LUZ EN LA TORMENTA

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LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Dic 11, 2014 10:44 pm

Hello, Yo aquí de nuevo con una historia adaptada a nuestras queridas y locas rusas, que aveces logran que pensemos seriamente en hacer terapia para entenderlas! jaja bueno sin mas les dejo el prologo y el primer capítulo! tal vez  mañana suba una nueva conti!! bueno sin mas espero les guste la historia, y sus comentarios al respecto Cool Very Happy Razz


LUZ EN LA TORMENTA

PROLOGO

Embarazada, sola y en plena huida para proteger al hijo que llevaba en el vientre, Elena Katina se quedó atrapada en una carretera nevada de Vorkuta, y a merced de una
desconocida. Afortunadamente, el único propósito de Yulia Volkova era darle cobijo.
Ella era un ángel pelirrojo de ojos verdigrises, y Yulia habría pensado que había surgido de
la noche nevada para salvarla... si creyera en ese tipo de cosas; sin embargo, había perdido toda
esperanza desde la muerte de su hermano, y ya sólo hallaba consuelo en su soledad.
Mientras esperaban a que amainara la tormenta, se confesaron sus secretos más íntimos y
surgió entre ellas una poderosa pasión. Cuando las carreteras se despejaron, quedaron unidas
por una promesa, ya que Yulia sabía que Elena necesitaba protección para conservar la
custodia de su hijo en la batalla que se avecinaba.
Estaba dispuesta a ofrecerle matrimonio para ayudarla, aunque sus motivos no eran realmente
tan puros. Lo cierto era que aquella hermosa y vulnerable desconocida le había ofrecido un regalo de incalculable valor… le había dado una razón para vivir, la valentía de recuperar la esperanza y soñar con tener el futuro y la familia que ella siempre había deseado.


Última edición por LenokVolk el Jue Dic 11, 2014 11:45 pm, editado 1 vez
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Dic 11, 2014 10:46 pm

Capítulo 1


Maldita nieve. Yulia redujo a segunda, aminoró la velocidad del todoterreno a veinticuatro kilómetros por hora, soltó un juramento y forzó la vista al máximo; sin
embargo, lo único que podía verse más allá del frenético vaivén de los
limpiaparabrisas era una pared blanca. Aquélla no era una ventisca invernal de
cuento de hadas, y los copos de nieve que caían parecían tan grandes y amenazadores como un puño.
Sería inútil pararse a esperar a que la tormenta escampara, se dijo mientras
tomaba la siguiente curva lentamente. Después de seis meses conocía a la perfección
aquella angosta y serpenteante carretera y podía conducir por ella casi con los ojos
cerrados, así que podía considerarse afortunada, pero un recién llegado se habría
encontrado indefenso. Incluso con aquella ventaja, tenía los hombros y la parte
posterior del cuello completamente tensos. Las nevadas en Vorkuta podían ser tan
peligrosas en primavera como en pleno invierno, y durar una hora o un día; además,
aquélla había tomado por sorpresa a todo el mundo... tanto a los residentes como a
los turistas y al Servicio Nacional de Meteorología de Rusia.
Sólo ocho kilómetros más y podría descargar las provisiones, encender el fuego
y disfrutar de la ventisca de abril en el acogedor interior de su cabaña, con una taza
de café caliente o un vaso de vodka.
El todoterreno fue ascendiendo por la cuesta como un tanque, y Yulia se
sintió agradecida por su resistencia y su solidez. Aunque tardara tres veces más en
recorrer los treinta y dos kilómetros hasta su casa, por lo menos conseguiría llegar.
Los limpiaparabrisas trabajaban incansables, pero lo único que se apreciaba
entre los segundos de falta de visibilidad total era una cortina blanca. Si no
amainaba, al anochecer la nieve tendría más de medio metro de altura. Yulia intentó
animarse diciéndose que para entonces ya habría llegado a casa, pero sus
imprecaciones resonaron en el interior del vehículo. Si no hubiera perdido la noción
del tiempo el día anterior, habría podido comprar antes las provisiones y el mal tiempo no le habría afectado lo más mínimo.
La carretera serpenteó en una curva perezosa, y Yulia la tomó con sumo
cuidado. Le resultaba muy difícil conducir lentamente, pero a lo largo del invierno había adquirido un sano respeto por las montañas y por las carreteras que las
atravesaban. La valla de seguridad era muy sólida, pero al otro lado esperaban unos
barrancos escarpados que no perdonaban un error. Aunque tenía confianza en sí
misma y en la fiabilidad del todoterreno, tenía que tener en cuenta la posibilidad de
que hubiera algún coche a un lado o en medio de la carretera.
Necesitaba fumar. Apretó las manos en el volante, deseando encender un
cigarro, pero sabía que tendría que esperar para poder permitirse ese lujo. Sólo
cuatro kilómetros y medio más.
Sintió que la tensión de sus hombros empezaba a relajarse. No había visto un solo coche en más de veinte minutos, y era dudoso que se encontrara con alguno a
aquellas alturas, ya que cualquiera con la más mínima sensatez habría buscado refugio. A su lado, la radio no dejaba de hablar de carreteras cortadas y eventos
cancelados.
Siempre la había sorprendido que la gente planeara tantas fiestas, cenas,
recitales y representaciones para un mismo día, aunque suponía que ésa era la naturaleza humana. Siempre planeando reuniones para juntarse unos con otros, aunque sólo fuera para vender un puñado de pasteles y galletas. Ella prefería estar
sola, al menos de momento; de no ser así, no habría comprado la cabaña ni habría
permanecido enclaustrada en ella durante los últimos seis meses.
La soledad le proporcionaba libertad para pensar, para trabajar, para curarse, y había logrado las tres cosas en cierta medida.
Estuvo a punto de suspirar aliviada al ver... bueno, al notar... que el coche
volvía a tomar una pendiente, ya que sabía que aquélla era la última cuesta antes de su desviación. Ya sólo quedaba un kilómetro y medio. Su cara, que había estado tensa de concentración, empezó a relajarse. Era un rostro delgado, con rasgos muy finos y femeninos, y  para ella no resultaba meramente atractivo; además, tenía una pequeña cicatriz en su cuello causa de un acalorado desacuerdo que había tenido con su hermano menor en la adolescencia, pero Yulia no le había guardado rencor por ello.
Se le había olvidado ponerse un sombrero, y su semi corto cabello oscuro le enmarcaba la cara, se lo había peinado con dedos apresurados horas antes. Sus ojos, de un cristalino Azul grisaceo, empezaban a escocerle después de estar tanto tiempo fijos en la
nieve.
Mientras los neumáticos se deslizaban por el asfalto acolchado, echó un vistazo
al cuentakilómetros, y levantó la vista de nuevo tras comprobar que sólo faltaba
medio kilómetro. Entonces fue cuando vio el coche que se acercaba hacia ella fuera de
control.
Sin tiempo ni para soltar una palabrota, viró bruscamente hacia la derecha justo
cuando el otro coche pareció derrapar. El todoterreno patinó en la nieve, y se
balanceó peligrosamente antes de que las ruedas consiguieran aferrarse a la carretera
para obtener algo de tracción. Por un instante Yulia creyó que iba a dar una vuelta de campana, pero cuando su vehículo se estabilizó no pudo hacer otra cosa que
permanecer allí sentada, mirando con la esperanza de que el otro conductor tuviera
tanta suerte como ella.
El coche descendía ladeado a toda velocidad, y aunque todo estaba ocurriendo en cuestión de segundos, Yulia tuvo tiempo de pensar en lo fuerte que sería el impacto cuando diera de lleno contra el todoterreno; sin embargo, en el último
momento el conductor consiguió enderezar el vehículo, viró bruscamente para evitar
la colisión, y empezó a deslizarse sin remedio hacia la valla de seguridad. Yulia puso el freno de mano, y salió del todoterreno justo cuando el otro coche chocaba contra el
metal.
Estuvo a punto de caerse de cabeza, pero gracias a sus botas de montaña
consiguió mantener el equilibrio mientras corría por la nieve hacia el vehículo
accidentado. Era un coche pequeño y compacto... aún más después del impacto, ya
que la parte derecha había quedado metida hacia dentro y el capó parecía un acordeón por el lado del pasajero. En un instante de lucidez, se horrorizó al pensar
en lo que podría haber pasado si el coche hubiera golpeado por el lado del
conductor.
Cuando consiguió llegar al coche a través de la nieve, vio una figura
desplomada sobre el volante e intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada. Con el
corazón en la garganta, empezó a aporrear la ventanilla.
La figura se movió, y al ver la espesa cabellera pelirroja rizada que caía sobre los hombros
de un abrigo oscuro se dio cuenta de que era una mujer. En ese momento, ella se quitó el gorro de esquí que llevaba, se volvió hacia la ventanilla y fijó la vista en Yulia.
Estaba muy pálida, blanca como el mármol, mas de habitual e incluso sus labios parecían
demacrados. Tenía unos ojos enormes y verdes, con los iris oscurecidos debido a la conmoción... unas cuantas pecas en su rostro y era hermosa, tan increíblemente hermosa que quitaba el aliento.
Como artista vio las posibilidades en aquel rostro pecoso con forma de diamante, en los
pómulos prominentes y en el carnoso labio inferior, pero como una mujer... apartó de su mente aquellos pensamientos y volvió a golpear en la ventanilla.
Ella parpadeó y sacudió la cabeza, como si estuviera intentando despejársela, y Yulia vio que sus ojos eran de un tono mezclado entre verde y gris cuando la conmoción en
ellos empezó a desvanecerse y dejó paso a una expresión preocupada.
La mujer se apresuró a bajar la ventanilla, y le preguntó antes de que ella pudiera articular palabra:
—¿Está herida?, ¿le he dado?
—No, ha dado contra la valla de seguridad.
—Gracias a Dios —dijo ella, antes de apoyar la cabeza en el respaldo de su
asiento por unos segundos. Tenía la boca seca, y aunque luchaba por controlarlo, el corazón parecía martillearle en la garganta—. El coche empezó a resbalar al empezar
a bajar por la cuesta, y creí que a lo mejor podría recuperar el control, pero entonces vi su todoterreno y pensé que iba a darle de lleno.
—Lo habría hecho, si no hubiera girado hacia la valla.
Yulia miró de nuevo el capó del coche, consciente de que el daño podría haber sido mucho mayor. Si ella hubiera ido a más velocidad... pero no tenía sentido perderse en especulaciones inútiles, así que se volvió hacia ella de nuevo e intentó
ver algún signo de trauma en su rostro.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, creo que sí —ella volvió a abrir los ojos, mientras intentaba esbozar una sonrisa—. Lo siento, debo de haberle dado un buen susto.
—Y que lo diga —pero el sobresalto ya había pasado, y estaba a menos de medio kilómetro de su casa, varada en la nieve con una desconocida que no iba a poder sacar su coche de allí en varios días—. ¿Qué demonios está haciendo aquí?
La pelirroja mujer ignoró la brusquedad de sus palabras mientras se desabrochaba el cinturón
de seguridad; había estado respirando hondo para intentar serenarse, y ya se
encontraba mucho mejor.
—Debo de haberme equivocado de dirección por la tormenta, porque estaba
intentando llegar a Kranosdar  para esperar a que amainara. Según el mapa, es la población más cercana, y tenía miedo de pararme en el arcén...bueno, en el
pequeño margen que hay —miró hacia la valla de seguridad, y se estremeció—.
Supongo que no voy a poder sacar mi coche de aquí.
—No, esta noche no.
Con expresión ceñuda, Yulia se metió las manos en los bolsillos. La nieve seguía cayendo y la carretera estaba desierta, así que si la dejaba sola era posible que muriera congelada antes de que apareciera por allí un vehículo de emergencia o una
máquina quitanieves. Por mucho que quisiera desentenderse de aquella
responsabilidad, no podía dejar a una mujer varada en medio de aquella tormenta.
—Lo único que puedo hacer por usted es llevarla a mi casa.
Su voz era seca, carente de amabilidad, pero ella no se sorprendió por ello. Era
normal que estuviera enfadada e impaciente, ya que casi había chocado con ella y además iba a tener que seguir ayudándola.
—Lo siento.
La pelinegra movió ligeramente los hombros, consciente de que había sido muy grosera.
—El desvío que lleva a mi casa está en la cima de la colina, tendrá que dejar aquí su coche y venir conmigo en el todoterreno.
—Muchas gracias —dijo la pelirroja. Con el motor apagado y la ventanilla abierta, el frío estaba empezando a calar en su ropa—. Perdone las molestias, señora...
—Volkova, Yulia Volkova.
—Yo me llamo Elena pero prefiere que me diga solo Lena —acabó de quitarse el cinturón de seguridad que había evitado que sufriera alguna herida grave, y añadió—: llevo una maleta en la parte de
atrás, ¿le importaría echarme una mano con ella?
Yulia agarró las llaves y fue a regañadientes a buscarla, pensando que si se hubiera puesto en marcha una hora antes ya estaría en casa, y sola.
La maleta no era muy grande, y distaba mucho de estar nueva; al parecer, la mujer sin apellido viajaba ligera de equipaje. Mientras la sacaba del coche, se dijo que no era justo enfadarse ni mostrarse tan descortés; al fin y al cabo, si la chica no hubiera
conseguido virar y la hubiera esquivado, a esas alturas necesitarían un médico en
vez de una taza de café y de algo para calentarse los pies.
Yulia decidió mostrarse un poco más civilizada, y se volvió hacia la pelirroja para decirle que fuera al todoterreno. Lena había salido de su coche y estaba de pie mirándola, con la nieve cayéndole sobre el pelo rizado y suelto, y fue entonces cuando se dio
cuenta de que no sólo era muy hermosa, sino que además estaba muy embarazada.
—Madre de Dios—consiguió decir.
—De verdad que siento causarle tantos problemas, y le agradezco muchísimo que quiera ayudarme —empezó a decir Lena—. Si puedo llamar desde su casa y conseguir que venga alguien a remolcar mi coche, a lo mejor arreglaremos esto
rápidamente.
Yulia no oyó ni una palabra de lo que le estaba diciendo, incapaz de apartar la
vista del bulto cubierto por su abrigo oscuro.
—¿Está segura de que está bien?, no sabía que estaba... ¿necesita un médico?
—No, no hay problema —su rostro, que había recuperado el color gracias al frío, se iluminó con una amplia sonrisa—. El niño está perfectamente, aunque por las
patadas que me está dando, yo diría que se ha molestado un poco con todo este revuelo. No hemos chocado con la valla, más bien nos hemos deslizado contra ella,
así que apenas hemos notado el impacto.
—Puede que haya... —sin saber demasiado bien cómo seguir, La pelinegra optó por
decir—: que la sacudida le haya... dañado algo.
—Estoy bien —repitió ella—. Tenía puesto el cinturón de seguridad, y la nieve amortiguó el golpe —al darse cuenta de que ella no parecía demasiado convencida, se
echó atrás el pelo con algo de impaciencia. Aunque llevaba unos guantes de cuero ribeteados en seda, los dedos estaban empezando a entumecérsele—. Le prometo que
no voy a ponerme de parto aquí en medio... a menos que nos quedemos aquí plantadas durante las próximas semanas.
La mujer tenía razón... o al menos, eso esperaba Yulia; además, empezaba a
sentirse como una idiota bajo el peso de la sonrisa con que la miraba. Tras unos segundos se dio por vencida, y alargó una mano hacia ella.
—Deje que la ayude.
Lena sintió que aquellas palabras tan sencillas le daban de lleno en el corazón, ya que podía contar con los dedos de una mano las veces en que alguien le había dicho algo así.
Yulia no sabía cómo había que comportarse con las mujeres embarazadas, ya que si bien ella era mujer, nunca trato con una embarazada literalmente, y se
preguntó si serían muy frágiles. Siempre había pensado que debía de ser todo lo contrario, teniendo en cuenta por lo que tenían que pasar, pero en ese momento en
que se encontraba frente a frente con una, tenía miedo de que se rompiera en mil pedazos al tocarla.
Temerosa de resbalarse en la nieve, Lena se aferró con fuerza a su brazo
mientras iban hacia el todo terreno.
—Este sitio es precioso, pero la verdad es que voy a disfrutar más de la nieve cuando esté a cubierto —comentó cuando llegaron al vehículo. Al ver el escalón bastante alto que había bajo la puerta, añadió—: me parece que va a tener que
ayudarme a entrar, no estoy tan ágil como antes. Yulia metió la maleta primero, mientras se planteaba por dónde podía agarrarla. Mascullando entre dientes, le puso una mano bajo el codo y otra en la
cadera, y Lena consiguió entrar en el todoterreno con una facilidad que la
sorprendió.
—Gracias.
La pelinegra gruñó su respuesta mientras cerraba la puerta de golpe. Tras rodear el vehículo, se puso al volante y consiguió reincorporarse a la carretera sin demasiado esfuerzo.
Mientras el sólido vehículo subía lentamente la cuesta, La pelirroja estiró las manos y vio que por fin habían dejado de temblar.
—Si hubiera sabido que había casas por la zona, habría pedido cobijo hace rato. No me esperaba que hubiera una nevada en abril.
—Por aquí puede nevar en cualquier fecha —dijo ella, y se quedó callada por un largo momento. Respetaba la privacidad ajena tanto como la suya propia, pero las
circunstancias en que se encontraban se salían de lo común—. ¿Viaja sola?
—Sí.
—¿No es un poco peligroso en su condición?
—Había planeado estar en San Petersburgo en un par de días —posó una mano sobre su
vientre, y afirmó—: no salgo de cuentas hasta dentro de seis semanas —respiró
hondo, consciente de que no tenía otra opción que confiar en la ojiazul, aunque fuera
arriesgado—. ¿Vive sola, señora Volkova?
—Sí...
Se volvió un poco para poder verla con claridad mientras Yulia enfilaba por un camino lateral bastante estrecho... o lo que ella supuso que sería un camino, ya que
estaba totalmente enterrado bajo la nieve. Su rostro tenía una cierta dureza, aunque
era demasiado fino para resultar tosco. Era un rostro femenino esculpido con frialdad, como el
de algún mítico jefe guerrero de antaño.
Lena recordó su expresión de asombrada impotencia al darse cuenta de que estaba embarazada, y supo instintivamente que estaba segura con ella. Y de todos
modos tenía que creer que era así, ya que no le quedaba otra opción.
Yulia notó su mirada y pareció leerle el pensamiento, porque dijo con voz calmada:
—No soy un maníaca peligrosa.
—Me alegro —Lena esbozó una sonrisa, y se volvió de nuevo hacia delante.
La cabaña era apenas visible a través de la nieve, incluso cuando se detuvieron
justo delante de ella; sin embargo, a La pelirroja le encantó lo poco que consiguió vislumbrar. Era un rectángulo achaparrado de madera con un porche cubierto,
ventanas de paneles cuadrados y humo saliendo por la chimenea.
Aunque estaba casi totalmente enterrado bajo la nieve, había un camino de piedras planas que llevaba hasta los escalones de entrada, y los lados de la casa estaban flanqueados por árboles de hoja perenne. Nada le había dado en su vida la sensación de calidez y seguridad que le transmitió aquella pequeña cabaña en medio de las montañas.
—Es preciosa, debe de ser muy feliz viviendo aquí.
—Es práctico.
Yulia rodeó el todoterreno para ayudarla a bajar, y al inhalar su aroma pensó que olía a nieve... o a agua, aquel agua pura y virginal que descendía por las montañas en primavera. Consciente de que tanto su reacción como sus comparaciones eran absurdas, le dijo con voz algo brusca:
—Yo la entraré, dentro de nada podrá calentarse frente a la chimenea —la llevó hasta la casa, y al llegar a la puerta la dejó con cuidado de pie y abrió para que entrara—. Pase, yo traeré sus cosas.
Y sin más regresó al todoterreno y la dejó allí sola, con la nieve derretida de su
abrigo mojando la alfombra del recibidor.
Lena levantó la mirada, y se quedó boquiabierta al ver los cuadros. Cubrían las paredes, estaban amontonados en cada rincón y sobre las mesas, y aunque sólo unos
cuantos estaban enmarcados, lo cierto era que no necesitaban ningún tipo de adorno.
Algunos estaban a medio acabar, como si el artista hubiera perdido el interés o la motivación. Había óleos de colores vividos y llamativos, y acuarelas en tonos suaves
y etéreos que parecían sacados de un sueño. Lena se quitó el abrigo y se acercó para
verlos más de cerca.
Uno mostraba una escena de París, el Bois de Boulogne, un parque que reconoció porque lo había visitado en su luna de miel. Al contemplarlo se le inundaron los ojos de lágrimas y todo su cuerpo se tensó, pero respiró hondo y se obligó a mirarlo hasta
que sus emociones se estabilizaron.
Había un caballete debajo de una ventana, donde la luz podía dar de lleno sobre el lienzo, y aunque tuvo la tentación de ir a echar un vistazo, se contuvo porque ya tenía la sensación de estar invadiendo la intimidad de aquella pelinegra de ojos azules.
Sintiéndose perdida, enlazó las manos con fuerza mientras la invadía un profundo desespero. Se había metido en un atolladero, tenía el coche destrozado,apenas le quedaba dinero, y el bebé... el bebé no iba a esperar hasta que las cosas se
solucionaran.
Si la encontraban en ese momento...
No, no iban a encontrarla, se dijo mientras separaba las manos con un gesto decidido. Había llegado hasta allí y nadie iba a quitarle a su hijo, ni en ese momento ni nunca.
Se volvió cuando sintió que la puerta de la cabaña se abría, y vio que Yulia
dejaba un montón de bolsas apiladas en el suelo antes de quitarse el abrigo y colgarlo
en una percha que había junto a la entrada.
Estaba tan delgada como había supuesto por su cara, y aunque debía de medir poco mas de un metro y medio, gracias a su complexión fuerte y poderosa parecía mucho más alta. Mientras veía cómo se sacudía la nieve de las botas, pensó que tenía más pinta de bailarina clásica que de pintora, que aquella mujer parecía encajar mejor al aire libre que en suntuosas mansiones.
A pesar de la ascendencia aristocrática que sabía que la pelinegra tenía, la ropa de franela
y pana que llevaba conjuntaba a la perfección con aquella rústica cabaña. Ella provenía de un ambiente mucho más modesto, y sin embargo se sentía fuera de lugar
en su voluminoso jersey de punto irlandés y su falda de lana hecha a medida.
—Yulia Volkova —dijo, mientras señalaba con un gesto las paredes—. El golpe debe de haberme dejado confundida antes, porque no he hecho la conexión hasta ahora. Me encanta su trabajo.
—Gracias —dijo Yulia, antes de levantar dos de las bolsas que había entrado en la
casa.
—Deje que le ayu…
—No.
Yulia fue a la cocina sin añadir nada más, y ella se quedó mordiéndose el labio.
Sabía que la chica no estaba precisamente encantada de tener compañía, pero no había
nada que ella pudiera hacer al respecto, y se iría en cuanto fuera razonablemente seguro hacerlo. Hasta entonces... bueno, hasta entonces Yulia Volkova la artista
más importante de la década, tendría que aguantarse.
Estuvo tentada de sentarse y mantenerse apartada de su camino pasivamente, y en el pasado eso era lo que habría hecho, pero las circunstancias la habían cambiado.
La siguió hasta la cocina, que era tan diminuta que pareció quedar abarrotada.
—Al menos deje que le prepare algo para beber —la vieja cocina con dos
fogones no parecía demasiado fiable, pero Lena estaba decidida a ser útil.
Yulia se volvió, y cuando el movimiento hizo que rozara el abultado vientre de la mujer, se sorprendió por la oleada de incomodidad que la recorrió... y por la punzada de fascinación que sintió.
—Aquí tiene el café —masculló, mientras le daba un paquete aún sin empezar.
—¿Tiene una cafetera?
El chisme estaba en el fregadero, que estaba lleno de un agua que en su
momento había sido espumosa. Lo había dejado en remojo, para intentar quitar las
manchas que habían quedado la última vez que lo había usado. Fue a sacarlo, pero al
volver a toparse con La pelirroja retrocedió un paso.
—¿Por qué no deja que me ocupe yo? —sugirió ella—. Colocaré la compra y pondré la cafetera, y mientras usted puede llamar para que venga alguien a remolcar
mi coche.
—Vale. También hay leche fresca.
—Supongo que no tiene té, ¿no? —sonrió ella.
—No.
—Entonces tomaré un poco de leche, gracias.
Cuando la ojiazul salió de la habitación, Lena empezó a colocar la comida. El espacio
era muy reducido, así que no tuvo problemas para decidir dónde iba cada cosa; de
hecho, pudo utilizar su propio sistema de organización, ya que al parecer Yulia no tenía ninguno.
La pelinegra apareció en la puerta cuando sólo había vaciado una de las bolsas, y comentó:
—No hay teléfono.
—¿Qué?
—No hay línea, suele pasar cuando hay tormenta.
—Vaya. ¿Suele tardar mucho en arreglarse? —dijo ella, que se había quedado inmóvil con una lata de sopa en la mano.
—Depende. A veces tarda horas, y a veces una semana.
Lena enarcó una ceja, pero entonces se dio cuenta de que le estaba hablando en serio.
—Supongo que eso me deja en sus manos, señora Volkova.
Yulia metió los pulgares en los bolsillos delanteros de sus pantalones, y dijo con calma:
—Entonces, será mejor que me llames Yulia.
Lena frunció el ceño y bajó la mirada hacia la lata que seguía sosteniendo;
cuando las cosas se torcían, uno tenía que intentar mirar el lado positivo.
—¿Quieres un poco de sopa?
—Sí. Iré a... dejar tus cosas en el dormitorio.
Aquella pelirroja era de armas tomar, decidió Yulia mientras llevaba la maleta de ella a su habitación.
Lena era mujer y ella también lo era así que sin problema había notado que la pelirroja ni siquiera había
parpadeado al saber que no había teléfono y que se había quedado incomunicada del resto del mundo junto a ella.
Yulia se miró en el espejo que había sobre su viejo tocador. Que ella supiera,nadie la había considerado inofensiva hasta ese momento. Esbozó una sonrisa traviesa; de hecho, no siempre había sido exactamente inofensiva.
Pero aquella situación era por completo diferente, claro. Bajo otras circunstancias, seguramente habría disfrutado de algunas saludables
fantasías sobre su inesperada invitada. Aquella cara... había algo especial e indefinible en su increíble belleza, y cuando otra mujer la miraba, automáticamente empezaba a imaginarse cosas; sin embargo, aunque no hubiera estado embarazada, las fantasías no habrían ido más allá. Ella nunca había sido una mujer de aventuras ni de líos de una noche, y ademas  sabía que no había posibilidades de que a esa pelirroja le interesen las mujeres y ella tampoco estaba preparada para tener una relación. Se había mantenido célibe durante los últimos meses, ya que el deseo de pintar la había vuelto a seducir por fin y no necesitaba nada más.
Pero desde un punto de vista práctico, lo cierto era que tenía una invitada, una mujer sola y embarazada, además de muy enigmática. No se le había escapado el hecho de que no había mencionado su apellido, ni le había dado información alguna sobre su identidad o las razones por las que viajaba. Como dudaba que hubiera
atracado un banco o que fuera una espía internacional, decidió no presionarla demasiado de momento para conseguir información.
Pero teniendo en cuenta la virulencia de la tormenta y lo aislada que estaba la cabaña, lo más probable era que tuvieran que pasar varios días juntas, así que se
prometió descubrir más cosas sobre la serena y misteriosa Lena.
Mientras contemplaba su propio reflejo difuso en el plato que sostenía en la mano, Lena se preguntó de nuevo qué iba a hacer en aquellas circunstancias. Estaba
atrapada sin poder llegar a San Petersburgo, Novosibirsk, Ekaterimburgo  o  alguna enorme ciudad lo suficientemente lejos de Moscú donde poder desaparecer. Si no hubiera sentido la
necesidad imperiosa de ponerse en marcha esa mañana, si se hubiera quedado en la habitación de aquel pequeño motel otro día más, quizás a esas horas seguiría teniendo algo de control sobre la situación.
Pero no había sido así, y en ese momento se encontraba en aquella cabaña, con una perfecta desconocida. Y además no era un mujer cualquiera, sino Yulia Volkova, una artista adinerada y respetada que provenía de una familia igualmente
adinerada y respetada. Estaba segura de que no la había reconocido, al menos de momento, y se preguntó lo que pasaría cuando Volkova se diera cuenta de quién era ella, y de quién estaba huyendo. Era posible que los Petrov fueran amigos de los Volkov,
y la sola idea hizo que su mano se posara sobre su vientre en un gesto instintivo y protector.
No le quitarían a su hijo. Sin importar el dinero que tuvieran ni lo poderosos
que fueran, no iban a poder arrebatárselo, y si estaba en sus manos, jamás lograrían encontrarlos, ni a ella ni a su bebé.
Lena dejó el plato y se volvió hacia la ventana. Era extraño mirar hacia fuera y no ver nada, y la reconfortaba la idea de que nadie pudiera verla desde el exterior.
Estaba escondida tras una cortina de nieve del mundo entero... o casi, se corrigió al pensar de nuevo en Yulia.
Siempre prefería buscar el lado bueno de las cosas cuando no le quedaba otro remedio, así que le dio vueltas a la idea de que a lo mejor la tormenta había sido una bendición. Nadie podría seguirle la pista con aquel tiempo, y dudaba que a alguien
se le pasara por la cabeza buscarla en una pequeña cabaña perdida en medio de las montañas. Allí podía sentirse más o menos segura, y decidió aferrarse a ello.
Oyó a Yulia moverse en la habitación de al lado, el ruido de sus pasos en el
suelo de madera, y el sonido de un tronco en la chimenea. Después de tantos meses de soledad, incluso el mero sonido de otro ser humano la reconfortaba.
—Señora Volkova... ¿Yulia? —se asomó por la puerta, y la vio colocando bien la
pantalla protectora que había delante del fuego—. ¿Podrías despejar una mesa?
—¿Para qué?
—Para que podamos comer... sentados.
—Ah, sí.
Ella volvió a meterse en la cocina, mientras Yulia intentaba pensar en lo que iba a hacer con las pinturas, los pinceles y demás artilugios que cubrían en total desorden la mesa que en su día se había utilizado para comer. Irritada por tener que renunciar a su espacio, fue dejando las cosas por la habitación.
—También he preparado unos bocadillos —dijo Lena, al volver de la cocina con platos, vasos y cubiertos sobre una bandeja metálica de horno un poco torcida.
Avergonzada y algo nerviosa, Yulia fue hacia ella y se la quitó de las manos.
—No deberías cargar tanto peso —dijo con tono brusco.
Ella enarcó las cejas. Primero sintió sorpresa, ya que nadie la había mimado nunca, y aunque su vida nunca había sido fácil, en los últimos siete meses se había vuelto bastante dura. Después sintió gratitud, y la miró con una sonrisa.
—Gracias, pero soy muy cuidadosa.
—Si eso fuera verdad, estarías en tu cama con las piernas en alto, y no atrapada en la nieve conmigo.
—Es importante hacer ejercicio —dijo, aunque se sentó y dejó que la pelinegra pusiera la
mesa—.Y también lo es comer —cerró los ojos, y disfrutó del aroma simple y fortificante de la comida—. Espero no haber gastado demasiadas cosas, pero una vez
que he empezado, no he podido parar.
—No pasa nada —dijo la ojiazul, al agarrar medio bocadillo de queso, beicon y rodajas
de tomate. La verdad era que se había acostumbrado a comer de pie en la cocina, y aquella comida caliente preparada sin prisas; sé saboreaba más sentada y con un
plato.
—Quiero pagarte por la comida y el alojamiento.
—No hace falta —Yulia tomó una cucharada de sopa de pescado mientras la observaba. La forma en que ella levantaba la barbilla revelaba su orgullo y su fuerza de voluntad, y creaba un interesante contraste con su piel blanquisima y pecosa, y su cuello largo y esbelto.
—Te lo agradezco, pero prefiero pagar por lo que recibo.
—Esto no es el Hilton —Yulia se dio cuenta de que ella no llevaba ninguna joya, ni siquiera un anillo—.Tú has cocinado, así que estamos en paz.
Lena quiso protestar, su orgullo se lo exigía, pero lo cierto era que tenía poco dinero, aparte de los ahorros para el cuidado del bebé que había guardado en el forro de la maleta.
—Muchas gracias —tomó un sorbo de leche, aunque no le gustaba nada,
mientras inhalaba el delicioso y prohibido aroma del café—. ¿Llevas mucho tiempo aquí, en Vorkuta?
—Unos seis meses... no, siete.
Aquello le dio algo de esperanza. Por el aspecto de la cabaña, no creía que ella pasara demasiado tiempo leyendo el periódico, y no había visto ninguna televisión.
—Debe de ser un sitio fantástico para pintar.
—De momento sí.
—Cuando he entrado no podía creerlo, he reconocido tu trabajo enseguida.
Siempre lo he admirado, de hecho mi… un conocido mío compró varias obras tuyas.
Una de ellas era una enorme selva, parecía como si uno pudiera perderse en ella y estar completamente solo.
Yulia recordaba el cuadro, y por extraño que pareciera, le había transmitido la misma sensación. No estaba segura, pero creía que lo había comprado alguien de Moscú, Nemchinovka, Reutov, Marfino u otra de esa zona. Si la curiosidad que sentía por no aquella mujer no se desvanecía, una simple llamada a su agente bastaría para refrescarle la memoria.
—No has mencionado de dónde vienes.
—No —se limitó a contestar ella.
Aunque su apetito había desaparecido, siguió comiendo. ¿Cómo había podido
ser tan tonta como para describirle el cuadro? El comprador había sido Andrey, que simplemente había chasqueado los dedos y había hecho que sus abogados lo compraran en su nombre, porque a ella le había gustado.
—Llevo un tiempo en Kazan—admitió al fin.
Había vivido allí dos meses, hasta que se había enterado de que los detectives contratados por los Petrov estaban investigando discretamente sobre su paradero.
—No tienes acento para ser de Kazan —comentó Yulia
—No, supongo que no. Debe de ser porque he vivido por todo el país —aquello era cierto, y Lena consiguió sonreír de nuevo—.Tú no eres de Vorkuta —Novosibirsk .
—Sí, recuerdo haberlo leído en un artículo sobre tu trabajo y tu vida —decidió hablar sobre ella. Por experiencia, sabía que las mujeres se distraían fácilmente si eran
el centro de la conversación—. Siempre he querido visitar Novosibirsk, parece un
sitio precioso con la bahía, las casas antiguas... —soltó un grito sofocado, y se tocó el vientre.
—¿Qué pasa?.
—Nada, el niño está un poco inquieto.
Aunque ella volvió a sonreír, Yulia notó que sus ojos tenían sombras de
cansancio y que había palidecido otra vez.
—Mira, no tengo ni idea de embarazos, pero el sentido común de mujer me dice que deberías estar tumbada.
—La verdad es que estoy cansada. Si no te importa, me gustaría estirarme un rato.
—La cama está allí —la pelinegra se levantó, y como no sabía si ella podría hacerlo por sí
sola, le ofreció una mano.
—Lavaré los platos después, si... —su voz se apagó cuando le flaquearon las
piernas.
—Espera —Yulia la rodeó con los brazos, y experimentó la extraña y
apabullante sensación de notar cómo el bebé se movía contra ella.
—Lo siento. Ha sido un día muy largo, y supongo que me he excedido un poco
—Lena sabía que debería apartarse de ella, pero había algo delicioso en poder apoyarse en el duro y sólido cuerpo de esa chica—. Estaré bien después de una siesta.
No se rompió en mil pedazos, como ella había creído al principio, pero parecía tan suave y delicada que Yulia se la imaginó disolviéndose en sus manos. Habría querido reconfortarla, seguir abrazándola y sentirla apoyada contra ella, confiando en ella, necesitándola. Se dijo que era una tonta por pensar así, y la alzó en brazos. A pesar de ser mas pequeña de estatura que Lena era muy fuerte...
La pelirroja empezó a protestar, pero se sintió aliviada al poder descansar los pies.
—Debo de pesar una tonelada, para ti que eres mas pequeña que yo.
—Eso esperaba, pero la verdad es que no.
Ella se echó a reír, a pesar de lo exhausta que estaba.
—Eres todo una dama, Yulia.
La pelinegra sintió que su incomodidad se iba desvaneciendo mientras la llevaba al dormitorio.
—No suelo flirtear con mujeres embarazadas.
—No te preocupes, te has redimido al salvar a ésta de una tormenta de nieve — con los ojos cerrados, Lena sintió que la dejaba sobre una cama. Quizás no fuera más que un colchón y una sábana arrugada, pero se sintió en el paraíso—. Yulia, muchas
gracias.
—Estás diciendo eso cada cinco minutos —la cubrió con un edredón que había visto tiempos mejores, y añadió—: si de verdad quieres darme las gracias, duérmete y no te pongas de parto.
—Vale. ¿Yulia...?
—¿Qué?
—¿Seguirás comprobando si ha vuelto la línea del teléfono?
—Sí —ella estaba casi dormida, y Yulia sintió una punzada de culpabilidad por presionarla estando tan vulnerable, ya que en ese momento no parecía capaz ni de
espantar a una mosca, pero aun así no pudo evitar preguntarle—: ¿quieres que llame a alguien por ti?, ¿a tu marido?
Lena abrió los ojos. Aunque estaban nublados de cansancio, la miró con
expresión seria y ella se dio cuenta de que aún seguía más que alerta.
—No estoy casada —dijo ella con claridad diáfana—. No hay nadie a quien
llamar.

CONTINUARÁ...


Nos leemos pronto!! Smile


Última edición por LenokVolk el Vie Dic 12, 2014 12:04 am, editado 1 vez
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Corsca45 el Jue Dic 11, 2014 11:32 pm

Que bueno que lo vas a subir esta historia me gusta
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Anonymus el Lun Dic 15, 2014 7:04 pm

Quiero mas de esto !
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por bella genio el Lun Dic 22, 2014 7:48 pm

contiiii.. muy bueno Very Happy

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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 28, 2014 7:07 pm

Después de un tiempo sin actualizar aquí de nuevo con 2 capítulos, espero les guste!!! Cool I love you


