EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Lun Dic 11, 2017 11:10 pm

Hola Very Happy
me gusto mucho el capitulo
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andyvolkatin

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Miér Dic 13, 2017 6:31 pm

Hoy me porté muy bien, así que les dejo otro capítulo!!  Twisted Evil

Capítulo 47: Apagón


—¿Qué hace aquí?

—Yo la llamé… —me dice burlando mi mirada, sus hombros suben y bajan como si hubiese dicho algo sin importancia, pero hacer que Lena venga al bendito concierto es muy significativo… y molesto, debo añadir. Le dije que no quería verla— . Lo siento, no gasté cien Euros en cada entrada para quedarme con una en el bolsillo, Yulia. Aguántate.

¿Cómo diablos lo logró? ¡Lena la o-dia!

—No me pongas esa cara, esto habría sido más fácil si la llamabas tú, pero antes de que la mandes de regreso a tu departamento, te diré lo mismo que a ella.

Okey, la escucho. esto suena interesante. Me cruzo de brazos y espero.

—Ustedes dos, como mínimo se quieren, quizá en este momento no lo parezca, pero es así.

—No veo cómo la convenciste con eso.

—No la convencí con eso, pero creo que cuando le dije que ustedes dos están en el mismo barco, lejos de todo lo que conocen, con familia que no ven por una u otra razón, con el corazón roto por una estupidez, porque ignorarse de esta manera es una estupidez, cambió de opinión —me aclara—. Sin embargo, a ti, te diré algo más. Tú al menos me tienes a mí y por ende a Rachel. Lena está literalmente sola en esta ciudad. Tú sabes cómo se siente, cómo duele, lo duro que fue ese primer día. No seas una mierda de ser humano, Yulia.

Y claro, ahí va convenciéndome a mí también.

—Están obligadas a vivir juntas, pórtate como una persona medianamente madura y racional, ¿quieres? ¡Convive con la chica! ¡Ayúdala en esto, no la está pasando bien! No es algo que pidió a gritos, igual que a ti, la obligaron.

Volteo ligeramente la cabeza a la izquierda y miro a Lena con la colilla de mis ojos. Tiene una cara de pena que no se la quita nadie y sus ojos, aunque no los veo de frente, se notan hinchados.

Estuvo llorando, genial.

—Si vas a portarte como una niña, toma tu entrada y sitúense a lados opuestos del coliseo, Rach y yo estaremos justo en frente.

Y con eso me da una sonrisa fingida, me entrega el boleto, se da media vuelta para abrazar a su novia por la espalda, y juntas se encaminan a la fila que va entrando por la puerta número tres.

He venido soñando con este concierto desde que llegué a esta cuidad el año pasado. Ade me regaló la entrada por navidad, pero maldito su empeño en que resuelva mis problemas con Lena. Tenía que comprar otra entrada cuando le conté, esta mañana en el camino a la escuela, que desde hoy hasta quién sabe cuando, seremos compañeras de departamento y escuela. Empeñadísima, Ade a veces se pasa, es como la mamá gallina que hace lo imposible para que sus pollitos sigan la línea recta tras ella.

¿Cómo me pide que sea madura en una situación como la nuestra?

Ah, es obvio, es que no sabe qué pasó, ni lo que yo hice, o lo que ella me dijo que hizo, porque me rehuso a creer que, Lena y sus amantes, hicieron una orgía hace poco. Y no es porque yo crea que el sexo es algo malo o experimentar con él, o que Lena no sea capaz de algo así, ¿pero Marina… aceptando tener sexo con Leo?

Aunque quién sabe…

¡No, basta! No más pensar en que sucedió entre ellos, o sí algo realmente sucedió, o si solo quería fastidiarme porque estaba dolida por lo del diario. Ya he reflexionado sobre esto la mayoría de noches de este mes.

¿Madura, yo?

Pfff, ni medianamente como lo sugirió.

Lena sigue allí, tiene una mano metida en el bolsillo y la otra sujetando la entrada. Está esperándome sin mirarme, aguardando a que me acerque.

¿Voy o no voy?

Hay mucho de qué hablar antes de que podamos compartir un espacio juntas en paz.

¿Y si no lo hago? ¿Se quedará ahí parada congelándose toda la noche? Hace mucho frío.

¿Qué hago?

¿Por qué cambiaron tanto las cosas entre nosotras? Hasta cuando no éramos amigas habríamos podido disfrutar de un concierto juntas, bailar, cantar; nos habríamos tomado fotos de las cuales yo me habría quejado eternamente, pero las subiríamos a nuestras redes sociales de todas formas, ella festejando por la increíble noche que pasamos y yo protestando porque me tocó compartirla con ella.

No dejo de mirarla. Su pecho se infla de repente con un suspiro profundo, baja la mirada y exhala. Todo el vapor sale por su boca y se esparce por el aire como una nube. Niega suavemente y comienza a caminar, pero no hacia la puerta, va al lado contrario; se está yendo.

¡Diablos!

"¡Síguela!"

"Mejor entremos al concierto. Si ella se va, no es nuestra culpa. Ademas, nos podemos encontrar con una chica linda y woo…"

"¡Síguela, Yulia! ¡Se está alejando!"

Miro a la puerta, miro a la entrada —Madonna—, la miro a ella. Se va perdiendo entre la gente, cada vez con mayor rapidez.

Está huyendo de mí.

¡Mierda! ¡Madonna! Ya nada.

Agilizo mi paso y troto tras ella, tengo que acelerarme para alcanzarla.

—Lena… —le grito ya a una corta distancia—. ¡Lena, espera!

—Ve al concierto Yulia. Fue un error venir —me dice, bajando la velocidad hasta detenerse—. Le pagaré a tu amiga el boleto… o mejor ten, invita a uno de tus nuevos compañeros. Aun hay tiempo para que lleguen… —Lena me estira la entrada, negándose a verme, pero es evidente que está llorando por cómo sorbe su pena en respiraciones entrecortadas.

Odio verla así. ¡Odio todo esto! ¿Por qué las cosas no pueden ser como antes? Ni siquiera pido que regresen a lo que eran cuando decidimos ser novias, solo cuando éramos enemigas.

—Ade me mata si te acepto el boleto, quiere que tú y yo… socialicemos o algo.

—Me lo dijo: «Son los dados que cayeron en el tablero y hay que jugarlos» —me cuenta. Un discurso muy a lo Ade—. No tiene malos puntos. Queramos o no, compartiremos mucho tiempo juntas ahora que me instalaron en tu casa.

—Sí, en eso tiene razón.

—No lo niego, fue convincente y… es obstinada —me dice queriendo reír—. Me marcó como veinte veces antes de que le conteste con un grito.

—¿Y cómo sabías que era ella para no contestarle?

—Encontré sus datos… en su página de Facebook.

—Oh, estuviste de stalker.

No sé si sentir halago de que haya buscado información de la persona con la que cree que me acosté. Digo, los celos, hasta cierto punto, son como un halago, ¿no?

—Hay que analizar a la competencia… —me confirma sus intensiones y pierde la sonrisa. Su tristeza regresa y prefiere callar lo que sea que haya estado por decir.

—Aún tenemos tiempo para encontrar buenos asientos. ¿Vamos a ver a Madonna? —Intento cortar ese mal momento ofreciéndole algo más divertido que hacer, pero termino sonando patética. Debí decirle: «¡Tenemos diez minutos, muévete, Katina!» y jalarla de regreso al coliseo. Muchas cosas han cambiado.

—Ve tú, yo le pagaré el boleto a Ade; iré a casa, estoy cansada.

—¿De llorar y estar sola? —le pregunto, recibo una simple mueca corroborando mi suposición.

—Algo así… —Acepta, volviendo a estirar la entrada hacia mí.

Voy a hacer algo muuuy estúpido.

"¡No!"

Demasiado estúpido.

"¡No, Yulia! ¡Vamos al concierto! ¡Es Madonna!"

"Es la única gira que hará este año por Moscú, ya lo dijo".

"¡Convéncela y vamos a Madonna!"

"Déjala y vamos a conocer nuevas chicas…"

¡Ni siquiera se te ocurra salirme con el «woo» porque nos mato a todas!

Dios, como odio a la nueva.

—Yo también estoy cansada —le admito. Aquí viene mi estupidez—. ¿Vamos a casa?

Lena me examina. No se cree lo que acabo de decir, sabe cuánto me gusta Madonna.

—Deberías quedarte con tus amigas.

—Ellas están bien, solas.

No la convenzo. Mira el camino de regreso, pensando si ir o no, pero de verdad la noto exhausta. Vino aquí… ¿solo por mí?

—Mira, Lena. Sé que no… hemos hablado sobre la pelea, sobre lo que dijimos… sobre lo que yo hice.

—Fue una dura pelea.

—Sí, lo fue —concuerdo—… Hay cosas que… necesito decir.

Lena guarda silencio, lo tomo como una señal de que me escucha. Bien…, aquí vamos.

—Jamás debí levantarte la mano, mucho menos cachetearte así. Nada lo justifica —le digo y sigue callada, sigamos—. No sabes cuánto lo siento, fue tan irracional y estúpido responderte así, perdóname.

—Dolió.

—Lo sé, mi mano latió por horas del golpe…

—No, no eso. Sí, dolió el golpe, no lo niego. Pero lo que más dolió fue enterarme que, alguien a quien le abrí por completo mi vida (porque a nadie, ni a Nastya le conté muchas cosas), no pudo ser sincera en su mínima expresión.

—Tenía miedo… de lo que pasó, de hecho.

Las ironías de la vida, haces algo para evitar el Apocalipsis, termina siendo lo que trae el Apocalipsis.

—Sabía que lo tenías. Por eso te lo pregunté aquella vez.

—¿Cómo?

—No sé, un presentimiento, tu cambio de actitud conmigo. No eras lo suficientemente curiosa (dejando a un lado a Leo y Marina), pero sí eras muy comprensiva. La verdad es que lo sospeché desde el día que te di mi diario actual y no quisiste leerlo, fue algo en las preguntas que hiciste… en cómo te preocupaba si yo aceptaba que alguien lo leyera así nada más.

—Si te molestaba tanto que lo hiciera, por qué no lo dijiste. Me habría detenido.

—Porque… no lo sé. No fue eso en realidad lo que me molestó. Te lo pregunté porque creí que serías honesta, que si lo tenías lo confesarías y hablaríamos al respecto. Te creí cuando dijiste que no. Dolió saber que no puedo creerte.

¿Y puedo yo? ¿Se acostó con los dos?…

Nop, no me concierne, ella estaba en lo correcto en eso, podía hacer lo que quisiera, no éramos novias.

—Ve al concierto, Yulia. Ten la otra entrada. Disfrútalo.

—No, vamos a casa.

—Puedo ir sola.

—¿Quieres estar sola? —le pregunto, su mirada decae por dos segundos y niega, llevándose la entrada hasta el bolsillo.

—Vamos al concierto entonces —me dice y comienza a caminar de regreso. Yo la sigo a un lado—. Ade… no es tan mala como yo creía.

—No, está loca nada más. Es buena onda.

—Rachel es linda.

—Ya veo, la parte que te convenció fue Rach —me río. Lena no estaría aquí si no supiera que Ade tiene novia y que ella y yo no somos nada—. ¿Habló contigo?

—Después del sermón de tu amiga, ella tomó la posta y me pidió que viniera, dijo que no querían a la Yulia toca arpas lamentándose todo el concierto.

—¡Hey! —Reímos.

—Tienes buenas amigas, Yulia —me dice como un halago. Lo tomo. Lo son.

—¿Segura no quieres ir a casa a descansar?

—Nah, es Madonna… puedo sacrificarme.

—¿Nah, es Madonna? —menciona como si estuviéramos a punto de ver a Pimpinela o una mierda de esas— ¡Es Madonna, ponle algo de emoción!

—Creo que le faltan carbohidratos a mi emoción.

—¡No hay problema!

Allí, en la esquina antes de llegar a la fila, veo un puesto de Hot dogs y me acerco sacando un billete del bolsillo.

—Deme dos, uno con extra mostaza.

Le paso el suyo y ella me sonríe con esa dulzura que me encanta. Extrañamente esto comienza a sentirse menos como una obligación de Ade y más como una cita…

"Relájate, aun tenemos mucho de qué hablar".

"Y no necesariamente con Lena, eh".

"Sí, vinimos a un concierto donde habrá muchas niñas lindas y…"

¡No digas «woo»!



Siento que aún quedan mentiras que llevan sonido...


No es que no la haya visto desnuda antes. Por favor, he besado esa desnudez, he pasado mis manos por cada centímetro de su cuerpo. Pero es idiotizante, sí, idiotizante verla dormir destapada de un lado y con la camisa de dormir subida hasta el filo de sus senos.

Su cadera, su ombligo, la línea de sus costillas, ese monte —aun cubierto— que me mantiene con esta atención y sin poder conciliar el sueño, admirándola.

Yo estuve ahí, yo la toqué. Justo ahí la mordí sacándole una carcajada, más arriba la hice gemir con una delicada lamida. Yo la conquisté…

Sé que quería lastimarme cuando dijo que había olvidado lo que era tener buen sexo, cuando me declaró que se había acostado con Leo y Marina. Elijo creer que es así… pero ¿y si es verdad? Ella tuvo muchas relaciones antes que yo, Marina fue su primera vez con una chica y fue increíble, lo escribió en el diario, no se mentía a sí misma. Yo…, no estoy segura de haber sido eso para ella, de haber igualado a la rubia.

El gran problema de las palabras que se dicen con ira —con intensión de dañar—, es que hacen precisamente eso… dañan, duelen, matan.

Ella fue mi mejor pareja, mi increíble; yo pude ser su peor.

Suspiro al verla. Me gusta cómo su pecho y su abdomen se inflan y decaen nuevamente. Un día, esas respiraciones agitadas, fueron por mí… O las fingió, pero yo estuve ahí.

¿La conquisté? ¿Fue real?

Es lo que yo creí.

¿Qué es lo que valida una relación? ¿Cómo estás segura de que eres o fuiste relevante?

Lena siempre estuvo bien sin mí, y yo tan miserable sin ella. No sé si eso hace lo nuestro más real o más ficticio.

¿Se daba cuenta siquiera de lo mucho que me podía, de cómo una mirada suya me quitaba la respiración? ¿Entiende lo que me duele verla justo así, cuando sé
con seguridad que jamás volveré a estar ahí?

¿Fingía? ¿Fingía por mí como una vez yo fingí por Aleksey?

El pecho se me encoge con una angustia que no es precisamente angustia, es una punzada al ego, porque ahí está la persona que yo amo, ahí está, a menos de dos metros de mí y a la vez tan lejos.

Ya no puedo verla, ya no quiero hacerlo.

Me levanto haciendo el menor ruido posible y salgo de puntillas a la sala, cierro delicadamente la puerta de la habitación y camino más tranquila hasta el sillón.

Las ganas de encender un tabaco me matan, pero no volveré a fumar dentro del departamento. Por más que haya anunciado que estaba en mi derecho y que no permitiría quejas, respeto a Lena y no fumaré aquí mientras vivamos juntas.

Voy al refrigerador por algo que me distraiga. Encuentro una bolsa de zanahorias miniatura listas para comer y las coloco en un recipiente hondo. Tiro a la basura la salsa Ranch que viene dentro del paquete. ¿Qué punto tiene comer verduras si les vas a aumentar toda esa caterva de calorías?

La comida chatarra a la hora de la comida chatarra y, la saludable, sin salsas o mayonesas, por favor.

En fin. Regreso al sillón y me acomodo con la cobija que Lena dejó doblada aquí ayer y enciendo la televisión. Huele a ella.

Está justo en el canal de los programas de tatuajes. Lo cambio, me recuerda a su mostacho… mi mostacho, de hecho.

En otro canal están dando una maratón de The Vampire Diaries… Meh, veámosla. Es sábado de madrugada y no hay nada mejor que hacer.

Nina Dobrev es linda, no tanto de Elena; me gusta cuando es Katherine. Así, mala… malota y buenota.

Dios, soy tan vulgar.

"Te gusta la version morena de Lena".

¡No me arruinen la serie y lárguense! ¿No están cansadas? Vayan a dormir.

"Si quieres que te dejemos en paz, la que tiene que dormir eres tú, querida".

Aj, solo cállense y veamos la serie, ¿sí?

Sigo comiendo mi bocadillo mientras trato de concentrarme en la trama. Elena y Damon están teniendo sexo —cómo era costumbre después de que descubren que se aman—, perfecto para disipar mis actuales sentimientos con Lena, per-fec-to.

Damon es tan sexy y Stephan tan tonto. De verdad, ¿quién se enamora de ese bobo? No me acostaría con él en un millón de años.

"Pero sí con Nina".

Ya van a decir que ustedes no. ¡Es Nina Dobrev!

"Tienes una «Nina» en la habitación de a lado. Ve… acuéstate con ella".

¡No!

"Acuérdate de lo bien que la pasamos cuando te quitaron el yeso".

Cómo quisiera olvidarlo.

Al caer la noche salimos al patio para ver las «estrellas» —como si pudiéramos ver muchas bajo el esmog—, pero fue una linda excusa para pasar un rato haciendo nada mirando al cielo.

Lena intentaba unir figuras con los puntos de las estrellas.

—¡Mira un conejo! —me dijo apuntando a la nada absoluta. ¿Cómo iba a encontrar la misma figura? No compartimos pensamientos y esa forma no existía en el todas las estrellas del universo.

—No lo veo.

—¡Vamos, ahí está!

—Nnnop.

—Mira, ¿ves esas dos que son más grandes?

—Sí, pero ahí no hay un conejo, hay una línea recta.

—Esas son sus orejas, tienes que seguir por las otras y dar la vuelta entera.

Traté, lo juro, pero o yo estaba completamente ciega o Lena había comenzado a delirar. Pasaron varios minutos y le dije que por fin lo veía, solo así se calmó.

—Si fueses un conejo, serías blanca, blanca, blanca, pero son los ojos rosados en lugar de azules.

—Y tú serías uno rojo.

—¿Qué? Sería uno color bonito…

—Primero, el "bonito" no es un color y tú eres roja. ¡Mírate! —Le señalé su propio cabello—. Serías un conejo rooojo, acéptalo.

—¡No soy roja! —comentó y noté que comenzaba a irritarse. Decidí seguirla molestando, no hay nada como ver a Lena semi enojada, es tan linda—. Tú y yo
somos casi del mismo color —me dijo.

—¡Ja! Eres palida, rosada, ro-ja.

—Pffff, si vamos por ahí, tú eres transparente, o sea, no existes… ¡Ja!

—¿Ah, sí? ¿Y cómo tienes sexo con alguien que no existe?

—Pues… no lo tengo.

Linda, dije.

—¿Y qué hicimos anoche?

—Aparentemente nada.

Ya con eso se cruzó de brazos.

—Yo recuerdo que «la nada» te hizo venir varias veces, una en mi boca.

Su cabeza negaba para no reír, recordándonos en su cama hace menos de veinticuatro horas.

—Me encanta tu color de piel —le susurré al oído, girando a mi lado para abrazarla—. Amo el contraste de nuestros cuerpos, tus pezones rosados, el lunar diminuto y oscuro que tienes allí abajo… Eres tan… hermosa.

Se resistió hasta ese instante. Volteó inspeccionándome con sus enormes ojos, sus labios comenzaron a subir hasta formar esa sonrisa tan particular y me besó.

Una cosa llevó a la otra y terminamos la noche desnudas bajo sus sábanas, contando lunares y pecas en la piel de cada una como si fuesen estrellas, dibujando figuras con las puntas de los dedos, ayudadas de su pequeña linterna de lectura.

Yo estuve ahí, en su piel, estuve en su cuerpo, vi, toqué y besé cada milímetro, cada marca, cada valle…

¿Fingía entonces?

¿Por qué dejo que un grupo de palabras que, con una alta probabilidad, no significaron nada, me afecten así?

Seguramente por la misma razón que ella no ha negado lo que dijo. Tuvo el trío, «el mejor sexo de su vida» y yo fui el peor.

Duele, pensar en esto, en ella, en nosotras… duele.

—¿Qué haces aquí? ¿No podías dormir? —me pregunta asustándome un segundo. Estaba tan perdida en ese recuerdo que no la sentí llegar.

—Algo así —le respondo.

—¿The Vampire Diaries? ¿Te molesta si me uno?

—No, para nada —le digo y se acomoda a mi lado. Le convido de mis zanahorias; me agradece mordiendo una con un audible crujido.

Hmm, somos dos conejos. Yo el blanco y ella el rojo… lindo recuerdo.

Cómo quisiera olvidar esa noche, esos días, nuestra estúpida relación. Pensar que para mí fue lo mejor… y yo su peor.

Qué patética soy


Tan patética como un sábado por la noche, y un domingo en la mañana...


No quería empezar el domingo con la misma letanía con la que terminé el sábado, por lo que no me permití dormir pasadas las ocho de la mañana. Me apresuré a darme un baño y me vestí hecha un rayo para salir a la panadería y comprar mi pasta de milhoja. Ya soy amiga de los dueños, si es que a llegar todas las mañanas y retirar el pedido que dejo pagando por anticipado los lunes, se puede llamar amistad. Me saludan por mi nombre, así que… quizá.

Llegué a la caja y «recordé» —como si pudiera olvidarlo— que ya no vivo sola; la cuestión se hizo tan evidente como un letrero de neon afuera de un motel.
¿Regreso con o sin pasta para Len?

—Yulia, te extrañamos ayer —me saludó Luciano, señalando la bandeja a su izquierda—, hoy puedes llevarte dos pastas o pagar nada más por seis para la próxima semana —me explicó y tenía razón, no fui la mañana del sábado porque llegamos muy tarde del concierto y dormí hasta medio día y, en nuestro acuerdo con la panadería, si no llego hasta las diez, venden mi pasta y al día siguiente puedo canjear dos.

Sería pasta para Lena, entonces. Pagué el pedido para los próximos siete días —por dos, yo siempre tan amable— y recogí mi pequeña caja para volver al apartamento.

Terminé comprando dos milhojas. No tenía ni ganas ni tiempo de discutir quién es la que come milhojas en mi casa —esa soy yo—, no le iba a dar la oportunidad a Lena de llevársela y dejarme con el pie de frambuesas.

Caminé de regreso al edificio, hacia bastante frío; a varios metros de la puerta, noté algo que me llamó la atención. Un auto muy parecido al que mi madre me contó que se había comprado hace poco. El Nissan Sentra color rojo estaba estacionado justo en frente de la entrada.

Seguí caminando, subí dos escalones, y regresé a verlo de reojo. Ahí estaba el maldito colgante de cruz de mamá, ese que yo tanto odiaba de su antiguo Ford.

—¡Oh, mierda!

De nada me sirvió maldecir, el portero me confirmó que mi santa, pura y virgen madre estaba subiendo a mi departamento por el único ascensor del edificio para encontrarse con la pecadora que le robó la inocencia a su hija.

Si Dios existe, tiene una graciosa manera de divertirse conmigo.

¡¿De verdad, hombre de los cielos?! ¿Tienes que lanzarme todo a mí?

—Señorita, no porque presione más veces el botón, el elevador va a llegar más rápido —me comentó Boris, el portero, claramente preocupado por mi insistencia.
¡Pero yo necesitaba que esa cosa bajara ya!

Mi cabeza giró instintivamente hacia la puerta de las escaleras.

¿Alcanzaría a subir a pie o corriendo?, ¡¿escalando paredes como si supiera parkour?!

Definitivamente no con dos pastas encima.

Volteé hacia la pantalla de los números de los pisos; seguía subiendo… piso ocho.

"¡Llámale a Lena, dile que no le abra la puerta a mamá!"

—Buena idea, buena idea. —Pensé en voz alta. No dudo que Boris me haya creído loca en ese momento, pero poco me importaba. ¡Necesita evitar a toda costa ese encuentro!

«Hola, has llamado a Lena Katina…»

—¡Mier-da se-ca!

Escuché risas. Boris y Jesús, súper amigos en esto de encontrar mi desgracia divertida.

—¡Maldita sea, baja ya! —grité y el hombre a mis espaldas terminó de reír y se limpió la garganta.

—Su madre subió hace más de diez minutos, señorita.

—¡Ah, no! Me lo hubiera dicho antes. ¡Así me evitaba el paro cardíaco que acabo de tener! —le reclamé, él lo encontró más gracioso. Me acerqué hasta la mesa de la recepción y golpeé mi frente contra el tablero—. Ya qué, Boris, ya qué. Se va al diablo todo. Dígame, ¿le gusta el café?, porque puedo dejarle de herencia varias bolsas que compré la semana pasada.

Pensé en ese momento que lo más lógico sería huir, salir por esa puerta y dejar que mamá descuartizara a Lena. ¡Ella tiene la culpa de todo esto! ¡¿Para qué diablos me besa en el aeropuerto?! ¡¿Por qué frente a mi madre?

¡Su culpa, que la mate! Así yo tendría un problema menos… pero no, no lo hice.

¿Cómo resistirse a proteger a la medio alemana? Todavía tiene mi corazón en sus manos. Que me lo devuelva y después, mamá puede hacerla picadillo.

—No se angustie señorita —me dijo el portero, tras oír más de mis quejas—, vaya tranquila. El ascensor está por llegar.

Exhalé y volví a ver que sí, ya se estaban abriendo las puertas hacia mi muerte.

—Boris, si no vuelvo a verlo, le agradezco por ayudarme con el calefactor el otro día y por no dejarme caer cuando me resbalé en el hielo.

—De nada señorita, que tenga buena suerte con su mamá.

Así fue que caminé hacia mi final, lentamente, ingresé al túnel y, resignada a no volver al mundo, esperé a que llegara al veinteavo piso.

No me encontré con cánticos angelicales o una luz muy brillante cuando arribé, además de la que entraba por el ventanal del pasillo por donde se veía la nieve caer con mucha tranquilidad. Fue cuando caí en cuenta, había demasiada tranquilidad; silencio absoluto en las puertas de mi deceso. Puse un oído a la misma y
no escuchaba absolutamente nada.

¿Me equivoqué de piso?

"Ya la mató, la descuartizó y la está metiendo en fundas de basura para tirarla por el orificio de la pared".

"¡Todavía hay tiempo de escapar! No tenemos que pasar en la cárcel el resto de nuestras vidas".

"Llama a papá, necesitamos un abogado penal, un pasaporte falso, un boleto a Brasil… no, mejor a… ¿qué otro país no tiene tratados de extradición?"

La paranoia se apoderó de todas las voces que, en su descuido, ni se dieron cuenta de que ya había colocado la llave en el picaporte y lo giraba para entrar.

"¡Nooooooo!", me gritaron todas juntas y me detuve de golpe, viendo a mamá muy civilizada, sentada en la sala, sola.

—Hey, no esperaba verte aquí —le dije como idiota y le di la espalda para evitarla, además de parar y cerrar bien la puerta. Tomé valor y caminé hasta la cocina,
dejando las pastas sobre el mesón.

Era hora de actuar casual, como si no sucediera nada del otro mundo.

Digo, la chica con la que perdí mi virginidad homosexual no estaba viviendo conmigo, para nada. La joven que le abrió la puerta era la mucama que se le parece mucho, pero no es ella, no, no, no. Lo que pasa es que la pobrecita no tiene más ropa que su pijama, así que viene a trabajar con eso… en domingo.

Sí, ni yo me lo creía.

Me quité el abrigo y lo colgué, retrasando nuestro acercamiento lo más posible.

—Tu… amiga, dijo que se daría una ducha.

Sí, pobre la mucama, no tiene baño en su casa, ni agua, ni luz; pobrecita y yo soy un alma tan caritativa qué… Ajá.

—No fuiste ayer a nuestro almuerzo.

Eso, por eso se dio la molestia de visitarme, por el maldito almuerzo que olvidé que teníamos programado y todo por aceptar la invitación que Ade y Rachel nos hicieron a Lena y a mí para mostrarle la cuidad.

—Lo olvidé —le dije dándole un beso en la mejilla y me senté en el sillón de enfrente.

—Ya me imagino el porqué —respondió de forma despectiva. No había cambiado nada en veintisiete días de no vernos.

—Sí, fue por eso —le confirmé sin especificar nada, porque ¿qué importaba?, ya sabía a quién se refería.

— Alik me dijo que no te insistiera si es que no ibas.

—¿Y qué haces aquí?

—Te extrañaba, ¿no se puede?

Obvio que se puede, pero…

—Pudiste llamar antes de venir.

—Y tú pudiste decirme que estabas viviendo con tu novia.

—No somos novias.

Me viró el rostro haciendo una mueca de asco y me vi obligada a aclararle la situación.

—Tampoco somos amantes, mamá. Está aquí porque necesitaba salir de Sochi.

—Eso espero, no sabes con quién se ha acostado esa chica.

Sí, lo sabía y lamentablemente no era yo.

—¿Cuánto tiempo se va a quedar?

Alcé los hombros, frunciendo los labios hacia abajo.

—¿Y quién está pagando sus gastos, tu papá?

—Lena tiene sus propios papás, ¿sabes?

—¿Y por qué está aquí? Que regrese con ellos.

—¿Por qué no regresas tú a tu casa, mamá? Yo tengo hambre, quiero desayunar y preparar la tarea para mañana. No tengo tiempo para que estés ahí sentada juzgando como decido vivir.

—¿No has extrañado verme? —preguntó menos molesta, más preocupada de nuestra indiferente interacción.

—Ya me acostumbre a vivir… sola —le dije, volviendo a recordar que ya no lo hago, tengo a una Lena en la ducha.

—Te ves más delgada —mencionó—, pero bastante bien. —Se acomodó la cartera al hombro y se levantó, obligándome a imitarla—. Me da gusto verte, aunque sea unos minutos.

Asentí un par de veces y caminé tras ella acompañándola a la salida.

—Espero que pronto tengas tiempo para ir a almorzar conmigo. Me gustaría… charlar.

Sí, a mí también, de hecho. Me gustaría tener esa confianza que compartíamos hasta hace unos meses. Me sonrió, me dio un breve abrazo y siguió su camino al ascensor.

Esperé a que ingresara y las puertas del elevador se cerraran antes de entrar nuevamente a casa, encontrándome con mi maldito karma parada a cinco centímetros detrás de mí.

—¡¿Quieres matarme de un susto?! ¡Suficiente tengo con ver a mi madre!

La mucama, digo, Lena se hizo para atrás y se mantuvo en silencio hasta que me tranquilicé y logré hablarle.

—¿Estás bien? ¿No te hizo nada o…?

—No, estoy bien —confirmó—. Solo le abrí la puerta y… No dijo nada, se sentó y yo me disculpé para ir…

—A bañarte.

—Sí.

Me extrañó ver a Lena alterada, porque lo estaba; nerviosa, confundida, podría creer que hasta la vi temblar.

—Desde hoy en adelante, si alguien timbra, será mejor que veas por la mirilla y si es ella, no le abras.

—Okey —acordó y calló parada en le mismo lugar. Muy extraña.

—Te traje una pasta… ¿Quieres café?

—Un té está bien, pero ya lo hago yo, no te preocupes.

¿Pero cómo no hacerlo?

La he observado desde ese instante y su actitud comienza a inquietarme.

No creo que sea la expectativa de la nueva escuela, lo que la tiene así. Es algo que pasó mientras yo no estaba en casa.

Ya es de noche y está sentada en su cama, haciéndose la que lee un libro al cuál no le ha volteado una página en más de dos horas.

Algo le sucede, algo que necesito saber...
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por denarg_94 el Miér Dic 13, 2017 9:42 pm

Nooo! ¿Qué le habrá hecho la mamá de Yulia? :O Grácias por portarte bien! Jajaja espero que nos leamos pronto Very Happy
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Sáb Dic 16, 2017 12:47 am

Hola Very Happy
que buen capitulo
me gusto mucho
que le abra dicho a Lena la mama de Yulia
de lo afectava que estaba yulia por ella o la amanazo
espero la sigas pronto por fa study
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andyvolkatin

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Dom Dic 17, 2017 7:51 am

En realidad no es que me esté portando muy bien, solo es que he tenido más tiempo libre para poder dedicarme a subir más capítulos  Cool Gracias chicas, por comentar, por leer, y estar siempre presente  Laughing


Capítulo 48: Say It Ain't So


Tenía once años la primera vez que creí estar enamorada.

Él era un chico muy listo, dulce; era alto y atlético, relajado en su forma de ser, lo mejor de todo, no le importaba perder la tarde viendo a dos niñas cantar como locas con un cepillo de cabello como micrófono o ser el único asistente de la obra de teatro que Nastya y yo habíamos preparado. Leonid era perfecto, nuestro admirador número uno, ¿cómo no enamorarse de él?

Solía caminar conmigo a casa cuando mamá no podía pasar por mí. Charlábamos de cosas sin sentido, a veces me daba detalladas lecciones de música o me platicaba de sus amigos y de las chicas que le gustaban. Yo tomaba notas mentales. Le gustaba el grunge de los noventas, era fan a morir de Kurt Cobain y Pearl Jam; fue con él que descubrí a una de mis bandas favoritas —Radiohead— y también aprendí que puedes escuchar algo más ligero y pop, como Lauryn Hill, sin morir de traición. La música es hermosa sin importar el género o lo que el resto de la gente piense de ti al escucharla.

En esos días mi sabor favorito de helado era el de chicle —porque también era el suyo—, ahora creo que es horrible.

Perdía mis sábados admirándolo con Nastya en la pista de patinetas. Él pasaba horas con sus amigos, practicando trucos con su tabla. Subía y bajaba por los montículos, recorrería las rieles y se colgaba de los filos de los tubos haciendo acrobacias que para nosotras lucían imposibles.

Fue uno de esos sábados que sucedió lo impensable.

La veinteava feria de patinaje urbano se abría en el muelle de la ciudad, nosotras teníamos once años —casi doce—, él dieseis. Más de cien personas trabajaron por días ese verano montando la enorme pista a un lado de la playa. Recuerdo que conseguir boletos para los eventos fue una matanza completa, Sochi entero parecía querer asistir. Pero nosotros no teníamos que preocuparnos, Leonid era una de las estrellas del evento principal, en la competencia nacional amateur de patinaje libre, y la familia entera tenía pases de cortesía. Yo me incluyo porque era la hija postiza, casi hermana de Nastya.

Ahora que lo pienso, estaba enamorada de mi «hermano» mayor. Eso es perturbador, pero… en todo caso.

Nastya y yo fuimos con él en la mañana. Su papá nos había hecho unas camisetas con su nombre y queríamos hacerle barras en las prácticas. Su rutina era buena, varios trucos de aire, muchos de riel y uno que su entrenador pensaba que podía ubicarlo en los primeros lugares.

La vida, tal como la conocíamos, cambió ese día.

Leonid fue el cuarto en participar, hacía muchísimo calor, el sol pegaba directo y había poca brisa. Según las conclusiones del doctor, para cuando se produjo el accidente, él estaba completamente deshidratado y fue por eso que perdió el conocimiento en medio de su último salto, cayendo de cabeza sobre la pista tan fuerte que su casco se partió en dos.

Lo llevaron inconsciente al hospital. Nastya estaba en total shock al igual que sus padres, yo intentaba mantenerme calmada, pero verlo golpearse de esa manera tan brutal es algo que hasta hoy tengo grabado en la mente. Su cuello se torció con el impacto y yo pensé que había muerto, todos lo asumimos, hasta que, después de horas de intervención, el doctor nos confirmó que tenía una contusión cerebral muy fuerte, pero estaba vivo.

Pasó en un coma inducido por nueve semanas antes de que lo dejaran respirar por si mismo y eventualmente despertó.

Para dos niñas de esa edad, esa era la mejor señal. Leonid abría sus ojos y movía los dedos de sus manos cuando tenía sed. Pronto se levantaría de esa cama, volvería a casa y sería el de siempre. No fue así.

Le tomó casi dos años volver a caminar y a hablar. Tenía el talento artístico de un niño de tres años, no podía leer o escribir porque había perdido la visión corta y siempre estaba de mal humor.

Con exámenes y tratamiento se descubrió que el golpe despertó una psicosis latente que posiblemente nunca se habría presentado de no ser por el accidente.

Se convirtió en un tipo grosero y soez, en un patán de cuarta. Se dedicó a molestar a su hermana menor al punto de hacerla llorar con alguna maldad o un comentario denigrante. A mí me veía con una sonrisa perturbadora, deteniéndose a mirar mis piernas por horas. Digamos que en ese entonces no tenía senos grandes o caderas pronunciadas, pero él igual encontraba la forma de morbosear mi figura o tocarse por sobre la ropa. No tenía ni siquiera la intensión de controlarse, yo prefiero pensar que no podía hacerlo.

Con el pasar de los años recuperó la movilidad por completo, su visión mejoró y aprendió a manejarse por si mismo en el mundo, aunque nunca regresó a terminar la escuela y vivía con sus padres. Consiguió un trabajo simple de cargador en una ferretería, más nunca perdió la esperanza de volver a competir y hacerse famoso patinando, cosa que el doctor le dijo que sería imposible.

Hace un poco más de un año se obsesionó con la idea de volver a entrenar. Sus padres le prohibieron acercarse a una pista, mucho menos, comprarse una tabla, aunque las negativas solo lo empeñaron más en su objetivo. Se robó una patineta considerablemente costosa de la tienda para la que trabajaba y la guardó detrás del armario, nadie sabe por cuánto tiempo la tuvo escondida allí o si se escapaba a patinar.

Nastya la encontró mientras ayudaba a su mamá a limpiar las repisas, se la enseñó a sus padres y una bomba atómica cayó sobre la familia. Leonid enfureció con su hermana, le gritó mil insultos y le prometió que se cobraría el «favor» que le acababa de hacer. Nastya había destruido su único sueño y en sus palabras: «Había roto su lazo de hermanos, no se merecía seguir respirando».

