One Summer Night

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Re: One Summer Night

Mensaje por Anonymus el Miér Feb 25, 2015 9:56 am

Capítulo veinticuatro

Julia entró en su despacho y se quedó mirando los montones de ejercicios que cubrían su escritorio. Tardaría días en sacar todo aquello de allí. Las clases de la mañana habían sido un suplicio y se preguntaba si no habría vuelto al trabajo demasiado pronto. Susan le había dicho que se tomase la semana entera, pero no sabía qué hacer, allí sola. Quería volver a sus rutinas diarias y dejar atrás la semana anterior. Lena se había marchado temprano esa mañana. Tenía que ir a su apartamento a ducharse y a cambiarse de ropa. No hablaron nada de la noche anterior y ella sabía lo que Lena estaba pensando: que Julia iba a echarla de nuevo de su vida. Julia podía verlo en sus ojos y se odió por ello. Había besado y abrazado a Lena, y le había dicho que todo estaba bien. Y lo estaba en realidad. No pensaba dejar de verla. No podía negárselo a sí misma. Era demasiado, y demasiado pronto, eso era todo. Estaba ocupada clasificando los papeles de su escritorio cuando, al cabo de un rato, entró Lena. Echó una ojeada al reloj y se sorprendió al ver que eran más de la una. Lena mostró una bolsa y sonrió.

—Atún en pan integral, con doble de mostaza —dijo, colocando la bolsa sobre el montón de papeles que Julia estaba revisando—. Tienes que comer.

Julia sonrió.

—¿Qué te hace pensar que todavía no he comido?
—Nunca comes a menos que yo te obligue —dijo—. Tengo que irme corriendo.

Cuando estaba en la puerta se volvió.

—Ahora no olvides comértelo.
—Gracias. No lo olvidaré.

Lena se marchó y Julia fue dando mordiscos al sándwich mientras trabajaba. Estaba hambrienta. No había tenido tiempo de desayunar, y Lena tenía razón. Pocas veces comía algo a esa hora. Fue un día muy largo y Julia tuvo que obligarse para no acabar su última clase antes de la hora. Recogió todo cuando faltaban diez minutos, les deseó una buena tarde y salió corriendo hacia su despacho. Las pilas de ejercicios sobre su escritorio la atormentaban y se quedó hasta casi las seis, intentando poner en orden su despacho. Lena no había ido por allí. Julia se encontró con que su despacho estaba cerrado con llave. Debería agradecérselo. Necesitaba estar un tiempo a solas. Después de la noche que habían pasado juntas, necesitaba algo de tiempo para separarse un poco de ella. Notaba una gran confusión en sus sentimientos, como le ocurría siempre que pasaba una noche en brazos de Lena. Bastante mal lo estaba pasando ya durante todo el día, recordando constantemente retazos de la noche que habían compartido, incluso en los momentos más inoportunos. Pero, una vez en su casa, se sintió dominada por la impaciencia. Abrió la nevera, en busca de algo para cenar. No había nada. Abrió la puerta de la despensa e hizo una mueca ante las dos latas de sopa que se encontró.

—¡Puaj! —exclamó, cerrando la puerta.

Comprendió que tenía que ir a la compra. Se quedó un rato en la cocina, indecisa. La semana pasada hubiera podido llamar a Harry e ir a cenar a su casa. Cerró los ojos y contuvo enseguida aquellos pensamientos. No le haría ningún bien pensar en eso. Siempre podía llamar a Katya y a Janis y ver qué pensaban hacer para cenar, y quizás auto invitarse. Lo había hecho otras veces. Sabía que estaba omitiendo deliberadamente a Lena de sus opciones. Podía llamarla. Estaba segura de que Lena quedaría con ella a cenar donde fuese. Pero después le preguntaría a Julia si quería ir a su casa, y Julia no deseaba ponerse en esa situación. Sabía que, si lo hacía, volvería a pedirle a Lena que se quedase, y no podían seguir así. Necesitaba pasar algún tiempo lejos de ella, lejos de los sentimientos que le provocaba. Se acercó al teléfono y tecleó el número de Katya.

—¡Julia! Precisamente estábamos hablando de ti —exclamó Janis.
—Espero que bien —dijo, sonriendo.
—¿Cómo estás? —preguntó Janis.
—Hambrienta. ¿Qué tenéis de cena?

Janis se echó a reír.

—Estábamos discutiendo sobre cuál de las dos iba a cocinar y Katya se decidió por pedir una pizza. ¿Quieres pasarte por aquí?
—Sí, me encantaría. ¿Seguro que no os importa?
—No seas tonta y vente.

Veinte minutos más tarde Julia llamaba a su puerta. Katya abrió y la recibió con un abrazo.

—¿Qué tal ha ido el día?
—Largo —dijo Julia—, Pero bien.
—Estupendo. Entra.
—Hola, Julia —gritó Janis desde la cocina. Salió, trayendo una cerveza para Julia.
—¿Dónde está Lena?
—No lo sé —dijo Julia.
—¿Va todo bien? —quiso saber Katya.
—Supongo.
—Pensaba que esa noche que vosotras... Quiero decir que parecíais... Oh, demonios, ya sabes lo que quiero decir —acabó, insegura. Julia sonrió.
—Sí, sé lo que quieres decir. Estuve con ella a la hora de comer, pero la verdad es que apenas tuvimos tiempo de hablar. Desde entonces no la he visto.
—¿No se quedó contigo anoche?

Julia enrojeció y desvió la mirada.

—Sí —musitó—. Se quedó conmigo.
—¿Pero?
—Pero nada.
—Eh, Julia, que te conozco. ¿Qué ha ocurrido?
—Katya, no lo sé —confesó—. Me gusta muchísimo. Supongo que estoy asustada.
—Ella no es Mona —repuso Katya.
—Lo sé. Pero ahora mismo no estoy preparada para tener una relación.
—Debes saber lo que ella siente —dijo Janis. Julia miró hacia ella y asintió.
—Sí, lo sé.
—¿Te lo ha dicho?

Julia negó con la cabeza.

—No hace falta que me lo diga —dijo en voz baja. Julia recordó la noche anterior y la forma en que habían hecho el amor. No, Lena no tenía por qué decir nada. Lo había intentado, pero Julia se lo había impedido.
—Ojalá le dieras una oportunidad —dijo Katya.
—No puedo. No puedo pasar otra vez por eso, Katya.
—¿Así que te pasarás el resto de tu vida sola, sólo porque no quieres arriesgarte a que vuelvan a herirte? No hay nada seguro, Julia. Para ninguna de nosotras. ¿Quién puede asegurarme que Janis no encontrará algún día a alguien que la vuelva loca y me abandonará?
—¿Yo? —protestó Janis.
—Bueno, es que sé que no hay nadie esperándome a mí —dijo Katya, sonriéndole cariñosamente. Janis le devolvió la sonrisa.
—Gracias —dijo con ternura.

Julia las contempló y se sintió celosa. Deseaba lo que ellas tenían y, de pronto, comprendió que ella nunca había estado así con Mona. Pensaba que habían sido felices, pero ¿de verdad habían disfrutado de la gran intimidad que parecían compartir Katya y Janis? Habían vivido por separado. Cada una de ellas tenía sus propias amistades y pocas veces las mezclaban. Julia salía a menudo con Katya y Janis, sin Mona, y ésta raramente incluía a Julia cuando salía con sus amigas. Qué extraño le parecía ahora. La mayoría de las amigas de Mona pertenecían al mundo empresarial, donde ella trabajaba. Julia no tenía mucho en común con ellas y en su interior agradecía no tener que soportar muchas salidas conjuntas. Por supuesto, Mona había conocido a una persona de ese mundo, alguien con quien tenía mucho más en común que con Julia. Y al parecer le había sido fácil dejarla. No mostró ningún remordimiento cuando empaquetó sus cosas y se mudó a Nueva York. Julia fue la que quedó destrozada. Ahora comprendía que no era tanto porque Mona la hubiera dejado, sino porque durante todos esos años se había sentido engañada. Era como si durante largo tiempo hubiesen vivido una mentira, y le entristeció pensar que, si Mona no la hubiese dejado, todavía estarían viviendo juntas y fingiendo que su relación era perfecta. También le entristecía pensar que tampoco hubiese conocido a Lena.

—Lo que intento decir... —empezó Katya, pero Julia la cortó.
—Sé lo que intentas decir. Pero esto tengo que solucionarlo a mi modo y a mi ritmo.

Katya asintió.

—Muy bien. Dejaremos el tema.

Sonó el timbre de la puerta y Julia se vio libre de aquella conversación. La pizza había llegado.
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Re: One Summer Night

Mensaje por Anonymus el Jue Feb 26, 2015 11:04 am

Capítulo veinticinco

Julia había echado terriblemente de menos a Lena la noche anterior, y volvió a echarla de menos a la hora de la comida. La esperó a las doce y media, y también a la una, pero no apareció. Finalmente descolgó el teléfono y llamó a su despacho, pero no estaba allí. Los viernes su última clase acababa a mediodía y supuso que se había marchado a casa. Se preguntó por qué la estaría evitando. Colgó el teléfono, apartó a Lena de la mente y se puso a trabajar, clasificando los trabajos que su asistente había evaluado por ella. Después de su última clase, a las tres, volvió a su despacho, pero finalmente decidió no quedarse y cerró con llave. Era viernes. La mayoría de la gente ya había salido para disfrutar del fin de semana. Se encontró con Susan en el corredor, cuando ya salía.

—¡Julia! Estos dos últimos días había pensado ir a verte, pero he tenido miles de reuniones y no he parado un momento. ¿Cómo te va?
—Me va bien, Susan, gracias. Gracias por todo lo que habéis hecho.
—Arnie y yo nos preguntábamos qué planes tienes para Acción de Gracias —dijo ella.
—La verdad es que no lo he pensado —repuso.

Julia siempre pasaba las fiestas con Harry y Beth, y más tarde sólo con Harry. Él cocinaba para ocho o diez personas, aunque sólo estuviesen los dos. Después se pasaban la semana siguiente comiendo pavo y ya no volvía a apetecerles hasta el próximo año. El año anterior habían invitado a Katya y a Janis, y después de atiborrarse de comida se habían sentado a ver fútbol americano durante el resto del día.

—Pues nos encantaría que te vinieses con nosotros. David y Sarah también vendrán este año —dijo, refiriéndose a sus dos hijos, ya mayores.
—Agradezco el ofrecimiento, Susan. Te avisaré de lo que decida —contestó, pero ya sabía que no iba a ir. Si hacía algo por Acción de Gracias sería para pasarlo con Katya y Janis. O con Lena, añadió mentalmente.
—Bueno, piénsatelo. Sé que tienes amigas que probablemente también te invitarán, pero a nosotros nos encantaría que pasases ese día con nuestra familia.
—Gracias. Y dale también las gracias a Arnie de mi parte.

