BEAUTIFUL BASTARD // CHRISTINA LAUREN

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Re: BEAUTIFUL BASTARD // CHRISTINA LAUREN

Mensaje por Admin el Lun Feb 09, 2015 12:21 am

19
Julia


Sabía que las mujeres se pueden poner de mal humor de repente. Conocía unas cuantas que se veían enfrascadas en pensamientos y situaciones imaginarias y con un solo «qué pasaría si...» se remontaban desde treinta mil años atrás hasta el futuro y se enfadaban por algo que asumían que ibas a hacer tres días después.
Pero no me parecía que eso fuera lo que estaba pasando con Lena y de todas formas ella nunca había sido ese tipo de mujer. La había visto furiosa antes. Demonios, de hecho había visto todos los estados de enfado que tenía: molesta, iracunda, detestable y cercana a la violencia.
Pero nunca la había visto dolida.
Se enterró en una montaña de documentos en el corto viaje hasta el aeropuerto. Se excusó para llamar a su padre y ver cómo estaba mientras esperábamos en la puerta. En el avión se durmió en cuanto llegamos a nuestros asientos, ignorando mis ingeniosas peticiones de que entráramos en el club de los que han follado a más de mil metros. Abrió los ojos el tiempo justo para rechazar la comida, aunque yo sabía que no había desayunado nada. Cuando se despertó por fin empezábamos a descender y se puso a mirar por la ventanilla en vez de mirarme a mí.
—¿Me vas a decir qué ocurre?
Tardó mucho en contestarme y mi corazón empezó a acelerarse. Intenté pensar en todos los momentos en que podía haberlo fastidiado todo. Sexo con Lena en la cama. Más sexo con Lena.
Orgasmos para Lena. Había tenido muchos orgasmos, para ser sinceros. No creía que fuera eso.
Despertarnos, ducha, profesarle mi amor básicamente. El vestíbulo del hotel, Gugliotti, aeropuerto.
Me detuve. La conversación con Gugliotti me había hecho sentir muy falsa. No estaba segura de por qué había actuado como una idiota posesiva, pero no podía negar que Lena tenía ese efecto en mí.
Había estado increíble en la reunión, lo sabía, pero no tenía ni la más mínima intención de dejar que ella bajara un escalón y acabara trabajando para un hombre como Gugliotti cuando acabara su máster.
Él seguramente la trataría como a un trozo de carne y se pasaría el día mirándole el trasero.
—Oí lo que dijiste. —Lo dijo en voz tan baja que necesité un momento para registrar que había dicho algo y otro más para procesarlo. Se me cayó el alma a los pies.
—¿Lo que dije cuándo?
Ella sonrió y se volvió, por fin, para mirarme.
—A Gugliotti. —Joder, estaba llorando.
—Sé que he sonado posesiva. Lo siento.
—Que has sonado posesiva... —murmuró volviéndose otra vez hacia la ventanilla—. Has sonado desdeñosa... ¡Me has hecho parecer infantil! Has actuado como si la reunión fuera un ejercicio de formación. Me he sentido ridícula por cómo te la describí ayer, pensando que era algo más.
Le puse la mano en el brazo y me reí un poco.
—Los hombres como Gugliotti tienen un ego muy grande. Necesita sentir que los ejecutivos los escuchan. Hiciste todo lo que hacía falta. Él solo quería que yo fuera la que le pasara el contrato
«oficial».
—Pero eso es absurdo. Y tú lo has alentado, utilizándome a mí como peón.
Parpadeé confusa. Yo había hecho exactamente lo que había dicho. Pero así se jugaba el juego, ¿no?
—Eres mi asistente.
Una breve carcajada escapó de sus labios y se volvió hacia mí otra vez.
—Claro. Porque tú te has preocupado todo este tiempo de cómo ha progresado mi carrera.
—Claro que lo he hecho.
—¿Cómo puedes saber que necesito rodaje? Apenas te fijaste en mi trabajo antes de ayer.
—Eso es totalmente falso —dije y negué con la cabeza. Estaba empezando a irritarme—. Lo sé porque he estado observando «todo» lo que has hecho. No quiero ejercer presión sobre ti para que hagas más de lo que puedes hacer ahora, y por eso estoy manteniendo el control sobre la cuenta de Gugliotti. Pero lo hiciste muy bien y estoy muy orgullosa de ti.
Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el asiento.
—Me has llamado «niña».
—¿Ah, sí? —Busqué en mi memoria y me di cuenta de que tenía razón—. Supongo que no quería que te viera como la mujer de negocios explosiva que eres e intentara contratarte y tirársete.
—Dios, Julia. Eres tan imbécil... ¡Tal vez quiera contratarme porque puedo hacer bien el trabajo!
—Discúlpame. Estoy actuando como una novia posesiva.
—Eso de «novia posesiva» no es nuevo para mí. Es que has actuado como si me hubieras hecho un favor. Es lo condescendiente que has sido. Y no estoy segura de que ahora sea el mejor momento para entrar en la interacción típica de jefa y asistente.
—Te he dicho que creo que lo hiciste fantásticamente con él.
Ella se me quedó mirando mientras empezaba a ponerse roja.
—No deberías haber dicho eso en primer lugar. Deberías haber dicho: «Bien. Vamos a volver al trabajo». Y ya está. Y con Gugliotti actuaste como si me tuvieras bajo tu ala. Antes de esto habrías fingido que apenas me conocías.
—¿De verdad tenemos que hablar de por qué era una cabrona antes? Tú tampoco eras la persona más dulce del mundo. ¿Y por qué lo vamos a sacar a relucir ahora precisamente?