Para ese tiempo los insultos de Leonid eran costumbre, nadie se imaginó que él llevaba consigo ese rencor contra Nastya, de lo contrario la habrían protegido mejor tras su amenaza.

No era noticia que Leonid sufría de insomnio y cuando lograba dormir despertaba sonámbulo. La mayoría de veces solo se sentaba a hablar, era inofensivo. Más una noche se levantó con un arma que también había escondido en su habitación y que fue imposible descubrir de dónde la había sacado, se paró a un lado de la cama de mi mejor amiga y le apuntó directo en la cabeza.

Yo debía estar ahí con Nastya, teníamos planeada una pijamada ese fin de semana, pero mamá había tenido un altercado con Román y me quería cerca.

Me pregunto: ¿qué habría pasado si hubiese sido yo la que se despertaba con el cañón del revolver en la frente? ¿Estaría aquí ahora?, ¿Nastya?

Con suerte su madre lo vio antes de que ocurriera una desgracia y reaccionaron poniendo una demanda para conseguir ser sus tutores legales y así obligarlo a buscar tratamiento. El juez creyó que la medida era muy ligera; lo encontró responsable de agresión física contra Nastya y determinó que ambos no podían vivir más juntos, que mientras un doctor no lo certifique como apto para convivir en sociedad, él no podía acercársele en menos de un kilómetro a la redonda y debía ser recluido en un hospital psiquiátrico.

Nastya sufre mucho, lo extraña, yo también.

Escucho a Weezer y pienso en él, en sus bailes ridículos, en su sonrisa, sus bromas, en el cariño que tenía por su hermana pequeña, en el gran equipo que eran y lo mucho que me hacían desear tener un hermano de sangre.

Ese día en el muelle, Leonid murió para mí, porque el chico del que yo me enamoré, el dulce adolescente que me introdujo al mundo de la música y me protegía en el camino a casa; él nunca regresó.

—Nastya… me habría gustado que me dijeras lo que pasó, yo debía estar ahí para ti

—No quería soltarte otro problema encima, ya tenías suficiente con tu mamá, con lo que sucedió con Lena y la mudanza… Yo…, preferí no molestar —me responde sollozando tras contarme que Leonid tuvo otro accidente en el hospital y su estado es grave.

Hace tres semanas, durante un día de visitas, se robó la patineta de un chico y bajó sin pensarlo por una colina en el jardín. Leonid, por más rehabilitación que haya recibido, nunca logró tener el mismo equilibrio y agilidad de antes, sus pensamientos no son medidos, no tiene la habilidad de tomar decisiones y reaccionar por reflejo. Con la velocidad, perdió el control y se estrelló contra un árbol grande sin protección alguna. Aún sigue sin responder al tratamiento, internado en terapia intensiva, en coma.

—Tú nunca molestas, Nastya, nunca —le recuerdo pensando qué estúpida fui en asumir que no me hablaba por lo de Lena. Es mi amiga, la mejor, no me haría a un lado por una estupidez—. ¿Hay algo que pueda hacer? ¿Quieres quedarte en la línea hasta que te duermas?

—Sí, pero mientras tanto, cuéntame cómo van las cosas con Lena. Hace tanto que no hablo con ninguna de las dos, las extraño.

Me termino mi cigarrillo sentada en la terraza del edificio, poniéndola al tanto de las últimas novedades, de mi nueva compañera de departamento y lo extraño que es todo. Lo mucho que duele no tener la certeza de que lo que tuvimos haya sido real.

Ella me escucha y me aconseja. Me dice que intente encontrar un momento para aclarar las cosas, que no lo deje flotando en el aire, que nadie sabe qué puede suceder mañana. Y así es, Leonid se nos fue en un segundo, sin pensarlo. Nada en la vida es constante, todo cambia, si tan solo, el valor de enfrentar la realidad estuviese tan a la mano como el miedo.

—¿Dónde estabas? —me pregunta Lena cuando entro a casa—. Debes estar congelándote—. Supone al verme sacudir los copos de nieve de mi cabello mientras cuelgo mi abrigo, también lleno de ellos, en el perchero.

—Hablando con Nastya, deberías llamarla mañana. Te necesita —le comento.

Ella asiente curiosa, pero se limita a esa acción, no pregunta nada. Todavía está muy retraída, como entumecida.

"Sé directa. Pregúntale ¿qué está pasando?"

Sé que debería, pero en cuanto abro la boca para hablar, Lena se da vuelta y rápidamente se pierde en del baño, como lo ha hecho toda la semana, evitándome.

Es extraño.

Como boxear con tu propia sombra...



En el mundo hay mujeres que siempre son el centro del universo. No importa donde estén, tienen la atención fija en ellas desde el instante en que entran. Son mujeres divinas, guapas, irresistibles, interesantes… ¡Yo! Yo pensé que era una de esas mujeres, pero Dios, Lena rompe récords.

La primera semana que vine a la nueva escuela, no hablé con nadie más que con los maestros. La segunda, un par de chicos intentaron seducirme, una fea me sonrió y, para entonces, el profesorado entero se había cansado de decirme lo atrasada que iba en sus materias. La tercera semana conversé algo con mis compañeros con la excusa de los trabajos en equipo; y en la cuarta —justo antes de ir a Sochi por vacaciones de fin de año—, terminé en la clase de arte, donde conocí a los micro traficantes de pastillas y hierbas, de quienes Ade me tiene estrictamente prohibido acercarme, después del evento memorable de las 48 horas de inconsciencia.

Lena, en cambio, ha sido la nueva por ocho días y ya es adorada por todos, especialmente por los profesores que a mí aun me odian por ir «atrasada».

¡Por favor, yo era mejor alumna que ella en Sochi!

"Seis, con ese van seis chicos que la invitan a salir…"

"Esta semana, nada más".

Sí, mi ex, escúchenlo todos «miiiiiii ex» es hermosa y…

"¿Ahora sí es tu ex?"

"Corrección, ¿nuestra ex? ¿No dijiste que la relación duró muy poco tiempo, que no contaba como ex novia, que ese título es solo para Aleksey, bla, bla, bla?"

¡Aj, cállense!

"Tienes que ser consecuente, Yulia".

"Estoy segura que por eso nos terminó, por tu falta de compromiso".

¿Qué? No fue por eso, ustedes estuvieron ahí.

"Como sea, nos terminó. Y a ti, ya ni la fea te sonríe".

¡¿Y a qué tiempo lo iba a hacer?, si se la pasa babeando el camino por donde pasó «mi ex»!

"Oh, mira, nuestra ex nos saluda al fondo del pasillo, y nos sonríe. Es linda nuestra ex".

"Y amable, no olvidemos lo amable".

Sí, y ahí esta la fea, atrás de ella. ¿Ven?, a eso me refiero, se ha convertido en su sombra.

"Hay que aceptar que la fea tiene buen gusto".

Hmm…

Largo un suspiro. Lena es una de esas mujeres.

Hago un esfuerzo por cerrar la puerta de mi casillero mientras saco mi teléfono que comenzó a vibrar en mi bolsillo trasero.

¡Ya, ¿quién me fastidia con un mensaje justo ahora?!

«¿Pasó algo entre Lena y tú?»

Es Ade.

«No, ¿por?»

«Acaba de mensajearme pidiéndome que nos encontremos esta tarde en la cafetería frente al centro comercial».

«¿Te dijo para qué?»

«Quiere conocerme o algo así».

Genial mi ex, convirtiéndose en el centro del mundo de mi más nueva amiga… Espera.

«¡Tú tienes novia!».

«¡¿Qué?! Ya lo sé, idiota, ¿qué crees que vamos a hacer?»

Amm, pues…

«Solo era un recordatorio…», le aclaro.

Se me salieron los celos, qué le vamos a hacer.

«Eres una boba, Yulia», me responde. «Nada más, porque sé que te importa, te llamaré después de nuestro encuentro».

«Gracias, Ade».

Me contesta con una cara feliz que irradia hipocresía; me la gané.

Bueno, tengo mil cosas que hacer y no quiero desperdiciar el día pensando en esto. No vaya a ser que me obsesione y termine inventándome cosas que no van a suceder.

Mejor voy directo a mi clase de historia del arte y, después de la escuela, al estudio.



Al fin llego a casa, dan un poco más de las seis de la tarde y estoy agotada. Mi sesión con el maestro Illya fue perfecta, hicimos fotografía de retrato, quemando las horas extra curriculares que debemos cumplir con el resto de mis compañeros de curso.

Reconozco que esta materia me gusta cada vez más. Es lo genial de estudiar en una escuela con especializaciones artísticas, no tengo que elegir ser del equipo de basquet o de fútbol, o salir en la miserable obrita de teatro que montan las escuelas públicas normales. Estudio materias concernientes a lo que haré en el futuro, me preparo, tendré una ventaja sobre mi competencia y esta escuela sí que se destaca sobre las demás. Lo lamento anterior escuelita, pero siento que me gradué del jardín de infantes directo a la universidad cuando me mudé a Moscú.

—¿Lena? —la llamo buscándola por el departamento; nadie me contesta.

No ha llegado de su «cita» con la adorable labios de pasión Collins, o sea Ade. ¿De qué estarán hablando?

"De nosotras, obvio".

¿De ustedes? Nadie sabe que existen. Si están hablando de alguien, es de mí, pero ¿qué?

Pensándolo bien, debí darle varias preguntas a Ade para que me ayude a descubrir qué le pasa. Lena no corta con el misterio, está muy callada conmigo, retraída; usualmente no es así. Cuando viví con ella en su casa, no podía callarla ni para dormir, siempre tenía algo que decir y si no estaba usando sus labios para expresarse verbalmente, lo hacía para expresarse… emocionalmente, llamémoslo así. Ahora ni la una, ni la otra.

Comienzo a sacarme todo hasta quedar en ropa interior. No tengo tarea y quiero darme un baño caliente de tina por al menos una hora y después ver esa serie del asesino inculpado en Netflix.

Extrañaba poder hacer esto con libertad, no tener que preocuparme de andar semidesnuda por ahí o fumar.

¡Dios, extraño tanto fumar en mi casa!

Eso de vivir sola tiene sus beneficios, no le das cuantas a nadie, pero prefiero tenerla cerca, me gusta verla dormir, de cuando en cuando oír su voz.

Creo que estoy algo así como feliz.

"Que oración tan mal construida".

¡Estoy feliz! ¿Contenta?

Al menos, ya no estoy triste, algo es algo, aunque me muera por un cigarrillo en medio de mi baño lleno de espuma y buena música.

"También podrías añadirle una copa del vino que no hemos bebido desde que llegó".

¡Aj, ¿se dan cuenta?!

Lena es una de esas mujeres por las que cambias todo y a la que siempre quieres tener cerca.

"Como le pasa a la fea".

Eso, juro que no entiendo cómo no se seca como una pasa, de tanta baba que chorrea.

La tina está casi llena. Hora de poner las bolitas de olores y…

¡Mierda!

—¡Lena! ¡¿No puedes avisar que estás a mis espaldas?!

—Perdón —sonríe mirándome, no precisamente a mis ojos.

"Aquí arriba, linda".

—¿Me permites? —le digo haciéndole un gesto para que se retire y le cierro la puerta en la cara… no duro, solo la cierro, dejándola afuera.

—Lo lamento, no sabía que estabas en… paños menores.

Más risas.

Ya qué importa. Me ha visto desnuda, me ha tocado con sus suaves manos color palidez y sus delicados dedos, recorriéndome entera, erizando mi piel… Dios, entrando en mí, provocando sonidos que…

¡No debo repetir estando sola en este baño! ¿Qué diablos va a creer que estoy haciendo?

"No sé, pero algo deberíamos hacer".

"Sí, ya es un buen tiempo y nos urge".

A ustedes quizá.

"Ah, no. Regresó la asexual".

"Sí, sí, sí. Bien que se la pasaba tocándonos cuando vivíamos solas".

Ya… cálmense.

"Yulia, cariño, entra a la tina y tócanos, ¿sí?"

"Vamos a quedarnos muy calladitas, no te haremos quedar mal".

"Sí, Yulia. No te hagas la que no te mueres por hacerlo, porque si nosotras sentimos necesidad, tú estás tres veces peor".

No digan, ya lo sé. Me muero por un poco de sexo, pero no precisamente conmigo misma.

"No debiste espantar a Lena. Ella entiende eso de las necesidades y los amigos con derechos…"

"Todavía estás a tiempo. En la tina alcanzamos todas".

¡No!

"¡Ay, qué aburrida eres! No te mereces tenerme. Yo necesito fiesta, baile, sexo…"

¡No digas woo!

"¡Wooooooooo!"

En realidad, esta parte de mi conciencia, es una pérdida total...



Espero a que la conversación se dé naturalmente, más si lo sigo haciendo me convertiré en polvo antes de que Ade mencione una palabra.

—Pensé que me llamarías cuando termine su charla.

—Esa era la intención, pero… —me dice deteniéndose en la parte más importante de la oración. Recoge con sus dedos el popote del vaso que tiene en frente y delicadamente absorbe su batido. Un segundo, dos, tres, cuatro… ¿En serio? Seis, siete…

—¿Pero? —La presiono, ella no suelta el popote, solo abre más sus ojos pidiéndome que espere.

El líquido desaparece tan lento que comienzo a creer que hace esto solo para joderme, entonces hago una de las cosas que más le molesta. Saco mi teléfono y me pongo a pasearme por las entradas de mi Facebook.

Oh, mira un gatito, a-do-ra-ble.

Ja, un gordo estrellándose contra el mundo. Dejo salir una suave carcajada.

Elsanna y más Elsanna… Ruslán es raro.

Ruslán en el cuarto de Katya bailando, Ruslán desayunando con mis ex suegros, Lena comentando que los extraña con una cara triste… Lena poniendo un estado melancólico con una cara que llora. Esto ya no es divertido.

Yo misma dejo el aparato sobre la mesa por mi propia voluntad y regreso a ver a mi amiga que estaba esperando a que ahora sea yo quien deje de molestarla intencionalmente.

—No hablamos de ti y no creí correcto ir con el chisme.

—¿Ni dos palabras se trataron de mí? —le pregunto regresando a ver ese estado en la pantalla aun encendida.

Lena y yo casi no cruzamos palabra, somos civiles, pero no hablamos, no compartimos mucho; se siente sola, la está pasando mal y yo soy una pésima dueña de casa.

No, esto ya no es divertido.

—Tu nombre fue una de las palabras más repetidas durante la charla, pero…

—No de una buena forma.

—No es por eso. Es solo que no voy a venirte con una transcripción de lo que Lena me dijo. Pensé que me preguntaría si tú y yo nos acostamos, o que me pediría explicaciones de por qué nos llevamos tan bien o… No sé, Yulia, no me imaginé que iba a querer conocerme de verdad.

—¿De qué hablaron entonces?

—De muchas cosas.

—¡Ade…! —le reclamo por esa forma estúpida que tiene de rehuir de la pregunta—. Aj, olvídalo.

Para qué seguir preguntando, lo que sea que hayan hablado no me concierne o me habrían pedido que las acompañe. El hecho es simple, Lena no quiere pasar tiempo conmigo. Por eso está tan rara y me evita a toda costa.

—Te diré lo básico, ¿okey?

—No, no hace falta… —le digo, más ella me ignora y comienza a hablar.

—Me preguntó cómo conocí a Rachel. Le dije que fuimos compañeras de escuela y que hemos estado saliendo como amigas por varios meses, pero algo pasó en Navidad y nos hicimos novias —me comenta—. Le conté que es una relación muy reciente, pero se siente como si fuésemos pareja de años.

—Ya conozco su historia, Ade —le recuerdo. De verdad, ya no quiero saber de qué hablaron.

—Ella me contó que leíste su diario.

Oh, genial.

—Pensó que me lo habías comentado, en realidad; se le escapó —menciona en un tono extraño que me hace dudar de si le aclaró que no fue así.

—Le dijiste que no, ¿verdad?

—Se dio cuenta sola unos minutos después y cambiamos el tema a la escuela, sus materias, su familia, cosas que también conoces.

Exhalo el aire que ni me di cuenta que estaba conteniendo, aliviándome.

—¿Así te enamoraste de ella? ¿Leyéndola?

Niego virándole la cara, no porque no haya sido así, sino porque no puedo creer que me esté preguntando esto. No quiero entrar en detalles de lo que leí, de lo que sé. La historia de Lena no es mía para contar. Espero que ella no le haya contado la mía.

Me concentro en el fondo del café, hay una pareja de mediana edad compartiendo la mesa de la esquina junto al ventanal. Ella es linda, se ve dulce. Su cabello es largo y dorado, rizado apenas; lleva puesto un paño como bufanda y lee su libro mientras bebe un café que, desde aquí, se nota que está muy caliente. Él la observa como si fuese lo único que existe en el mundo, la cosa más preciada, lo más lindo que haya visto y seguro, para él, lo es. Ella regresa a verlo, él le sonríe.
Ella deja la taza sobre la mesa y le estira la mano, él la toma y la acaricia con suavidad. Segundos después ella vuelve a dejarlo y regresa a su taza, alzándola para llevársela a los labios que el admira con tanta atención.

Suspiro sintiendo un pesar y una tristeza que se apoderan de mi pecho.

Amo a Lena, las cosas no han cambiado en ese sentido. Sí, me enamoré de ella en sus palabras, pero también fue el día a día, el verla, el compartir, el hablar, el que ella confió en mí y se abrió por completo, mientras yo la traicionaba leyéndola.

—Eso ya no importa.

—¿Por qué no? Yo sé que la quieres, que te afecta.

—Porque no viene al caso lo que yo sienta por mi ex. Nuestra relación es inexistente, compartimos espacio porque tenemos qué, porque nos forzaron. Ni ella quiere acercarse, ni yo quiero que lo haga.

Su bufido parece interminable y me vira los ojos volviendo a sorber su batido que sigue casi lleno. Lo hace para joderme.

Finalmente llegan los sándwiches y la misma mesera de siempre me sonríe al irse. La que vira los ojos ahora soy yo al ver a Ade súper entretenida con esa diminuta acción.

—¡Invítala a salir!

—Creí que ya habíamos aclarado que no quiero empezar nada con nadie.

—Eres terca —dice entre dientes.

—¿Qué dijiste?

—¡Que eres una terca de los mil demonios, Yulia!

Sí, la escuché bien.

—No quieres nada con Lena, no quieres nada con la mesera, pero estás como idiota viendo como gente extraña se ama y queriendo hacer lo mismo.

—Termínate tu batido, ¿quieres? —le sugiero. Ahora prefiero que se quede callada, porque tiene la maldita razón.

—Déjame darte un consejo, ¿sí? —me dice intentando de recuperar mi atención que continua en los dulces intercambios de esas personas a lo lejos—. Habla con Lena. Ustedes dos deben aclarar las cosas, vivir en paz, actuar sobre lo que sienten. No pasar los días evitando lo que es evidente.

¿Se supone que eso debía tranquilizarme?

No, ya sé que no.

A Ade le importa muy poco si estoy cómoda con esto o con lo que sea, siempre vendrá a decirme en la cara exactamente lo que piensa.

«Actuar sobre lo que sienten»… Hmm, plural.
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Lun Dic 18, 2017 2:09 am

Hola Very Happy
me gusto el capitulo
ahora tengo otra cosa que quiero saber
porque hablar con Ade y que hablo con ella Lena
es tan grave para que no se entere Yulia
ni que Lena estuviera embarazada por el supuesto trio
y que la mama le halla dicho algo sobre eso jajajajaja
las cosas que delira mi cabeza
siguela pronto What a Face
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Jue Dic 21, 2017 5:47 pm

Hola chicas, a pocos días para que llegue Santa  Laughing y bien, acá les dejo otro buen capítulo. Se que es algo corto pero muy tierno. Espero poder subir uno este mismo domingo de navidad  santa

A leer...


Capítulo 49: Maravilloso


—Tu mamá está preocupada por la situación actual en la que vives.

Emm, ¿podría ser más claro?

Alik es algo así como el teléfono descompuesto entre mi madre y yo. Ella se queja con él, él la traduce de manera menos ofensiva para que yo «la entienda», lo que no ayuda en nada porque termina sonando a la declaración más falsa que podría salir de sus labios.
Sinceramente, ya no le veo caso a seguir viniendo a la terapia.

—¿En qué sentido?

—Dice que ya no le hablas por teléfono, que le comentas muy poco sobre cómo te va en la escuela, que nota que tu comportamiento es irracional.

¡¿Qué?! ¿Irracional?

Solo me ha visto por cinco minutos este mes, en los cuales estuve sentada en el sofá de mi casa hablando con ella. ¿Qué tiene eso de irracional?

—Ya veo —le respondo sin elaborar mi desacuerdo. Que se pasen juntos la película que quieran sobre «mi situación actual». No es como si pudieran hacer algo al respecto, papá aprueba a mi compañera de alcoba y el que pone el billete decide qué se hace.

—Tampoco has cumplido con la tarea que te asigné —me recuerda.

—Oh, pues, «mi situación actual» no me lo permite —le aclaro usando sus propias palabras—. Y no es por nada Alik, pero prefiero hacer mi verdadera tarea y graduarme con un buen promedio, a perder el tiempo hablándole a una grabadora del año de la pera.

—El tratamiento es importante, Yulia.

—Mhmm, veamos. Tendríamos que preguntarle a él, pero creo que a mi papá, ya sabes, el que está costeando esta inservible terapia, le importa más si entro a la universidad, que si cumplo los caprichos de mi madre.

—Noto molestia en tu voz.

—¡No mames! ¿Molesta, yo?

—No hace falta usar el sarcasmo para expresarnos. Eres perfectamente capaz de encontrar mejores formas de hacer valer tu punto de vista.

—Pero menos divertidas.

—No todo en la vida es diversión, Yulia. Tu sexualidad y cómo estás llevando tu vida, es algo que nos preocupa a todos.

¡¿Mi sexualidad?! ¡¿Cómo estoy llevando mi vida?!

Me está jodiendo, ¿no? A nadie le incumbe mi vida sexual, la que además ni tengo, a menos que les importe mucho a quién me imagino cuando me masturbo.

—Respóndeme una cosa Alik. ¿Qué piensas sobre la homosexualidad?

—Mis creencias personales sobre el tema, son irrelevantes.

—Ah, sí. No me parece.

—Tu madre y tú son mis pacientes, yo, como individuo, no tengo nada que ver.

—Tú eres quien nos diagnostica, nos manda ejercicios absurdos, nos «ayuda»… —remarco con mis dedos—… a encontrarnos en un punto medio, ¿no es así?

—Básicamente, sí.

—Bueno, tienes una paciente homosexual, lesbiana, gay, no marimacho, pero a quien le gustan las mujeres de pechos bien puestos y lindos traseros sobre un buen par de piernas, así de lesbiana —menciono, logrando que saque su tic, frunce el ceño de manera casi imperceptible.

Es homofóbico, claro, por eso es que mamá se demoró semanas en encontrarlo. Buscó hasta que halló a alguien que me curara o, al menos, me hiciera reconocer que ella tiene la razón.

—Tu punto.

—A eso iba —continúo—. Creo yo, que tu perspectiva sobre mi realidad es completamente relevante. Si piensas que mi homosexualidad es antinatural, tú y yo vamos a tener muchos desacuerdos.

—¿Qué te hace creer que lo eres?

—¡Tú eres doctor en psicología, has estudiado el comportamiento humano por años! Me parece que el que debe conocer mejor el tema eres tú, ¿no crees?

—Por eso mismo te lo pregunto. ¿Qué te hace pensar que eres lesbiana de nacimiento? Hasta hace muy poco no tenías idea.

Buen punto, Watson. Pero ese no es el punto.

—Como me siento física y emocionalmente.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que enliste los porqué de mi atracción sexual hacia las mujeres?

—No hace falta que las externalices, es un ejercicio para ti.

—¿No crees que es algo que he hecho bastante últimamente?

—¿Lo has hecho en realidad?, ¿o solo te has puesto excusas para justificar tu comportamiento?

—Mi vida sería mucho más fácil si no fuese lesbiana, si a eso te refieres.

—Eso es parte de lo que necesitamos tratar y el porqué la tarea que te envío es vital.

¿Qué quiso decir con eso?

"Es evidente, Yulia. Cree que nos estamos auto saboteando en la vida. Que nos gusta sufrir".

"Bueno, sí nos gusta".

"Una cosa es sufrir por vernos increíbles con un par de botas, otra es tener el corazón roto porque le pareces asquerosa a tu propia madre".

"Es verdad".

—Te voy a contar una historia. —Inicio, tratando de darle mi opinión al respecto sin expresarme a gritos—. Érase una vez, en una gran ciudad, una niña que adoraba a su padre y se desvivía por su madre. Ella lo era todo para la pequeña, la más entregada, la más cariñosa, su más grande defensora; un ejemplo de dedicación y trabajo. La niña solo soñaba en ser como ella.

Alik me escucha con atención, sabe que la niña soy yo.

—Un día, su padre se alejó, esa separación le trajo mucha incertidumbre, pero todavía tenía a su lado a esa madre amorosa, ella era feliz, no le faltaba nada y sabía que estaría bien, hasta el día en que la mujer se enamoró de un ogro malo que la hizo perder todo, que la alejó de su otro hijo, que la obligó a vivir triste y apagada. La niña creció viéndola sufrir. Finalmente el ogro sobrepasó sus límites y la lastimó de tal manera que ambas tuvieron que huir a otra ciudad, alejándose de todo lo que conocían.

—Y la niña se prometió nunca permitir que un hombre la lastimara de esa manera —me interrumpe queriendo pasarse de listo.

—No, nunca hizo eso. Es más, se permitió abrir su corazón, se enamoró…

—Pero de una mujer.

Niego con la cabeza, el tipo no entendió nada.

—Yulia, ¿no te das cuenta? Tú misma estás poniendo sobre la mesa las razones por las cuales crees que eres lesbiana —me dice, pensando que encontró la forma de hacerme entender su lógica, pero se equivoca—. Los últimos años de tu vida han estado llenos de desafortunas. Perdiste a tu padre, a esa figura masculina que te marcó en la infancia; tuviste que ajustar tu realidad a causa de un hombre que entró en la vida de tu madre, fuiste testigo de su caída. Es obvio que no quieres eso para ti y lo estás rechazando imperativamente, refugiándote por completo en una figura femenina que representa a esa madre que perdiste, y a la vez, convirtiéndote en la figura masculina que tanto te hace falta. Estos son problemas que debemos tratar, más no quiere decir que seas lesbiana.

No, el hombre no entendió nada, pero su repentina emoción me enferma. Aun no encuentro el problema si fuese tal como él sugiere. ¿Por qué sigue dándome ejemplos de por qué inconscientemente elegí ser gay?

Me imagino sacando una escopeta apuntándole directo en medio de los ojos disparando sin compasión para que se calle.

¡Eh!, ahí está el comportamiento irracional que denuncia mi madre, irracional y violento. Habría muchísima sangre, me imagino una pileta de ella saliendo de su cabeza, como en Kill Bill. Sería genial.

—¿Te parece gracioso?

No me percato de mi amplia sonrisa hasta que lo menciona. Sí, muy graciosa sería tu muerte, psicólogo de cuarta.

—Aclaremos un par de puntos importantes, porque parece que no entendiste lo que te quise decir —denoto mientras me enderezo en el sillón, intentando proyectar dureza y fuerza, nada complicado para una actriz como yo—. Mi madre siempre fue mi ejemplo a seguir; mi padre, lo quise, lo quiero, pero él no marca mi vida, mi mamá lo hacía.

Lo veo queriendo interrumpirme.

—Eh, eh, eh. No he terminado. —Se lo impido—. Esta mujer que tienes en frente es el reflejo de su madre, hasta que ella misma se dedicó a arruinarse la vida.
Yo soy ella, soy trabajadora, ambiciosa, inteligente, me gusta auto educarme, me complace ser la mejor y, cómo ella, me gusta ser cariñosa con la gente que amo, soy entregada y hasta estúpidamente cursi si tengo que serlo…, dentro de lo que cabe, por supuesto.

"¿Nuestro punto? Regresa al punto".

—El punto es que mamá se atreve a criticarme y a decir que estoy viviendo una vida denigrante tan solo porque no coincide con creencias que ni siquiera compartimos; cuando ella se ha convertido en alguien que ya no puede ser mi ejemplo. Yo nunca le rompería el labio a alguien que amo, ¡a mi hija! Nunca la insultaría por algo que no puede controlar y ya, digamos que tienes la razón y esto es algo que se elige, ¿qué mierda le importa con quién me acuesto? ¿Prefiere que me busque un hombre que me haga infeliz o, que en el peor de los casos, abuse de mí, que me golpee, que me viole? ¿Es tan importante cómo decido consumir el acto sexual? Porque parece que prefiere que me metan un pene a que me metan los dedos.

"Dios, somos tan vulgares".

"Ay, córtala, estamos siendo directas, a veces hace falta".

—Te diré algo más, Alik. A quién yo elijo meter en mi cama es asunto nada más que mío. Yo no me estoy metiendo en su vida, ella debe respetar la mía.

Descruzo las piernas y me levanto, buscando mi bolsa en el piso y me la llevo al hombro. Tomo mi abrigo del respaldar y regreso a verlo por unos segundos. Está desconcertado por mi repentina reacción y se pone también de pie.

—Te aviso que esta es la última terapia a la que asisto. Puedes comunicarle a mi madre que su plan para regresarme a la heterosexualidad falló y que puede regresar a Sochi con el imbécil de su ex novio, quien ya está libre con el mínimo castigo de dos años de servicio social por romperle el brazo y las costillas a su hija.

—Yulia, no puedes dejar el tratamiento. Es un acuerdo al que llegaste con tu padre.

—¡Oh, espera! —Saco mi celular y marco el número mágico—. ¿Papá? Hey… sí, bien. Mira, te llamaba porque el psicólogo al que estoy viniendo es un homofóbico del demonio, y preferiría buscar a otro terapeuta, ¿se puede? ¿Sí? Gracias, papá. Hablamos en la noche.

—Yulia, piensa mejor las cosas…

—Ya lo hice, y la verdad es que no me interesa encontrar la razón por la que soy lo que soy. No estoy auto destruyéndome o negando mi naturaleza. Disfruto mi sexualidad más con mujeres que con hombres, me siento más cómoda emocionalmente con mujeres que con hombres, me atrae la figura femenina, su olor, su sabor, mucho más que la de un hombre. Así que si quieres estar tranquilo, y lo mismo mi mamá, tienen razón, ¿okey? Yo elijo ser lesbiana, soy feliz siendo lesbiana, no necesito reencontrarme con mi lado hetero, yo estoy bien —pronuncio y me encamino a la puerta, girando al último instante para decirle algo importante—. Cuida a mamá, Alik. Ayúdala a aceptar esto, porque la única que está sufriendo ahora es ella. Yo… creo que finalmente he aceptado que aunque ames a alguien y esa persona sea tu vida entera, a veces la pierdes, mas no por eso tu vida se acaba.

Giro el picaporte y salgo de ese lugar. Esto es lo mejor, no puedo seguir perdiendo el tiempo en alguien que no está dispuesta a aceptarme. Duele, es mi madre, pero debo continuar. Yo estaré aquí si ella decide cambiar.

Esto es tan de locos...


—Sí, papá, pero yo sabía que tú…

—Por favor, no supongas cuál será mi respuesta sin consultarme —me reclama con justa razón, y es que, en la oficina de Alik, no lo llamé, fingí hablar con él, pero mamá sí lo hizo cuando se enteró de lo que había pasado—. En esta ocasión, estamos de acuerdo, Yulia. Ese terapeuta no era el indicado para ti, pero debemos encontrar a alguien que te ayude con los obstáculos que has encontrado este último tiempo…

—No hace falta. Yo estoy tranquila y mucho más concentrada en la escuela, he subido mis notas, vivo decentemente. Si quieres puedo enviarte fotos del departamento para que confirmes que no es un chiquero. Estoy bien, papá…

—¿Y qué hay de tus nuevos amigos?

—Ade es una buena persona…

—¡Oh, créeme, lo sé! ¿Quién crees que me llamó asustada ese fin de semana que te drogaste porque no te encontraba?

"¿Que Ade hizo qué?"

"¡Ya oyeron a papá, nos traicionó!"

Cálmense, estaba preocupada, se entiende el porqué.

"No racionalices esto, Yulia. Es más, ahora que lo pienso, ¿casi no la conocemos y ya es tan buena amiga?"

La conocemos.

"Eso creemos, pero qué conveniente que la hayamos conocido en el avión a Moscú y que «casualmente» sea nuestra mejor amiga en menos de tres meses".
Basta, no comiencen con sus teorías de conspiración. Yo confío en Ade y sé que no es espía de papá.

—Agradezco que esta chica tenga tu interés como prioridad y que sea lo suficientemente inteligente cómo para contactarme, buscarte, encontrarte e informarme que estabas bien.

—Así que… sabes de ese fin de semana.

—Y de tus amiguitos de artes, las pastillas, la nube de humo en la que vives.

¿Cómo diablos supo eso?

—Fumas tanto que tus vecinos se quejaron con el dueño del departamento, quien me comentó que mi hija parece volcán en erupción y me recomendó llamarte la atención.

—Maldición…

—Sé exactamente cómo estás viviendo, sé también que hay cosas que son normales de la edad, pero después de lo que pasó, exijo, y no quiero protestas, Yulia —me advierte—, exijo que busquemos juntos un terapeuta apropiado. Además, quiero que tú y tu mamá encuentren un suelo común, no me gusta esto de que ya ni se hablen.

—Okey —acepto abriendo la puerta del departamento—. ¿Seguro no quieres fotos para que veas que ya no vivo dentro de una nube? Las cosas han mejorado.

—No, confío en tu palabra. Más te vale mantenerla y prometerme que vas a cambiar esas actitudes.

—Ya no fumo… tanto, y ya no hablo con los de artes, Ade me lo prohibió.

—¿Ves? Puedes hacer buenos amigos que velan por ti y no te dejan abandonada en medio de la nada.

Tanto así como «la nada», no fue. Era una fiesta al aire libre… en medio del invierno a las afueras de Moscú… Digo.

—Está bien, papá. No hace falta el sermón, ya entendí. Debo comportarme y buscar un loquero que no esté loco.

—Hija, no quiero prohibirte ser joven, pero tampoco te quiero muerta en un basurero porque no supiste tomar buenas decisiones.

—¡Yaaa, te escuché! —Mis ojos dan vuelta por detrás de mi cabeza y regresan a su lugar.

—Además, piensa que si tu mamá se empecina con lo del psicólogo querrá recuperar tu custodia. Aún no estás emancipada, pero con el historial que estás armando, el juez te regresará a sus brazos con un jalón de orejas.

"En eso no pensamos".

"Nop".

Ya, ya, le haré caso, no soy adicta a las pastillas… o el alcohol.

"A los cigarrillos, sí".

"Podemos dejarlos, todo sea porque mamá no nos vuelva a cachetear".

—Bueno, papá. Llegué a casa y quiero descansar un poco.

—Está bien, disfruta el fin de semana. Hablamos el lunes.

Me despido y camino con pesadez al cuarto mientras masajeo mi cuello, esta semana ha sido tan cansada.

Veo a Lena sentada en su cama, siempre está en casa. Estaba leyendo una revista, pero me mira fijamente al entrar. Me imagino que quiere preguntarme qué pasó con mi padre; no lo hace, pero no deja de mirarme.

—Hola, ¿se te perdió algo?

—Mmm, nop —responde regresando a la lectura, mas, unos segundos después, vuelvo a sentir sus ojos en mi cuello.

—¡¿Qué?!

—¡Nada, qué genio!

—¡Bueno, es que me quedas viendo como si… no hubiese otra cosa que ver!

Casi digo como si quisiera comerme, pero no creo que hubiese sido apropiado dada nuestra situación sentimental.

—¿Demasiado cohibida con tu cuerpo, cariño?

Conozco esa voz. Giro hacia mi derecha y veo a Ade entrando por la puerta de mi alcoba. ¿De dónde diablos salió?

—Quita esa cara, Yulia. No me robé tu perfume.

—Mi perfume…

Siempre lo hace y no le sienta mal la fragancia, pero…

—¿Estabas en el baño?

—Mhmm —me confirma asintiendo, sentándose junto a Lena mientras toma en sus manos una taza de café humeante del velador y se la lleva a la boca.

Inmediatamente me fijo que hay otra más sobre la mesa y Lena no se tarda en apropiarse de ella.

¿Estaban juntas? ¿Solas?

—¿Qué haces aquí?

—¿Te molesta? —me responde Lena preocupada, pero yo no hablaba con ella. Mi cara se lo comunica.

—Lena me invitó a un café y a una charla. Tenía tiempo, así que vine directo de la universidad —completa mi amiga.

—Uy, qué casual —les contesto abandonando todas mis cosas sobre la cama y me siento frente a ellas. Ahora, que me expliquen qué hacen juntas, solas, en mi habitación, ¡en su cama!

—De hecho íbamos a salir, pero comenzó a nevar y… —Lena comienza a explicarme cuando Ade la interrumpe preguntándome cómo me fue en mi terapia.

"¿Qué le pasa? ¡Que la deje hablar!"

¡Silencio, mugres voces!

—Bien —le contesto—. Oh, y gracias por contarle a papá sobre aquel fin de sema… na.

"¡Idiota, cállate, o quieres que Lena sepa lo de tu leve drogadicción!"

"Ay, no exageres, fueron un par de pastillas. Solo estábamos divirtiéndonos, viviendo, woo…"

—¿Esperabas que te cubriera las espaldas? —me pregunta. Demasiado tarde para retractar mi reclamo.

—¿De qué hablan? ¿Qué fin de semana?

—Nada, unos días que me di vacaciones y salí de la ciudad… sola… y eso. ¿Qué hacían?

"Bien, finge, miente y elude la pregunta".

