Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

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Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Nov 03, 2014 7:14 pm

Bueno esta es la primera vez que publico en este foro, y aprovechando que estoy trabajando en varias adaptaciones para nuestras queridas t.A.T.u. les empezaré por compartir esta historia de Meghan Maxwell, es el 3er libro de la trilogía "Pideme Lo Que Quieras", los otros dos amteriores ya habían sido adaptados por Ataria, y supuse que como toda historia debe tener un final y ser completa, yo me encarge de la tercera parte. Las 2 partes anteriores la ire subiendo en la parte de Fic "finalizados". Ybueno sin mas les dejo, espero les guste, y acepto criticas buenas o malas Cool GRACIAS! Very Happy





“Pídeme lo que quieras” O Déjame

Capítulo 1


Riviera Maya - Hotel Mezzanine
Playa de arenas blancas...
Aguas cristalinas...
Sol cautivador...
Cócteles deliciosos...
... y Yulia Volkova.
¡Insaciable!
Ésa es la palabra que define perfectamente el apetito que siento por Ella. Por mi alucinante, guapa, sexy y morbosa esposa. Todavía no me lo creo. ¡Estoy casada con Yulia! ¡Con Icegirl!
Estamos en Tulum, México, disfrutando de nuestra luna de miel, y no quiero que acabe nunca.
Acomodada en una maravillosa hamaca, tomo el sol en toples. Me encanta sentir los rayos del sol en mi cuerpo, mientras mi Icegirl habla a escasos metros de mí por teléfono. Por su cejo fruncido sé que está concentrada en temas de la empresa y yo sonrío.
Yulia está mas moreno que de costumbre y guapísima con su bañador celeste y top de mismo color. Mientras, yo la miro... La observo... y cuanto más lo hago, más me gusta y me excita.
¿Será el efecto Volkov?
Con curiosidad, veo que unas mujeres que están sentadas en el bonito bar del hotel la miran también. No es para menos. Reconozco que mi lobita es un lujo para la vista y, divertida, sonrío, aunque estoy a punto de gritar: «Ehhh, lobeznas, ¡es toda mía!».
Pero sé que no hace falta que lo haga. Yul es toda, absolutamente mía, sin necesidad de que yo lo grite a los cuatro vientos.
Tras la bonita boda en Múnich, tres días después, mi flamante esposa me sorprendió con un estupendo y romántico viaje de luna de miel. Y aquí estoy, en la exótica playa de Tulum del Caribe mexicano, disfrutando de unas buenas vistas y deseosa de regresar a la intimidad de nuestra habitación.
Tengo sed. Me levanto de la hamaca, me quito los cascos del iPod, me pongo la parte de arriba de mi biquini rojo y me dirijo hacia el bar de la playa.
¡Qué tiempo tan estupendo!
De pronto, sonrío al oír la voz de Alejandro Sanz y canturreo mientras camino.
Ya lo ves, que no hay dos sin tres,
que la vida va y viene y que no se detiene...
y qué sé yo...
Ya te digo que no hay dos sin tres. Que me lo digan a mí.
La suave brisa mueve mis rizos y yo sigo canturreando hasta llegar al bar.
Para qué me curaste cuando estaba herido
si hoy me dejas de nuevo el corazón partío.
¿Quién me va entregar sus emociones?
¿Quién me va a pedir que nunca la abandone?
¿Quién me tapará esta noche si hace frío?
¿Quién me va a curar el corazón partío?
Le pido una Coca-Cola gigante con extra de hielo al camarero y, cuando bebo el primer trago, unas manos suaves me rodean la cintura y alguien dice en mi oído:
—Ya estoy aquí, pequeña.
Su voz...
Su cercanía...
Su manera de llamarme «pequeña»...
Mmmmm... me vuelve loca y, con una amplia sonrisa, observo cómo las mujeres de la barra se sonrojan ante la cercanía de Yul. ¡No es para menos! Y yo, más feliz que una perdiz, apoyo la nuca en su espalda y ella me besa la frente.
—¿Quieres Coca-Cola?
Asiente, se acomoda en el taburete que hay a mi lado, coge el vaso que le ofrezco y, tras beber un largo trago, murmura:
—Gracias. Estaba sedienta. —Y con una guasona sonrisa, tras pasear su azulada mirada por mis pechos, pregunta—: ¿Por qué te has puesto la parte de arriba del biquini? Me privas de unas maravillosas vistas.
—Es que me incomoda estar con "Ellas" al aire aquí en el bar. Yulia sonríe. Me traspasa su calor y la música de pronto cambia y suena una romántica ranchera.
¡Vivan las rancheras!
Qué pasada de canciones. ¡Cuánto sentimiento! Nunca imaginé que me llegaran a gustar tanto. Yul, que en la intimidad es la persona más romántica que he conocido en toda mi vida, al oír la canción me mira peligrosamente, se acerca a mí, me agarra por la cintura con aire posesivo y pregunta:
—¿Bailas, pecosa?
Ay, que me da...
¡Yo es que me la como!
Me encanta cuando se deja llevar por la naturalidad y sólo piensa en ella y en mí.
Suena la canción que Dexter nos dedicó en nuestra boda y cada vez que la escuchamos la bailamos muy acarameladas.
Loca...
Enamorada hasta las trancas...
Y más contenta que unas pascuas...
Me bajo del taburete y allí, en medio del bar de la playa, sin importarnos los turistas que nos observan acarameladitas, bailamos ante la cara de envidia y reprobación de varias mujeres, mientras la voz de Luis Miguel canta.
Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida.
Si nos dejan, nos vamos a vivir a un mundo nuevo.
Yo creo podemos ver el nuevo amanecer de un nuevo día.
Yo pienso que tú y yo podemos ser felices todavía.
Oh, Dios... oh, Dios, ¡qué momentazo!
Eso quiero yo, que nos dejen a Yulia y a mí ser felices o, mejor dicho, que nos dejemos nosotras mismas. Porque si algo tenemos claro es que somos el fuego y el agua y, aunque nos queremos con locura, somos dos bombas siempre cargadas y a punto de estallar.
Desde la boda no hemos vuelto a discutir. Paz y amor. Estamos las dos en tal nube que sólo nos besamos, nos decimos cosas bonitas y nos dedicamos la una a la otra.
¡Viva la luna de miel!
La canción suena y nosotras, enamoradas, la seguimos bailando. Mi lobita me hace feliz. Disfrutamos de ese momento. Bailamos, nos olvidamos del mundo y nos miramos a los ojos con auténtica adoración.
Su mirada azul me traspasa, me dice cuánto me quiere y desea y cuando la canción acaba, mi mujer, mi amante, mi loca amor me besa y, sentándome en el taburete, susurra a escasos centímetros de mi boca.
—Como dice la canción, te voy a querer toda la vida.
Madre... madre... ¡Si es que es para comérsela a bocados de lo linda que es!
Cinco minutos después, cuando por fin dejamos de hacernos arrumacos dulces y sabrosones, ante las miradas indiscretas de unas mujeres que nos observan con disgusto, le pregunto:
—¿Hablabas con Dexter por teléfono?
—No, con el socio de Dexter. Quiere que nos reunamos mañana en sus oficinas para tratar unos asuntos.
—¿Dónde están sus oficinas?
—A unos treinta minutos de aquí. En Playa del Carmen. Por lo tanto, mañana por la mañana vamos a...
—¿Vamos? —la corto—. No... no... dirás que vas. Yo prefiero esperarte aquí.
Yul levanta las cejas. No la convence lo que he dicho. Yo sonrío y ella pregunta.
—¿Sola?
Su gesto me hace gracia y, dispuesta a conseguir mi propósito, respondo:
—Yulia..., sola no estoy. El hotel está lleno de gente y la playa también. ¿No lo ves?
Frunce el cejo. ¡Regresa Icegirl! Y afirma:
—Estarás sola, Len, y eso no me hace gracia.
Divertida, suelto una carcajada.
—Vamos a ver, cariño...
—No, Len..., vendrás conmigo. He visto demasiados depredadores en busca de una bonita mujer y no voy a consentir que sea la mía —insiste con seriedad.
Eso me hace reír a carcajadas. A ella, lógicamente, no.
Me excita su parte celosa y, levantándome del taburete, me acerco más a ella, me abrazo a su cuello y murmuro:
—Ningún depredador/a llama mi atención excepto tú. ¡Mi gran depredadora! Por lo tanto, tranquila, que sé cuidarme sola. Además, conociéndote, madrugarás mucho, ¿verdad? —Mi lobita asiente, me agarra por la cintura y yo añado en plan princesita mimosa—: No quiero madrugar, quiero dormir y, cuando me levante, tomar el sol hasta que tú regreses. ¿Dónde está el problema?
—Lena...
La beso. Adoro besarla y, cuando termino, con una candorosa sonrisa, añado:
—Vayamos a la habitación.
—Estamos hablando de...
—Es que cuando te veo tan seria y terrenal —la corto—, me pones como una moto y te deseo.
Yul sonríe. ¡Biennnnn!
Me agarra la nuca y me besa... me besa con auténtica adoración, dejando patidifusas a las mujeres del bar.
Toma ya, ¡eso por mironas!
Después, sin importarle quién nos mire, me coge en brazos y, sin más, se encamina hacia donde yo he sugerido.
Cuando llegamos a la puerta de la habitación, mi depredadora particular ya está a cien. Entre risas, abro con la tarjetita y, una vez dentro, ella la cierra con el pie. No me suelta. Me lleva hasta la cama, me deja encima y murmura:
—Voy a llenar el jacuzzi.
La observo. Camina hasta la bañera redonda que hay a escasos metros de la cama y, tras abrir los grifos, me mira y, excitada, susurra:
—Desnúdate o ese biquini acabará hecho pedazos.
¡Guauuuuuu!
Ni que decir tiene que rápidamente me lo quito con una sensual sonrisa. El biquini es precioso, me lo compré ayer en una carísima tienda de Tulum y es una pasada. No quiero que termine como la mayoría de mi ropa interior.
Yulia, al ver mi premura, sonríe. Se muerde el labio mientras me observa y, una vez me tiene desnuda, con el dedo índice me indica que me acerque a ella. Lo hago. Y cuando mis pechos chocan con parte de los suyos y con su terso abdomen, murmura con voz ronca:
—Demuéstrame cuánto me deseas.
Oh, sí..., ¡claro que sí!
Deseosa y caliente, arranco su top, suelto el cordón del bañador celeste que lleva puesto. Meto las manos por el interior de la goma y me agacho hasta quedar de rodillas ante ella. Una vez le quito el bañador por los pies, levanto la vista y observo su senos y pene
¡Fascinantes!
La boca se me hace agua al ver que ya están preparado para mí. Desde mi posición, observo el gesto de Yul, que dice:
—Soy todo tuya, pequeña.
Sin más, agarro con mi mano su duro pene y lo paso por mi cara y mi cuello, mientras la miro y observo su expresión de deseo.
Dispuesta a disfrutar de ese manjar, saco la lengua y, sin demora, la paseo por su miembro de arriba abajo, tentadora.
Yul sonríe y yo, caliente, lo mordisqueo con los labios sin quitarle los ojos de encima, hasta que suelta un gruñido satisfactorio y posa la mano en mi cabeza. Mi respiración se agita, ¡le deseo! Y, ansiosa de más, introduzco su erección en mi boca mientras siento que sus manos se enredan en mis rizos y la oigo gemir. ¡Oh, sí!
Adoro su pene, terso... caliente y suave y nuestro juego continúa unos minutos hasta que siento que no puede más. Me agarra del pelo, tira de él para que la mire y exige con voz cargada de tensión:
—Túmbate en la cama.
Me levanto del suelo y hago lo que me pide. Me tiemblan las rodillas, pero consigo llegar hasta mi objetivo. Una vez allí, Yulia, mi poderosa diosa del amor, se acerca y, con la respiración entrecortada, ordena:
—Ábrete de piernas.
Jadeo, mi respiración se agita. Sé lo que va a hacer y me vuelvo loca.
Yul se sube a la cama y me besa. Como una loba sobre mí, a cuatro patas, acerca tentadora una y otra vez su boca a la mía y yo siento una ansia viva por devorarla.
Besos... mordisquitos... y morbo. Eso me produce mi esposa y, cuando sabe que estoy totalmente dispuesta a hacer cualquier cosa por ella, repta por mi cuerpo hasta quedar entre mis piernas y me hace gritar.
Su boca, ¡oh, su boca ya está moviéndose y exigiendo en mi centro del deseo!
Sus dedos abren mis labios y, sin pausa, entran en mí una y otra vez, mientras yo jadeo.
—No pares...
Oh, Dios... no me hace caso. Estoy a punto de matarla. De pronto, su lengua, su húmeda y maravillosa lengua, entra en mi interior y me hace el amor.
¡Oh, sí, qué bien lo hace!
Jadeo... agarro con mis manos la bonita sábana color hueso y me agito, mientras gimo una y otra vez y disfruto de lo que mi amor, mi mujer, mi amante me hace.
Cuando creo que ya no puedo más, Yul saca la cabeza de entre mis piernas, me mira, se inclina sobre mí y me penetra. Su embestida es seca y fuerte y yo me arqueo para recibirla, muerta de placer.
Sin darme tregua, sus manos agarran mis caderas al tiempo que se introduce en mí una y otra vez una... dos... tres... veinte... y yo me acoplo para recibirla. Mis piernas tiemblan. Mi cuerpo vibra enloquecido ante sus acometidas y cuando el calor, la locura y la pasión suben hasta mi cabeza, oigo un gemido largo, salvaje y satisfactorio. Instantes después, otro gemido sale de mi boca y, sudando por el esfuerzo realizado, mi chica cae sobre mí.
Treinta segundos más tarde, acalorada por tener a mi lobita sobre mi cuerpo, murmuro:
—Yul... no puedo respirar.
Rápidamente, rueda hacia mi lado derecho sobre la cama. En su viaje me lleva con ella, quedando yo encima, y, con una sonrisa maravillosa, dice:
—Te quiero, pequeña. —Y, como siempre, pregunta—: ¿Todo bien?
¡Ay, que me la como!
Y encantada de la vida y del amor, sonrío.
—Todo perfecto, Icegirl.
Entre risas y juegos pasamos la tarde, solas en nuestro particular nidito de amor. Yul me demuestra su cariño, yo le demuestro el mío y la felicidad entre las dos es mágica y maravillosa, mientras tienen lugar nuestros calientes encuentros.
Por la noche, al final de una maravillosa cena en el restaurante del hotel, a Yulia le suena el móvil. Tras contestar, lo deja sobre la mesa y explica:
—Era Roberto. He quedado con él en su despacho a las ocho de la mañana.
Divertida, la miró.
—Pues ya sabes, ¡mañana madrugas!
Al entender lo que acabo de decir, va a hablar cuando lo interrumpo.
—Ah, no... he dicho que yo no voy. Quiero tomar el sol.
—Len...
—Déjate de celos tontos, cariño. Quiero dormir y después tomar el sol. —Y acercándome a mi ceñuda mujercita en plan zalamero, murmuro—: Y, cuando llegues, regresaremos a nuestra habitación y volveremos a divertirnos tú y yo. ¿Qué te parece el plan?
Yul sonríe. Sabe que no me va a convencer y finalmente dice:
—De acuerdo, cabezota. Regresaré con una botella con pegatinas rosa, ¿te parece?
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Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Nov 03, 2014 7:17 pm