De camino a casa condujo despacio, sin las prisas del fin de semana. Al día siguiente tendría que ir a casa de Harry para empezar a limpiar y a clasificar sus cosas. El recuerdo del día de Acción de Gracias le provocó una oleada de melancolía. Iba a ser muy duro no tener a Harry con ella durante las fiestas de ese año. Especialmente en Navidades, pensó. Su casa estaba silenciosa y vacía. Se puso unos pantalones de chándal y se maldijo a sí misma por no haber ido a la compra. En la nevera no tenía más que dos cervezas. Abrió una y se sentó en la sala, contemplando la llovizna que caía sobre la terraza. El invierno empezaba a dar señales de vida esa noche, y se esperaba la primera helada de la temporada. Se fijó en sus macetas, empapadas bajo la fría lluvia, y se levantó para traerlas dentro. Aquellas tres eran las únicas que seguían vivas después del bochornoso verano. Seguramente era mejor que Arnie no le hubiera regalado más plantas. Volvió a sentarse en el sofá, cogió el mando a distancia y echó un vistazo a los distintos canales, sin encontrar nada que le interesase. Apagó el televisor y suspiró. ¿Por qué no había llamado Lena? ¿Por qué no había venido a verla? ¿Estaba esperando a que Julia la llamase? Julia miró el teléfono y, finalmente, descolgó y tecleó su número. Lena contestó a la segunda señal.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Julia.
—Nada. Simplemente estaba aquí sentada —contestó ella.
—Yo también.

Lena no dijo nada, así que Julia continuó.

—Hoy te he echado de menos —confesó.
-Yo también a ti.
—¿Te gustaría cenar... o algo? —preguntó Julia.

Hubo un silencio y Julia se la imaginó sonriendo por el «o algo».

—Podría recoger algo en un chino y pasarme por ahí, si quieres —se ofreció Lena.
—No estaría mal.
—Estupendo. ¿Qué te gusta?
—Cualquier cosa con pollo. Y un rollito de primavera.
—Enseguida. Hasta ahoras.

Julia colgó el auricular y sonrió. Siempre podía contar con que Lena estaría disponible para ella. Salió a la terraza, rebuscó entre la leña del año pasado y encontró varios troncos cerca de la pared que todavía no estaban húmedos. Para cuando llegó Lena ella tenía ya el fuego encendido, calentando la casa. Abrió la puerta y vio que Lena estaba empapada.

—Dios, mírate. Pasa —dijo Julia rápidamente, cogiéndole la bolsa—. ¿Has oído hablar de los paraguas?
—No tenía bastantes manos —rió Lena, mostrando la botella de vino.

Julia la miró a los ojos y sonrió. ¡Dios, la había echado de menos! Lena le devolvió la mirada y la sonrisa. Finalmente Julia apartó la vista y entró en la cocina, con Lena tras ella. Julia dejó la bolsa sobre la encimera y cogió unos platos y un par de tenedores, consciente de que Lena no apartaba la vista de ella. Buscó en uno de los armarios de la cocina dos vasos de vino y los colocó junto a los platos. Finalmente se dio la vuelta y la miró cara a cara.

—El sacacorchos está ahí —dijo, señalando un cajón. Se volvió hacia los platos y empezó a servir el arroz con pollo y verduras que Lena había traído.

Se oyó un taponazo al descorchar la botella y Lena se acercó a ella, en busca de los vasos; sus brazos se rozaron. Julia ignoró la sensación que le recorrió el cuerpo y colocó un par de rollitos de primavera en cada plato antes de llevarlos a la mesa. Lena la siguió con el vino y los tenedores.

—Tiene buena pinta —dijo Julia.

Lena asintió.

—Sí.

Julia alzó la mirada; una de sus manos se apoyaba en el respaldo de la silla. Sonrió, y después se acercó a Lena y le dio un rápido beso en la boca.

—Te he echado de menos —dijo en voz baja.

Lena le hizo una mueca, se sentó y comieron en silencio. Después de recoger, se llevaron la botella de vino y se dispusieron a sentarse frente al fuego. Julia puso música de piano, encendió una lámpara y se sentó junto a Lena en el sofá.

—Si no te conociera pensaría que estás intentando seducirme —dijo Lena. Julia le sonrió cálidamente y buscó su mano.
—Tal vez sí.

Los dedos de Lena se entrelazaron con los suyos y se quedaron sentadas, rodeadas por un agradable silencio, escuchando música y contemplando el fuego.

—Debes de pensar que soy terriblemente difícil —dijo por fin Julia. Lena se echó a reír.
—¿Por qué iba a pensar eso?

Julia sonrió.

—¿Por qué no has pasado a verme en el trabajo?
—¿La verdad?
—Por favor.
—Me he convencido de que sólo estabas conmigo porque me necesitabas, o porque necesitabas a alguien —dijo, mirándola a los ojos—. No creía que estuvieses conmigo porque me quisieras. A mí, sencillamente.

Julia asintió y desvió la mirada. ¿Era cierto? ¿Necesitaba a alguien? ¿A cualquiera? No. Si hubiese sido aquél el caso, Deb habría resultado una opción más segura, porque no sentía nada por ella.

—¿Así que estabas esperando a que te llamase? —quiso saber.
—Sí —admitió Lena—. Me parecía que estaba imponiendo mi presencia junto a ti.
—No —dijo Julia—. Simplemente, me dabas miedo.
—¿Por qué te daba miedo? —preguntó Lena con delicadeza.

Julia no contestó. Se limitó a apoyar la cabeza sobre el hombro de Lena. Sus manos seguían unidas, y se quedaron en silencio. Finalmente, Lena preguntó:

—¿Vas a ir al lago mañana?
—Sí, tengo que ir. No puedo seguir posponiéndolo.
—¿Quieres ayuda?

Julia asintió.

—Podemos llamar también a Katya y a Janis —sugirió Lena.
—Sí, estoy segura de que querrán venir.

Pero no quería pensar en eso ahora. Las llamaría por la mañana. Se quedaron un rato más sentadas, mirando el fuego, y después Lena se enderezó.

—Mejor me voy ya —dijo, poniéndose en pie. Julia deseaba que se quedase, pero sabía que Lena no iba a ofrecerse, y ella no se lo pidió. Se puso también en pie.
—Gracias por la cena —dijo.
—Cuando quieras —se miraron—. Llámame por la mañana para decirme a qué hora quieres salir.

Julia asintió.

—Muy bien.

Acompañó a Lena hasta la puerta. Esperaba que la abrazara y la besara, pero no lo hizo.
Lena la miró durante largo rato, haciendo que los labios de Julia se abriesen durante sólo un segundo.

—Buenas noches —dijo, y se fue.

Julia la vio correr hacia su todoterreno, bajo la lluvia, y después cerró la puerta y se quedó apoyada contra ella. Después de todo lo que habían compartido, ¿por qué le resultaba tan difícil? ¿Por qué no podía simplemente ir hacia Lena y abrazarla? ¿Por qué no podía acercarse y besarla? ¿Por qué no podía pedirle que se quedase? Sabía que ambas lo estaban deseando. Julia se sentó en el suelo, junto al fuego, y acabó su vaso de vino. ¿Era eso lo que quería, ese tipo de relación con Lena en la que sólo estarían juntas cuando Julia la necesitase? ¿Qué ocurría con las necesidades de Lena? ¿Acaso no importaban?

—Soy una mierda —dijo en voz alta.

El motivo de que Lena siguiese allí estaba fuera de su alcance. Porque está enamorada de ti, pensó, y cerró los ojos para detener las lágrimas que brotaron con sólo pensarlo. ¿Se iba Lena a casa sintiéndose herida? ¿Se preguntaba por qué Julia no la quería? Más tarde, cuando se disponía a acostarse en su cama vacía, levantó el auricular del teléfono y la llamó.

-¿Lena?
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
—Lo siento.
—¿Por qué, cariño?
—Porque soy una imbécil.
—No digas eso. Tú haz lo que tengas que hacer, ¿de acuerdo?

Julia asintió.

—Por favor, no creas que no te quiero, porque no es cierto —susurró.
—¿De verdad? —preguntó Lena.
—Sí.

Sonrió al escuchar el suave suspiro de Lena.

—Nos vemos mañana —dijo Lena—. Buenas noches.

La lluvia había cesado, pero el cielo seguía nublado y fuera hacía frío, aunque no helaba como habían anunciado. Para cuando Julia llamó a Katya y Janis la temperatura era ya de más de cuatro grados y las nubes empezaban a abrirse, prometiendo una tarde soleada.

—Por supuesto que te ayudaremos —accedió Katya—. ¿A qué hora?
—Me gustaría ir antes de comer —dijo Julia—. Al acabar podemos ir a algún lado a tomar una cena temprana. Os invito.
—Suena bien. ¿Quedamos contigo allí o en tu casa?
—En el lago, mejor.

Después llamó a Lena. Ella aguardaba su llamada.

—¿Podemos llevar tu Explorer? Me gustaría meter su ropa y sus cosas en bolsas y llevarlas a GoodwilL.
—Por supuesto. Pasaré a recogerte.

Julia la esperó con bastante nerviosismo, aunque no sabía por qué razón. Quizás era por lo que había admitido la noche anterior. Quizás era porque estaba deseando verla. Lena llamó a su puerta a las once. Llevaba puestos unos vaqueros desteñidos y una sudadera. Estaba preciosa.

—Hola —dijo cuando Julia abrió la puerta. Los ojos de Julia la miraron con avidez, y ella sonrió— ¿Lista?
—Vámonos.

Hacia las once y media estaba ya abriendo la puerta de la casa de Harry. Dentro hacía frío. Puso en marcha inmediatamente la calefacción y fue por la casa encendiendo las luces. Lena la contemplaba mientras ella iba buscándoles trabajo y proporcionándoles objetos y ropa. También tienen un mercadillo de segunda mano para recaudar dinero. de un lado a otro, tocando los muebles y mirando las cosas de su abuelo.

-¿Julia?
—Estoy bien.

Y era cierto. Entregaría su ropa a Goodwill, donde alguien menos afortunado podría utilizarla. Los muebles que no quisiera quedarse podría ofrecérselos a los compañeros del Centro de Mayores. Si ellos no podían darles uso, quizá supieran de alguien que sí podía. Desgraciadamente también había muchas cosas de Beth. Harry nunca había sido capaz de tirarlas, y ahora también debería ocuparse Julia de ello.

—Dime qué quieres que haga —dijo Lena.
—Supongo que ocuparte de la ropa.

Julia abrió el paquete de bolsas de basura grandes que había traído y se las pasó a Lena.

—¿Quieres echar antes un vistazo?
—No. Adelante —la invitó con un gesto.