—¿Y por qué le comentaste eso a su papá?

Ade me mira maliciosamente antes de contestarle. Yo trato de advertirle con la mirada que no se le ocurra mencionar el evento o…

—No le avisó a nadie que se iba y pensé que, en un desate de locura, había regresado a su ciudad —le cuenta y me deja respirar—. En ese tiempo me caías gorda, no iba a llamarte a ti.

—Entiendo —Lena se relaja, zafamos.

—En fin, estábamos planeando ir a casa de Rach. Va a cocinar espaguetis y después jugaremos monopolio, o preguntados, o algo. ¿Quieres venir? —me ofrece mi amiga y al mismo tiempo mi ex baja la mirada, apenada. Ahí está otra vez esa actitud derrotada que se trae conmigo.

—Sí… por qué no… —contesto intentando encontrarme con sus ojos, ellos no quieren encontrarse con los míos. Ade me hace un gesto ladeando ligeramente su cabeza para que le pregunte algo, pero no sé ni qué le pasa.

—Bien, bien… yo… voy a llamarle a mi novia para preguntarle qué quiere que pasemos comprando y las espero en el auto. —Ade se disculpa y sale apurada, dejándonos a solas.

—Yulia, yo… creo que me voy a quedar. Disfruta la noche con tus amigas.

¡¿Qué le pasa?!

Esto de evitarme se está haciendo insoportable.

—¿Hice algo? —le pregunto.

—¿Qué?

—Que si hice algo que te incomodara. Estás muy rara últimamente. Desde que te encontraste con mamá casi no abres la boca y… Quiero saber si hice algo.

—No.

—¿Ella lo hizo? —insisto, si la insultó o la contrarió quisiera saberlo.

—No, con tu mamá solo saludamos, me entregó cuentas que encontró en la puerta y luego me fui a la habitación.

—Entonces, soy yo.

—No… Yulia… solo… No quiero imponerme en tu vida. No creí que lo hacía cuando llamé a Ade; estaba aburrida y quería… No pensé que te molestaría, pero si lo hace, no la vuelvo a llamar.

—Lena, tu puedes verte con quien quieras. Tú y yo no tenemos nada que nos ate, somos libres, si quieres salir con alguien o…

"¿Qué estás haciendo? ¡No la tires a la jaula de los lobos!"

¡¿Quieren dejarme en paz?! ¡Largo!

Genial, se puso peor. Ahora no solo me oculta la mirada, giró todo su cuerpo, levantándose para darme la espalda.

¿Qué mierda dije?

—Mira, Len…

"¡Lena, idiota! Ya nos somos novias, nada de cariños".

—Lena…, la verdad me alegra que Ade esté aquí para ti como lo estuvo para mí. Si no fuese por ella, estaría desmembrada en múltiples basureros por toda la ciudad.

Bien, hace un movimiento de interés por lo que estoy diciendo. Continuemos por ese camino.

—Ese fin de semana del que hablábamos, unos conocidos me dieron unas pastillas para relajarme, y me alteraron por dos días, no sabía ni cuántas horas habían pasado.

Da la vuelta poniéndome toda la atención. Sus ojos… brillan demasiado. Guarda silencio, esperando que termine la historia. Está notablemente preocupada por mí.

—Ella fue la que me encontró a las afueras de la ciudad y me llevó a su casa, me cuidó el resto del fin de semana junto con Rach, eso fue lo que pasó.

—Es buena amiga y se ve que te quiere —dice más aliviada de saber cómo terminaron las cosas, yo asiento. Sin pensarlo demasiado tomo con suavidad las puntas de sus dedos, las acaricio y las suelto al darme cuenta de lo idiota que acabo de ser. Lena sonríe delicada y sincera.

—Si te quedas, te perderás del mejor espagueti que hayas probado en la vida. Es el único plato que Rachel hace y le sale excelente —le cuento, intentando animarla—. Vamos, toma una chaqueta y salgamos de aquí. Que el fin de semana es para disfrutar y… ¡woo!

Suelta unas carcajadas al escuchar la frase favorita de la nueva. No suena tan mal después de todo.

—Okey —me dice, adelantándose de un salto al closet. Saca una bufanda, se la pone alrededor del cuello, se coloca su chaqueta color violeta y saca… ¿otra bufanda?—. Me gusta cómo te queda el verde —menciona colocándomela.

La inspecciono mientras ella tiernamente la arregla en mi cuello. Nadie en el mundo es más hermosa, nadie en el mundo me preocupa como ella, nadie en el mundo me puede hacer sentir tanto calor en las mejillas con un par de palabras.

Ella se sonroja también al verme tan atenta a lo que hace y pasa a mi lado saliendo del cuarto.

Tan linda.



Sus ojos ven atentos a la montaña de harina blanca que Rachel coloca sobre el mesón de madera. Su curiosidad me hipnotiza; se ve feliz, tan distinta a cómo se ha comportado desde que llegó.

Con sus dedos abre un hoyo en medio, parece un volcán. Rach le pasa uno de los huevos que debe romper adentro. Con cuidado lo golpea en el filo de la mesa y, con ambas manos lo abre, vertiendo hasta la última gota. Va por el segundo, lo hace con paciencia, esta vez la yema se parte, pero esto no importa, aun hay que juntar todo para hacer la masa de la pasta.

Sonríe desesperada, tratando de contener los huevos que luchan con caer al piso. Mientras juntaba ambos ingredientes con un tenedor, rompió la barrera de harina. Rachel la ayuda a regresar todo a su lugar y le dice que continue con la mezcla, cuando esté más firme deberá amasar con ambas manos hasta que la suelte y ésta se contraiga.

—¿Quieres un poco de vino con esa sonrisa? —me pregunta Ade, acercándose con una copa en mano.

—No gracias.

—¿Segura?

—Sí, le prometí a papá dejar los vicios.

Mi amiga se acomoda a mi lado, arrimándose al sillón mientras bebe un sorbo.

—Lena me agrada.

—A mí también —digo sin despegar un instante mi vista de su dulzura.

¿Qué tiene esta mujer que me idiotiza así?

—Y tú le agradas a ella.

No quiero ni controlar mi sonrisa, no quiero. Se ve linda, se ve tranquila y eso me gusta, ella me gusta.

—Tienes cara de idiota —se ríe de mí.

—No lo dudo.

Lena amasa y amasa. Recoge la pasta y la empuja hacia adelante sobre el mesón como le indicó la experta que ahora está ocupada preparando la salsa.

Sus labios se separan hacia a un lado y sopla para arriba. Una hebra de cabello le está rozando la cara, debe tener picazón porque repite el soplido. No logra satisfacerse y dobla la masa, tratando de despegar lo que se quedó entre sus dedos para poder acomodarse el cabello tras la oreja. En eso, alza su vista haciendo contacto conmigo y la retira avergonzada. La estoy mirando como si quisiera comerla, como ella me miraba en el departamento antes de salir.

—Tú y yo tenemos que hablar. ¿Vamos a fumar? —sugiere Ade.

—¿Precisamente ahora?

—Deja a Lena cocinar en paz, ven. —Mi amiga deja el vino sobre la mesa de la sala y camina al balcón.

—Está helando, aquí está agradable y…

Ahí está Lena.

—Vamos, mientras más rápido salgamos más rápido entraremos.

Su lógica no significa nada para mí, quiero quedarme.

—Yulia Volkova, balcón ahora, o le cuento a Lena que te masturbas con su foto de perfil.

—¡¿Qué?! ¡No es verdad!

—Sal.

La odio.

—¿Qué quieres? —le pregunto cerrando la puerta para que no entre el frío. Lena está sin suéter.

—Te brota el amor, ¿no? ¿Qué sucedió?

—¿A qué te refieres? Ya sabías que Lena me puede. Más cuando está así de linda.

—Sí, pero desde que llegó has estado con una actitud de enemiga pública y ahora te salen corazones por los poros —me informa.

Puede ser verdad. Me siento bien esta noche, me siento bien desde que la tomé de la mano en el apartamento y ella me colocó la bufanda. Me siento como antes, como cuando estábamos juntas.

—¿Vas a responderme siempre que te escriba? —me preguntó dos días antes de Navidad, pasando sus dedos por mis labios.

Yacíamos acostadas en su cama después de redescubrir nuestros cuerpos. Tratamos de guardar silencio, pero no pudimos. Era la madrugada y el silencio era fúnebre, el barrio entero nos escuchó, pero cómo controlarse con ella a mi lado.

—Cada uno, segundos después de recibirlos —le respondí.

—Te voy a extrañar tanto cuando estés lejos —susurró apoyando su frente con la mía—. Voy a extrañar el calor de tu cuerpo junto al mío.

Recordar ese instante —como muchos otros que tuvimos ese corto tiempo que fuimos novias— pesa.

Ahí está ella, adentro de este clima tan frío y deprimente. La que extraña su calor soy yo.

Soy una tonta. ¿Cómo pude golpearla? ¿Cómo me permití tocarla así?

Extraño acariciarla, extraño sentir su piel erizada bajo la sábana, recorrerla con mis labios, extraño abrazarla en la noche, extraño tocarla bajo el agua con la barra de jabón, extraño tanto besar sus labios. Jamás debí convertirme en mi madre.

—La hecho de menos, Ade. Demasiado.

—¿Y no piensas hacer nada para arreglarlo?

No contesto. Con qué derecho. La abofeteé, la lastimé.

—Lena está deprimida Yulia, está muy consternada por algo que no termina de decirme. Es muy pronto para que confíe en mí, pero podría hablar contigo.

—No, se siente traicionada por lo que hice.

—¿Lo del diario? Te equivocas, ya no le importa, me lo dijo.

—No solo hice eso, hay algo peor y no me pidas que te lo cuente.

—A eso me refería con qué pasó. Algo las separa y no llego a entender qué pudo ser tan grave.

—Solo lo fue.

—¿Y qué piensas hacer?

—No hay nada que hacer. Ya no somos pareja y…

—¡Pero podrías intentarlo no crees!

Eso fue un reclamo, un feo reclamo.

—Espera, ¿por qué estás molesta por esto si no sabes lo que sucedió? ¿Lena te ha dicho algo? —indago. Aquí hay gato encerrado—. Me refiero a algo importante, Ade. Dímelo.

—Sí, sé algo, pero no lo que pasó, no sería tan cínica como para preguntártelo si ya lo sé.

—¿Y entonces?

—No es eso, pero me pidió que lo mantuviera entre nosotras y no soy el tipo de romper promesas o compartir secretos ajenos.

—No noté esa solidaridad cuando le contaste a papá…

—¿Qué creía que su hija estaba en problemas y que necesitaba su ayuda?

Me concentro únicamente en mi amiga, porque está dando a entender que mi papá estuvo involucrado en encontrarme. Pensé que había sido sólo ella. ¿Qué significa y por qué no me lo dijo antes?

—Habla, Ade.

—Yulia, no me pidas que haga esto.

—¿Qué tiene que ver papá? ¿Qué tiene que ver con Lena?

—Son dos cosas separadas.

—Bien, dímelas.

Suspira hondo con el cigarrillo en los labios y exhala hacia el frente, decidiendo qué contarme y como iniciar.

—Tu papá se contactó con un servicio de investigación privada, ellos me ayudaron a hallarte. Fue difícil, pero lo logramos y esa noche iban detrás nuestro cuidándonos hasta que llegamos a mi apartamento.

—Okey, ¿y qué más?, porque eso no puede ser todo lo que guardabas como secreto.

—No es nada grave, no te imagines conspiraciones —me responde volviendo a aspirar—. Tu papá se quedó muy preocupado, habló con tu mamá, ella pensó que sería buena idea que regresaras a su casa, así que él aprovechó que Lena se mandó lo de la bromita del mensaje para convencer a sus padres de que la enviaran a vivir contigo.

Okey, esto es bueno o malo. Es… raro, pero… no sé cómo tomarlo.

—Tu papá orquestó este arreglo.

—Algo de eso suponía, pero por otras razones. Pensé que trataban de protegerla.

—Y sí, puede ser que sus papás sí, el tuyo la quería aquí para que tu mamá se mantuviera al margen y te dejara en paz, y a la vez que tú… cambiaras. —me aclara—. Y, bueno, tuvo razón. Tu transformación es increíblemente desde que Lena llegó.

Ya lo dije, ella me puede, y tal vez papá tenía otras intensiones con esto, pero eso no cambia nada. No siento que sus decisiones alteren lo que sea que existe entre Lena y yo.

—¿Y qué hay de ella?

—Eso no, lo siento, pero te saqué hasta acá para decirte que te quiero, que te veo muy bien, feliz cuando estás con ella, que deberían volver a como eran las cosas antes de su pelea. No te contaré lo que me confió. Eso, te lo dirá ella misma a su tiempo.

—Está bien, no insistiré —acepto su justificación. Estar en medio de una ex pareja, no es la mejor posición—. Solo quiero saber si debo preocuparme. Si es grave, si debo, no sé, cuidarla…

—Grave no es, pero sí importante. Yulia… —Exhala el último humo y apaga el cigarrillo en la tierra de una planta al filo del muro—. La amas, ella a ti. ¿Qué haces? ¿Por qué no entras, la tomas por la cintura y la besas como sé que quieres? ¿Por qué te estás auto saboteando?

Y ahí está esa palabra una vez más el día de hoy. ¿Lo estoy haciendo? ¿Me estoy metiendo autogol sin darme cuenta?

¿Es… eso lo que la tiene así de retraída?

"Claro, por eso se entristeció cuando le dijiste que nada nos ata, que somos libres. Ella no quiere ser libre, nos quiere a su lado".

Jmm…

Lena y Rachel nos llaman desde adentro. La comida debe estar lista, eso fue rápido.

—Cuida a Lena —me dice Ade, antes de entrar—, pero cuídate a ti también. No te hagas más daño.

¿Es hora de cambiar? ¿Tengo derecho a intentarlo?

Yo nos terminé con ese golpe, ella me borró de su vida por él. ¿Podemos volver, podemos borrarlo?

—Estás más blanca que de costumbre. —Lena me hace caer en cuenta al sentarme a la mesa y toma mi mano acariciándome, calentándome un poco.

Tal vez podamos volver, sólo tal vez, pero en este momento, esa posibilidad es suficiente.
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Sáb Dic 23, 2017 12:38 am

Hola Very Happy
que buen capitulo
espero la puedas subir
el domingo o antes
ANIMO

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Mar Dic 26, 2017 8:26 am

Feliz navidad!!  santa  Espero que santa les haya traído muchas sorpresas este año y que sobre todo, hayan llenado sus expectativas.

Acá les dejo otro capítulo, agradeciendo lo mucho que se preocupan por leer cada uno de ellos y por los comentarios que alguna de uds han dejado  cheers



Capítulo 50: Café y TV


Liv Tyler con un suéter pupero color celeste y una minifalda a cuadros en plena portada, invita. La mujer se ve espectacular y joven, ¿de qué año es esta película…?

Doy vuelta a la caja del DVD y busco el detalle en la parte inferior.

¡¿1995?! ¡Yo ni nacía aun!

—¿Qué tienes ahí? —me pregunta Lena, apareciendo por mis espaldas.

Resulta que el sábado pintaba increíblemente aburrido y, después de desayunar y vernos las caras por media hora, decidimos salir a alquilar unas películas para hacer maratón o algo así. Su idea, no la mía. Yo quería prender la tele, poner Netflix y terminar de ver la serie del asesino inculpado, me faltan cuatro capítulos y no quiero spoilearme leyendo noticias al respecto. El problema es que me pareció muy insensible con Lena y la historia de su papá asesino. Digo, nadie quiere verse reflejado por cuatro horas, pensando en cada detalle del crimen que le quitó a su madre y le cambió la vida, así que cambié de parecer y acepté el reto de buscar películas como cuando no existía el internet. Al menos, de esta manera, no nos encontraríamos a primera vista con el gran listado de ese género que he guardado en mi lista personal.

Es tan extraño esto de saber a detalle lo que sucedió cuando era niña; que su papá mató a su mamá y sigue libre por ahí. De hecho, que ella pueda vivir sin pensar en eso cada minuto del día me parece más raro todavía. Yo en su lugar, lo haría, escribiría un diario completo sobre el tema, una novela, no, una saga.

—Encontré una película ancestral sobre… una tienda de discos en los años noventa —le comento leyendo a breves rasgos el sumario de la película—. Además, Liv Tyler.

—¿La de los videos de Aerosmith?

—Mhmm —le confirmo.

—¡Suena bien!

¿Ven? Esa emoción por cosas simples y randómicas es lo que no me cuadra. ¿Cómo te acostumbras a que tus genes están plagados de maldad?

La otra noche veía un documental sobre criminales y las condiciones mentales que los llevan a cometer delitos graves, crueles y sádicos, y la relación cercana con la genética humana. Y bueno, debe ser, porque para que exista un programa completo —de varias temporadas— sobre gemelos asesinos, es porque hay muchos gemelos que son asesinos, creo que ya he hecho este punto antes, en fin.

Quizá Lena se parece mucho más a Alenka que a su papá. Ella decía en el diario que eran casi clones. Me pregunto qué heredó de él, solo espero que no sean los genes criminales.

—¿Qué encontraste tú? —le pregunto viendo una pila de cajas de películas en sus brazos.

—Hmm… Seven, Taxi Driver, Watchman, Fight Club, Gone Girl, Zodiac y… Pulp Fiction.

Ajá, todas películas de crimen, asesinatos y violencia.

¡¿Por qué diablos no sugerí quedarnos en casa y ver la serie del asesino inculpado?!

—Veo que andas con ánimos oscuros. ¿Tantas películas de crimen? ¿Estás segura de que no vas a hacerte bolita y a llorar como bebé?

No luce segura, es más, mi comentario la saca de onda por un momento. Y es que Lena no es de las que elegiría películas de ese tipo, ella es más del género 3 a 12 años. Bueno, exagero, de 1 a 15, pero nada pasado mucho de tono o muy sangriento, recordemos que El Exorcismo de Emily Rose la asusta mucho.

—Pensé que… ya que estaba obligándote a pasar conmigo el sábado, deberíamos ver algo que a ti te guste y yo sé que el misterio y el suspenso son tus favoritos.

Genial, ahora me siento culpable por molestarla. Solo trataba de complacerme y yo imaginándome que quería estudiar su lado criminal.

—No te olvides de las de miedo, esas son mis favoritas, las de terror.

—Lo sé, pero no encontré ninguna de las que recomendaban en la página de crítica —me aclara enseñándome un listado que encontró en una página web. No está nada mal, pero son películas de culto, no las vamos a encontrar en un lugar tan comercial como este, donde únicamente se venden películas de Hollywood.

—Propongo que veamos algo ligero hoy y mañana. ¿Qué tal…? —Miro hacia mi izquierda, justo estamos en la sección de comedias románticas—… Nick and Norah's Infinite Playlist, ¿ya la viste?

Niega. Me fijo en su selección y hay una que se puede quedar, la guardo y dejo las demás en la repisa, que las acomode el encargado.

—Nos llevaremos Gone Girl, Nick and Norah, Empire Records y… Across The Universe —digo tomando la última que queda.

—Cuatro películas no nos van a alcanzar para los dos días.

—Cierto, emm… —Vuelvo mi atención a la sección romántica, pero temo que terminaré empalagada si llevamos otra de estas—. En el fondo de la tienda hay la sección de series, buscaremos una y listo, maratón completa.

Lena hace una nueva pila con la nueva recopilación y caminamos directo al área de televisión.

—¿Has visto Lost Girl? —me pregunta enseñándome la portada con una mujer de ojos azules que brillan por la impresión del empaque.

—No, ni idea de qué trata, ¿la has visto tú?

—La primera temporada, nada más. Es interesante, pura ciencia ficción y tiene muy buenas actrices.

Oh, «buenas» actrices, o sea guapas. Puedo manejar un fin de semana rodeada de chicas atractivas frente a mis ojos… y a mi lado, por supuesto.

—Okey, nos llevamos esa. ¿Algo más?

—¿Palomitas? —dice marcando esos hoyuelos en su rostro, mostrándome sus dientes perfectos y su genuino entusiasmo por unos granos de maíz.

Emoción absurda por cosas intranscendentales, dije. Es una linda criminal en potencia.

—Tengo dos cajas enteras de las de microondas en casa —le informo acercándome a la caja para pagar y veo su corto desánimo—… Mejor te invito un café. Hace frío afuera.

—Un café sería genial —responde con su ánimo arriba otra vez.

No sé en donde están escondidos sus genes criminales, pero los de seducción los tiene ahí, en cada célula de su ser. Yo creo que es Alenka purita.

Creo que su madre, lo sabe...



—¡Ya, ya! Deja de insistir. —Me rindo, y agarro con ambas manos la taza de café amargo que tengo en frente.

La especialidad de la casa es un grano recién molido fuertísimo que promete no dormir en días, pero su sabor es tan amargo, que no puedo evitar hacer caras al darle un sorbo. No estoy acostumbrada a tomarlo así, pero dadas las circunstancias, no quiero tomar nada que vaya a aligerar mi conciencia por un segundo.

—Voy a contártelo, pero no puedes interrumpirme o suponer cosas hasta que termine de hablar, ¿entendido?

Dicho esto me acomodo mejor en la silla y vuelvo a beber otro poco de café, como si estuviese buscando emborracharme con él, y es que estoy a punto de contarle a mi amiga la experiencia más absurda y demente que he tenido en la vida… Sí, en la vida… espera, lo pienso mejor… Sí, en la vida.
Ade ladea curiosa, pero no se tarda en sujetar con sus dedos el cierre imaginario de sus labios, haciendo una mímica de un lado al otro. Al terminar levanta sus pulgares poniéndome toda la atención del caso.

Bien, aquí vamos.

—Estamos en semana de exámenes, ya lo sabías porque te lo comentamos el viernes pasado en casa de Rach mientras Lena nos azotaba en el Monopolio. ¿Qué buena resultó ser para ese juego, no?

Estoy divagando y ella me lo hace saber cruzándose de brazos. Que difícil es ser tan frontal con ella en este tipo de temas cuando su posición es tan parcializada.

Ajjj, en momentos como este es cuando extraño al idiota del psicólogo. Aunque también había escogido un equipo para el cual jugar, al menos pretendía. Lo que me recuerda, debo buscar un nuevo terapeuta a la velocidad de la luz…

Estoy divagando otra vez.

—Bueno, estaba estudiando en la sala ayer, recostada a lo largo del sillón, mirando al balcón. El primer examen de la semana era el que rendimos hoy de matemática y es la única materia que de verdad me cuesta, así que necesitaba completa concentración.

Ade no dice nada aparte de un: «Mhmm» a labios cerrados.

—Resulta que a la mitad de mis estudios, a Lena, la pequeña genia matemática, se le ocurrió poner música en su celular a unos pasos de mí. Ella estaba sentada sobre un cojín en el piso, junto a la ventana—le cuento describiendo la escena—. No voy a poner la excusa de que no puedo estudiar con música, o que me desagradó su selección, porque para qué miento, Lena tiene muy buen gusto y me sorprendió con algunas canciones, pero dime con sinceridad, Ade, ¿cómo diablos estudias con una mujer divina bailando al frente de ti? ¡¿Cómo?!

Es una pregunta retórica y ella lo sabe, pero se esta divirtiendo mucho, ya tiene colgada esa mueca pervertida en la cara.

—No niego que es linda, lo es, es hermosa, es todo lo que quieras, pero hay cosas en el mundo que deberían ser prohibidas con sentencia de cárcel o, dependiendo de la mujer, con la misma muerte. Lena bailando es una de ellas, Lena bailando en ropa interior es una sentencia inmediata a la guillotina.

Su sonrisa se prende en su rostro.

Maldita cupido, si por ella fuera, nos encerraría en una caja fuerte tamaño humano hasta que resolvamos nuestras diferencias… o tengamos sexo loco y salvaje.
Mejor continúo con la historia.

—A unos diez minutos de que se levantó para darme un espectáculo que no le pedí, y que ella parecía hacer inconscientemente, sonaba una melodía muy relajada y suave, realmente agradable; pop con algo de R&B. Cuando regresé a verla por el más puro y sano instinto —aclaro y Ade rueda sus ojos burlándose de mis palabras—, Lena me dio un vistazo rápido de pies a cabeza.

Mi amiga suelta una pequeña y cómica risa, pero ella no entiende que lo que sucedió a continuación no fue planificado, lo juro. ¡Yo soy inocente en este barullo!

—¿Vas a seguir? ¿O era eso todo lo que ibas a contarme? —me reclama tras un silencio que no pude evitar. Las imágenes de lo que pasó son tan claras que me aturden.

—¿Estás muy divertida, no?

—¿Me culpas? Solo quiero que confirmes lo que ya me estoy imaginando.

—¡Oh, por Dios! Basta, dije que no hablaras.

—Okey, okey. Tú sigue, yo me callo.

—Bien, bueno… —Doy un respiro para tranquilizarme y sigo—. Ella estaba cantando y yo únicamente podía concentrarme en sus labios vocalizando las palabras de la canción. Su voz era muy baja, pero impecable; clara, suave y entonada. De ahí, mi atención bajó a su semidesnudez. Sus piernas se veían tan lisas, tersas. ¡Dios, no sabes lo que me moría por tocarlas!

—Lo imagino.

—¡Silencio, dije! —le advierto, ella vuelve a callar, mas su rostro me grita todo lo que quisiera decirme con palabras. En fin.

—Se dio la vuelta, y te prometo que comencé a salivar de tanto ver su cola moverse al bailar, ¡su suave y agarrable cola! —me lamento.

No puedo más con los recuerdos. ¡No puedo! Mi frente golpea la superficie de la mesa con toda la frustración que tengo adentro.

Ade sigue en silencio, lo que quiere decir que debo seguir.

—Traté de meterme adentro del libro que tenía en las piernas y casi hago un túnel a Narnia a través de sus hojas, no miento. Y fue ahí…, ¡ahí cuando Lena se aprovechó de mí!

—¡¿Tuvieron sexo?! Wow…

—¡Wow mi trasero! Y, claramente pedí que nada de suposiciones.

—¡Llega al punto entonces, me estás matando con la intriga!

—Ella, Lena, ella, ¡ella!… Me quitó hábilmente el libro y lo soltó en el piso. No más de dos segundos después, se sentó a horcajadas sobre mis piernas a nivel de…, ya sabes, ahí, y se dedicó a jugar al caballito al ritmo de la canción, sosteniéndose de mi cuello para no perder el equilibrio.

—¡Oh, oh, oh, oh!

—¡Oh, sí! Toda yo encendidísima con esa acción, ¿pero crees que pude reaccionar para quitármela de encima? No, no pude mover un dedo. Lo único que atiné a hacer fue a cerrar los ojos con fuerza, hasta que sentí su pecho firme tocando el mío, acariciándome. En nada comencé a ponerme muy incómoda y…

—¡No! —exclama con una carcajada tan fuerte que debe taparse la boca para tranquilizarse.

—¡Sí, Ade! ¡Lena me tenía hecha una cascada, ¿okey?! ¿Eso era lo que querías oír?

—Tranquilízate, Yulia. Tampoco es para tanto. Tuvieron sexo y ya, gran cosa, como si no lo hubieran tenido antes.

—¡Es que no tuvimos sexo, porque…! Solo cállate hasta que termine —le exijo, ya quiero concluir este ridículo relato, que me aconseje algo para que no vuelva a suceder e irme a casa. Tengo que estudiar para el examen de historia.

—A ver, ¿cómo termino su noche de domingo?

—Okey —Me termino el café como si fuese un shot de tequila y sabe mucho peor que uno, puaj—. Ew, ¿cómo me dejaste pedir esto? Es la muerte en una taza.

—Jmm, jmm —Ade me obliga a centrarme en lo que vine a decirle.

—Sí, bueno. Entonces ya no me resistí y la apreté de la cintura, quitándola de mi pelvis, porque ya no aguantaba más estimulación y la recosté sobre el sofá, colocándome sobre ella. Comencé a empujarme en su cuerpo, pero mi centro se sentía tan urgido, que me levanté para quitarme el pantalón de un solo tirón y regresé a ella con mis manos para quitarle esa bombacha que ya me estorbaba…

—Ajá, ¿y?

—Y que me quito la mía y… y…

—¡¿Y?!

—Y tenía un maldito pene, ¿entiendes? ¡Yo tenía un pene!

—¡¿Yulia?! —Ade se ríe, me reclama, se frustra y se enoja en una sola mención de mi nombre—. ¿Estabas soñando?

—¡Sí! ¡Que tenía un pene!

Ade no puede evitar morir de la risa, literalmente está muriendo, el aire no le entra, se está poniendo colorada.

Extraño al psicólogo.

—Perdón, perdón, pero…

Espero, dos minutos, no para de reír. Cinco, ¿diez?

—Ya, ya… perdón. Es solo que, ¿hablas en serio? Pensé que algo real había pasado.

—¡¿No te parece suficiente que a punto de hacerlo me creciera un pene?!

—Antes que nada, es super normal querer tener uno o soñar que lo tienes.

—¿Ah, sí? —de repente algo de alivio me da, dentro de lo que cabe.

—Sí, vamos. Es evidente que te estás proyectando.

—Proyectando, ya…

—Quieres a Lena, pasaste un fin de semana con ella metida en tu casa y viendo ¿Lost Girl, si no me equivoco? Esa serie tiene mucho sexo.

—Sí, eso es verdad. Por cierto hay una actriz ahí que es idéntica a tu novia.

—Oh, que lindo, las amigas enamoradas de dobles de actrices.

—¿Nina? —admito.

—Nina —me confirma—, pero analicemos tu sueño. Estás caliente, eso es evidente; te mueres por tener algo con Lena, está clarísimo; y de cierta manera quieres reclamarla como tuya.

—No, no, no, no. Yo no quiero nada con mi ex.

Me va a crecer la nariz hasta que se parezca a la de Adrien Brody y eso no es bueno.

—Acéptalo, la quieres, la amas, lo sabes, ¡me lo has dicho!

—Que la amo, sí, pero…

—¿Pero qué? ¡Invítala a salir!

—No.

—Está bien, no lo hagas —me dice, rindiéndose demasiado pronto. Suele insistirme incesantemente, pero bueno, demos gracias por los pequeños milagros—. Eso sí, tú y yo iremos a una tienda para adultos.

—¿Qué, para qué?

—Necesitas quitarte con «algo» las ganas que tienes y por lo que veo los dedos no te están ayudando mucho.

Eso es lo que me gano por confiarle lo que me pasa. Que me crea una loca desesperada y urgida. No que no lo esté.

—¡Ya sé! Llevaremos a Lena —agrega y mi frente vuelve a golpearse contra la mesa, esta vez buscando un poco de tierra firme donde enterrarse como si fuese una zanahoria.

—A ella también debe estarle haciendo falta un…

—Un nada, no le falta nada —le digo levantándome al escuchar sus intensiones.

—Yo me imagino que extraña tener uno, así sea falso.

—¡Aj, que asco! No quiero imaginarme a Lena y al mastodonte… demasiado tarde.

—Hmm, podemos comprar un Feeldoe, ya sabes esos dildos que son para dos. Te pones una parte tú y… tenga su dulce —me informa haciendo un movimiento sugestivo con sus manos. Qué poca tarea he hecho al respecto de los juguetes sexuales desde que descubrí que soy más gay que Kristen Stewart.

—¿Y esas cosas sirven, o sea, son realmente estimulantes?

—No necesariamente para todas las mujeres, pero estamos hablando de Lena, así que…

¿Qué quiso decir con eso?

—Hay muchos colores, texturas y tamaños. Para ustedes tendrá que ser uno de quince centímetros, cuando menos. Solo así compensarás lo que perdió.

—¡Aaaaaade, qué mierda!

—Bueno, yo decía, ya. Cómprate uno de doce si quieres. No creo que le haga ni cosquillas.

—¡¿Han hablado de Leonardo?! ¡¿De sexo con Leonardo?!

—Mis labios están sellados —dice y repite la acción del cierre, esta vez para no romper su promesa con la culpable de mi desdicha, genial.

No fue buena idea hablar de esto con mi amiga. Necesito a alguien completamente neutral. Mejor me consigo un buen psicólogo, o psicóloga, mujer. Una psicóloga, mujer y lesbiana.

Ella si me va a entender.


Eso espero... porque creo que voy a volverme loca.



Hay pequeños rayos de colores que refractan del vidrio al servir la soda en nuestros vasos. La luz del ambiente es ligeramente más débil de lo normal, es algo romántico, pero no fue planeado de esa manera. La verdad es que metí la pata en el último viaje al supermercado y compré las luces de baja luminiscencia para el comedor. Es agradable de todos modos. Me gusta la forma en la que nos miramos la una a la otra en estas circunstancias, lo cual es raro porque no tengo idea de dónde estamos paradas en lo que respecta a nuestra relación.

—Espero que te gusten las empanadas —me dice esperando lo mejor. Amaría cualquier cosa que ella cocine, incluso si se tratara de agua tibia y no me gusta el agua tibia, la detesto, pero…

Como un bocado y me tomo mi tiempo apreciando la suavidad de su contenido. La mezcla es perfecta, una combinación de salado y dulce, perfecta.

—Está deliciosa —le digo aún con la boca llena, imposible esperar para complementar esta exquisitez.

Ella inclina la cabeza, mordiendo un pedacito de la suya y asiente con la cabeza también.

—Papá estaría orgulloso —dice con una mano cubriendo su boca, sin terminar de saborear su comida.

—¿Sergey cocina mucho?

—Es el único que realmente lo hace. Mamá sólo sabe cómo hacer pastel familiar y porque él le enseñó.

—Oh, bueno. Lo sacas de él, entonces...

"¡Estúpida!"

"¡Es adoptada, idiota!"

¡Oh, mierda! Se me olvidó.

—Lo hago —concuerda, y esto lo hace más incómodo que antes. Soy una tonta, y ella está tratando de cubrirme—. Está bien, Yulia —añade, divertida—. Me gusta pensar que soy lo que mis padres hicieron de mí. Así que, sí, lo saco de él, tanto como saco la ridiculez graciosa de mamá. Tengo el aspecto físico de Alenka y Erich, y yo prefiero creer que eso es lo único que heredé de ellos.

Puedes escuchar una sentencia así y — conociendo su historia— entender el porqué, aceptarlo, respetarlo, pero dudo que esto sea todo lo que ella quiere o necesita descubrir en sí misma sobre sus padres biológicos. No pasó tanto tiempo indagando para conformarse con lo poco que descubrió. Aunque, pensándolo bien, debe ser por esa razón que prefiere no profundizar más en memorias y verdades ocultas.

—¿Qué hay de ti? —me pregunta—. ¿Tu mamá cocina mucho?

—Lo normal, yo tampoco soy un genio en la cocina, pero me defiendo.

—¿Heredaste algo de ella que te guste?

De repente me sentí como si estuviésemos haciendo conversación de una primera cita.

¿Estamos en una cita?

Como otro bocado de la empanada para no responder y le señalo mi boca llena para que espere, mientras pienso qué decirle y qué se hace en esto de las citas para zafar, porque yo no estoy lista para una cita, no sé ni qué hacer en una cita. Todo estaba bien en casa de Rach el viernes porque estábamos las cuatro y ahora solo estamos Lena y yo, y esto es muy extraño, extrañísimo. Siento como si estuviera acorralada por cámaras de uno de esos programas baratos de citas de la televisión real, donde un soltero sale con como treinta mujeres que quieren con él, por fama, fortuna y «amor», y todas aparentan que son tiernas, dulces, sinceras y le cuentan un evento triste de sus vidas para causar empatía y él no se cree nada, porque está pensando con cuál le será más fácil meterse en el jacuzzi y que le hagan el favorcito bajo el agua. Vamos, el soltero es un hombre hormonal saliendo con treinta chicas simultáneamente, treinta que están a su sola disposición, es obvio que el tipo está pensando en marcar el récord de con cuántas de ellas se acuesta en el primer episodio.

Se me está acabando el bocado, okey, lo trago, se fue. Realmente delicioso, pero ahora toca hablar.

—Creo que su mal genio.

Sé que hay muchas cosas más, como su pasión por lo que le gusta, por el trabajo, su perfeccionismo, su avidez, pero la que peor me cae es esa, el mal carácter.

—¿Te gusta su mal genio?

—¿Qué?

—¿Pregunté si heredaste algo que te guste de tu madre? Bueno, además de lo bonitas que son las dos.

Un cumplido que quiere pasar por desapercibido. Huele a cita.

—Perdón, no escuché bien esa parte —reconozco y pienso, acabo de enlistar varias, pero la que más me gusta, emm—. No sé.

Aunque sí sé… creo.

Cuando mamá me veía triste —antes de que ambas supiéramos que yo era gay—, venía a mí y se recostaba a mi lado y me acariciaba el cabello. Era tan tranquilizante y amoroso. Si no podía dormirme me abrazaba fuerte y me enrollaba con las cubiertas hasta que conciliara el sueño. Yo solía repetirlo con mi hermano Mikhaíl cuando era más chico; lo extraño tanto. Extraño cuidar de alguien y que cuiden de mí, extraño un buen abrazo, un: todo estará bien. Pero es algo que no voy a decirle a Lena. Creo que perdimos mucha confianza cuando terminamos tras esa pelea, aun no recuperamos ni siquiera una semblanza de amistad.

—¿Estudiaste con Ade para el examen de historia? —me pregunta cambiando radicalmente el tema personal. Se dio cuenta de que es un campo minado, algo que debemos trabajar.

—No en realidad, debo ir a leer los resúmenes que hice, antes de dormir —le contesto con sinceridad. De qué sirve mentirle, no le diré que hablamos de ella, eso sí que no—. ¿Tú, te sientes segura con el material?

—Sí, lo vimos hace poco en la vieja escuela, así que tengo la materia fresca en la memoria.

—Bien.

Ambas comemos lo que nos resta de empanada y nos callamos, hasta que un bip sale del teléfono de Lena.