Capítulo 2

A las seis y media de la mañana me despierto y oigo a Yulia en el baño. Quiero darle un beso antes de que se marche, pero tengo tanto sueño que esperaré a que termine de asearse. Pero cuando me despierto son las diez y media de la mañana y sólo puedo musitar:
—Joderrrrrrrrrrrrrr.
Tumbándome de nuevo en la maravillosa y enorme cama que comparto con mi amor, cojo mi móvil y tecleo:
¿Todo bien?
Me preocupo por mi morena tanto como ella se preocupa por mí. Y un minuto después recibo la contestación:
Cuando esté contigo, todo volverá a estar bien.
Te quiero
Sonrío como una boba, me revuelco en la cama y disfruto de su aroma en las sábanas. Holgazaneo un poco y después abro el Facebook en mi portátil y subo una foto de Yul y mía en la playa. Dos segundos después, mi muro se llena de comentarios de mis amigas las guerreras. Divertida, leo cosas como: «¡Cómete a tu mujer!» «¡Si tú no la quieres, dámela a mí, por ella me hago lesbiana» O aquello otro de «¡Quiero un Volkova en mi vida!».
Me río. Las guerreras, esas amigas que un día conocí a través de una red social, están felices por mi boda, sin prejuicios de por medio y no paran de bromear sobre mi luna de miel. ¿Será que me envidian?
Tras una ducha fresquita, decido llamar a mi padre. Quiero hablar con él. Miro el reloj y calculo la diferencia horaria. En Rusia es de madrugada, pero sé que él ya está levantado. Le pasa como a Yulia, duerme poco.
Me siento en la cama, marco el número, se oyen dos timbrazos y, cuando descuelgan, digo:
—Orale, papitooooooooooo. ¡Buenasssssssss!
Al reconocer mi voz, mi padre suelta una carcajada.
—Hola, vida mía. ¿Cómo está mi pelirroja?
—Bien, papá, ¡todo genial! —Y tras oírlo reír, añado—: Esto es una pasada y me lo estoy pasando genial con mi Yulia.
—Me encanta saberlo, bonita.
—En serio, papá, tienes que animarte y venir. Deberías decirle al Bicharrón y al Lucena que el próximo viaje lo tenéis que hacer aquí. Os va a encantar.
Mi padre suelta una carcajada.
—Ojú, pecosa, ¡al Lucena no lo sacamos de Rusia ni jarto de Vodka! Fue a tu boda a Alemania sólo porque eras tú. ¡No te digo más!
—¿Tan mal lo pasó en el viaje?
—No, hija, lo pasó muy bien. Pero lleva muy mal el tema de la comida. Según él, ¡como en su casa no se come en ningún lado!
—Pues haz el viaje con el Bicharrón y su mujer, ¡seguro que les encanta!
—Eso sí... a ésos seguro que les gusta.
Hablamos durante un buen rato. Le cuento mil cosas y me cuenta cómo va todo. Está algo preocupado por la crisis. Ha tenido que despedir a uno de sus mecánicos y eso a mi padre se le ha clavado en el corazón. Cuando consigo que sonría de nuevo, pregunto:
—¿Flyn se está portando bien?
—Como una malva, y menuda niñera que es para Katya. ¡Se la come a besos! —Yo sonrío al imaginarlo y él prosigue—: En serio, cariño, se esta divirtiendo mucho con los muchachos de la urbanización y con Irina. ¡Vaya camarilla más peligrosa forman esos dos! Por cierto, no veas lo que le gusta al jodío el Caviar Ruso. Y tiene buen paladar. No le des caviar, que rápidamente me mira y dice: << Sergey, ¿este Caviar es del malo?».
—¡No me digas!
—Ya te digo. Y el SCHI , ¡ojú!, la tiene loquito. —Yo me río—. No hay vez que no entremos en el bar que el muchachillo no pida un Schi. Y lo dicho, con Irina lo pasa genial. Le ha enseñado a montar en bici y...
—Por Dios, papá, a ver si le va a pasar algo —digo preocupada.
Por favorrrrrrrr, acabo de hablar como Yulia.
—Tranquila, hija..., el muchacho es duro y, aunque se ha dado dos buenos porrazos contra la verja...
—Papááááááááááááá...
—Nada importante, mujer. Es un niño. Por un par de chichones y arañazos no le pasa nada. Eso sí..., tendrías que verlo cómo maneja la bici.
Sonrío al imaginármelos. Su sobrina mayor y Flyn, ¿quién lo iba a decir?
Aún recuerdo la primera vez que se vieron y mi pizpireta sobrina me preguntó: «¿Por qué no me habla el chino?». Pero sorprendentemente, luego se han conocido y son tal para cual. Tanto como para que Flyn exigiera irse a Kazan durante el tiempo de nuestra luna de miel.
—¿Y Anya? —pregunto, para cambiar de tema.
—Tu hermana me tiene frito, hija.
Yo sonrío y lo compadezco. Cuando mi hermana regresó a Rusia tras mi boda, decidió marcharse un tiempo a Kazan con mi padre. Yo le ofrecí la casa que Yulia me regaló en Moscú, para que viviese allí con las niñas, pero ni mi padre ni ella aceptaron. Quieren estar juntos.
—Vamos a ver, papá, ¿qué ocurre con Anya?
—Tu hermana... me está descabalando la vida. ¿Te puedes creer que se hizo la dueña del mando del televisor? —Yo me río y él añade—: Estoy harto de ver programas de cotilleo, culebrones y chismes del corazón. ¿Cómo le pueden gustar tanto esas tonterías?
Sin saber qué responder, voy a decir algo cuando él añade:
—Y que sepas que ha dicho que cuando vengáis a recoger a Flyn tras el viaje de novias, va a hablar con Volkova para que le busque un trabajo. Según ella, tiene que comenzar su vida de nuevo y sin trabajar no lo puede hacer. Y, por supuesto, luego están las llamadas de Dimitri.
—¡¿Dimitri?! ¿Qué quiere el imbécil ese ahora?
—Según tu hermana, sólo ver cómo están las niñas y hablar con ella.
—¿Tú crees que quiere volver con él?
Oigo que mi padre resopla y finalmente responde:
—No, eso gracias al Cristo lo tiene claro.
Saber de esas llamadas no me hace ni pizca de gracia. El atontado de mi ex cuñado abandonó a mi hermana estando ella embarazada, para vivir su vida loca. Sólo espero que Anya sea lista y no se deje embaucar por ese lobo con piel de cordero.
Intentando no hablar más de ese tema, que sé que a mi padre le preocupa, añado:
—En cuanto a lo de que quiere trabajar, papá, lo siento, pero en eso le doy la razón.
—Pero vamos a ver, pecosa, con lo que yo gano puedo mantenerlas a ella y a las niñas. ¿Por qué quiere trabajar?
Convencida de que entiendo a mi hermana y también a mi padre, digo:
—Escucha, papá, estoy segura de que Anya contigo es muy feliz y te agradece todo lo que puedas hacer por ella. Pero su intención no es quedarse en Kazan y tú lo sabes. Cuando lo hablamos, ella te dijo que sería algo momentáneo y...
—Pero ¿qué hace ella sola en Moscú con las niñas? Aquí estaría conmigo, yo la cuidaría y sabría que las tres están bien.
Sin poder evitarlo, sonrío. Mi padre es tan súperprotector como Yulia y, conciliadora, añado:
—Papá... Anya tiene que volver a vivir. Y si se queda contigo en Moscu, tardará más en retomar su vida. ¿No lo entiendes?
Mi padre es el ser más bueno y generoso que hay en el mundo y lo entiendo. Pero también comprendo a mi hermana. Ella quiere salir adelante y, conociéndola, sé que lo conseguirá. Eso sí, espero que no con Dimitri.
Tres cuartos de hora más tarde, tras despedirme de mi padre, me lleno el estómago en el bufet libre. Todo está riquísimo y me pongo morada no, ¡lo siguiente! Cuando termino, con mi biquini verde fosforito que me hace hace resaltar la blancura, me encamino hacia la playa. Una vez allí, busco una hamaca libre con sombrilla y, cuando la veo, me dirijo hacia ella y me tumbo.
¡Me encanta el sol!
Saco mi iPod, me pongo los auriculares, le doy al play y mi amado Pablo Alborán canta:
Si un mar separa continentes, cien mares nos separan a los dos.
Si yo pudiera ser valiente, sabría declararte mi amor...
que en esta canción derrite mi voz.
Así es como yo traduzco el corazón.
Me llaman loco, por no ver lo poco que dicen que me das.
Me llaman loco, por rogarle a la luna detrás del cristal.
Me llaman loco, si me equivoco y te nombro sin querer.
Me llaman loco, por dejar tu recuerdo quemarme la piel.
Loco... loco... loco... loco... locoooooooooooooo.
Canturreo, mientras miro cómo las olas vienen y van.
¡Qué maravillosa canción para escuchar contemplando el mar!
Feliz por el momento que disfruto, abro mi libro y sonrío. En ocasiones, soy capaz de leer y canturrear. Algo raro, pero que yo puedo hacer. Pero veinte minutos más tarde, cuando Pablo canta La vie en rose, los párpados me pesan y la maravillosa brisa me hace cerrar el libro. Sin darme cuenta, me tiro en plancha a los brazos de Morfeo. No sé cuánto tiempo he dormido, cuando de pronto oigo:
—Señorita... señorita...
Abro los ojos. ¿Qué ocurre?
Sin entender qué pasa, me quito los auriculares, y un camarero que está delante de mí con una encantadora sonrisa me tiende un cóctel Margarita y dice:
—De parte de la persona de la camisa azul que está en la barra.
Sonrío. Yulia ha vuelto.
Sedienta, bebo un trago. ¡Qué rico! Pero cuando miro hacia la barra con una más que encantadora y sensual sonrisa, me quedo petrificada al ver que quien me ha enviado el cóctel no es Yulia.
¡Dios, qué apuro!
La persona de la camisa azul en cuestión es un hombre de unos cuarenta años, alto, de pelo oscuro y con un bañador a rayas. Al ver que lo miro, sonríe y yo quiero que la tierra se me trague.
¿Y ahora qué hago? ¿Escupo lo bebido?
Pero no dispuesta a hacer nada de eso, le doy las gracias como bien puedo, dejo de mirarlo y abro el libro. Pero con el rabillo del ojo observo que sonríe, se sienta en uno de los taburetes que hay en la barra y continúa bebiendo.
Durante más de media hora, me dedico a leer, pero en realidad no me entero de nada. El hombre me está poniendo histérica. No se mueve, pero no deja de mirarme. Al final, cierro el libro, me quito las gafas de sol y decido darme un chapuzón en la playa.
El agua está fresquita y me encanta.
Camino unos metros y, cuando me llega por la cintura y veo que viene una ola, como una sirena me lanzo hacia adelante y me zambullo para después comenzar a nadar.
Oh, sí... Qué sensación tan maravillosa.
Cansada de nadar, finalmente me tumbo boca arriba y hago el muerto. Estoy a punto de quitarme la parte de arriba del biquini, pero al final no lo hago. Algo me dice que el hombre de la barra me sigue mirando, y se podría tomar eso como una invitación.
—Hola.
Sorprendida al oír una voz a mi lado, me sobresalto y casi me ahogo. Unas manos desconocidas para mí rápidamente me sujetan y, cuando consigo ponerme de pie, me sueltan. Limpiándome la cara y la boca, parpadeo y, al ver que se trata del hombre que lleva observándome más de una hora, pregunto con mi mas perfecto ingles...
—¿Qué quieres?
Él, con una guasona sonrisa, responde:
—De entrada que no te ahogues. Lo siento si te he asustado. Sólo quiero platicar, linda damita.
Sin poder evitarlo, sonrío. Soy así de tonta y risueña. Su acento mexicano e ingles es muy dulce, pero recomponiéndome, me separo un poco de él.
—Oye, mira..., muchas gracias por la bebida, pero estoy casada y no quiero platicar ni contigo, ni con nadie, ¿entendido?
Él asiente y pregunta.
—¿Recién casada?
Estoy a punto de mandarlo a paseo. ¿Y a él que le importa? Respondo:
—He dicho que estoy casada, y son lesbiana por tanto, ¿serías tan amable de dejarme en paz antes de que me enfade y lo lamentes? Ah..., y antes de que insistas, te diré que puedo pasar de ser una linda damita a una bestia parda. Así pues, ¡aléjate de mí y no me hagas enfadar!
El hombre asiente y, cuando se aleja, lo oigo decir:
—¡Mamacita, aunque lesbiana qué mujer!
Sin quitarle ojo, veo que sale del agua y se encamina directamente hacia el bar. Allí, coge una toalla roja, se seca la cara y se marcha. Encantada de la vida, sonrío y nado de regreso a la orilla. Me siento en la arena y comienzo a hacer eso que tanto me gusta: churritos sobre mis piernas.
Ensimismada, estoy cogiendo arena mojada para dejármela caer encima, cuando veo que alguien se sienta a mi lado. Es una niña.
Encantada, sonrío y la pequeña me dice en ingles tendiéndome un cubo de playa.
—¿Jugamos?
Incapaz de negarme, asiento y, mientras lo lleno de arena, pregunto:
—¿Cómo te llamas?
Ella, con una preciosa sonrisa, me mira y responde:
—Angelly. ¿Y tú?
—Lena.
La cría sonríe.
—Tengo seis años. ¿Y tú?
Vaya... otra preguntona como mi querida sobrina Irina y, con una sonrisa, le alboroto el pelo y, cogiendo el cubo, pregunto a mi vez:
—¿Hacemos un castillo?
Maravillada, empiezo a jugar mientras el sol me seca. Me estoy poniendo muy... muy roja demasiado; como diría mi padre, ¡como tomate!
Una hora más tarde, la pequeña se va con sus padres y cuando regreso a mi hamaca, a los dos segundos un chico más joven que yo se me acerca y, sentándose en la arena, dice en inglés:
—Hola. Me llamo Georg, ¿estás sola?
Sin poder evitarlo, me entra la risa. Pero ¡cuánto se liga aquí!
—Hola, me llamo Elena y no, no estoy sola.
—¿Rusa?
—Sí. —Y, adelantándome, añado—: Seguro que te gusta la Vodka y el caviar ruso, ¿verdad?
—Oh, sí... ¿cómo lo sabes?
Divertida, sonrío. Ese acento tan característico lo conozco y, mirándolo, pregunto:
—¿Alemán, verdad?
Boquiabierto, me mira.
—¿Cómo lo has sabido?
Me dan ganas de decirle cosas como ¡Frankfurt! ¡Audi!, pero, divertida, respondo:
—Conozco un poco a los alemanes y su acento.
Dicho esto, cojo la crema y comienzo a dármela, cuando él pregunta:
—¿Te pongo crema yo?
Me paro. Lo miro de arriba abajo y digo:
—No, gracias. Yo solita me la doy muy bien.
Georg asiente. Tiene ganas de hablar.
—Llevo observándote toda la mañana y nadie se ha sentado aquí contigo excepto yo, ¿seguro que no estás sola?
—Ya te he respondido.
—He visto que has jugado con una niña y le has dado calabazas a un tío.
Increíble, ¿ese niñato me ha estado observando todo el rato?
—Mira, Georg, no quiero ser antipática, pero ¿me puedes decir qué narices haces observándome?
—No tengo nada mejor que hacer. Estoy de vacaciones con mis padres y me aburro. ¿Me dejas invitarte a una copa?
—No, gracias.
—¿Seguro?
—Segurísimo, Georg.
Su insistencia y su juventud me hacen reír justo cuando me suena el móvil. Un mensaje.
¿Ligando, señora Volkova?
Rápidamente me muevo. Miro a mi alrededor y la veo. Yul está en el bar y me observa.
Le sonrío, pero ella no me devuelve la sonrisa. Uy... Uy... Uy...
Por su mirada sé que está pensando qué hace ese desconocido a mi lado. Y yo, dispuesta a acabar con eso, miro al chaval y le digo:
—¿Ves aquella mujer hermosa y morena que nos mira desde el bar?
—Ella que nos mira con cara de mala leche —dice el muchacho, mirando en la dirección que señala mi dedo.
Sin poder evitarlo, suelto una carcajada y asiento.
—Exacto. Pues quiero que sepas que es alemana y Rusa como tú.
—¿Y qué pasa?
—Sólo que es mi esposa. Y por su cara creo que no le está gustando nada que estés a mi lado.
Su cara se contrae.
¡Pobrecito!
Yulia aunque no es grande de cuerpo impone mucho mas presencia que él. Mirándome con cara de circunstancias, Georg se levanta y murmura mientras se aleja.
—Lo siento. Disculpa. Ya me voy. Seguro que mis padres se están preguntando dónde estoy.
Alegre, sonrío mientras se aleja. Después miro a mi esposita, pero ella no sonríe. Pongo los ojos en blanco y le hago una seña para que se acerque. No lo hace. Le hago un puchero y por fin veo que la comisura derecha de la boca se le curva hacia arriba.
¡Biennnn!
Vuelvo a insistir con el dedo para que se acerque, pero al no hacerlo, decido ir yo. Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña.
Me levanto y entonces se me ocurre algo.
Con una maquiavélica sonrisa, me quito la parte de arriba del biquini, la dejo sobre la hamaca y, dispuesta a darle unas buenas vistas a mi esposa, camino sinuosa hasta ella.
¡Qué descarada me estoy volviendo!
Mi Yul me mira... me mira y me mira. Se que me come con la vista y yo siento un calor horroroso ante mi descaro, y mis pezones se contraen.
Dios... cómo me pone que me mire así.
Al llegar, me acerco y la beso en los labios y murmuro:
—Te echaba de menos.
Desde su lugar y sin moverse, me mira. Es mi perdonavidas particular.
—Estabas muy entretenida hablando con ese muchachito. ¿Quién era?
—Georg.
—¿Y quién es Georg?
Divertida al ver su cejo fruncido, respondo:
—Vamos a ver, cariño, Georg es un muchacho que está de vacaciones con sus padres. Estaba aburrido y se ha sentado a hablar conmigo. No empieces de nuevo con eso de los depredadores.
Yulia no dice nada y yo recuerdo al hombre de la camisa azul.
Madre mía... madre mía... si llega a ver que se ha metido en el agua conmigo. Ése sí que era un depredador. Una cosa es Georg, un muchacho demasiado joven, y otra cosa era el tipo que me ha invitado al Margarita.
Tras unos segundos en los que Icegirl me observa y yo estoy a punto de partirme el cuello por mirarle a la cara, finalmente sonríe y dice:
—En la habitación, en hielo, tengo algo que lleva pegatinas rosa.
Suelto una carcajada y, sin más, corro hasta mi hamaca. Recojo mis cosas a toda prisa y cuando llego de nuevo hasta ella con la lengua por los suelos y sus senos al aire, Yul me coge entre sus brazos y, tras darme un suave beso en los labios, murmura:
—Vayamos a disfrutar, señora Volkova.
Esa noche hay una fiesta en el hotel. Después de cenar, Mi lobita y yo nos sentamos cómodamente en los pufs dispuestos para disfrutar del espectáculo. El colorido de los bailes y el sabor mexicano están todo el rato presentes y lo paso en grande mientras canto:
Altanera preciosa y orgullosa, no permite la quieran consolar.
Dicen que alguien ya vino y se fue, dicen que pasa las noches llorando por él.
La bikina, tiene pena y dolor.
La bikina, no conoce el amor.
Sorprendido, Yulia me mira. Sonríe y pregunta:
—¿También te sabes esta canción?
Asiento y, acercándome a él, le digo:
—Cariño, he estado en varios conciertos de Luis Miguel en Rusia y ¡me las sé todas!
Nos besamos. Disfrutamos el momento mientras los mariachis cantan La bikina y cuando acaban y unos nuevos acordes suenan, uno de los hombres vestido de charro me invita a bailar, como a otras turistas. Yo, ni corta ni perezosa, accedo. ¡Juergas a mí!
De su mano, llego a la pista, donde el resto de los bailarines y turistas hacen lo que pueden al son de la música y yo, encantada de la vida, los imito. No me da vergüenza bailar, al revés, disfruto como una loca, mientras Yul me observa y sonríe. Se la ve tan relajada, disfruta de lo que ve y yo estoy a punto de explotar de felicidad.
Pero de pronto, en una de mis vueltas, mis ojos se encuentran con los del hombre que esta mañana me ha invitado a un cóctel en la playa y me ha seguido al agua.
¡El de la camisa azul!
Madre mía... madre mía como se le ocurra abordarme otra vez, la que se va a liar.
Me pongo nerviosa, pero ¿por qué?
Rápidamente, miro a Yulia, que me guiña un ojo, y cuando veo que el desconocido va directamente hacia ella y la saluda, pierdo el equilibrio y si no es por el bailarín, que me sujeta de la mano, me habría caído en plancha ante todo el público del hotel.
A partir de ese momento, no doy pie con bola.
¡Ya no sé ni bailar!
Observo que Yulia habla afablemente con el hombre y lo invita a sentarse en mi puf.
¡Mi puf!
Unos minutos después, el baile acaba y el bailarín me acompaña hasta mi mesa. Cuando me deja, miro a Yulia, que me da un beso y dice:
—Has bailado maravillosamente bien.
Asiento y, con una artificiosa sonrisa, voy a decir algo, cuando añade:
—Cariño, te presento a Juan Alberto, primo de Dexter. Juan Alberto, ella es mi preciosa mujer, Lena.
El otro hombre, con una guasona sonrisa, me coge la mano y, con galantería, me la besa, diciendo:
Lena, es un placer conocerte... por fin.
—¿Por fin? —pregunta Yulia, sorprendida.
Y antes de que yo pueda decir nada, Juan Alberto aclara divertido.
—Mi primo me habló muy bien de ella.
Me sonrojo.
Dios mío... Dios míoooooooo. ¿Qué le habrá contado Dexter?
Al ver mi cara, Yulia sonríe. Sabe lo que pienso, cuando Juan Alberto prosigue:
—Pero digo por fin, porque esta mañana intenté conocerla. Pero Volk, qué genio tiene tu mujercita. Me echó de su lado a patadas y me advirtió que si la seguía molestando tendría problemas muy serios con ella.
Yulia suelta una carcajada. Le ha gustado oír eso, pero descolocada porque yo no le he contado nada, me mira y yo aclaro:
—Te dije que yo solita sé defenderme de los depredadores.
Juan Alberto se carcajea y afirma:
—Oh, sí... te lo puedo asegurar, amiga. Me dio hasta miedo.
Yulia se sienta en el puf, me sienta sobre ella y, tras abrazarme protectora, con una guasona sonrisa pregunta.
—¿Este mexicano ha intentado ligar contigo?
Yo sonrío y el mencionado responde:
—No, Volk, sólo intentaba conocer a la mujer de mi amigo. Dexter me comentó que estabais alojados en este hotel y cuando la vi supe que esta joven tan relinda era Elena.
Yulia sonríe. Juan Alberto también y, finalmente, lo hago yo también. Todo está aclarado.
Los tres nos divertimos mientras bebemos exquisitos Margaritas y la música suena deliciosamente en el bar. Juan Alberto es tan divertido y dicharachero como Dexter. Incluso físicamente se parecen. Ambos son morenos y atractivos, pero a diferencia de su primo, éste no me mira con deseo.
Hablamos... hablamos y hablamos y me entero de que Juan Alberto nos acompañará a Rusia y luego viajará por resto de Europa. Es asesor de seguridad y trabaja diseñando sistemas para empresas.
La conversación se alarga hasta las dos de la madrugada, cuando Juan Alberto nos mira con complicidad y dice, levantándose:
—Bueno..., me voy a dormir, para que ustedes lo pasen bien y lo disfruten.
Yo sonrío y Yulia, haciéndome levantar, pregunta, tendiéndole la mano:
—¿Irás a la cena que ha organizado Dexter en su casa de México?
—No lo sé —responde Juan Alberto—. Me lo comentó y lo intentaré. Si no puedo, nos vemos en el aeropuerto, ¿de acuerdo?
Yulia asiente, Juan Alberto también y, tras darme dos besos en la mejilla, se va.
Una vez nos quedamos solas, Mi lobita acerca su boca a mi cuello y murmura:
—Me gusta saber que has sabido defenderte tú sola de los depredadores.
Mimosa, la miro.
—Te lo dije cariño.
—¿Qué te parece Juan Alberto?
Al ver su mirada, levanto una ceja y pregunto:
—¿En qué sentido?
—¿Te parece sexy como hombre?
Sonrío. Creo intuir lo que pregunta y respondo:
—A mí sólo me pareces sexy tú.
—Mmmmm... me excita saberlo —susurra sobre mi boca.
Su mirada y la mía se encuentran. Estamos a escasos centímetros la una de la otra y ya sé lo que quiere y lo deseo. Su respiración se acelera y la mía también.
¡Vaya dos!
Sonreímos y, de pronto, siento su mano bajo mi larga falda y, acalorada, pregunto:
—¿Qué haces?
Yulia... mi Yul sonríe peligrosamente y, con un hilillo de voz, añado:
—¿Aquí?
Asiente. Está juguetona. Y yo me acaloro.
¿Me quiere masturbar allí?
La gente a nuestro alrededor ríe, se divierte y bebe Margaritas, mientras se oye el ruido de las olas y suena la música. Estoy de espaldas a todo el mundo, sentada en el puf frente a ella a mi amor y siento que su mano llega a mi muslo. Traza circulitos y luego llega a mi tanga.
—Yul...
—Len...
Histérica y nerviosa, sonrío.
Madre mía... madre mía...
Con disimulo, miro a ambos lados. La gente está a lo suyo, cuando Yulia, acercándose más a mí, cuchichea juguetona
—Pequeña, nadie nos mira.
—Yulia...
—Tranquila...
Retira la fina tela de mi tanga y, rápidamente, uno de sus dedos juguetea con mi clítoris. Cierro los ojos y mi respiración se hace más profunda.
Oh, Dios..., adoro lo que me hace.
La sensación de lo prohibido me excita. Me excita mucho y, cuando Mi ojiazul mete uno de sus dedos en mi interior, yo jadeo y, al abrir los ojos, me encuentro con su morbosa sonrisa.
—¿Te gusta?
Como un muñequito, asiento mientras mi estómago se descompone en mil pedazos de gusto.
¡No quiero que pare!
Ella sonríe mientras su dedo juega dentro de mí y la gente, ajena a nuestro caliente juego, se divierte a nuestro alrededor.
¡Qué sinvergüenza es!
Pero me gusta... me gusta y me gusta y, entrando por fin al trapo, sonrío y me muevo en busca de más profundidad y placer.
Mi gesto de poseída la hace resoplar.
Sí...
La vuelvo loca.
Sí...
Y acercando su boca a la mía, susurra, tremendamente excitada:
—No te muevas si no quieres que se den cuenta.
Dios... Dios... Diossssssssssss, qué morboooooooooo...
¡Me va a dar algo!
Pero ¿cómo no me voy a mover?
Su manera de tocarme me incita a querer más y más y cuando mi gesto le revela lo que pienso, Yulia saca su mano de mi humedad y mi falda, se levanta, me coge de la mano y dice:
—Vamos.
Excitada... nerviosa... y deseosa, la sigo. ¡La sigo al fin del mundo!
Me sorprendo cuando veo que no va hacia la habitación. Se encamina hacia la playa. Una vez las luces del bar dejan de iluminarnos y la oscuridad de la noche y la brisa nos envuelven, mi amor me besa con desesperación.
Deseosa de tocarla, le desabrocho la camisa y me deleito en el cuerpo de mi mujer. Suave, fibrosa y ardiente.
Lo toco. Me toca.
Y el ardor de nuestros cuerpos crece a cada segundo.
Entre besos y tocamientos llegamos hasta el chiringuito de la playa. Ese que prepara unos Margaritas estupendos por las mañanas. Ahora está cerrado y Yulia quiere jugar. Con premura, desanuda la camisa que llevo atada a la cintura y cuando mis pechos quedan al aire, murmura:
—Esto es lo que yo quiero...
Como un loba hambrienta, se arrodilla y me besa los pezones. Primero uno y después otro. La camisa cae al suelo y me quedo sólo con la falda larga. Excitada por el momento, miro hacia el bar, donde la gente continúa divirtiéndose. Están a escasos cien metros, pero sin importarme quién nos pueda mirar, la agarro del pelo y murmuro, acercando mi pecho derecho a su boca:
—Saboréame...
Encantada, se deshace en atenciones con mi pecho, mientras sus manos recorren mis piernas y me suben la falda lenta y pausadamente. Cuando el pezón está duro, sin necesidad de que yo se lo pida, Yulia presta atención a mi otro pezón, mientras susurro:
—Sí... así... así me gusta...
Enloquecida por el momento, sus manos me aprietan el trasero y oigo cómo la tela de mi tanga se rasga. Cuando la miro, dice divertida:
—Esto sobra.
Suelto una carcajada, pero cuando de un tirón me baja la falda al suelo y me quedo totalmente desnuda en el chiringuito, mi risa se vuelve risita nerviosa.
Estoy a escasos metros de los turistas del hotel, desnuda, con la tanga rota y dispuesta a pasarlo bien. En ese instante, una risa de mujer que no es la mía se oye cerca de nosotros. Yul y yo miramos y nos encontramos con que al otro lado de la barra del chiringuito hay una mujer y un hombre en nuestra misma situación.
No hablamos. No hace falta. Sin acercarnos los unos a los otros, cada pareja continúa con su morboso momento.
Nos excita su presencia.
Yul me besa. Ansía mi boca como yo necesito la de ella. Sus manos agarran mis muñecas y me las sube por encima de la cabeza. Su cuerpo aplasta el mío contra la madera del chiringuito y noto su erección en mi estómago. Eso me excita aún más.
Dura. Latente. La quiero dentro de mí cuando murmura:
—Me vuelves loca.
Sonrío. Cierro los ojos y soy inmensamente feliz.
De pronto, el gemido de la mujer hace que las dos volvamos a mirar. Ella está ahora en el suelo, a cuatro patas, y su acompañante la penetra desde atrás, una y otra vez.
Sin poder apartar los ojos de ese espectáculo, observo la expresión de la mujer. Su boca, su cara, su mirada extasiada me hacen ver lo mucho que disfruta y me acaloro más.
Mirar me gusta.
Mirar me excita.
Mirar me incita a querer jugar.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta Mi morena en mi oído.
Esa pregunta me hace recordar nuestra primera visita al Moroccio, aquel restaurante tan especial al que me llevó en Moscú. Sonrío al recordar mi cara de horror de aquel entonces y suspiro al imaginar mi cara en este momento. Todo es distinto. Gracias a Yulia mi percepción del sexo ha cambiado y, para mi gusto, a mejor.
Ahora soy una mujer que disfruta del sexo. Que habla de sexo. Que juega con el sexo y que ya no lo ve como tabú.
Asiento. Su voz cargada de erotismo, unido al espectáculo que observamos son, como poco, morbosos, mientras los gemidos de la mujer se oyen cada vez más y las acometidas son más duras y certeras.
Sin poder apartar la vista de eso, noto cómo Yul se suelta el cordón de los pantalones de lino y se los quita. Me hace dar la vuelta con rapidez y dice en mi oído:
—Ahora quiero oírte gemir a ti.
Sin más, me separa las piernas y, tras pasarme su dura erección por las cachas del culo, baja hasta mi sexo y, tras unos segundos en que me hace rabiar, me penetra.
Oh, sí... sí.
Su estocada es terrenal y certera. Como nos gusta a las dos. Su duro, suave y erecto pene entra totalmente en mí y mi húmeda vagina lo succiona y aprieta, gustosa de recibirlo.
El placer es enorme...
El calor me abrasa...
Jadeo y mi amor, mi amante, mi mujer me agarra posesiva por la cintura, deseoso de pasarlo bien, mientras una y otra vez me empala, arrancándome gemidos que nos vuelven locas a las dos.
Miro hacia la derecha, observo cómo los que antes gemían nos observan y sé que ahora soy yo la que le muestra a la otra mujer el nivel de mi placer.
Oh sí... quiero mostrárselo.
Quiero que sepa cuánto disfruto a mi morena, Yulia y su fuerza me levantan del suelo un par de veces y yo me agarro a la madera del chiringuito, dispuesta a que ella vuelva a entrar y a salir de mí. Me gusta cómo me posee.
Una y otra vez lo hace. Lo disfruto. Lo disfruta. Lo disfrutan los extraños, hasta que mis fuerzas desfallecen, mi cuerpo se vuelve gelatina y me dejo ir con un gustoso gemido. Yul llega instantes después al clímax, tras un ronco jadeo.
Durante unos segundos permanecemos quietas, sin movernos. Estamos agotadas por el momento, hasta que un movimiento nos hace regresar a la realidad y vemos que la otra pareja se viste y, tras un saludo con la mano, se van.
Mi lobita, aún abrazada a mí, saca su pene de mi interior. Me besa las costillas y, cuando ve que me encojo, me da la vuelta y, cogiéndome entre sus brazos, murmura:
—¿Te apetece un bañito en la playa?
Oh, sí... con ella me apetece todo y, sin dudarlo, acepto.
Me encanta sentirla tan natural. Tan poco envarada. Tan poco seria.
Desnudas, felices y cogidas de la mano, corremos hasta la playa. Al llegar, ambas nos zambullimos y, cuando nuestras cabezas emergen del agua, mi amor me coge en brazos y después de besarme, cuchichea:
—Cada día estoy más loca por ti, señora Volkova.
Yo sonrío.
Como para no sonreír... babear... y gritar de felicidad. ¡Pedazo de esposa que tengo!
Enrosco las piernas alrededor de su cuerpo y, cuando noto que su erección comienza de nuevo a crecer, con gesto divertido miro a mi insaciable, morbosa y caliente mujer y susurro:
—Pídeme lo que quieras.

Continuará....

Espero les haya gustado hasta ahora Laughing estare publicando 2 veces a la semana, así que nos leemos pronto!
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Mar Nov 04, 2014 9:17 pm

Está muy buena la historia :-D
Q bueno q la adaptes para el foro :-P
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por wendra222 el Mar Nov 04, 2014 10:48 pm

Esta buena la historia continua pronto

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Nov 06, 2014 7:17 pm

Aquí yo de nuevo con un capítulo de esta hostoria tan fogosa Razz espero les guste es capítulo, nos leemos pronto!!!



