AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

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AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Dom Feb 22, 2015 10:29 pm

Les dejamos por acá esta linda historia que nos compartió lupe en el foro de tatu news


Capítulo 1


—Esta es Elena Katina —dijo Yulia Volkova tras sacar una fotografía de una carpeta —. Dentro de seis semanas dará a luz a mi hijo. Para entonces, tengo que haberla encontrado.
Nikolay, que esperaba una rubia despampanante con cara y cuerpo de modelo, se quedó confundido al ver a esa mujercita blanca y delgada, de pelo color rojizo, ojos verdi- grises y sonrisa dulce. Parecía tan joven que no la veía adecuada como madre de alquiler.
Nikolay Bogdánov era abogado de un bufete londinense de gran prestigio y había llevado casos muy difíciles; ¿pero qué podía hacer contra una madre de alquiler que había huido, resuelta a quedarse con el niño finalmente? Miró a su cliente con expresión poco alentadora.
La fortuna de Yulia Volkova le venía de la explotación de minas de oro y diamante. Era una magnate brillante, una gran jugadora de polo y, según la prensa amarilla, una mujeriega. Rozaba el metro noventa, tenía constitución atlética, un temperamento inflamable y, en resumen, un aspecto muy intimidatorio.
— Nikolay... creía que mi asesor de Nueva York ya te había hablado al respecto — espetó Yulia impacientada.
—Dijo que era un asunto demasiado confidencial para tratarlo por teléfono. Y yo no tenía la menor idea de que estuvieras planeando convertirte en madre por medio de una madre de alquiler — replicó Nikolay—. ¿Por qué demonios te has embarcado en una aventura tan arriesgada?
—¡Por Dios!, ¡tú me has visto crecer! ¿Cómo puedes preguntarme eso?
Nikolay se sintió incómodo. Había trabajado para el difunto padre de Yulia y no se le escapaba la infancia desdichada de ésta. A pesar de su dinero, no podía decirse que le hubiera tocado la lotería con los padres.
—Decidí hace mucho que no me casaría —prosiguió Yulia con convicción—. ¡Jamás dejaré que una mujer tenga tanto poder sobre mí, o sobre los hijos que pudiéramos tener! Pero siempre me han gustado mucho los niños...
—Ya —susurró Nikolay.
—Muchos matrimonios acaban divorciándose y en la mayoría de ellos la mujer se queda con los hijos —le recordó Yulia al abogado—. Alquilar a una madre me pareció la mejor manera de asegurarme la potestad de mi bebé; no ha sido un acto impulsivo, Nikolay. Y me costó mucho encontrar a una mujer adecuada...
—¿Adecuada? —interrumpió Nikolay, sorprendi¬do por la elección, que no se parecía nada a las rubias de las que su cliente solía hacerse acompañar.
—Cuando mi equipo de asesoramiento de Nueva York puso un anuncio, recibieron ofertas de muchísimas candidatas. Contraté a un médico y a un psicólogo para que dictaminara a las más aptas, tras someterlas a una batería de pruebas... y la responsabilidad final fue mía, por supuesto.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Nikolay mientras miraba la foto de Elena Katina.
— Veintiuno.
—¿Y era la única candidata adecuada?
— El psicólogo tenía sus reservas, pero decidí pasarlas por alto. Tuve la corazonada de que era la madre perfecta y actué por instinto. Es cierto que es joven e idealista, pero sus valores me conven¬cieron; no la motivaba la codicia, sino el deseo desesperado de pagarle una operación a su madre que pudiera prolongarle la vida.
— Me pregunto si esa desesperación no afectó a su capacidad de discernir dónde se estaba metiendo — repuso Nikolay.
— Eso no sirve de nada ahora que está embarazada de mi hijo —replicó Yulia—. Voy a encontrarla como sea. He estado investigando y sé que hace dos meses estuvo en la casa de su madrina, en Surrey. Todavía no sé adónde fue después; pero antes de encontrarla necesito saber qué derechos tengo de acuerdo con las leyes de este país.
Nikolay no tenía prisa por darle las malas noticias: el alquiler de madres no estaba bien visto en Inglaterra y si ella decidía quedarse con el bebé, ningún juez le entregaría la custodia de éste a la su¬puesta “madre”, por más contratos que se hubieran firmado.
— Antes cuéntame más detalles — contestó el abogado.
Mientras le ponía al corriente, Yulia miraba por la ventana y recordaba la primera vez que había visto a Elena Katina, a través de un cristal de dos caras, con espejo en la perteneciente a la sala donde la habían recibido sus abogados de Nueva York. Le había parecido una muñeca de porcelana, frágil e inusualmente bella.
Se había mostrado valiente y sincera. Y muy agradable. No es que Yulia hubiera buscado antes a una mujer así, pero le gustó la idea de que su hijo heredase esas cualidades. Y aunque no era una mujer de mundo, experimentada, pero gozaba de una enorme fortaleza interior y un carácter tranquilo.
Luego, cuanto más había hablado Elena, más deseos había tenido Yulia de conocerla cara a cara, para poder responder a su hijo, en el futuro, sobre las preguntas curiosas que le hiciese sobre su madre. Pero sus abogados se habían negado tajantemente, alegando que debía permanecer en absoluto anonimato, a fin de ahorrarse posibles problemas más adelante. Pero, dado que ella siempre había tenido fe ciega en su instinto, no había dudado en satisfacer sus deseos...
Y debía reconocer que tras desoír los consejos de sus abogados, todo había empezado a torcerse.
— De modo que nada más asegurarte de que la chica estaba embarazada, la instalaste en una casa en Vermont, con una asistenta de tu confianza para que cuidara de ella —dijo Nikolay—. ¿Dónde estaba su madre mientras tanto?
—En cuanto Elena firmó el contrato, su madre fue a un hospital para fortalecerse y poder afrontar el postoperatorio. Estaba muy enferma y no sabía nada del contrato de alquiler de su hija. La opera¬ron cuando Elena sólo estaba de dos semanas... Murió dos días después de la intervención —concluyó Yulia, en tono pesaroso.
— Pobrecilla.
¿Pobrecilla? Elena se había quedado desolada. Y Yulia era consciente de que el único motivo por el que se había ofrecido a alquilarse era salvar la vida de su madre. Cuando Ekaterina, la asistenta, le había comunicado la depresión que Elena estaba atravesando, Yulia no había podido evitar acercarse a ella.
Había temido que abortara del disgusto y había sentido la obligación de ofrecerle su apoyo. Estaba sola en un país que no era el suyo, con sólo veintiún años, embarazada de una desconocida y con el luto de su madre...
—Así que me puse en contacto con ella —confesó Yulia—. Como no podía reconocer que yo era la madre del bebé, tuve que recurrir a algunos engaños para presentarme.
Nikolay lamentó que su cliente se hubiese dejado ver por Elena; pero Yulia Volkova era una mujer muy compleja: así como era una enemiga temible en los negocios y muchas mujeres sufrían por lo distante que se mostraba con ellas, también tenía gestos muy generosos, unos pocos amigos muy fieles y era capaz de los sentimientos más profundos.
—Me alojé en una casa cerca de donde ella vivía y me aseguré de que nuestros caminos se cruzaran, sin revelar mi identidad. Durante los siguientes meses, la visité algún fin de semana que otro, poco tiempo, sólo para que pudiera hablar con alguien —Yulia se detuvo y se encogió de hombro; se notaba que estaba tensa.
-¿y?
—¡Y nada! —se giró y lo miró con sus ojos azules y penetrantes—. La traté como si fuera mi hermana pequeña. Era una amiga, nada más.
Nikolay prefirió no comentar que, siendo Yulia hija única, no podía saber cómo se trataba a una hermana pequeña. Él sí que tenía tres hermanas pequeñas... y a las tres se les encendían los ojos con sólo oír el nombre de Yulia. De hecho, la última vez que la había invitado a cenar, había sido muy violento ver cómo se habían arreglado las tres, seductoramente, para captar su atención. Hasta su esposa había dicho que era una tentación para cualquier mujer.
Se imaginó a aquella joven ingenua, abatida tras la muerte de su madre, embarazada... ¿cómo habría encajado la irrupción de una mujer tan carismática, rica y segura de sí misma como Yulia?
—¿Cuándo desapareció? —le preguntó.
— Hace tres meses, de repente... Ekaterina había salido a comprar y la dejó sola... ¿Puedes creerte que no he vuelto a dormir bien desde entonces? Estoy tan preocupada que...
—Supongo que cabe la posibilidad de que haya interrumpido el embarazo —sugirió el abogado.
—¡Nikolay! — Yulia lo miró con reproche—. ¡Elena nunca abortaría! Es muy delicada, muy femenina, cariñosa.., ella nunca elegiría esa opción—afirmo.
—Bueno... Me preguntabas por tus derechos —Nikolay respiró profundo por lo que se avecinaba—. Me temo que los padres no casados no tienen ningún derecho según las leyes británicas.
— ¡No es posible! —exclamó Yulia con incredu¬lidad.
—Y aunque lo tuvieras, no podrías aducir que la chica no sería buena madre; después de todo, fuiste tú quien la escogió — señaló Nikolay —. Has arrastrado a una joven respetable a convertirse en madre de alquiler mientras ella intentaba salvar la vida de su madre. No creo que ningún jurado te mirase con buenos ojos.
— ¡ Pero lo ha firmado! — explotó Yulia—. Lo único que quiero es traer a mi hijo a Venezuela. ¡ No pretendo llevar esto a juicio! Tiene que haber alguna otra manera de...
— Cásate con ella.
Yulia lo miró con disgusto.
— Si eso era una broma, Nikolay, ha sido de muy mal gusto.


Mijaíl corrió una silla para que Elena se sentara a cenar. La madre de Mijaíl, Svetlana Semiónova, frunció el ceño al ver la sombra que apagaba los verdi-grises ojos de Elena, embarazada de ocho meses y con aspecto enfermizo.
— Deberías descansar a estas alturas del embarazo —le dijo—. Si te casaras con Mijaíl, podrías dejar de trabajar y tomarte las cosas con calma mientras él te ayuda a solucionar las cosas del tes¬tamento de tu madrastra.
—Es lo mejor —afirmó Mijaíl—. Debes tener cuidado o algún buitre sacará tajada de la parte de la herencia que te corresponde.
—No quiero casarme con nadie —dijo Elena, cuyas delicadas facciones se habían endurecido en los últimos tiempos. Luego miró sin apetito la cena que tenía frente a sí. Se había equivocado aloján¬dose en casa de Svetlana; ¿pero cómo podía haber sospechado que la fiel asistenta de su difunta ma¬dre había tenido un motivo ulterior para ofrecerle que se hospedase con ella?
Svetlana y su hijo conocían las extrañas condicio¬nes del testamento de Irina Petrova. Sabían que Elena heredaría un millón de libras si se casaba en el plazo de un año y no se divorciaba en seis meses. Y Svetlana estaba decidida a casarla con su hijo.
Por otra parte, quizá fuera un intercambio justo, pensaba Elena, la cual daría a luz a un niño en poco tiempo y no podría reclamar el dinero de su madrina mientras permaneciese soltera.
—Los niños pequeños son muy exigentes —le dijo Svetlana, después de que Mijaíl abandonara la sala—. Te aseguro que no es sencillo criarlos.
—Ya lo sé —contestó Elena, sonriendo de ternura al pensar en el niño que llevaba dentro.
— Sólo intento avisarte, Elena. Sé que no estás enamorada de Mijaíl, ¿pero cuándo te has enamorado tú de alguien?
—Nunca —concedió Elena a regañadientes.
— No me gusta fisgar, pero es evidente que el padre de tu niño se largó en cuanto te quedaste embarazada —dijo Svetlana—. Mi hijo nunca sería tan irresponsable.. Y la gente no se casa sólo por amor. La gente se casa por un millón de razones: por se¬guridad, compañía, por tener un hogar bonito... —insistió.
—Me temo que yo quiero algo más —respon¬dió Elena mientras se ponía de pie—. Voy a acostarme un rato antes de ir a trabajar.
Después de subir las escaleras, se recostó sobre la cama de su habitación: ¡jamás se casaría con Mijaíl para conseguir la herencia de su madrina!
Y, sin embargo, era la falta de dinero lo que la había llevado a esa situación. Su difunto padre siempre había dicho que el dinero era el origen de todos los males y, a juzgar por su alocada decisión de alquilarse como madre para conseguirlo, debía darle la razón.
¿Cómo había pensado que podría desprenderse de su bebé después de darle a luz? ¿Cómo podía haber firmado que renunciaba a todos sus derechos y que estaba de acuerdo en no volver a verlo nunca más? Había sido una estúpida inmadura, y se había visto obligada a huir, consciente de que la perseguirían y de que, lo más probable, acabarían encontrándola...
La amenaza constante de que la descubriesen le ponía la carne de gallina. Se sentía como una delincuente, consciente de que había firmado un contrato por el que ella debía entregar al bebé a cambio del dineral que había recibido para poder financiar la operación de su madre.
A veces la despertaban pesadillas en las que la extraditaban a Estados Unidos, la llevaban a juicio y le quitaban a su hijo para dárselo a una madre rica y sin escrúpulos, venezolana. Y cuando no tenía pesadillas, le costaba conciliar el sueño, entre otras cosas, porque el estado de su embarazo le impedía acostarse con comodidad.
Para colmo, en los momentos de mayor debilidad, veía a Yulia Volkova, una mujer peligrosa de la que se había enamorado rendida e inútilmente, por primera vez en la vida. Desde que la había conocido, había contado los días transcurridos hasta volver a encontrarse con ella. ¡Y pensar que había tratado de ocultarle su embarazo!, ¡cómo si Yulia no lo hubiera sabido desde el principio!


Una hora después, Elena se marchó a trabajar. Era una tarde de verano fría y lluviosa. Decidió an¬dar para ahorrarse el autobús. Tenía que ahorrar para cuando no pudiese ir al supermercado en el que estaba empleada.
— Pareces muy cansada, Elena — le dijo su su¬periora mientras la joven se quitaba el abrigo—. Espero que tu médico sepa lo que se hace cuando dice que puedes seguir trabajando —añadió, para retirarse acto seguido.
Elena recordó que hacía dos meses que no iba al médico, y que ya entonces le había recomendado que guardara reposo. ¿Pero cómo iba a descansar?
Vivía, en definitiva, en un estado de agotamien¬to continuo, le dolía la espalda, tenía hinchados los tobillos y, si se sobrepasaba, le entraban jaquecas y mareos.
Al finalizar su turno, Elena se alegró de veras de librar al día siguiente. Salió del mercado. La lluvia había cesado y las farolas se reflejaban en los charcos de las calles húmedas.
Elena no se molestó en intentar cerrarse el abrigo, por cansancio y por ser inútil tratar de proteger su vientre abultado. Se consoló pensando que pronto podría sujetar al bebé en sus brazos.
Sumida en estos pensamientos, no advirtió la presencia de un obstáculo en su camino. Sólo en el último momento, cuando ya casi había chocado contra una mujer imponente, intentó esquivarlo.
Perdió el equilibrio en el movimiento y, justo cuando iba a gritar, un par de brazos la agarraron con firmeza y le hicieron recobrar la estabilidad. Entonces, con el corazón acelerado, se atrevió a mirar a la mujer que la había resca¬tado.
Yulia Volkova la contempló con una expresión atractiva e impávida al mismo tiempo.
Elena se estremeció, abrió y cerró la boca sin pronunciar palabra y encajó con pánico la mirada brillante de aquella fiera que la tenía entre sus garras.
—No hay un sólo lugar en todo el mundo donde puedas esconderte de mí —le dijo Yulia con calma, como sentencia definitiva—. La búsqueda ha terminado.
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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Dom Feb 22, 2015 10:37 pm

Capítulo 2


—¡Déjame! —le pidió Elena, nerviosa como una presa enjaulada, sudando de nerviosismo.
—¿Cómo voy a dejarte? Estás embarazada de mi hijo. ¿Qué clase de persona haría algo así? —replicó Yulia. Un dolor intenso atravesó las sienes de Elena y, a la vez, experimentó un deseo súbito de vomitar—. ¿Qué te pasa? — se interesó, mientras Elena se esforzaba por no dar salida a sus arcadas.
Un segundo después, Yulia la levantó en brazos y echó a andar.
—¡Bájame! —reclamó Elena, que no había imaginado de esa manera su primer contacto físico con Yulia.
Ésta no le hizo caso y avanzó hasta la limusina que esperaba aparcada en la esquina de la calle. El chófer salió corriendo y abrió la puerta trasera. Yulia la depositó sobre el asiento, pero Elena sacó la cabeza para vomitar en el coche, tras lo cual se dejó caer en el asiento y se limpió la boca con un pañuelo.
Luego, tumbada hacia atrás, le resultó divertido pensar que en los treinta y un años de Yulia Volkova, jamás habría asistido a un acto tan desagradable. La odió por verla en ese estado de salud tan precaria..
— ¿Tienes fuerza para incorporarte? — le preguntó ella.
Mientras Elena se ponía firme, Yulia le tendió una mano para que se apoyara y, sin quererlo, la joven aspiró la fragancia femenina de la mujer.
—Así que por fin me has encontrado —musitó Elena, sin atreverse a mirarla.
— Sólo era cuestión de tiempo. Primero fui a la casa en la que estabas alojada. Svetlana Semiónova no me dio ninguna pista, pero, por suerte, ya sabía dónde trabajabas —contestó Yulia. Elena sentía la tensión que flotaba en el ambiente, la energía que emanaba del poderoso cuerpo de Yulia... La había encontrado. Ella había hecho todo lo posible porque no la localizaran: se había cambiado de piso, había mentido a sus amigos para que nadie consiguiera su dirección ni su teléfono... todo en balde.
—¡Qué te pasa? —le preguntó Yulia, al verla cerrar los ojos con una mueca de dolor en el rostro.
—Me duele la cabeza —contestó, obligándose abrir los ojos de nuevo.
Yulia estaba escrutando su vientre, fascinada, intensamente, mientras Elena la estudiaba a ella, con un dardo venenoso clavado en el corazón. Su cabello, negro como la noche, sus cejas delineadas, su nariz recta y arrogante, sus pómulos marcados, la perfección de su boca... todo en Yulia era sensualidad, encanto, atractiva; y, sin embargo, sólo la más audaz de las mujeres se atrevería a aproximarse a esa mujer de actitud inflexible.
El bebé dio una patadita y Elena se estremeció y se sorprendió viendo a Yulia hacer ademán de palparle el estomágo, con una expresión suave que disipaba la tensión de su gesto.
—¿Te importa que sienta cómo se mueve mi hijo? —le preguntó.
— ¡No te atrevas a tocarme! — espetó ella, aterrada.
—Quizá tengas razón. Quizá no sea buena idea—aceptó Yulia con los ojos encendidos, dignos de una fiera en retirada. Nunca la había mirado de esa forma en Vermont, pero Elena había intuido la pasión salvaje y contenida de su temperamento. La fascinaba el contraste entre sus modales y forma de hablar civilizados y el interior fogoso y primitivo que ocultaba.
— Llévame a casa — murmuró Elena —. Mañana hablaremos.
Yulia se dirigió al conductor en español y Elena recordó que también a Ekaterina le había hablado en español. Recordó la intranquilidad de aquella asis¬tenta cuando ella estaba delante. No había podido soportar la situación en la que Yulia le había puesto y había dejado sola a Elena a propósito, para que ésta pudiera fugarse.
La limusina dio un acelerón que la arrancó de vuelta al presente. Mientras Yulia hablaba por el teléfono del coche, ella la miraba con disimulo, se fijaba en la anchura de sus hombros, ceñidos a un traje gris, en sus pechos firmes , sus largas y musculadas piernas...
—Yo no podré tocarte, pero tu forma de mirar¬me invita a lo contrario —comentó Yulia, tras finalizar su llamada—. ¡Podría comerte para desayunar, pequeña!
Elena cerró los ojos, asombrada por la prepotencia con que le había hablado Yulia. Se acordó entonces de las atenciones de que la había colmado en Vermont, de su ternura, su simpatía, sus risas, y todo se había debido, en última instancia, al bienestar del bebé, sin interés personal alguno por ella. Ella no existía para Yulia, aparte de como madre de alquiler a la que había que mantener tranquila, satisfecha y saludable.
—Tienes un aspecto espantoso — le dijo ella entonces—. Has perdido mucho peso y ya estabas delgada al principio. Tienes los tobillos hinchados...
— ¡No te quedarás con mi hijo! —la interrumpió Elena, a la que no le importaba en absoluto su facha en esos momentos. ¿Acaso había despertado el interés de Yulia en Vermont, cuando había estado diez veces más guapa?—. ¡Nunca! — añadió con vehemencia.
—Tranquilízate —le ordenó Yulia—. No te conviene ponerte nerviosa en tu estado.
— ¡Es lo único que te importa!, ¿verdad? —gritó dolida.
—Pues claro —confirmó Yulia sin vacilar. Un nuevo latigazo azotó la cabeza de Elena. Cerró los ojos y, de pronto, notó estupefacta un paño helado sobre su frente palpitante.
—Te voy a cuidar muy bien. Necesitas que te atiendan. Mírate: pareces un cadáver — le reprochó Yulia—. Quería regañarte por haber huido, pero ¿cómo voy a hacerlo cuando estás tan débil?
Elena abrió los ojos y miró frustrada a aquella mujer implacable, capaz de gestos compasivos como el del paño helado al mismo tiempo. La sublevaba que fuese amable con ella.
— ¡ Gracias a ti ya sé lo que es «odiar»! — susurró ella, con aversión y ferocidad.
—Entre tú y yo no hay nada aparte de mi bebé. Nada más —enfatizó Yulia—. Y no hablaremos hasta que te recuperes y recuerdes el contrato que firmamos.
Elena sintió que un cohete de odio le reventaba en las venas. Necesitaba odiarla. Era el único modo de defenderse del daño que Yulia podía hacerle.
—Eres una imbecil, una cerda, una **** mentirosa... — la insultó, justo en el instante en que la limusina se detuvo frente a un edificio moderno—. ¿Dónde estamos? —preguntó recelosa.
Una enfermera uniformada apareció empujando una silla de ruedas.
Yulia salió del coche en silencio, se despidió del chófer y abrió él mismo la puerta de Elena.
— Necesitas atención médica.
— ¡No me vas a encerrar en un manicomio! —gritó histérica.
— Cálmate, chica. Yo nunca le haría daño a la madre de mi hijo. ¡Y no te atrevas a montar un número cuando lo único que hago es preocuparme por tu salud! —la advirtió en un tono que mordía, mientras la sacaba de la limusina sin esfuerzo, como si pesara menos que una pluma.
—La silla de ruedas, señor —ofreció la enfermera.
—No pesa nada. Yo la llevo —prefirió Yulia, la cual levantó a Elena con la preocupación de quien transporta un paquete frágil... por miedo a que su futuro hijo sufriera algún daño. La debilidad de Elena la obligó a reposar la cabeza sobre el hombro de Yulia.
—Te odio —murmuró de todas formas. Y lo habría repetido con su último aliento de vida.
—Tú no eres capaz de odiar —replicó Yulia mientras un hombre con atuendo blanco se acercaba a ellos.
Yulia le dirigió unas palabras en español, el médico miró a Elena y luego la condujo a una sala de consultas situada en la planta baja.
—¡Es que aquí no habla nadie inglés? ¡Estamos en Londres! — protestó ella.
—Lo siento Rodney Bevan trabaja en un hospital mío de Venezuela desde hace años y estoy acostumbrado a hablarle en español — contestó Yulia mientras la colocaba sobre un sofá mullido.
—Márchate —le pidió Elena.
Pero Yulia permaneció allí. El médico, en cambio, le aconsejó que abandonara la consulta y, a petición de Rodney, obedeció.
—¿Qué le has dicho? —preguntó Elena.
— Que la estrella aquí eres tú; no ella — contestó el médico, sonriente, mientras la enfermera le tomaba la presión arterial. ¿Por que la miraban con tanta seriedad?, ¿pasaba algo con su tensión?—. Necesitas relajarte, Elena. Quiero darte un sedante y luego hacerte unas pruebas. ¿Te parece bien? —añadió.
—No. Quiero irme a casa —objetó ella, como una niña pequeña; se negaba a confiar en alguien que se llevaba bien con Yulia.
— Elena, haz el favor de dejar que los médicos hagan su trabajo — irrumpió la voz imperiosa de Yulia, de nuevo en la consulta.
—No puedo fiarme de ellos... ¡son amigos tuyos! — contestó ella, ligeramente mareada.
Yulial se quedó pálida y apretó la mandíbula con fuerza. Le agarró la mano y la miró con ojos destelleantes:
—Tienes que hacer caso a Rodney. Es un ginecólogo muy bueno.
—Es amigo tuyo.
— Sí, pero... ¡ pero también es médico! —insistió Yulia.
—No quiero que me anestesien y despertarme en Venezuela... ¿Crees que no sé de lo que eres capaz cuando estás enfadada? —se resistió Elena..
— ¡ Yo nunca he infringido la ley!
—Pero lo harías por conseguir este bebé.
La consulta se quedó en silencio. Yulia la miró y trató de contener su ira.
—No estás bien, Elena. Aunque decidas no confiar en nosotros, piensa en las necesidades del bebé y anteponlas a tus temores — trató de persuadirla Yulia.
Elena se rindió, asintió con la cabeza, vencida, y poco después sintió un pinchazo en un brazo, que la hizo flotar... y olvidar la mirada de reproche que había visto en los ojos de Yulia.
Mientras perdía la consciencia como un nadador que se está ahogando, vio pasar su vida a cámara rápida.
Su recuerdo más antiguo se remontaba a una riña en la que su padre le gritaba a su madre y ésta terminaba llorando. Poco después de aquel enfrentamiento, habían mandado a Elena junto a su madrina, Irina Petrova, quien le había explicado que su madre había hecho una cosa muy tonta: es¬caparse con otro hombre. Sus padres se estaban divorciando, pero, con suerte, los dos la visitarían con frecuencia.
Pero Inesa, su madre, no había vuelto a dar señales de vida. Y había tenido que esperar hasta cumplir los veinte años para descubrir, tras hacer ordenar los objetos personales de su padre, pocos días después del funeral de éste, las numerosas cartas en que la madre le había suplicado al padre poder ver a Elena.
Inesa se había ido a Nueva York, donde había acabado casándose con su amante. Había volado a Inglaterra cinco o seis veces, haciendo un gran esfuerzo económico, a fin de reunirse con su hija; pero el resentimiento de su ex marido había impedido tales reencuentros. Hasta la había metido en un colegio interno, para que Inesa no supiese dónde estaba. Elena se había quedado destrozada al conocer la verdad, pero también muy satisfecha al comprobar que su madre nunca había dejado de quererla.
Sólo entonces, muerto el padre, se habían visto de nuevo, en Nueva York, un año después del fallecimiento del segundo marido de Inesa, débil, avejentada y con problemas cardiacos. Su seguro sanitario no cubría las atenciones que necesitaba y solo una operación muy cara podía salvarle la vida, en opinión del médico que la trataba.
Demasiadas desgracias en poco tiempo, pensó Elena mientras despertaba de su ensimismamiento.
Entonces vio a Raúl, paseando por los bosques de Vermont junto a ella, para alejarla de la compañía amable pero formal de Ekaterina y dejarla desahogar su tristeza por la muerte de su madre. Había irrumpido en su vida como por arte de magia y la había hechizado con sus ojos azules.., y aquella primera sonrisa arrebatadora.


