Roadkill (adaptación)

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Roadkill (adaptación)

Mensaje por kristh06 el Sáb Jul 01, 2017 11:02 pm

Como los capitulos son largos los ire subiendo por partes. espero les guste.
Capítulo 1
El coche de policía camuflado se detuvo fuera de las barreras policiales amarillas y una mujer menuda y pelinegra salió de detrás del volante. Julia se quedó ahí un momento, aspirando el frío aire nocturno mientras sus ojos azules contemplaban la escena. Como siempre, una curiosa mezcla de mirones se había concentrado al otro lado de la calle, atraída por la curiosidad innata que despertaban los brillantes destellos de las luces de emergencia y el conocimiento de que se había cometido un crimen grotesco.
Observó a la muchedumbre, fijándose en los rostros individuales, y luego escudriñó las sombras que los rodeaban, pero no percibió nada anormal. Le habían dicho que a veces los criminales regresaban al lugar del crimen, atraídos por la fascinación morbosa de la brutalidad que habían cometido. En ninguno de los casos en los que había trabajado hasta ahora había visto que dicha afirmación se cumpliera.
Suspiró y se arrebujó más en el calor de su cazadora de cuero. Dios, parece que va a llover, pensó, y luego soltó una leve carcajada. Esto es Seattle, donde nunca llueve.
Desechó bruscamente sus divagaciones y se dirigió al centro del caos, mostrando la placa que llevaba colgada del cuello con una cadena al patrullero que se acercó para interceptarla. El hombre asintió con una sonrisa de disculpa y la dejó pasar. Un rápido vistazo a la escena y supo que todo estaba controlado, lo cual sólo podía indicar que un veterano de la policía se había hecho cargo del asunto. Sus labios esbozaron una sonrisa al reconocer al hombre de uniforme que estaba ladrando instrucciones a los demás.
—Newlie, me alegro de verte —saludó al rubicundo sargento de policía al llegar a su lado. El hombre volvió la cabeza al oír su voz y se le iluminaron los ojos.
—Hola, chavala, te ha tocado esto, ¿eh? —Sonrió, cosa que según sus subordinados era algo que rara vez hacía.
—Pues sí —replicó ella, dejando que sus ojos se posaran en la figura inerte que yacía tirada en la acera en medio de un gran charco de sangre. Lo cierto era que le faltaba media hora para terminar su turno cuando sonó el teléfono. El tercer turno ya estaba de servicio y había sido por puro reflejo por lo que contestó a la llamada. Para cuando quiso darse cuenta del error, ya era tarde, pero en su tono no había resentimiento alguno cuando volvió a hablar—. ¿Qué tenemos?
—No estamos seguros del todo, pero suponemos que es un varón asiático, de entre 19 y 23 años de edad, sin señales de identificación, y parece haber muerto al recibir un disparo de escopeta en la cara. —El hombre de más edad recitó la poca información que ya había conseguido—. Tengo a mis hombres preguntando de puerta en puerta, pero por ahora lo único que hemos descubierto es que alguien oyó un disparo seguido de un chirrido de ruedas.
—Mierda. —Julia dejó ver lo que sentía por un instante—. Ya tengo dos rojos en el tablón y no necesito otro.
—¿Tienes al teniente encima? —preguntó el sargento, y ella le echó una mirada sarcástica.
—Ha hecho una apuesta con los tenientes de los otros turnos —dijo, repitiendo los rumores que llevaban circulando por el departamento desde hacía un mes—. Aquel cuyo turno tenga más casos solucionados para Año Nuevo gana un banquete en el Space Needle y una noche en el Regency.
El sargento soltó un bufido. La competencia que había entre los distintos turnos de la Unidad de Homicidios era bien conocida por todos los agentes de a pie. Varias comisarías habían hecho apuestas incluso sobre quién iba a ganar y qué inspector iba a solucionar más casos. Él había apostado por la mujer que estaba ahora a su lado.
A Julia Volkova  todavía se la consideraba relativamente nueva en la Unidad, con menos de un año de servicio, pero había demostrado su brillantez, al solucionar casos que los veteranos creían imposibles. Él había apostado por ella sabiendo que probablemente perdería, pero para él era una cuestión de lealtad. Se quedó mirando cuando ella se acuclilló para ver el cadáver más de cerca.
—Más picadillo —dijo el sargento riendo, y la inspectora morena sofocó una carcajada, haciendo reír a los otros agentes uniformados que había cerca.
Cuando Julia sólo llevaba dos semanas en la Unidad acudió a su primer homicidio, en el que la víctima estaba casi irreconocible por las heridas. Cuando el inspector a cargo del caso le preguntó qué pensaba, ella se limitó a decir que la persona parecía un montón de picadillo, pues el cuerpo sin vida le recordaba a los animales que veía a menudo hechos picadillo por los coches en la carretera.
Había hecho este franco comentario sin pensárselo y al instante se sintió mortificada, pero hizo reír a los agentes presentes y la expresión se había hecho popular. Ahora, nueve meses después, a los patrulleros les encantaba usar la expresión en su presencia.
Yulia se sacó dos pares de guantes de látex del bolsillo y se los puso en las manos antes de iniciar el examen externo. El cadáver estaba rígido, preso ya del rigor mortis, así que se podía dar por supuesto que la víctima llevaba muerta un tiempo antes de que se hubiera denunciado el disparo, lo cual no era extraño en esta parte de la ciudad. Aparte de la cara, que estaba totalmente destrozada por el disparo, el cuerpo se encontraba en bastante buen estado.
—¿Ha habido testigos? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Nadie —replicó el sargento, y añadió esperanzado—: Mis hombres siguen recorriendo la zona.
—Bien —asintió ella, examinando el cuerpo con cuidado—. ¿Viste el partido de anoche?
—Parte —contestó el hombre, maravillado por la facilidad con que pasaba de un tema a otro totalmente distinto en un instante—. ¿Ganaron?
—La fastidiaron en el último cuarto —replicó Julia, y continuó su examen—. Quiero que tus hombres registren esta zona con muchísima atención. No creo que encontremos nada, pero quiero asegurarme de que no se nos escapa nada.
El sargento asintió, apuntando algo en su cuaderno, y volvió a prestar atención a la menuda inspectora. Observó mientras ella registraba con precaución a la víctima, comprobándole los bolsillos en busca de algo que lo identificara. A nadie le sorprendió que no encontrara ni una cartera ni joyas en el cuerpo.
—¿Crees que es cosa de bandas? —preguntó él al ver su expresión desconcertada.
—Mmm —fue lo único que contestó Julia.
El instinto le decía que cuando por fin investigaran las huellas dactilares de la víctima, descubrirían que pertenecía a una de las bandas de la ciudad. Pero si los patrulleros tenían razón y el hombre era asiático, el sitio donde se encontraba el cuerpo y la falta de identificación resultaba extraña. Esta parte de la ciudad era predominantemente negra e hispana.
Levantó pensativa la mirada y vio a una mujer de aire malhumorado que cruzaba las barreras policiales hacia ellos. La seguía el hombre con gafas de la oficina del médico forense, que había dejado el furgón negro aparcado no muy lejos de su propio coche. Volvió a fijarse en la mujer.
—Hola, Janice —la saludó, y la mujer de pelo castaño rizado levantó la vista con expresión hosca.
—Hola tú —fue la cáustica respuesta.
—Vaya, estamos de mal humor —bromeó Julia, adivinando la causa del enfado de la mujer.
—Es que tenéis la nefasta costumbre de llamar en los momentos más inoportunos —rezongó Janice, mirando con desdén el cuerpo inerte del suelo, sin tratar de disimular en absoluto el hecho de que lo odiaba por haber muerto y haberle estropeado la velada.
—¿Qué pasa, que te hemos interrumpido en pleno ligue? —preguntó la morena inspectora, intentando disimular la sonrisa que tenía en los labios.
—Sí, por fin consigo que el tipo del departamento de nóminas me invite a salir y ¿qué ocurre? Justo cuando la cosa se está poniendo interesante, suena el maldito busca —dijo, explicando su enfado—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo intentando salir con él y cuánto tiempo llevo sin echar un polvo?
—Demasiado, evidentemente —soltó el sargento Newlie con humor, y la inspectora se echó a reír mientras la otra mujer fulminaba al patrullero con la mirada. Julia se levantó, recuperando el control de la situación. Ya eran las dos de la mañana y quería irse a casa para dormir un poco antes de empezar su siguiente turno de tarde.
—Bueno, chicos, quiero una visión completa de la zona —le dijo a la fotógrafa de la policía—. Quiero fotos desde todos los ángulos posibles.
La otra mujer asintió y sacó una cámara de la bolsa que llevaba colgada al hombro. Julia retrocedió para dejar que la mujer hiciera su trabajo, aprovechando el momento para sacar su cuaderno y tomar sus propias notas junto con un sencillo dibujo de la escena.
—Sargento Volkova —la llamó una voz desconocida, y se volvió cuando un joven patrullero se acercó a ellos a paso ligero.
—¿Sí?
—Acabo de recibir un mensaje para usted del sargento de guardia Baker. Dice que la teniente Katina viene de camino.
—Mierda —dijo Julia, maldiciendo su suerte. Ya era bastante malo que le hubiera tocado otro caso que parecía que se iba a quedar en el tablón en tinta roja. Ya tenía encima al teniente Messington y no necesitaba a otro teniente respirándole en el cuello. Frunció el ceño.
—¿Envían a una teniente por esto? —El sargento Newlie no pudo disimular su sorpresa—. ¿Qué pasa?
—Es el fiscal del distrito —fue la hosca respuesta—. Es año de elecciones y los peces gordos están histéricos. La fiscalía está presionando al jefe de policía y todos sabemos que la mierda va bajando.
Era del dominio público que los que gobernaban la ciudad no estaban contentos con el funcionamiento del cuerpo de policía. Casi todos los días aparecían artículos en el periódico detallando las batallas entre el jefe de policía y el fiscal del distrito, quien aseguraba que la policía no hacía lo suficiente para ayudar a los fiscales. Todo ello había degenerado en una serie de maniobras políticas en las que los dos hombres trataban de conseguir ventaja en el terreno político.
Uno de los peores caballos de batalla había sido la Unidad de Homicidios, cuyo número de casos resueltos en el año anterior había sido pésimo. Como respuesta, el jefe de policía había contratado a una persona de fuera para ocupar la vacante de teniente que había, pasando por encima de las personas del cuerpo cualificadas para ese puesto.
Julia reflexionó un momento sobre la situación. En el mes que había transcurrido desde que esa mujer se había hecho cargo del segundo grupo de inspectores de homicidios, había conseguido evitar conocer a la nueva teniente. Era consecuencia del mucho trabajo que tenía y de una cuidadosa planificación. Nadie estaba especialmente deseoso de intimar con el nuevo miembro del departamento, pues todo el mundo conocía las propias conexiones políticas de la mujer. Todo el mundo temía por su propia carrera.
Suspiró. Ella misma no tenía la menor ambición política. Había entrado en la policía por la única razón de que deseaba servir a su comunidad de la mejor manera posible. Se había esforzado mucho para entrar en la Unidad de Homicidios y ahora le molestaba el hecho de que podía verse apartada de su puesto por culpa de una desconocida que no sabía nada sobre ella ni, si los rumores eran ciertos, sobre cómo resolver un caso de asesinato.
—Es lógico —dijo el sargento Newlie, interrumpiendo sus reflexiones—. He oído que tiene pensado presentarse a alcalde.
—Sí, y a que no sabes, tiene planeado llegar a ser gobernador algún día —contestó ella, regresando al presente—. Venga, a trabajar, que quiero volver a casa esta noche.
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Lena iba conduciendo el coche negro por las calles mojadas por la lluvia. Vio las luces intermitentes de los coches patrulla más adelante e irguió los hombros mentalmente, preparándose para el recibimiento que sabía que iba a tener. Se preguntó, y no era la primera vez, si había sido un error aceptar el puesto en la Unidad de Homicidios.
Suspiró, deteniendo el coche junto a un coche patrulla. Apagó el motor y luego dejó que sus ojos repasaran la escena. Acababa de empezar a llover y las lágrimas del cielo caían en forma de niebla fina que empapaba la tierra en un baño frío. Había pasado tanto tiempo alejada de la ciudad que se había olvidado de la lluvia. Era extraño, pero resultaba que la había echado de menos.
Respiró hondo y sacó las largas piernas del coche. Había vuelto para demostrar algo no sólo a su familia, sino también a sí misma. El jefe de policía le había planteado un desafío y su naturaleza competitiva no le había permitido rechazarlo. Sabía que era una decisión arriesgada, pues todo su futuro dependía de cómo lo hiciera y, a juzgar por el primer mes, lo tenía bien difícil.
Cerró la puerta y se arropó con la guerrera oscura, sintiendo un escalofrío por la espalda cuando la recibió una ráfaga de viento helado. Sabía que el jefe de policía la vigilaba atentamente, controlando su progreso. Le había dado la orden de mejorar el rendimiento general de la Unidad y de mejorar su reputación, pero su actitud negativa hacia los miembros actuales y su trabajo no hacía más que dificultarle a ella la tarea. Sabía que en la Unidad todo el mundo resentía su presencia, y en todo el mes todavía no había visto ni una sola cara amable.
Bueno, no la habían traído para hacer amigos. Le habían encargado que arreglara una Unidad que tenía graves problemas. En estas semanas desde que había tomado las riendas, había dedicado largas horas a revisar los procedimientos de la Unidad y el historial de sus miembros. Ya había localizado algunos puntos débiles y algunas cosas que había que cambiar urgentemente. En las próximas semanas iba a tener que ocuparse de llevar a cabo esos cambios y estaba segura de que la antipatía hacia ella iba a empeorar antes de mejorar.
No la ayudaba nada que los demás tenientes tuvieran en marcha una apuesta sobre cuál iba a ser el turno con el mayor número de casos resueltos. La idea que había detrás de la apuesta era motivadora por un lado, pero ella pensaba que presionaba demasiado a una Unidad que ya tenía exceso de trabajo.
Volvió a tomar aliento y avanzó hacia el punto donde se concentraba toda esta atención policial. Sabía por instinto que su presencia no iba a ser bien recibida, pero estaba decidida a conocer a cada uno de los miembros de la Unidad, con independencia del turno en el que trabajaran. Era una persona justa, y antes de elevar sus recomendaciones quería dar a todo el mundo una oportunidad para demostrar su valía. Esta noche estaba resuelta a conocer a la única mujer que actualmente pertenecía a la Unidad, una mujer que, según le daba la impresión, la había estado evitando a propósito.
Sus labios esbozaron una sonrisa. Si la chica era tan lista como indicaba su historial, entonces hacía bien en alejarse de cualquier cosa remotamente política, y Lena era un carbón ardiente desde el punto de vista político. Todo lo que había oído y leído sobre la joven era positivo, y si tenía razón en lo que suponía, lo único que refrenaba a la inspectora novata era la arcaica red masculina que se negaba a darle la preparación y el apoyo adecuados que le permitirían florecer. Esperaba poder cambiar eso, pero todo dependía de la propia mujer.
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Julia trabajaba sin pausa, siguiendo cada uno de los pasos del procedimiento que se había creado para sí misma al investigar un caso. Durante los seis primeros meses había tenido como compañero a Harry Strong, uno de los inspectores que llevaban más tiempo sirviendo en la Unidad. Este hombre de cuarenta y cinco años tenía una tasa decente de casos resueltos y una ética honrada del trabajo, pero había estado haciendo tiempo para la jubilación, que había entrado en vigor hacía dos meses.
Desde entonces había estado prácticamente sola, acudiendo a los avisos que los demás inspectores no querían. Se encontraba como inspectora al mando más a menudo de lo necesario, y a veces le parecía que no tenía la menor preparación para los casos que recibía. Pero seguía adelante, dispuesta a demostrar su valía como lo hacía con todo.
—Psss, que viene —siseó el sargento Newlie, y Julia miró al veterano patrullero, quien señaló hacia la izquierda con la cabeza. Volvió los ojos y observó en silencio cuando una figura oscura apareció entre los coches patrullas aparcados y avanzó hacia ellos.
La mujer era alta, de pelo largo y rojizo que le caía sobre los hombros. Era esbelta y se movía con la agilidad de una pantera. Todos los chicos de la Unidad habían comentado la increíble belleza de la mujer, pero Julia nunca había estado tan cerca de ella como para comprobarlo hasta ahora. Esta noche la menuda inspectora no pudo negar la verdad de lo que decían.
—No te olvides de respirar —dijo el sargento Newlie riendo por lo bajo y dándole un codazo a la rubia, quien salió sobresaltada de su estupor. Se volvió y miró furiosa al hombre, que siguió sonriendo y meneando la cabeza. Ella supo lo que se le estaba pasando por la mente.
—Ni lo pienses —le advirtió, pero él siguió sonriendo y apartó la mirada.
—Buenas noches, teniente Katina —dijo el sargento, saludando diplomáticamente a la jefa. Llevaba en la policía demasiado tiempo para preocuparse por la política. Él era un mandado y lo que ocurriera en los escalafones superiores rara vez afectaba a su forma de trabajar.
—Buenas noches, sargento... Newlie, ¿verdad? —dijo Lena, saludando con la cabeza al sargento de patrulleros. Tenía por costumbre conocer a todos los patrulleros, pues reconocía la importancia que tenían para la Unidad.
—Sí. —El sargento Newlie se irguió un poco y a Julia le costó no sonreír burlonamente. Como si percibiera su risa, él la miró con desdén. Era raro que un teniente reconociera a un sargento de patrulleros a menos que hubieran entrenado o trabajado juntos.
—Me parece que no hemos tenido ocasión de presentarnos —continuó Lena, captando un leve resentimiento por parte de la mujer más baja—. Lena Katina.
—Sargento inspectora Julia Volkova. —La mujer más menuda se vio obligada a estrechar la mano que se le ofrecía, consciente de que no hacerlo sería una ofensa que no se podía permitir, sobre todo cuando peligraba su trabajo en la Unidad. Juntó su pequeña mano a la otra, mucho más grande, y notó de inmediato el fuerte apretón y la piel suave de la mujer más alta.
Por un instante, los ojos azules y los ojos verdes-grisaceos se encontraron y en ese momento dejó de existir cualquier otra cosa fuera del pequeño espacio que ocupaban. Fue como si el mundo entero hubiera dejado de moverse. Ninguna de las dos mujeres se daba cuenta de que seguían estrechándose la mano.
Julia sintió que se quedaba sin aire en los pulmones. Se quedó mirando los ojos más verdes-grisaceos que había visto en su vida y por un momento fue como si cayera en sus profundidades hasta el alma misma de esta mujer. El corazón le latía desbocado en el pecho.
Es ella. La inesperada idea cruzó de golpe el cerebro de la mujer más alta y como respuesta retiró la mano y se la metió en el bolsillo de los pantalones. El corazón le palpitaba de una forma que jamás había experimentado. Desvió su atención al cuerpo tirado en el suelo, desconcertada por esta extraña reacción física.
—Bueno, ¿qué tenemos aquí? —Lena desechó esa idea provocativa, decidiendo que lo mejor que podía hacer era actuar de una forma totalmente profesional.
—Varón asiático, veintipocos años, muerto de un disparo de lo que probablemente era una escopeta del calibre 12. —Julia recitó lo que sabía, volviendo a concentrarse en la víctima del suelo.
—¿Algún sospechoso?
—Por ahora ninguno. —La inspectora morena meneó la cabeza.
—¿Alguna relación con bandas?
—Demasiado pronto para saberlo —dijo Julia con precaución, sin querer comprometerse a nada por el momento, pues aún no sabía qué era lo que estaban viendo.
—Vamos, alguna opinión tendrá —la desafió la mujer más alta, y por un instante las dos mujeres volvieron a mirarse.
—Ahh, sí. —La mujer más menuda se sintió de repente nerviosísima, y apartó la mirada de los ojos de la otra mujer y volvió a fijarse en el cadáver. Era la única forma que tenía de mantener la concentración—. Lo que yo creo es que pertenece a una banda.
—¿Pero éste no es su territorio? —dijo la teniente, y Julia miró bruscamente a la mujer alta. Tenía que reconocer que la peliroja era astuta.
—No.
—¿Entonces qué hace aquí? —preguntó Lena, presionando a la mujer para oír sus ideas, sin apartar los ojos verdes-grisaceos de la cara de la otra y oyendo de nuevo el leve eco de una idea anterior que resonaba en su cerebro.
La mujer menuda era más atractiva de lo que había imaginado la teniente, con largo pelo moreno que ahora llevaba recogido en una pulcra trenza que le caía por la espalda de su cazadora de cuero negro. Era de constitución delgada, pero el apretón al estrecharle la mano indicaba una fuerza oculta. Eran los ojos de esa cara en forma de corazón los que le habían llamado la atención, pues eran de color  azul cielo y en ellos había una chispa que hacía pensar a la mujer más alta que a su acompañante le encantaba reír.
—No sé, pero creo que probablemente era un mensaje para los pandilleros que controlan este territorio. —Julia respiró hondo y decidió arriesgarse—. Es como una especie de ofrenda de paz si una banda no quiere empezar una guerra. Hace unas semanas un Sangre llamado Hootie resultó muerto en una pelea durante un concierto. En ese momento nadie sabía quién lo había hecho, pero se sospechaba que el asesino era un tal Phu Vang Tu, un matón relacionado con una pequeña banda vietnamita que se ha separado del núcleo del centro de la ciudad.
—Y usted piensa que cuando se comprueben las huellas de este pobre tipo descubriremos que no es otro que Phu Vang Tu —dijo la otra mujer, completando sus ideas.
—Sí —asintió la mujer menuda, con más seguridad—. Es un gesto de cortesía, cuando una banda ofende a otra y no desea empezar una guerra, sacrifican a los suyos para conservar la paz. Es una señal. Yo creo que Phu Vang Tu iba un poco por libre y no merecía la pena empezar una guerra por su causa.
Lena asintió en silencio mientras repasaba las ideas de la morena. A Julia Volkova se la consideraba como una pequeña experta en asuntos de bandas y por eso la teniente confiaba en el instinto de la mujer. Se volvió a su pequeña acompañante y le dedicó una rara sonrisa.
—Buen trabajo —dijo, y volvió a contemplar la escena, consciente de que el médico forense estaba esperando para llevarse el cuerpo—. Ya veo que lo tienen todo controlado. Que pasen buena noche, sargentos.
Sin decir nada más, la mujer alta se dio la vuelta y regresó a su propio coche de policía camuflado. Julia se la quedó mirando mientras se alejaba, sin darse cuenta de que se había quedado con la boca abierta hasta que intervino Newlie.
—Ya puedes cerrar la boca —dijo, riéndose entre dientes por un chiste privado.
—¿De qué te ríes? —Volvió la cabeza y le clavó una mirada fulminante.
—De nada. —El hombre meneó la cabeza y siguió riéndose mientras se alejaba.
Julia frunció el ceño y volvió a mirar en la dirección por donde había desaparecido la mujer más alta. Lo cierto era que el encuentro había ido mejor de lo que se esperaba, aunque no sabía muy bien qué pensar de la mujer. Se quedó mirando mientras el coche oscuro se apartaba de la acera y se alejaba calle abajo, y luego volvió a concentrarse en la tarea que tenía entre manos. Hizo un gesto al forense y el hombre se adelantó de inmediato para reclamar el cuerpo.
Ya casi amanecía cuando Julia por fin estuvo segura de que había sacado todo lo posible del lugar del crimen. Habían interrogado por toda la calle y, como esperaba, no había testigos. No era infrecuente que la gente no quisiera implicarse, sobre todo en esta parte de la ciudad. A veces el silencio suponía salvar la propia vida y no podía echárselo en cara, aunque muchos de sus compañeros inspectores opinaban otra cosa.
Ya estaba entrada la mañana cuando por fin cayó en la cama, consciente de que sólo tenía tiempo para unas pocas horas de sueño antes de que sonara el despertador. Pero había aprendido a aceptar las pocas horas con las que contaba, pues sabía que había días en los que podría dormir más.

