Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Sáb Ene 03, 2015 7:15 pm

Hola a todos, aquí con la conti de esta historia tan hot, realmente esta conti, es muy pero muy por decirlo de alguna manera cachonda, lectores, traten de leerlas solos, una recomendación personal Wink
Bueno sin mas preámbulos les dejo el capítulo!! Cool


PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...

Capítulo 12


Cuando salimos de la caseta, Yulia me pasa un brazo por los hombros e intenta que nadie me roce. Su protección hacia mí me gusta y me hace sonreír. Es terrenal. No soporta que los hombres y las mujeres me miren o me toquen, pero luego, en nuestros momentos íntimos, le excita ofrecerme a ellos.
Al principio de nuestra relación, yo misma no conseguía entenderla. ¡Era de locos! Pero tras meses practicando el mismo sexo que ella, sé diferenciar una cosa de otra. La vida, el respeto y el día a día son una cosa, y las fantasías sexuales, cuando nosotras lo decidimos, otras.
Yo tampoco soporto que ninguna mujer mire o se insinúe a Yulia. ¡Me pongo mala! Pero sin embargo, cuando jugamos, me gusta ver que disfruta.
Sé que nuestra relación, en especial nuestra sexualidad, es algo difícil de entender para mucha gente. Mi hermana seguramente pondría el grito en el cielo y me llamaría degenerada, cochina y cosas peores, y mi padre no me lo quiero ni imaginar. Pero es nuestra relación, y con nuestras propias normas todo funciona de maravilla y no quiero que cambie. ¡Me niego! Yulia me ha descubierto un mundo morboso y placentero que yo desconocía y me siento atraída por él.
Me gusta que me observen cuando practico sexo...
Me gusta que me disfruten cuando mi pareja me abre las piernas para otros...
Y me gusta ver cómo mi pareja disfruta...
Voy sumida en mis pensamientos, mientras Yul se abre paso entre la gente. Cuando salimos de la marabunta, para un taxi y, tras darle la dirección, me mira y dice:
—Estás muy callada, ¿qué piensas?
La miro. Quiero ser sincera y contesto:
—Pienso en lo que va a ocurrir.
Sonríe y, acercando su boca a mi oído para que el taxista no nos oiga, murmura:
—¿Y qué quieres que ocurra?
—¿Qué quieres tú?
Mi lobita apoya la cabeza en el respaldo del taxi, coge aire y, mirándome con intimidad, susurra en ruso:
—Quiero mirar, quiero follarte y quiero que te follen. Anhelo besar tu boca mientras tus gemidos salen de ella. Deseo todo, absolutamente todo lo que tú estés dispuesta a darme.
Como un muñequito vuelvo a asentir y mi estómago de nuevo se contrae. Escuchar en su boca la palabra «follar» me excita, ¡me pone! Mis braguitas ya están húmedas sólo de pensarlo y respondo:
—Te daré todo lo que tú quieras.
Mi amor sonríe y cuchichea:
—De momento, dame tus bragas.
Suelto una carcajada. Volkova y mi ropa interior.
Con disimulo, hago lo que me pide sin que el taxista se dé cuenta, de lo contrario me moriría de vergüenza; y una vez se las doy, primero se las acerca a la nariz y luego se las guarda en el bolsillo del pantalón.
Veinte minutos más tarde y sin bragas, el taxi para en una calle transitada. Una vez nos bajamos, mi amor me agarra posesiva por la cintura y caminamos hacia la puerta de un bar iluminado llamado «Sensations». El portero nos mira y, al ver nuestras pintas aún con los vestidos bávaros, sonríe y nos deja pasar.
Al entrar veo que muchas de las parejas que hay ahí van vestidos como nosotras. Eso me deja más tranquila. Sin pararnos, caminamos hacia el fondo. Yulia abre una puerta y entramos en una segunda estancia. Allí la música no está tan alta como en el primer lugar y observo que los presentes nos miran. Somos los nuevos y atraemos su atención.
Yul me lleva hacia una barra, donde veo que dos hombres y una mujer se tocan íntimamente. Eso no me sorprende y sonrío y los observo en su morboso juego, mientras mi pelinegra pide unas copas.
—Quiero saber por qué te ríes —me dice mi mujer al oído.
Divertida, me siento en uno de los taburetes y, tras señalar al trío que disfruta cerca de nosotras, le pongo los brazos alrededor del cuello y contesto:
—Acabo de recordar cuando en San Petersburgo me llevaste a aquel bar de intercambio, me sentaste en un taburete y me hiciste abrir las piernas para que otros miraran. —Yul sonríe y yo añado—: Esa noche me calentaste para nada.
—Fue mi castigo por irte del hotel sin decirme nada, pequeña —responde divertida y, besándome en el cuello, murmura mimosa—: Eso te excitó mucho.
—Sí.
Mi respiración se agita cuando Yul, mi Yulia, mi amor, coge mi falda larga y comienza a subirla lentamente hasta mis muslos. ¡Qué juguetona es!
—Hay un hombre a tu derecha que no para de observarnos y a mí me excitaría que pudiera ver algo más de mi mujer. ¿Quieres?
Sus manos suben por la cara interna de mis muslos hasta llegar al centro de mi deseo. Lo toca. Yo la miro con pasión y susurro:
—Sí, quiero.
No espera más. Me besa y, acto seguido, da la vuelta a mi taburete. El hombre, de unos cincuenta años, atractivo, nos observa. Clava su mirada en mí y veo cómo la baja. Desde atrás, Yulia me abre más las piernas y veo cómo los ojos del desconocido se dilatan y brillan.
Excitada, yo misma me subo más la falda, cuando Yul dice en mi oído:
—Se muere porque lo invitemos a meterse entre tus piernas. Míralo. Sus ojos te poseen, ¿lo ves?
Asiento, mientras noto cómo me humedezco y mi respiración se acelera. Yulia lo sabe y, poniéndome una mano sobre el corpiño, me toca un pecho y murmura:
—Eres apetecible, cariño. Muy... muy apetecible. —Y, mientras el maduro desconocido no nos quita ojo, Yul pregunta—: ¿Alguna vez has tenido relaciones con un hombre o una mujer de esa edad?
Niego con la cabeza.
—No. La más mayor has sido tú.
Mi lobita asiente y, apoyando la cabeza en mi hombro, inquiere:
—¿Qué te parecería tener sexo con él?
—Bien —respondo sin pensar.
En un momento así y con lo caliente que estoy, sólo deseo que me satisfagan, sin importar el genero. Imagino cosas y, dándome la vuelta, sonrío.
—¿Por qué sonríes, preciosa?
Clavo mis ojos en ella, me humedezco el labio inferior y contesto:
—Esta noche yo también quiero jugar contigo.
Yulia me entiende. Lo veo en su mirada. No sonríe y susurro:
—Quiero volver a ver cómo un hombre te hace una felación.
Mira el suelo. Después me mira a mí y, levantando las cejas, pregunta:
—¿Tanto te gusta verlo?
—Sí.
—¿Y no temes que me pueda gustar más eso que otras cosas, que quiera volver al "camino del bien"?
Suelto una carcajada. Si algo tengo claro es que las mujeres siempre le gustarán más y respondo:
—A ti te gusta verme con un hombre, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y no temes que me pueda gustar más eso que otras cosas?
Yulia sonríe. Entiende lo que acabo de decir. Mueve la cabeza y, besándome, dice:
—Muy bien, gatita. Juguemos las dos. Pero sólo felación.
—Yulia, ¡cuánto tiempo sin verte por aquí!
Esa voz nos saca de mi burbujita calentorra y sonrío. Saber que Yul está dispuesto a entrar en mi juego me excita aún más. Mucho más.
Mi amor y el desconocido se estrechan la mano.
—Hola, Roger. —Y, mirándome, dice—: Ella es mi mujer, Elena.
Acalorada, sonrío. No puedo ni hablar cuando Yulia pregunta.
—¿Has visto a Björn?
El hombre asiente y saluda con un guiño a una mujer que pasa por nuestro lado.
—Está en el reservado diez.
Vaya... nuestro amigo no pierde tiempo.
Cierro las piernas y me bajo la falda. Al verlo, Yul sonríe y me da un beso en la frente. Durante unos veinte minutos, charlamos los tres y veo que el hombre maduro que me miraba ya ha encontrado otra pareja con la que pasarlo bien y desaparece con ella tras unas cortinas rojas. Pero también me percato de que Roger no para de mirarme los pechos, hasta que dice:
—Tu mujer es preciosa.
Mi esposa asiente.
—Sus pechos te enloquecerían.
Roger me los mira de nuevo y, alejándose, dice:
—Llámame.
Sorprendida por esa extraña conversación, pregunto:
—¿A qué venía hablar de mis pechos?
Yulia sonríe y, acercándose, responde:
—A Roger le encantan los pechos, sobretodo grandes.Adora chupar pezones.
Eso me asombra. Pero no puedo continuar preguntando, porque Yulia me hace bajar del taburete y vamos hacia la cortina roja por la que he visto desaparecer al maduro y a otras parejas.
Al traspasarla, oigo jadeos. Muchos jadeos y grititos de gusto. Miro alrededor y veo varios reservados separados por cortinas de colores. Yul descorre varias cortinas y yo miro. En los cubículos veo a varias personas manteniendo relaciones de todo tipo.
—¿Qué te parece? —pregunta mi chica de ojos azules ante uno de los reservados.
Tras pasar mis ojos curiosos por la estancia y ver a un hombre con dos mujeres, respondo:
—Que lo pasan bien.
Salimos de allí y Yul abre el cortinaje de otro. Dentro hay una pareja con varios hombres. Juegan con la mujer y entre ellos y disfrutan. El maduro atractivo que nos miraba en la barra al vernos se detiene y se levanta, mientras los otros continúan su jueguecito. Sus ojos vuelven a recorrer mi cuerpo cuando Yulia entra en el reservado y dice:
—Túmbate en la cama, Len.
Sin cuestionarla, hago lo que me pide. Me pone a cien cuando me ordena algo con ese tono de voz ronco. La cama se mueve por las embestidas de las otras personas y yo me acelero al mirarlos. Me percato de que la mujer me mira y de que no le molesta nuestra presencia. Sonríe y yo le sonrío. Yulia se me acerca, se sienta en la cama e, inclinando la cabeza, murmura:
—Deseo que te toque para mí, ¿te parece bien?
Tumbada en la cama, asiento. Lo deseo, pero susurro:
—Antes yo quiero otra cosa.
Yul me mira. Me va conociendo e intuye lo que le voy a pedir, cuando digo:
—Ya sabes lo que quiero, ¿verdad?
Mi pelinegra se resiste y, dispuesta a conseguir mi propósito, insisto:
—Es nuestro juego. Sólo felación, ¿recuerdas?
Asiente con la cabeza. Sonrío. Miro al madurito que está frente a nosotros y digo:
—Arrodíllate ante ella.
Sin dudarlo un segundo, el desconocido hace lo que le pido. Se arrodilla ante Yulia. Desabrocho el botón del pantalón de esta y le ordeno al hombre:
—Dale placer.
Él posa las manos en el pantalón de Yul, que da un respingo, pero no se mueve ante mi mirada. Con delicadeza, el hombre baja los pantalones de mi amor y en su camino se lleva el bóxer, dejándoselo todo a media pierna.
La verga de Yul aparece erguida y dura y yo suspiro mientras el hombre arrodillado ante mi mujer se la toca. Le encanta. Disfruta con ello. Pasea su mano por su vagina, miembro y por sus testículos, endureciéndolo más. Instantes después, con delicadeza, se la lava y después se la seca.
Yulia me mira y yo sonrío.
Acto seguido, el madurito le acerca su boca hasta la punta del pene, saca la lengua y lo chupa. Al sentir el contacto, Yul cierra los ojos y a mí se me pone el vello de punta.
¡Excitante!
Con deleite y disfrute personal, observo cómo el desconocido es todo un experto. Recorre cada milímetro del miembro de Yulia con su lengua, lenta y pausadamente, para después introducírselo entero en la boca una y otra vez.
¡Ardor!
Sus manos le tocan los testículos, se los aprieta con delicadeza y, cuando se saca el pene de la boca, se los chupa, los succiona.
Yul jadea. Su cuerpo vibra de placer, mientras echa la cabeza hacia atrás.
¡Calor!
La respiración de mi amor se acelera por segundos y la mía también. Ver esto me parece morboso, excitante, caliente y más cuando observo que mi lobita lo disfruta, las venas del cuello se le marcan, y su vagina se humedece.
¡Combustión!
Todo en la habitación es morboso. A mi lado, tres hombres proporcionan placer a una mujer y un desconocido a mi loca amor, mientras observo el espectáculo que yo he provocado y me excito. Me humedezco. Me empapo.
En ese instante, el madurito desliza una de sus manos hacia la vagina de Yulia, le acaricia el clitoris y le separa los pliegues. Pero cuando va a penetrarla con el dedo mi mujer lo para. El hombre no insiste y vuelve a centrarse en su enorme erección. Entiende la negativa. Incrementa sus lametazos y oigo de nuevo gemir a Yulia.
¡Quemazón!
Con la mano derecha, esta empieza a empujar la cabeza del desconocido con fuerza, para introducirle todo el pene en la boca. El hombre se vuelve loco con esa exigencia.
Yo más.
Se arrima más a Yulia y, agarrándola con fuerza por el culo una y otra vez, repite la misma acción hasta que mi amor, mi maravillosa amor no puede más, suelta un potente gruñido y se deja ir.
¡Fuego!
Cuando acaban, el desconocido se va a la ducha. Yo me levanto de la cama y, cogiendo la jarrita de agua, la echo con cuidado por el pene y la vagina de mi lobita. La lavo, la seco y pregunto:
—¿Todo bien?
Yulia asiente a su vez, sonríe y susurra:
—¿Excitada?
—Mucho.
Instantes después, el madurito regresa con nosotras. Sin necesidad de que Yulia diga nada, me vuelvo a tumbar en la cama y mi chica asiente.
Sin hablar, el hombre me sube la falda hasta la cintura y yo me muevo nerviosa. Acto seguido, pasea sus manos por mis muslos y me los separa un poco para echarme agua sobre el sexo. Lee mi tatuaje y sonríe.
El frescor se agradece. Cierro los ojos y Yul susurra:
—Abre las piernas y dale acceso a ti.
Hago lo que me pide. Me excita hacerlo y siento el aliento del hombre sobre mi húmeda entrepierna. Sus manos me abren los labios, me tocan y noto que uno de sus dedos entra en mí.
Juega...
Aprieta...
Abro los ojos Yulia dice:
—Así... déjale entrar. El momento...
Su voz...
Sus peticiones...
Todo me exalta por segundos, mientras las otras personas desatan su pasión a nuestro lado.
El desconocido introduce y saca el dedo de mi interior, mientras su lengua succiona mi clítoris y mi respiración se vuelve sibilante. No sé el tiempo que estamos así, sólo sé que disfruto el momento.
De pronto, se para, se pone un preservativo y se tumba sobre mí. En ese instante, Yulia aclara:
—Su boca es sólo mía.
El desconocido asiente y, pasando uno de sus brazos por debajo de mi trasero, me levanta y, con impaciencia y exigencia, me penetra. Oh, sí..., es lo que necesito.
—Mírame —pide Yul.
Lo hago. Sin parar, ese hombre con el que ni siquiera he hablado ni sé cómo se llama, entra y sale de mí una y otra vez y yo quiero más profundidad. Necesito más y pongo las piernas en sus hombros. Ese gesto lo excita. Sonríe y, agarrándome de las caderas, se empala en mí y yo me sofoco cuando Yulia, acercándose a mi boca, murmura:
—Dame tus gemidos bebe..., dámelos.
Me falta el aire, pero beso a mi amor y le entrego lo que me pide. Mi boca jadea bajo la suya. Sus dientes muerden mis labios y se bebe mis gemidos. Eso la excita, la pone, la vuelve loca, mientras el hombre sigue su particular baile dentro de mí y yo me entrego al disfrute. Hasta que él no puede más y, tras un último empellón que me hace gritar, llega al clímax.
El desconocido sale de mí y vuelve a echar agua sobre mi sexo.
¡Frescor!
Después coge un paño limpio y me seca. Pasados unos segundos, mi corazón se relaja y Yulia, asiéndome de la mano, dice:
—Levanta, cariño.
La falda me cae hasta los pies y, sin mirar atrás ni cruzar palabra con ese hombre desconocido, salimos del reservado. Yul tiene prisa.
Al llegar al pasillo, donde se oyen mil jadeos, mi dueña, mi amor, mi lobita, me coge entre sus brazos, me arrincona contra la pared y me besa. Su beso es exigente, loco, asolador. Embriagada por la locura que me demuestra, le respondo. Entonces siento que me sube la falda, se abre el pantalón y me penetra.
Oh, sí..., ése es el roce y la profundidad que yo necesito.
¡Yulia!
Sin mediar palabra, mi exigente mujer entra en mí una y otra vez y yo me acoplo a ella mientras jadeo, y me agarro a sus hombros dispuesta a recibirla más.
Como si fuese una muñeca, Yulia me mueve entre sus brazos y yo enloquezco mientras dice:
—Lo siento, gatita, pero me voy a correr ya.
Está muy excitada por lo que ha visto y sus penetraciones buscan un desahogo que yo sé que necesita y que le quiero dar. Instantes después, mi útero se contrae, Yul rechina los dientes y se deja ir.
Sin soltarme, susurra:
—Siento que haya sido tan corto, pero me ha excitado mucho ver lo que hacías.
Con una pícara mirada, contesto:
—No te disculpes, bebe, ahora te voy a exigir mucho más.
Yulia sonríe y yo también. Me besa y me baja al suelo. Siento cómo su fluido corre por mis piernas y digo:
—Necesito una ducha.
Ella asiente y echamos a andar por el pasillo de los jadeos. De pronto, se para, abre una de las cortinas donde pone número diez y dentro veo a Björn y a Diana. Cada uno de ellos está con dos mujeres. Parecen pasarlo bien. Björn nos ve. Su azulada mirada nos mira y dice:
—Nos vemos en la sala de los espejos. Está reservada.
Yulia asiente y, mientras caminamos, comento:
—Veo que conoces muy bien el lugar.
Mi chica sonríe y, besándome, murmura:
—Te aventajo en años, cariño.
Al llegar frente a una puerta, Yulia la abre y entramos. Está oscuro, pero al encender la luz, me sorprendo al ver que las paredes, el techo y el suelo está todo cubierto de espejos. De pronto, la luz se torna violeta y, besándome, mi lobita dice:
—Tu color preferido.
Sonrío y la beso. Adoro sus carnosos labios y entonces ella me agarra por el trasero.
—Vamos a ducharnos.
Entre risas, nos quitamos los trajes de bávaros y nos metemos bajo una moderna ducha.
—¿Todo bien, bebe?
Sonrío y asiento. Ya echaba yo de menos la pregunta.
El agua corre por nuestros cuerpos y estamos disfrutando el momento cuando Yul dice:
—Estás consiguiendo de mí cosas que nunca pensé posibles.
Sé que se refiere al hombre de antes y contesto:
—Adoro ver tu cara cuando un hombre te da placer.
Las dos sonreímos y nos besamos.
Cuando salimos de la ducha, el impresionante jacuzzi que hay en un lateral de la habitación, lleno de agua que cambia de color, nos llama a gritos. Yulia me coge en brazos y nos metemos en él.
Me besa... la beso.
Me mima... la mimo.
Me toca... la toco.
Todo entre nosotras es puro morbo cuando la puerta se abre y entra Björn, acompañado por Diana. Ambos vienen desnudos, pero llevan unas bolsas en la mano, que dejan sobre la cama. Al vernos en el jacuzzi, sonríen, van directos a la ducha. Cuando salen, Björn se mete también en el jacuzzi y Diana saca unos CD de música de su bolsa. Los ojea. Elige uno y el resto los deja sobre una silla. Instantes después, oigo la voz de Duffy cantar Mercy.
Diana se mete en el jacuzzi y, al ver que tarareo la canción, murmura con voz melosa:
—Me encanta esta mujer.
Durante un rato, charlamos los cuatro. Nuestra conversación gira sobre lo que hemos hecho esta noche en el local y yo me sorprendo siendo tan sincera como ellos. Hablo de sexo con normalidad y disfruto de nuestra conversación.
—¿En serio no has probado el sado? —pregunta Diana.
Yulia sonríe y Björn también cuando respondo:
—No. No me va eso del dolor. Prefiero otro tipo de disfrute.
Diana asiente y Yul dice:
—Len, el sado no te va, pero me he dado cuenta de que en el sexo eres sumisa y acatas mis órdenes. ¿Te has percatado de ello?
Asiento y aclaro:
—También me excita que tú me obedezcas.
Ambas sonreímos y mi chica de ojos de cielo murmura:
—Eres mi dueña y yo tu dueña.
—Y el sexo es sólo sexo —finalizo yo.
Mimosa, me acerco a ella y, sentándome entre sus piernas, digo, mientras siento su pene juguetón bajo el agua:
—Soy tuya y tú eres mía. No lo olvides, amor.
Sin preocuparse de los cuatro ojos que nos observan, Yulia murmura:
—Tus juegos se van ampliando día a día. Primero conociste los vibradores, después los tríos y los intercambios de pareja y el día que estuvimos con Dexter me di cuenta de lo mucho que te gusta complacer y obedecer.
Björn sonríe.
—A Dexter le va el sado. Disfruta mucho con ciertas cosas.
Los dos amigos se miran. Su complicidad me encanta. Se comunican con la mirada y Yul le aclara:
—Con Len, ciertas cosas no las probará nunca, porque ella antes le cortaría el cuello.
Todos nos reímos. No hace falta que me digan a qué se refieren. Lo imagino. ¡Dolor! Algo que nunca entrará en mis planes. Me niego.
Björn, que bebe champán a nuestro lado, al ver cómo nos miramos, dice, sorprendiéndonos:
—Espero conocer algún día a una mujer que me sorprenda, y vivir el sexo y la vida como vosotras lo vivís. Reconozco que os envidio.
Yulia me besa y murmura:
—Algo bueno en mi vida. Ya tocaba, ¿no?
Björn asiente, choca la copa con la de su amigo y yo añado:
—Como diría mi padre, tu media naranja seguro que existe, ¡sólo tienes que encontrarla!
Todos reímos y Yulia me mira de una manera especial y dice:
—Si te ordeno cosas esta noche como una ama, ¿obedecerás?
Sonrío como una vampiresa.
—Depende...
Ella sonríe. Le gusta mi respuesta y matiza:
—Nunca te ordenaría nada que no te gustara, cariño.
Convencida de ello, respondo:
—Ordéname..., ama.
Nuestro juego. Nuestro caliente juego comienza de nuevo y su mirada ya me excita. Su boca me vuelve loca y sus órdenes sé que me gustarán. Yulia tiene razón, me gusta obedecer y entregarle todo lo que quiere.
—A Lena la excita que le hablemos y seamos descriptivos mientras la follamos, ¿verdad? —afirma Björn, con su claridad de siempre.
Asiento y Yul dice con seguridad:
—Sí, amigo. Mi mujercita es caliente, muy caliente.
Diana, que hasta el momento ha permanecido callada escuchándonos, interviene:
—A mí lo que me tiene loca es eso de «Pídeme lo que quieras». Ese tatuaje que llevas en cierto lugar me hace aflorar el morbo y desear hacerte y pedirte muchas cosas, Lena.
—¿Y a qué esperas para hacerlo? —pregunta Yulia y, con una sonrisa torcida, me mira y susurra—: Jugamos a los amos.
Todos me miran. No sé qué decir. Mi respiración se acelera cuando Diana dice:
—Prometo ser una ama... cariñosa.
Frunzo el cejo. Aunque Diana me gusta pienso que no sé si este jueguecito de amos me va a gustar, cuando Yul dice con decisión:
—Len, como soy tu ama, quiero que salgas del jacuzzi y te tumbes en la cama para que Diana tome lo que quiera. Una vez ella esté satisfecha, regresa al jacuzzi y siéntate entre Björn y yo. Esta noche tengo planes para ti y tú obedecerás.
Ufffff, ¡¡¡lo que me acaba de hacer el estómago!!!
Sin dudarlo, salgo del jacuzzi dispuesta a entrar en el juego. Cuando cojo una toalla para secarme, Yulia dice:
—Len, no he dicho que te seques. Suelta la toalla y túmbate en la cama.
Hago lo que me pide y segundos después veo que Diana sale también del jacuzzi. Yul y Björn nos observan en silencio. Sin secarse tampoco, Diana se acerca a mí, toca el tatuaje que tanto le gusta, lo besa y murmura:
—Date la vuelta.
No hace falta que lo repita. Lo hago y, cuando estoy boca abajo, se tumba sobre mí y me toca. Siento cómo pasea su monte de Venus por mi cuerpo.
—Incorpórate.
Me pongo a cuatro patas sobre la cama. Diana coge entonces mis pechos mojados y me los estruja. Sus dedos me aprietan los pezones y la sensación me gusta, mientras posa su monte del amor en mi trasero. Me calienta.
La sala de espejos me hace tener una buena visión de todo y sonrío al ver cómo la mirada de Yulia habla por sí sola.
Entonces, Diana dice:
—Túmbate.
Cuando lo hago, ella coge una de las bolsas que Björn y ella han dejado sobre la cama y saca algo. Se lo enseña a Yul, que asiente. Yo no sé qué es hasta que Diana dice:
—Entrégame tus pechos.
Lo hago y veo que se trata de unos clamps como los que Dexter usó. Me tranquilizo. Me los pone en los pezones y, tirando de la cadenita, dice mientras yo ronroneo:
—Tu ama te ha entregado a mí y ahora tu ama soy yo.
Miro a Yul y ella asiente.
En ese instante, Diana me coge la cara con una mano y con la otra me da un azote. Mirándome directamente a los ojos, sisea:
—No la mires a ella. Mírame sólo a mí.
Estoy a punto de mandarla a tomar viento fresco, pero reconozco que la situación me excita y la miro. Ella observa mi boca, se acerca y, cuando me va a besar, se para y dice:
—Respetaré tu boca porque sé que sólo es de ella, pero el resto lo tomaré como mío, porque te quiero poseer para mi propio placer.
Estoy desconcertada. Su voz es sibilante y su gesto agresivo. Pero aun así, excitada, no me muevo, dejo que tome el mando de la situación y espero acontecimientos.
Una vez me tiene como quiere, se deleita en lo que ve y, tirando de los clamps y con ello estirando mis pezones, murmura mirando mi tatuaje:
—Quiero saborearte, entrégame lo que deseo.
Separo las piernas y levanto las caderas en señal de entrega. Diana sonríe y, deseosa de probar lo que le ofrezco, suelta la cadenita, coge mi trasero con las manos y su boca baja hasta mi sexo.
Me besa, lo mordisquea hasta que me lo abre con los dedos y ataca directa a mi clítoris. Lo humedece con su lengua y luego lo succiona. Siento un enorme placer. Me chupa ansiosa y yo enloquezco y abro más las piernas, deseosa de que continúe.
Su manera exigente de tocarme y de chuparme siempre me excita. Diana tiene la delicadeza de una mujer, pero el ansia de un hombre. Asedia mi cuerpo y yo jadeo.
—Vamos, preciosa..., vamos... Dame tu jugo —exige.
Lametazo a lametazo, consigue lo que se propone y la fiera que hay en mí le entrega lo que pide. Una y otra vez me humedezco. Gemidos asoladores salen de mi boca ante las cosas que me hace mientras murmura:
—Así..., así..., córrete así.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. Diana se para. Yo protesto y ella susurra:
—Ponte de rodillas y separa las piernas.
Al incorporarme casi me mareo, pero recuperándome rápidamente, me pongo de rodillas sobre la cama, como ella, y antes de que pueda volver la cara para mirar a Yulia, me sujeta por la cintura y, acercándome totalmente, mete dos dedos en mi húmeda vagina, mientras dice:
—Así..., vamos..., jadea para mí. Hazme saber cuánto te gusta.
Sus dedos entran en mí una y otra vez. Dios, esta mujer sabe lo que hace. Jadeo excitada, mientras a escasos centímetros su boca me exige:
—Muévete..., vamos..., muévete. Así..., así... —Sonríe tras un nuevo resoplido mío—. Quiero que te corras, que te empapes, para después abrir tus piernas y beberme tu dulce elixir.
Me vuelvo loca al escuchar el chapoteo de mis jugos en su mano al subir y bajar. Quiero sentir su boca entre mis piernas. Deseo que su lengua chupe mi clítoris y beba mi elixir. Mi respiración parece una locomotora y ella aumenta la rapidez, la intensidad y la penetración.
No me lo puedo creer. Esta mujer me lleva de un orgasmo a otro de una manera imparable. Estoy empapada. Me noto muy mojada y cuando siento que el placer se propaga por mi cuerpo, grito y caigo hacia atrás.
Al verlo, Diana me abre rápidamente los muslos y toma de nuevo lo que la apasiona de mí. Chupa... lame y yo de nuevo se lo entrego. Cedo ante ella, deseosa de que no pare.
Cuando creo que se ha saciado de mí, me quita los clamps y me chupa los pezones. La suavidad de su lengua me reconforta y más cuando sopla y siento un rico hormigueo en los pechos. Hum... me encanta.
Pienso en Yulia. En sus ojos. En cómo me mirará en este momento e imagino lo húmeda, dura y excitada que tiene que estar, cuando oigo su voz que dice:
—Diana, usa el arnés doble e hinchable.
Ella se mueve y saca de la bolsa un arnés que nunca he visto antes. Es una especie de braga de cuero con enganches, una bola y dos penes. Uno por dentro de la braga y otro por fuera. Me lo entrega y dice:
—Pónmelo.
Excitada, con los pezones como piedras y el arnés en la mano, la miro. Yo nunca he puesto uno de esos y ella me aclara:
—Introdúceme el pene que hay dentro y luego átame el arnés a la cintura para que yo te pueda follar a ti.
Sin más, se pone de rodillas sobre la cama, separa las piernas y exige, dándome un azote:
—Hazlo.
Al meter las manos entre sus piernas, siento su calor. Me gusta tocar a las mujeres, y también que me toquen a mí, y a pesar de las ganas que me entran de hacerlo en ese momento, me limito a hacer lo que me pide.
Separo con los dedos sus labios vaginales, que son suaves y están mojados, y le introduzco el pene lentamente. Me gusta esa sensación de controlar yo el momento.
¿Me gustaría ser ama?
Una vez el arnés se ha acoplado a su cuerpo, engancho las correas a sus caderas y dice:
—Túmbate, abre las piernas y, cuando te haya penetrado, rodéame la cintura con ellas y respóndeme, ¿entendido?
Asiento y me tumbo. De rodillas y con el arnés puesto, Diana observa lo que hago y, cuando abro las piernas, se tumba sobre mí. Tras introducir lentamente el otro pene en mi cuerpo, murmura:
—Rodéame con las piernas.
Obedezco. Con una mano, ella aprieta la bola que está enganchada al arnés y explica:
—Estoy inflando el pene que hay en tu interior. Voy a dilatarte.
Segundo a segundo, mi vagina se llena más y más. Nunca he tenido nada tan grueso dentro y cuando creo que voy a reventar, ella para y dice:
—Dame las manos.
Hago lo que me pide y, cogiéndomelas, me las coloca por encima de mi cabeza y, apretándomelas contra el colchón, mueve las caderas y las dos jadeamos.
—¿Te gusta...?
—Sí...
De nuevo se aprieta contra mí y ambas gemimos. La sensación es plena. Estoy totalmente llena y noto cómo mi vagina se dilata para amoldarse al pene. Una y otra vez, entra y sale de mí y jadeo.
En ese momento, oigo decir a Yul:
—Dale profundidad, Diana. A Len le gusta.
Ella pone mis piernas en sus hombros y me da lo que Yulia ha pedido.
Mis jadeos se convierten en gritos de placer.
Oh, sí... me gusta.
Enloquecida, cojo los pechos de Diana, la obligo a que me los meta en la boca y, mientras le muerdo los pezones y veo que le gusta, ella me vuelve a penetrar sin piedad. Yo le araño la espalda y gimo con sus pezones en mi boca.
—Sí..., sí..., no pares..., no pares.
No lo hace.
Me obedece.
Me da lo que le pido.
Tengo mucho calor...
Me abraso..., me quemo.
Y cuando el ardor se extiende a las dos, Diana cae sobre mí y yo grito al sentir que llego al clímax.
Agotada, sudada y satisfecha, miro a los espejos del techo y veo a Yulia y Björn.
—Mírame a mí —exige Diana.
Lo hago. Ella me agarra los hombros y me vuelve a hacer gritar. Yo, a cambio, le muerdo un pezón. Eso la reactiva y, como una posesa, aprieta su pelvis contra la mía y las dos jadeamos.
Minutos después, cuando su ataque finaliza, mi respiración se normaliza. No me muevo. No sé si Diana se ha saciado ya de mí. Ella manda y yo obedezco. Ése es el juego y me gusta. Me gusta mucho.
Cuando sale de mi interior, mi vagina se deshincha.
Ella se tumba a mi lado y, mirándome, me explica:
—Te seguiría haciendo mía el resto de la noche, pero no quiero ser egoísta. Ahora les toca a ellos. —Y levantando la voz, dice—: Yulia, de momento he acabado.
Sonrío. Me gusta oír eso de «¡de momento!».
Quiero repetir con Diana. Eh de confesar que me gusta. Ella me pone mucho en el plano sexual.
—Len, ven al jacuzzi —dice Yulia.
Me levanto. Las piernas me tiemblan, mis jugos chorrean por ellas, pero camino hacia allá. Cuando me meto en el jacuzzi, recuerdo que Yul ha dicho que al regresar me sentara entre los dos. Lo hago y suspiro al notar el agua sobre mi piel.
¡Qué gustazo!
Por debajo del agua, siento que mi pelinegra busca mi mano. Se la doy y se la aprieto. Soy consciente de lo que con ese gesto me está preguntando.
Durante unos minutos nadie habla, nadie se mueve. Cierro los ojos y disfruto del momento. Sé que esperan a que me recupere.
Cuando oigo un ruido, abro los ojos. Diana se mete en la ducha y Yulia dice:
—Mastúrbanos.
Como tiene sujeta mi mano, la lleva hasta su pene. Está duro y erecto. Lo acaricio y, sin demora, con la otra mano cojo el de Björn. Ambos están como piedras. Listos para mí y, aunque yo les daría otro uso en ese momento, junto a la vagina de mi amor tengo que obedecer. Los masturbo.
Mis movimientos son rítmicos. Subo y bajo las dos manos al mismo tiempo hasta que se me descompasan por los movimientos mi lobita y Björn. Miro el espejo que tengo delante y observo que tienen los ojos cerrados y disfrutan. Disfrutan, mientras yo continúo dándoles placer.
Al poco rato me duelen los hombros. Esto es agotador, pero no paro. No quiero decepcionarlos. Continúo mi movimiento y mi chica dice con voz entrecortada:
—Diana, trae preservativos.
Ella los saca de la bolsa y se los entrega a Björn. Está claro para quién son. La mirada de el y la mía se encuentran, suelto su erección y se levanta. Su pene es enorme y la boca se me hace agua.
Björn es tan sexy.
—Diana, cambia el CD y pon el azul.
La mujer obedece y, cuando suenan los primeros acordes de Cry Me a River, de Michael Bublé, ambos sonreímos y dice:
—Esta cancioncita siempre me recuerda a ti.
Yulia se mueve, su pene sobresale del agua y me olvido de Björn. Mi mujer es lo más y me vuelvo loca.
La deseo.
La deseo dentro de mí con urgencia y ansia viva.
Con una sonrisa que me demuestra lo bien que lo está pasando, se desplaza hasta una parte del jacuzzi donde casi se puede tumbar y dice:
—Vamos, gatita, móntate en mí.
Excitada, voy hasta ella y la beso. Su lengua se enreda en la mía y ambas sonreímos. Jugamos, nos tocamos y me agarra para, lentamente, introducirse en mí. Yo jadeo.
—Me vuelves loca, pelirroja.
Sonrío y, abrazándome, ella murmura:
—Tu entrega me excita cada día más.
—Lo sé.
Mientras muevo las caderas y busco mi placer, susurro en su oído:
—Me gusta lo que hacemos y me gusta que me des órdenes.
Mirándome a los ojos, ella asiente y, penetrándome con fuerza, sisea:
—Sé que has disfrutado. Tus gemidos me lo decían.
—Sí. Mucho.
Con una peligrosa sonrisa que me pone la carne de gallina, Yulia añade:
—Ahora disfrutarás más. —Y, mirando por encima de mi hombro, dice—: Björn, te esperamos.
Siento que el agua del jacuzzi se mueve y nuestro amigo se pone detrás de mí.
—Tu culito me encanta, preciosa.
Mi mirada se intensifica al saber lo que va a pasar cuando mi pelinegra dice:
—En este instante es todo para ti, amigo. Disfrutemos de mi mujer y volvámosla loca.
Björn me besa el cuello y, agarrándome desde atrás los doloridos pezones, murmura:
—Estoy loco por hacerlo.
Cuatro manos me tocan bajo el agua, mientras Michael Bublé canta.
Yul separa mis nalgas y Björn guía su erección hasta mi ano. Sin necesidad de lubricante, éste se dilata y, en cuestión de segundos, mi especial mujer y su amigo me poseen en el jacuzzi mientras Diana nos observa y bebe de su copa.
—Así..., cariño..., así... Dime que te gusta.
—Me gusta... sí.
Desde atrás, Björn pregunta:
—¿Cuánto te gusta?
—Mucho... mucho... —respondo.
—Quiero que disfrutes con nosotros, cariño.
—... Lo hago, cielo..., lo hago —susurro, convencida de ello.
Me hacen suya sin descanso.
Enloquezco entre mis dos personas preferidas. A Yulia la amo con locura y mi vida sin ella ya no tendría sentido, y a Björn lo quiero como amigo personal y de juegos. Nuestro trío siempre es caliente y morboso. Los tres nos hemos acoplado de manera increíble y siempre que nos juntamos lo pasamos muy bien.
De pronto, Yulia se reclina un poco más en el jacuzzi y dice mirando a Björn:
—Doble.
—¿Segura? —pregunta él.
—Sí.
No sé a qué se refieren. Sólo siento que Björn sale de mí, se levanta, se quita el preservativo y se pone otro. Después se agacha de nuevo en el jacuzzi y, tocando la entrada de mi vagina bajo el agua, lugar por donde me penetra Yulia, murmura en mi oído, mientras uno de sus dedos entra en mí.
—Mmmm... me encanta la estrechez.
Eso me tensa. ¿Doble penetración vaginal?
Miro a Yul. Está tranquila, segura del momento. Pero yo tengo miedo al dolor. Lo ve en mi cara y, acercando su boca a la mía, murmura:
—Tranquila, gatita. Diana te ha dilatado. —Y, besándome. susurra—: Nunca permitiría que sufrieras, bebe.
Asiento mientras su beso me asola y siento el dedo de Björn junto al pene de Yulia en mi interior. Después de un dedo entran dos, hasta que mi lobita detiene sus enardecidas acometidas.
Björn coloca entonces la punta de su pene en mi vagina, saca los dedos y, tras un par de empujones, noto cómo su duro miembro entra totalmente pegado junto al de mi amor.
—Así, gatita..., así... Disfruta...
—Dios, Lena, qué maravilla —dice Yulia en mi oído, mientras se aprieta más contra mí.
Jadeo... Jadeo... Jadeo...
Mi vagina vuelve a estar totalmente dilatada. Dos penes juntos y casi fusionados entran y salen de mí y yo sólo puedo jadear y abrirme para ellos.
Oh, sí. Lo estoy haciendo. Estoy siendo doblemente penetrada por la vagina.
Enloquecida, Yul me aprieta la cintura mientras pregunta:
—¿Todo bien, cariño?
Asiento. Sólo puedo asentir y disfrutar de ello.
Excitado, Björn se mueve detrás. Sus manos me abren las nalgas. Me las aprieta y dice:
—Dime qué sientes.
Pero no puedo hablar. Estoy tan embargada por el deseo que sólo puedo jadear cuando Yulia murmura:
—Dinos qué sientes o pararemos.
—No... no paréis por favor... No paréis... Me gusta... —consigo balbucear.
Tengo mucho calor.
Me sube por todo el cuerpo. Me abraso y, cuando la calentura llega a mi cabeza, grito y me dejo caer sobre Yul, mientras ellos penetran mi cuerpo en busca de su placer.
Oh, Dios..., qué sensación. Toco el botón del jacuzzi y las burbujitas nos rodean.
Estoy entre mi lobita, y un titán.
Ambos me tocan, me mordisquean, me exigen, me penetran.
Sus duros penes, apretados el uno contra el otro, entran y salen de mí mientras el placer me recorre y grito enloquecida, apretándome a ellos.
El ruido del agua al moverse mitiga nuestras voces, nuestras fuertes respiraciones, nuestros gritos de placer. Pero yo las oigo. Oigo a mi amor, oigo a Björn y me oigo a mí misma, hasta que los tres nos dejamos llevar por un devastador clímax.