Elena despertó a la mañana siguiente, embutida en un horrendo camisón de hospital. Tenía una habitación con baño privado para ella. Ya no le dolía la cabeza, pero seguía cansada y aletargada.
Agité una campanilla y la enfermera acudió al instante para ayudarla a refrescarse y contestar a sus preguntas ansiosas. Tras consultar el informe médico, le dijo que iba a tener que guardar reposo absoluto; en seguida le servirían el desayuno y, a la hora de la comida, la vería el doctor Bevan.
Yulia llegó un par de horas después. Colocó una maleta en el suelo y Elena la reconoció, pues se trataba de la suya. Estaba abarrotada y lo más probable era que contuviese todas las pertenencias que hubieran encontrado en casa de Svetlana. Luego, a solas, una enfermera la ayudó a cambiarse y a po¬nerse uno de sus propios camisones. Después, Elena sacó un sobre que había entre el revoltijo de la maleta. Había llegado el momento de encarar a Yulia.
Eran las doce del mediodía y, por primera vez en muchas semanas, su cara no estaba pálida. Se mesó el pelo y llamó con la campanilla para solicitar la presencia de Yulia.
La cual apareció con un traje beige que le sentaba sensacionalmente. Irradiaba seguridad. Elena se avergonzó de la respuesta que su cuerpo ardiente experimentó al ver a aquella mujer manipuladora...que la contemplaba impasiva, fría como un robot.
—Tienes mejor aspecto —observó Yulia.
—Me encuentro mejor —reconoció Elena—. Pero no puedo quedarme aquí.
—Claro que puedes. ¿Dónde te iban a cuidar mejor?
—Tengo que explicarte una cosa.
—¿Qué es eso? —preguntó Yulia al ver el sobre que acababa de sacar Elena.
—No te preocupes, no es ninguna prueba definitiva del contrato engañoso que me hiciste firmar. Tus abogados se quedaron con los originales; pero hice unas fotocopias...
—¡Quieres dejarte de rodeos y explicarme de qué estás hablando? —la interrumpió con impaciencia—. ¡Y no digas que te engañamos! Yo nunca te mentí.
—Ya —dijo Elena con ironía—. Fuisteis muy ingeniosos haciéndome creer que me permitíais ver información confidencial.
— Explícate.
—¿Cómo puedes mirarme a la cara y hacer como si no supieses nada? Cuando me pidieron que firmara el contrato, dije que no lo haría hasta no conocer a la pareja que me quería contratar como madre de alquiler —arrancó Elena—. Tu abogado contestó que eso era imposible; que sus clientes exigían permanecer en completo anonimato... así que me marché. Dos días después me lla¬mó otro de tus abogados y quedamos en un café. Dijo que comprendía mi preocupación y que, aunque arriesgaba su trabajo, me permitía echar un vistazo a unos documentos confidenciales.
—¿Qué documentos? —quiso saber Yulia.
—Me entregó un perfil de la supuesta pareja que iba a adoptar a mi hijo. No había nombres ni nada que pudiera identificarlos... — respondió con voz trémula—. Y quedé conmovida por lo que leí, por sus declaraciones, por su deseo de formar una familia. Me pareció un matrimonio fabuloso.., y ella no lograba quedarse embarazada...
— ¡ Dios! —bufó Yulia mientras miraba la desconsolada expresión de Elena.
—Me encariñé de esa pareja, pensé que serían unos padres cariñosos... —prosiguió Elena entre sollozos, condenando a Yulia con la mirada—. ¿Cómo has podido ser tan ruin?
Yulia la miró aparentando tranquilidad, como si tuviera un corazón de piedra, y Elena continuó después de aclararse la garganta:
—Le pedí a tu abogado que me diera una hora para leer el perfil con detenimiento y lo fotocopié sin que se enterase. Luego, por la tarde, firmé el contrato. Pensaba que estaba haciendo algo bueno; que haría feliz a una pareja... ¡fui una estúpida!
Yulia salió de su estado de estupor. Agarró las fotocopias, las agitó con violencia, se acercó a la ventana y trató de aliviar la tensión con la brisa que se colaba desde el exterior.
Elena se hundió en la almohada y procuro contener las lágrimas que seguían brotándole de los ojos.
— Yo no participé en esta infamia — afirmó Yulia, eternos segundos más tarde, luchando por re¬primir la cólera que asomaba a sus ojos—. Nunca supe que quisiste información sobre los padres, ni tu negativa inicial a firmar el contrato —añadió.
—¿Cómo quieres que crea nada de lo que dices?
—Porque los culpables pagarán por lo que han hecho —respondió Yulia, iracunda—. En ningún momento di instrucciones para alimentar engaño semejante. No necesitaba mentir y manipular a nadie; había otras candidatas menos curiosas...
—¿De veras? —preguntó Elena.
Yulia estaba asombrada y furiosa. Las fotocopias le temblaban en las manos. Daba la impresión de estar hablando con sinceridad.
—Ahora entiendo por qué no confías en mí. No es sólo porque no te revelara mi identidad cuando nos conocimos en Vermont.
Fue un recordatorio desafortunado. La mera mención de esa mascarada hizo que Elena experimentase un amargo resentimiento.
—Jamás le habría entregado mi hijo a una madre soltera —respondió enojada—. Y cuando descubrí quién eras en realidad, me quedé desolada...
—¿Desolada? —repitió Yulia—. ¡No exageres, por favor!
—No exagero. Nunca pondría un bebé inocente e indefenso en manos de una mujer de tu reputa¬ción.
—¿Qué le pasa a mi reputación? —preguntó Yulia, confundida.
—No hay semana que no aparezcas en la prensa rosa, siempre del brazo de distintas mujeres —contestó Elena.
Yulia comprendió que su estilo de vida no era de lo más respetable.
—No tienes ningún derecho a juzgarme —bramó de todos modos—. Y por mucho que lamente que te engañaran, eso no cambia la situación actual: ¡estás embarazada de mi hijo!.
—También es mío —repuso ella.
—¿Qué pretendes?, ¿ qué lo partamos en dos mitades iguales? ¡Pienso luchar hasta el final para impedir que ese hombrecito repugnante eduque a mi hijo! —advirtió.
—¿De qué hombrecito hablas? —Elena parpadeó.
— Mijaíl Semionov me anunció que estáis prometidos —espeto Yulia—. Y aunque creas que eso no me incumbe, ¡cualquier cosa que afecte a mi hijo me afecta a mí también!
Elena se quedó asombrada al oír aquello; mientras, Yulia daba vueltas a la habitación.
—Debes marcharte, Yulia —dijo una voz firme.
—¿Marcharme? — repitió ella, asombrada
—Las visitas violentas no son bienvenidas —replicó Rodney sin miedo.


Se había puesto un vestido azul . Elena miró hacia el sol mientras se bronceaba sobre una hamaca situada en el jardín del hospital en el que la atendían. Ni siquiera la desagradable visita de Mijaíl impidió que Elena no disfrutase de aquel día tan veraniego.
— ¡La gente pensará que lo estás pasando bien!
—le reprochó Mijaíl.
—Es un lugar muy relajante.
Habían transcurrido tres días sin ver a Mijaíl ni a su madre y Elena notaba el peso que había su¬puesto tan mala compañía. Ahora que Yulia la había descubierto, ya no los necesitaba para esconderse y no tendría que soportar sus presiones para que se casase con Mijaíl.
— Mi madre piensa que deberías volver a casa
—insistió éste.
— Todavía tienes que explicarme por qué le dijiste a Yulia que estábamos prometidos.
—Está claro: pensé que así se marcharía y nos dejaría tranquilos. ¿Para qué aparece de pronto? Sólo va a complicarte la vida.
Pero Elena sabía que no era a ella a quien bus¬caba Yulia, sino al bebé. Debía reconocer que estaba en un buen lío, eso sí. No había vuelta atrás, posibilidad de rectificar: ese niño era también de Yulia... y siempre lo sería.
—Te agradezco que hayas venido a visitarme, Mijaíl —murmuró por fin—. Y dile a tu madre que es muy amable, pero no volveré con vosotros.
—¿Qué diablos estás diciendo? —exclamó Mijaíl, colorado.
—Que no me voy a casar contigo, lo siento.
—Ya te vendré a ver más adelante, cuando te encuentres mejor.
Luego, después de que Mijaíl se hubo marchado, Elena se dio cuenta de que hacía semanas que no se sentía tan bien, con tiempo para descansar y pensar.
Justo cuando se incorporaba, Yulia apareció por un extremo del jardín. Miró a los otros pacientes del hospital. Elena estaba tras unos setos y procuró no llamar su atención.
Llevaba un traje gris, moderno, y su pelo brillaba negro bajo la luz del sol. Irradiaba tal sexualidad por cada uno de sus poros, que a Elena se le aceleró el corazón.
Pero, de repente, se sintió extraña cerca de ella. ¿Cómo podía haber llegado a imaginar que esa mujer podía haberse interesado en ella? ¡Qué ciega había estado en Vermont! Yulia nunca había intentado besarla; ni siquiera le había pedido salir. Al principio, se había sentido nerviosa en su compañía, pero sus exquisitos modales y sus halagadoras muestras de interés la habían hecho concebir esperanzas...
No comprendía cómo había podido ilusionarse con una mujer declaradamente mujeriega. Elena se sintió una ingenua al recordar aquellos pensamientos sobre un posible compromiso con Yulia.
—¿Qué haces fuera de la cama? —le preguntó ésta cuando por fin la localizó—. Ahora mismo te llevo a tu habitación.
—Tengo permiso para salir a tomar el aire —lo informó Elena.
—Vamos dentro —decretó Yulia—. Aquí no podemos hablar de negocios.
—¿Cómo que negocios? —dijo ella mientras se ponía de pie—. ¡Mi hijo no es ninguna mercancía!
—¿Crees que yo no pienso igual? —replicó Yulia.
No pudo evitar fijarse en él mientras subían en el ascensor. Estaba frente a ella, indiferente a las miradas apreciativas de dos enfermeras. Cuando Yulia posó sus ojos sobre Elena, ésta sintió brasas en las mejillas... mientras se preguntaba por qué una mujer tan atractiva, de tan sólo treinta y un años, necesitaba contratar a una madre de alquiler. ¿Por qué no se había casado o tenido un hijo con alguna de las mujeres con que se relacionaba?
— Sé que sigues enfadada conmigo por lo de Vermont —dijo Yulia después de que Elena se hubiera sentado en el sofá de su propia habitación—. Creo que deberíamos superar eso... está entorpe¬ciendo otras cuestiones de mayor importancia.
—Por supuesto que sigo enfadada; pero no creo que tenga sentido hablar al respecto. Forma parte del pasado.
Yulia paseó hasta la ventana y se metió las manos en los bolsillos del pantalón, que se ceñía a sus muslos largos y musculados. Elena se fijó en la entrepierna de Yulia y se puso roja como un tomate.
Era tan extraño.., tan raro estar embarazada de una mujer con la que no se había acostado ni intimado lo más mínimo...
— Si te soy sincera, quise conocerte y hablar contigo desde el principio —aseguró Yulia, interrumpiendo los calenturientos pensamientos de ella.
—¿Por qué?
— Sabía que mi hijo me preguntaría cómo era su otra madre —respondió Yulia. Elena asintió aversión por aquella mujer tan calculadora y práctica—. Sabía que estabas muy triste tras la muerte de tu madre, necesitabas ayuda... Si no hubieras descubierto que yo era la madre del bebé, no te habrías enfadado tanto... Y ahora, creo que ya es hora de que me digas cómo lo descubriste.
—Te delataste con tu comportamiento —contestó Elena después de tragar saliva —. Me hizo sospechar. Lo supuse —mintió para proteger a Ekaterina.
— ¡Mentira! Ekaterina te lo dijo, ¿verdad? — adivinó Yulia—, Un descuido imperdonable por mi parte. Era lógico: dos mujeres juntas varias semanas... Os hicisteis amigas y...
— Ekaterina no te habría traicionado nunca si no hubieses irrumpido en mi vida sin reconocer quién eras en realidad —lo interrumpió Elena — . No podía soportar que la obligases a fingir que no te conocía.
—Me doy cuenta de mi error —admitió Yulia—. Nunca debí arriesgarme tanto y comprometer mi honor.
Elena no podía creerse que Yulia hubiese reconocido que se había equivocado. ¿Cómo podía ser tan razonable, mantenerse tan serena? Tenía ganas de arrancarle la piel a tiras.
—Y ahora que ya sabes cómo me enteré, ¿vas a echar a Ekaterina? — quiso saber Elena.
—Su familia sigue trabajando a mi servicio; pero ella se ha ido a Caracas a cuidar de un nieto
—respondió.
Una enfermera entró entonces en la habitación con la merienda—. ¿Estás a gusto aquí?
— le preguntó Yulia a Elena, sentado en una silla frente a ella, después de que la enfermera se fuese.
— Mucho.
— Pero imagino que te costará ocupar las horas vacías. Te traeré un vídeo, algunas películas, libros... —propuso Yulia—. Debería habérseme ocurrido antes.
— No me agrada pensar en el dineral que te está costando mi estancia aquí — dijo Elena —. Sobre todo, teniendo en cuenta que no voy a cumplir con nuestro contrato.
— Necesitas tiempo para reconsiderar esa decisión —repuso Yulia con ansiedad—. No quiero presionarte.
—El mero hecho de estar contigo en la misma habitación me presiona — replicó Elena —. Y saber que estás pagando por mí lo empeora todo.
— Pase lo que pase, sigo siendo la madre de tu bebé. Y eso te convierte en responsabilidad mía.
—No me trates como a una niña. Sé cuidar de mí misma; ya estoy harta de que la gente me diga que no sé lo que quiero —afirmó Elena, alzando la barbilla desafiantemente—. He madurado mucho en estos últimos meses.
—Sé que en menos de un año has perdido a las tres personas que más querías en el mundo: tu padre, tu madre y tu madrina. Eso puede afectar a tu manera de enfocar el futuro. Sólo quiero ofrecerte otra perspectiva —dijo Yulia. Luego bebió el café que le habían servido de un sorbo, dejó la taza y se puso de pie. Se fijó en la boca de Elena y ésta sintió una corriente eléctrica por el cuerpo mientras él abría la ventana con total serenidad—. Hace calor... Como te decía, quiero ofrecerte otra perspectiva... No creo que de veras quieras casarte con ese idiota de Mijaíl Semionov...
—¿Tú qué sabes?
— Sé que sólo lo hace por codicia — afirmó con violencia—. Jamás se fijaría en una mujer embarazada de alguien mas si no tuviese una herencia suculenta.
—Así que has descubierto lo del testamento de mi madrina.
—En efecto —afirmó Yulia—. Y te informo de que no tienes obligación de casarte con Mijaíl para heredar ese dinero. Sólo tienes veintiún años, toda la vida por delante. ¿Por qué vas a arruinártela con Mijaíl? Es un hombre aburrido y pomposo. Estoy dispuesta a darte tu millón de libras para que lo rechaces — anuncié.
—¿Có... cómo dices? —balbuceó atónita.
—Ya lo has oído. Olvídate del testamento, y del bebé también de momento; no tienes más que abandonar a ese perdedor.
—¿Cómo eres capaz de pretender sobornarme?— exclamó enfurecida.
— ¿Acaso prefieres casarte con Mijaíl a ser rica y seguir soltera?
— ¡No te soporto! —gritó Elena, al tiempo que le arrojaba el contenido de un vaso de agua—. ¡Yo no estoy en venta, entérate!
Yulia se quedó de pie, incrédula, goteando agua. Luego se mesó el cabello y se dio media vuelta.
—Me marcho antes de hacer algo de lo que pueda arrepentirme —ladró, justo antes de despedirse, cerrando de un portazo.
Elena se quedó sola y se dio cuenta de que estaba temblando de miedo. Nunca se había enfrentado a una mujer con tanto genio.

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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Dom Feb 22, 2015 11:32 pm

Capítulo 3


Al día siguiente, a la hora de la comida, instalaron un vídeo en la habitación de Elena, acompañado de una colección de películas. Seguro que se había tratado de una estrategia para hacerla sentirse culpable. Elena se había pasado la tarde llorando mientras veía, una tras otra, El hombre tranquilo, Pretty Woman y Sabrina, tres películas románticas, escogidas por una mujer que conocía muy bien sus gustos.
Yulia Volkova había despertado en Elena emociones que jamás había experimentado ésta. La hacía indignarse hasta querer pegarle, la odiaba, la desconcertaba y la humillaba por la atracción magnética que la hacía desear fundirse al cuerpo de aquella mujer. Y Yulia la conocía, porque ella le había confiado muchos pensamientos y sentimientos profundos en Vermont, mientras ella la había estado estudiando, fríamente, como un científico con un microscopio... ¡ para poder responder a las preguntas que el niño le haría sobre su madre en el futuro!

Elena sintió un escalofrío. ¿Cómo podía ser tan calculadora? Claro que Yulia había dejado muy claro en más de una ocasión que entre ellos no existía más relación que la derivada de aquel odioso contrato..- ¿Por qué la torturaba tanto esa indiferencia?
Yulia le había ofrecido un millón de libras sin pestañear, sólo por abandonar a Mijaíl y permanecer soltera. Y todo porque se había sentido amenazada, ya que, le gustara o no, si ella se casaba, Yulia quedaría relegada a un segundo plano en la crianza del niño... ¿Y por qué no le había dicho desde el principio que ella no tenía intención de casarse con Miajíl? Porque no era asunto suyo, se respondió con rotundidad. No tenía por qué meter las narices donde no lo llamaban. Sin embargo, Yulia se había dedicado a investigar y, enterado de las condiciones del testamento de su madrina, se había dado cuenta de que Mijaíl sólo codiciaba su dinero. A Elena le dio rabia que Yulia la conociese tan a fondo; era como si no tuviera ninguna defensa tras la que parapetarse.
Por otra parte, le resultaba irónico su desconocimiento acerca de las relaciones sentimentales cuando estaba a punto de dar a luz un bebé. Su padre había sido un hombre estricto, puritano, que le había impedido llevar una vida social normal. Hasta le había costado hacer amigas, debido a las constantes críticas que les hacía, sobre su ropa o su comportamiento. Y, por supuesto, no le había permitido salir con el único chico del que se había enamoriscado, cuando tenía catorce años. Ni siquiera al empezar la carrera, que no llegó a concluir, logró separarse de la protección de su padre, por hallarse el campus de la universidad junto a su casa.
Se había visto obligada a mentir, para acudir a alguna fiesta que otra, y no le había gustado el exceso de confianzas de algunos chicos sobones, de modo que, al final, se había sentido culpable por haber engañado a su progenitor.
Luego había conocido a un chico, que tampoco se había animado a pedirle permiso a su padre para que lo dejara salir con su hija por la noche. Una tarde, después de comer, se la había llevado a su apartamento clandestinamente, con intención de acostarse con ella. Al ver que Elena se negaba, la había abandonado y sustituido de inmediato por otra chica con menos remilgos.
Y hasta encontrarse con Yulia Volkova, Elena no había sentido ese deseo profundo de fundirse con el cuerpo de una mujer, insoportable como sed desesperada.


No conciliaba el sueño. Consciente de que Elena no estaba dormida, una enfermera le llevó una taza de té a las diez, así como una revista para que se entretuviese leyendo.
Como siempre, su puerta se quedaba abierta por las noches, para que el personal pudiera echarle un vistazo con facilidad. Por eso se giró sonriente al oir, tras haberse bebido el té, pisadas que se aproximaban. Se quedó helada al ver a Yulia, cuando ya eran más de las once y el horario de visitas finalizaba a las diez.
—¿Cómo has entrado? —le preguntó, nerviosa.
—Convencí al guardia de seguridad y me camelé a la enfermera del turno de noche — respondió ella mientras cerraba la puerta. Luego se acercó a la cama y le ofreció un helado—. De vainilla, tu favorito; es un gesto de paz —añadió, esbozando una sonrisa que conmovió a Elena.
El corazón se le disparó, la boca se le quedó seca y notó que las mejillas se le encarnaban.
—Tómatelo antes de que se derrita —le aconsejó Yulia, mientras se sentaba sobre una esquina de la cama.
La sorprendió que Yulia recordase que su helado favorito era el de vainilla. Y la sorprendió aún más que se tomara la molestia de llevárselo a esas horas, cuando, a juzgar por lo bien vestida que iba, habia estado fuera hasta entonces.
—Mijaíl te mintió —confesó Elena de sopetón—. No estamos prometidos y no voy a casarme con él.
Una sonrisa diabólica se dibujó en el rostro de Yuli, iluminado por la penumbra de la lámpara de noche.
— Seguro que encontrarás a alguien mucho mejor que él, encanto — respondió con suavidad.
—Mijaíl no es tan malo. Es sincero; en ningún momento fingió que le gustaba...
—Entonces Mijaíl no tiene buen gusto —inte¬rrumpió Yulia.
Sobrevino un silencio que martilleó los oídos de Elena. Sentía un peso hondo en los pechos, una excitación que no deseaba...
—¿Por qué decidiste alquilar a una madre? —le preguntó, para no seguir alimentando el fuego que la quemaba—. No lo entiendo.
—Quería tener un hijo pronto para poder jugar con él cuando crezca —respondió con expresión severa.
—¿Y no encontrabas a la mujer adecuada?
—Digamos que las mujeres me gustan, pero prefiero mi libertad — respondió Yulia.
—Me arrepiento de haber firmado ese contrato —dijo Elena, al intuir que ella no quería dar detalles sobre su decisión de alquilar a una mujer—. No entiendo cómo pude pensar que podría hacer algo así... aunque supongo que en esos momentos sólo pensaba en lo enferma que estaba mi madre.
—No debí haberte escogido. El psicólogo dijo que no estaba seguro de si aceptarías lo duro que te iba a resultar renunciar a tu hijo.
—Dijo que eras demasiado emotiva e idealista.
—Entonces... —Elena frunció el ceño—, ¿por qué fui la elegida?
—Me gustaste —afirmó Yulia, encogiéndose de hombros—. No quería tener un niño de una mujer que me desagradara.
— Ojalá hubieses hecho caso al psicólogo —musitó ella.
—Nunca oigo lo que no quiero escuchar —repuso Yulia, sonriente—. La gente que trabaja para mí lo sabe, e intenta complacerme. Por eso te pusieron ese cebo para que firmases el contrato. El abogado que te engañó esperaba que lo felicitara... pero lo he despedido.
— ¿En serio? — se sorprendió Elena.
— Sí — aseguró Yulia—. Aunque él no entiende por qué. No sabe que he descubierto sus malas artes.
Elena se llevó una cucharada de helado a la boca y lo saboreo como si fuese el manjar más delicioso. Notaba que Yulia la estaba mirando con detenimiento, lo cual la halagaba y ponía nerviosa al mismo tiempo. Y estaba todo tan en silencio a esas horas de la noche...
De pronto dio un respingo y se quejé de una patadita que le había dado el bebé.
—¿Qué ocurre?, ¿ te pasa algo? —se preocupó Yulia.
—El niño. Siempre se mueve por la noche —explicó Elena, la cual leyó la pregunta que él le estaba formulando con los ojos. Sabía que llevaba un camisón que la cubría por completo, pero, aun así, le costó acceder a apartarse la sábana.
—Es asombroso —susurro Yulia, con sonrisa y ojos brillantes, tras posar la mano sobre Elena —. ¿Sabes ya si va a ser niño o niña?
—El doctor Bevan se ofreció a decírmelo, pero prefiero que sea una sorpresa.
Yulia retiró la mano y Elena se preguntó por qué le estaría temblando. Todavía notaba el calor de su tacto sobre el estómago. Procuró disimular la reacción física que su cercanía desencadenaba en ella, pero la cabeza se le había quedado en blanco.
—A veces eres muy dulce —dijo Yulia con suavidad. Elena no pudo evitar fijarse en ese rostro femenino. Luego se centró en su boca y se preguntó a qué sabrían esos labios — . E increíblemente tentadora — añadió con voz rugosa mientras bajaba la boca hacia la de ella.
Elena podría haberse retirado con facilidad, pero nada más tocarse sus labios, éstos se fundieron en una llama, mientras ella le acariciaba el cabello.
Introdujo la lengua y la excitación la abrasó tanto que no logró contener un gemido de placer. Deseaba más. Deslizó una mano por su pelo, por sus mejillas.., no era consciente de un ruidito cer¬cano y molesto.
Yulia se separó de mala gana, respondió al teléfono móvil y Elena pudo oír la voz de una mujer al otro lado del aparato.
—Vaya... en seguida voy —dijo ella, justo antes de desconectar—. Lo siento, pero me están esperando en el coche... Buenas noches —se despidió.
Nada más marcharse, Elena retiró las sábanas del todo, salió de la cama y corrió hacia la ventana. Vio la limusina... y a la preciosa rubia que la estaba esperando con un vestido rojo. Cuando Yulia salió del hospital, la rubia se tiró a sus brazos. Elena no pudo seguir mirando, se recosté contra la pared y se enfadó consigo misma.
¿Qué había hecho?, ¿por qué no le había dado una bofetada?, ¿por qué le había permitido que la besase? Se sintió humillada, vulgar, y se metió en la cama desfallecida. Seguro que Yulia se marcharía a algún local de alterne con la rubia, o a algún otro sitio más íntimo. No comprendía cómo la había visitado cuando tenía una cita con otra mujer...
Le entraron ganas de asesinarla, de estamparle el helado en la cara. ¿Esa era toda la resistencia que había logrado oponerle? Y, para colmo, Yulia no la había besado porque se sintiera atraído por ella, en absoluto; sino porque había notado al niño moverse.
Había sido una experiencia conmovedora para las dos. Por primera vez habían traspasado la barrera de su contrato y habían compartido algo relacionado con el bebé. Y había sido la emoción del momento lo que había hecho que Yulia reaccionase besándola. Su brusca despedida dejaba bien a las claras que lamentaba lo que acababa de ocurrir.., y ella se aseguraría de que no sucediese de nuevo.

Aunque no podía negar que el beso apasionado de Yulia había cumplido de sobra las expectativas de Elena. Se despreció por haberse dejado llevar de esa manera. La odiaba. Puede que siguiera siendo virgen, pero no era tan tonta como para no saber que aquello no tenía nada que ver con el amor.


Al día siguiente recibió un precioso ramo de rosas, de parte de Yulia. Elena pidió que se lo dieran a otra paciente, para no tener que acordarse de ella cada vez que lo viera.
—¿Qué tal estás? —la telefoneó por la tarde.
—Mirando mi abarrotada agenda, a ver qué tengo que hacer hoy — replicó Elena con sarcasmo—. ¿Tengo que seguir aquí mucho más tiempo?
—Rod cree que sí —contestó Yulia—. Mira, me tengo que ir de viaje una semana; pero quería de¬jarte un número de teléfono para que puedas ponerte en contacto conmigo.
— No creo que vaya a necesitarlo. Ya me atienden los médicos y las enfermeras del hospital.
—Está bien... Te llamaré yo.
—¿Te importaría ahorrarte la molestia?
—No me gusta tener este tipo de conversaciones por teléfono.— dijo Yulia.
— Sólo te pido que me dejes respirar —replicó Elena —. Dadas las circunstancias, no me parece tan mala idea. Puede que seas la madre de mi hijo; pero entre nosotras no hay ninguna relación.
— —Te veré cuando vuelva de París.
Y colgó. Elena se quedó con el auricular en la mano. No quería volver a verla ni oir hablar de ella. Comenzó a llorar.., no por Yulia, sino por el exceso de emotividad de las mujeres embarazadas, se dijo.