Lena se acercó a ella, le levantó el rostro y la besó levemente en la boca. Julia sonrió y la empujó hacia el dormitorio. Estaba escogiendo entre los libros de la sala cuando llamaron Katya y Janis. Julia las envió a la cocina. Muy pronto, la ropa de Harry y Beth estaba apilada dentro del Explorer, y había bolsas con basura sobre el porche. La cocina estaba limpia y la nevera casi vacía. Tenían una caja con comida que Julia llevaría el lunes al banco de alimentos local, y el resto de las latas quedó en la despensa. Regaló las pocas macetas que tenía Harry a Katya y Janis. Ella tenía bastante con cuidar las tres suyas.

—Te quedas con la casa, entonces —dijo Katya.
—Oh, sí. No podría venderla. He pasado demasiados años de mi vida aquí. Además, me encanta el lago. No puedo imaginarme sin esta casa para volver de vez en cuando.
—Siempre puedes vivir aquí durante el verano —sugirió Janis.
—Claro que sí.

La casa estaba limpia, pero todavía quedaba mucho que ordenar. La mayoría eran cosas que prefería hacer sola.

—Agradezco mucho vuestra ayuda —les dijo. Lena y ella llevaron la ropa a Goodwill y después se acercaron hasta la casa de Katya y Janis. Irían todas juntas a cenar.
—¿Qué tal marisco? —sugirió Julia—. Sería algo diferente.
—Claro. Podríamos probar el nuevo local cajún que hay en Riverside —dijo Katya.

Poco después estaban sentadas en el Gumbo Pot, bebiendo cerveza fría y decidiendo entre gambas y langosta como entrante. Fue una cena muy agradable. Julia se fijó en lo bien que se llevaba Lena con Katya y Janis, al contrario de lo que había sucedido con Mona. Katya y Mona ni siquiera habían logrado fingir que se llevaban bien, y eso había sido un motivo de tensión para su amistad. Después de dejar a Katya y Janis en su casa, Lena y Julia volvieron en silencio a casa de Julia. Lena paró en la entrada de la casa y dejó el motor en marcha. Julia la miró con las cejas arqueadas y Lena respondió con el mismo gesto.

—Me gustaría que entraras —dijo por fin Julia. Lena giró la llave y el todoterreno quedó en silencio.— Lo cierto es que me gustaría que te quedaras —admitió Julia. Lena le tocó la mejilla.
—Gracias —dijo suavemente—. Me encantará quedarme.

Lena se ofreció a encender el fuego y Julia fue a la cocina para preparar unas bebidas. Se sentaron en el suelo, junto a la chimenea, con las manos unidas.

—Hoy no ha sido tan duro como yo me temía.
—¿No?
—Me alegro de que estuvieras allí —dijo. Lena acercó la mano de Julia hacia sus labios y la besó suavemente.
—¿Tienes planes para Acción de Gracias? —preguntó de pronto Lena.
—La verdad es que no. Susan me invitó a su casa, pero en realidad no me apetece ir.
—¿Te gustaría ir a Fredricksburg y dormir en un hostal?

Julia la miró y sonrió.

—¿Sólo nosotras?
—Sólo nosotras.
—No estaría mal.
—Yo nunca he ido, ¿sabes? —repuso Lena.
—¿A Fredricksburg? Oh, es una ciudad preciosa. Allí puedes hacer todas tus compras navideñas.
—¿Compras? —Lena hizo una mueca—. La verdad es que no era eso lo que yo había pensado —dijo, con los ojos brillantes de malicia.
—¿No? ¿Y qué es lo que habías pensado?
—Bueno, pues yo pensaba en una habitación con chimenea y una cama enorme —rió.

Julia sonrió, dejó a un lado su vaso y se acercó a ella. Le dio un largo beso en la boca y sus labios se demoraron junto a ella. Hacía mucho tiempo que no se besaban.
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Re: One Summer Night

Mensaje por Anonymus el Vie Feb 27, 2015 12:03 pm

Capítulo veintiséis

En las semanas anteriores a Acción de Gracias Julia pasó muchas horas en casa de Harry, tirando cosas que no quería conservar, deshaciéndose de electrodomésticos anticuados y limpiando armarios y cajones, cosa que no se había hecho desde la muerte de Beth. Lena y ella habían pasado un fin de semana en el lago cuando el tiempo aún era lo bastante bueno para pescar. Julia la había hecho levantarse antes del amanecer y había cruzado el lago con ella hasta su lugar de pesca favorito. Pescaron suficiente para la cena, y después volvieron y se pasaron el día tendidas perezosamente en la terraza, leyendo. El libro de Lena había sido publicado, y Julia se lo leyó en un solo día, lo que encantó a Lena.

—Creo que fue el conserje —dijo Julia.
—¿El conserje? Se supone que tendrías que pensar que fue el profesor de química. Es el que sabe de productos químicos.
—Los conserjes también tienen productos químicos —insistió Julia—. El profesor es demasiado obvio.
—Tan obvio que podría haber sido él.
—Nunca sospeché de la esposa, por supuesto.
—No esperaba que lo hicieras —se ufanó Lena.
—Por eso eres tan buena escritora.
—¿Eso crees?
—Claro que sí.

Salieron hacia Fredricksburg el miércoles anterior a Acción de Gracias, justo después del mediodía, al acabar las clases. Katya y Janis hubiesen querido que pasasen la festividad en su casa, pero convinieron en que Fredricksburg parecía más divertido. Julia no le había dicho a Susan que Lena y ella iban juntas. Le dijo simplemente que iba con una amiga, que deseaba salir fuera. Susan lo comprendió. Ahora, mientras viajaban por Hill Country, Julia puso la mano sobre el muslo de Lena y sonrió. Habían disfrutado de dos estupendas semanas. Lena se había quedado un par de noches cada semana, solamente cuando Julia se lo pedía. Cuando hacían el amor era tan intenso como siempre, pero no hablaban. Lena no tenía que hacerlo; Julia podía verlo todo en sus ojos.

—Me alegro de que vayamos —dijo Julia.
—Yo también. Será bueno alejarse un poco.
—Sí.
—¿Qué hacías normalmente en Acción de Gracias? —quiso saber Lena.
—Harry solía cocinar lo suficiente para alimentar a toda una familia —dijo, riéndose—. El año pasado también vinieron Katya y Janis.
—Podríamos habernos quedado con ellas y venir el viernes —le recordó Lena.
—No. Prefiero estar aquí contigo —y era cierto. Cuando llegaron a Fredricksburg, las calles estaban atestadas de turistas.
—Pensaba que era una ciudad pequeña —se quejó Lena. Julia soltó una carcajada.
—Lo es, pero se llena durante las fiestas. Mira todas las tiendas de artesanía que podemos explorar.
—¡No puedo esperar! —dijo Lena con una mueca.

Se dirigieron al hostal y subieron a la habitación que habían reservado. Las ventanas daban a Main Street, ahora llena de coches y peatones. Contemplaron la enorme cama y se sonrieron la una a la otra. La leña estaba ya dispuesta en la chimenea, y había otra pila ordenada al lado de la puerta. Deshicieron las maletas y salieron a la calle para unirse a los demás. Pasearon por las calles ya decoradas para la Navidad. Caminaban muy juntas; sus hombros se rozaban, se miraban muy a menudo. Julia deseó poder caminar de la mano, como hacían otras parejas a su alrededor. Caminaban perezosamente, y Julia se conformaba con ver escaparates, pero de vez en cuando arrastraba a Lena al interior de alguna tienda cuando algo atraía su atención. Horas más tarde, se sentaron en una pequeña taberna. El lado de la mesa de Julia estaba lleno de paquetes. Se bebieron dos grandes jarras heladas de cerveza de barril mientras esperaban sus filetes de pollo. Julia se dio cuenta de que apenas podían dejar de mirarse.

—Menudo saqueo has hecho —bromeó Lena.
—Es cierto, lo confieso. Me encanta ir de compras.
—Oh, ¿así que el atractivo de este fin de semana era el poder ir de compras?

Julia la miró a los ojos.

—En realidad, el atractivo eras tú. —Hizo una mueca—. Las compras no eran más que un extra.

Más tarde volvieron en silencio a su habitación. Las calles estaban menos llenas de gente, y se detuvieron varias veces para admirar las luces navideñas.

—Parece una postal —observó Lena.
—Sí. Lo único que falta es nieve.

Para cuando llegaron a su habitación, el aire de la noche había refrescado.

—Puedes ducharte tú primero —propuso Lena—. Yo encenderé el fuego.

Poco después, apagaron las luces y se sentaron en el suelo, junto a la chimenea. Lena apoyó la espalda en el sofá y atrajo a Julia hacia sí. Se besaron suavemente, en silencio. Sus ojos se encontraron a la luz del fuego y sonrieron.

—¿Lo estás pasando bien? —preguntó Lena.
—Sí. Ha sido una idea magnífica.

Lena asintió.

—Y te tengo para mí sola durante tres días enteros.

Julia se echó a reír.

—Ya sabía que ésa era tu intención. Estaba segura de que en realidad no querías ir de compras.

Lena rodeó el rostro de Julia con ambas manos.

—En realidad lo que quiero es hacer el amor contigo —susurró.

Julia buscó sus labios con ansia. Lena dejó a un lado su copa de vino e hizo que Julia se pusiera en pie. Lentamente, le quitó la camisa por encima de la cabeza y le tocó los pechos. Julia se quedó allí de pie, con los ojos cerrados y el corazón latiendo con fuerza. Ante la tenue luz del fuego se besaron y se quitaron la ropa, sin dejar de acariciarse. Los besos de Lena tenían el dulce sabor del vino de invierno, y Julia bebió hasta saciarse, explorando la boca de Lena con la suya propia. Pero las manos de Lena se volvieron impacientes. Se arrodilló en la alfombra y tiró de Julia para que hiciese lo mismo.
Se abrazaron de rodillas, y sus manos se tocaban y acariciaban con urgencia. Julia se echó de espaldas, con los brazos extendidos hacia Lena; hizo que se tendiese sobre ella y abrió las piernas para permitir que se colocase entre ellas.

—Me encanta estar contigo, Julia —susurró Lena mientras la besaba.

Lena se apoyó en los brazos, presionando su cadera contra Julia, estirándose para tocarla, humedad contra humedad. Julia rodeó las caderas de Lena con sus piernas, abriéndose más, deseando arrastrarla dentro de sí. Notó el sutil cambio en la respiración de Lena, los jadeos que salían de su boca entreabierta mientras sus pubis se frotaban una y otra vez.

—Sí —jadeó Julia—. Ven a mí.

Sus caderas se elevaron para acompañar los vaivenes de Lena, ahora más bruscos. Sintió que temblaba entre sus brazos, y vio su rostro tenso y convulso mientras emitía jadeos entrecortados. Los músculos de los brazos de Lena se destacaban cada vez que giraba las caderas, y Julia volvió a incorporarse para acercarse más a ella.