Esa noche, cuando llegamos a casa sobre las cinco de la mañana, estoy agotada. Cuando el taxi nos deja en la verja, hace fresquito. En septiembre, en Alemania ya refresca.
Yulia me coge de la mano con seguridad y, en silencio, caminamos hacia la casa. Susto y Calamar vienen a saludarnos. Con mimo, Yul y yo los besuqueamos y ellos corren a nuestro alrededor hasta desaparecer.
Sonrío. Me gusta mi vida. Todavía no puedo creer todo lo que he hecho esta noche, pero soy consciente de que lo quiero volver a repetir.
Menuda máquina sexual que soy. ¿Quién me lo iba a decir a mí?
Cuando llegamos a la puerta de nuestra casa, tiro de mi pelinegra y, mirándola a los ojos, musito:
—Te quiero y adoro todo lo que hacemos juntas.
Ella sonríe y susurra cerca de mi boca:
—Ahora y siempre, cariño.
Nos besamos...
Nos amamos...
Nos adoramos...
Acabado el cariñoso beso, abre la puerta de la casa y vemos luz en la cocina. Sorprendidas, nos miramos, vamos hacia allí y vemos a Graciela y Dexter besándose.
—Ejem... ejem...
Los tortolitos nos miran y, divertida, pregunto:
—¿Qué hacéis todavía despiertos a estas horas?
Sin levantarse de las piernas de Dexter, Graciela sonríe.
—Teníamos sed y hemos decidido tomar algo fresquito.
Sobre la mesa tienen una botellita con pegatinas rosa y Yulia, divertida, me mira y exclama:
—¡Buena elección!
—Por cierto, güey, este Moët Chandon rosado está padrísimo.
Yul sonríe. Yo también y añado:
—Esa botellita con pegatinas rosa ¡está de muerte!
Entre risas, nos sentamos a tomarnos una copichuela con ellos dos y en un momento en que Yulia y Dexter hablan, Graciela me mira y murmura:
—Si antes me gustaba este mexicano, ahora me enloquece.
—¿Todo bien entre vosotros?
—Más que bien, ¡colosal!
Eso me hace sonreír y pienso que, en ocasiones, el amor es muy grande, ¡grandísimo! Y ésa es una de esas ocasiones.
Quince minutos después, nos despedimos de ellos y mi amor y yo nos vamos a nuestra habitación. Estamos cansadas y cuando nos desnudamos y nos metemos en la cama, Yul me toca con mimo el cuero cabelludo. Sabe que me encanta y murmura:
—Duerme, bebe.
Me acurruco entre sus brazos y, feliz y dichosa, me duermo.



Bueno nos leemos pronto, espero les haya gustado este capítulo tan educativo Wink Rolling Eyes



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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Ene 07, 2015 12:37 am

Dia de conti de esta historia, espero sea de su agrado Surprised



PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...


Capítulo 13

Dos días después me encuentro algo revuelta.
Me duele el estomago y supongo que me va a venir la regla.
Odio que me duela tanto. ¿Por qué me tiene que pasar a mí esto cuando tengo amigas que ni se enteran?
Voy al baño y, ¡zas!, ya me ha bajado. Cuando salgo, me tomo un calmante. Eso y escuchar mi música me relajará. Cojo mi iPod, me pongo los casos y escucho.
Me llaman loco
por no ver lo poco que me dicen que me das.
Me llaman loco
por rogarle a luna detrás del cristal.
Cierro los ojos y la voz de Pablo Alborán me relaja como siempre y finalmente me duermo.
Suaves y dulces besos me despiertan y, al abrir los ojos, veo que es Yul. Me quito los cascos y dice:
—Hola, gatita, ¿cómo estás?
—Jorobada... muy jorobada —susurro.
Rápidamente se alerta y le aclaro al ver su gesto:
—Me ha venido la regla y el dolor me está matando.
Yulia asiente. Lo sabe de otros meses y dice:
—Hay un remedio alemán muy bueno para que no te duela.
—¿Cuál? —pregunto esperanzada.
Lo que sea con tal de no tener este dolor tan asqueroso.
—Quédate embarazada y durante casi un año te olvidarás de ella.
Su gracia no me hace gracia.
Ella se ríe. Yo no.
Tengo ganas de darle un puñetazo ¿Se lo doy? ¿No se lo doy?
Al final contengo mis impulsos más trogloditas y, dolorida, digo:
—Me parto y me mondo.
—¿No crees que es un buen remedio?
—No.
—Una pelirrojita con tus ojitos verdigrises... tu naricita... tu boquita...
—Lo llevas claro —gruño.
Yulia ríe y, besándome, añade:
—Sería preciosa. Lo sé.
—Tenlo tú... so listo.
—Sí pudiera, lo haría. Pero sabes que aunque tenga instrumental femenino, no funcionaría muy bien…
La miro y me rasco.
—Mira cómo se me está poniendo el cuello. ¿Quieres parar?
La oigo reír. Maldita risitas. Cojo un cojín y se lo estampo en la cabeza con todas mis fuerzas.
Oh... oh... me conozco y, como siga riéndose, soy capaz de estrangularla.
Su risa sube de decibelios. La miro y, con cara de destroyer total, siseo:
—¿Serías tan amable de irte y dejarme sola para que el dolor se me pase?
—Cariño, no te enfades.
Pero mi nivel de tolerancia en ocasiones como ésta es nulo y, sin mirarla, digo:
—Pues vete y cierra el pico.
Claudica. Sabe que la regla hay meses que me ennegrece el humor y, tras darme un beso en la coronilla, se va. Cierro los ojos, me vuelvo a poner los cascos e intento relajarme, esta vez con la voz rota de Alejandro Sanz. Necesito que el dolor se me pase.
El viernes, Juan Alberto, el primo de Dexter, aparece en Múnich.
Cuando lo veo me sorprendo. Nadie me ha advertido de su llegada y a la primera ocasión le pregunto:
—¿Cómo se ha quedado mi hermana?
El mexicano sonríe y, tocándose el pelo, responde:
—Tan linda como siempre.
Pero esa contestación no me vale e insisto:
—Quiero saber si se ha quedado bien o mal con tu marcha.
—Bien, mujercita..., bien. Le prometí pasarme por Kazan antes de regresar a México. Por cierto, me dio esto para ti.
Saca un sobre cerrado. Lo cojo y me lo guardo en el bolsillo del pantalón. Diez minutos después y deseosa de leer lo que mi hermana dice en esa carta, me escabullo a mi habitación y, sentándome en la cama, abro el sobre y leo.
Hola, cuchufleta:
Por aquí todo bien. Papá estupendo, Irina feliz en su colegio y Katy engordando y creciendo.
Te escribo para decirte que estoy bien a pesar de que ya imaginarás que la marcha de mi mexicano me deja espachurrada. Ya me advertiste tú. Pero yo he querido ser una mujer moderna y, a pesar de lo mal que me siento ahora, estoy feliz por haberlo sido.
Por cierto, ¡no me he acostado con él! No soy tan moderna, aunque entre nosotros ha habido más que dulces y tiernecitos besos.
Con él, he conocido a un hombre maravilloso, cariñoso y encantador. Y por fin he conseguido quitarme el mal sabor de boca que me dejó el empanado de Dimitri. Por tanto, cuando lo veas trátalo con cariño, que te conozco, y él se lo merece, ¿entendido?
Te quiero, cuchu, y prometo llamarte un día de éstos.
Anya
Lágrimas como puños brotan de mis ojos.
Pobrecita, mi hermana, lo mal que lo debe de estar pasando y el miedito que tiene a que yo le abra la cabeza a Juan Alberto. Joder, que tan bruta no soy.
Sin más, cojo el teléfono y marco el número de Kazan. Quiero hablar con ella.
Un timbrazo...
Dos timbrazos...
Y al tercero oigo su voz.
—¿Estás bien, Anya?
Al reconocerme, la oigo que suelta uno de sus suspiritos lastimosos y murmura:
—Sí. Estoy bien a pesar de los pesares.
—Te lo dije, Anya, te dije que él regresaría a México.
—Lo sé, cuchu... Lo sé.
Tras un silencio más que significativo, dice, dejándome totalmente sorprendida:
—¿Sabes?, lo volvería a hacer. Ha merecido la pena disfrutar el tiempo con él. Juan Alberto no tiene nada que ver con Dimitri y, aunque ahora lloriqueo por las esquinas, reconozco que me ha subido mi autoestima como mujer y ahora me valoro más. ¿Él está bien?
—Sí, lo acabo de ver. Está en el salón con Yulia y Dexter y...
—Dale un beso de mi parte, ¿vale?
—Vale.
Hablamos unos minutos más y al final nos despedimos cuando Katy se pone a llorar. Mi hermana tiene que atenderla.
Cuando regreso al salón, veo sólo a Graciela, leyendo una revista.
—Yulia y los otros dos están en el despacho —me informa.
Asiento y voy a la cocina.
Tengo sed. Hablar con mi hermana me deja triste, pero saber de su propia boca que se valora más como mujer me hace feliz. Al final, no hay mal que por bien no venga.
Abro el frigorífico, cojo una Coca-Cola y, cuando me la estoy bebiendo apoyada en la encimera, oigo la voz de Simona, que cuchichea en el lavadero:
—¿Por qué tiene que venir aquí?
—Laila viene a Alemania por temas laborales.
—¿Acaso no sabe que su presencia nos incomoda?
—Mujer, escucha —le oigo decir a Norbert—. Lo que ocurrió pasado está. Es mi sobrina.
—Exacto, tu sobrina. Una estúpida que...
—Simona...
—¿Cuándo te ha dicho que llega?
—Mañana.
—¡Maldita sea!
—Simona, ¡esa lengua por favor! —la regaña Norbert.
Sonrío sin poderlo remediar, cuando oigo la voz terriblemente enfadada de mi Simona:
—Y, claro, como tu sobrina es una señorita muy fina, llama antes a la señora Volkova que a ti y se queda a dormir en esta casa en vez de en la nuestra, ¿verdad? ¿Acaso no recuerdas lo que podría haber pasado de no ser por Björn?
—Lo recuerdo y, tranquila, no volverá a suceder.
Oigo entonces que la puerta del lavadero se abre y, por el ventanal de la cocina, veo a Simona caminar muy enfadada hacia su casa y a Norbert detrás.
¿Qué ocurre?
Sorprendida, los sigo con la mirada. Es la primera vez que veo que esa cándida pareja no está de acuerdo en algo y me preocupa. Pero más me preocupa saber quién es Laila, por qué llama a Yulia en vez de a su tío y qué pasó esa última vez.
Debo hablar con Simona en cuanto pueda.
Esa noche, cuando Yul y yo estamos en nuestra habitación, digo, enseñándole mi móvil:
—¿A que no sabes qué tono de llamada me he puesto para cuando me llames?
Ella me mira. Coge su móvil, llama al mío y sonríe al reconocer la música de la ranchera Si nos dejan.
Enamoradas, nos abrazamos y sonreímos. Cinco minutos después, tras varios besos, cuando Yulka me suelta, digo:
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro, cariño. Puedes preguntarme lo que quieras.
—¿Tú me darías trabajo?
Yul me mira. Sonríe y, abrazándome, dice, acercándose a mi boca:
—Te dije hace mucho que tu contrato está renovado de por vida, Kotenok.
Me río. Recuerdo que me dijo eso el día que le mandé las flores al despacho e insisto:
—Me refiero a trabajar en las oficinas de Müller.
—¿Trabajar? —Y, soltándome, añade—: ¿Por qué?
—Porque cuando se vayan Dexter y Graciela me aburriré. Estoy acostumbrada a trabajar y la vida ociosa no me va nada.
—Cariño, ya trabajo yo por las dos.
—Pero yo quiero cooperar. Ya sé que tienes mucho dinero y...
—Tenemos, Kotenok —me corta—. Tenemos. Y antes de que continúes, no necesitas trabajar porque yo te puedo mantener con holgura. No estoy dispuesta a que mi mujer esté sujeta a unos horarios que no son los míos y a privarme de ti porque tengas obligaciones que cumplir. Por tanto, tema zanjado.
—Y una leche, tema zanjado.
Mi tono de voz no le ha gustado.
A mí no me ha gustado su contestación y, señalándola con el dedo, digo sin muchas ganas de discutir:
—Por hoy dejamos el tema, pero que te quede muy clarito, guapita de cara, que volveremos a hablar de ello, ¿entendido?
Yulia resopla, asiente y se mete en el cuarto de baño. Cuando sale, sin darle descanso, digo:
—Necesito preguntarte otra cosa.
Mirándome con gesto incómodo, responde, sentándose en la cama:
—Tú dirás.
Me muevo por la habitación. Deseo preguntarle por Laila, pero no sé cómo hacerlo. Saber que esa mujer la ha llamado por teléfono y ella no me ha dicho nada me molesta y, finalmente, dejando los paños calientes a un lado, suelto:
—¿Quién es Laila, por qué no me has dicho que te ha llamado y por qué se va a alojar en nuestra casa?
Sorprendida al oír ese nombre en mi boca, pregunta:
—¿Cómo sabes tú eso?
Mi cara cambia.
Toc... toc... los celos vienen en tromba.
Achino los ojos y, con ese no sé qué que me entra cuando desconfío, insisto:
—Aquí la pregunta más bien es, ¿por qué no me has dicho que una desconocida para mí te ha llamado y se va a alojar desde mañana en nuestra casa? Y ahora, enfádate, pero que sepas que más enfadada estoy yo de no haberme enterado por ti.
—¡¿Llega mañana?! —pregunta sorprendida.
Por su expresión, intuyo que es sincera. No lo recordaba y respondo:
—Sí. Un poco más y me entero cuando esté sentada a la mesa.
Yul me entiende. Me lo grita su mirada y, acercándose a mí, dice:
—Cariño, estoy tan liada últimamente que se me había olvidado contártelo. Perdóname. —Y al ver que no respondo, añade—: Es la sobrina de Norbert y Simona y era la mejor amiga de mi hermana Hannah. Me llamó y, al saber que venía a Alemania por trabajo, la invité a alojarse en nuestra casa.
—¿Por qué?
—Hannah le tenía mucho cariño.
—¿Has tenido algo con ella?
Mi pregunta la sorprende y, dando un paso hacia atrás, responde:
—Por supuesto que no. Laila es una mujer encantadora, pero nunca hemos tenido nada, Len. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Y Björn?
Boquiabierta, me mira y dice molesta:
—Que yo sepa, tampoco. Pero vamos, si lo han tenido no me interesa y creo que a ti tampoco te ha de interesar. ¿O debo pensar que te preocupa si tuvo un rollo con Björn?
Al ver por dónde va su pregunta, la miro ofuscada y murmuro:
—Por Dios, Yulia, ¡no digas tonterías!
—Pues no hagas esas preguntas.
Me callo. No quiero comentar lo que le he oído decir a Simona, pero estoy dispuesta a averiguar a qué se refería con eso de «¿No recuerdas lo que pasó la última vez?».
—¿Estás celosa de Laila?
Su pregunta directa me hace dar una respuesta directa:
—En lo referente a ti, sí. Y te perdono el olvido de no contármelo.
Ella sonríe, yo no.
Da un paso hacia mí, pero yo no me muevo.
Me abraza, pero yo no la abrazo.
Ella con tacones y yo descalza sobre la alfombra, estoy a su misma altura, Me coge la barbilla y con delicadeza me hace mirarla.
—¿Todavía no te has convencido de que la única mujer que necesito, adoro y quiero en mi cama y en mi vida eres tú? —pregunta—. Te dije y te repetiré mil veces que te voy a querer toda la vida.
Ea... ya me ha ganado.
Ha vuelvo a derribar mis defensas con eso de «Te voy a querer toda la vida».
¡Ya me ha hecho sonreír!
—Sé que me quieres tanto como yo te quiero a ti, porque el ahora y siempre que llevamos en nuestros anillos es sincero —digo, enseñándole mi dedo con el anillo—. Pero me molesta que no me contases lo de la llamada y más cuando una mujer que no conozco va a dormir en nuestra casa.
Yulia me levanta del suelo y, cuando me tiene delante de su cara, acerca su boca a la mía. Me lame el labio superior, después el inferior y, finalmente, me muerde con cariño y susurra:
—Tontita celosa, dame un beso.
Estoy por hacerle la cobra, pero al final no le doy un beso, le doy veintiuno y terminamos haciendo el amor a nuestro modo, contra la pared.
Al día siguiente, cuando me levanto y bajo al salón, Juan Alberto se ha marchado para Bélgica. Anoche, antes de dormir, le di el beso que mi hermana me pidió y él lo recibió con cariño. Menudo rollito más raro se traen estos dos.
Intento hablar con Simona, pero no está. Se ha ido a comprar.
Dexter y Yulia van a pasar la mañana fuera, solucionando temas empresariales, y Graciela y yo nos vamos de compras. La semana siguiente regresan a México y quiere llevarse muchos recuerdos.
Por la tarde, cuando llegamos, entro en la cocina y veo a Simona, que me sonríe. Me acerco a ella y la abrazo. Necesito ese contacto cuando mi lobita no está. Ella lo sabe y me abraza también.
Cuando me siento a la mesita de la cocina, la mujer sigue con sus tareas y comento:
—Estás muy seria. ¿Qué te ocurre?
—Nada.
—¿Seguro, Simona?
—Sí, Lena.
Asiento. Durante unos minutos permanecemos calladas y, cuando voy a decir algo, de pronto me mira y me apremia:
—Vamos, es la hora. Comienza Locura Esmeralda.
Doy un salto y corro junto a ella. Entramos en el salón donde Graciela está leyendo y, tras saludarla, nos acomodamos en el sofá y encendemos el televisor.
—Comienza Locura Esmeralda —cuchicheo emocionada, mirando a Graciela.
Ella sonríe y no dice nada.
Mejor... ya sé que me estoy volviendo una hortera.
Cuando comienza a sonar la melodía de la serie, Simona y yo nos miramos y, rápidamente, canturreamos:
Ámame, en nuestro loco amanecer.
Bésame, en nuestra cama en la aurora.
Cuídame, porque soy tuya y no de otro.
Mímame, soy tu Locura Esmeralda.
Graciela suelta una carcajada y Simona y yo también.
La madre que nos parió, la pinta que tenemos que tener las dos cantando la cancioncita de marras en alemán. Me estoy volviendo una friki. ¡Qué vergüenza!
Con el corazón en un puño, volvemos a ver cómo a nuestro amado Luis Alfredo le disparan. Esmeralda Mendoza corre a auxiliarlo y de la nada sale un hombre que está de muy buen ver y los ayuda. Termina el primer capítulo con Esmeralda llorando en el hospital. Teme por la vida de su amado Luis Alfredo. Lo malo no es que ella llore, sino que lloramos, ella, Simona, Graciela y yo.
¡Vaya tres patas para un banco!
Cuando se termina la serie, nos miramos con gesto compungido y terminamos riendo. Divertidas, nos vamos a la cocina; necesitamos beber algo para reponer las lágrimas que hemos perdido.
En ese instante, se abre la puerta, entra Norbert y, tras él, una mujer bastante mona, de pelo claro, que dice de pronto:
—Hola, tía Simona.
Sin parpadear, observo cómo la desconocida se echa a los brazos de mi querida Simona y ésta, por no querer dejarla en evidencia, sonríe.
—Laila, qué alegría.
Norbert, que está detrás de ellas, se da media vuelta y se marcha. Anda que no es listo. Se quita de en medio.
Una vez la joven se separa de Simona, ésta, mirándome, dice:
—Laila, te presento a la señora Volkova.
La joven me mira con una grata sonrisa y yo, tendiéndole la mano, digo:
—Puedes llamarme Lena.
—Encantada, Lena.
Entonces me acerco a Graciela y añado:
—Ella es Graciela, una buena amiga.
—Encantada, Graciela.
—Lo mismo digo, Laila.
Hechas las presentaciones, Simona me mira y pregunta:
—¿Dónde quieres que se aloje, Lena?
—Donde tú quieras, Simona.
Laila nos observa alucinada y, mirando a su tía, exclama:
—Llamas a tu señora por su nombre.
Y antes de que yo pueda responder, Simona dice:
—Sí. Y ahora, sígueme.
Simona, que espera con la pesada maleta en la mano, echa a andar cuando la joven Laila le dice en un tono que a mí particularmente no me gusta mucho:
—Tía, lleva la maleta a donde corresponda y luego me dices en qué habitación me alojo. Ya conozco la casa. —Y luego, mirándome con una enorme sonrisa, añade—: Muchas gracias por permitir que me quede en tu nuevo hogar.
Punto uno, tendría que ser ella quien llevara la maleta a la habitación y no Simona.
Punto dos, eso de «me conozco la casa», me ha tocado la moral.
Punto tres, se acaba de pasar de lista.
Estoy a punto de decirle algo, cuando Yulia entra en la cocina y la recién llegada exclama al verla.
—¡Yulia!
—Hola, Laila.
—Enhorabuena por tu boda. Los tíos me acaban de presentar a tu mujer y es encantadora.
Ella le da dos besos y, mirándome, dice:
—Gracias por la felicitación. Se puede decir que estoy en el mejor momento de mi vida.
Todos sonreímos. Dexter entra y los dos se marchan al despacho. La chica me guiña un ojo y dice:
—Espero que seas muy feliz, Lena.
Con gesto incómodo, Simona se marcha y Laila se sienta conmigo y Graciela a la mesa de la cocina, donde yo la someto a un tercer grado.
Joder... cada día me parezco más a mi hermana Anya.
Cuando Flyn vuelve del colegio, Laila se levanta para abrazarlo. El niño se alegra al verla. En sus recuerdos está grabado que era amiga de su mamá.
Esa noche, una hora más tarde de lo normal, todos cenamos en el salón. Invito a Simona y Norbert a que se unan a nosotros, pero Simona se niega. No insisto. Veo con claridad lo mucho que la incómoda Laila y decido hablar con ella mañana sábado por la mañana.
Cuando me despierto, como siempre, estoy sola en la cama.
Me desperezo y de pronto me doy cuenta de algo tremendamente importante: ¡es el cumpleaños de Yulia!
Encantada de la vida, corro al baño, me lavo los dientes, me doy una ducha rápida y me visto. A toda prisa, cojo el regalo que tengo para ella y bajo los escalones de cuatro en cuatro para felicitarla.
Oigo voces en el salón y, al entrar, veo a Yul sentada allí con Dexter. Dispuesta a sorprenderla, corro como una loca hacia el sillón y me tiro por encima del respaldo para caer en sus brazos. Pero la mala suerte hace que coja demasiado impulso y termine despanzurrada en un lateral del salón y el regalo ruede por los suelos.
Menudo golpazo me he dado. Creo que me he abierto la muñeca.
Yul se levanta rápidamente y me auxilia, seguida por Dexter. Los dos me miran sorprendidos, sin saber aún qué ha pasado y yo no sé si estoy más dolorida física o moralmente.
¡Qué bochorno!
Yulka me lleva en brazos hasta el sillón y, tras dejarme allí, pregunta, mirándome:
—¿Dónde te has hecho daño, cariño?
Le enseño la mano izquierda y, al moverla, suelto un quejido.
—Ay, qué dolor... qué dolor. Creo que me he abierto la muñeca.
Yul se paraliza, se queda blanca. No entiende qué es abrirse la muñeca y, al darme cuenta, aclaro para que me entienda:
—Cariño, me he torcido la mano. —Y, moviéndola ante ella, añado—: No te preocupes, con una venda se soluciona.
Respira y el color vuelve a su cara. En ese momento aparecen Graciela y Laila, que al vernos preguntan:
—¿Qué ha ocurrido?
Dexter mira a su chica y responde:
—Amorcito, no lo sé. Sólo sé que he visto a Lena volar por encima del sillón y darse un fuerte golpe contra el suelo.
Graciela, que es enfermera, rápidamente se acerca a nosotros y, mirándola, digo:
—Estoy bien, pero me duele la muñeca.
Yul, levantándose, dice rápidamente:
—Vamos, te llevaré al hospital para que te hagan unas placas.
La miro, me río y respondo:
—No digas tonterías. Esto me lo arregla Graciela con una venda, ¿verdad?
Ella, tras revisar mi mano y moverla, asiente.
—No hay rotura. Tranquila,Yulia.
Pero claro, ¡Yulia es Yulia! e insiste:
—Me quedaré más tranquila si le hacen una radiografía.
—Estoy de acuerdo contigo —afirma Laila—. Lo mejor es asegurarse de que todo está bien.
Sonrío. Miro a mi pelinegra preferida y, levantándome, razono:
—Escucha, cariño, mi mano está bien. Sólo le hace falta una venda y tema solucionado.
—¿Segura?
—Segurísima.
—Iré a la cocina a buscar el botiquín —dice Laila.
Graciela va tras ella y Dexter la sigue. Cuando nos quedamos solas, miro a mi amor y, sonriendo, susurro:
—Feliz cumpleaños, señora Volkova.
Yul sonríe. ¡Por fin sonríe!
—Gracias, cariño.
Nos besamos con ternura y, cuando se separa de mí, digo:
—Hoy hace un año que cené gratis con mi amigo Nacho en el Moroccio haciéndome pasar por tu mujer y luego tú viniste a mi casa con cara de malas pulgas y me dijiste con tu vozarrón de enfado: «¡¿Señora Volkova?!».
Ella suelta una carcajada al recordarlo y yo pregunto:
—¿Lo recuerdas?
—Sí..., osito panda —responde.
Ay, ¡qué mono!
Suelto una carcajada. Me hace gracia que recuerde mi ojo aquel día. Madre mía, sucedió hace un año. ¡Cómo pasa el tiempo!
Encantada de recordar esos momentos tan bonitos, miro a mi alrededor en busca del regalo y lo localizo bajo la mesa. Voy hacia allá, me agacho y lo recojo. Regreso hacia Yulka y, poniéndole mi carita de niña buena, le digo:
—Espero que te guste y, sobre todo, que funcione tras el golpazo que se ha metido.
Abre el paquete y, al ver el reloj, me mira y, sacándolo de la caja, se lo pone y pregunta:
—¿Cómo sabías que me gustaba este reloj?
—Tengo ojos en la cara, cariño, y he visto cómo lo mirabas en esa revista tan cara que recibes mensualmente de cierta joyería. Por cierto, que sepas que los dueños me han abierto cuenta, aunque yo les dije que no.
—Normal, cariño, eres mi mujer. Cuando quieras algo bonito y original, Sven, el joyero, te lo puede hacer.
Sonrío. Yo soy más de bisutería y mercadillo. En ese momento entra Graciela sentada sobre las piernas de Dexter y, enseñándome las vendas, dice:
—Vamos, Lena, ven, que te vendo la muñeca.
De pronto soy consciente de que no he visto a alguien y pregunto:
—¿Dónde está Flyn?
Yul responde cuando Laila entra en el salón:
—Marta ha pasado a buscarlo hace un rato. Luego lo veremos en la cena.
—¿No cenáis aquí? —pregunta Laila.
—No. Hoy los invito a cenar por mi cumpleaños —responde Yulia, mientras observa lo que hace Graciela.
—Oh... entonces cenaré sola —murmura.
La miro. Veo su expresión triste y, como siempre, me da pena.
Mis ojos se encuentran con los de Yul. Nos comunicamos en silencio y, cuando ella asiente, miro a Laila y pregunto:
—¿Quieres venir con nosotros? —La joven parpadea y, sonriendo, responde:
—Me encantaría.
Cuando todos se tranquilizan después de mi tremendo testarazo, busco a Norbert. Está en el garaje con mi Ducati. Al verla, tengo un subidón de adrenalina y sonrío. Me acerco hasta él y pregunto:
—¿Necesitas ayuda?
El hombre sonríe.
—No, señora. No se preocupe. La moto está perfecta y el domingo de la competición funcionará de maravilla, ya lo verá. ¿Quiere probarla?
Sin dudarlo, asiento.
¿Cómo resistirse a una vueltecita en mi Ducati?
Me monto, la arranco y grito al escuchar su bronco sonido.
Norbert sonríe y salgo del garaje con ella.
Sin protecciones ni casco, me doy una vueltecita por la parcela. Susto y Calamar corren detrás. La moto funciona como siempre, ¡genial! Pedazo de maquina me compró mi padre.
Al pasar frente a uno de los ventanales del salón, veo que Yul me observa. Con chulería, hago un caballito y, al ver su gesto tenso, me río y dejo de hacerlo. Al bajar, la muñeca se me resiente.
Diez minutos más tarde, regreso al garaje, donde Norbert me espera, y le dejo la moto.
—¿Qué le parece, señora? ¿La encuentra bien?
Asiento y me toco la muñeca. Me duele, pero no me preocupo. Estoy segura de que en una semana estará mejor.
Yulia nos lleva a cenar a un maravilloso restaurante. Allí ha quedado con su madre, su primo Jurgen, Marta, el novio de ésta y Flyn. Cuando nosotros llegamos con Dexter, Graciela y Laila, ya nos esperan. Flyn, al vernos, corre a abrazarnos y cuando Yulka llega junto a su madre, ésta, con un afecto que me pone la carne de gallina, la besa y dice:
—Felicidades, pequeña mia.
Entre risas y buen rollo esperamos a los que faltan. Jurgen se sienta entre Laila y yo y hablamos sobre la carrera. Estoy emocionada. No veo el momento de dar saltos con mi moto y disfrutarlos. Yul nos escucha. No dice nada, sólo nos escucha y cuando apunto en un papel el lugar donde se celebra el evento, sonríe.
Aparecen Frida, Andrés y Björn, que viene sin acompañante. Me fijo en su cara cuando ve a Laila y le veo una cierta incomodidad, pero cuando se acerca a nosotros la saluda como a una más. Eso sí, se sienta lo más lejos que puede de ella. Eso me da que pensar. Laila es una joven muy mona y es raro que Björn, el gran depredador, se aleje de ella. Algo pasa y tengo que descubrirlo.
Uno a uno, le van dando a mi Yulka sus regalos y ella sonríe agradecida. Qué feliz que está mi lobita en su treinta y tres cumpleaños.
Cuando pongo unas velas en la tarta que el camarero trae y la hago soplar, ¡sé que me quiere matar! Yo me río y le canto el cumpleaños feliz. Finalmente, sonríe... sonríe y sonríe.
—Creo que tienes algo que contarme, ¿verdad? —murmura Frida, acercándose a mí.
Al ver su cara, sé de lo que habla y, divertida, cuchicheo:
—Si te refieres a dónde terminamos la noche del Oktoberfest, sólo te diré, ¡caliente!
Frida sonríe y asiente.
—Me comentó Björn que lo pasasteis muy bien.
Afirmo con la cabeza y ella añade:
—Diana es tremenda, ¿verdad? —Vuelvo a asentir y Frida dice, mirando a Graciela—: ¿Y esos dos cómo van? ¿Habéis jugado ya con ellos?
—A tu primera pregunta, por lo que intuyo van bien. Y en referencia a tu segunda pregunta, no, no hemos jugado con ellos.
Media hora después, Larissa recibe una llamada. Su actual novio la llama. Marta y Arthur se ofrecen a llevarla y se marchan. Laila habla con Jurgen y, mirando a Frida, pregunto:
—¿Qué te parece Laila?
—Es muy maja. Era la mejor amiga de Hannah. —Y al ver que frunzo el cejo, pregunta—: ¿Qué es lo que realmente te preocupa de ella?
Sin querer develar lo que le oí decir a Simona y la percepción que me da ver que Björn no cruza palabra con ella, digo:
—¿Ha jugado alguna vez con Yulia o con vosotros?
—No, nunca. Creo que nuestro rollo no es el suyo. ¿Por qué lo preguntas?
Sonrío al ver que Yulka no me ha mentido. Eso me tranquiliza y respondo:
—Simplemente por saberlo.

Continuara...


Última edición por LenokVolk el Miér Ene 07, 2015 1:20 pm, editado 4 veces
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Ene 07, 2015 12:43 am

PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...

Capítulo 14


Dos días después, Larissa y Marta nos invitan a su graduación en la escuela de paracaidismo.
Yul va sin muchas ganas, pero como la obligo, al final no tiene escapatoria. Durante la graduación, intenta mantener el tipo a pesar de lo nerviosa que eso la pone. Pero cuando su hermana y su madre, junto a otros alumnos, se suben en la avioneta y ésta se eleva en el cielo, me mira y dice:
—No puedo mirar.
—¿Cómo que no puedes mirar?
—He dicho que no puedo —sisea y, al ver que asiento, añade—: Cuando estén en tierra me lo dices, ¿vale?
Resignada, le digo que sí. Hay cosas que no puede remediar.
Me da hasta penita. Pobrecita mi lobita, los esfuerzos que está haciendo para intentar entendernos a todos.
Flyn, emocionado por la proeza que van a hacer su abuela y su tía, aplaude emocionado. Y cuando uno de los monitores me dice que las dos que caen a la derecha son Larissa y Marta, se lo digo y el pequeño grita encantado con Arthur, que lo lleva a hombros.
—Cómo molaaaaaaaaa. ¡Caen en picado!
Yulia maldice. Ha oído lo que dice su sobrino, pero no se mueve.
Graciela y Dexter, acaramelados, no paran de besarse. No miran la exhibición ni nada. Ellos, con darse besitos y prodigarse cariñitos tienen bastante. Eso me hace reír. Vaya dos empalagosos. Les ha costado decidirse, pero ahora no se separan en todo el día. No me quiero imaginar las bacanales de sexo que deben de organizar en la habitación. Es tal su nivel de besuqueo, que Flyn los ha bautizado como «los lapa».
Observo el cielo y veo cómo varios puntitos se acercan rápidamente, hasta que se les abre el paracaídas y caen lentamente. Miro a Yulia y la veo blanca como la cera. Me preocupo.
—Cariño, ¿estás bien?
Sin apartar la mirada del suelo, niega con la cabeza y pregunta:
—¿Han llegado ya?
—No, cielo... están cayendo.
—Dios, Len, no me digas eso —murmura agobiada.
Intentando entender el esfuerzo que supone para ella estar allí, toco su ahora larga y negra cabellera para tranquilizarla y, cuando Larissa y Marta ponen los pies en tierra, digo:
—Ya está, Lobita, ya han llegado.
La respiración de Yul cambia, mira de nuevo hacia donde todos miran y aplaude para que lo vean su madre y su hermana.
¡Vaya pedazo de actriz!
Pasan los días y veo que Laila conmigo y con Graciela es encantadora, pero también observo que, con Simona, cada vez que se ven, los puñales vuelan. ¿Qué ocurre?
Una de las tardes, cuando estamos en la piscina cubierta, aparece Yul con Björn. Vienen de la oficina y están guapísimos Björn con su traje estilo Armani y mi Yul con ese pantalón super entallado a sus piernas y ese blazer con escote delantero super sexi.
Dexter, que está en el agua con nosotras, al verlos aparecer, grita:
—Vamos, güeys, vengan a remojarse.
Yul y Björn sonríen. Desaparecen de la piscina y, diez minutos más tarde, Björn con un bañador masculino, y mi Yulia, con un bañador compuesto por un short azul no muy corto y un top del mismo color regresan y se tiran al agua.
Rápidamente, mi lobita nada hasta mí. Sus brazos me rodean y, tras besarme con adoración, murmura:
—Hola, preciosa.
Le devuelvo el beso y dos segundos después estamos jugando en el agua como niñas. Simona entra en el recinto de la piscina y nos deja una bandeja con varias cosas. Sin demora, Laila va hasta la bandeja, llena un vaso de zumo de naranja y, acercándose al borde de la piscina donde estamos mi rusa- alemana y yo, dice:
—Toma,Yulia, recién exprimido. Como a ti te gusta.
Encantada, mi lobita lo coge, mientras yo, con cara de asombro, miro a Laila. Ella no me mira, sólo tiene ojos para Yul y de pronto dice:
—Y esta Coca-Cola fresquita con doble ración de hielo para Lena, que sé que le encanta.
Eso me llama la atención. ¡Qué observadora! Y contesto:
—Gracias, Laila.
—Gracias a ti por ser siempre tan amable conmigo.
Veinte minutos después, todos estamos sentados en el borde de la piscina, y Björn, jugando, me empuja y caigo al agua. Rápidamente, veo que Yulka  lo empuja a él y también termina en el agua.
—Te echo una carrera —me reta.
Sin responder, comienzo a nadar con todas mis fuerzas hacia el otro lado de la piscina y, cuando casi llego al borde, Björn me coge de los pies y me hundo.
Cuando consigo sacar la cabeza del agua, me coge por la cintura y me lleva hasta donde hago pie para que descanse. Una vez llegamos, me suelta y, divertida, le digo:
—Eres un tramposo, ¿lo sabías?
Él sonríe y contesta:
—Soy como tú. No me gusta perder.
Ambos nos reímos y, al ver que el momento es propicio, le pregunto sin cambiar de expresión:
—¿Qué ocurre entre Laila y tú?
—Nada.
Pero su atigrada mirada ha cambiado y busca saber qué es lo que yo sé. Nos miramos y, entendiéndonos perfectamente, susurro:
—Algo ha pasado entre vosotros. Lo sé.
—Eres una listilla.
—Y tú un malísimo actor.
—¡Cállate!
—Uy, ¡qué mal rollito! —Y al ver cómo me mira, añado—: Sólo hay que ver que apenas hablas con ella y ni te acercas. Cuando tú eres un depredador de mujeres. Ella es muy mona y lo lógico sería que le estuvieras tirando los trastos.
Björn sonríe. Lo acabo de sorprender y responde:
—Sólo te diré que cuando se vaya seré feliz.
—¿Yulia sabe que no la soportas?
Él niega con la cabeza.
—No.
—¿Me contarás lo que ha pasado?
—Sí, pero ahora no. Ya habrá ocasión.
Asiento. Estoy convencida de ello y comienzo de nuevo a jugar. Le hago ahogadillas, él me las hace a mí y nos divertimos hasta que, al salir y Yul arroparme con una toalla, oigo que Laila dice:
—Da gusto ver lo bien que os lleváis Björn y tú.
—Es un buen amigo —respondo.
—El mejor —apostilla Yulia.
Björn nos mira y sonríe y Laila añade:
—No me negarás que es un hombre muy guapo.
Él la mira, sonríe y, con un gesto de «¡cállate!», masculla:
—Gracias, Laila.
Siguiéndole el juego, yo digo:
—No te lo niego, Laila. Björn es un hombre muy guapo y sexy.
Yulia nos mira. Yo sonrío y, tras darle un beso, añado:
—Pero nada como la carne femenina, !pero sobre todo la tuya!
Todos sonreímos. El buen rollo impera cuando Laila vuelve a la carga.
—Si no hubieras conocido a Yulia, ¿te habrías fijado en Björn?
Su pregunta me hace gracia y, siendo sincera, como siempre lo soy, respondo:
—Si hubiera sido heterosexual por supuesto que si. El es un chico moreno muy atractivo y siempre lo moreno atrae más que lo rubio—¿En serio? —ríe Graciela.
Yo asiento y entonces Yulia me agarra por la cintura, me sujeta encima de ella y, mirándome, dice:
—Pues te has casado con una morena que nació rubia que no te piensa soltar.
—Y yo no quiero que me suelte —respondo, mientras la beso encantada.
Levantándose de la hamaca, y aunque es más pequeña que yo mi lobita me echa sobre su hombro en plan cavernícola y dice:
—Chicos... ahora volvemos.
—Suéltame —río divertida.
—No cariño... voy a cobrarme tus palabras.
—Será pervertida la tia—se mofa Björn.
Y ante la risa que me da al ver la urgencia de mi esposa, Dexter dice:
—Ándale y hazle pagar la osadía de que le parezca atractivo un hombre moreno, Volk.
Yul, sin pararse, llega a nuestra habitación y, tras tirarme en la cama como a un fardo, dice, quitándose el bañador:
—Desnúdate.
Con una sonrisa de oreja a oreja, me quito el biquini y cuando estoy totalmente desnuda, Yulka se tumba sobre mí, pasa las manos por la hendidura de mi sexo y susurra:
—Me tienes a mil, pelirroja.
Dicho esto, sacamos nuestro lado salvaje y hacemos el amor como posesas.

