El precio de un beso.

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Vie Mayo 01, 2015 8:12 pm

CAPITULO 14.

Pasó otra semana. Las cosas entre Yulia y yo aún se mantenían algo distantes. Todavía se negaba a sentarse conmigo en el almuerzo, pero de cierta forma seguíamos siendo amigas. Después de nuestra conversación en la noche del ataque de Sara, nuestra relación se transformó en una de amigas que coquetean.
El martes, la vi cruzar el patio mientras comía una hamburguesa y papas fritas —estoy segura que habría robado de ambas si hubiera estado lo suficientemente cerca— y se iluminó todo dentro de mí. Me enderecé y la saludé con la mano. Cuando me devolvió el saludo, le di unas palmaditas al asiento de al lado y un alentador pulgar arriba. Sonrió, pero negó con la cabeza y siguió caminando.

Me dejé caer nuevamente en la tierra de la melancolía.

Un segundo después, mi teléfono sonó con un texto.

Todavía necesito un poco de espacio para calmarme.

Gimiendo, escribí en respuesta:

Esos impulsos de chica cachonda empiezan a enojarme.
Bien podrían desaparecer más rápido si dejaras de ser tan... tú.

Eso fue suficiente. Estaba loca por esta chica. Podría haberme dicho que dejara de chuparme los labios, o revolverme el pelo, o usar ropa reveladora o, simplemente, dejar de ser tan caliente. Pero fue tras mi personalidad. ¿Cómo se supone que una chica resista eso?
Bastante contenta para no volverme juguetona, puse mi teléfono en modo vídeo y presioné grabar cuando vi mi propia cara reflejada en la pantalla.

—¿Preferirías que yo sea Eva? —le pregunté al teléfono en voz alta. Haciendo la mejor imitación que pude de mi prima, la parodié—: Buenos días, Yulia. Hoy te ves bien. ¿Qué dices si nos saltamos las clases y hacemos algo... divertido? —Entonces jugué con el cuello de la blusa y dejé que la cámara me vea deshacer un botón antes de que la enfocara en mi cara otra vez y le guiñara un ojo.
Un minuto después de enviarle que sacara a esa chica mala, respondió con: Necesito más escote, por favor

La parte del “por favor” me hizo tirar la cabeza hacia atrás y dejar escapar la risa. Escribí:

Pervertida. Y casi tan pronto como presioné enviar, un texto llegó en respuesta.
Mira, tu risa es exactamente lo que me mantiene alejada, mujer. Sólo quiero besar esos labios y atesorar ese sonido todo para mí.

Mi aliento se atascó en la garganta. De repente, la cantidad que me dijo que cobraba a sus clientes parecía una miseria. Si hablaba así cuando se encontraba en las citas, no es de extrañar por qué tenía un negocio tan lucrativo. Maldita sea.
Mi garganta se sentía un poco constreñida y me era difícil respirar porque me sentía llena de emoción. Me tomó un momento darme cuenta de que admitió que me había visto reír.
Levanté el rostro y miré alrededor, sorprendida al saber que se encontraba cerca.

¿Me estás acosando?
Estoy sentada en el banco junto a la estatua del águila. Pensé que me viste.

Cuando la miré, levantó la mano. Poniendo los ojos, le escribí un mensaje nuevo.

Yulia, eres una tonta, ven a sentarte a mi lado ya.

Desde donde me hallaba sentada, la vi sacudir la cabeza.

Todavía no. Tengo que ir a clase de todos modos.

Mientras ella recogía su bolsa y se ponía de pie, olfateé. Había almorzado con ella las suficientes veces para saber que no tenía clase por otra media hora. Pero si quería seguir esquivándome...

Antes de que te vayas, sólo una cosa. Sé que me burlé MUCHO de tus “impulsos”, pero me alegro de que me dijeras acerca de ellos, así te entiendo. Gracias por eso.

Casi en la entrada del edificio principal se detuvo y sacó su teléfono del bolsillo. Observé su espalda y la forma en que su cabeza oscura se inclinó para leer lo que escribí. Cuando terminó, se volvió para mirarme.
Le devolví la mirada, esperando. Sin embargo se giró, alejándose y entró a la universidad. Un siseo decepcionado de aire escapó de mis pulmones. Dios, era tan patética, devastada por una jodida gigoló y luego coqueteando con ella despiadadamente.
Quiero decir, ¿cuánto más prohibido podría ser una chica? Podía decirme a mí misma un millón de veces que sólo quería ser su amiga, pero eso sería una mentira... un millón de veces.
Treinta segundos después, sonó mi teléfono y me asustó lo feliz que me hizo.

¿Ahora estamos poniéndonos serias?

Suspiré y jugueteé distraídamente con el aro en mi nariz, porque todavía no me acostumbraba a que esté allí, y escribí en respuesta:

Aparentemente.

Necesitaba superar a esta chica y seguir adelante. Pero luego escribió:

En ese caso, gracias por seguir siendo mi amiga, aunque quiera saltar en tus huesos.

Diversión y ternura crepitaron dentro de mí. Creo que una parte de mi personalidad empezaba a contagiársele. Podía ser dulce, encantadora, coqueta y de cierta forma cruda, todo en el mismo aliento.

El sentimiento es mutuo, ya sabes, me sentí obligada a decirle. Yo también tengo impulsos.

Un segundo después, sonó mi teléfono.

Probablemente no deberías haberme dicho eso. Ahora tendré que alejarme por más tiempo.

Con el ceño fruncido, le respondí:

Oye, puedo controlar MIS impulsos, muchas gracias.
Contigo, no estoy tan segura de que pueda controlar los míos. Se está haciendo duro resistirse a ti.

No podía evitarlo, tenía que bromear:

No digas duro. Acabas de enviar mi mente directo a la tierra de chica sucia.
Ahora, ¿quién es la pervertida?
Aceptaré ese reconocimiento. ¿Quieres escuchar mi discurso de agradecimiento?
No hay tiempo. De verdad tengo que irme. Coquetearé contigo más tarde.
Mata mensajes.

Sinceramente debe haber tenido que estar en un lugar, porque nunca respondió. Nuestra conversación me dejó con una extraña mezcla de estados de ánimo por el resto del día. Cada vez que me acordaba de algo que escribió, sonreía y me sentía alegre. Algunas veces, hasta saqué mi teléfono para volver a leer algunos de sus mensajes. “Sólo quiero besar esos labios y atesorar ese sonido todo para mí” fue mi absoluto favorito.
Yo también quería atesorarla toda para mí. No era justo que un grupo de desconocidas que no la conocían para nada, llegaran a estar con ella de una forma que yo nunca lo haría. Y... entonces me acordé de nuevo por qué sólo podíamos coquetear mediante mensajes de textos y mis emociones se desplomaron. Quería que esté sentada en el banco frente a mí en la mesa del almuerzo y me robara un poco de mi comida.

Quería recuperar a Yulia.

***

El jueves por la tarde, hacía algo de tarea en el patio mientras esperaba por mi turno para marcar tarjeta en la biblioteca. La Dra. Janison, quién aún me reprobaría, me asignó a la clase de Cuentos de Canterbury de Chaucer... en inglés intermedio.

Sí, lo sé. Inglés intermedio.

Intentaba descifrar el cuento de La mujer de Bath mientras me sentaba a la luz del sol del mediodía, absorbiendo algunos rayos cálidos de la Florida, cuando llegué a la línea “A pesar de que se defendió como pudo, le arrebató la doncellez a viva fuerza.” ¿Eh? Bueno, prácticamente cada línea del poema épico me dejó con una gran “¿Eh?” Y éste no era diferente. Levantando el diccionario polifacético que compré la semana pasada, encontré la línea correspondiente. Cuando me di cuenta de que la línea quería decir algo como: “Él tomó su virginidad por la fuerza”, retrocedí, sorprendida. ¿Qué diablos nos hacía leer la Dra. Janison? Un caballero heroico violando a una virgen no era mi idea de literatura clásica.
Pero captó mi atención con un poco más de firmeza. Me encontraba ocupada descifrando y leyendo acerca de cómo la reina Guinevere convenció a su dulce esposo, Arthur, de dejarle el castigo del violador a ella —sí, tú puedes, chica ; cuelga ese bastardo por las pelotas— cuando una conmoción en el césped me llamó la atención.
Un grupo de chicos había estado jugando todo el tiempo que estuve sentada en mi mesa, tratando de saltar de una estatua de bronce a la siguiente.
Pero hasta ahora nadie había tenido éxito haciéndolo desde el toro bufando con un anillo en la nariz hasta el águila de gran tamaño desplegando sus alas.
Por los aplausos que se elevaron, me imaginé que tenían un nuevo campeón.
Cuando levanté la vista, Yulia, entre todos, se situaba en la cima de la espalda del águila, con los brazos extendidos casi tan amplios como las alas abanicándose debajo de ella, gritando su triunfo.
Puse los ojos, pero tuve que sonreír. Como si sintiera mi mirada en ella, se volvió en dirección a nuestra mesa y me dio la señal de pulgar hacia arriba. Se la devolví, felicitándola y me lanzó un beso antes de que un grupo de chicos la tomara por las piernas y empezara a llevarla por todas partes en una especie de desfile alocado de la victoria.
Al parecer, la parte masculina del mundo pensaba que no podía equivocarse.
Riendo suavemente, comprobé la pantalla de mi celular para ver la hora. Al darme cuenta de que tenía que ir a trabajar, cerré a Chaucer y guardé mi tarea.
Después de marcar mi ingreso, hablé un minuto con el bibliotecario jefe y sus dos ayudantes, que eran el único personal de tiempo completo en la biblioteca. Luego comencé a leer los números pedidos.
Lo sé, era taaaaaan emocionante, pero hoy quería un poco de paz y tranquilidad, así que no me importó la tarea aburrida. Me dirigí arriba a una pequeña sección sobre las oficinas, donde se guardaban sólo libros de referencia. Nadie nunca, nunca venía aquí, así que sabía que no sería molestada.
Curiosamente, sin embargo, me encontraba a la mitad del primer estante cuando oí pasos. Alguien se acomodó en uno de los tres muebles agrupados por las escaleras y mi curiosidad pudo más que yo. Miré a través de los estantes de libros, sólo para ver a Yulia.
¿Yulia?
La presión se construyó detrás de mi caja torácica. La anticipación y la esperanza. ¿Sabía que estaba aquí? ¿Vino a verme? ¿Significaba esto que seguíamos siendo amigas —amigas que de verdad hablaban cara a cara?
Luciendo como si no tuviera ni idea de que me hallaba cerca de ella, se estiró en un sofá verde aguacate. Después apoyando la cabeza en el brazo de uno de los extremos, cruzó los tobillos y los colocó en el otro extremo. Abrió el ejemplar de La Cámara de los Secretos que le presté y empezó a leer. Volteaba una página cada minuto o así y parecía haber pasado tres cuartas partes, haciéndome pensar que leía de verdad.
Había estado escaneando los estantes que se ubicaban de espaldas a ella, pero me dejé llevar por la tentación y me volví para leer los otros estantes detrás de mí, así que todo lo que tendría que hacer para verla era medio girarme un centímetro para echar un vistazo por la cima de la fila de libros.
Entre todas mis lecturas y vistazos, me encontré con un caos total en los números pedidos. Una estantería entera se encontraba desordenada. Saqué todos los libros de la cornisa y los apilé en el suelo. Empezaba a volver a ponerlos en el orden correcto cuando en voz baja y privada escuché—: ¡Hola, Yulia!
Agachada en el suelo, me asomé por una brecha abierta y vi a la Dra. Janison de pie sobre ella.
Mi corazón se hundió en mi estómago. Oh, mierda santa. ¿Había venido aquí para encontrarse con una clienta?

Yulia se irguió y dejó el libro abierto en su regazo. Parecía sorprendida de verla. Gracias a Dios. Eso me dio algo de esperanza de que ella no hubiera planeado este pequeño encuentro.

—No deberías hablar conmigo —murmuró, mirando significativamente hacia las escaleras.
—No te preocupes —respondió la Dra. Janison, del mismo modo en voz baja—. Nadie viene aquí. No nos sorprenderán juntas. —Acercándose, ella observó su regazo—. ¿Qué estás leyendo?

Sin esperar respuesta, se aproximó, tomó el borde del libro y lo inclinó hacia delante lo suficiente para ver la portada.

Una sonrisa divertida iluminó su rostro. —Lo apruebo —murmuró, en un ronroneo ronco—. Tengo una preferencia por literatura inglesa.
Yulia la miró cautelosamente. —No... No puedo programar una reunión contigo para... hablar de las clases de nuevo —dijo en voz tan baja, que ella tuvo que esforzarse para oírla—. Deserté de aquellos cursos, y cambié mi especialidad por completo.

Por un segundo, no estaba segura de si la Dra. Janison oyó bien, o si había descifrado su código correctamente. Diablos, probablemente no descifré su código correctamente.

Pero después de estudiarla por más de cinco largos segundos, la profesora esbozó una sonrisa lenta de complicidad. —¿Así que otra vez vas a incrementar los precios?
Mi boca se abrió. ¿Qué?
A Yulia pareció asombrada de similar manera. —¿Qué?
La Dra. Janison rió. —Recuerdo que hiciste algo así el año pasado. Dejaste de hacer citas por unos pocos meses, les dijiste a todos que habías terminado. Pero resulta que acabaste necesitando más... incentivos. —Se acercó más—. No te preocupes. Pagaré lo que cobres.
Sólo podía ver un lado de su cara, pero la parte que vi se llenó de rabia al rojo vivo. ¿O era humillación? —Esto no se trata de dinero. He terminado.
Ella aparentó confusión por un segundo antes de que su rostro se aclarara. Asintió sabiamente y murmuró—: Ah, ¿así que es por la chica?

Me tapé la boca con las dos manos. ¿Chica? ¿Qué chica? ¿Tenía una chica?
Oh, Dios mío. ¿Era yo la chica?
Tenía que ser. ¿Quién más podría ser la chica? Era la única chica que públicamente había asociado con ella y la única chica a la que la Dra. Janison había visto sentada al lado suyo.

—Eso está bien. Eres joven y curiosa. No me importa si juegas a una relación por un tiempo. Siempre y cuando regreses a donde perteneces cuando hayas terminado. —Extendió la mano para tocarle el pelo, pero ella desvió la cabeza de sus dedos. Ella dejó caer la mano, pero no se veía disuadida en lo más mínimo—. Sólo hazme saber cuándo hayas terminado con ella. Y entonces... pagaré la tarifa que pidas. —Le guiñó un ojo—. Sé que eres buena en ello.

Sacó una tarjeta de visita de su bolsillo y lentamente se inclinó para ponerla en la columna vertebral de las páginas abiertas como si fuera un marcador.
Qué asco. Ahora iba a tener que rociar cada página con un desinfectante para borrar sus piojos de puta después de que Yulia me lo devolviera.
¿Cómo se atrevió a poner su tarjeta de visita en mi libro? Me puso caliente, enojada, triste, afligida y un poco enferma de celos y repulsión. Incluso aumentó mi enojo con Yulia por llevar ese tipo de vida, donde sucedían situaciones como ésta.
La profesora le tiró un beso y luego se volvió y salió.
Tan pronto como se fue, Yulia lanzó una mirada culpable en mi dirección. El aliento se atascó en mi garganta. Oh, Dios. No podía respirar. Ella sabía que me encontraba aquí, lo que significaba que sólo yo podría ser la chica.
Había venido hasta aquí para estar cerca de mí. Le había dicho a una de sus clientes que terminó con las citas. Había una chica involucrada. En mi cabeza, se repetía una y una y otra vez: Santa mierda, ya no es una gigoló.
Una calidez atolondrada pasó a través de mí, pero luego mentalmente me abofeteé la cara.

¿Qué diablos me pasaba? Acababa de ver a otra mujer solicitándola para sexo —que planeaba pagar cualquier precio— ¿Y me mareé de pensar que podría querer comenzar una relación conmigo?

Debo haber perdido mi maldita cordura.

No creo que me viera observándola. Seguía arrodillada en el suelo por el estante de abajo, pero aparté mi cara de la brecha sólo para estar segura. Cuando tuve que —sí, tuve que— mirar de nuevo, quitaba la tarjeta de visita de la Dra. Janison de mi libro con la punta de los dedos pulgar e índice.
Manejándola con cuidado como si estuviera contaminada, la tiró en un cubo de basura cercano.

Una enorme sonrisa se extendió ampliamente en mis labios.

A quién le importaba lo que la plaga enferma me había infectado por querer estar con una gigoló —o, posiblemente, una ex gigoló. Acababa de rechazar una clienta.

¡Por mí!

Bueno, quizás por mí. Pero la parte del “quizás” hizo toda la diferencia.

Me sentía muy emocionada. Eufórica.

Volviendo a trabajar con un mucho mejor estado de ánimo, repasé los libros desacomodados y los organicé con bastante más dinamismo. No lograba dejar de sonreír. Podría incluso haber comenzado a tararear una melodía alegre para mis adentros.

Me sentí jovial hasta que oí otra voz femenina decir el nombre de Yulia.

Jesús Herbert Cristo, eran como las cucarachas saliendo de su encierro para rodearla.

Pero esta voz era demasiado familiar.

—Bueno, mira quién está pasando el rato en una biblioteca, en realidad leyendo. ¿O es simplemente una fachada para conocer a alguna zorra caliente?

Levanté la mirada y miré a través de la brecha en los libros, a tiempo para ver a Eva quitando mi libro de las manos de Yulia. Suspiré, sé que el sacrilegio de poner a Harry Potter en el suelo era simplemente obsceno.
Entonces, mi querida dulce prima fue y tomó su lugar, dejándose caer en su regazo.

Envolviendo los brazos alrededor de su cuello, añadió—: Acabo de ver a la Dra. Janison aquí. ¿No es ella una de tus habituales?

Mi boca cayó abierta. ¿Qué demonios hacía?

—Eva, bájate de mí. —Agarrando sus muñecas que, aparentemente, había súper pegado a su alrededor, ella luchó por desenredar sus brazos.
Todavía subida en su regazo, ella simplemente sonrió. —Por lo tanto, ¿lo hicieron aquí, o sólo programaban su próxima cita...? Personalmente, creo sería caliente hacerlo en algún lugar público. Como una biblioteca. Salvo que tendríamos que ser demasiado silenciosas.
Renunciando a tratar de desenredar los brazos de su cuello —porque no tenía ninguna suerte en absoluto— Yulia levantó las manos en señal de rendición. —En serio, tienes que salir de encima de mí. Ahora.
—En serio —repitió ella, su sonrisa burlándose al quitar un brazo de alrededor de ella, únicamente para pasar su dedo nuevamente libre en el centro de su pecho—, tienes que relajarte.

Sentí frío por todas partes, y por primera vez en mi vida, deseaba hacerle un daño intenso en el cuerpo a mi prima, como quebrar ese dedo que seguía usando para tocarla.

—Entonces, ahora no estoy borracha —dijo con una sonrisa—. Ya no tienes que ser una caballera. ¿Aún quieres rechazarme?
—Sí. —Soltó un bufido—. No me voy a acostar contigo, Mercer. Nunca.
Su expresión juguetona se oscureció. Con ojos destellando indignación, ella siseó—: ¿Por qué? ¿Porque no soy una de tus profesoras? ¿Por qué no te puedo dar una A automática por cada orgasmo bien recibido?

Oh, sí, dijo eso completamente.

—En realidad, hay varias razones. Y ninguna de ellas tiene que ver con eso. Primero, tienes novio, y es uno de mis buenos amigos. Por no mencionar que, no quiero tener sexo contigo, además tu prima es…

Eva la interrumpió antes de que pudiera oír lo que iba a decir sobre mí.

—No te atrevas a mencionar a Lena. Ha pasado por mucho y no necesita que otro idiota perdedor la lastime. Por lo tanto mantente alejada. ¿Entiendes?
Yulia parpadeó, pareciendo asustada. Entonces su rostro se ensombreció por la furia. —¿Quién le ha hecho daño? ¿Cómo?
Eva no respondió. En cambio, sonrió. —Ella no es para jugar. Si quieres jugar, tendrás que conformarte conmigo.
Puso los ojos. —Voy a pasar.
—Oh, estoy segura de que podría hacerte cambiar de opinión.
Alcanzó entre sus piernas, y ella reaccionó al instante, poniéndose de pie y arrojándola de su regazo al suelo en un oleaje furioso. —No vuelvas a tocarme.

No estaba segura de si quería defender a Yulia o salvar a mi prima, porque ella parecía bastante molesta para lastimarla. Pero volé de mi escondite.

—¡Eva! —grité/susurré—. ¿Qué demonios estás haciendo? Eso es un asalto sexual.

En vez de disculparse con absoluta vergüenza, se volvió indignada.

Levantándose del suelo en una rabieta, me frunció el ceño. —Lo que sea. Es una prostituta, Len. Ella no es nada.

El pecho de Yulia se hinchó al contener el aliento. Sus ojos lucían vidriosos por la emoción, pero creo que había más dolor que ira en sus profundidades.

—¡Es un ser humano! —espeté—. Tiene los mismos derechos que tú o yo de no ser acosada cada vez que se da la vuelta. Y cómo te atreves a hacerle esto a Alec. ¿En serio ibas a engañarlo?
Mi prima se limpió el polvo de su trasero con un resoplido. —Estás ciega si no puedes ver que acabo de hacer esto por ti.
—¿Por mí? —Mi boca se abrió—. Entonces creo que estoy totalmente ciega. ¿Cómo hiciste esto por mí?
—No es buena para ti. Trataba de mantenerla lejos de ti.
Suspiré. —Lo creas o no, E., no tienes que molestarte. Yulia y yo somos sólo amigas.
Soltó un bufido. —Sí, claro. Sigue diciéndote eso, cariño. Tal vez algún día nuestra abuela muerta, Dixon, lo creerá. —Dirigiéndole a Yulia una mirada abrasadora, dijo entre dientes—: Tú sabes mejor que yo que babeas por ella. —Luego se marchó.
Ni ella ni yo nos movimos hasta que desapareció. Por último, se volvió hacia mí, la preocupación cubriendo sus ojos. —Lo siento.
Negué con la cabeza, haciendo una mueca. —¿Por qué? —Era yo la que tenía que disculparme por mi pariente imbécil.
Levantó las manos, con una expresión de incredulidad. —Porque acabo de tirar a tu prima al piso.
Si hubiera sido ella, la habría pateado mientras se encontraba allí. —No tienes que disculparte por eso. Me sorprende que no la quitaras de tu regazo antes.

Todavía parecía como si quisiera seguir pidiendo perdón.

No pude evitarlo, me sentí mal por ella. Acercándome, la abracé con fuerza. —Nunca tuve la intención de traer la ira de Eva sobre ti.
Se sacudió en mis brazos por la sorpresa. —No lo hiciste. Lo hice yo sola.
Retrocedí, horrorizada. —Sólo porque tuviste una noción equivocada cuando tenías dieciocho años, pensando que tenías que hacer algo drástico e innecesario para salvar a tu familia, no significa que te mereces ser tratada con tal degradación constante por cada mujer que se cruce en tu camino.

Me golpeó lo mucho que incluso la deshumanicé las primeras veces que la vi, volviéndome poética sobre sus miradas sorprendentes. No me había preocupado en nada por su personalidad. Por ella.
Quería pedirle perdón por no ser mejor que mi prima o mi profesora. Pero la forma intensa con la que me miraba me dio una breve pausa.

Levantó la mano derecha y quitó un puñado de pelo de mi cara. —No eres como cualquier persona que haya conocido. ¿De dónde vienes, Elena Katina?
No merecía esa expresión de asombro que me daba. Quería decirle que en realidad no era Elena Katina. Quería decirle todo. Pero este momento se trataba de ella, así que me apegué a la verdad que podía darle. —Ellamore, de Illinois.

Su sonrisa era divertida y llena de adoración. Mi pecho se llenó con un eco de esa similar emoción una fracción de segundo antes de empujarme en sus brazos y abrazarme otra vez.

Metiendo la nariz en mi pelo, halló la cicatriz en mi nuca. Después de presionar los labios contra la piel arrugada, susurró—: Gracias por ser mi amiga. Pero Mercer tenía razón. Sé muy bien que estoy loca por ti. Nunca deberías tener que lidiar con toda mi mierda.
Un segundo más tarde, inhaló y se alejó antes de agacharse para recoger el libro de Harry Potter. Una vez que reunió sus cosas, me miró—: Te veré por ahí. —Lo que en lenguaje de Yulia quería decir que iba a evitarme de nuevo.

Me quedé en ese mismo lugar por demasiado tiempo, luego de que desapareció por las escaleras. Muchas cosas me dejaron nerviosa. El comportamiento de Eva, lo que le dijo a ella, la admisión de Yulia a la Dra. Janison de que no iba a aceptar a ningún cliente, y toda esa charla de la chica.

La situación me había superado. Pero no me importaba.

Estaba mal.

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Miér Mayo 06, 2015 3:13 pm

CAPITULO 15.


Ese fin de semana comenzó agradablemente aburrido. Rechacé una invitación de Eva para ir de club en club con ella y su tripulación, y no sólo porque su escenita en la biblioteca aún me tuviera enojada, sino porque no tenía ganas de salir de mi nido. Quería un poco de soledad pacífica.
Después de que E. me dijera que era una aguafiestas y me colgara, me encogí de hombros, me acurruqué en mi sofá con algunas tareas y palomitas de maíz, y comencé un maratón de mis películas favoritas.
Cuando sonó mi celular un poco antes de las once, empezaba a tener sueño. Me imaginé que era Eva de nuevo, llamándome borracha, pidiéndome que vistiera mi culo, fuera y me uniera a ella. Así que fui perezosa para alcanzar el auricular.
Sin embargo, al ver Casa en el identificador de llamadas, de repente quería gritar. Casi ataqué el teléfono, desesperada por oír la voz de mi mamá. Lo sé. De hecho, extrañaba a mis padres. Y a mi molesta hermana mayor. A nuestro gato, Doodles. Oh, y mi habitación.

Los extrañaba mucho, muchísimo.

Me sentía mucho más que nostálgica.


—Hola, mamá —contesté con frialdad, tratando de no sonar muy ansiosa de escuchar su voz— No te preocupes. Estoy bien. La escuela está bien. Y no, Eva todavía no me ha llevado al lado oscuro. —Toqué mi aro en la nariz, decidiendo no mencionarlo todavía. Tendría que medir su estado de ánimo en primer lugar.
—Cariño. —La voz de mi madre me llegó al oído, y era como si estuviera sentada en la mesa de la cocina de nuevo, bebiendo chocolate caliente con un montón de malvaviscos mientras jugábamos a las cartas y hablábamos de nuestro día—. No quiero alarmarte, pero...

El pelo en mi nuca se erizó de inmediato. Pero, no, no, no. No estaba alarmada. Estaba totalmente asustada.

—¿Qué? —exigí.
Suspiró. No debe haber habido alguna manera para que ella amortiguara el golpe, porque fue directa y dijo—: El padre de Andrei encontró una manera de conseguir que se abandonara el caso. No irá a juicio.
—Oh, Dios mío. —Mi visión vaciló. Si ya no hubiera estado acampada en el sofá, me habría derrumbado al suelo—. Oh, Dios mío. —¿Significaba esto que me iba a quedar atrapada como Elena Katina para el resto de mi vida, siempre vigilando por encima del hombro, sin sentirme nunca segura o establecida, siempre perseguida por un loco maníaco sediento de sangre?—. ¿Cuándo?
—El jueves, pero escucha... Esta no es una razón para preocuparse. No quiero que...
—¿Jueves? —casi grité—. ¿Jueves? Pero... —Oh, Dios mío. ¿Por qué no había llamado para decirme esto el jueves?—. Pero él fue acusado de intento de asesinato. ¿Cómo pueden simplemente dejar ese tipo de caso?
—Cariño, su padre es un abogado muy bueno, y...
—Oh, Dios —gemí, sintiéndome mareada. Tenía que buscarme un chico rico, malcriado e hijo de un abogado para tenerlo como un ex novio acosador psicópata, ¿no es así?

Súper. Definitivamente sabía cómo elegirlos.