—Vamos —susurró.

Las caderas de Lena se retorcían contra el pubis de Julia, más y más rápido, hasta que por fin Lena dejó escapar un profundo gemido desde el fondo de la garganta. Una acometida, después otra, la última, y finalmente se derrumbó sobre Julia. Con el cuerpo húmedo a causa de la transpiración, yacieron juntas a la luz del fuego, y Julia acarició la espalda de Lena suavemente.

—¿Bien?
—Humm.

Lena rodó hacia un lado y se quedó junto a ella, mientras su pierna seguía reteniéndola contra la alfombra. Llevó la boca hacia el pecho de Julia y su mano se deslizó entre sus muslos.

—Oh, qué húmeda estás —murmuró.

Sujetó por detrás la cabeza de Julia y volvió a acercar la boca a sus labios. Abrió con su muslo las piernas de Julia. Su boca quemaba el interior de la boca de Julia, y sus dedos se movían en su vagina, resbalando dentro de ella, dejando que Julia marcase el ritmo con el vaivén de sus caderas, mientras Lena notaba su pulso en los dedos.

—Sí —jadeó Julia—. Más fuerte.

Lena se subió sobre ella y hundió profundamente los dedos en su interior. Después volvió a bajar y su boca se unió a los dedos. Succionó con fuerza mientras los dedos se hundían más y más.

—¡Lena! —gritó Julia, y sus manos, entre el cabello de Lena, forzaron a que la boca de ésta penetrase más en ella. Volvió a gritar su nombre una y otra vez, mientras el orgasmo la traspasaba, y después chilló de placer— Dios Santo —jadeó—. Ven aquí.

Hizo que Lena se colocase sobre ella y la abrazó. Estaba temblando inconteniblemente. Cada vez que hacían el amor sentía que iba a explotar, debido a las sensaciones que se arremolinaban en ella. Se quedaron quietas hasta que la respiración de Julia se normalizó por fin. Acarició suavemente el pelo de Lena, una y otra vez, con los ojos cerrados.

—¿Ha estado bien, dulzura? —preguntó finalmente Lena, y Julia sonrió ante el cariñoso apelativo.
—Ha estado muy, muy bien.

Rodaron por el suelo y, esta vez, Julia envolvió a Lena con su pierna. La besó suavemente en la mejilla y sonrió. Había estado muy, muy bien, desde luego.

—Me toca —susurró al oído de Lena, mientras su lengua se deslizaba dentro de su oreja.

Siempre sentía una enorme necesidad de complacerla. Julia deslizó su cuerpo sobre el de Lena. Nunca había hecho el amor de esa manera. Antes siempre le parecía algo urgente y apresurado. Con Lena era cualquier cosa excepto eso. Julia se tomó su tiempo mientras sus labios rozaban el rostro de Lena, sus ojos su nariz, antes de hallar sus anhelantes labios. Su beso fue húmedo y caliente, y sus lenguas bailaron, unidas. Julia apretó fuertemente su cadera contra las piernas de Lena, notando su humedad y frotándose contra ella. Lena abrió más las piernas y se arqueó hacia Julia, alzando y bajando las caderas rítmicamente. La boca de Julia se encontró con el pecho de Lena, con sus pezones duros e hinchados, y buscó primero uno, luego el otro. Lena la agarraba con fuerza contra sí, presionando con las manos para mantenerla bien cerca. La boca de Julia se abrió y le hizo cosquillas con la lengua en la punta de sus pezones, antes de volver a succionarlos dentro de la boca. Lena gimió de placer, con las manos sobre la cara de Julia. La mano de Julia fue descendiendo por el cuerpo de Lena y rápidamente introdujo los dedos muy dentro de ella.

—Oh, Dios, sí —jadeó Lena, y sus caderas subieron con fuerza para que Julia penetrase más en ella.

Julia se movía velozmente hacia dentro y hacia fuera, hundiendo los dedos en la húmeda Lena, y ésta se quedó inmóvil, ya muy cercana al orgasmo. Pero Julia no había acabado, ni mucho menos, y sacó rápidamente la mano, presionando de nuevo con el muslo entre las piernas de Lena, mientras su boca seguía sobre sus pechos.

—Julia, por favor —rogó Lena.
—Quiero saborearte.

Julia fue bajando lentamente con la boca abierta, mientras separaba las piernas de Lena. Lena estaba completamente húmeda, y la lengua de Julia entró en ella, se movió sobre ella, y sus labios metieron a Lena dentro de su boca. Los brazos de Julia se deslizaron bajo las piernas de Lena, la rodearon y la sujetaron con fuerza, mientras su lengua la acariciaba hasta llevarla al orgasmo. Lena gritó con fuerza y Julia apretó el rostro contra ella, de forma que sus mejillas quedaron mojadas. Las piernas de Lena cayeron sobre la alfombra, sin fuerzas. Echó los brazos hacia Julia y tiró de ella lentamente.

—Te amo —susurró.

Julia yacía inmóvil, y el corazón se le desbocó en el pecho al oírla. Ya lo sabía, por supuesto, pero no quería oírlo. Con la luz del fuego bailoteando sobre ellas, Julia movió la cabeza lentamente y cerró con fuerza los ojos.

—Julia, no puedo seguir fingiendo que no es cierto —insistió.
—No estoy segura de querer que me ames.
—Pero es lo que siento. Estoy muy enamorada de ti. Nunca había sentido algo así con nadie —susurró. Lena la abrazó estrechamente.
—Por favor, no digas eso.
—Es la verdad, cariño.
—Lena, no puedo permitirme quererte —dijo—. Todas las personas a las que he amado se han ido.
—Yo no voy a irme a ningún sitio —prometió Lena, enjugando las lágrimas que caían de los ojos de Julia.

Julia no dijo nada. ¿Qué podría decir? Deseaba a Lena, sí. Disfrutaba estando con ella. Admitía que la necesitaba, pero ¿amarla? No, no podía permitirse amarla. No iba a hacerlo.

—¿Deberíamos dejar de vernos? —preguntó Lena.
—No, yo no quiero eso —dijo rápidamente Julia.
—Puede que esto sea demasiado, y que vaya demasiado rápido. Puede que debamos pasar más tiempo solas o con otra gente —dijo Lena en voz baja.
—Dios —susurró Julia—. Yo no quiero eso. Lo siento. Sé que estoy poniéndolo muy difícil, Lena. Deseo estar contigo.
—Deb ha mostrado interés por ti. Quizá deberías intentarlo con ella —continuó Lena.
—Y Lucy ha mostrado interés por ti.
—Cariño, yo no quiero a Lucy.
—Entonces, ¿por qué haces esto?
—Creo que debes preguntarte a ti misma por qué estás conmigo. ¿Es esto todo lo que quieres? ¿Una relación puramente física, sin nada que te ate?
—No sé lo que quiero —replicó Julia.

Lena dejó escapar un hondo suspiro.

—Pues está claro que yo tampoco.
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Re: One Summer Night

Mensaje por Anonymus el Vie Feb 27, 2015 12:05 pm

Capítulo veintisiete

Volvieron a casa el domingo, antes de mediodía. Había sido un fin de semana lleno de actividades. El jueves se unieron a otros turistas en una cervecería local para ver los partidos de fútbol americano, y después fueron al mejor restaurante que pudieron encontrar para cenar pavo. El viernes y el sábado Julia arrastró a Lena de tiendas y completó sus compras de Navidad. El sábado acabaron lo bastante pronto como para hacer una breve excursión a Enchanted Rock. Caminaron por la enorme mole de granito y reptaron por las cuevas que había en la parte alta. Lena había acampado allí el verano anterior, pero Julia no había ido a aquel lugar desde su época del instituto. De vuelta en casa, Lena la ayudó a descargar sus cosas y puso todos sus paquetes sobre el sofá.

—¿Me has comprado algo? —preguntó.
—Eh, se supone que no debes preguntarlo. Además, ¿cómo hubiese podido hacerlo? Has estado conmigo todo el tiempo.
—Sí, bueno, pero yo sí te he comprado algo —bromeó Lena.
—¿Sí? ¿Qué?
—Es un regalo de Navidad. Tendrás que esperar —dijo, haciendo una mueca.

Julia la miró fijamente y después fue a abrazarla.

—Gracias por llevarme. Lo he pasado maravillosamente.

Lena la besó suavemente en la frente.

—Yo también he disfrutado contigo.
—Siento lo de...
—No lo sientas. Hemos quedado en que no hablaríamos de ello. Así que no digamos nada —sugirió Lena—. Te veo mañana en el trabajo.

Julia la vio marchar y se quedó mirando la carretera hasta bastante después de que su todoterreno desapareciera. Habían acordado no hablar de ello, pero estaba ahí, entre ellas. Su forma de hacer el amor se había vuelto más cautelosa. El amor que Julia había visto en los ojos de Lena estaba ahora escondido. ¿Era eso lo que Julia quería? ¿Una relación exclusivamente física? En eso se había convertido durante los últimos días. No había más contacto que en la cama. De día eran amigas, simplemente, sin miradas cómplices entre ellas. Lena había sugerido que pasasen algún tiempo separadas y, a juzgar por la manera en que acababa de irse, eso era lo que iba a suceder. Julia se sintió fatal. Le dolía el alma, y no sabía por qué. Tan sólo quedaban tres semanas de clases y los últimos cuatro días serían de exámenes finales. Había sido un largo semestre, y Julia se sentiría agradecida cuando llegase a su fin. Iba con retraso en todas sus clases, y la mayor parte de las tardes se quedaba en el trabajo hasta las siete. Era para ponerse al día y organizar sus exámenes finales, o al menos eso se decía a sí misma, pero sabía que en realidad era para mantener la mente ocupada y no pensar en Lena. Apenas la había visto en toda la semana. Lena alegaba estar también muy ocupada, y Julia la creía. ¿Qué otra cosa podía hacer? El jueves, Julia la llamó a su despacho.

—¿Quieres salir a cenar?

Hubo una larga pausa.

—No puedo —dijo Lena.
—¿Por qué no? —preguntó Julia.
—Ya tengo planes para esta noche.
—Oh, ya entiendo.
—¿Qué tal el sábado? —preguntó Lena—. Puede que consigamos que Katya y Janis vengan con nosotras.

Julia se preguntó si también tenía ya planes para el viernes por la noche, pero no dijo nada.

—Muy bien. Las llamaré.
—Ya me dirás algo —dijo Lena, y colgó.