CONTINUARÁ...
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Ene 07, 2015 12:47 am

PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME


Capítulo 15

Me despierto a las siete de la mañana. Hoy es domingo y compito en motocross. Salto de la cama y me voy derechita a la ducha. Cuando salgo, me pongo unos vaqueros y bajo a desayunar. Al entrar en la cocina, sólo está Dexter.
—Buenos días, mi reina.
Sonrío. Cojo una taza, me sirvo un café y me siento a la mesa con él. Dexter me acerca una magdalena, yo la cojo y le doy un mordisco. Durante varios minutos, devoro todo lo que hay ante mi vista, hasta que le oigo decir:
—Yulia está nerviosa. Que participes en esa carrera apenas le dejó dormir.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque a las cuatro de la madrugada, cuando vine a tomar un vaso de agua fresca, estaba sentada en la mismita silla donde ahorita estás tú.
Eso me sorprende. ¿Por qué Yul se preocupa tanto? Pero sin querer darle más vueltas, pregunto:
—¿Y tú qué hacías despierto a las cuatro de la mañana?
Dexter sonríe.
—No podía dormir. Demasiados quebraderos de cabeza.
Bebo un sorbo de café y pregunto:
—¿Esos quebraderos de cabeza empiezan por Gra y terminan por Ciela?
El mexicano sonríe y, echándose hacia atrás en su silla, responde:
—Estoy confuso. No creo que sea justo lo que estoy haciendo con ella.
—Por lo que sé, ella está encantada, Dexter.
Asiente, pero con semblante serio, apunta:
—Cuando ocurrió mi accidente, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Pasé de ser un hombre deseado al que el celular siempre le sonaba, a un hombre que deseaba y cuyo celular no sonaba. Hubo un tiempo en que sufrí para aceptar lo que me había ocurrido y conseguí superarlo cuando dejé de tener sentimientos románticos hacia las mujeres. Todo estaba controlado, pero Graciela...
—Graciela te gusta, ¿verdad?
—Sí. Y mucho, además.
—Y te ha sorprendido en especial por lo que tú y yo sabemos, ¿no es así?
Dexter asiente y, mirándome a los ojos, dice:
—Temo hacerle daño y que ella me lo haga a mí. Soy consciente de mis limitaciones y...
—Eso ella lo sabe y me consta que no le importa —lo corto—. Quizá si fuerais la típica pareja sería importante y preocupante para ti, pero precisamente no lo sois y creo que los dos camináis en la misma dirección sexual. Por lo tanto, no has de preocuparte.
—¿Y el tema hijos? ¿Eso tampoco me debe preocupar? Ella es una mujer y tarde o temprano querrá tener un bebecito y yo eso no se lo puedo dar.
Uf... hablar de hijos no es lo que más me gusta, pero pregunto:
—¿Cómo que no?
Dexter me mira con cara de alucine. Debe de pensar que me he vuelto loca y aclaro:
—Hay muchos niños en el mundo en busca de una familia. No creo que haga falta que un bebé nazca de ti para quererlo, cuidarlo y protegerlo. Estoy segura de que, llegado el momento, Graciela y tú podréis tener vuestro propio hijo si ambos lo deseáis. Sólo tenéis que hablarlo. Ya lo verás. Pero ahora, disfruta, Dexter, disfruta de Graciela y deja que ella disfrute de ti. Ahora es vuestro momento de quereros, de pasarlo bien, de conoceros y de no permitir que nada ni nadie os amargue.
Él sonríe, toma un sorbo de su café y contesta:
—Cada día entiendo más a la pobre de mi comadre Volk. Eres una relinda mujercita, no sólo por fuera, sino también por dentro. Que Dios te guarde muchos años, mi querida Lena.
—Gracias, relindo —le contesto.
En ese momento, se abre la puerta de la cocina y oigo que Yul dice divertida:
—Maldito mexicano chingón, ¿ligando con mi mujer a escondidas?
—Güey, desde que sé que los hombres morenos le podrían atraer, ¡no pierdo las esperanzas!
Los tres nos reímos. Nadie entendería nuestra particular amistad. Pero nosotros sí y eso es lo único que nos importa.
Cuando terminamos de desayunar, llega la hora de marcharse. Veo a Simona y me acerco a ella. Estos días, con tanta gente en casa y actividad, apenas hablamos y le pregunto:
—¿Todo bien, Simona?
Ella asiente. Pero yo sé que no está bien y, aprovechando este momento entre las dos, le digo:
—Sé que pasa algo con Laila. —Y, cuando ella me mira sorprendida, añado—: Cuando regrese esta tarde tenemos que hablar, ¿entendido?
Simona contesta que sí. La abrazo y, dándole un beso, murmuro antes de alejarme:
—Luego nos vemos.
—¡Suerte! —responde con una sonrisa.
A las diez y media, llegamos a la dirección que Jurgen me dio. Dexter, Graciela, Laila, Norbert y Flyn nos acompañan y yo estoy inquieta y deseosa de trotar en mi moto. Yulia está atacada. Allí nos esperan Marta y Arthur. Larissa al final no ha podido venir.
Llevo sin saltar en moto desde días antes de mi boda y, aunque en la luna de miel conduje varias motos de agua, no es lo mismo y no veo el momento de montarme en mi Ducati.
Tras aparcar el coche, voy a apuntarme junto a Norbert, mientras Yulka baja la moto del remolque. Cuando me dan el dorsal, sonrío. Me acerco a Yul y, enseñándoselo, digo divertida:
—Dorsal sesenta y nueve, ¿a que es sexy?
Mi lobita sonríe.
Pero su sonrisa no es amplia. Sé que está tensa, pero se tiene que relajar y eso sólo lo puede conseguir ella. Cuando aparece Jurgen nos abrazamos. Está tan emocionado como yo por la competición. Me entrega un mapa del circuito y, como hace mi padre en Kazan, me explica un poco cómo son los saltos y en qué curvas he de tener cuidado para no caerme.
Yulia nos escucha. Memoriza todo lo que Jurgen dice y cuando éste se marcha junto a Laila, dice, señalándome el papel:
—Recuer da, ten cuidado en la curva diez e intenta tomar la quince abierta.
—Vale, jefa—asiento divertida y ella sonríe.
Flyn está nervioso y alucinado con tanta moto alrededor.
Marta y él me acompañan hasta los vestuarios y se encargan de ayudarme a ponerme el mono. Cuando por fin estoy equipada con mi traje de motocross, el crío me mira y murmura con gesto de flipe total:
—Cómo molaaaaaaaaaa.
Sonrío. Marta coge de la mano a su sobrino, me guiña un ojo y dice:
—Len es nuestra súper heroína particular.
Juntos regresamos hasta donde el grupo nos espera y Laila dice al verme:
—Estás increíble.
—Gracias. —Sonrío.
Graciela, con gesto de susto, murmura, sentada sobre las piernas de Dexter:
—Lena, ¿estás segura de hacerlo?
Con mi casco bajo el brazo, asiento.
—Segurísima.
Yul me mira. Yo la miro.
Le sonrío, pero ella no me devuelve la sonrisa.
Tiene miedo. Yo no.
Las carreras están divididas por sexos. Hombres y mujeres. Lo acepto, pero me gustan más cuando son mixtas. Me informan de que salgo en la tercera manga. Cuando comienzan las anteriores, observo concentrada, mientras en mi iPod escucho a los Guns N’ Roses.
La música heavy siempre me sube la adrenalina. Y para competir y ganar la preciso revolucionada. Nunca he corrido en este circuito y necesito ver cómo actúan mis contrincantes para saber gestionar mi carrera.
Yulia, a mi lado, observa y no dice nada. Deja que me concentre, pero su cara cada vez que ve una caída me hace saber lo que piensa. ¡Está horrorizada!
Cuando avisan por megafonía que se preparen los de la tercera manga, le doy un rápido beso y, poniéndome el casco, digo sin demorar la despedida:
—En seguida vuelvo. ¡Espérame!
Arranco y me voy.
Sé que la he dejado hecho polvo, pero no puedo ponerme a despedirme como si me fuera a la guerra. Sólo voy a correr una carrera que dura apenas siete minutos.
Cuando me coloco en la parrilla de salida, junto a las otras corredoras, busco a mi chica con la mirada y rápidamente la veo junto a Flyn y Marta. Me ajusto el casco y me pongo las gafas de protección. El ruido de los motores alimenta mi adrenalina y acelero mi moto.
¡Guauuu, cómo suena!
Me concentro en la pista. Visualizo el circuito que he repasado con Jurgen y pienso en llegar arrimada a la derecha para tomar la primera curva, que es a la izquierda.
Aceleramos los motores. Los nervios están a tope cuando se oye un ruido y los enganches que frenan las motos en el suelo se bajan y salgo como una bala.
Acelero y sonrío al ver que puedo coger la primera curva por donde yo quiero. Cuando dejo atrás la curva, derrapo y salto con la moto, pero al tocar el suelo noto que mi muñeca se resiente y me quejo. Pero no pienso dejar la carrera por ese tonto dolor.
La zona bacheada me hace polvo la muñeca, grito y doy gas para salir cuanto antes de allí, pero al llegar a la siguiente curva casi me la como. No puedo ir tan rápido o terminaré cayéndome.
Como puedo, me mantengo en los primeros puestos y, cuando la carrera termina y entro la tercera, sonrío y respiro feliz. Estoy clasificada para otra ronda.
Cuando salgo de la pista y me encamino hacia donde me espera mi gente, todos aplauden encantados y Flyn da saltos de contento.
Al quitarme las gafas y el casco, sonrío y, guiñándole un ojo a mi hermosa Volkova, digo alto y claro:
—Ya estoy aquí, cariño.
Ella me abraza y me besa sin importarle el polvo y la suciedad. Gustosa, yo también la abrazo y beso.
Las dos siguientes carreras se me hacen cuesta arriba por el puñetero dolor de la muñeca, pero me niego a darme por vencida y consigo clasificarme para la ronda final.
Me duele horrores, pero mejor me callo o mi esposita me sacará de aquí. Aguanto como puedo y, cuando quedan diez minutos para correr la final femenina, miro a Graciela y digo:
—Necesito que me cambies la venda y me la pongas lo más tensa que puedas.
—Pero eso no es bueno, Lena. Te cortará la circulación.
—No importa. Hazlo.
Ella me mira. Intuye que me duele más de lo que digo y murmura:
—Lena..., si te duele no deberías...
—Hazlo. Lo necesito.
Sin decir nada, lo hace y, cuando me pongo el guante, tengo la mano casi rígida. Eso me evita el dolor, pero también me limita los movimientos y es muy incómodo.
Yul se acerca a mí y, sonriendo, digo:
—Alegra esa cara, cariño. Es la última carrera. —Ella asiente y, divertida, añado—: Ya puedes ir comprando una estantería bien grande para mis premios. Me pienso llevar el primero de aquí.
Sonríe. Mi seguridad la relaja y, dándome un beso, murmura:
—Vamos, campeona. Sal y demuéstrales quién es mi mujer.
Su positividad me motiva. ¡Bien, Volkova!
De nuevo vuelvo a estar en la parrilla.
Es la última carrera de chicas y de ella saldrán las tres ganadoras. Jurgen, junto a Marta, Yulia y todo mi grupo gritan y me animan. Sonrío. Miro a mi alrededor. Las otras corredoras son muy buenas, pero quiero ganar. Lo deseo.
La carrera comienza y, como siempre, mi adrenalina sube hasta el infinito y más allá.
Corro, acelero, salto, derrapo y vuelvo a acelerar. Disfruto. ¡Esto es el motocross!
Con el rabillo del ojo, veo que una de las chicas me adelanta. La tía es buena, muy buena, pero yo confío en mí y quiero ser mejor. Al llegar a la curva quince, la tomo abierta, pero eso me hace perder tiempo y otra corredora me adelanta. Eso me encoleriza. No me gusta perder ni al parchís. Quedan dos vueltas, todavía tengo tiempo para adelantar. Lo consigo. Remonto. Me pongo primera. ¡Toma ya! Pero en la zona bacheada mi mano se resiente, pierdo fuerza y me vuelven a adelantar.
¡Mierda! Voy la cuarta.
Queda sólo una vuelta para finalizar y decido arriesgar y olvidar el dolor de mi mano. Cuando voy a llegar de nuevo a la curva quince, intuyo que si la tomo por dentro en vez de por fuera ganaré unos segundos. El problema puede ser que al salir de ella la muñeca me falle y no controle la moto. Pero oye..., cosas más difíciles he hecho en mi vida y decido intentarlo.
Aprieto los dientes y me acerco a la curva. Las chicas se abren, yo reduzco y me la juego. Tomo la curva como he planeado y... ¡bien! La muñeca ha respondido y puedo controlar la moto. Acelero. Tres curvas más y me llevo un premio para casa. Sí... sí...
De pronto, una de las moteras salta y, al hacerlo, veo cómo la rueda trasera le rebota, pierde el control y su moto toca mi rueda delantera. Sin poder evitarlo, salgo disparada hacia delante por encima de mi moto.
Todo se oscurece.


CONTINUARÁ...


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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Miér Ene 07, 2015 11:05 pm

Como lo dejas así :'(
No tardes xfa!!! :-D
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Miér Ene 14, 2015 6:55 pm

Aquí un poquito mas de conti, mañana pondré un poco mas!!



PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME

Capítulo 16

Oigo un sonido constante e incómodo.
¡Maldito despertador!
Intento moverme para apagarlo, pero no puedo. ¡Qué cansada estoy!
Ruido. Oigo voces. Qué jaleo.
Me llaman. Yulia me llama.
Intento abrir los ojos. No puedo. Oscuridad.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que vuelvo a oír el despertador.
Esta vez puedo abrir los ojos y parpadeo. Muevo el cuello con cuidado y suspiro. Me duele la cabeza. ¿Qué he bebido? Abro lentamente los ojos y veo un televisor apagado anclado en la pared ¿Dónde estoy? Algo me sujeta la mano y, al mirar, veo la cabeza de Yul apoyada en ella.
¿Qué ocurre?
Como un fogonazo, todo vuelve a mi mente. Carrera. Curva quince. Caída por encima de la moto. Suspiro.
Madre mía, qué leñazo me he tenido que dar. Respiro. Me duele el cuerpo, pero eso no me importa. Sólo me importa saber que Yulia está bien. La conozco y sé que estará deprimida y asustada.
Miro su negra cabellera. No se mueve, pero al mover yo la mano, rápidamente levanta la cabeza, me mira y a mí se me paraliza el corazón mientras murmuro:
—Hola, lobita.
Yul se incorpora y, acercándose a mí, susurra:
—Lenok, ¿cómo te encuentras?
No puedo hablar. Tiene los ojos enrojecidos, terriblemente enrojecidos, y pregunto:
—¿Qué te ocurre, cariño?
Y entonces hace algo que me deja totalmente sin habla, cuando su rostro, su bonito rostro se contrae y, con un sollozo ahogado, dice:
—No vuelvas a asustarme así, ¿entendido?
Sin entender aún qué ha pasado, quiero abrazarla. Quiero mimarla, consolarla y, tirando de ella, hago que me abrace. Las lágrimas se me saltan al notar cómo lo hace desesperada y llora. Icegirl, mi seria, gruñona y testaruda lobita, llora como una niña en mis brazos, mientras yo la arrullo y le beso la cabeza.
Así estamos durante varios minutos, hasta que noto que su respiración se normaliza y, separándose de mí, murmura avergonzada:
—Lo siento, cariño. Perdóname.
Más enamorada que nunca de esa mujer, sonrío, le seco las lágrimas y respondo emocionada:
—No tengo nada que perdonarte, cielo.
—Estaba muy asustada... Yo...
—Eres humana y los humanos tenemos sentimientos, cariño.
Mueve la cabeza e, intentando sonreír, me da un beso en la punta de la nariz. Yo pregunto:
—¿Qué ha ocurrido?
Más tranquila al hablar conmigo, me retira con mimo el pelo de la cara y explica:
—Ha habido un accidente. Te has caído por encima de la moto, has perdido el conocimiento y no lo has recuperado hasta llegar al hospital. Me he asustado mucho, Len...
—Cariño...
—Creí que te perdía.
Su desesperación me pone la carne de gallina. No quisiera haber estado en su lugar. Con lo histérica que soy, seguro que la habría liado parda. Intentando quitarle dramatismo al momento, pregunto:
—Pero estoy bien, ¿verdad?
Emocionada, Yul asiente.
—Sí, cariño. Estás bien. Tienes un traumatismo craneal leve. —Traga el nudo de emociones que pugnan por salir y añade—: Pero estás bien. Te han examinado y no hay nada roto. Sólo una fisura en la muñeca izquierda.
—No habrás llamado a mi padre, ¿verdad?
Yulia niega con la cabeza.
—Pensaba hacerlo cuando te despertaras.
—No lo llames. Estoy bien y no quiero asustarlo.
Mi pelinegra me da un beso en la mano y dice:
—Hay que llamarlo, Len. Si quieres, lo hacemos mañana, cuando te den el alta.
Protesto.
—¡¿Mañana?! ¿Y por qué no me la dan ya?
—Porque quieren tenerte veinticuatro horas aquí en observación.
—Pero si estoy bien, ¿no lo ves? Ella sonríe por primera vez y responde:
—Tu testarudez me hace saber que en efecto estás bien, y no sabes cuánto lo celebro. Pero yo también quiero que te quedes en el hospital. Estaré más tranquila. —Y al ver mi gesto, añade—: Yo estaré contigo. No me moveré de tu lado.
Eso me gusta. Si tengo que estar aquí, la mejor compañía que puedo tener es ella. En ese momento, la puerta se abre y entra Marta con una angustiada Larissa.
—Hija de mi vida, ¿estás bien?
—Sí, tranquila, Lari. Estoy bien. Sólo ha sido un golpe.
—¿Un golpe? ¡Dirás un golpazo! —salta Marta—. Tienes que ver cómo ha quedado la moto para entender el golpe.
Yulia deja sitio para que su madre se acerque y me bese, luego le toca el hombro y murmura:
—Tranquila, mamá, Len  está bien.
Ahora la compungida soy yo y, mirando a Yul, pregunto:
—¿Qué le ha pasado a mi moto?
Al no responderme, los ojos se me llenan de lágrimas, me pica el cuello y, dejándolos a todas boquiabiertas, pido:
—Dime que mi moto está bien, por favor.
—Tesoro —dice Larissa- , no te pongas nerviosa.
Yulia mira a su hermana para regañarla por el comentario y, finalmente, dice:
—Escucha, cariño, ahora no te preocupes por la moto. Aquí lo único importante eres tú.
Pero eso no me convence. Me rasco el cuello.
Adoro mi moto. Me la compró mi padre con muchísimo esfuerzo años atrás e insisto:
—Dime al menos que se puede arreglar.
Con una candorosa sonrisa, Yul vuelve a ponerse a mi lado y, soplándome el cuello, contesta:
—Se puede arreglar.
Eso me tranquiliza. Mi moto para mí es importante. Es mi conexión con mi pasado, con mi familia, con mi Rusia.
Suena el móvil de Yul, que sale al pasillo para contestar.
—Hija mía —susurra Larissa—, ¡qué susto me he dado cuando me ha llamado Marta!
Sonrío y la tranquilizo y entonces, mi cuñada dice:
—Para susto el mío. Creí que la que no lo contaba era Yulia. Ni os imagináis lo histérica que se ha puesto. Casi le he tenido que dar dos guantazos para que te soltara y los de la ambulancia te pudieran atender.
—Debe de haber revivido lo de Hannah. Pobrecita mía —musito horrorizada.
Todas sabemos que es justo eso lo que ha recordado. Ella estaba presente.
Saber que Yulia, mi amor, ha pasado ese mal rato, me duele en el alma.
Lari dice entonces:
—Tiene ojos de haber llorado. Soy su madre y lo sé.
—Ni se te ocurra mencionarlo, mamá. Ya sabes cómo es.
La puerta se abre y ella entra. Se acerca a mí y dice:
—Simona y Norbert te mandan besos. Les he dicho que no hace falta que vengan, que mañana ya estarás en casa.
Asiento. Pobrecitos, qué disgusto tendrán.
—¿Tú estás bien, hija?
Yul mira a su madre. Sabe por qué lo pegunta y, sin importarle demostrar sus sentimientos, responde:
—Sí, ahora que veo que Len está bien.
Ese comentario me hace sonreír. Efectivamente, ¡ella es Yulia la dura! Pero hoy me ha mostrado otra faceta que yo no conocía y he visto de nuevo lo mucho que me quiere y me necesita.
Horas después, la habitación se llena de gente. Dexter, Graciela y Laila llegan con Flyn, que al verme me abraza, me coge la mano y no consiente que nadie lo separe de mí. Después llegan Frida, Andrés y Björn. Éstos me traen un precioso ramo de lirios naranja y yo se lo agradezco.
Todos hablan a mi alrededor y Björn, acercándose a mí, murmura con gesto preocupado:
—Vaya susto nos has dado, cabecita loca.
—Lo sé. No era mi intención.
—¿Estás bien?
Asiento y Yul se acerca a nosotros y pregunta:
—¿Necesitas algo?
Contesto que no y sonrío. Björn pone una mano en el hombro de su amiga y dice:
—¿Necesitáis que os traiga algo de casa?
Yulia lo mira. Después me mira a mí y contesta:
—Nos vendría bien algo de ropa para Len. Aquí sólo tenemos el mono de carrera y no creo que mañana pueda salir con eso del hospital.
—Luego pasaré por vuestra casa. Simona la preparará y esta noche os la traigo —dice Björn.
Mi lobita sonríe y, dándome un beso en la frente, responde:
—No hace falta que vengas esta noche, Björn. Con tenerla por la mañana ya está bien.
—Puedo traerla yo —interviene Laila—. No hace falta que Björn pase por vuestra casa.
—Para mí no es ninguna molestia —insiste nuestro amigo.
Yul, que no se percata de nada, los mira y propone:
—¿Qué tal si Björn te recoge y venís juntos?
La joven, con su habitual gesto espabilado, mira a nuestro amigo y responde:
—Ah, no... no puedo. Justo mañana por la mañana tengo una reunión.
Björn asiente, me mira y yo sonrío. Tema solucionado.


Continuará...


mañana mas conti! Very Happy Cool
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Jue Ene 15, 2015 9:52 pm

Más contiii!!! :-P
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Ene 20, 2015 6:29 pm

