ella cuando mi estómago ruge.
Siento a Yulia reír a mi lado e, incorporándose, me mira y dice:
—Creo que tengo que dar de comer a la leona que hay en ti o a la próxima me devorarás.
Sonrío. Me encanta cuando la veo tan feliz, y asiento:
—Sí. La verdad es que tengo hambrecilla.
Desnuda, mi chica se levanta. Madre del amor hermoso, qué culo más duro y prieto que tiene. La miro con descaro. La miro con lascivia y sonrío.
Yulia Volkova es mía. Sólo mía.
Sin percatarse de mis más que lujuriosos y libidinosos pensamientos, mi chica coge un papel que hay sobre una mesita y, tras regresar a la cama,donde estoy desnuda, se sienta a mi lado, pasa el brazo por mi cintura para acercarme a ella y pregunta:
—¿Qué te apetece?
Mmm..., apetecerme, apetecerme, tengo muy claro lo que me apetece. Mis hormonas están descontroladas y, sonriendo, decido mirar la carta para dejar que mi esposa se reponga o me la cargaré tras nuestra increíble reconciliación.
—Salmorejo, pechugas Villaroy con patatas fritas y, de postre, un helado de vainilla con nata montada y sirope de chocolate — respondo.
Yulia asiente. Sonríe. Sin duda, se percata de mi gran apetito, pero sorprendida pregunta:
—¿No quieres jamoncito del rico?
Ay, Dios, ¡jamón!
Rápidamente, mis jugos gástricos me juegan una mala pasada al pensar en aquel manjar que ahora mi embarazo me niega y, sin querer retrasarlo un segundo más, me siento en la cama y, mirándola, digo:
—Yulia, tengo que contarte una cosa.
Mi amor me mira. Al ver mi gesto, se alarma.
Me conoce muy bien y, olvidándose de la carta de comida, musita:
—¿Qué pasa, cariño?
Resoplo, el cuello comienza a arderme y, con cara de circunstancias, murmuro:
—El jamón me da asco. Pero un asco que ni te imaginas.
Yulia parpadea. No entiende a qué viene eso cuando, finalmente, confirmo:
—Estoy embarazada.
Yulia se paraliza. Ya no parpadea. Siento que deja de respirar.
¡Ay, pobre!
Me mira..., me mira..., me mira y, cuando ya no puedo más, digo de carrerilla:
—Lo siento..., lo siento..., lo siento..., no sabía cuándo decírtelo. Sé que es algo que no esperábamos, que no programamos y que es una locura tener otro hijo. Dios mío, Yulia, que ya serán cuatro hijos, ¡cuatro! —Desesperada, me rasco el cuello y, cuando ella me quita la mano para que no lo haga, murmuro mirándola—: Me enteré del embarazo después de que pasara todo, y yo me...me...
No puedo decir más; mi Icegirl me levanta de la cama, me abraza y, con todo el mimo del mundo, murmura:
—Cariño..., cariño..., ¿estás bien? —Yo asiento, y mi amor, sin soltarme, pregunta—: Pero ¿cómo no me lo habías dicho antes?
—No podía, Yulia. Yo... yo estaba tan enfadada y confundida por todo lo que estaba pasando que no supe razonar.
—¿Otro bebé?
Al ver la felicidad en su rostro, me doy cuenta de lo dichosa que lo hace la noticia y, sonriendo, afirmo:
—Sí, cariño, otra bebé, y desde ya te digo que...
—Litros y litros de epidural..., lo sé —termina ella mi frase.
Ambas soltamos una carcajada por aquello y, luego, feliz y sin dejar de abrazarme, Yulia murmura:
—Te voy a matar a besos, señorita Katina. —No digo nada, y añade—: Te he estado follando como una bruta, como una animal. ¿Cómo me lo has permitido?
Ahora la que sonríe soy yo, y respondo:
—El bebé es muy pequeño y yo te necesito. Además, tú misma me dijiste eso de «Pídeme lo que quieras y yo te lo daré», y yo simplemente te he pedido lo que quería.
Yulia me besa. Está nerviosa. ¡Vamos, ni que fuera su primer hijo!
De pronto pienso de nuevo en que tengo que contarle mi gran metedura de pata con Gonzalo,pero la veo tan feliz y yo estoy tan dichosa, que no puedo.
Mientras me abraza y asume que va a ser madre de nuevo, Yulia no puede parar de sonreír, y pienso en lo que mi hermana me dijo: quizá sea mejor no decir nada. Al fin y al cabo, sólo fue un beso.
Nada más.
El sábado, tras pasar una noche increíble en la que todos nuestros problemas se resuelven y Yulia sabe que va a ser madre otra vez, regresamos a Kazán. Mi amor se quedará conmigo hasta el lunes, el día que yo pensaba regresar con las niños a Múnich. Saber aquello me encanta. Adoro que quiera estar conmigo.
Al vernos aparecer tan radiantes, mi padre y mi hermana sonríen y siento que respiran aliviados.
Pobres, ¡qué mal se lo hago pasar a veces!
Sin duda, estaban preocupados por nosotras, y todos, excepto Anya, se quedan con la boca abierta cuando les damos la noticia del bebé. Flyn,mi niño, mi tesoro, me abraza y me aprieta contra sí, mientras mi sobrina me mira y dice:
—Tita, eres peor que una coneja.
Esa misma noche, tras pasar el día con las niños en la feria y dejarlas con Pipa para que se acuesten en casa de mi padre, Yulia y yo nos vamos a Villa Blanquita. Allí me pongo mi traje de tartastan blanco y rojo y, cuando salgo al comedor, donde está mi maravillosa esposa esperándome, me acerco a ella y murmuro:
—Señora Volkova, ¿sería tan amable de subirme la cremallera?
Yulia suspira, deja un vaso de agua sobre la mesa, me mira con deseo y, cuando me doy la vuelta, pasea la mano por mi espalda y dice:
—Señorita Katina, ¿está segura de que no prefiere que se lo quite?
Ambas sonreímos. Nos encanta ese juego que nos traemos con esos nombrecitos que tan buenos recuerdos nos traen y, tras sentir que me besa en el hombro desnudo, insisto:
—Prometo que, cuando regresemos, así será.
Siento que Yulia sonríe. Me besa en el hombro de nuevo y, subiéndome la cremallera, afirma:
—Te tomo la palabra.
Satisfecha por cómo se ha solucionado todo,doy un sorbo al vaso de agua que ha dejado sobre la mesa cuando ella, enseñándome algo, dice:
—Corazón, con ese traje de tartastan no te puede faltar tu flor en el pelo.
Al mirar su mano veo un hibisco rojo fuego.
¡Dios mío, si es que me la voy a comer a besos! Y ella, al ver mi sorpresa, dice:
—Lo cogí del jardín de tu padre.
Sonrío, no lo puedo remediar; agarro la flor, le hago un apaño y, tras sacar de mi bolso unas horquillas, la prendo en el lateral de mi cabellera suelta y pregunto, muy rusa yo:
—¿Qué tal, mi amor?
Mi pelinegra me mira..., me mira y me mira, y finalmente dice:
—Serás la más bonita de la feria.
Encantada, la beso. Aisss, lo que me gusta que me regale los oídos.
Felices y dichosas, nos dirigimos hacia la feria. Hemos quedado con mi hermana y mi cuñado en el Templete. Cuando llegamos, Anya y mi cuñado ya están allí, y juntos vamos hasta la caseta donde sé que se hallan nuestros amigos.
Durante horas, doy palmas, bailo y me divierto con mi chica al lado. Como siempre,ella no baila, pero da igual, con tenerla a mi lado sé que todo está bien.
En un momento dado, aparece Sebas junto a su caballo de Peralta y, tras dar un grito del que se entera toda la feria, se lanza sobre su Geypergirl para besuquearla. Yulia, como siempre que lo ve, es amable y atento con él, y Sebas, también como siempre, lo ensalza, la piropea y le hace sonreír.
Luego, los hombres se van a por algo de comer y yo aprovecho para ir con mi hermana a uno de los baños de la caseta pero, al llegar, el baño de las chicas como siempre está a rebosar; ¡menuda cola que hay!
—Vayamos a los de fuera —dice mi hermana dando saltitos—. Quizá haya alguno libre.