Pideme Lo Que Quieras O Dejamé

Capítulo 3

Después de veinte días en nuestro paraíso particular, donde todo es mágico y divertido, cuando llegamos a México DF, miro sorprendida desde la ventanilla del coche las calles abarrotadas de gente. Yulia habla por el móvil con su habitual gesto serio, mientras el chófer conduce la impresionante limusina.
Al llegar a un edificio de lo más moderno, un hombre de uniforme nos abre la puerta. Saluda a Yul y rápidamente llama el ascensor. Cuando nos paramos en el piso dieciocho y las puertas se abren, veo que Dexter acude a nuestro encuentro. Su cálida sonrisa me hace ver lo contento que está por nuestra visita.
—Míralas, qué relindas y morenas llegan las novias. —Todos sonreímos y el mexicano, cogiéndome las manos, añade—: Diosa, qué alegría volver a verte.
—¿Y conmigo qué pasa? —protesta Mi morena al oírlo.
Dexter choca su mano contra la de ella y, con complicidad, cuchichea:
—Lo siento, guera, pero tu mujer me gusta más que tú.
Divertida, me acerco a él, me agacho, pues va en silla de ruedas, y le doy dos besos en la mejilla. Dexter, feliz por nuestra llegada, tras saludarnos mira a una mujer que está a su lado y nos la presenta:
—Ella es Graciela, mi asistente personal. A Yulia ya la conoces.
—Bienvenida, señora Volkova—dice la muchacha morena.
Yul le da la mano y, con una candorosa sonrisa, responde:
—Encantada de volver a verte, Graciela. ¿Todo bien con este pesado?
La joven de pelo oscuro mira a Dexter con una tímida sonrisa y murmura:
—Ahorita mismo todo perfecto, señora.
Dexter, divertido, tras escucharla me mira y dice:
—Elena es la mujer de Yulia y han pasado a visitarnos tras su luna de miel.
—Encantada, señora Volkova, y enhorabuena por su reciente boda —me felicita la muchacha, mirándome.
—Por favor —digo rápidamente, mientras me estiro la minifalda—, llámame Lena, ¿te parece?
La joven mira a Dexter, él asiente y yo añado:
—No lo mires a él ni a mi esposa. No hace falta que te den su beneplácito para que me puedas llamar por mi nombre, ¿de acuerdo?
Sonrío. La mujer sonríe y mi ojiazul concluye:
—Ya lo sabes, Graciela... llámala Lena.
—De acuerdo, señora Volkova. —La muchacha sonríe y, mirándome, añade—: Encantada Lena.
Ambas sonreímos y eso me tranquiliza.
Que me llamen continuamente señora, o señora Volkova, no es algo que me vuelva loca. Es más, me suena a carcamal con olor a rancio.
Aclarado esto, observo a Graciela y deduzco que debe de tener pocos años más que yo. Su aspecto es pulcro y, desde mi punto de vista, es guapa. Pelo oscuro, ojos cautivadores y una dulzura que relaja. Eso sí, su fuerte no es la moda. Va demasiado chapada a la antigua para ser una joven de mi edad.
Una vez nos hemos saludado todos, entramos a un salón diáfano. Nada de obstáculos, para que Dexter se pueda mover bien por allí con su silla de ruedas.
Durante una hora, los cuatro hablamos cordialmente y recordamos la boda. Dexter me pregunta por mi hermana y cuando la nombra por cuarta vez, lo miro y aclaro:
—Dexter..., a mi hermana ni te acerques.
Yul y él sueltan una carcajada que yo en cierto modo entiendo. No quiero ni pensar lo que ocurriría si a Dexter se le ocurriera tener una cita con mi hermana y proponerle alguna de sus cosas. El bofetón se lo lleva seguro. Me río sólo de pensarlo.
Yulia, que sabe lo que pienso, al ver mi gesto risueño dice:
—Tranquila, Len. Dexter sabe muy bien con quién debe o no salir.
Asiento. Quiero que eso quede claro cuando el jodido de Dexter pregunta:
—Diosa, ¿celosita de tu linda hermana?
Divertida, lo miro.
¿Yo celosa de mi hermana?
Por favorrrrrrrrrrrrrrrrr... ¡si adoro a Anya!
Y dispuesta a dejarlo claro, respondo:
—No. Simplemente cuido de ella.
Dexter sonríe.
—Tú eres relinda, mi querida Elena.
—Gracias, relindo —me mofo—. Pero por tu integridad física deja a mi hermana a un lado. El que avisa no es traidor. ¡Recuérdalo!
Los tres nos reímos, conscientes de a lo que nos referimos y, de pronto, me doy cuenta de que Graciela no lo hace. No sonríe. Sus ojos se llenan momentáneamente de lágrimas y mira al suelo. Tras dos inspiraciones, vuelve a levantar la cabeza y sus ojos vuelven a estar normales.
Vaya... qué capacidad de recuperación y, sobre todo, ¡qué fuerte lo que acabo de intuir!
¡Viva el sexto sentido de las mujeres!
Sólo me han hecho falta unos minutos con Graciela para darme cuenta de que está coladita por Dexter. Pobrecita. Me da hasta pena.
Instantes después, la joven se despide y se va.
Cuando nos quedamos los tres a solas en el enorme salón, Dexter nos pregunta cómo nos han tratado en el hotel durante la luna de miel. Mi Lobita me mira y yo sonrío como una tonta.
Ha sido todo fantástico. El mejor viaje de mi vida. Yul me adora como nunca pensé que una persona me pudiese adorar y yo estoy completamente coladita por ella.
Entre risas y cuchicheos, Dexter nos pregunta si hemos jugado en nuestra luna de miel, a lo que yo respondo que hemos jugado mucho... mucho..., pero que han sido juegos sólo entre mi mujer y yo.
Oh Dios..., sólo de recordarlo me pongo cardiaca.
El hotel...
La cama...
Sus ojos... sus manos...
Aquellas conversaciones calientes y morbosas...
Al escucharme y, en especial ver mi cara, Yul sonríe. Dice que en mi expresión se ve claramente lo que pienso y sin duda alguna ha adivinado mis pensamientos. Al ver cómo nos miramos, Dexter, guasón como siempre, me guiña un ojo y murmura, mirando mis no tan bronceadas piernas.
—Diosa..., cuando tú quieras, me tienes listo para jugar.
Eso me hace acalorar aún más.
Los juegos de Dexter son calentitos y morbosos y al ver el gesto de Yulia sonrío. Mi mujer siempre está dispuesta. Pero nuestra excitante conversación se corta cuando suena un teléfono y, segundos después, Graciela entra con él en la mano.
Dexter contesta y Yul, acercándose a mí, comenta:
—Te veo acalorada, cariño, ¿pasa algo?
Pero qué sinvergüenza esa es tía.
Sin poder evitarlo, sonrío y, antes de que pueda responder, me pasa la mano por las piernas y murmura en tono meloso:
—Si tú quieres, yo estoy dispuesta...
Guauuu, ¡qué calor... qué calor!
Sé a lo que se refiere y me entran los sofocos de la muerte.
¡Sexo!
Como siempre que la ocasión se presenta, mi estómago se contrae y mi vagina se lubrica en décimas de segundo. Al final mi yul va a tener razón y me estoy convirtiendo en una bestia sexual.
¡Qué fuerte!
¿Quién me iba a decir a mí que me encantaría este juego?
Definitivamente, me estoy volviendo una loca del sexo.
Pero lo cierto es que me gusta y apetece. Mi deseo crece en un instante y con sólo observar cómo me mira mi recién estrenada esposa, ya estoy a cien y quiero jugar.
Mi lobita sonríe. Yo también. Y dispuesta a pasarlo bien, susurro con sensualidad, sin que Graciela me oiga.
—Rómpeme la tanga.
Oh, Diossssssssssss, ¿qué he dicho?
La mirada azulada de mi Icegirl de pronto se torna intensa y morbosa.
¡Guauuu! De cien ya he pasado a doscientos y, por cómo me mira, sé que ella esta a quinientos.
Soy consciente de que la vuelve loca mi descaro y mi entrega. Sonrío como sé que le calienta más la sangre y, guasona, murmura algo que los mexicanos dicen mucho:
—¡Sabrosa!
Cuando Dexter termina la llamada y le entrega el teléfono a Graciela, ésta se marcha y Yul dice:
—Dexter..., ¿a qué hora llegan los invitados para la cena?
Sus miradas se encuentran y sé que se han entendido a la perfección. ¡Vaya dos!
—Faltan tres horas —responde encantado.
Yo sonrío. Dexter levanta las cejas y, con complicidad, tras pasear sus ojos con descaro por mis pezones erectos, pregunta.
—¿Qué os parece si vamos a un lugar más íntimo?
Tuchúnnnnnnn... Tuchúnnnnnn... Mi corazón se desboca. ¡Sexo!
Nerviosa, me levanto y Yulia me coge de la mano con fuerza. Me gusta esa sensación. Caminamos tras Dexter y me sorprendo cuando veo que entramos en su despacho. Yo creía que iríamos a una habitación.
Una vez Yul cierra las puertas, me quedo boquiabierta cuando el mexicano aprieta un botón de la librería y ésta se desplaza hacia la derecha. Debo de tener tal cara que Dexter dice:
—Diosa..., bienvenida a la habitación del placer.
Sin soltarme la mano, mi morena me guía. Entramos en ese oscuro lugar y, cuando la librería se cierra detrás de nosotras, una luz tenue y amarillenta se enciende.
Morbo en estado puro.
Mis ojos se adaptan a la penumbra y veo un espacio de unos treinta metros con una cama, un jacuzzi, una mesa redonda, una cruz en la pared, cajoneras y varias cosas colgadas en las paredes. Al acercarme, veo que son cuerdas y juguetes sexuales. ¡Sado! Yo no quiero sado.
Mi cara debe de ser un poema, pues Yulia, acercándose más a mí, pregunta:
—¿Asustada?
Niego con la cabeza. Con ella no me asusta nada. Sé que nunca permitiría que yo sufriera y menos aún me dejaría hacer nada que no quiero.
Dexter, sentado en su silla, se acerca a un equipo de música y pone un CD. Instantes después, la habitación se inunda de una música instrumental muy sensual. Calentita. Luego se acerca a la mesa redonda y Yul me besa. Mete su lengua en el interior de mi boca y yo disfruto... disfruto y disfruto, mientras planta sus manos en mi trasero y me lo aprieta con deleite.
El calor vuelve a la carga y mi cuerpo reacciona ante su contacto en décimas de segundo.
Durante varios minutos nos besamos y nos tocamos. Soy consciente de que Dexter nos observa y disfruta. Y cuando estoy total y completamente excitada por mi bella esposa, esta abandona mi boca y dice, mientras se sienta en la cama:
—Desnúdate, cariño.
Los ojos de ambos me comen, mientras observo que Yul no se desnuda ni Dexter tampoco. Sólo me miran y esperan que yo haga lo que ella me ha pedido.
Sin dudarlo un instante, me desabrocho el botón y la cremallera de la minifalda y la prenda cae al suelo.
Los dos clavan la vista en mi tanga, pero no me lo quito.
Dexter hace un movimiento con la mano y, al entenderlo, giro sobre mí y les enseño mi trasero.
—Mamacitaaaaaaaaaaaaaaaaaaa —murmura el mexicano.
Cuando vuelvo a mirarlos de frente, me quito lentamente la camiseta de tirantes que llevo y me quedo ante ellos vestida sólo con la ropa interior y los zapatos de tacón. Los conozco y sé que les encanta que lleve los zapatos puestos.
—Ponte las manos en la cintura y separa un poquito las piernas —dice Dexter.
Hago lo que me pide, mientras mi respiración se acelera y Yulia dice:
—Tócate los pechos.
Con sensualidad, llevo mis manos hasta ellos y, por encima del sujetador, me los estrujo y masajeo mientras los dos me recorren entera con la mirada y yo ardo de deseo.
Estoy siendo observada por una mujer con “algo extra” y un hombre que quieren penetrarme.
Estoy siendo observada por una loba rusa y un mexicano que quieren saborearme.
Estoy siendo observada y quiero que me observen, porque me excita.
Mi respiración se acelera. Deseo que me toquen. Dexter se acerca y, sin moverse, murmura:
—Aún recuerdo cómo aquella mujer en Alemania disfrutaba de tu cuerpo y tú jadeabas. Fue padrísimo. No veo el momento de volverlo a ver.
Recordar eso me hace jadear. Diana, la mujer alemana de la que habla Dexter, me gusta. Su manera de poseerme es tan exigente que pensar en ella me lubrica más.
Yulia lo sabe.
Le pone. Le excita saberlo.
Lo hemos hablado durante nuestra luna de miel y está tan deseosa como yo de volver a quedar con ella. Ahora, al ver mi gesto, dice:
—Lo verás, amigo. Me consta que Len está deseando repetirlo.
Dexter resopla y asiente. Después se dirige hacia un lateral de la habitación donde hay una pequeña nevera y veo que saca una botella de agua y un botecito con algo rojo. Mi curiosidad me puede y pregunto:
—¿Qué hay en el bote?
Dexter lo destapa y, enseñándomelo, contesta:
—Guindas rojas. ¡Me encantan!
Sin más, se mete una en la boca, la mastica, saborea y murmura:
—Hum... qué dulce.
Yul, al ver mi expresión, sonríe y Dextrer, tras dejar el agua y el bote de guindas sobre la mesa, abre uno de los cajones de la mesilla, saca una caja y un antifaz y, entregándoselo a Yulia, dice:
—Pónselo.
Mi lobita coge el antifaz, se acerca a mí y, tras mirarme de aquella forma que me vuelve loca, me besa y me lo pone. Mi mundo se vuelve oscuro. No veo nada y oigo a Dexter que pide:
—Siéntala en la mesa.
Mi chica me guía y, cuando me siento donde Dexter ha dicho, sus manos ya están en mis rodillas. Las toca y la oigo decir:
—Túmbate cariño.
Vuelvo a hacer lo que me pide.
La mesa está dura y no veo nada. No sé dónde está Yul y eso me desconcierta un poco. Un dedo pasea en ese momento por mi tanga y mi estómago se deshace. Estoy caliente. Excitada y totalmente expuesta a ellos, mientras oigo cómo la silla de ruedas de Dexter da vueltas alrededor de la mesa.
—Diosa..., tu olor a sexo me vuelve loco, pero quiero que sea tu mujer quien te quite las bragas para mí y me invite a tomar de ti todo lo que me apetezca.
Instantes después, siento la boca de Yulia en mi ombligo. La reconozco. Me lo besa. Deja un reguero de besos desde ahí hasta el principio de mi tanga, toca mis muslos con deleite y, después, me lo quita.
Acelerada y con la respiración entrecortada, tengo la boca seca y murmuro:
—Tengo sed.
Un cubito de hielo recorre de pronto mis labios. Abro la boca, dispuesta a que su frescor me reconforte y Eric dice cerca, muy cerca de mí:
—Dexter, te invito a tomar lo que quieras de mi mujer.
—Gracias, guera, lo haré encantado.
Mi boca, húmeda por el hielo, se seca en cuestión de segundos cuando de pronto siento cómo me cae agua fresquita sobre el sexo. Una suave toalla me seca y la voz de Yul murmura:
—Ahora estás lista, mi amor.
El corazón se me va a salir por la boca. Estoy tremendamente excitada y, parapetada bajo el antifaz, pregunto:
—¿Te gusta lo que ves?
Con delicadeza, Yulia se tumba sobre mí en la mesa, me desabrocha el sujetador y, al quitármelo y quedar mis pechos al aire, contesta tras besarlos:
—Me vuelve loca, pequeña.
Cuando me quedo totalmente desnuda en la mesa, siento que Yul se aleja y en su lugar es Dexter el que se coloca entre mis piernas, sentado en su silla. Me las agarra, se las pone sobre los hombros y dice:
—Qué rico manjar me ofreces, preciosa.
Me estremezco. Sé lo que va a ocurrir y ya suelto un gemido. Sin darme tregua, Dexter pasea su mano por mi tatuaje y, cuando presupongo que lo ha leído, susurra:
—Te pido que te entregues a mí.
Enloquecida por sentirme tan deseada, me muevo sobre la mesa a la espera de que me devore, cuando de pronto dice:
—Pon los pies en el suelo. Date la vuelta y túmbate sobre la mesa.
Hago lo que me pide. Me doy la vuelta y, cuando mi cara toca la madera y mi culo queda expuesto, me da varios azotitos.
—Enrojecido... así... rojito para mí.
El trasero me escuece tras los azotes. Sé que Yulia mira y controla y de pronto siento que la mano de Dexter me separa las cachas del culo y dice, mientras aplica gel en mi ano:
—Hoy vamos a jugar a otra cosa.
¿Otra cosa? ¿Qué cosa?
Estoy a punto de protestar, cuando noto las manos de Yulka en mis hombros y susurra en mi oído lentamente:
—No te muevas.
Su voz me tranquiliza y noto cómo Dexter introduce algo en mi ano mientras, con voz cargada de morbo, susurra:
—Estas bolas anales aumentarán tu y nuestro placer... Ya lo verás.
Tumbada sobre la mesa, dejo que introduzca bola a bola en mi interior, mientras, excitada por ello, me dejo hacer.
Dios... ¡cómo me gusta ser su juguete!
Dexter se recrea con mi ano y las bolas. A cada una que introduce, azotito que me da, seguido de un tierno mordisquito y masaje en las nalgas. Oh, sí... me gusta lo que hace.
Una vez acaba, siento mi ano repleto. Es una sensación rara, pero me gusta.
—Diosa, túmbate de nuevo sobre la mesa como estabas antes.
Con el trasero enrojecido, lleno de bolitas y el antifaz puesto, hago lo que me pide.
—Yulia... ¿puedo saborear ahora a tu mujer?
Mi corazón, tuchún... tuchún..., se acelera más cada segundo.
Ellos son dos morbosos y expertos jugadores y me están volviendo loca sin haberme casi tocado aún. Abro la boca para respirar y suelto un jadeo cuando le oigo decir a Yul:
—Saboréala todo lo que quieras.
No veo sus ojos...
No veo su mirada...
No veo su expresión...
Pero me los imagino y su tono de voz ronca me hace saber lo mucho que disfruta este momento. Yo jadeo enloquecida y mis fuertes respiraciones se oyen en la habitación.
Oh, sí... sí...
No quiero que paren.
Quiero que jueguen.
Quiero que me saboreen.
Quiero que me follen.
Dexter me abre los muslos y quedo totalmente expuesta ante él; entonces noto que algo redondo y pringoso se pasea por mi clítoris y Dexter dice:
—Guindas rojas y Elena. Una explosiva y riquísima mezcla.
Y, sin más, noto cómo sus dientes aprisionan la guinda y comienzan a apretarla contra mí. La dureza y suavidad de la piel de la fruta golpea y resbala con deleite por mi clítoris y yo jadeo mientras Dexter mueve la boca con destreza y la guinda me calienta y estimula en décimas de segundo. Noto que suelta la guinda y ésta corre por mi sexo, mientras él me toca el clítoris con la lengua para luego volver a coger la fruta y repetir la acción.
Oh, Dios... ¡Oh, Diossssssssss!
Mi cuerpo reacciona.
Jadeo... y enloquezco cuando la boca de mi lobita toma la mía.
Me besa...
Me disfruta...
Me vuelve loca...
Mientras, Dexter succiona mi hinchado clítoris y yo levanto la pelvis de la mesa, dispuesta a ofrecérselo más.
—Así..., amor..., así... —murmura Yul, al notar mi entrega.
Durante varios minutos soy el manjar de ellos dos sin yo poder ver nada. Sólo sé que uno disfruta entre mis piernas y el otro disfruta con mi boca. Pero lo mejor es que yo disfruto de ambos.
¡Qué maravilla!
De pronto, Yul se retira de mi boca. Levanto el cuello en su busca, pero no le encuentro y, con el antifaz, no la veo.
Quiero sus besos...
Quiero su contacto...
Y cuando siento que me echan agua de nuevo sobre el sexo, sé que el juego va a cambiar. Dexter se retira y oigo cómo la silla rodea la mesa hasta llegar a la altura de mi cabeza. Me coge las manos y, tras besarme los nudillos, murmura:
—Ahora te van a dar lo que yo no te puedo proporcionar.
Las manos de Yul me tocan. Las reconozco. Sonrío y, cogiéndome con fuerza de los muslos, me los separa con contundencia y me penetra de una certera estocada.
Su gruñido me vuelve loca.
Mi respiración se acelera. Dexter me suelta las manos y Yulia, levantándome de la mesa, dice, quitándome el antifaz:
—Acóplate a mí.
Tiemblo...
Jadeo...
Enloquezco...
Mientras, la mujer que adoro me penetra una y otra vez con fuerza y yo la miro a los ojos sin necesidad de que me lo pida.
¡Oh, Dios, su mirada!
Sus ojos me traspasan, me hablan, me dicen que me quiere, mientras Dexter me da cachetes en el trasero y me lo enrojece, como a él le gusta.
De nuevo, Yulia me penetra y, en ese instante, Dexter tira de la cuerdecita de las bolas anales. Saca una y me da un azote. Boquiabierta por lo que he sentido, suelto un grito. Eso los enloquece.
Yulia sonríe y, agarrándome con fuerza, me vuelve a penetrar.
Nueva arremetida.
Nuevo tirón de las bolas y cachete.
Nuevo grito mío.
Una a una, las suaves bolitas salen de mí y yo me entrego enloquecida, mientras Yul, que me tiene entre sus brazos, me mira y murmura:
—Así..., cariño..., así... Mírame y disfruta.
Cuando salen de mí todas las bolas anales que Dexter me ha metido, éste se va hacia un lado y Yulia toma la iniciativa de nuestro momento. Camina hacia la pared, me apoya en ella y, devorándome la boca como sólo ella sabe hacer, me penetra una... y otra... y otra vez... Su fuerza me parte en dos, pero me gusta. Sus manos me estrujan el trasero mientras yo le recibo y me abro más y más para ella.
Nuestro gozo es inmenso. No quiero que acabe. Quiero que sus penetraciones duren eternamente. Sus gruñidos secos me enloquecen y cuando creo que las dos vamos a explotar, soltamos un gemido al mismo tiempo y, tras una última embestida, gozosas nos dejamos llevar por el placer.
Con su pene todavía alojado en mi interior, agotada apoyo la cabeza en su cuello. Adoro su olor. Su contacto. Cierro los ojos y me abrazo más a ella, mientras mi amor me abraza a su vez y sé que siente todo lo que siento yo.
Al cabo de unos instantes en los que nuestras respiraciones se normalizan, como siempre, pregunta en mi oído:
—¿Todo bien?
Asiento y sonrío.
Yulia camina hasta la mesa y me deja sobre ella. Cuando se separa de mí, Dexter se acerca y, cogiéndome la mano, me besa los nudillos y murmura:
—Gracias, diosa.
Yo sonrío y sin pizca de vergüenza por mi desnudez, cojo el tanga, que está sobre la mesa, y mientras me lo pongo deseosa de una ducha, respondo:
—Gracias a ti, relindo.
Dos horas más tarde, tras darnos una duchita en la habitación que nos han asignado y vestirnos para la cena, mi lobita y yo regresamos al salón, que ya está a reventar de gente.
No conozco a nadie, pero todos me saludan con una amplia sonrisa. Son la familia y los amigos de Dexter. Yulka conoce a todo el mundo y me sorprende verla tan dicharachera y feliz.
Desde luego, cuando quiere, ¡la jodía es un amor!
La familia de Dexter es encantadora y sus padres maravillosos. Por cómo tratan a Yul, se ve que la aprecian mucho y cuando ella me presenta como su mujer, me abrazan y, con su dulce acento mexicano, me miman y me dicen cosas preciosas.
Sin demora, todos me saludan, tíos, primos y amigos de Dexter y me hacen sentir muy especial. Me recuerdan a mi gente de Kazan, cercana y cariñosa. Sonrío al ver que Yul coge en brazos al bebé de la hermana de Dexter y me mira.
Oh, Dios, ¡cómo me pica el cuello!
Al ver que me rasco, mi Icegirl suelta una carcajada y yo sonrío también.
De pronto, veo una cara amiga, ¡el primo de Dexter!
Con una encantadora sonrisa, Juan Alberto saluda a Yulia, ambos se acercan a mí y el recién llegado, mirándome, pregunta:
—¿Puedo saludarte sin que peligre mi vida?
Yo sonrío.
Cada vez que recuerdo las cosas que le dije ese día al pobre me tengo que reír, pero me gusta ver que él se lo ha tomado bien. Si fuera yo, con la mala leche que tengo, seguro que aún lo tendría crucificado.
La reunión con esas personas es agradable y de pronto me fijo en Graciela, la asistente de Dexter. La joven permanece en un segundo plano. En ese momento, se acerca hasta nosotros Cristina, la madre de Dexter, y, cogiendo del brazo a su sobrino Juan Alberto, al que llaman cariñosamente Juanal, le pregunta:
—¿Es cierto que te vas a Rusia pasado mañana con ellos?
—Sí, tía.
—¿Y a qué vas? Si se puede saber.
Juan Alberto sonríe y, con cariño, responde:
—Quiero visitar Rusia y algunos países de Europa, para ver si puedo expandir mi negocio.
—Pero luego regresarás, ¿verdad? —insiste la mujer.
—Claro que regresaré, tía. Mi empresa está aquí y mi vida en México.
Veo que la mujer cabecea. No sé qué pensará, pero no parece muy convencida de ello, cuando oigo que Dexter dice divertido:
—Yo también voy, mamita.
Me río. Me parto con Dexter y sus caras de pilluelo.
—A qué irás tú, sinvergüenza. Te pasas media vida fuera.
—Mamá... mamita linda, mi empresa es internacional y requiere que viaje mucho. Es más, esta vez, para que te quedes más tranquila, Graciela me acompañará.
La cara de la mujer se transforma. ¡Sonríe! Y, encantada, dice:
—Oh... eso me gusta más. Ella dará normalidad a tus horarios.
Me vuelvo a reír.
¡A Dexter no lo normaliza ni Dios! Y cuando creo que la mujer se va a marchar, me mira y dice:
—Querida..., búscale una buena mujercita a mi sobrino. Mi Juanal necesita una bonita esposa cariñosa, que lo cuide y lo mime.
—Oye..., de paso que me busque a mí otra —se mofa Dexter.
Su madre lo mira y, ante todos, baja la voz y cuchichea:
—Tú, si quisieras, ya la tendrías. Te lo he dicho mil veces.
Dexter pone los ojos en blanco y, tras mirar a Graciela, que tiene al hijo de la hermana de Dexter en brazos, murmura:
—Mamita, no sigas con eso.
Juan Alberto, al oírlo, mira a su tía y, señalando a un par de amigas de Dexter que hay allí, dice:
—Tía, lo que yo menos necesito es una esposa. Ahora que vuelvo a estar soltero, puedo tener muchas y...
—Déjate de pendejas facilonas y búscate una mujer en condiciones. ¡Eso es lo que necesitas! —sisea la mujer y, mirándome, añade—: Yo no sé qué le pasa a esta juventud. Ninguno quiere tener algo tan bonito como lo que tienes tú con Yulia.
—Es que Elena es un amor, Cristina —aclara Yulia, agarrándome por la cintura—. Mujeres como mi pequeña no hay muchas... créeme. Por eso, cuanto la conocí, la amarré a mi lado hasta que conseguí que fuera mi mujer.
¡Plofffffff!
Y ¡reploffffffffffff!
Por favorrrrrrrrrrrr...
¡Si me cortan con un cuchillo, no sangro!
Pero qué cosa más bonita y romántica ha dicho mi mujer. Es que me la como... ¡Me la comooooooooooo a besos!
Enamorada hasta las trancas y más allá, apoyo la cabeza en su brazo y respondo al ver la tierna expresión de la mujer:
—Lo bonito es encontrar a alguien especial y yo tuve la suerte de conocer a Yulia.
Mi lobita, al escucharme, me aprieta más contra ella y Cristina pregunta:
—No tendrás una hermana para mi Dexter, ¿verdad?
La carcajada que suelta Yulia es tan monumental que Dexter dice:
—Sí, mamá, la tiene, pero según Lena, su hermana no me conviene.
—¿Tan mala es?
Ahora la que se ríe a carcajadas soy yo y respondo:
—No, Cristina. Precisamente es demasiado buena e inocente para tu hijo.
Antes de que me pregunte más sobre mi hermana, Dexter se lleva a su madre de mi lado y todos nos sentamos a la mesa para cenar.
Durante la velada, varias amigas de Dexter, por cierto unas lagartas de mucho cuidado, nos acompañan. Para mi gusto son algo escandalosas y creo que para el gusto de Cristina, la madre del anfitrión, también. La manera que tienen de acercarse a Dexter o a Juan Alberto no es la correcta y cuando lo intentan con Yulia, las miro con actitud de «te arranco los ojos». Y al final la rodean. Yulia sonríe.
Tras la cena, todos pasamos al enorme salón, donde bebemos y hablamos. Y, como suele ocurrir en esas fiestas familiares, al final, Dexter saca una guitarra, la coge su padre por banda y su madre se arranca y nos canta una ranchera.
Estoy segura de que si la fiesta fuera en Rusia, mi padre cantaría algo bien patriota con el Bicharrón.
¡Qué arte tienen!
Alucinada, escucho a la madre de Dexter y su voz me recuerda a la tristemente desaparecida Rocío Dúrcal.
¡Qué fuerza tenía esa mujer para cantar lo que se propusiera!
Una vez acaba la canción, aplaudo y, ni corta ni perezosa, le pido que cante Si nos dejan. Yul me mira y yo sonrío. Oficialmente, es la canción de nuestra luna de miel.
Cristina no lo duda ni un segundo y Dexter se le une.
Oh, Dios... ¡qué pasote! Vaya voces tan lindas tienen.
Sentada sobre mi esposa, que me agarra con fuerza, escucho esa bonita, romántica y apasionada canción. Cuando terminan, Yulka me besa y murmura en mi oído:
—Te quiero, pequeña.
Después de varias canciones más, me hacen cantar a mí. Madre... madre, la que voy a liar.
Yulia me mira y sonríe. Sabe que, metida en juerga, soy un terremoto. Les canto la Macarena y todos se parten de risa. ¡Se la saben!
Una vez acabamos la divertida canción con su correspondiente bailecito, el padre de Dexter, que sabe tocar muy bien la guitarra, toca una rumbita y yo, más alegre que unas castañuelas, me lanzo y, me toco el pelo y saco todo el arte que llevo dentro.
¡Viva el poderío ruso!
Una vez acabo, Yulia aplaude orgullosa y todos lo felicitan por el arte que tiene su mujercita.
Cuando todos estamos más tranquilos, me fijo en Graciela y veo cómo sigue con su mirada a Dexter por el salón. Me da penita. Sé lo que es sufrir por tu jefe y no poder hacer nada por remediarlo.
MientrasYul habla con los padres de Dexter, decido darme un garbeo por la fiesta y acabo al lado de Graciela, que me mira y sonríe, aunque en su mirada veo algo que no he visto por la mañana: resentimiento. Eso sí, cuando mira a Dexter, lo hace con auténtica adoración.
Ay, qué riquiña. Eso me hace sonreír y pregunto, centrándome en ella:
—¿Llevas mucho tiempo trabajando para Dexter?
La joven me mira directamente y responde:
—Unos cuatro años.
Asiento. Cuatro años son muchos años para desesperarse y, curiosa, pregunto:
—¿Y qué tal es Dexter como jefe?
Se retira con coquetería el pelo de la cara y, con resignación, dice:
—Es buen jefe. Me ocupo de que esté bien en su casa y que no le falte de nada.
Sonrío, consciente de que aunque fuera un tirano nunca me lo confesaría. Un dolor en mi tripa me hace maldecir. ¡Me cago en la mar! Seguro que me viene la regla. Y cuando estoy sumida en mis pensamientos, la joven añade en voz baja:
—En ocasiones es algo desconcertante, pero ahorita mismo, con su visita y esta fiesta, está muy feliz. Los aprecia mucho.
Su sonrisa, su gesto, su mirada me hacen saber que es una buena muchacha e, intentando afianzar los lazos que me pueden unir a ella, añado:
—¿Sabes?, Yulia también era mi jefa y se comportaba como dices que se comporta Dexter.
Eso la sorprende y, prestándome toda su atención, pregunta:.
—¿La señora Volkova era tu jefa?
—Sí, pero yo trabajaba en su oficina, no en su casa.
Su actitud cambia. De pronto me ve como a una igual.
—Entonces me alegra doblemente que su amor pudiera ser real. ¡Qué relindo!
—Gracias, Graciela.
Yulia y Dexter nos miran desde el grupo donde están. Sé que cuchichean y yo sonrío mientras Gabriela se sonroja. Me gustaría preguntarle a esta joven muchas cosas, pero me contengo. No quiero ser una cotilla como mi hermana, o ni yo misma me lo perdonaría. Por eso, para cortar mi vena de detective, digo para alejarme:
—Tengo que ir al baño, ¿me dices dónde está?
Graciela asiente.
—Yo te acompañaré.
Caminamos por un pasillo muy amplio cuando se para, abre una puerta y dice:
—Te esperaré aquí para regresar las dos juntas, ¿te parece?
Asiento y entro en el cuarto de baño.
La madre del cordero, ¡me ha venido la regla!
Consciente de que siempre es inoportuna, abro la puerta y digo:
—Graciela, ¿me podrías dejar alguna compresa?
—Ahorita mismo. En seguida te las traigo.
La joven desaparece. Yo me quedo en el baño, acordándome de todos los familiares de la tan famosa regla y, cuando Graciela vuelve y me entrega lo que le he pedido, sonrío. De momento no me duele, pero estoy convencida de que dentro de unas horas estaré doblándome de dolor.
Una vez acabo, abro la puerta y salgo. La joven me mira. Conozco esa mirada. Sé que desea algo y le pregunto directamente:
—Quieres saber algo, ¿verdad?
Ella asiente y, dispuesta a resolver sus dudas, la animo:
—Vamos... pregunta.
Mirando a los lados, Graciela baja la voz y, colorada como un tomate, dice:
—Dexter va mucho por Alemania. ¿Hay allí alguien especial?
Ay, pobre. Ahora entiendo todavía más su angustia y, deseando abrazarla, contesto:
—Si te refieres a una mujer, no. No hay ninguna especial.
Su gesto cambia. Mi respuesta la hace sonreír y, agarrándola del brazo, decido dejarme de medias tintas; la meto en el baño y, una vez la puerta está cerrada, le digo:
—Sólo me han hecho falta unas horas para darme cuenta de lo mucho que te gusta Dexter.
—¿Tanto se nota?
—Intuición femenina, Graciela. Ésa pocas veces falla. Ya sabes que las mujeres tenemos algo de brujillas.
Ambas sonreímos. Somos conscientes de nuestro sexto sentido.
—En cuanto a tu pregunta, te diré que en Alemania no hay nadie especial. Y te lo digo porque lo sé de buena tinta.
Roja a más no poder, asiente. Le he quitado un gran peso de encima y, sin poder evitarlo, pregunto:
—¿Él lo sabe?
Avergonzada, se encoge de hombros y responde:
—No lo sé. A veces pienso que sí por cómo me trata, pero otras veces, sinceramente, creo que ni sabe que existo. Me gustó desde el primer instante en que lo vi postrado en la cama. Me fijé en él porque me recordó a un cantante mexicano llamado Alejandro Fernández. ¿Lo conoces?
—Uy, sí... algo de el se escucha en mi pais.
Ambas asentimos y, divertidas por nuestro gesto, prosigue:
—Yo trabajaba de enfermera en el hospital y cuando su familia me propuso este trabajo, no lo dudé. Era una manera de seguir estando cerca de él. Fue un amor a primera vista. —Sonríe—. Pero creo que él nunca se ha fijado en mí. Me trata bien, es correcto con todo lo que necesito, pero nada más.
Sorprendida por esa profesionalidad de Dexter, pregunto:
—¿Nunca se te ha insinuado?
—No.
—¿Ni siquiera un poquito?
—Nada.
—Pero ¿nada de nada?
—Nada de nada. Y no será porque yo no lo haya intentado.
Suelto una carcajada. No me imagino a Dexter obviando proposiciones sexuales.
—No soy de piedra, Lena, y tengo mis necesidades. Pero está claro que, como mujer, a él no le atraigo. No existo.
Su dulce tono de voz me llega al corazón y pregunto:
—Tú no eres mexicana, ¿verdad?
Ella sonríe y murmura.
—Nací en Chile, concretamente de un precioso lugar llamado Concepción. Aunque llevo muchos años trabajando en México. Mi padre era de aquí. Soy una mezcla de chilena y mexicana.
Divertida, miro a la joven que sin apenas conocerme se ha sincerado tras saber que Yul era mi jefa. Es una muchacha agradable a la vista, pero totalmente asexual. El vestido que lleva y el moño tan tirante no la favorecen nada.
—Escucha, Graciela, yo no sé si tú sabes que Dexter no puede...
Abre los ojos.
—Lo sé. Recuerda que lo conocí en el hospital. Lo sé todo sobre él.
—¿Sabes que no puede... eso... y aun así quieres algo con él?
Más colorada que segundos antes, asiente.
—En esta vida, no todo es el sexo convencional.
Vaya... vaya... vaya... con la asexual.
Boquiabierta al ver que es menos inocente de lo que yo creía, pregunto:
—¿Ah, no?
Ella niega con la cabeza y, acercándose más, susurra:
—Alguna que otra ocasión, lo he visto con alguna de sus amigas y amigos en su despacho, o en el cuarto que hay dentro de su despacho. —Yo la miro y ella añade—: En el cuarto donde habéis estado hoy los tres. Sé muy bien lo que allí pasa.
—¿Lo sabes?
Graciela asiente.
Ahora la que debe de estar roja como un tomate soy yo y entiendo su mirada de reproche.
Pero sin importarle lo que yo piense, mira al techo y dice:
—Oh, Dios, ¡¡Dexter es tan caliente... tan fogoso!! —Y al ver que yo suelto una carcajada de incredulidad, la pobre dice rápidamente—: Por favor... por favor... pero ¿qué estoy diciendo? ¿Qué hago contándote esto? Perdón... perdón...
Al ver que, horrorizada, se tapa la cara con las manos, me da pena y, acercándome, digo:
—Tranquila, Graciela. No pasa nada. —Y, dispuesta a saber cuánto sabe, pregunto—: ¿Y qué te parecen los juegos que practica Dexter con sus amigos?
Graciela suspira, sonríe y murmura:
—Morbosos y excitantes.
Toma yaaaaaaaaaaaaa... con la mojigata dulce. ¿Quién me lo iba a decir?
—¿Y tú has jugado alguna vez a lo que juega él?
Nerviosa, suspira, y, dispuesta a darle toda la confianza del mundo, reconozco:
—Yo sí he jugado, aunque fuera de estas paredes negaré haberlo dicho. ¿Y tú?
Sorprendida por lo que acabo de decir, parpadea y finalmente responde:
—Después de ver lo que él hacía, investigué y conocí a unas personas con las que juego y fantaseo que es él. Pero con Dexter nunca me he atrevido.
—Pero ¿lo harías?
Asiente sin pizca de duda y yo sonrío. Está claro que el morbo y el sexo a todos nos gusta. Como dice Yulka, hay quienes los disfrutan y hay quienes se pasan media vida obviando lo que les gustaría.
Al final, y tras ver la cara de circunstancias de Graciela, finalmente digo:
—Tranquila, tú me has confiado un secreto y yo no soy nadie para desvelarlo. Espero que el mío también lo guardes.
—No lo dudes, Lena.
—Ahora bien, si te gusta Dexter —insisto—, creo que debes hacer algo para llamar su atención.
—Lo he hecho todo, pero no se fija en mí.
Sin querer ofenderla, añado:
—Quizá si te vistieras de otra manera, eso cambiaría, ¿no crees?
Tocándose el tirante moño, dice:
—Si tengo que llevar la pinta que llevan las pendejas de sus amiguitas para que se fije en mí, ¡no lo haré!
—No me refiero a eso, Graciela —la corto y pregunto—: ¿Es cierto que en este viaje acompañarás a Dexter a Rusia y después a Alemania?
Emocionada, asiente, y, dispuesta a ayudarla, digo:
—¡Genial! Pues entonces, mañana tú y yo tenemos día de chicas. Nos iremos de compras mientras ellos hablan de negocios, ¿te apetece?
—¿Harías eso por mí?
—Pues claro que sí. Las mujeres estamos para ayudarnos, aunque a veces parezca lo contrario —respondo, convencida de estar metiéndome donde no me llaman.
En ese momento, unos golpecitos suenan en la puerta. Al abrir, veo que es Yulia, que, con cara de preocupación, pregunta:
—¿Por qué tardas tanto? ¿Ocurre algo?
Cuando salimos del baño, miro a mi lobita y, dándole un cariñoso beso en los labios, respondo:
—Cariño, me ha venido la regla. —La pobre arruga el entrecejo. Sabe que me vuelvo una borde cuando estoy así—. Por cierto, mañana iré con Graciela de compras, ¿algún problema?
Sorprendida por esa repentina amistad, me mira. Sabe que estoy tramando algo. Lo veo en sus ojos y responde:
—Por mi parte ninguno y creo que por parte de Dexter tampoco lo habrá.
Al oírla, sonrío. Pero qué lista es la jodia. Inteligencia rusa-alemana. No se le escapa una.