Julia dejó lentamente el auricular en su sitio y se quedó mirando el teléfono. Eso era lo que ella quería, se dijo con insistencia. Pasó la noche del viernes sola junto al fuego, con una botella de vino al lado. Estaba casi vacía, y el libro que había comenzado estaba abierto en el primer capítulo. Se quedó mirando el fuego, preguntándose qué estaría haciendo Lena y con quién. Era el «con quién» lo que más le preocupaba. ¿Lucy? Tal vez. O quizás alguien de San Antonio. Julia echó la cabeza hacia atrás; los celos la consumían. Imaginar a Lena con otra era como si le clavaran un cuchillo en el corazón y destrozaran lo que quedaba de él. Acabó el vino, consciente de que a la mañana siguiente tendría un terrible dolor de cabeza y sin importarle lo más mínimo. Katya y Janis habían aceptado ir a la cena, y Julia había intentado llamar a Lena, pero no estaba en casa. No dejó mensaje. El sábado por la mañana durmió hasta las nueve y, al levantarse, su cabeza le recordó que se había tomado una botella entera de vino ella sola. Se sentó a la mesa para tomar café, mientras contemplaba los pájaros en su comedero, que por una vez estaba lleno. Miró el teléfono, deseando que sonase, pero seguía en silencio. Por fin llamó a Lena y volvió a oír su contestador.

—Soy Julia. Katya y Janis han dicho que sí a la cena. Si sigues queriendo ir, claro —añadió—. Supongo que sobre las siete.

Colgó y volvió a su café; el día amenazaba ser muy solitario. Lena llamó a las cuatro.

—¿A las siete? —preguntó.
—Sí.
—Muy bien, estupendo —convino Lena.
—¿Quieres pasar antes por aquí? —preguntó Julia.
—No, mejor quedamos allí. Tengo cosas que hacer por la tarde.

Julia se mordió el labio y asintió.

—Muy bien —dijo, y colgó—. ¡Dios, odio esta situación! —exclamó en voz alta.

Llegó a casa de sus amigas sobre las seis. No podía soportar estar sola ni un segundo más. Ellas se sorprendieron al verla.

—Entra, Julia —dijo Katya.
—Sé que es temprano —se disculpó.
—¿Dónde está Lena?
—Quedamos aquí.
—¿Qué ocurre? —preguntó Katya de inmediato.
—¿Por qué crees que pasa algo malo?

Katya alzó las cejas.

—Porque os conozco, por eso. —La hizo pasar a la sala—. Hablemos.
—Todavía no estáis vestidas.
—Ya me he duchado. Janis se está arreglando —dijo Katya—. A ver, ¿qué pasa?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Bueno, sé lo que sucede, pero no sé por qué —se lamentó Julia.
—¿Fue todo bien en Fredricksburg?
—Sí y no —dijo ella.

Katya se limitó a mirarla, esperando que continuase.

—Lo pasamos bien, supongo. —Julia desvió la mirada—. Oh, Katya, no lo sé. Me gusta estar con ella, pero quiere más. Le he dicho que no podía. Que quiero que todo siga como está.
—¿Y cómo es eso? ¿Algo estrictamente físico? ¿Sólo sexo?

Julia asintió.

-¿Y?
—Y ella dijo que quizá necesitábamos dejar de pasar tanto tiempo juntas. Que quizá necesitábamos estar con más gente, ya que yo no estaba preparada para nada más con ella.

Katya no dijo nada.

—Apenas la he visto esta semana. El jueves la invité a cenar y tenía planes, y supongo que también anoche. Ni siquiera ha querido venir hoy a casa. Dijo que nos veríamos aquí —acabó de un tirón.
—¿Y no es eso lo que quieres?
—No sé qué demonios quiero —dijo Julia.
—Creo que sí lo sabes, pero no quieres admitirlo —repuso calmadamente Katya.
—No. —Julia negó con la cabeza.
—Está claro que disfrutas cuando estás con ella —dijo Katya con una ligera sonrisa. Julia enrojeció.
—Sí. El sexo con ella no tiene comparación. Pero no quiero nada más.
—¿No la quieres a ella, pero tampoco quieres que nadie la quiera?
—Katya, me dijo que estaba enamorada de mí —susurró Julia.
—¿Y te pusiste histérica?

Julia asintió.

—Cariño, ojalá pudiese decirte qué hacer. Yo sé que sientes algo por ella.
—Me gusta mucho, sí. Pero no estoy enamorada de ella. No quiero estarlo —insistió Julia.
—Puede que hayas olvidado decirle eso a tu corazón —dijo Katya en voz baja.
—No —dijo Julia, obstinadamente—. Estamos muy bien juntas, sí. Pero no estoy enamorada de ella.
—Muy bien, si tú lo dices. Tú sabrás. —Katya la miró durante un largo instante—. Entonces, ¿qué problema hay? No debería molestarte que salga con otra.
—No debería, ¿verdad?
—No.

Julia asintió.

—Sírvete una cerveza. Yo tengo que vestirme.

Lena no apareció hasta las siete menos cinco, y estuvieron esperándola. Julia buscó sus ojos pero Lena apenas la miró durante un segundo.

—Hola a todo el mundo —dijo—. Siento llegar tarde.
—Nos estábamos tomando una cerveza. ¿Quieres una? —preguntó Janis.
—Sí, por favor.

Evitó el sofá donde estaba Julia y se sentó en el sillón que había enfrente.

—¿Qué tal has pasado la semana? —preguntó.
—Muy ocupada —dijo Julia.
—Yo también. Se pasó volando.

Julia deseó poder decir lo mismo. Lena llevaba puestos unos pantalones de algodón y un suéter, y Julia se sorprendió mirándole los pechos, ceñidos por el jersey. Tuvo que obligarse a apartar la vista de allí.

—¿Tenéis planes para Navidad, vosotras dos? —preguntó Janis.
—Yo iré a California —dijo Lena, y Julia sintió que se le encogía el corazón. ¿Estaría fuera durante todas las vacaciones?
—Ah, claro. Tu familia está allí.
—Sí. ¿Qué haréis vosotras? —preguntó.
—Oh, nosotras tan sólo tenemos unos pocos días libres. Aunque la madre de Katya siempre viene a pasar unos días.
—Por cierto, hemos comprado tu libro —dijo Katya—. Me ha encantado. Janis acaba de empezarlo.
—Y no me contéis nada. Yo creo que fue el conserje —dijo Janis.

Julia y Lena se miraron y sonrieron. Fueron a un restaurante mexicano y Julia se tomó dos margaritas. Pidió el segundo después de que Lena mencionase que la noche anterior había ido al bar.

—Deb estaba allí —le dijo a Julia—. Me pidió que te saludase si te veía.
—Qué amable —dijo Julia, con una sonrisa forzada.

Eso quería decir que Lucy también estaba allí. ¿Había bailado con ella? Por supuesto. ¿La había llevado a casa? Julia no quiso pensar en ello.

—Podríamos salir esta noche, si queréis —propuso Janis.
—No. La verdad es que estoy muy cansada. Id vosotras si queréis. No os preocupéis por mí —dijo Lena.

¿Por qué estaba cansada? ¿Había hecho el amor durante toda la noche, hasta el amanecer? Julia sintió que se le encogía el corazón y se mordió con fuerza el labio inferior. Una vez de nuevo en casa de Katya y Janis, Lena entró sólo un momento.

—Tengo que marcharme ya. Mañana por la mañana tengo cosas que hacer. Gracias por la cena. Lo he pasado muy bien.

Se volvió hacia Julia.

—Supongo que nos veremos en el trabajo.
—Supongo —dijo Julia, encogiéndose de hombros. Lena la miró a los ojos y empezó a decir algo, pero después apartó la vista y se fue.
—Pero, bueno, ¿qué pasa entre vosotras dos? —preguntó Janis.
—No he tenido ocasión de decírselo —le dijo Katya a Julia.
—¿Decirme qué?
—Os dejaré para que podáis hablar a solas de mi vida privada.
—Julia se puso en pie.
—¿Estás bien? —preguntó Katya.
—No, creo que no.

De camino a casa se echó a llorar. Supuso que era por los margaritas. El tequila siempre la deprimía.

—¿A quién quieres engañar? —se preguntó en voz alta, mientras se enjugaba las lágrimas. Dios, cómo echaba de menos a Lena. El contestador parpadeaba cuando llegó a casa y, al pasar junto a él, presionó el botón
—Julia, llámame cuando llegues, por favor.

Julia se quedó mirando el aparato, preguntándose qué querría Lena. Por un momento pensó en no llamarla, pero sabía que lo haría. Se preparó para meterse en la cama y, cuando ya estaba echada, a oscuras, cogió el teléfono. Lena contestó enseguida.

—Soy yo —dijo Julia.
—Hola.
—¿Qué sucede?

Lena guardó silencio durante unos segundos.

—Quería decirte que te he echado de menos —susurró.
—¿De veras? —preguntó Julia fríamente.
—Sí.
—¿Por eso saliste anoche?
—Sí, por eso.

Julia cerró los ojos y notó que se le llenaban de lágrimas.

—¿Estaba Lucy allí?
—Sí —admitió Lena.
—¿Bailaste con ella?
—Sí.
—¿Lentas? —musitó.
—Sí.

Julia notó que se le escapaba una lágrima.

—¿La besaste?

Lena se quedó callada un instante.

—Ella me besó, sí.

Julia se mordió el labio, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Notaba el corazón en la garganta, y tragó saliva.

-¿Julia?
—¿Por qué? —preguntó, sollozando—. ¿Por qué estás haciendo esto?
—Tú no me quieres.
—Sí te quiero —insistió Julia.
—No me quieres de la forma en que yo necesito que me quieras.
—¿Y Lucy sí?

Lena no respondió.

—Por favor, dime que no pasaste la noche con ella. No podría soportar que lo hicieras —dijo en un susurro, mientras le caían las lágrimas.
—No, no pasé la noche con ella.
—¿Pasaste parte de la noche con ella?
—Julia, no hagas esto —le advirtió Lena.
—Oh, Dios. Te acostaste con ella, ¿verdad?

Julia cerró los ojos y se las imaginó juntas, y pensó que iba a vomitar.

—Estaba lo bastante bebida como para hacerlo, supongo, pero no. No me acosté con ella. Me fui sola.
—Me has hecho daño —susurró Julia.
—No era mi intención —contestó Lena, también en susurros.
—¿Por qué ya no quieres hablar conmigo?
—¿Crees que no me hace daño estar contigo, sentir lo que siento y saber que no servirá de nada?
—Lo siento muchísimo. —Julia se echó a llorar—. Te echo de menos.
—Julia, ¿qué es lo que quieres de mí? —preguntó Lena—. No deseas que te quiera. ¿Tan sólo quieres sexo?
—Por favor, no digas eso.
—Maldita sea, Julia.

