EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Sáb Feb 17, 2018 2:49 pm

Saludos a todos los que leen. Será que la próxima semana les dejo un adelanto de la historia que vendrá a continuación??  Rolling Eyes  Cool

A leer!!


Sangre de mi sangre


Mi cuerpo se siente cansado y pesado, incómodo. El cuello me está matando y mis brazos me duelen.

¿Por qué me duelen tanto?

Siento latidos rápidos en mi pecho, tengo una leve taquicardia, y mi boca está terriblemente seca. El aire que entra por ahí lastima mi garganta. Hago el intento de tragar; me es imposible quitarme la irritación. Carraspeo levemente, pero eso me cansa enseguida y debo volver a aspirar, sintiendo el frío entrar provocándome más dolor.

Únicamente ahora es que abro los ojos… o eso intento. Todo está borroso, no logro enfocar. Parpadeo, pero no sirve de nada.

El ambiente está ligeramente oscuro, huele a polvo y, a lo lejos, a lejía. Con esfuerzo levanto mi cabeza. Estoy sentada con la manos estiradas por detrás, atadas por las muñecas, mi piel arde al moverlas. Mis pies también están atados a las patas de la silla. Si hago un movimiento muy grande terminaré en el suelo sin poder amortiguar la caída.

Este lugar parece algún tipo de taller automotriz. Ya con más claridad veo una mesa de trabajo. Cajas de herramientas por todos lados y, en la pared, taladros, destornilladores, llaves de tuerca, trapos grasientos y franelas.

¿Cómo llegué aquí?

Ah, sí. Efectivamente, me secuestraron.


Anoche, Yulia se quedó dormida profundamente después de agotarla lo más que pude, aunque esa no era la intención principal. Tras hablar con papá a través de mi contacto con Svetlana por el chat, regresé a casa sabiendo que esa noche sería la última en la que la vería por algún tiempo, si es que no era la última de mi vida.

Quería sentirla, la necesitaba sobre mí, en mí, descubriendo cada centímetro, tocándome, besándome, amándome; porque requería recordarla, tenerla presente, grabada en mi cuerpo aun después de que terminásemos. Puedo jurar que todavía puedo sentir sus manos apretando mi piel, sus dedos moviéndose con habilidad por dentro; aun escucho su agitada respiración y disfruto sus caricias en mi nuca, su lengua jugando con la mía, su excitación.

Rendida se dejó llevar por el sueño y yo la disfruté así por unas horas antes de levantarme con sumo cuidado y ponerme unos jeans y un buzo flojo. Recogí todo lo que pude en mi mochila, principalmente las cartas de Svetlana y lo que Yulia pudiera usar para intentar buscarme.

No pude despedirme, aunque quise. Si despertaba pelearía porque me quedara y eso solo la pondría en más peligro. Me acerqué dos veces a ella, tan solo para volver a apartarme. La observé con una pena inmensa desde el marco de la puerta, estaba tan linda abrazada a las sábanas, desnuda bajo ellas. Finalmente, agarré mis zapatos y salí del departamento. Yulia no terminaría como Marina, tenía que huir sin dejárselo saber, por más que eso la llene de angustia, por más que la lastime.

—Ni siquiera una carta, Lena —me advirtió papá—, eso puede motivarla para ir tras tu pista, protégela. Recoge tus cosas y vete.

Eso hice. Me coloqué las zapatillas en las escaleras de emergencia y bajé hasta el garaje. Aprovecharía la primera instancia en que un auto entrara o saliera y me escurriría por la puerta antes de que cierre totalmente. Era la única forma de evitar las cámaras de seguridad en los pasillos o el elevador.

Una vez en la calle comencé a caminar con la capucha puesta tapando lo que podía de mi rostro. El plan que papá tenía en mente era muy claro, necesitaba encontrarme con varios agentes que me darían indicaciones de como comportarme y me guiarían por algunas tácticas de resistencia. Espero haberlas aprendido bien, o mejor dicho no olvidarlas, creo que esto será más uso de mi instinto que otra cosa.

Llegué al mercado de frutas y me acerqué al tercer puesto desde la entrada. Allí un hombre de unos cuarenta años me dijo que ya estoy siendo vigilada por ellos y que sabrán con exactitud mi paradero. Me aconsejó hacer mi mejor esfuerzo por no desesperarme, que seguramente pasaré horas de horas esperando y no pruebe bocado en días, que en este tipo de escenarios las torturas son una práctica común. Me dio consejos para sobrevivirlas, especialmente las de agua y, sí, me asustó, porque Erich es capaz de cualquier cosa y mi misión principal, como dijo papá, es mantenerme con vida.

Pasé al área de desayunos, compré un jugo de naranja y un sándwich. Daban eso de las seis de la mañana y unos minutos cuando un chico se sentó a unas mesas de mí, no le presté atención hasta que el dueño del puesto donde compré, me acercó una servilleta con un mensaje escrito en ella.

«Soy Alex, parte de un grupo de agentes encubiertos en varios carteles de micro tráfico como el de Erich. Por los últimos cuatro meses he trabajado directamente con él como parte de un proyecto conjunto de la comandancia de policía de Korsakovo, Sochi y Akmola, ganándome su confianza. Al ser uno de los miembros más recientes se me hará difícil estar el cien por ciento del tiempo contigo, pero estaré pendiente de ti cada paso, no lo dudes. Si me vez acercarme, puedes estar segura de que intentaré infringirte el menor daño posible y que si las cosas se salen de control, te protegeré. Desde hoy, mi misión eres tú».

Leer esa nota no me tranquilizó en lo más mínimo. No quería regresar a verlo, pero necesitaba grabarme el rostro de la única persona amiga que tendría adentro, porque todavía no confío en mi tío Klaus. Algo me oculta, lo presiento.

Alex es un chico de unos veinticinco años, llevaba puesta una chaqueta de cuero negra, unos jeans negros también y botas de motociclista. Asintió una sola vez y se fue.

—Te llevarán cuando menos lo esperes, seguramente con la amenaza de un arma y directo de la acera. Trata de no poner mucha resistencia. Estamos atentos, si algo sale mal, intervendremos, de lo contrario el plan sigue —me dijo papá, aclarándome—: No pongas tu vida en peligro, pelea lo necesario, pero no más, Lena. Escúchame bien, vamos a atraparlo, y por secuestro, asesinato y extorsión lo meteremos preso en la cárcel más segura del país por el resto de sus días.

Si papá supiera que el plan final no es que lo atrapen para que pague una condena con la sociedad, sino poner una bala directo en su sien, que le destroce toda la masa gris y ver sus ojos apagarse frente a mí. Si papá supiera que quizá en el fondo tengo más de criminal que de honesta. Soy más de Erich que de él.

—Haremos lo posible porque sea poco tiempo el que tengas que pasar allí, hija. Y lamento no poder decirte que te esconderé, darte otra salida, no tiene caso. Erich es de verdad poderoso. Esta es la única manera de conseguir pruebas que lo incriminen.

Y por eso mismo debe morir, por ser así de poderoso, por ser violento y despiadado, por haber matado a personas importantes en mi vida.

Carraspeo nuevamente. Ya no duele tanto como antes. Muero por un vaso de agua por algo de comer. No tengo idea de cuánto tiempo he pasado aquí y lo que sea que hayan puesto en ese trapo con el que me cubrieron la boca todavía me arde en los labios.

El ruido agudo del metal se hace eco en el lugar y un rayo de luz artificial se marca en el piso al abrir la puerta. Alguien viene por mí. Los pasos secos de varias personas me despiertan de golpe.
No viene solo. Llegó la hora, por fin veré al bastardo que me dio la vida.

Cierro mis ojos buscando fuerza para lo que está por venir, respiro por la nariz con dificultad y exhalo, levantando mi cabeza hacia él. Tiene una sonrisa prepotente marcada de un solo lado y la maldad destella desde su mirada. Es, por dentro, completamente diferente a su hermano.

—Alenka, ¿despertaste? —me pregunta con burla—. Tiempo sin verte…, hija.

—Agua —digo intentando tragar. Ha llegado la hora de hacerse la estúpida. Como dijo papá, «no le des más información de la que él infiera que ya conoce»—. Agua, por favor.

Antes de desplomar la mirada lo veo asentir a uno de sus lacayos quien se acerca a mí con una botella y la abre ante mis ojos. Levanta con dureza mi quijada y me fuerza a beber, demasiado.
Termino atorándome y escupo la mitad de lo que vertió en mi boca al piso.

—Suficiente —Lo escucho decir mientras se sienta a horcajadas del respaldar de una silla de metal enfrente de mí. Se acomoda, empujándola con los pies para acercarse hasta llegar a un medio metro, y frena.

De cerca, Klaus y él son muy distintos. Su cara es sucia, llena de huecos como si hubiese sufrido de acné en la adolescencia, la piel de sus mejillas se ve muy gruesa. La famosa cicatriz es alta y notable, lo que quiere decir que el corte en su cara es profundo. Sus labios no tienen el carisma de los de su hermano, tampoco se nota bondad en su mirada. Sus gestos son tan despreciables como su personalidad. Es un hombre feo y desagradable.

—¿Qué, no vas a saludar a tu padre?

Escucharlo me da asco. Una oleada de sarcasmo e ironía se acumulan en la punta de mi lengua. Quiero insultarlo, decirle que de padre no tiene nada, que Sergey Katin es el que se ganó ese título, pero lo pienso dos veces.

¿Qué es mejor?

¿Ser directa y comportarme de manera iracunda por la circunstancia en la que me encuentro, o callar y seguir sus reglas?

—Tú no eres mi padre —le contesto, decidiendo actuar natural. No quisiera sacar mi rol encubierto a la luz y que descubra que lo estamos engañando. Es hora de actuar y yo se hacerlo.

—Vamos, Alenka. No me digas que no sabes quién soy —continúa divertido, veamos cuánto le dura—. Sé que nos has investigado a tu madre y a mí… o lo has intentado —se mofa con una pequeña risa—. Mandaste a una investigadora novata a la casa de la vieja Ksenia y esa mujer me odia, le habrá dicho todo lo que sucedió, ¿no?

Bueno, sabe cosas y asume que yo conozco la historia. No puedo fingir tanta demencia, debo darle un hueso para picar, pero dudo qué lanzarle.

—Eso no te convierte en mi padre o a Alenka en mi madre —le aclaro mientras pienso.

—¡Ah, ya veo! Es ese maldito sentimentalismo, cursi y barato de una adolescente hueca como tú. Crees que el policía trucho y su mujer son tus padres porque creciste con ellos.

—Lo son porque me hicieron su hija y me cuidaron —Él se ríe queriendo hacerme sentir tonta—. Ellos, a diferencia de ti, no mataron a mi madre de un balazo.

Erich deja la sonoridad de su burla y me sonríe ampliamente.

Cometí un error, tontamente, fallé. Le revelé con ira que sé de su culpabilidad.

—Interesante.

—Es la verdad.

—Dime algo, Alenka: ¿lo recuerdas? —me pregunta con genuina curiosidad—. Si no me equivoco, fuiste tú quien llamó a la policía ese día. Escuché las sirenas y vi tu peculiar sombra en la pared del comedor. No tuve tiempo de buscar las cosas que tu mamá me robó cuando me vi obligado a salir de esa casa para no ser atrapado.

—¿Debo recordarte que Alenka no es mi madre y yo no me llamo como ella? —le digo en el peor de los tonos. Viré la burla hacia él y no lo toma de buena forma. Su mueca cambia a una muy represiva, fuerte y…

¡Plaf!

El eco de la cachetada se amplifica por el silencio del resto de presentes.

Sí, hay que bajar el tono.

—¡No me contradigas! ¡Naciste Alenka, así te llamas! —replica con tanta furia que me hago para atrás huyendo de su voz—. ¡Y a mí me respetarás, así sea lo último que hagas! —Termina escupiéndome gotas de saliva en la cara—. ¡¿Está entendido?!

Su mano es grande y pesada. El golpe que me dio me timbra en todo el lado izquierdo de la cara. Mi piel arde y se calienta en segundos.

—¡No te escucho! —grita a todo pulmón.

Lo miro esperando unos segundos y…

¡Plaf!

La segunda bofetada no tarda en llegar.

—¡Pregunté si quedó entendido!

—Sí —le respondo con el rostro bajo. Puedo saborear la sangre con el lado de mi lengua y siento las pequeñas hendiduras de los filos de mis dientes marcados en mi cachete interno—. Lo entendí.

—¡Bien, que te quede claro que el que manda soy yo!

Mi vista sube escaneando el área. Ahí está Alex y, a su izquierda, Klaus. Están inmóviles viendo lo que acontece. Yo reacciono sorprendida, cómo no hacerlo, se supone que no tengo idea de que existe.

—¿Tienes un clon? —le pregunto comparándolos y, por un segundo, me concentro en la mejor versión de los dos.

—¡Mírame a mí! —me grita esta vez tirando su silla de lado y me toma con mucha fuerza por la quijada. El tipo es un gigante.

¡Auuuuu, me va a reventar la mandíbula, idiota!

Intento moverme, zafarme, gritar, pero empuja mi cabeza hacia atrás con tal fuerza que termina tumbándome al suelo.

El golpe saca todo el aire de mis pulmones y termino envuelta en polvo. No puedo controlar mi tos.

Si así era como trataba a mi madre, entiendo por qué decidió huir.

—¡Tráiganlos! —les ordena a dos de sus hombres. Alex y Klaus se quedan—. ¡Ustedes, pónganla como estaba!

Ambos caminan firmes hacia mí y, con delicadeza, toman la silla de cada lado para enderezarme. Es solo ahora que siento el dolor extremo de mis muñecas, caí justo sobre ellas.

Voy a morir. No voy a aguantar mucho tiempo así. Hasta la cabeza me duele de los golpes y esto apenas empieza.

A lo lejos escucho quejas que se acercan, la voz camuflada de una mujer, sus gritos que no logran salir de su boca.

—Camina —le dice un lacayo empujándola a través de la puerta. Es…

No, no, no, no… ¡No!

—¡Reunión familiar! —festeja, hasta le cambia el rostro—. Tráiganlos, siéntenlos juntos. Vamos a tomarles una foto a los hermanitos Katin.

¡Katya, Iván!

¡¿Qué diablos hacen aquí?!

Inconscientemente regreso a ver a Klaus, permanece firme, pero puedo ver cómo su manzana de Adán sube y baja; su mirada nerviosa me evita. Alex hace lo mismo, pero él mantiene la compostura mucho mejor. Ninguno de los dos sabía de esto.

Katya trata de decir mi nombre, mas la cinta adhesiva gris le tapa la boca entera y no puede emitir palabra. Sus ojos están hinchados, sigue llorando mientras grita a sus adentros.

Mi hermano por otro lado respira muy rápido por la nariz, exhalando al máximo, necesitando desesperadamente el orificio de su boca para tranquilizarse. Mantiene los ojos abiertos, mirando en todas direcciones. Me asusta verlo así, temo que se vaya a desmayar por la hiperventilación. Conociéndolo, está buscando un escape, pero de nada le servirá.

Los pobres no deben tener idea de qué hacen aquí. Hasta donde sé, solo yo conozco nuestra historia.

—Dile a tu hermana que se calle o la voy a lanzar de una patada a la pared como cuando era niña —me ordena. Yo regreso a verla con apuro y asiento rápidamente. Ella trata de calmarse, pero le cuesta. Le doy un pestañeo lento a mi hermano, esperando que entienda que tengo la situación, medianamente (para nada) bajo control.

—Muy bien. Ahora que todos están juntos, vamos a resolver mi pequeño dilema.

Erich se arrima a la mesa de trabajo y toma de la pared una llave de tuercas con la que juega en sus manos.

Este tipo está demente y, por más que quieran, Klaus y Alex no pueden hacer nada o nos pondrán en más peligro. Erich tiene un arma pesada en sus manos y una de fuego colocada en el borde frontal de su pantalón, a la vista de todos. Ellos, ni siquiera un palo para defenderse.

—Su madre se llevó algo hace quince años, algo con muchísimo valor y, para que estemos claros, no es ninguno de ustedes.

Por supuesto, millones de euros para él son cientos de personas de las que puede disponer, incluyéndonos.

—Si quieren salir de aquí… —Continúa y vuelve a sonreír mirándome. Él sabe que estoy al tanto de sus alcances. Su plan no nos incluye respirando un segundo después de obtener lo que quiere—… Bueno, si quieren salir con vida de aquí —puntualiza—, tendrán que colaborar.

Mis hermanos se miran confundidos y buscan respuestas en mí; yo me mantengo callada.

—¡Quiero mis joyas, las quiero para ayer! Así que firmarán los papeles del banco en donde las tengan, muy vigilados por mis hombres por supuesto, y me las traerán de vuelta o… esto será lo que les pase a ustedes o a sus seres queridos o, mejor dicho, «y» a sus seres queridos.

Saca de su bolsillo trasero varias fotos y como un flash recuerdo el mandado que le dio a su hermano. Son las fotos que le tomó a Marina.

No, no quiero verlas…

No puedo, no. No quiero guardar esa imagen como su último recuerdo.

Cierro los ojos con mucha fuerza mientras él obliga a mis hermanos a ser testigos de su crueldad. Ellos responden asqueados completamente y lloran con desesperación. Deben ser horribles.

—Ábrelos, Alenka. Mira a tu novia, se ve linda… de negro —ríe.

No lo hago, no puedo, no quiero verla así.

—¡Abre los ojos!

No lo hago, los cierro más fuerte y comienzo a llorar también.

—¡Ábrelos ahora!

No le hago caso y sé que habrá una consecuencia, pero no puedo.

¡Plaf!

El golpe esta vez me rompe el labio e inmediatamente escucho a Katya saltar con todo y silla buscando atacarlo. Es cuando Erich saca su arma y le apunta en la frente, obligándola a detenerse ipso facto.

—¡Basta, las veré! —grito mi llanto impidiendo en un segundo que le dispare—. ¡Dame las fotos!

Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, yo solía ser la segunda en todo, Katya tenía que ir primero. Al subir al subibaja o al columpio, al bajar por las resbaladera o saltar los charcos. Incluso cuando mamá se enfadaba conmigo por alguna travesura, ella decía que había sido su culpa, llevándose el crédito.

Me convencí con los años que era su personalidad, que ser la persona más importante era su único objetivo. Katya siempre iba dos pasos delante de mí, mas yo nunca consideré que lo hacía para protegerme, que me defendía y velaba por bienestar.

Ahora lo entiendo.

—Hermano, cálmate —le suplica Klaus acercándose un paso.

—¡Tú! —refunfuña, cambiando el objetivo del arma y lo apunta a él—. Siempre hice lo mejor para ti, te libré de esa maldita perra interesada de Laura y te ofrecí una vida mejor. Aun así, regresaste a Alemania y gastaste todo tu dinero en esa estúpida heladería escondiéndote de mí. Toda la vida he querido ayudarte para que consigas lo que nunca tuvimos de niños, para que sirvas de algo.

Su reclamo es duro. Está a punto de explotar.

—Siempre es así, a la primera oportunidad, me traicionas. ¡Siempre!

¡Oh, no! Nos descubrió.

—¿Crees que no sé que tú y Alenka se vieron a mis espaldas?

¡Mierda, nos siguieron ayer! ¡Maldición, maldición, maldición!

—Dime hermanito, ¿piensas que no sé que eres tú el padre de esta pequeña idiota que junto con estos otros dos, hijos de la misma prostituta, ahora tienen todo lo que me pertenece?

¡¿Qué diablos dijo?!

No…

No se refería a nosotros ayer en ese café, se refiere a Alenka y a él…

¡A mí!

—¡Estás loco, Adler!

—¡Erich, me llamo Erich ahora, imbécil!

—Erich… —se corrige. Sus manos suben en son de paz, intentando bloquear la ira de su gemelo—. Nunca pasó nada entre Alenka y yo. Te lo aclaré entonces y te lo digo ahora.

—¡Ya no importa! —grita empujando el barril de la pistola en su cabeza—. Solo usé a esa perra para llegar a la vieja y poder robarle las joyas. Planeé ese atraco por años… ¡Años de aguantar a la inútil de Alenka lloriqueando por cómo vivíamos!

Eso explica por qué se comportó de manera tan falsa cuando iniciaron su relación. De principio tenía un solo objetivo en la mira, el dinero de los Sukhinov.

—Y esa maldita desagradecida se comportaba como si hubiese sido mi obligación cuidar de ella y su hija. Pero era tan perra que fue a acostarse con mi hermano. ¡Con el hombre que yo traje para que la protegiera y la mantuviera al margen de mis negocios! Como si no le hubiese dado lo suficiente.

—Las tenías encerradas en una pocilga, no te hagas el compasivo. Tú no tienes una onza de misericordia, Erich.

Responderle así a este loco, no es una buena idea. Hay que bajar el tono. Calmémonos, vamos Klaus, mírame. Calmémonos.

—Ellas no se merecían más… Cómo tú, maldito desgraciado.

—Dame las fotos, las veré. —Intercedo antes de que cometa una estupidez y Erich comience a exterminarnos uno por uno—. Por favor, dámelas.

Él baja el arma y la vuelve a guardar. No sé si se convenció con la negativa de su hermano —lo dudo—, debe ser que disfruta demasiado viendo sufrir a la gente. Respira tranquilizándose y se acerca a mí con las fotos.

Con paciencia se pone en cuclillas frente a mí y, dándome la misma sonrisa maligna, me dice:

—No tienes idea de cómo gocé enseñándole a tu novia a ser una mujer de verdad…

Oh, no. No es cierto. Por favor, no.

—La primera vez… gritó, como era de esperarse —su maldad es tan pura que me invade por completo, causándome nauseas—. Me encantó oírla gritar, casi aullaba.

No, no, no… no…

—Era algo virgen tu novia, supongo que tus dedos no fueron nada comparados con mi…

—Erich… —Klaus le llama la atención, pero él no deja de sonreírme y mirarme fijamente.

—Para el quinto día ya era una experta, ¿sabes? Gemía y se excitaba. Era deliciosa.

Voy a vomitar…

Su risa resuena a mi alrededor. Erich tira las fotos al piso y se endereza, dejándome con sus palabras clavadas en los oídos.

No quiero imaginar lo que alega, pero mi mente me traiciona, lo hago y duele. Pensarla sufriendo tanto, me lastima. Y que haya sido a manos de él, es aun peor.

Mis lágrimas caen sobre esos pedazos de papel, en medio de su rostro ido, de sus ojos blanquecinos, irreconocibles de lo hermosos que eran, brillantes y verdes; sus labios partidos por el frío de la intemperie.

Marin…

—No tengo problema alguno en repetir lo que le hice a la rubia con tu nueva novia. Se llama Yulia, ¿no?

La idea de alguien más sufriendo por mi culpa me despierta. Separo mis ojos de esa imagen desoladora y levanto la cabeza.

—No tenemos las joyas. Alenka se las devolvió a Ksenia Sukhinova —le informo antes de que siga con esto. No hay forma de que cumplamos su capricho. Si va a matarnos, que lo haga ya.

—Imposible, estoy seguro de que ella vendió varias joyas para mudarse a Akmola. Hasta compró una casa en un barrio muy cómodo allí y no tenía un rublo en que caerse muerta.

—Lo hizo con el dinero que la señora Sukhinova le dio para huir de ti.

—¡No, mientes! Ustedes tienen mi motín y yo lo quiero de vuelta.

—No lo tenemos, lo juro, ni un solo diamante.

Lo piensa, no se demora en entender que es una posibilidad muy real y explota.

—¡No, no, no, no, no!

Enfurecido agarra la llave de tuercas que había dejado sobre la mesa y la lanza hacia la ventana del taller, rompiéndola en mil pedazos.

—Erich, podemos recuperar el motín de otra forma.

—¡¿Cómo?! ¡La vieja jamás nos dejará acercarnos! ¡Debe tener las joyas en un banco, a menos que sea estúpida!

—Podemos averiguarlo.

—¿Cómo, imbécil? —le reclama a su hermano.

—Enviando de encubierto a Alenka.

Erich regresa a verme y lo piensa. Sus ojos y cejas me dicen que está considerando las opciones.

—Es idéntica a su madre, le será muy fácil aceptarla, darle su confianza —insiste Klaus. No era como lo esperábamos, pero el plan se pone en marcha.

—No —reniega Erich, pero vuelve a poner esa cara de satisfacción que me asusta—. Enviaremos a Katya, es ella a quien la vieja quería. La recibirá con los brazos abiertos.

Y así, en dos segundos el plan se fue al diablo.

...nada será igual.


La oscuridad es poderosa, es también miedo y debilidad. Para mí, es una mezcla de una mala sensación con un velo de misterio que la envuelve. Puede llegar a ser atractiva, pero a la vez me asusta un poco.

Yulia por ejemplo encuentra calma en ella, le da tranquilidad. La envidio. Yo le temo a los sonidos que escuchan mis oídos, al eco, al silencio, en ocasiones a los gritos y siempre a la desesperación.

Ha sido así desde que soy chica. Yo no lo recuerdo, pero mamá suele mencionar como broma que dormí con una luz de noche hasta que tuve nueve años. Lloraba por horas sin una y me daban ataques de ansiedad. Me afectaba tanto que me volvía algo paranoica por días y desconfiaba de todos.

Mis padres no se explicaban el porqué y bajo recomendación de mi pediatra comenzaron a dejar la luz del pasillo encendida para mantenerme tranquila. Fui acostumbrándome a la media penumbra y con los años la cambié por la luz de la luminaria de la calle, justo afuera de mi habitación. Hoy en día controlo más mi miedo, puedo dormir, pero aun prefiero algo de luz.

—Llévenlos a la mazmorra —dijo Erich, después de convencerse de que el plan de obligarnos a entregarle lo que nuestra madre le había robado era inútil y decidió planificar un nuevo atraco.

—¿No vas a darles algo de comer? —preguntó Klaus—, deben estar agotados y hambrientos.

Como si a Erich le importara, le dijo:

—Debieron haber comido antes de salir de sus casas.

Yo lo hice, aun así moría del hambre.

Antes de marcharse les hizo una señal a todos sus subordinados, dejando a Klaus y a otro tipo grande para que nos llevaran a nuestros nuevos aposentos. Uno solo para nosotros tres, con un cubo viejo de plástico en una esquina como baño.

Cuando nos empujaron adentro, Klaus me sujetó del brazo durante unos segundos dejándome saber que estaría pendiente de mí, de nosotros. Mas si este tipo de maltrato sucede con su protección, no quiero imaginarme cómo estaríamos sin él. Cerraron la puerta con llave y se fueron, dejándonos en la palpable oscuridad.

Ya sin amenazas, me apresuro a mis hermanos liberando a Katya primero, paso a Iván y, mientras ellos intentan quitarse con cuidado la cinta adhesiva de sus caras, yo sobo mis muñecas sintiendo las profundas marcas que las sogas dejaron.

—¿Qué diablos está pasando? ¿Quién es ese tipo? ¿Qué hacemos aquí? —Katya me pregunta con ira.

Iván no dice nada, se limita a esperar a que yo hablé. Es evidente que la única que puede responder a sus preguntas soy yo.

—Lo que dijo es verdad, Katya. Nuestros padres no son nuestros padres —le confirmo, sabiendo que ambos quieren una explicación más detallada. Camino hacia un bloque de cemento al fondo de la habitación y me siento, todavía frotándome las muñecas. Mis nudillos sangran por la caída y me arden las heridas.

—Yo lo recuerdo —dice Katya sorprendiéndome—, a él… golpeándote. Eras una bebé.

Katya tiene memorias, como yo. Pero ¿recuerda a Alenka?

—¿A él y a quién más?

—Nadie en particular. Recuerdo… un lugar como este donde dormíamos. Tú llorabas muchísimo por las noches. Mamá pasaba más de media noche paseándote para calmarte.

Ya lo dije, yo no recuerdo eso. Debo haber sido muy pequeña.

—Pero… Lena, era mamá, no una extraña. Era nuestra madre.

—No lo era. A mamá la conocimos años después. Era Alenka.

—¿Cómo sabes todo esto? ¿Por qué estamos aquí? ¿Quién demonios es esta mujer?

—Mi mamá —le responde Iván.

—Y la nuestra —añado.

—Es imposible, Lena. He visto nuestros certificados de nacimiento…

—Son falsos —la interrumpo—, el juez decretó que ambos compartirían custodia y vivirían juntos para protegernos. Toda documentación se cambió para mantenernos bajo el radar.

—No, no lo acepto… ¡No!

—Por eso estabas tan rara durante el verano —destaca Iván—, ya lo sabías.

—No todo, sabía que no era hija de mamá o papá, que Katya era mi media hermana, que tú no eras mi hermano de papá, como siempre creímos. Pero no supe lo de Alenka hasta que, caminando, me topé con la casa donde vivíamos y la recordé.

—¿Por qué no me dijiste nada? —me reclama, su decepción es evidente.

—¿«Nos» dijiste?

—Porque no tenía pruebas, porque no sabía lo que encontraría y después… no quise ir con ustedes a arruinarles la vida con cosas que ya no tenían importancia.

—¿No tenían importancia? ¡Lena, estamos en quién sabe donde, amenazados de muerte por «esas cosas sin importancia»!

—Cuando hablé con mamá y papá me pidieron que no les dijera nada. Estuve de acuerdo en que era lo mejor.

—¿Hablaste con ellos?

—Sí, me contaron su lado de la historia y me pidieron que, por su seguridad, no mencionara nada.

—¿Y por qué diablos les hiciste caso? ¡Es nuestra vida también!

—¡Perdón! ¡Yo tampoco esperaba que esto sucediera!

Nuestra frustración sale a gritos con acusaciones y culpas. Culpa sobretodo, mi culpabilidad en cómo se han ido dando las cosas.

Mi mente intenta fuertemente concentrarse en ellos, en sus justificadas exigencias, en nuestra nueva realidad con la verdad. Mas, las imágenes de los últimos instantes de Marina sobre ese acantilado no dejan de bombardearme.

Sus ojos… ese color blanco que los cubría por completo. Una parte tan distintiva en ella. Esos ojos que pillé analizándome con cariño, desnudándome con pasión, sonriéndome con inocencia y… de la nada regresan sus palabras, la idea de su violación, de su dolor, de su desesperación… por mi culpa.

No me percato de lo mucho que estoy llorando hasta que mi hermana llega para limpiarme el rostro con la manga de su camiseta.

—¿Este tipo… dijo la verdad? ¿Viste como él mató a mi mamá?

Quisiera no tener que decirle a mis hermanos que lo hice, que vi a nuestra madre morir. No podría soportar la lástima en sus miradas, o tal vez la tristeza al darse cuenta de que perdimos tanto y no hay nada que podamos hacer, éramos tres niños indefensos y ella una mujer que tomó muy malas decisiones.

—Sí —les digo—, lo presencié. Creía que era una pesadilla, nada más, pero no.

—Claro, era por eso que tenías tantas de chica —recuerda Katya—. Despertabas gritando todo el tiempo.

Sí, bueno…

Me siento cansada, más que eso, desolada. Ya no entiendo qué estoy haciendo aquí, fui tan ingenua.

Erich lo cambió todo, me dejó sin alternativas, sin la posibilidad de pedir por la seguridad de mi familia y de Yulia a cambio de ayudarlo. Y aun si no hubiese aceptado el trato con Klaus, estaría en este mismo sitio. Todo da lo mismo, ya no le encuentro el sentido.

Marina está muerta y Erich no la devolverá así se lo suplique con sangre en los ojos. Quizá nos mate a todos antes de que el nuevo atraco se lleve a cabo o secuestre a más personas para «motivarnos». Da igual, todo da igual.

Me recuesto en el cemento frío y cierro los ojos dejando que el silencio de la oscuridad me envuelva.

—¿Cómo vamos a avisarle a papá que estamos aquí? —Escucho a Iván decir.

—No lo sé, no suelo llamarlos el fin de semana. No se preguntarán de mí hasta pasado mañana.

¿Pasado mañana?

Katya llama todos los lunes muy temprano, eso haría hoy… sábado, pero yo fui secuestrada el jueves. Ahora entiendo por qué tengo tanta hambre y me siento tan débil. He pasado inconsciente por dos días. ¿Cómo?

—Mis abuelos creen que estoy en un campamento de la universidad por el fin de semana. No harán preguntas hasta el lunes —explica Iván.

—Eso solo te deja a ti, hermanita. La única posibilidad de que papá se de cuenta de que todos desaparecimos, eres tú.

En realidad no, pero no puedo decirles que papá está al tanto de que estoy aquí y por eso no se preguntará nada sobre ellos, podrían estarnos escuchando y no quiero arruinar más el plan.

Sin previo aviso oímos las barras de la puerta moverse. Alex aparece con una sola bandeja con comida y se la entrega a Iván.

–Tú, ven conmigo —me dice jalándome del brazo. Mi hermana intenta detenerlo, pero la freno con la mano evitando que uno de los matones que entraron con el policía encubierto, la lastime.

—Tranquilos, coman. No creo que me haga nada… todavía.

Dos guardias, que no se ven desde adentro, cierran la puerta tras de mí. Alex intenta no empujarme demasiado mientras me lleva por un pasadizo hasta unas escaleras que suben a la cocina de la casa. Lo que nos llevaron de comer eran las sobras de lo que acaban de cenar. Perfecto, nos tratan peor que animales.

—Sigue derecho —me dice Alex sin soltarme por unos metros más hasta que llegamos a la puerta de una habitación. Supongo que será la oficina del gran jefe.

—¡Déjala pasar y vete! —le grita desde adentro Erich.

Mi aliado gira la manija y empuja la puerta. Mi supuesto padre está ahí, jugando con una chica de unos diecinueve años que está arrodillada a sus pies.

Cierro los ojos de inmediato, asqueándome por la escena. ¿No podía dejarme afuera cinco minutos más?

En menos de dos termina por complacerse y le ordena a la idiota que me sonríe que se vaya, subiendo el cierre de sus pantalones.

—No me digas que te impresiona la pija de un hombre. Según entendía dejaste que un imbécil de veinticinco años te enseñe a usarla en todas las poses.

Odio a este hombre, es tan vulgar.

—Siéntate —me ordena señalando la silla.

Lo hago porque no quiero más lecciones de superioridad impartidas con su palma.

—Tú y yo —dice colocándose un cigarrillo en los labios y lo enciende—… tenemos algo muy importante que discutir.

—Hay algo de lo que quisiera hablar contigo —me dijo papá la tarde de mi primer día en la escuela. Mi tristeza lo había sorprendido, más que nada porque durante mi adolescencia mi actitud solitaria y depresiva dio un giro de 180 grados y me volví muy activa y alegre, muy amiga de todos, entradora, independiente. Ya no era común verme así.

—No quiero hablar, papá —le respondí, arrimándome de lado sobre su costado.

Estábamos sentados en el sofá rojo de la sala, escuchando el ruido de un programa sin sentido que pasaba en el canal de niños.

—Katya ya intentó animarme y no lo logró. No quiero volver a esa escuela.

—¡Oh, Cariño! —exclamó colocando su brazo por sobre mi hombro—. Entiendo y, si no quieres hacerlo, puedes regresar a la antigua —me dijo sin presionarme, me abrazó y me dejó encontrar alivio en nuestro silencio.

—Papá, es que… yo no sé si puedo con esos chicos. Ellos tienen talento, algo que yo…

—También tienes.

—No como ellos.

—¿Sabes? Tu mamá era una gran actriz en la escuela —mencionó. Obviamente no se refería a Inessa, hablaba de Alenka, pero en ese momento yo no sabía nada de ella o de nuestro pasado.

—Quizá heredé tu carácter y no el de mamá. Ya sabes, tu código de honor y tu sinceridad, no me va a ser fácil mentir, así sea por profesión.

Él se alegró, sonrió y me dio un ligero apretón. Ahora encuentro irónico que lo que pude heredar de mi verdadero padre es todo menos eso.

—Te diré algo hija. Eres capaz de lo impensable. Tienes un carácter fuerte y determinado, las posibilidades de que logres tus sueños y lo que te propongas son infinitas —remarcó—. Yo confío en ti, todos aquí lo hacemos. Y sea lo que sea que decidas, si regresas a tu vieja escuela o continúas con este desafío que tienes enfrente, estaremos contigo.

—¿No tienes ni una duda de que vaya a fracasar?

—No. Creo en ti, hija. Me enorgullece ser tu padre, eres el mejor regalo que tenemos tu mamá y yo… No se lo cuentes a Katya —susurró bromeando—. Respetaremos lo que decidas, solo déjanoslo saber, ¿está bien?

Acepté, él se quedó unos minutos más conmigo. Su calor me hizo sentir mejor y, con el pasar de las horas, sus palabras se hicieron más fuertes.


Tenía la suerte de ser parte de una buena familia que siempre estaba orgullosa de mí. Yo era capaz de lograr lo que fuera, de sobresalir y desde ese día me propuse ser la mejor, por ellos y por mí.

—¿Quieres un cigarrillo? —me dice ahora Erich estirando la cajetilla—. Sé que fumas, acéptalo.

Me tienta decirle que sí. Amo fumar, lo amo. Aspirar ese humo me da un pequeño alivio; es un agradable refugio del estrés. Pero es gracioso, ni papá ni mamá fuman, no es algo que aprendí de ellos.

—Yo empecé a fumar desde mucho más joven que tú. Tenía doce —me cuenta como si me importara conocer su pasado.

—No gracias —lo rechazo. Él se alza de hombros y deja la cajetilla sobre la mesa, poniéndose más cómodo en su silla reclinable.

—Imagino que te enamoraste de las comodidades donde los hospedé.

Su sarcasmo es insoportable.

—Vamos, sonríe. Pedí que vinieras para discutir algo que puede convenirte.

La idea de escupirle en la cara no me molesta, pero debo jugar con inteligencia.

—Tú dirás.

—¿Sabes cuales son las dos cosas que un hombre busca, sin cesar, en la vida?

—No —le respondo a secas.

—El poder y el respeto.

—En un hombre como tú… no lo dudo.

—Hace quince años yo planeé el atraco perfecto. Enamoré a una linda chica, muy parecida a ti —me dice guiñándome un ojo—, hasta me casé con ella para mantenerla de mi lado…

—Y la drogaste y la utilizaste… y, después, la mataste.

—Vamos por partes. La drogué porque ella disfrutaba volar, escapar de su triste realidad. La utilicé por nuestro bien común…

—Por tu poder, por eso. No lo suavices con un interés que no tenías.

—No lo negaré —admite ladeando su cabeza—, pero la maté porque ella me traicionó.

—¿Por el respeto?

—Eres inteligente. Lo heredaste de mí.

—Pensé que no era tu hija, sino de Klaus.

Mal movimiento. Erich pierde su sonrisa y se endereza con molestia.

—Vamos al punto, Alenka —sus facciones se endurecen, accionando un tono de amenaza que no me gusta—. Tus intenciones al venir «a la fuerza» aquí, eran otras. Gracias a que secuestré a tus hermanos te quedaste sin tu recurso principal para extorsionarme.

Todas sus aserciones son correctas, lo que me dice que no es tan tonto como parece. No ignora que su hermano y yo nos vimos antes del secuestro.

—Yo, imagino que Klaus te ofreció protección si lo ayudabas a matarme.

Lo sabe todo. Estúpido no es.

—Como te darás cuenta, Alenka. Yo no confío en mi hermano y lo he tenido vigilado desde el segundo en que puso un pie en este país.

—Sus líos no me conciernen.

—Este debería —dice y se levanta hacia un cajón en el mueble posterior—. Te voy a proponer algo y te daré la oportunidad de sacar el provecho que querías.

¿Es el cansancio o el hambre lo que me tiene imbécil, o acabo de escuchar que va dejarme llegar a un acuerdo con él?
Saca una carpeta gruesa y la coloca sobre la mesa.

—Pero antes de hablar de negocios…

Abre la tapa y me deja fría. Es un álbum de fotos, en la primera hoja están pegadas varias de Leo con su bebé en una playa de Brasil.

—Puedes seguirlo viendo si quieres —me dice tomando asiento otra vez.

No va a proponerme nada, lo que quiere es forzarme a decirle que sí a lo que sea que se le metió en la cabeza.

Volteo la hoja y veo más imágenes de Leo, fueron tomadas en diferentes días, con distintas personas. Son recientes porque se le nota la cicatriz de la pierna que le quedó del accidente de auto que tuvo hace unos meses. Paso más hojas y me lleno de un sentimiento confundido entre la alegría de volver a verlo y la preocupación de saber que está siendo vigilado por el monstruo más perverso que conozco.

Paso una hoja más y es… Marina.

Me quedo fija en su sonrisa, su presencia ahora tan lejana. Está paseando con un café en mano por la ciudad, ignorando por completo la amenaza que luego le quitaría la vida.

—¡Oh, no llores! —se lamenta falsamente al verme—. Ese no era el punto de enseñarte el álbum.

—¿Por qué? —le pregunto, necesito una respuesta sincera.

—Por muchas razones.

—Dímelas —le exijo cerrando la carpeta. No quiero ver más.

—¿Habrías creído en mis amenazas si la dejaba viva?

—¡Habría hecho lo que sea para que la dejaras viva!

—Y ahora lo harás, sabiendo que no miento si te digo que puedo fácilmente llegar hasta Leonardo, Yulia, o tus papás.

—¡No tenías que matarla, no debiste ponerle un dedo encima!

—Ciertos sacrificios deben hacerse para asegurar el éxito de una misión. Este era uno de esos.

Asco, me da asco. Lo desprecio, quiero tomar un cuchillo y apuñalarlo hasta dejarlo como una esponja vieja. Le sacaría sus ojos azules y se los partiría en dos, le sacaría el corazón y lo freiría en aceite hirviendo.

—Dime de una vez lo que quieres o regrésame al sótano —le digo de muy mala manera, pero esta vez no se molesta.

—Quiero que me ayudes con algo que es muy importante para mí.

—¿Qué? Solo escúpelo.

—Quiero que mates a mi hermano.

¡Vamos, ¿es en serio?!

¿Acaso esta familia cree que soy Liam Neeson y voy a ir ejecutando a todos los que ellos creen que merecen morir?

¡¿Qué diablos?!

¡Tengo dieciocho años!

¡Esto no es Kill Bill o uno de esos ánimes de adolescentes que matan gente con sus largas espadas, manteniendo a la perfección su uniforme escolar!

—¿A favor de qué? No tengo razones para hacerlo. A ti por el contrario…

Se ríe ampliamente. Lindo que encuentre graciosa mi conclusión.

—Klaus debe pagar lo que me hizo, debe pagar lo que hizo con Laura y con tu mamá.

—Perdón, ¿pero no fuiste tú quién mató a Laura?

—Ah, te contó lo que siempre le dice a todos, que fui yo quien le disparó.

—¡No-te-creo-capaz! —le suelto con sarcasmo.

—Veo que no te dijo que Laura fue mi novia desde que teníamos quince años. Que cuando yo me escondí por la guerra de pandillas, él me la robó haciéndose pasar por mí, enamorándola con engaños.

—Pensé que era una… ¿Cómo dijiste? Ah sí: maldita perra interesada.

