Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Feb 04, 2015 2:30 pm

Aquí la continuación de esta historia.  Cool


PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...


Capítulo 27

El día de Reyes con mi familia aquí, vuelve a ser todo como yo lo recordaba. Risas, jaleo y regalos. Todos nos damos uno y al abrir el de mi hermana y encontrarme un conjuntito para Medusa me emociono. Es de color rosa y ella dice:
—Como ya sabemos lo que es, ¡rosa!
Todos ríen y yo lloro, ¡faltaría más!
Cuando creo que ya no hay más regalos, Yulia me sorprende. ¡Tiene regalos para todos! Para mi padre, Juan Alberto y Norbert, unos relojes, para las niñas, ropa y juguetes, y para mi hermana y Simona, unas bonitas pulseras de oro blanco. Tras entregar todos los regalos, nos mira a Flyn y a mí y, dejándonos boquiabiertos, nos da dos sobres. ¿Otra vez sobres?
Flyn y yo nos miramos. Resignación. Pero al abrirlos nuestra expresión cambia.
Para ver el regalo, id al garaje.
Entre risas, nos cogemos de la mano y corremos hacia allí. Todos nos siguen y, al abrir la puerta, los dos soltamos un chillido. ¡Motos!
Dos Ducatis preciosas y relucientes.
Flyn se vuelve loco al ver una moto de su altura y yo lloro. ¡Ante mí está mi moto! ¡Mi Ducati! La reconocería entre doscientas mil.
Yulia, al ver mi reacción, me abraza y dice:
—Sé lo importante que es para ti. Han respetado todo lo que han podido de ella, pero otras cosas han sido reemplazadas. Tu padre le ha echado un ojo y dice que ahora está mucho mejor.
La abrazo, me la como a besos y mi padre, que nos observa encantado, dice:
—Lenoshka, si antes tu moto era buena, ahora es mejor. Eso sí, hasta que tengas a la bebé no te quiero cerca de ella, ¿entendido?
Asiento emocionada y Yulia afirma:
—Tranquilo, Sergey. De que no se acerque me ocupo yo.
El 10 de enero, tras unas estupendas fiestas navideñas, mi familia y Juan Alberto regresan a Rusia en el avión de Yulia. Como siempre, cuando me despido de ellos la tristeza me embarga y en esta ocasión por ración doble. Yulia me consuela, pero esta vez no se lo pongo fácil y lloro, lloro y lloro.
Dos días después volvemos a ir al aeropuerto para despedir a Frida, Andrés y el pequeño Glen.
—Te voy a echar mucho de menos —lloriqueo.
Mi amiga me abraza con una encantadora sonrisa.
—Yo a ti también. Pero tranquila, en cuanto nazca Medusa aquí me tienes.
Asiento. Andrés me coge por la cintura.
—Llorona, tienes que venir a vernos a Suiza. ¿Me lo prometes?
—Se intentará —asiente mi pelinegra.
Björn, que en ese instante se despide de Frida, al ver que ella se emociona, comenta divertido:
—Oh... oh... otra llorando. ¿No estarás embarazada?
Yo suelto una carcajada y Frida, dándole un manotazo, responde:
—¡No digas eso ni en broma!
Tras despedirnos de nuestros buenos amigos y verlos pasar por el arco de seguridad, Yulia y Björn me agarran cada uno de un brazo y nos marchamos hacia el coche. Durante el camino no puedo dejar de llorar. Ella y el se ríen y yo grito desconsolada:
—¡Odio mis hormonas!
Al día siguiente, aburrida, me pongo a guardar los adornos navideños y veo los papelitos de los deseos. Sonrío al recordar que los leímos entre risas la mañana de Reyes y, sin poder evitarlo, los releo y me emociono con los de Flyn, que dicen «Quiero que Len deje de vomitar», «Quiero que la tia se ponga buena de los ojos» y «Quiero que Simona aprenda a hacer Borshch».
Sonrío y soy feliz. Nunca leí los que el pequeño escribió el año anterior, pero estoy segura de que no eran tan maravillosos como éstos. Casi mejor no haberlos leído.
Me encuentro bien. Hoy de momento no he vomitado. Cuando acabo de recoger los adornos, decido dar un paseíto por el campo con Susto y Calamar. Los perros, al ver que cojo las correas, saltan locos de felicidad.
¿Cuánto tiempo llevo sin hacer esto?
El campo está precioso. Ha nevado y es una maravilla mirar a mi alrededor. Durante un buen rato, cojo piedras y las tiro. Susto y Calamar corren como dos descosidos tras ellas. Después de pasar un ratito muy agradable, los tres regresamos a casa. Hace un frío que pela y tengo las manos amoratadas y muy mojadas.
Por la tarde, cuando regresa Yulia, se enfada al enterarse de que he salido sola a dar un paseo con los perros.
—No me enfado porque hayas salido, Len, sino porque hayas ido sola.
—¿Y qué querías que hiciera? —grito—. Simona no estaba y a mí me apetecía dar un paseo.
Yulia me mira y finalmente dice:
—¿Y si te hubieras encontrado mal de pronto, qué?
Estamos en plena confrontación en su despacho, cuando se abre la puerta y aparecen Flyn y Björn. Nosotras nos callamos y el pequeño corre hacia mí, me abraza y, mirando a su tía, le suelta:
—¿Por qué siempre te enfadas con la tía Len?
—¿Cómo dices? —pregunta Yulia. 
Flyn, con su característica voz de enfado, tan igual a la de su tía, responde:
—¿No ves que no se encuentra bien? No le grites.
Yulia lo mira y, molesta, responde:
—Flyn, no te metas donde no te llaman, ¿entendido?
—Pues no le grites a Len.
—Flyn... —advierte Yulia, mirando a su sobrino.
El pequeño me mira a mí. Lo conozco y sé que va a saltar, por lo que, antes de que suelte nada más, le digo:
—Anda, cariño, ve con Simona y dile que hoy quiero merendar contigo, ¿te parece?
El crío asiente, mira a su tía con una de sus gélidas miradas y se va. Una vez nos quedamos los tres solos, Björn se acerca y, tras darme un cariñoso beso en la mejilla, dice, mirando a su amiga:
—Vaya, vaya, veo que ahora el apoyo lo tiene Len.
Yul sonríe y asiente.
—Flyn ha decidido sobreproteger a su tía mamá Len. No hay cosa que no diga a la que él no tenga que decir la última palabra. Es más, estoy segura de que hoy por hoy prefiere que me vaya yo de casa antes que ella.
—No lo dudes —me mofo, ganándome una mirada azulada.
Björn sonríe y, tras dejar una carpeta sobre la mesa de Yulia, dice:
—Si vais a empezar a discutir, me voy.
—La que se va soy yo. Tengo hambre y quiero merendar.
Sorprendida por mi apetito, Yulia se acerca a mí y pregunta:
—¿Tienes hambre?
Asiento. Es la primera vez en mucho tiempo que afirmo eso y, feliz, contesta:
—Come todo lo que te apetezca, cariño.
El doble sentido que le doy yo a esa frase me hace reír, pero sin decir nada, salgo del despacho y voy hasta la cocina. Allí, Simona está preparando un bocadillo para Flyn y, al verme, me pregunta:
—¿Es cierto que quieres merendar?
Asiento, cojo el plum cake de chocolate y vainilla que ella hace y, poniéndolo sobre la mesa, murmuro:
—Me muero por comerlo.
Simona y Flyn sonríen y yo me pongo morada de plum cake.
Los días pasan y mis náuseas desaparecen.
¡Soy feliz!
De pronto comienzo a recobrar fuerzas y todo lo que me daba asco meses atrás ahora me parece rico y colosal. Vuelvo a escuchar música y vuelvo a bailar.
Yulia no cabe en sí de alegría al verme bien y yo ni te cuento. Por fin soy capaz de desayunar y que me siente bien. Día a día, me atrevo a comer más cosas y de pronto soy consciente de que engullo como un verdadero animal. ¡Soy un saco sin fondo!
Me abono al plum cake de Simona y al helado. Todo el rato me apetece comerlos y Yulia, con tal de darme el gusto, llena el congelador de todos los sabores, mientras que Simona se pasa el día entero haciendo plum cake. Me miman cantidad.
Yul y Flyn vuelven a las andadas. En cuanto me descuido, se tiran en el sofá y juegan durante horas con la Wii. Eso a mí me pone enferma. Aunque ya los he acostumbrado a no tener a todo trapo la música del juego en cuestión.
Mientras ellos juegan, yo leo los libros que me he comprado sobre bebés y partos. En ocasiones leo cosas que me ponen la carne de gallina, pero he de ser fuerte y continuar. Debo estar informada. ¡Voy a ser mamá!
Una tarde de sábado, tras convencerlos de dar una vuelta por el campo con los perros, al llegar estamos todos congelados. Hace un frío de mil demonios y si nos ponemos malos tendré que asumir que la culpa fue mía. Los he obligado a salir aunque ellos no querían.
Cuando llegamos, tía y sobrino hacen lo de siempre, cogen la Wii y se ponen a jugar. No sé quién es más niño y niña de los dos. Durante más de una hora, juego con ellos, pero cuando ya me duelen los dedos de tanto darle al mando, decido retirarme y darme un bañito en el precioso jacuzzi que tenemos.
Subo a mi habitación, me llevo un zumito, preparo el jacuzzi, enciendo unas velas que huelen a melocotón y pongo mi CD de música chill out para relajarme. ¡Perfecto! Cuando el jacuzzi está lleno, me meto con cuidado en él y, una vez dentro, murmuro:
—Oh, sí..., esto es vida.
Cierro los ojos y me relajo.
La música suena y noto cómo mi cuerpo libera tensiones segundo a segundo. Disfruto de este momento de paz. Me lo merezco. Pero la puerta del baño se abre y entra Flyn.
¡Se acabo la paz!
Lo miro y, divertida, veo que se pone una mano en los ojos para no verme los pechos y dice:
—Me voy con la tía Marta a su casa.
—¿Ha venido Marta?
—Sí, ¡aquí estoy!
Tras ella entra Yulia y mi relajante baño se ha ido al garete.
—¿Cómo es que has venido? ¿Pasa algo? —pregunto.
Mi cuñada sonríe y, guiñándome un ojo, contesta:
—Resulta que he estado con mi amiga Tatiana, hemos pasado por su casa y me ha dejado aquel vestidito que le pediste hace tiempo. Ya sabes, el azul. Por cierto, lo he dejado en tu armario. —Me entra la risa al pensar en el vestidito azul—. Y como mañana voy a ir a montar en globo con Arthur, he pensado que quizá a Flyn le guste venir.
—Sí, sí, sí, quiero ir. ¡Guayyyyy!—grita el niño.
Miro a Yulia. Está seria. Como siempre, valora los pros y los contras de montar en globo y cuando veo que duda, digo:
—Me parece perfecto, Flyn. Pásatelo bien, cariño.
—Gracias, mamá.
Cada vez que me llama así, el corazón me salta de felicidad.
Yulia me mira. Yo sonrío y, cuando el niño me da un beso y corre hacia su tía, la mira y dice:
—Te prometo que haré caso en todo a la tía Marta..., mami.
Me río. Anda que no es listo mi pitufo gruñón.
Al final, mi Icegirl se descongela. Sonríe, abraza al pequeño y, tras darle un beso en la cabeza, contesta:
—Pásatelo, bien. —Y mirando a su hermana, añade—: Vigílalo, por favor. No quiero que pase nada.
Marta, divertida por sus palabras, pone los ojos en blanco y grita mientras se marcha:
—Vamos, Flyn. Ven que te ponga el collar y el bozal.
Cuando todos salen del cuarto de baño, me vuelvo a tumbar. Vuelvo a cerrar los ojos e intento relajarme otra vez.
Musiquita...
Tranquilidad...
Casi lo consigo, cuando la puerta se abre de nuevo y Yulia entra. Antes de que diga nada, al ver su mirada la tranquilizo:
—No va a pasar nada, cielo. Marta cuida muy bien de Flyn.
Mi lobita no responde, pero se acerca al jacuzzi. Sé que mira mis pezones. Con el embarazo se me están poniendo de un rosa oscuro y enormes y, tentándola, murmuro, mientras señalo lo que mira:
—¿Me das un besito aquí?
Yulia sonríe, se acerca y, cuando me está besando el pezón, tiro de ella y la hago caer vestida en el jacuzzi. Con su caída, el agua rebosa y todo el suelo del baño se encharca. Yo me río y, cuando ella va a protestar, al verme reír hace lo mismo.
Pero el rostro se le contrae al apoyarse y quemarse con una de las velas encendidas.
—¿Te has quemado? —me preocupo.
Yulia se mira la mano y responde:
—No, cariño, pero cuidado con tanta vela o al final nos visitarán los bomberos.
Ese comentario me hace reír y, cuando consigo quitarle la ropa y dejarla desnuda en el jacuzzi a pesar de sus protestas, salgo del agua y, con cuidado de no resbalar en el suelo mojado, tiro doscientas toallas en él y digo, mientras las pisoteo:
—Tengo una sorpresa para ti.
—¿Una sorpresa?
Asiento divertida, mientras abro la puerta para salir.
—Dame dos minutos y no te muevas de ahí.
Feliz por encontrarme tan bien, voy hasta el armario donde Marta me ha dejado ¡el vestidito azul! ¡La voy a sorprender!
Ataviada con un traje de bombero que me queda algo grande, entro en el baño y, ante la cara de sorpresa de mi lobita favorita, digo:
—¿Esta dama ha llamado a los bomberos?
Yulia suelta una carcajada.
—Pero ¿de dónde has sacado ese traje?
—Me lo ha dejado una amiga de tu hermana.
—¿Para qué?
Ay, qué poca imaginación tienes aveces eh. Mirándola, respondo:
—Para hacerte un striptease, chatungo.
—¿Un striptease? —pregunta boquiabierta.
Yo digo que sí con la cabeza y añado:
—Nunca te he hecho uno en condiciones.
Mi pelinegra sube las cejas, se repanchinga en el jacuzzi y asiente encantada.
Feliz por el efecto causado, voy hasta el equipo de música, saco el CD que suena y meto otro. Instantes después, una música comienza a sonar y Yulia, al identificarla da una palmada y ríe a carcajadas.
Madre..., madre..., ¡me la como cuando ríe así!
¡Empieza el espectáculo!
La voz sugerente de Tom Jones comienza a cantar Sex bomb y yo, sin un ápice de vergüenza, me contoneo al compás de la música. Me quito la enorme chaqueta con sensualidad y la tiro a un lado. Yul silba. Después el casco y muevo los rizos al más puro estilo Hollywood. Yulia aplaude, vuelve a silbar y yo me animo mientras canto:
Sex bomb, sex bomb you´re a sex bomb.
You can give it to me when I need to come along.
Sex bomb, sex bomb, you´re a sex bomb.
And baby you can turn me on.
Pieza a pieza, me voy despojando del traje de bombero mientras mi lobita me mira como a mí me gusta, con deseo. Sé que esto le está gustando. Me lo dice su expresión y la intensidad de su mirada. Bailo, me contoneo y me siento una stripper para ella. Cuando desnuda me meto en el jacuzzi, Yulia me besa y murmura:
—Me encanta tu tripita pequeña.
Sonrío y, cuando llega a mis pechos, murmura:
—Tienes los pechos más bonitos que nunca.
Eso me da risa. Realmente, el embarazo me hace tener unos pechos increíbles. Cada vez que me los miro en el espejo me encantan, veo como están mas grandes de lo normal, pero sé que cuando nazca Medusa volverán a su tamaño normal que por cierto no es nada pequeño.
Yulia me besa...
Yulia me toca...
Yulia me mima...
Excitada por el espectáculo que le he ofrecido, mi amor me agarra por la cintura y, sentándome sobre ella en el jacuzzi, me penetra con delicadeza, mientras murmura con voz cargada de sensualidad:
—Eres realmente una bomba sexual, gatita.
—Sí... y esa bomba está a punto de explotar.
Yulia sonríe y, cuando voy a agarrarme al jacuzzi para empalarme más en ella, me para y dice:
—Déjame a mí, cariño. No quiero hacerte daño.
—No me lo haces.
—Con cuidado, cariño... Así... despacito.
Pero yo no quiero ni cuidado ni despacito. Quiero pasión y fuerza.
—Len... —me regaña.
—Yul... —la reto.
Mi lobita me mira, se para y dice, estropeando el bonito momento:
—Len, o lo haces con cuidado para no dañarte o no hacemos nada.
La miro. Tengo dos opciones, enfadarme y mandarla a paseo o aceptar pulpo como animal de compañía.
Al final me decido por la segunda opción. ¡Quiero sexo!
Permito que sea ella quien marque el ritmo. Dejo que se limite y me limite y, aunque lo pasamos bien, cuando llegamos al clímax sé que a ambas nos ha faltado nuestro rollito animal.
Por la noche, cuando nos acostamos, me besa y, cuando me abraza con ternura, murmura:
—Te adoro, bomba sexual.
En febrero entro en mi quinto mes y mi cuerpo ha experimentado muchos cambios. El primero, noto cómo Medusa se mueve. El segundo, mi tripita se está convirtiendo en una tripota. Como siga así, al final no ando, ¡ruedo!
Todo lo que adelgacé los primeros meses lo estoy engordado en un abrir y cerrar de ojos.
—Elena —dice mi ginecóloga al pesarme—, debes empezar a controlar tu dieta. En este último mes has engordado tres kilos y medio.
—Vale, lo haré —asiento.
Yulia me mira y sonríe. Intuye que miento y, cuando va a hablar, digo:
—Dame una dieta y la seguiré.
La ginecóloga abre una carpeta y, tras mirar varias, me entrega una y dice:
—Será lo mejor.
Yo sonrío, Yul sonríe y creo que hasta Medusa sonríe. Las dietas y yo no somos buenas amigas.
Hablamos con la doctora sobre las necesidades que tiene mi cuerpo y me informa que al mes siguiente, el sexto de mi embarazo, debo comenzar mis clases preparto. Asiento, escucho todo lo que me tiene que decir y finalmente pregunto:
—¿Puedo tener relaciones sexuales completas?
Yulia me mira. Sabe por qué lo pregunto y la ginecóloga contesta:
—Por supuesto que sí. Vuestra vida sexual debe ser normal.
—Normal de normal —insisto.
La doctora mira a Yul, luego me mira a mí y asiente:
—Totalmente normal.
Voy a preguntar si pueden ser algo más intensas que normales, pero la mirada de Yulia me pide que me calle. Le hago caso. No quiero incomodarla con mis preguntas tan directas.
Cuando llega el momento de hacer la ecografía, casi no puedo mirar a la pantalla. La cara de Yulia es tan expresiva con lo que ve, que me dan ganas de comérmela allí mismo a besos.
—Mirad, ¡está comiendo! —dice la ginecóloga.
Un «¡ohhhh!» algodonoso como los que suelta mi hermana sale de mi boca. ¡Qué maruja me estoy volviendo!
—Increíble —murmura Yulia, emocionada.
Divertida, las miro y digo:
—Es que a Medusa la alimento muy bien.
Yulia y yo miramos la ecografía 3D como dos bobas y sonreímos.
—Será una bebé bastante grande.
¡Stop!
¿Ha dicho grande?
¿Cómo de grande?
Eso me asusta. Cuanto más grande, más dolor para expulsarla.
Pero no quiero jorobar ese momento y me lo callo. Durante varios minutos, la mujer nos deja mirar la pantalla y, cuando finaliza la sesión, Sin importar nada Yul y yo nos miramos y nos besamos. ¡Todo va bien!
Cuando regresamos a casa, emocionadas con el vídeo que la doctora nos ha dado, se lo enseñamos a Flyn, a Norbert y a Simona. Todos miramos el televisor como tontos y nos ponemos el vídeo varias veces. Que mi humor vuelva a ser el de antes a todos congratula. Las risas han vuelto a la casa y todos están más dicharacheros.
Vuelvo a reír, a gastar bromas y a ser la Lena alocada de siempre y esa noche, cuando estamos en nuestra habitación, me siento junto a Yulia en la cama y pregunto:
—¿Has pensado algún nombre para Medusa?
Ella me mira y dice:
—Si fuera una pelirroja, me gustaría que se llamara Hannah, como mi hermana.
Asiento. Me gusta el nombre y me parece una idea preciosa.
—¿Y si fuera rubita? —pregunto.
Mi lobita me mira, me besa y contesta:
—Si es rubia lo eliges tú. ¿Cuál te gusta?
Pienso, pienso, y pienso y al final respondo:
—No lo sé. Quizá Inessa como mi madre, y le diríamos Inna.
Yulia asiente. Yo me acurruco contra ella y le susurro al oído:
—Te deseo.
Ella me mira y, tumbándome sobre la cama, murmura mientras me besa:
—Y yo a ti preciosa.
Oh, sí... Oh, sí...
Se acabaron los meses de sequía y malestar.
Deseo a mi Icegirl y ella me desea a mí. Sin parar de besarme, Yulia me quita las bragas, se mete entre mis piernas y, sin preliminares, introduce lentamente su pene en mí.
Jadeo...
Me vuelvo loca...
Dios mío, cuánto tiempo sin sentir este placer.
Y cuando enrosco las piernas alrededor de su cuerpo, Yul murmura:
—No, cariño... A ver si le vas a hacer daño a la bebé.
Me paro, la miro y, divertida, pregunto:
—¿Qué es lo que has dicho?
Aún dentro de mí, insiste:
—No quiero apretar en exceso, no le vayamos a hacer daño.
Me entra la risa.
¡Ay, que me meo!
Cree que le va a dar con el pene en la cabeza a Medusa. Cuando ve que me río, frunce el cejo y dice:
—No sé qué te da tanta risa. No creo estar diciendo nada del otro mundo.
Agarrando con fuerza su trasero, me empalo en ella y, cuando jadea, murmuro:
—Esto es lo que necesito. Dámelo.
Yulia se resiste y de nuevo repito la misma operación. Fuerza. Esta vez somos dos las que jadeamos.
Esa profundidad es lo que necesito, lo que anhelo. La respiración de Yulia se acelera. Lucha contra su instinto animal. Yo la provoco restregándome contra ella y al final pasa lo que tiene que pasar.
Yulia está tan caliente, tan ardorosa, tan excitada, que agarrándome las manos me las pone sobre la cama y sin pensar en nada más comienza a bombear dentro de mí con pasión terrenal y deleite. No la paro. Sus embestidas me hacen sentir viva. La necesito. Oh, sí.
Rota las caderas para darme más profundidad y yo chillo. La muerdo en el hombro y Yulia rechina los dientes mientras una y otra vez se hunde en mí y yo me vuelvo loca.
Disfruta. Disfruto. Disfrutamos. Nuestro instinto animal aflora y gozamos como locas nuestro caliente encuentro.
Cuando acabamos, las dos estamos jadeantes. Llevábamos mucho tiempo sin hacerlo así y yo murmuro con una gran sonrisa:
—Quiero repetir.
De un salto, Yulia se levanta y, antes de entrar en el cuarto de baño, contesta:
—No, gatita. No podemos hacerlo como lo hemos hecho.
Boquiabierta, voy a protestar cuando me mira y dice:
—Piensa en lo que pasó la última vez.
—Pero, Yulia...
—He dicho que no.
—Pero la necesito. Tengo las hormonas revolucionadas y...
—No, cariño. Por hoy basta.
Me entra calor.
Los ojos se me llenan de lágrimas y, como un osito llorón, comienzo a sollozar sentada en la cama. Menuda llorona me he vuelto. Me tapo la cara con las manos y Yulia dice, acercándose a mí:
—Gatita pelirroja, no llores. Enfádate conmigo, grítame, pero no llores.
Me quita las manos de la cara y, sin cortarme un pelo a pesar de lo horrorosa que me pongo cuando lloro, la miro y gimoteo con cara de chimpancé:
—Ya no te gustoooooooooooo.
—No digas eso, tesoro.
—Ya no te pongo nadaaaaaaaaaaaa. Tengo los pezones grandes y rosados fuerte y... y... estoy gorda... y fea y por eso no quieres hacer el amor conmigoooooooooooo.
Con paciencia, Yulia me seca las lágrimas.
—No, gatita. Nada de eso es verdad.
—Sí... es verdad —insisto—. Tú eres una mujer sexualmente muy activa y... y... yo una vacaaaaaaaaaaaaa lecheraaaaaaa.
Sonríe, se sienta a mi lado en la cama y, abrazándome, dice:
—Escucha, preciosa...
Pero yo no escucho y, entre hipos y lloros de lo más ridículos, continúo:
—Tengo miedo de que no me pidas lo que quieras y al final te aburras de mí y me dejesssssssssssss.
Yulia me mira y, sorprendida, pregunta:
—Pero ¿por qué te voy a dejar, cariño?
—Porque me estoy convirtiendo en un ser llorón, horrible, gruñón y deforme y no te gustoooooo. Ya no me buscas. Ni quieres jugar conmigo, ni me aprietas contra la pared para hacerme el amorrrrrrrrrrrr.
Mi lobita me abraza. Me acuna y, cuando los hipos parece que se calman, pide:
—Bésame.
La miro y, con un precioso gesto, dice:
—Te estoy pidiendo lo que quiero. Quiero que me beses ahora mismo.
Escuchar eso me hace llorar más. Pero ¿cómo soy tan tonta?
¿Realmente me estoy volviendo loca?
Berreo y me rasco el cuello. Con cariño, Yulia me tumba en la cama, me coge la mano para que no me rasque más y susurra, besándome:
—Eres lo más bonito y lo que más quiero y deseo en el mundo pelirroja. Eres preciosa. La mujer más bonita que para mí existe sobre la faz de la Tierra. Eres tan especial que tengo miedo de hacerte daño, ¿no lo entiendes?
—Pero ¿por qué me vas a hacer daño?
Ella clava sus impresionantes ojos en mí y contesta:
—Porque tú y yo somos unas salvajes cuando hacemos el amor.
En eso tiene razón, ¡somos tremendas! Pero insisto:
—Pero podemos seguir haciéndolo como siempre. Tendremos cuidado y...
—No, cariño, no podemos dejarnos llevar por el deseo.
—Pero si no vas a hacerle daño a Medusa. Yulia sonríe y, besándome la punta de la nariz, responde:
—Lo sé. Pero no te quiero hacer daño a ti. Tu cuerpo está experimentado demasiados cambios y tengo miedo. Ponte un instante en mi situación, por favor, cielo.
—Lo hago, Yulia, pero mis hormonas están totalmente enloquecidas y te necesito.
Vuelve a sonreír. Me da un beso, dos... seiscientos y, tras muchos besos calientes y morbosos, murmura:
—Ahora te voy a sentar sobre mí y vamos a repetir pero con cuidado, ¿entendido?
Asiento y sonrío. Lo he conseguido.
¡Vamos a repetir!
Qué caprichosa que soy.
Cuando me sienta sobre ella, dejo que su pene entre en mí lentamente y, gustosa, cierro los ojos. ¡Oh, sí! Sus manos rodean mi redonda cintura y, al estar de nuevo una dentro de la otra, Yul murmura con voz cargada de tensión:
—Dios... cómo me gusta tenerte así.
Abro los ojos y la miro. Su cara está frente a la mía y agarrándola del cuello la empujo para que me chupe un pezón. Los tengo ultrasensibles, pero me encanta que lo haga.
—Oh, sí... no pares.
No lo hace. Me complace mientras yo muevo las caderas en busca de mi placer.
Sí... Oh, sí... No quiero parar.
De pronto, aprieto las caderas contra ella y doy un respingo. Yul para y pregunta al ver mi gesto.
—Te ha dolido, ¿verdad?
No quiero mentir y asiento. Se le descompone el semblante y, besándola, murmuro:
—Déjame continuar.
—Gatita...
—Te necesito —susurro.
Como siempre, ella valora la situación y finalmente dice:
—Con cuidado, ¿de acuerdo?
Asiento. Apenas nos movemos.
Estar yo encima me da una profundidad extrema y cuando Yul no puede más, se levanta conmigo en brazos, me tumba sobre la cama y, conteniendo sus impulsos animales, juntas llegamos al clímax.
Esa noche, cuando apagamos la luz y nos abrazamos, me da un beso en los labios y dice:
—Nunca te voy a dejar, cabecita loca. Yo no sé ya vivir sin ti.


