El precio de un beso.

Publicar nuevo tema   Responder al tema

Página 1 de 3. 1, 2, 3  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Dom Mar 15, 2015 1:02 pm

Sinopsis

No importa lo que diga mi prima; no soy la reina de las relaciones imposibles. Quiero decir, solo porque mi último novio trato de matarme y me dejo una pequeña cicatriz en el cuello, entonces me obligo a mudarme y cambiar mi nombre legalmente a Elena Katina para escapar de él no significa que…

Oh, ¿A quién estoy engañando? Para una estudiante de primer año en la universidad, tengo el peor historial de citas.

No es de extrañar que el amor sea lo último en mi mente cuando Yulia Volkova entra en mi vida. Pero la química entre nosotras es como ¡BAM! Nuestra conexión desafía la lógica. Y ella es tan malditamente sexy. Estar cerca de ella me hace sentir más viva de lo que nunca me he sentido. Incluso me gusta pelear con ella. Podría ser mi alma gemela… excepto por un pequeñito problema.

Ella es una gigolette.

Dios, si que se como elegirlos.
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Dom Mar 15, 2015 1:04 pm

PROLOGO


Yulia Volkova arreglaba la podadora manual de su madre para poder cortar el césped cuando la señora Garrison vino a cobrar el alquiler.

- Oigan – Su llamado agudo y nasal rechino contra sus oídos, antes que ella golpeteara la cerca que separaba su patio y el suyo. Las bisagras de metal hicieron un chirrido cuando la verja se abrió. -¿Hay alguien en casa?
- Solo yo. – Ella entrecerró los ojos ante el resplandor del medio dia mientras levantaba la mirada. Con una llave inglesa sostenida firmemente en su mano, paso el dorso de su mano por la frente para secar el sudor que goteaba.
- ¡Oh! Yulia. – Presionando una mano en su escote expuesto, la casera de su madre tropezaba con sus tacones ridículamente altos y parpadeaba con sus pestañas altas y falsas – No te había visto.

Con la esperanza de que tal vez si se veía lo suficientemente ocupada, la mujer de cuarenta y algo entendería la indirecta y la dejaría sola, permaneció agachada detrás de la podadora al revés, en donde había estado afilando la cuchilla - ¿Necesita algo?
- Um… - Mordio su labio y recogió su cabello con una mano para mantenerlo alejado de su cuello mientras usaba la otra mano para abanicarse. Los destellos de su esmalte de uñas rojo brillaban con la luz del sol.

La inspeccionaba con atrevimiento, su mirada codiciosa la consumía. Asqueada por su inspección, ella se retorcía en su interior, con ganas de alcanzar la camiseta que se había quitado hacia media hora y arrojado a un lado.

Echando un vistazo alrededor del patio como si estuviera a la caza de un criminal que acaba de robar un banco, pregunto - ¿Dónde está tu madre?

Volviendo su atención a su tarea, Yulia uso la llave para girar la cuchilla en su lugar – Llevo a mi hermana a otra cita con el doctor – mintió, sus músculos presionaron cuando apretó los dientes.
Su mama y Sarah se encontraban en el supermercado, pero recordarle las circunstancias de su hermana a la señora Garrison podría anotarle a su familia un poco de simpatía y comprarles tiempo extra para reunir más dinero, porque estaba segura de que su mama se atraso con el alquiler otra vez.

- Mm. ¿Y cómo está la pobre niña dulce? – Murmuro la señora Garrison distraídamente, su atención estaba en sus manos mientras ella trabajaba.
Ante la sospecha de que a ella no le importaba en absoluto el bienestar de Sarah, aparto los mechones oscuros de sus ojos y le lanzo una mirada – Todavía tiene parálisis cerebral – Giro un poco más fuerte de lo que lo había hecho antes, asegurando el tornillo.


— Vaya, vaya. —La casera se inclinó más cerca—. Seguro que tú creciste muy bien. Mira esos músculos que tienes. —Su sombra pasó en frente de ella justo antes de que pusiera una mano en su hombro y sus largas uñas se hundieran en su piel resbaladiza.

Sorprendida por el contacto, se tambaleó hacia atrás, tratando de alejar su mano.

Ella soltó una ronca sonrisa divertida. —No hay necesidad de estar tan nerviosa, querida. —Sus uñas aflojaron su agarre, sólo para recorrer un centímetro de su pecho con una descarada caricia de apreciación—. No muerdo. —Contradiciendo sus palabras, esbozó una sonrisa con sus dientes blancos y perfectos gracias a su ortodoncia. Parecía como si quisiera tomar un pedazo de su carne cruda.

Yulia tragó con fuerza. El brillo de su mirada la había puesto fría por todas partes, incluso con el calor de treinta y siete grados. Como una pantera cuando detecta su presa, ella quería abalanzarse. Sobre ella.

No tenía que ser experimentada en el sexo —y no lo era— para saber lo que ella quería.

Probablemente la había visto desde su ventana en el segundo piso, usando nada más que sus pantalones cortos andrajosos, y un top deportivo, y se emperifolló con la única intención de venir a jugar.

Se sentía un poco enferma. No porque quisiera aferrarse a su virginidad. No lo hacía. De hecho, si alguna oportunidad se le hubiera presentado antes, la habría perdido hace años.

Ni siquiera era porque ella fuera fea. La mujer podría tener un falso bronceado, pechos falsos y un poco de cirugía reconstructiva en la cara, sin duda en los labios y cejas, pero no era un adefesio por ningún tramo de la imaginación. Tenía grandes pechos, un culo apretado y una piernas largas bien torneadas, lo cual, estaba bien, sí, se veían bien en esos pantalones cortos de vaqueros súper apretados. Y no era porque estuviera casada, porque tampoco lo estaba. No estaba segura de por qué todo el mundo la llamaba señora Garrison. Estaba bastante segura que nunca había habido un señor Garrison en el cuadro.

No, todo tenía que ver con su edad. Las mujeres maduras simplemente no eran lo suyo, y sus dígitos multiplicaban los suyos por dos. Por lo menos. La señora Robinson —er, Garrison— debió haber estado pensando lo mismo sobre la cosa de los números porque arqueó una ceja con interés y preguntó—: ¿Cuántos años tienes ahora, Yulia?

— Dieciocho. —Miró hacia otro lado, maldiciéndose, incluso cuando admitió la verdad. Maldita sea, ¿por qué no había mentido sobre eso también? Diecisiete de repente parecía mucho más…seguro.

Pero tenía la sospecha de que ella ya sabía exactamente cuántos años tenía.

Una sonrisa depredadora se extendió en sus labios pintados con un aire de triunfo burlón, como si hubiera asumido que ya la había atrapado en su telaraña. —Entonces…ya eres una adulta.

Yulia hizo un sonido ahogado. Pero mierda. No había pensado en realidad que tuviera el descaro de venir y decir eso en voz alta.

Ella se río con voz ronca. —Veo que te he sorprendido.

Negó con la cabeza, negando más el momento que en realidad diciendo no. Ella sonrió con aprobación como si estuviera orgullosa de ella por su respuesta. —Tu madre me debe más de tres mil dólares. ¿Sabías eso, Yulia?

Ella miró fijamente a la podadora vieja y decadente, y trató de no perder el conocimiento. —No. No lo sabía.

Cristo, era un montón de dinero.

Como si estuviera sintiendo su dolor y ofreciéndole una medida de comodidad, la señora Garrison se agachó a su lado y puso su mano en su rodilla desnuda. La miró, pensando que tal vez vería un poco de compasión en su mirada. Quizás les daría un par de meses para tratar de reunir los tres mil dólares.

Excepto que, con el calculador brillo de sus ojos con sus callosas, profundidades color avellana, no parecía muy simpática. Su palma se movió en su pierna, deslizándose hasta la mitad de su muslo, y ella casi saltó fuera de sus pantalones.

Joder, ¿qué planeaba, meterle mano aquí mismo en medio del patio de su madre, o qué?

Mientras una parte de su cerebro gritaba, el pequeño chico en sus pantalones se animaba por la atención, decidiendo que sus delgados dedos se sentían bastante bien subiendo por su pierna y se sentiría aún mejor si los ponía en su palpitante entrepierna.

Un pulso eléctrico saltó en su sistema. Quería empujarla lejos y fulminarla con la mirada por hacerle esto, por hacer que su cuerpo reaccionara en contra de su voluntad. Pero no podía apartarla, no podía decirle que se fuera, no podía siquiera darle una mirada mordaz. Su madre le debía más de tres mil dólares.

¿Cuántos malditos meses de renta era eso?

El pánico se estableció profundamente en sus venas. Necesitaba desviar esto antes que fuera directamente a donde temía que ya iba.

— Estoy segura que mi mamá tiene el dinero —intentó—. Ell-ella y Sarah deberían estar en casa en una hora o dos. Puede pagarle entonces.
— ¿De verdad? —La señora Garrison se alegró—. ¿Entonces tenemos una hora o dos para hacer lo que queramos?

Yulia no sabía que decir. No sabía qué hacer. Quería correr, pero tenía un mal presentimiento, esas uñas podían enterrarse en su pierna y hacerla trizas si lo intentaba.

Se sentía atrapada.

Ella se inclinó más cerca, el calor de la palma de su mano abrasando su muslo. Un olor a coco flotaba sobre ella. —No soy estúpida, sabes. Tu madre no tiene esa cantidad de dinero. Y no me pagará nada cuando llegue a casa de su cita con el doctor. Pero estaría dispuesta a reducir lo que me debe, digamos que, a la mitad si estuvieras dispuesto a hacer un trato conmigo.

Santa madre de Dios.

La señora Garrison acababa de pedirle que tuviera sexo con ella.

Por mil quinientos dólares.

Ella ni siquiera sabía su primer nombre.

— Sabes lo que te estoy pidiendo, ¿cierto, Yulia?

Poniendo un poco de distancia, cerró los ojos y asintió.

— Bien. —Sonaba complacida y asquerosamente petulante—. ¿Así que tu respuesta sería…?

Incapaz de expresar la negativa con su voz, sacudió la cabeza vigorosamente.

Cuando no respondió, un silencio tenso se encontró con sus oídos. Su curiosidad tomó lo mejor de ella, y abrió los ojos.
Ella lo miró con una expresión astuta, como si conociera una pequeña parte microscópica de ella que quería decir sí. Pero en serio, ¿qué chica de dieciocho años quería decir no a tener sexo, incluso si significaba tenerlo con alguien maduro?

— ¿Esa es tu respuesta final? —preguntó, sonando divertida.
Ella lo echó a perder abriendo la boca. —¡Sí! Estoy completamente segura. No voy a tener sexo con usted. Yo no… —Apartó la mirada—. Ni siquiera sabría qué hacer.

Por qué fue y confesó eso, no tenía idea. Pero esperaba por Dios haberla asustado, porque ninguna mujer quería que un virgen torpe la follara ,eso tenía que estar fuera de su amorosa mente.

En vez de apartar la mano de ella con repugnancia, sus dedos se apretaron sobre su pierna. Sus ojos color avellana se ampliaron, y se lamió los labios.

— Oh, cariño —suspiró—. Acabas de ponerme húmeda.
Yulia parpadeó. —¿Eh?
— No te preocupes si esta es tu primera vez, querida. Podría enseñarte todo lo que necesitas saber. Y más. Sería un honor entrenarte para que aprendas mis… preferencias. —Sus dedos comenzaron a deslizarse más arriba de su pierna.

La agarró por su muñeca antes que alcanzara el dobladillo de sus pantalones cortos porque sabía que ella no se detendría allí. No se detendría hasta que tuviera un puñado. Su sexo palpitaba, a sabiendas de que esto era lo más cerca que una mujer había llegado a tocarla. Estúpida.

Apretando los dientes, apretó su agarre sobre ella para advertirle que se retirara. Pero diablos, ella comenzó a respirar con más fuerza como si su manoseo la hubiera excitado aún más.

Con su mirada acristalada en un tono febril, liberó un fuerte jadeo. —Maldita sea, tienes manos tan fuertes. Estás mojada para mí en este momento, ¿cierto?

Enojada con ella tanto como con su cuerpo traicionero, alejó su mano y se puso de pie, dándose vuelta rápidamente.

— Tiene que irse —espetó. Tuvo que haber sido el momento más surrealista, vergonzoso e incómodo de su vida, de pie petrificada en el patio trasero de su madre en frente de una podadora rota, luciendo leñosa y discutiendo de sexo por dinero con la casera—. Le dije que no.
— Está bien. —Dejó escapar un resoplido de indignación mientras se ponía de pie. El calor de su mirada quemaba en la parte trasera de su cuello—. Dile a tu madre que tiene que pagarme a final de semana, sino, recibirá una notificación de desalojo.

Yulia se dio vuelta para mirarla boquiabierta.
No lo haría.
Oh, santo infierno, lo haría.

Fingió admirar sus uñas, acicalándose en frente de ella como si estuviera orgullosa de sí misma por ser mejor que ella. Entonces, con un gesto alegre, dijo—: Hasta luego. —Y se dio vuelta en sus tacones, tarareando una melodía burbujeante en voz baja. Sus caderas se balanceaban de forma descarada, mientras caminaba hacia la verja.

Yulia la miró con la boca abierta, enferma de su estómago y muerta de miedo. Nunca las había amenazado con desalojarlas. Pero por otra parte, nunca tampoco le había pedido tener relaciones sexuales.

Su madre ya tenía dos trabajos a tiempo completo, y el dinero que ahorraba era para comprarle una silla de ruedas motorizada a Sarah.

Yulia apretó los dientes, sintiéndose la peor hija y la peor hermana que alguna vez hubiera existido.

Había estado trabajando a medio tiempo en un lavado de carros después de la escuela, pero ni siquiera eso había hecho mella en ayudar a su mamá a pagar las cuentas. Si pudiera ayudar a su familia de alguna manera, debería saltar ante cualquier oportunidad que tuviera para hacerlo y hacer todo lo posible.

Incluso con la casera.

Cerrando los ojos contra una ola de mareo por lo que estaba a punto de hacer, Yulia dijo con voz áspera—: Espere. —Medio esperando a que no la escuchara.

Pero su mano se congeló en el pestillo de la verja. Lentamente, giró sobre sus tacones. — ¿Sí?

Odió la forma en que sus ojos parpadearon con triunfo. La odiaba, y punto.

Abrió la boca un par de veces antes de hablar. —Déjeme…déjeme limpiarme primero.
Se echó a reír y sacudió la cabeza. —oh, cariño, no te atrevas. Antes que esta tarde termine, planeo lamer cada centímetro de sudor de ese tenso y brillante cuerpo joven.

Casi vomitó su almuerzo.

Debió sentir que ella estaba a un segundo de echarse para atrás, porque dobló su dedo índice, haciéndole señas hacia adelante. —Sígueme, guapa.

Cuando se dio la vuelta y abrió la verja, ella la siguió.

Tres horas después, regresó a casa siendo una persona completamente diferente. Y la señora Garrison había perdonado todos los meses de alquiler atrasados con la condición de que regresara cada vez que la llamara de nuevo.
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Jue Mar 19, 2015 11:29 am

CAPITULO 1.
Dos años, tres meses y doces días más tarde…

Bien, así que tal vez estaba a punto de comenzar a babear un poquito cuando mi prima golpeó mi codo con el suyo, alejando mi atención del festín de mujer al otro lado del patio que podría haber estado posiblemente —es decir, totalmente— desnudando con la mirada.

— Niña, ni siquiera lo pienses. No podrías permitírtelo incluso aunque vaciaras todo el dinero en tu chanchito.
Parpadeé, me aclaré la garganta, y murmuré—: Lo siento, ¿qué?
— Dije: No. De ninguna manera. No puedes permitírtelo.

Arrugando la nariz, seguí mirándola porque, bueno, en serio, ¿cómo podría dejar de hacerlo? Era el ejemplo perfecto de la palabra sexy. En realidad, así la llamaría desde ahora: Sexy.

— ¿Qué? ¿Está, como, a la venta o algo? —Me reí disimuladamente ante mi propia broma.

Eva palmeó mi rodilla en un gesto que denotaba compasión. —Sí. De hecho, sí lo está.
Mi sonrisa cayó. — ¿Eh?

Sentadas en los banquillos fuera del edificio principal del centro formativo superior Waterford County, Eva y yo bebíamos nuestra dosis matutina de café y azúcar, discutiendo sobre quién llevaba los zapatos más lindos, cuando Sexy cruzó mi línea de visión en la esquina de mi ojo. La miré directamente para conseguir una mejor imagen y, sí… ¿Zapatos? ¿Qué eran los zapatos?

Pero, en serio. Era extremadamente hermosa. Con la correa de su bolsa de mensajera atravesando diagonalmente su pecho, se encontraba inclinada en una de las muchas estatuas de animales recubiertas de bronce mientras hablaba con un puñado de chicos.

Llevando un par de vaqueros y una simple camiseta, no debería sobresalir. Pero sobresalía. Oh, sí que sobresalía. Su oscuro cabello me llamaba… ¡Lenaa, Lenaa! Pasa tus dedos a través de mi salvaje, preciosa e incontrolada melena. Lo hacía. En serio.

Tal vez no tenía una detallada e íntima vista de ella. Quiero decir, ni siquiera podía divisar sus atributos faciales desde aquí —y un rostro llamativo era lo que generalmente atraía mi atención. Pero nada de eso parecía importar, porque tenía este presentimiento de que su sonrisa era totalmente rompecorazones.

Rompía mi corazón con cada segundo.

Había algo acerca de su aura que gritaba sensualidad, confianza, calidez. Irradió de ella en olas cuando se relajó en una cómoda posición, dejando que su brazo colgara alrededor de la estatua de un semental. La chica era una pieza de arte, y más atrayente que el pedazo de metal en el que actualmente soportaba su peso.


No podía alejar mis ojos de ella. —Sólo dime que no acosa y apuñala a sus ex.
—Nop —me aseguró Eva—. Ni siquiera tiene exs. Porque es una gigoló.


Oh, sí, lo dijo. En voz alta. En medio de un campus repleto. Como si fuese algo que decía cada día.


Alejé bruscamente la mirada de Sexy para mirar boquiabierta a mi prima, quien, de seguro, a veces decía cosas locas. Pero en serio, esta era su peor mentira. —¿Discúlpame?
Eva sonrió. —Vende su cuerpo por sexo.
Como si necesitara la definición de gigoló. Hola. —¿De qué demonios estás hablando?
—Estoy hablando de Yulia Volkova, la tipa a la que sigues acosando sexualmente con tus ojos. —Movió la cabeza en la dirección de Sexy, quien aún se hallaba inclinada contra la corcoveada estatua de caballo—. No puedes dejar de mirarla, lo sé. Estoy de acuerdo: es estupenda. Tuvo dos clases conmigo en la secundaria, y compartimos una clase de matemáticas de cuatro horas en mi segundo año, así que sí, he babeado por ella una o dos veces. Pero confía en mí, cariño, no está disponible. Porque es una maldita gigoló.

Cuando no hice nada más que parpadear porque, uhm, qué se suponía que respondiera, Eva añadió insistentemente—: ¡Estoy hablando en serio!

—Quieres decir, figurativamente, ¿cierto?
—Quise decir exactamente lo que dije; literalmente.

Arqueé una ceja. —Y… ¿sabes esto porque…?

—No sé. Sólo… lo sé. Todos lo saben. Excepto la policía, obvio. De otra forma, estaría en una celda por prostitución ilegal o algo. Es bien sabido que trabaja en el club Country como algún tipo de cubierta para tener citas con sus clientes, quienes son algunas de las más ricas y calientes mujeres en el condado que le pagan una gran cantidad de dinero para que las complazca… de cualquier forma que quieran. Estoy segura de que algunas de las compinches de mamá lo han tenido.

Mi boca cayó abierta. La escruté por todo un minuto antes de soltar una carcajada y golpear su hombro. —Oh, Dios mío. Eres tan mentirosa. Jesús, E, me tuviste por un minuto.
— ¿Qué? —Eva se las arregló para lucir insultada—. Juro por Dios que no estoy mintiendo. ¿Quieres ir a preguntarle? —Enlazó su brazo al mío y trató de levantarse, tirándome con ella.


Uhm, sí. Eso no iba a pasar. Estallaría internamente de una sobredosis de hormonas si me acercaba demasiado a Sexy ahora mismo. Era como acercarme demasiado al sol; probablemente me quemaría con uno de sus mortíferos rayos. Y no llevaba suficiente protector solar para ese tipo de acción.


Arrastré nuestros traseros hacia abajo de nuevo. —¿Qué crees que haces? No puedes simplemente acercarte a alguien y preguntarle si es un gigoló. —¡Jesús!

Eva respondió con su típico movimiento. Se encogió de hombros y lanzó su cabello por encima de su hombro. —¿Por qué no? Dudo que mienta sobre ello. Definitivamente no parece ser un secreto.


Lancé la cabeza hacia atrás y solté una carcajada. Pero, guau. A veces Eva era simplemente demasiado. Las cosas que podía imaginar eran, bueno… eran extravagantes. Me gustaba eso sobre ella, aún cuando me avergonzaba bastante. Tristemente, no era tan extrovertida como mi alegre colega. Era mucho más propensa a sonrojarme horriblemente que a hacer cosas extrovertidas. Quiero decir, no era tímida, pero no era para nada como Eva Mercer.

Como si sintiera mi sonrojo en ese segundo, Sexy —o como Eva la había llamado, Yulia Volkova— miró en nuestra dirección e hizo contacto visual.


Conmigo.


Dejé de reír. Dejé de sonreír. También podría haber dejado de respirar. Dios mío, la chica definitivamente sabía cómo mirar intensamente.


—Señor, ten piedad —murmuró Eva junto a mí.
No respondí —no podría haberlo hecho ni aunque quisiera. Me encontraba demasiado ocupada siendo electrocutada por dentro. Las puntas de mis dedos picaban y se enroscaban como si un hilo invisible cargado cinéticamente me atara a la tipa a cuarenta y cinco metros de distancia, quien parecía unirnos sólo con su mirada.


Sí, la química corriente entre nosotras era exactamente así de poderosa.


Ni siquiera exageraba… Bien, tal vez un poco. Pero no mucho.


Rompió la conexión para trasladar su atención a Eva. Jadeé por la liberación como si alguien hubiera arrancado una bandita de mi corazón. No es como si pudiera decirlo con exactitud, pero juré que sus ojos se estrecharon cuando se centró en mi prima. Me dio otra rápida mirada, la que repentinamente parecía llena de acusación, y se volteó rápidamente hacia el grupo, ignorándonos totalmente.


Ninguna mirada me había agitado tan profundamente antes.


Soltando una inestable respiración, puse una mano contra mi salvaje corazón. Si hubiera muerto y alguien hubiese utilizado un desfibrilador para traerme de regreso a la vida, no creía que me hubiera sentido más impactada como ahora. —Guau.
—Síp —murmuró Eva, sonando casi igual de afectada—. Creo que necesito un cigarrillo.
Me volví hacia ella y parpadeé. —Tú no fumas.
Rodó los ojos. —Lo juro, a veces no entiendo cómo estamos relacionadas. No se suponía que lo tomaras literalmente, ReeRee. Dios.


Mi cognición racional todavía se hallaba demasiado frita como para que pensara apropiadamente, así que apenas murmuré un—: Oh. —Luego me encogí de hombros—. Bueno, mis zapatillas de ballet todavía le ganan a tus sandalias.
—Sigue soñando —resopló—. Las sandalias están de moda. —Y con eso, volvió a mirar a mi chica.
—Lo que sea —murmuré con un petulante resoplido, luchando contra la loca urgencia de tirar su cabello y gritar que la había visto primero, o al menos recordarle que ella tenía novio—. Relájate, E. Sólo lo miraba. No es como si quisiera casarme y mudarme con ella. No estoy lista para una relación.
—Lo que sea —respondió, pero en un tono mucho más desagradable del que usé yo—. Te dije que era inalcanzable.


Maldita sea, ¿qué demonios se había colado en su cereal? ¿Y por qué seguía mirándola? En serio, me molestaba, porque en ese momento no pude evitar mirarla. Dos chicas mirando y hablando efusivamente de la misma chica era patético.


Oh, demonios, no importaba si quería acaparar todas las miradas lujuriosas para sí misma. De todas formas, me sentía un poco demasiada intimidada como para mirarla de nuevo. Quiero decir, ¿y si miraba de nuevo?


No estaba segura de si podría tomar ese tipo de conmoción dos veces en un día.

Asumía que nadie había sufrido una sobredosis por una mirada lujuriosa antes, pero con Sexy cerca, tenía el mal presentimiento de que probablemente había sido la primera.


Así que centré mi atención en mi horario de clases que bajé en el móvil dos punto cinco segundos antes de que estuviera intensamente consciente de la existencia de Yulia Volkova. Bebiendo el resto de mi café, busqué el número de sala de mi primera clase. El calor y el vapor de la bebida quemó mi garganta, pero recibí el dolor. Me mantuvo distraída de tú sabes quién.


Jadeando silenciosamente para aliviar mi inflamado esófago, parpadeé para alejar las lágrimas. —Entonces… —Me tomó unos pocos intentos antes de que pudiera añadir—: Dijiste que tenías literatura conmigo, ¿cierto?
—Cierto —respondió Eva. Por su susurrante respuesta, suponía que aún se encontraba ocupada mirándola.
—Bueno, comienza en… tres minutos. Tal vez deberíamos entrar. —En ese punto, cualquier cosa que consiguiera moverla y que apartara la mirada de mi chica funcionaría, incluso llegar temprano a literatura.

Localizando un basurero cercano, apunté y lancé mi vaso vacío, asestando perfectamente gracias a tres años en el equipo de básquetbol de la secundaria. —Bien, vamos —anuncié, recogiendo mi mochila y alistándome para levantarme.

Pero Eva se movió, acercando su cuerpo hasta que nos hallábamos cadera contra cadera. —Espera. —Su voz era baja y seria mientras su mano aterrizaba en mi pierna, sujetándome—. Está viniendo por este camino.

Soltando una temblorosa respiración, levanté la mirada. Había abandonado su estatua de caballo y caminaba por la acera hacia la entrada principal de la universidad. El problema era que el banquillo en el que nos encontrábamos Eva y yo se hallaba por el mismo camino. Iba a caminar justo junto a nosotras.


Nada más que tres metros nos separaban.

Querido Señor en el cielo, por favor rescátame. ¿Podría sobrevivir a tal proximidad?

Honestamente, no lo sabía. Mi pecho se movía rápidamente ante el repentinamente inestable ritmo de mi respiración.


—Mira esto —susurró Eva en mi oído.


La miré, esperando algún tipo de indicación para que me dijera qué hacer. Pero no parecía ni un poco consciente de mi inminente ataque de pánico. La chica lucía malditamente traviesa.


Agarré su muñeca. —Oh, Dios. ¿Qué vas a hacer?

Eva apenas mostró su infame sonrisa de gato Cheshire mientras posaba su mirada en Sexy. —Buenos días, Yulia—gritó.

Con cada músculo en mi cuerpo tensándose, enterré las uñas profundamente en su muñeca, advirtiéndole que se callara. Pero su saludo ya había llamado su atención.

Ella le echó un vistazo, su mirada indiferente. Alzando la barbilla de esa forma que los chicos hacían para saludar con su cabeza, asintió. —¿Qué hay?


Me derretí, y un soñador quejido se escapó de mi boca. Pero, guau, tenía una voz absorbente que combinaba con su cuerpo absorbente. Era profunda, pero delicada y demasiado pecaminosa para pertenecer a alguien tan hermoso.


Me hizo querer cerrar los ojos, y sólo… derretirme.


—Hoy luces bien —le dijo Eva, su tono lleno de ardides femeninas y una para nada disimulada invitación. Inclinando su rostro lo suficiente como para que la luz del sol iluminara su perfecta complexión, dejó que su hermosa melena platinada cayera sobre su hombro para mover su considerable pecho.
No podría haber sido más obvia ni aunque lo hubiera dicho en voz alta—. ¿Qué dices si nos saltamos las clases esta mañana y en su lugar hacemos algo… divertido?

Yulia Volkova resopló su interés al mismo tiempo que yo jadeaba—: ¡E! —De verdad iba a tener que recordarle que tenía novio, ¿no?


Ante mi siseado regaño, Sexy desplazó su atención hacia mí y repentinamente su mirada ya no era indiferente. Su intensa mirada me quemó, y sí, iba a necesitar todo un balde de la planta Aloe Vera para aliviar la deliciosa picazón que dejaría.


De nuevo, nuestra inmediata conexión me mantuvo prisionera. Su ardiente mirada me retuvo como si cada órgano en mi cuerpo pesara un millón de kilógramos. No podía hacer nada más que mirarla boquiabierta. Como un golpe en el plexo solar, me dejó jadeante. Respiré profundamente, intentando conseguir oxígeno.


Lucía incluso mejor a tres metros que a cuarenta y cinco metros de distancia. Separarse del grupo ni siquiera había disminuido su encanto. Y ese rostro. Lo juraba, los ángeles germinaron a su alrededor y comenzaron a cantar harmoniosamente adoraciones de ese gloriosa rostro.


Nariz recta, frente prominente, mandíbula definida. Incluso sus cejas eran. Simplemente perfecta.


Cuando alejó bruscamente la mirada, me sentí triste y abandonada. La miré caminar junto a nosotras y dirigirse directamente a la puerta delantera. Luego la vi desaparecer en el interior. Lamiendo mis sedientos labios, me giré hacia mi prima, aturdida.

—Bien —escuché decir a mi propia voz, el tono débil en mis oídos—. Tal vez podría creer que las mujeres le pagan por sexo.
—Diablos, sí —soltó Eva—. Si tuviera el dinero, definitivamente lo haría con ella.

Sonaba un poco demasiado dedicada en su declaración, así que golpeé su rodilla con la mía, aterrorizada. —¿Qué hay de Alec?

Me dio una mirada en blanco. —¿Eh? ¿Quién?

Arqueé una ceja. —Tu novio.

—Oh. —Parpadeando, pareció recobrar el sentido. Con un airado encogimiento de hombros, se levantó y puso la tira de su bolso con un fluido y elegante movimiento que sólo una supermodelo podría lograr—. Yulia no es nada más que un sueño. Como dije, nunca podríamos permitírnoslo.


Algo en la forma que en que lo dijo me hizo creer que en realidad lo había intentado. Eso me preocupó, pero no pregunté. Y gigoló o no, Sexy tenía un cartel que ponía “desastre” en su frente. Eva obviamente la había reclamado.


Por una vez en mi vida, ignoré mi curiosidad. Silenciosamente, troté con Eva hacia las puertas delanteras del centro formativo superior Waterford County, hacia mi nueva vida como Elena Katina.
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Mar Mar 24, 2015 8:43 pm

CAPITULO 2.

Hace un año, había tenido grandes planes de asistir a la universidad local en mi ciudad natal. Tenía un genial e impresionante programa médico, y había soñado con convertirme en una viróloga, una de esas geeks sorprendentemente geniales que ves en NCIS o algún tipo de programa televisivo, quien siempre está estudiando bacterias bajo un microscopio y resolviendo el crimen del día.

De todos modos, hace cerca de cuatro meses, mis planes de ese perfecto futuro habían cambiado. Drásticamente. Culpo a mi ex novio acosador psicópata. Quiero decir, claro, voy a tomar algo de culpabilidad al decir que era un poco demasiado abierta sobre decirle a todos a dónde quería ir a la universidad y lo que quería ser. Él sabría exactamente dónde buscarme, lo cual significaba que no podía ir allí.

Y sí, si hubiera rechazado de una Andrei ese día fatídico de mi primer año de secundaria cuando me invitó a salir, nunca hubiéramos salido, nunca se habría obsesionado, y yo habría podido ser capaz de evitar todo esto. Claro. Pero aparte de eso, él era la única razón por la que había perdido mi gran sueño.

Gracias a él, aquí estaba, oculta al otro lado del país, asistiendo a una pobre universidad comunitaria sin nombre, en un pueblo pequeño y viviendo sobre el garaje de mis tíos. Hablando sobre la zona más apestosa. Mi vida en los pasados meses no había sido como había imaginado que sería mi primer año de universidad.

Pero en serio, nadie había tratado de matarme aquí, así que supongo que no podía lloriquear y quejarme demasiado.

La fiesta de la lástima se acortó.

Después de literatura británica con Eva, tenía una hora libre antes de que mi clase de cálculo comenzara. Pasé ese tiempo en la librería. Como había sido contratada allí como estudiante asistente, todavía necesitaba hablar con mi nuevo supervisor sobre el horario. Así que lo hicimos, y estuve feliz de saber que podía hacer todo mi trabajo durante el día entre clases. Dejé mi reunión improvisada con diez minutos sobrantes para encontrar mi clase de matemáticas.