—... irrumpieron esta noche, pero...
—Espera, ¿qué? Lo siento, mamá. Me distraje. ¿Dónde irrumpieron esta noche?
—En nuestra casa, pero...
Me erguí sobre mis pies. —¡QUÉ!
—Ahora, esto no significa necesariamente que fuera él.
—Por supuesto que era él. ¡Madre! —Despierta, mujer—. ¿Quién más podría ser?
—Está bien, está bien. —La voz de mamá era un poco demasiado tranquila y aplacada para mi gusto—. Tienes razón. Hay una buena posibilidad de que fuera él. Sin embargo, no se llevaron nada. Sólo un par de papeles en la oficina estaban… revueltos.
—Me está buscando —dije en voz baja, mirando alrededor de la habitación como si lo pudiera encontrar al acecho en una de las esquinas. Se encontraba libre y limpio de todas las acusaciones legales, por lo que ahora me buscaba. Por venganza.
—No va a encontrarte —me aseguró—. No tenemos nada en la casa que conecte a Elena Katina contigo. La única forma en que posiblemente podría encontrarte ahora es por tu número de seguro social, y juro que tenemos todos los documentos con la información encerrados en una caja de depósito de seguridad en el banco. Sólo para estar seguros, sin embargo, papá mañana te va a cambiar tu número de celular. Vamos a llamar y hacerles saber a Shaw y Mads cuál es el nuevo número. ¿De acuerdo?
Cuando no respondí lo suficientemente pronto —mi cerebro estaba demasiado ocupado dando vueltas con pensamientos— mamá repitió mi nombre. —¿Elena?
—Está bien —dije, sacudiendo la cabeza, no muy segura de lo que aceptaba.
Pero pareció tranquilizarla. —Ves —había una sonrisa en su voz—, todo está bien. No vamos a dejar que se acerque a ti. Ahora estás a salvo.

Un largo suspiro aliviado dejó mis pulmones. Había salido de casa para mantenerme lo más segura posible. Pero ahora que el peligro irrumpía en las casas para encontrarme, me sentí como si hubiera dejado el único lugar en el que podría estar protegida.

Me encontraba a casi 1500 kilómetros de casa. Sola.

—Te amo. —murmuró mamá en mi oído.

Cuando cerré los ojos con fuerza, una sola lágrima se deslizó por mi mejilla.

—Yo también te quiero, mamá.

Después de colgar, hice un recorrido exhaustivo de todo el piso, encendiendo todas las luces y comprobando cada ventana y armario. Debajo de la cama. Detrás de la cortina de la ducha. Luego volví a la sala de estar, ya no soñolienta en lo más mínimo.
Mirando sin ver la pantalla de la televisión, salté ante cada crujido y gemido que escuchaba hacer eco a través de mi pequeño apartamento. Tuve la tentación de llamar a Eva y exigirle que volviera a casa para estar conmigo. Pero probablemente estaba tan borracha, que traería su pandilla de fiesta con ella. Desde luego, no quería que una horda de extraños merodeara por mi desván.
Cuando alguien llamó a mi puerta, grité. La almohada que había estado aferrando a mi pecho salió volando. Salí del sofá y corrí lejos del golpe, en lugar de hacia éste. Agarrando mi bolso, lancé los contenidos en la mesa y busqué entre mi polvera y mi cartera antes de encontrar mi spray y arma de electrochoque.

—¿Quién es? —pregunté mientras me arrastraba hacia la puerta, ambas manos llenas de armas de chica.
—Es Yulia.

¿Qué?

Sin creer en la ahogada voz en lo más mínimo —porque ¿por qué en el mundo vendría Yulia a verme a las once de la noche del sábado?— me asomé a través de las persianas cerradas y me quedé boquiabierta al ver a Sexy de pie fuera de la puerta de mi apartamento.

¿Qué demonios?

Feliz de ver a alguien que no fuera Andrei, y aún más encantada de que “alguien” terminó siendo Yulia, dejé caer el spray y el arma de electrochoque a mis pies y me puse manos a la obra, abriendo las tres cerraduras que mantenían mi puerta sellada contra los intrusos.
Para el momento en que la abrí, estaba dispuesta a arrojarme en sus brazos y abrazarla por estar aquí. Me sentía tan aliviada de no tener que sufrir el resto de la noche sola.

—Yulia —jadeé.
Cuando levantó la cara, vi al instante que algo andaba mal. Su mirada se arremolinaba con tormento. —¿Podemos hablar? —rechinó—. Es que... tengo que hablar... con alguien.
Apartando el pelo de mi cara, me encontré con un pedazo de palomitas atrapado en las trenzas y lo quité. —Um... bien. Claro. Entra.
Empecé a abrir la puerta un poco más, pero eso pareció intimidarla. Se escabulló un paso atrás y levantó la mano. —Si este es un mal momento, puedo irme.
Rodé los ojos. —Yulia, en serio. ¡Entra ahora! —En realidad no me gustaba la idea de dejar mi puerta abierta.

Pero la señorita Gigoló se volvió tímida. Se quedó arraigada en el rellano de la escalera, enviándome una mirada asustadiza.

Con un murmullo de frustración, la agarré del brazo y la metí en mi apartamento. Mientras nos encerraba dentro, se paseaba por la sala. Me volví y la vi correr sus manos por el pelo y suspirar. En repetidas ocasiones. Estaba tan distraída que ni siquiera se dio cuenta cuando recogí mi pistola eléctrica y el spray del piso y discretamente los guardaba de nuevo.

Después de que se paseó por un minuto sin ni siquiera reconocerme, me senté en el brazo del sillón y doblé las manos en mi regazo. —Así que... ¿qué pasa?

Se tiró en el sofá, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo.

Después de dejar escapar un gemido bajo, admitió—: Casi fui atrapada esta noche.

Oh, mierda.

Me deslicé fuera del apoyabrazos y me senté a su lado. Nuestras rodillas casi se tocaban, así que me incliné hacia adelante y tomé mi bebida de la mesa de café, usándolo como una mala imitación de una barrera.
Mis manos comenzaron a temblar. Para disimular los temblores, tomé un trago, pero inmediatamente me di cuenta del gran error. La carbonación en mi bebida me dio ganas de expulsar todos los contenidos de mi estómago.
Pero maldita sea, maldita sea, maldita sea. Había estado tan segura de que le dijo a la Dra. Janison que no aceptaba más clientes. Pensé que iba a dejar ese estilo de vida por la chica, por mí. Pensé que todo nuestro coqueteo por mensajes de texto y casi beso significaba que nos acercábamos.
Así que, ¿cómo podrían casi haberla atrapado? ¿La advertencia de Eva la volvió a llevar al lado oscuro?

Dios, era una idiota.

Y no iba a llorar por esto. No. Me negaba.

—¿Tú... quieres decir por la policía? —Finalmente encontré la fuerza suficiente en mi laringe para preguntar.
—No. —Movió la cabeza hacia atrás y adelante, sin dejar de mirar al techo—. Por un marido.
—Santa... —Se me cayó la bebida que sostenía, y fue un milagro que mi regazo la atrapara en posición vertical. La agarré de nuevo en mis manos—. Oh, Dios mío, ¿también te acuestas con mujeres casadas?

Tuve que taparme la boca como si quisiera empujar manualmente la bilis en lo más profundo de mi estómago.

Me lanzó una mirada angustiada y empezó a sacudir la rodilla. —La mayoría de las mujeres que me contratan están casadas.
Tragué saliva y casi me atraganté en la miseria, el dolor y la decepción acumulándose en mi esófago. —Oh. —Estaba muy ocupada concentrándome en no gritar para decir mucho más.
Sin embargo, mi falta de respuesta pareció irritarla. —Jesús, ¿por qué crees que se acercan a mí? La mayoría son amas de casas ricas y aburridas, que gastan todo el dinero que sus maridos les dan en los más jóvenes.

Se puso de pie y empezó a caminar de nuevo, tirando de un puñado de su cabello hasta que las hebras se pusieron de punta en ángulos extraños. Lo triste era que, tan molesta y dispersa como estaba, aún se veía muy sexy. Y todavía quería abrazarla hasta que desaparezca su dolor.

Pateó la puerta al pasar junto a ella. Luego se congeló y se quedó boquiabierta un momento, asegurándose de que no la había dañado antes de hacer una mueca en mi dirección. —Lo siento.
Me encogí de hombros y le hice señas para que continuara. Podía patear todo lo que quisiera siempre y cuando no dejara una abolladura o agujero. —Oye, al menos que no me pateaste a mí.
Ese comentario pareció escandalizarla. — ¿Por qué iba a patearte?
—No lo sé. —De repente incómoda, tomé un sorbo grande. Esta vez, la cafeína se instaló en mi estómago en lugar de molestarlo. Todavía me miraba, así que moví la mano en un gesto inútil—. A veces la gente siente la necesidad de hacer daño a otras personas en una manera de mostrar su poder. Y obviamente en este momento te estás sintiendo impotente sin el control de tu propia vida, por lo que...
Estuvo a mi lado y se sentó junto a mí antes de que pudiera terminar mi explicación. —Nunca te patearía, Lena. ¿Por qué se te ocurre...? —Negó con la cabeza, y luego inclinó su rostro y cerró los ojos—. No debería haber venido.
—No. —Me acerqué y cogí su rodilla—. Está bien. En serio. Quiero decir, si necesitas sacar algo de tu pecho, entonces... déjalo salir. No es como si pudieras hablar sobre esto con cualquiera. Y somos amigas, así que...

Levantó la vista y me estudió, suplicando con la mirada algún tipo de liberación.

Pero mientras me miraba, sus rasgos se derrumbaron. —¿Sabes que nunca he tenido relaciones sexuales sólo por el placer de hacerlo, sólo para tener un poco de diversión recreativa con una compañera de mi elección? Siempre, siempre se me ha propuesto y pagado. Nunca he podido decidir cuándo ni dónde, ni cómo, ni con quién. Nunca...
—Entonces ten sexo recreativo —dije, frunciendo el ceño, porque no podía ver por qué esto era tan molesto. No para ella de todos modos. La idea de que tenga sexo recreativo —sin que yo estuviera involucrada— era increíblemente molesto para mí. Claro. Pero no hablábamos de mí. Esto era sobre ella—. Nada te impide dar… regalos.
Yulia se echó hacia atrás como si le hubiera abofeteado. —Eso no sería justo para la chica. No sería justo para mí. No sería justo para nadie.

Oh.

Mm.

Así que era una gigoló con normas lindas. Maldita sea, otra cosa que tenía que admirar en ella.
En realidad, más que admirar.

Con una ráfaga de claridad, me di cuenta que no era una prostituta en absoluto. De hecho, si nunca hubiera caído en este estilo de vida, apuesto a que sería del tipo que se compromete, la clase de mujer que nunca se aleja o se queda en una relación menos de dos años.

Sería perfecta.

Era un milagro que una chica no la hubiera enganchado antes...

—Espera. —Negué con la cabeza cuando otro pensamiento me golpeó—. Incluso tu primera vez fue...
Hizo una mueca de disgusto. —Mi casera. Se ofreció a rebajar el alquiler atrasado que les debíamos si... cedía. Amenazó con desalojo si no lo hacía. Ella es la que me hizo citas para encontrarme con otras mujeres, y consiguió que me contrataran en el Country Club.
Mis ojos se podrían haber salido de sus órbitas. —¿Te refieres a la señora Garrison? Así que ella es cómo, ¿tu proxeneta?
Dejó escapar un bufido. —¿Proxeneta? Sí, supongo, por así decirlo. Ella... Oye, ¿cómo sabes su nombre?
Me encogí de hombros. —Me lo dijo. La encontré fumando fuera cuando me fui de tu casa una noche después de hacer de niñera.
—Maldita sea. —Y empezó a pasearse. En serio, la chica me iba a marear—. Le dije que te dejara en paz.
—¿Sí? —Bueno, eso fue alarmante—. ¿Cuando has hecho eso? ¿Y por qué discutías con la propietaria sobre mí?
—Debido a que te ha visto ir y venir y tú eres... —Echó una mano hacia mí como si debiera ser capaz de terminar la frase.

No podía. Enderezándome, presioné la mano en mi pecho, ya ofendida.

—¿Soy qué?
—Eres hermosa... —murmuró, dándose la vuelta—. Así que, naturalmente, piensa que tú y yo…
—Sí. —Asentí y agité la mano—. Entendí esa parte.
Yulia se frotó la cara, gimiendo. —Dios, a veces odio esto. De vez en cuando, sólo quiero dejarlo todo.
Mi corazón dio un vuelco. La esperanza surgió. —Entonces, deja de hacerlo. Déjalo ahora mismo.
Apretó los dientes y me frunció el ceño. —¡No puedo!
Negué con la cabeza. —¿Por qué no?
—Es que... —Hizo una mueca—. No voy a hacer esto para siempre. Tengo un plan. Tan pronto como me gradúe, voy a conseguir un gran trabajo. Entonces voy a poner a mamá y a Sarah en una casa, una de su propiedad, no otro alquiler. Y voy a encontrar mi propia casa. Voy a ser libre.
Asentí mientras escuchaba. Era triste escuchar cómo se sentía atrapada en su vida actual y lo responsable que se sentía por su madre y su hermana. —¿Por qué Larisa no puede comprar su propia casa ahora? ¿Y por qué no puedes mudarte, si eso es lo que quieres?
Pestañeó escandalizada. —¿Estás loca? No se puede confiar en mamá con las finanzas. Antes de que entrara, se olvidó de pagar... casi todo. Es una gran madre, no me malinterpretes. Daría mi vida por ella, pero la mujer no puede presupuestar una mierda. A veces, se olvida de pagar la factura de la luz, y las luces se iban mientras cenábamos o tomábamos una ducha. A veces...
—Espera. —Agité las manos para detenerla—. Lo siento, pero creo que simplemente no entiendo cómo terminar la universidad va a enseñarle a tu madre a financiar y a cuidarse sin ti.

Me miró como si no pudiera comprender mi preocupación.

—Incluso si construyes un nido lo suficientemente grande para que ella y Sarah se establezcan de por vida, todavía podría olvidar pagar los servicios públicos después de que te vayas.
El brillo de Yulia era de irritación. —¿Estás diciendo que nunca voy a ser capaz de mudarme sola?
—No, digo que tienes que mirarlo desde un ángulo diferente. Parece que Larisa necesita aprender un poco de organización. —Y dejar de apilar tanta responsabilidad sobre los hombros de su hija.
—Está empezando a entrar en razón —argumentó—. He trabajado con ella durante los últimos dos años. Y cada par de meses, paga las cuentas sin mi ayuda.
—Bueno, entonces ahí tienes. Tal vez ahora podría hacerlo todo por su cuenta. Y así, puedes dejar de hacer algo tan drástico para salvar a tu familia. Van a estar bien. No tienes que seguir violando la ley o tu propio código moral y continuar haciendo algo que obviamente odias sólo para ganar más dinero.
—Tengo un plan —repitió, con la mandíbula obstinadamente dura, diciéndome que nada iba a hacer que se desviara.
Puse los ojos y murmuré—: Sí. Un plan estúpido. —Mi voz podría haber sido un poco petulante, pero no me importó. Su plan estúpido evitaba que saltara sobre sus huesos en este mismo segundo. Me alejaba de estar con la única persona que me vio y le gustaba lo que veía.

Como si entendiera que su terquedad me molestaba, se sentó a mi lado.

— Lo siento, Lena. No era mi intención volcar sobre ti todos mis problemas. Yo... —Tragó. La mirada que me envió decía mucho en el departamento de las disculpas, pero las palabras que dijo sonaron más como—: ¿Tienes algo para beber?

Solté una fuerte carcajada. Sí, una bebida fuerte sonaba perfecto ahora mismo.

— Claro. Espera. —Me empujé sobre mis pies y lo dejé en el sofá.

Necesitaba un poco de espacio de todos modos antes de que la abofeteara tontamente. En la cocina, abrí el armario superior y me estiré sobre mis dedos de los pies para llegar a la única botella de alcohol que tenía en el lugar. Después de llenar una copa de cristal con hielo, me serví un saludable trago y llevé los dos vasos y la botella hasta el sofá.

— Ten.
El alivio cruzó su rostro. —Gracias. —Se tomó toda la bebida de un trago, sólo para sentarse erguida y casi escupirlo mientras tosía y farfulló—: Dios. —Hizo una mueca y raspó la superficie de la lengua contra la parte inferior de sus dientes superiores, limpiando el sabor que quedaba—. ¿Qué era eso? ¿Tequila?
Atónita porque no conociera sus licores, me quedé boquiabierta. —No. Era ginebra. —¿Cómo podía alguien no reconocer el sabor o el olor de la ginebra?
—Asqueroso. Sabía a desinfectante.

Umm... Sí. Dah.

Soltó una risa repentina. —Me refería agua cuando pedí una bebida, ya sabes.
— Ups. —Me encogí de hombros.

También se encogió de hombros.

— Oh, bueno. Esto también servirá. —Extendió la mano y tomó la botella para servirse otro trago. Simplemente se estremeció con repugnancia con su próximo trago—. Maldita sea, eso es desagradable. —Me lanzó una mirada con la ceja arqueada—. No te hubiera tomado por una bebedora de ginebra.
— No lo soy. Estaba en el armario cuando me mudé. Debe ser de mis tíos.
Resopló, sirviéndose más. —Una buena manera de tentar a su sobrina menor de edad y estudiante universitaria a permanecer sobria. —Silbando entre dientes después del trago número tres, me miró a los ojos un poco aguados.
Sonreí porque su reacción fue tan malditamente linda. —Déjame adivinar. No eres una gran bebedora.

Yulia negó con la cabeza antes de tomar una respiración profunda y tonificante tomando su trago número cuatro. Un tinte verde tocó sus mejillas, pero volvió a tragar saliva y tragó todo sólo para parpadear con los dientes apretados.

— Bueno, novata. Si sigues tomándotelos a esa velocidad, vas a estar más enferma que un perro.
Me miró, considerándolo. —¿Pero voy a estar borracha?
— Oh, sí.
— Bien. —Tomó el número cinco y sin una mueca de dolor.

Tenía que admitir que me impresionó un poco. La muchacha era una aprendiz rápida. Eso o la bebida ya había entumecido sus papilas gustativas.
Dos tragos después, intercepté el trago número ocho, sacando la botella de su mano antes de que pudiera verterla. —Confía en mí, cariño. Con eso alcanza.
Parpadeó, tambaleándose un poco. —¿Estás segura? No me siento...
— Oh, lo sentirás, tan pronto como el alcohol golpee tu torrente sanguíneo.
— Bueno.
Cuando asintió, confiando en mi palabra implícitamente, tuve que preguntar—: Ahora, ¿recuérdame por qué nos emborrachamos? ¿Por casi ser atrapada o porque dije que tu plan es estúpido?
— No es estúpido. —Frunció el ceño antes de añadir—: Y me estoy emborrachando —se clavó un dedo en el esternón—, a causa de lo que pasó hace rato. Tú te vas a quedar sobria para cuidar de mí.
— ¿Sí? —Esto era nuevo para mí. Cuando levanté las cejas, haciéndole saber que probablemente debería revisar esa última afirmación para que sonara un poco más como una súplica y mucho menos exigente, ella simplemente me envió una sonrisa tonta dulce.
— Vamos, Lena. Por favor. Sólo quiero olvidar que esta tarde pasó. Olvidar lo que soy, quién soy... quién...
Sus palabras se desvanecieron cuando su atención se desvió a la imagen congelada en mi pantalla de televisión. —Oye, ¿qué película es esta? —Detectando mi tazón de palomitas de maíz, lo tomó de la mesa de café, lo colocó en su regazo y empezó a comer. Luego subió los pies sobre mi mesa de café.
Sí, creo que el alcohol empezaba hacer efecto.
Suspirando, me dejé caer, derrotada, en el sofá junto a ella. Al parecer, esta noche veríamos películas, mientras yo cuidaba a su culo lindo y borracho.
Hombre, que me azoten.
Una parte de mí se dio cuenta de que tenía que ser la idiota más estúpida por permitirle quedarse. Casi le daba la bienvenida a un corazón roto. Pero otra parte de mí me dijo que lo hacía por la seguridad. Me asustó saber que Andrei me perseguía activamente. Incluso una borracha en la casa me hacía sentir mejor.
Pero en secreto, me sentía en su mayoría encantada de que hubiera venido a mí —y nadie más— para emborracharse y decir sus sentimientos personales más privados. De hecho, me sentí honrada de cuidarla.
—Puede que te guste esta película —dije, aliviada por el cambio de conversación—. Empezaba un maratón de Harry Potter cuando llamaste a mi puerta.
Se animó. —¿En serio? ¿Harry Potter?
—Sip. Estoy a mitad de la primera, pero puedo empezarla de nuevo, si quieres.
—Sí. Eso suena muy bien. Tampoco he visto las películas.
Tomando el control remoto, sacudí la cabeza. —Eso es una locura. No puedo creer que no hayas visto las películas ni leído los libros. Eres como... antiamericana, o algo así.
Me dio una mirada confusa. —¿Cómo puede ser antiamericano? Pensé que estaban escritos por una autora británica.
Suspiré. Recordaría eso, ¿no? —Bueno, entonces, eres anti... terrícola.
Se rió y tiró una palomita en el aire en un intento de atraparlo con la boca. Pero la perdió totalmente y la pieza de palomitas rebotó en su nariz. Así que también me tuve que reír.
— ¿Ya te sientes mareada?
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Vie Mayo 08, 2015 9:34 pm

CAPITULO 16.

No llegué a la cama hasta casi las dos de la mañana. Después de robar un par de tragos más de ginebra, Yulia se desmayó a mitad de la segunda película y ya que estaba muerta de cansancio, apagué todo. Le quité los zapatos, puse sus pies en el sofá y encontré una manta extra para colocársela.
Entonces apagué las luces y tropecé hacia mi dormitorio.
No voy a mentir. La vi dormir durante unos diez minutos antes de levantarme del sillón. Pero parecía tan tranquila y adorable toda acomodada con la cabeza sobre su hombro. Tentada a quitar un mechón oscuro de su pelo que le caía sobre el ojo, finalmente me obligué a retroceder.
Limpié y me puse la ropa de dormir antes de arrastrarme debajo de las sábanas, completamente agotada y sin embargo, muy consciente de su presencia todavía en mi apartamento.
Alegre de que otra persona estuviera cerca después de saber sobre Andrei, fui capaz de quedarme dormida con bastante facilidad. El sueño me había superado cuando me desperté bruscamente porque alguien levantó las mantas y se metió en la cama conmigo.

Me senté inmediatamente. —¿Qué crees que estás haciendo?
Mi chillido indignado hizo que Yulia se quejara. —El sofá es demasiado pequeño. No puedo dormir ahí.

Me mordí el labio inferior mientras ella se dejaba caer a mi lado y no se movió. Apenas había suficiente luz en la habitación para ver su perfil. Y vaya perfil tenía. Pero, en realidad, no podía dormir en mi cama conmigo.
¿Podía?
¡No! No, Lena, no. Echa su culo sexy de gigoló. ¡Ahora!

— ¿Quieres que te lleve a casa? —le pregunté, mordiéndome el labio e incapaz de hacer una cosa tan blasfema como echar a Yulia Volkova de mi cama.
Pero ella ya estaba medio desmayada de nuevo. —¿Mmm?
—Bueno, está bien —resoplé, y levanté la sábana—. Creo que dormiré en el sofá, entonces.

Ya que tenía una habitación pequeña, había puesto la cama contra la pared y mi lado daba a la pared. Así que tuve que trepar encima de ella para escapar. O tal vez debería decir que traté de trepar por encima ella. Su brazo me agarró por la cintura y me ancló de nuevo a la cama para que aterrizara en mi lado, de espaldas a ella.

— No te vayas —dijo arrastrando las palabras.

Su voz estaba tan llena de súplica que caí inmóvil, indecisa.

Este era territorio peligroso.

Detrás de mí, Yulia se acercó y me abrazó por detrás, haciendo cucharita.

Oh, Dios mío, cucharear era tan romántico y tierno.

— Te sientes bien —gruñó con una voz ronca y sexy, llena de sueño.

Cuando ella suspiró, eso fue todo. Kaput. Tiré la toalla oficialmente: no me iba a ningún lado. Dejé escapar un suspiro de renuncia y me relajé contra ella. A cambio, tarareó su gratitud.

—Eso sí, no digas que no te lo advertí. —Traté de mantenerlo platónico—
Pero a veces tengo pesadillas y grito o gimo mientras me retuerzo. Podría despertarte o accidentalmente ponerte el ojo negro.
Los músculos del brazo envuelto a mí alrededor se tensaron. —¿Tienes terrores nocturnos? ¿Cómo pesadillas?
Cerré los ojos. —Sí.
Me acercó más protectoramente. —¿Por qué?
—Oh... esa es historia para otro día.
Acariciando mi cadera para tranquilizarme, me susurró—: No te preocupes, Lena. Estaré aquí para mantenerte a salvo, sin importar qué monstruo invada tus sueños.

Sus palabras eran tan dulces que mis ojos se empañaron.

Pasó sus dedos calientes por mi hombro como si quisiera consolarme, sólo para hacer una pausa. —Mierda. ¿Estás desnuda?
—¿Qué? No. —Su toque de repente se sentía como una marca caliente en mi piel desnuda—. Llevo una camiseta y pantalones cortos.

¡Los llevaba!

Pero ella ya había descubierto esto por sí misma cuando su pulgar encontró el fino tirante y la palma de la otra mano cogió el dobladillo de mi camiseta y la subió para rozar mi ombligo.

— ¿Puedo encender la luz?
Me puse rígida. — ¿Por qué?
—Así puedo verte. —Su pulgar trazó el tirante de mi camiseta suavemente, deslizándolo por la parte de atrás de mi hombro—. Tengo tantas ganas de verte.
—Mejor no —le dije, con la garganta apretada con el impulso de murmurar: “A la mierda, ¡tómame ahora!”

Había pasado más de un año desde que había tenido relaciones sexuales. Hasta este mismo momento, me había jurado que no me perdía nada. Andrei, mi primera y única fuente de experiencia en el tema, no había sido precisamente famoso por su naturaleza dadora. No tenía muy buenos recuerdos.
Pero Yulia, con sólo rozar mi abdomen me tenía totalmente reconsiderándolo.

Apoyó la cara en mi cabeza, inhalando profundamente. —Maldita sea, Lena. Tengo un plan.

Su toque se volvió desesperado y caliente. Agarrando mi cadera, me ajustó contra ella. Cuando mi trasero acunó su pelvis a través de toda nuestra ropa, cogí un puñado de almohadas por encima de mi cabeza y aspiré una bocanada de aire.
No te frotes, Lena. Hagas lo que hagas, no te frotes.
No pude evitarlo, me arqueé y me froté contra ella. Fuerte. Gimió y deslizó su mano en la cintura de mis pantalones cortos, bajando —oh, tan bajo— en mi abdomen, como para guiar mis movimientos.
Oh, Dios. Oh, Dios. ¿Iba a...?
Santo infierno. Su palma se deslizó entre mis piernas, presionando contra mí a través de mi ropa interior. Mi respiración era rápida y poco profunda. Jadeaba, tratando de controlarme, pero la sensación de hormigueo en mis pechos y el dolor que acariciaba con sus dedos espantaban mi concentración.

—Yulia —me atraganté.
—No podemos hacer esto —dijo, con la voz llena de necesidad mientras usaba la tela de mi ropa interior para rozar un punto sensible y hacerme gritar—. Tengo un plan. ¿No lo entiendes?
Cuando se inclinó para tomar la piel de mi hombro con los dientes y empujar sus caderas contra mi culo, apreté los ojos y los cerré. —Sí, yo... lo entiendo. Entiendo que no soy parte de tu plan.

Un sollozo ahogado brotó de ella. Por un microsegundo, se agarró a mí tan fuerte como si fuera a lanzar su estúpido plan y a follarme sin sentido. La forma en que se aferró a mí me hizo sentir como una tabla de salvación para su alma torturada. Y la presión de sus dedos hacía despegar a mis ojos como cohetes.
Estaba tan jodidamente cerca.
Luego dejó escapar un suspiro reprimido.

—Te respeto —rechinó las palabras—. Te admiro y te adoro, y te respeto, Elena Katina. No voy a hacerte esto.

Y así como así, su cuerpo se aflojó y su mano salió de la cintura de mis pantalones cortos.

Contuve la respiración mientras su nariz se enterraba en mi pelo antes de que sus labios encontraran mi cicatriz. La besó suavemente. —Buenas noches, amiga —susurró antes de que se pusiera de espaldas a mí.