CONTINUARÁ...
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Feb 04, 2015 2:37 pm

PIDEME LO QUE QUIERAS O DEJAME...


Capítulo 28
Los días pasan y nuestras confrontaciones en nuestra habitación continúan.
Sigo demandando sexo y Yulia lo dosifica. Odio cuando hace eso.
Intento entenderle, pero mis hormonas no me lo ponen fácil.
¡Se rebelan!
En ocasiones, para evitar la discusión, Yul se queda hasta tarde en su despacho, trabajando. Lo sé. Sé que lo hace por eso, aunque me lo niegue. Sabe que cuando llega a la habitación estoy dormida como un tronco y no me despierto.
Comienzo mis clases preparto. Son dos días a la semana durante dos horas. Yulia me acompaña. No se salta ni una. Rodeadas por parejas heterosexuales y otras como nosotras hacemos todo lo que la profesora nos indica sobre la colchoneta y luego sobre unas enormes pelotas. Nos divertimos y aprendemos a respirar para cuando llegue el momento. Yo me troncho. Ver a Yulia soltar bufidos ¡es lo más!
En esos días comienzo a sentir pequeños latigazos dentro de mi cuerpo. Lo consulto con la ginecóloga y ella me comenta que son pequeñas contracciones, pero que no me tengo que preocupar. Es normal.
Pero yo me preocupo...
Me inquieto...
Me muero de miedo...
Cada vez que siento una, y eso que no me duele, me paralizo totalmente y Yulia se pone blanca al verlo. No sé quién se asusta más si ella o yo.
Algunas tardes voy a buscar a Flyn al colegio. Allí veo a mi nueva amiga María y me divierto con ella hablando de Rusia y sus costumbres. Ambas añoramos nuestros orígenes, nuestra familia, pero reconocemos que somos felices en Alemania.
El grupo de las cacatúas no ha vuelto a hablar de mí y lo sé de buena tinta. Una de ellas resultó ser amiga de María y ésta me comentó que, tras lo ocurrido, el colegio les envió una circular a cada una de ellas, donde Laila desmentía lo dicho y donde se advertía que cualquier nuevo comentario difamatorio sería demandado.
Sorprendida, lo hablo con Björn, y me confiesa que fue él quien envió esa carta desde su bufete para solucionar el tema del colegio.
Y, oye, hizo efecto. Hablar seguirán hablando entre ellas, pero el rumor murió.
Una tarde, cuando Yulia llega de trabajar me sorprende. Tras besarme, pide que me ponga guapa y me invita a cenar.
Me miro al espejo y no me gusto.
No soy sexy. Estoy ceporra. Tengo los tobillos hinchados y mi tripa despunta. Pero ante eso nada puedo hacer. No puedo esconderla. Al final, me pongo un vestido premamá modernito y mis botas altas, y cuando Yulka y Flyn me ven bajar, ambos exclaman:
—¡Qué guapa!
Sonrío y pienso que me lo dicen para hacerme sentir bien. ¡Qué monos!
Una vez en el coche, Yulia y yo estamos contentas. La noche promete y yo canturreo una canción de la radio llamada Ja, de un grupo alemán que me gusta mucho, Silbermond.
Und ja ich atme dich, Ja ich brenn für dich.
Ja ich leb für dich, Jeden Tag.
Und Ja ich liebe dich.
Und ja ich Schwör aur dich und jede meiner Fasern.
Sagt ja.
—Me gusta oírte cantar en alemán.
Apoyo la cabeza en el respaldo y digo:
—Es una canción muy bonita.
—Y romántica —afirma ella,
Cuando llegamos a la puerta de un precioso restaurante, el aparcacoches rápidamente se hace cargo de nuestro vehículo. Yulia baja y, cuando llega, me coge con fuerza la mano y entramos en el local. El maître lo saluda y nos guía hasta una bonita mesa.
La cena es maravillosa, y con el apetito que tengo me como lo mío y, si Yulia se descuida, lo de ella. Hablamos, reímos y volvemos a ser las de siempre, cuando de pronto me pregunta:
—¿Por qué no me dijiste lo de Máximo y mi madre?
La miro y flipo. ¡Ya la hemos liado!
¿Cómo se ha enterado de eso?
—¿A qué te refieres?
Yul ladea la cabeza y contesta:
—¿Crees que no me iba a enterar de que mi madre fue a una fiesta con tu amiguito del Guantanamera?
Me entra la risa. A ella no.
Recordar ese gran momento de Larissa pidiendo un mulatazo me hace reír.
Vaya mal rollo. Con lo bien que lo estábamos pasando.
Mi cara debe de ser un poema. Bebo un poco de agua y digo:
—Mira, Yulia, tu madre es una mujer joven y soltera que sólo quiere pasarlo bien.
—¿Y tiene que ser con Máximo?
La entiendo. Máximo y mi suegra es lo más descabellado del mundo y decido ser sincera.
—Cariño, ¡lo confieso!, lo sabía. Y antes de que montes un pollo de los tuyos y Icegirl nos jorobe la noche con sus quejas, déjame decirte que tu madre nos llamó a tu hermana y a mí. Quería ir acompañada a la fiesta con alguien que dejara a Trevor a la altura del betún y nosotras simplemente le buscamos con quién ir. Eso sí, Máximo fue un caballero. No se propasó lo más mínimo con ella. La acompañó a la fiesta y luego la llevó a su casa. Fin de la cita.
De pronto suelta una carcajada. Eso me descoloca y dice, cogiéndome la mano para besármela:
—Mi hermana, mi madre y tú vais a acabar conmigo.
Flipo y reflipo.
¡No se ha enfadado!
Me alegra ver que comienza a entender la filosofía de vida de su madre.
De pronto, Medusa se mueve. Creo que se ha emocionado al ver que su madre no se ha enfadado. Rápidamente, hago que me ponga la mano sobre la barriga. Yulia nota el movimiento y nos besamos.
Cuando terminamos de cenar, me sorprende al preguntarme si quiero ir a tomar una copa. Yo acepto. Y cuando llegamos al Sensations, el local de los espejos, al ver mi cara, Yulia aclara:
—Sólo hemos venido a tomar una copa, ¿entendido?
Asiento, pero la libido se me desmelena. Paso de tríos y orgías, sólo deseo a Yul. ¿Habrá sexo del calentito esa noche en casa?
Al entrar en la primera sala, veo a Björn en la barra. Al vernos, se acerca a nosotras y, tras darme un abrazo cariñoso, dice mientras saluda a Yulia.
—Qué alegría que os hayáis animado a venir. Hoy estás guapísima, gordita.
Yul sonríe y yo, feliz, también.
Björn me presenta a unos amigos que no conozco y observo que Yulia sí. Las dos mujeres que hay son encantadoras, hermosas y rápidamente se preocupan por mi estado. Una de ellas ha sido madre y sonríe al escucharme. Durante una hora, todos charlamos y soy consciente de que algún hombre me mira, mientras Yulia no me suelta. Eso me excita.
Mi perturbada mente se nubla y casi resoplo al pensar lo que Yul y Björn me pueden hacer sentir en cualquiera de esos reservados. De pronto veo que nuestro amigo saluda a alguien, miro y me quedo boquiabierta al ver al caniche estreñido.
Cuando llega a nuestro lado, Fosqui me ladra con su vocecita. Yo la saludo y me sorprendo cuando dice ante Björn:
—Estás increíble, Elena. Más guapa que nunca.
Sé que lo hace por cumplir, pero oye, ¡a nadie le amarga un dulce!
Durante una hora hablamos y el local se va llenando de gente. Bostezo sin darme cuenta y, al hacerlo, Yulia se acerca y, besándome en el cuello, dice:
—Nos vamos a casa, preciosa.
—Un poquito más —le pido—. Llevamos mucho tiempo sin salir.
Pero cuando lee mis pensamientos, murmura:
—Len, sólo hemos venido a tomar una copa.
Lo sé, pero me joroba que me lo tenga que recordar. ¿Acaso cree que estoy pidiendo otra cosa?
Mi cara de desconcierto debe de ser tal que Björn se acerca a nosotras y pregunta:
—¿Qué ocurre?
Yulia lo mira.
—Len y yo nos vamos.
Miro a Björn en busca de ayuda, pero éste dice:
—Sí, es mejor que os vayáis ya. Es tarde para ella.
¿Cómo que es tarde para mí?
Pero ¿qué se creen, mi padre?
Quiero protestar, pero no lo hago. Me niego. No servirá de nada.
Una vez me despido de todos con la mejor de mis sonrisas, salgo del local con Yul y, cuando vamos a subir en nuestro coche, digo:
—Quiero conducir.
Yulia me mira y contesta:
—Estás cansada, cariño. Deja que conduzca yo.
—No.
La negación ha sido tan rotunda que claudica sin protestar y soy yo la que se pone al volante. Conduzco en silencio. Observo con el rabillo del ojo que Yulia me mira y dice:
—Gatita, sólo hemos ido al local a tomar una copa.
Asiento. No digo nada. Conduzco.
Yulia, al ver mi entrecejo fruncido, resopla. Ya me conoce y sabe que tengo las espadas levantadas. Observo que abre la guantera, saca el CD de música que yo le grabé y lo pone. Instantes después, suena nuestra canción. Blanco y negro, de Malú. Intenta aplacarme. Pero en ese momento mis hormonas y mi mala leche se han juntado y soy lo peor de lo peor.
Sé que faltaron razones, sé que sobraron motivos.
Contigo porque me matas, y ahora sin ti ya no vivo.
Tú dices blanco, yo digo negro.
Tú dices voy, yo digo vengo.
Su mano va a mi cabeza. Me toca el pelo con cariño y murmura:
—¿Más tranquila?
No respondo. Vuelve a recordarme eso de que la música amansa las fieras y me enfada más.
—¿No vas a contestarme?
En silencio, conduzco mientras la voz de Malú suena en el coche y no digo nada. Es lo mejor. Sé que si lo hago voy a decir algo inapropiado y la voy a liar.
Yulia se da por vencida. Asiente y apoya la cabeza en el respaldo, mientras la preciosa canción continúa. Cuando acaba y comienza la de Convénceme, de Ricardo Montaner, y oigo que Yul la tararea, me entra un nosequé por el cuerpo. Doy un volantazo a la derecha, paro y digo:
—Baja del coche.
Yulia me mira. Yo la miro.
Subo el volumen de la canción.
Meses de cinco semanas.
Y años de cuatro febreros.
Hacer agostos en tu piel.
Un sábado de enero.
De pronto, mi lobita sonríe al entender qué significa eso y yo sonrío.
Pero ¡qué mala pécora soy!
Se quita el cinturón, abre la puerta, baja del coche y, cuando está fuera del vehículo, me estiro, cierro la puerta del y arranco como una furia.
Por el retrovisor veo que Yul se queda parada y bloqueada. No se esperaba eso. Pero la misma furia que me hace arrancar, cuando me he alejado y casi no la veo, me hace frenar.
¿Qué estoy haciendo?
De nuevo me he dejado llevar por mis impulsos y lo que acabo de hacer está mal. Muy mal. Miro que no venga nadie por la calle y cambio de sentido. Siento una contracción y maldigo. Seguro que me la he provocado yo solita con los nervios. Voy a buscarla. Veo a Yulia caminando por la acera. Ella me ve y se para. Su cara es de Icegirl total.
¡Guauuu, qué miedoooooo!
Vuelvo a cambiar de sentido y, cuando estoy a su lado, sus ojos me taladran. Camina hacia mi puerta con decisión y, abriéndola con fiereza, grita:
—¡Sal del coche!
Está furiosa. No me muevo y repite lentamente:
—Sal-del-co-che.
Hago lo que me pide y, al acercarme a ella, intento besarla para pedirle perdón, pero me hace la cobra. Normal. En un momento así, yo también se la haría.
Está muy..., muy..., muy enfadada.
Hace un frío de mil demonios e imagino que me va a pagar con la misma moneda.
Arrancará y se marchará. Me lo merezco.
Sin moverme, observo cómo sube al coche y, tras resoplar y dar un manotazo al volante, me mira y sisea:
—¿A qué esperas para subir?
Mientras camino hacia la otra puerta, espero que arranque y se vaya. Pero no lo hace. Espera a que me meta en el coche y, una vez me he puesto el cinturón de seguridad, baja el volumen de la música me mira y grita:
—¡¿Se puede saber por qué has hecho eso?!
—Las hormonas.
—Déjate de tonterías, Lena. Estoy harta de tus jodidas hormonas —sisea.
Tiene razón. No puedo echarles la culpa de todo a las hormonas y respondo:
—Estaba furiosa.
Yulia cabecea y, sin bajar su tono de voz, dice:
—Y como estabas furiosa, me haces bajar en plena noche del coche y te vas, ¿verdad?
—He vuelto. Estoy aquí, ¿no?
Los ojos se me llenan de lágrimas. La he liado gorda y la culpa es sólo mía.
Yul me mira una y otra vez y, finalmente, moderando su tono de voz, dice:
—Len, estoy intentando tener toda la paciencia del mundo contigo. Entiendo que tus hormonas te jueguen malas pasadas, entiendo que me reproches todos los días mil cosas y que te enfades por cosas absurdas conmigo. Entiendo que parte de todo eso es culpa del embarazo. Pero ahora quiero que entiendas que mi paciencia comienza a resquebrajarse y temo perder los nervios contigo.
No respondo. Tiene más razón que un santo. Su paciencia conmigo es infinita. Me siento fatal cuando añade:
—En tu estado, no quiero que te toque nadie. Quiero cuidarte. ¡Lo necesito! Igual que disfruto compartiéndote en otros momentos, ahora no. Ahora sólo te quiero para mí y...
—¿Y has pensado en lo que yo quiero?
Icegirl me mira, me taladra con los ojos y, al entender su frustración, aclaro:
—Yo no necesito que me compartas con nadie, yo no quiero estar con otras ni otros. Sólo quiero que hagas el amor conmigo como nos gusta. A nuestro modo. A nuestra manera. Te necesito. Te lo llevo diciendo meses y tú no me quieres escuchar.
Yulia maldice de nuevo y vuelve a dar otro golpe al volante.
—Te he dicho mil veces que no quiero hacerte daño. ¿No me escuchas tú a mí? ¿Acaso crees que yo no deseo poseerte como tú exiges? ¿Que no deseo tenerte entre mis brazos y hacerte el amor contra la pared como nos gusta? ¡Joder, Lena! Lo deseo con todas mis fuerzas y no veo el momento de volver a hacerlo.
—Pero...
—¡No hay peros! Ahora no podemos. ¡Entiéndelo ya de una vez!
No hablo, no puedo. Tiene razón. Y añade.
—Te quiero, me quieres. Hemos salido a cenar y a tomar una copa con los amigos. ¿Tan difícil resulta entenderlo? Tu embarazo y nuestra bebé es algo importante para las dos, ¿o acaso para ti no lo es?
Asiento. Cada día quiero más a Medusa, pero la necesito también a ella.
Yulia arranca el coche y conduce en silencio hasta nuestra casa, mientras siento que necesito, como dice Alejandro Sanz, «tiritas para mi corazón».
Los días pasan y nuestra salida no hizo más que empeorar nuestra comunicación. Es tal la situación que en el momento en que Yulia llega a casa, hasta Susto y Calamar se quitan de en medio. ¡Huyen!
El sexo entre nosotras es raro. Yo lo comparo a comer unas patatas fritas sin sal. Las disfrutas porque te gustan, pero sabes que pueden estar más ricas con un poquito más de aderezo.
Como cada noche, me despierto por las ganas de hacer pis. ¡Soy una meona! Miro el reloj, las 02.12 y me sorprendo al no ver a Yulia en la cama.
Voy al baño y después, con sigilo, la busco y la encuentro en su despacho. Mientras se masturba, está viendo en el televisor el vídeo que me grabó con Frida aquel día en el hotel. Regreso a la cama y lloro al no verme incluida en su juego.
¡Malditas hormonas!
Quiero a mi Medusa, pero ¡no quiero volverme a quedar embarazada nunca más!
Cuando regresa a la habitación, me hago la dormida. Yulia se mete en la cama y, cuando me abraza por detrás y siento su enorme erección, me relamo. Hummm, ¡qué rico! Pero me contengo. No pienso pedir nada. Ya me he cansado.
Sorprendida, noto que me da besos en el hombro, el cuello y la cabeza y sonrío cuando susurra:
—Sé que no estás dormida, tramposa. Te he oído subir la escalera.
Mi respuesta es no decir nada. Pero cuando siento que me quita las bragas, me dejo. Sin apenas moverme, noto sus manos en mi sexo. Oh, sí... juega con él y, cuando me tiene mojada, acerca su pene y lo introduce.
Un gemido sale de mí y ella murmura:
—Cuando tengas al bebé, te voy a encerrar un mes en una habitación y no voy a parar de follarte contra la pared, en el suelo, sobre la mesa y en cualquier parte.
Sus palabras me excitan, mi columna se arquea y siento cómo el pene profundiza más.
—Te desnudaré, te follaré, te ofreceré, te miraré y tú aceptarás, ¿verdad?
—Sí —jadeo.
Con cuidado, Yulia me penetra una y otra vez. Sus acometidas aumentan de ritmo y yo me acoplo a ella en busca de más. El sonido seco de nuestros cuerpos al chocar es electrizante. Una y otra vez, me posee con cuidado y yo disfruto hasta que ella no puede más y se deja llevar.
Cuando acaba, me besa el cuello y musita:
—Te echo de menos, pequeña.
—Y yo a ti —respondo.
Durante unos minutos, permanecemos sin movernos, hasta que Yul sale de mí y, volviéndome hacia ella, murmuro:
—Perdóname, cariño.
—¿Por qué?
—Por lo del otro día con el coche.
No veo sus ojos, la oscuridad me lo impide, pero tras darme un beso en los labios, dice mientras me abraza:
—No te preocupes. No pasa nada, pero no lo vuelvas a hacer.
—Te lo prometo.
Noto cómo su cuerpo se mueve al sonreír y, abrazándola, busco su boca y la beso. Hago eso que tanto me gusta que ella me haga. Le chupo el labio superior, después el inferior y, tras darle un mordisquito, la beso con pasión.
Yulia acepta mi beso de buen grado. Lo devora e, instantes después, me deja sin aire, pero no importa. Necesito esa pasión. Anhelo esa exigencia. Beso a beso, nuestros cuerpos se calientan y, cuando siento su pene de nuevo erecto y juguetón, lo toco y pregunto:
—¿Repetimos?
Yul me besa y susurra:
—No.
—¿Por qué?
—Es tarde y por hoy creo que ha sido bastante.
Escuchar eso es un mazazo para mí. No ha sido bastante e insisto:
—Yulia...
Sin decir nada, se aleja de mí, se levanta y enciende la luz de la habitación. Nos miramos a los ojos y pide:
—Len, no empieces, por favor.
Sin más, se mete en el baño y cierra la puerta. Me levanto. Como una hidra, camino hacia el cuarto de baño, pero al poner la mano en el pomo, me paro y regreso a la cama.
Estoy enfadada y excitada.
¿Cómo me puede dejar así?
Necesito sexo y, sin pensármelo, abro el cajón. Hago como mi hermana en su época de sequía y saco a mi Superman particular. El pintalabios que Yulia me regaló meses atrás. Sin demora, lo pongo sobre mi hinchado y húmedo clítoris y me masturbo.
¡Oh, sí!
Esto es lo que necesito.
Sin pausa, el aparatito me da lo que busco. ¡Qué maquinote!
Cierro los ojos y lo muevo apretándolo sobre mí. Encuentro mi placer y me dejo llevar mientras jadeo y me muevo en la cama.
Cuando abro los ojos, Yulia está enfrente de mí, con cara de muy mala leche.
¡Vaya pillada!
Nos miramos como rivales. Paseo mi mirada por su cuerpo y veo su vagina húmeda a simple vista y su pene duro y erecto. Ha visto mi juego y se ha excitado todavía más. Su mirada es salvaje y eso me vuelve loca. Sé lo que haría conmigo en ese instante y la deseo. La deseo con toda mi alma.
Aún con la respiración entrecortada por lo que acabo de hacer, me abro de piernas para ella. Me muestro. La invito a continuar jugando conmigo. La tiento a que me posea como quiere. Pero ella no está por la labor y, sin decir nada, se da la vuelta y se mete en el baño de nuevo, dando un portazo.
Enfadada, maldigo. Me muevo en la cama y me siento rechazada. Eso me enfurece más y más. Cuando sale, diez minutos más tarde, está mojada. Se ha duchado. Lleva un top y bóxer puesto y observo que su erección ha desaparecido. Imagino lo que ha pasado en el cuarto de baño y, sin hablarle, cojo el pintalabios y entro en él yo también.
Cierro la puerta, por supuesto con portazo. Yo no voy a ser menos.
Una vez dentro, me miro al espejo y susurro al ver mis pelos de loca.
—Me cago en ti, Yulia Olegovna Volkova.
Sin más, me lavo. Después lavo el pintalabios y cuando regreso a la cama, bajo su atenta mirada me pongo unas bragas. Guardo el juguetito en el cajón y, sin darle un beso, murmuro:
—Buenas noches.
Ella no responde. Me arropo.
Pero el acaloramiento que llevo en mi cuerpo es tal que al final, me destapo, me siento en la cama y, con cara de enfado, siseo:
—Odio que hagas lo que has hecho.
—¿Y qué se supone que he hecho? —responde con voz dura.
—Te has masturbado.
—¿No has hecho tú lo mismo?
Con ganas de coger la lámpara y estampársela en la cabeza, digo:
—La diferencia es que yo lo he hecho porque tú no querías nada conmigo.
Dicho esto, con toda la dignidad que tengo, me doy la vuelta y me tapo.
No quiero hablar más con ella.