La encontré en cinco minutos. ¡Uff!

Mi profesor de cálculo se lanzó derecho sobre los números y ecuaciones tan pronto como revisó el plan de estudios. Era apasionado sobre sus números y también las ecuaciones, lo que me recordaba mucho a mi papá, y me puso un poco nostálgica. Pero el Dr. Kolarick nos mantuvo por casi cinco minutos más, lo que mi papá, que es consciente del tiempo, nunca haría. Para el momento en que nos dejó ir, la siguiente clase se había reunido en el pasillo y estaba lista para entrar.

Corrí, tratando de darme prisa desde mi asiento y llegar a humanidades. Pero tan pronto como me levanté y di dos pasos en el pasillo entre las hileras, una de las correas que colgaba de mi mochila quedó atrapada en una silla cercana y volteó la mochila, derramando todas mis pertenencias en el suelo. Horrorizada, me agaché y agarré frenéticamente mis cuadernos, textos, bolígrafos y pedazos sueltos de papel con garabatos embarazosos en ellos.

Descuidadamente metiendo cosas en mi mochila, estaba tan ocupada viendo lo que hacía que no puse atención hacia a dónde iba. Cuando me puse de pie, no vi a la chica viniendo por el pasillo para encontrar un asiento para la siguiente clase. Es decir, no la noté hasta que m estrellé contra ella, embistiendo a mi mochila contra un estómago firme y fuerte.

Ella gruñó de dolor, y grité por la sorpresa.

Me gustaría decir que generalmente soy más agraciada. Pero no soy la mejor mentirosa del mundo, así que sí, lo confieso; soy una total torpe. Perdiendo el control de mi mochila, cayó todo en el suelo. De nuevo.

Nota mental: Cerrar la cremallera de mi maldita mochila la próxima vez.

—Oh, Dios mío. Lo siento —dije, cayendo instantáneamente sobre mis rodillas—, no te vi. Lo siento tan…

Miré hacia arriba y olvidé lo que iba a decir.

A unos cuarenta y cinco metros, me había robado el aliento. A tres metros, había estado lista para tener sus bebés. A menos de un paso separándonos en ese estrecho pasillo entre los escritorios, allí me encontraba, sobre mis rodillas delante de ella.

¿Necesito decir más?

—Mierda —chillé.

¿Qué demonios hacía aquí? No se suponía que estuviera aquí. De acuerdo, tal vez sí. No sabía cuál era su horario de clases. Pero ciertamente no se suponía que estuviera tropezándome con ella… o sentándome sobre mis rodillas frente a ella con mi cara a escasos centímetros de su… Buen Dios, qué mortificante.

Sexy me miró, con cara de sorprendida como yo.

—Lo… siento… disculpa —dejé salir las palabras rápidamente y ciegamente alcancé mis cosas, inadvertidamente acercándome a su entrepierna mientras cogía un puñado de papeles sueltos.

Se tambaleó hacia atrás, desalojando dos de mis libros de texto que habían aterrizado en su zapatilla.

—¿Estás bien? —Me mordí el labio mientras levanté la mirada, esperando verme tan apenada como me sentía. Pero mirarla era siempre una gran distracción. Estaba tan sin aliento, que probablemente sonaba como una operadora del uno novecientos cuando le dije—: Lo lamento.

Tenía el aspecto de un salvavidas con su complexión delgada pero con la parte superior más amplia y músculos definidos cubiertos por una piel dorada deliciosamente bronceada. Su cara era su característica más atractiva. Su increíble bronceado hacía que el blanco de sus ojos y sus dientes perfectos se destacaran. También atraía más la atención hacia su labio inferior , y el intenso azul de sus ojos arriba.

—Estoy bien. —Me dio una sonrisa tensa. Una sonrisa del tipo “aléjate de mí porque hueles mal”.

Oh Dios. La repugno.

Finalmente se agachó y recogió los libros que se hallaban tendidos a sus pies. Cuando me los dio, murmuré—: Gracias. —Estaba determinada a no gritar en presencia de la hermosa gigoló a la que repulsaba.

Sin querer —sí, sin querer, ¡cielos!— mi mano rozó la suya mientras tomaba mis libros. Chispas de electricidad se dispararon por mi brazo. Jadeé y me eché hacia atrás rápidamente, sorprendida —literal y figurativamente— por la corriente que crepitaba entre nosotras. Casi me hizo tirar mis libros de nuevo.

Necesitando saber si ella también lo había sentido, levanté la mirada y aparté el cabello de mi cara, sólo para descubrir cuán tensa e incómoda se veía. Su cara se había ensombrecido hacia un rojo apagado como si estuviera sosteniendo el aliento para evitar olerme. Cada instinto femenino en mí quería estirar la mano y tocar las arrugas en su frente que aparecían mientras fruncía el ceño.

Debo. Calmar. A la sexy.

Pero en serio, ¿por qué fruncía el ceño? ¿Honestamente apestaba tanto? ¿O simplemente no le gustaba hacer chispas conmigo?

Ambas opciones apestaban.

Entonces lo supe. Tal vez ella no había sentido las chispas. Tal vez pensaba que la manera en que aparté mi mano de su toque magnético fue ruda. Ciertamente parecería descortés si ella no tenía idea de lo que pasaba en mi cabeza, que, guau, de verdad no tenía idea, ¿cierto?

Ups.

Abrí la boca para disculparme, pero se dio la vuelta sobre sus talones y se deslizó en la silla más cercana, evitándome al mismo tiempo que me daba un camino abierto hacia la salida —así podía dejarla en paz.

Parpadeé, decidiendo que ella era aún más rudo que yo. ¿Podría una palmadita de disculpa en el brazo o un simple “está bien”, sin un gran grito haberla matado? Lamentaba mucho haberme estrellado contra ella.

—Idiota —murmuré tan pronto como salí del salón y escapé.

Está bien, está bien, supongo que podía darle el beneficio de la duda. Todos los sexys merecían una segunda oportunidad, ¿cierto? Entonces… ella podría no ser una idiota. Yo había sido la que chocó con ella y botó un montón de libros a sus pies, y ella en realidad había sido lo suficientemente amable para agacharse y levantarlos por mí. Y sólo porque no era buena en toda la cosa de la comunicación y lo de “te disculpo” o que obviamente no podía sonreír, no lo hacía automáticamente una idiota.

Pero dolía considerar la posibilidad de que simplemente no le gustaba. Pensar en ella como una idiota asentaba mi ego de forma más agradable.

Así que sí. Era una idiota.

Levanté el cuello de mi camisa y la olí. Oliendo nada más que olor a detergente, un toque de mi loción de Sweet Pea, y desodorante de Brisa

Fresca, fruncí el ceño. No apestaba.

Definitivamente era una idiota.

Por suerte, el resto de mi día estuvo libre de derrames. No vi a Sexy, la idiota, de nuevo. Y nadie trató de apuñalarme hasta la muerte. Diría que eso es progreso.

El clima se había calentado considerablemente desde que dejé mi apartamento sobre el garaje esa mañana. Pero, guau, ¿Florida era caliente y bochornoso en agosto o qué? Estaba tan tentada a tirar de mi cabello en una cola de caballo para atrapar un poco de la brisa que mis dedos de hecho dolían por las ganas de comenzar a tomar mechones sueltos.

Excepto que la cicatriz en mi nuca seguía muy fresca —sólo cuatro meses. Cada vez que veía su reflejo en mi espejo de mano, la herida se veía oscura y fea. Así que las colas de caballo estaban completamente fuera de discusión. Si muchas personas la veían y hacían preguntas, podrían descubrir una de mis mentiras, y saldría la verdad. Eso no podía pasar. Nunca. Así que continué ocultándola cada día usando mi cabello suelto.

Eran casi las cuatro de la tarde cuando regresé a casa.

La tía Mads y el tío Shaw habían sido asombrosos al dejarme quedarme aquí. Había estado preocupada, de que todo el mundo me alejaría como si fuera una plaga por la sucia amenaza de muerte de Andrei cerniéndose sobre mi cabeza. Yo era peligrosa estando cerca. Pero los Mercer me habían recibido cuando más los necesitaba. Además no tenía que pagar renta, recibo del agua, de electricidad, o calefacción y el aire. La vida —en ese sentido— era bastante espectacular.

Mi mochila pesaba sobre mi hombro mientras subía por las escaleras afuera del garaje de mis tíos. Cuando llegué al rellano superior, tuve que girar la correa de la mochila para poder encontrar la llave de mi apartamento que tenía guardada en el bolsillo delantero.

Encontrándola exactamente donde la había guardado esta mañana, saqué el llavero, entrecerrando los ojos cuando el área bronce brillaba con la luz del día, cegándome momentáneamente hasta que la metí en la cerradura y abrí la puerta.

Tan pronto como entré, quedé congelada.

El periódico que había traído el fin de semana para buscar un par de trabajos de medio tiempo, ya no se hallaba en la mesa del desayunador, doblado ordenadamente donde lo había dejado esta mañana. Las páginas estaban abiertas y esparcidas sobre el suelo mientras que una página colgaba a la mitad de la mesa.

Alguien había estado en mi apartamento.

El miedo me paralizó en oleadas surrealistas. Había entrenado para esto, entrené todo el verano con Eva y la tía Mads en una clase de defensa personal. Y en ninguno de mis cursos, el entrenador había dicho que me quedara congelada como una estúpida cuando la amenaza de peligro crecía. Finalmente, sacudí la cabeza, negándolo. No podía haberme encontrado. Todavía no. Seguía al otro lado del país con ninguna idea de con quién o dónde estaba.

¿Cierto?

Traté de salir del apartamento; me dije a mí misma que corriera. Pero mis zapatillas brillantes de ballet no se movían. Sólo me quedé allí, demasiado asustada para moverme, o gritar, o incluso pensar.

Entonces la ventana del aire acondicionado se encendió. La repentina explosión de aire frío provocó que el último pedazo de periódico se elevara fuera de la mesa y volara por la habitación hasta que flotara hacia abajo, agregándose al actual desorden en el suelo.

Un sollozo de alivio gritó desde mis pulmones mientras me cubría la boca y me desvanecí contra el marco de la puerta.

No era un intruso. Sólo había sido el estúpido aire acondicionado. Y, por supuesto, el aire no había estado encendido esta mañana cuando salí —no había estado lo suficientemente caliente para encenderlo— así que no podría haber sabido que volaría el periódico hacia el suelo.

Menos mal.

Pero en serio, hablando de la ciudad cardíaca.

Débil por el repentino aumento de la sangre por mis venas y luego la repentina liberación, me tambaleé dentro del apartamento. Después de cerrar de golpe la puerta, la cerré con llave y con el cerrojo. Luego colapsé en el sofá echa un completo desastre.

Me quedé allí por diez segundos, tratando de luchar contra la sobredosis de adrenalina en mi sistema. Pero sentía ojos mirándome desde cada esquina, así que salté y decidí que no me lastimaría hacer una rápida revisión por el apartamento para asegurarme de que no merodeaba nadie.

Después de lo que había sobrevivido, era inteligente permanecer paranoica.

El susto del periódico me dejó nerviosa. Tratar de hacer la tarea era imposible, así que pasé algún tiempo escribiendo en mi diario y firmando mi nuevo nombre en una hoja.

Mamá me había dado instrucciones de hacer esto como un intento de ayudarme a acostumbrarme a ello. —Cuando recién me casé, usaba mi nombre de soltera más que nunca en esos primeros cinco años. No fue hasta que comencé a escribirlo todo el tiempo que finalmente me acostumbré. Bueno, no me había casado como ella con el fin de obtener un nombre nuevo, y no tenía cinco años para aclimatarme de ser Lena Katina. Ya que lo había cambiado legalmente para escapar de un ex novio psicótico acosador, necesitaba acomodar mi mierda casi de inmediato.

Llené dos páginas y traté cerca de cincuenta estilos de firmas diferentes.

Acababa de decidir que podía tener muchísima diversión firmando la E de Elena que la aburrida y vieja T que había tenido antes, cuando sonó mi celular.

El número que aparecía en la pantalla no estaba guardado en mi libreta de direcciones. Al instante me puse cautelosa. Pero el sábado apliqué para algunos trabajos, así que —manteniendo mi voz baja y difícil de distinguir— contesté con la esperanza de que fuera alguien contactándome por un trabajo. Y tú que sabes, ¡era así!

Mi trabajo como estudiante en la librería de la universidad sólo cubría diez horas a la semana. Eso era apenas dinero para el café. Con mi mamá y papá pagando la cuota y seguro de mi auto, además de enviarme un subsidio mensual de gasolina, estaba bien aquí. Era la comida y todo lo demás por lo que tenía que preocuparme. Y honestamente, después de mi primera aventura al supermercado con E este verano, me sentía escandalizada por cuanto costaba la comida.
Nunca iba a volver a quejarme de que mi mamá nunca me hubiera comprado mi marca de cereal favorita y mi jugo de naranja. Las marcas estaban totalmente sobrevaloradas. Excepto cuando se trataba de ropa. O zapatos. O tocino.

De acuerdo, de acuerdo, amaba todas mis marcas. ¿Por qué, oh, por qué tenían que ser tan apestosamente caras? Por decir lo menos, un trabajo de diez horas a la semana con un sueldo mínimo no sonaba como si fuera a cubrir mis preferencias lujosas, especialmente una loca emergencia de compras o un viaje al estilista, los cuales Eva y yo hicimos la semana pasada. Oye, no podía hacer nada si mi prima era una chica rica y malcriada que necesitaba desprenderse de su efectivo frecuentemente o podría enfermarse físicamente, y sentía la necesidad de arrastrarme con ella a cada tienda y centro comercial que patrocinaba.

Tenía que ser la buena amiga de apoyo e ir con ella, ¿no? Bueno, fui con ella de todos modos.

Así que sí, me emocionaba escuchar a Larissa. Una madre soltera con una hija de doce años, que tenía un trabajo de tiempo completo en una fábrica de vidrio. Pero también trabajaba cada lunes, miércoles y viernes en las noches como mesera en un café toda la noche.

Como su última niñera se fue hacia Gainesville para asistir a la Universidad de Florida, dejó una gran vacante… para mí, esperaba.

Tuve algunas buenas vibras de la señora, y sé que la impresioné con mis credenciales.

—Sé RCP y tengo entrenamiento de primeros auxilios, además solía cuidar a un niño con necesidades especiales que tenía autismo cuando iba a la secundaria. También trabajé como salvavidas en la piscina de mi ciudad natal durante un verano, así que si tiene piscina, podría manejarlo totalmente.

Oh, cómo podría manejar eso.

Por favor, por favor, ten una piscina.

No tenía piscina, pero estaba bien, porque dijo—: Bueno, ciertamente suenas más calificada que otras solicitantes que hemos tenido. ¿Puedes empezar el miércoles?

Mi corazón latía con fuerza y feliz en mi pecho. Haciendo un puño mi mano, pronuncié la palabra: ¡Anota! mientras que en voz alta, me quedé mucho más profesional. —Claro. Siempre que me necesite.

Y así tuve dos trabajos para el semestre. Estaba muy emocionada al respecto… hasta que llegué a la casa de mi nuevo empleo.
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Lun Mar 30, 2015 4:40 pm

CAPITULO 3.



Aparecí treinta y cinco minutos más temprano el miércoles. Larissa, como la señora insistió en que la llamara, me pidió que llegara una hora antes de lo usual porque necesitaba darme instrucciones antes de irse. No estaba segura de cuántas instrucciones necesitaba para un niño de doce años, pero iba a averiguarlo.

Vivía a menos de diez minutos de los Mercer, lo que ayudaría bastante durante el invierno en caso que el clima se pusiera mal y las condiciones de las calles fueran…Espera. ¿Qué decía? Esto era Florida. Ya no me encontraba en el medio oeste. Un invierno desagradable aquí era probablemente estar a cuatro grados con una ligera brisa.

De acuerdo, entonces tacha esa última parte.

El corto trayecto me… ayudaría a ahorrar un montón de dinero en gasolina. Sí.

El vecindario era lindo, con esos césped tendidos y enormes, y hermosas casas alineadas y amplias, calles bien pavimentadas. Comencé a emocionarme, pensando que me relajaría en los sofás extra grandes de cuero y miraría los shows por la noche en televisiones de grandes pantallas mientras comía palomitas gourmet después de que mi pupilo se fuera a dormir. Pero entonces me estacioné enfrente de la dirección correcta, y mis esperanzas se destrozaron. Kapum. De pronto recordé que Larissa era una madre soltera quien debía tener un segundo empleo para mantener a su familia. Sin sofás extra grandes de cuero para ella. O para mí.

Su casa era obviamente propiedad del vecino de la derecha porque el estilo de la arquitectura más los esquemas de colores azul y blanco de ambas casas, encajaban. Deduje que su casa debía ser una antigua casa de invitados que el propietario había puesto en renta.

Enganchando en mi hombro la cadena de mi Prada en rebaja, miré a mi auto y fui penosamente hasta la puerta delantera. El señor Landlord de la derecha era un idiota total. Su propia casa estaba recientemente pintada, mientras que el revestimiento desgastado de su casa de invitados se había comenzado a pelar en algunas zonas, y el césped lucía manchas marrones de hierba muerta.

Di un salto sobre un profundo abismo gigante que se podía considerar una pequeña grieta en la acera, cuando la puerta delantera se abrió. Una mujer de treinta y ocho años, si mi radar interno de detección de edad leía correctamente, me miró. Era delgada y tenía el cabello oscuro levantado en una alegre cola de caballo.

Lo sé, lo sé. Mi propio cabello se sentía celoso por hacer lo mismo. Algún día, juré, volvería a recoger mi cabello.

A pesar de las cerraduras infantiles, sus ojos parecían cansados y estaban doblemente llenos de fatiga, mientras que sus hombros se encorvaban como si cargaran el peso del mundo. Pero tenía una sonrisa amigable, así que instantáneamente me agradó y me sentí mal por ella en partes iguales.

Sólo se veía tan cansada y desgastada.

—¿Elena? —preguntó.
Asentí e hice mi propia suposición. —¿Señora Arnost?
—Oh, sólo Lari. —Escuchar mi apellido la hizo sonreír con una expresión dolida, pero entró y abrió más la puerta para dejarme entrar.

Su apellido debió acomodarle o tal vez le trajo recuerdos de un mal cónyuge. Esta era la segunda vez que me pedía usar su nombre… un poco demasiado forzada.

—Correcto. —Me agaché—. Lo siento. —Definitivamente no cometería este error de nuevo.

Con un asentimiento de disculpa, me hizo pasar graciosamente a la casa. Por alguna razón, instantáneamente olfateé enfermedad. Aspiré profundamente, recordando uno de mis amigos de la infancia que tenía un hermano pequeño con leucemia. Siempre había una esencia estéril de medicina en el aire cuando lo visitaba. El mismo ramo farmacéutico colgaba en la entrada frontal de la casa de Larissa, diciendo que quien viviera aquí no era cien por ciento saludable.

Mirándola, revisé un poco, preguntándome si estaba bien. ¿Tenía cáncer? Eso definitivamente contaba para la cansada mirada raída en ella.

—Sarah regresó —dijo, dándome casi una mirada de culpa antes de indicarme que siguiera mientras caminaba por un pasillo largo, angosto y oscuro.

Cuando nos acercamos a la habitación iluminada al final, escuché una voz diciendo—: Oye, sé que querías irte a esa fiesta de pijamas a la que tus compañeras de clase no te invitaron, pero no te preocupes, de acuerdo. Apuesto que no te pierdes nada de diversión, digo, qué clase de…
—¡Yulia! —interrumpió Larissa a la hablante, sonando sorprendida mientras entraba en la cocina justo por delante de mí—. Ahí está. No me di cuenta de que seguías en casa. Pero ya que estás aquí, la nueva niñera llegó, y me gustaría que la conocieras.

Al escuchar ese nombre, me tambaleé y tropecé con mi propio pie antes de chocar contra la pared, golpeando un portarretratos de una Yulia joven.

Sí, una Yulia Volkova, como la Sexy de Waterford Country Community College.

Me quedé boquiabierta ante el rostro en la fotografía, además, ahh, era una lindita aún con dos dientes frontales, y de pronto, no quería entrar a la cocina. Pensando rápido, intenté idear un plan para no salir del pasillo. Pero honestamente, no había forma de evitarla, a menos que quisiera abandonar este trabajo de niñera por completo. Lo que se vería totalmente irresponsable e impropio de mí.

—¿Lena? —preguntó Larissa, su voz llena de consternación mientras aparecía en el pasillo abierto—. ¿Estás bien?

No, en realidad no. Pero asentí y entré en la sala, jalando mi blusa mientras entraba, con la esperanza de no lucir como una idiota total. Pero cuando mi mirada se encontró con un par de familiares ojos azules, experimenté un mal caso de vómito verbal. —Estoy bien, sólo soy la reina de la torpeza. —Y una idiota total.

—Lena —dijo Lari de nuevo, esta vez con diversión en sus ojos—. Este es mi hija, Yulia. Trabaja la mayoría de las noches en el Country Club, así que tal vez la veas o no, yendo y viniendo cuando sea que estés aquí. Yulia, ésta es Elena Katina.

Yulia me miró boquiabierta, con la expresión más horrorizada que creo haber visto alguna vez. Un segundo después, agitó la cabeza y se aclaró la garganta antes de desviar la mirada y murmurar distraídamente—: Hola.
—Ho-hola —grazné.

¿Pero qué demonios? ¿Sexy era la hija de Larissa Arnost? Eso no era posible. No tenían el mismo apellido.

Aún así sabía que esto era una gran e incómoda coincidencia, me sentí engañada.

Con ella engalanada en su uniforme de trabajo, un polo azul pálido con un logo ovalado de Waterford County Country Club sobre su pectoral izquierdo y pantalones caqui para combinar, de pronto recordé que Eva había dicho que ella era un gigoló.

Santa mierda, no me había estado mintiendo sobre el asunto del Country Club; qué si no mintió sobre…

Mis ojos se hicieron más grandes. Y los suyos se estrecharon mientras miraba a otro lado, sus labios se presionaron juntos como si pudiera leer mi mente.

—...Yulia justo comenzó las clases en el colegio de la comunidad este semestre —me decía Larissa—. Yo… creo que tal vez ya se han visto por ahí en el campus.
—Tú arrojaste una bolsa llena de libros en mi pie antes de la clase de cálculo el lunes —Me recordó secamente.
—Cierto —concordé lentamente antes de dejar escapar una pequeña risa culposa—. ¿Esa eras tú, no? Sí, lo siento… otra vez.

Su mirada era ligeramente hostil, diciéndome que no le impresioné en lo más mínimo. Pero aún tenía un impulso poderoso.

Cada vez que ella miró a Eva ese primer día de clases, era como si estuviera mirando directo a través de ella. Conmigo, era completamente lo contrario.

Me vio. Simplemente no aprobaba lo que veía, por alguna razón desconocida.

—Oh, entonces ustedes ya se conocían. — Larissa parecía complacida de escuchar esto—. Eso es genial.

Le di una mirada horrorizada para hacerle saber que estaba loca. Yulia y yo ciertamente no nos habíamos “conocido” antes. Pero ella estaba demasiado ocupada señalando algo que ella bloqueaba con su cuerpo como algún tipo de mama oso.

—Supongo que eso nos deja una presentación. Elena, ella es Sarah. —Tomando el brazo de Yulia, Larissa arrastró su resistente cuerpo a un lado para revelar a una pequeña niña sentada en una silla de ruedas detrás de ella.

Sí, dije silla de ruedas. Sarah, la niña de doce años a la que se supone que cuide, sentada en una silla de ruedas.

Esto no lo había esperado.

Tratando de no mostrarme perturbada, junté mis manos y le di a la niña una sonrisa enorme que estiró mis labios en proporciones inesperadas. —Hola, Sarah. Estoy muy feliz de conocerte —dije tranquilamente cuando por dentro, gritaba: Oh por Dios, Oh por Dios. ¿Por qué Larissa no mencionó esto en la entrevista telefónica?

Como respuesta, Sarah agitó sus manos y cabeza, miembros y cuello forcejeando sin control mientras su torso se ponía débil y flojo. Un lento, e ilegible sonido, como una vaca enferma por drogas, sonó desde su garganta.

No estoy muy segura, pero creo que dijo—: Hola.

Me asusté.

¿Cómo demonios se supone que atienda las necesidades especiales de una niña en silla de ruedas? No estaba entrenada para eso. Artie, un niño autista que cuidé una o dos veces hace dos años, había tenido un caso tan leve que algunas veces olvidaba totalmente que era diferente. Pero no habría manera de olvidarlo con Sarah. No sabía lo primero de… bueno, lo que sea que tenga.

—Sarah, ella es Lena. —Larissa se hallaba en cuclillas a su lado y puso su mano amablemente en el hombro de la niña—. Se va a quedar contigo por las tardes ahora que Ashley se fue.

Le sonreí alentadoramente a Sarah, esperando que entendiera que yo era una buena chica, esperando que entendiera cualquier cosa. Sarah gimió otro sonido inarticulado que no me dio demasiada esperanza de un gran espacio para respirar.

Demonios. ¿Por qué Larissa había ocultado este secreto?

Yulia esnifó. No me pregunten cómo lo sabía, pero sentí una brisa de enojo atacándome desde su dirección, así que la miré. Me miraba con mucho enojo reprimido y de hecho retrocedí. Pero el significado de su mirada era claro. Si hacía cualquier cosa para lastimar a su pequeña hermana, me haría arrepentirme.

Estuve tentada a levantar los pulgares como señal de mensaje recibido pero me contuve. Mal momento y todo eso.

—Sarah tiene PC —dijo Lari.
—Oh. —Asentí como si supiera de lo que se trataba e inconscientemente me gire a mirar a Yulia con un gesto de cuestionamiento en las cejas.
—Es la forma corta para parálisis cerebral —dijo, su voz demasiado cerca de ser un reto, invitándome a salir corriendo y gritando de la casa.

Excepto que no era exactamente del tipo de correr y gritar.

Otra vez, asentí como si entendiera totalmente y no tuviera problema con ello. Sin embargo, ¿qué demonios es la parálisis cerebral? He escuchado el término muchas veces pero no tengo idea de qué conlleva.

—Es un desorden muscular —respondió Larissa ante mi pregunta no hablada—. Sarah nació prematura, y eso afectó la parte motriz de su cerebro, afectando los músculos de todo su cuerpo, desde sus extremidades a su tronco, incluso su lengua y los músculos oculares. Le toma un gran esfuerzo simplemente hablar, o masticar, incluso parpadear.

Ohhh. Es bueno saberlo. Pero pobre Sarah. Ese estilo de vida debe apestar a trasero de mono. La miré con una sonrisa compasiva, que pareció darle a su hermana algo de furia.

—Necesito irme —habló de pronto, como si no pudiera manejar mantenerse en la misma casa conmigo un segundo más.
Agachándose un poco para besar la mejilla de Sara —y oh Dios, cuán bien le quedan esos pantalones en el trasero— a la perfección, dijo—: Cuídate niña. —Antes de levantarse y agarrar sus rizos color cobre. Luego miró a su madre y le dio un adiós con la mano.

Cuando se giró hacia mí, porque lo tenía que hacer ya que me encontraba en el pasillo de la entrada, sus ojos eran tempestuosos y llenos de precaución silenciosa. Ni siquiera asintió mientras me rozaba para pasar antes de desaparecer en el pasillo. Un segundo después, escuché la puerta delantera abrirse y cerrarse. Y se había ido.

Me sentí confundida después de que se fuera, pero su madre no pareció notar nada raro.

—Así que este es el pizarrón de notas de Sarah —me dijo. Me forcé a poner atención, sin perder ninguna información vital—. Si tiene problemas entendiendo algo que dices, puedes señalar una imagen para comunicarte. E igualmente, ella puede hacer lo mismo con intención de responderte.

Asentí, absorbiendo todo lo que pude.

—Sus compras ya están hechas. Tengo su comida preparada y guardada en el refrigerador. Sólo basta con sacarlo. Lo guardamos en la alacena. —Larissa se detuvo para abrir la puerta de un gabinete cercano para poder señalar de lo que hablaba—. Y dáselo en la boca. Probablemente intentará hablarte, diciendo que la dejes hacerlo sola, pero créeme, es menos desastroso si lo haces tú. Asegúrate que coma en media hora. Su merienda es a las 20:30 cada noche.

Otro asentimiento. ¿Entendía lo suficiente? Todavía me encontraba muy sorprendida, sentí como si me estuviera olvidando de más cosas de las que retenía. Media hora no parecían suficientes para aprender a cuidar a la hija de Larissa.

Pero ella parecía pensar que lo haría muy bien mientras me mostraba la silla de baño para Sarah en la tina del baño y me explicaba la rutina de la niña.

—Lavar sus dientes es importante. Pero hemos estado teniendo problemas usando el cepillo dental. Suele dejar que Yulialo haga. Pero recientemente, ni siquiera puede hacer que abra la boca. Simplemente no le gustan las cerdas. Así que usa un bastoncillo de algodón y pon algo de pasta, si tienes. Sólo haz lo mejor que puedas, y cuidado con esta mordedora. —Con una sonrisa, dio un golpecito en la mandíbula de Sarah—. Puede morder.

Oh, qué bien. Esperaba por el resto de la tarde y más. No.

Nos movimos por la casa, Larissa hablando rápidamente mientras empujaba la silla de ruedas por delante de ella, haciéndome olvidar cada vez más lo que había dicho ya. Mientras entramos en la puerta delantera, Larissa detuvo a Sarah delante de la televisión en silencio y me sonrió.

—Oh y si tiene una convulsión —añadió mientras se ponía su delantal café y agarraba su bolsa de la mesa del café—, no intentes detenerla, porque no podrás. Sólo asegúrate que no pueda dañarse y espera. Llama al 911 si cambia de color o si tiene más de uno.

Con eso, besó la mejilla de Sarah. —Cuídate, gatita. Estaré en casa cuando te despiertes en la mañana.

Y estaba afuera.

Me dio pánico. Las convulsiones no deberían estar en un comentario de despedida, decidí. Las convulsiones eran aterradoras. Y serias. Justo me acababan de dejar sola con un niño con PC y no tenía idea de cómo siquiera hablarle a alguien que tenía convulsiones.

Me giré lentamente de la puerta, rogando cada segundo que no le fuera a dar un ataque.

—Entonces… —Mi voz tembló mientras juntaba las manos. Tenía miedo de acercarme a ella, y no tenía idea de por qué. No olía mal ni nada. Sabía queno era contagioso. Yo era sólo… ignorante.

Pero extendí los brazos tanto como pude sin acercarme demasiado y señalé una imagen en el pizarrón. —¿Quieres ver televisión? —pregunté en voz baja y lenta.

Sarah quitó el pizarrón de su regazo con una mano agitándose, supuse que lo hizo a propósito. Luego murmuró la palabra “no”, y a pesar de todo el movimiento de su cabeza, podría decir que me puso los ojos en blanco.

Sí, lo hizo. Puso sus malditos ojos en blanco.

La niña pensaba que yo era incompetente. Y eso era inaceptable. Yo era una de las personas menos incompetentes que conocía.

Pero realmente, esa cosa del movimiento de ojos justo a la medida de un movimiento de rebelión me calmó más que cualquier cosa desde que llegué a la casa Arnost. Era el comportamiento de un pre adolescente. Y, entendía, el comportamiento comprensible.

Estrechando los ojos, sonreí. El juego comienza, mocosa.

—Entonces… los escuché a ti y a tu hermana hablar de que todas tus amigas están en una pijamada esta noche —comencé, cruzando los brazos sobre mi pecho en una forma de “ah toma eso”—. Y no te invitaron.

Dejó salir un gruñido, diciéndome que caminaba sobre campo peligroso por sacar ese tema tan sensible.

Hice un sonido de simpatía con la lengua y me senté en la silla frente a su silla de ruedas para que pudiéramos estar a la misma altura. —Eso está muy mal, ya sabes. Apuesto a que están teniendo mucha diversión en estos momentos, maquillándose y peinándose unas a otras, tal vez teniendo una fogata en el patio trasero y comiendo pastelitos mientras cuentan historias de fantasmas. —Me estremecí por el efecto, creyéndolo de verdad.

Pero luego ocurrió la cosa más aterradora. Tristes y grandes lágrimas brillaron en los ojos de Sarah. Cuando parpadeó para alejarlas, mi garganta se secó.

Ahora yo tenía una cara de idiota total.

Aquí, intentaba demostrar que no era una niñera patética y fácil de convencer, y mi cuidada había sufrido de un, juro por Dios, corazón roto.