—Perdón, es Ruslán —dice levantando el aparato para leer el mensaje—. ¡Oh, mierda!

—¿Qué? ¿Están bien tus papás?

No llega a contestarme cuando Nastya me envía un mensaje también.

«Aleksey está mal. Embarazó a Tanya, me lo contó Ruslán.»

El nerd no es nada discreto y este es un tema que yo consideraría delicado.
Inmediatamente entra otro mensaje, es de él, me pide que lo llame y termina con esa cara de urgente que nos inventamos cuando éramos pareja.

—Lena, gracias. Estuvo delicioso —digo dándole el último mordisco a la punta de la empanada y me levanto—, pero debo contestar esto, ahora.

Ella asiente sin protestar porque sabe de qué trata. Yo salgo del departamento y presiono el botón del ascensor, llamaré a Aleksey una vez que esté en el lobby, desde ahí podemos tener algo de privacidad y además no traje abrigo, no saldré a la terraza.

El elevador tarda unos minutos en llegar, saludo al portero, que está de guardia, y antes de marcar, me interrumpe entregándome un sobre blanco, inflado. No parece ser una carta, es pesado. Me pregunto quién me lo envía y comienzo a fijarme en los detalles, antes que nada, la persona que lo escribe tiene muy mala caligrafía, aun así es evidente que este sobre no es para mí, está dirigido a Lena y no tiene remitente.

—¿Lo trajo el cartero? —le pregunto, porque una carta sin información de quién la envía, no llega por correspondencia.

—No, llegó con un mensajero —me confirma e inquieta a la vez.

¿Quién le mandaría a Lena un sobre personal, directamente a mi departamento?

—Fue el mismo que trajo el que le envié ese domingo con su madre.

Ahora me da un fragmento de información demasiado importante. Mamá subió ese día sin invitación, Lena me comentó que le entregó las cuentas de pagos, pero ¿le dio también esa carta o se la quedó ella por curiosidad, o maldad, o qué se yo?

—Boris, se lo devuelvo y le voy a pedir un favor. Todas las cosas que le lleguen a Lena, de hoy en adelante, solo se las debe entregar a ella personalmente, sin intermediarios, ¿entendido?

—Claro, señorita Yulia, no hay problema.

Me da curiosidad saber de qué trata o quién se la manda, pero esto es algo que no heredaré de mi madre.

¿Puede ser que, en su sed de venganza, no le haya entregado ese sobre?

Odio no poder estar segura de alguien en quien confiaba tanto, lo odio.

Un sobre sin remitente. Nada de esto se siente bien.


—¿Hablaste con él? —me preguntó Lena al regresar al departamento.

—Sí.

—Lo suponía. Te tardaste casi dos horas —comentó sin ánimo de reclamar. Y sí, me había dado cuenta, cuando entré en el elevador y subía a nuestro piso, noté que ya daban más de las diez de la noche.

—Teníamos mucho de que hablar —le respondí desanimada, la conversación fue pesada y llena de angustia. En ese punto lo único que quería hacer es dormir, pero todavía tenía que estudiar.

Aproximadamente una hora antes —mientras escuchaba a Aleksey—, había decidido que me sumergiría en la tina al volver, así que recogí mi ropa de dormir y mis libros, las bolitas de espuma para el agua, y estaba por encaminarme al baño cuando Lena se paró en frente de mí y me entregó sus tarjetas de estudio.

—En menos de una hora lo sabrás todo y… ¿Vas a bañarte? —se interrumpió, preguntándome al percatarse de mis intensiones, pero eso le arruinaba a ella los planes. Vamos, ya no somos novias, no iba a dejar que me acompañe. Verme en el traje en el que vine al mundo es un privilegio que le otorgaré a alguien especial, mi pareja, y Lena ya no es ese alguien.

—Emm… Mira —me quitó las tarjetas y comenzó a explicarme—, las que tienen marca roja en la esquina son los temas difíciles y los que tienen relación con otros eventos que están listados atrás; las verdes son las fáciles, fechas, nombres, lugares, datos importantes, ese tipo de cosas; y las azules son las de conjetura y análisis, para estas solo debes saber de qué trata el tema en esencia y formularte una opinión, el listado de temas relacionados lo encuentras atrás también.

—Terminó y me las devolvió, abandonando el plan de estudio.

—¿Qué tal si me doy una ducha y estudiamos juntas? No me tardaré más de diez minutos —ofrecí a cambio. Ella aceptó diciéndome que me esperaría en la sala y yo me di el baño más caliente y rápido que pude, pero no fueron menos de veinte minutos los que pasé en el baño.

Cuando regresé Lena estaba alterada, mirando la televisión con una peculiar rigidez, concentrada en distraerse, poniéndole una atención considerable al programa que en realidad no estaba mirando. La clara actitud de una persona que tiene un problema importante en que pensar, mas quiere perderse en la inmensidad de algo insignificante.

Mis ojos cayeron al resto del sofá, había llevado una almohada y se podían ver las arrugas del uso. Se había dormido mientras yo salía del baño. Me fijé entonces que Lena sujetaba la cobija con fuerza y su respiración era profunda. Estaba asustada.

—¿Estás bien? —La escarmenté al hablar. Dio un salto y, al verme, sacudió su cabeza queriendo quitarse las ideas que la perseguían, sonrió y me hizo un lugar a su lado.

—Sí, estoy bien. Es una tontería.

Sé que no lo era porque no fue lo único que sucedió esa noche que se salió de lo normal, si es que a la rutina en la que hemos vivido juntas por dos semanas y media ya se le puede considerar normalidad.



—¿Magnolias o girasoles? —me pregunta Ade, regresándome al presente—. Para Rachel, Yulia. Llevamos paradas aquí más de diez minutos y no termino de decidirme. ¿Crees que le gusten más las magnolias o los girasoles? —me repite viendo que le ponía poca atención, y me enseña dos arreglos sobre el mostrador.

—Magnolias, los girasoles son muy comunes.

—Bien, magnolias serán —me dice admirando la selección final y camina hacia la caja registradora, yo voy a unos pasos por detrás de ella—. Me gustaría ordenar una docena de magnolias para el domingo, yo misma las retiraré —le pide a la encargada de la floristería—. No, espere, mejor que sean dos.

—¿Blancas?

—No, me gustan más las de color púrpura.

—Listo, son 79.99, puede pagar con tarjeta si lo desea.

—En efectivo por favor —le contesta y da media vuelta con una sonrisa de satisfacción total.

—Ay, el amor. Espero que le gusten. ¿Porque gastar ochenta rublos por unas flores? —le digo asombrándome de lo mucho que unas plantas muertas pueden costar. Seguro es por la maldita fecha, todo sube de precio porque así funciona el consumismo. A más demanda la oferta se hace la estrecha. Como las mujeres lindas, mientras más admiradores tienen más exclusivas se vuelven. Pasa en la vida, pasa en el comercio.

—Tu cinismo es exquisito, ¿sabes?

—Solo no le veo el punto a la fecha.

—¿No planeas hacer nada con Lena?

—¿La palabra soltería no te dice nada? —le recuerdo nuestra situación amorosa. No tengo idea por qué tiene una insistencia con que estemos juntas, no sabe siquiera qué es lo que pasó que nos separó.

—Necesitas una sacudida o una patada en el trasero, lo juro, yo misma te la daría, ya me tienes harta —me dice volteándose para no verme.

—¡Aj! Ade, eres insoportable ahora que son tan amigas.

—Esto no tiene nada que ver con que yo hable con Lena. Tiene con ver con tu bipolaridad. La amas, pero no haces un solo movimiento hacía ella; pasaste más de un mes lamentándote sobre su pelea, pero ahora que la tienes a tu lado ni le hablas, vives recordándole que para ti todo ya se acabó. Dime, ¿qué mierda piensas hacer? ¿Quieres ser su amiga?, ¿quieres volver a tener algo con ella?, ¿piensas olvidarla a los tres minutos de que regrese a Sochis y luego correr tras los de artes para drogarte hasta que te mueras? ¡¿Qué?!

Su tono y su enojo me molestan, me enojan, me llenan de ira.

¡¿Yo que diablos sé?!

Ni siquiera tengo idea de por qué Lena hizo lo que hizo ayer en la noche, por qué las cosas son tan extrañas, por qué está siempre tan ausente y tan presente, porque es así. La bipolar es ella… Bueno, yo también. ¡Es que no sé, no sé qué hacer, cómo comportarme, no tengo idea de qué nos espera, de qué debería hacer, si hablarle o no, si ser amable o no, si buscarla románticamente o alejarme lo más rápido posible!

¡No-lo-sé!

—¿Sabes qué? Haz lo que quieras, Yulia. Yo solo te diré esto, faltando completamente a mi promesa con tu amiga, porque es más tuya que mía, pero… como sea —menciona con dureza—. Lena si tiene algo preparado para ti y mejor será que te decidas sobre lo que quieres antes de que ella se ilusione con ideas de que ustedes pueden arreglar su relación.

La cajera nos mira, sorprendida por el cambio de la conversación entre nosotras y le entrega el cambio. Ade lo guarda en su cartera y me enfrenta otra vez, aun muy alterada, yo también lo estoy.

—Y tú, puedes ser mi amiga, pero no voy a ver como le partes en tres el corazón a alguien que se encuentra tan vulnerable y que se muere por recuperarte.
¡Decídete y dícelo, ya!

Terminada su advertencia se hace a un lado y sale de la tienda sin esperarme. Ade sabe que, con el orgullo que tengo y el coraje que siento, ni loca regresaría a mi casa con ella.

"No es por nada, pero tiene razón. No nos decidimos".

"Es que, que podemos decidir. Lena ya no confía en nosotros y sin confianza cómo iniciamos algo".

"Pero eso depende de nosotras".

Y de ella.

"Y de nosotras, Yulia".

"Yo solo quiero decir que no quiero romperle nada a Lena, ni las ganas. Lo que hizo ayer me dejó pensando".

A todas.

"¿Por qué lo hizo?"

"Buscaba algo de nosotras".

¿Pero qué?

"Necesitamos hablar con ella".

Acordado.

Subo mi vista y veo a la cajera que tiene clavada la mirada en mí como si estuviera viendo a una loca que escapó del loquero, como si me hubiese escuchado hablar sola o… Esperen, ¿hablamos en voz alta?

Abro mis ojos como si quisiera que ocuparan toda mi cara y doy media vuelta para irme.

—Diablos
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Miér Dic 27, 2017 1:34 am

Hola Very Happy
buen capitulo
espero puedas subir pronto
esto esta raro me mata la curiosidad
que le pasa a Lena
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Sáb Dic 30, 2017 1:49 pm

Mañana ya se acaba este año 2017. Es lindo saber que existen personas como uds que están en busca de cosas nuevas y en darle oportunidad a las demás para expresasrse a traves de este medio y de alguna u/otra manera, estar conectados.

Feliz 2018 y que todas sus metas logren cumplirse en este nuevo período  cheers

A leer!



Capítulo 51: Qué pasa?


No voy pensando en nada en especial mientras camino buscando un taxi. El frío es tal, que lo único que ocupa mi mente es la urgencia de conseguir un auto. Si por mi fuera, ya habría comprado uno usado con el dinero que me dieron por el que vendí allá en Sochi, pero papá insiste con que busquemos juntos uno nuevo y me pidió que lo espere hasta fin de mes que viene a Moscú por negocios. No quiero sonar desagradecida, pero este cambio de 180 grados que ha tenido desde el día que pasó por mí a la escuela hace cuatro meses, es sofocante.

Durante los últimos cinco años aprendí a valerme por mí misma, a no depender de su dinero, de su presencia, o pedirle permiso para tomar decisiones como qué marca de auto y qué modelo comprar. No hablábamos por meses seguidos, ahora lo hacemos pasando un día cuando menos. Y no es que no me agrade tener a alguien que me apoye, lo aprecio, pero cosas como esperar semanas a que esté disponible, son por las que ahora me congelo bajo el clima helado de esta cuidad.

—¿Hija? —escucho a una voz familiar llamarme a unos pasos y alzo la mirada del piso.

¿Acaso es el día de caerle a palos a Yulia y yo no me enteré?

—Mamá.

—Hija —repite con nostalgia y sorpresa, está feliz—. ¡Oh cielo, qué bueno es verte! —Muy feliz. Me abraza sin pensarlo y me aprieta respirando muy cerca de mi cabello—. Amor, ¿qué haces por aquí? Estás lejos de casa.

—Acompañé a una amiga a comprar unas flores para San Valentín.

—Ya veo, ¿estás buscando taxi?

—Algo así, decidí caminar un rato, pero está haciendo mucho frío.

—Congelando. —Sonríe con ternura, recordándome a la mujer a la que extraño tanto—. Estoy camino a casa. ¿Te acerco a tu edificio? —me ofrece virando el cuerpo hacia su izquierda, su auto está aparcado a unos metros.

Acepto de inmediato, de repente ver a mamá así me cambió el mal genio que tenía de mi pelea con Ade y, de verdad, la temperatura está muy baja.

Me acomodo en el asiento y me coloco el cinturón. Ya de por sí estar lejos del contacto con el viento es reconfortante. Mamá entra y enciende el aire acondicionado que comienza a llenar el auto de un aire tibio. No me había dado cuenta de que me dolían las piernas y la espalda hasta este momento, el frío perfora los huesos.

Con un acto inconsciente, enciendo el radio. La emisora designada toca una canción de los años noventa, es un clásico y me gusta. Me gusta la música de esa época, esta canción en especial, es una de sus favoritas también. A mamá le encanta cantar y no tiene mala voz, de algún lugar debí sacar mi talento, ¿no?

Cuando era pequeña solíamos hacer de la sala de la casa nuestro escenario y jugábamos al karaoke gritando a todo pulmón. Tengo tantos videos de esos años, peinada con trencitas y vestida de colores pastel y estampas de ponies en mis camisetas. Dios, era tan gay.

Ahora me acuerdo de que con esta canción audicioné al musical de la primaria, jmm… —Sonrío—. Son lindos recuerdos, memorias que están llenas de nuestras risas.

Amo esta canción.

Mamá frena bruscamente, debido a la torpeza del conductor de enfrente, y unos papeles que dejó sobre la consola del coche caen a mis pies. Los recojo para guardarlos en la guantera y, antes de acomodarlos, me fijo en el arcoiris del logotipo en la esquina.

«Centro de ayuda para padres y familias con hijos LGBTI».

—Son guías de terapia —me informa cuando ve que ojeo el contenido del folleto—. Me pareció una buena idea buscar a un nuevo terapeuta que se acomode más a nuestras necesidades, a tu realidad y nuestra relación.

—¿Quién te los dio?

—Nadie, hija. Cuando nos encontramos salía del Centro consultando por una lista de psicólogos familiares recomendados.

La información es basta, va desde consejos sobre cómo llevar una conversación mientras hay una confrontación entre padres e hijos LGBTI, la distinción sobre las distintas identidades sexuales, las cosas que se deben evitar decir. Muchas de las cosas que mamá hizo en su ignorancia.

—¿Por qué? —pregunto ampliamente. Pueden ser muchas las interrogantes que necesito que me conteste y no sé por cuál iniciar.

—Porque te extraño, porque te quiero, porque eres mi hija y yo he sido muy intolerante y estúpida.

Mi nariz cosquillea al escucharla, porque estas son palabras que he querido oír de su boca desde que le declaré que soy lesbiana. Lo más cerca que estuvo fue cuando decidió separarme de su vida para evitarme más daños y todo empeoró con su ausencia.

—Yo también te quiero —le digo cerrando el libretín y lo dejo de lado.

—Me arrepiento de muchas cosas, Yulia —me dice con la voz forzada—. Me duele tenerte tan lejos, la casa está tan vacía sin ti, sin tu música, sin tus risas cuando veías esas películas sangrientas que yo odiaba tanto… A veces las pongo para recordarte, pero me haces tanta falta.

—Lamento ya no llamarte tan seguido… o llamarte en realidad.

—Entiendo el porqué. Hablé con Alik y con alguien que me hizo abrir los ojos. Elegí mal al buscar a un terapeuta que esté en acuerdo con mis creencias sobre el tema, porque claramente estoy equivocada —me informa—. Lo despedí y voy a comenzar a venir a los grupos de apoyo en el Centro.

Me giro para mirar a la cuidad a mi derecha. Está tan blanca, tan inanimada, la siento vacía como yo, confundida entre la nada, detenida en el tiempo…, otra vez, como yo.

—No te pediré que vengas conmigo, no aún, aunque quiero que lo hagas, hija, pero debo aprender a aceptarte, a tratarte con respeto. Voy a venir unas semanas sola, pero después, si tú quieres…

—Quiero —acepto interrumpiéndola.

—Okey —me dice contenta de escucharme—. Eso es muy bueno.

—¿Con quién más hablaste? —le pregunto porque me intriga saber quién pudo romper esa barrera que ella formó entre nosotras.

—Fue una chica, un poco mayor a ti. Me habló con cierta dureza discutiendo mi postura, muy apasionada, interesada por cambiar mi opinión, sin embargo fue muy coherente. Me contó su experiencia con sus padres y me hizo reflexionar sobre… muchas cosas, sobre recuerdos que tenía de cuando eras más joven, de cómo te sentías ya a esa edad —menciona girando para entrar a la calle principal—. Ahora veo que tu novio, la mayoría de las veces, llegaba a ser un medio para complacerme.

—No creo que haya sido así necesariamente, yo amaba a Aleksey, solo, no estaba enamorada de él.

—Yo creo que sí, quizá lo hacías a un nivel muy inconsciente— me asegura, yo no logro entender de donde sacó esa conclusión. La miro de lado esperando una explicación y ella continúa—. No sé si lo recuerdas, pero las charlas que teníamos después de sus citas eran mucho más profundas, más agradables, más interesadas de mi parte. Pasábamos horas sentadas a la mesa.

—Sí, lo recuerdo.

—Yo, te seré sincera, amor. Me ilusionaba verte con un novio tan apuesto que te quisiera, verte feliz.

—¿Y por qué es tan difícil para ti verme feliz con una chica?

—Aun no lo sé. Quisiera poder decirte que tengo sentimientos encontrados, que quiero verte formar una familia, que no quiero que gente que no te entienda te lastime, pero sería muy hipócrita de mi parte, porque yo fui la primera en hacerte daño —acepta con tristeza. A mamá debe pesarle tanto haberme golpeado, como a mí por tocar a Lena, más, porque yo soy su hija—. Por eso quiero ir sola a varias reuniones antes de que te unas.

El camino se va acortando, estamos a unas cuadras de llegar a mi departamento, tal vez debería invitarla a subir, tomar un café, quizá es demasiado pronto.

—Yulia, quería preguntarte algo sobre el diario que estabas leyendo, el que encontraste —dice cambiando de tema.

—¿Qué quieres saber de él? —le pregunto a la defensiva. Debo controlarme, ella no puede saber que Lena es la dueña.

—¿Descubriste quién lo escribía?

—No, nunca hizo referencia a un nombre o en donde vivía. Solo eran entradas sin importancia.

—Ya veo —responde insatisfecha—, y… ¿podrías prestármelo? Me gustaría intentar descubrir su identidad.

"¡¿Para qué quiere hacer eso?!"

"¡Dile que no!"

Ya, calma. Yo lo manejo.

—No puedo, mamá. Lo quemé al terminarlo.

—¿Que hiciste qué? —Se sorprende, pero no dejo que me afecte. Aquí no pasa nada, nadie sabe nada, nada importa, nada de la nada y nada.

—La última entrada pedía que si alguien, que no era ella, lo leía que por favor se quemara y lo hice.

—¿Así nada más?

Nada de la nada y nada, dije.

—Sí. Ya te digo que no había nada importante. Eran entradas de su novio y del trabajo, de cosas que hizo en el verano. Nada del otro mundo, ¿para que iba a guardarlo?

—Oh, bien, pues…

—¿Por qué tanto interés, mamá?

—Nada, no importa ya.

—Mamá, solo escúpelo.

—¡Yulia, no seas vulgar, por favor!

Primera advertencia de madre enojada.

—Solo dilo.

—Está bien, ya no importa, si no sabes quién es la chica, pero me gustaría que conserves la información que voy a darte como confidencial.

—¿Y a quién se la voy a decir si no le he contado a nadie que lo encontré?

Eso es cierto, aunque Nastya lo sabe y Ade también porque Lena se los contó.

—Es algo delicado, hija —me dice y yo asiento aceptando la condición—. Un hombre se comunicó con mi vieja oficina en Sochi, tuvo una reunión con uno de los abogados más antiguos de la firma.

—¿Y qué tiene que ver eso con el diario?

—Una de mis antiguas colegas fue llamada al final de la reunión y me comentó que se le encargó el trabajo de localizar a las niñas desaparecidas.

"Lena".

Trago con dificultad. ¿Qué significa esto, que está en peligro?

—¿Y para qué las buscan?

—No lo sé, pero me dijo que este hombre se asemeja mucho a uno de los sospechosos del asesinato. Alex estaba muy consternada. Ambas trabajamos en ese tiempo muy cerca del caso.

—¿Tú trabajaste en el caso?

—No directamente, Alex y yo recolectamos información, intentando encontrar a las niñas —me aclara, pero eso no me tranquiliza para nada—. El sospechoso principal era el padre, un hombre rubio de cabello hasta los hombros, tenía una cicatriz marcada en el rostro, casi idéntico al hombre que pidió la reunión. Pero claro, han pasado quince años, la gente cambia físicamente.

—¿Y no se supone que ya las niñas son mayores de edad? ¿Para qué las buscan?

—No lo sé. Alex es como yo, una asistente legal encargada de investigación, no sabe los pormenores del caso a estas alturas.

—¿Y tú querías ayudarla a encontrar a la dueña del diario?

—En realidad no. Temo que su ubicación caiga en malas manos. En realidad, me alegra que lo hayas quemado. Es lo mejor.

Lo mejor.

Lo mejor es que nadie más sepa la verdad de quién es Lena. Lo mejor es que yo le comunique esto a Sergey y a Inessa de inmediato. Lo mejor es que manden a Lena a Siberia y la encierren en una cárcel de máxima seguridad.

"Los sobres sin remitente".

Necesito hablar con ella. Debo decirle lo que sé, pedirle que me aclare qué le está pasándo. Si hay algo que no voy a permitir es que su padre o cualquier otra persona le haga daño.

Quiero que esté totalmente a salvo...



Su voz es fuerte… y segura. Su postura, dura, podría decirse que elegante, no, en realidad es soberbia, muy orgullosa, lo noto. No quiere necesariamente hacerme de menos, pero sí que todos sepan que ella está arriba y nadie la va a bajar de ahí. No tiene ganas de sonreír o dar algún signo de aprobación. Se mantiene distante, muestra su desconfianza rechazando la cerveza que Lena le brindó, además de las papas fritas que colocó en un recipiente sobre la mesa —como buena anfitriona que es— y que Anatoli se está terminando solo. Es tan delgada y tiene los rasgos muy finos. Es de tez más blanca que su hermano, más parecida a papá, rubia como él, pero sin sus ojos. Ahora que lo recuerdo, yo soy la única de sus hijos que los heredó.

La siento mirarme, tengo su rostro borroso muy presente en mi visión periférica. Procuro poner interés en Lena, mi hermano y su entrañable conversación, más cuando regreso a verla por un segundo, pretendiendo que un sonido detrás mío me llamó la atención, ella desvía sus ojos hacia ellos. Ninguna de las dos está dispuesta a intercambiar lo que sabemos de la otra, mucho menos a entablar una relación de hermanas.

Si así se comportó con mamá, no entiendo cómo logró que entrara en razón. Quizá le cayó a golpes o le dio latigazos con los rayos que salen de sus ojos o qué se yo, tiene poderes de persuasión; es como un Charles Xavier, o una Jean Grey. Mi hermana es un X-Men.

—Leo vendrá en abril de visita con su hijo, vendrán ya sabes, los parques, Island of Dreams —le, o nos, comenta Anatoli.

—¿Vendrá solo o con su ex?

—¿Alguien está celosa? —la molesta.

Mi hermana ríe, pero no porque le cause gracia la broma, sino lo que implica. Si a Lena le pone celosa que su ex venga con la mamá de su hijo, ¿qué significa eso para mí? Su reacción es pedante y deja ver que sabe que Lena y yo fuimos algo, que ella para mí es importante, que lo que dice me afecta, que lo que no somos ahora me llena de dudas, más cuando es evidente que quiere ver a Leo y sí, siente celos. Entonces yo siento celos e impotencia, yo me siento atacada, destronada por alguien que está a miles de kilómetros de distancia, pero sigue siendo tan importante en su vida. Quiero irme de aquí, quiero largarme lejos y morir de frío, literalmente morir, porque todo esto me jode y a Varvara solo le bastó hacer ese simple gesto, poner esa corta y arrogante sonrisa que ahora ya ni tiene.

"Cálmate, piensa en… pizza".

"Sí, a quién no le gusta la pizza".

"Deberíamos pedir una, tenemos hambre, nos duele el estómago".

"Yo quiero conocerla, pregúntale algo. Emm, ¿qué tal, si tiene novia?"

"¡Es nuestra hermana!"

"Es nuestra media hermana… ¡y es gay!"

No sean asquerosas, no voy a coquetearle a mi hermana.

"Sí, además está muy flaca, puro hueso. Lena me gusta más".

"A mi también".

"Bah, aburridas".

—¿Estás bien? —me susurra Lena después que Anatoli se levantara a contestar su celular y Varvara fuera al tocador.

—Sí, supongo.

—Te cayó de sorpresa, claro. Si a mí me llamó la atención verlos en la puerta, mucho más a ti.

—Sí…, supongo —repito la respuesta.

—Si quieres… puedo insinuar que tenemos mucho que estudiar para que se vayan pronto, no queremos compartir la cena con ellos, ¿no?

—Yo pensaría que tú sí, Anatoli es tu amigo. Yo… prefiero dormir.

—¿Quieres que me los lleve? Puedo hacerlo, los invito afuera a unos hotdogs…

—Dudo que la flaca vaya a probar bocado.

—Je, ahí donde la vez, Varvara come como… —Mi mirada la fulmina y ella termina haciéndose unos centímetros hacia atrás, sin concluir su comentario—. Sí, seguro no come nada, mala idea.

—Si quieres ve con ellos. Yo estoy cansada, quiero leer el capítulo de geografía que me falta y dormir muchas horas, doce al menos.

—Okey. Se los propondré.

Siento su mano apoyarse en mi hombro con una dulce caricia que me tranquiliza y, a la vez, me angustia, y se levanta hacia la cocina. Quiero tanto sus cariños, pero debo dejar de aceptarlos hasta no saber qué significan, qué es lo que quiero, como me advirtió Ade.

Dios, necesito dormir, dejar de pensar.

Cierro los ojos y suspiro ampliamente, casi durmiéndome en el acto.

—Levanta la cara y mírame —escucho decir frente a mí, pero no es mi hermano ni tampoco Lena. Hago lo que me pide, más por confirmar que es ella la que me habla que por obedecerla.
Varvara posa sus delgadas, frías y suaves manos a cada lado de mi rostro, masajeándome las sienes con sus pulgares. Mis ojos vuelven a caer. Es tan plácido, calmante, hipnotizante. ¿Por qué dejo que me toque? ¿Por qué me rindo con esta facilidad ante ella? ¿Por qué se me hace tan familiar?

—Papá solía quitarme las jaquecas haciendo justamente esto —me comenta. Es por eso, debió hacerlo un día conmigo, no lo recuerdo, pero es lo más lógico—. Tenía muchas cuando era niña.
¿Dónde están Lena y Anatoli? ¿Están viendo esta escena con sus quijadas golpeando el piso?

—Tienes mucho estrés, estás muy tensa, debes intentar calmarte —menciona con la voz casi nula, los músculos de mi boca se sienten adormecidos, mi respiración es sonora y constante. Siento mis hombros caer cada vez más bajo y mi cuello alargarse, mis brazos soltarse y mi pecho llenarse de cansancio, pero de una buena manera, de una forma cálida y ligera.

Mi hermana es un X-Men.

—Te envidio tanto, ¿sabes? —me dice sin detener sus movimientos, pero yo ya salí del trance y abro los ojos para verla—. Papá te ama tanto que está dispuesto a ofrecerme lo que sea para menguar el odio en nuestra relación y ayudarte.

No puedo hablar, no quiero. Lo que hace me tiene encantada. Solo manejo suspirar profundamente queriendo expresar un: lo siento.

—Tienes sus ojos. —Me admira y sonríe, pero no como antes, ahora es sincera, cordial, hasta afectiva.

—Es lo único que tuve de él con certeza por años —le digo casi sin hablar, ocultándoselos de nuevo—. No me tengas envidia, ambas tuvimos buenas infancias y ambas sufrimos la intolerancia de un padre.

Su respuesta es un leve bufido dándome la razón y cambia el movimientos de sus pulgares a líneas horizontales en mi frente. Presiento que el masaje está por acabar, al igual que nuestro corto encuentro.

—Acordé con tu mamá hablar con ella constantemente para ver cómo van las cosas. Se mostró receptiva ayer que fuimos a un grupo de apoyo en el centro de ayuda para familias —me cuenta, recorriendo mis mejillas de cada lado hasta llegar a mi quijada y soltarla con un leve pellizco. Finalmente se aleja para recoger sus cosas del sillón—. Espero poder ayudarlas en lo que necesiten. Ya encontré a una psicóloga conocida que las puede atender a ambas, es buena y es gay.

—Genial —le contesto con gusto, me leyó la mente. ¿Qué diablos acaba de hacerme? X-Men, sin duda. Me siento como si fuera un cachorro de labrador retriever, dócil, esponjosa y feliz.
—Espero que cuando vayas a San Petersburgo no te olvides de buscarme. Tú mamá me dio tus datos, te mandaré mi dirección por mensaje de texto. —Camina hacia la puerta y caigo en cuenta que el departamento está vacío, ¿a qué hora desaparecieron esos dos?—. No te preocupes por Lena, la cuidaré durante la cena. Me sonríe antes de jalar la puerta cerrándola con reposo; apenas se escuchan los sonidos de cierre del picaporte.

"Me cae bien".

Iré a dormir, al diablo geografía, siempre puedo hacer trampa con Google Maps.

Ya estoy viendo rojo....


Mi hermana es la mujer más increíble del mundo. Amable, cariñosa, generosa y considerada. La amo.

Después de que Anatoli, Lena y ella se fueron a buscar algo de cenar y yo me quedé sola con mi soledad, fui a tirarme en la cama cual bulto que no se iba a mover sola hasta la mañana siguiente, ¿y qué me encontré?, pues… ¡todo lo que pude haber querido en la vida! ¡La versión diamante, ultra empacada y especial de mi película favorita!

Vino en una caja de metal que reconocí de inmediato, porque ya tenía mis ojos en esa edición para comprarla apenas saliera a la venta —lo cual es en cinco días—, pero ella la consiguió antes de tiempo y ¡ahí estaba!, quieta sobre mi cubrecamas color negro, brillante y con una nota, adentro de un pequeño sobre rojo, que decía:

«Tal parece que tú y yo tenemos muchas más cosas en común de las que papá se encargó de comentarme. Fue un regalo de la productora para la firma de publicidad para la que trabajo y me la gané en el sorteo que hizo el gran jefe la semana pasada, pero creo que tú te la mereces. Espero conocerte más que un par de minutos. Tenemos mucho de qué hablar. Cuídate, Varvara».

¿Ven? ¡¿Ven?!

¡La mejor hermana ever!

La amo.

Esa noche, vi la caja y no pude evitar despertar por completo para abrirla —se sentía como navidad—, le quité la cobertura plástica, y la abrí con sumo cuidado y ¿saben qué venía adentro? Una tijera grabada con las firmas de los actores principales toda pintada de rojo «sangre» pasión.

¡Una tijera de verdad y con las firmas empapadas en sangre!

También tenía dos folletos grandes y hermosamente impresos en papel de alta calidad con fotos exclusivas del backstage y la producción. Llenos de anécdotas y datos curiosos —que ya conocía, pero me vale, ¡me vale!—, me los leí todos. Y, abajo, al fondo de la cosa más bella que jamás a existido, tres discos de la más alta definición, uno con la película normal, uno lleno de extras —siete horas en total con entrevistas, especiales, tras cámaras—… ¡Dios, el cielo para cualquier fan de The Scissoring! Y como si fuera poco, el último disco con la versión extendida del director.

¡El cielo, el trono en el cielo, el trono en lo que exista más arriba del cielo!

Me senté en el sofá de la sala, prendí la tele y ¡tara!, me cobijé con la manta y no recuerdo más hasta como las once de la noche que Lena llegó e intentó entrar sin hacer ruido alguno para no despertarme.

El problema es que lo hice, no solo por el sonido de la puerta que golpeó muy fuerte y sin querer el marco de la entrada, sino por el frío que estaba haciendo, menos nueve grados centígrados afuera, adentro quizá unos tres.

Cuando Lena entró al baño —y juro que no fue intencional—, me mudé para mi cama y volví a caer en sueños sin hablarle. Un par de horas más tarde volví a despertar, pero eso es otro cuento.

"Debemos pensar sobre eso y qué significa".

Ahora, no. Hay otras cosas que me preocupan más.

"Pero esto es importante, mucho".

"Definitivamente".

¡No ahora!

"¡Evasora de situaciones!"

¡Qué es lo que contienen esos sobres me preocupa más!

"Tal vez está relacionado".

Imposible y no hablemos más de eso. Quiero concentrarme en lo que vi ayer.

Y eso, vamos al grano, a lo que pasó.

Miércoles, 10 de febrero. Nos despertamos y evitamos hablar hasta salir a la parada del bus. Como Ade está enojada conmigo, no nos viene a recoger y yo todavía no tengo auto, ni lo tendré hasta fines de mes. En fin, caminar cuando en la mañana está helando no es lo más confortante de la vida, así que para intentar olvidar el frío comenzamos a charlar. Nada muy importante, ya saben, cosas del pasado, algo como:

—No te he visto escribir. ¿Aun llevas un diario?

Juro que la pregunta no iba con indirecta de quiero leer lo que te pasa, ¡lo juro! Aunque después de recibir una mirada fulminante de su parte, no he dejado de pensar en lo útil que sería en momentos como este, que no quiere darme ni una pista de qué le sucede.

—Yo comencé a hacer grabaciones de mi día a día. Pero no me duró. Era para el psicólogo que boté. Nada importante… Sí…

Mis balbuceos le hicieron gracia y me dijo:

—Antes de anunciarme esa noche que llegué de Sochi, te escuché hablar. Pensé que tenías visitas y me acerqué a la puerta. Luego me di cuenta de que hablabas sola y decidí golpear.

—Gracias por ahorrarme el bochorno.

—No quería empezar con una caída y otra pelea, así que preferí no decir nada —me comentó. Encontré mucha ironía en su declaración. Esa precisamente era una de las razones por las que yo no le dije que tenía su diario. Aunque no creo que ella se dio cuenta de que era una situación muy similar.

Llegamos a la escuela y no nos vimos por todo el día aparte del maldito examen de geografía y el almuerzo. Últimamente comemos juntas, antes, ella desaparecía con su bandeja y no la veía más que para dejarla en la torre de desperdicios ya vacía una hora después.

En medio del postre, me preguntó algo que no entendí al momento, pensé que se trataba de una forma de llenar el silencio entre nosotras o hacer conversación de uno de mis intereses.

—¿Sabes cómo hacer más nítida a una fotografía vieja?

—Todo depende de cómo haya sido tomada, pero hay formas de corregir la luz y la definición si la digitalizas —le contesté.

—¿En un escáner?

—Si tienes el negativo es mejor.

—No lo tengo.

—Entonces sí, en un escáner. Tienes que procesarla en muy alta definición y luego hacer varios pasos en el programa de retoque.

—Ajam y… ¿puedes enseñarme?

—Puedo ayudarte si quieres. —Quise ser amable, pero no, ella no quería mi ayuda.

—No, olvídalo. No es importante.

La alarma sonó, ella se salvó, yo me quedé con la duda y ambas fuimos a nuestras respectivas clases.

Tras cuatro largas horas, volvimos a vernos en la casa. Mis hermanos nos hicieron otra visita antes de partir a San Petersburgo y Sochi respectivamente. Le agradecí a Varvara por el regalo y a Anatoli por convencerla, porque ya me contaron como fue que su intervención sucedió.

Papá la había llevado al muelle en época de navidad. La primera vez que iban juntos como padre e hija. Ella aun muy resentida por como papá se había comportado cuando salió del closet. Tuvieron una breve charla, papá le contó sobre mí, tuvieron una pelea y Varvara le dijo que no quería volverlo a ver, que se mudaría a San Petersburgo aceptando un trabajo en una agencia de publicidad y que no se le ocurriera contactarla.

Pero las cosas conmigo empeoraron, mi decaída de notas angustiaba a mi progenitor. Todo se puso peor cuando tuve mi incidente con las pastillas y luego, cuando finalmente despedí a Alik como mi terapeuta, mamá llamó a decirle a papá que vendría a recogerme para que regrese a vivir con ella, que sus tácticas de traer a «mi novia» —o sea a Lena—, habían sido la gota que derramó el vaso y que ella me escarmentaría hasta que regresara a la normalidad.

Él entró en pánico, sabía que de las muchas veces que peleó con Varvara, ella era la única que lograba hacerle entender como era la realidad, que en ella vio el dolor que él le ocasionaba y que no quería que mamá hiciera lo mismo conmigo. Como último recurso la llamó, ella lo ignoró y por eso es que vino Anatoli. Al ser el hermano menor —prácticamente su juguete personal—, también es la persona a la que más escucha y a la que más cariño le tiene de su familia. Anatoli la convenció de venir y hablar con mamá y bueno, ya sabemos cómo es Varvara, fuerte, empecinada, dura y a la vez muy inteligente. Se ganó a mamá y a mí. Ya dije que la amo, ¿no?