Había pasado una semana. Era mediodía y Elena acababa de ponerse un jersey rojo suelto con escote en V y unos pantalones cortos, cuando Yulia fue a visitarla. Al oir que llamaban a la puerta, salió del baño mientras seguía desenredándose el pelo y el corazón se le paralizó al descubrir quién era.
Yulia llevaba un traje azul marino que le sentaba como un guante, combinado con una camisa azul oscuro. Le costó no abalanzarse sobre ella.
Yulia avanzó y la ayudó a desenredarse el pelo con total naturalidad.
—Te debo una disculpa por mi comportamiento de la última visita — murmuró.
Elena se puso tensa y se ruborizó, pero logró echarse a reír:
— ¡ Por favor! No hace falta disculparse — acerté a decir con desenfado—. ¡Sólo fue un beso!
—Bueno —Yulia le lanzó una mirada sensual—. Me preguntaba si te apetece comer hoy conmigo—propuso.
A Elena la pilló desprevenida aquella inesperada pero bienvenida sugerencia.
— ¡Me encantaría! —exclamé, deseosa de regresar al mundo exterior aunque sólo fuera por unas horas. Salieron y, en el vestíbulo, se cruzaron con Svetlana Semiónova—. ¿Venías a verme? Lo siento. Me temo que vamos a comer fuera —le dijo.
— Qué sorpresa. Creía que tenías que descansar.
—Me han hecho prometer que no voy a cansarla, señora Semiónova — terció Yulia—. Le agradezco lo mucho que ha ayudado a Elena durante las últimas semanas — agregó con una sonrisa fría.
—Mijaíl me ha dicho que no vas a volver con nosotros — le dijo Svetlana a Elena. Luego miró a Yulia con hostilidad—. ¿Estoy oyendo campanas de boda quizá?
Elena se quedó pálida y luego se le subieron los colores.
—Estoy segura de que Elena la mantendrá al corriente de todo, señora Semiónova —respondió Yulia. Luego, tras librarse de ella, ya en la limusina, comento—. ¡Menuda arpía! Pero, ¿por qué te has puesto tan colorada?
Elena pensó en las semanas en Vermont, durante las cuales se había permitido enamorarse de Yulia. Había. dejado volar su imaginación hasta el cielo y el recuerdo de esos sueños estúpidos la hacían sentirse incómoda ahora. Pero tenía que improvisar otra respuesta:
—Svetlana era amable conmigo... pero nunca me habría acogido en su casa de no ser por mi herencia. No entendía cómo no consentía en casarme con Mijaíl para conseguir ese dinero. Me tomaba por una insensata.
—Ya no tienes que preocuparte por eso ahora. En cualquier caso, reina, eres demasiado joven para pensar en casarte.
Se quedaron en silencio. Elena comenzó a preguntarse si Yulia la había invitado a salir simplemente porque sí; seguro que tenía previsto discutir sobre el bebé mientras comían. No podrían demorar más esa conversación y ella debería mantenerse serena.
—Me pone nerviosa no saber qué vas a decirme—le confesó—. Puede que esté embarazada, pero puedo soportar una mala noticia. ¿Te importa decirme ahora mismo si me vas a llevar a juicio después de que nazca el niño?
— ¡Iba lista si ésos fueran mis planes! Aunque no estoy de acuerdo en absoluto, en este país no tengo ningún derecho como madre de tu hijo —reconoció Yulia..
— ¿De verdad? —preguntó ella, incrédula—. ¿Pero qué pasa con el contrato?
—Olvídate del contrato. Ahora mismo es como si no existiera. ¿En serio crees que quiero llevar a juicio una cosa tan privada?
—No —contestó Elena con inmenso alivio—. Pero tenía pesadillas con que me extraditaran a Estados Unidos.
— La fuerza no serviría de nada en una situación como ésta —dijo Yulia, esbozando una sonrisa involuntaria.
¿Trataría de convencerla por medio de la seducción? Elena sabía que Yulia no renunciaría nunca al niño, pero también era consciente de que tenían que llegar a un acuerdo justo para las dos.
¿Pero a qué acuerdo iban a llegar? Yulia la había alquilado como madre porque quería un hijo sin tener que compartir una relación con una mujer. De alguna manera, se sentía culpable por arruinar su sueño de ser una madre sin ataduras.
Yulia la llevó a su lujoso apartamento de Mayfair. Luego entraron en el comedor, donde un criado discreto les sirvió la comida, durante la cual, Yulia le habló de su viaje a París. Era una anfitriona muy agradable y divertida; estaba mostrando las armas con que la había seducido en Vermont.
Elena sabía que no debía fiarse de las apariencias; que Yulia podía contar cualquier cosa con tal de no dar información personal. A pesar de todas sus visitas a Vermont, lo único que le había rev¬lado era que no tenía parientes cercanos vivos, que viajaba mucho y que había nacido en Venezuela.
—Tengo la sensación de que estás en otra parte —le dijo Yulia.
—Puede que esté un poco cansada —se excuso Elena.
— Túmbate un rato en la habitación de invitados si te apetece — le propuso ella.
—No... tenemos que hablar —objetó Elena—. Quiero quitarme esta conversación de en medio.
El criado entró para servirles el café de la sobremesa.
—No me mires tan preocupada —le pidió Yulia—. Puede que tenga una solución... Escúchame, por favor —añadió.
Elena asintió, quieta, sin moverse un centímetro de la silla.
— La mayor diferencia entre nosotras es que yo tenía pensado convertirme en madre desde el inicio de nuestra asociación... mientras que tú no tenías intención de responsabilizarte del bebé al principio —arrancó Yulia-. Creo que eres demasiado joven para criarlo tú sola. Por otra parte, entiendo que te hayas encariñado del niño y sé que te preocupa su bienestar futuro. Pero si te quedas con él, sacrificarás la libertad que la mayoría de las mujeres de tu edad tienen.
—Ya lo sé, no soy tonta —dijo Elena—. Y no creo que vaya a echar de menos lo que nunca he tenido.
— Pero ahora sí podrías gozar de esa libertad. Deberías pensar en volver a la universidad para terminar la carrera — comentó Yulia—. Si me dejas llevarme al niño a Venezuela, te permitiré que lo visites, te mantendré informada, te enviaré fotografías... Mi hijo sabrá que eres su madre, pero no serás la protagonista de su educación.
Elena se quedó sorprendida. No esperaba que Yuliale ofreciera un compromiso de ese estilo y era consciente de que, siendo ella como era, se trataba de una oferta muy generosa.
— Creo que todos los niños deben tener a sus padres presentes en todo momento—dijo en cambio—.
—Eso es imposible.
—A mí me crió mi padre y no hubo un sólo día en que no echara de menos a mi madre —dijo Elena- Debido a mis experiencias pasadas, no soportaría que me separasen del bebé- Necesito estar con él a toda costa y esforzarme por ser una buena madre —explicó —. Y, sí, es una pena que no me diera cuenta de eso antes de firmar el contrato; mi única excusa es que no supe cómo me iba a sentir hasta estar embarazada.
—No hablemos del pasado. Debemos concentramos en el presente —Yulia le lanzó una mirada penetrante—. Si de verdad quieres ser una buena madre... entonces tendrás que venirte a vivir conmigo a Venezuela.
—¡A Venezuela! —exclamó Elena, atónita.
—Te instalaré en una casa con todo tipo de comodidades.
—No podría... —dejó la frase colgando, asombrada por la propuesta que acababa de realizarle Yulia.
—Por favor, sé justa: si el bebé necesita de ti, también necesita de mi. Y el niño heredará todas mis posesiones — añadió con orgullo e impaciencia.
—El dinero no lo es todo, Yulia...
—Estoy hablando de un estilo de vida que ni siquiera imaginas — replicó ella— - Trata de ser práctica, Elena. Mi hijo necesita conocer la cultura de Venezuela, el idioma, la gente.. Yo no podría trasladarme a Inglaterra con la frecuencia necesaria para formar un vínculo fuerte con el bebé.
Elena trató de imaginarse en Venezuela, mantenida por Yulia, quien no dejaría de alternar con distintas mujeres hasta acabar casándose con alguna. Ella sería una intrusa y muchos la tomarían como una amante repudiada. Nunca podría aceptar una existencia tan dependiente y humillante. Necesitaba seguir con su propia vida.
—Yulia... quiero quedarme en Inglaterra con mi bebé. No quiero vivir en Venezuela y que vigiles cada uno de mis movimientos —le dijo—. Tienes derecho a participar en el futuro del niño, pero pareces olvidar que ese futuro es también mi vida. Y aunque ahora no lo creas, algún día te casarás, tendrás otros hijos...
— ¡Antes muerta que casada!
—Pero... yo no quiero lo mismo que tú. Quiero pensar que algún día me casaré, aunque sea madre soltera.
—No me chantajees, Elena —la advirtió Yulia—. ¡No quiero que ninguna otra persona se entrometa en la educación de mi hijo!
Elena se enfureció. ¿De veras pensaba Yulia que tenía derecho a exigirle que viviera como una monja durante los siguientes veinte años?
— ¡No sé cómo puedes ser tan egoísta! —la acusó con ferocidad.
—¿Qué?, ¿egoísta yo? —preguntó Yulia, asombrada.
—Ya sé que estás acostumbrada a que todo el mundo te complazca y te diga siempre lo que quieres escuchar en cada momento, ¡pero yo no soy así!
— ¡ Sólo estoy tratando de ser justa!
—¿A qué precio?, ¿qué sacrificio me estás pidiendo que haga? — exclamó colérica—. Tú eres mujeriega y disfrutas de tú libertad, ¿verdad?
—¿Por qué no iba a hacerlo? Yo no miento a las mujeres que pasan por mi vida. No les prometo amor ni continuidad...
— ¡Eres una hipócrita! ¡Pretendes que yo no conozca a nadie mas y tú te vas con todas las mujeres que te da la gana! —la atacó Elena, apretando los puños con rabia—. Dices que quieres un hijo, pero no lo deseas tanto como para comprometerte con una mujer. ¿Y qué me ofreces a mí?
—La única solución posible al follón en el que estamos. No pienso disculparme porque la realidad no sea perfecta —replicó con hostilidad Yulia.
—¿Que no es perfecta? Me ofreces que elija entre perder a mi hijo o vivir en Venezuela como una monja, ¿y no te parece que mi vida sea perfecta? —ironizó Elena.
—¿Qué quieres?, ¿que te permita acostarte con la primera persona que se te antoje?
— ¡Sabes de sobra que no me refiero a eso!
—Las dos no podemos conseguir lo que queremos, porque queremos cosas diferentes - concluyo —. Aunque si tú accedieras a compartir tu cama conmigo... —dejó la propuesta en el aire.
—Yo no te quiero de esa forma —acertó a responder Elena, blanca de la impresión.
—Claro que quieres —replicó Yulia—. Entre tú y yo han saltado chispas desde la primera vez que nos vimos. Hay química. Elena se levantó de la silla para apartarse de Yulia.
—No...
—No me he aprovechado de ti porque sabía que habrías acabado llorando — la interrumpió con arrogancia.
¡No te te engañes! Yo me habría cansado de ti antes que tú de mí — contestó Elena con todo el odio de su corazón, herida en su orgullo—. Y deja que te diga otra cosa: me considero mucho mejor mujer que todas esas rubias que babean por ti y se quedan solas cuando te aburres de ellas.
¡Eso es verdad —concedió Yulia con repentina frialdad controlando su genio de manera incomprensible —. Tienes grandes valores morales, cielito.
Elena la abominó aún más por ser capaz de mantener la calma cuando ella estaba desquiciada.
—¡Entonces comprenderás que la única manera de que vaya contigo a Venezuela es... sólo conseguiras educar a tu hijo día a día... ¡casándote conmigo!.
¬ Un silencio tenso se apoderó de la sala. Yulia se había quedado inmóvil con cara de estupefacción.
No bromees Elena. Retira lo que acabas de decir.
¿Por qué ¿Quieres que te mienta?, ¿que te diga que no hablaba en serio? —replicó irritada—
Estoy siendo sincera contigo. Si me quedo en Londres seguiré con mi vida, ¡y tú No interferirás en mi camino! Pero si ve voy a Venezuela, ¡tendrás que casarte conmigo!
- Me tomas el pelo, ¿verdad? –
- En absoluto – contestó Elena, mirándola rabiosamente-
¡ A ver qué tal se te da a ti hacer sacrifios cuando pretendes que yo sacrifique toda mi vida en Londres! ¿O es que yo tengo que ceder porque no soy rica y poderosa como tú?, ¿por eso tengo que irme a tu país y renunciar a tener una vida propia mientras tú disfrutas de la tuya? - Yulia echó la cabeza hacia atrás, como si acabara de recibir un golpe. El silencio tomó un cariz amenazante en esa ocasión. Tenía las manos cerradas en sendos puños, pero, sobre todo, por primera vez, la estaba mirando con ojos de odio acendrado. Tanto, que la rabia y el enfado de Elena se pasaron de golpe, sustituidos por el temor a lo que pudiera suceder. Te llevo al hospital – gruñó ella.- No pienso permitir que este diálogo tan ofensivo continúe. CAPITULO 4

Cuatro días después, Elena seguía recuperándose de los efectos de aquella comida tan catastrófica; pero distrajo la mente de sus preocupaciones cuando leyó una revista del mes anterior y se enteró de que su amiga de la infancia, Maxie Kendall, se había casado. Ella y marido, Angelos Petronides, habían mantenido la boda en secreto hasta estar dispuestos a anunciar una fecha concreta. Elena miró las fotos con gran interés y se alegró de ver a Maxie tan radiante.
La había visto por última vez al reunirse para el testamento de Irina Petrova. Su madrina había tenido tres ahijadas: Elena, Maxie y Darcy. Aunque habían sido muy amigas durante la adolescencia, sus vidas habían tomado rumbos distintos en los últimos años.
Maxie se había convenido en una modelo famosa y estaba asentada en Londres; Darcy era una madre soltera que apenas salía de su casa en Cornwall y, aunque Elena había tratado de mantener el contacto con ambas, Darcy y Maxie ya no eran amigas.
—¿Verdad que está preciosa? —comentó una enfermera al ver una de las fotografías—. Daría lo que fuera por ser así de guapa.
—¿,Quién no? —dijo Elena, y se sonrió al consi¬derar que Maxie encajaba en los cánones de belle¬za que parecía preferir Yulia. Era alta, rubia y des¬pampanante. Mientras que ella sólo llegaba al metro setenta, su pelo era rojizo y nunca había te¬nido el glamour de su amiga.
Seguía enfadada por las opciones que Yulia le había ofrecido, dándoselas de generosa. Aunque viviera cien años, jamás olvidaría la humillación que había experimentado cuando Yulia le había di¬cho que sabía la atracción tan fuerte que sentía hacia ella.
En Vermont la había hecho creer que le gustaba, le había propuesto nuevas citas y Elena nunca había fisgado en su vida privada. Pero, según Yulia, no había más que una atracción sexual... ¡y seguro que ni siquiera eso!, ¡seguro que lo único que le había importado desde el principio había sido el bienestar de su hijo!
Y ahora lo culpaba por no haberle mencionado, entonces, la existencia de otras mujeres en su vida. La más ligera referencia le habría bastado a Elena para ponerse en guardia; pero había preferido ocul¬tarlo, para que ella creyese que sus atenciones se debían al galanteo, a que la estaba cortejando...
¡Pues iba listo! Le había dicho que no iría a Venezuela si no era para casarse con ella y no pensaba ceder lo más mínimo. Aunque no le gustara la idea, aunque nunca hubiera contemplado la posibi¬lidad de tal matrimonio, Elena había querido sorprenderla...
Yulia llegó por la tarde, mientras ella descansa¬ba en el sofá y veía de nuevo Pretty Woman. Miró el televisor y comentó con desprecio:
—Nunca he comprendido cómo una prostituta puede ser el ideal de la heroína romántica.
Elena casi se desequilibra de la ansiedad que le entró por agarrar el mando a distancia y apagar la tele. Luego, colorada, la miró. Vestía un traje gris, formal, y todo en ella emanaba una sensación de frialdad sobrecogedora.
— He solicitado una licencia especial — prosi¬guió Yulia—. Nos casaremos aquí pasado mañana.
— ¿Qué? — preguntó atónita, incapaz de creer lo que acababa de oír.
—Dejaste claro que no aceptarías ninguna otra opción — replicó ella.
—Pero no imaginaba.., quiero decir... ¡por Dios, Yulia! —Elena sintió un escalofrío—. No podemos casamos sin más...
—¿No?, ¿estás dispuesta a cambiar de opi nión?, ¿dejarás que me vaya a Venezuela con mi hijo?
— ¡No! —denegó con fuerza.
—¿ estás dispuesta a vivir en mi país si estar casada conmigo?
—No, pero...
— Entonces no me hagas perder tiempo protestas. Ya has conseguido lo que querías —tenció Yulia con frialdad.
—No si para ti es un sacrificio —objetó Elena—. Y no es lo que yo buscaba...
—¿Seguro?, ¿me vas a decir que no me quieres ?
—Yo... — se ruborizó hasta la raíz del cabello.
— Si yo fuera tú, no discutiría a este respecto la advirtió Yulia con tono amenazador—. Podría hacer que te comieras tus palabras en menos de minuto.
—Cuando dije lo del matrimonio —acertó a decir Elena, a pesar de su asombro—, no lo dije como una posibilidad seria...
— Ya, lo expusiste como el peor de los martirios —se burló Yulia—. Ya me haré a la idea tranquila. Lo nuestro será un matrimonio de conveniencia, nada más. No quiero alejarme de mi hijo, y tampoco soy tan obtusa como para no entender que es mejor que crezca contigo al lado.
—Pero... ¿qué pasa con nosotras? —preguntó Elena.
—El bebé es lo único que debe importarnos. Y él no ha de pagar por las circunstancias en que se han producido tu embarazo.
—Pero... yo quería casarme con alguien que me amara.
—Yo no quería casarme con nadie —repuso Yulia sin compasión.
—Tengo que pensármelo.
—No, me vas a responder ahora. ¡No estoy de humor para andar con jueguecitos!
Elena sintió un enorme deseo de pedirle que se marchara; pero luego pensó en lo que sería estar casada con ella... Seguro que, con el tiempo, lograrí¬an formar una relación agradable. Compartirían al bebé, él los ayudaría a unirse. Elena fue consciente, de pronto, de que estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de tener una oportunidad con Yulia. Pero si no daba el paso decisivo en ese instante, no halla¬ría segunda oportunidad:
—Está bien. Me casaré contigo —dijo por fin.
— Perfecto — Yulia miró el reloj—. Me temo que no puedo quedarme. He quedado para cenar.
— ¿Yulia...? — la llamó, cuando ésta avanzaba ya hacia la salida—. ¿Podrás adaptarte a este estilo de vida?
—Por supuesto —Yulia esbozó una sonrisa enigmática—. Sólo espero que tú también sepas adaptarte.


Dos días después, Elena esperaba la llegada de Yulia en un vestido blanco muy sencillo.

Red Bevan le había dicho que había sugerido los jardines del hospital como lugar donde celebrar boda; pero Yulia había preferido un sitio más privado. Sería algo rápido que no interfiriese con su ocupada agenda y que no atrajera la atención de nadie. Elena no asimilaba que eso fuera a ser su boda; en una habitación de un hospital, sin flores, sin invitados, sin nada que pudiera dar la idea de una ce1ebración. ¿Cómo había accedido a casarse con Yulia?
Se había pasado toda la noche dando vueltas en la cama. Al despuntar el día, le dolía la espalda de las posturas que había adoptado por la noche... y le dolía el corazón. Se sintió sola, con ganas de llorar, como si estuviese a punto de cometer el error más grande de su vida.
Yulia no había dejado lugar a las dudas. Iban a anteponer las necesidades del niño. Elena estaba de acuerdo en que crecería más contento con ellas dos presentes; pero había una nube que em¬borronaba el horizonte...
Yulia no deseaba ese matrimonio; ni siquiera se había molestado en fingirlo. Cuando encontraba un momento de serenidad, Elena comprendía que no podían casarse de esa manera... ¿pero cuál era la alternativa? No se le ocurría ninguna.
Se estiró con fuerza y trató de darse un masaje en la parte inferior de la espalda. Yulia apareció en ese momento:
— Venga, acabemos con esto cuanto antes — la apresuró mientras le ofrecía una mano para ayu¬darla a levantarse del sofá.
Medio minuto después, Rod Bevan llegó acompañado de otros dos hombres. Uno era el funcionario que dirigiría la ceremonia; el otro era el aboga¬do de Yulia, Nikolay Bogdánov. El acto duró muy poco, una vez finalizado, todos se estrecharon la mano y sonrieron... salvo Yulia, cuya frialdad de hielo no se derritió ni por un segundo.
- Luego, en medio de una conversación extraña, Elena sintió un pinchazo agudo en el abdomen.
— ¿Qué te pasa? — le preguntó Yulia con ansiedad, al ver la expresión angustiada de Elena.
—Creo que será mejor que nos olvidemos de brindar ahora —intervino Rod Bevan, sonriente, mientras instaba a los otros dos hombres a abando¬nar la habitación. Entre tanto, Yulia levantó en brazos a Elena y la posó con cuidado sobre la cama, con gesto preocu-pado:
—¿No esperabas el bebé para dentro de dos se¬manas? —le preguntó.
—Los bebés tienen su propio calendario, Yulia. Y parece que éste es muy oportuno —replicó Rod¬ney con alegría.
—Me quedaré contigo —le juró Yulia.
—No, quiero que te vayas — se negó ella—. No quiero que estés conmigo.
— Me gustaría ver el nacimiento de mi hijo —murmuró Yulia en voz baja, pero lanzándole una mirada imperativa.
Elena denegó con la cabeza y sintió que los ojos se le arrasaban de lágrimas. No podía imaginarse compartir algo tan íntimo con una mujer con que ni siquiera había compartido dormitorio.
Rodney le dijo algo en español y Yulia obedeció de mala gana.
—¿Está muy furiosa? —le preguntó Elena al médico, dividida entre el resentimiento y un agudo remordimiento.
—No... está dolida —matizó Rodney—. Para una mujer como Yulia, te ha hecho una oferta muy generosa.


Elena miró embobada a su bebé y se enamoró de pies a cabeza por segunda vez en su vida. Era fabu¬loso. Tenía la cabeza cubierta de pelillo rojizo y se¬doso, ojos azules como el cielo y un llanto que parecía comuni¬carse con alguna fibra invisible del corazón de la madre. Le parecía diminuto, pero la comadrona le había dicho que era un bebé grande y sano.
Mientras la enfermera lo colocaba en la cuna, Yulia entró, acompañada por Rodney Bevan. Aun¬que la medicación la había dejado somnolienta e incapaz de pensar o hablar con fluidez, Elena miró a Yulia con sorpresa: parecía tensa, nerviosa, sus ojos se habían ensombrecido, se había quitado la corbata, llevaba la chaqueta arrugada sobre un bra¬zo y la camisa abierta por el cuello.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena, alarmada.
Yulia examinó a su hijo, dormido, y le acarició la cabeza con miedo.
— ¡Es maravilloso! — suspiró fascinada—. ¡Y no tiene la menor consciencia del peligro en que ha puesto tu vida! —añadió.
— Elena frunció el ceño y Rodney pasó a explicarse:
—Para Yulia, una cesárea es poco menos que una operación a vida o muerte —se burló. Luego salió de la habitación, precedido de la enfermera.
Yulia se sonrojó ligeramente. Miró el rostro can¬sado de Elena y frunció el ceño. Luego le agarró de una mano:
—No pensé que fueran a operarte... ¿por qué no me lo advertiste? — le preguntó—. Rod dice que tú sabías hace meses que el parto sería por cesárea—insistió.
—Es muy normal —logró contestar Elena, cu¬yos párpados le pesaban toneladas.
—Eres tan delicada... —hizo una, pausa—. Mi hijo es precioso. Al menos hemos hecho algo bien.
—Nuestro hijo —matizó Elena.
—Lo llamaremos Vladimir —propuso ella. Elena puso cara de desagrado.
— ¿Alexey?
Denegó con la cabeza.
— ¿Dimitri?
Suspiró.
—¿Sergey? —ofreció nuevamente—. Sergey Volkov — sentenció, tras observar que Elena había sonreído. Luego se quedó dormida.


Elena miró las cuatro paredes de la habitación y sonrió. Al día siguiente dejaría el hospital... Se le borró la sonrisa. Tenían previsto pasar dos días en casa de Yulia y luego volarían a Venezuela. Se puso una bata de seda y salió de la habitación. Todos los días se llevaban a Sergey al nido durante unas horas, para dejarla descansar. El reencuentro con su hijo era el momento más dulce y hermoso de la tarde.
De pronto, se quedó pensativa. El día en que Sergey había nacido, Yulia había parecido sinceramente preocupada por ella; pero, durante los cinco días posteriores, había vuelto a levantar una barre¬ra entre las dos.
Era innegable que Yulia estaba encantada con su hijo. Pero lo que ella había creído que los uni¬ría, daba la impresión de estar alejándolos. ¿Por qué se sentía como una figurante sin importancia cuando Yulia la visitaba?, ¿quizá porque siempre aparecía con algún regalo carísimo, que le entrega¬ba con indiferencia, como quien da una propina a un camarero?
Un brazalete de diamantes, media docena de re¬finados camisones, un reloj de Cartier, un increíble anillo... Se había convertido en algo violento. Yulia era rica, y había pasado a ser su esposa. Pero le costaba recibir esos regalos de una mujer fría y distante, que nunca la tocaba.
Al doblar la esquina que daba al pasillo del nido, Elena sorprendió a Yulia hablando con Nicolay. Como ninguno de los dos reparó en ella, Elena se ocultó: no quería que la vieran con un ca¬misón tan ligero.
—Bueno... ¿cómo te sientes? —le preguntó el abogado.
—Más feliz imposible —ironizó Yulia.
—Te estoy hablando en serio —insistió Nicolay.
— ¿Qué quieres que te diga? Mi pequeña espo¬sa es mucho más inteligente que la mayoría de las mujeres cazafortunas — dijo Yulia con desprecio—. Ha usado a mi hijo para chantajearme y conseguir que me casase con ella.
Elena se quedó de piedra al oír aquella acusa¬ción.
— Pero, pase lo que pase de ahora en adelante, me quedaré con mi hijo —prosiguió Yulia, conven¬cida.
Luego oyó un murmullo que se alejaba y, cuan¬do por fin salió de su escondite, el pasillo estaba vacío.
Sin pensar en lo que hacía, regresó corriendo a su dormitorio. Cazafortunas... chantajista... No podía creerse que la hubiera descrito de manera tan afrentosa. Elena se sentó sobre la cama, por miedo a que las rodillas no la sostuvieran en pie.
Le dolía en lo más hondo. Yulia la despreciaba... y estaba decidida a quedarse con el bebé. Un escalofrío le erizó los pelos. ¿Qué habría querido decir con eso?, ¿ésa era la mujer con el que esperaba iniciar una nueva vida en Venezuela?, ¿una mujer que la odiaba? En aquel tumulto de sensaciones, sólo una cosa era evidente: no podía fiarse de Yulia... y si no se fiaba de ella, no podía arriesgarse a irse a Venezuela con su hijo.