Cabreada por la forma en que había jugado con mis hormonas, dejé escapar un fuerte jadeo.
¡Maldición!
Yulia Volkova podría ser una caballera pura cuando se trataba de no tomar ventaja cuando había alcohol involucrado, pero también era una tomadura de pelo sucia y maldita. Latía, latía físicamente por la liberación.
Respiró profundamente detrás de mí, diciéndome que se había dormido. Tuve la tentación de darle un codazo en la columna vertebral y levantar su culo borracho, exigiéndole algún tipo de compensación por la tortura a la que acababa de someterme. Pero también la admiraba, adoraba y respetaba. Y comprendía que ella sentía lo mismo. Además, me hubiera arrepentido a la mañana porque, vamos, esta noche casi había sido atrapada por un marido. No era el tipo de chica con la que una chica puede comenzar algo.
Con los ojos llorosos, con confusión, pena, depresión y un montón de frustración sexual, enterré la mejilla húmeda en mi almohada y maldije cuando mi anillo de la nariz se quedó atrapado en la tela. Juntando fuerte mis muslos para aliviar un poco el dolor entre mis piernas, esperé a que llegara la mañana.
No traté de pasar por encima de ella de nuevo para escapar, porque por desgracia, a pesar de todo el dolor a través del que me ponía, no había ningún otro lugar en el que quisiera estar, sino con ella.
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Lun Mayo 11, 2015 4:58 pm

Contiiiiii!!! :-D
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por RosarioCst el Lun Mayo 11, 2015 5:12 pm

Me encanta conti Very Happy

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Mar Mayo 12, 2015 2:51 pm

CAPITULO 17.


Me desperté a la mañana siguiente cómodamente envuelta en una bola de calor humano y no mucho más. Ya que se había convertido en un hábito asegurarme de que el aro de mi nariz no se había aflojado durante la noche, acaricié mi fosa nasal para encontrar todo en orden, y luego dejé que mi mano se asentara en el antebrazo de Yulia que descansa sobre mi cadera. Su piel se sentía tan agradable que di un pequeño suspiro de placer, arrastrando mis dedos hacia arriba y hacia abajo por su brazo Entonces abrí los ojos y parpadeé hacia la pared, a solamente unos dos centímetros de mi cara.

Cómodamente, la señorita Volkova había acaparado gran parte de la cama en la que casi me inmovilizó. Me tenía contra la plancha de yeso, y todas las mantas estaban envueltas alrededor de ella. Probablemente hubiera tenido frío si no fuera por el hecho de que ella se prestaba como mi manta personal. Una manta personal calientita.

Sumergiéndome en la experiencia de despertar en la cama con ella, yací allí por más tiempo del que debería. A pesar de todo, estar tumbada enredada con ella se sentía increíble. Me podría haber quedado aquí todo el día, pero mi vejiga no estaba tan impresionada por su tierna calidez o su olor embriagador. La cosa egoísta exigía atención. Pronto. Gimiendo cuando desenrollé su brazo de alrededor de mi cintura, arrastré a mi compañera de cama envuelta en una manta y corrí al baño.
Como ya estaba allí, seguí adelante y me di una ducha, luego me di cuenta demasiado tarde de que me había olvidado de traer ropa fresca conmigo para cambiarme. Cuando me escabullí por la puerta abierta, esperaba que estuviera levantada y alerta. Pero seguía muerta para el mundo y momificada entre mis sábanas. Salté por el suelo hasta mi armario y elegí un traje súper rápido.

Yulia ni siquiera se movió.

Cuando me asaltó un toque travieso de inspiración, no pude detenerme.
Vi su cabeza vuelta hacia mí, mientras dejaba caer la toalla al suelo. Y la hija de puta todavía no tenía ni idea de qué tipo de espectáculo ponía ante ella. Oh, bueno. Probablemente fue lo mejor que no se despertara —y ups—me atrapara cambiándome. Solo éramos amigas.
Parecía como que podría echarse una siestecita durante otro milenio más o menos, así que escribí una nota rápidamente —en caso de que algo terrible sucediera y abriera los ojos mientras yo no estaba— y le dije que iba a salir para conseguir algo de desayuno.
Cuando volví, su jeep seguía estacionado en el camino, pero mi apartamento estaba tranquilo. Me arrastré hasta mi habitación, casi preocupada de que hubiera resucitado y se hubiese ido de todos modos. El día había mejorado considerablemente y el sol se había colado por las persianas cerradas para rociar mi cama, poniendo de relieve una obra maestra.
Yulia había rodado sobre su espalda en mi ausencia. Las sábanas se habían desplazado hasta la parte inferior de su caja torácica. Y santo capuchino y espresso moca de chocolate blanco, ¡estaba sin camiseta! Sí, estuvo sin camiseta durante toda la noche mientras yo estaba tumbada a su lado… y no había tenido ninguna pista.

Guau.

Sólo… guau.

La miré en toda su gloria —en mi cama, sin camisa. ¡Por Dios!—, y estaba más allá de la tentación de sacar mi celular para tomar unas pocas (docena) de fotos para guardarlas por siempre jamás.
Pero… ella podría no apreciar eso.

Maldita sea, a veces ser amiga de un total bombón podía apestar.
No se podía hacer fotos de ellas casi desnudas mientras estaban desmayadas en tu cama sin su permiso, sin conseguir un caso grave de culpabilidad.

Sin embargo, no me impidió mirar. Así que miré y miré. Y miré.

Entonces, como un rayo de Harry Potter, se me ocurrió una idea. ¿Qué pasa si no estaba sólo sin camiseta debajo de esa sábana?

¡Oh, esto tenía que saberlo!

Puesto que se encontraba muerta para el mundo y parecía tener un sueño muy profundo, me lancé a una misión de recolección de hechos.

Curiosidad puramente académica, por supuesto.

Después de dejar los dos lattes que sostenía en mi tocador, agarré el borde de las sábanas que le cubrían y las moví muy, muy lentamente por su estrecho y bronceado torso. Mi atención se lanzó entre la cara y el pecho, captando cada centímetro que iba exponiendo. Cuando llegué a los inicios de su tatuaje, me animé, olvidando el misterio de los pantalones por un segundo. Tal vez hoy podría leer lo que decía. Tiré un poco más insistentemente de la sábana y descubrí al mismo tiempo que ella todavía llevaba su ropa interior, pero sin pantalones, y que su tatuaje decía: Oblígame.

Di un grito ahogado.

Después de anoche, esa palabra tomaba mucho sentido. Pude verla sintiéndose atrapada y rebelde, viviendo una vida en la que las mujeres le dijeron exactamente qué hacer para complacerlas y pensando que esta era su única forma de mostrarles el dedo medio.
Quería liberarse y vivir su propia vida. Quería el control sobre sí misma.
De repente comprendí por qué siempre me había sentido conectada a ella. Éramos almas similares a las que les habían hecho sentirse reprimidas.
Después de años de que Andrei me dijera cómo llevar mi cabello, qué tipo de ropa comprar, qué tipo de comida comer, yo había adoptado la misma actitud rebelde de “oblígame”. Lo triste era que Yulia todavía vivía bajo su supresión, y ella tenía la intención liberarse; simplemente no lo haría. No dejaría de hacer lo que hacía hasta que supiera sin lugar a dudas que su madre y su hermana iban a estar bien. Pero, oh, Yulia, pobrecita ilusa. Ya te han obligado.
Su tatuaje también me recordó que me comportaba como cualquier otra mujer, tratándola como un objeto sexual por echarle un vistazo robado. Las lágrimas escocían en mis ojos. Estaba a punto de cubrirla de nuevo, de devolverle su dignidad, pero en el último segundo extendí la mano y toqué la tinta seca incrustada en su piel, pidiendo disculpas silenciosamente por mi parte en esto. Contuvo el aliento ante mi toque y rodó sobre su estómago hacia mí, en donde hizo una mueca y enterró la cara en mi almohada.
No, ahora que lo mencionas, no tenía intención de lavar la funda de esa almohada nunca más. Objeto sexual o no, todavía era Yulia y me gustaría saborear cada pequeño olor que dejó en mi cama.

Retirándome hacia la puerta, me sequé las mejillas y levanté las dos tazas como si hubiera ido a la habitación en ese momento. —Arriba, Bella Durmiente. —Por mi tono de voz alegre, uno jamás imaginaría que acababa de estar al borde de ponerme a llorar a moco tendido.
Un segundo más tarde, Yulia sacó la cabeza de la almohada. —¿Qué demonios? —Su voz era ronca y confusa mientras miraba alrededor hasta que me vio. Con los ojos muy abiertos, se quedó sin aliento—. ¿Lena?
—Buenos días —chillé, y tomé un despreocupado sorbo de mi taza—. Fui y compré algo para desayunar. Hay rosquillas en la sala. —Cuando me miró, rodé los ojos—. Lo sé, lo sé, “Lena, eres tan increíble y maravillosa. Gracias por pensar en mí. No tenías por qué.” Pero en realidad no hay problema. Lo que sea por mi amiga. Así que... de nada

Parpadeó y se pasó la lengua por los labios, golpeándolos juntos un par de veces, probablemente para humedecerse la boca seca. Al mirar lentamente alrededor de la habitación, hizo una mueca cuando llegó a la ventana y la luz del sol de la mañana la cegó, apuesto que haciendo maravillas con su resaca.

—Esta es tu habitación.
Abrí la boca para soltar algo sarcástico y malicioso, pero parecía como si estuviera sintiendo dolor, así que encontré piedad y tomé otro sorbo. —Síp.
Asintió y dirigió sus ojos inyectados en sangre en mi dirección. —¿Qué estoy haciendo en tu cama?
Me encogí de hombros. —Dijiste que el sofá era demasiado pequeño.
Entrecerró los ojos como si estuviera tratando de recordarse diciendo tal cosa. Centrándose en mí otra vez, su rostro palideció cuando me preguntó—: Entonces, ¿nosotras hicimos…?

Esta vez no pude contenerme. Tenía que torturarla un poco.
Oigan, no juzguen.

— ¿En serio, Yulia? —Di un grito ahogado de fingida indignación—. ¿Cómo pudiste olvidar la mágica noche que compartimos? —Apreté mi taza contra mi corazón como si sintiera un dolor sincero —. Fue… hermoso.
Ella ahogó un sonido de negación. —Oh, Dios. No lo hicimos.
— ¡Oye! —Volteé hacia arriba mi dedo medio, lo que fue toda una hazaña, ya que ambas manos se hallaban llenas—. Al menos podrías fingir que la idea de dormir conmigo no te repugna por completo. Agh. Pensé que al menos te interesaba un poco. Quiero decir, ¿qué pasa con tus estúpidos impulsos de chica cachonda y ese regalo que dijiste que podía tener con sólo decir la palabra?
—Yo… Dios, Lena. Lo siento. No quise decir eso. Es que… mierda. Esto no era algo que me gustaría olvidar. —Tragó saliva y se pasó una mano por el sexy pelo despeinado, luciendo un poco verde—. Umm… ¿al menos fue bueno para ti?
Me eché a reír, ahogándome con el último sorbo que había tomado y apenas evitando escupir a través del cuarto. —Guau, no recuerdas nada de nada, ¿verdad?
Hizo una mueca y la devastación total ruborizó sus mejillas. —No, nada.
—Bueno, relájate, Casanova. No pasó nada.
En todo caso, pareció aún más decepcionada. —¿No pasó nada?
—Nop.
No parecía para nada convencida. — ¿Estás diciendo que vine aquí, me metí en la cama contigo y no me acerque a ti en absoluto? ¿Por qué me parece imposible de creer?
Probablemente porque así era, así que, esta vez, tuve que mentir. Me encogí de hombros. —Estabas derrumbada. Simplemente llegaste a tropezones a mi habitación, te acurrucaste a mi lado y te desmayaste. ¡Oh! Y entonces monopolizaste tres cuartas partes del colchón y todas las sábanas. Que es algo en lo que necesitas trabajar de verdad, amiga, porque si piensas casarte algún día, ninguna mujer va a aguantarlo.
Sus labios se curvaron con diversión. —Lo tendré en mente. —Me estudió un segundo más, pareciendo como si tuviera que decir algo más. Pero en cambio, tragó saliva y se levantó—. ¿Baño?
Señalé. —Ahí mismo.
—Gracias. —Estaba fuera de la cama y cruzando la habitación en un instante, regalándome un vistazo borroso de ella en nada mas que ropa interior. Oscura.

Oh, las dificultades de tener a un sexy pedazo de carne bronceado por amiga cercana.

Aunque no me hubiera importado otro vistazo de ella, salí de mi habitación para darle un poco de privacidad, ya que era un poco extraño escucharla orinar a través de la puerta del baño.
Dejando su latte en mi tocador, me retiré a la sala de estar para pasar el rato enfrente de la televisión, hasta que vi su camisa y sus vaqueros arrugados en una pila en la parte superior de la manta con la que le había cubierto la noche anterior. Después de recogerlos del suelo y tras tomar una buena y profunda bocanada de Yulia, el olor todavía persistente en ellos, los llevé a mi habitación. Acababa de tirarlos sobre mi cama cuando oí el inodoro, así que me apresuré a volver a salir.
Esta vez cerré la puerta de mi habitación antes de volver al sofá.
Acababa de doblar la manta y colocarla sobre el respaldo del sofá cuando llamaron a mi puerta. Por alguna razón me recordó la llamada telefónica de mi madre de anoche.
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por RosarioCst el Mar Mayo 12, 2015 4:35 pm

Fantastico conti Very Happy

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Vie Mayo 15, 2015 3:55 pm

CAPITULO 18.





¿Y si era Andrei? ¿Y si ya me había encontrado?

Mierda, ¿había recordado cerrar la puerta después de volver de ir a por mi latte? Había estado tan preocupada y ansiosa por ver si Yulia seguía aquí, que me olvidé por completo de la amenaza añadida de peligro.
El pomo de la puerta giró, diciéndome que definitivamente no había cerrado con llave. Me asusté y eché un vistazo a mí alrededor, buscando frenéticamente un arma.

Oh, Dios, si Andrei encontraba a Yulia aquí, la mataría.

Al ver mi espresso, que lo había puesto en la mesa de café, lo tomé, lista para lanzar la infusión hirviendo en la cara de mi psicópata ex novio acosador.
Pero Eva comenzó a farfullar en cuanto irrumpió en el interior.

—¡Lena! Tenemos que hablar. Ahora mismo.

Me quedé mirando boquiabierta a mi prima, alarmada por lo cerca que había estado de quemarla.

¿Cómo pude haber olvidado cerrar la puerta?

Se fijó en mi expresión congelada y me envió una mirada divertida. —¿Qué?
—Pensé que eras… se me olvidó…
Antes de que pudiera escupir una frase comprensible, la puerta de mi habitación se abrió y Yulia salió, todavía en el proceso de meterse la camisa por la cabeza. —Te robé un poco de ibuprofeno —dijo cuando asomó la cabeza por el cuello.

Cuando nos vio a Eva y a mí comiéndonosla con los ojos, se detuvo en seco. Su mirada se congeló en mi prima antes de que se volviera hacia mí con una leve mueca de disculpa.

Me aclaré la garganta. —Umm... está bien. Estoy segura de que la resaca está —lancé una rápida mirada hacia Eva, que estrechaba los ojos amenazadoramente—, matándote.
Abrió la boca y parecía como si quisiera decir algo importante, pero lo que salió fue—: ¿Sabes dónde están mis zapatos?
Negué con la cabeza y farfullé mientras me ponía en acción. —¿Tu-tus zapatos? Umm… sí, te los quité después de que te desmayaste y los dejé a los pies del sofá.

Dejando mi latte, me arrodillé sobre mis manos y rodillas para buscar debajo de los muebles.

—Aquí están.

Cuando me incorporé, Yulia tenía una expresión particularmente tensa en el rostro. Su sonrisa era tensa cuando los tomó de mi mano y se apresuró a meter los pies dentro de ellos.

—Gracias. —Ignoró deliberadamente a Eva, y se centró en mí—. Te veré a las dos, ¿no?
Arrugué la frente. —¿A las dos?
Sus ojos se ensancharon. —La fiesta de cumpleaños de Sarah es hoy. Vas a venir, ¿verdad?
—¡Oh, sí! —Me golpeé la frente—. Me había olvidado por completo. Pero, sí, voy a estar allí. Por supuesto.
Ella se encogió. —Tienes un regalo para ella, ¿verdad? Ha estado preguntándose toda la semana qué tipo de regalo tienes para ella. Y dijiste que lo tendrías.
—Por supuesto que tengo algo. —Con una sonrisa diabólica, me puse una mano en la cadera— Y odio decírtelo, amiga, pero mi regalo es tan genial que va machacar a tu regalito.
Por primera vez desde que se despertó esta mañana, me dedicó una sonrisa sincera. — Ya lo veremos. —Su mirada se fijó en la taza dejada sobre la mesa de café—. Dijiste que tenías uno de esos para mí, ¿no? Y mencionaste comida.
Puse los ojos en blanco. No importaba cómo de rara o incómoda fuera la situación, siempre podía contar con que Yulia comiera. —Tu café está en mi tocador, en mi dormitorio. Y las donas están sobre la mesa.
Su sonrisa creció y sus ojos se calentaron. —Eres la mejor.

Desapareciendo muy brevemente como para que Eva no dijera nada, excepto: “Oh, no, no lo hiciste”, ella regresó, bebiendo de buena gana de su vaso para llevar.

Después de apropiarse de una dona de la bolsita de la mesa, estampó un breve beso en mi mejilla. —Gracias. Por todo.

Mientras mi mejilla hormigueaba en donde ella había apretado sus labios, Yulia se volvió hacia la puerta, pero se detuvo cuando Eva cruzó los brazos sobre su pecho y la miró, negándose a apartarse de la salida.

Levantando una ceja, soltó un brusco—: Permiso.
—Oh, eso no va a suceder. No después de lo que le hiciste a mi prima
—Eva, déjalo en paz. No sabes de lo que hablas. —Cuando ella me cortó con una mirada incrédula, murmuré—: No ocurrió nada. Se quedó dormida en el sofá.

No había ninguna razón para mencionar que no se quedó allí.

—¿Sabes qué? —espetó E—. No importa si las dos permanecieron despiertas todas las noches sentadas en extremos opuestos de la sala leyendo la biblia juntas. Alec vio su Jeep estacionado fuera de tu apartamento cuando me trajo a casa anoche. Sabes que va a decírselo a todos.
Suspiré. —En verdad no importa a quién se lo diga Alec. No voy a dejar de ser amiga de Yulia sólo porque algunas personas ignorantes y estúpidas ahora piensen que soy una puta barata.
—Guau. —interrumpió Yulia y se giró hacia Eva, luciendo asustada—. ¿La gente de verdad está diciendo eso de ella?
—Es mi amiga —arremetí—. Y anoche necesitaba una amiga. No es fácil para ella, ya sabes.
—Oh. No, tienes razón, Len. No me puedo imaginar lo horrible que debe de ser su vida. Es decir, las mujeres ricas y ostentosas acuden a ella, metiendo billetes de cien dólares en sus pantalones diariamente. Sí, eso suena… horrible.
—No sabes nada, de acuerdo. Con las facturas médicas y puestos de trabajo de mierda de su madre.
—Mira, ya he oído acerca de su vida en casa. Conozco toda la historia de su triste y deprimente infancia. Pero también sé que un montón de gente lo tiene difícil. Un montón de gente atraviesa casi tanta mierda —si no más— y no están vendiendo su cuerpo por dinero.
—Sólo estás celosa —murmuré, dándome la vuelta.
—¿Celosa? —Se echó a reír con una carcajada sorprendida—. ¿De qué?
Balanceándome hacia atrás, señalé a Yulia y grité—: Por el hecho de que no quería tener nada que ver contigo, sólo para darse la vuelta y convertirse en mi amiga.
—¿Amiga? —Eva soltó una risa áspera—. Ella no quiere ser tu amiga.
—De hecho… —comenzó Yulia, pero E. le cortó.
—Y la única razón por la que fui a ella ese día en la biblioteca era porque sabía que mirabas. Quería mostrarte lo poco que se podía confiar en ella.
Dejé escapar un bufido muy poco femenino. —Lástima que tu gesto considerado explotó en tu cara.
Como si hubiera perdido la esperanza de ganar cualquier discusión contra mí, Eva se volvió hacia Yulia. —Tú —se burló—, aléjate de Lena. Está tan fuera de tu liga que no estás ni en condiciones de lamer sus zapatos. De hecho, si te acercas a ella de nuevo, iré directamente a la estación de policía a decirles lo que eres.

El rostro de Yulia palideció. Sus ojos ya estaban inyectados en sangre, pero parecieron ponerse más húmedos mientras me miraba impotente.

—¡Es suficiente! —Yendo hacia delante, le di un empujón a Eva en el hombro, empujándola con demasiada fuerza para alejarla de la puerta.
Entonces agarré el antebrazo de Yulia—. No le hagas caso. No va a decirle nada a la policía.
—No… —comenzó ella, pero esta mañana no tenía suerte en conseguir decir una palabra coherente.
Le hablé directamente mientras abría la puerta de mi apartamento. —Tú y yo somos amigas, y vamos a seguir siendo amigas. —Excusándola silenciosamente, di un paso atrás para dejar que se fuera mientras le miraba a los ojos y murmuraba—: Te veré a las dos.

Cuando me devolvió la mirada, tuve que contener el impulso de abrazarla. Se veía devastada. Incapaz de evitarlo, me acerqué, me puse puntillas y le di un rápido beso en la mejilla, ya que ahora parecíamos ser amigas de las que besan mejillas.
Volvió su rostro lo suficiente como para hacer que nuestro roce de piel se alargara un segundo más de lo necesario, haciendo que el calor y el afecto rugieran a través de mí.
Ninguno de las dos habló mientras retrocedí. Nos miramos la una a la otra un momento, y luego asintió y salió del apartamento.

Después de cerrar la puerta detrás de ella, me volví hacia Eva despacio, dispuesta a hacer lo que fuera necesario para proteger a Yulia. —Lo juro por Dios, E., si haces algo para lastimarla…
Eva rompió a llorar. —Oh, cállate. No voy a hacerle daño a tu preciosa gigoló. Jesús. —Enterrando la cara entre sus manos, se sentó en mi sofá y empezó a mecerse hacia atrás y adelante—. Quiero decir, estoy preocupada por ti y quería advertirte para que te alejaras de ella. Pero dije tonterías. Es sólo que no quiero que te pase nada, Len. Todavía hay esperanza para ti.

Un poco confundida por las lágrimas, porque Eva no fue nunca una llorica. Me acerqué lentamente, insegura de qué pensar de su arrebato de carácter demasiado dramático.

Con dedos vacilantes, extendí la mano y le toqué el pelo. —¿Eva?
Levantó la vista. No creo que se hubiera lavado el maquillaje todavía, porque enormes rastros negros de delineador de ojos se deslizaban por su cara. —Lo eché a perder —sollozó—. Lo eché a perder a lo grande. Y no quiero que te suceda lo mismo. Ten cuidado con ella. Prométemelo.
Sentándome a su lado, la jalé a mis brazos. —¿Cómo lo echaste a perder? ¿De qué estás hablando?

Mierda, si confesaba que había tenido relaciones sexuales con Yulia, iba a perder la compostura.

—Yo estaba… —Hizo una pausa para sorber y limpiar sus lágrimas—. Después de ver su Jeep aquí anoche, iba a hablar contigo y advertirte acerca de ella de todos modos esta mañana. Pero iba a esperar hasta después de que se fuera. Entonces… entonces me desperté y buscaba en mi botiquín una aspirina, cuando vi mis tampones y me di cuenta… oh, Dios.
Hundió la cara en mi hombro y sollozó de nuevo. Acaricié su pelo para apartarlo de su cara y pregunté suavemente—: ¿Te diste cuenta de qué?
—Tengo un retraso.
Mis dedos se congelaron entre sus cabellos dorados. —¿Qué? —Con la misma rapidez, le pregunté—: ¿De quién? ¿De Alec?
Se incorporó para mirarme. — Sí, ¡de Alec! No soy una puta tan grande.

Dios.
Gracias al Señor.

Me cubrí la boca. —Oh, Dios mío, Eva. ¿Estás segura? ¿Lo sabe la tía Mads? ¿Estás…?
—¡Por supuesto que no estoy segura! Te lo dije, sólo vi mi caja de tampones, me di cuenta de que tengo un retraso y me asusté. Vine corriendo directamente a ti y me olvidé de la gigoló hasta que salió pavoneándose de tu habitación. Siento haberla atacado de nuevo, ¿de acuerdo? Sé que todavía estás enojada después de la última vez, y juré que iba a ignorarla por completo de aquí en adelante, así me perdonarías. Pero entonces la vi y me pareció… más fácil atacar que confesar.
—Está bien, está bien. —Levanté mis manos para detener sus divagaciones—. Sólo… mantén la calma y piensa en Chris y Liam.
—Está bien —repitió Eva—. Está bien. —Jadeó un par de veces como si ya estuviera preparada para entrar en trabajo de parto. Cuando una expresión de conmoción iluminó su cara, se enderezó y me miró boquiabierta—. Oye, eso funciona de forma efectiva.
Con una sonrisa, tiró mi pelo. —Lo sé, correcto.

Ninguna mujer heterosexual en el planeta podría entrar en pánico con una imagen mental del combo de los hermanos Hemsworth.

Nos reímos juntas, y de pronto supe que todo estaría bien.

—Creo que lo primero que tenemos que hacer —dije cuando llegó el momento de ponernos serias una vez más—, es averiguarlo de una manera u otra. Por lo tanto, vamos a ir a la farmacia y a comprarte una prueba, mamita.
El rostro de Eva palideció y se cubrió el vientre con ambas manos. —Oh, Dios. No me llames así. No estoy lista para eso.
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Miér Mayo 20, 2015 10:21 am

CAPITULO 19.

Bien, voy a ser tía. ¿O era prima segunda?

Oh, quién estaba preocupado de cómo funciona esa relación; Eva estaba embarazada, de cualquier manera en que miraras. El mundo llegaba a su fin.

Pasé el resto de la mañana y la mayor parte de la tarde con ella, calmando sus nervios crispados. Me las arreglé para hacerla reír un par de veces, pero mayormente le entregué pañuelo tras pañuelo. Hablamos sobre su futuro, sobre lo que ella quería hacer con su situación y cómo iba a decírselo a sus padres y a Alec.
Creo que estaba más preocupada por decirle a Alec que a la tía Mads y al tío Shaw.

—No es el adecuado, Len. Puedo decirte en estos momentos que él y yo no vamos a durar, Alec ni una vez me ha mirado de la forma en que Yulia te mira, y ustedes dos aparentemente son sólo amigas.
Enderecé los hombros. —¿Cómo me mira?

Eva negó con la cabeza y suspiró con cansancio.

—Si no lo sabes, ciertamente no voy a decírtelo. Sigo pensando que debes mantenerte alejada, tienes menos futuro con ella del que tengo con Alec. Jesús, pero Alec va a ponerse hecho una furia cuando escuche esto.

Estaba muy ocupada pensando en Yulia para responder. Pero, ¿cómo diablos me miraba?

—¡Mierda! —Salté de mi sofá, recordando la última vez que me había mirado, antes de que le cerrara la puerta en sus narices—. La fiesta de Sarah. Lo había olvidado totalmente. Comenzó hace cinco minutos. Lo siento, E. Tengo que irme.

Corrí a mi habitación y agarré mi regalo. Eva luchaba por levantarse, mirándose presa del pánico, así que volví a entrar en la sala de estar.

—Pero...
Levanté una mano. —Chris y Liam. Chris y Liam —le recordé—. Va a estar bien. Regresaré en unas pocas horas y podremos continuar donde lo dejamos. ¿Bien?
Eva mordió su labio pero asintió. —No te olvides de mí.
—Nunca. —Me alegré de que nuestra relación estuviera un poco restaurada desde la tarde que la atrapé flirteando con Yulia en la librería. Le di un abrazo impulsivo y rápido—. Te quiero, E. Todo estará bien, confía en mí. —Luego salí por la puerta.

Demonios, ¿cómo pude olvidarme de Sarah? Tenía que ser la peor niñera del mundo. Cinco minutos después, estacioné mi coche descuidadamente delante de la casa Arnosta. La adrenalina rugió a través de mis venas. Llegué a la fiesta de cumpleaños rápidamente.

—Lamento tanto llegar tarde. —Sin aliento, pasé por la puerta principal sin llamar—. Perdí la noción del tiempo mientras escribía un artículo para la escuela. Lo sé… —Hice una pausa para sonreír y posar en un tipo de posición vivaz, porque la tensión en el aire casi me ahogó tan pronto como entré—. Soy una nerd total en eso.

Entonces me volví hacia las tres chicas jóvenes que no reconocí. Revoloteaban en manada en el lado opuesto de la habitación de Sarah.

—Hola, soy Lena —dije, adelantándome para estrechar sus manos—. Soy la niñera de Sarah por la noche.

Brittany, Leann y Sorcha se presentaron, dándome unas sonrisas estiradas y lanzando miradas incomodas a Yulia y Sarah, quienes estaban apiñadas en el sofá de dos plazas.