Colgó. Julia dejó el auricular en su sitio con mucho cuidado, se dio la vuelta en la cama y se echó a llorar. El domingo, no salió de casa ni atendió el teléfono. El tiempo estuvo igual que su humor, frío y lluvioso durante todo el día. Se obligó a leer y también a cocinar, aunque acabó tirándolo casi todo a la basura. Katya y Janis llamaron para invitarla a ir al cine, pero no les devolvió la llamada. Lena también llamó. Dos veces. Pero Julia tampoco la llamó a ella. El lunes por la mañana, Lena la esperaba junto a la puerta de su despacho. Julia no quiso mirarla a los ojos y Lena entró con ella y cerró la puerta tras de sí.

—No me has devuelto las llamadas —le espetó.
—Tú me colgaste el teléfono —replicó Julia.
—Estoy enamorada de ti —dijo Lena.

Julia cerró los ojos y se dio la vuelta. No le gustaban aquellas escenas tan de mañana.

—Pero creo que puedo superarlo —añadió Lena. Julia se volvió hacia ella— ¿Qué?
—Yo también te necesito. Y creo que tú me necesitas a mí —continuó—. Sé que no estás enamorada, y que quizá no lo estés nunca.

Julia vio dolor en sus ojos.

—Pero no importa. Ayer estuve pensando mucho. Prefiero estar contigo tal como están las cosas que no estar contigo.
—Lena... —susurró Julia.

Sintió que las lágrimas asomaban de nuevo y empezó a darse la vuelta. Lena la agarró del brazo e hizo que la mirase.

—¿Ya no quieres ni eso? —le preguntó.
—Sí lo quiero. Tienes razón, te necesito —musitó—. Es sólo que estoy muy confusa, y he estado terriblemente deprimida.

Lena la tomó entre sus brazos y Julia se abrazó a ella estrechamente. Sí, necesitaba a Lena. Había tenido muchísimo miedo de no poder volver a abrazarla nunca más. Cerró los ojos, apoyó la cabeza sobre el hombro de Lena y se echó a llorar.

—Chissst. Lo siento —susurró Lena—. No volveré a decirlo, lo prometo. Quién sabe, quizá se me pase.

Julia asintió, la abrazó y deseó haberla llamado el día anterior.

—¿Puedo ir a tu casa esta noche? —preguntó Lena.

Julia asintió y se soltó de sus brazos.

—Llevaré una pizza.
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Re: One Summer Night

Mensaje por Anonymus el Sáb Feb 28, 2015 12:20 pm

Capítulo veintiocho

Esa noche hicieron el amor con tanta intensidad como siempre. Después Julia se echó a llorar y Lena la abrazó, enjugándole las lágrimas a medida que caían.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lena.
—Te he echado muchísimo de menos —dijo Julia—. No podía soportar el pensar que estabas haciendo el amor con Lucy.
—¿Lucy?
—El jueves por la noche. El viernes por la noche. Estuve muy sola el viernes por la noche. Sabía que estabas con ella. Y lo estabas.
—No estuve con ella, Julia. Deb y ella estaban en el bar. Bailé con ella. También bailé con Deb.
—¿También te besó Deb? —preguntó Julia, sonriendo.
—No.
—¿Bailaste con Lucy igual que bailabas conmigo? —preguntó, ahora en serio. Lena hizo que se echara a su lado y la enlazó con la pierna.
—¿Y cómo bailaba contigo?
—Como si no pudieses esperar a llevarme a casa y hacerme el amor.
—Ah. —Lena la besó suavemente—. Entonces no, no bailé así con Lucy. —Sonrió mientras la besaba—. De hecho, entre nosotras había como mínimo medio metro de distancia todo el rato.
—Apuesto a que sí. Entonces, ¿cómo se acercó lo bastante para besarte?
—Bueno, me atrapó contra la pared de atrás. Está muy oscuro allí, y antes de que yo pudiese darme cuenta de lo que estaba sucediendo...
—No —dijo Julia, cubriendo la boca de Lena con la suya—. No quiero oírlo.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
—Tú le devolviste el beso, ¿verdad?
—¿Y si te digo que me imaginaba que eras tú?
—¿Sí?
—Sí. Lo que ocurre es que ella no besa ni la mitad de bien que tú.
—No me gusta imaginarte besándola —dijo Julia.
—Pues no lo hagas. En realidad no la besé, ¿sabes? Estábamos bailando. Un poco más pegadas que el medio metro que he dicho —admitió, apoyando la cabeza sobre el hombro de Julia—. La verdad es que me tendió una emboscada. Yo estaba bebiendo mucho y tenía la mente en otro sitio. Estaba pensando en ti y en que debería estar contigo.
—¿De verdad?
—De verdad. Total, que antes de que pudiera darme cuenta, estaba intentando meterme la lengua en la garganta.
—Oh, Lena —se quejó Julia.

Lena se echó a reír.

—No debería haber estado allí. Ni siquiera sé por qué salí.
—¿Por qué lo hiciste? —quiso saber Julia.

Lena la miró a los ojos.

—Estaba intentando apartarte de mi mente. El bar parecía un buen sitio para empezar a hacerlo.

Julia le acarició suavemente el rostro.

—Y Lucy estaba allí.
—No debería haber bailado con ella. No es justo hacerle eso, lo sabes. No quiero que piense que la estaba animando a seguir.
—¿Y lo hacías?
—No. Yo tan sólo quiero estar contigo, Julia.

Julia la besó en la boca.

—Yo también quiero estar contigo. —Hizo que Lena se subiese sobre ella—. Hazme el amor otra vez —susurró.

Desde entonces, Lena estuvo casi cada noche con Julia. A veces se llevaba ropa para el día siguiente, y otras veces se marchaba temprano para ir a ducharse y cambiarse a su apartamento. Nunca más volvió a decirle a Julia que estaba enamorada de ella, y tampoco sus ojos lo decían. Cuando hacían el amor, era Julia la que debía llevar la iniciativa. E incluso entonces Lena parecía distante, con la mente en otro sitio. Nunca hablaban del placer que se daban la una a la otra, y Julia era muy consciente de que algo había cambiado entre las dos. Muchas noches Lena se dormía casi al momento, tras darle un beso de buenas noches. Sin embargo, Julia se despertaba entre sus brazos, pues se había vuelto hacia ella en la oscuridad. Durante el día eran tan sólo amigas. Comían juntas a menudo: unas veces fuera y otras Lena traía unos sándwiches para comérselos en el despacho de Julia. Ambas trabajaban hasta tarde casi todas las noches. Debían corregir los trabajos y redactar los exámenes finales. Y así era como quería Julia que fuese, se repetía a sí misma. Entre ellas no se pronunciaban palabras de amor y no había ningún compromiso. Era tan sólo una relación física, exactamente tal y como lo había pedido Julia. Eso era todo lo que necesitaba, se repetía. Pero ¿era eso cierto? Una noche de mediados de diciembre estaban sentadas junto al fuego, con las manos enlazadas; los platos de la cena estaban a un lado. Julia acariciaba la palma de la mano de Lena con el pulgar, moviéndolo lenta y suavemente. Lena no hizo el menor intento de tocarla; su mano estaba quieta, con los dedos yertos. Julia se detuvo y la miró. Lena contemplaba el fuego, con la mente muy lejos de allí.

—¿Qué ocurre? —preguntó Julia por fin.

Lena se volvió hacia ella con los ojos velados.

—Nada.
—Hace tiempo que no me deseas —dijo Julia—. ¿Por qué?
—¿Es eso lo que piensas?

Julia asintió y apartó la mirada.

—Sé que es por mi culpa.
—No pienses eso, por favor. Te deseo más que nunca —afirmó Lena.
—Últimamente no es lo mismo.
—¿Lo mismo que cuándo?
—Que antes —dijo simplemente Julia.
—Te hice una promesa —dijo Lena en voz baja—. Cuando estoy así contigo se me hace muy duro mantenerla.

Julia se acercó a ella y la besó en la boca.

—Has estado muy lejos de mí.
—He estado aquí. —Lena le tocó el pecho a la altura del corazón.
—Hazme el amor como antes —suplicó Julia, mirándola a los ojos en busca del amor que había habido en ellos una vez.
—Dijiste que no...
—Chisst —susurró Julia, cubriendo con sus dedos la boca de Lena—. Sólo hazme el amor.

Lena la besó delicadamente, con lentitud, con sus labios tan suaves. Miró a Julia y ésta se derritió bajo su mirada. Sus ojos ya no escondían nada. Lena la hizo ponerse en pie y la condujo hasta el dormitorio. La desvistió muy lentamente, y Julia notaba sus cálidas manos cuando la tocaba. Inclinó la cabeza y besó a Julia en el pecho; después se encontró con que su boca la estaba aguardando. Julia le sacó la ropa con urgencia y pronto estuvieron desnudas, recorriéndose la una a la otra con la mirada. Lena intentó apagar la luz, pero Julia la detuvo.

—No, déjala encendida. Quiero verte.

Lena se recostó en la cama y tiró de Julia hacia sí; sus bocas se encontraron, no suavemente, sino con un ansia que no habían experimentado durante mucho tiempo. Julia sentía que se le erizaba la piel al notar que Lena volvía a abrazarla posesivamente. La lengua de Julia se introdujo en la boca de Lena. Saboreó cada rincón y salió lentamente para volver de nuevo a por más. Las manos de Lena acariciaron todo su cuerpo, colocándola cómodamente contra ella, con las piernas abiertas, mientras las caderas de Julia empujaban hacía ella. Yacían de lado; sus pechos se tocaban y Julia se frotó contra ella.

—Te deseo muchísimo —susurró Julia mientras la besaba, con la voz ronca por el ansia.
—Soy toda tuya —musitó Lena.

Julia agarró las manos de Lena y se las colocó por encima de la cabeza, manteniéndoselas allí, sobre la almohada. Jugueteó con la lengua en la oreja de Lena, humedeciéndola, y después bajó por su cuello, besando la garganta, donde notaba el rápido latido de su pulso. Se detuvo un momento y miró a Lena, tan deseable con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, mientras su respiración aumentaba de ritmo. Julia se colocó de lado, con una pierna estrechamente enlazada entre los muslos de Lena y la boca sobre uno de sus pechos. Rozó el pezón con la lengua y notó cómo se endurecía bajo sus labios. Lena gimió suavemente e intentó liberar las manos, pero Julia las sujetó con firmeza, mientras succionaba con ansia el pecho de Lena.

—Quiero tocarte —suplicó Lena.
—No —murmuró Julia—. Deja que lo haga a mi manera.

Lena gimió cuando Julia se acercó al otro pecho y volvió después hacia sus labios. Julia sabía que nunca se cansaría de hacer el amor con aquella mujer que tan sensible era a su tacto. Se echó hacia atrás y se miraron a los ojos. Lena cerró los suyos mientras Julia alzaba la mano para acariciarle el rostro, rozando suavemente con el pulgar los labios de Lena.