kristh06

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por kristh06 el Lun Jul 03, 2017 8:30 pm

espero comentarios para saber si les gusta la historia.  Wink  Wink  Wink  Wink  Wink  Wink  Wink  Wink
CAPITILO 1 PARTE 2
Lena miraba por la ventana del despacho del capitán, observando en silencio lo que ocurría en la sala al otro lado de la estancia aislada. Observaba a los inspectores moverse a su propio ritmo. Oía los teléfonos que sonaban incesantemente. Libraban una batalla constante, y aunque a veces parecía que iban perdiendo, tenían la esperanza de conseguir al menos unas cuantas victorias. Por un instante, sus ojos se clavaron en la figura esbelta de la joven que había conocido la noche antes.
Según el registro de entrada, Julia Volkova  no había dejado el lugar del crimen hasta las cinco y media de esa mañana. El personal de guardia había presentado su papeleo a las nueve, lo cual quería decir que la mujer no había tenido más que unas pocas horas de descanso desde entonces y hasta el momento de entrar de servicio, cosa que había hecho apenas media hora antes. A pesar de la evidente falta de sueño, la mujer más joven parecía descansada y dispuesta a empezar otro día. Estrechó los ojos.
—¿Qué pasa con Julia Volkova? —preguntó, sin molestarse en darse la vuelta.
El capitán Carner levantó la vista de los papeles que tenía en la mesa para mirar la espalda de la mujer alta que ahora ocupaba espacio en su despacho. Miró por la ventana sorteando su esbelta figura hacia el punto donde la otra mujer estaba trabajando en una mesa situada al fondo de la sala.
—¿Por qué? —quiso saber, y la mujer se volvió despacio, se apoyó en el estante, se cruzó de brazos y lo miró.
—Anoche acudí a un aviso del que se estaba ocupando —dijo Lena con indiferencia—. Es una novata, lleva apenas nueve meses en la Unidad. ¿Por qué acude a los avisos ella sola?
El capitán se movió incómodo. Sabía que iba a tener que responder a muchas preguntas difíciles. El jefe de policía no se había andado con rodeos. Su departamento era un desastre y Lena Katina era la persona contratada para arreglarlo. Eso quería decir que estaba obligado a cooperar o se arriesgaba a perder su puesto y en este momento de su carrera eso supondría la jubilación anticipada. No por primera vez, deseó volver a aquellos tiempos en que no era más que un agente de uniforme normal y corriente, patrullando las calles lejos del politiqueo y la basura que ahora hacían que su trabajo resultara casi imposible de llevar a cabo.
—Por si no lo ha notado, estamos más que escasos de personal y con nuestro presupuesto no podemos permitirnos traer a alguien nuevo hasta el próximo año fiscal —respondió, con mayor brusquedad de la que pretendía. Si su tono de voz afectaba en algo a la mujer, ésta no lo demostró, pues siguió mirándolo con la misma expresión estoica.
—Eso no es excusa —dijo, sin aceptar su razonamiento—. Según los informes, se ha estado ocupando de muchos casos ella sola. ¿Hay alguna razón concreta para eso?
Una vez más, el capitán se agitó incómodo. Detestaba meterse en los asuntos personales de sus agentes, pero parecía que esta mujer no estaba dispuesta a dejar las cosas en paz. Los otros lo habían advertido de que era tenaz, y ahora veía un ejemplo de ello. Aunque de puertas para afuera él era su superior, sabía que en realidad era ella la que ahora estaba al mando.
—Venga, ya ha leído su historial. —Intentó no hacer caso de lo evidente.
—Sí, pero quiero que usted me cuente lo que no aparece en el historial —le contestó la mujer, y él levantó la mirada y descubrió que esos ojos verde grisaceos que le habían llamado la atención desde el principio eran ahora dos pálidas rendijas.
—Julia Volkova era una gamberra callejera antes de entrar en la policía. —Soltó los datos que no había conocido hasta que fue destinada a la Unidad—. Se relacionaba con las mismas bandas que envían continuamente cadáveres a la oficina del forense.
—No puede haber sido tan mala, a fin de cuentas no se pueden tener antecedentes criminales si se quiere entrar en una de las academias —dijo Lena, claramente interesada.
—La pillaron como menor con varias acusaciones, pero siempre fue lo bastante lista como para librarse de ellas —reconoció él—. Después de cumplir la mayoría de edad, no conseguimos acusarla de nada. No había motivos para no aceptarla en la academia.
—¿Pero usted cree que sigue relacionándose con las bandas? —Era una pregunta peligrosa. Una pregunta que se vio obligado a responder con sinceridad.
—No, siempre ha sido buena policía —reconoció de mala gana—. Pero se ha corrido la voz sobre su historia. Se habla en la calle y más de un agente se ha negado a trabajar con ella a causa de las insinuaciones. Asuntos Internos la vigila de cerca para asegurarse de que no la caga y a algunos de los demás no les gusta recibir tanta atención.
—¿Qué pasa, es que tienen miedo de que los pillen con las manos sucias? —La pregunta estaba ahí, pero la intención no era que respondiera y el capitán lo sabía.
Lena se quedó mirando al hombre y vio a una persona que estaba llegando a la flor de la vida, pero que parecía mayor de lo que era. Sabía que el capitán era parte del problema al que se enfrentaba la Unidad, pero había sido nombrado por el jefe de policía anterior antes de ser elegido alcalde, un hombre que se negaba a reconocer que había sido un error. Ella tenía la delicada tarea de volver a dar forma al equipo sin agitar mucho las aguas.
—Escuche, Carner —dijo, enderezándose y directa al grano. Era conocida por su franqueza y así se mostró ahora—. Llevo aquí un mes y lo que veo es un desastre de departamento. Tiene gente buena, pero están desperdiciando su talento, así que podemos hacerlo de dos maneras. Usted puede ayudarme y de paso salvar su propio pellejo o puede hacerme la vida imposible y ponerme las cosas difíciles. Pero deje que le recuerde que me han traído aquí para hacer un trabajo y que tengo los huevos necesarios para hacerlo. No debo mi lealtad a nadie y me da igual quién caiga bajo el hacha. Lo que le pase a usted me importa un bledo, usted decide.
El capitán se quedó en silencio. Sabía que era un ultimátum, y al mirar ahora a la mujer supo que enfrentarse a ella le supondría la ruina. No podía vencerla, y ponerle obstáculos en el camino cuando contaba con el apoyo del jefe de policía era un suicidio profesional. Suspiró, acomodándose en la silla con aire derrotado.
—¿Qué es lo que quiere?
—Quiero mezclar los grupos —respondió sin vacilar—. Lo que he notado sobre todo es que hay mucha tensión entre diversas parejas. Estos inspectores deben trabajar juntos, no unos contra otros. Me gusta que compitan, pero eso se ha convertido en la motivación principal de la Unidad y ha acabado con cualquier tipo de cooperación.
El hombre no podía discutir sus impresiones. Él se había dado cuenta de las mismas cosas, pero no había sido capaz de cambiarlas sin enfrentarse a sus tenientes, cosa que había tenido la esperanza de evitar. Ahora se daba cuenta de que iba a ser imposible. Asintió sin decir nada y siguió escuchando.
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—Oye, Volkova, ¿te has enterado de la noticia? —anunció alegremente un hombre de pelo rojo corto y rizado que se abalanzó sobre su mesa y se sentó en un borde.
—¿El qué? —Julia apartó la vista distraída del papel que estaba leyendo. El informe del forense acababa de llegar y, como había sospechado, la víctima de su caso más reciente era un tal Phu Vang Tu. Las huellas dactilares lo habían identificado.
—Que te marchas. —El hombre sonrió provocativamente.
—¿Qué? —Se irguió en la silla, con un miedo horrible atenazándole las entrañas. Sintió el escozor de las lágrimas en los ojos. Le encantaba la Unidad de Homicidios y deseaba desesperadamente seguir perteneciendo a ella. No quería trasladarse a otro departamento—. ¿Dónde me envían?
—Pasillo adelante al Segundo Grupo. —Vance Waylins se echó a reír, y por un instante a la mujer menuda le dieron ganas de pegar un puñetazo a su colega. Éste se dio cuenta de que su broma le había sentado mal—. Lo siento, cariño, pero me he enterado por Irving. La nueva teniente te quiere en su equipo y está dispuesta a cambiar a Demco por ti.
—Seguro que Messington ha dado saltos de alegría —dijo ella con sarcasmo. No había una buena relación entre el teniente y ella.
Al teniente Messington no le había hecho gracia tenerla en su grupo desde el principio y no había hecho nada para fomentar su formación como miembro del mismo. Había sido más duro con ella que con los demás miembros y ella había sabido al instante que se debía a que era una mujer y, por lo tanto, el eslabón débil de su equipo.
Steve Demco, por otro lado, era un buen inspector con un buen historial de casos resueltos. Además, su tasa de casos resueltos pasaría automáticamente al tablón del Primer Grupo, mientras que la de ella pasaría al Segundo Grupo. Evidentemente, a la nueva teniente no parecía preocuparle perder la apuesta.
Como si respondiera a sus pensamientos, el teniente Messington abrió la puerta de su despacho y ladró su nombre. Ella miró a su colega y decidió que él iba a ser el único motivo por el que iba a echar de menos trabajar con el Primer Grupo. Cerró la puerta del despacho del teniente, consciente de que estaba detrás de su mesa esperando con impaciencia.
—Han llegado órdenes de las altas instancias —dijo el hombre alto y rubio sin más preámbulos, tirando un papel sobre la mesa para que lo viera—. La nueva teniente del Segundo Grupo parece haberse encaprichado con usted y la quiere en su equipo. No puedo decir que vaya a echarla de menos.
—El sentimiento es mutuo —contestó ella con brusquedad, pues había aprendido a no aguantarle esa actitud. El hombre ladraba mucho, pero ella sabía que no había conseguido hacer nada para librarse de ella, aunque lo había intentado en numerosas ocasiones.
David Messington pertenecía todavía a la vieja escuela que creía que las mujeres no tenían sitio en la policía y el jefe se había empeñado en que hubiera por lo menos una mujer en cada unidad del departamento. Eso la convertía a ella en el miembro representativo para Homicidios.
El hombre sonrió. A pesar de su hosco comportamiento, sentía un curioso aprecio por esta mujer menuda. Era una luchadora y eso le producía admiración, pero daba mucho trabajo y la habían ascendido por delante de otras personas más cualificadas. Ese ascenso había provocado un profundo resentimiento entre las filas y él simpatizaba con sus sentimientos.
—Sí, bueno, me han dicho que la deje libre dos días y que se presente a su nueva teniente el lunes por la mañana bien temprano —dijo, y ella asintió, controlando la sensación de felicidad que tenía por este traslado. Como si notara su alegría, él hizo todo lo posible por aguarle la fiesta. Esperó a que tuviera la mano en la puerta antes de hablar—. Yo no saldría aún a celebrar su buena suerte. Katina es muy dura y no va a pasarle cosas como he hecho yo. Usted ya no es la única mujer que hay aquí, así que se puede prescindir de usted. Que tenga un buen día.
Julia no dejó que le calaran sus palabras hasta mucho más tarde. Al principio había visto el traslado como algo positivo, pero ahora no estaba del todo segura. Se había acostumbrado a trabajar con la tensión del mando del teniente Messington, conocía al hombre y sabía qué esperar. La nueva teniente era un completo enigma. A pesar de esto, intentó alegrarse por todo el asunto y salió esa noche del trabajo dispuesta a salir unos días de la ciudad. Quería estar relajada para cuando empezara su nuevo turno el lunes por la mañana.
________________________________________
Lena se reclinó en el sofá y cerró los ojos, recreándose en el silencio del piso que la rodeaba. Abrió un ojo y vio que ya eran las cinco y media y que sus padres la esperaban a cenar a las siete.
Quería evitar esta velada como lo había hecho con tantas otras invitaciones, pero lo cierto era que se había quedado sin excusas. Cancelar ahora sin duda les haría pensar que no quería verlos. Suspiró y volvió a cerrar los ojos, incapaz de evitar preguntarse qué estaría haciendo ahora cierta inspectora morena.
Mierda, estás obsesionada, se reprendió furiosa. Habían pasado días y todavía no lograba dejar de pensar en la otra mujer. Sabía que era una idea ridícula. No creía en el amor a primera vista. Eso era algo inventado por los escritores y los cuentistas. No existía en la vida real. Sacudió la cabeza con fuerza como para desprenderse de esa idea y se levantó de un salto.
Había estado en el despacho hasta primeras horas de la tarde y, como no tenía ganas de quedarse en su piso vacío, se había ido a correr, lo cual contribuyó a despejarle la cabeza y librarla de parte de la tensión que sentía. No necesitaba recuperarla de nuevo ahora pensando en la otra mujer. Distraída, se concentró en su familia, preguntándose si esta noche asistirían sus hermanos.
Se quitó el chándal y se metió en la ducha, donde se quedó largo rato bajo la cascada refrescante, relajando los músculos doloridos. Casi podía coreografiar la velada. Si sus padres estaban tramando lo de siempre, cenarían agradablemente hablando de lo bien que iba el bufete legal de su padre. Luego, con el postre, intentarían convencerla suavemente para que dejara la policía y entrara a formar parte del bufete de la familia. Era una oferta que muchos aceptarían sin dudar, pero que ella rechazaría cortésmente como ya había hecho en numerosas ocasiones anteriores.
No había nada malo en formar parte del bufete de su padre, y eso le daría la oportunidad de emplear la licenciatura en derecho que se había sacado con tanto esfuerzo mientras estaba en la policía. No, todavía no me interesa asentarme. Les diría que tal vez dentro de unos años y eso los tendría contentos durante un tiempo.
Se lavó el largo pelo pelirojo y luego se lo aclaró. Una vez tratado ese tema, pasarían a su segundo tema preferido. ¿Cuándo te vas a casar?, ya oía preguntar a su madre. Nunca, respondería ella por enésima vez y luego les recordaría delicadamente lo que le interesaba de verdad. Por supuesto, ellos dirían que estaba atravesando una fase.
Suspiró. Bueno, ya había probado de la forma normal. Incluso se había prometido en matrimonio, pero por fortuna se había dado cuenta de su error antes de que fuera demasiado tarde. Aunque hacía pocos años que había reconocido su sexualidad, sabía que no era una fase. Al pensar eso, en su cabeza apareció la imagen de la menuda inspectora morena y, resignada, se permitió pensar en la otra mujer durante unos minutos.
No podía negar que había sentido una atracción instantánea por la menuda inspectora, pero había dos factores muy importantes en contra de cualquier relación con ella. El primero, por supuesto, era que no tenía ni la menor idea de por dónde iban los intereses de la mujer, pero, lo que era más importante, ahora era la jefa de la mujer.
Pues mejor, suspiró, cerrando el agua, saliendo de la ducha y envolviéndose el cuerpo esbelto con una toalla. Tengo que concentrarme en mi trabajo. Ahora mismo no me hacen falta más complicaciones en mi vida. Y sabía que la mujer sería una complicación.
El trayecto hasta Forest Bay, donde vivían sus padres, fue tranquilo y sin demasiado tráfico. Se alegró de ver que sus hermanos también habían sido invitados, pues hacía mucho tiempo que no los veía. Además, sabía que sus padres no dirían nada delante de ellos.
Como siempre, fue una velada agradable, y Lena disfrutó de la oportunidad de volver a relacionarse con sus sobrinos, a los que, como había vivido en Chicago hasta hacía pocos meses, no conocía muy bien. También se alegró de volver a ver a Christie, una vieja amiga de la universidad que había acabado casándose con su hermano.
—Te hemos echado de menos —dijo de corazón la mujer rubia, abrazando a su alta y peliroja cuñada—. Kim nos lleva dando la lata sobre ti desde que nos enteramos de que habías vuelto a Seattle.
—Sí, ya me ha regañado por no pasarme a veros. —Lena se rió por lo bajo, recordando con afecto la delicada regañina que le había echado su sobrina preferida poco antes.
—Bueno, no sé por qué, pero te adora —dijo la otra mujer con un ligero tono burlón—. Se cree que eres una especie de heroína. Y lo peor es que Andrew la anima.
—Ojalá no lo hiciera —dijo la mujer más alta algo incómoda—. Eso sólo empeorará las cosas cuando conozca la verdad.
—La verdad. —Christie sonrió con aire burlón—. Para ella, jamás podrás hacer nada mal.
Lena se sonrojó. Hacía mucho tiempo que se había dado cuenta del cariño que le tenía su sobrina, y no conseguía averiguar qué había hecho para ganarse tal adoración. Al principio se sentía cortada por ello, pero con el tiempo había llegado a aceptar el afecto, que correspondía plenamente. Al fin y al cabo, la niña era una cría encantadora y atenta.
—En realidad, todo el mundo se preguntaba por qué has estado evitando a la familia —dijo la rubia, porque eran amigas desde hacía tanto tiempo que podían ser francas la una con la otra. Lena volvió a ponerse colorada.
—Estaba ocupada adaptándome a mi nuevo trabajo y al piso —dijo la peliroja vagamente, sin mirar a la otra mujer.
—Mentirosa —bufó Christie, y luego decidió ser sincera—. A mamá y papá les ha dolido mucho.
Lena respiró hondo y miró con timidez al otro lado de la habitación donde estaban sentados sus padres hablando con sus otros hermanos. Sabía que lo que había hecho probablemente había herido a sus padres, pero de todas formas no había querido verlos. Suspiró.
—Supongo que quería evitar las preguntas de siempre —reconoció de mala gana—. Estoy harta de defender mi vida ante ellos. Es muy duro.
—Lo sé —asintió Christie—, pero no lo hagas más duro manteniéndote apartada. Si te molesta, díselo. Tienen que saberlo.
Lena sabía que su cuñada tenía razón. Sus padres no se merecían un trato como el que les estaba dando. Sabía que podía ser peor, porque en su mayor parte habían apoyado todo lo que había hecho. Por esa razón, se quedó hasta que todos los demás se marcharon.
—Qué bien que hayas venido —dijo Inessa con cautela, preocupada por si ofendía a su alta hija. No habían tenido ocasión de estar a solas en toda la velada y la mujer de más edad sospechaba que la chica los había estado esquivando a propósito.
—Siento haber tardado tanto —dijo la mujer más joven—, pero he estado muy ocupada adaptándome a mi trabajo y arreglando mi piso.
—Podrías haberte venido a vivir aquí —dijo la mujer de más edad, pero la joven sacudió la cabeza.
—Mamá, tengo más de treinta años. Tengo que vivir mi propia vida.
—Sí —asintió su padre solemnemente, echando una mirada a su mujer antes de seguir—. A veces se nos olvida. Es difícil para unos padres reconocer que su hija pequeña ya es adulta y no los necesita.
—Yo siempre os necesitaré, papá —protestó Lena—. Pero es que también necesito vivir mi vida a mi manera.
—Lo comprendemos —asintió Sergey, alargando la mano para coger la de su mujer—. Por eso hemos decidido no seguir interrogándote más sobre lo que haces. Nos cuesta dejarlo, pero estamos decididos a esforzarnos y aceptar la vida que has elegido. No queremos perderte.
—No me vais a perder...
—¿No? ¿Entonces por qué has tardado dos meses en venir a vernos? —preguntó Inessa con intención, y la mujer más joven se puso colorada, mirándose las manos que tenía recogidas en el regazo. La mujer de más edad alargó la mano y se las apretó con cariño—. Sabemos que nos has estado evitando y por fin hemos comprendido por qué. Te pedimos disculpas. Nunca hemos querido hacerte daño.
—Lo sé —dijo Lena en voz baja—. Yo tampoco he querido haceros daño a vosotros.
—Bien —dijo Sergey con firmeza, dando por terminada la conversación—. Pues a partir de esta noche, empezamos de nuevo.
Estuvieron hablando un poco más, y Lena se marchó de la casa de sus padres esa noche maravillada de que la velada hubiera salido mejor de lo que se esperaba. Se preguntó por qué no había tenido el valor de hablar antes con sus padres del asunto y se dio cuenta de que era porque en muchos aspectos era una cobarde emocional.
¿No es ésa la razón de que nunca hayas podido mantener una relación?, se preguntó a sí misma con toda franqueza, y luego tuvo que reconocer que, efectivamente, ésa era la razón. Nunca había estado dispuesta a sentir el dolor que implicaba establecer una relación permanente con alguien.
Suspiró, pensando una vez más que lo más fácil en su trabajo era mantenerse sin ataduras. Era menos complicado y evitaba preguntas innecesarias. Nunca había querido que la encasillaran en un estereotipo, y tal vez por eso no había reconocido su orientación sexual durante tanto tiempo, aunque se había dado cuenta de la verdad muchos años antes. Tal vez ésa era incluso la razón de que se hubiera comprometido con un hombre que apenas le gustaba. Desde luego, eso había acabado con cualquier rumor sobre su orientación sexual.
Si fueras sincera, reconocerías que ésa fue la única razón de que te comprometieras. Sí, asintió en silencio. Ésa había sido la única razón. Nunca había tenido intención de casarse con Barry. Lo había usado, pero sólo sintió una leve punzada de culpabilidad, pues sabía que el hombre se había dejado usar.
Sacudió la cabeza y se concentró en la carretera.
Di la verdad. Has entrado en el Cuerpo de Policía de Seattle para estar más cerca de tu familia y para intentar encontrar lo que sabes que falta en tu vida. Era la verdad, y la decisión se había producido tras una amarga pelea con una ex amante, una mujer con la que había entablado una relación, pero a quien no había dedicado la menor energía emocional. La ruptura fue dura y las frías palabras que habían terminado la relación la hicieron pensar. Si había una cosa que agradecía de la relación era que la mujer le había abierto los ojos a unas cuantas verdades.
Sin embargo, no sabía por dónde empezar, y cada vez que se ponía a pensar en cómo cambiar, volvía a ese mismo estado frío y sin emociones que le resultaba cómodo. Un estado en el que podía evitar sentir dolor. Con cada persona que conocía, encontraba un motivo para no entablar una relación.
Había evitado a sus padres casi por la misma razón. Era más fácil no verlos que ver el daño que negaban, pero que no eran capaces de disimular.
Bueno, esta noche tal vez eso haya cambiado. Intentó ser positiva. Lo cierto era que el recibimiento de sus padres no había sido como se esperaba, y si creía lo que habían dicho, entonces sabía que estaban intentando cambiar de verdad. Si ellos hacían un esfuerzo, entonces era evidente que a ella le correspondía intentarlo también, aunque sabía que no iba a ser tan sencillo como pedir un deseo. Por alguna razón, la imagen de cierta morena volvió a surgir en su cabeza, haciéndole compañía durante el resto del trayecto a casa.