Avergonzada de mí misma por ser tan cruel, me callé y me aclaré la garganta.

Tenía que arreglar esto. Ahora.

Y de pronto, como si el dios de los genios me hubiera visitado, tuve una idea. Sabía que tenía momentos ocasionales y raros de brillantez, claro, pero este se llevaba el premio.

—Sí, eso es malo —repetí con el mismo tomo falso-compasivo que había usado—. Porque esas chicas no van a tener tanta diversión como nosotras tendremos esta noche. —Luego dejé salir un sonido entusiasta y me puse de pie—. Comencemos con la fiesta.

Sara me miró con un gesto de confusión en su rostro.

Suspiré y rodé los ojos. —Vamos a peinarnos y maquillarnos. Lo juro, tengo todo un kit de cosméticos en mi bolso. No necesitamos un montón de chicas tontas para divertirnos. Podemos hacerlo solas.

Antes que ella pudiera vetar la idea, corrí a mi bolsa que dejé en el piso frente a la puerta y regresé a la silla a su lado, sacando todo lo que tenía y poniéndolo en la mesa del café.

—Siéntate aquí —ordené como si ya no estuviera sentada—. Y te pondré bonita.

Eso también fue lo que pasó. Parloteé y le apliqué mientras ella escuchaba.

—La clave para maquillarte —murmuré diez minutos después, poniendo la boca de la forma en que quería la suya mientras le aplicaba brillo en sus labios—, es que lo hagas ver como si no estuvieras usando nada. Digo, para ser honesta, si no vas a salir a un club, demasiado maquillaje estos días de mal gusto.
—Entonces… por qué… usar…

Ya que una pregunta larga le representaba un gran esfuerzo, esperé, interrumpiendo. —¿Por qué usarlo?

Cuando asintió, haciéndome saber que era exactamente lo que le causaba curiosidad, sonreí. —Oh, Sarah, Sarah, Sarah. Tengo tanto que enseñarte, mi pequeña saltamontes. Ya ves, la belleza lo es todo al ojo del espectador. Algunas personas creerán que eres adorable sin importar cuánto te arregles. Otros pensarán que eres horrible. No importa quién seas. Sólo es una cosa de la vida. Así que, honestamente, la única opinión que realmente importa es la tuya propia. Y digo… mientras te sientas bonita, lo serás. Cuando te tomas tiempo especial para arreglarte por las mañanas, es más fácil sentirte así. Levanta tu barbilla para mí, ¿podrías, preciosa?

Estaba muy segura de que mi agotador discurso de la vida y la belleza escandalizaría a la mamá de Sarah. Pero… Larissa no estaba aquí, así que lo dejé salir mientras agarraba su barbilla para mantenerla tan estable como fuera posible cuando intentara moverse pero casi no lo logré.

Cuando juguetonamente polveé su nariz, soltó una risita ronca, pareciendo un gemido.

Creo que me encantó su risa.

—Ahí —murmuré, levantando su cara de derecha a izquierda mientras examinaba cada centímetro en busca de errores. Sorpresivamente, no encontré ninguno—. Eres simplemente hermosa, cariño.

Y de verdad lo era. Había cierto brillo en sus perfectamente formadas mejillas. Podía ver cuán parecida era a Yulia. Ambas tenían ojos azules y cejas oscuras. En Yulia, las cejas negras lucían sexy. En ella, quisiera haber sacado mis pinzas de depilar y comenzar a quitarle algunas, pero aun así le daban cierta característica de encanto. Se veía increíble.

—Siempre siento ganas de bailar mientras me maquillo sólo por diversión —le dije—. ¿Sientes ganas de bailar?
Asintió y sonreí. —Bueno, entonces ¿qué estamos esperando, pequeñina? Vamos a mover el esqueleto.

Agarrando su silla de ruedas, la llevé por el pasillo y de regreso a la cocina, la cual tenía un gran espacio abierto en el centro. Puse algo de Flo Rida en mi iPhone, lo puse a todo volumen, y tuvimos un “Good Feeling”. Agarrándonos de las manos, dimos vueltas por el linóleo, bailando en nuestra forma.

—Sólo… Yulia… baila… conmigo —confesó unos minutos más tarde cuando me dejé caer a su lado en una silla de cocina, exhausta después de nuestro entrenamiento.
Algo cálido y tenso corrió a través de mí ante su mención. —¿Es cierto? Eso es bueno. —Cogí una galleta del centro de la mesa, intentando sonar indiferente al respecto, cuando en realidad quería decir ooh y ahh y dejar escapar lo mucho que aumentaba mi enamoramiento por ella en ese mismo segundo—. Parece una buena hermana.
—Es la mejor. —También agarró una galleta y empezó a masticar.

Me quedé inmóvil, sin saber si las galletas estaban permitidas. Quiero decir, si su cena tenía que ser mezclada, la comida sólida debía ser tabú. ¿Cierto?

Pero me sonrió cuando se comió todo. Así que, le sonreí.

Y la vida era buena.
A partir de ahí, nuestra noche mejoró. Encontré una linterna y puse un vaso rojo sobre ella antes de dejarla en medio del piso de la sala de estar, mi muy segura interpretación de una fogata. Usando las muñecas de Sarah como personas, organicé nuestra pequeña fiesta en un círculo alrededor de la pseudo fogata. Luego, ayudé a Sarah a sentarse en su silla y le apoyé la espalda contra el sofá con suficientes almohadas a cada lado para evitar que se diera vuelta.

Comimos la cena ahí, ella sostuvo nuestra taza, por supuesto, sin derramar nada; y le conté la historia del fantasma del brazo de oro. Amaba cada segundo y a decir verdad, discutió conmigo cuando insistí en que era la hora del baño. Pero terminó siendo útil y señaló la ubicación de las cosas cuando necesité saber dónde se hallaban el jabón y el champú.

En el momento en que la llevé a la cama, ambas estábamos agotadas. Se quedó dormida casi de inmediato y me quedé con ella por un minuto, impresionada por una niña tan maravillosa y dulce. En realidad quería abrazarme y darme un beso de las buenas noches, y sólo nos habíamos conocido por un par de horas. Cuando dijo “te quiero” en mi oído justo antes de dormirse, casi me puse a llorar.

Creo que también la quiero; es simplemente demasiado preciosa para no hacerlo.

Con cuidado aparté el cabello de su cara, puse un beso en su sien y la dejé durmiendo plácidamente.

Me acomodé en el sofá y cerré los ojos para recuperar el aliento. Y al igual que Sarah, me dormí casi de inmediato, agotada por toda la energía que había puesto en el entrenamiento de mi nueva amiga. Pero algo me sobresaltó, un sueño confuso en donde Andrei me fijaba a la puerta de mi dormitorio de infancia y abría su navaja con una mueca malvada. —Te dije que intentar deshacerte de mí sería un gran error.

Una tenue luz brillaba desde el pasillo, dándome una perspectiva sombría y penumbrosa de la sala de estar Arnost. No tenía idea de qué hora era, pero sentí que era tarde. Aturdida y desorientada, me di la vuelta y bostecé. Empecé a sentarme cuando escuché un ruido en la parte trasera de la casa.

Un golpe y luego una madera siendo arañada, me alertó.

Eso no sonaba bien.

Entré en pánico porque había dejado mi bolso en la cocina cuando Sarah y yo habíamos bailado más temprano, y la cocina se encontraba demasiado cerca de donde se había originado el sonido. Mi spray de pimienta, arma de electrochoque y teléfono celular estaban ahí.

Demonios, sí. Era dueña de un arma de electrochoque. Mi sicópata ex novio acosador había intentado matarme hace cuatro meses.

Lo que era peor, de repente no podía recordar nada de lo que aprendí en el entrenamiento de defensa personal.

Oh, Dios. ¿Cómo se supone que proteja a Sarah? ¡Sarah! Espera, ¿y si había conseguido de alguna manera salir de la cama, y había regresado, herida? Tenía que saber lo que era ese sonido. Pero, Señor, no estaba segura si tenía el coraje para averiguarlo.

Para estar en el lado seguro, agarré una de las muñecas que habíamos usado para nuestro campamento que seguía sentada en el piso con su espalda apoyada contra el centro de entrenamiento. Luego, me acerqué al pasillo, asustada hasta la muerte.

Pensando primero que la seguridad de Sarah era lo único que me daba las agallas que necesitaba para avanzar, ya que si Andrei me había encontrado y seguido hasta aquí, no había forma que lo dejara estar en cualquier parte cerca de esa dulce e inocente niña.

Me detuve en la puerta parcialmente cerrada de su cuarto, conteniendo la respiración, medio esperando que estuviera adentro y a salvo, y medio esperando a que no, porque si no era ella quien hacía ese ruido, ¿entonces quién demonios era?

Le di un codazo a la puerta para que terminara de abrirse y me asomé en la oscuridad. La luz de noche conectada a la pared reveló perfectamente un bulto del tamaño de Sarah en la cama. En seguida, cambió de posición, haciendo que el colchón y las sábanas se movieran ligeramente.

De acuerdo, entonces ella seguía aquí. Entonces, ¿quién más estaba en la casa con nosotras? Si Larisa, o incluso Yulia, estaba en casa, ¿no me habrían despertado y dicho que podía irme?

Algo se movió de nuevo en el baño de atrás, al final del pasillo, el que Larisa me dijo que no usara porque el baño no funcionaba bien. Sonó como un cajón siendo abierto y cerrado. ¿Alguien buscaba drogas o un arma para usarla en mi contra?

Alejando todo, agarré la muñeca más fuerte en mis manos y la sostuve como un bate de béisbol, preparada para hacer un home run si era necesario.

Al igual que con la puerta del cuarto de Sarah, la del baño también se hallaba medio abierta. Tuve que arrastrarme más cerca de lo que quería con el fin de echar un vistazo. Cuando por fin me acomodé lo suficiente para ver el lavabo, me quedé de piedra. Hermione Granger pudo haberme apuntado con una varita y gritado: Estupefacto, y no habría conseguido mejor resultado. Sólo podía estar ahí parada asombrada, conmocionada y boquiabierta. Todo el miedo desapareció para ser reemplazado por fascinación instantánea.

Con su espalda hacia mí, una empapada Yulia Volkova no vestía nada más que una toalla mientras se inclinaba sobre el tocador y sostenía su costado como si el fregadero fuera lo único que la mantenía en pie.

Pude ver su rostro ligeramente inclinado a la perfección en el espejo de encima. Había apretado los ojos con fuerza y una expresión contrita contorsionó sus rasgos mientras que pliegues de cansado pesar grababan profundos surcos en la piel alrededor de su boca y ojos.

Jadeé cuando vi las marcas de arañazos en su espalda desnuda, justo debajo de los omóplatos donde un par de uñas femeninas podrían agarrarla si hubiera tenido una mujer tendida bajo ella hace muy poco.

Abriendo los ojos, levantó la vista y me vio en el espejo.
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Jue Abr 09, 2015 6:35 pm

No tardes xfa, esta muy bueno el fic xD
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Vie Abr 10, 2015 10:21 pm

CAPITULO 4.


—¡Mierda!

Mientras Yulia maldecía por su obvia sorpresa y se tambaleaba. Chillé de mi propia sorpresa y salté hacia atrás, asustada porque había sido atrapada comiéndomela con los ojos. Nos miramos boquiabiertas entre sí, con amplios ojos a través de la entrada abierta del baño.

Lo sé, lo sé. Se encontraba desnuda debajo de esa toalla. Por favor, Dios, no me lo recuerdes. Lo que una dama debe hacer en esta situación habría sido, déjame repetir, habría sido, instantáneamente mirar hacia otro lado, disculparse por entrometerse mientras ella se duchaba, y huir con vergüenza mortificada tan rápido como mis piernas me pudieran llevar.

Me daba cuenta de eso completamente.

Pero en serio. Se encontraba desnuda debajo de esa toalla. Hola. Completamente vestida, Yulia Volkova era increíblemente deliciosa. Pero sin camisa, era simplemente indescriptible. Ya que soy tan dadivosa, sin embargo, ciertamente intentaré describirla con lo mejor de mis habilidades, aunque será bastante difícil.

La toalla blanca envuelta alrededor de su cuerpo estaba floja, se había deslizado justo lo suficiente para colgar. Y prepárense para esta, damas: Tenía un tatuaje. Lo sé. Casi me dio una combustión espontánea justo en ese momento. Decía una, tal vez dos, palabras en lo que parecía ser una de esas letras imposibles de leer.

Incapaz de evitarlo, oye, trata de contenerte con esa media desnuda y tatuada Yulia Volkova enfrente de ti, ladeé la cabeza hacia un lado y me incliné hacia adelante, entrecerrando los ojos en un esfuerzo por leer.

La aguafiestas agarró un puñado de la toalla, ciñéndola alrededor de su cuerpo y levantandola lo suficiente para ocultar su tatuaje completamente. Agarrando la puerta con su otra mano como si fuera a azotarla en mi cara, demandó—: ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Levanté la mirada a su cara, y que el Señor tenga piedad, repentinamente me di cuenta que descuidé totalmente verla a la cara. Sí, tampoco puedo creer que casi me perdí alegrarme la pupila.

Con su cabello mojado, sus cabellos se veían extra oscuros, incluso más alrededor de sus orejas y cuello. Gotas de agua caían de la mata de pelo, salpicando a un lado de su cara y garganta. Más gotas se perdían atraves de sus pechos, algunas, seguramente, teniendo el buen juicio de aferrarse posesivamente. No es que las culpe. Si yo fuera una gota de agua y tuviera la buena fortuna de aterrizar en Yulia Volkova, también me aferraria.

Todavía tenía ese rostro fuerte que adoraba, pero sus pómulos y el hoyuelo en su mentón se veían extra pronunciados en el fluorescente brillo de la luz del baño, mientras que sus ojos tomaban una tonalidad plateada de ensueño.

Una muy cabreada tonalidad plateada de ensueño.

Frunciéndome el ceño, levantó sus finas cejas como si dijera: “¿Y bien?” lo que me recordó que todavía no había contestado a su pregunta.

Ups.

—Es… Estoy de niñera. —Obvio.

Pero se veía tan condenadora, como si pensara que a propósito me había escabullido en su casa y hubiera revisado cada baño sólo para verla en toalla y tratar de leer su tatuaje. Hizo que me cabreara.

También le fruncí el ceño, poniéndome a la defensiva. —¿Qué demonios estás haciendo, tomando una ducha con la puerta completamente abierta mientras estoy cuidando a la niña? —Puse las manos en mis caderas y arqueé mis cejas.

Sí, responde esa, amiga.

—No sabía que estabas aquí —espetó—. Y el cerrojo no sirve. Lo cerré lo mejor que pude, pero aún así se abre cuando el exhausto ventilador está encendido.

Oh. Mmm, tal vez eso es lo que Larissa me había dicho: el cerrojo de la puerta, no el inodoro, era el que estaba roto. Mi error.

Pero eso no excusaba su actitud malhumorada.

Traté, de verdad, de mantener mi mirada arriba de su cuello, pero eso era como dejar caer a alguien en el borde de un rascacielos de cien pisos y decirles que no bajaran la mirada.También bajé la mirada. Y sí, todavía seguía siendo sexy de la cabeza a los pies.

Se aclaró la garganta indignada como diciendo: “¿te importa?”. Atrapada. Con brusquedad, levanté la mirada otra vez.

—¿Todavía no llega mi mamá a casa? —preguntó cuando finalmente tenía mi atención en su rostro.
Cuando lo hizo sonar como si fuera mi culpa que aún no hubiera llegado, resoplé una respiración impaciente. —Aparentemente no.

Pero de verdad, qué tragedia. Que una chica con su nivel de atractivo resultara ser una grosera, era como tropezarse con una caliente tira de bacón perfectamente frita sólo para voltearla y darte cuenta que tenía moho. No está genial.

—Me quedé dormida en el sofá después de poner a Sarah en la cama y nadie me despertó. ¿No me habría despertado ella si hubiera llegado a casa?
—Entonces debe de estar trabajando tiempo extra para alguien. —Cerró los ojos y silenciosamente gesticuló algo, pero nunca había sido buena leyendo los labios, así que no tenía idea de lo qué dijo. Finalmente, suspiró como si abandonara una batalla mental que tenía consigo misma, pasó una mano a través de su grueso y mojado cabello oscuro—. Bueno, no sabía que estabas aquí, de acuerdo —dijo, no por primera vez, pero al menos esta vez sonaba defensiva en vez de ofendida.

Era un progreso mínimo si me preguntas. Ahora… si hubiera tenido control en sus líneas, tendría que haberse disculpado profusamente por espetarme a estas alturas.

—Y yo tampoco sabía que estabas aquí, pensé que un ladrón había forzado la entrada.
La mirada incrédula que me envió me decía que no me creía. —Pensaste que alguien había forzado la entrada… ¿para usar la ducha?
—No escuché el agua. Cielos. —Y ahora sonaba tan a la defensiva como ella. Pero en verdad—. Sólo escuché las puertas, o cajones, o algo abriéndose y cerrándose. No sabía qué pasaba.
Miró la muñeca en mi mano que todavía sujetaba como un arma. —Bueno, perfecto. Supongo que ahora debería sentirme mucho mejor, sabiendo que Sarah está a salvo en tus manos. Si alguien irrumpe en la casa, puedes empuñar tu muñeca ahí y hacer una fiesta de té con ellos hasta morir.

Oh, no, no lo hizo.

En vez de sacar mi spray pimienta de seguridad colgando en mi bolso, fruncí el ceño. —¡Oye! Te haré saber que la cabeza de plástico de esta muñeca es bastante dura. Confía en mí. Tu hermana me golpeó en la cabeza con eso hace rato. —Hundí los dedos en mi cabello e inmediatamente encontré el sensible chichón que me había dejado. Con una mueca de dolor, agregué—: Sólo espera. Después de que terminen con todas las prohibiciones de armas, lo siguiente que ilegalizarán serán a estas cosas.

Ondeé la muñeca para hacer énfasis. Su cuerpo flácido se bamboleaba de un lado a otro en un patético intento de intimidación.

Yulia ni siquiera sonrió un poco con mi broma. Observándome frotar un lado de mi cabeza, parpadeó, viéndose horrorizada. —¿Te golpeó?
—Oh, no a propósito, no. No es nada. —Dejé caer la mano de mi cabello—. No es gran problema. Nos divertíamos. Se emocionó. Sus brazos comenzaron a sacudirse salvajemente. —Es decir, cómo no lo harían cuando yo había estado lloriqueando: “¿Me devuelves mi brazo de oro?”—. Pero todo está bien. No te preocupes por eso.

Me estudió por un momento más. No podía leer ningún pensamiento discernible de su expresión cautelosa. Entonces sacudió la cabeza como si aclarara sus pensamientos y apartó su atención de mí. —Supongo que debería pagarte. Mi mamá dijo ocho dólares la hora, ¿verdad?

Continuaba sujetando la toalla en su lugar mientras se agachaba a levantar un par de pantalones color caqui tirados en el piso.

Sin notar que yo devoraba el final de su trasero, metió una mano en el bolsillo de sus pantalones hasta que se levantó con un grueso fajo de billetes.

Retrocedí un paso a trompicones, boquiabierta con los billetes que me entregaba. Querido Dios, de verdad no quería saber dónde había conseguido ese dinero.

Si era verdad o no, el rumor de Eva me tenía inquieta.

—Umm… —Entré en pánico—. N-no te preocupes por eso. Lo arreglaré con Larissa después.
Inclinó la cabeza hacia un lado mientras me miraba, diseccionándome en pedazos con su penetrante mirada. —Confía en mí. —Ondeó el efectivo en su mano—. Vas a conseguir que te pague exactamente con esos billetes de aquí. ¿De verdad importa si te los doy ahora o si se los doy a mi madre, quien probablemente no recordará dártelos hasta la siguiente semana… o después?

Me quedé parada, todavía sin querer tocar su supuesto dinero sucio.

Pero realmente me había ganado ese dinero esta noche. No estaría sorprendida si fuera nominada en el paseo de la fama de las niñeras después de la forma que había consentido a Sarah, excluyendo los primeros minutos de la tarde, por supuesto.

Aun así, era un poco triste darme cuenta que ella tomaba este tipo de responsabilidad por su propia hermana. Mi hermana mayor ciertamente nunca se había preocupado por pagarles a mis niñeras. Me preguntaba el tipo de peso que había sido empujado en los hombros de Yulia Volkova a tan temprana edad.

Sus ojos se entrecerraron con desafío, retándome a rechazar su oferta mientras sacaba otra vez dos de veinte y me los entregaba.

—Bueno… cuando lo pones de esa manera… —Traté de sonar calmada, pero sabía que ella podía decir lo no-casual que me sentía por tomar su dinero. Un poco enferma de mi estómago, sentí esta irreprimible necesidad de girar en mis tacones y escapar. Pero lentamente, extendí la mano y deslicé los billetes de sus dedos, asegurándome de no tocar su cálida piel en el proceso. —Gracias.

Cuando un olor sorpresivamente femenino atrapó mis sentidos después de que me entregara el efectivo, fruncí la nariz. Levantando los de veinte a mis fosas nasales e, inhalé profundamente.

Las cejas de Yulia se hundieron mientras me enviaba un perplejo fruncimiento de cejas.

Me sonrojé. —Lo siento. Es que… huelen a… ¿Es ese… el perfume Chanel Nº5?

Mientras su rostro palidecía, lo supe inmediatamente. Todo lo que Eva había dicho sobre ella era absolutamente cierto. Mujeres ricas le pagaban por sexo. Mi piel picó con el escalofriante conocimiento, dándome cuenta de la clase de cosas que había hecho para ganar este dinero.

Su mandíbula se tensó. —No sabría decirte —espetó de entre sus apretados dientes—. No pregunto.

Quería tirar los corruptos e ilegalmente ganados billetes. Pero santo cielo. Me encontraba parada en la entrada de un humeante baño, mirando a una gigoló de verdad, quien estaba mojada, desnuda y cubierta con nada más que una toalla de baño. Esto iba a ir en una carta de navidad que les escribiré a todas mis amigas.

Toda la situación debió haberme afectado mucho más de lo que me había dado cuenta, porque sin planear lo que iba a decir, solté abruptamente—: ¿Entonces qué es lo que preguntas?

Se encogió de hombros y me estudió con alguna clase de insolencia burlona. —No mucho. Mis clientas no son exactamente del tipo tímido. Me dicen qué es lo que quieren y normalmente no dejan espacio para preguntas.

Mi boca cayó abierta.

Oh. Mi. Dios.

—Oh, guau. Entonces estás admitiendo que eres una… una…
Se enderezó, retrocediendo ligeramente. —¿Qué? ¿No has escuchado los rumores? Tan cercana como aparentabas estar con Eva Mercer en el campus el otro día, habría asumido que a estas alturas te dijo cada sucio detalle sobre mí.
Balbuceé y me sonrojé mucho. —Yo… Sí… Quiero decir, me dijo algunos chismes locos, pero… No estoy segura si creía algo de eso.

No lo confirmó ni negó. Sólo me observó, esperando mi siguiente movimiento.

Me imaginaba que la gente tenía dos respuestas distintas con ella: O se alejaban tanto como era posible o se acercaban más en un esfuerzo de averiguar cuán bueno era en su trabajo.

No hice ninguna.

—¿Tu mamá lo sabe? —pregunté, sin poder moverme.

Larissa parecía demasiado agradable, y moral, para permitir que su hija hiciera tal cosa.

Apartó la mirada, y una vez más capté un atisbo de arrepentimiento que había visto en su cara cuando la divisé al principio en el baño. —Tengo la sensación de que sospecha.
Caray. Esto era grande. Esto era muy grande. —Esto es sólo… —Sacudí la cabeza, sin estar segura de qué decir—. Sí.

Pobre Larissa. Parecía ser muy agradable. Si yo fuera ella y supiera que mi hija de veinte años vendía su cuerpo por sexo, yo habría… bueno, no estaba segura qué habría hecho. Era obvio que ellos podrían ocupar más dinero, pero esto parecía un poco extremo.

La observé con una mirada inquisitiva. —¿No te importa que ella lo sepa?
—No, me hace sentir todo cálida y emocionada por dentro —espetó con una mirada furiosa—. Jesús. ¿Cómo crees que me siento al pensar que sabe?

Muy bien, entonces.

Abrí la boca para disculparme, pero sacudió la cabeza. —No. No más. La sección de preguntas y respuestas de esta tarde se ha terminado. Ya tienes tu dinero por cuidar a la niña, y estoy en casa para quedarme con Sarah. Puedes irte.
—Yo… —Dándome cuenta que ya era suficiente, asentí—. De acuerdo.

Agachando la cabeza, me volví, apenas deteniéndome para agarrar mis cosas antes de apresurarme a salir de su casa.


-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Xlaudik ya te voy a subir otro capitulo mas asi no te estreso con la espera Smile
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Sáb Abr 11, 2015 12:46 am

Gracias!!! :-D
Espero pronto la conti xD
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Sáb Abr 11, 2015 1:36 pm

CAPITULO 5.

A la mañana siguiente, me sentí como la mierda mientras me escabullía por el campus, arrastrando mi desayuno que me había detenido en el camino para comprar. Revolcándome en mi soledad, me alegré de que no volvería a ver a Eva en ninguna de mis clases de hoy, porque probablemente he estado toda perra y malhumorada con ella.

La noche anterior todavía me molestaba. ¿Cómo pude haber sido tan grosera y entrometida con Yulia? No podía creer que le había preguntado esas impertinentes cosas sobre su secreto estilo de vida.

Quiero decir, sabía que tenía un lado fisgón y por lo general iba a los extremos para apaciguar esa curiosidad, pero había sido tan increíblemente insensible.

Tenía la esperanza de que no la volvería a ver todas las noches que tenía que ser niñera. Eso podría ponerme incómoda muy rápido. Y por el otro lado: ¿Cómo podía una chica increíblemente caliente ser tan completamente inasequible, vivir una vida tan corrupta... y actuar de manera hostil?

Ya nada tenía sentido.

Caminando y pasando las estatuas de bronce en frente del edificio principal de la escuela, trataba de pensar en una manera de superar esto cuando vi a Sexy sentada en uno de los bancos a lo largo de los caminos de la acera. Con una pierna cruzada sobre la otra, tenía abierto un libro de texto sobre su regazo. Escribía locamente un bloc de notas, deteniéndose cada pocos segundos para consultar el libro.

Reaccioné de inmediato, sacudiéndome a un abrupto alto. Dios, se veía bien. De cerca, de lejos, no importaba. La chica no tiene un lado malo. Es una gigoló, Lena, me recordó mi conciencia interior. Eso significa que está fuera de los límites. Fuera de límites. Pero también era una gigoló que me odiaba, y una gigoló cuyo lado bueno necesitaba olvidar para seguir adelante si quería que mis deberes de niñera avanzaran sin problemas. Y ella era muy bonita.

Cambiando mi curso, me volví y me acerqué a su camino con audacia.

No me vio hasta que me paré justo en frente de ella y le dije—: Toma. —En un intento de ofrenda de paz, le lancé la taza humeante y una pequeña bolsa de papel marrón que había estado llevando.

Levantó la mirada, se apartó el pelo de los ojos con su lápiz, y parpadeó a mis regalos antes de volver su mirada confundida a mí.

—Esta es mi disculpa —le expliqué—, por ser una grosera perra entrometida anoche. Lo... lo siento mucho. Quiero decir, lo que haces en tu vida personal está totalmente fuera de mis asuntos, y no debería haber sido entrometida. Por favor, créeme cuando digo que nunca quise ofenderte.

Cuando no respondió y no alcanzó mi desayuno, me moví nerviosamente. Está bien, quizás las cosas entre nosotras podrían ponerse más incómodas.

Esto no fue tan útil.

Una terquedad me mordió y de repente me negaba a renunciar a mi disculpa. Dejé la taza y bolsita junto a ella en el banco con un ruido sordo. —Hay una garra de oso en la bolsa y un espresso de chocolate blanco moca en la taza —le expliqué—. No... No estaba segura de lo que te gustaría. Así que... espero que te guste.

Ya está. Satisfecha por hacer que suene como si hubiera comprado el desayuno para ella, la ataqué con una amplia sonrisa. Cuando no la regresó, la mía cayó.

—Está bien, entonces. —Me aclaré la garganta—. Que tengas un buen día.

Me di la vuelta, y la idiota no me llamó. Así que caminé antes de que pudiera responder.

Oh, ¿a quién quería engañar? Le había dado un montón de tiempo para responder. Hubo una buena pausa de cinco segundos de silencio incómodo después de cada frase que le dije. Y ella no me había regalado una sola palabra de su hermosa voz. La muy bastarda.

Me sentía irracionalmente herida. Pero, hola. Ella no me lo perdonaría por nada. Las personas verdaderamente arrepentidas deben ser perdonadas.

Es obvio.

Marchando más rápido con cada bocanada de creciente ira, viré a la derecha hacia el centro de ancianos, un edificio más pequeño, de forma ovalada, junto a la sala principal, donde mi primera clase del día se llevaría a cabo. En lugar de entrar en ella, sin embargo, fui a un costado y me detuve antes de echar un vistazo de nuevo a donde Yulia se hallaba sentada.

Se quedó mirando mi desayuno como si pudiera ser peligroso. Justo me había convencido de que iba a ponerse de pie y alejarse sin tocar la taza o la bolsita cuando extendió una mano prudente y cautelosamente levantó el latte.

Lo sostuvo un segundo más, simplemente estudiando la marca en el envase antes de llevarlo a su boca y bebió un sorbo tímido, dejándolo rápidamente en su lugar.

Frunciéndole el ceño a la taza, se lamió los labios. Mi respiración se detuvo en mi pecho mientras esperaba. Luego volvió a beber, más tiempo esta vez, inclinando la parte inferior hasta que su garganta se movía con cada trago. Un agradable zumbido de calidez me atravesó, como si en lugar de mi espresso, estuviera bebiendo un pedazo de mí. En su siguiente paso, bebió con abandono, drenando el contenido. Luciendo mucho menos intimidante y mucho más accesible ahora, puso el latte a un lado, chasqueando los labios mientras abría la bolsa para sacar mi garra de oso. Tomó un delicioso bocado de la masa frita y masticó con una mejilla llena antes de volver su atención a su tarea. Cuando puso su bolígrafo en la página, el pie que había cruzado se balanceaba de un modo alegre.

Mm. Por lo menos parecía complacida por mi regalo... incluso si no podía molestarse en exonerarme en voz alta y en mi cara.

Extrañamente satisfecha por su reacción, me di la vuelta y me dirigí a clase, incapaz de dejar de sonreír.

***

Me había tomado treinta segundos del martes decidir que mi curso de virología general iba a ser horrible. Después de mi segunda ronda de esta mañana, casi consideré cambiar mi especialidad por completo.

Pero por lo menos no me encontraba sola en mis frustraciones. Tan pronto como terminó la clase, los quejidos empezaron a mí alrededor.

—Tenemos que comenzar un grupo de estudio —anunció a la habitación en general Ethan, el chico que se había sentado a mi lado el primer día.
Definitivamente me iba a venir bien un poco de esa acción, así que levanté la mano. —¡Oh! Cuenten conmigo.
—Conmigo también —hablaron un par de personas más.

Y así, tenía un grupo de estudio organizado por las tardes del martes después de mi turno en la biblioteca. Mi agenda se llenaba por días. Si no tenía cuidado, podría parecer que pronto iba a tener una vida.

Me emocionaba que las cosas que funcionaran mejor para mí en Waterford de lo que esperaba. Marché a la cafetería de al lado, muerta de hambre desde que le había dado mi desayuno a la cara de idiota bastarda desagradecida, que era todavía más hermosa de lo que cualquier persona debería ser.

Después de comprar una totalmente cargada ensalada para llevar, encontré una mesa desierta afuera y me acomodé. Acababa de abrir la tapa de plástico de mi almuerzo, mi boca haciéndose agua por alguna fuerte lechuga verde, cuando una sombra cayó sobre mi comida, poniéndome en alerta.

—Qué… —Miré hacia arriba, casi esperando ver la sonrisa lasciva de Andrei pero me quedé sin aliento cuando en su lugar encontré a Yulia Volkova parada junto a mi mesa con su bolsa de mensajera una vez más atada en diagonal sobre su pecho.
—¿Cómo dijiste que se llamaba esa bebida que me diste esta mañana?
—Um... —Parpadeé, incapaz de dejar de mirarla de pie a casi un metro de distancia—. Uh, era un... un espresso de chocolate blanco moca. ¿Por qué?

Uf, espero no haberle dado diarrea. Eso podría ponerse feo.

Pero hizo un zumbido agradable en la parte posterior de su garganta. —Mmm. No estaba mal. Gracias.