Una vez que Lena y yo estuvimos nuevamente solas, pensé en la posibilidad de comentarle que sabía que había recibido a lo menos dos sobres sin remitente y preguntarle de qué trataban, pero ella se puso rarísima, dijo que quería darse un baño largo, y me preguntó si me molestaba que use la tina.

¿Cómo iba a molestarme? No tiene que pedirme permiso para hacerlo, es ridículo. Sí, es mi invitada, pero… es como si fuese su casa también. Al menos así lo siento, y lo será mientras dure el acuerdo con sus padres y el mío.

No salió por más de dos horas. Al final de la primera ya me moría por golpear la puerta y preguntarle si estaba bien, o tirarla para asegurarme de que no se había ahogado mientras dormía, pero la escuché reírse.

Estaba hablando por teléfono con alguien y pensé:

"¿Con quién está tan divertida? ¿Nastya?"

Así que le mensajeé.

«¿Estás hablando con Lena?»

«Hola, Nastya. ¿Cómo estás? Bien gracias, ¿y tú? Ah, yo bien. Quería preguntarte si estás hablando con Lena. No, ¿por?»

Odio cuando Nastya llena el silencio intencional que emito cuando no envío toda esa palabrería y voy directo al punto.

«Por nada, gracias, Nastya».

Me preguntó alguna otra cosa, pero la re-ignoré.

La segunda persona que se me vino a la mente fue Marina y claro volví a pegarme de la maldita puerta esperando escuchar de qué tanto se reía.

—No, creo que ella sería más como un: mmmm —gimió de una manera muuuy sugerente. ¡¿Con quién mierda hablaba de sexo?, porque no haces ese sonido si no estás hablando de sexo!

—¿El mío? No sé, no he puesto atención a cuando gimo o cómo lo hago.

No era Marina, porque ella la había escuchado gemir. ¡¿Entonces quién?!

—Espera, creo que Yulia quiere algo.

Ahí me helé, porque claro, yo soy una idiota y estaba parada detrás de la puerta, creando una sombra que se veía por la rendija de la puerta.

—¿Necesitas el baño? —me preguntó.

—No, solo quería saber si ya tenía que llamar a la morgue para que viniera por tu cuerpo flotante —le respondí y me regresé a la cama y ahí me quedé unos minutos sin escuchar nada porque así es mi vida, cruel y malditamente injusta.

Luego decidí ir a distraerme estudiando portugués, porque según la escuela, un artista debe conocer al menos tres idiomas aparte del suyo y yo no me quiero quedar atrás con el maldito idioma de Leonardo. Si él sabe inglés y portugués, yo sabré, inglés, portugués, español y francés.

Para cuando Lena salió ya me había cansado de intentar pronunciar «meu amor» y «você é a mais bonita ruiva que eu já vi».

—Gracias —me dijo con una enorme y adorable sonrisa. No debía escucharme, pero ya qué.


Qué linda es Lena sin maquillaje, así al natural —más si está desnuda—, pero con suéter flojo y pantalón grueso de pijama también lo es.

—Ya estás lista para el examen o quieres que te ayude.

Claaaro, porque yo quería que ella me de una mano en el lenguaje que aprendió mientras gemía con el mastodonte. ¡No!

—No hace falta, ya lo tengo, me voy a dormir.

Así termino ese día, bueno, no en realidad. ya en la madrugada, misma historia de los últimos días, pero eso es otro rollo.

Lo que nos trae a ahora.



Jueves, 11 de febrero, 18h43 minutos y estoy justo donde Lena me citó, en el medio de mi sala.

No hemos hablado durante todo el día, pero la he visto muy sospechosa. En la mañana nos levantamos y por debajo de la puerta yacía otro sobre más, blanco con el nombre de Lena y sin remitente.

"Perfecto", pensé.

Tendría que decirme de que trataba, ¿no? Digo, se lo pasé yo misma, hice una inferencia directa hacia lo extraño que era que no tuviera información de quién se lo envió, pero ella lo tomó y siguió comiendo las tostadas de su desayuno como si nada, sin abrirla, sin responderme, ¡sin nada! Se la guardó en el bolsillo y ya.

A la hora del almuerzo se excusó porque quería «prepararse mejor» para una audición a la obra del club de drama y necesitaba estar sola. Yo, por supuesto, la seguí y de lejos la vi abrir el maldito sobre. Tenía una carta y algo que me pareció que sería una foto. Ahí recordé que el día anterior me había preguntado sobre como aclarar una imagen. No era coincidencia o querer hacer conversación, era porque alguien le estaba mandando fotografías y, como ella lo dijo, eran viejas. Lo primero que se me ocurrió era que su papá la encontró o alguien que sabe del caso y le estaba escribiendo y le envían evidencia. Después recordé a Svetlana, la detective, pero no podría ser ella, no lo creo. En todo caso, mi curiosidad creció.

¿Qué diablos estaba ocurriendo y por qué Lena no confiaba en mí?

—¡Viniste!

—Aquí vivo —le respondo, llegó a las 18h45 en punto.

—Lo sé, pero pudiste… no venir.

—Para que soy buena —le digo, esperando y cruzando los dedos para que me cuente de una vez por todas este misterio y quedar en paz.

—Pues… estaba pensando en que… podríamos viajar a San Petersburgo mañana en la tarde saliendo de la escuela.

—¿Ajá?

Esto no suena a confesión.

—Nos hospedaríamos en un hotel que reservé…

—¿Ya lo reservaste?

—Emm… Es que de lo contrario no encontraríamos lugar para quedarnos, es San Valentín después de todo…

—Hiciste planes para San Valentín, para la dos…

Espera, ya había oído esto antes.

¡Ade dijo que Lena tenía algo planeado para mí! ¿Es esto? ¿Un viaje de… pareja?

—No, no, no… no de San Valentín… Sé que estamos… Bueno, no sé como estamos, pero sé que no… No es por San Valentín. Solo conseguí entradas para esa obra de teatro que comentaste un día en una clase de arte que querías ver y pensé…

—¿Que viajaríamos juntas a otra ciudad y nos hospedaríamos juntas en el hotel e iríamos juntas a la función?

—Bueno, yo también quiero ver esa obra y estamos cerca…

—No tan cerca.

—Pero cuatro horas en tren es relativamente cerca. Ya no estamos en Sochi, deberíamos aprovechar y como el lunes iniciamos vacaciones de fin de semestre pues…

—Dime que la función no es el domingo.

—Emm… No puedo —acepta y me rehuye la mirada por unos segundos.

—Es el domingo.

—Sí —me confirma, con algo de pena.

—Domingo, 14 de febrero.

—Mhm. —Asiente, ya ni me mira.

—San Valentín.

—Yulia…

No quería contarme nada. Todo esto es un plan hecho a mis espaldas ¿para qué exactamente? ¿Para que recuperemos una relación que ni siquiera tiene un centímetro de confianza?

—Debiste consultarme.

—Pensé que te gustaría la sorpresa.

Creo que estoy arruinando su plan al no sentirme alegre y decirle que me parece una idea fabulosa. Y quizá lo termine de estropear porque no me atraen nada sus intenciones.

—No puedo ir, lo siento. Tengo una cita con… alguien el domingo. —Me invento, y sí, soy cruel, pero yo no quiero esto. Antes de que iniciemos algo, quiero tener una base sólida. No más secretos entre nosotras.

—¡Oh!, ya veo. Una cita… con una chica.

"La cagaste, Yulia".

"Sí, ¿no dijiste que no ibas a permitir que nadie la lastime?"

Yo tampoco quiero salir herida. Quiero…

"No sabes ni qué quieres, pero nosotras sí. Dile que es mentira y que iremos con ella al paseo".

No. Será mejor así.

"¡Terca, siempre arruinas todo!"

—Sí, una cita con… Katy.

Recuerdo de repente el nombre de la camarera del café. La chica a la que Ade me insiste que invite a salir cada vez que la vemos.

—Ah, tiene nombre. ¡Qué bien! —Sus palabras denotan enojo. Sus brazos se cruzan haciéndolo más evidente y ahora se muerde el labio, evitando decir algo más.

—Sí, lo tiene. Así que no puedo, pero si tanto quieres ir a la obra, deberías hacerlo.

—El punto era ir contigo, pero entiendo, tienes una cita y eso…

"No está enojada, está herida".

"Somos pésimas personas".

"No me incluyas, la única idiota aquí es Yulia".

—Tienes razón, debí consultarte… Sí… debí… —dice y niega sin creérsela—. Soy tan estúpida.

—Lena, tú y yo… —estoy por aclararle, una vez más, nuestra situación sentimental, pero ella me interrumpe al toque.

—No lo digas, ¿sí? Ya lo entendí.

—Okey —No me justifico o me excuso. La realidad es así. No somos nada, terminamos y yo no quiero que las cosas re inicien mal.

—No pasa nada. Llamaré al hotel y cancelaré la reserva. Las entradas las puedo vender en ebay o algo.

"¡Habla!"

"¿Qué estás haciendo?"

No es un buen momento para un viaje romántico entre personas que ni siquiera se pueden decir la verdad, que no son ni amigas…

"¡Somos amigas, boba! Deja el drama".

¡No es una buena idea!

"¿Por qué? No seas idiota, es un buen plan, es un lindo detalle".

Quiero confianza, que sea sincera, que no me meta cuentos. Ella debería saber que me preocupa que la quiero, contarme qué le pasa.

"¡Pero esta puede ser una buena oportunidad para eso, ¿no crees?!"

No, primero que las cosas estén claras, cristalinas como el agua.

"Eres idiota".

"Muy idiota".

"Definitivamente idiota".

"Y pasaremos solas en San Valentín".

¡Ni siquiera me gusta la fecha!

"¡Eso no quiere decir que a nosotras tampoco!"

"Yo quería ver esa obra".

"Y yo quería hospedarme con Lena en el hotel. Seguro era un lindo cuarto. Lena es detallista".

"Y yo quería viajar en tren… con o sin Lena".

¡Bueno, no se puede!

¡La que decide qué se hace en este cuerpo soy yo y ustedes mejor desaparezcan! ¡No necesito su ayuda u opinión!

Siento el eco de mis palabras retumbar dentro de mi cabeza. Ninguna vuelve a hablar.

Bien.

Nada, ni un comentario.

¡Bien!

Nop, nada. Se fueron. Al fin, un poco de paz.

¿En qué momento se fue Lena?

Demonios, la puerta del baño está cerrada y escucho música fuerte salir de allí. Quiere estar sola y en esta diminuta suite no hay más privacidad que ese lugar.

¿Hice bien, verdad? ¿No querer caer en arenas movedizas?

Maldición, quizá las voces tenían razón y debí aceptar. Esa obra estará solo hasta fin de mes y si no es esta semana no la veré nunca. Pero… ¡Diablos, ¿es tan malo necesitar seguridad?!

Creo que lo arruiné.




Ha pasado todas las noches esta semana, a excepción de ayer.

La siento levantar las cobijas a mi espalda y entrar en mi cama. Su cuerpo se apega al mío en cuestión de segundos y su brazo izquierdo me abraza por mi cintura.

Se acerca más a mí, hasta que su nariz fría roza en la piel descubierta de mi cuello, como si estuviese dándome un beso de esquimal, para luego esconderla entre mi piel y la almohada. No importa si se le dificulta respirar, inhala sonoramente con fuerza y, si no puede hacerlo, respira por su boca.

El calor de su respiración es agradable, a veces me produce cosquillas, pero me agrada. Me gusta que venga cada noche a mí. Si no fuese porque antes de amanecer, se va.

No sé como logra ser tan exacta, casi como un reloj, calcula las 5:30 AM en punto, da un suspiro grande, suelta su agarre, se separa y sale de mi cama para entrar nuevamente a la suya y dormir allá una hora más.

Al levantarnos, ambas fingimos demencia, no hay un comentario alguno, no hay una mirada extraña que la delate o un reproche de mi parte. Nada sucedió, nada de lo que tengamos que hablar. Nos arreglamos, desayunamos y salimos a la escuela.

—¿Todos estos días menos ayer?

—Tuvimos una pelea, o un desacuerdo para ser exactos.

—Ya veo, ¿y qué crees que Lena busca al hacerlo?

—No lo sé.

—¿Has sentido ganas de ajustar esa situación?

—¿Te refieres a?

—A discutirlo, por ejemplo.

—No —contesto con seguridad.

—¿No te da curiosidad saber por qué Lena va a ti cada noche… exceptuando ayer?

—Sí, pero no quería que nada cambie.

—Y el desacuerdo que tuvieron alteró las cosas.

—Fue algo tan tonto. Mi culpa desde un principio.

—Te arrepientes.

—Debí aceptar su invitación y no volver a insistir con que no hay nada entre nosotras, porque es claro que algo hay.

—Eso lo percibo hasta yo —me dice, asintiendo con un ligero ladeo de su cabeza.

Illya, mi maestro de fotografía, ha hecho de psicólogo varias veces. Hablamos de lo que mis fotos le gritan, porque él dice que mi forma más clara de expresión no es mi voz, es el sentimiento que transmito al fotografiar. Nunca se equivoca y siento que es inútil ocultarle lo que me sucede cuando me lo pregunta.

—¿Sabes? Mi esposa y yo tenemos un trato, un acuerdo silente —me cuenta—, nunca vamos a la cama enojados. Y, si lo hacemos, dormimos abrazados.

—¿Enojados y abrazados? Y así me llamas rara a mí.

—Porque lo eres —replica, apuntándome con una patata frita que se lleva después a la boca—. Lo importante de ese acuerdo es que nos hace sentir compañeros. Aun somos una pareja, aun nos amamos; tenemos nuestras diferencias, como todos, pero somos un equipo y nunca llevamos nuestras derrotas a la cama.

—Se me hace muy idealista.

—Hay gente que no puede manejar las preocupaciones rodando por su cabeza a la hora de dormir. ¿No te parece lógico que, al final del día, busquen confort en los brazos de alguien a quien aman, cuando menos, durante unas horas?

—Lena no me ama.

—¿Eres tú Lena para hablar por ella?

—Obvio que no.

—No deberías suponer sus sentimientos.

—No creo que sea por eso que viene a mí en las noches.

—¿Qué más sacaría ella de esa simple acción? Me refiero a que Lena duerme profundamente una vez que está a tu lado, ¿no? ¿Lo hace antes de pasarse a tu cama?

Hmm, no lo sé. Hasta que sucede yo sí estoy dormida y cuando ella por fin cae en sueño, yo sigo intentando recuperar el mío.

—Una de estas noches, espérala despierta.

—Tal vez no lo vuelve a hacer —acepto con tristeza recordando cuanta falta me hizo sentirla a mi lado anoche, recibir el calor de su aliento, escuchar su respiración profunda, tener su calor.

—Quizá sí. No creo que lo haya hecho sin una razón. Necesitaba algo de ti. Podría estar sufriendo de depresión o de soledad. Recuerda que está lejos de todo lo que conocía, solo te tiene a ti y ustedes se quieren —menciona con franqueza y verdad, así es. Illya ordena los restos de su almuerzo y se levanta de la mesa—. No tengas miedo de acercarte, Yulia. Es obvio encuentra consuelo al buscarte, de lo contrario se habría dado media vuelta y habría abrazado a la almohada.

Pone su mano en mi hombro y se despide dándome un par de palmadas, me sonríe y se pierde a mis espaldas por el pasillo que lleva a las aulas.

Yo devuelvo mi vista al frente y allí está ella, almorzando sola en la mesa de la esquina. Hoy mi maestro pidió por mí tiempo de almuerzo para hablar de mi proyecto durante la última semana, dice que nota un cambio evidente de actitud, una dulzura que no le había enseñado antes, además de una clara confusión al elegir mil formas diferentes para demostrar «pánico», el tema que me asignó. Quería asegurarse de que yo estuviera bien y saber el porqué de ambos sentimientos. Lena no demoró en convertirse en el tema de la conversación.

Y, claro, ahí está la rubia de la clase de producción, aprovechando mi ausencia para acercársele. Por suerte no le quedan nada más que unos minutos antes de que el timbre suene y…

Le está dando un papel.

Su dirección, seguro. ¡Nos la quieren bajar!

Maldición, estoy hablando en plural, pero desde ayer que estoy sola aquí arriba. Ninguna quiere venir a reclamarme que arruiné todo rechazando el plan de Lena.

Nadia creo que se llama la rubia que le sonríe y de la misma forma la hace sonreír.

¿Dónde diablos están?, las necesito. Me hace falta que me hagan entrar en razón y me ayuden a decidir, a pensar en todas las posibilidades.

¡Vengan, maldición!

Nada, silencio total en el séptimo piso.

Ahora la rubia le señala algo en esa tarjeta y se acerca para darle un corto beso en la mejilla antes de irse.

Es su dirección. La está invitando a salir.

¡Mierda, mierda, mierda!

A Lena no le cuesta ni un día conseguirse a mi reemplazo.

¡Vamos, ¿dónde están?!

¡Aparezcan y mándenme a la punta de un cuerno! Díganme que cometí un error, que sí quiero a Lena, que la amo, que me muero por tener lo de antes. Discútanme que «lo de antes» está en el pasado, tenemos que construir un «lo de ahora», que parte de que ella confíe en mí es ganarme su confianza primero, que no vale la pena perder más tiempo esperando, que lo que nos falta podemos construirlo juntas, que fui una idiota, que lo arregle.

¡Insúltenme!

¡Maldición, aparezcan!

Lena mira la tarjeta pasando la yema de su pulgar por su superficie. Parece que intentara decidirse.

En un instante cierra los ojos y gira hacia mí, percatándose de que la miro fijamente y me mantengo haciéndolo sin huir. No sé si logra ver mi arrepentimiento, mi tristeza porque de verdad lo arruiné. Porque mi falta de confianza en mi misma me hace dudar de la suya, pero es verdad, ¿cómo voy a pedirle que sea honesta conmigo, si lo único que hago es confundirla acercándome y alejándome, invitándola a pasar una velada conmigo y después rechazando su propia invitación?

Ella no iba a violarme en ese viaje. Pudimos entablar la base de nuestra nueva amistad, disfrutar de un fin de semana al menos, juntas, haciendo algo que nos gusta a ambas.

Soy una completa idiota, como las voces que ahora me ignoran me repitieron mil veces ayer antes de desaparecer.

Lena cierra los ojos y exhala con pesar, mira la tarjeta y la guarda en su bolsillo, levantándose con su bandeja para salir del comedor hacia su siguiente clase.

Sí, soy una perfecta y completa idiota.

¿Perdí a Lena? ¿Me la robó la rubia?

No, yo la amo.

Tengo que arreglarlo. Tengo que hallar la forma de darle a cambio lo que le estoy exigiendo, la confianza que quiero.

Le explicaré todo cuando nos veamos en casa, le confesaré que me inventé lo de la cita del domingo, que quiero ir con ella a San Petersburgo y le pediré que lo intentemos.

Yo sé lo que quiero y ya no estoy confundida. Quiero a Lena, conmigo
.
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Dom Dic 31, 2017 3:07 am

Hola Very Happy
muy buen capitulo
tengo ganas de darle unos golpes a Yulia
es normal que Lena no le de confianza
la tiene mal y confundida
espero ya arregle algo con ella y no espere
que algo malo pase para que lo arregle
ya creo saber porq Lena esta nerviosa
sube pronto
Te deseo lo mejor y un Feliz año
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por denarg_94 el Jue Ene 04, 2018 7:40 am

Hola, buenos días! Me intriga la manera en la que Yulia puede ser tan boluda! ¿Cómo va a inventar que tiene una cita? Dios, esto sí que te mueve los sentimientos! Jaja Está muy bueno, espero que pueda dejar de ser tan orgullosa u.u
Ah, por cierto, feliz año nuevo! Very Happy
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Sáb Ene 06, 2018 3:11 pm

denarg_94: Yulia solo se deja llevar por sus impulsos. Está aterrada... Es algo totalmente nuevo para ella el haberse enamorado de una chica y ya que lo encuentra bastante interesante hasta el punto de llegar a enamorarse, no es fácil para ella. Actúa por instinto, coloca escudos porque se sabe muy vulnerable.... Está totalmente enamorada de Lena y pues, sabemos lo que la pelirroja piensa de las relaciones a largo plazo... Un fuerte abrazo Wink
andyvolkatin: Espero hayas podido aclarar tus dudas y con este capítulo creo que ahora si sab´ras el motivo de los miedos de Lena... aunque aun falte mucho de esta historia.

Gracias a los demás lectores por hacerse presente de una u otra manera. Me gustaría también conocer sus opiniones. Dejen el miedo y déjenme escuchar sus letras... jajaja...

A leer!



Capítulo 52: Tú cobija para el frío


Son las 8:06 p.m., y Lena aun no llega a casa, pero no está fuera de lo normal, a veces pasa por la biblioteca, o ha salido con Ade de paseo, o está jugando con el gato del vecino, o está lengueteándose con alguna chica o chico, o manoseando a la rubia previo a acostarse con ella. Normal, perfectamente normal. Nada de que preocuparse, nada.

Solo son las ocho, es temprano. Voy a relajarme, a hacer algo de comer y a ver una vez más The Scissoring, ¿por qué no? No tengo nada planificado para esta noche y estoy sola, puedo hacer lo que yo quiera.

Cocinaré unas papas fritas con queso y harta pimienta. Lena detesta la pimienta, aunque ama el picante, pero tiene una alergia ligera a ese condimento en especial; estornuda y estornuda hasta quince minutos después de terminar de comer. Le pondré mucha.

Ya son las 8:10 p. m. Creo que empezaré cortando las papas, sí.

Me levanto del sofá, desde donde admiraba la obra de arte que el carpintero hizo con la puerta del departamento —por donde nadie a entrado en horas, por cierto—, es de un color café chocolate y las vetas de la madera la hacen lucir elegante, un trabajo de lacado excepcional.

Camino unos pasos hacia la cocina y abro el cajón de implementos buscando el pelador de papas. Juro haberlo dejado aquí la última vez que cociné, ¿dónde está?

Ah, ahora recuerdo, no fui la última que lo uso. Lena se preparó ensalada la otra noche y peló las zanahorias con él. ¿Dónde diablos lo dejó?

Abro los compartimentos contiguos y no la encuentro. Se la tragó un agujero negro, igual que a Lena, ja. Tampoco está en las repisas de los platos, aunque no sé ni para qué las busco ahí, ese no es su lugar.
Quizá en su torpeza mi compañera de cuarto lo mandó en la basura. No la culpo, me ha pasado lo mismo por accidente. Así fue como terminé con tres cucharas pequeñas en lugar de cuatro y dos tenedores.

En fin, haré las papas con cáscara; rústicas creo que les dicen en los restaurantes.

No llego ni a poner el cuchillo sobre la tabla de cortar cuando mi vista recae nuevamente sobre el reloj.

8:22 p.m.

No me preocupo, solo me pregunto: ¿dónde está? Usualmente estamos aquí a eso de las cuatro de la tarde, a menos que yo me demore en el taller de fotografía o ella en el grupo de drama, pero es viernes, no hay clubes en la escuela los viernes y para qué iría a la biblioteca en viernes, para qué iría a la biblioteca en lo absoluto, terminamos exámenes hoy, iniciamos dos semanas de vacaciones el lunes, no hay motivo para ir a investigar nada.

¿No se me ocurre que tendría que hacer después de clases que le tomara cuatro horas?

Hmm…

Pudo haber ido al cine.

Por supuesto, hemos hablado de ir a ver Deadpool por días y después de mi rechazo a su plan, ¿por qué querría ir conmigo? Pudo haber ido sola o con Ade y Rachel, aunque, ¿ya se estrenó? ¿Era en estos días, verdad?

Suelto lo que tengo en las manos y me limpio con el trapo de cocina para sacar el celular del bolsillo trasero de mi pantalón.

Google, Deadpool… 12 de febrero, estreno mundial.

Fueron al cine. ¿Hora de la función? A ver, 6:25 p.m. y 10:40 p.m. De seguro fueron a la más temprana porque a Ade no le gusta quedarse afuera hasta muy tarde durante el invierno. Ya deben estar por volver. A menos que hayan salido a comer algo al terminar, lo que me recuerda, debo seguir cortando las papas.

Son las 8:33 p.m. El aceite burbujea en la freidora al colocar adentro la canasta de metal con las papas cortadas. Diez minutos y las sacaré para rallar el queso por encima y meterlas cinco minutos más en el horno. Mientras tanto pondré la película.

Listo, 8:51 p.m., la comida lista, película iniciada, vaso grande de refresco de naranja —porque hoy no tengo ganas de vino o cerveza, o de ser adulta en general—, me siento como uno de esos fines de semana cuando vivíamos en la antigua casa en Sochi y mamá nos preparaba bocadillos a Mikhaíl y a mí. Nos sentábamos en la sala de estar a ver alguna maratón de terror y ella se nos unía por rato, para luego huir a ver una de sus series de drama. Misha aguantaba más, él es como yo, obsesionado con los monstruos y la sangre, al menos veía dos películas antes de ir a refugiarse en la cama de nuestra madre para evitar las pesadillas.

Dios, el silencio es mortal.

Qué fácil se acostumbra uno a la gente, a la compañía. Veinte y pico de días con Lena en esta casa y la siento vacía sin ella.

Miro el reloj nuevamente y ya son las 10:38 p.m. Acaba de terminarse la edición larga de dos horas de The Scissoring y yo espero a que pasen todos los créditos para ver la escena extra. El twist más espectacular de la película está en esos dos minutos. La asesina de las tijeras es atacada por la primera chica que creyó haber matado, pero que en realidad dejó en coma por años. Después de esa muerte, ella se convierte en la nueva vengadora, iniciando un ciclo de asesinatos sin resolver en el pueblo. Es genial, sin ese extra, el final de la película sería un horripilante cliché.

Juuum —bostezo—, son las 10:46 p.m. Ya son más de cuatro horas desde que inició la primera función de la noche. Es suficiente tiempo para ir al cine, a comer y hasta para pasear por el parque y llegar caminando.

¿Será que me equivoqué con la idea del cine? ¿Estará con Ade o…?

Si no fuese porque mi amiga de verdad está enfadada conmigo por lo que sucedió en la floristería, le llamaría. Pero si lo hago seguramente me llega el escupitajo a través del auricular.

Trato de no enfocarme en su ausencia. Lena está bien, está con Ade, no me preocupo.

Apago el reproductor y automáticamente comienza a sonar el último canal que Lena vio en la televisión. Yo casi no la enciendo a menos que vaya a ver una película, pero ella, todas las mañanas coloca el canal de niños y ve un capítulo de la serie que están repitiendo ahora.

Gravity Falls, ese es el tipo de proyecto que me habría gustado crear a mí desde un inicio, pero no sería un dibujo animado, sino una serie de suspenso y horror para público adulto. Dipper and Mabel no tendrían trece años, sino diecisiete y compartirían una relación torcidamente incestuosa; su tío sería un asesino en serie y ese pequeño pueblo de donde viven estaría lleno de verdaderos misterios sin resolver.
Hazte a un lado American Horror Story, aquí viene Yulia Volkova.

11:11 p.m.

¡Diablos, pide un deseo!

Que todo salga bien con Lena. No, primero que esté bien y ya llegue.

No, no, que deseo tan estúpido, obvio que está bien y va a llegar… eventualmente, pronto, seguro.

Otro deseo, emm…

Que no esté con la rubia, eso.

No, no, que no haga nada con la rubia, puede estar en la misma habitación, pero que nunca pase nada con ella… o con cualquier otra chica atractiva… o cualquier chica, tampoco quiero que se coma a la fea.

Hmm…

¿Puedo pedir deseos que no me involucren a mí?, ¿o si lo hago no cuenta?

Okey, un deseo para mí entonces…

11:12 p.m. Genial, me lo perdí. Necesito pensar en varios deseos y escribirlos para cuando me encuentre con otro 11:11 y pueda pedir mi deseo de una sola vez, sin dudas.

Acaba de terminarse el segundo capítulo de Gravity Falls y ahora van a dar esa serie insoportable del kung fu. ¡Aj, ¿por qué no llega?! Estamos a quince minutos de la media noche.

Yo la llamo. ¡La llamo y me va a oír!

Miro la pantalla de mi celular, completamente vacía de notificaciones, y caigo en cuenta de que si ella quisiera que yo sepa dónde está, ya me habría avisado.

La llamo igual.

Presiono el círculo verde y espero, un timbre, dos timbres, mensaje de voz. Bien, al menos sabemos algo, está viva. Recibió la llamada y decidió no contestar. La operadora permite diez timbrazos antes de enviarte a la casilla, así que eso solo quiere decir que Lena presionó el botón de no contestar. Le llamo otra vez, un timbre, dos, tres, cuatro —avanzamos—, mensaje de voz. Última vez, un timbre, dos, mensaje de voz. No, no quiere hablar conmigo.

11:59 p.m. Estamos a un minuto de la media noche. Tomo el control del televisor y comienzo a zappear por todos los canales, sin ver nada en particular o realmente buscando qué ver, únicamente quiero tener algo que hacer que no me deje pensar.

¡Eh, porno!

¡Ja!, entre las ventajas de vivir sola y pagar tu propia Tv por cable es que puedes poner este tipo de videos a volumen alto y mirarlo sin estar pendiente de quién va a aparecer por esa puerta para mandarte al diablo. Lo único malo es que es sexo hetero, pero bueno, algo es algo.

Ese tipo la tiene, la tiene grande, e-nor-me. ¡Dios, eso debe doler!

La chica es guapa, muy, muy linda, delgada, blanquita con el cabello rojo fuego y unos ojos enormes. Sus lolas no son tan grandes como las de Lena, bueno, no exageremos, Lena tampoco las tiene enormes, ni siquiera se acercan a las mías, pero esta chica si que no tiene nada, son dos botones cocidos en el pecho, parece un chico.

Lena las tiene bonitas, tan redonditas y suaves. Que lindo es tocar el pecho de una chica, me refiero sus senos desnudos. Apretar las palmas de tus manos con un lento masaje sobre ellos. Mmm, ver sus pezones pararse y ponerse duros.

¡Dios, necesito una novia!

Mi centro comienza a palpitar con una necesidad que no tengo como satisfacer completamente.

¡Basta, esto es estúpido!

Apago la tele y me largo a mi cuarto, no quiero ver cosas que no puedo tener. Sobre todo cuando Lena seguro lo está haciendo con la rubia.

¡Nadia, Nadia, Nadia!

Hoy le pregunté de ella a Nikolai y me dijo que es una «estudiante excelente», perfeccionista, creativa, muy solidaria con sus compañeros y la chica más popular de último año.

Claro, no bastaba con que la fea siga a Lena como perrito tras su hueso favorito, pero tenía que venir la más guapa y popular a invitarla a salir.

¿A dónde la llevaría? Porque Moscú, a media noche, es muy aburrido.

A un motel, no se me ocurre más. Pero no, ella, Nadia es «creativa» entonces seguro se inventó el plan más sórdido para conquistarla. Como si tuviese que hacer tanto esfuerzo. Lena está molesta y dolida por lo que pasó ayer conmigo, porque rechacé el viaje, asumo que está con ánimo vengativo y querrá hacerme daño… ¿O me estoy sintiendo muy importante? Quizá ni le va ni le viene el recuerdo de nuestra relación. Pero me inclino por lo contrario. La forma en la que me miró en el comedor de la escuela —cuando pensaba si aceptar o no la invitación de Nadiacita—, fue como si me estuviese diciendo adiós, como si acabase de decidir que yo no valgo la pena.

Está con ella. Y la rubia la tiene fácil, porque es linda y un montón de cosas que yo no soy, cosas atractivas, cosas importantes, como amable y buena persona, y yo no lo soy.

Tengo grabado en la mente el momento en que bajó la mirada y decidió aceptar la cita. Y bueno, no pretenderé que no duele, pero Lena se merece más que lo que yo pueda ofrecerle, más que la idiota de Yulia Volkova que leyó su diario y…

¡Eso, su diario!

Pensemos en esto. Lena escribe y mucho, no dejaría de hacerlo solo por estar aquí. A veces, entro a la habitación y parece estar estudiando, pero tiene un bolígrafo en la mano, o sea que escribe y no creo que sea la tarea porque esa la hace en la computadora.

Okey, ¿dónde pudo esconderlo?

Voy a su cajón en el armario y no hay nada más que su ropa interior, sus medias y su perfume. Sus camisetas están perfectamente dobladas en el otro y no hay nada en los bolsillos de sus chaquetas.

¿Qué estoy haciendo?

Debe tenerlo a todas horas consigo en su bolsa. Lena ya no confía en mí como para dejarlo sobre el velador, porque yo rompí su confianza, porque yo fui quien la defraudó, no la rubia, yo.

2:09 a.m. Es tarde y me preocupo. ¿Dónde está?

Por primera vez esta noche me permito pensar en lo peor y la rubia no entra en la ecuación.

¿Qué tal si el remitente la persona detrás de esas cartas la estaba siguiendo? ¿Qué pasa si la secuestraron al salir de la escuela porque yo me adelanté para pasar por la floristería comprando una flor que todavía la espera sobre la mesa del comedor? ¿Qué pasa si se perdió en su camino a casa o si la asaltaron y los que no me contestaban era los ladrones que se llevaron su celular?

¡¿Qué pasa si nunca más la vuelvo a ver?!

La angustia me llena el pecho. ¿Dónde diablos está? ¡Pudo dejarme una nota, pudo decirme un: no me esperes!

¿Y qué hago ahora?, ¿qué?, ¿dónde la busco?

¡Ade! Ella sabe cómo encontrar a la gente, ella sabe como localizar una aguja en un pajar.

Le marco.

—Yuuuulia —me contesta de muy mala manera, estaba durmiendo—, son las dos y treinta de la madrugada. ¡Y treinta y dos para ser exactos! — ¿Qué quieres?

Bien, mi única amiga en esta ciudad sigue molesta conmigo y cuando se entere lo que hice ya no tendré más amigos en Moscú. Ge-nial.

—Lena… no aparece, no ha llegado. —Trato de informarle.

—¿Es en serio? —Sigue muy molesta.

—Sí, Ade. Ayer yo…

—No quiero saber, te dije que no la lastimes.

Okey esto está yendo peor de lo que me imaginaba. Al menos esperaba que si se trataba de Lena, Ade haría su enojo a un lado, pero ya veo que no.

¿Cómo diablos voy a encontrar a Lena sin ella?

—Tranquila, no te jodo más. Debe estar por venir y sino ya la encontraré desmembrada yo misma, gracias.

—¡Hey, espera tonta! —me dice antes de colgar. Muy amable, linda mi amiga, si es que todavía lo es.

—¿Qué hiciste? —me pregunta más calmada, molesta, pero controlada.

—Me dijo el plan de San Valentín.

—Y, conociéndote, le dijiste que no.

—Mhmm —acepto sin vocalizarlo, ya sé, viene el sermón y con suerte, después el plan de búsqueda.

—Eres idiota, Yulia. Dime que no le volviste a sacar en cara que ya no son nada.

—Mmmmmmmhmmm.

Ade larga un suspiro eterno, su frustración y cansancio se dejan escuchar por el auricular. Al menos no es escupitajo.

—¿De verdad te preocupa mucho dónde pueda estar?

—Ella nunca sale, Ade, a menos que sea contigo, pero…

—¿Pero?

—Creo que hoy la invitó a salir una chica.

—¿Su compañera de la escuela?

—¿Te contó de la rubia? —No contesta, su silencio es como el oro hace cien años, valiosísimo.

Lena le ha contado de la maldita rubia, o sea que no es la primera vez que la invita a salir, y sí, debe estar con ella. Para que buscarla entonces, no quiero entrar cual loca por la puerta de su habitación de motel y ver una escenita como la de la porno de antes.

—Ya, lo entiendo. Debe estar con ella. Gracias, Ade, hablamos —le digo y cuelgo inmediatamente.

A quién engaño, ya me reemplazaron y mi pecho pesa de tal forma que siento al corazón en el estómago. Solo puedo culparme a mí misma. Yo hice esto, yo la empujé a los brazos y el strap de la rubia.

Mejor intento dormir algo, despejarme, qué se yo, irme acostumbrando a cómo van a ser las cosas desde hoy. Seguramente a un sistema de bandas elásticas en la puerta cada vez que ella quiera privacidad para acostarse con sus relaciones pasajeras.

Hmm… 2:54 a.m.

Es inútil dejar de pensar en todo lo que yo provoqué. No puedo, cierro los ojos y ahí está ella, con la maldita rubia.

No doy más, al diablo el respeto al espacio ajeno, voy a fumarme un tabaco.

Abro mi bolsa y saco la cajetilla, queda uno. Eso quiere decir que mañana, si o si, tendré que salir de la cama para ir a la tienda. Y yo que no quería hacer nada más que lamentarme en medio de las cobijas, poner la lista de reproducción «la vida apesta» que creé el día que me mudé aquí y echarme a morir por las siguientes dos semanas.

Aspiro el primer respiro encendiendo el tabaco. Es tan extraño volver a fumar dentro del departamento. Hablo en serio cuando digo que uno se acostumbra a los cambios demasiado rápido. Si no fuese porque

Lena también fuma, hasta pude haberlo dejado por ella.

La habitación es de un negro envolvente. La única luz que emana algo de calidez es el color naranja de la ceniza a un extremo. Se enciende como una luz de neon.

El departamento está en completo silencio, mis vecinos extrañamente no tienen fiesta hoy, hasta puedo escuchar el papel y las hojas de tabaco consumirse, ese crujido que hace es adictivo y me obliga a inhalar profundamente, aunque eso solo desgastará más rápido el cigarrillo.

Me levanto y me acerco a la ventana, hago la cortina a un lado y miro el paisaje de la noche. Odio el blanco de esta ciudad, la nieve está alta hoy, a pesar de que la temperatura debe empezar a subir a fin de mes. Me da frío solo de verla caer.