—Lo era, cuando regresé y le pedí que viajara conmigo a Rusia, ella me propuso engañar a Klaus para quedarnos con el dinero que quería invertir en esa estúpida heladería. Yo no le iba a hacer eso a mi hermano, era joven e ingenuo. Pensé que ella todavía me amaba, pero lo único que quería de ambos era dinero y posibilidades. Así que se lo conté —me explica con una intrigante honestidad—. Unas semanas después le propuso matrimonio, ella le dijo que sí y unos días más tarde la encontraron muerta en la esquina de su casa.

—¿Cómo puedes estar seguro de que fue Klaus?

—No lo estaba en ese entonces. Yo me convertí en el sospechoso número uno, como él mismo planeó, y con suerte pude salir de Alemania. Cuando llegué aquí, entré en el negocio de las drogas, era lo único que sabía hacer. Crecí allí con el tiempo y, cuando planeé el atraco a la vieja Sukhinova, lo invité a ayudarme.

—¿Por qué lo aceptaría? Él no es un criminal como tú —le digo provocándolo. Ya sospechaba que Klaus no fue completamente sincero conmigo, pero esto difiere totalmente de lo que me dijo.

—Es fácil ser el hermano «bueno», cuando tienes al malo para culpar.

—Claro, tú tan inocente.

—Yo no maté a Laura. Le dije la verdad a Klaus para librarlo de una mala decisión. Y si lo piensas, nadie más tenía razones para cobrar venganza que él. Yo ya no tenía nada que ver con ella.

—A Alenka sí la mataste.

—Eso es harina de otro costal.

—Aja…

Percibe, con razón, que no le creo nada. Mas, en lugar de molestarse como lo hizo en el taller, ahora se preocupa por contarme su versión de las cosas.

—¿Sabes cómo descubrí que Klaus la mató? —me pregunta, sin recibir una pizca de interés de mi parte—. Fue la noche en la que lo encontré tirándose a tu madre, semanas después de nuestra boda. Pude haberlo matado entonces, pude haberlos eliminado a los dos, pero eso arruinaría mi plan.

—Claro, lo único que te importa el maldito dinero.

—Fui a enfrentarlo a su pieza unas horas más tarde, después de darle una paliza a Alenka —me cuenta como si fuese la reacción más correcta y normal—. Lo negó todo y después me dijo: «Adler, yo no te haría eso, eres mi hermano. Laura pagó caro el traicionarnos. Yo tengo tus espaldas bien cuidadas, créeme». Nunca le volví a creer.

—¿Y yo por qué te creería yo a ti… o a él? Ninguno de los dos tiene un carácter honorable.

—Tú siempre tan… sentimental y correcta. Aunque no compartas genes con «tus padres», tienes mucho de ellos, ¿sabes?

Eso es verdad. Es… verdad.

Debo ser inteligente, pensar como lo haría papá. Me está proponiendo matar a su hermano, pero qué me ofrece a cambio.

—¿Qué gano yo en todo esto? —le pregunto, volviendo al tema importante.

—Yo quiero mis joyas, las que él ayudó a robarme con Alenka —me cuenta otro detalle importante. Si sus millones son tan relevantes quince años después, es obvio que además de recuperarlos quiere vengarse. Supongo que esa es la razón por la que no le ha disparado a Klaus todavía, quiere que la revancha sea completa para poder disfrutarla—. Y tú quieres mantener a los tuyos a salvo de mí. ¿Es eso suficiente?

Trago con dificultad. Era lo que quería sacar de este plan. Seguridad.

—Tus promesas no valen nada —me arriesgo a denotar.

—Sí, es cierto. No me conoces y mi historial contigo es deplorable —denota con sinceridad—. Dime tú, ¿qué quieres de mí para hacerlo?

Hay dos cosas importantes en la vida de cada hombre —según él—, el poder y el respeto.

Pienso. Pienso duramente. Erich quiere las joyas, lo que quiere decir que llevará acabo el atraco utilizando a Katya. Iván se quedará como garantía, yo como cobrador de deuda. Lo que significa que cuando tenga su motín, ellos dejan de jugar la partida y la que comienza el ataque sería únicamente yo. Si es sincero, no les hará daño. Podría pedir su libertad una vez que se ejecute el plan del robo. Yo debería quedarme con los gemelos hasta tener una oportunidad de matar a Klaus —no que vaya a hacerlo, pero puedo manipular la promesa falsa que haré—, al mismo tiempo jugaré del otro lado con Klaus y le haré pensar que estoy ayudándolo con la misma misión de matar a su hermano.

Si actúo como necesito, ambos estarían cayendo en mi red y, con suerte, hasta ese día, puedo encontrar la forma de comunicarme con papá y dejarle saber en lo que estoy metida. Solo puedo confiar en que él me sacará de esta con vida y que terminará con ambos, ya sea tras las rejas o bajo tierra. Yo prefiero la segunda.

—Hay algo que… es mi deber. Si cumples con eso, creeré en ti sobre no hacerle daño a mi gente.

—¿Qué es lo que necesitas?

—Primero, quiero ver a Marina.

—No creo que sea una linda escena. Ha pasado en descomposición varios días…

—Después de decirle adiós, quiero que la devuelvas a su familia —lo interrumpo, no hay medios, esto es lo que quiero.

—Puedo dejarla en un lugar donde la encuentren con facilidad y dar una alerta anónima a la policía.

—Perfecto —le digo y continúo—. Segundo, quiero un buen trato para mis hermanos y yo mientras estemos aquí. Esta casa es grande, debes tener varias habitaciones, quiero que estén cómodos, que no pasen hambre y que no los lastimes.

—Eso está incluido en mi promesa.

—Bien, y tercero, después del atraco, Katya e Iván regresan sin daños y con vida. Solo yo me quedaré contigo.

Él asiente y se cruza de manos.

—Hecho —acuerda Erich—, tendrán comodidades, estarán a salvo y tú podrás despedirte de tu novia. Pero Alenka, si llegas a fallarme, a traicionarme… —Vuelve a abrir la carpeta casi al final—.

Yo le haré tres veces más daño a Yulia de lo que le hice a Marina, y luego seguiré con tu madre, tu amiga Nastya, el chico gay que vive en tu casa —enumera mostrándome que tiene a cada uno vigilado—. Llegaré hasta la lagartija que tenías de mascota, ¿entendido? Y tú serás testigo de cada muerte antes de que yo mismo te quite cada milímetro cúbico de aire con mis manos.

Sí, lo creo capaz. Y ahí es donde puedo coincidir con él así me enferme la idea. «Ciertos sacrificios deben hacerse para asegurar el éxito de una misión», y este es el mío.

—Tienes un trato.
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Dom Feb 18, 2018 12:01 am

Hola Very Happy
que capitulo tan bueno
esta historia esta interesante
que hara Lena
Otra historia genial
animo y sube pronto
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andyvolkatin

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Sáb Feb 24, 2018 2:14 pm

andyvolkatin: Pues si, después que publique este capítulo, subiré el resumen del otro y espero te guste también  I love you

Y a ustedes también espero les guste este capítulo.

A leer!!


Capítulo 59: Soledad


Estar en presencia de un difunto es… horrible. Pero nada se compara con lo que se siente percibir el olor de un cuerpo que ya no tiene vida, ver a esa persona que amaste ser únicamente carne y hueso, ser piel cortada, sangre seca, su cabello lleno de lodo. Una sola vista te hace querer vomitar y, lo peor, es saber que eso es lo menos que su recuerdo se merece.

Tantos hombres adultos y rudos a mi alrededor intentaban taparse sus fosas nasales o virar la cabeza para evitar aspirar. Yo mantuve la respiración profunda, y no porque aguantaba el hedor, si no porque es Marina, y hacerle el quite sería un insulto. Ese momento no dependía de ella o la habitación entera olería a ese perfume cítrico frutal que le quedaba tan bien. Si tenía que aguantarme, me aguantaría el tiempo que fuera.

Me acerqué a darle un beso. Sí, suena asqueroso, mas hice mi esfuerzo por recordarla viva.

Estaba helada, su piel ya no emitía ese tibio y rosa brillo, era más de un color grisáceo que entumeció mis labios.

—Te amo —le susurré sin mentir. Tal vez no estaba enamorada de ella, pero la amaba como quizá no pueda amar Yulia en mi vida—. Lo siento.

Mis lágrimas no demoraron en hacerse presentes. Las quejas de todos los presentes intentando limpiar sus anudadas gargantas se hizo evidente y, mi padre, se acercó para decirme que era tiempo de dejarla ir.

Sentí una gota de compasión cuando puso su mano sobre mi hombro, esa misma mano con la que me descolocó la mandíbula horas antes, esa misma que le quitó la vida a mi chica.

El juego de la hipocresía mezclada con lo que quizá es la verdad más grande en una familia que se odia. Hay momentos en los cuales, la biología, el instinto de supervivencia o la conexión de los mutuos genes, colapsa en simpatía. Un extraño momento que se llena de «familiaridad».

Esa hubiese sido la acción más natural de Sergey Katin, mi papá; ese mismo gesto de piedad.

—¿Puedo pedirte un favor? —le pregunté, casi suplicándole. Él no daría su brazo a torcer tanto en una noche, pero debía intentarlo—. ¿Puedes darme una cruz?

—¿Cruz? ¿Te refieres a un… dije de cruz?

—Quisiera ponérsela en el cuello.

—No, absolutamente no.

—Por favor, Marina… ella… era muy católica —argumenté una gran falsedad. Marina era judía y no practicante.

—No, podrían regresar rastros nuestros, pistas a la policía. Negado.

—Supongo que hay bastantes huellas «suyas» en su cuerpo ya —lo reprendí de mala manera. ¿Me estaba jodiendo? Después de todo lo que le hizo—. La limpiaremos de huellas, si quieres irán con las mías para que piensen que yo la maté.

—¡No!

—¡¿No hiciste suficiente desgraciándola y quitándole la vida?! ¡¿Ni siquiera dejarás que Dios esté con ella hasta llegar a su familia?!

Sí, yo hablando de la divinidad de un ente en el cual no creo. ¡Yo, apelando por la protección de un símbolo inútil!

… Tenía una razón.

—En todo el tiempo que te vigilé no fuiste a la iglesia una sola vez.

—Eso no quiere decir que no crea, que no le sea fiel a Jesús y su padre en el cielo.

—No te creo.

—¿Piensas que me tatuaría una cruz si no fuese creyente? —le pregunté alzando mi camiseta, sabiendo que mi única forma de emitir un mensaje a mi familia y a Yulia. Por absurdo que fuera, ese símbolo colocado estratégicamente en ella y el significado de mi tatuaje, gritaban mi nombre. Además, era la última oportunidad de convencer a Erich.

Lo quedó viendo fijamente, pero no hay secretos en esa figura. Es, para quien no conoce su razón real, una cruz, la representación de todo seguidor de Cristo.

—Lamentablemente, no tengo el dije de una cruz —me respondió quitándome la mirada y me jaló fuerte del brazo para separarme del cuerpo e iniciar a cerrar esa bolsa negra.

—Yo tengo una —se apresuró Alex ayudándome. Se la sacó con suavidad del cuello y se acercó para entregársela en las manos. Erich lo quedó mirando, dudando al tomarla. Regresó a verme y, después de pensarlo, asintió.

—Límpiala y colócala con las mangas de tu buzo. No quiero ninguna conexión contigo o nosotros.

En ese punto, necesitaba ser cuidadosa, procurar que nadie viera lo que estaba por hacer. Fue más fácil de lo que imaginé. Al hacer la bolsa a un lado y pasar mi mano por debajo de su cabeza, un cúmulo de olor se desprendió de su cuerpo y, todos, hasta el rudo de mi padre se hicieron para atrás. Aproveché para clavar la punta de la cruz sobre las heridas de mis muñecas, cuando la coloqué sobre su pecho casi toda la parte inferior estaba llena de mi ADN.

Curiosa forma de enviar un mensaje. «Estoy viva, estoy con él, Erich la mató, vengan por mí. Tengo miedo de que repita esto. Ayuda».

—¡Cierren la bolsa y vámonos! —dijo comenzando a hastiarse. Yo cubrí su rostro con la bolsa antes de hacerme a un lado, ocultando el objeto. Ellos no se molestaron en revisarla. Con una cinta adhesiva aseguraron el plástico y, entre dos personas, la pusieron de mala manera en una camioneta.

La idea de que la última vez que compartiríamos un lugar juntas sería así, me derrumbó, y caminé a la casa principal llorando a empujones.

—Listo, tuviste lo que querías. Tus hermanos ya están en la alcoba que compartirán desde hoy en adelante —me dijo Erich al filo de la escalera. Alcé a ver al piso superior y dos guardias resguardaban una puerta en particular. Esa era—. Aquí empieza tu parte. Cuéntale a Katya lo que necesite saber de la vieja. Desde mañana estarás bajo mis órdenes.

Respirando hondo, ahora un aire liviano y fresco, comencé a subir. Abrí la puerta y los encontré allí, dando vueltas en círculos esperando por mí.

—Dime que no vendiste tu trasero por un colchón y un baño con agua caliente. —Mi hermana infirió, sin realmente preguntar. Lo dio por hecho.

—¿Por qué tienes que ser tan desagradable, Katya? El tipo es mi padre biológico —le respondí con más asco del que acababa de tener minutos antes—. No, no vendí mi trasero. Puedes estar tranquila.

—Ajá, esto no costó nada. Una habitación con una ducha más grande de la que tenemos en casa y con sábanas… —se interrumpió mientras se acercaba a la cama y olfateaba la almohada—, limpias.

—Katya tiene razón, Lena. Este tipo te metió tremendo golpe en frente nuestro y ya tenías el cachete inflamado para entonces. No haría esto de gratis —añadió Iván.

—No hicimos nada más que hablar.

—¿De qué? —insistió él.

Me di vuelta, procesando los acontecimientos de los últimos días antes de sentarme para quitarme los zapatos y los pantalones. Estaba muerta, me dolía todo, mi cuello, mis caderas, mis nalgas, todo. Y de verdad necesitaba agua caliente limpiando toda esa angustia y desesperanza que tenía adentro.

—¿Hablaron de mi mamá?

—Hablamos de muchas cosas, Iván.

—Y de ella… ¿no? —me preguntó con curiosidad.

Entiendo su desazón. Debe tener muchas preguntas sobre quién fue esa mujer, sentir que él tenía el derecho de saber más de ella que yo. Después de todo, ella siempre fue su madre, para mí es una novedad hace menos de seis meses.

—Sí, lo hicimos… y hablaremos de lo que quieran, pero necesito un baño y… hablaremos después.

Me metí en el baño que por suerte pude cerrar con seguro. Así llevo cuarenta minutos. Atontada por el vapor que me rodea. Las paredes sudan, mi piel ya no tiene un milímetro de lodo, mi cabello filtra agua cristalina al piso de la ducha, mis heridas ya no arden con el contacto del calor. Pero ese pesar no se va, no se me quita el olor putrefacto de su cuerpo, no se me va el entumecimiento de los labios.

La muerte se quedó conmigo y me siento totalmente sola.

... y nadie pudo salvarte.


—Yulia, pon el canal 10 ahora —me dijo por teléfono Ade apenas entramos con mamá a casa esa noche. Corrí hacia la cocina y encendí el televisor.

«El cuerpo de la joven mujer fue descubierto esta mañana, sin embargo, testigos que frecuentan el área confirmaron que no se encontraba allí hasta la madrugada. Sus restos fueron trasladados con suma urgencia a la morgue de la ciudad de Sochi, donde se realizarán exámenes para determinar si la identidad corresponde a la chica universitaria desaparecida hace más dos semanas. Tendremos más noticias durante las próximas horas».


—Es Marina… Tengo que llamar a Sergey —dije sacando mi teléfono del bolsillo. Mamá me tomó con suavidad de la mano para detenerme.

—Hija, por favor deja a la familia Katin en paz, deben tener suficiente con la desaparición de su hija.

—¡¿Y crees que yo no?!

—Yulia, no te exaltes —me pidió con toda la paciencia que pudo encontrar—. Sé que es difícil para ti y que tienes muchas teorías, pero no tienes pruebas. Por favor, no alteres a su familia que ya tiene un gran peso sobre los hombros.

—No entiendes mamá, no haces ni un esfuerzo por ponerte en mi lugar. ¡Yo-no-puedo-seguir-normalmente-con-mi-vida, necesito encontrarla!

—¡Y lo vas a hacer cuando ella quiera que lo hagas! —Se dio cuenta de que me gritaba y suspiró con cansancio—. Hija, por favor, no niegues los hechos. Lena se fue por su propia voluntad…

—Sí, mamá, se fue. Apuesto que para protegerme, pero lo hizo con el peligro de que su padre se la llevara como lo hizo con Marina y a ella la acaban de encontrar muerta. ¡¿Eso es lo que esperas que haga?! ¿Que me siente a ver pasar los días y las noches para después encender el televisor y ver su cuerpo ser cargado en una camioneta de la policía?

—¿Y qué vas a hacer? ¿Salir a buscarla para que te lleven a ti también?

—¡Al menos es algo!

—Escúchame bien, Yulia. Tu papá y yo no vamos a permitir que eso pase y, si te asomas a la ventana, verás a dos hombres que te impedirán hacer cualquier tontería.

—¡¿Qué?! ¡¿Me pusieron gorilas?!

—Contratamos seguridad, eso es todo.

No quería creerlo y me acerqué a la maldita ventana, mamá me siguió y dos hombres, evidentemente fornidos, esperaban dentro de un auto. Uno le hizo una seña de saludo cuando ella levantó su mano.

—Esta semana descansarás, te tranquilizarás y esperarás como la gente normal a que hayan noticias de tu novia… Quién de verdad espero que no corra peligro.

—Por supuesto, mamá —le respondí con incredulidad e impotencia.

—Las cosas han cambiado, Yulia. Yo no tengo… —se interrumpió sabiendo que todavía no acepta totalmente nuestra relación o mi nuevo estatus.

—¿No tienes qué, mamá? ¿Problemas con que Lena sea mi novia? —Completé su mentira—. Debes estar muy feliz de que ya no esté conmigo.

—No es así. Hija…

Preferí no contestarle. Bufé una risa irónica y subí a mi habitación, porque eso no se lo cree ni ella misma.

A mí no me secuestró un psicópata, pero sí lo hicieron mis padres. Me sería imposible ir a recorrer la ciudad o salir de ella si lo necesitaba.

Entré a mi cuarto y lo cerré con seguro, para después meterme en el baño y encerrarme allí también.

—Ruslán —susurré en la bocina del teléfono, haciendo lo imposible para que mamá no me escuchara—. El cuerpo que encontraron, ¿es de Marina?

—Hola, Yulia. Aún no se sabe mucho, pero creen que no —me dijo también en voz muy baja. Los Katin debían estar cerca—. Escuché a Sergey hablar con Inessa hace unos minutos, tal parece que esta chica tenía una cadena de oro con un dije de cruz y Marina era judía. Así que esperarán a que sus padres vengan para hacer el reconocimiento y los exámenes de ADN. Los resultados tardarán unos días.

Y así, de la nada, como cada vez que pienso en una cruz, recordé el tatuaje de Lena.

—Yulia, hay algo que necesito contarte, porque no entendí a qué se refería Sergey —me dijo despegándome de esa imagen. Se escuchaba serio y preocupado por algo más importante que el cuerpo de la rubia—… Tal vez tú lo sepas.

—Habla.

—El otro día lo llamó un tal Alex a su teléfono de operaciones.

—¿Teléfono de qué?

—Es un celular antiguo, de esos con pantalla verde que usa para comunicarse con los agentes encubiertos.

—Okey, ¿y de qué hablaron?

—Él se fue a conversar al jardín y yo me puse a lavar los platos de la cena…

—¿Qué le dijo, Ruslán? ¡Al punto!

—Sergey le respondió llorando, preguntándole si estaba seguro que eran Katya e Iván.

—¿Qué?

—Luego le pidió estar muy pendiente de Lena y que si podía también de sus otros hijos y colgó.

Todo cerró al oír esas últimas palabras. Lo que me había dicho Svetlana en el chat, que Lena se fuera por su propia voluntad y que Sergey no me tuviera al tanto de los avances de la búsqueda.
Sergey metió en una operación encubierta a su hija, la envió con ese tal Alex quien está cuidándola, por así decirlo. Lo que él y nadie más esperaba es que el loco de Erich secuestrara a los otros dos hijos de Alenka.

Los tiene a todos en sus manos, pero ¿qué quiere con ellos?

¡¿Por que no me preocupé de leer la última carta que le envió la detective privada a Lena?!

Al menos sabría qué es lo que quiere con mi novia y sus hermanos.

Nada de esto me gusta y ya estoy enferma de memorizar cada esquina de esta casa. Han pasado cuatro días desde la noche en la cual mi amigo me esclareció el panorama y no hay ninguna novedad.

—Ya hasta me simpatizan, eh —menciona Ade saludando con una sonrisa a mi guardia personalizada por la ventana.

—Qué bueno que disfrutes tanto el encarcelamiento. Yo los detesto.

—Te entiendo. Tus padres se pasaron impidiéndote salir de esta diminuta celda de tres pisos con WiFi, televisión por cable y todo lo que puedas beber de café. Horrible, totalmente inhumano. Hubiese sido mejor que el papá de Lena te secuestrara también.

—Quizá…

—Tienes que tratar de mantenerte positiva —me recomienda por décima vez esta semana.

—No tengo ganas.

—¿Qué tal si te cuento algo que se me ocurrió ayer?

—Ya hemos cubierto cada posibilidad existente y no hemos encontrado un plan para saber dónde está Lena. Es inútil.

—No, esta vez no. ¿Y no sé por qué? Es la forma más lógica de obtener la información que nos falta.

—A ver, dime tu brillante plan.

—Yo estudio ciencias políticas.

—Ajá, cuéntame más porque con eso no llego ni al baño.

—¡Ya, Dios eres insoportable cuando estás de este humor! —me reta y se endereza para sacar una carta de la universidad de su bolsa—. Léela.

Abro el sobre con cuidado y saco el papel.

Estimada señora Ksenia Sukhinova.

La Universidad de Moscú extiende a usted la solicitud de la alumna Adelaide Camillion para acercarse a su domicilio y realizarle una entrevista para su clase de Economía Política…

—No.

—¡Yulia, ¿de qué hablas?! Es la mejor oportunidad de preguntarle sobre Alenka.

—¡No! —le repito y le entrego su sobre. Eso no va a pasar.

—Ya es demasiado tarde para tu negativa. Esta es la copia, la universidad ya envió la solicitud por fax.

—¡No-vas-a-ir!

—¡Voy!

—¡Qué no, es peligroso!

Ya sueno como mi mamá.

—Voy a hacer un trabajo de universidad, ¿qué tiene de peligroso?

—¿Me escuchaste cuando te conté que Svetlana también tenía una estúpida coartada y tuvo que huir de Akmola por las amenazas? No vas a verte con esa vieja.

No lo permitiré y Ade se equivoca cuando dice que no pensé en esa posibilidad, es lo primero que se me vino a la cabeza, pero no puedo hacer mucho con mis dos radares vigilándome todo el tiempo.

—Si la mujer acepta, viajaré.

¡¿Por qué es tan terca?!

—Lena también es mi amiga, Yulia.

Y sí, lo sé. No soy yo la única persona interesada en que mi novia regrese sana y salva. Están sus padres, el resto de sus amigos en Sochi y aquí, nuestros maestros. Pero mamá tiene razón y
necesito aceptarlo. Sergey está al tanto, está haciendo todo lo posible, la está protegiendo de la manera más discreta y segura que encontró. El entrar a todo ese meollo podría estropear su plan.
¿Qué tal si nuestra imprudencia me devuelve a Lena sin vida dentro de un costal?

—Si la vieja te responde, hablaremos con Sergey. No irás. Prométeme que no lo harás.

Ade asiente tan ligero que dudo de su confirmación.

—Lo prometo.

... y el corazón se me encoge de nuevo.

Levantar el codo a la altura de los ojos es importante, da fuerza al golpe. Mantener los pies firmes en posición de ataque, uno frente al otro, flexionar las rodillas, empujar el cuerpo con intensión y retirarlo al percatarse de la suya. Ese es el juego, esa es la clave. Estar atentos de los movimientos del contrincante.

Debo recordar enganchar su brazo con el mío a la primera oportunidad. No puedo descuidar ese detalle. Para asegurarlo debo girar con el pie firme hacia su espalda, provocándole dolor y manteniéndolo sometido. Acto seguido aplico el gancho en el cuello con mi otro brazo, restringiendo su respiración hasta que se desmaye.

No debo olvidar mantener el equilibrio y evitar a toda costa que se de vuelta o me saque provecho y tome la ventaja. El tipo es enorme…, ambos hermanos. Esta táctica no va a funcionar tan fácil.
Aunque… Leo también es muy alto y con él pude mientras me enseñaba a defenderme.

¿Quién diría que tendría razón cuando me dijo que el peligro está a la vuelta de la esquina y que aprenda bien estos pasos? Ese día en particular lo único que yo quería era seguir durmiendo, pero a él se le ocurrió que sería mi maestro de defensa personal y me llevó a la playa para practicar. Tragué arena con cada caída durante horas.

Pero no es momento de seguir practicando mentalmente la rutina para escapar. Debo concentrarme en el arma que tengo en la mano.

—No quiero hacerlo —recuerdo decirle a papá. Tenía doce años cuando él me pilló admirando su pistola del trabajo. La dejó sobre la mesa al llegar a casa y corrió al baño. Había pasado horas sentado en la patrulla vigilando a un sospechoso y no había tenido oportunidad de ocupar uno. Yo la vi allí, descansando quieta sobre la madera, me acerqué, zafé el seguro y la saqué apenas unos centímetros.

—¡Elena Katina! —me grito desde la puerta al salir, haciéndome abandonarla allí y retroceder unos metros debido al susto—. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Lo siento, me dio curiosidad —le respondí temblando. Papá nunca me había gritado de esa forma. Se acercó apurado y la guardó revisando que no haya quitado el seguro.

—¡Esta es un arma de fuego y está cargada! ¡Pudiste haberte matado o a alguien más!

Suspiró al verme llorando y asustada, retirándome a pasos cortos. Algo cambió en él. Podría suponer que se dio cuenta de que mi reacción era un acto de defensa, que se percató de que mi mente asocia ese tipo de respuesta con la violencia que presencié en mi infancia.

Se hincó en el piso poniéndose a mi nivel, dejó el arma en el piso separándola de su cuerpo y estiró su brazo.

—Ven aquí cariño, lamento haberte gritado así. Me asustaste.

Recuerdo no querer ir hacia él, pero finalmente le hice caso, era papá después de todo, nunca me había hecho daño, yo confiaba en él. Mis pasos fueron lentos, pero llegué. Me colgué de su cuello y él me abrazó con fuerza levantándome del piso hasta llevarnos al sofá de la sala, sentándome sobre su regazo.

—Siempre les hemos pedido a tus hermanos y a ti que se mantengan alejados de mis pistolas, amor.

—Solo quería… verla. No iba a…

—Los accidentes ocurren. No sabes cómo usar una y ella podría dominarte.

No entendí el concepto. ¿Cómo me dominaría un objeto que yo misma tenía que activar?

—Ten en cuenta que la más mínima presión sobre el gatillo podría ser desastrosa, así mueren muchos niños o matan a sus hermanos, sin querer.

—Yo no les haría daño —declaré escondiéndome en su hombro. Papá me acarició consolándome por varios minutos, hasta que confesó algo que había estado pensando por algún tiempo.

—Creo que es hora de que tú, Iván y Katya aprendan a usarlas. Me dejaría más tranquilo.

—No quiero hacerlo. Nunca más volveré a tocarla —rechacé su propuesta prometiéndole algo imposible, pero él insistió. Las peleas con mamá duraron una semana entera. Ella se negaba rotundamente a la idea, gritos fueron y vinieron junto con papá durmiendo en el sofá por varios días.

Al final, terminamos yendo los cuatro al centro de tiro. Iván, Katya, mamá y yo. Practicamos cargarla, disparar, desarmarla y limpiarla. Aprendimos con él a hacer lo que ahora mi otro padre quiere enseñarme de mala forma.

—Párate con seguridad, ambos pies al mismo nivel. Tus piernas en forma de "V" invertida —me dice parado a mis espaldas, separando un poco más la distancia.

Esto es un error. Así como en la defensa personal, la mejor posición para mantener el equilibrio es poner un pie delante del otro. Yo le hago caso, no quiero que note que conozco más de lo necesario.

—¿Así?

—Perfecto, levanta tu mano hasta la altura del pecho, mantén el codo en ángulo y dispara, eso ayudará con la patada.

Otro error, lo mejor es alzar el brazo a la altura de los ojos para apuntar. Y para que no patee tan fuerte al disparar, es mejor tomar el arma con ambas manos.

Doy dos tiros como él aconseja y siento la diferencia extrema entre lo que aprendí hace años, con sus pobres conocimientos. Quizá Erich no quiere que aprenda nada, solo me tiene aquí para manipular mi confianza y que yo piense que se preocupa por mi seguridad.

—¡Bien! ¿Viste cómo lograste darle directo en el corazón? —me alaba con genuina alegría. Quizá no sabe nada de armas, amateur de cuarta—. Así es como debes hacerlo con Klaus cuando llegue la hora.

Jmm, podría girar desprovisto en este instante y dispararle en medio de los ojos, matarlo de una vez, vengar las muertes que han pasado por sus manos y sus labios. ¿Por qué no? Tan solo terminaría llena de plomo, disparada en seguida por los veinte guardias que nos rodean.

—Katya me comentó ayer que la vieja Sukhinova viajará a San Petersburgo y quiere llevarla de paseo.

—Me lo dijo también —le contesto quitándome del cuello los audífonos de camuflaje de tiros—. Se han hecho muy amigas —añado con celos intencionales. Esto de jugar a ser sensible con demasía e intentar ser su hija me facilita obtener información importante.

—No te sientas mal, Lenka. Esa vieja esa no vale la pena.

—Salir de este calor infernal al frío de San Petersburgo se escucha bien —menciono cansada. Akmola arde a medio día, debemos estar a 27° C justo ahora.

—Pronto, muy pronto cambiaremos de clima —me dice con una gran sonrisa y me llama para acercarme con él a una mesa en el fondo. Está llena de papeles y planos, de notas y fotos de vigilancia.

—Ellas se irán en dos semanas, parten el viernes y tienen fecha de regreso el domingo. Eso nos da el tiempo suficiente.

—¿Tiempo suficiente para qué?

—Aprovecharemos esos días para robar la casa. ¡Recuperaremos mis joyas!

El gusto perverso que siente por este avance le hace perder la perspectiva, no se da cuenta del cambio del juego.

—El túnel al sótano está casi listo. Iremos el sábado por la madrugada, soltaremos el gas somnífero por el sistema de ventilación y entraremos con máscaras de respiración hasta su habitación. Katya ya me entregó la combinación de la caja fuerte. —Me pone al tanto. Ese último detalle ya lo sabía por boca de mi propia hermana que quedó fascinada con todo lo que doña Ksenia tenía allí.

—Tú vendrás conmigo, serás mi defensa personal —me cuenta con un optimismo que me sorprende. Su defensa personal podría meterle un tiro por detrás de la cabeza mientras él admira sus estúpidas joyas—. Ahora, a practicar más. Todavía te falta aprender a cubrir espacios y vigilar.

Volvemos al área de tiro y tomo el arma, poniéndome en la falsa posición que me indicó.

La fecha se acerca y no puedo decidirme si que Katya viaje a San Petersburgo es bueno o malo. Por un lado, Erich tiene una persona menos con quien extorsionarme, pero Alex —el policía encubierto— está a cargo de la vigilancia de mi hermana y se irá con ella de seguro, lo que nos deja a Iván y a mí sin protección. Solo puedo esperar a que sea papá quien está detrás de esto y logre extraerla. Yo debo pensar en cómo liberar a mi hermano.

—Le dije que iría a visitar a mi hermana Varvara unos días —le comento a Ade mientras guardo los libros de la escuela antes de salir retrasada a la parada del bus.

Papá ya no quiso comprarme auto debido al inminente peligro, aunque yo sé que es para que no me escape. Ahora tengo que usar el transporte público en medio de los vientos helados de Moscú, aunque en poco iniciará la primavera y dicen que el verano en esa parte del país es extenuante.

—¿Y tu mamá se lo creyó?

—Después de que dijera en la terapia que: «jamás habría imaginado que los hijos de mi padre se preocuparían tanto por su hija», le tocó. Además que la psicóloga pensó que sería una buena idea que comience a relacionarme mejor con ellos. Ya sabes, «son familia» y bla bla bla.

—Ya vas. Pensé que sí tenías interés de conocerlos. ¿No me dijiste eso el otro día?

—Sí, quiero, pero lo que más me importa en este segundo es seguirle el rastro a Lena y encontrarla.

Eso y traerla de vuelta, de preferencia viva.

—¿Entonces compro dos pasajes y luego me lo pagas?

—Sí, gracias Ade. Ahora tengo que correr o me deja el maldito bus.

Nos despedimos y bajo las escaleras hecha una bala antes de que mi dulce madre me salga con que ya no me dará permiso, que la almohada la hizo reflexionar y me quedaré en casa, como las últimas dos semanas.

—Hija, diles a los chicos que te lleven o llegarás atrasada a la primera hora.

Se refiere a los gorilas que me siguen día y noche.

—¡No! —le respondo azotando la puerta al cerrarla. El frío me pega en la cara al instante, congelándome.

Y ahí están ellos, me sonríen con una taza de café humeante en las manos, tan cómodos y tranquilos en la calidez del auto. Idiotas.

Doy unos pasos más y los siento seguirme, lo odio. Escucho el sonido del claxon y evito dar vuelta. No quiero ir con ellos a ningún lugar, ni así me tengan lista una taza caliente de mi café favorito.

—¡Hey!

El más delgado tiene voz de nena.

—¡Hey tú!

—De mujer en realidad, pobre.

—¡Hey, Yulia!

Okey, eso si ya estuvo raro.

Miro hacia mi izquierda y el auto que me sigue no es el de los gorilas. Es Nadia, la rubia que le coqueteaba a Lena.

¿Qué diablos quiere? Sigo caminando.

—Te llevo. Vamos, súbete.

—No gracias.

—Hay un accidente en la calle principal, por eso me metí en esta. No vas a llegar en bus por la ruta normal. Tardarán al menos una hora en disipar el tráfico.

Maldición, sí, los autos están parados llenando la vía completa. ¡Aj, vida, ¿por qué a mí?!

"Es ella o los gorilas".

"Vamos con ella, es muy linda".

¿Entienden que esta oxigenada quiso transarse a Lena?

"Pero no lo hizo, Lena la dejó con ganas en esa fiesta y se emborrachó…"

"Por nosotras".

"¡Yulia, súbete!"

—Tienes diez segundos o los autos de atrás comenzarán a acribillarme con pitos.

"¡Súbe!"

—Nueve.

"Si llegamos tarde nos pondrán amonestación y olvídate del viaje a San Petersburgo con Ade".

—Ocho.

"Y necesitamos ir para hablar con esa vieja adinerada".

—Siete.

"Los gorilas tienen cara de ni te atrevas, hagámoslo por la rebeldía".

—Seis.

"Mejor porque ella está linda y su auto debe oler a su perfume. Hace rato que no olemos el rico perfume de una mujer".

—¡Cinco, Yulia!

"Ahí viene el gorila, se acaba de bajar del auto y se acerca con amenaza".

—Cuatro… Me voy.

¡Ya, ya me subo, Dios!

—Hey.

—No iba a llegar al diez, por suerte te subiste —me dice y suelta una carcajada virando el auto para tomar el atajo por atrás.

Veo por el retrovisor al pobre hombre a mi cargo. Corre hacia el auto de vigilancia para seguirnos. Para su mala suerte el semáforo cambia a rojo y los detiene por unos minutos.

—¿Los conoces? —me pregunta Nadia.

—¿Perdón?

—A los tipos que andan siguiéndote.

—Sí, son mis… guardaespaldas.

—Qué poco profesionales. Digo, te dejaron subir en mi auto así nada más. No tienen idea de que soy una delincuente que va a secuestrarte y partirte en mil pedacitos antes de devolverte con tus padres.

"¡Oh, por Dios!"

"¡Huyamos!"

Cálmense, está bromeando. ¿No la escuchan soltar esas risitas dignas de muñeca Barbie?

—Mis papás están más tranquilos con ellos siguiéndome el paso. No por eso son eficientes.

—¿Es por Lena?

Se atrevió a mencionar su nombre. Le roleo los ojos y miro al paisaje que pasa a mi derecha sin responderle.

—A ella también la seguían, ¿no?

Ese comentario me saca de lugar. Nadie sabe la verdad. A orden de Sergey dijimos en la escuela que había regresado a Sochi.

¿Qué es lo que esta rubia sabe? Quiero que me lo diga, ya.

Le clavo la mirada, pero ella continua con su atención a la carretera.

—¿Por qué lo dices? —le pregunto.

—Es porque unos días antes de salir a vacaciones noté a un auto azul pasearse por la entrada de la escuela con un hombre muy alto y rubio al volante.

"¡Su papá!"

—El mismo tipo entró a preguntar por ella en la escuela. Yo estaba esperando en la dirección cuando lo escuché mencionarla a la secretaria. Quería que la sacaran de clases y los dejaran marcharse por el día.

—¿Dijo quién era?

—Un tal Klaus. Lo recuerdo porque el nombre me encanta.

¿Klaus? Es un nombre estúpido, suena a vino de cartón.

Además su padre se llama Erich o Adler, dependiendo del país.

"¡Su tío!"

¡Tienen razón! Recuerdo esa carta de Svetlana en la que lo mencionaba. ¿Pero qué hace aquí y qué quiere con Lena?

—¿Y qué pasó? —le pregunto con curiosidad.

—El rector le dijo que no podía dejar a ningún estudiante salir con un desconocido. El tipo le respondió que era familia y exigió de mala manera que lo dejaran verla. Entonces, la secretaria lo amenazó con llamar a la policía y los guardias lo echaron, no supe más.

Así que su tío quería hablar con ella…

"O secuestrarla".

"Pensé que él no quería tener nada que ver con Erich, por eso se había mudado de ciudad en Alemania".

Tal vez vino a advertirle algo, si no por qué sería tan descuidado con dar su nombre verdadero y mencionar su relación.

—Ese día, a la hora del almuerzo, le entregué una nota a Lena, advirtiéndole que tuviera cuidado. Le dejé mi número por si necesitaba que alguien le de un aventón a su casa a la hora de la salida y me fui. No quería que se encontrara con él. Me dio muy mala espina ese hombre.

—¿El día de la fiesta? —Se me sale la pregunta sin intención.

—¡Ese, ese día! —me lo confirma con un entusiasmo efímero—. Por la noche fue a verme a casa para preguntarme qué más vi, pero yo tenía a mucha gente en mi casa por la fiesta de fin de semestre y no pudimos hablar. La invité a quedarse, la vi paseándose por las mesas de bebidas y después se subió en un taxi y se fue.

Claro, y se bajó en la esquina del edificio para jugar con la nieve en plena madrugada.

—Lamento que se haya regresado a Sochi. Me agradaba.

Cómo si no lo supiera.

—Podrías darme su teléfono, me gustaría hablarle…

—¿Para eso viniste a recogerme con la excusa del accidente? ¿Para que te pase los datos de mi «novia»? —la interrumpo zafándome el maldito cinturón de seguridad y bajarme en media calle.
¡Rubia tonta!

—Tus celos son injustificados, ¿sabes? Abróchate el cinturón.

—¡Déjame salir! —Intento abrir la puerta, pero la aseguró y me es imposible—. ¡Quita el seguro Nadia o te juro que…!

—¡Cálmate, solo quiero entregarle algo!

—¡¿Qué tendrías que darle a mi novia?!

—¡Esto! —me grita dándome un cuaderno forrado en cuero negro. ¡Es su diario!

—No lo leí por si te lo estás preguntando. Lo dejó en el casillero del club de teatro y lo guardé —me explica—. Quería enviárselo yo misma, pero puedes hacerlo tú si quieres. No voy a meterme en medio de su maniática vida personal.

Sí, acabo de darme cuenta de que actué como loca. Hasta demente. Bueno, ya qué.

—Gracias, se lo entregaré.

Cuando vuelva a verla… Sí es que vuelvo a verla.

Quién habría adivinado que volvería a encontrarme en la misma encrucijada que se inició todo esto; con su diario en mis manos.
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Dom Feb 25, 2018 11:54 am

Hola Very Happy
que buen capitulo
esta interesante
sera que lo que hara Yulia y Ade
estropiara los planes de Lena
espero la sigas pronto
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por Akasha78 el Vie Mar 02, 2018 10:48 pm

Que buena historia,tenía tiempo alejada de esto por favor continua me tienes comiéndome las uñas.Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow Arrow

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Sáb Mar 03, 2018 2:26 pm

Hola andyvolkatin , yo espero que no se sientan unas super heroínas porque cualquier cosa puede pasarle a Lena en manos de su "tormentoso" padre!!

Hey!!! Akasha78 , no atentes contra tus dedos por mi culpa!! Ten paciencia y gracias por leer.

Y bien, hemos llegado al capitulo 60. En realidad la historia es más larga, pero tengo que hacer un resumen de ella o al paso que voy, terminamos a mitad de año. Aunque no recuerdo cuando comencé a postearla... Rolling Eyes

A leer!!


Capítulo 60: Desquicio



—Bésame, Yulia —me suplica Lena colocándose desnuda sobre mis piernas en la cama. Está oscuro y la luz que sale de mi computador apenas la ilumina como una aurora. No puedo ver su cara o distinguir más que su forma, pero su aliento cálido rebota contra mis labios antes de arremeter en ellos.

Sus manos acarician mi cuello con tanta suavidad que me eriza la piel. Sus uñas en cambio se clavan en mi nuca enderezándome y termino llevándomela hacia adelante.

—Tócame —me susurra al oído—… fuerte.

Lo poco que conservaba de mis ganas termina en mi ropa interior. Con mi mano izquierda la envuelvo por la espalda, subiendo hasta jalar hacia abajo su hombro, con la derecha sostengo en posición diagonal su cuello y me lanzo a él. Mi lengua húmeda recorre su longitud entera hasta llegar a su lóbulo y lo atrapo con mi boca. Sus rasguños en mi espalda me sobre excitan. Sus quejidos alterados al mordisquear su piel me obligan a tirarla sobre la cama.

La computadora cae al piso. No me importa si se rompió, la tengo inmovilizada contra el colchón, gimiendo por cada uno de mis toques. Una de sus manos levanta bruscamente mi camisa por un lado, la otra se cuela dentro de mis pocas ropas, tratando de sentir mi éxtasis y lo encuentra.

—Esta vez me costó muy poco —sonríe con prepotencia— Yo estoy casi igual.

Ese comentario me molesta, quiere decir que yo no he alcanzado a cumplir con mi deber, a pasar de nivel.

Me arrodillo ahorcajadas de sus muslos y me quito la remera agujereada de Guns N' Roses, no llevo nada por debajo. Lena me come entera con la mirada, sé que disfrutó al ver mis senos rebotar con el movimiento que hice para quitarme ese pedazo de tela vieja. Me aprieta con los dedos sobre la cintura y comienza a mover su pelvis debajo de mí.