CONTINUARÁ...

En unos días pongo mas conti.  Smile
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Sáb Feb 07, 2015 6:26 pm

Aquí tiene mas de la historia que ya esta llegando a su fin...   Razz


PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME


Capítulo 29


A la mañana siguiente, cuando me despierto, como siempre estoy sola en la cama. Yulia ya se ha ido a trabajar. Cuando bajo a la cocina, Simona me prepara el desayuno y dice:
—Tenemos dos capítulos de Locura Esmeralda grabados, ¿quieres que los veamos?
Asiento y, una vez acabo de desayunar, las dos vamos al salón.
Ese día, vemos esperanzadas cómo Luis Alfredo Quiñones, al abrir una cajita y ver un colgante que Esmeralda Mendoza le regaló, sufre un fogonazo en su mente y comienza a recordar cosas. Simona y yo nos cogemos de la mano. Esto pinta bien. Esa mañana, Esmeralda ha salido a cabalgar con su hijito y Luis Alfredo los observa desde la lejanía y sufre otro fogonazo. Su mente se llena de recuerdos y Simona y yo aplaudimos cuando de pronto es consciente de que la mujer de su vida es Esmeralda y no la enfermera Lupita Santúñez.
Cuando acaban los dos capítulos las dos estamos animadas.
Le propongo a Simona salir a dar un paseo. Ella se niega, está nevando y no es buen momento para que una embarazada como yo ande por los caminos.
Tiene razón. Me voy a mi cuartito y, como no me puedo sentar sobre la mullida alfombra que tanto me gusta, o si no luego me tendrá que levantar una grúa, me siento en una silla, abro mi portátil y me conecto a Facebook para charlar con mis amigas las guerreras. Como siempre, hablar con ellas me sube el ánimo y acabo sonriendo.
Simona entra y me da el teléfono. Es Yulia.
—Dime.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás hoy?
—Bien.
Tras un silencio, añade.
—¿Sigues enfadada por lo de anoche?
—Sí.
—Escucha gatita, tienes que...
—No, escúchame tú a mí —la corto—. Estoy muy enfadada. Lo que hiciste anoche me dolió. ¿Por qué eres tan dura? ¿Acaso no oíste decir a la doctora que podemos tener una vida sexual plena?
—Len...
—Ni Len, ni leches. ¿Por qué eres tan gilip...?
Me paro. No es justo que la insulte y, tras un silencio, dice:
—Dímelo, amor, ¡lo estás deseando!
—No. No te voy a dar el gusto de decírtelo.
Se calla. Yo juego con la ventaja de que estoy en casa, pero ella está en la oficina y finalmente dice:
—Tengo partido de baloncesto esta tarde y se me ha olvidado la bolsa con las cosas. ¿Me la llevarías al polideportivo a las cinco?
Estoy a punto de decirle que no, que se la lleve su prima, pero finalmente respondo:
—De acuerdo, Norbert te la llevará.
—Me gustaría que me la trajeras tú.
Qué bonito lo que me ha dicho, pero la víbora que vive en mí suelta:
—Y a mí me gustarían otras cosas y, mira, me jorobo y me aguanto.
Oigo a Yulia resoplar y, tras unos segundos, murmura:
—Tengo ganas de verte, Lenoshka.
—De acuerdo. Yo te la llevaré.
Cuando cuelgo, me doy cuenta de que ni me he despedido. Por Dios, ¡qué borde soy!
La verdad es que mi Icegirl se merece el cielo. Aguantarme a mí cuando me pongo insoportable es insufrible. Y últimamente soy lo peor. Por ello, llamo a su móvil y, cuando lo coge, digo:
—Te quiero, gruñona.
Oigo su risa y adoro cuando me dice:
—Y yo te quiero más que a mi vida, Lenoshka.
Por la tarde, cuando salgo de casa nieva y hace mucho frío. Norbert me lleva al polideportivo y soy feliz. Soy como una veleta con mis hormonas y cuando al llegar veo a mi lobita apoyada en nuestro coche, esperándome, sonrío.
¡Dios qué hermosa es!
Al vernos llegar, Yul viene hacia el coche y, cuando me bajo, me da un beso en los labios y murmura:
—Hola, preciosa, ¿cómo estás?
Dispuesta a fumar la pipa de la paz, respondo:
—Feliz, ahora que estoy contigo.
Abrazadas, caminamos hacia el interior del polideportivo y, cuando llegamos a los vestuarios, me mira y pregunta:
—Ya sabes por dónde tienes que ir, ¿verdad?
Asiento y, cuando creo que me va a soltar, se acerca de nuevo a mí, me chupa el labio superior, después el inferior y, tras un mordisquito, me besa.
Oh, sí... Oh, sí...
Disfruto de ese contacto, sin importarme quién nos pueda mirar.
Yulia es mi esposa, y yo la suya y no me importa lo que el resto del mundo pueda pensar acerca de nosotras dos. Cuando se separa de mí, me mira a los ojos y dice:
—No quiero volver a discutir contigo, ¿entendido, gatita?
Asiento como un muñequito. Está claro que el efecto Volkova, cuando se lo propone, me deja totalmente fuera de combate. Sonríe. Sonrío y, dándome un dulce azotito en el trasero, murmura:
—Ve a las gradas y espérame.
Con una tonta sonrisita en los labios, lo hago. Llego hasta las gradas y, con pesar, veo que no está ninguna de las amigas y añoro a Frida. Miro a mi alrededor y observo que la gente comienza a llegar. Mi gesto se descompone cuando veo entrar al caniche estreñido de Björn.
Nos miramos y, contoneando las caderas, Fosqui viene hacia mí subida en sus impresionantes tacones. La diva de la televisión va vestida con unos pantalones de leopardo y una blusa semitransparente de lo más sugerente. Sonrío sin darme cuenta. Yo llevo un peto premamá y las botas de nieve. Glamurazo a tope.
—Hola, Elena —saluda.
Sorprendida de que se acuerde de mi nombre, intento recordar el suyo. ¿Cómo se llamaba? Al final, tras estrujarme las neuronas y sólo venirme lo de Fosqui o caniche estreñido, respondo:
—Hola, ¿qué tal?
Me mira con curiosidad. Me escanea en profundidad y, finalmente, pregunta:
—¿Te encuentras bien?
Oh, qué monaaaaaaaaaaa.
Pero con las mismas ganas de hablar que ella, respondo:
—Perfecta.
Asiente, se sienta a mi lado y no vuelve a cruzar palabra conmigo. Diez minutos más tarde, cuando las chicas y chicos salen a la pista, sonrío encantada y grito al más puro estilo yanqui, mientras saludo a Yul y Björn. Ellos me saludan también y el partido comienza.
Entregada, chillo y protesto cuando le hacen falta a mi equipo, mientras el caniche no dice ni mu. Calladita, observa cómo juegan. Cuando acaba el partido, el equipo de Yulia ha perdido y murmuro:
—Hoy no ha sido un buen día.
El caniche me mira, parpadea y susurra:
—Para mí, a partir de ahora lo será. Björn y yo hemos quedado con unos amigos. —Y bajando la voz, cuchichea—: ... para jugar.
¿Por qué me cuenta eso?
Parece regodearse en mi problema, pero dispuesta a no darle el gusto, respondo:
—Hacéis bien. Jugad todo lo que podáis.
Sin mirarla a la cara, camino hacia los vestuarios y siento una de mis contracciones. Me toco la barriga y se calma. Björn sale, le da un beso en los labios al caniche y después me saluda a mí.
—Hola, gordita, ¿cómo estás?
—Ruedo más que ando, pero bien —respondo.
Me abraza, sonríe y aparece Yul. Björn y yo aún sonreímos y, al vernos, Yulia, divertida, pregunta:
—¿Tengo que desconfiar?
Björn y yo nos miramos y, al unísono, contestamos:
—Sí.
Todos reímos, Björn me suelta y Mi lobita me abraza. El caniche, que nos observa, dice:
—La comida del otro día fue fantástica, ¿verdad?
Björn asiente y veo que Yul también. ¿Comida? ¿Qué comida? Y, entonces, ella añade:
—Tenemos que repetir. Estaré encantada de ir de nuevo a tu casa, Björn.
La cara se me congela.
¿Qué es eso de que Yulia ha comido con Fosqui y Björn en casa de éste?
Una niña se acerca al caniche para pedirle un autógrafo y se alejan de nosotros unos pasos. Björn y Yulia me miran y, al entender lo que yo he entendido, se miran y, rápidamente, Björn explica:
—Len, fue una comida de trabajo.
—¿En tu casa?
Alarmada, Yulia se acerca y, cogiéndome de la muñeca, dice:
—Len, no saques conclusiones.
—¿Has comido con Fosqui? ¿Con el caniche estreñido?
Björn suelta una carcajada.
—¿Fosqui? ¿La llamas caniche estreñido?
Pero Yulia no se ríe y, cuando comienzo a caminar hacia la salida del polideportivo, aclara:
—No comimos en su casa. Comimos en un restaurante, Len.
Con la furia en el rostro, me doy la vuelta y siseo:
—Sé muy bien lo que hacéis en su casa. —Y mirando a Björn, gruño—. Y tú, mal amigo, ¿cómo lo has podido permitir?
Bloqueado, Björn va a responder, cuando Yulia dice:
—Cariño, ¿quieres tranquilizarte? No pasó nada. Fuimos al restaurante que hay al lado de la casa de Björn. Yo quería pedirle a Agneta contactos para publicitar la empresa en televisión.
Pero ya me ha dado el subidón de mala leche. Estoy furiosa y, mirándolos a los dos, respondo:
—¡Gilipollas! ¡Sois dos gilipollas!
Se miran. Björn no sale de su asombro y Yulia murmura:
—Ya la tenemos liada para hoy.
Su comentario me enfada aún más y echo a andar.
—Escucha, gordita —dice Björn, adelantándome—: No pienses mal. Yulia vino a buscarme al despacho, luego llegó Agneta y cinco minutos después salimos y comimos en un restaurante para hablar sobre la publicidad de Müller. Pero ¿por qué no nos crees?
Cuando va a sujetarme, le doy un manotazo y, ante su cara de incredulidad, siseo:
—Punto uno, te permito llamarme gordita porque estoy embarazada, una vez deje de estarlo, si lo vuelves a decir, te rompo las piernas. Punto dos, lo que tú hagas con tu caniche me importa tres pepinos y, aunque no lo creas, sé que Yulia con esa... esa... no ha tenido nada que ver. —Y volviéndome hacia Yul, que nos observa, finalizo—: Y punto tres, ¿por qué no me dijiste que habías comido con ella?
—Joder, qué mala leche tienes, Lenoshka —dice Björn, divertido.
Yulia cruza una mirada con su amigo y luego, mirándome a mí, explica:
—Ese día estabas enfadada y no querías hablar. Por eso no te lo comenté. Pero por favor, que no se te pase por la cabeza que esa mujer, Björn y yo hemos tenido nada, porque no es cierto, ¿entendido?
Cierro los ojos y resoplo. Sé que tiene razón y, acercándome a ella, apoyo la cabeza en su pecho y murmuro:
—No vuelvas a dejar que me quede embarazada. Me estoy volviendo loca.
Yulia sonríe. Me abraza y dice ante las risas de Björn:
—Me voy a casa con Len. ¡Suerte con el caniche!