—Bueno, es un placer conocerlas chicas. Estoy segura de que vamos a divertirnos. Sarah es siempre el alma de la fiesta. Lo que me recuerda, tengo que darle a la cumpleañera un enorme abrazo, ya mismo.

Salté hacia Sarah y me incliné para envolverla en mis brazos antes de que agitara su regalo delante de ella, dejándola escuchar los elementos traquetear dentro.

—Creo que vas a amarlo. —Lo puse entre el montón de regalos en la mesa de café.

Sarah parecía absolutamente miserable, juraba que las lágrimas se reunieron en sus ojos y me impactó la ira que exudaba Yulia. Ella no paraba de mirar fijamente a las compañeras de clases de Sarah.

Me froté las manos. —Entonces… ¿Dónde está Larisa?
Yulia dirigió su ceño fruncido a mí. A través de la mandíbula apretada, dijo entre dientes: —Está en la cocina, ordenando la comida.
—Genial. —Ignorando su desagradable mal humor, forcé una enorme sonrisa—. Me muero de hambre, vamos a ayudarla. —Tomando su brazo con el mío, la arrastré a sus pies y di unas palmaditas en el hombro a Sarah cuando pasé—. Estaremos de vuelta pronto, amiguita.
Tan pronto como tuve a Yulia en el pasillo, le susurré—: ¿Qué demonios me he perdido?
—Brillante idea de invitar a sus compañeras de clase —murmuró—. Han estado ignorándola todo el tiempo y ni siquiera estarán en el mismo lado de la habitación que ella.
Puse los ojos en blanco. —Bueno, ¿qué esperabas si te cerniste sobre ella como un cabreado perro guardián? Lo juro, echabas espuma por la boca mientras mirabas a esas pobres niñas. Me sorprende que todavía no hayan salido corriendo y gritando de la casa.
—Pobres niñas, mi culo. Invitamos a todas las mocosas de su clase y sólo se presentaron tres, las que abiertamente confesaron que estaban aquí porque sus padres las obligaron a venir. Sara está abatida.

Nuestra conversación se detuvo abruptamente cuando entramos a la cocina para encontrar a Dawn corriendo frenéticamente, tomando un helado del congelador y colocándolo en un recipiente sin ponche.

—Oye, Larisa —saludé—, te ves un poco agobiada. ¿Por qué no vas con el resto de los invitados? Yulia y yo podemos ocuparnos de esto.
—Oh, Lena, eres una santa. Gracias. —Larisa me dio una exhausta pero aliviada sonrisa, algo que su hija todavía tenía que hacer—. He estado luchando durante toda la mañana para tener lista esta fiesta, será bueno para mis pies descansar por un rato.
Cuando ella dejó la cocina, Yulia murmuró—: Gracias por ofrecerme como voluntaria.
— ¿Qué? —le pregunté, sorprendida por su amargura… hacia mí. Quiero decir, hola, yo acababa de entrar por la maldita puerta—. ¿Qué he hecho?
— ¿Dónde estabas?
—Te lo dije, estaba en casa, escribiendo un trabajo. —Sí, sí, eso era una total mentira. Había terminado ese artículo anoche antes de que mi madre llamara. Pero no podía decirle sobre Eva. Todavía ni siquiera le había dicho a Alec o a sus padres. Encontrando el ponche en una jarra en la nevera, lo tomé para verterlo en el cuenco mientras lo agitaba. —En realidad es un tema interesante para mi clase de literatura británica. Tuvimos que leer Chaucer en inglés medieval, lo que apestó a trasero de mono, y luego traducirlo al inglés actual. Pero déjame decirte que los Cuentos de Canterbury no son sólo dulces cuentos de hadas inocentes. Quiero decir, todavía estoy enojada porque el violador terminó en un felices para siempre, pero…
—No me interesa tu artículo, está bien. —Yulia levantó las manos al aire—. Mi hermana está a punto de llorar. Quería que este fuera el mejor cumpleaños de su vida… pero ella lo odia.
Mi boca cayó abierta. —Oh, mi Dios. ¿Es tu momento del mes o qué? Dije que lo sentía. Honestamente perdí la noción del tiempo. Y será la mejor fiesta de cumpleaños de todos los tiempos. Lo juro. Sólo tenemos que superar la primera etapa de incomodidad y todo estará bien. Confía en mí.

Pasando sus manos a través de su cabello, Yulia me observó comenzar a cortar el pastel. Ya que no tenía ningún diseño genial, o incluso un lema increíble como “Feliz Cumpleaños, Sara”, asumí que era seguro cortarlo.

—Lo siento —cedió, inmediatamente, agarrando la parte posterior de la silla de la cocina e inclinándose hacia adelante para dejar escapar una bocanada de aire—. Es que… después de ese asunto con Eva esta mañana, no estaba segura de si ibas a venir. Entonces te atrasaste, y creí…
—Oye. —Me detuve después de hundir mi cuchillo en una dura capa de glaseado. Manteniendo mi voz suave, dejé el cuchillo a un lado y alcancé su mano, obligándola a mirarme—. No te preocupes por Eva, ¿de acuerdo? Hablamos. No irá a la policía. Te lo juro, no tienes que preocuparte por ella.

Sus ojos seguían ligeramente inyectados en sangre de su noche de ginebra. Me penetraban significativamente mientras apretaba mis dedos.

—Esa no era la parte que me preocupaba.

Fruncí el ceño, tratando de recordar qué otra parte sucedió y me di cuenta de que debió referirse donde Eva le dijo que no era lo suficientemente buena para mí.

Liberé su mano para golpear su hombro. —Oh, como sea. Sabes que no puedes deshacerte de mí tan fácil. Voy a ser esa amiga molesta que nunca te deja tranquila.

Sus hombros se relajaron cuando me observó volver a cortar el pastel. Pero sus ojos permanecieron atormentados.

—¿Lo prometes?
Sonreí y le di un guiño. —Lo juro por mi vida.

Resopló ante mi broma, pero permaneció la tensión en sus hombros. Por un microsegundo, de cualquier modo. Luego hizo un gesto avergonzado.

—Eso no es todo, mamá invitó a nuestra casera a la fiesta. Y dijo que sí.
—Oh, eso es genial —comencé, recogiendo el primer pedazo rebanado para deslizarlo en un plato. Luego lo entendí. La miré—. Espera, es la misma casera que fue tu primera…

Me detuve mientras me fulminaba con una mirada amenazante.

—De acuerdo —terminé lentamente—. Bueno… esto será divertido.

No podía esperar para conocer a la casera asalta cunas, que la desfloró.

Sí, claro.

Yulia giró para recorrer la cocina, de la misma forma que anoche había recorrido mi sala de estar. Incluso pasó sus manos a través de su cabello, haciéndola todo sexy y despeinada. No quería que la asalta cunas la viera luciendo sexy y despeinada.

—Odio cuando viene por aquí —despotricó en voz baja—. Siempre se las arregla para encontrar una forma de acorralarme en algún lugar y hablar. Se me eriza la piel.

Agarrándole el brazo cuando pasaba, detuve mi tarea de cortar en rebanadas para acomodar su cabello en su lugar. Todavía estaba demasiado sexy para mi comodidad, pero sus mechones ya no tenían ese estilo de “acabo de salir de la cama”. De pie pasivamente delante de mí, me permitió acariciarla mientras sus ojos recorrían mi rostro.

— ¿Quieres que te proteja de la mala anciana asalta cunas? —pregunté con simpatía.

Dejó caer su cabeza y se inclinó hacia mí como si quisiera descansar su rostro en mi hombro.

—Sí.
—Hecho. —Sonreí y lamí el glaseado del cuchillo de mantequilla.
Levantó la mirada y sus labios se curvaron con diversión. —Tienes un poco de algo. —Dando un paso más cerca, extendió el brazo y con suavidad frotó su pulgar lentamente, oh, mi Dios, tan agonizantemente, deliciosamente lento, sobre la esquina de mi labio. Cuando retiró la mano, había una pizca de glaseado rosado en su dedo.

Sintiéndome un poco sin aliento y aturdida, moví rápidamente mi lengua hacia el lugar donde todavía podía sentir un eco de su toque. Estaba tentada a levantar un dedo lleno de más glaseado directo de encima del pastel e intencionalmente esparcirla sobre toda mi boca de ese modo me tocaría de esa forma de nuevo. Pero era una buena chica. Inhalando una respiración temblorosa, la observé llevar el pulgar a su boca y lamer el glaseado.

Querido Dios.

Mi sujetador repentinamente se sentía hormigueante alrededor de mis demasiado-sensibles partes femeninas, y mis bragas ya no eran tan cómodas.

Nunca me había encendido tanto, como totalmente excitada, por simplemente mirar a alguien, como si, una lamida más de glaseado me tendría gritando una gran liberación. Pero Yulia Volkova liberaba algunas feromonas poderosas. Mi cuerpo las absorbía y rogaba por más.
Como si supiera que provocaba que todas mis hormonas lloriquearan y se retorcieran, sus ojos se encendieron y se balanceó hacia mí. Treinta centímetros de espacio entre nosotras se convirtieron en quince. Luego en siete. Peligro. Peligro. Will Robinson, gritó mi corazón, golpeando contra mi caja torácica como si estuviera palpitando en la puerta hacia mi cabeza para llamar mi atención y devolverme la razón. Conteniendo el aliento, me volteé y agarré la lata de frutos secos variados para abrir la tapa.

—Sabes, podría haber estado guardando ese glaseado para después.
Se rió con voz tensa. —Pero me conoces. Si tienes comida, estoy obligada a robarla.
—Cierto. —Le arranqué el sello de frescura a los frutos secos antes de ofrecerle algunos.
—Ves, tú sí me conoces. —Con una sonrisa sensual, cogió un puñado.

Sus dedos permanecieron en el frasco, así que fruncí el ceño.

—No las tomes todas. Los invitados podrían querer algunas
Su sonrisa cayó. —Esas invitadas mejor que comiencen a tratar a mi hermana adecuadamente, o pueden besar mi trasero.

No es justo. Si alguien iba a conseguir el honor de tocar su perfecto y apretado trasero, debería ser yo, no un montón de estiradas adolescentes que molestaban a su hermana. En serio.


—No te preocupes —le dije con un guiño—. Tengo un plan para las pequeñas niñas. Todas estarán comiendo de la palma de Sarah antes del final del día.
Yulia sacudió la cabeza. —Sonríes un poquito malévolamente en este momento. No sé si estar impresionada o atemorizada.
—Impresionada —respondí mientras trazaba mis dedos con gracia sobre su mejilla—. Siempre impresionada.
Sonrió y se acercó, pareciendo drogada por mi toque. —Usualmente lo estoy.

Su reacción me hizo cosas traviesas. Cosas que me encantaban pero en las que no podía pensar en este momento. Lo importante era que había calmado exitosamente todos sus nervios crispados. Demonios, ¿era buena o qué?
Pero con Yulia tranquila, era hora de salvar a mi amiguita.
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Miér Mayo 20, 2015 10:32 pm

CAPITULO 19.



—Traemos la comida. —Me alegré cuando entré en la sala de estar frente a Yulia con los brazos cargados de platos llenos de pastel, helado y frutos secos. Sirviéndole a Sara primero, coloqué el suyo en el mueble del televisor junto a la silla y con una mano le puse el tenedor de plástico en la suya—. Come, cielo. Me aseguré de que tuvieras más glaseado en tu… —Di un grito ahogado—. Oh, Dios mío, no cantamos feliz cumpleaños ni te dejamos soplar las velas.
—A Sarah no le gustan mucho las velas —respondió Yulia dándole un plato a su madre y luego otro a Leann—. Por lo general, nos saltamos esa parte.
—Oh. Bueno, todavía podemos cantarle, ¿verdad? —Ya que Larisa lucía tan relajada en su sillón reclinable y sus pies golpeaban haciendo una canción, empecé a cantar cuando les pasé los últimos aperitivos a Sorcha y a Brittany.

Afortunadamente, Yulia, su mamá y las tres invitadas cantaron conmigo. Después, comencé a aplaudir y todos me imitaron.

—Ahora volvemos con las bebidas —dije. Yulia tropezó cuando la agarré del brazo y la arrastré junto a mí.
—¿Ves? —le dije una vez que llegamos al pasillo—. Eso no fue tan malo.
Se rió. —Probablemente porque no le diste la oportunidad a nadie de hablar.
No aprecié su chiste, así que le piqué las costillas con mi dedo índice. —Sólo mírame, amiga. Estás a punto de contemplar el milagro que es Lena.
—Está bien. —Soltó otra carcajada—. Confiaré en ti. Pero mamá no tiene que sentarse con las niñas y alejarse de Sarah.
—Probablemente intenta que se sientan más cómodas. —Al entrar a la cocina, le entregué cuatro vasos de ponche ya servido.
Frunciendo el ceño mientras hacía malabares con los vasos en los brazos, murmuró—: Bueno, esto no ayuda a que Sarah se sienta más cómoda.
—Oye. —Podría decirle a Yulia que se calme e imagine a Chris y Liam. Pero lamentablemente, no creo que colaboren con ella —. Tengo un plan.

Al instante, recordé cuando ella dijo esa misma frase anoche, justo antes de que sus dedos… Me estremecí y sacudí la cabeza, negándome a pensar en ese instante. No es el momento correcto.
Después de chequear que todo el mundo tenía lo que necesitaban, Yulia y yo nos servimos un poco de todo y nos unimos al grupo, sentándonos juntas en el único mueble que quedaba disponible en la sala de estar, que era el sofá de dos plazas. Parecía una broma, tener que sentarme junto a ella como si fuéramos una pareja.

Cuando las tres invitadas casi terminaban su pastel, le dije a Sarah—: ¿Por qué no abres tus regalos en lo que todos comemos?
—Esa es una buena idea. —Larisa se levantó del reposapiés para recoger uno de los presentes que se hallaba en la mesa de café y se lo pasó a su hija.
—Bien pensado —murmuró mordazmente Yulia después de inclinarse a mi oído, haciéndome cosquillas en la piel sensible del cuello con su cálido aliento—. Apresurar la tortura para que terminemos con esto lo antes posible.
Me gustó mucho que se me acercara tanto. Hasta me gustó el olor a nuez tostada en su aliento. Necesitando espacio antes de perder el control y avergonzarme frente a ella, le di un codazo y susurré—: Compórtate.

Resopló, pero regresó a su lado del sofá, llevándose bruscamente un bocado de pastel a la boca.
Sarah se zambulló con alegría en el momento de desenvolver regalos. Sus compañeras de clase deambulaban cerca al tiempo que abría el primero. Parecía tan emocionada que casi se cayó de la silla de ruedas cuando vio la nueva y brillante pulsera de parte de Yulia.

—Gracias. Gracias, Yulia, gracias —dijo muchas veces, con una gran sonrisa permanente.

Tomó unos minutos que Larisa le colocara la pulsera alrededor de la muñeca, sin embargo Brittany, Leann y Sorcha se asombraron cuando se escabulleron en dirección de Sarah para examinar la elegante pieza de joyería.

—Es muy bonita —murmuró Sorcha, con la envidia brillando en su mirada—. Siempre he querido una pulsera con dijes.

Le sonreí a Yulia y le di unas palmaditas en la rodilla, haciéndole saber que hizo un buen trabajo al comprar el brazalete. Me miró y se ruborizó casi con timidez.
Me sentí honrada de que Sarah quisiera abrir mi regalo al final. En realidad le compré dos y los envolví en cajas separadas y luego las volví sólo uno. Sarah parecía encantada de tener que desenvolver más, una vez que terminó con la primera capa.

—¿Le compraste dos obsequios? —me siseó Yulia al oído en tono acusador.
Con una sonrisa triunfal, sacudí mi cabello. —Por supuesto.
Entrecerró los ojos. —Aduladora.
—Supéralo. —Le golpeé la rodilla con la mía y le guiñé un ojo.

Larisa probablemente pensó que yo era el diablo cuando ayudó a Sarah a abrir el primero. —Es... oh, Dios. —Me lanzó una mirada rápida y murmuró—: Un estuche de maquillaje.

Pude ver en su cara, que de ninguna manera dejaría que Sarah lo usara fuera de casa, pero quizá de todos modos podría dejarnos jugar cuando la cuidara, que si fuera por mí, sería en unos treinta segundos.
La nota musical para su brazalete era para recordarle a Sarah la primera noche que bailamos juntas, y al parecerle le gustó más a Larisa. Pero por los ojos de Sarah, creo que se quedó con el maquillaje. Su rostro brillaba de felicidad y agradecimiento cuando me miró.

Su madre le ayudó a guardar todo y volví mi atención a la chica tumbada a mi lado. —¿Hacemos un buen equipo o qué?

Levanté la mano en un puño para golpear la suya. Dándole una reluciente sonrisa, accedió. Casi chocábamos nuestros nudillos cuando se abrió la puerta principal.

—¡Increíble! Escuché que hoy había una fiesta de cumpleaños.

Una enorme caja, envuelta en papel de Mickey Mouse, llenó la entrada antes de revelar a la señora Garrison.

Mi sonrisa alegre tuvo una muerte trágica.

Esta era la primera vez que la veía a la luz del día. Esperaba algo totalmente diferente, tal vez cuero, piel arrugada, demasiado maquillaje aplicado llamativamente y faja apretada con estampado de leopardo. Pero esta mujer tenía estilo. Era distinguida. Sus pantalones capri y blusa eran elegantes, conservadores y apropiados para su edad. Y, Dios mío, tenía un bolso marca Burberry colgando del hombro, el mismo por el que había estado babeando en internet como por siempre.

Ahora sí que la odiaba.

La pierna que Yulia tenía pegada a la mía se puso tensa. Quería tomarle la mano y darle un apretón de apoyo, pero me sorprendí un poco demasiado por el extraño que entró detrás de la señora Garrison.

Acercándome, le susurré—: ¿Quién es?
—No tengo idea. —Yulia sacudió ligeramente la cabeza, con la mirada confundida puesta en el hombre.
Pero la señora Garrison apagó rápidamente nuestra curiosidad. Después de acomodar la caja en el piso frente a Sarah, lo presentó. —Quiero que conozcan a mi prometido, Ted. Ted, ella es Larisa...

Cuando se lo presentó a la mamá de Yulia, la miré rápidamente.

Me juré que no le haría daño si ella parecía estar celosa de cualquier forma por el nuevo hombre de la casera. Pero por Dios, no se veía celosa… Para nada. Lo cierto es que sólo parecía muy sorprendida al observar boquiabierta al prometido de la señora Garrison.

Cuando se volvió hacia mí, le vi alivio y emoción en los ojos. —Gracias a Dios —articuló las palabras incluso con una sonrisa iluminándole el rostro.
Le apreté la pierna y sonreí. —Supongo que no necesitarás mis servicios de protección.
—Y ella es Lena —aclamó la señora Garrison, interrumpiendo nuestro momento—. No tenía idea de que hoy estarías aquí. Hola, de nuevo.
—Hola, señora Garrison —dije sonriéndole brillantemente.

Maldita sea, era una buena actriz, aunque en realidad, no era tan difícil fingir la felicidad de verla cuando me sentía emocionada de que ya no volvería a jugar con Yulia.

Tenía un novio. ¡Genial!

Luego de la reacción de Sarah ante los regalos de Yulia y míos, abrir el de la señora Garrison fue decepcionante. Pero gentilmente le dio las gracias cuando Larisa le sacó un enorme oso de peluche de la caja para que lo viera.

La señora Garrison miró a Larisa y arrugó la cara. —¿Qué dijo?
Estrechando los ojos, me incliné hacia delante. —Dijo que gracias.
La casera me envió una mirada rápida y glacial, y podía jurar que en ese breve vistazo, quiso sacarme los ojos. Pero después sus labios se fruncieron en una apretada y graciosa sonrisa. —Oh.

No se molestó en mirar a Sarah de nuevo. Dándome la espalda, cruzó su brazo con el de Ted y se puso a conversar con Larisa.
Sarah arrojó el oso a un lado y miró con añoranza su maquillaje, así que tomé esto como mi señal. Saltando del sofá, me acerqué a la silla de ruedas.

—Entonces, Brittany, Leann y Sorcha —las llamé—. ¿Quieren ayudarme a maquillar a Sarah? Creo que tengo la combinación perfecta de color para ella.

El maquillaje y las niñas de trece años de edad siempre se llevaron bien, por lo que sus tres compañeras de clase aceptaron y me rodearon. Con su ayuda y la de Sarah, la maquillé lo justo. Incluso sus amigas miraban asombradas el resultado.

—Guau. Eres tan bonita —arrulló Leann, sonando sorprendida por la belleza de Sarah.

Feliz por el cumplido, Sarah quiso que maquillara a sus tres compañeras. Cuando nadie se opuso, embellecí el rostro de las tres adolescentes. Sobretodo supervisé lo que ocurría y oí lo que dijeron se le vería mejor a quien.

Justo cuando terminé de aplicar delineador en Sorcha, levanté el espejo para que se observara. Sonrió, complacida, y me dio las gracias. Entonces vio algo en el suelo junto a mí y gritó—: ¡Ah! ¡Una araña!

Para no quedarme atrás, en presencia de una criatura de ocho patas, tuve que gritar más fuerte.

—¿Dónde? ¿Dónde? —Cuando la vi, salté al sofá para escapar y mi grito aumentó—. Oh, Dios mío, es enorme. ¡Yulia!

Hice un espectáculo junto a las compañeras de Sarah que gritaron y saltaron al sofá conmigo para alejarse de la araña.

—¡Que alguien salve a Sarah! —grité, tan petrificada como para salvar a alguien que no fuera yo.

Gracias a Dios, Sorcha jaló la silla de Sarah poniéndola a salvo junto a nosotras, la araña nos lanzó una mirada de soslayo, era obvio que nos quería como cena.

—¿Qué demonios? —Yulia se separó de la casera, que en algún momento robó el espacio vacío en el sofá y se sentó a su lado. Rayos, supongo que olvidé mis funciones como protectora. Atravesó la habitación para rescatarnos—. ¿Qué pasa?

Las cuatro en el sofá apuntamos, y Sarah trató de hacerlo con sus brazos hiperactivamente.

—Oh. —Yulia se enderezó, mirando con alivio a la bestia—. Es sólo una araña lobo.

¿Sólo una araña lobo? Mi boca se abrió. ¿Hablaba en serio?

—No te preguntaba de qué tipo es —grité—. ¡Mátala!

Se echó a reír. Sí, la hija de puta se rió como si la araña asesina fuera una especie de broma. No tenía ni idea del peligro que corría su vida por reírse de mí. Honestamente, ¿alguna vez alguien se asustó tanto como para gritar y cometer un asesinato al mismo tiempo porque alguien pensó que su miedo era gracioso? Bueno, yo saltaba del trampolín más alto y nadaba en todo un tanque de ese tipo de locura.
Una risa más, y la señorita Volkova podría ir eligiendo las flores que quería en su tumba.

—Es inofensiva —aseguró—. Por Dios, Lena. Pensé que serías más valiente que esto.
—No cuando se trata de grandes y peludos monstruos de ocho patas. Esa cosa es más grande que yo.
Rodó los ojos. —No lo es.

Ahora negaba con la cabeza y se reía entre dientes por mi fobia. Me encontraba a nada de abalanzarme sobre ella para saber cuál era el chiste en mi miedo cuando se movió la araña.

Grité y casi tumbé a Brittany cuando me alejé lo más que pude del borde. —¡Oh, Dios mío! Se mueve. Mátala, mátala, mátala.

Definitivamente sabía cómo dirigir una conmoción porque las chicas junto a Sarah empezaron a gritarle a Yulia que exterminara la araña. Ella me lanzo una mirada irritada que decía: Mira lo que empezaste. No me importaba. La araña todavía vivía y eso no era bueno.

—¿Con qué se supone que voy a matarla? —preguntó, mirándonos con exasperación.
Con mi histeria creciendo en proporciones titánicas, grité—: Con tu maldito pie, idiota. Tienes como uno gigante para matar a esa cosa.
—No es tan grande. —Frunció el ceño, claramente ofendida.
—No me interesa, sólo aplasta a esa cosa antes de que se escape.
Y de esa manera comenzó el coro de voces que fue subiendo de volumen con rapidez. —Aplástala, aplástala, aplástala.

Yulia se echó a reír. Sacudió la cabeza resignada y aplastó a la bestia.

—¿Pudiste? ¿La mataste? —Agarré el brazo de Leann, probablemente cortándole la circulación cuando contuve la respiración.

Yulia levantó el pie y me mostró la gran mancha negra en la alfombra.

—Asunto resuelto —informó con orgullo.
Grité de alegría. —Oh, Dios mío, gracias. —En serio no planeé lanzarme contra ella, pero en un segundo me paré del sofá, demasiado aliviada como para pensar correctamente, y al siguiente me lancé en el aire, abrazando a mi mejor amiga gigoló.

Apenas me atrapó, dejó escapar un gruñido de sorpresa al dejarla sin aliento. Nos tropezamos hacia atrás unos cuantos pasos antes de encontrar el equilibrio y sujetó un brazo alrededor de mi cintura estrechándome contra ella. Agradecida, la abracé con fuerza y enterré mi rostro en aquel pequeño rincón cómodo en la base de su cuello.
Ella era sólida, real y caliente, y además olía increíble. Tan pronto como la abracé, me di cuenta de la cantidad de problemas en las que yo sola me metí.
Me gustó estar presionada en su contra. Demasiado. No quería soltarla. Pero nos hallábamos parados en una habitación llena de gente, una de las cuales era su madre y la otra una señora que le pagó para que tuvieran sexo.

Incómodo.

Me aclaré la garganta y me aparté lo suficiente como para sonreírle, pensando rápido para mantener la situación divertida en lugar de totalmente incómoda. —Yulia Volkova —suspiré en voz soñadora, dramatizando a propósito mis palabras mientras revoloteaba mis pestañas como una actriz de segunda—,eres mi heroína.
Rodó los ojos y soltó una carcajada. Colocando una mano en mi frente, me alejó. —Y tú una tonta.

Me encogí de hombros y por suerte no tuve que responder, porque todas las chicas que chillaron conmigo en el sofá, saltaron detrás de mí para también poder abrazar su cintura y alabarla por salvarlas de la bestia.

Después de que aceptó sus cumplidos, se volvió hacia Sarah y se inclinó para abrazarla. —Tú también… eres... mi... héroe —le dijo con su voz vacilante.
Parecía que Yulia comenzaría a llorar. Ahuecando su mejilla, le sonrió y murmuró—: Para ti. Siempre.

Maldita sea. Ahora yo quería llorar.

Pero de verdad, ¿tenía que ser tan absolutamente dulce cuando se trataba de su hermana?
Sin quererlo, sentí que esto era más que un mero enamoramiento. Ya me encontraba a mitad del camino de enamorarme de ella.

***

Después de todo el drama de la araña, Sarah quería bailar. Todo fue su idea, lo juro.
Con el permiso de Larisa, puse en mi teléfono al dúo LMFAO y reproduje la canción “Sexy and I KnowIt” por los pequeños altavoces. Las chicas amaron cómo le daba vueltas a la silla de ruedas de Sarah y la hacía girar por el piso de la cocina. Todas querían tener algún turno para hacerlo.
Yulia nos siguió a la cocina y se paró justo en el marco de la puerta para mirar. Aunque cruzó los brazos sobre el pecho de la misma manera en que los tenía antes de que yo llegara a la fiesta de cumpleaños, ahora al menos parecía relajada, como si se divirtiera.
Cuando atrapé su mirada, le arrugué la nariz. Ella me devolvió una sonrisa y rodó los ojos.
Deslizándome lejos, golpeé mi cadera con la de Sorcha, ella con Brittany, a Leann y luego ella giró a Sarah.

—Yulia —llamó Sarah—, tu turno. —Movió la mano.

No le negaba nada a su hermana pequeña, nada, por lo que se alejó de la pared y caminó en nuestra dirección. Cuando comenzaron a “bailar” me aparté de la escena para que no se concurriera demasiado. Apoyé la espalda contra el marco de la puerta que Yulia utilizó cuando sentí una presencia a mi lado.
Volteé para ver a la señora Garrison sin su prometido.
Vaya, ¿él y Larisa seguían hablando de plantas en la sala? Una vez que ella y Ted comenzaron a hablar, cayeron en una acalorada discusión sobre las plantas perennes.

—Hola de nuevo —le dije, tratando de lucir alegre cuando sólo quería escapar de la mujer que convirtió a Yulia en una prostituta. Bueno, está bien, no me importaría primero cortarle el cabello, robarle el bolso y luego escapar, pero... ustedes entienden, ¿no?
—Hola, Lena —murmuró con un asentimiento real hacia mí antes de volver su atención a Yulia.