Ese pequeño pedazo de ropa interior que nos separa a ambas me da más placer con cada embestida. La necesito tanto.

Hago un movimiento atrevido, es muy temprano para esto, pero lo necesito. Acomodo una de mis piernas a un lado de su cuerpo y la otra en medio de sus piernas. Levanto su rodilla y me hago camino hasta sentir su humedad juntarse con la mía. El contacto me obliga a apretar mi mano en su pantorrilla y me sostengo de ella mientras arremeto con desesperación.

Siento su concentración en uno de mis pezones, sus dedos están helados. Yo sudo en frío con la respiración descontrolada. La vuelvo a apretar, forzándola a involucrarse más con mis movimientos si quiere que la suelte y la deje tomar el control.

Sus manos me agarran las nalgas y la dejo ir, cayendo sobre su pecho para continuar empujándome. Mi sexo no puede más, mi cuerpo se estremece sin voluntad y eso apenas inicia.

—Yulia, te necesito en mí…, por favor.

Con tan poco vuelve a matarme. Con cada mano separo ampliamente sus piernas, acostándome sobre la cama con mi cabeza a la altura de su centro e introduzco el dedo medio por completo en mi boca. Ella disfruta observándome atentamente y se prepara para mí alzando inconscientemente su cadera.

Inicio con mis dedos molestándola, provocándola, tentándola y los retiro.

—Por favor… —me suplica con desesperación, pero no estoy lista para seguir. Me gusta la tortura, casi lo olvido; amo hacerla sufrir.

La beso, justo ahí a boca abierta, con mi lengua persiguiendo sus ganas.

—¡Maldita sea, Yulia…!

—Llámame princesa —le digo molestándola.

—¿Qué?

—Que me digas princesa…

—Para que me mates o para que… me mates.

Río por la forma en la que dice esa última frase, implicando que haré lo que ella quiera para ayudarla a terminar.

—Dime princesa.

—No —me contesta con burla.

—Si no lo haces no tendrás nada de mí.

—Mm-mm —niega con tan solo ese sonido, comiéndose sus propios labios.

—Dime… —Paso mi lengua por la comisura izquierda de su pierna y su centro—, princesa. —Termino repitiendo lo mismo del otro lado. Sus gemidos hacen eco en mis oídos.

—Nnno… —se queja.

—Llámame princesa o…

—Por favor…, no seas tan cruel conmigo.

—Tienes las palabras ahí, Lena. Dilas y tendrás lo que quieres.

Comienza a desesperarse, los dedos de sus pies se curvan hacia adentro y su garganta sube y baja cuando su saliva pasa con dificultad. Me desea demasiado.

"Vamos Lena, déjate llevar".

—Tú odias los cariños… —Ya no resiste más pero aguanta cada paso de mi lengua agarrándose fuerte de las sábanas.

—Los odio, tienes razón… —Le doy uno más—, pero quiero escuchar, salir de tu boca, esas palabras dedicadas a mí.

—No…

Mi novia es muy testaruda y sabe que, lo haga o no, voy a terminar con mis dedos recorriendo su interior.

—¿Sabes? —le digo rozando la punta de mi quijada sobre su monte inferior—, el otro día pensaba en que… sería muy divertido comprarme un strapon.

Ella quiere uno o un dildo enorme con el que yo pueda manejarla a mi gusto.

—Y… ¿lo hiciste? —me pregunta.

—Mmmm no. Quería que fueras tú para que lo eligieras a tu gusto.

—Me estás… engañando —se corta al sentir mis labios nuevamente succionando en ese punto. Paso la punta de mi lengua a lo largo de su sexo. Esta vez ella golpea el colchón con angustia.

—¿Por qué mentiría, Len?

—A ti… no te… gustan esas cosas…

—Pero puedo hacer sacrificios por ti —miento, no sé si estaría dispuesta a hacerlo todo. Aunque, si lo pienso, doy bastante mi brazo a torcer cuando se trata de ella.

—Princesa…, por favor… adentro —vuelve a suplicarme, cumpliendo mi capricho.

De la nada saco un arnés, no sé ni cuando me lo puse. Ahí está el bendito dildo. Tomo la punta del mismo y comienzo a pasarlo de arriba hacia abajo.

—Princesa… —vuelve a rogar.

Quiero completar mi acción, pero dejo de sentir el juguete sexual en mis manos.

¿Qué diablos?

—Yulia…

¿A dónde fue?

—¡Yulia…!

¿A dónde fue Lena?

—¡Yulia despiértate y deja de gemirme en el oído!

—¿Qué?

Abro los ojos y la noche lo cubre todo en sombras, pero… Lena no está, es Ade.

—Creo que estabas teniendo un sueño húmedo con Lena —me dice molesta de aquí a Júpiter.

Levanto mi mano hasta la mesa de noche y enciendo la lámpara. Estoy en la casa de mi madre, Ade a mi lado, enojada por interrumpir su sueño.

—¡Apaga esa luz y déjame dormir!

Ahora lo recuerdo. Ade pasaría unos días conmigo hasta que mi madre regrese de su viaje de negocios. Mientras tanto hablaríamos sobre nuestro viaje a San Petersburgo.

—Yulia —vuelvo a escuchar a Lena entre sueños—, bésame.

Aquí vamos otra vez.

*

Ade es linda en las mañanas…

No cuando se levanta, parece que hubiese dormido con una turba de pájaros que hicieron un nido en su cabeza, pero después de bañarse y arreglarse, es linda.

Nos levantamos más temprano que de costumbre. Yo no pude dormir demasiado con el sueño recurrente que mi mente decidió crear. Por las ojeras que trae creo que Ade tampoco y es mi culpa. Varias veces me cayó a golpes con la almohada para que me aleje de ella.

Bajamos a preparar un desayuno acorde, grande, con café tostadas, tocino y huevo revuelto. Ambas concordamos que sería lo más apropiado para un día que inició con pocas horas de sueño.

Me siento a la mesa dándole un mordisco a mi panceta cuando la noto sonriéndome con burla mientras vierte su café en la taza de mi madre. Es una suerte que no está para verlo, odia que toquen sus cosas y estamos hablando de una persona que no necesariamente le cae tan bien. Aunque desde que regresé a vivir en esta casa, mamá ha hecho un esfuerzo por aceptarme y a mis amigos, hasta le pidió a Ade que se quedara aquí mientras ella regresa de su viaje y sabía muy bien que mi amiga no dormiría en el sofá.

Ahí está esa sonrisita otra vez. ¿No quiero saber qué se trae? Pero sospecho que no es nada bueno.

—¿Café? —me pregunta alzando la cafetera—… princesa.

Ay, no. Mátenme. No, no, ¡no!

¡Esto es su culpa!

"¿Nuestra por qué?"

¡Porque yo sé que no fui yo a la que se le ocurrió el sobrenombre!

—Déjalo ahí, ya me lo sirvo —le respondo haciéndome la estúpida. Yo no escuché nada de eso, no.

—¡Oooh! —dice haciendo un falso puchero, todo para continuar la maldita broma—, ¿está enojada… la princesa?

—Cállate y toma tu café…, idiota.

—¡Hey!, no es mi culpa que balbucearas toda la noche y no me dejaras dormir. Yo solo estoy siguiendo tu petición —me explica con el borde de la taza pegada en sus labios, sopla un poco y bebe un sorbo—… princesa.

—Basta, no hablaba contigo.

—No sabía que eras tan dulce, Yulia. Mucho menos que fueses tan pasiva.

—No-soy-pasiva.

"Sí que lo somos, lo de ayer fue un milagro".

—Tuve un sueño y no se pueden controlar los sueños, así que olvídate de lo que escuchaste y…

—Princesa, no le veo nada malo a que disfrutes de tu pasividad. Es más, acéptalo, déjalo fluir, siéntete orgullosa —me dice con un gesto gustoso en las manos. Quiero matarla—. Mira que el muerde almohadas es tan importante como el sopla cuellos.

—¡Yo no muerdo la almohada!

—Dios, ya me imagino a Lena quitándote el vestido pomposo de color rosa y lanzándote a la cama… —Se detiene subiendo los ojos al techo para regresarlos a mí un par de segundos después con curiosidad—. Dime algo, ¿tus calzones también son rosados?

—¡Aj, odio esa palabra y ya cállate! Para que sepas la que tenía puesto el strapon era yo.

—Uy, que activa. Perdón…, princesa.

"No se le va a olvidar de molestarnos nunca".

Las culpo. Ustedes son las responsables de que nos digan princesa el resto de nuestras vidas.

"A mí me gusta que nos digan princesa".

"Así que fuiste tú".

¡Niña insoportable y el resto que no hizo nada para detenerla! Ya está, tienen prohibido ocupar mis sueños.

"Nuestros sueños, querrás decir".

¡Nuestros mi trasero! Míos, como este cuerpo, mío y solo mío…

—Lo siento —me dice Ade, haciéndome caer en cuenta de que me desconecté totalmente por pelear conmigo misma. Vuelvo a concentrarme en ella dejando a las voces de lado. La sonrisa burlona que tenía ya no está—. No quería… recordarte a…

A Lena…

Pero eso es imposible. La pienso todo el tiempo, está conmigo cada minuto.

—No te preocupes, no es malo que la tenga presente —menciono queriendo consolarla, quitarle la culpa que de repente sintió por el exceso de su broma.

Ade baja la mirada a la mesa, no a las tostadas o al queso, ni siquiera a su taza de café. Se pierde en las vetas de la madera, guardándose algo que no me quiere decir. Yo tampoco quiero que lo diga, porque es parte de los pensamientos constantes que me rondan con respecto a ella. Las posibilidades de que regrese con vida después de un secuestro son cada vez menores según las estadísticas.

—Ya son veinte días —me comenta.

La escucho decir esas palabras y suenan tan pesadas. Son veinte días, ¡veinte! A estas alturas Marina ya estaba de regreso en una bolsa de CSI y esa una imagen que no puedo permitirme tener de Lena.

—Va a volver, Ade.

Ella levanta su vista, sus ojos acuosos se fijan en mí y asiente con poco convencimiento, pero con ganas de darme la razón.

Elena Katina es una de esas personas, ¿saben?

De esas que apenas las conoces se te lanzan adentro y se quedan allí. Puede ser odio o desprecio como yo sentí al principio; puede ser amor o cariño como el de Ade.

Tuvieron una amistad tan fugaz, sin embargo a mi amiga le ha afectado mucho el pasar de los días. Definitivamente no ha ayudado el que le haya contado esa parte de la historia que no mucha gente conoce de mi novia, el hacerla parte de esta locura. Es injusto, inaceptable, pero yo ya no daba más. Necesitaba soltarme, confesar mis miedos, mis dudas, llorar libremente en los brazos de alguien que me entendiera.

Fui egoísta. Ade no merecía tanto estrés.

—¿Le hablarás al papá de Lena sobre el viaje? —me pregunta iniciando el tema que debíamos tratar.

—No, ya no es necesario. No viajaremos a Akmola y los Katin ya tienen bastante con tratar de recuperar a sus hijos.

—No te asusta que sigan a doña Ksenia hasta San Petersburgo?

—No creo que lo hagan. No tienen razón para sospechar que buscas información sobre su pasado y Alenka.

—Es verdad, la carta de la universidad lo aclara.

—Exacto —le confirmo, mas no la veo convencida. Comienzo a dudar si involucrarla más es una buena idea. Lena es mi novia, ella mi amiga. Si alguien tiene que hacer esto soy yo.

—Deberíamos pensar en donde vamos a quedarnos cuando lleguemos a la ciudad. Podría ser cualquier hotel del centro —me dice volviendo al plan.

—Ade… no deberías ir.

—Olvídalo, Yulia. Voy y me entrevistaré con esa señora, averiguaré la información que nos falta para entender qué podría querer su papá raptándola y la encontraremos.

"Suena a ti hace unas semanas".

"Sí, cuando hablabas con Lena y le decías que no la dejarías ir sola a verse con su papá".

"Solo que esta vez estás del otro lado".

Y por eso mismo entiendo lo que Lena hizo al marcharse sin mí. Decidió dejarme atrás para protegerme, para evitarme el adentrarme más en un problema que no me pertenecía y en el cual ella me metió sin querer con su confesión en ese diario.

—No estás sola en esto, Yulia. Encontraremos la forma de traer a tu príncipe de vuelta para que pueda llamarte princesa.

Sonrío apenas con el comentario. Ade lo intenta, le pesa la situación, pero quiere verme con ánimos. ¿Qué sería de mí ahora sin ella?

—¿En serio llevabas tú el strap?

—Deja mi sueño en paz, ¿quieres?

—Ya —hace un gesto de cerrar su boca como si tuviese un cierre, pero la abre de todas formas—… princesa.

*

El día se acerca, la tensión es tanta que no pude dormir ayer. De hecho no lo he hecho por días y mi cuerpo ya le reclama a mi cerebro que deje de pensar en cosas imposibles e intente descansar.

Pero no puedo descansar. Un segundo que no esté alerta y esta caja de naipes se derrumba.

—Señorita Alenka —el guardia me llama por mi nombre con dos golpes desde el otro lado de la puerta de nuestra habitación—. El jefe la espera en su oficina.

Como ya se le ha hecho costumbre me llama a esta hora de la noche para cenar algo con él. No es de mi agrado verlo o compartir mis horas escuchándolo, pero debo hacerlo. No tengo otra opción.

—Corre Lenka —me dice Katya con rencor—, tu papi te espera.

—No es como si disfrutara pasar con él, el rato.

—Pues da la impresión de que te encanta su tiempo padre-hija.

No sé que es lo que imagina que hacemos. ¿Ir entre campos floreados con un chupetín?

No, no se parece en nada a una imagen Kodak de una familia feliz. Erich es un monstruo. Digo, pasamos tiempo juntos, pero un padre no invita a su hija a un prostíbulo para hablarle de sus días de juventud y los éxitos de su vida criminal, un padre no repite lo «buena» que te ves y cuánto te pareces a tu madre mientras te mira como si nuestro parentesco no importara, un padre no te enseña los puntos clave donde dispararle a una persona para matarla. Esas no son cosas que un padre e hija deben hacer juntos.

—No sabes de lo que hablas —le respondo en seco, tomando con desdén mi chaqueta de la cama. Me la pongo recogiendo mi cabello en un moño desaliñado. Intentar lucir lo menos atractiva se ha convertido en una necesidad.

—Estoy con Katya en esto, Lena. Vas y vienes a sus órdenes, cada vez hablas menos con nosotros y no quieres ser parte del plan.

—¿Del plan? —le pregunto a Iván con burla. Me tienen harta con el bendito plan. Que alguien les dé una sacudida a estos dos para que reaccionen—. ¿Te refieres a desarmar a los dos guardias que cuidan la puerta para escapar a lo James Bond?

—Lo dices como si fuese imposible. Yo aprendí técnicas de autodefensa en la secundaria y Katya es experta en karate. No tienes por qué temer, te cuidaremos —recita mi hermano en voz baja la gran idea—, podemos hacerlo.

Niego con una sonrisa irónica en la boca y suspiro con cansancio de repetirles que no saldremos vivos si llevamos a cabo su absurdo plan. Están tan ciegos, esto no es una película de acción donde los buenos siempre ganan.

—¿Ves? Desestimas lo que sugerimos y te largas con tu padre. De seguro heredaste ese lado oscuro y amas este mundo.

—Katya, no digas eso… —le pide Iván, siendo interrumpido de inmediato.

—¡Es verdad! Hemos pasado más de tres semanas aquí encerrados, viendo como nuestra hermana se convierte en un súbdito más de ese imbécil y…

—Ese imbécil escucha todo lo que decimos, ¿sabes? Y cada vez que bajo a encontrarme con él, me recuerda que podría matarnos con un chasquido de sus dedos —les informo, porque ya no aguanto más, estoy agotada, estoy nerviosa, estoy cansada de pretender con todos, de guardar la calma en una situación imposible, de hacer todo lo que puedo para que los mantengan con vida.

Porque de lo contrario, los tres estaríamos más muertos que las moscas que se van acumulando en la esquina de esta alcoba—. Su plan es inútil y más nos vale a todos hacer lo que él nos pida o me veré forzada a ver a más cuerpos inertes de gente que quiero.

Con eso me voy, los dejo solos para que piensen en todo lo que hablan cuando creen que están a salvo dentro de esas cuatro paredes.

Siento urgencia de que todo termine, de encontrar la forma de salvarnos a mis hermanos y a mí una vez que Erich tenga sus joyas en mano. Todavía no sé cómo cumpliré la promesa que les hice a ambos hermano de matar al otro. Erich nos ha mantenido incomunicados a Klaus y a mí durante semanas, así que no tengo idea si él está planeando algo en particular. Alex, por su parte, asiente suavemente cuando me ve, dejándome saber que está pendiente de nosotros con un ligero movimiento de sus labios. Es la única tranquilidad que tengo, saber que papá está al tanto de lo que sucede con sus hijos.


Al llegar a la puerta respiro intentando encontrar un valor que ya no tengo. Doy tres golpes y espero.

—Pasa —me responde con molestia. Esta será una de esas noches. Giro la perilla de la puerta y entro.

—Me mandaste a llamar.

—Sí, siéntate.

Lo hago, camino disimulando mi miedo. Su cara está llena de furia y eso no es bueno.

—Creo que hoy mismo torturaré un poco a tu hermano para que aprenda quién manda aquí —me amenaza como ha hecho en otras ocasiones—. Lo colgaré de los pies por unas horas y luego lo tiraré en el sótano con un pan viejo… a oscuras… de preferencia con las ratas.

Me callo, está enojado y no quiero indisponerlo más.

—Suéltate el pelo —me dice después de admirarme con una pausa.

Lo hago con lentitud, no lo sacudo o me lo arreglo cuando cae en mis hombros. No necesito provocar más sentimientos en él.

—Así está mejor, Lenka.

Me dice acercándose a mis espaldas. Me lo acomoda aprovechando para poner sus manos con suavidad en mi cuello y darme un masaje que no le he pedido y que desprecio.

—Estás muy tensa. ¿Nerviosa por el plan?

—Algo.

—Deberías —me dice. Sus pulgares suben y bajan por mi nuca—, cualquier cosa podría salir mal si los tuyos no se quedan tranquilos.

—Lo sé. Mis hermanos no harán nada que comprometa la misión, lo aseguro.

—Eso espero, querida. No me gustaría tener que buscar a Inessa Katina y ponerle una bala en la sien —me dice dejando de tocarme y se adelanta hasta su silla al otro lado de la mesa. Siento un corto alivio en su ausencia junto con una desesperación por lo que acaba de decir—. Para que estés más tranquila, el plan a cambiado radicalmente.

Lo miro fijamente. Los cambios en este tipo de situaciones no son reconfortantes, significa que algo importante pasó.

—En unas horas iniciaremos el recorrido por el túnel que cavamos hasta la puerta trasera de la casa. Mis hombres ya tienen preparado el descodificador de alarma y podremos entrar sin problemas.

—¿El robo será hoy?

Erich me sonríe, asintiendo.

—Estuve vigilando a tu gente, a Sergey Katin y Yulia en particular —me dice. Yo trago con dificultad sin poder evitarlo y el dolor se asienta en mi garganta.

—No dejan de sorprenderme. ¿Sabías que tu noviecita planea un viaje a San Petersburgo el mismo fin de semana que Katya y la vieja estarán allí?

La pregunta es retórica, no espera una respuesta directa de mí. Yo niego apenas, sin hablar.

—El viaje me pareció mucha coincidencia, así que escondí un micrófono en un arreglo floral que mandé a la vieja con Katya el otro día y ¿sabes qué descubrí? —vuelve a preguntarme algo que no le contestaré—. La maldita sabe del robo y aprovechó que tu amiga le solicitó una entrevista para sacar a su favorita de esta ciudad y mantenerla con vida.

Con «su favorita» se refiere a Katya, lo cual hubiese sido un alivio.

—Sergey se cree tan listo que está preparando un equipo para hacernos frente la supuesta noche del robo e intentar rescatar a tu hermano y a ti. ¿Qué te parece?

Esta pregunta si la debo responder.

—¿Cuál es el nuevo plan? —le pregunto sin discutir nada. Las cosas han cambiado y tendré que adaptarme.

—Antes de contártelo… Tráiganlo —dice presionando el botón del intercomunicador que tiene en su escritorio.

La puerta se abre con un golpe y Alex entra atado de manos por la espalda y con una venda sucia en la boca. Un tipo lo carga de cada lado manteniéndolo en pie.

—¿Lo conoces?

—Es… uno de tus hombres —titubeo, desestimando el estado de mi cómplice.

—Eso creía yo, pero en realidad es uno de los de Sergey.

Lo sabe, Erich sabe todo. Y si es así, sabe que yo estoy al tanto de muchas cosas que no debería, que lo engaño.

—Me preguntaba por qué la vieja Ksenia, después de que Katya regresara aquí, hablaba y hablaba de un agente encubierto que está pendiente de los tres chicos Katin. No había duda de que se trataba de uno de mis hombres, por lo que busqué indicios, cambios en el comportamiento de mi gente al exponerte a distintos panoramas —me informa, sus ojos fijos en mí esperando a que confiese la verdad—. Su mirada lo delató, su preocupación de que seas testigo de mis ocurrencias, el tratar de mantenerte tranquila, el estar pendiente en exceso de tu hermana al acompañarla a la casa de la vieja y su insistencia por vigilarla.

Erich se agacha abriendo la gaveta inferior de su escritorio.

—Tan solo le costó dos dedos decirme la verdad —me dice colocando un pañuelo sangriento en la mesa y, desdoblándolo, descubre los miembros dentro de él. Yo cierro mis ojos tratando de no memorizar la imagen.

—Dime, Lenka. ¿Crees como Sergey que soy tan estúpido?

—No sé de qué hablas —niego conocer a Alex, lo niego todo. Claro que si él le dijo que yo sabía de él, estoy frita.

—¿No?

—No, no lo sé. ¿Qué tengo yo que ver con esto? —le respondo agitada, no puedo evitarlo—. Es obvio que papá haría algo por encontrarnos, somos sus hijos…

—¡Yo soy tu padre! —me grita callándome. Mi sollozo es lo único que se puede escuchar.

—Ya no importa. Llévenlo al sótano —les ordena a los tipos que salen tal como vinieron, dando un golpe a la puerta—. Tú y yo iremos a la mansión esta noche y recuperaremos mis joyas.

—¿Qué hay de mis hermanos?

—Se quedarán aquí como garantía de que no cometas otra estupidez e intentes escapar, o peor, se te ocurra traicionarme.

—No haré nada que ponga en peligro a mis hermanos —le aseguro.

—Eso espero y para que te quedes más tranquila. Después de que tenga mi motín los dejaré libres en media carretera. Ya no los necesitaré.

Tengo miedo de preguntar el porqué. Todavía debo cumplir mi promesa, pero sin el incentivo de salvarlos, por qué lo haría.

—¿Los dejarás vivos o muertos?

—Ja, ja, ja —su carcajada me da escalofríos—, vivos—termina con otra risa igual de fuerte—. No tengas miedo Lenka. No planeo hacer una desgracia de tu vida. Te prometí que no haría daño a nadie más mientras cumplas mi petición. Si no lo haces cuando llegue el momento, regresaré por ellos y por los demás. Pero eso solo sucederá si no cumples tu parte del trato.

Y claro, siempre está la amenaza de que puede volver a matar a quien le de la gana.

—Hay algo más que quiero que hagas —me dice sacando una hoja de papel y un bolígrafo—. Quiero que le escribas una carta de despedida a tu novia.

No entiendo, ¿por qué?, ¿para qué?

—Quiero que le digas que estás bien y estarás bien mientras todos se mantengan alejados y no te busquen.

¿A qué se refiere mientras no me busquen? ¿A dónde vamos?

—Puedes escribir todos los te amo que quieras, no me interesa. Estaremos muy lejos cuando la lea.

Y a esto me refería cuando decía que no es tranquilizante que las cosas cambien. Estaré sola hasta que cumpla mi promesa, y si no lo hago no volveré jamás, ni siquiera en una bolsa de basura.

*

Erich me indigna con su poca moral. Me da asco pillarlo observándome como ve a sus prostitutas personales; de arriba a abajo, relamiéndose los labios, sin intensión de ocultar su excitación. Su toque me da repulsión. Luego viene y me da consejos inútiles, intenta enseñarme lecciones de su mundo como un padre haría con un hijo. Eso es lo peor, que crea que yo quiero ser parte de su vida de esa manera, que pretenda que lo mejor que le pudo pasar fue nuestro reencuentro.

Cuando se da cuenta de que se le ha pasado la mano al morbosearme —como seguramente lo hacía con Alenka—, intenta consolarme con una buena obra. Como hoy que, de su propia voluntad, me dio un vínculo mínimo con Yulia, una despedida porque quién sabe a dónde iremos después del robo. Solo sé que me voy con él, que mis hermanos regresan a casa y que es importante que no vengan a buscarme.

—Por favor déjame despedirme —le imploré antes de subirnos al auto que nos llevaría hasta la entrada del túnel—, quizá sea la última vez que los vea… Son mis hermanos. Por favor.

Le fascina sentirse importante; quien tiene el poder es él, quien decide qué se hace y qué no es él, nadie es tan poderoso como él y, como tal, se deja vencer por mi súplica y me complace.

—Tienes cinco minutos —me dijo y salió por la puerta principal. Yo subí corriendo y les conté que iríamos por el motín en ese momento, que ellos serían liberados cuando Erich lo tenga en sus manos y que yo los alcanzaría después. No quise decirles la verdad.

—Los quiero —les dije antes de partir. Me lancé a los brazos de mi hermano, él me abrazó con fuerza y me dio ánimos.

—Ten cuidado.

—Haré lo posible —le contesté—. Ya estamos cerca del final, Iván. Por favor, no trates de ser un héroe. Los necesito a ambos con vida.

Él asintió sin decirme más, si hacía mención alguna sobre la posibilidad de que yo pudiera asediar a Erich e intentar huir, todo podría irse al demonio.

—Siento haberte dicho lo de…

—No importa, Katya —la interrumpí colgándome de su cuello—, cuídate y sigue las instrucciones que te den.

—Lo haré…, los dos lo haremos. Tú también cuídate, Lena. Te estaremos esperando, iremos a casa juntos.

Quisiera que fuese así, pero no. Al menos ellos estarán a salvo.

—Ya es hora —nos informó uno de los guardias con dureza y se acercó a mí con intensión de llevarme a la fuerza. Yo me adelanté y me alejé de mis hermanos dándoles una última mirada antes de salir de la habitación.

—Nos veremos pronto —les dije apresurándome a la planta baja.

Al entrar en el asiento trasero del Jeep, Erich me brindó una copa de Champagne.

—Bebe, tenemos mucho que celebrar.

Él siempre tan… elegante.

—Yo no tomo alcohol —le mentí.

—Te di una orden, no era un pedido.

¿Cómo no hacerle caso a ese tono tan dulce de su voz? Me lo tragué en dos sorbos.

—Espero que estés lista para esto —me dijo sacando un arma y un cartucho que se encargó de enseñarme con cuidado—. Por si se te ocurre que matarme sería una buena idea, solo tiene una bala.

Úsala con inteligencia, en defensa propia si entras en aprietos en la casa. Contra mí solo te causará la muerte inmediata a manos de mis hombres.

Con un gesto de resignación tomé ambas partes y cargué el arma como lo había practicado los días anteriores.

—Tú irás sola —me informó. Ya lo sospechaba. Mientras más alejado esté de todo, mejor para él. Además debe considerarlo algo así como mi graduación—. Subirás a la segunda planta y caminarás derecho hasta el fondo. La habitación de la vieja es la de puerta blanca adornada con rosas talladas en la madera.

—Entendido.

—A esta hora debería estar cenando, así que el camino está libre. Yo me quedaré en la entrada del sótano, esperando que me contactes por el comunicador para darte la clave de la caja fuerte —me dice entregándome una caja pequeña con un audífono.

—¿Por qué no me la das ahora? —le pregunté.

—Porque desde que me enteré del plan que Sergey tenía para atraparme, desconfío que la información que Katya consiguió sea correcta. Si cuando llegues allí descubro que me engañaron… mataré a uno de tus hermanos.

—Eso no fue lo que acordamos.

—Tampoco que me traicionaras.

—¡Yo no hice nada, ya te lo dije! —le miento, actuando con indignación—. He mantenido mi parte del trato y más vale que tú cumplas con la tuya.

Me excedí con mi amenaza. Su instinto de sentirse en control le cambió el genio a uno furioso.

Levantó su mano sacando la pistola que guardaba en el porta armas que tenía debajo de la chaqueta y me apunto en la frente.

—Recuerda quién manda aquí.

Con un valor que no sé de donde saqué decidí contestarle.

—Tú recuerda que sin mí no hay joyas.

—¿Eso crees?

—Si no fuese necesaria, no me habrías traído. Si pensaras que voy a traicionarte me habrías matado ya, como lo hiciste con mi madre.

—Es la primera vez que te escucho reconocer que Alenka era tu madre —me dijo con asombro y bajó el arma. No era la primera en realidad, pero sí con él. Desde que lo conocí he negado mi parentesco, refiriéndome a ellos por nombre, nunca por título. Erich siempre tiene que recordarme que él es mi verdadero padre—. Cumpliré mientras tu cumplas. Mis joyas, sus vidas.

—Si te mintieron con la clave… no es mi culpa, ni las de mis hermanos.

—Ahí es donde tu ingenio entra en juego. Tienes un arma de fuego, tienes una bala. Úsala con sabiduría.

Ladrona, asesina, potencial secuestradora con un pasado temprano muy violento. ¿Es esto lo que soy… lo que tenía marcado en el destino? ¿Convertirme en él?

«Tus hermanos dependen de ti. No lo arruines», retumban sus últimas palabras en la mente mientras camino por el pasillo intentando no ser notada. Tengo miedo, tiemblo.

¿Qué se supone que haré si el código es falso? ¿Me acerco con el arma levantada apuntando a todo lo que se me cruce en el camino hasta llegar a la dueña de la casa y obligarla a darme lo que es suyo?

¿Y qué pasa si hay seguridad, si ellos me apuntan a mí, si no tengo otra salida? ¿Mataría a alguien para intentar escapar de esta complicación?

Las escaleras están iluminadas a media luz. Subo con cuidado una a una hasta llegar a la segunda planta. Los pisos de mármol me dan la sensación de frío, aumentada por la corriente del aire acondicionado. Mi piel se eriza, mis nervios están de punta. El más mínimo sonido me altera.

Sigo de frente, al fondo hay una ventana grande, sus cortinas casi transparentes se mueven ligeras. Camino allí y me encuentro con la puerta descrita; blanca, tallada con flores. Es enorme y se abre en dos partes.

Empujo el cerrojo hacia abajo y escucho el movimiento de la misma al entrar. La habitación está oscura, pero veo una luz filtrarse desde el fondo.

Por favor, que no haya nadie adentro, por favor.

Mis pasos continúan sigilosos. No se escucha nada, quizá solo dejaron la luz encendida.

Sigo con el arma en mano, el seguro puesto por si me encuentro con alguien, no quiero matar a nadie.. Mis nervios se llevan lo mejor de mí. No puedo con esto, me niego a ser como él.

Llego al marco de la entrada del closet, aquí es donde se supone que debe estar la caja fuerte. Me apoyo de espaldas a la pared y respiro hondo lo más callada que puedo, dejando salir el aire por la boca como única forma de calmarme, mas no lo logro. Tomo otro respiro.

Debo hacerlo, debo entrar.

Cierro mis ojos, el frío del aire me recorre los labios, aprieto con ambas manos el arma y la levanto hasta mi pecho.

Coraje.


Giro mi cuerpo en el mismo lugar, mis ojos abiertos atentos a cualquier movimiento. Doy un paso y miro adentro con cuidado y lentitud.

No veo a nadie, pero el área derecha está oculta por un mueble.

—¿Ya llegaste? —me pregunta Erich por el comunicador.

—Sí —susurro.

—¿Ya estás frente a la caja?

—No.

—Apresúrate.

Su presión no me ayuda, me da miedo hablar demasiado alto. Vuelvo a cerrar los ojos y los abro tragando mi nerviosismo. Giro a la derecha y…

¡¿Papá?!

¡Tiene su dedo índice levantado enfrente de su boca pidiéndome silencio!

—¿Ya llegaste? —me repite Erich.

—Sí —le respondo, papá asiente y me dirige hasta la caja poniendo un papel frente a mí.

Un escalofrío me recorre el cuerpo al leerlo.

«Amor, tranquila. Tenemos el sitio rodeado. Solo sigue sus instrucciones y te sacaremos de aquí».

Por un momento siento alivio, un abrumador consuelo. Es papá. hace tanto que no lo veía, es… mí papá.

—Lenka, me escuchas

—Sí, perdón, creí escuchar algo —le explico escondiendo la verdad.

—La clave es 4-7-2-9-5-1-0-3.

No la necesito en realidad, ni importa si es la correcta. La caja fuerte está abierta.

Papá me muestra otra nota.

«Tómalas, no hay problema. Las devolveremos después de apresarlo».

Comienzo a guardarlas en la mochila y la cierro.

—Las tengo —le digo.

—Muy bien, ahora regresa con cuidado. Te estaré esperando.

La comunicación se corta, aun así no cruzo palabra hablada con mi padre para no cometer una indiscreción que ponga en peligro a mis hermanos.

«Te seguiremos con cuidado, no te preocupes. Te amo hija», me dice en otro papel.

—Te amo —le comunico solo con los labios.

Mi emoción por verlo y mi tranquilidad desaparecen al recordar lo que olvidé por un segundo. Erich y yo hicimos un trato. La vida de su hermano por mi libertad y el bienestar de los que amos. Si papá me saca de aquí, él cumplirá su promesa y los matará a todos, hasta a Jared Leto.

—Papá, Katya e Iván… —le vuelvo a hablar solo con los labios.

Él se apura escribiendo otra nota.

«Debes ir con él hasta su guarida. Los allanaremos allí y los rescataremos a los tres».

—¡¿Qué pasa que no bajas?! —me reclama Erich lo suficientemente alto como para que papá lo escuche.

—Pensé que alguien había entrado en la habitación y me escondí.

—Usa el arma si tienes que hacerlo y apresúrate.

«Ve, estamos tras de ti, tranquila».

Apuro mis pasos y camino sin pensarlo demasiado hasta los escalones y regreso a ver a papá que viene a dos pasos por detrás de mí. Él asiente con rapidez y yo sigo. Llegó al sótano y antes de
pasar por la salida al túnel vuelvo a verlo.

Su mirada me dice que nos veremos pronto, que no tema. Estiro mi mano hacia él, apretando la suya y él se acerca con velocidad para darme un beso en la frente. Asiente, dejándome ir y yo continúo con un dolor en el pecho mientras recorro el estrecho pasadizo cavado a mano hasta la salida de la casa.

Esto no saldrá como papá quiere. Yo no puedo escapar todavía.

—Bien, déjame verlas —me dice Erich a la puerta del auto—. Abre la mochila que le entrego y su mirada resplandece con el brillo de su preciado motín.

Con rapidez me toma fuerte del brazo y me mete al Jeep, exigiéndole al conductor que se apure manejando a la carretera.

—¡Por fin!

—Deja a mis hermanos ir —le digo cortando su entusiasmo.

—Lo haré cuando lleguemos a la casa segura.

—No, ahora —le exijo.

—¿Crees que pones las reglas? —me pregunta fastidiado.

—Cumple tu parte del trato, yo hice lo mío.

—¡Cuando lleguemos a la casa segura!

—¡No! —le digo sacando el arma que parece se olvidó que todavía tenía.

—Te crecieron huevos, hija —me dice riendo. Vulgar como siempre.

—Déjalos ir.

—Cuando lleguemos a la casa segura —me repite—, y baja el arma o los dejaré muertos en medio de la nada.

No puedo permitir que ellos mueran por mí como Marina lo hizo.

—Solo hay una forma de que salgas con vida de esto —le digo arruinándolo todo, pero es la única forma de asegurar sus vidas—. Déjalos ir o te mato aquí mismo.

Erich me mira fijamente. Por primera vez veo algo de asombro y miedo en sus ojos.

—Mi papá no se atreverá a hacerte daño mientras yo esté contigo. —Su gesto de impotencia y molestia, me dice que sabe a qué me refiero—. Déjalos ir, muéstrame que están bien y me iré contigo como tu presa. Saldrás de esta, pero déjalos libres… ahora.

Con desgano saca su celular y marca enfadado.

—Klaus, déjalos ir y salgan de ahí, es una trampa —le dice apurado—. Dales el teléfono desechable y haz que llamen a mi número en cinco minutos. —Termina de decir y le cuelga.

Yo no dejo de apuntarle por todo ese tiempo. El Jeep continúa acelerado por el desierto. No tengo la más mínima idea de a dónde estamos yendo.

De repente, el teléfono suena con un tono desesperantemente común. Erich me lo alcanza, lo tomo con mi mano libre sin descuidarme un segundo.

—¿Katya, Iván?

—¡Lena! —me responde mi hermana—. Estamos en la estación de policía de Akmola. Nos soltaron a unas cuadras de aquí. ¿Dónde estás?

—Tienes diez segundos para despedirte —me advierte el monstruo mirando su reloj.

Claro, rastrearán la llamada.

—Katya, escúchame bien. Cuida a mamá y papá. Esto no es culpa de nadie, los amo a los cuatro… Por favor, llama a Yulia, dile que… que la amo.

Erich me arranca el teléfono y lo tira por la ventana.

—Acelera al sur, debemos alejarnos de este sitio de inmediato o nos encontrarán —le dice al conductor, quien se acelera por medio de la nada—. Sigue sin detenerte hasta la siguiente casa segura.

Terminó, cumplió su parte del trato. Ahora yo debo cumplir la mía o todos sufriremos las consecuencias.

—Listo —me dice refunfuñando—. Ahora deja de apuntarme y devuélveme al arma niñita, o me encargaré de hacerte la vida más miserable que a la rubia de tu ex.

Tragando con dificultad le obedezco. ¿Qué más puedo hacer? No soy Superman y mi mamá no se llama Martha.

La sonrisa que me da al recibirla es una de puro odio mezclado con orgullo. Se siente bien de verme responder como solo uno de sus retoños lo haría.

¿Qué hice?

¿Habría papá sido capaz de salvarnos a los tres?, ¿o tomé la decisión correcta al convertirme en su rehén?

Tal vez no lo sepa nunca. Por el momento, Erich todavía tiene toda la ventaja y exactamente lo que quería; su motín, sus estorbos lejos y su hija consigo.
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Jue Mar 08, 2018 9:32 pm

Hola Very Happy
que buen capitulo
cada ves mas emocionante
siguela pronto
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Sáb Mar 10, 2018 5:23 pm

Y bien, aquí les dejo otro capítulo ya casi acercándose al final. Me alegra cada vez más, lo mucho que les gusta esta historia. Gracias a tod@s

A leer!!

Capítulo 61: Una esperanza!!

Entrada número uno.

17 de julio, 2016

—Bienvenida a Berlin —me dijo Erich al aterrizar en su país de origen, hace casi cuatro meses—, vas a amar este lugar.

Sí claro, mi pasatiempo favorito es pasar encerrada en un cuarto de nueve metros cuadrados con una ventana llena de barrotes. Seamos realistas, soy su prisionera, no una turista que puede salir libremente a la calle y disfrutar de la maravilla de esta ciudad.

Por otro lado, extrañaba escribir.

Me tomó un segundo acostumbrarme al peso del cuaderno sobre mi pierna. Miré sus páginas a rayas —vacías de contenido—, y nada venía a mi mente. Al tomar la pluma en mi mano, sentí miedo de haber olvidado cómo hacerlo.

¿Debería escribir un resumen de este tiempo para no olvidarlo? Más importante, ¿es seguro?, o vendrá Erich a robárselo y leer todo lo que pienso de él.

Si es así…

Hola Erich, maldito bastardo. Mi más preciado sueño es verte morir y ser libre. Nos veremos en el infierno.

No, no me importa si lo lee. Ya nada tiene relevancia. Ya no me importa si me tortura, ya no me importa si me mata de hambre, que me haga presenciar sus perversidades se va haciendo cada vez más cotidiano, así que, si llego a morir, tampoco me importaría; hasta sería un alivio. He perdido toda esperanza de que papá haya podido mantener mi rastro por todos los países que pasamos antes de viajar aquí.

Este cuaderno fue un regalo de Klaus. La pluma es linda, es un estilógrafo metálico de tinta azul, luce caro. Me lo acaba de entregar hace unos minutos con una caja de recargas. Por supuesto, a escondidas de su hermano, pero yo no tengo privacidad en este lugar, no será un secreto por mucho tiempo. Lo agradezco, me refiero al regalo. Odio su procedencia, Klaus y yo no somos íntimos amigos o hablamos con frecuencia, pero en lo poco que puede hacer, trata de comprar mi atención y afecto, y esta vez atinó perfectamente con mi gusto. Bueno, ha puesto atención a los cientos de veces que le he pedido Erich que me deje tener algo para distraerme, un libro, una radio, algo con qué pretender que no soy su presa, un medio para expresarme; siempre con una rotunda negativa.

Sé que Klaus no tiene las mejores intenciones, no caeré en su juego. Tan solo quiere tenerme de su lado para que lo ayude a eliminar a su más cercana y peligrosa competencia y así quedarse con el pseudo imperio que Erich se está armando. Maldito hipócrita, su discurso de venganza por la muerte de su prometida y mi madre es una sarta de mentiras, lo que él quiere es poder.

¿Qué tipo de gente cría a hijos así?

Pues mis abuelos.

Otra actualización de este tiempo es que los conocí a unas semanas de llegar. Klaus me llevó de visita a su casa para cenar. Mi progenitor no fue, cómo ya es costumbre, decidió darse una vuelta por el burdel. Mejor para mí, no tuve que pretender que aguanto su humor o sus comentarios fuera de lugar.

Mi abuelo es como él, frío y duro. No le hace falta mencionar una palabra, lo dice todo con sus ojos. Es apático y se nota que también es intransigente. Me miraba con desprecio y con una extraña curiosidad, pero no me preguntó nada, lo cual mitigó la tensión.

Mi abuela, al contrario, es cordial y preocupada por ser una buena anfitriona. Cocina bien, más lo dulce que lo salado. Me dio doble postre, lo que molestó a mi abuelo, pero qué importa, a ella le dio gusto hacerlo. No ocultó su felicidad por tener una nieta.

Ninguno parecía compartir mucho con el otro, ni una mirada se cruzaron en toda la noche. Luego nos fuimos y mientras ella me abrazó fuerte en la puerta de su casa, él se marchó dando la vuelta.

Ya qué, tampoco esperaba tener un grato encuentro familiar…


Interrumpo mi escritura al escuchar dos golpes suaves en la puerta, no es Erich. Él entraría sin preguntar.

—¿Sí?

—Señorita Lenka, su padre quiere que baje.