Minutos después, una enfermera le llevó a Sergey en su cuna. Al ver a Elena en camisón y con zapatillas, sonrió:
— Ya veo que estabas a punto de ir a recogerlo. Tu esposa dice que estabas dormida cuando entró a echar un vistazo antes; pero sé que estarías disi¬mulando, porque te gusta alimentar al pequeño a solas.
Una vez con su bebé, Elena suspiró profundo. Tenía miedo.., miró la cara inocente de su hijito y, de pronto, se levantó con determinación.
Sacó su agenda de la mesilla de noche y pasó sus páginas a toda velocidad hasta encontrar el nú¬mero de teléfono que su amiga Maxie había insisti¬do en darle cuando se habían visto la última vez, en la lectura del testamento.
Llamó desde el aparato de la habitación y al oír la voz familiar de su amiga, sintió un tremendo alivio:
—Soy Elena... —se presentó con celeridad—. Maxie, necesito algún sitio donde alojarme...
Una hora después de aquella conversación, tras dejar una nota explicatoria dirigida a Yulia, Elena abandonó el hospital con el bebé en los brazos y se montó en el taxi que la esperaba afuera. La recepcionista estaba demasiado ocupada atendiendo a los nuevos pacientes como para notar su sigilosa salida.

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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:08 am

Capítulo 4


Cuatro días después, Elena seguía recuperándose de los efectos de aquella comida tan catastrófica; pero distrajo la mente de sus preocupaciones cuando leyó una revista del mes anterior y se enteró de que su amiga de la infancia, Maxie Kendall, se había casado. Ella y marido, Angelos Petronides, habían mantenido la boda en secreto hasta estar dispuestos a anunciar una fecha concreta. Elena miró las fotos con gran interés y se alegró de ver a Maxie tan radiante.
La había visto por última vez al reunirse para el testamento de Irina Petrova. Su madrina había tenido tres ahijadas: Elena, Maxie y Darcy. Aunque habían sido muy amigas durante la adolescencia, sus vidas habían tomado rumbos distintos en los últimos años.
Maxie se había convenido en una modelo famosa y estaba asentada en Londres; Darcy era una madre soltera que apenas salía de su casa en Cornwall y, aunque Elena había tratado de mantener el contacto con ambas, Darcy y Maxie ya no eran amigas.
—¿Verdad que está preciosa? —comentó una enfermera al ver una de las fotografías—. Daría lo que fuera por ser así de guapa.
—¿,Quién no? —dijo Elena, y se sonrió al consi¬derar que Maxie encajaba en los cánones de belle¬za que parecía preferir Yulia. Era alta, rubia y des¬pampanante. Mientras que ella sólo llegaba al metro setenta, su pelo era rojizo y nunca había te¬nido el glamour de su amiga.
Seguía enfadada por las opciones que Yulia le había ofrecido, dándoselas de generosa. Aunque viviera cien años, jamás olvidaría la humillación que había experimentado cuando Yulia le había di¬cho que sabía la atracción tan fuerte que sentía hacia ella.
En Vermont la había hecho creer que le gustaba, le había propuesto nuevas citas y Elena nunca había fisgado en su vida privada. Pero, según Yulia, no había más que una atracción sexual... ¡y seguro que ni siquiera eso!, ¡seguro que lo único que le había importado desde el principio había sido el bienestar de su hijo!
Y ahora lo culpaba por no haberle mencionado, entonces, la existencia de otras mujeres en su vida. La más ligera referencia le habría bastado a Elena para ponerse en guardia; pero había preferido ocul¬tarlo, para que ella creyese que sus atenciones se debían al galanteo, a que la estaba cortejando...
¡Pues iba listo! Le había dicho que no iría a Venezuela si no era para casarse con ella y no pensaba ceder lo más mínimo. Aunque no le gustara la idea, aunque nunca hubiera contemplado la posibi¬lidad de tal matrimonio, Elena había querido sorprenderla...
Yulia llegó por la tarde, mientras ella descansa¬ba en el sofá y veía de nuevo Pretty Woman. Miró el televisor y comentó con desprecio:
—Nunca he comprendido cómo una prostituta puede ser el ideal de la heroína romántica.
Elena casi se desequilibra de la ansiedad que le entró por agarrar el mando a distancia y apagar la tele. Luego, colorada, la miró. Vestía un traje gris, formal, y todo en ella emanaba una sensación de frialdad sobrecogedora.
— He solicitado una licencia especial — prosi¬guió Yulia—. Nos casaremos aquí pasado mañana.
— ¿Qué? — preguntó atónita, incapaz de creer lo que acababa de oír.
—Dejaste claro que no aceptarías ninguna otra opción — replicó ella.
—Pero no imaginaba.., quiero decir... ¡por Dios, Yulia! —Elena sintió un escalofrío—. No podemos casamos sin más...
—¿No?, ¿estás dispuesta a cambiar de opi nión?, ¿dejarás que me vaya a Venezuela con mi hijo?
— ¡No! —denegó con fuerza.
—¿ estás dispuesta a vivir en mi país si estar casada conmigo?
—No, pero...
— Entonces no me hagas perder tiempo protestas. Ya has conseguido lo que querías —tenció Yulia con frialdad.
—No si para ti es un sacrificio —objetó Elena—. Y no es lo que yo buscaba...
—¿Seguro?, ¿me vas a decir que no me quieres ?
—Yo... — se ruborizó hasta la raíz del cabello.
— Si yo fuera tú, no discutiría a este respecto la advirtió Yulia con tono amenazador—. Podría hacer que te comieras tus palabras en menos de minuto.
—Cuando dije lo del matrimonio —acertó a decir Elena, a pesar de su asombro—, no lo dije como una posibilidad seria...
— Ya, lo expusiste como el peor de los martirios —se burló Yulia—. Ya me haré a la idea tranquila. Lo nuestro será un matrimonio de conveniencia, nada más. No quiero alejarme de mi hijo, y tampoco soy tan obtusa como para no entender que es mejor que crezca contigo al lado.
—Pero... ¿qué pasa con nosotras? —preguntó Elena.
—El bebé es lo único que debe importarnos. Y él no ha de pagar por las circunstancias en que se han producido tu embarazo.
—Pero... yo quería casarme con alguien que me amara.
—Yo no quería casarme con nadie —repuso Yulia sin compasión.
—Tengo que pensármelo.
—No, me vas a responder ahora. ¡No estoy de humor para andar con jueguecitos!
Elena sintió un enorme deseo de pedirle que se marchara; pero luego pensó en lo que sería estar casada con ella... Seguro que, con el tiempo, lograrí¬an formar una relación agradable. Compartirían al bebé, él los ayudaría a unirse. Elena fue consciente, de pronto, de que estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de tener una oportunidad con Yulia. Pero si no daba el paso decisivo en ese instante, no halla¬ría segunda oportunidad:
—Está bien. Me casaré contigo —dijo por fin.
— Perfecto — Yulia miró el reloj—. Me temo que no puedo quedarme. He quedado para cenar.
— ¿Yulia...? — la llamó, cuando ésta avanzaba ya hacia la salida—. ¿Podrás adaptarte a este estilo de vida?
—Por supuesto —Yulia esbozó una sonrisa enigmática—. Sólo espero que tú también sepas adaptarte.


Dos días después, Elena esperaba la llegada de Yulia en un vestido blanco muy sencillo.

Red Bevan le había dicho que había sugerido los jardines del hospital como lugar donde celebrar boda; pero Yulia había preferido un sitio más privado. Sería algo rápido que no interfiriese con su ocupada agenda y que no atrajera la atención de nadie. Elena no asimilaba que eso fuera a ser su boda; en una habitación de un hospital, sin flores, sin invitados, sin nada que pudiera dar la idea de una ce1ebración. ¿Cómo había accedido a casarse con Yulia?
Se había pasado toda la noche dando vueltas en la cama. Al despuntar el día, le dolía la espalda de las posturas que había adoptado por la noche... y le dolía el corazón. Se sintió sola, con ganas de llorar, como si estuviese a punto de cometer el error más grande de su vida.
Yulia no había dejado lugar a las dudas. Iban a anteponer las necesidades del niño. Elena estaba de acuerdo en que crecería más contento con ellas dos presentes; pero había una nube que em¬borronaba el horizonte...
Yulia no deseaba ese matrimonio; ni siquiera se había molestado en fingirlo. Cuando encontraba un momento de serenidad, Elena comprendía que no podían casarse de esa manera... ¿pero cuál era la alternativa? No se le ocurría ninguna.
Se estiró con fuerza y trató de darse un masaje en la parte inferior de la espalda. Yulia apareció en ese momento:
— Venga, acabemos con esto cuanto antes — la apresuró mientras le ofrecía una mano para ayu¬darla a levantarse del sofá.
Medio minuto después, Rod Bevan llegó acompañado de otros dos hombres. Uno era el funcionario que dirigiría la ceremonia; el otro era el aboga¬do de Yulia, Nikolay Bogdánov. El acto duró muy poco, una vez finalizado, todos se estrecharon la mano y sonrieron... salvo Yulia, cuya frialdad de hielo no se derritió ni por un segundo.
- Luego, en medio de una conversación extraña, Elena sintió un pinchazo agudo en el abdomen.
— ¿Qué te pasa? — le preguntó Yulia con ansiedad, al ver la expresión angustiada de Elena.
—Creo que será mejor que nos olvidemos de brindar ahora —intervino Rod Bevan, sonriente, mientras instaba a los otros dos hombres a abando¬nar la habitación. Entre tanto, Yulia levantó en brazos a Elena y la posó con cuidado sobre la cama, con gesto preocu-pado:
—¿No esperabas el bebé para dentro de dos se¬manas? —le preguntó.
—Los bebés tienen su propio calendario, Yulia. Y parece que éste es muy oportuno —replicó Rod¬ney con alegría.
—Me quedaré contigo —le juró Yulia.
—No, quiero que te vayas — se negó ella—. No quiero que estés conmigo.
— Me gustaría ver el nacimiento de mi hijo —murmuró Yulia en voz baja, pero lanzándole una mirada imperativa.
Elena denegó con la cabeza y sintió que los ojos se le arrasaban de lágrimas. No podía imaginarse compartir algo tan íntimo con una mujer con que ni siquiera había compartido dormitorio.
Rodney le dijo algo en español y Yulia obedeció de mala gana.
—¿Está muy furiosa? —le preguntó Elena al médico, dividida entre el resentimiento y un agudo remordimiento.
—No... está dolida —matizó Rodney—. Para una mujer como Yulia, te ha hecho una oferta muy generosa.


Elena miró embobada a su bebé y se enamoró de pies a cabeza por segunda vez en su vida. Era fabu¬loso. Tenía la cabeza cubierta de pelillo rojizo y se¬doso, ojos azules como el cielo y un llanto que parecía comuni¬carse con alguna fibra invisible del corazón de la madre. Le parecía diminuto, pero la comadrona le había dicho que era un bebé grande y sano.
Mientras la enfermera lo colocaba en la cuna, Yulia entró, acompañada por Rodney Bevan. Aun¬que la medicación la había dejado somnolienta e incapaz de pensar o hablar con fluidez, Elena miró a Yulia con sorpresa: parecía tensa, nerviosa, sus ojos se habían ensombrecido, se había quitado la corbata, llevaba la chaqueta arrugada sobre un bra¬zo y la camisa abierta por el cuello.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena, alarmada.
Yulia examinó a su hijo, dormido, y le acarició la cabeza con miedo.
— ¡Es maravilloso! — suspiró fascinada—. ¡Y no tiene la menor consciencia del peligro en que ha puesto tu vida! —añadió.
— Elena frunció el ceño y Rodney pasó a explicarse:
—Para Yulia, una cesárea es poco menos que una operación a vida o muerte —se burló. Luego salió de la habitación, precedido de la enfermera.
Yulia se sonrojó ligeramente. Miró el rostro can¬sado de Elena y frunció el ceño. Luego le agarró de una mano:
—No pensé que fueran a operarte... ¿por qué no me lo advertiste? — le preguntó—. Rod dice que tú sabías hace meses que el parto sería por cesárea—insistió.
—Es muy normal —logró contestar Elena, cu¬yos párpados le pesaban toneladas.
—Eres tan delicada... —hizo una, pausa—. Mi hijo es precioso. Al menos hemos hecho algo bien.
—Nuestro hijo —matizó Elena.
—Lo llamaremos Vladimir —propuso ella. Elena puso cara de desagrado.
— ¿Alexey?
Denegó con la cabeza.
— ¿Dimitri?
Suspiró.
—¿Sergey? —ofreció nuevamente—. Sergey Volkov — sentenció, tras observar que Elena había sonreído. Luego se quedó dormida.


Elena miró las cuatro paredes de la habitación y sonrió. Al día siguiente dejaría el hospital... Se le borró la sonrisa. Tenían previsto pasar dos días en casa de Yulia y luego volarían a Venezuela. Se puso una bata de seda y salió de la habitación. Todos los días se llevaban a Sergey al nido durante unas horas, para dejarla descansar. El reencuentro con su hijo era el momento más dulce y hermoso de la tarde.
De pronto, se quedó pensativa. El día en que Sergey había nacido, Yulia había parecido sinceramente preocupada por ella; pero, durante los cinco días posteriores, había vuelto a levantar una barre¬ra entre las dos.
Era innegable que Yulia estaba encantada con su hijo. Pero lo que ella había creído que los uni¬ría, daba la impresión de estar alejándolos. ¿Por qué se sentía como una figurante sin importancia cuando Yulia la visitaba?, ¿quizá porque siempre aparecía con algún regalo carísimo, que le entrega¬ba con indiferencia, como quien da una propina a un camarero?
Un brazalete de diamantes, media docena de re¬finados camisones, un reloj de Cartier, un increíble anillo... Se había convertido en algo violento. Yulia era rica, y había pasado a ser su esposa. Pero le costaba recibir esos regalos de una mujer fría y distante, que nunca la tocaba.
Al doblar la esquina que daba al pasillo del nido, Elena sorprendió a Yulia hablando con Nicolay. Como ninguno de los dos reparó en ella, Elena se ocultó: no quería que la vieran con un ca¬misón tan ligero.
—Bueno... ¿cómo te sientes? —le preguntó el abogado.
—Más feliz imposible —ironizó Yulia.
—Te estoy hablando en serio —insistió Nicolay.
— ¿Qué quieres que te diga? Mi pequeña espo¬sa es mucho más inteligente que la mayoría de las mujeres cazafortunas — dijo Yulia con desprecio—. Ha usado a mi hijo para chantajearme y conseguir que me casase con ella.
Elena se quedó de piedra al oír aquella acusa¬ción.
— Pero, pase lo que pase de ahora en adelante, me quedaré con mi hijo —prosiguió Yulia, conven¬cida.
Luego oyó un murmullo que se alejaba y, cuan¬do por fin salió de su escondite, el pasillo estaba vacío.
Sin pensar en lo que hacía, regresó corriendo a su dormitorio. Cazafortunas... chantajista... No podía creerse que la hubiera descrito de manera tan afrentosa. Elena se sentó sobre la cama, por miedo a que las rodillas no la sostuvieran en pie.
Le dolía en lo más hondo. Yulia la despreciaba... y estaba decidida a quedarse con el bebé. Un escalofrío le erizó los pelos. ¿Qué habría querido decir con eso?, ¿ésa era la mujer con el que esperaba iniciar una nueva vida en Venezuela?, ¿una mujer que la odiaba? En aquel tumulto de sensaciones, sólo una cosa era evidente: no podía fiarse de Yulia... y si no se fiaba de ella, no podía arriesgarse a irse a Venezuela con su hijo.


Minutos después, una enfermera le llevó a Sergey en su cuna. Al ver a Elena en camisón y con zapatillas, sonrió:
— Ya veo que estabas a punto de ir a recogerlo. Tu esposa dice que estabas dormida cuando entró a echar un vistazo antes; pero sé que estarías disi¬mulando, porque te gusta alimentar al pequeño a solas.
Una vez con su bebé, Elena suspiró profundo. Tenía miedo.., miró la cara inocente de su hijito y, de pronto, se levantó con determinación.
Sacó su agenda de la mesilla de noche y pasó sus páginas a toda velocidad hasta encontrar el nú¬mero de teléfono que su amiga Maxie había insisti¬do en darle cuando se habían visto la última vez, en la lectura del testamento.
Llamó desde el aparato de la habitación y al oír la voz familiar de su amiga, sintió un tremendo alivio:
—Soy Elena... —se presentó con celeridad—. Maxie, necesito algún sitio donde alojarme...
Una hora después de aquella conversación, tras dejar una nota explicatoria dirigida a Yulia, Elena abandonó el hospital con el bebé en los brazos y se montó en el taxi que la esperaba afuera. La recep¬cionista estaba demasiado ocupada atendiendo a los nuevos pacientes como para notar su sigilosa salida.


Última edición por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:19 am, editado 1 vez
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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:11 am