CONTINUARÁ...
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Sáb Feb 07, 2015 6:38 pm

PIDEME LO QUE QUIERAS O DEJAME


Capítulo 30
Los días pasan y yo engordo por segundos.
En vez de Lena, debería llamarme Lenota, ¡madre mía cómo me estoy poniendo!
¡Ya no me veo los pies! Y ni qué decir otras cosas.
Las bragas que llevo son como poco de la época victoriana. Según los dependientes, son bragas de embarazada, según yo, son de cuello vuelto. ¿Acaso una no puede estar sexy cuando está embarazada? Definitivamente, con estas bragas que me llegan hasta debajo de las tetas, como que no.
El día que Yulia las ve, no puede parar de reír hasta que le tiro un zapato a la cabeza. Pobrecita, acerté de pleno y le hice un chichón.
Las contracciones cada vez son más frecuentes y más intensas. No me duelen, pero sé que son la antesala al calvario que voy a pasar. Madre mía, qué dolor. ¡No lo quiero ni pensar!
El régimen no lo hago y en la siguiente visita, la ginecóloga me echa la bronca.
Pero para qué voy a negarlo, por un oído me entra y por otro me sale. Sólo he engordado doce kilos en siete meses y medio. Mi hermana engordó veinticinco.
¿De qué se queja?
Yul me mira mientras la ginecóloga me regaña. Yo le ordeno que se calle y ella, prudentemente, no abre el pico. Soy consciente de que en esos últimos meses me estoy volviendo una tirana y la pobre aguanta y calla. El día que explote, ¡arderá Troya! Una vez acabamos, la doctora me da fecha para una semana después. Tengo que ir a monitorización.
Cuando salimos de la consulta, llamo al pintor que va a pintar la habitación de Medusa y le digo que lo haga en rosa pálido. Yulia me escucha y asiente. Según ella, lo que yo decida bien hecho está.
Dos días después, cuando el pintor está en casa, haciendo lo que le he pedido, cambio de opinión. Ahora quiero que, de las cuatro paredes de la habitación, dos las pinte en rosa, una en rojo y otra en azul.
Cuando Yul me pregunta que por qué he decidido eso, lo miro y le explico que el azul representa la frialdad de Alemania y el rojo la sensatez de Rusia. Sorprendida, me mira, no dice lo que piensa y asiente. ¡Pobre!
Una semana después, Yulia y yo vamos al hospital. Está nerviosa y yo estoy histérica. La enfermera que nos atiende me hace tumbar en una camilla, me pasa un ancho cinturón por la tripa, lo conecta a un monitor y nos explica que eso sirve para comprobar los parámetros de la frecuencia cardíaca de la bebé y las contracciones del útero, entre otras cosas. 
Estoy acojonada, pero al ver la cara de mi lobita cuando escucha el corazón al galope de Medusa, se me quita todo el miedo. ¡Me parto! La enfermera que nos atiende, tras ver los valores, nos dice que todo está bien y que regresemos la semana siguiente.
Cuando salimos del hospital, las dos estamos emocionadas. Nuestra relación es una montaña rusa.
Se supone que durante un embarazo las parejas se unen y se quieren. En nuestro caso, nos queremos y Yulia me aguanta. Soy consciente de que me he convertido en una víbora gorda, llorona, comilona y enfadica.
Simona y Norbert no saben qué ocurre, sólo saben que nos adoramos, que nos queremos, pero que discutimos todos los días. Flyn, mi gran defensor, se pasa la mayor parte del tiempo enfadado con su tía y demostrándome su cariño. Y Björn, nuestro gran amigo, es el encargado de poner paz entre nosotras. Los únicos que están ajenos a todo son Larissa, Marta y mi familia.
Como yo digo, ¡ojos que no ven, corazón que no siente!
Una noche no puedo dormir. Miro el reloj. Son las 03.28 de la madrugada y decido levantarme. Estoy harta de dar vueltas en la cama y las contracciones me incomodan, no me dejan conciliar el sueño.
Con sigilo, me pongo la bata y, como una ballena a punto de explotar, bajo la escalera.
Susto y Calamar, al verme, acuden a saludarme. Qué agradecidos son los animales. Sea la hora que sea, ellos siempre están para regalarte un cariñito. Durante varios minutos, me dedico a besuquearlos y a prestarles la atención que se merecen y, cuando los agoto, se marchan a dormir y yo retomo mi camino hacia la cocina.
Una vez allí, abro el congelador, miro los botes de helado y, tras decidirme por el de vainilla con nueces de Macadamia, pillo el bote por banda, saco una cuchara y me siento en una de las sillas de la cocina a saborearlo, mientras observo la oscuridad del exterior.
Paladeo el helado. Está buenísimo y, de pronto, oigo:
—¿Qué te ocurre, cariño?
La voz me asusta y, al ver que es Yulia, susurro, llevándome la mano al corazón:
—Joder, qué susto me has pegado.
Ella se acerca a mí y, agachándose, insiste preocupada:
—¿Estás bien, Lenoshka?
Nos miramos y, finalmente, respondo:
—Las puñeteras contracciones no me dejan dormir. Pero tranquila, no te alarmes.
Yul asiente y no dice nada. Es una bendita. Se sienta frente a mí a la mesa e intenta animarme:
—Ya queda poco, preciosa. En tres semanas nuestra bebé estará con nosotras.
Asiento, pero me acojono y no quiero pensar en ello. El parto se acerca y ahora es la ansiedad la que me puede.
—Te quiero, cariño —susurra.
Yo también la quiero y en vez de decirle nada, le ofrezco una cucharada de helado. La acepta y, cuando la traga, dice con tiento:
—Escucha, gatita, no te enfades por lo que te voy a decir, pero si sigues comiendo helado, cuando te pese la doctora...
—Cállate —la corto—. No empieces tú también.
Durante unos segundos permanecemos calladas, mientras sigo comiendo helado sin parar. Soy una máquina. Una vez me acabo el bote, me levanto, lo tiro a la basura y Yulia, con semblante sombrío y mordiéndose la lengua para no decir lo que piensa, pregunta:
—¿Contenta?
Asiento. La reto con la mirada y respondo:
—Contentísima.
Dicho esto, salimos de la habitación y nos metemos en la cama. Ofuscadas, cada una mira para un lado, hasta que me quedo dormida.
Al día siguiente, cuando me despierto es tardísimo. Las once de la mañana.
Cuando me levanto, tengo una acidez que me muero y me acuerdo de todos los familiares de los que inventaron el helado de vainilla con nueces de Macadamia. Estoy pesada y me siento como al ralentí.
Estoy lavándome los dientes cuando veo aparecer a Yulia vestida con su traje entallado azul oscuro. ¡Qué guapa está! Entra, me da un beso en la cabeza y dice:
—Vístete, vamos a salir.
—¿No vas hoy a la oficina?
—No. Hoy tengo otros planes —responde.
Cuando me visto, bajo a la cocina y sólo tomo un vaso de leche. La acidez y la pesadez me matan. Estamos solas. Flyn está en el colegio y Simona y Norbert no sé dónde están. No pregunto. Sigo ofuscada por la conversación de la noche anterior.
Cuando me subo al coche ninguna habla. Tampoco ponemos música. Yulia conduce por las calles de Múnich y se mete en un parking.
Cuando salimos, caminamos de la mano. El aire me despeja y poco a poco sonrío. Ella no habla. Está imponente con ese traje azul entallado con escote en el nacimiento de sus pechos y yo orgullosa de ir de su mano. De pronto, al llegar a una esquina, miro sorprendida lo que hay frente a mí y digo:
—No me digas que vamos a ir ahí.
Yulia asiente y pregunta:
—Ése es el puente que visitaste hace meses, ¿verdad?
Ojiplática, asiento.
Ante mí está el puente Kabelsteg, lleno de cientos de candados de enamorados, y no puedo creer lo que estoy pensando.
Cruzamos la calle y, cuando comenzamos a caminar por las tablas de madera del puente, Yulia me abraza y murmura:
—Recuerdo que me dijiste que te gustó pasear por aquí y que viste muchos candados de enamorados, ¿verdad?
Asiento... Como hayamos ido a poner lo que creo, ¡me la como a besos ahí mismo!
Ella sigue seria, pero no me engaña, tiene la comisura de los labios ladeada y digo:
—¿De verdad vamos a poner un candado?
Sorprendiéndome de nuevo, Yulia saca uno rojo y azul en el que están grabados nuestros nombres y, enseñándomelo, pregunta:
—¿Dónde quieres que lo pongamos?
Me llevo la mano a los labios. Me emociono. Me da una de mis contracciones. Me siento fatal. Ella cambia su expresión y me ruega:
—No..., no..., no..., ahora no llores, Lenoshka.
Pero las compuertas de mis ojos se abren y comienzo a hacerlo desconsoladamente. La gente que pasa por nuestro lado nos mira y Yulia me lleva hasta un banquito, donde me sienta. Se saca rápidamente un pañuelo del bolsillo y, secándome las lágrimas, murmura con cariño:
—Eh..., pecosa, ¿por qué lloras ahora? ¿No te gusta la idea de poner nuestro candado?
Intento hablar, pero sólo salen de mí balbuceos.
Yul me abraza. Yo me aprieto a ella y, cuando me tranquilizo, susurro:
—Perdona, Yul..., perdona.
—¿Por qué, cariño?
—Por lo mal que me estoy portando contigo últimamente.
Ella sonríe. Es un amor. Y, con cariño, cuchichea:
—No es tu culpa bebe. Son las hormonas.
Eso me vuelve a hacer llorar y, entre hipos, como una imbécil, respondo:
—Las hormonas y yo... yo tengo mucha culpa. Estoy tan enfadada últimamente por todo que...
—No pasa nada, cielo. Estás asustada. Yo lo entiendo. He hablado con tu doctora y...
—¿Has hablado con mi doctora?
Yulia asiente y responde con cautela:
—Necesitaba hablar con alguien o me volvía loca yo también, pecosa. Lo hice con Andrés y me dijo que a Frida le pasó lo mismo estando embarazada de Glen. Pero aun así, pedí cita con tu ginecóloga. Me ha atendido esta mañana y me ha comentado que, en algunas mujeres, durante el embarazo, el deseo sexual se eleva más de lo normal. Me ha explicado que, para soportar la gestación, tu organismo vierte una gran cantidad de progesterona y estrógeno en tu torrente sanguíneo y la consecuencia de ello es la enorme necesidad que tienes de sexo.
—¿Y tú solita has ido a preguntar eso?
Yulia sonríe y contesta:
—Sí, yo solita.
Asiento, asiento y asiento.
Yulia me besa. Yo la beso.
Yulia me abraza. Yo la abrazo.
Y enamorada y loca por mi rusa- alemana señalo un lado del puente y digo:
—Ahí es donde quiero poner nuestro candado.
Nos levantamos y, cogidas de la mano, caminamos hasta donde yo digo. Abro el candado, le doy un beso, Yulia le da otro y lo anclamos al puente. Después, ella coge mi mano y, divertidas, tiramos la llave al río y nos besamos.
Cuando nos vamos del puente, pregunta:
—¿Dónde quieres que te invite a comer?
No tengo mucha hambre. Me noto el cuerpo algo revuelto, pero por no hacerle un feo, digo con una gran sonrisa:
—Me muero por un brezn de los que hace el padre de Björn, mojado en salsita.
Yulia asiente, sonríe y juntas caminamos hacia el parking.
Cuando llegamos al restaurante, al entrar vemos a Björn todo trajeado, hablando con su padre. Al vernos, nuestro amigo sonríe y pregunta:
—Pero ¿qué hacéis aquí?
—Queremos comer —respondo.
—Se muere por comer un brezn de tu padre con salsita —explica Yul.
Los dos hombres y Yulia me miran y, finalmente, el padre de Björn dice:
—Ahora mismo los hago para ti, preciosa. Id al salón dos. Allí estaréis más tranquilas.
—¿Comes con nosotros? —le pregunta Yulia a su amigo.
Björn asiente y, minutos más tarde, disfruto de los ricos brezn, mientras charlamos divertidos. Cuando terminamos de comer, animamos a Björn a que se venga con nosotras de compras a un centro comercial. Tenemos que comprar la cuna para Medusa. Como desde el principio sabíamos que seria niña no nos apresuramos tanto, pero visto lo visto ha llegado el momento de hacerlo.
Cuando llegamos, nos metemos en una tienda enorme de cosas para bebés. En todo este tiempo, Yulia y yo no hemos ido de compras ni un solo día y ahora estamos dispuestas a disfrutarlo: nos volvemos locas. Compramos la cuna, Björn nos regala un cochecito rojo monísimo y nos quedamos todo lo habido y por haber. Damos nuestra dirección para que nos lo envíen todo a casa.
Tres horas después, Björn y Yulia no pueden más, pero yo deseo seguir comprando y, al ver las pocas ganitas de ellos, les propongo que se vayan a tomar un café o un whisky a un bar del centro comercial, mientras yo voy a unas tiendas que quiero visitar.
Encantados, aceptan mi oferta y yo me marcho tras asegurarle a Yul mil veces que llevo el móvil encima.
Cuando salgo de una tienda donde he comprado un calienta-biberones estoy cansada y me da una nueva contracción. Ésta ha sido más fuerte que otras veces. Me paro, respiro y, cuando se me pasa, continúo mi camino.
Entro en varias tiendas más y las contracciones se repiten. Me cogen los siete males, pero me vuelvo a tranquilizar cuando se me pasan. Saco el móvil para llamar a Yulia, pero al final me lo vuelvo a guardar en la chaqueta.
Estamos a 11 de junio y el parto es para el 29. Debo tranquilizarme. Todo está bien. No voy a alarmarla.
Veo que en el piso de arriba está la tienda Disney. Sin pensarlo, corro hacia el ascensor. No me apetece subir escaleras. Una chica sube conmigo. Miro sus pantalones de camuflaje. ¡Me gustan! Le doy al piso tres y ella al cuatro. Las puertas del ascensor se cierran y, de pronto, cuando está subiendo, se va la luz y el ascensor se para.
La chica y yo nos miramos y fruncimos el cejo. De nuevo me vuelve a dar una contracción. Ésta ha sido más fuerte que las otras dos y tan dolorosa que suelto las bolsas que llevo en la mano y me agarro al pasamanos del ascensor.
La joven, al verme, me mira y pregunta:
—¿Estás bien?
No puedo responder. Respiro... respiro... como me han enseñado en las clases preparto. Cuando el dolor cede, miro a la joven de pelo oscuro y corto, que me mira tras unas gafas de aviador, y respondo:
—Sí, tranquila. Estoy bien.
Pero según digo eso, noto que por mis piernas corre un líquido.
Dios, ¡¿me estoy meando?!
Intento contenerlo, pero esto es incontrolable. Las cataratas del Iguazú salen de mi cuerpo. Mis pies pronto están rodeados de agua, yo empapada y murmuro en ruso:
—Joder..., joder... Me cago en la mar. ¡No me lo puedo creer!
—¿Eres rusa? —pregunta la chica.
Yo asiento, pero no puedo hablar.
¡Acabo de romper aguas!
Comienzo a tocar todos los botones. El ascensor no se mueve y me pongo histérica. La joven me coge de las manos tira de mí y dice:
—Tranquila, no te preocupes por nada. Rápidamente te saco de aquí.
Aprieta el botón de la alarma del ascensor.
Yo comienzo a temblar y ella, agarrándome por los hombros, dice para distraerme:
—Me llamo Melanie Parker, pero puedes llamarme Mel.
—¿Por qué hablas ruso?
—Nací en San Petersburgo.
—¿en Peters con ese nombre?
La joven sonríe, se quita las gafas de aviador que lleva y, mirándome con sus ojos azuletes, aclara:
—Mi padre es americano y mi madre de San Petersburgo. Con eso te lo digo todo.
Asiento. Pero no estoy yo para charlas y, mirándola, digo, sacando mi móvil de la chaqueta:
—Tengo que llamar a mi esposa. Está en el centro comercial. Seguro que ella nos saca de aquí en seguida.
Mientras marco el teléfono de Yul, veo que la joven sigue apretando el botón de auxilio y mis pies están cada vez mas encharcados. Un timbrazo y Yulia me saluda.
—Hola, pecosa.
Controlando las ganas de chillar por el susto que tengo, digo mientras me rasco el cuello:
—Yul, no te asustes, pero...
—¿Que no me asuste? —grita—. ¿Dónde estás? ¿Qué ocurre?
Cierro los ojos. Me la imagino descompuesta en ese instante. Pobre... pobre...
Me viene una contracción y, apoyada como estoy en la pared del ascensor, me escurro hasta caer al suelo. La joven que está conmigo, al verme, me quita el teléfono y dice:
—Soy Mel. Estoy con tu esposa en el ascensor del fondo del centro comercial. Se ha ido la luz y ha roto aguas. Llama a una ambulancia a la de ¡ya! —Yulia debe de decirle algo, porque ella contesta—: Tranquila... He dicho tranquila. Estoy con ella y todo irá bien.
Cuando cuelga y me devuelve el teléfono, sonríe y afirma:
—Por la voz de tu esposa, no creo que tarde en llegar.
No lo dudo. Me la imagino corriendo por el centro comercial como una loca. Menos mal que está con Björn y no sola, aunque compadezco al que se atreva a llevarle la contraria en un momento así.
Una nueva contracción me vuelve a encoger de dolor. Pero ¿por qué tiene que ocurrirme esto en este momento? Me entran las cagalandras de la muerte y soy incapaz de respirar. ¡Me ahogo!
Mel me observa sin perder la calma.
Me sorprende su aplomo cuando yo estoy que me subo por las paredes. Pero claro, el dolorcito puñetero lo tengo yo, no ella.
Con voz controlada, me obliga a mirarla y a respirar. Cuando lo consigue y el dolor cede, abre su móvil y, tras hablar con alguien, dice:
—He pedido refuerzos. Si no nos saca tu esposa, nos sacarán mis compañeros.
¿Comienza a hacer calor o soy yo la que está sudando?
Me pica el cuello. ¡Me rasco los ronchones!
—¿Cómo te llamas?
—Elena... Lena Katina.
La joven, dispuesta a distraerme, pregunta:
—¿Y de qué parte de Rusia eres?
—Nací en Kazan, pero mi madre era de Ekaterimburgo , mi padre de Kazan y yo vivía en Moscú.
No puedo decir más. El dolor vuelve. Me agobio. La joven me coge las manos y dice:
—Muy bien, Le a..., mírame de nuevo. Vamos a respirar. Vamos, hazlo.
Acompañada por esa desconocida de nombre Mel, comienzo a respirar y, cuando el dolor pasa, la miro.
—Gracias...
Sonríe. Pasan los minutos y el ascensor no se mueve. Me rasco. Mi móvil suena. Supongo que es Yul, preocupada. Mel contesta. La tranquiliza y, cuando cuelga, dice, agarrándome una mano:
—Te estás destrozando el cuello.
Oímos golpes, pero el ascensor no va para arriba ni para abajo. Mel, al ver que contraigo la cara, me da aire con un papel que saca de su mochila y pregunta:
—¿Y que vas a tener. Niña o niño?
—Niña, Mi Medusa. 
Sonríe y, al entender el nombre, explica:
—Yo a mi hija, mientras estaba embarazada, la llamé Cookie. —Ambas sonreímos y añade—: será preciosa seguramente.
—Eso espero.
Me acaloro. El agobio me sofoca aún más y ella continúa hablando:
—Yo tengo una niña y sé lo que estás sufriendo. Sólo te puedo decir que todo pasa y lo olvidarás. Cuando tienes a tu bebé en los brazos, todo se olvida.
—¿Seguro?
—Segurísimo. —Sonríe.
—¿Cuánto tiempo tiene tu hija?
—Quince meses y se llama Samantha.
Se vuelven a oír los golpes. El teléfono de Mel suena. Ella habla y, cuando cuelga, me dice:
—En dos minutos te saco de aquí.
Y tiene razón. Instantes después, las luces del ascensor se encienden y retomamos el ascenso. Mel le da rápidamente al Stop, nos volvemos a parar y aprieta el botón de la planta baja. El ascensor comienza a bajar y, cuando las puertas se abren, veo cuatro tipos como cuatro armarios, vestidos con pantalones de camuflaje como los de Mel. Ella los pregunta:
—¿Dónde está la ambulancia?
Uno de ellos va a responder, cuando, empujándolo, Yulia se acerca a mí y, pálida, pregunta:
—Cariño, ¿estás bien?
Asiento, pero es mentira, ¡estoy fatal! Mira mi cuello y, al verlo enrojecido, murmura:
—Tranquila... tranquila.
Björn, con gesto preocupado en medio de todo ese caos, va a acercarse, cuando veo que Mel lo para y dice:
—No la agobies ahora.
—¿Cómo dices? —veo que pregunta él, boquiabierto.
—Necesita aire... nene.
—Quítate de en medio... nena —replica Björn con voz profunda y las llaves de su coche en la mano.
—He dicho que necesita aire... James Bond.
—Y yo he dicho que te quites de en medio —sisea él, apartándola.