—Gracias, ya voy —le contesto a la mucama, cocinera, lavandera y única persona que trabaja en esta casa. A veces bajo a la cocina solo para conversar con ella, digo, lo poco que podemos entendernos. Helga habla poco español y apenas está enseñándome algo de alemán.

Dejo el cuaderno bien guardado debajo del colchón. Tampoco voy a provocar otra pelea y realmente no quiero quedarme sin mi única forma de escapar de este lugar, aunque sea mentalmente.

Espero un minuto para encontrar mi paz interior y bajo las escaleras circulares que dan al pasillo principal de la casa, topándome con una chica rubia esperándome al pie.

—¿Lenka? —me pregunta al verme. Yo me detengo a tres escalones de llegar a la planta baja sin responderle.

—Millie —me dice.

No sé si ese es su nombre o todavía está tratando de adivinar el mío.

—Me llamo Lena —la corrijo, ella sonríe con un corto bufo.

—Lo sé —me dice estirándome la mano.

¿Qué?

¿Espera que la tome? ¿Está loca o qué? No la conozco.

—Vamos, no muerdo…

—Lenka, ven aquí hija —me llama Erich, quitándome atención de la rubia. Se acerca por el otro extremo con un hombre medianamente gordo de cabello gris—. Esta es la persona de la que te hablaba, el señor Müller, ¿recuerdas?

No…

Espera… ¿Müller?

Sí.

Días después de arribar y acomodarnos en esta casa, Erich me llamó a su despacho y me informó que permaneceríamos en Berlin por un tiempo, que no era hora aun de eliminar a su hermano. Mi cara debió haberle transmitido mi queja, porque inmediatamente me explicó que tiene un objetivo más importante y que si lo consigue, ni siquiera tendré que mancharme las manos de sangre. Sin decir más, me envió nuevamente a mi alcoba y se olvidó de mí por un par de días. Literalmente, se olvidó. Me cerró la puerta con seguro y no apareció en lo absoluto. Suerte la mía que la habitación tiene cuarto de baño, al menos no morí deshidratada.

Müller, es el objetivo de Erich. En otra de nuestras fascinantes y esporádicas charlas me comentó que quería que conociera a alguien muy importante, el dueño del negocio local de drogas más grande de Alemania. Él lo convertirá en el hombre más rico del país. ¿Exactamente qué quiere con él? No lo sé, pero sí, recuerdo ese nombre. Lo miro sin mencionar que es un gusto conocerlo, porque no lo es. Hago una pequeña venia y él me sonríe. Parece un buen tipo… un buen tipo que vende drogas y arruina vidas.

—Ella es mi hija, Millicent.

—Millie —lo corrige la chica, haciéndose la simpática.

—¿Por qué no van a conversar un poco al jardín o podrían ir por un café en la ciudad…?

—Al jardín está bien. —Erich interrumpe al hombre con firmeza—. No hace falta que vayan muy lejos —concluye, asintiendo a uno de sus hombres para que nos acompañe.

Ella me ofrece su mano de nuevo y esta vez no puedo negarme, tengo los ojos de nuestros progenitores clavados en mi respuesta. Aprieto mis labios y bajo los escalones que quedan, tomando apenas de sus dedos por un instante.

Antes de seguir hasta la sala, Erich me da una mirada de advertencia, más me vale callar.

Mi pecho se emociona al ver la puerta de entrada aunque no signifique que iré de vuelta a mi país. He vivido tanto tiempo encerrada que hasta siento nervios de salir.

—¿Millie Müller? —le pregunto recibiendo la luz del sol por primera vez en semanas, se siente deliciosa—. Tus papás te odian, ¿no? —me burlo.

—Me gusta mi nombre —me responde en un perfecto español, realmente perfecto—. Alenka Schwarz es uno lindo también.

—Lena, no Alenka —la vuelvo a corregir. Me rehuso a aceptar esa como mi identidad, esa persona murió junto con su madre hace muchos años.

—Es un gusto conocerte, Lena. Me han «hablado» mucho de ti —puntualiza.

—¿Ah, sí? ¿Puedo saber qué?

—Que eres una chica agradable, amante del arte y la buena música.

—¿Eso es todo?

Gran cosa no sabe de mí.

—No, además qué eres inteligente, aunque un poco despistada.

—Ja.

—¿Crees que no lo eres?

Callo un momento, ¿cuán inteligente sería contradecirla?

—Quizá —le respondo sin más, ella amplía su sonrisa achicando sus ojos con algo de bochorno.

Su actitud hacia mí me descoloca. Siento una familiaridad extraña con ella y una incomodidad, como si estuviese tratando de conquistarme.

—Sentémonos —me dice sentándose sobre la yerba del jardín y se cruza de piernas, apoyándose hacia atrás con sus brazos estirados.—. Me encanta tomar el sol —menciona. Cierra sus ojos y
respira profundamente, dejando salir el aire por su nariz con lentitud—. ¿No crees que es lo más relajante que existe?

La imito bajando hasta su posición y estiro mis piernas sobre el pasto, hago mis brazos hacia atrás y dejo caer mi cabeza sobre mis hombros.

Sí, es agradable, es lo más reconfortante que he sentido últimamente. Es suave, cálido, encendido en un color naranja por detrás de mis párpados. El aire está limpio y fresco. Lleno de él mis pulmones varias veces, dejándome ocupar de esa paz.

No calculo el tiempo que me mantengo fija en esa posición, pero es bastante hasta que recuerdo que no estoy sola y abro mis ojos de inmediato enderezándome al verla sonreír nuevamente mientras me admira.

—También me dijeron que eras hermosa —menciona divertida—. No se equivocaron.

Me quedo callada, sin darle un gracias al halago ni preguntarle quién fue el que me puso en ese altar.

—Nos veremos seguido a partir de hoy.

—No lo creo, a Erich no le gusta que… haga nada en realidad.

—Eso es porque apenas hoy se tomarán decisiones importantes acerca de nosotras —me dice con total naturalidad. Yo no llego a comprender el significado de sus palabras. ¿Cuáles son estas decisiones?

—Vaya, no sabía que tenía cinco años para que escojan por mí una compañera de juego.

—¿Creías que tenías poder de decisión en «este mundo»? —puntualiza—. Agradece que soy yo con quien tendrás que lidiar. Hay gente que no quisieras tener cerca, créeme.

No se equivoca. Me he fijado cómo me miran los hombres de Erich. Soy la única mujer aquí aparte de Helga que ya es una mujer madura. Estoy convencida de que si no fuese su hija y él no cerrara mi puerta con seguro todas las noches, algo sucedería cada una de ellas.

—¿Qué se supone que se decidirá sobre nosotras? —le pregunto directamente. Solo una cosa cruza mi mente.

—Te aseguro que te agradará. No te preocupes, comenzarás a dejar esta casa con frecuencia.

Sin percatarme de su presencia, el guardia junto a nosotras me levanta de un jalón por el brazo.

—El jefe quiere que regresen.

Su apretón es fuerte y me lastima mientras me empuja unos pasos.

—¡Au, duele!

Otro apretón me lastima aún más.

—¡Hey! —lo llama Millie, el tipo se detiene únicamente al recibir su mirada de reproche y me suelta.

—Wir gehen —le dice con dureza. El tipo asiente y se adelanta, dirigiéndose a la casa—. ¿Estás bien?

—Sí, adolorida, pero bien.

—Nunca dejes que te traten así. Eres la hija de su jefe, la que manda eres tú —me aconseja mientras comenzamos a caminar con lentitud. Presiento que ella está consciente de que al entrar, no volveré a ver el sol en algún tiempo y no me apura—. No te preocupes por el encierro, es temporal. No permitiré que te conviertan en una estatua más de este lugar.

Su amabilidad y preocupación me dan un poco de calma, pero la incertidumbre de no saber qué sucede la elimina por completo.

—Veo que se hicieron amigas —nos dice el papá de Millie al encontrarnos en la puerta.

—Lenka es todo lo que mencionaste Erich, tienes un sueño de hija.

Mi progenitor sonríe con gusto, no por el halago que acaba de darme la rubia, tiene esa cara de satisfacción de que las cosas están saliendo tal y cómo las planeó.

Debo tener cuidado. Comienzo a sospechar que la intención de traerme aquí nunca fue terminar con la vida de su hermano. Lo compruebo al ver a ambos hombres darse un fuerte abrazo y estrechar sus manos como si estuviesen cerrando un trato importante y escucho:

—Es un gusto finalmente concluir nuestro acuerdo.

Palabra clave «finalmente».

Llevó aquí cuatro meses, mas apenas llegamos se me advirtió del cambio de planes. No es casualidad, no es algo reciente.

Finalmente siento que soy una pieza clave en este juego de ajedrez que Erich se ha encargado de construir. Debo tener mucho cuidado.

*

—¿Y la hiciste salir a la calle puesta su pijama de unicornio?

—Yo gané la apuesta. Era mi derecho.

—Eres cruel —le digo a Ade imaginando la escena. Pobre Rachel.

—Es lindo.

—¿Qué, burlarte de tu novia?

—No —me responde—, verte sonreír de nuevo… es lindo.

Inmediatamente y sin voluntad se me quita.

—Lo siento, lo arruiné. —Se lamenta.

—No, no fuiste tú. No tengo mucho por qué sonreír eso es todo.

Han pasado cuatro meses desde que desapareció, cinco desde que salió del departamento por su propia voluntad y la secuestraron. Ya, la esperanza de volverla a ver, no la tengo.

—¿No han sabido nada nuevo?

—No, hace semanas que no hablo con sus padres y lo último que mi amigo Ruslán me contó es que Sergey sigue igual de desesperado buscándola por todo el país.

—Todavía no puedo creer que les perdieran el rastro en Ekaterimburgo. Para mí que cruzaron la frontera a Ucrania.

—Yo pienso igual e imagino que sus padres también, pero no hay pruebas. Si salieron no lo hicieron cruzando normalmente los puntos de seguridad de la carretera o el aeropuerto. Sergey fiscalizó todos los videos de seguridad, cada uno de ellos. Lena salió escondida o sigue en el país… Quizá enterrada en algún lugar.

—No digas eso, Yulia. Está viva. Tú misma lo dijiste cientos de veces. No sientes que haya muerto, está bien y va a volver, ya lo verás.

Sí, eso era lo que me repetía constantemente, imaginando que tengo un lazo tan fuerte con ella, que puedo sentir su presencia en este mundo. Sin embargo no es así. Fuimos novias por tan poco, estuvimos juntas contados días, nos conocemos a fondo desde hace escasos meses, no es cómo si tuviésemos…

—Hey, ¿estás bien? —me pregunta Ade. Mi concentración se fija en una pequeña sombra en la mesa—. ¿Yulia?

Vuelvo mis ojos hacia la ventana y veo las ramas de la planta que la crean junto con la luz. Es una cruz perfecta.

"Es Lena, está viva, ¿ven?"

"Deja de desvariar, es una coincidencia".

"¿Por qué eres tan negativa? ¡Es Lena! No podemos perder la esperanza".

"Yo soy de la idea de que mejor nos vamos olvidando de ella o nos volveremos locas".

—¿Yulia?

—¿Hmm?

—¿Estás bien?

—Sí —digo sacudiendo mi cabeza y regreso mi atención a mi amiga.

—Necesitas distraerte, salir de esta casa.

—Lo que necesito es estudiar.

—¡Blaj! La última semana de escuela. La recuerdo como si hubiese sido ayer, es horrible. Bueno, ahora tengo una de esas al final de cada semestre —me comenta—. Lo que me recuerda, yo también tengo que estudiar.

Se levanta recogiendo su taza de café y la mía para dejarlas en el lavaplatos. Yo hago lo mismo para acompañarla a la puerta de calle.

—Después de esta semana planearemos algo para que te diviertas, un paseo a la bahía o ir a visitar a tu hermana como la otra vez.

—Puede ser.

—Anímate, Yulia. La esperanza es lo último que se pierde.

Ade me da un abrazo y sale de la casa preocupada por mi decaído humor. Mamá es igual, cada vez que me deja sola se llena de miedo de que vuelva a caer en el ciclo que me envolvió cuando Ruslán me llamó a contarme lo sucedido, y que me convierta en una misma con la cama. Mi peor momento fueron esos días en los cuales liberaron a los hermanos de Lena y ella se esfumó. Yo terminaba de desayunar con Ade e íbamos camino a la escuela cuando mi teléfono comenzó a sonar con la canción de los Teletubbies.

—Yulia, algo está por suceder.

—Ruslán, cálmate. ¿Tienen noticias de Lena?

—No solo noticias. Sucede que el agente que estaba cuidándola no se ha reportado en más de veinticuatro horas, no ha cumplido ninguno de los protocolos y Sergey se está alistando para viajar a Akmola en unos minutos.

—¡¿Lena está en Akmola?! —le pregunté con sorpresa. La vieja rica me cruzó por la cabeza e inmediatamente tracé líneas entre los puntos que tenía en frente. Erich, Lena, Akmola, la vieja, todo estaba conectado.

—Los tres, Lena, Katya e Iván —me confirmó—. Según escuché la próxima semana la dueña de casa iba a viajar y los tipos que los tienen aprovecharían su ausencia para entrar en la casa y robarla, pero ya nadie sabe nada. Sergey viajará porque creen que si descubrieron la identidad del policía encubierto, cambiarán con apuro de planes. Así que intentarán rescatarlos.

No podía creer que Ade y yo habíamos estado tan cerca de encontrarla si nos reuníamos con la vieja como lo teníamos pensado.

Al día siguiente recibí otra llamada de mi amigo, esta completamente devastadora.

—Yulia…

—Ruslán, ¿tienen noticias? ¿Rescataron a Lena?

—Yulia… —repitió sin encontrar las palabras para terminar de hablar.

—¡Suelta la lengua, renacuajo!

—Katya e Iván acaban de llegar con Sergey a casa, pero Lena…

—¡¿Qué diablos pasó?!

—No lo sé. Todos están llorando, diciendo que se la llevaron después del atraco y les perdieron el rastro en medio desierto.

No podía creer la mala suerte que tenía mi novia y por qué todo tenía que sufrirlo ella. Debieron llevarse a Katya, a ella nadie la extrañaría.

—Sergey acaba de salir como loco hacia la estación de policía para pedir que lo incluyan en la búsqueda y exigir que se vigilen las fronteras.

Unos días después me enteré que habían reconocido a Lena en un video de seguridad de un banco en Rostov. Su padre movilizó al departamento local entero buscándola en cada metro de la ciudad, pero nada de eso sirvió. Se esfumaron. Desde entonces no hay ni una sola pista.

Llego a mi cama y me lanzo en ella. Quiero desaparecer.

No tengo ganas de abrir un solo libro para estudiar o la energía necesaria para pensar en historia o física. Si todavía viviese sola estaría envuelta en una nube de humo de la tercera caja de cigarrillos que me estaría fumando. Vivir en la casa de mamá anula mi poder de autodestrucción.

Levanto mi cabeza y estiro mi mano por debajo de la almohada, sacando el diario de Lena. Ese que Nadia me entregó en su auto aquella mañana que me dio un aventón a la escuela. Lo abro pasando mis dedos por sus letras, es la única forma que tengo de sentirla conmigo.

«Si alguien está leyendo esto, por favor, pido respetar las notas antes de cada entrada», lee el párrafo que escribió en la primera hoja. Evidentemente ese alguien era yo.

Busco el separador que tengo colocado en mi entrada favorita y la abro.

No leas esta. Lo digo en serio.

¡Yulia!

Esta es privada…

Ya, está bien, léela si quieres.

Su discusión con mi futuro yo, escrita esporádicamente con bolígrafo de color rojo sobre el inicio de la página, me causa la misma gracia siempre que lo leo.

*

Entrada número cincuenta y dos.

28 de enero, 2016

Te extraño, hoy más que otros días. Es un mes exacto de nuestra pelea y me duele tanto no lograr reconectarme contigo. Hace una semana que llegué a Moscú y casi no cruzamos palabra, interactuamos muy poco y tu enojo se desborda en cada gesto.

¿Sabes que te miro por las noches? No todas, a veces siento que la que me mira eres tú.

Me pregunto si me deseas como yo a ti. Si piensas en levantarte, dar unos pasos hacia mi cama y abrazarme como me muero por hacer, o si piensas en besarme, en tocarme, en arreglar las cosas.

Insisto, te extraño.

La primera cosa de la que me enamoré fueron tus labios; suaves, dulces, apasionados. Lo cambiaron todo para mí, necesitaba darles mi atención y yo ansiaba los sentimientos que me invadían al tocarlos con los míos.

Tu sencilla sonrisa me conquistó inmediatamente después, tu olor que gritaba felicidad y sensualidad.

Tu pasión fue la tercera, esa incontrolable necesidad, casi irracional, que tenías de tocarme para mostrarme que me deseabas. Aunque tu miedo por ir más allá te detenía.

Aun recuerdo nuestra primera vez, entregarme a ti y a tus deseos. Dejarme guiar en cada paso, con cada caricia, con cada palabra.

Pensé que había sentido pasión antes, sin embargo, me di cuenta que había estado muy equivocada. Ninguno de mis anteriores amantes me encendía como tú, nadie pudo hacerme sentir tan completa.

Fui tan feliz esos días, hasta el punto de olvidar todo el dolor de mi historia, de pensar y soñar con una vida a tu lado, simple y compleja a la vez, llena de aventuras y momentos aburridos que igual disfrutaríamos.

¿Te sentiste tú así?

Te veo hoy mismo, sentada en el sofá de la sala evitándome, ignorándome y pienso que lo mejor sería salir por esa puerta y dejarte ser.

Mi novia me odia, está forzada a compartir tiempo conmigo y… no es justo que yo esté aquí.

Te extraño. Siento tanto haberte mentido sobre haberme acostado con Leo y Marina, nunca sucedió. Lamento haberte echado a empujones de mi casa y entiendo que ya no quieras nada conmigo.

Ade es linda y tú te mereces a alguien así.


Ahí termina, así, con tristeza, pero aun sigue siendo mi entrada favorita. Ella y yo nos sentíamos igual. Yo iba a la sala para darle su espacio, pensando que ella no quería pasar tiempo conmigo. Fuimos un par de idiotas.

Unos días después Lena se decidió a hablar con Ade y se convenció de que nada sucedía entre nosotras. Luego vino San Valentín y pues…

La extraño. Ya son cinco meses desde que salió por la puerta de mi departamento, dejándome profundamente dormida y sin saber si la volveré a ver.

Dejo el cuaderno sobre la cama mientras busco por mi teléfono que suena con aviso de mensaje.

«Tengo los pasajes listos. Viajaremos a San Petersburgo después de tu graduación», me cuenta Ade.

«Gracias por consultarme», le respondo.

«No empieces con las quejas. Hablé con tus padres y ya tienes permiso. Volaremos a San Petersburgo en una semana».

No me entusiasma este viaje, siendo sincera preferiría convertirme en una cobija más de mi cama y así pasar todo el verano.

«Y ponte a estudiar que si no te gradúas no iremos ni a la esquina».

Miro hacia los libros sobre mi escritorio y giro hacia donde dejé el diario. Creo que el estudio puede esperar.

*

—Tengo novia —le repito a Millie, esto le causa gracia y sonríe entregándome una flor que acaba de cortar de su jardín.

—Lo sé, Lenka. —Actúa coqueta y abochornada, dando unos saltos en frente de mí. No me entendió.

—No me llamo Lenka y me refiero a una novia real, a una que yo elegí y que debe estarme esperando en mi país.

—También lo sé —me responde igual de simpática.

Creo que prefería pasar los días encerada en mi alcoba que aquí afuera a la luz del día con una chica que no me interesa, cortejándome.

—Mira, no voy a entrar en el juego que nuestros padres quieren —le aclaro de mala manera. Ella se detiene frente a mí y hace un gesto indicándome que me escucha—. Ya le dije a Erich que ni sueñe en venderme de esposa, no tengo interés de quedarme en este lugar.

Le toma unos segundos procesar mis palabras.

—Cariño —me dice con dulzura y entre risas—, tienes que aprender a relajarte. El estrés no le hace nada bien a tu complexión.

—¡Aj, no veo la hora de largarme!

Millie nota mis ganas de regresar corriendo a la casa para mandar a todos al diablo y me toma de la mano, obligándome a mirarla con atención. Sus ojos recorren mi rostro entero, me sonríe y se acerca a mí, colgándose de mi cuello y acercando su boca a mi oído.

—Pensé que eras mejor actriz, Lena —me susurra—. Si quieres salir de aquí tendrás que jugar. Y créeme, si eliges hacerlo con Erich y Klaus, nunca te marcharas de este pueblo —me advierte—.
Ahora sonríe y no rechaces mi beso.

Al soltarse se aproxima a mi rostro tiernamente y deposita sus labios suavemente en mi mejilla. Con gusto vuelve a sonreír mientras me toma de la mano y me guía unos metros más adelante.

Regreso a ver al guardia que nos vigila, se acomoda sin discreción el pantalón y sigue caminando. De seguro ya nos imaginó desnudas tirando sobre la hierba.

Millie nos dirige a un área donde pega el sol y se sienta invitándome a acompañarla con un discreto guiño de ojo. Qué más puedo hacer que seguirla. Mi vida ya no es mía. Levantando su mano llama al bodoque y le recita unas palabras en alemán. Si entendí bien acaba de pedirle unos vasos de limonada y al ver que el tipo no se movía le exigió que lo hiciera ahora con un tono más duro en su voz.

Él gruñe, pero se marcha sin chistar. Es a lo que se refería la otra vez. Ella es la hija del jefe, por ende la jefe. Quien manda es ella. Ojalá fuese así en mi caso.

—Lena escúchame bien —me dice cuando el hombre está lo suficientemente lejos para no escucharnos—. Esta no es la forma de salir de tu aprieto. Debes ser más inteligente.

—Oh, ya veo. ¿Te preocupa la seguridad de tu futura mujer?

—Soy heterosexual, querida. Tu cocoya me importa tanto como el dinero que tu padre le ofreció al mío para comprometernos.

—Erich no es mi padre.

—Sí, sigue negándote a todo y haciéndote la dura. La verdad es que, si sigues así, ni siquiera si Sergey arma una guerra te sacará de aquí.

—¿Qué sabes tú de mi padre o de mi familia?

—¿Quieres perder el poco tiempo que tenemos en que te de certificados de que sé quién eres? —me pregunta con molestia, su dulzura desapareció—. Pon atención —me dice sin dejarme contestarle—, mi padre y yo no tenemos interés alguno de unirnos con tu familia biológica. Lo que significa que este «acercamiento» entre tú y yo, es completamente arreglado para sacarlos del juego. ¿Entiendes?

—¿Quieren eliminarnos?

—No a ti. Sabemos que eres una presa de las circunstancias y, por lo que averiguamos, tu familia te quiere de regreso. A ellos, los carteles de drogas, no les interesa como negocio y, a menos que Erich te haga convencido de la glamorosa vida que tendrías siendo su heredera, creemos que a ti tampoco te preocupa convertirte en la dueña de nuestro negocio.

—No, lo único que quiero es regresar a Rusia y olvidarme de esta pesadilla.

—Perfecto, entonces juega a ser mi novia, a decirle a Erich lo que necesite para que crea que su plan está funcionando y apenas pueda, yo misma te sacaré de aquí.

Mi cerebro está por estallar como el de una estrellita pop que tiene que aprenderse veinte rutinas diferentes de baile y las letras de esas canciones a la vez.

¿Por qué todos tienen que planear algo conmigo? ¿No pueden hacer sus vidas solos? ¿Tan importante es una chica de diecinueve años a la cual nadie le festejó su último cumpleaños?

—Hier ist Ihre limonade —nos dice el grandulón acercándonos dos vasos y se relame los labios con envidia mientras se asa en esa camiseta negra de mangas largas que mi padre le obliga a usar.

—Sie können für einen drink gehen, wenn sie wollen, Lenka und ich sind in ordnung —le dice Millie. Él se rehusa a aceptar la oportunidad de ir a beber algo. Imagino que mi progenitor ya le dio una mirada de odio al verlo en la casa en lugar de a cinco centímetros de mi trasero.

—Quiero invitarte a salir —me dice Millie volviendo a poner su show. Ella es mejor actriz que yo—. Me gustaría, invitarte al cine…, a cenar. No sé, ¿qué dices?

—Estamos a como dos horas de la ciudad.

—Sí, y esa sería la aventura. ¿No quieres conocer Berlín?

—Erich no me lo permitirá —le digo todavía sin negarme—. Con dificultad aceptó traerme aquí hoy.

—Pero lo hizo —me recuerda—. Le diremos que tu futura esposa quiere conquistarte y que le haría muuuy feliz llevarte a pasear.

—Y a mí concedérselo —escucho al susodicho detrás de mí.

Millie me sonríe mordiéndose el labio fingiendo emoción.

—¿Ves? Tu papá diría que sí, te lo dije.

—¿Y tendré que ir con veinte de tus gorilas? —le pregunto lo evidente a ver con qué me sale. Sin dudar, este tipo querrá que Millie y yo consumamos nuestra unión con veinte personas presentes, como hacían en los viejos tiempos con los reyes.

—¿Que tal conmigo? —nos dice él con un gusto que no se le quita de la cara.

¡Mier-da, que me parta un rayo justo ahora!

—Haremos de la velada algo… inolvidable —menciona Erich con malicia y perversión.

Esta situación se vuelve cada vez más inmanejable. Tengo a dos hermanos por matar y una boda que planear, ge-nial.

*

¿No es gracioso cuando estás completamente jodido en tu vida, pero todo parece hermoso? Los alrededores son campos verdes llenos de flores y árboles frutales por donde abundan los pájaros de colores; el clima es cálido y agradable, nada demasiado abrumador; tengo la compañía de una hermosa rubia y su sedosa piel tocándote mientras sostiene mi mano; y, lo más importante, mi supuesto padre está tan lejos que puedo saborear mi libertad.

Sí, todo parece perfecto. Sin embargo, no quiero estar admirando este paisaje en particular, preferiría incluso el frío de invierno y la nieve en lugar de esta mañana soleada; la rubia sería el cielo si se tratara de una chica de cabello negro con sus ojos azules mirando los míos; y, para que mentir, amaría tener a mis padres cerca. Así que, esto, es el infierno.

—Anímate, tengo una buena noticia. Buenísima, de hecho —me dice Millie, intentando animarme, trabajo que tiene que hacer cada vez que me ve—. ¡Tu papá está convencido de que nos gustamos, se lo mencionó a papá ayer y, gracias a eso, estoy por conseguir algo muy especial! —termina de contarme con emoción.

Erich es el tipo más estúpido de la tierra en lo que se refiere a relaciones. Tan solo le tomó vernos comernos a besos a Millie y a mí en la sala del cine cuando viajamos a Berlín, para shipearnos peor que fan obsesionada.

«Actuación, estoy actuando», tenía que recordar cada vez que mi lengua se atrevía a tocar la suya, «no estoy engañando a mi novia. Esto es necesario».

Era importante que mi progenitor lo creyera, aunque todo apuntara a que yo quería consolar mi soledad en brazos ajenos y quizá, en un pequeño porcentaje, fue así.

Los días anteriores al viaje, Erich comenzó a dudar de mí, a amenazarme y a los míos si no lo ayudaba a completar su conquista sobre la familia Müller, la pesadilla de proteger al mundo no se acabaría nunca. No tuve otra opción que resignarme a no contradecirlo, a mostrar más interés en el dinero, a ser fría y comportarme como él. Era la única forma de calmarlo.

—La rubia es buen tire —le mencioné casualmente al regresar a su habitación la mañana siguiente. Nada sucedió entre Millie y yo, pero pusimos un divertidísimo y escandaloso teatro para que él nos escuchara desde la habitación contigua del hotel en el que nos quedamos.

—Así oí, tú no te quedas atrás —comentó con alegría, provocándome arcadas. ¿Qué padre disfruta de escuchar a su hija tener sexo?

—Ya sabes, no es Yulia, pero estuvo aceptable, me relajé.

—Tampoco es la otra rubia, por lo que recuerdo —dijo jodiendo cada pedacito de mi paciencia, con toda la intensión de partirme en mil pedazos. Su forma preferida de manipularme.

—¡Ja! —me burlé sin caer en su provocación—. ¿En serio crees que Marina disfrutó un minuto contigo? Perdón, pero la que se lleva la medalla de diamante en esa categoría soy yo, semental.
Seguro tu diminuto pene no le hizo ni cosquillas —le respondí con odio. Mi resentimiento hacia él no tenía por qué desaparecer. Es más, era parte importante de mi actuación, aunque tampoco disfruté hacer esos comentarios a un hombre con el que estaba biológicamente relacionada.

—Olvidemos a la perra de tu ex —dijo levantándose de la cama—. Eres buena y eso es lo que cuenta. La dejaste enamorada, hija. Estoy muy orgulloso.

Enamorada, claro. Porque eso es lo que el amor es para este tipo, sexo, competencia, interés; si es económico aun más.

—Ella no a mí. Y mientras más rápido consigas lo que quieres, mejor. Ya estoy harta de este juego.

—Falta muy poco, Lenka. Vas a ver lo ricos y poderosos que vamos a ser.

Entonces se acercó a mí y me envolvió en un asqueroso abrazo. Su olor es detestable y repugnante, su físico… Aj, lo odio profundamente.
—¿Cuál es la buena noticia? —le pregunto a mi novia de mentira, mientras regreso de mis recuerdos y vigilo al guardia que cada vez se nos acerca menos.

—¡En unos días viajaremos a París! —dice con una genuina emoción—. «Oficializaremos la relación».

—¡Ay, qué emoción, amor! ¡Es lo que más quiero! Y ¿será una sorpresa? ¿Nos espera el cura en la punta de la Torre Eiffel? Dime, ¿tengo que seguir haciéndome la estúpida mientras espero a que cumplas tu ofrecimiento de sacarme de aquí, o debería comenzar a seguir el plan de Erich y ver con cual bando me va mejor?

Millie respira con cansancio y me toma de ambas manos, llevándoselas a su pecho en un acto para tranquilizarse a la vez.

—Lena, Lena, Lena… ¡Es París! ¿No te emociona?

—No eres tú con quien quiero ver el atardecer en Francia.

El bufido que suelta por su nariz expresa cuan cansada está de mi actitud.

—Ya va, te explico. Tu padre no ha puesto objeción a que hagamos este viaje… solas, ¿entiendes? Solas.

Mi rostro se relaja por un segundo con la sorpresa de esa declaración. Siento a mis ojos crecer con mil preguntas.

«Solas» significa mi libertad si Millie cumple su palabra.

¡Solas!

—Ya vas comprendiendo la emoción, ¿no? —me pregunta retóricamente— ¡París, Lena!

—Quieres decir que…

—Que en un par de semanas…, te irás de aquí.

Una emoción sincera me envuelve por unos segundos, tanto que toda mi piel se eriza con la idea. Lamentablemente no dura, es un sentimiento tan rápido que se va con un parpadear de ojos.

—¿Cómo sé que no es un engaño más? —le pregunto— Te he creído todo este tiempo sin una prueba de que volveré a ver a mi familia o saldré viva.

Millie les da la espalda a los guardias y, sin decir nada, saca del borde de su pantalón un teléfono celular diminuto junto con un auricular que me entrega. Sutilmente me lo coloco y ella presiona la tecla de marcar.

—¿Hola? —contesta una mujer después de varios tonos de llamada.

Es mamá…

—¿Bueno?

El impacto de su voz me deja como una estatua. No puedo hablar, no puedo moverme, no puedo pensar.

¡Es mamá!

Regreso a ver a Millie y ella sonríe al ver mi felicidad, desesperación e impotencia, todas reflejadas en mi rostro.

—¿Mamá? —digo cayendo en cuenta de que no me escuchará nunca, el auricular no tiene micrófono.

—¿Aló?

—Mamá… —repito más para mí que para ella. Cuanto extrañaba su voz.

—¿Voy a colgar…? —dice y por un milisegundo se arrepiente—, ¿hija?, ¿Lena, eres tú?

En ese instante Millie corta la llamada.

—No tengo intención de convertirte en una esclava de este lugar o de la circunstancia. Te sacaré de aquí, te lo dije —me aclara guardando el aparato hasta que se pierde en su ropa como si no hubiese existido—. No vuelvas a dudar de mí, ¿entendido?

Asiento con la seriedad retornando a mi rostro.

—Ahora, emociónate por París, ¿sí?

Lo hago. Es la primera sonrisa sincera que tengo desde que salí del departamento de Yulia hace tanto tiempo y la primera esperanza real de largarme de aquí.

*

Portugal, Dublín, Londres, Lisboa, Madrid y Milán, son las ciudades en las que he recibido los sellos que tengo marcados en mi pasaporte, uno en cada página, aunque también hemos pasado por Barcelona, San Marino y varios pueblitos por aquí y por allá. Paso mis dedos suavemente sobre el último. No está hecho con tinta, sino un sello seco. Para marcar la hoja se presiona de ambos lados, dejando un relieve en el papel, es bonito. Con nostalgia le doy una última mirada a mi documento y lo guardo en mi cartera de mano.

"No olvides nuestro perfume".

Eso, casi lo hago.

Vuelvo al baño para recoger mi cepillo de dientes, el frasco de perfume que compramos en Santa Maria Novella en Florencia. Esa tarde estábamos apretadas de tiempo, pero no pudimos resistirnos. Al bajar del tren en la estación, el olor de las flores y esa suavidad magnética nos hizo caminar hasta la antigua boticaria. A mí en particular me hechizó una fragancia suave y dulce con un toque exacto a Lena. No quería irme de allí, por primera vez en tanto tiempo me sobrecogió una sensación de abundancia, como si estuviese completa finalmente. Lamentablemente teníamos que partir o perderíamos el siguiente tren a Roma, así que compré una botella para conservar ese sentimiento de tenerla cerca.

"La crema y el protector solar de Ade".

Es verdad. Regreso al tocador y los tomo. Si no fuese por las voces olvidaría de llevarme mi cabeza.

Guardo todo con cuidado en el compartimiento interno de mi equipaje que está repleto de ropa recién lavada que mi amiga retiró esta mañana de la lavandería del hotel. Me la entregó en la puerta del ascensor y se quedó en la recepción pidiendo un taxi. Yo subí directo a la habitación después del desayuno para terminar de empacar las cosas que hemos comprado y salir corriendo o perderíamos el vuelo a nuestro último destino en esta gira de graduación generosamente patrocinada por mi padre.

Debo empujar la tapa hacia abajo para poder pasar el cierre de un lado a otro, pero lo logro. La maleta no está pesada en realidad, solo llena al tope. Coloco el candado y la llevo hasta la puerta.
Con un suspiro regreso mi vista a la habitación. Es un hotel tan acogedor, la ciudad en general. Roma ha sido mi lugar favorito.

Aun tengo unos minutos y regreso a la ventana para darle un vistazo final al paisaje. Abro las puertas y recibo unos rayos de sol directo en la cara. A esta hora son tibios, pero pasando la media mañana comenzará a arder.

La plazoleta está llena de niños que corren mojándose con el agua de la pileta. Un par de italianos bailan al compás de una tonada suave de guitarra que su amigo toca a un lado, esperando unos centavos por la presentación. Una señora vende flores en la esquina. Todas cosas que Lena disfrutaría.

En nada caigo en cuenta de la acción de mi mano. Está apretando esa cruz que llevo puesta en el cuello. La extraño y no es que no haya disfrutado de este mes y medio dando vueltas por Europa, pero nada me quita a mi novia de la mente.

Por más que he tratado no he podido dejar por completo ese vacío que tengo desde que se marchó. Lo sentí con más fuerza durante el vuelo de San Petersburgo a Dublín, como una incomodidad en medio del pecho, un mal presentimiento entre mis ojos, la inquietud de mis manos que no encontraban consuelo en nada. Y todo aumentado a un doscientos por ciento porque yo odio los aviones.

Hasta le pedí a Rachel que me recetara unas pastillas para poder dormir las horas del viaje, pero de nada sirvió. Ade, por el contrario, no demoró en roncar a mi lado como un maldito león,
babeando en mi hombro.

Es la misma desazón que siento ahora mirando todas las cosas que podríamos disfrutar juntas.

"Basta, hay que vivir".

"No seas cruel".

"No podemos estar de luto por Lena el resto de nuestras vidas".

"Nos hace falta, ¿qué tiene de malo recordarla?"

"¡Todo!"

—¡Ya cállense! —me digo a mí misma nuevamente entrando en la habitación, forzándome a salir de esa hipnosis que me consume.

Momentos como este, en los que no sé cómo sentirme, si dejarme caer por la tristeza o poner cara dura y seguir, son constantes aunque cada vez menos recurrentes. Intento vivir como dijo la primera voz, dedicarle menos el tiempo a lamentarme su ausencia, concentrarme en la siguiente tarea y continuar así. Es un camino difícil que inicié al graduarme hace ya dos meses. Me prometí continuar con mi vida, no porque haya perdido las esperanzas de que mi novia regrese, pero me golpeó la realidad de que ella ya no estaba más conmigo, se había ido y el dolor me estaba matando.

¿Quién sabía de ella? ¿Estaba viva? ¿Pensaba en mí?

Me había convertido en un ser inanimado que solo continuaba caminando porque otra gente le daba cuerda; mamá al levantarme y empujarme a la ducha, Ade durante el día con mensajes y su compañía, mis maestros cuando pudieron, en especial Nikolai, el de fotografía, él fue quien me dio el último empujón.

—La extrañarás por el resto de tus días si no regresa, de eso no hay duda. Es inútil intentar olvidarla, así que recuérdala, pero vive —me dijo durante la larga charla que tuvimos después de entregarle mi desastroso proyecto final y solo cuando el resto de mis compañeros desapareció de salón—. Ella es parte de ti, de tu identidad, de tu pensamiento, de tus sentimientos, de tu memoria. Sin Lena no serías quien tengo aquí en frente. Ríndele honor a lo que te dejó, vive —habló con toda la boca llena de razón.

Con ella descubrí una parte importante de mi personalidad, mi lado sensible, mi lado paciente, mi lado feliz sin tener que odiar al mundo de por medio o hacer a alguien miserable. Con Lena aprendí que había escondido mi sexualidad inconscientemente por no tener que lidiar con el rechazo de mi madre y con su apoyo encontré la fuerza para enfrentarla. Gracias a Lena conocí a mis hermanos, Várvara y Anatoli son geniales y en nuestra relación he podido entender y conocer mejor a mi padre, que por tantos años fue un completo desconocido. Andrew, mi otro hermano, todavía espera conocerme en persona, pero hablamos seguido por mensajes, es agradable.

Pero más allá de eso, si no fuese por su diario y el conocerla a través de sus entradas, seguramente me habría dejado llevar por mi depresión. Quizá ni siquiera estaría aquí, empacando mis cosas para salir al aeropuerto.

—¿Lista? —me pregunta Ade, entrando súbitamente a la habitación—, el taxi nos espera abajo.

—Lista —le digo apurándome a recoger mi maleta. Doy dos pasos en el pasillo y me percato de que Ade se quedó detrás de mí, mirándome—. ¿Pasa algo?

—La cruz —menciona sorprendida—, conservaste la cruz.

Ya, ahora comprendo.

La cadena con el dije que traigo puesta. Es una historia graciosa… bueno, para mí lo es, a Ade le asusta.

Resulta que durante las seis semanas que hemos viajado juntas, me he encontrado con pequeñas «señales» por así decirlo, cruces, por todos lados.

Al desembarcar en Dublín nos encontramos con un grupo de chicos que tenía unas camisetas de un equipo de fútbol, en medio del balón, una cruz. No me llamó mucho la atención hasta que uno de ellos se acercó a pedirme tomarse una foto conmigo.

—Nunca he visto una chica tan linda —dijo coqueto el infante, no tendría más de trece años.

Ade se hizo la graciosa y nos la tomó con su celular, enviándose una copia con la que me molestó todo el día. En la noche, al llegar al hotel, me detuve a verla y adivinen qué nombre tenía el mocoso en la solapa de su uniforme, Leonardo. Fue entonces, cuando noté aquél símbolo en el emblema y se lo comenté a Ade, quien solo me miró con cara de: te volviste loca, es una coincidencia.

Cuando llegamos a Londres fue igual, subimos en un taxi —porque de la nada comenzó a llover a cántaros en pleno verano—, curiosamente el conductor parecía ser sumamente religioso, tenía una imagen de la virgen en la solapa del porta documentos y una cruz colgada en el espejo retrovisor. Se me hizo algo muy típico de Sochi, ahí hay mucho religioso que conserva cosas así para sentirse más seguro, pero era raro para mí verlo en un país como Inglaterra.

El hombre resultó ser polaco y muy católico. Nos preguntó si estábamos de paseo, Ade le comentó que sí, siguiendo con la lista de lugares que nos faltaban por recorrer, entre ellos Roma.

Entonces, el muy atento Apolonyus nos pidió si podíamos entregarle una carta a su hija. Mi amiga —la que no puede decir que no— tomó la carta y esta cruz que ahora tengo colgada en el cuello.

No, no me la robé porque me recordaba a Lena.

Pasa que ayer, recorríamos la ciudad buscando un lugar donde almorzar hasta que llegara la hora de encontrarnos con la hija de Apolonyus. Yo estaba harta, de verdad cansada de tener que esperar horas sin poder hacer gran cosa porque a Ade se le ocurrió ser amable y llevarle un recuerdo a esta chica con una carta que bien pudo haberse enviado por correo.

En fin, nos sentamos en una cafetería muy acogedora y ordenamos una pizza hecha en horno de piedra. Estábamos a cinco cuadras el Vaticano y, como era de suponerse, muchos de los locales tenían decoraciones acorde y ese lugar no era distinto.

Estaba tan aburrida que me puse a dibujar en una servilleta. Cruces, grandes, pequeñas, medianas, rellenas de tinta o vaciadas, decenas de ellas.

—¿Desde cuando tan religiosa? —me preguntó Ade.

—Estamos en Roma. Es el tema.

—Ajá, también fue el tema en las playas de Barcelona y en el polvo del cementerio de Londres. Qué tal en Lisboa, cuando me rogaste pasar media hora arrimada a la cruz del Santuario Nacional de Cristo Rey o en Milán, cuando decidiste tatuarte una en la costilla derecha.

Sí, lo hice. Todo de lo que me acusaba. Me marqué con el signo que Lena eligió para representar su lucha personal, porque necesitaba hacerlo, sentirla cerca, sentir… algo. No sirvió de mucho, sigo teniendo este hueco en el pecho la mayoría del tiempo.

—No es nada. No leas entre líneas que no existen —le respondí. Ella decidió no darle más atención al tema y bebió por completo su milkshake hasta que llegara la pizza.

Unas horas después se nos acercó una monja sonriendo, dijo algunas palabras inentendibles en italiano y, al ver que ninguna de las dos hablaba una palabra de su idioma, hizo un esfuerzo de comunicarse en español. Resultó ser la bendita hija de Apolonyus. Vive en el claustro, pero sale de vez en cuando a hacer mandados con otras monjas, por eso demoró tanto en llegar y a Apolonyus se le dificulta enviarle cosas.