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por VIVALENZ28 el Mar Jul 04, 2017 1:12 am

Wow una de policías excelente Very Happy me gusta la trama Very Happy
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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por kristh06 el Vie Jul 07, 2017 12:14 am

CAPITULO 2
Julia volvió al trabajo el lunes por la mañana sintiéndose mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Había aprovechado bien esos dos días libres para viajar a Vancouver, Canadá. Allí se había divertido y se había librado de sus inhibiciones. El sexo no había sido gran cosa, pero había contribuido a aliviar parte de la tensión que sentía.
Normalmente no mantenía líos fugaces, y su compañera había insinuado intentar una relación más profunda, pero ella no estaba preparada para una relación permanente y menos a larga distancia. Sí, Vancouver sólo estaba a cuatro horas en coche o a un corto vuelo de avión, pero la otra mujer no le interesaba lo suficiente como para hacer ese tipo de esfuerzo. Por el momento, no quería atarse a nadie. Había sido lo que había sido, un rollo de una noche.
Esa mañana se esperaba una entrevista individual con la nueva teniente, pero se sorprendió al ver a todo el Segundo Grupo congregado en la sala de reuniones. Julia se deslizó en un asiento en el extremo más alejado de la mesa y miró por la pequeña estancia, viendo los rostros conocidos y dándose cuenta por primera vez de que ella no era la única cara nueva de a bordo.
Además de ella, estaba Norman Bridges, un viejo veterano del Tercer Grupo, así como un tipo nuevo llamado Roy Howard, quien, según averiguó más tarde, venía de Antivicio. También estaban Max Armstrong, que llevaba cinco años en el grupo, y su compañero de siempre, Milt Jabonski, un polaco que, recordó con una sonrisa, tenía una colección inagotable de parientes que siempre parecían brotar por todas partes.
Estaba Keith Bettman, un agente con el que había trabajado en una ocasión cuando era patrullera y que hasta hacía poco había estado en el Tercer Grupo. Por fin, estaba Steve Reynolds, un tipo cómico que tenía fama de gastar bromas pesadas. Se habían ido Stu Burbaker, John Hollings y Steve Demco. A excepción de Demco, que tenía una tasa de casos resueltos aceptable, los otros eran pesos muertos.
A Julia le causó buena impresión la mezcla de personalidades que había reunido su nueva jefa. Todos eran individuos simpáticos cuya fachada relajada ocultaba una dedicación a su trabajo que pocas personas reconocían. Era evidente que la teniente había mirado por debajo de la superficie. Al pensar eso, se volvió para mirar a la otra mujer, y al instante sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho al ver a la alta belleza.
Lena Katina tenía una presencia formidable que se debía a algo más que a su estatura, que Julia calculó que sobrepasaba el metro ochenta. No, había algo en su seria actitud que le decía a todo el mundo que venía a trabajar y que no iba a tolerar nada que no fuera un cien por cien de esfuerzo por parte de todos.
La teniente estaba de pie en la parte de delante de la sala, con los brazos cruzados. Iba vestida con pantalones de pinzas negros, un jersey de cuello alto y una chaqueta a juego. Tenía un aspecto muy imponente, pero Julia sintió un escalofrío de inexplicable excitación por todo el cuerpo.
Lena estudió al pequeño grupo atentamente. Su grupo contaba con muy poco personal, y a muchos de sus miembros se los acusaba de bajo rendimiento, pero había visto algo en cada inspector durante el mes y medio que llevaba observando el departamento. Corría un riesgo al formar su grupo con lo que los demás tenientes consideraban una panda de inadaptados, pero estaba decidida a hacer que funcionara. Respiró hondo y empezó.
—Muy bien, no creo que necesitemos presentarnos, porque me parece que ya se conocen todos y creo que todos saben ya quién soy yo, pero para que podamos prescindir desde el principio de todos los rumores y malentendidos, les hablaré un poco de mí misma —dijo enérgicamente, incluyendo a todo el grupo con una sola mirada firme—. Tengo treinta y cuatro años y soy policía desde hace trece, cinco de los cuales fueron en la Unidad de Homicidios de Chicago, así que cuando hablo con ustedes, sé de qué estoy hablando. —Hizo una pausa, dejando que sus ojos verdes grisáceos recorrieran la estancia y advirtiendo encantada que todos estaban absolutamente pendientes—. En segundo lugar, mi padre es Sergey Katin, que es amigo del alcalde Taylor y del jefe de policía Ford, pero... —Hizo una pausa para dejar que sus palabras calaran—. Mi nombramiento, aunque parezca político, se ha hecho con la mejor de las intenciones. No, no me acuesto ni con el jefe ni con el alcalde, así que si alguno de ustedes quiere probar suerte con ellos, adelante.
El pequeño chiste tuvo el efecto deseado, pues hizo reír nerviosamente al grupo y alivió la tensión que había estado llenando la sala. Por un instante, incluso se permitió un amago de sonrisa en los labios. Pero desapareció tan deprisa como había aparecido y cuando volvió a hablar, su tono era serio.
—Me da igual cómo hayan hecho las cosas antes, pero a partir de ahora las vamos a hacer a mi manera... y para que lo sepan, no juego a los favoritismos y no me quedo con trabajadores no productivos. Quiero resultados y me da igual cómo los obtengan, siempre y cuando no violen la ley.
Hubo una pausa y echó otra mirada general por la sala, posando los ojos por un instante en la menuda inspectora morena que hasta entonces había evitado. Dios, pero qué guapa es. La idea se le pasó por la cabeza y apartó la mirada bruscamente.
—Voy a formarlos por parejas. Por desgracia, como estamos escasos de personal, eso quiere decir que alguien se va a quedar desparejado, pero a pesar de eso espero que todos nos esforcemos y trabajemos juntos. Cualquiera que no esté dispuesto a trabajar en equipo se irá. —Hizo una pausa y miró a cada rostro individual—. Bettman y Reynolds, Armstrong y Jabonski, Bridges y Howard, esos son sus equipos. Volkova, usted estará sola por ahora.
Julia no sabía si eso era una bendición o una maldición. Advirtió las miradas divertidas y compasivas que le echaban varios de sus colegas y se preguntó si la había escogido por alguna razón. No le hacía ninguna gracia pensar que la nueva teniente pudiera tener tantos prejuicios como el anterior.
—Todos los lunes después de nuestros turnos, tendremos una reunión de equipo donde pondremos en común toda la información que tengamos sobre los casos que en ese momento estén en rojo en el tablón. ¿Alguna pregunta? —Lena miró por la sala, pero nadie parecía dispuesto a decir nada, pues todos habían decidido esperar a ver qué pasaba—. Pues muy bien, salgamos ahí fuera a resolver algún caso. —Los despidió a todos salvo a la otra mujer—. Volkova, ¿puede quedarse un momento?
Julia volvió a sentarse, frotándose nerviosa las palmas de las manos en los pantalones oscuros mientras los demás salían por la puerta. Miró a la otra mujer, que cruzó la sala con indiferencia y se sentó en el borde de la mesa de reuniones. Por un momento, sus ojos se encontraron e intercambiaron un destello de algo invisible pero eléctrico.
—Dejarla sola no es un castigo. —Lena notaba la preocupación de la inspectora y se apresuró a tranquilizarla. Su voz se hizo más suave—. He leído su historial y conozco el motivo de que la ascendieran a Homicidios. Es usted buena policía, pero todavía no está a la altura que promete.
Julia fue a protestar, pero la teniente ya había levantado la mano. Era como si supiera lo que estaba a punto de decir la inspectora.
—Sé que no ha recibido mucha ayuda. El teniente Messington es un machista, pero no piense ni por un momento que porque somos del mismo sexo y aquí estamos en franca minoría, voy a ponerle las cosas más fáciles que a los demás.
—No iba a pedir ningún favor —dijo la morena bruscamente y entre dientes. Había creído por un momento que por fin podía haber encontrado a una amiga en la Unidad, pero ahora se replanteó esa idea.
—Bien. —Lena asintió secamente—. Como he dicho, usted es buena policía y creo que tiene la capacidad para llegar a ser una gran inspectora de homicidios. Messington no le ha dado muchas oportunidades de demostrar lo que vale. Bueno, pues yo estoy dispuesta a hacerlo. Para ello, quiero que acuda a mí siempre que necesite ayuda. No tiene compañero, de modo que extraoficialmente voy a estar disponible para ayudarla si no hay nadie más. ¿Quiere comentar algo?
Julia dijo que no con la cabeza. Estaba demasiado aturdida para hablar. De una sola tacada, la mujer había alabado su talento y había insinuado que lo estaba desperdiciando. Miró a la teniente, atraída por la intensidad de esos ojos verdes grisaceos. Por alguna razón, la idea de trabajar con esta mujer de repente no le pareció tan desagradable.
—Bueno, ¿ha recibido alguna comunicación de la oficina del forense sobre la víctima de la que se ocupó usted la otra noche? —El brusco cambio de tema casi pilló a Julia desprevenida.
—Sí —asintió la morena, contenta de hablar de un tema que conocía—. Nuestra víctima era un tal Phu Vang Tu, que se relacionaba con los Pequeños Dragones, una pequeña banda cuyo territorio está cerca de Chinatown.
—Entonces es lógico suponer que el resto de sus conclusiones también pueden ser ciertas —dijo Lena con energía, levantándose—. Le sugiero que coja a otro inspector y vaya al barrio para entrevistarse con los chicos de los Sangres. A ver qué le pueden decir.
Julia asintió, y luego siguió a la mujer más alta a la sala de inspectores. Sin decir nada más, la teniente desapareció en su despacho mientras la mujer más menuda regresaba a su mesa. Atrapó a la primera pareja de inspectores que encontró.
—Vamos, chicos, necesito que alguien venga conmigo a visitar a los Sangres. —Los dos hombres asintieron, pero por su expresión supo que la idea no les hacía gracia.
________________________________________
Lena se acomodó detrás de su mesa, posando los ojos en la morena y observando cuando la mujer más menuda atrapó a los inspectores Armstrong y Jabonski y se los llevó de la sala. Estaba ahí, se dijo. Lo he sentido. Pero al mismo tiempo sabía que estaba loca por pensar siquiera en esa posibilidad.
Si por algún milagro tenían una relación, tendrían que tener cuidado para que su carrera profesional no se viera en peligro. Sacudió la cabeza, dándose cuenta de que era una locura planteárselo siquiera, pero por alguna razón no conseguía librarse de la idea. Tendría que hablar de ello con Christie, pues estaba segura de que su cuñada enfocaría el tema con sentido común.
Daba la casualidad de que ese mismo día había quedado para comer con la otra mujer. Se conocían desde que estudiaban en la universidad y entre ellas no había nada tabú. Incluso cuando vivía en Chicago habían mantenido una estrecha relación. Christie era una de las pocas personas que Lena consideraba una amiga. Era la primera persona a quien la teniente había confesado su sexualidad.
La rubia miró a su peliroja acompañante sentada al otro lado de la mesa, incapaz de disimular la risa. Lena era probablemente la mujer más segura de sí misma que conocía y sin embargo, la mujer nerviosa que tenía sentada delante no se parecía en nada a la amiga que recordaba. Tenía algo distinto, algo inusual.
—¿Qué te pasa? —dijo al cabo de un rato. Habían terminado de comer y ahora estaban con el postre. Aunque la peliroja había escuchado y conversado durante toda la comida, Christie tenía la clara impresión de que la otra mujer tenía algo en la cabeza.
—¿Qué quieres decir? —Lena se quedó algo sorprendida por la percepción de su cuñada.
—Vamos, Lena, te conozco desde la universidad, sé cuándo hay algo que te preocupa —la reprendió la otra mujer con un leve tono de burla. Lena se quedó callada un momento, pensando en lo que iba a decir.
—¿Tú crees en el amor a primera vista? —La pregunta sorprendió a la rubia.
—Sí, supongo.
—¿Te enamoraste de Andrew la primera vez que lo viste? —quiso saber Lena.
—No... —Christie movió pensativa la cabeza—. Yo no diría que fue amor a primera vista. Me gustaba, eso sin duda. Me gustaba muchísimo, pero no supe que quería casarme con él hasta la tercera vez que quedamos para salir.
—Cosa que fue qué, ¿la tercera vez que lo veías? —fue el sarcástico comentario, y la rubia tuvo la decencia de sonrojarse.
—Bueno, sí, ¿pero a qué viene todo ese interés por nuestro noviazgo?
—He conocido a alguien —confesó Lena con un suspiro—, y no sé qué hacer. Esperaba que pudieras meterme un poco de sentido común en la cabeza.
Christie se quedó algo sorprendida ante esta confesión. Aunque su cuñada había salido del armario pocos años antes, sabía que Lena todavía era relativamente novata en materia de ligues. La peliroja había salido con varias mujeres, pero como ella misma decía, era evidente que eran homosexuales, y las que se lo habían pedido habían sido ellas. Al saber que su cuñada estaba interesada en alguien sintió una punzada de celos.
—¿Es lesbiana?
—No lo sé —reconoció Lena a regañadientes—. Creo que podría ser.
—Pues lo primero que tienes que hacer es averiguar si lo es —le aconsejó la rubia pacientemente—. Luego averigua si está con alguien.
Dios, me siento como una adolescente, pensó Lena, y no como una mujer adulta en la treintena.
—Creo que era mucho más fácil con los tíos —reconoció tristemente.
—Eso es porque ellos llevaban la voz cantante —dijo Christie con una carcajada contenida—. No creo que funcione de la misma manera cuando se es homosexual.
—No —suspiró Lena. Había dado por supuesto que ahora todo sería más fácil, pero ahora que sabía que daba igual cuál fuera la orientación sexual, estaba claro que ligar era difícil sin más.
—¿Dónde la has conocido? —preguntó su acompañante con curiosidad. Sabía que su amiga no frecuentaba los bares homosexuales, preocupada por su reputación y su carrera.
—En el trabajo —confesó la peliroja, y su acompañante soltó un silbido—. Es otra agente.
—Caray, chica, ¿estás segura de que quieres seguir adelante con esto? —dijo Christie muy seria—. Lena, si no sale bien, podrías tener muchos problemas.
La peliroja conocía el riesgo que correría. Había oído suficientes cosas a lo largo de los años para saber que los casos de acoso sexual en el lugar de trabajo eran un tema en auge. Era algo que tenía que plantearse seriamente antes de dar ningún paso.
—Conozco los peligros. —Suspiró, preguntándose si merecía la pena hacer el esfuerzo, sobre todo ahora que tenía tantas cosas a las que enfrentarse.
—Pues lo único que te puedo decir es que tengas cuidado —le advirtió su cuñada—. No querrás echar a perder tu vida por un simple revolcón.
Christie siempre había sido muy directa y ésa era una de las cosas que más le gustaban a Lena de ella. Eso y el hecho de que nunca había flaqueado en su apoyo y su amistad, incluso cuando Lena salió del armario. Sonrió.
—Ya sabía yo que me harías entrar en razón. —Lena se rió suavemente, pero la rubia no se dejó engañar. Christie sabía que si la otra mujer había mencionado siquiera el asunto era porque era importante, pero no la presionó, pues sabía que su cuñada continuaría con la conversación cuando estuviera preparada.

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por kristh06 el Vie Jul 14, 2017 11:47 pm