La gente se arremolina a nuestro alrededor y en ese momento me viene una nueva contracción. Aprieto la mano de mi amor y susurro:
—Ostras, Yulia...
La joven que me ha acompañado durante aquel último rato los empuja a ella y a Björn y, cogiéndome la mano, dice con voz de mando:
—Mírame, Lena. Vamos a respirar.
Lo hago y el dolor se pasa. Sin soltarme, les dice a los que van vestidos como ella:
—Hernández, Fraser, despejadme esto.
Sin dudarlo, ellos hacen lo que Mel les ha dicho. Mientras yo observo las dotes de mando de la chica. Yuli dice, retirándome el cabello de la cara:
—Dime que estás bien, cariño.
—Estoy fatal, Yul..., creo que Medusa quiere salir.
Björn se acerca a nosotras con gesto preocupado.
—Acabo de hablar con Marta. Ya nos esperan en el hospital.
—Ay, Dios mío... Ay, Dios mío —susurro horrorizada.
Ya no hay marcha atrás, ¡estoy de parto!
¡Qué dolor... qué dolorrrrrrrrrrr!
Yulia me da un beso y dice:
—Tranquila, pecosa. Tranquila. Todo va a ir bien.
El caos se hace tangible. Todos nos observan y Mel pregunta:
—Pero ¿dónde está la puñetera ambulancia? —Nadie lo sabe y entonces ordena—: Fraser, ve a por el coche. Lo quiero en la puerta norte en dos minutos. —Luego mira a Yulia y pregunta—: ¿A qué hospital hay que llevarla?
—Al Frauenklinik Munchen West —responde.
La joven se da la vuelta, mira a otro de sus compañeros y grita:
—Hernández, dame ruta y tiempo. Thomson, llama a Bryan infórmale de la situación. Dile que nos espere en una hora donde habíamos quedado. Yo llamaré a Neill.
Björn, al ver que estoy algo mejor, se agacha y pregunta con gesto serio:
—¿De dónde ha salido súper woman?
Me entra la risa. No conozco a Mel, pero me encanta su poderío. Tan pronto habla inglés, como ruso, como alemán. Una vez cierra su móvil, le dice algo a uno de sus compañeros, luego mira a Yul y ordena:
—Seguidme. En doce minutos os dejo en el hospital.
—No hace falta —responde Björn, mirándola—. Yo los llevaré.
—¿En doce minutos? —pregunta ella.
Levantándose con chulería, nuestro amigo la mira, se estira el traje oscuro que lleva y, tocándose el nudo de la corbata, sisea:
—En ocho, Cat Woman...
Yulia y yo nos miramos. Me entra la risa. Esto es un duelo de titanes. Entonces, la joven sonríe y sin amilanarse por la presencia de un tipazo como es Björn, pasea su azulada mirada por el cuerpo de éste con chulería y dice, mientras se pone sus gafas de aviador:
—No me hagas reír, James Bond. —Después nos mira a Yul y a mí y explica—: Tenéis tres opciones. La primera soy yo. La segunda es James Bond y la tercera esperar a que llegue la ambulancia. Vosotros decidís.
—Escojo la primera —digo con decisión.
Björn, sorprendido, protesta y ella, sonriendo, dice mirando a Yulia:
—Sígueme.
Yul me mira y yo asiento. Sé que hay más de cuarenta minutos hasta el hospital, pero extrañamente creo que si Mel ha dicho que en doce llegamos, es que así será. Yulia ayudada por Björn me coge en brazos y corren por el centro comercial. Cuando salimos, un impresionante Hummer negro nos espera. Nos metemos en él y, cuando Björn lo va a hacer también, la joven lo para y dice:
—Tú mejor ve en tu Aston Martin.
Sin más, cierra la puerta y el Hummer sale a toda leche. Mel nos mira.
—Son las 16.15, a las 16.27 estaremos allí.
El dolor vuelve. Es intenso, pero lo puedo aguantar. Yulka y Mel me hacen respirar y yo agradezco sus atenciones, mientras noto cómo el coche va a toda pastilla y no reduce ni una sola vez la velocidad.
Cuando para, oigo al conductor que dice:
—Hemos llegado.
Yulia choca la mano con él y con una enorme sonrisa, murmura:
—Gracias, amigo.
Cuando salgo del coche, Marta nos espera en la puerta del hospital y, al sentarme en la silla de ruedas, le dice a una enfermera:
—Avisa a maternidad de que ha llegado la señora Volkova. —Luego me mira—. Vamos, campeona, que cuando estés repuesta nos vamos a ir a celebrarlo al Guantanamera.
—Marta, no jorobes —protesta Yul y a mí me entra la risa.
Mel se acerca a mí.
—Son las 16.27. Te he prometido que te traía en doce minutos y lo he cumplido. —Yo sonrío y ella añade—: Encantada de haberte conocido, Lena. Espero que todo salga bien.
La agarro de la mano y, sin soltarla, digo:
—Gracias por todo, Mel.
Con una candorosa sonrisa, contesta:
—Si mañana tengo tiempo, pasaré a conocer a Medusa, ¿vale?
—Estaremos encantadas —responde Yulia, muy agradecida.
—¿Traerás a Samantha? —pregunto.
Mel sonríe y asiente. Instantes después, la joven se sube al Hummer y desaparece. Entramos en el hospital y me llevan directamente al ala de maternidad, a una bonita habitación.
Llega mi ginecóloga y me dice que no me preocupe por el adelanto de Medusa. Todo va bien. Después, me mete la mano y me hace un daño que veo las estrellas. Me acuerdo de toda su familia. Yulia me agarra y sufre. Cuando la mujer saca la mano de entre mis piernas, comenta, quitándose un guante de látex:
—Estás de cuatro centímetros. —Y al ver mi tatuaje, dice—: Vaya tatuaje más sexy que llevas, Elena.
Asiento. Me duele todo y no tengo ganas de sonreír. Yulia, preocupada, pregunta:
—¿Todo va bien, doctora?
Ella la mira y dice que sí.
—Todo va como tiene que ir. —Luego me toca la pierna y, dándome una palmadita tranquilizadora, añade—: Ahora relájate e intenta descansar. Pasaré a verte dentro de un ratito.
Cuando se va, miro a Yul y me tiembla la barbilla. Ella, al verlo, rápidamente dice:
—No, no, no, no llores, campeona.
Me abraza y, al sentir que el dolor vuelve, protesto:
—Esto duele una barbaridad.
Cojo la mano de Yulia y se la retuerzo con la misma intensidad con que siento yo que la tripa se me retuerce por dentro y, a pesar de que sé que le hago daño, no protesta. Aguanta más que yo. Cuando pasa el dolor, la miro y murmuro:
—No puedo, Yul... Yo no aguanto el dolor.
—Tienes que hacerlo, gatita.
—Y una chorra. Diles que me pongan la epidural ya. Que me saquen a Medusa, ¡que hagan algo!
—Tranquilízate, Len.
—¡No me da la gana! —grito fuera de mí—. Si tú tuvieras estos dolores, yo removería cielo y tierra para que te los quitaran.
Según digo eso, me doy cuenta de que estoy siendo cruel. Yulia no se lo merece. Y, agarrándola de la mano, hago que se acerque y murmuro llorosa:
—Perdón..., perdón, cariño. Nadie mejor que tú me cuida en este mundo.
Ella no me toma nada en cuenta y dice:
—Tranquila, pecosa...
Pero mi momento angelical y tranquilo dura poco. El dolor comienza y, retorciéndole el brazo, siseo:
—Dios... Dios... ¡Que esto me empieza a doler otra vez!
Yulia llama a la enfermera y le pide la epidural. La mujer me ve histérica, pero dice que no puede ponérmela hasta que la doctora se lo indique. Yo me cago en todo. Absolutamente en todo. Eso sí, en ruso para que no me entiendan. El dolor cada vez es más intenso y no lo puedo soportar.
Soy una mala enferma...
Soy una mal hablada...
Soy lo peor...
Mi lobita intenta distraerme con mil palabras cariñosas. Me hace respirar como nos han enseñado en las clases preparto, pero yo no puedo. El dolor me hace contraerme y ya no sé si respiro, si chillo o si me cago en los parientes de todos los del hospital.
Sudo...
Tiemblo...
Siento que me viene una nueva contracción...
Agarro la mano de Yul, que me anima de nuevo a respirar. Respiro..., respiro..., respiro.
De nuevo el dolor cesa. Pero cada vez es más seguido, más intenso y más devastador.
—Me cago en la marrrrrrrrrrrrrr —jadeo.
Yulia me pasa una toallita con agua fresca por la cara y dice:
—Fija la mirada en un punto y respira, cariño.
Lo hago y el dolor cesa.
Pero cuando va a comenzar de nuevo y preveo que me va a decir por enésima vez lo de fija la mirada... la agarro con fuerza por el cuello su blusa, tiro de ella y, acercando su cara a la mía, siseo fuera de mí:
—Si me vuelves a decir que fije la mirada en un punto, te juro por mi padre que te saco los ojos y los clavo en ese jodido punto.
Ella no dice nada. Se limita a darme la mano mientras yo me encojo en la cama, muerta de dolor.
Dios... Dios... ¡Cómo duele!
Seguro que si los Hombres pariesen, ya habrían inventado tener bebés en una probeta.
La puerta se abre y yo miro a la doctora como la niña del exorcista. La mato... juro que la mato. Ella, sin inmutarse, retira la sábana, me mete mano de nuevo y dice, sin importarle mi mirada de asesina:
—Para ser primeriza, dilatas muy rápido, Elena. —Después mira a la enfermera—. Está de casi seis centímetro. Que venga Ralf y le ponga la epidural. ¡Ya! Creo que este bebé tiene prisa por salir.
¡Oh, sí..., la epidural!
Escuchar eso es mejor que un orgasmo. Que dos... que veinte.
Quiero kilos y kilos de epidural. ¡Viva la epidural!
Yulia me mira y, secándome el sudor, susurra:
—Ya está, pecosa. Ya te la van a poner.
Me retuerzo con una nueva contracción y, cuando se pasa, murmuro:
—Yul...
—¿Qué, pequeña?
—No quiero volver a quedarme embarazada. ¿Me lo prometes?
La pobre asiente. Cualquiera me lleva la contraria en un momento así.
Me seca el sudor y va a decir algo cuando la puerta se abre y entra un hombre que se presenta como Ralf el anestesista. Cuando veo la aguja que lleva, me mareo.
¿Dónde va a meter eso?
Ralf me pide que me siente y me eche hacia delante. Me explica que necesita que me esté totalmente quieta para no dañar la columna vertebral. Me entra el agobio, pero dispuesta a colaborar al cien por cien, casi ni respiro.
Yulia me ayuda. No se separa de mí y, tras notar un pequeño pinchazo cuando menos me lo espero, el anestesista dice:
—Ya está. Ya tienes puesta la epidural.
Sorprendida, lo miro. ¡Qué fuerte!
Yo que pensaba marearme por el dolor del pinchazo, no me he enterado de nada. Me explica que me deja un catéter puesto por si la doctora necesita administrar más anestesia. Luego recoge sus bártulos y se va. Cuando sale por la puerta y nos quedamos Yul y yo en la habitación, solas, me besa y susurra:
—Eres una campeona.
Pero qué rica es. Qué aguante tiene conmigo y cuánto amor me demuestra con sus actos y sus palabras.
Diez minutos más tarde, noto cómo los horrorosos dolores comienzan a bajar de intensidad hasta que desaparecen. Me siento la reina de Saba. Vuelvo a ser yo. Puedo hablar, sonreír y comunicarme con Yulia sin parecer una hidra de siete cabezas.
Llamamos a Larissa y le pedimos que pase por nuestra casa a recoger la bolsa con las cosas de Medusa. La mujer se ataca al saber que estamos en el hospital. No quiero ni imaginar cómo se van a poner mi padre y mi hermana.
Luego llamo a Simona. Sé lo importante que es para ella que yo misma la llame y le hago prometer que se vendrá con Larissa para el hospital cuando ésta pase por casa para recoger la bolsa. La mujer no lo duda.
Después, tras mucho meditar, llamo a mi padre. Yulia cree que es lo más justo. Pero como ya presuponía yo, el pobre, al enterarse que estoy en el hospital ingresada para dar a luz, le entran los siete males. Se lo noto en el habla. Cuando papá se pone nervioso no se le entiende. No da pie con bola.
Le pasa el teléfono a mi hermana. Otra que tal baila. Entre chillar y aplaudir emocionada, la loca de Anya tiene bastante. Al final, le doy el teléfono a Yul, que les dice que mandará su avión a recogerlos a Kazan.
Cuando colgamos, nos miramos y, con mimo, me besa en los labios.
—El día ha llegado, pecosa. Hoy vamos a ser madres.
Sonrío. Estoy acojonada, pero feliz.
—Vas a ser un mami excelente, señor a Volkova.
Yulia me vuelve a besar y pregunta:
—Entonces, Hannah si es pelirroja, ¿y si es una rubia...?
La puerta de la habitación se abre y entra Björn, acalorado.
—Hombre..., llegó James Bond —me mofo.
Él me mira. La bromita no le hace gracia y, tras calibrar si me manda a la porra o no, pregunta:
—¿Cómo estás?
—Ahora perfecta. Me han puesto la epidural, no siento dolor y estoy la mar de bien.
Yulia, más tranquila al verme a mí serena, sonríe. No dice nada, pero sé que ha pasado un mal rato. Mi niña, ¡cuánto la quiero! Björn y ella hablan durante un ratito y me tengo que reír cuando oigo que Yulia dice:
—Doce minutos, colega. Hemos tardado exactamente doce minutos.
Björn al oírlo se asombra. Él ha tardado casi una hora. El tráfico estaba horroroso.
—¿Habéis venido volando?
—Ni idea. Yo iba pendiente de Len y conducía otro. Eso sí, la Mel esa, ¡menudo carácter!
—Debe de ser inaguantable —murmura Björn.
Yo me río.
Estoy hablando con el y Yul relajada y tranquila, cuando llega Larissa con Flyn y Simona. Todos me besan y yo sonrío a pesar de que no siento las piernas. Qué fuerte, me las toco y parecen de cartón piedra. Mientras todos hablan, Flyn me agarra la mano y, acercándose a mí, cuchichea:
—¿Hoy conoceremos a Medusa?
—Creo que sí, cariño.
—¡Guay!
La puerta se vuelve a abrir y entra Norbert. Al verme, sonríe y yo le guiño un ojo. Diez minutos después entra una enfermera y dice que allí hay mucha gente. Björn, como siempre, se hace cargo de todo sin que nadie se lo diga y se lleva a los demás a la cafetería.
Flyn protesta. No quiere separarse de mí. Quiere ser el primero en ver a Medusa. Al final, lo convenzo y, cuando nos quedamos solas, Yulia dice divertida:
—Flyn va a ser un estupendo hermano.
La puerta se abre de nuevo y entra la doctora. Me coge el agobio al ver que retira las sábanas. Joder, otra vez me va a meter mano. ¡Qué dolor! Pero esta vez con la epidural no me duele y, mirándome, dice:
—¡Al paritorio! Vamos a conocer a tu beba.
Yulka y yo nos miramos. La mujer llama a unos enfermeros y, cuando me sacan de la habitación, no quiero soltar a Yul pero la doctora dice:
—Ella se viene conmigo. Tiene que ponerse guapa para entrar en el quirófano.
Asiento. La suelto y le tiro un beso con la mano. Por Dios, qué momentazo. Cuando entro en el quirófano, mi corazón va a mil por hora. Estoy aterrorizada. No me duele nada, pero el hecho de ir a conocer a Medusa me asusta. ¿Y si Yul y Yo no le gustamos como madres?
Me pasan a la camilla del quirófano y los enfermeros se van. Entran dos mujeres con mascarillas, que me conectan a varios monitores y me piden que ponga los pies en los estribos. Lo hago y una de ellas dice:
—Vaya, «Pídeme lo que quieras». Qué tatuaje más original.
Asiento. Me río y digo:
—A mi esposa le encanta.
Las tres nos reímos. En ese momento, veo que entra la doctora con Yulia a su lado, con un pijama verde y un gorrito de lo más ridículo. Me vuelvo a reír.
Ella se pone a mi lado y me explica el sistema para empujar. Al tener la epidural, no sentiré los dolores, por lo que tengo que hacerlo siempre que ella me lo pida o yo vea que en el monitor se enciende una luz roja y parar cuando ella me lo indique. Asiento. Estoy asustada, pero asiento, dispuesta a hacerlo bien.
La doctora se pone entre mis piernas y, cuando en el monitor que hay a mi derecha se enciende una luz roja, me pide que empuje. Cojo aire como recuerdo que me han enseñado en las clases y empujo... empujo... empujo... y empujo.
Yulia me anima. Yulia me ayuda. Yulia no se separa de mí.
Vuelvo a repetir eso tantas veces, que a pesar de no sentir dolor, el agotamiento comienza a hacer mella en mí. Entre empujón y empujón, Yula sorprendida, me comenta que tengo una fuerza impresionante. Yo también flipo. Me doy cuenta de que empujando soy una fiera.
La doctora sonríe y nos explica que Medusa es bastante grande y está encajada de tal manera que, a pesar de mi dilatación y mis empujones, le cuesta salir.
De nuevo la luz del monitor se pone roja. Sigo empujando. El tiempo pasa y sólo empujo y empujo. Aguanto, aguanto y aguanto y cuando, agotada, poso mi cabeza en la camilla, la ginecóloga dice:
—Mama..., no te pierdas las siguientes contracciones, que tu beba ya está aquí.
Eso me emociona y se me llenan los ojos de lágrimas, en especial al ver el gesto de excitación e incredulidad de Mi lobita. Vuelvo a empujar y a empujar y noto que algo sale de mí. Yulia abre los ojos descomunalmente y murmura:
—Ha salido la cabeza, Len..., la cabeza.
Quiero verla, pero claro, ¡no puedo!
Aunque, bueno, casi que es mejor así, porque ver una cabeza asomando por mi vagina, como poco me puede ocasionar un trauma.
La doctora sonríe y me anima:
—Vamos, Elena, un último empujón. Saldrán los hombros y tras eso todo el cuerpecito.
Agotada, cansada y emocionada, cuando la luz se pone roja, hago lo que me piden. Empujo... empujo... empujo y empujo hasta notar que un peso enorme abandona mi cuerpo y la ginecóloga dice:
—Ya la tenemos aquí.
Yo no la veo. Sólo veo a Yulia.
Sus ojos se llenan de lágrimas y sonríe. Su mirada se dulcifica en ese instante y pienso que es la más bonita que le he visto nunca. Me emociono. Lloro de felicidad cuando, de pronto, el llanto de mi Medusa, inunda toda la estancia y la doctora dice:
—Es una niña preciosa.
-Mi niña, soy mama de una preciosa niña!
Yulia, con la respiración agitada, sonríe y la mujer dice:
—Vamos, mama Yulia, ven aquí y corta el cordón umbilical.
Yo lloro. Quiero ver a mi niña. ¿Cómo será?
Yulia suelta mi mano, va hasta donde está la doctora y, tras hacer lo que ella le pide, vuelve conmigo, baja su boca hasta la mía y, besándome, dice:
—Gracias, pecosa, es preciosa. ¡Preciosa!
En ese instante, ponen una cosa maravillosa que llora sobre el vientre. Es mi Medusa. Mi bebé. Mi niña. Emocionada, la miro, la toco y ambas lloramos.
—Hola, chiquitiiiiita. Hola, precioooooooosa, soy tu mamáááááááá.
¿Ya estoy hablando balleno?
Nunca imaginé que viviría un momento así...
Nunca imaginé que sentiría lo que siento...
Nunca imaginé que me sentiría tan completa...
Yulia me besa emocionada y yo toco a mi niña. Es perfecta, maravillosa. Y a pesar de lo sucia que está, es rubita como alguna vez fue su mami Yul y se parece a ella.
Yulia y yo nos miramos y sonreímos. Una de las enfermeras coge a la bebé y se la lleva, mientras la doctora termina de atenderme a mí y saca la placenta. Yulia y yo seguimos a la enfermera con la mirada. Vemos que le hace varias pruebas a la niño, después la lava y mi pequeña llora. Le pone una pulserita alrededor de la muñeca, la viste y, cuando la pesa, dice:
—Tres kilos trescientos gramos.
¡Tres kilos trescientos gramos!
Madre mía, ¡mi niña, pensaba que seria mas pequeña por la genética de sus madres!
Con razón decía la doctora que era grande para mi cuerpo.
Cuando por fin ésta termina conmigo, llegan los enfermeros con mi cama. Me pasan a ella y me ponen a mi bebé vestidita en los brazos.
¡Dios mío, es el momento más bonito de mi vida!
La miro con un amor increíble. La observo, me enamoro de ella. Es hermosisima. Perfecta.
Yulia no parpadea y sonrío al ver que en la pulsera pone «Volkova Hab.610».
¡Volkova!
De nuevo una rubia de nacimiento, hermosa y pequeña Volkova ha llegado al mundo para dar guerra. Y entonces, mirando a Yulia que no me quita ojo, digo:
—Se llamará como tú, Yulia Volkova.
—¿Como yo?
Asiento y, con una sonrisa que sé que a Yul le llega al alma, añado:
—Quiero que de aquí a unos años, otra Yulia Volkova enamore locamente a una persona y la haga tan feliz como tú me haces a mí.
Yulia sonríe sin parar.
Sin que me lo diga, sé que es el día más feliz de su vida. El de la mía también.