Continuará.... Cool hasta la proxima...
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por wendra222 el Jue Nov 06, 2014 8:31 pm

Cada ves mas interesante

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Vie Nov 07, 2014 12:39 am

Me encanta!!!! :-P
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Alejandra Katina el Mar Nov 11, 2014 12:52 am

me encanta cuando conti???

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Nov 13, 2014 2:02 pm

Hola a todas, aquí yo de nuevo con la conti:
Wendra222: se pondra mejor, y sobre muy hot Cool
Xlaudik: espero tambien te encante este capítulo Surprised
Alejandra Katina: las contis las publico 2 veces por semana Razz
Y bueno sin mas a leer!


Pideme lo que Quieras o Dejamé...

Capítulo 4


A la mañana siguiente, después de una noche de dolor inhumano por la maldita regla, cuando abro los ojos el dolor ha desaparecido. ¡Bien! Sé que es una tregua y que volverá a hacer acto de presencia, pero ya estoy acostumbrada.
Me levanto y, tras desayunar con Dexter y Yulia y hacerlos partícipes de los planes de Graciela y míos, Dexter se empeña en que alguien nos acompañe. Se niega a que vayamos solas a cualquier lado de la ciudad. Habla por teléfono y, una hora después, un chófer de lo más simpático nos lleva a las dos a las tiendas más exclusivas.
De tienda en tienda, disfruto comprando todo lo que se me antoja para toda mi familia y para Yul. Me encanta llevarle cosas a mi lobita. Aunque la conozco y sé que la camiseta roja que dice «Viva la Pelirroja» nunca se la pondrá, la compro sólo por verla sonreír.
Horas después, cuando yo llevo de todo y Graciela nada, al llegar a una enorme tienda, me envalentono y digo:
—Vamos a ver, Graciela, ¿qué podemos comprarte?
Ella me mira y, con cara de circunstancias, contesta:
—No lo sé. Algo bonito para lucir durante el viaje y por el precio no hay problema. Llevo ahorrando tanto tiempo que creo que hoy es un buen día para gastármelo en ropa.
Sonrío. Su dulzura me encanta y, mirando alrededor, propongo:
—¿Qué te parece si empezamos buscando unos bonitos pantalones vaqueros que te queden de infarto?
—Llevo sin utilizar tejanos desde que era una adolescente.
—¿En serio? —Y al ver que asiente, añado—: Pues chica, yo no podría vivir sin ellos. Es lo que más uso y te aseguro que pegan con todo.
Graciela sonríe y al ver su buena disposición, añado:
—Podríamos comprar varias cositas para combinar que sean modernas y actuales, algunos vaqueros, algún que otro vestido y algo más elegante por si tenemos que ir a alguna fiesta como la de anoche.
Los ojos se le iluminan y susurra:
—¡Padrísimo! Con ese acento español tan cálido, tan distinto a mi frio ruso…
Dispuesta a ayudarla a conquistar a Dexter, sonrío y busco a mi alrededor. Suena de fondo la canción Money, de Jessie J, y yo la tarareo.
It´s not about the money, money, money.
We don´t need your money, money, money.
Cojo unos vaqueros de cintura baja, una camiseta de tirantes violeta y unas botas de caña alta negras.
Guauuu, conociendo a Dexter, estas botas le encantarán.
Es más... me voy a comprar unas que he visto rojas y que a mi ojiazul la volverán loca.
—Pruébate esto. Seguro que te queda genial.
Graciela mira lo que le entrego como quien mira una cápsula espacial. No es de su estilo, pero si quiero que cause efecto en Dexter, la mejor manera es ésta. Al final, como veo que no se mueve, divertida la empujo al probador. Una vez desaparece, cojo las otras botas y me las pruebo.
¡Son la bomba!
Taconazo... taconazo... Suaves, altas hasta la rodilla y rojas. A mi Icegirl le encantarán. Con los vaqueros que llevo me quedan de lujo y decido dejármelas puestas. Son preciosas. En ese instante, mi móvil vibra. Un mensaje.
Te echo de menos, pequeña.
Espero que te compres todo lo que quieras.
Te quiero
Ay, mi lobita. Si es que es para comérsela a besos. Está pendiente de mí en todo momento y, con una sonrisa tonta, tecleo:
La tarjeta Visa ardeeeeeeee.
Te quiero, lobito
Le doy a Enviar. Me imagino su sonrisa al leer el mensaje y eso me llena el alma. Yulia es tan maravillosa que simplemente pensar en ella me hace sonreír.
De pronto, el probador se abre y, como era de esperar, Graciela está fantástica.
¡Menudo cuerpazo tiene la chilena!
La miro boquiabierta.
—Si Dexter no se fija en ti con ese tipazo que tienes, es que está más muerto de lo que yo creía.
Graciela sonríe, pero pregunta:
—¿No será exagerado?
Niego con la cabeza y, convencida de que la chica tiene un potencial tremendo, digo:
—Te aseguro que, cuando te vea, Dexter se levanta y anda.
Ambas nos reímos y, con ganas de que se pruebe más cosas, la apremio:
—Venga... vamos a enloquecer a ese mexicano.
Tras el primer conjunto, la hago probarse una falda larga negra recogida en un lateral, acompañada de una sexy camisa color pistacho que se anuda a la cintura y unos bonitos zapatos de tacón del mismo color. El resultado es espectacular. Hasta Graciela se mira sorprendida al espejo.
—Esto lo puedes utilizar para cualquier fiesta y estarás impresionante.
—Me encantaaaaaaaaaa. —Aplaude al mirarse al espejo.
Cuando se desnuda, le paso un sencillo vestido negro sin mangas y escote de pico. Le añado unos bonitos zapatos negros de tacón, y tela marinera lo guapa que está.
La dependienta está feliz. Le estamos haciendo una buena compra y cuando le pregunto por la ropa interior y nos indica su lugar, Graciela murmura al ver que le paso un conjuntito de lo más sexy, color berenjena.
—Oh, Dios... esto me cuesta más comprarlo.
—¿Por qué?
Con una sonrisita picarona, suspira.
—Porque es lencería.
Suelto una carcajada.
Pero qué tontusas somos a veces las mujeres con las vergüenzas. Si un persona te gusta, lo que quieres es que te vea sexy, pero sexy... muyyyy sexy. ¡La más sexy del mundo!
Cojo un conjunto azul eléctrico de corpiño y tanga, se lo enseño y añado:
—Yo me voy a probar esto. Digamos que estoy comprando un regalito de cumpleaños para Yul.
Ambas soltamos una carcajada y entramos en los probadores. Veinte minutos más tarde, hemos acabado y pregunto:
—¿Te quedaba bien?
Graciela sonríe y, con gesto pícaro, murmura:
—Llegado el momento, podría ser un buen regalito para Dexter.
Cuando salimos de la tienda es tarde. Llevamos toda la mañana allí y decidimos sentarnos en un restaurante a comer. Estamos hambrientas y yo necesito tomarme un calmante. El dolor vuelve, pero lo atajo antes de que se haga insoportable.
Mientras estudiamos la carta, me fijo en que varios hombres nos miran y eso me hace sonreír. Dicen varias veces con voz cantarina eso de «¡Sabrosa!». Y Graciela y yo sonreímos.
Si mi morena estuviera aquí, los miraría con su aire de perdonavidas y todos apartarían la vista. Pero no está y disfruto al sentirme admirada. Soy mujer, ¿qué pasa?
Al terminar la comida, veo una peluquería y le propongo a Graciela entrar. Accede encantada. Rápidamente, yo pido que me alisen el pelo. Sé que a Yulia le gusta cuando lo llevo así, y ella, tras dejarse aconsejar por el estilista, permite que le hagan un corte de pelo de lo más favorecedor y juvenil.
El resultado es espectacular.
A cada cosa que Graciela se hace, me quedo más perpleja. Esta joven es terriblemente guapa y debe sacarse partido.
Dos horas más tarde, cuando salimos de la peluquería, uno de los hombres que pasan por nuestro lado pregunta con gracia:
—¿Qué hacen dos estrellas volando tan bajito?
¡Nos piropean!
Ambas reímos y, alucinada, Graciela dice:
—Es la primera vez en muchos años que un hombre me dice algo lindo.
De nuevo otro hombre pasa por nuestro lado y exclama:
—Mamacita... ¡qué sabrosas!
Ambas nos reímos y Graciela comenta:
—Estos mexicanos son muy piropeadores.
Sin sorprenderme por lo que dice, hago que se mire en el cristal de una tienda.
—Vamos a ver, Graciela, pero ¿tú te has mirado bien, reina?
Incrédula, contempla su reflejo.
—Gracias, Lena. Muchas gracias por compartir conmigo este bonito día de chicas.
Encantada, le doy uno de mis besazos en la mejilla y, agarrándola del brazo, contesto:
—De nada, preciosa. Con tu nuevo look, más de uno te piropeará. Prepárate, porque cuando lleguemos, Dexter se va a quedar sin palabras.
—¿Eso crees?
—Ajá. —Sonrío divertida—. Te aseguro que su cara será todo un poema. Eso sí, ahora tú debes jugar tus cartas para que se fije en ti. Sigue tu trato correcto con él, pero deja que otros te halaguen. Eres joven, guapa, soltera y este viaje que vas a hacer con nosotros te puede aclarar muchas cosas. Creo que Dexter a pesar de ser hombre es muy parecido a Yulia en muchas cosas y, si le interesas, ya verás como rápidamente mueve ficha o, como decís aquí, ¡te amarra cortito!
De nuevo reímos, e insisto:
—¿Estás segura de que quieres que te amarre cortito?
—Totalmente segura, Lena.
—Muy bien. —Asiento y, mientras caminamos, pregunto—: ¿Cenas todas las noches con Dexter?
—Sí. Siempre que él no salga, cenamos juntos.
—Pues esta noche no vas a cenar con él, ni con nosotros.
—¡¿No?! —dice con cara de horror.
Yo niego con la cabeza.
—Llama a alguna amiga tuya y queda con ella para cenar o ir al cine, ¿puedes hacerlo?
—No tengo muchas amigas, la verdad. Llevo cuatro años centrada en Dexter y perdí mis amistades por el camino.
De nuevo no me sorprendo por lo que dice, e insisto:
—¿Ni siquiera una con la que quedar a tomar un café?
—Bueno... puedo llamar a una pareja con la que quedo de vez en cuando.
Su gesto pícaro me indica qué tipo de pareja es y, consciente de ello, respondo:
—Mira, reina, disfruta del sexo si se da la ocasión, como lo disfruta Dexter. Además, hoy estás esplendida y seguro que lo pasas doblemente bien.
Colorada como un tomate, asiente mientras yo hago planes.
—Le diremos a Dexter que hemos coincidido con algún amigo tuyo en el centro comercial y que has quedado con él para cenar. Si le joroba, lo veremos. ¿Qué te parece la idea?
Graciela está bloqueada y disfrutando como una quinceañera de lo que tramamos.
—Mañana prometo contarte con todo lujo de detalles si te ha añorado en la cena.
Me río. ¡Qué mala soy! Al final, ella también se ríe.
Llama a la pareja en cuestión y queda con ellos. Después nos encaminamos hacia el parking donde nos espera el coche.
—Prepárate, Graciela, que hoy a Dexter lo descuadras.
Dicho y hecho. A las siete de la tarde, tras un día entero de compras, entramos en la casa de Dexter, subidas las dos en nuestras botas nuevas. Los dos hombres y Yulia que están hablando en el salón, vuelven la cabeza para mirarnos. Mis ojos se encuentran con los de Icegirl y sonrío.
Con seguridad, Graciela y yo nos acercamos a Yul, Juan Alberto y Dexter, y casi me da un ataque de risa cuando este último dice:
—Pero qué dos bellas damitas llegan aquí. —Y, mirándola a ella, añade—: Ahorita mismo dime dónde dejaste a Graciela y quién eres tú.
Con gesto indiferente, como le he dicho que haga, ella lo mira y, sonriéndole, contesta:
—Soy la misma de siempre, pero con ropa nueva.
Sorprendido por el cambio tan increíble, Dexter va a decir algo, cuando Juan Alberto pregunta:
—Graciela, ¿tienes planes para cenar?
¡Guauuuu!, ¡esto se pone interesante!
Si ya decía yo que la chica tiene potencial.
La miro y está roja como un tomate.
Vamossssss, Graciela, responde... respondeeeeeeee.
Pero no... no es ella quien lo hace, sino Dexter, que dice:
—Por supuesto que tiene planes. Cenará aquí con nosotros, ¿verdad?
Graciela me mira. Pobrecita, qué mal momento está pasando.
Aún no se me ha olvidado lo mucho que Yul me imponía y, guiñándole un ojo, le hago saber que ha llegado el momento de jugar sus cartas y dice:
—Lo siento, Dexter pero hoy no cenaré aquí. Hice planes con un amigo.
Bien. ¡Biennnnnnnnnnnn!
Tengo que aguantarme para no aplaudir al ver la cara de desconcierto de él y la oigo añadir:
—Como estás acompañado para la cena, no pensé que mi ausencia te importara.
«¡Olé tu madre, Graciela!», estoy a punto de gritar y, dispuesta a meter información, explico:
—En el centro comercial hemos coincidido con un amigo de Graciela. —Y mirándome el reloj, digo—: Es más, creo que deberías marcharte o no llegarás a tu cita.
Ella, nerviosa, mira su reloj.
Está tan bloqueada como Dexter y, para echarle una mano, me suelto de Yulia y, dándole dos besos que la hacen volver a la realidad, la animo:
—Vamos... pásalo bien y no llegues tarde. Que mañana nos vamos a Rusia.
—Espérame, Graciela —le pide Juan Alberto—. Yo también me voy.
Dexter, al verlo, acerca su silla a ella y dice:
—Le diré al chófer que te lleve.
—No, gracias. No necesito chófer.
Y, sin más, se da la vuelta y, subida en sus impresionantes botas, desaparece junto a Juan Alberto por el mismo sitio por donde hemos llegado hace unos minutos.
Una vez se van los dos, Dexter sigue ojiplático y Yulia me mira. Divertida, le guiño un ojo a mi Icegirl y, al abrazarme, susurra, tocándome el pelo:
—Estás preciosa con el pelo así y me encantan tus botas.
—Graciassssssssssss.
Sin dejar de sonreír, cuando Dexter desaparece por la puerta, mi querida y única amor me mira y cuchichea:
—Intuyo que estás planeando algo, pecosa.
Me río. Yulia también.
Esa noche cenamos los tres. Mientras lo hacemos, el dicharachero Dexter está más callado de lo habitual. Incluso lo veo mirar el reloj en varias ocasiones. Eso me hace sonreír. Vaya... vaya... lo que estoy descubriendo.


CONTINUARÁ.....................................................................................................................................................................

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Nov 13, 2014 2:06 pm

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Pideme Lo Que Quieras o Dejamé