Luz en la tormenta


Capítulo 2

En el sueño estaba sola, pero no tenía miedo, ya que se había pasado gran parte de su vida en soledad y se sentía más cómoda así que rodeada de gente. Estaba inmersa en una atmósfera etérea, aterciopelada... como el paisaje marítimo que había
visto colgado en una de las paredes de la cabaña de Yulia.
Curiosamente, podía oír el murmullo del océano en la distancia, aunque en
algún rincón de su mente sabía que estaba en la montaña. Iba caminando por una niebla perlada, con la cálida arena bajo los pies. Se sentía a salvo, fuerte y extrañamente despreocupada; hacía mucho que no se sentía tan libre, tan tranquila.
Sabía que estaba soñando; de hecho, eso era lo mejor de todo, y de haber podido se habría quedado para siempre en aquella dulce fantasía. Sería increíblemente fácil mantener los ojos cerrados, y aferrarse a la paz del sueño.
Entonces el niño empezó a llorar, a gritar, y las sienes comenzaron a palpitarle al oír su llanto desesperado. Empezó a sudar, y el puro color blanco de la niebla
empezó a oscurecerse hasta convertirse en un gris oscuro y amenazador. El aire perdió toda calidez, y el frío la golpeó y la heló hasta los huesos.
El llanto parecía venir de todas partes y de ninguna, el eco reverberaba a su
alrededor mientras buscaba frenética al niño. Jadeante, intentando respirar, luchó por avanzar entre aquella niebla que iba envolviéndola y espesándose. El llanto se fue
haciendo más fuerte, más desesperado, y Lena sintió que el corazón le martilleaba
en la garganta, que su respiración se volvía entrecortada y que sus manos temblaban.
Entonces vio la hermosa cuna blanca, con encajes rosados y volantes color azul,
y sintió un alivio tan grande que le flaquearon las rodillas.
—No pasa nada —murmuró al levantar al bebé en sus brazos—. No pasa nada, estoy aquí.
Lena sintió el cálido aliento del pequeño en su mejilla, el peso en sus brazos mientras lo acunaba y lo arrullaba. La rodeó el dulce aroma de los polvos de talco
mientras lo mecía, murmurando y calmándolo, y empezó a apartar la mantita que ocultaba el pequeño rostro. Y de repente, descubrió que lo único que sostenía en sus brazos era una manta vacía.
Yulia estaba sentada en la mesa donde habían comido, esbozando la cara de Lena y pensando en ella, cuando la oyó gritar. El sonido fue tan desgarrador, tan cargado de desesperación, que rompió el lápiz en dos antes de levantarse de un salto y salir corriendo hacia el dormitorio.
—Oye, ya está —la tomó por los hombros sin saber qué hacer, pero cuando ella empezó a sacudirse con fuerza, Yulia tuvo que luchar por controlar su propio pánico—.Tranquila, Lena, ¿te duele algo?, ¿es el niño?, Lena, dime lo que pasa.
—¡Me han quitado a mi hijo! —su voz rebosaba histerica, pero entrelazada con furia—. ¡Ayúdame!, ¡me han quitado a mi hijo!
—Nadie te ha quitado a tu hijo —ella seguía luchando contra la ojiazul con una fuerza sorprendente, y de forma instintiva la rodeó con los brazos—. Ha sido un sueño, tu hijo está bien, mira —la agarró por la muñeca, donde el pulso latía desbocado, y la
obligó a poner la mano sobre su vientre—. Los dos estáis a salvo, relájate antes de que te hagas daño.
Cuando sintió la vida que latía bajo su mano, Lena se derrumbó contra Yulia. Su bebé estaba seguro en su interior, donde nadie podía tocarlo.
—Lo siento, he tenido una pesadilla.
—No pasa nada —sin ser consciente de ello, Yulia empezó a acariciarle el pelo, a acunarla como ella había hecho con el niño de sus sueños, a mecerla con ternura en un movimiento ancestral de consuelo—. Haznos un favor a las dos, y relájate.
Lena asintió, sintiéndose protegida y abrigada, algo que había experimentado en escasas ocasiones a lo largo de sus veinticinco años de vida.
—Estoy bien, de verdad. Supongo que es el trauma del accidente.
Yulia se apartó de ella, enfadada consigo misma al darse cuenta de que quería seguir abrazándola, amparándola. Cuando ella le había pedido ayuda, había sabido
que haría lo que fuera por protegerla, aunque no había entendido por qué. Era como si hubiera estado inmersa en su propio sueño, o como si de alguna forma hubiera entrado a formar parte del de ella.
En el exterior seguía cayendo una cortina de nieve, y la única luz en el
dormitorio era la que entraba desde la sala de estar. Era tenue ligeramente amarillenta, pero aun así podía ver a Lena con claridad, y sabía que ella también
podía verla. Quería respuestas, y las quería en ese mismo momento.
—No me mientas. En circunstancias normales no me metería en tus asuntos personales, pero sólo Dios sabe por cuánto tiempo vas a tener que estar bajo mi techo.
—No te estoy mintiendo —dijo ella, con voz tan calmada y firme, que habría sido muy fácil creerla—. Perdona si te he alarmado.
—¿De quién estás huyendo, Lena?
Ella se quedó mirándola con aquellos enormes ojos verdigrises sin decir palabra.
Yulia se levantó de golpe y empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación, pero ella permaneció inalterable; sin embargo, cuando la pelinegra volvió a sentarse en la cama con un gesto brusco y le tomó la barbilla, ella se quedó tan inmóvil que habría jurado que por unos segundos había dejado de respirar. Aunque la idea era ridícula,
tuvo la sensación de que estaba preparándose para recibir un golpe.
—Sé que tienes algún problema, y quiero saber lo grave que es. ¿Quién te persigue, y por qué?
La pelirroja permaneció muda, pero movió una mano instintivamente para proteger al hijo que llevaba en su seno. Como era obvio que el bebé era la clave del asunto, Yulia decidió empezar por allí.
—Tu hijo tiene un padre —dijo con lentitud—. ¿Estás escapando de él?
Ella negó con la cabeza.
—Entonces, ¿de quién?
—Es algo complicado.
Yulia enarcó una ceja, y señaló con la cabeza hacia la ventana.
—Tenemos un montón de tiempo. Si el tiempo sigue así, puede que pase una semana hasta que vuelvan a abrirse las carreteras.
—Me iré en cuanto esté despejado. Cuanto menos sepas, mejor será para las dos.
—No me vengas con ésas —Yulia permaneció unos segundos en silencio, mientras intentaba aclararse las ideas—. Creo que el bebé es muy importante para ti.
—No hay nada que sea o pueda serlo más.
—¿Crees que la ansiedad que llevas encima es buena para él?
Yulia vio el instantáneo brillo de dolor en sus ojos, la preocupación, y la forma casi imperceptible en que pareció cerrarse en sí misma.
—Algunas cosas no pueden cambiarse —Lena respiró hondo, y añadió—: la verdad es que tienes derecho a preguntarme.
—Pero tú no piensas responderme, ¿verdad?
—No te conozco de nada, pero no tengo más remedio que confiar en ti hasta cierto punto, y sólo puedo pedirte que tú hagas lo mismo conmigo.
La pelinegra apartó la mano de su barbilla y dijo:
—¿Cómo sé que puedo hacerlo?
Lena apretó los labios, consciente de que ella tenía razón; sin embargo, estar en lo cierto a veces no bastaba.
—No he cometido ningún crimen, y no me persigue la policía. No tengo familia ni marido que me busque. ¿Te parece suficiente?
—No. Lo aceptaré por esta noche porque tienes que dormir, pero hablaremos por la mañana.
Era un respiro... uno corto, pero Lena había aprendido a agradecer los
pequeños regalos de la vida. Asintió y esperó a que la chica saliera de la habitación, y cuando la puerta se cerró tras ella y la envolvió la oscuridad, volvió a tumbarse en la
cama. Sin embargo, tardó mucho, mucho tiempo en poder conciliar el sueño.
Lena se despertó en medio de un silencio absoluto, abrió los ojos y esperó a recordar dónde estaba. Había dormido en tantas habitaciones distintas, en tantos
sitios, que estaba acostumbrada a sentirse desorientada al despertar.
Entonces lo recordó todo... Yulia Volkova, la tormenta, la cabaña, la pesadilla, y la experiencia de despertarse asustada y encontrar la protección de su abrazo; pero
sabía que aquella seguridad era temporal, y que sus abrazos no eran para ella. Se volvió hacia la ventana con un suspiro y vio que, por difícil que fuera de creer, la nieve seguía cayendo, aunque no con tanta fuerza. Era obvio que aún no podría marcharse.
Colocó una mano bajo la mejilla, y siguió contemplando la cortina blanca que caía suavemente. Era fácil desear que la nieve no parara nunca y que el tiempo se detuviera para poder quedarse allí cobijada, aislada de todo y a salvo. Pero el hijo que llevaba dentro era prueba inequívoca de que el tiempo nunca se detenía, así que se levantó y abrió su maleta para estar presentable antes de volver a enfrentarse a Yulia.
Al salir de la habitación se dio cuenta de que la ojiazul no estaba en la cabaña, y aunque debería haberse sentido aliviada, el ambiente acogedor hizo que se sintiera
sola. Quería sentir su presencia, aunque sólo fuera oyéndola moverse en otra habitación. Se dijo que no importaba dónde estuviera, ya que no tendría más remedio que volver, así que decidió ir a la cocina para preparar el desayuno.
Sin embargo, en ese momento vio la media docena de bosquejos que había sobre la mesa donde habían comido. Su talento como pintora era innegable, y se reflejaba incluso en unos simples esbozos a lápiz o a carboncillo, y Lena sintió nervios y curiosidad por saber cómo la veía otra persona... no, no cualquiera, sino Yulia Volkova en concreto.
Sus ojos parecían demasiado grandes, demasiado misteriosos, y su boca excesivamente suave y vulnerable. Lena se pasó un dedo por ella, y frunció el ceño.
Había visto su propia cara infinidad de veces en fotografías tomadas desde el mejor ángulo posible, imágenes en las que aparecía cubierta de sedas, pieles y joyas. Su
rostro y su cuerpo habían vendido litros y litros de perfume, y auténticas fortunas en ropa y joyería.
Elena Katina. Había olvidado casi por completo a aquella mujer, de quien se
había dicho que sería el rostro de los años 2000, y que había tenido brevemente el control de su propio destino en las manos. Pero aquella persona había desaparecido,había sido aniquilada.
La mujer de los esbozos era más suave, redondeada y frágil, pero por otro lado parecía más fuerte. Lena levantó uno de los dibujos y lo contempló con atención, mientras se preguntaba si sólo se estaba imaginando que veía aquella fuerza porque la necesitaba.
Al oír que la puerta se abría se volvió hacia ella, con el esbozo aún en la mano, y vio entrar a Yulia, cubierta de nieve y cargada con un montón de leña.
—Buenos días. Parece que has estado ocupada, ¿no?
Ella soltó un gruñido mientras se sacudía la nieve de las botas, y al ir a colocar la leña junto a la chimenea, fue dejando un reguero húmedo a su paso.
—Creía que dormirías hasta más tarde.
—Lo habría hecho, pero él no ha querido —dijo, dándose una suave palmadita en el vientre—. ¿Te preparo algo para desayunar?
Yulia se quitó los guantes, y los dejó sobre la repisa de la chimenea.
—Ya he comido, hazte algo para ti.
Lena esperó a que se quitara el abrigo. Al parecer, las aguas habían vuelto a un cauce más o menos amigable.
—Parece que ya no nieva tanto —comentó al fin.
Yulia se sentó frente al fuego para quitarse las botas. Los cordones estaban prácticamente helados.
—Hay más de un metro de espesor, y no creo que pare en toda la tarde —
comentó mientras sacaba un cigarro—. Será mejor que te pongas cómoda.
—Parece que ya lo estoy —Lena levantó el dibujo, y admitió—: me siento halagada.
—Eres muy guapa —dijo la pelinegra con naturalidad, mientras colocaba las botas delante del fuego para que se secaran—. No puedo resistirme a pintar cosas hermosas.
—Tienes suerte —Lena dejó el dibujo sobre la mesa—. Es mucho más
gratificante ser capaz de reproducir algo bello, que ser hermoso sin más.
Yulia enarcó una ceja al notar la nota casi imperceptible de amargura en su voz.
—Es extraño, pero cuando la gente cree que alguien es hermoso, casi siempre empieza a considerarlo un objeto —le explicó ella.
Se metió en la cocina sin añadir nada más, y Yulia se quedó sin saber qué decir, con el ceño fruncido.
Lena preparó café para la ojiazul y se pasó la mañana arreglando la cocina, y Yulia le dejó espacio para no agobiarla. Antes de que anocheciera conseguiría las respuestas
que buscaba, pero de momento se contentó con dejarla entretenerse mientras ella trabajaba.
Tenía la impresión de que necesitaba mantenerse ocupada, aunque pensaba que lo lógico para una mujer en su estado habría sido pasarse el día durmiendo, o descansando haciendo punto. Supuso que debía de ser energía nerviosa, o una
estrategia para intentar evitar la confrontación que ella misma le había prometido la noche anterior.
Ella no la bombardeó a preguntas ni se puso a mirar incesantemente sobre su hombro, así que la mañana pasó sin pena ni gloria. En una ocasión, levantó la mirada
y la vio sentada en un extremo del sofá, leyendo un libro sobre partos, y más tarde ella se puso a cocinar y preparó un guiso que le hizo la boca agua.
Lena no dijo gran cosa en toda la mañana, aunque Yulia sabía que estaba esperando inquieta a que volviera a sacar el tema que había quedado pendiente la noche anterior. A media tarde, decidió que parecía bastante descansada, así que
tomó su cuaderno de esbozos y un trozo de carboncillo y empezó a trabajar mientras la pelirroja pelaba manzanas sentada frente a ella.
—¿Por qué elegiste San Petersburgo?
Lo único que reveló su sorpresa fue un movimiento brusco y casi imperceptible del cuchillo, pero Lena no levantó la mirada ni dejó de pelar manzanas.
—Porque nunca había estado allí.
—Dadas las circunstancias, ¿no habrías estado mejor en un sitio que te resultara familiar?
—No.
—¿Por qué te fuiste de Kazan?
Ella dejó la manzana que tenía en la mano y agarró otra.
—Porque había llegado el momento.
—¿Dónde está el padre del bebé, Lena?
—Muerto —dijo, sin el más mínimo rastro de emoción en la voz.
—Mírame.
Sus manos se detuvieron cuando levantó la mirada hacia la ojiazul, y Yulia se dio cuenta de que estaba siendo sincera, al menos en lo que acababa de decirle.
—¿No tienes ningún familiar que pueda ayudarte?
—No.
—¿Y la familia del padre de tu hijo?
Ella se sobresaltó, y se hizo un corte en el dedo con el cuchillo. Yulia dejó de inmediato su dibujo y le tomó la mano, y ella pudo ver de nuevo su propio rostro plasmado en el papel.
—Voy a por unas vendas.
—Es sólo un rasguño —empezó a decir ella, pero La pelinegra se marchó sin darle tiempo a seguir.
Cuando regresó empezó a limpiarle la herida con antiséptico, y Lena volvió a sentirse desconcertada ante la preocupación que mostraba por ella. Sintió el escozor
en el dedo, pero Yulia la trató en todo momento con gran cuidado y delicadeza.
—Si sigues así, voy a acabar pensando que no paras de tener accidentes —
comentó la ojiazul. Estaba arrodillada ante ella, contemplando con el ceño fruncido la herida.
—Y yo acabaré pensando que eres una buena samaritana —Lena sonrió cuando la chica de ojos azules levantó la mirada, y añadió—: pero supongo que las dos estaríamos equivocadas.
Yulia le vendó el dedo, y volvió a sentarse.
—Vuelve la cabeza un poco hacia la izquierda —cuando ella obedeció, la pelinegra tomó su cuaderno y pasó a una hoja en blanco—. ¿Por qué quieren quitarte a tu hijo?
La peliroja se volvió bruscamente hacia ella, pero Yulia siguió dibujando.
—Me gustaría que te pusieras de perfil, Lena —dijo con voz tranquila, aunque claramente exigente—. Vuelve la cabeza otra vez, y levanta un poco la barbilla. Sí, perfecto —permaneció en silencio mientras trazaba su boca sobre el papel, y
finalmente dijo—: la familia del padre quiere quitarte a tu hijo, y me gustaría saber por qué.
—Yo nunca he dicho eso.
—Claro que sí —dijo, apresurándose para captar el brillo de enfado que ardía en sus ojos—. Déjate de rodeos, Lena, y dime lo que pasa.
Ella apretó las manos con fuerza, pero cuando habló su voz contenía tanto miedo como furia.
—No tengo por qué contarte nada.
—Tienes razón.
Yulia siguió dibujando, pero sintió un estremecimiento de agitación y deseo que la sorprendió y sobre todo le preocupó. Decidida a apartar de su mente la extraña
reacción, y a concentrarse en sacarle a aquella mujer las respuestas que quería, añadió:
—Pero como no voy a dejar el tema, será mejor que desembuches de una vez.
Yulia era una experta en observar y leer las expresiones de los demás, así que consiguió captar el sutil juego de emociones que se sucedieron en el rostro de ella.
Enfado, frustración, y aquel extraño miedo que seguía sacándole dequicio.
—¿Crees que te llevaré a rastras hasta ellos? Piensa un poco, no tengo ninguna razón para hacerlo.
Yulia había creído que no podría contenerse y que empezaría a gritar, porque le estaba sacando de quicio, pero se sorprendió tanto como ella cuando la tomó de la mano, y su asombro aumentó aún más cuando sintió que los dedos de ella se
cerraban instintivamente sobre los suyos. Cuando Lena levantó los ojos y la miró, un sinfín de extrañas emociones que había creído inalcanzables para ella inundaron su
pecho.
—Anoche me pediste que te ayudara.
Los ojos de ella se suavizaron con gratitud, pero dijo con voz firme:
—No puedes ayudarme.
—Puede que no, y puede que no lo haga —pero Yulia quería ayudarla, aunque no entendía el porqué—. No soy ninguna samaritana, Lena, ni buena ni de ninguna otra clase, y no me entusiasma la idea de añadir los problemas de otra persona a los
míos. Pero estás aquí, y no me gusta estar a oscuras.
Lena Estaba cansada. Cansada de huir, de esconderse, de intentar arreglárselas completamente sola.
Necesitaba tener a alguien a su lado, y cuando Yulia la tomó de la mano y la miró con ojos azules serenos y decididos, casi pudo creer que ese alguien era esa pelinegra.
—El padre de mi hijo está muerto —empezó a decir, midiendo sus palabras con sumo cuidado. Le diría lo suficiente para satisfacerla, pero no todo—. Sus padres, los
abuelos del niño, quieren quitármelo, supongo que para... no sé, para reemplazar o recuperar algo que han perdido, para asegurarse la continuación de su linaje. Yo lo
siento por ellos, pero este bebé no les pertenece —sus ojos se encendieron con un brillo fiero y protector, como el de una tigresa protegiendo a sus cachorros—. Es mío.
—No creo que nadie pueda cuestionar tus derechos como madre, ¿por qué has
tenido que huir?
—Tienen mucho poder y dinero.
—¿Y qué?
—¿Es que te parece poco? —furiosa, Lena se apartó de Yulia, y se rompió el contacto que les había dado tanta calma a ambas—. Para ti es muy fácil quitarle importancia al tema, porque vienes de un ambiente parecido al de ellos y perteneces a su mundo. Nunca has pasado necesidades ni penurias y nadie se atreve a
arrebatarle algo a la gente como tú, así que no entiendes lo que es saber que tu vida está en manos de otras personas.
Fue dolorosamente evidente que estaba hablando por experiencia propia.
—Tener dinero no significa obtener siempre lo que uno quiere.
—¿De verdad? —se volvió hacia ella y la miro con expresión rígida y gélida—.Tú deseabas tener un sitio para pintar, donde estar sola y que nadie te molestara.
¿Tuviste muchos problemas para poder conseguirlo?, ¿tuviste que hacer planes, que
ahorrar o renunciar a algo?, ¿o simplemente firmaste un cheque y te viniste a vivir
aquí? Yulia se levantó y la miró con indignación.
—Comprar una cabaña no tiene nada que ver con quitarle un niño a su madre.
—Puede que para algunos no, pero al fin y al cabo los objetos no son más que posesiones.
—Estás siendo ridícula.
—Y tú ingenua.
Aquello le pareció divertido, y el enfado de Yulia se enfrió un poco.
—Eso si que es una novedad. Anda, siéntate, me pones nerviosa cuando te mueves tan bruscamente.
—No voy a romperme —refunfuñó ella, aunque le hizo caso y se sentó en una silla—. Soy fuerte y puedo cuidar de mí misma; de hecho, antes de irme de Kazan me
hice una revisión, y tanto el niño como yo estamos mejor que bien. En un par de semanas ingresaré en un hospital de San Petersburgo y daré a luz a mi hijo, y después desapareceré del mapa.
Yulia pensó que aquella mujer era muy capaz de hacer lo que estaba diciendo, pero entonces recordó lo perdida y asustada que se había mostrado la noche anterior.
Era inútil señalar el estrés al que estaba sometida y sus posibles consecuencias, pero ella ya había descubierto qué botones eran los que tenía que pulsar.
—¿Crees que es justo para el bebé seguir huyendo?
—Claro que no. Es terriblemente injusto, pero sería peor detenerme y dejar que me lo quitaran.
—¿Por qué estás tan segura de que querrían o podrían hacerlo?
—Porque ellos mismos me lo dijeron. Me explicaron lo que creían que sería
mejor para el niño y para mí, y me ofrecieron dinero —su voz se llenó de veneno, cáustico y amargo—. Me ofrecieron dinero por mi hijo, y cuando lo rechacé me amenazaron con quitármelo sin más —Lena no quería revivir aquella escena
aterradora, y con esfuerzo logró borrarla de su mente.
Yulia sintió una tremenda repugnancia por aquellas personas a las que ni siquiera conocía, pero sacudió la cabeza para intentar aclarársela y poder razonar con
La pelirroja.
—Sea lo que sea lo que quieran o lo que intenten, no pueden apoderarse por las buenas de algo que no les pertenece. Ningún tribunal le quitaría a una madre la custodia de su hijo sin una buena causa.
—No puedo ganar esta guerra yo sola —cerró los ojos por un momento, luchando contra la necesidad desesperada de echarse a llorar y de expulsar todo el
miedo y la angustia que sentía—. No puedo enfrentarme a ellos en su propio terreno, y no pienso exponer a mi hijo a un infierno de pleitos y luchas legales, a la publicidad, a las habladurías y a las especulaciones. Un niño necesita un hogar, amor
y seguridad, y voy a hacer lo que haga falta, iré a donde sea, para asegurarme de que mi hijo tiene todas esas cosas.
—No voy a discutir sobre lo que es mejor para ti o para el bebé, pero tarde o temprano vas a tener que enfrentarte a todo esto.
—Lo haré cuando llegue el momento.
Yulia se levantó, y fue a la chimenea a encender otro cigarro. Debería olvidarse
del tema, dejarla tranquila para que siguiera su propio camino, ya que todo aquello
no era de su incumbencia. No era su problema. Soltó un juramento, porque sabía que de algún modo, cuando ella se había aferrado a su brazo para poder cruzar la
carretera, había pasado a ser asunto suyo.
—¿Tienes dinero?
—Un poco. Bastante para pagar la factura del médico, y para comprarle algunas cosas al niño.
Yulia sabía que se estaba buscando problemas, pero por primera vez en casi un año sentía que algo era realmente importante. Se sentó en el borde de la chimenea, y la contempló mientras soltaba una bocanada de humo.
—Quiero pintarte —dijo con tono brusco—. Te pagaré el sueldo de una modelo, además de darte cama y comida.
—No puedo aceptar tu dinero.
—¿Por qué no? Después de todo, parece que crees que tengo demasiado.
—No he querido decir eso —dijo ella, sonrojada de vergüenza.
Yulia hizo un gesto displicente, como si aquello careciera de importancia.
—No importa lo que hayas querido decir, eso no quita que quiera pintarte.
Trabajo a mi propio ritmo, así que tendrás que ser paciente; no se me da bien transigir, pero teniendo en cuenta tu condición, estoy dispuesta a hacer algunas concesiones y a parar cuando estés cansada o incómoda.
Era muy tentador, y Lena intentó olvidarse de que ya antes había vivido de su apariencia física, y concentrarse en lo que aquel dinero extra significaría para el bebé.
—Me gustaría acceder, pero eres una artista muy famosa y me reconocerían si el retrato saliera a la luz.
—Eso es verdad, pero yo no estaría obligada a decirle a nadie dónde te he conocido o cuándo. Tienes mi palabra de que nadie te encontrará por mi culpa.
Lena permaneció en silencio unos segundos, mientras luchaba consigo misma.
—¿Puedes acercarte un poco? —le preguntó al fin.
Yulia echó el cigarro al fuego, fue hacia ella y se puso en cuclillas delante de la silla.
—¿Me das tu palabra? —le preguntó, mientras la observaba con atención. Ella también había aprendido a leer las expresiones de la gente.
—Sí.
Había riesgos que merecía la pena correr. La pelirroja extendió las dos manos hacia ella en señal de confianza.
Debido a la continua nevada, el día pasó sin amanecer, atardecer ni puesta de sol. La luz permaneció tenue durante toda la jornada, y la noche llegó sin mayor
ceremonia. Y entonces dejó de nevar.
Lena no se habría dado cuenta si no hubiera estado mirando por la ventana.
No fue escampando gradualmente, sino que pareció que el flujo de copos de nieve se
detenía en seco, como si alguien hubiera cerrado un grifo. Sintió una ligera decepción, la misma que recordaba haber sentido de niña cuando terminaba una tormenta, y de forma impulsiva se puso las botas y el abrigo y salió al porche.
La nieve le llegaba a las rodillas a pesar de que Yulia había estado despejando la entrada con una pala, y cuando sus botas se hundieron y desaparecieron Lena tuvo
la sensación de que se la tragaba una suave y esponjosa nube. Se rodeó con los brazos, e inhaló el frío aire de la montaña.
No había ni luna ni estrellas, la luz del porche alcanzaba apenas a un metro de donde estaba, y lo único que se oía era el silencio. Para algunos la enorme sábana de nieve habría sido como una cárcel, un obstáculo, pero para ella era una fortaleza protectora.
Había decidido volver a confiar en alguien de nuevo, y allí de pie, rodeada de aquella oscuridad y de aquella quietud, supo que había hecho lo correcto.
Yulia no era un mujer amigable ni afable, pero era una buena persona y
además estaba segura de que podía confiar en su palabra. Iban a utilizarse
mutuamente, ya que la ojiazul la quería para su arte y ella para tener un sitio donde cobijarse, pero era un intercambio justo. Necesitaba descansar, aprovechar cualquier
tiempo que pudiera conseguir para recuperarse y recobrar las fuerzas.
No le había confesado lo cansada que se sentía, ni el esfuerzo que le había supuesto mantenerse de pie a lo largo del día. El embarazo había sido fácil desde el punto de vista físico, ya que era una mujer fuerte y sana; de no ser así, se habría
derrumbado hacía tiempo, porque los últimos meses habían consumido hasta la última gota de sus reservas emocionales y mentales. La cabaña, las montañas y aquella pelinegra iban a darle tiempo para poder llenar sus reservas de nuevo. Iba a necesitarlas.
Yulia no entendía lo que los Petrov podían llegar a conseguir con su novia dinero y su poder, pero ella había visto de lo que eran capaces. Habían pagado y maniobrado para ocultar los errores de su hijo, y con unas pocas llamadas a las personas
adecuadas habían conseguido que su muerte y la de la mujer que lo acompañaba pasara de ser un incidente escabroso a un accidente trágico.
La prensa no había mencionado ni una sola vez el alcohol ni el adulterio, y la versión pública era que Andrey Petrov el heredero de la fortuna de su familia, había muerto a causa de una carretera resbaladiza y de un fallo en el coche, no por su conducción criminal y temeraria estando bebido. Y la mujer que lo acompañaba
había pasado a ser su secretaria, en vez de su amante.
El proceso de divorcio que Lena había iniciado había quedado borrado, completamente erradicado, ya que ninguna sombra de escándalo podía recaer sobre la memoria de Andrey Petrov o sobre su ilustre apellido, y Lena había sido
presionada para que interpretara el papel de viuda conmocionada y desconsolada.
Y era cierto que se había sentido conmocionada y desconsolada, pero no por lo que se había perdido en una solitaria carretera a las afueras de Moscú, sino por lo que había desaparecido tan pronto después de su noche de bodas.
Se recordó que no servía de nada mirar atrás, sobre todo en ese momento, en el que tenía que mirar hacia delante. Sin importar lo que había pasado entre Andrey y
ella, habían creado una vida juntos, una vida que estaba a su cargo, a la que debía amar y proteger.
Al contemplar la nieve primaveral, que llegaba hasta donde le alcanzaba la vista resplandeciente e inmaculada, fue capaz de creer que todo saldría bien,
—¿En qué estás pensando?
Sobresaltada, se volvió hacia Yulia con una suave risita.
—No te he oído llegar.
—No estabas escuchando —dijo la ojiazul, mientras cerraba la puerta tras de sí—.Aquí fuera hace bastante frío.
—Se está de maravilla. ¿Qué espesor crees que tiene la nieve?
—Yo diría que un metro más o menos.
—Nunca había visto algo así, es difícil imaginar que pueda llegar a derretirse y que vaya a crecer la hierba.
Yulia no se había puesto los guantes, así que optó por meterse las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Llegué aquí en noviembre, y para entonces ya estaba nevado. No he visto el paisaje de otra manera.
Lena intentó imaginarse cómo sería vivir en un sitio donde la nieve no se
derretía nunca, pero decidió que ella necesitaba la primavera, el florecer de las plantas, el color verde, la promesa en el aire.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
—No lo sé, no me lo he planteado —dijo la pelinegra.
Lena le sonrió, aunque sintió algo de envidia ante su actitud tan despreocupada.
—Tendrás que montar una exposición con todas esas pinturas.
—Sí, supongo que tendré que hacerlo tarde o temprano, pero no hay prisa —
Yulia movió los hombros, inquieta de repente. Novosibirsk , su familia y sus
recuerdos parecían muy lejanos.
—El arte tiene que ser contemplado y admirado —murmuró ella, pensando en voz alta—. No debería estar aquí escondido.
—¿Pero las personas sí?
—¿Te refieres a mí, o es que tú también estás escondiéndote de algo?
—Estoy trabajando —contestó ella con calma.
—Una mujer como tú puede trabajar en cualquier parte, supongo que no tienes más que apartar a los demás con un par de codazos y ponerte manos a la obra.
Yulia no pudo evitar sonreír.
—A lo mejor, pero de vez en cuando me gusta tener algo de espacio. Cuando uno logra hacerse un nombre, la gente tiende a mirar por encima de tu hombro.
—Bueno, yo me alegro de que vinieras a vivir aquí, fuera cual fuese la razón —
La pelirroja se apartó unos rizos de la cara, se apoyó contra un poste y admitió sonriente—:
debería entrar, pero no me apetece.
Yulia entornó los ojos, y le enmarcó la cara con manos frías y firmes.
—Tus ojos tienen algo... —murmuró, mientras la hacía volverse hacia la luz—,dicen todo lo que una persona desea escuchar de una mujer, pero también muchas cosas que no quiere oír. Tienes unos ojos sabios, Lena. Unos ojos sabios y tristes.
Ella no contestó, pero no fue porque su mente se hubiera quedado en blanco, sino porque se había llenado de repente de tantas cosas, de tantos pensamientos y deseos... había creído que no podría volver a sentir algo así de nuevo, y menos se habría imaginado capaz de sentir aquel deseo por una mujer. Su piel se acaloró, a pesar de que ella la tocaba con manos frías y casi con desinterés.
La atracción sexual que sentía la sorprendió, e incluso la avergonzó un poco; jamas paso por su cabeza tener una conducta homosexual, ni en sus mas locos sueños, sin embargo, fue la atracción emocional, su fuerza intensa y persistente, la que la silenció.
—Me pregunto lo que has visto a lo largo de tu vida —añadió Yulia.
Los dedos de la chica de azul mirar le acariciaron la mejilla como por voluntad propia. Eran largos y delgados, ideales para un artista, pero también duros y poderosos. Lena se dijo que, como iba a pintarla, era posible que ella sólo estuviera familiarizándose con
sus facciones, con la textura de su piel.
Sintió un intenso anhelo en su interior, el deseo absurdo e inalcanzable de ser amada, abrazada y deseada por la mujer que era en su interior, y no por su cara ni la imagen que podía verse desde el exterior.
—Estoy un poco cansada —dijo, mientras intentaba mantener la voz firme—.
Creo que me iré a dormir.
Yulia no se apartó de ella de inmediato, y su mano permaneció en su rostro unos segundos más. No habría sabido decir qué fue lo que lo mantuvo allí, contemplándola, intentando ahondar en aquellos ojos verdigrises que tanto le fascinaban, pero finalmente retrocedió un paso y le abrió la puerta.
—Buenas noches, Yulia.
—Buenas noches.
La pelinegra se quedó allí, a la intemperie, preguntándose qué demonios le estaba pasando. Por un momento... no, había durado mucho más que un momento... la
había deseado. Sacó un cigarro, furiosa consigo misma. Había que estar cayendo muy bajo, para pensar en hacer el amor con alguien que claramente jamas le interesaría tener una relación homosexual, y que ademas estaba embarazada de más de siete meses con el hijo de un hombre.
Sin embargo, tardó mucho en lograr convencerse de que sólo habían sido
imaginaciones suyas.


Continuará...
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Dic 28, 2014 7:12 pm

Luz En La Tormenta



Capítulo 3

Yulia se preguntó en qué estaría pensando. Parecía tan serena, tan calmada...
llevaba un jersey rosa, y los rizos pelirrojos le caía en una cascada reluciente sobre los hombros.
Ese día tampoco se había puesto ninguna joya, nada que pudiera apartar la atención de ella, ni que pudiera captar atención hacia ella.
Casi nunca usaba modelos, porque incluso los que conseguían mantenerse en la pose todo el tiempo que ella les exigía, acababan mostrando signos de aburrimiento y
de incomodidad; sin embargo, Lena parecía capaz de quedarse allí sentada indefinidamente, con la misma sonrisa dulce en la cara.
Aquello era parte de lo que quería captar en el retrato, aquella paciencia
interior, aquella... bueno, Yulia supuso que podría considerarse una serena
aceptación del tiempo, tanto del pasado como del que quedaba por llegar. Ella nunca
había sido demasiado paciente, ni con los demás, ni con su trabajo, ni consigo misma, y aunque era un rasgo que admiraba en ella, no tenía ninguna intención de intentar
adoptarlo.
Pero había algo más, algo que iba más allá de aquella increíble belleza femenina y de aquella calma de madonna. De vez en cuando vislumbraba una cierta fiereza en
ella, una determinación digna de un guerrero que revelaba que era una mujer capaz de hacer lo que fuera necesario para proteger lo que era suyo. Y a juzgar por su historia, lo único que le pertenecía era el niño que llevaba en su vientre.
Mientras deslizaba el lápiz por el papel, Yulia reflexionó sobre el hecho de que ella no se lo había contado todo; de hecho, sólo le había contado pequeños retazos incompletos para evitar que le siguiera haciendo preguntas, y Yulia no había insistido.
Normalmente no se conformaba con una respuesta parcial si quería una explicación completa de algo, pero había sido incapaz de presionarla al ver que lo poco que le había contado le resultaba tan doloroso.
Además, aún quedaba tiempo. La radio seguía anunciando que las carreteras permanecían cerradas y que aún quedaba nieve por llegar, y teniendo en cuenta lo imprevisibles que podían resultar las Rocosas en primavera, seguramente pasarían
dos semanas, quizás incluso tres, hasta que se pudiera viajar con total seguridad. Era extraño, pero aunque lo más normal habría sido que se sintiera molesta por aquella
compañía obligada, lo cierto era que le gustaba aquella ruptura en la soledad que ella misma se había impuesto. Hacía mucho tiempo que no hacía un retrato, quizás
demasiado, pero había sido incapaz de enfrentarse a un sujeto de carne y hueso después de lo de Dimitri.
En la cabaña, lejos de todos los recuerdos, había empezado el proceso de curación. En Novosibirsk había sido incapaz de levantar un pincel, ya que el dolor había hecho algo más que debilitarla, la había dejado vacía.
Pero allí, aislada y completamente sola, había pintado paisajes y bodegones, sueños apenas recordados, y marinas a partir de antiguos bosquejos. Había sido
suficiente, pero sólo con la llegada de Lena había sentido la necesidad de volver a pintar el rostro humano.
En el pasado había creído en el destino, en una pauta vital que estaba predestinada desde antes del nacimiento, pero la muerte de Dima lo había cambiado todo. A partir de aquel momento había tenido que echarle la culpa a alguien, a algo, y lo más fácil a la vez que doloroso había sido culparse a sí misma.
Pero mientras esbozaba el rostro de Lena y pensaba en la extraña secuencia de circunstancias que la habían llevado a su vida, empezó a cuestionarse de nuevo sus
creencias... y no pudo evitar volver a preguntarse lo que estaría pensando ella.
—¿Estás cansada?
—No —contestó Lena, sin moverse.
Yulia la había colocado en una silla junto a la ventana, en un ángulo en el que estaba de cara a ella, pero que le permitía mirar hacia fuera. La luz la iluminaba de lleno, sin crear la más mínima sombra.
—Me gusta contemplar la nieve —siguió diciendo la pelirroja—; ahora hay algunas huellas, y me gusta pensar en los animales que pueden haber pasado sin que los
hayamos visto. También puedo ver las montañas, y la verdad es que parecen muy viejas y amenazadoras. Hacia el este son más accesibles, más amigables.
Yulia murmuró distraídamente su conformidad mientras contemplaba el boceto que estaba haciendo. Era bueno, pero no acababa de reflejar lo que buscaba, y quería empezar a trabajar pronto en un lienzo. Dejó el cuaderno a un lado, y la observó con
el ceño fruncido mientras ella le devolvía la mirada con expresión paciente y algo divertida.
—¿Tienes otra cosa que ponerte?, ¿algo que te deje los hombros al descubierto?
—Lo siento, pero mi ropero es un poco limitado en este momento.
La pelinegra se levantó y empezó a pasearse de la chimenea a la ventana, y de vuelta a la mesa. Cuando se acercó a ella y le agarró la cara para hacer que la volviera de un
lado a otro, ella obedeció sin rechistar. Después de tres días posando para ella, se había
acostumbrado a su actitud; a veces, sentía que la trataba como si fuera un arreglo floral o un frutero, como si aquel momento tan especial en el porche no hubiera
existido. Se había convencido de que se había imaginado tanto la mirada en los ojos de Yulia como su propia reacción.
La pelinegra era la artista, y ella la arcilla que había que modelar. Ya había pasado por aquello.
—Tienes una cara completamente femenina —dijo Yulia, más para sí que para Lena—. Atrayente a la vez que serena, y suave a pesar de la forma pronunciada de los pómulos. Tus rasgos no son amenazadores, pero resultan increíblemente
impactantes. Esto habla de sexo —dijo, mientras su dedo recorría con naturalidad su labio inferior—, pero tus ojos prometen amor y devoción. Y el hecho de que estés
madura...
—¿Madura? —dijo Lena, riendo. Sus manos, que había apretado con fuerza en su regazo cuando Yulia había empezado a hablar, se relajaron un poco.
—Me refiero a tu embarazo, que aumenta aún más la fascinación que
despiertas. Una mujer en estado refleja una promesa, una plenitud, y a pesar de la educación y del progreso de hoy día, un misterio irresistible. Igual que un ángel.
—¿Qué quieres decir?
Yulia empezó a hacer pruebas con su pelo, se lo echó hacia atrás, lo apiló sobre su cabeza y finalmente lo dejó caer de nuevo.
—Vemos a los ángeles como seres etéreos y místicos, por encima de los deseos y los fallos de las personas, pero la verdad es que fueron humanos en su día.
Sus palabras hicieron que la pelirroja sonriera, y le preguntó:
—¿Crees en los ángeles?
La mano de la ojiazul permanecía enredada en su pelo, aunque se había olvidado por completo de que la había puesto allí por una razón práctica.
—Si no creyera en ellos, la vida no valdría gran cosa—dijo, mientras pensaba que el pelo de ella, pelirrojo, rizado y suave como una nube, parecía el de un ángel— De
repente, se sintió muy incómoda, y se apresuró a apartar la mano y a meterla en el bolsillo de los pantalones.
—¿Quieres descansar un rato? —le preguntó Lena, con las manos de nuevo fuertemente apretadas en su regazo.
—Sí, lo dejaremos por una hora, tengo que pensar en esto.
Yulia retrocedió automáticamente en cuanto ella se levantó. Cuando no estaba trabajando, se esforzaba al máximo por no tener ningún contacto físico con ella, ya que le preocupaba lo mucho que deseaba tocarla.
—Pon los pies en alto —le dijo. Al verla enarcar una ceja, añadió nerviosa—: es
lo que se recomienda en el libro que estás leyendo. Pensé que, dadas las
circunstancias, no estaría de más echarle una ojeada.
—Eres muy amable.
—Supongo que es el instinto de supervivencia —cuando ella le sonreía de
aquella forma, sentía unas sensaciones de lo más extrañas, cuya existencia se negaba
a reconocer—. Si me aseguro de que te cuides como debes, hay menos posibilidades de que te pongas de parto antes de que se abran las carreteras.
—Aún me queda más de un mes —le recordó ella—, pero te agradezco que te preocupes por mí... por nosotros.
—Pon los pies en alto —repitió la pelinegra- ; iré a buscarte un poco de leche.
—Pero...
—Hoy sólo te has bebido un vaso —con un gesto impaciente, le indicó que se sentara en el sofá antes de ir a la cocina.
Lena se reclinó contra los cojines con un pequeño suspiro de alivio. Levantar. los pies no era tarea fácil, pero consiguió apoyarlos en el borde de la mesita de café.
Al sentir el calor del fuego deseó poder tumbarse delante de la chimenea, pero pensó
con ironía que si lo hacía haría falta una grúa para levantarla.
Yulia era una mujer increíblemente amable, aunque a ella no le gustaba que se lo recordara, se dijo mientras la oía trastear en la cocina. Nadie la había tratado así...como a una igual, pero al mismo tiempo necesitada de protección; como a una amiga,
pero sin una lista de obligaciones o de deudas que pagar. Lo quisiera Yulia o no, algún día encontraría la manera de pagarle todo lo que estaba haciendo por ella. Sí, lo haría
en cuanto pudiera.
Si cerraba los ojos y apartaba sus miedos, Lena podía visualizar su futuro.
Tendría un pisito en alguna ciudad, con una habitación para el niño decorada en
amarillos luminosos, blancos lustrosos y con dibujos de cuentos de hadas en las paredes. Se sentaría en una mecedora con el bebé, y lo arrullaría en las largas y silenciosas noches, mientras el resto del mundo dormía.
Y ya no volvería a estar sola.
Al abrir los ojos, vio a Yulia de pie junto a ella, y deseó con todas sus fuerzas aferrarse a sus manos para absorber parte de la fuerza y la confianza que irradiaban
de ella; sin embargo, deseó aún más que la ojiazul volviera a recorrer su labio inferior con el dedo, lentamente, con ternura, que la tratara como a una mujer y no como a un
objeto que quería pintar.
Pero se limitó a tomar el vaso de leche que ella le entregó.
—Cuando el bebé nazca y deje de darle el pecho, no voy a volver a beber leche en toda mi vida.
—Esta es la última fresca que quedaba, a partir de mañana tendrás que tomar en polvo.
—Genial —con una mueca, Lena se bebió medio vaso de golpe—. Me imagino que es café, fuerte y delicioso —tomó otro trago, y añadió—: y si me siento algo
temeraria, finjo que es champán francés en una copa.
—Lástima que no tenga ningún vaso de vino a mano, a lo mejor daría el pego.
¿Tienes hambre?
—Lo de comer por dos es sólo un mito, y como engorde más, voy a empezar a mugir como una vaca —satisfecha, volvió a reclinarse sobre los cojines—. El cuadro
que tienes de París... ¿lo has pintado aquí?
Yulia lanzó una mirada a la obra en cuestión. Era un estudio caprichoso y casi surrealista del Bois de Boulogne, así que dedujo que ella conocía el lugar.
—Sí, a partir de viejos esbozos y de mi memoria. ¿Cuándo estuviste allí?
—Yo no he dicho que haya estado en París.
—No lo habrías reconocido de no ser así —le quitó el vaso vacío de la mano, y lo dejó a un lado—. La pelirroja, cuanto más reservada te muestras, más ganas tengo de
descubrir tus secretos.
—Estuve allí hace un año, pasé dos semanas —dijo ella con rigidez.
—¿Te gustó?
—¿Que si me gustó París? —Lena se obligó a relajarse. Había pasado una
eternidad desde entonces, casi lo suficiente para poder imaginar que le había ocurrido a otra persona—. Es una ciudad preciosa. Las flores estaban en su apogeo, y
los olores eran algo increíble. Llovió sin parar durante tres días, pero uno podía
sentarse y ver pasar los paraguas, o contemplar cómo se iban abriendo los capullos
De forma instintiva, Yulia le cubrió las manos con una de las suyas para
intentar calmar el agitado movimiento de sus dedos.
—No fuiste feliz allí.
—Estamos hablando de París en primavera, sólo una tonta no se sentiría feliz de estar en un sitio así —contestó ella, mientras se concentraba en relajar las manos.
—El padre del niño... ¿estaba contigo?
—¿Qué importancia tiene eso?
No debería tener ninguna, pero Yulia sabía que a partir de ese momento
pensaría en ella cada vez que mirara el cuadro, y tenía que saberlo.
—¿Le querías?
Lena fijó la vista en el fuego de la chimenea, pero las respuestas estaban dentro de sí misma. ¿Había querido a Andrey? Sus labios se curvaron ligeramente al darse
cuenta de que sí, había querido al hombre que había pensado que era.
—Mucho. Le quería mucho.
—¿Cuánto tiempo llevas sola?
—No estoy sola —posó una mano sobre su vientre, y su sonrisa se ensanchó al sentir un movimiento. Le tomó una mano a Yulia, y la apretó contra su cuerpo—.
¿Sientes eso? Es increíble, ¿verdad? Aquí dentro hay alguien.
La pelinegra sintió el suave movimiento bajo su mano, y se sorprendió al notar un
fuerte golpe. Sin darse cuenta, se acercó aún más.
—Eso ha parecido un gancho de derecha, es como si estuviera luchando por salir —conocía perfectamente bien aquella sensación de impaciencia, la frustración al sentirse atrapada en un mundo mientras se anhelaba estar en otro—. ¿Qué sientes
tú?
—Me siento viva —riendo, La pelirroja colocó las manos sobre las suyas—. En Kazan me pusieron un monitor, y pude oír el latido de su corazón. Sonaba rápido,
impaciente, y fue lo mejor del mundo. Creo...
En ese momento, se dio cuenta de que Yulia tenía la vista fija en ella. Sus manos seguían unidas y sus cuerpos se rozaban, y mientras la vida que llevaba en su interior le daba otra patada, Lena sintió que su pulso se aceleraba. Se quedó sin aliento ante la calidez y la intimidad de aquel momento.
Yulia deseaba desesperadamente tomarla en sus brazos. La necesidad de apretarla contra sí y abrazarla era tan intensa, tan aguda, que era un dolor físico.
Soñaba con ella cada noche, mientras intentaba dormir en el suelo de la habitación libre. En sus sueños, estaban acurrucadas juntas en una cama, con el cálido aliento de
ella acariciándole las mejillas y sus rizos enredándose en sus manos; sin
embargo, al despertar se decía que estaba loca, y eso fue lo que pensó en ese momento antes de apartarse de ella.
Aunque ya no se tocaban, su cuerpo entero notó el largo y quedo suspiro que escapó de los labios de la pelirroja.
—Me gustaría trabajar un poco más, si crees que puedes aguantar.
—Claro —Lena tuvo ganas de echarse a llorar. Se dijo que era normal, ya que las mujeres embarazadas tenían las emociones a flor de piel y podían sentirse heridas
sin causa alguna.
—Se me ha ocurrido algo, ahora vuelvo.
Yulia fue a la habitación donde dormía, y segundos después volvió con una camisa azul marino.
—Póntela, creo que el contraste entre esta camisa y tu cara puede ser
la respuesta.
—Vale.
Lena entró en su dormitorio y se quitó el enorme jersey rosa, y al empezar a meter un brazo en la manga de la camisa notó el olor de Yulia en la gruesa prenda de
algodón. Era un aroma penetrante y descaradamente sexual y femenino.
Incapaz de resistirse, restregó la mejilla contra la suave tela. El olor no era nada delicado, pero hacía que se sintiera segura, y aunque fuera una locura, provocó en ella un profundo escalofrío de deseo.
No sabía si estaba bien tener anhelos, desear a Yulia como mujer cuando estaba acarreando con una responsabilidad tan enorme, pero se sentía tan cerca de ella que no parecía nada malo. Intuía que la ojiazul también había sufrido mucho, y quizás esa similitud y su aislamiento en la cabaña explicaban por qué sentía como si la conociera desde siempre.
Acabó de ponerse la camisa con un suspiro. ¿Qué sabía ella de sus propios sentimientos?, la primera y única vez que había confiado en ellos por completo, sólo había conseguido sufrir. No sabía cómo definir las emociones que Yulia despertaba
en ella, pero lo mejor sería centrarse sólo en su gratitud hacia ella.
Cuando Lena volvió a la sala de estar, Yulia estaba repasando los bocetos,
desechando unos y dándole el visto bueno a otros. Al levantar la cabeza y verla allí de pie, se dio cuenta de que su percepción de ella estaba muy, pero que muy equivocada.
Seguía pareciendo un ángel dorado y de ensueño, pero en ese momento parecía mucho más carnal, y ella prefería pensar en la pelirroja como una ilusión, y no como una
mujer de carne y hueso que la atraía.
—Sí, eso se acerca más a la imagen que busco —dijo, luchando por mantener la voz firme—. El color te sienta bien, y el estilo de líneas sobrias crea un buen contraste.
—Puede que tardes en recuperar tu camisa, es muy cómoda.
—Considérala un préstamo.
Yulia se acercó a la silla, y al verla asumir la pose exacta de antes del descanso, volvió a preguntarse si ella ya habría hecho de modelo con anterioridad. Ésa era otra pregunta más que tendría que plantearle en el momento oportuno.
—Vamos a intentar algo diferente.
La hizo moverse ligeramente mientras murmuraba para sí, y Lena estuvo a punto de sonreír al verse relegada de nuevo al papel de jarrón.
—Maldición, ojalá tuviéramos flores... rosas, una sola rosa.
—Podrías imaginártela.
—Puede que lo haga —Yulia ladeó la cabeza hacia la izquierda, y retrocedió un poco—. Esto es lo que buscaba, así que voy a pintarte directamente sobre un lienzo.
Ya he perdido bastante tiempo en bocetos.
—Tres días.
—He acabado cuadros en la mitad de tiempo cuando las cosas encajaban.
Lena podía imaginársela perfectamente sentada en un taburete con su caballete, trabajando febrilmente con los ojos entornados y con aquellas manos largas
y poderosas en plena creación.
—He visto que has dejado algunas pinturas sin terminar—comentó.
—Perdí el interés —dijo ella, mientras empezaba a dibujar largos trazos en el lienzo con un pincel—. ¿Tú acabas todo lo que empiezas?
Ella reflexionó brevemente, y contestó:
—Supongo que no, pero siempre se ha dicho que debería hacerse.
—¿Por qué arrastrar con algo hasta el amargo final, si no funciona?
—A veces hay que cumplir con lo prometido —murmuró ella, pensando en sus votos matrimoniales.
Yulia la estaba observando con atención, y pudo vislumbrar el brillo de dolor que relampagueó en sus ojos. Como siempre, a pesar de que intentaba evitarlo, las emociones de la pelirroja le llegaron muy hondo.
—A veces es imposible mantener una promesa.
—No, pero eso no quiere decir que esté bien —se limitó a decir ella con voz suave.
Yulia trabajó durante casi una hora, definiendo, refinando y perfeccionando cada trazo. Lena tenía la expresión exacta ella que quería, pensativa, paciente y sensual,
e incluso antes de trazar la primera línea había sabido que aquélla sería una de sus mejores obras, quizás incluso la mejor de todas. Y también sabía que necesitaría
pintarla de nuevo, en otros estados de ánimo y en otras poses.
Pero eso era para más adelante; en ese momento, necesitaba captar la esencia, la simplicidad de aquella mujer. Eso podía hacerlo trazando líneas y curvas, con blanco
y negro y unas cuantas sombras de gris, pero al día siguiente empezaría a rellenar el conjunto, a añadir color y todas las complejidades. Al acabar, la tendría por completo
en el lienzo y la conocería perfectamente, como nadie lo había hecho o lo haría jamás.
—¿Me dejarás verlo antes de que esté acabado?
—¿Qué?
—Que si me dejarás ver el cuadro —Lena no se movió, pero volvió los ojos de la ventana hacia ella -. Se supone que los artistas sois temperamentales, y que no os
gusta enseñar vuestro trabajo antes de que esté listo.
—No soy temperamental —Yulia la miró a los ojos, como retándola a que le llevara la contraria.
—Sí, eso es obvio —aunque la expresión de ella se mantuvo impasible, no consiguió ocultar el tono de diversión en su voz—. Entonces, ¿me dejarás verlo?
—No me importa, mientras tengas claro que no pienso cambiar nada, aunque no te guste.
Esa vez, Lena no pudo contenerse y se echó a reír, y el sonido libre y profundo hizo que los dedos de Yulia se tensaran.
—¿Te refieres a si veo algo que hiera mi vanidad? No te preocupes por eso, no soy presumida.
—Todas las mujeres hermosas son presumidas, es normal.
—Una persona sólo es presumida si le importa su apariencia.
Entonces fue la ojiazul quien se echó a reír, aunque con cinismo. Dejó el lápiz, y dijo con incredulidad:
—¿Me estás diciendo que a ti te trae sin cuidado tu aspecto físico?
—No he hecho nada para ganármelo, ¿no? Fue un accidente del destino, o un golpe de suerte. Si fuera increíblemente inteligente o tuviera talento para algo, supongo que me molestaría mi apariencia, porque la gente no suele ver nada más
allá —se encogió de hombros, y volvió a colocarse en la pose perfecta—, pero como no tengo nada más, he aprendido a aceptar que mi imagen es... no sé, una especie de
regalo que suple otras carencias.
—¿Cambiarías tu belleza por algo?
—Por un montón de cosas, pero si cambiara una cosa por otra tampoco me la habría ganado, así que seguiría sin tener importancia. ¿Puedo preguntarte algo?
—Supongo —Yulia sacó un trapo del bolsillo trasero del pantalón, y se limpió las manos.
—¿De qué te sientes más orgullosa, de tu apariencia física o de tu trabajo?
Yulia echó a un lado el trapo. Era extraño que ella pareciera tan triste y seria, y que aun así fuera capaz de hacerle reír.
—Nadie me ha considerado nunca guapísima, así que no hay duda posible —
empezó a girar el caballete, pero cuando ella hizo ademán de levantarse, le hizo un gesto para que no se moviera—. No, relájate. Échale un vistazo desde ahí, y dame tu
opinión.
Lena contempló el dibujo. Era sólo un esbozo, y menos detallado que muchos de los que la pelinegra había hecho hasta el momento; aparecían su cara y su torso, y su mano
derecha posada justo debajo de su hombro izquierdo. Por alguna razón, parecía una pose protectora... cautelosa, sin llegar a ser defensiva.
Pensó que Yulia había acertado de lleno con la camisa, ya que acentuaba su feminidad más que un montón de encaje o de seda. Tenía el pelo suelto con rizos que le caía
sobre los hombros desordenados y atrevidos que contrastaban con aquella pose serena. No había esperado encontrar ninguna sorpresa en su propio rostro, pero
al contemplar la imagen que Yulia tenía de ella, se removió incómoda en la silla.
—No estoy tan triste como haces que parezca.
—Ya te he avisado de que no pienso cambiar nada.
—Puedes pintar lo que te dé la gana, sólo te estoy diciendo que estás
equivocada conmigo.
Divertida por la nota de altivez en su voz, Yulia volvió a girar el caballete, pero no se molestó en mirar su trabajo.
—No lo creo.
—Yo no soy patética.
—¿Patética? La mujer del dibujo no tiene nada de patética, yo diría que la
palabra que la describe es «valiente».
Lena sonrió, y se levantó de la silla.
—Tampoco soy valiente, pero es tu cuadro, así que puedes hacer lo que te dé la gana.
—En eso estamos de acuerdo.
—¡Yulia!
Lena hizo un gesto brusco, y su tono apremiante hizo que se apresurara a ir hasta ella y la tomara de la mano.
—¿Qué pasa? ¡Mira!, ¡mira lo que hay ahí fuera! —dijo, señalando con la mano que tenía libre.
Yulia sintió la tentación de estrangularla al darse cuenta de que lo que resonaba en su voz no era apremio, sino entusiasmo al ver un ciervo a menos de dos metros de
la ventana. El animal tenía la cabeza alzada mientras olisqueaba el aire, y
arrogantemente, sin rastro de miedo alguno, los observó a través del cristal.
—¡Es precioso! Nunca había visto uno tan grande, ni tan de cerca.
Yulia compartió su entusiasmo. Un ciervo, un zorro, un halcón volando en círculos... ver a aquellos animales había sido una de las cosas que le habían ayudado a superar su dolor.
—Hace un par de semanas fui andando hasta un riachuelo que hay a un kilómetro y medio de aquí, y me encontré a la familia entera. Estaba en la dirección del viento, así que conseguí hacer tres esbozos antes de que me vieran.
—Este sitio le pertenece, ¿te lo imaginas? Acres y acres de terreno. Él debe de saberlo, y por eso parece tan seguro de sí mismo —Lena se echó a reír, y apoyó la mano libre en el vidrio helado—. Es como si estuviéramos expuestas, y él hubiera
venido a echar una ojeada al zoo.
El ciervo bajó el morro hasta la nieve, buscando la hierba que había debajo o quizás oliendo el rastro de otro animal. Se movía sin prisa, seguro en su soledad mientras a su alrededor los árboles goteaban hielo y nieve.
De repente, el animal levantó la cabeza y se fue a toda prisa hasta desaparecer en el bosque.
Lena se echó a reír y se volvió hacia Yulia, pero entonces se olvidó de todo.
Ninguna de las dos se había dado cuenta de que se habían acercado tanto la una a la otra. Seguían con las manos entrelazadas, y el sol que entraba por la ventana iba perdiendo fuerza conforme la tarde daba paso a la noche. La cabaña, igual que el
bosque que la rodeaba, estaba inmersa en un silencio absoluto.
Yulia alzó una mano, y acarició su rostro. Ni siquiera se había dado cuenta de que ésa había sido su intención, pero cuando sus dedos rozaron aquella tersa mejilla pecosa,
supo que había necesitado hacerlo.
Lena no se alejó. Yulia quería creer que habría acatado su decisión si ella
hubiera decidido apartarse, pero Lena no se movió.
Notó que la mano de la pelirroja temblaba, y se dio cuenta de que ella también estaba nerviosa. Otra nueva experiencia. Sabía que no debía acercarse a ella, se lo decía el
sentido común, pero no sabía si podría resistir la tentación.
Su piel era cálida al tacto, real. No era un retrato, sino una mujer de carne y hueso. Fuera lo que fuese lo que había pasado en su vida, lo que la había convertido en la mujer que había llegado a ser, pertenecía al pasado. Ese momento era el
presente.
Lena siguió mirándola con ojos enormes y un tanto asustados, esperando sin moverse, y Yulia soltó un juramento para sus adentros mientras bajaba los labios
hasta los suyos.
Permitir aquello era una locura, y desearlo aún peor, pero incluso antes de que la boca de Yulia se posara sobre la suya, Lena sintió que se rendía ante ella. Hizo acopio de valor, preguntándose adonde iba a conducirles todo aquello.
Su primer y único pensamiento cuando la boca de la pelinegra se posó sobre la suya fue
que parecía el primer beso de toda su vida. Nadie la había besado así. Había experimentado pasión, el rápido y casi doloroso deseo derivado del frenesí ardiente;
había experimentado exigencias que había podido satisfacer, y otras que no; había experimentado el deseo hambriento y la furia que un hombre podía sentir por una mujer, pero jamás había experimentado, ni siquiera había podido imaginar, aquel
tipo de devoción, la de una mujer hacia otra.
Y sin embargo, a pesar de todo, intuía en Yulia necesidades más desenfrenadas firmemente reprimidas, que hacían que aquel abrazo fuera más excitante, más
avasallador que ningún otro. Las manos de Yulia estaban enterradas en su pelo, explorando, acariciando, mientras sus labios se movían insaciables sobre los suyos.
Lena sintió que el mundo se movía bajo sus pies, y supo instintivamente que la ojiazul estaría allí para afianzarla.
Yulia sabía que debía detenerse, pero era incapaz de hacerlo. Probar el sabor de sus labios había hecho que necesitara saborearla más y más, era como si hubiera estado vacía sin saberlo, y en ese momento, de forma increíble, fulminante y aterradora, estuviera llena y completa.
Vacilantes, incluso inocentes, las manos de Lena recorrieron sus brazos hasta posarse en sus hombros, y cuando abrió los labios, Yulia notó aquella misma curiosa
timidez en su invitación. A pesar de que en el exterior aún estaba enterrado bajo la nieve, podía oler el aroma de la primavera en su pelo y en su piel, por encima incluso
del olor de la leña ardiendo. Los troncos se movieron en la chimenea, el viento del
anochecer empezó a ulular contra la ventana, y Lena suspiró.
Yulia quería seguir con la fantasía, levantarla en sus brazos y llevarla a la cama.
Necesitaba tumbarse junto a ella, quitarle la camisa y sentir su piel contra la suya, que ella la acariciara y la abrazara, que confiara en ella.
Sin embargo, en su interior se estaba librando una auténtica batalla, ya que la pelirroja no era una mujer sin más, a ella no le gustaban las mujeres y encima estaba embarazada y dentro de ella crecía el hijo de un hombre, uno al que ella había amado.
No tenía derecho a quererla, y Lena no podía confiar en ella aun así, se sentía irresistiblemente atraída por ella, por sus secretos, por aquellos ojos verdigrises que decían mucho más que sus palabras... y por su belleza, que iba mucho más allá de la forma y la textura de su cara, aunque ella no pareciera saberlo.
Tenía que parar hasta que supiera exactamente lo que quería, hasta que supiera si a la pelirroja le atraían aunque sea un poco las mujeres y hasta que confiara lo suficiente en ella para contarle la verdad.
Hizo ademán de apartarse de Lena pero ella enterró el rostro en su hombro.
—Por favor, no digas nada, dame un minuto.
Las lágrimas que oyó en su voz la sacudieron aún más que el beso. El tira y afloja en su interior se intensificó, y finalmente levantó una mano y le acarició el pelo.
Al sentir el movimiento del niño, Yulia se preguntó qué era lo que iba a hacer.
—Lo siento, no quiero ser pesada —dijo ella.
Su voz sonó controlada de nuevo, pero aun así no la soltó. A lo largo de su vida, habían sido muy pocas las veces que alguien se había molestado en abrazarla, y
hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que la necesitaba.
—No eres pesada.
—Gracias —Lena retrocedió un poco, con los ojos brillantes de lágrimas
contenidas—. Supongo que ibas a decir que lo que ha pasado no ha sido algo premeditado, pero no hace falta.
—No, no ha sido algo premeditado, pero no pienso disculparme por ello —dijo
Yulia con calma.
—Ya veo —Lena apoyó una mano en el respaldo de la silla, un poco
desconcertada—. Supongo que lo que he querido decir es que... no quiero que creas que yo... maldición —se dio por vencida, y volvió a sentarse—. He querido decir que
no estoy enfadada por el beso, y que lo entiendo.
—Bien —Yulia se sentía mucho mejor de lo que esperaba, y con tranquilidad agarró otra silla y se sentó a horcajadas—. ¿Qué es lo que entiendes?
Ella había creído que dejaría el tema, que optaría por el camino más fácil, y se esforzó por explicarle cómo se sentía sin revelar demasiado.
—Que te doy un poco de pena, y te sientes un poco responsable por la situación y por el cuadro —se preguntó por qué no podía relajarse, y por qué ella la estaba
mirando con una expresión tan extraña—. No quiero que creas que te he malinterpretado, no espero que...
La explicación se estaba embrollando cada vez más, y cuando estaba a punto de abandonar el intento y callarse, Yulia enarcó una ceja y le hizo un gesto casi
desafiante para que acabara de hablar.
—Sé que nunca podrías sentirte atraída por mí físicamente... en estas
circunstancias, y no quiero que creas que he interpretado lo que ha pasado como algo más que... que una especie de amabilidad tuya.
—Eso sí que tiene gracia —Yulia se rascó la barbilla, como si estuviera
pensando en lo que ella le acababa de decir—. Lena , no tienes pinta de ser tonta. Creo que te diste cuenta que me atraen las mujeres, y que siento atraída por ti, y parte de esa atracción es muy física. Puede que hacer el amor contigo no sea posible en este momento, pero eso no significa que el deseo no exista.
Ella abrió la boca para decir algo, pero acabó levantando las manos y
dejándolas caer de nuevo.
—Tu embarazo no es lo único que me impide hacer el amor contigo, hay una razón no tan obvia, pero igual de importante. Necesito saber primero si también te atraen las mujeres y segundo saber toda tu historia, Lena-
—No puedo contarte mi historia. Y nunca pensé en una mujer sexualmente, pero...
—¿Tienes miedo?
Ella sacudió la cabeza. Tenía los ojos brillantes de lágrimas, pero levantó la
barbilla en un gesto decidido.
—Tengo vergüenza.
Aquella respuesta la tomó totalmente por sorpresa.
—¿Por qué?, tienes vergüenza de estar con una mujer? Eres homofobica? no estabas casada con el padre del niño?
—No, no es eso. no soy homofobica, y creo que tal vez si pueda sentir algo por una chica, pero con lo de mi historia, por favor, no insistas.
Yulia quiso protestar, pero se mordió la lengua porque ella estaba muy pálida, y parecía cansada y demasiado frágil.
—De acuerdo, lo dejaré por ahora, pero quiero que sepas una cosa: siento algo por ti, y va ganando fuerza cada vez más rápidamente, nos guste o no. En este momento, no tengo ni idea de lo que voy a hacer con mis emociones.
Cuando Yulia se levantó de la silla, Lena alargó una mano y la posó en su brazo.
—Yulia, no hay nada que puedas hacer, y no sabes lo mucho que me gustaría que las cosas fueran diferentes.
—La vida es algo que uno va construyéndose, ángel —Yulia le acarició el pelo, y después se apartó—. Necesitamos más leña.
Lena permaneció sentada en la cabaña vacía, y deseó con todas sus fuerzas haberse construido una vida mejor.

Continuará...