CONTINUARÁ...


Se acerca el final de esta historia. En un par de días coloco mas, nos leemos.  Smile Cool
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Feb 15, 2015 7:34 pm

Aquí de nuevo con los dos últimos capítulos de esta historia.  Smile


PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...




Capítulo 31

La primera noche en el hospital es movidita.
Tras visitarnos el pediatra y decirnos que Yulia está perfecta, me pregunta si le voy a dar el pecho o biberón.
Rápidamente y sin dudarlo opto por el biberón. Me da igual lo que piense el resto del mundo. No pienso convertirme ahora en una fábrica de leche andante, cuando sé que los bebés con biberón se crían de maravilla.
El día que lo hablé con Frida por teléfono no le pareció bien. Según ella, la leche materna es ideal. Inmuniza de cientos de cosas y es lo mejor. Larissa me dijo lo mismo, incluso me habló del instinto materno. Pues bien, mi instinto materno me dice que le dé biberón y también que a quien toque a mi hija lo mato.
Cuando se lo comenté a Yul, me dio la opción de decidir. Y como quiero que desde el minuto uno mi esposa sea partícipe de esta nueva historia, elijo biberón para que esté tan pringada como yo y santas pascuas. Lo que piense el resto del mundo, como siempre, ¡me importa tres pepinos!
Cuando traen un biberón con un poquito de leche para lactantes, se lo entrego a Yulia y digo:
—Vamos, mama, dale su primer biberón.
Veo cómo, nerviosa, mi amor coge a su beba de la cunita, se sienta en una silla y lo hace. la pequeñita, que es una tragona, se tira rápidamente a la tetina como una leona y, encantada, recibe lo que lleva un buen rato reclamando: comida.
Una vez se toma la dosis, se queda dormida como una ceporrita. Divertida, pienso si limpiarle la baba a la pequeña o a su madre.
¡Qué monas son las dos!
Tras la toma, las enfermeras vienen para llevársela al nido. Quieren que yo duerma y descanse. Pero la pequeñaja tiene unos pulmones tremendos y le gusta hacerse notar. ¡Menudo genio tiene la rubita!
Yul, al saber que es su hija la que llora como una descosida, hace que la traigan a la habitación y se ocupa de ella toda la noche. La mece, la acuna, le habla y yo, a oscuras, las observo emocionada.
Estoy cansada, agotada, pero no puedo dormir. Mis ojos no quieren dejar de mirar el precioso espectáculo que me ofrecen mis dos Yulia.
—Vamos, duérmete, pecosa, descansa —susurra mi lobita, acercándose a mí.
—Es perfecta, ¿verdad?
Sonríe, mira a la pequeña que se mueve en sus brazos y murmura:
—Tan perfecta como tú, preciosa.
Comienza a tocarme la cabeza y eso es bálsamo para mí. Lo sabe, me conoce. Eso me relaja y, finalmente, caigo rendida en los brazos de Morfeo.
Cuando me despierto, estoy sola en la habitación. La luz entra por la ventana y, cuando voy a llamar a las enfermeras, la puerta se abre y Yulia, con una radiante sonrisa, dice:
—Entra, abuelo, tu Lenoshka ya se ha despertado.
Cuando veo a mi padre, sonrío, sonrío y sonrío.
Él corre a abrazarme. Detrás entra Anya con Katy e Irina.
—Enhorabuena, mi vida. Has tenido una bebé preciosa.
—Cuchuuuuuuuuuuu. —Mi hermana me abraza—. Pero qué niña más hermosa has tenido.
—Es igualita a Yulia, ¿verdad? —pregunto.
—Por eso digo lo de hermosa —asiente mi hermana, haciéndome reír.
Irina, mi Irina, se sube a la cama y me abraza, me da un paquete y dice:
—He visto a la prima y es guapísima, tita. Pero no tiene los ojos como Flyn.
Sonrío por su comentario, abro el paquete y al ver una equipación de fútbol de la selección rusa, me río y digo:
—¿Queréis que la echen de Alemania?
Todos se ríen y, al no ver a mi pequeña, pregunto:
—¿Dónde está?
—Le están haciendo unas pruebas, cariño. Ahora la traerán —responde Yulia.
Cuando mi padre, junto con Katy, Yulia e Irina se van a tomar algo a la cafetería, mi hermana se sienta a mi lado y, con una cariñosa sonrisa, dice:
—Enhorabuena, Lena. Eres mamá.
Asiento y me emociono y Anya me abraza.
—Esto es para toda la vida, cuchu. La pequeña Yulia es preciosa y estoy segura de que te va dar muchas alegrías. Lo malo es que crecen y un día comenzará a salir con chicos o quien sabe si no se parece a sus madres y mira chicas también, a mirar revistas de moda y a fumar porros.
—Anya...
Ambas nos reímos. Mi hermana tiene unas cosas que es imposible no reírse con ella.
—Bueno, cuéntame, ¿algo nuevo?
Amorosa, se acerca y cuchichea:
—Dimitri y yo, de mutuo acuerdo, hemos pedido el divorcio hace veinte días.
—¿En serio?
Asiente.
—Tiene nueva churri y por lo visto con ésta va en serio. Y, aprovechando el subidón que tiene, mencioné lo del divorcio exprés y de cabeza que lo hemos pedido.
—Ostras, qué bien. Volverás a ser una mujer soltera para tu rollito salvaje. —Me río.
Pero al ver su gesto, sé que algo no va bien y pregunto:
—¿Cómo sigue tu rollito salvaje?
—Fatal.
—¿Fatal?
Anya asiente y dice:
—Quiere que nos vayamos a vivir a México con él.
—Pero ¿qué dices?
—Lo que oyes, cuchu... pero le he dicho que no. Primero, porque no me quiero alejar tanto de papá y de ti. Segundo, porque Dimitri no está de acuerdo con que me lleve a las niñas tan lejos y tercero, porque si fuera el caso contrario, a mí tampoco me gustaría que Dima se llevara a las niñas tan lejos de mí. Y antes de que digas nada, Dimitri ha sido un capullo integral conmigo, pero con las niñas siempre ha intentado ser un buen padre y no voy a hacerle esa guarrada. Sé que las quiere y ellas, especialmente Irina, lo quieren a él. Y una cosa es que me divorcie y otra muy diferente que me lleve a las niñas de su lado.
Pienso lo que dice y la entiendo perfectamente cuando añade:
—Por lo tanto, el güey, como dice Irina, se ha sentido rechazado y lleva sin llamarme diez largos y tormentosos días.
—Llámale tú.
—Ni loca.
—¿Le has comentado lo de tu divorcio?
—No.
—Le has explicado las cosas como me las has explicado a mí.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Juan Alberto no me ha dado opción. Cuando le dije que no a lo de México, el muy cabezota, tras enfadarse, no me permitió darle ninguna explicación y, literalmente, dijo: «Muy bien reina, que te vaya bonito».
—¿Te dijo eso?
Anya asiente y, al ver su cara, pregunto:
—¿Y tú qué le dijiste?
—Pues mira, chica, ¡para chula yo! Literalmente le dije: «Muy bien, rey, que te coma otra con tomate». —Y bajando la voz, añade—: Me dieron ganas de decirle algo mucho peor, ya me conoces cuando me pongo en plan víbora, pero pensé: ¡Anya, contención!
Me parto de risa y, abrazándola, insisto:
—Entonces, ¿tu rollito salvaje de mujer moderna se acabó?
—Creo que sí, pero, chica..., todavía pienso en él.
—Pero vamos a ver, Anya. Si tú le quieres y él te quiere, ¿por qué no le explicas las cosas y le propones que...?
—¿Que se venga a vivir a Rusia? —me corta—. No..., no..., imagínate que la empresa se le hunde y me culpa a mí de ello. No, ¡me niego!
Hablamos durante un buen rato, pero nada. Anya se cierra en banda y es imposible hacerla razonar. Luego dicen que la cabezona de la familia soy yo, pero mi hermana, ¡telita!
La puerta se abre y aparecen Yulia con Björn y mi pequeña. Björn lleva un precioso ramo de rosas. Saluda a mi hermana, luego a mí y murmura:
—Felicidades, mamá.
—Gracias, guapo.
Mi amor deja a nuestra niña en la cunita y pregunto:
—¿Todo bien?
Yul asiente y vuelvo a preguntar:
—¿Y mi padre?
—Se ha quedado con mi madre y los niños en la cafetería, ahora suben.
Asiento y, enamorada de mi pequeñita, miro a Björn y le digo:
—¿Qué te parece?
Bajando la voz, mi buen amigo me mira y contesta:
—Es preciosa, Lena. Habéis tenido una niña preciosa.
—¿Quieres cargarla?
Björn rápidamente da un paso atrás con gesto de susto.
—No. A mí tan pequeñas no me gustan. Los prefiero cuando tienen la edad de Flyn o Irina y me puedo comunicar con ellos.
Todos nos reímos y añade, mirando a su amiga:
—Espero que saque el carácter de Lena, porque como tenga el tuyo, amiga, lo llevamos claro.
—Pues con el de la cuchufleta lo vais a llevar claro también —se mofa mi hermana.
Nos estamos riendo, cuando unos golpecitos en la puerta nos hacen mirar. Se abre y, encantada, veo que se trata de Mel, la chica del ascensor.
—¿Se puede?
—Pasa, Mel, pasa. —Sonrío contenta.
Al entrar, veo que trae un cochecito con una bebita preciosa dormida. Poniéndola a un lado, dice, mientras coge unas flores, que deja sobre la cama:
—Se acaba de dormir, ¡espero que aguante un ratito!
Yulia la saluda con dos besos y, acercándose a mí, Mel dice, tras mirar a mi pequeña que duerme en la cuna:
—Qué hermosa y qué gordita. —Y con complicidad, añade—: supongo que medusa es una niña?
—Una preciosa niña —respondo orgullosa.
Ella me da un abrazo muy cariñoso y murmura:
—Enhorabuena, Lena.
Cuando se separa de mí, veo que choca con Björn y, al reconocerlo, dice:
—Vaya..., pero si está aquí James Bond.
Björn no sonríe. La mira de arriba abajo y responde con mofa:
—Hombre, súper woman la mandona, ¿tú por aquí? Yulia y yo nos miramos y, antes de que podamos decir nada, ella pregunta:
—¿Cuánto tardaste en llegar ayer con tu Aston Martin? ¿Ocho minutitos?
Björn, que por norma es un conquistador nato, al oír eso, en vez de sonreír y entrar en el juego, arruga el entrecejo y, mirándola con indiferencia, responde:
—Un poquito más, «simpática».
Vaaaaaaaya. ¿Qué le ocurre a Björn?
¿Acaso esta mujer lo desconcierta porque no cae rendida a sus pies?
Boquiabierta, observo que no despliega sus artes de donjuán con ella. Eso me sorprende y más cuando añade, mirando a Yulia:
—Estaré en la cafetería con Sergey y Larissa. Más tarde, cuando haya menos gente, subiré de nuevo.
—Te acompaño —responde Yul.
Cuando Yulia y su amigo se van, mi hermana me mira, yo miro a Mel y ésta, divertida, se encoge de hombros y suelta:
—Qué borde es el guaperas, ¿no?
No contesto y me río. Está claro que mi nueva amiga y Björn no se van a llevar bien.
Cuando nos quedamos las tres solas, hablamos de niños, embarazos y partos. De pronto, me doy cuenta de que soy una más del clan de las madres y explico mi parto como algo único y alucinante. Anya y Mel hacen lo mismo. Nunca había entendido ese empeño de las madres por contar sus partos, pero ahora que yo he tenido el mío, me gusta recrearme en él y recordarlo.
Samantha se despierta y cuando Mel la saca del cochecito, mi hermana y yo nos enamoramos de ella. Es una muñequita rubia con los mismos ojos azules que su mamá. La niña sonríe y nos hace todas las monerías del mundo.
Al cabo de una hora, Mel y la niña se marchan, pero la habitación se vuelve a llenar de gente.
Larissa y mi padre, los orgullosos abuelos de la pequeña Yulia, quieren estar con ella. Anya se baja un rato con Katy y los niños están con Björn y Yulia. Poco después aparecen Marta, Arthur y algunos amigos del Guantanamera. Cuando
Larissa ve a Máximo, se saludan y yo tengo que sonreír. Pero cuando me parto de risa es cuando aparece Yulia y ve al argentino hablando con su madre. Calla y finge no saber nada.
Esa noche, cuando todos se van y la habitación se queda en calma, mientras Yulia ejerce de madre y le cambia los pañales a nuestra hija como yo le indico, le pregunto:
—¿Eres feliz?
Ella me mira, mete a la pequeña dormida en la cuna y responde:
—Como nunca en mi vida, pecosa.
Al día siguiente nos dan el alta en el hospital y toda la familia, con una
más, regresamos a casa.