Sin dudarlo, le hago caso. Anya es una meona y, cuando se mea, ¡se mea!
Llegamos hasta los aseos portátiles. Hay varios y, por suerte, un par están libres. Anya se mete en uno, pero a los dos segundos sale y dice:
—Cuchufleta, entra y ayúdame a aflojarme la faja.
Suelto una risotada, entro en el baño y las dos,vestidas de tartastan, la liamos parda en aquel cubículo tan pequeño para aflojarle la puñetera faja. Cuando termino de hacerlo, abro la puerta acalorada y ella, aún riéndose como una tonta,dice:
—Sujeta la puerta, que no cierra bien y no me apetece que me vean el potorro.
—Vale —respondo riendo al oír a mi loca hermana.
Con paciencia, espero mientras canto una kalinka que suena a voz en grito y doy palmas.
¡Qué arte tengo cuando quiero!
Cuando mi hermana sale, con su faja bien puesta y el vestido colocado, entro yo y, tras hacer malabares para no tocar el váter y para que mi vestido no se manche, en el momento en que salgo, mi Anya dice:
—Vaya, vaya..., veo que va todo bien con tu rusa, ¿verdad?
Encantada, afirmo pensando en ella:
—Todo genial.
Anya sonríe y, sin moverse de donde está,pregunta:
—Lo del embarazo ya veo que se lo ha tomado bien, pero ¿cómo se ha tomado que te liaras con ese tío la otra noche? Ya sé que fue un beso y poco más, pero con lo celosa y posesiva que es tu esposa, ¿qué te dijo?
Oír eso me destroza. Me hace sentir fatal por haber obviado ese detalle con Yulia y, deseosa de olvidarlo, respondo:
—No se lo he dicho. Estábamos las dos tan contentas por nuestra reconciliación y lo del bebé que fui incapaz de contárselo.
—Ay, cuchufleta...
—Me martirizo por ello, Anya —resoplo—.Me siento fatal. Se me fue la cabeza. Quise vengarme de Yulia por todo lo que estaba pasando y, bueno..., pasó lo del beso y poco más. Y luego ella... ella ha venido a reconquistarme y he pensado que quizá...
De pronto se abre la puerta del aseo que está junto a nosotras y, al mirar, me quedo sin respiración. Yulia, mi Yulia, mi pelinegra enfurecida, me mira con su cara de perdonavidas y sisea a la espera de que diga algo:
—Elena...
El corazón me aletea horrorizado. ¡Vaya marrón!
La miro, me mira y me pongo tan nerviosa que sólo puedo decir:
—Fue una tontería, cariño, yo...
—¡Cállate! —grita Yulia.
Y, sin darme tiempo a decir nada más, sale del aseo y comienza a caminar hacia el parking donde hemos dejado el coche. Asustada, miro a mi hermana. La pobre está blanca como la cera, y musita:
—Con razón papá siempre dice que calladita estoy más guapa.
—Joder..., joder... —murmuro a punto de llorar.
—Lo siento —dice Anya—. No sabía que estaba ahí.
Resoplo. Me pica el cuello y, sin dudarlo, me recojo el vestido de tartastan con las manos y comienzo a correr detrás de mi amor. Tengo que explicarle lo que ocurrió. Tiene que escucharme.
La alcanzo cuando ya casi está llegando al coche y, poniéndome delante de ella, digo sin aliento:
—Escucha, cariño, fue... fue una tontería. Si no te lo he contado ha... ha sido porque...
—Una tontería... ¡Una tontería! —grita fuera de sí—. Te enfadaste conmigo y casi rompiste nuestro matrimonio cuando pasó algo que sabes muy bien que yo no busqué y que hice inconscientemente. Y tú, a cambio, como venganza, haces algo siendo consciente de ello y encima me lo ocultas. Pero¿qué clase de persona eres?
Madre mía, madre mía..., madre mía, ¡la que he liado!
Yulia tiene más razón que una santa. Es normal que se enfade conmigo y me grite. He hecho algo que no está bien y encima lo he ocultado.
—Yulia, cariño.
—Me voy. Regreso a Múnich.
—Por favor..., por favor..., escúchame.
Pero no, no quiere escucharme y, quitándome de su lado con fuerza, sisea:
—Déjame en paz, Elena. Ahora no.
Y, sin más, se sube al coche y arranca dejándome en el parking sin saber qué hacer.
Así estoy durante varios minutos hasta que reacciono y sé que tengo que ir en su busca. Yulia no puede marcharse sin hablar conmigo. Al ver a uno de mis amigos, que va hasta su coche, le pido que me acerque hasta Villa Blanquita. Allí la localizaré. Mi amigo, encantado y sin saber lo que pasa, lo hace.
Una vez llegamos a mi casa, me despido de aquél y, al ir a entrar, veo que no tengo la llave.
Maldigo. Me cago en diez, en veinte, ¡en treinta!
Pero como a mí no hay quien me pare ni estando embarazada, me recojo el vestido y decido saltar la valla. No es la primera vez que salto una.
Sin embargo, cuando estoy en todo lo alto, me doy cuenta de que el coche no está allí. Vuelvo a maldecir y me bajo de la valla.
Yulia habrá ido a casa de mi padre.
La calle está oscura, no se ve ningún coche, y decido correr. De nuevo me agarro la falda de volantes y, como puedo, corro sin matarme. Por suerte, para la feria siempre me pongo bajo el vestido unas botas camperas para poder bailar, y eso me permite correr con mayor facilidad.
En un par de ocasiones, tengo que parar. Me falta el aire, momento en el que marco el teléfono de Yulia desde mi móvil, pero ella directamente no me lo coge.
¡Maldita sea!
La angustia crece más y más en mi interior a cada segundo que pasa, pero sigo corriendo. Tengo que llegar a donde esté.
En el momento en que rodeo la esquina de la calle de mi padre y veo el coche allí aparcado, respiro. Me paro, me doblo en dos para tomar aliento y, en cuanto siento que puedo continuar, continúo. Rápidamente abro la puerta de la calle y, al entrar, mi padre me mira y me pregunta con gesto extrañado:
—¿Qué le pasa a Yulia?
Voy a responder cuando mi esposa aparece en el comedor con Flyn e Irina. Mi sobrina rápidamente se coloca junto a mi padre, no dice nada, y Yulia, tras entregarle una bolsa a Flyn, le indica:
—Ve al coche. Yo salgo enseguida.
El niño me mira. Busca una explicación a aquello y pregunta mientras Yulia habla por el móvil:
—Mamá, ¿qué pasa?
Sin saber qué responderle, lo miro, lo beso en la cabeza y digo consciente de que a Yulia ya no lo para ni Dios:
—Haz lo que tu madre dice. Tranquilo, no pasa nada.
—Pero, mamá...
Sin dejarlo acabar, lo cojo de la barbilla e,intentando que me lea la mirada, insisto:
—Cariño, no te preocupes. Nos vemos en Múnich.
Mi padre, que está tan desconcertado como Flyn e Irina, va a decir algo cuando añado:
—Papá, ¿puedes acompañar a Flyn al coche? Irina, ve con ellos.
Mi padre lo piensa, pero al final, tras sacudir la cabeza, coge a mi sobrina de la mano, que está boquiabierta, y desaparece del salón con los dos críos.
Yulia me da la espalda mientras la oigo hablar por el móvil. Bueno, más que hablar, ¡ladra! Sabe que estoy tras ella, pero no quiere ni mirarme. Me siento fatal.
De pronto, termina su conversación, cuelga la llamada con fuerza y, dándose la vuelta, me mira con ojos acusadores. Cuando voy a decir algo,sisea en su peor versión de Icegirl mientras tira las llaves de Villa Blanquita sobre la mesa del comedor:
—Me llevaría a Yulia y a Hannah conmigo,pero no quiero asustarlas levantándolas ahora.
—Yulia...
—Me has decepcionado como nunca pensé que pudieras llegar a hacerlo.
Mi pecho sube y baja. El cuello me arde y estoy segura de que lo tengo lleno de ronchones pero, olvidándome de ella, como puedo murmuro intentando tocarla:
—Yulia, no te vayas. Hablemos de ello. He cometido un error, pero...