Nos leemos pronto!! Rolling Eyes Surprised
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Corsca45 el Lun Dic 29, 2014 12:11 am

Que bien que continuaste me gusta mucho esta historia
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Dic 31, 2014 6:21 pm

Antes que nada FELIZ AÑO NUEVO a tod@s las lectores del foro, espero que este año venga cargado de amor, paz, felicidad, salud y quien sabe con sorpresas buenas Wink. Espero les guste esta conti!! saludos y felicidades! Very Happy Sad I love you



LUZ EN LA TORMENTA



Capítulo 4
Durante la noche nevó un poco más, pero con mucha menos intensidad que en
los días precedentes. Los nuevos centímetros que habían caído descansaban en
pequeños montoncitos sobre la nieve que ya se había consolidado, y había zonas donde el grosor total alcanzaba la altura de una persona. Los alféizares de las
ventanas estaban cubiertos de montañitas en miniatura, que se movían
constantemente bajo la acción del viento.
El sol ya había empezado a derretir la nieve más reciente, y al escuchar con
atención, Lena podía oír el agua descendiendo por los canalones desde el tejado, era un sonido reconfortante, y la hizo pensar en una taza de té caliente junto a la
chimenea, en un buen libro durante una tarde tranquila, o en una siesta en el sofá al atardecer.
Pero hacía sólo un par de horas que había amanecido, y como siempre, tenía la cabaña para ella sola.
Yulia estaba cortando leña, podía oír el ruido del hacha desde la cocina, donde estaba calentando esperanzada un vaso de leche con una tableta de chocolate. Sabía
que la leñera estaba llena, y que el montón de troncos que había detrás de la puerta trasera era enorme, así que tendrían bastantes reservas aunque la nevada durara hasta junio. Yulia era una mujer muy enérgica y física a pesar de ser una artista, y ella
entendía su necesidad de hacer algo manual y cansado.
Pensó que aquella escena parecía algo muy... hogareño. Ella en la cocina, y Yulia cortando leña mientras unos largos carámbanos colgaban del tejado. Su
pequeño mundo estaba en perfecta armonía, y no le faltaba de nada.
Cada mañana seguían la misma rutina: cuando ella se levantaba, la pelinegra ya estaba fuera apartando nieve con la pala, o cortando y cargando leña. Ella le preparaba café
o calentaba el que ella había dejado hecho, mientras la radio informaba de lo que sucedía en el mundo exterior, que nunca parecía demasiado importante. Yulia entraba al cabo de un rato, se sacudía la nieve de encima y se bebía la taza de café
que ella le daba, y después la ojiazul ocupaba su sitio tras el caballete y ella junto a la ventana.
A veces hablaban, y a veces ambas permanecían en silencio.
Bajo toda aquella rutina, Lena notaba una especie de prisa en la pelinegra que no acababa de entender. Aunque podía pintar durante horas con movimientos controlados y medidos, Yulia parecía impaciente por terminar. El cuadro avanzaba
más rápido de lo que ella había anticipado, y estaba tomando forma en el lienzo... o al menos, la mujer que ella veía cuando la miraba. Lena no entendía por qué había
decidido hacerla parecer tan etérea, como un ser de ensueño, ya que ella era una persona completamente terrenal. El niño que llevaba en su vientre hacía que tuviera
los pies completamente plantados en la tierra.
Sin embargo, había aprendido a no quejarse, porque Yulia no le hacía el más mínimo caso.
La pelinegra había dibujado otros esbozos, algunos de cuerpo entero y otros sólo de su cara, pero a ella no le había molestado, ya que consideraba que tenía derecho; al fin y al cabo, era la forma en que ella podía pagarle por su alojamiento. Algunos de los esbozos habían hecho que se sintiera un poco incómoda, como uno que Yulia había
dibujado de ella durmiendo en el sofá una tarde. En él parecía... indefensa, y de hecho, se había sentido así al darse cuenta de que la había estado observando y dibujando sin que ella se diera cuenta.
Aun así, no le tenía ningún miedo, pensó mientras removía sin demasiado entusiasmo la mezcla de leche en polvo, agua y chocolate. Yulia había sido más amable de lo que ella tenía derecho a esperar teniendo en cuenta las circunstancias, y aunque podía ser brusca y parca en palabras, era la mujer más dulce y buena que
jamás había conocido.
Los hombres solían admirar su físico, así que era posible que Yulia siendo lesbiana también se sintiera atraída por ella, pero en todo caso la trataba con respeto y cuidado. Lena
había aprendido a no esperar ese tipo de trato si existía una atracción.
Se encogió de hombros, y se echó la bebida en un vaso. Ése no era el momento de pensar en los posibles sentimientos de la ojiazul, ya tenía bastantes problemas y sólo
se tenía a sí misma para intentar solucionarlos. Imaginándose que era una taza de cremoso chocolate, Lena se bebió la mitad del vaso de golpe. Hizo una mueca, soltó
un suspiro y volvió a levantarlo, diciéndose que en cuestión de días podría volver a San Petersburgo.
Al sentir una punzada repentina de dolor, se agarró a la encimera y aguantó como pudo, mientras luchaba con la necesidad instintiva de llamar a Yulia. Cuando
el dolor empezó a remitir, se dijo que no era nada y fue lentamente a la sala de estar.
En aquel momento, La pelinegra dejó de cortar madera, y en el súbito silencio Lena oyó
otro sonido; al darse cuenta de que era un motor, la inundó una oleada de pánico, pero se apresuró a sofocarla. No la habían encontrado, era ridículo pensar que había sido así; sin embargo, se apresuró a ir a la ventana para echar un vistazo.
Era un vehículo de nieve, y su apariencia casi de juguete le habría parecido divertida, de no ser porque lo conducía un agente uniformado. Lena fue hasta la puerta y la entreabrió un poco, preparada a mantenerse firme si era necesario.
Yulia estaba sudando. Le gustaba estar al aire libre, ya que disfrutaba del aire fresco y del ritmo de su trabajo, y aunque el ejercicio no podía quitarle a Lena de la
cabeza, al menos le ayudaba a poner la situación en perspectiva.
La pelirroja necesitaba ayuda, y ella iba a dársela.
Sabía que su decisión habría sorprendido a algunas de las personas que lo conocían, ya que aunque nadie la habría acusado de ser insensible... al fin y al cabo,
sus cuadros eran prueba palpable de su capacidad para la emoción, la pasión y la compasión... pocos le creían capaz de una generosidad incondicional.
Dimitri había sido el generoso.
Yulia siempre había estado más encerrada en sí misma, absorta en su arte. Ella había estado más interesada en plasmar la vida, con sus alegrías y sus penas,
mientras que Dima la había abrazado al máximo.
Pero Dimitri ya no estaba. Yulia bajó el hacha, y su aliento salió entre los
dientes para convertirse en una nube blanca bajo el frío. La pérdida de Dima le había dejado un vacío tan enorme, que no sabía si algún día conseguiría llenarlo.
Oyó el ruido del motor a medio golpe, y dejó la hoja enterrada en la madera
antes de echar un rápido vistazo hacia la ventana de la cocina y rodear la cabaña para ir a ver quién era el visitante.
No tomó la decisión consciente de proteger a la mujer que había dentro de la casa; no fue necesario, ya que le pareció lo más natural del mundo.
—Hola, ¿qué tal? —el policía, que tenía las mejillas enrojecidas por el viento y el frío, apagó el motor y le hizo un gesto de saludo.
—Bien, gracias —Yulia pensó que el agente, que parecía helado de frío, debía de tener unos veinticinco años—. ¿Cómo está la carretera?
Con una breve carcajada, el hombre se bajó del vehículo de nieve.
—Digamos que espero que no tenga ningún compromiso que cumplir.
—No, nada urgente.
—Entonces, no hay problema. Soy Anton Rudenkov —dijo, mientras le ofrecía la mano.
—Yulia Volkova.
—Había oído que alguien había comprado la vieja casa de los Vasiliev —con las manos en las caderas, Rudenkov contempló la cabaña—. No ha elegido precisamente el mejor invierno para venirse a vivir aquí. Estamos visitando a todos los residentes de la zona, para ver si alguien está enfermo o necesita provisiones.
—Compré de todo el día de la tormenta.
—Bien. Tiene suerte de tener el cuatro por cuatro, podría llenar un garaje con todos los coches que se han quedado bloqueados. Estamos comprobando un compacto, un Chevy del ochenta y cuatro que se dio contra la valla de seguridad
cerca de aquí. Está abandonado, y el conductor puede haberse perdido en medio de la tormenta.
—Es el coche de mi mujer.
Al oír aquellas palabras desde la puerta, Lena abrió los ojos como platos.
—Tenía miedo de que me hubiera pasado algo, y se le ocurrió salir a buscarme en medio de la tormenta —Yulia sonrió, y sacó un cigarro—. Estuvimos a punto de
chocar, y tal y como estaban las cosas, decidí que era mejor dejar allí el coche y volver a la cabaña. Aún no he podido volver para valorar los daños.
—No está tan mal como otros que he visto en estos últimos días. ¿Está bien su mujer?
—Sí, aunque las dos nos dimos un buen susto.
—Me imagino. Vamos a tener que llevarnos el vehículo, señora Volkova —el agente miró hacia la casa, y aunque habló con naturalidad, era obvio que estaba en alerta y asombrado por encontrar una pareja lesbiana casadas y viviendo en ese lugar—.Así que están casadas, ¿no?
—Sí.
—El nombre en el registro es Katina, Lena Katina.
—Es su nombre de soltera —dijo Yulia con calma.
Impulsivamente, Lena abrió la puerta.
—¿Yul?
Yulia y Rudenkov se volvieron a mirarla. El agente se quitó el sombrero, y Yulia
se limitó a fruncir el ceño.
—Perdón por interrumpir —Lena sonrió, y comentó—: he pensado que a lo mejor al agente le apetece una taza de café caliente.
El hombre se puso el sombrero y contestó:
—Es muy tentador, señora, y se lo agradezco, pero tengo que irme ya. Siento lo de su coche.
—Fue culpa mía. ¿Sabe cuándo volverá a abrirse la carretera?
—Seguramente, su esposa podrá bajar al pueblo en uno o dos días, pero le aconsejo que usted espere un poco más para viajar.
—Sí, creo que no iré a ninguna parte de momento —le dijo con una sonrisa.
—Bueno, será mejor que me vaya —dijo Rudenkov, mientras se volvía a subir al vehículo de nieve—. ¿Tiene una radio de onda corta?
—No.
—No estaría mal que comprara una cuando vaya al pueblo, son más fiables que los teléfonos. ¿Cuándo está previsto que nazca su hijo?
Yulia se quedó sin palabras por un segundo al oír aquellas palabras. Vio la cara de asombro del agente cuando la oyó decir "mi mujer" y jamas pensó tanta naturalidad en el con una pareja de mujeres.
—De aquí a cuatro o cinco semanas.
—Entonces tienen bastante tiempo —sonriente, Rudenkov encendió el motor de
su vehículo—. ¿Son primerizas?
—Sí —murmuró Yulia.
—No hay nada igual. Yo tengo dos hijas, y la segunda decidió nacer en Acción de Gracias; apenas había dado dos bocados de pastel de calabaza, cuando tuve que
salir corriendo al hospital. Mi mujer sigue insistiendo en que fue el relleno de salchicha de mi madre lo que provocó el parto. No se preocupen no soy homofobico, para el amor no hay raza, edad, genero, solo se lo vive día a día —levantó una mano y la voz, y se despidió diciendo—: cuídese, señora Volkova.
Siguieron el vehículo con la mirada, y cuando se perdió de vista Yulia se aclaró la garganta y entró en la casa. Lena no hizo ningún comentario, se limitó a apartarse para dejarla pasar y a cerrar la puerta tras ella.
Esperó hasta que empezó a desatarse los cordones de las botas sentada en el borde de la chimenea de piedra, y entonces le dijo:
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por decirle que soy tu mujer.
— A pesar de no ser muy común sobretodo en este pais parecía la solución más fácil —comentó, aún ceñuda, mientras se quitaba una
bota.
—Más fácil para mí, no para ti —dijo la ojiverde.
La pelinegra se encogió de hombros, y se levantó para ir a la cocina.
—¿Hay café hecho?
—Sí.
Lena la oyó servirse una taza, y se dio cuenta de que Yulia había mentido para protegerla, mientras que ella no había hecho más que recibir.
—Yulia... —rogando que sus instintos y su conciencia no se estuvieran
equivocando, entró en la cocina.
—¿Qué demonios es esto? —dijo la ojiazul señalando el cazo donde la pelirroja se había preparado la leche.
La tensión se disipó momentáneamente.
—Es chocolate deshecho... si uno está lo suficientemente desesperado.
—Parece... bueno, prefiero no decirlo. La leche en polvo está asquerosa, ¿no?
—Más o menos.
—Intentaré ir al pueblo mañana.
—Si puedes, te importaría... —avergonzada, Lena se detuvo a media frase.
—¿Qué quieres?
—Nada, es una tontería. ¿Puedes venir a sentarte un minuto?
Yulia le agarró una mano antes de que pudiera darse la vuelta.
—¿Qué es lo que quieres que te traiga?
—Palomitas. Ya te he dicho que era una tontería —murmuró, mientras
intentaba liberar su mano.
Yul sintió una necesidad casi desesperada de abrazarla con fuerza.
—¿Es un antojo, o simplemente te apetecen?
—No sé, pero cada vez que veo la chimenea, pienso en un buen plato de palomitas —Lena sonrió al ver que Yulia no se burlaba de ella—. A veces puedo hasta olerlas.
—Palomitas. ¿Quieres algo para acompañarlas?, ¿pepinillos en vinagre o algo así?
—Eso es un mito, no todas las mujeres embarazadas comen esas cosas —dijo ella, con una mueca.
—Estás echando por tierra todas mis convicciones —Yulia no supo en qué
momento había alzado la mano de ella hasta sus labios, pero tras el primer roce con su piel la soltó de inmediato—. No te has puesto la camisa.
Aunque ya no la estaba tocando, le parecía que aún podía sentir la calidez y la suavidad de su mano.
—Vaya —Lena respiró hondo, al darse cuenta de que la pelinegra no estaba pensando en ella, sino en el cuadro. De nuevo era la artista con su modelo—. Iré a cambiarme.
—Vale —completamente desconcertada por lo mucho que la deseaba, Yulia se volvió hacia la encimera y centró su atención en la taza de café.
Sin embargo, Lena había tomado una decisión al oír que mentía por ella, para protegerla, y decidió no aplazar más las cosas.
—Yulia, sé que quieres ponerte a trabajar, pero me gustaría... creo que debería...quiero contártelo todo, si aún quieres saberlo.
La ojiazul se giró hacia ella, y la miró con una expresión clara y muy intensa.
—¿Por qué?
—Porque no está bien que no confíe en ti, y porque necesito a alguien... las dos necesitamos a alguien.
—Será mejor que te sientes —se limitó a decir la pelinegra antes de llevarla al sofá.
—No sé por dónde empezar.
Mientras ponía otro tronco en la chimenea, Yulia pensó que probablemente sería mejor si se remontaban hasta su infancia.
—¿De dónde eres? —le preguntó al sentarse junto a ella.
—He vivido en muchos sitios... en Moscú, Reutov, en Nemchinovka ...mi tía tenía una pequeña granja en la Costa este, allí fue donde pasé más tiempo.
—¿Y tus padres?
—Mi madre era muy joven cuando nací, y estaba soltera. Se fue a vivir con mi tía, hasta que... hasta que empezó a tener problemas de dinero. Entonces tuve que ir a casas de acogida, pero eso no tiene importancia ahora.
—¿En serio?
Ella respiró hondo para intentar tranquilizarse.
—No quiero que sientas pena por mí, no te estoy contando esto para darte
lástima.
El orgullo sereno que Yulia estaba intentando captar sobre un lienzo era
evidente en la inclinación de su cabeza y en el tono de su voz, y deseó ir a por su cuaderno de esbozos. Pero deseó aún más acariciar su cara.
—Vale, no sentiré pena.
Lena asintió, y continuó con su historia.
—Creo que las cosas se pusieron muy difíciles para mi madre; aunque nadie llegó a explicarme del todo la situación, es fácil imaginársela. Era hija única, y es posible que quisiera quedarse conmigo, pero no pudo. Mi tía era mayor que ella, pero tenía sus propios hijos, así que yo era sólo otra boca que alimentar, y cuando
hacerlo se volvió demasiado difícil, fui a parar a los servicios de acogida.
—¿Cuántos años tenías?
—La primera vez seis, pero por alguna razón las cosas nunca funcionaron. Me quedé un año en un lugar, dos en otro... odiaba no pertenecer a ningún sitio, no
llegar a ser nunca una parte real de lo que tenían los demás. A los doce años volví una temporada con mi tía, pero su marido tenía problemas y me tuve que marchar al poco tiempo.
Yulia notó un matiz extraño en su voz, algo que hizo que se tensara.
—¿Qué clase de problemas?
—Eso no importa.
Ella sacudió la cabeza y empezó a levantarse, pero Yulia la agarró de la mano con firmeza.
—Lena, tú has empezado con esto, así que acábalo.
—Bebía, y entonces se volvía bastante desagradable —admitió la pelirroja.
—¿Estás diciendo que se ponía violento?
—Sí. Cuando estaba sobrio era malhumorado y crítico, pero borracho podía llegar a ser... cruel —se frotó el hombro, como si estuviera calmando una vieja herida—. Normalmente la emprendía contra mi tía, pero a menudo también iba a por
los niños.
—¿Te pegó?
—Sí, cuando no era lo bastante rápida para quitarme a tiempo de en medio —
consiguió esbozar una sonrisa sin humor, y añadió—: y te aseguro que aprendí a ser muy rápida. Pero suena peor de lo que realmente fue.
Yulia lo dudaba, pero se limitó a decir:
—Sigue.
—Los servicios sociales me trasladaron a otra casa, pero era como quedarse guardada, a la espera. Recuerdo que a los dieciséis estaba contando los días que me
quedaban para poder arreglármelas por mí misma, para... no sé, poder tomar mis propias decisiones. Cuando por fin alcancé la mayoría de edad, me mudé a
Reutov y conseguí un trabajo de dependienta en una tienda de Nemchinovka. Hice amistad con una clienta habitual, y un día se presentó con un hombre bajito y medio
calvo, que parecía un bulldog. Él le dijo a la mujer que tenía razón, me dio una tarjeta profesional y me dijo que fuera a su estudio al día siguiente. Yo no pensaba ir, claro,
pensé que quería... me había acostumbrado a que los hombres...
—Eso no lo dudo—dijo Yulia con sequedad.
Era algo que aún la hacía sentirse incómoda, pero como ella no pareció
sorprendida, decidió dejar el tema.
—En fin, dejé a un lado la tarjeta y seguramente no habría vuelto a acordarme de ella, pero una de mis compañeras la vio y se puso como loca. Me dijo que era Geoffrey Wright, a lo mejor te suena.
Yulia enarcó una ceja, porque Wright era uno de los fotógrafos de moda más respetados en el negocio... no, el más respetado; aunque no sabía demasiado del negocio de la moda, un nombre como el de Geoffrey cruzaba fronteras.
—Sí, he oído hablar de él.
—Cuando me enteré de que era un fotógrafo profesional de prestigio, decidí ir a verlo, y todo pareció suceder de repente. Me encontré maquillada y bajo los focos
antes de poder darme cuenta, y aunque estaba pasando una vergüenza increíble, él
pareció no darse cuenta y empezó a soltar órdenes a diestro y siniestro... que si tenía que sentarme, que si quería que me levantara, que me volviera, que me inclinara...
me colocó una pelliza de marta sobre los hombros, y yo creí que estaba soñando.
Supongo que hice el comentario en voz alta, porque mientras seguía tomando fotos se echó a reír y me dijo que en un año podría vestir pieles hasta en el desayuno.
Yulia se reclinó en el respaldo del sofá sin decir nada, mientras se la imaginaba envuelta en pieles. Se le retorcieron las entrañas al imaginársela convirtiéndose en
una de las jóvenes y temporales amantes de Wright.
—En un mes, ya había hecho una sesión de fotos para la revista Mode; después hice otra para Her, y otra para Charm. Fue algo increíble, un día estaba vendiendo ropa, y al siguiente cenaba con diseñadores.
—¿Y qué pasó con Wright?
—Nadie me había tratado en toda mi vida tan bien como Geoffrey. Sabía que él me consideraba casi siempre un simple producto, pero se convirtió en una especie de perro guardián. Me dijo que tenía planes para mí, que quería que empezara poco a
poco, y que en un par de años no habría una sola persona en el mundo que no reconociera mi cara. A mí me parecía increíblemente emocionante, porque durante toda mi vida había sido completamente anónima. A él le gustaba que yo hubiera salido de la nada, y aunque algunas de sus otras modelos lo consideraban una persona fría, fue lo más parecido a un padre para mí.
—¿Lo veías como una figura paterna?
—Sí, supongo que sí. Pero después de todo lo que hizo por mí, de todo el
tiempo que invirtió en mí, yo lo decepcioné.
Empezó a levantarse de nuevo, pero Yulia volvió a detenerla.
—¿Adonde vas?
—A por un poco de agua.
—Quédate aquí, voy a buscarla.
Lena aprovechó para tranquilizarse. Sólo le había contado la mitad de la
historia, y lo peor y más doloroso aún estaba por llegar. Cuando Yulia volvió con un vaso de agua con hielo, tomó un par de tragos y retomó su relato.
—Fuimos a París, y me sentía como si fuera Cenicienta, pero sin el miedo a que llegara la media noche, íbamos a quedarnos un mes, y como Geoffrey quería darles un aire muy francés a las fotos, trabajamos por toda la ciudad. Un día asistimos a una fiesta, era una de esas increíbles noches de primavera en que todas las mujeres parecen hermosas y los hombres guapísimos. Allí conocí a Andrey.
Yulia notó que su voz se quebraba ligeramente y que sus ojos se ensombrecían de dolor, y supo de inmediato que estaba hablando del padre de su hijo.
—Se mostró galante y encantador, como el perfecto príncipe azul, y en las dos semanas siguientes fue a verme trabajar cada día. Salimos a bailar, comimos en pequeñas cafeterías y dimos paseos por los parques, y pensé que él era todo lo que siempre había soñado pero que nunca creí que podría tener. Me trataba como si fuera algo único y valioso, como un collar de diamantes, y hubo un tiempo en el que creí
que eso era amor.
Lena permaneció en silencio durante unos segundos, pensando que aquél
había sido su error, su pecado, su vanidad. Incluso un año después, aún le dolía.
—Geoffrey refunfuñaba y decía que era sólo un niño rico intentando ligar con una modelo, pero yo no quise escucharlo. Quería sentirme amada, necesitaba desesperadamente importarle a alguien, que me quisieran, así que cuando Andrey me
pidió que me casara con él, no me lo pensé dos veces.
—¿Te casaste con él?
—Sí —Lena la miró, y admitió—: sé que te hice creer que no estaba casada con el padre de mi hijo, me pareció lo más fácil.
—No llevas anillo.
Lena se sonrojó, avergonzada.
—Lo vendí.
—Ya veo.
El tono de Yulia no contenía condena ninguna, pero aun así Lena se sintió
mortificada.
—Nos quedamos en París a pasar la luna de miel. Yo quería volver a Rusia para conocer a su familia, pero Andrey dijo que prefería que nos quedáramos donde estábamos siendo tan felices, y a mí me pareció bien. Geoffrey se puso furioso
conmigo, me sermoneó y me gritó diciéndome que me estaba echando a perder, pero en aquel momento creí que se refería a mi carrera profesional y lo ignoré. Mucho después, me di cuenta de que estaba hablando de mi vida.
Lena se sobresaltó cuando un tronco se movió en la chimenea, y descubrió que le resultaba más fácil continuar si miraba hacia el fuego.
—Creía que había encontrado todo lo que siempre había deseado, y al mirar atrás me doy cuenta de que aquellas semanas en París fueron como algo mágico, algo
que no es completamente real, pero que lo parece porque uno no alcanza a darse cuenta de que todo es un espejismo. Entonces llegó el momento de volver a casa.
Lena entrelazó las manos y empezó a moverlas nerviosamente, un signo
seguro de la ansiedad que sentía. Yulia quiso agarrárselas para tranquilizarla, pero se contuvo.
—La noche antes de marcharnos, Andrey me dijo que tenía que solucionar un asunto de negocios, y salió. Yo me quedé esperándolo, un poco decepcionada porque
mi marido me había dejado sola en nuestra última noche en París, pero conforme se fue haciendo tarde empecé a asustarme, y cuando él llegó a las tres de la madrugada
estaba enfadada y molesta.
Volvió a quedarse callada, y Gabe tomó un cubrecama que había en el respaldo del sofá y se lo colocó sobre el regazo.
—Tuvisteis una pelea, ¿no?
—Sí. Él estaba muy borracho y violento, y aunque aquélla fue la primera vez que lo vi así, no sería la última. Le pregunté dónde había estado, y él me contestó...
bueno, básicamente me dijo que no era asunto mío. Empezamos a gritarnos, y me confesó que había estado con otra mujer. Al principio creí que lo decía sólo para
herirme, pero entonces me di cuenta de que era verdad y empecé a llorar.
Aquello era lo peor de todo, mirar atrás y recordar cómo se había derrumbado.
—Eso hizo que se enfadara aún más, y empezó a lanzar objetos por la suite, como un niño con una pataleta. Gritó muchas cosas, pero en resumen me dijo que
tendría que acostumbrarme a su modo de vida, y que no tenía derecho a ofenderme, porque yo había sido la zorra de Geoffrey.
Su voz se quebró con aquellas últimas palabras, y bebió un trago de agua para calmar su garganta.
—Eso fue lo que más me dolió —consiguió decir al fin—. Geoffrey había sido casi como un padre para mí, pero nunca, jamás fue ninguna otra cosa. Y Andrey lo sabía, porque yo era virgen en nuestra noche de bodas. Me enfadé tanto que me levanté y empecé a gritarle, ni siquiera sé lo que le dije, pero él se puso hecho una
furia, y...
Yulia vio que sus dedos se tensaban en la suave tela del cubrecama, y que
después los relajaba de nuevo con deliberación. Con un esfuerzo sobrehumano,
consiguió mantener la calma al preguntarle:
—¿Te pegó?
Ella no le contestó, incapaz de pronunciar palabra, y cuando Yulia posó una mano en su mejilla y volvió suavemente su cara para que la mirara, vio que tenía los
ojos llenos de lágrimas.
—Fue mucho peor que con mi tío, porque no conseguí escapar. Tony era mucho más fuerte y rápido. Mi tío simplemente pegaba a cualquiera que no se apartara de
su camino a tiempo, pero en el caso de Tony había algo cruel y deliberado, quería hacerme daño. Y entonces, él me... —Lena no pudo contarle lo que había ocurrido
después.
Tardó unos segundos en lograr continuar, y Yulia permaneció en silencio, mientras en su interior la furia crecía y crecía hasta que pensó que iba a explotar.
Entendía que una persona podía tener su genio, ella misma era bastante temperamental, pero nunca, jamás podría entender o perdonar a una persona que maltratara a alguien más débil e indefenso.
—Cuando terminó, él se quedó dormido y yo me quedé allí tumbada, sin saber qué hacer —continuó diciendo ella, un poco más calmada—. Es gracioso, pero
tiempo después, cuando hablé con otras mujeres que habían sufrido experiencias parecidas, supe que es normal sentir que la culpa ha sido tuya. A la mañana
siguiente, me pidió perdón llorando, y me prometió que nunca volvería a pasar. Esa fue la pauta durante el tiempo que estuvimos juntos.
—¿Te quedaste con él?
Avergonzada, Lena se sonrojó y después palideció de golpe.
—Estábamos casados, y pensé que podía hacer que funcionara. Cuando
llegamos a la casa de sus padres, me odiaron nada más verme. Su hijo, el gran heredero al trono, se había casado a sus espaldas con una mujer insignificante.
Vivíamos con ellos, y aunque hablamos varias veces de mudarnos, nunca lo hicimos.
Eran increíbles, podías estar sentada a la mesa con ellos hablando de naderías y sentir que te estaban ignorando por completo. Andrey fue a peor, empezó a verse con
otras mujeres y casi alardeaba de ello delante de mí. Sus padres sabían lo que hacía y lo que me estaba pasando, pero el ciclo no hizo más que ir empeorando cada vez
más, hasta que supe que tenía que salir de allí. Le dije que quería el divorcio.
Lena se detuvo y respiró hondo antes de continuar.
—Eso pareció hacer que reaccionara por un tiempo. Me hizo todo tipo de
promesas, me juró que iría a terapia, que acudiría a un consejero matrimonial, que haría todo lo que yo le pidiera, y hasta empezó a buscar una casa para nosotros dos.
A aquellas alturas yo ya había dejado de quererlo, y sé que me equivoqué de lleno al acceder a quedarme con él, al engañarme a mí misma. No me di cuenta de que sus
padres estaban presionándolo, dificultando que pudiera mudarse, porque ellos tenían el control financiero. Entonces descubrí que estaba embarazada.
Lena apoyó una mano sobre su vientre, con los dedos extendidos.
—Andrey se mostró un poco... ambivalente ante la idea de tener un hijo, pero sus padres se entusiasmaron. Su madre empezó a redecorar un cuarto para el niño,
compró cunas de época, cucharas de plata, lino irlandés. Aunque no acababa de gustarme la forma en que se estaba haciendo cargo de todo, pensé que quizás el niño
podría ayudarnos a mejorar nuestra relación, pero la verdad es que no me veían como la madre del niño, igual que no me consideraban la esposa de Andrey. Era su
nieto, su legado, su inmortalidad. Andrey  y yo dejamos de buscar casa, y él empezó a beber otra vez. Me marché la noche que llegó borracho y me pegó.
Inhaló profundamente, intentando calmarse, mientras continuaba con la mirada
fija en el fuego.
—Ya no me estaba pegando sólo a mí, también le estaba haciendo daño al niño, y eso lo cambiaba todo; de hecho, hizo que me resultara increíblemente fácil marcharme. Enterré mi orgullo y llamé a Geoffrey para pedirle un préstamo. Me dejó
dos mil dólares, y con ellos conseguí un piso, encontré trabajo y empecé los trámites del divorcio. Diez días después, Andrey murió.
Al sentir la inevitable oleada de dolor, Lena cerró los ojos.
—Su madre vino a verme, me suplicó que ocultara lo del proceso de divorcio y que asistiera al funeral como la viuda de Andrey. Su reputación y su recuerdo eran lo
único que importaba, y accedí porque... porque aún recordaba aquellos primeros días
en París. Después del funeral, me pidieron que fuera a su casa porque teníamos que hablar de un par de cosas, y fue entonces cuando me dijeron lo que querían, lo que
pensaban conseguir. Dijeron que me pagarían todos los gastos médicos, que tendría los mejores cuidados, y que cuando el niño naciera me darían cien mil dólares para que me hiciera a un lado. Cuando me negué, cuando me enfadé por lo que estaban
sugiriendo, me explicaron que se limitarían a quitarme a mi bebé si no cooperaba.
Era el hijo de Andrey, y me dejaron claro que tenían bastante dinero para poder conseguir su custodia. Me amenazaron con sacar a la luz el «hecho» de que había
sido la amante de Geoffrey y que había aceptado su dinero, y me dijeron que habían investigado mi pasado y que demostrarían que no era una persona estable para criar
a un niño. Dijeron que dejarían claro que, como abuelos del bebé, podían darle una educación mejor. Me dieron veinticuatro horas para que me lo pensara, y lo que hice
fue huir.
Yulia permaneció en silencio, ya que se había quedado con un amargo sabor de boca. Le había pedido que se lo contara todo, casi se lo había exigido, pero al conocer por fin su historia no sabía si sería capaz de soportarlo.
—Lena, a pesar de lo que te dijeron y de sus amenazas, no creo que pudieran quitarte al niño.
—Eso no me basta, ¿es que no lo ves?, no puedo arriesgarme mientras haya la más mínima posibilidad. Nunca podría enfrentarme a ellos de igual a igual, no tengo ni el dinero ni los contactos.
—¿Quiénes son? —al verla dudar, Yulia volvió a tomarle la mano—. Has
confiado en mí hasta ahora.
—Su apellido es Petrov. Son Vladimir y Olya Petrov, de Moscú.
Al oír aquello, Yulia frunció el ceño. Todo el mundo sabía quiénes eran, pero a causa de la posición social de su propia familia, aquel apellido representaba más que
un simple nombre, que una imagen.
—¿Estabas casada con Andrey Petrov?
—Sí —Lena se volvió hacia ella antes de decir con voz calmada—: le conocías,
¿verdad?
—La verdad es que muy poco, era más... —se detuvo al darse cuenta de que había estado a punto de decir que era más de la edad de Dima, y optó por decir—:más joven. Me encontré con él una o dos veces cuando fue a Novosibirsk  —y lo que había visto no le había gustado lo más mínimo, así que ni siquiera se había molestado en formarse una opinión sobre él—. Leí que había muerto en un accidente de tráfico, y
supongo que se mencionó que estaba casado, pero este año ha sido bastante difícil y no le presté demasiada atención al asunto. Mi familia y los Petrov han coincidido
en algunas ocasiones, pero no hay demasiada relación.
—Entonces, sabes que es una familia con mucho dinero. Consideran al niño una más de sus... propiedades, y me han estado siguiendo la pista por todo el país. Cada vez que me asiento en un sitio y empiezo a relajarme, me entero de que hay
detectives husmeando. No puedo... no voy a dejar que me encuentren.
Yulia se levantó para pasearse por la habitación, para encender un cigarro, para intentar organizar sus ideas y, sobre todo, sus sentimientos.
—Quiero preguntarte algo.
—Dime —dijo ella, con un suspiro cansado.
—Cuando te pregunté si tenías miedo, me contestaste que no, que tenías vergüenza. Quiero saber por qué.
—Porque no luché ni intenté arreglar las cosas con la fuerza necesaria, y
simplemente dejé que sucediera. No tienes ni idea de lo difícil que es para mí estar aquí sentada y admitir que permití que me utilizaran, que me pegaran, que llegué tan bajo como para aceptarlo sin más.
—¿Aún te sientes así?
—No —dijo ella, mientras levantaba la barbilla—. Nadie va a volver a controlar mi vida.
—Bien —Yulia se sentó en el borde de la chimenea—. Ángel, creo que has pasado por un infierno, por algo peor de lo que nadie se merece. No importa que tú tuvieras parte de culpa, como pareces creer, o que fuera sólo cuestión de circunstancias. Todo eso pertenece al pasado.
—Yulia, no es tan fácil. Ahora también tengo que tener en cuenta a mi hijo.
—¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar para enfrentarte a ellos?
—Ya te he dicho que no puedo...
La pelinegra la interrumpió con un gesto de la mano.
—Si tuvieras los medios, ¿hasta dónde?
—Hasta el final, hasta donde hiciera falta. Pero eso no importa, porque no tengo los medios.
Yulia tomó una calada del cigarro, lo contempló con aparente interés y lo echó al fuego.
—Los tendrías, si estuvieras casada conmigo.


CONTINUARÁ...

Nos leemos pronto Rolling Eyes Smile


Última edición por LenokVolk el Lun Ene 05, 2015 1:14 am, editado 1 vez
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Ene 04, 2015 9:47 pm

Un nuevo año, dos nuevos capítulos de esta historia, a leer!!  Laughing Cool



LUZ EN LA TORMENTA


Capítulo 5

Lena no contestó, incapaz de articular palabra, y Yulia permaneció sentada en la chimenea con la mirada fija en su rostro. Su enorme talento se debía en parte a su capacidad de centrarse en una expresión y captar las emociones que se ocultaban
bajo la superficie, y quizás por eso era capaz de ocultar sus propios sentimientos a la perfección.
Los troncos chisporroteaban tras ella, y el sol de media mañana entraba por las ventanas hasta ir a parar a sus pies. Parecía muy tranquila, como si acabara de sugerir que podían comerse un plato de sopa al mediodía, y ella no habría sabido
decir si lo que le había propuesto realmente le resultaba tan indiferente.
Lena se apoyó en la mesa, y se levantó con cuidado antes de decir:
—Estoy cansada, voy a tumbarme un rato.
—Vale, después hablaremos de esto.
Ella se giró de golpe hacia la pelinegra, y Yulia no vio ni rastro de angustia ni de miedo en su cara, sino una furia lívida y fulminante.
—¿Cómo puedes decirme algo así después de todo lo que te he contado?
—Puede que lo haya dicho precisamente por eso.
—Vaya, aquí está otra vez la buena samaritana—Lena notó la amargura en su propia voz, pero no pudo hacer nada por esconderla—. El caballero en este caso Dama en su caballo blanco, que acude galante y cargada de buenas intenciones para salvar a la inepta mujercita. ¿Crees que debería arrodillarme y sentirme agradecida?, ¿que voy a volver
a ponerme ciegamente en manos de alguien, a entrar en la misma pauta lamentable y destructiva, porque una mujer me ofrece una vía de escape? Porque aparte de todo no se si notaste, eres una mujer, y yo otra, quieres que las cosas empeoren para mi, casándome con alguien de mi mismo género ?
Yulia intentó controlar su genio, pero decidió dejar que ella la viera y se levantó de golpe.
- En primer lugar, no te perjudica en nada estar casada con alguien del mismo genero, las leyes en algunos países, como así también  en algunas ciudades avalan el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y ademas no quiero controlarte, y no pienso dejar que me compares con un maldito maltratador alcohólico.
—Entonces qué quieres, ¿salvar a damiselas en peligro como una caritativa  Dama andante?
Yulia soltó una carcajada, pero aún seguía demasiado enfadada.
—Nadie me ha acusado nunca de algo parecido. Una de las razones de mi propuesta es que soy una egoísta. Me conoces lo bastante bien para saber que soy una gruñona que tengo mi genio y que puedo enfadarme, pero yo no pego ni utilizo a las mujeres.
Lena se esforzó por controlar sus emociones, y logró calmarse un poco.
—Yo no he insinuado eso, ni te he comparado con nadie. Lo único parecido es la situación.
—La situación no se parece en nada, en primer lugar por que las dos somos mujeres, y también el hecho de que yo tenga dinero es una
ventaja para ti.
—No me casé con Andrey por su dinero.
—Ya lo sé, de eso no tengo ninguna duda —dijo la ojiazul, con voz más suave—. Pero en este caso, estoy dispuesta a aceptar que te cases conmigo por el mío.
—¿Por qué?
En los ojos de Yulia relampagueó una extraña expresión, pero desapareció antes de que la pelirroja pudiera interpretarla.
—A lo mejor deberías haber preguntado eso antes de nada.
—Puede, pero te lo estoy preguntando ahora —dijo Lena, arrepintiéndose como siempre de su arranque de furia y de sus duras palabras.
—Siento algo por ti. No sé lo que es, pero es muy fuerte, mucho más que
cualquier otra cosa que haya experimentado en toda mi vida —Yulia levantó un dedo
hacia el rostro del lienzo y deseó poder explicarse mejor, pero siempre se había expresado mejor a través de la pintura—. Me siento atraída por ti, hace poco me he dado cuenta de que ya llevo suficiente tiempo sola.
—Eso puede que sea suficiente, o casi, para algunos matrimonios, pero no lo es para mí... sobre todo teniendo en cuenta la carga que tendrías que soportar.
—Tengo que saldar algunas cuentas pendientes —murmuró Yulia, antes de volverse hacia ella de nuevo—. A lo mejor ayudaros al niño y a ti me sirve para hacer borrón y cuenta nueva.
Al ver la ternura y el dolor en sus ojos, Lena sintió que su enfado se evaporaba por completo.
—Ya nos has ayudado, y nunca podré llegar a pagártelo.
—No quiero que me pagues nada —dijo la pelinegra con voz cortante, impaciente—. Lo que quiero es a ti, ¿cómo quieres que te lo diga?
—Creo que de ninguna.
Los nervios empezaron a corroerla de nuevo, y se retorció las manos en un
gesto de ansiedad. Estaba claro que Yulia estaba hablando muy en serio, no podía negar que por primera vez sentía atracción por otra mujer, y  la posibilidad de que la deseara la entusiasmaba y la aterrorizaba a la vez.
—Ya me equivoqué una vez y fue terrible, ¿es que no lo ves?
Yulia se acercó ella, le separó las manos con ternura y las mantuvo en las suyas.
—¿No te soy indiferente?
—No, pero...
—¿No me tienes miedo?
—No —contestó ella, mientras sentía que parte de la tensión se disipaba.
—Entonces, deja que te ayude.
—Voy a tener  al hijo de un hombre.
—No —Yulia tomó su rostro entre las manos porque quería que ella la mirara a los ojos—. Si te casas conmigo, el niño es de las dos, tanto en privado como de cara al
público. Totalmente.
—Vendrán a por él —dijo ella, con lágrimas en los ojos.
—Deja que vengan. No volverán a tocarte, y no van a llevarse al niño.
yulia le estaba ofreciendo seguridad, y Lena se preguntó si realmente aquello que siempre la había eludido podía estar sólo a una promesa de distancia. Abrió la boca, a punto de aceptar su ofrecimiento, pero entonces sintió un nudo en el
estómago y posó una mano en la mejilla de la pelinegra.
—¿Cómo voy a hacerte algo así?
La respuesta de Yulia fue cubrir sus labios con los suyos. Lena fue incapaz de negar el deseo y el anhelo que las unía, ya que lo saboreó cuando su boca la devoró, y lo sintió cuando la mano de la ojiazul se deslizó por su pelo para detenerse posesivamente en su nuca. De forma instintiva, deseosa de dar además de recibir, Lena llevó la otra
mano a su rostro en un tierno gesto de consuelo.
Era obvio que ella no era la única que tenía que luchar contra sus propios
demonios, ni la única que necesitaba amor y comprensión. Yulia era una persona fuerte, y resultaba fácil olvidarse de que ella también podía estar pasándolo mal. La pelirroja
la atrajo con más fuerza hacia sí, intentando ofrecerle su calor.
Yulia deseó poder hundirse en ella, en su dulzura, en su generosidad. Eso era lo que quería captar sobre el lienzo, su calidez y su espíritu, aunque sabía que jamás
sería capaz de plasmarlo. Aquella parte fundamental de su belleza no podía pintarse, pero podía ser protegida y adorada.
—Me necesitas —murmuró al apartarse ligeramente—. Y yo te necesito a ti.
Lena asintió y apoyó la cabeza en su hombro, por que aquellas palabras lo
habían dicho todo.
Empezó a nevar de nuevo, y pasaron tres días hasta que Yulia pudo arriesgarse a ir al pueblo. Lena la observó mientras apuraba su taza de café y se ponía el abrigo.
—Volveré lo más rápido posible.
—Prefiero que te tomes tu tiempo y vayas con cuidado.
—El todoterreno es como un tanque —Yulia aceptó los guantes que ella le dio, pero no se los puso—. No me gusta dejarte sola.
—Yul, llevo mucho tiempo cuidando de mí misma.
—Las cosas han cambiado. Seguramente, mis abogados ya me han enviado la licencia de matrimonio.
Ella empezó a trastear de inmediato con los platos del desayuno, y comentó:
—Eso sí que sería rapidez.
—Les pago para que sean eficientes, y ya han pasado tres días desde que me puse en contacto con ellos. Si puedo arreglarlo, quisiera conseguir aquí un juez de paz.
A Lena se le cayó un vaso de la mano, y fue parar al agua jabonosa.
—¿Hoy?
—No has cambiado de idea, ¿verdad?
—No, pero...
—Quiero que mi nombre esté en la partida de nacimiento —al verla dudar,
Yulia sintió una punzada de pánico—. Sería menos complicado si nos casáramos antes de que nazca el niño.
—Sí, supongo que tienes razón.
Sin embargo, todo parecía muy precipitado... como su primer matrimonio, que había sido un torbellino de flores, champán y seda blanca.
—Entiendo que prefieras algo más festivo, pero en estas circunstancias...
—No, no me importa —se volvió hacia Yulia, y consiguió esbozar una sonrisa—. Si
puedes arreglarlo para celebrar la boda hoy, no hay problema.
—De acuerdo. Lena, me gustaría que descansaras un poco hasta que vuelva, no has dormido bien.
Ella volvió a girarse hacia el fregadero. Había vuelto a tener la pesadilla, y no había conseguido pegar ojo hasta que la pelinegra se había metido en la cama con ella.
—No te preocupes, procuraré no cansarme.
—No creo que un beso te quite demasiadas fuerzas, ¿verdad?
Lena sonrió, se volvió con las manos aún chorreando y levantó los labios hacia los suyos.
—Aún no estamos casadas, y ya me besas como si lleváramos veinte años de matrimonio.
Yulia cambió el ambiente distendido con sólo mordisquearle juguetonamente el labio inferior. En cuestión de segundos, Lena estaba aferrándose a la ojiazul, en un abrazo
que no tenía nada de despreocupado.
—Eso está mejor —murmuró Yulia-. Ve a tumbarte, estaré de vuelta en menos de dos horas.
—Ten cuidado.
Yulia cerró la puerta, y al poco tiempo Lena  oyó el motor del todoterreno. Fue a la sala de estar, y vio cómo se marchaba.
Por extraño que pareciera, no se sintió sola a pesar de que en la cabaña se había hecho un silencio absoluto. Soltó una suave carcajada al admitir para sí que estaba un
poco nerviosa, aunque se dijo que era lo normal para una futura novia. La que se casaría con otra novia.
Si Yulia se salía con la suya... y empezaba a sospechar que casi siempre era así... se casarían esa
misma tarde.
Lena se dio cuenta de que su vida iba a volver a cambiar por completo, pero esa vez sería mejor, porque ella se aseguraría de que fuera así.
Llevaba toda la mañana sintiendo un ligero dolor en la parte baja de la espalda, y se llevó una mano a la zona para intentar calmarlo. Pensando que seguramente se
debía al colchón y a la noche inquieta que había pasado, fue a echarle un vistazo al retrato.
Yulia  lo había terminado el día anterior, lo sabía porque le había advertido que no lo tocara, porque la pintura tardaría un par de días en secarse del todo. Se
sentó en el taburete que la pelinegra solía utilizar, y contempló su propio rostro.
De modo que así era como la veía, pensó. Tenía la piel pálida, con sólo una ligera sombra de color en los pómulos, y aquella blancura, aquella cualidad traslúcida, era en parte lo que hacía que pareciera el ángel que Yulia la llamaba a veces.
Parecía como si estuviera atrapada en una ensoñación, una de las muchas en las que se había sumergido durante las horas en que Yulia la pintaba. Como ya le había
dicho, la vulnerabilidad que se reflejaba en sus ojos y alrededor de su boca era excesiva, y aunque la pose y la inclinación de su cabeza revelaban fuerza e independencia, la mirada triste de sus ojos negaba aquella firmeza.
Lena decidió que estaba leyendo demasiado en un simple cuadro, y al sentir de nuevo el dolor, se levantó y empezó a pasearse por la cabaña mientras se frotaba la base de la espalda.
En un par de horas, iba a casarse allí mismo. No habría una multitud de
conocidos, ni un pianista tocando canciones románticas, ni un reguero de pétalos de rosa, pero iba a ser una novia a pesar de no tener toda aquella parafernalia. Quizás
no podía hacer que fuera una ceremonia festiva, pero decidió que al menos se celebraría en un sitio ordenado y empezó a arreglar un poco la cabaña.
Finalmente, el dolor en su espalda hizo que se acostara un rato, y dos horas más tarde oyó que el todoterreno se acercaba. Se quedó allí tumbada un poco más,
intentando aliviar la incomodidad que sentía, y se dijo que más tarde se daría un largo baño para ver si se le pasaba. Salió a la sala de estar justo cuando Yulia entraba
con una pareja bastante mayor.
—Lena, te presento al señor y a la señora Isaev. El es un juez de paz.
—Hola, muchas gracias por venir hasta aquí.
—No se preocupe, forma parte de mi trabajo —dijo el señor Isaev,
ajustándose las gafas empañadas—. Además, su futura esposa no estaba dispuesta a aceptar un no por respuesta.
—No le haga caso a este viejo cascarrabias, le encanta quejarse —comentó la señora Isaeva, mientras le daba unas palmaditas a su esposo en el brazo y miraba
a Lena con atención.
—¿Quieren algo?, ¿un café?
—No se preocupe, la señora Volkova ha traído un montón de provisiones. Usted siéntese y deje que ella se encargue de todo —la mujer tomó del brazo a Lena con una
de sus frágiles manos, y la llevó hasta el sofá—.La chica está tan nerviosa como un pato en Navidad, deje que se mantenga ocupada un rato.
Lena no pudo imaginarse a Yulia nerviosa por nada, pero supuso que los Isaev esperaban aquella reacción de una mujer  a punto de casarse con otra mujer. Al oírla
trastear con bolsas y cacharros en la cocina, sugirió:
—A lo mejor tendría que ir a echarle una mano.
—No, es mejor que se quede aquí sentada —la señora Isaeva le indicó con un gesto a su marido que se sentara también, y añadió—: una mujer tiene derecho a que
la mimen cuando está embarazada, Dios sabe que no tendrá demasiado tiempo para sentarse cuando nazca el niño.
Agradecida, Lena se movió ligeramente para intentar aliviar el dolor de su
espalda.
—¿Tienen hijos?
—Seis, además de veintidós nietos y cinco biznietos.
—Y otro de camino —anunció el señor Isaev, mientras sacaba una pipa.
—Guarda ahora mismo esa cosa apestosa —le ordenó su mujer—. No quiero que fumes en una habitación donde hay una mujer embarazada.
—No iba a encenderla —le contestó el hombre, antes de empezar a mordisquear la boquilla.
Satisfecha al ver que su marido se comportaba, la señora Isaeva se volvió hacia Lena.
—Qué cuadro tan bonito, ¿es que su futura esposa es una artista? —comentó, señalando un paisaje que podría venderse por una cantidad de seis cifras.
Su futura esposa. Lena sintió una punzada mezcla de pánico y placer al oír aquellas palabras.
—Sí, Yulia es un artista.
—Me gustan los cuadros, tengo uno de una playa encima de mi sofá —dijo la mujer.
La pelinegra entró en la habitación con un montón de flores en los brazos, y se aclaró la
garganta al sentirse un poco incómoda.
—Las vendían en el mercado —dijo.
—Y ella las compró todas —dijo la señora Isaeva, divertida, mientras se
levantaba del sofá—. ¿Tiene un jarrón?, su prometida no puede acarrearlas todas.
—No, creo que... no lo sé.
—Eres igual a los hombres en ese sentido —la mujer suspiró, y le guiñó el ojo a Lena—. Démelas, yo me
ocupo de ellas. Usted vaya a hacer algo útil, como poner algo más de leña en el fuego. No quiero que su futura esposa se resfríe.
—Ahora mismo, señora.
Yulia no recordaba haberse sentido tan inútil en toda su vida. Fue a la
chimenea, deseando ocuparse con algo.
—No deje que le intimide, muchacha. Se ha pasado cincuenta y dos años
dándome la tabarra —le dijo el señor Isaev, que seguía cómodamente sentado en una silla.
—Alguien tenía que hacerlo —exclamó la señora Isaeva desde la cocina.
El hombre soltó una carcajada, y comentó:
—¿Está segura de que sabe dónde se está metiendo?
Yulia se limpió las manos en los pantalones y sonrió.
—No.
—Muy bien, de eso se trata —Isaev se echó a reír, y apoyó la cabeza en el respaldo de la silla—. Irina, ¿quieres acabar de una vez? A estas señoras les gustaría
casarse un día de estos.
—Manten la lengua en la boca, ya has perdido los dientes que te quedaban —
dijo la mujer, al entrar en la sala de estar con una regadera llena de flores. La colocó en el centro de la mesita de café, asintió con aprobación, y le dio a Lena un único
clavel.
—Gracias, son preciosas —empezó a levantarse, y estuvo a punto de soltar un gemido al sentir otra punzada de dolor en la espalda.
Yulia se acercó a ella y se colocaron juntas frente al fuego, mientras la leña crepitaba y el aroma de las flores se mezclaba con el del humo. Las palabras que pronunciaron fueron simples y ancestrales, y a pesar de la cantidad de bodas a las que había asistido, tanto heterosexuales como homosexuales la señora Isaeva se secó las lágrimas de los ojos.
«Para amarte, honrarte y respetarte».
— «En la riqueza y en la pobreza».
«Y prometo serte fiel» Yulia le colocó un anillo muy sencillo, una simple banda de oro que le quedaba demasiado grande, y al mirarla Lena sintió que algo crecía en su interior, algo cálido, dulce y trémulo. Entrelazó los dedos con los suyos, y repitió las mismas palabras con una sinceridad que provenía directa del corazón.
—Pueden besarse amabas —dijo Isaev.
Yulia ni siquiera lo oyó. Ya estaba, era irrevocable, y hasta ese momento no se había dado cuenta de cuánto significaba para ella.
Con la mano de Lena aún en la suya, la besó y selló la promesa.
—Felicidades —la señora Isaeva posó sus labios resecos en la mejilla de Yulia, y después en la de Lena—. Señora Volkova, ahora siéntese mientras yo le preparo una taza de té, antes de que su esposa nos lleve de vuelta a casa.
—Gracias, pero no tenemos té.
—He comprado un paquete —dijo La pelinegra.
—Sí, y todo lo que se le ponía por delante. Venga, Boris, ven a echarme una mano.
—¿Es que no puedes preparar una taza de té tú sola?
La señora Isaeva puso los ojos en blanco.
—Ha casado a más de quinientas parejas, y no entiende nada de romanticismo.
Boris, ven a la cocina y deja cinco minutos de intimidad a estas jóvenes.
El hombre refunfuñó que quería irse a cenar, pero obedeció a su mujer.
—Son muy amables —murmuró Lena.
—No creo que hubiera conseguido apartarlo de la tele, si ella no lo hubiera sacado de la casa.
Permanecieron en silencio durante unos segundos, sin saber qué hacer.
—Gracias por pensar en las flores... y en el anillo —dijo la pelirroja  al fin.
Yulia le levantó la mano, y contempló la joya.
—En Vorkuta no hay ninguna joyería, pero en la ferretería venden estos en una caja junto a un montón de clavos. Puede que el dedo se te ponga verde.
Ella se echó a reír, consciente de que iba a atesorarlo aún más.
—Aunque no te lo creas, puede que me hayas salvado la vida al comprarme el té.
—También te he traído palomitas.
Lena se enfadó consigo misma por no poder controlarse, pero se echó a llorar.
—Lo siento, no puedo evitarlo.
La ojiazul  no supo cómo reaccionar. Estaba un poco nerviosa, y las lágrimas de ella no ayudaron a que se tranquilizara.
—Mira, ya sé que no ha sido la boda del siglo exactamente, podríamos
organizar una fiesta o un banquete cuando volvamos a Novosibirsk .
—No, no es eso —Lena se pasó las manos por la cara, pero las lágrimas
siguieron cayendo—. Ha sido preciosa, maravillosa... no sé cómo darte las gracias.
—Para empezar, podrías dejar de llorar —Yulia se sacó un pañuelo enorme del bolsillo, que la mayoría de las veces solía usar como trapo cuando pintaba, y se lo
ofreció—. Lena, estamos legalmente casadas, así que no tienes que agradecerme cada puñado de flores que te dé.
La ojiverde se sorbió las lágrimas, e intentó sonreír.
—Creo que han sido las palomitas.
—Si sigues así, no voy a comprarte más.
—Quiero que sepas... —Lena se secó la cara, mientras intentaba
recomponerse—. Quiero que sepas que voy a hacer todo lo que pueda por hacerte feliz, para que nunca te arrepientas de esto.
—Voy a arrepentirme si sigues haciendo que parezca que le he dado a alguien mi salvavidas cuando el barco se hunde —dijo Yulia, súbitamente impaciente—. Me
he casado contigo porque he querido, no por nobleza.
—Sí, pero...
—Lena, cállate.
Para asegurarse de que ella le hacía caso, Yulia cerró la boca sobre la suya, y por primera vez Lena se dio cuenta de la verdadera fuerza del deseo y la pasión de aquella mujer. Con un murmullo de sorpresa, la apretó con más fuerza contra su
cuerpo.
Aquello era lo único que Yulia necesitaba para tranquilizarse, pero cuando la tensión empezó a desvanecerse, empezó a surgir en la pelinegra un deseo irrefrenable.
—Pronto vamos a llegar hasta el final —susurró contra su boca—. Quiero
hacer el amor contigo, y te aseguro que después no te quedarán fuerzas para darme las gracias.
Antes de que la pelirroja pudiera pensar en una respuesta adecuada, la señora Isaeva apareció con el té.
—Ahora, deje que la pobrecilla pelirroja descanse un poco y que se lo tome antes de que se enfríe —la mujer dejó la taza sobre la mesa que había frente a Lena—. Siento
hacer que tenga que salir en el día de su boda, señora Volkova, pero cuanto antes nos lleve de vuelta, antes podrá volver y prepararle a su mujer ese suculento filete que compró para la cena.
La señora Isaeva fue a recoger su abrigo, y siguiendo un impulso, Lena sacó una de las flores de la regadera y se la dio.
—Nunca la olvidaré, señora Isaeva.
—Gracias —emocionada, la mujer olió la flor—. Cuídese, espero que todo vaya bien con el niño. Boris, vámonos.
—Volveré en una hora más o menos, las carreteras no están demasiado mal —le dijo Yulia—. Lena, creo que deberías descansar, pareces exhausta.
—Se supone que debería estar resplandeciente, pero te prometo que no levantaré nada más pesado que mi taza de té hasta que vuelvas.
Contempló cómo se alejaba el todo terreno, pasando el dedo una y otra vez por su anillo de casada. Era increíble lo poco que hacía falta para cambiar tanto, se dijo mientras se frotaba la espalda dolorida.
Cruzó la habitación para acabarse el té, y se dio cuenta de que nunca le había dolido tanto, ni siquiera después de un día entero de trabajo en la granja de su tía. El dolor era constante y profundo, y empezó a estirarse y a encogerse una y otra vez. Se impacientó e intentó ignorarlo, pensar en palomitas y en té caliente, pero todo fue en
vano.
Llevaba sola menos de diez minutos, cuando tuvo la primera contracción.
No fue la ligera advertencia que mencionaban los libros, sino un dolor agudo y prolongado. Como la tomó desprevenida, no tuvo tiempo de emplear la técnica de
respiración para soportarla, así que se tensó y luchó contra el dolor, y se desplomó contra los cojines cuando remitió.
Su frente se cubrió de sudor mientras intentaba convencerse de que era
imposible que estuviera de parto. Era demasiado pronto, un mes antes de lo previsto.
Seguramente era una falsa alarma, causada por los nervios y por la emoción de aquel día.
Pero el dolor de espalda... luchando por mantener la calma, consiguió sentarse.
¿Era posible que llevara toda la mañana con dolores de parto?
No, tenía que ser una falsa alarma. Tenía que serlo.
Pero cuando tuvo la segunda contracción, empezó a cronometrar.
Cuando Yulia volvió estaba en la cama, pero no pudo llamarla porque estaba en medio de una dolorosa contracción; sin embargo, el miedo de la última hora se desvaneció un poco. La pelinegra estaba allí, y de alguna forma eso significaba que todo iría bien. Oyó que ponía un tronco en el fuego, respiró hondo cuando pasó el dolor, y
entonces la llamó.
Yulia cruzó la sala de estar en tres zancadas al oír el apremio en su voz, pero al llegar a la puerta del dormitorio se paró en seco y sintió que el corazón se le subía a
la garganta.
Lena estaba apoyada contra las almohadas, medio tumbada y medio sentada,
con el rostro bañado en sudor y los ojos húmedos y oscurecidos.
—Me parece que no voy a poder cumplir con lo que acordamos —consiguió decir. Al ver el mismo terror que ella sentía reflejado en el rostro de Yulia, intentó
esbozar una sonrisa tranquilizadora—. El niño ha decidido adelantarse un poco.
Yulia no le preguntó si estaba segura, ni empezó a protestar enloquecida que aquello no era una buena idea. Quiso hacerlo, pero en un santiamén estuvo junto a ella aferrándole la mano.
—Tranquila. Aguanta un poco, voy a llamar para que venga un médico.
—Yulia, no hay línea —dijo ella, con voz nerviosa—. Intenté llamar cuando me di cuenta de que esto iba muy deprisa.
—Vale —luchando por conservar la calma, la pelinegra le apartó el pelo húmedo de la frente—. Ha habido un accidente, la línea debe de haberse cortado. Iré a por unas cuantas mantas más, y te llevaré en el todo terreno.
Lena apretó los labios con fuerza.
—Es demasiado tarde, no aguantaría el viaje —intentó tragar, pero el miedo le había secado la boca y la garganta—. Llevo horas de parto, toda la mañana, pero no me he dado cuenta. Me dolía la espalda, pero no le di importancia porque pensé que
era culpa de los nervios y de lo mal que había dormido.
—Hace horas —murmuró Yulia, al sentarse en el borde de la cama. Por un momento se le quedó la mente en blanco, pero entonces sintió que los dedos de ella
se tensaban sobre los suyos—. ¿Cuánto tiempo hay entre contracciones?
—Unos cinco minutos, he estado... —echó la cabeza hacia atrás y empezó a respirar con jadeos cortos y profundos.
Yulia le pasó la mano sobre el abdomen, y notó que se tensaba. Había estado leyendo los libros sobre parto y cuidado de bebés que ella había llevado, y aunque en
su momento se había dicho que sólo era para pasar el rato, algo muy dentro le había llevado a intentar entender por lo que estaba pasando. A lo mejor había sido el instinto lo que había hecho que asimilara los consejos, los detalles y las instrucciones, pero al verla sufriendo se olvidó de todo.
Cuando pasó la contracción, Lena tenía la cara aún más sudorosa.
—Cada vez son más frecuentes, no queda mucho tiempo —susurró. Aunque se mordió los labios, no pudo evitar que se le escapara un sollozo—. No puedo perder a
mi bebé.
—Al bebé no le va a pasar nada, y a ti tampoco —dijo la pelinegra, mientras le apretaba la mano tranquilizadoramente.
Iban a necesitar montones de toallas, había que esterilizar unas tijeras y también algo de hilo. Si uno lo pensaba con calma, la verdad era que resultaba bastante
simple... Yulia esperaba que fuera tan fácil en la práctica.
—Aguanta, voy a por un par de cosas —vio el brillo de duda en sus ojos, y se inclinó sobre ella—. Lena, no voy a dejarte sola. Voy a cuidarte, confía en mí.
Ella asintió, dejó caer la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos.
Cuando Yulia volvió, tenía los ojos fijos en el techo y estaba jadeando. La pelinegra dejó unas toallas limpias en el pie de la cama, y la cubrió con otra manta.
—¿Tienes frío?
La pelirroja negó con la cabeza.
—Habrá que mantener caliente al niño, es un poco prematuro.
—He puesto más leña en el fuego, y tenemos un montón de mantas —le limpió la cara tiernamente con un trapo húmedo, y añadió—: has hablado con médicos y has
leído un montón de libros, así que sabes lo que va a pasar.
Lena la miró, mientras intentaba tragar con dificultad. Sí, sabía lo que iba a pasar, pero leer sobre ello, imaginárselo, era muy diferente a la experiencia real.
—Todos mienten —esbozó una débil sonrisa al verla fruncir el ceño—. Te dicen que no duele tanto si intentas acompañar al dolor.
Yulia se llevó la mano de ella a sus labios, y la mantuvo allí.
—Grita todo lo que quieras, haz que el techo se venga abajo con tus alaridos.
Nadie va a oírte.
—No voy a traer este niño al mundo en medio de gritos —Lena soltó un jadeo, y apretó con fuerza su mano—. No puedo...
—Sí, claro que puedes. Jadea, apriétame la mano. Con más fuerza. Vamos, concéntrate en eso —mantuvo sus ojos fijos en los de ella, mientras Lena expulsaba
el aire—. Lo estás haciendo bien, mejor que bien —cuando el cuerpo de ella se relajó,
Yulia fue hasta los pies de la cama—. Cada vez hay menos tiempo entre
contracciones, ¿verdad? —mientras hablaba, se arrodilló en el colchón y levantó la manta.
—Ya casi se van sucediendo sin apenas descanso.
—Eso significa que ya se está acabando, aférrate a eso.
Lena intentó humedecerse sus labios resecos, pero sentía la lengua hinchada.
—Prométeme que, si me pasa algo...
—No te va a pasar nada —dijo Yulia con brusquedad.
Sus miradas volvieron a encontrarse, la de la pelirroja cargada de dolor, la de la pelinegra de
decisión.
—Maldita sea, no voy a perderos a ninguno de los dos, ¿está claro? Los tres vamos a sacar esto adelante. Ahora tienes trabajo que hacer, ángel.
Yulia se estremeció con cada contracción que sacudió su cuerpo. El tiempo parecía ralentizarse mientras ella sufría, y acelerarse cuando descansaba. Ella iba de un
lado para otro, colocándole bien las almohadas, secándole la cara y arrodillándose a sus pies para comprobar el progreso del parto.
Aunque Yulia oía el fuego crepitando con fuerza en la sala de estar, le
preocupaba que la cabaña estuviera demasiado fría. Después empezó a preocuparse por el calor, ya que el cuerpo de Lena parecía una estufa.
Jamás se habría imaginado que el parto podía ser tan duro para una mujer.
Sabía que ella estaba exhausta, pero aun así conseguía superar el dolor una y otra vez, y parecía recargar las fuerzas de alguna forma en los breves momentos de
respiro entre contracciones. El dolor parecía sacudirla de forma implacable con una dureza terrorífica, y con su propia camisa empapada de sudor, la pelinegra soltó un juramento
en silencio mientras la animaba a que respirara, a que jadeara, a que se concentrara.
Todas sus ambiciones, sus alegrías y sus penas se desvanecieron, y sólo existía aquella habitación, aquel momento y aquella mujer.
Yulia creyó que Lena se iría debilitando con el cuerpo tan castigado por la nueva vida que luchaba por nacer, pero conforme fueron pasando los minutos, La pelirroja pareció llenarse de energía renovada. Con expresión fiera y valerosa, se echó hacia
delante y se preparó para lo que estaba por llegar.
—¿Has pensado en el nombre? —le preguntó, para intentar distraerla.
—He hecho unas listas. Algunas noches, intentaba imaginarme su apariencia,
y... oh, Dios.
—Aguanta. Respira, ángel, respira.
—No puedo, tengo que empujar.
—Aún no, aún no. Dentro de poco —desde su posición a los pies de la cama, Yulia la acarició—. Lena, jadea.
La pelirroja intentó mantener la concentración, consciente de que si la miraba a los ojos y sacaba fuerza de ellos, conseguiría salir adelante.
—No puedo aguantar mucho más.
—No hace falta, ya veo la cabeza —dijo Yulia con voz maravillada, al volver a mirarla—. Puedo verla. Empuja en la próxima.
Mareada, Lena empujó con todas sus fuerzas, y al oír un largo y profundo
gemido gutural, no se dio cuenta de que había salido de su propia boca. Yulia le lanzó gritos de ánimo, y ella empezó a jadear de nuevo.
—Bien, muy bien —la pelinegra apenas reconoció su propia voz, ni sus propias manos.
Ambas cosas le temblaban—. Ya tengo la cabeza, tienes un hijo precioso. Ahora los
hombros.
Ella se preparó, desesperada por ver algo.
—Oh, Dios —las lágrimas se mezclaron con el sudor, y Lena se cubrió la boca con las manos—. Es tan pequeño...
—Y fuerte como un toro. Tienes que empujar para que salgan los hombros —con la frente cubierta de sudor, Yulia colocó la mano bajo la cabeza del niño y se inclinó hacia delante—.Venga, Lena, vamos a verlo de pies a cabeza.
La pelirroja enterró los dedos en las sábanas, echó la cabeza hacia atrás y dio a luz. Por encima de su propia respiración jadeante, oyó el primer llanto del bebé.
—Es un niño —con ojos húmedos, Yulia sostuvo a la nueva vida que se retorcía en sus manos—. Tienes un hijo.
Mientras las lágrimas le caían por las mejillas, Lena se echó a reír. El terror y el dolor quedaron olvidados al instante.
—Un niño, un niño pequeñito.
—Con unos buenos pulmones, cinco dedos en cada mano y cinco en cada pie — la agarró de la mano, y se la apretó con fuerza—. Es perfecto, ángel.
Con los dedos entrelazados, sonrieron mientras la cabaña se llenaba con el ensordecedor e indignado llanto del recién nacido.
No podía descansar. A pesar de que Yulia quería que durmiera un poco, Lena era incapaz de cerrar los ojos. El niño, que ya casi había cumplido una hora de vida, estaba envuelto en sábanas y acurrucado en la curva de su brazo, y aunque estaba
durmiendo, ella no pudo contenerse y trazó su carita con la yema de un dedo.
Era tan pequeño... pesaba dos kilos y medio según la balanza de cocina que Yulia había sacado y limpiado a conciencia, medía cuarenta y cinco centímetros, y tenía un poco de pelusilla pelirroja en la cabeza. Lena no podía apartar los ojos de él.
—Supongo que sabes que no va a desaparecer de repente, ¿no?
La pelirroja  levantó la mirada hacia la puerta y sonrió. Tenía la piel casi traslúcida a causa de la fatiga, y sus ojos resplandecían con un brillo triunfal.
—Ya lo sé —extendió la mano hacia Yulia para que se acercara, y cuando esta se sentó en el borde de la cama, le dijo—: sé que debes de estar muy cansada, pero me gustaría que te quedaras un rato.
—Tú has hecho todo el trabajo —murmuró la pelinegra, mientras acariciaba con un dedo
la mejilla del niño.
—Eso no es verdad, y es lo primero que quería decirte. No lo habríamos conseguido sin ti.
—Claro que sí, yo sólo te he dado ánimos.
—No —Lena le dio un ligero apretón en la mano, para hacer que la mirara a la cara—. Eres tan responsable por esta nueva vida como yo. Sé lo que dijiste sobre lo de poner tu nombre en la partida de nacimiento y sobre lo de ayudarnos, pero quiero que sepas que es mucho más que eso. Tú lo has traído al mundo, y jamás podré decir o hacer bastante. Y no me mires así —Lena soltó una suave carcajada, y se acomodó
entre las almohadas—. Ya sé que no te gusta nada que te dé las gracias, y no es lo que estoy haciendo.
—¿De verdad?
—Claro que no —Lena le puso al niño en los brazos, en un gesto más elocuente que las palabras—. Te estoy diciendo que hoy no sólo has conseguido una mujer.
El bebé siguió durmiendo tranquilamente, acurrucado entre ellas.
Sin saber qué decir, Yulia acarició una pequeña manita y la vio cerrarse. Como artista, había creído que entendía lo que era la belleza... hasta ese momento.
—He estado leyendo sobre los bebés prematuros —comentó—. Tiene un peso correcto, y según el libro, un niño que nace después de treinta y cuatro semanas de gestación no tiene por qué tener ningún problema. Aun así, quiero llevaros al
hospital. ¿Crees que estarás lo bastante fuerte para ir a San Petersburgo mañana?
—Sí, los dos lo estaremos.
—Entonces, nos iremos por la mañana. ¿Quieres comer algo?
—Me comería un caballo.
Yulia sonrió, pero fue incapaz de devolverle el niño.
—Tendrás que conformarte con un filete de ternera.Y él, ¿no tiene hambre?
—Supongo que cuando la tenga nos lo hará saber.
Igual que Lena antes que ella, Yulia sintió la necesidad de trazar la forma de su carita.
—¿Qué me dices del nombre?, no podemos seguir llamándolo «él».
—No, no podemos —Lena acarició la suave pelusilla que le cubría la cabeza, y comentó—: he pensado que a lo mejor te gustaría elegirlo tú.
—¿Yo?
—Sí. Supongo que tienes algún nombre preferido, o de alguien importante para ti, y me gustaría que lo eligieras tú.
—Dimitri —murmuró Yulia, al contemplar al pequeño dormido.