—No estoy hablando de que tú fueras una cabrona antes. Estoy hablando de cómo eres ahora. Estás intentando compensarme. Por eso exactamente es por lo que no hay que tirarse a la jefa. Eras una buena jefa antes: me dejabas hacer mi trabajo y tú hacías el tuyo. Ahora eres la mentora preocupada que me llama «niña» mientras habla con el hombre ante el que le he salvado el culo. Es increíble.
—Lena...
—Puedo tratar contigo cuando eres una cabrona tremenda, Julia. Estoy acostumbrada, es lo que espero de ti. Así es cómo funcionan las cosas. Porque aparte de todos los resoplidos y portazos, sé que me respetas. Pero el modo en que te has comportado hoy... eso establece una línea que no había antes. —Negó con la cabeza y volvió a mirar por la ventana.
—Creo que estás exagerando.
—Tal vez —dijo agachándose para sacar el teléfono de su bolso—. Pero me he dejado los cuernos para llegar donde estoy ahora... ¿Y qué estoy haciendo arriesgándolo?
—Podemos hacer las dos cosas, Lena. Durante unos pocos meses, podemos trabajar y estar juntas. Esto, lo que está pasando hoy, se llama miedo a pasar de nivel.
—No estoy segura —dijo parpadeando y mirando más allá de mí—. Estoy intentando hacer lo más inteligente, Julia. Nunca antes había cuestionado mi valía, ni cuando creía que tú sí lo hacías. Y entonces, cuando creía que veías exactamente quién era, me has menospreciado así... —Levantó la vista con los ojos llenos de dolor—. Supongo que no quiero empezar a cuestionarme ahora, después de todo lo que he trabajado.
El avión aterrizó con una sacudida, pero eso no me sobresaltó tanto como lo que ella acababa de decir. Había tenido discusiones con los presidentes de algunos de los departamentos financieros más grandes del mundo. Me había metido en el bolsillo a ejecutivos que creían que podían machacarme.
Podía pelear con esta mujer hasta que terminara el mundo y solo me sentiría más importante con cada palabra. Pero justo en ese momento no fui capaz de encontrar nada que decirle.
Decir que no pude dormir esa noche sería poco. Apenas pude siquiera acostarme. Todas las superficies planas parecían tener su forma y eso que ella nunca había estado en mi casa. El mero hecho de que hubiéramos hablado de ello y que hubiera planeado que ella viniera a mi casa la primera noche nada más volver, hacía que su fantasma pareciera estar allí permanentemente.
La llamé y no me cogió el teléfono. Cierto que eran las tres de la mañana, pero yo sabía que ella tampoco estaba durmiendo. Su silencio se vio empeorado por el hecho de que sabía cómo se sentía.
Sabía que estaba tan metida en aquello como yo, pero ella pensaba que no debería.
No veía el momento de que llegara el día siguiente.
Entré a las seis, antes de que ella llegara. Nos traje café a las dos y actualicé mi agenda para ahorrarle un poco de tiempo que pudiera utilizar para ponerse al día después de haber estado fuera. Envié por fax el contrato a Gugliotti diciéndole que la versión que vio en San Diego era la versión final y que lo que Lena le dijo era lo que valía. Le di dos días para devolverlos firmados.
Y después me puse a esperar.
A las ocho mi padre entró en el despacho y Vadim cerró la puerta detrás de él. Mi padre fruncía el ceño a menudo, pero muy pocas veces cuando me miraba a mí. Y Vadim nunca parecía molesto.
Pero ahora mismo los dos parecían tener ganas de asesinarme.
—¿Qué has hecho? —Mi padre dejó caer una hoja de papel sobre mi mesa.
La sangre se me heló en las venas.
—¿Qué es eso?
—Es la carta de dimisión de Lena. Me la ha mandado a través de Sara esta mañana.
Pasó un minuto entero antes de que pudiera hablar. En ese tiempo lo único que se oyó fue la voz de mi hermano diciendo:
—Jul, imbécil, ¿qué ha pasado?
—La he fastidiado —dije finalmente apretándome las manos contra los ojos.
Mi padre se sentó con la cara seria. Estaba sentado en la misma silla en la que, menos de un mes antes, se había sentado Lena con las piernas abiertas y se había tocado mientras yo intentaba mantener la compostura por teléfono.
«Dios, ¿cómo he dejado que pase esto?»
—Dime qué ha ocurrido —mi padre habló en voz muy baja: un período de calma entre dos terremotos.
Me aflojé la corbata porque me estaba agobiando por la presión que sentía en el pecho.
«Lena me ha dejado.»
—Estamos juntas. O estábamos.
Vadim gritó:
—¡Lo sabía!
A la vez que mi padre gritaba:
—¿Que ustedes qué?
—No lo estábamos hasta San Diego —les aclaré rápidamente—. Antes de San Diego solo estábamos...
—¿Follando? —intentó ayudarme graciosamente Vadim y recibió una mirada reprobatoria de mi padre.
—Sí. Solo estábamos... —Una punzada de dolor me atravesó el pecho. Su expresión cuando me incliné para besarla. Cómo se mordía el carnoso labio inferior. Su risa contra mi boca—. Y como ambos saben, yo soy una imbécil. Pero ella me plantaba cara de todas formas —les aseguré—. Y en San Diego se convirtió en algo más. Joder. —Estiré la mano para coger la carta, pero la aparté—. ¿De verdad ha dimitido?