Capitulo 2 Parte 2
Julia no estaba teniendo un buen día. Su visita a los Sangres al principio de la semana no había dado ningún fruto nuevo. Los pandilleros se habían negado a cooperar y a contestar sus preguntas. Se había ido más frustrada de lo que creía posible y, abatida, supo que la muerte de Phu Vang Tu seguramente se quedaría en tinta roja.
Era viernes por la tarde y estaba sentada a su mesa, reflexionando sobre la falta de pruebas y mecanografiando un informe, cuando se le pusieron de punta los pelos de la nuca. Era una sensación extraña, pero supo por instinto que la teniente estaba detrás de ella. La sospecha quedó confirmada casi de inmediato cuando la mujer se puso al lado de la mesa, apoyándose tranquilamente en ella con los brazos cruzados.
No había hablado con la mujer alta desde la reunión del lunes por la mañana, evitando inconscientemente cualquier contacto. Se habían cruzado en los pasillos y se habían saludado, pero aparte de eso, no habían hablado. A pesar de eso, no había dejado de notar intensamente la presencia de la peliroja.
—¿Cómo va todo?
Tras su conversación con Christie, Lena se había prometido a sí misma mantenerse alejada de la mujer más menuda, temerosa de la dirección que podían tomar sus sentimientos. Sin embargo, al cabo de cinco días de mirar disimuladamente a la morena inspectora, le resultaba imposible mantener las distancias.
—No muy bien —reconoció Julia, echándose hacia atrás en la silla y mirando a la mujer alta. Era profundamente consciente de lo cerca que estaba la teniente, y el corazón le empezó a latir con más fuerza. Enfocó la vista en el ordenador que tenía delante—. Nadie quiere decir nada. Nadie habla.
—¿Y la familia de Phu Vang Tu?
—Tiene una abuela que no habla inglés y un tío que está cumpliendo dos años de condena por robo en una cárcel del estado —fue la solemne respuesta.
—¿Quién se ocupa de los detalles del entierro?
—Nadie ha reclamado el cuerpo todavía. Le dije al forense que me llamara cuando les comunicaran dónde enviar el cuerpo —contestó Julia—. Tengo pensado volver a Chinatown y hablar otra vez con los Pequeños Dragones. Su líder extraoficial, Van Phan, ha estado fuera del país, visitando a unos primos en Vancouver. A lo mejor él me puede dar una pista sobre lo que ha ocurrido.
—Parece buena idea, si necesita ayuda, dígamelo. —Lena asintió y luego señaló el tablón con la cabeza—. ¿Y los otros?
Julia sabía que la teniente se refería a los otros dos nombres escritos en rojo. No sabía qué decir, porque se había quedado atascada en la investigación de esos casos. Creía que había cubierto todos los ángulos posibles, pero no había surgido nada.
—Nada —reconoció a regañadientes—. Me he devanado los sesos pensando en ellos. Sé que se me escapa algo, pero no logro descubrir qué es.
Lena abrió la boca, preparada para ofrecer su ayuda, cuando sonó el teléfono. Julia se quedó mirándolo un momento antes de responder, temiéndose que pudiera ser otro aviso. Miró furtivamente a su alrededor. En la sala de inspectores sólo estaban Bridges y Howard, los demás ya habían salido por avisos o por asuntos diversos del departamento.
—Aquí Volkova —ladró prácticamente en el auricular, escuchando atentamente antes de ponerse a tomar notas en el cuaderno que tenía al lado del ordenador—. Vale, voy para allá.
—¿Un aviso?
—Sí, han encontrado un cuerpo entre Elm y Worchester en el distrito del Valle —asintió Julia, y vio que Lena se erguía.
—Bridges, Howard, Volkova tiene un aviso, quiero que ustedes la acompañen —dijo la teniente con decisión y los dos hombres asintieron. Julia levantó la mirada y descubrió que la mujer alta la estaba mirando—. Voy con usted, si no le importa.
Lena sabía que era una decisión impulsiva, pero todavía no estaba dispuesta a dejar la compañía de la otra mujer. Sabía que era una locura. Tenía un montón de papeleo que necesitaba acabar y varias llamadas que hacer a diversos jefes de departamento. No tenía tiempo para correr por la ciudad respondiendo a un aviso. Pero ahora que había tomado la decisión, no había forma de echarse atrás.
—Voy a coger mi chaqueta —murmuró Lena, y corrió a su despacho en busca de la mencionada prenda.
Julia se limitó a asentir, sin saber qué decir. Por una parte estaba emocionada por la idea de ir acompañada de la peliroja, pero por otra le espantaba la idea de tener a su jefa observando por encima de su hombro.
Sin embargo, a los pocos minutos corrían por las calles en uno de los abollados pero resistentes coches grises de la comisaría. Era mediodía y el tráfico estaba en su peor momento. La dirección del parte estaba en una zona residencial de clase media. Una zona donde no recibían muchos avisos, y los que recibían no eran por lo general nada más grave que entradas en las casas o coches robados.
Julia sabía que estaba siendo observada, por lo que tomó el mando de inmediato. Como responsable del caso, tenía que asegurarse de que todo se hacía como era debido. En cuanto entró en el círculo de patrulleros, se dio cuenta de éste era un caso que no quería llevar.
El aviso no le había dado ninguna información sobre el caso salvo que habían encontrado un cuerpo. Se sintió fatal al descubrir que la víctima era un niño blanco de entre siete y diez años de edad. Tenía marcas oscuras alrededor del cuello y la ropa arrugada, con los botones mal abrochados o arrancados. Se hizo un silencio casi total mientras contemplaba aquel rostro inocente.
La investigación del asesinato de un niño era tal vez una de las tareas más difíciles que se le podía pedir a un inspector, y aunque Julia quería darse la vuelta y salir corriendo, sabía que era importante dejar de lado sus propios sentimientos. Respiró hondo, reprimiendo sus emociones y concentrándose en el trabajo.
—¿Quién lo ha encontrado? —preguntó bruscamente, convencida ya de que probablemente se trataba de un crimen sexual.
—Una mujer que paseaba a su perro —dijo el sargento al mando, dando un paso al frente. Al contrario que en otros escenarios de un crimen, aquí no habría ninguno de los chistes morbosos de costumbre. La muerte de un niño no tenía nada de divertido—. Estaba hecha polvo, por lo que la envié a comisaría en uno de los coches.
Julia asintió, mirando a su alrededor, antes de volver a mirar al patrullero. No reconoció su cara, pero le sonaba el nombre que aparecía en su placa.
—Sargento Charles, quiero que divida a sus hombres por parejas y que hagan un interrogatorio casa por casa. Quiero saber si alguien oyó o vio algo —ordenó, y el hombre asintió—. ¿Quién fue el primero en llegar?
—Yo. —Un veterano canoso vestido de uniforme dio un paso al frente.
—Bien. Quiero que escriba todo lo que recuerde desde el momento en que llegó aquí hasta que llegamos nosotros. ¿Hay algún colegio o centro de día en esta zona?
—Hay un colegio de primaria a unas cinco manzanas de aquí. —El patrullero señaló con el pulgar en una dirección.
—Vale. —Julia miró el reloj y luego a los dos inspectores de su grupo que acababan de llegar—. No son más que conjeturas, pero Norm y Roy, quiero que vayáis al colegio y veáis si ha faltado alguien a clase, por enfermedad o por lo que sea.
Los dos hombres asintieron, y el inspector más veterano se detuvo un momento para mirar bien la cara del niño muerto antes de llevarse a su compañero.
—Vale, los demás, quiero que empiecen a registrar el perímetro.
—¿Qué buscamos? —preguntó un joven patrullero.
—Cualquier cosa que parezca fuera de lo habitual, por pequeña que sea. —Julia se quedó pensando—. Qué demonios, busquen cualquier cosa, una mochila, una bolsa de almuerzo, unas zapatillas de deporte... lo que sea.
Los hombres asintieron y luego se dispersaron para emprender sus tareas individuales. Muchos sabían que iba a ser un día muy largo, pero ahora su prioridad era encontrar al asesino de este niño. Metódicamente, la joven inspectora se puso un par de guantes de látex y se inclinó para examinar al niño.
Un vistazo al cuerpo y Julia supo que el niño estaba muerto antes de que lo tiraran con descuido de un vehículo. La piel estaba fría, pero no lo suficiente para que hubiera empezado el rigor mortis, lo cual era buena señal e indicaba que el niño no llevaba allí mucho tiempo. No tenía contusiones en la cara y ninguna otra marca en el cuerpo. Tendría que ser el forense quien le dijera cuál era la causa de la muerte, aunque sospechaba que ya lo sabía.
El lugar estaba sumido en un silencio poco habitual y los agentes se movían casi sin hacer ruido, completando sus tareas. Apareció Janice para tomar fotografías, pero al contrario que en la ocasión anterior, no hubo burlas ni bromas. Era como si todos supieran que hacer otra cosa que no fuera concentrarse en el niño muerto sería un sacrilegio.
Lena se quedó aparte y observó en silencio mientras los inspectores y los agentes se ocupaban de las tareas que tenían asignadas, satisfecha de dejar que la joven inspectora siguiera al mando. Casi lamentaba su apresurada decisión de acompañar a la morena sargento, pues la escena le traía demasiados recuerdos de su propia época como inspectora. Era una ciudad diferente con rostros diferentes, pero la crueldad era la misma.
Concentró su atención en la mujer menuda que ahora estaba inclinada sobre el pequeño cuerpo, examinando su ropa atentamente. Veía la emoción, rondando bajo la superficie, y admiró el hecho de que a pesar de todo la inspectora todavía fuera capaz de sentir.
—¿Qué opina? —preguntó en voz baja, acuclillándose al otro lado del cuerpo inerte. La otra mujer levantó la vista y por un instante Lena vio las lágrimas que inundaban esos ojos azules.
—No lo sabré hasta que regresen Bridges y Howard —fue la apagada respuesta—. Pero sí sé que el cabrón que ha hecho esto no se va a escapar.
—Asegúrese de ello —dijo la teniente con suavidad—, porque cuando la prensa se entere, va a haber mucha presión.
—Por el amor de Dios, ¿es que sólo sabe pensar en las ramificaciones políticas de todo? —Julia dejó que se le escapara el estallido de rabia y sus ojos azules soltaron un destello peligroso.
—No estaba pensando en la política —replicó Lena con calma, sin ofenderse por el estallido, aunque las duras palabras le escocían—. Estaba pensando en la familia del niño.
Sin decir nada más, la mujer se irguió y se alejó. Julia maldijo por lo bajo y supo que debía disculparse, pero no pudo hacerlo. Cerró los ojos y respiró hondo, dándose cuenta de que iba a tener que conservar la calma y la concentración si esperaba resolver este crimen. Sin hacer caso de todo lo demás, se concentró en el cuerpo.
Ya había caído la tarde cuando se sintió la bastante segura como para dejar el cuerpo en manos del agente forense que esperaba pacientemente. Se había registrado el lugar a conciencia y se había hecho un interrogatorio por las casas cercanas, pero nada de todo ello había destapado ninguna pista. Se quedó mirando con una sensación de impotencia mientras metían a la víctima en una bolsa y luego en el furgón del servicio judicial.
Esa frustración fue en aumento al regresar a comisaría. Se sentó a su mesa y contempló la pantalla del ordenador en busca de alguna pista. La visita de los inspectores Bridges y Howard al colegio de la zona no había revelado nada sobre la identidad del niño, pues todos los alumnos estaban presentes ese día.
Un repaso a la lista de niños desaparecidos de la zona no había dado fruto, por lo que envió su propio informe a todos los cuerpos de policía del estado. Luego mandó una notificación a los estados vecinos e incluso envió un aviso a las autoridades canadienses de la Columbia Británica, al otro lado de la frontera. Seguía en su mesa mucho después de haber terminado su turno, leyendo los informes y marcando números.
________________________________________
Ya era tarde cuando Lena por fin cayó en la cuenta de la hora que era. Se pasó una mano cansada por el pelo pelirojo y recogió su mesa. La sala de inspectores estaba vacía salvo por el personal de limpieza y una mujer morena que al parecer estaba pegada a la pantalla de su ordenador. Se puso la chaqueta y cerró en silencio su despacho.
—Hola, ¿cómo va? —preguntó suavemente, colocándose al lado de la inspectora y escudriñando la pantalla—. ¿Alguna pista?
—No —reconoció Julia con tristeza, sintiéndose incómoda al recordar sus duras palabras de esa mañana. Se echó hacia atrás en la silla y por primera vez notó el leve y agradable perfume que rodeaba a la mujer alta. Levantó la mirada con timidez, intensamente consciente de lo cerca que estaba la otra mujer—. He enviado avisos de personas desaparecidas a todas las agencias del estado. Ahora es cuestión de esperar a ver si surge algo.
—¿Le ha dicho el forense cuándo puede tener un informe preliminar?
—Han dicho que me pase mañana —contestó la mujer más baja.
—Vale, pues no se quede hasta muy tarde —dijo Lena, y se volvió para marcharse. Julia vio que la mujer empezaba a irse y actuó movida por un impulso repentino.
—¿Teniente?
—Mmm. —La alta peliroja se volvió para mirarla con esos penetrantes ojos verdes grisaceos.
—Yo... quería disculparme por mi comportamiento de esta mañana. —Julia se tragó el nudo que tenía en la garganta. Estaba nerviosa y súbitamente desesperada por el perdón de esta mujer. No sabía por qué, pero quería caerle bien a esta mujer. Era una idea extraña, porque por lo general no le importaba lo que pensara la gente.
—No se preocupe. —Lena desechó la disculpa como si no tuviera importancia. Lo cierto era que las duras palabras de la mujer le habían hecho mucho daño—. Es fácil alterarse, sobre todo cuando se está ante el cadáver de un niño asesinado brutalmente.
—Gracias, se lo agradezco. —La inspectora tuvo una inmensa sensación de alivio—. Nos vemos el lunes.
Lena asintió y se volvió de nuevo para marcharse, pero dio sólo dos pasos y se detuvo. Sabía que la idea era una locura, pero no podía quitársela de la cabeza. Se armó de valor y dio un salto arriesgado.
—Escuche, no sé usted, pero yo no he comido nada desde el almuerzo y en casa tengo la cocina vacía. ¿Le gustaría cenar algo?
La invitación fue tan inesperada que Julia estuvo a punto de caerse de la silla. En vista de lo que había ocurrido en las últimas doce horas, lo último que se esperaba era una invitación a cenar por parte de su jefa. Sintió que se le quedaban los pulmones sin oxígeno y que se le aceleraba el corazón. En silencio, se recordó a sí misma que debía respirar.
—Si tiene otros planes, lo comprendo. —Lena se sentía como una completa idiota. Era evidente por la expresión de la inspectora que la mujer no sabía qué pensar—. Que pase buena noche.
—No. —Julia saltó de la silla, tirándola con fuerte estrépito, y la mujer alta la miró con cierta diversión mientras recogía apresuradamente el mueble del suelo—. Yo tampoco tengo nada en la nevera. Me gustaría comer algo.
—Bien. —La teniente sintió un inmenso alivio, pero no dejó ver ninguna de sus emociones—. Conozco un pequeño restaurante italiano muy bueno que no está muy lejos de aquí. ¿Prefiere ir andando o en coche?
—Si está cerca, podríamos ir andando —propuso Julia, poniéndose a toda prisa la cazadora, temerosa casi de que la otra mujer cambiara de opinión. Caminaron juntas por el edificio y salieron por la puerta principal.
—A lo mejor deberíamos coger un coche —dijo Lena cuando salieron a la noche—. No me había dado cuenta de que las calles estaban tan oscuras.
—Vamos, en esta parte de la ciudad prácticamente no hay crímenes. —La morena inspectora sonrió, sintiéndose absurdamente feliz a pesar del lúgubre día que acababa de tener—. ¿Quién sería tan tonto de atacar a dos guapas polis de homicidios?
Guapas, oye, pensó la teniente con regocijo, pero al hablar su tono era simplemente humorístico.
—Alguien que no sepa que somos polis.
—Bueno, sí, siempre puede ocurrir eso... pero con el día que he tenido, no me vendría mal un poco de ejercicio. —Y para recalcar lo que decía, la mujer más baja entrelazó los dedos y estiró los brazos para hacer crujir los nudillos.
—¿Cree que podría protegernos? —preguntó la mujer alta con cierta diversión, al ver que su acompañante estaba prácticamente dando botes.
—Por supuesto —contestó Julia, y luego hizo unos movimientos de lucha. Sabía que estaba flirteando, pero no lo podía evitar.
—Muy bien, confío en que me defienda —dijo Lena con una risa amable, contenta con la idea—. Pero si nos atracan y mi reputación queda por los suelos, la haré a usted responsable.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que eso no suceda. —La morena se inclinó galantemente, sintiéndose un poco culpable por la alegría que sentía. Había tenido un día muy duro y necesitaba descansar un poco de la tensión de su trabajo. Además, estaba en compañía de la mujer más guapa que había conocido en su vida.
El restaurante estaba a varias manzanas de distancia y su trayecto transcurrió sin incidentes. Era un restaurante acogedor y había una vela en medio del mantel de cuadros rojos que cubría cada mesa. Eligieron un reservado de la pared del fondo.
—¿Le apetece compartir una pizza? —dijo Lena para iniciar la conversación cuando la camarera les hubo dejado unos vasos de agua y las cartas en la mesa. Tras la primera acometida de conversación humorística, se habían quedado en silencio.
—Me parece bien —asintió Julia, y justo en ese momento le rugió el estómago. Ahora mismo habría aceptado lo que fuera.
—¿Cómo la quiere? —La pregunta hizo sonreír cohibida a la morena.
—Me vale cualquier cosa —dijo la joven inspectora, encogiéndose de hombros, esperando no tener que dar una respuesta sincera.
—Yo como casi de todo —dijo Lena con intención—. ¿Qué quiere?
—Normalmente pido carne, cebolla, pimiento verde y piña —confesó Julia de mala gana, y su acompañante enarcó una ceja bien perfilada.
—He dicho casi de todo.
La mujer más menuda se sonrojó.
—Podemos pedir una simple pizza de queso.
—Es broma. —Lena se rió de nuevo—. Esa combinación me parece bien.
La morena inspectora no sabía si creer a su acompañante hasta que regresó la camarera y tomó nota de su pedido. Se volvió a hacer el silencio mientras bebía un sorbo de agua, moviendo los ojos nerviosa por la sala. Intentaba mirar a cualquier parte menos a su acompañante sentada al otro lado de la mesa, pensando en cómo se habían transformado las facciones de la mujer con esa sonrisa.
—No tiene por qué estar nerviosa —dijo Lena con tono tranquilo, al percibir la incomodidad de la otra mujer—. Cuando dejo la comisaría, mi trabajo se queda allí. No está a prueba.
Julia miró a la mujer y por un instante los ojos azules y verdes grisaceos se encontraron. Sintió que se le aceleraba el corazón. La joven inspectora tuvo la clara impresión de que estaba a prueba, pero por un motivo totalmente distinto. Se armó de valor.
—¿Por qué me ha pedido que cene con usted? O sea, hoy no la he tratado muy bien.
La pregunta directa pilló a Lena desprevenida, pero no mostró ninguna emoción. Podría haber dicho la verdad, pero no creía que ninguna de las dos estuviera preparada para eso. Tenía la sensación interna de que iban a tener una relación. No sabía por qué lo sabía, era un conocimiento instintivo. Además, le había gustado la forma en que la mujer más baja había flirteado con ella. En silencio, se obligó a ser paciente. Esto era algo que no quería fastidiar por ir demasiado deprisa.
—Me gusta conocer a las personas que trabajan para mí en un ambiente más social —replicó con calma—. Me ayuda a saber cuáles son sus puntos fuertes y débiles. Así puedo utilizarlos sacando el máximo de su capacidad.
—Así que esto no es más que una oportunidad para usted de analizarme. —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.
Julia vio el destello de dolor en los ojos verdes grisaceos antes de que cayera el telón, tapando cualquier emoción que pudiera sentir la mujer. No conseguía explicar su brusca reacción. No sabía qué clase de respuesta estaba buscando, salvo que era otra cosa. Por un momento se había permitido imaginar que la otra mujer estaba interesada en ella como mujer y no como agente de policía. Seguro que es hetero, decidió, no muy contenta con la idea.
—Lo siento —se disculpó Lena, momentáneamente confusa.
—No, soy yo la que tiene que disculparse. —Julia se podría haber dado de bofetadas—. No debería haber dicho eso, ha sido una grosería.
—No, ha sido franca —dijo la teniente con tono apagado, mirándose las manos, que estaban juntas sobre la mesa—. No es usted la primera persona que me acusa de ser demasiado clínica.
—Y a mí me han acusado con razón de ser una bocazas. —Julia suspiró, tratando desesperadamente de pensar en una forma de arreglar las cosas—. Escuche, lo siento, me doy cuenta de que probablemente quería tener una cena tranquila y relajante. Debería irme.
La morena cogió su chaqueta, que había embutido en el rincón de la pared. No quería marcharse, pero estaba quedando como una boba, y decidió que era mejor retirarse antes de que la otra mujer pensara que era una completa idiota. Pegó un respingo cuando una mano cálida la agarró del brazo.
—No quiero que se vaya —dijo Lena en un tono grave que a su acompañante le provocó un inesperado escalofrío por la espalda. Sus ojos se encontraron por un instante—. La verdad es que no soy famosa por mis habilidades sociales, así que... ¿se queda, por favor?
La teniente tenía una expresión que al instante derritió el corazón de su acompañante. Julia supo con inesperada claridad que estaba enamorada de esta mujer. Sólo había hecho falta esa mirada para que el corazón se le cayera a los pies.
En silencio, asintió y volvió a embutir la chaqueta en el rincón, y Lena sintió un alivio increíble al tiempo que apartaba la mano. Ambas mujeres se sintieron igual de agradecidas de que la camarera eligiera ese momento para aparecer con sus bebidas, aliviadas por la distracción.
—Lo siento, pero uno de los cocineros no está esta noche, así que su pedido podría tardar más que de costumbre —se disculpó la camarera.
—Tranquila, no tenemos prisa. —Lena sonrió a la mujer, que se alejó apresuradamente. Volvió a fijar la mirada en su acompañante—. Lo siento, ni siquiera se me ha ocurrido preguntarle si tiene a alguien esperándola en casa.
—No. —Julia meneó la cabeza, enfrentándose aún a esta nueva revelación y preguntándose si ésta era una forma sutil por parte de la mujer de preguntarle si estaba disponible—. Y supongo que usted no tendrá un marido en casa esperando a que le dé de comer.
—No. —La teniente sacudió la cabeza, aliviada al ver que la tensión que había entre ellas estaba cediendo un poco—. Estuve prometida hace tiempo, pero por suerte corté antes de llegar a la vicaría.
¡Maldita sea, es hetero! La morena inspectora maldijo su suerte. Afortunadamente, consiguió controlar sus sentimientos.
—¿Es que no lo quería?
—Le tenía cariño, pero no era lo que estaba buscando —fue la delicada respuesta—. Me di cuenta de que había aceptado su proposición por mis padres, más que por mí misma.
—Oh. —Julia sintió que se le volvía a caer el corazón a los pies—. ¿Y sus padres se enfadaron?
—Al final lo entendieron. Lo que más les preocupaba era que fuera feliz —contestó Lena, con los ojos verdes grisaceos centrados por completo en su acompañante—. ¿Usted no tiene a nadie en su vida?
—¿Con mi horario de trabajo? —respondió con una pregunta retórica y una sonrisa divertida en la cara—. No hay mucha gente dispuesta a soportar mis horas. Además, mis padres tuvieron un matrimonio horrible, así que no me atrevo mucho a comprometerme de ninguna manera.
—¿De verdad tuvo una vida familiar tan mala?
Julia estuvo a punto de hacer un comentario sarcástico, pero logró cerrar la boca a tiempo, decidida a no cometer otro error, notando que podía llegar a ser amiga de esta mujer. Se encogió de hombros con más indiferencia de la que sentía, fijando la vista en los cubiertos que estaba toqueteando.
—Ya ha leído mi historial.
—Los historiales son muy fríos e impersonales —fue la apacible respuesta—. Además, sólo cuentan una pequeña parte de la historia completa.
—¿Y usted lo quiere saber todo? —dijo Julia, mirando de frente a su acompañante.
—Sí —asintió Lena, y notó la vacilación de la mujer más baja—. Sé que algunas personas del departamento no la han tratado bien y he oído muchos rumores. Quiero saber si son ciertos o no.
—¿Y se va a creer todo lo que yo le diga? —Era un desafío. Se miraron a los ojos.
—Yo nunca me creo nada —dijo la teniente con sinceridad—. Pero me considero una persona justa. Me gusta juzgar a las personas por lo que veo, no por lo que oigo.
Julia se quedó callada un momento mientras reflexionaba sobre esto. Ya había oído eso mismo en otras ocasiones, pero sabía por experiencia que rara era la persona que no se dejaba influir al menos en parte por los rumores. Sin saber por qué, estaba convencida de que la teniente era una de esas personas.
—Mis padres se divorciaron cuando yo era muy pequeña, así que no me acuerdo muy bien de mi madre. Mi padre obtuvo nuestra custodia, pero cuando no estaba trabajando, estaba bebiendo, así que la mayor parte del tiempo estábamos a nuestro aire —dijo con franqueza. Mentir no servía de nada, según había descubierto muy pronto en la vida.
—¿Es así como acabó relacionándose con las bandas?
—Sí —confesó Julia, sintiéndose un poco deprimida—. Mi padre no estaba nunca en casa, así que la que me cuidaba era mi hermana. Era seis años mayor que yo y andaba en malas compañías en el instituto. En vez de dejarme sola, me llevaba con ella cada vez que salían. Yo pensaba que eso estaba muy bien porque nadie se metía conmigo y tenía un sitio propio.
—¿Qué fue lo que cambió? —Lena estaba genuinamente interesada, y se hizo un silencio momentáneo cuando la camarera llegó a su mesa con la pizza. No le hicieron caso durante un buen rato.
—Yo era la más joven del grupo, algunos de cuyos miembros ya eran adultos, así que me tocaba hacer todos los trabajos sucios porque era menor. Si no hacía lo que querían, me machacaban a palos. Por fin, un día simplemente me harté de que me maltrataran. Me iba bien en el instituto y me habían seleccionado para un equipo universitario de baloncesto. No quería perder eso.
Lena sabía que había algo más que la mujer no estaba contando, pero no la presionó. Lo dejaría para otra ocasión, conformándose con saber que esta mujer era increíblemente fuerte y valerosa. No mucha gente habría sido capaz de librarse de las ataduras que la mantenían atrapada en la pobreza y las bandas. Decidió decírselo.
—Creo que es usted una mujer extraordinaria —dijo Lena, sorprendiendo a la otra mujer—. Hay pocas personas con la fuerza suficiente para apartarse de la clase de vida que usted tenía.
Julia se ruborizó. Nadie le había dicho jamás una cosa tan bonita. Se quedó mirando el trozo de pizza que tenía en la mano, sin saber cómo reaccionar ante el halago.
—¿Y cuál es su historia? —preguntó Julia, intentando desviar la atención de sí misma. Le costaba hablar con objetividad de su vida y sobre todo después de un día tan agotador emocionalmente como el de hoy.
—Tenía una vida de lo más corriente. —Lena se encogió de hombros, consciente de que había llegado el momento de aligerar los ánimos—. Era una de esas chicas de instituto que a todo el mundo le encanta odiar.
—¿Cuál, la estudiante de matrícula de honor o la deportista infalible? —preguntó la morena, dando un bocado a su trozo de pizza.
—Las dos. —La otra mujer se sonrojó, incapaz de mirar a su acompañante, por lo que se concentró en cambio en el trozo de pizza que tenía en la mano—. Cuando era estudiante intentaba ser perfecta, así que no me rebelé hasta que acabé la universidad.
—¿Y qué hizo? —preguntó Julia con curiosidad, tratando de imaginarse a su severa acompañante como una gamberra.
—Me metí en la policía —fue la solemne confesión, y la morena inspectora estuvo a punto de atragantarse con la comida. Miró al otro lado de la mesa y vio una sonrisa cautelosa en la cara de la peliroja—. Puede que no le parezca gran cosa, pero para mis padres fue muy fuerte. Tenían ciertas expectativas y ambiciones para mí que no incluían hacer la ronda.
—¿Cuánto tiempo tardaron en perdonarla?
—Creo que cualquier día de estos se darán cuenta de no es una simple fase.
Julia miró a su acompañante, vio su sonrisa y no pudo evitar sonreír a su vez. Volvió a maravillarse por el cambio que se producía en los rasgos marcados de la mujer con una simple expresión.
—¿Le dan la lata con ese tema?
—No, la verdad es que se han portado muy bien con todo el asunto, aunque sé que les gustaría que me dedicara a otra cosa —dijo Lena con sinceridad. Tragó un bocado de pizza antes de volver a hablar—. ¿Qué pensó su familia cuando usted se hizo policía?
La pregunta fue recibida con un largo silencio, y la teniente empezó a creer que su acompañante no iba a contestar. No sabía que la morena inspectora estaba tratando de dar con la respuesta adecuada.
—A mi padre le dio igual —reconoció vacilando—. Prácticamente nos abandonó cuando yo estaba en el instituto y la verdad es que no forma parte de mi vida desde entonces.
—¿Y su hermana?
Julia tardó un buen rato en contestar esa pregunta. Se quedó mirando su pizza fijamente. ¿Cómo puedo explicarle mi relación con mi hermana mayor? Era tan complicada, pero tan simple a la vez.
—Katya no se lo tomó muy bien —dijo despacio, sabiendo que su acompañante estaba esperando a que hablara—. Pensó que me había pasado al enemigo, que la había traicionado. No la he visto desde entonces.
—¿Cuánto tiempo hace de eso? —quiso saber Lena.
—Dos años —confesó la morena, muy colorada.
—¿Por qué tardó tanto en decírselo?
—Supongo que porque sabía lo que me iba a decir —reconoció Julia con un suspiro—. Y quería esperar a saber con seguridad que ser policía era lo mío. Lo último que quería era que me lo restregara por la cara si no salía bien.
Por raro que pareciera, Lena comprendía los sentimientos de la otra mujer. Ella tenía los mismos temores cuando entró en el cuerpo, temerosa de fracasar o, peor aún, de darse cuenta de que se había equivocado. No quería tener que reconocer ante nadie que había metido la pata, pero por suerte había descubierto que no sólo le gustaba ser policía, sino que además lo hacía bien.
—Si no le importa que se lo pregunte, ¿por qué quiso ser policía?
Julia comprendía el motivo de la pregunta. Era poco frecuente que una persona pasara de tener problemas con la ley a hacerla cumplir. A veces ni ella misma lo comprendía del todo.
—No lo sé —fue la sincera respuesta—. Supongo que un día me desperté harta de tener que estar siempre vigilando por encima del hombro. Quería ver cómo era estar al otro lado durante un tiempo y descubrí que me gustaba.
Lena se quedó callada, pues no quería presionar a su acompañante para que le diera más información personal, temerosa de ahuyentarla. Sabía lo que decía el historial de la mujer y había leído la redacción de la joven explicando su deseo de formarse como agente de la ley. Las conmovedoras palabras habían sido el motivo de que la mujer más joven hubiera sido admitida en la academia de policía. El encargado de reclutamiento se había quedado impresionado, y al leer la redacción, la teniente comprendió por qué.
—Bueno, pues me alegro de que lo hiciera —dijo por fin, rompiendo el silencio. Julia miró a la mujer. Esperaba que la teniente dijera algo, lo que no se esperaba era que dijera eso. Por un momento se miraron a los ojos y el corazón volvió a temblarle en el pecho.
—Yo también me alegro de haberlo hecho —dijo en voz baja, y hubo una pausa en la conversación mientras se concentraban en la comida.
—He leído en su historial que juega al baloncesto. —Cuando Lena rompió el silencio fue para introducir un tema de conversación más ligero—. ¿En qué posición?
—Escolta —contestó Julia, aliviada de poder hablar de algo menos emocional—. ¿Usted juega?
—Sí.
—Pívot, ¿verdad?
—No cuesta mucho adivinarlo. —Lena arrugó la nariz con expresión risueña—. Tuve beca completa para la Universidad de Southern California.
—¿Y no pensó en jugar profesionalmente? —Si la mujer era tan buena jugadora de baloncesto como policía, Julia pensaba que podría haber hecho carrera como profesional.
—En aquella época no había una liga profesional femenina —dijo la teniente encogiéndose de hombros—. Tuve ofertas del extranjero, pero para mí sólo era un deporte que me encantaba practicar. No lo quería como profesión.
—A lo mejor podemos echar un partido de uno contra uno en alguna ocasión —propuso Julia—. Hay un par de canchas junto al aparcamiento y la comisaría del centro tiene un gimnasio.
—Me gustaría —asintió Lena, y la otra mujer se alegró de habérselo propuesto.
Durante el resto de la cena charlaron de cosas impersonales, y Lena se alegró de averiguar que aunque tenían gustos muy distintos en algunas cosas, también tenían algunos intereses en común. Para cuando regresaron caminando a la comisaría, las dos mujeres estaban relajadas y a gusto la una en compañía de la otra.
—Escuche, conozco a alguien que tiene abono de temporada para los Sonics, así que puede que consiga asientos para algún partido. ¿Le gustaría ir? —preguntó Lena cuando llegaron al aparcamiento donde habían dejado los coches. La velada había ido tan bien, a pesar de los pequeños escollos, que tuvo el valor suficiente de dar el siguiente paso.
—Me encantaría —aceptó Julia con entusiasmo. La idea de ir a un partido de los Sonics y estar con esta mujer era una combinación que no estaba dispuesta a rechazar por nada del mundo.
—Bien, pues nos vemos el lunes por la tarde. —Lena se sentía sorprendentemente contenta, y la morena se despidió agitando la mano antes de montarse en su jeep negro.
Lena esperó en su propio coche gris a que la otra mujer hubiera emprendido su camino. Estaba de buen humor. Un humor que ni siquiera las presiones de su trabajo conseguían quitarle. Durante todo el trayecto de vuelta a su piso estuvo canturreando una boba canción infantil.

kristh06

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por kristh06 el Miér Jul 19, 2017 10:45 pm