Continuará...
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Feb 15, 2015 7:44 pm

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Capítulo 32  (Final)
La pequeña Yulia tiene casi dos meses.
Es una niña buena, encantadora y con unos ojazos azules grisáceos y cautivadores como los de su mami Yulia. Nos tiene a todos como tontos babeando por ella.
Tras los primeros días en que todo es un caos, estamos aclimatados a los nuevos horarios. La pequeña es la reina de la casa. Ella manda y todos giramos a su alrededor.
Come cada dos horas día y noche. Es agotador, porque además de tragona, no duerme mucho.
Yulia se ocupa de ella. Quiere que yo descanse, pero veo que su cansancio es tremendo cuando un día, tras una nochecita movida con los gases de la pequeña, se despierta sobre las once de la mañana. ¡Hasta ella se asusta!
Dos noches más tarde, de pronto me despierto sobresaltada y me encuentro a Yulia sentada en la cama, moviéndose sola. La miro sorprendida. No tiene a la bebé en brazos pero se acuna. Miro y la beba esta dormidita en su cuna. Me río y, acercándome a Yul, murmuro:
—Lobita, échate y duérmete.
Lo hace. Está dormida y, cuando se acurruca entre mis brazos, me siento la mujer más dichosa del mundo por tenerla a mi lado.
Flyn es un hermano maravilloso. Nada de celos y está más cariñoso que nunca. Por la tarde, tras hacer los deberes, quiere cargar a la pequeña. Está orgulloso de ser su hermano mayor y eso se le ve en la cara.
¡Todos hablamos balleno!
¡Hasta Norbert!
Vuelvo a ser yo. Dejo de ser Lenota para ser Lena, aunque cinco kilos se resisten a abandonarme. Tanto helado y plum cake es lo que tiene. Pero no importa. Lo importante es que mi pequeña esté bien.
Las hormonas se me han asentado y estoy feliz. Ya no lloro, ya no gruño y por no tener no tengo ni la tan conocida depresión posparto.
Mi padre y mi hermana vienen un par de veces a vernos en estos dos meses. Él no cabe en sí de orgullo cada vez que ve a su niñita y Anya también. Aunque la noto algo decaída por la finalización de su rollito salvaje.
Intento hablar con ella, pero no quiere. Al final desisto. Cuando quiera hablar, vendrá a mí. Lo sé.
La pequeña Yulia es lo más bonito y maravilloso que me ha pasado nunca y ahora, cuando la miro, estoy segura de que volvería a tener mil embarazos más sólo por tenerla junto a mí.
Como una boba, estoy mirándola dormir en la cuna cuando Yulka entra en la habitación, se acerca a mí y, tras ver que la bebé duerme, me besa y dice:
—Vamos, pecosa, tenemos que irnos.
Ataviada con un maravilloso vestido de noche y con unos taconazos de infarto, la miro y murmuro:
—Ahora me da penita dejarle.
Yul sonríe, me besa en el cuello y dice:
—Es nuestra primera noche para nosotras. Tú y yo solas.
Su voz me reactiva. Llevamos planeando esta salida desde que la ginecóloga nos dijo que podíamos retomar nuestra vida sexual. Al final, tras convencerme de que la vida sigue y tengo que recuperar algo de normalidad, me levanto. Le doy un besito a mi preciosa bebita y camino de la mano de mi lobita.
Cuando llegamos al salón, Larissa, que está con Flyn jugando al Monopoly de la Wii, nos mira y exclama:
—Pero ¡qué guapas estáis las dos!
—Hala, Lennnnnnnn, ¡qué guapaaaaaaaa! —grita Flyn.
Como siempre, me encanta escucharlo. Es la primera vez que me arreglo desde que di a luz. Doy mi típica vueltecita ante el niño para que me vea, él sonríe y, cuando me abraza, le digo:
—Esta noche tú mandas en la casa. Eres el hermano mayor.
Flyn asiente y Larissa dice, guiñándome un ojo:
—Id tranquilas. Yo cuido de los dos pequeños.
Sonrío, le doy un beso y pregunto:
—Tienes nuestros números de móvil, ¿verdad?
Mi suegra me mira, asiente y contesta:
—Sí, cariño. Desde hace mucho. Anda..., marchaos y pasadlo bien.
Yulia se acerca a ella y la besa.
—Gracias, mamá. —Y, dándole un papelito, explica—: Estaremos en este hotel por si pasa cualquier cosa. Da igual la hora que sea, ¡llámanos!
Lari coge el papel y, empujándonos, responde:
—Por el amor de Dios, ¿qué va a pasar? Marchaos de una vez.
Entre risas, salimos de la casa. Susto y Calamar se acercan rápidamente al vernos y los saludamos. Después subimos al coche de Yulia y nos vamos, dispuestas a pasarlo bien.
Cuando llegamos al hotel y cerramos la puerta de nuestra habitación, nos miramos. Es nuestra noche. Hoy por fin vamos a poder hacer el amor como queremos y sin interrupciones. Veo sobre la mesa una cubitera con champán.
—Vaya... pegatinas rosa —murmuro y Yulia sonríe.
Nos miramos...
Nos acercamos...
Y suelto el bolso, que cae en el suelo.
Acto seguido mi amor me agarra por la cintura y hace eso que tanto me gusta. Me chupa el labio superior, luego el inferior y, tras darme un mordisquito, pregunta:
—¿Quieres cenar?
Pero yo sé ya lo que quiero y contesto:
—Vayamos directos a los postres.
Yulia sonríe y murmura con voz ronca:
—Desnúdate.
Sonrío mimosa. Me doy la vuelta para que me baje la cremallera del vestido y cuando éste cae al suelo, me coge en brazos y me lleva a la cama.
Cuando me suelta sobre ella con una mirada que incita a todo, veo cómo mi lobita se desnuda. Fuera blusa. Fuera pantalón. Fuera bóxer.
Oh, sí..., qué maravillosas vistas me ofrece.
¡Se me hace la boca agua!
Tengo delante a la mujer mas especial y sexy del mundo, con una sonrisa peligrosa y provocativa. Se tumba sobre mí y me besa. Degusto sus labios, su sabor, su ardoroso beso. Es la primera vez que lo vamos a hacer tras el nacimiento de nuestra pequeña y sabemos que tenemos que ir con cuidado.
Pasea sus dedos por mis muslos. Me chifla.
Susurra palabras calientes en mi oído. Me perturba.
Y cuando tira de mi tanga y éste salta hecho pedazos, me vuelve loca y me alegro de haberme traído otros de repuesto. La noche será larga.
—Quiero entrar en ti.
—Hazlo —susurro acalorada y añado—: Pero pídemelo de otra manera.
Yulia sonríe. Sabe lo que quiero y murmura con ardor:
—Quiero follarte.
—Sí, así... sí.
Con cuidado, Yulia pone la punta de su pene en mi húmeda vagina. Madre mía... lo que me hace sentir.
Me tienta...
Me enloquece...
Me estimula...
Y, mirándome a los ojos, murmura:
—Si te hago daño, dime que pare, ¿vale?
Asiento. Estoy excitada pero asustada.
¿Dolerá el sexo tras tener un bebé?
Yul se introduce en mí poco a poco. Sus ojos me taladran en busca del más mínimo gesto de dolor. Yo me arqueo, cierro los ojos y la recibo.
—Mírame —exige.
Lo hago. La miro y me caliento más.
Nuestras respiraciones se aceleran y con toda la contención del mundo, mi lobita, mi Yulka, mi esposa prosigue su camino.
—¿Duele?
Oh, no..., no duele. Me gusta la sensación y contesto tras morderme el labio inferior:
—No, cariño... Sigue..., sigue.
Un poquito más...
Más profundidad...
Siento que mi vagina se abre por completo, se humedece, tiembla.
La excitación me puede. No me duele nada. Sólo siento placer. Un placer intenso y, cuando no puedo más y el ansia viva me desborda, la agarro del trasero y me empalo totalmente en ella. Las dos jadeamos y, cuando me mira, digo:
—Ya no estoy embarazada. No me duele. Dame lo que necesito, Volkova.
Los ojos de Yulia brillan. Sonríe. El vello del cuerpo se me eriza al saber qué significa eso.
Pasión en estado puro.
Disfruto...
Disfruta...
Disfrutamos...
La locura nos rodea, olvidamos la existencia del mundo y sólo sentimos el roce de nuestros cuerpos mientras nos besamos enloquecidas y hacemos el amor a nuestra manera.
Cansadas y sudadas, cinco minutos después las dos jadeamos sobre la cama y susurro:
—Alucinante.
—Sí.
—¡Ha sido alucinante!
Yul tiene la respiración agitada y, posando una mano sobre mi vientre, ahora casi plano, murmura:
—Como tú dices, gatita, ¡flipante!
Nos reímos y nos abrazamos y de los abrazos pasamos a los besos. Cuando ambas estamos dispuestas de nuevo, pregunto:
—¿Repetimos?
No lo duda. Con fuerza, se levanta de la cama y a pesar de ser mas pequeña que yo me lleva consigo. Me coge en brazos y, con la sensualidad en todo lo alto, susurra mientras sonríe:
—No voy a parar en toda la noche, pecosa, ¿estás preparada?
Asiento como un muñequito. Llevo preparada meses y, tras morderme el lóbulo de la oreja, murmura, poniéndome la carne de gallina:
—Voy a hacer algo que ambas deseamos.
Divertida, sonrío. Sé lo que va a hacer y cuando me lleva contra la pared y me aprisiona contra ella pregunta:
—¿Te gusta así?
¿Contra la pared? ¡Oh, sí! Cuánto he deseado este momento.
—Sí.
Yulia sonríe, aprieta las caderas contra las mías y dice:
—Ahora sí, pelirroja. Ahora sí.
Y, sin preámbulos, introduce su enorme, erecto y duro pene en mi interior, mientras nos miramos a los ojos y yo abro la boca para gemir. La recibo y jadeo.
Una...
Dos...
Cien veces entra y sale de mí, mientras nuestro instinto animal aparece en manada para tomarnos por completo. Lo disfrutamos.
Sexo. Fuerza. Ardor. Pasión.
Todo ello entre nosotras es caliente, pasional. Le muerdo el hombro. Paladeo el sabor de su piel mientras me penetra. Pero de pronto se para y dice:
—Mírame.
Hago lo que me pide. Su mirada es lobuna y, apretando las caderas contra mí para darme una mayor profundidad, pregunta con la voz entrecortada al sentir como mi vagina la succiona:
—¿Te gusta así, pecosa?
Asiento y, al ver que no contesto, me da una palmadita en el trasero y digo:
—Sí... Oh, sí... No pares.
No para. Me vuelve loca.
Mi maravillosa y dulce lobita me empala una y otra vez, mientras las dos disfrutamos hasta que el clímax nos puede y tenemos que parar.
Nuestras respiraciones agitadas están desacompasadas y de pronto comienzo a reír.
—Amor..., cuánto te he echado de menos.
Yulia asiente y, acalorada por el esfuerzo, murmura:
—Seguramente tanto como yo a ti.
Sin separarme de ella, llegamos a la ducha, donde volvemos a hacer el amor como dos salvajes. La noche es larga y queremos disfrutar de lo que más nos gusta. De nosotras.
A las tres de la madrugada, agotadas después de cinco asaltos de lo más fogosos, llamamos al servicio de habitaciones. Estamos hambrientas. Nos traen unos sándwiches y más bebida con pegatinas rosa. Mientras comemos desnudas sobre la cama, Yulia me mira y pregunta:
—¿Todo bien?
Yo sonrío. Me encanta cuando me lo pregunta, y asiento.
Llenamos nuestras copas, brindamos mirándonos a los ojos y, después, Yulia dice:
—Björn me llamó ayer. Dice que dentro de dos fines de semana habrá una fiestecita en el Sensations. ¿Qué opinas?
Guauuu... Definitivamente, nuestra vida se normaliza.
Levanto una ceja, sonrío y contesto:
—Un poco de complemento nunca viene mal, ¿no?
Yulia suelta una carcajada, deja el sándwich sobre la bandeja y, abrazándome, murmura:
—Pídeme lo que quieras.
Emocionada por esa frase que tanto significa para nosotras, dejo también mi sándwich y, mirándola, murmuro, mientras abro las piernas para ella:
—Dame placer.
Nos besamos. Yulia comienza a bajar su boca por mi cuerpo. Oh, sí. Me besa el ombligo y yo jadeo, cuando de pronto un sonido nos interrumpe. ¡Mi móvil!
Nos miramos. Son más de las tres de la madrugada. Que suene el móvil a esa hora no puede ser para nada bueno. Asustadas, pensamos en nuestra bebé. Saltamos de la cama, Yulia llega antes que yo hasta el teléfono y lo coge.
Veo cómo, angustiada, habla con alguien. La tranquiliza. Yo pregunto. Me hace un gesto con la mano. Estoy histérica y, antes de que cuelgue, le oigo decir:
—No te muevas de ahí, vamos en seguida.
Con el corazón a punto de salírseme del pecho, la miro e inquiero:
—¿Qué pasa? ¿Yulia está bien? ¿Era tu madre?
Ella me sienta en la cama. Estoy a punto de llorar.
—Tranquila, no era mi madre.
Saber eso me hace respirar. Mi niña está bien. Pero de pronto el susto vuelve a mí y pregunto:
—¿Y quién era entonces?
—Tu hermana.
—¿Mi hermana? —Mi corazón se acelera de nuevo y, agarrándome a la cama, pregunto, a punto del infarto—: ¿Qué ha ocurrido? ¿Mi padre está bien?
Yulia asiente, sonríe y dice:
—Todos están bien. Anda, vístete. Vamos a buscar a Anya, que está en el aeropuerto de Múnich, esperándonos.
—¿Cómo?
—Vamos, pequeña... —me apremia.
Bloqueada, me reactivo y rápidamente nos vestimos. A las cuatro y cinco de la madrugada y vestidas de noche, aparecemos las dos en el aeropuerto. Estoy nerviosa. ¿Qué le ocurre a mi hermana? ¿Por qué está a estas horas en el aeropuerto?
Al vernos llegar, Anya, sorprendida, nos mira y pregunta:
—¿Venís de alguna fiesta?
Yulia y yo asentimos y, rápidamente, la bombardeo a preguntas:
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí?
Ella se desmorona y murmura:
—Ay, cuchu, creo que la he liado otra vez.
Sin entender nada, la miro. Luego miro a Yul, que nos observa, y susurro:
—No me asustes así, Anya, que ya sabes que soy muy impresionable.
Mi hermana asiente y yo insisto:
—¿Papá y las niñas están bien?
Ella asiente.
—Papá no sabe que estoy aquí.
—¿Y las niñas? —pregunta Yulia, preocupada.
—Con su padre. Se las lleva hoy de vacaciones a Menorca diez días.
De pronto lo entiendo. Y, posándole una mano en el hombro, digo:
—No me lo puedo creer.
—¿El qué? —pregunta Yulia.
Anya me mira. Yo la miro y siseo:
—No me jorobes y me digas que te has acostado con Dimitri y estás otra vez colgada de... de... ese imbécil.
Ella se echa a llorar y yo maldigo. ¡No me lo puedo creer!
Pero ¿a mi hermana le falta un tornillo?
Yul me tranquiliza y, cuando por fin Anya deja de llorar, me mira y aclara:
—Pues no, cuchu. No me he acostado con Dimitri, ni estoy colgada de él. ¿Qué clase de mujer crees que soy?
Ahora sí que me he perdido y, mientras la miro a la espera de una explicación, su cara se descompone y dice llorando:
—¡Estoy embarazaaaaaaaada!
Yulia y yo nos miramos. ¿Embarazada?
Anya berrea en medio del aeropuerto de Múnich y yo no sé qué hacer. Miro a mi lobita en busca de ayuda, pero Yulia se acerca a mí y susurra:
—No puedo con más hormonas lloronas, pecosa, ¡no puedo!
A mí me entra la risa. Pobrecita, menudo trauma le he creado durante mi embarazo.
Al final reacciono.
Siento a mi hermana en una silla y digo:
—Vamos a ver, Anya, si no te has acostado con Dimitri, ¿de quién es el bebé?
—¿Tú qué crees?
Parpadeo y respondo:
—Pero ¿y yo qué sé? Según tú, en este tiempo no has salido con nadie.
Las lágrimas le salen a borbotones y de pronto dice:
—De mi rollito salvajeeeeeee.
—¿De Juan Alberto? —pregunta Yulia, alucinada.
—Sí.
—Pero ¿qué me estás contando, Anya?
—Lo que oyes, cuchufleta.
—¿Pero vosotros no habíais roto? —insiste Yulia.
La embarazada de mi hermana se seca los ojos y responde:
—Sí, pero nos hemos seguido viendo cada vez que él venía a Rusia.
Boquiabierta y alucinada, la miro y digo:
—Pues no me habías contado nada.
—Es que no había nada que contar.
—Joder, pues para no tener nada que contar, no veas lo que vas a tener que contarles ahora a papá, a tu hija y al mexicano —me mofo.
Al oírme, mi hermana se levanta y, como una loca histérica, chilla en medio del aeropuerto:
—¡Al mexicano no le tengo que contar nada! ¡Absolutamente nada!
—Cálmate, mujer, cálmate —pide Yulia.
—¡No me da la gana de calmarme!—grita ella.
Yulka me mira con ganas de asesinarla. Yo la miro y cuchicheo:
—No se lo tengas en cuenta, cariño. Ya sabes, las hormonas.
—Joder con las hormonas —protesta ella.
Cojo a Anya de las manos. Tiembla, está histérica y, al ver que la miro, fuera de sí, dice:
—¡No quiero volver a ver a ese güey en su puñetera vida! ¡Me niegoooooooooo!
La gente nos mira. Los policías del aeropuerto se acercan a nosotras. Preguntan qué ocurre y Yulia, como mejor puede, les responde que son problemas familiares. Ellos asienten y se marchan.
Mi lobita y yo nos miramos. Estamos desconcertadas. Nuestra bonita noche ha acabado en el aeropuerto, con mi hermana llorando como una histérica, con las hormonas revolucionadas y embarazada.
Yulia decide tomar las riendas de la situación y, agarrando a Anya del brazo, dice:
—Venga, vamos a casa. Debes descansar.
Las tres caminamos hacia el coche. Mi hermana no lleva equipaje ni nada. En el camino, me cuenta que estaba en Moscú para llevar a las niñas con su padre y que la llamó Juan Alberto mientras ella estaba durmiendo a Katy. Irina cogió el móvil y le dijo que estaban cenando en la casa de su padre y que sus padres estaban en la habitación. Cuando Anya cogió el teléfono, él se puso como un loco y ella, como una hidra, lo había mandado a tomar por donde amargan los pepinos y le había colgado.
Cuando llegamos, Larissa, que acaba de darle un biberón a mi niña, se sorprende al vernos. Pero tras ver a mi hermana y su aspecto, y después de hablar con su hija, la mujer decide ver, oír y callar.
Anya y yo vamos a ver a mi pequeña, que duerme como un angelito. Es preciosa. Mi hermana llora y decido acompañarla a una habitación. Le dejo un pijama y hago que se acueste. Me tumbo con ella. No quiero dejarla sola y, en la oscuridad de la habitación, pregunto:
—¿Estás mejor?
—No, estoy fatal. Siento haberos jorobado la fiesta a Yulia y a ti.
—Eso no importa, Anya, cariño.
Un quejido lastimoso sale de su boca y me dice:
—Ya he obtenido el divorcio exprés.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Me llegó la sentencia hace dos días. Legalmente vuelvo a ser una mujer soltera, cuchu. Y yo... yo... —No puede continuar, pues le vuelven las lágrimas.
Qué mal rato está pasando, pobrecita, mi Anya. Cuando consigo que deje de llorar, pregunto:
—¿Qué vas a hacer?
—¿Con qué?
—Con el bebé. ¿Vas a decírselo a Juan Alberto?
—Se lo pensaba decir junto con lo del divorcio. Había comprado un billete para México y pensaba darle una sorpresa, pero ahora no quiero verlo. Ese güey me acusó de ser una pendeja, una mala mujer. Ha debido de pensar que se la estaba pegando con queso, como hizo anteriormente su mujerrrrrrrrr.
La forma de hablar de mi hermana me hace gracia. Pero no es momento de reír. Comienza a llorar de nuevo. Intento consolarla, pero es difícil. Sufrir por amor estando embarazada es una mierda, es lo peor de lo peor y, cuando se duerme, me levanto con sigilo y voy a mi cuarto. Allí está Yulia con nuestra bebita en la cuna. Cuando me ve aparecer, me mira y pregunta:
—¿Cómo está?
—Fatal, pobrecita.
Ambas nos callamos y Yulia dice luego:
—¿Qué hacemos? ¿Llamamos a Juan Alberto o no?
No sé qué hacer. Meterme en los problemas sentimentales de otros nunca me ha gustado y al final decido que no. Es problema de Anya y es ella la que debe tomar la decisión. Me abrazo a Yul y, al notar sus labios en mi cuello, murmuro:
—Siento lo que ha pasado, cariño. Está visto que no nos dejan.
Ella sonríe.
—Lo hemos pasado muy bien, eso es lo que cuenta. Ya lo repetiremos.