—¡Error! —sisea retirándose de mí—. Tu gran error ha sido hacerlo consciente de lo que hacías y después no contármelo.
Asiento. Sé que tiene razón e, intentando llegarle al corazón, insisto interponiéndome en su camino:
—Lo ocurrido fue una tontería, cariño. Sólo te pido que lo medites y entiendas que, si yo he sabido olvidar lo que pasó, tú debes saber olvidar esto también.
La rabia en el rostro de Yulia me hace saber que ahora no quiere escucharme. Entiendo su desconcierto. No hace mucho yo estaba tan desconcertada como ella.
Se siente traicionada por mí y, sin un ápice de piedad, acerca su rostro al mío y, clavando sus impactantes ojazos azules en mí, gruñe:
—Dijiste que te habías quemado y, sin duda,ahora me he quemado yo también. Y sí, Elena,estoy terriblemente cabreada. Tan cabreada que es mejor que me vaya antes de que montemos un buen numerito delante de nuestros hijos y de tu familia.Y ahora, si te quitas de en medio, me iré, porque la que no quiere verte ahora soy yo.
No me muevo, no puedo. Al final, el amor de mi vida me quita de malos modos de su camino,sale de la casa de mi padre y yo siento que me falta la respiración. Yulia está muy... muy enfadada, y yo la he cagado pero bien.
Pocos minutos después, mi padre e Irina entran, me miran, y mi sobrina murmura:
—Tita, como se dice por Facebook, ¡la que has liado, pollito!
Esa apreciación me hace resoplar. Sin duda, la he liado bien liada. Mi padre, que, por su gesto, no está para risas, envía a Irina a su habitación y,cuando nos quedamos los dos solos, me mira y dice:
—No sé qué ha pasado, pero intuyo que esta vez la culpable has sido tú.
Mis ojos se llenan de lágrimas en décimas de segundo y me derrumbo sobre una silla. Mi padre me abraza y no me permite llorar.


64



De madrugada, cuando me despierto en mi cama, Anya está tumbada conmigo.
Tan pronto como ve que abro los ojos, el morrillo le comienza a temblar.
—Lo siento..., lo siento. Todo ha sido culpa mía por ser tan cotilla. Lo siento.
Me estiro y la abrazo.
Si alguien tiene allí la culpa soy yo. Sólo yo.
Yo soy la que besé a Gonzalo y también la que no se lo contó a Yulia. Soy una mala persona y voy a tener que cargar con ese tonto error el resto de mi vida.
Abrazadas estamos hasta que siento que se queda dormida y lentamente me levanto. Al hacerlo, se me cae la flor del pelo que horas antes Yulia me ha regalado y, cogiéndola, la beso con amor y la dejo sobre la mesilla.
Cuando salgo al comedor no hay nadie. Son las seis y media de la mañana y pienso que Yulia y Flyn ya habrán llegado a Múnich.
Miro mi móvil. No tengo ningún mensaje de Yulia, y me quiero morir. Estoy por llamarla por teléfono, pero no sé qué decirle.
Todavía con mi traje de tartastan, camino por la cocina de mi padre como una leona enjaulada y, cuando veo las llaves de Villa Blanquita sobre la mesa, las cojo, junto a las llaves del coche de mi padre, salgo de la casa a hurtadillas para que nadie me oiga y me dirijo hacia allí.
Al entrar en la parcela y aparcar el coche,suspiro. No hace ni doce horas yo estaba allí más feliz que una perdiz con la mujer de mi vida. Con pesar, abro la puerta de la casa y entro.
El silencio del lugar me destroza, pero entro en el precioso y gran salón y lo primero que veo es el vaso de agua que Yulia dejó sobre la mesa cuando le pedí que me abrochara el vestido de tarta.
Atraída como un imán, camino hasta él, lo cojo y,sin dudarlo, paso el borde por mis labios y bebo.
Saber que sus labios han rozado el borde de ese vaso y sus manos han tocado el cristal me reconforta.
Una vez acabo el agua, dejo el vaso sobre la mesa y camino hacia nuestra cama. Está sin hacer, con las sábanas revueltas como la dejamos, y me siento en ella.
¿Cómo puedo ser tan mala persona para haberle hecho eso a Yulia? ¡¿Cómo?!
El olor de su perfume llega entonces hasta mí y,al agacharme, me doy cuenta de que proviene de las sábanas. Echándome sobre ellas, aspiro su perfume mientras cierro los ojos y me permito llorar. Necesito llorar sin que nadie me pare mientras poso las manos sobre mi tripa y le pido a mi bebé perdón por el mal momento que le estoy haciendo pasar.
No sé cuánto tiempo llevo allí cuando, al abrir los ojos, me encuentro con mi hermana sentada en el butacón que hay frente a la cama. Nos miramos durante unos segundos hasta que ella dice:
—Hola, cielo.
—Hola —murmuro incorporándome y, al ser consciente de todo lo que ha pasado, vuelvo a tumbarme y pregunto—: ¿Qué hora es?
—Las tres y veinte de la tarde —dice y, con un hilo de voz, añade—: Lo siento..., siento haber sido tan bocazas y...
—Lo sé, Anya —la corto—. Deja de disculparte porque ya estás disculpada. Como diría mamá, las mentiras tienen las patitas muy cortas y al final todo se sabe.
—Pero si yo no hubiera hablado de ese tema no habría pasado nada.
Suspiro. Tiene razón, pero respondo:
—Y si yo no hubiera propiciado lo de Gonzalo tampoco habría pasado nada. Pero las cosas se hicieron, salieron como salieron, y mi gran error fue no contarle la verdad. Si lo hubiera hecho el otro día, sé que se habría enfadado pero me lo habría perdonado. El problema es que ahora no sé si me lo va a perdonar.
Anya se levanta, camina hacia mí y,mirándome, afirma:
—Te va a perdonar. Yulia te quiere.
Que me quiere, lo sé. Claro que lo sé, nunca lo he dudado. Sin embargo, como no me apetece seguir hablando de eso, murmuro:
—Creo que me voy a quedar el resto del día en la cama.
—De eso nada, cuchu. Te vas a levantar y vas a comer algo. Por si lo has olvidado, dentro de ti crece una vida y necesita alimentarse.
Olvidarlo... ¿Cómo olvidar eso? Y, sin apetito,miro a mi hermana y pregunto:
—¿Qué hago, Anya? Estoy tan confundida que ahora no sé qué hacer. Tengo tanto miedo de que no quiera verme que...
—No digas tonterías. ¿Cómo no va a querer verte?
Recordar el gesto duro con el que me miró Yulia antes de irse me hace suspirar.
—Tú no la conoces. Cuando se enfada, es muy cabezona.
—¿Cabezona? ¿Y tú no eres cabezona?
Miro a mi hermana y sonrío, y a continuación ella dice con carita de pena:
—Debes regresar a tu casa y hablar con ella y, si no quiere escuchar, te juro que voy yo y le monto la de Dios. No sé qué pasó para que Yulia tuviera que venir aquí para que la perdonaras, pero si tú la has perdonado, ¿por qué no puede perdonarte ella a ti?
No digo ni mu, mi hermana no entendería lo que pasó. De pronto, suena mi móvil y, al ver el nombre de Mel en la pantalla, respondo:
—Hola, Mel.
—Pero, vamos a ver: ¿Yulia y tú se han propuesto volvernos locos?
Oír eso me hace sonreír. No sé por qué lo hago, pero el caso es que lo hago y, tras pedirle a mi hermana un poco de intimidad, ésta sale de la habitación.
—Mel, hice algo terrible —respondo.
—Lo sé.
—Estaba furiosa con Yulia y en Kazán, una madrugada, besé a otro hombre. Pero sólo fue un beso, y te juro por mis hijos que, al besarlo, me di cuenta del error que estaba cometiendo y paré.
Oigo a mi amiga suspirar al otro lado del teléfono y finalmente pregunta:
—¿Regresas mañana?
—Sí, mañana. Aunque quizá cuando llegue no tenga casa.
—No digas tonterías, mujer. Yulia es cabezona,pero no es un ser irracional.
Asiento, sé que tiene razón. Yulia nunca me dejaría en la calle, aunque no quisiera verme.
—¿Qué tal tu viaje? —pregunto por cortesía.