Capitulo 2 Parte 3
Julia tenía el fin de semana libre, pero el sábado por la mañana volvió a la sala de inspectores para comprobar en Internet y ver los faxes, con la esperanza de obtener alguna respuesta a las peticiones que había enviado el día anterior. Se animó un poco por una respuesta que recibió de las autoridades canadienses del otro lado de la frontera, solicitando una fotografía actual del niño en cuestión.
Aprovechando las fotografías que había sacado Janice el día anterior, eligió la mejor y se la mandó por correo electrónico. Sabiendo que podrían tardar en responder, fue en coche a la oficina del forense. Aunque era sábado y en teoría estaba cerrada, dio con un ayudante del forense que estaba trabajando.
—Ha venido a preguntar por el niño desconocido —dijo el joven de pelo amarillo de punta, llevándola por el edificio hasta el almacén donde se guardaban los cadáveres.
—Sí, ¿qué me puede decir? —quiso saber, observando mientras el hombre se detenía ante una mesa de acero. Levantó la sábana blanca para destapar la cara blanca del niño muerto y luego cogió un portapapeles sujeto al costado de la mesa.
—Acabamos de hacer el examen preliminar, pero la causa de la muerte fue definitivamente estrangulación mediante lo que por ahora parece ser un objeto de tela, una toalla, una camisa, algo así.
—¿Fue agredido sexualmente? —quiso saber ella.
—Sí. —El hombre se mostraba franco y frío en su análisis. Como la policía, las personas que trabajaban en la oficina del forense tenían que aprender a hacer frente a las atrocidades que llegaban cada día en los furgones de carne. No podían pensar en el cuerpo tendido en la mesa de acero como en el padre o el hijo de alguien. Para ellos sólo era un objeto de interés clínico y nada más.
Julia escuchó atentamente la lista de daños que recitó el forense, tomando notas en el cuaderno que siempre llevaba encima. Sus ojos observaban atentos mientras le iba indicando cada golpe o lesión concretos. Al final, se fue entristecida y asqueada por el maltrato que parecía haber sufrido el niño durante las horas y los días que habían culminado en su muerte.
—¿Qué opina? —preguntó el joven, cerrando de golpe el informe de la víctima y mirando a la joven inspectora.
Era más guapa que cualquiera que hubiera conocido desde hacía mucho tiempo, y desde luego era más fácil de trato que los demás miembros de la Unidad de Homicidios, que siempre lo trataban con desdén a causa de su aspecto y su edad. Ninguno de ellos sabía que se había graduado el primero de la clase en la Facultad de Medicina.
—Está claro que es un depredador sexual —dijo la morena inspectora con aire pensativo—. Nadie que le haga esto a un niño está en su sano juicio.
El hombre asintió, volviendo a pasear la mirada por la mujer.
—Escuche, no sé en qué situación está en estos momentos, pero si está disponible, me preguntaba si le gustaría salir conmigo alguna vez. —El joven sabía que no tenía nada que perder por intentarlo.
—Gracias por el ofrecimiento, pero no estoy disponible. —Julia había aprendido que lo mejor era rechazarlos con delicadeza. Era muy privada con su vida personal y nunca reconocía abiertamente su sexualidad ante nadie. Había aprendido que era más fácil inventarse un novio que explicar que prefería a las mujeres. También tenía muchas menos consecuencias.
—Muy bien. —El hombre se tomó el rechazo sin sentirse insultado—. Es un tipo con suerte.
Julia se limitó a sonreír.
—Eso me gusta pensar.
Esos breves momentos iban a ser los más agradables que tendría durante el resto del día. Al regresar a la comisaría tenía una respuesta de los canadienses y averiguó que el niño ahora tenía nombre. Cogió el teléfono y marcó el número de su equivalente al otro lado de la frontera.
—No estamos seguros al cien por cien, pero su foto coincide con la de un niño que desapareció hace unos ocho meses —dijo el inspector del cuerpo de policía de Vancouver cuando se hubieron presentado formalmente.
—¿Tienen un sospechoso? —quiso saber Julia.
—Sí, lo teníamos, pero no había pruebas concretas y no pudimos retenerlo. Luego pareció desvanecerse sin más. —La voz del teléfono sonaba apesadumbrada—. ¿Cómo han encontrado al niño?
Julia describió con detalle el lugar del crimen y las lesiones halladas en el niño. Hubo unos segundos de silencio mientras la voz sin rostro digería la información.
—El sospechoso tenía parientes lejanos en Seattle —dijo el agente con tono pensativo—. Les pedimos a ustedes que hicieran una comprobación y se entrevistaran con ellos. El informe que nos llegó decía que estaban limpios.
Julia tuvo una sensación de horror sólo de pensar que sus colegas no hubieran hecho un trabajo lo bastante concienzudo. Tal vez las personas que habían entrevistado a estos parientes no habían mostrado interés por su tarea. No quería creer que este niño hubiera perdido la vida porque alguien no se había preocupado. Intentó no pensarlo.
—Bueno, avisaremos a la familia. Seguro que quieren ir allí para reclamar el cuerpo —dijo el inspector de Vancouver, y Julia supo instintivamente que al hombre no le apetecía nada enfrentarse a esa penosa tarea.
Estuvieron hablando un poco más y Julia obtuvo más información antes de colgar. Sabía que tenía una pista sólida y que tenía que actuar deprisa. Llamó a la teniente al busca y luego llamó a la oficina del fiscal del distrito, tras lo cual se sentó y esperó impaciente a que las cosas se pusieran en marcha.
lena estaba en el gimnasio cuando sonó su busca. Reconoció el número y llamó inmediatamente con su móvil. Escuchó en silencio mientras la inspectora morena la ponía al corriente del caso.
—Llame a la fiscalía y ocúpese de conseguir una orden de registro —dijo la teniente distraída, pensando en todos los detalles que había que organizar.
—Ya lo he hecho —replicó la morena inspectora.
—Muy bien —dijo Lena, mirando el reloj—. Estaré ahí dentro de treinta minutos.
—De acuerdo —asintió Julia, pero la jefa ya había colgado.
La teniente tardó menos de treinta minutos en llegar a comisaría, y el fiscal no tardó mucho más en convencerse de la necesidad de emitir una orden de registro. Lena llamó al juez que estaba de guardia ese fin de semana mientras Julia se encargaba de que varios coches patrulla estuvieran preparados.
En cuanto el juez consintió en firmar los papeles, Julia salió corriendo para recoger la orden y Lena se encargó de que varios inspectores más del Tercer Grupo los acompañaran. A las pocas horas estaban ante el porche de entrada de una casa vulgar y corriente de un vecindario cercano al lugar donde habían encontrado al niño.
La desprevenida pareja que respondió a su llamada no tuvo tiempo de comprender qué estaba pasando. Se les entregó la orden de registro y luego fueron escoltados hasta un coche patrulla para llevarlos a comisaría para ser interrogados, mientras los agentes de paisano y de uniforme se desplegaban por toda la casa.
Era evidente que la pareja vivía arriba y que el hombre les había alquilado las habitaciones del sótano. Si creían que iban a encontrar una mina de oro en pistas se vieron tristemente defraudados. El apartamento amueblado estaba inmaculado y no había ningún objeto personal en ninguna de las pequeñas habitaciones.
—No toquen nada —advirtió Julia—. Quiero que vengan los de huellas para repasar cada centímetro cuadrado y cuando acaben quiero destripar este sitio, trozo a trozo si es necesario.
Los demás asintieron. Resultó ser un día muy largo, pues Julia se quedó allí para asegurarse de que no se cometía ningún error. En cuanto el equipo de huellas hubo terminado, cerró el apartamento y dejó a un agente en la casa para impedir que nadie se acercara al lugar.
—Empezaremos otra vez mañana —informó a sus colegas, quienes asintieron y, aunque la mayoría de ellos habían terminado sus turnos y se fueron a casa, ella regresó a comisaría para interrogar a sus dos testigos.
Ya estaba entrada la noche cuando terminó ambas entrevistas. Aunque el hombre no había dicho prácticamente nada, la mujer no estaba tan dispuesta a proteger a su ex inquilino. Con unas cuantas preguntas, Julia averiguó que Lucas Andersen había vivido en el apartamento del sótano durante cuatro meses con un niño a quien había presentado como hijo suyo. Se le endurecieron las facciones mientras tomaba nota de las respuestas de la mujer a sus preguntas.
Lena seguía en su despacho de la sala de inspectores trabajando en un papeleo cuando Julia llamó a su puerta después de interrogar a la pareja. Hizo un gesto a la otra mujer para que entrara y la menuda inspectora así lo hizo, dejándose caer en una silla vacía. La teniente se dio cuenta de que la inspectora morena estaba casi exhausta.
—¿Qué ha averiguado?
—El hombre se niega a decir nada, lo cual me lleva a pensar que sabe algo. Su mujer, por otro lado, no quiere que pensemos que ha tenido nada que ver en este asunto.
—¿Y qué ha conseguido sacarle? —quiso saber Lena, reclinándose en su silla.
—La mujer ha dicho que Lucas Andersen estuvo viviendo en el apartamento estos cuatro últimos meses —dijo Julia, informando de lo que había averiguado—. No se conocían antes de que llegara, aunque el hombre había mantenido contacto regular con su marido durante varios años.
—¿No hubo nada que les pareciera raro? —Lena sentía curiosidad y no se creía del todo que esta pareja fuera inocente.
—Se creyeron la historia que les contó —dijo la morena inspectora, encogiéndose de hombros—. Lucas les dijo que estaba separado y que había obtenido la custodia del hijo. Vino a vivir a Seattle porque quería alejarse de los tristes recuerdos y empezar de nuevo. Les pagaba cuatrocientos dólares al mes de alquiler, tenía un trabajo estable y llevaba al niño al colegio todos los días. Aparte de eso, la mujer ha dicho que en realidad no tenía mucho contacto con el hombre ni con el niño. Le parecían raros.
—¿Cómo raros?
—Bueno, dijo que Lucas era sencillamente siniestro y que el niño, al que llamaban Peter, era anormalmente callado para ser un niño. Dijo que era casi como si tuviera miedo.
—¿Y eso no le parecía extraño? —Lena apenas pudo contener su desprecio.
—Pensaba que el niño sufría malos tratos por parte del padre —asintió Julia, revelando lo que había dicho la mujer.
—¿Y por qué no lo denunció?
—No lo ha dicho, pero por la conversación, tengo la impresión de que su propia situación con su marido no es mucho mejor.
Lena dedicó unos momentos a digerir esta información, con los ojos verdes grisaceos pensativos mientras miraba a la morena sentada al otro lado de la mesa. Le entraron ganas de invitar a la joven a cenar, pero desechó la idea. Era casi medianoche y la joven inspectora parecía totalmente agotada.
—¿Qué excusa dio para marcharse? —quiso saber la teniente, volviendo al tema que las ocupaba.
—Les dijo que el niño echaba de menos a su madre y que él necesitaba ver a su ex mujer para intentar resolver sus problemas —contestó la inspectora—. La mañana en que encontramos el cuerpo, fue a verlos y les dijo que tenía que volver a Vancouver. Había tenido una llamada de su abogado diciéndole que tenía que presentarse en el juzgado para revisar el acuerdo de custodia. La mujer dijo que había dejado su trabajo y que iba a recoger al niño al colegio y emprender el viaje desde allí.
—¿Hemos avisado a los puestos fronterizos? —preguntó Lena.
—He conseguido el número de matrícula y la descripción del vehículo del sospechoso y me he puesto en contacto con aduanas. También he avisado a nuestros vecinos del norte de que podría estar volviendo en esa dirección —dijo Julia, detallando lo que estaba haciendo.
—¿Y nuestros huéspedes?
—Los he soltado, pero les he dicho que estén disponibles o serán considerados sospechosos. Les he dicho que busquen otro sitio para dormir esta noche.
—Bien —asintió la teniente, con un surco pensativo entre las cejas—. ¿Usted cree que dicen la verdad?
—Sí —dijo Julia con seguridad—. El hombre está claro que oculta algo, pero la mujer está aterrorizada. No paraba de preguntar si iba a ir a la cárcel. Tengo la impresión de que Lucas Andersen no le caía bien, de hecho, cuando se enteró de por qué lo estábamos buscando, casi se puso histérica.
Lena asintió pensativa. No estaba segura de que soltar a la pareja fuera lo más conveniente, pero confiaba en el juicio de la inspectora. Se echó hacia atrás en la silla y miró a la otra mujer. Parecía que no podía dejar de mirarla.
—¿Ha acabado por esta noche?
—Iba a repasar unos informes más —empezó a decir Julia, pero se vio interrumpida.
—Déjelos, está cansada. Váyase a casa y duerma un poco.
Julia asintió. Por un instante tuvo la esperanza de que la teniente le ofreciera salir a cenar otra vez, pero la peliroja se limitó a darle las buenas noches. Regresó a su apartamento vacío sintiéndose más sola de lo que se había sentido en mucho tiempo.
Se había acostumbrado a vivir por su cuenta. Desde que su hermana fue enviada a la cárcel cuando ella tenía dieciséis años. Para sobrevivir, trabajaba en dos cosas al salir del instituto y los fines de semana, consiguiendo meter apenas los entrenamientos de baloncesto entre los dos. Le ayudó que su entrenador conociera a su jefe y que los dos hombres comprendieran su situación y admiraran su talento.
Varias universidades se habían interesado por ella, pero ninguna le había ofrecido una beca, por lo que acabó asistiendo a la escuela universitaria local. Pero la presión de trabajar e ir a clase le resultó excesiva y dejó el equipo y por fin las clases. Tras pasar de un trabajo a otro, se presentó al examen de ingreso en la policía y aprobó. Ahora, después de siete años, sabía que éste era su sitio.
Suspiró, avanzando por el apartamento a oscuras y encendiendo unas cuantas luces para alegrar el ambiente. La cantidad de trabajo que tenía le dejaba poco tiempo libre para socializar a cualquier nivel. Había salido y había tenido alguna que otra relación, pero todas habían sido superficiales. No sabía a qué estaba esperando o qué buscaba siquiera en una compañera, por lo menos hasta ahora.
Se quitó la camisa y la echó en el cesto de la ropa sucia del cuarto de baño. Era extraño, pero por primera vez quería lo mismo justamente que había estado evitando hasta ahora. Había tenido miedo de sufrir, y sin embargo, ahora estaba dispuesta, casi deseosa de correr ese riesgo. Se quedó mirándose al espejo.
Llevaba mucho tiempo huyendo de lo que creía que podía llegar a ser. Todas las personas de las que había dependido alguna vez la habían abandonado. Todas las personas en las que había confiado la habían traicionado de una forma u otra, y durante mucho tiempo se había preguntado si alguna vez sería capaz de romper ese muro que se levantaba cada vez que conocía a alguien que pudiera interesarla. Curiosamente, ese muro se desintegró por completo en el momento en que vio a Lena Katina por primera vez.
Suspiró, abriendo los grifos y dejando correr el agua. Metió las manos bajo el chorro y luego se echó agua en la cara, volviendo a mirarse al espejo mientras las gotas le resbalaban por las mejillas. Se preguntó si estaba siendo una estúpida.
La mujer había dicho que había estado prometida, de modo que parecía probable que prefiriera a los hombres, pero había algo en sus ojos cuando se miraban que le hacía pensar que no. No era una inocente que no supiera qué estaba pasando. Había tenido bastantes amantes de ambos sexos, aunque hacía mucho tiempo que había reconocido que era lesbiana. Durante mucho tiempo se había visto obligada a hacer un papel contrario a su naturaleza, tal vez a la teniente le había sucedido lo mismo.
Cerró los grifos y se secó la cara. Tenía hambre, pero estaba demasiado cansada para prepararse algo, de modo que llamó al local de servicio a domicilio y encargó una pizza. No era una dieta sanísima, pero en estos momentos eso era lo último que le importaba. Apenas logró mantenerse despierta hasta que llegó la comida y poco después de comer se quedó profundamente dormida en el sofá, con la televisión encendida como telón de fondo.
Lena había tenido la tentación de volver a invitar a la mujer más joven a cenar, pero resistió dicha tentación. Tenía que tener cuidado, y por mucho que le interesara esa mujer, no podía permitir que alguien lo interpretara como favoritismo. Era un dilema que estaba decidida a sortear.
Dejó la comisaría poco después que la inspectora y regresó a su piso vacío del extremo suroeste de la ciudad. Siempre había disfrutado de la paz y la tranquilidad después de un largo día de trabajo, pero ahora lo veía como algo más que un refugio contra el mundo. Hoy lo veía como un lugar vacío y solitario.
Dejó el maletín en la mesita y se dejó caer en el sofá, contemplando la habitación con sus ojos verdes grisáceos. Una de las cosas que le gustaban de vivir sola era que nunca tenía que llegar a un compromiso con nada. Podía decorar como quisiera y dejar la cama sin hacer por la mañana si así lo deseaba. No es que lo hiciera, porque era una persona ordenada por naturaleza, pero saber que podía era lo que le daba la libertad que creía necesitar.
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, dándose cuenta con pasmosa claridad de que renunciaría a todo ello al instante con tal de estar con cierta inspectora morena de ojos azules. Meneó la cabeza, preguntándose si de eso trataba el amor. Del deseo de abandonar todo lo que uno más quería por estar con esa persona.
Suspiró y luego se levantó del sofá y se arrastró hasta la cocina. Un meticuloso registro de la nevera y los armarios no reveló nada de interés y tras una ligera discusión interna, se conformó con calentar una lata de sopa de verduras. Era un alimento nutritivo pero insípido y decidió que iba a tener que hacer la compra, cosa que siempre detestaba. Claro, que eso tendría que esperar hasta después de que visitara a sus padres. Había prometido ir a su casa a media mañana al día siguiente.
Distraída, contempló la idea de llamar a la inspectora Volkova e invitarla a ir con ella. En cuanto se le ocurrió, lo desechó. Era demasiado pronto para pensar en que Julia conociera a su familia. Demasiado pronto para darle una idea a la mujer del tipo de familia en la que iba a entrar. Lena sacudió la cabeza, sin poder creerse del todo las ideas que estaba teniendo.
Estás chiflada, se regañó a sí misma. Acababa de conocer a la mujer y su relación fuera del trabajo se limitaba a una cena en un restaurante barato. Eso ni siquiera era una cita, así que ¿por qué estaba planeando ya un futuro con esa mujer? Una mujer a quien prácticamente no conocía. Existía incluso la posibilidad de que Julia ni siquiera fuera lesbiana, o peor aún, que no tuviera interés en tener una relación, aunque había visto una expresión en los ojos de la chica que alimentaba sus fantasías. Y efectivamente, fantaseó, permitiéndose el placer de imaginarse cómo sería estar juntas en la cama.



kristh06

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por kristh06 el Dom Jul 30, 2017 10:46 pm

Capitulo 3 Parte 1
Me preguntó qué estará haciendo Lena, pensó Julia mientras paseaba por el apartamento del sótano observando al equipo de registros, que estaba volviendo metódicamente el lugar patas arriba. Es domingo, así que seguro que ha salido con sus amigos, decidió, sintiéndose fatal.
Había tenido la esperanza secreta de que la teniente apareciera en la escena, pero había reconocido que la mujer seguramente tendría una docena de cosas mejores que hacer que pasarse el día registrando una casa de clase media, buscando pistas sobre el asesinato de un niño de ocho años llamado Tommy Kennedy. Con un suspiro, dejó todas sus reflexiones sobre la mujer alta y peliroja y se concentró en lo que estaba haciendo.
El informe inicial del equipo de identificación era que habían conseguido levantar muchas huellas claras del lugar. Huellas que coincidían con las del sospechoso y su víctima. No obstante, sabía que el fiscal iba a querer un caso absolutamente sólido.
Esa mañana había sido la primera en presentarse en la escena, había delimitado cuidadosamente las zonas del apartamento y había asignado un agente individual a cada sección, con instrucciones de mover todo lo que se pudiera mover. Eso incluía alfombras y paneles de contrachapado o techos falsos. Ya era mediodía y llevaban tres horas de registro cuando la llamaron al dormitorio.
—Creo que he encontrado algo —exclamó un joven patrullero, y Julia miró el agujero de la pared que estaba señalando y que había estado tapado con un pequeño panel mal clavado—. Creo que ahí detrás hay un espacio.
La menuda inspectora se echó en el suelo y metió la cabeza por el agujero, que era lo bastante grande para que entrara un niño o un adulto de pequeño tamaño. Encendió la linterna y observó el pequeño cubículo. Había una manta, una almohada, algunos platos sucios y restos de comida. Había incluso un pequeño cubo cuyo contenido emitía un hedor horrible que le revolvió el estómago.
Era evidente lo que era este sitio. Tommy no estaba en el colegio cuando Lucas Andersen estaba trabajando. Por el contrario, el niño había estado oculto, preso en este espacio diminuto entre la pared y los cimientos.
—Necesito una cámara —dijo, sacando la cabeza y volviéndose hacia la habitación, y sus ojos se posaron en Janice, que esperaba pacientemente al fondo. La mujer asintió y cambiaron de sitio, pero la otra mujer era demasiado grande para meter los hombros por la estrecha abertura.
—Lo siento, sargento, pero no quepo, necesitas a alguien más pequeño. —La mujer meneó la cabeza y luego miró a la menuda inspectora con aire calculador—. Tú podrías caber.
—Ni hablar, yo no soy fotógrafa —protestó Julia automáticamente, pero ésa no era la razón de que no quisiera meterse en el zulo. El olor y la estrechez le revolvían el estómago.
—Ah, vamos, si es muy fácil, mira, te enseño lo que tienes que hacer, enfocas y disparas. —La fotógrafa se lo demostró haciendo unas cuantas fotos. Era sencillo y no había excusa para que Julia no volviera a meterse ahí dentro. Ninguna salvo la cobardía.
Miró por la habitación y vio las caras de los demás agentes. La miraban expectantes, aguardando su decisión. Estaba al mando de esta investigación y no podía pedirle a ninguno de ellos que hiciera algo que ella no estuviera dispuesta a hacer. Suspirando, le quitó la cámara a su amiga de las manos.
—Espero que alguien tenga a mano el número del parque de bomberos para cuando me quede atrapada —murmuró derrotada. Esto hizo reír levemente a los presentes.
—Así tendrías una buena excusa para tomarte un par de días libres —sonrió Janice, levantando la mano como si estuviera hablando por teléfono—. Oiga, teniente, hoy no puedo ir a trabajar, estoy un poco pillada.
—Sí, ya. —Julia meneó la cabeza, intentando no sonreír, pero le resultó imposible. Siguió meneando la cabeza mientras se quitaba la ropa hasta quedarse sólo con una fina camiseta de tirantes y los boxers. Levantó la mirada y vio que varios de los patrulleros sonreían disimuladamente—. No quiero oír un sólo comentario al respecto. Además, soy chica, se supone que me tienen que gustar las cosas con corazoncitos —les advirtió con cara seria, al tiempo que los corazoncitos de su ropa interior provocaban varias risitas. Nadie le contestó, pero nadie dejó de sonreír tampoco.
No les hizo ni caso y se concentró en cambio en respirar hondo varias veces antes de echarse en el suelo y deslizar su esbelto cuerpo por el agujero. Le costó entrar, y repasó mentalmente cada movimiento que había hecho, sabiendo que al final iba a tener que salir de esta prisión.
—Todo va a ir bien —rezó en voz baja, acurrucándose contra el frío cemento de los cimientos y las vigas de la casa. Se le ocurrió pensar que esta casa tenía una construcción extraña, y tomó nota mental para recordarse a sí misma que debía comprobar quién la había construido.
En el zulo no sólo olía mal, sino que además hacía calor, y no tardó en notar pequeños chorros de sudor que le resbalaban por la piel desnuda. Cuando avanzó todo lo que pudo, empezó a sacar fotografías, colocando la cámara en diversos ángulos para sacar todas las tomas posibles. Cuando se terminó el carrete, le devolvió la cámara a la fotógrafa de la policía, que había asomado la cabeza por el agujero.
—Voy a empezar a pasar pruebas —avisó—. Asegúrense de que todo queda debidamente etiquetado y registrado.
Así emprendió la desagradable tarea de vaciar el zulo de su contenido. No tuvo mucha oportunidad de examinar lo que cogía, pues lo único que deseaba era terminar el trabajo y salir de esta prisión sofocante. Tardó más de una hora en sacar hasta el último de los objetos y para cuando volvió a salir a la habitación, estaba sudando a chorros. Se quedó tumbada en el suelo un buen rato, respirando profundamente para intentar recuperar la calma.
—¿Estás bien, sargento? —Abrió los ojos y vio un par de risueños ojos verdes que la miraban desde arriba, y por un instante pensó que se trataba de otra persona, pero luego sus ojos se fijaron en el resto de la cara y vio que era Robert Newlie. Como muchos otros, se había ofrecido voluntario durante su tiempo libre para ayudar con este caso—. Hoy estás preciosa. Creo que nunca había visto un atuendo así en el trabajo.
—Ni una palabra más —le advirtió con vehemencia, incorporándose y moviendo el cuello—. ¿Dónde están las pruebas?
—Todo está etiquetado, en cajas y dentro de un coche patrulla para llevarlo a comisaría —dijo el patrullero, y Julia asintió agradecida, mirando a su alrededor mientras se esforzaba por ponerse en pie, sin darse cuenta de que la fotógrafa lo estaba pasando en grande sacando varias fotografías únicas de la inspectora en ropa interior.
—¿Lo hemos repasado todo?
—Sí —asintió el hombre, sin dejar de distraer a la mujer menuda—. El agente Bagley encontró varias cajas de fotografías junto a los cubos de basura. Las ha enviado a la oficina para que las analicen.
—Gracias. —Julia se alegraba de que estos hombres supieran lo que había que hacer. Los casos como éste sacaban a la luz lo mejor de todo el mundo, y cada agente estaba teniendo un cuidado extra, dedicando a este caso más atención que si se hubiera tratado de un vagabundo de la calle.
Cogió su ropa de la cama y aunque habría preferido ducharse antes de volver a vestirse, no tenía elección. Tendría que sentirse sucia hasta que volviera a comisaría.
Una vez vestida, volvió a recorrer el apartamento, observando el desastre que habían dejado atrás. Ahora mismo, le importaba muy poco la destrucción. Su pensamiento se concentraba únicamente en el niño que estaba echado en una mesa de acero en la oficina del forense.