¿Gracias?

El mareo me inundó. La forma apreciativa en que hablaba sonaba tan genuina, tan... tan sexy, todo mi cuerpo respondió.

—Bueno... —Me aclaré la garganta. Responde, Lena. Maldición dile algo ya—. Sí. —Levanté la mano como si fuera a señalar “de nada”—. Y... y gracias a ti, ya sabes, por perdonarme por la forma en que actué anoche.

Bueno, ella no había dicho: “Estás perdonada por la forma en que actuaste anoche”, pero yo iba a interpretar su presencia como eso.

Solté un suspiro de alivio. —Pensé que me odiabas totalmente.

Sí, sí, dije eso en voz alta. Soy una idiota. Ponlo en mi epitafio ya. Aunque, la verdad, no fue mi intención decirlo, pero fue como un tipo de proyectil que salió de mi boca.

Yulia me entrecerró los ojos. Sentí su mirada todo el camino hasta la punta de mis dedos de los pies. Dejó mi pecho apretado y mi cabeza atontada. No podía hacer cara o cruz de lo que pensaba, pero no importaba qué pensamientos fluían en su cerebro —bueno o malo— eran definitivamente intensos.

Finalmente, desvió la mirada y se lamió los labios. —No. Yo no... no te odio.

Su voz era grave y seria, y maldita sea, también podría haber dicho “Te amo” por la forma en que me afectó. De repente respirar me pareció imposible.

Abrí la boca, pero no salió ninguna palabra, probablemente era algo bueno, porque estoy bastante segura de que cualquier cosa que hubiera dicho en ese instante me hubiera dejado eternamente mortificada.

Se movió en sus pies como si fuera a irse. Pero sus cejas se arrugaron, albergando pensamientos en conflicto, antes de que se pasara una mano por su pelo. Nunca en mi vida había querido tanto ser una mano como quería ser su mano derecha.

—Así que hablé con Sarah esta mañana. —Sus palabras salieron rápidamente y jugaba con la correa de su bolso de una manera nerviosa.
—Oh, Dios —gemí, apretando los ojos y agarrando mi cabeza, sintiéndome eternamente avergonzada de todos modos—. Contó lo del maquillaje, ¿no? Oh... maldición. ¿Larissa se molestó? ¿Va a despedirme? Te lo juro, le quité cada centímetro antes de que se vaya a la cama. Incluso…
—No. Sí. —Murmuró algo entre dientes y apretó un puño en su frente como si estuviera avergonzada de cómo la aturdió mi queja.

El calor me inundó. Me sentí irrazonablemente halagada de que me las haya arreglado para confundirla, y que se sintiera avergonzada por haber sido confundida frente a mí.

—Sí —dijo finalmente, enderezándose y hablando con precisión—. Sarah me dijo sobre el maquillaje. Me habló de todo lo que hicieron anoche. Y no, mamá no va a despedirte. Probablemente va a darte un abrazo de oso la próxima vez que te vea. Sarah brillaba absolutamente esta mañana. Yo... honestamente nunca la había visto tan feliz. Así que lo que piensas que hiciste para molestarme anoche después de mi ducha se ha borrado por diez por todo lo que hiciste por mi hermana.

Me quedé boquiabierta cuando la vi mirarme con una sinceridad que me rasgó el pecho e hizo que mi enamoramiento por ella se expandiera a un retorcido y completo desastre.

Después de aclararme la garganta, enderecé mi espalda y traté de calmarme. Resiste a la guapa gigoló, Lena. ¡Resiste!

—¿Y no pudiste decirme eso esta mañana porque...? —Arqueé una ceja, muy orgullosa de mí misma por mantenerme firme en contra de su rebosante sensualidad.

Pero entonces fue cuando sucedió.

Su rostro se iluminó y sonrió.

Sonrió.

Era la primera sonrisa verdadera que le vi dar. Y era toda para mí.

Destrozó un par de mis terminaciones nerviosas. Definitivamente me sentí acalorada. Incluso podría haber olido humo.

Con un encogimiento de hombros despreocupado, respondió—: Me dabas comida... y pedías disculpas. Si hubiera dicho algo, entonces, es posible que me hubieras quitado esa garra de oso.

Tenía razón. Lo habría hecho. Las garras de oso eran muy importantes para mí. A menos que hubiera sacado esa dulce sonrisa esta mañana. En cuyo caso, probablemente me habría sentado en su regazo y dado de comer una maldita rosquilla.

Pero me reí y sacudí la cabeza, porque tenía que luchar contra mi atracción.

¡Luchar contra ella!

—Eres un chico. —Lo dije como si fuera un insulto, pero sonrió de nuevo, como si la hubiera felicitado.

En serio, íbamos a tener que hacer algo con esa sonrisa. Era demasiado poderosa.

Rodé los ojos y dejé escapar un gran suspiro. Cuando me di cuenta de que seguía allí de pie, mirándome, levanté una ceja. —Así que, ¿vas a sentarte o no?
Su sonrisa cayó. —¿No te importa?

¿Importarme? ¿Sentarme al lado de la chica más hermosa en el planeta? Ella, obviamente necesitaba conocerme mejor.

La sorpresa en su voz hizo que mi garganta se secara. Si parecía tan aturdida por que una chica le pidiera que se siente junto a ella, entonces debe ser una ocurrencia rara. ¿Su estado de gigoló la hacía en gran parte una marginada?

Necesitando mantener las cosas casuales antes de poner los ojos llorosos, levanté la mano con simpatía a mi nuca y fingí amasar mis músculos tensos. —Me molesta este calambre en mi cuello que me estás dando por hacerme mirarte hacia arriba —le dije, sorprendida cuando mis dedos rozaron sobre mi cicatriz.

Mierda, me había olvidado por completo de mi cicatriz. Nunca me olvidé de mi cicatriz. Dejando caer la mano, sacudí la cabeza para asegurarme de que mi pelo cayó hacia atrás sobre el área, ocultando toda la carne roja y arrugada.

—Siéntate ya.

Escudriñaba mi cara como si esperara a que me retractara de mi invitación, Yulia lentamente pasó la correa de su bolsa de mensajera alrededor de su cabeza. Entonces aún más despacio, se sentó en el asiento junto a mí, dejando dos pies de espacio entre nosotras y dándole la espalda a la mesa con los pies firmemente en el suelo —probablemente para una escapada rápida. Dejó la bolsa con cuidado en el banco entre nosotras, usándola como una especie de escudo. Sus hombros parecían tan rígidos que juraría que contenía el aliento.

Le sonreí, sintiendo la necesidad de molestarla. —¿Cómoda?

Me lanzó una breve mirada antes de que sus hombros cayeran visiblemente una fracción, como para calmarme.

Volviendo la atención a mi almuerzo, traté de iniciar una conversación casual. —Por cierto, siento que tu madre jugó conmigo.
Yulia se encogió. —Lo sé. Lo siento por eso. Le dije que tiene que decirle a la gente acerca de la condición de Sarah cada vez que los entrevista. Pero insiste en que le cuesta cinco veces más encontrar una niñera dispuesta cuando lo hace.

Sí, Larissa debería haberme hablado de Sarah en la entrevista. Pero entonces, supongo que también tenía un punto. Apuesto a que le tomaba significativamente más tiempo cuando era abierta y honesta. Me avergonzaba admitirlo, pero si hubiera sabido sobre la cosa del PC antes de haber conseguido el trabajo, lo habría rechazado totalmente.

—No veo cómo me permite ver a Sarah en absoluto —le dije—. No es que me queje, porque tu hermana es absolutamente lo más dulce, pero... ¿no necesita qué un médico profesional capacitado la observe o algo así?
—No. —Se encogió de hombros e hizo una mueca, como si nunca hubiera considerado ese escenario—. La miro todo el tiempo, y no tengo ninguna formación médica. No es que tengas que darle alguna receta o tratamiento cuando la veas. A todas las niñeras que llegan, que, de acuerdo, son enfermeras jubiladas, le pagan sus salarios los programas de gobierno, mientras que tu trabajo es extraoficialmente ya que sólo trabajas medio tiempo cada un par de noches. Mamá y yo te pagaremos en efectivo.
—Oh. —Me senté de nuevo y mi frente se arrugó por los pensamientos.

Cuando miré a Yulia, me miraba con un escrutinio ilegible que me hizo querer ahuecar mi pelo y agarrar un espejo para comprobar mi cara. ¿Qué demonios es lo que veía cuando me miraba de esa manera?

Necesitando llenar el silencio entre nosotras, respiré rápido y aparté el pelo de mi cara. —Ya sabes, me asusté un poco cuando vi su tablero de imágenes. Pensé que no podía hablar en absoluto.

No iba a admitir que no fue lo único que me asustó anoche, pero me sentí más honesta al confesar una de ellas.

Yulia soltó un sonido de incredulidad. — ¿El tablero de imágenes? Mamá no te lo mostró, ¿verdad? Dios, Sarah no ha utilizado esa cosa estúpida en más de un año y sólo es necesario en situaciones extremas cuando está demasiado excitada o angustiada para hablar correctamente. —Retumbó un sonido frustrado—. Te lo juro, amo a mi madre hasta la muerte, pero a veces la mujer es demasiado sobreprotectora. Puede tratar a Sarah como si todavía tuviera dos años.

Sonreí, porque anoche había tenido la misma idea. —Sí, me di cuenta de que el tablero era innecesario alrededor de uno punto ocho segundos después de que tu madre se fue cuando toqué la imagen de la televisión y Sarah me rodó los ojos.
Yulia se rió entre dientes y oh, Dios mío, el sonido era increíble. —Sarah es así.
Asentí, esperando un momento para hablar así podía recuperar el aliento. —Y la licuadora para la cena…
—También innecesario. —Yulia sacudió la cabeza con disgusto.
Solté un bufido. —Bueno, eso espero. Cuando tomó una galleta de la mesa, casi me da un ataque al corazón tratando de recordar los pasos de RCP en caso de que se ahogara. —Inclinándome cerca, le confesé—: En realidad, después de ver eso, nos hice algunos malvaviscos en nuestra fogata de más tarde.
Se inclinó también, poniendo voz baja e íntima. —Lo sé. Me lo dijo.

Cierto. Me había olvidado de que ella ya había dicho que Sarah le contó todo.

Dios, olía bien.

Conteniendo el aliento para no ceder a la tentación de inclinarme más cerca para inhalar bocanadas abundantes de su olor, me enderecé y me volví a mi almuerzo. —Es una chica muy dulce.

Sarah. Sarah era nuestra única razón para la comunicación. No olvides eso, Lena.

—Lo es —aceptó Yulia afablemente mientras me observaba abrir mi paquete y liberalmente devoraba mi ensalada.
Suspiré. —Es una vergüenza que no fuera invitada a la pijamada.
—Oh, no tienes que convencerme. Lo sé. —Luego lo unió con otra pregunta—. ¿Siempre comes comida de conejo?
— ¿Mm? —Eché un vistazo a mi ensalada, y luego le envié una mirada extraña—. Uh, te comiste lo que yo iba a tener para el desayuno. ¿Qué crees?
Sus ojos brillaban con una victoria que me confundió hasta que me señaló con un dedo acusador. —Ajá. Sabía que era tu desayuno lo que me diste.
Mierda. Atrapada. Odiaba cuando abría mi gran boca y me delataba. —Lo que sea —gruñí de mal humor—. Apuesto a que no lo sabías.
—Oh, lo sabía. —Levantó una ceja, y oh Dios mío, se veía muy bien haciendo eso. No es justo—¿Crees que una bebida comprada para alguien como yo sería un espresso de chocolate blanco moca? ¿En serio?
Olfateé. —Oye, pensé que habías dicho que te gustaba.
—Así es. Sin embargo era demasiado dulce. Femeninamente dulce. —Su sonrisa se hizo más seductora mientras añadía—: Debe ser tu día de suerte. Resulta que me gusta extra dulce.

Santo Guacamole. ¿Era eso doble sentido? Juro que era un doble sentido.

Alguien sostenga mis bragas por mí porque Yulia Volkova estaba jodidamente coqueteando conmigo, con doble sentido.

Sacudiendo la cabeza, dije—: Eres tan...
Sonrió. —¿Encantadora? ¿Guapa? ¿Intrigante?
Los tres, pero no se lo admitiría. Parecía tener un ego lo suficientemente grande. Fruncí el ceño. —Iba a decir confusa.
—Ah. —Asintió de una manera astuta—. Vamos a dejarlo como intrigante.
—En realidad, creo que eso merece su propia clasificación.
—Está bien. Como quieras. —Se encogió como si fuera lo mismo para ella, lanzándome una mirada engreída y brillante.

Oh, ahora era excesivamente apaciguadora para hacer que la pequeña mujer se sienta mejor. Grr. Cada vez que respiraba me irritaba. O tal vez era sólo yo que me irritaba, porque tanto como quería que mis emociones se mantuvieran firmes en contra de ella, estaba demasiado y absolutamente encantada de estar sentada junto a él, hablar con ella, respirar suencantador e intrigante olor.

Hombre, estaba defectuosa. Pero no me importaba. Almorzaba con Yulia Volkova. ¡Sí!

Rodando los ojos para ocultar la fiesta de emoción dentro de mí, me puse derecha. —Me gusta.
Cuando recogí mis tomates de la parte superior de mi ensalada y los apilé en una servilleta a un lado, la mirada de Yulia pasó sobre ellos como una especie de misil termodirigido. —¿No vas a comer eso? —Sonaba escandalizada.
Arrugué la nariz. —¿Qué? ¿Mis tomates? ¡Ugh!
Negó con la cabeza. —¿Cómo puede no gustarte los tomates?
—No lo sé. No es nada personal en contra de ellos. Estoy segura de que son muy agradables en un entorno social, y que están bien en la salsa de tomate y espaguetis y esas cosas. Es sólo que no los quiero en mi ensalada.

Siguió mirándolos con nostalgia como si fueran tocino... o chocolate... o pastelitos de tocino y chocolate. Bueno, eso sonaba desagradable, pero sabes a dónde iba con eso, ¿verdad?

—Así que... ¿los quieres? —ofrecí.
Ella deslizó la servilleta con tomates sobre la mesa antes de que pudiera terminar completamente la pregunta. Después de ajustar su bolsa sobre la mesa, pasó una pierna sobre el banco hasta que se sentó a horcajadas, frente a mí.

—Gracias —dijo, con la voz ahogada mientras se metía un trozo de tomate en la boca y habló mientras masticaba—. Mmmm. Estos son perfectos. Agradables y jugosos.

Supongo que a la chica le gustaban los tomates. ¿Y había dicho jugoso? Siempre debe decir palabras como jugoso, sólo para irritar la imaginación de una chica hacia todo tipo de pensamientos traviesos. No es que yo debería estar teniendo malos pensamientos por una gigoló. Por supuesto que no.

—¿Tienes sal? —preguntó, interrumpiendo mis pensamientos traviesos mientras lamía sus dedos.

¿Sal? ¿Cómo era la sal traviesa? Aunque chuparse los dedos... oh, sí, eso era travieso.

—Uh... —Miré a mí alrededor y cogí el paquete de condimento de mi servilleta y un tenedor de plástico.

Cuando vi un contenedor en miniatura de sal y pimienta a la izquierda, me iluminé. Y oye, de repente me llamó la atención cómo podría rociar la sal en su pecho desnudo y luego lamerla de su ombligo, o de su misterioso tatuaje.

Aclarando mi garganta, le pasé el paquete de sal. —Estás de suerte. Lo tengo. —Se lo tiré, tratando de no llorar la pérdida de todas las cosas que podría hacer con la sal.
Sexy me impresionó cuando atrapó el paquete en su mano. —Gracias. Otra vez.

La vi espolvorear los tomates.

—¿Qué? —preguntó cuándo atrapó mi mirada, totalmente sin pensar en la sal—. ¿No le pones sal a tus tomates?
Al parecer, no le pondría sal a nada. —En vista de que ni siquiera como tomates, no. Yo sólo... lo siento. —Me sonrojé, tratando de olvidar cómo se veía en esa toalla anoche—. Parece que hoy tengo un ligero problema de mirar fijamente.
Sus ojos brillaban mientras masticaba. —Me di cuenta. —Sin embargo, no pareció importarle. Parecía divertida por mi problema de miradas.

Arrugué la nariz para hacer una cara, mi manera disimulada de mostrarle que no me afectaba su encanto lúdico.

Pero se limitó a sonreír. —No sólo comes comida de conejo, te juro que debes ser uno.
Hice una pausa de mascar. —¿Eh?
—Es la segunda vez que arrugas tu nariz. Movimiento de conejo.

Oh, mierda. Se había dado cuenta de mi único mal hábito. Sí, sólo tengo uno. Silencio. ¡Espera! Se había dado cuenta de mi hábito de arrugar la nariz y ¿contó el número de veces que lo hice? Eso era... guau. Esa era la señal de interes.

Pero de ninguna manera podría Yulia Volkova estar interesada en mí. Era una maldita gigoló. Las gigolós no se molestan con insignificantes, que arrugan narices y poco convincentes chicas universitarias.

¿O sí?

Me sentí como si estuviera siendo arrastrada hacia algo más grande de lo que yo podía controlar, así que alejé la mirada de Yulia, recordándome la vida que nos rodeaba. No éramos las únicas dos personas que quedan en el planeta, sentados en esa mesa, discutiendo hábitos de arrugar la nariz. Lejos de este momento, ella hacía cosas que nunca podría aceptar. Necesitaba alejarme de cualquier persona que vivía un estilo de vida tan intolerable.

Andrei me había enseñado esa lección, y nunca la olvidaría.

Cuando volví a mirar lejos, vi pasar a una de mis profesoras, llevando el maletín como si fuera una manera de enseñar una clase. Necesitando una distracción de la chica cautivadora que comía conmigo, levanté la mano y saludé.

Gran error.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
xlaudik ves? te dije que te iba a subir la conti rapido para que no te estreses Smile
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Sáb Abr 11, 2015 5:04 pm

siiiii!!! gracias a ti ahora ando zen jajajaja xD
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Vie Abr 17, 2015 10:56 pm

CAPITULO 6.


—Hola, Dra. Janison —llamé mientras hacía señas con la mano—. Buenos días. Esos son unos zapatos matadores.

La Dra. Janison era mi profesora favorita en Waterford, y no sólo porque conocía bien un maldito Jimmy Choo cuando lo veía. También me encantaba su estilo de enseñanza. Sabía cómo hacer que literatura británica temprana sea interesante cuando no era una fan en lo más mínimo de ese período en particular.

Me dio un guiño vago.

—Buenos días —dijo en esa forma educada y distante que me decía que no sabía que era una de sus estudiantes. Entonces miró sus zapatos—. Y gracias.

Abrí la boca para explicar a cuál de su clase asistí cuando miró hacia Yulia y al instante palideció. Palideció pasando por todos los colores, dio un paso atrás, como si estuviera a punto de emprender el vuelo en sus Jimmys cuatro pulgadas.

—Señorita Volkova —casi susurró, sonando asustada mientras la miraba boquiabierta con los ojos muy abiertos.
No hizo contacto visual, sólo murmuró—: Dra. Janison.

Al darme cuenta de que la profesora probablemente había oído el rumor de su reputación —y no lo aprobaba—, me sentí de repente protectora.

Bah, sólo porque era gigoló no significaba que tuviera la peste.

Puse la mano en el brazo que había apoyado en el tablero de la mesa. Sólo quería desterrar algunas de sus preocupaciones, asegurarle que no estaba enferma. Pero cuando la mirada de la Dra. Janison corrió hacia donde mis dedos crepitaban contra su piel, no pareció tranquilizarse. Parecía aún más perturbada cuando nos miró.

Sin estar segura de cómo matar toda la incomodidad flotando a nuestro alrededor, me forcé a poner una sonrisa más grande.

—Encontré un par de Jimmy Choos arrasadores, similar a unos que llevó una vez, en color plata, y los quería tanto. Pero incluso las réplicas costaban más de lo que podía permitirme.

Si el par que llevaba era original, entonces la mujer llevaba fácilmente ochocientos dólares. Pero en lugar de revelar el secreto conmigo sobre si eran imitaciones o no, me envió una especie de sonrisa de complicidad.

—Tengo gustos caros.

Cuando su mirada revoloteó de vuelta a Yulia, todos los músculos de su brazo bajo mi mano se tensaron.

— ¿Nuestra reunión para hablar de su horario de clases este jueves sigue en pie, señorita Volkova? —Me miró fijamente, como si esperara que si era una respuesta negativa sería mi culpa.

Comprendiendo, de pronto me olvidé de cómo respirar. Oh, Dios mío.

¿La Dra. Janison? ¿Y Yulia? De ninguna manera.

Su voz no era nerviosa o tensa cuando respondió—: Por supuesto. —Pero podría haber jurado que lo dijo con los dientes apretados, y todavía se negaba a mirarla.
Le dio un sólo movimiento de cabeza. —Bien. —Juro que parecía aliviada por su respuesta. Con una última mirada a mí, murmuró—: Espero con ansia verte después. —Me dio la espalda mientras salía con sus zapatos matadores, que de repente sentí la necesidad de arrancarle.

Me volví a Yulia.

—No tienes ninguna clase con ella, ¿verdad?
Abrió la mandíbula mientras apretaba los dientes. —No.

Cerré mi boca abierta.

—Oh.

Siseando en voz baja algo que no pude captar, golpeó con fuerza la bolsa de mensajero contra la mesa.

—Esto fue un error. Nunca debí haberme sentado a tu lado.
Mi corazón dio un vuelco en mi pecho. —Bueno, muchas gracias. —Forcé mi voz para que sonara ofendida en lugar de dolida, cuando, honestamente, era un montón de ambos—. También tuve un tiempo apestoso por hablar contigo. Cara de imbécil.
—No... —Cerró los ojos y apretó los puños antes de volver a sentarse—. Lena, no quise decir eso. Te lo juro.
—Entonces, ¿cómo exactamente querías decirlo? Ya que sonó bastante desagradable desde cualquier ángulo que escuché.
Sus pestañas se abrieron antes de atravesarme con una de sus intensas miradas paralizantes. — ¿No lo entiendes? —Miró alrededor del patio—. Acabo de condenarte. Al hablar contigo en público, al sentarme contigo en esta mesa... —Movió el brazo señalando nuestro entorno—. Aquí todo el mundo piensa que hemos tenido sexo.

Aspiré una carcajada.

—Oh, lo que sea. Tengo serias dudas de eso. Apenas te toqué el brazo. La gente no lo cree... —Pero mis palabras se desvanecieron mientras echaba un vistazo alrededor. Todo el mundo robaba miradas especulativas en nuestra dirección y hablando detrás de sus manos. Me hundí en mi asiento, sintiéndome inmediatamente condenada al ostracismo—. O tal vez sí.

Santos tomates salados, Batman. Debe tener una poderosa reputación pesada si simplemente sentarme a su lado me hace automáticamente una puta.

—Así que... uh, ¿la Dra. Janison es una de tus, umm, clientes?

Soltó un bufido, pero no contestó.

Gemí y cerré los ojos. —Guau. Esto de alguna manera va a hacer que mi siguiente clase, literatura británica temprana sea incómoda.
—Espera. —Agarró mi brazo, y juro que sentí su toque explotar en las puntas de mis dedos de los pies. Tal vez no era tan descabellado pensar que tenía una fuerte reputación—. ¿Estás diciendo que tienes una clase con ella? ¿Con la Dra. Janison? —Cuando asentí, cerró los ojos un instante—. Mierda.
Bueno, eso no sonaba bien. — ¿Qué? ¿Qué significa eso?
—Mira —suspiró, sonando increíblemente cansada—. Si te hace pasar un mal rato, o te suspende o... algo, házmelo saber. Voy a hablar con ella.
—Espera, espera, espera. ¿Por qué... por qué iba a suspenderme simplemente por sentarme a tu lado en un banco público? —Y colocar mi mano en su brazo como si fuéramos novias, y... oh, mierda. Pero espera—. Eso no tiene sentido. Incluso si tuviéramos... ya sabes, sexo o lo que sea, no tiene motivos para sentir celos. ¿No sabe que posiblemente no sea tu única... cliente?
—Claro que lo sabe. Pero es obvio que no eres una cliente. Podría sentirse desairada si cree que te di un... —Apartó la mirada e hizo un gesto con la mano—. Ya sabes, un regalo.
—Guau. Vale. Pero guau. Esta es la conversación más extraña que he tenido, guau. ¿Un regalo?

Yulia me lanzó una mirada dura, como si pensara que no tomaba la situación lo suficientemente en serio.

—Sabes lo que quiero decir.

Solté una carcajada, porque está bien, sí, toda la conversación se sentía increíblemente ridícula.

—Entonces sólo convéncela de que pagué; que también soy, ya sabes, una cliente, al igual que ella.

Parpadeó.

— ¿Qué? ¿No quieres que le diga que no estamos jugueteando?

Ruborizándome fuerte, me aclaré la garganta y desvié la mirada.

—O eso. Eso... Quiero decir, claro, la verdad probablemente sería mejor. Sí. Vamos a seguir con la verdad.

Yulia negó con la cabeza, luciendo entretenida y frustrada en partes iguales.

—Excepto que no lo creerá. Y sabe que no puedes ser una cliente.
— ¡Eh! ¿Por qué no podría ser una cliente?

¿Era demasiado joven? ¿No tenía la suficiente clase? ¿No era su tipo?

Apretó los labios como si estuviera tratando de no sonreír. Pero sus ojos se iluminaron con diversión. —Lena, acabas de admitir que no puedes permitirte el mismo tipo de zapatos que ella. No hay manera de que pudieras permitírteme.

Oh, ahora sonaba como Eva.

No quería que lo supiera, pero me ofendió.

— ¿En serio? —Arqueé una ceja y puse mis manos en mis caderas—. ¿Cuánto cuestas, Srta. Ego?

Acercándose, susurró una cantidad en mi oído. Mi boca se abrió.

—Bueno, sí. No me podría permitir eso. Pero... guau, no lo sé. —Agité mi mano—. ¿No tienes un plan de pago o algo así? ¿Precios reducidos para los ingresos más bajos?
Farfulló a través de una risa sorprendida. —No, no ofrezco planes de pago. ¿Lo dices en serio? Juego de la manera cara, o no juego en absoluto. No hago esto por mi salud, ya sabes.
— ¿Entonces por qué…?
—Porque ser una ciudadana honrada moralmente decente no evita los avisos de desalojo inmediato —espetó—. No le hace llegar a mi hermana una nueva silla de ruedas, y no pone comida en la mesa de mi madre, o evita que la compañía eléctrica nos apague la luz en el día más caluroso del año. Y seguro que no consigue que me inscriba en la universidad este semestre. Esto es todo por el dinero. Sólo por el dinero. ¿Entiendes?
—Sí —dije en voz baja. Entonces le ofrecí una sonrisa—. En realidad, esa explicación te hace sonar como algo noble, ya sabes, llevando sobre la espada la depravación absoluta para salvar a tu familia. Probablemente serías una buena película del sábado por la tarde.

Ya está. Esperaba que sonara bastante frívolo, como si no me importara lo que hacía con su vida.

Pero Yulia me miró parpadeando. —Estás… loca.
—Sólo los jueves. —Arrugué la nariz ya que contaba las veces que lo hacía.

Sonrió… de mala gana, creo, pero bueno, al menos me las había arreglado para aliviar un poco la tensión del momento.

Haciendo estallar un tomate con sal entre sus labios perfectos, masticó con vigor... hasta que fui y le pregunté—: Entonces, ¿no das regalos? ¿Nunca? —Aquello sonó tan extraño para mí. Pensarías que una gigoló sería una completa mujeriega, incluso fuera de su horario.
Pero su mandíbula se endureció cuando dejó de masticar y me dijo—: ¿Estás... pidiendo uno?

Quería golpearme en la frente. Mierda, no había tenido la intención de hacer que mi pregunta sonara tan esperanzadora. — ¿Qué? ¡No! —Entonces por si acaso, hice un sonido de incredulidad—. Dios, no.

Me miró boquiabierta, diciéndome que no me creía.

Me sonrojé y miré hacia otro lado. —No… —Tenía en la punta de la lengua decir que dormir con ella rompería mi corazón. Pero admitiendo que no podía acabar bien, repetí—: ¡No! —Para que quede claro—. No soy así. Tengo que estar en, ya sabes, una relación comprometida, monógama, y... enamorada, y esas cosas, antes de... dormir con alguien.
Se acercó y colocó un codo en la mesa para estudiarme hasta que me retorcí por dentro y me preguntó en voz baja—: ¿Alguna vez has estado enamorada?

Mi boca se abrió.

— ¿Estás preguntando si soy virgen? Porque no...
Levantando la mano, la agitó suavemente para evitar que soltara un montón de palabras embarazosas. —Eso no es lo que estoy preguntando.
—Oh. —Me aclaré la garganta y desvié la mirada. Más consciente de mí misma de lo que nunca había estado, me mordí el labio e hice una mueca de dolor—. Bueno... no... —Sacudí la cabeza. Su pregunta era demasiado complicada para contestar con un simple sí o no—. No estoy segura de lo que era, si estúpida o demasiado joven para saber sobre enamoramientos, pero definitivamente no era amor. Y no voy a volver a cometer el error de no saber la diferencia.
Sus labios se inclinaron en una sonrisa, casi como si estuviera orgullosa de mí. —Bien.

¿Eh? No estaba segura de qué parte aprobaba, pero el brillo de admiración en sus ojos me lanzó un toque cálido. Volví rápidamente el tema de nuevo a ella y a por qué tenía que mantenerme alejada.

—Así que, si todo el mundo sabe por aquí que eres, ya sabes, lo que eres, entonces, ¿cómo nunca has sido arrestada?
—No es de conocimiento común. Es un rumor común. —Me miró como si quisiera decir algo más sobre el tema, pero en su lugar suspiró—. No vas a olvidarlo, ¿verdad?
—Eh, no todos los días me encuentro con una gigoló.

Se atragantó con un tomate cuando dije gigoló en voz alta, porque mis cuerdas vocales podrían han aumentado la agudeza un poco demasiado, pero continué. Más discretamente, por supuesto.

— ¿Me puedes culpar por ser curiosa? Tengo como un millón de preguntas. —Levanté una mano, recordando lo tensa que se puso anoche, cuando había sido curiosa—. Pero sólo si te parece bien responderlas.

Me miró un momento más antes de sacudir la cabeza.

—Leíste una gran cantidad de Misterios de Nancy Drew cuando eras una niña, ¿no?
Arrugué la nariz. —No. Nunca he leído una. Harry Potter es más mi estilo, y sí, su curiosidad también le metió mucho en problemas. Como bien sabes.
—No —murmuró, mirando casi arrepentida—. Nunca he leído Harry Potter.
Jadeante, me puse la mano sobre mi corazón y la miré como si fuera un extraterrestre. —¿Me estás tomando el pelo? Pero... todo el mundo ha leído Harry Potter.
Se encogió de hombros y ni siquiera tuvo la decencia de parecer avergonzada o culpable. —Yo no.
—Pero... pero... son tan... increíbles. No te preocupes —al instante me tranquilicé, extendiendo la mano para acariciarle el brazo—, tengo todos los libros de la serie en mi apartamento. La próxima vez que cuide a Sarah, voy a llevarte el primero para que veas lo que piensas.

Los músculos debajo de mis dedos se crisparon como si mi contacto le quemara. Me di cuenta de su expresión mientras miraba mi mano aún apoyada en su antebrazo. Quería alejar mis dedos porque parecía paralizada por nuestra conexión, pero no me podía mover. Lucía tan... tentada.

Me gustó mucho.

Lentamente, deslizó su brazo de debajo de mi agarre suavemente, cortando nuestro contacto.

—No hago regalos —dijo con voz ronca—. Nunca.

Guau. Bien, entonces. Eso vino de la nada.

¿De verdad creyó que me acerqué a ella por un regalo? Por Dios, ¿lo había hecho?

—Pero no estaba... —Ceñuda, me volví hacia mi almuerzo—. Lo que sea. —Entonces, con la misma rapidez, el síndrome de Harry Potter me golpeó otra vez. Crujiendo un trozo, le pregunté—: Sin embargo, ¿qué hay de tu vida personal? ¿Qué hay de las citas y…? —Me interrumpí cuando rió—. ¿Qué es tan gracioso? —Totalmente odiaba perderme una broma.


Arqueó las cejas.