Elena, la hija del taxista —porque tenía que llamarse así, ¿no? La vida es cruel e irónica de esta manera—, se detuvo frente a mí y me preguntó si estaba bien. Así de la nada, como adivina me vio y consideró que yo estaba del orto, pésimo, mal, la persona más miserable del mundo. Bueno no tanto así, pero si me miró con una cara de compasión única que me molestó infinitamente.

—Estoy perfecta —le respondí.

Habló por unos minutos con Ade mientras yo continuaba con mis dibujos y entonces la sentí. Elena hizo a un lado mi cabello por mi espalda y me colocó la cruz en el cuello.

—Es para cuando se te acabe el papel o no tengas uno. Es para que encuentres paz en ella y dejes entrar a la calma, a la felicidad.

Dicho esto se despidió de mi amiga y se fue.

A Ade le pareció un lindo gesto, pero desató lo peor de mí, exploté y dejé salir todo lo que había empujado en lo más profundo de mi ser.

Yo no quería calma, quería a mi novia de regreso. Yo no quería paz, quería guerra con el hombre que la quitó de mi lado. ¡Quería amargarme hasta el final de mis días!

Toda mi ira, mi frustración y mi desdicha salió expulsada arranchado la cadena de un tirón y lanzándola a la fuente que había unos metros adelante. Salí fúrica de la cafetería sin regresar a ver a

Ade y paseé sola y sin rumbo por horas, hasta que en la noche volví a encontrarme parada en ese mismo lugar, mirando a la cruz brillar debajo del agua.

—Hay cosas que tienen un solo dueño en la vida y por más que quieras deshacerte de ellas, vuelven a ti —me dijo al verme un hombre mayor que pintaba retratos en la plaza, había visto mi berrinche a medio día. Yo no le entendí porque me habló en italiano, pero la viejita que lo acompañaba me lo tradujo—. Es tuya, tómala, úsala.

El reflejo de la luz artificial pegaba en mis ojos, hipnotizándome. Que nadie la hubiese tomado era una otra señal. La cruz era mía, así como mi amor por Lena era suyo, aunque ya no esté conmigo.

—Volví por ella antes de regresar al hotel anoche —le respondo a mi sorprendida amiga sin más explicación.

—Así veo. —denota con preocupación—. ¿Estás bien?

—No —le confirmé sin enojo. Lo acepto no estoy bien, pero estoy y debo seguir así.

—Estoy aquí si me necesitas.

—Lo sé. ¿Nos vamos? —le digo leadeando mi cabeza hacia el ascensor.

Ade asiente sonriendo, yo sonrío también y partimos cerrando la puerta de la habitación.

—Voy a extrañar Roma —menciono—, este lugar es hermoso.

—Yo también, pero no podemos quedarnos más tiempo aquí. No vamos a regresar a Moscú sin una selfie en la Torre Eiffel.
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Dom Mar 11, 2018 1:04 am

Hola Very Happy
que buen capitulo
se va a encontrar!!!!!!!
pero la vera con otra
espero la sigas pronto
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andyvolkatin

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Dom Mar 18, 2018 4:52 pm

Primero antes que nada, quiero agradecerles a cada una de las personas que estuvieron al tanto de este fics. Para mí, es una de las mejores historias que he leído y he compartido, porque la trama está bastante centrada, en lo que puede ser la realidad. Estuvo cargada de tantos sentimientos, de tanta pasión, de sueños, tristezas... De todo lo que a veces podemos encontrarnos en nuestras propias vidas y que sinceramente, me siento triste de que haya acabado. Pero no es el final, porque vendrán muchas más historias que me complaceré en compartir con cada una de ustedes.

Se que muchas no comentaban pero si leían y es de mi total agrado saber que también estaban ahí, asomando sus ojos para hacerme sentir feliz cada fin de semana que subía un pedacito de la misma.

Este es el capítulo más, maaas largo de la historia, pero no quise resumirlo más. Quiero plasmarlo completo, solo para que no pierdan más instantes junto a Yulia y a Lena que han pasado por tantas cosas durante esta travesía.

Me voy, pero no sin antes volver agradecerles por todo.

A leer!!


Capítulo 62: Mi mundo es de ella.


Recuerdo cuando el mundo era mío. No hace mucho, aunque parece hace tanto. Iba y venía de mi casa cuando quería, salía a bailar, a conocer gente nueva, a disfrutar de un rato con un hombre que me gustaba y me trataba como una mujer, no una niña.

Para luego comportarme como una cuando salía con otra niña. Era libre y aunque no conocía mi pasado, era feliz, lo tenía todo.

Ahora que sé lo suficiente sobre mi procedencia, no soy más que un recuerdo efímero de una chica que ya no sabe como vivir sin miedo.

— Quédate tranquila, Lena. El pasaporte es real, con datos falsos, pero nadie tiene por qué dudar de tu identidad —me dice Millie en la fila de migración del aeropuerto — Solo son nervios, respira.

Mi ansiedad aumenta mientras nos acercamos al agente que revisará mis documentos. Recuerdo haber sufrido de la misma manera cuando salimos de Rusia hacia Alemania y tenía que pretender ser Alenka Schwarz, la abnegada hija de Erich.

—Buenos días —le digo a la señorita que me atiende. Ella me responde rápidamente en francés y sin emoción alguna mientras ve mi foto, dos segundos después, posa sus ojos en mí. Vuelve al documento y después ahora se pone a revisar la información en su computador.

—Colóquese para la foto — me dice en su mejor ruso. Lo hago, intentando controlar mi nerviosismo y espero a que me llame nuevamente a la mesa — Buenvenue à Paris.

El alivio de sus palabras me sacan un suspiro.

— Gracias — le respondo tomando mi pasaporte y jalo mi maleta hasta encontrarme con Millie que me espera del otro lado.

—Ves, no tenías por qué preocuparte — me dice con una sonrisa — Vamos al hotel.

No decimos mucho en todo el camino. Mi mente está en otro lado y mis ojos no logran absorber la belleza completa de este lugar. El paisaje es divino y en otras circunstancias sería un agradable viaje.

— Ya casi termina todo — la escucho decir.

Estoy asustada. Probablemente porque me he acostumbrado a ser un animal doméstico en una casa grande y maloliente. Ya no sé lo que es despertarse a medianoche y caminar en mi ropa interior a la heladera por un vaso con agua. O tomar las llaves y salir a dar un paseo por el parque o la playa. Siento miedo hasta de salir de este taxi.

—Descansemos un poco y saldremos a dar una vuelta por el centro. Me dicen que hay cosas muy lindas ahí.

—Pensé que habías venido a Paris antes —le pregunto virando por un momento a verla

—Lo he hecho, pero en el centro hay mucho cambio, siempre algo nuevo por descubrir.

Vuelvo a concentrarme en el paisaje afuera de mi ventana. Francia sería hermosa sin el sabor amargo de mi realidad.

—No te preocupes por el equipaje—me dice Millie abriendo mi puerta desde afuera del vehículo. No tengo idea cuando llegamos.

Sacudo mi cabeza y salgo viendo como el botones se lleva nuestras maletas y nos pide que lo sigamos hasta la recepción. El lujo de este lugar es intimidante.

—Bonjour, Millie Müller—le saluda un hombre de avanzada edad detrás del mostrador—Les clés de la chambre. Si vous avez besoin quoi que ce soit ne pas hésiter à appeler.

—Merci.

Acto seguido, el botones se dirige al elevador y presiona el botón de subir.

—Espero que te guste la habitación. Pienso que sí, creo que es el tipo de lugar que te gustaría.

Quien sabe porque se toma tantas molestias. Si la intensión es que yo me vaya de aquí a mi país, debió dejarme en el aeropuerto con un tiket directo a Moscú o a Sochi.

— Voues apprécierez votre séjour — dice el hombre dejando las maletas en medio de la habitación y nos deja solas después de tomar una jugosa propina por parte de la orquestadora del viaje.

Vaya, si Millie fuese mi novia real, estaría impresionada con los detalles que se tomó. La suite es enorme, tiene varias áreas amobladas con un gusto exquisito. Un piano de cola en medio de la sala y por detrás, una vista espectacular. Estamos en el piso más alto del hotel.

Miro por la puerta del fondo de la habitación y veo una cama inmensa que luce extremadamente cómoda, adornada con una rosa roja sobre el cobertor blanco y una nota sobre la almohada. Debe ser una carta de bienvenida. Sigo recorriendo el lugar girando en mi propio lugar. La puerta del balcón está abierta y entra una suave brisa que mueve las delicadas cortinas. Y a la par de la mesa, nos espera una botella de Champagne con dos copas.

—Imagino que no quieres desperdiciar esto conmigo — dijo lamentándose al cargar la botella con sus manos para leer la etiqueta y volvió a depositarla en la hielera — Es costosa.

—Ábrela, ¿con quién más la bebería?

—¿Segura?

—Algo de alcohol no le caería nada mal a mi intranquilidad.

—No entiendo por qué estás así, a dos pasos de librarte de tu padre.

Decidí no contestar y solo acercarme a ella. Tiene razón , gran parte del plan está listo. Erich y Klaus se quedaron a petición del papá de Millie y a orden suya les prohibió que sus lacayos vinieran con nosotras, cosa que mi progenitor no le cayó nada bien, pero aceptó por su maldita codicia cuando Müller le aseguró concretar acuerdos entre ambos si les daban un fin de semana a solas a las futuras esposas. Pero ¿ahora qué? ¿Cómo saldré de París y regresaré a casa?

Debo admitir el miedo que me invade. He pasado desconectada de mi hogar por tanto tiempo, que siento que ya no pertenezco allí. ¿Qué haría al volver? ¿Cómo me recibiría mi familia... o Yulia? En especial ella, porque yo fui quien la abandoné, la engañe y me fui.

—No pongas esa cara, por Dios. Algún día regresarás aquí con Yulia y podrán disfrutar de esto juntas—me asegura Millie dando vueltas al alambre que sostiene el corcho que con decepción, no sale volando como en las películas. Apenas subió y reboto en el piso —Acércame las copas —me pide.

—Quizá Yulia no quiera volver a verme.

—Jmm —bufa sirviendo la bebida con mucho tino —¿Porqué eres tan negativa? Tu novia se volverá loca cuando vuelva a verte.

—Tal vez ya tenga una nueva. Han pasado siete meses. ¿Por qué me esperaría?

—¿No la has esperado tú?

—Ella no me abandonó.

—¿Y eso qué importa? La has esperado, la has soñado, la quieres a tu lado, porque estás enamorada. Cerca o lejos, la amas y esperas recuperar lo que dejaste atrás.

—No es lo mismo ser la que se quedó sin despedida, la que no sabe lo que ha pasado, la que seguramente cree que hui solo para protegerla y ha decidido no volver este tiempo voluntariamente.

—Son cosas que se pueden explicar.

—Ya lo hice, en una carta que Erich nunca le envió.

—Tu padre es cruel.

— Es porque no es mi padre.

No importa cuantas veces lo repita... no le entra.

—¿Qué le decías en la carta? — me pregunta dejando por un instante su copa sobre la mesa y se acerca a su maleta.

— Son cosas personales.

¿Qué importa ya? Es otra decepción más que Erich planeó muy bien para lastimarme.

— Cosas personales como lo tranquilizante que es su respirar al dormir, y el calor de su cuerpo junto al tuyo. Lo mucho que extrañas su olor, su mirada al despertar, el color casi transparente que tienen sus ojos al amanecer...

¿Qué?

— ¿Cómo...cómo lo supiste?

Deja de darme la espalda y me entrega un sobre blanco.

— Lo sé porque tu padre es cruel y ya sé, no es tu padre — me dice al darle una mirada de reproche— La carta me la dio a mi para que sepa "como conquistarte" según él. Para que sepa tus puntos debiles y pueda manipularte. Lamento haberla leído, pero tuve que hacerme la idiota frente suyo.

Necesito sacarla de ahí para saber lo que me acaba de entregar.

— Bebamos otra copa, nos cambiamos y salimos.

— Preferiría quedarme aquí.

— Vamos Lena.

— No, en serio, si quieres pasear...ve —  le pido, no tengo la más mínima gana de moverme.

— Pensé que querrías hacer algo con esa carta, ya sabes, entregarla al correo o algo.

— ¿Para qué? Si cumples tu ofrecimiento, llegaré antes que la carta.

— ¿Sabes lo que te falta?— me pregunta cansándose de mi cuestionamiento — ¡Una sacudida!

Se frunce y deja su copa en la mesa a medio terminar.

— Iré a darme un baño y cuando salga más te vale que ya hayas pensado que vestirás para nuestro paseo por la ciudad. Salimos en exactamente una hora.

Millie es amable conmigo, me permite sentir que no soy una prisionera, pero la verdad es que ella tiene todas las de ganar y en este caso, como en todos los demás hasta salir de aquí, la que manda es ella.

Abro mi maleta con una mano y escojo, sin mucha atención, una falda blanca con negro a cuadros y una blusa negra de cuello redondo. Listo, que no me moleste más.

Vuelvo por la botella y lleno la copa al tope tan solo para tomarla de un solo golpe y volverla a llenar. La vista es de verdad hermosa. Me pregunto, qué hace ahora Yulia, dónde estará.


*

— Pudiste vestirte más bonita, ¿sabes? No que no te quede bien esa falda, pero tenías algo más sexy en el ropa que trajiste, como ese vestido escotado que compramos en Berlin.

— ¿Sexy para venir a un museo?

— ¿Por qué no?

— Todas las personas en esta fila visten jeans o pantalones cortos. Son turistas que por poco entran al Louvre en chanlcas. Estoy bien con lo que vine o ¿querías exhibirme como trofeo?— le pregunto sin el más mínimo interés—  Me tiene sin cuidado quien pueda encontrarme sexy aquí.

— Siento lástima por tu novia si así es como te comportabas con ella.

— Tú no eres Yulia.

— No, pero soy quien te está salvando el trasero. Además, no es a mí a quien quería que impresiones.

— Dime que no vas a venderme a un viejo que le gusta violar adolescentes.

No es una idea taaan descabellada. Sería la forma más fácil de deshacerse de mí y obtener dinero fácil. ¿Cuánto costará una persona en el mercado negro? ¿Tendría más valor si me veían sexy en el vestido?

— Tú negatividad es insoportable— me dice sacando su teléfono por quinta vez. No encuentra ninguna notificación y lo apaga.

— ¿A quién esperamos?

— Ah, pensé que no te importaba si nos encontrábamos con alguien.

— En serio, no me vas a vender, ¿verdad? Lo decía en broma.

— ¡No, Dios! No te voy a vender. No entiendo por qué no puedes confiar en mí. No te he tocado un pelo con intención de lastimarte y solo quiero cumplir lo que te prometí la primera vez que nos vimos.

Su enojo es genuino. Y si, me he comportado como una niña últimamente. No sé como me aguanta, no yo misma lo hago.

— Lo sé, lo siento Millie. Solo estoy un poco cansada de todo.

— ¿ Y crees que yo no? No he podido verme con mi novio en meses para no estropear el plan de sacarte ilesa de esto. He tenido que poner mi vida en pausa gracias a tu familia, así que intenta por lo  menos que nuestros últimos minutos no sean una completa molestia.

— ¿Minutos?— pregunto como idiota, parece que no terminé de escuchar toda su queja.

— Si, minutos. Tan solo espero confirmaciones. Una, que papá haya capturado con éxito a Erich y a Klaus, y dos, que tu plan de escape no interfiera con el mío —  me responde revisando nuevamente la pantalla de su  celular—  Mientras tanto haremos la fila de dos cuadras para el Louvre...en silencio.

Entendido, me callo.

Los nervios que he sentido durante todo el viaje, se duplican.

"No volveré a ver a Millie"


Ese pensamiento no me tranquiliza, quizá porque lo que dice es cierto. Ella y su padre me han cuidado, es más de lo que puedo decir de Erich, mucho menos Klaus quien me prometió darme una mano y ha pasado el noventa por ciento del tiempo desaparecido.

¿Cuál se supone es mi plan de escape? ¿Dejarme sola en medio del museo? Quizá para eso era el vestido sexy. La gente ayuda a las chicas sexies, más que a las comunes. O mejor no pido ayuda a completos extraños y voy directo a la embajada de mi país para que confirmen mi identidad y se contacten con mis padres.

Quiero preguntarle cuál es el plan, pero... mejor no. Luce enfadada o nerviosa, impaciente en realidad.

Su teléfono vibra y se enciende. Mi reflejo me hace girar para ver lo que dice su pantalla. Es un mensaje de su padre. Respira con alivio y le contesta un: "Perfecto, te llamaré en unos minutos". Mi alemán ha mejorado muchísimo.

Millie abre la aplicación del teléfono y marca un número sin nombre que tiene como la llamada más reciente.

— Wissen Sie, wo sie sind?— le pregunta dónde están. ¿Dónde están quienes? ¿Erich y Klaus? ¡¿Escaparon?! — Gut, wir sind auf uns Weg.

¿Vamos en camino? ¿A dónde?

— Ven conmigo, hay un cambio de planes, iremos por un helado.

— ¿Qué?

— ¡Solo ven!

Okey, okey, me callo y camino a su lado cruzando la calle. Abre la puerta de una limosina y me hace pasar, cerrándola detrás de mí para dar la vuelta al auto y ocupar el asiento contrario. Con ambas adentro, el conductor enciende el motor sin preguntar a dónde ir — ya lo sabe— , y nos aleja del museo.

— Ten— me dice Millie entregándome la carta que le escribí a Yulia hace seis meses— Tus sentimientos son puros y muy lindos. Me habría gustado conocer a la chica que escribió esa carta, lamentablemente me encontré con quien te convertiste.

No la entiendo, pero tampoco pregunto. Ya está bastante molesta.

— Te daré un consejo que espero tomes y sepas valorar— me dice mientras el auto se detiene— Tu vida es tuya, no de estos dos tipos. No dejes que te quiten más de lo que te robaron con la muerte de tu madre y tu novia. Olvídalos, vive.

¿Cómo olvidarlos? Es imposible. Su sangre corre por mis venas.

— No pongas cara de derrotada. Lee esa carta y recuerda quién eras.

— Esa persona ya no existe.

— Eres tan dramática— se queja— Encontrarás la forma si dejas todo esto atrás y haces un intento por vivir tu vida sin miedos, sin dudas, sin estos recuerdos. Olvídalos y vuelve a ser Lena Katina— me repite abriendo desde adentro la puerta de mi lado del coche— Ahora vete. Entra en esa heladería y pide un helado de vainilla... Sé feliz.

— No tengo un centavo. ¿Cómo regresaré a casa?

— Diablos, casi lo olvido— me dice sacando la llave del hotel de su cartera y un billete de veinte euros— Cuando regreses a la habitación encontrarás un sobre con dinero y los documentos necesarios para tu viaje a Rusia este domingo. También habrá una botella de Champagne. Disfrútala.

— ¿Y qué con Erich y Klaus? ¿Y si nos siguieron y se dan cuenta de que ya no estoy contigo?

— Ellos ya están con mi padre, capturados. No te preocupes.

— Pudieron enviar sus hombres tras nosotras, pueden escapar.

— No lo hicieron ni lo harán. Nuestra guardia personal confirmó que estamos solas aquí y créeme, papá no los dejará salir vivos esta vez. Si te deja más tranquila, habrán hombres cuidándote las espaldas hasta que viajes. Así hubiese alguien buscándote en Paris, estás protegida y nadie te encontrará en el hotel. El dueño es amigo de la familia y tu identidad está segura.

— ¿Dónde te quedarás tu?

— Yo ya no soy tu problema, Lena. Cuando regreses yo ya me habré ido — me informa y hace una seña a la puerta —  Ahora baja, entra a la heladería y pide un helado de vainilla, estoy segura que te va a gustar.

— Lo que menos quiero ahora es un helado.

— Sé positiva y apúrate que se acaba. Suerte.

— Gracias, Millie— le digo poniendo un pie fuera del auto.

— No me agradezcas a mí. Agradécele a la chica que escribió esa carta. Sin ella, tú y esos dos, estarían juntos en un lugar desolado muriendo en este instante.

Me corre un escalofrío al imaginarlo. Ellos encontrarán su muerte y yo soy finalmente libre.  

— Vete, vamos. El helado es muy importante.

Salgo guardando la tarjeta y el dinero en mi bolsillo y cierro la puerta, observando mi reflejo asustado en el vidrio de la ventana que comienza a bajar.

— Disfruta el Champagne, este sabrá mejor que el de hace horas— me dice con una sonrisa y la limosina enciende. Millie se despide agitando su mano y el auto se pierde por la calle casi vacía.

Estoy libre... y sola en Paris.

Doy media vuelta lentamente. La heladería es pequeña, clásica. 1897 dice en su letrero, debe ser una tradición venir aquí cuando visitas la ciudad.

"El helado es muy importante", recuerdo. Ya qué, estamos aquí.

— Bonjour— me saluda la mujer de la caja esperando a que ordene. ¿Cómo se dice vainilla en francés?

— Bonjour, je ne parle... pas francais— intento decir, no sé si lo hice bien, tan solo repito lo que he visto en las películas.

De repente siento un jalón brusco de mi brazo y un olor exquisitamente familiar me aprieta en un abrazo.

— Lena...


*

Nunca sentí más reconfortante un estrujón tan fuerte, ni más seguridad en unos brazos que en este momento.

— Lena, Lena, Lena... —  continúa diciendo Yulia, susurrándome mientras saca cada vez más aire de mi pecho, que sube y baja con un mínimo sollozo.

Yo no puedo articular palabra alguna, ni siquiera su nombre, tan solo lloro apretándola también. El mundo desparece en nuestro encuentro, nadie importa, ni el ridículo que seguramente estamos haciendo al llorar en medio de la heladería, ni los murmullos de la gente a nuestras espaldas.

— Dios, eres tú, ¡eres tú!... Te encontré.

No, no lo hizo. Este es un plan de Millie. Mi helado de vainilla era Yulia. De alguna forma sabía  que estaría en Paris, por eso insistió en viajar precisamente este fin de semana y no quiso quedarse ni un minuto más del necesario en el hotel. Por eso quería que me pusiera el vestido sexy, para sorprenderla.

— ¡¿Cómo llegaste aquí?!— me cuestiona para mirarme— ¡¿Está ese imbécil cerca?! ¡¿Estás bien?!

Todas las preguntas son válidas, aunque yo habría iniciado con la última.

Niego, asiento, todo en un acto confuso que no le da las respuestas necesarias.

— Lena, habla... Lena...

Sus manos se sienten tan cálidas y suaves en mis mejillas. Sus pulgares tan tiernos mientras limpian mis lágrimas.

Esto no es un sueño.

¡Estoy con Yulia, estoy bien, soy libre!

— Lena, por Dios, ¡te cortaron la lengua? — me pregunta  sacándome una sonrisa — No, ¿cómo? Si te escuché hace unos segundos hablar un pésimo francés — se burla analizándome y  entiende que tan solo necesito un tiempo.

Nuestras miradas se encuentra. Cuánto extrañé sus ojos, ese color azul que me hipnotiza, sus enormes pupilas, sus largas y rizadas pestañas, sus cejas delineadas. Cuanto deseé volver a besar sus labios rojos, a sentir su tibia respiración en mis mejillas , su húmeda lengua acariciando la mía.

— Te amo—  Es lo primero que logro decirle para, sin pensar, actuar sobre mi necesidad de hacer este momento completamente real. Si es un sueño, despertaré un segundo antes de tocarla...

No es un sueño...

Hmmm, besarla se siente mejor de lo que recordaba.

Sus manos me envuelven entera por la espalda y me sujetan por la cintura sin intención de soltarme un segundo. Las mías se aferran a su cuello, acercándome más a ella, lo más que pueda.

De repente escucho el ruido de aplusos a nuestro alrededor, obligándome a separarme de ella, con vergüenza. Unas veinte personas nos rodean celebrando nuestro encuentro.

Los cachetes me arden del bochorno. Escondo mi cabeza en su hombro riendo, llorando, temblando. No han pasado más de cinco minutos de verla y ya estoy  hecha un manojo de sentimientos que no puedo controlar.

— Salgamos de aquí, vamos a .... Tenemos que hablar con tus padres ¡Avisarles que apareciste! — grita  desesperada.

— Tranquila — respondo, intentando no llamar más la atención. Necesitamos ir a un lugar más seguro para charlar, tengo que explicarle todo antes de que arruine el escape de Millie— Vamos al hotel.

Con pena, me abro paso hasta la salida de la heladería sujetando fuerte su manos para no perderla. Siguiéndome confundida me pregunta:

— ¿A qué hotel?

— En donde me estoy hospedando.

— ¡Estás loca! ¡Tenemos que ir a la policía, hacer que aprehendan a Erich...!

— Cálmate, no podemos ir con la policía — le digo sin mayor explicación —  Vamos al hotel, hablaremos allí, ¿si?

Algo en ella cambia, su emoción, su preocupación se convierten en duda.

— No pienses mal, es complicado —  le digo sintiendo sus dedos ceder entre los míos hasta soltarse — Por favor...

— ¿Segura? Porque me parece que una heladería no es el lugar más común para encontrar a una chica secuestrada.

— Yulia...

La siento distante. Se aleja. No era un sueño, pero quizá si una pesadilla. La decepción en su rostro me golpea. Mi pecho no soporta ese dolor que se esparce por mi sangre inundando mi cuerpo entero.
¿Qué pasó? ¿Recordó que me odia por haberla abandonado, por traicionarla? No confía en mí. Por qué lo haría.

Su semblante es tan difícil de leer. Se aleja unos pasos más y yo no puedo contener mis lágrimas. Comienzo a llorar sin emitir sonido alguno, bajando mi rostro para no verla.

¿Es gracioso, no? La distancia y el tiempo nos convirtieron en extrañas que ansiaban un minuto más juntas y... es inútil.

— Debo regresar al hotel—  le digo sacudiendo mi tristeza. Si pudiera teletransportarme, ya estaría alli. Doy unos pasos hacia la calle y levanto mi mano a la cantidad de autos que no logro distinguir, esperando que uno pare y me saque de aquí.

— Espera—me dice Yulia tomando mi mano nuevamente—  Dios, qué estoy haciendo? — se dice así misma — Lo siento. Lena, lo lamento de verdad. Es solo que... ha pasado tanto tiempo, tantas cosas han cruzado por mi mente, ideas descabelladas y ahora estás aquí, como una turista más, hospedada en un hotel... Quiero decir, si, estoy feliz, como no tienes idea, de que estés sana y salva. Pero...

— ¿Me imaginabas en harapos, atada de manos y de pies?

— Definitivamente no pensaba encontrarme contigo como si fuésemos viejas amigas que coinciden en un lugar en sus vacaciones.

— Creo que ese beso fue más que un reencuentro de amigas — le aclaro—  al menos yo lo sentí así.

— No... Si... Aj, me refiero a que... ¡Diablos, estoy haciendo todo mal!

Encuentro algo de confort en su desesperación porque es igual a la mía.

¿Qué estamos haciendo las dos?

Ninguna tiene idea de lo que la otra ha vivido y estamos asumiendo verdades que no nos hemos contado aun.

Suspiro con fuerza, Necesitamos calmarnos.

— No soy una simple turista que se hospedó en un hotel y no hizo un esfuerzo por contactarse con su familia o contigo — le explico—  La persona que me ayudó a escapar acaba de dejarme en las puertas de la heladería y me encomendó que entrara por un helado de vainilla antes de regresar al hotel. Allí están mis papeles para viajar a Sochi y un poco de dinero.

— No entiendo nada ¿Quién te ayudó a escapar? ¿De dónde y por qué te dejó justo aquí?

— Es una larga historia... que quisiera contarte, pero este no es el lugar. Estaremos más seguras en el hotel. Por favor, ven conmigo.

Yulia duda, aunque presiento que ya no de mí.

— Segura, ¿eh? Esta bien, vamos a tu hotel, pero déjame llamar a Ade para avisarle...

— No, Yulia. No podemos contactarnos todavía con mis padres...

— Ade no está en Rusia, Len. Está aquí, se quedó en el hotel porque tenía dolor de cabeza. La muy boba se insoló en la Torre Eiffel.

— ¿Ade está en Paris?

— Si, en nuestro hotel, ya lo dije. La llamaré y le diré que... algo, no sé. No puedo desaparecer y preocuparla.

Puñal dedicado a Lena Katina directo al remordimiento.

— Claro, entiendo, llámala. Solo... no digas, por favor, que estás conmigo todavía. Te lo explicaré todo.

— No tengo idea de lo que pasa, no importa. Iré contigo.

Con eso vuelve a abrazarme, esta vez con una delicadeza extrema.

— No quiero volver a alejarme de ti. Te amo — me dice volviendo a besarme, sin desesperación, sin miedo, solo con anhelo y con una tranquilidad que me llena de paz.

— Vámonos.


*

Su cuerpo tiembla a mi lado y no hay nada que pueda hacer para solucionarlo. No hace frío. Lena está nerviosa, tiene miedo, todavía está alerta de lo que sucede a su alrededor y, al mínimo sonido, abre sus ojos y pone atención por si hay algo que pueda hacerle daño.

Hace unos minutos pasó una bulliciosa motocicleta por la calle y la despertó. Unas horas antes fue una puerta de una de las habitaciones contiguas que se cerró con demasiada fuerza. Cualquier cosa, hasta mi mínimo movimiento, la altera.

Si así es como ha pasado estos últimos meses, pendiente de si una mosca vuelva muy cerca, no puedo entender cómo sigue funcionando. Yo no podría hacerlo.

Casi no hablamos de lo importante al llegar al hotel, aunque fue lo que me prometió a la salida de la heladería. Cambió de parecer en el camino.

De repente su rostro se llenó de angustia, como si presintiera… o no, como si estuviese segura de que yo rechazaría sus razones, de que no le creería y la abandonaría allí. Y cómo no iba a estarlo si me comporté como una niña caprichosa minutos después de volver a verla.

El taxi paró en la entrada del hotel y un botones nos recibió abriendo la puerta del automóvil para darnos la bienvenida. En París la gente es muy amable así que no me sorprendí en ese momento, no fue hasta ver el lujo del lugar que volví a pensar lo mismo que en la heladería:

"¿Qué tipo de prisionera se hospeda en un hotel siete estrellas y pasea libremente por París de esta manera?"

"Ten cuidado, Yulia. Lena podría ser alguien muy distinta a quién conocíamos".

Sí, mis malditas voces. Una de ellas ahora es increíblemente desconfiada. A veces hasta me hace dudar de mis propias intenciones.

Entramos al lujosísimo lobby y fuimos directo al elevador, sin pasar por la recepción. Sexto piso, corredor exclusivo, puerta del fondo.

Lena sacó la llave de su pequeño bolso y la deslizó por el dispositivo de ingreso, abriendo la puerta para dejarme pasar. No tardé más de dos segundos en flipar otra vez.

"¡¿Tiene un piano en su habitación?!"

"¡Un piano de cola! Hermoso además".

"Y costoso, no se les olvide".

"Yo también quiero ser prisionera así".

"¡Este lugar es más grande que el apartamento que teníamos en Moscú!"

Exclamaron todos mis yo.

—¿Quieres tocarlo? —me preguntó Lena al verme embobada con el instrumento.

—No —le respondí, volviendo mi atención a ella.

—¿Segura? Yo creo que sí.

"¡Claro que queremos!"

"¡Hazlo!"

—Sí, estoy segura —afirmé, ignorando a mi subconsciente y me le acerqué lentamente—. Quiero tocarte a ti —le dije tomándola de las manos. Su primera reacción fue dar un medio paso atrás.

"¿Por qué se aleja?"

"Ten cuidado, Yulia".

¡Ya, si no van ayudar, lárguense!, les grité a las voces en mi mente. No quería sobre analizar las respuestas de mi novia o sus movimientos, aunque lo hice de todas formas.

La rodeé con mis brazos por la cintura. Su cuerpo se sentía tan delicado, frágil. Ha bajado mucho de peso —al menos unas quince libras—, lo que en su delgada figura es bastante.

Su respiración estaba acelerada. Se notaba nerviosa, vacilante, temerosa de acercarse a mí. Acaricié su cuello con mi nariz al abrazarla y ella se paralizó dejando de respirar.

Ciento ochenta grados de diferencia de nuestro primer encuentro.

—No voy a hacerte daño —le dije.

—Lo sé, tan solo… es extraño.

La chica de los constantes abrazos, quien no perdía oportunidad de abalanzarse sobre mí cuando éramos compañeras de escuela, ahora rechazaba mi contacto por reflejo. Se forzaba a mantenernos juntas, resistiéndose con gran empeño a salir corriendo.

—¿Quieres que nos recostemos para hablar? —le pregunté imaginando que se sentiría más cómoda así. Nuestras charlas nocturnas mientras viví en su casa solían ser tan íntimas y agradables que pensé que sería una buena forma de iniciar la historia.

—Ahora no, por favor. Sé que tenemos que hablar, pero…

—Está bien. No hay apuro —le mentí. Yo tenía la necesidad de saberlo todo, de empaparme de sus vivencias estos meses, de entender cómo fue que salió de su aprisionamiento, quiénes son las personas que la ayudaron y por qué, qué pasó con Erich, sobretodo convencerla de llamar a sus padres y a la policía.

Mis labios se pegaron a su cuello en un toque delicado y, sin decir más, comencé a mecerla de lado a lado como una mamá mece a su bebé para dormir.

La sentí pesada, aliviada, lo que podría considerarse una contradicción, pero no, Lena estaba dejando sus cargas sobre mí, apoyándose físicamente en mi hombro y dio un fuerte suspiro.

El hechizo comenzó a dar frutos. Ambas fuimos perdiéndonos en el cansancio, en la comodidad de nuestros cuerpos. Poco a poco Lena fue soltándose, sintiéndose más cómoda y colocó sus brazos a mi alrededor.

—Te lo contaré todo, lo prometo… aunque… no sabría por donde empezar.

—Empecemos conmigo si quieres —le sugerí, tal vez si me escuchaba se animaría a hablar con soltura—. Me gradué hace ya casi dos meses y papá decidió regalarme el viaje, en realidad fue una trampa de Ade. Ella lo llamó para pedirle permiso para llevarme a visitar a mis hermanos Várvara y Anatoli. De paso se ocupó de decirle lo mucho que me hacían falta unas verdaderas vacaciones y así fue como él «solito» sugirió que ella y yo hagamos un tour por Europa.

—¿Así nada más?

—Lo sé, un poco extremo, ¿no? Al menos para una chica que hace menos de un año vivía en un barrio obrero.

—No lo es, mereces que te mimen un poco.

—No son mimos, es culpa. Creo que papá está tratando de compensar todos los años que no estuvo conmigo abriendo bien la billetera. Y no recibirá queja alguna de mi parte.

—¿Te estás aprovechando de su remordimiento?

—No, pero mis hermanos han viajado por todo el mundo, tienen autos lujosos, negocios que él les puso, departamentos. ¿Por qué yo no?

No me respondió. Me di cuenta entonces que el tema de los padres no era la mejor forma de retomar nuestra conexión.

—En otras noticias, mamá y yo nos llevamos mucho mejor. Vamos tres veces por semana a terapia y ya no ha tratado de imponerme sus creencias o su forma de ver la vida.

—Eso es bueno.

—Lo es. Puedes creer que después de que desapareciste… —me detuve, porque no sabía si ese era otro de los temas que no debíamos tocar todavía.

—¿Qué pasó cuando me fui?

"Dato importante. Se refiere al acto como nacido de su voluntad".

¡Dije largo!

Les repetí a las voces, aunque tenían razón en ese mínimo detalle.

—Mamá se hizo amiga de Ade —continué—. Dice que le agrada y que siente un poco de lástima por ella y por cómo terminó la relación con sus padres.

—Imagino que no quiere que la historia se repita contigo.

—Sí… bueno, vive repitiéndome que deberían estar muy orgullosos de lo que su hija ha podido hacer sola, como trabajar y destacarse en los estudios que ella misma se está costeando, sin comprometer su integridad —le conté—. Últimamente, Ade va a mi casa a visitar a mi mamá más que a mí.

—Debe sentirse querida como una hija.

—Eso mismo. Mamá prácticamente la adoptó y la convirtió en su favorita…

Otra vez reinó el silencio gracias a mí y mi gran bocota. Deberían darme una medalla de idiota por ser la persona más imprudente e insensible del mundo.

—Lo siento —me disculpé.

—¿Por qué?

—Por… hablar de cosas en las cuales evidentemente no quieres pensar.

—Me alegra que las cosas vayan mejor para ti y que tengas mucha gente que te quiere y se preocupa por ti. No tiene nada de malo que me lo cuentes.

—Me siento mal de todas formas, todo este tiempo tú… no la tuviste.

—No lo hagas, estoy bien —mintió.

—Lena, yo… quisiera poder hacer algo, no sé… —necesitaba saber lo que vivió, pero no era el momento de insistir y decidí callarme—. Olvídalo.

Me dejó mecerla en silencio por un buen rato, hasta que logró relajarse lo suficiente como para dejar de fingir y romper en llanto apretándome fuerte. Lloró con todo el dolor atorado en el pecho, dejando sus lágrimas rodar hasta empapar mi ropa, estrujándola con sus puños. Yo la acogí en mis brazos, tratando de consolarla sin decirle que todo estaría bien, porque no sería así.

¿Qué vivió? No lo sé.

¿Qué la tenía tan mal? ¿Qué le hizo hacer ese imbécil durante estos meses? ¿La rompió? ¿Le hizo daño?

Lena no volverá a ser la misma de antes en algún tiempo y es algo que yo necesito aceptar. Me necesita de su lado hasta recuperar lo que perdió.

Su desconsuelo comenzó a convertirse en angustia. Sus manos recorrieron rápidamente mi espalda hasta llegar al filo de mi remera y la levantó violentamente, quitándomela con desesperación.

Sus labios se estrellaron torpemente sobre los míos que supieron acogerla en ese beso apasionado que tanto había esperado. Mis dedos se colaron por debajo de su blusa y fue cuando sentí con mis yemas una larga cicatriz en medio de su espalda. No quise incomodarla tocándola, por lo que preferí quitarle la blusa y tirarla por ahí regresando mis manos a sus lados. Sentí otra protuberancia debajo de su costilla izquierda, tampoco quise concentrarme en ella, pero por mi cabeza corría la pregunta de cuántas marcas más tenía grabadas en su piel.

Nuestros ojos se encontraron por un breve momento antes de volver a perdernos comiéndonos a besos. Mi boca dejó sus labios para recorrer su cuello. Su olor tan embriagante como lo recordaba, hipnotizante. Sin darme cuenta ya la tenía acorralada contra la pared.

—Lastímame —me dijo con un gemido. No la entendí—. Hazme daño —repitió cuando no obtuvo respuesta de mi parte.

—No —le susurré volviendo a besarla.

—Hazlo… por favor, lastímame.

Me detuve ipso facto. ¿Qué diablos me estaba pidiendo?

—No…

—Lo merezco.

—No.

—¡Solo hazlo! ¡Hiéreme!

—¡No, Lena!

—¡¿Por qué no?! Todo esto es «mi culpa», me corresponde un castigo, es lo que me toca…

—¡Nada es tu culpa, ¿estás loca?!

Lo sé, yo siempre tan sutil.

Sujeté su rostro con delicadeza, obligándola a mirarme.

—No pagarás por los pecados de tu padre. Tú no decidiste lastimar a nadie, no puedes cargar con sus acciones, no son las tuyas.

—Pero es «mi culpa»… Fue por mí…

Lo adiviné analizando sus ojos cubiertos por una capa de lágrimas que no paraba de mojar sus mejillas. Se refería a Marina.

—Oh, Lena… Ven aquí.

Completamente vencida volvió a encontrar cabida en mi hombro. La abracé suavemente, acariciando su piel lastimada, tratando de tranquilizar su alma más herida todavía.

El camino frío de sus lágrimas resbalando por mi espalda dolía. Verla tan destruida me afectó tanto.

Marina para mí era una rival, una chica que quería a Lena tanto como yo, que la amó, que tuvo que recibir su «no» cuando yo recibí su «sí».

Lo sentí tan injusto.

¿Qué fue lo que lo convenció de elegirla a ella en lugar de a mí? Yo era su novia —lo soy—, si quería hacerle daño a su hija, si quería manipularla, yo era la respuesta más lógica. Sin embargo, aquí estoy y Marina ya no existe más.

—Puedes hablarme de ella, Len. No voy a… enojarme o ponerme celosa, ¿sabes? —le dije con completa sinceridad. Escucharla es lo menos que puedo hacer— Puedes decirme lo que sea.

Dejó salir toda su pena en una fuerte exhalación y su alivio en otra más corta.

—¿Quieres hablar? —le pregunté. Su negativa fue un leve movimiento de su cabeza y un apretón— Ven —le dije separándome para llevarla a la recámara—, ¿trajiste una pijama?

—En mi maleta —me señaló en dirección a la esquina.

—La solté dejándola al pie de la cama y me apuré para sacar una camiseta de algodón que tenía toda la pinta de ser usada únicamente en la cama. Era una remera rosada con un diseño de un poni demasiado gay como para llevarlo en público.

—Esa no es la pijama.

—Lo es desde hoy.

Lena soltó una pequeña risa y prosiguió a desabotonarse la falda, quitándose con rapidez los zapatos mientras yo le colocaba esa abominación.

—Ahora, descansaremos unas horas, ¿sí? —le sugerí más como un hecho que una propuesta—. Llamaré a Ade para decirle que me encontré con alguien y no regresaré al hotel.

—Querrá saber todos los detalles.

—No lo dudo, pero le colgaré antes de que pueda preguntar algo. Mañana la veré y… me inventaré algo si todavía no quieres que sepa que estoy contigo.

Y así llegamos aquí.

No he pegado un ojo desde que nos acostamos. No he dejado de mirarla y me pregunto cuánto de mi propio trauma y cuánto de mi instinto de protección es lo que me mantiene despierta.

No quiero rendirme en los brazos de Morfeo y despertar sola. Tampoco quiero que ella abra sus ojos y no me vea cuidándola.

Ella está aquí, yo estoy aquí. Es suficiente, ¿verdad?


*

—Buenos días —balbuceó al despertar, escondiendo su rostro entre la almohada y mi cuello. Inmediatamente se volvió a dormir. Yo sonreí. Lena, apenas despierta, es la mujer más vaga del mundo.

El calor de su cuerpo fue acogiéndome de a poco y el cansancio que ya tenía por el ajetreo del día anterior y el insomnio auto infligido, me venció. Me dejé llevar por la tranquilidad que me dio sentirla aferrarse a mí y me dormí.

Mis ojos se abren con pereza. Me siento descansada, por lo que supongo que han pasado varias horas desde entonces y después de enfocar la vista me encuentro con su mirada inspeccionándome.

—Me quedé dormida —me quejo con un bostezo.

—Ya era hora, pasaste la noche vigilándome como cámara de seguridad.

—Cuidándote —le respondo acariciándola por la espalda con mi mano que amaneció allí, encerrándola a mi lado. La cercanía de nuestros cuerpos es agradable. Algo que definitivamente extrañaba. Abrazar a la almohada no es tan placentero como esto.

—No hacía falta.

—Claro que sí. Eres mi novia, acabo de encontrarte y no voy a permitir que algo te pase.