Capítulo 5


Al día siguiente, en el desayuno, no veo a Graciela. ¿Dónde se ha metido?
Me duele el vientre. La puñetera regla me fastidia cuando viene y cuando se va. ¡Es así de graciosa ella!
Al oír mi gemido, Yul frunce el cejo. Sabe que estoy mal y respeta mi silencio. Por su integridad física, ha aprendido a hacerlo.
Somos las primeras en llegar al jet privado y, al subirme al avión, me espachurro en uno de los cómodos sillones y me tomo un calmante. Necesito que se me pase este maldito dolor.
No hablo. Si lo hago, me duele más.
Yulia se sienta a mi lado, me toca la cabeza y dice:
—Odio saber que te duele y no poder hacer nada.
—Más lo odio yo —respondo de lo más borde.
Pobrecita. Me da pena su cara y, acurrucándome contra ella, susurro:
—Tranquila, cariño. Pronto se me pasará y no me dolerá hasta el mes que viene.
Sin más, mi morena me abraza y, dolorida, caigo en los brazos de Morfeo.
Cuando me despierto, volamos y estoy sola en el asiento. Yulia está sentada con Dexter y Juan Alberto, pero en cuanto me muevo, ya está a mi lado.
—Hola, pequeña. ¿Cómo estás?
Parpadeo y me doy cuenta de que mi dolor ha desaparecido.
—En este instante perfecta. No me duele.
Ambas sonreímos y él añade:
—Vaya sueñecito que te has pegado.
—¿He dormido mucho?
Divertida, me pasa la mano por el pelo y, besándome la frente, contesta:
—Tres horas.
—¡¿Tres horas?!
—Sí, cariño —ríe mi Lobita.
Sorprendida por la siesta, voy a decir algo cuando pregunta:
—¿Quieres comer?
Asiento. He dormido como un oso polar y tengo hambre.
En ese momento, se abre la puerta del baño y sale Graciela. Al verme, se le iluminan los ojos y rápidamente se sienta a mi lado. Yulia dice:
—Le diré a la azafata que os traiga algo de comer a las dos.
Asentimos y, cuando nos quedamos solas, ella murmura con disimulo:
—Dexter me ha preguntado dónde estuve anoche.
—¿Y qué le has dicho?
—Que cenando con un amigo.
Al recordar su cita morbosa, pregunto:
—¿Fue bien tu encuentro con la parejita con la que quedaste?
Graciela sonríe, asiente y responde en voz baja:
—Se asombraron al ver mi nuevo aspecto y lo pasamos muy bien.
Sin poder evitarlo, soltamos una carcajada que hace que los todos nos miren. Yulia sonríe, pero Dexter está serio y, cuando dejan de mirarnos, murmuro:
—Guauuu... creo que alguien está molesto.
Ella asiente y, apretándose más en el sillón, cuchichea:
—Dexter quería saber el nombre de mi amigo y al no decírselo se enojó como un burrote.
Eso me hace sonreír y, mirándola, digo:
—Anoche en la cena casi no habló y estuvo todo el rato mirando el reloj. Cuando Yulia y yo nos fuimos a dormir, él se quedó solo en el salón.
—Cuando regresé a las tres de la madrugada, estaba despierto allí mismo.
Boquiabierta, exclamo:
—Pero ¿qué me dices?
—Sí —ríe ella—. Estaba leyendo en el salón. Cuando entré, no me dirigió la palabra y me fui directa a dormir. Minutos después, escuché que entraba en su habitación.
Alucinada, miro a Dexter y me doy cuenta de que nos observa. Estoy sorprendida. No es posible que todo vaya tan rápido entre ellos y, mirándola a los ojos, insisto:
—Vamos a ver, Graciela, cuando tú te has insinuado a Dexter, ¿él nunca te ha respondido?
—Nunca.
—Pero ¿te decía algo al menos?
En ese momento llega la azafata y, después de que deje ante nosotras unas bandejitas con algo de comida, Graciela dice:
—La última vez que lo intenté, hará cerca de un año, me dijo que no lo volviera a intentar, porque él no me podía dar nada de lo que yo deseaba y no quería decepcionarme.
—Vaya...
—Recuerdo que no me tomé bien ese desplante y que estuve cerca de un mes sin hablarle. Incluso busqué otro trabajo a través del periódico matinal y él, al darse cuenta, se enfadó. No quería que trabajase para otra persona. Lo increíble fue que al mes siguiente me duplicó el sueldo. Cuando le dije que yo no le había pedido ningún aumento, me respondió que ya que no me podía dar lo que yo pretendía, al menos quería tenerme contenta en lo monetario, para que no me fuera a trabajar para otro.
Pero bueno... ¡aquí hay tema que te quemas! Y segura de lo que digo, exclamo en voz baja:
—Madre mía, Graciela, lo que me acabas de contar me confirma que le gustas, y mucho.
—No... no le gusto. Él nunca hace la menor mención.
—¿Y por qué te sube el sueldo sin que tú se lo pidas?
—No lo sé. Dexter es muy desprendido para el dinero.
—¿No será que es desprendido contigo porque le gustas?
—No creo.
—Pues yo pienso que sí. Le gustas. Ningún jefe sube el sueldo así porque sí.
—¿Tú crees?
Asiento. Aún recuerdo cuando Yulia me propuso acompañarla en aquel viaje por las delegaciones de Alemania y me dijo que yo fijara el sueldo.
—Graciela..., ese hombre te digo yo que babea por ti.
—Madre de Diosssssssssss —murmura, roja como un tomate.
De nuevo, Dexter nos mira. Yo le guiño un ojo. Pobre, ¡si supiera de lo que hablamos! Él sonríe y aparta la vista.
—Ay, Graciela, y luego dicen que las raras somos las mujeres, pero los hombres son telita también. —Ambas nos reímos—. Te digo yo que a Dexter le gustas tanto como él te gusta a ti. Su reacción está siendo exagerada para lo poco que hiciste. Pero lo que está clarito es que le interesas y lo está demostrando con sus actos.
—Ay, Lena..., no me digas eso que me pongo mala.
Soltamos una carcajada y, tapándome la boca, digo:
—Malito se va a poner cuando lleguemos a Kazan y mis amigos te tiren los tejos por todos lados.
en Kazan, nuestra llegada es la bomba.
Mi padre quiere ir a buscarnos al aeropuerto, pero Yul ya lo ha dispuesto todo y un hombre nos entrega las llaves de un Mitsubishi Montero de ocho plazas, igualito que el que tenemos en Alemania. Al ver que la miro sorprendida, mi Lobita dice:
—He comprado este coche para cuando vengamos a Kazan, ¿te parece bien?
Asombrada, asiento y sonrío. Yulia es una controladora y le gusta llevar las riendas.
Entre risas, todos vamos a Kazan y, cuando llegamos ante la casa que Yulka me regaló, y veo un cartel que pone «Villa Lenoshka », me troncho, mientras mi esposa, divertida, disfruta viéndome reír.
Le doy un beso y ella lo acepta gustosa.
Después, saca un mando de la guantera del coche para abrir la cancela negra y yo no puedo dejar de sonreír. Me encantan sus sorpresas y ver que la parcela está tan cuidada me vuelve a emocionar.
Ella me comenta que encargó a mi padre que contratara a alguien que adecentara el lugar aun sin estar nosotras.
Cuando para el coche, la primera en bajarse soy yo. Y, encantada, miro a mis invitados y digo:
—Bienvenidos a nuestro hogar en Kazan.
Al entrar en la casa, rápidamente llamo a mi padre y le soplo que en una hora estamos en su casa. Él, encantado, nos ha preparado algo para cenar y nos espera feliz, junto a mi hermana y los niños.
Rápidamente, y como anfitriona de Villa Lenoshka, organizo cómo van a dormir los invitados. Hay habitaciones para todos y, tras darles una horita para una ducha, nos montamos en el Mitsubishi y nos vamos a casa de papá.
Estoy deseando verlo.
Al aparcar el coche en la calle, emocionada veo que Flyn y Irina corren hacia nosotros.
¡Mis niños!
Apenas Yulia para el motor, abro la puerta y me bajo. Ellos se abalanzan sobre mí y yo, más feliz que una perdiz, los abrazo mientras mi sobrina grita emocionada:
—Titaaaaaa... Titaaaaa, ¿qué me has traído?
—¿Y a mí? —pregunta Flyn.
¡La madre que los parió!
Pero incapaz de enfadarme con ellos, los beso y respondo:
—Un montón de regalitos. Ahora, venga, saludad y...
Pero Flyn ya se ha tirado a los brazos de su tía Yulia y, como siempre, me emociono al ver el cariño que se profesan. De pronto, mi sobrina, que es mas bruta que un mastodonte, se lanza en bomba contra ellos, Yulia pierde el equilibrio y los tres terminan despatarrados en mitad de la calle.
Dexter y compañía se ríen y Yulka, divertida, dice mirándome:
—Len, cariño, ¡ayúdame!
Rápidamente me acerco a ella. Me tiende la mano, se la cojo y, la muy sinvergüenza, tira de mí y acabo también en el suelo, junto a ella y los niños. Naturalidad, amor y risas, ¡eso es lo que me hace sentir!
Tras ese momento divertido, cuando por fin conseguimos levantarnos, mi padre ha llegado hasta nosotros y, mirándome, dice abriendo los brazos:
—¿Cómo está mi Lenoshka?
Corro hacia él.
Lo abrazo...
Lo adoro...
Quiero a mi padre con locura y, emocionada al ver su gesto, respondo:
—Muy bien, papá. Feliz y locamente enamorada de la cabezota.
Yul se acerca y, tras darle primero la mano a mi padre y finalmente abrazarlo, le presenta a Dexter, Graciela y Juan Alberto.
Después de saludar a los vecinos, que amablemente han salido para recibirnos, entramos en casa y pregunto:
—Papá, ¿dónde está Anya?
—Terminando de bañar a Katy, cariño. Ve a tu habitación y la verás.
Ansiosa, entro en mi antigua habitación y sonrío. Allí está mi loca hermana, secando sobre el cambiador a la pequeñaja, que ya tiene mes y poco. Sin hacer ruido, me acerco a Anyay, abrazándola por detrás, murmuro, aspirando su olor a colonia:
—Holaaaaaaaaaaaaaa.
Su grito no tarda en llegar y, volviéndose, dice:
—Cuchuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu...
Divertidas, nos abrazamos y nos besuqueamos. Tenemos tantas cosas que contarnos que hablamos las dos atropelladamente sin parar, hasta que la pequeña Katy hace un ruidito y las dos la miramos.
—Madre míaaaaaaa, pero ¡cuánto ha crecido esta pequeñaja!
Anya asiente y, con la típica voz que todos ponemos cuando un bebé está delante, dice tocando los mofletes de la pequeña:
—Es que está muuu gochita, ¿verdaddd? ¿Verdad que sí, cochita potitaaaaaaa?
Emocionada al ver a la niña, me acerco más a ella y, tras darle un beso y aspirar su olor a colonia Nenuco, digo en el mismo tono de voz canturreante que mi hermana:
—Holaaaa, ceporritaaaaaaa. Ay, madre, que me la como... ay que me la como toda todita a esta niña tan potitaaaaaaaaaaa.
—Dile hola a la titaaaaaaaaaa —insiste mi hermana y, cogiéndole la manita, dice—: Holaaaaaa, titaaaaaaaaaaaaaa. Soy Lucíaaaaaaaaaaaa.
—Holaaaaaaa, cariñitooooooooo... Apuffffffffffff... Apufffffffffffff
—Requetupuchuflusssssssssssssssssssssss...
La pequeña cierra los ojos. Estoy segura de que si nos pudiera contestar nos mandaba a freír espárragos por ser tan ñoñas e idiotas.
Pero ¿qué hacemos hablando balleno?
¿Por qué siempre ante un bebé utilizamos ese tipo de jerga tan rara?
Al final, la pequeña estornuda y mi hermana rápidamente comienza a vestirla antes de que coja frío.
—En la cocina de tu casa tienes lo que me pediste.
—¿Me hiciste la mini tarta de chocolate?
—Sí. —Sonríe—. Me costó un triunfo que los niños no me vieran preparándola, pero lo conseguí. Todo sea por mi cuñada. La dejé metida en un táper en tu casa. Está al fondo de la nevera, detrás de las Coca-Colas.
Sonrío. Mañana hace un mes que Yulia y yo estamos casadas y quiero sorprender a mi mujercita.
—Cuchufleta, ve con los invitados, ahora vamos Lucía y yo.
Le doy un beso y salgo disparada hacia el jardín, donde al llegar veo que todos se han acomodado alrededor de la mesa, mientras se toman unas cervezas. Dexter y mi padre hablan sobre las rosas que éste planta. Son una pasada. Las rosas más bonitas que he visto en toda mi vida, mientras Yul y Flyn se hacen confidencias y Graciela y Juan Alberto los escuchan. Irina, al verme aparecer, dice rápidamente:
—Tita, ha dicho la tita Yuli que nos des los regalos.
Ella sonríe y añade:
—Les he dicho que has sido tú quien los ha comprado y tú...
—De eso nada, cariño —aclaro divertida—. Los regalos los hemos comprado las dos y se los daremos las dos.
Ansiosos, los críos no paran de mirar el maletón que hemos llevado. Al final, Yulia lo pone sobre la mesa del jardín lo abre y juntos comenzamos a repartir regalos a los niños y a mi padre.
Los críos, encantados, comienzan a abrir paquetes, cuando, de pronto, como si de un terremoto se tratara, aparece mi hermana, más rusa que nunca, con el pelo rubio recogido en un remoño, con la niña en una mano y en la otra el móvil y, sin cortarse un pelo, deja a la pequeña Katy en brazos de un desconcertado Juan Alberto, que no sabe qué hacer con el bebé, y, dándose la vuelta, Anya dice:
—Pues mira, ¡va a ser que no! Este fin de semana no me viene bien. Tengo planes.
Todos la miramos. Menudo genio se gasta cuando pone esa voz grave. Miro a mi padre, que menea la cabeza, mientras una salerosa Anya camina hacia la piscina y, parándose en seco, añade:
—Que no. Que no quiero verte, Dimitri. Que te olvides de mí. Que hables con tu abogado y haz el favor de pagar la manutención de las niñas, porque lo necesito. ¿Me oyes? ¡LO-NE-CE-SI-TO!
Pero mi ex cuñado, el atontado, debe de decirle algo y ella grita:
—¡Me cago en tu padre, en tu madre y en todo bicho viviente de tu familia! ¡Me importa una mierda tu situación personal! ¿Y sabes por qué? —Todos la miramos y no se oye ni una mosca—. Porque tengo a dos niñas que sacar adelante y necesito el dinero. Por lo tanto, déjate de tanto viaje, que no te quiero ver. Y lo que ahorras, lo ingresas en la cuenta, que las niñas comen y necesitan mil cosas. ¿¡Cómo!? —grita de nuevo—. Tú lo que eres es un sinvergüenza putero y con complejo de Peter Pan. Madura..., so mugroso, ¡madura! Y no me vuelvas a preguntar si nos vemos mañana porque te juro que al final quedo contigo, aunque sólo sea para darte dos guantás con la mano abierta.
Asombrada por lo que escucho, no sé qué hacer. Madre mía, qué rebote tiene mi hermana. Pero de pronto soy consciente de que mi pequeña Irina , mi princesita, está escuchando lo mismo que yo y la sangre se me altera. Yul y yo nos miramos y, ante mi bloqueo, ella dice:
—Mira, Irina, qué cámara de fotos de Bob Esponja que te he comprado.
Las palabras Bob Esponja hacen que mi sobrina olvide la conversación de mi hermana y mire a Yulia.
—¡Qué pasote, titaaaa!
La cámara digital amarilla, con el puñetero Bob Esponja, es lo único que le importa en ese momento. Menos mal que mi morena ha reaccionado rápidamente.
Yulia le da otra cámara a Flyn, pero ésta de los muñecos del Mortal Kombat y los críos se vuelven locos. Sin demora, Graciela se acerca a ellos y los aleja un poco de la mesa para que no escuchen la conversación de mi hermana. ¡Que la está liando parda por teléfono!
Mi padre, angustiado, va hacia ella para tranquilizarla. Pobre hombre, la que le ha caído con Anya y conmigo. Yo, al ver a Juan Alberto con cara de circunstancias y mi sobrina en brazos, corro a cogérsela.
Creo que si tiene a la pequeña un segundo más, le da una lipotimia de no respirar. Cuando me entrega a Katy, el pobre suelta un suspiro de alivio. ¡Qué mal ratito ha pasado con la cría!
Con cariño, acerco su carita hasta mi cara y, mirándola, digo:
—Holaaaaaaaaaaaa..., cucurucucu cucuuuuuuuuuuuuuuuuu... ay, que te como los morretessssssss, ¡¡¡que te los comooooooooooooo!!!
La pequeña me mira. Debe de pensar que la idiota que hablaba balleno minutos antes ha vuelto y, de pronto, Dexter dice:
—Qué linda se te ve, Lena. Te queda muy bien un bebecito en los brazos.
Al escuchar el comentario lo miro y veo que los dos hombres y Yulia me observan. Pero mención especial merece la cara de mi esposa. Su expresión se ha vuelto esponjosilla y, con una radiante sonrisa, dice:
—Estás preciosa con un bebé.
Ufff... ¡que me empieza a picar el cuello!
Que no. No quiero hablar de bebés ni de tonterías de éstas.
Sin pensar, busco a quién darle a la pequeña y Yulia, acercándose, me tiende los bazos. Se la entrego como un paquetillo y de pronto le oigo decir con su acentazo alemán:
—Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaa... Holaaaaaaaaa, preciosaaaaaaaaaaa... Soy la tita Yulia. ¿Cómo está mi niña bonitaaaaaaaaaaaaa?
Pero vamos a ver... ¿otro que habla en balleno?
Yulia se sienta junto a Dexter y los dos empiezan a decirle monadas cantarinas a la pequeña Katy, mientras yo miro a mi padre y leo en sus labios cómo le pide tranquilidad a Anya cuando ella cierra con furia el teléfono. Está enfadada y cuando mi hermana se enfada no tiene medida.
Nuestras miradas se encuentran. Y cuando estoy a punto de ir a hablar con ella, cambia de expresión y, como la mejor actriz de Hollywood, se acerca a nosotros y le dice a Yul:
—Hola, cuñada, ¿cómo va eso?
—Bien. ¿Y tú?
Anya se encoge de hombros y suelta tan pancha:
—Como dice mi padre, jodida pero contenta.
Yulia y ella se besan con cariño y, mirándola, ella insiste:
—¿Seguro que estás bien?
Anya asiente y Dexter, cogiéndole las manos, dice:
—Pero ¿qué le pasa a mi guapa Rusa?
Mi hermana resopla, mira alrededor y, tras ver que Irina no está cerca, explica:
—Mi ex me quiere volver loca, pero ¡antes me lo cargo!
Yulia me mira y yo rápidamente digo:
—Anya , te presento a Juan Alberto. Es primo de Dexter y estará unos días en Rusia.
—Encantada —responde, sin apenas mirarlo.
Él, que no le quita ojo, asiente y entonces veo que mira a Dexter con complicidad y murmura:
—Mamacita, qué mujer.
En ese momento aparecen Irina y Flyn con Graciela y comienzan a hacernos fotos con sus cámaras nuevas. Media hora más tarde, mi padre nos agasaja con una estupenda cena, donde no falta la Solianka (sopa típica), también Borsh (sopa también) y ni que decir del Stroganoff, todo hecho por el…
A la mañana siguiente, mi despertador suena a las seis y media de la mañana. Rápidamente lo paro.
¡Estoy muerta! ¡Qué sueño! Pero quiero sorprender a Yul.
Es nuestro cumplemés de casadas. ¡Un mes! Y quiero llevarle el desayuno a la cama.
La miro con cariño. Está dormida y, como siempre me pasa, siento unos deseos tremendos de achucharla. Pero claro, si la achucho lo despierto y no podré darle la sorpresa que le tengo preparada.
Me levanto con sigilo, voy al baño y, con cuidado, cierro la puerta. Rápidamente me quito el pijama, me lavo, me pongo la camiseta que le compré a Yul y me peino. Ya no tengo la regla. ¡Bien!
Contemplo el resultado, sonrío y salgo del cuarto de baño y de la habitación. Cuando llego a la cocina, busco tras las Coca-Colas, como me dijo mi hermana, y allí encuentro un táper rosa.
Anya es una artista haciendo tartas.
Sin demora, cojo una bandeja, preparo un par de cafés con leche, platitos, cucharitas, servilletas, coloco la bonita tarta en el centro y cojo un cuchillo para cortarla.
¡Qué mono me ha quedado!
Le hago una foto con mi móvil para el recuerdo. Al fin y al cabo, es nuestro primer mesecito de casadas.
Feliz por sorprender a mi Lobita, regreso a la habitación. Cuando entro, me acerco seductora a la cama. Poso la bandeja en un lateral y dejo la tarta a mi lado, mientras canturreo la canción que me he inventado.
Feliz... feliz... cumplemesdecasadasssssss.
Alemán que la Rusa te ha cazado,
que seas feliz a mi lado
y que cumplamos muchos másssssssss.
Yulia abre los ojos y, al oírme, sonríe. Por norma siempre me despierta ella a mí, pero esta vez es al revés. Su sonrisa se ensancha cuando ve la camiseta roja que llevo, que pone «Viva la Pelirroja» y digo:
—¡Felicidades, Cielo! Hoy hace ya treinta días que estamos casadas.
Abrazándome, me pone sobre ellas y, mirando divertida mi camiseta, lee imitando el acento mexicano con su acentazo alemán:
—¡Viva la Pelirroja!
Ambas reímos y, pletórica de felicidad, murmura con mimo:
—Han sido los mejores treinta días de mi vida. Ahora quiero ir a por muchísimos más.
Su boca busca la mía y me besa. Increíble. Ni recién despierta le huele mal el aliento.
Me chupa el labio superior... después el inferior y, finalmente, me da su maravilloso mordisquito... Oh, sííííííííííííí.
¡Adoro que haga eso!
Su respiración se acelera y su manera de abrazarme se vuelve más intensa. Rápidamente, me quita la camiseta roja, que cae al suelo. Adiós «¡Viva la pelirroja!».
Encantada, me dejo llevar por la pasión del momento, cuando Yul, sin que yo lo pueda remediar, se levanta, me coge en volandas y, al dejarme caer en la cama, se oye: ¡Pruuuuuuuu!
Sorprendida por el ruido, me mira, mientras yo cierro los ojos y aclaro:
—Eso no es lo que tú crees. —Yulia levanta las cejas divertida y yo explico—: Lo que ha sonado es la tarta que te traía, que ahora está justo debajo de mi culo.
Veo cómo sus ojos bajan hacia mi trasero y, al ver el chocolate y el bizcocho aplastado, se deja caer sobre la cama y comienza a reír. Yo no me puedo mover. Si lo hago, lo pringaré todo de tarta y, durante unos segundos, la observo revolcarse de risa en la cama. Al final yo hago lo mismo. Lo ocurrido es para eso y más y cuando se tranquiliza, digo:
—La tarta se ha chafado, pero al menos los cafés siguen vivos sobre la bandeja.
Yulia los mira, alarga la mano y, cogiendo una taza, toma un sorbo tan tranquila. Boquiabierta, la miro y, frunciendo el cejo, pregunto:
—¿Se puede saber qué haces?
—Desayunar.
—¡¿Desayunar?!
Ella asiente y, haciéndome reír, añade:
—Y ahora quiero mi tarta.
Al ver sus intenciones, niego con la cabeza.
—Ni se te ocurra.
—Quiero tarta —insiste.
—Ni lo sueñes.
Pero al ver su determinación, me río y me quedo sin fuerzas justo en el momento en que ella tira de mí y me pone boca abajo en la cama.
—Yul, ¡no!
Pero no sirve de nada lo que yo diga. Mi ojiazul me chupa las cachas del culo y exclama:
—Hum... es la mejor tarta que he comido en toda mi vida.
—¡Yulia! —protesto, pero ella chupa y chupa y disfruta de su ración de tarta.
Muerta de risa, voy a hablar cuando oigo que dice a mi espalda.
—Delicioso manjar.
—Era parte del regalo.
—¡Genial! Luego recuérdame que te dé el tuyo.
—¿Tienes un regalo para mí?
—¿Lo dudabas? —Y antes de que responda, añade—: Como tú has dicho, ¡es nuestro cumplemés!
Divertida, voy a decir algo, cuando me da la vuelta para dejarme frente a ella y dice:
—Te quiero, pequeña.
Tengo la mano sobre la tarta aplastada, cojo un trozo y, dispuesta a seguir con el juego, me pringo los pechos. Sigo hacia el ombligo y termino en mi monte de Venus.
Yulia sonríe y, decidida a pringarnos del todo, cojo más tarta y se la restriego a ella por el abdomen y los hombros.
¡El pringue está servido!
Juguetona al ver eso, se tumba sobre mí y me besa. A estas alturas, la tarta está completamente repartida entre nuestros cuerpos y la cama.
—Siempre me has resultado dulce, Lenoshka, pero hoy más que nunca.
Animada, sonrío y Yulia comienza a chuparme los pezones, mientras mi olfato se impregna del olor a chocolate. Sigue el reguero que yo le he marcado y baja hasta mi ombligo y, cuando llega a mi monte de Venus, aspira mi perfume y su ansia por mí es tal que directamente me degusta. Me abre las piernas y su lengua entra en mí.
Embravecida, me retuerzo al sentir la vibración de mi cuerpo, mientras mi morena, como una loba hambrienta, me agarra los muslos y me los abre para tener mejor acceso.
—Oh, sí..., sí... —jadeo gustosa.
Una y otra vez, Yulia pasea su lengua por mi humedad. Sus dedos, juguetones, rápidamente buscan hueco y, mientras con dos de ellos me penetra, su lengua juega y juega conmigo, arrancándome oleadas de placer.
La cama se mueve y, enloquecida, agarro las sábanas e intento no chillar. No quiero que el resto de la casa se despierte. Aprieto los talones contra el colchón y me echo hacia atrás hasta que mi cabeza cae por un lateral de la cama.
Yul me sujeta, me vuelve a colocar en el centro y ya no me puedo mover. Mi depredadora particular tiene las energías a tope. Está fresca y quiere sexo del que nos gusta. Veo cómo se muerde el labio inferior mientras se pone de rodillas, me coge por la cintura y me da la vuelta.
Adoro cómo me maneja en la cama. Me encanta su posesión. Y como sé lo que quiere, me incorporo un poco hasta quedar a cuatro patas. Coloca su duro pene en mi húmeda abertura y lenta y pausadamente me penetra.
—Más... —exijo.
—¿Quieres más?
—Sí...
—Ansiosa —ríe divertida.
—Me gusta ser ansiosa. —Y suplico—. Más profundo.
Oigo su risa. Me encanta su risa. Me da un azote que suena y, agarrándome las caderas, me da lo que le pido, profundiza en mí y yo grito. Muerdo las sábanas.
Acto seguido, acerca su boca a mi oído y murmura:
—shhh... no grites o despertarás a los que duermen.
Una y otra vez me vuelve a penetrar mientras yo muerdo las sabanas para ahogar mis jadeos. Me gusta... me gusta lo que hace. Me gusta nuestro lado animal e, incitándola a que continúe, arqueo las caderas y voy en su busca.
El encuentro es asolador y las dos jadeamos más fuerte de lo normal.
De pronto se para. Saca su duro pene de mí y, dándome la vuelta, nuestros ojos se encuentran. Mientras me vuelve a penetrar, susurra:
—Mírame.
Clavo mis ojos en ella. En mi lobita, en mi cielo, y entonces soy yo la que sube la pelvis con brusquedad y la hago jadear. Sonríe peligrosamente de medio lado.
¡Guauuu... he despertado a Icegirl!
Con exigencia, pasa una mano por debajo de mi cuerpo para inmovilizarme y, tumbándose sobre mí, me besa mientras me penetra sin descanso y nuestras bocas ardientes mitigan nuestros jadeos.
Placer...
Calor...
Deseo...
Y amor...
Todo eso es lo que siento, mientras me penetra mil veces y yo me abro para recibirla, hasta que un gustoso espasmo hace que me arquee y me dejo ir. Instantes después, me empala una última vez y, tras un ronco gemido, cae rendida sobre mí.
Mi vagina la succiona. Tiemblo por dentro mientras su cuerpo vibra sobre mí. Noto cómo su simiente me empapa y me vuelvo a apretar contra ella.
Dos minutos más tarde, Yulia rueda en la cama para no aplastarme y en su camino me deja tumbada sobre ella. Le encanta hacer eso. La vuelve loca tenerme encima.
Tengo el pelo pringoso de tarta y chocolate y me doy cuenta de que las dos estamos completamente manchadas.
—Cuando mi hermana te pregunte si te ha gustado la tarta, dile que sí o me mata.
Yulka sonríe y contesta, con la respiración entrecortada:
—No te preocupes, pecosa. Estoy totalmente convencida de que ha sido la mejor tarta de mi vida.
Ambas reímos y cinco minutos después, cuando nuestros cuerpos se pegan por el azúcar, nos levantamos y vamos directos a la ducha. Allí, la pasión nos embarga de nuevo mientras nos lavamos mutuamente, y vuelvo a hacer el amor con mi morena.

Continuará....................................................................................................................................................................


Ahora si listo, nos vemos, hasta la proxima!!! Cool afro
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por wendra222 el Jue Nov 13, 2014 2:55 pm

Muy bueno cada ves mas hot

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Jue Nov 13, 2014 4:26 pm

Siiii!!!! Me sigue gustando :-D
Está buenísima!!! :-P
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Alejandra Katina el Mar Nov 18, 2014 11:23 pm

uiiiiii que hot el cap.. me gusto mucho...

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por bella genio el Mar Nov 25, 2014 4:08 pm

Muy buen capitulo por favor contiii

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Dic 02, 2014 10:23 pm

Gracias Chicas por comentar, Wendra222, Xlaudix, Alejandra Katina y Bella Genio! y a todos en general ¿, ojala les guste estos capítulos que posteare, en compensación que estuve una semana ausente! Cool Razz Very Happy