Me estremecí de asco cuando le vi un brillo depredador en la expresión, como si pensara que era su dueña.
Una fisura de miedo me atravesó la columna vertebral. Cuando presentó a Ted, me convencí tanto de que se alejaría de Yulia. Pero por la forma en la que la miraba ahora, sabía que no era así.

—Lindo... el aro en tu nariz —dijo, con los ojos todavía en ella.
Me aclaré la garganta y le seguí el juego. —Gracias. Mi prima me convenció de que me lo hiciera. —Totalmente molesta de que no quitara sus ojos de Yulia, añadí—: Sabe, tiene la nariz perfecta para hacerse uno también.
Finalmente, me miró de reojo y se rió. —Oh, cariño. Soy demasiado vieja para conseguir algo así.

Creo que trataba de reducirme y hacer que me sintiera inmadura, pero... no caí en sus tácticas de intimidación tan fácilmente. Además, me encantaba y abracé a mi inmadurez.

Incliné la cabeza y le di una sonrisa inocente. —¿En serio? —Sonando intrigada, jugué con una hebra de mi cabello que era mucho más joven y sano que el suyo, el cual es muy esponjoso, viejo y lleno de puntas abiertas. Bueno, bien. No le noté nada de esponjoso o puntas abiertas, pero totalmente se lo merecía—. No parece del tipo a la que una cosa tan pequeña como la edad le moleste.

Lancé una mirada a Yulia, haciendo obvio mi comentario. Cuando me giré hacia ella, se quedó inmóvil y su rostro palideció. Un músculo de su mandíbula tembló y sus ojos se estrecharon, endureciendo la mirada.

Ooh, a la perra no le gustaba que supiera su pequeño secreto.

Un punto para Reese, la aspirante. Oh, sí.

—Hmm. —Se dio la vuelta, regresando por el pasillo a la sala principal, donde se encontraban el resto de los adultos más grandes.

Acabando el baile y besando la mejilla de Sarah, Yulia caminó hacia mí.

—No sé lo que le dijiste para asustarla —me dijo—, pero creo que te amo por eso. —Sus ojos brillaron como un estaño caliente cuando me sonrió. Luego se fue para bailar con Leann.

Me quedé detrás de ella, demasiado afectada para responder. Sabía que bromeaba. Pero esas palabras viniendo de ella sonaban tan malditamente increíbles. Que me provocaron un hormigueo que me comenzó desde las puntas de los dedos del pie hasta la cabeza.
Aún sonreía como una idiota enamorada cuando sus pantalones sonaron.

Soltó a Leann para sacarse el celular del bolsillo. Cuando leyó el nombre en la pantalla, me lanzó una mirada incómoda. Antes de alejarse rápidamente, murmuró—: Discúlpenme —y corrió al baño para responder.

Ácido se arremolinó en mis venas. Sólo podía haber una razón por la que no le gustaría que cualquiera escuchara su conversación.

Hablaba con una cliente.

Traté de que no me importara, pero honestamente, no pude.

Lo que le dijo a la Dra. Janison en la biblioteca el jueves seguro fue una mentira, porque no dejó de programar clientes en absoluto. Preparaba una reunión con una justo ahora. Y eso que anoche casi fue atrapada por un marido.
Una angustia agobiante llenó mi pecho. Mi garganta se secó y mis ojos se humedecieron.
Por qué seguía haciéndome esto a mí misma, dejando que la esperanza creciera como maleza a mí alrededor y asfixiara todo mi sentido común, no lo sabía. Nunca podría ser nada más que una amiga para Yulia Volkova.
Como ya empezaba a oscurecer, y me había asustado con la llamada de mi madre la noche anterior, lo tomé como mi señal de salida. Quería estar en casa antes que cayera el sol, con todas mis puertas y ventanas cerradas y mi arma de electrochoque en las dos manos.

Por otro lado, Eva todavía podía estarme esperando. Me necesitaba.

Yulia, obviamente, no.

No esperé a que él terminara la llamada. Abracé y besé a Sarah como despedida, les hice una seña amistosa de despedida a sus amigas y me deslicé por la puerta trasera, corriendo a mi coche antes de que alguien pudiera pararme.
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por RosarioCst el Vie Mayo 22, 2015 4:41 pm

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Lun Mayo 25, 2015 1:58 pm

CAPITULO 20.

Odiaba los deberes. Siempre lo había hecho.

Antes de que hubiera comenzado el jardín de infantes, mi hermana mayor, Kat, me había dicho que mi maestro me daría deberes si pensaba que yo era tonta. Y, por supuesto, al final de mi primer día de escuela, mi maestra, la señorita Zeigler, había juntado sus manos alegremente.

—Como tarea, quiero que todos ustedes vayan a casa y practiquen la escritura de la letra A.

Rápidamente había mordido mi labio inferior y empezado a llorar, pensando que era el epítome de un estúpido.
Con el transcurrir de los años, superé lentamente mi aprehensión por las tareas y no volví agritar por otra asignación en clase. Sin embargo, las ganas de llorar como lo hizo mi vieja yo del jardín de infantes burbujeó a la superficie el siguiente martes por la mañana, cuando mi profesor de virología general alegremente repartió ocho páginas de preguntas de investigación y luego anunció que revisaríamos las respuestas cuando nos viéramos la próxima clase. Eso me daba cuarenta y ocho horas para buscar y encontrar cincuenta respuestas que no eran de ninguna manera fáciles o sencillas.
Esa noche, tenía dos libros de texto abiertos y tres folletos repartidos sobre la mesa delante de mí. A mí alrededor, la biblioteca de la universidad se mantenía bastante tranquila, sin embargo, cada roce de una silla, movimiento de papeles, o la tos de alguien que pasaba, me distraía. Un chico se encontraba sentado a mi lado, frotando tranquilamente la punta de su zapato hacia arriba y abajo por mi espinilla, empeorando las cosas.
Quería decirle a Bradley que se largara, pero formaba parte de mi grupo de estudio de los martes por la noche, aunque no estaba muy segura de por qué él era miembro. No parecía muy interesado en todo el concepto de hacer la tarea. Me imaginé que debía haberse unido con la esperanza de conseguir las preguntas resueltas.
Hasta el momento, yo estaba en plan de “Estoy tratando de ignorarte”.
Pero, por desgracia, no captaba la indirecta.
Frente a nosotros, Mia Riker se cernía sobre su propio libro de texto mientras miraba a través sus lentes de marco grueso y calculaba lo que parecía ser un problema particularmente difícil. Fruncí el ceño mientras miraba y me di cuenta que tenía tres preguntas terminadas.
¡Aghhh! Eso no era aceptable.
Apretando los dientes con irritación competitiva, me centré una vez más en mi hoja de trabajo y de repente deseé que Yulia se especializara en virología. Ella nunca intentó jugar a los piecitos conmigo cuando estudiamos juntas —aunque con ella, habría sido bien recibido— y siempre trabajaba más rápido que ella.
Pero no, Yulia trabajaba para especializarse en ingeniería eléctrica. La aguafiestas. Además, todavía la evitaba. Más o menos. Bueno, no del todo. Pero no la había visto desde la noche del domingo en la fiesta de Sarah porque nuevamente se mantenía distante de mí.
Casi salté de mi silla cuando sentí un asqueroso dedo del pie sobre mi pantorrilla. ¡Qué asco! Si Bradley frotaba su desagradable pie con hongos sobre mí, él estaba tan muerto.
Cuando moví mi silla para alejarme un par de centímetros, no entendió la indirecta.

—Oye, ¿Lena? —susurró.
No me atrevía a darle más incentivo para acosarme, así que ni siquiera levanté la vista cuando murmuré—: ¿Hmm? —En el máximo tono distraído que pude fingir.
—¿Podrías ayudarme a encontrar cuál es el animal al que afecta la enfermedad de los priones, el prurigo lumbar?

Casi gemí. Eso era parte de la primera pregunta en la hoja. Buen Dios Todo poderoso. Bradley tenía que darse prisa si quería terminar esta noche. Y realmente necesitaba sacar sus sucios pies de mí antes de que le diera una patada.
En serio.

Pareciendo tener misericordia de mí, Mia miró hacia arriba. —Es a las ovejas. Lo dice el libro de texto aquí, en la página trece.
—Oh —murmuró Bradley sin entusiasmo—. Gracias. —Envió una mirada no tan agradecida a Mia. Mientras anotaba la respuesta, miré a través de la mesa. Quería enviar a Mia una sonrisa discreta de “Gracias por conseguir que él dejara mi pierna”, pero ya tenía la nariz enterrada de nuevo en la hoja de trabajo.
Y, maldita sea, ahora tenía cuatro preguntas terminadas. Bradley levantó el rostro, se volvió hacia mí y abrió la boca como si fuera a pedir ayuda con la segunda pregunta. Mis dientes se apretaron. Al borde de perder completamente la calma, le envié una mirada maligna de “no te atrevas”.

Antes de que Bradley pudiera hablar —o incluso intentarlo, y me hiciera explotar y decirle que mantenga sus dedos lejos de mí, una voz se escuchó por el intercomunicador—: La biblioteca cerrará en veinte minutos.

Ah... salvada por el cierre de la biblioteca.

Al lado de Mia, Debby cerró de golpe su libro. —Gracias a Dios. Me largo de aquí. No puedo responder otra pregunta sobre la estúpida tarea esta noche.
Chase, que estaba sentado entre Debby y Bradley, siguió su ejemplo. —¿A quién diablos le importan las clasificaciones de los virus de todos modos?

Bradley miró con los ojos muy abiertos mientras Debby y Chase comenzaban a empacar sus cosas. Era demasiado obvio que no quería quedarse los últimos veinte minutos. Y como yo no había caído bajo el hechizo de sus esfuerzos repulsivos con los masajes en mis piernas, sin duda quería huir con los demás.

—Bueno, debo prepararme para el trabajo —dijo.

Como los tres desertaron simultáneamente, levanté la mirada hacia Mia, que me miraba expectante.

—¿También vas a irte? —pregunté.
Negó con la cabeza. —Nop. No puedo. Esta es la única noche en que tengo tiempo para estudiar. Debo conseguir terminar esta cosa.
Dejé escapar un suspiro de alivio. —Bueno. —Genial. Mia era la única miembro del grupo con la que me gustaba estudiar... aunque hacía el trabajo más rápido que yo—. Es también la única noche que tengo libre.
Me estudió con una leve sonrisa antes de sacudir la cabeza y mirar a su tarea. —Uh... ¿Has encontrado la respuesta de la número ocho? Tuve que saltarla porque no pude encontrar nada.
Me hizo gracia que necesitara mi ayuda, y comprobé mi trabajo. —Oh, eso estaba en la hoja de trabajo que el profesor Chin repartió en la clase del jueves pasado.
Mia murmuró algo por lo bajo, irritada. Apoyando el brazo sobre la mesa, enterró la cara en el hueco de su codo con un gemido derrotado. —Sabía que tenía que ir a clase esa mañana, pero estaba tan cansada después de trabajar hasta tarde que ni siquiera pude reunir energía para apagar la alarma del reloj.
Agarré mi copia de la hoja y se la pasé por encima de la mesa. —Puedes usar la mía.
Hubo una pausa antes de que ella levantara la cara, me enviara una mirada perpleja y luego deslizara lentamente la hoja de mi mano. —Gracias. —Un segundo después, preguntó—: ¿Te importa si hago una copia de esto?
—¿Hmm? —Miré hacia arriba y guau, ella parecía tan estudiosa y... deliciosa, sentado allí, mirándome.

Mia tenía el pelo castaño claro con reflejos rubios naturales. Y las gafas la hacían ver sexy, como una joven profesora. Parpadeé, sorprendida. Guau. Mia no era mal parecida. Qué extraño. Reconocía cuando alguien era atractivo al segundo de conocerlo. Pero desde que Yulia Volkova entró en mi esfera, mi medidor de chicos calientes, no funcionaba más. Era como si no existiera nadie más.

—Umm... —Usa tu cerebro, Lena—. Eh... sí —dije entre dientes, frunciendo la frente como si permitiera que ella rompiera mi concentración en la tarea. Escondí mi cara y fingí leer un pasaje de uno de los dos enormes volúmenes frente de mí.
—¿Sí, te molesta? —preguntó—. ¿O sí, puedo hacer una copia?
—¿Eh? —Levanté la vista e hice un ligero movimiento con la cabeza—. ¿Por qué me molestaría que hicieras una copia?

Tardíamente, noté el brillo divertido en sus ojos, una fracción de segundo antes de que comenzara a sonreír. El magnetismo de su sonrisa no alcanzó los niveles —fuera de serie—de la de Yulia, pero era bastante linda.

—Tienes notas personales en los márgenes —dijo—. A algunas personas les molesta.
La miré un momento más antes de decir—: No me molesta.
Su sonrisa se calentó, mejorando la forma en que se veía un par de puntos en la escala de Richter. —Bueno...gracias.

La vi alejarse, considerando las posibilidades ahí, y por sorprendente que parezca, no apestaban completamente.

—Hmm. —Era bueno saberlo. Puede que todavía haya vida para mí después de haber sido completamente arruinada por un ex novio psicótico acosador y luego de haberme enganchado completamente con una gigoló noretirada.
Cuando Mia regresó, puso mi hoja de trabajo al lado de mis libros. —Aquí está el original.
—Gracias. ¿Ya viste la número diecinueve?
—Dame un segundo. —Se dejó caer en su silla y consultó su hoja de trabajo—. Sí, recuerdo haber leído acerca de eso. —Transformándose del modo “compañera sexy” y volviendo al modo “insulsa socia de estudio”, hojeó uno de sus numerosos libros de texto—. Aquí. —Citando un pasaje en voz alta, dijo—: Las enfermedades humanas que se cree son causada por priones son...

Mientras hablaba, moví mi silla para sentarme a su lado. Balbuceó mientras leía echándome un vistazo. Luego sonrió, con sus mejillas sonrojadas, y siguió hasta que citó todo el párrafo.

—Ahí está —murmuré—. Gracias.
—No hay problema. —Se aclaró la garganta y se centró en su asignación.
—Ah oye, ¿qué tipo de clasificación de Baltimore pusiste para el Parvoviridae?
—Lo coloqué en el grupo dos.
Analicé su respuesta y seguí mirando la pregunta antes de arrugar la nariz. —¿Pero no es Parvoviridae un virus de doble cadena?
Mirando la pregunta, Mia la leyó de nuevo. —Oh, infiernos —murmuró. Comenzó a borrar lo que había escrito—. Buena atrapada.

Sonreí, sintiéndome un poco petulante por haber corregido a la brillante Mia Riker.

—Está bien. —Acomodé mi pelo en mi manera, “sí, soy impresionante”—.¿Lo pusiste en el grupo uno, entonces?
—Sí —murmuró—. Tendría que ir ahí, ¿no te parece? Es un virus ADN y no es de transcripción inversa, así que...
—Es del grupo uno —anuncié.
—¿Puedo tener su atención, por favor? —anunció una voz desde los altavoces de la biblioteca—. La biblioteca cerrará dentro de cinco minutos.
Gimiendo decepcionada, Mia miró su tarea. —No voy a terminar esta tarea antes de que cierren.
Tragué saliva. —Yo tampoco. —Oh, que decepción. Tenía que terminar la tarea esta noche o no podría hacerlo. —Oye, ¿hasta qué hora está abierto el centro de estudiantes?
Mia miró su reloj. —Cerró hace una hora.
Rodé los ojos. —Espectacular.

El estómago de Mia gruñó como si estuviera de acuerdo, lo que me recordó que no había comido bien. Como no quería pensar en la comida porque los estantes de mi cocinase veían bastante sombríos, bostecé y me estiré, con la esperanza de mantener la repentina sensación de hambre a raya.

—¿Ya comiste? —preguntó Mia, planteando la cuestión de todos modos.

Podría haberla estrangulado. Gracias, amiga. Ve y recuérdame que sólo me queda una última caja de arroz y macarrones con queso. Tendría que durar hasta la próxima mesada de mis padres o pago de alguno de mis trabajos.
Negué con la cabeza.

—Bueno, me muero de hambre. —Cerró su libro—. Si no te importan dos compañeros de cuarto que probablemente estarán jugando Invasión Zombie con un sonido tan alto como los altavoces permitan, digo que vayamos a mi dormitorio, donde podemos extender esta mierda y no nos echaran al cerrar. De esa manera, podemos pedir una pizza o algo así. Yo invito. Tengo que comer antes de desmayarme.

La vi con recelo, preguntándome si había algún tipo de motivo oculto detrás de su invitación. Pero cuando me miró, no se veía como una loca maníaca por sexo que quisiera atraer a la primera chica confiada a su guarida. Parecía una chica universitaria cansada y hambrienta que sólo quería terminar su tarea e ir a dormir.

Al darme cuenta de que se trataba de Mia —no Andrei— con quién hablaba, negué con la cabeza libre de preocupaciones. —Podría comer. Pero vamos a ir a mi apartamento. No tengo compañeros de piso zombie-adictos que se metan con nosotras.

Parecía sorprendida por la invitación, pero apresurándose torpemente aceptó. Cuando su rostro se enrojeció, finalmente algo me impactó, guau, creo que la chica podría tener un mini enamoramiento conmigo.

Se giró repentinamente incómoda. —Uh, ¿quieres que te siga a casa, entonces?
—Eso sería genial.

Tengo que admitir que tenía un motivo oculto. No quería ir al dormitorio de Mia ahora, cuando la luz se acababa, y tener que irme más tarde, cuando ya fuera de noche y me diera miedo salir. Además me gustaba la idea de tener a alguien más por ahí cuando llegara a casa. Eva había estado mucho en mi casa últimamente, malcriándome. Ella podría estar lidiando con sus propios problemas —todavía no le había dicho a sus padres sobre el bebé porque Alec se alejó totalmente cuando se lo contó—, pero su sola presencia había ayudado a mantener a raya mi terror a Andrei.

Cuando Mia me siguió a casa y entró a mi apartamento, estaba inusualmente tranquila. —Es un lugar estupendo. —Fue más o menos todo lo que dijo después de que me siguió dentro.
—Funciona para mí. —Tiré mi mochila sobre la mesa de café y busqué mi celular—. ¿Hay algún lugar específico de pizza en el que desees ordenar?
Negó con la cabeza mientras caminaba con curiosidad alrededor de la sala. —Cualquier lugar está bien. Tomaré de pepperoni.
Marqué a mi repartidor favorito y realicé nuestro pedido. Para el momento en que colgué, ella había caminado hacia la nevera y miraba a la única foto fijada con un imán.
—¿Quién es?

Sonreí con cariño a la instantánea de Sarah sentada en su silla de ruedas, levantando un pulgar hacia arriba para la cámara.

—Esa es la pequeña niña que cuido. Su nombre es Sarah, y es taaaan preciosa.
Mia asintió. —¿Qué está mal con ella?

Fruncí el ceño y quise estallar: “No hay nada malo en ella. Es perfecta en todos los sentidos”, pero sabía lo que quería decir.

—Tiene parálisis cerebral. En cierto modo me asusté un poco cuando la vi por primera vez —le confesé—. Pero una vez que pasas cinco minutos con su compañía, no ves la silla de ruedas en absoluto. Es... ella es un rayo de luz de sol.
—Suena como que es especial.
—Lo es. ¡Oh! Tal vez conozcas a su hermana. También va a Waterford. ¿Yulia Volkova? —No sé por qué tuve que decir su nombre en voz alta. Simplemente salió de mí.
Mia espetó con alerta.—¿Yulia Volkova? Sí, sé quién es Yulia. ¿Es su hermana?
Asentí. —Sip. Ella también te puede decir lo maravillosa que es Sarah.
—Yo... yo las he visto a ti y a Yulia juntas por el campus un par de veces.

Me encogí de hombros, tratando de no reaccionar ante la mirada curiosa.

—Claro. Nos hicimos amigas debido a ella.
—Amigas —repitió y poniéndose colorada, desvió la mirada—. Pensé que... lo siento. Siempre asumí que ustedes dos eran... pareja.

Negué con la cabeza, aunque mi cuello se sentía débil y mis mejillas repentinamente calientes.

—No, no, sólo somos amigas...

Lamentablemente.

—Bueno, eso es un alivio. Yo había oído hablar... quiero decir. —Se mordió el labio inferior—. He oído algunos rumores bastante locos de ella.

¿No lo había hecho todo el mundo? Quería gritar, llorar y tirar cosas en nombre de Yulia. Y también en mi nombre.

Pero me obligué a mostrarme indiferente. Con una sonrisa y rodando los ojos, dije—: Déjame adivinar. Ya has oído que es una gigoló que trabaja en el Country Club como pantalla para organizar todas las reuniones con sus clientes femeninas ricas y viejas.
Mia se puso roja remolacha.—Uh, sí. Algo por el estilo. Así que... —Levantó las cejas por encima de sus gafas—. ¿No es cierto, entonces?
—Umm... —Hice una cara extraña—. ¿No estaría, como, en la cárcel ahora si estuviera practicando la prostitución tan abiertamente?
Encogiéndose de hombros, dijo—: Supongo. Pero eso no me importa. Sólo estoy aliviada de que no está saliendo contigo.
—¿Por qué? —pregunté, inmediatamente alarmada—. ¿Qué más has oído hablar de ella?
—Nada. Es que... —Tomó un largo suspiro—. Siempre he querido preguntarte si quieres salir.
Mi boca se abrió. —¿En serio? —Guau, la tímida Mia Riker podría no ser tan tímida después de todo.
Asintió tímidamente y miró hacia otro lado. —Entonces, ¿qué dices? —presionó—. ¿Este viernes? ¿Quieres, no sé, hacer algo conmigo?

Empecé a sacudir la cabeza y rechazarla. Pero entonces me detuve y recordé lo lastimada que me sentí el domingo, cuando Yulia tuvo esa llamada telefónica y se metió en el baño para hablar en privado con su clienta. Recordé el daño que me hizo escucharla hablar sobre la forma en que casi había sido capturada por un marido. Me acordé de todas las razones por las que nunca podríamos estar juntas.
Yulia sin duda, no actuaba como una monja sólo porque quería estar conmigo. ¿Por qué debería yo actuar como una monja sólo porque ella era la única persona con quién quería estar?

No tenía ninguna razón para serle fiel. Ciertamente, no éramos novias.

Nunca podríamos ser una pareja. Sólo éramos amigas.

Y tenía que seguir adelante con mi vida. Si lograba superar lo que había pasado con Andrei sólo para atascarme con Yulia, iba a terminar de nuevo en el punto de partida.

En ninguna parte.

Pero todavía estaba insegura. —Se supone que debo cuidar a Sarah todos los viernes —dije con una mueca de dolor. Cuando los hombros de Mia cayeron y una apariencia aplastada cruzó su rostro, me sentí mal. No quería hacerlo, pero me apresuré a añadir—: ¿Qué tal el sábado?
Al instante se iluminó. —El sábado sería genial. ¿Te recojo a las siete?
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por RosarioCst el Lun Mayo 25, 2015 4:27 pm

Conti Very Happy esta genial

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Jue Mayo 28, 2015 9:19 pm

CAPITULO 21.


Mi estómago estuvo revuelto por el resto de la semana. Creo que estaba lleno de un muy acido remordimiento. Y tal vez algo de culpa también, aunque eso tenía menos sentido. No estaba ligada con nadie; no debería haber sentido ningún remordimiento en decirle a Mia que saldría con ella. Pero lo hacía.

Nunca debería haber dicho que sí. No estaba de humor para citas; bien, no de humor para salir con cualquier persona, excepto una. Y esa persona no era Mia Riker.

Pero esa persona estaba completamente prohibida y debía seguir adelante. Quiero decir, si su visita del sábado por la noche donde me habló de sus aventuras con mujeres casadas y detalles de su estúpido plan —el que totalmente no me involucraba— no me había convencido de que estaba prohibida, pues la noche del miércoles ciertamente lo hizo.

Llegué a mis deberes de niñera para descubrir que ya se había ido al trabajo —normal— pero un sobre lleno de dinero fue pegado a la nevera con un imán. Mi nombre y las palabras $ niñera yacían garabateadas en el frente en su fuerte letra. De alguna manera, sabía exactamente cuánto me debía Larissa.

Y entonces, me golpeó. Como si en realidad me golpeara un: “Lena, despierta y huele los lattes”. Su sentido de responsabilidad hacia su familia lo era todo para ella. Todo. No le importaba si sus obligaciones lo hacían hacer cosas que causaban que se sintiera atrapada o sucia hasta que odiaba a una parte de sí misma. No iba a dejar de cuidar de Larissay Sarah de la única forma que sabía. Había vendido su alma para asegurar que cada cuenta que su madre se olvidaba de pagar fuera atendida, incluso la factura de la jodida niñera.

Una parte de mí la odiaba por eso, ya que era yo quien fue engañada por su inquebrantable compromiso altruista. Pero, otra parte de mí la admiraba y respetaba por su amor y sacrificio por su madre y hermana. Lo hacía porque se preocupaba mucho por ellas, y adoraba la forma en que amaba a las personas más cercanas a ella. Hacía doloroso ser un miembro de ese círculo exclusivo.
Casi ignoré el dinero. Su origen se me hizo enfermizo. Además, ella lo necesitaba para cosas importantes, indudablemente no algunas de las cosas triviales para las que yo solía utilizarlo, como esos lindos aretes que había pedido en línea que coincidían totalmente con mi aro en la nariz. Y no me importaba si nadie me pagaba un centavo más por pasar el tiempo con Sarah. Pero lo tomé de todos modos, porque sabía que iba a hacer que Yulia se sintiera incluso más barata y más sucia si no lo hacía.

Lo donaría a alguna obra de caridad, o tal vez al fondo del bebé que tenía el mal presentimiento que Eva iba a necesitar.

Y me dije que sólo seriamos amigas con Yulia de aquí en adelante. No más textos coquetos, no más pensamiento prohibidos —vale, eso era imposible de hacer, pero por lo menos lo intentaría— y por desgracia, no más almuerzos juntas. No me necesitaba intentando tentarla que se alejara de sus objetivos de mantener a su familia.

Me apegué a este plan hasta que Yulia apareció en mi mesa durante mi hora de almuerzo el viernes y dejó caer su bolsa en el banco frente a mí.


—Hola. —Hizo una pausa para tomar una respiración profunda antes de añadir—: Sweet Pea —con una gran sonrisa conocedora.


Maldita sea. Mis planes de mantenerme alejada y respetar sus decisiones fracasaron por completo.
Pero no pude evitarlo. Empezaba a tener retraimiento. Después de llegar a verla mucho este pasado fin de semana —literal y figurativamente, guiño, guiño—, nada de Yulia en cinco días sólo se sentía… mal. Además, había venido a mí. Así que, incluso mientras me decía que debía ahuyentarla, mi pulso se aceleró con alegría cuando se sentó.
Fingiendo un ataque al corazón, golpeé mi mano sobre mi pecho y jadeé.


—¿Qué es esto? ¿Estás sentándote conmigo… en público? ¿Los impulsos de chica cachonda se han disminuido? ¿He perdido mi atractivo seductor por completo? Di que no es así.

Se rió y rodó los ojos. —No. No han disminuido. Simplemente he llegado a la conclusión de que vamos a tener que aceptar que los impulsos probablemente serán una faceta permanente de nuestra relación de aquí en adelante. Y si dices que puedes controlar los tuyos, entonces voy a tratar de controlar los míos.

Arrugué la nariz. —Qué generoso de tu parte.

Una risa plena retumbo en su pecho. —Eso y que no puedo verte arrugando la nariz al otro lado del patio. No tienes idea de lo mucho que he echado de menos eso.

Su lado lindo y juguetón llegó a mí como ninguna otra cosa. Necesitando controlar mis propios impulsos, suspiré y volví a mi tarea que había estado tratando de hacer antes de que hubiera aparecido. —Sí, sí. Apuesto a que simplemente te estás quedando atrás en cálculo y necesitas mi ayuda.

Sin negarlo, se encogió de hombros. —Ya que lo mencionas… —Sacó el libro de cálculo de su bolso y lo abrió en la página donde su tarea estaba a medio terminar. Mientras buscaba un lápiz, preguntó—: ¿Con qué me alimentarás hoy?



Su sonrisa era tan fresca y viva, que provocó que una pieza de vida volviera dentro de mí, algo que se había marchitado en los últimos días sin una dosis de ella.