— ¿Citas? ¿Vida personal? ¿Hablas en serio? Las únicas chicas que tengo en mi entorno están dispuestas a pagar o buscan servicios gratuitos prestados, lo que me molesta.
—Pero…
—Y todas las chicas de relaciones monógamas se mantienen alejadas de mí, por razones obvias.
Hice una mueca. —Eso no puede ser verdad. Estoy segura de que un montón de…
—Lena —me interrumpió, levantando la mano—, sinceramente, ¿saldrías con... una persona de mi profesión?
Tragué saliva. Ni de coña, no lo haría. —Buen punto.
—Sí. —Dejó escapar un largo y solitario suspiro—. Exactamente.
—Bueno, eso es muy triste —decidí finalmente—. ¿No puedes salir o pasarlo bien... divertirte, o incluso enamorarte sólo porque tomaste medidas drásticas para salvar a tu familia?

Sí, me sentía mal por una gigoló. Demándame.

Sacudió la cabeza como si estuviera perpleja por mi simpatía.

—Tenía dieciocho años cuando caí en esto. En ese momento, era demasiado joven y estúpida para pensar en cómo iba a afectar mi futuro. —Se encogió de hombros—. Ahí lo tienes. Ahora estoy atrapada.
—No. No puedes estar atrapada. Sin duda, hay algo más que podrías hacer para ganar dinero. Algo legal y... y...
—Moral —supuso.
—Sí, y moral. Y...

Se rió y me tocó la mejilla brevemente.

—Eres linda, Lena. Alegre. Optimista. Divertida. Pero completamente crédula. —Agarrando su bolso, se puso de pie bruscamente, haciéndome saber que había terminado de hablar—. Gracias por hacer que mi hermana sonría. Y gracias por los tomates. Te veré por ahí.

Mientras la observaba marcharse, quería llamarle y hacer que volviera. Lució tan sola cuando dijo que estaba atrapada. El dolor en sus ojos había gritado pidiendo ayuda. Había llorado por un amigo. Y siempre me vendría bien una nueva amiga. Pero tendría que ser muy cuidadosa. Porque eso es todo lo que ella podía ser.


--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

xlaudik es un alivio aliviarte Smile heeeey una pregunta, te llamas Claudia? tu nombre me suena a que te llamas claudia ajajaja siempre me quedo esa duda
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Sáb Abr 18, 2015 12:19 pm

Jajajaja pues te suena muy bien, me llamo Claudia :-P

Gracias x la conti, espero puedas actualizar pronto :-D
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Jue Abr 23, 2015 4:39 pm

CAPITULO 7.

—Nunca adivinarás el rumor que escuché ayer.

La voz de Eva me sorprendió la mañana del viernes, antes de literatura inglesa, mientras se deslizaba en el asiento junto al mío. Descargaba canciones en mi teléfono, con las que Sarah y yo podríamos bailar.

— ¿Qué? —pregunté, volviendo mi atención a la pantalla de cuatro pulgadas para comprar un poco de música de Black Eyed Peas.
—Escuché que mi prima favorita en la tierra fue vista ayer almorzando con la mismísima guapa y misteriosa gigoló de Waterford.
— ¿Mm? Oh, sí, ella, oh, olvidé decirte. —Bajé el teléfono—. Ese trabajo temporal de niñera que obtuve, en el que empecé el miércoles, es su hermana, Sarah. Tiene parálisis cerebral. ¿Lo sabías?
— ¿Acerca de su hermana? Sí, lo he oído. —Eva hizo un sonido en la parte posterior de su garganta mientras agitaba la mano—. ¿Cómo eso tiene algo que ver con que estés sentada y sola en el medio del campus con su hermana... ayer?
—Bueno, supongo que soy una gran niñera. —Tiré mi pelo sobre mi hombro mientras le dirigí una sonrisa satisfecha, pavoneándome por mi genialidad—. La señorita Sarah le comentó sobre su noche conmigo, y ella quería... No sé, darme las gracias, supongo, por ser tan amable con ella.
La boca de Eva se abrió como si no creyera una excusa tan pobre. — ¿En serio? ¿Eso es todo lo que te ha dicho durante la conversación de cuarenta y cinco minutos?

Guau, ¿nuestros espías de chismes contaron el tiempo? Raro. ¿Y de verdad hablamos durante cuarenta y cinco minutos? De ninguna manera. No se sintió tanto tiempo. Pero al mismo tiempo, tampoco se sintió ni cerca de lo suficiente.

—Bueno... —fruncí el ceño—, en su mayoría, sí. Después de hablar de Sarah, pasamos a un par de otros temas, pero…
— ¿Qué otros temas? ¿Cómo su trabajo?
Rodé los ojos. Dios mío, a veces podía ser más curiosa que yo. —Bueno... más o menos. Eso estuvo en la lista. Pero hablamos de todo tipo de…
—Oh, Dios mío, entonces admitió lo que es.
—Dijiste que lo haría.
—Pero... pero todo lo que he oído sobre ella era sólo… un rumor. Esto es en realidad... un hecho. —Su boca se abrió mientras susurraba—: Santa mierda, es una gigoló.

En ese momento, nuestra profesora entró en el salón de clases. Una mujer bien vestida, la Dra. Janison vestía trajes de falda, imaginando que alguna ejecutiva en la alta costura podría llevar. Era una lástima que debía odiarla ahora, enseñaba muy bien y sabía cómo armar un conjunto impresionante.
Pero pensar en ella, en cualquier lugar cerca de Yulia, me hizo sentir todo el corazón destrozado y deprimido. Y un poco vengativo.

Incapaz de evitarlo, la seguí con la mirada y me incliné en el pasillo para susurrar—: Y adivina quién es una de sus clientas.
Con la boca abierta, Eva se giró para mirar a nuestra profesora poner su maletín encima del escritorio y hacer clic para abrirla. —De ninguna maldita manera.

Un susurro de culpa roía mi conciencia. Yulia no actuó como si fuera un gran secreto, pero de repente me sentí avergonzada por difundir chismes acerca de ella, a pesar de que era verdad y estuviera diciéndole a mi familiar favorito y personal confidente.
Todavía.

—Pero no escuchaste eso —añadí rápidamente. Tanto la profesora como Yulia se encontrarían en un mundo de problemas si alguien filtrara su asociación.
—Oh, diablos, sí, lo escuché —susurró Eva, incapaz de quitar la mirada de la Dra. Janison—. Me pregunto en qué posición le gusta a ella.

¿En serio?

—No acabas de decir eso.
—Lo que sea. Dime a la cara que no estás un poco celosa de ella en estos momentos. Quiero decir, la chica almorzó contigo ayer. Yulia Volkova simplemente no… interactúa con las mujeres en público. Creo que tienes más derecho sobre ella ahora que cualquier chica. —Se giró hacia mí—. Deberías ser la más celosa de todas nosotras.
—Yo... no —insistí con demasiado énfasis. ¿Pero tenía más derecho sobre ella que cualquier otra chica?—. Quiero decir, no. No odio a Jessica por tener a Justin, ¿verdad? ¿Cómo podría alguien odiar a otra mujer por tener a un hombre que se hallaba totalmente fuera de su alcance?

Eva arrugó el rostro por la confusión. — ¿Jessica y Justin?

Di un grito ahogado. ¿Cómo podía no saber quiénes eran Jessica y Justin?

—Justin Timberlake —le aclaré con una expresión de “me estás tomando el pelo”—. Jessica Biel. Una de las parejas más calientes de Hollywood.
Ahora, se veía muy desconcertada. — ¿Te gusta Justin Timberlake?
—Hola. —La mirada que le envíe dijo: ¡Sí! Es obvio—. Hizo “Sexy Back”. Oh, y ahora que pensaba en ello, esa sería una buena canción para bailar con Sarah.
—Bueno, lo que sea —murmuró E. a mi lado mientras buscaba “Sexy Back”, cuando “Let’s GetIt Started” se terminó de descargar—. Puedes negar los celos todo lo que quieras. Sin embargo, no creo que la Dra. Janison vaya a ser tan indulgente.
Levanté la cabeza. — ¿Qué quieres decir?
—Cariño, te va a reprobar por jugar con su juguete... sin tener que pagar por ella.

Lo juro, a veces, Yulia y ella sonaban muy parecidas. Abrí la boca para decirle que nuestra profesora era una profesional, que no me reprobaría sólo porque almorcé con su gigoló.

Pero la Dra. Janison interrumpió, comenzando la clase. —Buenos días. Hoy, empezaremos a estudiar un nuevo autor. Creo que todos tendrán un retroceso de Chaucer…

Se interrumpió a media palabra cuando su mirada atrapó la mía donde permanecía sentada, cerca de la parte derecha de la sala a mitad de camino por el pasillo. El reconocimiento iluminó su mirada y el rostro perdió todo color. Luego, sus ojos se estrecharon ominosamente. Cuando todo el mundo se giró para mirarme, me encogí en mi asiento.

—Estás tan reprobada —susurró entre dientes.

Oh, Dios. Así era.

***
—Vamos a perforar nuestras narices este fin de semana.
Me detuve de comer mi almuerzo para mirar boquiabierta a E. —¿Qué dijiste?

Permanecía tan absorta en mis pensamientos, preguntándome si debería transferir mi clase de literatura, que no prestaba atención a su parloteo. Pero juro que acababa de escuchar algo en la línea de…

—Tú, yo, aros en la nariz. Este fin de semana.

Se sentó junto a mí en el banco de la mesa, decidiendo que sería mi lugar de almuerzo para el resto del semestre. Mi recuerdo de estar aquí con Yulia el día anterior cimentó esa decisión, incluso si sentarme con ella me haría reprobar mi clase de inglés. Era como si la hubiéramos bautizamos como nuestra.
En realidad, se sentía como una traición sentarse aquí con Eva en lugar de ella.
Pero sospechaba que hoy se mantuvo cerca, con la esperanza de que se me concediera otro “gigoló-avistamiento”, como ella lo llamaba.

—No voy a perforar mi nariz. ¿Estás loca?
—Pero se verían tan lindos. —Robó una de mis papas y decididamente declaró—: Ayer vi a Alec mirar a una chica que llevaba uno. Así que, sí, vamos a obtenerlos.
Solté un bufido. —Si quieres ir a hacerte agujeros en lugares extraños de tu cuerpo sólo para impresionar a tu novio mirón, adelante. Pero no voy a hacerme uno contigo.
Simplemente me dio una sonrisa fría, encogiéndose de hombros. —Ya veremos. Oh, por cierto, mamá y papá se van a principios del próximo viernes, para pasar el fin de semana del Día del Trabajo en nuestra casa en la playa. No volverán hasta la noche del lunes. Estoy pensando en... fiesta en mi casa el viernes.
— ¿Casa en la playa? No tenía idea de que tenían una. Oh, Dios mío, ¿por qué no vas con ellos?
Eva bostezó mientras abrió su agenda rosa y negro atigrada a juego con una pluma. —Um... porque no tengo diez años. ¿Qué tan penoso sería pasar el fin de semana del Día del Trabajo con los padres? En serio, Elena. Tengo mucho que enseñarte.

Si mis padres tuvieran una casa en la playa, estaría allí cada fin de semana. No me importa cuán penoso podría verse pasar el tiempo con ellos.

Pero era Eva de la que hablábamos. Así que me encogí de hombros. —Bueno, no puedo hacerlo ningún viernes. Tengo que hacer de niñera.
Eva frunció el ceño. — ¿Quién? ¿La hermana retrasada de la gigoló?
La di una mirada asesina. —Su nombre es Sarah. Y sí, estoy hablando de la hermana con necesidades especiales de Yulia. No vuelvas a llamarla retrasada en esa forma despectiva.
Rodando los ojos, cedió. —Está bien, está bien. ¿Qué tal el sábado? ¿Estás de niñera de algún raro entonces?
Ignoré el golpe contra mi amiguita apretando los dientes y mojando una de mis papas en un recipiente de queso para nachos. —¿Qué tan grande es la fiesta de la que hablamos?

Siempre desde Andrei, evitaba grandes reuniones llenas de demasiados extraños.

Pero Eva se iluminó. —Épica. —Entonces miró a un grupo de chicos que pasaban por nuestra mesa—. Hola, chicos. Fiesta en mi casa. El sábado del fin de semana del Día del Trabajo. ¿Están dentro?
Sonrieron y le dieron el visto bueno. —¿Una fiesta de Eva Mercer? Oh, estamos dentro.
—Genial. Entonces nos vemos. —Giró hacia mí, mirando con aire satisfecho.
Solté una bocanada de irritación. —Entonces, creo que vamos a tener una fiesta. Y ahora sé por qué mi mamá se preocupaba tanto de que llegaras a ser una mala influencia.
—Oh, vamos, no lo llamemos una mala influencia. —Pasó un brazo por encima de mi hombro y sonrió—. Llamémoslo, traer un poco de color a tu vida.
Detrás de nosotras, alguien soltó un bufido. —Sólo tú lo llamarías así, Mercer.

El aliento salió de golpe de mis pulmones mientras la dueña de esa voz pasó alrededor de la mesa para sentarse frente a nosotras.

Yulia.

Maldita sea, se veía bien hoy, toda fresco y agradable, con una camiseta gris de cuello V, que hizo que sus ojos se vieran más claros de lo habitual. Me sonrió y rápidamente estudió lo que comía.

—Oh, papas fritas con queso y ajíes. Buena elección. Mejor que la comida de conejo de ayer. —Se robó una de mi plato, metiéndosela a la boca.
—Bueno, mira quién ha venido a visitar a la Señorita Tonta —respondí, ocultando mi intensa reacción de excitación ante su presencia—. ¿Alguna vez comes tu propia comida? ¿O sólo obtienes un perverso placer al comer la mía?
—Eso es algo que yo sé y tú tendrás que averiguar. —Me envió una sonrisa llena de promesa y significado oculto. Caí en un mini trance, viendo su boca apretarse y moverse mientras masticaba. Entonces, mi enfoque cayó a su garganta bronceada mientras tragaba.

En serio. Comer una papa frita con queso no debería verse tan pecaminoso.

—Umm. ¿Te podemos ayudar? ¿Yulia? —preguntó Eva directamente, lanzando dagas con la mirada.

Ella le envió una sonrisa tensa. —Nop. Sólo como mi almuerzo.
—Mi almuerzo —dije justo antes de que sacara un sándwich envuelto en plástico de su bolso.

Lo agitó burlonamente, haciéndome saber que trajo su propia comida.
Fruncí el ceño de nuevo porque, en realidad, odiaba ser vencida.

Al verla desenvolver su comida y tomar un bocado, Eva murmuró—: ¿De verdad tienes que comer aquí? ¿Con nosotras?
— ¡Eva! —dije sin aliento. ¿Cuál era su problema? Más temprano en literatura británica, actuó como si estar en su presencia fuera una bomba.

Ahora, era sólo... una perra.

—Jesús, Mercer —Yulia frunció el ceño mientras tragaba el sándwich—, no soy contagiosa.
— ¿Estás segura de eso? Es decir, ¿quién sabe qué tipo de desagradable enfermedad de transmisión sexual…?
—Bien, bien, bien —interrumpí, levantando las manos y agitando el gesto universal de bandera blanca—. Estoy sintiendo un disturbio en la Fuerza entre ustedes. ¿Hay algún tipo de historia de la que no estoy al tanto? —Entonces me quedé sin aliento—. Oh, Dios mío. Se acostaron. ¿No es así?

Eva dejó escapar un sonido grave y escribió algo en su agenda con la suficiente energía para hacer que la bolita del final de su pluma, se agitara enérgicamente.

Yulia me miró simplemente maravillada mientras negaba con la cabeza.

—Guau, ¿tu curiosidad no tiene ningún filtro, verdad?

Fruncí el ceño de nuevo porque evitaba deliberadamente mi pregunta.

Echando un vistazo a mi prima, dije—: ¿E.?
—No es nada —murmuró, de repente muy interesada en dar vuelta la página y comprobar las fechas futuras.

Rodando los ojos, me giré para hacer frente a Yulia con una mirada mordaz.

— ¿Qué? —dijo poniendo una expresión demasiado inocente. Lanzó una mirada inquisitiva a Eva antes de centrarse en mí—. Dijo que no era nada.

Abrí la boca, pero Eva debió cambiar de opinión.

— ¿Nada? —dijo con voz ofendida. Cerrando de un golpe su agenda, entornó los ojos—. Está bien, está bien. —Finalmente me dio su atención—. Una noche en una fiesta de hace un año, bebí demasiado y acabé tirándome sobre ella. —Su mirada perforó a Yulia con fragmentos de odio—. Y me rechazó. De plano.

Fruncí el ceño, confundida. Umm... ¿no era ese tipo de cosas lo que se suponía que alguien haría cuando se le lanzaba una chica ebria?

—Y ella procedió a llamarme una cabrona pretenciosa por ello —añadió Yulia, mirando a Eva.
—Bueno, lo eres —dijo entre dientes.
—...que no tenía derecho a actuar de manera hipócrita porque no soy más que una puta de alto precio con una cara bonita, que va a terminar con sobrepeso, rota y sola cuando tenga cuarenta. —Su mandíbula se apretó—. ¿No es así como lo expresaste?
Di un grito ahogado y miré a mi prima con una mirada incrédula. — ¿La llamaste puta?
Se encogió de hombros. —Es una puta.
—Así que eso es lo que me pasa por tratar de ser una caballero y no aprovecharme de la torpe y arrastrada chica borracha. —Viéndose enojada y bastante herida, Yulia se inclinó sobre la mesa y tomó mi vaso, como si lo necesitara para consolarse. Pero después de tomar un largo trago a través de la pajita, hizo una mueca y se apartó—. ¿Qué es esto?
Arrugué la nariz y empujé mi pelo de la cara. Mi bebida no tenía mal sabor. —Es una bebida dietética.

Bueno, tal vez sabía mal.


Se sentó de nuevo frente a mí, viéndose engañado. —Así que... comes papas fritas con queso cargados de grasa, calorías y carbohidratos. ¿Y luego una bebida dietética? —Se rió divertida—Eres una chica.
Arrojé mi pelo otra vez y lo nivelé con una mueca falsa. —Tal vez pedí una bebida de sabor desagradable porque sabía que tratarías de robarla. Esto podría haber sido la única manera de proteger lo que es mío.
—A —dijo con una sonrisa—, eso no va a funcionar conmigo. Siempre voy a robar cualquier alimento o bebida que tengas. Y B —agitó sus pestañas. —, me halaga que te tomaras el tiempo para pensar en mí.
—Oh, muérdeme —gritó Eva—. Si ustedes dos terminaron de follarse con los ojos, me gustaría ir a vomitar ahora.


Le di un ceño fruncido, con la promesa de un buen estrangulamiento. Incluso, abrí la boca para decirle en términos inequívocos que Yulia y yo no coqueteábamos.

Pero ella no le hizo caso y me dijo—: ¿Cuidarás a Sarah esta noche?

Le di varios puntos de brownie por ser capaz de ignorar el comentario grosero de Eva. Pero la tensión alrededor de su boca me dijo que sus palabras le afectaron.

Siguiendo su ejemplo, decidí ignorarla. —Sip. Creo que voy a darle una manicura-pedicura y pintarle las uñas de manos y pies con un color impresionante.
Asintió mientras envolvió su sándwich, deslizándolo de nuevo en su bolso de mensajero. —Le encantará. Nos vemos en la casa. —Golpeó la mesa frente a mí mientras permanecía de pie—. Y no te olvides de ese libro que prometiste prestarme.
—Así es. —Respiré duramente, entusiasmada de que lo recordara—. Sí, está bien. No lo olvidaré.
—Bueno. —Con una sonrisa cálida y agradable, robó una más de mis papas—. Y para que conste, me gusta tonta. —Luego, se alejó sin siquiera mirar a Eva.

Mis mejillas ardían. Ingenua o no, me encantaba saber que le gustaba tal cual era.


No me di cuenta de cómo Eva giró hacia mí con un arco expectante en sus cejas, hasta que preguntó—: ¿Qué libro?
Jugué con mis papas fritas sin comer. —Harry Potter. Dijo que nunca ha leído la serie. ¿Puedes creerlo? Así que ofrecí prestarle el mío.
— ¿En serio? ¿Harry Potter?
Sonaba tan escéptica que suspiré. —No, hablábamos de un libro de Kama Sutra. ¡Sí! Harry Potter. ¿Por qué eso es tan difícil de creer?
Eva se encogió de hombros. —Simplemente no puedo ver a Yulia Volkova leyendo Harry Potter. No puedo verla leyendo nada. —Entonces hizo una cara, haciéndome saber que se le ocurrió algo—. Excepto, tal vez, el Kama Sutra.
Empujé las papas fritas y giré hacia ella con el ceño fruncido. —Sabes, ella no es tan mala. Una vez que le hablas de verdad, simplemente es una chica.


Sólo una chica, que hacía que mi cuerpo se caliente, mi pulso se acelerare, y mi garganta se seque. Una chica con la que era divertido hablar, entendía mis chistes y le gustaba mi gusto en los alimentos. Una chica que me hacía olvidar de que era recelosa con las personas del sexo opuesto. Sí, sólo una chica.


—No entiendo por qué hablas de ella a sus espaldas como si fuera una especie de diosa, pero de frente, la tratas como una basura.
—Oh, cariño. —Los rasgos de Eva se llenaron de simpatía mientras agarraba mis manos—. Pobre, ilusa. Voy a tener que explicarte la pirámide social, ¿verdad? Yulia Volkova es una gigoló cien por ciento. Los personas como ella son divertidas para hacer chismes. Son divertidas para coquetear cuando no hay nadie más cerca y estoy segura de que son divertidas cuando contratas sus servicios. Pero no te sientas con ellos en público y no les hablas como si fueran simplemente una chica. Debido a que no es así. —Suspiró y me dio unas palmaditas en la mano—. Sabía que hoy debía mantener una estrecha vigilancia extra en ti. Porque mira lo que pasó. Vino a husmear, tratando de arruinar tu reputación, y…
Alejé mis manos de las suyas y tambaleé sobre mis pies, tratando de no escuchar otra palabra. —Si ella es tan malas noticias, entonces, ¿por qué intentaste que te diera un regalo?
Eva enrojeció mientras sus ojos se estrecharon con desprecio. —Está bien, uno, me encontraba borracha y todavía me siento absolutamente humillada por lo que hice. Y dos, en realidad podría haberlo manejado sin involucrarme demasiado. Tú probablemente te enamorarás de un pedazo de mierda del bajo mundo como ella si alguna vez se acuesta contigo. Y eso es completamente inaceptable, Len. Una prostituta no pertenece a ningún lugar cerca de ti. Eres demasiado dulce e inocente.
Me quedé boquiabierta con repugnancia absoluta. —Oh, Dios mío, E. Voy a ignorar la forma en que acabas de insultarme, porque creo que dices esas cosas por una buena razón. Pero no voy a sentarme aquí y escucharte insultar así a Yulia. —Me paré y recogí mis cosas—. Ella puede haber tomado una… mala decisión de carrera, pero eso no significa…
—Dios mío, estás enamorándote de ella, ¿no es así? —Se deslizó a través de la banca hacia mí, con los ojos suplicantes—. No lo hagas, cariño. Sólo vas a salir lastimada. Vas a volver a pasar lo de Andrei.
—Lo que sea —murmuré mientras colgaba la mochila en mi hombro y me aparté—. Me voy de aquí.

Me arrastré todo el camino a mi siguiente clase. Eva se equivocaba; Yulia nunca sería como Andrei. En primer lugar, nunca tendría una cita con Yulia. Sabía que se encontraba fuera de los límites. No es que ella no fuera digna, sólo que era incapaz de ser fiel, debido a su trabajo y todo. Sabía que podía tener un enamoramiento con ella, pero nunca esperaría más. Lo sabía. Y en segundo lugar: Yulia no dio señales de ser un bicho raro del control, no en la manera en que Andrei las exhalaba como el dióxido de carbono. Sin duda, no era del tipo “golpea novias”.

Pero me quedé de mal humor por el resto del día, porque Eva comentó una cosa que me alteró completamente. A pesar de saber que nunca saldría con Yulia, pensé que todavía podría hacerme daño, porque sabía con seguridad de que me enamoraba de ella a un nivel que no podía parar.

Sería capaz de hacerme daño de una manera que Andrei nunca pudo. Podría haberle dicho a mi primer novio que lo amé cuando él esperaba que lo dijera, pero nunca le di mi corazón. Sin embargo, había algo en Yulia que me decía que podía dárselo.

Un poco demasiado fácilmente.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- ---------------------------------------------
xlaudik uff! me sacaste de encima una de las grandes incognitas de mi vida jajajaja
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Jue Abr 23, 2015 5:18 pm

q exagerada me saliste jajajajajaja xD
Contiiii!!!! :-D
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Dom Abr 26, 2015 2:33 pm

CAPITULO 8.

Cuando fui a hacer de niñera la noche del viernes, y el lunes después de eso, no conseguí ver a Yulia ningún día. Ella ya se había ido a su trabajo del “club de campo” para cuando llegué. Y las dos noches, Larisa llegó a casa de trabajar antes que ella, lo que significaba que se había quedado hasta tarde… con una clienta, sin duda.

El pensamiento me hacía arder con… no lo sé. Muchas emociones. Rabia, celos, tristeza, depresión. Yo era un lío enmarañado y abrasador por dentro.

Y su madre se olvidó de pagarme —sí, las dos noches. Pero Yulia ya me había advertido que ella era un poco olvidadiza a la hora de pagar sus deudas.

El único punto brillante de esas noches había sido poder pasar tiempo con la chica más dulce con parálisis cerebral de la faz del planeta. Meenamoraba rápidamente de Sarah y de su sonrisa.

Después de que el lunes le pinté las uñas de las manos y de los pies de morado pasión, y las decoré con algunos brillantitos de plástico, la sonrisa más grande y brillante iluminó su rostro. Tuve la tentación de jalarla para darle un enorme abrazo de oso y besar toda su adorable cara.

La puse a dormir leyéndole el primer capítulo de Harry Potter, el cual traje para Yulia. Luego me arrastré hasta la cocina de los Volkov y traté de ponerme un poco al día con los deberes. Me atasqué haciendo la asignación de humanidades antes de que Larisa se presentara alrededor de veinte minutos antes de medianoche.

Disgustada porque ni siquiera había tenido un vistazo de Yulia, e incluso más disgustada porque sabía el por qué, conduje a casa e hice un recorrido por mi apartamento para asegurarme de que nada parecía alterado.

Cuando colapsé en mi cama, olvidé poner el despertador. Así que por supuesto, me dormí el martes.

Sin tiempo para arreglarme el pelo o maquillarme después de una ducha rápida, salí corriendo por la puerta, pensando que tendría que comprar el desayuno en el campus. Pero, al contrario. Recordando que estaba baja de fondos durante un par de días más, volví a entrar corriendo en el apartamento y cogí un plátano de mi frutero raramente usado colocado en la encimera de la cocina.

Llegué al campus diez minutos antes de empezar mi clase, lo que me hizo rechinar los dientes y preguntarme si, después de todo, hubiera tenido tiempo para arreglarme.

Mi mesa de siempre, donde había comido por primera vez con Yulia, se encontraba ocupada. ¡Ocupada! Lo sé, iba a tener que tallar mi nombre en ella.

Me dejé caer ante un árbol cercano y colapsé sobre un parche de hierba al sol. Sacando el plátano de mi bolso, arrugué la nariz ante las manchas marrones debidas a la edad de la piel y decidí que estaba demasiado cansada para comer, de cualquier manera. Así que cerré los ojos y esperé hasta que fuera el momento propicio para arrastrar mi trasero a clase.

Trataba de impulsarme para levantarme cuando una sombra bloqueó la luz del sol. Sentí a alguien de pie por encima de mí un segundo antes de que la voz que amaba y odiaba al mismo tiempo —porque me hacía querer cosas que no podía tener, dijo—: Pregunta.

Abrí los ojos para ver a Yulia. Se veía perfecta. Como siempre. Llevando pantalones flojos y desaliñados, y una ajustada camiseta de cuadros oscura, me sonrió, sosteniendo sus manos detrás de su espalda.

— ¿Qué? —murmuré adormilada.
— ¿Por qué estamos sentadas en la hierba esta mañana?

¿Estamos? ¿Cuándo nos habíamos convertido en un nosotras?

Dios, amaba cómo decía nosotras.

Maldición, nunca seríamos un nosotros.

La vida era tan malditamente injusta.

Agité una mano de forma perezosa en dirección a mi mesa. —Si no te has dado cuenta, nuestra mesa ya está ocupada.
Ella miró por encima y luego me miró de nuevo. — ¿De verdad? Mm. En realidad, no me había dado cuenta.

Levanté la cabeza de mi mochila, que usaba como almohada —una apestosa y dura almohada llena de bultos— y estiré el cuello tanto como me permitió mi cuerpo sin ejercer ninguna energía más que la estrictamente necesaria. Cuando vi que nuestra mesa se hallaba, de hecho, vacía de nuevo, gruñí y dejé caer la cabeza de nuevo con un golpe.

—Bueno, estaba ocupada cuando llegué, así que opté por este encantador trocito de hierba fresca. Y ni siquiera pienses en hacerme levantarme para moverme. Estoy demasiado —hice una pausa para bostezar—, cansada.
—Ah —dijo con un asentimiento de comprensión—. Ya veo. —No se sentó a mi lado, sino que permaneció de pie con las manos detrás de su espalda. Cuando se balanceó sobre sus talones, la miré fijamente, preguntándome qué diablos se traía entre manos. —Así que te vi aquí, descansando en la hierba, —me dijo finalmente—, y me dije “¿qué está mal en esta imagen?...” Además del hecho de que estabas prácticamente desmayada en el suelo.
—Oh, Dios. —Mi mano fue inmediatamente a mi pelo. Se había secado en un lío enredado—. Mi pelo está hecho una mierda, lo sé. Y no llevo maquillaje. Está bien, me dormí. No tuve tiempo para arreglarme, y…
—No es eso —dijo, sacudiendo la cabeza y sonriendo. Su mirada fue a mi pelo antes de recorrer mi rostro—. En realidad, ni siquiera me había dado cuenta. Sin embargo, hoy pareces más natural. Se ve bien.

Señor, tenía que ignorar lo cálida que me hizo sentir ese cumplido. Forzando a mi mente a pasarlo, alcé una pierna, mostrándole mi calzado.

— ¿Es porque llevo sandalias en lugar de bailarinas?

Sí, sí. Eva me había convertido al lado oscuro. Pero mis pies podían respirar mucho más fácilmente con las sandalias. Podía mostrar mis propias uñas pintadas y brillantes —además de un nuevo anillo de pie que acababa de comprar—y además, eran adorables, sexys y prácticas, todo envuelto en un manojo de tiras que hacían que mis tobillos se vieran increíbles. No había sido capaz de resistirme a comprarlas.

Yulia miró mis nuevas sandalias. —Uh… no. Perdón.
Dejé que mi pie volviera a caer a tierra. —Está bien, me rindo. —Cuando simplemente me sonrió, rodé los ojos y fingí un interés seriamente patético—. ¿Por qué te diste cuenta de que faltaba algo en mí esta mañana, Yulia?
—Me alegro de que lo preguntes, Lena, porque me di cuenta de que no tienes tu latte habitual.
Gemí y murmuré—: Muchas gracias. Recuérdame la ausencia de mi dosis de cafeína por encima de todo —resoplé mezquinamente. Pero oye, me sentía cansada; no pude evitarlo—. Mi alcancía está un poco seca en este momento. —Malditas sandalias de tiras bonitas que habían estado al cincuenta por ciento de descuento—. Por lo que voy a tener que posponer mis placeres de espresso un tiempo hasta…
—Mamá no te pagó de nuevo, ¿verdad?

Me encogí. Mierda. No había querido decirlo de esa manera. Este no era su problema, pero sabía que ella lo haría suyo.

Cuando me negué a responder, dio un gran suspiro. —No tengo todo el dinero en efectivo conmigo para cubrir lo que te debe, pero me aseguraré de que te pague. ¿De acuerdo?
—Está bien… —empecé, pero negó con la cabeza para acallarme.
—Sin embargo, todavía es una pena que no puedas tener tu latte diario.
Dejé caer la cara de nuevo en mi mochila. —Sí.
—Pero míralo por el lado bueno.

¿Lado bueno? ¿Había un lado bueno en esto? Alcé una ceja, esperando a que me iluminara sobre este imprevisto lado bueno.

Yulia me guiñó un ojo y sacó las manos de detrás de su espalda, sosteniendo dos tazas de Styrofoam, una en cada mano. —Has hecho amistad con la Srta. Bolsas de Dinero, que puede pagarlos.
Mi boca se abrió de par en par. — ¿Me compraste un latte?

¿Me compró un latte?