6


Ese día, a las dos y media, todos excepto Juan Alberto, que ha ido a visitar a un posible cliente de Kazan, estamos en un restaurante . Para celebrar nuestro aniversario, Yulia nos invita a todos comer.
Antes de salir de la habitación, me entrega mi regalo. Es un sobre. Ella y los sobres. Me río. Lo abro y pone:
Vale por una equipación completa de motocros.
Está feliz. Su rostro, sus ojos, su sonrisa me dicen que todo está bien, y yo soy la mujer más feliz del mundo. Ni que decir que me la como a besos.
Desde que nos hemos casado no hemos discutido ni una sola vez y eso me asombra. Estoy pensando contactar con los editores del Libro de los récords Guiness y que nos añadan. Pues, como dice nuestra canción, si ella dice blanco, yo digo negro, pero nuestra felicidad hasta el momento es tanta que ni en colores hemos pensado. Nuestra armonía es completa y espero que siga así durante mucho... mucho tiempo.
Mi padre está radiante por tenernos a todos reunidos y yo disfruto de su felicidad. Siempre he pensado que es el mejor padre del mundo y cada día lo ratifico más. Sólo por aguantarnos a mi hermana y a mí ya se ha ganado el cielo.
Yulia y él se llevan de maravilla y eso me gusta. Me encanta ver la complicidad que hay entre los dos y, aunque sé que alguna vez se pondrá en mi contra, no me importa. Esa alianza entre ellos es algo que nunca tuvo mi padre con el atocinado de mi ex cuñado.
Yul lo escucha, no se las da de lista con él y eso a mi padre le gusta y a mí mucho más.
Está claro que son dos personas de diferentes clases sociales, pero ambos se amoldan a las situaciones y eso es lo que creo que me tiene enamorada de ambos: su saber estar.
Mientras todos comemos alrededor de la mesa, observo cómo Dexter mira a unos chicos que han entrado en el restaurante. Graciela regresaba del servicio y ellos le han silbado al pasar.
Me hace gracia la mirada del duro de Dexter. No sé que pasará entre ellos, pero lo que sí tengo claro es que al final algo surgirá. Sólo hay que darle tiempo al mexicano.
Mi hermana parece relajada. Tras hablar con ella y saber que el tonto de mi ex cuñado quiere volver, me quedo tranquila cuando Anya me deja claro que ni de coña lo va a hacer. Ya le ha tomado bastante el pelo y no piensa volver a darle ninguna oportunidad.
Al final, mi padre la ha convencido y, al menos durante el primer año de vida de la pequeña Katya, vivirá con él en Kazan. Retrasa lo de regresar a Moscú y buscar trabajo. A mí me parece una idea excelente. Anya con mi padre estará como una reina, aunque a veces tengan ganas de estrangularse mutuamente.
Flyn e Irina se han hecho muy amigos en las vacaciones y cuando me entero de las trastadas que han protagonizado, me río. Cada vez que comentamos que dentro de unos días regresaremos a Alemania, se ponen tristes, pero entienden que el curso escolar empezará en breve y que todos debemos volver a la normalidad.
Cuando la moza trae una tarta, mi hermana le pregunta a Yulia:
—¿Te ha gustado la tarta de esta mañana?
Mi Lobita me mira. Yo sonrío y, finalmente, dice:
—Ha sido la mejor tarta que he comido en toda mi vida.
Anya, encantada por el halago, sonríe y ofrece:
—Pues cuando quieras, me lo dices y te hago otra de limón, que me salen muy ricas.
—¡¿Limón?! —murmura Yul, mirándome—. ¡Qué refrescante!
Incapaz de aguantarme, me río a carcajadas y mi morena conmigo. Nos besamos y mi hermana, que nos mira, dice, con la pequeña Katya en brazos:
—Ay, cuchu, qué bonito es el amor cuando estás enamorado y eres correspondido.
Ese comentario, unido a su vocecita de pena, me entristece. Ojalá Anya conozca a alguien y rehaga su vida. Lo necesita. Es la típica mujer que necesita un hombre al lado que la quiera para ser feliz. Y ese hombre no es mi padre.
Los días pasan y nuestra estancia en Kazan es una maravilla. Juan Alberto visita varias empresas por Rusia y, encantado, nos comenta que ve posibilidades en la zona.
En esos días, observo cómo mira a mi hermana. Lo hace interesado, incluso me he percatado de que se lleva bien con mi sobrina. La verdad, llevarse mal con Irina es difícil, es tan dicharachera que en cuanto le haces caso y entras en su juego te quiere para toda la vida.
Juan Alberto viaja todos los días, pero quiere regresar por las noches a Kazan. Según él, prefiere estar acompañado. Según Yul y yo, le gusta mi hermana. Se le ve el plumero.
Como es lógico, a Anya no se le escapa lo que ocurre y me sorprende que pasen los días y no diga nada. Pero claro, como siempre digo, mi hermana es mi hermana, y una tarde, mientras tomamos el sol junto a la piscina de mi padre a solas, dice:
—Es majo ese Juan Alberto, ¿verdad?
—Sí.
Espero... Si quiere sacar el tema que lo saque y, tras un par de minutos en silencio, insiste:
—Se le ve muy educado, ¿verdad?
—Sí.
Sonrío... Veo que me mira de reojo y entonces me pregunta:
— Se que a ti no te van lo hombre pero ¿Qué te parece como hombre él ?
—Es majo.
—¿Sabes qué me dijo el otro día, cuando salimos todos a cenar?
—No.
—¿Quieres saberlo?
—Claro... cuéntamelo.
En ese momento aparece Graciela y se tumba a nuestro lado. Imagino que mi hermana va a cerrar el pico, pero en vez de eso, se sienta en la tumbona y continúa:
—La otra noche, cuando regresábamos de tomar unas copas, antes de marcharos para tu casa, me miró a los ojos y dijo: «Eres como un sabroso capuchino: dulce, caliente y me pones nervioso».
Graciela al oírla, comenta:
—Los mexicanos son muy aduladores.
Sorprendida, miro a mi hermana y pregunto:
—¿Te dijo eso?
—Sí, tal como te lo he dicho.
—Vaya..., qué piropo más bonito, ¿no crees?
Anya asiente y, con una voz de lo más sugerente, añade:
—Sí, es un piropo muy elegante, como él.
Graciela, que está a nuestro lado, suelta una risita y las tres nos callamos. Vaya con mi hermana y parecía tonta.
Silencio. Anya se tumba, pero la conozco y sé que esa paz durará poco. En menos de dos minutos se vuelve a sentar en la hamaca.
—Y ahora, cada vez que cruzo mi mirada con él, me dice «¡Sabrosa!».
—¡¿Sabrosa?! —repite Graciela y, sentándose también, aclara—: Eso, en México es como decirte, qué buenas estás, o te comería entera.
—¿En serio? —pregunta Anya, acalorada, y la joven chilena asiente.
Me aguanto la risa. Ver a mi hermana en esa tesitura es algo nuevo para mí y de pronto dice, dándome un golpe en el brazo:
—¡Se acabó! No puedo continuar obviando que ese mexicano guapo y con cara y voz de galán de telenovela me gusta, y cuando me dice eso de «¡Sabrosa!»... Uy, cuchuuuuu, lo que me entra por el cuerpo. Y ahora que sé que ese «¡Sabrosa!» quiere decir eso... Oh, Dios, ¡qué calor!
Me río a carcajadas y la oigo decir:
—Cuchu, no te rías que estoy preocupada.
—¿Preocupada?
Anya asiente y, acercándose a Graciela y a mí, cuchichea:
—Llevo varias noches teniendo sueños muy subiditos de tono con él y ahora la nerviosa sin tomar el capuchino soy yo.
Sentándome en la hamaca, miro a Graciela y me río. Si es que mi hermana es la bomba. Pero al ver su gesto de preocupación, pregunto:
—Vamos a ver, ¿a ti te gusta Juan Alberto?
Mi loquita hermana coge su Fanta de naranja, da un trago y contesta:
—Más que comer langostinos con las manos.
Las tres nos reímos y añade:
—Me gustaría saber de él, cuchu. Es un tipo muy agradable y me gusta su simpatía.
—No te conviene, Anya.
—¿Por qué?
—Porque él regresará a México y...
—¿Y a mí eso qué me importa?
Eso me descuadra. ¿Cómo no le va a importar? Boquiabierta estoy cuando dice:
—Yo no quiero que me jure amor eterno ni nada por el estilo. Quiero ser moderna por una vez en mi vida y saber lo que es tener un rollito salvaje.
—¿Cómo? —pregunto descolocada.
—Cuchufleta, quiero pasarlo bien. Olvidarme de mis problemas. Sentirme guapa y deseada, pero no me gustaría tontear con él y luego descubrir que está casado. No quiero hacer sufrir a otra mujer.
Vamos a ver... vamos a ver...
Mi hermana es la persona más convencional que existe sobre la faz de la tierra ¿y quiere ser moderna y tener un rollito salvaje? Yo flipo. Flipo en colorines.
Como veo que me mira a la espera de que le cuente algo de su posible rollito, miro a Graciela. Ella conoce a Juan Alberto mejor que yo, pero dispuesta a hacer rabiar a Anya, pregunto:
—¿Rollito salvaje?
Ella sonríe. Qué linda es cuando lo hace, y al ver la guasa en mi mirada, dice:
—Ay, cuchu, debo de estar muy necesitada de atenciones, porque cuando estoy con él o me dice eso de «¡Sabrosa!», siento unas ganas irrefrenables de cogerlo del cuello, meterlo en mi habitación y hacerle de todo. Vamos, ¡que me pone!
¡¿Que la pone?!
¿Mi hermana ha dicho que la pone Juan Alberto?
Muerta de risa, la miro. Dios... Anya necesita sexo urgente y al ver que ella me mira a la espera de que le cuente cosas, digo:
—Graciela, tú que lo conoces mejor que yo, por favor, saca a mi hermana de sus dudas y cuéntale cosas de Juan Alberto.
La joven chilena sonríe, mira a mi hermana y explica:
—Está divorciado y...
—¡¿Divorciado?!
—Ajá...
Eso a mi hermana le gusta. Nerviosa, bebe más Fanta de naranja y Graciela añade:
—Se llama Juan Alberto Riquelme de San Juan Bolívares.
—Vaya, tiene nombre de culebrón —susurra Anya, complacida.
—Ya te digo —respondo divertida.
—Tiene cuarenta años y es primo de Dexter por parte de madre. No tiene hijos. Su ex mujer, Jazmina, una víbora de mucho cuidado, nunca quiso darle ese placer en los seis años de matrimonio. Pero tras divorciarse de él, actualmente está encinta de su nueva pareja.
—Las hay lagartas —masculla mi hermana.
—Muy lagartas —asiento yo, pensando en que no quiero tener hijos.
—Juanal es dueño de una empresa muy exitosa de seguridad en México y con este viaje intenta expandir su negocio por Europa. Es un hombre hogareño, cariñoso y muy amigo de sus amigos.
Durante unos instantes, observo cómo mi hermana procesa la información que Graciela le da y, una vez lo hace, suelta:
—Lo de los hijos me lo imaginaba. Sólo hay que ver cómo coge a Katya para saber que no ha tenido un bebé en brazos en su vida.
—Yulia tampoco tiene hijos y...
—Pero ella es diferente —afirma Anya.
—¿Diferente por qué? —pregunto curiosa.
—Pues porque ha criado solita a su sobrino y estoy segura de que cuando Flyn era un bebé, era súper cariñosa con él. Sólo hay que ver cómo lo cuida, cómo mima a Irina y cómo se deshace con Kat. Y, hablando de niños...
—No —la corto—. No me he planteado tenerlos todavía. Por lo tanto, obviemos ese temita.
Nada más decir eso, me doy cuenta de las miradas de mi hermana y de Graciela. ¡Lagarto, lagarto! Y, tumbándose en la hamaca, Anya dice:
—Ay, cuchufleta..., con lo bonitas que te van a salir las niñas, porque serán niñas, ya que aunque una de sus mamas tenga algo “extra” no dejan de ser dos mujeres, a lo sumo alguna saldrá tan especial como su “mami Yulia”
Cuando se calla, respiro con tranquilidad.
Pero ¿por qué todo el mundo se empeña en que tengo que tener hijas?
Al final, sin querer darle más vueltas al asunto, me tumbo como ellas en la hamaca y disfruto del sol de mi Kazan.
¡Viva mi tierra!
Esa noche, cuando todos nos juntamos en la casa de mi padre para cenar, observo con más detenimiento a mi hermana y a Juan Alberto. No hacen mala pareja.
Cuando, después de cenar, Anya cierra el móvil tras hablar con el atontado, veo que el mexicano se acerca a ella y la tranquiliza. Cada vez que llama el empanado de mi ex cuñado, mi hermana se sale de sus casillas.
Mi padre me mira, yo levanto las cejas y, de pronto, veo que sonríe señalando a Juan Alberto. No quiero ni imaginarme qué estará pensando.
Papá, ¡que te conozco!
Los días pasan y tenemos que regresar a Alemania. Las vacaciones se acaban. Yul debe trabajar, el colegio de Flyn comienza y nuestra vida se tiene que normalizar.
Tras una opípara comida en el restaurante Pashmir, donde Flyn y yo nos ponemos hasta las cejas de Stroganoff, decidimos salir esa última noche a tomar algo.
Mi padre se desmarca. Él prefiere quedarse en casa cuidando de los cachorros, como él dice.
A las ocho de la tarde, tras regresar Juan Alberto de un viaje a San Petersburgo, pasamos por la casa de mi padre para recoger a Anya y nos vamos todos a cenar y a tomar algo.
Cuando llegamos al Big City bar Kazan, como siempre el más concurrido de Kazan, mis amigos se levantan para saludarme. Me felicitan por mi boda y Yul los invita a unas copas. Nastya, mi amiga, está contenta. Me ve feliz y con eso le vale. De pronto suena una canción y ella, cogiéndome de la mano, me lleva hasta la pista mientras las dos cantamos como locas.
Never can say goodbye, no, no, no, no,
never can say goodbye.
Every time I think I´ve had enough
And start heading for the door.
Reímos. Cientos de recuerdos de veranos locos nos vienen a la memoria mientras cantamos a voz en grito y bailamos esa canción de la voz de Jimmy Somerville.
Cuando acaba, vamos al baño, centro neurálgico del puro cotilleo, y allí le contesto a todo lo que quiere saber. Hablamos... hablamos y hablamos. Nos ponemos al día en diez minutos y cuando salimos estamos sedientas y nos paramos en la barra para pedir unas bebidas. De pronto, alguien me agarra por la cintura y oigo que me dicen al oído:
—Hola, preciosa.
Reconozco su voz...
Rápidamente, me vuelvo y veo a Ivana Petrova. Mi amiga de las competiciones de motocross. Me da dos besos y me abraza. Convencida de que a Yulia no le gustaría cómo me tiene cogida, me escabullo de sus manos como puedo y pregunto:
—¿Qué tal? ¿Cómo tú por aquí?
Ivana, una preciosura en toda regla, pasea sus ojos por mi cuerpo y, dando de nuevo un paso hacia mí que me deja contra la barra del bar, contesta:
—Llegué ayer. Y hoy he venido para ver si te veía.
Nastya me mira. Yo la miro a ella y, antes de que pueda decir nada, veo aparecer a mi Lobita, alias Icegirl, con cara de cabreo por detrás de Ivana y sisea:
—¿Podrías separarte de mi mujer para que pueda respirar?
Al oír eso, Ivana mira hacia atrás y, al verla, sin moverse del sitio, responde:
—Tú otra vez. —Y antes de que yo pueda decir nada, salta—: Mira, amiga, ésta no es tu mujer y, por lo que imagino, no lo va a ser nunca. Por lo tanto, ¿qué tal si te das una vueltecita y nos dejas en paz?
Madre mía, la cara de Icegirl. Las aletas de la nariz se le dilatan y yo rápidamente digo:
—Ivana, tienes que...
Pero no puedo decir más. Yulia la agarra del brazo, la separa de mí y, en un tono nada calmado, sisea en su cara:
—La que se va a ir a dar una vueltecita vas a ser tú. Porque como vuelvas a acercarte a mi mujer como lo has hecho hoy, vas a tener problemas conmigo, ¿entendido?
La motoquera se queda parada. Yo alzo la mano, le enseño el anillo de mi dedo y aclaro:
—Ivana,Yulia es mi esposa. Nos hemos casado.
El gesto de la joven cambia por completo. En el fondo es una buena chica y dice rápidamente, levantando las manos:
—Lo siento, tía. Creía que este encuentro era como el de la última vez.
La cara de Yulia se relaja. Su enfado disminuye y, cogiéndome de la mano, tira de mí y antes de salir del local, añade:
—Pues ya lo sabes. Procura no volver a equivocarte.
Nastya me mira desde la barra y yo le sonrío mientras me alejo con Yul. Aunque no apruebo los celos, reconozco que ese momentito terrenal de mi mujercita me ha excitado. Qué sexy se pone cuando me mira así.
Sin hablar, salimos del local y de pronto veo aparecer a Anastacia. Nuestras miradas se cruzan y ambas sonreímos.
Viene de la mano de la misma agradable muchacha que la acompañó a mi boda en Alemania y, cuando nos acercamos a ellas,Yulia me suelta y Anastacia y yo nos damos un tremendo abrazo.
—Hola, pelirroja.
Luego me suelta y le tiende la mano a Eric diciendo:
—¿Cómo va eso?
—Muy bien, amiga. Todo va muy bien.
En su código se entienden. Al final, tras todo lo que pasó entre las tres hemos conseguido que nuestras relaciones se normalicen y ser amigas. Eso me encanta. Anastacia es una de las mejores personas que conozco y soy feliz al ver que Yul y ella por fin se llevan bien.
Tras saludar a masha, que es como se llama la chica que va con ella, tomamos algo juntas hasta que Anastacia, mirando su reloj, dice:
—Nos tenemos que ir. Hemos quedado con unos amigos.
Yo sonrío. Nos despedimos y, cuando se van, Yul me agarra por la cintura y pregunta:
—¿Eres feliz, pequeña?
Besándola encantada de la vida, respondo:
—Muchísimo, lobita.
Cuando regresamos con el resto del grupo, charlamos durante horas y nos divertimos. Estar con mi gente es lo que tiene, alegría, cachondeíto y diversión.
Me río para mí al ver la expectación que provoca Graciela. Esa chilena de voz dulce se lleva a los rusos de calle, mientras Dexter observa y resopla. Se resiste. Esto va a costar más de lo que yo en un principio creía.
El buen rollo es patente entre todos, cuando mi hermana, que está sentada a mi lado, dice con gesto contrariado:
—Ay, Cuchuuuuuuuuu...
Su actitud y su voz me alertan:
—¿Qué pasa?
Con el cejo fruncido, me mira y cuchichea:
—Acabo de ver a Dimitri aparcar el coche.
La sangre se me arremolina. Como al atontado de mi ex cuñado se le ocurra acercarse, le voy a dar tal guantazo que va a llegar sin coche hasta Moscú. Ofuscada, miro a mi alrededor y Yulia, que me ve hacerlo, pregunta:
—¿Qué ocurre?
—El imbécil de Dimitri está aquí.
Su cara se contrae, pero mirándome, murmura:
—Tranquila, pequeña. Somos adultas y personas civilizadas.
Su comentario me hace sonreír al recordar lo ocurrido antes con Ivana, pero para calmar el ansia que tengo de abrirle la cabeza al que ha hecho sufrir tanto a mi hermana, cojo mi vaso y bebo un trago, cuando veo que Anya se levanta. ¿Adónde va?
Voy a agarrarla del brazo para que no se acerque a Dimitri, pero ella me deja sin palabras. Va hasta Juan Alberto, que está hablando con Dexter, lo agarra por el cuello, se sienta en sus piernas y lo besa en la boca.
¡Flipante!
Yo me atraganto.
Yulia me coge la mano.
Dexter me mira y yo, ojiplática, sólo puedo ver que mi hermana se morrea como una quinceañera allí, delante de todos.
Mi ex cuñado, que se acerca, al ver eso se paraliza y grita:
—¡Anya!
Pero ella continúa su devastador beso a Juan Alberto. Desde luego, lo está paladeando, la jodía. Me la veo diciéndole «¡Sabroso!».
Pero ahí no queda la cosa. El mexicano, animado por el momento, rodea con los brazos la cintura de mi hermana y profundiza el beso mientras una de sus manos baja hasta su trasero y se lo aprieta.
Por el amor de Dios, ¿qué están haciendo?
El tiempo parece que pase a cámara lenta mientras ellos se besan sin ninguna prisa, hasta que sus labios se separan y oigo que Juan Alberto dice:
—Anya, ¿crees en el amor a primera vista o tengo que volverte a besar?
Guauuu, ¡no me lo puedo creer!
¡Culebrón mexicano en vivo y en directo!
Un ex marido, un nuevo amante y la prota, que no es otra que mi hermana. ¡Qué fuerte, por favor!
Boquiabierta, parpadeo, mientras Yul, a mi lado, observa muy tranquila la situación. La tia es puro hielo cuando quiere. Y entonces, con un gesto de lagarta que me deja totalmente paralizada, mi alucinante hermana mira a mi ex cuñado, que está parado ante ella, y pregunta:
—¿Qué quieres, pesadito?
Él no puede ni hablar. Le tiembla hasta la barbilla y yo estoy a punto de gritar: «¡Toma y toma, por capullo!».
Instantes después, cuando Dimitri consigue reponerse, con los ojos como platos dice:
—Anya, no te tomaré esto en cuenta, pero tenemos que hablar.
¿Que no se lo tomará en cuenta?
Madre, madre, yo me levanto y le pateo la cabeza. ¡Será sinvergüenza!
Pero Yulia, que ve cómo me remuevo en la silla, me mira y, sin soltarme la mano, me pide tranquilidad con los ojos.
—Mira,Dimitri —replica Anya, sorprendiéndome—, tómame esto en cuenta porque lo pienso volver a repetir tantas veces como quiera. ¡Estamos separados! Y antes de que comiences con tu perorata, la respuesta es ¡NO!
—Pero churriiii.
—Ya no soy tu churri —grita ella.
Dimitri la mira y, por su mueca, veo que no la reconoce y, oye, no me extraña, ¡no la reconozco ni yo!
De pronto, sorprendiéndonos a todos, se levanta Juan Alberto, con mi hermana aún entre sus brazos y, con gesto serio e intimidante, le dice a mi ex cuñado:
—Escucha, güey, esta linda mujercita no tiene nada que platicar contigo. A partir de ahorita, cada vez que la llames al celular te las verás conmigo, porque estamos cansaditos de tus llamadas y tus insistencias. Ella no quiere ni comer, ni cenar, ni desayunar con un tipo como tú. Primero, porque no lo desea y segundo, porque esta preciosa muchacha está conmigo y yo soy muy terrenal. Y lo mío es sólo mío y no permito que lo toque nadie. Pásale la manutención de las bebitas, que es lo que tienes que hacer, que para eso eres su padre, y en lo referente a mi reina, ahora soy yo el que velará por ella. Por lo tanto, ándale y desaparece de mi vista, ¿entendido?
Boquiabierta...
Alucinada...
Y sorprendida, parpadeo, cuando mi hermana, agarrada al gigante del mexicano, mira a su ex con una sonrisita de satisfacción y dice:
—Ya lo has oído Dimitri. ¡Adiós!
—Pero las niñas...
—Las niñas las verás siempre que te toque. Por eso no te preocupes —afirma Anya.
Una vez el atontado procesa lo que allí ha pasado, se da la vuelta y se marcha. Cuando desaparece de nuestra vista, yo miro a mi hermana aún con la boca abierta y ella, descomponiéndose por segundos por su atrevimiento, balbucea mirando a Juan Alberto con cara de susto.
—Gra... Gracias por tu ayuda.
Él, soltándola, se vuelve a sentar donde estaba y, paseando su mirada por el cuerpo de Anya, murmura en tono melosón:
—Las que tú tienes, relinda.
—Joder —murmuro y oigo reír a Yulia.
Pero ¿cómo se puede reír en un momento así?
Como veo a mi hermana totalmente bloqueada tras lo que ha ocurrido, decido entrar en acción y, cogiéndola de la mano, tiro de ella y me alejo de las miradas guasonas de los demás. Una vez llegamos al baño, la suelto, abre el grifo y se echa agua en la nuca. No sé qué decir hasta que Anya exclama:
—Ay, cuchufleta...
—Lo sé...
—Ay, qué calor, cuchuuuuuuu.
—Normal.
Totalmente desencajada, la decente de mi hermana me pregunta:
—¿Acabo de hacer lo que creo que he hecho?
—Sí.
—¿En serio?
—Lo corroboro. Lo acabas de hacer.
—¿Me acabo de besar con... con... Juan Alberto?
—Sí. —Y al ver que no reacciona, añado—: Te acabas de dar un filetón con tu rollito salvaje que no se lo salta un cojo. Vamos, que sólo te ha faltado decirle eso de «¡Sabroso!» canturreando.
Mi hermana parpadea.
Yo parpadeo.
Las dos parpadeamos y, de pronto, la muy lagartona dice:
—Madre mía..., madre mía, pero ¿tú has visto cómo besa ese hombre?
Asiento con la cabeza. Lo he visto yo y medio Kazan y, antes de que diga nada, añade:
—Me he lanzado y... y... luego él me ha apretado y... y... ¡me ha tocado el culo el muy cochino!, además de meterme la lengua hasta la campanilla. Oh, Dios... ¡qué calor! Y luego ha dicho eso de que si creo en el amor a primera vista o...
—... O te besaba otra vez. Sí... muy culebrón mexicano —finalizo.
La abanico o ésta se me desploma, que es muuuu exagerá.
Se vuelve a echar agua en la nuca y jadea como un perrillo. Todavía no puede creerse lo que ha hecho. Pobrecita. Pero deseosa de que sonría, digo:
—Creo que hoy te has quitado a Dimitrin de encima para el resto de tu vida. —Y, divertida, añado—: Ese mexicano se lo ha dejado clarito, güeyyyyyyyyyyyy.
—Ay, cuchu... no te rías.
—No puedo evitarlo, Anya
Tocándose la cara, horrorizada, sisea:
—Ese hombre habrá pensado que soy una fresca.
—Pero ¿no decías que querías ser moderna?
—Sí, pero no una zorrasca —insiste acalorada.
Consciente de que necesita reactivar su vida, la miro y le digo:
—Mira, Raquel, que piense lo que quiera. ¿A ti te ha gustado ese beso?
No lo duda ni un segundo y responde:
—Sí..., no lo voy a negar.
—Pues ya está. Sé positiva y piensa dos cosas. La primera, te has quitado a Jesús de encima y, la segunda, un mexicano como los de las telenovelas que te gustan te ha dado un beso que te ha quitado el sentido.
Al escuchar eso, por fin sonríe y yo la imito. Aunque segundos después me mira y dice:
—Madre mía, cuchu... me lo como con tomate.


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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Dic 02, 2014 10:25 pm



7

Las despedidas nunca me han gustado y menos si son de mi padre, mi hermana y mis sobrinas. Alejarme de ellos de nuevo me parte el corazón, pero ahí está mi lobita para hacerme sonreír y prometerme que los veremos siempre que yo quiera.
En el aeropuerto de Kazan nos espera el jet. Mi sobrina se empeña en subir. Quiere chocolatinas y la azafata se las da encantada. Pero el reloj avanza y tenemos que irnos, por lo que finalmente no queda más remedio que despedirnos.
—Escucha, pecosa —dice mi padre mientras me abraza—, eres muy feliz. Lo veo. Yulia siempre me gustó, desde el minuto uno, lo sabes, ¿verdad? —Yo asiento—. Pues entonces sonríe y disfruta de la vida y yo disfrutaré también.
Hago lo que mi padre dice, pero respondo:
—Papá, es que os echo tanto de menos. Y esto de no saber cuándo os voy a volver a ver me mata y...
Mi padre sonríe, me pone un dedo en los labios y dice:
—Le he prometido a Yulia que las próximas Navidades las pasaremos todos juntos en Alemania. Ese muchacha te quiere y no ha parado de pedírmelo hasta que me ha convencido.
—¿En serio?
Mi sonrisa se ensancha y vuelvo a abrazar a mi padre. Mientras estoy entre sus brazos, miro a Yul, que en ese momento se despide de mi hermana y sonríe. Nunca imaginé que una mujer como ella se preocuparía tanto por mi bienestar. Pero ahí está, esa pelinegra de ojos color cielo algo gruñona que me enamoró, consiguiendo que yo vuelva a sonreír.
Una vez me separo de mi padre, es mi hermana la que se acerca a mí y, con cara de patito tristón, murmura:
—Todavía no te has ido y ya te echo de menos.
Sonrío, la abrazo y soy yo la que dice:
—Ay, mi cuchufletaaaaaaaaaaaa, ¡cuánto te quiero!
Ambas nos reímos e insisto:
—Pórtate bien con el mexicano. Y, aunque quieras ser moderna, piensa las cosas antes de hacerlas, que tú de moderna tienes muy poco, ¿vale?
Mi loca hermana sonríe y, acercándose más a mi oído, cuchichea:
—Me ha pedido que lo acompañe a Moscú.
—¿En serio? —Anya asiente y yo pregunto—: ¿Cuándo?
—Dentro de tres semanas. Mañana se irá para Ekaterimburgo y cuando regrese le he prometido acompañarlo. Oye, en el fondo me viene bien ir, así me traigo cosas que necesito de Kat y, tranquila, soy moderna, pero no me acostaré con él. ¡No estoy tan desesperada! —Al ver mi cara de guasa, añade—: Anoche le comenté a papá el viaje y le pareció bien. Es más, me dijo que el mexicano le gusta. Que es un hombre que se viste por los pies.
Eso me hace reír. Mi padre y los hombres y mujeres que se visten por los pies.
Es lo mismo que me dijo a mí de Yulia cuando la conoció. Debe de ser que él tiene un código especial que no conocemos sus hijas y en Juan Alberto ve la seriedad que vio en Yulia para sus alocadas hijas.
—Escucha, Anya, ¿estás segura de lo que vas a hacer?
Ella sonríe. Mira hacia donde está Juan Alberto y el resto del grupo y dice:
—No, cuchu. Pero necesito hacer algo loco. Nunca he sido espontánea y me apetece vivir algo diferente con este hombre. Lo nuestro durará el tiempo que él esté en Rusia, pero...
—Anya, vas a sufrir cuando él se marche. ¡Te conozco!
Mi hermana asiente y, con una serenidad que últimamente me deja alucinada, responde:
—Lo sé, cuchu..., pero el tiempo que esté aquí, quiero disfrutarlo. Soy consciente de mi situación y de que tengo dos niñas, creo que pocas emociones locas le puedo pedir a la vida. Por ello, ¡a disfrutar, que son dos días!
Sonrío, pero me apena que piense así. Es demasiado joven para creer que su vida ya no será emocionante y, cuando le voy a decir algo, Yul se acerca y, agarrándome de la cintura, dice:
—Chicas, siento interrumpir este momento vuestro, pero el piloto dice que tenemos que marcharnos.
En ese momento se acerca hasta nosotros el tan mencionado mexicano y, mientras mi hermana y mi pelinegra se despiden, lo miro, pero antes de que yo pueda decir nada, él afirma:
—Lo sé. No te preocupes. Yo me ocuparé que ella y de que todos estén bien. Por cierto, a Yul ya se lo he dicho, pero gracias a ti también por dejarme Villa Lenoshka.
No puedo decir nada.
No puedo reprocharle nada.
Y, sonriendo, le doy con el puño en el pecho.
—Ya sabes, güey, cómo me las gasto si algo no me gusta. ¿Entendido? —le advierto.
El rollito salvaje de Anya sonríe y me da dos besos. Cuando me separo de él, vuelvo a abrazar a mi padre, a mi hermana, beso a mi Irina, que lloriquea porque se va Flyn, ¡pa matarla!, y cuando beso a mi pequeña Katya y le vuelvo a hablar en balleno, mi padre dice:
—Recuerda, pecosa, quiero más nietos y si es una rubia, ¡mejor!
—Yo prefiero otra pelirroja—balbucea mi esposa.
No respondo.
Mi cara lo dice todo.
Ambos sonríen y yo pongo los ojos en blanco mientras me rasco el cuello.
¡Familia!