Siempre me atrajo la idea de un paisaje así, de vivir en una casa de madera con una chimenea y hacer con alguien chocolate caliente para calentarnos, mientras afuera cae y cae la nieve. Pero al ser lo único que se puede ver por la ventana desde que vivo sola, es la más horrible imagen que puede existir.

Extraño mi ciudad. Yo, por Dios, yo extraño Sochi y no por el calor, es solo que esta ciudad, sola, es deprimente.

Tiro la colilla en el inodoro y la veo dar vueltas mientras se pierde con el agua que se descarga. No quiero que quede el pucho en el basurero, emitiendo el olor que Lena tanto odia. Todavía vive aquí y ya es suficiente con el aroma que dejó el tabaco en el cuarto.

Tomo mi cepillo de dientes y abro el agua. Me observo unos minutos en el espejo y veo a alguien tan distinta a lo que era hace apenas un mes.

¿De verdad perdí a Lena?, porque no quiero volver a lo mismo. No quiero verme y no reconocerme, tener ojeras, los labios partidos, mis ojos rojos de tanto llorar, sentir mi garganta reseca e inflamada por fumar docenas de tabacos, perder la batalla con la mente y querer desaparecer, ya sea con alcohol o con pastillas. No quiero.

Me lavo los dientes y acomodo todo secándome las manos con la toalla roja que Lena colocó por la fecha.

¡Feliz San Valentín!

Ella siempre tan consciente de esos detalles, de gestos como llevarme a ver una obra con la que he soñado por más de seis meses. ¡Y se acuerda, lo habré mencionado una vez en la clase de arte, una!

Hmm…

Ya, lo arruiné. Hay que aceptarlo y seguir, ¿no?

Hmm…

El ruido de una llave entrando en el picaporte entrar con dificultad, me altera las palpitaciones. Veo el reloj de la mesa de noche, dan las 3:26 a.m.

¡Llegó! De donde sea que haya estado, llegó.

Me apresuro a entrar en mi cama. Pretenderé que no la esperaba, que dormía, porque ¿qué derecho tengo de reclamarle por qué no me avisó qué volvería tarde? Yo no soy su dueña, no soy nadie para ella, ¿por qué me daría explicaciones? Y, para ser honestos, creo que prefiero que no me lo diga, que no me saque en cara que yo no… cuen… to.

Idiota, soy bastante idiota.

Me recuesto sobre mi lado derecho con la cara hacia la pared mientras la escucho entrar. Su respiración es fuerte y entrecortada, imagino que es por el frío que hace afuera.

Me quedo quieta y en silencio, ella entra a la habitación y escucho que se quita las botas. No parece que tiene intenciones de cambiarse de ropa porque lo primero que siento —después de que lanzara sus zapatos por ahí—, son las cobijas de mi cama alzarse. Lena entra a mis espaldas y se acomoda. Esta helada y apesta a alcohol.

¿Por qué viene a mí en las noches? ¿Por que busca mi cuerpo? Y no, no me molesta, pero ¿por qué lo hace?

Dios está congelada y tiembla.

—Lena…

No me contesta. Su respiración es tan agitada que me asusta.

—Lena —repito más alto—, creo que sería mejor que te cambies de ropa.

No dice nada; sigue temblando de tal forma que sus dientes chocan.

Doy media vuelta y es cuando siento el colchón mojado.

—¡Lena estás estilando! ¡¿Qué diablos te pasó?!

—Mu-mu-mu-mu-mu-eco e -ieve —susurra con la voz partida.

—¿Muñeco de nieve? No te entiendo, ¿qué pasó?

—Hice u-u mu-mu-eco e -ieve

—¡¿Hiciste un muñeco de nieve a las tres de la mañana, en Moscú, mientras nevaba?!

Asiente o al menos eso intenta, su temblor es por demás violento.

—Vamos, levántate. Tienes que cambiarte de ropa o te vas a enfermar.

—N-n-n-no.

—¡Lena, levántate!

—E-engo-frí-o.

—¡Lo tienes porque estás empapada! ¡¿Cómo diablos hiciste un muñeco de nieve, te metiste en él?!

—C-o-n los b-a-sos.

—¿Con los brazos? ¡Dios, eso no es un muñeco de nieve, es un ángel y tienes que estar acostada para hacerlo! Con razón. Vamos, ven a cambiarte de ropa.

Yo misma tengo que forzarla afuera de la cama. Entre su borrachera y su cuasi convulsión es imposible que lo haga sola.

Le quito la chaqueta lo más rápido que puedo. Esta es una de esas que no tiene mucha protección, que están bien si es que vas a salir cinco minutos de tu casa o en la mañana, pero no para la noche. Lena se fue, a quién sabe donde, directo de la escuela, sin pensar en nada.

—Date vuelta —le pido, tomándola de los hombros para que no caiga.

Le quito el pantalón y me doy cuenta de que hasta su ropa interior está mojada. ¿Cuánto tiempo pasó acostada en la nieve?

—Espérame aquí, voy por una toalla —le digo, tomando su mano y apoyándola en la pared. Me apuro al baño y regreso con dos grandes y limpias. La cubro por sobre su interior, haciendo un tipo de falda, tapándola hasta quitarle la camiseta y el sostén—. Manos arriba…

—N-n-no m-me lle-ve o-fi-cial…

Ja ja ja, Dios, me hizo reír. Boba, ni porque está sufriendo del frío. Tan linda cuando está borracha.

—Payasa, alza las manos para quitarte la camiseta —le aclaro y me hace caso con mucha dificultad. Su piel está toda erizada.

La ayudo por la espalda, desabrochando su sostén negro, y la tapo con la toalla mientras ella se lo quita por completo. No quiero invadir su intimidad, hay cosas que tendrá que hacer sola.

Mientras Lena se desnuda de la ropa mojada, yo meto una muda abrigada a la secadora para calentarla antes de que se vista con ella. Al regresar está aun temblando, pero ya no tanto como antes. Parece un ancianito enfermo así, toda ella envuelta con ambas toallas y sentada sobre su cama.

—Ten, ponte este calentador. Ya subí la temperatura del calefactor.

—M-me a-yu-das.

—Claro —le respondo dándole una mano para que se ponga nuevamente en pie y vuelvo a poner su espalda contra mi pecho.

Su respiración se acelera al quitarle la tela que la cubría. Paso el orificio superior de la chompa por su cabeza y me percato de que su cabello está mojado también, no tanto, pero un poco. Tomo con tino su mano derecha y la guío adentro de la prenda, hago lo mismo con la izquierda y bajo el buzo hasta su cintura.

—¿Se siente bien?

Asiente con más tranquilidad.

—Sostente en mí y colócate el pantalón —le digo y se lo paso, ofreciéndole mi hombro. Siento que hacerlo yo misma, sería cruzar el límite y esa no es la forma de volver a ganarme su confianza.

—Ahora siéntate, te pondré las medias.

Con suerte encontré unas gruesas en su cajón, será suficiente para mantenerla caliente. Hecho esto, remuevo el exceso de humedad de su cabello con una de las toallas y junto con el secador elimino todo ese frío. Tiene el pelo tan delgado que no me toma más de cinco minutos secarlo completamente.

Abro la cama para que entre y escucho mi celular sonar. Es Ade.

—¿Encontraste a Lena? —me pregunta preocupada apenas le contesto—. La he llamado sin suerte y ya pregunté en la policía y varios hospitales, pero no hay información.

—Acaba de llegar a casa. Estaba estilando y temblando sin control. La cambié y también le sequé el cabello, ya está acostada.

—¡Oh, por Dios! —dice con alivio—. Estaba a punto de salir a las morgues.

—Por suerte no hizo falta. Gracias, Ade.

—Mira, Yulia —dice y se limpia la garganta antes de continuar—. Puedo estar enojada contigo, pero ¿si me necesitas?, voy a estar aquí, ¿entendido?

—Lo sé.

—Bien. Rachel quiere hablarte, estás en altavoz.

—Hola, Yulia —Me saluda su novia.

—¿Qué tal, Rach?

—Escuché la condición en la que llegó Lena. Por si las dudas, ¿tienes un termómetro?

—No.

—Diablos, bueno, escúchame con atención. Si Lena estuvo expuesta a frío extremo puede que haya comenzado un ciclo de hipotermia —me informa, alterándome un poco—. ¿Puede hablar, caminar?

—Sí, todo sí —le respondo con rapidez.

—Bien, eso es bueno. ¿La sentirse muy fría?

—Algo, ya cambiada mucho mejor, pero aun tiembla.

—Sí, es normal hasta que el cuerpo recupere calor —me explica—. Si está consciente y tiene control de habla y movimiento, no es una situación extrema. Harás esto: acuéstate a su lado y abrázala de frente.
Cúbrela bien por la espalda hasta el cuello y acércate mucho a su pecho, es importante que se mantenga caliente.

—Entendido, pero ¿no será mejor darle un baño?

—No, no, no, eso es contraproducente, no —me advierte, por suerte no se me ocurrió hacerlo antes—. El calor corporal bastará. Si en media hora no mejora o empeora, llámame. Yo asumiré que todo está
bien mientras no lo hagas, ¿okey?

—Okey.

—Mañana iremos con Ade en la mañana a ver como sigue y, si es necesario, llevarla al hospital, pero lo dudo.

Al menos me alivia que alguien que sabe de medicina está cerca. Me despido y regreso a Lena. Sigue temblando, pero mucho más estable.

Dormir juntas, abrazarla, de hecho. Bueno, todo sea por su salud. Aquí vamos.

Abro las cobijas y ella, adivinando mi intensión, me hace un espacio.

—Lam-mento mojar t-tu ca-ma.

—No pasa nada. Mañana la secamos y listo. ¿Te sientes mejor?

Asiente pero de inmediato niega y suelta un suspiro con lamento.

—Yu-lia…

—Tranquila, vas a estar bien cuando te calientes.

Niega otra vez.

Mis manos pasan por su cintura, me acerco lo que más puedo hasta juntar nuestras frentes. El espacio en medio se llena del calor de nuestros alientos, es reconfortante, aunque el olor a alcohol es fuerte.

—¿Puedo preguntar a dónde fuiste?

No lo hago para inmiscuirme, solo tengo curiosidad de cómo terminó completamente borracha sobre la nieve.

—Fu-i a una fie-e-sta.

—Con Nadia, ¿no? ¿Ella te trajo?

Niega y traga con dificultad.

—¿Quieres algo de tomar?

—N-no, ¿Yu-lia?

—¿Mhmm? —le respondo mientras trato de calentarla frotando su brazo, tal vez la ayude a relajarse y dormir un poco.

—Yu-lia, ¿vas a sa-lir c-c-con esa chi-ca el do-om-mingo?

—Lena…

—P-p-or-que yo, yo no quiero qu-e mi n-novia sal-ga con o-tras ch-chicas.

¿Su qué?… Espera, ¡¿su qué?!

—Lena…

—N-no lo di-gas, ¿sí? P-p-or favor —me suplica, agitando su cabeza de lado a lado como si no quisiera escuchar lo que estaba por salir de mis labios—. N-no lo digas, p-por-que n-no es cierto.

¿No es cierto? ¿A qué se refiere con eso? Terminamos después de esa pelea en su casa, cuando la golpeé y ella me sacó prácticamente a patadas. ¡Eso pasó! ¡¿Cuándo regresamos?!

—T-tu-vi-mos una p-pe-lea, p-pe-ro no termi-namos. N-no, termi-namos.

¡Oh, por Dios!

—Yo me e-nojé, t-te -blo-q-queé, p-pe-ro iba a pasar, tarde o temprano. Cuan-do q-quise llam-arte t-tú me habías blo-q-queado a mí.

—Eso no es verdad, yo no te bloqueé.

—N-no, fue Ade —me confiesa—. Ella n-no quería q-que sufrie-ras y lo hizo. Ya se dis-cul-pó.

—Pero no conmigo.

—Eso n-no im-porta, lo hizo para pro-te-ger-te.

—Creo que mejor será hablar mañana, cuando puedas pronunciar las cosas con claridad y…

—¡S-soy c-cla-ra! —se queja, todavía con dificultad.

—¡S-so-mos n-ovias! Yo te a-mo y n-no qui-ero q-que salgas con otras chi-cas, n-no qui-ero esa rela-cion contigo.

¡Oh, Lena!

Era por esto, por que en su mente aun estamos juntas que se ponía tan mal cada vez que yo le decía que no era así. Es por esto que cuando me mostraba amable con ella, siempre se ponía muy dulce y tierna.
Es por esto que cuando entramos con Ade a la mesa, esa noche de los espaguetis, me tomó de la mano sin pena, porque, esa noche en especial, yo estaba embobada con ella, porque esa noche la vi como tal, como mi novia.

Dios, si somos literales ella tiene razón. Nunca dijimos un: hasta aquí llegamos; nunca dijimos: esto se acabó. Yo lo asumí, porque quién querría estar de novia con alguien que la golpeó tan feo, nadie, yo no.

Y claro, su justificación tiene peso. Ella reaccionó haciéndome a un lado…, pero nunca dijimos un adiós.

—Yo c-com-pré el chip nuevo del telé-fono para volver a ha-blar contigo. Te mandé una foto q-que Alek-sey me t-tomó y me re-galó p-por-que creía que a ti te gus-taría cómo salía en ella. Esos días leí tan-
tas veces tu carta q-que me la aprendí de memoria y lo q-que más me dolía al leer, era cuan-do men-cionaste: «Yo t-te conozco, Lena, sé qui-quién eres, veo t-tu alma, t-te siento y sé que es-tarás bien». P-por
eso t-te escri-bí: «T-tambi-én sé quién eres t-tú, Yulia», p-p-or-que yo sé quién eres.


Termina de hablar muy cansada y con sueño. Va cerrando los ojos, dejándose vencer y yo la atraigo más a mí para conservarla en calor.

—Tranquila, lo aclararemos todo en la mañana —le digo en voz baja mientras acomodo mi brazo en su espalda—. No te preocupes, ¿sí? No iré a ninguna cita con otra chica.

—Y-y-o…

—Tú, descansa. Hablaremos mañana. Yo no iré a ningún lugar, ¿okey?

Asiente con pesadez y suelta un suspiro atorado que tenía en el pecho. Coloca una de sus manos entre sus piernas y la otra bajo mi cintura.

No me molesta, si así se siente cómoda, yo estoy bien.

Me es muy fácil ver las cosas desde su perspectiva ahora que la conozco.

Todo pude haberme imaginado, todo menos que aun soy novia de Elena Katina.


*

Debería asustarme de lo bizarra que es mi mente o lo loca que debo estar para tener esta canción en repetición ahí arriba mientras el mundo duerme y con él mi novia. Mi no-via… novia, mía, ella la mía novia.

Estar así de cerca suyo es embriagante y no es por el penetrante y exquisito olor que usualmente tiene su piel. Perfumistas mi suegros, en eso no se equivocaron, la hicieron bien bonita y cautivante al olfato, y así es perfecta. Pero en este momento ese no es el aroma que invade la habitación. No tengo idea de qué alcohol bebió, pero es fuerte, huele a destilería.

Tendré que esperar a que despierte y se le pase la cruda que va a tener, para que me cuente que hizo anoche y con quién. Aunque, en mi imaginación, la rubia ya ha pasado por la horca, la guillotina, la ruleta rusa, la silla eléctrica y, claro, mis tijeras.

—Mmm —gime sin intensión sexual. Sigue dormida y su garganta está seca. Quisiera traerle algo de beber, pero me tiene atrapada con sus brazos, ya lo intenté dos veces, se agarra más fuerte y no me deja salir.

El temblor desapareció paulatinamente hace un par de horas y su frente cobró el calor normal de un ser humano vivo. Es una lástima, pudimos haber sido la pareja perfecta para la secuela de Mi novio es un zombie.

¿Se imaginan? —hablo con mis voces a ver si aparecen por ahí—, Lena de zombie, comiéndose el cerebro de Aleksey para ver cómo fue que se enamoró de mí. Hasta podría revivir nuestra primera vez o la única que recuerdo que me haya dado un orgasmo, aunque para eso tendría que comerse mi cerebro y no, yo no soy comida de nadie… Bueeeno, no ese tipo de comida, de la otra sí.

Debo estar a días de encontrarme con Vladimir, porque estoy teniendo unos pensamientos tan…

—Mmm —gime nuevamente y se me dificulta no tragar en seco, porque así sea sin intensión de estimularme, su voz y ese sonido me pueden, realmente me pueden.

Su mano aprieta el buzo de mi pijama, jalando un poco de mi piel.

—¡Au! —susurro al sentirla clavar sus uñas en mi piel. No me suelta, pero ahora solo sujeta la prenda con mucha fuerza.

La agitación en su pecho se acelera y su cuerpo se estremece. Otro gemido sale de su garganta carrasposa, esta vez con angustia y lo entiendo, está teniendo una pesadilla.

Las palabras de su diario me golpean. Es ese sueño en el cual ve a sus padres, ese momento cuando Erich le dispara a Alenka.

—Tranquila, estás a salvo. Todo va a estar bien —le susurro sin saber si es bueno intentar comunicarme con ella.

¿No se supone que si despiertas a alguien mientras muere en un sueño, se muere en la vida real? Todo el esfuerzo por mantenerla con vida ayer, botado a la basura.

Por un instante se relaja, mas no le dura mucho. Si Lena tuviese uñas largas, yo tendría cinco preciosas heridas a un lado de mi abdomen… y espalda.

—¡Au, Lena! Tranquila, estás bien. Solo es un sueño.

Se tensa, debe ser cuando ve a su papá con el arma, porque de repente se congeló y ya no aprieta su agarre.

—Amor, calma. Ven conmigo, vamos a… la nieve.

No conozco Korsakovo, pero de los clichés que he escuchado, por ahí solo hay humedad y bajas temperaturas, calor no.

—Está nevando, es lindo —miento—, los copos son tan blancos como yo. ¿Sabes? De chica pensaba, de alguna forma extraña, que Blanca Nieves era mi bisabuela. Era la única forma en la que podía explicarme mi color semi transparente. ¿Te imaginas si eso fuese verdad? ¿De qué enano crees que sería hija, de Gruñón o Tontín?, porque tu novia ha sido muy tonta últimamente, más de lo normal y gruñona soy siempre. Quizá soy hija de ambos.

Mis esfuerzos por querer sacar a mi novia de su pesadilla me van a dejar una a mí. ¿Trío de dos enanos y una mujer? Que alguien me mate, por favor. Mejor cambiemos de tema.

—Ayer te compré una flor para disculparme. No habían muchas disponibles, pero pasé al menos una hora buscando la más bonita. Es un girasol, no creo que lo hayas visto cuando llegaste si casi no puedes ni entrar a casa de lo tomada que estabas.

—¡Ajem!…

—¡Diablos! ¿Ade? —digo alterada en el tono de voz más bajo que encuentro en mi susto al girar hacia la puerta y verla arrimada al marco de la puerta. Entro con su copia de las llaves, perfecto.

—¡Awww! Eres tan dulce —me dice con una sonrisa estúpidamente sarcástica—. Si no fuera porque tu más grande deseo es tener un trío con dos enanos, habría sido una linda historia. —Se ríe.

¡Aj! Escuchó todo… corrección —ahí veo a su novia entrando tras ella—, escucharon todo.

—Linda flor, por cierto.

—¡Cállate, cupido!

Intento zafarme, pero la pecosa mano de Lena sigue estrujando mi ropa.

—Lena, tengo que ir a matar a mi amiga, ¿me permites?

Finalmente sus ojos color gris con tonalidades verdes se abren por unos segundos y me suelta volviéndolos a cerrar. Salgo apurada de la cama y me llevo al angelito justiciero afuera de la habitación.

—Vayan tranquilas, yo reviso a Lena.

Escucho a Rachel decir mientras camino a la sala.

—Yulia, no la mates por favor. ¡Da buenos orales!

Ade no borra esa sonrisa que tiene, mucho menos después de oír la bromita de su novia, pero no sabe que la mía —porque desde ayer volvía tener una—, me contó lo del bloqueo.

—¿Se puede saber qué te pasaba por la cabeza cuando decidiste bloquear a Lena ¡en mi celular!?

—Se me pasaba que te estaba haciendo daño y sí, la bloqueé. No siento que te deba una disculpa… —dice pero no se la cree, claro que me debe una y lo sabe.

—Me importa un pito la disculpa —le invento, porque claro que la quiero—. ¿te atreves a reclamarme por hacerla a un lado cuando fuiste tú quien la alejó desde un principio?

—Ay, no exageres. Lena tuvo un mes para contactarte. Yo la bloqueé mientras volvías a la vida en mi cama ese fin de semana que desapareciste, días antes de que llegara —me aclara—. ¿Tengo que recordarte que por 48 horas me tuviste al borde de la locura pensando lo peor? —protesta y sí, es con justa razón, porque eso mismo pasó—. Dime, ¿qué tal te sentiste ayer después de unas horas de no saber de ella? ¿Cuántas fueron? ¿Diez?

—Once —respondo aclarándole un detalle sin importancia alguna.

—Once, perdón, esa hora hace la diferencia. ¿Ahora si me entiendes, ahora si podemos comparar la situación?, porque once horas, es una eternidad.

Su sarcasmo es peor que el mío.

—Fue una eternidad… —le digo, huyéndole la mirada por todo lado. Ade molesta es peor que mi mamá. Pobres sus hijos.

—Estaba muy enojada por su rol en lo que te pasaba. Y no solo la bloqueé a ella, borré todos los teléfonos de los de artes y también de ese idiota que comenzó a llamarte como loco preguntando por el dinero que le debían.

—¿Quién?

Eso es nuevo.

—Un tipo imbécil que llamó como unas treinta veces diciendo que quiere de regreso su dinero y que tú sabes dónde está.

—¿Y no te parecía importante contarme ese detalle?

—¿Sabes tú quién es?

—No, pero…

—¿Pero qué? Las llamadas venían de afuera con un código internacional. Era un idiota que se equivocó de número. No viene al caso. El punto es que sí, la bloqueé. ¡Lo siento, ya! ¿Eso querías oír? Lo lamento, no conocía a la achispada chica que tienes de… en el cuarto.

—Que tengo de… ¿novia?

—Ah…

—Ahhh, sí, me lo dijo. Estaba muy dolida por mi supuesta cita con Katy.

—¿Invitaste a salir a Katy? ¡Era broma, idiota, no tenías que hacerlo!

—¡Aj, no lo hice! Fue la mentira que le inventé a Lena para no viajar.

—Ah… pues, eres mala —sus insultos de arrepentida, al darse cuenta que lo que decía no iba en serio, bajan de nivel diez a un dos.

— ¿Por qué no me advertiste que todavía tenía novia, Ade? —le susurro porque las risas de la otra habitación me hacen percatarme de que nos están escuchando.

—Porque Lena me pidió que no lo hiciera. Ella no quería imponerse sabiendo que las cosas terminaron tan mal.

—Que no terminaron querrás decir.

—Exactamente. Mira, yo… te lo habría dicho, Yulia. Pero si lo hacía ¿qué habrías hecho tú? —me pregunta demostrando su preocupación—. Yo… estaba tan confundida con todo, con casi verte morir, con su llegada de la nada, con que cambiaste 180 grados en unos días. La verdad, dudaba que sea una buena idea que Lena esté tan cerca de ti, temía que te tiraras por el balcón, sin exagerar. Resulta que después, la conozco y…

—Ella es genial.

—¡Es genial!, y te quiere —la pena que tiene de haber pensado tantas cosas al respecto, y todas malas, se le nota en esa sonrisa que intenta darme—. Lena tenía un buen punto al pedirme que no hablara contigo al respecto y es que ustedes tienen un vínculo que, ni la distancia, ni el tiempo, pueden robarse. Lo mejor era ir con calma, que ambas pasen un tiempo juntas y que las cosas vayan resurgiendo solas, con naturalidad.

¿Qué habría hecho yo?, me preguntó antes.

No lo sé. Creo que la única razón por la cual no exploté a gritos con lo que me dijo, es por la posición en la que estábamos; ella tan frágil y yo con unas ganas insoportables de protegerla.

Al leerla aprendí a verla tan fuerte, tan segura, mas eso es solamente una faceta. Ayer, por ejemplo, bebió, se hizo daño y casi se congela por mí, porque yo le dije que saldría con alguien más.

—No quiero seguir hiriéndola, Ade. No es justo, ella ha pasado por mucho ya.

—Ambas tienen que dejar de hacerse daño. Se lo dije a ella ese día que nos conocimos. Tú eres mi amiga, tú vienes primero y no voy a permitirle que te lastime. Pero lo mismo tengo que decirte a ti.

—Lo hiciste, ese día en la floristería.

—Siento eso también, no debía explotar contigo.

—Ya pasó, además, trajo algunas cosas buenas que ya te contaré.

—Hecho, tenemos una cita.

—Que no te escuche Lena que, al parecer, es muy celosa.

—¿Qué piensas hacer? —me pregunta, pero no espera una respuesta antes de darme un consejo—. Dejen de jugar. No es hora de hacerse las dignas. Ámense y ya.

Dice estas últimas tres palabras y me hace recordar ese meme de: ¡ahora bésense! Me da gracia.

¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? ¿Por qué no puedo regresar a esa alcoba siendo su novia, esa que no le levantaría un dedo, esa que la mimaría hasta que se cure, o le pasaría el tacho de basura para que vomite? Bueno, eso es cruzar la línea de lo soportable…, pero no, no lo es. En las buenas y las malas, aunque no sea un matrimonio, es nuestra relación.

¿Por qué el drama? ¿Por qué?

Somos novias, somos unas lindas novias. Nos queremos, nos deseamos… encajamos. Ella cabe en mi pecho y yo en el suyo.

No más tragedia.

—La paciente está bastante bien —nos anuncia Rachel saliendo de la habitación—. Tiene resaca, pero no quiero que tome pastillas; que duerma y tome bastantes líquidos. De paso cocínale algo, una sopa de pollo o una gelatina bien caliente le va a caer bien.

—Mejor que pida algo a domicilio —sugiere mi amiga recibiendo un tierno beso de Rach.

—¡Hey, eso me ofende, sé cocinar!

—Entonces cocínale algo de-li-cio-sa… digo, delicioso.

—¡Nada de sexo, déjala descansar!

Gracias, lo que me faltaba en toda mi calentura, que la casi doctora general me prohibiera hacerle el amor a mi novia.

—Bueno, ¿y ustedes a donde van?

—A «comer el desayuno», salimos temprano y no hubo oportunidad —Ade levanta las cejas hasta los Himalayas, puaj. ¡Eso no se le hace a las amigas! No quiero imaginarlas teniendo sexo.

—Ay no, no quiero detalles, fuera de aquí.

Las despido dándoles las gracias y paso por la cocina llenando una taza con agua para prepararle una gelatina caliente sabor a frambuesa, mi favorita de la niñez, siempre tengo unos paquetes cerca por si me enfermo o tengo ganas de sentirme pequeña.

Regreso a la habitación que huele a cantina. Ya qué, mejor esto a no saber dónde está.

Me recuesto nuevamente a su lado dejando la taza sobre el velador.

—Sé que estás despierta.

Me ignora, imagino que no quiere hablar de nada, mucho menos de lo que dijo ayer. Pero yo no quiero más dramas de telenovela.

—Te traje el desayuno, está rico, mmm.

Hace un intento por mantenerse quieta, pero se le hace imposible, de este cuarto, es lo único que huele bien.

—¿No lo quieres? —le pregunto y ella sigue luchando para no ceder—. Okey, me la tomo yo. —Le doy un sorbo y de verdad está rica, pero traje dos tazas, la de Lena se quedará esperándola, no la dejaría sin desayuno—. Yo pensé que a mi novia le gustaría tomar algo conmigo esta mañana fría, pero…

Sus pómulos no me mienten, está sonriendo y patalea un poco bajo las cobijas, contenta.

—Te amo Lena, si quieres dormir un poco más, hazlo. Te la caliento en un rato.

Niega saliendo de la profundidad de las sábanas, acomodándose en el respaldar.

—Gracias, huele rico.

—De nada —le digo acercándole la gelatina—. Está caliente.

Se la lleva con cuidado a la boca y toma un poco antes de hacer una cara de satisfacción y vuelve a beber.

—Te recetaron cama el fin de semana, así que traeré la televisión para que no te pierdas tus dibujos animados.

Da otras patadas de alegría, pero estas más leves, no quiere regar la bebida en la cama.

Ay, Dios. En serio que ya no sé por qué tuvimos que luchar tanto. Una vez que te rindes y te dejas llevar, la vida se vuelve hermosa, como ella.


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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Sáb Ene 06, 2018 3:24 pm

Amar es de locos. De dementes, es hacerlo sin pensar seriamente en lo que significa, sin enclaustrarse al tiempo. De desquiciados, perderse contemplando sus labios entreabiertos al dormir, porque no sacas nada de eso, absolutamente nada, pero se puede pasar horas así, mírenme.

Aceptémoslo, soy una loca, demente y desquiciada joven mujer que no puede esperar para que den las doce de la noche y oficialmente sea San Valentín.

Lena ha dormido gran parte del día, literalmente se tomó su gelatina y volvió a caer hasta que tuve que despertarla para almorzar un consomé de pollo que compré en un chifa a domicilio. ¿Cómo iba a cocinar con ella agarrada de mi brazo? Con dificultad me dejó levantarme para pagar al repartidor y después para lavar los platos. Cuando regresé iba a proponerle ver una película a su elección, pero ya estaba profundamente dormida, abrazada de la almohada, así que aproveché para hacer su regalo.

Pensé fuertemente en él toda la mañana mientras ella descansaba y se recuperaba de su resaca. Digamos que no me quedó mal, yo también soy creativa, Nadia, yo también lo soy.

Hace unas semanas, a Nikolai se le ocurrió mandarme de tema para mis fotos de la semana, «cosas que me recordaran a mi niñez». Lo primero que me vino a la mente fueron los helados del muelle a los que iba con papá, helados en el calor más fuerte del verano de la ciudad. Pensé en ir a una de las heladerías más famosas de esta ciudad para comprarme el cono más grande y fotografiarlo derritiéndose en mi mano —y no digo que no sea buena la heladería o el helado en sí, Ade me contó que en un día soleado de primavera es lo más delicioso que puedas poner en tu boca—, pero estamos en invierno y yo no iba a congelarme. Así que fui al supermercado y compré unas paletas de helado para fotografiarlas todas regadas sobre el mesón junto con otras cosas, como una cometa que tuve que pedir en una tienda en línea —porque nadie vende cometas en esta época en Moscú— y un peluche de Stitch que me recordaba a mi hermano menor que tenía en una caja con mis pertenencias. En fin, estoy divagando, ¿cuál era mi punto? Ah, las paletas, regresemos a las paletas de helado.

En el exhibidor habían de dos tipos: unas de color madera (normales, las típicas para hacer tus propios helados caseros), y unas de muchos colores (rojo, azul, verde, violeta, celeste, amarillo y naranja).

Compré esas, me recordaban a la vida en mi viejo estado, a algo distinto a la maldita y blanca nieve. Sochi es una foto a full color comparada con la escala de grises que es Moscú...y mi niñez estuvo llena de colores.

Seleccioné quince paletas, mi idea inicial era escribir regalos en ellas como: válido por desayuno a la cama un sábado, o por una salida al cine el día que quieras, o lavaré tu ropa por una semana; pero luego se me ocurrió que lo mejor sería que ella eligiera sus propios premios, así que cambié la cantidad a cuarenta para hacerlo más entretenido. Fui por un marcador negro y un frasco de mermelada vacío, los metí adentro, le corté el pie a una media a rayas de varios colores que ya no usaba y forré el frasco con la parte superior hasta la apertura, lo cerré con la tapa y, como broche de oro, escribí una nota en un papel de colores que tenía y la cosí en frente.


¡Taraaan! ¿Ven que sí soy creativa?

¡Toma eso Nadia!

Listo, son las doce, ha dormido mucho, vamos a divertirnos.

—Len, despierta.

—Mmmmmnnnooo.

Su voz es tan vaga como ella misma. Ya sé que no le gusta madrugar en domingo y literalmente es madrugar, porque aún no amanece, pero es un día especial y se lo debo por arruinar el viaje.

—Si no lo haces no tendrás regalo de San Valentín —la incito. Ahí, abre los ojos como si le hubiesen pellizcado el trasero.

—¡Yo no tengo regalo para ti! —me dice incorporándose de un solo golpe, apoyada en sus manos.

—Lo tenías, la intención es lo que cuenta, además, fue mi culpa.

—No se vale, si yo no tengo nada para darte, no puedo recibir tu regalo —niega, cruzándose de brazos con la cara más seria que puede poner y mira al frente. Es una lástima que no puede evitar buscar su regalo en mis manos con la rabadilla de los ojos, yo gano.

—No llevemos la igualdad en la relación al extremo. Este puede ser un regalo ameno para las dos.

Sus ojos comienzan a llenar su cara con su inmensidad y abre su boca con sorpresa e incredulidad.

—¡Yulia, ¿compraste un juguete sexual?!

—¡¿Qué?!

No sé si está bromeando o de verdad piensa que detrás de mi espalda tengo un strapon. Nada, le doy el regalo, que no piense cosas que no son. No estoy lista todavía para pensar en penes grandotes de silicona.

Me mira extrañada al ver el empaque y se gira para recibirlo.

—¿A qué hora hiciste esto? ¿Qué es?

—Mientras dormías y ábrelo para que lo averigües.
Mira la nota pasando su pulgar sobre las letras y lo lee:

—Jarro de deseos, feliz San Valentín.

Le da la vuelta revelando lo que hay en su interior cuando lo ve desde el fondo. A la mierda la sorpresa.

—¿Palos de helado?

—¡Ábrelo!

Con un leve ladeo de su cabeza entrecierra los ojos y le quita la tapa.

—Lo sabía, son palos de helado… de colores.

—Y un marcador mágico.

—¿Mágico? —repite mientras lo saca y lo inspecciona, siguiéndome el juego—. ¿Y cuáles son sus poderes?

—Hay cuarenta paletas ahí, debes escribir en cada una algo que quieras de mí.

—¿Cualquier cosa?

—Lo que sea, cuarenta deseos.

—Sí que es mágico. —Asiente divertida—. Cualquier cosa, ¿estás segura?

—Lo que tú quieras de mí, tus más escondidos deseos, pero solo cumpliré veinticuatro, uno cada hora mientras dure San Valentín.

—¿Y puedo repetir?

—No, ese el el truco, deben ser distintos. Cuales saques deben quedar a la suerte.

—Hmm, okey, pero tienes que darte la vuelta mientras escribo. Quiero que sea sorpresa.

—Perfecto, hasta que termines haré una lista de música y tomaré un baño.

—¿Te bañarás a media noche?

—Tú te duchaste hace dos horas, antes de volver a dormir, yo no.

—Bueno, pero no te demores que se acaba la hora —me dice y comienza a escribir.

Yo me levanto y voy directo a abrir el agua caliente, apurándome. Salgo no más de diez minutos después, totalmente refrescada y vestida con una pijama limpia. Ahora si me siento lista para ponerme el disfraz de genio de la lámpara, aunque mi tarea es más dura que la de él. Veinticuatro deseos, ¿en qué estaba pensando?

Comienzo a ponerme nerviosa cuando la escucho reírse sola. ¿En qué me metí? Tenía que pasarme de creativa.

—Se valen preguntas, ¿no?

—Si quieres, pero no creo que me tome una hora contestarte.

—Pero podemos hablar alrededor del tema o adelantar otros deseos.

—El punto es que ocupen todo el día, pero tú decides, es tu regalo. Cumpliré lo que desees.

A menos que me pida un millón de Euros.

—Listo, ya terminé —me dice y volteo acercándome a la cama. La encuentro con sus ojos cerrados, luchando con meter las paletas de vuelta al frasco.

—Te ayudo, espera. —Me siento cruzándome de piernas sobre el colchón y guardo los deseos intentando no hacer trampa, igual no puedo entender su diminuta letra, son deseos largos. Súper creativo mi regalo—. Okey, empecemos.

—¿Entonces, saco una y ya?

—Sí, léela —le contesto, ella toma una de color azul y deja el frasco en el velador.

—Es una pregunta.

—Dale, lánzala.

—Bien. —Suspira, está nerviosa. Nos jodimos con el regalito, espero que no se arme la de Troya—. ¿Cuándo te enamoraste de mí?

—¡Oh, wow!

Empezamos con el bombardeo, esto será di-ver-ti-dísimo. ¿Quién dijo que la creatividad es aburrida, quién? A ver, ¿quién?

—Emm…

—¿Pregunta difícil? —me dice con pena.

—Amm…

Ahora suspiro yo. ¡Vamos, valor!

—Sé que para cuando Leo y tu hicieron la cena de despedida de Nastya, yo ya estaba segura de que te me gustabas muchísimo.

—¿Pero ya me amabas?

—Este… supongo. No, sí —me corrijo—, a quien engaño, ya te amaba.

—Vaya, fue hace mucho, más de tres meses.

—Mhmm.

—Ya veo.

—¿Qué?

—Por eso estabas insoportable esa noche.

—¿Insoportable, yo? Si mal no recuerdo, terminaste besando mis insoportables labios, Len.

—Son muy apetecibles, no me puedes culpar.

—Todavía no puedo creer que pensaras que estabas soñando —me burlo, recordando ese momento, es de verdad gracioso.

—¡No lo digas, qué bochorno!

—Eso solo quiere decir que yo también te gustaba. Si no por qué me comerías en tus sueños.

—Hey, no te comía, nos besábamos, eso era todo. Pero sí, me gustabas y lo sabías porque leíste el diario y estoy segura no se te pasó una sola vez que te mencioné.

—No terminé el diario hasta antes de viajar a Sochi en diciembre, muuucho después de ese día.