Todavía no podía creer que Yulia estuviera aquí, al otro lado de la mesa frente a mí, siendo mi amiga de nuevo. Sin decir un comentario sarcástico, deslicé lo que quedaba de mi mini bolsa de papas fritas sobre la mesa para ella, ya que había terminado todo lo que me iba a comer, y probablemente le hubiera ofrecido uno de mis más preciados lattes en este momento porque estaba tan emocionada de que estuviera aquí.


Asintió en señal de aprobación y enganchó mi bolsa de papas. —Nachos con queso. Bien. —Mientras sacaba un puñado, me miró—. ¿Terminando el trabajo de inglés?

Levanté las cejas. —Oh, así que hoy te interesas por mi trabajo de inglés , ¿eh?

Sus hombros se hundieron. —Lena. Vamos. Siento haberte dicho eso en la fiesta. No estaba de ánimo. —Se puso la mano sobre el corazón y me envió un puchero de disculpa sincera—. Me intereso por todo lo que haces.

Me quejé para cubrir el gemido por las emociones derritiéndome. —Vale, ya es suficiente. Las sandeces por aquí se están haciendo demasiado profundas para caminar a través de ellas.

—¿Qué? —Tuvo el descaro de parecer ofendida—. Lo digo en serio.

Rodé los ojos. —Lo que sea. Así que, déjame adivinar. Tu casera todavía piensa que tú y yo estamos montadas en el tren de hacer bebés juntas, ¿no?

Con un suspiro, se sacudió el polvo del nacho con queso de los dedos. —Más o menos.

—Caray. —Suspiré como si me avergonzara de la señora Garrison por su opinión prejuiciosa—. ¿Por qué es tan difícil para la gente pensar que sólo somos amigas?


Yulia me estudió un momento, su expresión penetrante e indistinguible, antes de encogerse de hombros sin responder. Me di cuenta de que no quería hablar del tema.


—Me insultó cuando te acorraló en el cumpleaños de Sarah, ¿no?

—Síp. —Esta vez, su táctica de distracción fue abrir su bolso y sacar mi copia de El prisionero de Azkaban, que había dejado con Sarah hace una semana.

Chasqueando los dedos, grité—: ¡Lo sabía! Típico, mezquino y celoso movimiento. ¿Qué dijo? Dijo que tengo un gran trasero, ¿verdad?

Rodando los ojos, Yulia amortiguó su respuesta con la boca llena. —No dijo que tienes un gran trasero. Confía en mí, tu trasero es… perfecto.


Tragué saliva. Luego, volví a tragar saliva. No sé por qué sus elogios me tomaban totalmente por sorpresa. Me daba un montón de ellos. Sin embargo, nunca estaba preparada para el impacto que provocaban sus halagadoras palabras.


No del todo segura de cómo responder, agité mi mano y seguí hablando de la señora Garrison, porque me sentí mezquina y celosa. —Entonces, ¿qué fue lo que dijo de mí?

—Nada que valga la pena repetir. —No me miró a los ojos mientras inclinaba el fondo de la bolsa de papas hasta asegurarse de que había sacado hasta la última miga—. No te preocupes por eso.

Mi boca se abrió. —Oh, ahora tienes que decirme.


¿Qué diablos había dicho esa malvada asalta cunas? Sabía que no era perfecta por cualquier tramo de la imaginación. Pero, no podía pensar en ninguna de las partes de mi cuerpo que fuera tan anormal para que Yulia no pudiera revelar su insulto.
Me envió una mirada de advertencia, pidiéndome que lo dejara pasar. Así que, no iba a suceder.


—Vamos —presioné—, sólo dime. Seré tu mejor amiga. —Revoloteé mis pestañas.
Rodó los ojos. —Ya eres mi mejor amiga.

¿Lo era? Me enderecé, alarmada, halagada y extremadamente emocionada. Guau… otro elogio desprevenido. Florecí con deleite. —Bueno… gracias. Pero, como mi nueva mejor amiga, ahora estás obligada a decirme lo que dijo.

—Lena —se quejó.

Mi alarma aumentó. —Oh, dios mío. ¿Fue tan malo?

—Ni siquiera era cierto. Así que… sólo dejémoslo. Por favor.

Oh, demonios, no. —Si no fuera cierto, entonces, ¿por qué no puedes decir…

—Está bien. Dijo que eres una buscadora de atención. ¿De acuerdo? Dijo que le robabas el protagonismo a Sarah en su propio cumpleaños, lo que no…

—Oh, dios mío. ¿Lo hice? —Puse la mano sobre mi pecho, donde había comenzado un dolor agudo.


No podía creerlo de esa bruja. Había roto totalmente el código número uno de la chica celosa. Cuando insultas a la otra mujer, vas tras su aspecto… no su personalidad. Dios, que asqueroso golpe bajo.


Sin embargo, sus tácticas sucias definitivamente habían hecho el trabajo.


Me sentía muy mal.


Bien jugado, mugrienta casera proxeneta, bien jugado.


Pero simplemente había actuado de esa manera en la fiesta para ayudar a aliviar la incomodidad. Quería demostrarle a las otras chicas como de dulce, adorable y divertida era Sarah. Había estado tratando de colocar la atención en ella, no robársela.


—¡No! —interrumpió Yulia enfáticamente—. Te lo dije, no era cierto.

—Pero…

—Escúchame. —Inclinada parcialmente sobre la mesa para mirarme directamente a los ojos—. Antes de que aparecieras el domingo, mi hermana era absolutamente miserable. La mañana siguiente, dijo que fue el mejor cumpleaños que había tenido. Y eso fue gracias a ti, ¿entiendes? Tú hiciste que las otras chicas interactuaran con ella. Y ahora, aquella alta, Sorcha, incluso va a volver el sábado por la tarde para pasar el día con Sarah.

—¿En serio? —Me alegré, emocionada por saber eso—. Eso es genial.

¡Oh! Me agradaba Sorcha. —Y ahora, totalmente la amaba.

Yulia sacudió la cabeza y me dio una leve sonrisa. —Eres la persona menos egoísta que conozco.
Arrugué la nariz. —Bueno… puedo ser un poco egoísta.


De acuerdo, muy egoísta. Cielos. ¿Criticona mucho más?


No parecía muy convencida. —No lo veo así. Ese día en la biblioteca… con la Dra. Janison y Eva.


Haciendo una mueca, recordé.


—Cada mujer me trata de esa manera, Lena. No soy una persona para ellas. Sólo soy… un buen rato o algo vil que hay que evitar a toda costa. Y entonces, llegaste y tú… me abrazaste. Eres la primera persona que me ve, a Yulia, no el sexo en venta. Y ese tipo de compasión no es un signo de una persona egoísta, en absoluto.

—Yo… —Mis pestañas se batían como las alas de un colibrí, alejando cualquier posible lágrima—. Bueno, gracias. Pero tú eres una persona, y…

Levantó un dedo para callarme. —No estamos hablando de mí. Hablamos de ti. Y tú eres… eres… —Hizo una pausa para sacudir la cabeza.

—¿Yo soy…? —insté, no muy segura de si quería saber a dónde iba, pero mi curiosidad estaba demasiado intrigada para no presionar por más.

—Eres rara… y sin embargo, convencional. Inocente pero, mundana. Reservada pero, extrovertida. Sincera pero, precavida. Moderna pero también, práctica. E infantil mientras todavía logras ser madura. Es como… eres una perfecta contradicción.


Tragué saliva, boquiabierta y sin poder decir una sola palabra. Para conseguir ese tipo de explicación, había tenido que pensar en ello. Saber que Yulia pensó tanto en mí me dejó completamente sin aliento.


Se me quedó mirando un momento como si quisiera decir algo más, algo probablemente lo suficientemente significativo para tirarme en mi trasero, pero se aclaró la garganta y bajó la vista. Al ver el libro en su mano, lo pasó sobre la mesa hacia mí. —En fin… toma. Creo que puedo decir oficialmente que soy adicta a Harry Potter. Sarah y yo no podíamos esperar para pedir prestado El Cáliz de Fuego. Compramos nuestra propia copia y lo empezamos ayer.

Me aclaré la garganta, tratando de ponerme al día con el giro de ciento ochenta grados que acababa de tomar nuestra conversación. —Guau. —Enjugué mis mejillas para asegurarme de que estaban secas— que era así, gracias, dios— antes de recuperar El Prisionero de Azkaban—. Tú y Sarah se están yendo rápido con la serie. Estoy impresionada.

—Esa escena en que retrocede en el tiempo fue genial. No podía dejar de leerla.

Sonriendo, apreté la tapa dura contra mi pecho. —Siempre fue una de mis favoritas, también. Especialmente cuando salvaron a Buckbeak.

—Terminé leyéndolo dos veces. Una vez cuando lo leí por adelantado, y luego de nuevo cuando Sarah quería que lo leyera para ella. —Sus ojos se calentaron mientras sonreía—. Lo que me recuerda…


Medio se puso de pie para poder deslizar la mano en el bolsillo delantero de sus vaqueros y sacar algo. Doblando los dedos alrededor de lo que había recuperado, sonrió con picardía suficiente para hacerme sospechar mientras se volvía a sentar.


Me incliné ligeramente. —¿Qué tienes ahí?

Sus labios se extendieron más ampliamente. —Algo para ti. Lo tenía encargado. Este chico que conozco toma una clase de elaboración avanzada de metal y lo armó.

Totalmente no esperando eso, me enderecé. —¿Qué hiciste?

Extendió la mano y la abrió. —Sé que es bastante tosco, pero pensé que podría encajar en tu pulsera.


Un pequeño dije de plata parpadeó hacia mí en la luz del sol. Mi boca cayó abierta. Su amigo había hecho a mano de alguna manera el logo de Harry Potter, haciendo las iníciales H.P. con el rayo en la P y todo. Para mí, no se veía tosco en absoluto. Se veía perfecto.


—Oh, dios mío. —Lo tomé de sus dedos con gentil reverencia—. Esto es increíble, Yulia.

—Casi arruinó la sorpresa el domingo cuando llamó durante la fiesta de cumpleaños de Sarah para decirme que estaba hecho. Había esperado que terminara antes de esa fecha.


Levanté la mirada, sorprendida al enterarme que la llamada había sido sobre una sorpresa para mí… no para programar una cita con una cliente. Y aquí, ese había sido uno de los mayores factores decisivos que tenía para decirle a Mia que…
Negué, sin querer pensar en eso ahora. Yulia había ordenado un regalo que fue hecho especialmente para mí.


—También tenía uno hecho para Sarah. El tuyo fue en realidad el prototipo. Así que, pienso que puede contener algunos errores más.

—¿Qué errores? —Sacudí la cabeza mientras usaba el pequeño gancho que había sido hecho para unirlo a mi pulsera—. Es perfecto. —Levanté mi muñeca para poder ver todos los dijes colgando. La HP era de lejos mi favorito. Alcé la vista con una gran sonrisa tonta y mi corazón lleno de afecto—. Gracias.


Abrió la boca para responder cuando alguien se sentó en la banca junto a mí. No esperaba a Eva hoy, pero cuando me giré, pensé que sería ella.


La cara de Mia me pilló totalmente desprevenida. Sonrió. —Hola.

Balbuceé—: Umm. Hola… Mia. —Un rubor me golpeó tan fuerte que podía sentir que se extendió desde las raíces de mi cabello hacia mi cuello—. Yo…Yo no estoy acostumbrada a verte un viernes.

Se rió entre dientes. —Lo sé. Pero te vi por aquí y pensé en saludar. —Luego miró al otro lado de la mesa—. Hola, Yulia. —Dando un gesto amistoso, parecía nada más que agradable y cortés.

Y sin embargo, Yulia reaccionó como si le hubiera sacado el dedo. —Riker —espetó con voz tensa, retirándose un poco en su asiento para enviar una mirada suspicaz con los ojos entrecerrados de ida y vuelta entre nosotras.

—¡Oh! ¿Ya se conocen? —solté abruptamente, queriendo mantener las cosas lo más aptas como Yulia obviamente no quería que fueran—. Magnífico. Eso me salva de hacer las presentaciones, porque obviamente… me olvidé de hacer las presentaciones. —Resoplé a mi broma floja, revelando mi nerviosismo.


Mia sonrió, pero Yulia me miró como si hubiera perdido la cabeza. Mi sonrisa sufrió una rápida y dolorosa muerte.


—Verás, estoy muy emocionada por mañana en la noche —continuó Mia—, y se me olvidó preguntar: ¿Hay algún lugar en especial al que quieras ir?

—Umm… —Me mordí el labio, tratando desesperadamente de ignorar la forma en que Yulia giró la cabeza para mirarme boquiabierta. El color filtrándose de mi cara, y tratando de aferrarme a un pensamiento razonable.


Pero, ¿por qué de repente me sentía… horrible?


—No —grazné—. No puedo pensar en nada. Sólo… donde quieras está bien. Todavía no estoy muy familiarizada con Waterford.
—Fabuloso. —La sonrisa de Mia era lenta y satisfecha—.Tengo un par de lugares en mente. —Miró su reloj de pulsera y dejó escapar un suspiro impaciente—. Tengo que ir a clase. Nos vemos mañana.


Se puso de pie tan rápido como se había sentado. Luego, se inclinó hacia mí y me estampó un beso en la mejilla antes incluso de que me diera cuenta de que lo había planeado.


—¡Vaya! —espeté y me aparté, a pesar de que ya se había retirado.


Hizo una pausa para entrecerrarme los ojos inquisitivamente. Me sonrojé y abrí la boca para disculparme. Pero, las olas de ira que llegaban a través de la mesa de parte de Yulia me hicieron parar. Con una sonrisa tensa, dije—: Nos vemos mañana.


Asintió, lanzó una mirada a Yulia y se fue.


Miré fijamente tras ella, mordiendo mi labio y demasiado asustada para respirar. Tal vez, si no mencionaba nada, Yulia no me preguntaría. Pero cuando me arriesgué a mirar en su dirección, lo supe de inmediato, lo preguntaría. A lo grande.


—¿Vas a salir con ella? ¿Mañana?

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por RosarioCst el Vie Mayo 29, 2015 12:12 am

Estoy enamorada de esta Historia *.* Conti

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Vie Mayo 29, 2015 1:11 am

Conti con urgencia xfa!!!!! cheers
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Vie Mayo 29, 2015 12:36 pm

Que lindo que les guste Smile Les queria ir preguntando desde ya si quieren que adapte toda la saga o se las dejo aqui? Y Para que no se me mueran ni nada les dejo el siguiente capitulo URGENTE ^^


CAPITULO 22.


Oh, Dios. Oh, Dios. ¿Qué debería decir?


Mi mente estaba en blanco, así que tuve que decir la verdad. —Umm… ¿sí?


La respuesta salió como una pregunta y yo quería golpearme. ¿Por qué era tan mansa, de repente? Probablemente porque el cuerpo de Yulia parecía extrañamente quieto. Quiero decir, no es que por lo general fuese inquieta, pero nada en ella parecía moverse, ni siquiera sus duros ojos azules que lucían aburridos mirándome como si la hubiese traicionado.

Extrañamente, me sentí como si l hubiese traicionado. Su mandíbula se tensó al bajar la mirada sin ver su libro de cálculo abierto.


— ¿Por qué no me lo dijiste?

—Yo… —Vacilé—. Bueno, para empezar, no te había visto desde el domingo. Luego… me olvidé por completo hasta que se presentó hace un momento, y… —Me encogí de hombros—. Para entonces, ya lo sabías.

—¿Cuándo? —exigió Yulia.

Fruncí el ceño. —¿Cuándo qué?

—¿Cuándo te invitó a salir?

—Oh. Um... la noche del martes. ¿Por qué?

Los ojos de Yulia se estrecharon. —Pensé que tenías grupo de estudio los martes por la noche.

Me sorprendió que en realidad se acordase de mi horario. —Lo tengo, quiero decir, lo tuve. Está en mi grupo de estudio. —Cuando Yulia se estremeció como si le doliera físicamente saber que tenía algo en común con Mia pero no con ella, me apresuré, esperando que mi explicación de alguna manera la tranquilizase—. Cuando la biblioteca cerró, no habíamos terminado nuestro trabajo, así que volvimos a mi apartamento y trabajamos.

—¿Hizo qué? —tronó Yulia, mirando como si quisiese saltar de su banco y perseguir a Mia para arrancarle un par de dientes… con sus nudillos.

—Oye, ¿qué te pasa? —exigí.

—Oh, no lo sé —dijo con sorna—. Tal vez es este impulso irresistible que tengo de romperle la cara a Mia Riker.

Mi boca se abrió. —¿Perdón?

—Ya me has oído —maldijo de nuevo.

—Yulia —susurré, mirando alrededor para ver si alguien nos miraba—. ¿Qué demonios? No es como si hubiese tenido que hacer de niñera de Sarah esa noche.

—No se trata de Sarah. Y lo sabes.


Claro que lo sabía. Pero pensaba que seguíamos en la negación, coqueteando y manteniendo toda la mentira de sólo amigas. No tenía ni idea que de repente quería sacarlo a relucir.
Tragué saliva e intenté controlar mis nervios, tenía el mal presentimiento de que esta conversación me iba a destrozar.


—Dijiste que sólo éramos amigas. —Mi voz salió ronca mientras estudiaba sus facciones tensas—. Eso creo.

—Lo somos. —Apartó la mirada y cerró los ojos—. Maldita sea, lo somos, pero la única razón para que sólo seamos amigas es porque no hay ninguna posibilidad de que pudiéramos ser algo más.

—¿Quieres…? —Mis pulmones se contrajeron. Me asusté y entendí como debía sentirse Sarah todo el tiempo sin tener control de sus músculos, ni siquiera de los respiratorios. No podía respirar y eso me asustó—. ¿De verdad… quieres más? —susurré con voz temblorosa.


Las emociones que emanaban de su rostro la demacraban, un aspecto lamentable que había visto la noche en la que la atrapé en una toalla de baño.


—¿No lo quieres tú? —me susurró. Luego soltó una risa áspera y desvío la mirada—. ¿O es sólo atracción sexual para ti?
Mi pecho dolía. Todavía no podía tomar una buena bocanada de aire. —Sabes que no es así.

—¿Entonces por qué estás tan confundida acerca de que pierda el control?

—No lo sé. —Hice una mueca—. ¿Porque es más fácil hacerse el tonto? —Y porque dejó muy claro que elegía su trabajo sobre mí. Tenía todo el derecho de salir con quien yo quisiera… si me sentía de esa manera o no.

—Bueno, no lo eres. No te hagas la tonta. —Cuando metió el libro de cálculo en su mochila y comenzó a recoger sus cosas, entré en pánico.

—¿Yulia? ¿Qué haces? ¿A dónde vas?

—Me voy. ¿Qué te parece que estoy haciendo?


Y tan rápido como entré en pánico, este se disolvió en una cabreada indignación. Golpeando mi mano sobre la hoja de cálculo a medio terminar que se hallaba sobre la mesa, la saqué de su alcance cuando la fue a recoger.


Cuando me miró le fruncí el ceño. —¿Así que si no puedes tenerme, entonces no se me permite salir con nadie más? Dios mío, Yulia. ¿Te das cuenta de lo idiota que suenas en este momento?

—Sí, maldita sea.


La admisión llegó tan libremente de sus labios que parpadeé, sorprendida de oírla confirmándolo.


Con su pecho agitado, me dio una mirada torturada, demacrando su rostro de nuevo. —Me doy cuenta perfectamente de como suena. Y estoy tratando de parar, Lena. —Su voz se quebró—. Estoy tratando. Jesús, ¿por qué crees que me estoy yendo? Si me quedo, sólo diré algo peor.


Creo que su agonía superó la mía. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Cuando las aparté, se ahogó en un sonido de miseria.


—Cristo, no llores.


Probablemente debería haberle advertido que una vez que comenzaba a llorar, no pararía hasta que todas saliesen.


—¿Qué quieres que haga? —lloré—. ¿Quieres que la llame? ¿Qué le diga que no?


No tenía idea qué pasó con mi poder femenino. Una chica que no podía tener actuaba como una idiota porque iba a pasar un poco de tiempo con otra mujer. Debería estar maldiciéndola, subiéndome por las paredes por su actitud de imbécil. Pero estaba sentada, llorando y suplicando saber qué podía hacer para hacerla feliz.

Hombre, estaba agotada.

Su rostro se contrajo y se volvió un rojo furioso, como si fuese a empezar a llorar junto a mí. Pero entonces sus rasgos se borraron y sacudió la cabeza salvajemente.


—No. No lo canceles. Quiero que seas feliz. Siento haberme comportado como una reina del drama, ¿vale? Quiero que te diviertas con... quien sea. Simplemente diviértete y sé feliz. Sigue siendo tú.


Más lágrimas llenaron mis ojos. Maldiciendo entre dientes, prácticamente saltó sobre la mesa para quitarme su tarea de la mano. Arrugándola en su puño, la metió en el bolso.


—Tengo que irme —murmuró, deslizando la palma de sus manos a través de sus ojos antes de irse corriendo como si los perros del infierno la persiguieran.


Mientras la observaba alejarse a zancadas, me di cuenta de lo mucho que le había hecho daño al aceptar ir a una cita con Mia. Esa no había sido mi intención en absoluto. Sólo quería salvarme de ser lastimada. Quería obligar a Elena Katina a seguir adelante con su vida. Pero verla sentir dolor me desgarró por dentro.

Estaba enamorada de ella.

Querido dios.

Me enamoré de una gigoló.

Era una locura, era plenamente consciente de ello. Pero era Yulia. Mi asesina de arañas. La que se comía los restos de mi comida. Mi compañera fan de Harry Potter. Era mi alma gemela. Era fácil ver más allá de que era una gigoló cuando me encontraba con ella.

Y así de fácil, decidí levantarme y luchar por ella.

A pesar de que en realidad no corrió, se movió rápido cuando se marchó. Persiguiéndola, entré en el edificio principal, sólo para no localizarla en ninguna parte del atrio principal de techo de cristal. Miré a la izquierda, hacia un pasillo, sin suerte. Cuando miré hacia otro lado, vi su espalda y me fui pisándole los talones.


—¡Yulia!


Me escuchó y se detuvo pero no se giró.


—No puedo creer que te alejes de mí de esa manera —empecé a decir tan pronto estuve a tres metros de distancia—. Todavía no hemos terminado de hablar.


Se dio la vuelta, tomándome por sorpresa. Di un grito ahogado cuando me agarró del brazo, su agarre caliente y firme, pero no doloroso. Girándome hacia un portal cercano, me acorraló en un aula vacía y cerró la puerta para fijarme contra ella. El aliento salió corriendo de mis pulmones mientras su cuerpo se presionaba contra el mío. Se sentía... oh, Dios mío... muy bien. Cálida, protectora. Mis entrañas lloraban por la belleza de esto.
Con un gemido torturado, golpeó ligeramente su frente a la puerta y nuestras mejillas se rozaron. Luego inclinó la cara y apoyó la barbilla en la parte superior de mi hombro.

—¿Estuvo en tu apartamento toda la noche? ¿Durmió en tu sofá? ¿Te tocó? ¿Te besó? —Otro sonido escapó de su boca. Una especie de sollozo y maldición. Apoyada en un lado de mi cuello, movió los dedos ligeramente hasta que encontró mi cicatriz—. ¿Le contaste el secreto que hay detrás de ésta?

—No, Yulia, para. —Me mataba oír su miseria, cuando acuné su mejilla, apartó su frente de la puerta para mirarme.
Todo su cuerpo se estremeció, y sabía que era por arrepentimiento. —Dios, Lena, estoy tratando de estar bien con esto. Estoy tratando de no estallar. Y sé que estoy fallando. Pero, maldita sea…


Su pulgar trazó la curva de mi pómulo hasta que limpió un poco de humedad de mi reciente fiesta de sollozos.

Una mirada de asombro total y tristeza cruzó su rostro.

Luego sacudió la cabeza y apretó los dientes.


—Esto es una mierda. Ella puede invitarte a salir, llevarte a cenar y tratar de robarte un beso de buenas noches. Puede llegar tan lejos como tú lo permitas. Y ni siquiera puedo competir. —Sonrió, aunque sus ojos seguían llenos de agonía—. Creo que me enamoré de ti en el momento en que te escuché reír en el patio del campus. Cuando te miré, lo supe. Eras algo distinto, algo increíble. Sabía desde la primera vez que te vi que nada volvería a ser igual. Tú fuiste… un cambio total en el juego. Incluso cuando me di cuenta de que te sentabas con Eva y podrías ser como ella, no me importó. Quería saber todo sobre ti.


Negué con la cabeza, demasiado sorprendida para pensar con claridad.


—Y yo que pensaba que me odiabas desde esa primera vez.
Negó con la cabeza. —Nunca te he odiado. Sólo me asustaste mucho, así que intenté mantenerte lejos. Me asustaba llegar a conocerte porque lo quería tanto. Pensé que seguramente no podrías ser tan buena como te había imaginado en mi cabeza. Salvo que cada vez que me daba la vuelta, estabas allí y terminaste siendo mejor de lo que podría imaginar. —Su sonrisa desapareció—. Cuanto más te conocía, más sabía que debía apartarme. Sólo puedo herirte. Pero nunca podía estar mucho tiempo lejos de ti.


Como si ya no pudiera permanecer lejos, se acercó más, su aliento acariciando mis labios. Cuando sus ojos se cerraron, sabía que iba a besarme.

Lo quería más que a mi próxima comida, pero tenía que estar segura de una cosa primero.


—¿Todavía eres una gigoló?

Se quedó helada, luego tomó aire y se echó hacia atrás mirarme, rogándome que no fuese allí. —Siempre seré una gigoló, Lena.
Mi pecho colapsó. —No —negué—. No, no lo creo, puedes parar, puedes hacerlo.

—¿Todavía no lo entiendes? —Se alejó un poco más hasta que ya no nos tocábamos—. No importa si lo dejo o no. Este estigma, esta maldición, nunca desaparecerá. Dentro de ochenta años, la gente leerá mi obituario y dirá: ¿Yulia Volkova? ¿No era la gigoló? Dios. —Apretó los ojos y se agarró el pelo en el puño—. Incluso rima. Probablemente harán un poema y me convertiré en la prostituta inmortal.

Comenzó a alejarse pero le agarré del brazo. —Yulia, no me importa tu reputación, no me gusta tu pasado pero tampoco me preocupo por él. Todo lo que me importa es el ahora. Así que, ahora mismo… ¿sigues teniendo relaciones sexuales con otras mujeres?


Dejó caer la mano de su cabeza y me observó. Tenía el más extraño pensamiento que se debatía sobre si debía mentir o no. Entonces hizo una mueca y apartó la mirada.


—Bueno, creo que sí te importa mi reputación. Mia Riker es un blanco prístino y accediste a ir a una cita con ella, ¿o no?

Eso no era justo. Apreté los dientes. —Yulia.

Cuando intenté tocarla, levantó el brazo como intentando protegerse de mí. —No. Está bien. De acuerdo, no soy el tipo de chica que se lleva a casa para presentar a tus padres. Lo entiendo.

—No, no lo entiendes. —Gruñendo mis frustraciones, le enseñé los dientes—. Sólo cállate por un segundo.


Dejé escapar un suspiro hostigado y me masajeé las sienes doloridas.

Discutíamos dos puntos totalmente diferentes y eso me confundía. Quería decirle que estaría orgullosa de presentársela a mi mamá y papá, pero primero quería saber si era de verdad libre de un cierto estilo de vida.
Después de arquearle las cejas, advirtiéndole en silencio que no se saliese del tema otra vez, tomé aire y empecé.


—En la biblioteca ese día —dije tratando con un tacto distinto—, le dijiste a la Dr. Janison que no programabas más clientas.


Su rostro palideció, haciendo que sus ojos brillasen.


—Jesús, ¿tienes orejas de elefante? No se suponía que escucharas eso.

—Bueno, lo hice. Y eso me hizo pensar… pensé que... te retirabas. Pero luego… viniste a mi apartamento y dijiste que un marido casi te atrapa y entonces no estaba segura de nada.

Yulia cerró los ojos e inclinó la cabeza. —Mentí sobre el marido. No he… no he tenido una clienta desde…
—¿Desde cuándo?

Negó. —No importa.

—Sí, sí importa. —Cuando me miró penetrantemente, gruñí a la idiota obstinada—. Entonces ¿por qué me mentiste sobre lo del marido? ¿Qué pasó en realidad?

Hizo una mueca. —Nada. Rechacé a una mujer persistente que quería mis servicios y se volvió desagradable, eso es todo. Ella me llamó… —Arrugó su cara en una mueca—. Me llamó por algunos nombres. Nada que no hubiese escuchado, pero me dejó pensado y quería… quería… sólo necesitaba verte. Necesitaba estar cerca de alguien que no pensaba eso de mí.