—Nunca había sido así antes de ahora. Nadie me ha hecho sentir lo que tú —susurró Lena, abriendo los ojos, y Julia agradeció el amor que vio en ellos.
—A mí me ocurre lo mismo —admitió Julia, y la besó de nuevo en la boca.

Después se sentó a horcajadas sobre Lena y dejó que sintiese la humedad de su sexo, mientras le mantenía las manos sujetas sobre su cabeza. Hundió la cabeza para juguetear con la lengua sobre sus pezones, haciendo que Lena se retorciese bajo ella. Empezó a descender por su cuerpo. Ya no podía esperar más. Julia abrió suavemente las piernas de Lena, aparrándola con las manos, y pudo ver lo dispuesta que estaba para recibirla. Deseaba posar allí su boca. Su lengua acarició a Lena, resbalando por su calidez, saboreándola, y Lena dejó escapar un suave gemido.

—Oh, Julia —susurró, y Julia vio que sus manos se asían al cabezal de la cama.

La respiración de Julia se aceleró; subió los muslos de Lena, empujando con los hombros, y su boca la cubrió. Introdujo en ella la lengua, cálida, suave y húmeda. Podría amarla así toda la noche, pensó, y sus ojos se cerraron mientras se movía sobre ella, dentro de ella, haciéndole rápidas caricias con la lengua. Muy pronto, las caderas de Lena se alzaron y Julia se movió aún más rápido, hasta que Lena gritó y sus piernas se estremecieron debido al orgasmo. Después, las piernas cayeron sin fuerzas sobre el lecho, y Julia le besó los muslos delicadamente, y también besó la suave mata de pelo de su pubis, para después escalar por su cuerpo. La envolvió entre sus brazos y la atrajo hacia sí, cerrando los ojos mientras su corazón recuperaba el ritmo normal.

—Julia, te quiero muchísimo —susurró Lena—. Tanto que me hace daño.
—No quiero hacerte daño —dijo Julia. Abrió los ojos y contempló a Lena, que seguía con ellos cerrados.
—Ojalá pudieras confiar en mí.

Julia sintió que también a ella le dolía el alma. Lena cerraba los ojos con fuerza, y Julia la vio frotárselos, y vio que las lágrimas se le escapaban igualmente. Lágrimas que ella había causado. Se acercó para enjugárselas con la lengua a medida que caían.

—Por favor, no llores —susurró Julia.
—Estoy enamorada de ti.
—Lo sé —dijo en voz baja.

Julia deseaba decir lo mismo, pero no se atrevía. Sintió como si su propio corazón fuese a calcinarse si no lo hacía, porque supo que ella también estaba enamorada de Lena. Lo estaba desde hacía mucho tiempo, aunque tan sólo ahora lo admitía. Pero decir las palabras en voz alta era más de lo que ella podía permitirse. Admitirlo ante sí misma era ya bastante alarmante. El decírselo a Lena lo cambiaría todo. Haría que su relación fuese real. Significaría comprometerse. Lena abrió los ojos y miró a Julia durante un largo rato. Julia no desvió la mirada. Por fin, Lena la atrajo hacia sí para besarla.

—Lo siento.
—Por favor, no digas que lo sientes —susurró Julia—. Yo...

Se detuvo antes de que las palabras se escapasen de sus labios y cerró los ojos, temerosa de que Lena pudiese ver el amor que había en ellos.

—Deja que te haga el amor —dijo Lena, mientras se giraba hacia ella y se colocaba encima.

Julia sonrió y guió la boca de Lena hacia la suya. Sí, de este modo sí podía demostrarle su amor. Podía decirle a Lena que la amaba mediante sus actos, ya que no con palabras. La boca de Lena la asedió lentamente y Julia se dejó hacer, echada de espaldas, con los ojos cerrados a la luz, mientras se disolvía al notar la boca y la lengua de Lena sobre ella. Su propia lengua empujó la de Lena dentro de su boca y la mantuvo junto a sí, sujetándola con las manos sobre su rostro. Nunca había deseado a nadie como deseaba a Lena. Estaba ardiendo de deseo por ella. La rodeó con sus brazos y la abrazó estrechamente. Lena se apartó un momento y la miró. Julia volvió a cerrar los ojos, temerosa de lo que podían revelar. Sus manos se movieron lentamente por la espalda de Lena, atrayéndola de nuevo contra su pecho. La boca de Lena la encontró y empezó a succionar sus pezones, haciendo que Julia se incorporase para ir a su encuentro. La boca de Lena se abrió, y su mano apretó el pecho de Julia, y Julia exhaló el aire lentamente mientras la lengua de Lena le lamía un pezón.

—Oh, sí —susurró, sujetando a Lena allí durante largo rato.

Lena bajó la mano entre sus dos cuerpos, buscando con los dedos la vagina de Julia, y se deslizó dentro de ella, moviendo los dedos sobre su sexo.

—Dime lo que deseas —susurró Lena.
—Deseo sentir tu boca en mí —gimió Julia.

Lena cubrió la boca de Julia con la suya y deslizó lentamente la lengua en su interior.

—¿Así? —preguntó.
—Sí, así exactamente.

Lena le abrió las piernas con sus muslos y presionó entre ellas con sus caderas, y Julia se incorporó para ir a su encuentro, deseando tocarla. Lena se deslizó lentamente por su cuerpo, acariciándola con la lengua a medida que bajaba, humedeciéndola. Julia aguardó pacientemente; sus pechos subían cuando jadeaba, a medida que la boca de Lena descendía más y más.

—Por favor —rogó, cuando Lena se detuvo a besar sus caderas.

Julia abrió las piernas, anhelando que Lena se arrellanase entre ellas, y sus manos empujaron los hombros de Lena, urgiéndola. No podía soportar ni un segundo más aquel dulce tormento. Sin embargo, Lena siguió haciéndola esperar, recorriendo con sus labios los muslos de Julia y bajando por sus piernas.

—¡Lena, me muero! —gimió.
—Eso no puede ser. —Lena abrió todavía más las piernas de Julia.

Los ojos de Julia se cerraron con fuerza cuando por fin, por fin, sintió que Lena la tocaba con la lengua, suavemente, como en broma.

—¡Dios, me estás volviendo loca! —jadeó Julia.

Las manos de Lena rodearon los muslos de Julia, y ésta aguantó la respiración mientras Lena la tomaba por fin. La boca de Lena se abrió sobre ella y su lengua se movió sobre otros labios, y Julia se apretó contra la cama para, seguidamente, incorporarse para ir a su encuentro, notando cómo se movía la lengua de Lena, adentro y afuera. Dios, sí, aquello era lo que deseaba. Aquello era lo que necesitaba. Los labios de Lena se movieron sobre ella, acariciándola con la boca y con la lengua, mientras Julia se retorcía, moviendo frenéticamente las caderas al acercarse el orgasmo; pero era demasiado pronto. Todavía no estaba preparada ni de lejos para que aquello acabase, y contuvo la respiración, deseando que durase horas y horas, pero sintió que la primera oleada del orgasmo la invadía, y sus caderas se detuvieron, sus pies se clavaron con fuerza en la cama, mientras ella gritaba, aferrando los hombros de Lena, empujándola con fuerza contra ella. ‘’Oh, sí que te amo,’’ pensó. Quedó echada de espaldas, agotada, y sus brazos cayeron a ambos lados del cuerpo. Sintió que Lena se movía a su lado; volvió la cabeza y la miró a los ojos.

—Oh, cariño, ha sido maravilloso —susurró Julia.

Los ojos de Lena se oscurecieron al oír cómo la llamaba, y Julia cerró los suyos y sonrió. Habían hecho el amor como antes. Siguieron tocándose hasta el amanecer. El sueño las reclamaba durante algunos momentos, pero después despertaban y volvían a hacer el amor una y otra vez, hasta que salió el sol, creando sombras a su alrededor mientras ellas se abrazaban.
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Re: One Summer Night

Mensaje por Anonymus el Dom Mar 01, 2015 9:40 pm

Capítulo veintinueve

Lena se marchó a San Francisco el día veintidós. Julia lloró al dejarla en el aeropuerto, tanto porque se había ido como por las palabras que pronunció. Y por las que ella misma no había pronunciado.

—Ojalá pudiésemos estar juntas —dijo Lena cuando estaban sentadas en silencio en el coche de Julia.
—Te echaré de menos.

Lena le rodeó el rostro con sus manos y acarició suavemente sus labios con el pulgar, sonriendo de un modo tan dulce que Julia estaba segura de que iba a estallar en llanto allí mismo.

—Estoy muy enamorada de ti, Julia.
—Lo sé —repuso Julia.

Lena simplemente asintió y se fue, y Julia se quedó mirándola, deseando habérselo dicho, pero todavía con miedo. ¿Miedo de qué? No era que no fuese cierto. No era que fuese a dolerle menos, si rompían la relación, tan sólo porque no había pronunciado aquellas palabras. Lo que había sentido por Mona no podía compararse a lo que sentía por Lena. Después de todos aquellos años, por fin sabía lo que habían compartido Harry y Beth. Un amor tan poderoso que te consumía, que te hacía caer de rodillas ante su fuerza, que te atemorizaba. Condujo de vuelta hacia su casa vacía, enjugándose de vez en cuando una lágrima que se deslizaba por sus mejillas. Lena le había pedido que fuese a California con ella, pero no estaba preparada para conocer a su familia, de modo que había aceptado la invitación de Katya para que pasase las Navidades con ellas. Ahora deseaba haber sido más fuerte, deseaba haber aceptado irse con Lena. Al llegar a casa encontró un pequeño paquete, envuelto en papel de regalo, sobre la mesa. No había visto a Lena ponerlo allí. Había dado por sentado que se intercambiarían regalos cuando ella regresase. Se acercó al paquete y sonrió ante la nota que Lena había escrito. ¡No abrir hasta Navidad! Julia lo acercó hasta su pecho con los ojos cerrados, sintiendo una oleada de amor que la atravesaba de pies a cabeza.

—Eres idiota —se riñó a sí misma—. Eres idiota.

Cogió el regalo y lo puso bajo el árbol, junto a los que había preparado para Katya y Janis. Esperaría, tal como le había pedido Lena, pero no pudo resistir la tentación de sacudir levemente la caja. El ruido que oyó no le dio ninguna pista de su contenido y se sintió como una cría husmeando entre los regalos una semana antes de Navidad. En Nochebuena se fue temprano a casa de Katya y Janis. Katya había salido de compras con su madre, por lo que Julia se ofreció para ayudar a Janis a cocinar su tradicional menú navideño: pavo a la vieja usanza, con todos sus ingredientes. La verdad era que Julia estaba deseando probarlo. Lo que habían comido en Fredricksburg apenas podía llamarse «tradicional», y siempre sabía mucho mejor cuando te pasabas casi todo el día cocinándolo.