CONTINUARÁ...


Última edición por LenokVolk el Lun Ene 05, 2015 2:31 am, editado 2 veces
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Ene 04, 2015 9:52 pm

LUZ EN LA TORMENTA

Capítulo 6

Novosibirsk . Aunque Lena siempre había querido visitar aquella ciudad,
jamás había esperado llegar allí con un hijo de dos semanas y una esposa, ni ir a vivir a una elegante casa cerca de las montañas.
La casa de Yulia... y también la suya, pensó mientras frotaba su alianza con el pulgar en un gesto nervioso. Sabía que era absurdo sentirse incómoda porque la casa
fuera grande y preciosa, y que resultaba ridículo sentirse pequeña e insegura al notar la opulencia y el poder que se respiraban en el aire, pero no podía evitarlo.
Al entrar en el vestíbulo, deseó con desesperación volver a la calidez
reconfortante de la pequeña cabaña. El día que se habían ido de Vorkuta había empezado a nevar otra vez, y aunque le encantaba por que no estaba nevando tanto en ese lugar descubrió que echaba de menos la nieve y la tranquilidad de un pequeño pueblo.
—Es preciosa —consiguió decir, mientras seguía con la mirada la suave curva ascendente de las escaleras.
—Era de mi abuela, la conservó después de casarse —Yulia dejó el equipaje en el suelo, y contempló aquel lugar tan familiar para ella. Era una casa que siempre le
había gustado mucho, por su belleza y su equilibrio—. ¿Quieres que te la enseñe, o prefieres descansar un poco?
Lena estuvo a punto de hacer una mueca, porque daba la impresión de que la pelinegra estaba hablando con una simple invitada.
—Si descansara tanto como tú quieres, me pasaría lo que queda del año durmiendo.
—Vale, entonces te enseñaré el piso de arriba.
Yulia era consciente de que sonaba amable, incluso demasiado, pero había empezado a ponerse nerviosa desde que habían bajado del avión, porque Lena parecía haberse ido refugiando más en sí misma conforme se iban alejando de
Vorkuta. No habría sabido explicarlo exactamente, pero sabía que no eran
imaginaciones suyas.
Agarró dos maletas, y empezó a subir las escaleras. Estaba llevando a casa a su mujer y a su hijo, y no estaba segura de qué decirles a ninguno de los dos.
—Yo utilizo este dormitorio —entró en la habitación, y dejó las maletas a los pies de la enorme cama de roble—. Si te gusta otra, puede arreglarse.
Lena asintió. Aunque habían compartido la habitación del hotel mientras el niño permanecía en el hospital, sólo habían dormido juntas en la cabaña, la noche antes de que Dimitri naciera. Pero allí las cosas serían diferentes... todo sería
diferente.
—Es una habitación muy bonita.
Notó que su voz parecía un poco tensa, pero sonrió para intentar suavizar la situación. El dormitorio, que tenía un techo elevado y estaba decorado con elegantes
antigüedades, era precioso. Había una terraza, y a través de las puertas acristaladas se veía el jardín que había debajo, donde se notaba había un pequeño invernadero. Los suelos resplandecientes estaban oscurecidos por el paso de los años, y los colores ligeramente descoloridos de la alfombra hablaban de una herencia transmitida a través de generaciones.
—El cuarto de baño está ahí —le dijo Yulia, mientras ella recorría con un dedo las formas talladas en una antigua cómoda—. Mi estudio está al final del pasillo, porque allí hay mejor luz. Creo que podríamos poner al niño en la habitación que hay al lado de ésta. Cualquier tensión que pudiera haber entre ellas siempre se relajaba al hablar del bebé.
—Me gustaría ir a verla. Después de estar en el hospital, Dima se merece
tener su propio cuarto.
Fueron al dormitorio de al lado, que estaba decorado en tonos azules y grises, y que tenía una majestuosa cama de matrimonio y un asiento acolchado debajo de la
ventana. Como en el resto de habitaciones que habían visto hasta el momento, las paredes estaban decoradas con cuadros; algunos de ellos eran de Yulia, y otros de
artistas a los que ella respetaba.
—Es preciosa, pero ¿qué vas a hacer con el mobiliario?
—Podemos almacenarlo en algún sitio —dijo la chica de ojos azules, sin darle la más mínima importancia a todas aquellas antigüedades—. Dimitri puede quedarse en nuestra
habitación hasta que la suya esté terminada.
—¿No te importa? Seguramente va a seguir despertándose por la noche durante algunas semanas más.
—Podría dejaros a los dos en un hotel hasta que me vaya bien.
Lena abrió la boca para protestar, pero entonces vio una mirada en sus ojos que conocía a la perfección.
—Lo siento, no consigo acostumbrarme.
—Pues intenta hacerlo —dijo Yulia antes de ir hacia ella y posar una mano en su mejilla.
Cada vez que hacía aquel tierno gesto, Lena estaba casi dispuesta a creer que los sueños podían hacerse realidad.
- Como sabes si bien tengo también el equipamiento necesario para darle de comer a un niño creo que en este momento no posee lo que Dima comería, así que por lo menos puedo aprender a cambiar un pañal —Yulia trazó su mandíbula con el pulgar, y
añadió—: se me dan bien los trabajos manuales.
Lena sintió que se le encendían las mejillas, y no supo si apretarse contra la pelinegra o apartarse. En aquel momento el niño se despertó, y tomó la decisión por ella.
—Hablando de darle de comer...
—¿Por qué no vas al dormitorio?, allí estarás más cómoda. Yo tengo que hacer un par de llamadas.
Lena sabía lo que se avecinaba.
—¿Vas a llamar a tu familia?
—Van a querer conocerte. ¿Crees que estás lo bastante fuerte para que vengan a cenar?
Ella estuvo a punto de decirle con brusquedad que no era una inválida, pero sabía que Yulia no estaba hablando de su fuerza física.
—Sí, claro que sí.
—Vale. También lo organizaré todo para empezar con lo de la habitación del niño. ¿Has pensado en algún color en concreto?
—Bueno, la verdad es que... —Lena había pensado que tendría que pintar la habitación ella misma, y de hecho quería hacerlo, pero se recordó que las cosas habían cambiado. La cabaña se había convertido fácilmente en algo que les
pertenecía a ambas, pero la casa era sólo de Yulia—. Me gustaría un color amarillo, con adornos en blanco —dijo finalmente.
Se sentó en una silla junto a la ventana mientras amamantaba a Dimitri, que parecía estar hambriento. Era maravilloso poder estar con él constantemente, en vez de tener que ir al hospital para darle de comer, para tocarlo y contemplarlo. Había
sido increíblemente duro tener que dejarlo allí, volver al hotel donde se hospedaban y esperar a que llegara la hora de poder ir a verlo de nuevo.
Sonriente, lo contempló mientras comía. El niño tenía los ojos cerrados, y una mano apretada contra el pecho de ella.
Ya había empezado a ganar peso, y el doctor que lo había atendido en San Petersburgo  les había asegurado que estaba completamente sano, mientras la enfermera le colocaba en la muñeca una pulsera identificativa con su nombre: Dimitri Katin Volkov.
Lena se preguntó quién sería el Dimitri de Yulia. No se lo había preguntado, pero sabía que aquel nombre, aquella persona, era alguien importante para la ojiazul.
—Ahora, tú eres Dima —le murmuró al niño, que empezó a quedarse
adormilado contra su pecho.
Más tarde, Lena lo acostó en la cama, y lo rodeó de almohadas aunque sabía que aún era demasiado pequeño para darse la vuelta. Aunque sabía que era una
tontería querer dejar alguna marca de sí misma en la habitación, fue a sacar un peine de su maleta y lo dejó sobre el tocador antes de salir.
Encontró a Yulia en la planta baja, en una biblioteca de madera oscura con una suave alfombra color gris. Al ver que estaba hablando por teléfono hizo ademán de marcharse, pero ella le señaló que entrara sin interrumpir su conversación.
—Los cuadros deberían llegar a finales de semana. Sí, vuelvo a estar en circulación. Aún no lo he decidido, será mejor que tú eches un vistazo primero. No, voy a estar muy ocupada aquí durante unos días, pero gracias de todas formas. Ya te
diré algo, adiós —Yulia colgó el teléfono, y se volvió hacia la pelirroja -. ¿Dónde está
Dima? —Durmiendo. Ya sé que no ha habido tiempo para arreglarlo, pero necesita un sitio para dormir. He pensado que podría ir a comprarle una cuna, si puedes
vigilarlo un rato.
—No te preocupes, mis padres van a llegar de un momento a otro.
—Ah.
Yulia se sentó en el borde de su escritorio, y la miró con el ceño fruncido.
—Lena, no son unos monstruos.
—Claro que no, lo que pasa es que... me da la impresión de que estamos
completamente al descubierto. Cuanta más gente sepa de la existencia de Dimitri, más riesgo estaremos corriendo.
—No puedes mantenerlo en una burbuja de cristal; además, pensaba que confiabas en mí.
—Claro que confiaba... que confío en ti —aunque se apresuró a corregirse, no fue lo suficientemente rápida.
—Así que «confiabas», en pasado —comentó Yulia, más herida que enfadada—.
Lena, tomaste una decisión. El día que Dima nació, dijiste que era mío. ¿Vas a quitármelo?
—No, pero aquí las cosas son muy diferentes. La cabaña era...
—Un sitio fantástico para que las dos pudiéramos escondernos del mundo,
pero ha llegado la hora de enfrentarnos a la siguiente etapa del camino.
—¿Y cómo va a ser esa etapa?
Yulia agarró un pisapapeles, una esfera color ámbar con reflejos dorados más oscuros en el centro. Volvió a dejarlo sobre la mesa, y se acercó a la ojiverde. Estaba perdiendo peso con rapidez, su estómago estaba casi plano, tenía los senos firmes y plenos, y unas caderas increíblemente con curvas estrechas. Yulia se preguntó cómo sería tomarla en sus brazos.
—No lo sé, pero podríamos empezarla con esto —dijo, mientras se inclinaba hacia ella.
Al principio la besó con ternura, hasta que notó que los nervios de Lena se
disolvían en su calidez. Aquello era lo que ella había anhelado con todas sus fuerzas, aquella promesa, aquella dulzura reconfortante. Cuando la apretó contra sí, sus cuerpos encajaron a la perfección, como tantas veces había imaginado. Ella llevaba los rizos recogidos, pero la pelinegra se lo soltó con un simple movimiento de la mano.
Lena soltó un pequeño sonido, como un murmullo que podía ser de sorpresa o de aceptación, y le rodeó el cuello con los brazos.
Y entonces, el beso dejó de ser meramente tierno.
Entre ellas pareció estallar una pasión casi imposible de contener, un deseo
voraz que no conseguían saciar. Lena sintió que un anhelo largamente enterrado en su interior empezaba a crecer y a inundarla, y se apretó con fuerza contra Yulia, susurrando su nombre.
Los labios de la. Ojiazul empezaron a recorrerle la cara y el cuello, marcándole a fuego la piel mientras sus manos la acariciaban y la exploraban con una nueva libertad.
Era demasiado pronto. En algún rincón de su mente que aún conservaba la cordura, Yulia sabía que era demasiado pronto para algo más que una caricia o un beso, pero cuanto más la saboreaba, más se acrecentaba su impaciencia. Finalmente, la tomó de los hombros y la apartó ligeramente mientras luchaba por recobrar el
aliento.
—Ángel, puede que no confíes en mí como antes, pero quiero que no dudes ni por un segundo que te deseo.
Cediendo a la tentación, Lena se aferró a Yulia y apretó la cara contra su hombro.
—Yulia, ¿está mal desear que pudiéramos estar los tres solos?
—Claro que no está mal —dijo ella, con la vista fija por encima de su cabeza mientras le acariciaba el pelo—. Pero no es posible, y tampoco sería justo para Dimitri.
—Tienes razón —Lena respiró hondo, y retrocedió un paso—. Voy a ver cómo está.
Empezó a subir las escaleras, sacudida por las emociones que esa pequeña chica de ojos color cielo despertaba en ella, pero a medio camino se detuvo en seco, atónita.
Estaba enamorada de ella. No era la clase de amor que había llegado a aceptar, el que procedía de la gratitud y de la dependencia, y ni siquiera era el vínculo fuerte y hermoso que habían forjado en la llegada al mundo de Dima. Era algo mucho más
básico, el amor más elemental hacia una persona que te gusta, si bien esta era su primera experiencia homosexual no dudo un segundo en admitir que el amor que sentía por Yulia era simple y sencillamente igual que el amor que siente una mujer por un hombre, pero ella lo sentía por otra mujer  y era aterrador.
Ya había estado enamorada una vez, y había sido algo breve y muy doloroso, un amor que la había encadenado. Había sido una víctima durante toda su vida, y aunque su matrimonio había acentuado eso al principio, al final había acabado por
liberarla. No había tenido más remedio que aprender a ser fuerte, a dar los pasos adecuados.
No podía volver a ser aquella mujer, pensó mientras sus dedos se aferraban a la barandilla. Se negaba a volver a pasar por aquello. Eso era lo que más la había inquietado al ver la casa, al ver las cosas que contenía, porque no era la primera vez que entraba en un sitio así, y en el pasado se había sentido fuera de lugar y
completamente indefensa.
Otra vez no, se dijo al cerrar los ojos. Nunca más. Cualesquiera que fueran sus sentimientos por Yulia, no permitiría que la convirtieran de nuevo en la clase de mujer que había sido en el pasado. Tenía un hijo
al que debía proteger.
En aquel momento sonó el timbre de la puerta, y tras echar una rápida mirada por encima del hombro, Lena acabó de subir corriendo las escaleras.
Cuando Yulia abrió la puerta, una oleada de intenso perfume y un abrigo de piel le golpearon de lleno. Era su madre, una mujer de una belleza inalterable y con
unas convicciones inquebrantables, que consideraba que un mero roce de las mejillas no era un saludo adecuado, y prefería apretar con fuerza y durante el máximo
tiempo posible.
—Te he echado mucho de menos. No sabía lo que haría falta para traerte de vuelta, pero nunca pensé que serían una mujer y un hijo.
—Hola, madre —dijo Yulia, con una sonrisa.
La miró de los pies a la cabeza, y decidió que estaba tan guapa como siempre.
Su madre tenía el pelo castaño, las mejillas tersas y los ojos de Dima. Eran de un color azul más oscuro que los suyos, y al verlos Yulia sintió una
extraña mezcla de dolor y de felicidad.
—Tienes muy buen aspecto.
—Y tú también, aunque has perdido más de cuatro kilos. Vas a tener que
recuperarlos. ¿Dónde están? —Sin más ceremonia, Larissa Volkova entró en la casa.
—Lari, deja respirar a la lobita —dijo su marido, un hombre no muy alto y muy inteligente, con expresión seria. Rubio y de ojos azules idénticos a los de la pelinegra. Se volvió hacia su hija, y se dieron un enorme
abrazo—. Me alegro de que hayas vuelto pequeña, ahora podrá darte la lata a ti y me dejará en
paz.
—Puedo con los dos —dijo Larissa, que ya estaba quitándose los guantes con movimientos rápidos y decididos—. Hemos traído una botella de champán, pensé
que aunque nos habíamos perdido la boda, el parto y todo lo demás, al menos podíamos brindar para celebrar vuestra llegada. Yulia, por el amor de Dios, no te quedes ahí plantada... ¡estoy deseando conocerlos! Los padres de la ojiazul sabían cuales eran las inclinaciones sexuales de su hija y la aceptaban sin ningún problema, solo deseaban verla feliz.
—Lena ha subido a ver cómo está el niño, ¿por qué no vamos a sentarnos al salón?
—Vamos, Lari —dijo Oleg Volkov, tomando a su mujer del brazo cuando ella empezó a protestar.
—Muy bien, voy a darte cinco minutos para que me expliques cómo te va el trabajo.
—Va muy bien —dijo Yulia.
Cuando llegaron al salón, sus padres se sentaron, pero ella estaba demasiado tensa para hacer lo propio.
—Ya he llamado a Nastya —siguió diciendo—. Los cuadros que pinté en
Vorkuta deberían llegar a su galería de arte a finales de semana.
—Me alegro, estoy deseando verlos.
Yulia se paseó por la habitación con las manos en los bolsillos, presa de una agitación que sus padres reconocieron al instante.
—Hay una obra en particular con la que estoy especialmente encariñada, y pienso colgarla aquí mismo, encima de la chimenea.
Larissa enarcó una ceja, y lanzó una mirada al espacio vacío por encima de la repisa. Yulia nunca había encontrado nada que le pareciera adecuado para aquel sitio.
—Tendréis que juzgar por vosotros mismos —añadió ella. Sacó un cigarro, pero lo dejó cuando Lena apareció en la puerta.
Ella no dijo nada por unos segundos, y se limitó a observar a la pareja que
estaba sentada en el sofá. Aquellos eran los padres de Yulia. Su madre era guapísima; su piel tersa apenas estaba maquillada, y su peinado acentuaba sus facciones
aristocráticas y su fina estructura ósea. Lucía unos pendientes y un collar de esmeraldas, y llevaba un vestido rosa de seda y una estola de piel de zorro.
El padre de Yulia no era muy alto pero si delgado, igual que ella. y Lena vio el brillo de un diamante en su dedo meñique. Parecía triste y callado, pero sus ojos la observaban
con una expresión aguda y alerta.
—Os presento a Lena, mi mujer, y a nuestro hijo.
Lena hizo acopio de valor, apretó al niño contra su pecho en un ademán
protector, y entró en el salón. Larissa se levantó la primera, pero sólo porque siempre parecía moverse más rápidamente que nadie.
—Me alegro de conocerte por fin —a pesar de que tenía sus reservas, la madre de Yulia sonrió con amabilidad—. Yulia no mencionó lo guapa que eres.
—Gracias —Lena sintió que se le formaba un nudo en la garganta, ya que era obvio que estaba ante una mujer formidable. Levantó la barbilla de forma instintiva,
y comentó—: me alegro de que hayan podido venir.
Larissa notó con aprobación el pequeño gesto de orgullo y desafío.
—Queríamos ir a recibiros al aeropuerto, pero Yulia nos dijo que no lo hiciéramos.
—Y con razón —apostilló con su voz tranquila y pausada—. Si hubiera
conseguido contener a mi mujer, habríamos esperado un día más.
—Tonterías, quiero ver a mi nieto. ¿Puedo?
Los brazos de Lena se tensaron de forma automática, pero al mirar a Yulia se relajó un poco.
—Claro —con gran cuidado, colocó al pequeño en los brazos de Larissa.
—¡Es precioso! —dijo la mujer, con un ligero temblor en su sofisticada voz—.
Qué hermoso es... —el aroma del bebé, la mezcla de talco, jabón y piel delicada, la hizo suspirar—. Yul me dijo que fue prematuro, ¿ha tenido algún problema?
—No, está perfectamente bien.
Como si quisiera probar la verdad de aquellas palabras, Dima abrió los ojos y contempló lo que le rodeaba con expresión adormilada.
—¡Me ha mirado! —con las esmeraldas brillando sobre su piel, Larissa contempló embobada al niño y empezó a hacerle arrumacos—. Has mirado a tu abuelita, ¿a que sí?
—Oye, me ha mirado a mí — Oleg se acercó y le acarició la barbilla.
—No digas tonterías, ¿para qué iba a querer mirarte a ti? Anda, haz algo útil y descorcha el champán —Larissa siguió arrullando al niño, mientras a su lado la pelirroja
se retorcía las manos con nerviosismo—. Lena, ¿vas a poder beber?, no me acordé de preguntarle a Yulia si le das el pecho al niño.
—Sí que le doy, pero no creo que haya ningún problema por un trago.
Larissa volvió a aprobar su actitud, y fue a sentarse al sofá.
Lena dio un paso instintivo hacia delante, pero se obligó a detenerse. Aquella mujer no era Olya Petrova, y ella tampoco era la misma persona que se había dejado avasallar en el pasado; sin embargo, a pesar de que intentó apartar aquella imagen de la mente, se vio de nuevo en la parte exterior del círculo familiar.
—Iría a buscar unas copas, pero no sé dónde están —dijo con voz insegura.
Sin decir palabra, Yulia se acercó a una vitrina y sacó cuatro copas altas de champán.
Oleg tomó a Lena del brazo, y sugirió:
—¿Por qué no te sientas?, supongo que estarás cansada después del viaje.
—Ya veo que se parece a su hija —Lena sonrió, y se sentó en una silla.
Cuando todo el mundo tuvo una copa, Larissa levantó la suya.
—Brindaremos por... vaya, aún no me habéis dicho cómo se llama el niño.
—Dimitri —dijo Lena.
En los ojos de Amanda apareció un brillo de dolor, y los cerró por unos
segundos. Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos y brillantes.
—Por Dima —murmuró, y después de tomar un trago, bajó la cabeza y besó al pequeño en la mejilla. Entonces miró a Yulia con una sonrisa, y le dijo—: tu padre
y yo tenemos una cosa para el niño en el coche, ¿quieres ir a buscarlo?
Aunque no se tocaron y la mirada duró sólo un instante, Lena vio que madre e hija compartían algún tipo de comunicación silenciosa.
—Ahora mismo vuelvo.
—Por el amor de Dios, no nos la vamos a comer —refunfuñó Larissa cuando Yulia salió de la habitación.
Oleg soltó una carcajada, y le acarició el hombro en un gesto que a Lena le resultó extrañamente familiar. Entonces se dio cuenta de que era algo que Yulia solía hacerle a ella, y que rebosaba de una intimidad cargada de naturalidad.
En aquel momento, el hombre la sacó de su ensoñación al preguntarle:
—¿Habías estado antes en Novosibirsk?
—No, había... no. Me gustaría ofrecerles algo, pero no sé lo que tenemos —de hecho, ni siquiera sabía dónde estaba la cocina.
—No te preocupes, no nos merecemos nada después de irrumpir en tu casa cuando acabas de llegar —dijo Oleg, mientras colocaba el brazo tranquilamente en el
respaldo de la silla.
—Las familias no irrumpen —protestó Larissa.
—La nuestra sí —con una enorme sonrisa, Oleg se inclinó y volvió a acariciarle la barbilla al niño—. Me ha sonreído.
—Yo diría que ha hecho una mueca... abuelo —Larissa soltó una carcajada, y besó la mejilla de su marido.
—Supongo que la cuna es para Dima y las rosas para mí —dijo Yulia, al
entrar en el salón con una cuna de madera de pino cargada de sábanas con encaje, sobre las que descansaba un ramo de rosas.
—Ah, sí, las flores, se me habían olvidado. Y no, claro que no son para ti, son para Lena —Larissa le entregó el bebé a su marido y se levantó.
Lena hizo ademán de levantarse, pero vio que Oleg colocaba al niño en la curva de su brazo sin ningún problema.
—Necesitaremos agua para ponerlas —siguió diciendo Larissa—. Esperad, ya voy yo a buscarla.
Nadie se atrevió a llevarle la contraria, y la mujer salió de la habitación con las flores.
—Es preciosa —dijo Lena. Acarició con un dedo la suave madera de la cuna, y comentó—: poco antes de que ustedes llegaran, estábamos comentando que Dima
necesitaba una.
—Es la cuna de los Volkov —dijo Oleg—. Yulia, arregla las sábanas y vamos a ver si al niño le gusta.
—Esta cuna es una tradición familiar —le explicó Yulia, mientras sacaba
obedientemente las mantas sobrantes y alisaba la suave tela blanca—. La construyó
mi bisabuelo, y todos los niños incluida yo de la familia Volkov han podido mecerse en ella —
cuando todo estuvo listo, tomó al pequeño de brazos de su padre—.Vamos a ver si te gusta, muchachote.
Al ver que La pelinegra acostaba al niño y le daba un pequeño empujoncito a la cuna para que se meciera, Lena sintió que algo se rompía en su interior.
—Yulia, no puedo.
La ojiazul estaba de cuclillas junto a la cuna, y cuando levantó la mirada hacia la pelirroja, Lena vio en sus ojos un desafío, un reto, y una furia velada.
—¿Qué es lo que no puedes?
—No está bien, no es justo —Lena sacó al niño de la cuna—.Tienen que
saberlo.
Estuvo a punto de salir corriendo, pero en aquel momento Yulia apareció
con las rosas en un jarrón de cristal.
La mujer notó la tensión que vibraba en el ambiente, y entró en la habitación
preguntándose a qué se debía.
—¿Dónde quieres que las ponga, Lena?
—No lo sé, no puedo... por favor, Yulia...
—Creo que quedarán bien al lado de la ventana —comentó la mujer con voz calmada. Cuando las hubo colocado, añadió sin inmutarse—: bueno, creo que vosotros tres deberíais ir a entreteneros con algo mientras Lena y yo tenemos
una pequeña charla.
La pelirroja sintió una punzada de pánico, y se volvió hacia su esposa.
—Yulia, tienes que decírselo.
La pelinegra tomó al niño en sus brazos y lo apoyó en su hombro antes de mirarla. Su expresión era serena, pero sus ojos seguían reflejando su enfado.
—Ya lo he hecho —dijo, y sin más la dejó a solas con su madre.
Larissa volvió a sentarse en el sofá, cruzó las piernas y se alisó la falda del vestido.
—Qué lástima que la chimenea no esté encendida, ¿verdad? hace bastante fresco en esta época del año.
—Aún no hemos tenido tiempo de...
—Querida, no me hagas caso —señaló con un gesto una de las sillas, y le preguntó—: ¿no preferirías sentarte? —cuando Lena lo hizo sin protestar, la mujer enarcó una ceja—. ¿Siempre eres tan obediente?, espero que no, me gustabas más
cuando me mirabas con la barbilla y la frente en alto.
Lena entrelazó las manos en su regazo.
—No sé qué decir, no sabía que Yulia se lo había explicado todo. Al ver cómo se comportaban... —dejó la frase a medias, pero al ver que Larissa permanecía en silencio, esperando pacientemente a que continuara, volvió a intentarlo—. Pensé que creían que Dimitri era el... el hijo biológico de Yulia.
—¿Debería suponer una diferencia tan grande para nosotros?
Lena logró recuperar la calma, al menos en apariencia, y consiguió devolverle
la mirada sin pestañear.
—Supongo que eso sería lo que cabe esperar, sobre todo en una familia como la suya.
Larissa frunció el ceño, mientras reflexionaba sobre aquellas palabras.
—Mira Lena, yo desde un primer momento cuando Yulia dijo que tenia un hijo estuve consciente que el niño no seria hijo biológico de mi hija, es imposible por medios naturales engendrar un hijo entre dos mujeres, y se fehacientemente que si Yulia se sometiera a algún tratamiento de reproducción con otra mujer mi esposo y yo seriamos los primeros en enterarnos, pero quiero dejar en claro que es lo de menos para nosotros, y  también quiero  que sepas que conozco a Olya Petrova —al ver el instantáneo y aplastante miedo en los ojos de Lena, la mujer se echó atrás. No solía tener demasiado tacto, pero no era una persona cruel—.Ya hablaremos de ella en otra
ocasión, en este momento creo que lo mejor será que me explique. Soy una mujer directa y firme, pero no me importa que me planten cara.
—Eso no se me da demasiado bien.
—Entonces tendrás que aprender, ¿no crees? Puede que lleguemos a ser amigas y puede que no, es demasiado pronto para que pueda decirlo, pero adoro a mi hija, es mi pequeña.
Cuando se fue hace meses, no sabía si algún día volvería a recuperarla, pero por alguna razón tú has hecho que regrese, y te estoy agradecida.
—Habría vuelto a casa de todas maneras, cuando se hubiera sentido preparada.
—Pero a lo mejor no habría regresado como una persona completa. Bueno, dejemos el tema y vayamos al fondo de la cuestión: tu hijo. Yulia considera al niño
como suyo propio, ¿y tú?
—Sí.
—Ya veo que no has dudado ni un momento —dijo Larissa con una sonrisa idéntica a la de la ojiazul—, Si  Yul considera a Dimitri como hijo suyo y tú también, ¿por qué vamos a sentir otra cosa Oleg y yo?
—Porque no tiene su sangre, su ascendencia.
—Será mejor que dejemos a los Petrov al margen, de momento.
Lena se la quedó mirando, sorprendida de que la mujer hubiera dado de lleno en el blanco.
—Si Yulia hubiera sido incapaz de tener hijos como dije por medio de una inseminacion con otra mujer y hubiera adoptado a un niño, yo lo querría y lo consideraría mi nieto, así que ya es hora de que superes todas estas tonterías y aceptes la situación, ¿no crees?
—Hace que parezca muy fácil.
—Me parece que tu vida ya es bastante complicada - Larissa tomó la copa que había dejado antes sobre una mesa—. ¿Te parece bien que seamos los abuelos de Dimitri?
—No lo sé.
—Ya veo que eres sincera —comentó Larissa, antes de tomar un sorbo de
champán.
—¿Le parece bien que sea la mujer de Yulia?
Con una ligera sonrisa, Larissa levantó su copa.
—No lo sé. Bueno, supongo que tendremos que esperar y ver lo que pasa, ¿no?
Mientras tanto, no querría que me pusieras impedimentos para que vea a Yulia o a Dima.
—No, claro que no, jamás haría algo así. Señora Volkova, nadie ha sido tan buena y generosa conmigo como Yulia, le prometo que nunca haré nada que pueda hacerle daño.
—¿La quieres?
Incómoda, Lena lanzó una rápida mirada hacia la puerta.
—No hemos... Yulia y yo no hemos hablado de eso. Yo necesitaba ayuda, y creo que ella necesitaba dármela.
Larissa frunció los labios y contempló su copa.
—Creo que no ha sido eso lo que te he preguntado.
Lena volvió a levantar la barbilla.
—Eso es algo que tengo que discutir con Yulia antes de comentarlo con nadie más.
—Eres más dura de lo que parece, gracias a Dios —Larissa apuró su copa, y la dejó de nuevo sobre la mesa—. Creo que vas a acabar gustándome... aunque puede
que acabemos odiándonos, claro. Pero, sin importar lo que pase entre nosotras dos, no cambiará el hecho de que Yul se ha comprometido contigo y con el niño.
Formáis parte de la familia —se reclinó en el sofá y enarcó las cejas, pero sintió una pequeña punzada de simpatía—. Por la expresión de tu cara, deduzco que eso no te
entusiasma.
—Lo siento, no estoy acostumbrada a pertenecer a una familia.
—No has tenido una vida demasiado fácil, ¿verdad?—la voz de Larissa
contenía un cierto matiz de compasión, pero no en exceso, ya que no quería que Lena se sintiera incómoda. En aquel momento, tomó nota mental de indagar un
poco sobre los Petrov.
—Estoy intentando dejar atrás todo eso.
—Espero que lo consigas. Hay cosas del pasado que deben recordarse, y otras que es mejor olvidar.
—Señora Volkova... ¿puedo hacerle una pregunta?
—Sí, pero con la condición de que empieces a tutearme. Puedes llamarme Larissa, Lari o cualquier otra cosa... bueno, menos «mama Volkova», por favor.
—Trato hecho. ¿Por quién se le puso Dimitri al niño?
Larissa volvió la mirada hacia la cuna vacía, y se quedó contemplándola con una expresión de tristeza que hizo que Lena le cubriera la mano con la suya.
—Por mi hijo, el hermano pequeño de Yulia. Murió hace aproximadamente un año —se levantó con un largo suspiro, y anunció—: es hora de que nos vayamos, para que puedas instalarte.
—Gracias por venir.
Lena dudó un segundo, porque nunca estaba completamente segura de lo que se esperaba de ella en aquellos casos. Finalmente, obedeció a lo que le decía el corazón, y le dio un beso a Larissa en la mejilla.
—Y gracias por la cuna, significa mucho para mí —añadió.
—Para mí también —la mujer pasó la mano por la madera, antes de salir del salón—. Oleg, ¿no fuiste tú el que me dijiste que no debíamos quedarnos más de media hora?
Cuando les llegó el sonido de su voz desde el piso de arriba, Larissa  chasqueó la lengua y empezó a ponerse los guantes.
—Siempre está fisgoneando en el estudio de Yulia. No sabe distinguir un Monet de un Picasso, pero le encanta admirar el trabajo de su hija.
—Ha pintado unos cuadros preciosos en Vorkuta, debéis de estar muy
orgullosos de ella.
—Cada día más —Larissa  oyó a su marido, y alzó la mirada hacia el piso
superior—. Si necesitas ayuda para decorar la habitación del niño o para buscar un buen pediatra, no dudes en decírmelo. Supongo que entenderás que vacíe todas las
tiendas de niños que encuentre a mi paso.
—Yo no...
—Bueno, a lo mejor no lo entenderás, pero tendrás que tolerarlo. Oleg, dale un beso de despedida a tu nuera.
—No hacía falta que me lo dijeras.
En vez del beso formal y vacío de sentimiento que Lena esperaba, el padre de Yulia le dio un enorme abrazo que la dejó aturdida y sonriente.
—Bienvenida a la familia, Lena.
Ella sintió el deseo de devolverle el gesto, de rodearle el cuello con los brazos y volver a inhalar el aroma especiado de la loción para después del afeitado que había notado en su cuello, pero se dijo que aquella reacción era absurda y se limitó a
entrelazar las manos.
—Gracias, espero que volváis pronto. A lo mejor podríais venir a cenar la
semana que viene, cuando haya tenido tiempo de descubrir dónde está cada cosa.
—¿También cocina? —el hombre le pellizcó juguetonamente la mejilla, y le dijo a su hija—: bien hecho, Lobita.
Cuando se marcharon, Lena se quedó en el recibidor, restregándose la mejilla con un dedo.
—Son muy agradables.
—Sí, siempre lo he pensado.
Al oír el tono cortante en la voz de Yulia, La pelirroja sé volvió a mirarla.
—Te debo una disculpa.
—Olvídalo —la pelinegra fue hacia la biblioteca, pero se paró en seco y se giró hacia ella. Qué demonios, claro que no estaba dispuesta a olvidarlo—. ¿Pensaste que les
mentiría sobre Dima?, ¿que habría necesidad de hacerlo?
Lena aceptó su enfado sin inmutarse, y admitió:
—Sí.
Yulia había abierto la boca para soltar algún comentario furioso, pero su respuesta hizo que la cerrara de golpe.
—Vaya, no te andas por las ramas. Crees que teniendo una hija lesbiana no se darían cuenta?
—Pensé que no aceptarían a Dima como su nieto si sabían la verdad, y me alegro de haberme equivocado. Tu madre ha sido muy amable conmigo, y tu padre...
—¿Qué pasa con él?
Laena había estado a punto de subrayar el hecho de que su padre la había abrazado, pero creyó que Yulia no podría entender lo mucho que aquello la había afectado.
—Se parece mucho a ti. Intentaré no decepcionaros a ninguno de los tres.
Yulia se pasó una mano por el pelo, que le caía sobre los hombros en una masa oscura desgreñada, como a ella le gustaba más.
—Sería mejor que no te decepcionaras a ti misma. Maldita sea, Lena, no estás aquí a prueba. Eres mi mujer, ésta es tu casa, y para bien o para mal, los Volkov son
tu familia.
La pelirroja  apretó los dientes con fuerza.
—Tendrás que darme tiempo para que me acostumbre —dijo con voz
tranquila—. Las únicas familias que he conocido en mi vida apenas me toleraban, y no pienso volver a pasar por lo mismo —se volvió y empezó a subir las escaleras, pero le dijo por encima del hombro—: por cierto, voy a pintar el cuarto de Dima yo
misma.
Sin saber si echarse a reír o soltar una palabrota, Yulia se quedó mirándola desde el pie de la escalera.


CONTINUARÁ...