—No voy a volver a irme.

—No es eso lo que me preocupa. Anoche no dejabas de temblar, de alterarte por el más mínimo sonido y entiendo que será así por un tiempo, pero…

—Erich me tenía encerrada en una habitación con dos guardias en la puerta y varios rondando la casa —me interrumpe—. Habían noches en las que se iba a «burdelear» y Klaus no aparecía por ningún lado.

—¿Klaus?… ¿Su hermano, Klaus?

—Él mismo.

De él recuerdo poco. Svetlana no fue muy especifica al nombrarlo en su investigación, simplemente decía que no se llevaban bien y se había mudado de ciudad para evitarlo.

—Espera, ¿todo este tiempo estuviste en Alemania?

—En Berlin, sí.

—¡Es obvio, ¿por qué no se me cruzó por la cabeza antes?! Dios, ¡¿por qué no lo pensó tu papá?! Te buscaron como locos en Ucrania y Asia, ¡pero es tan evidente! Erich es alemán, ¿a dónde más te llevaría?

Fui una idiota…

—No te castigues así, no era tan obvio. Yo no entré al país bajo mi nombre, lo hice con una peluca castaña muy realista y unos lentes de contacto que cambiaban mi color de ojos a unos más claros. Además,

Erich se encargó de mantenerme escondida el noventa por ciento del tiempo. Papá pudo enviar al mejor investigador privado y no me habría encontrado.

—Igual me siento una completa estúpida. Pude haber ido a Alemania a colgar cientos de afiches con tu rostro…

—Y Erich te habría mandado un mensaje lastimando a alguien que ambas queremos o conmigo misma en un ataúd.

—… Ahora me siento más estúpida.

—No lo eres. Yo lo pensé muchas veces. Rogaba por salir de esa casa y que alguien me reconociera, que me rescataran. Pero cuando finalmente salí de mi encierro, nada sucedió. Era una chica más en un país extranjero, alguien a quien nadie le importaba. Después analicé las cosas y entendí que quizá eso era mejor, más seguro para ustedes. Erich es capaz de cualquier cosa y si se siente amenazado o irrespetado actúa en caliente. Nada bueno habría resultado.

—¿Es por eso que estabas tan alerta ayer? ¿Tienes miedo a que te encuentre?

—Si todo marcha bien no sabrá que escapé hasta el lunes o martes, y Millie se aseguró de que estuviese retenido antes de liberarme. Ahora el prisionero es él.

—¿Millie?

"¿En serio lo único que escuchaste de todo lo que acaba de decir, es el nombre extraño de quien la ayudó?"

—Es la hija del capo más grande de Alemania. Pero eso no es importante —dice desechando la pregunta— La verdad es que desde hace meses que casi no duermo en las noches. Al salir el sol es cuando más descanso.

—¿Por qué?

—Como te iba diciendo, cuando ambos salían de la casa, los hombres que dejaban a mi cargo aprovechaban para emborracharse y más de una vez intentaron entrar de forma violenta a mi habitación.

—¿Te hicieron algo? —le pregunto con un palpitar horrible en el pecho.

—No. Apenas los escuchaba forcejear la puerta me levantaba para encerrarme en el baño con una silla atorando la chapa. Sí lograban pasar de la primera les sería mucho más difícil con la segunda, el lugar era diminuto y la silla pegaba directo con el inodoro. Después de un rato se rendían y se iban a seguir bebiendo.

—Ahora entiendo. Yo de ti habría dormido en la bañera todas las noches.

—No tenía bañera. Era una ducha muy pequeña e incómoda hasta para bañarse, peor para dormir.

Nada comparado con esta habitación tan espaciosa y elegante, tan llena de lujos que allá no tuvo. ¿Quién pudo liberarla aquí? Ah, sí, la hija del Chapo alemán.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende —me condiciona con una mueca pícara.

—Okey, ¿de qué? —le pregunto siguiéndole el juego.

—¿Me vas a invitar a desayunar si hablo?

—Vaya, vaya. Finalmente alguien tiene hambre.

—No he probado bocado desde el refrigerio que me dieron en el avión aquí y ya son más de veinticuatro horas. Sí, tengo hambre.

—Bien, vamos a comer.

—¡No! —responde apurada—. Primero pregúntame lo que tenías en mente.

Ya había olvidado que cuando Lena quiere hablar espera que uno le pregunte las cosas. Y la verdad, quisiera ser menos egoísta, poner su necesidad de alimentación primero, pero ayer no quiso decir una palabra y no quiero darle la oportunidad a arrepentirse de nuevo.

—¿Por qué te fuiste, Len? Pudimos haberte protegido con la policía o… Bueno, no sé, porque al final de cuentas tu papá tampoco hizo un esfuerzo por sacarte de este problema antes de que se volviera una pesadilla, aun conociendo lo que harías.

—Sabes más de lo que imaginaba.

—Únicamente lo lógico y lo que Ruslán ha escuchado de tus padres a puerta cerrada.

—Ya veo.

—¿Y entonces… por qué?

Su rostro cambia a uno más serio, respira profundamente armándose de valor y me observa sin hablar.

—Solo necesito saber. Quitarme ideas inventadas de la cabeza.

—Voy a decepcionarte.

—Imposible —le aseguro.

—Lo haré, pero mereces que te cuente la verdad.

Sin pensarlo mucho me acerco para darle un corto beso. Estoy con ella sea lo que sea y no iré a ningún lugar. Estoy con ella y se lo demuestro físicamente, emocionalmente. Lena suspira con alivio y pena. Me mira con atención unos segundos, buscando algo que no entiendo.

—Te mentí esa tarde y fui al encontrarme con Erich.

—Eso ya lo sabía. Nada más tenía sentido.

—Cuando llegué, cuando lo vi, supe que no era él. Era Klaus.

—¿Su hermano estuvo en Moscú?

—Vigilándome, hasta fue a buscarme a la escuela…

—¿Era él?

—¿Disculpa?

—Nadia me contó que vio a un hombre rubio preguntando por ti en la dirección.

—¿Ahora hablas con Nadia? Pensé que la odiabas —me pregunta y noto un poco de celos en su tono.

—No, me cae pésimo, pero me lo comentó cuando… —Okey, yo solita caí en esta trampa.

—¿Cuando qué?

—Prométeme que no te vas a enojar.

—¿Cuándo qué, Yulia? —repite la pregunta sin asegurarme que no se marchará al confesarme.

—Cuando me entregó tu diario —digo y espero su respuesta, más no dice nada—. Lo encontró en el casillero del teatro y no quería que lo tiraran o algo, así que me lo dio.

—¿Y… lo leíste?

"Mierda, no debiste decirle nada".

¡¿Cómo no iba a leerlo? Era lo único que me quedaba de ella!

"¡No le digas eso! Se enojará".

"Niégalo todo, como un hombre que ha metido los cuernos a su esposa".

"¡Habla, dile que no!"

No les hago caso a las voces. Asiento levemente, esperando que no me de una cachetada por haber recaído en el mismo error que ya nos separó una vez, violar su privacidad.

—¿Me recordabas al hacerlo?

—Digamos que no te sentía tan lejos.

Lo piensa, aunque por ese pequeño gesto que acaban de tener sus labios, más le causa gracia que otra cosa.

—Está bien. Si yo hubiese tenido uno tuyo, lo habría leído mil veces, estuvieras de acuerdo o no.

—¿No estás molesta?

—Creo que no. De hecho te envidio, al menos tenías una parte de mí— acepta.

—Lena, hay algo que no entiendo, ¿Cómo fue que Klaus obtuvo el pendiente de Marina? A menos que haya estado involucrado.

—No lo estuvo, no directamente. Eso lo sé, pero todavía hay cosas que no tengo tan claras, de las que dudo —me confiesa—. Esa tarde Klaus me platicó de cuando eran jóvenes. Resulta que Erich tenía una novia llamada Laura y, según él, estaban muy enamorados, pero cuando empezó la guerra de pandillas en su ciudad, él tuvo que esconderse y la dejó. Con el pasar del tiempo, el consuelo que Klaus le daba, hizo que ella comenzara a enamorarse de él y terminaron comprometiéndose unos años más tarde.

—¿Klaus le robó la novia al delincuente de su hermano?

—Eso fue lo que me contó y habló con una tristeza que consideré sincera.

—¿Qué hizo para que cambiaras de opinión?

—Prometió protegerme a cambio de que lo ayudara a matar a Erich. Dijo que su única motivación en años era vengar a Laura y a Alenka.

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Dom Mar 18, 2018 5:22 pm

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—Espera, ¿a matarlo?… ¿del verbo asesinar?

No que la idea de pegarle un tiro no haya pasado por mis más profundas fantasías, pero eran nada más eso… pensamientos efímeros que calmaban mi ira, no una realidad.

—Él se encargaría de todo en el momento justo, pero yo tenía que seguirle el juego, básicamente dejarme secuestrar, actuar como la hija perdida, cosas por el estilo. Mientras tanto él velaría por mí.

—Por lo que me contaste de los hombres que te vigilaban, no parece que hacía un buen trabajo.

—No, no lo hacía. Lo vi muy pocas veces después de llegar a Alemania y de ahí nacen mis dudas. Él ha tenido detalles conmigo, me regaló un cuaderno y una pluma hermosas que son las únicas cosas que me traje de mi prisión, me llevó un par de veces a cenar con sus padres, en raras ocasiones me dejaba revistas escondidas bajo el colchón de mi cama o me mimaba comprándome ropa que aparecía en mi closet con una tarjeta con su nombre. Pero son cosas que hacía para tenerme de su lado. Varias veces lo escuché mofarse a lo lejos con Erich sobre cómo la gente caía por su papel del hermano bueno mientras el otro se ganaba el odio de todos por ser el malo.

—Entonces, todo lo que te dijo era una maniobra para que estuvieses tranquila y colaboraras. Brillante plan si lo piensas. ¿Por qué pondrías resistencia si tienes a un protector de tu lado que secretamente juega para el otro equipo?

—Eso. Klaus me advirtió esa tarde que Erich me secuestraría al día siguiente, ya sea de la calle o de tu departamento. La segunda opción te ponía en mucho peligro, Erich está demente, matarte no le molestaría más que ver volar una mosca. Pero él me advertía con anticipación para que pudiera contactar a papá y me pudiese despedir de ti.

Eso también lo sabía. Esa noche hicimos el amor de una forma tan intensa, tan violenta y desesperada. Mil veces llegué a la conclusión de que fue su forma de decirme adiós.

—Yo contacté a papá y él me aseguró que ya tenía a un agente infiltrado en la banda de Erich. Me pidió paciencia y valor, así que regresé a tu casa y… A la mañana siguiente me alejé lo que más pude de tu departamento y me expuse al secuestro. Me sometieron con una tela empapada de algo que me noqueó y perdí el conocimiento. Dos días después desperté en Akmola con mis hermanos amordazados.

—Cuando me enteré de eso me llené de pavor. Significaba que Klaus los quería a los tres y no tenía idea para qué.

—Quería que le devolviéramos unas joyas que robó cuando yo era una bebe. Alenka las había recuperado y devuelto a doña Ksenia, su dueña original, pero él estaba seguro de que se las había quedado y eran parte de nuestra herencia.

—¿De ahí el bendito plan del robo?

—Sabes de eso —se sorprende, aunque no sé por qué. Quizá se olvidó que su hermana no puede cerrar la boca una vez que la abre.

—Katya.

—¡Oh!… Entiendo —se ríe—. ¿Cómo están? Me refiero a mi familia en general.

¿Es una buena idea decírselo?

"Es justo y necesario".

"Para que nos preguntas, harás lo que quieras de todas formas. Yo voto no".

"Ella necesita saberlo".

"Lo que necesita es estar calmada y regresar a casa".

"Y desayunar, llévala a comer".

—¿Yulia?

—Tus hermanos están bien, consternados y… bueno, es lógico. Katya se siente culpable de no haberte protegido. Iván aun más según me ha contado Ruslán.

—¿Qué hay de mamá?

"Solo díselo".

"¡No!"

—Len, tu mamá tuvo una crisis nerviosa hace unos meses —menciono y veo como su expresión se congela con un miedo bajándole el color—. La internaron en una clínica de rehabilitación… Había comenzado a beber de más.

—¡Oh, por Dios!

—Siento no habértelo dicho antes, pero… el verte, la verdad… no… no sé en que estaba pensando.

—¿Todavía sigue allí?

—No, a finales de julio la llevaron a tu casa. Por lo que sé, está estable y mucho más tranquila con la terapia. Iván se mudó a Sochi para ayudar a tu papá y él no ha parado de buscarte.

Suspira menos preocupada, pero sin alivio.

—Nada de esto ha sido fácil. Si no fuese por Ruslán no tendría idea de lo que sucede con tu familia. Ellos han estado demasiado ocupados y yo no he querido ser un peso más.

—Yulia, sé que no debes querer hablar de esto, pero… ¿Estuviste en el funeral de Marina?

—No Lena, lo siento. Mis papás me pusieron vigilancia y no me dejaron salir de la casa. No pude viajar.

Asiente sumida en la tristeza. Entiende, más no siente consuelo y por qué lo tendría. Marina murió.

—Klaus me confirmó esa tarde que Marina había muerto a manos de su hermano. Me aconsejó que cuando me enfrentara a Erich debía intentar llegar a un trato con él para que envié su cuerpo de regreso.

Obtuve más que eso, hablamos y después de pedirme algo que acepté sin pensar, me dejó despedirme. La vi, la habían metido en una bolsa negra… —me cuenta con los ojos cerrados, seguramente con imágenes de ese momento pasando como una película por sus párpados— La envié con una cruz, esperando que alguien se diera cuenta de que yo estuve con ella.

¡La cruz!

Por supuesto. Ruslán y yo nos preguntamos por semanas por qué había regresado con una si Marina era judía.

Soy tan idiota.

Su semblante decaído deja ver lo duro que es para ella hablar de la chica a la que quiso tanto, aun más conmigo. Ahora calla, se esconde, pero no me molesta que me hable de ella o de lo que siente, lo prefiero así.

—Lamento tanto que Marina haya tenido que pagar por mí, por ser quien soy, eso no debía suceder. Ella nada tenía que ver conmigo para ese entonces… ella…

—No era yo —la interrumpo. La que debía haber sufrido ese destino por defecto era su novia, nadie más que yo.

—Me alegra que estés bien, Yulia y que no te hayan tocado. Pero eso no me alivia. No celebro que haya sido ella en lugar de ti, ni siquiera sé si lo agradezco, porque… yo te amo y quiero que estés bien, pero…

—Ninguna vida vale más que otra, Len. Lo que pasó no es justo y tienes todo el derecho a sentirte mal… a odiarme.

—No te odio, tú no la asesinaste. Odio a Erich, a Klaus… ¡a todo ese mundo! —Termina alzando la voz.

No sé que decir y prefiero acariciarla que a hablar. La dejo que calme su respiración, que se tranquilice con el tiempo. No tengo apuro de continuar la plática.

Un rato después siente mi constante insistencia en acariciar una de sus heridas en particular.

—Puedes preguntar si quieres, te contestaré con sinceridad —me ofrece.

—¿Qué pasó aquí? —le pregunto pasando las yemas de mis dedos sobre la protuberancia que sentí ayer en su costilla.

—Es una lección de un amoroso padre a su hija.

Le hizo daño, físicamente la hirió. Maldito hijo de perra.

—Llevaba un poco más de un mes en Berlin. No salía para nada de mi habitación. Bajaba a veces al comedor para cenar, eso cuando a Erich le placía que lo acompañara, de lo contrario me llevaban la bandeja de comida y la retiraban en veinte minutos. Era peor que en la cárcel —me cuenta— Una mañana lo escuché irse en el auto y, minutos después, apercibí el olor a cigarrillo. Uno de los guardias, un chico de unos veinte años, estaba fumando justo afuera de mi puerta. Le pedí que me convidara uno. Mi ansiedad estaba desbordando y no pude contenerme.

—La abstinencia es dura —remarco sacándole una risa.

—Exactamente. Además que no había nada hacer más que mirar al techo.

Mi posición favorita en épocas de depresión, de espaldas al suelo y de frente al cielo.

—¿Sabes?, ahora entiendo por qué los reos hacen tanto ejercicio en la celda, después de unas semanas, si no te mueves, te mueres.

—¿Vas a decirme que hiciste ejercicio todos los días como en las películas?

—Cien abdominales diarios y cincuenta sentadillas.

—¿Ah sí? —pregunto burlándome mientras bajo mi mano por su espalda hasta el borde de su cola.

—Sí.

—¿Puedo comprobarlo?

—Pensé que querías saber sobre mi herida.

Me retiro volviendo a ponerle completa atención a su relato.

—Bien. Pues, resulta que el chico hablaba ruso y me entendió. Abrió la puerta, violando las órdenes de Erich, y se sentó conmigo en el piso, arrimados a la pared. Sacó un cigarrillo de la caja y me ayudó a encenderlo.

—Este chico, ¿era apuesto?

—¡Un adonis! —se burla—. Como sea, Erich había olvidado algo y regresó a los diez minutos. Nos encontró conversando y, enfurecido. Me agarró con fuerza por el brazo y me zarandeó hasta su despacho en la planta baja. Dejó el pucho sobre la mesa y me lanzó con el pecho sobre ella, presionándome para que no pudiera moverme.

Imaginar la escena me llena de terror. Lena tiene muchas cicatrices y no creo que todas hayan ocurrido el mismo día.

—«¿Quién te crees que eres?», me preguntó mientras soltaba la hebilla de su cinturón. Pensé lo peor. Me violaría o algo parecido. Erich era capaz de todo —me confiesa— Luego sentí un dolor intenso directo en la columna. El metal lastimaba mi piel, una y otra vez. «¡Solo las prostitutas fuman con hombres!», me dijo mientras me golpeaba. «¿Eres una? ¿Eres una maldita perra?».

—¡Dios!

—«Mi hija no se va a comportar como una cualquiera», continuaba.

—¡Dime que le metiste una patada en las pelotas!

—Hice algo peor —me dice— Evité demostrarle lo que verdaderamente sentía.

—¿No te quejaste?

—Las primeras veces sí, después no. Entendí que lo que más disfrutaba era verme sufrir y me aguanté en silencio todo lo que pude, sin contestarle, sin dar mi mano a torcer.

—Bien hecho.

—No tanto, esta herida es el resultado de su furia. Se hartó de arremeter contra mí y me agarró con el brazo rodeándome por el cuello. Me levantó la camiseta y me sostuvo en el aire hasta que recogió el cigarrillo de la mesa y lo apagó en mi piel.

—¡Maldito animal!

—Grité, todo lo que él quiso, lloré. Erich presionó el cigarrillo con tal fuerza que sentí el ardor en los huesos. Después me tiró al piso y me dio un par de patadas antes de levantarme de un jalón y empujarme hasta mi cuarto, donde pasé encerrada sin comer unos días. Su forma favorita de castigarme.

—Por eso estás tan flaca.

—En parte, la preocupación ayuda bastante a bajar de peso cuando no tienes un refrigerador a mano.

—¿Qué hay de tus otras cicatrices?

No quiere hablar de ellas, su silencio junto con un respiro cansado lo dicen.

—¿Qué se desayuna en París? —pregunta, cambiando radicalmente el tema. No la presionaré.

—¿Croissants, café, huevos revueltos?

—¿Tan genérico? Pensé que París era un lugar más… innovador, cosmopolita.

—Dime qué quieres comer y te llevaré allí.

Me sonríe con la travesura grabada en la mirada. En nada está sobre mí, arremetiendo contra mis labios que la acogen sin protesta. Su camiseta vuela por sobre su cabeza, exponiendo sus senos.

¿Cuándo diablos se quitó el sostén?

"Cuándo dormíamos, por supuesto".

"¿Eso importa? ¡Mira sus pechos!"

—Mis ojos están aquí arriba, ¿sabes?

—Pero tus boobies están allí abajo y están lindísimas. —Se ríe por mi comentario. Yo no despego mi vista por un segundo.

Lena se acomoda entre mis piernas, introduciendo con destreza una de sus manos en mi ropa interior mientras su centro se pegaba al muslo.

—Tan suave —susurra al tocarme.

La necesidad que me envuelve me obliga a abrazarla presionándola sobre mí. Todo se presta para dejarnos llevar.

Su olor, así, natural y sin fragancias artificiales. Su cabello tan suave cayendo a los lados de mi rostro. Su peso, un poco más ligero que el que estaba acostumbrada. Sus dedos que encuentran cabida entre mis pliegues, deslizándose por la humedad que de repente me invade allí abajo

—Eso no es justo.

—¿Por qué no? —me pregunta, pellizcando suavemente mi piel en largos intervalos.

No puedo responderle con palabras. Son mis gemidos los que le dan permiso a sus labios para trabajar sobre mi cuello. Mis manos van acariciando su espalda, disfrutando de lo suave de su piel.

Una, dos, tres, hasta siete marcas llego a contar allí. Se me hace imposible no pausar mis caricias en ellas, descubrir su longitud, su profundidad, su forma. ¿Cuánto daño le hizo?

Lena no dice nada, se ocupa en besarme. No dudo que sepa que me estoy llenando de preguntas, mas evita mencionar su origen. Ya lo hará en su momento, supongo.

—Estás tan tibia —le dije bajando mis manos por su cadera. El calor que emana su piel me aturde. Continúo mi paseo por su espalda baja, buscando esa cola trabajada y redondita que… ¡Dios, como extrañaba su cola!

—Y tú tan húmeda —me susurra nuevamente, presionando con intención sobre ese punto que me sacude por completo.

La siento invadirme con dos dedos, al mismo tiempo en que arremete sus caderas impacientemente contra mi muslo.

—Me muero por probarte —me dice provocándome.

—Dios, Lena… vas a matarme.

Su respiración es creciente y sus movimientos apresurados. La siento desesperada por llegar, por satisfacerse y se olvida un poco de sus movimientos dentro de mí.

No importa, solo ella importa, solo…

Repentinamente, un gemido entrecortado la deja rendida en mi pecho. Mi cuello recogiendo su rostro caliente y agitado.

—Lo lamento.

—¿Por qué? —le pregunto. No entiendo a qué se refiere.

—No puedo… La tengo en mi mente, no puedo.

Es Marina, es ella a quien no puede olvidar, no hace falta que me lo aclare. ¿Qué fue lo que pasó que le cuesta tanto decírmelo y cómo le pido que se descargue conmigo y me lo cuente?

—No pasa nada. No necesitamos hacerlo.

—No quiero seguir decepcionándote —me dice con intranquilidad.

—No lo haces. Si no estás cómoda, no haremos nada. Yo no tengo apuro.

—Es que no entiendes… no puedo sacarla de mi cabeza, ¡no puedo!

—No te lo estoy pidiendo.

—¡No entiendes! —me repite con su voz ahogada en mi hombro, aferrándose con fuerza a mi cuerpo, escondiéndose, rogando por una protección que no puedo darle.

Lena llora con su pecho desnudo sobre mí, sus sentimientos corren por su piel en forma de escalofríos, su desesperación es palpable en su voz, en sus gritos, en sus lágrimas y se siente tan injusto. Está rota, perdida y yo no puedo evitarlo, no puedo hacer nada para solucionarlo, para arreglarla ella. Está rota y yo soy inútil.

—Él la violó… Erich la violó cada oportunidad que tuvo, la torturó, la cortó, la golpeó. Yo lo vi.

—Len…

—Sucedió después de mi quemadura. Yo ya había perdido toda esperanza de que alguien fuera por mí. Estaba sola, pero algo había cambiado. Su amenaza ya no tenía valor… al menos eso pensé —me dice, su voz entrecortada llena de miedo, me asusta—. ¿Qué podía hacerme? Ustedes estaban lejos, protegidos por papá. Él ya no tenía a mis hermanos encerrados en la habitación del segundo piso para
chantajearme y yo decidí que no le daría más poder sobre mí. No tenía nada que perder…

"Esto no suena bien".

—Erich se cansó de mi actitud, ya ni sabía cuántas veces me había castigado sin comer, sin salir de mi habitación, volviéndome loca. Habían días en que no pronunciaba palabra, no tenía necesidad de hacerlo, no tenía nadie con quién hablar. Entonces, una noche, me pidió que lo acompañara a cenar. Bajé sin ganas de nada, me senté y no probé bocado. ¿Qué más podía hacerme?

"Esto no se escucha nada bien".

—«Te quedarás frente a ese plato toda la noche, hasta que te termines cada uno de esos ravioles», me dijo al ver que no levantaba ni el tenedor. Yo lo miré con poca importancia, rodé mis ojos y me crucé de brazos. «¡¿Crees que bromeo?!» —pausa unos segundos—. Le pregunté qué pensaba hacerme, ya nada me importaba. Había su poder conmigo y si quería que hiciera lo que él me quería, tendría que ser de muy buena manera, sin gritos y con un por favor.

—No debe haberle caído nada bien —le susurro entre caricias.

—No, se levantó, me agarró por el pelo, me llevó a jalones a su despacho y me sentó en una silla frente a su computador. Yo no sabía… yo…

—Tranquila…

—«Este es el poder que tengo y puedo hacerlo a un océano de distancia», me dijo abriendo un archivo que tenía en el escritorio de su ordenador. El video estaba oscuro, se escuchaba a una mujer llorando, pero no fue hasta que habló rogando que la dejaran ir que, reconocí su voz. Cerré los ojos con fuerza, ojalá hubiese podido cerrar los oídos, pero para él no era suficiente que escuchara su dolor, quería que lo viera, quería que sepa cuánto poder tenía, que recordara el monstruo que es.

"Oh, por Dios…"

—«¡Abre los ojos!», me gritó, no le hice caso. «¡Abre los ojos, Alenka!», volví a ignorarlo, entonces sacó un revolver que tenía siempre camuflado bajo la chaqueta y me apuntó con él en la sien. «Míralo o te disparo», me amenazó. «¡Hazlo, no voy a verlo!», le grité. Me dijo que no tenía problema con hacerlo y después de tirarme en un basurero daría órdenes de que fueran por ti, por Ade, por mi madre y mi hermana, por todos, hasta por el perro que no tengo, que yo podía estar muerta, pero ustedes pagarían por faltarle así al respeto.

—Lo viste…

—No quería, de verdad no quería, pero al no hacerle caso llamó a uno de sus contactos en Moscú y le pidió que le enviara un video de ti… Te estaban siguiendo, de tan cerca que hasta escuché cómo ordenabas un café y un panecillo, Ade se te acercó y fueron a una de las mesas. Te veías linda…

"¡¿Nos estaban siguiendo?!"

—Volvió a decirme que mirara el video o las matarían allí mismo. Apagó el celular y lo hice, lo vi.

—Lena, lo siento tanto.

—Marina estaba atada a una silla, era el día en que la secuestraron, se la veía tan incómoda, tan alterada y con miedo. Gritaba que la suelten, rogaba volver a su casa con sus padres, no sabía por qué estaba allí. El video se cortó y empezó otro. En este estaba llena de heridas de los golpes que le había propinado. Su mirada ya no era una de desesperación, sino de dolor, de apatía, sin brillo. Él entró, la volvió a golpear y la levantó para empujarla contra una mesa, le bajó los pantalones y la empezó a molestar con un cuchillo, Marina empezó a gritar desesperada… después la violó.

—Lena…

¿Qué puedo decirle?, qué puede arreglar esto? Nada, no puedo hacer nada por mejorarlo. Son imágenes que nunca desaparecerán, ni el tiempo lo arreglará..

—Yo lo vi, ¡lo vi! Ella suplicaba que por favor no la tocara, que la deje. Le preguntaba ¿por qué hacía eso con ella?, ¿qué fue lo que hizo? «A mi hija no la toca una lesbiana», le contestó con tanto odio. «¡Alenka no es una depravada como tú!».

—Maldito animal.

—Volvió a violarla, el video cambió otra vez, volvió a violarla y Marina, ella cometió el mismo error que yo. Después de sentir tanto dolor se negó a expresarlo, fue cuando Erich sacó de su pantalón una navaja diminuta y con la intensión más cruel fue dibujando palabras obscenas en su piel. Los cortes sangraban sin parar, Marina gritaba, lloraba, le pedía que por favor la matara. Él solo reía, gozaba con su dolor y la lastimaba más.

Lena ya no puede controlar su llanto, aprieta sus dedos con tanta fuerza que estoy segura de que quedarán huellas, pero eso no importa, solo ella importa, así que la dejo, no me quejo. Cómo hacerlo después de lo que ella ha vivido. La abrazo fuerte, la consuelo y dejo que llore, que se desahogue en mí.

—Marina murió sin consuelo, sin paz. Él la dejó desangrarse en esa silla, con toda la suciedad encima, empolvada, con sangre seca de días en su rostro. ¡Murió sufriendo, pagando por mí, ¿entiendes?! ¡Es mi culpa! ¡Todo es mi culpa!

—No es así, no puedes culparte de esa manera. Él eligió ser un asesino. ¡Él, no tú!

—Quisiera sacar sus gritos de mi mente, quisiera retroceder el tiempo y nunca haberme acercado a ella o a ti, o haber investigado a Erich, o…

—Él seguiría siendo un asesino y habría venido por ti. No puedes cambiar lo que él decidió ser. Lo lamento, Lena, lo siento tanto, pero no hay nada que habrías podido hacer.

—Yo soy como él —me dice rendida ante la idea. Se hecha la culpa, yo también lo haría.

—No, Len…

—Lo soy, soy su hija… soy como él. Le hago daño a la gente, a mi familia… a ti…

—Erich lo hizo, no tú —vuelvo a repetirlo—. Creo que sería una buena idea que llamemos a tu padre Lena… a Sergey. Necesitamos protección, debemos regresar a casa, ponernos bajo vigilancia policial hasta que encuentren a Erich…

—Él ya no hará nada.

—No puedes estar tan segura. Por lo que dices él debe saber que Ade y yo estamos aquí y nos encontrarán…

—El señor Müller no lo permitirá.

—¿Quién?

—La familia que me ayudó a escapar. Millie y su papá. Ellos tienen a Erich ahora, él es el prisionero. No puedo traicionarlos y arrojarlos a las manos de la policía, Yulia.

—Lena, ¿Quiénes son? —le pregunto temiendo lo peor.

—Eso no importa, desde que los conocí han estado de mi lado y, aunque nunca confié en ellos hasta hoy, las cosas han cambiado. Ellos cumplieron su promesa y yo seguiré su plan. Viajaré el domingo en el vuelo que me reservaron y no los mencionaré, ni a papá, ni a nadie más.

Hay algo en toda esta situación que no me agrada. ¿Quién en este tipo de vida hace algo sin pedir otra cosa a cambio? ¿Quiénes son estos Müller y qué quieren con Lena? ¿Si son tan buenos y misericordiosos como para liberarla por qué tanto secreto?

"A mí tampoco me gusta".

"¿Qué tal si entre criminales se ponen de acuerdo y deciden eliminarla?"

"Y a nosotras junto con ella".

"Llama a su padre, Yulia. Hazlo ahora mismo".

"El enojo se le pasará, pero es mejor tenerla molesta que muerta".

En eso tienen razón. Lena puede tener su razón para protegerlos, pero yo tengo los míos para no hacerlo.

—¿Podemos ir a desayunar ahora? —me pregunta ya más tranquila.

—Vamos.

Nos levantamos para arreglarnos y salir. La llevaré a disfrutar un poco del día y mientras la distraigo me comunicaré con su padre. Es lo mínimo que puedo hacer.


*

Se siente como dejavú verla perderse por el pasillo, a pesar de que ésta vez sé exactamente hacia dónde va.

Ayer fuimos por su desayuno. Panqueques con salsa de mora y banana troceada, tostadas francesas, huevos revueltos, jugo de naranja, leche chocolatada y café. Eso fue lo que Lena ordenó en el pequeño restaurante a la vuelta al hotel. No conozco a detalle su dieta de los últimos seis meses, pero presiento que no fue nada así de delicioso, como ella misma lo dijo. Me dio gusto verla con buen apetito, yo por mi lado solo pedí un café negro con dos de azúcar.

—¿Quieres llevarte lo que sobró al hotel? —me burlé al verla tan decepcionada de no haber terminado ninguno de los platillos por completo.

Negó bebiendo un último sorbo a su jugo y salimos a dar una corta caminata antes de regresar al hotel.

—Esto es agradable.

—¿París? —le pregunté. Ella negó.

—Caminar contigo de la mano.

—Aj, eres un pony.

—¿No te parece lindo?

—Me parece propio, eres mi novia y quiero que todos lo sepan. Mi-novia, ergo mi mano con la tuya.

Se tragó cualquier comentario que haya pensado en ese momento. No se había tomado lo dicho como broma y preferí aceptarlo.

—Sí, es agradable y lindo, bebé. Tú eres linda.

Como una niña pequeña me sonrió demostrando su alegría con un apretón de mi mano.

Continuamos nuestra caminata por una plaza donde habían varios puestos a manera de mercado de pulgas… o de antigüedades para ser exactos. Habían relojes metálicos muy bien tenidos y brillantes, tazas de porcelana, juguetes que parecen haber sido sacados de una película de los años sesenta, todo tipo de baratijas y tonterías.

Una mujer nos vio pasar en frente de su puesto y nos sonrió al vernos juntas.

—Êtes-vous les gars un couple? —nos preguntó señalando a nuestras manos entrelazadas.

—Oui —le respondió Lena.

—J'ai quelque chose que vous pourriez aimer —dijo, no le entendí mucho. Dio media vuelta y se puso a buscar algo en el cajón de un mueble viejo.

—Ici est.

Era una caja metálica con cientos de letras de plata con un aro en cada extremo.

—Quels sont vos prénoms?

—Yulia y Lena —le respondí. ¿Prénom? ¿Nombre? Bueno, adiviné.

Sacó una letra Y y una L y unió cada argolla con un extremo de una cadena también de plata, entregándonos una letra a cada una.

—Creo que se confundió —le dije a Lena al ver que la letra que me tocó era la L.

—Je ne suis pas mal. Vous aurez la lettre du nom de votre petite amie, elle aura la vôtre.

Claro, ella nos entendía a la perfección, pero nos tenía a ambas adivinando qué diablos decía.

—De egta forgma ella tendrá una pagte de ti y tú una pagte de ella —intentó traducirnos. Lena me sonrió y se apuró a colocarme el colgante con la L alrededor del cuello.

—Ahora tienes dos Ls —me dijo fijándose en mi otro pendiente.

—En realidad es una cruz y una L. Aunque las dos me recuerdan a ti.

Sonrió aun más, como si estuviese abochornada, pero feliz y, al terminar de acomodarla, me dio un beso en la mejilla.

—Tú también te ves linda.

Ella se veía hermosa, pero no lo dije en ese momento. Me arrepentí. Le coloqué la Y y le pagamos a la mujer veinte dólares, nada en realidad para lo que nos había entregado.

Para cuando llegamos al hotel, Ade ya había llamado más de diez veces, no le contesté ninguna. Sus mensajes eran presión suficiente.

«¿Con quién te acostaste?»

«¿Qué tal estuvo?»

«¿La conocías de algún lado?»

«¡Yulia, responde maldición!»

«Quiero conocerla. ¿Es linda? Debe ser linda si logró llevarte a su hotel».

«¿Qué tan grandes son sus bobbies? Espero que al menos una talla muy grande, que no hayas podido apretar tus manos en ellas».

«Dios, ¿tan pronto te olvidaste de que tengo novia?», le contesté molesta. «No pasó nada, solo un encuentro entre viejas amigas».

Bueno, tampoco le mentí, ¿no? En materia de sexo no sucedió gran cosa.

—Deberías volver a tu hotel, cambiarte de ropa e intentar de mantener a Ade al margen. No creo que es buena idea meter a alguien más en este lío —sugirió Lena. Yo estuve de acuerdo. No era conveniente que mi amiga supiera la verdad aun. Además, si yo estaba en lo correcto, era peligroso.

No demoraría mucho en salir, ir a encontrarme con Ade y volver con Lena. Aun así, no me agradaba la idea de dejarla sola y, para ser honestos, tenía una sola razón para alejarme, debía llamar a Sergey, informarle de la actual locación de su hija y pedirle que nos envíe protección hasta volver a Rusia.

—¿Qué es eso? —le pregunté al verla tomar un sobre grueso de la mesa de la habitación.

—Parece… Es una carta… de Millie.

Al parecer, la grandiosa salvadora de mi novia no terminaba de irse.

—¿Qué quiere? —dije de mala manera. La idea de esa familia me causaba nauseas. ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? Nadie hace nada así de importante gratis.

Lena sacó el papel, lo desdobló y lo leyó en silencio, volviendo a guardarla al terminar.

—¿Entonces? —insistí.

—Dice que me deja un pasaporte real con mi nombre verdadero para el viaje a casa. Lo consiguió con unos amigos de su padre en la embajada.

—¿Eso es todo?

—También me pide que esté tranquila y que disfrute de París estos días.

Claro y yo tenía cara de estúpida.

—¿No pudo decirte eso ayer cuando te dejó en la heladería?

Lena notó de inmediato mi molestia y me viró los ojos mientras guardaba la carta en uno de los bolsillos de su maleta.

—¿Cuál es tu problema, Yulia?

—Mi problema es que no confío en ellos… o en nadie, de hecho. Debemos llamar a tu papá para contarle lo que ha pasado.

—No.

—¡Diablos Lena! ¿Tienes síndrome de Stockholm o algo?

—¿Síndrome de qué?

—¡Stockholm! Cuando te secuestran y te familiarizas con el criminal, protegiéndolo y defiéndelo como si fuese bueno.

—¡No los estoy defendiendo! Y ellos no me secuestraron, me ayudaron a escapar. Estoy siendo recíproca.

—¡Tienes lavado el cerebro! —le grité, pésima idea. No le hizo gracia el comentario y frunció el ceño con toda la furia retenida en medio de la frente.

—Mejor ve con Ade… Y no se te ocurra llamar a mi padre.

—¡Lena, es por tu bien!

—¡Estoy hablando en serio! —insistió con el peor tono—. ¡Vete, Yulia!

Su falta de sentido común me hartó. Algo tan difícil de lograr en mí.

"Sobretodo".

Como sea, tomé mi chaqueta del sillón y salí lanzando la puerta.

No me importaba lo que Lena quisiera, yo llamaría a su padre y la sacaría de este país sana y salva.


No caminé ni dos cuadras cuando mi consciencia y mi miedo de no volver a verla me hicieron regresar. Lena estaba en un estado frágil, no era capaz de tomar las mejores decisiones. Evidentemente, yo tampoco.

¿Qué importaba si mi amiga se quedaba sola en París un día más? ¿Era tan urgente llamar a su padre?

No, lo urgente era estar segura de que Lena estaba bien, ella era la importante.

Subí a la habitación y, como era de esperarse, estaba cerrada desde afuera.

—Lena, lo siento —le dije dando un par de golpes—. Ábreme, por favor. Hablemos.

No me contestó, asumí que estaba molesta y no quería verme. Volví a insistir. Su falta de respuesta comenzó a alterarme.

¿Y si había agarrado sus cosas y salido unos minutos después que yo? ¿Y si ya estaba muy lejos de allí?

—Lena, tenías razón. Lo siento.

Nada. Por suerte, la mucama con la que nos encontramos al salir a desayunar, terminaba de arreglar la habitación del fondo y me reconoció, abriéndome la puerta con su tarjeta. Le agradecí sin saber si me entendió y entré.

—¿Lena? ¿Dónde estás? —pregunté recorriendo la pequeña sala de estar, no estaba allí.

Escuche a la distancia una voz distorsionada como si saliera de una televisión y pensé que quizá se habría recostado para descansar quedándose dormida. Seguí caminando, más cuando entré a la habitación, vi que el televisor estaba apagado y ella no estaba en la cama. Volví a escuchar la voz y me percaté de que venía del baño. Me acerqué.

«Confiesa de una vez, bastardo», decía un hombre con enojo. «¡Tú la mataste!»

«¿Y qué si lo hice? ¡Tú mataste a Laura!», le respondió otra voz, está llena de temor y agonía. Un grito ahogado se escuchó después.

—¿Lena? —pregunté acercándome a la puerta.

Sabía que estaba allí. Podía ver la sombra de sus pies por la rendija inferior y su respiración se escuchaba fuerte desde afuera.

—Lena, abre la puerta.

No me contestó.

«¡Déjalo en paz!», reclamó otro hombre, claramente adolorido e imposibilitado de auxiliar al que gritaba con desesperación. «¡La culpa de todo esto es tuya!»

«¡Yo no los obligué a buscar venganza! ¡Yo no apreté el gatillo por ustedes cada vez que le propinaron una tiro a alguien durante todos estos años!»

«Alenka, hija… él mató a Laura. ¡Fue él!», dijo uno de ellos, helándome la sangre.

"Alenka, hija".

Solo una persona la llamaría así.

—¡Lena, ábreme!

Giré la chapa, pero estaba con seguro.

—¿Yulia?… —me pregunto ella entre sollozos al percatarse de mi presencia.

—Abre la puerta.

—¡Vete!

—¡No me voy a ningún lugar! ¡Ábreme!

—¡Esto no te concierne!

—¿Qué está pasando?

«Confiesa, Klaus. ¡Tú la mataste, fuiste tú!»

—Lena, déjame entrar.

«¡Basta, suelta a mi hermano o te arrepentirás!», insistió el que entonces reconocí como Erich. «¡Tus hijos pagarán por esto Müller!»

Volví a insistir con la cerradura, Lena ya no me respondía.

«Mis hijos ya pagaron lo suficiente, al igual que Elena».

«¡Alenka, mi hija se llama Alenka!»

—¡Yo no soy tu hija!

«¡Esto es una trampa, Lenka!», insistió su padre. «Müller irá por ti, te torturará igual que a nosotros. ¡Escapa y mata a la perra de Millie…!»

La respuesta del protector de mi novia fue pegar un balazo en alguna parte no crítica del cuerpo de uno de los hermanos. Pronto supe que había sido a Klaus.

«¿Por qué no aceptas tu culpa? ¡Tengo los videos de seguridad, sé que fuiste tú!»

Gritos de agonía se oían sin respuesta y mi angustia aumentaba. ¿Cómo diablos hacía para sacarla de ahí, para protegerla?

«¡Confiesa maldito!», le gritó dándole un golpe. «Admite tu culpa».

Con cansancio y dolor, Klaus finalmente habló.

«Sí…, fui yo. Después de… hacerla mía… a la fuerza… muchas veces».

El bastardo quiso reír, pero su esfuerzo terminó por completo con un disparo en seco que lo calló.

«¡Klaus, no! ¡No!», reclamó a gritos su hermano. «¡Maldito seas Müller! ¡Tus hijos sufrirán antes de morir a palos!»

—¡Lena!

No contestó, lloraba profundamente. La sentí golpearse contra la puerta, deslizándose hasta el suelo.

«¿Elena?», la llamó el hombre mayor. «Elena, ¿sigues ahí?»

—Sí… —le contestó apenas.

«Hija, escúchame», le pidió Erich alterado. «Es tu deber hacer justicia y matar a esta familia…»

—¡Yo no soy tu hija!