—Bien. Ya te contaré. —Mel no quiere hablar de ella, sólo quiere saber cómo estoy, y pregunta—: ¿Tú estás bien?
La respuesta es no. Estoy fatal, y respondo:
—No. ¿La has visto? —pregunto a continuación.
—No, cielo. Yo no la he visto, pero Björn sí.Sonó el teléfono a las seis de la madrugada. Era Flyn asustado. Al parecer, cuando llegaron de viaje, Yulia decidió redecorar su despacho.
Enterarme de eso me hace cerrar los ojos.
Pobre Yulia y pobre Flyn. Lo asustado que debía de estar mi niño. Sin duda, la furia pudo con Yulia y,horrorizada, voy a decir algo cuando Mel se me adelanta:
—Pero, no te preocupes, porque Björn se fue para allá y, tras hablar con ella, Yulia se tranquilizó. Hace unas horas se marchó a trabajar a Müller y Flyn está conmigo y con Peter en casa. Björn ha regresado hace un rato con ella y por eso sé lo que ha pasado.
La angustia crece y crece en mí.
¿Cómo he podido ser una tonta vengativa?
Tras hablar un par de minutos más con Mel,quedo en verla al día siguiente. Después llamo al teléfono del piloto de nuestro jet privado, quedo con él en que al día siguiente me recoja en el aeropuerto de Kazán a las ocho de la mañana y,cuando cuelgo y salgo al salón, miro a mi hermana Anya y, sentándome en una silla, afirmo:
—Mañana a primera hora regresaré a Múnich e intentaré solucionarlo.
A la mañana siguiente, a las siete y veinte, ya estoy con mi padre, mi hermana, Pipa y los niños en el aeropuerto. Mi padre se deshace con la pequeña Yulia, mientras que Hannah está dormida en su cochecito.
Cuando por fin nos dejan entrar en el hangar privado, mi padre besa a las chiquillas. En su cara veo la pena que le da separarse de ellos y, en el momento en que Pipa y Anya los suben al jet, mi padre me mira y dice:
—Escucha, mi vida. Estoy seguro de que lo arreglaran pero, si por un casual, ves que la cosa no se soluciona, no olvides que aquí sigues teniendo tu casa, ¿entendido?
—Vale, papá.
Mi padre me mira con sus ojos bonachones y,abriendo los brazos, murmura:
—Te quiero, blanquita.
Yo asiento, lo abrazo y no digo nada o lloraré como un mono.
Mi hermana baja del jet, se acerca a nosotros y decido dar por finalizada la despedida. Nunca me han gustado y, tras darles un beso a ambos, camino hacia el jet en el que leo en grande el apellido«Volkova». Una vez subo la escalerilla, me vuelvo, sonrío a esas dos personas que tanto me quieren y quiero, y desaparezco en el interior del avión. He de regresar a Múnich

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VIVALENZ28

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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

Mensaje por VIVALENZ28 el Sáb Jun 03, 2017 12:50 am

Y bueno hasta aquí llega esta saga de Pídeme Lo Que Quieras.... Smile


65

Mi llegada a Múnich me provoca cierta alegría a pesar de la tormenta que hay. Rayos, lluvia y truenos asolan la ciudad, y suspiro mientras pienso que el cielo se ha confabulado con el estado de ánimo de Yulia.
Cuando bajo del jet privado en el hangar donde Yulia suele tener siempre el avión, sonrío al ver a Mel apoyada en el coche junto a Norbert. Su tripita ya comienza a notarse. Camina hacia las niñas y las abraza, mientras yo abrazo a Norbert,que, como siempre, se queda parado, aunque luego reacciona y también me abraza con cariño mientras dice:
—Bienvenida a casa, Elena.
Una vez me separo de Norbert, mientras Pipa y él meten a las niñas en el coche, Mel me mira y murmura sonriendo:
—Anda, dame un abrazo, tontorrona.
Sin dudarlo, me tiro a los brazos de mi gran y buena amiga y, sin querer hablar delante de Norbert y de Pipa, Mel me mira y dice:
—Venga, vayamos a tu casa.
Asiento. No puedo ni hablar.
Cuando llegamos, al entrar en la parcela sonrío al ver a Susto y a Calamar correr hacia el vehículo y, cuando Norbert estaciona en el garaje y abro la puerta, acepto encantada los besos babosos de Susto, mientras Calamar da vueltas como un loco de lo contento que está por vernos a todos.
Feliz por mi regreso miro a mi bichito y,cuando sus ojos y los míos conectan, murmuro:
—Hola, Susto, te he echado mucho de menos.
Como era de esperar, un lengüetazo me cruza la cara, y yo sonrío feliz por mi cuchufleto.
Cuando entramos en casa truena, y Simona viene hacia nosotras con los brazos abiertos,mientras mis niñas corren hacia ella y ésta las abraza y las besa. Una vez acaba con ellas, me mira y me abraza también a mí. Feliz, acepto su cariño y la mujer murmura mirándome:
—Otro bebé. Eso es maravilloso,
¡enhorabuena!
Sorprendida porque sepa la noticia, la miro y ella dice guiñándome un ojo:
—Flyn nos lo dijo. Está muy contento con la llegada de su nuevo hermano.
Sonrío y me toco la barriga. Como siempre decimos, un bebé es motivo de felicidad, pero a este pobre no hago más que darle disgustos desde que lo engendré. Pobrecito mío.
Tras pasar por la cocina para beber algo,cuando Pipa se lleva a las niñas, Simona se acerca a mí y dice:
—Ay, hija, el despacho de Yulia está como si hubiera habido un terremoto, pero me ha prohibido entrar y recoger nada. Anoche, cuando llegó, tras hablar con Flyn de lo ocurrido y el chico se fue a dormir, se pasó horas sentado en la puerta de entrada con los animales.
—Simona, no seas chismosa —la reprende Norbert.
Al oír eso, miro al hombre que tanto quiero y respondo:
—No es chismosa, Norbert. Simplemente me está informando de cómo está la situación.
Él refunfuña algo y, cuando sale de la cocina,Simona murmura mirándolo:
—Hombres, ¡quién los entiende!
Ese comentario me hace sonreír y cuando,segundos después, ella desaparece, me levanto y, cogiendo a Mel de la mano, digo:
—Vamos.
Mi amiga y yo caminamos hacia el despacho de Yulia y, en cuanto abro la puerta y veo el caos,voy a decir algo pero Mel silba y se me adelanta:
—Sin duda, la pelinegra como decoradora de desastres no tiene precio.
El despacho de Yulia es un descalabro: papeles por el suelo, ordenador hecho añicos, vasos de cristal rotos y sillas patas arriba.
Imaginarme a Yulia furiosa haciendo eso me parte el corazón; agachándome para comenzar a recoger el estropicio, digo:
—¿Qué hago, Mel? No sé qué hacer. Tengo tanto miedo de que no quiera perdonar que soy incapaz de llamarla o enviarle un simple mensaje al móvil.
Mi amiga, que, sin dudarlo, me ayuda a limpiar el desastre, murmura:
—Creo que tienes que darle un tiempo y hablar con ella dentro de unos días.
—¿Y si no quiere hablar?
—Tendrá que querer.
Asiento. Tiene razón. Yulia tiene que querer hablar conmigo.
En silencio, durante varios minutos recogemos y limpiamos aquel desastre y, cuando por fin el despacho vuelve a estar al menos sin cristales y papeles en el suelo, apunto:
—Mel, por primera vez en mi vida estoy acobardada.
Al decir eso, Mel me mira y, poniéndose las manos en las caderas, dice:
—No te creo, Elena. ¿Y sabes por qué no te creo? —Yo niego con la cabeza y ella prosigue—:Porque si algo te caracteriza y te hace especial es que eres una valiente guerrera que no se rinde nunca ante nada. Y, si quieres a esa mujer como sé que la quieres, tienes que luchar por ella, como ella en otros momentos ha luchado por ti. Vale. Tú has cometido un error, besaste a ese tipo y no se lo dijiste a Yulia, pero una vez ella tenga unos días para meditarlo, debes plantarte ante ella y saber qué piensa, qué quiere y qué puedes esperar de ella. ¿O acaso pretendes volver a vivir como vivías sin apenas hablarse ni mirarse?