Mi padre asintió con su expresión inescrutable. Ese había sido su superpoder durante toda mi vida: en los momentos en los que más sentía, mostraba lo mínimo.
—Por eso tenemos la política de no confraternización en la oficina, Jul —me dijo bajando la voz al llegar a mi diminutivo—. Creía que era más inteligente que todo esto.
—Lo sé. —Me froté la cara con las manos y después le hice un gesto a Vadim para que se sentara y les conté todos los detalles de lo que había pasado con mi intoxicación alimentaria, la reunión con
Gugliotti y cómo Lena me había sustituido diligente y competentemente. Dejé claro que acabábamos de decidir que íbamos a estar juntas cuando me encontré con Ed en el hotel.
—Eres una maldita estúpida —dijo mi hermano cuando terminé y ¿cómo no iba a estar de acuerdo?
Después de una dura charla y de asegurarme de que teníamos que hablar largo y tendido de todas las formas en que lo había fastidiado todo, mi padre se fue a su despacho para llamar a Lena y pedirle que volviera a trabajar para él lo que le quedaba de las prácticas del máster.
Él no solo estaba preocupado por el efecto sobre Volkov Media, aunque si ella decidía quedarse cuando acabara su máster podría fácilmente convertirse en uno de los miembros más importantes de nuestro equipo de marketing estratégico. También le irritaba que a ella le quedaban menos de tres meses para encontrar un nuevo puesto de asistente, aprender los entresijos del nuevo trabajo y hacerse cargo de otro proyecto para presentar ante la junta de la beca. Y dada su influencia en la facultad de empresariales, lo que ellos dijeran determinaría si Lena obtenía una matrícula de honor y una carta de recomendación del consejero delegado de JT Miller.
Eso podía propiciar un buen principio para su carrera o destrozarla.
Vadim y yo nos sentamos en un silencio sepulcral durante la siguiente hora; él me miraba fijamente y yo miraba por la ventana. Casi podía sentir cuántas ganas tenía de darme una paliza. Mi padre volvió a mi despacho, recogió la carta de dimisión y la dobló en tres partes. Todavía no había sido capaz de mirarla. La había escrito a ordenador y, por primera vez desde que la conocí, no había nada que deseara más que ver su caligrafía ridículamente mala en vez de esa carta impersonal en blanco y negro escrita en Times New Roman.
—Le he dicho que esta empresa la valora y que esta familia la quiere y que queremos que vuelva. —Mi padre hizo una pausa y me miró—. Me ha dicho que esas son razones todavía más poderosas para que ella quiera hacer esto sola.
Chicago se convirtió en un universo paralelo, uno en el que era como si Billy Sianis nunca hubiera echado la maldición de la cabra sobre los Chicago Cubs y como si Oprah nunca hubiera existido porque en él, Lena ya no trabajaba para Volkov Media. Había dimitido. Había dejado uno de los proyectos más grandes de la historia de Volkov Media. Me había dejado a mí.
Cogí el archivo Papadakis de su mesa; el departamento legal había hecho el borrador del contrato mientras estábamos en San Diego y todo lo que le faltaba era una firma. Lena se podría haber pasado los últimos dos meses de su máster perfeccionando su presentación para la junta de la beca. En vez de eso estaría empezando en otro sitio.
¿Cómo había podido soportar todo lo que le había hecho pasar antes y, sin embargo, irse por aquello? ¿Realmente era tan importante que yo la tratara como a una igual ante un hombre como
Gugliotti que eso le había hecho sacrificar lo que había entre nosotros?
Con un gruñido tuve que reconocer que la razón que tenía para preguntar eso también era la razón por la que se había ido Lena. Yo creía que podíamos mantener nuestra relación y nuestras carreras, pero eso era porque yo ya había demostrado lo que podía hacer. Ella era una asistente. Todo lo que necesitaba de mí era que le asegurara que su carrera no iba a sufrir por nuestra temeridad e hice justo lo contrario: confirmarle que así iba a ser.
Tengo que admitir que me sorprendió que en la oficina no se volvieran todos locos con lo que yo había hecho, pero parecía que solo mi padre y Vadim lo sabían. Lena había tenido lo nuestro en secreto siempre. Me pregunté si Sara sabría todo lo que había pasado, si estaría en contacto con Lena.
Y pronto tuve mi respuesta. Unos pocos días después de que Chicago cambiara, Sara entró en mi despacho sin llamar.
—Esta situación es una estupidez total.
Levanté la vista para mirarla y dejé el archivo que había estado estudiando para mirarla fijamente lo bastante para hacerla revolverse un poco antes de hablar.
—Quiero recordarle que «esta situación» no es asunto suyo.
—Soy su amiga, así que lo es.
—Como empleada de Volkov Media de Vadim, no lo es.
Me miró durante un largo momento y después asintió.
—Lo sé. No se lo voy a decir a nadie, si eso es lo que insinúa.
—Claro que eso era lo que quería decir. Pero también me refiero a su comportamiento. No quiero que meta las narices en mi despacho sin molestarse en llamar.
Ella pareció arrepentida pero no se arredró ante mi mirada. Estaba empezando a ver por qué ella y Lena eran tan amigas: ambas tenían una voluntad de hierro que rozaba en la imprudencia y eran ferozmente leales.
—Comprendido.
—¿Puedo preguntarle por qué está aquí? ¿Es que la ha visto?
—Sí.
Esperé. No quería presionarla para que rompiera su confianza, pero, Dios santo, estaba deseando sacudirla hasta que soltara todos los detalles.
—Le han ofrecido un trabajo en Studio Marketing.