Perdón por la demora, aquí dejo la conti de esta historia!!  Very Happy


PÍDEME LO QUE QUIERAS O DEJAME


Capítulo 17


Los días pasan y mi mejoría es patente. Con penita, el jueves me despido de Graciela y Dexter. Regresan a México, pero prometemos vernos aquí o allí.
Añoro la compañía de Graciela. Es una niña tan buena que es imposible no echarla de menos. Laila sigue en casa. La verdad es que es encantadora. No he hablado todavía con Simona, pero conmigo, al menos la muchacha es muy maja.
Yulia vuelve al hospital. Tiene que hacerse una revisión por su problema en la vista. Marta me deja entrar con ella mientras la atiende y, acobardada, observo lo que le hacen. Cuando termina, las tres nos sentamos en el despacho de Marta y ésta pregunta:
—¿Te ha dolido la cabeza últimamente?
—Un par de veces.
Al oírla, protesto.
—¿Y por qué no me lo has dicho?
—Porque no quería preocuparte —responde Yul.
Resoplo y miro a Marta, que me pide calma antes de proseguir:
—Yul, de momento todo va bien, pero si te vuelve a doler la cabeza, dímelo, ¿vale?
Ella asiente y, cuando salimos del hospital, mi lobita me mira y murmura:
—Sonríe y yo sonreiré.
Días después, cuando ya me encuentro muchísimo mejor de mi accidente, llamo a mi padre y le cuento lo ocurrido. Como siempre, el hombre se asusta y se molesta porque se lo he contado a toro pasado, pero también, como siempre, me lo perdona. Es un amor.
Hablo asimismo con mi hermana, que es harina de otro costal. Anya se enfada, gruñe y me llama descerebrada por seguir montando en moto. Yo la escucho... la escucho... y la escucho y cuando estoy a punto de mandarla a hacer gárgaras, pienso en cuánto la quiero y la sigo escuchando. No hay otro remedio.
Cuando por fin se explaya a gustito, le pregunto por Juan Alberto. Sé por Yulia que de Bélgica regresó a Rusiay no me sorprende cuando ella me dice que se han visto en Kazan. Pero ahora él ya ha vuelto a México, aunque la llama por teléfono cada dos por tres.
Suena tranquila y parece sosegada, pero sé que sufre. No dice nada, pero lo pasa mal y por ello yo no voy a meter más el dedito en la llaga.
Al colgar, me recuesto en la cama y me duermo. Cuando me despierto, a los diez minutos, Simona entra en mi cuarto con un vasito de agua y unas pastillas. Toca medicación. Cuando acabo, ella dice con guasa:
—¿Quieres que veamos desde aquí Locura Esmeralda? Empieza en diez minutos.
Asiento. Hago que se siente en la cama, se apoye en el respaldo y le pregunto:
—¿Qué ocurre con Laila?
—¿Por qué crees que ocurre algo?
Tentada estoy de mentirle, pero es Simona y digo:
—Te oí discutir con Norbert sobre su visita. Además, me he fijado y ella no tiene buen rollo ni contigo ni con Björn, pero todos disimuláis. ¿Me vas a contar lo que pasa?
Simona se toca la cara y, tras retirarse el pelo, dice:
—No es mi sobrina, sino la de Norbert. Y la antipatía que le tengo es mutua. Según la madre de ese monstruito, trabajamos sirviendo por mi culpa y por eso siempre nos tratan con desprecio. Pero ¿sabes qué?, prefiero ser sirvienta que un ser deplorable como esa niña, por muy licenciada en Económicas que sea.
—¿Por qué dice eso?
—No es trigo limpio, Lena. —Y, bajando la voz, añade—: Ayer mismo volví a discutir con Norbert por culpa de esa sinvergüenza. Le mete pajaritos en la cabeza y...
—¿Pajaritos? ¿Qué pajaritos?
—La madre de Laila vive en Londres y quiere que, cuando nos jubilemos, nos traslademos también allí. Pero yo no pienso ir a Londres ni a ningún otro lado. Me niego.
Vaya tela. Si es que en todas las familias hay líos. Y sin saber qué decirle al respecto, comento:
—Oí que hablabas de lo ocurrido con Björn, ¿de qué se trata?
—Ella hizo algo muy feo de lo que no voy a hablar. Prefiero que sea el propio Björn quien te lo cuente. Pero esa horrible niña es mala... muy mala.
Sin saber a qué se refiere, voy a preguntar, cuando la musiquita de Locura Esmeralda comienza y decido callar. Ya seguiremos en otro momento.
Con la angustia reflejada en nuestros rostros, somos testigos de cómo Luis Alfredo Quiñones se recupera tras el tiro que recibió en el pecho, pero sufre amnesia y no recuerda nada. Ni siquiera que su amada es Esmeralda Mendoza y que es padre de un hermoso niño. Ella sufre. Nosotras sufrimos.
Madre mía, ¡menudo culebrón!
Llega octubre y mi accidente está olvidado. Yulia y todos me han cuidado, todo va viento en popa y a veces siento un miedo horroroso de ser tan feliz.
En este tiempo, Yul y yo hemos discutido un par de veces por el tema laboral. Yo quiero trabajar, pero ella no quiere que lo haga. Cree que el hecho de que yo trabaje nos restará tiempo de estar juntas y nos traerá problemas.
No soporto que me limiten la vida y, al final, cada vez que hablamos de ello, una de las dos termina marchándose de la habitación dando un portazo.
En ese tiempo, un par de domingos por la mañana, Yul, junto a Flyn y Laila, van al campo de tiro. Yo me niego. No me gustan las armas y prefiero mantenerlas fuera de mi vida.
Una mañana, Yulia me llama desde la oficina y me pide que me acerque al despacho de Björn para firmar unos papeles. Cuando le pregunto qué papeles son y me contesta que se trata del testamento de las dos, me quedo fría. Tiesa. En Alemania son previsores hasta para eso.
Tras razonarlo, entiendo sin embargo que eso es lo mejor. Anda que no evito problemas a mis familiares si realmente me pasa algo.
En el despacho, todos me saludan con afabilidad. Soy la señora Volkova y eso los sorprende a todos excepto a Helga, que, al verme, me saluda encantada. Yo me sonrojo un poco al recordar lo que hice meses atrás en el hotel con ella.
¡Uf... qué calor!
Cuando entro en el despacho de Björn, los calores se convierten en sudores. La última vez que estuve aquí terminé sobre la mesa del despacho, desnuda y abierta de piernas.
Björn, al verme, se levanta y me da dos besos en la mejilla.
Con profesionalidad, me enseña los papeles que Yulia ya ha firmado y me entero de que nuestro amigo además de abogado es notario.
¡Menudo partidazo es!
Guapo, buenorro, elegante, abogado y notario, ¡casi ná!
Me explica que Yulia ha incluido en unas cláusulas a mi padre, hermana y sobrinas como beneficiarios. Eso me emociona. Mi esposa piensa en todo. Al final, cojo un bolígrafo y firmo, convencida de que no me voy a morir y de que voy a vivir muchos años.
Cuando acabamos, Björn me propone comer juntos. Yo acepto. Quiero hablar con él de Laila.
¡La necesidad de saber qué ocurre me corroe!
Caminamos del brazo hacia el restaurante. Björn bromea continuamente conmigo y yo no puedo parar de reír. Pedimos vino y brindamos por todos los años que Yul y yo vamos a vivir. Entre risas, vamos a comenzar a charlar de nuestras cosas cuando aparecen unos amigos de él y se sientan con nosotros. Nuestra charla se tiene que aplazar. Finalmente, pido una Coca-Cola y paso de vino.
Una tarde en la que estoy aburrida en casa, recibo una llamada de Larissa. Quiere que vaya a verla. Acepto encantada. No tengo nada mejor que hacer.
Norbert me lleva.
Cuando llego, mi suegra me recibe con el cariño de siempre. Es maravillosa. Estamos charlando cuando, de pronto, suena en la radio la canción September, de los Earth, Wind & Fire y Lari comenta divertida:
—¿Sabes que siempre que la oigo me acuerdo de la primera vez que te vi bailándola como una loca en aquel hotel de Moscú?
—¿En serio? —Ella asiente y yo añado—: Me encanta esta canción.
—¡Y a mí!
Ambas reímos y, levantándose, propone:
—Pues entonces, bailemos.
Nos levantamos. ¡Mi suegra es la bomba! Sube el volumen y comenzamos a bailar como dos posesas, mientras cantamos:
Ba de ya, say do you remember.
Ba de ya, dancing in September.
Ba de ya, never was a cloudy day.
De pronto aparece Marta, ¡la que faltaba!, y al vernos tan animadas se une a la fiesta y las tres bailamos como locas.
Cuando acaba la canción, nos sentamos entre risas y alboroto, con el subidón de September.
La asistenta que vive con Lari nos trae unas bebidas fresquitas. Rápidamente, cojo una Coca-Cola. Estoy sedienta.
—Bueno, mamá, pasado el momento euforia, ¿qué ocurre?
Eso llama mi atención. ¿Ocurre algo?
Madre e hija se miran, después Larissa me mira a mí y dice:
—Necesito vuestra ayuda.
Marta y yo nos miramos y mi suegra continúa:
—Ya sabéis que rompí con Trevor Gerver hace meses, ¿verdad?
Asentimos.
—Pues resulta, que, anteanoche, cuando estaba cenando con un amigo en un restaurante, lo vi aparecer del brazo de una jovencita monísima.
—¿Y qué, mamá?
—Pues que esa jovencita no tendría más de treinta años.
—¿Y qué? —pregunto yo.
—Que me dio mucha rabia verlo tan bien acompañado —murmura Lari.
Yo parpadeo. No entiendo nada. Sé que mi suegra pasaba de ese hombre. Entonces, Marta pregunta:
—¿Te dieron celos?
—No, hija.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Pues que me dio rabia que su acompañante fuera más joven que el mío.
Me da la risa. No lo puedo remediar. Larissa nunca para de sorprenderme y Marta protesta.
—Mamá, por favor, pero ¿de qué hablas?
Yo sigo riéndome, cuando Lari explica:
—Trevor, al verme, se acercó a mí y me invitó a una fiesta que da mañana en su casa.
—¿Y qué? —pregunta Marta.
—Pues que es un problema, hija.
—Pues no vayas —intervengo yo—. Si no te apetece, ¡con no ir, solucionado!
Ella me mira y resopla. Yo cada vez entiendo menos qué ocurre, cuando Sonia, mirándonos, suelta:
—Quiero ir a esa fiesta. Pero no con un hombre de mi edad. Lo que quiero es ir con un joven guapo y atractivo. Vamos, ¡de escándalo! Quiero que ese presumido de Trevor Gerver se dé cuenta de que una mujer como yo también puede levantar pasiones en los más jovencitos.
Bueno... bueno... bueno... ¡si me pinchan no sangro!
—Mamá, ¿quieres contratar a un gigoló?
—No.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres, Larissa? —pregunto, totalmente perdida.
Desesperada, la mujer nos mira y, tras beber de su bebida, grita, levantando las manos:
—Un bombón, ¡eso es lo que quiero!
Marta y yo nos miramos y segundos después rompemos a reír.
Me parto. ¡Me muero de risa!
Lari es la bomba y al ver que las dos no podemos parar de reír, protesta:
—Pues vaya ayuda que tengo con vosotras.
—Mamá... mamá... pero...
Marta no puede continuar. Al verme a mí reír, sigue riendo y Larissa nos observa. Al final, conseguimos parar y mi cuñada dice:
—A ver, mamá, ¿cómo quieres que te ayudemos?
Y al ver la cara con que nos mira, muerta de risa respondo en su lugar:
—Creo que lo que quiere es que le busquemos un guaperas del Guantanamera, ¿verdad?
—Mamááááá —protesta Marta.
—Pues sí, hijas. Necesito un mulato sabrosón que sea buena persona y que deje a Trevor Gerver y su acompañante a la altura del betún —dice la mujer, aplaudiendo.
—Mamááááá —repite Marta.
Una vez desvelado su deseo, Sonia nos mira y añade:
—Si esto no fuera importante para mí, no os lo pediría. Pero sé que vosotras podéis conocer a un muchacho decente que me acompañe.
Cuando puedo parar de reír, miro a Marta y ella, divertida, responde:
—Vale, mamá. Lo que quieres es un chico que te acompañe a la fiesta, no te meta mano y te deje como una reina delante de todos, ¿verdad?
—¡Exacto, hija! No quiero un putero, ni un gigoló que cobre sus servicios. Sólo un muchacho guapo, decente y divertido que quiera acompañar a una pobre anciana.
—No te pases con el drama... Julieta —me mofo y Larissa se ríe.
—Mamá, lo de pobre anciana sobra, ¿no crees?
Ella suelta una carcajada y, mirándonos, contesta:
—Vale, vale... En resumidas cuentas, necesito un bombón que sea amigo vuestro y del que me pueda fiar.
—Se lo podemos decir a Reinaldo —sugiero divertida.
—No —dice Marta—, Reinaldo estuvo en tu boda y Trevor lo puede reconocer.
Las dos pensamos y pensamos hasta que de pronto nos miramos y soltamos divertidas:
—¡Don Torso Perfecto!
—¿Y ése quién es? —pregunta Larissa.
—Máximo. Un amigo —aclara Marta—. Llegó a Alemania hace seis meses y es un tío muy majo. Por cierto, profesor de baile, y está enrollado con Anita.
—¡No me digas! —exclamo alucinada y Marta asiente.
—¿Anita es tu amiga la de la tienda de ropa? —pregunta Lari.
—Sí, mamá.
Mi suegra me mira y yo explico:
—Máximo es todo un bombón, pero no es mulato, sino argentino.
—Che, boludo —aplaude Larissa—. Me encantan los argentinos.
Marta rápidamente coge el móvil, llama a Anita y le cuenta lo que ocurre. Ésta queda en comentárselo a Máximo y nos llamará. Cuando cuelga, Lari me mira y dice:
—Por lo que más quieras, hija de mi vida, a Yulia no se lo cuentes o no me habla el resto de mi vida.
Divertida, asiento. Voy a volver a guardarle un secreto a Larissa y contesto:
—Tranquila, no le diré ni mu. Porque como se entere de que te he ayudado en esto, deja de hablarme a mí también.
Todas nos reímos. Conocemos a Yulia y ¡si se entera, nos mata!
Suena el teléfono de Marta. Es Máximo. Quedamos en verlo en una hora en la tienda de Anita.
Muerta de risa, subo con mi suegra y mi cuñada al coche de ésta y vamos hacia allá.
La situación me parece surrealista, pero divertida. Una excentricidad más de Lari. Cuando entramos en la tienda, el bombón no ha llegado todavía y charlamos tranquilamente con Anita. Le parece buena idea que su novio acompañe a la madre de su mejor amiga, aunque ríe al entender las intenciones.
Cuando aparece Máximo, la cara de Lari nos dice lo que piensa de él. ¡Le encanta!
El argentino es impresionante, no sólo por lo simpático que es, sino por lo bueno que está. Con un cariñoso beso, nos saluda a todas y, cuando mira a Lari, la coge del brazo y, dejándonos a todas muertas, dice:
—Vos y yo vamos a ser los reyes de esa fiesta.
Mi suegra asiente y todos nos reímos. Media hora más tarde han concretado los detalles y, cuando nos alejamos en el coche, miro a Lari y digo:
—Pues nada, suegra, ¡a pasarlo bien!
—Oh, sí, hija, ¡no lo dudes!
Volvemos a reír y Marta, que conduce, al parar en un semáforo dice:
—Mamá, Len y yo sólo te podemos decir una cosa.
Larissa nos mira y pregunta:
—¿Qué, hijas?
Muertas de risa, las dos nos miramos y gritamos al unísono:
—¡Azúcar!
Dos días después, cuando llamo a Larissa para ver qué tal fue todo, la mujer está muy feliz. Máximo se comportó como un caballero y Trevor Gerver y todos los asistentes a la fiesta se quedaron sin habla ante la galantería y el buen ritmo de caderas del argentino.
Pasan los días, mi accidente de moto está olvidado y mi muñeca perfecta. Yulia y yo cada día nos queremos más, a pesar de nuestras discusiones por el trabajo. Flyn está contento en el colegio. Es un buen año para él.
Lo único que me agria la existencia es pensar en mi amada moto. El día que veo la cruda realidad, me da tal bajón que hasta se me saltan las lágrimas. Mi preciosa Ducati Vox Mx 530 de 2007 está mala... muy malita.
Cuando regresamos a casa, no quiero hablar de motos. Yulka, esta más interesada que yo, ni lo menciona e, intentando hacerme olvidar, llama a Marta y le sugiere que quede conmigo y con Laila para animarme.
Noches después, me voy de juerga con ellas y terminamos en el Guantanamera.
¿Por qué siempre vamos allí?
Estoy segura de que cuando Yul se entere torcerá el morro. No le gusta que vaya a ese sitio, donde, según ella, sólo se va a ligar. Pero está equivocada. Yo voy al Guantanamera a bailar y a pasármelo de vicio mientras grito «¡Azúcar!».
Reinaldo, al vernos llegar, me saluda con cariño y, poco después, ya estoy bailando Quimbara como una loca con él.
El tío baila estupendamente y hace que parezca que también yo sé bailar. No es que sea una especialista, pero, oye, ¡sé moverme muy bien!
Llegan Anita y Máximo. Éste, al vernos, nos habla de Larissa y de lo bien que se lo pasó con ella. Me invita a bailar después y yo acepto. Máximo es como Reinaldo, ¡tiene un ritmazo en el cuerpo que no se puede aguantar!
Hace calor y bebo varios mojitos. Están de muerte y los disfruto. Me fumo algún que otro cigarrito con Marta y, por unas horas, me olvido de mi moto y de las discusiones por el trabajo y vuelvo a sonreír.
Sobre las doce de la noche, inesperadamente aparece el bombonazo de Björn acompañado por Fosqui, el caniche estreñido. Nos sorprendemos al encontrarnos allí y observo que Laila rápidamente se va a bailar con un tipo.
Björn, al verme tan acalorada, se acerca a mí y, tras darme un par de besos en la mejilla, pregunta:
—¿Qué haces aquí?
Con varios mojitos encima, contesto:
—Bailar, beber y gritar «¡Azúcar!».
Él suelta una carcajada. El caniche no.
—¿Está Yulia aquí? —pregunta.
—Noooooooooo... no le gusta este antro de perversión.
Mi amigo asiente, mira alrededor y cuchichea:
—Si fueras mi mujer, a mí tampoco me gustaría.
Me río. ¡Otro plasta como su amiga!
Cuando comienza la siguiente canción, lo agarro de la mano y lo invito a bailar. Vaya... vaya... tiene ritmo cubano el alemán.
La intensidad de la canción sube y, con ella, nuestro ritmo y nuestras risas.
El caniche baila también con un amigo de Reinaldo y Björn, acercándose a mi oído, murmura:
—No te conviene salir con Laila.
—¿Por qué?
—No es una buena persona.
Al oír eso, recuerdo que tenemos una conversación pendiente y, tirando de él, lo llevo hasta la barra sin importarme los ladridos del caniche. Le pido dos Margaritas al camarero y digo:
—Cuéntame qué pasó entre tú y Laila.
El guaperas de mi amigo asiente, bebe un trago de su bebida y, clavando sus ojos azules en mí, se toca la barbilla.
—¿Sabes quién es Leonard Guztle?
—No.
—Era el hombre que vivía con Hannah y Flyn cuando...
—¡Lo conozco!
—¿Lo conoces?
Asiento y explico:
—Hace unos meses, una tarde que paseaba con Susto por la urbanización, vi un hombre al que no le funcionaba el coche. Me acerqué a él, le eché un vistazo y era un fusible. Se lo cambie y él se presentó. Luego llegó Yulia y hubo un mal rollo increíble. Cuando el hombre se fue, Yulka me dijo que era Leonard Guztle, el novio de Hannah, que al morir ésta no quiso saber nada de Flyn. Es ése, ¿verdad?
Björn asiente.
—Pues ahora que sabes lo que piensa Yul de ese imbécil, ¿qué te parece si te digo que pillé a Laila con él en el coche de Yulia, a la semana de morir Hannah?
Boquiabierta, lo miro y él añade:
—Vi un antiguo Mercedes que Yul tenía aparcado en el garaje de mi edificio y, al reconocerlo, me acerqué a él. La sorpresa fue encontrarme a esos dos follando como mandriles en la parte de atrás. Hannah acababa de morir y...
—Madre mía, si Yulia se entera.
—Exacto, ¡si Yulia se entera! Pero no se enteró. Le evité el mal trago. Eso sí, le dije a esa idiota que se alejara inmediatamente de Yul o le contaría la verdad.
—Gracias, Björn —murmuro agradecida—. Oye, ¿y por qué estaban en tu garaje?
—Tras lo de Hannah, Leonard alquiló un piso en el mismo edificio donde yo vivo. Pero el problema surgió cuando esa descerebrada les fue a sus tíos con el cuento de que yo había intentado propasarme con ella ese día y le había roto el vestido que llevaba.
—¿Cómo dices?
—Sí, amiga. Lo que oyes. Pero Simona, que es muy lista, me lo preguntó y yo la saqué de su error.
Parpadeo y alucino.
¡Pedazo de zorrasca es Laila!
Björn bebe un nuevo trago de su bebida y prosigue:
—Por suerte para mí y desgracia para ella, en el edificio donde vivo y en mi casa hay cámaras y les pude enseñar la grabación en que se la veía con Leonard y confirmé que quien le rompió el vestido fue él y no yo. Tras eso, Laila se marchó a vivir a Londres con su madre.
Sin palabras me ha dejado.
Miro a Laila. Ella me mira e intuyo que supone lo que Björn me cuenta. Su mirada no me gusta. Mi sexto sentido se reactiva y auguro problemas.
—Por lo tanto, queridísima Len, cuanto más lejos tengamos todos a esa mujer, mejor. Es una víbora con piel de cordero.
Laila nos observa.
Ya no baila.
Habla con el caniche y las dos parecen entenderse. De pronto, una idea cruza mi mente y pregunto:
—¿Has dicho que también tienes cámaras en tu casa?
—Sí.
Mi cara lo dice todo. Él sabe lo que pienso y, acercándose, cuchichea:
—Tranquila, cuando Yul y tú me visitáis, las apago.
—¿Seguro?
Él asiente.
—Segurísimo. Nunca dudes de mi amistad. Os valoro demasiado a los dos.
En ese momento, Marta se nos acerca y, apoyándose en Björn, dice:
—Pero si está aquí el bomboncito sabrosóóóóón.
Björn, divertido, la coge de la cintura.
—Hola, preciosa. Vaya marcha llevas. ¿Dónde está Arthur?
—Trabajando —responde.
Después, mueve las caderas y se mofa.
—Sinceramente, creo que en otra vida fui cubana. Me va este rollito cantidad.
Los tres reímos y la loca de mi cuñada, tras beberse mi mojito, grita «¡Azúcar!». Y moviendo las caderas sale de nuevo a la pista para bailar con Máximo. Sedienta, pido otro mojito más y Björn pregunta:
—¿Cuántos llevas?
—Unos cuantos.
—Ten cuidado o mañana estarás fatal.
Asiento sonriendo y, cuando el camarero me trae mi nuevo mojito, bebo un trago y digo:
—Tranquilo. Y deja de tratarme como si fueras Yulia o mi padre.
Divertidos, miramos la pista, donde mi cuñada baila.
—Qué divertida es Marta.
Sin poder evitarlo, miro al caniche, que baila con Reinaldo, y pregunto:
—¿Cómo puedes estar con una tía tan... tan antipática?
Björn me mira, sabe a quién me refiero, y responde:
—Porque las simpáticas e interesantes ya estáis ocupadas.
Eso me hace reír. Él y sus halagos.
No me incomodan, sé que son totalmente inocentes. Al ver que un par de mujeres se ponen a nuestro lado y se lo comen con los ojos, pregunto:
—¿Nunca has estado en serio con nadie?
El alemán sonríe, guiña un ojo a las mujeres que están detrás de mí y niega con la cabeza.
—No. Soy demasiado exigente.
—¿Exigente?
Sin poder evitarlo, me río y miro al caniche. Björn al verme, sonríe y susurra:
—Agneta es una fiera en la cama.
Me lo imaginaba. ¡Lo sabía! Pero qué elementales son los tíos.
Y, mirándolo, pregunto:
—Y si no es mucho cotilleo, ¿cómo te gustan a ti las mujeres?
—Como tú. Listas, guapas, sexys, tentadoras, naturales, alocadas, desconcertantes y me encanta que me sorprendan.
—¿Yo soy todo eso?
—Sí, preciosa, ¡lo eres!
Eso me hace sonreír y él añade:
—Y esto no es ninguna declaración de amor ni nada por el estilo. Te respeto. Respeto a mi mejor amiga y nunca haría nada que pudiera dañar nuestra relación. Las dos sois demasiado importantes para mí. Eso sí, si yo te hubiera conocido antes, no te habrías escapado. —Ambos nos reímos y dice—: Y una vez aclarado esto, si conoces a alguna mujer, soltera y con esas cualidades, dímelo que estaré encantado de conocerla.
Sé que es sincero.
Sé que esto, a ojos de otros, puede parecer otra cosa, pero Björn ante todo es nuestro amigo. Un excepcional amigo por el que pondría la mano en el fuego, porque sé que nunca me va a fallar.
Reinaldo se me acerca en ese momento. Suena Guantanamera y, mirándonos, dice:
—Vamos, esto es un vacilón.
Yo me río. Björn me mira y pregunta:
—¿Qué ha dicho que es?
Divertida, suelto una carcajada:
—Vacilón quiere decir fiesta.
Björn sonríe y Reinaldo, cogiéndome de la mano, tira de mí.
—Vamos mi amol. A todo meter vamos a bailar.
Encantada, meneo las caderas y bailo con él como una descosida, mientras Björn regresa junto al caniche y le hace unos mimitos.
Durante horas todos nos divertimos. Bailo con varias personas y un tipo intenta propasarse. Björn y Reinaldo, al verlo, acuden en mi auxilio, pero yo los paro con la mirada. Le retuerzo el brazo al tipo y, cuando su cara da en la mesa, siseo:
—Vuelve a tocarme el culo y te corto la mano.
Reinaldo y Björn se miran divertidos y continúan a lo suyo. Minutos después, mientras bebo, Laila se acerca y pregunta:
—¿De qué hablabas con Björn?
La miro alucinada. ¿A que la mando a la mierda?
Sin muchas ganas de confraternizar con ella después de lo que ahora sé, respondo:
—De algo que tú sabes y que como se entere Yulia no vuelves a entrar en mi casa.
Sus ojos lo dicen todo. Está furiosa, rabiosa. Y, sin más, se da la vuelta y se va. La veo salir del local y me encojo de hombros.
Muchos mojitos después, Björn se acerca a Marta y a mí y se despide, aunque antes señala al tipo al que le he tenido que parar los pies y comenta:
—Si Yul estuviera aquí, ése dormía hoy calentito.
Eso me hace reír y se marcha. Una hora después, nosotras decidimos hacer lo mismo y, cuando entro en casa de madrugada, más contenta que un san Luis, Yulka, mi Yulka, está despierta. Me espera. Al verme, mira el reloj.
Las tres y media.
—Has ido al Guantanamera, ¿verdad?
—Sí.
No pienso mentirle. He ido al sitio donde están mis amigos.
Yulia resopla y pregunta:
—¿Por qué no has regresado con Laila?
Sonrío, la beso y, acercándome, digo:
—Porque me lo estaba pasando de vicio.
Ella se mueve nerviosa e, incapaz de callar, salto:
—Entre muchas otras cosas, esa petarda es una aburrida, lobita. Y el tiempo en el Guantanamera se me ha pasado volando con tanto vacilón.
Me mira. Está ceñuda y yo, como a veces soy una tocapelotas, suelto:
—¡Ya tú sabes, mi amol!
Su mirada me traspasa y, sin hablar, sé que me grita: «¡Te estás pasando, pelirroja!».
A mí me entra la risa tonta sin poderlo remediar.
¡Joder con los mojitos!
Al día siguiente, cuando me levanto, la cabeza me martillea.
No recuerdo haber bebido tanto, pero sí que no paré de bailar.
Yulia está en la oficina y, al no tener ningún mensaje suyo en el móvil, supongo que no debe de estar muy contenta. Recordar cómo me miraba la noche anterior conmigo mientras yo me partía de risa me hace intuir que su estado de ánimo será de todo menos risueño.
La llamo al móvil. Necesito oír su voz.
—Dime, Len.
—Hola, lobita. ¿Cómo estás?
—Bien.
Silencio. No dice nada. Sabe cómo martirizarme y digo:
—Oye, cariño, en referencia a lo de anoche...
—No quiero hablar de ello ahora —me corta—. Estoy ocupada. Cuando llegue a casa, si quieres hablamos.
—Vaaale —suspiro. Y, antes de colgar, susurro—: Te quiero.
Oigo su respiración y, tras unos segundos que para mí son eternos, dice:
—Y yo a ti.
Cuando cuelgo el teléfono, el estómago me da un vuelco, la garganta me quema y corro al baño mientras pienso «Demasiados mojitos, mi amol».
Paso un día horroroso. Me encuentro fatal y decido quedarme en la cama. Necesito dormir.
Por la tarde, cuando oigo el coche de Yul, me levanto y siento que estoy mejor. ¡Qué alegría! Sin correr, para que mi estómago no se altere, salgo de la habitación y, cuando llego a la escalera, oigo que la puerta de la casa se abre y, para mi sorpresa, la voz de Laila dice:
—Lenestá descansando. No se encuentra bien.
—¿Qué le ocurre? —oigo preguntar a Yulka.
Asomándome con disimulo por el rellano de la escalera, las miro y oigo que la joven explica:
—Le dolía la cabeza y no ha querido comer. Anoche bebió demasiado.
—¿Bebió demasiado?
La zorrasca de Laila asiente y añade:
—Entre tú y yo, no me extraña que le duela la cabeza; no paró de fumar junto a Marta y perdí la noción de mojitos que se bebían mientras bailaban con las mujeres y hombres de por allí.
Estoy alucinada..., flipada.
Y me quedo bloqueada mientras ella sigue:
—Por cierto, Björn apareció por el Guantanamera.
—¡¿Björn?!
La cara con que Laila asiente no me gusta y añade:
—Fue con una mujer y lo pasó bien con ella, pero también muy bien con Elena. Bueno, ya sabes cómo es tu amigo. No desaprovecha ninguna oportunidad ante una mujer sola.
La mato. Yo la mato.
Le arranco los ojos y me hago unos pendientes.
Pero ¿qué está dando a entender esta insensata?
No veo la cara de Yulia. Desde donde estoy, sólo le veo la espalda y se la noto envarada.
¡Mal rollito!
Sin más, se encamina a su despacho y dice:
—Gracias por la información, Laila.
Abre la puerta y, dejándola fuera, se la cierra en las narices.
Maldita trepa. Está claro que el buen rollito entre nosotras se acabó.
Estoy a punto de bajar y cortarle las orejas, pero en ese momento aparece Simona con Calamar en sus brazos y Laila dice:
—Vamos, suelta al engendro ese y ve a prepararme el baño.
Simona al oírla, la mira.
—Aquí el único engendro que veo eres tú. Prepáratelo tú solita.
«Olé y olé y olé mi Simona», estoy a punto de gritar, pero me callo.
Björn tiene razón. La chica es una víbora con piel de cordero.
Por la noche, Yul no está muy comunicativa. Intento hablar con ella, pero al final desisto. Cuando se pone así de cabezota, mejor dejarla. Ya se le pasará.
Cuando nos acostamos, me da la espalda. Sigue enfadada por mi juerga de anoche. Resoplo a la espera de que me diga algo. Pero nada. Ni mis resoplidos la hacen reaccionar.
Al final, acerco la boca a su oreja y murmuro:
—Te sigo queriendo aunque no me quieras hablar.
Después, me doy la vuelta en la cama. Un buen rato más tarde, cuando estoy casi dormida, siento que Yulka se mueve, se acerca a mí y me abraza. Sonrío y me duermo.
En noviembre ya estoy de Laila hasta el gorro.
Cada día se me hace más difícil tenerla cerca. Desde que sabe que conozco su secreto, me ha declarado la guerra. Eso sí, cuando Yul está delante, somos dos estupendas actrices.
Flyn se ha ido de excursión con su colegio y esta noche duerme fuera. Mi pitufo gruñón se hace mayor.
—Mañana vuelve Flyn —digo, encantada, mientras cenamos—. Seguro que se lo está pasando de maravilla.
Yul asiente y sonríe. Pensar en su sobrino siempre le causa ese efecto. En ese momento, Laila dice:
—Por cierto, mi trabajo acaba la semana que viene y os tengo que abandonar.
¡Madre mía, qué notición!
Estoy a punto de levantarme y hacer la ola, pero me contengo, no quiero incomodar a Yulia.
—Oh, ¡qué penaaaaaaaa! —miento como una bellaca.
Ella me mira y yo parpadeo.
Yul, que me conoce, me mira, sonríe, levanta una ceja y le pregunta a Laila:
—¿Qué día te irás?
—Quiero mirar billetes para el 7 de noviembre.
Mi lobita asiente y dice:
—La semana que viene tengo que ir a Londres unos días por trabajo. Si quieres venir en el jet conmigo, por mí encantada.
—¡Genial! —responde ella.
¡Stop!
¿Que Yulia se va a Londres?
¿Cómo que se va y no me lo ha comentado?
La miro, pero decido callar. Cuando estemos solas le preguntaré.
Una vez acabada la cena, nos sentamos un rato ante el televisor. Laila, como es una pesada, se sienta a nuestro lado. Pero estoy inquieta, quiero hablar con Yul y, mirándola, digo:
—Cariño, tengo que hablar contigo.
Al oír eso, Laila, sorprendiéndome, se levanta rápidamente y, con un angelical gesto, dice:
—Os dejare solas. Hoy me apetece leer.
Una vez nos quedamos ella y yo en el salón, Yul me mira. Sabe que estoy molesta por lo del viaje y, deseosa de aplacarme, sonríe y se acerca al equipo de música.
¡No sabe nada la rusa-alemana!
Mira varios CD de música y, enseñándome uno, dice guiñándome uno de sus bonitos ojos:
—Esta canción te gusta mucho. Vamos, levántate y baila conmigo.
Sorprendida porque quiera bailar, me levanto.
¡Esto no me lo pierdo!
Y, cuando comienza a sonar Si nos dejan, esa maravillosa ranchera, la abrazo y susurro:
—Me encanta esta canción.
Yulka sonríe y, mientras me aprieta contra su cuerpo, contesta:
—Lo sé, Lenok... Lo sé.
Bailamos abrazamos la bonita pieza y sonreímos cuando las dos la tarareamos.
Si nos dejan, buscamos un rincón cerca del cielo.
Si nos dejan, haremos con las nubes terciopelo.
Y ahí juntitos las dos, cerquita de Dios será lo que soñamos.
Si nos dejan, te llevo de la mano, corazón, y ahí nos vamos.
Si nos dejan, de todo lo demás, nos olvidamosssssssssss.
Si nos dejan...
Estar entre sus brazos es el mejor bálsamo para mis dudas.
Estar entre sus brazos es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Estar entre sus brazos me hace sentir querida y segura.
Una vez la canción se acaba, me dejo guiar por ella y nos sentamos muy juntitas en el sillón. Sus besos me encantan y, cuando nuestras bocas se separan, dice con gesto risueño:
—Lo de «qué penaaaaaaaaaaa» ante la marcha de Laila a mí no me ha engañado. ¿Qué te ocurre con ella?
Su comentario me hace gracia, pero no respondo y pregunto a mi vez:
—¿Qué es eso de que te vas a Londres?
—Trabajo, pecosa.
—¿Cuántos días?
—Tres. Cuatro a lo sumo.
—¿Y cuándo se supone que me lo ibas a decir?
—Pues unos días antes. —Y al ver mi gesto, añade—: Ya sabes que allí...
—... está Amanda, ¿no?
Yulia me mira y yo le sostengo la mirada.
Como siempre con ese tema, la tensión crece entre nosotras, hasta que ella murmura:
—¿Cuándo vas a confiar en mí? Creo que ya te he demostrado que...
—Es Amanda... —la corto—. ¿Cómo quieres que confíe?
Veo que niega con la cabeza, cierra los ojos y dice:
—Cariño, si tan desconfiada eres, ven conmigo. Acompáñame. No tengo nada que ocultar. Sólo voy a trabajar. Soy la cabeza de familia y de mí se espera que lo haga.
La entiendo. Tiene más razón que un santo, pero Amanda... Laila... esas mujeres me hacen desconfiar, no de Yul, sino de ellas.
Mi lobita se levanta. Va hasta el mueble bar y, sin dejar de mirarme, se sirve un whisky mientras Luis Miguel canta Te extraño. Después regresa al sofá y dice sentándose a mi lado:
—Recuéstate.
Sorprendida, la miro y ella insiste:
—Estoy esperando.
Hago lo que me pide. La lujuria de su mirada ya me ha picado. Cuando estoy recostada, mete las manos por debajo de mi cómodo vestidito de algodón y, tirando de mis bragas, me las quita. Menos mal, no me las ha roto.
Acalorada, observo cómo me mira hasta que murmura:
—Encoge las piernas y ábrelas.
Guauuuu... ¡sexo! Pero algo incómoda, digo:
—Yul, Laila puede entrar en cualquier momento y...
—Hazlo —exige.
Hechizada por su mirada y muy excitada por su orden, obedezco. Me pone un cojín bajo el trasero y, cuando tiene mi pelvis a la altura que desea, coge su copa de whisky y echando un chorrito sobre mi sexo, murmura:
—Lenoshka , como dice la canción, yo sólo quiero estos momentos contigo. Sólo quiero beber de ti.
Acto seguido, posa su boca en mi acalorado y húmedo sexo y yo jadeo. Sus lametazos me vuelven loca y, cuando su lengua aprisiona mi clítoris y lo mordisquea, un gemido sale de mí.
Me abandono a ella.
¡Oh sí..., sí!
Dejo que sus manos me abran los muslos mientras su boca, exigente, chupa, lame, mordisquea y me hace vibrar. Me lleva al séptimo cielo, al octavo y al que ella se proponga. La adoro.
Mis manos se agarran al sofá, siento cómo me tiemblan las piernas y me deshago por momentos, mientras oigo mis propios gemidos y ella juega con su lengua dentro de mí. Me posee con su boca y yo me abro como una flor.
El calor sube por instantes y, enloquecida, suelto el sofá y la agarro a ella con fuerza por el pelo. La aprieto contra el centro de mi deseo, ansiosa de que ese placer tan intenso no acabe nunca... nunca... nunca...
Pero ante mi entrega, mi amor se separa de mí. Con una mirada terrenal que abrasaría hasta el mismísimo Polo Norte, se desabrocha el cordón del pantalón de andar por casa y dice:
—Incorpórate. Date la vuelta y apóyate en el respaldo del sofá.
Sin demora, hago lo que me pide. Pero Yulka está impaciente y, antes de que me apoye, me coge por la cintura y su pene entra en mí.
Caigo contra el respaldo y susurra en mi oído:
- Lenok yo sólo deseo... quiero... anhelo poseerte a ti.
Su voz cargada de erotismo y su manera de entrar en mí, tan caliente, tan posesiva me vuelve loca. Me embiste con fuerza y, como siempre nos ocurre, nuestra parte animal sale y nos entregamos al puro placer.
Una y otra vez Yul me penetra y yo me abro para ella.
Una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
Una y otra vez, mis jadeos y los suyos se funden hasta convertirse en uno solo.
Sin descanso, Yulia me aprieta contra el respaldo del sofá y sus acometidas se hacen secas, profundas y certeras.
—Oh, sí..., sí... —murmuro, poseída.
Nuestros jadeos aumentan de intensidad y, juntas, llegamos al clímax. Cae sobre mí. Adoro su peso, es tan liviana, su olor. La adoro a ella. Sólo a ella.
Durante varios segundos, la siento sobre mi espalda, hasta que se retira y murmura en mi oído:
—Bebe, soy tuya y tú eres mía. No dudes de mí.
Cinco minutos más tarde, entramos en nuestra habitación, donde quiero, deseo y anhelo que me vuelva a mostrar que no debo dudar de ella.

CONTINUARÁ...
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Ene 20, 2015 6:51 pm

PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...


Capítulo 18


Los días pasan y en el colegio de Flyn organizan una fiesta. Él, que este año se ha integrado perfectamente con sus compañeros, quiere asistir y quiere que Yulia y yo lo acompañemos. Le prometemos hacerlo.
Trae una circular donde se pide a las madres que preparen algo de comida para el evento. Encantada, acepto el reto y decido currarme un strogonoff. Quiero que coman un verdadero strogonoff hecho por una rusa. Simona se ofrece a hacer un pastel de zanahoria. Acepto. Ella hace el pastel y yo hago él Strogonoff . ¡Genial equipo!
La fiesta se celebra en sábado por la mañana, para que los padres puedan asistir. Flyn está resfriado. Tiene unas decimillas de fiebre, pero no se quiere perder la fiesta y vamos. Cuando aparcamos el coche en una calle colindante al colegio, Yul murmura:
—Aún no sé qué hago aquí.
Mi lobita está guapísima, con un pantalón vaquero ajustado a juego con una blusa también vaquera con un buen escote, unas botas negras con tacones de 10 cms y, dándole un cómplice azote en su duro trasero, digo:
—Acompañar a tu sobrino a su fiesta, ¿te parece poco?
Flyn, que lleva el pastel de Simona, corre delante de nosotras. Ha visto a uno de sus amigos y, encantado, empieza a hablar con él.
—Míralo —susurro orgullosa—. ¿No te gusta verlo tan integrado?
Yul asiente con su típica seriedad y, tras un silencio, añade:
—Claro que estoy feliz por él, pero no me gusta venir aquí.
—¿Por qué?
—Porque siempre odié este colegio.
—¿Tú estudiaste aquí?
—Sí.
Sorprendida por el descubrimiento, me paro y digo:
—Y si tú estudiaste aquí y lo odias tanto, ¿por qué traes aquí a Flyn?
Ella se encoge de hombros y, mirando alrededor, explica:
—Porque Hannah lo apuntó, ella quería que estudiase aquí.
Asiento y la entiendo. Respeta lo que la madre del niño quería. Entonces, Yulia añade:
—En los últimos años, sólo he venido aquí para que me hablen mal del comportamiento de Flyn.
—Pues mira, ya era hora de que lo hicieras por otro motivo.
No está muy convencida de ello y, dándole un golpe de cadera, digo:
—Venga..., alegra esa cara. Al fin y al cabo, Flyn está muy ilusionado con que las dos estemos aquí.
Al final sonríe y yo también.
¡Qué linda que es cuando sonríe así!
En el colegio, el bullicio es ensordecedor. Flyn nos llama y vamos hacia su clase. Al entrar, varios padres y madres nos miran. No nos conocen y nos observan. Los saludo con una sonrisa y, tras dejar el Strogonoff junto al pastel, Flyn me coge de la mano y me lleva para que vea unos trabajos suyos. Durante un rato, disfrutamos mirando los trabajos del niño, hasta que veo que Yul resopla y sisea:
—Odio que me miren así.
Con disimulo, escaneo a nuestro alrededor y entiendo lo que dice. Las madres la miran y sonríen. Suspiro. Comprendo que su presencia les imponga y, en lugar de ponerme celosa, sonrío y, agarrándola del brazo, digo:
—Cariño, la mayoría de ellas no han visto una tia tan guapa como tu varias quieren jugar para el otro equipo. Es normal que te miren
¡Estás buenísima! Y si no fueras mi esposa, yo también te miraría. Es más, creo que intentaría ligar contigo.
Sorprendida por mi respuesta, Yulia sonríe y, cuando me va a besar, la paro.
—Stop. —Mi amor me mira y aclaro—: Compórtese, señora Volkova. Estamos rodeados de niños.
Sonríe. Verla hacerlo me llena el alma. En ese momento, entra una mujer y dice:
—Por favor, los padres de los niños que han traído comida, que la lleven al gimnasio.
Sin pensarlo, cojo el Strogonoff , Yulia el pastel y, acompañadas de otros padres, nos dirigimos a donde la mujer nos indica.
Al entrar, miro alrededor.
¡Qué pasote!
El gimnasio de este colegio es impresionante. Nada que ver con los gimnasios de mi barrio.
—¡Yulia Volkova!
Al oír la voz, Yul y yo nos volvemos y ella, soltando una carcajada, exclama:
—Joshua Kaufmann.
Se acercan y se saludan.
Joshua es un antiguo compañero suyo del colegio y éste nos presenta a su mujer, una repija alemana de mucho cuidado. Me mira de arriba abajo mientras mi esposa y el suyo hablan encantados y yo me doy cuenta de que esta cacatúa y yo nunca vamos a ser amigas.
De pronto, Flyn se acerca a nosotros, me mira y yo le pregunto:
—¿Estás bien, cariño?
El pequeño asiente. Le acaricio la cabeza, luego acerco los labios a su frente, como hacía mi madre y hace aún mi padre y, al ver que no está caliente, me tranquilizo.
Con disimulo, miro a la repija con cara de cacatúa y, en cuanto puedo, me escabullo, desaparezco de su lado. No aguanto un segundo más la mirada viperina de esta idiota.
—¿Quieres Coca-Cola, Len? —pregunta Flyn y yo acepto.
Me llena un vaso con el refresco y, cuando me lo da, un amiguito suyo viene a buscarlo y Flyn se va corriendo dejándome sola. Pero mi soledad dura poco, porque la cacatúa se acerca con dos amigas suyas de la misma especie y pregunta:
—¿El niño chinito es vuestro?
Uy, lo que ha dicho.
Estoy a punto de mirarla con cara de póquer, como hace Flyn, pero me contengo y respondo:
—Sí, es nuestro y es alemán.
—¿Es adoptado?
Opción uno: la mando a freír espárragos.
Opción dos: le doy un guantazo por cotilla.
Opción tres: le aclaro de nuevo, a ella y a sus compañeras cacatúas, que Flyn es alemán y no chino y quedo como una señora.
Definitivamente, me decido por la opción tres. La uno y la dos creo que a Yulia le molestarían.
Con una sonrisa made in Anya, las miro y, tras beber un sorbo de mi Coca-Cola, respondo:
—Flyn no es adoptado. Y, por cierto, no es chino, en todo caso, coreano alemán.
La mujer parpadea, no le cuadra lo que digo. Mira a sus amiguitas y, tras pensar con la única neurona viva que le debe de quedar en ese cerebro despoblado de vida inteligente, insiste:
—Pero ¿es hijo tuyo o de tu esposa? Porque está claro que vuestro no puede ser, sois dos mujeres por supuesto no podrán tener un hijo biológico, y ademas tiene rasgos chinos.
La madre que la parió con los chinos y si supieran que Yul y yo siendo dos mujeres podríamos tener hijos biológicos, ja no saben lo especial que es mi lobita.
Y ademas es tonta. Por no decir gilipollas.
Como diría mi padre, ¡si es más tonta, no nace!
La miro con la mirada Icegirl y, cuando le voy a decir una de mis lindezas, Flyn se acerca a mí, me coge de la mano y me hace ir tras él.
¡Bien! Me acaba de salvar de un auténtico horror.
Vamos hasta las mesas donde está la comida y una mujer de mi edad, rubia platino, me mira y dice:
—Hola, soy María.
Sin saber de qué va el asunto, respondo en mi perfecto alemán:
—Encantada, soy Lena.
- El Strogonoff lo haz hecho tú?
—Sí. —Y, para ampliar la información, añado—: El que esta a la derecha esta sobre arroz, el de la izquierda sobre fideos. 
—¿Eres Rusa?
Bueno... bueno... mucho tiempo llevaba yo sin escuchar la preguntita de rigor.
Cuando asiento y espero escuchar aquello de «¡да... Vodka... Rasputin!», la desconocida da un grito y, emocionada como si yo fuera la mismísima Beyoncé, exclama en Ruso:
—Yo también soy rusa. De Samara.
Ahora la que grita como si viera al mismísimo Paul Walker soy yo y me abrazo a ella. Un rubio desvaído que hay a nuestro lado nos mira y sonríe. Cuando dejamos de abrazarnos como si fuéramos hermanas de leche, María dice:
—Te presento a Alger, mi marido.
Cuando voy a darle dos besos, me freno. A los alemanes no les va eso de tanto beso, ni toqueteo y le tiendo la mano. El rubio me mira y dice divertido:
—A mí dame dos besos los rusos, que me gustan más.
Tras soltar una carcajada, le planto dos besos como dos soles y él añade:
—Me encanta vuestra alegría perpetua.
Sonrío y, de pronto, aparece mi lobita particular a mi lado. Estoy segura de que me ha visto besar al rubio y, rápidamente, ha venido a ver de quién se trata. Ay, mi celosona. Y, agarrándola por la cintura, digo más feliz que una perdiz:
—Cariño, te presento a María, que es rusa, y a Alger, su marido.
Mi bebe, que conoce el carácter ruso, le da dos besos a ella y a él le ofrece la mano. Los dos alemanes sonríen y Alger, señalándonos a María y a mí, dice:
—Qué buena elección la nuestra.
Yulia sonríe y, divertida, responde:
—La mejor.
Durante un buen rato, hablo con María. Me cuenta que se enamoró de Alger un verano en Samara y que el alemán no cesó en su empeño hasta casarse con ella.
¿Serán todos los alemanes tan pasionales?
Quién lo diría, con lo serios que yo siempre los he visto.
En cuestión de minutos, veo que la gente devora mi Strogonoff . Eso me llena de satisfacción.
¡Les encanta!
De tanto beber Coca-Cola me pasa como siempre, ¡me meo! Busco el baño y corro hacia él. No hay sitio donde no visite los servicios. Al final Yulia va a tener razón y soy una meona. Cuando acabo, regreso al gimnasio y veo a las cacatúas junto a Flyn.
¿Qué le preguntarán al niño?
Con disimulo, me acerco sin que nadie me vea y oigo que Flyn dice:
—El Strogonoff las ha hecho Lena, que es rusa.
Vaya, al final le están sacando la información que quieren, pero mi gesto cambia cuando oigo que una pregunta:
—¿Y quién de las dos es tu mama?
¡¿Cómo?!
La sangre se me calienta.
Me entra el calor ruso. Ese que mi padre dice que debo controlar.
Dios mío, dame paciencia y saber estar, ¡o me las como!
¿Cómo pueden preguntarle eso a un niño?
Él se queda callado. No sabe qué responder y yo, dispuesta a zamparme a todas ésas sin dejar ni una miguita, me acerco al grupo como una leona en defensa de su cachorro e, inclinándome hacia Flyn, que me mira con expresión extraña, pregunto:
—¿Qué pasa aquí, cariño?
Las cacatúas se quedan calladas, se cortan, pero la repija se lanza y dice:
—Le preguntábamos al niño quién era su madre biológica, si tú o la otra mujer.
Opción uno: el guantazo se lo doy sí o sí.
Opción dos: le arranco la cabeza y la encesto en la canasta del fondo.
Opción tres: no hay opción tres.
Flyn, que me va conociendo, al ver mi cara va a responder, cuando yo lo miro y digo:
—Calla, cariño, ya respondo yo. —Y, sin moverme de su lado, le pido—: Corre, ve a llenarme un vaso de Coca-Cola, que la voy a necesitar, ¿vale?
Lo empujo con suavidad y, cuando veo que se aleja, me vuelvo hacia ellas con ganas de asesinarlas y siseo:
—¿No os da vergüenza preguntarle a un niño algo así? ¿Acaso os gustaría que a vuestros hijos los acorralara una pandilla de... de... para preguntarle cosas indiscretas? —Ellas se remueven incómodas. Saben que tengo razón y, dispuesta a todo, gruño—: Para vuestra información, os diré que la mamá de Flyn soy y mi esposa es su otra mami, ¿de acuerdo? —Las mujeres asienten con la cabeza y, antes de irme, pregunto—: ¿Alguna pregunta indiscreta más?
Ninguna habla. Ninguna se mueve.
De pronto, siento que una mano coge la mía y me la aprieta.
¡Flyn!
Oh, Dios... ha oído lo que he dicho. Le sonrío. Él no sonríe y me alejo sabiendo que esto traerá más cotilleos.
Cuando llegamos a las mesas donde está la bebida, cojo dos vasos y los lleno de Coca-Cola. Le entrego uno a él y digo:
—Bebe.
El pequeño hace lo que le pido, mientras yo pienso qué decir rápidamente. Tras lo que ha oído, creo que le va a subir la fiebre y cuando se entere Yulia, a mí me da un patatús. Pobrecito Flyn. Bebe mientras me mira con expresión extraña.
Vamos, Len...Vamos... ¡Piensa..., piensa!
Al final, su mirada penetrante me angustia, dejo el vaso sobre la mesa y, apechugando con lo que he hecho, digo:
—Tú y yo sabemos que tu mamá es Hannah y lo será toda la vida, ¿verdad? —Flyn asiente—. Pues una vez aclarado eso, quiero que sepas que, a partir de este momento, y en especial ante las cacatúas esas que nos miran y a las que no les he partido la cara por respeto a ti, tu mamá soy yo y tu mami es Yulia ¿entendido?
Él vuelve a asentir cuando la recién nombrada mami se acerca al vernos y pregunta:
—¿Qué ocurre?
Resoplo.
Qué situación tan incómoda. ¡Ya la he liado de nuevo!
Pero dispuesta a asumir la bronca que se avecina, respondo:
—Oficialmente, hoy quedas declarada mami de Flyn y yo su mamá.
Yulia mira al niño y luego me mira a mí.
Flyn nos mira alternativamente a una y otra.
Al sentirme taladrada por sus miradas, levantando las manos, digo:
—No me miréis así, que parece que me vais a desintegrar.
—Len... —dice el niño—, ¿les tengo que llamar mamas?
Oh, Dios... Oh, Dios... ¿Por qué soy tan bocazas?
El pequeño tiene una madre, en el cielo, pero la tiene, y yo acabo de meter la pataza hasta el fondo.
Yul no reacciona. Sigue mirándome y yo respondo:
—Flyn, tú me puedes llamar como quieras. —Y, señalando a las mujeres, que no nos quitan ojo, digo en perfecto ruso para que Yulia y él me entiendan—. Pero esas brujas zancudas, peludas y con cara de cacatúa, a partir de hoy, si quieren algo de ti, que primero vengan a hablar con tus mamas ¿entendido? Porque si yo me vuelvo a enterar de que te hacen preguntas indiscretas, como dice mi hermana Anya, juro por la gloria bendita de mi madre que está en el cielo que voy a por el cuchillo jamonero de mi padre y les rebano el pescuezo.
Bebo Coca-Cola. Bebo o me da algo.
—Vale, pero no te enfades, tía Len mamá.
Yulia sonríe. Sorprendiéndome, sonríe. Acaricia la cabeza del pequeño y dice:
—Flyn siempre ha sabido que yo soy su mami para lo que necesite, ¿verdad?
Con una sonrisa, el crío asiente y, abrazándose a mi cintura, murmura:
—Y ahora sé que la tía Len es mi mamá tambien.
Los ojos se me llenan de lágrimas. Me emociono. ¡Qué blandita estoy!
Yulia se acerca a mí y, sin importarle quién nos mire, me abraza, me besa en los labios y dice:
—Reitero una vez más que eres lo mejor que he tenido en mi vida.