Capítulo 5


Elena mecía el cochecito del bebé. Después de apartarse su espectacular cabello rubio, Maxie Petronides se agachó para mirar a Sergey y exclamó:
— ¡Es tan bonito que me entran ganas de co¬mérmelo!
Elena miró a su hijo con ojos amorosos. Tenía ya cuatro semanas y cada día que pasaba estaba más guapo. Los remordimientos de privar a Yulia de su hijo la habían hecho mandar dos breves car¬tas con fotografías al hospital, para que Rodney se las hiciera llegar a Yulia.
Estaba alojada en un maravilloso apartamento que pertenecía a Maxie y a su esposo, quienes vi¬vían en un piso más espacioso todavía. Elena estaba en el ático, mientras unos obreros reformaban los pisos inferiores. Cuando las obras terminasen, Angelos pondría el edificio entero a la venta.
—¿Qué tal te encuentras? —le preguntó Maxie mientras tomaban un café.
— Me siento culpable — confesó Elena, forzán¬dose a sonreír, sin admitir a qué se debía parte de su infelicidad. ¿Es que no podía pensar en Yulia como la madre de Sergey exclusivamente?
— No deberías sentirte así — dijo Maxie—. Ne¬cesitas estar tiempo sola para aclararte. Este último año ha sido muy duro para ti.
—Y he cometido algunos errores espantosos —repuso Elena—. No debería haberme casado con Yulia. He sido muy egoísta e injusta. No entiendo lo que me pasó.
—Supongo que tiene que ver con que estás ena¬morada de ella. Y a veces nos ponemos tan furiosos si no nos corresponden, que sólo queremos devol¬ver los golpes —afirmó Maxie, para desconcierto de Elena—. Sólo cuando se rebasa un límite de ten¬sión insoportable, te calmas de pronto y recobras el juicio.
—Pues ojalá hubiese rebasado ese límite antes de casarme con Yulia — se lamentó Elena.
—Ella también se ha equivocado —aseguró la amiga—. Te ha dado mensajes muy confusos sobre lo que quiere de ti. Pero si eres sincera con ella la próxima vez que os veáis, quizá logréis solucionar parte del problema.
Elena trató de imaginarse diciéndole a Yulia que lo quería... ¡Menuda excusa para haberla obligado a que se casara con ella! Porque la había obligado, reconoció desolada. Y, le gustara o no, Yulia había tenido motivos para acusarla de haberlo chantajea¬do. No había sido su intención, pero era lógico que ella lo hubiese interpretado de esa forma.
Si no la hubiese vuelto a ver después de Ver¬mont, Elena habría acabado olvidándose de ella; pero el contacto regular al que estaban forzadas la había terminado desquiciando. Debía admitir que había antepuesto sus emociones al futuro de su hijo... aunque también la había provocado Yulia, al proponerle una vida privada sin posibili¬dad de conocer a otras personas ni tenerla a ella como esposa.
—Al principio tampoco le hacía mucha gracia a Angelos que nos casáramos —confesó Maxie.
—¿Pero te dijo alguna vez que antes muerto que casado?
—Bueno, eso no.
Por supuesto que no. Angelos estaba enamora¬dísimo de su esposa. Y Maxie de él. Pero la situa¬ción no era comparable: Maxie era una belleza y ella no; además, Angelos no había conocido a su mujer, pensando si sería buena como madre de al¬quiler.
Después de la visita de Maxie, Elena consideró que iba siendo hora de ponerse en contacto con Yulia. Habían pasado tres semanas desde su fuga del hospital y ahora, más calmada, asumia que su esposa tuviese razones para estar enfadada.
Se dio una ducha y salió dispuesta a reconocer su error con humildad, a hablar con Yulia para que anulasen aquel matrimonio descabellado; eso los devolvería al punto de partida, pero seguro que li¬maría la hostilidad de Yulia. Temerosa por la reac¬ción que ésta pudiera tener, no se atrevió a llamar¬la hasta las nueve de la noche.
— Soy Elena... — saludó, sin recibir contesta¬ción—. ¿Yulia? —preguntó insegura.
—Ya te he oído —contestó ella finalmente—. ¿Dónde estás?
—He pensado que quizá debiéramos aclarar las cosas un poco antes de vernos — dijo Elena — ¿Recibiste mi nota?
— Tres páginas no es precisamente una nota.
—Me enfadé mucho cuando te oí hablar de mí de esa manera — se justificó.
—Ya lo he visto. Pero estaba desahogándome. No pensé que me estuviera oyendo nadie —res¬pondió—. Háblame de mi hijo —le pidió entonces.
—¿Te importaría... te importaría decir nuestro hijo aunque fuera por una vez?
— Me parece difícil.
—¿Por qué?
— Porque «nuestro» sugiere algo que se com¬parte.., y tú no estás compartiendo nada conmigo—se quejó Yulia.
—Yo no... no había planeado obligarte a que te casaras contra tu voluntad —balbuceó Elena.
— Se te ocurrió por casualidad, ¿no?
—¿Dónde estás? —le preguntó ella, tratando de no ofenderse por el tono sarcástico de Yulia.
—En mi coche... ¿qué decías entonces del ma¬trimonio? —la presionó.
—No tenemos por qué seguir casados —solté de golpe Elena, liberándose de un gran peso. Yulia se quedó en silencio—. Supongo... supongo que seguirás furiosa por haberme fugado del hospital...
— Es posible.
—De pronto sentí que no podía confiar en ti; me sentí atrapada; no se me ocurrió otra alternati¬va.., aunque fue una decisión impulsiva.
—Tienes demasiados impulsos, Elena —se bur¬ló Yulia—. ¡Y me estoy hartando de esta conversa¬ción! — añadió, justo antes de colgar.
Elena tardó varios segundos en reaccionar. El silencio del apartamento la envolvió. Se levantó y fue hacia la cuna. Sergey estaba dormido, pero debía darle de comer en breve. Mientras le preparaba un biberón, repasé con inquietud la conversación con Yulia.
Y, de pronto, sonó el timbre de la puerta. ¿Quién podía ser? Maxie era la única persona que sabía que se estaba alojando allí. Pulsó el botón de abrir sin pararse a reflexionar más y luego la extra¬ñó que su amiga la visitara dos veces en un mismo día. ¿Habría ocurrido algo? Elena esperó con im¬paciencia hasta que el ascensor llegó hasta el ático. Cuando las puertas se abrieron, fue Yulia la que apareció.
—Desde luego, te mereces que te den un buen susto —la reprochó ella—. ¡Tanto circuito de seguri¬dad y ni siquiera te molestas en preguntar quién es antes de abrir la puerta!
—Yo... —los dientes le castañetearon—, di por sentado que sería Maxie.
—¿Es que no tienes cerebro? Podría haber sido un violador, un ladrón... ¡Y seguro que estás sola!
Elena asintió con la cabeza, incapaz de hablar, absorta en aquel cuerpo irresistible de anchos hombros y piernas musculadas.
—j,Cómo... cómo te has enterado de dónde es¬taba? — acertó a responder.
—Después de localizar tu llamada, conseguir tu dirección fue un juego de niños. ¿Por qué te crees que prolongué tanto la conversación? —res¬pondió—. Angelos Petronides me las pagará por haberme hecho esto —aseguró con cara vengati¬va.
—¿Angelos?, ¿conoces al marido de Maxie? —preguntó Elena, sorprendida.
—Claro que lo conozco. Es el dueño de este edificio. Jamás pensé que colaborara en una fuga tan infame; pero ya que lo ha hecho...
— ¡No!, ¡él no ha hecho nada! —protestó Elena con vehemencia—. Ni siquiera he conocido al ma¬rido de Maxie. Le dije que necesitaba alojarme en algún sitio y ella me trajo aquí. Seguro que Maxie no tiene ni idea de que tú conoces a Angelos. Y le pedí que fuese discreta...
De repente tuvo la sensación de que Yulia había dejado de prestar atención a sus palabras... y recor¬dó que sólo llevaba un camisón transparente que dejaba a la vista sus hombros y la lencería que re¬alzaba sus pechos y sus muslos.
Elena notó que los senos se le inflaban y los pe¬zones se le endurecieron.
—¿Nadie te ha dicho que es de mala educación mirar? —le pregunté, cubriéndose con los brazos.
Yulia soltó una risotada que la desconcerté. Elena trató de mirarlo reprobatoriamente, pero en esos momentos no consiguió mostrar su disgusto.
—Has pasado de estar embarazada a tener un cuerpo esbelto y pecaminoso... ¿y te extraña que te mire? —preguntó yulia con voz rugosa—. Ade¬más, soy tu Esposa...
Elena se puso colorada. No sabía adónde mirar, pero no sería a su cara, desde luego. Ahora com¬prendía lo de los mensajes equívocos de que había hablado Maxie antes. Tan pronto se mostraba Yulia distante como adoptaba un tono seductor o hacía intención de comportarse como una esposa normal.
Pero, ¿acaso era tan extraña la reacción de Yulia? ¿No actuaría igual otra persona en presencia de una mujer medio desnuda?
—Voy a ponerme algo encima y ahora habla¬mos.
— Antes déjame ver a Sergey — le dijo, agarrán¬dola por una mano.
—Ya no estás enfadada con el marido de Ma¬xie, ¿verdad? —preguntó preocupada mientras la guiaba hacia un pasillo.
—Yo nunca me entrometería en la vida de un par de esposas — replicó Yulia.
Elena comprendió que no podía razonar con Yulia en esos momentos. Por otra parte... ¿la había llamado esposa? Después de tres semanas tratando de convencerse de que su matrimonio era una far¬sa, la extrañaba que la tomara por su mujer.
—Yulia... necesitaba tiempo para pensar a solas— murmuró.
—Tuviste meses para pensar sin tenerme delan¬te.
Pero su relación había cambiado en las semanas anteriores, quiso protestar Elena mientras entraba en la habitación donde dormía Sergey. Se habían pre¬cipitado con el matrimonio y no había podido so¬portar la presión de marcharse a Venezuela con aquella mujer tan dominante.
—Conozco a Nicolay desde que nací. Lo que oís¬te fue una conversación privada con un amigo —prosiguió Yulia—. ¿A que no has hablado bien de mí con tu amiga Maxie estas semanas? ¿Y crees que debo enfurecerme porque te hayas desahogado con ella?, ¿escribir tres páginas llenas de resenti¬miento y desaparecer? —preguntó, después de que Elena se sonrojara al escuchar la primera de las cuestiones.
—No, pero...
—No hay peros que valgan —interrumpió Yulia—. No se porque te comportais asi.
—Me equivoqué... Debería haber hablado con¬tigo cara a cara — concedió Elena con gran esfuer¬zo.
—En vez de ponerme como hoja de perejil por carta —añadió Yulia—. Te advierto una cosa, Elena, nunca, jamás en la vida, permitiré que vuel¬vas a usar a nuestro hijo en contra mía.
Justo en ese momento, Sergey ejercitó sus pulmo¬nes y emitió un ruidito para llamar la atención. Elena fue por el bebé, pero Yulia se adelantó, lo agarró en brazos con seguridad y le habló en espa¬ñol, muy sonriente.
En un abrir y cerrar de ojos, Yulia había pasado de amenazarla a aquel despliegue de ternura. Elena no entendía cómo podía cambiar de registro emo¬cional a tanta velocidad.
—Voy por el biberón —murmuró ella.
Se dirigió a su dormitorio y, al regresar, Yulia se levantó de su asiento para dejarla que se acomoda¬ra. Le entregó al bebé y luego se puso de cuclillas para ver comer al pequeño.
— ¡Dios!, ¡ no me extraña que haya crecido tan¬to! —exclamó, al advertir el apetito de Sergey.
—Quiero que sepas que nunca usaría a Sergey como arma...
—Ya lo has hecho —cortó sin vacilar Yulia, para ponerse de pie a continuación—. En las pele¬as entre parejas, los niños suelen usarse como arma arrojadiza. Tú mejor que nadie deberías sa¬berlo: cuando tus padres se divorciaron, él te sepa¬ró de tu madre. ¿Por qué? Era su modo de castigar¬la por haberse marchado con otro hombre.
—Supongo —reconoció Elena mientras se le¬vantaba para cambiar a Sergey, asombrada por lo mucho que Yulia recordaba de su pasado.
—El amor se vuelve odio con mucha facilidad. Nunca dura mucho tiempo —aseguró ella con gran escepticismo.
—No es verdad —contestó Elena—. Respecto a lo que dije de que no teníamos por qué seguir casa¬dos...
— ¿Sí? — preguntó Yulia tras una pausa silen¬ciosa.
—Mira, ¿por qué no me esperas en el salón mientras termino de cambiar a Sergey? —le propuso Elena. Minutos después, lo devolvió a la cama, contento y adormilado—. Te quiero, mi vida —le susurró.
Luego, cuando entró en el salón, Yulia tomó la palabra:
—No me gusta este salón. El edificio de en¬frente me pone claustrofóbica —dijo.
—Yulia —la llamó Elena, en un intento de cen¬trar la conversación.
—No voy a concederte el divorcio —zanjó ella.
¿Acaso imaginaba que le iba a pedir parte de su fortuna a cambio del divorcio?, se preguntó Elena.
—No tenemos por qué divorciarnos. Seguro que podemos pedir una anulación de este **** matrimonio —estalló ella—. Será como si nunca hubiese sucedido.
—¿Una anulación? —preguntó Yulia, la cual no había considerado tal posibilidad.
—¿Por qué no?
—A ver si lo entiendo —Yulia puso cara de to¬tal incomprensión—. Hace menos de un mes te casaste conmigo y ahora, si haber convivido un sólo día conmigo, ¿has cambiado de opinión?
—Me equivoqué dejando que te casaras conmi¬go, sabiendo que tú no querías. Lo reconozco.
—Pero lo reconoces tarde. Demasido tarde —repuso Yulia.
—No es demasiado tarde —dijo Elena—. No hemos vivido juntos... ni nada parecido. ¿Por qué me miras como si estuviera loca? ¡Tú no quieres estar casada conmigo!
— ¡Pero he aceptado el hecho de estarlo! —es¬petó Yulia.
—Creo que las dos nos merecemos algo más —protestó Elena—. Nos precipitamos al...
—Yo no me precipité —la cortó Yulia—. Yo sólo quería quitármelo de en medio.
—Sí, de acuerdo... ¿pero no te parece que no es una base muy prometedora para formar un matri¬monio? — insistió Elena —. Pensé que te alegrarías de poder recuperar tu libertad.
—La libertad es un estado mental. Ahora mis¬mo no veo que el matrimonio pueda cambiar mi vida en nada —respondió ael—. Tú eres mi esposa y la madre de mi hijo. Te aconsejo que te vayas acostumbrando —finalizó desafiante.
— Pero... — Elena estaba atónita. Le tembló el labio inferior—. No entiendo...
— A veces hablas demasiado, cielo — comentó Yulia.
— ¿Por qué me llamas así? — susurró Elena, que apenas lograba respirar de la presión ambiental. ¿Qué te crees que soy?
—Si supiera qué es lo que me atrae de ti, segu¬ro que ya me habría cansado —respondió Yulia.
—Pero yo no te atraigo... —Elena se quedó de piedra.
—Puede que haya controlado mis instintos más primitivos; pero he perdido la cuenta de las veces que estuve a punto de sucumbir a la tentación de abrazarte cuando estábamos en Vermont —confesó Yulia—. Entonces creía que me atraías por el simple hecho de que llevabas a mi hijo...
—¿Sí? —dijo Elena, sin respiración, totalmente confundida. El corazón le latía contra el pecho como un martillo desenfrenado.
—Pero por fín he comprendido lo que nos unió desde el principio — prosiguió Yulia, posando sus manos sobre los hombros de ella—. Te elegí a ti porque, subconscientemente, revolucionaste mis hormonas. Una vez que me di cuenta, todo empezó a encajar para mí.
—¿Qué? —preguntó. Estaba tan atónita que ni se movió cuando el camisón resbaló por su cuerpo hasta caer a la moqueta. Yulia se inclinó y la levan¬tó del suelo sin dificultad—. ¿Qué estás haciendo!—gritó Elena, histérica.
—Las Esposas no tienen que controlar sus ins¬tintos primitivos — replicó Yulia -
—Bájame ahora mis...Pero Yulia silenció sus protestas, tapándole la boca con sus propios labios.
Elena vio estrellas dentro de su cabeza. No se parecía al único otro beso que habían compartido, cálido, pero sin llegar a explotar la pasión. Yulia la estaba devorando con intensidad, le estaba mordisqueando los labios... Estaba disfrutando con un juego que provocó una reacción en cadena en el cuerpo de Elena, deseosa de más y más ar¬dor.
Elena gimió, le acarició el pelo y la atrajo hacia sí. Yulia se separó sin avisar y abandonó el salón, sujetándola aún en brazos.
— ¡Dios, podría hacerte el amor durante toda la noche!
—¿,Adónde me llevas? —preguntó Elena, sofo¬cada. Yulia localizó su dormitorio, justo frente al de Sergey, entró y la colocó con cuidado sobre la amplia cama. Luego encendió la luz tenue de la lamparilla de noche, se puso recta y sonrió—. ¿De verdad crees que me voy a acostar contigo?
— Sí — contestó Yulia mientras se desataba la corbata—. Eres mi esposa.
— ¡Este no es un matrimonio normal! —excla¬mó Elena, aún con los ojos muy abiertos.
—Ese es nuestro mayor problema. Cuanto an¬tes se convierta en un matrimonio normal, mejor para las dos — replicó ella mientras colocaba su chaqueta sobre una silla—. Es hora de que olvidemos cómo empezó todo.
—¡Si no hemos empezado nada! —gritó Elena, incapaz de creerse que Yulia estuviera desaboto¬nándose la camisa delante de ella—. ¡ Yo ya estaba embarazada antes de que nos conociéramos!
— Deja de complicar las cosas. Estabas embara¬zada de mi hijo. Eso favoreció una intimidad espe¬cial desde el principio.
—¿En Vermont?, ¿cuándo aparecías de la nada cuando te apetecía? —la acuso Elena.
—No llegas al metro setenta y combates como si fueras una gigante — se maravilló Yulia.
— Quiero que me trates con seriedad, Yulia — le pidió Elena, tratando de no perder los nervios.
—Entonces dime algo que tenga que ver con el presente —repuso ella—. Vermont sucedió hace me¬ses. Vermont sucedió cuando todavía creía que re¬cogería a mi niño y me marcharía. Nuestra rela¬ción ha evolucionado mucho desde entonces.
Elena se quedó sin saliva cuando Yulia se quitó la camisa. Tenía un torso atlético, bronceado, con unos senos ni muy grandes ni muy pequeños.
—Todavía no estoy preparada para compartir dormitorio contigo —le dijo, ruborizada.
—Yo estoy preparada por las dos —contestó Yulia con seguridad.
—Pero... yo no puedo... antes de que vinieras esta noche, pensaba que íbamos a anular nuestro matrimonio —le recordó tensa—. Y yo no me tomo el sexo a la ligera...
—Me encanta saber eso.
—Yo.... nunca lo he hecho antes —confesó final¬mente.
—¿Qué? —se asombró Yulia.
—Nunca me he acostado con nadie —repitió Elena.
—No es posible.
— ¡Sí lo es! —gritó desesperada.
—¡Mírame a los ojos! —le ordenó. Elena obedeció mortificada.
—Algunas mujeres no vamos de cama en cama—espetó.
— Pero has ido a la universidad — Yulia se acer¬có a ella y la observó como si fuese un objeto raro—. Tienes que haber tenido una relación al menos.
—Nada sexual. No creo en el sexo sin compro¬miso —explicó Elena—. Y el compromiso es algo muy desagradable para muchos hoy en día. Puede que sea una anticuada, pero no me aver¬güenzo de mis convicciones.
—De modo que eres virgen... —susurró Yulia mirándola con más hambre todavía—. Me sorpren¬de mucho; pero creo que sabré manejar la situa¬ción. Y, como esposa tuya, no podrás negar mi compromiso contigo.
Elena se quedó pálida y bajó la mirada hacia sus pies, donde yacía el camisón transparente.
¡Pero tú no querías este compromiso! — le recordó con nerviosismo
—Me acostumbraré
—Pues... si compartimos la cama, debes serme fiel, Yulia —le exigió con franqueza.
—Nadie me dice lo que debo hacer —replicó ella—. ¡Y eso te incluye a ti!
— Lo menos que puedes hacer es ser fiel a tu esposa — insistió Elena.
— ¡Dios! —bufó Yulia. Luego recogió su cami¬sa y se la puso de nuevo—. Ya has encontrado otra arma con que atacarme, ¿no? Se me ocurre más de una docena de hombres y mujeres que engañan a sus parejas; ¿te crees que ellos no se juraron fideli¬dad también?
—Pero...
—Este matrimonio está en período de prueba, como toda relación nueva. ¿Te parece normal vivir bajo un mismo techo como si fuéramos dos herma¬nas? —argumentó Yulia—. Primero me chantajeas con mi hijo y ahora me chantajeas con el sexo.
— ¡No! —protestó dolida, temblando, estreme¬cida.
Yulia colocó un brazo alrededor de las caderas de Elena y la atrajo hasta que los senos de ella se aplastaron contra los suyos.
—A mí no me impones más condiciones. Una mujer como es debido no pone precio a su cuerpo.
—Yo... yo no estaba haciendo eso.
—El matrimonio está a prueba, ¡pero yo no! ¡No permito que me juzgues por las relaciones que haya mantenido en el pasado! — exclamó Yulia. Elena no podía respirar. Se sentía hipnotizada por el poder de esos ojos azules, embriagada por la fragancia femenina de Yulia—. Eres una hipócrita: lo estás deseando tanto como yo —añadió. Luego le acarició la barbilla y comenzó a deslizar un dedo por su cuello.
—No sé de qué hablas...
— Entonces déjame que te lo enseñe — dijo ella mientras la tumbaba de nuevo sobre la cama.
Antes de que pudiera reaccionar, Yulia se echó encima de ella y aplastó su boca contra la de Elena. Exploró con la lengua el cielo del paladar de ésta, que no pudo evitar gemir de placer. Puso una mano debajo de su espalda y la arqueó para que notase la fuerza de su excitación, contacto que revolucionó la sangre enfervorizada de sus venas.
Yulia despegó la cabeza. Elena parecía ensimis¬mada, estaba temblando, sin fuerzas para resistir la atracción que la hechizaba. Yulia sonrió y le desa¬botonó el sostén mientras ella se limitaba a mirar¬la, a estudiar sus cejas, sus pómulos, su pelo ne¬gro.
—Tienes unos pechos muy bonitos —murmuró ella.
Desconcertada, Elena siguió la mirada de Yulia y se sonrojó al verse los pechos desnudos.
—Yulia... —dijo con la voz quebrada, yaciendo sobre la cama. Quería cubrirse, marcharse, pero una fuerza inexplicable se lo impedía.
El paseó un pulgar por uno de sus pezones y Elena sintió una descarga voluptuosa por todo el cuerpo y fuego líquido entre los muslos.
— Y eres muy sensible — susurró Yulia con voz ronca... para dejar la cama acto seguido. Elena se encontró sola de repente, expuesta a la mirada fo¬gosa de Yulia, y se dio media vuelta mientras ella se vestía, dispuesta ya a marcharse —. Podría poseer¬te cuando quisiera... y te poseeré — sentenció.
— ¡No puedes obligarme a hacer nada que yo no quiera!
—Claro que puedo, cielo. ¿Es que no has aprendido nada en los últimos cinco minutos? —replicó Yulia inmisericorde —. Tienes una capaci¬dad asombrosa para dejarte llevar por la pasión. Antes de que te des cuenta, me estarás suplicando que comparta la cama contigo.
Elena estaba tan desconsolada por lo que acaba¬ba de ocurrir, que sólo pudo mirarla, con el cora¬zón por los suelos. La había humillado para de¬mostrarle el poder sexual que ejercía sobre ella. No comprendía cómo podía ser tan fría como para haber llegado a aquel punto de excitación y retirarse sin mayores problemas.
—Mañana por la tarde te recogerá un coche. Nos vamos a Venezuela — la informó Yulia—. Buenas noches, señora Volkova — se despidió.
Elena la oyó alejarse por el pasillo. Quería gri¬tar de frustración. Odiaba a Yulia, pero se odiaba aún más a sí misma. Élla la había besado y ahora se sentía insatisfecha; su cuerpo deseaba más; desea¬ba rendirse a la tentación, mientras que Yulia...
Yulia se había marchado tan campante, contenta por haberse salido con la suya de la manera más destructiva.

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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:21 am

Capítulo 6


Elena descansaba en un cómodo asiento del jet privado de Yulia. Sergey estaba dormido y su madre se retrasaba. Miró con curiosidad a Irene, la bella y morena azafata que aguardaba la llegada de Yulia. Al oír unas pisadas que se acercaban y advertir el rubor que encendió las mejillas de Irene, Elena envidió que la azafata viese a Yulia antes que ella. Tragó saliva en un intento de refrenar sus emociones.
— Perdón por el retraso — se disculpó nada más entrar. Luego fue hacia el bebé y le acarició la cabeza—. Siempre está dormido — comentó orgullosa.
—Cuando tú estás delante. A mí me ha tenido despierta más de media noche —replicó Elena.

Yulia rió y tomó asiento frente a ella, de modo que no tuvo más remedio que mirarla. Cerró las manos, clavándose las uñas en las palmas; el corazón se le aceleró, la piel comenzó a transpirarle y, aunque lo intentó, no logró apartar la vista de Yulia.
Su rostro, que ya conocía como el suyo mismo, seguía atrayéndola de modo irresistible. Su nariz arrogante, el mentón delicado, la boca ancha... todo indicaba fortaleza y carácter femenino.
—Cuando lleguemos, todos los criados se desvivirán por nuestro hijo —aseguró Yulia—. Lo van a mimar tanto que a partir de ahora no tendrás que ocuparte de él ninguna noche.
No daba la impresión de que Yulia estuviera nerviosa. Hablaba con naturalidad de su llegada a Venezuela, donde haría mucho calor y lo más probable sería que lloviese.
Poco después de despegar, Yulia se quitó el cinturón de seguridad e hizo lo mismo con el de Elena. Luego se levantó y la agarró por los hombros para que también ella se pusiera en pie.
—¿Qué estás haciendo?
— Primera lección para ser una buena esposa —dijo Yulia con expresión divertida—. Aunque estés muy enfadada conmigo, debes aparentar que te alegras de verme.
— No... no te entiendo — balbuceó Elena —. Eres muy inconstante: anoche estabas furiosa conmigo y ahora...
—Simplemente, no estoy acostumbrada a que me den calabazas en la cama —respondió ella con voz de seda—. Y después de convertirme en tu esposa oficialmente, tu negativa fue un golpe duro para mi ego.
— Pero ya intenté explicarte lo que sentía...
—No me diste ninguna razón seria, Elena —la interrumpió Yulia—. Tú me deseas y yo te deseo. Estamos casadas. El sexo es sólo una necesidad fisiológica, no algo tan trascendental como para que nos separe.
¿Cómo que el sexo no era trascendental?, ¿es que para Yulia sólo era un mero apetito caprichoso que se sacia con cualquiera? Entonces, ¿no era ella en especial la que la atraía?
—Si esperas demasiado de mí —prosiguió Yulia—, acabaré decepcionándote. No permitas que eso suceda. Conténtate con lo que tenemos —le aconsejó.
—¿Y qué es lo que tenemos?
Yulia la atacó por su lado más débil. La levantó en brazos, la besó y Elena se perdió, abandonada al placer de sentir... lo que sólo ella podía hacerla sentir. Era una excitación dulce que la estremecía, a la que iba enganchándose sin remedio, como si se tratase de una droga adictiva.
Cuando separó los labios, Yulia la encontró aferrándose a su cuerpo, deseosa, con las mejillas sonrosadas y la respiración entrecortada.
—Al menos tenemos un punto de partida, cielo—contestó ella, satisfecha—. Ahora será mejor que descanses.
—¿Por qué?
— Pareces agotada y el viaje es muy largo.
—¿Y Sergey?
—Puedo ocuparme de él durante unas horas —le aseguró Yulia mientras devolvía a Elena al suelo. Le temblaron tanto las piernas, que no estuvo segura de si lograría andar hasta un compartimento que había en el jet, con una cama para dormir.
Yulia la observó, sonriente, mientras Elena se encerraba en el compartimento. Estaba furiosa: primero había jugado con ella y luego la había mandado a la cama como a una niña pequeña. Era incapaz de comprender aquel autocontrol o de intuir cuál sería el siguiente paso de Yulia.
Prefirió no pensar cómo y dónde había adquirido su mujer esa seguridad en lo referente al sexo. Se hizo un ovillo sobre la cama y no tardó en quedarse dormida. Hasta que Yulia no se lo había dicho, no había sido consciente de lo cansada que estaba.


Elena abrió los ojos y se sintió desconcertada hasta recordar que estaba en el jet de Volkova. Miró el reloj y se quedó asombrada por lo mucho que había dormido... ¡Sergey! Se apartó el pelo de la frente, saltó de la cama y salió del compartimento.
—¿Por qué no me has despertado antes? —le preguntó a Yulia, la cual estaba sujetando al bebé entre los brazos... pegada a Irene.
—Estabas agotada, y a Irene no le importó echarme una mano — contestó ella, con el ceño fruncido—. Deberías cambiarte. Aterrizaremos en Maiquetia dentro de una hora.
La azafata seguía apoyando una mano sobre el hombro derecho de Yulia. Elena se quedó desolada al comprender que sentía unos celos feroces de aquella mujer. ¿Qué habrían hecho durante todas esas horas mientras ella había estado dormida?, ¿por qué la había mandado a dormir Yulia con tanto interés?
Mientras Elena escrutinaba a Yulia con una mezcla de sospecha, desconfianza y deseo resentido, ella se levantó y colocó a Sergey en su cuna:
—Voy al baño —dijo.
—¿Has dormido tú algo? —le preguntó Elena.
—Lo suficiente. No soy de mucho dormir —respondió Yulia mientras entraba en el baño del compartimento.
— Su esposa es inagotable, señora. Apenas ha pegado ojo durante todo el vuelo —intervino la azafata, mirando a Yulia con ojos de idolatría—. Pero no se preocupe: me he encargado de que coma bien y de que estuviera a gusto.
Elena se quedó blanca. Como no sabía qué hacer, decidió regresar al compartimento, a la espera de que Yulia saliese del baño. Cuando la puerta se abrió finalmente, estaba envenenada por los celos:
— ¿Te has acostado con Irene? — le preguntó sin rodeos.
—¿De verdad me estás preguntando eso? —replicó ella. La absoluta falta de reacción de Yulia la dejó perpleja. Luego se puso roja... pero, aún así, necesitaba estar segura:
—j,Cómo quieres que no recele, viendo cómo revolotea ella a tu alrededor?
—Si respondo a esa estupidez, me harás perder los nervios —la advirtió en voz baja.
—No me fío de ti...
—No toleraré numeritos de mujer celosa. No hay nada que me reviente más. Yo no me acuesto con mis empleadas, Elena. La única mujer en mi vida ahora mismo eres tú
—concluyó Yulia con firmeza.
— Quiero creerte, pero...
— Pero tienes celos de Irene. Quizá se deba a que ella intenta parecer una mujer adulta y atractiva, mientras que tú sigues vistiéndote como una adolescente que no quiere crecer — la acusó Yulia. Elena se quedó boquiabierta por aquel ataque inesperado—. Ese vestido podría llevarlo una niña de tres años — añadió, apuntando al vestido blanco que iba a ponerse Elena, aún en camisón tras la siesta.
— ¡Lo compré en la sección de niños! ¡Las tiendas normales no tienen tallas para mujeres de tan poco peso y estatura como yo! —repuso Elena—. Y como no me gusta vestir de adolescente, no me queda más remedio que elegir vestidos amplios y sencillos — explicó.
—Está bien... —Yulia se encogió de hombros—. Me ocuparé de eso.
— ¡ Y no estoy celosa de esa mujer... ni me gusta que cambies de tema!
—No cambio de tema, Elena; sólo me niego a hablar de él —precisó Yulia—. Piensa un poquito: lrene es venezolana; las mujeres venezolanas son atractivas, se toman confianzas, coquetean...
— ¡Pues estoy deseando conocer a los venezolanos! Seguro que me voy a divertir mucho en tu país — contraatacó Elena con rabia.
— ¡ Me perteneces! — bramó ella, agarrándola salvajemente —. Te haría pedazos antes de que otra persona se acercara a ti. No soy mujer celosa, pero nadie pondrá mi honor en duda. Además, nuestro hijo necesita estabilidad.
Elena asintió, temerosa de acercarse demasiado a las llamas que salían de los ojos de Yulia.
— Perdón si me he excedido — se disculpó ésta entonces. ¿Cómo que si se había excedido?, se preguntó Elena mientras miraba a Yulia. Pero lo que más la sorprendía era que hubiese irritado a su mujer con ese comentario acerca de su disponibilidad con otras personas—. Habrá sido el desfase horario... Tú no eres ese tipo de mujer. Si no, jamás me habría casado contigo —añadió.
¿Qué tipo de mujer?, ¿una mujer infiel? ¡Vaya inquietud para una mujer como Yulia! Porque ella era un rompecorazones, poseía todas las virtudes valoradas por las mujeres: tenía personalidad, buena apariencia, era sexy, rica, poderosa... ¿Cuántas mujeres se arriesgarían a perder a Yulia para acostarse con otra persona?
—Me reuniré contigo dentro de un par de días—prosiguió Yulia.
—¿Qué? —preguntó Elena—. ¿De qué estás hablando?, ¿adónde vas?
—Me temo que esta noche tengo que quedarme en Caracas. Mañana estaré en Maracaibo y lo más probable es que también me quede pasado. Tengo que atender a varios asuntos urgentes. Llevo muchas semanas fuera —le recordó con sequedad.
Elena se metió en el baño, se refrescó, se puso el vestido blanco sin entusiasmo alguno y, al salir a la nave principal del jet, no pudo evitar reparar en las miradas que Irene le lanzaba a Yulia. Era evi¬dente que estaba enamorada de ella y ésta estaba tan acostumbrada a que las mujeres se deshicieran atendiéndolo, que ni se habría dado cuenta.
—Está bien, reconozco que hay un problema —dijo entonces Yulia, para sorpresa de Elena, mientras Irene recogía las cosas de Sergey en el otro extremo del jet—. Pero te aseguro que no le he dado motivos para que conciba esperanzas.
Elena asintió en silencio y se sintió como una tonta por haberse puesto celosa.
Minutos después, tras haber aterrizado, Yulia se despidió de Elena con frialdad. Irene se quedó con ella y con su hijo, para acompañarlos a la casa de los Volkova en Venezuela.
¿Sería siempre así su relación con Yuli?, ¿nunca lograría conocerla?, ¿adivinar lo que ocurría dentro de su inteligente cabeza? Y esos asuntos urgentes, ¿serían sólo una excusa para alejarse de ella? ¿Y si había pretendido acompañarla a casa, pero se había arrepentido después de verse acosa¬da por los celos de ella?