Cuando me miró, lágrimas llenaban mis ojos. —Oh, Yulia —susurré—. ¿Por qué no me dijiste la verdad?

Dio otro paso atrás, poniendo más espacio entre ambas. —Porque si te hubiese dicho la verdad y hubieses sabido que había parado de venderme por dinero, tenía miedo de que me dejaras hacer las cosas que me moría por hacerte.


Apoyé la mano en mis sienes doloridas.

—Bien, vamos a ver si lo entiendo. Dejaste tus… practicas porque me querías y luego te diste la vuelta y me mentiste al respecto, haciéndome pensar que todavía lo hacías con el fin de mantenerme alejada.
Tragó saliva. —Tal vez.

¡Maldita sea! ¿Me va a dar una respuesta directa?


La miré con un ceño fruncido. —Eso no tiene sentido. Si paraste podrías haberme tenido, entonces, ¿por qué me mentiste para alejarme?

—No paré para poder tenerte. Sé que nunca podré tenerte.

Fruncí el ceño. —¿Qué? ¿Por qué nunca podrás tenerme?

—Porque no —farfulló, mirándome con incredulidad como si nunca hubiese pensado que le haría una pregunta tan ridícula. —Acabamos de pasar por esto. Nunca podría merecerte. Eres demasiado buena para mí. Estás fuera de mi alcance. Eres… Elena Katina.

—Te equivocas. No lo soy. — y ciertamente no estaba fuera de su alcance—. Todo lo que tienes que hacer es estirar tu mano, Yulia. —Presionando mi palma contra mi pecho, susurré—: Estoy justo aquí.

Negó con la cabeza. —No puedo, estoy corrompida.

—No. —Para evitar mi condena, me alejé de la puerta, yendo hacia ella. Con los brazos extendidos para abrazarla y calmar su alma herida.


Pero esquivó mi intento de abrazarla y se lanzó al escape. Abriendo la puerta se detuvo y se volvió lo suficiente para dirigirse a mí, pero sin mirarme.


—Pensé que al menos podríamos ser amigas. Pero no podemos. No me sentaré más a tu lado en el almuerzo. No haré nada más contigo. Espero que disfrutes de tu cita.


Cuando salió del aula vacía, dejó la puerta abierta.

Su partida me aniquiló. Y déjenme decirles, la miseria y la angustia no me sentaban bien.
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Vie Mayo 29, 2015 2:25 pm

Si fuera posible la saga completa, pero bueno lo dejamos a tu criterio :-D
Más xfa!!!!! :-P
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Sáb Mayo 30, 2015 2:53 pm

CAPITULO 23.

El resto del día pasó como una ráfaga. Luego de mi discusión —o lo que fuera— con Yulia, conduje a casa y no fui a mis clases de la tarde. Eva tampoco. Ella y Alex habían terminado, y cuando vio mi auto detenerse en la entrada, llegó a mi apartamento a llorar sobre mi hombro.
Creo que consolarla era lo único que evitaba que yo misma me lanzara a sollozar. Se sentía como si hubiese perdido a Yulia para siempre.

Dios, quizá si la había perdido.

Cuando E. se acurrucó en mi sofá para tomar una siesta, llamé a Mia y cancelé nuestros planes, ya que sabía que eso sólo fracasaría incluso antes de que comenzara.

No pareció muy sorprendida, aunque sí tuvo la gracia de sonar decepcionada. —Volkova no se tomó muy bien la noticia, ¿cierto?

No se me ocurría una razón por la cual mentir, así que sacudí la cabeza.

—No, no lo hizo.
Luego de un momento de silencio, Mia dijo—: Sabes, no tienes que rechazarme sólo porque ella… —Debió haberse dado cuenta que estaba a punto de decir algo que me ofendería demasiado, ya que se detuvo abruptamente, con sus palabras desvaneciéndose en una risa triste—. Correcto. Buena suerte con ella, entonces.

Buena suerte. Sí, necesitaba más que suerte para recuperar a Yulia. Necesitaba un jodido milagro. O quizá un bastón de metal para golpearla y hacerla recapacitar. O quizá necesitaba hacerme recapacitar a mí misma, porque demonios, no sabía cuál de las dos estaba siendo más estúpida en este momento.
Lo único bueno de todo esto, era que tenía el corazón demasiado roto por Yulia, como para preocuparme por mi paranoia con Andrei. Aún cerraba con llave todas mis puertas y revisaba que en mi bolso estuvieran mi mazo y arma de electrochoque, pero al menos mi miedo se había asentado de nuevo al nivel en el que estaba antes de la fatídica llamada de mamá.
Joder, ¿la llamada apenas fue el sábado pasado? Habían sucedido demasiadas cosas en los últimos seis días. Muchas personas habían sido lastimadas.
Para evitar el dolor, decidí seguir adelante y llevar a cabo mi rutina normal, con la esperanza de que la regularidad de mis acciones, me estableciera en algún estado maravilloso de inconsciencia.
A mi hora de niñera, llegué a la casa de Larissa, abriendo la puerta delantera y entrando sin tocar. La televisión sonaba con las noticias de la tarde en un volumen bajo.
Pensé en gritar algún saludo, pero decidí caminar sigilosa y sorprender a Sarah. Le gustaba la atención de las personas cuando saltaban frente a ella, gritando—: ¡Bu!
Tenía el presentimiento de que mi amiguita era del tipo que le encantarían películas de sangre, apuñaladas y terror, pero todavía no estaba lista para pensar en eso, principalmente porque definitivamente no eran mi tipo de películas. Denme una comedia romántica en cualquier momento. O Harry Potter, eso era lo más oscuro que toleraba.
Mientras caminaba por el estrecho pasillo hacia la cocina, llegué hasta la habitación de Sarah e inmediatamente noté que al otro lado del pasillo, la puerta del cuarto de Yulia, se encontraba abierta.

Ella nunca dejaba su puerta abierta. Y además, se escuchaban voces viniendo desde adentro.

Me detuve. No se encontraba en casa, ¿cierto? Maldición. No había prestado suficiente atención cuando me estacioné para ver si su Jeep se encontraba en la entrada o no. No estaba muy segura de poder enfrentarla en este momento sin quebrarme en llanto.
Pero tenía curiosidad de ver cómo lucía su habitación. Me acerqué, pisando despacio para que el chirrido a la mitad del pasillo, no alertara a nadie de mi presencia.
Dentro, las luces se encontraban apagadas, pero supe que ella —o alguien— se encontraba allí, cuando escuché el chirrido de la cama.
La conversación cesó, para luego comenzar otra vez. La voz sonaba vagamente familiar, incluso para lo muy bajo que se escuchaba. Examiné las paredes azul oscuro, antes de ver completamente hacia adentro, sorprendida de que no fuese desordenada. No tenía muchas fotografías en la pared, tampoco el piso desordenado y lleno de cosas. No lo llamaría completamente vacío, pero definitivamente no era una acumuladora de basura.
Luego vi su cama, cubierta por un edredón, plisado pulcramente, puesto sobre el colchón. Yulia se encontraba sentada en el borde, con los pies apoyados al piso mientras enfocaba toda su atención en el celular que sostenía sobre sus piernas. Veía un video donde una imagen borrosa se movía alrededor de la pequeña pantalla.

—…que yo sea Eva. —Las cornetas del teléfono chirriaron con mi voz—. Buenos días, Yulia. Hoy te ves bien. ¿Qué dices si nos saltamos las clases y hacemos algo… divertido?

Mi boca se abrió de golpe al ver una sonrisa desplegarse por su rostro.

Frotó su dedo sobre la pantalla del celular, tocando a la versión en video de mí. Oh, Dios mío. ¿Todavía no había borrado ese estúpido e impulsivo video?

Oh, Dios mío, al doble. ¿Lo miraba otra vez?

Puse la mano sobre mi boca, ya que mi sonrisa se hacía cada vez más grande, consumiéndome. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Me amaba.

Si esto no demostraba que me amaba, nada lo hacía.

Yulia Volkova me amaba.

Sintiendo mi presencia, levantó la cabeza. Cuando me vio, sus ojos se abrieron de par en par. Lanzó su teléfono sobre la cama y se levantó. —¡Lena! ¿Qué estás haciendo aquí?

Se encontraba vestida para ir al trabajo, sus mocasines marrones adornaban sus pies y su camisa azul claro, metida dentro de su falda negra. Tuve que retirar la mirada, ya que verla sólo me hacía sentir dolor y angustia depresiva.

—Es viernes —dije sin vida y sacudí la cabeza, confundida—. Siempre cuido a Sarah los viernes.
—Pero… —Bajó la mirada hasta su reloj—. Mierda. Llegaré tarde.

La miré correr en la habitación para tomar su teléfono y billetera.
Cuando se giró hacia la puerta, para encontrarme allí bloqueando su paso y sin moverme, se detuvo, luciendo atrapada y con pánico.

—Creí que te gustaría saber que cancelé mi cita.
Tomó mi codo, con la mirada llena de calor. —¿Qué? Te lo dije, no tenías que hacer eso. ¿Por qué cancelaste? ¿Te hizo algo? ¿Te encuentras bien?
—Estoy bien. Sólo… no puedo salir con ella.
—Tú… —Yulia se acercó a mí aún más, justo en mi espacio personal, con su aroma limpio y dulce invadiendo mis sentidos—. ¿Por qué?
Giré mi rostro a un lado y sacudí mi codo de su agarre. —¿Ahora quién es la tonta?
—Jesús. —Se giró, jalando su cabello—. Sabía que no debí haberte dicho nada. Lo juro por Dios, lo lamento. Actué como una idiota celosa, y te mereces una cita y ser feliz y… y vivir tu vida como quieras vivirla.

Su amor por mí salía de cada uno de sus poros. Podía darme cuenta de que la mataba decir esto, pero honestamente pensaba que lo mejor era dejarme ir.

En ese momento, lo supe. Haría lo que sea para tenerla conmigo. —Bueno, gracias, Yulia —dije, regalándole una brillante sonrisa—. Estoy muy contenta de tener tu aprobación sobre vivir mi vida como quiera, ya que planeo hacer justo eso.

Intenté alejarme, pero tomó mi brazo, luciendo demasiado sospechosa.

—¿Por qué tengo el presentimiento de que hay un motivo oculto detrás de esa declaración?
—No lo sé —dije—. Tal vez eres paranoica. —Cuando abrió la boca, aclaré mi garganta y deslicé mi mano por mi estómago, creo que al ver a Eva hacer eso cincuenta veces al día, se me pegó—. ¿Dónde está Sarah?
—Justo… aquí.

Mi amiguita me salvó de soportar más preguntas al rodar su silla hacia la puerta de la habitación de Yulia.
Sin mirar a su hermana, corrí hacia ella y pasé el resto de mi tiempo con ella antes de que Yulia se fuera al trabajo. No pudo interrogarme más de allí.
Aunque lucía molesta al salir por la puerta. Su mirada me siguió con la promesa de venganza. No estaba muy segura de qué fue lo que hizo que sus pantaletas se encendieran. No la había amenazado, puesto en peligro ni intimidado de ninguna forma. Me había apartado, así como ella parecía querer que lo hiciera. Incluso cancelé mi cita por ella. Y aun así, lucía más atormentada que nunca.

Ah, Yulia Volkova sería una nuez difícil de roer.

Luego de que se fuera, continuó mi tarde con Sarah. Se fue a la cama media hora luego de lo usual, lo cual estuvo bien, ya que esta noche me gustó que se quedara despierta conmigo; necesitaba su compañía. Con ella dormida, salí de su habitación, con los hombros caídos.
Me encontraba sola, en todo lo que podía pensar era en Yulia. ¿Qué si nunca pensaba que era lo suficientemente buena para mí? Demonios, ¿por qué pensaba que no era lo suficientemente buena? Yo no era nada especial. ¿Acaso era completamente ajena a mis hábitos extraños, mis quejas y comentarios impulsivos? Alguien que podía ver más allá de todo eso y aun así disfrutar lo que veía en mí, merecía… Bueno, lo merecía todo.
Me arrastré hacia la cocina para buscar un vaso de agua fría, sin esperar ver a nadie sentado en la mesa. Así que cuando la vi, salté y choqué contra el arco de la entrada. Al principio, pensé que era Andrei. Había sido tan estúpida y descuidada durante estos días; finalmente me había encontrado.
Pero luego me enfoqué en su rostro y guau, no se parecía en nada al acosador psicópata de mi ex novio.

Puse la mano sobre mi corazón y me apoyé contra la pared, más que aliviada. —Oh, Dios mío. Yulia. ¿Qué estás haciendo en casa tan temprano?
Levantó la mirada desde la silla en la que se encontraba acurrucada y me lanzó una mirada de pura derrota. —El destino me odia.
—¿Cómo?
Una risa amarga resonó de su pecho. —Me enviaron a casa temprano y estoy suspendida por una semana.
Oh, mierda. ¿El Country Club se había enterado de su pasado? Me deslicé de la pared. —¿Qué sucedió?
Resopló y rodó los ojos. —Estaba jodidamente distraída y fui de retro hacia un auto estacionado mientras intentaba estacionar otro. Abollé ambos autos. —Dejó caer su frente contra el mantel y dejó salir un suspiro—. Creo que la única razón por la que mi jefe no me despidió, fue porque normalmente soy una buena empleada.
Sabiendo que yo debía ser la razón detrás de su suspensión, tragué una bocanada de culpa y estiré la mano para frotar su espalda, deteniéndome a último momento. Doblando los brazos sobre mi cintura, murmuré—: Lo lamento tanto.
—¿Por qué? —Cuando levantó la mirada, me miró confundida.
Ondeé la mano. —Ya sabes, por causarte una distracción.
—No lo hiciste. Yo… —Empujó su silla hacia atrás y se levantó, con la mirada llena de preocupación—. Mi suspensión no tuvo nada que ver contigo. —Se acercó a mí y mi corazón latió a lo largo de todo mi cuerpo—. Todo fue mi culpa. Tú… no tienes la culpa de nada. Eres la parte buena en todo esto. —Dos pasos después, se encontraba justo frente a mí de una forma agradable, abrumadora, que me impedía respirar de la emoción. Pero era tan, sí, abrumadora, que me moví hacia atrás, sólo para encontrarme atrapada entre su cuerpo y la pared, esa misma pared contra la que quería tomarme duro y rápido.
—Eres el cálido sol que brilla cuando todo lo demás se encuentra oscuro —continuó, levantando los brazos para apoyarlos a ambos lados de mi rostro—. Una sonrisa y abrazo en medio de la desaprobación. Tú eres… —Haciendo una mueca, presionó su frente contra la mía—. Lo eres todo.
Una lágrima solitaria corrió por mi mejilla. Mi sonrisa tembló ante el esfuerzo. —También te amo.
Yulia ahogó un sonido y luego sacudió la cabeza. —Tú… No. No deberías.
Toqué su mejilla. —Pero lo hago.

Cerrando los ojos, murmuró algo entre dientes, justo antes de sellar nuestras bocas. Al tocarse nuestros labios, ambas hicimos un sonido. Se separó lo suficiente para mirarme. Y luego volvió por más.
Fue todo lo que siempre había soñado y mucho más. Mientras sus labios se movían insistentes, envolví los brazos a su alrededor y elevé mi rostro en busca de más. Atrapando mi cintura, nos fusionó mientras su lengua acariciaba el paladar de mi boca, antes de enredarse con la mía.
Mis piernas volaron alrededor de su cintura, y tomando mi trasero, me elevó aún más.
Nos inclinamos hacia un lado, moviendo una hilera de llaves que guindaban de la puerta, hasta que un par cayeron al suelo. Tropezándonos contra los gabinetes, me apoyó sobre el mesón y profundizó nuestros besos con largos y abrumadores movimientos que me dejaban suplicando por más. Su cuerpo chocó todavía más contra el mío cuando sostuvo mi rostro. Luego llevó su mano desde mi cuello hasta mi espalda.
Incluso por encima de mi ropa, ella sabía cómo hacerme reaccionar al masajear mis pechos. Solté un quejido sorpresivo lleno de necesidad y lancé mi cabeza hacia atrás, golpeándola contra los gabinetes detrás de mí.

—Mierda —jadeó, separando sus labios de los míos. Frotando mi cabeza por mí, murmuró—: No podemos hacer esto.
Pero aun así enterró su cara contra mi hombro al jadear. Me aferré a ella sin vergüenza, apoyando mi propio cuello contra el suyo. Frotando su espalda, susurré—: Si esta va a ser la única oportunidad que tendré de tocarte, ¿podrías esperar al menos un minuto más, antes de recuperar tus sentidos?
Suspiró. —De acuerdo.

Demonios, mis poderes de persuasión me sorprendían.

Levanté mi rostro hacia Yulia, ella hizo lo mismo y el beso continuó de nuevo. Me encantaba sentir su barbilla bajo mis dedos. Me encantaba que sus manos se deslizaran por la parte posterior de mi camisa y acariciara mi columna. Me encantaba todo.

—Está bien, deberíamos parar ya. —Volvió a intentarlo sin resultado, aunque esta vez sus labios se aferraron a los míos, y sus dedos se fascinaron con cada montaña de mis vertebras—. Lena, deberíamos parar. Necesito detenerme antes de que sea demasiado tarde.
—¿Por qué? —Seguí un camino en su cuello con mis labios.

Gruñó y tomó mi cintura, enviando choques exhilarantes a lo largo de mis terminaciones nerviosas. Luego su boca estuvo sobre mi garganta y me jaló sobre el borde del mesón para unir aún más nuestros cuerpos.

—Maldición. —Se apartó de mí, eliminando cualquier tipo de contacto antes de alejarse, poniendo unos cuantos metros de espacio entre las dos.

No tenía nada de fuerza en mi cuerpo, así que me arrastré por la pared hasta deslizarme del mesón. Todavía podía sentirla en todas partes. Yulia frotó una mano sobre su rostro, antes de apoyar sus antebrazos contra la otra pared e inclinar su rostro.

—¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo, Lena? —Su voz sonaba rota mientras golpeaba su frente contra la pared—. Obligándome a escoger de esta manera…
¿Disculpa? Levanté las manos, más que insultada. —No te he obligado a escoger nada. ¿Alguna vez me has escuchado pedirte que tomes cualquier tipo de decisión? Entiendo completamente por qué haces esto. Pero no tienes que escoger.
Yulia cerró los ojos y resopló molesto. —Excepto que ya lo he hecho. He rechazado cada oferta que me han hecho últimamente porque la única persona que quiero eres tú.
Escucharla admitirlo abiertamente, encendió mis esperanzas como la casa Griswold en Navidad. —¿D-desde cuándo?
La emoción nadaba en su mirada al sacudir la cabeza y mirarme. —Desde la noche en que casi nos besamos en tu departamento durante la fiesta de Eva.

Tragué, abrumada por la felicidad.

Entonces era oficial. Ya no era una gigoló. Había renunciado. Por mí.

Me separé de la pared, pero bramó—: Puede que no dure. —Como si diciendo eso lanzara algún tipo de campo magnético que me mantendría lejos.
Aunque raramente, funcionó. Me detuve. —¿A qué te refieres?
Un pesar adornó su rostro. —Hace un año intenté salirme. Las rechacé a todas por cuatro meses seguidos. Pero no cambió la forma en la que las personas me trataban. Entonces las deudas comenzaron a acumularse. No tanto como antes. Pero me preocupaba, me hizo temer que nuestras vidas volviesen a caer en picada. Luego un día, llegó una cliente y me ofreció el doble de dinero para evitar que la rechazara. Así que… accedí. Y todas las demás comenzaron a pagar lo mismo. Antes de darme cuenta, ya me encontraba dentro otra vez. —Me miró y sacudió la cabeza—. Quisiera decir que nunca volveré a lo mismo, pero ya lo hice antes.


Sacudí la cabeza, quizá negando toda la situación, o quizá simplemente me encontraba así de segura de que no volvería.


Yulia me miró, luciendo agotada y alterada al mover su rodilla. —Nunca debí haberte dicho cómo me sentía. Cuando supe que ella iba a llevarte a salir, debí simplemente apretar mis dientes y mantener la boca cerrada. Al menos todavía seríamos amigas.
Encogí los hombros ligeramente. —Pero entonces nunca nos hubiésemos besado.
Su mirada se elevó y sonrió de verdad. —Sí. —Excepto que ahora sonaba más deprimida que nunca.


Me alejé de la pared y fui hasta ella, abriendo los brazos y abrazándola.


Exhaló y me envolvió con fuerza, escondiendo su rostro en mi cabello. —Eres la persona más increíble que he conocido. Me encantan tus agallas, tus pensamientos locos sobre la vida, tu alma noble.
—Y yo te amo, punto —dije.


Debió haber sabido que no iba a tolerar ningún tipo de rechazo de su parte, ya que ni siquiera intentó alejarse cuando deslicé mi boca sobre la suya.
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Sáb Mayo 30, 2015 6:39 pm

Amo esta historia ♥
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por xlaudik el Sáb Mayo 30, 2015 6:44 pm

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Dom Mayo 31, 2015 6:09 pm

CAPITULO 24.



Todo transgredió de abrazo a beso de forma fluida, no podía decir donde terminaba una y empezaba la otra. Yulia hundió las manos en mi pelo y sostuvo mi cabeza firme mientras sus labios adoraban mi boca. Después moví mi cara lo suficiente para alinear mejor nuestros labios y gimió dejando salir un sonido necesitado. Su boca no era exigente pero rogaba, y no podía soportar dejarla rogar. Así que abrí los labios, y profundizamos el momento.

No podía dejar de besarla. Nuestras bocas se dieron a la danza íntima de llegar a conocerse, aprendiendo cada grieta oculta y rincón sensible. Un abrazo húmedo fundido en el otro, hasta que ambas tuvimos que tomar aire. Y aun así, nos abrazamos, nuestras mejillas se presionaron firmemente mientras nuestras manos se deslizaron sobre la ropa hasta que encontraron su camino debajo de ellas.

Sus pechos se sentía tan tensos y calidos bajo mis dedos. Necesitaba conocer cada músculo y lunar que tenía. Capturando la parte inferior de su camisa, la tiré hacia arriba. Levantó los brazos para ayudarme, y un segundo después, estaba sin camisa.

Tomé una respiración, sólo mirándola. —Eres tan... hermosa.
Extendió la mano y me jaló hacia ella. —No tanto como tú.

Mis dedos se convirtieron en adictos al tocarla. Se sentía tan bien.

Yulia presionó su boca en mis párpados cerrados, mis mejillas, mi frente y mi barbilla. Cuando empezó por mi cuello, deslicé las manos alrededor de la base de su columna. Presionando mis palmas planas contra su carne caliente, las bajé, sumergiéndose detrás del borde de sus pantalones.

Contuvo el aliento y agarró mi cara con una palma. Su otra mano se desplazó hasta el interior de mi camisa a mi sostén y debajo de la copa. Arqueándome contra ella, yo…

Un sonido en su bolsillo delantero me sobresaltó. Saqué los dedos de sus pantalones y retrocedió.

La mandíbula de Yulia se tensó. Cerró los ojos y maldijo en voz baja.

Lentamente sacó la mano de mi camisa. Su mirada parpadeó hasta ver mi rostro mientras se aseguraba que el dorso de sus dedos se arrastrara por mi abdomen antes de que me dejaran. Sólo entonces dio un tirón al teléfono de su bolsillo.

Cuando volvió a mirar a la pantalla, su cara palideció. Entonces supe que todo había terminado. Cualquiera que sea la farsa de una relación que acabábamos de empezar había sido destrozada. Porque ella tenía una cliente en la línea.

Dándome la espalda, Yulia apretó el teléfono a su oreja. No contestó, pero la persona que llamó debe haber sabido que ella estaba en la línea porque oí una silenciosa voz femenina diciendo algo. Un segundo más tarde, ella se giró hacia la ventana más cercana y corrió las cortinas, casi tirándolas de la pared por su prisa.

—Lo que sea —susurró y colgó antes de arrojar el teléfono sobre el mostrador como si estuviera contaminado—. Maldita sea. —Pateó la pared y se pasó la mano por su pelo.

No dije nada. No quería escuchar la verdad en voz alta, a pesar de que ya sabía.

—Tuvimos un espía —dijo, su voz baja y apenas controlada con una ira que me sorprendió.


Cuando miró hacia las cortinas cerradas de la ventana, me di cuenta.

Oh, Dios.

Puse la mano sobre mi boca. —¿La señora Garrison?
Asintió. —Al parecer, no le gustó vernos besándonos.
Quitando los dedos de mis labios, los apreté en un puño. —Entonces tal vez no debió haber visto.
Yulia se inclinó y agarró su camiseta. —Me tengo que ir. Tengo una citación real de la perra malvada. —Cuando tiró de la tela por encima de su cabeza, haciendo que su sexy cabello despeinado se viera aún más atractivo, me encogí.

Era difícil creer que acababa de tener mis manos en ese cabello. Y ahora ella iba a dejar que otra mujer ponga sus manos en ella.

Sacudiendo la cabeza, me negué a que este momento ocurriera. —No tienes que ir allí, ¿verdad?
—Tengo que hacerlo, Lena. Es propietaria de esta casa. Es dueña de mi madre, Sarah, y yo. Tengo que ver lo que quiere.

Bueno, no era difícil de adivinar. La asalta cunas proxeneta la deseaba.

—Puede ser propietaria de esta casa, pero no de ti o tu familia. No tienes que ir más.
—Sólo voy a ver lo que quiere. Eso es todo. —Cuando me miró, su expresión se volvió vulnerable e insegura—. ¿Estarás aquí cuando vuelva?
Mi boca se abrió. —¿Estás drogada? Diablos, no, ¡no voy a estar aquí! Ya sabes lo que quiere, Yulia. Quiere que te desnudes en su cama. Si hubiera querido algo más, te lo hubiese dicho por teléfono, o mejor aún, no habría interrumpido nuestro beso.
Desde la mirada obstinada en su rostro, sabía que no la había convencido para quedarse. —Sólo estaré fuera unos minutos. Ni siquiera voy a entrar a su casa.
Me aparté. —Está bien. Lo que sea. Ve allí. A la mierda con ella. No me importa. Me voy de aquí.

Agarré mi bolso de la mesa y me dirigí hacia la puerta de atrás.

—Lena. —Se abalanzó detrás de mí y envolvió los brazos alrededor de mí desde atrás. Sus pechos se sentían tan cálidos que casi me derretí en el acto—. No te vayas así. Por favor, no te vayas así. Te prometo que no me voy a acostar con ella. No me importa lo que trate de hacer para convencerme. Sólo quiero decirle que me deje en paz.
Sacudiendo la cabeza, me reí dejando escapar un sonido de incredulidad. —Y también podrías haberle dicho por el teléfono que te deje en paz.
Sus brazos se apretaron a mí alrededor. —Lena. Por favor.
Cerré los ojos y saqué hasta la última gota de fuerza de voluntad que tenía dentro de mí. —Puede que no me hayas cobrado una tarifa, pero besarte es un precio demasiado alto para mí. No me apunté a esto. Ahora deja que me vaya.

Sollozó, dejando escapar un sonido ahogado contra mi espalda, pero aflojó los brazos. Me retorcí, liberándome del resto de su retención y tropecé hacia la puerta, saliendo de la casa.

No miré hacia atrás ni una sola vez. Lo sé, incluso me sorprendió mi fuerza de voluntad.

Cuando llegué detrás del volante de mi coche y encendí el motor, no miré hacia su casa. Simplemente puse lo puse en marcha y me alejé de la acera.
Hice una cuadra y media por la calle antes de que mis manos comenzaran a temblar. Apretando los dientes, frené y me dije todo nombre malo en los libros. Entonces apagué el motor y abrí la puerta para tambalearme hacia la cálida noche. Corrí todo el camino de regreso a su casa, con mi pecho agitado, incapaz de permanecer lejos.

Oye, nunca afirmé ser una persona sabia y racional.

Sí, está bien, esto probablemente encabeza mi lista impulsiva. Regresar allí era la cereza en la guinda de mi estúpido pastel.

Fui una estúpida, estúpida, estúpida. ¡Lo sé!

Pero tenía que ver si de verdad iba a ir con ella. Sólo tenía que ver.

Manteniéndome cerca de las sombras, entré a su patio trasero. Casi vomité cuando vi la puerta de atrás abierta. Una figura con forma de Yulia corrió hacia la puerta que separaba su patio del de ella.

No lo podía creer. Iba a ir. Después de todo lo que acababa de confesarme...

—¿Puedes hacer esta pequeña charla rápida? —espetó Yulia—. Mi hermana está sola en casa.

Me acerqué de puntillas a la puerta, y me mantuve fuera de vista.