Nos leemos en el transcurso de esta semana Wink  Surprised
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por xlaudik el Lun Ene 05, 2015 5:54 pm

Me encanta!!! :-D
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Ene 06, 2015 6:39 pm

De nuevo con mas conti, de esta historia!! ojala les guste Razz Cool



LUZ EN LA TORMENTA


Capítulo 7

Lena pasó la brocha con la lustrosa pintura blanca esmaltada por el rodapié,mientras sujetaba un trozo de cartón en la otra mano para no manchar el amarillo de las paredes que ya había terminado.
La radio que Yulia había tenido en la cocina de la cabaña estaba en el suelo, en una de las esquinas, sintonizando una emisora que ponía animadas canciones de
rock. Había dejado el volumen bastante bajo, para poder oír a Dima si se despertaba.
No sabía lo que la entusiasmaba más, lo mucho que estaba avanzando la habitación del niño, o el hecho de poder doblarse y agacharse. Incluso había podido
gastar parte de sus ahorros en comprarse dos pantalones con la talla de antes de su
embarazo; le estaban un poco ajustados en la cintura, pero era optimista.
De repente, deseó que todos los aspectos de su vida recuperaran la normalidad con tanta facilidad. Yulia aún estaba enfadada con ella.
Se encogió de hombros mientras volvía a meter la brocha en el cubo de pintura.
La pelinegra era una mujer con genio y bastante temperamental, nunca había intentado ocultárselo o negarlo, y lo cierto era que ella se había equivocado al no confiar en que
Ella haría lo correcto. Pero ya le había pedido perdón, y aunque sabía que no debería permitir que la afectara su continua frialdad, no podía evitarlo.
De alguna forma, eran dos desconocidas como nunca lo habían sido en la pequeña cabaña de Vorkuta. No era por la casa, aunque ella seguía culpando en
parte a su tamaño y su elegancia; anteriormente, la falta de espacio les había obligado a compartir, a acercarse, a depender la una en la otra. Sentir que alguien dependía de
ella, aunque sólo fuera para dar una taza de café en el momento justo, se había convertido en algo importante para Lena.
Sin embargo, en aquella casa enorme no tenía que hacer casi nada, aparte de ocuparse de Dimitri. Yulia y ella podían pasar horas bajo el mismo techo, sin saber apenas de la existencia de la otra.
Pero la diferencia no estaba en las paredes, en las ventanas y en los suelos, sino en ellas mismas. Ella seguía siendo Lena Katina, una chica de clase baja, la misma que había ido de casa en casa sin tener la posibilidad de vivir realmente en ningún sitio. La misma que había ido de familia en familia, sin tener la posibilidad de pertenecer a algún lugar.
Y la pelinegra de ojos azules era... Lena soltó una carcajada con cierta amargura. Ella era Yulia Olegovna Volkova, una mujer que había sabido cuál era su lugar desde el mismo momento de su nacimiento, que nunca tendría que preguntarse si seguiría en el mismo sitio al día
siguiente.
Eso era lo que Lena quería para Dima, lo único que le importaba. Le traían sin cuidado el dinero, el apellido y la enorme casa con las cristaleras y las elegantes
terrazas, lo importante era pertenecer, sentirse parte de algo, encontrar el sitio de uno
en la vida. Era algo que ella siempre había deseado, de modo que estaba decidida a que su hijo lo tuviera, y por su parte estaba dispuesta a esperar... a pertenecerle a Yulia.
Al parecer, la pelinegra  y ella sólo eran capaces de aunar esfuerzos en las cuestiones relacionadas con Dimitri.
La pelirroja esbozó una sonrisa, ya que no había ninguna duda de que Yulia adoraba al niño. No se agachaba junto a la cuna ni se paseaba por la habitación a las tres de la madrugada por pena o por obligación, sino porque era un mujer con una gran capacidad para amar, y le había entregado todo su amor a Dima, sin ningún tipo de reserva. Yulia era una persona atenta, cariñosa y participativa... cuando se trataba de Dimitri.
Pero cuando estaban juntas sin el niño, el ambiente siempre se cargaba de tensión.
Ni siquiera se tocaban. Aunque vivían en la misma casa y dormían juntas, no se tocaban casi nunca, y cuando lo hacían era de forma totalmente fortuita e impersonal.
Como una familia, habían ido a comprar todas las cosas que Dima podía necesitar... los muebles para su cuarto, sábanas, un juguete que tocaba una canción
de cuna al darle cuerda, y un montón de peluches a los que seguramente el niño tardaría meses en prestar atención.
Había sido muy fácil, incluso divertido, discutir sobre sillas y parquecitos, y elegir juntas los artículos que iban comprándole al niño. Lena nunca había esperado
poder darle tantas cosas a su hijo, o poder compartir la experiencia.
Sin embargo, al volver a casa había vuelto a aparecer la tensión entre ellas.
Se dijo que era una tonta; al fin y al cabo, había recibido un hogar, protección y cuidados, y sobre todo otra madre tierna y cariñosa para su hijo. Desear más de lo que
tenía era lo que siempre la había llevado a sufrir decepciones en el pasado.
Pero no podía evitar anhelar que Yulia volviera a sonreírle de nuevo... a ella, no a la madre de Dima ni a la modelo de uno de sus cuadros.
Quizás era mejor seguir así, como un par de amigas que compartían un interés común, aunque no sabía cómo iba a reaccionar cuando la la pelinegra la buscara como mujer.
Sabía que el momento llegaría tarde o temprano, porque el deseo de la chica de ojos azules era obvio,
era una mujer demasiado atractiva y con necesidades naturales para seguir compartiendo la cama con ella sin tocarla.
Su experiencia con el acto sexual le había enseñado que el hombre exigía y la mujer se sometía. Pero entre dos mujeres como sería? Quizas de la misma manera, Yulia podía desearla sin amarla, sin sentir siquiera algo de afecto por ella, y Lena sabía perfectamente bien la falta de amor y de cariño que podía haber en la cama de un matrimonio. Una mujer como Yulia tendría muchas exigencias, y ella cedería, porque la amaba demasiado para negarle algo. Y de ese modo, el ciclo que había conseguido romper volvería a empezar de nuevo pero esta vez con una mujer.
La pelinegra la contempló desde la puerta, consciente de que algo iba muy, pero que muy mal. Por la expresión de su rostro y la postura de sus hombros, era obvio que
Lena estaba muy inquieta. Su nerviosismo parecía ir en aumento conforme iban pasando los días, y aunque la pelirroja fingía que no pasaba nada, a ella no podía engañarla.
Era algo que la enfurecía, y cuanto más controlaba su genio, más se
incrementaba su enfado. No le había levantado la voz ni una sola vez desde el día que habían llegado a la casa, pero ella parecía estar esperando un arrebato de genio
por su parte.
Le había dado todo el espacio que le había sido humanamente posible, y eso la estaba matando. Dormir con la pelirroja sentir que se volvía hacia ella en medio de la noche y que sólo las separaba el fino algodón de su camisón, había dado un nuevo
significado al insomnio.
Había empezado a trabajar en medio de la noche, y a pasar el tiempo libre en su estudio o en la galería de arte, con tal de resistir la tentación de reclamar lo que ya le pertenecía legalmente.
Lena aún seguía muy delicada, tanto física como emocionalmente, y por eso no se atrevía a pedirle nada. Sin importar lo egoísta que pudiera haber sido en el pasado, no podía justificar de ninguna manera satisfacerse a expensas de ella... o asustarla dejando que viera con cuánta desesperación, con cuánta violencia la deseaba.
Aun así, sabía que dentro de ella había una pasión explosiva, la había visto reflejada en sus ojos. Lena la necesitaba tanto como ella, y no estaba segura de si alguna de las dos alcanzaba a entender realmente adonde podía llevarles aquel
anhelo.
Podía ser paciente. Sabía que el cuerpo de ella necesitaba tiempo para recuperarse del parto, y sería capaz de dárselo; sin embargo, no sabía si podría esperar a que se curaran las heridas de su mente.
Deseaba con todas sus fuerzas ir hacia ella, sentarse a su lado y acariciarle el pelo, quería reconfortarla, pero no tenía ni idea de cómo expresar lo que sentía en
palabras. De modo que se metió las manos en los bolsillos, y le dijo:
—¿Aún no has acabado por hoy?
Sobresaltada, Lena se salpicó una mano con pintura y se apoyó en los talones.
—No te he oído llegar.
—No te levantes. Vaya, estás hecha un cuadro.
Yulia entró en la habitación, y contempló las luminosas paredes antes de volverse de nuevo hacia ella. Llevaba un par de viejos vaqueros suyos que le quedaban bastantes justos ya que la ojiazul era mas pequeña de cuerpo que ella. También se había puesto una de sus blusas, que también le quedaba un poco ajustada la parte de los pechos pero era muy cómoda.
—¿Esa ropa es: mía?
—Pensé que no habría problema —Lena agarró un trapo, y empezó a limpiarse la pintura de la mano—.Ya estaba manchada de pintura, así que era obvio que había trabajado con ella.
—A lo mejor no conoces la diferencia entre pintar y... —señaló la pared con un gesto, y añadió—: pintar.
Ella estuvo a punto de disculparse, pero entonces se dio cuenta de que Yulia estaba bromeando. Al ver que ya no parecía estar de mal humor, pensó que a lo mejor eso significaba que volvían a ser amigas de nuevo.
—No, no tengo ni idea. Pensé que a lo mejor tus pantalones me darían algo de inspiración artística.
—Podrías haber acudido a la fuente.
Lena dejó la brocha encima del bote abierto de pintura, y sintió un gran alivio.
Aunque Yulia no lo sabia había encontrado las palabras perfectas para tranquilizarla.
—Nunca podría haberle sugerido a la famosa Yulia Volkova que malgastara su genialidad en un simple zócalo.
La pelinegra pensó que todo parecía muy fácil cuando ella estaba así, tan relajada, y con un brillo travieso en los ojos.
—Está claro que tenías miedo de que te pusiera en evidencia.
Lena esbozó una sonrisa un poco vacilante, ya que hacía días que Yulia no la miraba de aquella forma, entonces la ojiazul se agachó a su lado, y ella se apresuró a ponerse
de rodillas.
—¡Yul, no! Te vas a manchar de pintura, y estás muy guapa.
—¿En serio? —dijo ella, con la brocha en la mano.
—Sí —Lena intentó quitársela, pero Yulia no la dejó—. Siempre te pones muy elegante para ir a la galería de arte.
—Vaya —dijo la pelinegra, con expresión de disgusto.
Lena se echó a reír.
—Bueno, es verdad —dijo, mientras contenía el impulso de pasarle la mano por su pelo que cada día estaba mas largo—. Es un aspecto muy diferente al de la pequeña chica de campo que tenías
en Vorkuta, aunque aquella también me gustaba mucho.
Yulia no supo si sonreír o soltar un comentario burlón.
—¿Pequeña chica de campo?
—Sí, con tus pantalones de pana, tus blusas de franela, el pelo negro algo alborotado y la cara sin maquillaje. Creo que a Geoffrey le habría encantado fotografiarte con un
hacha...
Lena la contempló, comparando su apariencia en la cabaña con la que tenía en ese momento. De pronto, se dio cuenta de que aún estaba cubriendo con la mano la
suya en el mango de la brocha, y se apresuró a apartarla mientras luchaba por acordarse de lo que había estado diciendo.
—Ahora no estás vestida para trabajar en medio de las montañas, y estuve metida en el negocio de la moda el tiempo suficiente para reconocer la ropa de buena
calidad. Los pantalones que llevas son de lino, y te los vas a manchar.
Aunque Yulia era plenamente consciente de la súbita tensión en los dedos de ella, y había visto la mirada que había aparecido en sus ojos, se limitó a enarcar una ceja.
—¿Estás diciendo que soy descuidada? —Sólo cuando pintas.
—Le dijo el cazo a la sartén —rezongó Yulia, Haciendo caso omiso del respingo que dio cuando le acarició la mejilla con un dedo, lo levantó frente a ella para
demostrar que tenía razón.
Lena frunció la nariz al ver la pintura blanca en su dedo... e intentó ignorar el reguero de calor que le había dejado su caricia en la piel.
—Yo no soy una artista —con el trapo en una mano, la agarró por la muñeca con la otra para limpiarle la mancha.
Yulia tenía unas manos preciosas, y se imaginó cómo sería sentirlas recorriendo su cuerpo lentamente, acariciándola como si le importara de verdad la mujer que había debajo de la piel. Se humedeció los labios, y levantó los ojos para mirarla.
Estaban sentadas la una junto a la otra encima de un trapo, y la pelirroja tenía aferrada una de sus manos. Asombrada, notó que el pulso de Yulia se aceleraba, y vio en sus
ojos azules lo que ella le había ocultado durante días: deseo, puro y simple. La intensidad que
percibió en la pelinegra la puso un poco nerviosa, pero incapaz de resistirse, se inclinó hacia ella.
El trapo se le cayó de la mano.
Dima empezó a llorar.
Yulia y Lena se apartaron bruscamente, como niños pillados in fraganti con la mano en la caja de galletas.
—Debe de tener hambre, y seguramente habrá que cambiarle el pañal —dijo ojiverde, al levantarse.
La pelinegra la detuvo agarrándola de la mano.
—Me gustaría que volvieras aquí cuando acabes.
Lena sintió una mezcla de deseo y nerviosismo que la confundió.
—Vale. No te preocupes por el zócalo, lo acabaré después.
Lena estuvo más de una hora con Dima, y se sintió decepcionada al ver que Yulia no iba, como solía hacer, a tomar en brazos al niño y a jugar con él antes de que volviera a dormirse. Esos eran los mejores momentos, los que compartían con sencillez en familia; sin embargo, al tapar al niño con las mantas se recordó que la ojiazul no podía dedicarles cada minuto que tuviera libre al niño y a ella.
Dejando al niño séquito y tranquilo, fue al cuarto de baño contiguo para
refrescarse un poco. Después de lavarse y quitarse la pintura que le manchaba la cara, se miró en el espejo de cuerpo entero que había enfrente de la enorme bañera.
Vestida con la ropa de Yulia que no le quedaba muy bien, con los rizos rojos recogido en una coleta, según ella no tenia aspecto sexy, y sin embargo, por un instante Yul había
parecido completamente seducida en la habitación de Dima.
¿Era eso lo que ella quería?
Preguntándose cómo podía saber lo que realmente quería, Lena presionó los dedos contra sus ojos mientras intentaba desenmarañar sus sentimientos, pero estaba
completamente confundida. A veces intentaba imaginarse cómo sería estar con la pelinegra, hacer el amor con ella, pero entonces se acordaba de cómo había sido en el pasado,
cuando el acto no había tenido nada que ver con el amor.
Sabía que no debía dejar que los recuerdos siguieran inmiscuyéndose en su vida, se dijo que era una persona demasiado sensata para caer en ese error... o al menos, quería serlo. Había asistido a terapia, y había hablado con asesoras y con otras mujeres que habían padecido situaciones muy similares a la suya. Como había tenido que mudarse constantemente, no había podido permanecer en ningún grupo
en concreto durante demasiado tiempo, pero la habían ayudado inmensamente.
Saber que no era la única persona en el mundo que había pasado por algo así, ver y hablar con otras mujeres que habían conseguido cambiar sus vidas, le había dado las fuerzas necesarias para seguir adelante.
Ella sabía, al menos desde un punto de vista intelectual, que lo que le había pasado había sido el resultado de la enfermedad de un hombre sumada a su propia inseguridad, pero era muy diferente saberlo que aceptarlo y superarlo, que arriesgarse a tener otra relación.
Quería ser una persona normal, y estaba decidida a conseguirlo. Ese había sido el lema común de todas las sesiones a las que había asistido en diferentes ciudades.
Junto con el miedo, la rabia y el enfado consigo misma, había habido una necesidad desesperada de volver a ser una mujer normal.
Pero era muy difícil dar ese paso enorme y aterrador hacia el futuro. Con los ojos fijos en el reflejo de sus propios ojos en el espejo, Lena se recordó que era algo que tenía que hacer por sí sola, que nadie podía hacerlo por ella. Pero con Yulia y sus sentimientos por ella, sabía que tenía una oportunidad de conseguirlo... si estaba dispuesta a correr el riesgo.
Sabía que no sabría lo unidas que podían llegar a estar, lo mucho que podían significar la una para la otra, si no se permitía desear compartir su intimidad con ella.
Lena se mordió el labio inferior, y se volvió para contemplar el lujoso cuarto de baño, que era casi tan grande como algunas de las habitaciones en las que había
vivido a lo largo de los años. Estaba decorado completamente en blanco, y era un espacio reluciente que invitaba al relax y a la complacencia.
Podía hundirse en el agua caliente y profunda de la bañera, y permanecer allí hasta que su piel estuviera sonrosada. Aún tenía un bote casi entero de un seductor perfume francés que Geoffrey le había comprado en París, podía ponerse un poco, y entonces... entonces, ¿qué?
No tenía nada hermoso o femenino que ponerse, la única ropa que no había llevado a casas de empeño o a tiendas de segunda mano durante su huida a través del país era de premamá. Los dos pares de pantalones y las blusas de algodón no contaban.
En todo caso, ¿qué importaba si tenía o no un armario lleno de picardías de encaje? Seguiría sin saber qué decir o hacer, ya que hacía mucho tiempo que no pensaba en sí misma sólo como mujer, a lo mejor nunca lo había hecho; además,
quizás sería mejor reestablecer la antigua camaradería con la pelinegra, antes de que intentaran tener relaciones sexuales.
Si eso era lo que la chica quería... y lo que ella quería, claro.
Lena salió del cuarto de baño y fue a buscarla.
Al llegar a la habitación de Dima, se quedó con la boca abierta al ver que el zócalo ya estaba terminado, las latas de pinturas cerradas y los pinceles y las brochas limpios. Se volvió hacia Yulia, y la vio doblando tranquilamente un trapo.
—Has acabado de pintar —consiguió decir al fin.
—Sí, parece que lo he conseguido sin ningún incidente.
—Ha quedado precioso, como siempre me había imaginado —Lena entró en la habitación, y empezó a colocar mentalmente los muebles—. Creo que debería poner unas cortinas blancas, aunque supongo que poner gasas y encajes quedaría demasiado femenino para un chico, ¿no crees?
—Sí, creo que sí. No hace frío, así que he abierto las ventanas. No quiero poner a Dima en la habitación hasta que se vaya del todo el olor a pintura
—Claro —dijo la pelirroja distraídamente, mientras pensaba en si sería buena idea poner la cuna entre las dos ventanas.
—Ahora que hemos acabado con la pintura, quiero darte una cosa... considéralo un regalo atrasado del día de la madre.
—Pero si ya me diste un ramo de rosas...
La pelinegra se sacó una cajita del bolsillo, y contestó:
—En ese momento no tuve el tiempo ni la oportunidad de comprar nada más, estábamos viviendo de lo que habías guardado en una maleta y nos pasábamos el día en el hospital; además, las flores fueron de parte de Dima, y esto es de parte mía.
Eso hacía que el regalo fuera más especial, más íntimo. Lena se sintió de nuevo atraída hacia la chica de azul mirar como un imán, pero otra vez se resistió a ceder a la tentación.
—No tienes por qué comprarme nada, Yulia.
La pelinegra no ocultó el familiar brillo de impaciencia en sus ojos.
—Vas a tener que aprender a aceptar regalos.
Lena sabía que Yulia tenía razón, y que no estaba bien continuar con las
comparaciones, pero Andrey había sido muy pródigo en hacerle regalos carentes de significado.
—Gracias — tomó la cajita, la abrió y se quedó de piedra.
El anillo de diamantes engarzados en oro parecía un círculo de fuego sobre
terciopelo. La pelirroja lo recorrió con un dedo en un gesto instintivo, y se sorprendió al comprobar que no se quemaba al tocarlo.
—Es precioso, una maravilla, pero.
—Claro, tenía que haber un «pero».
—Es que es una alianza de matrimonio, y yo ya tengo una.
Yulia le tomó la mano izquierda, y comentó:
—Me sorprende que no se te haya caído el dedo con este anillo.
—Al anillo no le pasa nada —protestó ella, a punto de apartar la mano.
—¿Es que tiene tanto valor sentimental para ti, ángel? —aunque su tono de voz se había suavizado, seguía agarrándole la mano con firmeza. Quizás ése fuera el
momento de intentar averiguar lo que la pelirroja sentía por ella -. ¿Tanta importancia le das a este trozo de metal?
—En su momento nos sirvió, no necesito nada más.
—Fue algo sólo temporal. No te estoy pidiendo que lo tires por la ventana, pero vas a tener que ser un poco práctica. Si no estuvieras siempre encogiendo el dedo, se
te caería constantemente.
—Podría llevarlo a que me lo pongan a medida.
—Hazlo si quieres —Yulia se lo quitó del dedo, y lo reemplazó con el anillo de brillantes—. A partir de ahora, tendrás dos anillos de boda —cuando le devolvió el que le había dado en Vorkuta, Lena lo agarró y lo encerró en su puño—. El nuevo
contiene las mismas intenciones y promesas.
—Es precioso —Lena se puso el primer anillo en el índice de la mano derecha, donde le quedaba más ajustado—. Gracias, Yulia.
—La otra vez lo celebramos mejor.
Lena no necesitaba que se lo recordara, pero aun así, cuando la pelinegra la rodeó con los brazos, su mente se inundó con imágenes de lo sucedido en la cabaña. Cuando su
boca cubrió sus labios, la recorrieron un sinfín de emociones.
Los labios de Yulia eran firmes y cálidos, y apenas insinuaban la impaciencia que ella sentía. Aunque sus brazos la apretaban con cuidado y ternura, la pelirroja intuía que en el interior de su esposa había un volcán ardiente a punto de estallar.
Se apoyó más contra ella, y posó una mano en su mejilla en un gesto
tranquilizador lleno de comprensión y aceptación.
Aquella caricia hizo que estallara el deseo que la atormentaba noche y día, e incapaz de contenerse, Yulia tensó los brazos a su alrededor y empezó a devorarle la boca. Lena respondió con un gemido que él apenas logró oír, con un temblor que
casi ni notó. Tensa, hambrienta, cayó víctima de la pelirroja y de sus propios anhelos.
La pasión no era algo nuevo para la ojiazul había sentido deseo de forma pasajera, deseo apasionado y con más o menos intensidad; entonces, ¿por qué aquello parecía
una experiencia completamente nueva? Había tenido a otras mujeres en sus brazos en el pasado, había sentido su suavidad y había saboreado su dulzura, pero jamás
había conocido una suavidad ni había experimentado una dulzura como las de Lena.
La boca de Yulia inició un lento recorrido por su cara, por el contorno de su mandíbula, por su cuello, saboreándola y devorándola. Sus manos se deslizaron bajo la camisa que la pelirroja llevaba, y empezaron a explorarla en dirección ascendente. Al principio, la delicada línea de su espalda fue suficiente para la pelinegra, y no deseó otra cosa que sentir la suavidad de su piel y los dulces temblores que la recorrían. Pero de repente, la necesidad de tocar, de poseer, se intensificó y se hizo incontenible, y mientras su boca regresaba de nuevo a los labios de Lena su mano se deslizó hasta cubrirle un pecho.
Lena se quedó sin aliento al sentir el primer roce, pero tras inhalar con rapidez, soltó el aire lentamente. Ni siquiera cegada por el amor y el deseo que sentía por la pelinegra,
había podido llegar a imaginarse la desesperación con la que necesitaría sentir sus manos acariciándola. Aquello era lo que necesitaba, pertenecer a aquella mujer de todas las maneras posibles.
La confusión, las dudas y los miedos se desvanecieron. Ningún recuerdo podía irrumpir en su mente cuando Yulia la abrazaba de aquella manera, ningún susurro del pasado podía burlarse de ella. Lo único que existía para ella era Yulia, y la promesa
de una nueva vida y de un amor eterno.
Le temblaban las rodillas, así que se apoyó contra la pelinegra, y se arqueó en una invitación tan instintiva que sólo la ojiazul la reconoció por lo que era.
La habitación olía a pintura, y rebosaba luz gracias al sol que entraba por las ventanas desnudas de cortinas. Estaban completamente solas, envueltas en silenció, y Yulia se imaginó recostándola en el suelo, arrancando su ropa hasta que estuvieran desnudas, piel contra piel, en el suelo de parqué. Se imaginó poseyéndola en aquella habitación bañada de luz, hasta que ambas estuvieran exhaustas y repletas.
Quizás con otra mujer lo habría hecho sin prestar atención a cuándo ni a dónde, y mucho menos a como, pero no con esa.
Con un esfuerzo sobrehumano, se obligó a apartarse de ella. Lena tenía los ojos nublados, y la boca suave y plena. Con una contención que no sabía que poseía, Yulia soltó un juramento sólo para sí.
—Tengo que ir a trabajar.
Lena estaba flotando, fluyendo en una neblina tan fina que era invisible, pero al oír sus palabras emprendió el rápido camino de vuelta a tierra firme,
completamente confundida.
—¿Qué?
—Que tengo que ir a trabajar—repitió Yulia.
Lentamente, se alejó unos pasos de la pelirroja. Estaba furiosa consigo misma por permitir que las cosas llegaran tan lejos, ya que sabía que Lena aún no era físicamente capaz de darle lo que necesitaba de ella.
—Si me necesitas, estaré en mi estudio —añadió.
¿Si le necesitaba?, pensó Lena mientras oía cómo sus pasos se alejaban por el pasillo. ¿Acaso no acababa de demostrarle lo mucho que lo necesitaba? Era imposible
que ella no se hubiera dado cuenta, que no lo hubiera entendido. Soltó un juramento, se volvió y fue hasta la ventana, se acurrucó en el pequeño y duro asiento y bajó la vista hacia el jardín.
De pronto, se preguntó por qué los hombres y ahora también las mujeres la consideraban un mero objeto
que podían tomar o rechazar según les conviniera. ¿Acaso parecía tan débil, tan maleable? Sintió una oleada de frustración, y apretó los puños con fuerza. Ella no era una persona débil, ya no, y había pasado mucho tiempo, en cierta forma toda una vida, desde que había sido maleable. Había dejado de ser una niñita atrapada en una
red de mentiras de cuento de hadas, era una mujer, una madre, con
responsabilidades y ambiciones.
Aunque estaba enamorada, y era posible que su amor resultara ser tan
insensato como la vez anterior, no permitiría que la utilizaran, que la ignoraran ni que intentaran moldearla a voluntad.
Al apoyar la barbilla sobre las rodillas, pensó que hablar era muy fácil, pero que ponerse en marcha, pasar de la palabra a la acción, era mucho más difícil. Se dijo que debería ir a ver a Yulia para dejarle las cosas claras, pero tras lanzar una breve
mirada hacia la puerta, se volvió de nuevo hacia la ventana. No tenía el valor suficiente para hacerlo.
Ése había sido siempre su problema. Podía decir lo que iba a hacer o a dejar de hacer, pero cuando llegaba la hora de actuar, le resultaba más fácil permanecer pasiva. En una época de su vida, había creído que la pasividad era lo mejor para ella, pero se había dado cuenta de que no era así cuando su matrimonio con Andrey se había desmoronado. Se recordó que entonces sí que había tomado una decisión firme y había hecho algo palpable... o al menos había empezado a hacerlo, hasta que había permitido que la presionaran y la convencieran para que fingiese que su intento de conseguir el divorcio nunca había existido.
Había sido así durante toda su vida. De niña no había tenido elección posible, le habían dicho que viviera en un sitio o en otro, y ella no había tenido más remedio que obedecer. Cada casa tenía su propia serie de reglas y sus valores establecidos, y ella había tenido: que acatarlos, como una de esas muñecas de plástico que uno podía doblar y girar hasta ponerla en la posición que le diera la gana.
Aquella niña había permanecido en la mujer, hasta que la mujer había
descubierto que llevaba un niño en su vientre.
Lena creía que la única acción positiva que había realizado en su vida había sido proteger a su hijo. Y lo había hecho, se recordó con fiereza. Había sido algo aterrador y muy duro, pero no se había acobardado, y se preguntó si eso significaba que la fuerza que siempre había deseado tener estaba en su interior, enterrada debajo de años de resignación silenciosa. Tenía que creer que era así, y actuar en consecuencia.
Amar a Yulia no significaba, no podía significar que fuera a permanecer apartada a un lado sin rechistar, mientras la pelinegra tomaba todas las decisiones por ella. Era hora de plantar los pies en el suelo y dejarse oír.
Lena se levantó, salió de la habitación de Dima y avanzó por el pasillo. Con cada paso sentía que su resolución se tambaleaba, y tenía que apuntalarla de nuevo.
Cuando llegó a la puerta del estudio, volvió a dudar por unos segundos mientras se frotaba el pecho con el dorso de la mano, donde residía el dolor sordo de la incertidumbre.
Finalmente, respiró hondo, abrió la puerta y entró.
Yulia estaba junto a la larga hilera de ventanas, con un pincel en la mano,
trabajando en uno de los cuadros que había estado apilado a medio terminar en la cabaña. Lena se acordaba de él, era una escena en la nieve, un paisaje solitario y desnudo que lograba atraer la atención. La combinación de tonos blancos, fríos azules y plateados reflejaba un cierto aire de desafío.
La pelirroja pensó que el cuadro se adecuaba perfectamente a la situación, ya que un impulso desafiante era precisamente lo que ella necesitaba en ese momento.
La pelinegra estaba tan concentrada en su trabajo, que ni siquiera la había oído entrar. No estaba dando largas pinceladas, sino añadiendo con delicadeza detalles tan diminutos, tan exactos, que Lena casi podía oír el sonido del viento.
—¿Yulia? —dijo, asombrada de que hiciera falta hacer tanto acopio de valor para pronunciar un simple nombre.
La chica se detuvo de inmediato, y se volvió hacia ella con obvia irritación. Nunca había permitido interrupciones en su estudio... como había vivido sola hasta entonces, jamás había tenido que soportarlas.
—¿Qué pasa? —dijo con voz cortante, sin dejar a un lado el pincel ni apartarse del cuadro.
Era obvio que pensaba continuar exactamente desde donde lo había dejado, en cuanto consiguiera que se fuera de la habitación y la dejara en paz.
—Tengo que hablar contigo.
—¿No puedes esperar?
Lena estuvo a punto de contestar que sí, pero se detuvo a tiempo.
—No —dijo. Dejó la puerta abierta para poder oír al niño si se despertaba, y fue hasta el centro de la habitación. Sintió que se le formaba un nudo de tensión en el
estómago, pero levantó la barbilla y añadió—: y aunque pudiera esperar, no quiero hacerlo.
Yulia enarcó una ceja, ya que sólo la había oído utilizar aquel tono un par de veces en las semanas que llevaban juntas.
—Vale, pero date prisa, quiero terminar esto.
La oleada de indignación la inundó de forma tan súbita, que Lena no tuvo tiempo de sorprenderse ante su propio arranque de genio.
—Muy bien, entonces voy a resumírtelo en pocas palabras: si voy a ser tu mujer, quiero que me trates como tal.
—¿Perdona?
Ella estaba demasiado enfadada para darse cuenta de que la había dejado
atónita, demasiado furiosa para reconocer su propia sorpresa ante lo que había sido capaz de decir.
—Así que «perdona», ¿eh? No me vengas con ésas, tú no has pedido perdón en tu vida. Nunca has tenido que hacerlo, porque siempre haces lo que te da la gana.
Eres capaz de ser la mujer más amable y cariñosa del planeta, pero si te apetece ser arrogante, también lo llevas al límite.
Yulia dejó el pincel con movimientos deliberadamente controlados.
—Lena, si quieres decirme algo con todo esto, no acabo de entenderlo.
—¿Me deseas o no?
La pelinegra se la quedó mirando sin decir palabra, pensando que acabaría suplicándole que la dejara tocarla si seguía allí de pie, bañada por la luz del sol con los ojos verdigrises desafiantes y las mejillas sonrosadas.
—¿A qué viene eso ahora? —logró decir al fin, con voz aparentemente
tranquila.
—Me dices que me deseas y después me ignoras, me besas y te vas sin más —
Lena se pasó una mano por el pelo. Cuando sus dedos encontraron la cinta que lo sujetaba se la quitó con impaciencia, y su roja cabellera rizada le cayó sobre los hombros—. Sé que nos casamos por Dimitri, pero quiero que me digas cuál es mi situación, que me digas si voy a ser sólo una invitada que vas a entretener o a ignorar según te convenga, o si voy a ser tu mujer.
—Eres mi mujer, y no te estoy ignorando —contestó Yulia, indignada, al levantarse del taburete en el que estaba sentada—. Lo que pasa es que tengo mucho trabajo pendiente, y me tengo que poner al día.
—No trabajas veinticuatro horas al día, y por la noche... —Lena sintió que su valor empezaba a flaquearle, y soltó apresuradamente la pregunta que necesitaba hacerle—. ¿Por qué no me haces el amor?
Yulia pensó que era una suerte que hubiera dejado el pincel sobre una mesa, porque si no, lo habría partido por la mitad.
—¿Esperas que rinda según tus exigencias?
Las mejillas de la pelirroja se ruborizaron de vergüenza. En el pasado, eso era algo que se había esperado de ella, y se sentía mortificada al pensar que acababa de exigirle lo mismo a Yulia.
—No, no he querido decir eso, sólo quería que supieras cómo me siento —retrocedió un paso, y se giró hacia la puerta para salir de allí—. Me voy para que puedas seguir trabajando.
—Lena, espera —se apresuró a decir Yulia. Prefería mil veces su enfado a la humillación que había visto en sus ojos.
Ella se volvió como un torbellino hacia la pelinegra, y le pidió con fiereza:
—No te disculpes.
—Vale —al comprobar que el fuego en ella no se había apagado del todo, Yulia no supo si sentirse aliviada o no—. Quiero darte una explicación.
—No hace falta.
Cuando la pelirroja fue hacia la puerta de nuevo, Yulia la agarró del brazo y la obligó a que se volviera hacia ella bruscamente; sin embargo, al ver el miedo inmediato que apareció en sus ojos, soltó una maldición.
—Maldita sea, no me mires así. Nunca en tu vida me mires así —le apretó el brazo con más fuerza sin darse cuenta, y al verla hacer una mueca de dolor, la soltó y dejó caer los brazos a los lados—, Lena, no puedo cambiar de la noche a la mañana mi forma de ser por ti, así que gritaré cuando necesite hacerlo y me pelearé contigo cuando haga falta, pero ya te lo dije una vez y voy a repetírtelo: yo no pego a otras
mujeres.
El miedo había surgido sin que ella pudiera evitarlo, sentía su amargo y
repugnante sabor en la garganta, y tuvo que esperar a calmarse un poco antes de poder hablar.
—No espero que cambies, pero yo tampoco puedo cambiar de repente por ti; además, aunque pudiera hacerlo, ni siquiera estoy segura de lo que quieres de mí. Sé que debería sentirme agradecida...
—¡No quiero tu agradecimiento! —la interrumpió Yulia
—Sé que debería sentirme agradecida —continuó ella con calma—, y lo estoy,
pero en este último año he descubierto algo sobre mí misma. No voy a volver a ser nunca más el felpudo de nadie, ni siquiera el tuyo.
—¿De verdad crees que eso es lo que quiero?
—Yulia, no puedo saber lo que quieres si tú no me lo dices —había conseguido llegar hasta allí, y se obligó a continuar—. Quisiste que confiara en ti desde el principio, pero después de todo lo que hemos pasado juntas, tú aún sigues sin confiar en mí. Si quieres que este matrimonio funcione, vas a tener que dejar de considerarme una obra de caridad, y empezar a verme como una persona.
—No tienes ni idea de cómo te veo.
—A lo mejor tienes razón, puede que las cosas se vuelvan un poco más fáciles cuando consiga entender la imagen que tienes de mí —dijo ella con una sonrisa. En ese momento oyó el llanto del bebé, y miró hacia el pasillo—. Parece que hoy está un poco nervioso.
—Espera, iré a ver qué le pasa en un minuto, no puede tener hambre otra vez —
Yulia decidió que, si Lena podía ser completamente sincera, ella no iba a ser menos. La tomó del brazo para que no se fuera, y le dijo—: creo que tenemos que aclarar un malentendido. No hemos hecho el amor porque es demasiado pronto, no porque no te desee.
—¿Demasiado pronto para qué?
—Para ti.
Ella empezó a sacudir la cabeza con confusión, pero entonces entendió lo que quería decir.
—Yulia, Dima ya tiene más de cuatro semanas.
—Sé perfectamente bien la edad que tiene, yo estaba allí cuando nació —
levantó una mano antes de que la pelirroja pudiera protestar, y añadió—: maldita sea,
Lena, vi lo mucho que sufriste, lo duro que fue para ti. No importa lo que yo sienta, no puedo hacer nada hasta que esté segura de que estás completamente recuperada.
—He tenido un bebé, no una enfermedad terminal —Lena soltó un bufido,pero se dio cuenta de que sus palabras no le habían causado irritación, ni siquiera diversión. No, lo que sentía era un tremendo placer, el único y maravilloso placer de sentirse cuidada—. Me siento bien, estoy perfectamente. De hecho, probablemente no me haya sentido mejor en toda mi vida y ademas no creo que entre dos mujeres pueda haber mucho inconveniente no?
—Eso no importa. Aunque las dos seamos mujeres en la relación acabas de tener un hijo, y por lo que he leído...
—¿También has leído sobre este tema?
Yulia se indignó al ver su expresión sorprendida, y el brillo de humor en sus ojos.
—No pienso tocarte hasta que esté segura de que te has recuperado del todo —dijo con voz firme.
—¿Qué quieres, un certificado médico?
—Más o menos —Yulia levantó la mano para tocarle la mejilla, pero se lo pensó mejor y volvió a bajarla—. Voy a ver a Dima.
Se fue sin más, y Lena no supo si sentirse enfadada, divertida encantada. Lo único que sabía era que su interior rebosaba de emociones, y que todas se centraban en Yulia.


CONTINUARÁ...


En unos dias pongo mas de la historia!!! bye!! Very Happy
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por xlaudik el Miér Ene 07, 2015 2:19 pm

Buenísimo!!!! :-D
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Ene 14, 2015 6:59 pm

Aquí la conti de esta historia, creo que lo que todos esperan se concretará...