—No. Claro que no quiero eso.
Imaginarme de nuevo viviendo así me encoge el corazón. Eso no sería bueno, ni para los niños ni para nosotras. Eso no es vida, y menos para dos personas tan temperamentales como nosotras.
Durante unos segundos pienso..., pienso...,pienso. Rumio mis penas, me las como, las digiero. Calibro los pros y los contras de todo lo ocurrido y tomo una decisión. Hay que coger el toro por los cuernos para salir del atolladero. Si Yulia me quiere como sé que me quiere, hablará conmigo y, si no lo hace, al menos sabré a qué atenerme.
Por ello, mirando a mi amiga, asiento y digo:
—Me voy a Müller a hablar con ella.
—¡¿Ahora?!
—Sí, ahora —asiento decidida.
—Pero si está diluviando...
—No importa.
Mel me mira y, perdiendo parte de la fuerza que tenía segundos antes, dice:
—¿No crees que sería mejor dejar pasar un par de días para que...?
—No. No lo creo.
Mi amiga asiente, se encoge de hombros y,abrazándome, murmura:
—De acuerdo, comamos algo y, después,vayamos a Müller.
Media hora después, estamos cruzando Múnich. Hay un atasco considerable. La tormenta lo ralentiza todo, excepto mi ansiedad por llegar allí. Miro mi reloj y veo que son las dos de la tarde. A esa hora, Yulia ya habrá comido y estará en el despacho. Sin duda, le voy a dar la digestión.
Nerviosa, me retuerzo los dedos y le doy vueltas al anillo que tanto significa para nosotras y que ella me llevó a Kazán, mientras Mel conduce y yo pienso qué decir para no cagarla una vez más.
Cuando llegamos a Müller, pasamos de largo y metemos el coche en un parking público. Si dejo mi coche en el parking de la oficina, rápidamente sabrá que estoy allí porque lo avisarán.
Mientras caminamos por la calle, parapetadas bajo nuestro paraguas, Mel, que está tan nerviosa como yo, habla y habla. Me da ánimos y me repite mil veces que estoy embarazada y debo canalizar las emociones para que el bebé no sufra.
Asiento. No se me olvida que esperando un hijo, pero en este momento mi prioridad es otra.
Cuando llegamos al hall de Müller, Mel se para y, mirándome, dice:
—Creo que es mejor que yo no suba. Me quedaré en recepción. A Yulia no le gustará hablar de sus problemas conmigo delante.
Sonrío. Tiene razón.
—Deséame suerte.
Mi amiga me abraza, me aprieta contra su cuerpo.
—La tendrás. Yulia te quiere tanto como tú a ella.
Convencida de que es verdad, sonrío, me doy la vuelta y Gunnar, el vigilante jurado, sonríe al verme y dice abriendo una puerta:
—Pase por aquí, señora de Volkova.
Rápidamente paso por donde él me indica y,mirándolo con una de mis más encantadoras sonrisas, cuchicheo:
—Gunnar, no avises a la secretaria de mi esposa. Quiero darle una sorpresita.
El vigilante asiente y, tras guiñarle el ojo, me dirijo hacia los ascensores.
Hecha un mar de nervios, me meto en el ascensor con otras personas. Pulso el botón de la planta presidencial y los demás aprietan los suyos.
Mientras el ascensor se mueve, oigo la músiquita ambiental y sonrío al identificar la canción La chica de Ipanema,y mentalmente la tarareo.
Cuando por fin el ascensor llega a la planta donde mi amor tiene que estar, tomo aire y, levantando el mentón, me encamino hacia su despacho. Por suerte, su secretaria está escribiendo algo y, en cuanto me ve, sin darle tiempo a reaccionar, paso por su lado y digo:
—No hace falta que le avises, Gerta. Ya entro yo.
Y, sin más, agarro los pomos del despacho presidencial y abro la puerta.
Yulia levanta la cabeza para mirar y veo su ceño fruncido. Malo... Malo... Ve que soy yo y su ceño se endurece más. Me entran las fatiguitas de la muerte pero, levantando el mentón, cierro la puerta del despacho y camino hasta ella.
—¿Qué haces aquí?
Las piernas me tiemblan, toda yo tiemblo.
Cuando Yulia quiere intimidar, es para echarte a temblar, pero sacando esa fuerza interior que sé que tengo, me acerco hasta su mesa y, parándome frente a ella, digo mientras observo cómo llueve por los grandes ventanales:
—Lo sé. No lo digas. Sé que no debería haberme presentado aquí, pero...
—Pues si lo sabes —me corta—, ¿por qué has venido?
Nos miramos durante unos segundos y veo el sufrimiento en sus ojos.
—Yulia, tenemos que hablar.
El amor de mi vida cierra los ojos y se levanta de su sillón como un leona enfurecida. Sin embargo, antes de que abra la boca, endurezco el tono y siseo señalándolo con el dedo índice:
—Como se te ocurra echarme del despacho, te juro que lo vas a lamentar. A mí me está costando tanto como a ti estar aquí, y más sabiendo que no quieres verme, pero no estoy dispuesta a volver a pasar por la tortura de vivir en la misma casa sin mirarnos, ni hablarnos. Así pues, sólo vas a conseguir echarme de aquí por la fuerza, y no creo que sea bonito que tus empleados vean cómo echas a tu mujer del despacho. ¿O sí?
Aquella menuda perdonavidas pelinegra que hay delante de mí encaja la mandíbula y, tras sentarse de nuevo, se recuesta en su imponente sillón de cuero negro. Su humor está tan oscuro como el día que hace y, mirándome, dice:
—Muy bien. Habla.
Durante unos segundos me quedo congelada ante ella.
¿Qué digo? ¿Qué puedo decir para que deje de mirarme así? Y, tras meditarlo, apunto:
—Yulia, tienes toda la razón del mundo para estar enfadada conmigo por lo que hice y te oculté. Pero créeme que lo que hice fue fruto del despecho y que, en cuanto besé a Gonzalo, me di cuenta de mi gran error y lo aparté de mi lado. Te juro por nuestros hijos que no hubo más. Sólo necesité un maldito beso para darme cuenta de todo.
Yulia no contesta. Me mira..., me mira y me mira con su cara de perdonavidas y yo, con los nervios a mil, prosigo:
—Me dijiste aquello de «Pídeme lo que quieras y yo te lo daré». Pues lo que quiero es que me perdones. Viniste a Kazán dispuesta a reconquistarme y hacerme olvidar y para ello,conseguiste que recordara todo lo bueno que hemos vivido, y eso es lo que yo ahora pretendo también. He venido dispuesta a que me perdones y a hacerte recordar nuestros bonitos momentos para que olvides algo que nunca debería haber sucedido.
Mi amor sigue sin decir nada. Sin duda, sabe cómo martirizarme, pero yo, como una locomotora, prosigo:
—Yulia, te quiero. Te quiero como nunca volveré a querer a otro hombre o mujer en mi vida y, como creo que lo nuestro merece la pena, por eso estoy aquí. Cuando estaba en Kazán, una noche, charlando con mi padre, hablamos acerca de que la vida muchas veces es injusta y no hay nada peor que perder a alguien y luego lamentarte de lo que podrías haber hecho y no hiciste por absurdos enfados y orgullos. Sé que soy cabezota, testaruda,obstinada, terca, burra, persistente, incorregible,pero también sé que soy tolerante, transigente,tierna y cariñosa.
Tengo la boca seca. Yulia, con su impoluto traje oscuro, no dice nada y, mirando un vaso que ella tiene a su lado, pregunto:
—¿Es agua? —Ella asiente y yo insisto—:¿Puedo beber?
Yulia por fin se mueve, coge el vaso y me lo tiende.
Lo cojo, nuestros dedos se rozan y, exaltada por el mal momento que estoy pasando, bebo, bebo y bebo y me acabo el vaso entero.