«¿Por qué insistes Erich? Después de todo lo que le hiciste, ¿crees que Elena está de tu lado?»

«Alenka es mi hija y aunque lo niegue, lleva mi sangre, mi herencia en sus venas. Estoy seguro de que ella te hará arrepentirte de haberte metido con nosotros».

«Elena es libre ahora. Volverá a su casa, con su familia, con sus padres, será feliz. ¡Sobretodo, estará tranquila porque ya no podrás ponerla en peligro!», dijo el hombre, propinándole un golpe.

«¡Alenka hija, ayúdame…!»

—¿Por qué? —le interrumpió ella—. ¿Por qué fuiste tan bueno y misericordioso conmigo y los míos? No, el señor Müller tiene razón, jamás lo haría. ¡Te odio!

«Lo único que quería era educarte».

—¡¿Educarme?! ¡Violaste a Marina, una y otra vez! ¡La cortaste, le robaste su luz y… y luego la dejaste morir… sola… en agonía! —reclamó con un llanto que no le permitía hablar de corrido.

«¡Solo era una lesbiana, ¿Qué importa?!», quiso justificarse.

—¡Era una mujer a la que yo amaba! ¡¿Qué derecho tenías de tocarla?!

«¡Ella tocó a mi hija!»

—¡Yo-no-soy tu hija!

Su respuesta traspasó el volumen máximo de un grito.

—Lena, ábreme, por favor. —Volví a pedirle sin contestación. Me acerqué a la mesa de noche buscando algo con qué abrir la cerradura, no encontré nada y salí a buscar por el resto de la habitación. Volví con un abrecartas que encontré sobre el escritorio e intenté forzar mi entrada.

«No tienes escapatoria, Erich. Morirás hoy bajo mi mano, como tu hermano».

«Alenka… prométeme que vengarás a nuestra familia, a mí».

—¿Estás alucinando?

«Tienes que hacerlo, ¡Yo te di la vida, soy tu padre, lo quieras o no!»

—¡Mi padre se llama Sergey Katin! ¡Tú no eres más que un maldito animal que se merece que lo aten de manos y pies con alambre de púas y lo cuelguen del techo para acuchillarlo hasta que se desangre casi por completo! ¡Te mereces un balazo en la sien, que te corten cada miembro de tu cuerpo y se rían de ti mientras tú gritas y suplicas por que todo termine!

Una risa cínica y prepotente siguió a su protesta.

«Esa… Esa es mi hija».

—¡No!

Su negación demostraba el dolor y confusión que sentía. Yo ya no sabía cómo forzar la chapa.

«Tienes derecho a sentir odio Elena y es natural que desees venganza por lo que te hizo», le dijo el mayor intentando revertir las palabras de su padre. «Más, si no quieres ser parte de esto puedes cortar la llamada. Yo te aseguro que terminé con él y nada recaerá sobre ti».

El silencio fue breve.

—No —le respondió ella, tajante y segura—. Quiero verlo morir, quiero que sufra y que sepa que yo disfruté su muerte.

—¡Lena, ábreme maldición! ¡Déjame entrar!

Empujé, pateé y di vueltas a la chapa como loca. De nada sirvió.

«¿Recuerdas aquella vez que te castigué unos días encerrada en tu alcoba y te puse el audio de tu noviecita gritando de placer por mí?»

Lena no le contestó.

«¿Recuerdas que me rogaste que te matara?», insistió. «¡Debí hacerlo, matarte con el mismo cuchillo que a ella, no solo lastimarte la espalda! ¡Debí matarte como a tu madre!»

«¡Cállate!», le gritó el otro hombre y se escuchó una queja aguda. «Apaga la llamada, Elena».

«¡No! Quiero verlo… necesito verlo».

«¿Estás segura?»

«Sí, señor Müller».

«Alenka, maldita perra… nos veremos en el infier…»

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

—¡Lena, maldición!

«Métanlos en la incineradora».

—¡Abre la puerta! —Golpeé y exigí con desesperación.

«Elena, se acabó», dijo el hombre con un tono apenado. Lo que me sorprendió después de lo que acababa de hacer con mi novia de testigo. «Ve a casa, tu vuelo está abierto para cualquier cambio. Si quieres regresar hoy en lugar de mañana, ve. Olvida los últimos meses».

—Gracias —le dijo ella llorando—. Por todo… por Millie.

«No me agradezcas, te lo debía y… lo siento pequeña».

El sonido de la llamada se calló por completo. Asumí que el hombre había cortado la comunicación y de pronto sentí la puerta abrirse.

Su pecho se lanzó al mío y me apretó tan fuerte que me sacó todo el aire.

La pesadilla se había acabado…

Eso pensé, que inocente fui.

A Lena le fue imposible recuperarse. Su nerviosismo sólo creció. Todo su cuerpo comenzó a temblar, ya no podía controlar su respiración. Estaba teniendo un ataque de ansiedad.

Yo no sabía qué hacer y entré en pánico. Nunca la había visto así. No me respondía, lloraba ahogándose, desesperada por aire que no lograba entrar completamente a sus pulmones.

Llamé a Ade, quien no entendió exactamente lo que sucedía o de quién le hablaba. Me dijo que salía inmediatamente hacia el hotel y que pidiera ayuda a la recepción.

Lena lloró y gritó cuando el doctor entró en la habitación. Quise sujetarla y comenzó a golpearme para escapar, totalmente aterrada.

—Debemos sujetarla —dijo el doctor sacando de su botiquín una jeringa. Lena se puso peor y comenzó a lanzarnos lo que encontraba.

No me di cuenta de cuanto tiempo pasó, pero Ade había llegado y me hizo a un lado. Los vi luchando con Lena y me paralicé sin saber qué hacer o cómo ayudarla. La chica que conocía había desaparecido, se veía tan perdida.

Entre los dos lograron mantenerla firme sobre la cama mientras el doctor le inyectaba un tranquilizante. Lena poco a poco dejó de poner resistencia y la pudimos acomodar bajo el cobertor. Fue entonces que me he permití desmoronarme y llorar en el hombro de mi amiga.

—¿Dónde está Lena, Ade? —le pregunté rendida—. Ella no es Lena.

—Lo es.

—No…

—Entiéndela Yulia, no sabemos lo que ha vivido.

—No es la misma…

—Pero es ella y es suficiente. Dale tiempo.

Después de responder sus reclamos por no avisarle que habría encontrado a Lena —o ella me había encontrado a mí, lo que da lo mismo en este punto—, nos recostamos a su lado. Acaricié su cabello por horas. Yo sabía que era el efecto de las drogas lo que la hacía lucir tan tranquila, tan ella y me pregunté:

¿Estaba Ade en lo correcto? ¿Volvería Lena a nosotros con el tiempo? ¿Podrá superar lo que vivió?

Sentí mis lágrimas caer, porque no lo sé y tenía tan poca fe en un buen resultado.

¿Cómo pude creer que tenerla de regreso sería lo único que necesitaba? Todo era un desastre y no había manera de solucionarlo.

Lena había sido testigo de tanta muerte en su vida, la había presenciado en primera fila. Eso debía cambiarla ¿no? Debía romperla en mil pedazos.

Seguí llorando, sentí que mi alma se partía y nunca volvería a recuperar a Lena. Ese hombre la destruyó… a las dos, a su familia. Estaba muerto, pero todo lo demás se había perdido.

—No puedo volver —me dijo al recobrar la razón unas horas más tarde—. Papá se avergonzará tanto de mí.

—¿Por qué? —le susurré, mi mano todavía acariciando su cabello.

—Yo lo maté —respondió con infinita culpa, se refería a Erich. El remordimiento llegó como presentí que sucedería mientras intentaba entrar al cuarto de baño de alguna forma.

—No lo hiciste —recalqué.

—No lo impedí, es lo mismo.

—Él no merecía vivir y tú sabes que no se habría detenido. Habría ido por tu madre, por Katya, por ti —le dije tratando de encontrarle el sentido a mis propias palabras.

Era así, sin embargo, no podía negar que a pesar de que yo había deseado verlo sufrir y cobrar el daño que le propino a su hija, algo cambió al escuchar como lo mataban. Ser testigo de como el odio y la venganza pueden sacar lo peor de un ser humano y convertirlo en un monstruo, te da otra perspectiva.

No lo sé, quisiera pensar que hay otras formas de hacer justicia y que nadie tenía por qué ensuciarse las manos o el alma con su muerte.

—Tengo tanto miedo, Yulia —me dijo. Yo también lo tenía aunque no sabía exactamente a qué. Nadie podía vincularla con los asesinatos. El hombre que la ayudó a escapar no dejaría huella alguna o podría incriminarse. Estaba hecho, punto final—. Soy… una asesina.

—No.

—¿En qué estaba pensando? Tuve la oportunidad de cortar la llamada… ¿Por qué no lo hice?… ¿Por qué?

—Trata de no pensar —le dije, recorriendo su frente con las yemas de mis dedos, obligándola a cerrar los ojos—. Duerme, todo se sentirá mejor en la mañana.

Un útil consejo que yo misma no pude seguir, hasta en sueños me perseguían las voces de esos hombres, sus gritos, sus súplicas, los balazos.

—Yulia, despierta —me dijo mi amiga, meciéndome por el hombro—. Vi el pasaje de Lena. Tenemos que estar en el aeropuerto en un par de horas.

Ya había amanecido y la hora de otra vez despedirnos nuevamente se acercaba, una más corta y menos traumática —esperaba yo—, aun así me inundó la intranquilidad. Me levanté para no despertarla y llevé a Ade a la sala de estar.

—No creo que sea una buena idea que Lena viaje sola después de como se puso ayer…

—Pensé lo mismo y llamé a la aerolínea para averiguar qué se podía hacer. Lamentablemente, no hay asientos disponibles en su vuelo, y si hubiese uno, son más de cinco mil dólares por boleto.

—¿Qué?

—Primera clase, Lena. La gente que la cuidaba no escatimó en su comodidad.

—¿Y si cambiamos el nombre del pasaje y viajas tú hoy, así nosotras viajamos juntas mañana?

—Pensé en eso también, pero es una aerolínea diferente y no lo cambiarán el puesto a otra persona, máximo el destino o el horario, así que no se va a poder. Tampoco hay puestos en nuestro vuelo como para comprar un pasaje extra y que ella venga con nosotras, es más, no hay puestos disponibles por tres semanas. Es el final del verano y es imposible comprar un pasaje.

Regresé a verla dormir con una desesperanza tan aguda en mi pecho. Son varias horas de vuelo a Sochi, a una persona cuerda la puede volver loca un viaje en avión si se encuentra en algún estado depresivo.  Volteé mi vista hacia el mesón y noté el empaque de la jeringa todavía allí.

—Podríamos pedirle al doctor de hotel que le de un sedativo —dije, regresando mi atención a mi amiga.

—No hace falta, estaré bien.

¿En qué instante se levantó?, no tuve idea. En un segundo me pegó el susto de mi vida.

—Tengo ganas de ver a mis padres y… estaré bien.

Mentía, quizá ella no recordaba lo que habíamos hablado la noche anterior, pero yo sí. Además no podía verme más de dos segundos a los ojos sin bajar la mirada.

—Preferiría viajar contigo. Podemos cambiar la fecha y pagar el otro boleto con la tarjeta de crédito de Ade —les propuse—. Yo conseguiré un trabajo y te pagaré cada mes…

—¡No!… Yo estoy bien… sola —Lena dijo y regresó a la habitación, encerrándose en el cuarto de baño.

No volvió a hablarme directamente hasta llegar al aeropuerto. Mi estómago estaba en nudos solo de pensar en las horas que pasaría imaginando lo peor, porque la verdad es que no quería ir a casa, le aterraba lo que pensarán sus padres y sus hermanos de ella, sobretodo Sergey. Lena en su mente debía ser la peor hija del mundo, la versión más alejada de la persona que los Katin habían criado.

Su quijada tembló todo el camino. Intentaba disimularlo mordiéndose las uñas. Se veía tan distante, tan nerviosa y aterrada. Quise apoyarla de alguna forma y le extendí mi mano, pero la ignoró, igual que a mí.

Mientras se despedía de Ade la escuché pedirle que me cuidara. Cosa que se me hizo demasiado extraña, nos encontraríamos pronto. Mas ella le decía adiós como si no fuese a vernos en mucho tiempo. Mi amiga le deseó un buen viaje y quiso darnos privacidad. Me dijo que me esperaría en la salida al estacionamiento para volver al hotel y decidí enfrentarla.

—¿No vas a pedirme que cuide a Ade?

Su mirada fue dura en un inicio, pero no pudo sostenerla. El enojo que me demostraba era una máscara para poder llevar acabo lo que planeaba antes de partir. Eventualmente sus ojos encontraron el piso, evitándome.

—Vas a huir cuando llegues a Sochi —Sospeché y se lo dije. No lo negó o lo discutió—. No estás lista para ir a casa.

Su quijada la delató de nuevo, temblaba con miedo mientras ella hacia lo posible por ocultarlo.

—¿Volveré a verte?… O estamos terminando.

Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver las suyas recorrer sus mejillas. Había dado en el blanco y dolió. Aun así, me resistí a dejarlas caer.

—Después de tanto tiempo, de esperar… —me detuve. ¿Qué punto tenía reclamarle? Ella era la víctima no yo— No puedo comparar nuestros sufrimientos. Jamás llegaré a entender por completo lo que viviste, pero yo también sufrí al perderte, todos lo hicimos.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por lastimarte.

—Sigo sin entender el porqué. Al menos esta vez no tendré que preocuparme o pensar día y noche si tendré tus hermosos ojos frente a mí otra vez. Podré dormir en paz, porque ya no somos nada, ¿no? ¿Por qué lo sientes? Me estás dando la libertad de vivir. Es más de lo que he tenido estos últimos meses.

Su lógica es tan clara y, para ser sinceros, apesta.

—Yulia, yo… No puedo… Esto es lo mejor.

—Claro.

No pude contenerlas más, dejé mis lágrimas salir y fue cuando ella me miró detenidamente y se colgó de mi cuello con un impulso que me quito el equilibrio.

—Tú sabes que es lo que menos quiero hacer —susurró entre sollozos.

—No lo hagas entonces.

—Tengo qué. No puedo enfrentarlos, no puedo. Yo ya no soy su Lena, soy una extraña hasta para mí.

—Con el tiempo volverás a encontrarte. Estás perdida en lo que pasó ayer, en lo que Erich te hizo.

—¿Dime cómo regreso a mi familia? Gracias a mi padre mis hermanos no tienen a su madre. Gracias a mí, mis padres se vieron forzados a tener una vida que no querían. Yo los obligué a sacrificar sus sueños y ¿para qué? Al final, elegí ser la hija de Erich y vengarme. Me dieron la oportunidad de dejarlo así, de seguir mi vida sin convertirme en él y yo decidí lo contrario. Él está muerto junto con su hermano porque yo no pude decir un te perdono, porque yo no pude rogar por sus vidas, porque quería verlos muertos.

—Yo también lo quería, lo soñé. Ade lo mencionó en muchas ocasiones, lo que le haría si llegaba a tenerlo frente a ella…

—Pero ninguno de ustedes lo decía en serio, eran solo palabras. ¡Yo lo hice!

—Tú no jalaste ese gatillo.

—No peleé por él.

—Erich mató a Marina —le dije queriendo interrumpir su cadena de culpa. De qué servía que continuara construyendo esa pared. Lo hecho, hecho está.

—Tal vez mi problema es haberme dado cuenta de que su memoria merecía más que ensuciarla con más sangre.

La separé de mi cuerpo y le limpié la cara con mis pulgares acariciando su piel. Si la dejaba ir, esa sería la última vez que la vería.

—Ven conmigo —le dije llevándola de la mano al mostrador de servicios—. Disculpe, señorita. Deseo cambiar el destino de este pasaje.

—Déjeme verlo, por favor.

Se lo quité a Lena de las manos y se lo entregué.

—El boleto está marcado como dinámico. Puede cambiar su vuelo a cualquier día, hora o destino —nos contestó—. ¿A dónde desea viajar?

—¿Tienen vuelos a Rio de Janeiro?

—Yulia, ¿Qué haces? —me preguntó Lena sin entender.

—Está con suerte, nuestro vuelo más próximo sale en tres horas. Los pasajeros ya se encuentran haciendo el check-in y hay asientos disponibles en primera clase.

—Yo…

—No puedes ir a casa, no estás lista —la interrumpí— Necesitas espacio para pensar, para darte cuenta de que no eres como él y no es tu responsabilidad cargar con el peso de sus decisiones.

—No puedo ir a Rio y quedarme allí. Leo debe haberme olvidado ya.

—Leo te piensa constantemente —le confesé— Hace unos días hablé con él. Me preguntó por ti, si sabíamos algo. Me dijo que te extraña y deseó volver a verte.

—Él tiene su vida, su hijo. ¿Con qué derecho…? —frenó su línea de pensamiento, examinándome— Tú me pierdes de todas formas, ¿qué diferencia tiene a dónde vaya?

—No estaremos juntas por un tiempo más, pero es la única forma de «no perderte» y aunque tus padres y hermanos me odien por esto, yo sé que es lo mejor.

Ella también lo creía, lo supe al ver ese suspiro de alivio que salió sin permiso de sus pulmones.

—Volveré a ti.

—Lo sé. Tarde o temprano, no importa.

Mi mano se unió a la suya. Lena sacó su pasaporte y le pidió a la encargada realizar el cambio.

—¿Va a chequear alguna maleta?

—No, solo llevo la de mano.

—Aquí está su pase de abordar. Puede seguir a migración, señorita Katina.

Caminamos hacia donde solo ella podía seguir y nos detuvimos sin soltar nuestro agarre.

Otra despedida, esta vez incierta, no tan corta como pensaba en la mañana.

—Una noche soñé contigo, ¿sabes? —me dijo—. Nos encontrábamos en un parque, había una capa de sol que volvía todo naranja, el viento corría y las hojas del piso se levantaban. Te veías tan feliz sentada en una de las bancas. Tenías el cabello rubio como cuando te conocí y tus ojos azules brillaban desde lejos.

—¿Y qué pasó?

—Desperté —dijo con tristeza.

—Yo soñé muchas veces contigo, pero de otra forma —le dije. Un guiño de ojo y me entendió. Era mi sueño más constante.

Me sonrió. Mi Lena todavía estaba ahí.

Tiempo, eso es todo lo que necesitamos. Eso espero.

—Debo irme. No sé ni qué voy a hacer cuando llegue.

—No te preocupes, yo hablaré con Leo para que vaya a recogerte… No, a retirarte… Okey, no. Ninguna de las dos. A verte al aeropuerto para llevarte a su casa… ¡Maldición!

Rió esta vez y me acogió en un abrazo tierno.

—No terminamos… tú y yo —me aseguró—, y no pasará nada entre nosotros.

—Bien —le respondí— Te echaré de menos y nada de estar viendo traseros brasileños en la playa… Bueno, si los ves, mándame fotos.

—Hecho.

Las platicas de despedida son cortas, raras y al punto.

Ahora la veo partir. Me da un último adiós a lo lejos y gira la esquina desapareciendo. Mis labios todavía cosquillean con nuestro último beso y mi corazón late más tranquilo.

"Esta relación ya parece agua con aceite. Ustedes no se van a juntar nunca".

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RAINBOW.XANDER

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Dom Mar 18, 2018 5:58 pm

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Yulia.

Despedirme no es fácil. Los finales siempre han sido un gran problema para mí. Sean buenos o malos no me gustan porque significa que algo terminó. En este caso, que tú y yo dejamos de ser, de estar, de tener un futuro.

No sé a dónde voy o por cuánto tiempo. No tengo idea de si volveremos a vernos y por eso creo que lo más justo es que terminemos.

Quiero contarte una historia, es algo que sucedió cuando era chica. Mamá nos llevó, a mi hermana y a mí, al parque de diversiones en el bulevar de la playa, en Sochi. Yo tendría unos siete años. Fuimos a celebrar un cumpleaños, no recuerdo si era el mío o el de Katya, porque mamá siempre se encargaba de hacernos sentir a ambas como princesas en cualquiera de las dos fechas. Ella era tan dulce entonces, tan consentidora y cariñosa. Ahora que sé que somos las hijas del gran amor de su vida, entiendo el porqué.

Regresando a la historia.

Siempre que íbamos a la feria yo intentaba el mismo juego de tumbar pinos con una pelota. No era particularmente buena en él, pero estaba dispuesta a serlo y me encantaba perder el día intentando ganar. Si tirabas todos los pinos de las tres mesas diferentes, te daban un premio. Si repetías la hazaña, uno más especial. Realmente no era buena, pero estaba empecinada en llevarme el premio más grande, así me tomara la vida entera. Solía ser muy mala perdedora.

Esa mañana en particular, mi hermana quería subirse a la montaña rusa primero, insistió todo el camino hasta convencer a mamá. Yo quería empezar por el puesto de pinos y, al llegar, me dirigí a él sin titubear. Mamá, nerviosa y preocupada, me dijo que no podía dejarme sola allí. Otra cosa que hasta hoy nunca comprendí era su miedo a separarnos de su vista. Me pidió que le diéramos gusto a Katya y fuésemos a la montaña, enseguida volveríamos al juego.

Yo me crucé de brazos furiosa y no me moví.

—Lena, amor, no te pongas así —me dijo—. No tardaremos más de veinte minutos.

Ese tiempo parecía una eternidad y yo no quería dar mi brazo a torcer. Mamá me miró con ternura y me sonrió.

—Tú linda frente así de fruncida me recuerda a alguien, ¿sabes? —Me dio un beso y me prometió un helado al salir de la feria, me tomó de la mano y me llevó hasta la montaña rusa. Ahora que lo pienso, imagino que Alenka le ponía esa cara cuando se disgustaban.

Para cuando regresamos, la cola de mi juego era inmensa, pero yo no me iría sin ganar. Esperé más de una hora, estaba mentalmente lista para superar el desafío, mas cuando llegué al mostrador, el hombre que atendía entregaba ese peluche grande que yo tanto quería, el premio mayor. Era un unicornio blanco con el cuerno de colores y una cola violeta. Una niña de casi mi misma edad se lo había ganado minutos antes por tirar todos los pinos cinco veces seguidas.

Yo deseaba tanto ese unicornio, soñaba con él. Era el trofeo al mejor jugador y debía ser mío. Pero yo no lo gané, fuiste tú.

¿Lo recuerdas?

Cuando llegué a la escuela —después del incidente del café que pusiste como sombrero sobre mi cabeza—, el maestro me pidió que participara en el evento de caridad de ese año. La clase entera prepararía un número musical que presentaríamos en el orfanato, además de hacer una colecta de juguetes para donar.

Recuerdo cuando lo vi. Llegaste con él abrazado de un lado y con una bolsa llena de otros juguetes en el otro. Era él, yo lo sé. Tenía el mismo ojo chueco que ese peluche que colgaba en la feria.

—¿Perdiste tu alma en mi unicornio, Katina? —me preguntaste con burla al pillarme mirándolo.

—Eras tú —solté sin darte más explicaciones.

—¿Era yo quién?

Te analicé por un instante, tratando de recordar tu rostro, tu expresión al ganarte el peluche, porque siempre tuve la idea de que esa niña era tan feliz como yo lo habría sido, ella también deseaba ese premio y tenía el tipo de actitud que yo admiraba, la persistencia y la disciplina para ser la mejor.

Te sonreí, tu respuesta fue virarme los ojos, llamarme «rara» y buscar a Aleksey para ir al salón a entregar los juguetes.

Te envidié tanto, lo tenías todo. El novio más atractivo de la escuela, según me habían platicado las mejores calificaciones del curso, una voz increíble que yo misma comprobé y eras buena. Yo, por el contrario, era solo la niña que nunca ganó ese peluche. En esos días llegaba llorando a casa sin falta porque no estaba segura de que eso fuese lo mío, porque no me sentía lo suficientemente talentosa como para quedarme en la escuela, para competir, me sentía una perdedora y la verdad es que, hasta hoy, yo no sé perder.

Estuve a punto de renunciar hasta que, en ese recital frente a los niños, logré alcanzar la nota que tanto me había costado conseguir en los ensayos y vi en ti una cortísima mirada de aprobación. Finalmente me sentí a gusto, aunque después te dedicaste a hacerme la vida imposible.

Me imagino que te preguntarás ¿a qué viene la historia?

No lo sé, solo la recordé, porque tú y yo tuvimos un inicio antes de Neposedi, porque quiero pensar que estábamos destinadas a cruzarnos varias veces en la vida y es por algo; que pase el tiempo que pase, volveremos a hacerlo y quizá, la próxima vez que suceda, podamos finalmente estar juntas.

Sí, lo sé. Todavía estás molesta y protestando por el inicio de la carta y la propuesta de terminar. Creo que es lo mejor.

Yo quiero volver, espero que toda esta pesadilla termine, pero tú no tienes por qué vivirla también. Eres una mujer con una capacidad enorme de hacer cosas espectaculares y yo no quiero ser quien te detenga. Yo no te olvidaré Yulia, y sé que un día encenderé el televisor y te veré en una entrevista, en una película o un concierto… ¿Quién sabe?, conquistando al mundo, y mi mayor alegría será saber que no te detuviste, que luchaste por tus sueños, que eres feliz.

Como mamá me dijo el día que por fin me dejó ir sola a la escuela:

«Mi deseo más grande es acompañarte toda la vida, pero si no te dejo ir, nunca serás libre».

Te amo, Yulia. Te amo tanto.

Sé fuerte, sé feliz, sé todo lo que yo nunca seré. Sé la niña que tanto envidiaba, la que se ganó el unicornio en la feria, la que todo lo podía, sé Yulia Volkova.

Y cuando regrese… si todavía tengo una oportunidad…

Adiós, amor.

Lena.

Mi vista recae en esas últimas palabras, en ese «adiós» que Yulia nunca recibió. Qué tan diferentes serían las cosas si hubiese sido así en ese momento. Si ella y yo no nos encontrábamos en Paris.

—¿Por qué não la envías? —Leo me asusta sorprendiéndome por la espalda.

—Un día vas a matarme, ¿sabes?

—Eu sinto muito, princesa —se ríe apoyándose en el barandal a mi lado.

Es lindo el paisaje desde aquí. La playa está apenas a unos pasos y el mar está tranquilo a esta hora de la mañana.

—¿Extrañas a Inessa?

—Ya me había acostumbrado a tenerla aquí haciéndome la vida imposible.

—¿Quieres dizer, forçando a você a levantarte temprano para correr pela playa?

—Eso, y después obligándome a caminar todo Río de Janeiro a pie.

Ambos reímos recordando las últimas tres semanas que mamá estuvo de visita.

—Pelo menos agora você pode dizer que conoces la ciudad. Casi cuatro meses que você já viveu aquí e não sabía mais que el camino de la casa al restaurante.

—Y a la playa, no se te olvide.

Mi vida en Brasil ha sido sumamente tranquila y como Leo dice, durante los tres primeros meses no salía más que de su casa a su restaurante y de vez en cuando a la playa. Supongo que cuando te conviertes en un prisionero a la fuerza, llegas a ser uno con la soledad e incluso cuando deseas con todas sus fuerzas salir y ser libre, todavía permaneces atrapada en tu cabeza. Legalmente también ha sido un alivio. Gracias a que las Olimpiadas de verano se llevaron a cabo en el país, no necesité permiso para entrar y me dieron noventa días para permanecer sin una visa. Leo se encargó de hacerme una invitación formal con una propuesta de trabajo ayudándolo en el restaurante para poder extender mi estadía por tiempo indefinido.

—¿Você já falou com Yulia? —me pregunta trayéndome nuevamente de mis pensamientos.

—No desde que mamá llegó.

—Entonces ela não sabe que você te presentaste en la embaixada y diste los exámenes para graduarte de la escola.

—No.

Tampoco sabe que mamá me convenció de estudiar psicología en la universidad nacional. El semestre inicia en febrero y son dos años de carrera.

—Ela debe extrañarte muito.

¿A qué viene tanta insistencia sobre Yulia?

—¿Te escribió? —le pregunto. Algo me dice que hay una razón por la cual quiere hablar de ella.

—Ayer à noite. Apenas preguntó sobre você.

Hay una razón por la cual no hemos hablado, por la que dejé de responder sus mensajes y llamadas.

—Conoció a alguien, Leo.

—Tenho certeza que conheceu muita gente en la universidad.

—Es una chica… especial… muy especial.

—Não lo creo. Solo tú eres especial para ela.

—Ella misma me lo dijo. Es hermosa, cautivante, dulce, con una sonrisa de morir y unos ojos cafés que hipnotizan. Además huele delicioso y han pasado muchísimo tiempo juntas desde que apareció.

—Yulia não é o tipo de chica que…

—La última vez que hablamos pasaron la noche juntas —le interrumpo. Yulia no es ese tipo de chica, pero estamos muy lejos. Ha pasado muchísimo tiempo desde que nos hicimos novias, casi un año, mas si contamos los días que hemos compartido juntas en todo este tiempo no llegamos ni a un mes completo. Nuestra relación no es real y no es justo con ella. Era obvio que iba a conocer a alguien que le llamase la atención y terminaríamos.

—Princesa, fale com Yulia.

—¿Para qué?

—Disculpa, Lena. Hay un hombre en la mesa dos que pidió por ti.

—¿Un hombre? —pregunta Leo antes de mí.

Regreso a ver, pero no logro reconocer a nadie. La pared de la entrada bloquea esa área.

—Dijo que era un viejo amigo.

—¿Quieres que vaya a ver? —me pregunta Leo, inquietándose. No le contesto, me levanto para distinguir quién es y sí, es un viejo conocido más que amigo.

—No te preocupes, voy a hablar con él.

—¿Segura?

—Sí, está bien.

Pretendo que es así, aunque al verlo me llené de escalofríos que todavía recorren mi piel. Nunca le tuve miedo, fue bastante considerado y amable conmigo, pero mato a dos hombres a sangre fría conmigo de testigo, tampoco lo veo como Papá Noel.

—Señor Müller —lo saludo estirándole la mano. El me sonríe y se levanta para darme un abrazo.

—Te ves bien Elena. Sana, feliz.

—Lo mismo dijo mi madre, subí un poco de peso.

—La comida en este lugar debe ser fantástica. Pesca fresca todos los días y un excelente chef, no debe irles mal.

No me tomo su comentario a mal, pero es difícil no pensar en sus palabras como una advertencia. El «excelente chef» estuvo de más, sabe quien es Leo, sabe que es el dueño, sabe que es mi amigo, seguramente sabe que es mi ex-amante.

—Pensé que volverías a Sochi.

—Era la idea.

—¿Cambiaste de parecer por el atractivo del clima tropical? —me pregunta con gracia—. No entiendo cómo la gente puede vivir con tanto calor, es agobiante. No me deja pensar.

—He ido acostumbrándome. Los primeros días fueron una pesadilla.

—Lo mismo me sucede cuando voy a Australia a visitar a Millie. Termino metido en la habitación de hotel con el aire acondicionado al máximo.

—¿Cómo está ella? —le pregunto ahora que la sacó al tema. La última vez que supe de Millie fue en esa carta que llegó al hotel de París junto con mi pasaporte, en la que me decía que si quería respuestas podía llamar a su papá.

Lo hice, pensaba que lo que me proponía era enfrentar a Erich y cerrar todas las puertas que dejó abiertas, pero después de cómo se dieron las cosas y de pensarlo incesantemente, creo que se refería cosas que solo su propio padre podría decirme.

—Mi hija está bien. Su novio le pidió matrimonio y esa es, en parte, la razón por la que estoy aquí.

Quizá este es el momento de encontrar las respuestas a las preguntas que todavía me persiguen. ¿A quién se refería exactamente cuando le pidió a Klaus que confesara? No era Alenka, tampoco Marina, y algo más importante, ¿por qué se vio obligado a ayudarme? ¿Cuál es su papel en mi historia?

—¿Podemos ir a un lugar más privado? ¿Tal vez tomar una caminata por la playa?

—En media hora el día se pondrá demasiado caliente como para aguantar el sol.

—Soportaré un poco. No creo demorar en lo que vine a decir.

Acepto, tampoco esperaba tenerlo de invitado a la cena, así que terminemos con esto de una buena vez.

Nos levantamos de la mesa con unos ojos azules preocupados sobre mí.

«Todo está bien», le digo a Leo a la distancia alzando mi pulgar. Él no deja de mirarme con sospecha, pero confía en mí y nos deja salir de su restaurante sin protesta.

—Leo es un buen chico —menciona al aire al poner un pie en la arena. Un suspiro cansado me abandona. Estos juegos no se terminan nunca.

—Ustedes los… —me interrumpo antes de decir los criminales organizados y poderosos, o en una palabra, los mafiosos.

—¿Tenemos interés en personas que deberíamos dejar en paz? —completa mi observación.

—No lo diría precisamente así, pero… sí.

—Es parte de cuidar a los tuyos, no digo que sea la mejor costumbre, pero sí la más segura.

—¿Qué daño podría hacerles un joven que apenas está empezando a vivir? Leo tiene un hijo pequeño, debería estar tranquilo y sin amenazas.

—No vine a ponerlo en peligro. Si me enteré de su existencia fue gracias a tu padre y tuve que enviar a gente para protegerlo, como lo hice con Yulia y tu familia.

Esas son noticias para mí. Además de ayudarme protegía a los míos, más yo no soy parte de los suyos, soy la hija de su enemigo.

—Si te lo preguntas, lo hice a pedido de Millie.

—¿Por qué? Me refiero a ¿qué fue lo que hice yo para merecerme su ayuda?

—Tu manera de ver el mundo, pero antes de llegar a eso aclaremos lo que sabes. Imagino que Erich te contó que era un ávido criminal y perteneció a una pandilla muy famosa en Berlín.

—Algo supe.

—Pues esa pandilla inició una guerra contra mí, intentando destronarme y quedarse con el negocio que yo había construido.

—Fue usted quien los…

—Obligué a separarse… Sí, matando a algunos de ellos.

Müller es un hombre muy propio. Si te lo encuentras en la calle no pensarías que es un despiadado asesino. Miro alrededor y la gente camina haciendo su vida, inconscientes lo peligroso que es el hombre que me acompaña.

—Yo… fui un hombre imprudente cuando era joven. Creía que debía demostrar mi poder imponiéndome, así mantendría a mi familia protegida y a los oportunistas lejos. Como verás no sucedió de esa manera. Erich quería ser parte de mi negocio. Insistió e insistió hasta que logró entrar a mi casa sin invitación a exigirme un trabajo que lo deje evolucionar y un día ser mi mano derecha. Se creía muy listo y esperaba que yo apreciara el «valor» en su intromisión. Lo eché a golpes, esperando que no volviera a aparecer, pero él tenía un solo objetivo en la cabeza, sacarme del panorama y puso a su pandilla en contra de mis hombres —me cuenta—. Al ver que su gente era eliminada fácilmente se volvió a acercar, amenazándome en frente de mi esposa para conseguir lo que quería o la mataría.

Entonces era ella a quien se refería, pero… se dirigía a Klaus y él aceptó haberlo hecho, no Erich.

—No entiendo.

—Te hablaron de Laura, ¿verdad? Recuerdo que Erich te la mencionó ese día.

—Sí, fue novia de ambos… Fue usted quien la…

—Sí, yo ordené su muerte. Lo que nos trae aquí hoy.

No es difícil unir los puntos y ver la imagen completa. Aún así prefiero que él lo haga por mí.

—Erich podía perdonar a su hermano por robarle a su novia, pero jamás perdonaría que alguien le quitara la vida. Klaus mucho menos —me explica—. Esperaron con paciencia. Mis hijos eran niños de catorce y diez años, tenían una idea clara de mi negocio, de lo que sucedía a puerta cerrada en mi despacho. No necesitaron que un desconocido los convenciera de que su madre había muerto a manos de un matón como un acto de venganza hacia mí, lo supieron el instante en que escucharon la noticia.

—Lo lamento…

—No tienes por qué, Elena. No fuiste tú quien secuestró a mi esposa y la ultrajó sin piedad antes de quitarle la vida.

—Fue Klaus.

—Sí. Erich estaba en Rusia, ocupado con la segunda parte de su plan; robar millones de dólares para comprar mi negocio en mi momento más bajo, cuando yo querría abandonarlo todo por la pérdida de mi esposa.

—¿Por qué comprarlo? ¿Por qué no…?

—Matarme y ya.

—Conociéndolo, pudo haberlo hecho.

—Y todos mis asociados le habrían dado la espalda. Él sabía muy bien que ser mi aprendiz, es muy distinto a ser mi asesino.

—Cuando conocí a Klaus me aseguró que quien había matado a Laura era Erich, me prometió vengarla junto con Alenka.

—Mentiras, ambos eran socios en todo. Klaus prefería pasar desapercibido, nada más. Fue parte del plan desde el principio —me asegura—. Siempre tuvieron una gran motivación en común.

—El respeto y el poder.

—Exactamente.

Erich lo admitió sin titubear cuando aceptó la muerte de Marina. Es lo más importante para un hombre, me dijo.

—Mis hijos llegaron a odiarme. Me pidieron que los dejara irse a vivir con sus abuelos maternos en Australia y yo, con la culpa que tenía por haber provocado la muerte de mi esposa, compré los pasajes y los puse en el avión. Con el tiempo nos convertimos en extraños, pasaron casi quince años en volver a retomar contacto.

—¿Qué sucedió?

—Erich reapareció en Alemania. Supe que había acumulado un gran capital y todavía tenía la idea de ofrecérmelo a cambio de un puesto importante en la organización. Eventualmente me reemplazaría.

—Eso no explica por qué ustedes se apiadaron de mí.

—La mala costumbre de investigar a gente que deberíamos dejar en paz —me dice con gracia. Yo no le encuentro mucha— Descubrimos tu existencia y que habías sido secuestrada de la familia que te acogió al morir tu madre, que eras una víctima más.

—Pero era su hija y su sobrina, vivía con ellos. No tenían por qué ayudarme.

—Eso es verdad, pero cuando Erich vino con sus millones a pedirme que hiciéramos las paces y unamos nuestros negocios, sabía que mis hijos eran mi punto débil y que la única forma en la que yo confiaría en él, era si ponía a su propia hija como parte del acuerdo. Quería que tú y mi hijo Andreas se unieran en matrimonio.

—Recuerdo cuando me dijo que tenía algo más grande planeado para mí.

—Andreas jamás aceptaría el trato, así fuese con intención de vengar a su madre, pero quizá Millie sí. Erich mismo me dio la idea al mostrarme la carta que escribiste a tu novia.

—Lo dejó leerla.

El señor Müller acepta en silencio.

—¿Sabías que mi difunta esposa llevaba a mis hijos a la feria cada verano y que Millie amaba esos osos de peluche de premio? ¿O que tus palabras sonaron demasiado a su madre, especialmente en tu desprendimiento y amor? —me cuenta, dándome a entender que fue ella quien decidió mi suerte—. Se la envié esperando que aceptara ayudarme a vengar a su madre. Ella aceptó con una única condición, que tú salieras ilesa así como los tuyos y, al terminar, fueses completamente libre.

Vivo gracias a Millie.

—Le recordé que eras parte de la escoria que se llevó a su madre, pero su exigencia fue muy clara. Había sido yo quien con mi decisión de matar a Laura había provocado toda esta cadena de desgracias y tenía razón. Debía corregir mi error y ella me ayudaría si le prometía que esa historia se terminaría ahí.

—Gracias.

—No —me corta tajante— Fui un hombre despiadado, jamás pensé en las consecuencias de mis acciones. Decenas de personas perdieron la vida bajo mi orden y, aunque no fui yo quien apretó el gatillo en esas ocasiones, mis manos están llenas de sangre inocente, de vidas que se vieron afectadas, como la tuya, como la de tu amiga Marina.

Si quiero encontrar un culpable evidente para su muerte no me hace falta más que verme al espejo, pero ¿Quién tiene más responsabilidad, él, Erich o yo?

La vida es tan frágil. El universo se mueve con el diminuto movimiento de una mariposa. Las decisiones que tomamos ahora pueden traernos consecuencias inimaginables en el futuro. Nada es estático, todo cambia, una pequeña acción hoy puede significar la vida o la muerte mañana.

—Millie me contó que no habías regresado a Sochi como esperábamos —me comenta, dejándome saber que su hija ha estado pendiente de mí—. Esta preocupada y pensó que seguramente es porque nunca supiste la verdad completa. Así que, para poder empezar su nueva vida como mujer casada, me pidió que terminara lo que iniciamos y viniera a contártela.

—¿Hay algo más que debería saber?

—No de mi parte. Si Erich tenía otras razones… no lo sabremos.

—No, ese barco dejó el muelle.

—Y tú deberías hacerlo también. ¿Qué haces aquí huyendo de tu vida? Tenías una linda relación con una hermosa chica, un futuro prometedor.

—No pude volver después de lo que sucedió en París.

—Tú no mataste a Erich o Klaus, fui yo.

—No lo impedí.

—No tenías forma de hacerlo. Iba a matarlos de cualquier forma. Se lo prometí a mi esposa en su tumba hace quince años.

—Algo pude haber hecho.

—Nada, Elena. Ni siquiera si mi hija me lo hubiese pedido me habría detenido. Mi promesa con mi esposa es lo único que me ha mantenido vivo por años.

—A veces… —me detengo sin saber si debería confesarme.

—Te escucho.

—A veces quisiera haber sido yo quien presionara el gatillo. Y otras no sé cómo vivir por haberlo presenciado.

—Es normal. Sentir odio no te convierte en un monstruo, te hace humana. No debes cargar con la culpa, quien los mató fui yo.

—Me siento responsable.

—No lo eres, pero debes aprender a vivir con tu historia de la mano, porque no existe forma de borrarla. Aprende de ella y sigue.

—No sé cómo hacerlo.

—Lo primero, vuelve a casa, Elena. Este calor es insoportable. El resto de respuestas vendrán solas.

Me sonríe, me mira con cariño como si fuese su hija y se acerca a darme un beso en la mejilla. Me da una última caricia en el brazo y da media vuelta, caminando lentamente por la orilla de la playa hasta perderse en la lejanía. No regresa a verme, se fue.

Un sentimiento de alivio se aloja en mi pecho y, respirando este aire tibio, comprendo que hay una sola cosa que debo hacer aunque esté llena de miedo, aunque haya perdido a Lena, aunque mi padre me odie… debo volver.


*

—Hola Anatoli.

Buen inicio. No lo he visto en casi un año, pero un saludo casual es el mejor rompe hielos, ¿no?

—¡Lena, oh por Dios! —me saluda jalándome a sus brazos.

—Hey, ¿cómo estas? —le respondo, esperando que no me llene de preguntas. Quiero ver a Yulia.

—¡¿Cómo estas tú?! ¡¿Cuándo llegaste?! ¿Ya viste a tus padres? ¿Ellos saben qué estás aquí?… Espera…

Fallé, demasiadas preguntas que no tengo tiempo de contestar.

—Anatoli, te ves bien. Te sienta lindo el pelo largo.

—Espera, espera… —dice mirándome como si estuviese a punto de resolver el acertijo más difícil del mundo—. Viniste por Yulia, ¿no?