LUZ EN LA TORMENTA

Capítulo 8


—Es increíble lo rápido que está creciendo —con orgullo de abuela y luciendo un nuevo y elegante peinado, Larissa se sentó en la mecedora de la habitación del
pequeño, con el bebé en sus brazos.
—Sí, nadie diría que nació prematuramente —dijo Lena, sin saber aún cómo comportarse con su suegra. Con movimientos tranquilos, siguió doblando la ropita recién sacada de la secadora—. Lo hemos llevado hoy a hacerle una revisión, y el médico dice que está sano como un roble —se llevó un pequeño pijama a la mejilla, y disfrutó de la suavidad aterciopelada de la prenda, que sin embargo no podía
compararse a la de la piel de su hijo—. Quería darte las gracias por recomendarme al doctor Sloane, es fantástico.
—Me alegro de que te guste, pero no hace falta la palabra de un pediatra para saber que el niño está completamente sano, mira la fuerza que tiene —Larissa rió
con suavidad mientras Dima se aferraba a su mano, pero lo detuvo cuando el niño quiso chupar su anillo de zafiros—.Tiene tus ojos.
—¿De verdad? —entusiasmada, Lena fue hasta ellos. El niño olía a polvos de talco... y Larissa a París—.Ya sé que aún es demasiado pronto para saberlo, pero
tenía la esperanza de que fuera así.
—No hay duda - Larissa continuó meciendo al niño, mientras observaba con atención a su nuera—. ¿Y qué me dices de tu revisión?, ¿cómo estás?
—Estoy bien —dijo Lena, pensando en la hoja de papel que había guardado en el cajón superior de su tocador.
—Pareces un poco cansada —comentó Larissa. Su voz, carente de inflexión alguna, sonó brusca y práctica—. ¿Te has movido ya para intentar buscar ayuda?
Lena irguió la espalda de forma automática.
—No necesito ninguna ayuda.
—Sabes tan bien como yo que eso es una tontería. Con una casa tan grande como ésta, una esposa exigente y un niño pequeño, está claro que te iría bien que alguien te echara una mano, pero haz lo que quieras —Dimitri empezó a gorjear, y
Larissa lo contempló embelesada—. Habla con la abuelita, cariño. Dile a la abuelita lo que pasa.
El niño respondió con más sonidos ininteligibles, y Larissa se echó a reír.
—Eso es, dentro de nada empezarás a hablar sin parar. Acuérdate de que una de las primeras cosas que tienes que decir es «mi abuelita es preciosa». Eres un cielo
—le dio un beso en la frente, y le dijo a Lena—: hay que cambiarle los pañales a este muchachote, y estaré más que encantada de dejarte la tarea a ti.
Con lo que ella consideraba uno de los privilegios de ser la abuela, Larissa le entregó el bebé mojado a su madre, y continuó sentada mientras Lena llevaba al
niño al cambiador Había un montón de cosas que habría querido decir. Estaba acostumbrada a expresar sus opiniones alto y claro... y si era necesario, a darle en la cabeza con ellas a cualquiera que se le pusiera a tiro. No le gustaba nada tener que morderse la lengua, pero había averiguado lo suficiente sobre los Petrov y sobre la vida que Lena
había tenido con ellos para saber que era lo mejor. Con mucho cuidado, intentó otra táctica.
—Yulia está pasando mucho tiempo en la galería de arte últimamente, ¿verdad?
—Sí, creo que está casi decidida a organizar otra exposición —con un amor desbordante, La pelirroja se inclinó para acariciar el cuello de Dima con la nariz.
—¿Has estado allí?
—¿En la galería? No, aún no.
Larissa golpeteó en el brazo de la mecedora con una de sus uñas
perfectamente redondeadas.
—Creía que te interesaría el trabajo de Yulia.
—Y así es —alzó a Dimitri por encima de su cabeza, y el niño empezó a hacer pompitas y a sonreír—. Pero no he querido interrumpir con el niño a cuestas.
Larissa estuvo a punto de recordarle que Dima tenía unos abuelos que
estarían encantados de quedarse unas horas con él, pero volvió a morderse la lengua.
—Estoy segura de que a Yul no le molestaría, adora al niño.
—Ya lo sé —dijo Lena, mientras desataba el lazo de los patucos azules del bebé—, pero también sé que necesita tiempo para poner en orden su trabajo, su
carrera —le dio a su hijo un pequeño conejito de trapo, y él se lo metió feliz en la boca—. ¿Tienes idea de por qué no tiene claro lo de montar la exposición?
—¿Se lo has preguntado?
—No, no quería que se sintiera presionada.
—Puede que un poco de presión sea exactamente lo que necesita.
Desconcertada por aquellas palabras, Lena se volvió hacia su suegra.
—¿Por qué?
—Tiene que ver con Dimitri, con mi hijo pequeño, pero preferiría que se lo
preguntaras a Yulia.
—¿Estaban unidos?
—Sí, mucho, aunque eran muy diferentes —dijo Larissa, con una sonrisa.
Había aprendido que era menos doloroso recordar que intentar olvidar—. Se quedó
destrozada cuando Dima murió. Creo que el tiempo que ha pasado en la montaña le ha ayudado a recuperar su arte, y también creo que el bebé y tú le habéis ayudad a recuperar su corazón.
—Si eso es verdad, me alegro, porque nunca podré llegar a pagarle lo mucho que ella me ha ayudado a mí.
Larissa la miró con expresión indescifrable.
—Entre dos esposas no hay nada que pagar.
—Puede que no.
—¿Eres feliz?
Lena metió al niño en su cuna y le dio cuerda al móvil musical para que
pudiera jugar con él; cuando ya no pudo aplazar más su respuesta, dijo:
—Claro que soy feliz, ¿por qué no iba a serlo?
—Ésa era mi siguiente pregunta.
—Soy muy feliz —dijo, mientras se ponía otra vez a plegar y a guardar la ropa del niño—. Te agradezco mucho tu visita, pero sé lo ocupada que estás y no quiero entretenerte.
—No creas que vas a poder echarme amablemente, al menos hasta que yo
decida irme.
Al volverse, Lena vio la sonrisa divertida en los labios de su suegra. No era propio de ella ser tan grosera, y no pudo evitar sonrojarse.
—Perdona.
—No te preocupes, sé que es demasiado pronto para que te sientas cómoda conmigo. La verdad es que yo también me siento un poco insegura al tratar contigo.
Lena le devolvió la sonrisa, bastante más relajada.
—Dudo mucho que alguna vez te sientas insegura, es algo que envidio de ti. Y de verdad que siento haber sido tan maleducada.
—No pasa nada.
Larissa se levantó de la mecedora, y empezó a pasearse por el dormitorio del niño. Su nuera había hecho un trabajo fantástico, y había creado una habitación alegre y llena de luz; no estaba demasiado recargada, y la decoración era lo bastante
tradicional para recordarle a la habitación infantil que ella misma había preparado tantos años atrás. El olor a polvos de talco y a ropa limpia flotaba en el ambiente.
Era un cuarto cargado de amor, y aquello era todo cuanto podía desear para Yulia. Estaba claro que Lena era una mujer con una ilimitada capacidad para amar.
—Es una habitación preciosa —comentó, mientras acariciaba la cabeza de un oso de peluche color lavanda de más de un metro—. Pero no puedes esconderte aquí
para siempre.
—No sé a qué te refieres —le contestó Lena, aunque lo sabía perfectamente bien.
—Dijiste que nunca habías estado en Novosibirsk, y ahora vives aquí. ¿Has
ido a algún museo, o al teatro?, ¿has paseado por el Narymskiy Park?, ¿te has montado en un tranvía?, ¿has ido a The Lenina Square? Dime, ¿has hecho alguna de las cosas que haría cualquier recién llegado?
Lena se puso a la defensiva, y contestó con voz fría:
—No, pero sólo llevo aquí unas semanas.
Larissa decidió que era hora de dejar de andarse con rodeos.
—Lena, vamos a hablar de mujer a mujer, olvídate de que soy la madre de Yulia. Estamos solas, y lo que se diga en esta habitación quedará estrictamente entre nosotras.
Lena notó que las palmas de las manos habían empezado a sudarle, y se las limpió en los pantalones.
—No sé qué es lo que quieres que te diga.
—Lo que haga falta —finalmente, al ver que La pelirroja permanecía en silencio, Larissa asintió y dijo—: muy bien, entonces empezaré yo. Has sufrido algunos momentos terribles a lo largo de tu vida, algunos de ellos incluso trágicos. Yulia nos
contó apenas lo imprescindible, pero me he enterado de muchas cosas haciendo las preguntas adecuadas a las personas apropiadas —Larissa volvió a sentarse, y al ver la expresión que relampagueó en los ojos de Lena, le dijo—: espera a que acabe,
entonces podrás ofenderte todo lo que quieras.
—No estoy ofendida —contestó ella con voz tensa—, pero no sé de qué sirve hablar de cosas que pertenecen al pasado.
—No podrás reemprender tu vida hasta que seas capaz de enfrentarte al pasado
—Lena intentó hablar con voz firme, pero su sólida compostura se tambaleó un poco—. Sé que Andrey  Petrov te maltrataba, y que sus padres hicieron la vista gorda ante ese comportamiento monstruoso y criminal. Me rompe el corazón que tuvieras que pasar por algo así.
—Por favor, no —consiguió decir Lena, con voz estrangulada.
—¿No puedes aceptar un poco de comprensión, ni siquiera de mujer a mujer?
Lena negó con la cabeza. Le daba miedo aceptarla, pero aún más necesitarla.
—No puedo soportar que me compadezcan.
—Comprender a una persona es muy diferente a compadecerse de ella.
—Todo eso ha quedado atrás, ya no soy la persona que era entonces.
—No puedo darte mi opinión, porque no te conocía en esa época, pero está claro que una mujer que ha conseguido salir adelante completamente sola tiene
grandes reservas de fuerza y determinación. ¿No crees que es hora de que las utilices, y plantes cara a tus enemigos?
—Ya lo he hecho.
—Te has cobijado en tu propio oasis. Sé que necesitabas hacerlo por un tiempo, y que al huir demostraste tener tanto una enorme valentía como una gran resistencia, pero llega un momento en la vida en que hay que plantar los pies en el suelo y hacer que se escuche tu voz.
Lena era consciente de que se había dicho mil veces cosas parecidas, y que se había odiado por no ser capaz de llevar las palabras a la práctica. Miró hacia la cuna y contempló a su hijo, que gorjeaba alegremente mientras intentaba atrapar los pajaritos de colores que giraban por encima de su cabeza.
—¿Y qué quieres que haga?, ¿que vaya a juicio, que se lo cuente a la prensa, que saque a la luz lo que pasó para que todo el mundo se entere?
—Sí, si es necesario —la voz de Larissa adquirió un matiz orgulloso, que llegó hasta el último rincón de la habitación—. Los Volkov no le tienen miedo al escándalo.
—No soy...
—Claro que lo eres —la interrumpió su suegra—.Eres una Volkov, igual que ese niño. Estoy pensando en el bienestar de Dimitri a la larga, pero también en el tuyo. ¿Qué importa lo que la gente piense o sepa?, tú no tienes nada de lo que avergonzarte.
—Dejé que sucediera —dijo Lena, con una furia extrañamente sorda,
amortiguada—. Siempre me avergonzaré de eso.
—Mi querida niña...
Incapaz de contenerse, Larissa se levantó y la rodeó con los brazos. Después de la sorpresa inicial, La pelirroja se dejó llevar; no sabía si el gesto la afectó tanto porque
provenía de una mujer mayor, pero rompió todas sus defensas como nada había logrado hacerlo hasta entonces.
Larissa  la dejó llorar, incluso se echó a llorar ella también, y el hecho de que lo hiciera, de que pudiera hacerlo, reconfortó más a Lena que cualquier palabra de consuelo. Mejilla contra mejilla, de mujer a mujer, se abrazaron con fuerza mientras
la tormenta pasaba, y el lazo que Lena nunca había esperado llegar a experimentar se forjó en lágrimas. Finalmente, rodeándola aún con un brazo, Lena la condujo hacia el sofá cama.
—Supongo que era algo que necesitaba salir a la superficie —murmuró la mujer. Se sacó un pañuelo con bordes de encaje de un bolsillo, y se secó los ojos sin
reserva ninguna.
—No sé, supongo que sí —dijo La chica de verdigrises ojos, mientras acababa de secarse las lágrimas
con la muñeca—. En teoría, ya no debería sentir la necesidad de echarme a llorar, sólo me pasa cuando echo la vista atrás y recuerdo lo que pasó.
—Escúchame bien —dijo Larissa, sin rastro alguno de suavidad en la voz—.Eras joven y estabas sola, y no tienes nada, ¿me oyes?, nada de qué avergonzarte.
Algún día tú misma te darás cuenta de que es así, pero de momento quizás sea suficiente que sepas que ya no estás sola.
—A veces me siento tan furiosa al pensar que me utilizaron como si fuera un objeto conveniente, un saco de boxeo o un símbolo de estatus... —Lena pensó que
era asombroso que la furia pudiera acarrear una calma absoluta, y borrar el dolor que sentía—.Y cuando siento esa furia tan enorme, sé que no importa lo que me cueste, nunca volveré a caer en aquello.
—Entonces, sigue furiosa.
—Pero... la furia la siento por mí, es algo personal —volvió la mirada hacia la cuna, que estaba al otro lado de la habitación, y admitió—: cuando pienso en Dimitri, y sé que van a intentar quitármelo... entonces siento miedo.
—Pero ahora ya no van a tener que enfrentarse sólo a ti, ¿verdad?
Lena la miró, y al ver su expresión decidida y el brillo de sus ojos, supo de dónde había sacado Yulia su actitud guerrera. Sintió crecer dentro de ella un nuevo tipo de amor, y le resultó lo más normal del mundo tomarle la mano a su suegra.
—No, ya no.
En ese momento, oyeron que la puerta principal se abría en el piso de abajo, y Lena se pasó las manos por la cara para asegurarse de que no quedaba ni rastro de lágrimas.
—Ésa debe de ser Yulia. No quiero que me vea así.
—Bajaré y la mantendré ocupada —siguiendo un impulso, Larissa le echó una ojeada a su reloj y le preguntó—: ¿tienes planes para esta tarde?
—No, sólo...
—Perfecto. Baja en cuanto estés lista.
Diez minutos después, Lena se encontró a la pelinegra atrapada en el salón, con la mirada fija en un vaso de agua con gas y cara de pocos amigos.
—Entonces, está decidido —Larissa se arregló el pelo con una mano,
satisfecha de sí misma—. Lena, ¿estás lista?
—¿Para qué?
—Ya le he explicado a Yul que nos vamos de compras, está entusiasmada con
la fiesta que he planeado para la semana que viene en vuestro honor —la fiesta que se le había ocurrido al bajar las escaleras.
—Estoy resignada —la corrigió Yulia, aunque la miró una sonrisa; sin embargo, su expresión se volvió seria cuando vio el rostro de La pelirroja—. ¿Qué pasa?
—Nada —contestó ella, consciente de que había sido absurdo creer que un poco de agua y maquillaje podrían esconderle algo a aquella mujer—. Tu madre y yo nos hemos puesto un poco sensibleras con Dima.
—Lo que necesita tu mujer es pasar una tarde fuera —Larissa se levantó, y le dio un beso a su hija—.Tendría que regañarte por mantenerla encerrada aquí, pero te quiero demasiado.
—Yo no...
—No la has animado ni una sola vez a que salga de la casa —acabó su madre por ella -. Así que yo voy a encargarme de hacerlo. Ve a por tu bolso, querida, tenemos que encontrarte algo despampanante para la fiesta. Yulia, supongo que
Lena necesita tus tarjetas de crédito.
—Mis... ah, claro —sintiéndose como un árbol zarandeado por un vendaval,
Yulia sacó su billetera.
—Estas nos bastarán —Larissa tomó dos de ellas, y se las dio a La pelirroja—. ¿Estás lista?
—Bueno, eh... sí —dijo impulsivamente—. Dima acaba de comer, y le he cambiado el pañal. No deberías tener ningún problema.
—No te preocupes, me las arreglaré —le dijo la ojiazul.
Sin embargo, lo cierto era que se sentía bastante agraviada. En primer lugar, habría sacado de compras a Lena ella misma si se lo hubiera pedido, y en segundo lugar, aunque no quería admitirlo, no estaba completamente segura de poder arreglárselas sola con el niño.
Larissa adivinó de inmediato lo que estaba pensando su hija, y le dio otro
beso.
—Si te portas bien, te traeremos un regalo.
Yulia no pudo contener una sonrisa.
—Venga, marchaos —les dijo.
Sin embargo, antes de que pudieran obedecer agarró a La pelirroja y la besó con naturalidad, y se sorprendió cuando ella le devolvió el abrazo ardientemente.
—Que no te convenza de que te compres algo con lazos, no te quedarían bien — murmuró—. Deberías comprarte algo que vaya a juego con tus ojos.
—Si no dejas que se vaya, no vamos a poder comprar nada —le dijo su madre con sequedad, aunque estaba encantada y emocionada al ver que su hija estaba completamente enamorada de su mujer.
Nadie tuvo la culpa de que Dimitri eligiera precisamente aquella tarde para exigir todo el tiempo y la atención que se le podían dar a un niño. Yul lo paseó, lo meció, le cambió los pañales, jugó con él, lo arrulló... sólo le faltó hacer el pino. Por su parte, Dima gorjeó, la miró con sus ojos enormes... y se desgañitó llorando cada vez que se veía de nuevo en la cuna. Hizo de todo, menos dormir.
Al final, Yulia abandonó la idea de trabajar y se llevó al niño de un lado a otro.
Se comió un muslo de pollo y empezó a leer el periódico con él acurrucado en el brazo, y como no había nadie que pudiera reírse de ella a escondidas, discutió con él sobre asuntos de política internacional y sobre los resultados de los partidos de tennis que se jugaron en el gram Slam de Australia mientras el niño se dedicaba a sacudir un sonajero y a hacer pompitas con la boca.
Cuando Yulia consiguió encontrar uno de los sombreritos de punto que Lena había comprado para proteger al niño de la brisa casi ya primaveral, salieron a dar un paseo por el jardín, y se sintió entusiasmada al ver que las mejillas del niño se sonrosaban y que observaba todo lo que había a su alrededor, alerta y muy interesado.
Dima tenía los ojos de Lena... la misma forma, la misma combinación de verde con gris, pero carecían de las sombras que hacían que los de ella fueran tristes y a la vez fascinantes. Los ojos
del niño eran mas claros, y no contenían ningún tipo de pena.
Cuando Yulia lo colocó en un pequeño columpio para bebés, Dima protestó un poco pero al final decidió aceptar su destino. Después de taparlo bien, Yulia se sentó de piernas cruzadas frente a él y empezó a estirarse.
Ya las flores comenzaban a crecer, los narcisos estaban en pleno apogeo, y entremedio de sus flores amarillas y blancas asomaban los lirios, morados y exóticos. Las lilas, aunque aún no habían acabado de florecer, aportaban su aroma.
Por primera vez desde la tragedia que había sufrido, Yulia se sintió en paz. En las montañas, a lo largo de invierno, había empezado a recuperarse, pero allí en su casa, rodeada de la primavera, podía ver y aceptar finalmente que la vida seguía su curso.
El niño seguía meciéndose, con las mejillas sonrosadas y los ojos luminosos, levantando y bajando las manos al ritmo del balanceo. Su carita ya había empezado a engordar, a definirse con su propia forma y con sus rasgos personales, y la aterradora fragilidad que había tenido al nacer se había desvanecido. Yul supuso que eso era señal de que el pequeño ya había empezado a crecer.
—Te quiero, Dima.
Aquellas palabras se las dijo tanto al que se había ido, como al que se balanceaba felizmente delante de ella.
Lena no había esperado estar tanto tiempo fuera, pero las horas caóticas que había pasado de tienda en tienda habían hecho que recordara aquel breve periodo en que había estado sola y ansiosa por saborear la vida.
Había sentido cierto remordimiento al utilizar las tarjetas de crédito de Yulia
con tanta libertad, pero después había sido casi demasiado fácil justificar las compras
con el apoyo de Larissa. Al fin y al cabo, había pasado a ser Lena Volkova.
Siempre había tenido buen ojo para los colores y las líneas, y ese rasgo se había agudizado en su época como modelo, así que el vestido que había elegido para la fiesta no era demasiado extravagante ni ostentoso. Además, había sentido una gran satisfacción al ver que Larissa iba asintiendo con aprobación con cada una de las prendas que seleccionaba.
Al entrar en la casa cargada de bolsas y de cajas, se dijo que era un paso en la dirección adecuada, uno que seguramente sólo podría entender otra mujer, así que seguramente Yul lo haría. Estaba volviendo a tomar las riendas de su vida, aunque sólo fuera admitiendo que necesitaba ropa que se ajustara a su gusto y a su estilo. Tarareando una canción, empezó a subir las escaleras.
Se los encontró juntos en el piso de arriba. Yulia estaba tumbada en la cama, y Dima descansaba acurrucado en la curva de su brazo. Su esposa estaba dormida, pero su hijo se había desembarazado de su sábana y estaba de espaldas, agitando un sonajero.
Dejó las bolsas en el suelo con cuidado, y se acercó a ellos. Era una escena puramente maternal... Mama descansando tumbada en la cama, con los zapatos puestos y una novela de suspenso boca abajo sobre la colcha, y con un vaso de algo que en su momento debía de haber estado frío, y que estaba dejando una marca circular en la mesita de noche.
Como si entendiera que pertenecía a aquella escena, el niño permanecía en silencio, absorto en sus propios pensamientos.
Lena deseó tener tan sólo una pizca del talento de Yulia, para poder pintarlos juntos tal y como estaban y que la dulzura de la escena no se perdiera nunca. Se sentó en el borde de la cama, y permaneció mirándolos durante un rato.
Le pareció increíblemente íntimo observar a una mujer, a su mujer mientras dormía. Sintió el impulso de acariciar el pelo negro que le caía sobre la frente y que estaba cada día mas largo, recorrer las líneas de
su fino rostro, pero tenía miedo de despertarla. Entonces aquella vulnerabilidad desaparecería, y aquella oportunidad de ver su lado más privado e íntimo se esfumaría.
Era una mujer muy hermosa, aunque a ella no le gustaba que se lo dijeran, y era capaz de mostrar una gran compasión, aunque a menudo la ocultaba tras una barrera de genio y de sarcasmo. Cuando la miraba como en ese momento, libremente, sin que ella se diera cuenta, podía ver todas las razones que habían hecho que se enamorara de ella, sin importar que pertenecían al mismo genero.
Cuando Dima empezó a ponerse nervioso, se inclinó para intentar levantarlo sin despertar a La pelinegra, pero en cuanto ella sintió el primer movimiento abrió los ojos,
que estaban adormilados y muy cerca de los de ella.
—Lo siento, no quería despertarte.
La ojiazul no contestó, y continuando con un  sueño que Lena no podía ver pero que era parte fundamental, le puso una mano en la nunca y la acercó hasta que sus labios se encontraron. La besó con una ternura que ella no había sentido en mucho
tiempo, y que parecía contener un ofrecimiento, una promesa.
La pelirroja  deseaba aquel compromiso, y si Yul se lo ofrecía, estaba decidida a confiar en ella.
Dima se dio cuenta de la presencia de su madre, y decidió que era hora de comer.
Un poco desconcertada, y deseando que la caricia se hubiera podido prolongar un poco más, Lena se apartó de Yulia. Dima empezó a buscar su pecho, así que se
desabrochó un par de botones de la camisa y empezó a amamantarlo.
—¿Te ha cansado mucho?
—Nos estábamos tomando un pequeño descanso —dijo La pelinegra. Siempre la  fascinaba verla amamantando al niño, y ya la había plasmado así en un boceto,
aunque era algo que no pensaba compartir con nadie—. No me había dado cuenta de la energía que se necesita para manejar a alguien tan pequeño.
—Pues empeora con los años. En una de las tiendas, vi a una mujer con un niño pequeño que ya andaba, y la pobre no paraba de correr de un sitio a otro. Tu madre me ha contado que se desplomaba cada tarde, cuando por fin te quedabas rendida y
dormías la siesta.
—Eso no es verdad, yo era una niña muy buena —protestó Yul, mientras colocaba un par de almohadas a su espalda y se ponía cómoda.
—Entonces, debió de ser otra niña la que pintó con un lápiz de colores en las paredes forradas de seda.
—Eso fue un caso de expresión artística, fui una niña prodigio.
—No lo dudo.
Yulia se limitó a enarcar una ceja, pero entonces vio las bolsas que había en el suelo de la habitación.
—Iba a preguntarte si te lo habías pasado bien con mi madre, pero creo que no hace falta.
Lena estuvo a punto de disculparse, pero se detuvo a tiempo y se recordó que tenía que dejar de pedir perdón por todo.
—Ha sido fantástico comprarme zapatos y poder verlos estando de pie, y un vestido con cintura.
—Supongo que perder la figura durante el embarazo debe de ser difícil para nosotras las mujeres.
—La verdad es que yo disfruté de cada minuto del embarazo, la primera vez que no conseguí abrocharme unos pantalones me puse eufórica —Lena se detuvo en seco, al darse cuenta de que eso era algo que Yulia no había podido vivir. Las primeras alegrías y los miedos iniciales, los primeros movimientos del bebé... bajó la mirada hacia Dima, y deseó con todas sus fuerzas que fuera el hijo de Yulia en todos los sentidos—. De todas formas, me alegro de haber dejado de parecerme a un portaaviones.
—Yo diría que te parecías más a un dirigible.
—Dices unos piropos encantadores.
La ojiazul esperó hasta que ella se cambió de pecho a Dimitri, y sintió el súbito deseo de recorrer con un dedo la zona donde el niño había estado mamando. No era un impulso sexual, ni siquiera romántico, sino una especie de asombro maravillada;
sin embargo, colocó las manos detrás de la cabeza y comentó:
—He calentado algunas sobras que había en la nevera, pero no sé si el resultado será comestible.
Lena volvió a estar a punto de disculparse, pero llena de determinación, se obligó a sonreír sin más.
—Estoy tan hambrienta, que me comeré lo que sea.
—Bien —Yulia se inclinó hacia delante, aunque sólo recorrió con un dedo la cabecita de Dima—. Baja cuando se duerma; después de la tarde que me ha dado, sospecho que se quedará rendido en cuanto acabe de comer.
—No tardaré —La pelirroja esperó a que Yul saliera de la habitación, y entonces cerró los ojos, esperando tener el valor de llevar a cabo lo que había planeado para el resto
de la velada.
Hacía mucho tiempo que no había sido sólo una mujer. De pie frente al espejo del cuarto de baño, que estaba empañado con el vaho de la ducha, Lena pensó que en ese momento parecía muy femenina. El camisón que llevaba era de un tono azul muy claro, casi blanco, y lo había elegido porque le había recordado a la nieve de las montañas en Vorkuta. Tenía unos pequeños tirantes y un corpiño de encaje, y al pasar la mano por encima experimentalmente, comprobó de nuevo la suavidad y la finura del tejido.
¿Debería recogerse los rizos, o dejarlo suelto?, ¿acaso importaba realmente?
¿Cómo sería convertirse en la mujer de Yulia... totalmente? Se llevó una mano al estómago y esperó a que se disipara un poco su nerviosismo, y cuando los recuerdos amenazaron con salir a la superficie, luchó por hacer que retrocedieran. Esa noche
iba a seguir el consejo de Larissa, y no iba a pensar en el pasado, sino en el futuro.
Amaba a Yulia con todo su corazón, pero no sabía cómo decírselo. Expresarse con palabras resultaba difícil e irrevocable, pero su mayor miedo era que ella aceptara
su declaración de amor con la misma incomodidad e indiferencia que su gratitud; sin embargo, esa noche esperaba poder empezar a demostrarle lo que sentía por ella.
Yulia se estaba quitando la blusa cuando la pelirroja apareció en la puerta del cuarto de baño. Por unos segundos, la luz que la iluminaba desde detrás cayó de lleno en su pelo y en la fina tela de su camisón, y ella se quedó inmóvil mientras su estómago se tensaba y un deseo ardiente la recorría.
Entonces ella apagó la luz del cuarto de baño, y la pelinegra acabó de quitarse la blusa.
—He ido a ver a Dima —dijo, sorprendida al comprobar que era capaz de hablar con normalidad—. Está durmiendo, así que he pensado que podría ir a trabajar una o dos horas.
—Eh... claro —Lena se dio cuenta de que iba a empezar a estrujarse las manos, y se detuvo a tiempo. Era una mujer adulta, y debería saber cómo seducir a su esposa—.Ya sé que no has podido trabajar en toda la tarde al tener que cuidarlo.
—Me gusta ocuparme de él — Yulia pensó que la pelirroja parecía increíblemente delgada y frágil; con su piel blanca como la leche y el camisón azul claro volvía a ser
un ángel, con una melena de rizos pelirrojos.
—Eres una madre fantástica, Yulia —Lena avanzó un paso hacia ella, mientras empezaba a temblar.
—Dimitri hace que sea fácil.
La pelirroja se preguntó si era normal que le resultara tan difícil el simple acto de cruzar una habitación.
—¿Y qué me dices de mí?, ¿es que hago que te resulte difícil ser una esposa conmigo?
—No —Yulia levantó el dorso de la mano para acariciarle la mejilla mientras contemplaba sus ojos verdigrises. Apartó la mano de repente, sorprendida por su propio nerviosismo—. Debes de estar muy cansada.
Lena contuvo un suspiro al volverse, y dijo:
—Está claro que esto no se me da nada bien. Como intentar seducirte no funciona, vamos a intentar una técnica más práctica y directa.
—¿De verdad estabas intentando seducirme? —Yulia quería sentir diversión, pero tenía los músculos completamente tensos.
—Pues sí —La pelirroja abrió un cajón, y sacó una hoja de papel—. Éste es el informe de mi médico, en el que pone que soy una mujer normal y sana. ¿Quieres leerlo?
Yulia  no pudo evitar sonreír.
—Has pensado en todo, ¿verdad?.
—Dijiste que me deseabas —dijo, arrugando sin darse cuenta el papel—. Creía que habías sido sincera.
La pelinegra la agarró por los brazos antes de que ella tuviera tiempo de retroceder. Tenía los ojos secos, pero Yulia vio de inmediato su orgullo herido, y la carga que soportaba se volvió aún más pesada. Sabía que lo que tenían era aún muy frágil, y tenía miedo de cometer un error y perderla para siempre.
—Lena, claro que fui sincera, te he deseado desde el primer día. No ha sido nada fácil estar a tu lado y no poder tocarte.
La pelirroja posó una mano sobre su torso, y sintió que sus músculos se tensaban.
—Ahora no hay nada que te impida poder hacerlo.
Yulia deslizó las manos hasta sus hombros, y sus dedos rozaron los tirantes del camisón. Si aquello era un error, no tenía más opción que cometerlo.
—No hay ningún impedimento desde el punto de vista físico, pero cuando te lleve a la cama, sólo habrá sitio para nosotras dos. No habrá lugar para fantasmas, ni recuerdos —cuando ella bajó la barbilla, la apretó más contra sí, retándola a que volviera a alzarla—. No pensarás en nadie más que en mí.
Ninguna de las dos supo si aquello era una amenaza o una promesa, y cuando Yulia bajó la cabeza y la besó, las manos de Lena quedaron atrapadas entre sus cuerpos.
Era sólo la caricia de unos labios sobre los suyos, pero aun así la sangre de la pelirroja pareció correr como un torrente por sus venas. La excitación que Yulia podía despertar tan fácilmente en ella la recorrió mucho antes de que las manos de la pelinegra empezaran a acariciarla, antes de que sus propios labios se abrieran.
Aunque sus manos estaban aprisionadas, Lena no se sentía vulnerable, y aunque la boca de Yulia se movía exigente sobre la suya, no tenía miedo. El beso se fue profundizando, y cuando el grado de intimidad fue creciendo, Lena no recordó a ninguna otra persona.
Ella sabía como la primera vez, suculenta y fresca. Yulia devoró su boca con la lengua, ansiosa por saborearla. Con ella apretada contra su cuerpo y las luces tenues iluminándolas, la pelinegra supo que ya no había marcha atrás posible. Podía oír la respiración temblorosa de la ojiverde, y el rítmico tictac del reloj de péndulo que había en el
pasillo. Estaban solas, en medio de la quietud y la oscuridad... y esa noche iban a sellar su matrimonio.
La excitación de Yulia se incrementó aún más al notar el latido acelerado del corazón de Lena contra sus propios pechos. Al deslizar las manos por su cuerpo sintió la suavidad de su piel, el tacto resbaladizo del camisón, cada temblor que la recorría y cada suspiro que ella dejaba escapar a causa de sus caricias.
Le mordisqueó el labio mientras sus manos se deslizaban hacia abajo con avidez, y la pasión estalló entre ellas de forma súbita y fulminante. Cuando Yulia sintió que el cuerpo de Lena se arqueaba hacia ella en una ofrenda del regalo más valioso que podía existir, su confianza, las emociones que la inundaron templaron su
deseo y una ternura dolorosamente dulce, más valiosa que los diamantes, ocupó su lugar.
Al sentir que sus manos quedaban libres, Lena rodeó a Yulia con los brazos, y el papel arrugado que aún sujetaba en su mano cayó al suelo. Sus movimientos seguían siendo un poco tentativos, y sintió que sus huesos se iban licuando poco a poco, hasta que se preguntó cómo era posible que aún siguiera de pie. Su mente, que hasta ese momento había sido un torbellino de deseo desatado, se nubló con un
placer dulce y verdadero que nunca había podido llegar a imaginar.
Sintió el poder de sus músculos al acariciarle la espalda, y se asombró de que alguien tan pequeña y con tanta  fuerza pudiera ser tan tierna. La boca de Yulia rozó sus labios
ligeramente, de forma provocativa, como invitándola a que ella estableciera el ritmo... o quizás estuviera retándola.
Lena se apretó contra ella y la besó ávidamente, con impaciencia y aunque Yulia era mas pequeña la
levantó en sus brazos, y bajo la luz tenue la pelirroja sólo pudo ver sus ojos azules oscurecidos de deseo. Ninguna de las dos apartó la mirada mientras la pelinegra la depositaba sobre la cama.
Lena esperaba que todo fuera rápido, un frenesí de avidez hacia la. gratificación personal, y supo que al terminar su opinión de sobre la ojiazul no habría cambiado, que su amor seguiría igual de fuerte. Sintió su cuerpo tenso contra el suyo, y lo rodeó con los brazos, preparada para darle lo que le pidiera.
Pero Yulia no quería rapidez, y no estaba ávida sólo de recibir, sino también de dar.
Cuando empezó a cubrirle el cuello de besos pausados y de mordisquitos, Lena también se tensó, y sólo pudo susurrar su nombre cuando la ojiazul continuó su lento recorrido por sus hombros y la curva de sus senos, y cuando después volvió a ascender en círculos provocativos. La pelirroja  se volvió instintivamente en busca de su boca, su mandíbula, su sien, mientras su cuerpo parecía calentarse y enfriarse de placer.
Yulia sabía que tenía que ser cuidadosa por ella. Se había sentido aterrorizada con el primer contacto de su piel, porque a pesar de que Lena había estado con un hombre  y había dado a luz a un bebé, esta seria su primera vez con una mujer, la entrada a un mundo muy diferente a lo vivido anteriormente y la pelirroja tenía una inocencia que Yulia había visto hora tras hora al pintarla. Y si iba a arrebatarle esa inocencia, estaba decidida a darle placer a cambio.
Lena era increíblemente receptiva y sensible, y su cuerpo parecía fluir bajo sus manos. Su piel se volvía aún más cálida en cada punto que la pelinegra cubría con sus labios, pero aunque ella le entregaba todo lo que le pedía, aún conservaba cierto aire de timidez, de duda, y Yulia quería llevarla más allá de ese límite.
Lentamente, con movimientos que eran apenas un susurro contra su piel, la ojiazul le fue quitando el camisón mientras seguía el paso del encaje con sus labios. Cuando la oyó gemir, sintió que estallaba en llamas. Jamás había imaginado que un sólo, sonido podía llegar a ser tan incitante y seductor.
Con la boca abierta, le cubrió de besos la piel hasta que ella empezó a temblar.
A la luz de la lámpara, pudo ver que era absolutamente exquisita, con piel marmórea y cabello como el fuego y que sus ojos estaban llenos de deseos y de inseguridades.
En su día había utilizado su habilidad y su intuición para plasmar las emociones de ella en el lienzo, y en ese momento las utilizó para liberarla.
Lena no sabía que podía existir tal grado de sensibilidad entre dos mujeres. Incluso a través de las nubes de placer y de la creciente oleada de deseo, podía intuir la paciencia de Yulia. Nunca había experimentado aquel deseo de tocar a una persona, a una mujer, y fue descubriendo su pequeño cuerpo femenino con los dedos y las palmas de la mano, con los labios y la lengua. Sintió un anhelo avasallador de aferrarse a ella, de envolverla con brazos y piernas y no soltarla jamás.
De repente, sin aviso alguno, Lena se arqueó y jadeó con asombro al sentir un placer indescriptible. Su cuerpo y su mente se vaciaron de todo aquello que no fueran las sensaciones que la recorrían, y por un instante se sintió aterrorizada de perder totalmente el control. Gritó su nombre al estallar en un clímax tan fuerte, tan intenso, que cuando se fue desvaneciendo se quedó sin fuerzas y aturdida.
—Por favor, no puedo... nunca he...
—Ya lo sé —Yulia sintió un asombro reverente, y cubrió sus labios con los suyos. Había querido entregarle todo cuanto le fuera humanamente posible, había necesitado hacerlo, pero no había sabido que al dar recibiría tanto—. Relájate, no tenemos ninguna prisa.
—Pero tú no has...
Yulia soltó una carcajada ronca contra su cuello.
—Me lo daras, pero hay tiempo de sobra. Quiero tocarte —murmuró, antes de empezar de nuevo el lento y seductor recorrido.
Era imposible. Lena no creía posible que su cuerpo reaccionara con tanta pasión ante unas caricias tan tiernas y delicadas, pero en cuestión de segundos estaba temblando de nuevo, deseándola  y ardiendo por ella. La lengua de Yulia recorrió su estómago y trazó la curva de su muslo, hasta que ella empezó a retorcerse, víctima de su propio deseo y del ansia de regresar al paraíso que la pelinegra le había mostrado.
Yulia la penetro con dos dedos, provocando un extasis maravilloso del cual Lena ya era presa y de repente, antes de que se diera cuenta volvió a estallar en llamas, pero esa vez, cuando jadeó y se estremeció, Yulia unió sus sexos, el gemido de ella se entrelazó con el suyo, y sus cuerpos húmedos empezaron a moverse al unísono, piel contra piel.
Lena nunca se había sentido tan fuerte, tan completamente libre, como en ese momento de unión total con Yulia.
Ella era todo lo que la pelinegra  había deseado en su vida, todo lo que había soñado, y al estremecerse y sacudirse con un placer indescriptible, se preguntó si aquello era real o si estaba soñando. Tenía la cara apretada contra su cuello y podía oler su provocativa fragancia, mezclada con el especiado y terrenal aroma de la pasión que compartían, y supo que se iría a la tumba recordando aquella mezcla que le embargó los sentidos.
La respiración de la pelirroja  era rápida y frenética contra su oído, su cuerpo se movía con igual desesperación bajo el suyo, y sus uñas se le hundían en la espalda con abandono.
Yulia sabía que nunca olvidaría nada de aquel momento mágico.
Entonces se olvidó de todo, y se dejó arrastrar hasta un paraíso que nunca antes había conocido.



Mañana pondre mas conti!! saludos!! Cool   Smile
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por xlaudik el Jue Ene 15, 2015 9:54 pm

Buenísimo!!! :-D
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xlaudik

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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Ene 18, 2015 2:11 pm

Aquí nueva conti del Fan Fic, espero les guste! Very Happy

UNA LUZ EN LA TORMENTA


Capitulo 9

Había habido una época de su vida, aunque muy breve, en la que Lena se
había vestido con ropa elegante y había asistido a fiestas exclusivas. Había conocido
a gente cuyos nombres aparecían en los titulares de todo tipo de publicaciones, había
bailado con personajes famosos y cenado con los príncipes de la moda. Después de
tanto tiempo, casi parecía un sueño, pero había sido algo muy real.
Lo cierto era que había disfrutado de su época de modelo; aunque era un
trabajo duro, había sido lo suficientemente joven e ingenua para dejarse deslumbrar
por aquel mundo glamuroso, incluso después de pasarse diez horas seguidas de pie.
Geoffrey le había enseñado a andar, a permanecer erguida e incluso a aparentar
interés aun estando exhausta. Con él había aprendido a maquillarse para realzar sus
rasgos sutilmente o de forma llamativa, y a elegir un determinado peinado para
reflejar un estado de ánimo en concreto.
Sus enseñanzas la habían ayudado a mantener una imagen de cara al exterior
en los actos públicos a los que había tenido que asistir con los Petrov. Había sido
capaz de parecer sofisticada y tranquila, y había aprendido que, a veces, las
apariencias podían ser un gran consuelo.
No tenía miedo de ponerse en evidencia o de cometer algún error que
avergonzara a Yulia en la fiesta que sus padres iban a celebrar en su mansión de Lenin Park, pero tampoco estaba segura de querer volver de nuevo a ese tipo de vida.
Se preguntó cómo habrían sido las cosas si Yulia fuera una mujer normal,
perteneciente a una familia como cualquier otra. A lo mejor se habrían comprado una
casita con un modesto jardín y se las habría tragado el anonimato, y Lena no podía
evitar desear en parte que hubiera sido así. En cierto modo, anhelaba aquella simplicidad.
Sin embargo, mientras se abrochaba los pendientes de diseño radial con gemas azules que había comprado la semana anterior, se dio cuenta de que si Yulia
procediera de otra familia y tuviera una vida diferente, no sería la mujer a la que ella
amaba.... la primera mujer que amo en su vida, la mujer que ella empezaba a creer que a lo mejor podría llegar a quererla también.
Lena no cambiaría nada en ella, ni de su apariencia ni de su forma de ser. A
veces deseaba que la pelinegra se abriera un poco más, que compartiera con ella sus
sentimientos y sus ideas, pero no había perdido la esperanza, y creía que algún día
llegaría a hacerlo.
Quería formar parte de su vida completamente, como amante, esposa y compañera, pero de momento sólo había llegado a ser las primeras dos cosas.
En ese momento se abrió la puerta, y Lena se volvió hacia ella.
—Si estás lista, podemos...
Yulia se paró en seco y se la quedó mirando con la boca abierta. Aquélla era la mujer de la que La pelirroja le había hablado, la que aparecía en las portadas de las revistas
y se ponía delante de una cámara luciendo sedas y abrigos de piel. Estaba frente al
espejo, y su cuerpo esbelto y perfecto estaba cubierto por un vestido color azul
medianoche de corte sencillo, que le dejaba los hombros y el cuello al descubierto y
enmarcaba sus senos de forma cautivadora, antes de caerle en líneas totalmente
rectas hasta los pies.
Se había recogido el pelo hacia atrás, y sólo un par de rizos rojos le rozaban las sienes.
Era hermosa, gloriosamente hermosa, pero a pesar de la fascinación que
experimentó, la ojiazul se sintió como si estuviera frente a una desconocida.
—Estás preciosa —comentó, aunque mantuvo la mano en el pomo de la puerta,
y el ancho de la habitación entre ellas—. Tendré que pintarte así —se dijo que tendría
que titular el cuadro La belleza de hielo... porque parecía fría, distante e inaccesible.
—Decidí seguir tu consejo en lo del color y los lazos —dijo ella. Agarró su
bolso, y lo abrió y lo cerró nerviosamente mientras se preguntaba por qué la estaba
mirando como si fuera la primera vez que la veía.
—Sí, ya lo veo —Yulia pensó que un collar de zafiros habría sido un
complemento perfecto para el vestido—. Aún hace un poco de frío, ¿tienes un chal o
algo para taparte?
—Sí —molesta por su tono de voz, Lena fue hasta la cama y agarró
bruscamente una ancha bufanda de seda estampada en un arco iris de colores.
Yulia se dio cuenta de que la parte trasera del vestido tenía una raja hasta el
muslo, y dijo con sequedad:
—Supongo que vas a causar sensación con ese modelito.
Lena se sintió mortificada, pero se esforzó por mantener una apariencia
calmada.
—Si no te gusta el vestido, ¿por qué no lo dices claramente? —se puso la
bufanda alrededor de los hombros en un movimiento rápido, y añadió—: es muy tarde para cambiarme, pero tranquila, no volveré a ponérmelo.
—Lena, espera —se apresuró a decir ella.
La agarró de la mano derecha antes de que pudiera salir de la habitación, y en ese momento sus dedos tocaron la simple alianza que ella llevaba en el índice. Yulia
entrelazó los dedos con los suyos al darse cuenta de que seguía siendo su Lena; sólo
tenía que mirarla a los ojos para verlo con claridad.
—Tengo que ir a preparar a Dima-murmuró ella, mientras intentaba
apartarse de la pelinegra.
—¿Esperas que me disculpe por ser humana y sentir celos?
El rostro de La pelirroja pareció quedarse helado, y sus ojos se vaciaron de toda
emoción.
—No me he puesto este vestido para atraer a otras personas, sino porque me gustó y pensé que me quedaba bien.
Yulia le acarició la mejilla, y soltó un juramento cuando ella dio un respingo.
—Mírame. No, maldita sea, a el no, sino a mí —cuando la pelirroja levantó la mirada
hacia ella le dijo—: recuerda quién soy, y que no voy a tolerar que compares cada una de mis palabras, cada uno de mis gestos y mis estados de ánimo con los de
un hombre.
—No lo estoy haciendo.
—Puede que no sea a propósito, pero sí que lo haces.
—Esperas que le dé un giro a mi vida de la noche a la mañana, y no puedo
hacerlo.
—Supongo que tienes razón —dijo ella, mientras volvía a recorrer con el dedo la alianza—. Pero puedes recordar que formo parte de tu nueva vida, no de la vieja.
—Tú no te pareces a él en nada —admitió ella. Su mano empezó a relajarse bajo los dedos de Yulia—. De eso no tengo ninguna duda, sobretodo porque soy mujer pero supongo que a veces es
más fácil esperar lo peor que desear conseguir lo mejor.
—No puedo prometerte lo mejor.
Lena sabía que ella nunca le haría promesas que no pudiera cumplir, y era un
rasgo que le encantaba.
—Pero puedes abrazarme, eso es lo más parecido.
Cuando la rodeó con los brazos, su rostro quedó apretado contra el hombro que estaba cubierto por el chal que Yulia llevaba encima del vestido negro que Lucia, y al inhalar su aroma Lena sintió que los últimos
retazos de tensión se desvanecían.
—Supongo que yo también me he puesto celosa.
—¿Qué?
Lena sonrió, y se echó atrás lo justo para poder mirarla a la cara.
—Esta noche estás hermosa.
—¿De verdad? —dijo ella, a la vez incómoda y divertida.
—Nunca te había visto con ese vestido Valentino —recorrió con un dedo el contorno del escote que dejaba ver el chal—. Es como ver a la mujer maravilla con vestido.
Ella se echó a reír, y tomó el rostro de la pelirroja entre sus manos.
—Qué imaginación tienes, ángel. No soy ninguna heroina.
—Estás muy equivocada —dijo ella, con ojos solemnes y muy serios—. Eres mi heroína —cuando vio que Yulia empezaba a encogerse de hombros, siguió abrazándola
con fuerza y añadió—: por favor, déjame decirlo sin restarle importancia a mis
palabras, aunque sólo sea esta vez.
La pelinegra le dio un toquecito en la nariz con un dedo, y contestó:
—No esperes que vaya por mucho tiempo con armadura. Vamos a por el niño, mi madre nos castigará si llegamos tarde.
Ella no era ninguna heroína, y le incomodaba que la consideraran como tal. Se sentía
mucho más cómoda conversando sobre su trabajo, o hablando de cómo les iba a ir a Sharapova en el abierto de Australia. Prefería las discusiones a las buenas obras.
Cuando alguien pensaba que una era heroica, era imposible estar a la altura de sus expectativas, ya que se esperaba que tuviera la respuesta para todo, la llave de la
cerradura, la luz en medio de la oscuridad.
Dimitri la había considerado una heroína y naturalmente, ella había acabado fallándole.
Mientras bebía un sorbo del champán que parecía fluir incesantemente entre los
invitados, Yulia recordó que a su hermano pequeño le encantaban las fiestas como aquélla, la risa, la gente y los rumores. Dimitri había sido un cotilla impenitente.
Todo el mundo le adoraba a los pocos minutos de conocerlo, y era una persona
extrovertida, divertida y cariñosa tanto con los desconocidos como con sus amigos.
Dimitri había sido el verdadero héroe, ya que siempre estaba haciendo favores sin
pedir nada a cambio, y siempre estaba dispuesto a ayudar o a mostrar su entusiasmo
por un proyecto.
Sin embargo, tenía una vena de genio y firmeza que le había proporcionado un cierto equilibrio, y que había impedido que fuera demasiado... demasiado bueno, por
decirlo de alguna manera.
Dios, aún lo echaba mucho de menos, a veces con una intensidad insoportable.
En aquella fiesta había personas que habían conocido a su hermano, que habían
conversado y brindado con él. A lo mejor eso era lo que había hecho que su dolor se
intensificara esa noche... estar en la casa de sus padres, donde Dima y ella habían
crecido y habían compartido tantas cosas, y saber que nunca más iba a ver entrar a su
hermano por la puerta de aquel salón.
Yulia sabía que, de alguna forma, había que seguir adelante, que unas etapas de
la vida se cerraban para siempre y otras se abrían. De forma instintiva, volvió la
mirada hacia el otro extremo del salón, donde Lena estaba hablando con su padre.
Ella había bajado la ventanilla de su coche abollado y había acabado poniendo
en sus brazos a un bebé recién nacido, y en algún momento entre esos dos instantes,
se había enamorado de ella. No había sido una revelación acompañada de fanfarrias
y fuegos artificiales, sino un susurro quedo y dulce.
Si de verdad existían los ángeles, uno de ellos le había enviado a la pelirroja cuando
más la necesitaba.
Yulia sabía que la ojiverde le estaba agradecida, y que era tan generosa que le ofrecía
amor y afecto para corresponder lo que ella le había dado. Había días en que pensaba
que aquello sería suficiente, que le bastaría en ese momento y en todos los días que
compartirían en el futuro... pero otras veces, sabía que no era así.
Entonces quería agarrarla con fuerza, exigirle una y otra vez que la mirara, que
se diera cuenta de quién era Yulia y de lo que sentía por ella. Quería que Lena se olvidara de lo que había sucedido en el pasado, y que confiara en lo que existía entre
ellas. Deseaba poder borrar todo lo que le había pasado anteriormente como habría
hecho con un lienzo, eliminar todas las cosas que habían causado las sombras que le
oscurecían los ojos, todo lo que hacía que ella dudara por un instante antes de
sonreír.
Sin embargo, Yulia sabía mejor que nadie que, cuando uno intentaba repintar
una vida, siempre se perdía algo. Las buenas y las malas experiencias por las que Lena había pasado la habían convertido en la mujer que era, en la mujer a la que amaba.
Egoístamente, quería que la pelirroja la amara tanto como ella la amaba, sin
ninguna gratitud ni sombras de vulnerabilidad. Sabía que simplemente con desearlo
no iba a conseguir que fuera así, pero tenía la esperanza de que el tiempo le echara una mano, y estaba dispuesta a darle el que ella necesitara.
Alguien se echó a reír al otro lado del salón, y un par de copas tintinearon en un brindis. En el aire se entremezclaban los aromas del vino, de las flores y de los
perfumes femeninos, la luna llena brillaba más allá de las puertas abiertas de la terraza, y la sala parecía relucir bajo el resplandor de las lámparas.
De pronto, Yulia sintió la necesidad de alejarse un momento del gentío y del ruido, y se escabulló al piso de arriba para comprobar cómo estaba Dima.
—El niño cada vez se parece más a ti —comentó Oleg.
—¿En serio? —preguntó Lena, radiante, y pensó que quizás iba a resultar ser un poco vanidosa después de todo.
—Sí, aunque con lo impresionante que estás esta noche, nadie diría que acabas de dar a luz.
Le dio una de aquellas afectuosas palmaditas en la mejilla que siempre hacían que Lena sintiera una mezcla de timidez y felicidad, y añadió:
—Mi lobita tiene muy buen gusto.
—Oleg, deberías avergonzarte de flirtear con una mujer guapa a espaldas de tu mujer.
—Hola, Nastya —Oleg se inclinó y le dio un beso en la mejilla a la recién
llegada—.Ya veo que llegas tarde, como siempre.
- Larissa ya me ha regañado —la mujer se volvió hacia La pelirroja, y la miró de la cabeza a los pies mientras tomaba un sorbo de champán—. Así que tú eres la misteriosa Elena.
—Mi nueva hija —dijo Oleg, antes de rodear los hombros de su nuera con un brazo y darles un rápido apretón—. Lena, te presento a Anastasia Isaeva, su galería
de arte expone los cuadros de Yul.
—Sí, ya lo sé. Me alegro de conocerte.
Nastya no era una mujer hermosa, pero su pelo negro y sus ojos verdes le daban una apariencia exageradamente impactante. Llevaba un vestido vaporoso y
ajustado muy colorido, que conseguía un efecto tanto extravagante como sofisticado.
—Yo también, teniendo en cuenta que tenemos a Yulia en común —Nastya sonrió, pero sus ojos no mostraron ninguna calidez.
Lena reconoció de inmediato el desdén cuidadosamente refinado en su
expresión.
—Se podría decir que tú tienes su corazón, y yo su alma —añadió la mujer.
—Entonces, supongo que las dos deseamos lo mejor para ella.
—Oh, claro —Nastya levantó su copa en un breve brindis—. Oleg, Larissa me ha pedido que te recuerde que los anfitriones tienen que atender a sus invitados.
—Es una tirana —comentó él, con una mueca—. Lena, ve a comer algo al bufé, te estás quedando demasiado delgada —sin más dilación, se fue a cumplir con sus
obligaciones.
—Sí, la verdad es que es increíble lo delgada que estás, teniendo en cuenta que has dado a luz... ¿cuánto hace?, ¿un mes?
—Casi dos meses —Lena se cambió su vaso de agua a la otra mano, un poco
nerviosa. Nunca se le había dado bien reaccionar ante ataques velados.
—El tiempo vuela —Nastya se humedeció el labio superior con la lengua—. Es
un poco raro que en todo este tiempo no hayas venido a la galería ni una sola vez,
¿no?
—Sí, tienes razón. Tendré que ir un día de estos —Lena intentó calmarse. No estaba dispuesta a permitir que la intimidaran, ni a caer en el error de leer entre líneas. Si Yulia había tenido algún tipo de relación sentimental con Nastya, pertenecía al pasado—. Sé que Yulia tiene en cuenta tu opinión, así que espero que puedas convencerla de que organice una exposición.
—Aún no he decidido si eso es una buena idea por el momento —dijo Nastya, antes de volverse a sonreír a alguien que la saludaba desde el otro lado del salón.
—¿Por qué no?, los cuadros son fantásticos.
—Ese no es el único factor que hay que tener en cuenta —dijo la mujer.
Se volvió hacia la pelirroja, y le lanzó una breve mirada centelleante. Sabia que Yulia era lesbiana pero jamás había sido la amante de ella, y ninguna de las dos había tenido nunca la más mínima
inclinación en ese sentido. Sus sentimientos por Yulia Volkova iban mucho más allá de lo físico. Yulia era una gran artista, y ella había sido... y pensaba seguir siendo... la
catalizadora de su éxito.
Si ella se hubiera casado con alguien que perteneciera a su círculo, o hubiera elegido a una mujer que empujara o promoviera su carrera artística, ella se habría sentido satisfecha; sin embargo, no podía soportar que hubiera echado por tierra sus ambiciones, que se hubiera desaprovechado con una cara bonita cuya reputación estaba en entredicho.
—¿He mencionado ya que conocía a tu primer marido?
Lena no se habría sentido más conmocionada si la mujer le hubiera tirado su bebida a la cara, y el impacto directo hizo que surgiera la primera grieta en la burbuja
protectora que había conseguido construir alrededor suyo y de su hijo.
—No. Si me disculpas...
—Siempre pensé que era un hombre fascinante. Joven y un poco alocado, pero fascinante. Fue una tragedia que muriera tan pronto, antes de que pudiera ver a su hijo - Nastya apuró su copa de un trago.
—Dimitri es hijo de Yulia —dijo Lena con firmeza.
—Eso he oído —volvió a sonreír, y añadió—: hubo algunos rumores justo antes y después de la muerte de Andrey. Hubo quien dijo que estaba a punto de divorciarse de ti, que ya te había echado de la casa de su familia porque eras... algo indiscreta —
se encogió de hombros, y dejó su copa en una mesa—. Pero todo eso pertenece al
pasado. Dime, ¿cómo están los Petrov?, hace mucho tiempo que no hablo con Olya.
Lena supo que, si no lograba controlar el súbito ataque de náusea que le revolvió el estómago, se humillaría vomitando allí mismo.
—¿Por qué estás haciendo esto? —susurró—. ¿Qué importancia puede tener para ti?
—Querida, todo lo que tiene que ver con Yulia tiene importancia para mí. Voy a hacer que llegue a la cima, y no pienso dejar que nada impida su ascenso a lo más
alto. Por cierto, me gusta mucho tu vestido —añadió. En ese momento vio que Larissa se acercaba a ellas, y se escabulló sin añadir nada más.
—¿Estás bien, Lena? Pareces blanca como la nieve. Ven, siéntate en una silla.
—No, necesito algo de aire —consiguió decir, antes de ir a toda prisa hacia las puertas acristaladas que daban a la terraza de piedra.
Larissa la siguió, y una vez fuera, la tomó del brazo y la condujo a una silla.
—Vamos, siéntate un rato, antes de que Yulia nos encuentre. Si te ve así, me echará la culpa por hacer que salgas y qué empieces a hacer vida social demasiado pronto.
—No tiene nada que ver con eso.
—Y mucho que ver con Nastya —Larissa tomó el vaso de agua que la pelirroja estaba apretando con fuerza, y le dijo con voz calmada—: si te ha insinuado que
hubo algo... personal entre Yulia y ella, te aseguro que no es cierto.
—Eso no me importaría.
Larissa soltó una breve carcajada, y lanzó una mirada hacia el interior del
salón.
—Si lo dices en serio, eres más comprensiva que yo. Conozco desde hace treinta y cinco años a uno de los antiguos... intereses de mi marido, y aún me gustaría escupirle en el ojo.
Lena se echó a reír, disfrutando de la suave y perfumada brisa nocturna.
—Sé que Yul me es fiel.
—Por supuesto que sí, pero también deberías saber que Yulia y Nastya nunca han sido amantes. No puedo decir que lo sepa todo sobre las relaciones de mi hija, pero tengo muy claro que Nastya y ella sólo tienen en común el arte. ¿Qué es lo que te ha dicho para afectarte tanto?
—No ha sido nada —Lena se llevó los dedos a las sienes, como intentando calmar un súbito dolor—. De verdad, ha sido culpa mía, he tenido una reacción exagerada. Sólo ha comentado que conocía a mi primer marido.
—Ya veo —indignada, Larissa miró con un brillo peligroso en los ojos hacia el interior del salón—. La verdad es que ha sido muy insensible al sacar el tema en la fiesta para celebrar tu boda. Una mujer como Nastya debería tener un poco más de
educación.
—El tema está zanjado y olvidado —Lena irguió los hombros, mientras hacía acopio de valor para volver a entrar en el salón—. Te agradecería que no le mencionaras nada de todo esto a Yulia, no hay razón para molestarle.
—Muy bien, yo misma hablaré con Nastya.
—No —Lena volvió a tomar su vaso, y bebió un trago de agua—. Si hay que decir algo, lo haré yo misma.
Larissa sonrió de oreja a oreja, y dijo encantada:
—De acuerdo, si eso es lo que quieres...
—Sí. Larissa, ¿podrías quedarte con Dima un día de la semana que viene?,
me gustaría ir a la galería a ver los cuadros de Yulia —le dijo con determinación. Aveces, las decisiones apresuradas eran las mejores.

Lena se despertó sin aliento y temblando. Luchó por salir de la pesadilla, y se
encontró en los brazos de Yulia.
—Relájate, no pasa nada —le dijo ella.
Ella tomó una bocanada de aire, y la soltó lentamente.
—Lo siento —susurró, mientras se pasaba una mano por el pelo.
—¿Quieres algo?, ¿un vaso de agua?
—No.
Conforme el miedo se fue desvaneciendo, la irritación fue ocupando su lugar.
El despertador indicaba que eran las cuatro y cuarto de la madrugada; se habían acostado hacía tres horas, pero estaba completamente despierta e inquieta.
Sin dejar de rodearla con un brazo, Yulia se recostó en la almohada.
—No habías tenido una pesadilla desde que nació Dima, ¿es que ha pasado algo esta noche en la fiesta?
Lena pensó en Nastya, y apretó los dientes.
—¿Por qué lo preguntas?
—Me di cuenta de que parecías alterada, y mi madre enfadada.
—¿Crees que me he peleado con tu madre? —Lena sonrió, y se colocó más cómodamente contra ella -. No, la verdad es que nos llevamos muy bien.
—Pareces sorprendida.
—Me ha tomado por sorpresa que nos hayamos hecho amigas, aún sigo
esperando a que saque la escoba y el sombrero de punta.
Yulia se echó a reír, y le besó el hombro.
—Intenta criticar mi trabajo delante de ella, y ya verás.
—No me atrevería —de forma inconsciente, Lena empezó a acariciarle el pelo.
Cuando estaba allí, con ella, estaba convencida de que podría con cualquier cosa que amenazara a su nueva familia—. Me ha enseñado el mural que pintaste en una de las
paredes, el de las criaturas míticas.
—Tenía veinte años, y era una romántica —y le había pedido una docena de veces a su madre que lo cubriera con una capa de pintura.
—A mí me gusta.
—No me extraña que te lleves tan bien con ella.
Lena se movió hasta apoyar los brazos en los senos de ella; a pesar de que la luz de la luna era muy tenue, podía verla con claridad. No se dio cuenta de que aquél era
el primer movimiento completamente inconsciente y natural que hacía para acercarse a ella, pero Yulia sí.
—Hablo en serio, me gusta. ¿Qué tienen de malo los unicornios, los centauros y las hadas?
—Supongo que nada —admitió la pelinegra, aunque lo único que le interesaba en ese momento era hacer el amor con ella.
—Perfecto. ¿Qué te parece la idea de pintar un mural en una de las paredes de la habitación de Dima?
Yulia estiró de un rizo que le caía sobre la mejilla.
—¿Me estás ofreciendo un encargo?
—Bueno, he visto algunas muestras de tu trabajo, y no están mal.
Ella estiró del rizo con un poco más de fuerza.
—¿Que no están mal?
—Parecen prometedoras —Lena soltó una carcajada, y apartó la cara antes de que ella pudiera volver a agarrar el rizo—. Mándame unos cuantos esbozos de muestra, para que decida si voy a contratarte.
—¿Y qué me dices de mis honorarios? —le preguntó la ojiazul,!con una sonrisa.
Cuando la calidez en su interior fue en aumento, Lena empezó a pensar que la pesadilla que la había despertado podía tener un aspecto positivo después de todo.
—Son negociables.
—Muy bien, haré el mural con una condición.
—¿Cuál?
—Que dejes que vuelva a pintarte, pero desnuda.
Los ojos de ella se agrandaron, pero se echó a reír, convencida de que estaba bromeando.
—Al menos, podrías dejar que me ponga una boina.
—Has visto demasiadas películas antiguas, pero puedes ponerte una boina si quieres... y nada más.
—No puedo hacerlo.
—Vale, entonces sin boina.
—Yul, no puedes estar hablando en serio.
—Claro que sí —para probarlo, y porque llevaba un rato deseando hacerlo, la recorrió con la mano—. Tienes un cuerpo increíblemente hermoso... unas
extremidades largas como de bailarina, una piel suave y cremosa, y una cintura estrecha.
—Yulia... —dijo, no para intentar detener su mano, sino la conversación. Sin
embargo, no consiguió ninguna de las dos cosas.
—He querido pintarte desnuda desde la primera vez que hicimos el amor. Aún puedo verte tal y como estabas cuando te quité el camisón, y captar esa feminidad, esa sexualidad sutil, sería todo un triunfo para mí.
Ella posó la mejilla sobre su pecho, y admitió
—Me daría vergüenza.
—¿Por qué?, te he visto desnuda de los pies a la cabeza, conozco cada
centímetro de tu cuerpo —Yulia tomó sus senos en las manos, y rozó sus pezones con los pulgares. Al ver la respuesta inmediata de la pelirroja, se estremeció de placer.
—Pero eres la unica—dijo ella, con voz ronca. Sin apenas darse cuenta, empezó a recorrerla con las manos lentamente.
Aquel hecho era increíblemente excitante para Yulia. Nadie más conocía los secretos del cuerpo de Lena, sus curvas y sus valles, ella era la única que sabía dónde
tocarla y acariciarla para conseguir que su timidez se disolviera en una corriente de pasión. Quería plasmar sobre el lienzo la belleza de su persona, la dulzura de sus
inhibiciones, el fuego apasionado recién descubierto, pero podía esperar.
—Supongo que podría contratar a una modelo.
Ella levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué...? —la oleada de celos fue tan súbita y poderosa, que Lena se quedó sin palabras.
—Es arte, ángel, no un póster de una revista picante —dijo ella divertida y
encantada con su reacción.
—Estás intentando chantajearme.
—Y tú eres muy lista.
Lena entornó los ojos, y en un intento de seducción que las sorprendió a
ambas, se movió de modo que su cuerpo se rozara tentadoramente sobre el de Yulia.
—Accedería sólo si yo pudiera elegir a la modelo.
Yulia sintió que el corazón le martilleaba, y cuando ella bajó la cabeza para cubrirle los senos de besos, cerró los ojos.
—Lena...
—No, la señora Drumberry. La he conocido esta noche.
Yulia abrió los ojos, pero cuando ella tiró de uno de sus pezones con los dientes, su cuerpo se arqueó de golpe.
—Mabel Drumberry tiene ciento cinco años —consiguió decir.
—Exacto —ella soltó una risita, pero siguió explorando y descubriendo, con una creciente sensación de poder—. No quiero que estés metida en tu estudio con una
sexy y curvilínea Rubia.
Yulia empezó a reír, pero el sonido se convirtió en un gemido cuando la mano de ella se deslizó hacia abajo.
—¿No crees que pueda resistirme a una sexy y curvilínea rubia?
—Claro que sí, pero ella no podría resistirse a ti—frotó la mejilla a lo largo de su mandíbula, que estaba muy suave—.
Eres tan hermosa, Yulia... si supiera pintar, podría mostrártelo.
—Me estás enloqueciendo.
—Eso espero —murmuró, antes de bajar la cabeza y besarla en la boca.
Lena nunca había tenido la confianza suficiente para llevar la iniciativa, nunca se había sentido lo bastante segura de su habilidad o de su atractivo, pero con Yulia
parecía natural e increíblemente satisfactorio provocar y excitar a su mujer en un juego apasionado.
La ojiazul permaneció con las manos enredadas en su pelo, y sus dedos se tensaron aún más cuando la lengua de ella entró en su boca y empezó a explorar. Sus dedos eran
más instintivos que experimentados, y eso los hacía mucho más atractivos.
Lentamente, Lena se fue convenciendo del poder que tenía una mujer hacia otra mujer y supo
que podía ser su compañera plenamente, de igual a igual. Era fácil mostrar su amor, casi tanto como sentirlo.
Conforme fue descubriéndola a ella fue descubriéndose a sí misma. Ella no tenía tanta paciencia como Yulia, al menos en aquel aspecto; curiosamente, a la luz del día
se invertían los papeles. Yulia era una muejer que necesitaba actuar con rapidez, con decisión, y que parecía considerar que, si se cometían errores por culpa de las prisas,
podían corregirse o ignorarse sin más. Ella era más cauta, más dada a pensar en las
diferentes alternativas y en sus posibles consecuencias antes de actuar.
Sin embargo, Lena se dio cuenta de que en la cama, en el papel de seductora, tenía muy poca paciencia.
Yulia intentó tomarla en sus brazos, pero ella se había convertido en una
hechicera salvaje y atrevida, y las sensaciones que estaba despertando en la pelinegra la arrastraron sin que pudiera evitarlo. Era como tener a una mujer completamente
diferente en la cama, una que olía como Lena, que tenía una piel tan tersa como la suya y a la que deseaba con tanta desesperación como a ella.
Cuando la boca de ella cubrió la suya, el sabor era el de Lena, pero en cierto modo más maduro, más intenso. Y el cuerpo de ella parecía abrasar su piel mientras se movía sobre ella.
Yulia intentó recordar que aquélla era su tímida y aún inocente mujer, a la que tenía que tratar con infinita ternura y con extremo cuidado. Aún no había desatado toda la fuerza de su pasión con ella. Con Lena se había tomado su tiempo, y había
utilizado hasta la última gota de sensibilidad que tenía.
Pero en ese momento, ella la estaba despojando de todo su control.
Lena disfrutó de la gloriosa sensación de poder. A pesar de lo excitada que
estaba, su mente estaba completamente despejada. Podía debilitar a Yulia, hacer que
enloqueciera de deseo, que se estremeciera. Sin aliento, encontró con los labios de forma instintiva los puntos donde latía su pulso, y comprobó que su corazón latía a
un ritmo frenético... por ella. Sintió cómo su cuerpo temblaba y se estremecía bajo sus
caricias, y oyó cómo gemía enfebrecido su nombre.
Lena oyó el sonido de su propia risa, cargado de sensualidad y de triunfo. El reloj del pasillo tocó las cinco, y el eco resonó una y otra vez en su
cabeza.
De repente, con un largo sonido gutural y primitivo, Yulia la rodeó con los brazos. Su control se rompió como una goma al estirarse demasiado, y los deseos a medio satisfacer que había contenido durante tanto tiempo se desbordaron.
Cuando la pelinegra se apoderó de su boca con una pasión desatada, Lena no se sintió aterrada, sino victoriosa.
Atrapadas en aquella especie de locura, rodaron por la cama buscando, tomando, exigiendo, con un frenesí que secaba la boca y sacudía el alma. Yulia rasgó las costuras y el encaje del recatado camisón que ella llevaba hasta lograr arrancárselo, y sus manos recorrieron su cuerpo con ardientes caricias.
Lena no sintió vergüenza ni timidez, sino una libertad completa, y en cierto modo diferente a la que Yulia ya le había enseñado. Tan desesperada como ella, se abrió para que sus dedos entraran, y cuando la penetró, ambas parecieron sacudirse en vibrantes oleadas de placer, Yulia los movía a un ritmo frenético llevando a la pelirroja a un extasis descomunal, esto demostraban toda la pasión salvaje que la ojiazul tenia por ella, cuando vio que Lena casi llegaba a la cumbre, los retiro rápido y se coloco en medio de sus piernas uniendo la fuente de sus deseos, se sumergieron en su propio ritmo, rápido y furioso, la una impulsando a la otra a ir más allá. El placer parecía no tener límites, y el deseo insaciable se extendió como un fuego arrasador.
Mientras se entregaba a Yulia, mientras pedía y recibía más, Lena se dio cuenta de que el tiempo podía llegar a detenerse para los que eran lo suficientemente afortunados.