Exhalé tenso. Una empresa decente, aunque pequeña. Un recién llegado con algunos buenos ejecutivos junior pero unos cuantos gilipollas de marca mayor dirigiéndola.
—¿Quién es su jefe?
—Un tío que se apellida Julian.
Cerré los ojos para ocultar mi reacción. Troy Julian estaba en la junta y era un ególatra con una afición por llevar mujeres floreros colgadas del brazo que solo rozaba la legalidad. Lena tenía que saberlo, ¿en qué estaría pensando?
«Piensa, imbécil.»
Ella estaría pensando que Julian tenía los recursos para darle un proyecto con suficiente sustancia en el que pudiera trabajar para hacer su presentación dentro de tres meses.
—¿En qué proyecto está trabajando?
Sara caminó hasta mi puerta y la cerró para que la información no llegara a oídos ajenos.
—Sander’s Pet Chow.
Me puse de pie y golpeé la mesa con las dos manos. La furia me estranguló y cerré los ojos para controlar mi genio antes de tomarla con la asistente de mi hermano.
—Pero es una cuenta diminuta.
—Ella no es más que una asistente, señora Volkova. Claro que es una cuenta diminuta. Solo alguien que está enamorado de ella la dejaría trabajar en una cuenta de un millón de dólares y un contrato de marketing de diez años. —Sin mirarme se giró y salió del despacho.
Lena no me contestó al móvil, ni al teléfono de su casa, ni a ningún email de los que le mandé a la cuenta personal que tenía en su archivo. Ni llamó, ni pasó por allí, ni dio ninguna indicación de que quisiera hablar conmigo. Pero cuando sientes que te han abierto en canal el pecho con un pico y no puedes dormir, haces cosas como mirar en su información confidencial la dirección del apartamento de tu asistente, vas hasta allí en el coche un sábado a las cinco de la mañana y esperas a que salga.
Y como no salió del apartamento en un día entero, convencí al guardia de seguridad de que era su prima y estaba preocupada por su salud. Él me acompañó arriba y se quedó detrás de mí cuando llamé a la puerta.
El corazón me latía tan fuerte que parecía que estuviera a punto de salírseme del pecho. Oí que alguien se movía dentro y caminaba hacia la puerta. Podía prácticamente sentir su cuerpo a centímetros del mío, separado por la madera. Una sombra apareció en la mirilla. Y después, silencio.
—Lena.
No abrió la puerta, pero tampoco se apartó.
—Cariño, por favor, abre la puerta. Necesito hablar contigo.
Después de lo que me pareció una hora, dijo:
—No puedo, Julia.
Apoyé la frente contra la puerta y también las palmas. Tener algún superpoder me habría venido bien en ese momento. Manos que escupían fuego, o la sublimación, o solo la capacidad de encontrar algo adecuado que decir. En ese momento eso me parecía imposible.
—Lo siento.
Silencio.
—Lena... Dios. Lo entiendo, ¿vale? Repróchame que he vuelto a ser una idiota. Dime que me den. Hazlo a tu manera... pero no te vayas.
Silencio. Todavía estaba ahí. Podía sentirla.
—Te echo de menos. Joder que si te hecho de menos. Mucho.
—Julia... ahora no, ¿vale? No puedo hacer esto.
«¿Estaba llorando?» Odiaba no saberlo.
—Oye, chica. —El guardia de seguridad sonaba como si ese fuera el último lugar en el que quisiera estar y se veía que estaba cabreado porque le había mentido—. Esto no es por lo que dijiste que querías subir. Parece estar bien. Vamos.
Me fui a casa y me bebí una buena cantidad de whisky. Durante dos semanas estuve jugando al billar en un bar sórdido e ignoré a mi familia. Llamé a la empresa para decir que estaba enferma y solo salí de la cama para coger de vez en cuando un cuenco de cereales, rellenar el vaso o ir al baño, donde siempre que veía mi reflejo me mostraba el dedo en un gesto grosero. Estaba deprimida, y como nunca antes había experimentado nada como eso, no tenía ni idea de cómo salir de ello.
Mi madre vino con algo de comida y la dejó en la puerta.
Mi padre me dejaba mensajes de voz con las cosas que pasaban en el trabajo.
Mina me trajo más whisky.
Por fin vino Vadim, con el único juego de llaves de repuesto de mi casa que había, me tiró agua helada encima y después me pasó un recipiente de comida china. Me comí la comida mientras él me amenazaba con pegar fotos de Lena por toda la casa si no me recuperaba de una vez y volvía al trabajo.
Durante las siguientes semanas Sara supuso que estaba perdiendo la cabeza poco a poco y empezó a pasar para darme informes una vez a la semana. Se mantenía estrictamente profesional, diciéndome cómo le iba a Lena en su nuevo trabajo con Julian. Su proyecto iba bien. Los de Sanders la adoraban.
Había hecho una presentación de la campaña a los ejecutivos y le habían dado el visto bueno. Nada de todo aquello me sorprendió. Lena era mucho mejor que todos los que trabajaban allí.
Ocasionalmente Sara dejaba caer algo más. «Ha vuelto al gimnasio», «Tiene mejor aspecto» o «Se ha cortado el pelo un poco más corto, y le queda muy bien» o «Salimos todas el sábado. Creo que se lo pasó bien, pero se fue pronto».
«¿Será porque tenía una cita?», me pregunté. Y después descarté esa idea. No me la podía imaginar viendo a otra persona. Sabía cómo había sido lo nuestro y estaba bastante segura de que Lena tampoco estaba viendo a nadie más.