Me derretí, mis emociones suavizándose hasta ser esta enorme y pegajosa bola de adoración. Quería reír y llorar y abrazarle hasta que decidiera que tener una novia que se acostaba con decenas de mujeres por dinero en realidad no era un gran problema.
Está bien, todavía era un asunto demasiado grande para que lo pasara por alto. Pero guau. Yulia me había comprado un latte cuando estaba más baja de fondos.

¿Qué tan dulce podía ser?

—No te emociones demasiado —advirtió como si pudiera leer mi mente—. Tengo un motivo ulterior.

Me senté inmediatamente, ya no más cansada en absoluto. Era como si la cafeína de la bebida que ella sostenía de algún modo ya se hubiera disparado directamente por mi torrente sanguíneo.

—Está bien. —Levanté las manos y las moví con impaciencia—. Puedes quedarte con mi primogénito. Ahora dame.
Yulia se rió y me dio una de las tazas. —No me había dado cuenta de que pides el especial con las virutas de chocolate encima. —Suspiró como si se refrescara cuando se sentó en la hierba a mi lado al estilo indio—. Me encontraba a mitad de camino del campus antes de darme cuenta de que faltaban y tuve que volver otra vez.

¿Había vuelto para conseguirme virutas de chocolate?

Oh. Dios. Mío.

Era oficial. Yulia Volkova era perfecta. Bueno, además de toda la parte de gigoló. Pero sí, aparte de eso, nadie más podría compararse.

Tomé mi primer sorbo. Cuando gemí, arqueó una ceja con diversión. — ¿Te gustaría estar a solas?
Acerqué mi latte de forma protector. —Sí. ¿Podrías darnos quince o veinte minutos como mucho? Tengo la sensación de que las cosas están a punto de ponerse muy obscenas en esta casa.

Se rió otra vez mientras yo tomaba otro trago y los dedos de mis pies se curvaron mientras tragaba.
Su cálida y afectuosa mirada sobre mí, además de la dosis instantánea de cafeína por mi sistema, me trajo a la vida de un modo que no podía siquiera describir. Pero me sentía de repente muy viva.

Sonreí de nuevo sin una onza de mi humor malhumorado e infantil y mis quejas interiores a la vista. —Gracias, Yulia. Tenía miedo de que tendría que comerme este plátano que traje de casa. —Haciendo una mueca agria, lo sostuve en alto para enseñarle lo maduro que se había puesto—. Pero la idea me revolvió el estómago. Por alguna razón, me molesta la comida sana como primera cosa en la mañana.
Señaló, pareciendo escandalizada. —Entonces… ¿no vas a comerte eso?
Vi hacia dónde se dirigía esto y rodé los ojos. — ¿Quieres? —se lo ofrecí, y me lo arrebató inmediatamente.
—Gracias.

Bebí mientras ella pelaba el plátano y arrancaba un tercio de el, metiendo todo el trozo dentro de su boca. Todavía se veía demasiado hermoso mientras masticaba, incluso con fruta abultando su mejilla.

Alejé la mirada y pellizqué un trozo de plástico de la tapa de mi taza. —¿Recibiste tu libro? Lo siento, me olvidé de ello el viernes y no lo traje otra vez hasta anoche. —No quería pensar en por qué no había estado allí para aceptarlo ella misma, pero lo hice de cualquier forma.
Asintió mientras tomaba un pequeño trago para bajar el plátano. —Sí. Sarah se aseguró con certeza de que estuviera en mis manos a primera hora de la mañana. A las cinco de la mañana.

Hice una mueca. Ouch. Había llegado más tarde a casa que yo y se había levantado antes de que yo abriera los ojos. Si alguien tenía una razón para estar cansada hoy, era ella. Pero parecía demasiado contenta mientras añadía—: Y me mostró sus veinte uñas recién pintadas. Buen trabajo, niñera.
—Vaya, gracias —dije con una reverencia no tan humilde; bueno en la medida en que puedes inclinarte estando sentada en el suelo.
—En realidad, Sarah es la razón por la que necesito hablar contigo.
—Cierto. —Vacié mi taza y fruncí el ceño. ¿Ya me había terminado mi latte? Qué fastidio. Me centré en ella—. El motivo ulterior. Ya recuerdo.
—Cierto —repitió con un asentimiento—. Es que he oído un rumor de un pajarito de que tienes una… pulsera de dijes.
Fruncí el ceño, completamente confundida por este tipo de preguntas. —Umm… sí.
— ¿Puedo verlo en algún momento? Sarah ha estado hablando un montón sobre ello. Así que pensé en comprarle una por su cumpleaños el próximo mes.
Me puse atenta. — ¿Su cumpleaños es el mes que viene?
—Sí. Va a cumplir el gran uno-tres. —Sin esperar a que levantara mi mano y le enseñara la muñeca, Yulia vio mi pulsera y tomó el asunto en sus propias manos, envolviendo suavemente sus cálidos dedos alrededor de mi antebrazo y levantándolo para examinar la pieza de joyería que adornaba la base de mi mano—. Mamá y yo vamos a hacerle una fiesta de cumpleaños el veintitrés, por si quieres venir.
—Demonios, sí, quiero ir. Y le compraré un dije que vaya con la pulsera como mi regalo para ella. ¿Vas a invitar a alguno de sus amigos de la escuela?
El buen humor de Yulia se agrió inmediatamente. Me lanzó una mirada dura. —Sarah no tiene ningún amigo de la escuela.
—Por Dios, lo siento. —Alcé una mano para calmar su ceño fruncido—. Supongo que debería haber expresado eso de forma diferente. Lo que quería decir era: ¿vas a invitar a alguno de sus compañeros?
La oscura furia en su cara dijo “infiernos, no”. — ¿Por qué debería? Ellos nunca la invitan a ninguna de sus estúpidas fiestas.
—Lo sé, lo sé. —Le dediqué un suspiro de piedad—. Pero… esto es la escuela media. Es un tiempo muy revelador para ella. Está empezando a ver cómo funciona el mundo y se está dando cuenta de lo mucho que apesta no tener amigos. Sólo creo que si hubiera alguna forma de conseguir que alguien de su edad sea agradable con ella, incluso durante una fiesta de cumpleaños de una hora, por lo menos debemos tratar de ayudarla a adaptarse a sus compañeros sociales. Quiero decir, va a cumplir trece. Esa edad es el momento más difícil, lo juro.
Yulia dejó escapar un suspiro, pareciendo reacia, pero admitió—: Sin duda. Yo odiaba la escuela media. Nada bueno viene de la adolescencia.
—Oh, no sé nada de eso. —Golpeé juguetonamente mi hombro contra el suyo—. Aprendes dónde crecen los granos más dolorosos.
Con una mueca, hizo un bigote con su dedo índice. —Justo aquí, debajo de la nariz.
—Lo sé, claro —reí—. El dolor más doloroso de todos.
—Mis ojos siempre se aguaban cuando intentaba explotarlos.
—Uhhmm. —Imité un sonido de “estás en problemas”—. Se supone que no tenías que explotar los granos. Yulia mala.
Su boca se abrió de par en par mientras me lanzaba una atenta mirada de incredulidad. —¿Cómo puedes no explotarlos?
Cediendo, asentí y confesé. —Está bien. También tenía que explotarlos siempre. —Cuando compartimos otra sonrisa, me fui sintiendo demasiado fascinada con la vista de sus perfectos rasgos. Fruncí el ceño—. No puedo imaginarte con acné.
Yulia rodó los ojos. —Confía en mí. Tuve mi parte justa de cráteres.
—Bueno, ahora tu piel es perfecta. —Le lancé una repentina mirada de cejas arqueadas de sospecha—. Te exfolias, ¿verdad?
Se atragantó con el trago que tomaba. Después de toser y limpiar una gota de latte del hoyuelo de su barbilla, me informó secamente—: Sí, me atrapaste. Pongo esa mierda verde sobre mi cara y pepinos sobre mis ojos cada noche.
—Oye, no te metas con los pepinos. Eso funciona de verdad.
—Espera. ¿Haces eso? —Le había sorprendido otra vez.
— ¿Qué? Soy una chica, ¿verdad? Es como una obligación probar las mascarilla verde de belleza al menos una vez en la vida de una mujer. Es parte de la Ley Femenina o algo así. —Y oye, ahí había algo más que podía hacer con Sarah.
Después de estudiarme como si acabara de conocer a una nueva persona, preguntó—: ¿Te comes los pepinos cuando has acabado?

Sólo Yulia, la aspiradora de comida, preguntaría eso.

Hice una mueca. —Qué asco. De ninguna manera. ¿Qué pasa si un moco de ojo cae sobre ellos?

Yulia echó la cabeza hacia atrás y se rió, lanzando una estruendosa carcajada. Ha estado riéndose mucho esta mañana. A mí, como que, me encanta totalmente.

Sacudiendo la cabeza, me dedicó una mirada llena de diversión. —Creo que esta es la primera vez que discuto sobre granos y mocos con una chica.

Sintiéndome de repente extraña cerca de ella porque sus palabras de algún modo me recordaron que mi pelo era un desastre y mi cara estaba desnuda, abracé mi taza vacía con ambas manos y miré en torno al campus… sólo para fruncir el ceño.

—Vaya. ¿De repente todo parece desacostumbradamente tranquilo?
Yulia revisó su muñeca. — ¡Mierda! —Se enderezó con una sacudida—. Llego tarde a clase.
—Oh, Dios mío, ¿qué hora es?
—Casi y cuarto. —Se puso de pie de un salto y su bolsa de mensajero colgada ya de su hombro.
— ¿Y cuarto? ¡De ninguna manera! — ¿Cómo me había distraído tanto?
Me peleé por mi propia bolsa, y Yulia me cogió del codo, ayudándome a levantarme, incluso enganchándola por mí. —Aquí tienes.
—Gracias.

Mantuvo mi paso mientras nos precipitábamos hacia la entrada de la escuela.
Cuando extendió la mano por delante de mí para abrirme la puerta, sus dedos acunaron suavemente la parte baja de mi espalda. La sensación de su mano allí envió chispas ascendentes por mi columna vertebral y explotó en la base de mi cráneo con fuegos artificiales hasta que experimenté una vibración por todo mi cuerpo.
Ignorando la reacción, comencé a girarme hacia mi clase de literatura cuando me golpeó —en realidad tenía virología hoy… en el otro edificio. Mierda. Comencé a darme la vuelta otra vez y me di cuenta de que Yulia se iba hacia la izquierda. Nos dimos cuenta en el mismo momento en que tuvimos que separarnos.
Se detuvo y abrió la boca. Ojos azules escanearon mi rostro. Más que curiosa por saber lo que quería decir, me congelé en mis sandalias y contuve la respiración.

—Bueno… adiós. —Hizo una mueca, haciéndome sospechar que había querido decir más que eso.
Le dediqué una pequeña sonrisa. —Sí. Adiós.

Asintió y se fue hacia la izquierda. Me quedé mirándole un momento antes de salir corriendo del edificio principal y lanzarme hacia el departamento de enfermería.

Pero me pregunté todo el día qué había querido decirme en realidad.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Un poquitito nomas, pero es que de verdad hace rato que tenia esa duda
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Dom Abr 26, 2015 4:23 pm

Bueno una vez despejada la duda espero estes mas tranquila. Y tu nombre es ...???
Espero maa conti :-D
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Lun Abr 27, 2015 4:51 pm

CAPITULO 9.
El resto de la semana fue un sueño hecho realidad. Yulia aparecía en mi mesa de almuerzo todos los días. Y era la única. Sin Eva, ni las celosas profesoras clientes. Solo ella y yo.

Para el viernes, caímos en una rutina. Sé que suena perfectamente de cerebrito, pero trabajamos juntos en los deberes, normalmente cálculo como ambas estábamos en la misma clase —mismos profesores, diferentes horarios.

Podíamos lanzarnos ideas y consejos útiles.

La mejor parte fue que yo era más inteligente y trabajaba más rápido. No es que esté presumiendo. Está bien, estoy totalmente presumiendo. Pero se sentía demasiado asombroso ser mejor en algo que ella.

— ¿Ya has terminado la pregunta tres? —preguntó aproximadamente a cinco minutos de nuestra comida… después de que limpiase las tiras de pollo que conseguí de la cafetería.

Resoplé. Por supuesto que terminé la pregunta tres.

Levantó una mano antes de que pudiera soltar algo sarcástico. —Espera, tacha esa pregunta. Por supuesto que ya has pasado la pregunta tres.

Ahh, también me conocía.

—Es decir, corrijo mi pregunta, “¿qué hiciste para conseguir una respuesta en la pregunta tres?” sigo llegando a sesenta y cuatro sobre cero. Pero eso parece ma…
—Y estarías equivocada —le digo, haciendo un animado sonido de programa de juegos—. Ahora tienes que admitir que no eres más lista que en quinto año.
Me frunció el ceño. —Me gustaría ver a un estudiante de quinto probar el cálculo de universidad.
—Mmm. Apuesto que un estudiante de quinto respondería la número tres como once sobre cuatro.
Yulia puso el bolígrafo en lo alto del cuaderno lleno de ecuaciones. —¿Qué diablos hiciste para tener once sobre cuatro?

Con una sonrisa, me incliné y señalé cada x y una limitación.

Agarró el bolígrafo para corroborarlo y garabateó números intensamente, trabajando la ecuación de la forma que sugerí. —Diablos —murmuró cuando llegó al once sobre cuatro—. ¿Por qué el profesor no me lo explicó de esta manera? Este modo es fácil.
Di un largo suspiro. —Rara vez explican cualquier cosa de forma fácil. Simplemente sus cerebros no funcionan al igual que el de una persona normal, por lo que es más difícil para ellos traducir las ecuaciones en términos sencillos. Mi padre es profesor de matemáticas en un instituto, así que lo sé.
Yulia pareció sorprendida cuando me miró. — ¿En serio? Eso es genial. Imagino que no debería estar sorprendida de que te manejes tan bien entorno a los números. Debe correr por los genes.
Me encogí de hombros, modesta por mi lado nerd. —Mm. —Metiendo un mechón de pelo detrás de la oreja cuando una brisa lo atrapó y lo envió revoloteando en mi cara, pregunté—: ¿Qué heredaste de tu padre? —Tan pronto como pregunte, recordé que Larisa era una madre soltera. Avergonzándome, levanté una mano—. Lo siento. No era mi intención imponerme. Olvidé por completo que tu madre es…
Yulia levantó una mano. —No. Está bien. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años, así que no recuerdo mucho sobre él. Sólo sé que estuvo en el ejército.
Me puse la mano sobre el pecho. —Lo siento mucho. ¿Fue asesinado en Medio Oriente?
Me envió una contundente mirada que parecía gruñir, justo tenías que preguntar eso, ¿no es cierto?, Yulia suspiró. —No. Nunca fue a combate. Una noche desbarrancó y asesinó a una familia de cuatro integrantes, además de a sí mismo, en un accidente por conducir borracho.
Mi boca se abrió. Ups. —Oh, dios mío. Eso es… una lástima.
—Sí, más o menos. Y en esta pequeña ciudad de una comunidad, todos saben cómo murió, así que ni siquiera puedo inventar alguna muerte de héroe para él.
Mastiqué el extremo del lápiz mientras miraba el libro de cálculo frente a mí. —Entonces… ¿Puedo preguntarte sobre el padre de Sarah?
Sus ojos entrecerrados me dijeron que no debería preguntar tampoco por ese hombre, pero me respondió—: Butch Arnosta. Ese perdedor huyó después de que descubrimos la condición de Sarah. Mamá lo conoció cuando yo tenía siete años. Tuvieron un romance rapidito, quedó embarazada, se casaron y se fue de nuevo tan rápido cuando el doctor dijo las palabras parálisis cerebral. Tras eso, creo que se rindió por completo con los hombres. En realidad nunca salió de nuevo.
Hice un sonido empático en la parte trasera de mi garganta. —Bueno, no la culpo de nada. Suena como si tuviese un mal historial con los hombres al igual que yo.
Yulia me lanzó una mirada incrédula. —¿Cómo puedes tener un mal historial? Sólo tienes, ¿qué, dieciocho?
Olfateé. —Dieciocho y medio.

Sonrió ante mi broma. Me encantaba cómo siempre sabía cuándo intentaba hacerme la graciosa, incluso cuando era un mal chiste cursi.

—Le pido perdón, anciana. —Extendió la mano, como pidiéndome algo—. Permítame ver su palma, Señorita Dieciocho y Medio. Le daré una mirada a tu línea del amor y te diré qué tan malo es tu historial.
Arrugué mi frente, desconfiando. — ¿Puedes leer las palmas?
—No, sólo quiero sostener tu mano. —Su voz era tan seria, que no podía notar si me coqueteaba o no. Entonces rodó los ojos y sacudió los dedos con impaciencia—. Dame.

No tenía nada que perder, así que extendí la mano.

Tomó mi muñeca y suavemente me volteó los dedos. —Vamos a ver aquí —murmuró, en un pensamiento profundo. Llevó mi mano más cerca de su cara para inspeccionar justo antes de que soplase en la piel.

Su cálido y estimulante aliento hizo que cada pelo de mi cuerpo se pusiese de punta. Santa maldita vaca. Sin duda sabía cómo excitar.

— ¿Qué estás haciendo? —Jadeé. Además de encenderme por completo en medio de un campus de la Universidad.
— ¿Mm? —Levantó la mirada, pareciendo inocente—. Oh, sólo soplaba la suciedad de mi bola de cristal. Obviamente ha pasado un tiempo desde que has tenido una buena lectora de palmas.

Se sentían más como juegos preliminares para mí. Pero… lo que sea. Definitivamente no iba a decirle que deje de soplarme.

—Eres tan idiota —dije con un bufido para ocultar las emociones que sentía.
—Oye, no insultes a la adivina mientras trabaja. Podría predecir algo… desagradable.

No podía imaginar nada peor que mi anterior relación, así que… tráelo.

Pero le dije—: Oh, lo siento, adivina. —Inclinándome lo suficiente para oler su esencia limpia y fresca, también fingí estudiar mi palma—. Entonces, ¿cómo se ve mi vida amorosa?

Volvió la atención a mi mano y la estudió durante un momento antes de deslizar el dedo índice a lo largo de una marca arrugada. Envió un delicioso temblor por mi espalda.

—Se ve bien. Dice que tendrás una vida amorosa larga y feliz. Pronto conocerás a tu alma gemela y al salir de la universidad, te casarás. Los dos se mudarán a —entrecerró los ojos y se inclinó más cerca, haciendo que una oleada deliciosa, de abundante cabello negro se derrame por su frente—, Rhode Island, donde cada uno hará al menos ochenta de los grandes al año, tendrán dos coma cinco hijos, y van a comprar un perro llamado… Hundley.
Levanté una ceja. — ¿Qué es eso? ¿Hundley? ¿Cómo el perro salchicha en “El Curioso George”?
—Sip. Lo dice justo aquí. —Me golpeó la mano como si eso debiera convencerme por completo.
La sacudí con lentitud, emocionada por este lado juguetón suyo. —Entonces, ¿cuál es el nombre de mi alma gemela?
Ella frunció el ceño. —¿Cómo diablos se supone que lea el nombre en un par de líneas de tu mano?
Le gruñí en respuesta. —Pero ¿sabes cuál va a ser el nombre de mi perro?
—No. —Una malvada sonrisa iluminó su rostro—. Te dije que no leo las palmas.
—Oh, Dios mío. —Le empujé por el hombro—. Eres ridícula.
No pareció importarle que por poco la empujara fuera del banco; se encontraba demasiada ocupada soltando una risa. — ¿Ridícula, eh? —Doblando los dedos para hacer de mi mano una bola en un puño, pasó el pulgar por mis nudillos—. Posicionaremos eso debajo de encantadora.
—Ridícula definitivamente no va debajo de encantadora.
No respondió; estaba demasiado ocupado estudiando mi dedo del medio que se curvó en un divertido ángulo. — ¿Qué ocurrió aquí? —Lo serpenteó un poco, haciéndolo yacer recto.
— ¿Mm? Oh, Lo puse fuera de lugar mientras jugaba al baloncesto en el instituto.
Alzó la vista. — ¿Jugabas baloncesto?
Asentí, intentando ignorar la forma en que su pulgar seguía moviéndose sobre mi de repente piel sensitiva. —Durante tres años.
— ¿Por qué no durante cuatro?
Encogiéndome de hombros para cubrir el temblor de aflicción que me pasaba cuando recordaba un particular momento horrible, murmuré distraídamente—: Yo, um… me quebré el brazo justo antes de la temporada de mi último año. No podía jugar.
Su mirada se elevó por mi brazo y justo a mi codo como si supiera exactamente donde se había destrozado el hueso. —¿Cómo te quebraste el brazo?
Apartando la mirada, observé a un grupo de chicos bromeando por el jardín de las estatuas de bronce, subiendo a la parte trasera del semental, fingiendo montarlo. —Me caí por las escaleras. —Justo después de que Andrei me empujase hacia ellas.
Yulia me estudió como si pudiera leer el horrible recuerdo de mi mente. Entonces sonrió. —Bueno, supongo que eres bastante propensa a los accidentes. Los dedos de mis pies siguen resentidos por esos libros que dejaste caer sobre ellos.
—Oye. —Casi medio ofendida, intenté sacar mi mano de su alcance, pero la apretó con más fuerza para poder besar mi destrozado dedo del medio.

Sí, sí, lo sé. Puso la boca en una parte de mi cuerpo. Estoy sorprendida de que aún esté lo suficiente consciente como para hablar de ello.

Examinando mi dedo, apartó los labios. —No te habría tomado por el tipo de atleta. No te mueves como una deportista.
Levanté una ceja. —Entonces, ¿cómo me muevo?
Se encogió de hombros antes de lanzarme una sonrisa. —Bueno, cuando no estás trastabillando por todo el lugar, te mueves como una chica. —Amontonó los rasgos de su cara como si pensara profundamente antes de añadir—. Quizás como una porrista.
Hice una mueca. —No lo creo, pervertida. Todas las porristas de mi instituto eran unas zorras sucias y vengativas. Salí sólo con una persona en la secundaria, muchas gracias.

Andrei amenazó a cualquier otro chico que se acercaba a unos seis metros de mí después de que terminé con él.

— ¡Oh, oh! Así que sale la verdad. —Yulia me lanzó una sonrisa de superioridad de “te tengo”—. La plegaria se diga, señorita Katina, ¿cómo tiene tales raros historiales cuando sólo ha tenido un novio?
Enderecé la espalda. —A veces es más la calidad que la cantidad lo que cuenta.
Sus ojos se oscurecieron con sentimiento. — ¿Así de malo, eh? —Sus rasgos se suavizaron como si pudiera querer consolarme, lo cual, bueno, no me importaría. De verdad—. ¿Qué hizo? ¿Ponerte los cuernos?

Traté de apartar su mano de nuevo. Sin suerte. Pero no lo intenté con demasiada fuerza. No quería soltarla, y me emocionaba que inicialmente se negara.

—Entre otras cosas. —Mantuve la voz ligera, intentando restarle importancia.
La cara de Yulia se oscureció. — ¿Qué otras cosas?

Gracias a dios que fui salvada de responder, porque mi mente se quedó en blanco, intentado tramar una buena mentira.

—Veo que están saliendo —dijo una voz mientras un trío de chicas pasaba nuestra mesa a unos seis metros de distancia—. Sostiene su mano. Les dije que no podía ser una gigoló.

Yulia alejó su mano de la mía y se corrió rápidamente para poner algo de espacio entre nosotras. La forma en que bloqueó su expresión, como una casa cerrando las ventanas, envió una ráfaga de furia a través de mí. Quería mutilar a quien sea que la hirió con sus cotilleos crueles.

Miré a las chicas pasando. —Sabes que podemos escucharte.

Las tres abruptamente nos miraron y con la misma rapidez apartaron la mirada de nuevo. Apresurándose en un trote ligero, se fueron deprisa hasta que sólo regresaba el eco de sus risas.

—No las escuches —le dije a Yulia—. Son… ignorantes.
—No importa. —Sacudió la cabeza mientras cerraba de golpe el libro de cálculo y lo metía en la mochila. Dándome una sonrisa tensa, se puso de pie—. Ten un buen fin de semana de Día del Trabajo, ¿está bien?

Antes de que pudiera responder, se giró y alejó, con los hombros rígidos y las manos hechas un puño a los lados.

Suspiré.

La depresión me golpeó con fuerza cuando recordé que en realidad iba a ser el fin de semana del Día del Trabajo.

Larisa salió el viernes de su trabajo de noche, y el café donde trabajaba estaría cerrado el lunes, así que hasta el siguiente miércoles, no iba a ir a la casa Volkov. Y ya que la universidad cerraba por día de fiesta, ni siquiera tendría una buena razón para ver a Yulia entorno al campus hasta el martes.

De manera extraña, ya la echaba de menos.



Mhm no se, y si tengo mas dudas? jajajajaja. Florencia Smile un gusto conocerte Wink
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Lun Abr 27, 2015 11:52 pm

Bueno si tienea mas dudas solo pregunta :-D y el gusto es mío xD

Q bueno q publicaste hoy justo x mi cumple :-P espero no tardes y publiques pronto
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Mar Abr 28, 2015 11:11 am

Woow tu cumple? Ojala que la hayas pasado genial Smile!! Supongo que me guardaste torta no? jajajajaja Bueno entonces de regalo te subo doble capitulo hoy Smile Feliz Cumpleaños- medio tardeP: - Claudia Smile Smile
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Mar Abr 28, 2015 11:12 am

CAPITULO 10.


Le concedería esto a mi prima: La chica sabía cómo dar una fiesta.

Mientras observaba las actividades del golpeteo de la música a mí alrededor, mi fosa nasal escocía por el diamante incrustado en mi nariz. Sí, Eva finalmente me había persuadido.

Oye, no soy perfecta.

Mi debilidad había comenzado en cuanto vi el lindo aro de plata que ella se había puesto. Después me miró y dijo: “Andrei odiaría verte con un anillo en la nariz”, y mi resistencia se había hundido como el Titanic. Dios prohíba que haga cualquier cosa que él aprobaría.

Sin embargo, preocupada por cuantos mocos se atascarían en él cada vez que estornudase, había elegido una barra en lugar de un aro. El enrojecimiento y la hinchazón habían bajado y nunca había sangrado como el de Eva, así que nadie podía decir que tenía un par de horas de antigüedad.

Echando un vistazo por el salón de la tía Mads y el tío Shaw, vi a Alec levantar un chupito de tequila con sus dientes del canalillo de Eva y tomárselo sin tocarlo. E. le animó mientras que un poco de alcohol goteaba por su barbilla. Pero ella le lamió tan pronto como él dejó caer el vaso en sus manos.

Negué incluso cuando mis labios se arquearon con diversión. Niños locos.

Había estado preocupada cuando le conocí por ella. Parecía tan rico, mimado y pretencioso como era Eva. Dos iguales, en este aspecto, normalmente no se atraen. Me imaginé que no durarían ni una semana, cada uno de ellos esperando que el otro le mimase tanto como hicieron sus padres. Pero llevaban juntos casi tres meses y parecían seguir contentos.

De pie con la espalda pegada a la pared para poder verlo todo sin perderme nada, me sentía como si estuviese supervisando en lugar de unirme a la diversión. Desde mayo, sin embargo, había estado un poco recelosa a juntarme con un grupo de totales desconocidos.

Acababa de tomar un sorbo de mi vaso rojo de plástico cuando alguien se me acercó por un lado. —Hola, te ves solitaria estando aquí de pie sola. Se me ocurrió que podría hacerte compañía.
—¡Oh! —Casi derramé la espumosa cerveza en mi camisa cuando salté muy fuerte. Limpiando mi barbilla y sintiéndome como una idiota, me giré hacia el desconocido—. No te había visto.
Sonrió, sus dientes lo suficientemente perfectos como para decirme que en algún momento debió de llevar aparatos. —Perdón. Supongo que mi entrenamiento secreto de ninja está dando sus frutos después de todo. —Le sonreí pero no pude lograr reírme. Me tendió la mano—. Soy Ty.
—Lena. —Sacudí la mano con la de él, retirándola inmediatamente.
Juro que no había lanzado ninguna señal de coqueteo. Pero él seguía contra la pared a mi lado como si le hubiese invitado y tomó un trago de la botella que sujetaba. Inspeccionando la multitud conmigo, preguntó—: Así que, ¿conoces a Eva o sólo te enteraste de la fiesta?
—Conozco a Eva. —Me giré para verlo a él en lugar de a todo el mundo, ya que él parecía la amenaza más grande—. Es mi prima.
—Mm. —Dejó de mirar a la gente para observarme a mí—. Nunca te ha mencionado.


Me encogí de hombros. Eva y yo podríamos haber crecido a medio país de distancia, pero en todas las vacaciones nuestra familia se juntaba; siempre habíamos sido inseparables. Facebook nos ayudó a mantenernos unidas. Pero no tenía ni idea de por qué este extraño pensó que ella debería de haberle hablado de mí.

Sus ojos marrones oscuros eran directos y me decían que él apreciaba lo que veía. No estaba segura de qué pensar de eso. Quiero decir, no era feo. No era un gigoló caliente, pero no era repulsivo. Simplemente había sido totalmente sincera con E. cuando le dije que no buscaba una relación.

Si mi historia con Jeremy me enseñó algo, era a ser muy cuidadosa con cualquiera que diese las señales que Ty daba. Él buscaba tener sexo esta noche, lo que me ponía nerviosa. En realidad, últimamente todos los chicos me ponían nerviosa. Con Ty, seguía preguntándome ¿qué tan enfadado se pondría si una chica no le besara de la manera correcta? ¿Cuánto tiempo después de que se volviese serio pasaría hasta que prohibiese la noche de chicas? ¿Cuántas armas tenía?

Tal vez pensamientos de ese tipo no cruzaban mi mente cuando estaba con Yulia porque había un elemento de seguridad entre las dos. Ella estaba prohibida. Luego, estaba segura de experimentar cualquiera de los horrores de una relación con ella. Podíamos ser nosotras mismas sin reservas.

—¿Eres siempre tan tranquila? —preguntó Ty, pareciendo divertido por la intensidad en la que le miraba.
Me sonrojé y agité la mano. —Me has pillado. Simplemente me quedo aquí y luzco preciosa.
Se rió y sus ojos brillaron hambrientamente. —Sí, lo haces.

Uf. Me aclaré la garganta e hice una mueca de dolor, deseando que él no pensase que buscaba un cumplido. Necesitando un cambio de tema, abrí la boca para preguntar si él también asistía a Waterford cuando Eva apareció en frente nuestro. Gracias a Dios.

—¡Ty! Lo lograste. —Le abrazó y después chocó su mejilla con la de él en un beso imaginario.
Mientras se retiraba, Ty la inspeccionó de la cabeza a los pies, aún sujetando sus manos. —Eva. Estás tan hermosa como siempre. Nuevo aro en la nariz, veo. Es sexy.
—Vaya, gracias. —Amablemente cortando su contacto con él, Eva continuó sonriéndole con su sonrisa de anfitriona mientras enganchaba su brazo con el mío—. Lena y yo nos los hemos hecho hoy. Ahora, si me disculpas, necesito pedirte prestado a esta señorita.
Él asintió y sus ojos hervían de calor apenas reprimido mientras me miraba. —Sólo si la traes de vuelta cuando hayas terminado con ella.

Eva se rió y nos apartó para llevarme a través de la multitud a la cocina.

Iba a darle las gracias por salvarme cuando murmuró—: No en tu vida, amigo.
—¡E! —susurré, mirando hacia atrás para asegurarme de que no lo había oído—. ¿De qué iba eso?
—Oh, Lena, cariño. Debes de tener un serio fetichismo por los chicos malos. Lo juro, eres la reina de las relaciones imposibles.
—No lo soy —murmuré de mal humor y liberé mi codo. Siempre encontraba la forma de hacerme sentir insegura en el departamento de la relación.
—Sólo…mantente alejada de Ty, ¿de acuerdo? Confía en mí.
No tenía planeado estar cerca de él, pero caí en la alerta del tono serio de Eva y la aparté a un lado del pasillo. —¿Por qué? ¿Le sacó un cuchillo a su última novia?
Rodó los ojos. —No.
—¿Es un gigoló? —No pude evitar preguntar.
—No, pero…
—Entonces ya tiene dos puntos brownie a su favor. —Por qué le defendía, no tenía ni idea. Creo que simplemente quería discutir con Eva porque me enojó. ¿Se cree que no tengo la cabeza sobre mis hombros cuando se trata de chicos, simplemente porque había estado tan terriblemente equivocada con Andrei?

Demonios, ¿todos los que me conocían pensaban que era una completa tonta?

Giré a la cocina para rellenar el vaso y ponerme ligeramente borracha, pero Eva me giró para enfrentarla. —Estuve saliendo con él tres meses el año pasado —explicó con un suspiro.