CONTINUARÁ


Última edición por LenokVolk el Dom Ene 18, 2015 3:40 pm, editado 1 vez
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Ene 18, 2015 2:13 pm

LUZ EN LA TORMENTA


Capítulo 10

Lena estaba en el jardín cuando empezó a nublarse. Se había acostumbrado a pasar allí las mañanas, mientras el niño dormía o se mecía en su columpio. La casa se
ensuciaba poco, y Yulia sólo era descuidada cuando estaba pintando, así que normalmente tenía pocas tareas en las que ocuparse.
Lo cierto era que había tantas habitaciones, tanto espacio, que aún no se había integrado en aquel sitio. Se sentía como en su casa en la habitación del niño, va que la
había decorado ella misma y se pasaba muchas horas allí, tanto de día como de noche, pero el resto de la casa, repleto de antigüedades, alfombras caras y madera
pulida, le resultaba completamente indiferente y distante.
Necesitaba aire y espacio, y gracias al benigno tiempo primaveral había
descubierto que le gustaba la jardinería; disfrutaba del tiempo soleado, de los olores
y de la sensación de la tierra bajo sus manos, y leía todos los libros sobre plantas que
podía encontrar para familiarizarse con las flores y los arbustos, y con los cuidados que requerían.
Los tulipanes habían empezado a florecer, y las azaleas estaban en pleno apogeo. Aunque ella no había plantado ninguna de aquellas plantas, las cuidaba y se
enorgullecía de ellas como si lo hubiera hecho, ya que al fin y al cabo, cada año florecían desde cero. Y tampoco se sentía incómoda añadiendo sus propios toques
personales a los rosales, y a las bocas de dragón.
Ya estaba planeando plantar lirios de montaña, anémonas y amapolas en otoño,
y en invierno pensaba hacer arraigar ella misma plantas que florecerían en
primavera; iba a plantarlas primero en unos pequeños botes, que colocaría en una habitación soleada del ala este de la casa.
—El año que viene te enseñaré a plantarlas —le dijo a Dima. Podía
imaginárselo corriendo por el jardín con sus piernecitas rechonchas, jugando con la tierra, intentando atrapar a las mariposas.
Él se echaría a reír, y ella lo levantaría en sus brazos y le haría dar vueltas
jugando al avioncito. Los ojos del niño, que eran tan verdigrises como los suyos, resplandecerían de alegría, y su risa resonaría en el aire.
Entonces Yulia se asomaría por la ventana de su estudio y les preguntaría por qué hacían tanto ruido, aunque no estaría realmente enfadada. Ella bajaría hasta el jardín, alegando que de todas formas no podría trabajar en toda la mañana por culpa del jaleo, y entonces se sentaría con Dima en el regazo, y se reirían juntas por algo que nadie más sería capaz de entender.
Lena se sentó sobre sus talones, y se secó la frente con el dorso de una mano enguantada. Soñar siempre había sido su vía de escape, su defensa, su supervivencia,
pero las cosas habían cambiado, y estaba empezando a creer que los sueños realmente podían hacerse realidad.
—Quiero muchísimo a tu mami —le dijo a Dima, como siempre solía hacer al menos una vez al día—. Le quiero tanto, que me hace creer en los finales felices.
Cuando una sombra cayó sobre ella, Lena levantó la vista al cielo y vio que las nubes habían empezado a cubrir el sol. Estuvo a punto de ignorarlas y seguir trabajando con las plantas, pero sabía que tardaría un poco en poder recoger todas sus herramientas de jardinería y las cosas de Dima.
—Bueno, el agua es buena para las flores, ¿verdad, cielo?
Guardó las herramientas y las bolsas de fertilizante en el pequeño cobertizo que había junto a la puerta trasera, y entonces sacó al niño del columpio. Con la
coordinación imprescindible que proporcionaba la maternidad, cargó con el niño,con sus juguetes y con el columpio plegado, y entró en la casa.
Apenas había empezado a subir las escaleras cuando estalló el primer trueno, y tanto Dimitri como ella se sobresaltaron. El pequeño empezó a llorar, y ella intentó
tranquilizarlo acunándolo y arrullándolo, mientras luchaba por controlar su propio
miedo a las tormentas.
Dima se calmó mucho más rápidamente que ella. Aunque aún no había empezado a llover, Lena observó desde las ventanas de la habitación del niño la
furia desatada en el cielo. Los relámpagos rasgaban el aire, y la luz pasaba de gris a malva, y otra vez de vuelta a gris, en un abrir y cerrar de ojos.
Dima empezó a quedarse adormilado al cabo de un rato, pero ella continuó
sujetándolo en sus brazos, tanto para reconfortar al niño como a sí misma.
—Es absurdo, ¿verdad? —murmuró—. Una mujer adulta les tiene más miedo a los truenos que un bebé.
Cuando la lluvia empezó a azotar las paredes de la casa, se obligó a dejar al niño dormido en su cuna para poder ir a cerrar todas las ventanas.
Mientras iba de habitación en habitación, se dijo que al menos había encontrado
algo que la mantuviera ocupada, pero cada vez que retumbaba un trueno, no podía evitar dar un respingo. Cuando por fin terminó, fue hacia la habitación de Dima
para acurrucarse en el sofá cama y leer un libro hasta que la tormenta pasara, pero entonces se acordó del estudio de Yulia y se apresuró a ir hacia allí, temerosa de que
se dañara alguno de sus trabajos.
Afortunadamente, la casa no se había quedado sin luz a causa de la tormenta, y al darle al interruptor vio que había habido suerte. El suelo bajo las ventanas estaba
mojado, pero no había ninguna pintura cerca. Se apresuró a ir cerrando una ventana
tras otra, hasta que el sonido de la lluvia quedó completamente amortiguado por los
cristales.
Lena estaba a punto de hacer lo más práctico, ir a buscar una fregona, cuando
se dio cuenta de que era la primera vez que veía el estudio de Yulia a solas. Ella nunca
le había dicho que no podía entrar, pero ella había vivido gran parte de su vida sin poder disfrutar de su privacidad, así que siempre procuraba respetar la de los demás.
Sin embargo, descubrió que se sentía muy cómoda en aquella habitación, igual que
en la de Dimitri... y que en la cabaña en medio de las montañas.
De repente, se dio cuenta de que el olor del estudio le recordaba a Yul. El
ambiente contenía aquella mezcla de pintura, aguarrás y tiza que a menudo se pegaba a la ropa de su esposa, y era un aroma que siempre la tranquilizaba, aunque al mismo tiempo la excitaba. Al igual que la mujer, el olor despertaba sus emociones. Podía amarla y sentirse reconfortada por ella a la vez, de la misma manera que podía excitarla y confundirla.
Lena se preguntó qué era lo que Yulia quería de ella, y por qué. Creía
entenderla en parte: la pelinegra deseaba tener la solidez de una familia, acabar con su soledad
y tener pasión en su cama, y la había elegido a ella porque estaba tan ansiosa de darle
todas aquellas cosas como la ojiazul de recibirlas.
Eso podía ser suficiente... o casi, pero su problema era que ella anhelaba en
silencio tener mucho más.
Decidida, echó a un lado aquellos pensamientos deprimentes e intentó
imaginársela allí, trabajando y planificando sus obras.
Pensó maravillada en todo lo que se había hecho en aquella habitación, en todas
las horas que ella se había pasado creando, perfeccionando y experimentando. Se
preguntó qué era lo que hacía que una mujer pudiera ser capaz de interpretar lo que
le rodeaba y de expresarlo de forma tan diferente al resto, y se acercó al caballete para contemplar el trabajo que la pelinegra tenía en curso en ese momento.
Era un retrato de Dima, y aquel gesto tan simple y profundo hizo que Lena
se rodeara con los brazos. Había un esbozo fijado al caballete, y el retrato en el lienzo
estaba empezando a tomar forma. Se dio cuenta de que el niño ya estaba un poco cambiado, más crecido, que en el esbozo, y calculó que Yulia debía de haber hecho el dibujo aproximadamente una semana antes; sin embargo, gracias a su esposa, siempre podría mirar atrás y ver a su hijo tal y como había sido en aquel momento único que ya pertenecía al pasado.
Con los brazos aún cruzados sobre sus pechos, La pelirroja se volvió a observar el resto del estudio. Era diferente sin Yulia, más... dramático. Entonces se echó a reír,
consciente de que a ella no le habría gustado nada la descripción.
Sin la pelinegra, el estudio era una habitación amplia y despejada, con mucho espacio vacío. Había gotas y manchas de pintura seca por el suelo, que podían llevar allí una
semana o un año, y un pequeño fregadero en una de las esquinas, con una toalla
dejada de forma descuidada en el borde.
También había unas estanterías y una mesa de trabajo, sobre las que había
esparcido todo tipo de material de pintura: jarros llenos de pinceles, espátulas,
carboncillos, trapos... igual que en Vorkuta, Yulia había amontonado un montón de
lienzos contra las paredes, pero no había colgado ninguno.
De repente, se dio cuenta de que no se le había ocurrido preguntarle si tenía algo que pudieran colgar en el cuarto de Dima. Los pósteres que ella había elegido
eran muy alegres y coloridos, pero uno de los cuadros de Yulia tendría mucho más
significado. Sin pensárselo dos veces, se arrodilló y empezó a mirar los lienzos.
Era increíble la forma en que Yulia podía despertar las emociones de los demás
a través de sus cuadros. Encontró un paisaje de colores pastel que hacía soñar, y una imagen descarnada de una barriada llena de miseria que provocaba escalofríos.
También había retratos, como el de un anciano apoyado en su bastón en la parada del autobús, el de tres niñas riendo delante de una tienda, o el espectacular
desnudo de una morena tumbada sobre un fondo de satén blanco. Lena no sintió
celos al verlo, sino una admiración maravillada.
Había más de una docena de cuadros, y fue volviéndolos y contemplándolos
uno tras otro, preguntándose por qué Yulia los habría apilado de forma tan
descuidada. Muchos de ellos no estaban enmarcados, todos estaban de cara a la pared, y conforme los iba viendo, se sentía cada vez más asombrada de estar casada con una mujer que podía conseguir tanto con unos colores y un pincel.
Podía sentir el estado de ánimo y las emociones que ella había experimentado al
trabajar en cada obra... rabia, humor, tristeza, impaciencia, deseo, entusiasmo... si
Yulia podía sentirlo, podía pintarlo.
De pronto, se sintió frustrada por el hecho de que él hubiera decidido mantener
aquellos cuadros encerrados en una habitación, donde nadie podía contemplarlos,
apreciarlos o tocarlos. Aquél no era su sitio. La firma de Yul aparecía en la esquina de cada uno de sus trabajos, con el año justo debajo, y Lena comprobó que nada de
lo que había encontrado hasta el momento tenía más de dos años, ni menos de uno.
Al girar el último lienzo, volvió a quedarse sin habla. Era otro retrato, pero aquél había sido pintado con amor.
El sujeto del cuadro era un hombre joven que no debía de llegar aún a la
treintena, y su sonrisa parecía un poco despreocupada, como si tuviera todo el tiempo del mundo para conseguir lo que quería hacer. Su pelo rubio era varios tonos
más claro que el de Yulia cuando era pequeña y estaba peinado hacia atrás, apartado de su rostro delgado
y atractivo.
Era un estudio informal, de cuerpo entero, y el modelo estaba cómodamente
sentado en una silla, con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos;
sin embargo, a pesar de la pose relajada, el retrato transmitía una sensación de
movimiento y de energía.
Lena recordó haber visto aquella silla en el salón de la mansión de los Volkov
en Lenin park, y reconoció al sujeto del cuadro por la forma de su cara, que era muy parecida a la de su mujer, pero no tan fina y femenina como la de ella. Aquél era el hermano de Yulia... Dimitri.
Permaneció allí largo rato, con el retrato sobre su regazo. Dejó de oír el sonido de la tormenta, y aunque las luces parpadearon una vez, ni siquiera se dio cuenta.
Acababa de descubrir que era posible llorar la pérdida de un perfecto desconocido, sentir la pena y el dolor. El profundo amor y el respeto que Yulia sentía
por su hermano eran obvios en cada pincelada, y deseó más que nunca que confiara
en ella lo suficiente para hablar de aquel Dimitri, de su vida y de su muerte.
Al contemplar el cuadro, Lena se dio cuenta de que había visto aquel mismo amor incondicional en el esbozo del bebé que había en el caballete.
Por un segundo, se preguntó si debería sentirse molesta por la posibilidad de que la ojiazul estuviera utilizando a su hijo para superar la muerte de su hermano. Sabía que
eso no significaría que Yulia no quisiera al niño, pero aun así, la apenaba pensarlo. Si
Yul no hablaba con ella, si no le abría sus emociones como hacía en su trabajo, nunca
llegaría a ser realmente su mujer, ni Dima su hijo.
Volvió a poner cuidadosamente el cuadro contra la pared, y después colocó
todos los demás.
Cuando dejó de llover, Lena decidió llamar a Larissa y llevar a la práctica su decisión de visitar la galería de arte, ya que sabía que tenía que predicar con el
ejemplo si quería que Yulia diera otro paso más hacia ella.
A pesar de todas las excusas que le había dado, la verdadera razón por la que
no había ido aún a la galería era que no se había sentido cómoda en su papel de esposa de la figura pública, de la pintora famosa. Era consciente de que la inseguridad
sólo podía superarse enfrentándose a ella y avanzando con firmeza, aunque para eso hubiera que hacer acopio de todo el valor disponible.
Se dijo a sí misma que había crecido y madurado. En el año anterior, no sólo
había aprendido a ser fuerte, sino a tener toda la fuerza que fuera necesaria. Aún no
había alcanzado la cima, pero al menos ya no estaba luchando por intentar afianzarse
en la base de la montaña.
Larissa accedió de inmediato a quedarse con Dima, y no quiso ni oír sus palabras de agradecimiento. Después de colgar, Lena le echó una ojeada a su reloj
de pulsera; si el niño se ceñía a su rutina habitual, se despertaría hambriento en
menos de una hora. Después de amamantarle, daría su primer gran paso y se lo
llevaría a Larissa, y después iría a la galería. Bajó la mirada hacia los vaqueros que
llevaba, y al ver que tenía las rodillas manchadas de tierra, decidió que antes de nada
iba a tener que cambiarse de ropa.
Empezó a subir las escaleras, pero el timbre de la puerta sonó cuando estaba ya
a medio camino. Fue a abrir, demasiado optimista para sentirse molesta por la
interrupción.
Y el mundo se derrumbó silenciosamente a sus pies.
—Hola, Elena —Olya Petrova hizo un seco gesto de saludo con la cabeza,
y entró en el vestíbulo sin pedir permiso. Miró a su alrededor mientras se quitaba los
guantes, y comentó—: vaya, vaya... no te ha ido nada mal, ¿verdad? —colocó
pulcramente los guantes en un bolso beige de piel de caimán, y le preguntó sin
preámbulos—: ¿dónde está el niño?
Lena era incapaz de hablar. Tanto las palabras como el aire se le habían
quedado atrapados en los pulmones, y el agolpamiento hacía que el pecho pareciera
a punto de estallarle. Su mano, que aún permanecía en el pomo de la puerta, estaba
paralizada, aunque el ritmo aterrorizado de su corazón resonaba hasta en las puntas
de sus dedos.
De pronto, apareció en su mente el terrible recuerdo de la última vez que había
visto a aquella mujer cara a cara, y recordó las amenazas, las exigencias y la humillación como si acabaran de suceder. Consiguió encontrar la voz, y dijo:
—Dimitri está durmiendo.
—Mejor. Tenemos que hablar de un par de cosas.
La lluvia había refrescado el ambiente, y había dejado su sabor en el aire. La luz
entraba por la puerta, que seguía abierta, y los pájaros habían empezado a gorjear
con optimismo de nuevo. Al ver todas aquellas muestras de normalidad, Lena se recordó que la vida no se molestaba en detenerse por meras crisis personales.
Aunque no pudo relajar los dedos en el pomo de la puerta, consiguió mantener
la mirada serena y la voz firme al decir:
—Recuerde que está en mi casa, señora Petrova.
—Las mujeres como tú siempre se las ingenian para conseguir hombres ricos y crédulos, pero vaya jamas me imagine que aparte fueras una lesbiana, y que ahora también consigas mujeres ricas y crédulas —la mujer arqueó una ceja, satisfecha al ver que Lena seguía junto a la puerta, tensa y pálida—. Pero eso no cambia quién eres, ni lo que eres. Y quiero que sepas que, aunque hayas sido lo suficientemente lista para conseguir que Yulia Volkova se case contigo, no vas a poder evitar que consiga obtener lo que me pertenece.
—No tengo nada suyo. Y ahora, me gustaría que se fuera de aquí.
—Sí, eso no lo dudo —dijo Olya, con una sonrisa. Era una mujer alta,
morena y muy guapa—.Te aseguro que no tengo ni el deseo ni la intención de
prolongar esta visita. Voy a conseguir al niño.
Lena se vio de repente en medio de la niebla, con una manta vacía en las
manos.
—No.
Olya apartó a un lado su negativa, igual que habría hecho con una pelusa en su solapa.
—Sólo tengo que conseguir una orden judicial.
Una oleada de furia ardiente reemplazó al miedo gélido que Lena había sentido hasta ese momento, y consiguió recuperar la movilidad, aunque sólo fuera
para tensarse.
—Adelante, hágalo. Hasta entonces, déjenos en paz.
Olya contempló su rostro, pensando que Lena seguía siendo la misma.
Había pasado por un segundo al ataque al sentirse acorralada, pero aún se la podía
manipular fácilmente. Siempre la había enfurecido que su hijo se hubiera rebajado
tanto, que se hubiera conformado con tan poca cosa cuando podría haber conseguido
algo mucho mejor, pero nunca levantaba la voz, ni siquiera cuando estaba tan enfadada. Al fin y al cabo, el desdén era un arma mucho más poderosa.
—Tendrías que haber aceptado la oferta que te hicimos mi marido y yo. Era
muy generosa, y no vas a volver a tenerla.
—No pueden comprar a mi hijo, igual que no pueden hacer que Andrey vuelva.
A ver la expresión de dolor que apareció en el rostro de Olya, un dolor real y enorme, Lena sintió una punzada de compasión por ella.
—Señora Petrova...
—No pienso hablar contigo de mi hijo —dijo Olya, mientras el dolor se
transformaba en amargura—. Si hubieras sido lo que él necesitaba, aún estaría vivo,
y eso es algo que nunca te perdonaré.
En otra época Lena se habría derrumbado ante aquellas palabras y habría aceptado la culpa de todo, pero Olya estaba equivocada y ella ya no era la misma
mujer desvalida de entonces.
—¿Quiere quitarme a mi hijo para castigarme, o para intentar curarse las heridas? Sabe que ninguna de esas razones está bien.
—Lo que sé, lo que pienso probar, es que no estás capacitada para criar al niño, y menos teniendo una relación homosexual, con que imagen se criara el niño? Una imagen de dos degeneradas ? De dos anormales?
Ademas, voy a aportar documentos que demostrarán que estuviste con otros hombres, y otras mujeres antes y después de casarte con mi hijo.
— Mi esposa y Yo no somos nada de eso que usted dice, y sabe perfectamente bien que lo de las infidelidades no es verdad. Olya siguió hablando como si Lena no hubiera hablado.
—Además, añadiré un informe sobre lo inestables que son tus antecedentes familiares. Si se comprueba que el niño es de Andrey, iniciaré un pleito por la custodia,
y no hay duda de cuál será el resultado.
—No va a quitarme a Dimitri, su dinero, sus ofensas, y sus mentiras no van a servirle de nada.
El volumen de su voz fue creciendo, y Lena luchó por calmarse, consciente de que perder los estribos no iba a servirle de nada. Sabía demasiado bien la facilidad con la que Olya podía apartar de un plumazo cualquier emoción con una simple
mirada gélida y fulminante, así que tenía que creer que aún existía alguna
posibilidad de poder razonar con ella.
—Si usted quiso alguna vez a Andrey, entonces debe de saber lo lejos que estoy dispuesta a llegar para conservar a mi hijo.
—Y tú deberías saber lo lejos que estoy dispuesta a llegar yo para asegurarme de que no críes a un Petrov.
—Eso es todo lo que Dimitri es para usted, un apellido, un símbolo de
inmortalidad, pero en realidad es sólo un niño por el que no siente nada —a pesar de sus esfuerzos, la voz de Lena empezó a adquirir un matiz desesperado, y empezaron a temblarle las rodillas.
—Los sentimientos no tienen nada que ver en esto. Estoy alojada en el
Fairmont, tienes dos días para decidir si quieres un escándalo público o no —Olya sacó sus guantes del bolso, completamente tranquila, porque el terror en la cara de Lena revelaba que no había riesgo en ese aspecto—. Estoy segura de que los
Volkov se sentirían... molestos al enterarse de tus pasadas indiscreciones, así que no
tengo ninguna duda de que actuarás con sensatez y no pondrás en peligro lo que has
conseguido tan convenientemente —sin más, la mujer salió a la calle y bajó los
escalones hacia la limusina que la esperaba.
Sin esperar a que el vehículo se marchara, Lena cerró la puerta de un portazo y puso el cerrojo. Estaba jadeando, como si hubiera estado corriendo, y eso fue lo
primero que se le pasó por la mente: salir corriendo, huir. Subió las escaleras a la
carrera, entró en la habitación de Dima y empezó a meter las cosas del niño en una
bolsa.
Tendrían que viajar sin mucho equipaje, así que decidió elegir sólo lo que fuera
absolutamente imprescindible. Antes de que anocheciera podían estar a kilómetros de allí... iría hacia el norte, a lo mejor a Kaliningrado y de ahí cruzaría el báltico para ir a la escandanavia. Aún le quedaba suficiente dinero para escapar, para poder conseguir el tiempo necesario y desaparecer. Se le cayó un
sonajero de las manos, y el sonido del golpe en el suelo pareció retumbar en la habitación. Cediendo ante la desesperación que sentía, Lena se hundió en el sofá
cama y enterró la cara en las manos.
No podían huir. Aunque tuvieran ahorros suficientes para que les duraran una
vida entera, no podían hacerlo. No era justo, ni para Dima, ni para Yulia ni para ella misma. Habían construido una vida allí, el tipo de vida con el que siempre había
soñado y que necesitaba darle a su hijo.
Pero, ¿qué podía hacer para protegerla?
Mantenerse firme, enfrentarse al ataque, no dejar que la avasallaran... pero a lo
largo de su vida siempre había acabado cediendo, era lo que se le daba mejor.
Levantó la cabeza, y esperó a que se calmara su respiración. Ese último
pensamiento era típico de la antigua Lena, y algo con lo que Olya contaba. Los Petrov sabían perfectamente bien lo fácilmente manipulable que había sido;
esperaban que echara a correr, y pensaban utilizar eso como prueba de su comportamiento errático e impulsivo, para poder quitarle al niño. Además, seguramente creían que, en caso de que estuviera demasiado cansada para huir, estaría dispuesta a renunciar al bebé para proteger su posición con los Volkov.
Pero no la conocían, nunca se habían tomado el tiempo o la molestia de llegar a
conocerla de verdad. No iba a ceder ni a dejarse avasallar. No iba a huir con su hijo,
sino a luchar por él.
De repente, se sintió furiosa, y se alegró enormemente de ello. La furia era una
emoción ardiente y llena de energía, completamente diferente a la insensibilidad
helada del miedo. Seguiría el consejo de Larissa y permanecería furiosa, porque así
no sólo lucharía, sino que lo haría de forma despiadada y sucia. Los Petrov iban a
llevarse una gran sorpresa.

Cuando llegó a la galería de arte, ya había recuperado completamente el control
de sus emociones. Dima estaba a salvo con Larissa, y ya había dado el primer
paso del plan que había trazado para asegurarse de que no le pasara nada.
La Galería Isaeva estaba en un elegante edificio remodelado. Cerca de la entrada principal había unos bancos de flores, perfectamente cuidados y aún
húmedos por la reciente lluvia, y al abrir la puerta Lena olió el aroma de las rosas y
de las hojas.
En el interior, las claraboyas del techo permitían ver el cielo, que seguía
encapotado, pero la galería en sí estaba brillantemente iluminada con focos y
plafones. El silencio era tan absoluto que Lena tuvo la impresión de estar en una iglesia, pero al mirar a su alrededor se dio cuenta de que aquel sitio estaba dedicado
al culto del arte.
Había esculturas en mármol, madera, hierro y bronce, y todas ellas estaban
colocadas con un cuidado exquisito. En vez de competir entre ellas, parecían estar en
perfecta armonía, igual que los cuadros que se exhibían a lo largo de las paredes.
Reconoció un trabajo de Yulia, una vista particularmente solemne de un jardín
que empezaba a granar. No era bonito ni alegre, y mientras lo contemplaba, se
acordó del mural que había pintado para su madre. La misma mujer que creía lo suficiente en las fantasías para plasmarlas y darles vida, también era capaz de ver la
realidad, quizás incluso con una claridad excesiva. Aquello era algo más que tenían en común.
Sólo un par de clientes se habían animado a visitar la galería en la tarde
lluviosa, y Lena tuvo que recordarse que, a diferencia de aquellas personas, ella no
tenía tiempo para entretenerse admirando las obras de arte. Miró a su alrededor, y al
ver a un guardia, se apresuró a acercarse a él.
—Perdone, estoy buscando a Yulia Volkova
—Lo siento señorita, pero no está disponible. Si tiene alguna pregunta sobre uno de sus cuadros, puede hablar con la señorita Isaeva.
—No, verá, soy...
—Lena —dijo Nastya, al aparecer por una puerta lateral. Llevaba una falda
color azul cielo que le llegaba a la altura de los tobillos, y un jersey en un suave tono
rosado. Los suaves colores pastel acentuaban su aspecto exótico—. Así que has
decidido venir a visitarnos, después de todo.
—He venido a ver a Yulia.
—Vaya, qué lástima, no está aquí en este momento —con apenas una mirada, le
indicó al guardia que se alejara.
Lena apretó con fuerza su bolso. En ese momento, los intentos de intimidación
de aquella mujer no tenían ninguna importancia.
—¿Va a volver?
—De hecho, debería llegar en cualquier momento. Tenemos una cita en... —
echó una ojeada a su reloj, y dijo—: media hora.
Tanto la mirada al reloj como el tono de su voz contenían una despedida
implícita, pero Lena no tenía tiempo para jueguecitos.
—Entonces, le esperaré.
—Puedes hacer lo que quieras, claro, pero me temo que Yulia y yo tenemos que hablar de negocios. Estoy segura de que te aburrirías.
Lena sentía un dolor sordo en la base de la cabeza a causa del cansancio. No tenía ganas de enzarzarse en una discusión con aquella mujer, y sabía que debía
enfocar toda su energía en una batalla mucho más importante.
—Te agradezco que te preocupes tanto por mí, pero nada relacionado con el trabajo de Yul puede aburrirme.
—Vaya, pareces una verdadera troyana —Nastya ladeó la cabeza, y la miró con una sonrisa que no tenía nada de amigable—. Estás un poco pálida, ¿es que hay
problemas en el paraíso?
Lena lo supo en ese momento. Con tanta claridad como si Nastya lo hubiera admitido en voz alta, supo cómo la había encontrado Olya.
—Nada que no pueda solucionarse. ¿Por qué la has llamado?
La sonrisa tranquila y segura de la mujer no flaqueó ni un instante.
—¿Disculpa?
—Se estaba gastando una fortuna en detectives privados, así que de todas
formas sólo me quedaba una semana, dos como mucho.
Nastya permaneció en silencio un momento, y entonces se volvió hacia un cuadro y se entretuvo enderezándolo innecesariamente.
—Siempre he pensado que es mejor ganar tiempo que perderlo. Cuanto antes se
ocupe Olya de ti, antes podré hacer que Yulia recupere la sensatez. Ven, voy a enseñarte algo.
Nastya la condujo a través de la galería hasta una habitación separada, con las
paredes y el suelo de color blanco. En una esquina había una escalera de caracol,
también blanca, que llevaba a la galería circular que había en el piso superior. Debajo
de la escalera había tres árboles ornamentales, y justo enfrente descansaba una
enorme escultura de ébano, que representaba a un hombre y a una mujer fundidos en
un abrazo apasionado... pero de alguna forma, también desesperado.
Sin embargo, lo que captó la atención de Lena fue el cuadro. Su propia cara la observaba con expresión serena, desde el retrato que Yulia le había hecho durante
aquellos largos y tranquilos días en Vorkuta.
—Sí, es impresionante - Nastya se restregó el labio con un dedo, con la mirada fija en el cuadro.
Había estado a punto de ir a por un cuchillo para desgarrar aquel lienzo cuando
Yulia lo había desembalado, pero la tentación se había desvanecido rápidamente, ya
que estaba demasiado dedicada al arte para dejar que interfirieran sus sentimientos personales.
—Es uno de sus mejores trabajos, y el más romántico. Lleva expuesto sólo tres semanas, y ya he recibido seis ofertas serias por él.
—Ya había visto antes el cuadro, Nastya.
—Sí, pero dudo que entiendas lo que significa. Yulia lo llama El ángel de
Yulka, creo que eso lo dice todo.
—El ángel de Yulka —repitió Lena, en un murmullo; Sintió un torrente cálido
en su interior, y se acercó más al retrato—. ¿Qué es lo que significa, según tú?
—Que ella, como Pigmalión, se enamoró un poco del sujeto de su obra. Eso es algo que se espera que pase de vez en cuando, y que incluso puede llegar a ser
positivo, ya que a menudo inspira grandes trabajos, como éste —dio un golpecito con
el dedo en el marco, y continuó diciendo—: pero Yulia es un mujer demasiado
práctica para alargar demasiado la fantasía. El cuadro está acabado, así que ya no te necesita.
Lena volvió la cabeza para mirarla frente a frente. Lo que aquella mujer estaba diciéndole se le había pasado por la cabeza a ella misma innumerables veces.
—Entonces, tendrá que decírmelo ella misma.
—Es una mujer con un sentido del honor muy fuerte, eso es algo que forma parte de su atractivo. Pero cuando las cosas lleguen a un límite, cuando se dé cuenta
de su error, verá que no le compensa estar contigo —señaló el retrato con un gesto, y
añadió—: una persona sólo cree en una imagen mientras ésta permanece impecable, y por lo que me ha dicho Olya, no te queda mucho tiempo.
Lena luchó contra el impulso de salir huyendo de allí, y se dio cuenta de que esa vez le resultó muy fácil mantenerse firme.
—Si de verdad crees eso, ¿por qué te estás tomando la molestia de intentar
deshacerte de mí?
—Para mí no es ninguna molestia —Nastya volvió a sonreír, y apartó la mano del cuadro—. Considero que forma parte de mi trabajo animar a Yulia a que se
concentre en su carrera, y ayudarla a evitar los obstáculos que puedan impedirle
avanzar. Como ya te he dicho, su relación contigo es inaceptable, y estoy segura de
que ella misma se dará cuenta muy pronto.
Lena pensó que no le extrañaba que hubiera llamado a Olya, porque las
dos mujeres eran tal para cual.
—Nastya, creo que te estás olvidando de algo: sin importar lo que Yulia sienta o deje de sentir por mí, quiere a Dima.
—Hay que ser muy patética para utilizar a un niño.
—Eso es verdad —Lena la miró a los ojos con expresión firme—. De hecho, en eso tienes toda la razón —cuando vio que la respuesta daba en la diana, añadió con
calma—: cuando Yulia llegue, te agradecería que le dijeras que le estoy esperando
aquí.
—¿Para que puedas correr a esconderte detrás de ella?
—No creo que las razones de Lena para venir a verme sean de tu incumbencia
—dijo Yulia, desde la puerta.
Cuando las dos mujeres se volvieron hacia ella, Yulia vio la furia en el rostro de Nastya y la agitación en el de Lena, pero ambas mujeres se apresuraron a recomponerse, cada una a su propia manera. Nastya enarcó una ceja y sonrió, y
Lena entrelazó las manos y levantó la barbilla.
—Querida, sabes que es mi deber proteger a mis artistas de esposas y amantes histéricas —Nastya fue hacia la pelinegra, y le puso una mano en el brazo—. Tenemos una cita con los Vasiliev en unos minutos para hablar de tres cuadros, y no te quiero
distraída ni nerviosa.
Yulia sólo se molestó en lanzarle la más breve de las miradas, pero bastó para que Nastya se diera cuenta de que ella había oído demasiado.
—Deja que yo me preocupe de mis propios estados de ánimo. Y ahora, ¿nos disculpas?
—Los Vasiliev...
—Pueden comprar los cuadros, o irse al diablo. Déjanos solas, Nastya.
Tras lanzarle una mirada furiosa a Lena, la mujer salió de la habitación.
—Lo siento —dijo Lena, después de respirar hondo—. No he venido para
causar problemas.
—Pues dime para qué, porque por tu aspecto está claro que no has venido a pasar la tarde contemplando obras de arte —antes de que pudiera contestar, se
acercó a ella y añadió—: maldita sea, Lena, no me hace ninguna gracia que discutáis
sobre mí como si fuera una especie de premio que pueda llevarse el mejor postor.
Nastya es una colega de negocios y tú mi esposa, así que vais a tener que resolver esto, ¿está claro?
—Perfectamente claro —su voz había cambiado, se había endurecido como la de Yulia—.Y quiero que tú también tengas muy claro que, si pensara que tu relación con ella va más allá de los negocios, ya te habría dejado.
La pelinegra olvidó por completo lo que había estado a punto de decir, y se la quedó
mirando estupefacta al percibir la decisión inquebrantable en su voz.
—Así, ¿sin más?
—Sí, así sin más .Ya he tenido un matrimonio donde la fidelidad no existía, y no
pienso volver a pasar por lo mismo.
—Ya veo —al ver que volvían a las comparaciones, Yulia tuvo ganas de empezar a gritarle a pleno pulmón, pero se contuvo y habló con mucha calma—
Entonces, me considero avisada.
Lena le dio la espalda, para poder cerrar los ojos por un momento. Cada vez le dolía más la cabeza, y si no se tomaba unos segundos para recuperar la compostura,
acabaría lanzándose a sus brazos y suplicándole que la ayudara.
—No he venido a discutir sobre los términos de nuestro matrimonio.
—A lo mejor eso sería una buena idea, quizás sea hora de que volvamos al punto de partida y dejemos claras las cosas.
Lena sacudió la cabeza, y se obligó a volverse hacia ojiazul de nuevo.
—He venido a decirte que mañana por la mañana iré a ver a un abogado.
Yulia sintió que la vida se le vaciaba de las venas de golpe al pensar que ella quería el divorcio, pero la furia apareció con igual rapidez. Al contrario que Lena, ella no se lo pensaba dos veces antes de plantar batalla.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Es algo que no puede aplazarse más, no puedo seguir fingiendo que no es necesario —Lena deseó de nuevo abrazarla, que ella la apretara protectora contra su cuerpo y la hiciera sentirse segura, pero se obligó a permanecer donde estaba y a
apoyarse en sí misma—. No quería empezar un periodo tan difícil y desagradable sin
decírtelo antes.
—Vaya, qué generosa —Yulia se pasó una mano por el pelo. Por encima de su cabeza, el retrato de Lena le sonreía con dulzura, y allí de pie entre el lienzo y la mujer de carne y hueso, se sintió como si estuviera atrapada entre dos mujeres, entre
dos anhelos—. ¿A qué viene todo esto?, ¿crees que puedes darme un beso de despedida en la puerta de casa, y empezar a hablar de abogados a las pocas horas? Si
no eres feliz, ¿por qué no me lo has dicho?
—Yulia, no sé de qué estás hablando. Las dos sabíamos que era probable que esto llegara tarde o temprano, y tú fuiste la que me dijo que al final tendría que enfrentarme a la situación. Estoy lista para hacerlo, pero quiero darte la posibilidad de que te hagas a un lado si quieres, antes de que sea demasiado tarde para echarse atrás.
Yulia estuvo a punto de contestar con brusquedad, pero entonces se dio cuenta
de que había malinterpretado completamente el tema de la conversación.
—¿Por qué quieres ir a ver a un abogado mañana?
—Olya Petrova ha venido a casa esta tarde, y quiere quitarnos a Dimitri.
Yulia no sintió ningún alivio al saber que no estaban hablando de divorcio, no tuvo tiempo. Sintió pánico por un momento, pero la furia la sofocó con rapidez.
—Como si quiere la luna. No va a salirse con la suya —le puso una mano en la mejilla, y le preguntó con suavidad—: ¿estás bien?
Lena asintió.
—Sí, ahora sí. Me ha amenazado con iniciar un pleito por la custodia.
—¿Y en qué piensa basarse?
Lena apretó los labios, pero su mirada se mantuvo firme.
—En que según ella, no estoy capacitada para criar al niño porque tengo una relación homosexual y ademas me ha dicho que va a probar que... que estuve con otros hombres y mujeres, antes y después de casarme con Andrey.
—¿Cómo puede probar algo que no es verdad?
Al ver que la pelinegra creía en ella sin reserva alguna, Lena la tomó de la mano.
—Hay personas dispuestas a decir o a hacer muchas cosas si se les paga lo suficiente, y no sería la primera vez que los Petrov utilizan su dinero y su poder para salirse con la suya.
—¿Te ha dicho dónde se aloja?
—Sí.
—Entonces, es hora de que vaya a hacerle una visita.
—No —Lena se negó a soltarle la mano cuando ella hizo ademán de ir hacia la puerta—. Por favor, no quiero que vayas a verla aún, prefiero que hablemos antes con el abogado para saber las opciones que tenemos, lo que podemos hacer y lo que no. No podemos permitirnos el lujo de perder los estribos y cometer un error.
—No necesito a un abogado para saber que no puede presentarse en nuestra
casa y amenazarnos con quitarnos a Dima.
Yulia se volvió hacia la puerta de nuevo, pero Lena la aferró por los brazos para
detenerla y notó la furia que parecía vibrar bajo su piel.
—Yul, escúchame, por favor. Sé que estás enfadada, yo también lo estaba, además de asustada. Mi primer impulso fue volver a huir, incluso empecé a recoger
las cosas de Dima.
Yulia pensó en lo que habría supuesto para ella llegar a casa y encontrarla vacía.
La cuenta que tenía que saldar con los Petrov se iba haciendo cada vez más grande.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque no habría sido justo, ni para Dimitri, ni para ti, ni para mí. Porque os quiero a los dos demasiado para hacerlo.
La pelinegra se quedó inmóvil por un segundo, y entonces enmarcó su cara entre las
manos mientras intentaba leer lo que se ocultaba en sus ojos.
—No habrías llegado demasiado lejos.
La pelirroja sonrió y le rodeó las muñecas con los dedos.
—Eso espero. Yul, sé lo que quiero hacer, y que puedo conseguirlo.
Yulia tardó un momento en digerir aquello. Ella acababa de decir que la quería, y al minuto siguiente hablaba como si estuviera excluyéndola.
—¿Sola?
—Si es necesario, sí. Ya sé que consideras a Dima como tu propio hijo, pero
quiero que entiendas que si Olya cumple con sus amenazas, las cosas se van a poner feas, y que lo que se diga de mí os afectará tanto a tu familia como a ti —Lena
dudó un momento, intentando reunir el valor necesario para darle una elección—. Si
prefieres no involucrarte en lo que va a pasar, lo entenderé.
Yulia sabía que sus posibles elecciones se habían reducido desde el primer momento en que la había visto, y que habían desaparecido por completo cuando ella
le había puesto a Dimitri en los brazos. Incapaz de encontrar las palabras adecuadas
para poder explicarse, optó por centrarse en lo más urgente.
—¿Dónde está Dima?
Lena se mareó un poco ante el inmenso alivio que sintió.
—Con tu madre.
—Entonces, vamos a buscarlo y a llevarlo a casa.


CONTINUARÁ...


Nos leemos en unos días mas... Cool Surprised
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por xlaudik el Lun Ene 19, 2015 11:02 pm

Me encanta Yul :-D
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Ene 21, 2015 3:46 am

Nueva conti de esta historia, esper les guste!! CoolSmile


"LUZ EN LA TORMENTA"


Capítulo 11

Lena no podía dormir. Su memoria y su imaginación parecían haberse aliado contra ella, y no podía dejar de pensar en lo que había pasado y en lo que podía
suceder al día siguiente. Hacía casi un año que se había ido de Moscu y había
decidido enfrentarse a sus miedos, pero ya no estaba sola.
Yulia no había esperado a concertar una cita con su abogado en horas de
oficina, sino que le había llamado y le había pedido, o más bien exigido, que fuera a verlas.
Habían discutido sobre su vida, su hijo, su matrimonio y su futuro mientras
tomaban café y pastas en el salón y una ligera neblina cubría la ciudad. Al principio,
había sentido vergüenza al contarle a un desconocido los detalles de su vida y de su
primer matrimonio, y al admitir los errores que había cometido, pero la sensación se
había ido desvaneciendo.
En cierto modo, había sentido como si estuviera contando las experiencias de
otra persona, y cuanto más abiertamente hablaban de ello, mientras el abogado iba
anotando los detalles en su libreta, menos avergonzada se había sentido.
Mijail Golubev había sido el abogado de los Volkov durante cuarenta
años; era un hombre astuto y directo, y a pesar de su apariencia rígida y un tanto estirada, no se impresionaba con facilidad. Se había limitado a asentir, a tomar notas
y a hacerle preguntas hasta que a ella se le había secado la boca de tanto hablar.
Le había resultado relativamente fácil contarle las cosas abiertamente, porque él
no le había ofrecido ni su compasión ni su condena. Había sido más fácil enfrentarse
a la verdad en términos simples y carentes de emoción, que mantenerla escondida; al
final, no había intentado ocultar ni los errores de Andrey ni los suyos propios, y se
había sentido maravillosamente purificada y liberada.
Por fin lo había contado todo, había expresado en palabras todo el dolor y la
angustia que había sufrido. A causa de la vergüenza que había sentido en el pasado,
nunca había conseguido purgar su corazón y su mente, y al conseguir hacerlo por
fin, entendió lo que significaba dejar el pasado atrás y empezar de nuevo.
A Golubev  no le había gustado nada su decisión final, pero Lena se había
mantenido firme. Antes de que se rellenara ningún documento, quería volver a ver a
Olya cara a cara.
Yulia permanecía tumbada junto a la pelirroja, incapaz de dormir. La morena también estaba
pensando en la reunión con el abogado, y su furia aumentaba más y más con cada
palabra que recordaba. Lena había contado cosas en el salón que ella no sabía, había
entrado en detalle sobre cuestiones que antes sólo había comentado muy por encima.
Yulia había creído anteriormente que entendía todo por lo que ella había tenido que pasar, y había pensado que sus propios sentimientos al respecto habían alcanzado su
punto máximo. Se había equivocado.
Lena no le había contado lo del ojo morado que había hecho que no pudiera salir de la casa durante una semana, ni que Olya había explicado que su nuera
tenía el labio roto porque era muy torpe. No le había hablado de los ataques ebrios en
medio de la noche, ni de los arranques furiosos de celos si hablaba con otro hombre
en una fiesta, ni de las amenazas de venganza y violencia cuando finalmente había
tenido el valor de irse.
Pero esa noche lo había contado todo, y de forma tan detallada que había sido
casi insoportable.
No se había atrevido a tocarla cuando se habían acostado; de hecho, se
preguntaba cómo era posible que ella pudiera soportar que alguien aun siendo mujer la tocara.
Había quedado dolorosamente claro todo lo que ella había tenido que soportar.
¿Cómo podía pedirle que lo olvidara, si ya no estaba segura de poder hacerlo ella
mismo? Sin importar lo tierna que fuera con ella, o con cuánto cuidado la tratara, la
sombra de ese hombre y de otra época se interponía entre ellas.
Lena le había dicho que la quería, pero por mucho que ella deseara creerlo, no
podía entender cómo era posible que alguien que hubiera sufrido aquel infierno
pudiera volver a confiar en una persona, y mucho menos amarla. Gratitud, devoción, y Dima como punto en común. Eso sí que podía
entenderlo, y era más de lo que llegaban a tener algunas personas.
Yulia había estado a punto de creer que podían llegar a tener más, había
querido que fuera así, pero eso había sido antes de que ella contara todas aquellas
cosas mientras una suave brisa primaveral hacía ondear las cortinas del salón.
Lena se volvió hacia ella, y cuando su cuerpo le rozó, Yulia se puso tensa.
—¿Te he despertado?
—No.
La pelinegra empezó a moverse para evitar todo contacto, pero ella se acercó más y posó
la cabeza sobre su hombro, y aquel gesto tan natural y sencillo la partió en dos. La Yulia que necesitaba, y la que tenía miedo de pedir.
—Yo tampoco puedo dormir. Me siento físicamente agotada, como si acabara
de correr una carrera de obstáculos, pero mi mente no deja de dar vueltas.
—Deberías dejar de pensar en lo de mañana.
—Ya lo sé —Lena se apartó el pelo a un lado, y se colocó más cómoda contra
Yulia. Al notar que ella intentaba apartarse ligeramente, cerró los ojos y se preguntó si
La pelinegra había cambiado de opinión sobre ella al enterarse de todo.
—No te preocupes, ya verás como todo sale bien.
La pelirroja no supo si creerle. Decidió arriesgarse, y le tomó la mano en la oscuridad.
—El problema es que no dejo de pensar en lo que voy a decirle, en lo que ella va
a contestarme, y si no... —Lena se detuvo cuando Dimitri empezó a llorar, y
comentó—: parece que hay alguien más que no puede dormir.
—Ya voy yo.
Lena asintió, aunque ya había apartado las mantas.
—Vale. Tráemelo si tiene hambre.
Mientras Yulia se ponía una bata y salía de la habitación, Lena se sentó en la
cama y se abrazó las rodillas contra el pecho. Un momento después el llanto del niño
se detuvo, pero volvió a empezar casi de inmediato, y entonces oyó los murmullos
tranquilizadores de la pelinegra.
Era algo tan fácil para ella, tan natural... a pesar de su genio y de su arrogancia, como toda mujer era sensible y llena de ternura, y eso era lo que había hecho posible que
ella admitiera finalmente que la amaba. Con Yulia no habría ningún ciclo de
desesperación, sumisión y terror, podía quererla sin renunciar a las partes de sí
misma que había descubierto tan recientemente.
En ese momento, supo que la ojiazul no había cambiado de opinión respecto a ella;
seguramente, lo único que pasaba era que estaba muy preocupada,pero que se
sentía obligada a fingir que no era así.
La luz de la habitación de Dima salía al pasillo, y dentro se veía la sombra de
Yulia. El llanto del niño se apagó un poco, pero cuando volvió a arreciar, Lena
reconoció el tono y se recostó en el respaldo de la cama con los ojos cerrados. Iba a
ser una noche muy larga.
—Le están saliendo los dientes —murmuró cuando Yulia entró con el niño en la
habitación. Encendió la luz de la mesita de noche y le sonrió, consciente de que todos
iban a necesitar el máximo apoyo posible en las próximas horas—. Le daré de comer,
puede que eso ayude en algo.
—Venga, hombrecito, vamos con mamá —Yulia lo colocó en los brazos de
Lena, y el llanto se fue apagando hasta que desapareció del todo cuando el niño
empezó a mamar—.Voy por una copa de coñac, ¿quieres algo?
—No. Espera, sí, un zumo de lo que sea.
Una vez sola, Lena aguantó al niño con un brazo mientras con el otro se
colocaba bien las almohadas a su espalda. La escena parecía completamente normal,
como la de cualquier otra noche. A veces, Dima estaba nervioso y ella tan cansada
que sólo quería dormir, pero otras veces disfrutaba y atesoraba en su memoria
aquellas horas en medio de la noche.
Momentos así eran los que Yulia y ella recordarían en el futuro, momentos
como los primeros pasos del niño, el primer día de escuela o la primera vez que fuera
en una bicicleta de dos ruedas. En el futuro mirarían atrás, y recordarían cómo se
habían paseado de un lado a otro de la habitación, adormiladas. Nada podría
cambiar eso.
En ese momento, ambas necesitaban la normalidad que desprendía aquella
escena, y la tendrían aunque sólo fuera por unas cuantas horas.
Cuando Yulia volvió a la habitación, puso el vaso de zumo en la mesita que
había junto a ella, pero Lena sonrió y le agarró el brazo.
—¿Puedo oler tu coñac?
Divertida, ella le acercó la copa y dejó que inhalara el aroma del licor.
—¿Tienes bastante?
—Gracias, siempre he pensado que no hay nada como el sabor de un coñac por la noche —Lena levantó su vaso de zumo, y brindó con su copa—. Chinchín —
esperaba que ella se metiera en la cama, pero al ver que iba hacia la ventana, no supo
qué pensar—. Yulia...
—¿Qué?
—Me gustaría hacer un trato contigo. Tú me cuentas lo que estás pensando y
me preguntas lo que quieras, y yo te contesto con sinceridad. Después yo tendré mi
turno, y también te preguntaré algo.
—¿No has contestado a bastantes preguntas por una noche?
Así que era eso. Lena dejó su vaso a un lado antes de cambiarse de pecho a
Dimitri, y dijo:
—Te han afectado las cosas que le he contado a Golubev, ¿verdad?
—¿Creías que iba a quedarme tan tranquila?
Yulia se volvió de golpe, y el coñac estuvo a punto de derramarse. Lena
permaneció en silencio mientras ella se bebía la mitad de la copa y empezaba a
pasearse de un lado a otro de la habitación.
—Siento que tuviera que salir a la luz así, yo también habría preferido otra
forma.
—No es cuestión de que saliera o no a la luz —espetó la pelinegra con brusquedad. Se
bebió otro trago de coñac, pero la bebida no consiguió calmarla—. Dios, me está
matando pensar en ello, imaginármelo. Tengo miedo de tocarte, de que lo recuerdes
por mi culpa.
—Yulia, me has dicho desde el principio que eso está en el pasado, que ahora
las cosas son diferentes, y es verdad. Tenías razón al decir que aunque eres mujer te comparaba con
Andrey, pero a lo mejor no entiendes que eso me ayudó a darme cuenta de que las
cosas podían cambiar.
Yulia la miró por un segundo, pero fue suficiente para que ella se diera cuenta
de que aquellas palabras no habían bastado.
—Sí, las cosas son distintas, pero no puedo entender por qué no odias a
cualquier persona que te toque siquiera —dijo ella, de pie en la sombra. Tenía las
manos metidas en los bolsillos de su bata, fuertemente apretadas en puños.
—Hubo una época en la que no habría permitido que ninguna persona especialmente un hombre se me
acercara, pero pude empezar a poner las cosas en perspectiva mediante terapia,
escuchando a otras mujeres que habían superado situaciones parecidas. Cuando tú
me tocas, cuando me abrazas, no recuerdo nada de todo aquello, sobretodo porque eres mujer y siento lo que siempre quise sentir por la persona con la que estuviera casada.
—Si estuviera vivo, querría matarlo —dijo ella sin ninguna inflexión en la voz—.
Me da rabia que ya esté muerto.
—No te atormentes así —Lena alargó una mano hacia la pelinegra, pero Yulia sacudió la
cabeza y volvió junto a la ventana—. Estaba enfermo, pero yo no lo sabía en aquel
entonces, y al quedarme lo único que conseguí fue prolongarlo todo.
—Tenías miedo, no tenías adonde ir.
—Eso no basta. Podría haber recurrido a Geoffrey, sabía que él me ayudaría,
pero no lo hice porque estaba sujeta allí por mi propia vergüenza y por mis
inseguridades. El niño fue lo que me empujó a tomar la decisión de irme, y entonces
empecé a recuperarme, pero encontrarte fue la mejor medicina de todas, porque
conseguiste que volviera a sentirme como una mujer.
Yulia permaneció en silencio mientras ella buscaba las palabras con las que
poder explicarse.
—Yulia, ninguna de las dos podemos cambiar lo que pasó... no dejes que el pasado afecte a lo que tenemos ahora.
Más calmada, la pelinegra agitó el coñac en la copa mientras miraba por la ventana.
—Cuando esta tarde en la galería dijiste que ibas a ir a ver a un abogado, pensé
que querías el divorcio y sentí que mi mundo se derrumbaba.
—Pero yo nunca... ¿de verdad sentiste eso?
—Allí estabas tú, de pie debajo de tu retrato, y no pude imaginarme lo que
haría si me dejabas. Puede que yo haya cambiado tu vida, ángel, pero no más de lo
que tú has cambiado la mía.
Aquello hizo que Lena pensara en Pigmalión. Sin embargo, si Yulia estaba
enamorada de la imagen, era posible que al final acabara amando a la mujer.
—Yulia, no voy a dejarte. Te quiero, Dima y tú sois toda mi vida.
La ojiazul se acercó a ella, se sentó en el borde de la cama y la tomó de la mano.
—Nunca dejaré que nadie os haga daño a ninguno de los dos.
La pelirroja le dio un ligero apretón, y dijo:
—Necesito saber que vamos a hacer esto juntas.
—Hemos estado juntas en esto desde el primer día —Yulia se inclinó hacia
delante, y la besó mientras el niño dormitaba entre ellas—. Lena, te necesito
demasiado.
—Eso es imposible.
—Deja que lo lleve a la cuna —murmuró.
Yulia tomó en brazos al niño, pero en el momento en que se levantó de la cama,
Dimitri empezó a llorar.
Se fueron turnando para pasearlo, acunarlo y masajearle las encías. Cada vez
que intentaban acostarlo, el niño se despertaba y empezaba a berrear. Exhausta,
Lena se apoyó en la baranda de la cuna mientras le acariciaba la espalda. Cada vez
que apartaba la mano, el niño gimoteaba.
—Creo que lo estamos malcriando —murmuró.
Yulia estaba sentada en la mecedora, mirándola con ojos adormilados.
—Tenemos derecho a hacerlo. Además, normalmente duerme como un tronco.
—Sí, pero lo está pasando mal con los dientes. ¿Por qué no te acuestas?, no tiene
sentido que las dos nos quedemos sin dormir.
—Me toca a mí —Yulia se levantó, y al mirar el reloj se dio cuenta de que ya
eran las cinco de la madrugada. Se sentía décadas más vieja de lo que era—Vete tú a
la cama.
—No... —empezó a protestar la pelirroja, pero su voz se cortó con un bostezo—.
Recuerda que estamos juntas en esto.
—Sí, aunque puede que alguna de las dos se caiga redonda.
Lena se habría reído de haber tenido la energía necesaria.
—Creo que será mejor que me siente.
—Sabes, a veces me he pasado la noche bebiendo, jugando a las cartas o...
ocupada en otras formas de entretenimiento —empezó a darle palmaditas en la
espalda al niño mientras La pelirroja se desplomaba en la mecedora, y añadió—: pero no
puedo recordar haberme sentido nunca como si me acabara de pasar un camión por
encima.
—Esta es una de las alegrías de ser madres —le dijo ella, antes de cerrar los ojos—. En realidad nos lo estamos pasando en grande.
—Gracias por decírmelo. Creo que se está quedando dormido de verdad.
—Eso es porque tienes unas manos prodigiosas—murmuró Lena mientras se iba quedando dormida—, realmente prodigiosas.
Milímetro a milímetro, Yulia fue apartando la mano de la espalda del niño, con
más cuidado que una persona apartándose de un tigre. Cuando estuvo a medio metro
de la cuna estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio, pero temerosa de tentar a la
suerte, lo contuvo y volvió la vista hacia Lena.
Estaba profundamente dormida, y en una posición que debía de ser
increíblemente incómoda. Confiando en que sus reservas de energía durarían cinco
minutos más, y aun siendo mas pequeña que la pelirroja fue hacia ella y la levantó en brazos. Lena se acurrucó contra ella 
instintivamente, y mientras la llevaba a su habitación, se despertó lo suficiente para
preguntar:
—¿Dima?
—Dormido en su cuna —Yulia entró en el dormitorio, pero en vez de llevarla a
la cama, fue hacia la ventana—. Mira, está saliendo el sol.
Lena se movió ligeramente y abrió los ojos. Por la ventana se veía el cielo en
dirección este, y si se fijaba con atención, podía llegar a distinguir el agua del lago,
como una niebla en la distancia. El sol pareció vibrar al ascender, y los ecos tiñeron el
cielo de rosa, de malva y de oro. Suavemente al principio, con la oscuridad de la
noche aún dominando por encima, los colores se fueron extendiendo y haciéndose
más intensos. El rosa se convirtió en rojo, vibrante y resplandeciente.
—A veces, tus pinturas son así —dijo la pelirroja, pensando en voz alta—. Ángulos que
cambian y parecen moverse, con los colores intensificándose del centro hacia los
extremos —apoyó la cabeza contra su hombro mientras contemplaban el nuevo
amanecer, y comentó—: creo que es el amanecer más bonito que he visto en mi vida.
La piel de Yulia era cálida bajo su mejilla, sus brazos pequeños pero fuertes y sólidos la
apretaban contra su cuerpo, y podía sentir el firme latido de su corazón. Los
primeros pájaros despertaron y empezaron a cantar, y Lena volvió la cabeza hacia la
de la pelinegra. Cuando el amor llegaba con tanta naturalidad, era una tontería cuestionárselo.
—Yulia, te deseo —posó una mano en su mejilla, y le cubrió la boca con sus
labios—. Nunca he deseado a nadie tanto como a ti.
Al notar que la ojiazul vacilaba, entendió sus razones pero se puso manos a la obra
para hacer que superara cualquier reticencia. Aquél no era el momento de pensar en
el pasado o en el futuro. Dejó que sus labios se suavizaran y se abrieran contra los de ella y deslizó una mano hacia su pelo.
—Tenías razón —murmuró.
—¿Sobre qué? —le preguntó Yulia.
—No pienso en nadie más cuando hacemos el amor.
Yulia no había querido pedirle nada, pero entonces se dio cuenta de que no
había nada que no pudiera pedirle.
Lena era increíblemente abierta y generosa, y eso hizo que a ella le resultara
posible, incluso fácil, dejar atrás aquella parte de su vida que la enfurecía y le dolía,
que no tenía nada que ver con el paraíso al que podían llegar juntas. La llevó a la
cama sin apartar la boca de la suya, y cuando se acostó a su lado, ella la rodeó con los
brazos. Por unos segundos, eso fue suficiente.
Con Lena podía compartir abrazos matinales, y besos al amanecer después de
una larga noche sin dormir. Su rostro estaba pálido de fatiga, y aun así se estremecía
en sus brazos. Ella soltó un suave suspiro adormecido, y la pelinegra lo recogió en su boca
mientras las caricias de sus manos la hacían arquearse con movimientos ondulantes y
perezosos.
La brisa matinal entraba por la ventana y refrescaba sus cuerpos, y Lena abrió
la bata de Yulia y la empujó hacia atrás por sus hombros para poder calentarle la piel.
Con igual lentitud, Yulia le quitó el camisón. Desnudas, yacieron sobre las sábanas
arrugadas e hicieron el amor con voluptuosa sensualidad.
Ninguna de las dos llevó la voz cantante, no hacía falta. En la cama su sintonía
era total, sin necesidad de palabras ni de peticiones. Las exigencias eran para otros
momentos, para las noches en que la pasión era ardiente y frenética. La luz iba
adquiriendo el gris de la mañana, mientras saboreaban un deseo exquisitamente
sosegado.
Lena pensó que quizás el amor que sentía por la pelinegra se expresaba mejor así, con
una naturalidad y una ternura que podían prolongarse mucho más que el fulgor de
una llamarada.
Se movieron juntas, y el placer que se dieron la una a la otro brotó en suspiros y
murmullos, en vez de en jadeos y en sacudidas estremecidas.
Le acarició la mejilla, y disfrutó de la suavidad de la piel morena. Aquello era
real. El matrimonio era más que la alianza que llevaba en el dedo, más que hacer el
amor llenas de deseo y de excitación en medio de la noche. El matrimonio era
mantenerse abrazadas al amanecer.
Yulia habría estado dispuesta a hacer lo que fuera por ella. Por alguna razón,
hasta ese momento no se había dado cuenta del verdadero alcance de lo que sentía
por aquella mujer. Había reconocido primero el deseo y después el amor, pero en ese
momento descubrió y entendió la devoción. Lena era suya como ninguna otra mujer
podría llegar a serlo nunca, y por primera vez en su vida, quiso ser una heroina.
Cuando sus cuerpos se unieron, la cama estaba bañada por la luz del sol que
entraba por la ventana, y más tarde, aún entrelazadas, se quedaron dormidas.