8

La llegada al aeropuerto Franz Josef Strauss Internacional de Múnich se hace en el tiempo previsto y sin complicaciones. Cuando bajamos del avión, Yulia se entretiene hablando con el piloto y veo a Norbert con el coche. Flyn corre hacia él al verle y se tira a sus brazos. Me encanta ver cómo el hombre sonríe de felicidad al ver al muchachito.
Una vez que el pequeño se mete en el coche con Graciela y Dexter, yo miro a Norbert con complicidad y le doy un abrazo. Como siempre, se queda más tieso que un palo, pero no me importa, yo lo abrazo igualmente y lo oigo decir emocionado:
—Qué alegría tenerla de nuevo en casa, señora.
Sonrío. He pasado de ser la señorita Lena a ¡la señora!
—Norbert, ¿no quedamos en que me llamarías por mi nombre?
El hombre asiente con la cabeza y, tras saludar a Yulia con un beso tambien, añade:
—Eso es cosa de mi mujer, señora. Que, por cierto, está como loca por tenerla de nuevo en casa.
Cuando tenemos ya el equipaje, Norbert lo mete en el maletero del coche mientras Yul me agarra de la cintura con actitud posesiva, me da un beso y murmura:
—De nuevo estás en mi terreno, pequeña.
Su gesto es divertido y, pellizcándole la cintura, aclaro:
—Perdona, bonita, pero éste es mi terreno ahora también.
Divertidas, nos subimos al coche para dirigirnos a nuestra casa. Nuestro hogar. En el camino, Graciela mira por la ventanilla con curiosidad y, mientras los Yul y Dexter bromean con el pequeño Flyn, yo le explico por dónde pasamos.
Mi Volk sonríe satisfecha al ver que sé manejarme tan bien por Múnich y yo le guiño un ojo.
Al llegar a la casa, Norbert le da al mando a distancia del coche y la verja color acero se abre. Una vez cruzamos el bonito jardín, veo en la puerta principal a Simona, junto a Susto y Calamar.
La mujer sonríe radiante y corre hacia el coche junto con los perros.
Emocionada, antes de que el coche pare, abro la puerta y me bajo como una loca. Susto y Calamar se abalanzan sobre mí y yo los besuqueo mientras ellos saltan y ladran de felicidad. Segundos después, mi mirada se cruza con la de Simona, ¡mi Simona!, y me fundo en un caluroso abrazo con ella.
Pero de pronto, noto que alguien me coge por el brazo y tira de mí. Al mirar, me encuentro con el gesto ofuscado de Yulia. ¿Qué le pasa?
—¿Te has vuelto loca?
Sorprendida por su seriedad y, en especial, por el tono de su voz, pregunto:
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
Flyn, que se tira en tromba para abrazar a Simona, dice desde sus brazos:
—Tía Len, no puedes abrir la puerta con el coche en marcha. Eso es peligroso.
En ese momento soy consciente de que lo que dicen es verdad. Mi impulsividad me ha vuelto a jugar una mala pasada. Horrorizada, parpadeo. Yulia ni se mueve. Qué mal ejemplo soy para Flyn y, mirando a mi enfadada ojiazul, murmuro mientras Susto le pide que lo salude:
—Lo siento,Yul. No me he dado cuenta. He visto a Simona y...
El gesto de mi chica se relaja y, pasándome la mano por la cara, susurra:
—Lo sé, cariño. Pero por favor, ten más cuidado, ¿vale?
Sonrío y, abrazándome a ella, suspiro.
—Te lo prometo, pero ahora, sonríe, por favor.
No duda en hacerlo. Su expresión vuelve a ser risueña y, dándome un beso en los labios, murmura:
—Te lo haré pagar en cuanto estemos a solas.
Con gesto pícaro, la miro y cuchicheo antes de que Graciela llegue a nuestra altura:
—Guauuu... esto se pone interesante.
Después de soltar una carcajada, Yul saluda a unos enloquecidos Susto y Calamar.
¡Qué emocionados están mis perretes de vernos de nuevo!
Cuando Yul, junto con Flyn, se agacha y los abraza, mi corazoncito late desbordado. Si les llegan a decir eso hace un año, ninguno de estos dos duros Volkov se lo hubieran creído. Pero ahí están, tía y sobrino prodigando mil cariños a nuestras dos mascotas.
Cuando Flyn corre hacia un lateral del jardín, los perros se van tras él y, mientras Norbert saca las maletas, Yulia hace lo mismo con la silla de ruedas de Dexter y, una vez abierta, el mexicano se sienta en ella.
—Lena, ¡qué contenta estoy de verte!
—Y yo de verte a ti, Simona. Lo creas o no, te he echado de menos.
La mujer sonríe y, al ver que Graciela está a nuestro lado, se la presento:
—Simona, te presento a Graciela.
—Encantada, señorita Graciela.
—Por favor, Simona —dice la joven en alemán—, me sentiría más cómoda si me tutearas, como a Lena.
La historia se repite.
Está visto que a las chicas criadas en familias de clase media, eso de «señorita» nos incomoda y, mirando con complicidad a Simona, digo:
—Ya sabes, el señorita lo podemos obviar.
—Ahorita mismo evítalo, ¿vale, Simona? —insiste Graciela.
La mujer sonríe y, de pronto, exclama sorprendida:
—¡Hablas como la protagonista de Locura Esmeralda!
Al oír ese nombre, Graciela nos mira.
—¿Veis Locura Esmeralda en Alemania?
Simona y yo asentimos y ella insiste:
—¿En serio?
—Totalmente en serio, Graciela —respondo.
Me río por no llorar.
Todavía no entiendo cómo me he podido enganchar a un culebrón así y añado:
—No veas el enganche que tenemos con Esmeralda Mendoza y Luis Alfredo Quiñones. Qué disgusto cuando le disparan en el último capítulo. No morirá, ¿verdad?
Graciela niega con la cabeza y Simona y yo suspiramos agradecidas. ¡Menos mal!
—Es la telenovela más exitosa de México. Allí ya finalizó la segunda temporada.
—Aquí anuncian que el 23 de septiembre comienza de nuevo.
—Pero ¿qué me dices? —exclamo emocionada.
Simona asiente feliz y Graciela añade:
—En México la han repetido un par de veces. Esmeralda Mendoza se ganó el corazoncito de todas las mexicanas por su carácter combativo.
Simona y yo asentimos. Ese mismo efecto está ocasionando en las alemanas.
—Simona, ¿cómo estás, bella mujer? —pregunta Dexter.
Encantada por nuestro regreso, la mujer lo mira y responde:
—Estupendamente bien, señor Ramírez. ¡Bienvenido! —Y, señalando a Graciela, añade—: Déjeme decirle que su prometida, o su mujer, es preciosa.
Juas... y rejuás, ¡lo que ha dicho Simona!
Al oír eso, Dexter se paraliza. Graciela se pone roja como un tomate y yo, como soy una bruja, no desmiento nada cuando Simona, guiñándole con complicidad un ojo a Dexter, afirma convencida:
—Ha sabido usted elegir muy bien, señor.
Yulia sonríe ante mi silencio. Cómo me conoce mi lobita. Pero Dexter, dispuesto a aclarar lo que yo no he querido aclarar, dice:
—Gracias, pero tengo que decirle que Graciela sólo es mi asistente personal.
Simona lo mira, después mira a la muchacha y, al ver su cara de apuro, junta las manos y ruega perdón.
—Disculpe, señor, mi indiscreción.
—No pasa nada, Simona —sonríe Dexter.
Todos entramos en la casa y, cuando llegamos al salón, oigo que Simona le pregunta a Graciela:
—¿Estás soltera?
—Sí.
La mujer la mira. Luego me guiña un ojo y dice:
—Te aseguro que en Alemania te saldrán mil pretendientes. Las morenas gustáis mucho por estos lugares.
La cara de Dexter al oír eso es todo un poema y yo, sin poderlo remediar, miro hacia otro lado para que no me vea reír. Está claro que se va a tener que aclarar con esa chilena de una vez por todas.
Por la tarde aparecen Larissa, la madre de Yulia, y Marta, su hermana, con su novio Arthur. Al verlos, Flyn corre hacia ellos y los abraza. Observo la cara de Larissa, que disfruta de ese contacto tan cercano con su nieto, mientras Marta, divertida, lo coge en brazos y da vueltas con él. Nunca han estado tanto tiempo separadas del niño y su reencuentro las emociona.
Como es de suponer, al ver a Graciela las dos piensan lo mismo que ha pensado Simona y Dexter vuelve a aclarar que la joven no es ni su prometida, ni su mujer.
Le pregunto a Larissa por Trevor y ella, acercándose a mí, murmura:
—Hemos roto. —Y antes de que yo diga nada, añade—: Yo no quiero ataduras a mi edad. ¡Será por hombres!
Asiento y me río. Mi suegra nunca para de sorprenderme. ¡Es la bomba!
Durante horas, todos hablamos con familiaridad alrededor de la mesa, mientras tomamos algo y Yul y yo enseñamos nuestras fotos de la luna de miel.
Bueno, todas no. Hay unas que nos reservamos sólo para ella y para mí. Son demasiado íntimas.
Al saber que Graciela está soltera, Marta rápidamente la invita a salir una noche de juerga y yo me apunto. Estoy deseando ir al Guantanamera para ver a mis amigos, bailar salsa y gritar «¡Azúcar!».
Yulia me mira y en sus ojos veo que eso no le hace ninguna gracia, pero no pienso dejar de salir con los amigos por el simple hecho de ser la señora Volkova. ¡Ni de coña!
Regresar de nuevo a la rutina significa volver a aclararlo todo. Una cosa ha sido toda la vorágine de la boda y la luna de miel y otra muy diferente el día a día. Y aunque adoro a mi mujer y ella me adora a mí, sé que vamos a chocar. Y lo sé ya sólo con esa simple miradita.

Continuará...


Nos leemos pronto, tratare de subir mas el finde!! Cool Smile
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por wendra222 el Miér Dic 03, 2014 6:46 am

Buen capitulo no demores en la conti

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Miér Dic 03, 2014 5:46 pm

Excelente cap :-D
No tardes, me encanta!!!!! :-P
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por bella genio el Jue Dic 04, 2014 9:41 pm

please no tardes en darle contiii a la historia Laughing

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Dic 29, 2014 2:40 pm

Hola volví, quiero que me disculpen por la tardanza en la continuación de esta historia, pero anduve con algunos percances, pero ya estoy aquí, publicaré 2 capítulos y mas tarde uno mas, espero les guste!! Razz  Cool

"Pídeme Lo Que Quieras O Déjame"

Capítulo 9



Al día siguiente quedamos para cenar con Björn, Frida y Andrés en Jokers, el restaurante del padre de Björn. Dexter, Graciela, Yulia y yo, tras saludar al simpático Klaus, nos dirigimos hacia la mesa que éste nos indica. Pedimos unas cervezas y comenzamos a charlar.
—Oh, Dios, me encanta la cervecita de Los leones.
—¿La Löwenbräu? —pregunta Yul.
Graciela asiente y, tras beber un trago, responde:
—Hace muchos años, cuando yo vivía en Chile, tenía un vecino cuyo padre era alemán y se hacía traer esta cerveza desde aquí. Hum, ¡está buenísima!
Dexter con una enorme sonrisa al verla tan feliz, pregunta:
—¿Te pido otra?
—Me encantaría.
Los miro. Vaya dos patas para un banco.
Ambos se gustan, pero ninguno da el primer paso. Bueno, Graciela lo ha dado y ahora es Dexter quien tiene que hacerlo. Estoy convencida de que lo desea, pero lo frena su condición. Lo que no entiendo es cómo es tan tonto. Sabe que ella conoce sus limitaciones y aun así él le interesa. Sinceramente, no le entiendo.
Cuando nos traen una nueva ronda de cervezas, brindamos y el buen humor reina entre nosotros, como siempre. En ese momento, veo que entra el guapísimo Björn acompañado por una mujer. ¿Quién será?
Él no nos ha visto todavía y puedo curiosear a gusto. La mujer, como era de esperar, es un cañon. Alta, taconazos, sexy, rubia y guapa, muy guapa.
Cuando su padre le advierte que lo esperamos y Björn se da la vuelta, nuestras miradas se encuentran y me guiña un ojo.
¡Qué gran amigo es!
—Lobita, ha llegado tu amiguito —susurro divertida.
Mi pelinegra, al escucharme, se levanta de la mesa y, cuando esos dos a los que tanto quiero se encuentran, se dan un largo y significativo abrazo. Se adoran. Acto seguido, Björn me abraza y murmura en mi oído:
—Bienvenida a casa, señora Volkova.
Yo sonrío y observo cómo su acompañante me mira con gesto poco amable. Por su actitud se ve que no se siente muy feliz con esta cena. Björn sigue su ronda de saludos y, tras estrecharle la mano a Dexter y presentarle éste a Graciela, pregunta:
—¿No han llegado Frida y Andrés?
—¡Estamos aquí! —dice pronto la voz de Frida.
Al oírla, doy un salto y corro hacia ella. Mi loca amiga viene dando saltitos y, tras abrazarnos, pregunta:
—¿Cómo va todo?
Separándome de ella, respondo:
—Genial. De momento no nos hemos matado.
Frida sonríe y ahora es Andrés el que me abraza y me achucha. Son todos tan cariñosos conmigo que no puedo parar de sonreír. Veo que conocen a Graciela de cuando han viajado a México.
Clavo la mirada en la rubia que, con cara de asquito, nos observa desde un lateral de la mesa y le digo a Björn:
—Haz el favor de ser caballeroso y presentarnos a tu acompañante.
Él, que está emocionado por esta reunión, se acerca a la desconocida y, cogiéndola por la cintura, dice:
—Agneta, te presento a mis amigos. Yulia y su esposa Elena. Andrés y su mujer Frida y Dexter y su novia Graciela.
Uy... Uy..., lo que ha dicho.
Me entra la risa sin poderlo remediar.
Y antes de que Dexter lo aclare, Graciela mira al guapísimo Björn y dice:
—No somos novios. Sólo soy su asistente personal.
Björn al oír eso, mira sorprendido al mexicano, después a la joven y, en español, para que Agneta no lo entienda, dice:
—Pues entonces, creo que tú y yo vamos a tener una cita.
Me parto. Björn no desperdicia oportunidad y Graciela, con una gracia que me descoloca, asiente.
—Estaré encantada de tenerla.
Vayaaaaaaaaaa con la chilena.
¡No quiero mirar a Dexter!
¡No debo hacerlo!
¡Pobrecito!
Pero al final, como soy una cotilla, ¡zas!, lo miro y veo cómo la mandíbula se le cuadra, mientras se retira su oscuro pelo de la cara. No dice nada y da un trago a su cerveza. Ay, pobre, me da hasta pena.
Tras las presentaciones, todos nos sentamos y empezamos a hablar. Klaus, el padre de Björn rápidamente nos llena la mesa de ricos manjares. Los ojos me hacen chiribitas mientras le explico a Graciela un poco qué es todo aquello.
Uff... ¡qué hambre tengo, por favor!
—¿Sabes quién es ésa? —cuchichea Frida con disimulo.
Yo la miro y, al ver que señala a la acompañante de Björn, pregunto:
—¿Quién?
—Esa chica trabaja en las noticias de la CNN aquí en Alemania. Es presentadora de televisión.
—Vaya —susurro, mirándola con curiosidad.
Graciela, que es de buen comer, como yo, rápidamente se lanza y, tras comerse una rica albóndiga, me mira y dice con su dulce voz:
—¡Qué ricoooooooooooo!
Yo asiento. Esas albóndigas de carne picada están de muerte. Dispuesta a que siga descubriendo cosas, cojo dos brezn y le entrego uno.
—Prueba esta rosquilla salada mojada en esa salsa y verás.
—Los brenz de aquí son espectaculares —interviene Frida, que coge otro—. Ya verás.
Las tres mojamos las rosquillas, las masticamos y nuestros exagerados gestos lo dicen todo. ¡Deliciosas! Mi lobita y los chicos nos miran y sonríen. Pedimos más cerveza. Comer da sed.
Mientras Yulia y los hombres hablan, nosotras le damos buen uso a nuestro paladar, hasta que, de pronto, la mirada de Agneta llama mi atención y pregunto:
—¿No comes?
Ella niega con la cabeza y, arrugando la nariz, responde:
—Demasiada grasa para mí.
—Pues mira, ¡a más tocamos! —responde Graciela en español y yo contengo la risa.
Creo que la cerveza le está comenzando a afectar.
Frida, que está a nuestro lado, dice:
—Mujer, pero algo comerás.
Agneta con un gesto que me recuerda a no sé quién, la mira y responde:
—He pedido una ensalada de rábanos y queso.
—¿Sólo comerás eso?
La rubia alemana asiente y, levantando el mentón, añade:
—Todo lo que coméis es un segundo en la boca y seis meses en las caderas. Yo me debo a mi público, que quiere verme bella y delgada.
Tiene razón.
Pero oye, ¡el segundo de la boca es la bomba! En cuanto a lo segundo que ha dicho, prefiero no opinar. Ésta es tonta, pero tonta... tonta.
Durante varios minutos, comemos y comemos y, de pronto, me paro. ¡Ya sé a quién me recuerda la cara de Agneta!
Es igualita a un caniche llamado Fosqui que tuvo la pachuca cuando yo era pequeña. Me vuelvo a reír. No puedo remediarlo y Yul, acercándose, me besa en el cuello y pregunta:
—¿Qué te da tanta risa?
No puedo decirle la verdad y respondo:
—Graciela. ¿Has visto qué contenta está?
Yulia la mira, asiente y murmura:
—Creo que no debería beber más Löwenbräu.
Ambas asentimos y, acercándome a mi lobita le doy un besito en la punta de la nariz.
—Te quiero, señora Volkova.
Yul sonríe y, tras ponerme un mechón de pelo tras la oreja, dice:
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Hace mucho tiempo que no discutimos y no me llamas una cosa.
Al escucharla suelto una carcajada y, al darme cuenta de a qué se refiere, parpadeo y afirmo:
—Eso sólo lo diré cuanto te lo merezcas y ahora no te lo mereces. Por lo tanto, ¡no! Me niego a darte ese placer.
—Me vuelve loca cuando me lo llamas.
—Lo sé —río divertida.
Me hace cosquillas en la cintura y pide:
—Venga, dímelo.
—No.
—Dímelo.
—Que no... que no te lo mereces ahora.
Me besuquea y, contenta como unas pascuas, finalmente digo:
—Gilipollas.
Yulia suelta una carcajada. Nos volvemos a besar. Dios... cómo besa mi lobita.
—Esta ensalada no es la que yo he pedido —dice una voz estridente.
Yul y yo regresamos a la realidad. Miramos a Agneta, que, con cara de enfado, protesta:
—He pedido una ensalada de queso y...
—Esto es una ensalada de queso y rábanos —la corta Björn, mirándola.
La estrellita de la CNN mira el plato que tiene delante y, adoptando una expresión más dulce, contesta:
—Ah, vale... sí tú lo dices, entonces me lo creo.
—¿Si te lo digo yo?
Acercándose a Björn, que la mira algo alucinado, la rubia murmura:
—Sí. Si me lo dices tú.
Frida y yo nos miramos e intuyo que pensamos lo mismo. Es tonta... pero tonta de remate.
Pero vamos a ver, qué poca personalidad. ¿Qué ha visto Björn en ella?
Bueno, vale, ya sé que es un bellezón y, conociendo los gustos de mi amigo, la chica ha de ser, como poco, una fiera en la cama. Pero hombre, no se la puede sacar sin bozal.
Todos seguimos comiendo y la conversación poco a poco se normaliza. Frida, al ser alemana como Agneta, intenta incluirla en la conversación, pero ésta no está por la labor y se niega.
Tras los postres y las risas, Graciela le pide a la camarera:
—Póngame diez Löwenbräu para llevar.
Todos nos reímos, pero Dexter le dice a la mujer.
—Ni caso... Ni caso.
Graciela, al oírlo, lo mira y, apoyando un codo en la mesa y la barbilla en la mano, pregunta:
—¿Por qué? ¿Por qué crees que no debería llevarme alguna cervecita?
El mexicano, con una sonrisa cariñosa, responde:
—Te vas a poner mala, créeme.
Graciela suelta una carcajada. Desde hace rato, soy consciente de que su timidez brilla por su ausencia y, antes de que yo pueda pararla, se acerca más a Dexter y dice:
—Mala estoy de ver que no quieres nada conmigo, cuando sería padrísimo que jugáramos juntos en tu habitación del placer.
Guauuu, ¡Graciela está desatá!
—¡¿Cómo dices?! —pregunta él, totalmente descolocado.
—Sé que te gusto y mi comadre Lena también se ha dado cuenta. No disimules, güeyyyyyyyyyy.
¡Toma ya!
Frida me mira. Yo la miro.
Yulia me mira. Yo la miro.
Björn me mira. Yo lo miro.
Todos me miran y, cuando Dexter, lo hace digo:
—A ver, Graciela se refiere a...
Pero no puedo continuar.
Graciela le coge la barbilla y, delante de todos, le da un besazo de tornillo en toda regla que nos deja patidifusos.
Otra como mi hermana. ¡Joder con las sositas!
Cuando termina, sonríe y, a escasos centímetros de la cara del mexicano, explica:
—Me refiero a esto, cielito lindo. Quiero dejar de jugar con otros para hacerlo contigo.
Madre míaaaaaaaaaa... madre míaaaaaaaaaaaa...
No sé qué hacer.
Estoy bloqueada. Graciela no para de parpadear en dirección a Dexter y él, mirándome, pregunta:
—¿A qué se refiere con lo de jugar?
Yo levanto las cejas y Dexter, alucinado, me entiende. La mira boquiabierto y dice:
—Pero por el amor de Dios, ¿con quién juegas tú?
—Con mis amigos.
—¡¿Cómo?! —grita, demasiado alto.
Graciela, con muchas cervezas en el cuerpo, responde:
—Ya que tú no quieres hacerlo conmigo, me busco la vida.
Nadie se mueve.
Nadie sabe qué hacer hasta que Yulia, tomando las riendas de la situación, dice levantándose:
—Es tarde, creo que será mejor que regresemos a casa.
Todos nos ponemos en pie. Yo me acerco a Graciela y, al ver que Dexter es el primero en moverse con su silla de ruedas, le pregunto en voz baja:
—¿Qué estás haciendo, loca?
Ella se encoge de hombros y responde:
—Decirle la verdad de una vez por todas. Creo que las cervecitas me han ayudado.
—Ya te digo si te han ayudado. Anda y tira para casa —musito.
Una vez salimos del restaurante, mientras Dexter se acomoda en el coche y Yul pliega la silla de ruedas, Frida y Andrés se marchan. Agneta, muy diva ella, sin despedirse se mete en el deportivo de Björn. Qué tía más antipática.
Björn, que espera a que mi pelinegra termine, me mira y sonríe, consciente de que Dexter nos escucha. Como dice mi padre, ése sabe más que los ratones coloraos, y, cuando se despide de Graciela, susurra:
—Ha sido un placer, y lo de la cena sigue en pie. Mañana hablamos.
¡Menudo sinvergüenza!
Sin necesidad de pedirle colaboración, ya está ayudando para pinchar a Dexter. Sin más, nos da un beso a Graciela y a mí y se marcha en su deportivo. Nosotras dos subimos al coche y, en silencio, los cuatro llegamos hasta nuestra casa.
Una vez allí, Dexter, enfadado, se va a la habitación de la planta baja que se le ha asignado, y cuando Graciela se va a la suya, Yul me mira y, divertida, pregunta:
—¿Por qué eres tan traviesa, pequeña?
—¡¿Yo!?
—Sí... tú.
—¿Por qué dices eso?
Acercándose a mí, insiste:
—¿Qué es eso de que Graciela juega y de que tú sabes que a Dexter le gusta esa mujer?
Divertida por cómo me mira, respondo:
—Punto uno: me lo ha confesado ella sin yo decir nada.
—Vaya, qué confianzas —murmura, besándome el cuello.
—Y punto dos: ¡es obvio! Sólo hay que mirar a Dexter cuando un hombre está cerca de Graciela para darse cuenta de que le importa y le molesta que se fijen en ella.
Yulia sonríe, me coge entre sus brazos y, tras darme un cálido beso, murmura a escasos centímetros de mi boca.
—¿Qué te parece si jugamos un ratito tú y yo y nos dejamos de puntos?
Aprisionándome contra la pared, le devuelvo el beso y contesto:
—Encantada, señora Volkova.

Continuará...


Última edición por LenokVolk el Lun Dic 29, 2014 2:46 pm, editado 1 vez
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Dic 29, 2014 2:43 pm

"Pídeme Lo Que Quieras O Déjame"