Esos «informes» nunca eran suficientes. ¿Por qué no podía Sara sacar su teléfono y hacerle unas cuantas fotos? Estaba deseando encontrarme con Lena en una tienda o por la calle. Incluso fui a La
Perla un par de veces. Pero no la vi en dos meses.
Un mes vuela cuando te estás enamorando de la mujer con la que antes tenías sexo. Dos son una eternidad cuando la mujer que quieres te deja.
Así que cuando se acercaba la fecha de su presentación y oí en boca de Sara que Lena estaba preparada y que manejaba a Julian con disciplina de hierro, pero que también parecía «un poco más pequeña y menos ella», por fin reuní el valor que necesitaba.
Me senté en mi mesa, abrí PowerPoint y saqué el plan de Papadakis. A mi lado en la mesa, el teléfono sonó. Pensé en no contestar, porque quería centrarme en aquello y solo aquello.
Pero era un número local desconocido y una parte importante de mi cerebro quiso pensar que podría ser Lena.
—Julia Volkova.
La risa de una mujer se oyó al otro lado de la línea.
—Mira, guapa, eres una cabrona idiota.















20
Elena

El director Cheng y los otros miembros de la junta de la beca entraron y me saludaron amigablemente antes de tomar asiento. Comprobé mis notas y la conexión entre el portátil y el sistema del proyector, y esperé que los últimos rezagados entraran en la sala. El hielo repiqueteó en los vasos cuando se sirvieron agua. Los colegas hablaron entre ellos en voz baja y alguna risa ocasional rompió el silencio.
«Colegas.»
Nunca me había sentido tan aislada. El señor Julian ni siquiera se había molestado en presentarse allí para apoyarme. Qué sorpresa.
La sala era muy parecida a otra sala de reuniones que había a diecisiete manzanas de ahí. Había estado de pie delante del edificio Volkov Media Tower un poco antes aquella misma mañana, dándole las gracias en silencio a todos los que había dentro por convertirme en quién era. Y después había venido caminando, contando las manzanas e intentando ignorar el dolor de mi pecho, sabiendo que
Julia no iba a estar en la sala hoy conmigo, estoica, jugueteando con sus gemelos y con sus ojos atravesando mi calma exterior.
Echaba de menos mi proyecto. Echaba de menos a mis compañeros. Echaba de menos los estándares despiadados y exigentes de Julia. Pero sobre todo echaba de menos a la persona en que se había convertido para mí. Odiaba haber sentido la necesidad de elegir una Julia sobre la otro y no acabar con ninguna de las dos.
Una asistente llamó y asomó la cabeza por la puerta para llamar mi atención. Le dijo al señor Cheng:
—Tengo unos formularios que Lena tiene que firmar antes de empezar. Volvemos enseguida.
Sin hacerle ninguna pregunta la seguí afuera, con las manos temblando junto a los costados y deseando poder deshacerme de mis nervios. «Puedes hacerlo, Lena.» Veinte miserables diapositivas detallando una campaña de marketing mediocre de cinco cifras para una empresa local de comida para animales. Pan comido.
Solo tenía que acabar con eso y después podría irme de Chicago y empezar de nuevo en algún lugar a cientos de kilómetros de allí. Por primera vez desde que me había mudado allí, Chicago me resultaba completamente ajeno.
Pero aun así, todavía estaba esperando que mi marcha empezara a parecerme la decisión correcta.
En vez de quedarnos en la mesa de la asistente, cruzamos un pasillo hasta otra sala de reuniones.
Ella abrió la puerta y me hizo un gesto para que entrara antes que ella. Pero cuando entré, en vez de seguirme, ella cerró la puerta dejándome allí a solas.
O no tan a solas.
Me dejó con Julia.
Sentí como si mi estómago se hubiera evaporado y mi pecho se hubiera hundido en el hueco que había dejado. Estaba de pie junto a la pared de cristal que había en el lado más alejado de la habitación, con un traje azul marino y una corbata morada que le regalé por Navidad y llevaba en la mano un grueso archivo. Tenía los ojos oscuros e inescrutables.
—Hola. —Le falló la voz en esas dos únicas sílabas.
Yo tragué saliva, mirando hacia la pared y luchando para contener mis emociones. Estar lejos de Julia había sido un infierno. Más veces al día de las que podía contar fantaseaba con volver a Volkov
Media, o con verla entrar en el cubículo en el que trabajaba ahora en plan Oficial y noble, o con que apareciera en mi puerta con una bolsa de La Perla colgando de uno de sus largos y provocativos dedos.
Pero no esperaba verla allí, y después de tanto tiempo, incluso esa palabra vacilante casi pudo conmigo. Echaba de menos su voz, su sonrisa, sus labios, sus manos. Echaba de menos la forma en que me miraba, la forma en que esperó por mí, la forma en que yo podía decir que había empezado a quererme.
Julia estaba allí. Y tenía un aspecto horrible.
Había perdido peso y aunque iba perfectamente vestida y bien arreglada, la ropa caía de una manera extraña de su alto cuerpo. Parecía que no había dormido en varias semanas. Conocía esa sensación.
Tenía ojeras y no aparecía por ninguna parte su sonrisita burlona tan característica. En su lugar, su boca dibujaba una línea recta. El fuego que yo siempre había asumido que era propio de su expresión estaba completamente extinguido.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
Levantó una mano y se la pasó por el pelo, deshaciendo completamente el patético estilismo que había intentado hacerse. El corazón se me retorció ante ese desaliño tan familiar.