—¿Qué tal lo llevas? —preguntó Janis.
—Bien —dijo Julia, y era sincera. Estar sin Harry era mucho más llevadero cuando se contaba con buenas amigas.
—¿Has hablado con Lena? —preguntó Janis poco después.
—No, no ha llamado.

Había intentado apartar de su mente el hecho de que Lena no la había llamado. Estaba segura de que estaría muy ocupada con su familia y sus amigos, de nuevo en casa, y que tendría muy poco tiempo para pensar en ella. Lena le había dado a Julia el número de teléfono de sus padres, pero ésta se había negado a llamar, por más que lo estuviese deseando.

—¿Cómo le va contigo?
—Muy bien.

Julia dejó de pelar la patata que tenía en la mano y se volvió hacia Janis.

—O eso supongo. Soy muy difícil de soportar. Lena debe de tener la paciencia de un santo.
—El amor puede proporcionarte mucha paciencia, desde luego —dijo Janis, riéndose—. Fíjate cuánto tiempo llevo soportando que la madre de Katya venga a pasar las Navidades. Viene cada año, y siempre tiene algo que criticar: el pavo está demasiado seco, la salsa demasiado líquida, los pasteles demasiado hechos, el árbol es demasiado grande o demasiado pequeño. Podría seguir y seguir contándote —suspiró.

Julia sonrió, pues sabía muy bien lo difícil que podía llegar a ser la madre de Katya. Tal vez era por eso que Katya sólo la veía una vez al año. Su madre todavía no había aceptado a Janis como parte de la familia, después de tantos años.

—Te quedas a pasar la noche, ¿verdad? —quiso saber Janis.
—Creo que sí, si la invitación sigue en pie.
—Por supuesto. Nos encantará que te quedes. Además, me servirás de amortiguador con Madge.

Aquella noche, mucho después de que hubiesen recogido los platos de la cena y las demás estuviesen dormidas, Julia dejó que sus pensamientos derivasen hacia Lena. Los había mantenido a raya durante la velada, pero ahora cerró los ojos, se acurrucó entre las mantas y dejó que las imágenes de Lena invadiesen su mente. Oh, la echaba terriblemente de menos. Pero no sólo durante la noche. Echaba de menos hablar con ella, echaba de menos mirarla. Añoraba su sonrisa, su voz, su olor. Añoraba todo lo que se refería a ella, y Julia se prometió que, cuando volviese, le contaría lo mucho que la había echado de menos. A las seis de la mañana oyó cómo se ponía en marcha la cafetera, pero las demás no se habían movido todavía. Apartó las mantas y corrió al baño que compartía con Madge para tomar una ducha rápida. Estaba sirviéndose su primera taza de café cuando apareció Katya.

—Te has levantado muy pronto —dijo.
—Quería evitar las aglomeraciones.
—¿Ya lo has abierto? —preguntó Katya con una sonrisa. Julia hizo una mueca.
—No. Y tampoco he estado husmeándolo por la noche, si es eso lo que quieres decir.

Después de que todas hubieron llenado sus tazas de café, se reunieron alrededor del árbol y Janis repartió los pocos regalos que había allí. Julia dejó el de Lena para el final, aunque se moría por abrirlo cuanto antes. Madge le regaló un suéter y Julia le dio las gracias. Después se rió cuando Madge abrió un paquete con un suéter muy similar, que le había comprado Julia. Katya y Janis le regalaron un par de CD y un cheque regalo de su tienda de ropa favorita. Ella les regaló un cuadro de un artista local y una muñeca de cerámica para la colección de Janis. La pintura, que representaba el lago Travis, les gustó especialmente y ya empezaron a decidir dónde colgarla. Mientras abrían el resto de los regalos que les había dado Madge, Julia cogió por fin el de Lena y lo sostuvo entre las manos, casi temerosa de abrirlo. ¿Qué podía ser? Ella se había vuelto loca pensando qué podía regalarle a Lena. Quería elegir algo personal, y se había pasado varios días buscando el regalo perfecto. Por fin se había decidido por un brazalete de oro con el nombre de Lena grabado en él. Planeaba dárselo cuando regresase. Empezó a girar el regalo que tenía en la mano, acariciando los lazos con dedos nerviosos. Alzó la vista una vez, pero Katya y Janis la habían dejado a propósito para que pudiese disfrutar de aquel momento a solas. Se sintió muy agradecida. Por fin rompió el envoltorio y dejó al descubierto una caja de terciopelo negro. Le temblaban las manos. La abrió lentamente, conteniendo el aliento. Dentro había una delicada cadena de oro y, colgados en ella, había dos corazones de oro entrelazados, con dos diamantes idénticos destellando, uno en cada corazón. Alzó con cuidado el colgante y lo sostuvo en las manos, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Dentro había una nota, que recogió con delicadeza. «Nuestros corazones son como éstos: separados, pero unidos», había escrito Lena. «Se necesitan el uno al otro para ser fuertes y felices. Por favor, acéptalo y llévalo con todo mi amor. Tienes mi corazón en tus manos.» Julia se llevó la nota a los labios y dejó que las lágrimas rodasen por sus mejillas. Sentía como si fuese a estallarle el corazón. Respiró hondo, intentando detener las lágrimas.

-¿Julia?
—Estoy bien —susurró.

Y era cierto. El regalo era más de lo que ella esperaba, pero habían sido las palabras de Lena las que la habían emocionado. Había sido una tonta por pensar que Lena acabaría haciéndole daño. Lena la amaba. Y Julia correspondía a su amor. Aguantó allí una hora más y después decidió escabullirse.

—Vuelves para la cena, ¿verdad? —preguntó Katya.
—Por supuesto.

Hizo un aparte con Katya y le susurró:

—Tengo que llamarla, y no puedo hacerlo desde aquí.
—¿Estás bien?
—Estoy más que bien —dijo Julia, sonriendo abiertamente.

Corrió hacia su casa, sin hacer caso a las leyes de tráfico, y se apresuró a entrar. Encontró el número de teléfono donde Lena lo había dejado y lo marcó rápidamente, sin preocuparse de qué hora podría ser en California.

—Feliz Navidad —saludó una agradable voz.
—Feliz Navidad —contestó Julia—. Espero no llamar demasiado temprano. Soy una amiga de Lena, aquí en Austin. ¿Podría hablar con ella, por favor?
—Por supuesto. Espera un momento.

Las palmas de las manos de Julia estaban húmedas y se las secó contra los vaqueros, intentando calmar sus nervios mientras esperaba a que Lena se pusiese al teléfono. No quería pensar en el motivo por el que la llamaba: tan sólo sabía que tenía que hacerlo.

-¿Julia?
—Feliz Navidad —dijo ella.
—Igualmente.
—¿Llamo en mal momento?
—Tú nunca llamas en mal momento, cariño.

La respiración de Julia se detuvo y el corazón se le subió a la garganta al oír aquel cariñoso apelativo.

—Lena, lo siento muchísimo —dijo, con voz entrecortada.
—¿Qué ocurre?
—He abierto tu regalo.
—¿No te gustó? ¿Te pareció demasiado?
—No, no es eso, en absoluto —respiró hondo y continuó— Te amo. Estoy muy enamorada de ti. Y lo siento muchísimo —sollozó.
—Julia, por favor, no llores. Dios, ojalá estuviese ahí contigo —susurró Lena.
—Lo siento —repitió Julia—. Pero te quiero.
—¿Por qué me dices que me quieres y al momento siguiente me dices que lo sientes? -preguntó ella con ternura.
—Porque no fui capaz de decírtelo antes. Porque me he portado terriblemente mal contigo —dijo, enjugándose las lágrimas de las mejillas sin ser consciente de ello.
—¿Y ya no podías esperar ni un segundo para decírmelo? —preguntó Lena, y Julia hubiese jurado que sonreía.
—No —susurró Julia.
—Mi vida, está claro que sabes escoger el momento.
—Te echo de menos, y no podía esperar ni un día más para decirte que te quiero.
—Estaré en casa mañana. No me vengas a recoger al aeropuerto. No quiero saludarte en medio de cientos de personas. Tomaré un taxi.
—Muy bien, no lo haré.
—Y, Julia...
-¿Sí?
—Gracias por llamarme. Me has alegrado las Navidades.
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Re: One Summer Night

Mensaje por Anonymus el Dom Mar 01, 2015 9:41 pm

Capítulo treinta

Julia aguardaba pacientemente junto al fuego, mirando de vez en cuando al reloj. Ahora que Lena estaba a punto de llegar se sentía repentinamente nerviosa. No había vuelta atrás después de su llamada del día anterior. Acarició con el dedo la cadena de oro que colgaba de su cuello y sonrió. No quería vuelta atrás. Nunca había estado tan feliz ni tan enamorada. Pegó un salto al oír que llamaban con urgencia a la puerta, y se obligó a ir a abrirla caminando, sin correr. Lena estaba allí, escrutándola con la mirada, y poco a poco sonrió. También ella parecía nerviosa.

—Oh, Dios, cómo te he echado de menos —susurró Lena.

Julia tomó su mano y la llevó hacia el interior de la casa, sin dejar de mirar a Lena a los ojos.

—Yo también te he echado de menos.

Lena la envolvió entre sus brazos y Julia aspiró su dulce fragancia, que conocía tan bien. Sus labios se encontraron, suavemente, dulcemente, sin prisas.

—Cuéntame —pidió Lena.
—Te quiero —dijo Julia, mirándola a los ojos—. Hace mucho tiempo que te quiero.

Lena sonrió, y a Julia le pareció ver alivio en aquella sonrisa, mientras le acariciaba el rostro con los dedos, suavemente.

—Te quiero, Julia. No puedo imaginarme la vida sin ti —susurró Lena.
—Entonces no será así —dijo Julia, sonriendo—, porque yo pretendo pasarme el resto de mi vida contigo.
—Nunca te haré daño —prometió Lena.
—Lo sé. Lo único que siento es que haya tardado tanto en convencerme de ello.
—Puedes pasarte el resto de nuestras vidas compensándomelo —dijo.
—Será un placer.



FIN
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Re: One Summer Night

Mensaje por xlaudik el Dom Mar 01, 2015 10:50 pm

Me gustó muchísimo!!! :-D
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Re: One Summer Night

Mensaje por flakita volkatina el Dom Oct 04, 2015 7:46 pm

Valla muchas d las cosas q hay x aqui d ti me gustan mucho espero siempre sigas compartiendo
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Re: One Summer Night

Mensaje por katina4ever el Lun Dic 21, 2015 9:05 pm

Que hermosa historia T_T Lenita logró demostrar cuanto amaba a Jul!! Realmente muy buena, me sentí identificada con tu historia. Sad :'(

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