CONTINUARÁ...
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Ene 20, 2015 7:00 pm

PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME


Capítulo 19

Tres días después, me vuelvo a encontrar mal.
Debo de estar cogiendo la gripe que Flyn está soltando.
Me duele la cabeza y sólo me apetece dormir, dormir y dormir.
Pero no puedo. Frida llamó ayer para venir a visitarnos. Andrés y ella tienen algo que decirnos y, por su voz, debe de ser algo muy emocionante. Me dijo que había avisado también a Björn. Así pues, me tomo un paracetamol y los espero.
Laila entra en la cocina y, al ver que me tomo la pastilla, pregunta:
—¿Te encuentras mal?
Mi relación con ella no es fría sino congelada y, mirándola, respondo:
—No.
Ella asiente y yo añado:
—Por cierto, esta tarde vendrán unos amigos y...
—¿Ah, sí, quiénes?
Me molesta su interés. ¿Y a ella qué le importa?
Y dispuesta a que entienda mi indirecta muy directa, respondo:
—Unos amigos de Yulia y míos. Por lo tanto, te rogaría que no entraras en el salón mientras estemos reunidos con ellos.
Toma ya. ¿Se puede ser más borde?
Laila me mira. No le ha gustado nada lo que ha oído y dice:
—Iré a recoger a Flyn.
—No. No vayas. Ya va Norbert.
—Lo acompañaré.
Una hora más tarde, el primero en llegar es Björn, tan guapo como siempre. Nos damos un abrazo y, agarrándole por el brazo, entro con él en el salón. Con el rabillo del ojo, observo que Laila nos mira desde la cocina.
¡Ea, guapa..., ahí te quedas!
Al entrar en el salón, cierro la puerta corredera y Björn pregunta:
—Te ocurre algo, ¿verdad?
Asiento, me toco la cabeza y contesto:
—Creo que Flyn me ha pegado su resfriado.
Björn sonríe y, al ver mi gesto, dice:
—Deberías estar en la cama, preciosa.
—Lo sé, pero quiero saber qué es eso que quieren comentarnos Frida y Andrés.
Él asiente y contesta:
—Si tardan mucho en venir, yo mismo te meteré en la cama, ¿entendido?
Sonrío y le doy un puñetazo en el hombro.
Diez minutos después, llegan Frida y Andrés con el pequeño Glen, que ya corretea y es un trasto. La última en llegar es Yulia, que, al vernos a todos reunidos, sonríe, me besa y pregunta:
—¿Estás bien, Lenok?
—Estoy algo congestionada. Creo que Flyn me pegó el trancazo.
Tras negar con la cabeza con preocupación, saluda a sus amigos y coge a Glen en brazos para besuquearle el cuello. El niño se parte de risa y a mí me entran los calores cuando mi mujercita me mira y la entiendo.
Veinte minutos más tarde, Flyn entra en el salón. Björn, al verlo, lo coge en brazos y, como con Glen, durante un rato todos le hacemos caso. Eso al crío le encanta.
Cuando Simona entra con una jarra de limonada y cervezas, se empeña en llevarse a Glen y Flyn para darles de merendar. Cuando la mujer desaparece con los dos niños, todos nos sentamos en los sofás y Björn, al que no paran de llegarle mensajitos al móvil, pregunta:
—Bueno, ¿qué es eso que nos tenéis que contar?
Frida y Andrés se miran, sonríen y yo digo:
—No me digáis que esperáis otro bebé...
—¡Enhorabuena! —aplaude Yulia—. Las próximas nosotras.
—Lo llevas claro, Icegirl —me mofo divertida.
Frida y Andrés sueltan una carcajada y niegan con la cabeza. Eso me desconcierta y él dice entonces:
—Nos marchamos a vivir a Suiza.
—¡¿Cómo?!
Frida me mira y, cogiéndome las manos, explica:
—Ha surgido una buena oportunidad laboral para Andrés en un hospital y hemos aceptado.
—¿Es lo que llevas esperando hace tiempo? —pregunta Yul.
Andrés asiente y Björn dice:
—Eso es fantástico. Enhorabuena.
Mientras lo felicitan, Frida me comenta que Andrés y ella están emocionados ante ese nuevo reto en sus vidas y yo asiento como un muñequito, a pesar de la tristeza que siento.
—Gracias, colegas —ríe Andrés—. Ya me había olvidado de todo, cuando, hace una semana, me llamaron y me lo propusieron. Tras sopesarlo con Frida, hemos decidido aceptar.
Todos están felices y contentos.
Y, sin entender por qué, a mí los ojos se me llenan de lágrimas.
Frida es mi gran amiga, no quiero que se vayan. Al verme, ella pregunta:
—¿Estás bien?
Asiento, pero las lágrimas me caen a borbotones, como al payaso de un anuncio ruso de la tele. No las puedo controlar.
¿Qué me ocurre? ¿Por qué lloro?
Yulia, al verme en ese estado, viene hacia mí y, abrazándome, dice:
—Pero, pecosa, ¿qué te ocurre?
No respondo. No puedo hacerlo o sé que mi cara se contraerá como la de un chimpancé y haré todavía más el ridículo. Björn, conmovido por el hipo que me entra, se acerca y comenta:
—Increíble... también sabes llorar.
Esa frase me hace gracia y me río. Pero lo haga con la cara llena de lágrimas que no paran de brotar. Mi lobita me mira y murmura:
—Me alegra que Björn te haga sonreír.
Éste mira a su amiga con gesto divertido y responde:
—Colega, ¡aprende!
Frida viene hacia mí. Yulia me suelta y ella me abraza. Entiende lo que me pasa y, arrullándome, dice:
—Nos veremos mucho, tontorrona. Ya lo verás. Además, no nos vamos hasta principios de año. Todavía queda un poquito.
Asiento, pero no puedo hablar. De nuevo alguien que quiero se aleja de mí y sé que la voy a echar mucho de menos.
Los días pasan y llega el tan esperado día de la marcha de Laila, aunque eso significa que Yul también se va.
Que se vaya a Londres no me hace ninguna gracia, pero he decidido dejar los celos a un lado y confiar en ella, mi pelinegra se lo merece. Me demuestra su amor de tal manera que, sinceramente, ¿por qué voy a desconfiar?
La acompaño al aeropuerto. Norbert nos lleva y yo me abrazo a mi esposa durante todo el camino. Me encanta su olor, adoro su tacto y, según nos acercamos a nuestro destino, me vuelvo a angustiar. Cuatro días sin verla para mí es un mundo.
Al llegar, mientras Yul sale del coche, Laila me mira y dice:
—Ha sido un placer conocerte.
—No puedo decir lo mismo —respondo y añado—: Y, a ser posible, evita regresar a mi casa o le tendré que comentar a Yulia que no eres ni tan buena, ni tan encantadora.
—Björn es un bocazas.
—Y tú una zorra.
Toma, ¡se lo he dicho!
Qué a gustito me he quedado.
Sin contestar, sale del coche y camina hacia su tío. Qué placer perderla de vista. Se despide de Norbert y veo que se mete en el avión sin mirar atrás. Yul, tras saludar al piloto, se vuelve hacia mí y, abrazándome, dice:
—Dentro de cuatro días como mucho vuelvo a tu lado, ¿entendido?
Asiento. Me convenzo de ello y la beso. Devoro su boca con ansia, mientras ella me aprieta contra su cuerpo. Finalmente, tengo que decir:
—Si sigues besándome así, no te vas.
Yul sonríe. Me suelta y, guiñándome un ojo, camina hacia la escalerilla del avión, pero antes de subir me mira y dice:
—Pórtate bien, pecosa.
—Tú también, lobita.
Ambas sonreímos y, veinte minutos más tarde, miro junto a Norbert cómo el avión despega y se va. Se aleja de mí.
En el coche de regreso a casa estoy triste. Se acaba de ir mi amor y ya la echo de menos. Al llegar a casa, Norbert dice:
—Señora, la señora Yulia me ha dicho que le diera este sobre al llegar a casa.
Sorprendida, lo cojo y rápidamente lo abro y leo.
Pecosa, sólo serán unos días. Sonríe y confía en mí, ¿de acuerdo?
Te quiero,
Tu lobita

En ese instante sonrío. Estos detalles de mi amor me encantan.
Esa noche tras la cena, Flyn se va a la cama y se lleva a Calamar. Yo me quedo en el salón viendo la tele con Susto a mis pies. La melancolía se apodera de mí y, sin poder evitarlo, los ojos se me llenan de lágrimas. Intento sonreír, como ella me pide en la carta, pero no puedo. La echo demasiado de menos.
Al final, cojo el teléfono y la llamo. Necesito oír su voz. Tras cuatro timbrazos, lo coge.
—Dime, Len.
—Te echo de menos.
Tras un segundo en el que oigo cómo Yulia se disculpa con alguien, me dice:
—Cariño, estoy en una cena de negocios.
—Pero yo te echo de menos.
Su cálida risa al oír mi voz me hace sonreír. Entonces, Yul dice:
—Ve a la cama y lee, o abre el cajón de tu mesilla y piensa en mí.
Divertida, sonrío. Me está pidiendo que me masturbe.
—Te voy a seguir echando de menos —insisto.
Yul vuelve a reír.
—Tengo que colgar, cielo. Pero dentro de una hora, desde mi habitación del hotel, te llamo por Skype y, si quieres..., jugamos.
Guauuu, ¡¿sexo por webcam?!
¡Qué fuerte!
Nunca he experimentado eso.
—Esperaré ansiosa tu llamada. —Río encantada—. Mientras tanto, leeré.
Saber que voy a volver a hablar con ella me levanta el ánimo. Al colgar, miro el reloj: las diez menos cuarto.
Feliz, apago el televisor, le doy un beso a Susto en la cabeza y me dispongo a ir a mi cuarto. Paso primero a ver a Flyn. El pequeño está dormido con Calamar a sus pies. ¡Qué lindos son los dos!
Al entrar en mi habitación, cierro la puerta y, con una sonrisita, echo el pestillo.
Espero una llamada caliente, sexy y morbosa. Después, me lavo los dientes, me pongo un sugerente camisón corto y me meto en la enorme cama. Qué grande es cuando Yulia no está. De pronto percibo su aroma. Las sábanas huelen a ella como nunca. ¡Qué maravilla!
Extasiada, me dejo caer sobre el lado donde duerme mi amor y disfruto de su aroma.
Cuando tengo las fosas nasales inundadas de su olor, abro el portátil y entro en Facebook. Hablo un rato con mis amigas las guerreras hasta que el chirimbolito de Skype me anuncia que tengo una llamada. Me despido de ellas y acepto la llamada. La cámara se conecta y veo a mi lobita.
—Hola, bebe.
—Hola, preciosa.
Qué raro se me hace esto: ver a Yulia en una pantalla. La quiero a mi lado.
—¿Cómo estás, pecosa?
—Bien. Ahora que te veo.
Ambas sonreímos y Yulia dice:
—Estoy desnuda y dispuesta para jugar contigo. —Y, recostándose en el respaldo de la cama del hotel, dice—: Vamos, desnúdate para mí.
Entre risas, me quito el camisón y, entonces, Yul dice:
—Cierra los ojos. No mires la pantalla e imagina que dos hombres y yo te miramos. Estamos de pie alrededor de la cama y deseamos poseerte, aunque antes queremos mirarte. ¿Te gusta la idea?
—Sí.
Ella sabe que, con sólo pensarlo, me humedezco y entonces pide:
—Tócate los pezones. Eso nos gusta. Pellízcatelos para nosotros.
Me pellizco como ella me ha pedido, mientras mi imaginación vuela y vuela y siento un dolor placentero y extraño al hacerlo. Imaginarme siendo el centro de las miradas de 2 hombres y Yulia me provoca. Quiero que me deseen, quiero que jueguen conmigo. Al oír la respiración de Yulia, abro los ojos y digo, mirando la pantalla:
—Tócate, Yul. Acaríciate el pene y el clitoris como si fuera yo quien lo hiciera.
Lo hace. Yo la observo y me pongo cardiaca. Su pene está duro, terso, como a mí me gusta, su vagina húmeda y lista,y susurro:
—¿Te gusta cómo me miran esos hombres?
—Sí.
—¿Te gusta cómo abro mis piernas para ellos?
Oigo que jadea cuando lo hago y dice:
—Me encanta, cariño... Ábrelas un poco más y flexiónalas.
Lo hago y, excitada al oír los ruidos secos que provienen de la pantalla, me centro en su placer y murmuro:
—Así..., cariño..., mastúrbate. Cierra los ojos e imagina que me ofreces a uno de esos hombres. ¿Te gusta la idea?
—Sí..., sí...
Excitada, tomo aire mientras mi pelinegra entra en el juego.
—Me folla... y yo jadeo. Me penetra mientras tú me besas, me muerdes los labios como a ti te gusta y bebes mis gemidos.
—Sí, Len... Sigue..., sigue.
—El hombre me levanta, se tumba en la cama y me pone sobre él. Tú miras y él toma mis pezones en su boca, mientras me da un azote en el trasero para que me apriete contra él y luego tú me das otro. —Ambos jadeamos y prosigo—: Ahora, sus dedos juegan dentro de mi vagina. Tú metes los tuyos también y soy vuestra.
—Sí, pecosa..., sí.
—Saca sus dedos, me abre las piernas con urgencia y me penetra. Yo chillo. Tú te pones detrás de mí, me agarras por la cintura y me mueves... pidiendo que no pare de follarle y no deje de chillar.
Durante un rato nos dedicamos a calentarnos como mejor sabemos y, con mis palabras, consigo llevarla hasta el clímax. Oír su bronco gemido me vuelve loca. Quiero besarla, tocarla, pero frustrada por no poder hacerlo, pregunto.
—Cariño..., ¿todo bien?
Yulia sonríe, se mueve en la cama y murmura, mientras se limpia con un kleenex.
—Sí, pecosa. —Y, mirándome, pregunta—: ¿Habías hecho esto alguna vez?
Ahora la que se ríe soy yo y respondo:
—Es mi primera vez. Creo que te estás llevando la exclusiva en muchas cosas.
Ambas reímos y nuestro juego continúa.
—Abre el cajón, saca nuestros juguetitos y ponlos sobre la cama.
Hago lo que pide y me indica:
—Coge el pene de gel verde que tiene chupón y pégalo sobre la mesita pequeña que hay frente a la chimenea. Después regresa a la cama.
Excitada, hago lo que pide. Me levanto, chupo la ventosa del pene y lo clavo en un lateral de la mesita. Queda tieso ante mí y regreso a la cama. Cuando le digo que ya está, dice:
—Ahora quiero que cojas el dildo violeta para el clítoris.
—Lo tengo.
—Bien... Ahora abre las piernas. —Y en un tono íntimo y bajito, susurra—: Más..., más..., un poquito más... Así.
Ardiente por lo que me dice, obedezco y me humedezco. Ese tono de voz me vuelve loca.
—Cierra los ojos y mastúrbate para mí. Dame tus jadeos, cariño. Ponlo al uno y deja que te roce con delicadeza el clítoris para que se hinche como a mí me gusta.
Lo hago y, con las piernas abiertas como ella quiere, coloco el aparato con delicadeza sobre mi clítoris. Mi cuerpo reacciona y Yul dice:
—Disfruta... Así..., así... Ahora súbelo al dos..., al tres...
La intensidad crece y crece y, con ello, mis jadeos.
Mi amor, mi lobita, mi mujer, aun a cientos de kilómetros de distancia sabe lo que me gusta, lo que necesito. Entonces pide:
—Al cuatro, Len...
Lo hago y grito. Estoy empapada. Mi clítoris está hinchado y quiero más.
—No cierres las piernas... No..., no, pecosa —murmura excitada-. Aprieta el dildo contra ti y disfruta... Quiero ver tu humedad... Vamos, déjame ver cómo te corres.
Mi cuerpo se tensa. Quiero cerrar las piernas, pero obedezco. Deseo que vea cómo me corro y que note mi humedad. El dildo violeta al cuatro es fantástico y mi clítoris empapado florece segundo a segundo. Un calor enorme recorre mi cuerpo, sube hasta mi cabeza y, cuando Yulia oye mi jadeo, dice:
—Así, amor... No cierres las piernas. Bien..., bien... Aguanta un poco más.
Me convulsiono y mis piernas se cierran solas, mientras el placer me recorre el cuerpo. En ese momento, mi lobita exige sin descanso.
—Ahora quiero que me folles, Len. Levántate y fóllame.
Sé a lo que se refiere. Me levanto con urgencia, con los ojos vidriosos por la lujuria, cojo el portátil y voy hacia donde me espera el pene de gel verde. Dejo el portátil sobre la mesita y veo en la ventanita la perspectiva que le ofrezco. Después me empalo en el pene y murmuro extasiada:
—Estoy sobre ti.
—Sí, cariño... Sí...
—¿Así..., así te gusta? —susurro, mientras el pene de gel entra en mí.
—Sí —responde mientras se masturba—. Te siento cariño... ¿Me sientes tú?
Miro la pantalla, la veo y murmuro:
—Sí...
—Apriétate más y agárrate al borde de la mesa.
Un gemido sale de mi boca al introducirme más el pene y mi amor me anima:
—Vamos, cariño. Fóllame y disfruta.
Agarrada a la mesa con fuerza, me muerdo el labio inferior mientras mis caderas suben y bajan sobre el miembro de gel verde. Cierro los ojos y siento la mirada de Icegirl. Sus manos rodean mi cintura y me ayudan a subir y bajar sobre ella.Una y otra vez me empalo, mientras la voz de Yulia me dice cuánto le gusta... cuánto disfruta.
—Oh, sí..., sí...
Mis fluidos empapan el pene de gel. Mi vagina lo succiona y mi respiración es una locomotora. Chorreo. Estoy empapada, mientras una y otra vez me muevo y loca de placer jadeo hasta que ya no puedo más. Tras una última penetración que llega hasta mi útero, alcanzo el clímax.
Sentada sobre la mesa y totalmente empalada por ese pene, convulsiono, mientras oigo la voz de mi amor que me dice cientos de cosas maravillosas y siento su aliento en mi boca. La quiero. La amo. Adoro todo lo que hago con ella y quiero seguir aprendiendo.
Pasados unos minutos en los que nuestras respiraciones se relajan, Yul dice:
—¿Todo bien, preciosa?
—Sí.
Se me escapa una carcajada y mi lobita murmura:
—Vamos, pecosa, ve a la cama.
Levantándome, saco el pene de mí y, aún húmeda, cojo el portátil y me tiro en la cama. Ambas nos miramos y digo:
—Gracias, amor.
Yul ríe y responde:
—No hay nada que agradecer, cariño. Esto es algo entre tú y yo. Ambas hemos disfrutado y es lo que cuenta, ¿verdad?
Asiento y, cuando voy a responder, ella dice:
—Descansa, amor. Es tarde.
—Vale.
—Mañana hablamos, ¿de acuerdo?
—Te quiero.
—Más te quiero yo a ti, Lenoshka.
—No... yo más.
—Yo más —insiste divertida.
—Venga, desconecta el Skype.
—No, desconecta tú primero —ríe gustosa.
Tras cinco minutos en los que, entre risas, nos comportamos como dos adolescente con el «¡desconecta tú!», lo hacemos las dos a la vez.
Estoy agotada, satisfecha y humedecida. A mi alrededor, en la cama, todos nuestros juguetitos desparramados parece que me miran y decido dar por terminada la orgía. Me río. Me levanto y guardo lo que no he utilizado. Voy hasta la pequeña mesita y tiro del pene. Madre mía, lo que me ha hecho disfrutar. Éste se desengancha y, junto al dildo violeta, lo lavo. Cuando todo está limpio, lo guardo.
Agotada, abro el pestillo, me tumbo en la cama y, con una sonrisa, me duermo agarrada a la almohada de Mi Yulia . Huele a ella.


CONTINUARÁ...

En unos días subo mas conti!! saludos! Cool Smile
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Jue Ene 22, 2015 12:50 pm

Excelente conti :-D
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Ene 25, 2015 7:42 pm

Aquí de nuevo con mas conti de esta historia!!  Smile



PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...


Capítulo 20


A la mañana siguiente, según abro el ojo siento unas irrefrenables ganas de vomitar.
Corro al baño y llego justo a tiempo de no liarla parda. Definitivamente, he pillado el trancazo que soltó Flyn.
Con el estómago dolorido y la garganta destrozada, consigo levantarme y caminar hasta la cama. Me tiro en ella y me quedo dormida como un ceporro.
—Lena, ¿no te vas a levantar hoy? —oigo de pronto.
Es Simona. Levanto la cabeza, la miro y pregunto:
—¿Qué hora es?
La mujer se acerca y, con gesto de alarma, dice:
—¿Te encuentras bien?
Asiento. No quiero asustarla o rápidamente llamará a Yulia. Miro el reloj, las once y media de la mañana.
Por Dios, pero ¿cuánto he dormido?
Miro a Simona, que no me quita ojo, y murmuro:
—Anoche me quedé hasta las tantas leyendo y ahora me caigo de sueño.
Ella sonríe, se da la vuelta y dice:
—Vamos, dormilona. He hecho churros para ti, pero ya estarán fríos.
Cuando cierra la puerta, mi estómago se contrae y corro de nuevo al baño. Allí estoy un buen rato, hasta que me encuentro mejor y camino de nuevo a la cama. De pronto, pienso en los churros y me entran náuseas. Me dan un asco que me muero. Eso hace que me pare en medio de la habitación. ¿Desde cuándo los churros me dan asco?
La cabeza me da vueltas.
Me miro en el espejo y, sin saber por qué, recuerdo que a mi hermana le daban asco los churros cuando estaba embarazada. Mi estomago se resiente de nuevo y susurro, llevándome las manos a la cabeza:
—No... No... No... No puede ser.
Mi mente se bloquea, mi estomago se contrae de nuevo y corro al cuarto de baño.
Diez minutos después, estoy tirada en el suelo, con los pies apoyados en el lavabo. Todo me da vueltas. Acabo de percatarme de que llevo sin tener la regla más de lo que yo desearía.
Me falta el aire.
Me agobio.
Creo que me va a dar un infarto de un momento a otro.
Cuando consigo que la cabeza deje de darme vueltas, bajo los pies al suelo y me incorporo. Me miro en el espejo y murmuro con un quejido lastimoso:
—Por favor..., por favor..., no puedo estar embarazada.
Me pica el cuello.
Dios mío, ¡lo tengo lleno de ronchones!
Me rasco, me rasco y me rasco, pero tengo que parar o me lo dejaré en carne viva. Me importa un pepino, ¡me rasco!
Vuelvo de nuevo a la cama. Me siento y abro el cajón. Saco mi pastillero y, horrorizada, me doy cuenta de que han pasado varios días desde que me tomé la última. Pero pensando y pensando recuerdo que en la anterior regla apenas manché. Me extrañó, pero comencé a tomar de nuevo la píldora.
Oh, Dios... ¡Oh, Dios!
Maldigo, me desespero y pataleo. He estado tan ocupada con todo últimamente que no me he percatado de lo que ocurría. Abro el prospecto de la píldora y leo que el margen de error es del 0´001%.
¿Tan mala suerte voy a tener que voy a ser ese 1%?
Pero entonces recuerdo algo. La noche que estuve en el hospital, cuando el accidente de la moto, no me tome la pastilla. Ahí tengo mi 1%.
Me mareo...
Me entra fatiguita...
Me pica el cuello...
Necesito un cigarro...
Me tumbo en la cama y cierro los ojos. El olor a Yulia llega hasta mí y me encanta. Cuando consigo reponerme del susto que tengo, me visto y decido ir a una farmacia. ¡Es urgente! Al bajar, Simona sonríe y dice:
—No te comas los churros fríos, Lena. Espera y pronto te pondré la comida. Por cierto, dentro de quince minutos comienza Locura Esmeralda. Voy a dejar estas blusas de la señora en su cuarto y después iré la cocina y la vemos juntas, ¿de acuerdo?
Asiento, paso por su lado y la mujer pregunta:
—¿Te ocurre algo, Lena?
La miro y respondo:
—Nada, ¿por qué?
Ella me mira y, tras parpadear, insiste:
—Estás algo pálida.
Ay, madre, ¡si ella supiera!
Pero como puedo, respondo:
—Me tiré leyendo hasta las cuatro de la madrugada. Echaba de menos a Yul.
Simona sonríe y, mientras sube la escalera, dice:
—No desesperes, Lena. La señora regresará pasado mañana como muy tarde.
Cuando desaparece, voy a la cocina. Al entrar, veo que sobre la mesa están los churros.
Y para demostrarme a mí misma que no me dan asco, me lanzo a ellos. Doy un mordisquito y mi estómago no se mueve. Sonrío. Eso me relaja. Pero como estoy atacada de los nervios, me meto siete churros entre pecho y espalda, hasta que mi estomago se rebela y tengo que salir a toda pastilla de la cocina.
En mi camino me cruzo con Simona y, al llegar al baño, la siento detrás de mí. Sin ascos ni miramientos, la mujer hace lo que tantas veces hizo mi madre cuando yo era pequeña. Me sujeta la frente mientras de mi cuerpo sale de todo. Absolutamente de todo.
¡Qué asco me doy!
Cuando parece que me relajo, con un sudor frío horroroso camino de la mano de Simona hacia la cocina. Al sentarme, ella me mira y dice:
—Estás pálida... muy pálida.
Yo no digo nada. No puedo.
No deseo hablar de lo que me pasa, pero de pronto, Simona fija la vista en el plato de los churros y dice:
—¿Cómo no vas a vomitar con todos los churros que te has comido?
Asiento. Tiene razón.
No quiero dar explicaciones y respondo:
—Tenía tanta hambre que me los he comido y creo que mi estómago se ha enfadado.
Me prepara una infusión y me pide que me la tome para que el estómago se me tranquilice.
¡Qué asco!
Nunca me han gustado las infusiones.
Pero Simona se empeña en que me la beba y le hago caso. Debo hacerlo o llamará a Yul. Diez minutos más tarde, soy otra vez persona. Vuelvo a ser yo y mi rostro recupera su color blanco original, y no ese blanco pálido que hasta las pecas me hizo desaparecer.
Para intentar no hablar más del tema, enciendo el televisor y comienza Locura Esmeralda. No me entero de nada. Mis pensamientos están en otro lado. Pero Simona, ajena a ello, una vez termina el episodio, dice:
—Pobrecita Esmeralda. Toda su vida sufriendo y ahora su amor no la reconoce y se enamora de la enfermera del hospital. Qué triste..., qué triste.
Cuando se marcha y me quedo sola en la cocina, pienso que necesito ir a la farmacia. Sin más, me levanto, busco a Simona y le digo que no voy a comer. Tengo que salir. Necesito salir y que me dé el aire o creo que me va a dar algo. Cojo mi anorak rojo, voy al garaje y me subo al Mitsubishi. El olor de mi lobita me inunda de nuevo y susurro:
—Como esté embarazada, te mato, señora Volkova.
Comienzo a conducir sin rumbo fijo, mientras la música suena en el coche y yo no puedo ni cantar.
No puedo creer que me pueda pasar esto. Yo soy un desastre como persona, ¿cómo voy a tener un hijo?
Aparco el coche cerca de Bogenhausen y decido darme un paseo por el jardín inglés. Hace frío. En noviembre, en Múnich comienza a hacer un frío de mil demonios pero no supera al frío en Rusia.
Camino. Pienso y veo que pasa una bici cervecera, la atracción estrella de la ciudad. Observo cómo los que van en la bici se divierten mientras pedalean y toman cerveza. Al pensar en ésta, el estómago se me contrae. ¡Qué asco!
Sigo mi paseo y me cruzo con varias madres y sus bebés.
¡Qué agobio me entra!
No sé cuánto tiempo llevo caminando, hasta que soy consciente de que estoy totalmente congelada. Mi anorak no es lo suficientemente abrigado y si sigo así pillaré una pulmonía. Cuando salgo del jardín inglés, veo un estanco. Voy directa a él y me compro una cajetilla de tabaco y un mechero. Enciendo un cigarrillo, aspiro el humo y lo disfruto.
No puedo estar embarazada. Debe de ser un error.
Sigo caminando y veo una farmacia.
La observo desde la distancia y, cuando me acabo el cigarro, entro, espero en la cola y, cuando me toca, digo:
—Quiero un test de embarazo.
—Digital o normal.
La farmacéutica me mira y, como no estoy puesta en estas cosas, contesto:
—Me da igual.
Abre un cajón, saca varias cajitas alargadas de colores y dice:
—Cualquiera de éstos se puede hacer en cualquier momento del día. Éste es digital, éste ultrasensible...
Durante un par de minutos, la mujer habla y habla y habla, mientras yo sólo quiero que se calle y me dé un puñetero test de embarazo. Por fin, cuando saca la última cajita, me explica:
—Aunque puede hacerse la prueba en cualquier momento, yo le recomendaría que se la hiciera con la orina de primera hora de la mañana.
Con los ojos como platos, miro aquellas cajas. Pero ¿qué hago yo comprando esto?
—Usted dirá, ¿cuál quiere?
No sé qué decir. Al final, cojo cuatro cajas y respondo:
—Quiero éstas.
—¿Todas?
—Todas —afirmo.
La farmacéutica sonríe y, sin cuestionar nada más, las mete en una bolsa de plástico. Yo le entrego mi tarjeta y, una vez cobrado, salgo de la farmacia.
Cuando llego al coche, abro la bolsa y saco los test. Leo los prospectos y en todos pone básicamente lo mismo. Tengo que hacer pis sobre la banda y tienen una fiabilidad de un 99%.
Joder... ya estamos con los porcentajes.
Al llegar a casa, Simona me mira y, al ver que sólo llevo el anorak, me reprende por ir tan poco abrigada y por haber estado fuera varias horas. De pronto, me doy cuenta de que son las tres de la tarde. La mañana se ha esfumado y yo no me he dado cuenta.
Una vez acaba de regañarme como a una niña pequeña, Simona me informa que Yulia ha llamado veinte veces preocupada y que volverá a llamar. Alucinada, me doy cuenta de que con el agobio me he marchado sin móvil y digo:
—No le habrás dicho lo que me ha pasado esta mañana.
La mujer niega con la cabeza y añade:
—No, Lena. Bastante preocupada estaba ella por no localizarte. Además, la conozco y eso la angustiaría mucho. He preferido no decirle nada.
—Gracias —susurro, a punto de abrazarla.
Una vez Simona vuelve a sus quehaceres, cojo el móvil, me lo meto en el pantalón del vaquero y subo a toda prisa a mi habitación. Me encierro en el cuarto de baño, me siento en la taza y observo la bolsita que he dejado en el bidé. Durante varios minutos, me digo que esto no puede ser.
¡Yo no puedo estar embarazada!
Haciendo acopio de fuerzas, saco uno de los test y procedo a hacer lo que indica.
Me desabrocho el vaquero y me lo bajo, después las braguillas y me siento en el retrete. Con manos temblorosas, saco el test y retiro el capuchón. Cuando por fin atino a mojar el absorbente, además de mi mano, tapo el test y lo coloco en posición horizontal sobre la encimera del baño.
Una vez me recompongo y me abrocho el vaquero, enciendo un cigarro. Pero tras dos caladas me mareo. Me siento en el suelo, me tumbo y subo las piernas al lavabo.
Madre mía..., madre mía, qué miedo tengo.
¿Yo madre de un bebé?
¡Ni de coña!
Uf... ¡qué mareo!
Recuerdo el parto de Anya y me entran náuseas. ¡Qué angustia!
Han pasado dos minutos y treinta y siete segundos... treinta y ocho... treinta y nueve.
Intento cantar. Eso siempre me relaja y nuestra canción es lo primero que viene a mi mente.
Sé que faltaron razones, sé que sobraron motivos,
contigo porque me matas y ahora sin ti ya no vivo.
Tú dices blanco, yo digo negro.
Tú dices voy, yo digo vengo.
Vivo la vida en color y tú en blanco y negro.
Paro. Miro el reloj. Han pasado los cinco minutos. He de mirar el resultado, pero continúo cantando.
Dicen que el amor es suficiente,
pero no tengo el valor de hacerle frente.
No..., no..., no..., ¡definitivamente, no tengo valor!
No puedo abrir el capuchón.
Me enciendo otro cigarrillo, aun a riesgo de marearme. Lo necesito.
Me pica el cuello. Me rasco, me rasco y me rasco.
Ya no puedo ni cantar.
Bajo las piernas del lavabo, me siento y miro el test horizontal.
Cojo el prospecto y lo vuelvo a releer por enésima vez. Si salen dos rayitas es positivo y si sale sólo una, negativo.
Por primera vez en mi vida, deseo un negativo más grande que un camión. Por favor..., por favor...
Cuando apago el cigarrillo, me armo de valor, cojo el test y, sin pensarlo, lo abro. Los ojos se me ponen como platos.
—Dos rayitas —susurro.
Suelto el test y vuelvo a coger el prospecto. Dos rayitas, positivo. Una, negativo.
Me mareo...
Vuelvo a releer. Dos rayitas, positivo. Una, negativo.
Me tumbo en el suelo del baño, mientras musito con los ojos cerrados:
—No puede ser... No puede ser...
Diez minutos más tarde, decido repetir el test al recordar que hay un 1% de error. Si el anticonceptivo ha fallado, ¿por qué no va a fallar el test de embarazo?
Llevo a cabo la misma operación que minutos antes. De nuevo espero y esta vez sin cigarrillo, cuando pasan los cinco minutos, abro el capuchón y grito:
—Noooooooooooooooooo...
Me hago el tercer test. Después el cuarto. El resultado es el mismo: positivo.
El corazón me late a mil. Me va a dar un infarto y, cuando Yulia regrese, voy a estar más tiesa que la mojama en el suelo del baño.
Pienso en el margen de error que tienen estos test. Pero que cuatro me griten «¡estás embarazada!», me hace dudar.
Me mareo...
Todo me da vueltas...
Me vuelvo a tumbar en el suelo y subo los pies al lavabo.
—¿Por qué? ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?
De pronto, me suena el móvil. Me lo saco del bolsillo del vaquero y veo que es Yul.
¡La otra madre de la criatura!
Uf..., qué nervios.
Me acaloro y me doy aire con la mano.
No quiero que me note extraña y, tras seis timbrazos, saludo lo más chisposa que puedo.
—Hola, lobita.
—¿Cómo sales de casa sin móvil? ¿Te has vuelto loca? —pregunta con voz tensa.
No estoy yo para tensiones y respondo:
—Punto uno: no me chilles. Punto dos: se me ha olvidado. Y punto tres: si me llamas para ser una borde, prepárate que yo también lo puedo ser.
Silencio. Ninguna dice nada hasta que ella insiste:
—¿Dónde has estado, Len?
—He ido a comprar unas cosas y luego me he dado un paseo, porq...
—Un paseo muy largo, ¿no crees? —me corta. E insiste—: ¿Sola o acompañada?
—¡¿A qué viene eso?!
—¿Sola o acompañada? —Sube el tono de voz.
Su mal rollo me duele.
Me hace daño.
¿Qué ocurre? Y antes de que yo pueda siquiera protestar, la comunicación se corta.
Como una tonta, me quedo mirando el teléfono.
¿Me ha colgado?
¿La gilipollas me ha colgado?
Furiosa, marco su número. Esta se va a enterar de lo que es subir la voz. Pero cuando suena, cuelga sin descolgar. Eso me encoleriza. Lo intento tres veces más, pero el resultado es el mismo.
Estoy histérica, nerviosa y, para más inri, ¡embarazada!
Si pillo en este momento a Yulia, ¡la mato!
No sé qué hacer y al final decido nadar unos largos. Lo necesito.
Me pongo el bañador y, cuando llego al borde de la piscina, el estomago me da un vuelco y salgo corriendo al baño.
Cuando Flyn llega, estoy sentada al borde del agua, totalmente descentrada. El niño me abraza por detrás y me besa en la mejilla. Encantada por esa demostración de afecto que necesito, cierro los ojos y murmuro:
—Gracias, cariño. Lo necesitaba.
El crío, que es muy listo, se sienta a mi lado, me mira y pregunta:
—¿A que has discutido con la tia?
Sin mucho humor, respondo:
—No, cielo. La tia está en Londres y es difícil discutir con ella.
El pequeño me mira, asiente y no responde. Saca sus propias conclusiones. De pronto, mi estómago se queja de hambre y, mirándome alucinado, Flyn pregunta:
—¿Qué tienes ahí dentro, un alienígena?
En ese instante me da la risa y no puedo parar.
Todo vuelve a ser surrealista.
Estoy embarazada y Yulia, la mujer que tenía que estar a mi lado, besándome como loca porque va a ser madre, está enfadada.
Convencida de que esto no se puede torcer más, digo:
—Vamos a comer o te como a ti ahora mismo.
Por la noche, cuando Flyn se va a dormir, vuelvo a estar sola en el inmenso salón, acompañada por Susto. Le hago una señal y mi amorcito se sube al sillón. Ahora que no está Yul, que aproveche.
Llamo a Yulia por teléfono. No lo coge. ¿Por qué está tan enfadada?Enciendo el televisor y cuando llevo un rato mirándolo, con la necesidad de contarle a alguien lo que me pasa, toco a Susto, que levanta la cabeza, me mira y digo:
—Estoy embarazada, Susto. Vamos a tener una pequeña Volkova Katina
El animal parece entenderme y, tumbándose de nuevo, se tapa los ojos con una de sus patazas. Eso me hace reír. Hasta él sabe que esto es una locura.
A las once y, tras ver que Yulia no me llama, decido subir a la habitación. Estoy para el arrastre. En el cuarto de baño, me lavo los dientes y veo la cajetilla de tabaco. La tiro a la basura justo en el momento que el móvil me suena. Yulia. ¡Por fin!
—Hola, lobita —la saludo, sin un ápice de ganas de discutir.
Se oye mucho ruido de fondo y la voz de ella dice:
—¿Cuándo me lo pensabas decir?
Sorprendida, me siento en el retrete. Miro alrededor en busca de la cámara oculta. ¿Sabe que estoy embarazada? Y pregunto:
—¿El qué?
—Lo sabes bien, pero que muy bien...
—No, no lo sé...
—¡Lo sabes! —grita.
Desconcertada, arrugo el entrecejo. Si hablara del embarazo, no tendría ese mosqueo. Yul ha bebido, cosa que me alerta. Es la primera vez que está borracha y eso me preocupa.
—¿Dónde estás, Yulia?
—Tomando algo.
—¿Estás con Amanda?
Se ríe. Su risa no me gusta y responde:
—No, Amanda no está conmigo. Estoy sola.
—Vamos a ver, Yulia —digo, sin levantar la voz—, ¿me puedes explicar qué es lo que ocurre? No entiendo nada y...
—¿Hoy te has visto con Björn?
—¡¿Cómo?!
—No te hagas la inocente, cariño, que te conozco.
—Pero ¿qué te pasa? —grito, desesperándome.
—No sé cómo no me he dado cuenta antes de todo. —Sube la voz—. ¡Mi mejor amigo y mi mujer, liados!
¿Se ha vuelto loca?
¡Además de borracha, loca! Sin más, la comunicación se vuelve a cortar.
Sin entender nada de lo que dice, la llamo. No lo coge. Los nervios me revuelven el estómago y al final pasa lo que pasa. Adiós cena.
Esa noche no duermo. Sólo quiero saber que está bien. Me preocupa haberla oído tan borracha. Me preocupa que le pase algo, pero por más que la llamo no me coge el teléfono. Le mando varios mails. Sé que los verá. Pero nada, tampoco los contesta.
Pienso en Björn. ¿Debería llamarlo y contarle lo que ocurre? Al final decido que no. Son las cinco de la madrugada y no creo que sea hora para ello.
A las seis y media, tras pasar una noche horrorosa sin poder contactar con Yulia, cuando Simona entra en la cocina, se sorprende al verme.
—Pero ¿qué haces levantada tan pronto?
Mi cara se contrae y empiezo a llorar. La mujer se descuadra. Se sienta a mi lado y, como una madre, me seca las lágrimas con una servilleta mientras yo hablo y hablo y Simona no se entera de nada.
Cuando por fin consigue tranquilizarme, omito lo del embarazo, pero le cuento lo que me ha pasado con Yulia. Ella está desconcertada. Sabe que adoro y quiero a mi lobita como pocas personas en el mundo y que Björn es sólo un estupendo amigo de lasdos.
A las ocho se va para despertar a Flyn, y a las ocho y media, cuando el crío entra en la cocina con ella y ve mi deplorable estado, pregunta, sentándose a mi lado:
—Has discutido con la tía, ¿verdad?
Esta vez asiento. No puedo negarlo. Y, sorprendiéndonos a Simona y a mí, él dice:
—Seguro que la tía no tiene razón.
—Flyn...
—Tú eres muy buena mamá —insiste.
Como un oso lloroso vuelvo a estallar en llanto. Me ha llamado mamá. Ya no hay quien me pare.
Al final, cuando Simona le sirve el desayuno a Flyn y Norbert llega para llevarlo al colegio, decido ir con ellos. El aire me vendrá bien. En el trayecto, mi pequeño coreano alemán me agarra la mano y no me la suelta. Como siempre, eso me da fuerza y, cuando me da un beso antes de bajarse del coche para que nadie lo vea, me hace sonreír. Cuando se aleja, le pido a Norbert que espere un segundo y salgo del vehículo.
Necesito que me dé el aire.
Saco una tarjetita del bolsillo y, tras mirarla, me decido y llamo. El médico me da el teléfono de una ginecóloga privada. Sin dudarlo, concierto una entrevista con ella para el día siguiente. Lo bueno de tener dinero es eso, que todo puede ser a la de ya. Igualito que la Seguridad Social de Rusia. María, mi nueva amiga rusa, al verme, se acerca a mí y, al reparar en mis ojeras, pregunta:
—¿Estás bien, Lena?
Asiento y sonrío.
No soy persona de ir contándole mis penas a todo el mundo. Pero en ese momento veo en su mirada algo extraño y pregunto:
—¿Qué ocurre?
Ella suspira. Duda, pero finalmente, ante mi mirada, cede.
—Me cuesta decirte lo que te voy a decir, pero si no lo hago no voy a poder dormir tranquila. —Sorprendida, la miro y ella, señalando a las cacatúas, que están a unos metros de nosotras, dice—: Tus amigas, esas que te tienen tanto aprecio, te están poniendo fina. Van diciendo cosas terribles de ti.
—¿De mí? Pero ¡si no me conocen!
María asiente, gesticula y yo pregunto:
—¿Qué pasa? Cuéntame.
—Dicen que estás liada con un amigo de tu marido. Un tal Björn.
La tierra tiembla bajo mis pies y de pronto me viene a la mente una frase de una canción de Alejandro Sanz que tanto me gusta y que dice: «Ya lo ves, que no hay dos sin tres».
¿Qué está ocurriendo?
Estoy embarazada, Yulia cree que estoy liada con Björn y ahora en el colegio de Flyn también lo afirman.
Tiemblo...
Tengo miedo...
No entiendo lo que ocurre...
—Además de eso —prosigue María—, se mofan porque eres lesbiana y ademas eras la secretaria de Yulia y, bueno..., imagínate lo que comentan.
Boquiabierta y tremendamente alucinada, asiento.
—Efectivamente, yo trabajaba para la empresa de Yulia, pero... pero yo no estoy engañando a mi esposa, ni con Björn, ni con nadie. Acabo de casarme hace cuatro meses, adoro a Yulia, soy feliz y... y...
María me abraza y yo cierro los ojos. Mis nervios están en un punto álgido, cuando veo que las cacatúas nos miran y sonríen. Qué perracas. Y entonces, mi sangre rusa es mi sangre y, reponiéndome como un tsunami, pregunto:
—¿Desde cuándo circula ese rumor?
—A mí me llegó ayer.
—Y de esas cacatúas, ¿verdad?
María asiente. Yo levanto el mentón y, como siempre, sin pensar las cosas dos veces, me dirijo directamente hacia ellas. Creí haberles dejado claro quién soy yo, pero como veo que no se enteraron, se lo voy a repetir.
Me da igual quedar como una macarra.
Me da igual que piensen que soy de lo peor.
Me da igual su homofobia.
Todo me da igual excepto que digan mentiras.
Cuando estoy a la altura de la cacatúa número uno, la mujer de Joshua, sin cortarme un pelo me dirijo a ella y, acercando mi cara a la suya, siseo, mientras con el rabillo del ojo observo que Norbert se baja del coche y viene hacia aquí:
—No me gustas y no te gusto, eso lo sabemos ambas, ¿verdad? —Ella no se mueve, está acobardada—. Pues quiero que sepas que menos me gusta que cuentes mentiras sobre mí. Por lo tanto, si no quieres tener un gravísimo problema conmigo, dime quién es la puñetera persona que está diciendo todo eso sobre mi persona o te juro que hoy te quedas sin dientes.
—Lena —susurra María, acalorada.
La cacatúa madre se pone roja como un tomate. Sus amiguitas se echan hacia atrás. Está visto que la dejan sola. ¡Vaya amigas!
La repija, al ver que no tiene apoyo, intenta zafarse de mí, pero no se lo permito. La agarro del brazo con fuerza y exijo con muy mala leche:
—He dicho que me digas quién va contando esas mentiras.
Asustada y temblona, me mira y, ante mi cara de «¡te voy a dar la del pulpo!», responde:
—La... la joven que ha venido en ocasiones a buscar al chinito.
Cierro los ojos: ¡Laila!
La sangre se me espesa y de pronto lo entiendo todo. Laila también ha debido de intoxicar a Yulia en Londres. Abro los ojos y, con la furia reflejada en mi rostro, siseo:
—Mi hijo tiene nombre. Se llama Flyn. —Y, soltándola con fuerza, grito—: Te repito por última vez, ¡no es chino! Y, para tu información, estoy orgullosa de ser lesbiana!, ¡sí!, trabajaba para la empresa de mi esposa y, por supuesto, ¡no!, no estoy liada con Björn y más vale que el rumor que habéis extendido se extinga o te juro que os voy a hacer la vida imposible, porque a mala no me gana nadie cuando me cabreo, ¿entendido?
—Señora Volkova, ¿qué ocurre? —interviene Norbert.
El grupo de cacatúas se aleja rápidamente de mí. Huyen despavoridas.
A punto del desmayo, miro a la pobre María y digo:
—Gracias por contármelo, María. Nos vemos en otro momento.
Después miro a Norber, que, desencajado, me observa y le digo, al borde del colapso:
—Llévame a casa. No me encuentro bien.