Oh.

Arrugué la nariz. —Qué asco. —Salir con uno de los ex de Eva tenía que ser tan malo como salir con uno de los ex novios de mi hermana—. ¿Por qué no ha mencionado eso? Incluso le dije que somos familia.
—Bienvenida a Ty Lasher —dijo Eva—. No tiene un hueso moral en su cuerpo. El hijo de puta me engañó, dos veces, en tres meses que estuvimos juntos.
—Sí. Gracias por la advertencia. —No iba a volver a hablar con ese idiota—. Pero, espera. Si ustedes dos tienen tan mal pasado, ¿por qué está en una de tus fiestas? —¿Y por qué ella había sido tan cordial al saludarle?
—Porque todo aquel que es alguien viene a mis fiestas. Son la bomba, nena.
—Desafortunadamente, tiene razón —dijo una voz, haciendo que temblase mi columna vertebral, mientras alguien se paraba en el pasillo detrás de mí—. Mercer sabe cómo dar un infierno de fiesta.
—Yulia —dijo Eva entre dientes, sus ojos estrechándose—. Qué sorpresa. Raramente te veo en estas. Y tampoco recuerdo haberte invitado.

Pensé que era una observación extraña. Eva probablemente no había invitado a la mayoría de la gente de aquí.

—No —concordó Yulia. Cuando me atreví a girarme, vi que su sonrisa burlona era tan fuerte como la de mi prima—. Pero tu novio sí lo hizo.
Los labios de Eva se apretaron. —Voy a tener unas pocas palabras con Alec sobre eso. Créeme.
—Está bien, espera. —Ajusté mi postura para poder verlos a ambos, a Eva y a Yulia. Levanté las manos y las sacudí—. No lo entiendo. Yulia no se aprovechó de ti cuando estabas borracha y no le quieres aquí. Sin embargo, Ty te engañó dos veces y acabas de abrazarle en señal de bienvenida. No tiene sentido.
Eva parpadeó como si no entendiera mi confusión. —Len, Ty es el hijo de un juez. Esta…persona no es nada más que tu santa prostituta.
—Una prostituta que te rechazó —se burló Yulia —. ¿Te dolió tanto el orgullo?
Ella la miró. —Eres una engreída…
—Hija de puta —termino por ella, su voz agradable—. Sí, lo recuerdo.
—No perteneces aquí. —Apretó las manos en puños, los malditos vibrando con furia—. ¿Cómo te atreves a aparecer en mi fiesta? Eres una don nadie de ninguna parte que…
—¡Oye! —Salté delante de ella, enfrentándome a mi prima—. Retrocede. Has invitado a todo el mundo y a sus perros a la fiesta. Deja de ser una esnob engreída. Quiero que Yulia se quede. Es divertida para hablar.

E. se me quedó mirando con dureza, como si buscara algo antes de mirar por encima de mi hombro. Entrecerrando los ojos, me agarró del brazo.

Manteniendo una mirada de censura en ella, me habló en voz baja al oído. —Recuerda lo que te dije, Len. No lo hagas. —Entonces se estrelló contra nosotras, chocando con el hombro de Yulia mientras se marchaba.

Me quedé detrás de ella, confundida como siempre con la ardiente necesidad de disculparla.

—¿Qué no hagas qué? —preguntó Yulia detrás de mí.

Me giré para mirarla y se me cortó la respiración. Dios, era demasiado tarde; había pasado por alto totalmente la advertencia de Eva y caído a lo grande. En qué, no estaba segura. Pero Yulia Volkova definitivamente tenía algo que ver con mis emociones.

—Creo que está asustada de que siga sus pasos y trate de lanzarme a ti como hizo ella.
—¿Eso crees? —Sus ojos recorrieron mi rostro—. Bueno, la verdad es que tiendes a actuar como su pequeña seguidora.
Di un grito ahogado, horrorizada y dolida de que viese eso en mí. —No lo creo.

Sus ojos brillaban con diversión antes de que tocase la punta de mi nariz.

—Nuevo aro para la nariz —dijo, señalando su punto.
Cubrí la barra de diamante con mi mano, escondiendo la evidencia. —De acuerdo, pero no la sigo por el precipicio cada vez.
—No —concordó amistosamente—. Pero me alegro que lo hicieses esta vez. Ese aro te hace ver increíblemente… caliente.

Sonó sorprendida.

Me sorprendió que lo pensase. Aclarándome la garganta, aparté la mirada, sabiendo que debería contestar, pero simplemente no podía.

Yulia dejó escapar un suspiro. —Sabía que estarías aquí esta noche.
Retrocediendo, me quedé boquiabierta. —¿Tú…tú estás aquí por mí?
Se movió, apartando la mirada brevemente, luciendo incomoda antes de volverse y de repente me dio algo que ni siquiera sabía que sostenía. —Toma. Quería devolverte esto.

Me quede mirando a mi libro de Harry Potter en shock. Frunciendo el ceño, lo cogí lentamente. Después de deslizarlo de su mano, levanté la mirada.

—¿Qué? ¿Es decir que lo terminaste? ¿Ya?
Asintió y se sonrojó. —Sarah...ella me seguía molestando para que se lo leyese. Creo que me perdí un par de asignaciones de los deberes porque teníamos que leerlo en cada momento libre que tenía. —Tomó una profunda respiración, levantando los hombros—. Así que… ¿Cuál es el nombre del segundo? ¿La Cámara Secreta, o algo así?
Farfullé y miré al libro en mis manos, aún aturdida de que en realidad lo hubiese leído. Definitivamente resultaba ser una caja de sorpresas. —Es La Cámara de los Secretos. —Le corregí mientras pasaba mi dedo por el lomo de La Piedra Filosofal. Cuando le miré, lo hice sospechosamente—. ¿De verdad, verdad ya lo has terminado?
—¡Sí! —Parecía nerviosa y un poco avergonzada—. ¿Prefieres hacerme preguntas sobre él, o quieres darme el siguiente libro ya?
Mi boca cayó abierta. —¿Quieres leer el siguiente? —Una sonrisa apareció en mis labios—. Te gustó, ¿no?
Negó. —Sarah quiere saber qué pasa después.
—Pero tú también —me burlé y me incliné más cerca—. Admítelo. Te ha gustado.
Me envió una mueca de advertencia. —Ni si quiera pienses en decir que te dije eso.
—¡Ja! —alardeé, levantando las manos al aire, una llena de alcohol, la otra llena de Harry Potter—. ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Te lo dije.
—Veo que eres uno de esos amables, y humildes tipos de ganadores —dijo secamente, aunque sus labios temblaron con diversión.
—Esto es increíble —continué, ignorándole totalmente—. He creado un fan de Harry Potter. Sabes, si esto sigue así, J.K va a tener que darme una parte de sus beneficios. ¿No crees?
—Creo que te estás pasando, Katina.

Por un segundo, parpadeé, preguntándome por qué diablos me había llamado Katina antes de que comprendiera. Oh, cierto. Mi nuevo apellido.
Elena Katina, Elena Katina. No lo olvides.

—Lo que sea. —Rodé los ojos mientras sonreía—. Esto sigue siendo alucinante. Puedo ir a por el segundo libro si de verdad lo quieres.
Frunció el ceño. —¿Llevas tus libros de Harry Potter a tus fiestas universitarias?
Levanté el volumen que me acababa de dar y lo sacudí en su cara. —¿Qué? Tú también.
Se rió. —Vaya, en serio tienes como objetivo ser la mejor reclutadora del año.
—Lo sabes. —Sonreí y golpeé el hoyuelo en su barbilla juguetonamente con el borde del libro—. Pero en serio, mi apartamento está justo encima del garaje, que está como a veinte pasos desde esa puerta de atrás, así que… puedo conseguirlo en dos minutos como mucho.
Yulia miró a la puerta de atrás. Después hacia mí, sus ojos entrecerrándose con sospecha. —¿Te quedas encima del garaje de los Mercer?
—Sí, y sé lo que estás pensando, pero confía en mí. El sitio está genial. Honestamente es como un mini apartamento con una pequeña cocina, habitación, baño y salón. Y la intimidad es… increíble. —Tuve que cantar la palabra increíble—. Eva está muy celosa. No tenía ni idea de la joya que había en su propiedad hasta que me mudé. Lo juro, probablemente me echaría y se mudaría allí si no fuese porque su armario es el doble de grande que mi habitación.
—Mm. —Parecía completamente confundida—. Vaya. Me di cuenta que Eva y tú eran cercanas, pero no tenía ni idea de que sus padres te dejasen mudarte.
—¡Oh! Lo siento, supongo que no te diste cuenta de que Eva es mi prima. Su madre, tía Mads, es la hermana pequeña de mi madre.
Yulia palideció. —Sí —escupió la palabra—. No sabía eso.
—Está bien, en serio. —Gruñí, repentinamente sobria—. ¿Hay algo mas en esta cosa entre tú y E. de lo que me estás dejando saber?
—No —negó—. No, yo sólo… no. Nada en absoluto. Sólo me preocupaba de que el problema entre ella y yo te molestase. Quiero decir, no vas a dejar de hablarme ahora en lealtad a tu prima, ¿no?
Arqueé una ceja con sospecha. —Si no he parado hasta ahora por ella, tampoco voy a parar ahora.
Sus hombros se relajaron. —De acuerdo, bien. Es sólo que… sé que ella no me considera de tu… tipo. Sería una pena si saltases de ese acantilado con ella.

Eva podría haberme persuadido de ir con sandalias. Podría haberme hablado de embutir un diamante en mi nariz. Pero nadie podía convencerme de no ser amiga de Yulia Volkova, excepto quizás Yulia.

Suspiré. —Puede que ame a mi prima en pedazos y lleve una moda loca con ella, pero confía en mí, sé cómo ser mi propia persona. Si alguna vez me vuelvo tan condescendiente como Eva Mercer, dispárame por favor, ¿de acuerdo?
La expresión de Yulia era un poco rígida, como si no me creyese. Pero asintió. —Está bien.
Sonreí. —Genial. Ahora que tenemos eso solucionado, espera aquí. Estaré de vuelta en un santiamén con tu siguiente libro.
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Mar Abr 28, 2015 11:12 am

CAPITULO 11.


Tenía la intención de lanzarme a mi apartamento y volver a Yulia con el libro, pero cuando miré hacia atrás y la vi siguiéndome por la puerta trasera y en la cálida noche, tragué.

—O... podrías sólo, ya sabes, venir conmigo —corregí, bastante segura de que no quería que viniera conmigo en absoluto.

Yulia. A solas conmigo en mi apartamento. Las dos juntas con mi respiración toda fuera de control y con la advertencia que Eva me hizo dando vueltas en mi cerebro: No lo hagas, no lo hagas.

Soltó un bufido.

—Eh, no vas a dejarme allí sola con otras cincuenta Eva Mercer acechando. Podrían abusar de mí antes que regresaras.

Puse los ojos en blanco.

—Oh, Dios mío. ¿Un poco dramática? —Pero, en realidad, no estaba tan segura de que estuviera bromeando.

¿Acaso todas las chicas borrachas se le arrojaban?

Está bien, esa era una pregunta estúpida. Si en este momento yo estuviera borracha y todas mis inhibiciones idas a la tierra del alcohol, estaría arrojándome hacia ella.

—Bueno, simplemente no esperes que salte ante ti como una especie de escudo humano si algunas hembras retozonas vienen volando de las sombras para emboscarte por un regalito.

Se rió entre dientes cuando empezamos a subir los escalones hacia mi apartamento.

—Entonces me aseguraré de que te tires delante de mí en contra de tu voluntad.
—Ja, muy graciosa, listilla. —Hice una pausa para buscar mis llaves en la oscuridad.

Para ser perfectamente honesta, me sentía un poco contenta de tenerla conmigo. No había ni una luz nocturna afuera de la puerta de entrada de mi loft, y estar de pie sola en la oscuridad durante una fiesta de Eva no sonaba atractivo. ¿Qué pasaba si un borracho tipo Andrei tropezaba conmigo y trataba de ponerse juguetón?
Yulia estaba tranquila, mientras yo buscaba a tientas y disfrutaba de la sensación sólida y protectora de su presencia.

—Aquí vamos. —Encontrando la llave correcta, abrí la puerta y entré.

No había pensado en limpiar antes de salir para la fiesta. Mi casa no era un desastre en sí, sino que lucía como su hubiera gente viviendo ahí. Mi libro de literatura británica colgaba abierto sobre la mesa de café. Sí, seguía en la clase de la Dra. Janison y aprobaba, uf. Una manta yacía arrugada sobre el sofá. Había un puñado de platos apilados en el fregadero, y todavía tenía que tirar la taza vacía de latte que había tomado esta mañana para el desayuno.
Yulia parecía evaluar todo mientras caminaba lentamente alrededor de la sala de estar y la cocina.

Asintiendo, murmuró—: Sí, tengo que decir que tenías razón. Esto es bastante impresionante. Podría vivir aquí sin ningún problema. —Se acercó a la mesa en frente de la ventana y enganchó una manzana de mi cesta de frutas.

Negué con la cabeza.

—Simplemente no puedes resistirte, ¿no es así?

Sus ojos brillaron con diversión mientras hundía los dientes en la pulpa de la manzana.

—¿Qué? ¿Resistir tu fruto prohibido? Diablos, no. —Entonces me guiñó un ojo mientras masticaba—. ¿Qué piensas acerca de las manzanas, entonces?

Solté un bufido y puse los ojos en blanco.

—Creo que tu juego de palabras es cursi y patético. —Y completamente adorable.

Se rió y dio otro gran mordisco.

—Entonces, ¿dónde está ese libro?
—En mi habitación. —Abrazando el libro uno de la serie en mi pecho, lo dejé comiendo y corrí a mi pequeño rincón para dormir. Encendiendo la luz, tiré La Piedra Filosofal en mi cama sin hacer y me arrodillé frente a la mini estantería colocada bajo mi ventana. Encontrando el libro número dos casi de inmediato, lo saqué y me levanté. Girando para regresar rápidamente con Yulia, la encontré en la puerta, sin dejar de masticar lentamente mientras me miraba.

—¡Oh! —grité y patiné hasta detenerme—. Ahí estás.

El calor cubrió mi cuerpo como un sarpullido. De pronto sentí la presencia de mi cama de tamaño completo a sólo un metro de distancia, como si se tratara de un ser vivo, respirando aire caliente en mi nuca para recordarme su existencia. Tomé mi pelo en la mano sólo para soltarlo de nuevo.
Pero la sensación se mantuvo. Creo que por tanto tiempo como Yulia estuviera en mi habitación, sería hiperconsciente de cualquier superficie plana disponible.

—Tú... quiero decir... —Tragué saliva y aspiré—. Puedes llevarte toda la serie ahora, si quieres. Así no tendrás que esperar entre cada libro hasta que puedas conseguir el siguiente.
—No me importa esperar. —Su mirada era directa y significativa—. De hecho, me gusta la anticipación.

Guau. ¿Seguíamos hablando de libros?

No podía respirar, no podía pensar.

Como si fuera completamente ajena a mi creciente excitación, Yulia se volvió hacia mi tocador y examinó todos mis efectos personales. Me sentía expuesta, probablemente más expuesta que si hubiera estado de pie desnuda delante de ella. Sonrió suavemente mientras bajaba su manzana a medio comer y recogía mi loción favorita.

Las rodillas se me volvieron gelatina cuando abrió la tapa y olió profundamente, sólo pude observar mientras me miraba.

—Llevabas esta el viernes.

No había manera en el mundo en que mis cuerdas vocales pudieran funcionar. Simplemente asentí.
Giró la etiqueta y leyó en voz alta.

—Sweet Pea. —Cuando su sonrisa se ensanchó, pensé que me iba a desmayar de la sobredosis de hormonas—. Tan apropiado.

Poco a poco, extendí la mano y la saqué de la suya, porque observarla sostener mi loción me hacía cosas, traviesas, malvadas, maravillosas.

—Pensaba en conseguirle una botella a Sarah. ¿Crees que le gustaría esta fragancia?

Mason frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—No te atrevas. Este es tu aroma. Sería muy raro olerlo en mi hermana menor.

Después de colocar el Sweet Pea de nuevo en la cómoda, alejé el pelo de mi cara.

—Supongo que podría conseguirte melón, entonces. O vainilla cáli...

Agarró mi mano cuando la levanté a mi pelo otra vez.

—Si tener el pelo en la cara te molesta tanto, ¿por qué nunca lo recoges?

Sorprendida y complacida, me quedé boquiabierta hacia ella.

—¿Sabes que nunca me recojo el pelo?

Sus fosas nasales se ensancharon cuando se inclinó para oler el Sweet Pea... de mi piel.

—Sé que siempre lo estás alejando de tus ojos.

Mi cuerpo se quedó en una especie de aturdimiento por la impresión. Sensorialmente sobrecargada, me apresuré a pensar correctamente.

—No lo sé —dije con un ligero encogimiento de hombros—. ¿No... no prefieren los chicos el cabello largo y suelto?

Yulia cogió un mechón de mi cabello y lo deslizó a través de sus dedos.

—No puedo hablar por los chicos, pero, sí, supongo que sí, a mi me gusta largo y suelto. —Me miró con una expresión de decepción—. Así que... ¿Esto es para atraer a un hombre, entonces? ¿Alguno en particular?

Me sonrojé y escondí mi rostro.

—No, no necesariamente. Yo sólo... personalmente creo que estoy mejor así.

Levantó otro mechón de pelo que había permanecido en el otro hombro. Con las dos manos llenas a cada lado de mi cara, casi parecía como si estuviera sosteniendo un par de riendas, a punto de frenarme.

—¿Significa esto que habrás atrapado tu chico cuando aparezcas en el campus un día con el cabello en una cola de caballo?

Le lancé una mirada extraña.

—Bueno, entonces voy a tener que mantener su atención, así que... probablemente no.

Yulia reunió mi cabello detrás de mi cabeza como si se preparara para ponerlo en una cola de caballo. Una vez que lo tuvo todo en una sola mano, pasó un par de nudillos por el lado de mi mandíbula expuesta.

—No creo que alguna vez tengas que preocuparte por como tu cabello se ve con el fin de atraer a un chico. Tienes muchos otros atributos seductores para mantenerlos interesados.

Mis labios se separaron y mi cuerpo entero palpitaba.

—¿Yulia? —dije lentamente, mi voz tímida—. ¿Qué estás haciendo?
—Algo que probablemente no debería. —Su voz sonaba ronca y tierna mientras hundía su cara y presionaba su frente contra la mía.

Empecé a temblar. No sé si fue a causa de la anticipación, la absoluta excitación, temor o miedo absoluto.

—Si... si no debes, entonces... no lo hagas.

Un gemido gutural, como un puma herido arrancó de su laringe.

—Es más fácil decirlo que hacerlo. —Con los dedos deslizándose por mi cabello, curvó su mano en mi nuca, instándome a levantar la cara, probablemente para posicionarme para un beso. Luego susurró mi nombre. Dios, la forma adolorida y ronca en que lo dijo fue como una caricia sedosa a cada nervio erógeno de mi cuerpo.
—Creo que... Creo que sería mejor si te detienes. —Mi voz temblaba tanto como mis miembros.

Pero incluso mientras hablaba, mis hormonas clamaban para que continuara.

—Está bien —dijo, pero su aliento continuó latiendo contra mis labios y su frente se mantuvo tatuada a la mía.

Creo que dos centímetros separaban nuestras bocas. Podría estornudar y accidentalmente aplastar mis labios contra los suyos. Maldita sea, ¿por qué mi nuevo aro de la nariz no me hacía estornudar? Pero de ninguna manera iba a ser yo la que a propósito cruzara la línea que parecía estar dibujada en esos dos centímetros. Cruzarla lo cambiaría todo.
Inclinó la cabeza, manteniendo nuestras frentes unidas y se movió a un lado, pero mantuvo esos dos seguros centímetros entre nosotras. Sabía que ella quería cerrarlos tanto como yo. Pero la barrera invisible debía haber sido más fuerte que nuestras ansias. Temíamos lo que traería el cambio.
Su palma seguía en mi cuello y cuando su toque se deslizó sobre mi cicatriz, frunció el ceño y se detuvo. Sus ojos me interrogaron antes de que me diera la vuelta y recogiera el pelo para examinar el desagradable corte. Sintiéndome desnuda mientras una ligera brisa pasaba por mi nuca, cerré los ojos y apreté los dedos en torno al libro que sostenía.

—Ya ves, por eso es que nunca ato el pelo.

Sus dedos eran suaves al tocar el área entumecida.

—Esto parece profundo. ¿Qué pasó?

Me lamí los labios.

—Me cortaron.
—Ya lo veo. ¿Qué te cortó?
—Un cuchillo.

Por Dios. Ya le había dicho demasiado. Si preguntaba algo más, no estaba segura de lo que diría. Mi mentira original era decirle a la gente que había sido en un pequeño accidente de coche. ¿Qué se suponía que le iba a decir ahora?
Un impulso burbujeó dentro de mí. En realidad quería contarle a Yulia toda la historia. Todo. Pero cuantas menos personas conocieran la verdad, mejor. Y no importaba lo mucho que ella me afectara, racionalmente sabía que no la conocía lo suficiente como para confiarle un secreto así.

—Un cuchillo —repitió—. ¿Te cortó a propósito?
—Quizás. —Definitivamente. Y si no me hubiera girado para alejarme de Andrei lo más rápido que pude, esta cicatriz no habría estado en mi nuca. Habría estado en el cuello, y probablemente hoy no estaría aquí.

Me estremecí, tratando de no recordar esa noche, tratando de no revivir el miedo. Como si sintiera el pánico que arañaba su camino hasta mi garganta, Yuli se inclinó hacia delante y presionó sus labios en la cicatriz. Gemí y cerré los ojos, mordiéndome el labio para evitar que mi barbilla temblara. Si empezaba a llorar ahora, eso sería todo. Perdería todo.

—Si no haces regalos —dije, preparándome para decir lo que tenía que decir, para que esto no avanzara más allá—, ¿vas a cobrarme por eso?
—No. —Besó el lugar de nuevo y sus labios se detuvieron ahí. Le escuché aspirar mientras olía mi pelo. Envió una onda de choque por mi espalda y contrajo los músculos de mi vientre. Quería que esto durara. Quería que me girara y me diera un beso de verdad. —No ha sido boca a boca, así que... sin costo alguno.

Me volví hacia ella, odiándome incluso antes de continuar.

—Así que si me besaras, por ejemplo, en los pechos, ¿sería gratis ya que no es de boca a boca?

Su mirada se endureció.

—No, eso es parte del juego previo, está fuera de los límites.
—¿Y lo que has hecho no es juego previo? —Sabía que era cruel, pero también sabía que la manera más rápida de conseguir que se retirara era recordarle su profesión. Y tenía que retirarse, porque estaba bastante segura de que yo no podía.
—Eso era una amiga reconfortando a una amiga. —Sus ojos brillaban con ira mientras apretaba los dientes.
—Ya veo. —Con un asentimiento, le pregunté—: ¿Así que no estabas a punto de besarme en la boca justo antes de que descubrieras mi cicatriz?
—Jesús —arremetió, deslizando las manos por su cabello y dando un gran paso hacia atrás—. Sí, está bien. Casi te besé. Pero no lo hice. Error evitado. No ha pasado nada. Estamos bien.
—¿Lo estamos? —cargué. Me miró fijamente, con la boca ligeramente abierta. Su expresión parecía herida.
—¿Qué estás diciendo, Lena?

Cerré los ojos y gemí.

—No lo sé. No importa. No podemos besarnos nunca o cualquier otra cosa, porque te acuestas con mujeres por dinero. Fin de la historia.

Rugió, un sonido de frustración total.

—¿Por qué siempre tienes que recordarme eso? Créeme, no lo he olvidado.
—No estoy recordándotelo a ti —espeté, parpadeando para mirar—. Estoy recordándomelo a mí.

Dios, era una idiota. No puedo creer que me quedé allí y casi le confesé que le quería como algo más que una amiga, y lo único que me retenía era su... trabajo.
El entendimiento apareció en sus ojos. Brillaron con interés y alegría. Dio un paso hacia mí.
Recelosa, di un salto hacia atrás.

—Sólo somos amigas, Yulia.

Se detuvo en seco, con confusión arremolinada en su mirada. Luego cerró los ojos.

—Así es. —Cuando los abrió, el deseo se había ido. Extendió la mano, tiró del libro que me había olvidado que todavía sostenía en mis brazos y lo agitó una vez—. Gracias por prestarme esto... amiga.

Echándome el pelo a un lado, ladeó la cabeza para poder inclinarse y besar mi cicatriz por última vez con un breve pero cálido beso. Una vez que se enderezó, no dijo nada y apenas me sostuvo la mirada antes de darse la vuelta y salir de mi apartamento.
Esperé hasta que oí la puerta cerrarse antes de regresar a mi sala de estar para cerrar con llave y poner el pestillo. Entonces me derrumbé en el sofá y hundí la cara en mis manos.
¿En qué demonios me había metido?
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Mar Abr 28, 2015 4:56 pm

Bueno espero te guste la de chocolate bañada de chocolate, porción doble igual q el cap jajajaja :-P
Gracias x los saludos Florencia :-D
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Jue Abr 30, 2015 9:21 am

CAPITULO 12.

Tenía catorce añ

os, apenas era una estudiante de primer año en la escuela secundaria cuando Andrei se me acercó para invitarme a una cita. Era un estudiante de tercer año, mucho más experimentado y avanzado que yo. También era popular, guapo y venía de una familia adinerada. Estar con él era emocionante y de seguro, mi parte vanidosa puede admitir que me gustaba lo que hizo por imagen ser su novia.
Por un año más o menos, las cosas siguieron su curso, no perfectas, pero bien. Debido a que él era un poco mayor y había sido quien me involucró en su grupo de gente, naturalmente empezamos nuestra relación con él siendo el más dominante, la figura controladora. Y eso no me molestó.

Por un tiempo.

Está bien, me molestaba. Pero al principio no hice nada al respecto.

Cuando comenzó su tercer año y su papá empezó a presionarlo más acerca de escoger la universidad perfecta, su lado no tan maravilloso se definió más. Siempre tuvo una vena cruel. Podía intimidar con lo mejor de ello. Pero cuando la intimidación se volvió hacia mí, no me impresionó.
Los golpes ocasionales que me dio antes y las contusiones que me dejó por agarrarme demasiado fuerte llegaron a ser no tan ocasionales. Era vergonzoso pensar que podría ser una de esas mujeres maltratadas que aguantaban esa clase de mierda. Me convencí de que esos pequeños actos de violencia menor aquí y allá no eran nada del otro mundo. En realidad nunca me lastimó.

Pero aun así me marcó.

Cuando maduré y desarrollé mi personalidad, comenzamos a discutir más. No le gustaba que me valiera por mí misma, y a mí no me gustaba que me maltratara y me dijera cada pequeña cosa que quería que hiciera. La parte más triste fue que su violencia no hizo que nos separáramos la primera vez. Uno de sus amigos me dijo que vio a Andrei besándose con una de las putas animadoras.
Por supuesto, lo confronté y después de decirle algo malicioso y sarcástico ―sí, imagina eso― se dio la vuelta con su mano extendida. Me dio en la mejilla y terminó quebrándome la mandíbula.

Terminé con él mientras me llevaba al hospital.

Después de nuestra separación, mis amigos, que él alejó durante el tiempo que salimos, fueron maravillosos y regresaron a mí, cuidando mi ego herido para que volviera a estar sano.
Pero Andrei regresó sollozando, literalmente. Cayó de rodillas delante de mí, abrazando mis piernas y rogando que regresara con él. De alguna manera, se las arregló para convencerme de que todo el asunto de mi mandíbula rota había sido un completo accidente. No me golpeó tan fuerte a propósito; sólo estuve de pie muy cerca cuando se dio la vuelta. Y también insistió en que su amigo mintió sobre la otra chica.

Qué estupidez de mi parte, le creí.

Después de dos meses de estar separados, regresamos.

Por un tiempo, tuvo cuidado de no ser demasiado controlador y traté de no hacer cosas por mi cuenta más de lo él que podía soportar. Pero… una persona no puede evitar ser quien es. Necesitaba mi propio espacio; él necesitaba supervisar cada pequeña cosa que hacía. Rompí con él otra vez durante mi tercer año de secundaría.
Fui muy amistosa al respecto. De verdad. Le pedí que se sentara y mantuve mi voz tranquila cuando le dije que éramos dos personas totalmente diferentes y que simplemente no encajábamos juntos. Creo que la parte que no le gustó fue cuando le dije ―lo más cuidadosamente posible― que necesitaba buscar asesoramiento psicológico para ayudarle a lidiar con sus problemas de manejo de ira.
Sí, me dio una golpiza tremenda. El peor daño lo tuve en mi brazo, el cual se rompió con un crujido bonito y doloroso después de que me empujara por un tramo de las escaleras.

Iba muy bien en su camino de convertirse en un golpeador de mujeres.

Al final, aprendí mi lección. Sabía muy bien que no podía permitirle que se acercara a mí. Mis padres amenazaron con interponer una orden de restricción en su contra, pero su padre, abogado, intervino diciendo que aún no necesitábamos tomar ninguna medida legal. Nos aseguró que Andrei se mantendría alejado. Para él, su hijo era impecable y perfecto, y había sido mi culpa que su hijo perfecto hubiera sentido la necesidad de actuar de esa manera.
Debido a que todo era tan desconcertante para mí ―para mi familia y la suya también―, nuestros padres trataron de mantener la situación discreta. Siempre y cuando rompiera mi contacto con Andrei, no me importaba. Sólo lo quería fuera de mi vida.
Pero Andrei no aceptó esa idea completamente. Después de estar conmigo por dos años y medio, se había encariñado. Él pensaba que me amaba. Por lo que, en su mente, luchaba por mí. Para mí, se convirtió en un ex novio acosador y loco psicópata que irrumpía en mi habitación cuando no me encontraba en casa y me dejaba cartas, poemas y regalos, desesperado por tenerme de vuelta.
Fue muy cuidadoso en permanecer alejado de mí físicamente. Pero me hostigaba en cualquier otro nivel posible, merodeando constantemente fuera de la escuela cada vez que salía de clases, encontrando las maneras de postear cosas en mi página de Facebook, enviándome mensajes de texto, correos electrónicos, dejándome videos asquerosos en mi celular de cómo se tenía que dar placer a sí mismo ya que no me tenía.
Lo ignoré en su mayor parte, a veces le gritaba diciéndole que me dejara en paz, pero nada funcionaba. No se detendría.
Con el tiempo, su control se rompió. Una noche cuando mis padres salieron a cenar y quedé sola, se coló en mi casa para hacerme una visita. Trajo una navaja, la cual en ese momento parecía más un machete plegable.
Después de inmovilizarme en la puerta de mi habitación, me dijo en términos inequívocos que si no podía tenerme, iba a asegurarse de que nadie más pudiera. Entonces presionó el filo en mi garganta.
Nunca estuve tan asustada como en ese momento, sabiendo que era totalmente capaz de matarme y dándome cuenta que planeó hacerlo. Bloqueé algunos de esos momentos en los recovecos más oscuros y fríos de mi mente.
No creo que alguna vez recordaré por completo todo lo que sucedió. Pero recuerdo lo fría, pálida y sudorosa que estaba su cara cuando se acercó hasta que nuestras frentes de tocaron.

―Nunca nadie va a amarte de la forma en que yo lo hago, Lena. Y si no me dejarás tenerte ahora, me aseguraré de que estemos juntos para toda la eternidad.