Cuando bajó del jet, protegida por un paraguas que también cubría a Sergey, llovía con intensidad. Ni el piloto ni el chófer sabían una palabra de inglés. Elena se enfadó: ¿cómo había podido dejarla en un país desconocido, rodeada de personas con las que no podía comunicarse?
A través de la ventana fueron pasando edificios, palmeras dobladas por el torrente de agua que caía. Hacía mucho calor y la humedad era insoportable. Yulia la había mandado sola a un infierno mientras ella hacía lo que le daba la gana, como estaba acos¬tumbrada a hacer.
Una majestuosa residencia de estilo colonial se vislumbré entre la cortina de lluvia. Cuando la puerta del coche se abrió, Elena resguardó a Sergey, subió las escaleras de la entrada y agradeció el aire acondicionado del interior.
Una vez en el amplio zaguán de recepción, per¬maneció de pie frente a la legión de criadas que la estaban mirando.
Una rubia despampanante dio un paso al frente y le dijo algo en español:
—Lo siento. No sé hablar...
— Soy la Condesa Melina DÁgnolo. ¿Dónde está Yulia? — le preguntó la mujer con un inglés perfecto.
—Sigue en Caracas —respondió Elena. La otra mujer, adornada de brillantes joyas, pareció impa¬cientarse.
—¿En Caracas? —protestó decepcionada. Su grito resonó e hizo eco en el interior de la residen¬cia, lo cual perturbó el plácido descanso de Sergey—. Así que éste es el niño del que tanto se hablaba.
Existe. Bueno, ¿a qué estás esperando? ¡Haz lo que sea para que se calle!
—Sólo tiene hambre...
—¿Cuándo vendrá Yulia?
—En un par de días.
—Entonces la esperaré —respondió Melina, mirando con severidad a Sergey, que seguía llorando a pesar de los esfuerzos de Elena por consolarlo—. Pero llévate a ese niño arriba, donde no pueda ver¬lo ni oirlo.
—Me temo que no tengo intención de... —arrancó Elena, furiosa.
—No toleraré ninguna impertinencia. ¡Harás lo que se te diga o ya te puedes ir buscando otro tra¬bajo! En ausencia de Yulia, yo estoy al mando de esta casa — la informó Melina.
Elena comprendió que la había tomado por una empleada y levantó la cabeza para explicarle que ella era la mujer de Yulia; pero Melina ya estaba dando instrucciones en español a una criada de mediana edad. Luego volvió a dirigirse a Elena:
— La asistenta te acompañará a la habitación del niño. Puedes comer allí. No quiero que ese crío me interrumpa, ¿está claro?
—¿Por qué dices que estás al mando de la casa?, ¿tienes alguna relación con Yulia? —le pre¬guntó Elena con firmeza.
— Nunca he tenido que identificarme en esta casa —replicó Melina enfurecida—. Yulia y yo somos amigos íntimos desde hace mucho tiempo.
Elena se quedó blanca. Era evidente lo que Melina había sugerido. El estómago se le revolvió. Después de enfadarse sin motivo por Irene, se en¬contraba frente a su verdadera rival.
—¿Por qué me miras así? —le preguntó Melina.
—Creo que esto va a resultar violento —res¬pondió Elena—. Yulia y yo nos casamos hace un mes.
Un silencio tenso envolvió toda la casa y Sergey rompió a llorar de nuevo.
— ¡No es posible! —exclamó Melina con gesto incrédulo.
—Me temo que sí —aseguró Elena, mirando a la asistenta, que seguía esperándola.
— Déjeme que lleve a Sergey arriba y le dé de co¬mer, señora — se ofreció la mujer.
Elena le entregó al niño, contenta de poder ale¬jarlo de aquel ambiente tan tenso.
—¿.Señora? —repitió Melina con sarcasmo—. Creo que tenemos que hablar.
Elena deseó que Yulia acudiese en su ayuda. ¿Cómo podía haber olvidado decirle a su amante que se había casado?
—No creo que haga falta.
— Si lo prefieres, podemos discutir aquí mismo, donde pueda oírnos todo el servicio.
—Tú y yo no tenemos nada que discutir —in¬sistió Elena, después de seguir a Melina a una habi¬tación apartada.
—Está claro que Yulia se ha casado contigo por el niño. El truco más viejo de todos. Te creerás muy lista, ¿verdad? —Melina soltó una risotada de desprecio—. Sí, reconozco que me has sorprendi¬do. Hace diez años Yulia me quería; pero se negó a casarse conmigo... ¡y yo me casé con un hombre para darle una lección! Así que no me digas que Yulia te quiere, porque soy la única mujer a la que ha amado. Me da igual que haya tenido alguna aventurilla —concluyó Melina.
—Eso es problema tuyo, no mío.
—Tu matrimonio no durará ni seis meses —va¬ticinó Melina—. Yulia adora su libertad. Cuando mi marido murió, decidí ser paciente. Nunca he in¬terferido en la vida de Yulia...
— Pues no empieces ahora — la interrumpió Elena.
— Si te crees que me voy a quedar de brazos cruzados, eres más niña de lo que pareces —la ad¬virtió Melina, mirándola con desdén—. Por cierto, a ver qué tal se te da atender a la fiesta del mes que viene: tendrás doscientos invitados en un solo fin de semana. ¿Estás acostumbrada a codearte con los ricos?, ¿qué tal montas a caballo? Normalmente me encargo yo de estas cosas, pero ahora que estás tú... Espero que Yulia no se enfurezca si no sale todo a la perfección.
—Seguro que me las arreglaré.
—Yulia volverá conmigo. Ya lo creo que volve¬rá. Sólo es cuestión de tiempo —aseveró Melina—. Si a mí no me llegas ni al tobillo, ¡mucho menos vas a estar a la altura de ella!
—Ya es hora de que te marches —le ordenó Elena.
— Si yo fuera tú, no le diría nada de esta discusión —murmuré la condesa con falsa dulzura, mientras salían de la habitación—. A Yulia la ponen enferma las escenas de celos.
—¿Por qué eres tan amable de avisarme?
— Ya tienes bastantes problemas — contestó Melina con prepotencia.
Elena la vio marcharse y subir las escaleras. Estaba totalmente asombrada: Melina DAgnelo se había presentado como la amante de Yulia y no parecía tener prisa por desocupar su cama.
Y, desde luego, ella sí que era una rival de cuidado, y no la azafata morenita del jet. Melina era preciosa, tenía buen tipo, estilo, elegancia, clase... Era el tipo de mujer de Yulia.
Pero no, no debía desconfiar de ella. Yulia le había dicho que ella era la única mujer en su vida en esos momentos y no le había dado motivo para cuestionar su sinceridad. Puede que la hubiera de jado sola frente a Melina, pero ésta acabaría marchándose y no tendrían por qué volver a verse. Tenía que olvidarse de ella. El pasado de Yulia no le concernía.
Elena subió las escaleras y, después de equivocarse dos veces, entró en la habitación del bebé, adornada exquisitamente, como sacada de una revista. Un grupo de criadas rodeaba la cuna de Sergey, recién cambiado y muy contento; parecía un reyecito dando una audiencia y haciendo monerías.
—Hace tanto que no hay un bebé... —explicó la asistenta.
—¿Era la cuna de Yulia? —preguntó Elena, sonriente.
—No, señora... —la mujer desvió la mirada con expresión incómoda—. Pero fue la de su padre.
Mientras se preguntaba qué podía haber molestado a la asistenta, Elena se dejó guiar a un dormitorio grandioso. Al advertir que la tormenta había escampado, Elena abrió las puertas correderas que daban a la terraza y contemplé el bello y colorido paisaje de Venezuela.
—¿Para qué sirve eso? —preguntó, apuntando hacia un pequeño edificio de compleja arquitectura.
—Para nada, señora —respondió la asistenta.
—Pues qué desperdicio... es muy bonito.
—Está lleno de fantasmas; no es un buen sitio
— dijo la asistenta, regresando al interior mientras Elena la miraba boquiabierta—. Le prepararé algo de desayunar, señora. Debe tener hambre después del viaje.


Esa tarde se dio un baño caliente y se sintió como una reina. Se miró la punta de los pies, Sacándolos de la espuma que cubría la superficie del agua, y suspiró.
Melina DÁgnolo había desaparecido como un hada mala; ¿pero cómo?, ¿y adónde había ido? Las tierras de Yulia se extendían kilómetros y kilómetros...
Cerró los ojos y se permitió pensar en Yulia. ¿La llamaría?, ¿sentiría interés por ella después de haber conocido a Melina?, se preguntó temerosa.
—Segunda lección para ser una buena esposa...—irrumpió una suave voz por sorpresa—. Si estás en el baño cuando vuelvo a casa, prescinde de jabones demasiado aromáticos para que pueda compartir el agua contigo.

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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:24 am

Capítulo 7


Elena abrió la boca y los ojos, estupefacta. Yulia estaba en la puerta del cuarto de baño y
sonreía por la cara de sorpresa que ella esta¬ba poniendo.
— Estás muy guapa — le dijo con ojos destelle¬antes, mirando sin embozo los pezones de Elena, que sobresalían por encima de la espuma—. A ve¬ces te comportas como una niña de diez años, cielo— añadió al ver que Elena se sentaba para cubrirse los pechos con las rodillas.
— ¿No podías llamar a la puerta? — preguntó ella a la defensiva.
— No estaba cerrada — contestó—. Pero ahora sí lo está —añadió, después de empujarla con suavidad.
En vez de preguntarle qué hacía o de cometer la imprudencia de pedirle que saliera del baño, Elena la miró con ansiedad y sintió que una ola de deseo la envolvía. ¡Era tan alta y fuerte y estaba tan ele¬gante con su traje gris y esa camisa blanca que re¬alzaba el moreno de su piel...!
—¿Me has echado de menos? —le preguntó Yulia con voz rugosa.
—¿Cómo quieres que te haya echado de menos si te he visto esta misma mañana? —espetó Elena, con la respiración entrecortada.
— No sólo necesitas lecciones teóricas para ser una buena esposa... también te hace falta un curso práctico intensivo — contestó Yulia, disgustada—. ¿Tanto te cuesta dar una respuesta agradable?
Elena la miró desconcertada por el inesperado enfado de su mujer. Sintió ganas de llorar y de decirle que encontrarse con su amante le había amargado el día; pero guardó silencio.
—Es que no estoy acostumbrada a compartir el baño — se excusó.
—Entonces empezaremos por aquí —respondió ella—. ¡ Dios!, ¡ no puedo creerme que haya regresa¬do para estar contigo!
—¿No tenías un asunto urgente de negocios?
— Te aseguro que la perspectiva de seducir a mi esposa me apetecía más.
—Ah... —Elena no supo qué decir—. ¿Por qué eres tan ruda?
Yulia se agachó y, en menos de un segundo, sacó a su esposa de la bañera.
—No me regañes más, ¿vale? —murmuró ella con diversión.
— Por favor... méteme en el agua — balbuceó Elena, suplicante
—A veces eres más pequeña que Sergey —le dijo mientras la devolvía a la bañera con cuidado- ¡No iba a hacerte daño! —le aseguró.
—No... no sé por qué me quejo tanto contigo—mintió Elena—. No suelo ser así.
—En Vermont eras muy dulce. No sabía que tu¬vieras tanto genio; y mucho menos esa lengua tan afilada. ¿Por qué has cambiado tanto?
Elena quiso decirle que se había enamorado de ella como no lo había estado jamás de ningún hom¬bre o mujer, y que eso lo había cambiado todo; pero no po¬día arriesgarse a que Yulia descubriese sus senti¬mientos, pues ésta se inflaría de orgullo y la daría por sentada.
Las mujeres habían malacostumbrado a Yulia, que estaba habituada a recibir todo cuanto deseaba a cambio de muy poco por su parte. Por eso no en¬tendía Elena que su Esposa tuviese tantas ganas de acostarse con ella, o que pensase incluso que aque¬llo serviría de algo cuando para ella el sexo no era más que una necesidad fisiológica y ella.., ella sólo era una virgen por desflorar.
Yulia se quitó la chaqueta, los zapa¬tos, los calcetines
—¿Qué estás haciendo?
—Tranquila: perder la virginidad no te dolerá como ir a un dentista sádico.
—¿Y tú qué sabes?.
—Mañana te lo explico con palabras —contes¬tó Yulia con una sonrisa diabólica, mientras se qui¬taba la camisa.
—¿Ésta es mi lección de anatomía? —preguntó ella, con un nudo en la garganta.
—¿La necesitas? —replicó ella, al tiempo que se quitaba los pantalones sin timidez alguna. Elena no quería mirar, pero tampoco podía evitarlo. No lo¬graba tragar saliva y estaba maravillada con el ve¬llo que le bajaba en línea recta del abdomen hasta perderse bajo una tanga negra—. Vas a conseguir que sienta vergüenza — añadió con sor¬na, al notar cómo la estaba mirando Elena.
— Tú no tienes vergüenza — la criticó ésta sin convicción.
—Sí que eres pudorosa. En Vermont pensaba que era una pose —confesó Yulia—. Como eras tan abierta y directa en cualquier otro sentido...
—Yo no finjo —protestó Elena—. No puedo evitar la forma en que me educaron.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Mi padre creía que las niñas debían ser reca¬tadas, modestas y calladitas y mi madrina estaba de acuerdo...
—¿Y qué pasó con lo de calladitas? —la inte¬rrumpió Yulia de buen humor.
Luego se introdujo en la bañera y a Elena le en¬traron unas ganas casi irreprimibles de dejarla sola.
—¿Por qué no podemos hacerlo en la cama como otra gente? —le preguntó mientras ella termi¬naba de acomodarse en el otro extremo de la bañe¬ra —. ¡Me lo estás poniendo muy difícil!
—¡Vaya, vaya, cielito! —exclamó Yulia antes de romper a reír.
—¡Basta!, ¡no lo aguanto más! —gritó Elena con rabia suficiente como para empezar a levantarse, sin importarle que la viese desnuda.
Yulia se incorporó y tiró de ella de un brazo, lo suficiente para desequilibrarla y asegurarse de que cayera encima de ella, poniéndolo todo perdido de agua.
—¡Suéltame! —exigió Elena.
—En realidad no tenía intención de consumar nuestro matrimonio aquí... sólo quería charlar —dijo ella, con aire divertido.
—¿Cha... charlar? —repitió Elena mientras in¬tentaba acomodarse en el baño sin rozar a Yulia.
—No tienes por qué asustarte.., al menos por el momento —aseguró ella—. Mi intención era bañar¬nos juntas como estímulo para una intimidad ma¬yor.
—¿Sueles charlar en el baño con las mujeres?—replicó elena, desconfiada consciente de que a Yulia le hacía gracia su irritación.
—¡Maldición!, ¡estás obsesionada! —bramó ella—. Los celos son una cosa muy destructiva ¿Es que quieres destruir nuestra relación antes de que empiece con estos ataques constantes? Elena cerró los ojos y, en un segundo se le re¬presentaron una docena de bellos rostros femeninos. Sólo entonces reparé en la causa de sus celos. En Vermont, después de descubrir que Yulia sería la madre de su hijo, se había ido a la biblioteca para saber más de ella... y en todos los periódicos y revis¬tas sensacionalistas había visto fotos de su mujer junto a un ramillete de rubias.
Y ahora, meses después, tras abandonar el hos¬pital de Londres, había sospechado una posible re¬lación entre Yulia e Irene y, para colmo, se había encontrado con la desagradable sorpresa de enfren¬tarse a Melina DAgnolo. ¿Tan raro era que se sin¬tiese insegura y que no confiase en Yulia?, ¿que tratase de protegerse para no hacerse más daño?
—No puedo vivir así —aseveró ela—. Es como luchar con un enemigo invisible... Haga lo que haga, siempre sospecharás de mi...
Luego se puso de pie, salió de la bañera, se secó con una toalla y fue hacia el dormitorio sin mediar otra palabra.
Y, de repente, Elena decidió dar una oportuni¬dad a su matrimonio, más allá de sus temores e in¬seguridades.
Yulia no le había hecho el amor en Vermont, luego no la había traicionado si después se había relacionado con otras mujeres. Era una mujer libre y ella no podía reclamarle fidelidad. Si le costaba aceptarlo, era porque se había enamorado de ella; pero ése era su problema, se dijo Elena.
Consciente de su error, Elena salió de la bañera, se secó con una toalla y se puso un albornoz, de¬masiado largo para ella.
—Yulia... lo siento — se disculpó.
— Olvídalo... Necesito un poco de aire fresco— contestó ella mientras se subía la cremallera de unos pantalones color crema.
Observó en silencio cómo sacaba unas botas del armario del dormitorio y se sentaba en un ex¬tremo de la cama para ponérselas.
—¿Vas a montar a caballo? —le preguntó Elena—. Está oscureciendo...
—Vuelve al baño con tus burbujas —la echó Yulia—. Moja ese cuerpo que tanto proteges y déjame en paz.
—Ya te he dicho que lo siento —Elena elevó la barbilla—. ¿Es que tengo que pedirte perdón de rodillas?
Yulia se giró y la miró directamente por primera vez desde que ella había regresado al dormitorio.
—¿Qué tal se te da desaparecer?~ —le preguntó con un látigo en la lengua—. Porque ahora mismo no me apetece tenerte cerca.
Elena pasó de estar sofocada a quedarse pálida. Sin previo aviso, Yulia se había convenido en una desconocida hosca e intimidatoria.
—Yo...
— Vuelve al baño antes de que diga algo que pueda herir tu sensibilidad — insistió Yulia con du¬reza—. ¡No estoy de humor para controlarme!
—No me da miedo lo que tengas que decir¬me.
— ¡No me provoques! —espetó Yulia—. Y haz el favor de no hablar con rodeos. ¡ Si tienes algo que decirme, ten las agallas de decirlo alto y claro, porque no estoy para andarme con tonterías!
Elena se acordó de Melina. Quería defenderse de los ataques de Yulia; quería explicarle el disgus¬to que se había llevado al cruzarse con esa mujer. Pero le daba miedo que mencionar el nombre de la condesa pudiera enfurecerlo más todavía.
—No tengo nada que decir —respondió, con la esperanza de finalizar con aquella discusión.
Pero a Yulia no le gustó el tono de voz que Elena había empleado y se puso de pie de un salto:
— ¡Eres una cobarde! —la acusó—. ¡Me aver¬güenza estar casada con una mujer con tan poco valor!
—Qui... quizá controlo mi genio mejor que tú—tartamudeó Elena.
— Esta mañana te dejé en el aeropuerto para evitar problemas. Me he pasado diez años aleján¬dome de las mujeres cuando nuestras relaciones se ponían peligrosas y me ha ido muy bien hasta aho¬ra — dijo Yulia con hostilidad—. Pero luego me di cuenta de que estábamos casadas y pensé que nuestro matrimonio no tendría ningún futuro si te apartaba cada vez que me enfadabas por algo.
—Yulia, yo...
— ¡Cállate! Te estoy hablando —gritó ella, hecha una furia—. No soporto tus celos. ¡Y para ser tan reprimida como eres, me extraña que insistas tanto en querer saber lo que he hecho con otras mujeres!
Elena apretó los labios para que no se notase que le castañeteaban los dientes, así como le tem¬blaba el resto del cuerpo, mientras miraba a Yulia ponerse una camisa blanca.

-Yo no quiero saber... —vaciló, quiero decir...
— ¡No pienso hacer ni un sacrificio más para que este matrimonio funcione! —le juró Yulia—. Tengo a mi hijo... ¿qué más necesito?, ¿para qué quiero a una niñata que se muere de miedo ante la idea de hacer el amor conmigo?
—Yulia, por favor... —murmuró Elena, apabu¬llada, mientras ella salía del dormitorio.
Yulia gritó algo por el pasillo. Elena la siguió a distancia y vio a una de las criadas de la mansión, la cual se acercó a todo correr para atenderlo.
Yulia le habló en español y la criada asintió con la cabeza y salió disparada.
— ¡ Ya no tienes que preocuparte más por mí, esposa mía! —se burlóYulia—. La criada va a tras¬ladar tus cosas a otro dormitorio.

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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:26 am

Capítulo 8


Elena se dirigió a la habitación de invitados que la criada le había asignado, sin mirarla una sola vez a los ojos. Se sentía avergonzada por haber sido expulsada del dormitorio marital.
El siguiente par de horas fue una tormenta de emociones poderosas Nunca había conocido a al¬guien con tanto genio como Yulia y jamás había imaginado que esta pudiera hablarle de esa mane¬ra.., mirarla como si no le importara nada y estu¬viese determinada a no volver a prestarle aten¬ción.
Primero sintió rabia porque Yulia había hecho pública la discusión, y luego la envolvió un inmen¬so dolor por la forma tan brutal que su esposa hab¬ía tenido de rechazarla No llevaban ni veinticuatro horas juntas y ya había terminado todo entre ellas. No lo soportaba. Le entraron ganas de aga¬rrar a Sergey y correr... para que Yulia se arrepintiese.
Luego, más calmada, consideró su propio com¬portamiento y no le gustó nada. Y cuando procuró ver las cosas desde la perspectiva de su mujer, no pudo evitar sentirse una estúpida, remilgada e inse¬gura.
Además, ¿cuántas parejas había que se reconci¬liaban gracias al sexo? ella estaba acostumbrada a que todas las mujeres estuviesen a sus pies y, sin embargo, su propia esposa, se negaba inexplicablemente a compartir la cama con ella. Y encima se mostraba celosa, incapaz de comportarse como una adulta capaz de hacer frente a aquel matrimo¬nio de conveniencia.
¿Por qué era tan idiota?
Porque la amaba; la amaba y necesitaba mucho más que poseer el cuerpo de Yulia. Elena lo quería todo y ella ni siquiera podía ofrecerle experiencia en la cama o un cuerpo perfecto como los de las mujeres con que ella solía relacionarse. Y por culpa de esa inseguridad había apartado a su esposa de su lado.
Si le hubiera contado sin contemplaciones su enfrentamiento con Melina, al menos habría podi¬do entender Yulia su susceptibilidad. Pero había perdido la oportunidad y sabía que sería una locura reabrir el tema.
Al ver en el espejo lo hinchados que tenía los ojos, se lavó la cara con agua fría; luego se peinó, se maquilló, se echó un poco de perfume y se pro¬bó uno de los camisones de seda que Yulia le había comprado. Avanzó por el pasillo con sigilo, como si fuese una ladrona en la oscuridad de la noche, entró la habitación de matrimonio, se sentó en la cama para contemplar la luna a través de la venta¬na.., y se durmió.
Cuando despertó, sobresaltada al oir unas pisa¬das por el pasillo y algunos gritos, se apartó el pelo de la cara, se levantó de la cama, abrió la puerta del dormitorio y echó un vistazo.
Un grupo de criados y criadas rodeaban a Yulia, que parecía histérica y preocupadísima.
—¿Yulia? —se interesó Elena—. ¿Ocurre algo?
Todos se giraron y la miraron estupefactos.
—jSe puede saber dónde te habías metido? —tronó Yulia.
—Estaba.., en la cama.., durmiendo —balbuceó Elena—. ¿Por qué?
—¿Que por qué? —repitió Yulia, desquiciada.
Los criados fueron retirándose con discreción, en dirección a las escaleras. Yulia entró en el dor¬mitorio y miró atónita hacia la cama deshecha.
—Tercera lección para ser una buena esposa —susurró Elena, adelantándose a su mujer—. Nunca permitas que se ponga el sol sin haber hecho las paces con tu mujer.
—Ya está subiendo.., el sol —dijo Yulia. Luego se inclinó, la levantó en brazos sin dificultad y la co¬locó sobre la cama.
—¿A qué venía el alboroto de afuera? .—pre¬guntó Elena mientras, en efecto, la luz del alba se filtraba por la ventana.
—No estabas donde se suponía que debías estar— contestó Yulia—. Pensé que te habías vuelto a fugar —añadió.
—¿Fu... fugar?, ¿adónde? —inquirió ella.
—¿Cómo voy a saberlo? Hay dos helicópteros fuera, una docena de coches, un establo lleno de caballos... Si quisieras fugarte, no te faltarían me¬dios —la informó Yulia—. ¡Lo último que esperaba era encontrarte en mi cama!
Aunque no terminaba de halagarla que su mujer ni siquiera soñase con hallarla en su dormitorio, sintió gran alivio al comprobar que Yulia no era omnipotente. Todavía no era capaz de predecir to¬dos sus movimientos.
—¿Quieres que me vaya? —le preguntó ella con naturalidad.
—No... ahora que te has puesto ese camisón de seda y te has maquillado y has venido a mi cama...—murmuró Yulia—, sería imperdonable por mi parte —concluyó.
De pie, hablándole con esa calma, parecía una mujer diferente. Seguía mirándola con una inten¬sidad que abrasaba. Elena se recostó en la cama y se ofreció a Yulia lo mejor que supo, temerosa de que la rechazara.
—Has estado mucho tiempo montando a caba¬llo —dijo ella, cuando ya no soportó más el silen¬cio que los había atrapado.
-Unos cuantos kilómetros- respondió Yulia dirigiéndose hacia el cuarto de baño—, Estoy su¬dando. Necesito darme una ducha.
Elena se quedó mirándola como un adicto a los crucigramas miraría un autodefinido gigante, dese¬osa de hallar una pista, algún gesto que la orienta¬se. Se metió en el baño y la oyó desvestirse: las botas, el cinturón de los pantalones
¿Es que Yulia ni siquiera quería acostarse con ella?, ¿cómo arreglar aquella situación?
—Quizá deba volver a mi dormitorio —susurró Elena.
Yulia reapareció, descalza y con el torso al des¬nudo, con los pantalones desabrochados.
—Haz lo que más te apetezca —respondió. Elena se sintió humillada- Pero puedes dormir aquí perfectamente — añadió con indiferencia, en¬cogiéndose de hombros, para entrar de nuevo al baño acto seguido.
— De acuerdo... — acertó a contestar ella. Lue¬go se giró para que Yulia no le viera los ojos, casi humedecidos. Su esposa estaba procurando darle calabazas con tacto. Y ella no sabía qué hacer: ¡se¬ría tan patético levantarse de la cama y correr ha¬cia su dormitorio!
Cuando oyó que el agua de la ducha había dejado de correr, se metió en la cama antes de que Yulia volviese. Poco después, esta apagó las luces y Elena notó un peso al otro lado del colchón.
— Si te arrimas tanto al borde, acabarás cayéndote —observó Yulia
— ¡No quiero molestarte! —espetó Elena.
—No me tengas miedo, cielo —dijo Yulia, des¬pués de suspirar—. Soy consciente de que he sido... desconsiderada. Yo sólo quiero que seas fe¬liz —añadió, para sorpresa de Elena.
—¿De verdad?
— Por supuesto. ¿Tanto te extraña? — replicó Yulia—. ¿Qué otra cosa iba a querer?
—Quieres lo mejor para Sergey —susurró Elena—. Entiendo que...
— ¡ Dios! — exclamó Yulia—. Ni siquiera com¬probé si te habías llevado a Sergey cuando pensé que habías vuelto a fugarte —se asombró, disgustada.
Elena se quedó de piedra al oír tal confesión. ¿Yulia había pensado en ella antes que en el bebé? De repente sintió que un nudo de resentimiento se deshacía en su interior. Ya no se consideraba una mujer desamada, tolerada tan sólo porque su hijo la necesitara. Se preguntó en qué momento habría empezado Yulia a interesarse por ella como perso¬na, al margen de Sergey. Pero, en realidad, le daba igual cuándo se hubiera producido el milagro y, simplemente, se alegraba mucho de que éste hu¬biera ocurrido.
—No volvería a fugarme... de esa manera —le aseguró Elena.
—Puedo perdonarte lo de Vermont. Era com¬prensible. Y lo del hospital también... te asustaste. Forma parte del pasado.
—Venir aquí también es un gran reto para mí...
—intervino Elena.
—No menos que para mí, cielito —Yulia exten¬dió la mano y le agarró los dedos con suavidad.
Luego la atrajo hacia sus brazos y Elena sintió que el corazón le daba un vuelco y el estómago le revoloteaba; se le había desbocado el pulso y esta¬ba deseando conocer el siguiente movimiento de Yulia.
—Antes.., estaba nerviosa —confesó Elena, después de que ella le acariciara los labios.
—Tienes unos ojos muy bonitos. Es lo primero en lo que me fijé de ti.
—¿En Vermont?
— Ya te había visto antes.
—¿Cómo? —Elena frunció el ceño.
—Primero, en una fotografía; luego en la reu¬nión que mantuviste con mis abogados. Era un fal¬so espejo. Yo estaba en el despacho de al lado —explicó sin disculparse.
— ¡Qué desconfiada! — susurró Elena sin apartar la vista de los ojos azules de Yulia.
— Precavida —corrigió esta. Lentamente fue acercando su cuerpo al de ella, que apenas se atre¬vía a respirar—. Estoy deseando hacerte el amor. No me conformaré con besarte.
Elena se estremeció, cerró los ojos y le ofreció los labios. Yulia los cubrió con su boca, juguetonamente, sin presionarla, hasta que ella se impacien¬tó, la agarró por la nuca y la atrajo con fuerza.
—¿Es eso un sí? —preguntó ella, gratamente sor¬prendida.
Desconcertada por su descaro, se quedó quieta unos segundos, hasta que, por fin, asintió con timi¬dez.
—Comprende que esto también es nuevo para mí — sonrió Yulia—. Nunca me he acostado con una mujer virgen. Eso te hace muy especial.
—Nunca sé si estás hablando en serio o con ironía —murmuró Elena.
—Sólo alguien muy estúpido sería irónico en su noche de bodas — contestó ella, para besarla con vehemencia a continuación.
Elena entreabrió los labios y acogió al calor de la lengua curiosa de Yulia, que exploró en su inte¬rior hasta rozar los puntos más sensibles de la boca de su mujer. Se aferró a ella, consciente de es¬tar a la merced de los salvajes y eróticos senti¬mientos que electrizaban su cuerpo. Yulia gimió antes de levantar la cabeza. Luego la miró con sa¬tisfacción.
—Sabía que acabarías cediendo, cielito.
Elena frunció el ceño, pero estaba demasiado contenta como para responder a ese comentario arrogante. Yulia volvió a besarla, paseó la lengua por el cielo de su paladar en una caricia eterna, hasta que las dos necesitaron separarse para respi¬rar.
Entonces se apartó, con una sonrisa diabólica en los labios, le desató las cintas del camisón y las arrastró hacia abajo.
— Quiero verte sin resquicios — susurró Yulia con voz ronca—. Tocar todo tu cuerpo, saborear cada centímetro de tu piel y fundirme contigo hasta que no sepas dónde acabo yo y dónde empiezas tú.
Elena la miró ruborizada, transida de emoción, arrebatada por el calor y los temblores que recorrían su cuerpo, dividida entre la fascinación y la timidez. Se dejó quitar el sostén y sus pechos, pequeños y firmes, se liberaron y dejaron al descubierto los pe¬zones, ya excitados.
—Yulia... —gimió con una mezcla de vergüenza y excitación.
— ¡Dios!, ¡eres exquisita! —afirmó ella mientras contemplaba sus pechos con un deseo que la hacía estremecerse
Yulia le bajó el camisón con impaciencia y des¬treza hasta las rodillas y, por último, se lo sacó del todo y lo tiró al suelo.
Posó una mano sobre la cintura de Elena y miró su cintura, su delicado estómago, los rizos rojos que coronaban el vértice de sus muslos trémulos. Se deshizo de la sábana de un tirón y la observó con inmenso placer.
—He esperado mucho para verte así —dijo mientras la agarraba por una muñeca. Reconoce que no puedes controlar el pulso... ¿Qué te espera¬bas?, ¿que iba a ser una niña egoísta que iba a aca¬bar en un par de minutos? Yo no hago así el amor...
—No... —dijo Elena, que apenas podía tragar saliva.
—Quiero que tú también disfrutes... Quiero que te pases todo el día deseando que llegue el momento en que vuelva a estrecharte entre mis bra¬zos.
—Muy ambiciosa... —balbuceó Elena, temblan¬do como una hoja.
—Siempre lo soy... en todo. Lo llevo en la san¬gre —convino Yulia mientras deslizaba una mano sobre sus pechos en una caricia que la hizo conte¬ner la respiración.
Se elevó hacia Yulia y esta le rozó los labios con la punta de la lengua hasta que Elena echo la cabe¬za para atrás y lo invitó a desenvolverse por su cuerpo como se le antojara.
Yulia la besó, colocó una mano en su espalda y la apretó para que notase la violencia de su excitación, excitación que despertó una oleada de senti¬mientos que la hizo gemir. Luego probó sus pezo¬nes con ternura y Elena se estrechó salvajemente, desprevenida. Cada caricia era una gloria insopor¬table y, sin embargo, deseaba que aquella dulce tortura siguiera prolongándose más y más, deso¬rientada por aquellas sensaciones tan novedosas.
—Calma, cielo —murmuró Yulia—. Esto no es una carrera.
—No sabía que sería así... — confesó maravilla¬da.
—¿Cómo un fuego en el que dos personas se consumen placenteramente? — dijo labio contra la¬bio.
Se estremeció cuando Yulia le separó los muslos y se embarcó en una invasión más íntima, para tocarla donde nadie le había tocado, humedecida por la excitación. La estaba acariciando con tanta ma¬estría que Elena sollozó de placer contra sus hom¬bros, suplicándole que terminara de poseerla.
Y, poco a poco, fue entrando con suavidad Cuando profundizó, lentamente, Elena dio un pe¬queño grito y, después, experimentó un placer ex¬traordinario mientras Yulia la miraba, detenido en una pausa, con ansiedad.
—Esperaba que no te doliera —se lamentó Yulia.
Elena Sonrió, como en una nube, y lo amó tanto por esa preocupación y delicadeza que creyó que el corazón se le saldría del pecho.
—No importa —le aseguró.
Luego volvió a introducirse y Elena cerró los ojos ante aquella marea de sensaciones indescriptibles. Se habría muerto si Yulia se hubiese detenido. Se agarró a ella y se dejó llevar a alturas inimaginadas, hasta cotas de sublime éxtasis.., hasta notar su empuje por última vez.
—¿Has visto? —dijo Yulia, un par de minutos después, mientras Elena la agarraba con cariño. El amor no es necesario para el placer sexual —añadió, al tiempo que se apartaba de ella.
—¿A qué viene ese comentario? —preguntó Elena, con el ánimo por los suelos súbitamente
— Creo que lo entiendes.
—¿Es otra versión de eso de que no debo esperar demasiado de ti? —la acusó amargamente—. ¡Me das lástima, Yulia! Te da tanto miedo sentir amor que me das auténtica pena. Y no hace falta que te preocupes por decepcionarme; ¡de una manera u otra no has hecho otra cosa desde que te conocí! —contraatacó furiosa.
Yulia le lanzó una mirada de hielo, sorprendida por la reacción de Elena.
—¿Hablas en serio? —preguntó ella, dolida en su orgullo.
—Sí... pero da igual —respondió con desdén—. No tengo nada que perder contigo; sólo estás a prueba, Yulia.
—¿Yo...Yulia Volkova a prueba? —preguntó enfervorizada, saliendo de la cama.
—Y de momento no lo estás haciendo muy bien. Parece que piensas que me has hecho un gran favor casándote conmigo... pero pregúntame cómo me sentiré dentro de cinco meses.
—¿Por qué?, ¿qué demonios va a pasar dentro de cinco meses? —gritó Yulia.
—Heredaré el dinero de mi madrina, y si enton¬ces no estoy contenta contigo, te aseguro que no voy a pasar el resto de mi vida sintiéndome des¬graciada a tu lado.
— ¿Desgraciada?
—Y no pienses que podrás retenerme con jo¬yas. Los diamantes son muy bonitos, pero hay otras cosas que me importan mucho más: el respe¬to, el afecto, el cariño. Entiendo que tú despaches a todas las mujeres con regalos caros, porque no te atreves a sentir, pero...
—¿Cómo te atreves a decir que no me atrevo?—exclamó Yulia, con los ojos desorbitados.
—Tú misma lo has dicho: que te alejas cuando hay problemas —le recordó. Yulia la miró sin com¬prender lo que estaba oyendo. Luego se dio media vuelta, abrió un armario y se empezó a poner unos pantalones — Sé que no soy perfecta, ni mucho menos, y que muchas de las cosas que digo y hago te irritan.., pero no creo que te hayas acostado conmigo sólo para darle gusto al cuerpo.., como si fuera un objeto de usar y tirar, sin que te importen mis sentimientos —añadió, a punto de estallar en sollozos.
—Lo único que he dicho es que el amor no era necesario para...
—¿Y por qué lo has dicho? —la cortó Elena, tragándose las ganas de llorar—. Sabes que no es verdad. Sabes lo que yo siento por ti. Estoy segura de que siempre lo has sabido.
— Te arrepentirás de...
—¡No!, ¡te quiero con todo mi corazón y tú lo sabías antes que yo incluso! —la interrumpió ella—. Sabes de sobra por qué quería casarme con¬tigo.., y, sin embargo, le dijiste a Nikolay que era una cazafortunas y una chantajista. ¡Pero las cosas no van a seguir así!, ¡me niego a vivir esta farsa!
—¡Dios!, ¡no puedo ofrecerte amor! —aseguró Yulia, desquiciada
—Pero podrías esforzarte por intentarlo al me¬nos. Porque si no lo intentas, dejaré de amarte yo a ti. Y el amor es el único motivo por el que estoy a tu lado.
Luego se levantó de la cama y, sin mirar atrás, salió del dormitorio dando un portazo. Estaba asombrada de lo que acababa de decir; pero no se arrepentía. Lo que había sucedido en esa cama la había devastado. Era vergonzoso que lo que ella había encontrado tan precioso y fascinante pudiera terminar de esa manera tan dolorosa.
Yulia lo había estropeado; había tenido que abrir la boca y ensuciarlo todo. La había hecho sentirse como una mujer de una noche, en vez de una espo¬sa amada... Se sentó sobre su cama con un inmen¬so hueco en el corazón y deseó arrancárselo, de tanto como le dolía.
—Yo también tengo defectos —irrumpió de pronto la voz de Yulia, tras abrir la puerta del dor¬mitorio al que se había ido Elena—. Pero, a dife¬rencia de ti, soy capaz de reconocerlos.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Elena, sin apenas fuerzas para luchar.
— Sí, es verdad que te engañé en Vermont... pero tú también me engañaste entonces — aseguro Yulia—. Si hubieras sido la mujer sincera que crees que eres, me habrías dicho que estabas embaraza¬da. Pero decidiste callarte, igual que yo decidí no revelar mi verdadera identidad — añadió.
Elena se sonrojó. Le costaba aceptar que tam¬bién ella había mentido para favorecer sus intere¬ses. No se había planteado decirle a Yulia que era madre de alquiler por miedo a que ella la rechazase.
—Supongo que tienes razón —admitió a pesar suyo.
—Respecto a tu acusación de que sólo me acos¬té contigo por sexo, ¿de verdad me crees tan inma¬dura y desesperada? —le preguntó Yulia enton¬ces—. No he adelantado mi viaje de vuelta para acostarme contigo, sino porque era consciente de que no debía haberme separado y no quería que mi ausencia reforzara tus miedos acerca de nuestro fu¬turo — añadió con una frialdad humillante.
—Yo...
— ¡ Y te aseguro que amenazarme con marchar¬te dentro de cinco meses no va a contribuir a la es¬tabilidad de nuestro matrimonio! —la interrumpió.
—Está bien... —Elena tragó saliva, deshecha por tantas emociones. -Es probable que tengas razón.