—Sé que estoy haciendo lo correcto —dijo Lena. Aun así, dudó por un
segundo cuando salieron del ascensor en el hotel donde se hospedaba Olya—. No
importa lo que pase, no pienso echarme atrás —agarró la mano de Yulia, y se aferró a
ella con fuerza. La falta de sueño hacía que tuviera la cabeza extrañamente
despejada, y que se sintiera lista para pasar a la acción—. Me alegro muchísimo de
que estés aquí conmigo.
—Ya te dije que no me gusta que vuelvas a verla, ni que tengas que tratar con
ella para nada. Yo puedo ocuparme de esto.
—Ya sé que puedes, pero sabes que es algo que necesito hacer por mí misma. Yulia...
—¿Qué?
—Por favor, intenta controlar tu genio —al ver cómo enarcaba las cejas, soltó
una suave carcajada y sintió que la tensión que sentía se aligeraba—. No hace falta
que me mires así, sólo quería decir que gritarle a Olya no servirá de nada.
—Nunca grito, aunque de vez en cuando levanto la voz para que se me
entienda bien.
—Como ya hemos aclarado eso, supongo que sólo nos queda llamar a la puerta
—Lena sintió la familiar sensación de pánico, y luchó por sofocarla mientras daba
unos golpecitos en la puerta.
Olya abrió al cabo de unos segundos, vestida con un traje chaqueta azul
marino que le daba un aspecto imponente y lleno de aplomo.
—Lena —la mujer inclinó la cabeza de forma casi imperceptible a modo de
saludo, y después se volvió hacia Yulia—. Señora Volkova, encantada de conocerla.
Lena no mencionó que fuera a acompañarla esta tarde.
—Todo lo relacionado con Lena y con Dima me concierne, señora Petrova
—dijo Yulia, antes de entrar sin esperar a que la mujer les invitara a hacerlo.
Consciente de que ella nunca habría sido capaz de ser tan enérgica estando sola,
Lena la siguió.
—Ya veo que es muy concienzudo al ocuparse de sus asuntos —comentó
Olya, mientras cerraba la puerta tras ellas—. Pero Lena y yo tenemos que hablar
sobre algunas cuestiones de familia privadas. Estoy segura de que lo entiende.
—Sí, lo entiendo perfectamente —Yulia le devolvió la mirada a la mujer sin
pestañear—. Mi mujer y mi hijo son mi familia.
La incómoda guerra de voluntades se alargó por unos segundos, pero Olya 
la zanjó al fin con una inclinación de cabeza.
—Muy bien, si insiste... por favor, siéntense. Pediré café, el servicio en este sitio
es bastante pasable.
—No se moleste por nosotras —Lena consiguió controlar sus nervios, y se
sentó—. No creo que esto dure mucho.
—Como quieras —Olya se sentó frente a ellas—. Mi marido hubiera
querido estar aquí, pero no ha podido por cuestiones de negocios. Yo hablo en
nombre de los dos —tras dejar aquello claro, puso las manos en los brazos de su
silla—. Me limitaré a repetir lo que ya he dicho antes. Voy a llevarme al hijo de Andrey a Boston, para criarlo como debe ser.
—Y yo voy a repetirle que no voy a dejar que lo haga —en un último intento de
razonar con ella, Lena se inclinó hacia delante y dijo—: es un niño, no un objeto.
Tiene un buen hogar, unas madres que lo quieren, y está sano y fuerte. Debería
alegrarse de que sea así. Si quiere, podemos hablar de un régimen de visitas razonable...
—Por supuesto que sí, del tuyo —la interrumpió Olya—.Y si puedo, me
aseguraré de que puedas ver al niño en contadas ocasiones —apartó la vista de Lena
sin más, y miró a Yulia—. Señora Volkova estoy segura de que no querrá criar al hijo del ex marido de su mujer. No es de su sangre, y sólo tiene su nombre porque, por alguna
razón, se ha casado con su madre.
Yulia sacó un cigarro, y lo encendió lentamente. Lena le había pedido que
intentara controlar su genio, y aunque sabía que no podría hacerlo, no quería perder
los estribos tan pronto. Se limitó a decir:
—Está muy equivocada.
La mujer soltó un suspiro de forma casi indulgente.
—Supongo que está enamorada de Elena, mi hijo también lo estaba.
El primer eslabón de la cadena que sujetaba el genio de Yulia se partió en dos, y
la furia que la inundó se reflejó claramente en sus ojos y en el tono preciso y gélido
de sus palabras.
—No se atreva a comparar nunca mis sentimientos por Lena con los de su hijo.
Olya palideció un poco, pero consiguió hablar con voz calmada.
—No tengo ni idea de lo que ella le habrá contado...
—Toda la verdad —antes de que Yulia pudiera hablar o moverse, Lena le puso
una mano en el brazo y continuó diciendo—: le he contado lo que usted ha sabido
desde siempre, que Andrey estaba enfermo, que era emocionalmente inestable.
Olya se levantó con movimientos deliberados de la silla. Su cara estaba
ruborizada y tensa, pero habló con el mismo tono tranquilo de antes.
—No pienso escuchar ninguna calumnia sobre mi hijo.
—Pues va a tener que escucharme, aunque no lo hizo cuando yo necesitaba
ayuda desesperadamente, cuando Andrey pedía auxilio de la única forma que sabía —
Lena apretó los dedos en el brazo de Yulia, pero no se echó atrás—. Era un
alcohólico, estaba deshecho emocionalmente, y decidió abusar de alguien más débil
que él. Usted sabía que me maltrataba, vio las magulladuras y los moratones, pero
decidió ignorarlos o poner excusas; sabía que había otras mujeres, pero con su
silencio, le dio su aprobación.
—Lo que pasara entre Andrey y tú no era de mi incumbencia.
—Esa es una postura que queda para tu conciencia, pero te advierto que si
abres la caja de los truenos, no podrás contener lo que salga, Olya.
La mujer volvió a sentarse al oír el tono de voz de Lena, y por el hecho de que
se había atrevido a tutearla. Era perfectamente consciente de que ese pequeño
cambio las convertía en iguales, y fue entonces cuando se dio cuenta de que no
estaba ante la mujer atemorizada y fácilmente manipulable a la que había conocido un año atrás.
—Las amenazas de alguien como tú no me preocupan. Se decidirá en un
juzgado si una descarada, degenerada anormal, sin moral puede tener la custodia de un Petrov, o si va a
criarse en un ambiente donde puede recibir una buena educación.
—Si vuelve a hablar así de mi mujer, va a tener que enfrentarse a algo más que
unas simples amenazas... —Yulia soltó una larga bocanada de humo, y añadió—:
señora Petrova.
—No importa —dijo Lena. Le dio un ligero apretón en la mano, consciente de
que la pelinegra estaba a punto de perder el control—.Ya no puedes intimidarme, Olya, y
no vas a hacer que te suplique. Sabes perfectamente bien que siempre le fui fiel a Andrey
—Lo que sé es que Andrey no creía que fuera así, y encima el que estés en pareja con otra mujer confirma ademas otras cosas de tu persona.
—Entonces, ¿cómo sabe de quién es el niño?
Las palabras de Yulia fueron seguidas por un silencio absoluto. Lena empezó a
decir algo, pero se detuvo al ver la advertencia en los ojos de la pelinegra. El rostro de Olya
volvió a sonrojarse, y finalmente pudo decir:
—Ella no se habría atrevido a...
—¿No? Vaya, qué raro. Usted piensa probar que Lena le fue infiel a su hijo,
pero ahora está diciendo que no pudo serlo. En cualquiera de los dos casos, lo va a
tener complicado. Si ella hubiera tenido una aventura con alguien, mujer inclusive... conmigo, por
ejemplo... —Yulia sonrió, y apagó el cigarro—. ¿No se ha preguntado por qué nos casamos tan rápido?, ¿por qué acepto al hijo de un hombre, tal y como usted ha comentado? —se detuvo unos segundos para que la idea arraigara, y finalmente
añadió—: si Lena le fue infiel a su hijo, el niño podría ser de cualquiera, incluso lo pudo haber concebido de una forma no natural, mediante una inseminacion por ejemplo, pero si no le fue infiel, usted se queda sin base para intentar quitarle la custodia.
Los dedos de Olya se tensaron sobre el brazo de su silla, y tuvo que
obligarse a relajarlos.
—Mi marido y yo vamos a exigir que se hagan pruebas para determinar la
paternidad del niño, no estoy dispuesta a admitir a un bastardo en mi casa.
—Ten cuidado —dijo Lena, tan suavemente que las palabras parecieron vibrar
en el aire—. Ten mucho cuidado, Olya. Sé que Dima no te importa lo más
mínimo como persona.
Olya tuvo que luchar por mantener la calma.
—El hijo de Andrey es muy importante para mí.
—No me has preguntado ni una sola vez por él, no has pedido una foto o un
informe médico. Ni siquiera lo has llamado por su nombre. Si hubiera visto en ti la
más mínima muestra de afecto por el niño, no estaría tan segura de lo que voy a
decirte —Lena no tuvo que esforzarse por mostrarse fuerte, ya que el valor y la
decisión llegaron con total naturalidad—. Puedes iniciar los trámites del pleito por la
custodia cuando te venga en gana, Yulia y yo ya se lo hemos notificado a nuestro
abogado. Vamos a enfrentarnos a ti, y vamos a ganar. Y mientras tanto, le contaré a
la prensa cómo fue mi vida con los Petrov de Moscú.
Las uñas de Olya se clavaron en el brazo del sofá.
—No serías capaz de hacerlo, no tienes el valor suficiente.
—Tengo más que de sobra cuando se trata de proteger a mi hijo.
Olya vio la determinación serena e inquebrantable en sus ojos, y logró decir:
—Aunque lo hicieras, nadie te creería.
—Yo creo que sí, la gente sabe distinguir la verdad.
Con el rostro tenso, Olya se volvió hacia Yulia.
—¿Tiene idea de lo mucho que ese tipo de habladurías puede perjudicar a su
familia?, empezando por la homosexualidad? ¿quiere arriesgar la reputación de sus padres y la suya propia por una mujer
y un niño que ni siquiera es de su sangre?
—Mi reputación puede soportar eso y más, y la verdad es que mis padres están
deseando enfrentarse a usted —dijo Yulia, con un claro desafío en su voz—. Puede
que Dima no tenga mi sangre, pero es mío.
—Olya —Lena esperó a que la mujer se volviera hacia ella, y cuando
estuvieron de nuevo cara a cara, le dijo—: siento que perdieras a tu hijo, pero no voy
a dejar que lo reemplaces con el mío. Pagaré el precio que haga falta para proteger a Dimitri, y a ti también te va a salir muy caro.
Yulia la tomó del brazo, y ambas se levantaron.
—Su abogado puede ponerse en contacto con nosotras cuando decida lo que va
a hacer. No se olvide de que ya no está tratando con una mujer sola y embarazada,
señora Petrova. Ahora está enfrentándose a la familia Volkov.
En cuanto salieron al pasillo y la puerta se cerró tras ellas, Yulia la apretó contra
su pecho. Al notar que temblaba, la abrazó con más fuerza y le dijo:
—Has estado fantástica —depositó un beso en su pelo, antes de apartarse
ligeramente para mirarla—. Ángel, has estado realmente increíble, la has dejado con
la boca abierta.
Lena se sonrojó, orgullosa y satisfecha.
—No ha sido tan terrible como esperaba —dijo con un suspiro, mientras iban
hacia el ascensor con las manos entrelazadas—. En el pasado le tenía un miedo
enorme y no me atrevía ni a decir dos palabras delante de ella, pero ahora puedo
verla como lo que es, una mujer sola atrapada por lo que cree que representa el
honor de su familia.
Yulia soltó una breve carcajada sin humor justo cuando las puertas del ascensor
empezaron a abrirse.
—El honor no tiene nada que ver con todo esto.
—No, pero así es como lo ve ella.
—¿Qué te parece si nos olvidamos de Olya Petrova por el resto del día? —sugirió la pelinegra, al apretar el botón de la planta baja—. Bueno, muy pronto nos
olvidaremos de ella completamente, pero hay un pequeño restaurante a varias
manzanas de aquí bastante animado, y muy caro.
—Es demasiado pronto para cenar.
—¿Quién ha hablado de cenar? —la rodeó por la cintura con un brazo mientras
salían al vestíbulo, y añadió—: vamos a sentarnos en una mesa con vistas a las montañas,
y yo voy a ver cómo todo el mundo se queda mirando a mi despampanante esposa
mientras nos bebemos una botella de champán.
Al oír aquellas palabras, Lena sintió una tremenda oleada de amor por aquella mujer, y se quedó sin aliento cuando ella le besó la mano.
—¿No crees que deberíamos esperar a que Olya nos comunique su decisión
antes de celebrarlo?
—También lo celebraremos cuando lo haga, pero ahora quiero brindar por un
ángel que ha sacado las uñas.
La pelirroja se echó a reír, y juntas salieron a la calle.
—Bueno, la verdad es que...
—¿Qué?
Ella levantó los ojos hacia la pelinegra y admitió:
—Que me encantaría volver a hacerlo.
—Parece que voy a tener que andarme con cuidado a partir de ahora.
—Probablemente —aunque estaba eufórica por su victoria, Lena seguía siendo
práctica, así que comentó—: no debería beber champán, Dimitri...
Yulia la besó, y le hizo un gesto al portero para que le llevaran su coche.

CONTINUARA...


Espero les guste, estamos llegando al final de la historia!!!:)Cool
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por xlaudik el Miér Ene 21, 2015 2:31 pm

Buenísimo!!!! :-D
No tardes con la conti xfa :-P
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Sáb Ene 24, 2015 11:14 pm

Hola de nuevo aquí con la conti de este fic, y quiero contarles que es el final de esta historia, espero les guste!! Smile



LUZ EN LA TORMENTA


Capítulo 12

—Pareces agotada —comentó Larissa al entrar en la casa.
—A Dima le están saliendo los dientes —la excusa era lo suficientemente
válida, aunque el nerviosismo del niño no era lo único que mantenía a Lena
despierta—.Lleva durmiendo diez minutos, con un poco de suerte no se despertará
por lo menos en una hora.
—Entonces, ¿por qué no estás tumbada?
Larissa entró en el salón, y la pelirroja la siguió.
—Porque me has llamado para decirme que venías.
—Vaya, es verdad —Larissa esbozó una sonrisa, se sentó y dejó su bolso
encima de la mesa—. No te entretendré demasiado. ¿Yulia no está?
—No, me ha dicho que tenía que salir a hacer algo —Lena se sentó en una
butaca frente a su suegra, y apoyó la cabeza en el respaldo. A veces, los pequeños
placeres parecían un regalo divino—. ¿Quieres algo para beber?, ¿un café?
—Por tu aspecto, me sorprendería que pudieras levantarte de esa butaca. No,
no quiero nada. ¿Cómo está Yul?
—Tan cansada como yo, ninguna de las dos hemos podido descansar
demasiado.
—No me extraña. ¿Aún no se sabe nada de Olya Petrova ni de su abogado?
—No.
—¿Crees que eso es bueno, o malo?
—No lo sé, pero cuanto más se alarga la espera, más fácil es imaginarse lo peor.
—¿Y qué pasa si decide llevar el caso a los tribunales?
—Que nos enfrentaremos a ella —a pesar de lo cansada que estaba, sintió la
fuerza del valor que había encontrado recientemente dentro de sí misma—. Hablé
muy en serio con ella, y voy a cumplir con todo lo que le dije.
—Eso es exactamente lo que quería oír.
Larissa se reclinó en el sofá y se colocó bien el broche que llevaba en la solapa.
Al observar a su nuera con atención, pensó que estaba bastante pálida y delgada,
pero que parecía estar soportando bien la presión.
—Cuando esto termine, Yul y tú podréis zanjar algunos asuntos pendientes.
Lena dio un respingo, ya que había estado a punto de quedarse adormilada.
—¿A qué te refieres?
—A pequeños detalles, como decidir lo que queréis hacer con el resto de
vuestras vidas.
—No te entiendo.
—Yulia tiene su arte, y las dos tenéis a Dimitri... y a todos los niños que
decidáis tener en un futuro.
Aquellas palabras hicieron que Lena se irguiera en su butaca. Yulia y ella
nunca habían hablado de tener más hijos, de una inseminacion, pero en ese momento se preguntó cuál
sería la opinión de la peliengra al respecto... y la suya propia. Se llevó la mano a su vientre
plano, y se imaginó a otro bebé creciendo allí, un niño que sería el hijo de Yulia desde
el primer momento. Sí, no tenía ninguna duda de que quería tener más hijos con ella como fuera, y la ciencia seria su gran aliada.
Al levantar la vista, se dio cuenta de que Larissa la estaba mirando con una
expresión comprensiva.
—Es difícil tomar decisiones con tantas cosas pendientes.
—Claro, pero todo acabará tarde o temprano, y entonces ¿qué vais a querer
hacer? Sabéis que ustedes tienen que planear con tiempo si deciden tener mas niños, porque su caso es un poquito mas complicado que lo tradicional ademas he vivido bajo el mismo techo que Yulia durante más de dos décadas, y sé
que si está inspirada, puede pasarse horas y días metida en su estudio.
—Eso no me importa. ¿Cómo va a importarme, al ver los cuadros tan
fantásticos que hace?
—Pero una mujer también necesita sentirse realizada. Los hijos pueden
ayudarla a conseguirlo, pero... Larissa agarró su bolso, lo abrió y sacó una
tarjeta—. Hay una clínica para víctimas de maltratos en el centro de la ciudad. Es
bastante pequeña, y por desgracia no tiene demasiados fondos... aún —ella pensaba
solucionar eso—. Necesitan voluntarias, mujeres que entienden lo que es pasar por
algo así, y que saben que puede existir una vida normal después de ese infierno.
—Yo no soy terapeuta.
—No se necesita tener un título para dar apoyo.
—No —Lena miró la tarjeta que Larissa había dejado sobre la mesa, mientras
la idea empezaba a enraizar—. No lo sé. Es...
—Piénsatelo.
—Larissa, ¿has ido a ver la clínica?
—Sí, Oleg y yo estuvimos allí ayer, y nos sentimos muy impresionados.
—¿Por qué fuisteis?
Larissa enarcó una ceja, en un gesto que Yulia había heredado.
—Porque queríamos entender mejor a alguien que es muy importante para
nosotros. Bueno, será mejor que te deje descansar —dijo, mientras empezaba a
levantarse—. No hace falta que me acompañes a la puerta. Dale a Yul un beso de
mi parte, y dile que su padre quiere saber si va a volver a jugar al póquer con él
algún día de estos. A ese hombre parece que le gusta perder dinero.
- Larissa —Lena se quitó los zapatos, y encogió las piernas sobre la butaca—
. Nunca tuve una madre, y la que siempre me imaginé no se te parecía en nada —
sonrió mientras se le empezaban a cerrar los ojos, y añadió adormilada—: pero no
estoy decepcionada.
—Estás progresando —dijo Larissa, y la dejó durmiendo en la butaca.
Lena aún seguía allí cuando Yulia llegó a casa.
Cuando apoyó contra una pared el voluminoso paquete que llevaba, ella no se
despertó con el ruido del papel, así que fue al sofá. Ni siquiera tuvo la energía de
desear tener su cuaderno de esbozos mientras estiraba las piernas, y se quedó
dormida de inmediato.
El niño los despertó. La pelinegra se limitó a soltar un gemido y a taparse la cara con
un cojín, pero la pelirroja se incorporó desorientada, parpadeó confundida, y después se
obligó a dar un paso tras otro para subir las escaleras.
Poco tiempo después, Yulia subió también.
—Veo que llego justo a tiempo —comentó, al ver que ella estaba acabando de
ponerle un pañal limpio a Dima.
—Estoy empezando a sospechar que has esperado a propósito —dijo ella.
Sonriendo, levantó al niño sobre su cabeza para hacerlo reír—. ¿Cuánto tiempo llevas
en casa?
—El tiempo suficiente para ver que mi mujer no tiene nada mejor que hacer que
pasarse el día durmiendo —tomó al niño en sus brazos, y lo miró con fingido
enfado—. ¿Crees que se dormiría esta noche si lo mantenemos despierto y jugamos
con él hasta que se agote?
—Estoy dispuesta a probar lo que sea.
Yulia se sentó en el suelo, y empezó a jugar con el niño a juegos absurdos como
«el niño saltarín», «el niño avioncito», o «el niño con cosquillas».
—Se te da muy bien cuidarlo, parece mentira que seas nueva en esto —comentó Lena, mientras se sentaba en el suelo con ellos.
—Nunca me había planteado ser madre, y la verdad es que tiene sus
compensaciones —se puso a Dima en la rodilla, y le dio un suave meneo.
—Sí, como pasearse de un lado a otro de la habitación a las dos de la
madrugada.
—Exacto.
—Yulia, tu madre se ha pasado por casa.
—¿Debería sorprenderme?
Lena sonrió al inclinarse un poco para dejar que Dima le estirara del pelo.
—Me ha dejado una tarjeta... de una clínica para víctimas de maltratos.
—Ya veo —dijo la ojiazul, mientras intentaba hacer que Dimitri soltara el pelo de su
madre—. ¿Quieres volver a terapia?
—No... al menos, no lo creo —La pelirroja los miró, divertida. Mientras contemplaba
a Dima mordisqueándole la barbilla a su mama, supo que toda la terapia que
necesitaba estaba sentada delante suyo—.Tu madre ha comentado que a lo mejor me
gustaría trabajar allí como voluntaria.
Yulia frunció el ceño, mientras dejaba que Dima le mordisqueara un nudillo.
—Pero entonces recordarás lo que pasó día tras día, ¿no?
—Sí, recordaré lo que he podido cambiar.
—Pensaba que algún día querrías volver a trabajar de modelo.
—Ni hablar. Creo que el trabajo de voluntaria es algo que se me puede dar bien,
y me gustaría intentarlo.
—Sabes que no necesitas mi aprobación.
—Aun así, me gustaría tenerla.
—Entonces la tienes, a menos que vea que te empieza a afectar o que te cansa
demasiado.
Lena sonrió. Yulia aún la consideraba más frágil de lo que era.
—Sabes, he estado pensando... con todo lo que ha pasado, y con todas las
preocupaciones y los asuntos que han ido surgiendo, la verdad es que no hemos
tenido demasiado tiempo para llegar a conocernos de verdad.
—Sé que te pasas un siglo en la bañera, y que te gusta dormir con la ventana
abierta.
Lena agarró el conejito de trapo de Dima, y empezó a pasárselo de una
mano a la otra.
—Pero hay otras cosas importantes.
—¿Como cuáles?
—La otra noche, te dije que podías preguntarme algo, y que después yo haría lo
mismo. ¿Te acuerdas?
—Sí.
—Yo no tuve mi turno.
Yulia apoyó la espalda en el sofá cama, mientras Dimitri seguía
mordisqueándole los nudillos. Era obvio que ambas estaban evitando
deliberadamente hablar de la llamada de teléfono que esperaban, y quizás fuera lo
mejor.
— ¿Quieres que te lo cuente todo sobre mi juventud disipada?
Aunque Lena estaba tirando nerviosamente de las orejas del conejo, esbozó
una sonrisa.
—¿Tenemos suficiente tiempo?
—Aduladora.
—La verdad es que me gustaría hablar de otra cosa. Hace un par de días,
cuando llovió, fui a tu estudio para cerrar las ventanas, y les eché un vistazo a los
cuadros que tienes allí. A lo mejor no habría debido hacerlo.
—No pasa nada.
—Hubo uno que me impactó en particular, el de tu hermano Dimitri. Me
gustaría que me hablaras de él.
Yulia permaneció callada durante tanto tiempo, que Lena estuvo a punto de
decirle que se olvidara del asunto, que no tenía importancia; sin embargo, tenía
demasiada. Estaba segura de que la muerte de su hermano había sido lo que la había
impulsado a irse a Vorkuta, y lo que le impedía, incluso en ese momento, organizar
una exposición con sus obras.
—Yulia —dijo, al posar una mano sobre su brazo—: Me pediste que me casara
contigo para poder hacerte cargo de mis problemas. Querías que confiara en ti y lo
hice, pero hasta que tú hagas lo mismo, seguiremos siendo como desconocidas
—Tú y yo dejamos de ser desconocidas desde el primer momento en que nos
vimos, Lena. Te habría pedido que te casaras conmigo aunque no hubieras tenido
ningún problema.
La pelirroja se quedó muda de sorpresa, y sintió una punzada de esperanza.
—¿Lo dices en serio?
Yulia se puso al bebé contra el hombro.
—No siempre digo todo lo que quiero, pero siempre hablo en serio —cuando
Dimitri empezó a gimotear, la pelinegra se levantó para pasearlo—. Tú necesitabas a
alguien, y quise ser esa persona. Y yo también necesitaba tener a alguien, aunque no
me di cuenta hasta que entraste a formar parte de mi vida.
Lena quiso preguntarle cómo la necesitaba, por qué, y si la clase de amor con el
que ella siempre había soñado formaba parte de esa necesidad. Pero sabía que tenían
que remontarse más atrás para poder avanzar.
—Por favor, háblame de él.
Yulia no sabía si era capaz, si podría hablar sin tropezarse con el dolor y las
palabras. Hacía mucho que no hablaba de su hermano.
—Tenía tres años menos que yo —empezó a decir—. Nos llevábamos bastante
bien de pequeños, porque Dima no solía sacar el genio a menos que se viera
acorralado. El único interés compartido que teníamos era el tenis, y me enfadaba
mucho porque él siempre me ganaba. Cuando fuimos creciendo, yo me decanté hacia
el arte, y Dimitri hacia el Derecho. Ése era un ámbito que lo fascinaba.
—Ahora me acuerdo —murmuró Lena—. Lo mencionaban en un artículo que
leí sobre ti... trabajaba en San Petersburgo, ¿verdad?
—Sí, como abogado de oficio. Muchos desaprobaron su decisión, pero a Dima no le interesaban ni el Derecho de sociedades ni los sueldos astronómicos.
Muchos dijeron que eso era porque pertenecía a una familia millonaria, pero lo que
no entendían era que él habría hecho lo mismo, con o sin su fortuna. No era un santo,
pero era el mejor de todos nosotros —Yulia metió al niño en la cuna, y le dio cuerda
al móvil—. Mi padre solía decir que era el mejor y el más brillante.
La pelirroja se había levantado, pero no sabía si la pelinegra querría que se le acercara.
—Eso se reflejaba en el retrato. Debías de quererlo muchísimo.
—Uno no se plantea si quiere o no a su hermano, es algo que simplemente está
o no está. Y tampoco es algo que uno piense en decirle, porque cree que no hace falta.
Y entonces, todo lo que queda es tiempo para arrepentirse.
—Dimitri tenía que saber que lo querías, sólo tenía que mirar el retrato para
darse cuenta.
Yulia fue hacia la ventana con las manos en los bolsillos. Hablar con Lena de
aquello era mucho más fácil de lo que había imaginado.
—Hice apuestas con él durante años para conseguir que posara para mí, toda la
familia bromeaba sobre el tema. En una partida de póquer, le gané cinco sesiones
posando. Yo tenía escalera de color, y él un trío —Yulia sintió de nuevo aquel intenso
dolor que le resultaba tan familiar—. Ésa fue la última vez que jugamos juntos.
—¿Qué le pasó?
—Tuvo un accidente. Nunca he creído en los accidentes, sino en la suerte, en el
destino. El estaba recabando información en Ekaterimburgo para uno de sus casos, y tomó
un pequeño avión regional que se estrelló minutos después del despegue. Iba a
Moscú, porque yo iba a inaugurar una exposición allí.
Lena sintió que el corazón se le rompía por Yulia. Sin dudarlo ni un segundo más,
fue a abrazarla.
—Te has culpado a ti misma de lo que pasó, pero eso no es justo.
—Iba a Moscú por mí, para apoyarme. Vi a mi madre derrumbarse por
primera vez en su vida, a mi padre andando por su casa como si fuera la primera vez
que la veía, y yo no sabía qué decir ni hacer.
La pelirroja le acarició la espalda, consciente de que era inútil decirle que, a veces, la
única cosa que se podía hacer por los seres queridos en momentos así era estar junto
a ellos.
—Nunca he perdido a ningún ser querido, pero ahora que os tengo a Dima y
a ti, me imagino lo terrible que sería. A veces las cosas pasan sin que nadie tenga la
culpa, pero no sé si puede considerarse un accidente o el destino.
Yulia apoyó la mejilla en su hombro, y contempló por la ventana las flores que la pelirroja
había plantado.
—Me fui a Vorkuta para aislarme durante algún tiempo, para estar sola y ver
si podía volver a pintar. Aquí era incapaz de hacerlo. Cuando te encontré había
empezado a recuperarme, podía trabajar otra vez y me estaba planteando volver a
casa y reanudar mi vida, pero me faltaba algo —se echó ligeramente hacia atrás, y le
enmarcó la cara entre sus manos—. Tú llenaste el vacío que había dentro de mí.
Lena le agarró las muñecas, y dijo:
—Me alegro.
Cuando la pelinegra la abrazó con fuerza, Lena cerró los ojos y se dijo que iban a salir
adelante, pasara lo que pasase. A veces, la necesidad desesperada de conseguir algo
era suficiente empuje.
—Yulia, respecto a los cuadros que hay en tu estudio... su sitio no es ése —le
aferró los brazos antes de que ella pudiera hablar o alejarse, y añadió—: no está bien
tenerlos ahí, de cara a la pared, y fingir que no existen. Si tu hermano se sentía tan
orgulloso de ti para querer estar en la inauguración de tu exposición, es hora de que
organices una y se la dediques. Aunque no dijeras las palabras, no hay mejor manera
de mostrar lo mucho que lo querías.
Yulia había empezado a apartarse de la pelirroja a inventarse excusas, pero sus últimas
palabras dieron de lleno en la diana.
—Le habrías caído bien.
Lena sonrió.
—¿Vas a hacerlo?
—Sí —Yulia besó sus labios sonrientes—. Sabía que había llegado la hora de
hacerlo, pero no podía dar el paso. Le diré a Nastya que lo prepare todo —al notar
que Lena se tensaba ligeramente, la observó con atención y le preguntó—: ¿hay
algún problema?
—No, claro que no.
—Ángel, se te dan bien un montón de cosas, pero mentir no es una de ellas.
—Yulia, estoy muy contenta de que hayas decidido organizar la exposición, de
verdad.
—¿Pero...?
—Pero nada. Vaya, se ha hecho muy tarde y tengo que bañar a Dimitri.
—Eso puede esperar un minuto —Yulia la convenció de que no se moviera de
donde estaba con sólo deslizar las manos por sus brazos—. Sé que entre Nastya y tú
las cosas están un poco tensas, pero ya te dije que mi relación con ella es
estrictamente profesional.
—Lo entiendo, y yo ya te dije lo que haría si pensara que no es así.
—Sí, es verdad —dijo la pelinegra, divertida. Aunque ella hubiera hecho las maletas, no
habría llegado ni al recibidor—. Entonces, ¿qué problema hay?
—No hay ningún problema.
—Preferiría no tener que preguntárselo a Nastya.
—Lo mismo digo —Lena levantó la barbilla, y le dijo con voz firme—: Yulia,
no insistas. Y no me presiones.
—Vaya, vaya —le puso las manos en los hombros, y a continuación hizo un
gesto afirmativo con la cabeza—. He visto muy pocas veces esa expresión en tu cara,
y siempre me despierta un deseo incontenible de tumbarte en el suelo y hacer el
amor contigo apasionadamente —al ver que la pelirroja se ruborizaba, se echó a reír y la
abrazó con fuerza.
—No te rías de mí —Lena quiso apartarte de ella, pero Yulia no se lo permitió.
—Lo siento. No me estaba riendo de ti, sino de la situación —pensó que a lo
mejor debería mostrar algo más de delicadeza, pero rechazó la idea—. ¿Es que tienes
ganas de pelea?
—Ahora no.
—Si no puedes mentir mejor, vas a tener que mantenerte alejada de las partidas
de póquer —murmuró. Al ver que Lena se relajaba un poco, añadió—: oí tu
conversación con Nastya en la galería.
—Entonces, no tengo que deletrearte las cosas. Ella cree que voy a ser una carga
para ti, que voy a impedirte que alcances todo tu potencial, así que decidió
intervenir. Sé que probablemente los Petrov nos habrían encontrado en cuestión de
días, pero no le perdonaré nunca que los llamara para decirles dónde estamos. Como
tú tienes una relación de negocios con su galería, la trataré con educación en público,
pero nada más.
Las manos de Yulia se habían tensado sobre sus hombros conforme iba
hablando, y en su rostro no quedaba ni rastro de diversión.
—¿Me estás diciendo que Nastya llamó a los Petrov?
—Acabas de decir que nos oíste, así que...
—No llegué a oír tanto —Yulia relajó las manos con un esfuerzo consciente, y
retrocedió un paso—. ¿Por qué no me explicaste esto antes, para poder mandarla al
infierno?
—No creí que... —Lena se detuvo en seco, y se lo quedó mirando con
expresión de sorpresa—. ¿Lo habrías hecho?
—Maldita sea, Lena, ¿qué más tengo que hacer para convencerte de que Dima y tú sois lo más importante para mí?
—Pero ella dijo que...
—¿Qué importa lo que ella dijera?, lo que cuenta es lo que diga yo, ¿no?
—Sí —Lena entrelazó las manos, pero no bajó la mirada. Lo que contaba era lo
que la pelinegra dijera, pero Yulia no le había dicho nunca que la amaba—. No quería interferir
en tu trabajo.
—Y yo no voy a permitir que Nastya interfiera en mi vida. Yo me ocuparé de
esto.
—¿Qué vas a hacer?
Exasperada, Yulia se pasó la mano por el pelo.
—Hace un minuto estabas hablando de mi trabajo como si tuviera la obligación
de compartirlo con el mundo por el bien de la humanidad, y ahora te comportas
como si fuera a tener problemas para encontrar otra galería.
—No he querido decir que... ¿vas a sacar tus cuadros de la galería de Nastya?
—Madre de Dios —murmuró Yulia. Fue de un lado a otro de la habitación para
intentar calmarse, y finalmente dijo—: está claro que tenemos que hablar... o quizás
lo que necesitamos es otra cosa —dio un paso hacia la pelirroja, pero soltó un juramento
cuando empezó a sonar el teléfono—. No te muevas de aquí —sin más, salió de la
habitación.
Lena soltó un largo suspiro, y fue a la cuna para darle a Dima su conejito de
trapo. Yulia había hablado de tumbarla en el suelo y hacerle el amor, y por el brillo
de sus ojos justo antes de irse, estaba claro qué era lo que tenía en mente, pero eso
sólo habría probado algo que ella ya sabía: que la pelinegra la deseaba y la necesitaba.
Se dijo que era normal que la sorprendiera saber que estaba dispuesta a cortar
su relación profesional con Nastya; sin embargo, mientras se inclinaba para darle un
beso al niño, pensó que en realidad Yulia no iba a hacerlo por ella, sino por sí misma.
Nastya había cometido el error de interferir.
Pero lo importante no eran las razones, sino los resultados, y esa tarde habían
avanzado mucho. La pelinegra había confiado en ella lo suficiente para hablar de sus
sentimientos hacia su hermano, ella le había convencido de que mostrara su trabajo
al público, y Nastya estaba fuera de sus vidas.
—Eso debería ser suficiente por hoy —le dijo a Dimitri en un murmullo,
aunque seguía sintiendo un profundo dolor.
Se negó a pensar en los Petrov.
—Dima, tu mami nos necesita —aquello también debería ser suficiente.
Quizás eran sólo unos sustitutos de un ser querido al que la ojiazul había perdido, pero
Yulia le había dado al niño su amor incondicional, y a ella le había prometido
fidelidad. Eso era más de lo que había tenido nunca, más de lo que había pensado
que llegaría a tener. Y sin embargo, no era suficiente.
—Lena.
La pelirroja se volvió hacia la puerta, enfadada consigo misma porque tenía ganas de
echarse a llorar y se sentía rechazada.
—¿Qué pasa?
—Era Golubev —Yulia vio el miedo en sus ojos,: pero la emoción fue
rápidamente reemplazada por una determinación férrea. Antes de que Lena pudiera
preguntarle nada, le dijo—: se ha acabado. El abogado de los Petrov se ha puesto
en contacto con él hace unos minutos.
—¿Qué quiere decir que se ha acabado?
—Que se han echado atrás. No va a haber ningún pleito por la custodia, ni
ahora ni nunca. No quieren tener nada que ver con el niño.
—Dios mío... —Lena se cubrió la cara con las manos. Se echó a llorar, pero no
se sintió avergonzada por ello, ni siquiera cuando Yulia la abrazó con fuerza—. ¿Está
Golubev seguro de que es algo definitivo?, si cambian de idea...
—Está completamente seguro. Escúchame —la apartó ligeramente para poder
mirarla, sin saber cómo iba a reaccionar ante lo que le iba a contar—. Van a empezar
las gestiones para alegar que Dimitri no era el hijo biológico de Andrey. Quieren cortar
legalmente todo lazo con el niño, para que en el futuro no pueda reclamar su parte
de la herencia de los Petrov.
—Pero Olya sabe que eso no es verdad.
—Quiere creer que es verdad.
Lena cerró los ojos, sintiendo una mezcla de alivio, y de pena.
—Habría hecho un esfuerzo por ser justa con ellos, por dejar que vieran a
Dima. Al menos, quiero creer que lo habría intentado.
—Perderá su parte de la herencia.
—¿Te refieres al dinero? —Lena abrió los ojos. Se habían oscurecido, y estaban
húmedos de lágrimas—: No creo que eso, le importe a él en el futuro, y a mí me trae
sin cuidado. Y en cuanto a la familia, ya tiene una. Yulia, no sé cómo agradecértelo.
—Entonces, no lo hagas. Tú fuiste la que te enfrentaste a ella.
—Sí, es verdad —se secó las lágrimas, y se echó a reír mientras le rodeaba el
cuello con los brazos—. Lo hice, me enfrenté a ella. Nadie va a quitárnoslo. Quiero
celebrarlo... ir a bailar, organizar una fiesta —volvió a reír, y la apretó con fuerza—.
Después de dormir una semana seguida.
—Trato hecho —Yulia encontró sus labios con los suyos, y ¡los mantuvo
cautivos mientras ella parecía derretirse contra su cuerpo. Aquél era un nuevo
comienzo, y esa vez iban a dar el primer paso de forma adecuada—. Tengo que
llamar a mis padres para decírselo.
—Sí, ve a hacerlo —la abrazó durante unos segundos más, y finalmente le
dijo—: bajaré con Dima despues de bañarlo.
Una hora después, Lena bajó las escaleras con el niño, que estaba
completamente despierto y con ganas de jugar. Había tenido que cambiarse de ropa
después de bañarlo, ya que se le habían mojado los vaqueros, y se había puesto una
camisa de un suave tono lavanda y unos pantalones. Se había dejado el pelo suelto, y
tanto Dima como ella olían a jabón y a polvos de talco.
Yulia fue hasta el pie de las escaleras, y de inmediato tomó en brazos al niño.
—Trae, ya lo llevo yo —dijo, mientras le hacía cosquillas en la barriguita a su
hijo—. Parece que aún te queda mucha energía.
—Lo mismo digo —Lena ahogó un bostezo—. Has dormido tan poco como yo
en estos últimos días, ¿cómo es posible que estés tan bien?
—Yo diría que se lo debo a tres décadas de vida sana... y a que mi cuerpo está
acostumbrado a partidas de póquer que duran toda la noche.
—Tu padre quiere jugar contigo, Dima podría mirar.
—Ya veremos —Yulia le alzó la barbilla con un dedo, y comentó—: la verdad es
que estás a punto de caerte de agotamiento, ¿no?
—Qué va, nunca me había sentido mejor en toda mi vida.
—Y apenas puedes mantener los ojos abiertos.
—No es nada que no pueda arreglarse con cinco horas seguidas de sueño.
—Quiero enseñarte algo, y después podrías dormir una siesta mientras Dimitri
y yo jugamos —dijo, mientras le acariciaba la mandíbula con el pulgar.
Con Lena, había descubierto que el olor del jabón y los polvos de talco podía
ser excitante—. Cuando hayas descansado, podremos tener nuestra propia
celebración privada.
—Ahora mismo me voy a dormir.
Yulia se echó a reír, y la agarró del brazo antes de que pudiera empezar a subir
las escaleras.
—Antes, quiero que veas una cosa.
—Vale, estoy demasiado débil para ponerme a discutir.
—Lo tendré en cuenta para después —con un brazo alrededor de Lena y el
niño en el otro, Yulia fue hacia el salón.
No era la primera vez que Lena veía aquel cuadro; de hecho, había
presenciado desde la primera pincelada hasta la última de su creación. Sin embargo,
parecía diferente allí, colgado encima de la chimenea. En la galería, lo había visto
como una hermosa obra de arte, como algo que podrían contemplar los estudiantes
de arte y los coleccionistas, como algo destinado a ser objeto de comentarios,
discusiones, disecciones y críticas.
Pero allí en el salón, al atardecer, era una declaración personal, una parte de ellas y su hijo.
Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo mucho que la había
molestado verlo expuesto en la galería de Nastya. Y tampoco había sabido que verlo
allí en ese momento haría que sintiera que por fin había llegado a casa.
—Es precioso —murmuró.
Yulia entendió lo que quería decir, sin vanidad ni aires de grandeza.
—No he hecho nada en mi vida que pueda compararse a esto, y dudo que
vuelva a hacer algo que se le acerque siquiera. Por favor, siéntate.
Algo en el tono de su voz hizo que Lena se volviera a mirarla antes de sentarse
en el sofá.
—No sabía que pensabas traerlo a casa, sé que te habían hecho ofertas por él.
—Nunca tuve ninguna intención de venderlo, supe dónde iba a ponerlo desde
el principio —Yulia apoyó al niño en su cadera, y se acercó al retrato—. En todo el
tiempo que llevo viviendo en esta casa, no he encontrado nada ni he pintado nada
que quisiera colgar en ese lugar en concreto. Supongo que es algo que tiene que ver
también con el destino. Si yo no hubiera estado en Vorkuta, si no hubiera nevado, si
tú no hubieras huido... lo que nos había sucedido en el pasado fue lo que hizo que
nos encontráramos, y lo que posibilitó que creáramos esto.
—Cuando lo estabas pintando, me preguntaba por qué parecías tener tanta
prisa en acabarlo, y ahora lo entiendo.
—¿De verdad? —Yulia esbozó una sonrisa, y se volvió hacia ella—. Me
pregunto qué es lo que entiendes, ángel. Hace poco me di cuenta de que no tienes ni
idea de lo que siento por ti.
—Sé que nos necesitas a Dima y a mí. Las dos hemos sufrido mucho, y nos
ayudamos mutuamente.
—¿Y eso es todo? —Yulia se preguntó si la estaba presionando demasiado, pero
sabía que, si no lo hacía en ese momento, quizás después sería demasiado tarde—.
Me dijiste que me querías. Sé que gran parte de lo que sientes es gratitud, pero
quiero saber si hay algo más.
—No sé lo que quieres que te diga.
—Lo que quiero es que lo mires —Yulia alargó una mano hacia ella, pero al ver
que se quedaba donde estaba, fue hasta el sillón y la hizo levantarse—. Mira el
retrato, y dime lo que ves.
—A mí misma.
Al parecer, aquél era el día de los enfrentamientos. Como Dimitri se había
quedado dormido, Yulia lo llevó al piso de arriba y lo metió en su cuna. Se apresuró
a volver junto a Laura, la tomó de los hombros y, manteniéndola delante de sí, hizo
que se volviera hacia el retrato.
—Dime lo que ves.
—Me veo a mí misma, desde tu punto de vista en aquel momento —dijo ella,
con el corazón martilleándole en el pecho—. Parezco demasiado vulnerable y triste.
Impaciente, Yulia le dio una suave sacudida.
—No ves lo suficiente.
—Quiero ver fuerza... y creo que realmente está ahí —admitió ella al fin—Y veo
a una mujer sola, dispuesta a proteger lo que es suyo.
—Cuando la miras a los ojos. Lena, míralos y dime lo que ves.
—Una mujer que se está enamorando — la pelirroja cerró los ojos—. Entonces, ya lo
sabías.
—No —la pelinegra no hizo que se volviera a mirarla, sino que la rodeó con los brazos
mientras las dos continuaban de cara al retrato—. No lo sabía, porque me dije una y
otra vez que estaba pintando lo que quería ver. Y lo que yo misma sentía.
El corazón de Lena se aceleró aún más, ya que ella sabía que Yulia podía
expresar sobre un lienzo cualquier emoción que hubiera experimentado.
—¿Qué es lo que sientes?
—¿Es que no lo ves?
—No quiero verlo —la pelirroja se volvió hacia ella y le agarró la camisa—. Quiero oírlo.
Yulia no sabía si podía decirlo, ya que expresar las cosas en palabras era mucho
más difícil que sentir las emociones. Podía pintar sus estados de ánimo y podía
dejarlos claros a gritos, pero le costaba mucho expresar algo tan importante con
palabras.
Le acarició la cara y el pelo, y finalmente tomó su mano antes de decir:
—Me atrajiste casi desde el primer momento como nadie más podría llegar a
hacerlo jamás, ni en el pasado ni en el futuro, y pensé que estaba loca. Estabas
embarazada, dependías de mí, y te sentías agradecida por mi ayuda.
—Claro que sí, siempre te estaré agradecida.
—Maldición —la pelinegra no pudo decir otra cosa, y apartó la mirada.
—Siento que no te guste —dijo la pelirroja, disfrutando de lo tranquila que se sentía
a pesar de lo enfadada que parecía La pelinegra. Jamás olvidaría la imagen de Yulia en ese
momento; tenía el pelo despeinado de tanto pasarse las manos por él, llevaba una
Blusa gris con los 3 primeros botones desabrochados y las mangas enrolladas hasta los codos, y su expresión reflejaba una
gran impaciencia.
—Yulia, he sido completamente sincera contigo, y ahora quiero que tú hagas lo
mismo. ¿Lo que sientes por mí está ligado a ese retrato, a esa imagen?, ¿tus
sentimientos son el resultado de tu amor por Dimitri, o son por mí?
—Sí a todo —dijo la pelinegra mientras le tomaba una mano—. Estoy enamorada de la
mujer que pinté, de la madre de mi hijo, y de ti. De forma separada y conjunta. Me
habría enamorado de ti sin importar dónde nos hubiéramos conocido, ni bajo qué
circunstancias. A lo mejor no habría pasado todo tan rápido ni habría sido tan
complicado, pero habría pasado igualmente —cuando Lena intentó apretarse contra
ella, Yulia la detuvo—. Las razones que tuve para casarme contigo fueron totalmente
egoístas, no fue por hacerte ningún favor.
—Entonces, no te estaré agradecida —dijo ella, con una sonrisa.
—Gracias —Yulia levantó sus manos hasta sus labios; primero la que tenía el
anillo de boda sencillo, y después la que tenía el nuevo—. Quiero volver a pintarte.
Lena se echó a reír, y la pelinegra cubrió sus labios sonrientes con su boca.
—¿Ahora? —consiguió decir ella.
—Pronto.
Las manos de Yulia se deslizaron hasta su pelo, y el beso se volvió apasionado y
profundo mientras ella la rodeaba con los brazos. El amor que ambas sentían, y que
por fin se habían confesado abiertamente, añadió una intensidad sobrecogedora al
abrazo.
Lena soltó un murmullo de placer, y otro de protesta cuando Yulia la tumbó en el
suelo. Su risa se convirtió en un gemido cuando la pelinegra empezó a desabrocharle la
camisa.
—Dima...
—Está durmiendo —Yulia le echó el pelo hacia atrás para dejar su rostro
completamente despejado, y contempló en sus ojos todo lo que había ansiado ver—.
Eres mía hasta que se despierte. Te quiero, Lena. Podrás verlo cada vez que mires el
retrato. Fuiste mía desde la primera vez que te toqué.
«Soy tuya», pensó la pelirroja mientras Yulia la apretaba contra su cuerpo. El ángel de Yulia era más que un retrato, y por fin había encontrado el lugar al que pertenecía.



FIN........................................................................................................................................................................................................................


Quiero agradecer a tod@s los que se tomaron el tiempo de leer esta historia, espero les haya gustado, su autora original es una grande de las novelas literarias "Nora Roberts" y bueno yo fuí quien lo adapto a nuestras queridas rusas, Yulia Volkova & Lena Katina. Espero les haya gustado mi trabajo, y espero sigan leyendo los otros que estoy posteando y los que publicaré en el futuro proximo. Sin mas muchas gracias, nos leemos en otra historia.   Cool Very Happy
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por xlaudik el Dom Ene 25, 2015 12:00 am

Me encantó, estuvo excelente!!!!:-D
Gracias x compartirlo :-P
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por flakita volkatina el Mar Jun 09, 2015 12:37 am

oh dios hermoso y maravilloso me encanta q hagas adaptaciones d una yul amanant del arte y aun mas q sea pintora sabes eres genial... esta adpatacion me recuerda a UNA NUEVA OPORTUNIDAD la verdd eres demasiado genial trato d seguir todo lo q haces xq me encanta y espero vengan muchs mas cosas d part tuya
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Jun 09, 2015 11:17 pm

flakita volkatina escribió:oh dios hermoso y maravilloso me encanta q hagas adaptaciones d una yul amanant del arte y aun mas q sea pintora sabes eres genial... esta adpatacion me recuerda a UNA NUEVA OPORTUNIDAD la verdd eres demasiado genial  trato d seguir todo lo q haces xq me encanta y espero vengan muchs mas cosas d part tuya

Bueno me alegro que te haya gustado tanto, te dire que tengo 3 Fan Fic mas finalizados en este foro que son: "Me cambiste la vida" "Una noche con mi ama" y "Oculto amor" son muy bonitos también, por si le quieres echar un vistazo. Wink y bueno gracias por los elogios, se hace lo que se puede. Saludos Smile
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Re: LUZ EN LA TORMENTA

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