Continuará...


Última edición por LenokVolk el Dom Ene 25, 2015 9:40 pm, editado 1 vez
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Dom Ene 25, 2015 7:46 pm

PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...


Capítulo 21
Al llegar a casa, vomito.
Entre llorar y vomitar ¡no doy abasto!
Simona, preocupada por mi estado, me ofrece una de sus infusiones, pero la rechazo. Sólo el olor me pone peor. Que llame a Yulia, así al menos sabré de ella.
La cabeza me estalla y me obligan a tumbarme. Agotada, me duermo. Cuando me despierto, un par de horas después, estoy enfadada, muy enfadada, y llamo a Yulia. Al tercer timbrazo, lo coge el teléfono.
¡Aleluya!
—Dime.
—No, mejor dime tú a mí, ¡gilipollas!
Tras un tenso silencio, ella dice con sorna:
—Cuánto tiempo sin oír esa dulce palabra en tu boca. Lástima no ver cómo la dices en vivo y en directo.
De nuevo noto que ha bebido. Pero sin querer desviar el tema, continúo:
—¿Cómo eres tan gilipollas de creer lo que Laila dice?
Noto cómo su respiración cambia. Debe de estar cansada y pregunta:
—¿Y cómo sabes que ha sido Laila quien me ha informado?
—Porque las noticias vuelan más rápido de lo que tú crees —respondo con frialdad.
Silencio.
El silencio es tenso.
El silencio me mata.
La mujer a la que quiero sisea:
—No he hablado aún con mi buen amigo Björn. Mi charla con él la reservo hasta estar frente a frente, pero...
—No tienes por qué hablar con él sobre este tema, porque nunca ha pasado nada entre nosotros. Björn es tu mejor amigo y una excelente persona. No sé cómo puedes desconfiar de él y creer que entre él y yo hay algo más que amistad.
El sonido que oigo lo identifico rápidamente con el de un bar y, antes de que pueda preguntar dónde está, Yulia dice en tono jocoso:
—Vaya, Elena, cómo lo defiendes, qué tierno.
—Lo defiendo porque hablas sin saber.
—Quizá sé demasiado.
—Pero ¿qué es lo que sabes? ¡Cuéntamelo! —grito, fuera de mí—. Porque, que yo sepa, él y yo sólo hemos tenido algo con tu consentimiento y, sobre todo, bajo tu supervisión.
—¿Estás segura, Elena? —pregunta en un tono que me desconcierta.
—Estoy segura, Yulia. Muy segura.
La tensión se corta con un cuchillo y pregunto preocupada:
—¿Dónde estás?
—Tomando algo. Beber es lo mejor que puedo hacer para olvidar.
—Yulia...
—Qué decepción. Creía que eras única e irrepetible, pero...
—No me vuelvas a decir lo que ya me dijiste una vez y ocasionó nuestra ruptura —grito—. Contén tu lengua, maldita gilipollas, o te juro que...
—¿O me juras qué?
Su voz, su tono, me indican que está fuera de sí e, intentando tranquilizarme para no ponerla más nerviosa, digo:
—No entiendo cómo te puedes creer algo así. Sabes que yo te quiero.
—Tengo pruebas —me corta furiosa—. Tengo pruebas y no me las vais a poder negar ninguno de los dos.
Cada vez entiendo menos y grito de nuevo:
—¿Pruebas? ¿Qué pruebas?
—No quiero hablar contigo ahora, Elena.
—Pues yo sí quiero que hables conmigo. No puedes acusarme y...
—Ahora no —me vuelve a cortar—. Y, por cierto, mi viaje se alarga. Esta semana no regresaré a casa. No me apetece verte.
Y me cuelga. Vuelve a colgarme.
Estoy a punto de gritar, pero en vez de eso, me tiro en la cama y lloro, lloro y lloro.
No tengo fuerzas para otra cosa qué no sea llorar. Cuando me tranquilizo, me doy una ducha. Luego bajo a la cocina, pero no hay nadie. Veo una nota de Simona que dice:
Estamos comprando en el supermercado.
Susto y Calamar vienen y me hacen mimitos. Los animales son muy intuitivos y parecen entender cómo estoy, pues no se separan de mí ni un momento.
Entro en el salón, voy al equipo de música y, tras mirar varios CD, pongo el que sé que me va a hacer más daño. Soy así de masoquista y, cuando suena Si nos dejan, vuelvo a llorar al recordar cómo hace pocos días bailé esta canción con Yulia.
Cuando se acaba, la vuelvo a poner. Camino hacia el ventanal con la cara mojada y el corazón roto. Llueve en la calle y llueve en mi rostro. El tiempo en Múnich empeora día a día y sólo puedo ver llover y llorar mientras mi corazón se resquebraja por segundos.
Si nos dejan,
nos vamos a querer toda la vida.
Si nos dejan.
Está claro que no.
Primero fueron Marisa y Betta, luego Amanda y ahora Laila.
¿Por qué no nos dejan querernos?
Horas más tarde, cuando Simona regresa, estoy más tranquila y ya no lloro. He debido de agotar todas las reservas de lágrimas por un año.
Ella, ajena a lo que pienso, prepara la comida y, cuando está lista, me avisa, pero yo apenas como. No tengo hambre.
Simona es inteligente y sabe que sufro. Intenta hablar conmigo, pero yo no quiero. No puedo. Y finalmente claudica.
Por la tarde, cuando Flyn regresa del cole, intento recibirlo con una gran sonrisa. El pequeño no se merece vivir con la angustia de verme todo el rato hecha una mierda.
Hago de tripas corazón, lo ayudo con los deberes y ceno con él. Hablamos de videojuegos. Es el mejor tema que tengo para que no ahonde en mi vida ni en mis sentimientos. Por la noche, cuando se va a la cama, yo me quedo en el salón y estoy tentada de volver a poner alguna de nuestras canciones. Son tantas, que con cualquiera sé que volveré a llorar. De pronto, la puerta del salón se abre y entran Norbert y Simona.
—No creo nada de lo que mi sobrina Laila ha contado en el colegio —dice Norbert— y le aseguro que esto se va a aclarar. Siento muchísimo todo lo que está pasando, señora.
Me levanto del sillón y lo abrazo. Él, que por norma se queda tieso como un palo siempre que le demuestro mi cariño, esta vez me abraza y murmura en mi oído:
—Haré todo lo posible para que esto se aclare.
Asiento y suspiro. Miro a Simona, que se retuerce las manos y, muy enfadada, dice:
—Esa muchacha es una mentirosa y yo misma le voy a arrancar el pellejo como no aclare esto con todo el mundo.
Asiento... y la abrazo.
En un momento así en que tendría que estar hecha una furia, estoy tan mal, tan mareada, tan revuelta y tan desconcertada que sólo puedo asentir y abrazar.
Esa noche Yulia no llama, ni yo la llamo a ella.
No quiero pensar que sigue bebiendo, ni imaginar que termina en la cama de Amanda, pero como soy una masoca, me martirizo pensando que así es y sufro como una cosaca.
¿Por qué soy tan tonta?
Tampoco llamo a Björn. Que no me llame es buena señal. Significa que Yulia todavía no ha descargado su furia contra él. Pobrecillo, ¡qué injusto es todo!
Al día siguiente estoy hecha puré, pero decido ir a mi visita con la ginecóloga. Tras engañar a Norbert para que no me acompañe, llego hasta la consulta en un taxi. En la salita, espero y observo a las chicas que a mi lado esperan su turno.
Me pica el cuello. Sus tripas son descomunales y estoy a punto de salir de allí corriendo.
Pero no lo hago. Contengo mis impulsos y espero, mientras veo docenas de mujeres embarazadísimas, abrazadas a sus parejas, y a mí me entran las cagalandras de la muerte.
Dios mío, ¿cómo puedo estar yo embarazada?
Cuando una chica dice mi nombre, me levanto y entro en la consulta. La doctora es una mujer un poco más mayor que yo, sonríe y me invita a sentarme. Tras rellenar una ficha con mis datos, pues es la primera vez que voy, abro el bolso y dejo sobre su mesa los cuatro test de embarazo con sus correspondientes rayitas de positivo.
Ella me mira y sonríe. ¿Dónde está la gracia?
—¿Podrías decirme la fecha de tu última regla?
—Este mes no la he tenido. Pero he recordado que el mes pasado apenas manché. Pero... pero... yo, a la semana comencé a tomar la pastilla de nuevo y... y... quizá no hice bien... Pero yo...
La doctora me mira, ve lo nerviosa que estoy y dice:
—Tranquilízate, ¿vale?
Asiento y ella insiste:
—Intenta recordar la fecha de esa regla en la que casi no manchaste.
—Creo recordar que fue el 22 de septiembre.
Coge una cartulina redonda de colores, la mira y dice mientras apunta:
—Fecha aproximada del parto, el 29 de junio.
Madre mía..., madre mía..., ¡esto va en serio!
Sin decaer, respondo a todas las preguntas que la mujer me hace lo mejor que puedo. Después me pide que me tumbe en una camilla para hacerme una ecografía. Tras bajarme el pantalón, me echa gel en el vientre y, con un aparato, lo comienza a extender.
Histérica, ruego a todos los santos habidos y por haber que no haya nada dentro de mí. Pero de pronto la doctora para de mover el aparatito y dice:
—Aquí está el latido, Elena, y por su tamaño diría que estás casi de dos meses.
Clavo mi mirada en la pantalla y veo algo que parpadea. Por su forma irregular y su movimiento, me recuerda a una medusa.
¡Creo que me va a dar un infarto!
No hablo...
No parpadeo...
Dios, ¡qué fatiguita!
Sólo puedo mirar eso que se mueve y parece decir «¡Peligro!».
La doctora, al ver que no hablo, vuelve a mover el aparatito y, tras apretar unos botones, por el lateral sale un papelito. Cuando me lo entrega y veo que se trata de una foto, me emociono como nunca pensé que lo haría y asumo que eso con forma de medusa es un bebé y que, me guste o no, ¡estoy embarazada!
Antes de salir, me da cita para un mes después y me entrega unas recetas. Debo tomar acido fólico, entre otras cosas, y hacerme unos análisis que le tengo que llevar la próxima vez que vaya a verla.

Continuará...

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Lun Ene 26, 2015 3:12 pm

Maldita Laila :-@ espero pronto tenga su merecido la muy p...
No tardes!!! :-D
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Anonymus el Lun Ene 26, 2015 10:30 pm

Dijiste que hoy subías! Que me quieres matar?
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Ene 27, 2015 1:44 am

Bueno aquí tiene mas conti de esta historia! Very Happy


PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...

Capítulo 22
Pasan dos días y sigo sin saber nada de Yulia.
Estoy rota...
Estoy fatal...
Y, para más inri, ¡embarazada!
Lloriqueo y lloriqueo y pienso lo feliz que se sentiría Yul si lo supiera.
No le cuento nada a nadie. Me como solita el problema y saco fuerzas de donde no las tengo para remontar el momento tan doloroso y desconcertante que estoy pasando. Eso sí, tengo el cuello en carne viva.
Tomo el acido fólico por las mañanas y el primer día me asusto al ir al baño y ver algo negro... negrísimo salir de mi. Pero luego recuerdo que en el prospecto ponía que eso podía ocurrir ¡Qué asco, por Dios!
En esos días no salgo. Me paso el día tumbada en el sofá o en mi cama, dormitando como un oso, y cuando Simona entra y me dice que Björn está al teléfono, casi vomito.
La mujer me mira. Achaca mi malestar a lo que está ocurriendo con Yulia y no pregunta. Menos mal, porque no quiero mentirle.
Cuando me pasa el teléfono, la miro y murmuro:
—Tranquila, todo se aclarará.
Con un nudo en la boca del estómago que estoy segura que como se desanude salen de mí las cataratas de Niágara, saludo lo más alegre que puedo:
—Hola, Björn.
—Hola, preciosa, ¿ya ha vuelto la jefa?
Su tono de voz y la pregunta me indica que no sabe nada. Parpadeando, cambio mi tono de voz y respondo:
—Pues no, precioso. Me llamó hace unos días y me comentó que el viaje se alargaba un poquito más. ¿Por qué? ¿Querías algo?
Con una encantadora risa, Björn dice:
—Este fin de semana hay una fiesta privada en Natch y quería saber si vais a ir.
Para fiestecitas estoy yo y respondo:
—Pues no va a poder ser. Y yo sola ya sabes que no.
Björn suelta una carcajada.
—Que no me entere yo de que vas sin tu mujer.
Ahora la que se ríe con amargura soy yo.
¡Si él supiera lo que piensa Yulia!
Hablamos durante un par de minutos más y, tras despedirnos, cuelgo con la angustia de ocultarle algo a Björn, pero no puedo decirle nada. Esto es una bomba, y cuando estalle quiero estar yo presente. No quiero que Yul y él se enzarcen sin estar yo delante para mediar. Temo que rompan su bonita amistad por la guarra de Laila.
Pienso en lo que Björn me contó de ella y Leonard y en cómo en todo ese tiempo ha guardado el secreto para no hacerle daño a Yulia. Ahora pienso que hubiera sido mejor herirla en su momento, así Laila habría desaparecido de sus vidas y no habría provocado todo esto.
Está claro lo que la chica quiere: enemistar a Björn y Yulia y, con ello, llevárseme a mí por delante. No se lo puedo consentir. Pero sin ver las pruebas que Yulia dice que tiene no puedo hacer nada salvo llamarla y ponerla a caer de un burro.
Convencida de que quiero hacer eso, le pido a Simona el teléfono de Laila en Londres. A regañadientes me lo proporciona y, cuando tras dos timbrazos, oigo la voz de la joven, digo:
—Eres una mala persona, ¿cómo has podido hacer lo que has hecho?
Laila suelta una carcajada y, furiosa, grito:
—Eres una zorra, ¿lo sabías?
Sin un ápice de culpabilidad, ella sigue riendo y suelta:
—Joróbate, querida Elena. Tu mundo perfecto se resquebraja.
¡Si la tengo delante le arranco la cabeza! Siseo:
—Atente a las consecuencias si eso ocurre.
No digo más. Cuelgo antes de que la voz me traicione. Y vuelvo a llorar. Es lo que mejor sé hacer en los últimos tiempos.
Llevo diez días sin ver a Yul y la necesito.
Anhelo sus abrazos, sus besos, sus miradas y hasta sus gruñidos. Y, sobre todo, necesito decirle que uno de sus sueños se va a hacer realidad.
¡Va a ser mamá!
Estoy tirada en mi cama cuando suena el teléfono. Rápidamente contesto y oigo:
—¡Hola, cuchufletaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Mi hermana.
Siento unas ganas locas de llorar, de contarle mi secreto, pero no. Me callo y me trago las lágrimas. No quiero que nadie sepa de Medusa antes que Yulia.
Me incorporo rápidamente. Hablar con ella seguro que me alegra.
—Hola, loca, ¿cómo estás?
—Bien, cuchu.
—¿Y mis niñas?
—Tus niñas estupendas. Irina cada día más rebelde. Ojú, a quién habrá salido esta niña. Y Katy cada día más espabilada. Por cierto, papá dice cada día que parece más hija tuya que mía. Se parece a ti un montón.
Al oírla sonrío y Anya pregunta:
—¿Y vosotras cómo estáis?
Pienso en mi lobita, en su pena, en mi tristeza y respondo:
—Genial. Flyn en el colegio y Yulia de viaje, pero regresará pronto.
—Vaya, vaya, sé de una que en el reencuentro se lo va a pasar la mar de bien.
Me río por no llorar. ¡Si ella supiera! Pero la alegría de mi hermana me da buen rollo y más cuando canturrea:
—Tengo algo que contarteeeeeeee.
—¿El qué?
—Adivinaaaaa...
—Anya, ¡suéltalo y déjate de adivinanzas!
—¿A que no sabes quién está en Rusia ocupando Villa Lenoshka? —Y antes de que yo pueda responder, suelta emocionada—: ¡Mi rollito salvaje!
—¡No me digas! —exclamo divertida.
—Lo que oyes.
—¡Qué fuerte!
—Muy fuerte —cuchichea Anya y añade—: Y me ha dicho que no ha podido dejar de pensar en mí y que está loco por mis huesitos.
Parpadeo, parpadeo y parpadeo...
—Cuchuuuu, ¿estás ahí?
Asiento y respondo:
—Sí..., sí..., es que me acabas de dejar sin palabras.
—Lo sé, te has quedado como me quedé yo ayer, cuando abrí la puerta y me encontré a mi mexicano, tan alto, tan guapo, tan galante, con un bonito de ramo de rosas blancas en las manos y...
—Guauuu, rosas blancas... tus preferidas.
—Síííííí. Pero calla, calla, que todavía no te he contado lo mejor. Resulta que cuando abrí la puerta, me dice con toda su planta de galán mexicano: «Cariñito lindo, si cada vez que pienso en ti una estrella se apagara, no habría en el cielo estrellas que brillaran». Ohhhhhh..., Diossss. Oh, Diossssssssssss. Sólo faltaron los mariachis tras él, pero casi me meo del gusto que me dio.
—Flipante. —Me río a carcajadas tras varios días sin reír.
¡Vaya dos!
—Ha sido la cosa más romántica que me ha pasado en la vida, cuchu. Este hombre es... es... diferente... muy diferente y cuando está conmigo me hace sentir como una princesa de cuento. Me mira con intensidad, me besa con locura, me toca con deleite y me...
—Para, para, que te lanzas.
En ese instante me parece estar viendo la telenovela Locura Esmeralda, con mi hermana y Juan Alberto como protagonistas. Rusia, México, madre mía la que pueden liar.
—Y lo mejor de todo —prosigue con voz melosa—, es que cuando vino a casa, miró a papá y le dijo: «Señor Katin, vengo a pedirle formalmente la mano de su linda hija».
—¡Qué fuerte, Anya!
—¡Sí! —chilla mi hermana y yo tengo que despegarme el teléfono de la oreja.
Me río, me tengo que reír, y pregunto:
—¿Me estás diciendo que te has prometido?
—No.
—Pero si me acabas de decir que le ha pedido a papá tu mano.
—A papá, pero ya me encargué yo de decirle que nanai de la China.
—¡¿Cómo?!
—Ay, cuchu... tenías que haber visto su cara cuando le dije que yo no le daba mi mano a nadie, que ya se la había dado una vez a un atontado y que mi mano era mía, sólo mía y de nadie más.
Me troncho. Pero qué graciosa es mi hermana.
—Entonces, ¿estás prometida con él o no?
—Pues no. Soy una mujer moderna y ahora salgo a cenar con quien quiero y cuando quiero. Es más, esta noche he quedado con Juanín, el de la tienda de electrodomésticos que hay junto al taller de papa, y Juan Alberto está muy ofendido.
—Normal, Anya, si el pobre viene desde México, te dice eso tan romántico de las estrellas, acompañado de un ramo de tus flores preferidas, y le pide a papá tu mano, ¿cómo quieres que esté?
—Que se jorobe. A ver si se cree que porque venga con sus dulces palabras yo tengo que aparcar mi vida para ir tras él.
—Pero, Anya...
—Que no.
—Pero ¿no dices que es especial y que te hace sentir como...?
—Sí, pero no quiero sufrir por otro churri.
Qué razón tiene mi hermana. Sufrir por amor es un asco, pero insisto:
—Juan Alberto no es Dimitri. Estoy convencida de que quiere algo serio contigo y...
—Tengo miedo. Ea, ya lo he dicho. ¡Tengo miedo!
La entiendo.
Lo ha pasado mal y ahora tiene pánico a volver a sufrir. Pero sin apenas conocer al mexicano, sé que es diferente a mi ex cuñado. Juan Alberto lo ha pasado también mal por amor y estoy convencida de que Anya es lo que él necesita y viceversa. Pero dispuesta a que mi hermana se decida, añado:
—Es normal que tengas miedo, pero no todos los churris son iguales. Si tienes miedo ve con cuidado. Pero te digo que si no quieres perder a Juan Alberto, tengas también cuidado o luego te arrepentirás. Valora qué es lo que quieres y qué es lo que te va a hacer más feliz a ti.
—Ay, cuchu..., me acabas de decir lo mismito que papá me dijo. —Y, parándose, dice—: Hablando de papá, espera que quiere hablar contigo. Bueno, cuchu, ya hablamos otro día, que me voy a poner guapa a la pelu para salir a cenar con Juanín.
—Adiós, loca, y pórtate bien —respondo divertida.
Instantes después, oigo la voz de mi padre y me emociono. Las lágrimas me caen como puños, mientras me tapo la boca para que no le llegue ningún gemido. Si él supiera que estoy embarazada, qué feliz se pondría. Pero si supiera en la situación en que me encuentro con Yulia, qué tristeza le entraría.
—¿Cómo está mi Lenoshka?
Jorobada... muy jorobada, pero tras tomar aire, respondo:
—Bien, ¿y tú cómo estás, papá?
Él baja el tono de voz y cuchichea:
—Ojú, mi arma... tu hermana me tiene loco. Y encima ahora está aquí el mexicano.
—Lo sé, me lo acaba de decir.
—¿Y qué te parece?
Secándome las lágrimas que me caen por la cara, respondo:
—Uf, papá, no sé qué decirte. Creo que es Lena la que tiene que decidir.
Oigo que mi padre se ríe y después contesta:
—Lo sé, hija. Pero hasta que eso pase, a mí me va a volver tarumba. Pero está tan feliz desde que ese mexicano ha aparecido, que creo que ya ha decidido.
—¿Y te gusta su decisión?
—Más que comer con las manos, Pecosa—se ríe mi padre—. Pero no pienso decir ni mu, que ella elija sola.
—Sí, papá, es lo mejor. Si acierta o se equivoca, será sólo cosa suya.
Durante un rato, hablamos de todo un poco, hasta que pregunta:
—¿Y Yulia?
—De viaje en Londres. Regresará dentro de unos días.
—Lenoshka, te encuentro la voz tristona, ¿todo bien por ahí?
Pero qué listo es mi padre.
Iba para pitoniso y se quedó en mecánico.
Pero convencida de que no debo alarmarlo, respondo con tranquilidad:
—Todo perfecto, papá. Deseando que regrese mi lobita favorita.
—Así me gusta. Sentir a mis niñas felices. —Se ríe encantado.
Yo también me río, aunque los ojos se me llenen de lágrimas.
—Dile a Yulia que me llame para concretar el día que nos manda el avión. Me dijo que no comprara billetes que ella mandaba su jet a recogernos para pasar las Navidades todos juntos.
—Será lo primero que haga cuando la vea, papá.
De pronto se oye el llanto de un bebé. Es mi sobrina Katy y a mí se me ponen los pelos como escarpias.
¡Dios santo, estoy embarazada y pronto tendré uno que llore así!
Sé algo que nadie sabe. Por primera vez en mi vida guardo un secreto, que sólo quiero desvelar a la persona que amo con toda mi alma.
Una vez me despido de mi padre y cuelgo el teléfono, me vuelvo a recostar en la cama. ¿Hasta cuándo va a durar esto?
De pronto, la puerta de la habitación se abre y Simona dice rápidamente:
—Comienza Locura Esmeralda.
Atentas a la pantalla, vemos cómo Luis Alfredo Quiñones, el amor de Esmeralda, besa a Lupita Santúñez, la enfermera del hospital, y Esmeralda lo ve desesperada tras la columna. Sin poder evitarlo, lloro. Pobrecita Esmeralda. Tan enamorada y siempre con tantos problemas. ¡Mira, como yo! Simona me mira y me da un kleenex. Lo empapo en segundos y, cuando Esmeralda Mendoza, destrozada por el desamor, le dice a su pequeño hijo «¡Papá te quiere!», lloro y lloro y no puedo parar.
¡Madre mía, qué dramón!
Cuando termina Locura Esmeralda y quedo sola de nuevo en la habitación, me suena el móvil. Lo miro, no reconozco el número y contesto:
—Diga.
—Hola, Elena, soy Amanda.
La mandíbula se me desencaja.
¡La que faltaba!
¿Qué hace esa mujer llamándome?
—No cuelgues, por favor, tengo algo que decirte.
—No tengo nada que hablar contigo.
Y cuando estoy a punto de darle al botón de colgar, oigo:
—Yulia está en el hospital.
Mi respiración se detiene.
Mi mundo se interrumpe, pero consigo preguntar con un hilo de voz:
—¿Qué... qué ha pasado?
—Hace unas noches bebió más de la cuenta y se metió en una pelea.
Dios..., Dios..., sabía que iba a pasar algo. Nunca la había oído tan furiosa.
—Pero... pero ¿está bien? —consigo balbucear.
—Todo lo bien que puede. Tiene una fisura en una pierna y varias magulladuras en el cuerpo. Aunque...
—¿Qué ocurre, Amanda?
—Recibió un fuerte golpe en la cabeza y tiene hemorragias intraoculares en ambos ojos.
Me mareo...
Todo me da vueltas...
Los ojos... sus ojos...
Cuando consigo reponerme del soponcio que me está entrado, respiro con dificultad y sin apenas voz, murmuro:
—Agradezco tu llamada, Amanda. La agradezco mucho y, ahora, por favor, dime en qué hospital está.
—En el St. Thomas, en Westminster Bridge Road, habitación 507.
Lo apunto rápidamente en un papel. Me tiembla la mano y creo que voy a vomitar.
Dos minutos después, tras colgar, las lágrimas, mis grandes compañeras en los últimos días, acuden rápidamente a mí. Desesperada, me siento en la cama y lloro por mi amor.
¿Cómo es que no me ha llamado?
¿Qué hace ella sola en un hospital?
Quiero ver a Yulia.
Necesito abrazarla y sentir que está bien.
El estómago me avisa y corro al baño.
Cuando salgo, cojo el móvil y, tras darle a la marcación rápida, oigo dos timbrazos. Cuando descuelgan, murmuro mientras lloro:
—Björn, te necesito.

Continuará...


Última edición por LenokVolk el Mar Ene 27, 2015 11:52 am, editado 1 vez
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Ene 27, 2015 1:46 am

PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME

Capítulo 23
Cuando Björn y yo llegamos a la puerta del hospital St. Thomas me encuentro fatal. En el trayecto de avión he vomitado varias veces y el pobre ya no sabe qué hacer para que yo esté bien. Lo achaca a los nervios y a mi inquietud y yo no lo saco de su error.
En el vestíbulo del hospital, resoplo y Björn, con seguridad y aplomo, agarrándome por la cintura para tranquilizarme, pregunta:
—¿Te encuentras mejor?
Asiento. Es mentira, pero no quiero decirle que no.
Él me mira con una triste sonrisa y, dándome la mano, afirma:
—Tranquila, estará bien y todo se resolverá.
Digo que sí con la cabeza y doy gracias al cielo por tener un amigo como él. Cuando lo llamé, en menos de veinte minutos ya estaba en mi casa dispuesto a ayudarme en todo lo que necesitara. Incluso, cuando le conté lo ocurrido, dejó a un lado la furia que pudiera sentir hacia Laila y por las acusaciones de su amiga y se centró en consolarme y en decirme que todo iba a salir bien.
No llamo ni a la madre, ni a la hermana de Yul. Primero quiero ver lo que me encuentro y después lo haré. Pero una cosa tengo clara, no permitiré que nadie le toque los ojos sin que Marta lo sepa antes.
Asustada, pienso en sus ojos. Sus bonitos ojos. Cómo algo tan precioso puede tener siempre tantos problemas.
Al abrirse el ascensor en la quinta planta, mi corazón bombea con fuerza.
Me asusto. Creo que me va a dar un paro cardiaco mientras Björn le pregunta a una enfermera en qué pasillo está la habitación de Yulia Volkova.
Caminamos en silencio e, inconscientemente, busco de nuevo la mano de Björn y la agarro. Él me la aprieta, me da fuerza.
Cuando llegamos ante la 507, nos miramos y, tras un silencio más que significativo, digo:
—Quiero entrar sola.
Björn asiente.
—Te doy tres minutos. Después entraré yo también.
Con las pulsaciones a mil, abro la puerta y entro. Todo está en silencio. Hasta que mi corazón de pronto salta al ver a Yulia con los ojos cerrados. Está dormida. Con sigilo, me acerco y la observo. Tiene la cara amoratada, el labio partido y una pierna enyesada. Su pinta es desastrosa. Pero yo la quiero, me da igual cómo esté.
Necesito tocarla...
Quiero besarla...
Pero no me atrevo. Temo que abra los ojos y me eche de su lado.
—¿Qué haces aquí?
Su ronca voz me hace dar un salto y, cuando la miro, creo que me voy a marear.
Oh, Dios..., sus ojos.
Sus bonitos ojos están encharcados de sangre y su aspecto es atroz. Mi respiración se acelera y, levantando la voz, pregunta:
—¿Quién te ha avisado? ¿Qué narices haces aquí?
No respondo. Sólo la miro y ella grita:
—¡Fuera! ¡He dicho que te vayas de aquí!
La respiración se me acelera y, sin decir nada, me doy la vuelta, salgo de la habitación y echo a correr por el pasillo. Björn corre tras de mí y me para. Al ver en qué estado me encuentro, me calma.
Quiero vomitar. Se lo digo y, rápidamente, coge una papelera y me la da. Cuando mi estado se normaliza, mi buen amigo se levanta y, con una seriedad que no le conocía, dice:
—No te muevas de aquí, ¿entendido?
Asiento y veo que se dirige a la habitación de Yulia.
Abre con ímpetu la puerta. Oigo sus voces. Discuten. Varias enfermeras, al oír el jaleo, entran para ver qué ocurre e, instantes después, Björn sale con gesto contrariado y, cogiéndome del brazo, dice:
—Vámonos. Regresaremos mañana.
Estoy aterida y asustada y me dejo guiar.
No me quiero ir de allí, pero sé que en el pasillo no hago nada.
Esa noche dormimos en un hotel de Londres. Yo apenas puedo pegar ojo. Sólo puedo pensar en mi lobita, en su soledad en aquella habitación de hospital.
A la mañana siguiente, Björn pasa por mi habitación a buscarme. Se preocupa por mi estado. Estoy pálida, mas blanca de lo normal. Cuando llegamos de nuevo al hospital, se me revuelve el estómago. Yulia está allí y, con seguridad, me pedirá que me vaya. Pero esta vez no le voy a hacer caso. Esta vez tiene que escuchar lo que le tengo que decir.
Cuando llego de nuevo ante la habitación 507, miro a Björn y le vuelvo a pedir que me deje entrar sola.
Él niega con la cabeza, no lo convence lo que digo, pero ante mi mirada, finalmente acepta mi decisión.
Con mano temblorosa y la tensión por las nubes, abro la puerta. Esta vez, Yulia está despierta y, al verme, su gesto, ya huraño, se descompone y sisea:
—Vete de aquí, por el amor de Dios.
Entro y, sin la impotencia del día anterior, me acerco hasta ella y pido:
—Dime al menos que estás bien.
No me mira y responde:
—Estaba bien hasta que has llegado tú.
Sus palabras me hacen daño, me matan, y al ver que no digo nada, insiste:
—Vete de aquí. No te he llamado porque no te quiero ver.
—Pero yo a ti sí. Me preocupo por ti y...
—¿Te preocupas? —grita, clavando sus impactantes ojos ensangrentados en mí—. Venga ya, por favor... Vete con tu amante y no vuelvas a aparecer en mi vida.
La puerta de la habitación se abre y Björn entra hecho una furia. El rostro de Yulia se endurece todavía más y masculla:
—Lo vuestro es demasiado. Fuera de la habitación los dos ahora mismo.
Ninguno nos movemos y Yulia, gritando, insiste:
—¡Quiero que os marchéis! ¡Fuera!
Su voz, su dura voz, me hace reaccionar y, olvidándome de lo maltrecha que la veo, la miro a esos ojos que no reconozco como los de mi amor y suelto:
—He venido a decírtelo en vivo y en directo: ¡gilipollas!
Mi contestación la desconcierta y Björn apostilla:
—¿Cómo eres tan capulla? ¿Cómo puedes pensar algo así de Len y de mí?
—Tú y yo hablaremos cuando me encuentre bien —gruñe Yulia—. Ahora, marchaos. No quiero hablar.
—Por supuesto que hablaremos —replica Björn—. Pero mientras tanto, deja de ser una idiota y compórtate como la mujer madura que siempre he creído que eres.
—Björn... —sisea Yulia.
Él la mira y, sin cambiar su expresión de enfado, afirma:
—Me da igual tu estado, tu pierna, tu cara magullada o tus ojos, de aquí no me muevo hasta ver esas pruebas que tan gratuitamente dices que tienes contra nosotros. ¡Gilipollas!
Oír esa palabra de la boca de Björn en este momento de máxima tensión me hace gracia, aunque el momento de gracioso no tiene nada. Menuda tensión.
Yulia maldice. Dice cientos de palabrotazas en alemán, pero nosotros no nos movemos. No nos asusta. No nos iremos sin aclarar las cosas de una vez.
Tengo fatiguita de nuevo.
Miro alrededor en busca del baño. Cuando lo localizo, entro rápidamente en él y vomito. Me encuentro fatal. Me siento en la taza hasta que Björn entra y murmura con cariño:
—Si estás mal, nos vamos.
Niego con la cabeza.
—Estoy bien, no te preocupes. Sólo necesito que Yulia nos crea.
—Lo hará, preciosa. Te prometo que lo hará.
Minutos después, salimos los dos del baño y Yulia nos mira con gesto serio. Me siento en una de las sillas y observo en silencio como Björn y ella se enzarzan en otra discusión. Se dicen de todo y yo me mantengo al margen. No tengo fuerzas ni para hablar.
Yulia no me mira. Evita hacerlo.
Sabe que cuando lo hace me descompongo. Sus ojos de vampiro de Transilvania asustan y sé que intenta no mostrármelos.
Una enfermera entra para ver qué ocurre. Yulia le pide que nos eche, pero Björn, tirando de su encanto, se camela a la mujer y la saca con zalamerías de la habitación.
Yulia y yo estamos solas. Me armo de valor y, ante su cara de alucine total, me levanto y declaro:
—No me voy a marchar a ningún sitio si no es contigo. Y ahora mismo voy a llamar a tu madre y a tu hermana para que sepan lo que te ocurre.
—Maldita sea, Elena. No te metas en esto.
—Me meto porque eres mi esposa y te quiero, ¿entendido?
Icegirl en su versión más siniestra y devastadora me mira y masculla con furia:
—Len...
Bien..., me ha llamado por mi diminutivo. La cosa va bien. La fiera se va aplacando e insisto:
—Cuando yo estuve en el hospital, tú me acompañaste. No me dejaste ni un minuto sola y ahora...
—Ahora tú te vas a marchar —me corta.
—Pues, mira, va a ser que no. —Y retándola con la mirada, me siento de nuevo en el sillón que hay al lado de su cama y mientras saco mi móvil del bolso, digo—: Si quieres, levántate y échame. Mientras tanto, seguiré aquí.
Me mira... me mira... y me mira.
La miro... la miro... y la miro.
Rusia contra Alemania, ¡comienza el partido!
Sabe que no puede hacer nada y yo no me voy a marchar. La puerta se abre y entra Björn de nuevo, se acerca a la cama y dice:
—Vamos, colega, me muero por ver esas pruebas. Enséñamelas.
Con gesto incómodo, Yulia indica que cojamos el portátil. Björn se lo entrega, ella lo abre, teclea y, dándole la vuelta, ordena:
—Os quiero fuera de mi vista en cuanto las veáis.
Rápidamente me levanto.
Björn abre un vídeo. En seguida reconozco el Guantanamera. Björn y yo estamos hablando en la barra y se nos oye decir:
—Y si no es mucho cotilleo, ¿cómo te gustan a ti las mujeres?
—Como tú. Listas, guapas, sexys, tentadoras, naturales, alocadas, desconcertantes y me encanta que me sorprendan.
—¿Yo soy todo eso?
—Sí, preciosa, ¡lo eres!
Alucinados, Björn y yo nos miramos. Visto así, realmente parece lo que no es.
En el siguiente vídeo estamos los dos bailando en la pista y pasándolo bien. Y tras eso, se ven una serie de fotografías de nosotros dos caminando por la calle cogidos del brazo o sentados en un restaurante, brindando con vino.
Incrédulos, nos volvemos a mirar. Yulia, al vernos, se irrita más y pregunta:
—Ahora ¿qué? ¿Quién miente aquí?
La furia, la rabia y la desesperación me corroen y, cerrando el portátil de golpe, siseo:
—¡Serás gilipollas!
En mi arranque he cerrado tan fuerte el portátil que Yulia se encoge de dolor al darle en la pierna. Maldice mientras me mira y susurra:
—No vuelvas a insultarme o...
—¿O qué, maldita cabezota? —Furiosa, le tiro mi móvil al pecho—. ¿O me echarás de tu vida? Mira, guapa, ¡vete a paseo!
Björn me mira. Intenta calmarme, pero yo ya estoy como una hidra y, agarrando mi bolso, salgo de la habitación. Camino hacia el ascensor hasta que Björn me para y pregunta:
—¿Adónde vas?
—Lejos de aquí. Lejos de ella y lejos de... de...
—Len...
Me paro. ¿Qué estoy haciendo? ¿Adónde voy?
Me abrazo a Björn y éste dice:
—Lo que hemos visto ambos sabemos que ocurrió, pero sin ningún tipo de malicia. Ahora sólo se lo tenemos que explicar a la cabezota de tu mujer y mi amiga y hacerle entender el sucio juego de Laila.
Me dejo convencer y, cuando entro en la habitación, el gesto de Yulia es irritado, más contrariado que segundos antes, y, acercándome, digo:
—Laila nos graba, hace un montaje con las grabaciones ¿y tú te lo crees? Ésa es la confianza que tienes en mí, ¿en tu mujer?
Dejo el bolso sobre la cama y vuelvo a darle un golpe a Yul sin querer. Ella me mira y yo digo:
—Te jodes.
Resopla y Björn, al ver que vamos a empezar a discutir, interviene:
—Las fotos son del día que Len vino al despacho para firmar los papeles que tú querías que firmara. Después la invité a comer, como otras veces he hecho contigo, con Frida y con cualquiera de mis amigos. ¿Qué te hace presuponer y creer que no es así?
Yulia no contesta y Björn, molesto, insiste:
—Somos amigos desde hace muchos años y siempre he confiado en ti al cien por cien. Me duele que pienses que yo, tu amigo, voy a jugar sucio en cuanto a tu mujer. ¿Acaso crees que por un polvo con Lena voy a echar a perder nuestra amistad? —Su voz enfadada me hace mirarlo cuando prosigue—: Te recuerdo, amiga, que eres tú la que me ofrece a tu mujer y la que disfruta con lo que hacemos los tres. ¡Los tres! Y, sí, me encanta. Me gusta Lena. Te lo dije la primera vez que me la presentaste y posteriormente cada vez que habéis discutido. Pero también te dije que sois la una para la otra y que no debes permitir que nada ni nadie se interponga en vuestras vidas. Ambas sois muy importantes para mí. Tú porque eres como mi hermana y ella porque es tu esposa y una excelente persona. Os quiero a las dos y me duele saber que dudas de mí.
Yulia no contesta. Lo escucha y Björn prosigue:
—Nuestra amistad es especial y yo sólo he tocado a tu mujer cuando tú lo has permitido. ¿Cuándo te he fallado en algo así? ¿Cuándo me has reprochado o yo te he reprochado un juego sucio? Si antes, cuando no estabas casada, siempre te he respetado, ¿por qué no lo iba a hacer ahora? ¿Acaso lo que diga una estúpida como Laila cuenta más que lo que decimos Len o yo?
Yulia lo mira. Sus palabras le están doliendo, pero Björn insiste:
—Eres lo suficientemente inteligente como para pensar y darte cuenta de quién te quiere y quién no. Si decides que Len y yo mentimos, vas a salir perdiendo, amiga, porque si alguien te quiere y te respeta en este mundo, somos ella y yo. Y para que este entuerto se aclare, quiero que sepas que Norbert va a traer a Laila al hospital. Llegará hecha una furia, pero quiero que delante de Len, de ti y de mí aclare esto de una vez por todas.
Sin más, el bueno de Björn me mira y, antes de marcharse, dice:
—Estaré fuera.
Dicho esto, se va, dejándonos a solas en la habitación. Las palabras le han salido directamente del corazón y sé que Yulia lo sabe. Con gesto malhumorado, cierra los ojos y veo que niega con la cabeza.
—Él ha dicho la verdad. Laila nos la ha jugado a todos —insisto.
Yulia me mira. Sus ojos me ponen los pelos como escarpias y, cansada de guardar el secreto de Björn, digo:
—Sabes que Björn y yo nunca te fallaríamos, ¿por qué lo cuestionas? ¿Acaso no te has dado cuenta de que yo te quiero más que a mi vida y él también? —Y al ver que no responde, continúo—: Te voy a contar una cosa que no sabes y que Laila seguro que no te ha contado, en referencia a Björn. Y después me marcharé y dejaré que pienses en ello. Tú confías en ella porque era amiga de Hannah, ¿verdad? -Ella afirma con la cabeza y yo prosigo—: Pues quiero que sepas que, mientras tú sufrías por lo ocurrido con tu hermana, esa mujer se lo pasaba muy bien con Leonard.
—¿Cómo?
—¿Sabías que Leonard vivió en el mismo edificio de Björn?
—Sí.
—Pues él los pilló en el garaje, muy entretenidos en el asiento de atrás de un Mercedes que tú tenías, a la semana de morir Hannah. —El gesto de sorpresa de mi lobita es tremendo cuando añado—: Al pillarlos, tuvo una fuerte discusión con ella y le dijo que o desaparecía de tu vida o te lo contaba. Laila decidió desaparecer, pero antes les fue con el rollo a Simona y Norbert de que Björn intentó sobrepasarse y le rompió el vestido. Simona fue a pedirle explicaciones y la suerte para Björn fue que en su garaje hay cámaras y quedó grabado quién estaba realmente con ella y quién le rompió el vestido ese día.
—Yo... yo no sabía que...
—Tú no sabías nada porque Norbert, Simona y Björn decidieron guardar el secreto. No querían que sufrieras más de lo que ya estabas sufriendo por la muerte de Hannah. Pero ahora Laila ha querido vengarse de Björn grabándolo conmigo. Él la alejó de tu lado y ella nos aleja a los dos del tuyo.
Lo que le acabo de contar la deja sin palabras. En ese momento se abre la puerta y entran Björn, Norbert y Laila de muy malas maneras.
Cuando la veo, camino directamente hacia ella y le suelto un bofefón. Ella intenta devolvérmelo, pero Björn la sujeta y yo siseo:
—Veamos a quién se le desmorona ahora su bonita vida.
Yulia nos observa desde la cama. Su expresión es indescifrable y cuando Björn, como buen abogado, intenta hacerla hablar, ella procura escabullirse, pero al sentirse presionada y acorralada, al final canta casi La Traviata. Alucinada, Yulia la escucha y, cuando aquélla se marcha con Björn y Norbert, maldice. Está tremendamente desconcertada, furiosa y dolida.
Deseosa de abrazarla, doy un paso adelante, pero ella me frena con un gesto duro. Eso me desconcierta. No me quiere cerca. Durante unos minutos la miro en silencio a la espera de una mirada, un gesto, ¡algo! Pero no me mira.
¡Maldita cabezota!
Espero y espero, pero el tiempo pasa y me desespero. Finalmente, no puedo más y digo:
—Hace días, cuando supe que venías a Londres y me encelé por la presencia de Amanda, tú me hiciste ver que no debía preocuparme, porque sólo me querías y me deseabas a mí. Yo te creí y confié en ti. Ahora sólo falta que tú nos creas y, sobre todo, que confíes en mí.
Silencio...
No dice nada...
No me mira y, nerviosa y con ganas de llorar, continúo, jugándomelo todo:
—Llevo un tatuaje en mi cuerpo que pone «Pídeme lo que quieras» y que me hice por ti. Llevo un anillo en el dedo que dice «Pídeme lo que quieras, ahora y siempre», que tú me regalaste. —Sigue sin mirarme—. Te quiero. Te adoro. Sabes que por ti soy capaz de poner el mundo patas arriba, pero llegadas a este punto en que no quieres que te abrace, y que me siento fatal porque veo que no me quieres ni mirar, me lo voy a jugar todo y te voy a decir sólo una frase: «Pídeme lo que quieras o déjame». —Mi voz se rompe y, sin mirarla, añado—: Me voy. Te dejaré que pienses. Si quieres que regrese a tu lado porque me quieres y me necesitas, ya sabes mi número de móvil.
Cojo mi bolso, me doy la vuelta y, sin mirar atrás, salgo de la habitación.
Björn está fuera, sentado en una de las sillas. Al ver en el estado en que salgo, se levanta y me abraza.
Me falta el aire...
La angustia me puede...
Acabo de decirle a la mujer a la que quiero más que a mi vida que me deje...
Las lágrimas de nuevo salen a borbotones por mis ojos y Björn susurra:
—Tranquila, Lena.
—No puedo..., no puedo...
Él asiente. Intenta consolarme y, cuando lo hace, murmuro desesperada:
—¿Y sus ojos? ¿Has visto sus ojos?
—Sí... —responde preocupado e, intentando desviar el tema, dice—: Lo de la pierna es una simple fisura. Me lo acaba de confirmar una de las enfermeras.
Lloro de impotencia e, hipando, explico:
—No... no... me ha dejado abrazarla, ni me ha mirado. No ha dicho nada.
Björn maldice, pero afirma:
—Yulia no es tonta y te quiere.
Niego con la cabeza. ¿Y si realmente no me quiere?
Björn parece leer mis pensamientos. Me sujeta la cara con las manos y dice:
—Te quiere. Sé que es así. Sólo hay que ver cómo te mira para saber que la tonta de mi amiga no puede vivir sin ti.
—Es una gilipollas.
Ambos sonreímos y Björn añade:
—Una gilipollas que te quiere con locura. Ojalá algún día yo encuentre a una mujer tan loca, cariñosa y divertida como tú, que me haga sentir lo que tú le haces sentir a ella.
—La encontrarás, Björn. La encontrarás y luego te quejarás de ella como hace Yulia de mí. —Ambos volvemos a sonreír y murmuro—: Gracias por solucionar lo de Laila.
Mi buen amigo asiente y pregunto:
—¿Dónde está Norbert?
—Se ha ido con su sobrina. Tenía que hablar con ella.
Asiento. Pobre hombre, qué disgusto se ha llevado también.
Finalmente, Björn me agarra y dice:
—Venga, vamos a comer algo. Lo necesitas.
Me niego. No quiero comer y, con el corazón roto, susurro:
—Quiero volver a casa.
—¿Cómo dices?
—Quiero regresar a Alemania. Le he dicho que decida qué quiere hacer con nuestra relación y que me llame con lo que sea. Pero no llama, ¿no lo ves?
—Pero ¿qué estás diciendo? —gruñe Björn—. ¿Ahora te has vuelto loca tú? ¿Cómo te vas a marchar?
Trago el nudo de emociones que pugna por salir de mi interior y digo:
—Me lo he jugado todo por ella, Björn. Le he dicho que me pida lo que quiera o me deje. Ahora sólo falta ver si realmente desea que me quede con ella. Pero no quiero agobiarla. Quiero que piense y decida qué quiere hacer.
Mi buen amigo intenta convencerme para que no me vaya y deje a Yulia, pero me niego. Estoy cansada, muy cansada, y no me encuentro bien. La frialdad de mi esposa y su rechazo me han tocado directamente el corazón.
Al final, Björn se da por vencido, cogemos el ascensor, llegamos al vestíbulo y, cuando vamos a salir del hospital, oímos gritos y jaleo. Al volverme para mirar, el corazón se me paraliza y me quedo sin habla al ver a Yulia luchando con dos enfermeras mientras grita:
—Len..., espera..., Len...
El corazón se me acelera mientras Björn y yo miramos el espectáculo.
A pocos metros de nosotros está Icegirl en su versión cabreo total, vestida con el ridículo camisón del hospital, soltando improperios a diestro y siniestro, mientras intenta soltarse de dos enfermeras que parecen dos armarios empotrados.
Como si me hubieran pegado los pies al suelo, no me puedo mover. Björn dice:
—Por lo que veo, Yulia ha decidido lo que quiere.
Mi loca lobita de pronto ve que la miro y, levantando una mano, grita que no me mueva de donde estoy. Después se quita a las enfermeras de encima y, arrastrando la pierna enyesada, llega hasta nosotros.
—Te he llamado, cariño —dice, enseñándome mi móvil—.Te he llamado al móvil para que regresaras, pero te lo has dejado en la habitación.
El corazón se me sale del pecho.
De nuevo mi amor, mi lobita, mi Icegirl me demuestra que me quiere y, acercándose a mí, la oigo decir:
—Lo siento, pecosa... Lo siento.
No me muevo...
No digo nada...
Yulia se tensa. Está nerviosa. Quiere que yo hable. Que diga algo e insiste:
—Soy una gilipollas.
—Lo eres, colega, lo eres —afirma Björn.
Mi lobita le tiende la mano a su buen amigo e, instantes después, se abrazan y oigo a Yulia decir:
—Lo siento, Björn. Perdóname.
Emocionada, los observamos medio hospital y yo, cuando Björn susurra:
—Estás perdonada, gilipollas.
Ambos sonríen.
Se sueltan y las enfermeras vuelven a tirar de Yulia. Le piden que regrese a la habitación. En su estado no puede estar allí.
Tensión.
Todo el mundo en el vestíbulo del hospital nos observa. Esto es surrealista. Una pequeña mujer que no pasa del metro sesenta, con un camisón del hospital que enseña más que tapa, vuelve a luchar con las enfermeras y, cuando se las quita de encima, me mira, me mira y me mira.
Clava su impactante mirada en mí y, sin importarle quién nos vea u oiga, dice:
—Te quiero. Dime algo, cariño.
Pero no lo hago e insiste, acercándose más a mí:
—No te voy a dejar, pelirroja. Eres mi vida, la mujer que quiero y necesito que me perdones y que no me dejes tú a mí por haber sido tan...
—... gilipollas —acabo la frase.
Yulia asiente. Veo en su mirada la necesidad de que la abrace. Pero sorprendentemente no lo hago. Estoy tan paralizada que no puedo casi ni parpadear. Entonces, apretando un botón de mi móvil, hace sonar el tono de llamada. Es la canción Si nos dejan y murmura:
—Te prometí que te iba a cuidar toda la vida y eso pienso hacer.
¡Punto para Alemania!
Nos miramos...
Nos retamos...
Y deseosa de abrazarla por lo que acaba de hacer y decir, digo, dando un paso adelante:
—Punto uno, que te quede claro que, para que yo te deje y quiera vivir sin ti, algo muy... muy... muy malo tiene que pasar. Punto dos, sigo queriendo que me cuides toda la vida, pero nunca más vuelvas a dudar de mí ni de Björn. Y punto tres, ¿qué haces enseñándole el culo a todo el hospital, bebe?
Sonríe, yo sonrío y todos a nuestro alrededor sonríen.
Cuando me tiro en sus brazos y siento que me abraza, cierro los ojos y soy feliz, mientras la gente aplaude y sonríe y Björn se pone tras su amiga y cuchichea:
—Colega, tira para la habitación y deja de enseñar el trasero.
Mis hormonas revolucionadas hacen de las suyas y, cuando mis lágrimas mojan los hombros de Yulia, apretándome más contra ella, murmura:
—Chis... no llores, cariño. Por favor, no llores.
Pero estoy tan emocionada...
Tan feliz...
Y tan preocupada por ella...
Que lloro y río descontroladamente.
Cinco minutos después, acompañada por Björn y las enfermeras, regresamos a la habitación. Yulia se ha arrancado el suero y tienen que volver a pinchárselo. Las enfermeras la regañan y ella no para de mirarme y sonreír.
¡Sólo le importo yo!
Björn, al ver que todo está en orden, baja a la cafetería por algo de comida. Se empeña en que tengo que comer algo y, rápidamente, Yulia lo apoya. ¡Vaya dos!
Cuando nos quedamos solas en la habitación, Yul pide que me tumbe a su lado en la cama. Lo hago. Me abraza y yo le pregunto preocupada:
—¿Estás bien, lobita?
Yulia mueve el cuello y responde:
—He estado mejor, pero me recuperaré.
Sus ojos me asustan. No puedo dejar de mirarlos y murmura:
—Tranquila, se solucionará.
—¿Te ha dolido la cabeza?
Asiente y yo me preocupo más hasta que dice:
—Pero todo está controlado.
Con un cariñoso gesto, sonríe, me pasa la mano por la barbilla y añade:
—Como dices tú, te quiero más que a mi vida.
Me lanzo a su boca y ella da un respingo de dolor.
—Ay, bebe, lo siento, lo siento.
Sonríe y dice:
—Más lo siento yo, pecosa. No poder besarte es una tortura.
Vuelve a abrazarme y, cuando me separo de ella, le digo:
—A pesar del aspecto siniestro que te dan esos ojos de vampira furiosa, sigues siendo la mujer más hermosa, sexy y gilipollas del mundo. —Yulia sonríe y añado—: Y ahora que medio hospital te ha visto el culo y lo que no es el culo, sé que soy la mujer más envidiada.
Sonríe y su sonrisa me llena el alma. Luego susurra:
—Dios, Lenoshka..., perdóname por desconfiar de ti. Te quiero tanto, que cuando vi esas malditas imágenes, me bloqueé y perdí la razón.
—Estás perdonada y espero que no vuelvas a desconfiar.
—No lo haré. Te lo prometo.
—Ah, y por cierto, fue Amanda quien me avisó. Tenías razón, ella me respeta.
Deseosa de contarle lo que llevo varios días ocultándole al resto del mundo, la miro y digo:
—Tengo algo que contarte, pero tienes que soltarme primero.
Yulia me mira, se hace la remolona y responde:
—Cuéntamelo luego. Ahora quiero seguir abrazándote.
Me río y, espachurrándome contra ella murmuro:
—Vale, pero cuando te lo cuente te arrepentirás de no haberlo sabido antes.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
La curiosidad la puede y, besándome en la cabeza, pregunta:
—Es algo bueno, ¿verdad?
—Creo que sí, aunque con el momento que acabamos de pasar, ¡no sé yo cómo te lo vas a tomar!
—No me asustes.
—No te asusto.
—Len...
Me encojo de hombros y no me muevo. El calorcito de su cuerpo me encanta. Y su voz en mi oído aún más. Comienza a tocarme el cuero cabelludo con sus dedos. Oh, Dios, ¡qué gustirrinín! Dos minutos después no puede más y, soltándome, me apremia:
—Venga, quiero saberlo.
Mimosa, suspiro, me levanto de la cama y camino hacia mi bolso. La noticia que le voy a dar la va a volver loca. Abro el bolso, cojo un sobre abultado y, sacándolo, se lo enseño. Yulia lo mira y levanta una ceja. Con comicidad le indico que espere y, quitándome el pañuelo que llevo enrollado al cuello, la miro y digo:
—Mira cómo estoy.
Al ver mi cuello enrojecido y casi en carne viva, se incorpora de la cama alarmada.
—Pero, cariño, ¿qué te ha ocurrido?
—Los ronchones y los nervios han podido conmigo.
Boquiabierta, me vuelve a mirar y, frunciendo el cejo, murmura:
—Yo tengo la culpa.
—En parte sí —asiento—. Ya sabes lo que me pasa cuando me pongo nerviosa.
Sin entender nada, le entrego el abultado sobre y, divertida, le digo:
—Ábrelo.
Cuando lo hace, los cuatro test de embarazo caen sobre la cama.
Boquiabierta, sorprendida y sin saber qué decir, me mira y, acercándome a ella, saco la foto de Medusa que me dio la ginecóloga y murmuro:
—Felicidades, señora Volkova, vas a ser mama.
Su cara es un poema y, divertida al ver que no reacciona, añado:
—Eso sí, prepárate, porque yo, desde que sé que Medusa está dent...
—¡¿Medusa?!
—Así lo llamo —respondo, señalando la imagen de la foto.
Bloqueada, entiende a lo que me refiero y continúo:
—Pues eso, que desde que sé que Medusa está dentro de mí, ni duermo, ni como y tengo una mala leche que no te quiero ni contar, porque estoy asustada. ¡Muy asustada! Voy a ser mamá y no estoy preparada.
Aturdida como pocas veces la he visto en su vida, Yulia hace ademán de levantarse.
Pero ¿qué va a hacer?
Rápidamente la paro. Si se vuelve a arrancar el suero, las enfermeras nos matan.
Nos miramos. Yo sonrío y cogiéndome de nuevo entre sus brazos, me abraza de tal manera que tengo que decir.
—Cariño..., cariño..., que me ahogas.
Me suelta, me besa y se encoge de dolor. Me abraza. Me vuelve a mirar. Mira los test y, emocionada, pregunta con voz temblorosa:
—¿Vamos a tener un bebé?
—Eso parece.
—¿Una pelirrojita?
—¿O una rubita?
Sonríe. Está nerviosa. Me mira. Me observa y vuelve a sonreír.
Durante un rato, Yulia no me suelta y juntas miramos la ecografía y reímos, reímos y reímos hasta que de pronto pregunta:
—Gatita, ¿estás bien?
Su alegría es mi alegría.
Y dispuesta a ser sincera, respondo:
—Pues no, lobita. Estoy hecha una mierda. Llevo días sin parar de vomitar, sin parar de llorar, sin parar de rascarme el cuello. Sin parar de estar asustada por Medusa. Y si a todo eso le sumas que, de pronto, mi esposa no me quería y me acusaba de estársela pegando con su mejor amigo, ¿cómo quieres que esté? —Y antes de que ella pueda decir nada, añado—: Perooooooo... ahora, en este instante, en este momento y estando a tu lado, estoy bien, muy... muy bien.
Yulia me vuelve a abrazar.
Está tan sorprendida con la noticia que casi no puede hablar y en un tono íntimo que sé que la vuelve loca, murmuro:
—Que conste que, a pesar de mi embarazo, tendrás tu castigo por desconfiar de mí.
Sonríe. En ese momento se abre la puerta y, al aparecer Björn, Yulia lo mira y, pletórica de felicidad, pregunta:
—¿Quieres ser el padrino de mi Medusa?

Continuará...


Última edición por LenokVolk el Mar Ene 27, 2015 11:54 am, editado 1 vez
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Mar Ene 27, 2015 1:50 am

ELa PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME


Capítulo 24
Al día siguiente, Björn y Norbert regresan a Alemania. Björn tiene un par de juicios y no puede faltar. Llamo por teléfono a Marta y Larissa y, al saber lo ocurrido se asustan y vuelan rápidamente a Londres.
Marta, al ver el estado de los ojos de su hermana, se reúne con los médicos del hospital. Al final decide esperar para ver si el tiempo o la medicación lo resuelven. De no ser así, una vez en Alemania programará una operación para drenar la sangre. Aclarado este punto, el médico nos da el alta para dos días después.
¡Bien, podemos regresar a casita!
Larissa se vuelve loca al saber que va a tener otro nieto o mejor dicho nieta y Marta aplaude contenta. Que la familia aumente los llena a todos de felicidad. Frida y Andrés llaman y se tranquilizan al hablar directamente con Yulia, y ni que decir tiene lo alegres que se ponen al saber de mi embarazo.
Cuando llamamos a Flyn para que éste hable con su tía, no le decimos nada del embarazo ni a él ni a Simona. Norbert nos guarda el secreto hasta que regresemos.
Una de las tardes en que estoy con Yulia en la habitación aparece Amanda.
Su presencia me sigue incomodando, pero reconozco que lo que hizo por mí me permitió ver que no era la persona que yo pensaba. Durante una hora, habla con Yulia de trabajo y yo decido aprovechar el ratito para llamar a mi padre. Quiero darle la noticia.
Emocionada a la par que nerviosa, salgo de la habitación y marco el teléfono de Kazan. Tras dos timbrazos, es la voz de mi sobrina Irina la que me saluda:
—¡Titaaaaaaaaaaaaa!
—Hola, maestra Pokémon, ¿cómo estás?
—Pues, como diría el abuelo, jodida pero contenta.
—¡Irina!, esa boquita —la regaño.
Es tan natural, tan auténtica, que no puedo evitar sonreír.
—Hoy la profe, la Colines, me ha puesto un cuatro en un trabajo que se merecía al menos un siete.
Me río. Recuerdo quién es la Colines y respondo.
—Bueno, cariño, quizá te tienes que esforzar más.
—Esa bruja con cara de rata me tiene manía. Tita, me he esforzado mucho, pero es que en este cole son mu tiquismiquis.
—Bueno, cariño, yo creo que...
Pero de pronto hace eso que tan bien se le da a mi hermana, cambia de tema y pregunta:
—¿Cómo está la tita Yul? ¿Está mejor?
—Sí, cariño, está cogiendo fuerzas y en unos días regresaremos a Alemania.
—¡Qué guay! ¿Y Flyn?
—En Múnich con Simona y Norbert. Por cierto, está deseando que lleguen las navidades para volver a verte.
—Qué enrollao que es el tío —suelta con su habitual desparpajo—. Dile que me voy a llevar los juegos que le dije para la Wii y que se prepare, que le voy a dar una paliza, ¿vale?
—Por supuesto, se lo diré.
—Tita, te dejo que mi madre quiere hablar contigo. ¡Qué pesada! Un beso grande, grande.
—Otro para ti, mi amor.
Sonrío. ¡Qué linda que es mi Irina!
—Cuchufleta, ¿cómo está Yul? —pregunta mi hermana, preocupada.
Cuando llamé a mi padre y a ella para contarles que Yulia estaba en el hospital, querían viajar a Londres. Los paré. Sé que tanta gente a Yul la agobiaría.
—Bien. Pasado mañana regresamos a casa. Estoy agotada.
—Ay, cuchu..., qué pena que estés tan lejos. Me encantaría espachurrearte y darte ánimos.
—Lo sé. Ya me gustaría a mí teneros cerquita. ¿Qué tal Katy?
—Ceporra. Esta niña come mucho. Cualquier día nos come a nosotros.
Ambas reímos y canturreo:
—A que no sabes una cosaaaaaaaaaa...
—¿El qué?
—Adivina.
—¿Os venís a vivir a Rusia?
—Nooooooo.
—¿Te has teñido de rubia?
—No.
—¿Mi cuñadísima te ha regalado un Ferrari rojo?
—No.
—¿Qué es, cuchuuuuuu?
Divertida, me carcajeo y, deseosa de decirlo, suelto ya:
—Creo que a alguien la van a llamar tita Anya dentro de poco.
El grito de mi hermana es ensordecedor.
Ni Tarzán en sus mejores momentos lo hubiera podido hacer mejor.
Empieza a aplaudir como loca y oigo cómo se lo dice a mi sobrina Irina. Las dos gritan y aplauden. Me río sin poderlo remediar y entonces oigo la voz de mi padre que dice:
—¿Es cierto, Lenoshka? ¿Es cierto que me vas a dar otro nietecito?
—Sí, papá, es cierto.
—Ojú, mi arma, me acabas de alegrar la vida. ¿Tienes fatiguita, mi niña?
—Sí, papá, una poquilla.
Su risa y su felicidad, como siempre, me hinchan el corazón. Hablo con él y con Anya al mismo tiempo. Los dos quieren hablar conmigo y mostrarme su alegría. Mi hermana le quita el teléfono y dice:
—Cuchu..., en cuanto llegues a casa, llámame y hablamos. Tengo mogollón de cositas de Katy que te pueden servir para los primeros meses. Oh, Dios..., oh, Dios... Tú embarazada. ¡No me lo puedo creer!
—Ni yo, Anya, ni yo —murmuro.
Oigo un ruido y, de pronto, mi sobrina pregunta:
—Tita, ¿te puedo hacer una pregunta?
—Claro, cariño.
—¿El bebé va a salir con los ojos de Flyn?
Me entra la risa y oigo reír también a mi padre y a mi hermana. Divertida por su comentario, respondo:
—No lo sé, pichurri. Cuando nazca, lo primero que haré será mirárselos.
De nuevo ruido y forcejeos. Es mi padre.
—Pecosa, ¿comes bien?
—Sí, papá. No te preocupes.
—¿Has ido ya al médico?
—Sí.
—Tu hermana me dice que si te tomas nosequé de folclórico.
Suelto una carcajada.
—Sí, papá. Dile que me tomo el ácido fólico.
—Ojú, Lenoshka, qué contento estoy. ¡Otro nietecito!
—Sí, papá, otra nietecita.
—Ojalá sea un chicote.
Eso me hace gracia y digo:
- Chicota papá, la genética recuerda...
Mi padre suelta una carcajada y responde:
—Pues tendré otra mujercita más a la que querer y mimar, mi vida.
Ambos nos reímos y entonces dice:
—¿Yulia está mejor?
—Sí, papá, está mucho mejor. En un par de días le dan el alta.
—Bien..., bien y, oye, ¿está feliz por lo del bebé?
Sonrío. Yul casi no duerme desde que lo sabe. Está continuamente preocupándose de que coma y descanse y cuando ve que vomito se pone enferma, pero respondo:
—Yulia está como tú..., encantada.
Hablamos varios minutos más y, cuando veo salir a Amanda de la habitación, me despido rápidamente de mi familia. Ella me mira y digo:
—Te acompaño hasta la puerta del hospital.
Asiente y las dos echamos a andar hacia el ascensor. Sabemos que tenemos una conversación pendiente y, cuando paramos, digo:
—Gracias por avisarme.
Amanda me mira y, retirándose su sedoso pelo de la cara, cuando entramos en el ascensor, responde:
—Enhorabuena por lo del bebé.
—Gracias, Amanda.
Entonces, mirándome, dice:
—No te avisé antes porque Yulia me lo prohibió. Pero al tercer día me salté sus órdenes y lo hice. Tú tenías que saber lo que ocurría.
Asiento y sonrío. Es de agradecer el detallazo.
La tensión entre nosotras se corta con un cuchillo y, cuando llegamos a la puerta del hospital, me mira y dice:
—Elena, quiero que sepas que las cosas me quedaron muy claras hace tiempo. Yulia es un mujer felizmente casada y yo ahí no entro.
—Me alegra saber lo que piensas —respondo—. Eso nos facilitará la convivencia a las dos.
Sonríe y, señalando a un hombre trajeado que la espera en un impresionante Audi A8, dice:
—Te dejo. Me esperan.
Moviéndome rápidamente, me acerco a ella y le planto un beso en cada mejilla. Nos miramos y sé que el gesto que hemos tenido cada una, ella avisándome de lo de Yul y yo dándole dos besos, nos hace firmar la paz.
Después, sin moverme de la puerta del hospital, veo cómo esa tigresa rubia contonea sus caderas hasta el hombre del Audi, se sube al coche y, tras besarle en los labios, se van.
Cuando regreso a la habitación, Yulia trabaja con su ordenador y sonríe al verme entrar.
Su aspecto ha mejorado y, acercándome, la beso y murmuro:
—Te quiero.
Dos días después, regresamos a Múnich.
¡Hogar, dulce hogar!
Tener todas mis cosas a mano, mi cama y mi baño es lo que más necesito.
Cuando Flyn y Simona ven a Yul, sus caras lo dicen todo.
¡Se asustan!
Yulia sonríe y yo también, mientras acaricio la cabeza de Calamar.
—Tranquilos, aunque parezca la vampira malvada de Crepúsculo con esos ojos, ¡juro que es Yulia! Y no muerde cuellos.
Mi comentario distiende un poco el ambiente. Veo la alarma en sus caras y lo entiendo, sus ojos son como para asustarse.
Flyn, como niño que es, se acerca a su tía y, tras abrazarla, pregunta:
—¿Se te van a poner bien o ya se te quedan así para siempre?
—Se le pondrán bien —afirmo, deseosa de recuperar su mirada.
—Eso espero —murmura Yuli, abrazando a su sobrino.
La miro y no digo más. Sé que, aunque no diga nada, mi lobita está preocupada con el tema. Sólo hay que ver cómo ella misma se mira al espejo para percatarse de ello. No hemos hablado del asunto. No quiero atosigarla. Sólo espero que la medicación consiga drenar la sangre y todo se solucione.
Como dice siempre mi padre, la positividad llama a la positividad. Por lo tanto, ¡positiva!
Observo a Simona, que no puede dejar de mirar los ojos de Yul.
La entiendo.
Esto es lo que impresiona más a todos. Verla con la pierna enyesada te hace mirarla, pero verdaderamente lo que impacta son sus ojos completamente ensangrentados. Sin un ápice de blancura. Rojos y azules, una extraña combinación.
Por la noche, cuando nos sentamos a cenar, les pedimos a Norbert y Simona que se sienten con nosotros en los postres. Necesitamos hablar con ellos. Y cuando les damos la buena nueva del embarazo, Flyn grita:
—¡Voy a tener un primo! ¡Cómo mola!
Yulia y yo nos miramos y digo:
—Prima y tu vas a ser el hermano mayor y necesitaremos que le enseñes muchas cosas y la cuides.
Todos me miran. El comentario en cierto modo los sorprende y aclaro, totalmente convencida:
—Flyn es mi niño y Medusa también será pero mi niña...
—¡¿Medusa?! —preguntan al unísono Simona y Flyn.
Norbert sonríe. Yulia también y yo aclaro, señalando mi plano vientre.
—Lo llamo Medusa hasta que nazca. —Ellos asienten y, mirando a Flyn, que no me quita ojo, pregunto—: Tú quieres ser su hermano mayor, ¿verdad?
Él asiente y murmura con gesto asombrado:
—Guayyyyyyyyyy, mamá.
En ocasiones me llama mamá, en otras, tía, en otras, Len. Aún no ha decidido cómo hacerlo, pero a mí eso no me importa. Lo único que quiero es que me llame.
Simona, muy emocionada por todo, coge la mano de Norbert y exclama:
—¡Qué alegría! Otro niño correteando por la casa. ¡Qué alegría!
Los miro con cariño. Ellos no han tenido hijos. Meses atrás, Simona me confesó que lo intentaron durante años, pero que el destino nunca se los concedió. Sé que la noticia a ella particularmente le llega al corazón y que Medusa mi niña será como su nietecilla.
—Entonces no compramos la moto para mis clases, ¿verdad? —pregunta Flyn.
Al oírlo, suspiro. ¡La moto de Flyn! No había vuelto a pensar en ello.
Yul me mira, luego mira a su sobrino y dice:
—Ahora Len no puede enseñarte. Con el embarazo no puede montar en moto, pero si tú quieres, este fin de semana la compramos y el primo Jurgen te enseñará.
Yulia tiene razón. Ahora, ni debo ni puedo. Pero su buena disposición hacia el niño me encanta. Me parece una fantástica solución lo que propone, pero me sorprendo cuando Flyn responde.
—No. Yo quiero que me enseñe Len.
Mirándolo con cariño le explico:
—Ahora no puedo montar en moto ni correr mucho detrás de ti.
El crío me mira y pregunta:
—Pero después de tener a Medusa si podrás, ¿verdad?
Asiento. Está claro que, para él, es importante que sea yo quien le enseñe. Miro a Yul, que sonríe y, besando a mi pequeñajo en la cabeza, respondo segura de mí misma:
—Pues no se hable más. Las clases y la moto llegarán cuando Medusa ya esté durmiendo en su cuna.
Por la noche, cuando Yulia y yo llegamos a nuestra habitación estamos agotadas. Con cuidado, se sienta en la cama y deja la muleta a un lado. Se siente feliz por estar en casa y mirándola pregunto:
—¿Te ayudo a desnudarte?
Con una ardiente sonrisa, mi chica asiente y yo procedo.
Primero le desabrocho la camisa, se la quito y, con mimo, le toco los hombros y los senos. Madre mía, cómo me gusta. Después de eso, la hago levantar y, sin rozarle la pierna enyesada, le bajo el pantalón del chándal negro que lleva. Al ver su prominente erección bajo el calzoncillo, murmuro:
—Oh, sí..., justo lo que necesito.
Yulia se ríe y yo añado:
—Llevo demasiados días sin... y quiero... quiero... quiero.
Deseosa, acerco mi boca a la suya. Ya nos podemos besar con tranquilidad. La herida del labio ha sanado y por fin puedo ser devorada y devorar a mi esposa con deleite y pasión. Acelerada en segundos por la cercanía de la mujer que me tiene locamente enamorada, con cuidado me siento en sus piernas a horcajas y pregunto:
—¿Te molesta si me siento aquí? -Ella niega con la cabeza y, mimosa, susurro—: Pues entonces de aquí no me muevo.
Yulia besa mis labios y, colocando sus ardientes manos en mis caderas, dice:
—Seguro que no te vas a mover.
Sonrío. ¡Qué ladrona! Y, mordisqueándole los labios, respondo:
—Voy a moverme tanto que tus gemidos los van a oír hasta en Australia.
—Qué tentador —ronronea.
Dichosa por tenerla de nuevo entre mis brazos, la miro y digo:
—Aunque, ahora que lo pienso, creo recordar que te dije que te castigaría.
Yulia se para, me mira con el semblante descompuesto y aclaro:
—Te portaste muy mal conmigo. Desconfiaste de mí y...
—Lo sé, cariño. Nunca me lo perdonaré.
No sonrío. Quiero que crea que la voy a castigar e insiste:
—Te necesito, Len... por favor. Castígame otro día sin ti, pero hoy...
—Tú me has castigado sin ti muchos días, Yulia, ¿lo has pensado?
—Sí... —Y acercando su boca a mí, implora—: Por favor, Len...
Oírlo rogar es música para mis oídos.
La tengo a mi merced.
Me necesita tanto como yo a ella y respondo:
—El castigo debe ser acorde a tu delito.
No se mueve. Sé que eso la está amargando. Me mira a la espera de mi siguiente comentario e, incapaz de seguir torturándola así, digo:
—Por ello, tu castigo será satisfacerme hasta que caiga rendida.
Yulia suelta una carcajada y yo sonrío. ¡Paso de castigos!
Me tienta con su boca.
Pasea sus labios por los míos y, cuando abro mi boca dispuesta a que la tome, hace eso que tanto me gusta. Saca la lengua, me chupa el labio superior, después el inferior, luego me lo mordisquea y finalmente me besa. Me devora. Me vuelve loca.
Su duro pene late bajo mi cuerpo y, poseída por el deseo, susurro:
—Rómpeme el tanga.
—Hum..., pelirroja, esto se pone interesante. —Y, sin demora, hace lo que le pido.
Da un tirón seco a ambos lados de mis caderas y el tanga se desintegra.
¡Sí!
Deseosa de tenerla dentro de mí, me incorporo. Cojo el tentador pene de mi esposa y, llevándolo al centro de mi deseo, lo introduzco poco a poco y murmuro:
—Te echaba de menos.
Las manos de Yulia van directas a mi trasero y me da un azote. Dos. Tres. Y, sin hablar, exige que me mueva. Obedezco y, cuando lo hago, ella da un respingo, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.
Oh, sí..., disfruta..., disfruta, mi amor.
Me agarro a su cuello y, mordiéndole la barbilla con cuidado, muevo las caderas de atrás adelante y me uno a sus jadeos. Me empalo una y otra vez en la verga de mi lobita, sin resuello, mientras mi cuerpo se eriza por lo que esto me hace sentir.
Mis hormonas, mi cuerpo y yo pedimos más. Yul, consciente de lo que quiero, a pesar de que no se puede mover con su pierna escacharrada, me agarra por las caderas y, parando mi ritmo, murmura:
—Déjame cumplir mi castigo, pecosa.
Eso me desconcierta, no quiero parar. De pronto, da un giro seco a mis caderas que me empala más en ella y me hace gritar. Sonríe. Sabe que me gusta y repite la operación. Esta vez gritamos las dos. Su seco movimiento profundiza más en mi cuerpo. Siete, ocho, nueve veces lo repite y, cuando el éxtasis nos llega, tras tantos días de sequía, nos dejamos llevar.
Una hora después, abrazada a ella en la cama, me estoy quedando dormida cuando dice:
—Len...
—¿Qué?
—Fóllame.
Abro los ojos de golpe y, volviéndome hacia ella, la miro y explica:
—Te lo haría yo a ti cariño, pero mi pierna no me deja y quiero continuar con mi castigo.
Miro el reloj, las 00.45.
Es tardísimo para los alemanes y, divertida, pregunto:
—¿Estás juguetona?
Mi lobita sonríe y, tocándome las caderas, contesta:
—Te he añorado mucho estos días y necesito recuperar el tiempo perdido.
Sonrío y rápidamente me reactivo. Abro la mesilla, cojo el neceser donde hay varios de nuestros juguetitos y digo:
—Me quitaré el tanga antes de que me lo rompas. Dos en una noche son muchos. —Oigo la risa de Yulia cuando pide:
—No enciendas la luz.
—¿Por qué?
—Quiero oscuridad para fantasear.
Sonrío, me quito el tanga y me siento sobre ella en la cama. Le bajo el pijama y, al ver en la oscuridad cómo está aquello de revolucionado, murmuro:
—Vaya... vaya... vaya, señora Volkova, está usted muy pero que muy necesitado.
Yulia sonríe.
—Demasiados días sin ti, señora Katina-Volkova
—¿Ah, sí? —Y, tras empalarme totalmente en el erecto miembro de mi mujer, susurro, acercando mi boca a la suya—: Tu culpa fue no confiar en mí.
El cachete que Yul me da en el trasero suena sordo y seco. Después, con sus delicadas manos me aprieta el culo y murmura:
—Pídeme lo que quieras, pelirroja, pero fóllame.
El momento tan íntimo...
Su voz...
Y la oscuridad de la habitación... nos enloquecen más
Tumbada en la cama, la tengo a mi merced y deseosa de jugar con ella. Quiere fantasear. Yo también y, acercándome a su oído, murmuro:
—Una pareja nos observa. Quiere vernos jugar.
—Sí.
—A la mujer le gusta ver cómo me chupas los pezones y él quiere —digo, poniéndole algo en la mano— que le enseñes mi trasero y luego introduzcas la joya anal.
Yulia entra en el juego. ¡Le encanta!
Su respiración se vuelve más profunda, más sibilante, mientras se deleita chupándome los pezones. Oh, sí... los tengo tan sensibles que la mezcla de gusto y dolor me encanta. Sin soltarme los pezones, me agarra de las cachas del culo, me las separa y, soltándome los pezones, murmura:
—Dejemos que el hombre mire tu precioso culito.
—Sí —susurro yo.
—Le encanta tu trasero, pequeña. Lo mira. Lo disfruta. Y lo desea.
—Sí...
—Pero le gusta ver cómo te penetro con fuerza.
Un fuerte empellón hace que yo jadee y le muerda el hombro, mientras ella añade:
—La mujer se muere por chupar tus bonitos pezones. La boca se le hace agua y con su mirada me pide que te suelte para que ella disfrute.
—No, no me sueltes. Sigue disfrutando tú de mí y luego entrégame a ella.
Mi respiración al decir eso cambia. Lo que mi lobita dice me excita tanto como a ella. Vuelve a darme otro azote en el trasero y, arqueando la espalda, murmuro:
—Así te gusta que lo muestre.
—Arquéate más, pecosa...
Lo hago, mientras siento cómo mi cuerpo se estremece ante nuestro morboso juego. Nos gusta hablar. Nos gusta imaginar. Nos gusta el sexo e, introduciéndome la joya anal en la boca, Yulia susurra:
—Chúpalo, vamos..., chúpalo.
Hago lo que me pide, mientras mi mente imagina que dos personas nos miran y disfrutan de nuestro íntimo momento. Mis pezones, duros e hinchados, son succionados por Yul mientras yo chupo la joya anal. La intensidad de mis lametazos es la misma que Yulia emplea en mí, hasta que dice:
—Voy a introducir lo que deseas y desean.
Excitada y enloquecida por nuestro juego verbal, me arqueo mientras Yulia pasea la joya por mi columna lentamente hasta llegar al agujero de mi ano. Está seco. No me ha puesto lubricación y murmura mientras lo introduce:
—Así, pelirroja..., así...
Jadeo al notar la presión que eso ejerce en mí, pero mi cuerpo deseoso lo acepta. Cuando la joya está en mi interior, Yulia la mueve y yo gimo mientras mis duros pezones chocan contra los suyos y la oigo decir:
—Te voy a follar y después, cuando yo esté saciada de ti, te entregaré a ellos. Primero a la mujer y después al hombre. Abriré tus piernas para que ellos tengan acceso y tú me entregarás tus jadeos, ¿de acuerdo?
—Sí..., sí... —gimo enloquecida, mientras me aprieta contra ella y siento que me va a partir en dos.
—Tus piernas no se cerrarán en ningún momento. Dejarás que ella tome de ti lo que desea, ¿lo harás?
—Sí..., lo haré.
El tono de mi voz, las fantasías de ambas y el deseo crean el ambiente que ambas buscamos. Le pongo las manos en sus senos y me empalo una y otra vez en ella, mientras Yulia me tiene agarrada por la cintura y me aprieta con fuerza para dar más profundidad.
Nuestro lado salvaje vuelve a resurgir y, sin parar, como posesas, una y otra vez nos damos lo que ambas buscamos hasta llegar al clímax.
Esa noche somos insaciables y, tras una última vez más, cuando decidimos descansar, murmuro entre sus brazos:
—Quiero que cumplas tu castigo todas las noches.
Yulia me besa y, con una de su sus suaves y delicadas manos, comienza a tocarme el pelo.
—Duerme, diosa del sexo.