Una vez dejo el vaso vacío sobre la mesa, sin apartar la mirada de la mujer que se ha propuesto no decir ni una sola palabra, mientras siento que la mala leche comienza a crecer en mí, digo cuando suena un trueno:
—¿Sabes? Creo que la vida nos lo puso difícil para encontrarnos. Tú naciste en Alemania, yo en Rusia, pero el destino quiso que nos encontráramos a pesar de ser dos personas tan diferentes. Desde que estamos juntas, nos ha pasado de todo, hemos aprendido uno al lado de la otra muchas cosas, y nuestra vida en pareja ha estado siempre llena de amor y de pasión, a pesar de que, como dice nuestra canción, cuando tú dices blanco, yo respondo negro. —De nuevo, tomo aire y, dispuesta a terminar con mi monólogo, murmuro—: Yulia, ahora soy yo la que te dice eso de «Pídeme lo que quieras y yo te lo daré». Piensa en todos esos bonitos momentos que hemos vivido juntas, cierra los ojos y pregúntate si te merecerá la pena perdonarme para seguir recopilando momentos increíbles conmigo junto a Flyn, Yulia,Hannah y el bebé que crece en mi interior.
Me callo. Espero que diga algo, pero mi dura rusa/alemana no habla.
Joder, de qué mala leche me pone que haga eso.
Simplemente me mira con su gesto de Icegirl cabreada, y de pronto digo:
—Te doy una hora.
—¿Que me das una hora? —veo que por fin pregunta sorprendida.
Asiento. No sé por qué habré dicho la tontería de la hora.
Como siempre, hablo sin pensar pero, como no quiero dar marcha atrás a la puñetera hora que le he dado, afirmo con la mayor seguridad que puedo mientras miro el reloj:
—Cuando salga de tu despacho, me iré a la cafetería a esperar y tú sabrás si merezco la pena o no. —Su cara es un poema—. Son las dos y media de la tarde; si a las tres y media no has ido a buscarme, significará que no quieres que lo nuestro se solucione y entonces bajaré hasta la recepción, donde Mel me está esperando, y me iré de Müller y de tu vida para siempre.
Su gesto se endurece.
Madre mía..., madre mía..., cómo me la estoy jugando.
Pero, sin bajarme de la burra a la que ya me he subido con todos mis trastos, insisto caminando hacia la puerta:
—Tienes una hora.
—Elena.
Me llama por mi nombre completo. Mal asunto.
No me vuelvo. Si quiere, que se levante y vaya en mi busca.
Cierro la puerta y, durante unos segundos,espero a que la maldita puerta se abra y ella aparezca, pero cuando veo que eso no ocurre, con el corazón desbordado por la locura que acabo de proponer, me despido de Gerta con una sonrisa y me encamino hacia el ascensor. Lo cojo y bajo a la cafetería.
Una vez llego allí, saludo con afecto a algunos empleados que conozco; espero que no noten lo mal que me siento. Acabo de jugarme en una hora el resto de mi vida; pero ¿qué he hecho?
Con la poca seguridad que me queda, me acerco hasta la barra y pido una coca-cola con hielo. Estoy sedienta.
Cuando me sirven, me siento a una de las mesas junto al ventanal, saco mi móvil, lo dejo sobre la mesa y lo miro mientras pienso si Yulia llamará o vendrá.
Angustiada, observo cómo los minutos pasan y Yulia no aparece.
Miro al exterior. El cielo tiene una tonalidad gris, tan gris como mi puñetero día.
A las tres de la tarde estoy que echo fuego por las orejas. ¿De verdad no va a venir?
A las tres y cuarto, tengo el cuello hecho un Cristo de ronchones. ¡Maldita cabezona!
A las tres y veinticinco, miro la puerta, tiene que aparecer de un momento a otro, ¡tiene que aparecer!
Mi mala leche crece, crece y crece, y me siento idiota, imbécil por lo que he hecho,mientras unas irrefrenables ganas de llorar me toman, pero me aguanto. No he de llorar.
A las tres y media, sin esperar un segundo más,me levanto y, con la dignidad que me queda, me encamino hacia el ascensor mientras me cago en Yulia Volkova y en toda su casta.
Al llegar, veo que uno de los dos ascensores está fuera de servicio.
Joder. Tendré que esperar más.
Mientras espero a que llegue el único ascensor que funciona en la empresa, soy incapaz de razonar. El amor de mi vida acaba de meterme un fatídico golazo de los terribles y asoladores por toda la escuadra. Le he abierto mi corazón y la muy gilipollas le ha dado igual.
El ascensor llega. Está petado de gente, y pulso el botón que me llevará a la planta baja, que ya está accionado.
Las ganas de llorar regresan a mí y vuelvo a tragarme las lágrimas mientras mi cabeza es un barullo de preguntas sin respuesta y siento que mi corazón se ralentiza dolorido por la cruda realidad.
De pronto, el ascensor se para entre dos pisos,las luces se apagan y se encienden y unas mujeres que hay a mi alrededor se asustan.
Joder... ¿Y ahora esto?
Durante unos segundos todos los que estamos en el ascensor esperamos a que vuelva a funcionar, pero pasados unos treinta segundos, una de las mujeres comienza a apretar todos los botones con urgencia.
Al ver que a aquélla le va a dar un ataque de un momento a otro, la miro y, llamando su atención, digo:
—A ver..., tranquila. ¿Cómo te llamas?
—Lisa.
Su cara no me suena y, mirándola, pregunto:
—¿Trabajas en Müller?
—No. He venido... he venido a una entrevista.
Varias de las personas que hay allí comienzan a comentar que han venido a esa entrevista y, al ver que ya han entablado una conversación, digo:
—Escuchen. El ascensor se ha parado porque se habrá ido la luz con la tormenta, pero sin duda los conserjes que están en la primera planta ya se habrán dado cuenta y pronto lo solucionarán.
A la mujer le tiemblan hasta las pestañas.
Pobrecita. Sin embargo, parece que poco a poco se tranquiliza.
Pasan los minutos y, cuando soy consciente de dónde estoy, cómo estoy y encima encerrada,siento que voy a explotar de un momento a otro.
Estar encerrada en un ascensor nunca me ha gustado, y comienzo a sudar. Por suerte, llevo el mismo bolso que he traído de Kazán, y dentro está el abanico de flores que Tiaré, una amiga, me regaló. Rápidamente lo saco y comienzo a darme aire.
Madre mía..., madre mía, qué calorazo que me está entrando, y qué angustia de estar encerrada.
Joder..., joder..., ¿a que me mareo?
—¿Te encuentras bien?
Al oír esa voz, ralentizo los abanicazos que me estoy dando y, dándome la vuelta para mirar, me quedo sin habla cuando me encuentro a la mujer que ya no sé si me ha roto el corazón, el alma o qué.
Durante unos segundos la miro con gesto oscuro. Quiero que note lo decepcionada que estoy con ella y, al ver que no dice nada más, me vuelvo de nuevo y sigo abanicándome. Pero, de pronto, me rasco el cuello y oigo en mi oído:
—No, pequeña..., eso sólo lo empeorará —y siento cómo retira mi mano y sopla sobre mi cuello.
Eso... El aire que sale de su boca y da en mi piel eriza todo el vello de mi cuerpo, cuando la oigo decir:
—¿Sabes? Hace años, el destino hizo que te conociera en un ascensor que se paró justamente como éste en Rusia. En poco menos de cinco minutos me enamoré locamente de ti mientras me contabas que, si te entraba el nervio, eras capaz de echar espumarajos por la boca y convertirte en la niña de El exorcista.
Oír eso me da la vida.
Yulia, mi Yulia, vuelve a tirar de nuestros recuerdos. Aun así, no digo nada. No puedo.
Siento que mi rusa/alemana se acerca un poco más a mí y, tras soplarme de nuevo en mi enrojecido cuello, prosigue:
—Tú me has dado unas hijas preciosas y me vas a dar otra igual de bonita, pero sin lugar a dudas lo mejor de mi vida eres tú. Mi pequeña. Mi preciosa pelirroja a la que le encanta retarme todos los días y a la que adoro ver sonreír. —Noto que toma aire y continúa—: Me dijiste que las cosas que merecen la pena en la vida nunca son sencillas. Y tienes razón. Ni tú ni yo somos sencillas, pero nos queremos y nos queremos tanto que ya no podemos estar la una sin la otra.
Ay, que me da... Entre el calor que hace aquí y el ataque de romanticismo que le ha entrado, creo que definitivamente me voy a desmayar, cuando de pronto siento que una de sus manos me coge del brazo, me da la vuelta para que la mire y, enseñándome un paquete de chicles de fresa, dice:
—¿Quieres uno?