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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:27 am

Capítulo 9

Los establos de Yulia estaban situados a un ki¬lómetro de la casa. Elena empujó el cochecito de Sergey y trató de no parecer una mujer de¬sesperada en busca de su esposa; pero lo cierto era que apenas la había visto en los últimos días.
Después de las discusiones que habían mantenido tras hacer el amor, Elena había supuesto que Yulia se marcharía de viaje de negocios para no verla, harta de sus reacciones y sin más paciencia que agotar con ella.
Pero la tenía agarrada por donde más le dolia: la había acusado de cobarde, por desaparecer siempre que había problemas. Lo malo era que, aún compar¬tiendo la misma casa, Yulia conseguía ingeniárselas para no coincidir con ella, apenas.

Se despertaba muy temprano a montar a caballo y nunca regresaba para desayunar. Luego, o se en¬cerraba en los despachos de la planta inferior a atender a sus negocios, o se refugiaba en los esta¬blos de nuevo. Cenaban juntas, eso sí, en el salón de la mansión; pero, aunque no hubiera una distan¬cia física que las separase, era como si cada uno estuviese en continentes diferentes. Yulia le habla¬ba con naturalidad y la trataba como a una invitada con la que, por desgracia, no podía pasar mucho tiempo. Y, por supuesto, la dejaba que durmiera sola en una habitación aparte.
—He salido a dar un paseo con Sergey —dijo cuando por fin la encontró en los establos, charlando con un hombre rubio.
— Elena, éste es Patrick Gorman — los presentó Yulia—. Se ocupa de la alimentación de los caballos.
—Encantada de conocerla, señora Volkova.
— ¡Eres inglés! —exclamó Elena con alegría—. Y a juzgar por el acento... ¿de Newcastle?
—¡Bingo!
—Yo nací en Blyth —Elena rió—, pero mis padres se mudaron al sur cuando yo tenía seis años.
—Por eso no tienes acento —dijo Patrick, el cual se inclinó hacia el cochecito para ver a Sergey—. ¡Me encantan los niños! ¿Verdad que es pequeñísimo? —preguntó, en referencia al bebé.
- En realidad está muy grande para su edad- respondió Elena, contenta de haberse encontrado a Yulia junto a Patrick, un tipo conversador que esta¬ba ayudando a romper el hielo.
—Yo tengo una sobrina de un añito y ya era una pieza la última vez que la vi — comentó Pa¬trick.
—Sergey sólo come y duerme de momento.
—Pues ya podéis ir preparándoos. Os vais a di¬vertir mucho —Patrick sonrió—. Dado que Yulia está ocupada, ¿quieres que te enseñe esto? —se ofreció.
—Os acompaño —intervino Yulia—. No tengo tan¬ta prisa.
— ¿Seguro que te lo puedes permitir? — le pre¬guntó Elena, un par de minutos después, en un mo¬mento de distracción de Patrick—. Te noto rara.
—Has hablado más con Patrick en los últimos cinco minutos que conmigo en los tres últimos días- contestó Yulia—. Pero te aconsejo que te man¬tengas alerta. Aunque parezca un crío inocente Patrick es un hombre muy mujeriego.
—Parece agradable —dijo Elena.
— Yo sólo te aviso — insistió, con el ceño frun¬cido. Luego cambió de tema—. Creía que ya habías venido por los establos antes. A las inglesas os gustan mucho los caballos. ¿Montas bien?
—Bueno...
—Nunca he conocido a una inglesa que no lo haga —afirmó Yulia—. Y dado que los caballos me encantan, es algo que podremos compartir.
—Me temo que estoy un poco oxidada... montando a caballo — dijo Elena con tal de agradar a Yulia, cuando no había cabalgado jamás. Después de todo, no podía ser tan difícil, ¿no? Ya aprende¬ría por sí sola y, mientras tanto, bastaría con poner excusas y dar largas.
Yulia le enseñó todos los establos y Lena imitó todos los gestos que ella hacía al acercarse a los ca¬ballos. La táctica de la imitación parecía estar dan¬do resultados.
—Es fascinante —comentó Elena mientras Yulia hablaba en un lenguaje incomprensible sobre di¬versos aspectos del polo, al tiempo que reforzaba su discurso con movimientos rápidos de los bra¬zos. Elena pensó que no habría entendido menos de haber estado hablando Yulia en español. Pero, en cualquier caso, el entusiasmo con el que éste ha¬blaba surtía un efecto hipnótico en ella.
—Pareces alegre, querida —advirtió Yulia, son¬riente. Elena se quedó en silencio, emocionada por cómo la había llamado. Se secó el labio inferior con la punta inferior de la lengua y notó que Yulia no quitaba ojo de su boca. El estómago se le encogió y sintió un deseo mareante de entregarse a los brazos de su esposa—. Estás temblando —añadió.
Y Yulia sabía por qué. Sabía que su proximidad despenaba el instinto sexual de Elena, sin que ésta pudiera disimularlo. Entonces se acercó, la agarró con fuerza y posó la boca apasionadamente sobre la de ella. Elena creyó que estaba volando, cerró los ojos y luchó por respirar mientras el corazón le daba latigazos con violencia.
—Yulia... —murmuró cuando esta despegó los labios y dejó que Elena apoyase la cabeza sobre un hombro mientras absorbía la femenina fragancia de su cuerpo.
— Te recogeré a las tres para que comamos en el campo. Deja a Sergey en casa — le propuso ella. El bebé dio un gritito en ese momento, a modo de protesta, y Yulia rompió a reir. Luego miró a su hi¬jito con orgullo y suspiró—. Hemos hecho un niño estupendo... ojalá lo hubieras concebido entre sá¬banas —añadió.
—Eso ya no tiene remedio —dijo Elena, rubori¬zada, pero conmovida, pues era lo mismo que ella acababa de pensar.
—La próxima vez lo haremos normalmente —aseguró Yulia—. Pediré a algún mozo que te lleve de vuelta a casa. No deberías estar fuera con este calor sin un sombrero. Podrías deshidratarte —añadió, antes de que ella se sonrojara, imaginando ese segundo niño que Yulia había sugerido.
Cuando entró en su dormitorio, dos de las cria¬das estaban colgando ropa nueva en su armario. Elena se quedó maravillada con aquellas telas tan refinadas y esos carísimos diseños. Sacó un vesti¬do azul y pensó que jamás se atrevería a ponerse algo tan atrevido.
Pero sonrió, pues el hecho de que Yulia hubiese hablado de un nuevo hijo significaba que no había perdido las esperanzas de que su matrimonio saliera adelante. Se puso el vestido azul, para darle gusto, y le pidió a una asistenta que le dejase las llaves del extraño edificio que había cerca de los jardines.
—Nadie va allí, señora — murmuró la asistenta con aprensión. Luego, después de decir en español algo sobre la señora, le entregó las llaves a regañadientes.
Puede que el servicio fuera supersticioso pero eso a Elena no la afectaba, Y dado que ésa era su casa, Yuli no podía enfadarse porque la explorase.
Abrió la puerta delantera, de estilo gótico, y en¬tró en una habitación espaciosa con muebles cu¬biertos de polvo. Las paredes estaban descoloridas y las cortinas a punto de desintegrarse Anduvo de habitación en habitación hasta dar con una escalera.
Había un dormitorio grande, un cuarto de baño y un segundo dormitorio Se detuvo en la puerta de éste: era la habitación de una niña; había muñecas en las estanterías y fotos amarillentas en un corcho, como si la niña hubiese salido de allí y nunca hubiera regresado.
Miró las fotos. En una reconoció al padre de Yulia. Oleg se parecía mucho a su hija; mientras que una mujer de ojos marron que había con ellos, no se parecía nada.
Al oír que alguien subía por las escaleras, Elena salió de la habitación. Era Yulia, que llegaba sin resuello, como si hubiese ido corriendo
—¿Qué haces fisgando? —le preguntó con du¬reza.
—No estaba fisgando.., sólo tenía curiosidad —contestó Elena—. ¿Quién vivía aquí? No sabía que nadie hubiese ocupado esta casa hasta ahora.
—Creía que lo sabías —dijo Yulia encogiéndose de hombros—. Lo sabe todo el mundo... Los medios de comunicación han hablado tantas veces de mi familia...
Elena sintió que el estómago se le endurecía. Yulia parecía conmovida y deslizaba los ojos huidizadamente alrededor, con una expresión muy vul¬nerable.
—Viví aquí con mi madre hasta cumplir los nueve años —la informó Yulia.
—¿Tus padres se divorciaron? —preguntó ella, sorprendida.
—Mi madre era la amante de mi padre, Elena. ¡No era su esposa!
— Y... ¿y la mujer rubia de la fotografía?
—La mujer con la que se casó mi padre, Yolan¬da —contestó Yulia. Luego se explicó en pocas pa¬labras: Larissa, su madre, había sido la hija de un hombre que trabajaba en unas tierras cercanas... y se había enterado de que se había quedado embara¬zada de Yulia justo cuando Oleg Volkov se casó con Yolanda—. Cuando ésta supo lo de mi madre, esperó a que ella muriera y luego reclamó la mitad de las posesiones de mi padre para acep¬tarme en adopción — añadió. Luego aclaró que, tras la muerte de Larissa, habían cerrado el edificio donde Yulia había vivido con su madre y esta se había trasladado a la mansión donde residían en la actualidad.
—¿Cuántos años tenías cuando tu madre falle¬ció?
—Nueve. Se ahogó borracha en una piscina que había fuera. Bebía demasiado — admitió Yulia.
—¿Yolanda no tuvo hijos?
—Tuvo varios embarazos; pero no llegó a tener ninguno —contestó ella—. Mi padre siguió a su lado hasta que murieron en un accidente de avión hace diez años.
De pronto empezó a comprender a Yulia, al imaginar las horribles escenas que habría vivido de pequeña, junto a una madre infeliz y con un pro¬blema alcohólico, sin una vida de familia normal, con el ambiente contaminado por la rivalidad entre Larissa y Yolanda...
Pensó en lo mucho que ésta habría odiado a Yulia y a su madre y no quiso ni imaginarse lo que habría sido la convivencia posterior con Yolanda, una mujer resentida que había obligado a su espo¬so a pagar por aceptar a una hija ilegítima. No era de extrañar que Yulia no creyese en el amor.
—Deberías airear esta casa —comentó Elena.
—No había puesto un pie en ella desde hacía años —repuso Yulia.
Elena inició el descenso de las escaleras, deseo¬sa de salir y respirar aire fresco.
—Haré que la vacíen —insistió ella.
Yulia encogió los hombros con indiferencia y miró el vestido azul de Elena.
— Veo que ya ha llegado la ropa... La elegí en Caracas. Al menos tendrás algo decente que poner¬te hasta que tú te compres algo — comenté Yulia.
Media hora después, montaron en un coche para comer en el campo. Después de unos pocos minutos, no había signo alguno de vida civilizada. Los chopos crecían por doquier y los pájaros se desbandaban piando por el cielo azul turquesa, a medida que el coche avanzaba.
—¿Adónde vamos? —preguntó Elena
—Ya lo verás —dijo Yulia.
Detuvo el coche, salió y le abrió la puerta a Lena. Luego caminaron bajo un sendero, flanquea¬do por árboles, y, de repente, en medio de tanta frondosidad, Lena se quedó extasiada al descubrir una cascada preciosa.
—Hubo un tiempo en que un afluente del Ori¬noco pasaba por aquí... esto es lo que queda —co¬mentó Yulia mientras extendía un mantel en el cés¬ped, a la sombra de un cocotero—. Mi madre solía traerme aquí de pequeña. Era un sitio especial para ella... Creo que fue aquí donde me concibió —le confesó.
—¿No tienes ningún familiar vivo? —preguntó Elena mientras se sentaba.
— Mi abuelo Andrei — contestó ella—. Deshederó a mi madre y se niega a aceptar que soy su nie¬ta. Aun así, la semana pasada le hablé de Sergey.
— Siento haber estado tan rara últimamente —se disculpó Elena inopinadamente.
—Yo también he estado rara. Esto.., tú y yo. es nuevo para mí — repuso Yulia con una sonrisa que la conmovió. Elena se levantó, colocó las palmas de las manos en el pecho de su esposa y la empujó para que se tumbara— - ¡ Y yo que tenía pensado ser una dama y esperar a haber comido! Pero ya que las dos queremos lo mismo. —murmuró luego, revolcándola hasta ponerse sobre ella.
Bajó las manos por su costado hasta las cade¬ras, y la situó entre sus muslos con descaro Des¬pués le bajó la cremallera del vestido y le descu¬brió los hombros. Se deshizo del sostén y dejó expuesto sus senos... Lena gimió mientras ella le ro¬zaba los pezones con una mano y le arqueaba la espalda con la otra.
Se incorporó para terminar de bajarse el vestido y, mientras ella se desnudaba, se quitó la ropa inte¬rior sin quitar ojo del cuerpo bronceado de Yulia.
Sólo verla la dejaba sin respiración Se notaba que ella también estaba excitada y cuando volvieron a rozarse Elena notó una humedad entre los mus¬los.
—Me siento salvaje —rugió Yulia después de darle un beso feroz—. Una noche más cenando tan separados en el salón y te habría poseído debajo de la misma mesa
—No lo parecía
— Me excito sólo con estar en la misma habitación que tú —prosiguió Yulia —. Te habría hecho el amor en los establos antes. No puedo pensar en otra cosa —aseguró.
Lena no podía creérselo Jamás había imaginado que Yulia pudiera llegar a desearla tanto.
—Y0 tampoco —susurró ella.
La temperatura subió cuando Yulia le separó las piernas. Luego arremetió con fuerza, con urgencia, rápidamente, para reducir a un ritmo más lento y dulce a continuación, que la llevó a un estado extá¬tico, hasta que, una vez desbordadas, Elena se abrazó, satisfecha, segura de que habían sentado las bases de un relación más íntima, profunda y duradera.
Se quedó dormida un rato y, al despertar, se en¬contró a Yulia ya vestida, tumbada a poca distan¬cia. Le pasó un dedo con cariño por la cara, cre¬yendo que estaba dormida, y esta abrió los ojos, le agarró la mano y se la besó:
—Me haces sentirme muy bien —le confesó Yulia. Se sentó y la miró fijamente a los ojos—. ¿Qué te parece tener otro bebé dentro de unos nue¬ve meses?
—¿Có... cómo dices?
—No he tomado precauciones... Ha sido todo tan excitante que no he podido controlarme.
Elena fue por su vestido y supuso que a Yulia le parecería normal verla embarazada, habiéndola co¬nocido en tal estado; pero a ella no le apetecía per¬der el atractivo de su cuerpo, esbelto tras nueve meses de sobrepeso.
—Para ti es muy sencillo.., no eres la que se pone gorda y torpe — comentó Lena.
—Tú no estabas gorda... estabas fantástica.
—Lo dices porque te gustan los bebés.
— ¿Y por qué me resultabas tan irresistible cuando estabas en el hospital?
—¿De verdad?
—Creía que estabas muy sexy —aseguró Yulia—. ¡Vaya!, ¡ se ha hecho tardísimo! ¡ Y tenemos invitados para cenar! —exclamó de pronto, tras consultar la hora.
—¿Quién va a venir? —preguntó Elena mien¬tras se ponía de pie.
—Melina DÁgnolo y... ¡cuidado! —exclamó Yulia, al ver que a su mujer le fallaban las piernas de repente.
—¿Qué decías? —disimuló Elena.
—Que va a venir Melina DAgnolo con los Dry¬dons, amigos comunes. Patrick se unirá a nosotros. Antes trabajaba para Rob Drydon.
—Perfecto —dijo Elena de camino al coche.
—He sido un poco brusca —murmuró Yulia—. Pero ha sido fantástico, ¿verdad?
Elena procuró ocultar su disgusto ante la visita de Melina y se recordó que la condesa ya no tenía nada que ver con Yulia. Tenía que comportarse como una adulta: podía prohibirle que fuera aman¬te de esa mujer, pero no que cortase de raíz una re¬lación que quizá durase desde hacía muchos años.., ¿no?
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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:29 am