A la mañana siguiente, cuando mi hermana se levanta, su aspecto no ha mejorado. Tiene más ojeras si cabe. Simona, al verla allí, se sorprende, pero cuando le cuento lo que ocurre la compadece.
¡Maldito amor!
Larissa se lleva a Flyn a su casa para quitarlo de en medio y Yulia decide alejarse de las hormonas y se encierra en su despacho con la bebe. Aunque antes me dice que no me preocupe de nuestra pequeña, ella se ocupará mientras yo atiendo a mi hermana.
Llevo días sin ver Locura Esmeralda y Simona lo tiene grabado. Tenemos pendientes tres capítulos, incluido el último de la serie. Pero antes de ponérnoslos, me ocupo de mi hermana, la convenzo para que llame a mi padre y se tome una tila.
La oigo hablar con papá mientras llora y le dice lo del embarazo. Acto seguido, Anya llora sin parar y, cuando ya no puedo más, le quito el teléfono.
—Papá, no sé qué le has dicho, pero ahora sí que no para de llorar.
Oigo un resoplido al otro lado de la línea.
—Ojú, Lenoshka. Sois dos, pero en ocasiones parecéis cien —Eso me hace sonreír y añade—: Le he dicho que no se preocupe por nada. Donde entran cuatro, entran cinco, y mi nuevo nietecito será bien recibido en su casa. Simplemente le he dicho que no se angustie por eso y que debería hablar con Juan Alberto.
De nuevo, mi padre demuestra lo buena persona que es, y a pesar de saber que el nuevo embarazo de mi hermana será el nuevo chisme de Kazan, él la apoya. Nos apoya, como siempre.
Después de hablar con él un rato y decirle que no se preocupe por nada, que yo me ocupo de Anya, le mando mil besos y cuelgo. Consigo llevar a mi hermana hasta la habitación tras darle otra tilita, cuando se duerme, yo respiro aliviada.
Una vez salgo de la habitación, paso a ver a mis chicas. Madre e hija están en el despacho. Yulia trabajando con su ordenador y mi pequeña dormida como una ceporra. Después de darles mil besos a cada una, busco a Simona y, como dos niñas con zapatos nuevos, nos vamos las dos al salón, a disfrutar de nuestra serie favorita.
Simona le da a lo grabado y juntas, con nuestro paquete de kleenex, nos proponemos disfrutarla.
Cuando comienza el último capítulo y aparece mi hermana, lo paramos y digo, consciente de que si ve eso llorara más:
—Anya, si quieres, date un bañito en la piscina. Quizá eso te relaje, cielo.
Pero no, la señora sabe lo que vamos a hacer y, repachingándose en el sofá, responde:
—Quiero ver Locura Esmeralda con vosotras.
Madre..., madre..., pronostico que esto va a ser un drama. Mi hermana embarazada, despechada por el amor de un mexicano y Locura Esmeralda. Pinta mal. Muy mal.
Intento convencerla. Le digo que ese culebrón le recordará más su problema. Pero nada, de allí no la mueve nadie. Al final decido poner la serie y, como dice mi padre, ¡que sea lo que Dios quiera!
La musiquita ya la hace llorar y, cuando aparece México y los mexicanos, lo que brota por sus ojos son las mismísimas cataratas del Niágara. Simona y yo intentamos calmarla, pero ella nos pide que le dejemos ver la novela. ¡Pa’ matarla!
Al final nos concentramos y Simona y yo disfrutamos como dos enanas asistiendo a la boda de Esmeralda Mendoza y Luis Alfredo Quiñones. ¡Por fin!
Qué guapos están. Qué relucientes. Se merecen esa felicidad tan maravillosa a ritmo de mariachis y los que hemos padecido su calvario nos lo merecemos también. Esmeralda y Luis Alfredo se juran amor eterno mirándose a los ojos y Simona y yo lloramos. Mi hermana berrea. Cuando aparece el pequeño hijo de ambos y le dice a su papá «Te quiero mucho, papito lindo», ya no sólo berrea mi hermana, ahora berreamos las tres.
Y cuando la telenovela acaba con ese precioso final, con los tres subidos en un caballo, encaminándose hacia el horizonte, la caja de kleenex se nos acaba y, como tres tontas, lloramos sin pizca de vergüenza.
Esa noche, después de cenar, Anya se va a dormir. No puede con su alma. Yo tampoco. Psicológicamente me tiene agotada.
Yulia y yo nos vamos a nuestra habitación y, tras darle un biberón a la pequeña, esta nos da una tregua y se duerme en su cuna. Ya la vamos conociendo y sabemos que esa toma al menos le dura tres horas.
Agotada, me tiro en la cama y cierro los ojos. Necesito mimitos. Pero de pronto comienzan a sonar muy bajito las notas de una canción y Yulia, acercándose, dice:
—¿Bailas?
Sonrío. Me levanto y me abrazo a ella mientras se oye:
Si nos dejan,
nos vamos a querer toda la vida.
Si nos dejan,
nos vamos a vivir a un mundo nuevo.
Bailamos en silencio. Ninguna de las dos habla, sólo bailamos, escuchamos la canción y nos abrazamos.
Del abrazo pasamos a besarnos. La deseo, me desea y queremos continuar con lo que nos interrumpieron la noche anterior. Pero de pronto, suena el móvil de Yulia. Yo pongo los ojos en blanco y protesto furiosa:
—Pero ¿quién llama ahora?
Ella sonríe. Entiende mi frustración. Me da un beso y coge el teléfono. Habla con alguien y sale de la habitación rápidamente. Sin entender nada, me pongo una bata y, cuando llego a la planta de abajo, veo que
Yul abre la puerta de la casa y observo que las luces de un coche se acercan.
—¿Quién viene?
Pero antes de que pueda responder, un taxi llega hasta nuestra puerta y me quedo sin habla cuando veo quién sale de él.
Madre mía la que se va a liar cuando mi hermana vea al mexicano aquí.
Miro a Yulia, ella me mira también y dice:
—Lo siento, cariño, pero las hormonas de tu hermana que se las coma quien las ha originado.
Su comentario me da risa. En vez de molestarme, ¡me parto!
Juan Alberto, con barba de varios días, pregunta al entrar:
—¿Dónde está esa mujer?
Y antes de que Yulia o yo podamos responder, oímos:
—Como se te ocurra acercarte a mí, te juro que te abro la cabeza.
¡Mi hermana!
Me vuelvo y la veo en medio del vestíbulo, con un vaso de agua en las manos. Me muevo para ir a su lado, pero mi esposa me sujeta. Protesto.
—Volkova...
—No te muevas, pecosa —susurra y le hago caso.
Juan Alberto, con la vista clavada en Anya, sin temer por su integridad física, pasa por nuestro lado, se acerca a ella y, sin tocarla, dice:
—Ahorita mismo me vas a besar y me vas a abrazar.
Ella, ni corta ni perezosa, le lanza el agua a la cara.
¡Toma ya!, empezamos bien.
Y como no la pare, lo próximo que hace es estamparle el vaso en la frente.
Pero el mexicano, en vez de enfadarse, da otro paso adelante y dice:
—Gracias, sabrosa. El agua me aclaró más las ideas.
Anya levanta las cejas.
Uy..., malo... malo...
—Ahorita mismo te vas a ir por donde has venido, güey —suelta ella.
Juan Alberto deja la bolsa que sostiene y responde:
—¿Por qué no me has cogido el celular? Me he vuelto loco llamándote, mi reina. Siento lo que te dije la última vez que hablamos. Me encelé como un burrote al imaginarme cosas que no son, pero yo te quiero, relinda. Te quiero y necesito estar a tu lado y que me quieras.
Joder... esto parece Locura Esmeralda.
Mi hermana se derrumba. A cada palabra bonita y dulce de él, se desmorona por segundos. Es una romántica empedernida y sé que eso que Juan Alberto le está diciendo le está llegando directamente al corazón.
Pero me desconcierta su pasividad ante el hombre que yo sé que quiere y entonces éste añade:
—Sé que estás encinta y ese bebito que llevas en tu vientre es mío. Mi hijo. Nuestro hijo. Y le agradeceré todita mi vida a mi buena amiga Yulia que me llamara para decírmelo. ¿Por qué no me lo has dicho tú, mi reina?
Anya mira a Yulia fulminándola con la mirada.
La entiendo. En un momento así, yo haría lo mismo.
Mi esposa, al verla, se encoge de hombros y dice con seguridad:
—Lo siento, cuñada, pero alguien se lo tenía que decir al padre.
La tensión se corta con un cuchillo. Yo no hablo. Mi hermana no habla y Juan Alberto, acercándose un poco más a ella, susurra con voz melosa:
—Dímelo, relinda. Dime eso que tanto me gusta oír de tu dulce boca.
A Anya, la barbilla le vuelve a temblar. Se masca la tragedia. Me temo lo peor. Le estampa el vaso en la cabeza fijo... Pero de pronto, contra todo pronóstico, arruga el morrillo y dice:
—Te... Te como con tomate.
Juan Alberto la abraza, ella lo abraza a él y se besan.
Ojiplática, parpadeo. Pero ¿qué ha pasado aquí?
Yulia, cogiéndome en brazos, me ordena callar y me lleva derechito a nuestra habitación. Cuando entramos en ella, sin soltarme, vuelve a poner la canción que estábamos bailando y, mirándome con deseo, murmura:
—Ahora sí, pelirroja. Ahora sí que nos dejan.
Sonrío. Por fin todo, absolutamente todo está bien. La beso y, con sensualidad, digo:
—Desnúdate, señora Volkova.

FIN...???

MAÑANA LES PUBLICO EL EPILOGO.  Cool Smile
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Feb 17, 2015 7:08 pm

PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...






EPILOGO





Igual que mi hermana tuvo un divorcio exprés, organiza una boda exprés.
En agosto, toda la familia nos reunimos en Villa Lenoshka y celebramos un buen bodorrio por todo lo alto, al que unimos el bautizo de la pequeña Yulia. Decidimos hacerlo todo junto. Volver a reunir a todos los asistentes no es fácil y no queríamos que faltara nadie.
En esta ocasión, unimos a México con Rusia en una boda y en un bautizo Alemania con Rusia. Los amigos de mi padre se ríen y dicen que nuestra familia es como la ONU.
La madre de Dexter y éste cantaron rancheras y mi padre, con el Bicharrón, se arrancaron por bulerías. Ni qué decir tiene que cuando la Pachuca entró por rumbitas, allí se organizó la marimorena y bailó hasta el apuntador.
Pero ¡qué guasa tenemos los rusos!
Todos lo pasamos de vicio y Anya es locamente feliz. Se lo merece. De nuevo es una mujer casada, enamorada de un hombre que le corresponde como merece, y con perspectivas de vivir en Rusia. Concretamente en Moscú. Juan Alberto lo está organizando todo para su traslado. Lo primero son ella y su bebé. Nunca lo dudó.
Mi padre no cabe en sí de gozo. Está orgulloso de sus niñas y de su nuera y yerno. Según él, Yulia y Juan Alberto son dos verdaderas personas para sus hijas que se visten por los pies, responsables y juiciosos. ¡Toma ya!
Sólo hay que verle la cara para saber que por fin es tremendamente feliz. Nos falta mamá, pero sabemos que desde el cielo disfruta de nuestra felicidad y es tan dichosa como nosotros.
Frida y Andrés, junto con el pequeño Glen, acudieron desde Suiza. Están bien y felices y yo me río con Frida cuando me cuenta que en Suiza ya han encontrado con quién jugar.
Björn vino solo. Pero solo, lo que se dice solo, estuvo cinco minutos. Las amigas de mi hermana y las mías babean ante el dandy alemán. Han caído todas bajo su influjo y él tiene para todas. ¡Increíble lo de Björn!
Larissa se presentó con su nuevo ligue, un hombre más joven que ella. Está claro que quiere seguir disfrutando de la vida y del amor y que nada, ni las miradas en ocasiones reprobadoras de su hija, la pararán. Como ella dice siempre: ¡Vive y deja vivir!
A Yulia le ha costado, pero por fin lo ha entendido.
¡La vida sólo se vive una vez!
Marta con su novio Arthur disfrutó de la juerga. Bailó hasta quedar agotada y en un par de ocasiones, juntas gritamos aquello de «¡Azúcar!».
Mientras Susto y Calamar correteaban por Villa Lenoshka. Simona y Norbert no daban crédito. México y Rusia no tienen nada que ver con Alemania y en esa boda/bautizo quedó totalmente manifiesto.
Dexter y Graciela continúan su particular luna de miel. Ellos pasan de boda, pero estoy segura de que no tardará en llegar.
La madre de Dexter, tras ver la boda exprés de Juan Alberto con mi hermana, ya sueña con la boda de su hijo. Sé que lo conseguirá y que allí estaremos nosotros, sus amigos, para acompañarlos.
Flyn e Irina siguen con su particular buen rollo. Lo que no se le ocurre a uno se le ocurre al otro y, a pesar de que se cargaron la tarta de boda al poner un petardo, se salvaron de ser castigados, porque explotó en la cocina y no en el salón. No quiero ni imaginar la que se hubiese liado si estalla ante mi hermana Anya y su flamante marido. Sólo de imaginármelo me parto de risa.
Mi niña, mi beba preciosa, mi pequeña Yulia, durante la boda fue de mano en mano. Todos querían coger a la hermosa pequeñita y ella encantada. No lloró, sino que disfrutó, y yo más. Así pude gozar de la boda de mi hermana junto a mi lobita. La mujer más maravillosa del mundo y que sé que me quiere con locura.
Eso sí, seguimos discutiendo. Seguimos siendo como la noche y el día y, continuamente, cuando una dice blanco la otra dice negro. Pero como dice Malú en nuestra canción, nos regalamos amor y nos regalamos la vida. Sin ella, mi vida ya no tendría sentido y sé que a ella le ocurre lo mismo.
A finales de agosto, tras pasar varios días en Kazan, Yulia y yo, junto a Simona y Norbert, los pequeñajos y los perros regresamos a casa. Un poco de tranquilidad antes de comenzar el curso escolar y el trabajo nos vendrá bien.
Sorprendentemente y sin que yo diga nada, Yulia me pregunta si me he vuelto a plantear lo de trabajar para Müller. Sinceramente, lo he pensado, pero ahora, con mi pequeña, no quiero. Sé que lo haré dentro de un tiempo, cuando
vaya a la guardería, pero de momento decido quedarme con ella en casa y disfrutarla antes de que crezca, salga con chicos y quizás porque no con chicas, quiera un coche y fume porros, como dice mi hermana.
Yulka al saber mi decisión, sonríe y asiente. Eso la hace feliz.
Una mañana de septiembre, salimos con nuestros dos niños a pasear por Múnich. Hace buen día y queremos aprovecharlo. Somos una familia y hemos planeado algo para sorprender a Flyn, a nuestro niño.
Desde que la pequeña Yulia llegó a casa, siempre nos llama mama y mami. Su felicidad es la nuestra y en más de una ocasión nos hemos tenido que esconder para que no nos vea emocionarnos como dos tontas.
Cuando aparcamos el coche, los cuatro paseamos y, con una sonrisa en los labios, llegamos hasta el puente de Kabelsteg, donde está puesto nuestro candado. Nuestro candado del amor.
Yulia y yo vamos de la mano, mientras Flyn guía el carrito con su hermana.
—Halaaaaaa, ¡cuántos candados! —dice sorprendido.
Yul y yo nos miramos, sonreímos y, tras localizar dónde está el nuestro, nos paramos.
—Mira, Flyn —le digo—. Mira qué nombres pone en ese de arriba.
El niño lo mira y, alucinado, pregunta:
—¿Sois vosotras?
—Sí, jovencito, somos nosotras —contesto, agachándome para estar a su altura—. Éste es uno de los puentes del amor de Múnich y Yulia y yo hemos querido formar parte de ello.
Flyn asiente y Yulka pregunta:
—¿Qué te parece la idea?
Él se encoge de hombros y responde:
—Bien. Si es un puente de enamorados, me parece bien que estén vuestros nombres. —Y fijándose en otros candados, añade—: ¿Y por qué en esos candados hay otros más pequeños?
Yulia, agachándose junto a nosotros, explica:
—Esos candados más pequeños son el fruto del amor de los candados grandes. Cuando las parejas han tenido hijos, los han incluido en ese amor.
Flyn asiente y, mirándonos, pregunta:
—¿Hemos venido a poner el candado de Yulia?
Yo niego con la cabeza y entonces, mi amor, sacando dos candados grabados más pequeñitos de su bolsillo, se los enseña y dice:
—Hemos venido a colgar dos candados. Uno que pone Flyn y otro que pone Yulia.
Él parpadea y, emocionado, dice:
—¿Con mi nombre también?
Yo sonrío y, abrazándolo, contesto:
—Tú eres nuestro hijo como lo es Yulia, cariño. Si no ponemos los cuatro candados, nuestra familia no estará completa, ¿no crees?
Él asiente y murmura:
—Guayyyyy.
Yul y yo sonreímos y, entregándole los candados, le explicamos cómo unirlos al nuestro. Después, tras besar todos las dos llaves, las tiramos al río.
Mi lobita me mira y yo le guiño un ojo. Siempre hemos sido una familia, pero ahora lo somos más. Quince minutos más tarde, mientras Flyn corre delante de nosotras y yo guío el carrito de la bebé, pregunto:
—¿Eres feliz, lobita?
Yulia, mi amor, mi lobita, mi Icegirl, mi ojiazul, mi vida, me aprieta más contra ella y, besándome en la cabeza, responde:
—Como no te puedes ni imaginar. Contigo y los niños a mi lado tengo todo lo que necesito en la vida.
Asiento. Lo sé, me lo hace saber todos los días. Pero deseosa de intrigarla, murmuro:
—Todo... todo, no.
Yulka me mira.
Yo me paro.
Echo el freno al cochecito y, tras abrazarla por el cuello, ella vuelve a afirmar:
—Tengo todo lo que quiero, pecosa, ¿a qué te refieres?
Juguetona, la miro y digo:
—Hay una cosa que tú siempre has querido y que yo aún no te he dado.
Sorprendida, arruga el entrecejo y pregunta:
—¿El qué?
Intentando contener la risa, la beso. Yulia es deliciosa, la adoro. A escasos centímetros de su boca, susurro:
—Una pelirrojita.
Me mira ojiplática.
Se le corta la respiración.
Palidece.
Yo me troncho de risa y, al entender mi guasa, pregunta divertida:
—¿Tú me quieres volver loca otra vez con las hormonas?
Le doy un azote en el trasero y, besándola, murmuro:
—Tranquila, Icegirl, de momento estás a salvo, pero ¿quién sabe? Quizá algún día...





FIN................................................................................................................................................................................................................................



Y así esta historia llega a su vida, la trilogía de Meghan Maxwell se acaba, espero les haya gustado esta adaptación echa por mi, que fue la continuación de las dos que realizo Ataria. Gracias por comentar y seguir la historia. Fue un gusto adaptarla, nos leemos en las otras historia que publico. Bye y saludos a tod@s.  Very Happy
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Anonymus el Miér Feb 18, 2015 12:35 pm

Lo mas hermoso que leí Very Happy
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Miér Feb 18, 2015 9:28 pm

Gracias x adaptarla, te quedó excelente!!! :-D
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por wendra222 el Mar Mayo 26, 2015 6:32 pm


Muy buena

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por ECLIPSE LUNAR el Dom Jun 05, 2016 10:12 am

muy buena la historia me gusto mucho Very Happy lol! lol! lol! lol! king king
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ECLIPSE LUNAR

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

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