—Estoy aquí para decirte que has sido una imbécil por dejar Volkov Media.
Me quedé boquiabierta al oír su tono y una oleada familiar de adrenalina me recorrió las venas.
—He sido una imbécil por muchas cosas. Gracias por venir. Una reunión muy divertida. —Me volví para salir de ahí.
—Espera —dijo en voz baja y exigente.
Los viejos instintos se pusieron a trabajar, me detuve y me volví hacia ella. Se había acercado varios pasos.
—Las dos hemos sido unos idiotas, Lena.
—En eso estamos de acuerdo. Tenías razón al decir que has trabajado mucho como mi mentora. He aprendido mi idiotez de la mayor idiota que existe. Todo lo bueno lo he aprendido de tu padre.
Esa crítica pareció haber alcanzado su destino y ella hizo una mueca de dolor y dio un paso atrás.
Había sentido un millón de emociones en los últimos meses: mucha ira, algo de arrepentimiento, una culpa frecuente y un zumbido continuo de orgullo lleno de justa indignación, pero sabía que lo que acababa de decir no era justo, y de inmediato me arrepentí. Ella me había empujado, no siempre de forma intencionada, pero aunque solo fuera por eso le debía algo.
Pero mientras estaba allí de pie en aquella habitación cavernosa con ella, con el silencio naciendo y creciendo como una plaga entre las dos, me di cuenta de que había estado totalmente equivocada todo ese tiempo: fue ella quien me dio la oportunidad de trabajar en los proyectos más importantes. Me llevo consigo a todas las reuniones. Me  hizo escribir los informes críticos, hacer las llamadas difíciles, gestionar la entrega de los documentos de las cuentas más sensibles.
Ella había sido mi mentora y eso le importaba mucho.
Tragué saliva.
—No quería decir eso.
—Lo sé. Lo veo en tu cara. —Se pasó la mano por la boca—. Pero es parcialmente cierto. No me merezco reconocimiento por lo buena que eres. Supongo que como soy una ególatra necesitaba una parte de él. Pero fue también porque me resultas realmente inspiradora.
El nudo que había empezado a formarse en mi garganta pareció extenderse hacia abajo y hacia fuera y no me dejaba respirar a la vez que me presionaba el estómago. Estiré el brazo en busca de la silla más cercana.
—¿Por qué has venido, Julia? —pregunté de nuevo.
—Porque si lo estropeas ahora, yo me voy a ocupar personalmente de que no vuelvas a trabajar para ninguno de los integrantes de la lista de los 500 de la revista Fortune nunca más.
No me lo esperaba y mi enfado resurgió renovado y ardiente.
—No voy a estropear nada, idiota. Estoy preparada.
—No es eso lo que quería decir. Tengo las diapositivas de Papadakis aquí y también los dossieres. —Me enseñó un lápiz USB y una carpeta—. Y si no te luces con esta presentación ante la junta voy a acabar contigo.
No había sonrisa arrogante ni juego de palabras intencionado. Pero detrás de lo que decía, pareció resonar algo más.
«Nosotros. Esto somos nosotros.»
—Tengas lo que tengas ahí, no es mío —dije señalando el lápiz—. Yo no he preparado las diapositivas de Papadakis. Me fui antes de poder hacerlas.
Ella asintió como si estuviera siendo excepcionalmente lenta.
—Ya estaban hechos los borradores de los contratos para mandar a firmar cuando tú dimitiste. Yo solo he hecho las diapositivas basándome en «tu» trabajo. Y esto es lo que vas a presentar hoy y no una campaña de marketing de una mierda de comida de perro.
Resultó humillante que ella me tirara mi trabajo a la cara y yo di unos pasos hacia ella.
—Maldita sea, Julia. Me dejé los cuernos trabajando para ti y me los he dejado trabajando para Julian. Y me dejaré los cuernos sea donde sea donde acabe después, tanto si es vendiendo comida para  animales como gestionando campañas de un millón de dólares, y ya te puedes ir a la mierda si crees que puedes entrar aquí con eso y decirme cómo tengo que llevar mi carrera. Tú no me controlas.
Ella se acercó.
—No quiero controlarte.
—Y una mierda.
—Quiero ayudarte.
—No necesito tu ayuda.
—Sí, Lena, sí la necesitas. Aprovéchala. Este trabajo es tuyo. —Estaba lo bastante cerca para extender la mano y tocarme y aún dio un paso más. Ahora estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, oler su jabón y su piel combinados para formar su olor familiar—. Por favor. Te lo has ganado. Esto impresionará más a la junta.
Un mes antes, había querido más que nada en el mundo presentar esa cuenta. Había sido mi vida durante meses. Era mía. Pude sentir que se me formaban lágrimas en los ojos y parpadeé para apartarlas.
—No quiero estar en deuda contigo.
—Esto no es un favor. Yo te estoy pagando por tu trabajo. Estoy admitiendo que la he fastidiado. Te estoy diciendo que tienes una de las mejores mentes para los negocios que he conocido. —Su mirada se dulcificó y su mano se acercó para apartarme un mechón de pelo y ponérmelo tras el hombro—. No estarás en deuda conmigo. A menos que tú quieras... pero de una forma totalmente diferente.
—No creo que pudiera volver a trabajar para ti —dije haciendo que las palabras pasaran a la fuerza por el nudo de desesperación de mi garganta. Necesitaba todas mis fuerzas para no alargar la mano y tocarla.