No tuve idea si planeó una muerte/suicidio o qué. Pero no quise averiguarlo. Tampoco tuve muy claro como lo hice, pero de alguna manera una de mis manos forcejeó detrás de mí hasta que encontré el picaporte. Justo cuando comenzó a presionar el cuchillo en mi carne, abrí la puerta y me alejé.
Me hizo un corte profundo en el lado posterior izquierdo. Y si no hubiera llevado mi cabello recogido en una coleta, probablemente habría alcanzado mi espléndida cabellera color castaño.
Que mi madre contrajera una intoxicación alimentaria en el restaurante me salvó la vida. Mi papá se apresuró para llegar a casa temprano. Entraron por la puerta de atrás y me encontraron gritando y precipitándome hacia ellos con mi ex novio acosador psicópata a la carga detrás de mí, su cuchillo ensangrentado levantado y listo para hundirse de nuevo.
Y aquí fue donde tuve que hacer una pausa, tomar un respiro y recordarme que estaba bien. Estaba bien. Todo eso había terminado.
¡Uf!
Bueno, prácticamente todo. El padre rico de Andrei pagó la fianza y lo sacó de la cárcel la misma noche que cometió su crimen, por lo que no pasó bastante tiempo tras las rejas, así que cambié mi nombre y huí hacía el otro lado del país. Pero mis padres confiaban que sería declarado culpable en el juicio ―si su padre finalmente dejaba de encontrar maneras de retrasar el caso― y entonces iría a prisión por mucho, mucho tiempo. Ni si siquiera importaría si se enterara de mi nuevo nombre cuando testificara en su contra, porque después de todo, estaría encerrado definitivamente.
Entonces, todo estaría bien. Podría volver a usar mi nombre de nacimiento. Y todo habría terminado.
Si yo no tuviera una única ―seguro, la llamaremos única― personalidad, el tiempo que pasé con Andrei podría haberme dejado desequilibrada y un desastre asustadizo. Todavía siento miedo en algunos momentos. Aún experimento algo de esa docilidad sumisa que trató de meterme en el cerebro, aunque rara vez, gracias a Dios. Me he vuelto un poco más crítica en torno a personas nuevas.
Mis padres intentaron convencerme de ver a un terapeuta, pero creo que manejé todo bien. Lidié con eso. Sobreviví y de hecho sentía como si estuviera floreciendo aquí en Waterford. Todavía extrañaba Ellamore. Siempre sería mi hogar.
Pero lo he estado haciendo bien. Y los almuerzos que compartía con Yulia en el campus todos los días eran una gran parte de eso. Tenía una manera de hacerme sentir normal y entusiasmada, todo al mismo tiempo. Me aceptó por lo que era y parecía gustarle mi personalidad única.
Me atrapó.
Por eso, a pesar de los tres años de infierno que viví bajo el pulgar de Andrei Walden, las dos semanas siguientes a la fiesta de Eva fueron los días más miserables de mi vida.
Después de nuestro casi beso, Yulia de repente desapareció del radar, evitándome por completo. Ya no me buscaba en el almuerzo, a pesar de que me aseguraba de sentarme siempre en nuestra mesa. En las noches que cuidaba a Sarah, se iba antes de que me presentara en su casa y no regresaba hasta que me iba.
Traté de no preguntar qué hacía cada noche que trabajaba hasta tarde, a cual mujer le servía, lo mucho que ella le hacía tocarla o por qué seguía viviendo ese estilo de vida estúpido y maldito. Pero me volvía loca pensar en eso.
Las cosas cambiaron entre nosotras. Nuestra amistad se hizo añicos. Y ella también lo sabía, de lo contrario, no se habría mantenido alejada.
Me tentaba demasiado entrar a su habitación y dejarle una carta en su cama, sólo para decirle lo mucho que la extrañaba y como todavía podía ser su amiga; podíamos dejar atrás ese casi beso estúpido. Quería estudiar con ella en el almuerzo de nuevo, observarla robar un pedazo de algo que comía, bromear sobre cualquier cosa que estuviéramos discutiendo, y sólo… tener su compañía.
Pero dejarle una nota se sentiría demasiado como el estilo de Andrei. Así que ni siquiera una vez abrí la puerta de su habitación, ni siquiera para echar un vistazo.
Y a cambio, una parte de mi alma dolía diariamente. Una parte de mí se sentía que faltaba. Necesitaba a Yulia de vuelta en mi vida.
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Jue Abr 30, 2015 9:23 am

CAPITULO 13.



Supongo que tenía que suceder con el tiempo, pero aun así no estaba preparada cuando lo hizo…
Trece días después de la fiesta de Eva del Día del Trabajo —también conocida como la noche en que Yulia Volkova casi me besó boca a boca y posteriormente me abandonó— Sarah tuvo su primer ataque. Bueno, su primer ataque cerca mío, de cualquier modo.

Sí, entré en pánico totalmente.

Un segundo ayudaba a mi pequeña amiga en la bañera, haciéndola reír con los chistes más cursis de toc-toc del planeta. Al siguiente daba bandazos en su silla de baño, todo su cuerpo convulsionando. Fue un milagro que cogiera su resbaladizo y húmedo torso antes de que tuviera una seria caída de cara.

—¿Sarah? —grité—. Oh, Dios. ¿Qué pasa? ¿Qué pasa, cariño?

No podía responderme. Tenía que sujetarla con fuerza para que no se sacudiera hasta escaparse de entre mis brazos. Me llevó un poco de esfuerzo darme cuenta de lo que pasaba a través del pánico. Pero no me tranquilizó en absoluto una vez que lo hice.

Un ataque.

Pero, oh, mierda. Un maldito ataque.

Mi mente se quedó en blanco. No podía recordar ni una sola cosa de lo que me dijo Larisa acerca de las convulsiones, excepto que no había nada que hacer para detenerlas. Oh, y que tenía que asegurarme de que no se hiriera a sí misma en medio de una.
Ya que el baño parecía demasiado reducido y malditamente peligroso de repente, medio la cargué, medio la arrastré hasta el pasillo.
Dejando su cuerpo contorsionado sobre la alfombra, me arrodillé a su lado y acaricié su hombro una vez antes de precipitarme al baño para coger todas las toallas que pude ver.
Después de cubrirla, di un paso hacia atrás y estallé en lágrimas.
Mordiéndome los nudillos para contener mis sollozos, me lancé hacia el vestíbulo y entré en la cocina para revolver mi bolso en busca de mi teléfono.
Arranqué la lista de contactos de emergencia de la nevera a la siguiente respiración.
Me había alejado de ella durante sólo tres segundos, pero se sentía como si hubiera pasado demasiado tiempo para cuando volví, cayendo de rodillas a su lado. Casi esperando ver espuma saliendo de su boca como si se hubiera vuelto rabiosa, aparté mechones de pelo húmedo de su cara y agarré el teléfono con mi mano libre.
Larisa no respondió su teléfono después de cuatro tonos —y juro que esos fueron los cuatro jodidos tonos más largos de mi vida. Creo que tuve cerca de tres mini ataques al corazón entre cada uno.
No pude soportar esperar por un quinto, así que colgué y busqué el siguiente número en línea en la lista de contactos. El número de móvil de Yulia. Mis dedos temblaban tanto y mi cerebro estaba tan sobrecargado de miedo, que sabía que tenían que estar golpeando los números incorrectos, pero seguí dando golpes hasta que una llamada hizo eco en mi oído.
Me limpié un exceso de lágrimas de mis mejillas y escuché el silencio haciendo eco después del primer tono. Podía contar cada latido de corazón mientras golpeaba contra mi pecho. Dios, si ella estaba con una clienta ahora mismo, iba a matarla.
Justo cuando empezó el segundo tono, respondió y juro que su voz nunca había sonado tan maravillosa.

—Yulia, te necesito; no sé qué hacer. —Apresuré las palabras, haciendo una larga frase sin respiración y sin sentido—. Sarah está teniendo un ataque y no sé qué hacer. No deja de temblar, y Larisa no responde su teléfono. Estoy tan asustada. No sé qué hacer.

¿Había mencionado ya que no sabía qué hacer?

Yulia no respondió de inmediato. Después de una pausa dolorosamente larga, dijo—: ¿Lena?

¡Oh, Dios mío! No había tiempo para presentaciones.

—¡Sí! —grité de un modo frustrado, del tipo “ponte ya al día”—. ¿Quién demonios crees que es? ¿Me escuchaste? Dije que tu hermana está teniendo un ataque.
—Sí, está bien. Escuché. Creo. Sólo… primero de todo, cálmate.

¿Cálmate? ¿Cálmate? ¿Estaba loca? Este no era momento para calmarse.

—No puedes ayudarla si estás enloqueciendo.

Mierda. Su tono de voz firme y sereno sobrepasó poco a poco el pánico y de algún modo encontró la única sección racional de mi cerebro. Dejé salir una respiración tan calmada como pude.

—¿La sacaste de su silla de ruedas? —preguntó—. ¿Está tumbada?
Asentí. —Sí. Estamos en el suelo del pasillo. Le daba un baño cuando…
—Bien —cortó, obviamente sin necesitar detalles—. Mantenla allí y simplemente quédate con ella. Habla con ella. Déjale saber que no está sola. Estaré en casa en un minuto.
—¿Llamo a una ambulancia?
—¿Se está poniendo azul o cambiando a cualquier color?
—No.
—Entonces todavía no. Esto es bastante típico, pero sabré más cuando llegue.
—Está bien. Está bien. —Apreté el teléfono con gratitud—. Date prisa.
—Lo haré.

Colgó antes de que pudiera darle las gracias. Y de verdad, realmente, quería darle las gracias por estar allí y responder mi llamada.
Pero… más tarde.
Lanzando mi teléfono a un lado, me arrastré hasta Sarah y sostuve su mano, acariciando el dorso de sus nudillos, por donde su muñeca curvada y retorcida parecía envolverse alrededor de mis dedos, pidiendo ayuda.

—Está bien, cariño —la arrullé—. Está bien. Lena está aquí. Y Yulia está viniendo. —Sorbiendo por la nariz, ni siquiera hice una mueca cuando golpeé la zona tierna de alrededor del anillo de mi nariz cuando me pasé el dorso de la mano para limpiarme el rostro.

Por alguna razón, recordé algo que oí una vez acerca de las personas epilépticas y de cómo tienes que asegurarte que no se traguen la lengua durante su ataque. Traté de mirar dentro de la boca de Sarah, pero su mandíbula se hallaba afianzada con fuerza. No parecía estar ahogándose, así que recé para que no se hubiera tragado nada que no se supusiera que tenía que ser tragado. Un rastro de baba se filtraba por la esquina de sus labios apretados. La limpié, suponiendo que a ninguna chica le gustaría ser atrapada babeando, especialmente si los paramédicos que podrían necesitar venir a salvarla eran sexys como el infierno.
Luego, una respiración más tarde, se quedó inmóvil y catatónica.

—¿Sarah?

No respondió. Sus ojos seguían abiertos pero miraban fijamente sin ver. Mi miedo se elevó todo un nuevo nivel. Le busqué el pulso y cuando lo encontré, empecé a llorar incluso más fuerte. El alivio era más de lo que podía manejar.

—Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, Dios. Por favor, tienes que estar bien, amiguita.

No sabía si la inconsciencia era común después de un ataque, pero no quería llamar a Yulia otra vez; le quería concentrada en la carretera, así podía conducir tan rápido como fuera posible para llegar aquí.
Ya que Sarah ya no daba bandazos, corrí al baño y recogí su pijama. Si fuera yo, no querría que todo el mundo me viera en mi traje de nacimiento mientras estaba fuera de combate.
Con ella húmeda e inconsciente, me llevó tres veces más de lo normal vestirla. Mis torpes dedos, que no dejaban de temblar, no ayudaron. Y era imposible ver claramente a través de todas las lágrimas que seguían cayendo y difuminaban mi visión.
Acababa de tirar de su camiseta por encima de su cabeza cuando se abrió la puerta principal.

—¿Lena?
Me limpié la nariz con una mano temblorosa y sorbí por la nariz. —Estamos aquí.

Yulia apareció en el pasillo.

—Acabo de ponerle su pijama —expliqué sin necesidad, mientras estiraba la camiseta de Sarah sobre su torso—. Se desmayó. No sabía si eso era normal.

Se arrodilló a nuestro lado y presionó dos dedos en su garganta.

—A veces. ¿Cuánto tiempo ha estado así?
—Umm. —Negué con la cabeza—. Unos pocos minutos. Tres. Cuatro. —Le miré. Llevaba el uniforme de valet del Club de Campo—. Llegaste rápido.

Su mirada se alzó.

—Sonabas bastante afectada.
Todavía estaba bastante afectada. —¿Cuánto… cuánto tiempo estará así?
—No mucho más. Así que tienes que mantener la calma, ¿está bien? Si te ve molesta, también va a molestarse. No necesitamos nada que provoque otro episodio. —Su mirada era firme pero determinada—. ¿Crees que puedes hacer eso?

No, en absoluto. Quería seguir llorando a moco tendido, curvarme en una bola en posición fetal y llamar a mi mamá mientras bebía chocolate caliente y acariciaba mi mantita de la infancia.
En cambió asentí y dejé de retorcerme las manos para limpiar toda la humedad de mis mejillas. Si ayudaba a mi amiguita, haría lo que tuviera que hacer.

Los ojos de Yulia se suavizaron. Con voz baja y tranquilizadora, dijo—: Bueno. Probablemente necesitará una bebida cuando se despierte.
—Está bien. —Empecé a levantarme—. Le conseguiré algo de agua.

Pero agarró mi muñeca, delicadamente. Cuando me detuve para mirarle, me sorprendí por la preocupación en su mirada —como si estuviera preocupada por mí.

—Yo la traeré. —Después de instarme a sentarme de nuevo para volver al lado de Sarah, se puso de pie y bajó a pasos largos hacia el vestíbulo.

Las pestañas de Sarah aletearon justo cuando ella regresaba.

—Hola —murmuró Yulia mientras se reunía con nosotras en el suelo—. Bienvenida de vuelta, pequeña. Has tenido un pequeño desmayo, pero ahora estás bien.

La ayudó a incorporarse y apoyó la espalda contra su pecho mientras sostenía un vaso de agua ante su boca y lo inclinaba sólo lo suficiente para que le diera un trago. Relamiéndose los labios hidratados, Sarah miró a su alrededor, aturdida.

Cuando me vio, extendió la mano.

Tomó todo lo que tenía para no estallar en lágrimas otra vez. Tomando sus dedos, me acerqué hasta que mi rodilla golpeó la de Yulia.

—Supongo que mis chistes de toc-toc no eran tan divertidos, ¿no?
Sonrió y dijo—: Toc-toc. —En su preciosa voz gutural.
—¿Quién está ahí? —respondí, dándole un apretón a sus dedos.
—Boo —respondió.
Juntas, Yulia y yo dijimos—: ¿Boo, quién?

Sarah pensó que esto era hilarante y empezó a desternillarse de risa. Se encontraba tan ocupada riéndose que ni siquiera pudo terminar el chiste y preguntarnos por qué llorábamos.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó, asustada de que al reírse se provocara otro ataque. Pero Yulia se rió con ella mientras la levantaba en brazos.

—Vamos a llevarte a la cama, pequeña. Estamos perdiendo algo del valioso tiempo de la historia de Harry Potter.
—Bueno, no podemos permitir eso. —Las seguí a la habitación de Sarah y aparté las mantas para que Yulia la colocara sobre el colchón. Después de la primera noche que le entregué el libro, no había leído nada más de la serie con Sarah porque parecía una violación del tiempo especial de Yulia y ella. Pero esta noche, me senté en el lado opuesto de ella como Yulia, mientras ella abría la Cámara de los Secretos y empezaba el capítulo siete.

Su ataque debió de dejarla agotada, porque se quedó dormida antes de enterarse de que Draco era el nuevo buscador de Slytherin. Ni siquiera nos deseó buenas noches o nos demandó abrazos y besos como hacía normalmente. Sus pestañas simplemente se cerraron con un aleteo y ya respiraba pesadamente.
La profunda y arrulladora voz de Yulia quedó en silencio cuando la miró. Luego me miró a mí desde el otro lado de la cama. Mi barbilla tembló. Las lágrimas llenaron mis ojos. Las ganas de arrojarme en sus brazos y llorar, hizo que mis miembros se sintieran rígidos y doloridos.
Lentamente, cerró el libro. Después de dejarlo en la mesilla de noche, besó la frente de Sarah y se deslizó fuera del colchón. Me entretuve un momento más con ella, asegurándome de que las mantas estuvieran aseguradas y apretadas antes de presionar mis labios contra su suave y dulce mejilla.

—Buenas noches, amiguita. Te quiero. Mucho.
Yulia me esperaba en el pasillo. —¿Estás bien? —preguntó tan pronto como cerré la puerta de Sarah detrás de mí y me giré para mirarle.
Resoplé y me limpié los ojos antes de abrazarme a mí misma. —No soy yo la que acaba de tener un ataque.

Negó con la cabeza.

—No te preocupes por ella. Va a estar bien. —Tomando mi mano, empezó a guiarme por el pasillo para bajar hasta la cocina—. Vamos. Vamos a conseguirte una bebida.

Pero me resistí.

—Tengo que limpiar el baño. Creo que todavía hay agua en la bañera y toallas por todas partes… —Gracias a Dios, ya habíamos lavado el jabón del pelo de Sarah antes de que su ataque empezara.
—Tampoco te preocupes por eso. Limpiaré el baño más tarde. Sólo… ven y siéntate un segundo. Parece que necesitas descansar tus pies.

Un descanso sonaba tentador, preferiblemente uno en las Bahamas mientras yo estaba tumbada en una toalla de playa, mirando una increíble puesta de sol sobre el océano mientras una Yulia sin camiseta me servía una piña colada con una pequeña sombrilla y una brocheta de fruta.
Parpadeé hacia ella para darme cuenta de que me había hecho entrar en la cocina poco iluminada. En vez de un colorido atardecer, vi una pila de platos en el fregadero. Definitivamente, Yulia no estaba sin camiseta —grrr— y el vaso que me trajo se hallaba lleno de monótona y aburrida agua helada. Sintiéndome vieja de repente, miré el vaso sin tomarlo. No podría beber ahora mismo ni aunque un hombre armado enmascarado sostuviera una pistola contra mi sien y me dijera que tragara o muriera.
Mi mirada buscó a Yulia con desesperación. Todavía me sentía aterrorizada por el bienestar de Sarah.

— ¿Estás segura de que va a estar bien?

Me miró antes de negar con la cabeza. Luego sus labios se inclinaron en una suave sonrisa y la piel de alrededor de sus ojos se arrugó con diversión.

—Sabes, tus ojos se ven muy grandes y verdes cuando has estado llorando.

Mi boca se abrió de par en par.

— ¿Cómo puedes pensar en ojos en un momento como este? Tu hermana acaba…
—Shh. —Después de dejar el vaso de agua en la mesa, tomó mi mano y me jaló para ponerme de pie—. Ven aquí.

Me arrastró hacia ella y me enterré en su pecho, agarrando su camiseta con fuerza mientras cerraba mis manos en puños. Enterrando la cara en su hombro y buscando consuelo, le abracé como si fuera cuestión de vida o muerte. Mis ojos se aguaron un poco más cuando mi dolorida nariz se golpeó contra su clavícula, pero no me importó. Esto era el cielo. Ella me frotó la espalda y presionó su mejilla contra mi sien, dándome exactamente lo que necesitaba.

—Va a estar bien —me aseguró por segunda vez—. Está bien.
— ¿Cómo lo sabes? —Alcé la mirada.

Sus labios se torcieron.

—Bueno. Tengo una teoría. Si amas a alguien lo suficiente, puedes hacerlo invencible. Si tus sentimientos por ellos son muy fuertes, funcionan como un escudo mágico, protegiéndolos de todo daño y dolor.

Sorbí por la nariz.

—¿Como el escudo protector que la madre de Harry usó para salvar su vida de Voldemort? Su amor le protegió.

Yulia se rió y besó mi nariz.

—Sí. Exactamente así.
—Me gusta esa teoría. —Bajé la cabeza para descansar mi mejilla contra su hombro—. Desearía que fuera verdad.

Labios acariciaron mi sien mientras Yulia dejaba escapar un suspiro estremecedor.

—Sí. Yo también. —Su voz era ronca por la emoción mientras sus brazos de estrechaban alrededor de mí, formando una concha protectora como si quisiera protegerme del daño y el dolor.

Cerré los ojos, absorbiendo el reconfortante calor que emanaba de ella. Nos quedamos de pie en la cocina de su madre, abrazadas por siempre. Me fui sintiendo soñolienta y lánguida. Me sentía tan drenada que podría incluso haberme dormido.

—Muchas gracias por venir a casa —dije arrastrando las palabras contra su pecho, incluso más sedada por su olor embriagador. Emitía algún tipo de almizcle limpio que me hizo respirar más profundamente, cayendo aún más en un estado tranquilizador.
—¿Por qué no lo haría? —Acarició mi pelo, justo como solía hacer mi madre para ponerme a dormir después de que había tenido una pesadilla cuando era pequeña.

Dios, trataba de dejarme inconsciente, ¿no? Oh, bueno. Eso estaba bien. Le dejaría totalmente.

—No lo sé —murmuré—. Me… me preocupaba que estuvieras ocupada. Con una mujer.

Como si hubiera lanzado un cubo de agua helada sobre nosotras, mi pregunta rompió el hechizo. Yulia se tensó y dejó caer su mano de mi pelo.

—No. —Su voz se volvió dura. Abrupta—. No salgo de trabajar del club hasta después de las once. Seguía allí.
—Oh. —Alcé mi rostro, pero sus ojos me evitaron—. Bueno, gracias de cualquier manera. No sé qué habría hecho si no me hubieras tranquilizado.

Dio un paso atrás. Y cada lugar que había estado presionando contra mí —calentándome— se volvió frío y despojado por su repentina ausencia.

—Lo manejaste bien —dijo, aunque incluso sonaba fría—. Encontraste un lugar seguro para ella y conseguiste ayuda. No hay mucho más que hacer cuando está teniendo un episodio.

Estudié el lateral de su rostro. Ni siquiera podía mirarme desde que saqué el tema de su trabajo.

Enferma y cansada de ser evitada de esta manera durante los pasados trece días, casi los más miserables de mi vida, dije—: Te he echado de menos.

Sé lo patética que sonaba. Cualquier mujer que admitiera eso ante alguien que había estado evitándola, también podría arrancarse el corazón del pecho y dárselo, suplicando: “Toma, por favor, pisotea esto y desgárralo en trocitos diminutos por mí, ¿lo harás? Gracias”. Pero no pude evitarlo. Las palabras simplemente salieron. Le había echado de menos. Demasiado. No era saludable extrañar a alguien del modo en que yo le extrañaba.
Me lanzó una rápida mirada, frunciendo las cejas como si mi cometario le confundiera.

—No he ido a ninguna parte. —Pero no me engañaba. Vi la culpabilidad y la tristeza en sus ojos tormentosos antes de que se diera la vuelta.
—Sabes lo que quiero decir —murmuré, cruzando los brazos sobre mi pecho porque me sentía demasiado expuesta—. Pensé que éramos amigas.

Se dio la vuelta.

—Lo somos. —Esta vez su confusión era genuina.
— ¿Oh, de verdad? —Incliné la cadera y alcé una ceja—. Bueno, las amigas no se evitan. Tú has estado evitándome. A propósito. Todavía me siento exactamente en la misma mesa cada día para la comida. Y seguimos recibiendo tareas de cálculo.
—Lo sé —interrumpió con un torturado gesto de dolor mientras dejaba escapar un suspiro—. Lo sé. Yo simplemente… —Cerrando los ojos, inclinó la cabeza y se apretó el puente de la nariz antes de alzar la mirada otra vez—. Nos acercamos un poco demasiado esa noche. Todavía quiero ser tu amiga, Lena. Seré tu amiga. Sólo… necesito algo de tiempo y espacio para controlar mis… mis instintos.

¿Ella pensaba que nos habíamos acercado demasiado?

Mi curiosidad me mataba por saber exactamente de qué manera pensaba que nos habíamos acercado. El comentario sobre los instintos me hizo pensar que tal vez sólo pensaba en sexo. Pero la profundidad de los sentimientos en su mirada me dijo que era más que eso. Hablaba de algo mucho más profundo que una pequeña interacción física.
Me pregunta si la chica acababa de confesar que se había enamorado de mí. Mi corazón dio un vuelco de felicidad, casi atravesando mi caja torácica.
Necesitando burlarme de ella, sólo un poco, di un paso hacia delante, acercándome tanto a ella que estoy segura de que podía sentir mi respiración en su cara.
Se tambaleó hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la pared. Y cuando seguí acercándome, exhaló, todo su cuerpo en tensión. Finalmente me detuve con sólo un centímetro de espacio entre nosotras. Ese familiar centímetro siempre nos mantenía separadas.

—Jesús —jadeó.
—Así que pensaste que nos acercamos demasiado, ¿eh?
Su mirada se posó en mi boca, y parecía completamente incapaz de apartar la mirada. Con un asentimiento distraído, murmuró—: Sí.
—Ya veo. —Me obligué a mirar su barbilla, ya que parecía la cosa menos probable para excitarme, incluso a pesar de que el hoyuelo que tenía era totalmente excitante—. ¿Y todavía no has tenido tiempo o espacio suficiente para controlar esos molestos impulsos?

Tragó saliva. Me encontraba tan cerca que podía oír cómo el movimiento bajaba por su garganta.

—No… lo suficiente... todavía. —Maldición, sonaba sexy cuando estaba sin aliento.

Hice un sonido de comprensión.

—Caramba, siento escuchar eso. —Incluso aunque no lo sentía en absoluto. Me encantaba saber que le excitaba. Di unos golpecitos en su hoyuelo de forma juguetona—. Asegúrate de hacérmelo saber cuándo se hayan ido. ¿Está bien? Estoy lista para recuperar a mi amiga.

Extendió la mano y agarró el borde de la mesa de la cocina como si necesitara aferrarse a algo para no alcanzarme. Sacudiendo la cabeza, dejó escapar un suspiro.

—Eres tan mala. Si no me gustaras tanto, te tomaría ahora mismo.

Dulce Bebé Jesús. Hablando acerca de convertir mis bragas en puré.

La euforia que surgió a través de mis venas era irreal. La primera vez que vi a Yulia Volkova, ella había sido como esta mítica y totalmente inaccesible bestia que probablemente ni siquiera era digna de mirar. Estar parada tan cerca de ella, de en realidad encenderla, era tan irreal y asombroso que quería bailar, gritar y reír con alegría.

—¿De verdad? —dije—. ¿Cómo?
El calor brilló en su expresión. —Probablemente duro y rápido contra esta pared.
—Mmm. —Me mordí el labio, tratando de no reaccionar. Pero miré la pared detrás de ella, imaginándolo, vívidamente—. Eso suena…divertido. —Y guau, de verdad lo parecía.

Pero ella era mi amiga, y probablemente la había torturado lo suficiente por una noche. Me las arreglé para sonreírle amistosamente.

—Supongo que ya que somos amigas y no vas a tomarme, te daré ese tiempo y espacio que necesitas.

Retrocedí un paso, y entonces unos más, retirándome hasta que el aire en sus pulmones sisearon mientras dejaba caer sus hombros.

Sacudiendo la cabeza, murmuró—: Mala, mala, mala.

Mientras apoyaba su culo contra un lado de la encimera, viéndose agotada, me encogí de hombros.

—¿De verdad me habrías dado un regalo justo ahora?
Levantó la vista, sus ojos revoloteando. —Sólo di la palabra.

Maldito calor.

Mi sonrisa se amplió, amando el poder que empuñé. El hecho de que podía hacer que la tenaz Yulia Volkova rompiera una de sus sagradas reglas y le diera a una chica un regalo. —Genial —admití. Alzando mi bolso de la mesa, recordé que había dejado mi teléfono en el piso del vestíbulo—. Mi teléfono —le dije antes de desaparecer por un segundo. Cuando regresé con ella, se había escabullido de la mesa y estaba sentada en una silla con los codos apoyados en la superficie de la mesa y su rostro acunado en sus manos temblorosas.
Guardando mi teléfono, dije—: Supongo que te veré por ahí.
Cuando me colgué la correa de mi bolso sobre mi hombro, levantó su mirada cansada. —¿En serio vas a salir de aquí después que te confesé mi alma, tan fresca como un pepino, sin hacer lo mismo en absoluto?
—¿Qué? —Le envié una mirada en blanco. Entonces rodé los ojos y estiré la mano para ondear su asombroso cabello—. Yulia Volkova, si no sabes a estas alturas lo atraída que estoy hacia ti, estás malditamente ciega.
Me miró fijamente un momento antes de murmurar—: Ahí está. ¿Era tan difícil de admitir?
Le saqué la lengua y comencé a ir hacia la puerta. —Buenas noches, Sexy.
—Buenas noches, Lena. —Escuché su respuesta mucho más suave mientras me deslizaba dentro de la noche cálida.

Me quedé parada con mi espalda contra la puerta cerrada y mi mano presionada contra mi corazón por un minuto completo. Mierda, había tomado toda la fuerza de voluntad que poseía actuar indiferente e irme con mi cabeza en alto. Todavía deseaba regresar adentro y conseguir ese regalo “duro y rápido contra la pared”. Me encantaría tomar cualquier cosa que pudiera conseguir de Yulia, así podría pasar más tiempo con ella.
Temblando hasta la médula, finalmente me tambaleé hasta mi auto.
Normalmente, estaba más alerta cuando me encontraba sola afuera en la noche.
Pero me sentía tan preocupada por Sarah y todavía completamente alucinada por la admisión de Yulia, que no vi a la mujer hasta que habló.

—¿Noche agradable, no es cierto?

Grité y dejé caer mi bolso.

Una mujer de mediana edad dio un paso desde las sombras del patio del vecino y caminó a zancadas hacia mí, mientras los tacones de sus zapatos resonaban contra la calle.

—Lo siento por eso, querida. No quería sorprenderte.
—Está bien. —Me agaché y me moví rápidamente por mi bolsa, esperando que no se hubieran salido ninguna de las cosas, porque no había manera de encontrarlas en la oscuridad—. Es que usted… —solté una risa nerviosa—… me dio un susto de muerte. No pasa nada.

También se rió, pero su risa era ronca y divertida, no en lo más mínimo como la mía.
Levantó un cigarrillo a sus labios, el resplandor rojo de la colilla brillando mientras inhalaba.

—Pareces un poco preocupada.
—Oh. —Maldije para mí misma. Si no ponía atención a que lo que me rodeaba, podría caer en un montón de problemas. Necesitaba ser más cuidadosa. Si Andrei alguna vez me encontraba… Bueno, no quería pensar en ese escenario. —Sí —le dije a la mujer—. Así es. —O ella podría notar que preocupada era un gran eufemismo. Lo que sea—. Ha sido una… noche salvaje.
—Mmm. —Tomó otra inhalación. No podía ver mucho de su aspecto a través de la oscuridad, pero podía sentirla observándome como si tuviera una visión nocturna y pudiera diseccionar cada detalle.

Así es exactamente como se sentía, de cualquier manera: una disección.

—¿Eres una amiga de Yulia? —preguntó finalmente.
—¿Qué? —Nerviosa por su pregunta, sacudí la cabeza—. No. Es decir… —Me sonrojé y sacudí la mano, sin estar segura de qué responder—. Supongo. —Ya no sabía dónde estábamos—. Soy la niñera de Sarah —expliqué.
—Ah. —Su voz conocedora dijo la respuesta de todo—. La sustituta de Ashley.

Ya que recordaba a Larisa hablar de Ashley como la niñera anterior de las tardes de Sarah, asentí.

—Correcto. ¿Es usted la vecina de la señora Volkova?

Cambiando mi peso de un pié a otro, me las arreglé para sonreírle forzadamente, aunque estaba segura de que no podía verme en la oscuridad. No quería quedarme parada aquí afuera toda la noche, hablando con ella, pero ella no tenía prisa en dejarme ir.

—Soy Patricia Garrison —dijo—. La casera de Larisa y Yulia.
—Oh. —Me irritó la manera en que totalmente dejó fuera de la ecuación a Sarah. Quiero decir, en serio. ¿Por qué mencionar a Yulia y olvidar a su hermana? ¿Muy grosera?
—¿Eres una estudiante? —preguntó la señora Garrison, averiguando un poco muy profundo para mi gusto. Asentí, sin querer molestar a la mujer que era dueña de la casa de Larisa, Sarah y Yulia.
—Sí. Asisto a Waterford.
—Con Yulia —agregó.

Vaya, ciertamente le gustaba traerla a colación. Eso era un poco… escalofriante.

—Umm… supongo —evadí—. Sin embargo, no tenemos ninguna clase juntas.
—Ya veo.

No tenía idea de lo que vio. Toda la conversación iba mucho más allá del alcance de mi entendimiento, así que me acerqué más al lado de la puerta del conductor y encontré las llaves de mi auto.

—Bueno, fue un gusto conocerla. —La despedí con la mano y sonreí otra vez.
—Igualmente, Elena. Ten una linda noche.

No me di cuenta hasta a mitad del camino a casa que me había llamado Elena y nunca le dije mi nombre.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Si tiene chocolate me gusta Smile
avatar
SweetMess

Mensajes : 111
Fecha de inscripción : 27/12/2014
Localización : Argentina

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Jue Abr 30, 2015 3:09 pm

Jajajaja gnial entonces :-D
avatar
xlaudik

Mensajes : 124
Fecha de inscripción : 01/08/2014
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El precio de un beso.

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 1 de 3. 1, 2, 3  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

Publicar nuevo tema   Responder al tema
 
Permisos de este foro:
Puedes responder a temas en este foro.