Continuará...

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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Mar Ene 27, 2015 6:33 pm

Len se rindió muy rápido jajajaja :-P
Excelentes caps :-D
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Anonymus el Miér Ene 28, 2015 4:41 pm

Yo quiero una Lena asi Very Happy
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Jue Ene 29, 2015 4:28 pm

PÍDEME LO QUE QUIERAS O DÉJAME...

Capítulo 25
Cuando me despierto a la mañana siguiente, nada más abrir el ojo, mi estómago se contrae como cada día y tengo que salir disparada al baño.
Yul, que está en la cama conmigo, va detrás de mí todo lo rápido que puede con el yeso en la pierna y, cuando ve que estoy vomitando, me agarra con fuerza.
Cuando las náuseas pasan, me siento en el baño y, mirándole, murmuro:
—Esto es horroroso... Medusa me mata.
La pobre, que ha cogido una toalla y la ha mojado con agua, me la pasa por la cara y, con todo el cariño del mundo, dice:
—Tranquila, pecosa. Pronto pasará.
—Yo... no voy a poder con esto... No puedo.
—Sí puedes, cariño. Vas a tener una beba preciosa y te olvidarás de todo.
—¿Estás segura?
Yulia clava su peculiar mirada ensangrentada en mí y contesta:
—Segurísima. Va a ser una niña pelirrojita como tú, ¡ya lo verás!
—Y te dará mucha guerra, como yo —apostillo.
Sonríe, me da un beso lleno de amor en la punta de la nariz y murmura:
—Si lo hace con tu gracia, me encantará.
Sin ganas de dramatizar, asiento y finalmente sonrío. Mi lobita es maravillosa y hasta en un momento así me hace olvidar lo mal que me encuentro y consigue que sonría.
He leído que los vómitos suelen durar sólo los tres primeros meses y ésa es mi esperanza, ¡que se acaben!
Una vez el color blanco normal regresa a mi rostro, Yul sale del baño y decido darme una ducha. Me desnudo y, cuando me quito el tanga, parpadeo. ¡Sangre!
¡Oh, Dios mío!
Rápidamente, llamo a Yulia, nerviosa Ella, a pesar de su escayola, en cero coma un segundo ya está en el baño y, mirándola asustada, susurro:
—Tengo sangre.
—Vístete, cariño. Vamos al hospital.
Como una autómata, salgo del cuarto de baño y me visto a toda prisa. Yul lo hace antes que yo y, cuando bajo, Norbert y ella me esperan y Simona, dándome un beso, me dice:
—No te preocupes. Todo estará bien.
En el coche, Yulka me coge las manos. Las tengo frías. Estoy asustada. Las pérdidas de sangre no son buenas cuando una está embarazada.
¿Y si he perdido a Medusa?
Cuando llegamos al hospital, Marta nos espera en la puerta con una silla de ruedas. Hacen que me siente en ella y, a toda pastilla, me llevan a urgencias. Una vez allí, impiden entrar a Yul. Marta se queda con ella y yo me voy con unos médicos.
Tengo miedo.
Me hacen cientos de preguntas y yo respondo, aunque ni yo misma me entiendo. Nunca he querido estar embarazada, pero Medusa de pronto significa mucho para mí. Para Yulia. Para las dos.
Me preguntan si he estado nerviosa por algo últimamente. Asiento. No les cuento mi vida, pero la tensión sufrida puede haber ocasionado esto. Me tumban en una camilla y me hacen una ecografía. En silencio y con la respiración acelerada, observo cómo dos médicos con semblante serio miran el monitor. Quiero que todo esté bien. Al final, tras valorar lo que ellos creen pertinente, me miran y uno de ellos dice:
—Todo está bien. Tu bebé sigue contigo.
A llorar se ha dicho.
Lloro, lloro y lloro.
Creo que me van a nombrar la llorona general de Alemania.
Cinco minutos después, dejan entrar a Yulia. Se le ve preocupada y muy tensa. Al verme, me abraza. Estoy tan emocionada que no puedo decir nada, salvo llorar, y los médicos son quienes le explican que todo está bien. Besándome en la cabeza, Yulka me acuna y murmura:
—Tranquila, campeona. Nuestra bebé está bien.
Asiento y me tranquilizo por segundos.
Diez minutos después, antes de mandarnos para casa, uno de los médicos nos da un informe y nos dice que si no sangro, vaya a mi revisión normal con la ginecóloga. Añade que de momento tengo que hacer reposo. Yulia asiente y yo suspiro. No quiero ni pensar lo pesadita que se va a poner ahora con eso del reposo.
Como ya imaginaba, nada más llegar a casa me manda a la cama. En ese momento ni lo dudo. Tras el susto que me he dado estoy agotada y, al poner la cabeza en la almohada me quedo frita. Cuando me despierto y voy a levantarme, veo que Yul está a mi lado. Se ha subido el portátil y está trabajando en la habitación. Al verme, rápidamente deja el ordenador y, besándome, pregunta:
—¿Estás bien, Lenoshka?
—Sí, perfectamente.
—Han llamdo Frida y Andrés. Te mandan besos y se alegran de que todo vaya bien.
—¿Y cómo se han enterado ellos?
Yulia sonríe y, besándome la punta de la nariz, contesta:
—Björn.
Voy al baño. Yulka me acompaña y, cuando veo que ya no sangro, me relajo. Cuando vuelvo a la cama, ella se tumba a mi lado y murmura:
—Me siento culpable de lo que ha pasado.
—¿Por qué?
Yulia mueve la cabeza y responde:
—He sido la culpable de toda la tensión que has sufrido. Por mi culpa casi perdemos a nuestra bebé. Además, anoche te pedí demasiado y...
—No digas tonterías —la corto—. Los médicos han dicho que a veces pasa esto. Y en cuanto a lo de anoche, no empieces a martirizarte con algo que no sabes.
Icegirl asiente, aunque la conozco y sé que se culpará siempre por ello. Yo decido no darle más vueltas al tema. Lo pasado pasado está. Ahora sólo hay que mirar al futuro. Como dice mi padre: «para atrás no se mira ni para coger impulso».
Ese día no me deja levantar y al día siguiente, cuando me despierto, insiste en que me quede en la cama. Durante la mañana me entretengo como puedo, veo Locura Esmeralda con Simona, hablo por Facebook con mis amigas las guerreras, pero por la tarde ya no puedo más y, cuando Flyn llega del colegio, me levanto. Cuando Yulia me ve en la cocina se le descompone el gesto. No le gusta verme allí y, antes de que diga algo, suelto con el cejo fruncido:
—Reposo es tranquilidad. No estar metida en la cama las veinticuatro horas del día. Por lo tanto, no me estreses ni me pongas nerviosa, ¿entendido?
No dice nada. Se contiene y, cuando una hora después me ve correr hacia el baño, al salir me coge en brazos y dice:
—A la cama, pecosa.
Protesto y me quejo, pero da igual. Me lleva a la cama.
Los siguientes días son parecidos. Reposo, reposo y reposo.
Una semana después estoy del reposo hasta el gorro.
Mi familia, avisada por Yul, se entera de lo ocurrido. Papá se empeña en venir a Alemania para cuidarme. Como puedo, lo convenzo de que no hace falta. Me muero de ganas de verlo y abrazarlo, pero sé que él, Anya y Yulia, los tres juntos, me pueden volver loca con sus cuidados, y me niego.
Al final, papá y Anya llaman todos los días y por sus voces sé que se tranquilizan cuando me oyen reír.
Desde México llaman Dexter y Graciela, y me alegro de corazón al saber que lo suyo va viento en popa. Según me cuenta Graciela, Dexter duerme con ella todas las noches y le ha dicho a todo el mundo que es su prometida. No me quiero ni imaginar la alegría que tendrá la madre de Dexter.
Con el paso de los días, Yul parece entender que estoy hasta el moño de estar en la cama y acepta que vaya de ahí al sofá del salón y viceversa. ¡Es un gran paso!
Según ella, hasta que me vea de nuevo la ginecóloga no aceptará nada más. Incluso se niega a tocarme más allá de lo que no sean dulces caricias y besos. Eso en un principio me hizo gracia, pero ahora no. Estoy que trino.
Hablamos mucho de Medusa. ¿Será una pelirrojita? ¿Será una rubita? La horroriza que la llame Medusa, pero al final claudica, al entender que lo hago con cariño y que soy incapaz de llamarla de otra forma.
Todas las noches, en la intimidad de nuestra habitación, Yulia me besa la tripita y eso me pone tontorrona. ¡Qué linda es! El amor que destila por todos los poros de su suave piel es tan grande que sólo puedo sonreír.
Una de las noches, cuando estamos las dos en la cama, tras nuestro rato de tonteo me abrazo a ella y murmuro:
—Te deseo.
Yulka a sonríe y me da un casto beso en los labios.
—Y yo a ti, cariño, pero no debemos.
Lo sé. Tiene razón. Pero deseosa, murmuro:
—No hace falta que me penetres...
Levantándose de la cama, se aleja de mí.
—No, gatita. Mejor no tentemos a la suerte. —Mi cara se lo tiene que decir todo y añade—: Cuando tu doctora nos dé el visto bueno, todo volverá a la normalidad.
—Pero Yul..., todavía quedan dos semanas para que vaya a la ginecóloga.
Divertida por mi insistencia, abre la puerta y, antes de salir de la habitación, dice:
—Pues ya queda menos, Lenoshka. Toca esperar.
Cuando me quedo sola, suspiro frustrada. Mis hormonas revolucionadas quieren sexo y está claro que esa noche no lo voy a conseguir.
Los días pasan y a Yulia le quitan el yeso de la pierna. Eso me hace feliz y a ella más. Poder recuperar su movilidad e independencia es un descanso.
Una tarde, tras pegarme una siesta de tres horas, Yul me despierta dándome infinidad de besos. Eso me encanta. Me espachurro contra ella y, cuando voy a lanzarme al ataque, me para y murmura:
—No, pequeña... No debemos.
Eso me despierta por completo y gruño. Yulia sonríe y, cogiéndome en brazos dice:
—Ven. Flyn y yo queremos enseñarte algo.
Me baja por la escalera mientras yo sigo con cara de mala leche. No tener sexo me está matando. Pero cuando abre las puertas del salón y veo lo que los dos han hecho por mí, me emociono.
Mi pequeño pitufo gruñón exclama:
—¡Sorpresa! Es Navidad y la tía y yo hemos puesto el árbol de los deseos.
Cuando Yulka me deja en el suelo, me tapo la boca con las manos y, sin poder remediarlo, lloro. Me echo a llorar como una tonta y, ante el gesto de sorpresa de Flyn, que no entiende nada, Yul rápidamente me sienta en una silla.
Ante mí está el árbol de Navidad rojo que el año anterior nos costó tantos enfados. Sin dejar de llorar lo señalo. Quiero hablar para darles las gracias y decirles que es precioso, pero las lágrimas no me dejan. Entonces, mi niño dice:
—Si no te gusta, podemos comprar otro.
Eso me hace llorar aún más. Lloro, lloro y lloro.
Yulia, tras besarme en la cabeza, mira a su sobrino y le explica:
—Len no quiere otro. Éste le gusta.
—¿Y por qué llora?
—Porque el embarazo la hace estar muy sensible.
El crío me mira y me suelta en las narices:
—Pues vaya rollazo.
Lo que han hecho es algo tan bonito, tan precioso, tan emotivo que no puedo reprimir las lágrimas. Imaginar a mi lobita y a mi pequeño, solitos, adornando el árbol para mí me pone la carne de gallina y me emociona.
Yul se agacha y, a diferencia de Flyn, entiende lo que me pasa y, secándome las lágrimas que corren por mi cara con las manos, dice:
—Flyn y yo sabemos que es tu época preferida del año y hemos querido darte esta sorpresa. Sabemos que prefieres este árbol a un abeto, que tarda mucho en crecer, y mira —me señala unas pequeñas hojas de papel que hay sobre la mesa—, tienes que apuntar ahí tus deseos para que los podamos colgar.
—Y estas otras hojas —prosigue Flyn—, son para que cuando venga la familia escriban sus deseos y los cuelguen también en el árbol. ¿A que es una buena idea?
Tragándome las lágrimas, asiento y, con un hilillo de voz, murmuro:
—Es una estupenda idea, cariño.
El niño aplaude y me da un abrazo. Yulia, al vernos tan unidos, asiente y en su boca leo que me dice: «Te quiero».
Al día siguiente vamos a la consulta de Marta en el hospital. Toca revisión de la vista de Yul. En un principio, ella se niega a que yo vaya, debo seguir en reposo. Pero claudica cuando le tiro un zapato a la cabeza y le grito que o voy con ella o voy yo sola en un taxi detrás.
Sus ojos siguen encharcados de sangre. No mejoran ni con la medicación ni con el tiempo. Marta, tras valorarla con otros compañeros de profesión, decide programar la cirugía para drenar la sangre para el 16 de diciembre.
Tengo miedo y sé que Yulka tiene miedo. Pero ninguna de las dos decimos nada. Yo por no preocuparla y ella por no preocuparme a mí.
El día de la operación me tiembla todo. Insisto en acompañarla y no se niega. Me necesita. Larissa, su madre, viene con nosotros también. Cuando llega el momento de separarnos, Yulia me da un beso y murmura:
—No te preocupes, todo saldrá bien.
Asiento y sonrío. Quiero que me vea fuerte. Pero cuando desaparece, Lari me abraza y hago lo que tan bien se me da últimamente, ¡llorar!
Como todos queríamos, la cirugía es un éxito y Marta insiste en que Yuli pase una noche hospitalizada. Ella se niega, pero cuando me pongo como una fiera, claudica e incluso acepta que me quede para hacerle compañía.
Esa noche, cuando las dos estamos en silencio, dice en la oscuridad:
—Espero que nuestra bebé no padezca el problema de mis ojos.
Nunca había pensado en ello y me entristece saber que Yulia ya lo ha tenido en cuenta. Como siempre, ella lo calibra todo.
—Seguro que no, cariño. No te preocupes ahora por eso.
—Len..., mis ojos siempre nos van a dar problemas.
—Yo también te los voy a dar siempre. Y ni te cuento cuando tengas a Medusa. ¡Guauuu!, prepárate, Volkova.
La oigo reír y eso me reconforta. Necesito que sonría.
Deseosa de abrazarla, me levanto de mi cama, me tumbo en la de ella y digo:
—Tienes un problema en la vista, lobita, y con eso vamos a vivir siempre. Yo te quiero, tú me quieres y vamos a poder con ese problema y con todos los que se nos presenten. No quiero que te agobies por ello ahora, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, pecosa.
Intentando desviar el tema, añado:
—Cuando Medusa llegue, no pienses que te vas a escaquear de cuidarla por tus puñeteros ojos. Oh, no, listilla, ¡ni lo sueñes! Pienso tenerte al pie del cañón desde el primer día que nazca hasta que se vaya a la universidad o se haga hippy y quiera vivir en una comuna, ¿entendido, campeona?
Yulia sonríe, me besa en la cabeza y contesta:
—Entendido, campeona.
Pasados dos días, sus ojos vuelven a ser poco a poco lo que eran y yo estoy feliz por eso y porque mi familia viene a pasar las navidades con nosotras.
Pero a pesar de mi felicidad, estoy hecha una mierda. No paro de vomitar, estoy más delgada que en toda mi vida. La ropa se me cae, nunca tengo hambre y sé que mi estado trae a Yul por la calle de la amargura. Lo veo en su mirada. Sufre cuando me ve correr al baño y ni te cuento cuando me sujeta la frente.
Mis hormonas están descontroladas y tan pronto río como lloro. No me reconozco ni yo.
El 21 de diciembre vamos al aeropuerto a buscar a mi familia. Que pasen la Navidad con nosotras me llena de alegría y felicidad. Pero cuando mi padre y mi hermana me ven, sus caras lo dicen todo, aunque callan. Sin embargo, mi sobrina, al darme un beso, pregunta:
—Tita, ¿estás malita?
—No, cariño, ¿por qué?
—Porque tienes una pinta horrorosa.
—Vomita mucho —aclara Flyn—. Y eso nos tiene preocupados.
—¿La cuidáis bien? —pregunta Irina.
—Sí. Todos cuidamos bien a mamá.
Sorprendida, mi sobrina lo mira y pregunta:
—¿La tita es tu mamá?
Él me mira y yo le guiño un ojo.
—Sí, la tía Len es mi mamá —responde.
—Cómo molaaaaaaaaa —murmura Irina, mirándolo.
Los niños y su sinceridad.
El 24 de diciembre celebramos la Nochebuena todos juntos. Mi familia está feliz. Escriben sus deseos y los cuelgan en el árbol. Yulia sonríe y yo disfruto como una loca por tenerlos a todos reunidos.
El embarazo me mata. No me deja vivir.
Por no retener en el cuerpo, no retengo ni el jamoncito rico que ha traído mi padre. Me lo como con deleite, pero poco después me abandona, como todo últimamente. Eso sí, en cuanto me repongo, el jamón vuelve a mí.
¡Para cabezona yo!
Mi hermana, en su afán de tranquilizarme, me confirma que las náuseas desaparecerán pasados los tres primeros meses.
—Eso espero, porque Medusa...
—Cuchufleta, ¡no la llames así! Es una bebecita y se puede ofender si la llamas con ese nombre.
La miro y al final me callo. Mejor.
Luego miro a mi padre y a Yulia jugar al tenis de la Wii con Flyn e Irina. ¡Qué bien se lo pasan!
—Ay, cuchu, todavía no puedo creer que vayas a ser mamá.
—Ni yo... —resoplo.
Anya comienza a hablar de embarazos, estrías, pies hinchados, manchas en el cutis y a mí me están dando los siete males. ¿Todo eso me va a ocurrir? La escucho. Proceso la información y, cuando no puedo más, hago eso que ella hace tan bien y, desviando el tema, pregunto:
—Bueno, ¿no me vas a contar nada de tu rollito salvaje?
Anya sonríe y, acercándose más a mí, cuchichea:
—La noche en que quedé con Juanín, el de la ferretería, al regresar estaba esperándome en el callejón de al lado de casa.
—Pero ¿qué me dices?
Asiente y prosigue:
—Estaba celoso, cuchu.
—Normal.
—Y discutimos. Eso sí, muy bajito para que nadie nos oyera.
Sonrío y añado, al ver a mi sobrina gritar como una posesa al ganar a la Wii:
—Si te fuiste con otro, es normal que estuviera celoso. Yo en su lugar habría liado la de Dios si, tras pedirte la mano, me la niegas y luego te vas con otro.
Mi loca hermana suelta una carcajada. Qué felicidad veo en su rostro. Yo también me río y de pronto susurra acercándose a mí:
—Me acosté con él. Por cierto, qué incómodo es hacerlo en un coche. Menos mal que luego nos fuimos a Villa Lenoshka.
Alucinada y boquiabierta, voy a decir algo cuando la soñadora de mi hermana añade:
—Es tan caballero, tan hombre, que me vuelve loca.
—¿Te acostaste con él?
—Sí.
—¿En serio?
—Que sí.
—¡¿Tú?!
Anya me mira y, ordenándome que baje la voz, dice:
—Por supuesto que yo. ¿Acaso te crees que soy asexual como una almeja? Oye, una tiene sus necesidades y Juan Alberto es un tipo que me gusta. Claro que me acosté con él. Pero no te lo conté porque quería decírtelo en persona y asegurarte que no soy ninguna zorrasca.
—Pero ¿desde cuándo haces tú esas cosas?
Mi hermana me mira, levanta las cejas y responde:
—Desde que me he vuelto moderna.
Nos reímos y continúo:
—Pero vamos a ver, ¿no dices que habíais discutido?
—Sí, pero cuando salió del coche y me arrinconó contra él, oh, Dios... ¡Oh, Dios cuchu lo que me entró por el cuerpo!
Me lo imagino. Pienso en las reconciliaciones con Yulia y suspiro.
—Y cuando me besó y dijo con su ruso con acento «No me importaría ser tu esclavo si tú fueras mi dueña», ya no pude más y fui yo quien lo arrastró al interior del coche y se lanzó.
De nuevo me troncho de risa.
No puedo remediarlo.
Mi hermana me mata y repito patidifusa:
—¿Que te lanzaste?
—Oh, sí... Allí, en el callejón mismo, hice la locura del siglo. Me desollé la pierna izquierda con la palanca de cambios, pero ¡¡¡madre míaaaaaaaaaaaaaaaaaa!! Qué momentazo y qué bien me sentó. Llevaba sin sexo desde el cuarto mes de embarazo de Lucía y, cuchu..., fue alucinante.
Me parto. Yul me mira y sonríe. Le gusta verme feliz.
Mi hermana prosigue:
—Cuando terminamos, no me dejó bajarme del coche y condujo como un loco hasta tu casa. Como te dije, papá le dejó las llaves y, cuando entramos...
—Cuenta... cuenta...
Dios... me estoy volviendo loca. La falta de sexo me hace indagar en el de mi hermana. Ella se sonroja, pero sin poder parar, continúa:
—Hicimos el amor en todos los lados. Sobre la mesa del comedor, en el porche, en la ducha, contra la pared de la despensa, en el suelo...
—Anya... —murmuro alucinada.
—Ah... y en la cama. —Y al ver mi cara de asombro y guasa, añade—: Ay, cuchufleta, ese hombre me posee de una manera que nunca pensé que yo probaría. Pero cuando estamos juntos y lo hacemos, literalmente ¡me vuelvo una Leona!
La sinceridad de mi hermana es aplastante y mi necesidad de sexo, elocuente. Escucharla me sube la libido y susurro:
—Qué envidia me das.
—¿Por qué? —Y al entenderlo, confiesa—: Cuando me quedé embarazada de Irina, Dimitri estuvo sin tocarme cuatro meses. Le daba miedo dañar al bebé.
Eso me hace sonreír. Quizá lo que le pasa a Yul aunque ella es mujer no es tan raro y pregunto:
—Y cuando tenías relaciones embarazada, ¿todo bien?
—Alucinante. El deseo es devastador, pues las hormonas se me revolucionaban a unos niveles que yo misma me asustaba. Eso sí, cuando me quedé embarazada de Katy, como me pilló el divorcio por medio, me lo pasé pipa con Superman.
—¿Y quién es Superman?
—El consolador que el tonto de mi ex me regaló. Gracias a él, conseguí no volverme tarumba.
Estoy cada vez más bloqueada por las cosas que mi hermana dice. Ella me mira y suelta:
—Hija, ni que te hubiera dicho que me metí la bombona del butano o que había participado en una orgía. Qué antigua eres.
Su comentario me hace reír a carcajadas. Si ella supiera.
Dos días después, llega el famoso momento de mi visita con la ginecóloga. Todos quieren acompañarme, pero insisto en que sólo quiero que venga Yul. Mi padre y mi hermana lo entienden y se quedan con los niños en casa.
Le llevo a mi doctora todas las pruebas que me mandó la primera vez que fui, incluida mi visita a las urgencias del hospital. Estoy nerviosa, expectante. Con gesto profesional, ella lo mira todo y, cuando me hace la ecografía, ante el semblante serio de Yulia, dice:
—El feto está bien. Su latido es perfecto y las medidas correctas. Por lo tanto, ya sabes, sigue tu vida con normalidad, tómate las vitaminas y te veo dentro de dos meses.
Yulka y yo nos miramos y sonreímos.
¡Medusa está perfecta!
Cuando me limpio el gel de la barriga y regresamos al despacho, donde la doctora escribe en el ordenador, digo:
—Quisiera preguntarle una cosa.
La mujer deja de teclear.
—Tú dirás.
—¿Los vómitos desaparecerán?
—Por norma, sí. Al acabar el primer trimestre, el feto se asienta y supuestamente las náuseas desaparecerán.
Estoy por dar palmas con las orejas. Yulia me mira, sonríe, y yo vuelvo a preguntar:
—¿Puedo tener relaciones sexuales plenas?
La cara de mi esposa es ahora un poema. Le da corte que pregunte eso. La doctora sonríe, me mira y responde:
—Por supuesto que sí, pero durante un tiempo con cuidadito, ¿entendido?
Cuando salimos de la consulta, Yul está seria y, cuando nos subimos al coche, no aguanto más la tensión y digo:
—Venga, va, ¡protesta!
Explota como una bomba y cuando acaba, la miro y respondo:
—Vale..., comprendo todo lo que dices. Pero entiende, lobita, que una no es de piedra y que tú eres una tentación perpetua. —Sonríe y, acercándome a ella, añado—: Tus manos me incitan a querer que me toques, tu boca a querer besarla, tus senos a querer lamerlos y tu vagina y pene, ¡oh, Diossssssssss! —digo, tocándoselos por encima del pantalón—, me incita a querer que juegues conmigo.
—Para, Len..., para.
Me entra la risa. Ella sonríe también y, dándome un beso, dice:
—Te aseguro que si a ti yo te incito a todo eso, ni te quiero contar lo que tú me haces a mí.
—Hummmm, esto se pone interesante.
—Pero...
—Uy... los «peros» nunca me han gustado.
—Hay que ir con tranquilidad para que no nos volvamos a asustar.
—Te doy toda la razón —asiento—. Pero...
—Vaya, tú también tienes un ¡pero! —se ríe Yul.
—... pero quiero jugar contigo. Ella no responde, pero sonríe. Eso es buena señal.

Continuará...


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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Jue Ene 29, 2015 6:52 pm

Más conti xfa!!!!!! :-P
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Hollsteinvanman el Vie Ene 30, 2015 6:49 pm

PIDEME LO QUE QUIERAS O DEJAME


Capítulo 26
Al día siguiente estoy un poco mejor y decido salir de compras por Múnich con mi hermana, Frida y Marta. Las cuatro somos tremendas y lo pasamos genial. Insisto en comer en un burger y, cuando mojo mi patata en el kepchup, la miro y, entre risas, digo:
—I love comida basura. Le encanta a Medusa.
Mi hermana frunce el cejo al oírme decir ese nombre, pero antes de que diga nada, Frida suelta:
—Yo a Glen, cuando lo tenía en la barriga lo llamaba Eidechse.
Marta y yo nos reímos y Anya pregunta:
—¿Y eso qué quiere decir?
Divertida, me meto otra grasienta patata en la boca y respondo:
—Lagarto.
Cuando salimos del burger pensamos en ir a tomar café, pero al pasar por la cervecería más antigua de Múnich, la Hofbräuhaus, decidimos entrar para que mi hermana la conozca. Yo bebo agua.
Anya está flipada. Tiene la misma cara que yo el día en que entre allí por primera vez, y la tía nos demuestra la capacidad de beber cerveza que tiene. Eso me sorprende. No conocía esa faceta de ella y, divertida, digo, al ver que Marta y Frida encargan la cuarta ronda:
—Anya, si no paras, vas a llegar a rastras a casa.
Mi hermana me mira y replica:
—Como tú no puedes beber, beberé por las dos. —Y al ver que nos reímos, añade—: Tú, ahora, estás en la deliciosa faceta del embarazo. Ya sabes, acidez, tobillos hinchados, tetas doloridas y maravillosas náuseas matinales.
—Qué graciosa eres, guapa —me mofo y ella contesta:
—Ah, y por lo que dijiste, la libido a tope. ¿Lo llevas mejor?
No contesto. ¡Será perraca! Frida, al oírnos, cuenta divertida:
—Durante mi embarazo, sólo os diré que el pobre Andrés me rehuía. Madre mía, qué pesadita me puse con el tema sexo.
Oír eso en cierto modo me tranquiliza. Veo que lo que me pasa a mí les pasó a otras y no se volvieron locas.
Todas nos reímos cuando traen la siguiente ronda y Marta, al ver a una amiga, llama:
—¡Tatianaaaaaaaaaaaa!
Una joven rubia nos mira y, tras saludar a mi cuñada, ésta nos la presenta. La chica es encantadora y durante un rato se sienta con nosotras para charlar. Cuando se va, mi hermana, a la que ya veo algo perjudicá con tanta cerveza, me mira y dice:
—Cuchu... o estoy muy pedo o no he entendido nada.
Horrorizada, me doy cuenta de que hemos hablado todo el rato en alemán y, abrazándola, contesto:
—Ay, Anya, cariño, perdona. Es la costumbre.
Rápidamente le cuento que Tatiana es bombero y mi hermana se sorprende. Pero cuando se parte de risa es cuando le comento que le he pedido prestado el traje de bombero y ella ha dicho que cuando quiera me lo deja.
Llega la última noche del año.
Sigo sin tener relaciones sexuales, pero no porque Yulia no quiera, sino más bien porque yo sigo estando hecha una mierda y a la que no le apetecen ahora es a mí. Esta tarde, cuando aparecen la madre y hermana de Yul, ella desaparece. No me dice adónde va y eso me enfada. Me estoy volviendo una gruñona.
Llega la hora de la cena y Yul no ha regresado todavía y, cuando estamos en la cocina ultimando los detalles, digo:
—Simona, ahora entre todos llevaremos las cosas a la mesa y te quiero junto a Norbert sentados a ella, ¿entendido?
La mujer se hace la remolona y, mirándola, añado:
—Te advierto que u os sentáis a la mesa y cenáis con todos o aquí no cena nadie.
—Uy, uy, Simona —se mofa Marta—. ¿No nos dejarás sin cenar?
—De eso nada —aclara Lari—. Simona y Norbert cenarán con todos.
Junto con Marta, salen de la cocina divertidas, con un par de bandejas, y mi padre mira a Simona y dice:
—Ojú, Simona, mi hija es muy cabezota.
La mujer sonríe y, tras guiñarme un ojo, responde:
—Sí, Sergey, ya la voy conociendo. —Y al ver que arrugo la nariz ante la ensalada de col, añade—: Me llevaré esto a la mesa. Cuanto más lejos esté de ti, mejor.
—Gracias, Simona.
Cuando la mujer sale de la cocina, mi padre, acercándose a mí, dice:
—Siéntate, cariño. Ya termino yo de organizar la bandeja de la Borshch.
Hago lo que me pide. Hoy no es mi mejor día y, sentándose a mi lado, me retira el pelo de la cara y añade:
—¿Por qué no te vas a la cama, mi vida? Allí estarás mejor que zascandileando por aquí.
Resoplo y, poniendo los ojos en blanco, contesto:
—No, papá. Es Nochevieja y quiero estar con vosotros.
—Pero, hija, si se te ve la carita de pachucha. —Sonrío y pregunta—: Estás fatal, ¿verdad?
Asiento. Es mi peor día con diferencia y, con una triste sonrisa, él dice:
—Creo que ver y oler toda esta comida no te favorece, ¿a que no?
Clavo la vista en la rica ensalada olivie, en el borshch, pirozhki, en el Strogonoff y en el caviar ruso que mi padre ha traído de Rusia con todo su amor, y respondo:
—Ay, papá, con lo que me gusta la borshch, y el Strogonoff que tú haces y la ensalada olivie, y la fatiguita que me dan ahora.
El hombre sonríe y, dándome un beso cariñoso en la mejilla, dice:
—Hasta en eso eres igualita a tu madre. A ella también le daba mucho asco las comidas tradicionales durante vuestros embarazos. Eso sí, cuando se le pasó, se lo comía a puñaos.
La puerta de la cocina se abre y entra Yulia. ¡Mujer, la desaparecida! Al verme con mi padre se acerca y, poniéndose de cuclillas ante mí, dice preocupada:
—Cariño, ¿por qué no te vas a la cama?
—Eso mismito le estoy diciendo yo, Yul, pero ya sabes cómo es mi Lenoshka. ¡Una cabezota!
Sin hacerles caso, miro a mi pelinegra y pregunto:
—¿Dónde estabas?
Yulia sonríe y responde:
—He recibido una llamada urgente y he tenido que atenderla.
De pronto oigo un grito. Sobresaltada, me levanto en el momento en que la puerta de la cocina se abre de par en par y mi hermana, con la cara totalmente desencajada, exclama:
—Cuchuuuuuuuuuu, ¡¡mira quién ha venido!!
Veo a Juan Alberto con la pequeña Katy en brazos, miro a Yul y sonrío. Ésa era la urgencia.
El mexicano saluda a mi padre, que le da la mano encantado de la vida, y luego, acercándose a mí, me da dos besos y pregunta:
—¿Cómo está mi mamita preciosa?
—Jorobada, pero contenta de tenerte aquí —respondo, feliz por mi hermana.
—Dexter y Graciela os mandan muchos besos y esperan poder viajar para conocer a la bebecita.
En ese momento mi sobrina entra corriendo como un vendaval y grita:
—Hey, güey, ¿cómo tú por aquí?
El mexicano la mira y, divertido, contesta:
—Vine a ver a mi damita linda y a retarla al Mario Bros.
Irina se tira a sus brazos y todos sonreímos. Está claro que este mexicano sabe ganarse a mi familia.
Una vez Irina se va corriendo, él mira a mi hermana, que lo contempla embobada, y acercándose a ella la besa en los labios y pregunta melosón delante de mi padre:
—¿Cómo está mi reina?
Sin cortarse un pelo, Anya le devuelve el beso y responde:
—Muy contenta de verte.
¡Qué fuerte!
Lo de mi hermana es tremendo.
Miro a mi padre y veo que sonríe. Me guiña un ojo y sé que le encanta lo que ve. Yo flipo con la descarada de Anya, cuando oigo que el mexicano dice:
—Sabrosa, dímelo.
Mi hermana, totalmente desatada, le pone un dedo en la boca y murmura sin cortarse un pelo, delante de todos:
—Yo te como con tomate.
Alucinada, parpadeo.
¿Ha dicho que se lo come con tomate?
Yulia, divertida, se ríe. Está claro que Juan Alberto le gusta. Mi padre, con mi hermana y conmigo, está visto que ya está curado de espantos. ¡Qué bueno es!
Cuando el bullicio sale de la cocina, la mujer y el hombre más importantes de mi vida me miran.
Vuelven a estar preocupados por mí y, sosteniéndoles la mirada, declaro convencida:
—Quiero vivir con vosotros esta noche tan especial y no me la perderé por nada del mundo, ¿entendido?
Media hora más tarde, todos estamos sentados alrededor de la mesa y la felicidad ha inundado mi hogar a pesar de encontrarme yo para el arrastre.
Qué diferente esta Navidad de la del año pasado, cuando sólo estábamos Yulia, Flyn, Simona, Norbert y yo. Ahora está aquí toda mi familia, la familia de Yul, Susto, Calamar y Juan Alberto. ¡Qué maravilla!
Cuando Larissa ofrece las lentejas a mi sobrina y a Flyn, los niños arrugan la nariz. Eso me hace sonreír. Pero más me río cuando mi padre le ofrece a Flyn borshch. Es verla y al crío los ojos le hacen chiribitas.
Como puedo aguanto la cena. Ver tanta comida y, en especial, olerla me angustia. Pero la felicidad que me dan todos los que están a mi lado hace que merezca la pena no perdérmela.
Los olores fuertes me retuercen, pero como una campeona, resisto en la mesa sin apenas comer, mientras todos se ponen morados. Los primeros, mi esposa y el mexicano. Mira que les gusta el Strogonoff rico.
Una vez acabada la opípara cena, nos sentamos en los sillones y sofás ante el televisor y le explico a mi familia que vamos a ver un número cómico que es tradición en Alemania.
Cuando comienza el Dinner for One, todos se ríen y mi hermana, que está sentada sobre las piernas de su rollito salvaje, sin entender esa extraña tradición, me mira y cuchichea:
—Ay, cuchu, ¡qué raros son los alemanes!
—Oye, ¿qué es eso de que te lo comes con tomate?
Anya se ríe y, con disimulo, susurra:
—Le gusta que le diga esa frase. Dice que lo excita cómo se la digo.
Alucinada, cuchicheo yo también:
—¿Y tú dices que los alemanes son raros?
Acomodada entre los brazos de mi amor, igual que el año anterior, me río. Una vez acaba el número, mi padre, Simona y Larissa van a la cocina a por los vasitos con las uvas y Yulia hace lo mismo que hizo el año pasado: pone el canal internacional y conecta con la Plaza roja.
¡¡Ay, mi Rusia!!
Pero a diferencia del año anterior no lloro. Tengo en el salón a mi familia y me siento completamente feliz. Cuando el reloj comienza a sonar, todos hablamos y pedimos silencio a la vez (ésa es una tradición rusa) y cuando comienzan las campanadas, miro a Yul, que me observa, y uva tras uva las mastico sin apartar la vista de mi lobita. Quiero que ella sea lo último que vea en el año que se va y lo primero del año que comienza.
—¡Feliz 2014! —gritan Flyn e Irina al acabarse las uvas.
Esta vez nadie se interpone entre nosotras y Yulia, abrazándome, me besa y murmura cerca de mi boca, totalmente enamorada:
—Feliz Año Nuevo, mi amor.

Continuará...


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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por Anonymus el Vie Ene 30, 2015 7:04 pm

Me encantaaaa!!! Very Happy
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

Mensaje por xlaudik el Vie Ene 30, 2015 10:35 pm

Amo esta historia ♥♥♥♥
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Re: Pideme Lo Que Quieras o Dejamé (Adaptación)

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