—Sí. Me dijeron que estaba aquí y…

—Sí, se está quedando conmigo, pero acaba de salir con Vika al parque.

¿Viajó con la nueva? ¡Aj, mátenme!

—Vaya, bueno… em. No le digas que vine, ¿sí? Yo… tengo que volver a casa.

—¿Por qué no les das el encuentro? El parque queda a la vuelta y todavía falta un rato hasta que Yulia tenga que ir a dejar a Vika a la casa de sus abuelos.

—¿Vika tiene familia en Sochi?

—Por supuesto, vino con sus padres a pasar navidades, igual que Yulia —me aclaró como si fuese un dato básico de cultura general—. No la conoces todavía, es verdad —reflexiona—. Te vas a enamorar cuando la veas. Es hermosa y tiene unos ojos que…

—Sí, sí… todo eso me lo dijo Yulia.

No necesito un recordatorio de lo magnifica que es su nueva novia.

—Deberías verlas juntas. Jamás pensé que alguien pudiera cambiarla tanto, es impresionante. Yulia se ha vuelto tan paciente y dulce…

Será que se puede callar.

—… Se emociona al máximo cuando va a verla y se la pasa mimándola como…

¡Aj, basta! ¿Acaso Anatoli no entiende los limites de las relaciones? No quiero saber lo maravillosa que es esta chica. ¡No me importa! No sé ni para qué quiero ver a Yulia. Si está tan feliz mejor la dejo sola. Eso es lo que yo quería, ¿no? Que sea libre, que no se pierda en mi recuerdo.

—Debo irme a casa, Anatoli. Será otro día.

—¿Estás segura? Podrías esperarla, no debe tardar mas de un par de horas, mientras tanto podemos charlar tú y yo. Te he extrañado —me dice, su mirada dulce y sincera como siempre, tanto que me da pena darle una negativa, pero ya no quiero ver a Yulia. No por un tiempo. Ella ya me superó, pero yo no a ella.

—Solo salí a dar una vuelta por la playa y pasé por aquí—le miento—, pero como comprenderás mis papás me quieren en casa, si es posible, las veinticuatro horas del día.

—Claro, por supuesto.

—Te llamaré en unos días. Espero que se les pase el susto de no verme y, no sé, podríamos ir por una sesión de surf o algo.

—Me encantaría, Lena. Es tan bueno verte.

La verdad es que sí, es lindo verlo. Es placido reencontrarse con gente que te quiere y sentirlos contentos por tenerte de vuelta.

Nos despedimos y bajo para salir por la entrada que da a la calle. Estoy un poco cansada de recibir el sol directo y caminar por la playa. Pasé demasiado tiempo en Río de Janeiro haciendo justo eso.

«Hija, ¿todo bien?», papá me pregunta en un mensaje de texto.

«Si, estoy yendo a casa. Iré caminando. No te preocupes si tardo un rato. Quiero respirar», le contesto.

Sobretodo, que el aire contaminado de la ciudad me llene los pulmones. En realidad quiero pensar y estar un rato sola, aunque entiendo su nerviosismo. Llegué de sorpresa hace no más de dos horas, fui a casa donde me encontré con mi familia almorzando y me recibieron sus brazos dulces. Qué equivocada estaba al pensar que no podría enfrentarlos y contarles lo que sucedió. Fue más fácil de lo que imaginé.

Me confesé sin perder el tiempo admitiendo mi culpa, les conté de lo que había sido testigo y esperé. Papá bajó su mirada mientras me escuchaba, mamá ya conocía algunos detalles porque los hablamos a breves rasgos cuando fue a visitarme a Brasil, mas no conocía lo más importante. La noté muy asombrada de saber mis últimos momentos con mi secuestrador. Katya, al contrario, largó un suspiro de alivio y Ruslán permaneció en silencio. La mesa se mantuvo quieta mientras asimilaban mis palabras, de repente mi hermana rompió el silencio.

—Gracias Lena, por salvarme en Akmola, por ponerte enfrente de Iván y de mí cada vez que ese tipo nos amenazó. Lamento no haberte correspondido de la misma forma cuando lo necesitaste. Erich nos tomó por sorpresa y…

—No tienes que disculparte conmigo. Él… era mi padre…

—Él no era tu padre —papá reclamó de inmediato—. La biología no… Tu papá soy yo. Mi hija, mía, mi bebé. Esa es quién eres. No suya, mía.

El enojo que sentía —más que nada la impotencia—, se marcó con una línea de lágrimas que rodó por su mejilla derecha. Su labio temblante y su puño cerrado con fuerza apretando el aire violentamente, mostraban su dolor.

—Lo sé papá.

—No pienses… —dijo entre dientes—, ni por un instante, que eres parte de ese bastardo y jamás te sientas culpable. Él murió por sus acciones, por su odio. Yo debí haber sido quien presionara el gatillo. Hija… siento no haberte podido salvar —lloró soltando todos los sentimientos que había acumulado durante este tiempo.

Me levanté a abrazarlo, nos hacía tanta falta sentirnos, reconocernos, aceptar lo pasado, porque si yo había cargado con culpa, papá doblaba ese peso con arrepentimiento. Fue tan duro consigo mismo, conmigo demasiado flexible. No me culpó, no se avergonzó de mí, me contuvo en sus brazos, como lo hacia cuando era pequeña, como seguramente me acogió el instante que me conoció. Es mi papá después de todo, seguimos siendo familia y estaremos bien.

Después de terminar el almuerzo fui a darme un baño. Mi idea era esperar un par de días, hablar con mamá y pedirle un préstamo para viajar a San Petersburgo. Necesitaba ver a Yulia, no quería solo darle una llamada e informarle que regresé. Quería verla, sorprenderla, quizá espiarla antes de acercarme, ver que tan hermosa era la tal Emilia y si ella era tan feliz como sonaba por teléfono.

—Yulia está en Sochi, Lena —me comentó Ruslán cuando le conté que quería viajar a verla—. Llegó hace unos días para pasar navidad con su hermano menor.




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RAINBOW.XANDER

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por RAINBOW.XANDER el Dom Mar 18, 2018 6:17 pm

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Me arreglé y le pedí a Katya que me diera un aventón a la casa de Anatoli, donde me dijo Ruslán que Yulia se estaba quedando y, bueno, aquí estoy, caminando a media tarde por este parque…

Espera, este es el parque que mencionó Anatoli.

Alzo mi vista por todo lado. Yulia debía estar aquí con la tal Vika. ¿Dónde está? Giro por completo, vuelvo a dar la vuelta y… Hay alguien muy parecida a Yulia allá. Está de espaldas, pero está sola, no hay rastro de la nueva.

No, no es ella… No… ¡Sí, sí es ella! Acaba de dar media vuelta, pero… ¿Que hace con…?

Me está mirando. Yulia me está viendo fijamente. Me sonríe, genial. Me vio y me sonríe. ¿Dónde está la tal Vika? Esa miniatura debe pertenecerle a ella de alguna forma. Yulia no es el tipo de persona que carga bebés por diversión o disfruta de su compañía. Bueno, no lo sé. Nunca la he visto con uno.

Se está acercando… con la miniatura.

Diablos, ¿qué voy a decirle? Ya no quiero conocer a la nueva, no quiero verla feliz.

Soy una maldita contradicción. Quiero algo un segundo y al siguiente: corre por tu vida.

¡Está muy cerca, demasiado cerca y yo debo tener la cara más ridícula del mundo porque ya no solo me sonríe, se ríe de verme! ¿Es porque luzco como un ratón asustado o porque soy realmente patética?

Un metro nos separa, no es nada. Yo no digo una palabra, ella espera.

¿Qué espera? ¿Por qué no me habla?

—Volviste.

Ahí, me habló. ¿Eso quería, no?

La miniatura se contrae en su pecho y bosteza, Yulia me quita su atención para acomodarla bien en sus brazos y le da un tierno beso en la frente. Demasiado tierno. Hmm, se ve espléndida haciéndolo. Tan dulce y cariñosa. La sujeta con tanto amor y suavidad.

—Ya, ya —le susurra al mecerla con un cuidado extremo—. Shhh, ya nos vamos a donde los abuelos…

¿Los abuelos?

Un escalofrío me recorre la espalda, congelándome por completo porque mi cerebro no pierde el tiempo uniendo los puntos.

¡Los abuelos!

Morena, hermosa. No veo sus ojos, pero…

—Vika… —suelto sin quererlo en una exhalación.

—¿Quieres cargarla?

¡¿Que si quiero qué?!

¿Está loca?, la miniatura se va a romper.

¿Y si se me cae? No, no… no quiero cargarla. No sé ni quién es.

¿De dónde la sacó? No estaba embarazada la última vez que nos vimos y no existen embarazos fugaces de cuatro meses.

¿La encontró en su puerta?

No, eso es absurdo, quién abandona bebés en las puertas de extraños en estos días, además, así lo hicieran, esos bebés tienen que pasar por el sistema de protección de menores y no creo que Yulia haya adoptado un bebé, porque tiene dieciocho años y quién le va a dar un bebé a una chica de dieciocho años.

No, debe ser su sobrina, hija de su otro hermano, ¿eso verdad? Porque Yulia no se robaría un bebé…

O la pequeña se llama Vika porque es hija de la tal Vika. Diablos…

—No muerde, ¿sabes? Y no pesa nada.

¡Que no!

Se ve frágil, adorable y frágil, además su mamá no querría que la ex de su novia este cargando a su hija.

—Vamos, anímate. Se siente increíble.

Yulia se ve tan feliz como sonaba por teléfono. Le acaricia la espalda con tanta delicadeza y amor.

No voy a sentir celos por una bebé. No voy a sentir celos por una bebé. No voy a sentir celos por una bebé. ¡No voy a sentir celos por una bebé!

—Lena, ¿estás bien?

Debería decir que sí, pero no lo estoy. De todas formas tengo que decir algo, un «hola», aunque sea.

—Em, estoy bien… Regresé, como te habrás dado cuenta. Fui… a buscarte a la casa de Anatoli.

—Si me hubieses llamado, te habría esperado ahí.

—Quería que fuese una sorpresa.

Pero la sorpresa me la llevé yo.

—Lo es.

Linda, ¿no digo? La miniatura se mueve cansada en su cuerpo, no esta tan cómoda o la brisa le molesta.

—Creo que tiene gases.

O tiene gases.

—¿Y de dónde la sacaste?

Ya, mi curiosidad salió y por su sorpresa creo que lo dije feo.

—Lena… es Vika.

Eso ya lo había deducido. Hija de la otra Vika o sobrina suya o huérfana recogida, pero sabía que era Vika.

—¿Vika… Sokolova? —me dice y espera a que sume dos más dos, pero me dan tres—. ¿La hija de Aleksey?

—¿La hija de quién, perdón?

—Lena…

—¡¿Aleksey tuvo una hija?!

—Sí, Tanya y él hablaron tras el funeral del hermano de Nastya y decidieron tenerla.

—Oh…

—¿Estás bien? Pensé que lo sabías. ¡Yo te hablé de Vika mil veces!

—¡No pensaba que era una bebé!

—¿Y de quien creías que te hablaba cuando te decía que estaba embobada con ella, o cuando creía que me estaba enamorando de sus ojos, o cuando dije que pasaría la noche conmigo?

—¡De tu nueva novia, obvio!

—¿Nueva novia? Dios, no sabía que tenía una antigua.

Sin esperar un segundo se llenó de carcajadas, poniendo a la bebé aún más incómoda.

—No es gracioso, ¿sabes?

—Sí que lo es. ¿Creíste que me había conseguido novia? —su risa me desespera. ¿Cómo diablos lo iba a adivinar?

—¿Puedes parar? Vas a tirar a la bebé al piso.

—Es que… —Sus risas no la dejan hablar—. ¿Nueva novia? —Más risas… y más—. Soy su madrina.

—Eso nunca lo mencionaste.

—Porque apenas sucedió hace un par de semanas y tú no me hablas hace más de tres. Me la encargaron hace un rato porque Aleksey y Tanya quería tener una cita e ir al cine.

—Hmm…

—¿Hmm?

—Nada, solo que tú tampoco me has hablado, literalmente te olvidaste de mí.

Ahora sí se le van las risas. Me mira con una cara que grita: retráctate o dejo a la bebé donde sus abuelos y haré que te arrepientas.

—Bueno, no insististe.

—Asumí que era porque tu mamá estaba en Brasil y querías pasar tiempo con ella, no porque pensabas que era una mete-cuernos.

Touché.

—Era lo más lógico.

—¿Qué te engañara? ¿Qué después de todo este tiempo dijera: «Al diablo Lena» y me fuera a besuquear a otra chica? Porque eso es lo que yo obtenía de nuestra relación, ¿no? Sexo y nada más.

—Ya, tampoco es para tanto.

—Sí que lo es. Pero ahora no quiero hablar de eso. Tengo que dejar a Vika con sus abuelos e ir a recoger a mi hermano Misha para llevarlo a la feria.

—Yulia…

—Ahora no, Lena.

La veo alejarse tal como se acercó, aunque esta vez completamente enojada y con una razón justa para estarlo. Fui idiota.

Ya no quiero caminar, estar sola sí. Últimamente, desde mi encierro en realidad, no siento ganas de estar con la gente o de hablar demasiado. Me acostumbre a tener conversaciones conmigo misma y en silencio, me rendí ante la idea de explicarle al mundo lo que siento.

Seré una gran psicóloga un día, o una apasionada cantante, capaz de expresar cada sentimiento que recorre mi piel.

Bajo del taxi que me trae a casa y veo a papá esperándome sentado en la acera. No tiene buena cara.

—Pequeña —me dice como saludo.

—Hey —le respondo sentándome a su lado.

—¿Hablaste con Yulia?

—Sí, pero arruiné la conversación con mis dudas.

—Ya veo. No sé si lo recuerdas, pero antes de todo esto eras muy extrovertida, segura, independiente.

—Creo que no lo recuerdo.

—Tal vez esto te ayude un poco —me dice entregándome una fotografía mía con los chicos en nuestros disfraces en la escuela. Yo soy un helado, Yulia una hamburguesa.

—Esto no fue valentía.

—Claro que sí —me dice tomándola en sus manos y ríe—. Yo no saldría así ni del cuarto a la cocina. Pero si esa no te convenció, ¿Qué tal esta?

Me entrega otra de todos en pijama a un lado del carro alegórico de panecillo que hicimos para el Desfile Pro Desfiles. La que ríe ahora soy yo.

—Esta tal vez.

—Y esta fue la más loca de tus ideas, pero tengo que darte créditos. No sé si yo habría podido completar todos esos desafíos.

En esta fotografía estoy con mis dos brazos enyesados tras tener un encuentro con ese gorila en el Gorila Club. No me rompí ningún hueso, pero estuve a punto y el doctor insistió —dadas mis heridas—, que me enyesaran por dos semanas para evitar un daño permanente.

—Creo que esto, mas que valentía y seguridad, es terquedad.

—No veo nada malo en ser terco. Para hacer algunas cosas en la vida se necesita serlo, tener insistencia, saber que uno puede ganar y no rendirse.

En eso podría tener razón y esa es la persona que yo era, la siento tan lejana ahora.

—Esta es mi favorita —me dice entregándome una fotografía borrosa de mí cayendo de un tercer piso a un colchón de aire. Yulia esta sonriendo con malicia en el tope, típico en ella. Es cuando me aventó desde aquella altura en el simulacro de incendio en el colegio.

—Esta no fue graciosa, papá.

—Yo creo que sí y Yulia también.

—Claro, es porque me odiaba y quería matarme. No sé por qué a ti te alegra tanto. Estuve a un metro de ser puré.

—Miro estas fotos y no veo a Yulia odiándote hija. La veo como una parte importante de muchos de tus momentos más felices y atrevidos. La veo «dándote un empujón» para continuar, siendo tu compañera,
tu amiga, tu soporte —me explica—. Sobretodo, te veo a ti poniéndote al frente de la vida. Probando todo lo que llega sin miedo a fallar y, si es así, lo volvías a intentar. Nunca fuiste buena perdedora.

—Hmm… lo sé, nunca lo fui. Lo que no sé es si sentirse perdido significa perder.

—No, todo lo contrario, Lena. Significa que aún estás intentándolo y cuando te encuentres habrás ganado.

—Papá, yo… veo mi futuro y es tan incierto. Mis amigos están en la universidad, yo no. Ni siquiera tengo un plan a seguir ahora que volví al país.

—No necesitas uno por el momento. Concéntrate en sentirte mejor, en superar este mal bache hija, porque ya pasó y tienes más o menos sesenta años de otras experiencias.

Vaya, sesenta años. Tiene razón. Apenas he vivido un cuarto de mi vida, no puedo permitir que este año, un año, arruine las otras tres partes. Sería realmente estúpido.

—Yulia te quiere y ha sido muy fuerte y determinada. Mientras estuviste desaparecida llamaba todos los días a preguntar por ti. Aún llama para checar cómo estamos, sobre todo a tu mamá. Se han hecho
muy amigas.

—Eso no lo sabía, mamá no me dijo nada mientras estuvo en Brasil.

—Es porque Yulia se lo pidió. No quería que te sintieras presionada por volver o preocupada por ella —me comenta—. Yulia es una buena chica Lena, me gusta para ti.

Genial, mi papá nos shippea.

—Pues lo acabo de arruinar.

—Ve y arréglalo entonces. ¿Qué haces aquí?

Yulia estará en la feria con su hermano. Podría darles el encuentro o ir en un par de horas para no interrumpirlos. Aunque quizá cuando llegue ya no estén y habré perdido el día sin hablarle.

—Papá me das un aventón.

Mejor será que arregle esto ahora mismo. No quisiera que Yulia comience a hacerse ideas, como lo hice yo. Hay que detener este tren antes de que se descarrile.

Entramos a casa por una chaqueta y las llaves del auto y salimos rápidamente hacia el muelle a la feria en el bulevar.

—¿Necesitas dinero?

—Te prometo que te lo pagaré apenas consiga trabajo.

—No te preocupes hija, ten —me dice entregándome unos billetes—. Si planeas pasar la noche con Yulia, avísanos.

—¡Papá!

—Vamos, hija. Seamos realistas. Dormiste con tu novia bajo nuestro techo y con nuestro consentimiento por varios días el año pasado, sabíamos muy bien que hacían. Además, eres adolescente.

—¡Papá!

—Solo avísanos, ¿está bien?

Asiento dando media vuelta y lo escucho desearme suerte y partir. Ahora tengo que encontrarla. A Yulia le gusta el peligro, le gusta la velocidad, así que podría estar en la montaña rusa. Aunque no sé si su hermano da la talla para subir. Tal vez en la rueda moscovita. Me acerco, mirando a todos lados por alguien con el atuendo que Yulia llevaba hoy tarde cuando la vi. Pantalones negros, remera negra, botas negras, cabello sorprendentemente muy negro. No veo a nadie con esa descripción. No conozco a su hermano menor, lo que solo me recuerda que, a casi un año de hacernos novias, conozco muy poco de ella.
Vamos Yulia, ¿dónde estás?

Paso por los juegos y los puestos de comida, pero no la encuentro. Quizá llegué muy tarde o muy temprano.

—¿Quieres entrar a la casa de sustos? —me pregunta un payaso que tiene la máscara más macabra que he visto.

—No, gracias —le digo y paso de él, pero a Yulia le gustan esas cosas y a su hermano podrían gustarle también. Regreso.

—¿Te animaste?

—No, no. ¿Cuánto dura el tour?

—Quince minutos.

—Gracias.

Bien, esperaré aquí. Si está adentro saldrá pronto. Voy pasando de la gente hasta llegar al barandal del muelle y de pronto me encuentro admirando la vista. Había olvidado cuanto extrañaba esto. El cielo oscureciendo de a poco, su tono anaranjado pegando suavemente en la orilla del océano. En Brasil no es así, están del lado del Atlántico y el sol aparece por ahí en las mañanas no en las tardes. El ruido de la feria también me gusta, se escuchan los juegos, las risas, la vida. Antes habría creído que era bulla, pero ahora lo siento tan agradable. Me encuentro a mi misma sonriendo ante lo común, comienzo a sentirme en casa. Respiro inflando mis pulmones por completo. El aire huele a palomitas de maíz con mantequilla, a helado de mango, a brisa del mar. Hasta escucho las olas a lo lejos.

—Eres linda cuando sonríes.

—¡Yulia! —digo abriendo los ojos y encontrándome con los suyos, azules, tan azules.

—¿Viniste a buscarme o…?

—Sí, a buscarte, no estoy dando vueltas o esto es una coincidencia o…

Se ríe.

—Ya no estoy enojada, si eso crees. Ya se me pasó.

—¿Tan pronto?

—He aprendido a tomar las cosas con más… calma. Claro, después de explotar un poco al inicio.

—Eso es bueno.

—La psicóloga dice que sí, es bueno. Yo, no lo sé. Me gustaba cuando era más obstinada.

—A mí me gustas de las dos formas —le digo mientras amplío mi gesto y mis pómulos suben sin tomar conciencia. Ella los destaca con un beso ligero en cada uno y me toma de la mano—. ¿Dónde está tu hermano?

—En casa. Enfermó en la escuela en la mañana y no pudo venir. Pero yo tenía la esperanza de que tú sí.

Aja, Yulia vidente, ¿desde cuándo?

—Papá te llamó.

Se burla sin admitirlo, pero yo sé que es así. Caminamos unos minutos sin decir mucho. Voy absorbiendo cada instante. Los niños correr, sus papás alabando sus esfuerzos en los juegos, a los vendedores ambulantes pasar en frente de mí con miles de golosinas que había olvidado que existían.

—¿Quieres un algodón de azúcar? —me pregunta deteniéndose justo frente un lugar muy conocido para mí, para ambas.

—No puedo creer que todavía los regalen —digo mirando al unicornio de colores colgar de uno de los puestos—. Ven conmigo.

El viejo juego de pinos. Nunca lo terminé.

—Deme una ronda —le digo al hombre que atiende entregándole un billete de cinco dólares.

—¿Sabes jugar?

—Estuve a punto de ganar, varias veces, aunque no he practicado en años —le respondo. Ella no hace ningún esfuerzo por reconocer que lo hizo. La Yulia madura es extraña. Por dentro debe estar muriendo de ganas de alardear sus logros.

Tomo una de las pelotas y la siento en mi mano, ya no recuerdo el punto donde solía golpearlas. Yulia no interviene, tan solo me mira. Espectante de mi habilidad. Hago el amague de lanzarla. No lo hago hasta acostumbrarme a su peso. Enfoco, apunto y…

Caen siete de los diez pinos. Lo culparé a la falta de práctica. Como sea, ya no ganaré el unicornio.

—Intenta apuntando a la línea de la primera y la segunda fila. Así caerán los de arriba y, por el peso y el impacto, los de abajo.

Okey, bien. Tiene sentido. Lo intento y…Seis de diez, tal vez solo soy manca.

—¿Quieres jugar la ultima mesa tú? —le pregunto ofreciéndole la pelota.

Hasta la forma en que la toma en sus manos es especial. La analiza como si fuese un jugador de baseball. Mira a la mesa, a los pinos y los estudia. Sé que ha encontrado su punto débil cuando el filo de sus cejas se marca hacia arriba y toma posición. Se para con firmeza, un pie mas adelante del otro. Flexiona casi imperceptiblemente sus rodillas y gira su cuerpo noventa grados haciendo su brazo lo más hacia atrás posible. La pelota sale disparada con tal fuerza que, apenas toca los pinos, estos caen inmediatamente.

—Olvidé decirte que debes «lanzar» la pelota, no pasársela con educación a la mesa. —me dice con su inconfundible humor—. Dame cinco rondas —le pide al hombre que atiende.

—Alguien está buscando el premio mayor—le responde alistando las mesas nuevamente.

—Si gano elegirás el peluche que quieras, si pierdo tú serás mi premio consuelo —me advierte coqueta. Algo me dice que no tendré el unicornio.

Yulia se prepara igual que antes y sin esfuerzo termina con la primera mesa. En nada tira los pinos de la segunda y la tercera. Al terminar la primera ronda gana un premio pequeño al que no le hace ni caso y continua con la siguiente.

—¿Quieres intentar? —me pregunta al iniciar la quinta y última ronda de pinos. No ha fallado ninguno y mi corazón se acelera pensando en ese estúpido unicornio que cuelga del techo y que yo he querido desde que era una niña.

—No…, no, no, no. Lo arruinaré.

—¡Ay, vamos!

—Mejor termina tú y me llevo el unicornio.

Quiero ese peluche.

Yulia se sonríe al verme y negando graciosa con la cabeza tira la primera y segunda mesa antes de voltear a mí, luciendo muy sospechosa.

—Len, si te regalo el peluche, ¿Cuál será mi premio?

—Hmm…

—¿Hmm?

—Estoy pensando.

Mi mano encuentra mi quijada mientras la observo de arriba abajo, tengo una idea de qué le gustaría y siendo honestos yo también lo quiero. Ha pasado mucho tiempo desde esa última vez y… la extraño de esa forma. Yulia se detiene esperando mi respuesta.

—Creo que lo tengo, pero necesitaremos estar solas para dártelo…

Un segundo le toma doblegar su cuerpo con toda la fuerza posible y tira los últimos pinos del juego. Le sonrió al hombre que ahora debe bajar mi hermoso unicornio y entregármelo. No se siente realmente justo o merecido, pero es mío. Además, me esforzaré por recompensar a mi novia por su dedicación y talento.

—Bien, lo tienes. Ahora vámonos.

—¿Así nada más? —le pregunto al mismo tiempo que la dejo jalarme por el camino a la salida.

—No necesitamos condones, así que sí, así nada más.

Me empiezan a dar nervios. La dulzura que sentí por su deseo hace unos minutos ahora me asusta por su apuro. ¿Y si ya no soy buena en el sexo? Además, ya no vivimos juntas, eso solo deja una alternativa… ¿un motel?

—¿Y a dónde vamos?

—Al departamento de mi hermano...

—Oh, no, no, no.

—Lena…

—¿Para que nos escuche y luego no pueda ni mirarlo a los ojos? Perdón, pero no quiero a Anatoli de testigo de mis gemidos… o los tuyos.

—Él no va a estar. Gracias a tu visita temprano decidió pasar las fiestas de fin de año en la casa de sus padres. Quería darnos privacidad. Tenemos el lugar para nosotras.

Los nervios van envolviéndome. Pero no me detengo, la sigo apresuradamente hasta el estacionamiento sin decir una palabra. Ella me lleva un par de pasos, todavía jala de mi mano y presiona la alarma para dejarme entrar a su auto.

—No sabía que tu papá ya te lo había comprado.

—No es mío, Anatoli me lo prestó.

—Ya veo —menciono subiendo al asiento del pasajero.

La feria está ahí, a lo lejos. El unicornio finalmente en mis manos. Literalmente me siento una niña. Yulia entra al auto, dejando una última brisa pasar junto con ella. A mí me falta el aire. Esto va demasiado rápido. Tranquila, yo quiero esto y como papá dijo, tengo que dejar de ser esta sombra. Miro a Yulia, pasó por tanto, sufrió, decayó, pero ahora es una mejor versión de ella. Se ve hermosa, radiante, feliz, decidida. Así quiero estar, como ella y desde hoy en adelante daré todo de mí.

—¿Lista?

—No —le respondo y me suelto el cinturón.

—¿Hice algo… o?… Si no quieres…

La callo con un beso y un movimiento inesperado que no sale del todo bien. Me subo de lado sobre sus piernas, el volante me estorba, la puerta también. No importa, la beso y la sigo besando hasta que la siento responderme acariciando mi cintura con sus manos.

—Podemos ir al asiento de atrás para estar más cómodas… —me susurra cortando el movimiento de nuestros labios.

—Quiero esto, pero lo quiero bien. Vamos a casa de Anatoli —le digo dándole un último beso y me devuelvo a mi asiento, acomodándome el cinturón.

Me abrazo del peluche mientras Yulia hace su mejor esfuerzo por no presionar de más el acelerador y causar un accidente. El nerviosismo se convierte en emoción, en ansiedad, en deseo. Por suerte Anatoli no vive tan lejos, una vuelta más y llegaremos. Frenamos gracias a un semáforo, estamos a dos casas, literalmente cruzando la calle. Un calor me recorre por el muslo. Yulia me acaricia con suavidad, provocándome, acercándose peligrosamente a mi centro. Siento el calor subirme por las mejillas y mi respiración se acelera. Cada vez está más cerca y la luz cambia a verde. Apresuradamente pone primera marcha y avanzamos hasta estacionar el auto en el pequeño garaje del edificio.

—Espérame aquí —me dice saliendo del auto. Da media vuelta por detrás y abre la puerta de mi lado, extendiéndome su mano para ayudarme a salir.

Esos pequeños detalles me vuelven loca. Yulia sabe exactamente cómo hacerme sentir especial, amada. Subimos las escaleras tan rápido como sea posible, ella sólo libera mi agarre para abrir la puerta del apartamento. Una vez adentro se me cae el unicornio en el suelo mientras ella me agarra por la cintura y me empuja suavemente a la pared. Sus labios se desplazan desde los míos bajando por mi cuello, sus dedos encuentran su camino dentro de mi remera subiendo lentamente, acariciando mi piel, haciéndome temblar. La sensibilidad en mi pecho me da un escalofrío que no puedo controlar y clavo mis uñas en su espalda. Yulia me mira y me sonríe. Volviendo a besarme.

—Te deseo tanto… —me susurra antes de llevarse mi labio inferior con sus dientes hasta soltarlo.

Mi boca saliva con necesitad de probarla. Su tibieza me mata. Me encanta la forma en que cruza mi cuerpo con sus manos libres sobre mi piel. No se demora nada en quitarme la remera, dejando al descubierto mi desnudez.

—Ay, sí —expresa al notar la falta de mi corpiño—. Dios eres hermosa.

No más de ella, estoy segura. Tomo la oportunidad de agarrar el borde de su camisa y la llevo hacia arriba. Sus senos rebotan mientras ella baja nuevamente sus brazos. Esto es de lo que hablo. Esto, su cuerpo, su belleza. No puedo pedir más. Pongo mis manos sobre ellos, un poco desesperada, pero es necesario. Yulia sonríe y agarra los míos. Sus pulgares en mis pezones, rodeándolos, excitándolos, a mí. Un corto gemido deja mis labios. Me siento mareada, intoxicada, embriagada en ella, en el olor de su perfume, en el sabor de su boca, en mi impaciencia.

-¡Cama, ahora! —exclama y me jala a la habitación. Cierra la puerta y me abraza de nuevo, ayudándome a recostarme sobre el colchón.

Río alegre de verla tan desesperada como yo. Ella deja sus caricias y me da vuelta, acomodándose a horcajadas de mis piernas y se sienta sobre ellas, observándome coqueta desde allí.

—Me estoy mojando solo de verte así.

Sus palabras me provocan el mismo efecto. Puedo sentir mi humedad bajando por mi centro. Mariposas, miles de ellas llenan mi vientre, mi pecho. Puedo sentir su cosquilleo en mis labios, en la punta de mis dedos.

—El color de tu piel es hermoso. Deberías vivir a las orillas de la playa toda la vida.

—¿Para qué? ¿Volverme negra?

—Morena, canela —me aclara con gracia—. Es un color… Dios, no sé ni como describirlo, es… Brillas, es un bronceado que te luce increíble —dice inclinándose para besarme y volvemos a perdernos en nuestros labios. Mi lengua se encuentra con la suya que huye rápidamente.

Esto se siente bien, se siente justo, normal y fuera de este mundo al mismo tiempo.

—¿Recuerdas cuando creía que era asexual?

—Sí.

—¿Y el día en probaste que no lo era?

—Sí. —Me río.

—He estado probándomelo a mí misma todos los días desde que te fuiste.

Perdón, ¿qué?

—¡Yulia! ¿Has estado, ya sabes, tocándote en mi nombre? —Juego con la pregunta. Como si no lo hubiese hecho yo también de vez en cuando.

—No es nada como estar contigo, pero… no pude evitarlo.

—¿Y que hacías?

—¿Nunca te has masturbado, Lena?

—Ay sí, pero ¿Qué hacías tú? ¿Cómo te tocabas? ¿Qué sentías pensándome?

—¿Quieres ver?

¿Es en serio? ¿Mirar a Yulia complacerse a sí misma pensando en mí?

—¡Oh sí!

Sus manos desatan rápido su sujetador, dejando esas lolas —blancas con un toque rosa—, libres. Hay magia en momentos como estos. En la música que sus gemidos hacen, en la forma suave de sus labios llaman mi nombre, en la delicadez de su tacto, en la excitación que me hace sentir. Su desnudez es hermosa, está de espaldas al colchón con las piernas ligeramente abiertas y sus rodillas dobladas, su mano acaricia lentamente sus pliegues, la otra presiona uno de sus pechos. Yo la admiro desnuda también, recostada enfrente, hipnotizada por la imagen. Relamo mis labios y los jalo hacia dentro mordiéndolos porque verla me pone tan impaciente. Quiero estar allí, quiero tocarla, quiero sentirla, saborearla. Los sonidos que hace me están matando, acumulando todo el deseo y la necesidad en mi centro. Su rostro se llena de color, sus ojos cerrados se aprietan por la tensión, su respiración es áspera y sus pezones…

—Len… Yo…

No la dejó terminar la frase. Me sumerjo en ella. Sin permiso me sitúo entre sus piernas, mirando de cerca el brillo de su centro. Yulia no se percata de mi presencia aún. La agarro de las piernas para acercarme lo más posible abriendo mi boca hacia su piel y dejo un beso a cada lado. La siento estremecerse dejando su pecho para acariciarme.

—Len…

Siempre me ha gustado ese apodo. Me agrada ya no ser «Katina» para ella, me encanta no ser solo Lena. Soy suya y, en cierto modo, ella es mía. Me acerco más, sin detenerme. Ella se retrae por la sorpresa de mi lengua lamiéndola de abajo hacia arriba para luego succionar ese pequeño botón que ella estaba presionando.

—¡Dios!

Diosa de hecho. Ella lo es para mí. Su cuerpo se contrae y tiembla demostrándome que llegó. Yo no descanso ahí, la necesito también. No espero cuando termina de relajarse. Me coloco sobre ella, alineando nuestros centros, y comienzo a empujarme en ella, arremetiendo una y otra vez. La angustia que siente al sentir más presión sobre su ya excitado cuerpo me prende aún más. Sus manos me rodean abrazándome con desesperación, cómo si tuviese miedo de que vaya a desaparecer en un segundo.

—Aquí estoy —le susurró al oído sin detenerme.

—¿Te quedarás conmigo? —me responde con temor.

—Siempre, Yulia… Siem…

No puedo pronunciar una palabra más. El calor de nuestro contacto se precipita a través de mi piel, mis venas se sienten como si fueran a explotar, mis mejillas arden. Su boca se llena de mi pecho, su manos empujan ejerciendo más presión. Yulia se viene por una segunda vez, y no puedo negar que es exquisito tenerla tan cerca y no en un recuerdo. Sentir la fricción de nuestros cuerpos, su sudor, su calor. En un momento más yo me vengo por primera vez esta noche, pero me aniquila. Estoy agotada. El viaje largo, la incertidumbre de nuestro encuentro y ahora esto… Me rindo, no doy más. Me recuesto sobre su pecho y descanso, el mío está a punto de darse por vencido.

—Valió totalmente la pena ganar el juego de los pinos —me dice casualmente, yo apenas asiento.

—Sabes que me habrías tenido, así no hubieras ganado.

—Sí, pero ahora tu tienes el unicornio que tanto querías y yo a ti.

—Espera… ¿Cómo sabías del…?

—Después de regresar del viaje, recibí un sobre de Millie. Me envió una copia de la carta que me escribiste.

—Ay, no.

—No te molestes —me pide dulcemente—. Me gustó. Digo, no la parte en la que terminabas conmigo, y como no me la entregaste no cuenta, pero son lindos recuerdos, cosas que yo no sabía y me agradó la idea de que tú y yo estábamos destinadas.

—Tú eres mi persona, no es solo una idea.

—Awww —se burla.

—Basta lo digo en serio.

—¡Yo también! —dice riéndose. Yulia continúa acariciándome, mi respiración ya es normal y doy un fuerte suspiro mientras ella me da un beso en la frente.

—¿Has pensado en qué habría pasado con nosotras si no encontrabas mi diario?

—Trato de no hacerlo —me confiesa—, porque sin él yo, nunca te habría entendido. Eras alguien completamente diferente para mí, alguien a quien no conocía más que por las cosas que no me gustaban. Por tu cercanía con Aleksey, por tu constante felicidad y no sé. Eras linda, atractiva, pero insoportable.

—Ay, gracias, eh.

—Me refiero a que tú y yo no teníamos nada en común, que no nos conocíamos lo suficiente para darnos cuenta de lo parecidas que éramos.

—Tú me odiabas.

—Al principio sí.

—¿No te parecía ni siquiera linda?

—Era una de las cosas que odiaba.

—Había cosas en ese diario que deberían haber hecho que me odies más.

—¿Por qué? Fuiste tan honesta contigo misma. Dejaste de ser la persona perfecta que yo creía que eras y me enamoré, de tus aventuras, de la intensidad con la que vivías cada momento, de tu valentía frente a
todo, hasta de tus defectos. Sobretodo de la compasión que sentías por la bruja que la molestaba e insultaba a diario.

—No eras una bruja.

—Lo fui, pero todo cambió al leerte, al saber qué pensabas de mí, al ver la vida a través de tus ojos.

Me hace abochornar, tanto que termino escondiéndome en su pecho.

—Tú eres mi persona también y prefiero creer que ese diario tenía que caerse del basurero el día exacto que yo pasé por ahí, que mi pedazo de basura tenía que encontrarse con él en el piso y que era yo quien tenía que llevárselo.

—El destino.

—Sí —afirma.

Sus caricias son dulces en mi espalda. Sí, definitivamente esto se siente perfecto, propio…

—Cásate conmigo.

¡¿Qué?! Alzo a verla son sorpresa porque no sé si escuché lo que creo acabar de escuchar.

—Yo sé que eres mi por siempre y si este año, con todo lo que pasamos, no te lo dice…

—¿Casarnos? —le pregunto con real duda—. No hemos cumplido ni los veinte años.

—¿Y eso que tiene que ver? —me responde sin enojo—. Para qué gastar más tiempo, eres tú, soy yo. ¿Necesitamos tener otras relaciones?

—No, yo no, pero…

—¿Entonces? Hagámoslo.

—No sé ni que voy a hacer la semana siguiente, Yulia. Tú, en dos, volverás a San Petersburgo.

—Puedes venir conmigo o yo puedo cambiarme de universidad y volver a Sochi.

—Eso jamás, querías ir a esa escuela. No lo permitiré.

—Entonces, ven conmigo.

—Yulia, quisiera decir que sí, pero no tengo dinero, tengo que encontrar un trabajo algo que hacer mientras veo qué y cómo estudiar, si me aceptarán en una universidad o tendré que hacer otro tipo de entrenamiento. No sé ni en qué, porque ya no tengo claro mi futuro.

—Trabajos hay muchos en la ciudad, Lena; y de seguro si terminas la escuela te aceptarán sin problema.

—Ya la terminé, pero a las universidades en este país les interesa más tener a gente que se graduó de una institución, no a chicos que dieron un examen en una embajada.

—Encontraremos la forma. Papá puede hablar con sus conocidos y entrarás sin problema.

—No es eso, es… —digo y me detengo, porque no quiero que crea que le estoy dando una negativa llena de excusas—. Quiero estar contigo, eso no está en discusión y sé que será difícil, que no es lo mejor
seguir con nuestra relación a distancia, que si yo quiero que esto funcione tengo que ir a San Petersburgo.

—Pero necesitas tiempo —concluye.

—No mucho…, pero sí.

—Okey —me dice con tristeza. Sus caricias cesan y creo que lo estropeé.

—No tengo derecho a pedirte nada. Necesito recoger los pedazos de mi vida antes de poder dártela, porque no quiero que me tengas rota —le digo con la más honesta sinceridad que puedo.

—Cásate conmigo igual.

No va a parar de insistir y yo quiero decirle tanto que sí.

—Mira, Len. Sé que somos jóvenes, que deberíamos experimentar el mundo, ir de fiesta, viajar, ¡vivir! Pero nada de eso quiero hacerlo sin ti. Encontraremos la forma, yo te esperaré en San Petersburgo. Haremos que esto funcione, pero quiero… yo necesito…

Seguridad y tranquilidad, saber que no la dejaré otra vez. La entiendo y se lo debo.

—Qué tal si volvemos a hablar del tema en seis meses —le propongo.

—En tres.

—¿Estás negociándomelo?

—Te estoy dando un tiempo prudente. Si por mi fuera, iríamos ahora mismo a casarnos frente a un imitador de sacerdote.

Graciosa.

Tres meses, no suena a mucho, más cuando las palabras de papá regresan a mí. Tengo que pasar de esto. ¿Por qué esperar tanto por algo que quiero?

—Propongo esto —le digo—. Me quedaré aquí un tiempo, conviviré con mi familia, pensaré en un plan y haremos una cita especial dos días después de San Valentín. Lo hablaremos entonces, ¿te parece?

—Antes de los tres meses —sonríe.

—Sí, el aniversario del día que jugamos con las paletas.

—Lo recuerdo, créeme —me responde—. Está bien, acepto.

Bien.

El destino se siente tan roto a veces. Como si la vida se descarrilara sin razón, como si no tuvieras control sobre lo que sucede y es imposible salir. Tan solo sigues cayendo sin saber si algún día llegarás al fondo. Todavía soy un desastre. Sé que tengo que encontrar la manera de hacer un cambio positivo. Sé que, al principio, será difícil obligarme a recoger a mi vida, pero lo haré.

He estado tan perdida este año, sin embargo encontré a alguien tan perdida como yo o, de cierta forma, ella me encontró a mí. Me siento bien con Yulia, protegida, amada, fuerte.

Ella cree que puedo ser grande otra vez y yo quiero serlo. Nunca he sido una buena perdedora, eso es un hecho. Yo, de alguna manera lo tengo todo. Un gran familia, amigos, mi talento. Lo más importante, la tengo a ella a mi lado y no la voy a dejar ir.
Estoy quedándome dormida. No puedo evitar acurrucarme en su cuerpo y ella, notándolo, me cubre con la pequeña cobija que estaba en la parte inferior de la cama.

Tengo la suerte y eso es suficiente, es todo lo que necesito para seguir adelante. Mi alma está tranquila y ya no estoy perdida.

FIN
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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

Mensaje por andyvolkatin el Lun Mar 19, 2018 2:24 am

Hola Very Happy
muy buena toda tu historia me encanto
desde que la lei desde el principio me
gusto nunca pense que como inicio
la historia y se iba desarrollan pasaria
todo lo que su secedio
siempre interesante y con duda de que pasara
lastima la muerte de marina
pero que bonito el final
ANIMOy sigue tu otra historia
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andyvolkatin

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Ame esta historia

Mensaje por Fati20 el Sáb Mar 24, 2018 11:33 pm

Fue maravillosa tan cruda con tantos matices la disfrute muchísimo saludos desde Venezuela

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Re: EL DIARIO (ADAPTACION) // RAINBOW.XANDER

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