El almuerzo de los domingos era una tradición familiar en la que sus padres invitaban a toda la familia a su casa para comer y jugar. Como era de esperar, todo el mundo estaba allí, sentado alrededor de la gran mesa del comedor y disfrutando de la enorme comida fría que habían preparado.
El ambiente estaba muy animado, y Lena descubrió que lo estaba disfrutando más de lo que preveía. Se cruzaban bromas y burlas amables y luego hubo una seria conversación sobre varios de los casos que estaban en esos momentos en los tribunales.
—Me alegro de que hayas venido —dijo Inessa, sentándose en una silla al lado de su hija. Los adultos habían pasado a la sala de juegos. Su padre y sus hermanos estaban enzarzados en una partida de billar mientras sus esposas miraban y charlaban. Los niños estaban jugando tranquilos en otro rincón de la sala—. Echaba de menos tenerte aquí.
—Y yo echaba de menos estar aquí —dijo Lena con sinceridad y cogió la mano de su madre entre las suyas, lo cual hizo sonreír a la mujer de más edad.
—¿En serio? —A Inessa le sorprendió esta confesión.
—Sí —le aseguró la mujer más alta con una sonrisa que su madre le devolvió, y las dos se quedaron calladas un momento cuando un estallido de carcajadas celebró una jugada ridícula realizada por su padre.
Inessa observó el perfil de su hija. La chica era tan guapa que a veces se asombraba de haber dado a luz a una hija de aspecto tan magnífico. Claro, que los chicos eran todos guapos, pero su hija tenía algo especial, algo que no conseguía identificar y que hacía que la joven destacara. Miró sus manos, que seguían unidas.
—El otro día estuve hablando con Bertha Hallings —se atrevió a decir la mujer de más edad, rompiendo el silencio que había entre ellas—. Parece ser que su hijo Bert se acaba de divorciar y va a volver a la ciudad. Comentó que todavía te recuerda del colegio.
—Madre, no me interesa —le recordó Lena pacientemente con un leve suspiro. Tal vez se había estado engañando a sí misma al pensar que sus padres habían aceptado la situación—. Soy lesbiana. Eso no va a cambiar.
—Lo sé —dijo Inessa con un suspiro y media sonrisa—. Es que veo a tus hermanos y lo felices que son y no puedo evitar pensar en lo que te puedes estar perdiendo.
—No tengo que ser heterosexual para ser feliz —dijo la mujer más alta con paciencia, consciente de que su madre intentaba comprender—. Además, ¿quién dice que no haya conocido a alguien?
—¿Y es así? —Esto captó por completo la atención de la mujer de más edad y Lena se volvió y vio que su madre la miraba fijamente.
—Sí —asintió, pensando en cierta morena. Se le estremeció el corazón con la imagen.
—¿Cuándo vamos a conocer...la? —Esto último le salió con cierta tensión, y Lena le sonrió a medias y luego le estrechó la mano.
—Todavía no —dijo con sinceridad—. Nos acabamos de conocer y es demasiado pronto.
—¿Pero es especial?
—Mucho. —Eso no era mentira—. Creo que podría ser la persona que estaba buscando. Quiero ir despacio.
Inessa miró a la chica, algo sorprendida por esta confesión. No era natural para su estoica hija mostrarse tan franca con su vida personal. Incluso de niña, Lena era muy retraída y nunca les contaba más de lo que pensaba que necesitaban saber. Había sido aún más cerrada con su vida íntima desde que había salido del armario cuatro años antes y nunca habían conocido a ninguno de sus intereses románticos.
No es que les importara, pues por dentro tenían la esperanza de que su hija estuviera atravesando por una fase en su vida que acabaría pasando. Si se la presionaba, Inessa no iba a mentir: esperaba que Lena conociera a alguien a quien ella considerara más adecuado. Alguien con quien la chica pudiera construir una vida y tener hijos. Alzó la mano y le colocó delicadamente unos mechones de pelo rojo detrás de la oreja.
—Bueno, cariño, cuando estés lista, dínoslo y prepararé una cena.
—Gracias. —La joven agradeció el ofrecimiento, consciente de cuánto le costaba a su madre aceptar la verdad. Agradecía que la mujer lo estuviera intentando.
Su conversación le dio a Lena el repentino deseo de ver a Julia. Al dejar la casa de sus padres, condujo hasta comisaría, pero descubrió que la mujer ya se había ido. Apenas consiguió disimular su decepción, sensación que se incrementó cuando Norm Bridges se acercó a ella al principio de su reunión estratégica a la tarde siguiente.
—Jul me ha pedido que le diga que hoy no puede venir —dijo el veterano inspector, transmitiéndole el mensaje—. Parece que los padres de su víctima van a venir para ver el cuerpo, así que va a estar todo el día en la oficina del forense y probablemente mañana también.
Lena asintió y, reprimiendo su decepción, llamó al orden a los demás inspectores y comenzó la reunión.
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Julia se había visto obligada a hacer frente a situaciones difíciles a lo largo de su carrera, pero ninguna era tan ardua como enfrentarse a los padres de un niño asesinado. Se reunió en la central con Donald Brewster, de la policía de Vancouver, y pasaron un rato repasando el caso antes de dirigirse al hotel donde la joven pareja se alojaba para una estancia de un día.
Los Kennedy eran jóvenes, aún no habían cumplido los treinta, y les iba bastante bien en la vida. Drew Kennedy tenía un puesto en la compañía eléctrica de la provincia, mientras que Alison trabajaba como recepcionista en la consulta de un dentista. En general, su vida había ido bien hasta el día en que su hijo fue secuestrado. Desde entonces había sido un horror, una pesadilla de la que no parecían poder despertar.
Julia esperaba que hoy comenzara el fin de ese sufrimiento, aunque no creía que nadie pudiera recuperarse del todo de lo que esta pareja se veía obligada a soportar. Sabía que para estas personas sería imposible olvidar lo que había ocurrido y se daba cuenta de que al final su vida quedaría inevitablemente marcada.
Advirtió dos cosas nada más conocerlos. Una era que los dos estaban muy enamorados, y la otra era que la tensión de la situación estaba poniendo a prueba ese amor. Esperó con todas sus fuerzas que la pareja siguiera unida, a pesar de que las estadísticas estaban claramente en su contra.
La pareja tenía multitud de preguntas que ella intentó responder con toda la delicadeza posible. Quería ocultar lo peor de la verdad, pero no siempre podía, y notó el dolor que invadía sus ojos cuando se dieron cuenta del terror que su hijo se había visto obligado a soportar. Fue entonces cuando aprendió que a veces no había manera de suavizar algunos golpes.
Julia deseó poder hacer algo para aliviarles parte del dolor, pero no había nada que pudiera consolarlos o prepararlos para la desolación de ver el cuerpo de su hijo. Los sollozos angustiados bastaban para afectar al veterano más endurecido, y notó que a ella misma se le llenaban los ojos de lágrimas. Sólo gracias al férreo control que tenía sobre sus emociones evitó venirse abajo.
Ya anochecía cuando por fin regresó a la sala de inspectores. A excepción de los inspectores Bridges y Howard, que estaban al teléfono trabajando en uno de sus casos, el lugar estaba desierto. Hasta el despacho de la teniente estaba a oscuras. Julia se sintió sola en ese momento, pues había tenido la esperanza de poder hablar con la otra mujer. Había sido un día agotador desde el punto de vista emocional y las imágenes de los desolados padres seguían grabadas en su mente.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó con voz rara.
—Una muerte sospechosa en el distrito de Lakeland —dijo Norm, colgando el teléfono—. Los demás están investigando pistas.
—¿Y la teniente?
—Una reunión con los jefazos. —Se encogió de hombros y de repente entornó los ojos al ver la cara de la joven. Advirtió el malestar que apenas lograba controlar—. ¿Cómo vas?
—Estoy bien —mintió Julia, intentando no parecer débil. Había aprendido bien rápido las consecuencias de mostrar cualquier tipo de vulnerabilidad.
Norm se quedó mirando a la joven. Llevaba tiempo suficiente en la Unidad como para saber el coste emocional que tenía su trabajo. Algunos conseguían aguantar la presión, pero otros se derrumbaban con el estrés. Sabía lo que estaba pasando esta mujer. En el curso de su carrera profesional también él se había encontrado con algunas situaciones que incluso hoy día, años después, hacían que se le llenaran los ojos de lágrimas.
—Si necesitas hablar con alguien, danos una voz —le ofreció el hombre con brusquedad, consciente de que ella no quería pedir ayuda.
—Te lo agradezco —dijo Julia, apreciando el ofrecimiento, aunque sabía que jamás lo aceptaría.
Fue a su mesa y repasó los mensajes que se habían acumulado durante su ausencia. Era innegable que estaba agotada, más cansada que de costumbre. Le habría gustado olvidarse del resto de sus casos, pero las cosas no funcionaban así en Homicidios. Tenía que tener la organización necesaria para poder llevarlos todos al mismo tiempo.
Dedicó las siguientes horas a devolver llamadas y ponerse al día con el papeleo, pues sabía que al día siguiente tenía que presentarse en el tribunal con otro caso. Cuando se preparaba para marcharse, le pasaron la llamada. Era Van Phan, el líder no oficial de los Pequeños Dragones.
Dudó sólo un momento y luego acordó reunirse con él en un restaurante de Chinatown, pues sabía que tal vez no volvería a tener esta oportunidad. Colgó el teléfono y echó un vistazo por la sala, mirando a los otros inspectores que estaban trabajando.
—¿Necesitas ayuda con algo? —preguntó Norm al levantar la mirada y ver su expresión pensativa. Julia dudó un momento y luego decidió no pedirles ayuda.
—No, me llevaré a un par de patrulleros —dijo, cogiendo la chaqueta de la silla—. Que paséis buena noche.
El hombre la miró un momento y luego se encogió de hombros. Julia pilló a una patrulla al salir de la comisaría. En menos de una hora estaba en Chinatown, aparcada en una esquina detrás de un popular restaurante chino.
Lena estaba de pésimo humor cuando regresó a la sala de inspectores. Su reunión con el capitán y los demás tenientes de Homicidios había ido mal y el desprecio que sentía por ellos era evidente en su expresión. En lugar de hacer avances, los hombres se habían pasado la mayor parte del tiempo peleándose unos con otros.
Echó un vistazo por la sala al entrar. Estaba vacía salvo por los inspectores Bridges y Howard, que estaban tomando café y discutiendo sobre un caso en el que estaban trabajando. Sabía dónde estaban los demás inspectores, o al menos creía saberlo. Un ceño le arrugó la frente.
—¿Aún no ha vuelto la sargento Volkova? —preguntó al inspector veterano.
—Sí, pero se volvió a marchar hace como una hora —contestó Norm.
Lena asintió, no muy contenta. Había tenido la esperanza de ver a la mujer antes de irse a casa. Meneó la cabeza mentalmente, preguntándose qué demonios le estaba pasando. No podía pasar ni siquiera un día sin ver a la mujer.
Dioses, qué fuerte te ha dado, masculló por dentro, y se dirigió a su despacho, pero se detuvo a los pocos pasos.
—¿Ha dicho la inspectora Volkova dónde iba?
—No —dijo el veterano, haciendo un gesto negativo con la cabeza canosa—. Lo único que ha dicho es que iba a reunirse con Van Phan, de los Pequeños Dragones.
—¿Quién iba con ella?
—Se ha llevado una patrulla como refuerzo.
—¡Dios! —exclamó Lena enfurecida, y sus ojos verdes grisaceos se pusieron más pálidos—. ¿Pero cómo demonios se le ocurre?
La pregunta no buscaba respuesta, y entró con paso decidido en su despacho, parándose únicamente para tirar el maletín sobre la mesa antes de coger el teléfono y llamar al sargento de guardia. Esperó impaciente a que contestara al teléfono.
—¿Qué unidad ha salido con la inspectora Volkova? —ladró en el teléfono.
—La treinta y siete —fue la sobresaltada respuesta.
—¿Dónde están?
—En la 97 con Dover en Chinatown.
—Si tiene alguna noticia de ellos, quiero que me lo comunique inmediatamente —le ordenó Lena a la voz sin rostro—. También quiero saber cuándo los suelta la inspectora Volkova.
—Sí, señora —balbuceó el hombre, y luego oyó el estampido del teléfono al ser colgado.
Maldita sea esa mujer, pensó Lena furiosa, sabiendo que no iba a poder marcharse hasta que supiera que la inspectora estaba bien. No comprendía en qué estaba pensando la morena. La llamada a su puerta interrumpió su diatriba silenciosa.
—Pase —ladró, alegrándose de tener algo que la distrajera, al menos temporalmente.
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Jimmy Chow's era un restaurante popular entre los pandilleros. Una persona menos segura de sí misma se habría puesto nerviosa al entrar sola en el restaurante, pero Julia estaba familiarizada con todo aquello. Había pasado toda su vida entre bandas y sabía cómo comportarse. Además, tenía la patrulla aparcada en la calle a la espera de que volviera.
—¡Phan! —Saludó con la cabeza a un hombre delgado que estaba sentado en un reservado en el rincón del fondo del restaurante. Lo reconoció por la cicatriz en forma de media luna que iba del ojo izquierdo hasta la mandíbula. Un recordatorio para toda la vida de una pelea con navajas que casi había perdido.
—Sargento Volkova,  me alegro de volver a verla —dijo el hombre delgado, saludándola a su vez con una inclinación de cabeza. Movió la mano, indicando a los hombres que estaban sentados delante de él que se movieran, cosa que hicieron, para hacerle sitio a ella.
Sólo con mirar al hombre, uno se daba cuenta de que no era un tipo agradable, y era por algo más que la cicatriz que tenía en la cara. Sus rasgos eran marcados y angulosos, sus ojos de un marrón oscuro. El bigote finísimo que le adornaba el labio superior y la perilla estilo Fu Manchú contribuían a su aire peligroso. Era el hombre más despiadado que conocía. Se sentó en el asiento vacío y sonrió.
—No puedo decir lo mismo —replicó. Cualquier ofensa que pudiera haber en sus palabras quedaba contrarrestada por su sonrisa—. Hábleme de Phu Van Tu.
—No hay nada que decir —dijo el hombre, haciéndose el interesante y sonriendo a través del humo que se desprendía de la punta de su cigarrillo—. Está muerto.
—Ya lo sé, yo llevo su caso —asintió, mirando disimuladamente a sus amigos.
—Me he enterado de que ahora está en Homicidios —asintió el hombre, dando una calada al cigarrillo—. Es una lástima, nunca encontrará al que lo mató.
—No, nunca lo llevaré ante la justicia, que es distinto —corrigió ella—. Sé que usted ordenó que lo mataran. Lo que no sé es por qué.
El vietnamita se la quedó mirando un momento antes de responder.
—Hay muchos motivos para que una persona muera. Ya conoce el código de las calles, tenemos nuestra propia justicia.
—¿Lo sacrificaron ustedes? —quiso saber ella, y por un instante captó un destello en sus ojos.
—¿Por qué íbamos a hacer eso? —preguntó apaciblemente.
—Tal vez porque no quieren una guerra con los Sangres —dijo ella, encogiéndose de hombros, y luego mostró sus cartas—. ¿Lo mataron porque él mató a ese Sangre en el concierto de Aerosmith?
Van Phan dio una profunda calada a su cigarrillo y luego soltó el humo despacio, clavando sus ojos despiertos en el rostro de la mujer. Advirtió el leve destello de miedo en sus ojos, pero también vio el animal que había en su alma. Sabía que esta mujer no le tenía miedo y por eso la admiraba.
—Muchos dicen que se ha vuelto blanda —murmuró con una sonrisa indolente—. Creo que la subestiman.
—Siempre lo han hecho —asintió ella, y el hombre se rió entre dientes—. ¿Lo mataron para evitar una guerra?
—Phu era un estúpido —dijo Van en voz baja y la sonrisa desapareció de su cara al tiempo que sacudía la ceniza de su cigarrillo en un cenicero cercano—. Tenía mucho genio y estaba demasiado dispuesto a derramar sangre. Lo único que quería hacer era luchar. No comprendía que tenía que escoger sus peleas con prudencia. —Hizo una pausa y dio otra calada al cigarrillo—. Nos hemos ocupado de un problema interno. Si no lo hubiéramos hecho, usted habría tenido muchos más cuerpos en el depósito para investigar.
Julia no estaba del todo en desacuerdo con él, pero eso no cambiaba nada. Van Phan había mandado matar a Phu Van Tu. Ella lo sabía y él prácticamente se lo había dicho. Lo único era que jamás podría demostrar nada.
Se lo quedó mirando un momento más y luego echó una mirada casual por el restaurante. Vio que sus secuaces la observaban atentamente. Una persona menos confiada se habría sentido intimidada, pero Julia estaba por encima de esa clase de miedo. Se volvió de nuevo hacia el hombre y le sonrió seductoramente.
—A lo mejor nos podemos ayudar mutuamente —dijo, y el hombre esperó a que siguiera hablando.
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Lena descolgó el teléfono antes de que acabara el primer timbrazo. Escuchó atentamente al sargento de guardia y sólo entonces permitió que se le aflojara el nudo que tenía en el estómago. Colgó el teléfono con un suspiro y se reclinó en la silla, preguntándose cómo se le había ocurrido a la joven inspectora ir sola. Se levantó y recogió su mesa, dejando que la furia sustituyera al miedo. Mañana le diría a la chica lo que pensaba exactamente.
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Julia se sentía muy satisfecha de sí misma al día siguiente. Se había mostrado tranquila y creíble durante toda su declaración, sin arredrarse ante las preguntas capciosas que le había lanzado el abogado defensor. El fiscal del distrito estaba seguro de que su declaración condenaría al acusado. Sin embargo, su alegría no se debía únicamente al buen día que había tenido en el tribunal.
Anoche había llegado a un principio de acuerdo con Van Phan. Había logrado un trato que pondría uno de los nombres en rojo del tablón en la columna de nombres en negro. Lo único que tenía que hacer era convencer a la teniente, cosa que estaba segura de que podía hacer. Entonces Lena sólo tendría que convencer al fiscal. Estaba segura de que todo iba a salir bien.
—Estás de buen humor —comentó Keith Bettman cuando entró en la sala de inspectores.
—Tengo un día estupendo —contestó Julia con una alegre sonrisa.
—Ya veremos lo estupendo que sigue siendo dentro de un momento —resopló el hombre de más edad—. La teniente quiere verte y no está de buen humor.
—Oh. —La inspectora morena se volvió y miró hacia el despacho de la teniente—. ¿Ha dicho qué quería?
—No. —El hombre meneó la cabeza—. Pero te recomiendo que vayas a verla ahora mismo y lo descubras. Lleva toda la tarde hecha un ogro.
Julia asintió y se paró sólo un momento ante su mesa para quitarse la chaqueta antes de dirigirse al despacho de la teniente. Su llamada fue contestada por una voz brusca que le ladró que pasara. Hizo una mueca, irguiendo los hombros mentalmente antes de entrar en el despacho.
—Buenas tardes —dijo alegremente.
—¡Llega tarde! —fue la brusca repuesta, y la sonrisa desapareció de inmediato del rostro de la morena.
—Estaba en un juicio —balbuceó la mujer menuda para defenderse, devanándose los sesos tratando de averiguar qué había hecho para merecerse tal recibimiento—. Tengo que estar en el tribunal toda la semana.
—¿Por qué no me lo ha comunicado? —quiso saber la mujer alta.
—Se me olvidó —farfulló Julia, confusa ante este recibimiento—. Nunca he tenido que informar de eso. He rellenado los papeles necesarios.
—Pues ahora las cosas no funcionan como antes —dijo Lena con tono cortante, sorprendiéndose a sí misma por la emoción que sentía—. A partir de ahora quiero saber con exactitud dónde está y quién está con usted. ¿Queda claro?
Julia se quedó en silencio, haciendo frente a la descarga de rabia de la otra mujer. Se le estremeció el corazón y se le llenaron los ojos de lágrimas. A pesar de lo inmerecido que era este rapapolvo, estaba decidida a conservar la calma y no mostrar sus emociones.
—No la he oído.
—Sí —replicó la morena inspectora con tono frío, y sus ojos azules observaron a la teniente, que se levantó despacio y se inclinó hacia ella, apoyando las manos en la mesa, hasta que sus caras quedaron a pocos centímetros de distancia.
—En segundo lugar, no quiero volver a enterarme de que ha salido sola a entrevistarse con un sospechoso. —El tono de Lena era más frío de lo que lo había oído la menuda inspectora hasta ahora—. ¿Qué demonios estaba pensando? La podrían haber matado.
—No estaba pensando —replicó Julia entre dientes.
—Eso es evidente —contestó la teniente con desprecio—. Si me entero de que ha vuelto a hacer una cosa así, se encontrará patrullando tan deprisa que la cabeza le dará vueltas. ¿Está claro?
—Sí —asintió la morena inspectora, poniéndose pálida. No le cabía la menor duda de que la teniente cumpliría su amenaza.
—Muy bien, como ésta es su primera infracción, sólo la voy a suspender por un día —soltó Lena con rabia, y luego señaló la puerta—. Ahora salga de aquí antes de que me ponga de mal humor de verdad.
Julia asintió en silencio. Sin decir nada, se volvió y salió dignamente del despacho. Se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar en el enfrentamiento: las palabras de la mujer de más edad habían destrozado la alegría que había sentido. Cruzó la sala a largas zancadas y cogió su chaqueta, consciente de que toda la sala de inspectores había sido testigo de su humillación.
Norm Bridges se quedó mirando a la joven inspectora que salía furiosa de la sala. Se apiadó de ella y, como era un veterano con un buen historial, decidió que iba a intervenir en su favor.
Lena no sabía por qué estaba tan enfadada con la joven. No se habría puesto así si uno de los hombres del grupo hubiera hecho lo mismo. Lo habría reprendido, pero de una forma más profesional. Sabía que había dejado que sus emociones dictaran sus actos. Se dejó caer en la silla. Alguien llamó a la puerta.
—Pase —dijo con tono normal, levantó la mirada y vio entrar a Norm Bridges. Por la expresión de éste supo que no venía a hablar de un tema normal. Sospechó que acudía como reacción a lo que ella había hecho—. Diga lo que tenga que decir.
—Estoy pensando que ha estado un poco dura con Jul —dijo, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón.
—¿Y eso? —preguntó Lena, estrechando los ojos y clavándolo a la pared.
—El hecho es que hasta ahora el teniente Messington la enviaba sola con unidades siempre que podía —dijo el inspector, sin dejarse intimidar por la mujer—. No le tenía mucho aprecio e intentaba que fracasara en cuanto tenía una oportunidad.
Lena se quedó callada, sintiendo una confusa mezcla de emociones. Se compadecía de la mujer, pero eso no bastaba para cambiar su decisión. Miró al hombre, contenta de que éste se hubiera esforzado por defender a la morena.
—Aprecio lo que dice, sargento, y lo tendré en cuenta la próxima vez que suceda algo —dijo, y el hombre asintió. Con eso, se volvió para marcharse—. Sargento, asegúrese de que en la ficha de ella conste que ha completado el turno.
El hombre miró a la mujer y asintió, esperando a salir del despacho para sonreír. Sabía juzgar bien el carácter de las personas y su primera impresión había sido que la nueva teniente era una persona justa. No se había visto defraudado.
Julia echaba humo al salir de la comisaría, maldiciendo a la teniente por humillarla. Aunque quería echarse a llorar, se negaba tercamente a hacerlo, pensando que eso sería como admitir la derrota. Le demostraría a esa zorra de qué estaba hecha. Con eso en mente, condujo el jeep hasta Rourke's, una taberna frecuentada por miembros del cuerpo de policía. Aquí procedió a emborracharse. Fue también aquí donde la encontró el sargento Robert Newlie varias horas después.
El sargento de patrulleros entró en el bar poco iluminado y se detuvo en la puerta, mirando por la sala. Había policías fuera de servicio por todo el local, pero la persona a la que buscaba estaba sentada ante la barra, contemplando una cerveza medio vacía. En su rostro había una expresión desolada. El camarero lo miró cuando se acercó y se sentó en una banqueta al lado de la mujer, pero le hizo un gesto para que se alejara. No había venido a beber. Había venido a rescatar a una amiga.
—Hola, Jul, ¿qué haces aquí? —preguntó cuándo la inspectora se volvió para mirarlo. Sabía que la mujer rara vez venía por aquí a menos que fuera por una ocasión especial.
—Emborracharme —contestó la mujer con una sonrisa de medio lado. Lo miró con ojos irritados.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja, y vio que su sonrisa desaparecía. Ella se volvió y tomó otro trago de su bebida.
—¿Es que importa?
—A veces sí —dijo él, y esperó a que ella hablara. Por supuesto, conocía el motivo de su infelicidad. Su amigo Norm Bridges lo había llamado, explicándole la situación—. ¿Qué te pasa, Jul?
—Nada. —La mujer sacudió la cabeza—. Es que la teniente me ha echado la bronca y luego me ha suspendido durante este turno.
—No es la primera vez —le recordó el hombre.
—Ya lo sé, pero esto es distinto —dijo ella, contemplando su cerveza.
—¿Por qué? —preguntó Rob, y luego la observó atentamente mientras ella hurgaba nerviosa la etiqueta de la botella. Se dio cuenta de que no lo miraba.
—Porque sí —replicó con un mohín. El hombre supo entonces que no le iba a decir nada más. Se levantó, se sacó dinero del bolsillo y lo puso en la barra.
—Vamos, te voy a llevar a casa —dijo, ayudándola a levantarse.
—No quiero ir a casa —protestó ella, pero el hombre insistió.
—Vale, pues vente a casa conmigo. —Le pasó el brazo por la cintura y la ayudó a caminar hacia la puerta.
—¿No le molestará a Ashley? —preguntó Julia, apoyándose en él para sostenerse cuando sus piernas se negaron a cooperar.
—Qué va, se lo explicaré, además ella también se alegrará de verte —replicó él, y luego la ayudó a salir de la taberna y cruzar el aparcamiento hasta donde tenía aparcado el coche. La metió en el asiento del pasajero y luego se instaló en el lado del conductor. Treinta minutos después la tenía durmiendo profundamente en el sofá de su estudio. Sus leves ronquidos resonaban por la silenciosa habitación.
—¿Me quieres decir qué está pasando? —le preguntó Ashley Newlie a su marido cuando salieron de la habitación. La mujer no estaba molesta con su esposo por traer a la joven a casa. Quería de verdad a la chica, que era poco mayor que sus propios hijos. A menudo pensaban en Julia como si fuera otra hija.
—Su teniente la ha reprendido por algo —le dijo Rob, contándole todo lo que sabía.
—Eso no es nada nuevo. —La mujer estaba desconcertada.
—No —asintió su marido—. Pero la teniente sí.
—¿Me explicas eso? —preguntó Ashley, enarcando una ceja, y el hombre se echó a reír, rodeándole la cintura con el brazo al tiempo que la llevaba hacia la cocina.