Capítulo 10


—Me alegro mucho por vosotros —mintió Melina con una interpretación fabulosa.
Estaba muy sugerente con el vestido ne¬gro que se ceñía a sus curvas.
Mientras tanto, Rob Drydon y su mujer, Susie eran de Texas y estaban charlando de caballos con Patrick Gorman.
—La condesa te comerá el terreno si te descuidas —le advirtió Patrick, minutos después, mientras iban hacia el cenador—. ¿Cómo es que no le has contado a Yulia lo del número que te montó cuando llegaste? Yo me enteré por los criados —añadió.
—No había necesidad de involucrarla —contestó Elena.
— Si la hubieras involucrado, ella no estaría ahora aquí, estropeándote la velada — replicó Pa¬trick mientras tomaban asiento. Luego cambió de conversación—. Por cierto, Yulia me ha dicho que te elija un caballo.
—¿,Sabes guardar secretos? —le preguntó Elena—. Me temo que no fui muy sincera con lo de mis conocimientos como jinete —añadió, des¬pués de que el mozo asintiera.
— ¿En qué sentido?
—No he montado a caballo en toda mi vida.
Después de una breve pausa de asombro, Pa¬trick rompió a reír.
—No seas egoísta —intervino Yulia—. Com¬parte el chiste con todos.
—En realidad no era tan gracioso —dijo Elena, sonrojada.
—El sentido del humor inglés no se parece al nuestro — terció Melina—. Seguro que nosotras no nos reiríamos.
—Debo reconocer que a mí no me gustan nada vuestros culebrones — replicó Patrick. Después, con disimulo, se dirigió a Elena en un susurro—. Ven a verme mañana a las seis, mientras Yulia está cabalgando. Te enseñaré a manejarte y luego po¬drás decirle que en realidad no se te daba muy bien. ella terminará de instruirte.
— Gracias — dijo Elena encantada.
Después de cenar, se fueron a un salón. Melina se acercó a Elena y le habló con una gran sonrisa:
—¿Qué tal la vida de casada? —le preguntó mientras se sentaba en un sofá a su lado.
—Genial —contestó Elena, bebiéndose un vaso de vino de un trago.
— No creo que a Yulia le guste verte beber tan¬to. ella sólo prueba un poco de champán en ocasio¬nes especiales —le advirtió Melina—. ¿No lo sabí¬as?, ¿cómo es que desconoces algo tan elemental sobre tu esposa?
—No es asunto tuyo —respondió ella, decidida a no mostrarse amable como la hipócrita de la con¬desa.
— Yulia siempre será asunto mío — dijo Meli¬na—. ¿Te molestó mucho que viniese a verme la misma noche en que nos conocimos?
—¿Qué dices? —preguntó Elena, helada ante aquella noticia.
— Ni siquiera yo me esperaba que Yulia viniera a mí en vuestra noche de bodas —la provocó la condesa.
—Estás mintiendo... No te creo —respondió Elena, que recordó que Yulia le había dicho, tras ha¬ber discutido con ella, que había salido a montar a caballo.
—Vino a hablar conmigo. Yulia necesita a una mujer, no a una niñita.
—Yulia te necesita tanto como un agujero en la cabeza — contestó Elena desafiante.
—En fin, espero que te encuentres mejor la próxima vez que te vea — dijo la condesa después de murmurar algo en español, al tiempo que se po¬nía de pie.
—Voy a despedir a los invitados, esposa mía. No te molestes en levantarte — intervino entonces Yulia —. Igual te mareas y te tengo que meter de¬bajo de la ducha — añadió, visiblemente enfada¬da.
Elena se sintió fatal: estaba segura de que Yulia había oído su última contestación y de que ésta ha¬bría pensado que había sido grosera con Melina a consecuencia del vino que había bebido.
Mientras Yulia los acompañaba a la puerta, Elena recordó lo bien que se había sentido junto a ella horas antes.., y ahora, en cambio, no podía evi¬tar sospechar que su mujer se había ido a buscar consuelo a los brazos de Melina aquella primera noche.
—Me siento fatal —le dijo a Yulia entre sollo¬zos cuando ést hubo regresado—. Me duele mu¬cho la cabeza — añadió mientras ella la levantaba en brazos.
—Sólo estás un poco alegre — contestó Yulia, al tiempo que subía las escaleras. Luego la colocó so¬bre la cama y la ayudo a bajarse la cremallera del vestido—. Relájate. Ahora te traigo unos calman¬tes —añadió.
—¿Por qué estabas enfadada conmigo? —se atrevió a preguntarle Elena, después de tomarse el calmante que Yulia le llevó.
—Porque no has parado de coquetear con Pa¬trick en toda la noche — respondió ella, para perple¬jidad de Elena.
—Me cae bien... —murmuré ésta—. Espero que se me pase pronto el dolor de cabeza. Estaba muy cansada durante la cena — añadió, dispuesta a cambiar de tema.
—Deberías habérmela dicho —repuso Yulia—. Melina me ha contado que habéis estado hablando de la fiesta que damos aquí todos los años, ¿es ver¬dad?
—No lo recuerdo... Parece que la conoces mu¬cho.
— Somos vecinas hace años —explicó ella.
— ¿Cuándo la invitaste a cenar?
—La misma noche que visité a mi abuelo. Andrei es el capataz de las tierras donde está alquila¬da Melina.
De modo que, aquella primera noche, Yulia ha¬bía ido a comunicarle a su abuelo que había tenido un hijo y ése había sido el motivo de que hubiera visto a Melina, pensó Elena con gran alivio.
—Estoy cansadísima —confesó mientras se de¬jaba desvestir por Yulia, quien le puso un camisón para dormir a continuación.
—Tengo una villa en la costa. Deberíamos pa¬sar allí unos días.
—Buena idea —susurro Elena justo antes de ce¬rrar los ojos y quedarse dormida.
—¿Qué hora es? —preguntó horas más tarde, tras despertarse sobresaltada.
—Las cinco y media... Vuelve a dormirte —respondió Yulia, que ya estaba vestida, dispuesta a cabalgar un rato como todas las mañanas.
De pronto recordó que había quedado con Pa¬trick a las seis y saltó de la cama en cuanto Yulia se hubo marchado.
Se duchó y se vistió a toda prisa, fue a comprobar que Sergey estaba bien, como todas las maña¬nas.., y se quedó pálida cuando vio a Yulia meciendo al bebé en sus brazos.
—Creía que ya te habías ido —murmuró Elena.
—Se queda muy tranquilo en cuanto desayuna-comento Yulia, refiriéndose a Sergey.
—¿Le has dado tú el biberón? —preguntó ella, asombrada.
—Dado que fui yo quien lo despertó al entrar, me pareció lo más justo. Se ha tomado el biberón como si no hubiera comido en varios días —co¬mento mientras le acariciaba la espalda al bebé—. Una criada le ha cambiado los pañales por mí.
Elena se acercó y tomo a Sergey en sus brazos. Luego lo acunó y, después de darle un besito, lo devolvió a la cuna.
— Veo que te has puesto los vaqueros; parece que por fin te animas a montar a caballo conmigo- dijo entonces Yulia—. Tienes suerte de que me haya entretenido con Sergey. Si no, no me habrías al¬canzado — añadió con naturalidad.
—Hace años que no monto a caballo —dijo Elena mientras iban en coche al establo.
—Eso nunca se olvida —quiso tranquilizarla Yulia, cuando detenía el coche al llegar a los esta¬blos—. No acostumbro a verte por aquí tan tem¬prano, Patrick. Elena ha venido conmigo esta ma¬ñana —dijo al ver al mozo.
— Estaré en el despacho si me necesitas para algo — respondió Patrick, sin atreverse a mirar a Elena.
Yulia sacó un caballo negro y una yegua, le puso un gorro a Elena en la cabeza y le entregó unas prendas especiales.
—Protección... como dices que estás desentre¬nada —explicó ella—. No quiero que te hagas daño si te caes — añadió mientras le ponía aquella espe¬cie de armadura.
—No puedo, Yulia. ¡No puedo! —gritó Elena después de que su esposa la subiese a los lomos de la yegua.
—Ya lo sé —murmur´Yulia con suavidad—. Tendría que ser idiota para no haberme dado cuenta.
—¿Lo... lo sabes?
—¿,Cómo no iba a adivinarlo? Ayer, cuando vi¬niste, se notaba que no estabas familiarizada con los caballos. Por no decir que no sabías de qué te estaba hablando —respondió.
—Pensé que me tomarías por una sosa si reco¬nocía que no tenía ni idea — se excusó Elena, son¬rojada.
—Anoche le dije a Patrick que no sabía mon¬tar.., y se ofreció a enseñarme lo básico — lo infor¬mó Elena—. He sido una tonta.
—¡Ya me imaginaba algo así! —exclamo Yulia—. ¡Espero que no te dediques a citarte con mis empleados de ahora en adelante!
— No era una cita...
— ¡ Y no quiero que vuelvas a ver a Patrick Gorman sin que haya otra persona delante! —or¬denó Yulia.
— ¡ No seas ridícula!
— Si me desobedeces, dejará de trabajar para mí — sentenció ella con autoridad. Luego decidió darle la primera lección para aprender a montar a caballo—. Lo estás haciendo muy bien para ser una novata — la felicito al cabo de media hora.
Y otro cuarto de hora después, un jinete se les acercó. Era un hombre mayor, con bigote canoso, tocado con un sombrero de ala ancha. Yulia se diri¬gió a él en español.
—Es mi abuelo, Andrei —informó a Elena sin gran entusiasmo.
El hombre la saludó en español y ella los miró frustrada. ¿Cómo era posible que se trataran con tanta frialdad siendo ellos, nieta y abuelo, toda la familia que tenían?
—Me gustaría mucho que viniese a ver a nues¬tro hijo Sergey — dijo Elena con calma, sonriente, al tiempo que le estrechaba la mano a Andrey.
—No sabe inglés — le dijo Yulia.
— Entonces transmítele mi invitación, por favor—replicó Elena con la barbilla alzada—. ¿Y podrí¬as decirle también que, dado que nuestros padres están muertos, me encantaría que Sergey tuviera la oportunidad de conocer a su bisabuelo?
Yulia se quedó atónita, pero, tras un tenso silen¬cio, accedió a traducir el mensaje de Elena.
—Te agradece que seas tan cálida y hospitalaria—le dijo luego—. Tiene que pensárselo —añadió. Luego, una vez se hubieron separado de Andrei, Yulia estalló—. ¿Por qué intervienes en un asunto que sólo me concierne a mí?, ¿acaso crees que no he intentado invitarlo a casa sin éxito?
— Si lo miras con tanta frialdad cuando lo invi¬tas, no me extraña que se niegue a aceptar. Puede que piense que sólo se lo pides por cortesía — se atrevió a responder Elena—. Creo que estáis en¬frentados desde hace tanto tiempo, que os da mie¬do hablaros con sinceridad.
— ¡A mí no me da miedo nada!, ¿cómo te atre¬ves a...?
—Lo he hecho por Sergey —mintió Elena, que en realidad pensaba que Yulia podría ser la más bene¬ficiada de una posible reconciliación. Ni tú ni yo tenemos otra familia que ofrecerle. Puede que ni a ti ni a mí nos haya ido viendo con las nuestras; pero ahora hemos formado una nueva y tenemos que aprender a ser buenas madres.
—¿Somos una familia? —se preguntó Yulia en voz alta, desconcertada. Es verdad. Supongo que tienes razón...
Regresaron a casa y ella, después de comunicarle que se irían a la villa de la costa esa misma tarde, volvió a salir. Elena se dio un baño para relajarse y pensó en lo complicada que era su esposa. Tan pronto amenazaba absurdamente con despedir a Pa¬¬trick Gorman... como la hacía desear abrazarla para darle seguridad y confianza; lo que no era de extra¬ñar, con lo traumática que había sido su infancia.
Yulia debía de haber aprendido a escudarse del dolor desde muy pequeña. Después de la muerte de su madre, había tenido que soportar a Yolanda, a la que no había querido en realidad...
Por fin empezaba a comprender a mujer que tanto amaba. Lo malo era que Yulia se había aislado tanto para evitar que le hiciesen daño, que le costaba mucho dar rienda suelta a sus emocio¬nes, permitirse querer a una mujer... y hasta sentir afecto por su abuelo. Por lo menos amaba con todo su corazón a Sergey, se consoló Elena.
Tenía que ser realista y asumir que Yulia nunca podría amarla; ella sólo podía querer a un bebé ino¬cente que no pudiese herirla. Y, sin embargo, ¿no le había dicho Melina que Yuliala había amado en el pasado?


Tumbada sobre una hamaca placenteramente, Yulia miro a Elena mientras ésta se fijaba en unos bailarines que estaban actuando en la playa.
Pensé que te gustaría- murmuró ella satisfecha- por eso lo organicé. Elena miró a miró a su mujer y luego devolvió la atención a los bailarines, que cada vez se movían con mayor sensualidad.
Yulia la rodeó por la cintura y Elena se estremeció gustosa. Llevaban doce días de ensueño e iba a ser una lástima tener que regresar el fin de semana si¬guiente, para la fiesta que celebrarían en la mansión.
Yulia hacía muchas llamadas y usaba un ordena¬dor para seguir atendiendo sus negocios, pero pa¬saba casi todo el tiempo con ella, relajada, charlan¬do, entreteniéndola... y haciéndole el amor con pasión y ternura a la menor ocasión.
Cuando la danza parecía estar alcanzando su clímax, apareció una mujer que, con unos movi¬mientos de cadera muy eróticos, logró retener la atención del bailarín, en detrimento de la chica en la que se había estado fijando éste hasta entonces.
Elena se figuró aquel cambio de pareja como un mal presagio, un augurio de infidelidad. ¿Cuánto tiempo viviría con el miedo de que, algún día, Yulia retomara su aventura con Melina DAgnolo?, ¿cuándo se cansaría de acostarse con ella? Porque, ya que no la amaba, sólo la novedad del sexo podía estar reteniéndola a su lado... Perturbada por el rumbo de sus pensamientos, respiro profundo y de¬cidió esquivarnos.
Luego, tras agradecer a los bailarines su actua¬ción, regresaron a la villa y se acercaron a ver a Sergey .
—Realmente es especial —aseguré Yulia con inmenso cariño.
—Claro que es especial. Es tuyo —la provocó Elena—. Y por eso mismo es el bebé más inteli¬gente del planeta.
—¿Eso crees, cielito? —le preguntó ella con voz rugosa. Y, sin darle tiempo a contestar, la besó con fervor en los labios.
Luego la levantó en brazos, la llevó hasta el dormitorio, la posó sobre la cama y la contempló con un deseo tan intenso que parecía imposible que Yulia pudiera pensar en cualquier otra mujer. ¿Cómo podía hacerle el amor día tras día y noche tras noche con apetito insaciable y necesitar a Melina?
Cerró los ojos mientras se dejo desnudar prenda a prenda y acariciar cada centímetro de su piel.
—Te voy a enseñar a que bailes para mí como las mujeres de la playa —murmuró Yulia—. Pero sólo en privado. No quiero que nadie vea cómo me miras, cómo te frotas contra mi cuerpo... —añadió con ronquera.
Yulia había declarado que el sexo era un mero apetito fisiológico y parecía dispuesta a demostrar que había innumerables variaciones fascinantes, que iba poniendo en práctica con el paso de los días.
Elena le agarró la cara con ambas manos y pa¬seo la punta de su lengua por los labios de su esposa, la cual saltó como una fiera y la tumbó sobre la cama para llenarla de besos.
—Háblame de la primera vez que te enamoras¬te —le propuso por sorpresa un buen rato después, mientras ella yacía a su lado satisfecha.
— Se llamaba...
—No quiero saber su nombre —la interrumpió Yulia.
— Sí... estudiaba...
—Eso tampoco me interesa... Quiero saber cómo te sentías — especificó ella.
—¿Cómo me sentía? —repitió Elena—. Tonta, como en las nubes... y luego llegó la caída. En cuanto descubrí cómo era en realidad, me pareció inconcebible que me hubiese fijado en él.
—Te desenamoraste enseguida... ¿qué te hizo?
—Me metió en su dormitorio y me dijo que era mi día de suerte.
— ¿Estás de broma?
—Cuando le dije que no, intento abusar de mí. Pensó que era de las que me hacía de rogar.
— Grave error — Yulia le acarició el pelo — ¿Cuántos años tenía el chico?
— Diecinueve.
—Los adolescentes sólo piensan en el placer que pueden conseguir, sin importarles el de la pareja.
—Tú no eras mucho mayor cuando Melina y tu... quiero decir... — Elena supo que había metido la pata—. Bueno, ella me comentó que habíais sido uña y carne.
—¿De veras? —preguntó Yulia, con el ceño fruncido—. ¿Alguna vez te he dicho lo preciosos que son tus ojos?, ¿sabes que los cierras siempre que te beso? —pregunto entonces con ronquera, tras una larga y tensa pausa.
Elena observó a Yulia con la intensidad de una mujer enamorada y sintió que si alguna vez llegaba ella a traicionarla, se moriría. La vida ya no tenía sentido sin Yulia...
Y, de pronto, ésta volvió a besarla y despertó en ella una fiebre fogosa que arrasó cualquier otro sentimiento.


La mañana del viaje de vuelta, Elena despertó sola. Mientras Yulia trabajaba en un despacho de la villa, ella se dio una ducha y, luego, mientras se vestía, trato de recordar cada segundo de su estan¬cia allí, para guardarlo en la memoria como un te¬soro.
¡ Había sido tan feliz esos días! Se puso una fal¬da verde con un top a juego, fue a la habitación de Sergey y vio la cuna vacía. Sonrió: lo más probable era que el bebé estuviese en el cochecito, viendo trabajar a su madre.
Elena se dirigió al despacho de Yulia y la oyó hablar por teléfono:
—Claro que aprecio tu fidelidad, Melina —es¬taba diciendo ella en tono seductor. Elena se quedé de piedra y el corazón empezó a azotarle el pe¬cho—. Yo también estoy deseando verte esta no¬che. No, no será difícil; te lo aseguro —añadió... justo antes de colgar.

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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por Admin el Lun Feb 23, 2015 12:30 am

Capítulo 11


—Pareces cansada. Deberías acostarte — le dijo Yulia, una vez hubieron regresado a casa.
—¿Y qué pasa con los preparativos de la fiesta?
—Ha salido bien muchos años sin ti, cielito. Hazme caso y duerme hasta que te encuentres bien. Eso es lo único importante.
Yulia la subió al dormitorio y la acostó; pero Elena se negaba a dormirse. Quiso gritar y enfren¬tarse a Yulia, pero quería esperar a sorprenderla junto a la condesa, para poder basar sus acusacio¬nes en algo concreto. Aquella conversación telefó¬nica la había destrozado y había vuelto a despertar todas sus inseguridades.
—¿Crees que una persona que esta casada necesita una amante? —le preguntó por fin.
—No si pasa tanto tiempo en la cama con su pareja como yo —bromeó Yulia, sonriente.
—Estoy hablando en serio —insistió Elena.
—¿Qué pasa?, ¿quieres hablar de algo? Tengo la sensación de que estás inquieta — dijo Yulia. Elena se levantó de la cama, fue hacia la ventana y miró a Patrick Gorman, que estaba dando instruc¬ciones a unos obreros, encargados de la ilumina¬ción del jardín. Yulia la siguió y vio al mozo de los establos—. Si fuera una mujer celosa, ahora mis¬mo lo mataría. ¿Por qué lo miras tanto? —añadió, en referencia a Patrick.
Luego cerró las cortinas y salió del dormitorio irritada. Elena se quedó atónita. ¿Cómo era posible que Yulia tuviese celos de Patrick, cuando ella tenía previsto proseguir su aventura con Melina?
Elena se sentó en la cama desconcertada. ¿Qué habría querido decir Yulia con lo de que le agrade¬cía su fidelidad a la condesa?, ¿de verdad pensaba que podría continuar con aquella relación adúltera sin que ella lo descubriera?
—Tenemos visita, cielo — irrumpió a los pocos minutos Yulia—. Ha venido mi abuelo —anunció con una amplia sonrisa en los labios.
Elena bajó las escaleras para saludarlo y rompió el hielo dándole un beso en cada mejilla. Luego lo instó a que lo siguiera, subió las escaleras y le en¬señó a Sergey.
—Dice que tiene los ojos de mi madre — tradu¬jo Yulia.
—Bueno, pues ahora tomaos algo para celebrar que habéis hecho las paces y hablad de lo bien que van a ir las cosas en esta familia de ahora en ade¬lante —dijo Elena.
Andrei y Yulia obedecieron y, dos horas más tarde, Elena vio que el abuelo se despedía de la nieta dándole un fuerte y emotivo abrazo. Sintió un in¬menso alivio: había logrado que se reconciliaran.


—Yo no los llamaría regalos —dijo Yulia horas después, en alusión a un collar y a unos pendientes fabulosos—. Pertenecían a mi madre, así que aho¬ra son tuyos... Sólo yo la vi ponérselos. Mi padre nunca la sacaba en público.
—¡Qué triste!
—No, cielito — contestó Yulia mientras Elena se ponía las joyas —. Somos de una generación dife¬rente... pero te estoy muy agradecida por el calor con que has recibido a Andrei. Gracias a ti, mi abuelo formará parte de nuestras vidas.
Elena estaba extasiada: entre las joyas, el vesti¬do verde y los zapatos de tacón que le había com¬prado y, sobre todo, esas palabras de gratitud, no cabía en sí de gozo.
—Creo que te quiero... —confesó Yulia.
—No es verdad —se negó Elena, desconcertada por aquella declaración—. Sólo lo has dicho por¬que estas emocionada.
— ¡Me falta práctica en esto! —gruñó Yulia—. No debería haber dicho «creo». Estoy segura de que...
—No deberías haber dicho nada —interrumpió, ella, subconscientemente resentida por la relación de Yulia con Melina—, Ya no te pido que me ames para estar satisfecha. He rebajado mis expectativas—añadió, para estupefacción de Yulia.
—Nuestros invitados están llegando —dijo esta con una frialdad heladora, tras encajar el golpe de su esposa.
Pero, antes de salir del dormitorio, Elena se dio cuenta del error tan tremendo que acababa de co¬meter.
—Yulia, perdona. Yo no quería... Me sorprendió que...
—Tranquila, ya me has desengañado —atajó Yulia en tono cortante.
Para colmo de males, nada más bajar se encon¬traron con que Melina DÁgnolo había llegado con los primeros invitados.
— ¡Qué collar más bonito! —exclamó ésta, son¬riente, al ver a Elena —. Espero que las joyas te consuelen mientras duermes sola por la noche —añadió en un susurro, para marcharse a continua¬ción a estrechar manos y dar besos a otros invita¬dos.
Elena no comprendía cómo podía interesarse Yulia por una mujer tan dañina. ¿De verdad preten¬día mantener su aventura con la condesa?, ¿o había hablado con el corazón al confesarle que la que¬ría?, ¿cómo podía haber estropeado un momento tan maravilloso?
—Hola —la saludó entonces Patrick—. Creo que es mejor que Yulia no me vea cerca de ti.
—¿Por qué?
—No sé, antes no era una mujer celosa; pero desde que se ha casado contigo...
—¿En serio? —preguntó Elena, con un atisbo de esperanza en sus posibilidades.
—Totalmente —aseguró Patrick—. Así que no te molestes, pero esta noche no te sacaré a bailar.
—Está bien. Además, me apetece bailar con mi esposa—aceptó Elena, después de disculparse, fue en busca de Yulia—. ¿Quieres bailar? — le pregun¬tó cuando la encontró junto a Melina.
Yulia la rodeo con un brazo por la cintura y, en vez de sacarla a la pista de baile, la llevó hacia los jardines.
—En realidad no quería bailar —prosiguió ----Elena Tengo que hablar contigo en privado... y me temo que te vas a enfadar cuando oigas lo que tengo que decirte.
—Te oí hablando por teléfono con Melina en la villa —soltó Elena de golpe, quitándose un gran peso de encima—. Y el día que llegué aquí me dijo que ella era tu amante y...
—Un momento, un momento —intervino Yulia con calma—. En primer lugar, fue Melina la que me llamó a la villa.., y me dijo que te estabas vien¬do en secreto con Patrick Gorman.
—¿Qué? —preguntó Elena, perpleja.
—¿Es que no te das cuenta? —le preguntó Yulia, que acababa de atar todos los cabos sueltos de su relación con Elena— .Melina está inventando mentiras para intentar separamos. Empecé a sospe¬char algo raro la noche en que vino a cenar con los Drydon. Se mostró demasiado amable contigo y no paro de sonreírme coqueteando... Intuí que trama¬ba algo, aunque nunca pensé que pudiese ser tan perversa... ¡Pero tranquila!, ¡ ahora mismo lo arreglamos todo! — exclamó entonces. Elena se sintió inmensamente aliviada y, al mismo tiempo, asusta¬da por el enfrentamiento que iba a tener lugar en breves instantes.
Yulia llamó a una criada y le pidió que le dijese a Melina que quería verla en privado en el jardín. Minutos después, la condesa apareció con una am¬plia sonrisa.., que se heló al ver a Elena junto a Yulia.
— Después de todas las mentiras que nos has contado, no sé cómo te atreves a miramos a la cara—la acusó ella sin rodeos.
—¿De qué estás...?
—Me he portado muy bien contigo —la cortó Yulia—. Cuando el año pasado viniste a mí, acucia¬da por tus problemas financieros, fui muy genero¬sa.
— ¡Yo no quería tu dinero, Yulia! —Melina miró con odio hacia Elena—. ¡Yo te quería a ti!, ¡Y de no ser por ésa y su **** hijo tú y yo habríamos acabado juntas! — añadió rabiosa.
—Jamás pensé en casarme contigo —replicó Yulia, la cual procedió a castigarla por sus mentiras e impertinencia—. No volveré a prestarte dinero nunca, abandonarás la casa que te alquila mi fami¬lia ha a finales de este mes y jamás permitiré que vuelvas a poner los pies en ésta, ¿está claro? —añadió con brutalidad.
Luego se marchó, tomando a Elena por un bra¬zo, quien se sintió una idiota por haberse creído las mentiras de Melina.
—Entonces... ¿nunca ha sido tu amante?
—Salimos durante un tiempo cuando tenía die¬cinueve años —confesó Yulia a su pesar—. Pero en seguida me di cuenta de que sólo buscaba mi dine¬ro. Cuando comprendió que no me casaría con ella, engañó a un empresario de sesenta años.
—¿Y murió?
—No, se divorció de ella. Volvió a casarse y se quedó endeudada cuando su segundo marido falleci¬do.
—Y entonces acudió a ti a que la ayudaras... —comprendió Elena—. He sido una idiota. Lo sien¬to... — añadió, justo antes de reincorporarse las dos a la fiesta.


—Estaba deseando que desapareciesen todos los invitados —dijo Yulia cuando por fin se vio a solas con Elena en el dormitorio—. Y ahora.., ca¬lla, por favor. Tengo que decirte una cosa y no quiero que me interrumpas —le pidió, visiblemen¬te tensa.
—Yulia... —arrancó ella, temiéndose lo peor.
—Nada de peros, mi vida. No me lo pongas más difícil de lo que ya lo es para mí —la inte¬rrumpió Yulia. Luego, después de tomar aire y res¬pirar profundamente, prosiguió—. Me enamoré de ti en Vermont, pero no me he dado cuenta hasta hace poco. Cuando desapareciste, pensaba que sólo te estaba buscando por el bebé; y luego, cuan¬do me vi forzada a mantener una relación contigo, me dije que sólo lo hacía por el beneficio de Sergey... pero cuando te fugaste del hospital, me puse como una fiera. No sabía qué me estaba ocurriendo, pen¬saba que se me pasaría todo cuando consiguiese hacerte el amor una vez.., pero no funcionó —sol¬to de carrerilla, como quitándose un gran peso de encima.
— ¿De... de veras? — preguntó Elena trémula¬mente, llorando casi de felicidad.
— Y cuando volví de montar a caballo aquella noche y no te encontré donde suponía que estarí¬as.., me volví loca. Entonces comprendí la intensi¬dad de mis sentimientos —confesó Yulia—. Luego, cuando conociste a Patrick y empezaste a charlar con él, me entraron unos celos insoportables, irra¬cionales — añadió, con una mezcla de arrepenti¬miento y vergüenza.
— No me di cuenta.., estaba demasiado preocu¬pada por las mentiras de Melina — susurró Elena.
—Me di cuenta de que esa locura incontrolable, esos momentos de furia y de debilidad.., ese miedo a perderte, la necesidad de estar contigo a todas horas.., era lo que la gente llama amor —declaró finalmente, sonrojada—. Nunca he sido tan feliz como durante estos días en la villa, Elena... Te amo. Te amo con todo mi corazón — sentencio emocionada.
—Yo también te amo —susurro Elena finalmen¬te, llorando casi de felicidad. Entonces inclinó la cabeza y Yulia la besó apasionadamente. Estaba se¬gura de haber encontrado a la mujer de su vida... ¡ y ya estaba casada con ella! Elena le había dado una familia y le había enseñado a amar... y ella iba a saber agradecérselo eternamente, besándola y abrazándola día y noche durante el resto de sus vidas.
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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

Mensaje por wendra222 el Miér Mayo 27, 2015 11:02 pm

muy bueno

wendra222

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Re: AMOR EN VENTA // LYNNE GRAHAM

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