—Bueno, parece que ya estás lista para irte —arrulló la voz malvada de Patricia Garrison—. Así que no te preocupes. Dudo que nos lleve mucho tiempo.
—No va a suceder. —La voz de Yulia era dura e implacable—. ¿Y te importaría nunca espiarme otra vez? Tu vibra grosera y asquerosa acaba de superar todos los limites.
—Pensé que dijiste que la pequeña niñera era tu amiga.
—Y pensé que dije que no era asunto tuyo. Esa parte sigue siendo cierta.
—No hay razón para ser insolente, Yulia.
—Jesús, ¿por qué te importa si tengo una novia o no? ¿Qué importa si tengo relaciones sexuales con todas las mujeres en Florida? Eres quién me envió a otras mujeres en primer lugar.
—Pero, querida, el sexo no es el problema. Todo hubiera estado perfectamente bien si sólo la hubieras follado y seguido adelante. El problema es que te enamores de ella. Porque una vez que te enamoras, tendrás que ser monógama o alguna mierda. Te conozco, lo harás. Y a juzgar por la forma en que la miras, ya lo estás. Pero no puedo permitirlo. No puedo permitir que alguna tontita animadora cause caos en mis actividades extracurriculares. Todavía no he terminado contigo.
—Bueno, yo asumí que sí. Trajiste a tu novio a la fiesta de Sarah y lo exhibiste delante de mi madre como si se burlaran de ella por no tener su propio hombre. No me necesitas más.
—Yulia, Yulia, Yulia, pobre niña ilusa. No podrías estar más lejos de la verdad. Ted es un hombre querido y dulce. Rico, encantador, guapo. De hecho, me encantará estar casada con él.
—Entonces no deberías engañarlo.
—Pero, cariño, no voy a ser capaz de evitarlo. No es como quiero en el dormitorio. No es como te he entrenado. Te necesito más de lo que crees.
—Bueno, eso está muy mal, porque nunca voy a tocarte de nuevo. No hemos estado atrasadas en el alquiler en más de un año.
—Bueno... teniendo en cuenta cómo está la inflación y la economía, me temo que voy a tener que aumentar el alquiler.
—No me importa. Vamos a pagarlo. Sea lo que sea. Y si se pone muy ridículo, tendremos que mudarnos. No tienes ningún poder sobre mí.

Desde las sombras, apreté la mano y la sacudí en el aire, alentándola en silencio. ¡Vamos, Volkova! Sigue así.

—¿Ah sí? —La señora Garrison dio una risita divertida—. ¿Y qué si llamo a un oficial de policía que conozco para hablarle de un escándalo de prostitución ilegal en el club de campo?
La risa de Yulia era baja y dura. —Adelante, Patricia. No me importa en absoluto. De todos modos ya dejé de aceptar a las clientes. Nadie va a arrestarme por una especulación y he terminado, nadie puede atraparme en el acto.
—Vaya, crees que lo tienes todo resuelto, ¿no?
—Por una vez, sí. Ahora, ¿cuándo vas a meterte en la cabeza que todo ha terminado? Nunca voy a tener sexo contigo otra vez. No hay nada que puedas decir o hacer para que vuelva a entrar a tu casa.
—Lamento escuchar eso. En serio. Porque estaba a punto de decirte que sé del pequeño secreto de tu novia.

¿Qué dijo?

Mi piel se volvió fría mientras me acercaba más a la puerta, mirando a través de las grietas para ver la espalda rígida de Yulia cuando se enfrentó a la puerta entreabierta, bloqueándola involuntariamente de mi vista.

Sonaba sospechosa y recelosa cuando preguntó—: ¿De qué demonios estás hablando?
—Nada, en realidad. Quiero decir, estoy segura de que te dijo todo sobre Elena Margaret Nolan, ¿no?
—Oh, Dios mío. —Golpeé las manos sobre mi boca para amortiguar mi conmoción.

Ella lo sabía.

¿Cómo, en el nombre de Dios lo supo?

—¿Quién? —preguntó Yulia, sonando desorientada.

Cerré los ojos y sacudí la cabeza. Esto no podía suceder. Ella no iba a descubrir la verdad debido a ella.

—Oh, Yulia. —La señora Garrison chasqueó la lengua, sonando perversamente encantada—. ¿No te dijo su nombre verdadero? Me preocupa. Pareciera que no hay suficiente confianza y honestidad en tu dulce monógama relación, si la chica ni siquiera te dijo que legalmente cambió su nombre por el de Elena Katina hace sólo unos pocos meses. Quiero decir, no es que la culpe. Si mi ex novio tratara de matarme y prometer que terminaría el trabajo la próxima vez que me vea, bueno, también huiría al otro lado del país y cambiaria mi nombre.
—No —dijo Yulia, su voz temblando de incertidumbre.

Las lágrimas llenaron mis pestañas. Las limpié desesperadamente y mi corazón se rompió porque ella descubriera la verdad de esta manera. Yo debía decirle.

—¿Crees que me lo estoy inventando? —Rió—. Él la cortó. Con un cuchillo. Su vida estaba en peligro, estuvo en el hospital por más de una semana. Estoy segura que has visto la cicatriz. Creo que está en algún lugar en su cuello.
El silencio de Yulia me mató. Un segundo después, dijo con voz ronca—: ¡Oh, Dios! ¿Qué pasó?
La señora Garrison hizo un sonido simpático. —Déjame decirte que tu chica tiene muy buen gusto en chicos. Era desagradable. Un asunto asqueroso efectivamente. Supongo que eran novios en el instituto, y todo estaba bien con eso hasta que comenzó a ser un poco demasiado controlador para su gusto. La primera vez que trató de romper con él, en su segundo año, le dislocó la mandíbula. La segunda vez, durante su último año, le rompió el brazo después de empujarla por las escaleras.

Más lágrimas corrieron por mis mejillas. Pero, ¿qué en el nombre de Dios hizo esta mujer para saber tanto de mí? ¿De dónde había sacado esa información?

—Fue entonces cuando ella finalmente decidió que era suficiente. Pero aun así él se negó a aceptar un no como respuesta. La acechó y la acosó durante meses después de que lo dejó hasta que irrumpió en la casa de sus padres para matarla. Y casi lo consigue.
—Jesús —dijo Yulia con voz áspera.
—La señorita Elena perdió su graduación de la escuela porque estaba en el hospital. Y su novio travieso salió en libertad bajo fianza casi de inmediato. Así que se fue de la ciudad con un nuevo nombre. Y desde que se abandonó el caso en su contra, el señor Andrei Walden ha estado completamente perdonado. Empezó a buscarla. La casa de sus padres fue allanada la semana pasada. Te voy a dar tres oportunidades de quién lo hizo.
La voz de Yulia dudó cuando preguntó—: ¿Encontró algo?
La dueña susurró—: Es difícil de decir, aunque te diré que ese chico va a hacer cualquier cosa para recuperar a Lena.

Escuchar el nombre de Andrei siempre me hacía asquear. Agarré mi estómago y cerré los ojos, obligándome a respirar por la boca hasta que se calmaron las náuseas.

—Sólo piensa, Yulia. Si estuvo a punto de matarla cuando estaba enamorado de ella y quería reavivar su relación, piensa en lo que va a hacer esta vez, ahora que quiere venganza. ¿No sería horrible si alguien filtrara accidentalmente su paradero? —Me tambaleé y me hubiera caído si no me agarrara del pestillo de la puerta.
—No lo harías —advirtió Yulia.
—Por supuesto que no, cariño. —El tono insultado de la señora Garrison sonaba falso.

Clavé las uñas en el mango de metal, queriendo estirar la mano y dañarla físicamente.


—Nunca haría nada que te moleste. No cuando vas a darme lo que quiero. —Su tono cambió de engatusadora a severa en un instante—. ¿Cierto?
—¡No! —grité, caminando por su patio trasero.
—¿Lena? —Yulia se dio la vuelta y agarró mi codo. Acercándome, envolvió los brazos alrededor de mí—. Cristo. ¿Qué haces aquí?
Me aferré a ella, mientras mis lágrimas empapaban su camiseta. —Tú misma lo dijiste. Mi curiosidad no tiene filtro. Tenía que saber si irías con ella.
—Maldita sea —murmuró mientras sus manos se volvieron suaves y me mantuvieron contra ella, acariciando mi pelo—. ¿Cuánto has oído?
—Todo. Y no puedes acostarte con ella. Le dijiste que no. Eso debería ser suficiente. Te está chantajeando. Lo que está haciendo es... es demente. Es una violación hacia ti de la forma más personal, privada y vil. Me niego a quedarme aquí y dejarte hacer esto, sobre todo por mi culpa.

Ella no contestó, simplemente me mantuvo cerca mientras yo temblaba y sollozaba en su contra. Cuando tomó mi cara y se alejó lo suficiente para mirarme a los ojos, un mal presentimiento se deslizó por mi columna vertebral.

Se veía... resignada. —¿Es cierto?

Otra lágrima se deslizó por mi mejilla. Debería haberle dicho que lo inventó todo. Pero no podía mentirle. Nunca más.

—Sí. —Sentí como más lágrimas cayeron—. Lo siento. Lo siento mucho. Debería habértelo dicho antes, pero…
—Shh. Está bien. Todo está bien. —Me besó en la frente. Luego sus dedos persiguieron una lágrima que bajaba por mi mandíbula antes de rozar mi nuca para poder tocar mi cicatriz. Un sollozo salió de su garganta—. Te juro, Lena. Nunca dejaré que él te encuentre. No te volverá a hacer daño.

Luego dejó caer la mano y dio un paso atrás. La tristeza y el dolor en sus ojos me dijeron adiós. Para siempre.
—Yulia. —La alcancé.

Se apartó y se dirigió hacia la puerta trasera de la señora Garrison. Ella apoyó su cuerpo a medio vestir contra el marco de la puerta, y cuando Yulia pasó a su lado, le chocó el hombro, haciéndole perder el equilibrio, antes de desaparecer en el interior.

—Justo a tiempo, Elena—ronroneó la señora Garrison mientras se enderezaba—. Me encanta cuando está irritada... toda salvaje e indomable, y extra agresiva. Hay algo tan sensual con esa chica cuando su pasión se ha desatado. —Se estremeció y dejó escapar un suspiro de ensueño—. Gracias. —Entonces también se dio la vuelta y cerró la puerta.

Me quedé allí, mirando fijamente su casa y temblando de pies a cabeza. Vibrando con indignación, quería explotar. Quería gritar. Quería correr dentro y arrastrarla lejos de esa mala, mala mujer.

Pero ella había tomado su decisión.

La había elegido a ella.

Y lo había hecho por mí.
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por Aleinads el Lun Jun 01, 2015 10:25 pm

Dios me encanta... Por favor Contii.!! Laughing Crying or Very sad
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Re: El precio de un beso.

Mensaje por SweetMess el Miér Jun 03, 2015 5:27 pm

CAPITULO 25.




Debería haberme ido. Debería haber ido a casa, hacerme un ovillo en mi cama y llorar el resto de la noche.

Pero no pude.

Me escabullí hacia la casa de Yulia y, sintiéndome entumecida hasta la médula, entré por la puerta de atrás. Colapsando en una silla en la mesa de la cocina, empecé mi fiesta de sollozos, temblando incontrolablemente mientras me aferraba a mis brazos como si mi vida dependiera de ello.
Lo juro, un pedazo de mi alma se salió de mi pecho, porque lloré tan fuerte que me dolía físicamente en el centro del esternón, haciendo imposible respirar adecuadamente.
Mis ojos se hallaban hinchados, mi nariz escurría como un colador e hiperventilaba hasta el punto de marearme, cuando la puerta trasera se abrió yYulia entró cansadamente. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado. No parecía tanto. Por otra parte, se sentía como una eternidad.
Levanté mi rostro. Cuando me vio, se detuvo a un lado de la puerta. La expresión en su mirada era frívola, como si quisiera correr.

Me levanté de mi silla, todavía abrazándome. —¿Has… has terminado?
Culpa y devastación rezumaban de ella. —¿Lena? ¿Qué… qué estás haciendo aquí?
—S-Sarah. —Mi voz era vacía, mis miembros se sentían pesados y mi mente estaba borrosa—. Sarah se encontraba sola en casa.

Pero ambas sabíamos que no era por eso que había venido aquí.

Sacudió la cabeza como si quisiera negar mi presencia. —Pero tu auto no está afuera.
—Lo estacioné a unas cuadras y caminé. ¿De verdad lo hiciste?
—Cristo. —Se cubrió la cara con las manos y un gemido ronco de agonía salió de ella.

Tropecé hacia adelante, necesitando sostenerla, necesitando que ella me sostuviera.

Evitó mis ojos, negándose a mirarme. —No lo hagas. No estoy limpia.

Oh, Dios. Lo hizo. Seguí caminando hacia ella.

Levantó las manos y siseó—: ¡Detente! Jesús, Lena. Esta es la razón por la qué deberíamos ser sólo amigas. Esta es la razón… ¡Maldita sea! —Tocó mi cara y me miró, desde mis llorosos ojos hinchados hasta mi nariz roja. Luego puso su palma contra mi pecho agitado como si pudiera calmar mi respiración irregular con su toque—. Mira lo que te hice. Esto es exactamente lo que quería evitar. Nunca quise herirte. Daría cualquier cosa por evitarte esto.
Agarré dos puñados de su camisa y los apreté. —Entonces déjame ayudarte.
Sacudió la cabeza. —¿Cómo? —Sonaba rota y desanimada.

Compartíamos un dolor mutuo. Y la única manera que podía pensar para ayudarme era ayudarla y darle lo que más necesitaba. Tomando una respiración profunda, me limpié las mejillas mojadas.

—¿Quieres estar limpia?
Me miró, sus ojos abrumados pero llenos de esperanza. —Sí.
—Entonces te limpiaré.

Cuando alcancé su mano, me dejó entrelazar nuestros dedos. La guié al baño y me siguió sin resistirse.
Se detuvo después de entrar y sólo se quedó parada ahí, mirando hacia la nada, casi pareciendo en coma. Cerré la puerta detrás de nosotras y enganché la papelera de alambre que Larissa había puesto junto a la cómoda debajo del pomo, manteniéndola cerrada.

—Que buena idea —dijo Yulia detrás de mí, su voz aturdida—. ¿Por qué nunca pensé en hacer eso?
Me giré hacia ella para enviarle una sonrisa suave. —Porque me necesitas cerca para mostrarte el camino correcto.
Se estremeció. —Debí haberte escuchado. No debería haber ido allí. No debería…
—Shh. —Tomé el dobladillo de su camisa y la jalé hacia arriba—. No más arrepentimientos. Lo hecho, hecho está y no vamos a pensar en eso de nuevo.
Levantó los brazos para ayudarme a sacar su camisa, pero preguntó—: ¿Qué estás haciendo?
—Te voy a dar un baño. Te dije que iba a limpiarte y…

Las palabras se ahogaron en mi garganta cuando vi el chupetón rojo brillante en la parte superior de su pecho.

Viendo mi reacción, frunció el ceño. —¿Qué? —Cuando miró hacia abajo y vio la marca, puso su mano sobre ella, cubriéndola.

Su rostro tuvo un espasmo y abrió la boca. Vi la disculpa en su expresión.

Luego llegó el miedo y la repulsión.

Creo que ganó la repulsión. Se apartó de mí, cayó sobre sus rodillas y golpeó el asiento del inodoro. Mientras vomitaba, me di vuelta y cubrí mi boca.
Más lágrimas cayeron. Con manos temblorosas, tomé el vaso del lavamanos y lo llené con agua. Cuando terminó, me encontraba sentada en el suelo a su lado, lista y esperando con un vaso de agua y un cepillo de dientes lleno de pasta.

—Gracias. —Primero tomó el agua, la movió dentro de su boca y escupió. Después de unas cuantas rondas de eso, empezó a frotar sus dientes con fuerza. Y mientras tanto, mantenía el brazo sobre su pecho, escondiendo la marca que ella le había dejado.
—Voy a calentar el agua —ofrecí, empujando mis pies y sintiéndome robótica mientras trabajaba.
—¿En verdad vas a estar aquí mientras me baño? —No sonaba como si quisiera que me fuera, sólo parecía perpleja ante la idea.
—Dije que iba a limpiarte. —La verdad era, que no creía que pudiera estar lejos de ella en ese momento.

Abriendo la puerta de la ducha, abrí el grifo, sin importarme las gotas que caían por mis brazos y comenzaban a empapar mi camisa. Sostuve mis nudillos bajo el chorro hasta que tuvo la temperatura correcta para Yulia.
Detrás de mí, se levantó y dejó el vaso y el cepillo de dientes. Cuando sus pantalones tocaron el suelo, salté.
El mes pasado, habría echado un vistazo. Diablos, antes de hoy, habría mirado. Pero ahora no quería hacerlo y no porque sintiera repulsión. Simplemente no podía violar su privacidad. Había sido violada lo suficiente por una noche.

Cuando miré hacia atrás, mi mirada aterrizó en su rostro. —Supongo que puedo dejar que hagas esta parte sola.

Sus ojos se centraron en mí, buscando mi cara. Con un asentimiento silencioso, caminó más allá de mí y se encerró dentro de la ducha. El vidrio era opaco, por lo que sólo podía ver un borrón de ella a través de la puerta.
Saliendo brevemente para saquear su habitación y encontrar ropa limpia para que usara, tiré su uniforme del Country Club en la ropa sucia y volví al baño vaporoso, donde la puerta se hallaba parcialmente abierta. Coloqué de nuevo la papelera y cerré la tapa del inodoro para sentarme y esperar.
Juro que se enjabonó todo tres veces. Pero eso me parecía bien. Lo que sea que tuviera que hacer para sentirse limpia de nuevo, estaba bien.

Cuando cerró el grifo, yo me encontraba ahí con una toalla.

Parecía sorprendida cuando abrió la puerta y me vio. Con otro silencioso y humilde agradecimiento, tomó la tela y se secó antes de envolverla alrededor de su cuerpo.
Me senté de nuevo en el inodoro y llevé las rodillas a mi pecho, rodeándolas con los brazos.

—Me siento como si yo fuera la que hizo eso con ella, como si derribara la parte más básica de mí y dejara el resto abusado y maltratado. Me siento inútil y barata, y… y usada.
Asintió una vez y deslizó sus bragas por debajo de la toalla. —Sí, eso cubre más o menos lo que te hace.

No pude evitarlo, empecé a llorar otra vez. Lágrimas brotaron de mis ojos y corrieron por ms mejillas antes de darme cuenta.

—¿Y estás de acuerdo con eso?
Cubriéndose la cara con la mano, susurró—: Lena —un sonido ahogado—, lo sien…
—No te atrevas a disculparte —sollocé—. Yo te hice esto. Es mi culpa que pasaras por eso esta noche.
Sus pestañas se abrieron. —No. Dio, no. No lo hiciste. No fue tu culpa.

Dejando caer su toalla, se arrodilló delante de mí. Contra mi voluntad, miré su pecho sólo para ver que había reemplazado el chupetón por una gran roncha roja donde había tratado de borrarlo.

—Lo siento. —Se abalanzó hacia su camisa.

Una vez que se la puso, agarré dos puñados de tela y me incliné hacia ella.

Me alejó de la cómoda y me rodeó con los brazos, sosteniéndome sobre su regazo en el suelo del baño.

—Está bien —seguía murmurando—. Te lo juro, Lena. No fue tan malo. Ni siquiera terminé. Tan pronto como ella terminó, yo…
—No quiero detalles —grité, horrorizada.

Pero odié a la señora Garrison. No sólo la había manipulado para que hiciera lo que quisiera, se metió con su cabeza, jugó con su cuerpo y le impidió la única gratificación que podría haber conseguido de esta noche.
Lo sé, ese era un pensamiento terrible. Pero me sentía terrible.

—Lo siento. —Su rostro se puso pálido. Cuando trató de alejarse, lloré más fuerte y enrollé los dedos en su suave camisa de algodón para abrazarla con más fuerza. Respirando pesadamente, me aferré a ella, incapaz de dejar de chillar.
—Va a estar bien. —Besó mi cabello y acarició los mechones enredados y húmedos.
Solté una risa incrédula. —¿Bien? Estoy tan lejos de estar bien ahora mismo. Ni siquiera recuerdo cómo se siente estar bien.
Presionó el rostro contra mi cuello. —No puedo decirte cuan arrepentida estoy. No puedo… no puedo… ¿Por qué demonios te quedaste? No deberías haberte quedado para ver esto.
—No lo sé. No pude irme. —La abracé más apretadamente—. No me hagas irme.
—Nunca. —Trazó sus nudillos por mi mejilla—. Dime qué hacer. Lo haré. Lo juro. Sólo dime cómo mejorar esto.
—Ya está hecho. —Descansé en ella, derrotada y sin fuerzas. Lo único que quedaba por hacer era ajustarme y aceptar. Dado que no hacerlo no parecía ser una opción sin perderla por completo, cerré los ojos y me apreté contra ella.

Me había quedado para mantenerla tranquila, pero, aquí estábamos, y ella era la única evitando que me cayera a pedazos. La ironía no pasó desapercibida para mí.

Metió la cara en mi cabello y sollozó. —Pensé que te amaba lo suficiente como para que mis sentimientos te protegieran —confesó, su voz entrecortada y ronca—. Pensé que podría evitarte el dolor. Maldita sea, estaba tan segura de que podría escupir en su cara y terminarlo para bien. Fui tan estúpida y arrogante. Y saliste herida por eso.
—No. —Pasé la mano por su brazo—. Me protegiste. Le impediste ponerse en contacto con Andrei. Me salvaste.
Sollozó de nuevo y besó mi cabello. —Vamos. —Abrazándome fuerte, se levantó y me llevó desde el baño a su dormitorio. Me dejó en el centro del colchón y sacó la sábana y la manta de debajo de mí antes de llevarlas a mi pecho.

Después de un rápido beso en mi frente, se acurrucó a mi lado.
Nos miramos la una a la otra en el colchón sin tocarnos. Ella no había encendido la lámpara, pero podía ver su cara claramente gracias a la luz brillando desde el pasillo.

—No siempre fue tan malo —murmuró—. Cuando recién empecé, era algo genial. Quiero decir, hermosas, ricas y elegantes mujeres me prestaban atención, metiendo billetes de cien dólares en mi ropa. Tenía que tenderme tres o cuatro veces a la semana. Me dio una confianza que nunca tuve. Pero se volvió viejo muy rápido y cuando me di cuenta de que esas mujeres no me respetaban, de que ni siquiera era una persona para ellas, era demasiado tarde. Tenía esta reputación, era su muñeca y me sentía atrapada.

Extendiendo la mano con una sonrisa suave, metió un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.

—Sin embargo, no lo puedo lamentar. Si no hubiera aceptado su oferta esa tarde, no habría empezado mi clientela en el club campestre. Nunca habría hecho suficiente dinero para sentir que podía estudiar. Y nunca te hubiera conocido.
Sollocé y limpié mi cara. —No creo que yo lo valga.
Rió suavemente, su expresión indulgente. —Créeme. Lo vales mucho. —Con un beso en mi nariz, suspiró—. Muy bien, te derramé mi alma. Tu turno.

No sabía que decir. Mi alma se sentía vacía de historias.

Los dedos de Yulia trazaron suavemente la cicatriz en mi nuca.

—¿Me dirás acerca de esto?
Con un estremecimiento, cerré los ojos. —Ella lo cubrió casi todo. No hay mucho más que decir.
—Quiero escucharlo de todas maneras. Quiero escucharlo de ti.
Así que le dije, y después me acercó a ella. —Haré lo que sea para mantenerlo alejado de ti.
—Lo sé. —Es lo que más temía.

Apoyé la mejilla en su pecho, agradecida de estar con ella y doblemente agradecida de que no me hubiera llamado estúpida por dejar que Andrei me maltratara por tanto tiempo. Me quedé dormida en sus brazos.
Larissa nos despertó cuando llegó a casa, jadeando ruidosamente al momento en que vio a la niñera en la cama con su hija. Yulia y yo nos erguimos mientras nos despertábamos.

—Mamá —dijo ella, llevando una mano sobre su corazón, sólo para dejarla caer de nuevo sobre las almohadas y cerrar los ojos—. Jesús, me diste un ataque al corazón.
—Lo siento mucho —dijo entre dientes, lanzando rayos láser en mi dirección—. No esperaba encontrarte en la cama… con Lena.
La frente de Yulia se arrugó con incredulidad. —¿Todavía me chequeas en la noche?
—¡Sí! Soy tu madre, ¿cierto? Ahora, ¿vas a explicar lo que haces en la cama con la niñera o no?
—Oh. —Se sentó y me miró—. Cielos, mamá, no pasó nada. Mira. Todavía tenemos la ropa puesta.

Larissa levantó una ceja, obviamente sin estar impresionada. Me acerqué un poco más a Yulia. Ella encontró mi mano bajo la sábana y la apretó.

—Sarah… tuvo un ataque —explicó—, y Lena enloqueció. Trató de llamarte primero, pero no sé, quizás marcó el número equivocado. De cualquier manera, no podía hablar contigo, por lo que me llamó a mí. Después de ponerla a dormir, Lena como que se desmoronó y empezó a llorar. No sabía qué hacer para ayudarla. Por lo que la hice tenderse y decirme las cosas.

Luego nos quedamos dormidas y volviste, y ahí es dónde estamos ahora.

Su madre la miró por un momento antes de mirarme. —¿Sarah tuvo un ataque? ¿Está bien?
—Está bien —aseguró Yulia—. Parecía lucida y alerta cuando terminó. Leímos juntas algo de Harry Potter antes de que se fuera a la cama.
Larissa asintió y se frotó la frente. —Bien. Gracias por estar aquí, Lena. —Me vio y frunció el ceño con preocupación—. Pobrecita, todavía te ves conmocionada. Tus ojos están rojos e hinchados.

Miré hacia abajo, sin saber cómo mentir tan bien como Yulia lo hacía. Ella pasó un brazo alrededor de mi hombro y me apretó contra su costado.

—Voy a llevarla a casa. Su amiga llamó y pidió prestado el auto, por lo que necesita que alguien la lleve.

Sorprendida por su rapidez de pensamiento, levanté mi rostro. Mi cerebro se sentía frito y sobrecocido. Pero ella era tan convincente que casi me encontré creyéndole. Incluso convenció a su madre de que abandonara su habitación antes de salir de la cama, para que no supiera que sólo había estado usando bóxer bajo las sábanas.

—No puedo creer que le hayas mentido —dije entre dientes, tan pronto como se fue.
Me frunció el ceño, diciéndome que mantuviera la voz baja. —No mentí. Sarah tuvo un ataque y después te calmé. Sólo que no esta noche.

Resoplé y rodé los ojos, pero terminé sonriendo. Ella también sonrió y me cogió la mano, besando mis nudillos.
Por ese breve momento, todo parecía casi normal.
Larissa sacaba una jarra de té helado del refrigerador cuando pasamos por la cocina hacia la puerta trasera. Impresionada por su comportamiento de cada día como si nada fuera de lo común hubiera sucedido anoche, quería odiarla por hacer que Yulia se sintiera como si tuviera que sacrificarse durante los dos últimos años. Pero me detuve. Si buscaba fallas en todo el mundo, las encontraría el cien por ciento de las veces y siempre estaría decepcionada. No quería estar decepcionada de esta mujer. Ella había criado a dos de mis personas favoritas en la tierra. Era su madre.

En lugar de mirarla, me acerqué y le di un abrazo impulsivo. —Sólo quería que supieras que tienes hijas fantásticas.

Pareció sorprendida al principio, pero luego se relajó y me abrazó.

—Las tengo, ¿cierto? Y sé que también son muy aficionadas por ti.

Cuando nos separamos, Yulia se encontraba ahí para tomar mi mano.

—Volveré en la mañana —le dijo a Larissa antes de llevarme sorprendida por la puerta trasera.
—¡Yulia! ¡Oh, Dios mío! No puedo creer que le dijeras eso.
—¿Qué? —Cuando me miró, parecía confundida—. Pensé que no querías que le mintiera.

Así que, supongo que planeaba quedarse toda la noche conmigo. Mi corazón se sacudió con alivio porque yo tampoco quería estar lejos de ella.

—Pero ahora va a pensar que tendremos sexo toda la noche.
Se encogió de hombros. —Bueno... una chica puede soñar, ¿cierto?

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SweetMess

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Re: El precio de un beso.

Mensaje por Aleinads el Miér Jun 03, 2015 6:22 pm

Gracias!!! Very Happy Very Happy Very Happy Smile Smile Cool bounce bounce cheers cheers cheers cheers cheers
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Re: El precio de un beso.

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