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por paulavk el Lun Jul 31, 2017 7:30 pm

Me encanta esta adaptación espero publiques la continuación pronto
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paulavk

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por kristh06 el Sáb Ago 12, 2017 1:52 pm

Capitulo 3 Parte 2
Julia se despertó a la mañana siguiente con un tremendo dolor de cabeza. Estaba avergonzadísima por la situación y pidió disculpas a sus amigos por su insólito comportamiento. Ellos le quitaron importancia con una amplia sonrisa, y en cuanto se atrevió, se fue corriendo, consciente de que tenía que estar en el tribunal a las nueve de la mañana.
Se alegraba de poder librarse por un rato de la comisaría, pero cuando llegó el momento de tener que presentarse para su turno, evitó a propósito cualquier contacto con la teniente. Durante la siguiente semana, las dos mujeres sólo se hablaban cuando era necesario, y cuando lo hacían era con un tono frío y distanciado. Se sentía más herida que si se hubiera tratado de cualquiera de los demás. Erróneamente, había creído que habían conseguido conectar.
La frialdad que Lena percibía en la morena inspectora casi la estaba matando, aunque nadie lo habría sabido por la severa expresión de su rostro. Cuanto más tiempo tenía para pensar en el tema, más tiempo tenía para reflexionar sobre sus actos, aunque sí que advirtió un claro cambio en los otros inspectores que habían oído el enfrentamiento.
Se esforzó por pensar en una forma de resolver la situación. No quería enemistarse con esta mujer. Por el contrario, todavía fantaseaba con la idea de que pudieran ser algo más que amigas, aunque por dentro tenía que reconocer que probablemente había acabado con cualquier posibilidad de tener una relación.
Al sábado siguiente, su paciencia llegó al límite. Pensó que sólo había una manera de resolver la situación, aunque se daba cuenta de que el resultado seguramente no sería bueno. Sabía que no podían seguir así.
—¡Volkova, venga aquí! —llamó con tono tajante desde su despacho.
Julia miró a sus colegas con desconfianza y luego irguió los hombros y cruzó la sala hasta el despacho de la teniente. Los desafiantes ojos azules se encontraron con los verdes grisaceos.
—Cierre la puerta —le espetó Lena al ver que la mujer la había dejado abierta. Esperó a que cumpliera la orden antes de hablar—. Usted está cabreada conmigo y comprendo el motivo. Sin embargo, no estoy dispuesta a tolerar su tipo de actitud en mi turno. Sé que está molesta conmigo y puede que yo me haya pasado cuando le eché la bronca, pero creo que la cosa ya supera una simple disculpa.
Julia no dijo nada y se limitó a escuchar en silencio y esperar a que la otra mujer terminara su discurso. Lena rodeó la mesa, cogiendo el balón de baloncesto que estaba en un estante. Se lo lanzó a la mujer más menuda, que apenas consiguió reaccionar a tiempo de cogerlo.
—Sé que quiere darme mi merecido, así que le voy a dar la oportunidad —dijo Lena con tono brusco—. Reúnase conmigo fuera en la cancha de baloncesto dentro de media hora y echaremos un partido de uno contra uno, sin restricciones.
—¿Cómo sé que no me va a volver a reprender si le doy demasiado duro? —preguntó la inspectora morena con tono escéptico, sin fiarse del todo de la teniente.
—No lo sabe —dijo la peliroja—. Sólo tiene mi palabra, así que usted decide. Tiene la oportunidad de vengarse. ¿O es que es una gallina?
—Yo no tengo miedo de nada —bufó Julia entre dientes, consciente de que la estaba picando—. La veo ahí fuera dentro de treinta minutos. A lo mejor le conviene ponerse almohadillas, porque no me voy a andar con chiquitas.
—Eso espero —replicó Lena, y sonrió cuando la otra mujer se dio la vuelta y salió del despacho.
Menos de treinta minutos después, estaban en la cancha cara a cara como dos combatientes a punto de ir a la guerra. Julia se había puesto unos pantalones de chándal de color gris claro y una sudadera a juego, mientras que Lena llevaba unos pantalones cortos de color gris claro y una camiseta a juego, con una camiseta holgada de baloncesto azul oscura por encima.
Hacía frío y el cielo estaba nublado. El aire olía a lluvia, pero ninguna de las dos era consciente de otra cosa que no fuera la otra persona y la tensión que había entre ellas. Julia botó el balón sobre la cancha de cemento, mirando un buen rato a su adversaria.
—¿Quién empieza? —quiso saber, con el cuerpo tenso y preparado para lanzarse. Tenía visiones de dar una paliza a esta mujer por toda la cancha. Parte de su éxito con este deporte había sido su juego físico, que a menudo pillaba por sorpresa a sus adversarias.
—Adelante —dijo Lena con aire galante, pero la inspectora morena se limitó a sonreír.
—No, las personas mayores primero —dijo con una sonrisa burlona, lanzando el balón a la cara de la teniente. Lena lo atrapó en el aire y le devolvió la sonrisa.
—Si insiste —dijo, y tomó posiciones.
Durante la hora siguiente se enfrentaron a base de golpes y choques, liberando la irritación que sentían. Lena aprovechaba su tamaño y habilidad para maniobrar alrededor de su adversaria más baja, mientras que Julia utilizaba su velocidad y su cuerpo para desequilibrar a la mujer más alta. En más de una ocasión, la inspectora morena cargaba contra su adversaria, tirándola al suelo. La teniente se limitaba a asentir, se levantaba y volvía al partido.
Ambas mujeres era competitivas y eso se notaba en su juego y, sin que lo supieran, eran objeto de atención desde todos los rincones del edificio. Los agentes que estaban dentro de la comisaría se trasladaban a la ventana para mirar y los patrulleros que iban y venían se detenían en el aparcamiento para ver qué estaba pasando. Para ellos era un buen partido de uno contra uno, pero para las participantes era algo muy distinto. Ninguna de las dos se dio cuenta de que había empezado a llover, una neblina ligera que caía desde el cielo.
Es buena, reconoció Lena por dentro cuando la mujer más joven la esquivó hábilmente y se lanzó para encestar. Le costó mucho evitar sonreír al ver la expresión de triunfo de la morena al lanzarle el balón.
—Su turno, teniente —dijo Julia con sorna, pero sin el desprecio que había sentido antes por la mujer.
Lena atrapó el balón y lo botó varias veces antes de lanzarse hacia la canasta. Julia se interpuso en el último momento, estampando su cuerpo contra la mujer más alta y haciendo que perdiera el equilibrio, pero esta vez la teniente no cayó al suelo, aunque perdió el balón.
Muy bien, guarrilla, creo que ya te he dado demasiadas libertades, pensó la teniente, sonriendo por dentro. Vamos a ponernos serios antes de que se ponga demasiado arrogante.
Cuando Julia se lanzó hacia la canasta, esta vez Lena la estaba esperando, y cuando intentó el tiro, la teniente atacó y de un fuerte manotazo le quitó el balón de las manos a la inspectora. Julia se encogió por el doloroso ataque. Levantó la mirada y vio una sonrisa seductora en la cara de la mujer más alta. Eso la llevó a tomar la decisión de incrementar el juego físico. Esta vez, cuando pegó un caderazo a la teniente en las nalgas para intentar que perdiera el equilibrio, Lena estaba esperando y movió el codo, clavándoselo en las costillas a la mujer más baja.
—Ay. —Julia no pudo controlar el gruñido que se le escapó de los labios mientras la mujer de más edad la rodeaba y encestaba. La teniente se echó a reír y le lanzó el balón con gesto arrogante, lo cual hizo que la mujer más baja hirviera de rabia.
Cuando Julia intentó otra ágil maniobra, allí estaba Lena, estampando su cuerpo contra el de la mujer más joven y robándole el balón, tras lo cual lanzó y coló el balón por el aro. La morena inspectora se quedó un momento recuperando el aliento y mirando a su adversaria con cara de pocos amigos.
—¿Se rinde? —preguntó Lena con una sonrisa chulesca.
—Jamás. —Julia la fulminó con la mirada y cogió el balón, lo botó unos momentos y luego atacó la canasta. Como antes, Lena la estaba esperando, y parecía que hiciera lo que hiciera Julia, allí estaba ella arrebatándole el balón o bloqueando un tiro. La mujer más joven estaba cada vez más frustrada y se le notaba en el juego, al tiempo que los golpes se iban haciendo cada vez más intensos.
Llevaban en ello más de una hora y Lena empezaba a notar los efectos del partido. Sólo tenía que mirar a su compañera para darse cuenta de que la otra mujer también estaba pagando el esfuerzo. Julia jadeaba y las dos tenían las camisetas empapadas, no sólo de la lluvia, sino también de sudor.
Lena miró a la otra mujer y sintió una punzada en el corazón. No quería seguir combatiendo con esta mujer, pero sabía que no podía ceder y sabía que Julia tampoco iba a ceder. Tal vez ésa era una de las cosas que tanto la atraían de la morena. Era la feroz independencia y el orgullo que relucían en sus ojos. Indicaban que se trataba de una mujer que iba a luchar hasta el final. De modo que decidió dar por teminado el asunto ahora, antes de que una de las dos sufriera algún daño.
Lena cogió el balón y se lanzó hacia la canasta, sin rodear a la mujer como solía hacer, sino echándose directamente encima de ella. Julia no estaba del todo preparada y la fatiga la hizo reaccionar más despacio que de costumbre. Sintió la fuerza plena del golpe cuando la mujer chocó con ella, perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo. Aterrizó en el cemento con un buen golpe y se quedó ahí tumbada, escuchando mientras el balón pasaba limpiamente por la red.
Levantó la mirada y vio a la teniente inclinada sobre ella, advirtiendo por primera vez lo mojada que tenía la ropa la otra mujer y lo tieso que se le había puesto el pelo. A pesar de eso, no pudo evitar pensar que seguía siendo la persona más bella que había visto en su vida.
—No me busque las cosquillas —dijo Lena con aire desafiante mientras miraba a la morena, temerosa por un instante de haber hecho daño a la inspectora, pero luego se dio cuenta de que estaba bien.
Julia no intentó levantarse, rindiéndose al agotamiento. En contra de su voluntad, capituló y la fatiga con la que llevaba un mes luchando y el estrés de todos los casos que tenía acumulados se le vinieron encima. Se le llenaron los ojos de lágrimas, que empezaron a manar sin impedimento al tiempo que de sus labios entreabiertos se escapaban los sollozos.
—Dios —soltó Lena, y se dejó caer al suelo, cogiendo a la mujer más menuda en sus brazos y estrechándola contra su pecho mientras Julia lloraba sin control. Acarició con ternura el pelo de la joven y la acunó, intentando calmar a la otra mujer. Por fin, Julia logró recuperar el control. Se apartó del abrazo de la mujer más alta, avergonzada por su reacción e incapaz de mirar a su compañera.
—¿Está bien? —Lena estaba preocupada de verdad—. ¿Le he hecho daño?
—No. —Julia meneó la cabeza, pasándose el dorso de la mano por los ojos para secarse las lágrimas que quedaban—. Lo siento, normalmente no me pongo así. No sé qué me ha pasado.
—Ha sido una semana muy dura —dijo la teniente con comprensión—. ¿Se siente ya mejor?
—Sí —reconoció la inspectora morena casi a regañadientes—. Siento no haber sido muy amable últimamente.
—Yo no debería haberle echado la bronca —suspiró Lena—. Es que estaba muy preocupada por su seguridad. No quiero que le pase nada a usted ni a nadie más del grupo.
Julia asintió y luego se puso de pie con dificultad, mirándose la ropa empapada.
Se sentía totalmente exhausta y no le apetecía volver a la sala de inspectores, pero tenía un montón de trabajo a la espera. Miró a la teniente, que se estaba levantando de la cancha.
—Escuche, ¿qué tal si la invito a cenar? —propuso Lena. Casi sabía lo que estaba pensando la mujer por su expresión.
—Todavía me queda mucho trabajo por hacer —vaciló Julia, sin saber qué debía responder.
—Seguirá ahí mañana. Además, ha hecho suficientes horas extra para justificar un par de horas libres —dijo la teniente, y entonces se le ocurrió otra cosa—. ¿Pero a lo mejor tiene otros planes?
—No —se apresuró a decir Julia, dándose de tortas mentalmente por haber estado a punto de echar a perder la oportunidad de estar a solas con esta mujer.
—Bien. —Lena sonrió, cosa que transformó sus severas facciones, y la mujer más joven sintió que se le estremecía el corazón. Alargó la mano y revolvió el pelo moreno y mojado de la cabeza de la mujer más menuda—. Mataremos dos pájaros de un tiro. Tráigase esos casos que siguen en rojo en el tablón y los repasaremos para ver si se nos ocurre algo.
Julia asintió en silencio, disimulando la decepción que sentía y regañándose luego por dentro por dejar volar sus expectativas.
—Estupendo —asintió la teniente, y hurgó en la bolsa de deporte que se había llevado a la cancha. Encontró la tarjeta que quería y se la pasó a la mujer más baja—. Nos vemos en mi casa dentro de una hora.
Julia asintió y regresó con la otra mujer a la comisaría. De repente, toda la decepción que sentía desapareció y se descubrió sonriendo como una adolescente. Le daba igual que fueran a pasar la velada trabajando, estaba feliz porque iban a estar juntas. Era increíble cómo esta simple invitación podía dar la vuelta de tal manera a sus emociones.
Una hora y media después, Julia giró por fin con su jeep por la calle. Miró atentamente los números de los edificios, buscando la dirección de la tarjeta que le había dado Lena. Era un barrio tranquilo lleno de árboles y espacios abiertos a tan sólo dos manzanas de la playa. Era un vecindario de clase media y muy distinto del barrio del centro donde ella tenía su apartamento.
Encontró el número del edificio y tuvo la suerte de poder aparcar justo delante. Sacó la enorme caja de archivos que se había llevado de la comisaría antes de cerrar el jeep. Llamó al número indicado e inmediatamente le abrieron la puerta del edificio. Los pocos momentos que tardó en llegar el ascensor a la planta baja le bastaron para decidir que era un lujo de sitio desde cualquier punto de vista.
El piso de Lena estaba en la sexta planta, la última de este edificio no muy alto, haciendo esquina. La teniente la esperaba en la puerta cuando llegó, vestida informalmente con unos ceñidos vaqueros azules desvaídos y una camiseta blanca. Iba descalza.
—¿Ha tenido problemas para encontrar la dirección? —preguntó Lena, quitándole la caja de las manos a la inspectora más baja.
—No. —Julia meneó la cabeza, sintiendo que tenía el corazón desbocado.
—Pase y póngase cómoda —la invitó la mujer alta.
Julia dejó la chaqueta y los zapatos en la puerta y luego siguió a la mujer por el pasillo hasta un enorme salón situado a un nivel inferior. Sus ojos recorrieron la habitación, observando la gran chimenea y las puertas ventanas que conducían a un balcón que daba a un pequeño parque. Se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones informales y observó mientras su anfitriona dejaba la caja en una mesa baja de cristal.
—Qué casa tan bonita tiene —comentó Julia, mirando los lujosos muebles tapizados en blanco y los cuadros exquisitos de la pared.
—A mí me gusta —asintió Lena, mirando a su alrededor—. Venga, se lo voy a enseñar.
Era más grande de lo que Julia imaginaba y calculó que en este piso cabrían dos pequeños apartamentos como el suyo con espacio de sobra. Era un piso de un solo dormitorio con un estudio. Empezaron por la cocina y acabaron en el dormitorio. Era una casa decorada con elegancia y de carácter muy femenino.
Volvieron al salón.
—Póngase cómoda mientras traigo algo de beber. ¿Qué le apetece?
—Un refresco estaría bien —replicó Julia, sintiéndose un poco incómoda, y Lena asintió y desapareció en la cocina. La morena inspectora se sentó en el sofá, pensando en lo a gusto que podría estar aquí. Alex regresó casi de inmediato con una bandeja en la que llevaba varias latas de refresco, dos vasos y una pequeña cubitera para hielo. La depositó en la mesa y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
—Sírvase —dijo, y Sydney alcanzó vacilante una lata de refresco.
—¿Es caro el alquiler de este sitio? —preguntó con curiosidad.
—No lo sé. Yo soy propietaria, o lo seré cuando termine de pagar la hipoteca —replicó Lena, volviendo a mirar la habitación antes de ponerse unas gafas en la nariz—. Tuve mucha suerte de conseguirlo. Al parecer ya había varias ofertas de compra cuando hice la mía.
—¿No se pierde, con lo grande que es?
—No, me gusta el espacio y la soledad y esto tiene las dos cosas —dijo la teniente—. Los dueños de los otros pisos son sobre todo parejas ancianas o profesionales solteros, así que no tengo muchos problemas con mis vecinos.
—Debe de ser agradable —sonrió Julia, relajándose con la conversación—. En mi casa, cuando el vecino del final del descansillo enciende la televisión, yo la oigo.
—Por eso yo buscaba un piso en un edificio como éste —reconoció Lena—. No quería tener que luchar con mis vecinos. ¿Tiene hambre?
—No. —La morena inspectora hizo un gesto negativo con la cabeza. En realidad sí tenía un poco, pero por alguna razón no quería reconocerlo.
—Bueno, dígame cuándo quiere comer y encargaré comida china —dijo la teniente, sacando un grueso archivo de la caja y dejándolo en la mesa—. ¿Qué pasa con este caso?
Julia tuvo que dejar el sofá y sentarse en el suelo al lado de su anfitriona, lo cual no era una experiencia nada desagradable, aunque tenía que concentrar la mente en el archivo y no en su compañera.
Dedicaron las siguientes horas a repasar cada uno de los casos sin resolver, y Lena la interrogó con detalle acerca de todos y cada uno de los aspectos. La teniente frunció el ceño al advertir un claro patrón, y se preguntó en silencio si la coincidencia era tan grande. No lo creía.
—¿Cómo es que usted ha acabado al mando de la investigación de estos casos? —preguntó, y Julia miró de reojo a su compañera, captando otra oleada de su olor perfumado.
—Me los asignó el teniente —dijo encogiéndose de hombros, preguntándose qué más daba—. Messington aceptaba las llamadas si estaba, tomaba nota de los detalles preliminares y luego asignaba el caso.
—¿Los inspectores tenían un orden concreto de rotación?
—Pues no. —Julia meneó la cabeza—. Asignaba los casos según entraban. ¿Por qué?
Lena no dijo nada sobre sus sospechas, pero una vez más pensó en lo que ya había averiguado. Cada día le iba quedando más claro lo que estaba ocurriendo en la Unidad de Homicidios.
—Por nada —contestó con una sonrisa incómoda de medio lado, y como respuesta, el estómago de la mujer más joven elevó una protesta. La sonrisa se hizo plena y Julia quiso taparse la cabeza con las manos—. Parece que alguien necesita atención.
Lena se rió por lo bajo, alargó la mano y le dio unas palmaditas a la mujer más joven en el estómago antes de levantarse de un salto y cruzar el salón para coger el teléfono. Julia la miró hechizada mientras la mujer marcaba el número de un restaurante chino cercano que servía a domicilio. Después de hacer el pedido, la mujer alta volvió a ocupar su sitio en el suelo y su compañera más joven se sintió agradecida.
—Hay algo que no me está diciendo —la acusó la inspectora morena, observando los rasgos finamente cincelados de su compañera.
—No. —Lena meneó la cabeza, pues no quería inquietar a su compañera con sus ideas. Cambió de tema—. ¿Cómo va el caso del niño Kennedy?
—He emitido una orden de búsqueda y captura para el hombre —dijo Julia, no muy contenta de no haber conseguido una respuesta completa—. Voy a volver a hablar con su casero, Eddie Williams. Lucas Andersen no apareció en Seattle hasta cuatro meses después del rapto, así que tuvo que estar en alguna parte.
—Pudo estar moviéndose de un sitio a otro —sugirió Lena.
—Cierto, pero tengo la sensación de que no lo hizo —dijo Julia, revelando sus ideas—. El caso era de alta prioridad, así que no habría querido llamar demasiado la atención. La matrícula de su coche era del estado, de modo que si estaba por aquí, nadie habría sospechado nada. Además, la policía de Vancouver mandó un aviso a su estado natal, Nuevo México, para que vigilaran por si aparecía, pero no consiguieron nada.
—¿Y qué es lo que piensa usted? —preguntó Lena, reflexionando sobre lo que acababa de decir la otra mujer.
—Creo que sigue en el estado, oculto en algún sitio, y creo que Eddie Williams sabe dónde. He indagado y tiene historial delictivo, aunque por delitos menores, y no ha tenido problemas con la justicia desde que se casó.
—Apriétele las tuercas a ver qué pasa —dijo la teniente—. Podría ser que crea que no tiene nada que perder.
Julia asintió y tomó nota mental para hacer que llevaran al hombre a comisaría al día siguiente.
—¿Y con el caso Tu?
Respiró hondo. Ésta era una ocasión de oro para presentar su caso ante la teniente, pero le preocupaba que rechazara el plan.
—Los Pequeños Dragones lo mataron como una especie de ofrenda de paz para los Sangres por la muerte de Hootie. Es lo que vino a decir Phan, pero con las pruebas que tenemos no hay manera de poder acusarlo y mucho menos de conseguir una condena.
—¿Y? —la instó Lena.
—Bueno, pues estuvimos hablando y Phan reconoció que Tu fue el que mató a Hootie. —Julia escogió las palabras con cuidado—. Le ofrecí un trato por el que si él firmaba una declaración como testigo diciendo esto, yo no le daría más la lata con el asesinato de Tu.
Lena se quedó pensando. Era una idea innovadora, pero no estaba segura de que el fiscal fuera a aceptar este tipo de plan. Las relaciones entre Homicidios y la oficina del fiscal estaban peor que nunca.
—¿Está segura de que no hay forma de conseguir nada contra Phan?
—Sí —respondió Julia con sinceridad.
—Deje que lo piense un poco y veremos qué puedo hacer —dijo Lena, asegurándose de que no prometía nada. Sonó el telefonillo del piso y la teniente se levantó—. Ya está aquí la comida. Recoja los archivos. Vamos a comer aquí.
Julia asintió y, mientras la mujer alta se ocupaba del repartidor, ella recogió los archivos y los volvió a meter en la caja, que dejó al lado del sofá. El resto de la velada pasó rápidamente y tras cierta incomodidad inicial, charlaron de cosas que no tenían que ver con el trabajo.
A Julia no le sorprendió averiguar que su compañera había viajado mucho y que le había gustado el Caribe de forma especial. Era comprensible, pues la teniente tenía un aire muy sofisticado. Por fin se pusieron a hablar de su partido de baloncesto.
—Creo que mañana voy a estar cubierta de moratones —dijo Lena con humor y un amago de sonrisa—. No creía que una persona de su tamaño pudiera pegar tales mamporros.
—Se olvida de que vengo de las calles —replicó Julia, un poco cortada—. Allí había que ser duro para que no te pisotearan.
—Desde luego, a usted sólo la desafiarían una vez —dijo la teniente, con altivez.
—¿Eso quiere decir que no va a volver a jugar conmigo? —A Julia no le hacía gracia la idea.
—Al contrario, el partido de hoy me ha gustado mucho —dijo Lena despacio, mirándola con aire solemne, aunque con un brillo risueño en los ojos verdes grisaceos—. Es usted muy buena. ¿Entrena?
—Todavía juego todas las semanas en una liguilla de mi barrio. No voy todo lo que me gustaría por mi horario de trabajo, pero intento jugar con ellos por lo menos una vez por semana —contestó la morena inspectora—. ¿Usted sigue jugando?
—No, jugaba cuando estaba en Chicago, pero últimamente no he tenido tiempo.
—Pues a lo mejor podría venir conmigo alguna vez —le ofreció Julia—. Estoy segura de que a los chicos les encantaría poder competir con alguien como usted.
—A lo mejor podríamos hacer un equipo —propuso Lena alegremente—. Creo que las dos juntas podríamos formar una unión invencible.
Sí, gritaron las emociones de Julia, al tiempo que el corazón le latía apresurado en el pecho. Notó un calor creciente en el cuerpo que amenazaba con descontrolarse. Un vistazo al reloj le dijo que era más tarde de lo que pensaba. Se levantó de mala gana, deseando poder quedarse, pero sabiendo que era imposible.
—Será mejor que me vaya —dijo, cogiendo la caja y trasladándose al recibidor, donde había dejado la chaqueta y los zapatos—. ¿La veré mañana?
—Llegaré más tarde —contestó Lena—. Tengo una reunión.
Julia asintió, y después de calzarse salió por la puerta. Lena la acompañó hasta el jeep y esperó a que se montara. Ambas mujeres se sentían levemente incómodas, y Julia deseó tener el valor de echarse hacia delante y besar a la otra mujer. Pero se limitó a agitar la mano antes de arrancar y marcharse.