—Pero ahora ya sabes desde cuando me gustas.

—Pero no me amabas.

—No, eso pasó después.

—¿Cuando? —le pregunto, yo también tengo curiosidad.

—¿Recuerdas cuando dejaste de hablarme por besarme con Leo en su despedida? Yo… pensé en tantas formas para comunicarme contigo y cuando decidí que te confesaría mis secretos en una carta, fue
cuando me di cuenta que esto solo lo haría con alguien importante. Tú eras importante, mucho más que un simple gusto —me confiesa—. Escribí de corrido, de inicio a fin, sin dudas, sin miedos, y cuando terminé me dije a mí misma: debe ser porque te amo. Fue entonces.

—Por eso dejaste de hablarme cuando te conté lo que pasó con Ade.

—Dolió. Saber que te besaste con ella, dolió mucho.

—Lo siento, fue un juego estúpido. Nunca, en mi vida había sentido tantos celos como cuando te vi en esa foto besándolo, nunca.

Leonardo puede ser un buen tipo, pero qué duro es ver a alguien que quieres compartir momentos que tú te mueres por tener con esa persona.

—Imagínate lo que nos hubiésemos ahorrado si hablábamos.

—Sí y no —le aclaro, esto es importante—. Recuerda que, de no ser por todo lo que pasó, no estarías aquí ahora.

—Puede ser —me dice mirando hacia el frasco—. Ya puedo sacar otra.

—Si no seguimos las reglas, los deseos se van a terminar en menos de dos horas.

—No creo, hay algunos que tomarán bastante tiempo, pero si eso pasa, encontraremos algo más que hacer.

—Está bien, saca uno. Ya quedan 5 minutos para la una de la mañana, de todas formas.

Se apura en hacerlo y esta vez le toca uno verde.

—Otra pregunta, ¿lista?

—A ver.

— ¿Tuviste alguna relación mientras estuvimos separadas?

—Lena… —Quiero decirle que me parece que así vamos a terminar hablando toda la noche, pero si eso es lo que ella quiere—. No.

—Eso no vale una hora.

—Tú elegiste la pregunta.

—¿No y ya, nada de nada?

—Nada de nada. Estaba muy ocupada auto destruyéndome como para preocuparme por joderle la vida a alguien más.

—No veo por qué lo harías. No me la jodes a mí. Ya no, al menos. No desde que estamos juntas.

—Es porque eres tú.

—¿Y qué cuando estabas con Aleksey? Le jodías la vida a él.

—No necesariamente…, pero sí. El ochenta por ciento del tiempo le jodía la vida. Lo criticaba, lo celaba, le exigía que hiciera cosas que solo yo quería hacer, después lo ignoraba eternamente.

—Interesante.

—No pongas esa cara de alegría, sé que todavía lo odias. Mejor saca otro palo, ese no cuenta —Le digo antes de adentrarnos más en la plática de los exes.

—Rojo, una petición.

—Me lleno de temor —bromeo.

—Dibújame.

—Yo no sé dibujar —le digo sin querer excusarme, de verdad no es mi fuerte. Pésimo deseo.

—No importa, solo dibújame.

Será un desastre, pero me animo. Voy al escritorio donde tengo mis cosas de la escuela y saco un lápiz de mi cartuchera y un cuaderno para asentar las hojas blancas que me robo de la impresora. Regreso a mi lugar frente a ella y la miro. No está para nada nerviosa, lame sus labios y se acomoda unas hebras de cabello tras la oreja.

—No soy tan buena, es más, lucirás peor que un dibujo de preescolar. No hace falta que te arregles.

—¿Nunca te enseñaron en la escuela a dibujar el contorno externo para evitar las distracciones y luego seguir con las sombras de adentro?

—Nop, falté ese día.

—Nunca es tarde para aprender —dice acercándose y toma mi dedo índice derecho, jalándolo a su cuerpo y se delinea con él—. Trata de dibujar esto primero, tan solo la línea de mi figura.

Me suelta y se hace para atrás acostándose de estómago sobre el colchón, apoyando su cabeza sobre sus brazos cruzados.

—¿Cómoda?

—Esto te va a tomar la hora entera y la media de la pregunta anterior. Mejor me pongo en una posición menos estresante.

Le sonrío y giro el papel para dibujarla horizontalmente. No tengo idea de lo que estoy haciendo, intento seguir su contorno, pero al terminar parece más un gusano baboso que una Lena.

Hago añicos el papel y vuelvo a comenzar.

—¡Nooo! Trampa, no podías romperlo.

—¡Estaba horrible!

—¡No importa, lo que salga! Solo quiero que me dibujes, no que me saques una fotografía —me explica y vuelve a acomodarse—. Solo sigue mi figura.

La miro y está ahí, tan calmada, tan perfecta.

Intento número dos. Comienzo en su espalda, recorriéndola primero por la cabeza. Hago una pequeña subida dando vuelta por su cara hasta el colchón. De cierta forma encuentro esta parte muy fácil y continúo la línea ondulada de las cobijas hasta sus piernas que ahora están cruzadas y dobladas hacia arriba desde la rodilla. Se queda quieta cuando entiende que, si continúa moviéndose, no voy a asentar el lápiz sobre el papel para continuar. Sus pantorrillas son muy lindas, curvas y sexys. Continúo por sus muslos y termino en su cola.

Ayer ya comenzó a sentirse mucho mejor en la noche y, antes de tomar un baño, decidió que ya no quería dormir otro día con calentador. Yo insistí en que usara al menos unos leggins, por suerte tenía unos que, quién sabe por qué, compró con un diseño de las Tortugas Ninja.

Qué linda es. Lena tiene una muy buena cola, redondita, cacheteable.

—¡Deja de ver mi trasero y dibuja!

—No puedo, estoy dibujando tu trasero.

—Solo tengo uno, no te demores ahí.

Le sonrío y continúo, dibujando esa curva que lo une con la raya que inicié.

—Listo, tengo tu contorno, ¿ahora qué?

—Déjame ver —me pide estirando la mano—. Muy bien, ¿ves que sí puedes?

—¿Ahora qué hago? —le insisto, recuperando mi más preciada obra de arte.

—Ahora, con la punta del lápiz reclinada ve marcando las partes que más sombra tienen, para que le des algo de volumen a mi cuerpo y después puedes delinear mis extremidades y facciones.

Con la luz baja de la luz de la lámpara del velador, casi todo es sombra. Su cabello brilla apenas; todo lo que está directamente sobre el colchón no, inicio por ahí. La parte frontal de sus piernas reciben unas sombras, al igual que las puntas de sus pies, arriba sus brazos y una parte de lo que sería su cara.

—¿Okey, ahora trato de separar tus partes?

—Sí, haz las líneas obvias primero, la ropa, luego sube a mis brazos y luego a mi rostro.

Lo ensayo casi sin asentar el lápiz y no va quedando tan mal. Creo que exageré algunas partes de su cabeza, no tanto, pero se nota que cuando intento hacer la línea de su cara, hay mucha cabeza. Doy vuelva al lápiz y borro el exceso, ajusto varias sombras y ahora sí marco con un trazo más fuerte.

—Ahora que ya debes tener la base, ve colocando los detalles. No te fijes en la cara. Siempre es lo más difícil, empieza por las arrugas de la ropa y esas cosas.

Me doy cuenta de que en esta parte voy a tomarme más tiempo y ella también. Cierra sus ojos y se relaja en esa posición dejándome inspeccionarla seguido para detallar el dibujo.

No es por nada, pero me siento una completa Jack de Titanic. Ahora tengamos sexo y empañemos los vidrios.

El tiempo va pasando, lo sé porque las canciones que nos acompañan de fondo siguen terminándose y yo voy lento con el dibujo. Haré lo que pueda hasta que sean las tres de la mañana, tiempo en el que otro deseo debería salir del jarro. Me aseguro de la hora mirando al reloj y me quedan nada más quince minutos. Con lo que tengo basta, pero se ve muy flotante en el espacio. Trato de dibujar las cobijas, las almohadas por detrás y oscurezco todo rellenando de sombra el fondo.

Ahí, no quedó tan mal. No tiene cara y parece que fuese rubia en lugar de pelirroja, pero nadie podría pedir más de mí.

—Despierta, es hora de pedir otro deseo.

—¿Terminaste? —me pregunta con un bostezo y abre poco a poco sus ojos—. Déjame ver.

Se lo paso temiendo una carcajada, pero no, pone un gesto complacido y me sonríe.

—¡Te quedó genial! —me felicita guardándolo con cuidado en el cajón del velador y se aproxima para darme un beso en la mejilla—. Gracias.

Comienzo a ver los frutos del juego.

—Ahora quiero un amarillo —me comunica tratando de pescar una paleta con los dedos—. Listo, otra pregunta.

—Veamos qué se te ocurrió ahora.

—¿Qué es lo que más te gusta de tener sexo?

—Te refieres a qué me gusta de tener sexo contigo.

—Me refiero en general —me aclara con cierta expectativa, pero esta es una respuesta que ella ya conoce.

—Pues si hasta que lo tuve contigo pensaba que era asexual, puedes imaginarte que no era mucho lo que me gustaba antes.

Su reacción inmediata es virarme el rostro para sonreír hacia un lado. No es que pueda ocultar su satisfacción con tan pobre respuesta, pero es su primer instinto hacerlo.

—Me gusta llegar al punto en el que, o te dejas llevar y te pierdes en lo que está pasando, o te bloqueas completamente y no lo disfrutas.

—¿Por qué no querrías disfrutarlo?

—¿Nunca te ha pasado? Que llegas a un punto en que miles de preguntas te invaden, como ¿qué significa?, o si de verdad te gusta lo que te están haciendo, o si no es ridículo estar tan desnudo con alguien, o
si la situación en general es agradable, si los gemidos que estás haciendo son suficiente para mantener ese nivel de excitación para terminar, o…

—Espera, espera. ¿Piensas en todas esas cosas mientras estás por llegar al climax?

—Y muchas más.

—¿Por qué?

—Pregúntale a mi cerebro Lena, no tengo idea. Solo sé que estoy ahí y toda la energía se concentra en mi abdomen y, me siento o totalmente entregada, o lo único que quiero hacer es salir corriendo y mandar al diablo al mundo.

—¿Te ha pasado eso conmigo?

—No.

—¿Ni una vez?

—No.

No está convencida. Genial, ahora la tendré dudando cada vez que hagamos algo. Dudará de si estoy ahí con ella o ya huí en mi mente a un universo paralelo hasta que termine.

—Me pasaba mucho con Aleksey.

No, no se convence de que le dije la verdad.

—¿Sabes por qué me gusta ese instante, ese preciso segundo?

Hace un ligero movimiento con su cabeza, respondiéndome que no e intenta distraer la atención de mi respuesta acomodándose en su lugar.

—Es porque hasta que estuvimos juntas esa primera vez, yo no tenía ganas de llegar, de dejar que ese dolor me consumiera. Antes de ti, llegaba un punto en el que quería gritar que se detuviera, me tensaba deseando que él se satisficiera pronto y me dejara en paz, porque no sé, sentía que me convertía en un juguete, en algo con lo que él se masturbaba, ¿entiendes? —intento explicarle, pero fallo, me mira más extrañada que antes.—. Es como…

Diablos no sé como explicarlo.

—La primera vez que lo hicimos, fui yo quien estaba ahí sobre ti, empujándome en ti, sintiéndote a ti y solo quería más y más. Dejé de preocuparme por el mundo, solo existías tú y quería todo contigo y sucedió así.

—Lo recuerdo.

—La segunda vez fue distinto. Eras tú quien estaba trabajándome y todo iba perfecto hasta que…

—Pensé que dijiste que no había pasado conmigo.

—¿Me dejas terminar? —le pregunto y ella presiona sus labios forzándose a guardar silencio—. Iba muy bien, estaba metida en el momento, en sentir diferente, porque hasta ese día solo había tenido un… ya sabes…

Me mira como si no supiera. Bien, tocará hablar con las palabras exactas.

—Un pene ahí adentro.

—Oh.

—¡Oh, sí! Y bueno, tú bien sabes la diferencia de lo uno y de lo otro. Contigo no me costó sentir como todo se acumulada en un nudo en mi estómago y sí, llegó ese minuto donde me llené de dudas, pero justo allí, bajaste la velocidad de lo que hacías, lo convertiste en un juego suave y agradable, me pusiste en pausa, llamémoslo así, y te acercaste a mis labios, ¿lo recuerdas?

No lo hace, no precisamente cada cosa que hizo, pero para mi fue especial, recuerdo cada segundo.

—Me sonreíste y me preguntaste si estaba bien. Supongo que viste mi desesperación por no saber qué hacer y me besaste, tu toque se convirtió en una caricia y fuiste dulce, gentil. Cuando me di cuenta ya habías acelerado y ya tenía ese calor insoportable subiéndome por el cuerpo hasta que exploté.

Le gustan los elogios escondidos, definitivamente sabe que es ella la que me mueve el piso y que con ella no me siento atrapada en la obligación de continuar, lo quiero, lo deseo más que nada en el mundo.

—Entonces te gusta llegar y dejarte ir.

—Me gusta sentir que le importo a alguien mientras tengo sexo, eso es lo que más me gusta. Llegar al punto en que definitivamente eres uno con otra persona, y eso solo lo he tenido contigo.

—Hmm, interesante.

—Ajá —le viro los ojos porque ahora si está toda orgullosa. Claro acabo de alabar su destreza sexual—, saca otro palo. —Se ríe y mete la mano en el jarro.

—¡Violeta! Veamos —dice dándole la vuelta para leer—, otra pregunta.

—Creo que el regalo debió ser un veinte preguntas y no un jarro de deseos.

—¡Puse muchos deseos! —se queja—, si solo salen preguntas es porque el destino quiere que te conozca.

—Sí, sí. Escuchemos tu pregunta.

—¿Crees en las relaciones largas?

—Pa k kieres saber eso, jaja saludos.

No le agrada mi respuesta, no le agrada para nada, pero yo muero de risa con su cara.

—¡Vamos, Lena, fue el mejor momento para usarla!

—No aceptaré eso como respuesta.

—Yo…

—¡No me salgas con la del científico o…!

—Ya, ya —la complazco, no queremos que tan temprano en el día todo se vaya al diablo—. Tuve novio desde los catorce a los diecisiete años, creo que es obvio que sí.

—No necesariamente.

—Está bien, te lo confirmo. Sí, creo que hay relaciones importantes que pueden durar mucho tiempo, o en su defecto, por siempre.

—Por siempre —pregunta sin preguntar, más sorprendida que contenta.

—¿Qué hay de ti? —le pregunto y se relame los labios guardándolos dentro de su boca. No quiere hablar. Bien, se le viró la tortilla y no sabe qué contestarme.

—Nunca he tenido una —responde después de unos segundos que se hicieron eternos.

—¿Pero crees en ellas?

Otra pausa. Me canso de ver como rehuye a responder. ¿Para qué diablos me preguntó esto?

—No lo sé.

—Hmm… interesante —contesto usando sus palabras de hace un momento, pero de muy mala manera porque lo es. ¿Qué significa esto para nosotras?

Ahora la que guarda silencio soy yo. Mejor que saque otro deseo, mejor que los saque todos y ya, que se acabe este día.

"Qué fácil te tocó el nervio".

Sí, lo hizo. Me pregunto, qué diablos quiere conmigo si no cree que… ¿que qué?, porque esto no es nada. Nosotras no somos nada si es que estamos bajo un reloj de arena, esperando a llegar al momento en que nuestro tiempo esté pasado del acuerdo que ella quiera y ya, se acabó. Para eso terminamos ahora mismo, ¿para qué vamos a esperar a crear sentimientos?, ¿para qué invertir si sabes que vas a perder?, ¿para qué?

—¿Puedo hablar sin que te enojes? Porque ya veo que…

Asiento sin responderle más. Esto duele y por muchas razones.

Yo entiendo las ganas de ser libre, lo de no atarse a nada y ser independiente. Yo entiendo que haya gente en este mundo que no crea en el matrimonio o que no quieran hacer planes a futuro porque parte de vivir es la sorpresa. Pero yo soy una mujer que va a ganar, que no apuesta a perder.

En este momento yo la amo, yo la quiero conmigo, en este momento mi futuro es ella, mi por siempre es ella, así tenga diecisiete años y nuestra relación se acabe eventualmente. No me voy a invertir mi tiempo en el fracaso. Si pasa, pasa, mas yo no voy a esperar con cronómetro a que eso suceda.

—Dije que no lo sé, que nunca he tenido una relación larga y te mentiría si te digo que no me asusta un poco pensar en eso —se sincera—. Se me hace difícil entender si en realidad existe el para siempre, no porque no desee tenerlo. Solo se me hace algo irreal.

—¿Y cuánto tiempo nos das? —le pregunto porque necesito saber a donde vamos. Si es uno o dos meses, uno o dos años, esto no va a funcionar para mí. Y ahí está otra vez ese dolor inútil en mi pecho.

—No nos doy un tiempo, yo quiero ser tu novia, no nos pongo un límite.

—Pero no nos das un por siempre tampoco.

La observo dudar y me resulta irónica la hipocresía de lo que estamos haciendo, creando momentos de una relación que no tiene la más mínima importancia.

—¿Sabes? Siempre pensé que pedirle a una persona una vida entera era un acto sumamente egoísta.

Por supuesto. Ahora me explicará el porqué no me dirá el tiempo de expiración de esto, que ya no sé ni como llamar.

—Pero ahora que lo pienso, siento que el verdadero egoísmo está en imponerse, de uno u otro lado. —Termina su pensamiento.

—Alguien tiene que ceder.

—¿Y por qué debe ser así?

—Porque en este tema, estás por siempre o no lo estás. No hay un medio donde deambular.

—Pero tú entiendes que no hay certeza en nada en la vida —dice convenciéndose de que tiene la razón.

—Ese no es el punto, Lena. No se trata de si vas a poder cumplir una promesa, se trata del compromiso, del deseo de hacer que funcione, de cuidar de la otra persona, sin estúpidas limitaciones, sin creer que
porque te entregas a alguien, dejas de estar completo o ser libre.

—Tú puedes querer todas esas cosas, pero quién puede realmente hablar con certeza del futuro.

—Yo, yo puedo decirte que te amo en este preciso momento y si me preguntas ¿hasta cuando?, la respuesta será para siempre.

—¿Y si en tres meses ya no me amas?

—Entonces puedes preguntarme en tres meses y la respuesta será te amé hasta ayer, o te amé hasta la semana pasada, o simplemente te amé. Pero ahora, en este momento, la respuesta y la verdad es el por siempre.

Inhalo con fuerza, con ganas de parar ese maldito dolor que se intensifica en mi pecho y bajo la mirada jugando con los filos de mis uñas, despintando el esmalte negro de los bordes. Me rehuso a verla, porque duele, duele decirle un te amo y saber que es en vano.

Deseo tanto levantarme, ponerme unos pantalones y salir de ahí, ir a fumar un tabaco y congelarme en la terraza. Ya no quiero hacer esto. Fue una pésima idea.

—Tocó rojo —me dice dándome a entender que sacó otro deseo. Que los saque todos si quiere, que se acabe esto de una buena vez—. Dice: déjame decirte… un te amo.

La ignoro. ¿Para qué quiere hacerlo? No es real, no lo es. Un te amo es un es un sentimiento sin condiciones, eso es un te amo. El tiempo es una condición, entonces ella no me ama, ¿para qué me lo va a decir?, ¿por qué quiere mentirme?

—¿Me dejas?

Niego sin hablar, conteniendo en mi pecho el aire para evitar que ese dolor, que esa punzada que palpita rompiéndome por dentro, pase a mis ojos. No quiero llorar frente a Lena, no quiero que vea lo fácil que es para ella hacerme daño.

La siento acercarse y con ternura me toma de la quijada y la levanta, obligándome a verla. Me sonríe apenas con pena, pasa su pulgar por mis labios y yo cierro mis ojos, porque ahí están, llenándose de lágrimas que no quiero derramar.

Me rompe tan fácil.

—Mírame.

Niego.

—Por favor, mírame.

No, quiero irme. No quiero verla, solo quiero salir de aquí.

Se acerca más, hundiendo el colchón cuando nuestras rodillas hacen contacto. Siento su calor tan cerca de mí, está por darme un beso, uno que ya no quiero.

—Te amo —me susurra en los labios y roza la punta de mi nariz con la suya, una, dos, tres veces. Quita su pulgar de mi boca y me besa, un pico apenas, lo mantiene unos segundos y se abraza de mí—. Por siempre, Yulia… por siempre, ¿okey?

Dejo que mis manos la abracen por la espalda y la sostengo ahí por un momento. Todavía duele. Quizá porque yo no soy como ella, y quisiera serlo. Quisiera ser tan despreocupada por lo que va a venir.
Saber que si las cosas son, son, sino las dejas ir. Quisiera poder decir que las cosas no me importan, que dos palabras no me cambian la perspectiva de las cosas, pero lo hacen.

Duele.

—Vamos a dormir un par de horas, ¿qué dices? —me propone todavía acariciando mi cabello y apretándome a su cuerpo—. Continuamos en la mañana, ahora descansemos, ¿sí?

Sí, hagámoslo porque por ahora no quiero pensar más. No quiero decidir que nuestro noviazgo no va a ningún lado. Solo quiero dormir.



*


Me acosté con mucha pena atorada en el pecho, triste, y Lena se dio cuenta. Con cuidado me cobijó y me cubrió la espalda, dejó apoyada su mano en mi cuello y me acarició con ternura la mejilla.

Si hay algo que nunca esperé, fue ser la persona en la relación que necesita consuelo o alivio. Hace un año no lo habría permitido. En ese entonces tenía la idea de que mostrarse sensible no era de gente como yo, ya saben a qué tipo de gente me refiero, dura, rebelde, independiente. Nunca lloré en público cuando terminamos con Aleksey, ninguna de las dos veces, pero lo hice con ella, fui a llorarle a Lena.

Supongo que desde un inicio sentí que podía mostrarle ese lado de mí sin ser juzgada. No lo había pensado antes, pero es así.

—Te amo —me repitió, yo no le respondí. Seguía pensando en que no era así, que lo decía sin una intención real, para qué declararle que yo sí la amaba de verdad—. Te haré una promesa, un juramento, aquí y ahora —me dijo, su tono era serio, severo, no forzado, pero sí muy tajante—. Yo nunca te voy a mentir.

Detesto a la gente que miente. Es hipócrita, lo sé, todos hemos mentido alguna vez en la vida, todos manejamos cierta forma de camuflaje frente a la sociedad, la familia, los amigos; uno siempre tiene algo que quiere guardarse para uno mismo y eventualmente termina mintiendo. Pero ser mentiroso compulsivo o creer que con mentiras obtienes cosas de la gente es, para mí, el peor defecto de una persona y una vez que te descubrí mintiéndome, la relación nunca tendrá el cien por ciento de mi confianza. La perdiste para siempre.

Personalmente sé que Lena no es así, que no me ha mentido de esa manera —ni de una más leve que esa—, así que puedo estar segura de que su promesa es real y procurará mantenerla.

—Puede ser que un día la verdad sea dura e incómoda, que no te haga la persona más feliz del mundo al contarla, pero la diré sin escatimar nada y lamento si eso te llega a hacer daño.

Esa declaración se sintió más como un golpe que como un alivio. Me pregunté por qué lo hacía, por qué me prometía ser sincera, incluso a costa mía.

—Te amo —volvió a decir—. Te amo y en este segundo es para siempre, te amo y simplemente es para siempre.

Me juró no mentir, yo decidí creerle.

Me besó en la frente y me cubrió bajo las cobijas con su cuerpo. Nos quedamos dormidas poco después.

Desperté dada la vuelta. Mi espalda apegada a su pecho, su nariz rozando mi hombro y sus labios besándome por encima de la camiseta que llevaba puesta. Tres roces y un beso, nuestra nueva forma de decir te amo.

—¿Me dejas salir al baño? —me susurró y me di cuenta de que tenía su brazo aprisionado por debajo de la almohada. Ni idea de como terminamos en esa posición; no negaré que me encantó despertar así.

La dejé irse y volví a caer en sueños sintiéndome mucho más tranquila que en la madrugada. Dormir hace milagros.

—Pudiste haber escrito un deseo para que yo te prepare el desayuno —le digo viéndola desde el marco de la puerta de la habitación. Ella está en la cocina, sacando el tocino directamente a los platos que están sobre el mesón.

—¡Eh, no, no, no! Regresa a la cama. Este es mi regalo… por el momento —me responde echándome con un gesto de su mano.

—¿Te ayudo a llevar las cosas?

—¡No! —protesta dejando el sartén en el lavabo—. Vete al cuarto, ya te alcanzo.

La observo por unos segundos más, pero termino obedeciendo su petición. Regreso a mi puesto y me acomodó cubriéndome las piernas nada más.

No tarda en llegar con mi bandeja, huevos revueltos, jugo, tostadas y el crujiente tocino, todo huele delicioso. Muero de hambre.

Regresa con el mismo menú para ella y se hace puesto frente de mí.

—Feliz San Valentín —me dice levantando su vaso para chocarlo con el mío, la encuentro en medio y me estiro para darle un beso, así mismo vuelvo a sentarme—. Come, que se va a enfriar.

—¿Qué quieres hacer hoy? —le pregunto iniciando mi desayuno—. Podemos ir a la pizzería a medio día o quedarnos en cama, como prefieras.

—Quiero seguir abriendo mi regalo. Ayer solo cumpliste cinco deseos.

—Tienes razón, saca uno —menciono alcanzándole el jarro.

—Busquemos una pregunta.

—Mm mm, no —niego, no se vale hacer trampa—. Es a la suerte.

—Okey, okey. —Cierra los ojos y juega con sus dedos sacando uno naranja—. Hmm… —Se ríe, es casi una pregunta.

—Siempre te sales con la tuya, léela.

—Dice: Cuéntame algo personal que nadie más sepa de ti.

—Una casi pregunta, ¿eh?

—Casi.

—A ver. —Pienso duramente en algo—. ¿Personal, personal?

—Íntimo y personal.

Está modificando el deseo, pero lo dejo pasar. Claro que igual no se me ocurre nada que quiera que sepa de mí, tampoco es que tenga muchos secretos que ella no sepa.

Puedo contarle que me siento angustiada por lo de Aleksey, aunque no es algo realmente mío. Qué tal algo que me haya pasado con él, eso sería más justo, aun así no es algo que solo yo sé.

—¿No se te ocurre nada?

—No, nada que solo sepa yo.

Bueno sí, podría contarle de mis voces.

—No quieras engañarme, eres Yulia Volkova. Estoy segura que más de una vez haz hecho cosas que no debías y nadie te descubrió.

No puedo pensar en nada fuera de lo común o que me involucre solo a mí.

—Yo sí, ¿cuando fue la primera vez que te masturbaste?

—¡Lena!

—¡Solo te estoy ayudando! Ni siquiera es algo malo —me aclara con una sonrisa pícara. Si quería saber eso pudo escribirlo directamente en la pregunta—. Vamos, Yulia, ¿qué tiene? Todos lo hacemos y es algo íntimo y personal.

—Eres insoportable a veces —le respondo haciendo memoria—, y creo que no puedo contestarte, no lo recuerdo.

—Mientes.

—No tengo por qué hacerlo, no tengo memoria de cuando exactamente. ¿Tú sí?

—Como si fuera ayer —me confirma—. Fue una noche, después de algo que pasó en la escuela.

—¿Qué edad tenías?

—Diez o algo así.

—¡Diez años!

—¿Qué tiene?

—¡¿Descubriste el sexo a los diez años?! —le pregunto con la boca abierta hasta la planta baja del edificio, ella se ríe de verme, pero es que ¿diez años?

—No, no fue tan así —se burla—. Tuvimos educación física esa mañana. Estábamos practicando el caballete y colgarnos de las barras horizontales. Sucede que en una de las corridas no logré pasar al otro
lado y, para no caerme, terminé apoyándome justo ahí y pues…

—¿Regresaste a casa a seguir montando el caballo?

—Algo así —ríe por mi reacción. Divertida historia, yo no tengo idea de cómo empecé.

—No lo relacioné con el sexo al momento, solo era algo que me daba mucho placer.

—El placer es algo sexual, Lena.

—No es verdad.

—Sí que lo es. Eras una pervertida a los diez años.

—¿No te da placer comer chocolate o ver películas de miedo?

Asiento para no hablar con la boca llena y ella hace un gesto de Eureka.

—¿Ves? A ti te encanta el suspenso y el miedo, obtienes placer viéndolo.

—Es distinto.

—Claro que lo es, pero te da placer, solo que no sexual.

Sí, puede que tenga razón.

—A los trece ya tenía una idea más clara de lo que se trataba y sentí mucha culpa por hacerlo, hasta que mamá me explicó que es normal y saludable, únicamente me pidió que lo haga con cuidado.

—Tu mamá tiene una mente muy abierta.

—¿La tuya nunca habló contigo sobre la masturbación?

—No —le contesto, eso es lo normal, no hablar con tus padres sobre estos temas—. Rara vez hablamos con franqueza sobre sexo.

—Ahora entiendo muchas cosas.

—Ja, ja —digo con sarcasmo—. Mejor saca otro palito.

—Está bien, pero me debes un secreto —me advierte con una mirada segura que pierde el segundo que lee el siguiente deseo.

—Este no te va a gustar.

—Si me lo leyeras podría decidir.

—Dice: Hagamos un muñeco de nieve.

—¿Para que te mueras? —Rechazo rotundamente esa idea.

—Dale, hagamos uno. Contigo a mi lado no va a pasarme nada, además que ya no estoy borracha para quedarme atorada en la nieve.

—No.

—¿Has hecho tú uno?

—No.

—Hagamos uno —me suplica marcando un puchero con sus labios.

—¡Aj, está bien!, pero más tarde, cuando suba la temperatura. No voy a arriesgarme a que te enfermes de verdad.

—Hecho, a eso de las doce salimos al parque y luego podemos ir por la pizza.

—De acuerdo, pero no más de media hora en la nieve, Lena. Te lo advierto.

Acepta asintiendo y saca otro más. Ya perdí la cuenta de cuántos vamos.

—Armemos tu cama antigua, la grande.

Hmm, planes para que realmente vivamos en pareja. Me gusta.

—¿Y qué hacemos con estas?

—Las guardamos donde está la otra… A menos que no quieras…

—¡No! —Me apuro a cortarla antes que se pase una película que no existe—. Quiero, solo que para eso tenemos que levantarnos ya, limpiar la casa y vestirnos.

—Primero terminemos el desayuno, hasta mientras tenemos tiempo para un deseo más.

Cuento los palos que están sobre el velador y tenemos cinco cumplidos, uno pendiente y dos que dejamos para más tarde. Quedan dieciséis en total, demasiados para nuestro primer Valentín.

—Este dice: ¿Qué quieres saber de mí?

Su petición me toma por sorpresa. Ni siquiera porque existen muchísimas cosas que quisiera que me conteste siento que sea justo interrogarla.

—Lo que sea, tan solo pregúntame —me insiste. Tengo su promesa en mente, no me mentiría por más dolorosa que sea la respuesta, y entonces pienso si en realidad quiero otra charla profunda sobre cosas que seguramente no resolveremos, si quiero exponerme a otro momento desagradable que me haga cuestionarme si es real lo que tenemos o si no puedo soportar sus decisiones.

—Pueden ser varias preguntas —menciona con la intención de convencerme.

—Creo que deberías sacar otra paleta.

—Necesito que cumplas con esta.

—¿Para qué, para terminar como en la madrugada?

Solo puedo mirarla tratando de descubrir sus intenciones. ¿Por qué insiste en que esto se vuelva un confesionario? Se supone que debía ser un juego divertido.

—Tengo un peso en el pecho desde que tuvimos esa pelea en Sochi —me dice queriendo explicarse—. Nunca te dije la verdad.

—Siento que sé cual es. No necesito preguntar.

—Pero no lo sabes con certeza, podría salir a flote de nuevo y no quisiera que pienses en cosas que no pasaron.

—Querías lastimarme —le digo mis sospechas—. Lo dijiste porque sabías muy bien que tus relaciones con Leo y Marina me hacen sentir vulnerable.

—Sí. Porque me sentí traicionada y quería que te sintieras igual o peor. Lo inventé, nunca sucedió.

—¿Viste? Lo sabía —digo sin querer sonar prepotente, mi pesar no me lo permite de todos modos.

—Hay otras cosas que dije aquella vez de las que quisiera hablar.

Se refiere a la insinuación de que el sexo conmigo era horrible.

—No necesito que me lo aclares —le digo con pena, porque sé que en eso no mentía—. Acababa de descubrir mi verdadera sexualidad, de entender que me había mentido por años. Sé que no tengo la
experiencia que tú o que ellos, sé que no soy una experta en la cama…

—¿Por qué piensas eso?

—Porque es la verdad, yo conozco mis limitaciones, no quiere decir que vaya a ser mala amante toda la vida… espero…

—Basta, no era eso lo que quería que supieras —me interrumpe molesta—. El sexo es bueno contigo, muy bueno.

—No nos engañemos…

—Crees que quiero a una actriz porno en mi cama. Me gustas tú, me gusta tu sensibilidad, lo delicada que eres conmigo, tus risas mientras te beso el abdomen, me gusta descubrirnos. Me encantas ¿entiendes?

—Pero con Marina fue el mejor sexo de tu vida —afirmo con conocimiento de causa y por primera vez rompo la promesa que me hice a mí misma el día que quemé su cuaderno: nunca enfrentarla con partes
de sus escritos, cosas que no debí leer en primer lugar.

—Fue una experiencia que me marcó de muchas formas, sí, no lo niego —admite con dolor en sus palabras—, pero prefiero el sexo contigo que con ella, porque no amo a Marina.

—Lo siento, no debí decir…

—No… importa —termina decepcionada y es lógico, este tipo de preguntas, por más bien intencionadas, son demasiado íntimas—. Lo que quería decir es que… ese día te grité que no me conoces, que no tienes idea de quién soy.

—Lo recuerdo.

—Eso también es una mentira —confiesa con la voz entristecida—. Leí tu carta tantas veces. Quizá… tú me conoces mejor que nadie y… pones una esperanza tan grande en mí, en quien crees que soy…

—En quien eres, Lena…

—En quien quiero ser —nos corrige—, por eso te… agradezco, supongo. Me gusta pensar que… para ti soy más que las letras que leíste, que ves quien soy afuera de ellas. —Termina dejando ver la amargura en esta última declaración, porque acabo de demostrarle que tengo al diario grabado en la mente y que soy capaz de citárselo a mi conveniencia.

Ya sabía que seguir con esta línea de preguntas no nos iba a caer muy bien.

—Vamos a prepararnos o no alcanzaremos a terminar de armar la cama hasta medio día —me dice y retira mi bandeja llevándose todo a la cocina.

Espero no habernos arruinado el día otra vez.
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RAINBOW.XANDER

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Sáb Ene 13, 2018 10:18 am

Capítulo 53: Tú tan bipolar y yo tan caótica!!!




Estar atrapada por sus muslos es lo que mas me gusta. Sus piernas se cruzan en mi espalda para apegarme lo que más pueda a su centro y encontrarnos allí —así sea por sobre nuestra ropa—, eso lo que mas me gusta.

Su lengua es traviesa, larga, fina y dulce. Lena sabe siempre dulce, incluso cuando se despierta, siempre. Eso es lo que mas me gusta, su sabor, su olor, el aroma de su sudor, porque es suave y estimulante.

Sus manos me acarician por todo el cuerpo; las cuela por el medio de nuestra piel bajando por nuestros pechos que, justo ahora, se encuentran pegados el uno al otro, pero ella se hace campo y aprieta mis senos, obligándome a cortar el beso con el que estaba embriagándome.

Le sonrío agitada y recorro mi lengua por su labio superior antes de arremeter mis labios nuevamente, otro apretón me hace gemir en su boca. No me separaré otra vez, me gusta jugar en ella, me gusta excitarla, buscarla, descubrirnos en la confianza que sentimos, eso es lo que más me gusta.

Sus dedos comienzan a jugar descendiendo por mis lados hasta mi cintura. La siento clavar sus uñas cortas —un poco de dolor no está mal—, me gusta, más cuando arrastra sus dedos marcándome la espalda en camino a mi cuello y, una vez que está ahí, me atrae hacia ella con ambas manos. Eso es lo que más me gusta.

—¿Ya te decidiste? —me pregunta sin dejar de acariciarme la nuca.

—Eso es lo que más me gusta.

—¿Esto? —lo dice con el propósito de concentrarme en el masaje que me da.

Las yemas de sus pulgares hacen semicírculos recorriéndome por detrás de mis orejas y vuelven al inicio de mi columna de la misma manera, haciéndome suspirar un:

—Sí, eso… No… —me contradigo—, todo me gusta, todo.

—Tenías que escoger una sola cosa —sonríe al escucharme.

—Okey… tú. Lo que más me gusta de todo lo que haces, es como me siento contigo, así que tú —exhalo antes de robarme otro beso.

Un segundo después suena la alarma interrumpiéndonos, es hora de separarse y cumplir otro deseo.

—Voy a refrescarme, ya regreso —menciona alejando su calor de mí, su espalda desnuda me hace querer ir tras ella, pero le doy su privacidad. Esa bombacha de algodón a rayas me hace sonreír, es tan linda y juvenil. No se preocupa en lucir sexy, lo es simplemente con su actitud.

Se me hace raro ver la habitación desde esta posición, con el colchón al ras del suelo. Hoy en la mañana desarmamos nuestras camas, comenzamos a llevar todo a la bodega, sacamos la vieja y, cuando trajimos todas las partes, nos dimos cuenta de que no teníamos los tornillos para armarla. Regresamos a buscarlos en todas las cajas y aparadores, pero fue inútil, no pudimos encontrarlos. Armar la cama sería misión imposible por lo que decidimos traer el colchón y dejarlo tirado sobre el piso. No se merecía más de todas formas, es tan grande que no entró en el elevador y tuvimos que subir con él veinte pisos por las escaleras, ¡veinte!