Como una tonta, y sin importarme cómo nos miran, asiento. Con una encantadora sonrisa, Yulia saca un chicle, le quita el papel y directamente lo mete en mi boca.
Acto seguido, yo cojo otro, lo abro y se lo meto a ella en la boca. Qué bonito recuerdo aquél.
Luego, ambas sonreímos y ella afirma:
—Ahí está. Ésa es la sonrisa en la que pienso a cada momento del día.
Vale, ya me tiene. Ya vuelve a tenerme donde ella quería, y entonces pregunto:
—¿Qué haces aquí?
Apoyando el hombro en la pared del ascensor para estar más cerca de mi cara, murmura:
—Quería darte un golpe de efecto tras lo que me has dicho y llevo más de media hora metida en el ascensor subiendo y bajando. Tenía miedo de que te fueras antes de la hora y por eso inutilicé uno de los ascensores para que no te escaparas de mí. —Y, acercándose a mí, afirma—: Por cierto,que sepas que, cuando salga de aquí, Björn me va a degollar.
—¿Por qué? —pregunto curiosa.
Mi rusa sonríe y, acercándose aún más,cuchichea con cuidado de no ser oída:
—Como me dijiste que Mel estaba esperándote en recepción, la llamé y le pedí que trajera a Peter para que pirateara el software de los ascensores para poder quedarme aquí encerrada contigo.
Eso me provoca risa. Pero ¿qué ha hecho esa loca? Y yo pensando que había sido la tormenta.
De pronto comienza a sonar por el altavoz del ascensor nuestra canción. Malú canta Blanco y negro,y Yulia me mira con una ponzoñosa sonrisa, me guiña el ojo y murmura:
—Si fallaba el golpe de efecto al verme, sin duda nuestra canción me daría otra oportunidad.
Vuelvo a sonreír. Yulia, mi amor, la mujer de mi vida y dueña de mi corazón, está haciendo lo que necesito. Hace lo que cualquier mujer necesita ver para sentir que la mujer a la que ama está tan enamorada como ella.
—No me ha hecho falta una hora para saber que no quiero vivir sin ti —susurra entonces con voz ronca—, pero sí para preparar todo esto. Por nada del mundo voy a dejar que te vayas de mi vida porque te quiero y porque los recuerdos que tú y yo tenemos juntas y los que vamos a atesorar en nuestro camino son mucho más importantes que las tontas piedras que tenemos que saltar para continuar con nuestro amor.
—Vaya... —murmuro boquiabierta por sus palabras mientras Malú relata nuestra increíble historia de amor.
Desde luego, cuando mi Icegirl quiere, tiene un don de la palabra y de la improvisación impresionante.
—Por cierto —continúa sin importarle las personas que nos miran y cuchichean—. Ya lo había hecho antes de ir a Kazán, pero quiero que sepas que he delegado en varios de mis directivos muchas cosas y, en adelante, tú y yo vamos a disfrutar de nuestras vidas porque, como bien dijiste hace poco, ¿de qué sirve el dinero si no lo disfrutamos? Y, por último, pero no menos importante, quiero decirte que antes, en mi despacho, has olvidado decir que, además de todas esas cosas que has mencionado, eres mi amor, eres apasionada, besucona, maternal,hogareña, malhablada, loca, interesante,apetecible, dura, divertida, sexi, guerrera,pasional, y podría seguir y seguir y seguir diciéndote los millones de cosas buenas y positivas que tienes, pero ahora necesito besarte. ¿Puedo?
Enamorada, la miro. Sin duda, somos tal para cual y, negando con la cabeza, murmuro:
—No.
Su gesto de sorpresa me hace gracia.
—¿Por qué? —pregunta.
Sonrío divertida. Mi corazón va a estallar de felicidad y, acoplándome más a ella, susurro acercando mi boca a la suya:
—Gilipollas, porque te voy a besar yo.
Nuestras bocas se encuentran.
Nuestros cuerpos se recuperan.
Nuestros corazones vuelven a latir al unísono y, cuando nuestras lenguas chocan y se devoran con auténtica pasión, de pronto me atraganto y, separándome de ella, cuchicheo:
—Joder, cariño, acabo de tragarme el chicle.
Yulia suelta una risotada, nos abrazamos ante la cara de todos los que nos miran y luego murmura con disimulo:
—Creo que es mejor que avise a Peter para que haga que el ascensor se mueva.
Atontada por la locura que mi amor ha hecho por mí en la empresa, afirmo olvidándome del chicle:
—Sí. Saquemos a estas personas del ascensor.
Yulia pulsa un botón de su móvil y, pasados unos segundos, el ascensor se mueve y las personas que hay a nuestro alrededor se miran sorprendidas y aplauden.
Cuando el ascensor llega a la planta baja y todos salen, Yulia me da la mano, yo se la agarro con fuerza y seguridad y, encantadas y felices,salimos del ascensor, sabiendo que a partir de ahora, unidas, somos indestructibles y que nada ni nadie podrá con nuestro auténtico, loco y apasionado amor.

Epílogo


Múnich, un año después
Lo que me gustan las fiestas...
Si hay algo que me encanta es tener mi casa repleta de gente celebrando lo que sea. La primavera, la Navidad, o incluso que me ha salido un grano en la oreja.
¡Cualquier fiesta es siempre bien recibida!
Pero, en este caso en concreto, celebramos el bautizo de Polina, mi pequeñína, y de Jasmina, la hija de Björn y Mel.
Desde un lateral del salón, observo emocionada a todas las personas que allí están y que son tan importantes para mí.
Flyn, Peter e Irina ríen cerca de la chimenea.
Como jóvenes que son, no se separan, confabulan, cuchichean, y ya los hemos bautizado como «el trío calavera».
La pequeña Yulia, Hannah, Sami, Glen, Lucía y Viktor corretean por el salón persiguiendo a Susto, a Calamar y a Leya, que disfrutan de la agobiante atención. Son niños, son traviesos, son inocentes, y pienso que sus caras de alegría son una de las cosas más bonitas que he visto en mi vida, mientras los preciosos mellizos de Dexter duermen en el cochecito.
Mi padre y la Pachuca brindan con mi suegra,el padre y el hermano de Björn. La felicidad que veo en sus ojos mientras lo hacen y los niños los rodean es tan gratificante que consigue que me emocione.
Sentados en el sofá, mi hermana y Juan Alberto ríen con Dexter y Graciela. Los dos mexicanos juntos son dos guasones, mientras Björn y Mel cuchichean con Frida y Andrés y, por sus risas, ya imagino lo que planean.
Simona y Norbert hablan con mis cuñados Drew y Marta, mientras Drew tiene en brazos a mi divina sobrinita. Este día les he prohibido a Simona y a Norbert que trabajen. Son unos invitados más de la fiesta y, aunque al principio a Yulia y a mí nos costó convencerlos, al final se han dado cuenta de que ellos son tan familia nuestra como los demás.
—¿Qué piensas?
La voz de Yulia me hace regresar a la realidad y, dejándome abrazar por ella, respondo:
—Pienso en la gran familia que tenemos.
Yulia, mi amor, mi gran amor, mira a nuestro alrededor. Tras lo ocurrido aquel día en el ascensor de Müller, nuestra vida ha ido a mejor.
Tanto ella como yo sabemos lo que queremos, y lo que queremos es estar juntas a pesar de nuestras peleas. ¿Qué sería de nosotras sin pelear y reconciliarnos?
Encantada estoy de tenerla a mi lado cuando mi chicarrona pelinegra me besa en el cuello y afirma:
—Y todo esto es gracias a ti, pequeña. Si tú no hubieras entrado en mi vida, nada de esto sería hoy en día realidad.
Enamorada, me doy la vuelta, la miro, la beso y, en cuanto nuestro beso acaba, afirmo:
—Esto es gracias a las dos. A ti y a mí.
Yulia sonríe, va a decir algo, pero entonces Björn la llama y, tras guiñarme un ojo, se aleja prometiendo regresar.
En ese instante, mi sobrina Irina se acerca a mí y, mirándome, dice:
—Madre mía, tita, ¡me encanta Peter!