—No quería decir eso. Te estoy diciendo que lo he hecho muy mal como jefa. —Tragó saliva nerviosamente e inspiró profundamente—. Y también como amante. Necesito que aceptes esta presentación —dijo tendiéndome el lápiz usb—. Y necesito que me aceptes otra vez a mí.
Me quedé mirándola.
—Tengo que volver a la sala de reuniones.
—No, todavía no. Van retrasados. —Miró su reloj—. Hace un minuto más o menos Vadim ha llamado a Cheng con una distracción estúpida para que yo pudiera hablar contigo a solas y pudiera decirte A, que eres imbécil y B, que quiero otra oportunidad contigo.
Una sonrisa asomó a las comisuras de su boca y yo me mordí el labio inferior para evitar sonreír también. Los ojos de Julia ardieron victoriosos.
—Te agradezco lo que estás haciendo aquí —dije escogiendo las palabras—. He trabajado mucho en esa cuenta y en cierto modo la siento mía. Si no te importa, me gustaría que la junta viera los detalles de la cuenta Papadakis en los dossieres que has traído. Pero voy a presentar la cuenta de Sanders.
Consideró esa posibilidad examinándome. Un músculo en su mandíbula se tensó, un signo inequívoco de impaciencia.
—Está bien. Hazme la presentación a mí aquí. Convénceme de que no vas a cometer un suicidio en esa sala.
Me erguí y dije:
—La campaña es un juego con los elementos del programa Top Chef . Pero en cada episodio, o anuncio en este caso, se hablará de un ingrediente diferente de la comida y el reto será crear una receta para mascotas propia del más alto gourmet.
Julia tenía los ojos entornados, pero sonrió de forma sincera.
—Eso es muy inteligente, Lena.
Sonreí ante su sinceridad, saboreando el momento.
—La verdad es que no, porque ahí está el chiste. Los ingredientes de Sanders son básicos: buena carne, cereales sencillos. A los perros no les importa lo sofisticada que sea su comida. Quieren carne. Con su hueso y todo. Eso es lo que sabe bien. Mi padre les da a sus perros pienso gourmet todos los días mezclado con arroz integral y un poco de hierba. No es broma. Y en su cumpleaños les da un hueso barato con mucha carne. Es el dueño el que se preocupa por la verdura y el arroz integral y toda esa mierda, no el perro.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Es una forma de reírnos de nosotros mismos por mimar a nuestras mascotas y por tratarlas como un miembro muy querido de la familia. Sanders es ese hueso lleno de carne con el que podemos malcriar a nuestras mascotas todos los días. Y los «jueces» animales siempre elegirán la receta de Sanders.
—Lo has hecho bien.
—¿La campaña? Esa era la intención.
—Sí, pero yo ya sabía que podías hacerlo. Me refiero a la forma de presentarla. Me has picado, me has enganchado.
Me reí al reconocer un cumplido de Julia nada más verlo.
—Gracias.
—Acéptame otra vez, Lena. Dime ahora mismo que lo harás.
Solté una carcajada más alta y me froté la cara.
—Siempre una cabrona exigente.
—¿Vas a fingir que no me has echado de menos? Tú también estás terrible, ¿sabes? Nastya me llamó anoche cuando estaba recopilando el material para las diapositivas...
Le miré con la boca abierta.
—¿Nastya te llamó?
—Y me dijo que estabas hecha un desastre y tenía que ponerme en marcha y encontrarte. Le dije que ya estaba en ello. Iba a hacerlo de todas formas, pero su llamada me puso más fácil esto de veniraquí a suplicarte.
—Pero ¿sabes siquiera cómo se hace eso? —le pregunté ya sonriendo abiertamente.
Julia se humedeció los labios y bajó la mirada a mi boca.
—Probablemente no. ¿Quieres enseñarme?
—Inténtalo. Hazme tu mejor súplica de rodillas.
—Con el debido respeto, que le den, señorita Katina.
—Solo si me lo suplicas…
Ella abrió mucho los ojos y antes de que pudiera decir nada más, le cogí el archivo de la cuenta Papadakis de las manos y me fui de allí.
Entré en la sala de reuniones con Julia pisándome los talones. Los murmullos pararon cuando aparecí.
Le pasé al director Cheng los dossieres y ojeó las diapositivas de la cuenta Papadakis. Sonrió.
—¿Cómo ha conseguido acabar dos proyectos?
Yo balbucí unas cuantas sílabas; no esperaba la pregunta.
—Es muy eficiente —dijo Julia pasando a mi lado y tomando asiento—. Cuando terminó de preparar la cuenta Papadakis, sugirió hacer otro período corto de prácticas en otra empresa, solo hasta que finalizara el curso. Después de todo, esperamos que trabaje en Volkov Media en un futuro próximo.
Me esforcé por ocultar mi impresión. «¿De qué demonios está hablando?»
—Fantástico —dijo un hombre mayor que había en el extremo de la mesa—. ¿Con la cuenta Papadakis?
Julia asintió.
—Trabajando para mi padre. Necesita a alguien que se ocupe de esta cuenta, pero nos hace falta alguien que trabaje con nosotros a tiempo completo. Lena es la elección obvia, si quiere aceptar, claro.
Me tragué unas cinco mil reacciones diferentes. La principal era irritación porque hubiera sacado a relucir aquello delante de la junta. Pero también estaba mezclada con gratitud, emoción y orgullo.
Julia se iba a llevar una buena bronca cuando acabara allí.
—Bien, empecemos entonces —dijo Cheng acomodándose en la silla.