Llegamos agotadas le quitamos la protección de plástico —con la que lo habían empacado para mantenerlo limpio— y lo dejamos allí, tenderíamos la cama al regresar del almuerzo. Prácticamente perdimos toda la mañana en cumplir ese deseo.

Nos vestimos de invierno con las chaquetas apropiadas y botas de caucho. Salimos al parque a eso de las dos de la tarde, un par de horas atrás había dejado de nevar, pero el paisaje eran tan blanco que no tendríamos problema en encontrar la nieve suficiente para hacer el muñeco.

Nos paramos en medio de un campo amplio, a lado de un árbol, y comenzamos a juntar bolas pequeñas para formar el cuerpo de Frosty.

Media hora más tarde no llevábamos ni medio torso hecho y por más que salimos con guantes de nieve, mis dedos estaban congelados. Fue cuando se acercaron dos niños insoportables que se nos rieron y llamaron a su papá. El hombre era joven, quizá de unos veintiocho años, nos preguntó de dónde éramos y si necesitábamos ayuda. Yo estuve por responderle que veníamos de la esquina del «qué le importa» y la que cruza y aclararle que no necesitábamos ayuda de nadie, pero Lena se me adelantó y le dijo que hasta hace poco tiempo vivíamos en Sochi y que con gusto aceptábamos su ayuda.
Joel y Nick, los dos pigmeos, le saltaron como locos y la llevaron hasta el montículo, separándolo con sus manos de la base que yo me maté haciendo.

Comenzaron a rodar el pedazo de nieve mientras yo veía como iba creciendo. Unos minutos después la que tuvo que ayudarlos fue Lena y ella terminó colocándolo de nuevo en el lugar que yo marqué. Los pequeños siguieron con la cabeza y así mismo Lena los ayudó a subirla sobre la otra bola, para esto yo ya estaba ayudándolos y terminamos decorando a Frosty con una bufanda que yo llevé, unas rocas que pusimos de ojos, unas ramas que los niños trajeron para sus brazos y un tallo corto para la nariz.

La alegría de Lena fue algo inolvidable. Me obligó a tomarme con ella decenas de fotos abrazando a la nieve y claro, también con los niños insoportables que terminaron dándome besos y abrazos, puaj.
Fuimos solas a la pizzería después de eso, comimos una pizza napolitana gigante y ensalada, una delicia de lugar, si hay algo que es bueno en Moscú, es la comida italiana.

Lena por supuesto no perdió tiempo alguno y llevó el jarro para continuar con el juego.

—Escríbeme un poema. —Leía uno de los palos que sacó.

—Un poema, ¿yo? ¿Lo dices en serio?

—Eres muy buena escritora.

—No de poemas. Son un género muy distinto a lo que yo suelo escribir para la escuela.

—No tiene que ser perfecto, ni siquiera te pediré que sea en verso, puedes escribir una prosa simple.

Obvio, me lo dejaba tan sencillo que se volvía complicado.

Cogí varias servilletas y le pedí prestado un bolígrafo a la mesera. Admito que mi imaginación estaba tan blanca como la nieve y me costó todo el almuerzo salir con este texto diminuto:

Busqué el amor en tus ojos,
lo encontré impregnado en tus labios.

Absurdo escrito, de verdad, aunque a Lena le pareció hermoso, sencillo y con algunos significados ocultos que lo hacían más encantador. Ella siempre queriendo sacarle quince patas al gato que nada más tiene cuatro.

Llegamos a casa a un cuarto para las seis de la tarde cumpliendo uno más de sus deseos en el camino. Allá por diciembre, le comenté acerca de un bar/cafetería que sirve especialidades internacionales, una de ellas era el chocolate caliente con queso derretido, así que la llevé. Debo decir que estaba delicioso, yo tampoco lo había probado, y además pudimos disfrutar de un pequeño concierto acústico que realizaban unos músicos conocidos del barrio. La pasamos bien.

Acostadas sobre la cama recién hecha, Lena sacó otra paleta del jarro, la de color violeta con la que iniciamos esta línea de deseos.

—Báilame sexymente —leyó ella con una satisfacción única. ¿Cuánto tiempo estuvo esperando a que apareciera ese deseo? ¿Quién sabe?

Me levanté de la cama y fui a buscar una silla del comedor. Quité la mesa de la sala hacia un lado, dejando el campo vacío y me despojé de las prendas que más me estorbaban —mis botas, las medias, mi suéter de lana— y desabotoné el buzo que llevaba por debajo hasta mi escote y volví para llevarla a sentarse en el trono. Coloqué una canción en repetición y conecté el teléfono a los parlantes, bajé las luces hasta una luz más romántica e inicié.

Lena estaba nerviosa —qué linda es nerviosa—, no sabía cómo sentarse, si juntar las piernas, o cruzarlas, o ponerse más cómoda ella misma. Apretó con fuerza sus labios por dentro de su boca y tragó con una tierna inocencia.

Le sonreí moviendo mis caderas de un lado a otro con suavidad al ritmo de la música. Mis manos navegaron por mi abdomen hasta los botones que quedaban por desabrochar. Una de ellas continuó por mi pecho hasta mi cuello y con un movimiento —que la obligó a abrir la boca con deseo—, me tomé el cabello y lo volví a soltar dejando que caiga y rebote con libertad. Ella salivó y volvió a tragar.

Regresé mi mano a mi pecho, jalando el buzo de ambos extremos de cuello para dejar ver más de mi escote. Escuché de ella un suspiro que me estremeció. Giré para verla y sus manos sujetaban con fuerza los lados del asiento, apretándolos más cuando yo hacía algo que le gustaba.

Abrí tres botones más y me acerqué desabrochando mi cinturón, el que después jalé con una mano y lo saqué tan solo para pasarlo tras la silla y acercarme más a ella sin tocarla, moviendo mis hombros con mi pecho casi desnudo frente a sus ojos.

Su respiración agitada rebotaba en mi piel, estaba ansiosa, excitada con tan poco, fue lindo de ver.

Unos segundos después sentí el botón de mi pantalón zafarse y el cierre bajar, me alejé —aún bailando—, negándole el gusto. Di media vuelta y me quité el jean de a poco hasta que cayó en mi tobillos y lo lancé lejos.

Volví a caminar hacia ella lentamente, desabrochando el resto de mi buzo, descubriendo uno de mis hombros, luego el otro y giré en mis talones para terminar de quitármela de espaldas a ella.

De repente sentí que me apretaba por la cadera, no pudo resistirse más y me jaló de un tirón hacia ella, sentándome obligada sobre sus piernas, aprovechando para besar mi piel mientras sus manos subían por mi estómago desnudo buscando mis senos.

—Era baile, Len —le susurré sintiendo su sobreexcitación tornarse en frustración.

—Quiero sacar otra paleta —me dijo con un tono doloroso, le había cortado las ganas de mala manera.

—No se valen trampas.

—Pero…

—Pero nada, saca otra, pero no puedes buscar la que te convenga.

Se quejó al sentirme levantarme y buscar algo para cubrirme.

—No se vale que seas tan sexy.

—Mira quién habla —le regresé el halago.

—Nadie es tan sexy como tú —me dijo apurándose a la habitación—. ¡Ja! Ni te vistas demasiado rápido, esta paleta dice: Quítate el sostén con la mano izquierda.

—¡Hiciste trampa!

—No la hice, ahora quítatelo y tienes que dejarlas libres por el resto del día.

—¡¿Qué?, no inventes! —me quejé de la perfecta coincidencia. Hizo trampa a mí no me engaña.

—¡Aquí lo dice!

Así era, pero estoy segurísima de que lo escribió mientras yo pretendía vestirme. En fin, lo hice, me lo quité sin esfuerzo alguno, aunque tener esa mirada suya sobre mis senos fue completamente invasor.

—¿Puedo al menos ponerme el buzo encima?, voy a resfriarme. —le pedí con clemencia, afuera estaba a cinco grados centígrados, aquí adentro a unos diecisiete, tampoco es como para andar desnudos.

—Puedes, pero no te la cierres.

Accedí, era su deseo así que la complací.

—Elige una parte de mi cuerpo y múerdela. —Fue el siguiente deseo y uno que yo he tenido desde que llegó de Sochi.

La llevé a la cama, le dije que se recostara de estómago y procedí a sentarme a horcajadas de su cuerpo.

—Vas a morderme la espalda —aseguró sin saber mis verdaderas intenciones.

Pasé mis manos por debajo de su cadera y desabotoné su pantalón para poder jalarlo y descubrir sus nalgas.

—¡Yulia!

—¡Nalga derecha, yo te elijo!

—¡Yulia!

Resbalé mi cuerpo hacia abajo y le di un corto beso antes de atrapar un buen pedazo de piel con mis dientes y apretarlos con fuerza.

—¡Auuu! —gritó escondiendo la cabeza en la almohada.

No pude contenerme, de verdad, no pude. Cuando me separé vi la marca de mis dientes y le pedí perdón llenándola de besos en esa área. Me pasé, pero que deseo tan bueno, lo siento, Len.

—Gime por dos minutos tratando de excitarme. —Leía la siguiente paleta.

Su posición todavía se mantenía boca abajo, quiso darse la vuelta, pero yo iba a cumplir su deseo de una forma muy particular.

No la dejé girar, volví a colocarme sobre ella, alineando nuestros cuerpos hasta que mi boca quedó a la par de sus oídos. Mis manos recorrieron sus brazos hasta que llegué a sus dedos y nos entrelazamos.

Comencé a mover mis caderas de forma circular sobre su cola, la fricción que me provocó fue detonante suficiente para que mis gemidos salieran con la potencia necesaria. No iba a fingir este deseo, si ella quería que gimiera lo haría de verdad.

Pasó más del tiempo reglamentado muchísimo más, yo ya estaba acalorada, mi respiración era insoportable y había arruinado mi ropa interior hace rato.

—Lena… mejor pides otro deseo o…

—Sí, dale, dame el jarro —Lena coincidió conmigo, pero la suerte quería que siguiéramos por el mismo camino.

—Besémonos durante toda la hora.

Me pregunté por qué no salieron estas paletas en la madrugada, la habríamos pasado tan bien en lugar de malhumorarnos.

Al final de la hora mis labios estaban más que entumecidos, mi lengua ya no respondía para hablar, había marcado muchos chupetones en su cuello, en sus brazos, mordido unas cuantas veces sus labios, ella los míos. Fue una hora espectacular.

Vimos el reloj, daban nueve de la noche y todavía teníamos pendientes más de siete deseos, así no los cumplíamos nunca, por lo que decidimos poner la alarma para realizar la mayoría de ellos antes de la media noche.

—¿Qué es lo que más te gusta que te haga? —leyó colocándose de lado frente a mí. Lo pensé, pero cómo poder elegir, son tantas las cosas que adoro que me haga.

—Necesito ejemplos para decidirme —le dije e iniciamos nuevamente una buena ronda de besos y toques muy pasados de tono.

Y no, no puedo elegir, es toda ella, ni un centímetro menos.

Hmm… La habitación se ve más amplia desde esta perspectiva, a pesar de que tender la cama me causó un leve dolor de espalda. También hace un poco más de frío aquí abajo, pero para eso nos tenemos la una a la otra; el calor de nuestros cuerpos será más necesario a esta altura del piso. La perfecta excusa para dormir hechas un nudo.

—Te propongo algo —me dice regresando del baño, saltando sobre el colchón sin caer en cuenta de que sus senos, también rebotan con la gravedad.

—Dime —le respondo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Son las diez de la noche con veinte minutos.

—Aja…

—¿Qué tal si me dejas sacar un deseo a mi gusto y te perdono los demás? —Me pone una cara tan sugestiva que creo adivinar qué deseo quiere que le cumpla.

—Nos faltan siete.

—Seis sin contar el que quiero.

—Mhmm —confirmo—, ¿estás segura?

—Segurísima.

Si es lo que me imagino tampoco me van a importar los otros seis. A estas alturas, yo también me muero por ese deseo.

—Acepto.

Se estira hasta el velador y toma del frasco el último palo de helado de color rojo, ni siquiera lo lee para saber qué dice.

—Tengamos sexo hasta el amanecer.

Le sonrío porque entiendo que hizo trampa. Marcó esa paleta, sabía exactamente qué decía, lo que quiere decir que la dejó hasta el final con todo el propósito de que sea el último deseo y no nos robe tiempo de los demás.

—¿Hiciste trampa en los demás también?

—No —me confirma gateando por el colchón hasta quedar sobre mí—. Solo en este, pero pedí permiso, así que no puedes quejarte.

—No me quejo —le susurro acariciando los lados de su cuello mientras la acerco a mí—. Ven aquí.

Cómo quejarme si la necesito tanto, si quiero terminar el día así, augurando lo mejor para nuestra relación.

No me quejo, para nada.


*

—Olvídate de él —me dice tranquila pasando la hoja de su libro mientras mueve su pie suavemente como un tic.

—No, es imposible.

—Claro que lo es, deja de verlo y mírame a mí.

—Lena, eres adorable, pero no. ¡Está pegado, ahí! ¿No lo ves? —Le señalé con mi índice por quinta vez—. Si dejo de verlo le perderé el rastro y, en la noche, va a sonarme en el oído o sonarnos, mejor dicho.

—Que no pasará nada. Está ahí, viviendo. Tú quítale la vista y vive también.

¡No me entiende!

Los mosquitos tienen un radar conmigo. Apenas me descuido o me duermo, vienen a rondarme sin dejarme descansar.

—Necesito matarlo.

—¡No! —me interrumpe una vez que me ve levantarme para aniquilarlo con la parte trasera de mi zapato—. ¡Es un ser vivo, no lo puedes matar!

—¡Es un mosquito!

—¡Y tú cruel! ¿Matarías a un perro si te ladrara en la calle o a un gato si maullara en tu ventana? —me pregunta, pero inmediatamente se arrepiente de hacerlo—. Mejor no me contestes, no quiero saber.

—Va a morir en dos semanas de todas formas.

—¡Es su vida!

—¡Aj, eres insoportable, como el maldito mosquito será en la noche! —me acerco con cuidado de no asustar a ese diminuto insecto porque son rápidos, más que los corredores de fórmula uno.

—Si lo matas… —dice Lena y se calla de repente.

—¿Si lo mato qué? —me detengo, regresando a verla. Ella piensa mirando hacia arriba y virando los labios, sin encontrar una respuesta que le convenga. Es mi casa después de todo, no va a mandarme a dormir en la bañera o quitarnos el sexo, ella también perdería—. ¿Sí? Tierra a Lena, ¿si lo mato qué?

—Mmm… te dejaré de hablar.

¡Oh, tan dulce! No necesito que hable para hacerle cosas. Además, lo hará, quiera o no, con sus típicos susurros:

«Mmm… sí, Yulia. Ah… Ou… qué bien. Mmm… hmm».

—¿De qué te ríes? —me pregunta regresándome a la cuestión, ¿qué me hará si mato al estúpido mosquito?

No me da tiempo de responderle, el timbre suena y ese maldito y fastidioso zumbido del mosquito me deja saber que salió huyendo a toda ala.

Lo perdí.

Voy yo misma hasta la puerta para no tener que ver la cara de gusto de Lena por perder mi oportunidad de primera sangre.

—Buenos días, señorita Yulia.

—Boris, ¿qué lo trae por aquí?

—Llegó otro sobre para la señorita Lena —me informa antes de entregármelo—, y un paquete, también sin nombre.

Debió escuchar su nombre porque sale de la habitación a reclamar sus cosas, llevándoselas nuevamente hasta la cama. Bueno, al menos tengo la seguridad de que no me las va a ocultar con nuestro nuevo estatus.

Entro al cuarto y me apoyo del marco de la puerta. Ahí está, tranquila, sentada y cruzada de piernas frente al paquete con la mirada más dudosa que he visto de ella en meses.

—Si quieres saber qué te trajeron, tienes que abrirlo —le digo denotando lo obvio.

—Sé que contiene… lo que no sé es si quiero tenerlo —puedo verla suspirar con tristeza, sigue mirando a la caja sin decidirse.

El ceño se me frunce en la frente. Es extraño ver a Lena tan pensativa y distante de lo que le rodea, más que nada si hace pocos minutos estábamos conversando amenamente sobre mi identidad de asesina serial de mosquitos.

¿Cómo se lo pregunto? ¿Cómo saco a flote el tema de las cartas, de qué se trata?

Una cosa es que estemos juntas, que seamos novias, que no nos mintamos, pero esto… esto debe tratarse de la vida que se supone que no tiene, de Alenka, no tengo derecho de exigirle nada.

Ella sabe que yo lo sé, sabe que no necesita explicarme todo desde un inicio, aún así…

—No lo quiero —dice, más para convencerse a ella misma que a mí. Se levanta de la cama y lo coloca en una esquina de la habitación. Da media vuelta y se acuesta de estómago sobre la cama, toma en sus manos el libro que leía y sigue como si nada.

¿Eso es todo? ¿No la quiere y ya?

—Len…

—No ahora. No quiero… Un día, no hoy, ¿sí?

Exhalo y me siento a su lado con los ojos clavados en la caja que puedo ver desde aquí. Me carcome la curiosidad.

—El mosquito se fue.

—¡Yeih!

—Idiota —le digo sonriendo—, eres responsable de que no me pique por la noche y de que me deje dormir.

—No va a picarte —me dice dejando el libro a un lado. Gira para mirarme y se sienta frente a mí—, él sabe que eres mía y solo yo te puedo picar, donde sea, si es en el trasero, más aún.

Uno piensa —al menos yo lo hacía—, que nunca dejaría que alguien me dijera que le pertenecía en una relación. Qué estupidez tan grande, no eres dueño ni le perteneces a nadie, pero escucharla decir que soy suya no me molesta para nada. ¿Debería?

A veces extraño las voces que se ponían a pelear en mi cabeza contradiciéndose con todos los pensamientos posibles.

Mis ojos pasan momentáneamente de su rostro a la caja, ella lo nota y regresa a verla también.

—Es complicado —se justifica—, es algo que sé que va a ser una montaña rusa de emociones y hoy quisiera solo preocuparme por si te pica un mosquito.

—Entiendo, de verdad, no voy a molestarte con preguntas.

—No me molestas y creo que te imaginas de qué trata.

—Creo que sí –le confirmo—, por eso mismo esperaré a que tú quieras hablar.

—Lo haré, tengo un montón de cosas por contarte, pero quiero hacerlo un día que me sienta lo suficientemente fuerte para no ponerme a llorar en medio de la historia —me dice queriendo sonreír, no lo logra.

Se nota que esto le pesa mucho y no se me ocurre que tan grave o intenso puede ser. Pensé que hasta el fin del diario este tema se había terminado, pero no, al parecer no. Su papá la busca, ella recibe cartas extrañas, está triste, melancólica, insegura.

—No hay apuro, yo estoy aquí. Siempre que lo necesites lo estaré. Hoy, mañana, pasado, en un año, estoy aquí para ti. Y si no te sientes lo suficientemente fuerte, yo te daré todas las fuerzas que tenga —le aseguro—. Vienen en formas de besos, abrazos y hombros para llorar, ¿okey?

Lena asiente lanzándose a mi cuello.

Lo necesita ahora, bien. Estoy aquí, la tengo en mis brazos y va a estar bien.

Y ahí está el maldito mosquito, en el borde de la pared y el techo.

Lo voy a matar, pero primero abrazo a Lena.


*

Voy a culpar a la situación de la pesadez que siento, de esa angustia constante, del miedo, de la incertidumbre de lo que vendrá, porque no es culpa de nadie. Tengo atorado adentro un mal presentimiento que va acompañado de un «ya lo sabía», y si es así, ¿qué más de lo que imaginé va a cumplirse como un presagio?

La realidad se transformó en esto que no entiendo. Tal vez lo supe cuando Nastya me dijo que su hermano Leonid había tenido un segundo accidente, tal vez fue hace unos días, después de que llamara a contarnos que había despertado del coma con un una oleada de energía y parecía ser el mismo de antes, de cuando éramos niños.

Creo que lo supe entonces, Leonid había regresado solo para decir adiós. Sería rápido, sería devastador, sería inesperado, porque todos esperaban que mejore, desde su familia hasta los doctores. El daño físico no parecía ser tan grave, le costaría insertarse nuevamente a la vida, pero tendría una. Resulta que no fue así, falleció ayer, cinco minutos después sonaba mi celular.

Me siento mal por mi amiga, me siento peor al pensar que si el que hubiese muerto era mi hermano Misha, yo estaría destrozada, sin poder funcionar, sin querer hacerlo, mandaría todo al diablo y no me volvería a levantar de la cama.

Eso me recuerda, he descuidado mucho llamarlo por las noches. ¿Por qué lo hago ahora, cuando alguien más se va para no volver? Misha y yo prometimos hablar seguido. Yo sé que él me extraña —estoy al otro lado del país—, pero no sé por qué yo no lo he extrañado tanto, o lo hago, pero lo he dejado a un lado, lo he ignorado por concentrarme en mis penas, en cosas irrelevantes. Y ahora, ese sentimiento de que cualquier cosa puede pasar y podría perderlo me obliga a apretar mis dientes con fuerza, buscando calmar esa ansiedad que me tiene toda así, indispuesta, triste y apática.

—¿Café, té, jugo de naranja o agua? –nos pregunta la aeromoza queriendo ser amable.

—Nada —le contesta Lena desestimándola por completo. Está muy ocupada con la nada absoluta al fondo del pasillo.

—¿Y para usted?

—Un café está bien y ¿tal vez tiene una pastilla para el dolor de cabeza?

—Por supuesto —me responde entregándome el vaso y unas bolsas de azúcar—. Vuelvo en un momento.

Yo regreso a ver a mi acompañante y sé que me tiene en la rabadilla del ojo, sabe que mi atención significa que quiero hablar con ella, mas Lena no le da la mínima importancia, me ignora viendo a las otras azafatas que se encuentran en frente entregando el refrigerio de media mañana.

—¿Tienes hambre? —le pregunto porque sé que no desayunó, no ha probado bocado desde anoche y ya son las diez y treinta de la mañana. Aún faltan cinco horas para llegar a Rostov.

Niega, llevándose nuevamente las uñas a los dientes. Ya no sé ni que tanto mastica.

Bajo la mirada a mi bebida rajando las bolsas de azúcar —y una de crema que no vi que me entregó—, el café del vuelo no es necesariamente el mejor, pero pasa el rato y ayuda con el estrés.

A mi otro lado está la ventana. Nunca he sido fanática de viajar en este asiento del avión, pero esta vez me tocó. Lena lo odia, no le gusta volar. Algo que no sabía de ella, no pensé verla tan nerviosa; mucho antes de llegar al aeropuerto ya se había comido la mitad de las uñas que sigue royendo.

—Tranquila —le dije—. Es mucho más alta la probabilidad de morir en un accidente de auto que en uno de avión.

Brillante yo; excelso comentario.

Al momento íbamos en el auto de Ade y las tres mujeres que viajaban conmigo me miraron como si fuese la persona más estúpida del mundo y, pues, ¿qué se le va a hacer? Así soy yo, discreta y precisa.

Tengo que decir las cosas en el momento exacto. Y bueno, fue un comentario, no entiendo tanto drama. Quería hacerla sentir mejor, fallé, pero lo intenté, ¿no? Algo es algo.

Subo la cortina de la escotilla, ver las nubes pasar es idiotizante, es como ver las olas del mar ir y venir, o como escuchar las hojas de un árbol mecerse con el viento. Son cosas que puedes hacer por horas y horas sin cansarte.

Alguien que cree en Dios diría que son regalos que nos dejó para encontrar algo de paz. Lena diría que el ser humano ha observado por miles de años esos paisajes y está grabado en nuestro código genético disfrutar de ellos.

Sea como sea, tengo cinco horas más de ver pasar esas figuras que asimilan el algodón, de vez en cuando perder completamente la visión porque el avión está pasando adentro de ellas. Cinco horas, que alguien me mate, por favor.

—Aquí tiene —me dice la mujer entregándome la pastilla, un ibuprofeno de 200 gr, qué más. Eso no hará nada para el creciente dolor en mi frente.

—Gracias.

—¿Segura que no quiere algo de tomar? —Vuelve a preguntarle a Lena.

—¡Que no! —le contesta ella en un tono para nada habitual.

La aeromoza me sonríe con pena y se va, nota que Lena no está bien y quiere ayudarla, pero la mejor ayuda en este momento es no ayudar.

—¿No quieres ver una película? Hay dos más en la lista —le pregunto viéndola exhalar exasperada. No quiso ver la primera, elegí el documental de Amy Winehouse, me deprimí.

—¡No! —me responde molesta.

No ayudar me incluye, debo quedarme callada bebiendo mi café y escogiendo qué quiero ver, sola.

A ver, hay la tan aclamada por la mala crítica: Ayuda, encongí a mi maestra o Sinsajo parte 2. Nada que elegir, Jennifer Lawrance, ahí te voy.

Es lindo esto de viajar sin compañía por siete horas y media, ma-ra-vi-llo-so.

—Lo siento. —La escucho decir mientras termino de ponerme los audífonos; me los quito.

—No pasa nada, Len.

Quiero preguntarle si está bien, quiero que esté bien, no sé por qué está tan mal. Supongo que la muerte afecta a cada persona de manera diferente. Ella también tiene hermanos. Aparte, esto debe pesarle más por lo que ahora sabe de sus padres biológicos y el asesinato de su madre.

—¿Qué vas a ver? —me pregunta.

—Sinsajo ¿la vemos juntas? —contesto acercándole uno de los audífonos. Si dice que sí tendremos ganada la mitad de lo que queda del viaje. Ella asiente y se lo coloca, terminando con su mano sobre mi muslo.

La entiendo. Su forma de acercarse es simple y necesaria. Yo la cubro con la mía y entrelazo tan solo uno de nuestros dedos, acariciándola apenas con mi pulgar.

No hablamos más, la película empieza y la escucho suspirar relajando su cabeza sobre mi hombro. Espero que pueda disipar lo que sea que está pensando y podamos hablar cuando termine. A mí tampoco me gusta verla así. No quiero ni imaginarme cómo está Nastya y sus padres.

Debe ser horrible perder a alguien a quien amaste tanto, a quien todavía amas y amarás por siempre.

—Te amo, Len.

Siento sus labios presionarse en mi hombro y vuelve a su posición.

—Yo también te amo.


*

¡¿Quién entiende a las mujeres?! ¡¿Quién?!

Juro que yo no, no las entiendo ni un poquito.

¡Dios, que frustrante ser la pareja de una mujer!

Pobres hombres, los compadezco hasta el fin del mundo, y claro, a todas las lesbianas, bisexuales, pansexuales, asexuales y heteroflexibles que tienen que aguantarse una novia hormonal como la mía.

¿Puede alguien explicarme qué lógica coherente existe en encerrarse en uno mismo y no decir una sola palabra y al mismo tiempo enojarse por todo?

Como en el avión, el vuelo iba perfecto mientras veíamos la película —obvio, no hablamos durante esas dos horas—, al terminar se excusó para ir al baño y, al volver, se encontró con la pobre aeromoza que servía el almuerzo.

—¿Desea pollo o el plato vegetariano? —le preguntó con la mayor amabilidad del mundo. Ni yo le habría contestado con la displicencia que Lena tuvo.

—No-tengo-hambre. Si la tuviera yo misma se lo pediría, ¿pero lo hice? No —le respondió y se sentó tomando una revista del bolsillo del asiento de enfrente, tan tranquila como si no hubiese dicho nada, y se puso a pasar las hojas.

¿Quién era esa chica y que había hecho con Lena?

Yo le hice una cara de lo siento a la pobre mujer que solo hacía su trabajo y ella procedió a preguntarme lo mismo.

—Pollo, muchas gracias —le contesté intentando pasar el mal rato con una sonrisa. Ella lo agradeció, me entregó mi plato y se marchó. Lena no probó un bocado.

No hablamos mientras yo comía. La verdad ni quería, pasé de usar su amargura como aderezo a mi ensalada. Me puse a ver una serie estúpida —era una comedia vieja de los años ochenta—, comí en paz y pedí otro café.

Pobre mujer, pobre.

Lena la vio acercarse con el carrito y rodó los ojos quinientas veces consecutivas con un bufido que salía de su boca con el fuego eterno del mismo diablo.

—Voy al baño —me informó de muy mala manera, claro, evitando a la aeromoza.

—Su amiga… ¿está bien? —me preguntó ella preocupada. En serio, ¡pobre mujer!

—¡¿Por qué no iba a estarlo?! —dijo Lena a sus espaldas, con el tono subido a un borde del grito. Había regresado por su bolsa de cosas personales, la sacó de la mochila y volvió a alejarse, casi, casi, pero casi, escupiéndole en la cara.

—Está en sus días, discúlpela por favor —le susurré para que Lucifer encarnado no nos escuchara.

—No se preocupe, tenga su café.

Seguí viendo esa serie que ya me había aburrido, pero cualquier cosa era mejor que pensar en qué le pasaba a mi loca novia. Pasaron quince minutos, veinte; Lena no regresaba. Fue cuando me percaté de que había un bullicio al final del pasillo.

—Por favor, necesitamos que desocupe el tocador —le decía desde afuera un aeromozo, por suerte no fue la mujer.

—Estoy ocupada.

Logré escuchar. Giré mi cabeza y me levanté apenas del asiento para ver qué sucedía.

—Señorita, ha estado ocupada por más de quince minutos.

—Disculpe, no sabía que había un límite de tiempo para mis necesidades personales —le contestó, saliendo con una sonrisa más que fingida.

Antes de que me viera, volteé al frente de mi asiento y me concentré en la pantalla. Ella llegó, se sentó y no mencionó una palabra.

Yo me dije a mí misma: okey, soy una tumba, no diré nada, no quiero más problemas, y mantuve esa actitud por el resto del día.

Una hora y media más tarde, aterrizamos —por fin, mi tensión ya no daba más—, recogimos nuestras cosas y fuimos saliendo uno por uno.

—Esperamos que haya tenido un buen vuelo —le dijo, sí, la misma mujer.

—Pésimo, de hecho —respondió Lena y siguió jalando la maleta por la puerta.

Exhale cansada.

—Lo siento tanto —le pedí disculpas al staff completo, las dos aeromozas y el chico me sonrieron con pena, diciéndome que no me preocupe y salí lo más pronto posible para evitarme más vergüenzas.

Yo, Yulia Volkova, avergonzada por el mal comportamiento de alguien… ¡que no era yo!

Quién sabe por qué asumí que sería Nastya quien nos recogería a la salida, pero no, fue Aleksey.

A él no le diré pobre hombre, porque él me hizo varias peores, como acostarse con su actual novia cuando nosotros éramos novios, pero bueno.

Me vio y se acercó apurado —no a Lena porque ella ha dejado muy claro que lo detesta por lo que me hizo—, me abrazó fuerte, me dijo que me extrañaba, me dio un beso en la mejilla y me quitó la maleta de la mano, guiándonos al auto alquilado en el que había ido a vernos.

Entre ellos no hubo más que un cruce de miradas que pudo haber desatado la tercera guerra mundial.

Dejamos las cosas en el maletero y Lena prosiguió a sentarse en la parte posterior. Yo no iba a dejarlo de chofer, así que tomé el asiento de adelante.

—Tengo un disco que sé que te va a encantar —me dijo encendiendo la radio. Era una mezcla de canciones de rock de los años noventa. En realidad un CD muy conocido, fue uno que yo le regalé en nuestro segundo aniversario.

—No puedo creer que todavía lo tengas.

—¿Cómo no? Es el mejor regalo que me diste.

—La limonada no estuvo tan mal.

—No, para serte sincero, extraño esa limonada en lata. No saben igual si yo las compro —bromeó, reímos, me relajé y comencé a ver el paisaje.

Rostov es lindo, frío, aunque no tanto como Moscú.

Llegamos a la casa de los papás de Nastya. Es un lugar enorme con un patio también enorme junto al lago. Puedo decir que si un día me quedo sin dinero puedo vender la casa que me compraré en Sochi y mudarme a un suburbio menos popular del país para vivir cómodamente con una vista impactante. Las montañas rodean la ciudad y se ven tan imponentes, es hermoso.

Entramos sintiendo el calor de la chimenea que Vova y Ruslán estaban encendiendo. Nastya y sus padres estaban fuera de casa, en una ceremonia privada en el crematorio. Mañana por la mañana será el velatorio público por la mañana y después volveremos aquí, pasaremos un rato con su familia recordándolo, me imagino. No tengo idea de qué se hace en estos casos, nunca he perdido a alguien cercano.

—Subiré sus maletas a la habitación de Nastya —dijo mi ex.

—¿Me crees inútil o solo estúpida? —le contestó ella, clavándole los rayos que le salían por los ojos como un láser mortal.

—Son tres pisos Lena, ¿qué tiene de malo que quiera ayudar?

—No quieras ayudar demasiado, Alyósha.

—Subiré la de Yuls entonces —le contestó él, soltando la agarradera de su maleta y agarró con ambas manos la mía.

Estaba molesto por el tono que Lena traía. En eso momento comenzó a irritarme su actitud de mierda, una más y explotaría en su cara.

—Iré a respirar algo de aire fresco —balbuceó y salió por las puertas de vidrio hacia el jardín. Nadie la siguió. Yo no quería problemas y pensé que sería mejor que se relaje sola.

Vladimir, Aleksey, Ruslán y yo nos quedamos sentados frente a la chimenea. La casa es preciosa, casi toda de madera, ventanales de piso a techo, una decoración exquisita y plantas por todos lados.

Acogedor es decir poco, no por nada Nastya quería tanto volver con su familia; se siente ese abrigo hasta cuando no están.

A eso de las siete de la noche la familia de Nastya entraron por la puerta. Saludamos con un abrazo largo y necesario.

—Te quiero, Nastya —le dije, quizá lo único que no dolía decirle.

—¿Dónde está Lena?

—Botando fuego por la nariz en tu jardín —le comentó Ruslán, describiéndola a la perfección.

—Voy a verla —dijo Nastya, abriendo la puerta. Me apuré a detenerla, no quería que la demente de mi novia le vaya a decir alguna grosería.

—Mejor déjala, de verdad está de muy mal humor.

—Está haciendo frío y pronto comeremos, además quiero hablarle, ¿puedo? —me preguntó mi dulce amiga. Solté el picaporte y la dejé salir. ¿Quién soy yo para decirle que no?

Unos segundos después las vi abrazarse y sentarse a conversar. Las dejé. Al menos me tranquilizó ver que Lena no tenía esa actitud ridícula de todo el día, no con Nastya.

—Gracias por venir, amor —mencionó la mamá de Nastya mientras la ayudaba a calentar la cena, los chicos ponían la mesa.

—Siento tanto lo de Leonid.

—Lo sé, corazón. Él también era tu amigo y te quería mucho.

—Yo a él. Le voy a extrañar… demasiado.

La señora, se apenó tanto al escucharme, me acogió en sus brazos y se permitió llorar unos segundos en mi hombro, no negaré que yo también lo hice. Debe ser tan duro perder un hijo.

—Llama a las chicas —me pidió limpiándose las mejillas—, la comida está lista.

Asentí y caminé despacio hasta donde se encontraban sentadas sobre el pasto, el viento corría llevándose todo mi cabello hacia un lado.

—Tú madre pide que entren —les dije acercándome—. Es hora de cenar.

—Key, key. —Nastya se puso de pie, me acarició el brazo pasando a mi lado y se adelantó dejándonos solas, Lena no hizo el más mínimo esfuerzo por moverse.

—Vamos, Lena, nos están esperando.

—No-tengo-hambre —contestó con el mismo tonito displicente y ya, me harté.

—¡Me vale un pepinillo si tienes o no hambre! —le grité en susurros. Quién creería que eso era posible, pero lo hice, tanto que me duele la garganta—. ¡Vas a levantar tu trasero, vas a poner tu mejor actuación y serás malditamente amable con todos! ¡No sé que diablos te picó, pero no voy a aguantarme un segundo más de está mierda! ¡La familia de nuestra amiga acaban de perder a su hijo, déjate de berrinches!

Me convertí en la típica mamá que sermonea a sus hijos en casas ajenas, solo me faltó zarandearla del brazo.

—¡Ahora, Lena!

Se paró con una mueca de odio, odio hacia mí; la cosa era conmigo, ¡¿pero qué diablos le hice yo?!

Se cruzó de brazos y se marchó para el comedor.

No supe qué mas hacer para contenerme que llenar mis pulmones de aire congelado un par de veces antes de tomar mi camino y seguirla unos metros atrás.

—¿Todo bien? —me preguntó Nastya al entrar.

—No, nada bien.

—¿Te disculpaste?

—¿Perdón?

Disculparme por qué.

—Que si le pediste disculpas por coquetearle a la azafata y a Aleksey.

—¡¿Qué?!

Ah, no, que a mi no me joda. ¡Yo no le coqueteé a nadie! Fui amable porque ella fue un ogro. La vida tiene que tener un balance, no podemos las dos ser las personas más apáticas del lugar, eso no funciona así.

—Yo no hice nada y no voy a disculparme. La que me debe una disculpa es ella y…

Nastya me miraba sin entender qué sucedía. Me di cuenta de que no era el momento de discutir las pataletas de Lena, no cuando mi mejor amiga acaba de perder a su único hermano, no cuando estoy de invitada en su casa para despedirlo junto a su familia.

—No importa lo hablaremos después.

—Key, key —dijo y tomándome de la mano me guió hasta la mesa.

Celosa, Lena estaba celosa, genial.

No entiendo a las mujeres, no entiendo nada de nada, pero no es el momento de encontrar respuestas, no aquí, no ahora.
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