Anya, que se acerca también, gruñe al oírla:
—Irina, por el amor de Dios, baja la voz y no seas descarada.
Mi hermana y mi sobrina. Mi sobrina y mi hermana. Sin duda, ellas son una historia para contar aparte y, cuando voy a decir algo para que haya paz, la sinvergüenza de Irina, que no se corta ni con una cuchilla, cuchichea:
—Mamá, pero si es que es igualito a Harry Styles de los One Direction. —Y, dando un suspiro de lo más teatral, añade—: ¡Está buenísimo!
Suelto una risotada, no puedo remediarlo,mientras aquellas dos se enzarzan en una conversación madre e hija y yo decido quitarme de en medio o me salpicará.
Sedienta, me acerco hasta la mesita principal,donde he preparado una gran comilona, y donde el jamoncito del rico vuelve a ser el protagonista, y me pongo morada. ¡Viva el jamón!
Cojo un vaso, lo lleno hasta arriba de hielo y me sirvo una coca-cola. Feliz, le doy un trago.
¡Mmm, qué rica está! Desde luego, si me preguntan por los dos grandes placeres de mi vida, tengo muy claro que la primera es Yulia Volkova y el segundo la coca-cola. Disfrutando estoy de mi segundo placer cuando el primero regresa de nuevo a mi lado, pasa la mano por mi cintura y acabo pegada a su cuerpo. Feliz, voy a besarla pero en ese momento Björn y Mel llegan hasta nosotras y el guasón de mi amigo se mofa:
—Chicas..., chicas..., ¿qué tal si dejan algo para esta noche?
Yulia y yo sonreímos, y Mel, guiñándome el ojo, cuchichea:
—Esta noche, fin de fiesta en el Sensations. ¿Qué les parece?
Miro a Yulia, ella me mira y pregunta:
—¿Te apetece, pelirroja?
Encantada, asiento y digo:
—Por supuesto, pelinegra.
La puerta del salón se abre en ese instante y aparecen Pipa con la pequeña Polina y Bea con Jasmina, y en cero coma tres segundos los orgullosos padres de las criaturitas, Yulia y Björn,ya se los han quitado de los brazos y les están hablando en balleno mientras los críos se parten de risa.
Seguro que piensan que les falta más de un tornillo.
Al ver a aquellas dos preciosidades, todos los asistentes se arremolinan alrededor de ellos mientras Mel y yo sonreímos orgullosas. Nuestros hijos son preciosos y unas calcomanías de sus guapos papaítos. Polina es rubia como Yulia ya que desde hace años se tiñe el cabello de negro, y Jasmina es morena como Björn, con unos preciosos ojazos azules como los de sus papis.
Anya, que es muy niñera, al ver aquello se acerca a Mel y a mí y murmura:
—Qué padre y madre..., son esos dos alemanes.
Nosotras asentimos —¡no lo sabe ella bien!—,cuando de pronto el guasón de mi cuñado se nos acerca, le entrega a mi hermana una copita de champán y dice sin cortarse un pelo:
—Mi reina, esta noche, cuando la fiesta acabe,quiero que me esperes con todo bien caliente en la cama, excepto el champán.
Al oírlo, Anya lo mira boquiabierta,pestañea y murmura:
—Juan Alberto, por el amor de Dios, pero ¿qué te pasa?
Mi cuñado, que ya debe de haberse enterado de que esta noche nosotros vamos al Sensations, agarra a mi hermana por la cintura y susurra como buen macho mexicano:
—Que me muero por tus huesitos, mi reina.
Dicho esto, la suelta y se va dejándonos a Mel y a mí sin saber qué decir y, cuando creo que mi hermana va a gruñir por su descaro, de pronto, la muy diva me mira y, tras dar un traguito a su copita de champán, murmura alejándose de nosotras:
—Ojú, qué arte y qué poderío tiene mi rollito feroz.
Mel y yo nos carcajeamos al oírla, y veo que mi hermana ríe también. ¡La madre que la parió!
Durante un buen rato, mi amiga y yo hablamos.
Me cuenta que Louise, tras su divorcio, ha encontrado un buen trabajo en una compañía de seguridad, y que Björn, con un amigo de Yulia del Tribunal Superior, están machacando a aquel bufete. De pronto, se interrumpe y cuchichea:
—Len..., Len..., mira a la princesa en acción y no te lo pierdas.
Rápidamente busco a la pequeña por el salón y la encuentro parada mirando cómo Björn le dice cosas a la pequeña Jasmina. Björn, otro padrazo.
Sami se separa del grupo de los niños, que continúan correteando y, acercándose hasta él, lo llama:
—Papi..., papi.
Veo que Björn enseguida deja de mirar al bebé que tiene en brazos y pregunta:
—¿Qué pasa, princesa?
La cría pone morritos, ojitos de pena y, cuando Björn se agacha para estar a su altura, dice señalándose la rodilla:
—Me duele aquí, papi.
Mel y yo sonreímos al oír eso. A Sami le está costando compartir su trono con la pequeña Jasmina; su papi era sólo suyo y aún no lleva bien tener que compartirlo, aunque estamos seguras de que lo superará.
Tras intercambiar una mirada divertida con Mel y conmigo, el abogado le entrega el bebé a la Pachuca, que se apresura a cogerlo, y levanta en brazos a la rubita que lo mira con gesto de triunfo.
Luego, la sienta en una silla, se saca una tirita de princesas del bolsillo del pantalón y, poniéndosela con mimo en la rodilla, murmura:
—Recuerda, Sami: la Bella Durmiente te curará mágicamente y el dolor se irá, tachán...,chan... chan..., ¡para no volver más!
El gesto de la cría cambia de inmediato. Tener la atención de su papi es lo que buscaba, y ya la tiene. Después de darle un abrazo y Björn deshacerse en besos con ella, se va de nuevo a jugar con los niños; ¡es lo que toca!
Mel y yo nos miramos. Sonreímos ante aquello, y Björn, acercándose a nosotras,cuchichea abrazando a Mel:
—Qué le vamos a hacer. Todas quieren estar conmigo.
—Eh, 007, ¡no seas tan creído! —responde Mel riendo.
De pronto comienza a sonar por los altavoces del salón a toda leche September,de Earth,Wind & Fire, una canción llena de positividad,buen rollo y encanto.
¡Madre mía, cómo me gusta!
Miro a mi suegra; ella ha sido quien la ha puesto y ha subido el volumen, sé cuánto le gusta esa canción. Me guiña un ojo y, al ver que comienza a bailar, no lo dudo y, como he hecho en otras ocasiones, bailo con ella sin ningún sentido de la vergüenza. Al vernos, Marta da un grito de felicidad, se nos acerca bailando y, pocos segundos después, se nos unen Mel, Anya,Graciela, Irina, la Pachuca y ¡hasta Simona! Pipa y Bea desaparecen despavoridas con los bebés.
Todas las mujeres, rodeadas de los niños,bailamos aquella alegre canción, hasta que mi suegra, que es un terremoto, mira a los hombres y exige a gritos:
—Esto es una fiesta, venga, ¡todos a bailar!
Y, dejándome flipada como siempre cuando se lo propone, la primera en acercarse a mí moviendo las caderas es mi esposa. Mi guapa,atractiva y sensual Yulia Volkova hace que todos aplaudan, y yo sonrío a más no poder.
¡Dios mío, cuánto la quiero!
Tras ella, todos los hombres comienzan a moverse, y cuando todos, absolutamente todos los que estamos en el salón bailamos, incluido Dexter con su Graciela, sentada sobre él, me agarro al cuello de mi amor y murmuro encantada:
—Te quiero, gilipollas.
Decir que la quiero se queda corto..., muy corto, y lo mejor es que sé cuánto me quiere ella a mí.
Está claro que las cosas importantes en la vida nunca son sencillas. Pero nosotras nos queremos y deseamos seguir sumando preciosos recuerdos a nuestra vida en común y, sin duda, el que estamos viviendo rodeados por la familia será uno más que sumar, y más cuando mi amor me mira y, con una de sus increíbles sonrisas, dice antes de besarme:
—Pequeña, pídeme lo que quieras y yo te lo daré.




FIN I love you
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Re: PIDEME LO QUE QUIERAS y yo te lo daré// Adaptación

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