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por Aleinads el Lun Ago 14, 2017 12:20 am

No dejes de subirlo que esta muy interesante!!!
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Aleinads

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por kristh06 Ayer a las 11:14 pm

Capitulo 4 Parte 1
Lena echó un vistazo por el restaurante. Era un local caro que ofrecía lo mejor de la cocina europea. Era un lugar que este mediodía del lunes estaba lleno de hombres de negocios. Reconoció varias caras correspondientes a la elite de las grandes compañías de la ciudad.
—¿Algo nuevo con el caso Kennedy? —La pregunta la llevó a prestar de nuevo atención a la persona que estaba comiendo con ella.
—No. —Meneó la cabeza, encogiéndose por dentro y preguntándose si ésta era la razón de que el jefe de policía la hubiera invitado a comer.
—La prensa no está muy amable —le recordó el hombre con tono apacible, y Lena frunció el ceño, mirando la comida que había en el plato que tenía delante.
El hombre era cortés con esa valoración. Los medios de comunicación seguían hablando del caso y poniendo en duda la competencia del cuerpo de policía a la hora de ocuparse del asesinato. Ella sabía que los ciudadanos estaban nerviosos al pensar que un asesino de niños andaba suelto en la ciudad, y la teniente deseaba por dentro que surgiera otro escándalo que desviara la atención de este asunto.
—Ahora mismo no podemos hacer mucho más —dijo—. La inspectora al mando está construyendo un caso sólido. Hemos identificado al sospechoso y hemos enviado órdenes de búsqueda y captura a todas las comisarías del país e incluso a Canadá.
El hombre asintió, mirando pensativo a su hermosa acompañante antes de seguir comiendo. Sabía que la Unidad estaba haciendo todo lo que podía, pero se encontraba en una situación incómoda, pues recibía ataques no sólo de los medios de comunicación y de la opinión pública, sino además del alcalde, que consideraba esto un borrón para su inminente campaña de reelección. Decidió no seguir hablando del tema por el momento.
—Por lo demás, ¿qué tal te vas adaptando, Elena? —El tono del jefe le hizo levantar la mirada—. ¿Te están poniendo las cosas difíciles?
—¿Es que esperabas que me recibieran con los brazos abiertos? —contestó con cierto sarcasmo.
—No —reconoció el hombre con un suspiro desganado—. Esperaba que se comportaran con cortesía.
—Y lo hacen... apenas —admitió Lena, comiendo otro poco—. Tengo que reconocer, George, que ese sitio es un desastre. Ni siquiera sé si puedo arreglarlo.
—¿Tan mal está? —preguntó el hombre con una mueca.
—Hay una apatía general entre los inspectores, y los demás tenientes están demasiado enfrascados en su politiqueo para molestarse en resolver casos. —La teniente dejó ver su irritación—. Pero si es que asignan casos a quien sea puramente al azar. Si se puede resolver, se lo dan a su inspector preferido y si no, se lo asignan a alguien a quien quieren jorobar. Envían continuamente a inspectores sin apoyo para entrevistar a sospechosos. Hasta han tenido a una inspectora trabajando sola sin supervisión de un veterano durante casi seis meses de los diez que lleva en la Unidad.
—¿Te refieres a Julia Volkova? —El hombre conocía algunos detalles de lo que estaba ocurriendo en la Unidad.
—Sí.
—Sabes que es lesbiana.
—¿Y eso qué importa? —Lena notó que se le dilataban las aletas de la nariz. Quería gritar de alegría por esta pequeña noticia, pero contuvo su emoción. Aunque no se lograra nada más con esta reunión, al menos había conseguido una información valiosa.
—Oficialmente nada —dijo el jefe vagamente.
—¿Y extraoficialmente?
—Bueno, ya sabes... —El hombre se sintió repentinamente incómodo. Sabía que su acompañante había estado prometida a un hombre, pero desde la ruptura de ese compromiso había oído rumores. Aunque a él le daba igual—. La realidad, Elena, es que a pesar de las normas, la Unidad de Homicidios sigue siendo un bastión de la vieja escuela. Lo único que les molesta más que tener mujeres en sus filas es tener mujeres que quieren ser hombres.
—Menuda chorrada, George. —Esta vez Lena sí que explotó—. Ésa es la idea más arcaica que he oído en mucho tiempo. Si los hombres piensan eso es sólo porque los jefes se lo permiten. Cambiad vuestra actitud y ellos también cambiarán. Dios, no conozco a una sola lesbiana que quiera ser un hombre.
El jefe se quedó un buen rato mirando a la mujer. La conocía desde que era niña y la había visto crecer hasta convertirse en la hermosa mujer que era ahora. Se había sentido absurdamente contento cuando decidió entrar en la Academia de Policía. En todo ese tiempo, siempre la había visto tranquila, incluso cuando se enfadaba, y por eso este estallido emocional le resultaba desconcertante.
—¿Qué está pasando, Elena? —Era un hombre directo y no temía hacer preguntas delicadas—. Este genio no es propio de ti. Nunca te he visto mostrar tanta pasión por nada.
—Lo que pasa, George, es que tengo a varios sargentos jóvenes en mi equipo que podrían haber sido grandes inspectores si se les hubiera dado la formación adecuada y un trato correcto. Todavía espero poder sacarlos adelante, pero me da muchísima rabia pensar que todo mi trabajo se podría haber evitado si alguien de los escalafones superiores hubiera intervenido y hubiera acabado con esta situación. Me pregunto cuántos buenos policías más son sólo mediocres por culpa de una mala dirección.
George Ford se echó hacia atrás y dejó que la mujer se desahogara. Respetaba su opinión, lo cual era el motivo de que la hubiera contratado. Tenía un historial de éxitos demostrados y confiaba en que enderezara la Unidad de Homicidios. Ahora que lo estaba haciendo, no podía echarse atrás cuando las críticas se volvían contra él.
—Hay problemas, pero todos somos humanos —reconoció, y luego la miró fijamente—. Lo que necesito saber es cómo podemos resolver la situación.
Lena sabía que se trataba de algo más complicado que simplemente sustituir a una serie de personas. Pero también sabía que por algún sitio tenían que empezar. Habría que tomar decisiones muy duras si el jefe estaba de verdad decidido a arreglar las cosas. Algunas de estas decisiones iban a ser mal acogidas. Le dijo con franqueza lo que pensaba y luego se marchó, dejando al hombre con varias ideas sobre cómo mejorar la situación.
________________________________________
La semana siguiente fue inusitadamente ajetreada, con un número de muertes sospechosas más alto de lo normal. Por suerte, en su mayoría eran suicidios o muertes fácilmente explicadas por los informes de los forenses. Sin embargo, hubo dos auténticos asesinatos, de los que se ocuparon los agentes colocados a la cabeza de la rotación impuesta por la teniente.
Julia no tuvo oportunidad de ver mucho a Lena durante esa semana, pues la teniente estaba siempre en reuniones. Hasta el jueves por la mañana no tuvo ocasión de hablar con la alta morena.
—Escuche, no sé si está ocupada esta tarde, pero hemos quedado para echar un partido y me preguntaba si le interesaría venir. —Se sentía nerviosa al preguntarlo, temiéndose el rechazo.
—Esta tarde tengo una reunión a primera hora —dijo Lena, deseando que se le ocurriera una excusa para faltar a la reunión—. ¿A qué hora van a jugar?
—Solemos empezar hacia las cinco y seguimos hasta que todo el mundo está agotado —dijo Julia, algo decepcionada.
—Bueno, deme la dirección y veré si puedo salir pronto —dijo la teniente, y la inspectora morena se apresuró a escribir la dirección en un trozo de papel en blanco.
—Espero verla allí —dijo Julia cuando la otra mujer ya se marchaba. Pero no se hacía muchas ilusiones. Últimamente el jefe no paraba de llamar a la teniente, que se pasaba la mayor parte del día en reuniones del departamento.
Resultó que la reunión fue cancelada y Lena fue convocada al despacho del jefe para reunirse con el alcalde. Estuvieron más de una hora hablando de la situación y por fin llegaron a un acuerdo sobre una solución aceptable para todos ellos.
Lena salió de la reunión con un ligero dolor de cabeza. Sabía que debería estar contenta por el resultado, pero se sentía extrañamente insatisfecha. Le habría gustado pensar que el alcalde y el jefe de policía habían llegado a un acuerdo por el bien del departamento, pero lo único que lograba pensar era que habían resuelto la situación en provecho de sus propias carreras, y eso hacía que se sintiera asqueada y sucia.
Suspiró, consciente del impacto directo que la decisión iba a tener en su vida. No le apetecía enfrentarse a las próximas semanas, y mentalmente empezó a prepararse para la hostilidad de la que sabía que iba a ser objeto. Ya se había visto metida en situaciones incómodas en otras ocasiones y podía hacerles frente. Lo único que le preocupaba era la situación con Julia.
¿Qué situación?, pensó lúgubremente. Quería tener una relación con la mujer más joven. Se sentía más atraída por la rubia inspectora de lo que se había sentido por nadie en sus treinta y cuatro años de vida. Pero ahora se preguntaba si estaba dispuesta a arriesgar su futuro por esa relación. A pesar de lo que estaba pensando, una hora después se encontraba en la esquina de la calle King con la avenida Marion.
St. Mary's era un colegio del centro cuyo patio vallado albergaba una docena de canchas de baloncesto. En cada cancha había como una docena de personas, y sus ojos verdes grisaceos buscaron una cara conocida. Por fin la encontró en medio de un grupo de altos hombres negros. Sus labios esbozaron una sonrisa. Julia no sólo era una de las pocas mujeres que había en la cancha, sino que además era la única persona blanca.
Lena sacó su bolsa de deporte del maletero del coche y luego rodeó tranquilamente la valla, colocándose a un lado de la cancha donde estaba la morena inspectora. Miró de reojo a las pocas personas que estaban por allí cerca. Vio las miradas hastiadas y algo insolentes que le dirigían, pero no hizo ni caso y volvió a prestar atención a lo que ocurría en la cancha.
Como si percibiera la presencia de su jefa, Julia levantó la mirada. Su cara se iluminó con una sonrisa y el corazón le dio un vuelco al ver a la mujer alta. Dejó a sus compañeros y se acercó corriendo, deseando poder dar un beso o un abrazo a la mujer, pero se limitó a saludarla inclinando la cabeza con aire despreocupado.
—Lo ha conseguido. —Sonrió y Lena volvió a caer en la cuenta de lo bonita que era la mujer. Vio que la sonrisa se reflejaba en los chispeantes ojos azules y el corazón se le hinchó de emoción.
—Han cancelado la reunión —dijo, encogiéndose de hombros.
—Me alegro. —La sonrisa de Julia se hizo más amplia—. Venga, le voy a presentar a los muchachos. Ya les he hablado de usted.
Lena asintió y siguió a la mujer más baja hasta un grupo de altos caballeros que estaban lanzando canastas y calentando. La morena inspectora la presentó, y aunque los hombres no se mostraron abiertamente hostiles, captó cierta desconfianza por su parte y supuso que muchos de ellos, si no todos, habían tenido problemas con la ley en algún momento. Pero le daba igual. Estaba aquí por una única razón. Julia. Hasta el partido de baloncesto era secundario. Si la mujer más joven hubiera jugado al sófbol, ella se habría dedicado a ese deporte.
Los jugadores se dividieron y las dos mujeres quedaron en equipos opuestos. Era evidente al principio que los hombres no creían en la habilidad como jugadora de Lena, pero al llegar al primer descanso ya estaban asintiendo con respeto a su pesar.
—Eres buena, tía —dijo un hombre alto y delgado con una amplia sonrisa, y Lena supo entonces que había sido aceptada—. Julia nos lo había dicho, pero creíamos que estaba un poco cegada, por eso de que le gustas y tal.
Le gusto, pensó la teniente con regocijo, pero no hizo caso de la ola de felicidad que le atravesó el cuerpo y siguió prestando atención al hombre.
—Jugaba al baloncesto en la Universidad de Southern California, aunque ya han pasado unos años desde entonces.
—Pues no has perdido nada, tía, y si has perdido, debías de ser increíble —dijo entusiasmado el hombre, que se llamaba Skinny. Sus alabanzas no pasaron desapercibidas a dos mujeres negras que estaban allí cerca. Parecían haber cogido manía instantánea a la recién llegada.
—Tú también eres muy bueno —replicó Lena—. ¿Jugabas en la universidad?
—No, no me reclutaron. —Skinny meneó la cabeza con pesar.
—Pues es una lástima. No fueron muy listos, porque eres un buen jugador —dijo la teniente, alabando el talento del hombre, que se sonrojó con timidez.
—Gracias —dijo, y Lena supo que había hecho un amigo.
—No le des las gracias por nada —gritó una de las mujeres negras que estaban mirando y que había oído la conversación—. Te está vacilando, Skinny. Juegas con el culo, por eso no te reclutó ninguna universidad.
Lena miró a la alborotadora y sintió que se le erizaba el pelo de la nuca. Tenía la capacidad de percibir los problemas y estas dos mujeres eran eso precisamente, pero ella no era de las que se achantaban por nada. Las personas que las rodeaban se habían quedado en silencio, como si notaran que iba a haber un enfrentamiento.
—Venga, no les hagas ni caso —dijo Skinny, con la esperanza de calmar los ánimos, pero Lena no estaba de humor para aguantar tonterías.
—¿Crees que tú lo puedes hacer mejor? —dijo, provocando a las mujeres, que sonrieron y se irguieron.
—Podría barrer la cancha con tu flaco culo blanco —se burló la mujer negra.
—Eso es lo que tú te crees. —Lena notó que se empezaba a encolerizar, aunque estaba totalmente controlada—. Deberíamos echar un partido y verlo.
—Cuando tú quieras, zorra.
—¿Qué tal ahora mismo? Tu amiga y tú contra mi amiga y yo —la desafió la teniente, y notó una mano suave que se posaba en su brazo. Bajó la mirada y vio a Julia a su lado con expresión preocupada. No hizo caso y se volvió de nuevo hacia las mujeres—. ¿Qué dices?
—De acuerdo, zorra, y cuando ganemos, las dos tendréis que besar mi culo negro. —La mujer sonrió con aire vulgar.
—Y cuando ganemos, tú cerrarás tu bocaza negra. —Y con eso cogió el balón y se dirigió al centro de la cancha para esperar a que sus adversarias empezaran el calentamiento. Julia fue detrás de ella despacio. La mujer más joven tenía el ceño fruncido y se frotaba un lado de la nariz con aire pensativo—. ¿Qué pasa?
—No me gusta besarle el culo a nadie —dijo Julia con franqueza, no muy contenta de haberse visto arrastrada a este lío—. Tendrías que haber pasado de Chandra. Le gusta pensar que este territorio es suyo.
—¿Y cómo es que a ti te ha dejado entrar? —preguntó Lena, casi temerosa de conocer la respuesta.
—No me ha dejado, no me soporta. Lo único por lo que sigo aquí es porque los muchachos interfieren.
—Siento haberte complicado las cosas. —La teniente suspiró, sabiendo que había dejado que su genio se impusiera a su sentido común—. He tenido un día difícil y la verdad es que odio a las personas que se dan aires.
—Sí que se los da —asintió Julia de mala gana, resignándose a su suerte—. Tienes que saber que las dos jugaban en la Estatal de Washington y que las entrevistaron para entrar en la selección nacional.
—Pero no las seleccionaron, ¿verdad? —señaló Lena, y la mujer más menuda hizo un gesto negativo con la cabeza—. Pues no te preocupes. Tú juega como jugaste el otro día contra mí.
—Eso era distinto —refunfuñó la morena, y la teniente sonrió y le revolvió el pelo.
—Confía en mí. —Lena sonrió con aire travieso—. Y si perdemos, te besaré el culo a ti también.
Su promesa no le dio a Julia ningún incentivo para ganar. La imagen de los labios de la teniente en cualquier parte de su cuerpo bastó para hacerle sentir calor por todas partes. Sin embargo, la idea de perder a propósito se extinguió por completo al ver la actitud arrogante y chulesca de sus adversarias.
Skinny y otro caballero negro llamado Watson se ofrecieron para arbitrar. Como era de esperar, el juego era duro, y Lena se dio cuenta bien pronto de que sus adversarias tenían talento, pero confiaba en su propia habilidad y estaba segura de que no podían competir con Julia y con ella. Como ya había pensado, funcionaban bien juntas y cada una se anticipaba por instinto a los movimientos de la otra.
Las dos mujeres negras empezaron el partido a base de insultos, pero sus palabras no tenían efecto. Lena sonrió por dentro, dándose cuenta de que era evidente que estas mujeres se habían olvidado de que eran policías y, por lo tanto, mentalmente inmunes a las pullas y el acoso verbal que les estaban lanzando.
Cuando fue evidente que con los insultos no estaban obteniendo ninguna ventaja, las dos mujeres negras se lanzaron a un juego más físico. En más de una ocasión Skinny señaló una falta flagrante, pero en general dejaba que el partido se desarrollara libremente, y a medida que avanzaba el partido, la confianza de Julia iba en aumento.
La inspectora morena estaba asombrada por la habilidad de su compañera, pasmada por los movimientos que realizaba Lena. Era evidente que la teniente no había aplicado en absoluto todo su potencial en su partido de uno contra uno. Chandra y Aretha eran buenas, pero parecían muy normalitas cuando la alta morena atravesaba fácilmente sus defensas. En más de una ocasión sus acciones y movimientos hacían que el público, cada vez más numeroso, aclamara y aplaudiera. Julia se sentía orgullosísima de la habilidad de su compañera.
—¿Or vais a rendir ya? —preguntó Lena con sorna, mirando a las dos mujeres, que empezaban a dar muestras de agotamiento. Acababa de marcar su tercera canasta sin oposición.
—Jamás, zorra —replicó Chandra con cara de desprecio.
—Pues lo siento por vosotras. Yo puedo seguir toda la noche —se burló la teniente, mirando a su compañera morena, que estaba chorreando de sudor. Sus ojos se encontraron—. Toda la noche.
Julia sintió que se le estremecía el corazón, y de algún modo supo que su compañera ya no estaba hablando de baloncesto. Tal vez fuera por el sutil agravamiento de su voz y su tono bajo y seductor. No estaba segura, pero sintió un escalofrío delicioso por todo el cuerpo.
El partido se reanudó, y mientras las otras mujeres notaban que iban perdiendo energía, Lena parecía cada vez más llena de vigor y su fuerza envolvía a Julia, que estaba decidida a seguir el ritmo de su compañera. Fue Skinny quien acabó por poner fin al partido, en medio de las protestas de Chandra y su compañera.
—¿Pero de qué vas, chica? —soltó el hombre con desprecio—. Las blanquitas os han pasado por la piedra. Os llevan tanta ventaja que tendríais que jugar solas una hora para conseguir igualar.
—Tú, zorra, no hemos terminado. —Chandra las señaló con un dedo flaco cuando Lena y Julia salían de la cancha.
—Sí que hemos terminado. —Lena se volvió y se acercó a la mujer—. Has perdido, acéptalo, y si me entero de que has estado fastidiando a mi chica, volveré y la próxima vez no seré tan cortés.
Sin decir nada más, la teniente se dio la vuelta y se acercó a donde estaba Julia. Rodeó con aire informal los hombros de la mujer más baja con un brazo y la estrechó, cosa que no contribuyó en nada a la serenidad de la morena. Incluso sudorosa la mujer alta olía maravillosamente.
—Has estado fantástica —balbuceó Julia, consciente de la forma en que la presencia de la mujer le inflamaba todo el cuerpo.
—Bueno, no estaba dispuesta en absoluto a perder ante esas mujeres. Yo no le beso el culo a cualquiera —replicó Lena con una sonrisa taimada—. Ya te dije que éramos un equipo invencible.
—Sí, me lo dijiste —asintió la inspectora más baja, y sintió que la abandonaba el calor de la otra mujer cuando ésta apartó el brazo.
—Habéis estado geniales —exclamó Skinny entusiasmado, acercándose a ellas. Sonreía de oreja a oreja. Ambas mujeres levantaron la mano e intercambiaron una palmada amistosa con el hombre—. No te había reconocido, pero algunos de esos movimientos me suenan mucho. ¿Cómo has dicho que te apellidabas?
—Katina —dijo la teniente con amabilidad, y la sonrisa del hombre se hizo aún más grande, si eso era posible.
—Te conozco. —Skinny soltó una carcajada—. Tú jugabas en la selección nacional.
—Sí, durante tres años —fue la modesta respuesta.
—¿Y por qué lo dejaste, chica, si todavía lo tienes todo? —quiso saber el hombre.
—También tengo un trabajo que me encanta —dijo Lena tranquilamente, consciente de que la inspectora morena estaba siguiendo la conversación con enorme interés.
—Qué pena, chica. —El hombre meneó la cabeza con pesar—. ¿Te vamos a volver a ver por aquí?
—Eso depende de mi amiga —fue la solemne respuesta, y por un momento los ojos azules y verdes grisáceos se encontraron.
—Volverá —intervino Julia por primera vez, y Lena asintió, sintiendo que se le quitaba un peso de encima. Se volvió para mirar al hombre y sonrió.
—Volveré —dijo, y el hombre asintió antes de regresar con sus amigos.
—No me habías dicho que jugaste en la selección nacional —la acusó la morena cuando se quedaron solas. Ahora entendía por qué la mujer se había mostrado tan arrogante.
—No me lo preguntaste —dijo la teniente, encogiéndose de hombros. Nunca estaba muy cómoda hablando de sí misma.
—Así que cuando jugamos, me lo pusiste fácil —dijo la mujer menuda, y su compañera soltó un resoplido.
—No creas que lo hago tan bien. Tú eres buena, Julia, mucho mejor que esas mujeres contra las que acabamos de jugar. —Lena se irguió y miró a la otra mujer—. Han intentado hacer florituras, cosa que no funciona con jugadoras hábiles de verdad. Tú te esfuerzas y eso es más importante que cualquier truco.
Julia se puso radiante por las alabanzas y se apresuró a apartar la mirada, no fuera a ser que sus ojos revelaran algo que no quería que la otra mujer viera.
—Escucha, todavía nos quedan unas horas antes de empezar el turno, ¿quieres que comamos algo?
—Sí, me gustaría —asintió Lena—. Pero tendrá que ser en un sitio donde no les importe que entren mujeres mal olientes.
—Conozco el sitio perfecto —sonrió la inspectora morena—. Es una pequeña taberna que está un poco más abajo. Parece un antro, pero la comida es estupenda y la pareja italiana que lo lleva recibe bien a todo el mundo.
—Pues vamos —aceptó la mujer más alta.
El restaurante estaba lleno de lo que Lena dedujo que eran varios clubes de fútbol, pero consiguieron encontrar una mesa vacía junto a la pared. Se sentaron, saboreando los deliciosos aromas que llenaban el local.
—Hoy lo he pasado bien —dijo, una vez encargada la comida—. Gracias por invitarme.
—De nada, siempre que quieras.
—¿Estás segura? —dijo la teniente, con seriedad—. Algunas personas defienden mucho su propio espacio. No quiero que parezca que estoy invadiendo tu territorio.
—No soy territorial. —La morena sonrió relajadamente y estiró los músculos doloridos—. Sabes, casi me planteo perder el partido a propósito.
—¿Sí? —Unas cejas bien perfiladas desaparecieron bajo el flequillo húmedo. La confesión pilló a Lena por sorpresa.
—Sí, la idea de que mi jefa me besara el culo me resultaba casi demasiado tentadora —dijo Julia riendo.
Pues todavía podría ocurrir, pensó Lena, y por un momento se permitió fantasear con la idea. Notó que le aumentaba el calor del cuerpo y se apresuró a pensar en otra cosa.
—Bueno, ¿y cómo es que has acabado relacionándote con estos chicos? —preguntó la teniente, y bebió un sorbo de la jarra fría de cerveza que había traído la camarera.
—Fuimos todos a St. Jude's, que está en esta calle, más abajo —explicó la morena—. Skinny y Watson pertenecían al equipo preuniversitario masculino al mismo tiempo que yo estaba en el equipo femenino. En los viajes para jugar fuera de casa nos juntábamos porque no éramos del distrito y en realidad no formábamos parte de los grupos con los que estaban los demás. Seguimos siendo amigos después del instituto.
—¿Están relacionados con las bandas de la zona?
—En realidad no —respondió Julia con cautela—. Tienen una ligera afiliación, pero sólo porque viven en el barrio. Los dos tienen mujer e hijos y buenos trabajos en la ciudad. No quieren echarlo a perder.
Lena asintió, confirmando que su primera impresión de los hombres había sido correcta. Había visto los colores de las bandas en algunos de los jugadores, pero la mayoría de ellos parecían independientes, lo cual probablemente era una decisión difícil si vivían en este barrio.
—Escucha, he conseguido un par de entradas para un partido de los Sonics contra los Bulls el próximo viernes y me preguntaba si te gustaría ir conmigo —preguntó Lena, sintiéndose más nerviosa de lo que parecía—. Claro, que tendrás que aguantar a mi hermano y su mujer, pero son unos seguidores entusiastas.
—Me encantaría ir —aceptó Julia, sintiendo un estallido de felicidad en el corazón.
—Genial. —La peliroja estaba encantada—. Podría recogerte y podríamos ir a cenar primero.
—Me parece estupendo —asintió la morena, preguntándose si sería capaz de contener la emoción. Siete días era mucho tiempo, y ni siquiera la idea de conocer a miembros de la familia de la teniente conseguía aplacar su entusiasmo.

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Re: Roadkill (adaptación)

Mensaje por Aleinads Hoy a las 11:38 am

Mas acercamiento, que genial!!! Se pone buena la cosa Wink cheers
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