Yo cogí mi puntero láser y caminé hasta el extremo de la sala, sintiéndome como si estuviera andando sobre gelatina. Dos asientos más allá de la cabecera de la mesa estaba Julia, que carraspeó cuando su mirada se encontró con la mía.
También tendría que preguntarle sobre eso, porque estaba bastante segura de que justo antes de que empezara a hablar, ella pronunció silenciosamente las palabras: «te quiero»
Cabrona sutil.
Me dijeron que iban a utilizar mi presentación en el folleto, la página web y el boletín de noticias de la empresa.
Me hicieron firmar unos cuantos papeles, posar para varias fotos y estrechar muchas manos.
Incluso me ofrecieron un trabajo en JT Miller.
—Ya está comprometida —dijo Julia apartándome a un lado. Me miró sin palabras mientras todos los demás iban saliendo de la sala.
—Ah, sí, en cuanto a eso —le dije intentando sonar enfadada. Todavía tenía la adrenalina por las nubes por la presentación, la discusión y todo aquel día. Y ahora tener a Julia a una distancia a la que incluso podía besarlo era la guinda.
—Por favor, no digas que no. Creo que le he pisado la sorpresa a mi padre. Te iba a llamar esta noche.
—¿De verdad me va a ofrecer un trabajo?
—¿Lo vas a aceptar?
Me encogí de hombros y me sentí un poco mareada.
—¿Quién sabe? Ahora mismo solo quiero celebrarlo.
—Has estado increíble. —Se inclinó y me besó la mejilla.
—Gracias. Ha sido lo más divertido que he hecho en varias semanas.
—Los dossieres estaban bien, ¿verdad?
Puse los ojos en blanco.
—Sí, pero has cometido un error garrafal.
Se puso serio.
—¿Cuál?
—Has admitido que sabes utilizar PowerPoint.
Con una risa me cogió el maletín del portátil y lo colocó en una silla, acercándose a mí con una sonrisa oscura.
—Solía hacer diapositivas para mi jefe. Yo también fui becaria una vez, claro.
Se me puso la piel de gallina.
—¿Y tu jefe te gritaba?
—A veces. —Me subió el dedo índice por el brazo.
—¿Y criticaba tu letra?
—Constantemente. —Se agachó y me besó la comisura de la boca.
—¿Y tu jefe te besaba?
—Mi padre siempre ha sido más de apretones de manos.
Me reí y metí las manos bajo su chaqueta para poder rodearla con mis brazos.
—Bueno, yo ya no soy tu asistente.
—No, eres mi colega.
Ronroneé porque me gustaba cómo sonaba eso.
—¿Y mi amante?
—Sí. —Mi voz tembló al pronunciar esa única sílaba y comprendí perfectamente el significado de la expresión «morirse de gusto». Estaba segura de que Julia podía sentir mi corazón que latía fuerte contra su cuerpo.
Me mordió el lóbulo de la oreja.
—Tendré que encontrar nuevas excusas para llevarte a la sala de reuniones y follarte contra la ventana.
La sangre me hirvió en las venas, espesa y caliente.
—Pero no necesitas excusas para llevarme a tu casa.
Julia me besó la mejilla y después la boca con suavidad.
—¿Lena?
—¿Sí, Julia?
—Todo esto del flirteo está muy bien, pero te lo digo en serio, no voy a permitir que me dejes otra vez. Ha estado a punto de destrozarme.
Al pensarlo, sentí como si las costillas me presionaran los pulmones y los dejaran sin aire.
—No creo que pueda. No quiero volver a estar lejos de ti.
—Pero tienes que darme la oportunidad de arreglar las cosas cuando las estropee. Sabes que a veces soy una idiota.
—¿A veces?
—Y rompo lencería —susurró casi en un gruñido.
Le aparté un rizo de la frente.
—Y la guardas en alguna parte. No te olvides de esa costumbre inquietante de atesorarla.
—Pero te quiero —dijo mirándome con los ojos como platos—. Y ahora ya conozco a la mayoría de las dependientas de La Perla. He pasado mucho tiempo en la tienda deprimida mientras has estado lejos. Y además sé de buena tinta que soy la mejor compañera sexual que has tenido. Así que, con suerte, esas cosas pesarán más que las malas.
—Vale, vendida. —Lo atraje hacia mí—. Ven aquí. —Puse mi boca sobre la suya y le mordí el labio inferior. Le agarré de las solapas con las manos y me giré para apretarlo contra la ventana, poniéndome de puntillas para estar más cerca, todo lo cerca que pudiera.
—Qué exigente te has vuelto ahora que todo es oficial.
—Cállate y bésame —dije riéndome contra su boca.
—Sí, jefa.


Continuará…


BEAUTIFUL BITCH
Sinopsis
A partir de donde se detuvo “Beautiful Bastard”, Elena Katina y Julia Volkova continúan su relación tórrida, pero a la misma vez con problemas. Sólo cuando la carrera de Lena comienza a despegar, Julia la quiere toda para ella y desea que todo vaya más lento, lo suficiente como para pasar una noche salvaje a solas con su novia. Pero después de que ella se niega a aceptar un «no» por respuesta, Lena y Julia se encuentran con dos billetes de avión, una villa francesa, y una conversación sorprendente que, como era previsible, los deja luchar bajo las sábanas.
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Re: BEAUTIFUL BASTARD // CHRISTINA LAUREN

Mensaje por flakita volkatina el Miér Sep 23, 2015 1:19 pm

Unas de las adaptaciones en q me ah gustado mucho lena jajaja y me ah gustado mucho todo ahora a seguir leyendo lo q cntinua
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