Capítulo 10



Dos días después, mi cuñada Marta llama por teléfono y esa noche quedamos para salir de juerga con ella.
¡Guau, me apetece un montón!
En un principio, habíamos quedado Graciela y yo, pero al final Yul y los chicos se apuntan. No quieren que vayamos solas y, cuando llegamos a la puerta del Guantanamera, observo la cara de mi amor y sé que no es un acierto que esté allí.
Cuando entramos, veo que Anita, Marta con Arthur y unos amigos ya están bailando en la pista. Yo sonrío. Mira que le va ese bailoteo a mi cuñada la alemana. Yulia la observa. Nunca la ha visto bailar así y, sorprendida al ver cómo se contonea, pregunta:
—¿Por qué pone esas caras mi hermana?
Divertida, la miro en el momento en que Marta nos ve y, soltando una carcajada, corre hacia nosotras con su novio detrás. Nos saludamos.
De pronto, me fijo en un chico que baila en la pista con Anita. ¿De dónde ha salido ese pedazo de bombón? Marta, al ver la dirección de mi mirada, cuchichea:
—Impresionante, ¿verdad?
Asombrada, asiento. Se trata de un morenazo increíblemente sensual.
—Lo hemos bautizado como Don Torso Perfecto.
—Telita cómo está el Don —murmuro.
—Se llama Máximo —susurra Marta.
—¿Y quién es?
—Un amigo de Reinaldo.
—¿Es cubano?
—No, argentino y está buenísimo, ¿verdad?
—Ya te digo.
Asiento. Oye soy Gay pero negar lo bueno que esta sería una de las mayores mentiras del mundo. Bloqueadas, estamos observando cómo Anita baila salsa con el argentino, cuando de pronto Yulia dice a mi lado:
—Tu bebida, Len.
Al coger lo que me ofrece, veo en sus ojos que ha oído nuestra conversación y que está molesta.
Ay, mi lobita, que se me pone celosita.
Sonrío. No sonríe.
Me acerco a ella y, besándola, murmuro:
—A mí sólo me gustas tú.
—Y Máximo —se mofa.
Al final, tras besuquearla con insistencia, consigo que sonría y me bese. Durante el rato que el grupo charla, me doy cuenta de cómo Dexter y Yulia se comunican con la mirada cuando pasa una mujer que les resulta atractiva. Me río. No me puedo enfadar. Yo también tengo ojos en la cara sobretodo para las chicas...
Yulia paga una ronda de mojitos cuando suena una canción y casi todos gritamos:
—¡Cuba!
Sorprendida, Yul me mira. Yo comienzo a contonearme lenta y pausadamente al son de la música y observo cómo mi mujer me escanea con su azulada mirada. El vestido corto que llevo le gusta, me lo compró ella en nuestra luna de miel, y, tentándola, digo:
—Ven. Vamos a bailar a la pista.
Mi lobita arquea las cejas y niega con la cabeza.
Sólo le falta decirme «¡Ni loca!».
Estamos de regreso en Alemania y la naturalidad de sus actos en nuestra luna de miel parece haber desaparecido. Eso me apena. Me gustaba mucho la Yulia  desinhibida. Me observa con gesto serio y al ver que yo no paro de moverme, dice:
—Ve tú a la pista.
Deseosa de bailar y cantar la canción del grupo Orishas que suena, salgo a la pista con mis amigos y bailo junto a ellos. Nuestros movimientos son lentos y sensuales. La música entra en nuestros cuerpos y cantamos.
Represent, represent,
Cuba orishas underground de la Habana.
Represent, represent,
Cuba, hey mi música.
La pista se llena.
Todos bailamos la canción, mientras la cantamos a voz en grito y observo que Yul no me quita ojo. Me vigila. No está cómoda.
Llega mi amigo Reinaldo. Ve a Yulia y corre a saludarla. Ambos sonríen. Mi pelinegra le presenta a Dexter y Graciela y le señala dónde estoy yo. Reinaldo, con su gran sonrisa cubana, corre hacia la pista y, agarrándome por la cintura, comienza a bailar esa calentita canción.
Represent, represent,
Cuba orishas underground de la Habana.
Miro a Yul  y me doy cuenta de que ese bailecito que nos estamos marcando no le está gustando un pelo. Rápidamente, me suelto y toda la pista comienza a saltar mientras cantamos.
Aprenderás que en la rumba está la esencia.
Que mi guaguancó es sabroso y tiene buena mezcla.
A mi vieja y linda Habana un sentimiento de mañana.
Todo eso representas,
¡Cuba-a-a!
El local entero jalea la canción y baila y, cuando termina, el Dj cambia de ritmo y yo vuelvo con mi esposa, sedienta. Cojo el mojito y le doy un trago considerable.
—¿No bailas, cielo?
Yulia me mira... me mira y me mira y al ver cómo sudo, pregunta, retirándome el pelo de la cara:
—¿Desde cuándo me gusta bailar?
Su respuesta es borde a tope, pero como no quiero discutir ni recordarle que en nuestra luna de miel bailó todo lo que quiso y más, se lo paso por alto y, agarrándole del cuello, murmuro:
—Vale, pues entonces, bésame. Eso te gusta, ¿verdad?
¡Sonríe por fin!
Me besa y disfrutamos de nuestro beso, pero de pronto Marta tira de mí, me lleva a la pista y comenzamos a bailar la Bemba colorá. El semblante de Yulia vuelve a oscurecerse. Está claro que no le está gustando un pelo el Guantanamera.
Graciela nos mira y le hago una seña para que se nos una. No lo piensa y sale a la pista con nosotras, mientras menea las caderas. Dexter y Yul se miran y ambos resoplan.
¡Vaya dos!
Rápidamente se nos unen Reinaldo, Anita, Arthur, un par de amigos cubanos y Don Torso Perfecto.
Madre mía. De cerca, el argentino todavía está mejor.
Como no es la primera vez que voy a ese local, ya sé cómo bailan. Hacemos un corrillo y, en medio, pareja por pareja demuestran su gracia en el bailoteo calentito y sabrosón. Marta y yo nos movemos como dos locas mientras gritamos «¡Azúcar!».
Cuando la canción acaba, regreso junto a Yul. Vuelvo a estar sedienta y ella, con gesto incómodo, me mira y pregunta:
—¿Va a ser así toda la noche?
Observo que Dexter le dice algo a Graciela y que ella pone los ojos en blanco. Vuelvo a mirar a mi chica no latina y pregunto, tras beber un enooooooorme trago de mi rico mojito:
—¿No te gusta el vacilón?
Esa palabra no la entiende y, al ver su cara, insisto:
—¿No te gusta la fiesta y el buen rollito que hay aquí?
Yulia, o mejor dicho, Icegirl, mira alrededor y, con su sinceridad aplastante, responde:
—No. No me va nada. Pero a ti sí, ¿verdad?
Tras acabarme el mojito, lo miro y, a pesar de que sé que le molesta, contesto:
—Ya tú sabes mi amol.
Las aletas de la nariz se le mueven.
Guauuuu, ¡excitante!
Luego, acercándome a ella, murmuro:
—Me pones como a una Ducati cuando eres tan terrenal.
Pego mi cuerpo al suyo. Con tacones le llevo varios centímetros mas. Yulia no se mueve. Sólo me mira y yo empiezo a mover mi cuerpo lentamente al compás de la música. Noto su erección y, besándola, pregunto:
—¿Quieres que nos vayamos a casa?
Asiente sin dudarlo y yo sonrío.
Cuando llegamos, son las dos y cuarto de la madrugada, nos despedimos de Dexter y Graciela y, cuando entramos en nuestra habitación, Yul sigue ceñuda.
Yo estoy algo perjudicá con los mojitos y, acercándome, digo:
—Oye, cariño...
Pero no puedo decir más.
Icegirl me agarra entre sus brazos y, con una pasión que me deja sin habla, me besa y me devora. Me empotra contra la pared y, arrancándome las bragas, dice cerca de mi boca, mientras se desabrocha los pantalones:
—No me gusta que bailes con otros.
Me penetra de un empellón que me hace jadear.
—No quiero que vuelvas a ir a ese sitio, ¿entendido?
Su pasión me enloquece, pero tonta no soy. Me agarro con fuerza a sus hombros y, mirándola, respondo sin perder la cordura:
—Mis amigos van allí, ¿dónde está el problema?
El semblante de Yulia se torna de nuevo sombrío. Agarra mis caderas, me vuelve a apretar contra ella y yo grito. Su profundidad me vuelve loca, ¡me encanta!, y sisea:
—No me gusta ese local.
La beso y, cuando separo mis labios de los suyos, contesto:
—A mí sí. Me lo paso bien y no hago mal a nadie.
—Me lo haces a mí —masculla, empalándome de nuevo.
Me falta el aire. Pero nuestro caliente juego me gusta y, deseosa de más, susurro:
—No, cariño. A ti nunca te haría mal.
Tras una nueva penetración, Yulia jadea y murmura:
—Demasiados hombres y mujeres mirándote.
—Pero sólo soy tuya.
Su boca vuelve a tomar la mía. Sus manos bajan a mi trasero. Me sujeta por ella y me penetra una y otra vez. No descansa. Está furiosa y su furia me encanta. Me abro. Me deleito con ese momento tan terrenal. Tan pasional hasta que mi cuerpo no puede más y, apretándome contra ella, un placer intenso y adictivo sale de mí.
Yul, al notarlo, incrementa sus acometidas una y otra y otra. Se hunde en mí sin descanso hasta que un gruñido me hace saber que ha llegado al límite.
Sin soltarnos, seguimos contra la pared. Nos encanta esa clase de sexo. Nuestras respiraciones están agitadas y, mirándola, digo:
—Vaya, te ha excitado el Guantanamera.
Ella me mira y, al ver mi sonrisa, al final sonríe también y dice, abrazándome:
—Me excitas tú, gatita... sólo tú.
No vuelve a prohibirme nada. Sabe que no debe. Aunque ya me ha quedado claro lo que piensa del Guantanamera.
Esa noche, tras hacer de nuevo el amor como salvajes bajo la ducha, dormimos abrazadas y muy... muy enamoradas.
Los días pasan y Dexter y Graciela no avanzan.
Me tienen aburrida.
Björn llama para cenar con Graciela, ella acepta y Dexter no dice nada.
Pero ¿este hombre no tiene sangre en las venas?
Al día siguiente le pregunto a Graciela por su cita y, encantada, me comenta que Björn se comportó como un caballero en todo momento. Cero sexo.
Sinceramente, no me sorprende. Si algo tiene Björn, aparte de estar buenísimo, es que es un auténtico gentleman y un buen amigo de sus amigos.
El colegio de Flyn comienza. En su primer día de clase está nervioso. Durante el trayecto, Norbert y yo sonreímos al verlo tan feliz. Lleva en su mochila el regalo que ha hecho para su amiga especial Laura y está deseoso de dárselo.
Pero su expresión ya no es la misma cuando vamos a buscarlo por la tarde. Está triste y compungido.
—¿Qué ocurre? —le pregunto.
Con lágrimas en los ojos, mi pequeño coreano alemán me mira y murmura, con el regalo aún envuelto en sus manos.
—Laura ya no está en el colegio.
—¿Por qué?
—Me ha contado Ariadna que sus padres se han mudado de ciudad.
Ay, mi niño. Su primera decepción en el amor.
Qué pena. ¿Por qué el amor es siempre tan puñetero?
Lo abrazo y se deja abrazar mientras Norbert conduce. Beso su cabecita morena e, intentando buscar las mejores palabras que mi padre diría, consigo decir:
—Escucha, Flyn, entiendo que estés triste por no ver a Laura, pero tienes que ser positivo y pensar que ella, aunque no esté en este colegio, está bien. ¿O preferirías que estuviera mal?
El crío me mira, niega con la cabeza y dice:
—Pero ya no la volveré a ver.
—Eso nunca se sabe. La vida da muchas vueltas y quizá algún día te vuelvas a reencontrar con tu amiga.
Mi pequeño no contesta e, intentando que sonría, propongo:
—¿Qué te parece si vamos a comprarle algunos regalos a Yulia? El sábado es su cumpleaños.
Asiente. Rápidamente, le indico a Norbert que se desvíe y nos lleve a una joyería donde sé que hay un reloj que a mi esposa le gusta. Cuesta un pastizal, pero oye, ¡nos lo podemos permitir!
Cuando entramos en la joyería, a mí no me conocen, pero a Flyn y a Norbert sí y, cuando digo que soy la señora Volkova, sólo les falta ponerme una alfombra roja y tirar pétalos de rosa a mi paso.
¡Qué fuerte! Lo que hace el tener dinero.
Tras comprar el reloj y una pulsera de cuero negro que a Flyn le ha gustado para su tía, dejo que lo envuelvan todo para regalo y me entristezco al ver la carita de mi sobrino. No me gusta verlo tan triste, después de que el último mes haya estado tan feliz. Cuando subimos al coche, intento que sonría.
—¿Sabes que dentro de dos fines de semana participo en una carrera de motocross junto con Jurgen?
—¡Haaaala! ¿Sí?
Asiento y pregunto:
—¿Quieres ser mi ayudante?
El crío asiente, pero no sonríe y yo insisto:
—¿Qué te parece si el próximo fin de semana comenzamos tus clases con la moto?
Su expresión cambia y los ojitos se le iluminan.
Desde antes de nuestra boda, el pequeño quiere aprender a montar en moto y por eso le pedí a mi padre que aprovechara el verano y le enseñara primero a montar en bicicleta. Eso me facilitaría la tarea.
Pienso en Yulia y se me abren las carnes. Sé que esas clases me traerán más de un dolor de cabeza, pero también sé que finalmente Mi lobita aceptará. Me prometió cambiar su actitud ante todos y ha de demostrarlo.
Flyn comienza a hacerme preguntas de la moto. Yo le respondo como buenamente puedo, hasta que me mira y dice:
—La tía Yul se enfadará, ¿verdad?
Quitándole importancia, lo beso en la cabeza y contesto, convencida de que tiene razón:
—Tú, tranquilo. Te prometo que la convenceré.
Pero Flyn y yo acertamos. Esa tarde, cuando Dexter y Graciela se marchan para arreglar unos asuntos de su empresa, le hablo a Yulia sobre el tema y se enfada.
—¿Y por qué has tenido que recordárselo? —me dice, desde el otro lado de la mesa de su despacho.
—Escucha, Yul—respondo, mirando la estantería con sus armas—. Flyn estaba destrozado por la pérdida de Laura y yo he pensado que...
—Has decidido que cambiara a Laura por una moto, ¿no?
La miro. Me mira.
Nos retamos como siempre con la mirada y añado:
—Antes de la boda le prometiste que aprendería a montar en moto.
—Sé lo que le prometí. Lo que no entiendo es por qué has tenido que recordárselo.
En eso tiene razón. Como siempre, he sido demasiado impulsiva. No pienso las cosas y así me va luego. Pero como no escarmiento, añado:
—Él me lo hubiera pedido igualmente. Dentro de dos fines de semana participo con Jurgen en una carrera y...
—¿Que vas a hacer qué?
Oh... oh... Mal rollito.
Frunce el cejo y noto que se tensa. Pero dispuesta a que cumpla lo que prometió en su día, aclaro:
—Te lo dije. Lo sabes desde hace un mes. Te dije que Jurgen me avisó de esa carrera y tú misma me dijiste que te parecía bien que participase. ¿Por qué si no ordenaste que trajeran mi moto en tu avión?
Asombrada, me mira y pregunta:
—¿Yo lo ordené?
—Sí. Y si tienes menos memoria que Doris, la amiga de Nemo, ¡no es mi problema! —Y antes de que diga nada más, añado—: Pero bueno, eso ahora no importa, lo que importa es hablar de Flyn.
Yulia me mira con el cejo fruncido.
—Comienza el curso escolar y no quiero que se distraiga de los estudios. Deja las clases de moto para la primavera.
—¡¿Cómo?!
—Len, por el amor de Dios. A Flyn le da igual aprender ahora que dentro de un tiempo.
—Pero yo le he prometido que...
—Lo que tú le hayas prometido no es asunto mío —me corta con voz seca—. Además, la moto de Hannah o la tuya son muy altas para él. Habría que comprar una adecuada para un niño.
—Buenooooo... —resoplo.
Yo aprendí con la moto de mi padre y aquí estoy, ¡enterita!
—Mira, Len, está claro que aprenderá a montar en moto, pero ahora no es el momento.
—Ahora sí lo es.
Tensión...
Mucha tensión.
—Len... —sisea.
Sin amilanarme, respondo:
—Yulia...
Llevaba un tiempito sin sentir esta sensación. Me mira con sus helados ojos de Icegirl y mi estómago se contrae. Dios, ¡cómo me pone! Y cuando voy a decirle que no quiero discutir, suena el teléfono. Yulia lo coge, me hace una seña y yo entiendo que es trabajo.
Espero cinco minutos para retomar la conversación, pero al ver que aquello se alarga, decido salir del despacho e ir a la cocina a tomar algo. Cuando entro, me encuentro con Flyn allí sentado. Vuelve a estar cabizbajo. Sostiene todavía el paquetito envuelto para Laura y al verme me mira y dice:
—No quiero que la tía  y tú discutáis.
—No pasa nada, cariño.
—Pero he oído que la tía se ha enfadado.
—Se ha molestado porque ha recordado que yo voy a participar en una carrera de motos, no porque tú vayas a aprender —le miento y, al ver su carita, insisto—: No pasa nada, cielo, créeme.
—Sí, sí pasa. Os enfadaréis y tú te volverás a ir.
Al oír eso, sonrío. Mi pitufo gruñón me quiere y eso me llega al corazón. Por eso, sentándome en una silla a su lado, hago que me mire.
—Mira, Flyn, tu tía y yo nos queremos muchísimo, pero aun así somos tan diferentes en tantas cosas que nos va a resultar muy difícil no discutir. Pero aunque discutamos, eso no quiere decir que yo me vaya a ir, porque para que yo me vaya y te deje a ti y a ella, tiene que ocurrir algo muy... muy... muy grave y eso no voy a permitir que ocurra, ¿de acuerdo?
El niño asiente. Lo cojo de la mano y hago que se siente sobre mis piernas. Todavía me sorprende haber conseguido esa cercanía y, cuando me abraza y apoya su cabecita en mi hombro, murmuro:
—Me encantan tus abrazos, ¿lo sabías?
Noto que sonríe y, durante más de cinco minutos continuamos así, sin hablar y sin movernos, hasta que él, mirándome de nuevo, dice:
—A mí me encanta que vivas con nosotros.
Ambos reímos y volviéndome a sorprender, añade, cogiendo mi mano:
—Ya que Laura se ha ido, quiero que el regalo sea para ti.
—¿Estás seguro?
Flyn asiente y yo cojo el regalo.
Abro el papel y sonrío al ver una pulserita hecha a mano con las piezas de un juego de las Bratz de mi sobrina, que, curiosamente, es de mi color preferido: ¡Lila!
—Es preciosa, ¡me encanta!
—¿Te gusta?
—Por supuesto que me gusta. —Y, poniéndomela, extiendo la mano y pregunto—: ¿Qué tal la ves?
—Te queda muy bien. Además, la hice de tu color preferido.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo dijo Luz y recuerdo que un día la tía también lo comentó.
Saber eso me hace sonreír y, dándole un beso, murmuro:
—Gracias, cariño. Me encanta el regalo.
—No discutas con la tía por mí.
—Flyn...
—Prométemelo —insiste.
Deseosa de que vuelva a sonreír, pongo mi pulgar junto al suyo y afirmo:
—Te lo prometo.
Me abraza con fuerza. Tan fuerte que hasta me hace daño en los hombros, pero no me quejo y, dispuesta a que ese niño sea feliz sí o sí, digo haciéndole cosquillas:
—Te voy a comer a besos, ¿sabes?
Él suelta una carcajada y yo, encantada, me río también, hasta que de pronto los dos somos conscientes de que Yulia está en la puerta. Nos mira. Su mirada, como siempre, me impacta. Se acerca a nosotros y, agachándose para estar a nuestra altura, dice:
—Punto uno —eso me hace sonreír—, Lena no se va a ir de nuestro lado nunca, ¿entendido? —El crío asiente y Yulia prosigue—: Punto dos, compraremos una moto para un niño de tu edad, así podrás comenzar las clases con Len. Y punto tres, ¿qué te parece si ahora nos vamos de compras para que Len sea la más guapa en la Oktoberfest?
Flyn parpadea, se tira a los brazos de su tía  y después sale corriendo de la cocina. Yo todavía no entiendo nada. ¿Qué ha pasado? No me muevo cuando mi loca lobita, arrodillada ante mí, murmura:
—Muy... muy... muy... muy grave tiene que ser lo que ocurra entre tú y yo para que te deje marchar, ¿entendido, gatita?
Al escuchar eso, sonrío y pregunto:
—Has escuchado la conversación, ¿verdad?
Yul asiente y, acercando su boca a la mía, susurra:
—He escuchado lo suficiente como para saber que mi sobrino y yo estamos locos por ti y que ya no sabemos vivir sin nuestra pelirroja.
Me desarma...
Sus palabras derriban todas mis defensas...
La beso y, gustosa, responde. Le deseo desesperadamente y cuando mis manos la agarran con más pasión, Yul me para y dice:
—Aunque lo que más deseo en el mundo en este momento es desnudarte y hacerte mía mil veces, ahora no puede ser.
Yo protesto.
Ella sonríe y dice al ver mi cara:
—Flyn regresará en seguida para que nos vayamos de compras.
—¿De compras, adónde?
Una vez nos levantamos las dos, mi chica me besa... me besa... me besa y, cuando he perdido el sentido común por completo, dice, dándome un empujoncito en el trasero:
—Vamos, debemos ir a comprarte algo bonito para la gran fiesta de Múnich.

Horas después, en una tienda de lo más típica, nos encontramos con Dexter y Graciela. Al vernos, vienen a nuestro encuentro y me divierto comprando los trajes típicos bávaros. ¡Nos vamos de fiesta!


Continuará...



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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Lun Dic 29, 2014 9:36 pm

"Pídeme Lo Que Quieras O Déjame"


Capítulo 11


Dos días después comienza la Oktoberfest, la fiesta de la cerveza más importante del mundo. Yulia ha quedado allí con los amigos y la familia.
Cuando termino de vestirme, me miro al espejo. Parezco una campesina alemana con el dirndl, que es el traje típico, compuesto por falda larga, delantal, corpiño y blusa blanca. Divertida, empiezo a hacerme unas trenzas y, al mirarme al espejo, sonrío. Estoy convencida de que mi apariencia lozana a Yul le encantará.
Suena una llamada en la puerta de mi habitación y entra Flyn. Está guapísimo con sus pantalones cortos de cuero marrón, sus tirantes, el gorrito verde y la chaqueta de paño grisácea.
—¿Estás preparada?
—Pero qué guapo estás, Flyn.
El pequeño sonríe y yo, dándome una vuelta ante él, pregunto:
—¿Parezco una alemana así vestida?
—Estás muy guapa, pero te pasa como a mí, no tenemos cara de alemán.
Ambos nos reímos y, divertida por lo que ha dicho, me hago la otra trenza.
—Dile a tu tía que bajo en cinco minutos.
El crío sale despepitado de la habitación y, cuando termino de peinarme y me doy la vuelta, me sorprendo al ver a Yulia apoyada en el quicio de la puerta.
Me mira... y luego dice con una sonrisa torcida:
—No sé cómo lo haces, pero siempre estás preciosa.
Se me reseca la boca.
Madre mía, qué pedazo de mujer tengo.
Aquí la guapa, la preciosa, la impresionante, la alucinante ¡es ella!
Vestida con unos pantalones largos de cuero marrón oscuro, una camisa beige y unas botas marrones de taco y caña alta está impresionante. Nunca imaginé que vestida de bávara moderna Yulia pudiera estar tan sexy.
Por cierto, me gusta cómo le queda el cuero. Debo exigirle que se compre algo de ese material.
Cuando consigo reaccionar, repito la misma operación que segundos antes de hecho con Flyn. Me doy una vueltecita y, cuando vuelvo a mirar a Yul, sus manos ya están en mi cintura y me besa con aire posesivo.
Oh, sí... adoro esta intensidad.
Sin cortarme un pelo, me agarro a su cuello, salto y, rodeándole la cintura con las piernas, digo:
—Si sigues besándome así, creo voy a cerrar la puerta, echar el cerrojo y la fiestecita la vamos a organizar tú y yo en la habitación.
—Me gusta la idea, gatita.
Nuevos besos...
Mayor intensidad...
—Pero ¿qué hacéis? —pregunta Flyn, sorprendiéndonos—. Dejad de besaros y vámonos de fiesta. Todos nos esperan.
Nos miramos y sonreímos.
Y al ver que el pequeño, con los brazos en jarras, no se mueve de la puerta esperando que nosotras salgamos, Yulia me deja en el suelo y murmura:
—Esto no acaba aquí.
Divertida, asiento y corro tras Flyn, mientras sé que Yul sonríe y camina detrás de mí.
Dexter y Graciela nos esperan y están monísimos con sus trajes bávaros. Una vez estamos todos, nos despedimos de Simona, que se niega a acompañarnos, y subimos al coche.
Norbert nos deja lo más cerca posible de la explanada Theresienwiese, lugar donde se celebra la multitudinaria fiesta.
El tumulto es increíble y, sorprendida, le digo a Yulia:
—¿Te puedes creer que esto me recuerda a la Feria de Abril de San Petersburgo?
Yulia suelta una carcajada y yo añado:
—Eso sí, aquí vais vestidos de bávaros y bebéis cerveza y allí vamos de zares y zarinas y bebemos Vodka.
Mi lobita, feliz, me da un beso en la cabeza, mientras cientos de alemanes y extranjeros vestidos de todas las maneras posibles se disponen a divertirse entre música y litros y litros de cerveza.
Yulia agarra mi mano con fuerza y con la otra sujeta a Flyn. No quiere perdernos a ninguno de los dos y, mirando a Dexter y Graciela, dice:
—Seguidme.
Caminamos entre la gente y me fijo en que las casetas llevan los nombres de las marcas de cerveza. Al llegar a una de ellas, el grandullón que hay en la puerta, al ver a Yul, nos deja pasar. Suena música. La gente canta, baila y bebe. Se lo pasan bien, ¡qué guay! Yulia se para, mira a su alrededor y, cuando localiza lo que busca, seguimos andando.
—Esto está a reventar de gente —grito.
Ella asiente y dice:
—Tranquila, nosotros tenemos nuestro sitio reservado todos los años.
Al fondo, entre el tumulto, de pronto veo a Frida y Larissa con el pequeño Glen en brazos, mientras Marta y Andrés bailan.
—Pero ¿quién ha venido? —grita Larissa al ver a su nieto.
Tras abrazarla, Flyn comienza a hacerle monerías a Glen, que le sonríe.
Frida, contenta de verme, me mira y exclama:
—Chicaaaaaaaa..., te pongas lo que te pongas te queda bien.
Yo sonrío con picardía y, acercándome a ella, respondo:
—Eso, más que a mí díselo a mi mujer. ¿Has visto qué guapa está?
Mi buena amiga la mira de arriba abajo y dice:
—La verdad es que sí, tu mujercita tiene muy buena planta, pero mi Andrés también está muy guapo y... bueno... bueno... para guapo el que viene, y lo bien acompañado que va.
Sigo la dirección de su dedo y veo que Björn, en todo su esplendor, llega del brazo del caniche Fosqui y de otra rubia más. La gente los mira. La tal Agneta es muy conocida por salir en la televisión y pronto la rodean para pedirle autógrafos.
Al acercarse puedo ver que la otra rubia es Diana. Björn consigue arrancar a su chica de las garras de sus fans y cuando llegan hasta nosotros, tras darle un beso a él, intento ser amable con la presentadora.
—Hola, Agneta.
Ella me mira y, tras repasarme de arriba abajo, dice:
—Perdona, no recuerdo tu nombre, ¿cómo te llamabas?
—Elena.
—Ah sí, es cierto. —Y, volviéndose hacia su amiga, añade—: Ésta es Elena.
Diana asiente. Ya nos conocemos y, acercándose a mí, dice:
—Encantada de volver a verte, Elena.
Mi estómago se contrae al recordar lo que esta mujer sacó de mí aquella noche en el local de intercambio de parejas, me encanta, y acalorada, respondo:
—Yo también estoy encantada.
De pronto, oigo que el caniche estreñido exclama:
—¡Yulia! Qué alegría volver a verte. Ven, quiero presentarte a Diana.
La madre que parió a Fosqui.
¿Se acuerda del nombre de ella y no del mío?
Esta tía si me gustaba poco, ahora menos.
Como si me leyera la mente, mi guapa esposa las saluda a ella y a Diana, pero luego, inmediatamente se acerca a mí. Sabe lo que pienso. Por ello, a pesar de ser mas pequeña que yo me coge en brazos y, levantándome delante de todos, dice:
—Amigos, es el primer Oktoberfest de mi preciosa mujer en Alemania y me gustaría que brindarais por ella.
En ese momento, todos los alemanes, conocidos y desconocidos, que hay a nuestro alrededor levantan sus enormes jarras de cerveza y, tras dar un grito de guerra, brindan por mí. Yo sonrío y Mi lobita me besa.
¡Se acabó mi mala leche!
Flyn quiere ir a montar en las atracciones y Marta y yo nos ofrecemos voluntarias para acompañarlo. Necesito que me dé el aire.
Cuando salimos de la carpa, la muchedumbre nos absorbe. Marta me mira y yo le indico que no se preocupe que voy tras ella. Cuando llegamos a una de las atracciones para niños, Flyn se monta encantado. Marta y yo lo esperamos.
—Madre mía, qué melopea llevan ésos. —Señalo a unos que van borrachos hasta las trancas.
Marta sonríe y responde:
—Tienen pinta de ingleses. ¿Sabes cuál habrá sido su problema? —Yo niego con la cabeza y Marta me aclara divertida—: Seguro que han intentado seguir el ritmo cervecero de algún alemán y lo que no saben es que la cerveza que se sirve en esta fiesta es mucho más fuerte de lo habitual. —Yo me río a carcajadas—. Pero si la jarra más pequeña es del tamaño de un libro, ¿qué te puedes esperar?
Entre risas, esperamos a que Flyn acabe y, cuando lo hace, corremos a un par de atracciones más. Cuando regresamos de nuevo a la carpa, mi Yul me guiña un ojo y Frida me coge de la mano y me hace subir a una de las mesas para cantar una canción típicamente alemana. Divertida, los sigo. Curiosamente, me la sé y Yulia sonríe junto a su madre.
Cuando voy a bajar de la mesa, un hombre se acerca a mí y me ayuda. Me coge por la cintura y, cuando estoy en el suelo, dice sin soltarme:
—¿Sabes que eres una joven muy bonita?
Yo sonrío, se lo agradezco y me voy con mi grupo, pero al acercarme me paro y siento que la furia sube por todo mi cuerpo a borbotones al ver a Amanda frente a Yulia.
¿Qué hace aquí Amanda?
¡Odio a esa maldita mujerrrrrrrrrrrrrr!
Me pica el cuello. Me rasco y maldigo en Ruso, para que nadie me entienda.
De repente, ella me ve. Yulia, al ver su gesto incómodo, mira y me ve también. Molesta, me doy la vuelta y me encuentro de frente con el hombre que segundos antes me piropeaba y que pronto me doy cuenta de que está como una cuba.
—Hola de nuevo, preciosa.
No le respondo y él insiste:
—Déjame invitarte a una cerveza.
—No, gracias.
Me doy la vuelta. Estoy cabreada, muy cabreada, cuando siento que alguien me coge de la cintura. Maldito borracho. Me inclino y lanzo un codazo hacia atrás para alejarlo de mí con todas mis fuerzas. Oigo una protesta y, al darme la vuelta, mi corazón se desboca al ver a Yulia, que, encogida, me mira y gruñe:
—Pero ¿qué te ocurre?
Su reacción me indica que le he hecho daño.
¡Madre mía, qué bruta soy!
Me paralizo. Ella se recupera, me coge con fuerza de la mano y, sin soltarme, me lleva hasta un lateral de la carpa. Cuando llegamos, dice enfadada:
—¿A qué ha venido darme ese codazo?
Voy a responder, pero no me deja e, inmediatamente, continúa:
—Si es por Amanda, es alemana y está en su derecho de venir a la fiesta. Y antes de que sigas echando humo por las orejas, o propinando salvajes codazos, déjame decirte que no se me ha insinuado, no ha intentado ligar conmigo y no ha hecho nada de lo que se tenga que avergonzar, porque valora su trabajo y sabe que no quiero que nos ocasione problemas. Ella en su momento lo entendió, ¿lo has entendido por fin tú?
No pienso decir nada.
¡Me niego!
No voy a contestar. Sigo molesta por haberla visto.
Yulia espera... espera... espera y cuando veo que desespera, suelto:
—Vale. Entendido.
Su gesto se relaja. Me toca el pelo y murmura:
—Pelirroja..., sólo me importas tú.
Me va a besar, pero yo me retiro.
—¿Me acabas de hacer la cobra, señora Volkova?
Su gesto, su voz y su risa, consiguen que finalmente yo sonría y responda:
—Ten cuidado, o la próxima vez te haré la víbora, ¿entendido?
Yulia suelta una carcajada, me abraza y regresamos junto al resto de los amigos, donde me quedo sin habla al ver a Graciela sentada sobre las piernas de Dexter mientras él la sujeta y la besa. Vaya... creo que estos dos han vuelvo a beber cerveza de Los Leones.
Al verlos, Yul me mira y murmura:
—Aquí besa todo el mundo menos yo.
Su ironía me hace gracia y, volviéndome hacia ella, me agarro a su cuello con actitud posesiva y, mirándola a los ojos, le pido:
—Bésame, tonta.
No se hace de rogar. Me besa ante todo el mundo y su madre es la primera en brindar y beber un trago de cerveza.
No vuelvo a ver más a Amanda. Se ha escabullido.
Entrada la noche, la fiesta continúa. Björn se marcha con sus amigas y Marta con Arthur. Frida y Andrés se van con el pequeño Glen, que ya está cansado, y Dexter y Graciela se quieren ir a casa. Tienen prisa y yo sonrío al ver la cara de la chilena.
Yulia, sin preguntar, llama a Norbert con el móvil y quedan en el mismo lugar donde nos dejó. Cinco minutos más tarde, Dexter y Graciela, acompañados por Larissa y Flyn, desaparecen y Yul murmura en mi oído:
—Creo que esta noche alguien lo va a pasar muy bien en nuestra casa.
Eso me hace sonreír.
Por fin, los dos le van a dar un gustazo al cuerpo y, si todo funciona bien, quizá se den una oportunidad.
Durante una hora, Yulia y yo lo pasamos bien divirtiéndonos, hasta que le vibra el móvil y, tras leer el mensaje, me dice:
—Es Björn.
Nuestros ojos se encuentran. Nos miramos durante unos segundos y ella añade:
—Está en un local de intercambio llamado «Sensations» y nos pregunta si nos apetece ir.
Mi cuerpo se calienta. Sexo. Y veo cómo mi pelinegra curva la comisura derecha de la boca y dice:
—Sólo iremos si tú quieres.
¡Uf, qué calor!
Acalorada como estoy ya por tanta bebida, esto directamente me abrasa.
Bebo de mi cerveza mientras Yul me observa. Me pongo nerviosa y, finalmente, pregunto:
—¿Estarán las dos mujeres que lo acompañaban?
Yulia me mira. Ha intuido que el caniche y yo somos dos razas incompatibles y responde:
—Sólo Diana.
Saber que el caniche no estará me hace sonreír y entonces experimento un morbo increíble al ser consciente de que tres depredadores quieren jugar conmigo. Yulia, Björn y Diana. Me gusta la idea.
El corazón se me acelera y Yul, al intuir lo que pienso, murmura elevando más mi calentón:
—Quiero ofrecerte. Quiero follarte y quiero mirar.
Asiento...
Asiento...
Asiento...
Y finalmente respondo con un hilillo de voz, mirándola a los ojos.
—Lo deseo, Yul. Lo deseo mucho.
Mi chica sonríe. Teclea algo en el móvil y, segundos después, dice levantándose:
—Vámonos.
La sigo al fin del mundo, mientras mi cuerpo se revoluciona y mi mente piensa, ¡sexo!


Continuará...


Bueno eh cumplido y puse 3 capítulos, en unos días mas publicaré la conti, y aviso que será demasiado calurosa Wink Razz nos leemos pronto study FELIZ AÑO NUEVO santa Smile
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por wendra222 el Mar Dic 30, 2014 7:43 am

Muy bueno me encanta cada ves mas la historia, que pases un feliz año

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por SweetMess el Vie Ene 02, 2015 5:09 pm

Me encantaa! Feliz año para vos tambien Smile
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Vie Ene 02, 2015 6:54 pm

Buenísimo el cap :-P
Feliz Año!!! :-D
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

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